Ulises y la Tía Josephine

Raymond Queneau, un continuador francés de James Joyce, sostenía que todas las grandes obras de la literatura son Iliadas u odiseas. Y señalaba, dando los ejemplos de Don Quijote y de Ulises, que abundan más las odiseas.

Y quiérote advertir de una cosa, de la cual verás la experiencia cuando te cuente los sucesos de mi vida; y es que los cuentos, unos encierran y tienen la gracia en ellos mismos; otros, en el modo de contarlos. Cervantes: Coloquio de los perros.

Ulises, o sea, exilio y astucia. Falta sólo silencio para completar la divisa de Stephen Dedalus, en Retrato del artista adolescente, que su autor hizo suya.

Silencio, exilio y astucia.

O silencio, exilio y juego de palabras, como enmendó apenas —punning por cunning— su compatriota el escritor Flann O’Brien.

Otro príncipe de astucias… Pero tanto monta. Los juegos de palabras son la astucia hecha verbo. Nadie lo mostró mejor que el propio Ulises.

Silencio, pese al ruido y la furia de la guerra alrededor.

James Joyce tuvo más suerte que Ulises y pudo zafarse de la guerra.

El pintor inglés Frank Budgen, confidente del autor de Ulises durante los años de redacción de la novela en

Zurich, imaginó la mejor réplica: ¿qué hizo usted durante la Guerra, señor Joyce?

Tom Stoppard la repitió en su comedia de exiliados en Zurich Travesties: “Escribí Ulises”.

Silencio y aislamiento, lejos de la patria, para hacer la obra.

Ulises tardó diez años en regresar a casa. Joyce nunca regresaría pero tardó tres menos en reconstruir la suya.

En realidad Joyce nunca dejó Dublín, se la llevó grabada en la memoria al irse de su país una tarde de octubre de 1904.

La guardó intacta en su memoria y la magnificó en su imaginación, a otra escala, la de la escritura.

Con tal fidelidad al detalle y con tanta minucia, que llegó a asegurar que si Dublín desapareciese algún día, se podría reconstruir gracias a su novela.

Su predicción se cumplió. Aquel Dublín de 1904 ha desaparecido irremediablemente y lo reconstruimos los lectores de Ulises al recorrer sus calles, perdón, sus páginas.

La topografía se ha fundido, literalmente, en la tipografía.

Sí, Joyce nunca nos deja olvidar que recorremos la página impresa.

Las impresiones de Dublín, a las que se suman las de otras ciudades en que vivió. Sin éstas, y la distancia, no habría podido recrear la ciudad irlandesa por excelencia.

La ciudad de todos y la ciudad de cada don nadie.

Las ciudades del exilio de James Joyce cierran su odisea de un día de Dublín con las fechas de su escritura: Trieste-Zurich-París, 1914-1921.

Un libro que hará mucho ruido (Boom premonitorio…), incluso antes de su publicación en 1922 por una pequeña librería inglesa de París, Shakespeare and Company.

Que pondrá a su autor en la compañía del supremo artífice del idioma inglés.

Ulises empezó siendo piedra de escándalo desde la publicación de sus primeros capítulos en revistas y fue prohibido tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, hasta la famosa sentencia del juez norteamericano Woolsey en 1933.

El ruido y las furias, de censores, detractores, fariseos, unidos al coro de admiradores, no pudieron traspasar la barrera del silencio.

El silencio de un autor que jamás dio una entrevista.

Nada que declarar, como aquel otro compatriota suyo en la aduana de Nueva York, salvo los talentos…

¿Griegos? En Ulises todos los caminos llevan a Homero.

¿Homero? Mero capricho, le vendría a decir Joyce a Vladimir Nabokov en París hacia 1937.

¿Y los minuciosos paralelos homéricos que el propio Joyce comunicó a algunos críticos?

Más o menos ociosos, salvo para especialistas que se ejercitan en lecturas paralelas.

¿No se ha de leer Ulises con una mano y con la Odisea en la otra?

Ulises no se lee con las manos, hay que leerlo con los pies en tierra; pero dejemos en suspenso la Odisea.

Imagine el desocupado lector que algún cervantista, quizá tras mucho lucubrar, descubra que el Quijote parodia, además de algunos episodios de la Eneida de Virgilio, un precedente homérico en su totalidad, la Odisea, por ejemplo, canto a encanto, y constate que las andanzas del ingenioso hidalgo y de su escudero por la Mancha no obedecen al capricho de Rocinante y calcan el vía crucis del errante rey de Itaca, Ulises, en su eterno retorno al hogar.

Tal revelación confirmaría una vez más que el autor del Quijote era un artífice sabio y cuidadoso que no se puso a escribirlo “salga lo que saliere”; pero no cambiaría, sospecho, nuestro aprecio por don Quijote y Sancho, que no pueden ser meras marionetas homéricas, o autómatas de un esquema previo, sino por el contrario complejos y completos seres humanos de novela, dotados de vitalidad por la propia vitalidad del lenguaje, en quintaesencia más verdaderos que cualquier ser de carne y hueso.

Son ellos, claro es, la médula de la obra, sobrepasando modelos y módulos; son el cuerpo y alma que anima y articula su enciclopedia cómica, verdadero libro de los libros. Don Quijote recorre la Mancha leyendo el libro de sí mismo, para parafrasear la visión mallarmeana de Hamlet que se cita en el gran escrutinio de la biblioteca, de la Biblioteca Nacional de Dublín, en el Ulises de Joyce.

Ulises, descendiente de la tragicomedia humana de Cervantes, más allá de su enciclopedia de estilos y parodias, de sus virtuosismos de composición, de la maraña de hilos y motivos conductores, de tantos manierismos y calcomanías de grandezas antiguas, de la infinidad de juegos y cálculos infinitesimales o malabares, de la multitud de niveles a gran escala casi dantescos y hasta pedantescos, es también y ante todo obra de sus protagonistas, a su imagen y semejanza de opuestos complementarios, son ellos el alfa y el omega de la megalópolis polisémica, el patrón y metro de la “metrópolis hiberniana”, como se denomina o magnifica a Dublín en la novela, ellos son el fundamento del edificio, aunque a veces algunos lectores prefieran andarse por los andamios, el armazón externo, los títulos de las correspondencias homéricas, por ejemplo, que el propio autor suprimió con buen juicio al concluir la obra.

Esta armadura mítico-paródica, suerte de camisa de fuerza que algunos llaman tour de forcé, destinado ante todo a controlar el caos y meter en el mismo saco los más diversos materiales que arroja la marea humana de la ciudad, y que tanto choca a los lectores más timoratos, es paradójicamente el aspecto más tradicional de la novela de Joyce y la entronca con la tradición cervantina para llevarla a continuar los procedimientos humorísticos de, por ejemplo, el Joseph Andrews de Fielding que, además de una sátira a la manera de Don Quijote de la Pamela de Richardson, es otra odisea de parodia por las posadas y caminos de la Inglaterra del siglo XVIII.

Un continuador francés de Joyce, también dado a los ejercicios de estilo, Raymond Queneau, sostenía, en síntesis drástica, que todas las grandes obras de la literatura son Iliadas u odiseas. Y señalaba, dando los ejemplos de Don Quijote y de Ulises, que abundan más las odiseas.

A los doce años Joyce leyó Las aventuras de Ulises de Charles Lamb, que recrea y simplifica amenamente los principales episodios de la Odisea, y por aquel entonces elegiría a Ulises como “Mi héroe favorito”, en una redacción del colegio Belvedere de los jesuítas de Dublín. Fue una elección definitiva.

A los veintitrés años, cuando escribía en Trieste los cuentos de Dublineses, dudó si titular su libro Ulises en Dublín. Y un año después, en 1906, durante su infeliz estancia en Roma como empleado de banco, proyectó añadir un nuevo cuento que se titularía Ulises y tendría como protagonista a un judío de Dublín, Mr. Hunter, basado en un supuesto judío dublinés del mismo nombre, con fama de cornudo, que le había socorrido en St. Stephen’s Green. “Este es mi parque”, como decía el joven Dedalus, y Joyce hubiera podido añadir parche, porque con tan mala vista como fortuna abordó allí a una chica que creía sola. El celoso acompañante lo dejó k.o., con un ojo a la funerala y múltiples contusiones que Joyce detallaría en una carta casi parte médico a un amigo de la universidad. Ese descalabro ocurrió poco después de la fecha del Ulises (donde aparecerá traspuesto al barrio de los burdeles) que es también la de la primera cita amorosa con una camarera de hotel de veinte años, Nora Barnacle, que habría de ser su compañera de por vida y principal modelo de la heroína de la novela. Ese proto-Ulises pareció quedar por un tiempo en el limbo de los proyectos y a fines de 1907 Joyce le confiaba en una carta a su hermano Stanislaus que el cuento no había ido más allá de su título. Pero la semilla estaba bien plantada y. al concluir Retrato del artista adolescente.

Joyce se dio cuenta de que la continuación (todos los libros de Joyce son capítulos que se suceden) tenía que ser una suerte de aventuras de Ulises en Dublín. Es curioso que el Quijote y Ulises, tan vastas como complejas, fueran concebidas como historias cortas. Hay embriones que pueden dar mucho de sí.

Siempre ávido de detalles e informaciones que refrescaran sus recuerdos de Dublín, Joyce volvería a pedir datos a su hermano Stanislaus en varias ocasiones sobre Mr. Hunter.

Y a su tía Josephine, Mrs. William Murray, casada con un hermano de su madre y, desde el fallecimiento de ésta, como una madre para Joyce y sus ocho hermanos, le decía en una carta, sólo cuatro meses antes de la publicación de Ulises: “También olvidé preguntarte qué sabes acerca de Hunter que vivía en Clonliffe road”.

A la primera imagen y recuerdo de aquel buen samaritano de Dublín se fueron superponiendo con los años otros recuerdos e imágenes, de amigos y conocidos, principalmente de Trieste.

En la escritura de todas sus obras, Joyce procede, como atestiguan los manuscritos y algunos colaboradores suyos, por superposiciones y aumentos sucesivos, en definitiva todo se nos da por añadiduras, y no de otro modo consigue la densidad y el peso del protagonista central o cómico centro de gravedad de la novela, el judío dublinés de origen húngaro Leopold Bloom, en el que se combinan detalles físicos y biográficos de varios conocidos, principalmente de su alumno en Trieste Ettore Schmitz, célebre hoy por su nombre de pluma de Italo Svevo, además de algunos elementos de la personalidad del propio Joyce maduro e incluso de su padre. En realidad Svevo, cuyo abuelo también era un judío originario de Hungría, no sólo le sirvió de modelo, sino también de informador, y habló de Bloom con él “desde todos los ángulos”, como indica Stanislaus Joyce en el prefacio —que no quiso escribir su hermano— a una edición inglesa de Senilitá. Al menos James Joyce sugirió un buen título en inglés para la novela: “A medida que un hombre envejece”. La cabellera rojiza de la mujer de Svevo, Livia, y su nombre le servirían además de inspiración para la heroína de su libro siguiente y último, la Anna Livia Plura- belle de Finnegans Wake. Pero Joyce pagó las deudas a su alumno y amigo Svevo ayudándole a difundir internacionalmente su obra.

Del mismo modo, otro protagonista de la novela, Stephen Dedalus, que pasa por ser el alter ego del joven Joyce, tiene también rasgos de otras personas, por ejemplo del hermano menor Stanislaus, sobre todo en la intolerancia y cierto fanatismo.

Y la mujer de Bloom, Molly, además de ciertos rasgos de la propia mujer de Joyce, Nora, sobre todo en el humor y la expresividad, es una bella plural a la que prestaron encantos otras mujeres que conoció el autor de Ulises, como la opulenta esposa de un frutero griego de Trieste, Gisela Santas, y la morena alumna triestina Amalia Popper, hija de un hombre de negocios judío de nombre Leopoldo.

Otro Leopold, Sacher-Masoch, serviría de inspiración erótica tanto a Joyce como a Bloom. Todo lo que entraba en la vida de Joyce aparecía tarde o temprano, refinado, en su obra. Su imaginación, reconoció, era la memoria.

Joyce era literalmente un Mr. Hunter, un Sr. Cazador o cazadatos, siempre a la busca del detalle exacto, por más irrelevante que pudiera parecer. Así el 2 de noviembre de 1921, en la carta siguiente a la querida tía Josephine, le vuelve a pedir una serie de pormenores de Dublín. Principalmente uno que le importaba al autor de Ulises, como ha de reflejarse en el penúltimo capítulo, sobre la posibilidad de que una persona normal suba a la verja del 7 de Eccles Street, domicilio de los Bloom, y se descuelgue hasta la cocina sin hacerse daño. Leopold Bloom ha olvidado la llave por la mañana (tampoco lleva la suya Stephen) y necesitará hacer ese ejercicio para entrar de madrugada en su casa al final de su odisea. Tampoco los lectores tenemos las llaves, al menos no todas, y tendremos que ingeniárnoslas como el ingenioso Bloom y saltar, por encima de alusiones y datos que se nos escapan, para entrar en la casa o laberinto que es Ulises.

Leer Ulises es ir recorriendo el doble dédalo, interior y exterior, de sus protagonistas por la ciudad de Dublín y alrededores desde las ocho de la mañana del jueves 16 de junio de 1904 hasta las primeras horas del día siguiente.

La ciudad, registrada hasta sus menores recovecos y sonidos, es otro personaje omnipresente —con el lenguaje— de la novela.

El fino esteta-profesor de 22 años Stephen Dedalus, salido del libro anterior de Joyce, de carácter autobiográfico, Retrato del artista adolescente, preside la primera parte de la novela con sus tres capítulos. Lo vemos al principio, a las 8 de la mañana, en una antigua fortificación desafectada de la costa al sur de Dublín, una torre Martello, desayunar con su compañero de domicilio, el burlón e insensible estudiante de medicina Buck Mulligan, y un invitado inglés llamado Haines. (Ese nombre en francés —Odios— le hubiera caído bien al joven Dedalus, que había regresado de París un año antes, a raíz de la muerte de su madre, y odia la sumisión a la iglesia católica que ella representa, así como la opresión del Estado británico y la estrechez del nacionalismo irlandés.) Es una mañana calurosa y los jóvenes acuden a una ensenada próxima, donde se bañará Mulligan; pero Stephen (que odia además el agua: hace casi nueve meses que no se baña) se despide, hasta el mediodía, con el secreto propósito de no volver a la torre.

A la hora y capítulo siguientes da clase de historia y literatura (o acertijos) a los niños de un colegio particular protestante, en el cercano barrio de Dalkey, y luego recibe su sueldo así como las lecciones (tan reaccionarias como erróneas) del gárrulo director, Mr. Deasy, basado, como tantos otros personajes de la novela, en un modelo real.

De 10 a 11 de la mañana Stephen va paseando solo repasando su pasado y sus teorías en soliloquio proteico por la playa de Sandymount hacia Dublín. Después de mirar el mar ensimismado, y de mear, deja fluir su vena poética en un poema garabateado rápidamente y, a falta de pañuelo, deja su moco de bardo sobre una roca. (En el primer capítulo Stephen ya había empezado a ser desposeído, pues le dejó a Mulligan su pañuelo, la llave de la torre y 2 peniques.) Aparecen de pronto los 3 palos o cruces de un velero de importancia simbólica en varios episodios-estaciones de la novela.

Volvemos de nuevo a las 8 de la mañana, en el comienzo de la segunda parte y capítulo cuarto, para encontrar al polo opuesto de Stephen, el nada apolíneo corredor de anuncios judío, bautizado católico, Leopold Bloom, de 38 años, que prepara el desayuno en la cocina de su casa, en el 7 de Eccles Street, en el noroeste de Dublín. Después de salir a comprar un riñón de cerdo (que comerá quemado) y de recoger el correo (una carta de su hija Milly de 15 años, para él; una postal de Milly, para su mujer; y una carta para su mujer del empresario Blazes Boylan, que le huele a cuerno quemado). Bloom le llevará la postal y la carta, así como luego el té en bandeja, a su mujer en cama, la opulenta gibraltareña Marión Tweedy, su nombre de soltera y de cantante, o Marión (Molly) Bloom, hija de un comandante irlandés y una judía andaluza, a la que después de oír sus evasivas sobre la carta de Boylan (que le anuncia que la visitará por la tarde, a las cuatro, para preparar el próximo concierto) y sus preguntas y comentarios sobre recientes lecturas predilectas de evasión, la dejaremos en su cama gibraltareña, firme como un peñón, hasta el último capítulo. También Bloom hizo sus lecturas matinales, de la badana desvaída de su sombrero, de un prospecto sionista, de la carta de su hija y de un cuento de un periódico, en el retrete, que le servirá al final —Bloom es un lector y crítico práctico— de papel higiénico. (Ulises no esconde lo humano de los personajes. que hacen sus necesidades, y variadas evacuaciones, cuando se lo pide el cuerpo. Lo cual soliviantó a algunos escritores ingleses como Virginia Woolf y E. M. Forster. Bloomsbury contra Bloom… Pero eso no impidió que Mrs. Dalloway aprendiera su jornada particular en Ulises.)

Bloom abandona el hogar dignamente vestido de negro para acudir a un entierro a las 11 (“pobre Dignam”) y además, durante los próximos once capítulos, a diversos lugares y citas en la ciudad: la estafeta de Correos donde recoge una carta de amor con erratas de una tal Martha Clifford. dirigida a la lista de correos a nombre de Henry Flower, seudónimo que traduce su apellido húngaro originario, Virag: una iglesia en la que, a falta de música, asiste tan frescamente al espectáculo de la misa; una farmacia en la que compra un jabón y encarga una loción para Molly: la fusión y efusión con el agua rememorada con delectación morosa en una moresca casa de baños. El viaje en un coche de caballos de alquiler con Simón Dedalus (el padre de Stephen; Bloom verá pasar a éste y tratará de no ver, ay, a Boylan) y otros dos compañeros de duelo, algo displicentes, para asistir al entierro de Dignam, en el cementerio de Glasnevin, donde hace su aparición el desconocido del impermeable macintosh. Las oficinas de un periódico, donde casi coincide con Stephen, con toda clase de noticias, inventos y vientos. Un figón en el que no aprueba bocado (los tragones o lestrigones…) y otro en el que se contenta con un sandwich de queso de Gorgonzola y un vaso de borgoña tinto. El despacho del director de la Biblioteca Nacional, donde atisba a Stephen. que se despacha a gusto sobre Hamlet y Shakespeare, y oscila entre Escila y Caribdis, realismo e idealismo. Las calles donde se caiza una abigarrada variedad de dublineses errantes, incluyendo al judío errante Bloom, que compra de segunda mano la noveleta Dulzuras del pecado para Molly. El bar de un hotel con encantos de sirenas camareras que coquetean con Boylan, tocata y fuga, mientras resuenan los cantos de Simón Dedalus con otros parroquianos, y Bloom trata de no ser visto por el futuro amante de su mujer. Una taberna con antisemita cavernícola que busca gresca. La playa por la que anduvo Stephen esa mañana. desde la que contempla al caer la tarde los fuegos artificiales y se desfoga solitariamente contemplando las bragas azul cielo de una adolescente delicuescente, que se derrite y se exhibe sólo para él, caballero maduro de la triste figura, que se agita exteriormente y cogita, aún más turbado al fin, al descubrir que la pobre es cojita… Un hospital de maternidad, a donde acude a visitar a una vieja amiga que está de parto (un parto génesis y partitura que rehace paródicamente el desarrollo de la prosa inglesa desde el embrión anglosajón hasta las jergas modernas del jazz y saxofón y predicadores yanquis) y se encuentra al fin con el joven Stephen Dedalus, de juerga con unos amigos estudiantes, su hijo espiritual, más que putativo, al que prestará sus servicios de ángel de la guarda en el capítulo siguiente. El barrio de los burdeles. Nighttown o Monto. tanto monta, donde se concitan todas las tentaciones, desde las de San Antonio a las de Fausto, en esa medianoche de Walpurgis o de la no bella mandona, la madama mandamás Bella Cohén, que es asimismo el delirio de un libro en pleno ludibrio, prostíbulo de bulos y burlas, procesión de procesos y profanaciones, que los muertos aterren a los muertos, tribunal de cuentos y recuentos macabros (entre otros, hacen, su aparición Rudy, el hijo de Molly y Leopold, muerto a los once días, once años atrás, y el fantasma de la madre de Stephen), aquelarre y ronda de Erinias de Erin de donde sacará a su defendido y pobre diablo Stephen para introducirse con él en la parte tercera y última, de tres capítulos, como la primera.

El refugio de cocheros, a la una de la madrugada, para que Stephen tome algo, un café al menos, y despejarlo además con la conversación de un graduado en la universidad de la vida, que no logra estar siempre a la altura intelectual de tal hijo prodigio. Que hace casi 24 horas que no prueba bocado. A pesar del cansancio y lo tardío de la hora, ya son las dos, lo invita a su casa. El hogar de Eccles Street, en el penúltimo capítulo, donde penetra como un ladrón, tras escalar la verja, porque olvidó la llave, y hace entrar a Stephen y lo invita a tomar una taza de cacao y a seguir el diálogo, con un sistema de preguntas y respuestas a modo de cartesiano catecismo, que nos aclara puntos oscuros de la novela sin dejar a veces de inducirnos a error. Invita también a Stephen a quedarse a dormir pero éste rechaza cortesmente la invitación, sale con él al jardín trasero y ambos orinan a la luz de las estrellas. Despide a su nuevo amigo al comenzar el nuevo día. Y al final del viaje, con el regreso al hogar, acaba llevándonos con él a la cama de su esposa adúltera. La cama gibraltareña de Molly (¿o quizá de Dublín?), la cama del camaleónico monólogo de Molly Bloom en lenguaje corriente y moliente, la cama tintineante de arandelas flojas en la que ella no sin ritintín cierra la novela con broche de orinal, menstruando además y mostrando que Boylan fue un amante sin consecuencias, abriéndonos sus secretos y pensamientos más íntimos, en la cama altar, si no de Gibraltar, en la que renueva sus bodas —de sangre— con un rotundo sí quiero sí.

El monólogo interior de Molly nos la muestra desde sus entresijos más secretos (hasta entonces sólo la habíamos visto a través de los otros) y de paso nos revela otras intimidades de Bloom, desde otro punto de vista, el privilegiado de una esposa. Al final Bloom ha sido examinado desde todos los ángulos posibles, favorables y desfavorables, de un modo tan exhaustivo como la ciudad en que se desenvuelve.

El libérrimo monólogo de Molly Bloom le recordaba a la escritora rusa Nina Berberova, por su “comicidad dolorosa”, los discursos de Don Quijote. Su compatriota Nabokov, que no veía ningún elemento cómico en los discursos del loco de la Mancha, tampoco es demasiado complaciente con la lozana judeoandaluza, una “mujer bastante histérica”, según él. Por el monólogo interior de Molly nos enteramos que Bloom, al acostarse, le ha pedido que le lleve el desayuno a la cama. Y Nabokov concluye, como otros lectores, que a la mañana siguiente Bloom tendrá su desayuno en cama.

Nada es seguro en Ulises, y aún menos lo que pueda suceder el día después. En realidad, el único después del libro es su relectura.

Ulises muestra que las lecturas suelen ser parciales y provisionales, que el error o la deducción equivocada acecha donde menos se espera, en lo que a veces se da por sabido, y no únicamente en los misterios de Dublín de la novela: ¿Quién era el hombre del macintosh? ¿Quién era Martha Clifford? ¿Quién le envió el anónimo a Mr. Breen? ¿Qué dice realmente ese anónimo?

Verlo y leerlo todo es algo reservado al ojo de Dios, o del Gran Espía, y la lectura total es un espejismo, siempre habrá alusiones que se nos escapen. Ulises o las alusiones perdidas.

Rumor y humor se confunden en Ulises y confunden a veces al lector. Erramos por Dublín, como sus personajes, en el doble sentido de la palabra. A veces tomamos una cosa —o una palabra— por otra. En el capítulo cuarto, al salir Bloom de la farmacia, con el periódico enrollado bajo el brazo, se encuentra a un conocido que le pide el periódico un momento para ver las informaciones de las carreras de caballos. Bloom se lo da diciéndole que de todos modos iba a tirarlo, “throw it away”, y ese vendedor de informaciones sobre caballos cree que le da una pista para la apuesta de la carrera de la Copa de Oro que se celebra en Ascot ese mismo día. Throwaway será el caballo ganador, como leeremos horas más tarde en el periódico, y un motivo conductor de equívocos que hará perder a Boylan, el amante de Molly, su apuesta y los nervios. Del mismo modo que necesitamos familiarizarnos con una ciudad para no perdernos en ella, Ulises es la mejor prueba de que la literatura —a diferencia del periódico y de los novelones que se leen de un tirón y luego se tiran— es lo que se relee. Detalles y motivos que nos parecen irrelevantes al principio se cargan de significado en la relectura e iluminan además otras zonas que nos parecían oscuras o confusas.

Valery Larbaud, uno de los primeros estudiosos y promotores de la obra de Joyce, observó que Ulises, a medida que le dedicamos más atención, revela nuevas correspondencias, concordancias y motivos, del mismo modo que. al mirar fijamente el cielo de noche, vamos descubriendo nuevas estrellas y el diseño de las constelaciones. Esa analogía era del gusto de Joyce, que en el penúltimo capítulo de Ulises sacó a Bloom y a Stephen a contemplar el espectáculo del firmamento estrellado mientras se va desgranando un irónico catecismo astronómico-astrológico-matemático. Hasta que su atención es atraída por otro signo luminoso, la lámpara de Molly. A rever las estrellas, y los asteriscos…

Hay una verdadera comedia de las erratas (Bloom verá su nombre reducido a Boom en el periódico, con la ele de menos que le sobraba a una palabra equívoca de su corresponsal Martha Clifford) y de los errores de lectura en Ulises. Se podría recorrer toda la novela siguiendo el hilo conductor de la actividad —dudosa en ocasiones— de leer.

Bloom empieza su jornada leyendo la marca desvaída de su sombrero y la acaba descifrando la marca que dejó el cuerpo de un intruso en su cama matrimonial.

Las lecturas simbolistas de Stephen y las realistas de Bloom se complementan también con las sentimentales de Gerty McDowell, la cojita de la playa, y de Molly.

Al final de la Primera Guerra, unos fragmentos de Ulises llegaron a ser tomados por las autoridades británicas como mensajes en cifra.

“Signos coloreados”, no sólo en la playa por la que Stephen Dedalus hace su lectura mística del mundo, sino también en ciertas páginas laberínticas del manuscrito de Ulises escritas y subrayadas en distintos colores.

También hay lectores que toman Ulises por una obra en código que hay que descifrar.

Se ha repetido hasta la saciedad, y con demasiada seriedad, aquella afirmación de Joyce de que había puesto tantos acertijos y rompecabezas en Ulises, que tendría ocupados a los profesores durante centurias discutiendo sobre lo que quiso decir, y ésa era la única manera de asegurarse la inmortalidad.

Los enigmas y charadas aseguran sobre todo el pan nuestro de cada día a la llamada “Industria Joyce” pero no son la parte esencial de la obra y al lector que no está en esas aulas doradas no deben preocuparle sobremanera, del mismo modo que el crucigrama inacabado o el jeroglífico apenas entrevisto en el periódico no nos impiden seguir con las otras secciones.

Los enigmas no siempre pueden resolverse, a veces están ahí para indicarnos que, como en la vida misma, siempre habrá cosas que se nos escapan.

Tomemos, por ejemplo, el célebre caso del hombre del macintosh, uno de los misterios persistentes del libro, que intriga a Bloom hasta el final: “¿Quién era M’Intosh?”. En el cementerio, después de enterrar a Dignam, un periodista anota los nombres de los asistentes y escribe Mclntosh, equívoco que le facilita Bloom, creyendo que es el nombre del desconocido de impermeable marrón o macintosh. El desconocido reaparece y desaparece en otros momentos del libro, como un fantasma, y las hipótesis sobre su identidad son innumerables: una aparición a lo Hitchcock del propio autor, el líder nacionalista irlandés Parnell, Cristo, el poeta irlandés Mangan, un amigo del padre de Joyce llamado Wetherup, el misántropo Mr. Duffy, de un cuento de Dublineses… Hay hipótesis para todos los gustos. Lo único cierto es que viste un macintosh. ¿Y si el nombre de la prenda y de la persona coincidiesen y el periodista acertó por equivocación? También otra equivocación en la novela permitió dar con el nombre del caballo ganador. A Joyce le gustaba fundir forma y fondo. Por ejemplo, tenía en su casa de París una vista de la ciudad de Cork —de donde era originaria su familia— y su marco le llamó la atención a un visitante, que le preguntó qué era. “Cork”, explicó Joyce, corcho.

