Política exterior y democracia

POLÍTICA EXTERIOR Y DEMOCRACIA

POR JORGE G. CASTAÑEDA

En el pasado, el discurso oficial se sustentaba en dos tesis fundamentales: la primera, que la identidad de México se define por el nacionalismo; la segunda, que el nacionalismo mexicano debe caracterizarse por su oposición sistemática a Estados Unidos.

Ambas tesis, promovidas por los gobiernos priistas como dogmas del nacionalismo revolucionario, tienen orígenes comprensibles, pero su relevancia en los tiempos actuales es cuestionable.

Una reflexión consecuente sobre el devenir del país en sus relaciones con el exterior durante los últimos veinticinco años debe partir necesariamente de la percepción de una línea divisoria inequívoca: las relaciones internacionales se modificaron históricamente con el fin de la Guerra Fría.

A partir de la caída del Muro de Berlín, el mundo quedó marcado por las desapariciones: la del bipolarismo, es decir, de dos sistemas militares e ideológicos organizados en bloques antagónicos; la de la distensión por medio del terror nuclear; la de la Unión Soviética; la del Pacto de Varsovia; la de Checoslovaquia y de Yugoslavia. A partir de la implosión del bloque de países llamados socialistas se gestaron fenómenos geopolíticos de gran envergadura que modificaron la relación de fuerzas internacional de modo irreversible. A los cambios geopolíticos de fines de los años ochenta correspondieron otros de orden geoeconómico y geoestratégico, cuyo significado profundo aparecería en toda su extensión con los atentados del 11 de septiembre del 2001. El control de los energéticos y los movimientos macrofinancieros generarían nuevas alianzas a partir de los fenómenos de ruptura por vía del terror del fundamentalismo islámico.

En ese contexto de cambio se situaron los gobiernos mexicanos a lo largo de veinticinco años de convulsiones y reacomodos de las fuerzas internacionales. Durante los últimos años de la Guerra Fría los gobernantes que se auto- proclamaban herederos de la Revolución Mexicana mantuvieron sin modificación los viejos parámetros de la política exterior, en especial el refugio defensivo en el derecho internacional y en los principios que convertirían en constitucionales, así como la pretensión de equilibrios con base en la equidistancia frente a los bloques antagónicos, aunque accediendo en momentos cruciales a las presiones estadunidenses en momentos de crisis. Este discurso iba acompañado por el llamado al latinoamericanismo como perspectiva hacia el futuro, el mantenimiento de relaciones privilegiadas con Cuba y la defensa de la soberanía de la isla percibida como la defensa de la propia soberanía. En el momento en que el mundo cambiaba, México permanecía anclado en una ideología que resultaba obsoleta e inadecuada frente a los retos de la posguerra fría.

Si bien es innegable que ha habido una constante tradición de activismo internacional, como lo demuestra la intervención en los procesos de pacificación de Centroamérica, los gobiernos priistas no comprendieron o no estuvieron dispuestos a comprender el alcance de los cambios que se gestaban en el mundo, así como sus implicaciones para nuestro país. México necesitaba repensar y recrear sus vínculos con el exterior, particularmente en ámbitos como los derechos humanos y el fortalecimiento de las instituciones democráticas. El gradual surgimiento de un sistema internacional basado en normas de alcance universal nos obligaba a revisar con integridad y veracidad nuestras prácticas en esos ámbitos, así como identificar los nuevos compromisos que debíamos adquirir para asegurar que nuestro país pudiera participar, con legitimidad plena, en el escenario internacional. Esa participación activa y comprometida se había vuelto indispensable para impulsar el desarrollo del país.

En 1989 empezó a cambiar la percepción del mundo de los priistas y de los mexicanos en su conjunto. En el inicio de los noventa quedó establecido que México se abstendría de caer en la trampa de intentar las reformas económicas y políticas al mismo tiempo, al modo de Gorbachov. Se hablaba de “perestroika sin glasnost”. La transformación de las estructuras económicas, iniciada por el presidente De la Madrid y concluida por los presidentes Salinas y Zedillo, dejaría como su principal legado el Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN). El acuerdo con Estados Unidos y Canadá representó el mayor esfuerzo por abrirse al exterior e integrar a México en las corrientes económicas mundiales. Pero su énfasis casi exclusivo en materia de comercio e inversión lo convirtió en un instrumento insuficiente para responder a las nuevas necesidades y prioridades que el fin de la Guerra Fría trajo consigo. El TLCAN trató de tapar la realidad con un dedo y demostró que el sistema político mexicano no había comprendido cabalmente la magnitud de los cambios que estaban ocurriendo en el mundo.

A partir de ahí se vendrían en cascada acuerdos múltiples de libre comercio, en particular con países de América Latina, pero de modo quizá más significativo con la Unión Europea. Este último nos obligó a la aceptación de la cláusula democrática como prerrequisito para la intensificación de relaciones con los países de Europa Occidental. Paradójicamente, la apertura económica hacía más evidente la negativa de los gobiernos priistas a emprender una mayor apertura en la esfera política e ideológica. Consecuentemente, el aislamiento y la actitud defensiva en estos ámbitos, amparada en el discurso de la soberanía, acarreó un creciente desprestigio internacional.

No obstante los avances en la apertura comercial al exterior, la presencia internacional de México se fue debilitando paulatinamente como resultado de la incapacidad del régimen priista para asumir las implicaciones del proceso de transformación que vivía el mundo. El deshielo bipolar le fue adverso, en la medida en que las nuevas prioridades de la agenda internacional se centraban en la construcción de normas universales relacionadas, precisamente, con flancos débiles de la falta de democracia, transparencia y derechos humanos. La cerrazón de México en estos ámbitos provocó una pérdida de liderazgo. Por otra parte, la ruta escogida en ese nuevo contexto internacional —la construcción de un andamiaje de acuerdos de libre comercio— en efecto amplió las relaciones económicas de México, pero hizo aún más evidentes las limitaciones de la democracia y el Estado de derecho en el país.

Ello significó un punto de inflexión en la relación de México con el mundo. La democratización del país se había vuelto un movimiento social y político incontenible que terminaría por completar el proceso de transformación nacional iniciado con las reformas económicas neoliberales que los llamados “tecnócratas” del priismo tardío habían promovido. La transición, impulsada tanto por fuerzas internas como factores externos, se convierte en una democratización definitiva con el resultado de las elecciones del 2000, con las que se ha iniciado la homologación del régimen mexicano con otros países de reciente transición a la democracia, entre ellos España, Portugal y las naciones de Europa del Este.

El triunfo electoral de Vicente Fox representó, por tanto, una oportunidad para avanzar en la consolidación de los valores y prácticas propios de la democracia, pero también para desterrar las prácticas que, en el pasado, sirvieron para ocultar del escrutinio internacional las violaciones frecuentes a los derechos humanos y las libertades políticas. Se trata, incluso, de una responsabilidad histórica del actual gobierno: uno de los principales legados que podrá dejar esta administración será la consolidación de las instituciones democráticas y de una cultura de respeto a los derechos humanos en México. Esa consolidación puede y debe apoyarse en el activismo internacional de nuestro país.

Considero que hay dos vertientes principales en la contribución de la política exterior a la consolidación de los derechos humanos y la democracia en México. En primer lugar, estrechando vínculos políticos y económicos con aquellos países que comparten tales valores. En segundo lugar, estableciendo acuerdos formales que contribuyan a fortalecer y proteger los derechos humanos y las instituciones democráticas en todo el mundo, apelando a la solidaridad internacional mediante el establecimiento de compromisos multilaterales.

La primera de las vertientes trasciende el formalismo jurídico y se manifiesta en múltiples ámbitos de las relaciones entre sociedades. Aquí entraron en juego no solamente las cancillerías, sino las organizaciones no gubernamentales que promueven el respeto a los derechos humanos y exponen al escrutinio público su violación; pero también los hombres de negocios y los inversionistas que, ya sea por convicción o por presión de sus propias sociedades, hoy en día tienden a poner más atención a las prácticas políticas de los países con los que comercian o en los que invierten.

Desde hace años los gobernantes de nuestro país habían cobrado conciencia de las limitaciones impuestas por la percepción cada vez más negativa que nuestro régimen político tenía en el exterior. No fue casual que, ante la creciente necesidad de estrechar sus vínculos económicos con otros países, los gobiernos anteriores desarrollaran diversas estrategias para combatir esa imagen negativa. La creación en México de la Comisión Nacional de Derechos Humanos en 1990 estuvo estrechamente relacionada con el proyecto del TLCAN. De igual modo, una de las motivaciones de la reforma política de 1996 fue la voluntad de responder a los crecientes cuestionamientos —no sólo internos, sino también externos— respecto a la falta de legitimidad de la democracia mexicana. En estos y otros casos el factor externo influyó decisivamente en el curso de los acontecimientos políticos nacionales. Ello no significó una rendición de soberanía, sino el reconocimiento de que los Estados contemporáneos están crecientemente integrados y su interacción se basa de manera creciente en la aceptación de valores con vigencia universal. La división tradicional entre política interna y relaciones externas se ha transformado, particularmente en temas como los derechos humanos y las instituciones democráticas. Este fenómeno es igualmente perceptible en ámbitos como la protección del medio ambiente y el establecimiento de normas laborales vigentes más allá de los límites fronterizos. Los compromisos que México ha impulsado en el seno del TLCAN son sólo un ejemplo de la tendencia internacional hacia la creación de normas supranacionales.

Esas mismas tendencias internacionales a favor de los derechos humanos y la democracia están presentes hoy. Con la diferencia de que nuestro país ha transitado a una nueva etapa en su desarrollo político que le permite apoyarlas y apoyarse en ellas para promover los derechos que nuestra Constitución garantiza, pero que para amplios sectores de nuestra sociedad fueron letra muerta durante años. Este cambio ha sido posible tanto por las acciones internas como por la influencia del exterior.

La protección internacional a la democracia se deriva tanto del compromiso internacional que los distintos gobiernos contraen para preservar ese régimen de gobierno, como de la consecuente exclusión de los mecanismos multilaterales y del aislamiento que enfrentaría un gobierno de facto que violentara la voluntad de su pueblo. Entre naciones que comparten una visión común de los valores políticos y las instituciones democráticas, no puede considerarse intervencionista el establecer, de manera soberana, principios y mecanismos para proteger esos valores y esas instituciones, sin infringir en momento alguno la autonomía o independencia de cada uno.

Por eso, la política exterior debe asumir un mayor papel como garante de la protección de los derechos humanos y de que el régimen democrático no sea derrocado. Durante décadas, los gobiernos mexicanos fueron testigos de golpes de Estado y asonadas en varios países de América Latina. Su interpretación del principio de no intervención los llevaba a voltear la mirada ante graves ultrajes a los derechos civiles y políticos más elementales. Actuaban así por dos motivos: uno, la reivindicación de un principio que consideraban universal; por el otro, la preocupación de que bajo ninguna circunstancia, incluso en el caso de un hipotético derrocamiento o de la imposición de una dictadura, nuestro país pudiera ver vulnerada su independencia. Ambas son motivaciones admirables por su compromiso con la independencia y la autonomía de nuestra nación. Pero estoy convencido de que hoy podemos preservar plenamente esos valores y, sin embargo, establecer instrumentos y esquemas multilaterales que vuelvan más costoso, si no es que impensable, quebrantar el orden democrático.

El priismo de los dos últimos sexenios, lo mismo que el gobierno de la transición y la alternancia, se han visto obligados a aceptar una nueva relación con el mundo de la posguerra fría a partir de una serie de presupuestos inevitables: la hegemonía de Estados Unidos; la globalización, que marcó el ritmo de las reformas económicas; la necesidad de pertenecer al bloque regional de América del Norte; la aceptación de normas internacionales sobre respeto de derechos humanos y de los organismos de jurisdicción universal.

A estas necesidades básicas se han sumado otras exigencias que se han vuelto determinantes para México: la búsqueda de nuevos vínculos con la Unión Europea y con América Latina; la intensificación de relaciones con los países asiáticos de la Cuenca del Pacífico; la corresponsabilidad en los procesos de pacificación y en la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado; un mayor compromiso con la protección de los connacionales a partir de una nueva interpretación del fenómeno migratorio; y el activismo en los foros multilaterales con énfasis particular en la promoción de los nuevos organismos de jurisdicción universal. Definir con claridad cuál es el margen de acción para quienes sostenemos la universalidad de estos valores y, por su parte, las consecuencias de la inacción entre quienes predican el relativismo y el aislamiento, es un asunto de fundamental importancia para las relaciones internacionales en el mundo contemporáneo, donde el “velo de ignorancia” impuesto por las distancias y las dificultades de comunicación ha sido removido. Este es uno de los legados del cambio ocurrido tanto en el exterior como en México a lo largo de los pasados veinticinco años. Hoy los mexicanos sostenemos un intenso debate público sobre el papel que le corresponde a nuestro país en el sistema internacional.

Como resultado de la transición que vivimos, hoy existe una mayor tensión entre continuidad y cambio, lo que ha generado, como cabe esperar en una democracia, reacciones tanto favorables como adversas. Dos tipos de críticas merecen especial atención porque tienen por objeto no ya la política efectivamente puesta en práctica, sino la naturaleza misma de la política exterior desde el cambio del 2 de julio, en la medida en que proponen fijarle a ésta condiciones de hecho paralizantes. Las objeciones más reiteradas reprochan la supuesta ausencia de una política exterior de Estado y el distanciamiento, al decir de los críticos, de los principios que la Constitución mexicana estipula para la conducción de las relaciones exteriores del país. Claramente, estos son argumentos que merecen una respuesta.

Aquellos que abogan por una política exterior de Estado argumentan que la estrategia internacional de México debe contar con el consenso de los partidos políticos que integran el Congreso. No cabe duda de que, en el marco de las instituciones del Estado, debemos favorecer el establecimiento de acuerdos e, incluso, consensos, siempre que ello sea posible, entre las diversas fuerzas políticas representadas en el Congreso. Sin embargo, no debe identificarse el consenso de los partidos políticos con una política de Estado, pues ello significaría, en los hechos, la anulación de la voluntad de cambio democrático en México. Establecer el consenso como requisito para el diseño y la ejecución de la política exterior se traduciría en un derecho de veto para cualquiera de las fuerzas políticas representadas en el Congreso. Lo cual, obviamente, es sinónimo de parálisis, y, por añadidura, implicaría convertir la política de los últimos presidentes del PRI en la única política exterior posible de México.

La crítica sobre un supuesto alejamiento de los principios de política exterior resulta también infundada. México cuenta, en efecto, con un marco normativo, plasmado en el artículo 89 de nuestra Constitución, en el que se establecen los criterios fundamentales que orientan la política exterior mexicana. Es, precisamente, en ese conjunto de principios constitucionales donde se expresa el consenso esencial de nuestra nación sobre los términos de sus relaciones con el exterior. Como cabe esperar en preceptos de orden general, se trata de criterios ideales, de guías para orientar la promoción de los intereses nacionales de acuerdo con las circunstancias. Hay que señalar, por cierto, que la observancia de esos principios no está ni ha estado nunca en entredicho. La autodeterminación de los pueblos, la no intervención en los asuntos internos de otros países, la solución pacífica de controversias o la igualdad jurídica de los Estados, preceptos constitucionales a los que está sujeta la política exterior, han sido respetados escrupulosamente. Vale la pena recordar, además, que su observancia era obligatoria para México desde que nuestro país ratificó la Carta de la ONU, cuatro décadas antes de que se incorporasen a nuestra Constitución.

Las críticas a la política exterior actual en realidad reflejan un fenómeno más complejo y profundo: el cambio, producido por el fin del régimen del PRI, en la manera de concebir y defender los intereses de México y los mexicanos. Mientras que durante buena parte del siglo XX predominó la ideología del “nacionalismo revolucionario” como un factor de unidad y control político en nuestro país, hoy estamos en condiciones de replantear los términos de nuestra relación con el mundo y, por tanto, de asumir una nueva noción del nacionalismo.

En el pasado, el discurso oficial se sustentaba en dos tesis fundamentales: la primera, que la identidad de México se define por el nacionalismo; la segunda, que el nacionalismo mexicano debe caracterizarse por su oposición sistemática a Estados Unidos. Ambas tesis, promovidas por los gobiernos priistas como dogmas del nacionalismo revolucionario, tienen orígenes comprensibles, pero su relevancia en los tiempos actuales es cuestionable. Hay una serie de mecanismos y fuerzas en juego que las han vuelto irrelevantes: la globalización y la integración regional, pero también el surgimiento de un nuevo sistema internacional basado en normas de observancia universal.

Hay quienes suponen que sin el sustento del nacionalismo revolucionario nuestra vinculación con el mundo se vuelve incierta e imprevisible. La ideología de las décadas pasadas ha dejado una honda huella en la mentalidad de los mexicanos, especialmente entre miembros de nuestra elite política e intelectual. Algunos han llegado a preguntarse, incluso, si es posible encontrar un sustituto al viejo proyecto nacionalista de los regímenes del PRI.

La respuesta, por supuesto, es que no sólo es posible sino necesario. Nuestra presencia en el mundo durante los años y décadas por venir tiene que ser la que nosotros decidamos crear. Creo firmemente que es hora de ver hacia adelante, conscientes de nuestros respectivos orígenes y nuestra historia; pero también de que no estamos condenados a repetir el pasado. Ello no implica abandonar nuestras convicciones nacionalistas, sino renovarlas para que respondan a las circunstancias actuales del país. Hoy existe un conjunto de relaciones y fuerzas en juego que la han vuelto irrelevante: la globalización, la integración regional y, en especial, el surgimiento de un nuevo sistema internacional basado en normas de observancia universal. Tenemos que conciliar, asimismo, los principios de nuestra tradición diplomática con las exigencias del desarrollo económico y la seguridad en el mundo de hoy. Nuestra política exterior debe reflejar la agenda de la consolidación democrática y del progreso económico en México, conviniéndola así en una política basada en valores y al mismo tiempo en intereses.

El nacionalismo puede y debe concebirse en términos más apropiados a nuestra realidad actual. Aunado a esto, la estrecha interdependencia que México tiene con Estados Unidos en ámbitos como el comercio, la inversión y el turismo hacen necesario establecer nuevos y más cercanos vínculos con ese país, no perpetuar actitudes que hoy resultan obsoletas. Esto no entraña una pérdida de soberanía. La soberanía no significa hoy, ni ha significado nunca, el aislamiento político, económico o intelectual, aunque en ocasiones gobiernos previos hubiesen optado por sustraerse del intercambio con otras naciones para ocultar las carencias y los rezagos de la sociedad mexicana. La soberanía consiste en autonomía de decisión, con base en intereses nacionales. Pero estos intereses se definen también por los beneficios que la relación con el mundo puede arrojar, y en el mundo contemporáneo nuestros intereses son crecientemente moldeados por esa interacción.

Estamos en una coyuntura histórica. Nuestras decisiones y acciones afectarán la manera en que México se relacionará con el mundo en el futuro. Podemos optar por una visión de corto plazo, que responda a los reclamos de quienes desean mantener inalterada la ideología del régimen anterior a costa del establecimiento de un nuevo acuerdo en conjunto que nos comprometa en un porvenir de desarrollo, paz y seguridad compartida con el resto del mundo. La política exterior es hoy, como lo ha sido siempre, una compleja mezcla de continuidad y cambio. Los factores que le dan continuidad son un punto de referencia constante en la labor de la Cancillería. Al mismo tiempo, hay nuevos factores que nos exigen renovar nuestras posturas y reconsiderar actitudes anteriores. Ello implica reconsiderar, a la luz de los cambios que el mundo ha vivido, nociones como soberanía y nacionalismo.

La política exterior de México deberá promover los intereses de nuestro país en el exterior y participar activamente en la regulación de las relaciones internacionales, tal como lo ha hecho hasta hoy. Para ser exitosa deberá hacer frente a lo que quizá sea su mayor reto en los próximos veinticinco años: la necesidad no de abandonar, sino de re- formular nuestro nacionalismo, con base en los valores y las prácticas de una sociedad democrática, de modo que responda a las necesidades y aspiraciones de los mexicanos en el mundo del siglo XXI. n

Dos alegrías para el camino

DOS ALEGRÍAS PARA EL CAMINO

POR ANGELES MASTRETTA

“Quiero pensar en dos mujeres a quienes admiro por su risa terca y su falta de piedad por sí mismas, incapaz de regalar culpas o reproches”

El mes pasado todo fue la felicidad, porque así es ella: escandalosa, argüendera, egocéntrica.

En cambio, su hermana, la dúctil alegría, es menos imprevista pero más compañera, menos alborotada pero también menos excéntrica. Y está en nosotros buscarla y en nuestro ánimo el hallazgo y no sólo el afán. Creo que es más tímida, pero más valiente la simple alegría de cada amanecer, acompañándonos, que la felicidad como una cresta impredecible. Depende más de nosotros dar con las alegrías, vaya o venga el destino, en la diaria devoción por la vida.

No es posible andar feliz, en vilo, abrazados, abrasándonos todo el tiempo, pero se puede andar alegre, serlo. Aunque estemos cavilantes o enfermizos, nostálgicos o abandonados, podemos tener alegría, no sólo encontrarla de pronto, efímera, como sucede con la felicidad. Sino, en medio de cualquier día y de todos, valorar el privilegio que es la vida misma, como venga. No se cree en la felicidad que se nos aparece, sí se cree en la alegría, quienes la tienen la construyen a diario.

Vivir en la ciudad de México, ver vivir a quienes nos atropellan las esquinas con su diario trabajo o su diario reproche, a quienes eligen uno o el otro, necesita un afán que si no está cruzado de alegría se desbarata entre las manos. En honor a semejante certidumbre, quiero pensar en dos mujeres a quienes admiro por su risa terca y su falta de piedad por sí mismas, incapaz de regalar culpas o reproches.

Todas las mañanas vuelvo de caminar como a las nueve y media. En la misma esquina encuentro siempre a las dos vendiendo los mismos dulces. Una es vieja como la vejez, pero sonríe de un modo infantil y ensimismado, como si mirara desde lejos. Nos hemos ido acercando por la ventana. Le pregunto cómo va, dice siempre que bien. No sé cómo, pero dice que está muy bien. De repente le llevo algo, pero muchas veces nada más el saludo. De cualquier modo ella se acerca y me pregunta si no quiero un dulce, aunque sea unas gomitas.

—Tómalo nomás así —me pidió el otro día ofreciéndomelas como su regalo de fin de año. Tiene las manos llenas de arrugas y pecas, las piernas delgadísimas al terminar su falda de tablas brillantes. Cada vez que se prende el rojo ella sube y baja la calle como si tuviera veinte años. Hace por lo menos diez que la encuentro, ha recorrido casi todas las esquinas del rumbo. Según me cuenta, ahora está enfrente del panteón de Dolores porque la última vez la corrieron de Tornel y Constituyentes. Quién sabe cuántos años tenga, pero por su aspecto podría tener noventa. No puedo decir que sea una mujer triste. Tampoco que se le vean motivos de sobra para vivir feliz, pero vive con el afán de estar viva entre las manos, eso puedo decirlo porque contagia la fortaleza de su andar por la ciudad como si navegara por ella bajo un aire luminoso y acogedor. Todos los días construye su alegría y en el modo como sonríe despacio, en paz, ofrece cada mañana su deseo de mantenerse viva mientras nos ve pasar como al río que somos.

La otra es una mujer joven, con la edad escondida entre la pobreza y el trabajo. En las vacaciones van con ella dos niñas. En la época de escuela sólo la menor que ha crecido ante mis ojos, jugando en la banqueta, llorando sus catarros, corriendo de un lado a otro, buscando el delantal de su madre cuando la cree perdida en la bocacalle.

—¿En dónde andaba usted que la busqué en la Navidad y no estuvo? —le pregunté ayer.

—Es que mi esposo compró foco y pusimos un puesto para vender —dijo dando por un hecho que yo sé que los focos son las series para los árboles de Navidad y que el puesto es una de esas casualidades hechas hábito que hace que en esta ciudad cualquiera monte un puesto de temporada y venda focos lo mismo que durante el año vende chicles.

—¿Y cómo les fue? —pregunto—.

—Muy bien. Las niñas anduvieron ahí contentas —dice como si las hubiera llevado de vacaciones.

—Me alegro —le respondo—. —Mañana aquí estamos —asegura. Cuando se prende la luz verde está dicho que al otro día llevaré el aguinaldo que no les di antes. Y está dicha su lección, su canto, su tímida pero contumaz alegría.   n

México: Autobiografía precoz

MÉXICO: AUTOBIOGRAFÍA PRECOZ

Una de las mejores cosas con que dio la carrera en subibaja del poeta ruso Evgueni Evtushenko, fue sin duda el título de sus memorias juveniles: Autobiografía precoz. No hemos encontrado mejor título para el centro del número que el lector tiene entre las manos, centro dedicado a la revisión de la economía, la política, la sociedad y la cultura en México durante los últimos 25 años. Es en efecto mucho tiempo como para no considerar necesaria y urgente tal revisión; es en efecto muy pronto como para saber con exactitud dónde pondrán a México los cambios de los últimos 25 años, los mismos años que nuestra revista sigue cumpliendo en este 2003.

Nuestra portada y algunas ilustraciones de páginas interiores —que parodian o ponen al día obras clásicas de la pintura mexicana— son elocuentes en sus retratos híbridos de pasado y presente, reflejos atávicos y modernizaciones “salvajes”, fundación nacional y desdecidoras bullangas globales. Y lo mismo que en nuestro número anterior, hemos acompañado esta autobiografía precoz, de un viejo país novato, con varias portadas de Nexos alusivas a cada tema a lo largo de 25 años. A su modo son también las visitables estaciones de otra autobiografía precoz.   n

Balthus-GC

BALTHUS-GC

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Balthus nunca se desprendió de la habitación de su infancia en la que compartía luces y sombras con Baline, su hermano Pierre y su gato Mitsou.

Casualmente me entero de que Thérése estuvo en enero de 2002 en Venecia, en el Palazzo Grassi. Y me pongo a recordar el curo y el palazzo tantas veces visito. Logro incluso subir unos cuantos escalones por aquella escalera, pero pronto me doy cuenta de que estoy avanzando en el tiempo y hacia atrás…

Vi Thérése por primera vez en París. La volví a encontrar en Nueva York. Luego fue en la retrospectiva del Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid, en 1966. Y en ese momento entendí la respuesta que Balthus le dio a John Russel, cuando organizaba una muestra suya en la Tate Gallery de Londres, y le solicitaba una reseña biográfica. El pintor contestó: “Nada se sabe de la vida de Balthus. Y ahora, miremos sus curos. Firmo: B”.

…Y al subir las escaleras del Palazzo Grassi aparece, en primer término, un delicadísimo retrato que le hace Baline Klossowski de Rola. En ese momento, Baline está separa y tiene dos hijos: Pierre y Balthus.

Rilke siente devoción por Balthus, en el que vierte una gran sensibilidad y una genialidad excepcional. Entre ambos se establece un fortísimo vínculo que durará siempre. Será también el poeta quien lo ayude a publicar sus primeros diseños de Mitsou, la historia en imágenes de un niño con su gato que iría precedida de un precioso prólogo de Rilke.

El felino está presente en toda la trayectoria artística de Balthus adquiriendo diversos significados simbólicos según el momento personal del pintor. Cuando realiza su autorretrato, Le roí de chats (1935), trabaja también en las ilustraciones de la novela gótica Cumbres borrascosas. Con mira atormenta y porte de dandy, Balthus se identifica con esa misteriosa criatura que “puede ser cruel pero nunca vulgar”.

Más delante, su vida se llena de luz y, en Le chat au mirroir I (1977- 1980), una niña sonriente parece conjurar el malditismo del animal al tenderle un espejo que le permite contemplar su auténtica faz.

En los últimos años aparece siempre acompaño por su mujer Setsuko y de un aristocrático dálmata que vaga entre sus óleos y pinceles. Pero su gato no lo abandona. En una de las últimas fotos que le hizo Henry Cartier- Bresson en 1990, Balthus lo acaricia con una profunda sensación de paz en el rostro.

…Una estancia del Palazzo de Grassi se llena con luz de La me (1933-1935). ¿O estoy en París o estoy en Nueva York o estoy en Madrid…? Se irradia una atmósfera mística con la figura que atraviesa el curo vestida de blanco. Su rostro aparece tapo por la mera que carga sobre el hombro. En esta pintura simbólica, el personaje central guarda paralelismos con el que ejecuta la Ascensión de la cruz de Piero della Francesca. Su significado persiste hermético para los críticos.

Toda la vida de Balthus se encamina a la búsqueda de la pureza original. En su composición de La montagne (1937) también utiliza el triángulo áureo. En ella, las manos de Antoinette de Watteville se alzan hacia el cielo representando la necesidad de ascensión como vía para salir de la oscuridad primitiva.

Balthus nunca se desprendió de la habitación de su infancia en la que compartía luces y sombras con Baline, su hermano Pierre y su gato Mitsou. Por primera vez, los visillos comenzaron a correrse el La chambre (1952-1954) y un año después las ramas de los árboles ya entran en el cuarto (Jeune filie á la fenetré). El pintor se prepara para un cambio trascendental en su vida. Abierta la ventana no quedaba más que viajar a Japón enviado por André Malraux para encontrar a la pintora que allí lo esperaba: Setsuko Ideta.

Ella se reúne con Balthus en Roma y se convierte en su musa. Viven en Villa Medici, donde él dirige la Academia de Bellas Artes, y cenan con Visconti y Fellini, Allí pinta La chambre turque 1963-1966) con una bellísima Setsuko reclina como la Venus del Espejo.