En Ulises todo es relativo y todo se relaciona. “Only connect!”, el leitmotiv de Howard’s End, de E. M. Forster, podría aplicarse también a Ulises. Pero en Ulises hay que atender a una red de conexiones. No hay una sola perspectiva, sino una multiplicidad de puntos de vista, tantos como estilos. En cierto modo Ulises es 18 novelas, tantas como capítulos, y algunos sirvieron de modelo a novelas enteras. El capítulo del catecismo de Itaca, por ejemplo, a novelas de Robert Pinget y Uwe Johnson.

Esa flexibilidad y relatividad de la novela, con sus cambios incesantes, acaba por reducir a añicos cualquier rígido esquema previo. Además de rebajarle las pretensiones con los contrastes irónicos que no cesa de suministrarnos. Ulises, por ejemplo, sabe que su cama está bien enraizada, con su pata de olivo; pero Bloom cree a pie juntillas que su cama matrimonial fue de Lord Napier, gobernador de Gi- braltar, según le contó Molly, y no de un viejo Cohén cualquiera, como nos revela ella en su monólogo. La palabra o palabrota paralaje, clave en la novela, que tanto intrigará a Bloom, resulta de algún modo explicada cuando él aparece en escena por primera vez y, doblado ante su gata, se pregunta cómo lo verá ella: “¿Altura de una torre?”. Esta disposición a ponerse en lugar del otro es una de las cualidades de Bloom. Su tolerancia contrasta, por ejemplo, con la cerrazón del Ciudadano nacionalista, en el capítulo del “Cíclope”, incapaz de comprender que puede haber otro punto de vista distinto del suyo.

Asimismo hay hechos en Ulises que se van modificando, a medida que cambian los observadores, y nuestra propia posición en el libro.

El principio de incertidumbre, fundado por Cervantes en el Quijote, se lleva en Ulises a sus últimas consecuencias.

La duda, para Joyce, era lo propio del hombre. “La vida está suspendida en la duda como el mundo en el vacío”, afirmó, y se veía a sí mismo como interrogación. Así lo representó César Abín en una “caricatura dirigida”, podríamos llamarla, tan aguda como exacta. Al pintor santanderino César Abín (1892-1974), que vivió en París de 1924 a 1939, donde retrató y caricaturizó a numerosas personalidades, le encargó la revista de vanguardia transition hacer un dibujo de Joyce con ocasión del cincuenta aniversario del escritor. Abín presentó un retrato realista del artista maduro, pluma en mano, junto a sus libros. Pero Joyce prefería una caricatura y durante unas dos semanas estuvo dando indicaciones, contraórdenes, nuevos detalles. La caricatura de Abín fue para Joyce una caja (a bin…) o cajón de sus desastres en clave humorística. Sin duda, su caricatura más lograda. Algo encorvado por la artritis, Joyce parecía en ocasiones a algunos amigos, el fiel Paul León, entre otros, como un signo de interrogación. El Joyce-interrogación de Abín lleva un sombrero hongo negro, en señal de duelo, por la reciente muerte de su padre, con telarañas y el número 13 en la copa. El número de la muerte que Bloom atribuye al misterioso hombre del macintosh. Un número ambivalente, para Joyce, que creía que a veces daba suerte. Y otras, muerte. Su madre había muerto un 13 y él no podía adivinar que su muerte iba a caer también en 13. Lleva un traje remendado (para indicar su pobreza, más bien pasada, pues su mecenas la siempre generosa Miss Weaver hacía ya bastantes años que lo puso al abrigo de preocupaciones económicas) y de un bolsillo asoma la partitura de una canción, “Let Me Like A Soldier Fall” (a la que se alude en el cuento “Los muertos”, de Dublineses), que proclama que estaba dispuesto a morir con las botas puestas, en su nueva y arriesgada aventura, Finnegans Wake, que por entonces aún conservaba secreto su título.

Para completar el punto de la interrogación, los pies de Joyce están suspendidos sobre un globo terráqueo ocupado por Irlanda y la mancha negra de Dublín. Al principio del Retrato, Stephen niño ve en su libro de geografía la tierra como “una pelota muy grande entre nubes” (algunas nubes de Abín parecen las es griegas de las cartas amorosas de Bloom, a menos que sean las nalgas de las diosas helénicas que estudiaba con tanta atención) y en la guarda del libro había escrito, como tantos alumnos de los jesuítas, su nombre sobre una lista en que se va especificando su clase, su colegio, la localidad, el condado. Irlanda. Europa, el Mundo, el Universo. De lo particular a lo universal, como surge Joyce y su interrogación.

Parodiando a Hamlet, rey del espacio infinito en su cáscara de nuez, Joyce condensa todos los espacios y especias y especies en el arca de una nuez o nocturno fruto prohibido de su denso Finnegans Wake. “Putting Allspace in a Nottshall”. Pero antes de llegar a esa noche cerrada, había condensado tiempo y espacio en Ulises.

William Blake, poeta estudiado por Joyce, con el que tenía más de una afinidad, aspiraba a ver un mundo en un grano de arena y a concentrar la eternidad en una hora.

Joyce, y no es poco, encerró un día de Dublín, que es todos los días, en una obra.

Ulises es varios Ulises y uno de ellos —y no el menos sutil— ha de ser el lector, que debe superar una serie de pruebas y dificultades a lo largo del libro. Al final también él, como Bloom, ha hecho un largo viaje. En momentos de impaciencia quizá no está de más recordar que su autor invirtió unas 20,000 horas en escribir Ulises.

Las páginas de Ulises hay que “merecerlas”, como decía otro Bloom, el político Léon Blum, de las novelas de Stendhal. Ezra Pound comparó el inglés de Joyce, limpio y duro, con el francés de Flaubert. Al cabo de una jornada de intenso trabajo, Joyce se encontró alguna vez, como su maestro Flaubert, con la cosecha de una o dos frases. En una de esas circunstancias su amigo Budgen le preguntó si había estado buscando el mot juste. “No, ya tengo las palabras”, le dijo Joyce, “lo que busco es el orden perfecto de las palabras en la frase”. Es más difícil traducir la música de Ulises que su letra.

No hay traducción de Ulises libre de errores, y tampoco lo está la del argentino J. Salas Subirat, que tiene el doble mérito de ser la primera en nuestro idioma, de 1945, y sobre todo de reproducir con acierto y expresividad el ritmo del original. El “ritmo de su estructura”, como diría Stephen, es esencial en Ulises.

Para atenernos a la letra: ¿Ulises cuenta una historia?

Sí, Ulises cuenta una historia, ordinaria, de modo extraordinario. Ese fue otro descubrimiento de gran alcance de Cervantes, una tierra ignota, ignorada por los escritores anteriores, que sólo consideraban digno de sus plumas las peripecias, aventuras y lances extraordinarios de héroes y personajes asimismos extraordinarios. El estilo, nos anuncia Cervantes por boca del perro Cipión puede hacer interesante el suceso más ordinario. A partir de Cenantes, ancha es la Mancha, que se abre a todos de un modo nuevo. A la geografía mítica y metafísica de las novelas de caballerías Cervantes opone la física de “los polvorientos caminos y sórdidos mesones de Castilla”, como bien vio Borges. Que se prolongan en las calles y tabernas del querido y sucio Dublín de Joyce.

Durante una estancia en Locarno, en 1918. Joyce oyó hablar de una extraña mujer fatal que vivía en unas islas del Lago Mayor, la baronesa St. Leger, conocida también como Circe y la Sirena. Según rumores, había enterrado ya a siete maridos y en las buenas épocas organizaba orgías en sus dominios. Los biógrafos de Joyce cuentan algunos detalles de la visita del autor de Ulises a esta vieja Circe, aunque apenas sobrepasaba la sesentena, pero omiten los complicados orígenes de esta extraordinaria dama del lago, a la que Liszt llamó “la reina de las islas de Brissago”, que era probablemente hija bastarda del zar Alejandro II. La baronesa, de nombre Antonietta, pese a su origen ruso, no logró tentar al creador de Molly con sus cuentos de sirena y su enredada vida amorosa. Aunque le dio su versión corriente y oliente de moli, la hierba que protegía a Ulises de la magia de Circe, y era simplemente, según ella, el ajo. El título St. Leger procedía de un barón irlandés (como seguramente no ignoraba Joyce, que menciona a unos St. Leger de Doneraile en Ulises) llamado Richard (como el celoso irlandés de su pieza catártica Exiliados), con el que ella se casó en terceras nupcias y tuvo un hijo, James, que murió de corta edad.

Joyce oyó con interés los relatos de la baronesa, que le entregó además cartas y documentos eróticos, pero no los utilizó. Eso se queda para el periodista, le diría años después en París a la escritora norteamericana Djuna Barnes, al referirle la visita a aquella Circe. El escritor no debe escribir sobre lo extraordinario. La elección del Quijote. O, como diría Cipión, todo puede ser extraordinario, si se sabe contar. Con relativa modestia. Joyce llegó a reconocer que la mayor aportación de Ulises es “su nuevo estilo”, no siempre suave ni dulce. Un estilo que reproduce la trama y complejidad de la vida. Mientras que en la novela convencional lo que cuenta es la trama del argumento y de los acontecimientos. El escritor inglés Anthony Burgess dio una lección de crítica práctica al traducir las primeras páginas de Ulises, con Mulligan y Stephen en la torre Martello, al inglés pedestre y corriente del novelista popular.

“Eran las ocho de una mañana de junio…”.

Esas dos páginas y pico muestran gráficamente qué paraísos habríamos perdido si Joyce hubiera optado por hacer de su eterno día de Dublín un bestseller del momento o incluso del año. Lo cual no quita que a Joyce le interesara también llegar al lector medio e incluso al semilector. La prueba o el test fue su tía Josephine. En octubre de 1921 Joyce le escribe que si desea leer Ulises compre antes o pida en una biblioteca una traducción en prosa de la Odisea de Homero.

En diferentes momentos de su vida explicó Joyce por qué el héroe o antihéroe de la Odisea era su personaje favorito. Porque era, a su juicio, el personaje más completo y humano de toda la literatura, pues se nos muestra como hijo, esposo, padre, amante, camarada de armas, rey, inventor… Más completo, por tanto, que Hamlet, Fausto o Don Quijote. Por eso quiso mostrar desde tantos ángulos a Bloom.

En otra carta a la tía Josephine, un año después, Joyce se extraña y se queja de que ya hace siete meses que le envió un ejemplar de Ulises dedicado y apenas recibió unas líneas de agradecimiento. Y se alarma al enterarse de que ella ha prestado el libro y le advierte con cifras de su valor económico. Al final de su larga carta le informa que hace pocos días salió una segunda edición de Ulises.

Vuelve a escribirle a la tía Josephine unos quince días después. Deduce que no ha acabado de leer Ulises, como otros miembros de la familia, y le anuncia que Nora ha batido a todos, pues llegó hasta la página 27 contando la cubierta… Parece ser que hay muchas cosas que la tía Josephine no entiende, y él vuelve a la carga. Como no ha leído la Odisea, a pesar de sus consejos, le propone que compre cuanto antes Las aventuras de Ulises de Charles Lamb, que cuentan brevemente en inglés sencillo la historia de Homero, y es un libro que se lee en una noche, la tranquiliza, y le indica además en qué librerías de Dublín puede encontrarlo. “Después haz un nuevo intento con Ulises”. Un nuevo intento…, es un buen consejo para todo lector de Ulises.

Le felicita las Navidades a su tía al cabo de un mes y pico, además de anunciarle que va a comenzar el año nuevo —vista nuova— con una nueva operación del ojo. Y le pide, como casi siempre, detalles sobre tipos y costumbres del Dublín de antes. “Detalles vestimentarios, defectos, aficiones, aspecto, modo de morir, voz, dónde vivieron…”, detalles como los que ella le proporcionó sobre la persona en que está basado el padre de Mrs. Bloom.

En realidad en Ulises confluyen —yuxtaposición de dos puntos de vista…— el Dublín del padre de Joyce, John Joyce, y sus amigos, que representa Bloom, con sus relaciones, y el del joven Joyce y sus amigos estudiantes, encarnado por Stephen. Pero antes de entrar en detalles sobre ese “mundo desaparecido” Joyce se acuerda de la madre del cordero y le recuerda de nuevo a la querida tía Josephine que tiene que procurarse el libro que le recomendó, Las aventuras de Ulises, de Lamb.

Somero Homero, al fin, sin alegorismos, para la tía Josephine. Lástima que Joyce no le hubiera podido recomendar un Ulises lambido, expurgado de asperezas.

No alises Ulises, las perezas no son buenas consejeras.

En realidad la tía Josephine, sin ser aficionada a la lectura, gozaba de una posición envidiable para abordar Ulises, gracias a su conocimiento del Dublín de la novela.

Y de sus personajes, entre los que se cuentan el propio padre de la tía Josephine, el viejo Giltrap y su perro Garriowen.

Así es. Y ella verificó además para Joyce cantidad de detalles, por ejemplo, el número de escalones de la entrada de la casa de Eccles Street.

En los detalles Joyce funda su Ecclesiastés.

Hay otros detalles eclesiásticos que la piadosa tía Josephine no le reveló a su sobrino jamás, como que en 1912 ayudó a bautizar de tapadillo en su casa de Dublín a Giorgio, el hijo de Joyce, pagano de siete años.

Toma y daca. Joyce le pidió a la tía Josephine noveletas rosas e himnos de iglesia, para preparar el episodio de Gerty McDowell, sin explicarle sus intenciones.

Si la piadosa tía llega a ver cómo su sobrino manipuló sus inocentes envíos…

Pero también hubiera podido comprobar que Bloom, pese a la polución nocturna en la playa y otros pe- cadillos, era —como dijo Joyce— un hombre bueno. Entierra a los muertos, ayuda a las viudas, da limosna, hace de buen samaritano, se compadece de los niños y de los animales…

La bondad de Bloom, contrapuesta al ideal de belleza del esteta Stephen. La integridad, armonía y resplandor

o aura —integritas, consonantia, claritas—, los tres requisitos para la obra de arte que Stephen toma de Santo Tomás de Aquino, van a modificarse con el encuentro con Bloom. Como Bloom siempre tiene problemas con la ele, va a cambiar claritas por caritas. La caridad es su aura…

Aquí no vendría mal introducir otro tomismo, más importante para Ulises, me parece, el voluminoso tomo del Directorio Thom de Dublín, que Joyce tradujo a novela.

En realidad, Ulises muestra sus dos claves o llaves, la simbolista de Stephen y la realista de Bloom. La Odisea, desde el título, y el Directorio Thom que figura el primero en la biblioteca de Bloom, al final de la novela.

La tía Josephine, a falta de Homero o de Lamb, tiene la llave de Bloom. Se conoce que la perdió también. Oyó decir cosas tan escandalosas del libro de su sobrino, que no quiso ni verlo. Primero guardó el libraco en un armario y después lo prestó para no tenerlo en casa.

Una hija de la tía Josephine, ante la insistencia de Joyce en conocer qué pensaba su madre del libro, tuvo que reconocer al fin: “Bueno, Jim, Madre dice que no vale la pena leerlo”.

“Si Ulises no vale la pena leerlo”, replicó Joyce, “la vida no vale la pena vivirla”.

Vivir no es necesario… Bueno, eso fue en Londres, en una noche de verano de 1922, antes de que él le hablara a la tía Josephine de Homero y de Lamb.

Joyce no perdió la esperanza. Navigare necesse est…

Y el lector de Ulises puede concluir, con Bloom: “Ha viajado”.  n

Lecciones Imperiales

LECCIONES IMPERIALES

POR ANATOL LIEVEN

TRADUCCIÓN DE GABRIEL JIMÉNEZ

“Lo que temo no es que la administración Bush vaya a adoptar de manera consciente todo el programa imperialista

neo-conservador. Temo más bien a si los neo-cons y sus aliados no contribuirán por su cuenta a las tendencias que surgen inexorablemente de la ocupación estadunidense de Irak y a las reacciones de los estados de la región, y a que el resultado será un círculo vicioso de más terrorismo y más guerras”.

Las armas que usaron los ejércitos de Estados Unidos y Gran Bretaña para derrotar a Irak son nuevas en su naturaleza; la victoria en sí misma no lo es. De muchas maneras, hemos regresado a finales del siglo XIX, el periodo que inició la Primera Guerra del Opio cuando, a un costo mínimo de sus vidas, las tropas occidentales podían despedazar a los ejércitos de grandes estados regionales y también controlar —aunque con mucha mayor dificultad— la subsecuente resistencia de guerrillas.

Los británicos en particular deberíamos tomar nota de nuestro propio pasado imperial en el intento de entender los posibles derroteros del nuevo imperio en cuyas alas nos hemos enredado. Quizás el aspecto más vergonzoso de de las actuales políticas británicas es en efecto el que con frecuencia parecieran diseñadas en una atmósfera de absoluta ignorancia de la propia historia de la Gran Bretaña, especialmente y por supuesto, con miras a lo que significa gobernar en el Medio Oriente. De particular interés e incumbencia es la manera en que en el siglo XIX los imperios eran llevados de una guerra a otra como resultado de desarrollos que los gobiernos imperiales no planeaban y que las poblaciones domésticas no deseaban.

En parte esto fue el resultado de las conspiraciones de “procónsules altaneros” convencidos de que podrían hacerse de grandes nombres a bajo riesgo, dada la superioridad de sus fuerzas sobre cualquier oposición concebible; pero era también el resultado de factores inherentes al mismo proceso imperial, algo sobre lo cual volveré.

La diferencia hoy es por supuesto que la abrumadora ventaja militar no la posee un grupo de estados en competencia, sino en lo esencial un estado, los Estados Unidos de América. Otros países han desarrollado elementos de tecnología, y por supuesto numerosos estados son más belicosos que los Estados Unidos; pero ninguno tiene nada parecido a la combinación estadunidense de aptitud para integrar estos elementos (incluyendo la inteligencia de modo más notable) y hacer un todo efectivo; unidades ligeras y contundencia armada, capacidad para transportar sus fuerzas a grandes distancias, y belicosidad nacional.

La cuestión más importante a la que se enfrentan ahora los pueblos de Estados Unidos, Gran Bretaña y el mundo entero tiene que ver con qué uso hará la administración Bush de su dominio militar, sobre todo en el Medio Oriente. La segunda cuestión es cuándo y en qué forma surgirá la resistencia contra la dominación estadunidense en el Medio Oriente. Es seguro que tal resistencia vendrá. Sería contrario a cualquier precedente histórico pensar que tal hegemonía cuasi-imperial no despertará el mayor resentimiento, y tarde o temprano tal resentimiento habrá de encontrar medios efectivos de expresión.

Porque mientras por un lado el dominio de Estados Unidos sobre el Medio Oriente en su mayor parte será ejercido de manera indirecta, y por tanto despertará menor resentimiento que la administración directa, tal dominación se ejerce en alianza con “la colonización proletaria” en una parte del Medio Oriente: a saber, Israel, y más específicamente los asentamientos judíos en los territorios ocupados. Dada la experiencia del pasado y a juzgar por las señales que ahora vienen de Israel, hay muy pocas razones para esperar cualquier cambio serio en las políticas israelíes.

Quizá de modo eventual Sharon retirará unos cuantos asentamientos —permitiéndoles a la administración estadunidense y al lobby israelí presentar esto como una concesión y un sacrificio mayores—; pero a menos de que haya un tremendo levantamiento en las políticas internas tanto de Israel como de Estados Unidos, es muy improbable que Sharon y sus sucesores ofrezcan a los palestinos algo más que bantustanes (*) férreamente controlados. El terrorismo palestino, la represión israelí y un mayor y más extendido resentimiento árabe y musulmán: todo esto continuará en el futuro previsible.

Sobre lo que el pasado imperial ofrece poca guía es cuánto se llevará en crecer la gravedad del asunto. En algunos casos del siglo XIX —Afganistán es un ejemplo notable— el gobierno imperial nunca se consolidó a sí mismo y casi de inmediato fue derrocado por nuevas revueltas. En otros casos, el gobierno imperial duró por décadas sin tener que ejercer demasiada represión directa, y terminó sólo después de que el mundo entró a una nueva era histórica, con tremendos cambios sociales, económicos, políticos y culturales no sólo en las colonias y las dependencias occidentales sino en los mismos países imperiales de Occidente.

En el intento de predecir, desde este punto de vista, el futuro del cada vez más amplio Medio Oriente, uno debe reconocer que los desarrollos en la nueva era que empezaron el 11 de septiembre del 2001 han sacado a relucir no sólo ciertas patologías latentes en la sociedad, la cultura y la política estadunidenses y británicas; han revelado también de manera plena la total bancarrota de una gran parte del mundo musulmán cuando se trata de modernización democrática, y de cualquier modernización, de hecho.

Lo fascinante del tiempo actual es precisamente el que tantas y tan diferentes posibilidades para el futuro parecen abiertas por completo. El aspecto lúgubre —para un ser humano más que para un historiador del planeta Marte— es que tantas de esas posibilidades parecen desastrosas para el progreso, la paz y la felicidad de la raza humana. El punto inmediato es por supuesto si Estados Unidos atacará a Siria y a otros estados. Detrás de este punto, sin embargo, yace otro: si en el Medio Oriente Estados Unidos pasará de la hegemonía al imperio de verdad. Y finalmente, como ya se planteó, si Estados Unidos se mueve en esta dirección, ¿seguirá su marcha de victoria en victoria, o sufrirá derrotas que agriarán el apoyo del pueblo estadunidense a toda la empresa?

Para Gran Bretaña, la pregunta es primero si Tony Blair en su calidad personal de asesor sénior del presidente Bush, puede evitar que Estados Unidos se mueva en esa dirección; y segundo, si Blair fracasa, la pregunta es si los pueblos británicos están dispuestos a jugar en tal imperio americano el único papel que es probable se les ofrezca —el de Nepal en el imperio británico: un proveedor leal de soldados valientes con especiales habilidades militares—. O para ponerlo de otro modo: ¿aceptarán los británicos una situación en que su principal función internacional es proveer cohortes británicas auxiliares para que acompañen a las legiones romanas de los Estados Unidos, con la desventaja adicional de ciudades británicas no protegidas, a cambio, por el imperio, sino al contrario: ciudades británicas expuestas a la destrucción por los contra-ataques “bárbaros ?

Como queda muy en claro en sus comentarios públicos, ya no digamos sus conversaciones privadas, a los neo- conservadores en Estados Unidos y sus aliados en Israel en efecto les gustaría ver una guerra imperial de largo plazo contra cualquier parte del mundo musulmán que desafíe a Estados Unidos y a Israel, con la justificación ideológica provista por la, específicamente estadunidense, mission civilisatrice de la “democratización”. En las palabras del general en jefe israelí Y’akov Amidror, quien escribió para el Centro Jerusalem de Cuestiones Públicas:

De modo que Irak no es la última meta. La última meta es el Medio Oriente, el mundo árabe, y el mundo musulmán. Irak será el primer paso en esta dirección; ganar la guerra contra el terrorismo significa cambiar estructuralmente toda el área. (Jerusalem issue Brief, Vol. 2, no. 24, abril 16, 2003.)

El modelo neo-con para esto es la lucha, con décadas de duración, contra el “Comunismo”: al respecto están convencidos de que la combinación reaganita de dureza militar y cruzadismo ideológico trajo la victoria de los Estados Unidos. Esto forma parte de un deseo más amplio por la hegemonía mundial mediante la absoluta superioridad militar.

Ahora: en lo que respecta a las guerras futuras bien puede ser que los neo-cons se estén engañando a sí mismos, y bien pueden encontrarse con que, como muchos oficiales estadunidenses dicen en privado, la nueva estrategia de seguridad nacional de Bush es “una doctrina que sirve para un solo caso” —a saber, Irak—, Los estadunidenses y otros que argumentan esto pueden estar señalando también la profunda indisposición de la mayoría de los estadunidenses a verse a sí mismos en términos imperiales, y esto pegado a una subyacente y enorme aversión a verse metidos en enredos, compromisos y sacrificios en el extranjero.

Después de todo, mientras que por una parte la administración de Bush hace pronunciamientos muy amenazadores contra Siria, por otra parte asegura al pueblo norteamericano que la ocupación militar estadunidense de Irak no durará más de 18 meses. Más aún, si la economía sigue vacilante, incluso es posible que Bush sea despedido de su cargo en las elecciones del próximo año. De ser este el caso, permanecerán algunas tendencias militares de Estados Unidos. Expertos tan distintos como Andrew Bacevich y Walter Russell Mead han subrayado los elementos de continuidad al respecto, de Bush I pasando a Clinton y de ahí a Bush II, y han localizado de hecho una tendencia en esta dirección a lo largo de la historia de Estados Unidos. Sin embargo, sin la configuración específica de los elementos de línea dura fortalecidos por la administración Bush, estas ambiciones estadunidenses muy probablemente tendrían un corte menos megalomaniaco y amenazador. Tendrían también el tinte de un elemento genuino de concernimiento por el bienestar de la humanidad, que aún está presente en grandes partes del pueblo estadunidense y que al menos se reflejó en algunas de las políticas de la administración Clinton.

En este análisis más optimista, el optimismo grotesco de la retórica neoconservadora sobre la democratización, y la paranoia de su retórica sobre las amenazas, surgen en parte del hecho de que sólo golpeando tambores de modo enfebrecido es posible sacar al común de los estadunidenses de su acostumbrada apatía respecto a los asuntos internacionales. Aquí hay un eco de un razonamiento del historiador Douglas Porch, referido a la versión de la mission civilisatrice colonizadora de Francia, propagada por pioneros imperiales como Gallieni y Lyautey. En su óptica, en vez de una cosa que estos hombres creyeran por sí mismos, esto era en lo esencial una estratagema de propaganda para propósitos franceses domésticos: ganar el apoyo de un público francés escéptico y parsimonioso para una posterior expansión colonial.

Más aún, aunque es cierto que hay algo de fundamento en lo que Samuel Huntington y otros han llamado “el Credo Americano”, también es cierto que muchos estadunidenses tienen un profundo escepticismo —llámese saludable o chovinista, según el gusto— sobre la capacidad de muchos pueblos extranjeros para realmente desarrollar una democracia.

En el caso de Irak, tal escepticismo se ha incrementado por las escenas del saqueo y el desorden que acompañaron a la “liberación” —escenas que en comparación harían de la caída del Muro de Berlín algo lúdico incluso para el más naif de los observadores—. Sumado a esto, han habido indicios bien publicitados tanto de incipientes conflictos étnicos como de fuerte oposición masiva a una presencia militar estadunidense de largo plazo y a un gobierno iraquí escogido por los Estados Unidos. Hasta el Washington Post, que fue uno de los porristas de esta guerra entre la prensa “seria” de Estados Unidos, y que no mostró mucho apremio por dar a conocer las bajas civiles iraquíes, ha reportado con franqueza sobre la profunda oposición a los planes de Estados Unidos para Irak en gran parte de la población iraquí.

Sin embargo, incluso si la mayoría de los estadunidenses y posiblemente una mayoría de la administración quiere encaminarse hacia un control indirecto sobre Irak, Estados Unidos puede encontrarse con que no tiene otra opción que ejercer el gobierno directo. Incluso, hasta los progresistas que odiaron la guerra pueden verse moralmente entrampados a la hora de apoyar esto si la alternativa parece ser la caída en la anarquía, la miserización y los sangrientos conflictos étnicos.

Porque al respecto hay una tremenda diferencia entre Irak y Afganistán. En Afganistán, un país abrumadoramente pre-moderno, la masa de la población se ha acostumbrado a irla pasando con poquísima ayuda del estado, poquísima infraestructura moderna y para el caso poquísimo empleo formal. En estas circunstancias, para Estados Unidos fue posible instalar un proyecto poco sólido de un gobierno de coalición en Kabul, con una tregua tenue entre sus elementos y sostenida en el lugar por una fuerza de paz internacional respaldada por el poder armado estadunidense. El resto del país podía dejarse en manos de barones de la guerra, clanes y milicias étnicas, siempre y cuando estos permitieran que sus territorios fueran espacios abiertos de caza para las tropas estadunidenses en busca de Al Qaeda. Las fuerzas estadunidenses lanzan estos ataques desde bases aéreas y campos aislados y muy fortificados en los que —con la excepción de fuerzas especiales y unidades de ayuda humanitaria— los soldados están separados de manera tajante de los afganos.

Sin duda a muchos planeadores estadunidenses les encantaría dominar Irak de la misma manera semi-distanciada; pero Irak es una sociedad mucho más moderna que     Afganistán, y mucho más urbanizada: ahí, si no se cuenta con elementos de infraestructura moderna y servicios y un estado que los garantice, los estándares de vida se hundirán —como ya ocurrió, aunque esperamos que sea temporal—. Irak necesita un estado; pero en primer término, a juzgar por el pasado, es obvio que por muchas razones a los iraquíes se les dificulta muchísimo la creación de un estado moderadamente civilizado; y, en algo no menos importante, Estados Unidos no permitirá la creación de un estado en verdad independiente. A fin de cuentas, por tanto, Estados Unidos bien puede no tener otra opción que la de crear el estado mismo y permanecer involucrado a fondo no sólo para apoyarlo sino para regirlo, como los británicos en Egipto durante algunos sesenta años.

Porque, como señalé en mi artículo para el London Review of Books del pasado octubre, la destrucción del régimen Baas ha implicado también la destrucción del dominio militar del hunismo árabe sobre el que se había fundado el estado árabe desde su creación por los británicos. Y ni los Estados Unidos ni nadie más tienen una idea clara de qué poner en su lugar (si uno ignora el plan fatuo de Rumsfeld y Wolfowitz de instalar a Ahmad Chalabi como un títere estadunidense y hombre fuerte iraquí).

En estas circunstancias, si la administración de Estados Unidos no va a retirarse de nuevo —con todo lo que esto implicaría para el prestigio estadunidense, para las oportunidades electorales de Bush y para todo el programa imperial— Estados Unidos puede verse obligado a permanecer metido a fondo en el gobierno de Irak, no sólo si a los iraquíes les gusta o no; incluso si los líderes estadunidenses realmente desean esto o no.

Esto también forma parte de un viejo patrón imperial, estudiado de manera notable por R. Robinson y J. Gallagher. Con mucha frecuencia —quizá la mayoría de las veces— los poderes imperiales prefieren ejercer el control de manera indirecta, por medio de estados clientes y no por medio de la administración imperial. Esto era mucho más barato, más fácil de justificar domésticamente, y con muchas menos posibilidades de provocar revueltas nativas.

El problema era que el mero hecho de convertir a un país en un cliente resultaba algo que propendía a lesionar el prestigio doméstico del régimen cliente y a encimarle tal surtido de presiones económicas, políticas y morales que era muy probable que se colapsara. El poder imperial tenía entonces la opción de salirse, con la posibilidad por tanto de permitir que el área cayera en manos de enemigos —o meterse e imponer un control directo—. Este fenómeno puede verse desde Abad y el Punjab en los

1840s hasta la invasión soviética de Afganistán en 1989.

La amenaza a estados clientes imperiales no viene sólo, por supuesto, de sus propias fronteras. En un mundo donde las lealtades étnicas, de clan, religiosas y personales se derramaban más allá de las fronteras de “estado”, era muy probable que un poder que tomara un territorio tuviera que verse de modo inexorable llevado a conquistar también a sus vecinos. Hubo siempre intereses militares, comerciales o misioneros que agitar por la importancia de esto, respaldados siempre por grupos de oposición en el exilio dispuestos a dar énfasis en que la masa de la población se alegraría con una invasión imperial que los llevara al poder.

Sin importar qué desean los neo-cons y el gobierno israelí, creo que en el presente no hay una intención determinada por parte de la administración de Estados Unidos de atacar de veras Siria o Irán, no se diga Arabia Saudita. Su intención ha sido la de que una victoria fácil y aplastante sobre Irak aterrorizaría tanto a otros estados musulmanes que dejarían de apoyar a grupos terroristas, colaborarían a fondo en resquebrajar a los radicales islámicos y a los terroristas en sus territorios, y abandonarían sus propios planes de desarrollar armas de destrucción masiva. Por tanto serían innecesarios los ataques de las fuerzas estadunidenses contra tales estados. Este acercamiento funcionaba no sólo para perceptibles enemigos de Estados Unidos como Siria, Irán y Libia, sino igualmente para Arabia Saudita, Pakistán, Yemen y otros estados, todos ellos vistos en Estados Unidos como aliados poco confiables en “la guerra contra el terrorismo”.

Si la estrategia de Estados Unidos se restringe ella misma a tal estrategia y a esta meta, puede funcionar por lo menos un rato. Muchos estados en la región están de hecho muy espantados por lo que ocurrió en Irak. Igual que, a juzgar por sus últimos avances conciliatorios, lo está Corea del Norte. Más aún, cada estado de la región —incluyendo Irán— tiene la amenaza de las fuerzas de la revolución sunita islámica tal y como la representan Al Qaeda y sus aliados ideológicos, así que hay un interés genuino y común en combatirlos.

Pero para que tal estrategia funcionara en una amplia extensión de estados y sociedades como las del mundo musulmán, los hacedores de política estadunidenses tendrían que desplegar una sensibilidad y una discriminación muy considerables. Estas son virtudes que uno difícilmente asocia con la administración de Bush, y menos todavía en el ánimo de un arrogante triunfalismo aún en ascenso. Los peligros que surgen de tal estrategia son dos, y ambos tienen grandes ecos en la historia imperial.

El primero se relaciona con los regímenes clientes de Estados Unidos: ¿qué ocurre si las diversas presiones que Estados Unidos pone sobre ellos son tales que esos regímenes se colapsan? El segundo se relaciona con los “enemigos”: ¿qué pasa si dicen que Estados Unidos es sólo un bluff, y lo desafían a que invada?

Por tanto es muy fácil ver cómo podría ocurrir una nueva ofensiva de Estados Unidos. En primer lugar, otro ataque terrorista de proporciones mayores contra Estados Unidos podría trastornar todas las ecuaciones y suscitaría otra oleada de histeria masiva después de la cual ya todo sería posible. Si, por ejemplo, se percibiera de nuevo que el ataque ha sido financiado y montado por los sauditas, la presión para un ataque contra Arabia Saudita podría volverse abrumadora.

En el caso de Irán, tres elementos podrían convergir con resultados desastrosos. El primero es el hecho de que según fuentes europeas informadas, los iraníes deben llevar ya unos dos años desarrollando un disuasivo nuclear; y han avanzado tanto en su programa que ni siquiera una presión exitosa sobre Rusia para que corte de golpe su comercio nuclear con Irán haría una diferencia crucial. Israel, en particular, está resuelto a detener esto, y los comentaristas israelíes han hecho amenazas abiertas de que Israel tomará una acción unilateral de ser necesario. Y si los gobiernos de Estados Unidos e Israel están en efecto resueltos a impedir que Irán se haga de tales armas, puede que no tengan mucho tiempo.

El segundo factor es el comportamiento de los shiitas de Irak, y sobre todo de los grupos shiitas apoyados por Irán. En el momento actual no veo ninguna evidencia de que Irán esté intentando atacar la presencia de Estados Unidos en Irak —por el contrario, en el presente el interés obvio del régimen iraní está en mantener las cosas con tanta calma como sea posible mientras trabaja frenéticamente en su programa nuclear.

De igual manera, sin embargo, Teherán difícilmente podría empujar a sus aliados iraquíes a la humillación de aceptar una posición menor en la administración títere de Estados Unidos. Ya grupos líderes shiitas han boicoteado las instancias primeras de los intentos estadunidenses de crear un gobierno. Si continúan haciéndolo, si el gobierno fracasa, y el desorden cunde, entonces, ya sea que Irán tenga culpa o no, sin duda será culpado por elementos poderosos en Washington, quienes también usarán esto como una razón adicional para atacar los sitios nucleares iraníes. En respuesta, Irán bien puede desatar no sólo una desestabilización mayor y en aumento en Irak sino una campaña terrorista contra Estados Unidos. Esto a su vez provocará más desquites estadunidenses hasta que una guerra a toda escala se vuelva una posibilidad real.

Aunque la idea de una invasión estadunidense a Irak es vista con horror por la mayoría de los analistas militares (y hasta donde sé, por los militares uniformados), las últimas encuestas de opinión sugieren que alrededor de la mitad de los estadunidenses apoyarían una guerra para evitar que Irán adquiriera armas nucleares —y esto incluso antes de que alrededor de este tema se haya montado un esfuerzo real de propaganda masiva.

Más aún, las voces militares de moderación tendían a ser las mismas que —como yo— alertaban sobre la posibilidad de una dura resistencia iraquí y los peligros de combates urbanos en Bagdad, se oponían a los planes de Rumsfeld de invadir Irak con números limitados de tropas relativamente de armamento ligero, y se sintieron vindicados en sus preocupaciones por los reveses iniciales alrededor de Nasariyah y otras partes. El resultado por supuesto ha demostrado que Rumsfeld y Wolfovitz estaban en lo correcto en sus cálculos puramente militares sobre Irak, y que sin duda esto los fortalecerá de gran manera en sus futuros enfrentamientos con los militares uniformados. Toda la estrategia de Rumsfeld de confiar en fuerzas más ligeras, más fácilmente transportables es algo por supuesto y precisamente diseñado para facilitar tales expediciones imperiales.

Por lo que respecta al modo de ver las cosas de la mayoría de los estadunidenses: después de todo a ellos ya los engañaron dos veces en el caso de la Guerra de Irak. Antes de que empezara, hubo relativamente un escaso apoyo mayoritario a la guerra que fue producido sólo por un programa de propaganda de parte de la administración de Estados Unidos; programa que por su falsedad sistemática, tiene pocos paralelos en la historia de las democracias en tiempos de paz; todo acabó en que muchos estadunidenses (las encuestas que he visto varían entre un 42 y un 56%) quedaron convencidos de que Saddam Hussein estaba involucrado directamente en los ataques del 11 de septiembre del 2001. Esto dio al llamado a la guerra en Estados Unidos una cualidad peculiarmente pesadillesca. Es como si toda la verdad sobre el Golfo de Tonkin, en vez de ir saliendo en partes durante la década siguiente, hubiera sido asequible del todo y de manera abierta todo el tiempo —y la intervención de Estados Unidos en Vietnam hubiera ocurrido de cualquier modo.

Y mientras que el lugar de Saddam Hussein en la demonología estadunidense significa que un truco así no sería fácil de repetir, la profunda ignorancia del público estadunidense de los asuntos internacionales en general, y del mundo musulmán en particular, significa que tal truco por ningún motivo es imposible. Esto no se trata sólo de que la cadena televisiva Fox, los despachos numerosos y cada vez más enfurecidos de los medios, la Coalición Cristiana y el lobby israelí están todos dedicados a atizar el odio contra los árabes y los musulmanes.

Más importante es el hecho de que la aceptación, por la mayoría de los estadunidenses, de la adscripción de Bush del terrorismo simplemente al “Mal” —y el fracaso vergonzoso de demasiadas elites estadunidenses para desafiar esto—, significa que ahora es difícil al extremo conducir cualquier discusión pública seria sobre las amenazas desde el mundo musulmán en términos que serían aceptables o incluso comprensibles para un público estadunidense masivo. Añadamos a esto las restricciones severas a cualquier discusión honesta sobre el rol de Israel, y en esta área uno tiene al menos una situación de debate público cercana a aquella que describía Marcuse. Y. por supuesto, todos estos peligros empeorarán en gran medida si, Dios no lo quiera, Estados Unidos sufre otro ataque masivo terrorista en los años por venir.

Porque si los planes de los neo-cons dependían sólo del apoyo consciente de la masa estadunidense al imperialismo, los neo-cons estarían en efecto condenados al fracaso. El impacto fatal del “9/11″, sin embargo, ha sido el de darles a los imperialistas estadunidenses la fuerza añadida del nacionalismo herido —un fenómeno mucho más profundo, mucho más popular y más peligroso, fortalecido en el caso estadunidense por el nacionalismo israelí de gran parte de la comunidad judía estadunidense—. Cualquier ataque posterior sobre tierras estadunidenses sólo inflamará aún más este nacionalismo, y fortalecerá el apoyo para “desquites” aún más agresivos y ambiciosos. Los terroristas pueden esperar que acabarán socavando la voluntad estadunidense de pelear, como lo hizo el Vietcong; pero bien pueden estar subestimando tanto la tenacidad como la crueldad de muchos estadunidenses cuando —con razón o sin ella— sienten que fueron atacados directamente. La capacidad del elemento nacionalista o “jacksoniano” en la tradición democrática estadunidense para la crueldad extrema —como por ejemplo en los bombardeos de Japón y Corea del Norte, ninguno de los cuales había atacado a civiles estadunidenses—, es algo que ha hecho ver Walter Russell Mead, y es algo que expresó de modo más reciente un ex soldado estadunidense, hoy profesor en el LSE. MacGregor Knox, con las siguientes y escalofriantes palabras:

(Los europeos) pueden creer que el orden natural de las cosas tal y como lo perciben —restringir el poder estadunidense mediante la sabiduría europea— triunfará tarde o temprano. Pero tales expectativas son ilusorias. Es claro que aquellos a quienes les parece aterrador el Islam militante es porque nunca han visto una democracia militante.

Cierto, Estados Unidos podría verse socavado por una prolongada guerra de guerrillas en la escala de Vietnam. Sin embargo, me parece improbable que tal guerra de guerrillas puede montarse en el Medio Oriente —a menos de que Estados Unidos invadiera a Irán, punto en el cual todas las apuestas y predicciones saldrían sobrando—. En vez de eso, los ataques contra Estados Unidos serán por la vía del terrorismo —y si van dirigidos contra territorio estadunidense, y si utilizan algún tipo de armas de destrucción masiva, entonces, lejos de desmoralizar a la población estadunidense pueden atizar en ella la locura chovinista.

Para entender las reducidas oportunidades de una exitosa guerra de guerrillas contra los Estados Unidos (descontando con mucho, por supuesto, que no hay selvas en el Medio Oriente), uno debe recordar que la dominación de los imperios europeos coloniales creados por la superioridad militar occidental del siglo XIX, fue eventualmente destruida por tres factores: primero, el desarrollo de la tecnología militar que en parte equilibró las distancias entre los ejércitos occidentales y los insurgentes “nativos”: de modo notable, el rifle automático, la granada y los explosivos modernos. Segundo, el desarrollo de ideologías modernas de resistencia, ya fueran comunistas, nacionalistas, o una combinación. que en su momento produjeron los cuadros y las estructuras para organizar la resistencia; y tercero, el hartazgo de parte de las poblaciones y elites “metropolitanas”, surgido en parte del cambio social y cultural, y en parte de la conciencia en ascenso de que el imperio directo no pagaba en términos económicos.

La guerra de guerrillas contra Estados Unidos es ahora algo mucho más difícil de lo que era, debido a dos innovaciones muy poco dramáticas pero de enorme importancia: los chalecos y los cascos a prueba de balas soberbiamente efectivos y ligeros, los cuales hacen del soldado estadunidense y británico casi el equivalente de los caballeros medievales en términos de protección; y el equipamiento con visión nocturna que le niega a la guerrilla la ayuda de su más vieja amiga y aliada, la oscuridad. Por supuesto, estas dos ventajas estadunidenses pueden ser contrarrestadas; pero, como están las cosas hoy, pasará un tiempo largo antes de que las diferencias se equilibren de nuevo. Por supuesto, siempre son atacables los aliados locales de Estados Unidos, pero los que mueren entre ellos apenas son registrados por la opinión pública de los Estados Unidos. Cada vez más, por tanto, “el arsenal asimétrico” sugerirá el movimiento hacia el terrorismo.

A esto lo sugiere también la ausencia o el fracaso de los partidos revolucionarios guiados por cuadros trabajando para movilizar a las masas. Los islamistas pueden tener éxito en esto, a pesar del destino desilusionante de la revolución iraní. Pero, en lo que respecta a los nacionalistas, esto ya se intentó en el pasado: lograban expulsar a los colonialistas y a sus clientes locales, y luego seguía un fracaso miserable para modernizar a los estados en cuestión. Argelia es un ejemplo particularmente espantoso y trágico al respecto: una rebelión terriblemente salvaje pero también genuinamente heroica contra una forma particularmente indignante de colonialismo, que eventualmente condujo a un estado independiente tan podrido y tan fracasado del todo que gran parte de la población eventualmente dio el viraje hacia la revolución islámica.

Y ahora esta revolución también está desacreditada, sobre todo en el más grande de los países en que triunfó, a saber, Irán. Los estados árabes han sido un fracaso en su desarrollo económico, político y social, y también han fracasado señaladamente a la hora de unirse. Cuando lo han hecho así por razones de guerra, han sido derrotados.

En Irán, donde Estados Unidos está presente de modo directo, la rebelión masiva contra Estados Unidos puede ser posible. En todas las otras partes, la respuesta de masas más probable a la última derrota árabe parece ser una posterior oleada de desesperación, desilusión y aislamiento hacia la vida privada y hacia la “emigración interna”. En algunos casos afortunados, esto puede conducir a nuevas políticas islámicas con el foco puesto en las reformas genuinas y en el desarrollo democrático —algo que hemos visto en Turquía—. Pero en el mundo árabe es igual de probable un cinismo que sólo alimente más tendencias a la corrupción y a la opresión. Y añadiría: y una tendencia a la emigración hacia Occidente, pero por supuesto que el efecto “9/11″ ha hecho esto todavía más difícil, incluso para las elites educadas.

Pero si de hecho esto resultara ser una tendencia de la mayoría, siempre habrá una minoría que es muy orgullosa, muy radical, muy fanática o muy amargada —escojan lo que sea— para un curso tal de las cosas. Ellos son los reclutas naturales para el terrorismo, y es probable que su número no haya hecho más que aumentar con la reciente victoria estadunidense. En particular, lo que debemos temer no es sólo el fortalecimiento del terrorismo islámico, sino también la reaparición del terrorismo nacionalista secular, no sólo entre los palestinos sino entre los árabes en general.

Lo que temo por tanto no es que la administración Bush vaya a adoptar de manera consciente todo el programa imperialista neo-conservador. Temo más bien a si los neo-cons y sus aliados no contribuirán por su cuenta a las tendencias que surgen inexorablemente de la ocupación estadunidense de Irak y a las reacciones de los estados de la región, y a que el resultado será un círculo vicioso de más terrorismo y más guerras.

Si esto es así, entonces es probable que el daño mutuo infringido en el tiempo por Estados Unidos contra el mundo musulmán y por los musulmanes contra Estados Unidos y sus aliados —incluyendo la Gran Bretaña— sea horrendo. Ya demostramos que podemos destruir a los estados musulmanes. Ni siquiera el más feroz de los ataques terroristas hará esto a los estados occidentales; pero, si continúan por años y décadas, ciertamente tienen una buena oportunidad de destruir la democracia en Estados Unidos y en cualquier estado asociado con los Estados Unidos. n

* Se da el nombre de bantustanes a los territorios ocupados por Israel en referencia a los territorios de población negra autoadministrados pero sometidos al régimen racista de Sudáfrica. (T.)

Su Problema

SU PROBLEMA

POR CARLOS CASTAÑEDA FLORES

Cuando yo nací, mi papá tenía veintisiete años.

Nunca había salido de México y ya se había casado por lo civil.

Estudió ingeniería química, pero no se había recibido.

Fue activista en las brigadas estudiantiles de 68.

El 2 de octubre en Tlatelolco no alcanzaron a llegar. Se hizo tarde.

Mi mamá quiso detenerse a pagar una deuda en una librería.

Al llegar a Nonoalco ya se oían ambulancias y disparos.

Ese día se quedaron en una cantina

cerca del Caballito, hasta que las sirenas dejaron de oírse.

Meses después, mi papá fue detenido.

La policía lo encarceló. Lo incomunicaron.

Nunca me ha contado qué pasó.

   Nunca he preguntado.

Dicen que lo confundieron con un

 guerrillero que tenía el mismo apellido.

                

                II

Yo tenía seis años cuando mi papá

se separó de mi mamá

Y se fue de la casa.

 Mi mamá dice que no se divorciaron,

mi papá dice que sí.

Nadie tiene un acta de divorcio.

Entonces vivíamos en un departamento

en Coyoacán.

No tengo recuerdos de mi papá en casa,

 El era una visita.

Los fines de semana, me recogía en la casa

de mi mamá,

íbamos a la ciudad satélite.

 Recuerdo el periférico como un sitio familiar,

Pasé muchas horas, encerrado en el auto,

Atrapado en el tránsito, siempre amenazado

Por la lluvia y sus inundaciones, mi papá

Manejaba un auto azul, mientras yo jugaba

a ser piloto de avión.

Quería irme.

Una noche soñé que me secuestraban.

Era un robachicos disfrazado como si fuera

mi papá.

 Desperté con miedo.

El sueño era un deseo.

Quería irme.

                        III

No sé cómo pasó, no me acuerdo.

Un día mi papá volvió a casa,

no por mucho tiempo.

Era como un intento de reconciliación,

y fracasó.

Cuando nació mi hermana,

él ya no estaba,

otra vez.

Mi papá ya tenía como treinta y cuatro

o treinta y cinco años.

Mi hermana nació en noviembre

y él ya se había ido en definitiva.

Mi mamá tuvo el propósito de contarme.

(Según su versión, yo no lo recuerdo.)

Una noche habló conmigo o quiso hablar

conmigo.

Yo le contesté que ése era su problema.

Yo no quería escuchar.

Yo no quería saber.

(No soy un poeta,

No entiendo de flores, no

“comprendo a los ríos”.

Ahora mismo ignoro

Cómo llamar por su nombre a ese desdichado

 insecto que vuela sin descanso ni destino

con el secreto designio de competir

con mi ansiedad.

Cómo podría ser poeta

Si nada comprendo de ríos,

 Nada percibo más allá de lo evidente)

Hasta ahora desconozco la historia completa.

¿Quién la conoce?

No sé bien por qué se separaron.

Hubo otra mujer, repite el coro.

Se llamaba Elia.

Una tarde hurgando en el librero encontré

una carta.

Siempre puedes encontrar algo oculto

en las páginas de los libros: dinero, flores

aplastadas, oritos, recados de la compra,

una carta, notas de tintorería, una confesión

para un hijo.

                      IV

Ya tengo treinta y dos años.

Estoy casado, no tengo hijos.

Vivo temporalmente en Chicago.

 La depresión ronda mi casa.

A la mano hay paxil, wellbutrin o adepsique,

a veces no es suficiente.

(Escogí un matrimonio infeliz, como

el de mis padres,

sólo para probarles que el matrimonio

no es para mí.

Cito de memoria a un escritor inglés)

Mis padres siguen separados.

No recuerdo que se pelearan ni que gritaran

en casa.

Tardé mucho en aprender a leer.

Una psicóloga del lenguaje me ayudó.

Aprendí las letras en mi espalda,

Ella dibujaba signos y yo inventaba el sentido.

(La muerte viene desde adentro,

carcome,

Asciende desde el esqueleto y asoma

        su rostro cadavérico

 Pero al tocar la tierra

retorna

como ceniza)

                        V

Mi familia guarda secretos como otras,

pero de manera diferente:

Sin misterio, sin suspenso.

 Como si todos, para vivir necesitáramos

conservar intacto, al menos, un secreto.

Mi mamá no conoció a su padre.

Tampoco se atreve a preguntar.

Pero no es miedo.

Ha olvidado cómo hacer esa pregunta.

(Eso creo).

Mi abuela custodia el silencio como si tal cosa,

como si no hubiera ninguna razón para saberlo.

(El día de mi boda

Un amigo escribió un epitalamio,

Con una advertencia retórica

Sobre los peligros de casarse.

Eran palabras de Chejov:

“Si tienes miedo a estar solo,

Mejor no te cases”)

Un poema está en el inicio,

El borrador de un texto prepara el final.

(El mar abandona a las olas en la arena,

Su espuma es “una forma de haber amado”)

         VI

Tal vez es mejor así.

No hurgar en la vida ajena, no abrir atajos

en la memoria,

Quizá por eso mi mamá ya ha renunciado

a preguntar, como si no hubiera ninguna razón

para remover el olvido.

Simplemente ignora cómo preguntar.

Yo tampoco abrigo muchas preguntas.

No tengo ya ninguna duda.

VII

Aquello fue su problema. n

Ni Un Dedo de Un Niño

 NI UN DEDO DE UN NIÑO

 POR JULIÁN BARNES

 TRADUCCIÓN DE ROBERTO DIEGO ORTEGA

Una victoria en sólo tres semanas, relativamente pocas bajas de la coalición y ahora, por fin, incluso bailes callejeros. Entonces, pregunta Julián Barnes, ¿quienes nos opusimos al conflicto en Iraq nos equivocamos?

De modo, pacifista, que has perdido. Te lo advertimos. Claro, no fue con toda exactitud la gran barata bélica a la que habíamos apostado. Los iraquíes no se levantaron en rebelión como lo anticipamos, las flores que se arrojaron fueron un poco tardías, pero eso sucedió sólo porque subestimamos lo aterrados que estaban. Aun así, una campaña de tres semanas con unos doscientos muertos de la coalición; el final está cerca y los iraquíes danzan sobre estatuas derribadas. En breve, tus colegas pacifistas pueden comenzar a llevar ayuda y la construcción del país puede iniciar. ¿Oigo acaso un chasquido de júbilo?

¿De modo que crees que ya ganaste, belicista? Por favor considera esto. El lunes en la tarde, tus muchachos creyeron que habían ubicado a Saddam en un restaurant. Un avión de Estados Unidos dejó caer ahí cuatro bombas muy inteligentes de 2,000 libras. La noche siguiente, el noticiero de la BBC mostró un cráter enorme y su corresponsal dijo que nadie que hubiera estado en ese lugar podría salir con vida. De acuerdo con Peter Arnett el corresponsal despedido por la NBC, el restaurant que había sido el objetivo se conservaba intacto, y en cambio tres casas vecinas quedaron reducidas a escombros. De acuerdo con la mayoría de la gente, Saddam escapó. Cuando le preguntaron al respecto, Torie Clarke, vocera de la defensa de Estados Unidos, dijo, tajante: “No creo que eso tenga mucha importancia. No pierdo el sueño tratando de resolver si él estaba ahí”.

No sé cuánto del párrafo anterior —además de la declaración de Clarke, la cual escuché de su boca— sea verdadero. Es probable que se acerque a cierto modelo de verdad, y es posible que con el curso de los años pueda surgir una versión puntual: ¿qué tan cierta era la información, qué tan preciso fue el bombardeo, cuántos fueron asesinados y cuántos de ellos eran civiles? Lo que sé, es que si yo fuera Clarke pensaría que sí debo perder el sueño un poco. Si yo fuera Clarke me preguntaría sobre mi ciudad natal en Estados Unidos y qué tan segura podría ser ante un ataque terrorista. Porque si sus palabras, con su petulancia brutal, me resultaron impactantes, habría que imaginar su efecto en alguien cuyo padre, hermano, hermana, amigo o conocido murió por ese ataque. ¿Acaso dirían: “fue un sacrificio que aceptamos con felicidad ya que, después de todo, ustedes intentaban matar a Saddam Hussein”? No: yo dudo que reaccionarían de esa manera.

Al comenzar la guerra yo intenté imaginar, como otros, cuál podría ser la mejor solución. ¿Una guerra breve con bajas aisladas y Saddam desalojado sin dolor? Pero eso podría significar sólo que Rumsfeld y compañía penetraran con sus tropas hacia Damasco y Teherán, centros de intransigencia reconocida y maldad clasificada. Una guerra lenta, horrible, con tantos angloamericanos muertos que los líderes de ambos países admitirían que las invasiones por cuenta propia, vistas por los neutrales como neo-imperialismo, eran sencillamente impracticables. Y eso equivaldría a desear la extinción de centenares, tal vez miles de tropas y aún más civiles. Una disyuntiva imposible de resolver. Así las cosas, ¿hay alguna solución intermedia? Bueno, lo que hemos obtenido es una solución intermedia. Suficiente para que algunos la consideren una magna victoria profesional, y otros un baño de sangre innecesario y vil.

No obstante, hay otro cálculo que se halla implícito. La guerra depende del apoyo público interno. El apoyo público depende en parte de disfrazar la realidad de la guerra (de ahí el alboroto hipócrita por la “exhibición” de prisioneros) y de calcular hasta dónde es aceptable la muerte. Entonces, ¿cuál sería la mejor fórmula para marcar los puntos del juego? Es posible que alguien, en algún lugar, un maquiavélico experto en mercadotecnia o en estadística de los daños esté haciendo precisamente esto. Empecemos con la unidad básica: un soldado iraquí muerto vale un punto. Dos por un muerto de la Guardia Republicana, tres por uno de la Guardia Republicana Especial o un fedayín. Y aumentar así hasta la cabeza del régimen: 5,000, digamos por El Químico Alí; 7,500 por cada hijo de Saddam; 10,000 por el tirano en persona.