Jeune filie á la mandoline (2000- 2001) ocupa a Balthus hasta sus últimas horas. Una figura angelical yace en la cama mientras le acompañan un perro y un gato. El dálmata mira la senda que recorre la montaña a través de la ventana. Como contrapunto, el gato, ajeno al exterior, se reclina en su silla en la oscuridad de la habitación.

…Al salir del Palazzo, mientras espero el vaporetto. ¿O fue un taxi o fue el metro…?, leo las palabras de Setsuko en un periódico: “En el último día de Balthus una luz se alejó detrás de las montañas…”.

…Y dejo Venecia mientras el tibio viento de Central Park bate los árboles Bois de Boulogne y el último rayo de sol cae sobre el paseo de Recoletos..     n

Pregón de Sevilla

Yo fui un niño sin Fiesta. Creciendo en Santiago de Chile, Buenos Aires y la capital norteamericana, Washington, todas ellas ciudades sin corridas de toros, hube de esperar a mi regreso a México, siguiendo las peregrinaciones diplomáticas de mis padres, para ver mi primer espectáculo taurino.

Mi suerte no pudo ser mayor. Una tarde del año de 1945, me estrené como taurómaco principiante, villamelón certificado y al instante entusiasta aficionado, viendo torear en la Plaza El Toreo a Manuel Rodríguez “Manolete”.

No conocía aún los nombres propios de cada instante de una faena magistral.

Más si alguno de mis sentidos artísticos aún dormitaba, esa tarde asoleada en la ciudad de México despertó en mí un tropel de emociones estéticas que iban del asombro a la admiración, a la duda misma que semejante entusiasmo me procuraba, al irresistible clamor de la multitud que con un solo, enorme alarido, tan vasto como el océano mismo que separa y une a España y México, coronó la faena de Manolete, el arte del torero y el coraje de su contrincante el toro llamado “El Gitano”.

Los adjetivos, igual que el aplauso, acudieron pisándose los talones a mi mente y a mis labios.

Fuentes

Manuel Rodríguez Manolete, se ha dicho tanto, era una figura que El Greco había dejado escapar de un cuadro de santo o guerrero. La larga y esbelta figura mística tenía la cabeza en un cielo reservado, acaso, para los grandes maestros de la tauromaquia, pero esa misma figura espiritual poseía un atractivo físico, sensual, de masculinidad, si no agresiva, ciertamente agradecida de sus atributos, subrayados por la ceñida elegancia del traje de luces. Mística y erótica a la vez, la figura de Manolete tenía, sin embargo, o asimismo, los pies bien plantados en la tierra. Si su figura parecía imaginada en el cielo tormentoso de El Greco, sus pies decían que no había otro cielo que éste, la tierra, la tierra de arena y polvo del genio popular de España, la tierra pródiga de la única gran cultura europea cristiana, árabe y judía, el redondel privilegiado de los tres monoteísmos que como el rey San Fernando en su tumba sevillana, reza para siempre en árabe y latín, castellano y hebreo. Manolete de pie en el mismo campo del Quijote, el redondel de La Mancha, el territorio manchego y manchado en el cual no es posible distinguir la sangre derramada de la sangre renovada.

Vida y muerte, eso vi aquella tarde de mi primera corrida viendo lidiar a Manolete en México.

Vi la vida y la muerte del matador y del toro.

Vi el emparejamiento de dos heroicidades: la del diestro y la de su contrincante animal.

Vi el símbolo de la interminable contienda entre la naturaleza que quisiera abrazarnos hasta sofocarnos con su gigantesco amor materno y la voluntad humana de establecer el espacio —la arena— separados de la ciudad —la polis, la civitas— al abrigo de la pura fatalidad natural.

Vi la escenificación de la angustiosa condición humana ante la naturaleza: ser absorbidos por ella o dominarla. Y dominarla de qué manera, explotándola destructivamente o respetándola, sabiendo, como sabía esa tarde en México Manolete, que él iba a morir y el toro iba a sobrevivir… no como un presagio de la tragedia de Linares apenas dos años más tarde, sino en la gran corrida universal que simboliza la fiesta taurina. El torero, al cabo, es el que perece y el toro, al cabo, es el que sobrevive…

Viendo lidiar a Manolete en México, aquel lejano domingo de hace ya más de medio siglo, me di cuenta de la más profunda relación del alma hispánica y el alma mexicana.

Mexicanos y españoles tenemos el privilegio, pero también la carga, de entender que la muerte es vida. O sea: todo es vida, incluyendo a la muerte, que es parte esencial de la vida.

No es nuestro el pudibundo eufemismo norteamericano “he passed away”, pasó para no decir murió. Con razón exclamó un día Cagancho: “¿Hablar inglés? ¡Ni lo mande Dió!”. Con mejor razón irónica, reza la inscripción de una tumba en el Cementerio Brompton de Londres: “Aquí yace Lady Wilson. Pasó de la ilusión de la realidad”.

Aunque tampoco es nuestra cierta serena racionalidad francesa que dictamina: “Partir es morir un poco”, a fin de no determinar que: “Morir es partir un poco”.

No: mexicano es el poema náhuatl que nos dice:

¿Es verdad, es verdad que se vive en la tierra?
No para siempre aquí: somos un momento en la tierra…
¿Es que en vano venimos, pasamos por la tierra?
Cese por un momento la amargura,
¡Aun por un momento disipemos la pena!
Al menos cantos, al menos flores:
Esfuércese en querer mi corazón.

No: español es el soneto inmortal de Quevedo que nos dice:

serán ceniza, mas tendrán sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado

al cual hace eco el verbo novohispano de Sor Juana Inés de la Cruz:

¿Quién pensara que cómplice en tu muerte
fuera, por no callar, tu propia vida?

y si suena a desafío el corrido revolucionario mexicano de La Valentina,

Si me han de matar mañana,
que me maten de una vez,

esa vez, en la suprema elegía taurina de García Lorca, es un largo sueño sin fin:

 Por las gradas sube Ignacio
 con toda su muerte a cuestas…
 Y su sangre ya viene cantando:
 ¡Oh blanco muro de España!
 ¡Oh negro toro de pena!
 ¡Oh sangre dura de Ignacio!
 ¡Oh ruiseñor de sus venas!

El blanco muro de España se fundió en México con el gran muro azteca de las calaveras, el Tzompantli, y se mestizaron dos universos sacrificiales —ambos rituales, pero uno sacrificio humano para aplacar a los dioses y renovar con sangre el renacimiento del día; el otro sacrificio simbólico para representar y salvar del olvido o la indiferencia la tensión entre hombre y natura—. Ya el 13 de agosto de 1529, ocho años después de consumada la Conquista, y en el día de San Hipólito, se establece oficialmente la fiesta de toros en la ciudad de México, confirmando la aparición natural de la corrida descrita por Hernán Cortés en la Quinta Carta de Relación al rey Don Carlos: cuando “otro día, que fue de San Juan [llegó un mensajero], de vuestra sacra majestad, estando yo corriendo ciertos toros y en regocijo de canas y otras fiestas…”.

Esos “toros ciertos” a los que se refiere Cortés los trajo a México don Alonso García Bravo. Dos hechos notables se le deben a este alarife que llegó a México en expedición mandada por Francisco de Garay, a la sazón, gobernador de la entonces española isla de Jamaica.

Sobre las ruinas de la capital azteca, Tenochtitlan, García Bravo trazó la ciudad hispano-mexicana, la ciudad de México y realizó, igualmente, el trazo urbano de la espléndida ciudad de Oaxaca.

Pero además de ser el primer urbanista de la Nueva España, fue García Bravo quien trajo los primeros toros bravos a México, toros de Navarra pasando por Cuba y apacentados en la ganadería de Atenco, cercana a la capital mexicana y la más vieja del continente americano.

La unción del primer virrey de México, don Antonio de Mendoza, en 1535, fue ocasión para lidiar más de cien toros y el virrey Luis de Velasco gustaba de lancear y dar capotazos en corridas de hasta ochenta toros. Nota bene: en esos siglos del Virreinato de la Nueva España, no se mataba a los toros.

Se suceden en la ciudad virreinal mexicana los cosos taurinos: plaza del Marqués en el siglo XVI, seguida de las plazas de El Volador, San Diego, San Pablo y las Vizcaínas, culminando con la de Chapultepec en 1713 e iniciando, en 1769, la primera temporada taurina formal y periódica, no exenta de accidentes.

Tomás Venegas “El Gachupín Toreador” y Pedro Montero, encabezaban la cuadrilla de a pie; Felipe Hernández “El Cuate” la de a caballo. Montero y su garrochero “El Capuchino” resultaron heridos, “El Capuchino” murió y su viuda recibió 24 pesos siendo el precio del toro que lo mató de diez pesos. Hablo del siglo XVIII preinflacionario.

Después de la Independencia en el siglo XIX hay un estira y afloja de amigos y enemigos de la tauromaquia, conflicto disipado por la aparición de dos grandes diestros. El español Bernardo Gaviño, maestro iniciático de la tauromaquia moderna en mi país, y Ponciano Díaz, el primer gran matador mexicano, protegido de Gaviño. celebrado a plaza llena en todo México con el grito de ¡Ora Ponciano!, grito de alegría, ánimo, expectación y victoria, que lo llevó a recibir la alternativa madrileña de manos de Frascuelo en julio de 1888 y un año más tarde, la alternativa de la muerte que también le dijo al oído, “Ora Ponciano…”. Dejó detrás un redondel alfombrado de rosas y sombreros y un dato histórico: azuzado por el gentío en la plaza de Orizaba, en vez de recibir avanzó a matar, se perfiló en corto y hundió la espada hasta el puño en el hoyo de las agujas: es el primer volapié conocido en la historia de México, ejecutado por un diestro, cosa rara, con gran bigote prezapatista.

“Ora Ponciano” y luego, ya en rápida y fabulosa sucesión, y a pesar de los paréntesis revolucionarios entre 1910 y 1920, primero el reino de Rodolfo Gaona, el “Califa de León”, el “Petronio del Toreo”, presentado el 1 de octubre de 1905 en la plaza El Toreo de México y filmado ya, a sus morenos veintidós años, desplegando el lance que lleva su nombre, la gaonera, que es cuando el toro embiste al engaño y el torero mantiene un lado del capote sujeto con una mano y el otro extremo lo detiene con la otra mano, cuyo brazo extiende al embestir el toro para darle salida por ese lado, cargando la suerte.

La gaonera, identificada para siempre con el “Califa de León”, es lo que en España, me ilustra mi gran amigo, gran escritor y antiguo juez de plaza de la Monumental México, don Ignacio Solares, se llama el lance delantero que se ejecuta con el capote cogido por detrás. España conoce a Gaona el 31 de mayo de 1908 en la plaza de Tetuán de las Victorias, recibiendo la alternativa de Manuel Lara “Jerezano” y compartiendo cartel, en numerosas ocasiones, con Belmonte, “El Gallo” y Sánchez Mejías. Y su faena clásica se la sacó en la Maestranza a “Desesperado” en 1912.

No sé si habrá sido en una corrida de El Toreo en 1921 y con Gaona en la cumbre, cuando se sentaron lado a lado el presidente de México, el general Álvaro Obregón, y el ilustre escritor gallego que nos visitaba, don Ramón del Valle Inclán. Uno y otro eran mancos. De don Ramón, se cuentan —y él se encargó de abundar, con la ayuda de Ramón Gómez de la Serna— tantas fábulas sobre la pérdida del brazo, que juntas todas forman una novela entre macabra y picaresca: que si don Ramón se cortó el brazo porque no había carne para el puchero; que si lo perdió tratando de forzar la recámara de una mujer esquiva; que si él mismo se mutiló para distraer a un león que le perseguía; que si se lo arrancó el bandido mexicano Quirico en un campo desolado. Lo más probable es que lo perdió en una riña en el Café de la Montaña, entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo, al contestar don Manuel Bueno a una provocación de Valle Inclán con bastón con barra de hierro, incrustando en la muñeca del escritor el gemelo del puño, gangrenado y amputado en consecuencia.

El general Obregón perdió el brazo en la batalla de Celaya del año 1915, donde derrotó a Pancho Villa y sus famosos “Dorados”. Quedó el campo regado de cadáveres y de miembros, entre ellos una extremidad superior de Obregón, hoy conservada en un monumento al sur de la ciudad de México.

—¿Cómo recuperó usted el brazo perdido en la batalla, mi general? —se le preguntó a Obregón.

—Muy fácil —contestó el ingenioso y cínico revolucionario—. Eché una moneda de oro al aire y mi brazo perdido salió volando a cogerla.

De hecho, existe una fotografía en que los dos mancos, Obregón y Valle Inclán, aplauden juntos la faena de Gaona, cada uno con la mano que le quedaba al otro…

Se suceden después de Gaona los grandes diestros mexicanos en España. Destaco a tres de ellos:

Fermín Espinosa, “Armillita”, famoso por su faena en la Maestranza una tarde de 1945, cuando en vez de matar cuanto antes a un toro manso, le brindó la muerte a Belmonte y procedió a la que es considerada una de las más perfectas y osadas faenas de dominio, ganándose las dos orejas, el rabo y la salida en hombros.

Natural de Saltillo en el norte de México, Armillita mató su primer becerro a los dieciséis años de edad, se retiró a los cuarenta y cuatro y llegó a filmar las faenas atribuidas a Tyrone Power en la segunda versión fílmica de Sangre y arena de Blasco Ibáñez. Tyrone sabía seducir, como Juan Gallardo, a Doña Sol, Rita Hayworth en aquella ocasión y espléndida belleza de crepúsculo con cuerpo de Venus Pandemus, origen de todas las sensualidades, la Venus bailaora, como la evocó García Lorca, paralizada por la luna.

Si esto, envidiablemente, le tocaba a Tyrone, Armillita tenía, en cambio, que mirar en los ojos del toro su propia muerte, y lo hacía con el desnudo estoicismo coahuilense de los desiertos mexicanos, pues esto era el redondel para Fermín Espinosa: un llano de arena y sangre encajonado entre sierras perdidas.

Silverio Pérez, “El Faraón de Texcoco”, era un hombre de sonrisa alegre y mirada triste. Torero torerazo, lo llamó Agustín Lara en un célebre pasodoble. Muchas veces comí con él. Era hombre de pocas palabras. Su vida cotidiana parecía un mero reposo entre corridas. Y en cada una de ellas, Silverio hacía un milagro. Se presentaba con una indolencia que era la máscara más frágil de su temple taurino. Era como si Silverio necesitara cobijar bajo esa aparente indolencia su decisión, crecida con cada momento de la faena, de salir a poder con el toro. Luego venía el reposo del altiplano de México, allí donde este dulce Anteo azteca hundía las raíces en la tierra natal. No nació el Hércules que lo arrancara de ese suelo nutricio.

Y Carlos Arruza. Ligazón. Temple. Entrega. Unidad de estilo. Nada le faltaba a este mexicano, chilango de la mera capital, pero sobrino del enorme poeta español del exilio León Felipe. Acaso el poeta y el torero, el tío y el sobrino, podían reunirse en la pregunta de León Felipe, “¿Quién soy yo?” y contestar:

¿Has entendido ya
que Yo eres Tú también?

Y ambos, León Felipe y Carlos Arruza, pudieron también decir juntos, como le dice el poeta a la vida, como le dice el matador a la muerte:

Dejadme,
Ya vendrá un viento fuerte
           que me lleve a
Mi sitio.

Fuentes

Como Arruza, con quien tantas veces alternó, Manolete —para cerrar el círculo de mi redondel personal— murió demasiado pronto. Ambos supieron la verdad que dijo El Gallo: “Cada torero debe ir a la plaza a decir su misterio”. Yo quisiera centrar el de Manuel Rodríguez Manolete, su figura estatuaria, su postura invariable, su manera incomparable de citar al natural y ligar los pases, los redondos, las manoletinas, la virtuosidad del estoque…

Pero sobre todo, la heterodoxia o mejor dicho, la herejía de sus faenas.

—Tienes que quebrar la arrancada del toro, Manuel.

—Yo no me tomo ventajas con el toro, madre.

—No son ventajas, recoño, es llevar al toro adonde no quiere y tú puedes lidiarlo mejor.

—Yo no me muevo. Que el toro cargue.

—¿Qué quieres del toreo, hijo?

—Que a todos se les pare el corazón cuando me vean torear.

Y a todos se nos paraba, en las plazas de México. Manolete no era el heterodoxo, era el hereje y hereje significa escoger, el que escoge. ¿Qué escogió Manolete negándose a cargar la suerte? Mirar al toro para mostrarle su muerte. Darle al toro la oportunidad de matar al torero para que ambos —lidiador y lidiado— supiesen que cada uno tenía el rostro de la muerte, que la pelea era entre iguales…

Porque el toreo no es lucha de clases, sino lidia de castas. Acogidos mi esposa y yo a la incomparable hospitalidad de Soledad Becerril y Rafael Atienza en la maravillosa Ronda donde el poeta Rainer María Rilke dijo que allí, en Ronda, había llegado al final de su propia mirada, pues, después de Ronda, “¿qué permanece sino la permanencia misma?”, acaso Rilke pudo convocar, en la Real Maestranza de Ronda, el espíritu fundador de Pedro Romero, matador de casi seis mil toros bravos, que nunca derramó su sangre en la arena y que murió a los ochenta años sin una sola cicatriz en el cuerpo, habiendo establecido las reglas clásicas de su arte.

Fuentes

¿Hay retrato más noble de un matador que el de Pedro Romero por Goya que se exhibe en el Museo Kimbell de Fort Worth? ¿Hay rostro de torero que más claramente nos diga: “Qué duro es ser rival de uno mismo”? ¿Hay perfil que, como el de Pedro Romero de Ronda, con más certeza le dé la razón a El Gallo: “Cada torero debe ir a la plaza a decir su misterio”?

Lidia de castas: cae la noche sobre los inmensos campos de girasoles, imanes del cielo en la tierra andaluza. Se apagan las luces y cuando los girasoles se convierten en giralunas, de noche salen los muchachillos a ciegas, a torear los becerros cuerpo a cuerpo, embarrados al cuerpo del toro, sintiendo el pálpito velludo del animal, el vapor de sus belfos cercanos, el sudor negro de su piel, aprendiendo a torear con miedo, porque sin él no hay buen torero, y con gusto, por lo mismo…

El toro y el torero serán siempre la primera noche de hombre.

El torero y el toro serán siempre el primer sol de la muerte.

El domingo de resurrección culmina la Semana Santa sevillana.

Un pueblo entero ha salido —pueblo de innata aristocracia, de auténtica nobleza popular— a formar el coro de las procesiones, remontándonos a la más remota antigüedad de las fiestas de guardar, los días propiciatorios, las representaciones simbólicas de la vida.

“Fiesta multicolor”, la llamó Ortega y Gasset, fiesta de las generaciones de Sevilla, fiesta de los gremios, cargando descalzos, con ligereza mística, a la Virgen coronada por una tiara solar de rayos como navajas.

Como los coros de las más antiguas ceremonias del Mediterráneo, éstos de Sevilla lo forman ciudadanos que durante todo el año se preparan para desempeñar un papel a la vez íntimo y colectivo.

Íntimo, porque exige una compenetración personal con las palabras y las acciones de la escena.

Colectivo, porque saben que se sitúan en la esfera de la más alta representación de la vida de la ciudad.

Si la tauromaquia es fiesta y es rito, no debe olvidar que sus raíces más antiguas se hunden en la tierra trágica de una humanidad que se sabe a la vez heroica y frágil, que abandona su solar nativo para vivir las grandes epopeyas de la historia y regresa a reconocer que, heroico, el ser humano también es falible. La tragedia clásica purga la falta personal mediante la catarsis de la representación pública. La catarsis nos libera de las faltas individuales mediante la reintegración a la comunidad dañada por nuestra culpa pero restaurada por el padecer mismo que es condición de la moral y la razón recobradas.

El conflicto trágico —nos advierte la gran pensadora andaluza María Zambrano— nace de una destrucción rescatada por algo que la sobrepasa. Fiesta, rito, representación: la tauromaquia pertenece a ese nivel del ceremonial antiguo en el que las faltas de la humanidad —individuo y sociedad— son salvadas por la representación ritual, el acto que es respuesta humana a la fuerza aplastante de la naturaleza, del entorno, del azar. Esta es la hora de la verdad. Para sobrevivir, herimos a la naturaleza. Pero la naturaleza, a su vez, nos acecha y si es tierra pródiga, también es poder envolvente que nos puede sofocar con un abrazo excesivamente maternal y a veces hasta mortal. La dominamos a veces, pero otras, ella nos avasalla brutalmente.

El rito taurino es la más exacta representación del equilibrio posible entre un eterno dilema:

¿Separarnos de la naturaleza para ser hombres y mujeres civiles —civilizados— pero ayunos de la savia terrenal?

¿O sucumbir a un abrazo de la naturaleza que, convirtiéndonos en naturaleza, nos prive de nuestra singularidad humana?

El rito taurino es una de las grandes respuestas a este dilema: abandonar a la naturaleza o someternos a ella. Separarnos de ella o ser devorados por ella.

¿Qué es un rito, al fin y al cabo, sino respuesta humana a las fuerzas aplastantes del cosmos, aplazamiento, conjuro, evocación, llamado?

¿Qué es —específicamente— el rito taurino, sino una manera de devolverle a la naturaleza, porque para ser humanos nos hemos separado de ella, algo que le es propio a la naturaleza misma: la ofrenda de una ceremonia que reconoce el orgullo y la fuerza del entorno físico que, a la vez, nos alienta y amenaza?

Pues, ¿no dota la fiesta brava de orgullo a la naturaleza, reconociendo su valor y su fuerza, exponiendo al hombre al sacrificio a cambio del sacrificio correspondiente de la naturaleza, pero dotando a ambos —toro y torero— de orgullo —no de la hubris que nos ciega ante los límites del ser, sino el orgullo de saberse, cada uno, hombre y naturaleza, toro y torero, en su justo lugar como parte del entorno persona-mundo?

Ofrenda y rito: se trata de términos inseparables.

La fiesta brava es un acto hermanado de saber y de fe. La sociedad separa el conocimiento y la creencia. El rito taurino los reúne: en la fiesta, se sabe porque se cree y se cree porque se sabe.

¿Qué se sabe, qué se cree?

Sencillamente, que se puede perder ganando y ganar perdiendo. La tauromaquia no se engaña ni nos engaña. Es cierto: cada individuo y cada sociedad poseemos un excedente de energía y a menudo no sabemos qué hacer con él. Podemos desperdiciarlo en el daño: la guerra y el crimen. Pero podemos aprovecharlo en el beneficio: el arte, el buen gobierno, la solidaridad social, el valor personal.

La fiesta brava es, a un tiempo, la superación y la representación de esa energía vital excedente. La demuestra en uno de sus extremos: es un arte ritual, no exento de violencia pero que al representarla ritualmente, no sólo la salva de una actualización antisocial, sino que la confirma como renovación de un pacto: la renovación de la vida a pesar de la muerte.

Llego a Sevilla y ando buscando las voces que se creen perdidas. Las busco en las floridas calles con su mezcla insólita de cera y de flores. Las busco en las voces de los balcones, que por muy alto que estén, surgen de los pasillos secretos de Sevilla porque son hijas de la tierra. Las busco en el silencio mismo de las cofradías guiadas por el bastón de plata. Y de entre todas

—silencio de los pies desnudos, índice erguido de la Giralda, y en palabras de Alfonso Reyes, tibieza de las Sierpes, azulejos de las espadañas, palomas heridas en el seno de cada Virgen—, de entre todas vuelven a surgir las voces que creíamos perdidas, las inmortales voces de la Semana Santa sevillana, la voz de El Centeno como alma temblorosa y la voz del cantaor Cipriano, de quien Sevilla dirá siempre:

—¡ Qué pena tenía aquel hombre, cantando!
“En la calle ‘e la Amargura.
Cristo a su madre encontró:
¡no se pudieron hablá
de sentimiento y doló!”.

Hoy, aquí, hay reencuentro y alegría.

Señoras y señores:

Agradezco muy cumplidamente a Don Manuel Roca de Tovores, Conde de Luna, a don Antonio Sánchez Moliní de la Lastra, a mi viejo y queridísimo amigo Rafael Atienza Medina, Marqués de Salvatierra, y a Hugh Thomas, Lord Thomas of Swynnerton, muy admirado y también muy querido amigo tan cercano a mi corazón y al de mi esposa Silvia, por su generosa presentación. Me unen a Hugh Thomas tres tierras, tres devociones, tres historias: las de México, Inglaterra y España.

Aquí nos damos todos las manos, en esta Sevilla donde, como en parte alguna, conviven las Tres Hermanas

—Nacimiento, Amor y Muerte— y en el teatro que lleva el nombre del Fénix de los Ingenios. Lope de Vega, y que cada Semana Mayor repite, Lope, su ruego:

Tomad en albricias este blanco toro
Que a las primeras hierbas cumple un año.

Albricias, pues, a todos, en espera del año que viene y el pregón que se hará eco del mío y de cuantos le precedieron. n

(Núm. 305, mayo de 2003)

La pasión por la cocina

Soy un cocinero tardío. En mi niñez, el habitual proteccionismo patricio cercaba las actividades en la caseta de la votación, el lecho marital y el reclinatorio. No atiné a darme cuenta de un cuarto lugar secreto —secreto, al menos, para los muchachos— en el hogar de la clase media inglesa: la cocina. De ahí emergían las comidas y emergía mi madre —comidas basadas con frecuencia en lo que producía el jardín de mi padre— pero ni mi padre, ni mi hermano ni yo investigábamos, o no se nos alentaba a investigar, sobre el proceso de transformación. Nadie iba más allá de decir que cocinar era afeminado, era tan sólo algo no conveniente para los varones de la casa. En las mañanas de escuela mi padre preparaba el desayuno —recalentaba la avena con jarabe de maple, tocino y tostadas— mientras que sus hijos se encargaban de limpiar los zapatos y de labores relacionadas con la estufa de la cocina: rastrillar las cenizas, rellenarla de combustible.

Barnes

Pero la capacidad masculina estaba genéticamente limitada a tal amateurismo matutino, como quedó en claro una vez que mi madre no estuvo. Mi padre preparó el almuerzo para mi lonchera y, desentendiéndose de la teoría del sándwich, de manera amorosa insertó algunas cosas extra que él sabía me gustaban de manera especial. Pocas horas después, en un tren de la Southern Region que iba rumbo a un campo deportivo de las afueras, abrí mi lonchera enfrente de compañeros jugadores de rugby. Mis sándwiches estaban aguados, hechos pedazos, y pintados de un rojo encendido por las paternales remolachas; se abochornaron por mí como yo me abochorné por su inventor.

Y lo mismo que con el sexo, la política o la religión: así con la comida. Para el tiempo en que comencé a averiguarlo por mí mismo, ya era muy tarde como para preguntarles a mis padres. Ellos no habían logrado instruirme, y ahora yo los castigaría no preguntándoles. Yo estaba a la mitad de mis veintes y aprendiendo a tocar por nota: algo de la comida que confeccioné en ese tiempo era criminal. En lo alto de mi escala estaban las chuletas de cerdo, los chícharos y las papas. Los chícharos eran congelados, por supuesto; las papas eran de lata, ya peladas y venían en una salmuera dulzona que me gustaba beber; las chuletas de cerdo no se parecían nada a cualquier otra cosa que después pudiera encontrarse bajo ese nombre. Sin hueso, ya cortadas, y de un rosa luminoso, se distinguían por su capacidad para conservar un matiz fluorescente sin importar durante cuánto tiempo las cocinaras. Esto me daba mucha libertad como chef: no estaba crudo a menos que estuviera absolutamente frío, o no estaba cocinado de más a menos de que estuviera quemado y negro como el carbón. La mantequilla se prodigaba sobre los chícharos, las papas y, casi siempre, también sobre las chuletas.

Los factores clave que gobernaban entonces mi “cocina” eran la pobreza, la falta de habilidad y el conservadurismo gastronómico. Otros pudieron haber vivido de sobrantes como las vísceras; la lengua en lata era lo más cercano que yo llegaría al respecto, aunque el corned beef contenía sin duda partes del cuerpo que habrían sido desagradables en su condición original. Una materia prima era el pecho de cordero: fácil de asar, muy fácil de ver cuándo ya estaba cocido, lo suficientemente grande como para rendir tres comidas sucesivas por algo así como un chelín. Luego me gradué en lomo de cordero. Yo lo acompañaba de un enorme pie de poro, zanahoria y papa sacado de una receta del London Evening Standard. La salsa de queso del pie tenía siempre un fuerte sabor a harina, aunque este olor disminuía gradualmente con el diario recalentado. Sólo hasta después entendí por qué.

Mi repertorio se amplió. La carne y los vegetales fueron las cosas principales que llegarían a ser, si no dominadas a la perfección, por lo menos controlables. Luego vinieron los pudines y las sopas de todo tipo; después —mucho después— los gratinados, la pasta, el risotto, los suflés. El pescado siempre fue un problema, y en gran medida lo sigue siendo. Para empezar: comprarlo. Ya sé que se supone que uno mirará de cerca en los ojos de la cosa para checar su frescura, pero una vez sobre la plancha a mí todos me parecen igual de muertos. ¿Y qué tal si además uno no puede ver todo el cuerpo? “Deme dos filetes de un mero con ojos brillantes, por favor”: no es una frase que llegue con facilidad a los labios.