Ahora el descenso potencial en la desmoralización. Por un civil iraquí muerto: si es hombre, 5 puntos menos, si es mujer 10, si es niño 20. Por un soldado de la coalición muerto: reduzca 50 puntos. Y luego, lo peor de todo (pues enfatiza la vacuidad y el azar de la guerra), un soldado de la coalición muerto V por fuego amigo: reduzca 100 puntos. Por otra parte, 1,000 puntos a favor por cada incidente que en un par de años sea capaz de hacer surgir una película reconfortante de Hollywood: sea testigo de Salvando al soldado Lynch.

Según esta contabilidad, la guerra es un éxito. Y la televisión ha reflejado más o menos los valores de este marcador: filme en un hospital a un niño vendado, sangrante, aterrado, y el tiempo al aire se garantiza; con qué despreocupada indiferencia, también, se han descuidado los indicadores. ¿Cómo se presentó a la milicia de Iraq? a) con una enorme inferioridad en armamento; b) como columnas imprudentes que salen, impetuosas, a convertirse en presas fáciles del ataque aéreo (aunque sin duda la expresión “tiro al pato” fue proscrita con prudencia); c) como sujetos experimentales para probar la supervivencia a bombas de fragmentación; d) como “fanáticos leales”, o sea, los que luchan todavía, a pesar de su enorme inferioridad en armamento; e) como prófugos en calzoncillos.

El regreso de los cadáveres británicos obtuvo una cobertura televisiva en gran escala: el féretro cubierto por la bandera, el saludo del príncipe Andrew, el movimiento en las faldas escocesas de los soldados que escoltaban las carrozas fúnebres de sus compañeros caídos. Enseguida, el rostro de cada soldado muerto aparecía en la pantalla, a veces en una borrosa foto doméstica en color, con la relación de la esposa, la prometida, los hijos: el golpeteo sobre las emociones. ¿Y los soldados iraquíes? Ellos sólo están muertos. The Guardian nos contó con detalles provechosos cómo el Ejército Británico transmite las malas noticias a las familias. ¿Qué sucede en Irak? ¿Quién le transmite a quién? ¿Acaso las noticias llegan a su destino? ¿Uno tan sólo espera que su hijo, conscripto de 18 años, regrese o no regrese a casa? ¿O recibe los pequeños pedazos que subsisten después de que él ha sido pulverizado por nuestras valientes y novedosas armas? No hay muchas equivalencias de esta guerra, pero uno puede estar seguro de que la equivalencia del sufrimiento existe. Aquí vienen los fabricantes de viudas, apunta el clamor mientras avanzan nuestros tanques. Aquí vienen también los reclutadores involuntarios de Al-Quaeda.

Con toda la cobertura, yo no sé qué he visto. Los periodistas incrustados [en el ejército] han trabajado, en efecto, desde el punto de vista militar. Esto no es por menospreciarlos y ellos han padecido, en proporción, mucho mayores pérdidas que los militares. Sin embargo, lo mejor que pueden hacer es suministrar filmaciones, que no es igual a decirnos lo que sucede en realidad pues ellos, y nosotros, dependemos de los voceros oficiales. Además, los periodistas deben ser aprobados. La televisión francesa difundió un documental sobre periodistas que, por no ser aprobados, no habían tenido acceso. La televisión británica nos permite suponer que recibimos tanta información, y tan auténtica, como es posible dadas las circunstancias.

Pero en tiempos de guerra somos aun menos capaces y estamos menos dispuestos de lo acostumbrado a vernos como nos ven los demás. Para nosotros, la guerra consiste en tropas de la coalición, Saddam, tropas y ciudadanos iraquíes, con pequeñas participaciones de los kurdos y Turquía. Durante los primeros días de la guerra vi un reporte en un noticiero de la televisión francesa que me dijo — creo— que Estados Unidos había cerrado su embajada y centro cultural en Pakistán; digo “creo” porque nunca lo vi confirmado. La reacción del mundo árabe en extenso se ha cubierto de manera esquemática, como diciendo: vamos a simular que esta es una lucha localizada, sin repercusiones más amplias, y eso será. Un amigo mío que trabaja en la televisión pronto advirtió que no estaba recibiendo todo el cuadro y contrató por seis meses Al-Jazeera. Sólo cuando su esposa le preguntó dónde había aprendido árabe, él se percató de esta grieta en su decisión. No obstante, su instinto había acertado por completo.

Mientras Bagdad cae en la contienda armada convencional, yo sigo recordando aquel mantra en boca de Jack Straw: “nuclear, química y biológica”. Lo repetía una y otra vez cuando buscaba reunir apoyo. Por tanto, lo “nuclear” debía suceder al reporte de la inspección de Naciones Unidas. Así que debía aplicarse a los otros dos villanos. Como algunos, yo creí (no, “tenía muchísimas ganas de creer” es lo más cerca que uno llega en este mundo de demandas y contrademandas) en la opinión de Scott Ritter: que si los iraquíes aún conservaban algún material maligno, éste ya tenía tiempo de haber caducado y haberse convertido en gel para el cabello. Incluso así, el intento de comprobar que Iraq tenía armas químicas y biológicas provocando a Saddam para que las usara contra las tropas de la coalición sugería una apuesta grotesca por parte de Bush y Blair. Ahora nos dicen que el pérfido bastardo se las ha llevado a Siria. (¡Hey, vamos a invadir Siria! Entonces él podría llevárselas a Irán. ¡Podríamos revisar ahí después!)

La cuestión pacifista previa a la guerra se planteaba así: supongamos que Saddam destruye todas sus armas mañana, ¿invadimos de todas formas, por motivos humanitarios? No puedo imaginar que hubiera demasiados gritos que dijeran: “Sí, por favor”. Pero eso, en retrospectiva, puede ser lo que hicimos, o lo que tendremos que esforzarnos en reclamar como lo que hicimos y por consiguiente lo que hemos intentado. ¿Les parece una guerra humanitaria? ¿Son “impacto y pavor” compatibles con “pensamiento y corazón”? En los inicios, un efectivo de infantería de Estados Unidos fue captado al responder al fuego, sombrío, en una duna de arena y al dirigirse hacia la cámara para quejarse: “Es como si no se dieran cuenta de que estamos aquí para ayudarlos”. Qué extraño que no se dieran cuenta.

Durante las tres últimas semanas he recibido correos electrónicos de amigos de diferentes partes del mundo. Casi sin excepción, expresan su incredulidad ante la postura de nuestro primer ministro. “Podemos entender a Bush, vemos con exactitud de dónde viene, no nos sorprenden sus burdas limitaciones ni sus burdas ambiciones. ¿Pero qué pretende su Blair? En apariencia, es un hombre civilizado, inteligente. ¿Qué cree que hace? ¿Y qué diablos supone que va a obtener con eso?” ¿Petróleo? ¿Contratos para la reconstrucción? Es difícil. En cuanto a lo que cree que hace: para mí, explico, es una mezcla de idealismo equivocado (descubrir una causa moral para la guerra donde ni los obispos anglicanos ni el Papa —expertos en moral que Blair aceptaría— pueden ver alguna) y pragmatismo equivocado: cree en realidad que la conquista militar de Iraq reducirá la posibilidad del terrorismo.

Esa es la Guerra de Blair y como él nos lo ha recordado, la historia será su juez. Ya que todos nosotros estaremos muertos cuando llegue el tiempo de la historia, tres momentos clave de Blair deberían ser examinados. El primero sucedió mucho antes de que la guerra estuviera a debate. En la Cámara de los Comunes, el primer ministro fue interrogado sobre Iraq y respondió con un destello satisfecho: “Saddam está en su jaula”. En su momento sólo advertí la crudeza de la expresión, que explica por qué la frase perduró. Lo que pocos de nosotros advertimos en ese entonces fue que los autodesignados guardianes del zoológico se reservaban el derecho de dispararle a la bestia.

Más tarde vino el asunto de la segunda resolución de Naciones Unidas. ¿Recuerdan que se les dijo que no iríamos a la guerra sin la segunda resolución? Qué pronto sobrevino el desliz. En la marcha del 15 de febrero contra la guerra, uno de los temas de conversación era la forma en que Blair mismo, al parecer, había modificado su punto de apoyo: si no obtenía una segunda resolución, tendría que elegir entre recuperar su promesa al pueblo británico o regresar a su amistad con Bush. Pronto conocimos su elección, que indujo un tercer momento clave. Cuando empezó a ser acusado con demasiada frecuencia de ser el perro faldero de Bush, Blair contestó, por el contrario, que si Bush se mostraba medroso en relación con Iraq, él mismo, Blair, lo iba a presionar con más firmeza para entrar en acción. No es un ejemplo típico de nuestra “influencia restrictiva”.

En fin, pacifista, ¿te sientes feliz ahora que la paz ha llegado? No, porque creo que esta guerra, como fue concebida y justificada, no ameritaba siquiera que un niño perdiera un dedo. Al menos, ¿te sientes feliz de que el régimen de Saddam haya terminado en efecto? Sí, por supuesto, como cualquier otro. ¿Y encuentras alguna incongruencia en esto? Sí, aunque menor a las incongruencias de tu posición.

Y para corresponder, belicista, tengo dos preguntas para ti. ¿En verdad crees que el pasmoso bombardeo de Irak, televisado en vivo por todo el mundo árabe, ha vuelto más seguros a Gran Bretaña. Estados Unidos y la ciudad natal de Torie Clarke frente a la amenaza del terrorismo? En ese caso, permíteme recordarte otra declaración de tu líder de guerra, Mr. Blair. El nos dijo, con toda seriedad, que una vez eliminado Saddam sería necesario “hacerse cargo” de Corea del Norte. ¿Ya entraste en calor para el siguiente, el ataque humanitario contra Pyongyang?

© Julián Barnes 2003. n

Antes y Despues de Irak

ANTES Y DESPUÉS DE IRAK

UNA CONVERSACIÓN CON FELIPE GONZÁLEZ

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

No cabe duda de que el terrorismo internacional es una amenaza seria.

Hay una oportunidad real, y no una oportunidad a costa de los demás, sino en contra de lo que piensa Estados Unidos: un mundo multilateral, multipolar. Este texto es parte del programa televisivo Zona Abierta que transmitió la televisión mexicana a principios de abril.

Héctor Aguilar Camín

¿Cuáles son las consecuencias visibles a corto plazo de la guerra en Irak?

Felipe González

 Estamos ante un error dramático de este grupo relativa o fuertemente fundamentalista que rodea al presidente Bush y que lo ha convencido de que puede conseguir la paz americana. Esto puede llevarnos a un caos internacional sin precedentes. Ahora: hay que tomar en serio las cosas que dice Bush. El no estar de acuerdo con él y con este error que está cometiendo, no significa que no deba tomarse en serio. Sé que este hombre habla con un propósito muy determinado de guerra larga, y cuando habla de guerra larga habla de la guerra contra el terrorismo, que es una amenaza real, o contra las armas de proliferación masiva. No está hablando de la guerra de Irak, porque la guerra de Irak siempre la concibieron como una guerra corta. Por tanto tenemos una postguerra complicada: primero, van a ocupar Irak, y esto no se hace con menos de 100,000 marines. Pero más allá de lo que pueda hacer la ONU; más allá de la composición de estas fuerzas ocupadoras, estas fuerzas no garantizan la estabilidad de un país. Fracasaron en el Líbano, por ejemplo. Vamos a asistir a una presencia que yo creo que no puede ser inferior a dos años, de 100,000 gentes sobre el territorio, con un gobierno militar estadunidense, y civiles que vayan preparándose para una sustitución futura. Esto es lo que va a ocurrir desde el punto de vista de la presidencia. Pero Powell, siendo Powell realmente el tipo más sensato de ese grupo, ha dicho que seguirán contra Siria, y luego contra Irán.

Héctor Aguilar CamíN

Si Estados Unidos se implanta, como pretende implantarse, con un protectorado militar, desde ahí empezará a lanzar advertencias y quizá campañas contra los vecinos hostiles.

Felipe González

Ya lo está haciendo, pero no puede imaginar, en la complejidad de esas zonas, el riesgo en el que se está metiendo. Y nos está metiendo a todos. Yo no estoy de acuerdo con una pax americana, con una política de un imperio que impone su ley; pero, todavía por encima de eso, lo que me preocupa es que esa política va a fracasar. Estados Unidos puede ganar una guerra o tres, pero no puede ganar las condiciones de la paz. Ni está en condiciones de hacer eso. Desde la Segunda Guerra mundial nadie ha consolidado una conquista territorial: ni los franceses en Vietnam. ni franceses y británicos en su aventura de Suez: ni los norteamericanos fueron capaces de ir sustituyendo a los franceses en Vietnam; ni los soviéticos fueron capaces en Afganistán.

Héctor AguilAr Camín

Absolutamente de acuerdo. Pero lo que Estados Unidos tiene en la cabeza son los casos exitosos: Mac Arthur en Japón, que entra a saco sobre un país destruido, desbaratado, y lo reconstruye; el Plan Marshall para Europa.

Felipe González

Por favor, está bien, incluso los explican, y eso es parte de mi preocupación. Nos ofrecen el escenario de una postguerra mundial, luego nos dicen que estamos en una guerra mundial. El problema es: esto acabará así; no me cuente sólo como acabó, sino qué pasó en el recorrido y cómo empezó.

Héctor Aguilar Camín

¿Hay riesgo de una guerra mundial?

Felipe González

Ya estamos en un conflicto mundial. No le podemos llamar “guerra mundial” en el sentido de las alianzas tradicionales de la primera ni de la segunda guerra mundial. Ha habido una fractura política, diplomática. Incluso en la OTAN. La imagen de la OTAN ocupa todo el espacio del Atlántico Norte, pero también tiene un pacto con Rusia, e incluso con Turquía parecería que hay un pacto civilizatorio, digámosle “occidental-oriental”, o si no judeo-cristiano, en un país que juega a occidentalizarse como Turquía desde la revolución de Ataturk. Si la OTAN se estrena en esa nueva estructura y composición en un conflicto con lo que no es ese pacto civilizatorio, es decir, sea un país del Islam, árabe o no árabe, ya están definidas las líneas de conflicto del siglo XXI. Afganistán todavía no se ha estabilizado y ahora el conflicto pasa por Irak. ¿Cuál es la esperanza de los estrategas de Washington? Estos nuevos fundamentalistas creen que cuando hagan dos demostraciones como la de Irak, el resto se va a alinear y se pondrá a las órdenes de Estados Unidos. Pero la amenaza terrorista contra la que lucha Estados Unidos tiene poco que ver con personajes como Saddam o Kadafi; poco que ver con el Estado-nación en el sentido tradicional. Hay una amenaza terrorista seria, pero lo que hace Estados Unidos para luchar contra la amenaza terrorista provoca más terrorismo y por tanto no disminuye la amenaza, y como no disminuye la amenaza, es imposible que ese objetivo no se vuelva contra ellos. Hay 1,200 millones de musulmanes, de los cuales sólo el 24% son árabes. Las líneas de fractura que se producen son muy complejas, y mira Afganistán, que consideraba a los árabes de Bin Laden como extranjeros, y sigue por Pakistán o por Indonesia, India, con 185 millones de musulmanes. El mundo actual no es gobernable imperialmente. Pero ellos quieren gobernar el mundo, quieren una paz americana, y la desgracia para ellos y para el resto es que vamos a pagar dos facturas: una, depender de una paz americana, de un imperio, cuyo principio básico es: estás conmigo o estás contra mí. Y dos: como no lo van a conseguir, vamos a vivir en un caos internacional permanente. No acepto un clima de paz imperial; pero el problema es que tampoco lo van a conseguir.

Héctor Aguilar Camín

¿Cuál es la factura por la quiebra de la política internacional? La ONU, que también se fracturó con Francia y Alemania, ha quedado detrás de las acciones de Estados Unidos.

Felipe González

Es inconcebible que la ONU funcione, digamos, alineándose estrictamente para la estrategia de Estados Unidos, es contradictorio con la propia proclamación de principios que hacen todos los días de la democracia, la libertad, el respeto a las diferencias de unos y de otros, esa proclamación de principios se expresa en la ONU. La ONU está ya concebida por Estados Unidos para tareas menores, no para las tareas para las que fue concebida de garantizar la paz y la seguridad. Pero habrá un intento de recomposición que no me parece mal, de cierto papel de la ONU en el post-conflicto. Voy a contar una cosa: los rusos ofrecieron sacar a Saddam antes de empezar la guerra. La operación no cuajó porque, para Estados Unidos, sacar a Saddam no era más que un elemento que facilitaba la ocupación sin resistencia. Bush dijo: ustedes sacan a Saddam, muy bien, se lo agradecemos, pero nosotros ocupamos el territorio. La determinación de ocupar y administrar Irak no está en cuestión.

Héctor Agolar Camín

¿Qué consecuencias serias anticipas por esta fractura de la alianza Europa- Estados Unidos?

Felipe González

Las alianzas que tienen un sentido histórico y que tienen un calado, una profundidad, nadie las debe abandonar sin un gravísimo riesgo de que ese desencuentro lo deje aislado frente a su propia aventura. Por tanto, yo creo que eso es muy malo para Europa y muy malo para Estados Unidos, igual que es muy malo para Estados Unidos no cuidar una relación con América Latina de manera especial y respetando, además, cuál es la personalidad y la opinión pública de América Latina. Cuando pase esta guerra es posible que baje el precio del petróleo y que suba la bolsa, pero los inversores globales ¿dónde van a ir? Los inversores globales norteamericanos ¿a qué lugar del mundo van a ir? Para ellos cierta oportunidad de futuro está en América Latina, y América Latina pierde relevancia porque no es una amenaza para Estados Unidos. Puede que su relevancia resulte de eso, de que no son una amenaza, pero Estados Unidos tampoco puede castigar demasiado a la opinión pública ni con demasiada arrogancia. Con América Latina. Estados Unidos debe buscar alianzas en el sentido más profundo del término: de cooperación, de una relación más amistosa y de mejor entendimiento. Por eso me preocupa la fractura europea y la fractura de opinión pública latinoamericana. Por eso me gustaría decirle a la gente en América Latina o en México: yo estoy radicalmente en contra de esta estrategia: pero por favor, no la confundan con Estados Unidos. Es sólo la estrategia del señor Bush y de un grupo de ideólogos que la han colocado aprovechando la conmoción espantosa del 11 de septiembre. Pero no lo confundamos, no estemos en una actitud antiestadunidense porque dentro de diez años el mundo de los hispanos, particularmente el de los mexicanos, va a tener algo que decir sobre quién es presidente de Estados Unidos. Por tanto, no perdamos de vista nuestra propia proyección, nuestros propios intereses y nuestros propios valores, que en buena parte compartimos mucho más con Estados Unidos que con el señor Saddam Hussein o Bin Laden.

Héctor Aguilar Camín

Alguna vez dijiste que México y América Latina tienen una enorme oportunidad histórica frente a Estados Unidos, en términos de un plan estratégico conjunto de seguridad, no sólo en lo que se refiere a la seguridad militar, a la seguridad policial o a la seguridad pública, sino a la mutua conveniencia de poner todos los factores en orden. Puede decirse: tenemos más cosas que construir que diferencias.

Felipe González

Esa idea se está reforzando. Lo que pasa es que a uno le cuesta trabajo salirse del debate al que inducen las imágenes de los muertos. Cuando Estados Unidos habla de reconstrucción no dejo de pensar que allí hay un cierto componente de obscenidad. Ahora bien, no cabe la menor duda de que el terrorismo internacional es una amenaza seria, y que los espacios donde se pueda combinar seguridad y libertad serán los espacios donde se producirán situaciones de bienestar, crecimiento y desarrollo. Hay una oportunidad real, y no una oportunidad a costa de los demás, sino en contra de lo que piensa Estados Unidos: un mundo multilateral, multipolar. América Latina juega un papel estratégico, por ejemplo, en materia de seguridad y energética, y para el propio ejercicio de las libertades; y tiene, además, un capital humano imprescindible para el conjunto del continente. ¿Cuál es el problema? La atención de Estados Unidos no está en América Latina, ni siquiera en Europa, por tanto, está distraído, atendiendo otras cosas. Estados Unidos deberá concentrarse en saber qué pasa, en cómo reconstruye su espacio económico. En el momento en que eso empiece a tener peso, mirarán para América Latina, a la que no sólo han descuidado distraídamente, sino castigado estúpidamente.

Héctor Aguilar Camín

Hablas de irrelevancia como amenaza de América Latina frente a Estados Unidos, pero eso puede ser justamente el valor en el futuro una vez que baje el conflicto; quizás Estados Unidos verá en México y en América Latina la zona de oportunidad que efectivamente es.

Felipe González

 Es una zona muy buena para la paz y para el desarrollo, muy buena, a pesar de que la proximidad, desde el punto de vista de la concepción del mundo, siempre da una relación de recelo o de rechazo. Pero en el fondo compartimos más de lo que nos divide o nos separa, cosa que no se podría decir de Indonesia con Estados Unidos. Si esta es una zona de paz, y habrá pocas como ellas en el mundo, tiene un potencial de crecimiento de 6 o 7 puntos, y si ahora me pongo en el lugar de un norteamericano: ¿dónde voy de vacaciones, dónde puedo invertir sin tener ese rechazo fóbico que se produce en todo el mundo islámico, en todo el extremo oriente? Lo repetiré una vez más: no confundamos la estrategia de la administración Bush con las necesidades de un pueblo que, entre otras cosas, es un pueblo que tiene 20 millones de mexicanos y la primera minoría hispana. Por tanto hay que preparar eso, hay que mejorar el capital humano, hay que mejorar la seguridad, y hay que ser concientes de la importancia estratégica que América Latina tiene para la paz, muy superior a la que se le atribuye. Brasil, por ejemplo, ¿por que creen que los bonos brasileños se han puesto al 80% de su valor en pocos días? Brasil tiene sus cuentas complicadas pero es más seguro que el resto el mundo; y no digamos México que tiene las cuentas absolutamente aseadas, ahora la está pasando mal el país, y parte del crecimiento es por las exportaciones de petróleo, pero México sigue siendo un país extraordinariamente atractivo para la inversión externa, y para la interna también.

Héctor Aguilar Camín

¿Cómo ves a México en esta coyuntura? ¿Qué piensas que puede suceder con relación a Estados Unidos en los meses que vienen?

Felipe González

No creo que a Estados Unidos le guste que México mantenga una posición autónoma respecto del conflicto que estamos viviendo, pero no creo que deje de comprender la importancia que para México tiene mantener esa posición respecto de su propia cohesión política y social interna. No creo que lo deje de comprender. Dicho eso, es verdad que tampoco dejará de comprender la importancia que tiene la relación entre México y Estados Unidos en algo que es inexorable; el presidente Bush puede incluso no identificar quién es el presidente de Indonesia y ni saber dónde queda en el mapa, pero no puede hacer eso con México. Estados Unidos y México comparten demasiadas cosas y demasiado importantes como para no hacer un esfuerzo recíproco de entendimiento, incluso cuando hay un desentendimiento como éste, por interpretarlo de alguna manera. Por parte de México también hay que ser conciente de eso, yo comprendo la irritación de la opinión pública; no sólo comprendo, siento lo mismo. Pero hay que cuidar esa relación. En México es mucho más evidente: nuestros intereses son norteamericanos en el sentido del Norte, y nuestra identidad es latinoamericana en el sentido del Sur. Hay que poner en valor las dos cosas; no confrontarlas. n

Sola la Fifa Permanece y Dura

SÓLO LA FIFA PERMANECE Y DURA

POR JOHANNES BURGOS

Vendrán y caerán guerras e imperios, Romas y Cartagos, civilizaciones y tribus; sólo la FIFA permanece y dura.

Este redactor no incurrirá en la cursilería de retomar ese momento de la guerra en Irak en que soldados británicos jugaron una cascarita contra soldados iraquíes para preguntar, acto seguido, con filosofía Barbie: ¿no podrían dirimir sus conflictos de esta manera, con un balón y pacíficamente? Pero debe empezarse por algo así para hablar de cómo en estos tiempos el futbol parece ser lo único que convoca un acuerdo universal.

Sin ir más lejos: a la FIFA nadie podría hacerle lo que le hicieron a la pobre ONU. Estados Unidos podrá ser todo lo unilateral que sea, pero con la FIFA, se sienta. (Perdón por este símil ya menos alburero que belicoso.) Estados Unidos de ningún modo podría arriesgarse a retirar su registro en la FIFA y hacer, digamos, su propia organización de futbol. (Dije futbol, no futbol soccer. ¿Hay otro? pregunta el globo entero.) Estar fuera de la FIFA es estar, de veras, aislado del mundo. Por supuesto que la FIFA está compuesta por una partida de fenicios, a cuyo consejo general lo integran quizá las únicas nueve o diez personas en el mundo a las que en realidad no les gusta el futbol. No son hermanas de la caridad. Pero, bien visto y por ejemplo, la FIFA ha sido más eficaz en la lucha contra el racismo que otras organizaciones mundiales. O bien, no es de dudarse que la FIFA tenga corrupción dentro de ella misma; pero Azerbayán tuvo el pasado mes de abril la peor condena mundial en su muy reciente historia: la FIFA desafilió a este país por corrupción en sus cuentas futbolísticas. ¿Qué hará ahora ese pobre pueblo de Azerbayán, aislado del mundo?

Hablemos incluso del nuevo cisma de Occidente y de cómo sólo el futbol es lo que mantiene unida a Europa, con un ejemplo.

Antes y durante la guerra de Irak, el antigalismo en Inglaterra no fue menor al antigalismo en Estados Unidos. Quizá los únicos franceses no increpados fueron los muchos futbolistas que juegan en la Premier League, empezando por los cinco o seis del equipo Arsenal y, sobre todo, su entrenador, Arsene Wenger. Los ingleses podían boicotear un Chateau Lafitte 1965, pero no un Patrick Vieira (nacido en 1975).

Recordemos también que la orgullosa Albión, no inventora, pero sí, digamos, la que metió al futbol en su proceso civilizatorio al darle reglas al, antes de eso, tan pedestre afán, estuvo aislada del mundo puesto que creía que su endogámica asociación de futbol era suficiente. No fue así; Inglaterra resultaba sólo una isla ignorada antes de incorporarse a la FIFA.

Vendrán y caerán guerras e imperios, Romas y Cartagos, civilizaciones y tribus; sólo la FIFA permanece y dura. n

Irak en dos momentos

Ofrecemos dos momentos de Hans Magnus Enzensberger sobre el conflicto en Irak. El primero era lateral al conflicto; apareció en Der Spiegel y muestra cautela ante la actualidad mundial. El segundo apareció semanas después, el 15 de abril, en el Frankfurter Allgemeine Zeitzung. Con él Enzensberger rompe el silencio y expone las razones por las cuales apoya la caída de Saddam Hussein y la guerra en Irak.

I. “Los americanos tampoco saben más”

En 1939, su colega Bertolt Brecht escribía indignado en un poema: “¡Qué tiempos son éstos en los que hablar de árboles es casi un crimen porque implica callar sobre tantas atrocidades.’”. Sus nuevos poemas no tratan solamente, como el título lo sugiere, de nubes, sino también de copos de nieve, hojas, vacas y estrellas. ¿Casi un crimen?

Hoy es al revés: no hablar de árboles es casi un crimen. Sabemos que la biosfera no se encuentra bien: en esa medida la defensa de los árboles, de la naturaleza, es un deber —si es que a fin de cuentas quiere asignársele un deber al poeta—. Me resisto a aceptar prescripciones sobre lo que un poeta debe o puede hacer.

“La historia de las nubes” es el título intermedio del último de los seis capítulos. En tanto título de la colección completa, que también contiene textos sobre asesinos, amantes científicos y moribundos, da la impresión de que la naturaleza se ha vuelto más importante para usted que la política…

Estamos obsesionados por los problemas diarios, pero la historia humana no es la única. El mundo es más grande que lo que aparece en la primera plana de los diarios. Es necesario tomarse la libertad de ver las cosas desde un punto de vista algo menos limitado. El discurso moralizante de un Jean-Paul Sartre — ¿pero cómo pueden escribir poemas cuando en África mueren tantos niños de hambre?— siempre me ha parecido extraño. De acuerdo a ese principio deberíamos cerrar los centros comerciales, ya que, en vista de la miseria en el mundo, resultan por lo menos tan obscenos como los poemas o. más aún como los poemas sobre nubes.