Cuando había visitas en casa, empezó a salir a la luz el hecho de que yo cocinaba. Mi padre observaba este desarrollo con la sospecha benigna, liberal que previamente había dejado ver cuando me sorprendió leyendo el Manifiesto comunista, o cuando lo obligué a escuchar los cuartetos de cuerda de Bartok. Su actitud parecía decir: si esto se pone tan mal como parece, entonces es probable que yo pueda manejarlo. Mi madre estaba más feliz; al no tener hijas, por lo menos tenía un hijo que apreciaba sus años de galeote en la cocina. No que nos sentáramos por ahí a intercambiar recetas; pero ella se daba cuenta del ojo codicioso que yo ahora le echaba a su antiguo ejemplar de Mrs. Beeton. Mi hermano, escudado por su vida universitaria y marital. No cocinó nada que fuera más allá de un huevo frito hasta sus cincuentas.

El resultado de todo esto —y yo culpo con dureza al “todo esto” en vez de culparme a mí mismo— es que mientras que ahora cocino con pasión y placer, lo hago sin un sentido de libertad o imaginación. Necesito una lista exacta de compras y un libro de cocina de familia. El ideal de comprar libremente en el mercado —ir valseando por ahí con una canasta de mimbre sobre el brazo, comprar relajadamente lo mejor que el día ofrezca, y luego convertir esto en algo que pudo o no pudo haberse hecho antes— siempre me rebasará.

En la cocina soy un pedante ansioso. La única libertad que me tomo con una receta es aumentar la cantidad de un ingrediente (la remolacha, por ejemplo) que me gusta de modo particular. Que éste no es un precepto infalible fue confirmado por un platillo épicamente asqueroso que hice alguna vez, y que incluía macarela, martini y migas de pan: los invitados estaban más bebidos que saciados.

Soy también reacio a probar las cosas; para esto dispongo siempre de algunas excusas. Por ejemplo: las cosas no pueden saber igual ahora, en la tarde, con el regusto de un té dulce en la boca, a cómo deben saber y sabrán esta noche, luego de un gin and tonic que levante la moral. Lo que esto quiere decir es: me da miedo descubrir lo distinto que en esta etapa sabe la comida a como sabrá realmente al final. La otra excusa confiable es decirte a ti mismo que no tiene caso probar sabores porque uno está siguiendo la receta al pie de la letra y dado que: a) la receta no insiste en que pruebes el sabor en este punto, y b) está hecha por una autoridad respetada, entonces ¿en qué podría cambiar las cosas el hecho de probar o no probar los sabores?

Esto es algo, me doy cuenta, menos que maduro. Así lo son también mis arrebatos infantiles de volatilidad chefista. Si ustedes estuvieran en mi cocina, y de manera ociosa metieran el dedo en algo y dijeran que sabe bien, me jorobarían porque lo que yo estaría buscando sería sorprenderlos después con ese sabor ya en el plato. Y si, por otra parte, ustedes me sugirieran de modo amable, generoso y civilizado que un toque más de nuez moscada mejoraría el guiso, o que la cosa estaría mejor echándole menos salsa en lo sucesivo, yo vería en esto una grosera intromisión, una crítica totalmente inmerecida, y muy probablemente les daría en la cabeza con el voluminoso recetario de Gordon R.

Oh sí, y necesito que me elogien. Todos los cocineros tardíos lo necesitan. Si tan sólo mi madre me hubiera enseñado a cocer y a hervir en todos los años anteriores, yo no estaría tan necesitado ahora. Mis primeras palabras cuando la puerta se cierra finalmente tras el último invitado a la cena son normalmente con la fórmula: “Cocí demasiado la carne”. Lo que quiero decir con esto es: “No la cocí de más, ¿verdad que no?, y si la cocí de más, no importó, ¿o sí?”. Con frecuencia obtengo la contradicción que tanto anhelo; ocasionalmente es también un recuerdo de la regla hogareña según la cual después de los 25 años de edad uno no tiene permitido culpar a los padres de nada (ah, de modo que fue mi culpa haber cocido de más la carne…).

Felizmente, los cocineros varones de mi generación tendemos a recibir más y mayores elogios de los que merecemos, hablando objetivamente. Subjetivamente, sin embargo, los elogios nunca serán suficientes. n

Traducción de Gabriel Jiménez
(Núm. 304, abril de 2003)

Por una socialización no excesiva de la felicidad

POR UNA SOCIALIZACIÓN NO EXCESIVA DE LA FELICIDAD

POR MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

Para los seres humanos que no aspiren a la plácida felicidad de los filósofos o a la peligrosísima felicidad totalitaria de los religiosos, urgiría devolver el concepto a posibilidades de goce y plenitud más generalizables.

Que una publicación cumpla bastantes años nos hace felices y al mismo tiempo nos obliga a plantearnos el porqué y más allá, incluso, el mismísimo sentido de la felicidad. Que una revista de información y debate político-cultural dure muchos años se lo debe a la complicidad entre sus colaboradores y sus lectores, a lo que los comunicólogos llamarían un feliz feed back, a pesar de los ruidos que lógicamente han debido oírse durante tanto tiempo por el canal de comunicación. Esa complicidad nos aproxima a una de las muchas formas de la comunión de los santos, pero en una vertiente laica sumamente necesaria en los tiempos teocráticos que corren, no sé si en los cielos, pero sí en la tierra.

La felicidad era considerada por los moralistas materiales o concretos como el supremo bien y en cambio los moralistas religiosos, vinieran del cielo o del infierno que vinieran, se esforzaron durante miles de años en negar la posibilidad de la felicidad en este mundo. La vida es dolor; sentenciaba Tomás de Kempis en su Imitación de Cristo y Maruja Torres, desde su condición de víctima del terrorismo religioso franquista, ha asumido en más de una ocasión que hemos venido a este mundo a sufrir. Los moralistas religiosos se mueven entre el Todo y la Nada y desde la nada de la felicidad terráquea aspiran a la Felicidad Total que sólo puede encontrarse en el cielo mediante la contemplación de Dios, sin tener en cuenta que en el cielo no estará sólo Dios sino también todos los justos, por más pesados y discutibles que sean, por ejemplo el emperador Constantino, Pío XII, San Pablo, Franco, Eisenhower, la familia Bush al completo. Y por toda la Eternidad. No lo olvidemos.

Más cerca de la felicidad que nos proporciona la longevidad de esta revista se hallaría el concepto aristotélico que relaciona la posibilidad de beatitud con la práctica de actividades inteligentes y moderadas, marcadas por el placer del ejercicio de la razón. Más allá de esta felicidad lograda con la inteligencia, San Agustín se iba a la posesión total de la sabiduría que no era otra que la posesión de Dios. Para los seres humanos que no aspiren a la plácida felicidad de los filósofos o a la peligrosísima felicidad totalitaria de los religiosos, urgiría devolver el concepto a posibilidades de goce y plenitud más generalizables, por ejemplo escuchar “Ponme la mano aquí ma Corina…” en la voz de Chabela Vargas o participar en la comunión de los santos de los seguidores de clubes de futbol bien relacionados con la victoria o contemplar una puesta de sol sobre un río ancho y propicio o leer hasta entrada la noche y en invierno viajar hacia el sur, proyecto elotiano de felicidad que siempre me ha conmovido por su ingenuidad norteña.

Si ha sido la conquista de algunos postmarxistas, como Agnes Heller, tratar de relacionar lo histórico y lo cotidiano, en el luminoso asunto de la felicidad tampoco hay que pasarse, porque con demasiada tolerancia se propicia una felicidad canónica de consumo y, todavía más allá, se puede facilitar que la suerte de los artistas y los pueblos dependa de una excesiva banalización de lo feliz. Recordemos cómo un ciudadano argentino, Palito Ortega, estuvo a punto de ser presidente de la República sin otro mérito que haber cantado una canción dedicada a la felicidad, dotada de rimas tan interiorizadas como éstas:

La felicidad, a, a, a, a

De sentir tu amor, o, o, o, o        .n

Ciencia. Otros títulos clave

Ciencia

Otros TÍtulos clave

Bernardo Ortiz de Montellano: Medicina, salud y nutrición aztecas (1993) • Bruno Estañol, Eduardo Césarman: El telar encantado (1996) • Francisco González Crussí: Día de muertos y otras reflexiones sobre la muerte (1997) • José Luis Díaz: El abaco, la lira y la rosa. Las regiones del conocimiento (1997) • Francisco Noreña Villarías: La manzana de Einstein (1998) • Ezequiel Ezcurra (editor): The Basin of México-. Critica! Environmenta! Issues and Sustainability (1999) • Rosaura Ruiz, Francisco Ayala: Epistemología y evolución (1999) • Luis González de Alba: El burro de Sancho ye! gato de Schródinger (2000) • Francisco Bolívar Zapata, Pablo Rudomin (compiladores): Una visión integradora: universo, vida, hombre y sociedad (2001) • Francisco González Crussí: Mors repentina(2001)   • Hugo Delgado: Ciencias de la Tierra. Los Volcanes de México (2002) • Jaime Padilla y Agustín López- Munguía: Alimentos transgénicos (2002) • Ruy Pérez Tamayo: La ética médica (2002) • Francisco Bolívar Zapata (coordinador): Biotecnología moderna para el desarrollo de México en el siglo XXL Retos y oportunidades (2002) • Mario Molina (editor): Air Quality in the México Megacity(2002)   • Horacio Jinich: El paciente y su médico (2002).

Ensayo

ENSAYO

Alejandro Rossi:

Manual del distraído (1978).

Jorge Aguilar Mora:

La divina pareja. Historia y mito en Octavio Paz (1978).

Antonio Alatorre:

Los 1001 años de la lengua española (1979).

Hugo Hiriart:

Disertación sobre las telarañas (1980). Octavio Paz:

Octavio Paz:

Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (1982).

Roger Bartra:

La jaula de la melancolía (1987).

José María Pérez Gay:

El imperio perdido (1991).

José Joaquín Blanco:

Crónica literaria.

Un siglo de escritores mexicanos (1996).

José de la Colina:

 Libertades imaginarias (2001).

Carlos Fuentes:

En esto creo (2002).

Felicidad

¿Hay felicidad que no se vea empañada, más tarde o más temprano, por la muerte del ser querido, la ruptura de la relación amatoria, la fidelidad traicionada, la amistad quebrada?

Felicidad, happiness, bonheur, felicità. Pocos vocablos concitan, universalmente, tal profusión conceptual y semejante ambigüedad. Nunca ha estado “la felicidad” ausente del pensamiento occidental. “Eudemonismo” para los antiguos, el latín distingue entre felicidad como fortuna externa y como hecho interno. Para Sócrates, la felicidad es acontecimiento interior identificable con la virtud. Aristóteles, muy en vena acostumbrada, la convierte en acción externa acorde con la razón. Para hedonistas, la felicidad es el placer y el placer es la felicidad. Los epicúreos matizan: gocemos de la vida externa, pero no nos rindamos, si queremos ser felices, a sus caricias. Demócrito identifica felicidad con serenidad (atarasia) y ésta con estabilidad, expulsión del deseo, del miedo y del dolor físico.

Son los utilitaristas ingleses (Hobbes, Bentham, Mill) quienes le dan su sentido más moderno, directo y, si se quiere, dogmático a la palabra. Lo bueno es lo útil. Pero es a la Ilustración francesa a la que se acostumbra cargarle —erróneamente, a mi juicio— la consagración de lo que desde el siglo XVIII hemos considerado, en Occidente y su Periferia, felicidad. Lo consignan las leyes fundadoras de los Estados Unidos de América, concediendo a sus ciudadanos, si no el derecho a la felicidad, sí su equivalente pudoroso: la búsqueda de la felicidad. Este derecho ilustrado no tardó en fundirse con un puritanismo maniqueo que convierte a la nación norteamericana no sólo en aspirante a la felicidad, sino en portadora maniquea de la felicidad como bien opuesto al mal. En estos momentos (2002) vemos al supremo ejemplo de los Estados Unidos de América autoproclamados eje del bien y en consecuencia de la felicidad, contra el eje del mal, o sea, la sede de las desgracias. Uno solo se autodefine en la sinonimia bien-felicidad y consigna a quienes no lo siguen a la sinonimia opuesta, mal-infelicidad.

La actual situación mundial ilustra de nuevo, como si los horrores del siglo XX no hubiesen bastado, la ambigüedad del vocablo felicidad. Basta proyectar las películas de Leni Riefenstahl o de los noticieros de marchas y congresos soviéticos para ver el retrato de la “felicidad” en un mar de rostros sonrientes y solares. Andrei Blinov, escritor del realismo socialista en serie (o “estajanovista”) llegó a publicar una novela titulada La felicidad no se busca solo. Es decir, requiere el concurso de la multitud fiel, disciplinada, incapaz de hablar de felicidad por sí sola, sin la dirección del Partido y el Jefe.

Y sin embargo, es cierto que la felicidad individual requiere insertarse socialmente, llámese solidaridad, llámese compasión. Los filósofos de la Ilustración entendieron bien esta dimensión de lo feliz. Carmen Iglesias, la gran historiadora española, propone claramente la cuestión en su libro Razón y sentimiento en el siglo XWIII. Refiriéndose a Montesquieu, Iglesias se pregunta: ¿cómo hacer compatible la libertad del individuo con una “felicidad social” —sin la cual no se entiende tampoco la felicidad individual en el siglo XVIII—? La respuesta de Montesquieu consistiría en “una articulación institucional que salvaguarde la libertad del individuo y la haga compatible con cierta prosperidad del Estado, como garantía de bienestar material de los ciudadanos o felicidad social”.

Es Condorcet quien transfiere el equilibrio entre felicidad personal y felicidad social de Montesquieu a un mito, dañino entre todos, de la identidad entre felicidad y progreso, siendo el progreso algo inevitable, fatal y ascendente. Estamos condenados a progresar y en la medida en que progresemos, seremos felices. O sea, seremos forzosamente felices porque las leyes del progreso son, dice Condorcet, ascendentes e imparables. Se necesitó el pesimismo crítico de Nietzsche para recordarnos que felicidad e historia rara vez coinciden. Rousseau, a quien Nervo le debió un verso (“Juan Jacobo, qué mal me hiciste, con aquel libro que tú escribiste”) propone el contrato social —no lo olvidemos— a partir de una visión pesimista de la desintegración del mundo moderno, que convierte a cada individuo en un ser infeliz. Pero, ¿alguna vez fuimos felices? En el estado de naturaleza, dice el filósofo, la felicidad apenas ha representado un relámpago. Aparte de la opinión que nos merezca como filósofo-político, Rousseau es sin duda el padre del romanticismo y la exaltación de la felicidad en la vida erótica, el placer de los sentidos, el riesgo de un Byron, el suicidio de un Werther…

El romanticismo, empero, no es sólo una gran escuela literaria. Encierra una peligrosa teoría política que es la de la recuperación de la totalidad perdida como proyecto para la felicidad. Marx la llamará enajenación. Pero la praxis de los extremos —derecha e izquierda—, la llamará totalitarismo. A tiempo lo dijo Adorno: “Una humanidad liberada de ninguna manera sería una totalidad”. Las fantasías regresivas del retorno a un pasado feliz (el mito de la Edad de Oro) sirven de base para levantar fantasías futuristas de “la feliz identidad de sujeto y objeto”.

La gran tragedia de la modernidad fue perder la tragedia de la antigüedad. Quiere decir que la enajenación al progreso ascendente y fatal como condición de la felicidad, nos condujo a la perpleja parálisis de los borregos de Panurgo cuando la historia demostró con cuánta facilidad se sacrificaba la felicidad a los totalitarismos políticos capaces de prometer felicidad total sólo a cambio de sumisión total.

Veo dos caminos, igualmente difíciles, si no imposibles, de crear una nueva medida de felicidad para nuestro tiempo. El más arduo es la restauración del espíritu trágico. El sentimiento trágico no se engaña respecto al mal que nos podemos hacer unos a otros. El héroe trágico transgrede. Pero purga sus excesos de acuerdo, dice Anaximandro, “con las leyes del tiempo”. La tragedia es la “ley del tiempo” que el Mediterráneo clásico encontró para redimir al héroe caído y re-establecer el orden de la ciudad a través de la catarsis que, al representarlo, resuelve el conflicto entre libertad y fatalidad, dándonos, en el conocimiento de nosotros y de nuestros semejantes, la medida de felicidad que nos corresponde.

El más asequible sería el camino de afirmar la identidad sin herir a la diversidad. Más aún: hacer coincidir la preservación de la identidad con el respeto debido a la diversidad. Podemos señalar, hasta la fatiga, los obstáculos que el mundo actual, en todos sus niveles, político, económico, personal, informativo, educativo, etc., opone a semejante equilibrio entre identidad y diversidad. Sin embargo, ¿hay realidad que no contenga tanto las satisfacciones personales que identifican “felicidad” con creatividad, erotismo, amor filial, techo y lecho, cocina y piscina, esas minucias que son nuestra verdadera “patria” tal y como la describe José Emilio Pacheco en su gran poema “Alta Traición”, como las satisfacciones sociales o colectivas del buen gobierno, la honradez administrativa, la seguridad pública, el derecho a disentir, la facultad de elegir…?

Y sin embargo, no nos engañemos. Tan sólo en el ámbito de la vida personal, ¿hay felicidad que no se vea empañada, más tarde o más temprano, por la muerte del ser querido, la ruptura de la relación amatoria, la fidelidad traicionada, la amistad quebrada?

La felicidad es por ello palabra ambigua, palabra crítica, palabra enmascarada a veces, necesitada de la luz del amor para revelarse sin engaño.    n

Esa ilusión indispensable

ESA ILUSIÓN INDISPENSABLE

TRADUCCIÓN DE ALBERTO ROMÁN

POR JEAN DANIEL

La felicidad es un glotón sereno. Necesita durar para desplegarse. Requiere estar a sus anchas, en una corriente de agua constante. La alegría es el manantial; la felicidad, el río. La felicidad no brota, fluye. La felicidad no se precipita, se despliega.

La felicidad es la duración; la alegría, el instante. No hay felicidad sin plenitud, sin continuidad. En el límite, la felicidad es la encarnación del Tiempo. En cuanto a la alegría, no hay más que considerar las expresiones: “Me alegra saber qué…”, “¡Qué alegría!”. Se trata del instante, de lo fugaz, lo efímero. De amar lo que va a desaparecer. ¡Qué angustia! Y a cambio, ¡qué intensidad! El gozador, el hombre urgido, pero también el tuberculoso, el sidoso, el canceroso, viven en el instante. No aspiran a alcanzar un alma inmortal, mas como el poeta Píndaro, agotan el terreno de lo posible. Conocen el éxtasis de la joven religiosa de Diderot mientras aguarda la ordenación. Alegría, lágrimas de alegría dice Pascal. Aprehender el instante, domesticar la alegría: ni una ni otra cosa son posibles. En resumen, la alegría es lo contrario del Tiempo.

Por su parte, la felicidad es un glotón sereno. Necesita durar para desplegarse. Requiere estar a sus anchas, en una corriente de agua constante. La alegría es el manantial; la felicidad, el río. La felicidad no brota, fluye. La felicidad no se precipita, se despliega. La felicidad, ¡bah!, le decía Claudel a Suarés. “Otro instante de felicidad”, dice Montherlant, que ama yuxtaponer los opuestos. Quiere absorberlo todo. Montherlant es el que inventó “Yo prefiero la alternancia a la alternativa”. El quiere el instante y el Tiempo. Conclusión provisional: la felicidad es una especie de apuesta sobre el futuro, o una nostalgia del pasado.

Nostalgia. Esta es la palabra. La felicidad no se vive en el presente. A veces uno se equivoca, pues la felicidad se reconstruye y retorna en la forma de presente histórico. Se trata entonces de recuerdos convocados, además de apuestas sobre la prolongación de un estado o de un momento. “¿Instantánea?”. ¿La cámara puede aprehender alguna otra cosa? Camus se equivocó en este punto. Confundió felicidad vivida y furia de vivir. Hizo un valor de una disposición para la cual, dice, siempre se había sentido capaz. Valor, de acuerdo, pero utópico. Existen también rabias de vivir que uno toma por estados felices. Pero no se trata más que de necesidades de intensidad. Luego entonces, si la felicidad es un deseo o una nostalgia, es porque no es. Uno no se da cuenta sino más tarde. “Entonces yo no sabía lo feliz que era”. O: “Teníamos todo para ser felices”. Edad de oro. Estado de gracia.

Los antiguos buscaban el “sumo bien” o el “alma gemela”, después la gracia o la salvación. Incluso la concepción spinozista de la felicidad no se distingue por otra cosa que por el placer de no tener más deseo. Uno no puede estar ni infeliz, ni decepcionado, ni dilapidado: en la ascesis, aun epicúrea, o el hedonismo, que invita al despojamiento, no hay más lugar para el deseo. Ni siquiera para ese deseo del deseo que constituye la fuerza de la miseria sexual que irriga una nueva literatura, de Philip Roth a Houellebecq, y que comenta con mayor maestría Octavio Paz. Le aconsejo a Philippe Sollers, cuyo casanovismo alegre se sofoca tras los pasos de las jóvenes miserias a la moda, que lea y relea La llama doble de Octavio Paz. La búsqueda del deseo es el deseo perdido y eso no puede ser la felicidad. Una vez más, la felicidad reclama la duración. A pesar de Vigny, que incita a “amar lo que jamás se verá otra vez”. A pesar de Goethe y de Gide, que decretan que hay que amar lo que va a desaparecer, por la misma razón que uno cree elegidos de los dioses a aquellos que mueren muy jóvenes (Keats, Shelley, Géricault, Fournier…). Así que la felicidad no es necesariamente el amor. Uno querría que el tiempo suspendiera su vuelo. Se habla de instante de, eternidad. En resumen, uno asocia la felicidad a la continuidad perseguida, a la inmortalidad soñada —una especie de muerte.

Si en verdad no hay felicidad sino en la nostalgia, todo lo demás es deseo, placer, voluptuosidad, alegría, éxtasis, beatitud. Pero queda lo esencial: la manera en que esta misma nostalgia es recibida. La filósofa Simone Weil ha mostrado las virtudes del pasado (cf. L’enracinemeni). Existe la nostalgia negativa. Uno no puede vivir más sin las condiciones y los seres de un cierto pasado. La evocación de una edad de oro que nunca más se podrá resucitar o reencontrar. Ese pasado puede no haber existido jamás. Lo que hace llorar las voces de los eslavos y los violines gitanos, los lamentos, los voceros, los fados, es la tristeza voluptuosa de aquello que, más o menos vagamente, uno decreta que algún día existió. O puede tratarse de una especie de lánguido lamento sobre lo imposible. Y la manera de cantarlo es conjugando los verbos en futuro perfecto. Pero también existe la nostalgia positiva. Esa nostalgia de una época en la que uno piensa que habría tenido su propio lugar.

Ejemplos de felicidad pasada vivida en el presente en la literatura. No caeré en la facilidad de citar a los poetas que, de Dante a Hugo, pudieron vivir la felicidad de lo imaginario. Cuando Gide dice: “Nathanaél, yo te hablaré de las esperas”, parece un poco cerebral. ¿Para qué esperar? ¿Por qué no consumir enseguida, en el instante? Dirá también: “El momento más hermoso de los amores no es cuando uno ha dicho te amo”. No se trata, ciertamente, de que él sea un masturbador del deseo, como hoy en día se dice de forma tan bonita. Es porque sabe que el acto encierra su propio fin y no quiere (si se me permite esta otra expresión a la moda) volverse un eyaculador precoz. Se preocupa por hacer durar el placer. La consumación no es sólo la satisfacción, es durante un tiempo la muerte del deseo, luego entonces, una forma de muerte.

Pero quiero hablar de Faulkner y de Proust. Cuando con Santuario se leyeron las primeras construcciones literarias de la intemporalidad (saltos, entrecruzamientos o sucesión de épocas sin reparos cronológicos), Coindreau, traductor de Faulkner, subraya que no se les consideró más que una audacia formal, de estilo. De hecho, el traductor bien pronto descubrió que esta lucha de Faulkner con el tiempo no tenía nada de arbitrario: para el narrador (para el héroe, para los hombres) era una forma de reconstruir un recorrido en sus contradicciones, incluso las olvidadas, las reprimidas. ¿Por qué la vida “es un cuento pleno de sonido y de furia, contado por un idiota y sin ningún significado”?1

 Porque no deja de oponerse a sí misma si se le sigue. Para el autor (y el narrador) de En busca…, que no es enemigo de la intemporalidad, se trata de otra cosa totalmente distinta. De entrada, es implícito, indiscutible y evidente: a los ojos de Proust, ni el deseo ni el amor son la felicidad. El erotismo está hecho de riesgo, y el amor de inseguridad. La felicidad sería, en rigor, la ilusión de que una alegría (un placer) pudiera prolongarse y sobrevivir, cuando uno sabe que esa alegría no nace sino para morir. Hay siempre una mantis religiosa en el ser que ama. Devora a aquel que la ha fecundado. Una forma de recordarle que la sexualidad es castigada desde el momento en que pretende el erotismo, el amor, la felicidad. ¿Esa felicidad sería el pasado, y por lo tanto la serenidad que le procura a los viejos él querido recuerdo de las intensidades idas? Es que se puede vivir protegido por los muertos, porque se les oye tranquilizadores, porque los muertos arropan, acompañan. ¿Qué otra cosa hace Cristo con los que creen en él? Y en su canción “Avec le temps”, el lamento de Léo Ferré que le pone a uno la carne de gallina, es el lamento de una madre que lo deja a uno partir, acomodándole la bufanda mientras dice: “¡No te resfríes!”. Dicen: “La felicidad es conocer sus límites y amarlos” (Romain Rolland). O “toda la desdicha del hombre proviene de no saber quedarse tranquilo en su cuarto” (Pascal). ¿Tranquilo? ¡Pero eso es la muerte! ¿La felicidad sería entonces parecerse bastante a la muerte con objeto de que, sorprendida y confusa, lo evite a uno? Desde los lamentos de Du Bella y hasta los sonetos de Verlaine, es la nostalgia. Desde las canciones de Barbara hasta los gritos de Brel. ¿Y si la felicidad no estuviera sino en el más allá, imaginada, vivida? Dicho con otras palabras, se puede ser feliz de desear la felicidad, se puede vivir con la imaginación o con un relato una felicidad pasada, pero estar en la felicidad no quiere decir nada, uno no se plantea la cuestión. La felicidad, contrariamente a la alegría, que es intensidad positiva, al placer, que es parcial, al éxtasis, que es transporte del alma. Resumamos. Alegría: recepción de una intensidad presente; placer: diversión de los sentidos; erotismo: refinamiento sexual; sexualidad: miseria juvenilista de retorno a la bestialidad, opuesta al erotismo; amor: vida en alguien más; felicidad: estado de inocencia presente o manera de revivir esta inocencia por el recuerdo y la comparación con el presente. n

1.”It’s a tale / Told by an idiot, full of sound and fury,

/Signifying notbing” (Macbetb, V, V).

Crónica y periodismo

CrÓnica y periodismo

Carlos Monsiváis:

Amor perdido (1978).

Vicente Leñero:

Los periodistas (1978).

Elena Poniatowska:

Fuerte es el silencio (1980).

Ricardo Garibay:

De lujo y hambre (1981).

José Joaquín Blanco:

Función de medianoche (1981).

Fátima Fernández Christlieb:

Los medios de difusión masiva (1982).

Julio Scherer:

Los Presidentes (1986).

Carlos Monsiváis:

Entrada libre:

Crónicas de la sociedad que se organiza (1988).

Carlos Tello Díaz: La rebelión de las Cañadas.

Origen y ascenso del EZLN (2000).

Raúl Trejo Delarbre:

Mediocracia sin mediaciones (2001).

Pensamiento. Otros títulos clave

PENSAMIENTO

OTROS TÍTULOS CLAVE

Gabriel Zaid: El progreso improductivo (1979) • Héctor Aguilar Camín: Saldos de la Revolución (1984) • Carlos Pereyra: El sujeto de la historia (1984) • Luis F. Aguilar: Max Weher (1984) • Ramón Xirau: Cuatro filósofos y lo sagrado (1986) • Octavio Paz: El peregrino en su patria. Historia y política de México (1987) • Mauricio Merino: Gobierno local, poder nacional: la contienda por la formación del Estado mexicano (1988) • Enrique Krauze: Textos heréticos (1992) • Claudio Lomnitz: Salidas del laberinto (1995) • Alfredo López Austin, Leonardo López Luján: El pasado indígena (1996) • Francisco Gil Villegas: Los profetas y el Mesías (1996) • Carlos Pereda: Crítica de la razón arrogante (1997) • Antonio Azuela de la Cueva: La ciudad, la propiedad privada y el Derecho (1999) • Fernando Escalante: La mirada de Dios (2000) • Arturo Warman: El campo mexicano en el siglo XX (2001) • Juan Pedro Viqueira: Encrucijadas chiapanecas (2002) • Marta Lamas: Cuerpo: Diferencia sexual y género (2002) .

Elogio de la infelicidad

ELOGIO DE LA INFELICIDAD

POR EMILIO LLEDÓ

Tal vez, el sentimiento de equilibrio y sosiego interior esté amenazado por la miseria, la violencia, la crueldad creciente que, desde los griegos, ha experimentado la humanidad. Porque, efectivamente, es imposible la felicidad si la mirada descubre, alrededor de la vida individual, la enfermedad social y la corrupción que destroza la vida colectiva.

No fue grande la sorpresa cuando, hace muchos años, estudiando la literatura griega, descubrí que la felicidad se alimentaba de bienes materiales, por así decir, y que ser feliz era, en el fondo, “tener más”, tener tierras, casas, esclavos, ánforas, vestidos. Todo ello servía para asegurar la siempre inestable y frágil existencia. Era, pues, natural que la vida, sustentada en el cuerpo, en sus necesidades, en su salud, encontrase una forma de equilibrio en esas “cosas” reales, que ayudaban a defenderla y afirmarla.

Pero en la imaginación y los sueños humanos, esos bienes no parecían provenir del esfuerzo o el trabajo. En el centro mismo de la palabra felicidad (eudaimonia), se encontraba agazapado el azar, bajo la forma de un duende (daimon) que otorgaba, caprichosamente, sus dones a los mortales. La imagen de Creso y de otros poderosos flotaba, por el aire mítico de Atenas, como testimonios duros de una radical injusticia, de una insuperable arbitrariedad. ¿Por qué a ellos tanto, y a nosotros tan poco?, debieron preguntarse los griegos. ¿Habría alguna razón, algún premio oculto, en esa originaria veleidad? ¿O era todo capricho de unos dioses que, con el reparto gratuito de sus beneficios marcaban, en el imperio de la necesidad, el testimonio provocador y cruel del absoluto azar?

En el curso de la experiencia literaria de los griegos quedó el testimonio de ese indiscutible hecho, que probaba la estructura corporal e indigente de la existencia. Pero en esa misma historia se produjo, sin embargo, una ejemplar evolución. El “bienestar” se debía, efectivamente, a la ausencia de angustia y preocupación por el “bientener”. Esa era la primera lección de la implacable naturaleza que exigía, sin cesar, su diario tributo de alimentos que señalaban la estructura real e imprescindible de la indigente corporeidad.

En la frontera de esa indigencia comenzó, sin embargo, a aletear otra forma de felicidad. A medida que el lenguaje se fue convirtiendo en algo más íntimo que una mera forma de señalar el mundo y de comunicarse sobre esas señales, las palabras empezaron a descubrir y describir un universo más abstracto, más ideal que la escueta referencia a las cosas. Y en ese descubrimiento, fue naciendo un sentimiento parecido al “bienestar”; pero que no surgía por la seguridad que daban aquellas cosas, aquellos bienes que se tenían y que nos afirmaban, con su posesión, la vida. El “bienestar” se transformó en “bienser”. La instalación casi exclusiva en la felicidad que descansaba sobre el mundo de las cosas, se hizo presente en el mundo de los sentimientos. Una serie de palabras empezaron a describir, en la literatura griega, ese equilibrio, esa sensatez, esa alegría, que provenía de los inescrutados territorios de la mismidad. Un sentimiento de paz interior que se conformaba con poco, con poder acallar la voz de la carne que exige el alimento, la luz y el aire para seguir latiendo, tal como enseñaba Epicuro. Es verdad que estas mínimas pertenencias eran, al fin y al cabo, una metáfora; pero una metáfora que describía los límites precisos de la naturaleza más allá de los cuales se corrompía la existencia. La verdadera democratización del cuerpo y de la vida exigía, pues, el respeto a esa corporeidad que necesitaba alimentarse, poder sentir, poder entender y poder percibir la vida como “energía y alegría”. Este era un derecho esencial para todos los seres humanos, y la tensión hacia una política de la igualdad no era sino el reconocimiento de ese derecho, del que arrancaba la amistad y la justicia y la posibilidad de convivir.

Tal vez, el sentimiento de equilibrio y sosiego interior esté continuamente amenazado por la miseria, la violencia, la crueldad creciente que, desde los griegos, ha experimentado la humanidad. Porque, efectivamente, es imposible la felicidad si la mirada descubre, alrededor de la vida individual, la enfermedad social y la corrupción que destroza la vida colectiva. A no ser que esa corrupción haya alcanzado nuestra mente, y el ansia de tener, sobre todo en la sociedad de consumo, haya acabado consumiendo la propia existencia del consumidor y haya insensibilizado su mirada.

Una felicidad amenazada no permite el sosiego y la paz que necesita la conciencia para “ser” feliz. El sueño del equilibrio y amistad con nosotros mismos está siempre lleno de pesadillas, de insatisfacciones. Sólo el “señorito satisfecho” es capaz de regodearse en la propia y ciega felicidad de tener, e inventarse ideologías para aposentarse en su particular regodeo. Es verdad que la vida necesita también, para seguir alentando, esos espacios de sosiego exterior e interior, ese gozo e identificación con la naturaleza o con el arte. Es verdad que el sentimiento de gozo y de felicidad es uno de los regalos más valiosos que nos permite la naturaleza de nuestro cuerpo y de nuestra mente; pero el filósofo había escrito que el origen de todas las relaciones que establezcamos con el mundo y con nuestro prójimo, se encuentra en la amistad que tengamos hacia nosotros mismos. Una amistad que nada tiene que ver con el egoísmo, sino con esa forma más humana de ser, que nos va convirtiendo en persona, en seres dignos, a pesar de contradicciones y fatigas, de podernos querer.

Pero en el principio de esa querencia está asentada la lucidez, la libertad para entender. Nuestro estar con nosotros —ese callado diálogo que, sin cesar, mantenemos— nos dice que jamás podremos quedar plenamente satisfechos de nuestra particular existencia, si está embotada en el acuciante círculo de la entontecida prosperidad. La infelicidad que viene de fuera: las tensiones, la violencia y la estupidez que, tantas veces, destrozan la vida colectiva, se compaginan mal con la deseada buenaventura. Pero ese inevitable punto de inseguridad es, por otra parte, estímulo y acicate hacia esas otras metas que llenan el horizonte ideal en el que se conforta y orienta la vida. Un descontento que nos enseña el sentido más apasionante de cada empresa humana, y que nos empuja constantemente en la dirección de una personal felicidad, imposible si no tiende, de alguna forma, a la compañía y felicidad de los demás. Una utopía paradójicamente a mano, y que sólo puede alcanzarse en el reconocimiento y aceptación de la insalvable finitud de nuestra generosa infelicidad.   n

Ensayo. Otros títulos clave

ENSAYO

OTROS TÍTULOS CLAVE

 Evodio Escalante: José Revueltas. Una literatura del lado “morídor” (1978) • Sergio Fernández: Los desfiguros de mi corazón (1983) • Huberto Batis: Estética de lo obsceno y otras exploraciones pornográficas (1983) • Margo Glantz: De la amorosa inclinación a enredarse en cabellos (1984) •Guillermo Sheridan: Los Contemporáneos ayer (1985) • Luis Miguel Aguilar: La democracia de los muertos (1988)•Sergio Pitol: Las palabras de la tribu (1989) • Federico Campbell: La memoria de Sciascia (1989) • Adolfo Castañón: El caballero de la voz errante (1989) • Gonzalo Celorio: La épica sordina (1989) • Guillermo Sheridan: Un corazón adicto: La vida de Ramón López Velarde (1989) • Sergio González Rodríguez: Los bajos fondos (1990) • Alberto Ruy Sánchez: Introducción a Octavio Paz (1991) • Fabienne Bradu: Antonieta (1991) • Alvaro Ruiz Abreu: José Revueltas. Los muros de la utopía (1992) • Adolfo Castañón: Arbitrario de literatura mexicana (1993) • Carlos Tello Díaz: El exilio. Un relato de familia (1993) • Antonio Saborit: Los doblados de To- móchic (1994) • José Luis Martínez, Christopher Domínguez Michael: La literatura mexicana del siglo XX (1995) • Hugo Hiriart: Sóbrela naturaleza de los sueños (1995) • Sergio Pitol: El arte de la fuga (1996) • Fernando Curiel: El Ateneo (1997) • Christopher Domínguez Michael: Tiros en el concierto (1997) • Roger Bartra: El salvaje artificial (1997) • José Joaquín Blanco: Pastor y ninfa (1998) • Vicente Quirarte: Elogio de la calle.

Biografía literaria de la ciudad de México, 1850-1992 (2001).

Vida pública

VIDA PÚBLICA

Jorge Carpizo: El presidencialismo mexicano (1978).

Octavio Paz: El ogro filantrópico (1979).

Luis Javier Garrido: El Partido de la Revolución Institucionalizada (1982).

Enrique Krauze: Por una democracia sin adjetivos (1986).

Gabriel Zaid: La economía presidencial (1987).

Héctor Aguilar Camín: Después del milagro (1988).

Soledad Loaeza: El Partido Acción Nacional: la larga marcha, 1939-1994 (1999).

Jorge G. Castañeda: La Herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México (1999).

Jesús Silva-Herzog Márquez: El antiguo régimen y la transición en México (1999).

Ricardo Becerra, Pedro Salazar, José Woldenberg: La mecánica del cambio político en México (2000).

Cuento. Otros títulos clave

CUENTO

OTROS TÍTULOS CLAVE

Inés Arredondo: Río subterráneo (1979) • Agustín Monsreal: Los ángeles enfermos (1979) • Elena Garro: Andamos huyendo, Lola (1980) • Juan Villoro: La noche navegable (1980) • Salvador Elizondo: Camera lucida (1981)•   Pedro F. Míret: Rompecabezas antiguo (1981) • Rafael Ramírez Heredia: El rayo Macoy (1984) • Daniel Sada: Juguete de nadie y otras historias (1985) • Guillermo Samperio: Gente de ciudad (1986) • Hernán Lara Zavala: El mismo cielo (1987) • Emiliano Pérez Cruz: Si camino voy como los ciegos (1987) • Alejandro Rossi: El cielo de Sofero (1987) • Rafael Pérez Gay: Me perderé contigo (1988)•    Angeles Mastretta: Mujeres de ojos grandes (1990) • Bruno Estañol: Ni el reino de otro mundo (1991) • Cristina Rivera Garza: La guerra no importa (1991) • Héctor Aguilar Camín: Historias conversadas (1992) • Luis Miguel Aguilar: Suerte con las mujeres (1992) • Silvia Molina: Un hombre cerca (1992) • Carlos Fuentes: El naranjo (1993)•   Rafael Pérez Gay: Llamadas nocturnas (1993) • Jorge López Páez: Doña Herlinday sus hijos y otros hijos (1993)•   Javier García Galiano: Confesiones de Benito Souza, vendedor de muñecas (1994) • Guillermo Fadanelli: Terlenka (1995) • Juan García Ponce: Cinco mujeres (1995)•   Eduardo Antonio Parra: Los límites de la noche (1996) • Francisco Hinojosa: Cuentos héticos (1996) • Ana García Bergua: El imaginador (19%) • Carlos Fuentes: La frontera de cristal (1997) • David Toscana: Historias del Lontananza (1997) • Jesús Gardea: Reunión de cuentos (1999) • Guillermo Samperio: Cuando el tacto toma la palabra (1999) • José de la Colina: Tren de historias (2000)

•   Pablo Soler Frost: El sitio de Bagdad y otras aventuras del Doctor Green (2000).

Charlie

CHARLIE

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Charlie había aparecido en el horizonte

y yo no estaba dispuesto

a regresar a España sin saber a ciencia

cierta quién exactamente era

este personaje tan extraño.

En teoría, Charlie era el encargado

de aquella casona convertida en hotel

de tan sólo doce habitaciones,

y lo hacía todo sin más ayuda

que la de una joven y bella muchacha.

vuelvo la mirada y el recuerdo hacia aquel mes de enero de 1999, me concentro en cada detalle, y sigo sin entender nada, ni siquiera la luminosidad casi permanente y el sol a menudo radiante que acompañaron la última visita que hice a Londres, en pleno invierno, antes de regresar a vivir al Perú. La mudanza y mi partida a Lima debían efectuarse el próximo mes de febrero y aún me quedaban muchos asuntos y compromisos pendientes en Madrid, pero mi deseo de visitar Londres y depositar unas flores en la tumba de mi gran amigo Martin Hancock, de visitar los lugares que tantas veces frecuenté con él, con David, su hermano mellizo, y con sus amigos, era tan grande como el de conocer personalmente a Alicia, la cuarta y última esposa de Martin, la paciente y generosa colombiana que lo acompañó en las buenas y en las malas, y que, sin duda alguna, fue su compañera ideal y la única mujer que logró entender —y también soportar— a un hombre tan entrañable como caótico.

Acepté una invitación del Instituto Cervantes, de Londres, para dar una conferencia, y ello me permitió quedarme unos días en Londres, aunque jamás logré cumplir con mis deseos de visitar la tumba de aquel amigo inolvidable. Una vez más, comprendí hasta qué punto los anglosajones esconden a sus muertos y cómo la sola idea de la muerte les resulta prácticamente obscena. Y, por más que David Idwal Jones, uno de los grandes amigos de Martin, me llamó el día mismo de su muerte, para avisarme, y David Hancock, el hermano mellizo de Martin, me visitó poco tiempo después en Madrid, como quien realiza una visita de pésame al revés, en Londres sólo logré hablar de Martin con su viuda, y siempre a solas, y fueron vanos todos mis esfuerzos para convencer a cualquiera de ellos de que, por lo menos, me dijeran dónde estaba enterrado mi amigo para llevarle unas flores. Con todos ellos comí la noche de mi llegada, y luego, horas antes de partir, un domingo casi veraniego, volví a verlos un rato en su pub para tomar unas copas de despedida. Y eso fue todo.

Fui magníficamente atendido, eso sí, por el director del Instituto Cervantes, de Londres, Enrique Wullf, con quien recuerdo largas caminatas conversando de esto y aquello, y por el embajador de España Alberto Asa. Pero Charlie ya había aparecido en el horizonte y yo no estaba dispuesto a regresar a España sin saber a ciencia cierta quién exactamente era este personaje tan extraño. En teoría, Charlie era el encargado de aquella casona convertida en hotel de tan sólo doce habitaciones, y lo hacía todo sin más ayuda que la de una joven y bella muchacha, natural de Praga, que aparecía por las tardes para servir las copas en el bar más extraño que he visto en mi vida. Bueno, creo que todo en aquella casona-hotelito era bastante extraño, empezando por el decorado rocambolesco, a veces intensamente británico, brutalmente tradicional, pero, también, a veces, o más bien, de golpe, absurdamente chinesco y, un poquito más allá, inefablemente andaluz. Y así sucesivamente. En la inmensa y comodísima habitación que ocupé, no faltaba absolutamente nada. Lo malo era que sobraba casi todo. Lo de los cuadros, por ejemplo, resultaba francamente abrumador, y al lado de siete escenas de caza very british colgaba una pasión de Cristo, seguida de un afiche taurino y de una bailarina de flamenco en pleno zapateo y como entre la vida y la muerte; en fin, demasiado gitano el asunto como para ser real. Y mi camota, toda una embarcación de confort, por supuesto que era techada, sí, techada, y en el cielo raso de platina, llenecito de cintas rosadas, bailoteaban unos angelitos medio fofos y tal vez barrocos, qué sé yo, porque lo cierto era que, para no sentirme aplastado por semejante espectáculo, yo no sólo apagaba la luz sino que además me ponía tremendo antifaz antiCharlie y su idea de la decoración. El baño de mi habitación, en cambio, era de una elegantísima sobriedad, e inmenso, todo un remanso de paz en el que ducharse, lavarse los dientes o afeitarse, era como una cura de desintoxicación decorativa.

Contrastaba con todo esto la oficina de Charlie, madera e Inglaterra puras, austeridad y muebles de cuero muy adecuados, escritorio medianamente ejecutivo, y, eso sí, mil fotografías de Charlie con cuanto personaje real y no real, más sí importante, cupiese en aquella pequeña habitación. Uno podía pensar: “Vaya clientes los que se gasta Charlie”, pero resulta que ninguna de esas fotografías había sido tomada en la casona-hotel. Y todas parecían tomadas más bien en lugares como la India o Madagascar. Pero, ¿qué diablos hacía Charlie en aquellos lugares con su majestad británica, o con Lady Di, o con Margaret Thatcher? Y siempre en verano, a juzgar por el temo muy claro y ligero y los zapatos de dos tonos de marrón: el bien claro y el bien clarito. Otro misterio más.

Como el del extraño bar y su funcionamiento increíble, pues se trataba de todo un salón en el que se codeaban —a codazo limpio, quiero decir— desde el más elegante y fino y auténtico sillón o la cómoda aquella realmente preciosa, con el más atroz bargueño, la mesa más bonita con la más fea, y la más elegante porcelana de Sévres con una buena docena de animales del más atroz Murano y, diablos, qué colores. Ahí atendía, en pésimo inglés, la bella muchacha de Praga, pero por turnos. Sí, por turnos, o sea por grupos. El grupo que llegaba primero se instalaba en la sala-bar, el que llegaba segundo esperaba en un saloncito, pero sin copas ni nadie que lo atendiera, el que llegaba tercero esperaba en otro saloncito, y en otro piso, y así sucesivamente. Por lo que me imagino que un día de lleno completo, el grupo número doce, o sea los amigos del cliente que ocupaba la habitación número doce, esperaban su turno en el pub de enfrente. Y el inventor de tan genial reglamento era nada menos que Charlie.

El desayuno lo servía Charlie, demasiado elegante para servir nada, aunque aceptando propinas, lo cual lo animaba a uno a preguntarle si también le limpiaba los zapatos a sus clientes, y sí, sí que se los limpiaba, siempre en ese estado de elegancia suprema. Y que no era impostado, ni exagerado, ni siquiera tradicional. Charlie era de origen griego, no hindú, como pensé yo al comienzo, y resultaba realmente paradójico que fuera tan auténtico en sus modales y vestimenta, en medio de aquel decorado por momentos tan logrado y británico y, de pronto, absolutamente demencial y falsamente cosmopolita.

¿Empleado, gerente, administrador, dueño? ¿Qué era Charlie? Ni Edward Idwall Jones, ni David Hancock, ni Jackie, su esposa, ni mucho menos Alicia Perea, la viuda de mi gran amigo Martin, se sintieron capaces de decírmelo, la noche de mi llegada, cuando los invité a tomar una copa en el bar ese tan extraño de aquella casona- hotelito sin nombre, antes de salir a comer. Les rogué que vinieran muy pronto, para pescar el primer turno, pero a todos se les hizo un lío entre Eaton Place, Eaton Square, y, me imagino también que Eaton Street (los tres quedaban en el barrio de Belgravia y a escasos metros de distancia), sin duda alguna porque yo no supe precisarles bien el lugar. Y nos tocó el segundo turno, aunque el inefable Edward Idwall Jones logró convencer a Charlie de que, como él era un alcohólico perdido, jamás tomaba una copa de nada, salvo agua, por lo que no le pedía que rompiera regla alguna, aunque sí entendía que sus demás amigos, especialmente el señor Bryce, nuestro amigo conferencista, estuviesen dispuestos a aceptar, de muy buen grado, una copa que bien podríamos llamar “la copa de espera”. En efecto, minutos después apareció la bella muchacha de Praga dispuesta a tomar nota de aquel pedido excepcional.

Llegó el domingo de mi regreso a Madrid y, la verdad, continuaba sin lograr aclarar el misterio que para mí era Charlie. El sol brillaba desde temprano y, tras hacer mi equipaje, decidí salir a pasear por Londres sin itinerario fijo, hasta la hora en que había quedado en el pub de mis amigos ingleses, donde luego debía recogerme para almorzar mi buen amigo diplomático Juan Antonio March, destacado en aquel momento en la embajada de España en Londres. Consulté con Charlie dónde debía dejar mi equipaje, en vista de que recién a las seis de la tarde tenía que salir hacia el aeropuerto, pero él me dijo que lo dejara nomás en mi habitación, que ya él me lo bajaría a la hora de mi partida, y, de paso, me preguntó qué pensaba hacer yo esa soleada mañana. Le dije que iba a caminar, sin rumbo fijo, aprovechando lo hermoso que estaba el día y, de inmediato, él se ofreció a mostrarme una serie de barrios de Londres que ningún viajero solía visitar y que realmente valían la pena. Acepté gustoso y, de golpe, me di cuenta de que Charlie llevaba puestos sus zapatos aquellos de dos tonos de marrón, el claro y el clarito, e inmediatamente los asocié con un formidable Rolls-Royce de colección que siempre estaba estacionado en la puerta de la casona-hotelito. Aquel Rolls era una auténtica joya, estaba perfectamente bien mantenido y limpísimo, y, es verdad aunque ni yo mismo me lo creo aún, hacía juego con los zapatos de Charlie, pues combinaba exacto a éstos el marrón claro de sus puertas, tapabarros, motor y maletera, con el marrón clarito del techo y ventanas. O sea que Charlie, que a lo mejor era dueño de aquella casona-hotelito situada en una de las zonas más exclusivas de Londres, que limpiaba zapatos y aceptaba propinas, que tenía un sentido sumamente peculiar de la decoración, por decir lo menos, y que servía elegantísimo el desayuno, resulta que ahora también podía ser el propietario de aquel maravilloso ejemplar de Rolls. Y en él paseamos por lugares de Londres que jamás había conocido, como aquellos barrios de clase obrera que retrató Dickens en sus novelas, y que, ahora, totalmente restaurados, se habían convertido en hermosas calles y plazas y en floridos parques en los que el alquiler o compra de una vivienda valen un ojo de la cara. Charlie continuó mostrándome una ciudad que parecía conocer de memoria, me contó de sus orígenes griegos, de un viaje que hizo a Perú y México, de sus veraneos en Mallorca y, siempre al volante de su perfecto Rolls, apareció frente a un gigantesco club campestre que, al menos a mí, me pareció un lugar sumamente exclusivo.

Pero Charlie entró saludadísimo por los porteros y guardas que le abrieron las rejas para que su Rolls continuara desplazándose por los inmensos jardines del Hurlingham Club, hasta llegar al edificio principal, desde el que se divisaba al menos un campo de golf y otro de polo. Luego, tras haberme mostrado una por una las maravillosas instalaciones deportivas del club y algunos hermosos salones y comedores, me pidió que lo siguiera hasta el bar y ahí fue saludado por caballeros de saco de tweed, camisa de viyela, pañuelo de seda al cuello y pantalón de corduroy, que leían atentamente el Times y bebían algún atroz aperitivo en un vaso a menudo gigantesco y, de rato en rato, alzaban la cabeza y miraban a sus esposas como se mira a un ser totalmente extraño, al cual, en el fondo, no vale realmente la pena dirigirle la palabra. Por supuesto que Charlie se sentó, me rogó que hiciera lo mismo, y me invitó el aperitivo más típico, tibio y malo que he tomado en mi vida. Y ahí seguimos conversando hasta que él me dijo que, desgraciadamente, ya teníamos que partir si deseábamos llegar puntualmente al pub en que me había citado con mis amigos.

Me dejó en la puerta misma de aquel pub, con británica puntualidad, y me dijo que a las seis en punto, me estaría esperando para ayudarme a cargar mi equipaje hasta el taxi que debía llevarme al aeropuerto. Y así fue. Y también fue que, a las mismas seis en punto de la tarde, yo le entregué una buena propina y Charlie me la aceptó feliz.         n

Economía. Otros títulos clave

ECONOMÍA

OTROS TÍTULOS CLAVE

Enrique Semo: Historia mexicana. Economía y lucha de clases (1978) • Adrián Ten Kate, Robert Bruce Wallace : La política de protección en el desarrollo económico de México (1979) • Rolando Cordera (compilador): Desarrollo y crisis de la economía mexicana (1981) • Roberto Newell (compilador): El dilema de México: El origen político de la crisis económica (1984) • José Ayala Espino: Estado y desarrollo. La formación de la economía mixta mexicana, 1920-1982 (1988) • John H. Coatsworth: Los orígenes del atraso (1990) • Francisco Gil Díaz, Arturo Fernández: El efecto de la regulación en algunos sectores de la economía mexicana (1991) • Maddison Angus: Brazil and México: The Political Economy of Poverty, Equity and Growth (1992) • Gonzalo A. Castañeda: La economía mexicana: un enfoque analítico (1994) • Alberto Díaz Cayeros: Desarrollo económico e inequidad regional: Hacia un nuevo pacto federal en México (1995) • Leopoldo Solís: Crisis económico-financiera 1994- 1995 (1996) • Fausto A. Alzati: The Political Economy of Growth in Modern México (1997) • Leopoldo Solís: Evolución del sistema financiero mexicano. Hacia los umbrales del siglo XXI (1997) • Julio López: La macroeconomía de México: El pasado reciente y el futuro posible (1998) • Jaime Sempere y Horacio Sobazo: Federalismo fiscal en México (1998) • Rosario Green: Lecciones de la deuda externa de México, 1973-1997 (1998) • Luis Rubio: Tres ensayos: Privatización, Fobaproa y TLC (1999) • Guillermo Abdel Mucik y Sergio Medina González: México 2020: Retos y perspectivas comparativas (1999) • Isaac M. Katz: La Constitución y el desarrollo económico de México (1999) • Carlos Salinas de Gortari: Un difícil paso a la modernidad (2000) • Carlos Elizondo Mayer-Serra: La importancia de las reglas (2001) • Marcelo M. Giugale, Oliver Lafourca- de, Vinh H. Nguyen: México. A Comprehensive Development Agenda for the New Era (2001) • Sidney Weintraub: Financial Decision-Making in México: To Bet a Nation (2001) • Santiago Levy, Enrique Dávila, Georgina Kessel: El sur también existe: Un ensayo sobre el desarrollo regional de México (2002).

Poesía

PoesÍa

Octavio Paz:

Poemas, 1935-1975 (1979).

EfraÍn Huerta:

Transa poÉtica (1980).

Ricardo Castillo:

El pobrecito seÑor X/ La oruga (1980).

RubÉn Bonifaz nuÑo:

De otro modo lo mismo (1986).

Silvia Tomasa Rivera:

Duelo de espadas (1987).

Jaime GarcÍa TerrÉs:

Las manchas del sol, 1956-1987 (1988).

 JAIME SABINES

Otro recuento de poemas, 1950-1991 (1991).

Eduardo Lizalde:

Caza mayor (1999).

TomÁs SegoVia:

PoesÍa, 1943-1997 (1998).

JosÉ Emilio Pacheco:

Tarde o temprano, 1958-2000 (2000).

Villa Felicidad

VILLA FELICIDAD

POR ELISEO ALBERTO

Mi frágil felicidad dura lo que un merengue en la puerta de un colegio, y me veo de nueva cuenta en un departamento de Ciudad México, sitio que adoro porque no se encela de mis amores imposibles y me enseña que la realidad, aun la más cruda, también vale la pena.

Un amigo muy flaco, habanero de pura sangre, me dijo una vez que lo contraproducente de la felicidad es que tarde o temprano nos engorda. Y tenía razón: me sobra una docena de kilos. No sé por qué (bueno, sí sé por qué pero lo guardo en secreto de confesión) pienso que hoy es el día menos indicado para escribir sobre la felicidad, aun cuando tenga o crea tener varias razones para considerarme un ser feliz —a pesar de los exilios geográficos o neuróticos, las perversidades de la melancolía, la tontera de la nostalgia y los patíbulos de la abusadora soledad—. Entre ellas, hay una causa suprema: pido poco para serlo. Me ha costado mucha desesperanza conseguir el derecho a proclamar en público esa conquista de mi cubano corazón, y un requisito obligatorio de la felicidad es el orgullo de padecerla. Mi felicidad tiene cuatro paredes, un techo de tejas a dos aguas y una terraza con vista al mar de mi infancia. Las olas no envejecen.

Lo malo es que hoy es miércoles, y los miércoles se me antojan demasiado tristes. Peor si llueve. Avanza este miércoles de fin de año a sesenta ráfagas por hora, frío y sin pausa. Y diluvia. El aguacero me debilita. No puedo evitarlo. Siempre sucede. Todo se ablanda. Hasta los huesos se humedecen. Me aferró a la tabla de salvación de la alegría. Me escudo. No resulta fácil definir ese sentimiento o sensación que llamamos felicidad, pues corresponde a cada uno de nosotros trazar sus cumbres, su hondura, sus límites, y ¿a quién le cabe duda de que la felicidad depende, por igual, de las virtudes que elijamos como buenas y de aquellos pecados que, en silencio, preferimos? Las causales de la infelicidad, por el contrario, son bastante comunes, tanto que el fatal resultado llega a ser parejo: una porquería. No me quejo. Hace siglos aprendí a no hacerlo, por respeto a los demás y a mí mismo. Cierro los ojos e intento un balance rápido de la vida que me tocó en la rifa. Ya dije que para mí la felicidad es simplemente una casa. Me faltaba decir que la habita mi hija María José.