¿Es para usted la nube una figuración simbólica del poema’

¿O sea que el poeta vive en un castillo construido en el aire?

Todos, alguna vez, cuando niños, contemplamos las nubes acostados sobre la hierba y experimentamos una sensación de libertad. Ello encierra un momento onírico en que el inconsciente habla. A ello se agrega la inaudita capacidad de transformación propia de las nubes. Las nubes, aun para la física, que no ha logrado todavía desentrañarlas, son un fenómeno enigmático y tentador. Sin contar que el hombre les debe el agua, el fuego y la electricidad. Sobre ellas sólo deberían poder hablar los poetas y los científicos. Ningún diario puede publicar un titular sobre las nubes.

¿El otrora cáustico Enzensberger abraza ahora la apacible profesión de lírico de la naturaleza?

La división en lírico de la naturaleza, lírico del amor y crítico social me parece extraña. La poesía es omnívora. Todo lo que experimentamos o vivimos puede convertirse en tema de la poesía. En mi libro encontrará poemas sobre teología y cuchillos de pescador, sobre botones y terroristas. Hay también un poema sobre mi mujer.

Y también uno sobre las papas. Acerca de su mujer podemos leer: “Me asombra que ella esté casi siempre ahí donde yo casualmente me encuentro”. Un asombro que nos sorprende.

¿Por qué? Se trata de un método, de un legítimo truco poético, el asombrarse. No hay que tomar las cosas como lo hacen los periodistas, que toman las cosas tal y como se les presentan. Por cierto que no sólo me asombro frente a cosas bellas como las nubes, sino también frente a extrañas monstruosidades como el terrorismo.

Uno de los poemas sueña con darle una “tortura eterna al tirano”: que “en lo sucesivo mejor cultive remolachas”. ¿Puede una relación más íntima con la naturaleza, así fueran remolachas volver más pacífico al hombre? ¿O, al menos, consolarlo cuando sufre a causa de la violencia de la historia?

No puede proporcionarse consuelo como con un vendedor de jabones. No pretendo hacer de la naturaleza algo idílico. En uno de mis poemas dos asesinos de Ruanda ven un arcoíris doble y bajan por un instante los cuchillos. Después siguen matando. De lo que para mí se trata es exactamente de lo pérfido, lo contradictorio, de nuestra experiencia. Pero, sea lo que sea, la naturaleza relativiza la violencia humana —las nubes sobrevivirán millones de años al hombre—. No es nada necesariamente consolador. La Madre Naturaleza que idolatran los Verdes puede ser muy cruel. La belleza de la naturaleza es frecuentemente una puerta batiente hacia el horror. El plomo nos ayuda a producir hermosísimos vasos, pero al mismo tiempo es un veneno letal; la estrella de Belén ilumina, pero después se la cosieron a los judíos en el abrigo.

En cierta ocasión polemizó contra la locura de la movilidad concluyendo que “debajo del árbol de peras de la casa” era el lugar más acogedor — ¿un arrebato a lo Biedermeier? ¿una mirada al mundo “con la espalda vuelta al presente”, como dice en otro lugar?

Un poco de distancia respecto a las cosas y uno mismo no hace mal. Yo antes era un poeta vociferante y estridente. A mi edad se tienen otras fuerzas y opiniones. Alguien de más de sesenta años que usa pantalones de mezclilla y zapatos tenis me parece ligeramente ridículo. A mí me gusta ser un poco asincrónico. Quien se entrega sin reservas al “espíritu de su tiempo” es un pobre diablo. El vicio innovador de la eterna avantgarde tiene algo de castrante. Esa actitud era pieza de museo ya en 1958.

Aun así a usted se le considera la más novedosa vanguardia.

Ese papel se le adscribe a uno durante un tiempo, y luego prescribe.

¿Son sus poemas sobre las nubes también una polémica secreta contra las habladurías del Zeitgeist en relación con el peligro de guerra actual?

Quizás en la medida en que digo: lo que aparece en el periódico no es toda la realidad. De pronto, todo se pone blanco y tenemos frío —eso no sale en el periódico, cuando mucho, la nive aparece cuando provoca una catástrofe—. La reforma del sistema de salud, la reforma del sistema de jubilaciones, los horarios de apertura de las tiendas, todo el circo en Berlín, Bush y Saddam Hussein —no puede ser que eso sea todo.

Y al día siguiente vuelve a escribir un ensayo político sobre Saddam, a quien comparó con Hitler un artículo de 1991.

Hay dos razones que me llevan a evitar participar directamente en el debate sobre la guerra. En primer lugar, todas las soluciones reconocibles para ese problema son malas. En segundo lugar, cuando no estoy seguro de algo, mejor me callo la boca. Las posiciones llanas de sí o no me parecen bastante simplistas. Además, sé muy poco sobre la sociedad iraquí. Lo que me temo es que los americanos tampoco saben más. No, en esta ocasión oigo lo que los otros dicen.

Y mejor contempla el cielo.

Digámoslo de esta manera: mi libro por lo menos invita a ver más allá de la cotidianidad, más allá del estado de cuenta. Dirigir la mirada al cielo nos enseña a ser más serenos y modestos. Todos tenemos la tendencia a considerarnos demasiado importantes. También por eso es que hay guerras. Importancia, prominencia, fama —son trampas en las que no quiero caer.

—Traducción de Salomón Derreza

II. Epílogo a la guerra

En la entrevista que ofrecemos líneas arriba, Hans Magnus Enzensberger expone las razones por las que evitó aventurar, al botepronto, una opinión sobre la guerra en Irak. “Cuando no estoy seguro de algo, mejor me callo”, dijo. Semanas después, Enzensberger rompió el silencio. El 15 de abril, el Frankfurter Allgemeine Zeitung publicó “Libertades ciegas. Epilogo a la guerra en Irak” (que dos días después reprodujo el diario El País). Enzensberger no oculta su irritación por la circunstancia, especialmente llamativa, “de que muchos alemanes hagan suya la retórica del appeasement (apaciguamiento), como si jamás hubieran vivido bajo un régimen totalitario”. Los estadunidenses quieren un Oriente Medio a su imagen, pero Enzensberger no deja de subrayar el hecho de que “Rusia y Francia tienen enormes intereses económicos en Irak, no en última instancia en el negocio del petróleo y de las armas, y Alemania ha destacado durante años por sus exportaciones de armas a Irak”.

Las frases iniciales del ensayo no arrojan dudas sobre la posición de Enzensberger: “Una de las pocas alegrías profundas que depara la historia es el fin de los déspotas, trátese de que pierdan su poder o de que mueran. La caída de sus estatuas, la destrucción de sus imágenes simbolizan ese momento”. ¿Por qué, entonces, la desconfianza de una buena parte de la intelectualidad alemana? “No es la primera vez”, dice Enzensberger, “que las arrugas de la preocupación que surcan la frente alemana demuestran ser precipitadas”. Fueron precipitados los juicios sobre el futuro “inconmovible” de la RDA, fueron precipitadas las condenas al sindicato polaco Solidaridad, al que se consideraba “un peligroso perturbador de la paz”. Lo mismo pasó con la Unión Soviética, vista como “un coloso inexpugnable al que sólo provocaban los estadunidenses y otros combatientes de la guerra fría”. “¡Qué extraño y también qué molesto, para mucha gente de izquierda, que el coloso resultara tener los pies de barro! También se hubiera querido tratar con guante de seda a la Serbia de Slobodan Milosevic, por mor de la paz sacrosanta; cualquier intervención en los Balcanes amenazaba con provocar un incendio de incalculables proporciones. ¡Y qué decir de los talibanes! Quien les atacara se echaría encima a todo el mundo islámico, una imagen apocalíptica. En el caso de Irak hemos asistido a una unanimidad semejante. Se ejercitó una especie de mirada hipnotizada por el horror en la que el pacifista adoptaba el lugar del conejo ante la serpiente”.

¿Y los muertos?, pregunta Enzensberger. “Según datos iraquíes, 1,300 civiles han muerto en esta campaña: parece que han caído 153 soldados por parte de la coalición. Aunque no se puede aceptar sin más estas cifras, lo que sí está claro es que jamás ha habido una guerra de tales dimensiones con tan pocas víctimas”. El interés por Irak y por sus víctimas contrasta “con la ceguera frente a otros hechos”: en todo el mundo arrastran una existencia fantasmal otras treinta guerras, frecuentemente mucho más crueles”.

Las palabras de Enzensberger tienen un destinatario que ha cobrado fuerza en estos días: “los animados por la paz”. “Cuántas veces, y con cuán poco resultado, se ha repetido que el código de la política no coincide con el de la moral. Muchos de los que se indignan no logran captar esa distinción. Su peculiar postura timorata va acompañada de una altivez moral que maravilla. Quizás ése sea el motivo por el que su crítica desprenda un tufillo específico. El fariseísmo y la hipocresía alcanzan, antes o después, a la mayoría de los que protestan”.

Podemos estar seguros, dice Enzensberger, y contra aquellos que objetan que las tradiciones religiosas y políticas de la región no hacen posible el establecimiento de la democracia en Irak, que un régimen como el de ese país “tiene poco que ver con las formas tradicionales de dominio en el mundo árabe; este es, en el más fatal de los sentidos, moderno, y debe algunos elementos decisivos al modelo de la Alemania nazi y de la Unión Soviética”. ¿En qué se semejan? El terror que ejerce un sistema totalitario “no es sólo de tipo físico; no se limita a la tortura y al asesinato. Un dominio de este tipo provoca pérdidas de sustancia humana que se dejan sentir decenios después de su fin. Empieza con la expulsión y huida de los mejores, una pérdida de la que una sociedad jamás se repone totalmente”.

No parece que los alemanes, concluye Enzensberger, entiendan la diferencia entre el sistema político de Estados Unidos y el de Irak. “La mayoría no ve que haya razones suficientes para poner fin a la tiranía de Irak”. De hecho,  resulta muy difícil aceptar todo paso decisivo para acabar con ella. “Tampoco el final de la dictadura en la Alemania oriental fue del agrado de todos los habitantes del país. Admitamos que la gratitud no es una categoría política. El hecho de que Alemania fuera salvada por los aliados occidentales y de que sin ellos el muro seguiría hoy en pie no permite esperar ninguna clase de agradecimiento. En cualquier caso, sorprende la falta de memoria que se manifiesta aquí. Sin embargo, en este contexto quizá no hiciera daño un poco más de valor para la libertad, un ápice menos de arrogancia.     n

Pregón de Sevilla

Yo fui un niño sin Fiesta. Creciendo en Santiago de Chile, Buenos Aires y la capital norteamericana, Washington, todas ellas ciudades sin corridas de toros, hube de esperar a mi regreso a México, siguiendo las peregrinaciones diplomáticas de mis padres, para ver mi primer espectáculo taurino.

Mi suerte no pudo ser mayor. Una tarde del año de 1945, me estrené como taurómaco principiante, villamelón certificado y al instante entusiasta aficionado, viendo torear en la Plaza El Toreo a Manuel Rodríguez “Manolete”.

No conocía aún los nombres propios de cada instante de una faena magistral.

Más si alguno de mis sentidos artísticos aún dormitaba, esa tarde asoleada en la ciudad de México despertó en mí un tropel de emociones estéticas que iban del asombro a la admiración, a la duda misma que semejante entusiasmo me procuraba, al irresistible clamor de la multitud que con un solo, enorme alarido, tan vasto como el océano mismo que separa y une a España y México, coronó la faena de Manolete, el arte del torero y el coraje de su contrincante el toro llamado “El Gitano”.

Los adjetivos, igual que el aplauso, acudieron pisándose los talones a mi mente y a mis labios.

Fuentes

Manuel Rodríguez Manolete, se ha dicho tanto, era una figura que El Greco había dejado escapar de un cuadro de santo o guerrero. La larga y esbelta figura mística tenía la cabeza en un cielo reservado, acaso, para los grandes maestros de la tauromaquia, pero esa misma figura espiritual poseía un atractivo físico, sensual, de masculinidad, si no agresiva, ciertamente agradecida de sus atributos, subrayados por la ceñida elegancia del traje de luces. Mística y erótica a la vez, la figura de Manolete tenía, sin embargo, o asimismo, los pies bien plantados en la tierra. Si su figura parecía imaginada en el cielo tormentoso de El Greco, sus pies decían que no había otro cielo que éste, la tierra, la tierra de arena y polvo del genio popular de España, la tierra pródiga de la única gran cultura europea cristiana, árabe y judía, el redondel privilegiado de los tres monoteísmos que como el rey San Fernando en su tumba sevillana, reza para siempre en árabe y latín, castellano y hebreo. Manolete de pie en el mismo campo del Quijote, el redondel de La Mancha, el territorio manchego y manchado en el cual no es posible distinguir la sangre derramada de la sangre renovada.

Vida y muerte, eso vi aquella tarde de mi primera corrida viendo lidiar a Manolete en México.

Vi la vida y la muerte del matador y del toro.

Vi el emparejamiento de dos heroicidades: la del diestro y la de su contrincante animal.

Vi el símbolo de la interminable contienda entre la naturaleza que quisiera abrazarnos hasta sofocarnos con su gigantesco amor materno y la voluntad humana de establecer el espacio —la arena— separados de la ciudad —la polis, la civitas— al abrigo de la pura fatalidad natural.

Vi la escenificación de la angustiosa condición humana ante la naturaleza: ser absorbidos por ella o dominarla. Y dominarla de qué manera, explotándola destructivamente o respetándola, sabiendo, como sabía esa tarde en México Manolete, que él iba a morir y el toro iba a sobrevivir… no como un presagio de la tragedia de Linares apenas dos años más tarde, sino en la gran corrida universal que simboliza la fiesta taurina. El torero, al cabo, es el que perece y el toro, al cabo, es el que sobrevive…

Viendo lidiar a Manolete en México, aquel lejano domingo de hace ya más de medio siglo, me di cuenta de la más profunda relación del alma hispánica y el alma mexicana.

Mexicanos y españoles tenemos el privilegio, pero también la carga, de entender que la muerte es vida. O sea: todo es vida, incluyendo a la muerte, que es parte esencial de la vida.

No es nuestro el pudibundo eufemismo norteamericano “he passed away”, pasó para no decir murió. Con razón exclamó un día Cagancho: “¿Hablar inglés? ¡Ni lo mande Dió!”. Con mejor razón irónica, reza la inscripción de una tumba en el Cementerio Brompton de Londres: “Aquí yace Lady Wilson. Pasó de la ilusión de la realidad”.

Aunque tampoco es nuestra cierta serena racionalidad francesa que dictamina: “Partir es morir un poco”, a fin de no determinar que: “Morir es partir un poco”.

No: mexicano es el poema náhuatl que nos dice:

¿Es verdad, es verdad que se vive en la tierra?
No para siempre aquí: somos un momento en la tierra…
¿Es que en vano venimos, pasamos por la tierra?
Cese por un momento la amargura,
¡Aun por un momento disipemos la pena!
Al menos cantos, al menos flores:
Esfuércese en querer mi corazón.

No: español es el soneto inmortal de Quevedo que nos dice:

serán ceniza, mas tendrán sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado

al cual hace eco el verbo novohispano de Sor Juana Inés de la Cruz:

¿Quién pensara que cómplice en tu muerte
fuera, por no callar, tu propia vida?

y si suena a desafío el corrido revolucionario mexicano de La Valentina,

Si me han de matar mañana,
que me maten de una vez,

esa vez, en la suprema elegía taurina de García Lorca, es un largo sueño sin fin:

 Por las gradas sube Ignacio
 con toda su muerte a cuestas…
 Y su sangre ya viene cantando:
 ¡Oh blanco muro de España!
 ¡Oh negro toro de pena!
 ¡Oh sangre dura de Ignacio!
 ¡Oh ruiseñor de sus venas!

El blanco muro de España se fundió en México con el gran muro azteca de las calaveras, el Tzompantli, y se mestizaron dos universos sacrificiales —ambos rituales, pero uno sacrificio humano para aplacar a los dioses y renovar con sangre el renacimiento del día; el otro sacrificio simbólico para representar y salvar del olvido o la indiferencia la tensión entre hombre y natura—. Ya el 13 de agosto de 1529, ocho años después de consumada la Conquista, y en el día de San Hipólito, se establece oficialmente la fiesta de toros en la ciudad de México, confirmando la aparición natural de la corrida descrita por Hernán Cortés en la Quinta Carta de Relación al rey Don Carlos: cuando “otro día, que fue de San Juan [llegó un mensajero], de vuestra sacra majestad, estando yo corriendo ciertos toros y en regocijo de canas y otras fiestas…”.

Esos “toros ciertos” a los que se refiere Cortés los trajo a México don Alonso García Bravo. Dos hechos notables se le deben a este alarife que llegó a México en expedición mandada por Francisco de Garay, a la sazón, gobernador de la entonces española isla de Jamaica.

Sobre las ruinas de la capital azteca, Tenochtitlan, García Bravo trazó la ciudad hispano-mexicana, la ciudad de México y realizó, igualmente, el trazo urbano de la espléndida ciudad de Oaxaca.

Pero además de ser el primer urbanista de la Nueva España, fue García Bravo quien trajo los primeros toros bravos a México, toros de Navarra pasando por Cuba y apacentados en la ganadería de Atenco, cercana a la capital mexicana y la más vieja del continente americano.

La unción del primer virrey de México, don Antonio de Mendoza, en 1535, fue ocasión para lidiar más de cien toros y el virrey Luis de Velasco gustaba de lancear y dar capotazos en corridas de hasta ochenta toros. Nota bene: en esos siglos del Virreinato de la Nueva España, no se mataba a los toros.

Se suceden en la ciudad virreinal mexicana los cosos taurinos: plaza del Marqués en el siglo XVI, seguida de las plazas de El Volador, San Diego, San Pablo y las Vizcaínas, culminando con la de Chapultepec en 1713 e iniciando, en 1769, la primera temporada taurina formal y periódica, no exenta de accidentes.

Tomás Venegas “El Gachupín Toreador” y Pedro Montero, encabezaban la cuadrilla de a pie; Felipe Hernández “El Cuate” la de a caballo. Montero y su garrochero “El Capuchino” resultaron heridos, “El Capuchino” murió y su viuda recibió 24 pesos siendo el precio del toro que lo mató de diez pesos. Hablo del siglo XVIII preinflacionario.

Después de la Independencia en el siglo XIX hay un estira y afloja de amigos y enemigos de la tauromaquia, conflicto disipado por la aparición de dos grandes diestros. El español Bernardo Gaviño, maestro iniciático de la tauromaquia moderna en mi país, y Ponciano Díaz, el primer gran matador mexicano, protegido de Gaviño. celebrado a plaza llena en todo México con el grito de ¡Ora Ponciano!, grito de alegría, ánimo, expectación y victoria, que lo llevó a recibir la alternativa madrileña de manos de Frascuelo en julio de 1888 y un año más tarde, la alternativa de la muerte que también le dijo al oído, “Ora Ponciano…”. Dejó detrás un redondel alfombrado de rosas y sombreros y un dato histórico: azuzado por el gentío en la plaza de Orizaba, en vez de recibir avanzó a matar, se perfiló en corto y hundió la espada hasta el puño en el hoyo de las agujas: es el primer volapié conocido en la historia de México, ejecutado por un diestro, cosa rara, con gran bigote prezapatista.

“Ora Ponciano” y luego, ya en rápida y fabulosa sucesión, y a pesar de los paréntesis revolucionarios entre 1910 y 1920, primero el reino de Rodolfo Gaona, el “Califa de León”, el “Petronio del Toreo”, presentado el 1 de octubre de 1905 en la plaza El Toreo de México y filmado ya, a sus morenos veintidós años, desplegando el lance que lleva su nombre, la gaonera, que es cuando el toro embiste al engaño y el torero mantiene un lado del capote sujeto con una mano y el otro extremo lo detiene con la otra mano, cuyo brazo extiende al embestir el toro para darle salida por ese lado, cargando la suerte.

La gaonera, identificada para siempre con el “Califa de León”, es lo que en España, me ilustra mi gran amigo, gran escritor y antiguo juez de plaza de la Monumental México, don Ignacio Solares, se llama el lance delantero que se ejecuta con el capote cogido por detrás. España conoce a Gaona el 31 de mayo de 1908 en la plaza de Tetuán de las Victorias, recibiendo la alternativa de Manuel Lara “Jerezano” y compartiendo cartel, en numerosas ocasiones, con Belmonte, “El Gallo” y Sánchez Mejías. Y su faena clásica se la sacó en la Maestranza a “Desesperado” en 1912.

No sé si habrá sido en una corrida de El Toreo en 1921 y con Gaona en la cumbre, cuando se sentaron lado a lado el presidente de México, el general Álvaro Obregón, y el ilustre escritor gallego que nos visitaba, don Ramón del Valle Inclán. Uno y otro eran mancos. De don Ramón, se cuentan —y él se encargó de abundar, con la ayuda de Ramón Gómez de la Serna— tantas fábulas sobre la pérdida del brazo, que juntas todas forman una novela entre macabra y picaresca: que si don Ramón se cortó el brazo porque no había carne para el puchero; que si lo perdió tratando de forzar la recámara de una mujer esquiva; que si él mismo se mutiló para distraer a un león que le perseguía; que si se lo arrancó el bandido mexicano Quirico en un campo desolado. Lo más probable es que lo perdió en una riña en el Café de la Montaña, entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo, al contestar don Manuel Bueno a una provocación de Valle Inclán con bastón con barra de hierro, incrustando en la muñeca del escritor el gemelo del puño, gangrenado y amputado en consecuencia.

El general Obregón perdió el brazo en la batalla de Celaya del año 1915, donde derrotó a Pancho Villa y sus famosos “Dorados”. Quedó el campo regado de cadáveres y de miembros, entre ellos una extremidad superior de Obregón, hoy conservada en un monumento al sur de la ciudad de México.

—¿Cómo recuperó usted el brazo perdido en la batalla, mi general? —se le preguntó a Obregón.

—Muy fácil —contestó el ingenioso y cínico revolucionario—. Eché una moneda de oro al aire y mi brazo perdido salió volando a cogerla.

De hecho, existe una fotografía en que los dos mancos, Obregón y Valle Inclán, aplauden juntos la faena de Gaona, cada uno con la mano que le quedaba al otro…

Se suceden después de Gaona los grandes diestros mexicanos en España. Destaco a tres de ellos:

Fermín Espinosa, “Armillita”, famoso por su faena en la Maestranza una tarde de 1945, cuando en vez de matar cuanto antes a un toro manso, le brindó la muerte a Belmonte y procedió a la que es considerada una de las más perfectas y osadas faenas de dominio, ganándose las dos orejas, el rabo y la salida en hombros.

Natural de Saltillo en el norte de México, Armillita mató su primer becerro a los dieciséis años de edad, se retiró a los cuarenta y cuatro y llegó a filmar las faenas atribuidas a Tyrone Power en la segunda versión fílmica de Sangre y arena de Blasco Ibáñez. Tyrone sabía seducir, como Juan Gallardo, a Doña Sol, Rita Hayworth en aquella ocasión y espléndida belleza de crepúsculo con cuerpo de Venus Pandemus, origen de todas las sensualidades, la Venus bailaora, como la evocó García Lorca, paralizada por la luna.

Si esto, envidiablemente, le tocaba a Tyrone, Armillita tenía, en cambio, que mirar en los ojos del toro su propia muerte, y lo hacía con el desnudo estoicismo coahuilense de los desiertos mexicanos, pues esto era el redondel para Fermín Espinosa: un llano de arena y sangre encajonado entre sierras perdidas.

Silverio Pérez, “El Faraón de Texcoco”, era un hombre de sonrisa alegre y mirada triste. Torero torerazo, lo llamó Agustín Lara en un célebre pasodoble. Muchas veces comí con él. Era hombre de pocas palabras. Su vida cotidiana parecía un mero reposo entre corridas. Y en cada una de ellas, Silverio hacía un milagro. Se presentaba con una indolencia que era la máscara más frágil de su temple taurino. Era como si Silverio necesitara cobijar bajo esa aparente indolencia su decisión, crecida con cada momento de la faena, de salir a poder con el toro. Luego venía el reposo del altiplano de México, allí donde este dulce Anteo azteca hundía las raíces en la tierra natal. No nació el Hércules que lo arrancara de ese suelo nutricio.

Y Carlos Arruza. Ligazón. Temple. Entrega. Unidad de estilo. Nada le faltaba a este mexicano, chilango de la mera capital, pero sobrino del enorme poeta español del exilio León Felipe. Acaso el poeta y el torero, el tío y el sobrino, podían reunirse en la pregunta de León Felipe, “¿Quién soy yo?” y contestar:

¿Has entendido ya
que Yo eres Tú también?

Y ambos, León Felipe y Carlos Arruza, pudieron también decir juntos, como le dice el poeta a la vida, como le dice el matador a la muerte:

Dejadme,
Ya vendrá un viento fuerte
           que me lleve a
Mi sitio.

Fuentes

Como Arruza, con quien tantas veces alternó, Manolete —para cerrar el círculo de mi redondel personal— murió demasiado pronto. Ambos supieron la verdad que dijo El Gallo: “Cada torero debe ir a la plaza a decir su misterio”. Yo quisiera centrar el de Manuel Rodríguez Manolete, su figura estatuaria, su postura invariable, su manera incomparable de citar al natural y ligar los pases, los redondos, las manoletinas, la virtuosidad del estoque…

Pero sobre todo, la heterodoxia o mejor dicho, la herejía de sus faenas.

—Tienes que quebrar la arrancada del toro, Manuel.

—Yo no me tomo ventajas con el toro, madre.

—No son ventajas, recoño, es llevar al toro adonde no quiere y tú puedes lidiarlo mejor.

—Yo no me muevo. Que el toro cargue.

—¿Qué quieres del toreo, hijo?

—Que a todos se les pare el corazón cuando me vean torear.

Y a todos se nos paraba, en las plazas de México. Manolete no era el heterodoxo, era el hereje y hereje significa escoger, el que escoge. ¿Qué escogió Manolete negándose a cargar la suerte? Mirar al toro para mostrarle su muerte. Darle al toro la oportunidad de matar al torero para que ambos —lidiador y lidiado— supiesen que cada uno tenía el rostro de la muerte, que la pelea era entre iguales…

Porque el toreo no es lucha de clases, sino lidia de castas. Acogidos mi esposa y yo a la incomparable hospitalidad de Soledad Becerril y Rafael Atienza en la maravillosa Ronda donde el poeta Rainer María Rilke dijo que allí, en Ronda, había llegado al final de su propia mirada, pues, después de Ronda, “¿qué permanece sino la permanencia misma?”, acaso Rilke pudo convocar, en la Real Maestranza de Ronda, el espíritu fundador de Pedro Romero, matador de casi seis mil toros bravos, que nunca derramó su sangre en la arena y que murió a los ochenta años sin una sola cicatriz en el cuerpo, habiendo establecido las reglas clásicas de su arte.

Fuentes

¿Hay retrato más noble de un matador que el de Pedro Romero por Goya que se exhibe en el Museo Kimbell de Fort Worth? ¿Hay rostro de torero que más claramente nos diga: “Qué duro es ser rival de uno mismo”? ¿Hay perfil que, como el de Pedro Romero de Ronda, con más certeza le dé la razón a El Gallo: “Cada torero debe ir a la plaza a decir su misterio”?

Lidia de castas: cae la noche sobre los inmensos campos de girasoles, imanes del cielo en la tierra andaluza. Se apagan las luces y cuando los girasoles se convierten en giralunas, de noche salen los muchachillos a ciegas, a torear los becerros cuerpo a cuerpo, embarrados al cuerpo del toro, sintiendo el pálpito velludo del animal, el vapor de sus belfos cercanos, el sudor negro de su piel, aprendiendo a torear con miedo, porque sin él no hay buen torero, y con gusto, por lo mismo…

El toro y el torero serán siempre la primera noche de hombre.

El torero y el toro serán siempre el primer sol de la muerte.

El domingo de resurrección culmina la Semana Santa sevillana.

Un pueblo entero ha salido —pueblo de innata aristocracia, de auténtica nobleza popular— a formar el coro de las procesiones, remontándonos a la más remota antigüedad de las fiestas de guardar, los días propiciatorios, las representaciones simbólicas de la vida.

“Fiesta multicolor”, la llamó Ortega y Gasset, fiesta de las generaciones de Sevilla, fiesta de los gremios, cargando descalzos, con ligereza mística, a la Virgen coronada por una tiara solar de rayos como navajas.

Como los coros de las más antiguas ceremonias del Mediterráneo, éstos de Sevilla lo forman ciudadanos que durante todo el año se preparan para desempeñar un papel a la vez íntimo y colectivo.

Íntimo, porque exige una compenetración personal con las palabras y las acciones de la escena.

Colectivo, porque saben que se sitúan en la esfera de la más alta representación de la vida de la ciudad.

Si la tauromaquia es fiesta y es rito, no debe olvidar que sus raíces más antiguas se hunden en la tierra trágica de una humanidad que se sabe a la vez heroica y frágil, que abandona su solar nativo para vivir las grandes epopeyas de la historia y regresa a reconocer que, heroico, el ser humano también es falible. La tragedia clásica purga la falta personal mediante la catarsis de la representación pública. La catarsis nos libera de las faltas individuales mediante la reintegración a la comunidad dañada por nuestra culpa pero restaurada por el padecer mismo que es condición de la moral y la razón recobradas.

El conflicto trágico —nos advierte la gran pensadora andaluza María Zambrano— nace de una destrucción rescatada por algo que la sobrepasa. Fiesta, rito, representación: la tauromaquia pertenece a ese nivel del ceremonial antiguo en el que las faltas de la humanidad —individuo y sociedad— son salvadas por la representación ritual, el acto que es respuesta humana a la fuerza aplastante de la naturaleza, del entorno, del azar. Esta es la hora de la verdad. Para sobrevivir, herimos a la naturaleza. Pero la naturaleza, a su vez, nos acecha y si es tierra pródiga, también es poder envolvente que nos puede sofocar con un abrazo excesivamente maternal y a veces hasta mortal. La dominamos a veces, pero otras, ella nos avasalla brutalmente.

El rito taurino es la más exacta representación del equilibrio posible entre un eterno dilema:

¿Separarnos de la naturaleza para ser hombres y mujeres civiles —civilizados— pero ayunos de la savia terrenal?

¿O sucumbir a un abrazo de la naturaleza que, convirtiéndonos en naturaleza, nos prive de nuestra singularidad humana?

El rito taurino es una de las grandes respuestas a este dilema: abandonar a la naturaleza o someternos a ella. Separarnos de ella o ser devorados por ella.

¿Qué es un rito, al fin y al cabo, sino respuesta humana a las fuerzas aplastantes del cosmos, aplazamiento, conjuro, evocación, llamado?

¿Qué es —específicamente— el rito taurino, sino una manera de devolverle a la naturaleza, porque para ser humanos nos hemos separado de ella, algo que le es propio a la naturaleza misma: la ofrenda de una ceremonia que reconoce el orgullo y la fuerza del entorno físico que, a la vez, nos alienta y amenaza?

Pues, ¿no dota la fiesta brava de orgullo a la naturaleza, reconociendo su valor y su fuerza, exponiendo al hombre al sacrificio a cambio del sacrificio correspondiente de la naturaleza, pero dotando a ambos —toro y torero— de orgullo —no de la hubris que nos ciega ante los límites del ser, sino el orgullo de saberse, cada uno, hombre y naturaleza, toro y torero, en su justo lugar como parte del entorno persona-mundo?

Ofrenda y rito: se trata de términos inseparables.

La fiesta brava es un acto hermanado de saber y de fe. La sociedad separa el conocimiento y la creencia. El rito taurino los reúne: en la fiesta, se sabe porque se cree y se cree porque se sabe.

¿Qué se sabe, qué se cree?

Sencillamente, que se puede perder ganando y ganar perdiendo. La tauromaquia no se engaña ni nos engaña. Es cierto: cada individuo y cada sociedad poseemos un excedente de energía y a menudo no sabemos qué hacer con él. Podemos desperdiciarlo en el daño: la guerra y el crimen. Pero podemos aprovecharlo en el beneficio: el arte, el buen gobierno, la solidaridad social, el valor personal.

La fiesta brava es, a un tiempo, la superación y la representación de esa energía vital excedente. La demuestra en uno de sus extremos: es un arte ritual, no exento de violencia pero que al representarla ritualmente, no sólo la salva de una actualización antisocial, sino que la confirma como renovación de un pacto: la renovación de la vida a pesar de la muerte.

Llego a Sevilla y ando buscando las voces que se creen perdidas. Las busco en las floridas calles con su mezcla insólita de cera y de flores. Las busco en las voces de los balcones, que por muy alto que estén, surgen de los pasillos secretos de Sevilla porque son hijas de la tierra. Las busco en el silencio mismo de las cofradías guiadas por el bastón de plata. Y de entre todas

—silencio de los pies desnudos, índice erguido de la Giralda, y en palabras de Alfonso Reyes, tibieza de las Sierpes, azulejos de las espadañas, palomas heridas en el seno de cada Virgen—, de entre todas vuelven a surgir las voces que creíamos perdidas, las inmortales voces de la Semana Santa sevillana, la voz de El Centeno como alma temblorosa y la voz del cantaor Cipriano, de quien Sevilla dirá siempre:

—¡ Qué pena tenía aquel hombre, cantando!
“En la calle ‘e la Amargura.
Cristo a su madre encontró:
¡no se pudieron hablá
de sentimiento y doló!”.

Hoy, aquí, hay reencuentro y alegría.

Señoras y señores:

Agradezco muy cumplidamente a Don Manuel Roca de Tovores, Conde de Luna, a don Antonio Sánchez Moliní de la Lastra, a mi viejo y queridísimo amigo Rafael Atienza Medina, Marqués de Salvatierra, y a Hugh Thomas, Lord Thomas of Swynnerton, muy admirado y también muy querido amigo tan cercano a mi corazón y al de mi esposa Silvia, por su generosa presentación. Me unen a Hugh Thomas tres tierras, tres devociones, tres historias: las de México, Inglaterra y España.

Aquí nos damos todos las manos, en esta Sevilla donde, como en parte alguna, conviven las Tres Hermanas

—Nacimiento, Amor y Muerte— y en el teatro que lleva el nombre del Fénix de los Ingenios. Lope de Vega, y que cada Semana Mayor repite, Lope, su ruego:

Tomad en albricias este blanco toro
Que a las primeras hierbas cumple un año.

Albricias, pues, a todos, en espera del año que viene y el pregón que se hará eco del mío y de cuantos le precedieron. n

(Núm. 305, mayo de 2003)

El Pacifismo y Bobbio

EL PACIFISMO Y BOBBIO

POR ERMANO VÍTALE

Traducción de Pedro Salazar Ugarte

Este texto fue publicado en la revista Linea d’ombra en julio de 1989 como reseña al libro I1 terzo assente. Saggi e discorsi sulla pace e sulla guerra (Editorial Sonda, Turín, 1989), que recoge diversos artículos de Norberto Bobbio sobre el pacifismo escritos entre 1961 y 1988. La pertinencia de su traducción y publicación en español catorce años después de su aparición original deriva de la persistente actualidad de los problemas, y de la profundidad de las reflexiones de ambos filósofos italianos.

Ante la eventualidad real y completamente nueva de la extinción de la especie humana a causa de una guerra termonuclear, la progresiva elaboración del pacifismo bobbiano inicia con una cerrada crítica a las justificaciones tradicionales de la guerra y se extiende hacia la idea de que los derechos humanos y la democratización de las relaciones internacionales constituyen las premisas indispensables para hacer posible que el planeta alcance finalmente una paz que no se base en el equilibrio del terror: una paz que no sea una tregua entre dos guerras. Nos dice Bobbio: “Las dos grandes dicotomías del pensamiento político, paz-guerra, democracia-despotismo, confluyen una en la otra y nos permiten trazar un cuadro en el que podemos identificar a grandes rasgos las eventuales coordenadas de la historia futura. Mientras el despotismo puede considerarse como la continuación de la guerra en el interior del Estado, la democracia internacional puede considerarse el modo para expandir y aumentar la seguridad de la paz fuera de las fronteras estatales. La llegada de la paz se encuentra estrechamente relacionada con la llegada de la democracia”.

Bobbio piensa que es posible obtener dos signa pronostica fundamentales del proceso global de democratización de las relaciones humanas: la existencia de la ONU, en tanto manifestación de un conatus hacia la solución pacífica de los conflictos internacionales, y, sobre todo, la atención creciente en las sedes más diversas al problema de los derechos del hombre: “en esta zona de luz coloco en primer lugar, junto con los movimientos ecologistas y pacifistas, al creciente interés de movimientos, partidos y gobiernos por la afirmación, el reconocimiento y la protección de los derechos del hombre”. Me parece que es posible rastrear, en esta línea unitaria del pensamiento de Bobbio, algunos acentos y sugerencias diferentes (cambiantes) y, precisamente por ello, estimulantes. ¿Cuál es la relación entre la paz y los otros valores? ¿Cuál es la relación entre pacifismo y ecología? ¿Pacifismo jurídico o pacifismo moral? Estoy consciente de que no es razonable esperar una exposición sistemática cuando se analizan ensayos escritos con tantos años de distancia y con finalidades tan diferentes:1 esta es la explicación más fácil y obvia de las diferencias que he mencionado. Sin embargo, vale la pena dejar de lado los tiempos y las ocasiones en los que dichos trabajos fueron escritos, para detectar algunos puntos de discusión. Eso haré en los siguientes párrafos, podríamos comenzar con una pregunta provocadora: ¿la cultura de la paz no está irremediablemente condenada al fracaso? Como demuestra Bobbio, toda la historia del pensamiento occidental, dejando de lado las exaltaciones explícitas de la guerra como la expresión de la voluntad de potencia que domina al mundo o como una inescrutable voluntad divina, se hace cargo de justificar la existencia y la “legitimidad” de la guerra. Esto vale tanto para las guerras de defensa, las que tienden a reparar una injusticia o las que se combaten en nombre de un valor, como para quienes invocan la dialéctica histórica: la guerra como el momento negativo de una elevada síntesis del espíritu. El propio Hobbes, a quien Bobbio le atribuye el mérito de convertir a la paz en el valor supremo, considera que las consecuencias que derivan de la guerra entre los Estados son menos perniciosas que las que provienen de la guerra entre los particulares, porque los conflictos entre las naciones incentivan la industria de los ciudadanos (cfr. Leviatán, XIII). Ante esta imponente tradición, contamos con los argumentos kantianos de La paz perpetua y con alguna otra obra de menor categoría. No se trata sólo de refutar los argumentos “realistas” que, fundados en la inmutabilidad de la naturaleza humana o en la experiencia histórica, concluyen unánimemente que así ha sido, así es y así será siempre: aumentando la provocación, afirmar “sigues siendo, hombre de mi tiempo, el mismo de la piedra y de la honda”, podría parecer una especie de understatement. De hecho, si nada ha cambiado desde el punto de vista de las intenciones, desde la perspectiva de los resultados, la aguja de la historia nos indica que estamos empeorando. En la realidad, las capacidades destructivas de los hombres han crecido progresivamente: hasta llegar al salto cualitativo de la capacidad nuclear, que ha golpeado con fuerza al pacifismo. Afirma Bobbio: “Se ha señalado correctamente que es posible destruir momentáneamente las armas más mortíferas, pero es imposible devolverle al hombre la ignorancia en que se encontraba antes de que fueran construidas. Aun cuando el hombre no construirá más armas atómicas, sabe cómo hacerlo. Y un día u otro podría recomenzar”.

No se trata nada más de un argumento contra la insuficiencia del desarme como medio para obtener una paz estable: significa que, a partir de ahora, la hipótesis de la autodestrucción tiene el valor de una posibilidad concreta. En estas condiciones: ¿cómo podemos confiar? Aun desmantelando los grandes y pequeños arsenales, basta con una tecnología de realización relativamente simple para que un aprendiz de brujo (no por necesidad una gran potencia) intente golpear por sorpresa. Y, entonces, ¿para qué desmantelar? De hecho, frenar la escalation de los armamentos nucleares actualmente operativos no significa renunciar al perfeccionamiento continuo de la investigación de laboratorio para construir armas cada vez más mortíferas. En otros términos: de ahora en adelante el pacifismo debe convivir con el peligro de la autodestrucción porque la oportunidad para prevenir la enfermedad se perdió en definitiva. Precisamente por ello, hoy más que nunca, una paz que no esté fundada en el terror resulta indispensable para la supervivencia del hombre. Por desgracia, en el momento de valorar la viabilidad y eficacia de los remedios, de los diferentes caminos para la paz, debemos tener presente esta constatación.

Podríamos ir más lejos. ¿El arribo de la paz mundial estable es una condición suficiente para garantizar la supervivencia de la especie? Una respuesta positiva, de frente a las recurrentes catástrofes ambientales y a los problemas globales de protección del planeta, parecería, por lo menos, miope. Bobbio piensa que el asunto de la degradación ambiental es una de las tres preocupaciones más graves de nuestro tiempo —”el aumento cada vez más rápido y hasta ahora descontrolado de la degradación ambiental”— pero en ninguno de sus ensayos2 aborda de forma analítica y amplia las características del vínculo entre pacifismo y ecologismo. Vínculo que puede parecer obvio (no sólo porque la mayoría de los movimientos pacifistas se definen como “ecopacifistas”) por la banal consideración de que ambos registros tienen como común denominador el peligro de la autodestrucción de la especie. Sin embargo, tengo la impresión de que este vínculo es más bien complejo y de que no está exento de aspectos contradictorios. Para empezar: ¿la diferencia entre la elaboración teórica y la sedimentación histórica de uno y de otro tema no constituye en sí un problema? Además: ¿entre el valor de la paz y el de la protección del ambiente no debemos decidir prioridades, realizar “elecciones trágicas”?

El problema de la guerra y de la paz tiene profundas raíces en la experiencia humana y en la historia del pensamiento: a pesar del salto cualitativo representado por la capacidad nuclear (que nos obliga a revisar nuestras categorías interpretativas) la dicotomía paz-guerra puede ser analizada con los instrumentos conceptuales que ofrece la “lección de los clásicos”. En cambio, la cuestión ambiental no parece disponer siquiera de una adecuada tradición teórica: si, como sostiene Bobbio, los buenos argumentos en contra de la guerra no han servido para inducir a los hombres a actuar en consecuencia, en el caso de la ecología ni siquiera contamos con buenos argumentos. ¿Los argumentos contra la guerra atómica valen también contra la destrucción ambiental?

Uno de los mejores argumentos contra la guerra parece ser el siguiente: “si deseas la paz, elimina las causas principales de la guerra: la opresión por la que un pueblo subyugado no tiene más alternativa que la guerra o la esclavitud y la miseria que puede desencadenar la lucha por la supervivencia” (subrayado mío). Eliminar la miseria y alcanzar el bienestar de los occidentales: el anhelo de millones de hombres de los países pobres. Pero este anhelo se traduce con frecuencia en una explotación sin límites de los recursos naturales que en el largo plazo (ni siquiera tan largo) pone en peligro la supervivencia planetaria. El caso del Amazonas me parece emblemático. No podemos estigmatizar una esperanza de bienestar, ni siquiera en nombre de la ecología: a fin de cuentas Brasil no haría otra cosa que seguir nuestros pasos. Pero tampoco podemos ser testigos pasivos de la extinción colectiva. En potencia, la causa ambientalista y la causa pacifista chocan: no es del todo impensable que, rigiendo el principio de soberanía nacional, ante la intransigencia de algunos Estados que podrían incrementar el riesgo de una catástrofe ecológica, el único medio (el mal menor) pueda parecer el recurso de la fuerza.

En polémica con Jaspers, quien sostiene que “la vida como existir, en los aspectos singulares y en el conjunto, puede exponerse y sacrificarse por una vida digna de vivirse”; o sea: que existen valores en sí mismos superiores al valor de la vida (la libertad, la igualdad, este o aquel credo religioso, etcétera) y que la vida carece de sentido cuando no expresa dichos valores, Bobbio sostiene que, ante la guerra atómica, esta alternativa no existe: ¿qué sentido tendría escoger, por ejemplo, “o la libertad o el suicidio universal? ¿Quién obtendría provecho de esta libertad?”. Sin embargo, también Hobbes, para quien la paz es el valor supremo, considera que, bajo ciertas condiciones, el hombre prefiere el riesgo de la muerte que una vida no digna de vivirse: “no se estima que la vida misma, en la condición de un desprecio perpetuo, valga la pena de disfrutarse y, mucho menos, la paz” (Elementos de derecho natural y político, I, XVI, II). Podría objetarse que, en este caso, no está en juego la vida de un individuo sino la supervivencia de la especie: ¿tenemos derecho a decidir por las generaciones futuras? La objeción parece convincente pero no despeja todas las interrogantes. Antes que nada: ¿hasta qué punto es lícito pensar que el chantaje termonuclear funciona?, ¿quién nos garantiza que la catástrofe no vendrá de todos modos y por otras razones? De acuerdo: es mejor carecer de honor, bienestar y de todos los derechos políticos y civiles que estar muertos. Pero ¿vale lo mismo cuando se carece de los derechos humanos más fundamentales, del propio derecho a poder vivir? ¿Quienes ven llegar para ellos y para sus hijos una muerte lenta, segura y palpable, por hambre o por epidemias, pueden preocuparse seriamente por una revuelta terrible y quizá letal? ¿No podrían incluso esperar, por más absurdo que parezca, una especie de palingénesis que desbarate el actual “equilibrio” económico y político mundial?

Desde un punto de vista occidental y, en particular, desde una perspectiva de confrontación entre valores, ideologías y sistemas sociales diferentes quizás es plausible sostener, retomando la conocida frase que se atribuye a Russell, que es “mejor rojos que muertos”. Pero, desde el ángulo visual de un desheredado del Tercer Mundo, ¿qué peso puede tener la amenaza termonuclear? El mismo Bobbio plantea la cuestión: “en el estado actual de la conciencia ética de la humanidad se tiende a reconocer al individuo no solamente el derecho de vivir (que es un derecho elemental y, por así decirlo, primordial del hombre) sino también el derecho a tener lo mínimo indispensable para vivir. (…) Basta con enunciar los términos del problema para que venga a la mente el gran tema de las relaciones Norte-Sur, de la relación entre los países ricos y los países pobres, entre países que consumen lo superfluo y países que carecen de lo necesario, como uno de los grandes problemas de nuestro tiempo”. Debemos superar la perspectiva Este-Oeste del problema de la paz y de la guerra para colocarnos, siguiendo la regla de oro de la moral, en el lugar de aquellos a los que la salvación o el fin del mundo les resulta indiferente: desear la paz significa desear para todos una vida digna de vivirse.

Siguiendo a Anders, Bobbio identifica y enlista cinco comportamientos fundamentales de los hombres ante la amenaza termonuclear: a) los optimistas o los simplificado- res, aquellos que se resguardan en la convicción de que “la guerra atómica es, en efecto, terrible y, precisamente porque es terrible, no sucederá” (equilibrio del terror); b) los realistas o minimizadores que consideran que la guerra atómica es sólo cuantitativamente diferente de las demás (más muertos pero sin extinción de la especie); c) los fatalistas, o bien, todos los que consideran la “solución final” ineluctable, como castigo divino o, darwinianamente, como necesidad natural; d) los fanáticos, que consideran que la guerra es un mal menor en comparación con la pérdida de otros valores (vgr.: mejor muertos que esclavos), y e) los nihilistas para los que la muerte representa un bien porque “el hombre se realiza a sí mismo en la liberación del ser”. Estas cinco actitudes pueden agruparse en dos grandes bandos: uno que abarca a los optimistas, a los minimizadores y, en cierta medida, a los fatalistas, y otro que agrupa a los fatalistas y a los nihilistas. Mientras el primer bando está abierto al diálogo fundado en la convicción común de que la vida es el primero de todos los bienes y la guerra el peor de los males, el bando de los fatalistas y de los nihilistas, echando mano de valores últimos diferentes a la vida, parece impermeable a toda argumentación pacifista. Dice Bobbio: “los valores últimos no se discuten: se asumen. Es difícil persuadir a los promotores de la cruzada contra el totalitarismo de que, recuperando la frase atribuida a Bertrand Russell (pero que él nunca pronunció), mejor rojos que muertos. Es igualmente difícil persuadir al nihilista de que el valor supremo no es la nada sino el ser”.

Aunque no atribuye explícitamente una consistencia numérica a las diferentes posiciones, Bobbio parece considerar que las actitudes dominantes, tanto en la opinión pública como en el ámbito de los “expertos”, son las de los optimistas y las de los minimizadores (y que, por lo mismo, éstos son los interlocutores reales): las frases finales del ensayo Filosofía delta guerra nell’era atómica se dirigen a quienes “han renunciado a darse cuenta con sinceridad, sin falsos ídolos, del mundo en el que viven”. Es cierto, ellos son la contraparte histórica del pacifismo que, mal que bien, acepta la discusión y propone tesis tranquilizadoras en las que también el pacifista quisiera creer. Además, parecen estar conscientes: los optimistas remueven el problema para justificar su inercia, los minimizadores (que con frecuencia coinciden con los “expertos”) lo remueven por deber de oficio. Quizá no es iluso creer que, en estos últimos decenios, se ha dado un desplazamiento desde estas posiciones hacia actitudes pacifistas. Pero podríamos preguntarnos: ¿cuál es el bando dominante? Un número menor de hombres estaría dispuesto a decir “mejor muertos que rojos”, pero ¿cuántos son los que manifiestan una adhesión estomacal a los mensajes de los nuevos o renovados integralismos y fundamentalismos que se suman continuamente, en el tablero mundial, a una ideología de la cortina de hierro que no parece del todo superada? Y, ¿cuántos son los que, cerca de nosotros e incluso entre nosotros, no teóricos refinados, practican un nihilismo ignorante que, en potencia, es indiferencia y cinismo? Desde una perspectiva de paz, parece indispensable (aunque difícilmente realizable) abrir el diálogo con los primeros y reconducir a la vida a los segundos.

Vayamos (redoblando la cautela) a los “remedios”. Naturalmente, partiendo del presupuesto de la plausibilidad de las consideraciones desarrolladas en los párrafos anteriores, es decir: a) que el peligro de la autodestrucción causada por la guerra nuclear (y similares) es una condición existencial que no puede eliminarse; b) que el riesgo ecológico es semejante, si no superior, al de la guerra y que puede ser, potencialmente, causa de graves conflictos internacionales; c) que la paz puede ser el valor supremo sólo para quien está en condiciones (materiales y morales) de vivir una vida digna de vivirse.

Bobbio identifica y discute los remedios a partir de “tres filones principales, dependiendo de que el remedio a la guerra consista en una acción sobre los medios, sobre las instituciones o sobre los hombres”. Filones que deben valorarse racionalmente siguiendo parámetros de viabilidad y de eficacia: “para realizar una elección racional entre las diversas vías es necesario tener en cuenta dos requisitos fundamentales: la viabilidad y la eficacia.

Por viabilidad entendemos la posibilidad razonable de que el remedio propuesto, tomando en consideración la experiencia del pasado y la dirección actual del progreso histórico, sea adoptado; por eficacia entendemos la probabilidad razonable de que el remedio, una vez adoptado, produzca los efectos esperados”. Aun compartiendo la afirmación bobbiana según la cual “un juicio de preferencia, que lleva a la exclusión de ésta o de aquella o de todas a favor de una, sería una tontería”, me parece sensato preguntarnos cuál podría ser la ruta maestra hacia la paz. La primera ruta es la diplomacia del desarme: es indudablemente la más realizable pero, al mismo tiempo, la menos eficaz. No es posible regresar a la “ignorancia atómica”.

Más interesantes resultan las otras dos perspectivas entre las que Bobbio parece oscilar —pacifismo jurídico-institucional y

pacifismo moral— aunque él tiende a inclinarse por la primera. Afirma Bobbio: “entre las respuestas que pueden darse a esta

pregunta, cuyos extremos son la acción diplomática, realizable pero insuficiente, y la educación a la paz, más eficaz pero menos

realizable, yo he preferido, por razones vinculadas con mi formación cultural y por vocación natural a pensar que la virtud está en

el punto intermedio, aquella que apunta a la creación de nuevas instituciones que aumenten los vínculos recíprocos entre los

Estados o el fortalecimiento de las viejas instituciones que han dado buenos resultados”. Nos dice Bobbio que, si bien nadie

puede hacerse ilusiones con que “la constitución de un Estado mundial sea cercana”, esta esperanza se concreta en el hecho de

que la “historia humana tiende irreversiblemente hacia formaciones o constelaciones de Estados siempre más amplias y que una

asamblea permanente de casi todos los Estados de la tierra, aunque aún sin poderes soberanos, ya existe y en ella es lícito

observar una primera, aún imperfecta, representación de un parlamento mundial”. En síntesis: la meta ideal del pacifismo

jurídico-institucional es la constitución de un Estado federal mundial que va más allá del proyecto kantiano de la confederación

de los Estados republicanos. Para que la paz perpetua no sea la paz impuesta por una potencia ganadora que dé origen a un

régimen totalitario de escala mundial, dicha federación presupondrá los requisitos de la democracia y de la homogeneidad

económica de los Estados miembros. Más adelante, Bobbio expresa conceptos análogos, pero con matices más pesimistas, al

reflexionar sobre la figura del Tercero en el sistema internacional: a pesar de algunos resultados positivos alcanzados por la

ONU en su papel de Tercero mediador y arbitro de las disputas internacionales, hasta ahora “falta el único Tercero que podría

sacar definitivamente a la sociedad internacional del estado polémico, el Tercero por encima de las partes”. Pero supongamos

como hipótesis que la federación mundial, así como ha sido delineada, se realice: ¿en verdad se superaría el peligro de los

conflictos y de la “paz imperial”? Quizás estoy atrapado en el presente y me falta imaginación política pero me pregunto: ¿qué

sucedería si en alguno de los Estados miembros resurgiera un régimen no democrático (tal vez, incluso, mediante

procedimientos democráticos)? ¿El miembro debe salir de la federación (que entonces deja de ser universal) o es “convertido”

mediante el uso de la fuerza? ¿La existencia de un gobierno central todavía más lejano y ausente no terminaría renovando las

fuerzas de los violentos movimientos nacionalistas, regionalistas y localistas (que no sólo son expresión de la liberación colonial)

que han puesto a temblar a más de una unión? En suma: ¿se encuentra infundado el temor de que las guerras entre naciones

cambien sólo de nombre para convertirse en, no menos sangrientas, guerras civiles?

Falta todavía un punto: ¿qué proceso nos debería llevar a la federación mundial? ¿Se debe recurrir a la diplomacia internacional o apelar a la voluntad de los habitantes del planeta? El propio Bobbio recuerda que la diplomacia es “el arte de la simulación” cuyos expertos se orientan por la razón de Estado o, peor aún, como cualquier experto, por la defensa del sector de su competencia: ¿es plausible que éstos trabajen verdaderamente para abolir o limitar significativamente el sector de su competencia? Queda la otra ruta, la conciencia y el compromiso de todos los individuos de la Tierra: pero estamos en el terreno del pacifismo moral que exige ni más ni menos que la reforma del hombre.

Esta es la ruta más eficaz pero la menos realizable, nos dice Bobbio. Sinceramente no sé si sea completamente cierto que esta vía es menos utópica que la federación mundial. No sé, ni siquiera, si dicha federación sea del todo deseable mientras no sea precedida y acompañada por una amplia adquisición de un habitus individual de compromiso pacifista y de vigilancia democrática. Creo que si las premisas que abren este apartado son descriptivamente plausibles, un cambio radical de comportamiento, aunque no sea de todos pero si de una parte prevaleciente de los habitantes del globo, es la conditio sine qua non de la esperanza. Es necesario que muchísimos estén conscientes de que la amenaza se dirige a ellos y a sus hijos: que los pueblos más acomodados se convenzan de la necesidad de emprender una distribución más equitativa de la riqueza; que los pobres, a su vez, se convenzan de la necesidad de renunciar a la explotación descontrolada de los recursos naturales; que condiciones aceptables de vida hagan de la vida misma el valor primario.