Me veo viviendo donde siempre quise, en una playa llamada Santa María del Mar, apenas distante unos quince kilómetros del túnel de La Habana. María José, gran amiga, es mejor de la que había imaginado cuando ella habitaba en el limbo de mis ilusiones y las de su madre. Tiene 18 años. Vuela sola. Anida a mi lado. Gracias a sus hambres de vivir he terminado siendo un notable cocinero, y mis compatriotas no me dejarán mentir. Si María es feliz, yo también, qué caray. A Santa María se llega por la Vía Blanca, una avenida paralela a la costa, que en esa latitud se abre paso entre unas pequeñas lomas sin vegetación gloriosa, de manera que para pisar la arena hay que descender por una carretera de cuatro carriles tan mal trazada por los ingenieros que imita a la Montaña Rusa del Parque de Chapultepec: si se enfrenta la bajada a gran velocidad, el chofer sujeto al volante del coche, el vaho produce en el viajero un salto de esófago, como hipo atorado en el pecho. Papá siempre nos regalaba a sus hijos ese susto. A la entrada del balneario, después de pasar la caseta donde hace medio siglo se permitía o se negaba el paso a sus exclusivos socios (hoy refugio de perros callejeros), se desenroscan tres colinas escalonadas. Cada una de ellas da espacio suficiente para aplanar un mirador ancho, de tierra. En el segundo escalón, hay varias casas cincuentonas, rodeadas de terrazas frescas y desnudas. Todas miran al horizonte, donde se pone el sol. No se estorban unas a otras, más bien se acompañan cuando cae la noche y las estrellas llamean tan bajas que uno intenta apagarlas entre dos dedos ensalivados. Vivo en una de esas casas. La más solitaria, la última (o la primera, según se vaya o se venga) del extremo oeste. El sitio es perfecto. Mis amigos me visitan a menudo, casi todos los fines de semana, y alguno de ellos me ha confesado la envidia que me tiene, en especial al descubrir mi estudio con vista al mar, sublimemente iluminado. Los cristales del ventanal se congelan con el aire acondicionado (aparato imprescindible en los eternos veranos del Caribe insular, el más Caribe de los Caribes, con perdón de los continentales). El salitre se condensa. En la reja exterior se anuncia: “Villa Felicidad”. Allí me siento a gusto. La he construido noche a noche, amanecer tras amanecer, de siesta en siesta. Es cuanto pido: seguirla edificando. Lo demás me lo gano a letra limpia. Pero resulta que, salvo el elogio de mi hija, lo demás es mentira. Bueno, mentira o sueño. Esa es la neta (palabra que aprendí a querer en Coyoacán). Porque ni siquiera vivo en mi país, esa islita rara y nocturnal, y por supuesto que no tengo allá ninguna propiedad, ni siquiera derecho a una tumba, mucho menos una casa blanca en las colinas de Santa María del Mar, mirador del medio. Entonces, claro, entonces, ¡cómo no!, entonces, decía, mi frágil felicidad dura lo que un merengue en la puerta de un colegio, y me veo de nueva cuenta en un departamento de Ciudad México, sitio que adoro porque no se encela de mis amores imposibles y me enseña que la realidad, aun la más cruda, también vale la pena. No debería escribir hoy sobre la felicidad. Hay miércoles que nunca escampan. Lo mejor sería iniciar mañana jueves una brutal dieta de lágrimas para bajar llorando esos delirios de más —que tanto pesan.  n

Cuento

Cuento

Jesús Gardea:

LOS VIERNES DE LAUTARO (1979).

Sergio Pitol:

Asimetría (1980).

Héctor Manjarrez:

no todos los hombres son románticos (1983).

Francisco Hinojosa:

Informe negro (1987).

INÉS ARREDONDO:

LOS ESPEJOS (1988).

Daniel Sada:

Registro de causantes (1992).

Enrique Serna:

 Amores de segunda mano (1994).

Juan Villoro:

La casa pierde (1999).

José Agustín:

La mirada en el centro (1999).

Fabio Morábito :

 La vida ordenada (2000).

Historia

Historia

Alan Knight:

La Revolución Mexicana (1986).

Edmundo O’Gorman: Destierro de sombras:

Luz en el origen de la imagen y culto de Nuestra

Señora de Guadalupe del Tepeyac (1986).

Enrique Florescano: Memoria mexicana (1987).

Frangçois Xavier Guerra: México:

Del antiguo régimen a la revolución (1988).

José Luis Martínez: Hernán Cortés (1990).

Fernando Escalante: Ciudadanos imaginarios (1992).

Luis González y González:

Los días del presidente Cárdenas (1997).

Linda Schele: Una selva de reyes. La asombrosa historia

de los antiguos mayas (1999).

Friedrich Katz: Pancho Villa (2000).

David Brading: La Virgen de Guadalupe.

 Imagen y tradición (2002).

Novela

Novela

Augusto Monterroso: Lo demás es silencio (1978).

Jorge Ibargüengoitia: Dos crímenes (1979).

José Emilio Pacheco: Las batallas en el desierto (1981).

Juan García Ponce:

Crónica de la Intervención (1982).

Sergio Pitol:

El desfile del amor (1984).

Angeles Mastretta: Arráncame la vida (1985).

Fernando del Paso: Noticias del Imperio (1987).

Carlos Fuentes:

Constancia y otras novelas para vírgenes (1990).

Héctor Aguilar Camín: La guerra de Galio (1991).

Jorge Volpi:

En busca de Klingsor (1999).

Metáfora que habita en el aire

METÁFORA QUE HABITA EN EL AIRE

POR JUAN CRUZ

Leonardo Sciascia, el escritor italiano, de cuya ternura se puede hacer leyenda, me dijo una vez, enfundado en las sábanas azules de su cuarto de hospital, en Milán, que la felicidad es un instante, una metáfora que habita en el aire sólo un instante. Hay que estar dispuesto a percibirlo, y a decirlo.

Hace unos días, cuando Nexos me recordó mi compromiso con la felicidad —mi compromiso con este artículo sobre la felicidad—, estábamos en Barcelona con Susan Sontag, la autora norteamericana de La enfermedad como metáfora, entre otros grandes ensayos y novelas. Estábamos todos —Juan Villoro y Sealtiel Alatriste se sentaban a su lado— en un viejo restaurante de Barcelona, Casa Leopoldo, del que guardo los mejores recuerdos. Está en el barrio viejo de la ciudad, allí donde ahora —y desde hace mucho tiempo— se concentra la vida y la emigración —la vida de la emigración— en la hermosa ciudad mediterránea. Casa Leopoldo es un superviviente excepcional de la vieja Barcelona; aquí se ha conspirado y se ha comido, se ha comido conspirando contra Franco, cuando, como escribió con gran agudeza Manuel Vázquez Montalbán, contra Franco vivíamos mejor… Mantiene Leopoldo una cocina excepcional, sencilla y apetitosa, de las que dejan el recuerdo que dejaban las cocinas de nuestras madres… Pero, sobre todo, mantiene Leopoldo en su carta un postre verdaderamente extraordinario y de composición secreta, un hojaldre que cubre un exquisito cabello de ángel que hay que partir —según Villoro— en trozos tan pequeños como los bocados que puede tragar un niño; en trozos mayores, ese tortel —así lo llaman los catalanes— pierde su gracia, siempre según la teoría de Villoro, el autor de Materia dispuesta… En cualquier caso, Leopoldo está en la memoria y en la realidad como un lugar especialmente feliz de Barcelona; hasta allí fuimos un grupo muy numeroso de gente —o de gentes, como dicen en México—, y durante un tramo muy largo de ese trayecto, hasta el propio restaurante, vino con nosotros Eduardo Mendoza, el caballero de Barcelona, autor de La ciudad de los prodigios y de otras novelas formidables en las que es protagonista esta ciudad tan particularmente feliz del Mediterráneo… Por el camino, Mendoza nos explicó su descubrimiento del tortel, y no sólo eso, nos dijo que en realidad él mismo había descubierto en un lugar de Cataluña la receta de este postre de fábula cuya fabricación siempre se atribuyó a la cocina secreta de Casa Leopoldo… Cuando llegamos al restaurante Mendoza se calló, dejó de hablar del tortel, pues consideraba que su indiscreción podía molestar a los responsables del local, estuvo un rato con nosotros y después expresó su deseo de ir a descansar de los ajetreos del otoño, que es la estación más cansada… Antes de irse pedí en secreto que nos trajeran un tortel envuelto en papel, un tortel para llevar, y en cuanto lo tuve en mis manos lo puse en las de Eduardo, que son largas y finas, blancas, y vi que adivinaba en el tacto la sustancia del regalo y observé cómo sus ojos risueños se llenaban de gratitud, es decir, de felicidad…

Luego ya nos sentamos a la mesa; yo particularmente me dediqué —ese es mi trabajo, a eso me dedico— a vislumbrar si había armonía en la mesa, si todos tenían interlocutor, si estaba feliz la homenajeada, que como se deduce era Susan Sontag, y si había ya suficiente ración de jamón y de pan con tomate, que son los ingredientes con que se empieza la noche en Casa Leopoldo… Mientras tanto, yo mismo pensaba en aquel encargo feliz de Nexos, así que en un momento de silencio de la mesa pregunté en voz alta para que respondiera todo el mundo en qué momento de la historia del mundo les hubiera resultado la vida más feliz, si pudieran escoger…

Hubo respuestas de todos los caracteres, pero me sorprendió que la mayor parte, incluyendo a Susan Sontag, dijera que el tiempo más feliz, según la intuición de cada uno, habían sido los años veinte del siglo XX, y en ese tiempo preciso muchos de ellos hubieran querido seguir viviendo, aunque por su edad nadie conoció esa edad de oro de sus preferencias… Carmen Alborch, la escritora y diputada socialista española, que fue ministra de Cultura, explicó que a ella le hubiera resultado muy feliz la vida en el Renacimiento, y algo después de su declaración dijo que aquella noche, aquel instante en que todos cantábamos canciones italianas o hablábamos de lo que nos gustaba la vida, era un momento especialmente feliz, para qué había que irse tan lejos… “Soy feliz, soy muy feliz”, eso dijo, y Susan Sontag alzó una copa de vino para brindar por esa felicidad.

Ahora estoy sentado en la cocina de mi casa, llega a mi cara el aire otoñal de la sierra de Madrid, sé que el árbol que ahora está mustio en el patio central del edificio florecerá con flores blancas en primavera, y la perra de la casa come algo ruidoso sobre mis pies descalzos…

Leonardo Sciascia, el escritor italiano, de cuya ternura se puede hacer leyenda, me dijo una vez, enfundado en las sábanas azules de su cuarto de hospital, en Milán, que la felicidad es un instante, una metáfora que habita en el aire sólo un instante. Hay que estar dispuesto a percibirlo, y a decirlo. A eso se atrevió Carmen Alborch. Y por eso esa noche brindó Susan Sontag, mientras Mendoza abría el tortel y lo partía sobre la mesa de madera de su casa en el silencio que él ama. n

De repente se apagó

DE REPENTE SE APAGÓ

POR ARTURO FONTAINE

Hay ternura y no tiene fondo. Y es maravilloso que esto sea posible, que no sea necesario que asome el deseo.

El sonido del agua contra el borde de fierro enlozado de la tina, del agua contra el agua que se mueve por debajo. Ella se estira. Del agua caliente y limpia sube un espiral de vapor. Está desnuda, por supuesto, como yo y se apoya contra el respaldo de la tina y me sonríe, y se sumerge más acurrucándose en el agua calentita. Las piernas se rozan bajo el agua cristalina, y seguimos frente a frente, y confiamos. Voy descubriendo de a poco su cuerpo que yo siento tan perfecto que me conmueve y me atrae tanto más cuanto más lo miro y no sabría aburrirme nunca. Pero no hay deseo. ¿Por qué? Hay ternura y no tiene fondo. Y es maravilloso que esto sea posible, que no sea necesario que asome el deseo. Aunque por alguna corriente subterránea pasa el peligro. Mejor no turbar esta calma íntima, esta deliciosa manera de recogernos por fin sosegados. Parece que ella me echara ahora agua por la espalda con una gran esponja vegetal. Me daría vergüenza que me vea eso así, arrugado como un trapito. ¿Por qué? Lo contrario, sería una vergüenza peor, aniquilaría la inocencia entregada de este momento eterno y simple. Podemos quedarnos así los dos para siempre, envueltos en la paz de esta tina humeante.

De repente, se apagó este sueño. Y comenzó la risa y comenzó la pena. Y esta pregunta que se mueve como llama, que se curva con algo de ángel, de serpiente, y muerde y otra vez muerde, real.  n

“Aquí estoy”, dijo el árbol

“AQUÍ ESTOY”, DIJO EL ÁRBOL

POR CARMEN IGLESIAS

Desde la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, y a pesar de los pesimismos románticos en cuanto a la felicidad individual y de las evidencias reales históricas de los dos últimos siglos en cuanto a la felicidad social, la idea de que la finalidad de los humanos es ser feliz, ya y ahora, y que hay que remover los obstáculos que se oponen a ello, penetra profundamente en los sentimientos y en las ideologías occidentales de todo tipo y condición.

Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien”. “Satisfacción, gusto, contento”. “Suerte feliz”. Tres acepciones con las que aparece la voz felicidad en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Aluden fundamentalmente a una idea de felicidad terrenal, a un sentimiento laico que se extiende en Occidente a partir del siglo XVIII y transforma la percepción de la vida individual. Anteriormente, relegada a algunas elites cultas, la imagen clásica griega de felicidad como equilibrio se había ido imponiendo en la vida diaria del mundo medieval y del moderno, hasta el barroco, la percepción de que la vida humana en la tierra era sobre todo un valle de lágrimas, en el que los humanos hacemos méritos para conseguir la felicidad eterna en la otra vida, o para condenarnos por siempre jamás. Y, en otra vertiente, importaría la fama, la reputación, pero sería baladí ser o no dichoso. Los ilustrados rompen definitivamente con esas imágenes: el hombre está hecho para ser feliz, proclamarán. En la otra vida, por supuesto, pero claramente aquí y ahora. Es algo inscrito en la naturaleza humana, es el “derecho a ser feliz” que se fija en la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert. Felicidad pública y felicidad personal o privada se ligan indisolublemente. Y si bien ya desde la Ética a Nicómaco aristotélica el bien de la ciudad incluía el bien del individuo, ahora este último debe ser servido por aquél. Desde entonces, y a pesar de los pesimismos románticos en cuanto a la felicidad individual y de las evidencias reales históricas de los dos últimos siglos en cuanto a la felicidad social, la idea de que la finalidad de los humanos es ser feliz, ya y ahora, y que hay que remover los obstáculos que se oponen a ello, penetra profundamente en los sentimientos y en las ideologías occidentales de todo tipo y condición.

Si, por un lado, hombres y mujeres del común ganamos muchísimo con ello, por otro, hemos pagado en el siglo XX un alto precio. No hay ganancias absolutas en la historia. Desde el punto de vista de las ideologías y prácticas totalitarias, en función de la felicidad del futuro, se hipotecó la de los vivos presentes hasta convertir sus vidas concretas y únicas en un infierno de dolor y destrucción. Desde la perspectiva de la felicidad inmediata del individuo, con frecuencia se ha confundido tal supuesta felicidad con una urgencia del placer vivida como consumismo banal, y con una sed de diversión que olvidan la historia y el hecho cierto de que la prosperidad actual de las últimas generaciones occidentales se levantan sobre el esfuerzo y el sacrificio de generaciones anteriores, según señala Bruckner en su alegato contra el victimismo y la infantilización e inmadurez de buena parte de la ciudadanía actual (La tentation de l’innocencé). Un hedonismo trivial, que nada tiene que ver con la fortaleza y austeridad del epicureísmo clásico y su moderado cálculo del placer, se confunde muchas veces con el instante feliz en que filósofos y moralistas enraízan la esencia de lo que llamamos felicidad: la vivencia consciente de un presente que, en sus fragmentos, nos permite el carpe diem de nuestra propia existencia.

Pero incluso ese instante o esa “sucesión de momentos” en que se nos dice radica la felicidad puede resultar confuso. “Somos tan ciegos —decía ya el Usbek de las Lettres Persanes (XI) — que no sabemos siquiera cuándo debemos afligirnos y cuándo regocijarnos: casi siempre lo único que tenemos son o falsas tristezas o falsas alegrías”. Thomas Mann utilizará metafóricamente esa ceguera, y el desconcierto que provoca, en José  y sus hermanos, cuando Jacob descubre, al final de su larga vida, que la alegría más inmensa que tuvo —la posesión en su noche de bodas de su amada Raquel—, así como la pena más negra —la muerte de su hijo José, según el relato de sus hermanos al padre—, ambas eran falsas e ilusorias. José estaba vivo y la noche de bodas con Raquel no llegaría hasta después de otros largos siete años de trabajo y fatiga, pues a quien había poseído fervorosamente era a la hermana mayor, Lia.

Frente a toda ilusión ingenua de una felicidad continua —desde la Antigüedad era conocida la metáfora de la envidia de los dioses a los mortales demasiado afortunados—, la afirmación clásica ilustrada identifica felicidad con esos momentos “en que no querríamos cambiar por el no-ser” (Montesquieu) y recupera al tiempo la naturalidad de lo cotidiano y del presente para buscar en su acomodación y, en cierto sentido, en la libertad de aquiescencia del sujeto a la realidad —el “todo está bien” del Edipo sofoclea- no al final de su atormentado periplo, ya ciego y viejo—, el núcleo duro del ser feliz. La felicidad, pues, consistiría simplemente en “una cierta capacidad para saber recibir esos momentos felices” y en la casi prohibición de compararse con nadie. “Si no se quisiera más que ser feliz, eso no sería difícil. Pero se quiere ser más feliz que los otros y eso casi siempre es imposible, porque creemos a los otros más felices de lo que son”. Y el filósofo de La Bréde sigue insistiendo en la falacia de toda comparación, pues sólo podemos apreciar “signos externos”, con lo cual comparamos siempre condiciones y no personas. Pero al tiempo parecería que sólo podemos valorar lo que tenemos si el “mundo” nos confirma ese bien poseído: “Helas, ya soy feliz” —exclama irónicamente el rey de Lydia en el Le temple de Gnide, cuando posee a la bella Oriana en una isla desierta—, “pero es una cosa que sólo sabemos Venus y yo: mi felicidad sería mayor si eso pudiera ser envidiado por alguien”.

Después de haber pasado por el filo de la navaja en donde, más o menos, el movimiento romántico sitúa esos instantes felices en el vértigo de la consecuente pérdida y desolación, y después, como se dijo, de la experiencia de un siglo XX en el que la muerte y la destrucción han estado unidas al impulso y el deseo de una mayor felicidad para todos, creo que hemos llegado a las “rebajas” en todo lo que atañe a la esquiva felicidad en esta tierra. De manera que simplemente se llega a identificar esos supuestos momentos sublimes de felicidad con el bienestar material o cotidiano, con la capacidad de consumo, e incluso, como leí hace poco, con la “autoestima” y “autocontrol emocional y de conducta” que, a través de “técnicas de higiene mental”, hacen plausible que la “felicidad debe enseñarse en el colé”. Sin despreciar en absoluto ninguno de estos resortes para hacer llevadera la vida propia y la de los demás, parecería que la potencia de la idea de felicidad ha caído en picado. Y no está claro si ha sido sustituida por otra cosa.

Quizá por la melancólica reflexión de que lo que llamamos felicidad individual no depende precisamente del presente que vivimos, ni tampoco del futuro engañoso por el que se sacrificaba todo, sino casi siempre resulta cosa del pasado. Sólo de vez en cuando, si consideramos vida y circunstancias personales y descubrimos la ausencia de sufrimiento (o quizá porque éste ha quedado ya olvidado en el transcurso del tiempo), podemos asombrarnos de lo cercanos que hemos estado a la felicidad. Si en la Historia colectiva cualquier tiempo pasado no fue mejor —casi siempre peor, al menos para la mayoría de hombres y mujeres—, en las historias individuales parece más bien escasa la vivencia de esos instantes plenos en los que, en contraposición a lo que decía Montesquieu, no es que no nos cambiaríamos por el “no-ser”, es que ese no-ser es a su vez inexistente: el momento feliz justificaría en su plenitud de tal modo toda una vida que no importaría en ese instante su interrupción.

O quizá la alegría de vivir en sentido clásico ha sustituido esa imagen fugaz de la felicidad. Algo acorde con nuestro siglo trágico en el que, sin embargo, y por primera vez en la historia, la vida concreta individual tiene un valor en sí en el imaginario occidental y, al menos nominalmente, se rechaza conscientemente la guerra y la violencia. Es todo un avance, a pesar de sus retrocesos continuos. Alguien contaba hace poco la historia de uno de los supervivientes desolados de Auschwitz que indagaba qué sentido tiene la vida para una amiga, también superviviente, enferma crónica y dolorida, inmovilizada desde muy joven en su cama y, sin embargo, alegre y animosa siempre hacia los demás; ella le responde que tuvo la suerte de que el árbol frondoso que atisbaba por la ventana un día le habló. “¿Y qué te dijo?”, inquirió el interlocutor. Decía sólo: “Aquí estoy, aquí estoy”. Desde entonces, el superviviente supo que merecía la pena vivir.      n

Igual que un colibrí

IGUAL QUE UN COLIBRÍ

POR ANGELES MASTRETTA

No se busca la felicidad, se encuentra. Aparece cuando menos la esperábamos y es huidiza, quebrantable, embaucadora. Como la luz de las mañanas, como el ruido del mar, como el amor desordenado, las hojas de los árboles o el azul de los volcanes.

Arrebatada, repentina, inevitable, la felicidad cruza dejándonos el silencio como hacen los ángeles y las luciérnagas, igual que un colibrí o las hadas.

No se busca la felicidad, se encuentra. Aparece cuando menos la esperábamos y es huidiza, quebrantable, embaucadora. Como la luz de las mañanas, como el ruido del mar, como el amor desordenado, las hojas de los árboles o el azul de los volcanes.

Uno puede recontar sus momentos de felicidad, aunque no siempre pueda explicarlos y no a todos les resulten deseables. Quien se apasiona por el mar es feliz de sólo verlo, quien lo teme o le parece prescindible pasa frente a la orilla de su prodigio sin conmoverse. Quien juega a la lotería goza con el atisbo de un premio. Quien siente que su vida está signada por el azar vive jugando a la lotería y, entreverada con la diaria existencia, se va encontrando la felicidad.

A cualquier hora, como una gota de agua: en el aire o al fondo de un abismo.

Hará un mes que una voz pedregosa irrumpió en el teléfono a las dos de la mañana. Me preguntó si yo era yo. Dije que sí.

—Véngase rápido al puente Conafrut, su hijo chocó, se desbarató el coche.

— ¿Y él? —pregunté volviendo a creer en el infierno.

—Él está bien, pero véngase rápido. Rápido.

Le pedí que me dejara oírlo, quise saber quién llamaba, pero del otro lado sólo respondió el aire oscuro de una ausencia.

Su papá y yo nos vestimos en segundos y salimos tras la voz creyendo en ella tanto como desconfiábamos. Casi sin hablarnos con tal de no decir lo que íbamos pensando. Fuimos hasta la carretera que va a Toluca y anduvimos por su oscuridad como a tientas, tratando de recordar en dónde está el puente por el que hemos pasado tan pocas veces y con tanta luz como nuestro hijo lo tiene en la memoria de quien transita a diario la descabellada carretera.

El y la voz que nos llamó debían estar del otro lado, llegando a la ciudad, no abandonándola. De lejos vimos el coche colgado de una grúa bajo las luces de una patrulla.

¿Y el hijo?

Un pánico mudo nos recorrió el cuerpo. Cruzamos la eternidad en tres kilómetros: y ahí estaba el hijo. Inmensamente vivo, entero, agitando los brazos. Y ahí estaba, indeleble, fortuita: la felicidad.

¿Cómo agradecer ese instante? ¿Qué premio de cuál lotería nos lo dio un jueves cualquiera? No se busca la felicidad, se encuentra.

Quizá lo más inquietante de todo lo suyo es que mil veces resulta imprevisible.

Ayer pasé la tarde sola en mi casa. A las nueve de la noche aún no había oído a nadie llegar. Estuve un tiempo largo frente a la computadora, entretenida con sus letras haciendo las mías. Ni un sólo ruido. Semejante silencio comparado al trajín que agobia las mañanas me pareció una humilde manera de vislumbrar la felicidad.

Abrí el correo electrónico: varias cartas, dos contraseñas. Una fue de mi hermana: ven a Puebla, caminaremos, dice. Y dice tanto. La pienso. Ella nunca pregonaría: ¡qué feliz soy! Es mucho más enigmática y mucho más clara que eso: sabe hacer felices a otros. ¿Quién puede lo segundo sin lo primero?

Como a las diez un cansancio sin alas me cayó en los párpados. Terminaba otro día de lluvia. Apagué la luz de mi estudio. El perro se levantó de su rincón, adormilado y perezoso. Dos chispas negras le juegan en los ojos y con ellas lo mismo se entristece que se encandila. Me siguió moviendo la cola sin causa cierta. Tiene el don de los perros: me hace creer que traigo en mí su felicidad. ¿Qué mejor podría darme?

Iluminé la escalera, canté el final de un tango. Me lo sé mal, pensé, pero me gusta. Arriba los cuartos estaban a oscuras. Yo querría que los hijos tuvieran diez años y me llamaran al terminar la Historia sin fin, para ver por centésima vez cuando el niño vuela sobre el mundo montado en su blanquísimo perro dragón. Ahí estuvo entonces la felicidad: en ellos, en el niño, en el sonriente dragón volando sobre nuestras cabezas.

Pero mis hijos han crecido tanto que de seguro el niño del dragón ya tuvo un hijo. Y arriba los cuartos estaban oscuros. Caminé hasta la puerta del mío.

— ¿Ma? —llamó la voz de la cinematógrafa que es Catalina cuando usa los anteojos. Y también cuando no. En la penumbra de su cuarto estaba viendo la tele, con medio cuerpo sobre el sillón y el otro medio recostado en su novio. Me la encontré sin más, sin saber que ahí estaba. Hace tan poco tiempo que volvió radiante, con una estrella pegada en la frente tras su primer día de colegio. Me la enseñó como una novedad. Yo supe y sigo sabiendo, que ya la traía puesta el día que nació.

— ¿Cómo andan? —pregunté para ocultar el pueril regocijo con que los descubrí como a un tesoro inesperado.

—Estamos viendo La guerra de las galaxias hasta sabernos todos los parlamentos. Te invitamos —condescendió conmigo como si la chiquita fuera yo. ¿Qué podía ser su voz sino la inexpugnable felicidad? Y otra vez, como tantas, le vi una estrella en la frente.

Dos frase célebres tiene mi madre: “la vida es difícil” y “no todo se puede”. Sin decírselo ni decírmelo yo he pasado la vida intentando probar la improbabilidad de sus decires. He hecho de todo con tal de que todo se pueda, he puesto cara de que no me duele lo que sí me duele, de que fue muy fácil lo que resultó tan arduo. Una y otra vez he caído de bruces sobre las dos certezas clave de mi madre, sin por eso dejar de empeñarme en que no tenga razón. Hace unos días me despedí de su paz y su jardín para volver a mi ajetreo. La vi como siempre: hermosa, con sus setenta y ocho años y su espíritu indómito.

—Sabes, madre, creo que terminaré dándote la razón. No sé bien cuándo. De momento pienso seguir en mi empeño, pero a la larga, lo veo venir, acabaré aceptando que no todo se puede y que la vida es difícil. Hasta mi último día les pondré matices y reparos a tus dos grandes certidumbres, pero acabaré dándote la razón.

—Porque la tengo, hija. Ni modo —sentenció serena y sonriente. Y tras la sentencia vi sus labios y el rabito de sus ojos y vi en ellos la complacida felicidad de quien convence a la inconvencible: no se puede todo, la vi pensar, pero hoy pude contigo. La besé para decir adiós. Y me sentí torpe y necesariamente feliz.

El señor de la casa entra silbando. Trae en la cabeza diez periódicos, cuarenta conversaciones cruciales, setecientos pendientes. Oigo sus pasos llegar y me doy cuenta de lo atrasada que ando en mis arreglos para ir a la cena. Me pinto las pestañas espantando al sueño como a un mal pensamiento. Tengo un letrero enmarcado que advierte desde siempre: “si me corretean me tardo más”. El nunca le ha hecho ningún caso.

Oigo subir el silbido y la danza del silbante. Lo que sigue es un “vámonos” como una sentencia. En un segundo los pasos andan el camino entre la escalera y nuestro cuarto y el señor de la casa detiene el silbido:

— ¿Qué crees? —dice—. Se suspendió la cena.

Suelto el rímel y recupero el alma. Que no todo se puede, dijo mi madre, pero a veces se puede lo imposible, digo yo. Y entra la felicidad: discreta, imperceptible casi, a dar su guerra tibia

No se busca la felicidad, se encuentra.    n

Variaciones sobre el agua

VARIACIONES SOBRE EL AGUA

POR JORGE EDWARDS

Para mí, en estos años, existe una forma de felicidad bastante segura: es la del mediodía del lunes en el pueblo de la costa central, cuando los automovilistas del fin de semana, con sus bultos, sus bártulos, sus familias numerosas, partieron, dejando una polvareda, y se escucha de nuevo el rumor del oleaje.

Hace ya largos años viajé en un tren nocturno al sur de Chile. Era un tren de fabricación inglesa, de lujo, lleno de buenas caobas, manillas de bronce, corolas luminosas de opalina, pero ya se hallaba cerca de su final, el periodo de su vida útil ya terminaba. Había estado en su gloria en los comienzos de siglo de la opulencia salitrera, en los años del parlamentarismo y la influencia británica, y hacía largo rato, décadas para ser más preciso, que se encontraba en franca decadencia: las maderas crujían en forma lastimera, como si los carros pudieran desintegrarse, y todo el espacio parecía penetrado por un olor a materiales gastados y a sustancias dudosas. Yo traté de dormir en la litera de arriba, junto a una ventanilla larga y baja, cerrada por una persiana que había sido fina en sus orígenes, pero el vaivén adquiría a cada rato una intensidad y una sonajera inquietantes. Creo que hacia las cinco de la madrugada, aferrado a las orillas inseguras de la litera, conseguí conciliar el sueño. Y después de las siete, cuando el tren parecía entrar en un ritmo de marcha más tranquilo, desperté. Levanté entonces, con no pocas dificultades, la persiana y divisé, desde mi altura, que antes me había parecido inestable y amenazada, un paisaje único, diferente por completo de todo lo que se puede encontrar en el centro o el norte del país: un paisaje de agua, de lagos, canales, ríos, acequias, de pájaros y animales mojados por la llovizna, de pastizales y pedazos de selva húmeda, con helechos y hojas donde las gotas se condensaban y caían y, al fondo de todo, el telón impresionante de la cordillera nevada. Me dije que había llegado a una región poética, a uno de los grandes territorios de la poesía en lengua castellana, desde Alonso de Ercilla, que había bajado del norte de España, y Pedro de Oña, nacido por ahí cerca, en Angol de los Confines, hasta Pablo Neruda, Gonzalo Rojas o Jorge Teillier, autores cuya infancia transcurrió en estos sitios. Y me dije, como habitante de ciudades y de paisajes más bien áridos, que una de las claves del sur, de la antigua frontera de la Araucanía, era el agua, uno de los secretos de esa forma de felicidad y de exaltación que ellos, los poetas, habían conocido desde niños.