También Bobbio, a veces (aunque, mediante una lectura atenta, es posible constatar que dichas veces son relativamente numerosas), parece confiar más que en la constitución de un Tercero super partes en los “profetas desarmados”, o en los “predicadores en el desierto”, o en los movimientos pacifistas que “no están ni entre ni por encima. Que están en contra. No sólo en contra de todas las partes en perpetua lucha entre ellas, sino también en contra de la historia, cuyo motor principal ha sido, hasta ahora, la voluntad de poder”. Junto a las malas noticias sobre el estado del planeta que recibimos sin cesar a través de los medios de comunicación, conforta saber que, de vez en cuando, grupos y organizaciones pacifistas y ecologistas empiezan a escucharse en las regiones más distantes del planeta, que la opinión pública se expresa, aunque sea de forma esporádica, superficial y emotiva, a favor de la paz y de la conservación del ambiente, que algún amigo (indiferente, resignado o minimizador) está cambiando de opinión y de actitud. A esta continua movilización de los “hombres de buena voluntad” parece subordinarse la esperanza de que las negociaciones para una paz estable entre los poderosos de la Tierra se consumen y duren en el tiempo: “¡Pobres de los inertes!3 Inermes pero no inertes. Al contrario, armados con la convicción de que estamos de la parte de la razón, de la verdad, de la justicia, de la fuerza moral ante la cual la fuerza solamente política, solamente militar, deberá rendir cuentas si queremos salir de esta pesadilla. (…) Seremos los más fuertes si logramos obedecer a la voz que nace de las profundidades de nuestro ánimo y que nos sugiere este nuevo mandamiento: ‘desarmados de todo el mundo, unámonos’ “. Es este Bobbio, a su pesar acalorado y apasionado. el que siento más cercano.

1 Recordemos que Bobbio escribió los ensayos que comenta Vitale entre 1961 y 1988 (n. del T.).

2 Obviamente Vítale se refiere a los ensayos del volumen que comenta (N. del T.).

3 La frase guai agli inerti! es de difícil traducción. La propuesta “¡pobres de los inertes!” debe entenderse en sentido de advertencia, no de conmiseración, n

Cultura y Vida Cotidiana

IAN MCEWAN O LOS DILEMAS MORALES.

Expiación no es una novela para todos los gustos, no es para quienes ignoran en qué consiste el tributo a la tradición. Porque de eso se trata, del pasado y de cómo llega basta nosotros.

Hace cinco meses que a México llegó la última novela de Ian McEwan: Expiación. No es cualquier cosa; no si consideramos que McEwanes uno de los mejores exponentes de la narrativa inglesa de nuestros días. Digámoslo así: no escribe para lectores acostumbrados a las papillas fácilmente digeribles. Con McEwan nunca se sabe; o mejor dicho: nunca se sabe de dónde obtiene su potencia para crear argumentos y llevarlos a buen destino. Desde sus novelas, que dominan los aspectos más oscuros de la libertad humana, uno se da cuenta que la escritura significa la creación, y no la resolución, de problemas. A favor de ello declaran Niños en el tiempo, El inocente, Los perros negros, Amor perdurable y Amsterdam. Nada de concesiones, nada de seguirle la corriente al lector, ni de recostar la cabeza. Con McEwan debemos esperar la pureza de los verdaderos dilemas morales.

Expiación no es una novela para todos los gustos, no es para quienes ignoran en qué consiste el tributo a la tradición. Porque de eso se trata, del pasado y de cómo llega hasta nosotros. Es una historia de amor, pero moderna; es decir, con la maldita carga moral que se posa sobre los hombros de quienes están obligados a elegir. En McEwan, elegir aparece como el momento más doloroso de la vida humana, con su insoportable clarividencia trágica. Ignoramos cómo transcurrirán las cosas pero sospechamos que habrá dolor. No podemos leer y salir sin rasguños.

McEwan ha leído a Jean Austen y ha interpretado a Jean Austen escribiendo la novela que ella no pudo escribir. No es una parodia, no es un juego de destreza. Es la lectura transformada en escritura… y en un problema moral. Estamos en 1935, en una finca inglesa donde la familia Tallis se reúne luego de muchos desencuentros. Hace calor. Más de la mitad de la novela se desarrolla como un homenaje al punto de vista. Por ahí avanza todo. Estamos en un ambiente familiar: un padre ausente, una madre histérica, una hija púber cuya vocación literaria debe corresponder a la verdad, una hija de 25 que no sabe qué hacer de su vida, un hijo venido de Cambridge al que la inocencia le predispone a la estulticia y a la amistad de un patán, una prima adolescente en plan de comerse el mundo, y el hijo de la criada, refinado y brillante gracias al mecenazgo del ausente padre Tallis. Lo demás tiene que ver con la ambigüedad y sus consecuencias y con la arrogancia de quien asume la posesión de la verdad. A través de la mirada y la voz de estos personajes McEwan crea una realidad compleja, una realidad a tres voces y a seis ojos. Esas tres voces y esos seis ojos nos conceden fragmentos de realidad. El asunto es que nadie tiene la voz completa… sólo el lector. Tres voces testifican ese día caluroso y ninguna de ellas, por sí misma, puede darnos la claridad en toda regla… Necesitamos confrontarlas, armar el cuadro, tomar las apreciaciones comunes y desdeñar lo demás. Sobre todo cuando la prima es víctima de violación y encima una de tales voces cree que el hijo de la criada violó a su hermana mayor y no que ambos reclamaron la inmunidad de su amor. En efecto, la hija menor vio lo que no era. O mejor dicho: quiso ver lo que no era y luego acusó a un hombre inocente; tal gesto conduce al hijo de la criada a que sea juzgado por violar a la prima Tallis. La púber Briony no quiso saber que el mundo no es lo que parece ser… y abrió la boca, en nombre de la verdad.

Expiación no termina en esto. Robbie, acusado falsamente, es encarcelado y luego arrojado a los campos de batalla de la Segunda Guerra. Sobrevive. El lector veterano de McEwan supone que tal periplo arroja escenas indignas. Y así es. Luego de los horrores de la familia vienen los horrores de la guerra. ¿Y quién preside estas páginas? La joven Briony que, como enfermera, años después de su denuncia, o de su matrimonio con la verdad, cree pagar su expiación. Y algo más: es ella quien escribe esta novela, con todos sus agravantes, y pide perdón en su vejez. Dice McEwan, o su personaje, su voz: “¿Cómo puede una novelista alcanzar la expiación cuando, con su poder absoluto de decidir desenlaces, ella también es Dios?”. Bien, cualquier novelista se siente superior a su medida humana. ¿Quiere algo más?: tendrá que lidiar con el arrepentimiento. Es una cuestión moral: ¿qué significa denunciar y equivocarse?

¿Qué significa escribir? Tomar decisiones a cada momento, tomar, de preferencia, la mejor decisión. No es la vida pero en eso se juega tanto como en la vida misma. Leamos a Ian McEwan y olvidemos todo aquello que no es capaz de estrujar nuestra conciencia. n

La Locura de Fidel Castro

LA LOCURA DE FIDEL CASTRO

POR GILBERTO CALDERÓN ROMO

¿Qué tal si extraviada la razón del comandante Castro Ruz, éste sigue gobernando y sus colaboradores están impedidos para atajarlo?

Caer en medio de un holocausto frente a los marines norteamericanos sería el sueño dorado de Fidel Castro quien, en este momento, debe estar envidiando la suerte de Saddam Hussein, el presidente de Irak que acaba de enfrentarse y perder ante las fuerzas armadas del imperio.

El horror que inquieta los sueños de Fidel es que la muerte lo encuentre en una cama, víctima de una vulgar enfermedad. El, un caudillo protagónico, es reacio a terminar sus días como los demás mortales y a su avanzada edad esa es una de las posibilidades trágicas que se le presentan. Para conjurarla es capaz de provocar un holocausto; a veces, parece que lo intenta. El encarcelamiento de 75 disidentes y la ejecución de tres desesperados por escapar del paraíso socialista muestran una mentalidad dispuesta a jalar los acontecimientos hasta la desmesura.

No sería extraño que en Cuba se diera el escenario carpenteriano de un país dirigido por un príncipe alucinado, que se ve a sí mismo envuelto en llamas provocadas por decenas de misiles disparados desde el territorio yanqui. Si no se pudo construir el reino antillano de la felicidad, cuando menos que se escriba la epopeya del caudillo que tuvo la desgracia de llegar a viejo al frente de una revolución a la que hace tiempo se le acabó el espíritu y el combustible para andar.

Voceros anónimos de Estados Unidos deslizaron hace unos días en el New York Times la especie de que el Departamento de Estado podría cancelar el envío de remesas de los cubanoamericanos hacia la Isla y suspender los vuelos directos; y el canciller cubano Felipe Pérez Roque, en su persistente tono de bravucón de barrio, machacó la idea de que los casuistas pueden sacar el arma más poderosa que poseen: la de los escuadrones de balseros.

Los políticos en crisis suelen blofear con lo que podrían hacer, y el simple recordatorio de sus arsenales basta para inhibir la aplicación de las medidas; pero el tono de bravatas, tan caro a los castristas, con frecuencia los mete a un tobogán en el que están clausuradas las salidas. Se antoja difícil que en Washington opten por suprimir el flujo de remesas, ya que afectarían a una comunidad que, como la cubanoamericana, está muy politizada y ha mostrado que pesa a la hora de decidir incluso cuestiones como la presidencia del país. George W. Bush les debe buena parte de la determinación que lo tiene manipulando los botones de la guerra en Medio Oriente y, por una consideración elemental, ha de sentir algún respeto por ese importante segmento de la población civil. Lesionarla caprichosamente le significaría costos elevados.

Del otro lado, soltar las balsas sobre el Estrecho de Florida puede acarrearle al Comandante represalias que tal vez, con un régimen tan debilitado como el suyo y con una población que desea vehementemente su retiro, no pueda soportar. Si sus terminales nerviosas se mantienen aguzadas, ha de advertir que la escalada del terror le está reportando, dentro y fuera del país, rendimientos decrecientes.

Sería deseable que se rescatara la cara de la política que privilegia la negociación y el entendimiento entre las partes, sobre todo porque está en juego el destino y la serenidad de cientos de miles de inocentes, de personas que viven aquí y ahora, que es lo que importa; pero suele suceder que los arrebatos del poder conduzcan a callejones sin salida en que la violencia rige las conductas.

Y suele pasar también, sobre todo en el mundo alucinante americano, como concebido por Alejo Carpentier, que la locura se instale en la imaginación de los gobiernos y conduzca a abismos insondables.

A la hora de los ladridos, de uno y otro lado se sueltan las jaurías y pasa desapercibido el enorme potencial de intercambios diplomáticos de que debieran disponer los contendientes.

Se supone que la nomenclatura cubana tiene salvaguardas para impedir que las alucinaciones del senecto Comandante se sigan imponiendo sobre el destino de la Isla a extremos peligrosos para la supervivencia del régimen y del país. Pero el encarcelamiento sumarísimo de 75 disidentes y la ejecución apresurada de los tres secuestradores de la lancha Baracoa, ocurrida el viernes 11 de abril, ponen en duda tal hipótesis.

¿Qué tal si extraviada la razón del comandante Castro Ruz, éste sigue gobernando y sus colaboradores están impedidos para atajarlo? ¿Qué tal si Raúl Castro, invadido de un respeto sacramental hacia su hermano, ante signos evidentes de demencia es incapaz de activar el mecanismo de la sustitución mientras éste viva?

Los gobiernos de la región —incluido el mexicano, que podría verse afectado por una marejada de balseros— debieran ya tener contemplada esta posibilidad entre sus planes contingentes. n

N/A

TRAS EL HUMO Y LAS RUINAS

“Lo fascinante del tiempo actual”, escribe Anatol Lieven en uno de los textos que ofrecemos en este número de Nexos, “es precisamente el que tantas y tan diferentes posibilidades parecen abiertas por completo”. El desenlace de la guerra de Irak abre también un nuevo orden, o desorden, global. Las páginas de Nexos que siguen se dedican a explorar el mundo que está y estará luego de los hechos más importantes y decisivos del siglo que empieza. Abordamos este mundo y este siglo desde diversas voces, percepciones y prospecciones, diagnósticos, escenarios, posturas. Se trata sobre todo de una variada oferta editorial donde, más allá de las certezas que se querrían indisputables y el desconcierto que se supondría inabordable, Nexos se opone a que el desbordamiento de los hechos y la fuga de los días inviten a prescindir de la vocación misma de una revista como la nuestra: el ejercicio de la reflexión, definida en este caso como algo que podrá llegar siempre tarde a la noticia, pero que siempre estará en el centro del futuro.

Ver en lo que es, quería Stendhal; entender, quería Spinoza. Las páginas que siguen buscan eso mismo tras el humo y las ruinas de Bagdad. n

La Gangrena

LA GANGRENA

POR JEAN DANIEL

Francia ha sabido más o menos refrenar el movimiento de rechazo que los musulmanes han padecido y con frecuencia aún padecen. Por otra parte, Francia está amenazada en este momento, parece que incluso rebasada, por una explosión de neorracismo que se envuelve en el manto de la causa palestina.

Si se considera que todo es vanidad y que la historia de los hombres es la historia de sus conflictos, uno puede decidir no indignarse más. Yo no me resigno. Bienvenido sea el desencanto, pero jamás la indiferencia. Cuando veo que algunas organizaciones responsables de las manifestaciones contra la guerra toleran que algunos grupos, por minoritarios que sean, utilicen el calvario del pueblo iraquí para enarbolar el retrato de Saddam Hussein, y que otras agrupaciones, por aisladas que estén, exploten los sufrimientos del pueblo palestino para entregarse a agresiones racistas y entonar consignas antisemitas, me digo entonces que de todas formas hay que contribuir, desde el lugar en que uno se encuentre, a llamar la atención de los hombres de buena voluntad.

Al fin y al cabo uno no debería contentarse con decirlo o repetirlo, tendría que gritarlo: nuestra lucha contra la guerra que George Bush ha emprendido no puede sino ensuciarse, traicionarse, en una palabra, deshonrarse, por cualquier forma de complacencia con respecto a uno de los dictadores más funestos del siglo, así como por cualquier tipo de indulgencia para la judeofobia. Si esto no estuviera claro en la conciencia de todos y no lo recordara constantemente cada uno de los responsables, tendríamos que aceptar algunas excusas para los estadunidenses más enloquecidos —en cuanto a la extrema izquierda, realmente no vale la pena que Francia sea el único país en el mundo con tres partidos trotsquistas si al fin y al cabo no se puede contar siquiera con una disciplina decente.

No existe ningún argumento que justifique una comprensión de ningún tipo frente a la gangrena de eso que se ha decidido llamar —por una pereza con frecuencia sospechosa— “desbordamientos”. Nosotros jamás seremos protectores directos o indirectos de tales desbordamientos. Jamás seremos los protectores directos o indirectos del Estado iraquí, mientras Saddam Hussein lo encabece. Las devastaciones de la guerra estadunidense actual fueron precedidas por treinta años de terror. Por otro lado, no aceptamos que se esfuercen en trasladar a la República Francesa las violencias del drama que opone a israelíes con palestinos. A fin de cuentas comprobamos, para llamar al pan pan y al vino vino, que hay judíos en los dos bandos, estadunidenses en los dos bandos, iraquíes en los dos bandos y que por ello toda generalización se conviene en una infamia. Y aun cuando las solidaridades podrían explicarse por su carácter gregario y automático, la justificación de la violencia continuaría pareciéndonos inaceptable. Precisamente nos alarmó el mesianismo ciego de la administración estadunidense actual cuando pensamos que una guerra contra Irak, lejos de conjurar el peligro devastador del terrorismo, hoy día simplemente le hacía el juego. Precisamente hemos denunciado, y aún denunciamos, los ardores irresponsables de los neoconservadores que predominan en el círculo íntimo de Bush, cuando pensamos que esta guerra no podía servir más que a los intereses de los enemigos de la paz tanto en Israel como en Palestina. Y este aspecto exige una vigilancia constante.

A pesar de haber lamentado algunos deslices en la conducta y las palabras de Jacques Chirac y Dominique de Villepin, he aprobado la política de Francia e incluso me hace sentir orgulloso. ,;Qué es lo que he lamentado? La precipitación al anunciar un veto que pudo confortar a Saddam Hussein: un sermón de tipo hegemónico y unilateral dirigido a las naciones europeas del Este que no creyeron tener que sumarse de inmediato y con entusiasmo a la política del Elíseo; el carácter inútilmente solemne y provocador que le dieron a la gira africana del ministro de Relaciones Exteriores, cuando el presidente les telefonea todos los días a todos los jefes de Estado; en fin. y sin lugar a dudas, el haber rechazado, antes que los iraquíes y los estadunidenses (cuando se sabía que iban a hacerlo), el memorándum británico que podía separar a Tony Blair de George Bush.

Aparte de eso, como se sabía que la guerra era inevitable, se tomó en nombre de Francia la decisión más conveniente. Sólo el anónimo redactor de un diario británico ha podido llegar a decir que Jacques Chirac le debe la presidencia a Le Pen y la gloria a Saddam Hussein. En todo caso, el presidente de la República Francesa se ha convertido en el héroe del mundo árabe, el protector del islam y el heraldo de todos los movimientos que ya no soportan la arrogancia de la hegemonía estadunidense. Esto quiere decir que tenemos un presidente que ha ganado una autoridad moral internacional entre un cierto número de naciones y de pueblos.

Pero eso también significa que Jacques Chirac tiene el deber de recordar una y otra vez el sentido de su oposición a George Bush, el respeto que tiene ante todo por las naciones democráticas y la idea que se hace de la paz entre los pueblos y entre las comunidades. Con respecto al problema judío, Chirac no tendrá que hacer muchos esfuerzos. El fue el primero en reconocer la culpabilidad del Estado francés en las persecuciones antisemitas de Vichy y, como lo decía Elie Barnavi, exembajador de Israel en Francia, “Jacques Chirac es con seguridad el más filosemita de los proárabes e incluso, y este es un matiz importante, el más proárabe de los filosemitas”.

Hasta ahora, Francia ha sabido más o menos refrenar el movimiento de rechazo que los musulmanes han padecido y con frecuencia aún padecen. El famoso “ascensor social” que debería beneficiar a los ciudadanos más humildes, la mayor parte del tiempo brilla por su ausencia entre nuestros conciudadanos musulmanes. Por otra parte, Francia está amenazada en este momento, parece que incluso rebasada, por una explosión de neorracismo que se envuelve en el manto de la causa palestina. Y esto, ¿por qué no lo recordaría Jacques Chirac?, es una ofensa a aquellos palestinos que quieren la paz con Israel y que condenan, como lo hacen sin cortapisas en la actualidad, los atentados suicidas.

Bush, Israel y Saddam

Todo lo anterior explica por qué a los cinco errores principales de Bush que Le Nouvel Observateur analizó recientemente, estoy tentado a añadir un sexto. Los consejeros radicales del presidente de Estados Unidos no comprendieron (su ideología se los hace imposible) que no podían emprender una guerra contra Saddam Hussein sin antes haber impuesto la paz en el Cercano Oriente. Hace varios meses, Zbigniew Brzezinski, exasesor del presidente Cárter, planteó este punto de vista con el énfasis necesario. Pero no se trata de simplificar. El radicalismo islamista y el wahabismo saudí nacieron mucho antes que el Estado de Israel. En 1991, los emisarios de François Mitterrand que visitaron a Saddam Hussein estaban completamente asombrados de que el déspota de Bagdad ignorara tranquilamente la suerte de los palestinos. Y las dos primeras alocuciones de Bin Laden aludieron al satanismo de los infieles pasando por alto a Israel.

Sin embargo, resulta que en todo el mundo árabe, a los ojos de todas las opiniones públicas, el espectáculo televisivo de la forma en que se ha reprimido la segunda intifada se ha vuelto insoportable. Con o sin razón, ya se explique por los fracasos y las frustraciones del mundo árabe, o se considere que en ese mundo el antisemitismo precedió al antisionismo —por lo demás ambas cosas me parecen discutibles—, hay que reconocer que la tragedia del pueblo palestino cristaliza, federa e islamiza todas las furias, todas las cóleras, todas las tentaciones vindicativas. Poco a poco la solidaridad con los palestinos se ha acompañado de un odio contra todos los aliados de Israel, y con frecuencia, más simplemente, contra los judíos y contra los estadunidenses.

El hombre que es responsable por haberle dado a Sharon la libertad de no negociar, de no aplicar los planes Mitchell y Tenet, de no exigir el retiro de los colonos y de no hacer propuestas políticas es George Bush. De hecho, el día en que Bush y Sharon ni siquiera se dignaron a examinar una propuesta de paz global hecha en nombre de los árabes por el príncipe saudí Abdallah, se comprendió que ya no había esperanza: los dos hombres compartían una nueva definición de terrorismo y una visión no menos nueva de una reconfiguración del Cercano Oriente. A partir del momento en que el gobierno estadunidense metió en un mismo saco a Bin Laden, Arafat y Saddam Hussein, era fácil prever que desaparecerían los moderados de los distintos bandos, pero también que la dimensión religiosa de la guerra estadunidense en Irak tomaría la delantera. n

Traducción de Alberto Román

Caleidoscopio La Confianza

CALEIDOSCOPIO

LA CONFIANZA

 POR JOSÉ WOLDENBERG

•  bien escaso.

•  necesidad para la convivencia.

•  construcción lenta y difícil,

•   desembocadura, no petición de principio

•  déficit de la nación,

•  invocación recurrente,

•  siempre frágil.

•    eslabón de las relaciones entre individuos e instituciones,

•   suma y en ocasiones multiplicación.

•   objetivo de filibusteros,

•   soplete,

•    sinónimo de candidez, en la versión cínica,

•   fortaleza invariablemente sitiada,

•   ola refrescante,

•  producto de la constancia,

•  animal en peligro de extinción,

•  miasma, para los desencantados,

•  imprescindible para uno mismo,

•  logro nada despreciable cuando se produce entre dos,

•  triunfo encomiable si rebasa las fronteras familiares,

•  casi un milagro si preside las relaciones en una comunidad,

•  calificativo peyorativo, para quienes suponen que inteligencia y desconfianza son sinónimos,

•  plaza bombardeada y autobombardeada,

•  edificio que es necesario reconstruir desde los cimientos,

•  expresión de los resortes más profundos de los humores sociales,

•  puente, cuando existe,

•  disolvente, cuando falta,

•  escoba,

•  fútil, para quienes viven de la especulación,

•  prenda que genera envidias,

•  cimiento de la vida sana,

•  percepción social,

•  meta a la que jamás se llega de una vez y para siempre,

•  volátil,

•  instrumento para avanzar,

•  la punta del iceberg,

•  prólogo del respeto,

•  materia para abonar el suelo de la vida en común,

•  recíproca, normalmente,

•   dimensión siempre digna de atención,

•  vaina, es decir, la envoltura de un órgano,

•  zurcido invisible,

•  mercancía que no se compra,

•  imposible, a los ojos del gacetillero,

•  resultado de mecánicas virtuosas,

•  víctima de la guerra de insidias,

•  medular,

•  esquiva,

•  oxígeno para la vida pública. n

Una vocacion de Absoluto

UNA VOCACIÓN DE ABSOLUTO

POR ANGELES MASTRETTA

“Tenía un pundonor de cocinera exquisita con el que se da pocas veces en la vida de una familia. Frente al su yo, sólo el de mi madre. Yo en cambio intenté hacerme de uno cuando era joven, pero acepté muy pronto que semejante litigio convendría más ponerlo en la literatura, que por peor que pagara no me quemaría nunca una mano viva”.

Entenderla me costó más trabajo que entender a nadie más. Tardé en quererla. Ahora sé que no habrá intento capaz de hacer que la olvide. Era una mujer arisca y extraordinaria. Podía sonreír con tal inocencia y tibieza, con tal gozo, que tras dar con su risa no era creíble que al día siguiente uno la encontrara seca como una piedra negra, exprimiendo las naranjas para el jugo sin responder a los buenos días, sin otro aviso de su presencia que una mirada de soslayo que me hacía temblar: Luisa.

Hubo un tiempo en el que me daba miedo que terminara el fin de semana porque los lunes ella volvía y con ella volvía entonces una tensión de jornada antes de los exámenes. Pero eso fue cerca del principio, hace ya tanto.

Cuando llegó a mi casa era más tímida que terca y era tan terca como lo fue siempre: si consideraba que algo había dicho para que se entendiera de una vez por todas no volvía a repetirlo ni aunque se arrodillara frente a sus ojos la mismísima Divina Providencia. Yo durante años le tuve pavor. El reticente pavor que sentí desde la infancia frente a quienes conocen los reinos de la cólera ciega. De niña tuve una maestra capaz de su misma ira rojiza y amedrentadora. Aquella me enseñó a leer y a escribir. También a cantar y a oír cuentos. La recuerdo con alegría. Nunca me atreví a provocar su enojo. Pero supe cómo no hacerlo. En cambio con Luisa todo era impredecible. Las mismas cosas que una mañana podían llevarla a estallar en carcajadas, dos días después le provocaban una trompa encorajinada que adivinar cómo se acallaba.

No era fácil. Hubo que descubrirla. Me la recomendó mi comadre María Pía en la época rara en que mi casa no quedaba en mi casa sino en la esquina de mi casa porque yo había inventado ponerles otro piso a las diez paredes entre las que crecieron mis hijos y ahora envejecemos sus padres.

Yo sabía que Luisa era buena para guisar porque había probado su pollo en cacahuates. Sabía que llevaba tres años de no trabajar con María Pía porque se le ocurrió poner en su pueblo una miscelánea, proyecto cuyo fracaso la devolvió a la ciudad de México en busca del pan la sal y el pleito por la vida diaria.

Llegó a la casa de la esquina una mañana de sol intenso, durante los últimos meses de nuestro paso por ahí. Tenía las facciones toscas haciéndole una cara con dos gestos cruciales: el inasible mutismo y la sonrisa. Tenía una trenza larga bajando por su espalda como un tatuaje inmóvil. Las caderas encogidas y los hombros redondos, fuertes, de quien ha trabajado desde niña cargando en la mañana lo que le dará de comer en la tarde. Su padre tenía animales, dijo, y desde chica la hizo ayudarlo a lidiar con ellos. Matar un pollo, dormir con una vaca preñada, lavar un chiquero, acarrear leña y desmentir el frío de un valle entre montañas fueron el signo y la ley de su infancia. También, al menos eso me dejó intuir, el terror al alcohol y a los golpes.

Al principio no parecía cómoda en mi casa. Era muy grande, entraba y salía demasiada gente, parecía siempre de fiesta. Ella en cambio estaba regida por la timidez, pero yo creí entonces que por la falta de confianza. Tardó en sentir que tenía algo que ver con nuestra familia. Sólo hasta un año más tarde conseguí de su boca la suave palabra: gracias, dicha, como al pasar, frente a mi descripción de la exquisitez que había sido su sopa de frijol con nopales. Sentí entonces que entrábamos por fin al círculo común de quienes hablan un mismo lenguaje y por fin lo descubren.

Tenía un pundonor de cocinera exquisita con el que se da pocas veces en la vida de una familia. Frente al suyo, sólo el de mi madre. Yo en cambio intenté hacerme de uno cuando era joven, pero acepté muy pronto que semejante litigio convendría más ponerlo en la literatura, que por peor que pagara no me quemaría nunca una mano viva.

Si uno le decía a Luisa que al huauchinango le había sobrado sal, nunca volvía a pasarle lo mismo con ese guiso. Si a ella no le gustaba la lasagna no volvíamos a saber de una lasagna sobre la mesa de mi casa. Un día no quería guisar pollo porque estaba harta de mí que siempre quería pollo y cuando al día siguiente yo consecuentaba con su afán de probar algún camino con la carne, me sorprendía con las dos cosas porque era santo de José y ¿cómo se había de quedar él sin mole? Señoreaba en la cocina como en su feudo. Empezó por un sartén y poco a poco se fue haciendo dueña de la despensa. Ni yo me he sentido más digna destinataria del aceite de olivas que Felipe trajo de España. Todo en el reino de la cocina le pertenecía de lleno y sin rivales. A veces, los fines de semana, cuando ella se iba al pueblo y mis hijos o yo podíamos trajinar junto a la estufa libres del juicio de su mirada cuidando el orden de la cosas, era imposible no pensar en ella. ¿En dónde habrá escondido el cernidor? ¿Para qué dos mayonesas gigantes? ¿Y el cuchillo de sierrita? ¿Qué haría con el clamato que apenas vi sobre un estante? ¿Tras cuál guiso habrá comprado treinta y cinco limones de un tamaño tal que ya casi podrían ser toronjas?