Ahora recuerdo una conferencia del Neruda de los años cincuenta o de comienzos de los sesenta en la Universidad de Chile. El poeta contaba que en su adolescencia en Temuco leía una antología de poesía chilena a la orilla del agua de una acequia que no cesaba de pasar y de sonar, es decir, de cantar. De repente, al ritmo de los versos de sus precursores, y me parece que nombró a Daniel de la Vega, a Manuel Magallanes Moure, a Max Jara, sentía que la poesía anterior era como esa corriente, como “un río invisible” que pasaba por sus venas, de modo que sus versos de adolescencia se alimentaban de la poesía de antes, la de los viejos poetas, y a la vez se agregaban a las acequias, a los canales, los ríos y los lagos de la gran poesía. Podríamos seguir en muchos poetas el desarrollo de metáforas fluviales, lacustres, marítimas. Existieron los lagos del romanticismo inglés y el mar de Charles Baudelaire, de Arthur Rimbaud, de Paul Valery: instantes de iluminación detenidos en el tiempo, variaciones de una felicidad ancha como el océano, en cierto modo ebria, irremediablemente transitoria, pero siempre relacionada con la máxima libertad. “Homme libre, toujours tu chériras la mer! .

Releo en estos días un gran libro de la poesía española del siglo XX, libro que con el paso de los años ha crecido —me refiero a Ocnos, de Luis Cernuda—, y me encuentro con el tema del agua en un enfoque original y persistente. Cernuda escribió los fragmentos en prosa de Ocnos desde su juventud en Sevilla y continuó con su escritura hasta pocos días antes de su muerte. Fue un libro de toda la vida, algo así como un diario autobiográfico, en un proceso de evolución constante. Un diario de vida y a la vez un diario de muerte, si queremos parafrasear al poeta chileno Enrique Lihn. El momento más intenso, más desgarrado, de poesía más concentrada, se produce hacia 1940 y es el de una doble pérdida: la desaparición irreparable de la infancia en los días en que el poeta desterrado se acerca a los cuarenta años de edad y la de Sevilla y de todo ese paisaje del sur a causa del fin de la guerra de España y del exilio. Ahora bien, el sur perdido al parecer para siempre está formado por un conjunto de elementos que no se pueden dar del mismo modo en el destierro de Escocia o de Inglaterra; por el sol, la luz, el agua de las fuentes, de las piscinas, de los canales sevillanos: “abajo, en torno de la fuente, estaban agrupadas las matas floridas de adelfas y azaleas. Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro”.

Lo más revelador y curioso de toda esta etapa de la escritura de Luis Cernuda es su odio, odio radical y casi se podría sostener que ancestral, a la nieve. La nieve es lo que paraliza la fluidez, la transparencia, la musicalidad del agua. Es propia del norte gris, frío, congelado, y enemiga del agua, las nubes, la lluvia, que van y vienen, suben y bajan, “con su rumor músico, su centelleo mágico, su libertad volada”. ¿Significa todo esto que la felicidad es una experiencia lejana y desaparecida para siempre? Por mi parte no lo creo. Estoy convencido de que puede aparecer a la vuelta de una esquina, en cualquier momento y lugar, sin aviso previo. Claro está, no avisa tampoco para irse y para dejarnos a la orilla del camino, un poco desconcertados, desorientados.

Para mí, en estos años, existe una forma de felicidad bastante segura: es la del mediodía del lunes en mi pueblo de la costa central, cuando los automovilistas del fin de semana, con sus bultos, sus bártulos, sus familias numerosas, ya partieron hace algunas horas, dejando una polvareda, y se escucha de nuevo el rumor del oleaje, alterado a lo sumo por el canto de los pájaros, por el graznido de gaviotas voraces, por algunos ladridos o rebuznos en las quebradas. Es una forma segura, sencilla, que se desvanece a medida que pasa la tarde. Pero uno consigue una concentración superior, por lo menos durante un par de horas, y llega a pensar en un instante ilusorio, en un minuto de distracción algo somnolienta, que el tiempo quizá no existe.

Se ha comparado con frecuencia el mundo de Ocnos de Luis Cernuda con el de Marcel Proust en su Búsqueda del tiempo perdido. A mí me parece que el carácter monumental de la novela de Proust consiste en colocar la memoria personal en el ritmo y en el cauce de la memoria histórica. El niño que entra a la iglesia de Combray y se encuentra con los vitrales y las tumbas de piedra que cuentan la historia medieval de San Hilario nos trae a la escritura un pasado de dimensiones vastas, profundas, donde late todo el misterio del tiempo humano. De la taza de té de la tía Léonie, la extravagante dueña de la casa de Combray, sale un enorme friso novelesco. El novelista se salva por medio de la memoria colectiva. Frente a esto, los fragmentos de Ocnos son miniaturas. Pero son maravillosas miniaturas, destellos de una felicidad posible, y también, a su manera personal, nos salvan.      n

Vida pública. Otros títulos clave

VIDA PÚBLICA

Otros Títulos clave

Pablo González Casanova y Enrique Florescano: México Hoy (1979) • Peter H. Smith: Los laberintos del poder: El reclutamiento de las élites políticas en México, 1900-1971 (1981) • Pablo González Casanova, Héctor Aguilar Camín (coordinadores): México ante la crisis (1986) • Raúl Tre- jo, Juan Enrique Vega y Rolando Cordera (coordinadores): México: El reclamo democrático (1988) • Gabriel Zaid: De los libros al poder (1988) • W. Cornelius, J. Gentleman y P. Smith: Mexico’s Alternative Political Futures (1989) • Juan Molinar Horcasitas: El tiempo de la legitimidad: Elecciones, autoritarismo y democracia en México (1991) • Roderic Ai Camp: Biografías de políticos mexicanos (1992)•    Lorenzo Meyer: La segunda muerte de la Revolución Mexicana (1992) • Jorge G. Castañeda: La utopía desarmada (1993) • Luis Medina Peña: Hacia el nuevo Estado: México, 1920-1993 (1995) • Gabriel Zaid: Adiós al PRI (1995) • Julieta Campos: ¿Qué hacemos con los pobres? (1995) • Jorge Domínguez: Democratizing México: Public Opinión and Electoral Choices (1996) • Barry Carr: La izquierda mexicana a través del siglo XX (1996) • Giovanni Sartori: Lngeniería constitucional comparada (1996) • Alan Riding: Vecinos distantes (1996) • José Antonio Aguilar Rivera: La sombra de Ulises (1998) • Roderic Ai Camp: Politics in México. The Decline of Authoritarianism (1999) •  Juan Pedro Viqueira: Los indígenas y la democracia. Virtudes y límites del sistema electoral y partidista en los Altos de Chiapas (2000) • Alonso Lujambio: El poder compartido. Un ensayo sobre la democratización mexicana (2000) • John Bailey y Roy Godson: Crimen organizado y gobernabilidad democrática: México y la franja fronteriza (2000) • Sergio Aguayo: La charola. Una historia de los servicios de inteligencia en México (2001).

Defensa de la alegría

DEFENSA DE LA ALEGRÍA

POR MARIO BENEDETTI

Defender la alegría como una trinchera

defenderla del escándalo y la rutina

de la miseria y los miserables

de las ausencias transitorias

 y las definitivas

defender la alegría como un principio

defenderla del pasmo y las pesadillas

de los neutrales y de los neutrones

de las dulces infamias

y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera

defenderla del rayo y la melancolía

de los ingenuos y de los canallas

de la retórica y los paros cardiacos

de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino

defenderla del fuego y de los bomberos

de los suicidas y los homicidas

de las vacaciones y del agobio

de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza

defenderla del óxido y la roña

de la famosa pátina del tiempo

del relente y del oportunismo

 de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho

defenderla de dios y del invierno

de las mayúsculas y de la muerte

de los apellidos y las lástimas del azar

y también de la alegría. n

Historia. Otros títulos clave

Historia

Otros TÍtulos clave

David Brading: Los orígenes del nacionalismo mexicano (1980) • Anna Timothy: La caída del gobierno español en la Ciudad de México (1981) • Friedrich Katz: La guerra secreta en México (1982) • Antonio García de León: Resistencia y utopía (1984) • Alfredo López Austin: Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas (1984) • Oscar Mazin: Entre dos majestades (1987) • Solange Alberro: Inquisición y sociedad en México 1571-1700 (1988) • Luis González: El oficio de historiar (1988) • Claude Fell: José Vasconcelos: Los años del águila (1989) • Charles Hale: El liberalismo mexicano durante el siglo XIX (1989) • Héctor Aguilar Camín, Lorenzo Meyer: A la sombra de la Revolución Mexicana (1989) • Ser- ge Gruzinski: La colonización de lo imaginario (1991) • Lorenzo Meyer: Su majestad británica contra la Revolución Mexicana, 1900-1950 (1991) • Carlos Fuentes: El espejo enterrado (1992) • Emilio García Riera: Historia documental del cine mexicano (1994) • Adolfo Gilly: El cardenismo (1994) • Santiago Portilla: Una sociedad en armas (1995) • Arnaldo Córdova: La Revolución en crisis. La aventura del maximato (1995) • Michael Coe: El desciframiento de los glifos mayas (1995) • Pedro Carrasco: Estructura político-territorial del imperio tenochca (1996) • Javier Garcíadiego: Rudos contra científicos (1996) • Mauricio Tenorio: Artilugios de la nación moderna (1996) • Enrique Krauze: Biografía del poder. Caudillos de la Revolución Mexicana, 1910-1940 (1997) • Enrique Krauze: La presidencia imperial; ascenso y caída del sistema político mexicano (1940-1996) (1997) • James Lockhart: Los nahuas después de la Conquista. Historia social y cultural de los indios del México central, del siglo XVI al XVLLI (1999) • Eric Van Young: The Other Rebellion: Popular Violence Ideology and the Mexican Struggle for Indepen- dence, 1810-1821 (2001) • Jean Meyer: Yo, el francés. La intervención en primera persona (2002).

Poesia. Otros títulos clave

POESÍA

Otros Títulos clave

David Huerta: Versión (1978) • Alberto Blanco: Giros de faros (1979) • Verónica Volkow: Litoral de tinta (1979) • Manuel Ponce: Antología poética (1980) • José Luis Rivas: Tierra nativa (1982) • Kira Galván: Un pequeño moretón en la piel de nadie (1982) • Elsa Cross: Bacantes (1982) • Coral Bracho: El ser que va a morir (1982) • Luis Miguel Aguilar: Chetumal Bay Anthology (1983) • Rafael Torres Sánchez: Fragmentario (1985) • Francisco Cervantes: Heridas que se alternan (1985) • Ricardo Yáñez: Ni lo que digo (1985) • Jaime Moreno Villarreal: La estrella imbécil (1986) • Vicente Quirarte: La luz no muere sola (1987) • Eduardo Langagne: Navegar es preciso (1987) • Efraín Bartolomé: Cuadernos contra el ángel (1987) • Francisco Hernández: De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios {1988) • Carmen Boullosa: La Salvaja (1989) • Isabel Quiñónez: Esa forma de irnos alejando (1989) • Miriam Moscona: Las visitantes (1989) • Aurelio Asiain: República de viento (1990) • Gerardo Deniz: Amor y oxídente (1991) • Manuel Ulacia: Origami para un día de lluvia (1991) • Gloria Gervitz: Migraciones (1991) • Fabio Morabito: De lunes todo el año (1992) • Antonio Del- toro: Los días descalzos (1992) • Gabriel Zaid: Sonetos y canciones (1992) • Homero Aridjis: El poeta en peligro de extinción (1992) • Elva Macías: Ciudad contra el cielo (1993)  • Hugo Gutiérrez Vega: Las peregrinaciones del deseo, 1965-1986 (1993) • Roberto Diego Ortega: Nacer a cada instante (1994) • Margarito Cuéllar: Arbol de lluvia(1994)   • Marco Antonio Campos: Los adioses del forastero (1997) • Ramón Xirau: Naturalezas vivas (1997) • Rafael Vargas: Se ama tanto el mundo (1998) • Víctor Manuel Mendiola: Papel revolución (2000) • José Joaquín Blanco: Poemas y elegías (2000) • Héctor Carreto: Coliseo (2002).

Hacer horas eternas

HACER HORAS ETERNAS

POR MANUEL VICENT

Esta pequeña felicidad nos obliga a vivir pegado a la espontaneidad de los sentimientos, al ciclo de la naturaleza, al rito agrario de la muerte y resurrección de las semillas, de forma que las frutas y hortalizas del tiempo sean compatibles con el amor a las personas que nos rodean en la mesa.

La Felicidad no existe y si existe, no es obligatoria. Dijo un panadero gallego: “El tiempo lo ha hecho Dios; nosotros sólo hacemos las horas”. Del mismo modo la abstracción de la felicidad se reduce a pequeños actos felices que cualquiera puede fabricarse para consumo personal cada día. La dicha siempre se confunde con esos momentos en que no logramos recordar qué nos pasó, ya que teníamos el diafragma absolutamente nivelado, sin ansiedad alguna, sin deseos inalcanzables. Si usted consigue recordar qué le sucedió, por ejemplo, en la primavera del año 1997, seguramente se debe a que en ese tiempo no era feliz. Alguna desgracia rondaría su vida.

La primera condición que debe tener el placer es que sea barato y, por tanto, asequible a cualquiera. He aquí algunos pequeños actos felices: contemplar un mar muy azul, partir por la mitad un tomate maduro, jugar en el bar a las cartas con unos naipes húmedos de anís, oír a una mujer que canta canciones de amor mientras tiende la ropa blanca en la azotea, asistir a cualquier bautizo, primera comunión o boda italiana, mexicana o española donde suena un acordeón bajo el emparrado, oler el perfume de la sangre de los geranios contra la cal de una pared del sur. Esta pequeña felicidad nos obliga a vivir pegados a la espontaneidad de los sentimientos, al ciclo de la naturaleza, al rito agrario de la muerte y resurrección de las semillas, de forma que las frutas y hortalizas del tiempo sean compatibles con el amor a las personas que nos rodean en la mesa.

Ningún alimento es pesado ni da acidez. Quienes son pesados y te lastiman el estómago son ciertos comensales con los que uno se ve obligado a veces a compartir un almuerzo. La buena digestión está unida a la alegría y suavidad de una comida con amigos tan fiables como el cocinero y entonces todo sienta bien aunque te metas fuego por el esófago.

Dejemos que Dios haga la eternidad. Algunos nos conformamos con hacer eternas esas horas del panadero gallego. Por eso podemos imaginar que en el paraíso, después de la muerte, habrá pan hondo y perfumado, con el que podremos hacer tostadas en el desayuno haciendo resbalar sobre ellas aceite virgen de oliva y desde las nubes se podrá descubrir a Ava Gardner contemplando las verdes colinas de África, rodeada de leones vegetarianos.

Ninguna noticia es tan importante como para alterar el desayuno de nuestros lectores: esta era la divisa del diario The Times, de Londres. Este principio fue llevado a sus últimas consecuencias cuando el Imperio Británico declaró la guerra a Alemania. El periódico dio la noticia en segunda página, con un titular a dos columnas y sin alterar el tamaño de las letras. La primera plana estaba reservada para los anuncios breves por palabras. En ellos pequeños comerciantes hacían llegar al público sus propuestas de felicidad, de forma que los clientes supieran dónde comprar un tornillo, un paraguas, un bollo de chocolate, o encontrar un restaurante, una sala de fiestas, unos muebles usados y eso era la vida de la gente sencilla y anónima que se establecía bajo los bombardeos de la Segunda Guerra mundial con una energía superior a cualquier bomba atómica.

Hágame usted el favor de ser inmortal en cada minuto del día. Sea consciente de que está respirando y aunque el aire esté contaminado, llenarse los pulmones no deja de ser un privilegio, que no tiene ya ni Buda, ni Mozart, ni Napoleón. Y si quiere adelgazar o guardar la línea, recuerde que para eso no hay nada como una pasión que queme todos los hidratos de carbono a los pies de Venus. La mejor filosofía debería reducirse a no olvidar que la crueldad de la historia, la imbecilidad humana y los zarpazos de la naturaleza coinciden con los erizos de mar que huelen a alga, con las habas tiernas y con las miradas de amor de una mujer anónima en el autobús. n

La desgracia de ser feliz

Aquel sábado negro descubrí la felicidad: un estado del cuerpo y el alma que se vive un instante y se sigue pagando por el resto de la vida. Empezó con un trueno apocalíptico que enrareció el cuarto con el olor premonitorio de la tierra mojada, y no había tenido tiempo para escapar ileso cuando se precipitó un aguacero grande, de los que suelen desmadrar la ciudad entre mayo y octubre. Las calles de arenas ardientes se convirtieron en torrentes ciegos que arrastraban cuanto encontraron a su paso después de tres meses de sequía, y podían ser como la felicidad del amor: tan providenciales como devastadoras.

Apenas había tenido tiempo de asegurar puertas y ventanas cuando me salió al encuentro la certidumbre física de que no estaba solo. Alcancé a ver el celaje del gato que saltó del sofá y se escabulló por el balcón, y en su plato quedaron las sobras de una comida que nadie le había servido. Lo había criado como estudié el latín. Seguía sus trazas con su manual de uso para familiarizarme con sus hábitos naturales, pero no di con su escondite para obrar, ni con sus sitios de reposo, ni con las causas de su amor voluble. Quise enseñarlo a comer a sus horas, a no subirse en mi cama mientras yo dormía ni a olisquear los alimentos en la mesa, ni pude hacerle entender que la casa era suya por derecho propio y no como un botín de guerra.

De modo que lo dejé a su aire para enfrentar el aguacero bíblico que amenazaba con desquiciarla. Sufrí un ataque de estornudos encadenados, me dolía el cráneo y tenía fiebre, pero me sentía poseído por una fuerza y una determinación que nunca tuve a ninguna edad y por ninguna causa. Puse calderos en el piso para recoger las goteras, y me di cuenta de que habían aparecido otras nuevas desde el invierno anterior. La más grande había empezado a inundar el flanco derecho de la biblioteca. Me apresuré a salvar a los autores griegos y latinos que vivían por aquel rumbo, pero al quitar los libros encontré un chorro de alta presión que salía de un tubo roto en el fondo del muro. Lo amordacé con trapos hasta donde pude para salvar mis favoritos.

El estrépito del agua y el aullido del viento arreciaron en el parque. De pronto, un relámpago fantasmal y su trueno simultáneo impregnaron el aire de un fuerte olor de azufre, el viento desbarató las vidrieras del balcón y la tremenda borrasca de mar rompió los cerrojos y se metió en la casa como en la suya. Sin embargo, antes de diez minutos escampó de un tajo. Un sol espléndido secó los escombros varados en las calles, y volvió el calor. Fue entonces cuando me estremeció la certidumbre de que había sido feliz durante la tormenta y no sabía por qué.

García Márquez

Mi única explicación es que así como los hechos reales se olvidan, también algunos que nunca lo fueron pueden estar en la memoria como si hubieran sido. Pues si evocaba la emergencia del aguacero no me veía a mí mismo solo en la casa sino siempre acompañado por alguien que no me atreví a recordar. La sentía tan cerca, que había percibido el rumor de su aliento en el dormitorio, y los latidos de su mejilla en mi almohada. Me recordaba a mí mismo en el escabel de la biblioteca y la recordaba a ella con su bata de flores pintadas recibiendo los libros para ponerlos a salvo. La veía correr de un lado al otro de la casa batallando con la tormenta, empapada de lluvia con el agua a los tobillos en una noche feliz sin los tormentos del amor. La recordaba al día siguiente preparándole al gato un desayuno que nunca fue y poniendo la mesa mientras yo secaba los pisos y ponía orden en el naufragio de la casa. Nunca olvidé la mirada sombría con que me preguntó mientras desayunábamos: ¿Por qué me conociste tan viejo? Le contesté la verdad: la edad de uno no es la que se tiene sino la que uno siente.

Desde entonces la llevé en la memoria con una nitidez que me permitía hacer de ella lo que fuera útil para ser felices. Le cambiaba el color de los ojos según mí estado de ánimo: color de agua al despertar, color de almíbar cuando reía, color de lumbre cuando la contrariaba. La vestía para la edad y la condición que convinieran a mis cambios de humor: novicia enamorada a los veinte años, puta de salón a los cuarenta, reina de Babilonia a los setenta, santa a los cien. Cantábamos duetos de amor de Puccini, boleros de Agustín Lara, milongas de Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginarse siquiera lo que es la felicidad de cantar. Hoy sé que no fue una alucinación en aquella tarde feliz sino un milagro más del primer amor de mi vida a los noventa años. n

(Núm. 301, enero de 2003)

Time is Monet

TIME IS MONET

POR JULIÁN RÍOS

Los ángeles y los demonios entran al mundo de los vivos y se mezclan con ellos, se indiferencian. Pero no hay que echar campanas al vuelo, su fin es otro. Vienen por nosotros y los hombres nos volvemos ángeles o demonios, las fronteras desaparecen.

Las estaciones de Monet, proyecto con el fotógrafo Delsena, solían empezar en la de Saint-Lazare; pero la expedición del último día del verano la hacíamos encogidos en el viejo cupé recuperado de Camille II, su nieta adoptiva, como decía él, que nos llevaba aceleradamente a Bennecourt, a unos 60 kilómetros al oeste de París, por la estrecha carretera que sigue la orilla derecha del Sena.

Los domingos los sacan a comer a un restaurante cercano, explicaba Delsena, su cabeza de monje aureolada muy blanca junto a la morena de la conductora. Acabábamos de dejar atrás, al pie de los acantilados, un edificio normando rosa salmón de entramados postizos y su terraza con parasoles y tumbonas desiertas bajo el sol, Au Bonheur du Jour, la residencia de ancianos que Delsena perennizó hace por lo menos tres lustros en el álbum del mismo título. Revi recientemente todas esas fotos, sembradas por el suelo de su estudio, mientras él las sorteaba haciendo su recolección para una próxima retrospectiva en Rotterdam y yo seguía el reguero de recuerdos y sus pasos en difícil equilibrio.

La protagonista, Mrs. Young, o Mme. Jeune, como la conocían todos, era la decana de la residencia y se preparaban a celebrar sus primeros cien años. Such a sweet oíd lady, murmuró Delsena. Una viejita de rasgos finos y ojos oscuros muy grandes o dilatados, tocada con un turbante blanco. Me habían impresionado especialmente las imágenes en que ella examinaba su pasado inclinada sobre su propio álbum de fotos. Delsena había conseguido ampliar ciertos detalles de esas fotos desvaídas que recobraban de pronto toda su intensidad bajo la mirada fija de la dama.

Una pirámide de uvas blancas y negras en un frutero de cristal que flotaba, recuerdo, en el claroscuro como una naturaleza muerta surrealista o espiritista. Tal frutero espectral en realidad estaba en el centro de la sólida mesa de caoba del comedor que se volvía aún más oscura con el crepúsculo, pocas horas antes de que llegasen algunas amistades a cenar a su casa londinense. Al cabo de esa animada cena de una primavera de 1918, si recuerdo bien, dijo Delsena, la joven anfitriona descubriría que la felicidad que la embargaba podía ser tan ilusoria como el frutero volante. Madame Jeune tenía intacta la memoria y le desvelaba a Delsena, entre pose y pose, esas reliquias del pasado con profusión de detalles.

La mujer de 31 años del vestido de muselina blanco y collar de cuentas de jade que sonreía ante un parterre de tulipanes era ella en el jardín de su casa de Kensington a mediados de mayo de 1919.

El hombre alto de 36 años en jersey blanco y pantalones de franela blancos que levanta cual trofeo a una preciosidad morena de año y medio era Harry con la pequeña Berthie. La foto fue tomada aquel mismo día, en el mismo jardín, sólo unas semanas antes de que la tercera oleada de gripe le arrebatara con unos pocos días de intervalo primero a su única hijita y luego a su marido. Más de una noche se empeñó en bajar desde su casa hasta el final de la calle, junto a la estación de High Street Kensington, tropezando a cada paso en pilas de cadáveres y llamando a Berthie y a Harry, seguía recordando Delsena, hasta que por fortuna la despertaban sus propios gritos.

Aquella gripe llamada española, dijo Delsena, para pasmo de Camille II, hizo más de veinte millones de muertos en todo el mundo, se dice pronto, y sólo en Londres unos doscientos mil.

Harry, abogado previsor, la dejó al abrigo de problemas materiales, estaba convencida madame Jeune, para que pudiera consagrarse por entero a los espirituales.

La beldad rubia de edad indefinida —en la foto, de 1918, tenía 27— que desvía la mirada era su amiga del alma Pearl, ángel de la guarda y enfermera que además le descubrió las consolaciones de la teosofía.

Peregrinaron juntas por la India durante un par de años en busca de las iluminaciones védicas y luego se retiraron otro bienio a meditar aisladas en un chalet de montaña en Suiza, cerca de Montreux. Vivieron luego casi una década agotadoramente, hasta 1933, cultivando de sol a sol el huerto del falansterio de Gurdjieff en Avon, a las afueras de Fontainebleau. Convencidas al fin de que más les valdría reanudar la vía contemplativa, se retiraron nuevamente a las montañas suizas, esta vez cerca de Ascona, a perfeccionarse con otro gurú. Después de la Segunda Guerra mundial regresaron a Francia, tal vez para visitar a Gurdjieff en París, y decidieron establecerse definitivamente no lejos del antiguo monasterio de Avon que les recordaría, según Delsena, los viejos tiempos de sudor y lágrimas de felicidad.

Tras la muerte repentina de su inseparable Pearl y algunos achaques propios de su edad, madame Jeune decidió recogerse en 1973 o 1974, calculó Delsena, en Au Bonheur du Jour, casi en la raya de Normandía. Aunque se lo permitían sus medios, no escogió una de las habitaciones orientadas al sur y con vistas al valle del Sena, para sorpresa de todos, sino otra menos clara y espaciosa que daba al huerto trasero y a un peral resguardado del norte por una pared de ladrillos que le recordaba, y ahí estaba el quid, dijo Delsena, el del jardín de su casa de Kensington que acabó dándole el fruto de la iluminación, como ella lo denominó. Aquel peral en flor de una noche de primavera de 1918, y ha llovido desde entonces, caía en la cuenta Delsena, que ella contemplaba a la luz de la luna desde el balcón de su casa junto a Pearl, tras la animada sobremesa con Harry y un empresario teatral y su mujer decoradora cuyos nombres Delsena no recordaba y un poeta en ciernes llamado Warner o quizá Warren, dudó Delsena, e hizo un gesto de defensa con las manos hacia el parabrisas, al referirse de nuevo a aquel peral maravilloso que ella contemplaba junto a Pearl y de pronto se alargó en la noche como una llama que era la felicidad, recordaba siempre madame Jeune, que ardía en su pecho.

Aquel peral flamígero de Londres no estaba en el álbum de recuerdos de la anciana inglesa pero Delsena habría de convertir el del huerto de Au Bonheur du Jour en un fulgor constelado de perlas luminosas. No tanto una solarización como una suposición velada de lo que alcanzó a ver desde la ventana de su cuarto madame Jeune al apagarse serenamente justo un día antes de cumplir cien años.

Un mesón para glotones, creía que lo llamó así Delsena, en su francés peculiar, al proponernos parar a comer, y de pronto apareció Gloton, tal cual, en el cartel al borde de la carretera, metros antes de que Camille II aparcase el coche bajo los plátanos, frente al Rendez-vous des pécheurs, así se sobreentendía, porque en el letrero marrón de la entrada el acento circunflejo había saltado con otros desconchones. Daba lo mismo que la cita fuera con pescadores o pecadores porque una cuartilla chincheteada en la puerta advertía que el establecimiento estaba definitivamente cerrado por jubilación del propietario.

Se cierra otro capítulo, dijo Delsena, y ya no deben de quedar muchos más. Había venido con frecuencia a comer ahí con Negrita, como llamaba siempre a la pintora norteamericana que fue su amiga íntima y modelo durante más de cuarenta años.

Conocía la foto, de mediados de los cincuenta, reproducida en algunos catálogos de la artista: una chica delgada muy morena en jersey y vaqueros sentada en el suelo, su melena atada con un pañuelo, con aire ausente entre cuadros enmarañados. A sus pies hay botes de pintura y una botella de ron con la etiqueta de una cabeza de negra con una pañoleta parecida a la de la pintora.

Delsena se acercó finalmente al río y encuadraba la espesura de enfrente duplicada en el agua con el largo chopo en el centro o se protegía del resol con las manos juntas sobre las cejas. No quería hacer fotos ahora, explicaba, porque era demasiado pronto. Time is Monet, como él decía, y cada hora tiene su color. A nuestro lado Camille II, en un vestido blanco a listas azules, o viceversa, que le caía que ni pintado por Monet y que sin duda se puso para la ocasión, miraba las hojas verdes de los nenúfares en el remanso. A causa de su silueta franjeada, o de un espejismo de reflejos, yo la distinguía ya sentada en la ladera florida de la isla de enfrente, que parece desde aquí la orilla izquierda del río, bajo un árbol frondoso que cubre parte del cielo, además de algunos campos y casas. A sus pies flota la barca verde que la trajo con el pintor que ha de retratarla. Au bord de l’eau, Bennecourt. Para ser exactos debería indicar Gloton, sin acento, pues así se llama este lugar de la orilla derecha del Sena, pegado al pueblecito de Bennecourt, que Claude Monet pintó en la primavera de 1868. A pesar del tiempo transcurrido el espacio apenas ha cambiado. Salvo que hay algunas motoras en el embarcadero y casas nuevas allá donde crecía un muro verde de chopos. Camille contempla sentada bajo los árboles la orilla opuesta, a donde hemos llegado Camille II y yo con Delsena, y alcanza a ver más que todos nosotros, espectadores de a pie, digamos, estorbados por el follaje. Por ejemplo, la casa en el centro que ella conoce muy bien, y nosotros sólo podemos ver invertida gracias al espejo del río.

 Un mesón para glotones…

La casa tejado abajo en el centro era la posada de Gloton, del patrón llamado Pére Dumont, en que se alojaron Camille Doncieux y su amante Claude Monet con el hijo de ambos, Jean, que aún no había cumplido el año, a finales de la primavera de 1868. En ese auberge habían parado antes algunas veces el escritor Zola y su amigo el pintor Cézanne con sus amantes respectivas y lo más probable es que Zola se la recomendara a Monet. Era un sitio apartado al que no obstante se llegaba fácilmente, en dos horas por tren, desde París. Muchos años después, en 1886, Zola incluyó en su novela La obra el paisaje pintoresco de Gloton- Bennecourt con su posada, en donde se refugia con su amante un pintor fracasado, Claude Lantier, mezcla de algo de Monet y mucho de Cézanne con un toque de Renoir.

En realidad la situación de Monet en Gloton no era muy boyante, se le agotaron pronto los fondos, y el posadero acabó poniéndolo de patitas en la calle con su amante y el crío. De perdidos al Sena, y Monet se tiró de cabeza, en un melodramático gesto de desesperación; pero era tan buen nadador que todo quedó en un chapuzón o mera chapuza. Salió a flote. Monet no tardaría en monetizarse…

Parece que al principio fueron felices, en Gloton, aunque no comieron perdices, sino tal vez la tortilla reseca y las salchichas demasiado grasientas con mendrugos como pedruscos que figuran en el menú naturalista de la obra de Zola.

Antes de la expulsión de tal paraíso, Camille Doncieux debió de pasar días felices ahí, dijo Delsena, que con frecuencia recuperaba el hilo de las conversaciones con el abuelo real de Camille II, su vecino y viejo amigo el anticuario Larocque, el hombre que más sabía de Monet, aseguraba.

En el cuadro bucólico de Bennecourt Camille está de perfil, pero parece disfrutar del día y del paisaje, en toda su serenidad. Toma la dicha del día…

(Camille tenía en el cuadro de Bennecourt 21 años, me parece, y once años después y poco más o menos el mismo número de kilómetros río arriba, se acabará dolorosamente su vida. Fui a comienzos de setiembre con Delsena al cementerio de Vétheuil, desde donde se domina el valle y el arco del río y el cielo de tantos paisajes de Monet. ¡Fíjate qué azules!, exclamaba; pero ante la humilde tumba de Camille con su verjita herrumbrosa más bien veía los cerúleos que helaban su cara atada en el lecho de muerte y que su recién viudo no pudo resistirse a copiarlos del natural porque el amor al arte era más fuerte que cualquier otro.)

Junto a la barca verde flotaba una mancha azul de cielo, precisó Delsena, y todo el río estaba hecho de reflejos. También yo creía que no todo lo que vemos, y que ve Camille con nuestros ojos, es real… On the Bank of the Seine, Bennecourt. En 1932 una niña de seis años se detiene ante un cuadro de Monet, en el Art Institute de Chicago, y descubre la felicidad. El tiempo y el mundo alrededor desaparecieron de golpe y ella existía intensamente en los reflejos del agua, en el cielo y en el árbol de follaje centelleante. Las otras compañeras de colegio debieron de dejarla sola ante el cuadro, sospecharía Negrita más de medio siglo después, dijo Delsena, quizá se fueron a contemplar al lado la vieja locomotora del tren de Normandía que llega a la estación de Saint-Lazare en 1877. La niña de seis años, desde su alto apartamento, que domina el lago Michigan, seguía viendo a veces el río luminoso de Bennecourt sobre la ancha mancha gris. Y muchos años después, cuando vivía frente al Sena, no lejos de Bennecourt, alcanzó a ver en su superficie, acaso por reflejo de la nostalgia, supuso Delsena, las escamas aceradas del lago de su niñez.

Aquella sensación en el museo de Chicago volvería a repetirse, casi al final de su vida, en un cuarto de hospital de París. Delsena había acudido a visitarla y se la encontró sentada en la cama, los ojos arrasados en lágrimas, aunque con una expresión radiante.

Su cáncer crecía y se multiplicaba, como dijo ella alguna vez con humor o realismo negro, le acababan de implantar una prótesis en la cadera, el escultor-chatarrero con el que había vivido el último cuarto de siglo la dejó de la noche a la mañana, mientras aún estaba hospitalizada, su única hermana había muerto en un accidente de carretera en Italia unos meses antes, y ella llevaba más de un año sin tocar los pinceles.

Todo era de un blanqueado de sepulcro y sin color, que era la forma que tenía Negrita de verlo todo negro, dijo Delsena, y de repente a través del cristal gris de la ventana del hospital y de la cortina gris de la lluvia distinguió en la plazoleta ajardinada de enfrente un tilo en el que relucían aún hojas verdes, aunque era ya a finales de noviembre, y otras rugosas y como doradas prendidas en las ramas casi desnudas, temblando en el aire, que se resistían a caer. Me sentí tan feliz viendo el árbol, dijo Delsena que dijo Negrita, tan feliz siendo el árbol. Y Delsena le habló entonces del peral de madame Jeune y de su amiga Pearl. Su maravilloso peral.

Sabiendo su fin cerca, Negrita alquiló un pequeño estudio cerca de su hospital, en  Montparnasse, y se agotaba con plena conciencia de que sólo la felicidad de pintar, dijo Delsena, podría fijar la inefable felicidad de unos instantes que era incapaz de transmitir, a no ser en el estallido de amarillos verdes y azules de vaga forma arborescente que fue su última obra y tituló, de modo enigmático, El peral de Pearl.   n

Olvidar todos los pasados

OLVIDAR TODOS LOS PASADOS

POR JOSÉ MARÍA PÉREZ GAY

Nosotros queremos concordia; pero la condición humana sabe mejor lo que es bueno para la especie: ella quiere discordia. El hombre quiere vivir tranquilo y divertido; pero debe salir de la indolencia y del regocijo pasivo, arrojarse al trabajo y las penalidades para encontrar, por contraste, el medio de escapar con astucia de ellos…

Cambio un imaginario y fugaz mensaje con el fantasma de Fritz Mauthner, uno de los autores favoritos de Jorge Luis Borges. Mauthner —un judío austríaco nacido en 1848 en Kóniggrátz— era un ensayista de obra vasta y rigurosa. Borges conocía muy bien su Crítica del lenguaje y, sobre todo, el Diccionario de Filosofía. Sospechosas coincidencias o afinidades electivas. En su Teoría de la dicha, Mauthner escribe: “Nunca aceptaremos la presencia constante de la dicha en nuestras vidas, porque siempre será más breve de lo que la imaginamos. Por suerte, basta con un poco de reflexión para disipar confusiones: la memoria es el único lugar donde reside la dicha, porque ella es casi siempre un enigma del pasado, por esta razón los antiguos la definían como segunda fortuna.

Es entendible la necesidad de la ilusión. Sin duda, a todos nos gustaría que la felicidad fuese una sucesión de instantes redondos, perfectos. Lo que llamamos “realidad” nos demuestra que nunca ha sido así: no somos capaces de suprimir las mayúsculas, porque nos habita un propósito congénito de eternidad. No sólo queremos conservarnos a  salvo del horror y la muerte, sino también oponer al sentimiento de caducidad nuestra eterna porción de dicha.

Uno de los grandes estrategas de la dicha fue el más desdichado de todos: Friedrich Nietzsche. A los 35 años de edad, escribió: “Hay un grado tal de insomnio, de obsesivo sentido histórico, de rumia y examen del pasado, que la vida se va deteriorando y al final sucumbe. No importa si se trata de una persona, de un pueblo o una cultura. Quien no pueda olvidar todos los pasados, quien no sea capaz de habitar en el instante, sin vértigo ni temor, nunca sabrá lo que es la felicidad y, peor aún, jamás hará feliz a los otros”.

No creo que sea tan fácil: los instantes son quimeras que se disipan, apariencias móviles de una radical inmovilidad. Nosotros queremos concordia; pero la condición humana sabe mejor lo que es bueno para la especie: ella quiere discordia. El hombre quiere vivir tranquilo y divertido; pero debe salir de la indolencia y del regocijo pasivo, arrojarse al trabajo y las penalidades para encontrar, por contraste, el medio de escapar con astucia de ellos… “Esta tarea es la más difícil de todas”, escribe Kant, “la solución es imposible: en una madera tan torcida, como aquella de la que el hombre está hecho, no se puede llegar a tallar nada del todo recto”. El árbol que crece torcido sólo conoce la imposibilidad de la dicha.

Freud llamaba “compulsión a la repetición” (Wiederholungszwang) a las neurosis de destino; el doctor de Viena veía en los soldados veteranos víctimas de neurosis de guerra excepciones auténticas del principio del placer; sus actingouts eran un modo de recordar las experiencias más traumáticas, las fantasías más dolorosas que habían reprimido: una especie de olvido en acción. A diferencia de los otros neuróticos, los individuos que padecen esta compulsión reinciden una y otra vez en la desdicha y el daño con un ímpetu incontrolable, no conocen ningún límite, como si nunca hubiesen aprendido que sus repeticiones compulsivas no les dan ningún placer, y que sus acrobacias inconscientes los llevan a la autodestrucción. Son los verdaderos desdichados. Freud estaba convencido de que había “algo demoniaco en sus vidas”, y que esa pulsión provenía de una zona independiente del apetito del placer. “La meta de toda vida es la muerte”, escribió. Freud llegó entonces a la idea de la pulsión de Muerte.

El malestar en la cultura es su teoría de la desdicha. A principios del siglo XXI, su crítica me parece más vigente que nunca. ¿Por qué nos resulta tan difícil ser felices? O mejor: ¿por qué somos tan infelices? La batalla entre Eros y la Muerte controla a la especie humana. Nuestra patética búsqueda de la felicidad, y su fracaso anunciado, se convierte en odio contra nosotros mismos. La civilización y la cultura inhiben las agresiones, retrasan o detienen los efectos devastadores de la Pulsión de Muerte y nos ponen límites; pero la lucha entre el amor y el odio está, por paradójico que suene, en las entrañas mismas de la psique y de la civilización misma.

En nuestros días, la hegemonía de la muerte ha empezado, al parecer, a ganar otra vez la partida. ¿No somos todos rehenes de una compulsión masiva a la repetición? ¿No reincidimos obsesivamente en la desdicha? ¿Es comprensible nuestra obsesión por el dominio y el poder? ¿Nadie puede redimirnos de la venganza? ¿No terminamos destruyendo lo que más amamos? ¿Por qué no existe algo así como una compulsión a la repetición de la dicha? El desarrollo de la civilización se ha cumplido bajo el signo del verdugo. “La conclusión de que terror y civilización son inseparables, a la que han llegado los conservadores, está sólidamente fundada”, escribieron Adorno y Horkheimer, “en ello están de acuerdo el Génesis, que narra la expulsión del paraíso, y las Soirées de Saint Pétersbourg de Joseph de Maistre. Bajo el signo del verdugo están el trabajo y el goce, nadie puede deshacerse del terror y conservar la civilización”.

Adenda

Al anochecer del 10 de agosto de 1989, en una clínica de la Ciudad de México, nació Pablo, mi hijo. Yo tenía 47 años y era un padre tardío o un abuelo temprano. En ese momento conocí la dicha irrepetible de conocer y amar a mi hijo. Un año después, cuando nació Mariana, mi hija, conocí la primavera de nuestra esperanza. Desde entonces la felicidad lleva sus nombres.     n

Economía

Economía

Carlos Tello:

La política económica en México 1970-1796 (1978).

Rolando Cordera, Carlos Tello:

México: La disputa por la nación (1981).

Francisco Gil Díaz: México’s Path from Stability to Inflation World Economic Growth (1984).

Vladimiro Brailovski, Terry Barker y Nathan Warman:

 La política económica del desperdicio (1990).

Carlos Bazdresch, Nisso Bucay, Soledad Loaeza,

Nora Lustig (compiladores): México:

Auge, crisis y ajuste (1992).

Pedro Aspe Armella:

El camino mexicano de la transformación económica (1993).

Leopoldo Solís: La realidad económica mexicana.

Retrovisión y perspectivas (1995).

David Ibarra: ¿Transición o crisis? Las contradicciones

de la política económica y el bienestar social (1996).

Fernando Clavijo (compilador):

Reformas económicas en México 1982-1999 (2000).

Nora Lustig:

México: Hacia la reconstrucción de una economía (2002).

Lo que llamamos Arcadia

LO QUE LLAMAMOS ARCADIA

POR BEN OKRI

Entre la búsqueda y el encuentro hay otro lugar, un lugar especial, y quizás es un lugar así hacia el cual viajamos ahora, un lugar al que llamamos Arcadia, un lugar que para algunos es un libro, una pieza de música, una cara, una fotografía, un paisaje.

No es extraño que gran parte de la actividad humana más significativa tenga que ver con la pérdida? Porque perdemos cosas, intentamos encontrarlas. El intento nos lleva a un viaje. Encontramos otras cosas, cosas de las que no nos habíamos dado cuenta que habíamos perdido: y entonces creamos. El arte brota de la alienación y de la pérdida. El arte reemplaza lo que hemos perdido en espíritu. Es por tanto un reemplazo mágico. Y así ocurre con la Arcadia, me parece. Hace tiempo que hemos perdido nuestra relación sencilla con la naturaleza, con el universo. Y así los antiguos romanos se revelaron como los primeros alienistas al soñar y construir la leyenda de la Arcadia. Esto nos mostró lo jodidos que estaban como para necesitar inventarse un Edén ambiguo, donde el amor está cercano a la locura. Y parecería así que el arte es una condición de inquietud, de dislocamiento, de estar fuera de todo, de ser un exiliado. El arte no puede venir de los felices y los contentos, de los afortunados y los hermosos, de los benditos y los enteros, a menos que por debajo de eso habite una condición o una premonición trágica no revelada, como un volcán no visto o un cataclismo insospechado próximos a arrasar con toda esa tranquilidad innatural. Los últimos días de las cosas hermosas son los más artísticos. Parece entonces que el arte es el signo secreto de habitar bajo una guillotina, bajo un oscilante signo de ruina, bajo un oculto signo de interrogación, debajo de la amenaza de la muerte, en lo indeseable, queriendo que nos curen y ser curados, con un soplo de mortalidad e infierno en nuestro espíritu, con una sensación de pecado y ausencia de redención. Parece que el arte es una súplica mágica, un aullido mágico, un grito encantado, un retraso de la locura, un desvío del insomnio, una canalización de las energías negativas. El arte es encontrar el camino propio en la oscuridad, es ver con los dedos, adivinar agua en el desierto, crear un reino abstracto erigido en la mente de los otros para reemplazar los reinos de la infancia y la inocencia perdidas para siempre con la muerte de una madre. El arte es encontrar una nueva casa y, sin embargo, estar siempre navegando. Es ser engañado y tentado por los dioses para recorrer varias veces y entera la inmensa tierra y dejar atrás ciudades brillantes en busca de lo que nunca puede encontrarse, pero que parece posible de encontrar, por un sueño que sigue en movimiento como un pájaro, un pájaro mágico, o un amor, o un sueño de reposo, o el atisbo de una hermosa ciudad en medio del océano. Pero nos sigue conduciendo, nos mantiene avanzando, hasta que el esqueleto al vagar entra por una puerta dorada, y llega a un paisaje soleado donde la luz del sol es una oscuridad perpetua, y encuentra lo que buscaba en un lugar donde nunca se pierde nada ni se encuentra nada. un lugar sin un nombre o una idea. Por lo cual hay una fatalidad en encontrar, y una agonía en buscar. Pero entre la búsqueda y el encuentro hay otro lugar, un lugar especial, y quizás es un lugar así hacia el cual viajamos ahora, un lugar al que llamamos Arcadia, un lugar que para algunos es un libro, una pieza de música, una cara, una fotografía, un paisaje, un amante, una ciudad, una casa, una tierra, un ritual, un sendero, una manera de ser, Incluso. Quizá, mi querido amigo, viajamos hacia una cosa fugaz en el desierto, donde la sed es apagada milagrosamente en el aire, y la fragancia de un gran amor se dilata en la sombra…

© Ben Okri 2002. Todos los derechos reservados. n

Dos poemas

 DOS POEMAS

 TraducciÓn de Luis Miguel Aguilar

 POR HAROLD PINTER

París

La cortina blanca, en pliegues.

Ella da dos pasos y se vuelve,

La cortina quieta, la luz

Asombra en sus ojos.

Las lámparas, doradas.

La tarde se inclina, en silencio.

 Ella baila en mi vida.

Arde el día blanco.

1975

AQUÍ ESTÁ

(para A)

¿Qué ruido fue ése?

Me vuelvo hacia el cuarto que tiembla.

¿Qué ruido fue ése, llegado en lo oscuro?

¿Y este laberinto de luz en que nos deja?

 ¿Y esta posición que tomamos Para darnos la vuelta y regresar?

¿Qué fue lo que oímos?

Fue el aliento de cuando

Nos encontramos por vez primera.

Escucha. Aquí está.

1990

©Harold Pinter.

Todos los derechos reservados.

Una actriz en peligro de ser feliz

UNA ACTRIZ EN PELIGRO DE SER FELIZ

POR NURIA AMAT

Un día, me dijo, decidí tenerte. Y te busqué por todas partes. Un día, me dijo, recorrí el mundo entero, viaje a China, India, Yucatán hasta dar contigo. Te llevé conmigo en un capazo, como las cigüeñas. No puedes imaginarte cuánto te he deseado, mi vida.

Mi madre es esta señora rubia sentada en la primera fila de sillas colocadas en el patio de la escuela frente al escenario preparado para la fiesta de fin de curso. Ha conseguido ocupar uno de los mejores asientos. Mi madre tiene por costumbre ser demasiado puntual. Tampoco le gusta que le hagan esperar porque siempre tiene prisa, todo se le acumula, dice ella, y su cabeza no da para tanto. Aun que nadie lo diría al verla allí sentada en primera fila con sus gafas de sol sobre los ojos y en la falda su bolso grande y pesado.

Ha mirado tres veces su reloj de pulsera. Hoy tiene suerte. Cinco minutos antes de empezar la función salen los niños en filas de dos desde los mayores a los más pequeños. Al que llora se lo aparta. Los otros van ocupando los lugares asignados. Hay música sonando en los altavoces.

Mi madre, sin perder de vista su reloj, me busca entre el grupo de niños apiñados en el suelo del patio, debajo del escenario improvisado. Ahora me ha visto y nos saludamos con la mano. Ella me sonríe y yo la sonrío. Volvemos a agitar la mano. Yo doy un codazo a Sandra y le digo: Allí está mamá. Sandra mira pero no saluda. Mi madre me manda un beso con la mano. Ahora que ya nos hemos visto parece más tranquila. Si tuviera que levantarse en medio de la función será porque la escuela no ha cumplido con el horario y ella tiene mucha prisa. No puede multiplicarse en otra aunque quisiera.

Una madre sola es diferente. La gente se da cuenta y no dicen nada pero saben lo distinta que es mi madre a las otras madres. Ella me lo ha contado.

Un día, me dijo, decidí tenerte. Y te busqué por todas partes. Un día, me dijo, recorrí el mundo entero, viaje a China, India, Yucatán hasta dar contigo. Te llevé conmigo en un capazo, como las cigüeñas. No puedes imaginarte cuánto te he deseado, mi vida.

Mi madre me quiere y yo también la quiero. Cuando no la veo, viajo por el mundo entero hasta dar con ella. Al final, siempre viene y me encuentra.

Yo la miro y ella me mira y sonríe y mira su reloj y yo temo que se haga tarde y mi madre tenga que irse porque a las cinco en punto tiene una reunión de trabajo.

El trabajo de mi madre la obliga a ir a los lugares más extraños. Mi madre habla de una ciudad donde unos bestias matan niños. En otra ciudad los niños son devorados por ratas y cucarachas. A las niñas no las quiere nadie por ser niñas.

El profesor Carlos se coloca delante del micrófono y saluda al público. Mi madre, si pudiera, le cortaría su discurso con unas tijeras. Está rabiosa con él. Apenas le quedan quince minutos y su hija tiene que salir en este intervalo de tiempo, de lo contrario le será imposible ver su actuación. Y la niña estará triste y ella preocupada. Temo sus tijeras. Y que se levante del asiento y haga una escena. Y todo el mundo se dé cuenta de que mi madre no es mi madre.

La música ha cambiado de melodía. Ahora suenan unos tambores furiosos. Por una puerta sale el dragón, por la otra aparece el valiente San Jorge. Tras el dragón se esconde la princesa. Yo no soy la princesa. Soy el coro. Todavía no es mi turno. A mi lado, Santi Colomer llora. Tiene miedo. La profesora ha venido corriendo a buscarlo. San Jorge mata al dragón. Luego se acerca a la princesa, la da una rosa y se casa con ella.

Todos aplauden. Yo aplaudo. Esto es un teatro. Un grupo de niñas y niños están de pie sobre el escenario. Yo estoy en ese grupo y espero. Avanzamos unos pasos. De acuerdo. Ahora la música ha dejado de sonar. El profesor Carlos pide al público un poco de paciencia. Sólo cinco minutos. No podré soportarlo. Mi madre va a levantarse. Ya ha cogido sus tijeras. Estoy a punto de hacer un disparate. Adelantarme unos pasos y decir mi verso. Aunque no sea la hora y no me toque. Veo a mi madre nerviosa con su reloj de pulsera. Que no se me olvide el poema. Pero no lo repito por miedo a olvidarlo. Y miro hacia el árbol grande el jardín para distraerme y no tener que mirar abajo. Esto sí es miedo mientras voy subiendo por las ramas de aquel árbol hasta llegar al cielo.

Por si acaso miro arriba. El profesor Carlos me ha empujado. Es mi tumo. Me adelanto hacia el micrófono. Ahora no puedo mirar al cielo. Pero tampoco al público. ¿Y si mi madre se levanta? ¿Y si mi madre se ha ido? La miro. No la miro. No la veo. n

¿Por qué dura tan poco?

¿POR QUÉ DURA TAN POCO?

POR CLARA SÁNCHEZ

De repente, la vida se oscurece como si se hubiese producido un eclipse. De repente me da igual vivir o morir. Todo es mentira. ¿Por qué la felicidad dura tan poco?

Es domingo por la mañana y hasta el último rincón de la casa huele a tostadas y café. Bajo el cielo azul lentos paseantes recorren la calle con fardos de periódicos en el brazo. Parques verdes, perros alegres, niños radiantes y buena temperatura. No hay nada que perturbe el momento: ni grandes preocupaciones ni grandes deseos. Si alguien me preguntase qué siento ahora mismo, le diría que soy feliz, completamente feliz.

Hay además una novela de esas en que sólo importa el final esperándome sobre una tumbona en la terraza. Me tiendo en ella y abro el libro, el sol va atravesando y ablandando las sucesivas capas de mi cuerpo. Me paso la mano por el pelo. Introduzco los dedos por sus frondosidades mientras paso páginas con avidez. Los hago resbalar sobre una ligera capa de sudor, cuando de pronto las yemas se elevan ligeramente. Vuelvo a pasarlas, todavía inmersa en la intriga de la novela, como si los dedos pensaran y decidieran por sí mismos, y vuelven a detectar la pequeña elevación. Alzo la vista al frente con alarma. Probablemente sea una sensación falsa, la mayoría de las veces, al contrario de lo que se piensa, uno ve lo que no quiere ver y toca lo que no quiere tocar. O tal vez se deba a la postura, así que me incorporo en la tumbona y de nuevo introduzco los dedos entre el pelo. Me voy palpando el cráneo con cautela, voy aproximándome al abultamiento con creciente temor. Ojalá ya no esté. Pero ahí está. También cabe la posibilidad de que lo haya tenido toda la vida y que no me haya dado cuenta, y este pensamiento me serena unos segundos. Cierro la novela.

¿Cuándo habrá aparecido? Ahora quizá ya sea demasiado tarde. Camino por la terraza de lado a lado con el sol pegándome de frente y de espalda. ¿Qué hago? ¿Se lo digo a mi marido cuando regrese de jugar el partido? No, no puedo hacer eso, no puedo amargarle el día. Mañana lunes llamaré al hospital sin que él se entere y afrontaré esto yo sola, con uno que sufra es suficiente. Puede que la culpa sea del agujero en la capa de ozono y mi manía de tomar el sol en la terraza. Percibo una lluvia de partículas doradas cayendo sobre mí y colándose hasta las células más remotas y hasta los pensamientos más escondidos. Pienso con horror que en este mismo instante habrá millones de niños expuestos a sus rayos mortales. Pero ¿para qué esperar a mañana? ¿Para qué alargar la incertidumbre? Me marcho ahora mismo a Urgencias.

Aunque ya no sirva de nada, me protejo la cabeza con un sombrero. Ando deprisa entre la parsimonia de seres atontados que prefieren dejarse llevar por una insustancial placidez a darse cuenta de los problemas reales. Así va la economía mundial, el Nasdaq, el Ibex y todo lo demás. Si pensaran un momento en esto, en las guerras, el hambre y el terrorismo, se les borraría esa sonrisa de gilipollas de la cara. Una ola de angustia de por lo menos diez metros de altura me traga frente al cartel de Urgencias. Me dirijo a una enfermera con un aspecto tan demacrado, alterado y descompuesto que me tumba en una camilla y me pone un gotero Tranquilícese —me pide—, ahora mismo la examinan.

A las dos horas estoy de vuelta para mi casa con un informe en la mano en el que se me asegura que me encuentro perfectamente. La sensación de alivio me hace volar, es como una droga. Respiro hondo. ¡Qué delicia! No sabemos lo que tenemos hasta que no estamos a punto de perderlo. Por fortuna, todo ha terminado. Hace un momento me sentía excluida de toda esta maravilla, de estar viva, de la felicidad, y ahora otra vez estoy dentro. Para celebrarlo, voy a proponerle a mi marido que invirtamos lo que queda de domingo en hacer el amor. Ahora que sé que estoy sana, puedo permitírmelo sin reservas.

Abro la puerta y coloco en su sitio el sombrero que me puse cuando emprendí la alocada aventura del hospital hace mil años. El agua de la ducha retumba en todo el piso, lo que indica que mi marido ya ha regresado de jugar el partido. Sonrío ante la visión de su ropa tirada por la habitación. Es tan desordenado, pero al mismo tiempo tan fuerte, tan guapo, tan optimista. Sin embargo, ¿qué veo? Veo un papel sobresaliendo del bolsillo del polo con un número de teléfono y un nombre de mujer. Hacía tanto tiempo que esperaba algo así, que me tiemblan las piernas. No puedo creer que haya sucedido. Siempre en el fondo de mi corazón había sospechado que el amor no podía ser tan sencillo ni tan fácil. Siempre ha acechado una sombra y siempre he dudado de la sinceridad de nuestra relación. Y he aquí por qué. De repente, la vida se oscurece como si se hubiese producido un eclipse. De repente me da igual vivir o morir. Todo es mentira. ¿Por qué la felicidad dura tan poco? Pero he de afrontar la verdad y le tiendo el papel. Mientras con una mano termina de secarse con la toalla, con la otra me lo devuelve: tienes que llamarla para confirmar si vamos a ir a cenar o no hoy a su casa —dice—. Es la mujer de mi jefe. Vaya, se me había olvidado por completo.

Le abrazo, le digo que hace un día precioso y que es nuestro, por lo menos hasta la hora de cenar. Le digo que le quiero. Le pido perdón, él me pregunta que por qué va a perdonarme, y yo le contesto que por nada. La realidad es que todo es sencillo y que a veces nos empeñamos en complicarlo, lo que es una forma de no apreciar lo que tenemos. Me quedo contemplando por la ventana el cielo despejado y azul y una formación de diminutos pájaros negros. Mi marido también los mira. Suspiro bajo los efectos una vez más de la droga del alivio. El me besa en la sien y dice: por cierto, hace un rato han llamado del hospital muy preocupados, dicen que se han equivocado sobre el diagnóstico y que debes volver. Les he dicho que a ti no te ocurre nada, que deben de estar confundidos.    n

25 años. Los libros de México

25 AÑOS: LOS LIBROS DE MÉXICO

Nexos ha sido parte y espejo de los últimos 25 años de la vida cultural y de la vida pública de México. Nuestra esencia es la letra impresa, y la esencia de esa letra impresa son, sin duda, los libros. Por eso en esta edición especial incluimos diez listas de diez respectivos géneros o disciplinas intelectuales. Para elaborarlas hemos invitado a diversos autores y lectores representativos de nuestra vida cultural con el fin de que nos respondieran a esta pregunta: ¿cuáles son, en tu opinión, los diez libros más importantes de México en los últimos 25 años, en determinado género o disciplina? Los participantes, por supuesto, podían mencionar más títulos si así lo deseaban.

Una vez reunidas todas las participaciones, los editores de Nexos cruzamos las listas y sumamos las menciones a cada uno de los libros. Así, en las listas que siguen, el lector encontrará en los diez primeros títulos, libros que obtuvieron tres o más menciones. Su ubicación no responde a un orden jerárquico sino estrictamente cronológico. También en orden cronológico aparecen los títulos que completan cada género o disciplina bajo la leyenda Otros títulos clave, aquí se agrupan los libros que obtuvieron una o dos menciones.

Con la publicación de estas listas Nexos no se ha propuesto un juicio final, ni tiene la pretensión de un canon, ni ofrece una marea de inclusiones o exclusiones, sino —y admirablemente según la percepción final de los editores— una indispensable guía de lectura.

A continuación, y por orden alfabético, ofrecemos la lista respectiva de quienes colaboraron en la selección de 25 años: Los libros de México.

Ellos son:

Adrián Acosta Silva, Luis Miguel Aguilar, Héctor Aguilar Camín, José Antonio Aguilar Rivera, José Agustín, Solange Alberro, Ignacio Almada Bay, Carlos Bazdresch, José Joaquín Blanco, Francisco Bolívar Zapata, Noé Cárdenas, María Amparo Casar, José Carlos Castañeda. Rolando Cordera, Evodio Escalante, Fernando Escalante Gonzalbo, Carlos Elizondo Mayer-Serra, Manuel Falcón, Fátima Fernández Christlieb, Enrique Florescano, Carlos Fuentes, Javier Garcíadiego, Javier García Galiano, Hugo Hiriart, David Ibarra, Hernán Lara Zavala, Cinna Lomnitz, Angeles Mastretta, Héctor de Mauleón, Víctor Manuel Mendiola, Mauricio Merino, Alejandra Moreno Toscano, Roberto Diego Ortega, José María Pérez Gay, Rafael Pérez Gay, Ruy Pérez Tamayo, Jacqueline Peschard, Roberto Pliego, Juan José Reyes, Jorge Javier Romero, Luis Rubio, Alvaro Ruiz Abreu, Alberto Ruy Sánchez, Luis Salazar, Rafael Segovia, Jesús Silva-Herzog Márquez, Carlos Tello Díaz, Carlos Tello Macías, Mauricio Tenorio, Raúl Trejo Delarbre, Ignacio Trejo Fuentes, Marco Levario Turcott, Juan Villoro, José Woldenberg, Leo Zuckermann.  n

El verano infeliz de Felicitas Alcántara

EL VERANO INFELIZ DE FELICITAS ALCÁNTARA

POR TOMÁS ELOY MARTÍNEZ

Cada vez que veo las fotos de la niña Alcántara en los anuarios de hojas quebradizas que aún sobreviven en la Biblioteca Nacional pienso que ella y Evita convocaron las mismas resistencias, una por su belleza, la otra por su poder.

La Argentina perdió la felicidad para siempre entre 1976 y 1977, cuando los militares secuestraron a miles de personas en los campos de concentración de la dictadura mientras, a la vez, negaban que lo hacían. La desdicha de las muertes que no podían ser lloradas y de los cuerpos sin tumbas fue tan honda, tan caudalosa, que hizo olvidar todas las otras desapariciones del pasado. Una de ellas, la de Felicitas Alcántara, tuvo en vilo a Buenos Aires durante casi una década, hace ya más de un siglo, y sin embargo nadie ha vuelto a evocarla.

El último mediodía de 1899, Felicitas Alcántara acababa de cumplir catorce años. Su belleza dejaba a los hombres sin aliento. Nunca se había visto a nadie igual en las vastas llanuras del Río de la Plata, y nunca volvería a verse. Alta, de modales perezosos y con unos cabellos rubios de tal finura que se alzaban en torbellinos al menor asomo de brisa, Felicitas era famosa aún antes de la adolescencia por sus enormes ojos tornasolados, que envenenaban al instante con un amor doloroso. La habían pedido muchas veces en matrimonio, pero sus padres consideraban que era digna sólo de un príncipe europeo. A fines de siglo no llegaban príncipes a la Argentina. Faltaban aún veinticinco años para que aparecieran Umberto de Saboya, Eduardo de Windsor y el maharajá de Kapurtala. Los Alcántara vivían, por lo tanto, en una voluntaria reclusión. Su palacio borbónico, situado en San Isidro, a orillas del vasto río, era famoso por sus cuatro cúpulas revestidas de pizarra y carey, que en los días claros se distinguían desde las costas del Uruguay.

El 31 de diciembre, poco después de la una de la tarde, Felicitas y sus cuatro hermanas menores se refrescaban en las aguas amarillas del río con unos vestidos tal vez demasiado ligeros, pero explicables por el calor atroz. Las institutrices de la familia las vigilaban en francés. Eran demasiadas y no conocían las costumbres del país. Para entretenerse, escribían cartas a sus familias o se contaban infortunios de amor mientras las niñas desaparecían de la vista, en los juncales de la playa. Desde los fogones de la casa llegaba el olor de los lechones y pavos que estaban asándose para la comida de medianoche. En el cielo sin nubes volaban los pájaros en ráfagas desordenadas, acometiéndose a picotazos. Una de las institutrices observó como al pasar que, en el pueblo gascón de donde provenía, no había presagio peor que la furia de los pájaros.

A la una y media las niñas debían recogerse para dormir la siesta. Cuando las llamaron, Felicitas no apareció. Se avistaban algunos veleros en el horizonte y bandadas de mariposas sobre las aguas tiesas y calcinadas. Durante largo rato las institutrices buscaron a la niña en vano. Pasaron botes con frutas y hortalizas que volvían de los mercados y, desde la orilla, las desesperadas mujeres les preguntaron a gritos si habían visto algún cuerpo aguas adentro. Nadie les hizo caso. Todos estaban celebrando el año nuevo desde temprano y remaban borrachos. Así pasaron tres cuartos de hora.

Esa pérdida de tiempo fue fatal, porque Felicitas no apareció aquel día ni los siguientes, y los padres siempre creyeron que si se los hubiera llamado en el acto habrían encontrado algún rastro. No bien amaneció el 1° de enero del año 1900, varias patrullas de policía peinaron la región desde las islas del Tigre a las barrancas de Belgrano, convirtiendo la paz tradicional de los veranos en una pesadilla. La búsqueda fue comandada por el feroz coronel y comisario Ramón L. Falcón, que se volvería célebre en 1909 al dispersar en la plaza Lorea una manifestación de protesta contra los fraudes electorales. En la refriega murieron cuatro personas y otras diecisiete quedaron heridas de gravedad. Seis meses más tarde, el joven anarquista ruso Simón Radowitzky, que había sido uno de los heridos, se vengó del comisario lanzando una bomba al paso de su carruaje. Radowitzky acabó sus días como recluso ejemplar en la prisión de Ushuahia y a Falcón lo inmortaliza hoy una estatua de bronce en el mismo lugar del atentado.

El comisario era notable por su tenacidad y olfato. Ninguno de los casos que se le encomendaron había quedado sin resolver, hasta la desaparición de Felicitas Alcántara. Cuando no disponía de culpables los inventaba. Pero en esta ocasión carecía de sospechosos y hasta de un delito explicable. Sólo existía un móvil clarísimo que nadie se atrevía a mencionar: la turbadora belleza de la víctima. Algunos lancheros creían haber visto, la tarde de fin de año, a un hombre mayor, fornido, de orejas grandes y bigotes espesos, que escrutaba la playa con catalejos desde un bote de remos. Uno de ellos dijo que el sospechoso tenía dos enormes verrugas junto a la nariz, pero nadie concedió importancia a esas identificaciones, porque eran imposibles: coincidían con los rasgos del propio coronel Falcón.

En el centro de Buenos Aires, sobre la avenida Córdoba, hay un vistoso palacio de cerámica con los escudos de las provincias argentinas. Copiado de las imaginaciones barrocas de Luis II de Baviera, su mayor prodigio es que se trata sólo de una fachada. Dentro hay nada: sólo un interminable tejido de galerías de aguas. El palacio fue habilitado en 1895, y hasta 1903 careció de serenos. Las puertas quedaban cerradas a las siete de la tarde y nadie entraba o salía del edificio hasta que se abrían de nuevo, a las siete de la mañana. Como el único tesoro del lugar eran las galerías de agua y no había peligro de que nadie las robara, el gobierno consideraba inútiles los gastos de vigilancia. Fue preciso que desapareciera el escudo de Tucumán de los patios interiores para que la Legislatura aprobara un sueldo de sesenta pesos mensuales para un guardián que, a cambio de la vivienda gratuita, se responsabilizaba de los bienes y la limpieza del palacio.

El agua de Buenos Aires era extraída por unos grandes sifones que estaban frente al barrio de Belgrano, a dos kilómetros de la costa, y llevada a través de túneles subfluviales hasta los depósitos de Palermo, donde se filtraban las heces y se añadían sales y cloro. Tras la purificación, una red de cañerías la impulsaba hacia el palacio de la avenida Córdoba, cuya capacidad era, en aquel tiempo, de setenta y dos mil metros cúbicos. El comisario Falcón mandó vaciar las cañerías y sondearlas en busca de indicios, con lo que las zonas más desvalidas de la ciudad quedaron sin agua durante semanas en aquel tórrido febrero del año 1900.

Pasaron meses sin noticias de Felicitas. A mediados de 1901 aparecieron frente al portal de los Alcántara papeles con mensajes insidiosos sobre el destino de la víctima. Ninguno aportaba la menor pista. La Felicidad era virgen. Ya na decía uno. Y otro, más perverso: Tanto fue la alcántara al río que al fin se ha roto.

El cuerpo de Felicitas fue descubierto una mañana de abril de 1903, cuando el sereno de las Obras Sanitarias se presentó a limpiar la nueva vivienda asignada para su familia en el ala sudeste del palacio. La niña estaba cubierta por una ligera túnica de hierbas del río y tenía la boca llena de guijarros redondos que, al caer al suelo, se convirtieron en polvo. Contra lo que habían especulado las autoridades, seguía tan inmaculada como el día en que vino al mundo. Sus ojos bellísimos estaban congelados en una expresión de asombro, y la única señal mismo y arrastrada por las cañerías hasta el palacio de la calle Córdoba. Falcón jamás arriesgó una palabra sobre los móviles del crimen, tanto más indescifrables desde que el sexo y el dinero quedaron descartados.

Poco después del hallazgo del cuerpo de Felicitas, los Alcántara vendieron sus posesiones y se expatriaron a Francia. Los serenos del Palacio de Aguas se negaron a ocupar la vivienda del rectángulo sudeste y prefirieron la casa de chapas que el gobierno les ofreció a orillas del Camino Negro, en uno de los rincones más insalubres de la ciudad. A fines de 1915, el Presidente de la República en persona ordenó que las habitaciones malditas fueran clausuradas, lacradas y borradas de los inventarios municipales, por lo que en todos los planos del palacio posteriores a esa fecha aparece un vacío desparejo. En la Argentina existe la costumbre, ya secular, de suprimir de la historia todos los hechos que contradicen las ideas oficiales sobre la grandeza del país. No hay héroes impuros ni guerras perdidas. Los libros canónicos del siglo XIX se enorgullecen de que los negros hayan desaparecido de Buenos Aires, sin tomar en cuenta que aun en los registros de 1840 una cuarta parte de la población se declaraba negra o mulata. Con intención similar, Borges escribió en 1972 que la gente se acordaba de Evita sólo porque los diarios cometían la estupidez de seguirla nombrando. Es comprensible, entonces, que si bien la esquina sudeste del Palacio de Aguas se podía ver desde la calle, la gente dijera que ese lugar no existía.

Cada vez que veo las fotos de la niña Alcántara en los anuarios de hojas quebradizas que aún sobreviven en la Biblioteca Nacional pienso que ella y Evita convocaron las mismas resistencias, una por su belleza, la otra por su poder. En la niña, la belleza era intolerable porque le daba poder; en Evita, el poder era intolerable porque le daba conocimiento. La existencia de ambas fue tan excesiva que, como los hechos inconvenientes de la historia, se quedaron sin un lugar verdadero. Sólo en las novelas pudieron encontrar el lugar que les correspondía, como les ha sucedido siempre en la Argentina a las personas que tienen la arrogancia de existir demasiado.  n

Tres poemas inéditos

TRES POEMAS INÉDITOS

TRADUCCIÓN DEL ALEMÁN DE JOSÉ LUIS REINA PALAZÓN

POR HANS MAGNUS ENZENSBERGER

EN LA PENUMBRA

Cuando ella yace así, totalmente de este lado

como una vaca o una gata,

sin plan ni arrepentimiento,

un halo en penumbra

rodea su piel de brillo claro.

Tú puedes notarlo, sientes,

cuando estás lo bastante cerca de ella,

esa suave radiación

en lejano infrarrojo.

Un despliegue de Fourier

que nadie descifra.

Es tan sólo un hálito que te toca

mucho más que el tacto,

y que tú no sabes por qué

es tal vez la felicidad.

ASTRONOMICO SERMON DOMINICAL

Cuando se habla de nuestra miseria

—hambre asesinato homicidio etcétera—:

¡De acuerdo! ¡Una casa de locos!

Pero, por favor, permitidme

observar con toda modestia

que a fin de cuentas

es una estrella peregrina bastante favorable

en la que hemos aterrizado,

el más puro bosque de rosas

en comparación con Neptuno

(menos doscientos doce grados Celsius,

hasta mil km/h de velocidad del viento

y mucho más metano

 en la atmósfera que lo deseable).

Sólo para que sepáis que en otra parte

se está todavía más incómodo. Amén.

LA FIESTA

No, no nos aburrimos en vuestra casa,

a pesar de todo. Bastante de comer, casi siempre

(inolvidables las tortitas de frambuesa),

¡y además ese cielo estrellado!

¡Fabuloso! A tiempo, mamá,

has cambiado los pañales.

Los zapatos eran cómodos.

Incluso la calefacción ha funcionado.

No he conseguido nada.

No he matado ningún dictador,

no he evitado ninguna matanza.

He tenido suerte después de todo.

Nadie de vosotros me ha untado con pez,

ni me ha hundido su cuchillo en el hígado.

Con paciencia habéis aguantado

mis historias de amor,

mis chistes y mi rabia.

Muy amable. También el médico de urgencia

llegó inmediatamente. ¡Por favor,

no os molestéis!

Que os sigáis divirtiendo

os desea el difunto   n

Novela. Otros títulos clave

Novela

Otros TITULOS clave

María Luisa Puga: Las posibilidades del odio (1978) • Ignacio Solares: Delirium tremem (1979) • Federico Campbell: Pretexta (1979) • Luis Zapata: El vampiro de la Colonia Roma

(1979) • María Luisa Mendoza: El perro de la escribana

(1980) • Hugo Hiriart: Cuadernos de Gofa (1981) • Jorge Ibargüengoitia: Los pasos de López (1982) • Jorge López Páez: Los cerros azules (1982) • José Agustín: Ciudades desiertas (1982) • Agustín Ramos: La vida no vale nada (1982)

• Paco Ignacio Taibo II: Héroes convocados (1982) • José Joaquín Blanco: Las púberes canéforas (1983) • Carlos Fuentes: Gringo viejo (1984) • Mario Huacuja: Temblores (1985)

• Héctor Aguilar Camín: Morir en el Golfo (1985) • Sergio Galindo: Otilia Rauda (1986) • Luis Carcloza y Aragón: El río. Novelas de caballerías (1986) • Carlos Fuentes: Cristóbal Nonato (1987) • Gustavo Sáinz: Muchacho en llamas (1987)

• Enrique Serna: Señorita México (1987) • Alberto Ruy Sánchez: Los nombres del aire (1987) • Alvaro Mutis: liona llega con la lluvia (1987) • Bárbara Jacobs: Las hojas muertas (1987) • Carmen Boullosa: Mejor desaparece (1987) • Luis Arturo Ramos: Este era un gato (1988) • Laura Esquivel: Como agua para chocolate (1990) • Hernán Lara Zavala: Chairas (1990) • Carlos Montemayor: Guerra en el paraíso (1991) • José Woldenberg: Las ausencias presentes (1992) • Hugo Hiriart: La destrucción de todas las cosas (1992) • Elena Poniatowska: Tínísima (1992) • Sealtiel Alatriste: En defensa de la envidia (1993) • Juan Villoro: El disparo de Argón (1994) • Rosa Beltrán: La corte de los ilusos (1995) • Carlos Fuentes: Diana o la cazadora solitaria (1996) • Héctor Aguilar Camín: Un soplo en el rio (1998) • Carlos Fuentes: Los años con Laura Díaz (1998) • Gonzalo Celorio: Y retiemble en sus centros la tierra (1999) • Ignacio Padilla: Amphytrion

(1999)• José María Pérez Gay: Tu nombre en el silencio

(2000)  • Luis González de Alba: Cielo de invierno (2000) • Guillermo Fadanelli: Lodo (2002) • Federico Reyes Heroles: El abismo (2002) • Anamari Gomís: Ya sabes mi paradero (2002) • Jorge Aguilar Mora: Los secretos de la aurora (2002 ).

Pensamiento

Pensamiento

Enrique González Pedrero:

La riqueza de la pobreza (1979).

Luis Villoro:

Creer, saber, conocer (1982)

Guillermo Bonfil:

México profundo (1987).

Carlos Pereyra:

Sobre la democracia (1990).

Octavio Paz:

La llama doble (1993).

Rafael Segovia:

Lapidaria política (1996).

Carlos Fuentes:

Por un progreso incluyente (1997).

Federico Reyes Heroles:

Conocer y decidir (1997).

Luis Salazar:

El síndrome de Platón: ¿Hobbes o Spinoza? (1997).

Carlos Fuentes:

Los cinco soles de México (2000)

De fortunas y adversidades

DE FORTUNAS Y ADVERSIDADES

POR JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD

Afirmaba Voltaire que la felicidad nos espera en algún sitio, a condición de que no salgamos a buscarla. De acuerdo. Si se sale a buscar la felicidad lo más seguro es que se equivoque el camino o que, al final, se acabe tropezando con la decepción.

Escribir sobre la felicidad ya implica algún atisbo de infelicidad. Más que nada porque el simple hecho de reincidir en esa idea voluble provoca serias dudas sobre nuestra capacidad para hacerlo. Y eso desanima mucho, sobre todo porque puede resultar deprimente tener que andar revisando a este respecto una serie de experiencias más bien dudosas. La verdad es que, cuando se llega al arrabal de senectud, no parece ni muy satisfactorio ni muy efectivo hacer recuento de los días venturosos que se han ido quedando atrás, suponiendo que sean recordables. Aparte de que tampoco se iban a sacar conclusiones discretamente válidas. El pasado constituye una densa amalgama de peripecias entre las que resulta inviable extraer alguna lección provechosa sobre algo tan quebradizo como la felicidad. Yo, al menos, no acierto a marcar ninguna frontera en ese almacén acumulativo de fortunas y adversidades.

Por supuesto que la felicidad, o el aprovechamiento de la felicidad como materia narrativa, es un asunto adecuadamente nimio. Ninguna obra literaria de relieve hace comparecer en su eje maestro las andanzas de personajes definidos por la simple premisa de que son felices. Los personajes felices pertenecen al censo de la anodina normalidad, nunca proporcionan más aliciente que el de su propia intrascendencia, se parecen mucho a quienes nunca querríamos conocer. Son los infortunados los que suministran la excepción, la irregularidad, el registro en esas trastiendas de la condición humana que la literatura enaltece. Y eso ocurre desde la Odisea a La metamorfosis, entre las que caben casi tres milenios de desdichas y vidas erráticas alojadas en novelas, poemas, obras teatrales. Se ha repetido hasta el cansancio que la noticia más merecedora de ser divulgada es siempre una mala noticia, lo que tampoco hay que referir exclusivamente al mundo periodístico.

Afirmaba Voltaire que la felicidad nos espera en algún sitio, a condición de que no salgamos a buscarla. De acuerdo. Si se sale a buscar la felicidad lo más seguro es que se equivoque el camino o que al final, se acabe tropezando con la decepción. Entre otras cosas porque nadie sabe qué cosa es la felicidad, nadie al menos logra reconocerla como algo que puede llegar a ser comparable y perseverante. Además, quien se da cuenta repentinamente de que es feliz quizá sea porque intuye que antes no lo había sido. Todos hemos atravesado por esa experiencia. Un día, de pronto, en el momento más inesperado, en las circunstancias más imprevistas, se recibe la visita furtiva de la felicidad. Es una ráfaga, una sensación efímera que nos hace pensar durante unos momentos que esa especie de autocomplacencia, de bienestar súbito, contrasta con lo anteriormente vivido. En efecto, algo grato nos ha sustraído de la rutina, pero tampoco hay que confiarse demasiado. La ventura sólo permanece en la casa del que no repara en ella.

Hay quien opina que la felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria. Más de una vez me he repetido ese razonamiento, que muy bien puede provenir de algún poeta latino diestro en el género epigramático. Si uno logra sortear las acechanzas de la salud y se olvida razonablemente de todo lo que no merece ser recordado, ya cuenta con unas excelentes posibilidades de aproximación a la felicidad. No hay que confundir, sin embargo, ese fugaz estado de ánimo con la condición bienaventurada de los inocentes. Una cosa es el beatus ille horaciano y otra bien distinta la “descansada vida” que proporciona la ignorancia. Pero todas esas son nociones muy consabidas que ni siquiera conducen a ninguna gozosa salida del laberinto. Aunque también es cierto que no siempre esa salida supone una solución aconsejable.

No me pregunten por qué pero acabo de comprobar que el hecho de haber dado por concluido este artículo me ha deparado una cierta dosis de felicidad.  n

Crónica y periodismo. Otros títulos Clave

CRÓNICA Y PERIODISMO

OTROS TÍTULOS CLAVE

Ricardo Garibay: Las glorias del gran Púas (1978) • Manuel Buendía: Ejercicio periodístico (1985) • Miguel Angel Granados Chapa: Comunicación y política (1986) • Hermann Bellinghausen: Crónicas de multitudes (1987) • Carlos Monsiváis: Escenas de pudor y liviandad (1988) • Rogelio Hernández López Zorrilla: El imperio del crimen (1989) • José Reveles y Salvador Corro: La Quina. El lado oscuro del poder (1989) • Luis González de Alba: La ciencia, la calle y otras mentiras (1989) • Fernando Mejía Barquera: La industria de la radio y la televisión y la política del Estado mexicano (1989) • Cristina Romo: La otra radio (1990) • José Joaquín Blanco: Un chavo bien helado (1990) • Fátima Fernández Christlieb: La radio mexicana, centro y regiones (1991) • Antonio Arellano, Clara Guadalupe García: Fuera de la ley, la nota roja en México, 1982-1990 (1992) • Rafael Rodríguez Castañeda: Prensa vendida (1993) • Guillermo Orozco: Al rescate de los medios (1994) • Vicente Leñero: Asesinato (1995) • Fabrizio Mejía Madrid: Pequeños actos de desobediencia civil (1995) • Carlos Monsiváis: Los rituales del caos (1995) • Raymundo Riva Palacio: Más allá de los límites. Ensayos para un nuevo periodismo (1995) • Raúl Trejo Delarbre: Volverá los medios. De la crítica a la ética (1997) • Rafael Pérez Gay: Cargos de conciencia (1997) • Bertrand de La Grange y Maite Rico: Marcos, la genial impostura (1998) • Marco Levario Turcott: Chiapas. La guerra en el papel (1999) • Julio Scherer y Carlos Monsiváis: Parte de guerra (1999) • Héctor de Mauleón: El tiempo repentino. Crónicas de la ciudad de México en el siglo XX (2000) • Marco Levario Turcot: Primera plana. La borrachera democrática de los medios (2002).

Almas en pena

ALMAS EN PENA

POR SERGIO RAMÍREZ

Siempre se regresa a la idea de la felicidad perdida, que fue nuestro reino de un instante en este mundo. La pérdida del reino que estaba para mí, y el sueño que es mi vida desde que yo nací.

La vieja criada sumisa que en el momento de su muerte ve volar aquel loro espectral relleno de aserrín en Un coeur simple, el cuento de Flubert, se llama Felicité, Felicita, Felicidad. Toda su vida llamándose Felicidad, paradoja cruel y tan sencilla, y sus recuerdos felices siendo tan pocos sólo alcanzan a hablarle con ecos lejanos desde el fondo de los aposentos infinitos de la soledad. La soledad, que es la felicidad vaciada, el cascarón desierto de risas dichosas y de los ruidos de feria que hace tiempo se apagaron. Una madrugada levantaron campo los feriantes que van de un pueblo a otro y el baldío lleno de charcos irisados de manchas de aceite amaneció sin un alma, como tantas veces en nuestra desdichada infancia. El loro disecado que al final siempre alza vuelo con alborotado ruido de alas y el aserrín que lo rellena escapa por las costuras y se riega en fina lluvia sobre nuestras cabezas.

Al próspero caballero de San Francisco del cuento aquel de Iván Bunin, la satisfacción es la felicidad. El estado perfecto de reposo del alma en el que no hay inquietudes ni zozobras. Se siente feliz mientras se viste de etiqueta para la cena en el suntuoso hotel de alguna isla griega, adonde ha arribado de noche con su familia, cargado de tanto equipaje que no se dan abasto los porteadores solícitos, pero la muerte artera que llega tan callando va pronto a demostrarle que la felicidad no es sino una quimera de las peores, que igual que el loro de ojos de vidrio y plumas resecas vuela ensuciándolo todo, y que pronto su propio cuerpo disminuido a un despojo se volverá un estorbo, una molestia que será necesario esconder en la más desprovista recámara del hotel. Una impertinencia la felicidad convertida de pronto en muerte.

Pero mientras tanto, el que un día fue feliz y lo recuerda, vuelve a serlo por un instante, comprometido en una precaria complicidad consigo mismo. Fuimos felices en algún recodo del pasado. De algo dichoso nos acordaremos, y será entonces una estocada maliciosa y placentera en la boca del estómago. Ay, felicidad, para que fueras eterna, exclama el borracho muerto en llanto. ¿Y si de verdad fuera tan eterna como quisiéramos? Anda penando, dicen de los muertos sin sosiego que se pierden por las calles desoladas de Cómala. Al alma en pena le hará falta siempre la equívoca felicidad de este mundo, la esperanza inconstante de que la felicidad siempre está por llegar, sólo se trata de alzar la mano para alcanzar el fruto dorado, y el pobre rey que se moría de hambre porque todo alimento que tocaba se le convertía en oro. ¿Y si la mujer que tocamos con temblor febril de los dedos se volviera de alabastro?

Andan penando los muertos porque les hace falta el cuerpo. Corpus delicti, corpus delicia. Sin cuerpo no hay apremios, ni deseo, ni tormentos, ni desdichas, y por tanto no hay dichas, dice el libro del Tao. El alma despojada del cuerpo sólo será una abstracción neutra porque sin cuerpo la sucesión de momentos iguales unos a otros en el infinito de la calma sin sustancia es de una vez por todas el peor de los infiernos, aunque se ofrezca como cielo, el infierno de hielo de la felicidad sin las tentaciones del dolor que se convierte en el estado más cercano a la idiotez, porque entonces el alma está sola sin su propio cuerpo y sin ningún otro cuerpo en vecindad para poder arder a gusto en el infierno del cielo, entre las llamas del delirio.

Siempre se regresa a la idea de la felicidad perdida, que fue nuestro reino de un instante en este mundo. La pérdida del reino que estaba para mí, y el sueño que es mi vida desde que yo nací, te advierte Rubén, porque el demonio, en disfraz de gran perro de lanas, la pelambre tiznada por el hollín de la chimenea de la taberna, siempre te tentará a volver a empezar, con un rictus de mezquindad sardónica en el hocico, tentándote a volar sobre los techos para que veas cómo es el mundo placentero que otra vez te estás perdiendo porque se te fue la juventud, y que siempre está allí como un paisaje extendido entre el aire, el jolgorio de las tabernas y el lecho revuelto donde siempre quedará impresa la huella leve de un cuerpo. La felicidad de la carne que tientas con sus frescos racimos, ¿y la muerte que aguarda con sus fúnebres ramos? La felicidad que no es entonces sino el regreso a la fementida juventud donde siempre fuiste dichoso, donde todo lo intentaste, donde soñaste todos los sueños y despertaste a todos los desvelos y por eso mismo alguien que huele a azufre te la ofrece de nuevo.

Por eso vuelvo siempre a situarme en la memoria delante del cuadro aquel que hace tiempos vi por primera vez una mañana soleada de verano en el museo de Dahlem en los suburbios apacibles de Berlín, un museo hoy clausurado, afuera los tilos encendidos de verde, a través del ventanal el haz de luz dorada en el que flotaban infinitas partículas de polvo, el parquet lustrado con cera, la guardiana somnolienta vestida de gris, y frente a mí La fuente de la juventud de Lucas Cranach: vienen por un extremo las carretas cargadas de ancianas desnudas, de carnes fláccidas y pechos magros, hay caballeros galantes que las ayudan a llegar a la fuente a la que entran temerosas primero, se sumergen en sus aguas y van saliendo por la otra orilla ya jóvenes otra vez, para ser vestidas suntuosamente y ser conducidas bajo un palio de seda en el boscaje donde se está celebrando una fiesta, música de flautas y vihuelas, viandas sobre las mesas, y otra vez bellas y esplendorosas están enamorándolas, se las llevan por los senderos del bosque, otra vez sus cuerpos merecen otros cuerpos, otra vez el alma palpita en su cárcel dichosa, otra vez la vida, otra vez la felicidad, ay, felicidad, para que fueras eterna.

Huelva, noviembre 2002.    n