El lunes, si alguna pregunta se me quedaba sin responder en el transcurso de mis ires y venir por su cocina, me enseñaba el clamato escondido en un rincón de hasta abajo tras las bolsas de plástico. Lo había puesto ahí para que no se lo bebieran el sábado “los chamacos”, que era su modo de llamar a la bebedora pandilla de Mateo, capaz de revolver en una noche larga Fresca con clamato, Coca Cola y tequila. Lo de las dos mayonesas resultaba siempre culpa de don Lino que “él así compra” y lo del cernidor culpa mía que “usté no lo busca donde debe”. Ya lo de los limones no me atreví jamás a preguntarlo porque nunca me han gustado los regaños, y las imprudentes que en lugar de guisar como es debido pretendemos escribir sin cautela, siempre salimos regañadas de nuestras cocinas.

Nadie había podido nunca guisar el bacalao de mi madre con casi la misma perfección que ella: Luisa pudo. ¿Y el pipián de Elenita? Luisa podía. ¿Y el pastel de manzana? Luisa. ¿Y el arroz colorado? Luisa. ¿Y las tortillas tragando aire en el comal? Luisa. ¿Y las enfrijoladas? Luisa. ¿Y todo el mismo día? Luisa.

Era incansable siempre que no se hiciera de noche, intratable algunas veces, engreída con su talento algunas otras, desconfiada noventa de cada cien tratos, entusiasta y llena de plegarias cuando el nombre de su señor Jesucristo le cruzaba los labios o las entrañas.

Con semejantes virtudes y defectos ganó y perdió varios corazones. El de nuestra familia lo ganó de lleno. Terminó de redondear mi afán por ella el domingo en que tuvo a bien competir en la carrera por los once kilómetros que hizo en cuarenta minutos, sin haber tenido antes más entrenador que su vida trabajada y sus tres años de amaneceres en Chapultepec. Era tal su emoción, tal su entusiasmo de niña enloquecida con los veinticinco mil pesos de premio, tal su infortunio cuando los ganó una de esas personas que se dedican a correr como profesión. “Que se dedican a eso ¿usté cree? Viven de las carreras. Pero a una de ésas le he de ganar verá usté”, me dijo al volver encendida y exhausta, como un luchador aún en guerra, metida en sus calzones cortos y su playera con rayas rojas.

Como venganza la semana siguiente probamos un acopio de nuevos guisos entre los que había un pescado divino y una sopa de hongos con los aires de Babette. El viernes nosotros nos fuimos a una fiesta en la que bailaron hasta las mariposas y ella se fue a su casa en un pueblo cerca de Valle de Bravo.

—Luisa, ¿me dices adiós? —le grité porque se había encumbrado en su cuarto tras el desayuno.

—Adiós, que le vaya bien siempre —gritó desde la regadera.

El lunes a la una la casa se puso en vilo porque yo estaba escribiendo una reiterada reflexión sobre mi papá, había invitado a comer a dos personas de relevancia en mi ánimo y Luisa no aparecía. Por ahí de las dos llamó su hermana.

— ¿De qué está enferma Luisa? — pregunté segura de que sólo enferma de gravedad podía aventar en lunes el destino alimenticio de la familia.

—Se murió, señora. Ahorita venimos de enterrarla —dijo la voz sin matices del otro lado.

El sábado, tras haber hecho dos horas de gimnasia en Chapultepec y haber desayunado en México, tomó el camión y luego el camino de tres horas a su casa. Llegó como a las seis y media. Comió. Después de una comida de esas regidas por el lenguaje en medias palabras que hablaba con su madre, le sobró energía y tuvo a bien irse a dar una vuelta montada en un caballo al anochecer.

Ya oscuro, el animal volvió a la casa sin ella. Sus hermanos la encontraron tirada en una orilla de la vereda entre árboles por la que andaba. Muerta, me dijeron. Muerta, sigo pensando yo incapaz de creer que su escándalo se ha borrado del mundo. Furioso, como fue siempre, el papá mató al caballo que mató a quien él llamó su mano derecha.

—Era un caballo malo —dijo la hermana sin lágrimas, unos días después, cuando vino a buscar las cosas que Luisa tenía en esta casa que había hecho suya de tantísimas maneras. Hasta cuando le daba por lavar el patio en mitad de un aguacero para aprovechar que le estaban echando el agua desde todas partes y a ella no le tocaba poner sino el cepillo, el jabón y los bríos.

Yo aún no sé qué decir. Tengo una sorda tristeza. Extraño a diario su mirada imprevisible, su tardía sonrisa como un triunfo de ambas.

— ¿Qué tanto hace usté detrás de la ventana ésa de su máquina de escribir? —me preguntó una noche que apareció por la cocina como a las doce y desde ahí me oyó subida aquí en mi estudio, hablando a solas con la computadora.

— ¿Qué haces tú en la cocina? —contesté con una pregunta para mi falta de respuestas.

—Vine a prender la luz para agarrar unas cucarachas tercas que se me esconden en el día.

— ¿Las encontraste?

—Siempre que vengo encuentro alguna. Por eso si me despierto a media noche, aprovecho venir y las agarro.

Nos costó entendernos. Cada cual en cada una, persiguiendo las cosas menos previsibles para la otra.

—Ya váyase a dormir —dijo apagando la luz de la cocina.

—En los últimos tiempos me daba más órdenes que un marido sin quehacer. La extraño en las mañanas. Había vuelto su risa frecuente, cada vez más desatada y más nueva en ella que estrenaba la risa como si la estuviera descubriendo.

—Se me ha compuesto mi carácter —decía.

Tardamos en saber de qué trataban nuestras vidas. Pero no sólo su dios, las cucarachas y mi computadora han notado que no habrá esfuerzo capaz de hacer que se me olvide. Luisa.   n

La Conciencia no da Espectaculo

“LA CONCIENCIA NO DA ESPECTÁCULO”

UNA ENTREVISTA CON GIOVANNI SARTORI

 POR JAVIER SOLÓRZANO CON LA COLABORACIÓN DE MARÍA IDALIA GÓMEZ

TRADUCCIÓN DE JORGE ISRAEL HERNÁNDEZ

Esta entrevista con el politólogo italiano Giovanni Sartori fue transmitida en el programa radiofónico de México Hoy por hoy, conducido por Javier Solórzano el 27 de marzo de 2003. En ella, Sartori abunda sobre el nacimiento de una nueva conciencia mundial y sobre el papel y los retos de los medios de comunicación.

Ante el nuevo escenario mundial, la guerra, ¿cuál ha sido el comportamiento de los medios de comunicación?

Hoy los medios de comunicación son más poderosos, más universales, y están más presentes. Por lo tanto, a través de los medios, ya todos vivimos la guerra. Los medios hacen su trabajo, manejan la información y los datos. Por tal motivo no siempre sabemos lo que realmente ocurre. De cualquier modo, el hecho de presenciar los eventos de la guerra a través de los medios de comunicación es algo totalmente nuevo que despierta también la conciencia mundial por la necesidad de paz.

Según el New York Times, tales manifestaciones pusieron en evidencia a la otra superpotencia mundial. Después de la caída del Muro de Berlín, las dos potencias no existieron más, mejor dicho, ya sólo quedó la superpotencia americana. Bien, el New York Times ha dicho que ahora existe y se siente una nueva, misteriosa, fuerte y segunda superpotencia mundial: la humanidad que hace oír su voz. Este es el efecto positivo de los medios de comunicación.

Así que no siempre sabemos lo que pasa porque los medios son los únicos que transmiten información. ¿Es posible que presenciemos la guerra más desinformada?

Eso depende de la guerra y no de los medios. La guerra es una estrategia, un arte, y está hecha de silencios, de fingir y esconder. La guerra se funda en la ambigüedad. Ahora bien, los medios presentes son muy pocos, sólo algunas grandes agencias de comunicación pueden cubrir los hechos. Es obvio entonces que si están dominadas por el poder norteamericano, estarán obligadas a esconder alguna cosa o a subrayar alguna otra.

Los católicos estamos ante una dificultad. Necesitamos detenernos en el problema del conocimiento; lo nuevo no es la guerra sino el movimiento de conciencia mundial por manifestar la urgencia de la paz. Y esta voz provoca miedo. Permítame decir que tal voz está determinada, en gran medida por el rol del Papa, que ha insistido en la fuerza de la paz. El espíritu santo ha creado esta voz popular que puede volverse potente. Concluyo, sin embargo, que la voz de la paz es un poco ambigüa porque a veces toma tintes sin un verdadero interés espiritual.

Usted habla de que se ha despertado una segunda potencia, la conciencia del pueblo, pero parecería que no es escuchada pues no pudo frenar la guerra.

La revolución de la voz no es como la acción de las armas, que cumplen rápidamente su tarea de destrucción. La voz de la conciencia es una especie de virus positivo que pasa de uno a otro muy lentamente. No es la guerra lo que me alarma sino, como diría el Papa, los millones de dólares que se entregan para fabricar armamento: ese es el mal que debemos combatir. Repito, estoy convencido de que el camino es lento porque la conciencia no da espectáculo, la conciencia es un contagio que no se comunica gritando. Tres cuartas partes del mundo sufren de hambre y los medios, los hombres y el dinero no se dedican a ello.

¿Cuál sería la responsabilidad y la actuación de los medios?

No soy técnicamente competente, pero hablo como cristiano-católico. Por lo menos, la responsabilidad debería recaer en los periódicos. No falta información, faltan las reflexiones morales sobre los hechos. Falta una lectura de los signos de los tiempos. Es importante conocer lo que ha pasado, pero es más importante crear una reacción moral, un contexto de justicia.

¿Qué sigue, qué podemos esperar?

Los periódicos laicos y católicos deben informar de otra manera. Los periodistas deben estimular y transformar su conciencia para ofrecer las cosas de una manera distinta. Vivo en un seminario en Padua donde los profesores disponen de seis o siete periódicos al día; ellos comparten mi juicio. Estamos de acuerdo en que la conciencia de los periodistas ha cambiado, pero yo espero más. Soy optimista.

¿Cómo afecta la guerra a Latinomérica y a sus medios de comunicación?

Desconozco el impacto actual en Latinomérica, pero estoy convencido de que su rol será muy importante en el futuro. Latinoamérica se está llenando de paz con el propósito de unificarse. Hace tiempo que ahí se nota el lento eclipse de Estados Unidos. Por eso la importancia de una Latinoamérica unida, porque su modelo es muy cercano al europeo. Amo el modelo europeo porque es la unidad en la diversidad: más estados, más lenguas, más culturas. Latinoamérica tiene muchas lenguas, culturas y tradiciones.

¿Cómo ve a México y su vecindad con Estados Unidos?

Estados Unidos mira más hacia Oriente que hacia México pues lo que crece como alternativa a ellos mismos está justamente allá. Me refiero a China. Japón, India y Australia. Estados Unidos no mira al sur, mira a lo lejano, a Oriente. Todos los estados de aquella zona están creciendo económicamente, incluso Vietnam. n

Cavilaciones Sobre una Cirugia

CAVILACIONES SOBRE UNA CIRUGÍA MENOR

Lo que el país necesita ahora no son minorías, que sirvan de contrapeso a una hegemonía abrumadora, sino lo contrario, mayorías democráticas, que puedan establecer gobiernos efectivos, gobiernos no paralizados por el empate de interminables fuerzas políticas.

El sistema de partidos de México nació de una lógica política autoritaria. Buscaba garantizar, privilegiar incluso, la representación de partidos minoritarios, para hacerle contrapeso a lo que entonces era una abrumadora hegemonía del PRI, la cual garantizaba, a su vez, que prácticamente nadie pudiera ganar una elección, si no era con la venia de ese partido.

Para garantizar la presencia de minorías en el Congreso, oprimidas por el PRI la parte más sensible del régimen priista promovió la reforma política y estableció en México la representación proporcional. La premisa invisible de aquella reforma, aunque de todos conocida, era que las minorías serían siempre minorías, y el PRI, siempre, la mayoría.

Sabemos ahora lo que no sabían quienes iniciaron este proceso de reforma política, y es que, una vez abierta la compuerta, a lo largo de los años, las reformas electorales siguieron, y la creciente transparencia institucional junto con, sobre todo, la voluntad de los votantes, demolió por completo aquel supuesto.

Sin embargo, la lógica fundadora de nuestro sistema de partidos sigue vigente. Es la lógica de facilitar la proliferación de minorías, mediante los privilegios de la representación proporcional y todo tipo de ayudas.

El problema es que lo que el país necesita ahora no son minorías, que sirvan de contrapeso a una hegemonía abrumadora, sino lo contrario, mayorías democráticas, que puedan establecer gobiernos efectivos, gobiernos no paralizados por el empate de interminables fuerzas políticas, como el gobierno que vemos hoy.

Para alcanzar esta meta, o para estar más cerca de alcanzarla, los partidos de México deberían ser, por un lado, fortalecidos y, por el otro lado, limitados.

Fortalecidos, ayudando a evitar su fragmentación, haciendo difícil la creación de nuevos partidos, y muy cara la escisión dentro de los partidos existentes.

Limitados, quitándole el poder a las burocracias partidarias y dándoselo, plenamente, a los ciudadanos, mediante una reforma que permita la reelección en los puestos de elección popular.

Para fortalecer a los partidos

 La actual legislación propicia la fragmentación partidaria, porque facilita la proliferación de partidos sin verdadera representatividad nacional. Las facilidades institucionales para crear nuevos partidos alientan la escisión, o al menos su fantasma, en los partidos existentes. Grandes grupos con clientela y con capital político, descontentos dentro de sus partidos, pueden pensar, con realismo, en crear otro partido. De hecho, hay partidos registrados que se crearon con la idea muy explícita, de recibir escisiones o fugas de otros partidos. Con frecuencia vemos a políticos descontentos de un partido saltar al otro, volverse candidatos de otro, al que hasta hace poco combatían. El resultado es un incipiente tráfico de siglas y personas, que no ayuda mucho a la credibilidad del sistema de partidos, no fortalece la disciplina, ni la identidad partidaria. Por el contrario propicia la fragmentación, la dispersión el oportunismo y los desgajamientos.

Los partidos existentes deben ser fortalecidos mediante la más sencilla y justa de las reformas, levantando al 5% o al 7.5% el porcentaje de la votación efectiva requerida (actualmente es de 2%) para tener un registro como partido político nacional.

Levantar el porcentaje de los votos necesarios y contar sólo los efectivamente recibidos despejaría el horizonte de partidos fantasmas, siglas que representan poco o nada en el ámbito nacional y que no deben ser, por tanto, partidos políticos nacionales.

El resultado sería el de unos cuantos partidos fuertes, consagrados por los votantes y no alentados a una existencia por los vicios de una legislación que sigue alentando la formación de minorías y, con ellas, la fragmentación política y la simulación democrática, cuando no el simple negocio de grupos y familias que han sabido leer, en las buenas intenciones de la legislación, oportunidades de medro político y monetario.

Para limitar a los partidos

 Los partidos deben ser limitados, también, haciéndolos depender más de la voluntad de los votantes y menos de las decisiones de sus burocracias.

Las cuentas de la representación proporcional dejan en manos de las cúpulas partidarias tajadas enormes del pastel de la representación. Los votantes no escogen directamente a 200 de 500 diputados federales, ni a la tercera parte de los senadores. A esos los escogen las cúpulas partidarias. Esos legisladores, por tanto, no deben su lealtad a los votantes, sino a sus dirigencias.

El enorme poder de asignación de puestos de representación popular que tienen las dirigencias de los partidos es uno de los factores, si no el factor principal, que estorba, o bloquea, la adopción de una reforma que se antoja elemental en una democracia: la reelección continua de los legisladores y, en general, de los puestos de elección popular.

Si los ocupantes de puestos de elección popular pudieran reelegirse, su compromiso político fundamental sería con los votantes, las dirigencias partidarias perderían mucho de su dominio sobre ellos. Lo ganarían los ciudadanos.

Reelegir o no es el único instrumento que tienen los electores para premiar, o para castigar, el desempeño de sus políticos. Es un mecanismo que pone al político profesional al servicio de sus ciudadanos.

Subir el porcentaje de votos requerido para ser partido político nacional y establecer la reelección de puestos de elección popular son dos cirugías menores, que tendrían consecuencias mayores en la salud de nuestro sistema de representación democrática. n

La Derrota de Occidente

¿LA DERROTA DE OCCIDENTE?

POR ROBERTO PLIEGO

Las ideas de liderazgo y superioridad han estado siempre ahí. La novedad radica en que, al parecer, lo que también significa Occidente, la obra de innumerables voces, se ensalza hoy como el patrimonio de una iniciativa exclusiva y excluyente. Estados Unidos ha declarado este empeño como suyo.

Robert Kagan forma parte del equipo de mentes brillantes que administran la nueva política exterior de Estados Unidos. Debemos considerarlo un estratega. Es columnista del Washington Post, trabajó para el Departamento de Estado en tiempos de George Bush —el padre— y en el mismo periodo escribió los discursos del secretario George Schultz, que ha vuelto a la circulación. Hay ideólogos que influyen en la personalidad de Estados Unidos. Robert Kagan es uno de ellos: “Alguien que está en el bosque y se topa con un oso, cuando sólo lleva un cuchillo encima, actuará de manera distinta a alguien que lleva un fusil en la mano. El que tenga el fusil se sentirá fuerte y disparará, mientras que el otro elegirá la huida”. Uno se siente fuera de lugar cuando escucha tal clase de argumentos. Pero los nuevos paradigmas, que llegan hasta nosotros con la consistencia nula de una papilla, dan para más: “Cuando uno tiene un martillo grande y hermoso, de repente ve clavos en todas partes. Y a veces se da en el dedo”. Este es Robert Kagan, que además ha escrito un libro que se ha convertido en la guía —o el resultado— del viejo impulso de dominar al mundo: Estados Unidos y Europa en el nuevo orden mundial. La versión de Kagan se asienta sobre una consigna estridente: los europeos son de Venus, los estadunidenses son de Marte. (Hace años, por cierto, el bestseller Las mujeres son de Venus, los hombres son de Marte inundó las librerías y los supermercados.) Los europeos son de Venus porque se niegan a escuchar el ruido de las armas. Los estadunidenses son de Marte porque exhiben un respeto lleno de orgullo por el uso de la fuerza. En Kagan hay un deseo manifiesto de huir de la complejidad, de las dudas y de las lecciones de la Historia. El predominio de Estados Unidos no es sólo un asunto del zodiaco. Hay un arsenal que debería ocupar todo el planeta. Se supone que la fuerza militar de Estados Unidos es lo único que le queda a este mundo para seguir adelante. Bienvenida entonces la texanización y sus metáforas sobre osos en el bosque y martillos poderosos.

En una conversación reciente con Daniel Cohn Bendit el exlíder alemán del movimiento estudiantil de 1968, Robert Kagan extendió su desprecio al Occidente ilustrado que aún identificamos con Europa: “finalizada la Guerra Fría, creen poder solucionar todos los conflictos con una especie de política de negociación post-histórica y multilateral”. Y remató: “Estados Unidos ejerce el poder en un mundo hobbesiano en el que todos luchan contra todos y no se pueden fiar de reglas internacionales ni del derecho internacional público”. Semejante justificación del poderío militar como instrumento privilegiado de la política exterior representa no sólo una novedad de los tiempos modernos sino un cisma en Occidente… o de la imagen que compartimos de Occidente.

En el mapa que cuelga en nuestra pared Occidente destaca por su falta de humildad y modestia. Desde el siglo XVI Occidente se ha empleado a fondo para fortalecer y justificar su complejo de superioridad. A su favor declaran su facultad para producir conceptos universales y sus trabajos para secularizar las relaciones de poder. Pero, como escribe la historiadora y periodista Sophie Bessis, “la paradoja de Occidente reside en su facultad de producir universales, elevarlos al rango de lo absoluto, violar con un fascinante espíritu sistemático los principios que de ellos derivan y elaborar las justificaciones teóricas de estas violaciones”. El hecho es que tales conceptos y paradojas ya no provienen de Europa. Mientras Europa se encerró en sí misma, Estados Unidos asumió la facultad de producir absolutos y se hizo una pregunta sencilla: ¿quién, además de mí, es una superpotencia?

En 1986 Ronald Reagan habló de “un escudo que nos proteja de los misiles nucleares igual que un techo protege a una familia de la lluvia”. Fueron los tiempos de la Guerra de las Galaxias. Fueron también los tiempos en que Estados Unidos apuntaló su hegemonía militar. Y de ahí su proyecto de texanizar a Occidente. O. mejor dicho, de imponer una visión texana de Occidente. Volvamos a Robert Kagan: “Hay que enfrentarse a la realidad. Desde el punto de vista estadunidense, un orden internacional sólo puede tener un centro, Estados Unidos”.

Occidente ha perdido casi todo. Con su desprecio por las normas, por los organismos internacionales y por el proyecto de seguridad común Bush ha resucitado al viejo vampiro de la superioridad moral, después de  siglos de  trabajo  por  secularizar la política  en occidente, después de tanto por establecer diferencias entre la vida pública y la vida privada, George W. Bush, en nombre de Occidente, ha invocado a las pobres categorías del bien y el mal. Hace tiempo que las relaciones entre la moral y la política no son asunto de Estado… a menos que se tengan sueños de Armagedón. En asuntos de interés, hace tiempo que Occidente no se lleva con la teología. Pero tratándose de Estados Unidos la teología es un escudo que protege a Occidente… o actúa sólo para trivializarlo.

Ahora que el poderío militar conduce la política exterior de Estados Unidos, ahora que la ciencia militar tiene un profundo interés en el destino del planeta, volvemos a preguntar qué significa Occidente. Pero antes que nada, ¿de qué interés se trata? Del interés nacional, revestido —según la National Security Strategy, un documento dado a conocer en septiembre de 2002 y que expone la línea ecuménica del gobierno de Bush— de voluntad unipolar, arrogancia moral y hasta religiosa, cháchara paranoide y la certeza compulsiva de que la universalidad de ciertos valores sólo es admisible cuando esos valores han echado raíces en la sociedad estadunidense. Como declara el documento: “es tiempo de reafirmar el papel esencial de la fuerza militar americana”. La Europa de la negociación y el multilateralismo es cosa del pasado; es la “vieja Europa” de la que el secretario de Defensa Donald Rumsfeld habla con tanta ligereza.

En efecto, volvemos a preguntar por Occidente. O, al menos, por lo que ahora significa. En un artículo publicado en octubre de 2002, el filósofo alemán Peter Slóterdijk echó mano de la regla de cálculo y trazó el perfil de un Occidente fragmentado, en pugna. Occidente se descompone sin remedio en el Occidente “de donde provienen los acentos imperiales de nuestra época”, y en un segundo Occidente, “constituido por nosotros los europeos, que continúa buscando una forma política que se corresponda a su peso económico”. (Hay un tercer Occidente, dice Slóterdijk, que vive al este y al sur de los dos Occidentes primordiales y que desde su periferia intenta conciliar democracia política, economía capitalista y modos abiertos al consumo.) Es una clasificación inteligente. Con sobradas razones, Slóterdijk fustiga la imagen común. ¿Nosotros?, pregunta. Nosotros significa el liderazgo único de Estados Unidos. La beligerancia, el tono bravucón del gobierno de Bush es, en efecto, un fenómeno sin precedentes modernos. Tras el 11 de septiembre, esas líneas de acción giraron la orden de reemplazar el interés de Estados Unidos por el interés mundial. El asunto atrajo el más alto significado moral. Tras la revelación de que Estados Unidos lo era todo, Europa tuvo la sospecha de que no era nada. “Desde que las torres se desplomaron sobre sí mismas, llamar Occidente a Occidente es recuperarlo como comunidad de defensa y designarlo como una entidad susceptible de partir a una cruzada bajo una bandera común —y, hasta nueva orden, esta bandera tiene el aspecto de la  bandera de las barras y las estrellas”, concluye Slóterdijk. A últimas fechas, Occidente rezuma un extraño aire de miseria y derrota. Cada vez que muestra esos síntomas volvemos a preguntar por su estado de salud.

¿Y qué hay de Europa? ¿Qué ocurre con la desconcertante y fría paradoja que ella representa? Ahí tenemos a un actor en plena crisis de identidad, obligado a prestarle, o no, sus servicios a un vaquero con la cabeza llena de mesianismo y enfrentamiento maniqueo, un visionario que rechazó el Tribunal Penal Internacional y se negó a suscribir los Acuerdos de Kyoto. Meses antes de que estallara la guerra, los conceptos “Eje del Mal” y “guerra preventiva” se toparon con el repudio, la desconfianza o el silencio de al menos dos de los antiguos poderes imperiales de Europa: Francia y Alemania. Sólo el recurso de la cámara lenta puede otorgarnos un poco de claridad en las posiciones. El “no con nosotros” que el canciller alemán Gerhard Schróder arrojó sobre la mesa de negociaciones estableció, sin equívocos, y sin prurito alguno por los modales diplomáticos, el abismo que hay entre el Occidente representado por Estados Unidos y algunas zonas muy influyentes del Occidente europeo. El antibelicismo de Schróder parece convocar a la accidentalidad más legítima. Chirac tenía sus razones para oponerse a Estados Unidos: el interés nacional. Mientras el mundo se volcaba en protestas contra la inminente invasión a Irak, tropas francesas llegaron a la República Centroafricana para bendecir un golpe de Estado. Con Rusia, bueno, con Rusia no se sabe. Vladimir Putin ha declarado que ninguna relación tiene más peso que la relación con Estados Unidos y a la vez apuesta una parte de su resto a la alianza continental franco-alemana.

En cuestión de supremacía, como en tantas otras, la alianza franco-alemana se ha movido en sentido contrario —casi en términos defensivos— a lo que podríamos llamar la libre empresa militar de Estados Unidos. Tal oposición contiene una pregunta vital: ¿hay necesidad de replantear el proyecto de un bloque europeo que encarne, por fin, el papel de verdadero actor global, o rumiar la esperanza de que todo quede como si nada hubiera pasado? ¿Qué se hace con la OTAN y con la Unión Europea? ¿O acaso, como ha ocurrido desde que la humanidad confirmó la impostura de una sola superpotencia, todas las opciones son nulas? Charles Grant, director del Centro para la Reforma Europea, no alberga muchas ilusiones. Al parecer, Francia y Alemania vuelven a “sentarse en el asiento del conductor de la Unión Europea”. Pero en el camino que se abre por delante se observan, a cada tramo, letreros de cuidado: “La alianza franco-alemana se enfrenta a un gran número de desafíos, y eso sin contar con el hecho de que Chirac y Schróder no son precisamente buenos amigos. Los alemanes apoyan los planes de la Comisión de reformar la Política Agraria Común: los franceses, no. Los franceses saben que tienen que trabajar con los británicos si desean que la Unión Europea elabore una política de defensa común. Chirac trata de resucitar la idea de que Francia y Alemania deberían liderar pequeños grupos de países de igual parecer hacia una integración mayor. Pero Alemania teme que tales agrupaciones puedan actuar fuera del marco de la Unión Europea. Más en general, cualquier fuerza potente dentro de la Unión Europea sería propensa a crear un contrapeso”. Aparte de eso, la República Checa, Dinamarca, Hungría. Italia. Polonia. Portugal. España y la Gran Bretaña no parecen muy contentos.

Al otro lado del tablero, jugando con negras. Tony Blair muestra señales ambiguas de ímpetu y de cansancio (las mismas que muestra Europa). Gran Bretaña se embarcó en una guerra sin el consenso de la OTAN, la Unión Europea y el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero el pasado europeo actúa en favor de Tony Blair, o al menos de su proyecto unificador de un Occidente trasatlántico. Desde la caída de Roma, escribe el escritor holandés Ian Buruma, el ideal de una Europa unida se ha puesto a las órdenes de la iniciativa franco-alemana. El Káiser se veía como sucesor de los reyes alemanes que gobernaron el Sacro Imperio Romano. Napoleón se presintió emperador y fue coronado en una ceremonia con todo el fasto romano. ¿Debería extrañarnos que la vigencia de tales afanes haga que los vientos helados de la desunión europea soplen con tanta impaciencia sobre Gran Bretaña?

Una de las reglas no escritas del ajedrez recomienda sentar al rival con el sol en los ojos. En la estrategia de Blair se percibía la esperanza de que, en cuanto Alemania, Francia y Rusia sintieran el poder cegador de Estados Unidos -nada fácil-,entenderían que el mejor camino de Occidente pasa por la colaboración. El historiador británico Timothy Garton Ash ha dado con las palabras correctas: “La idea de Blair es que deberíamos reproducir una versión más amplia de la Guerra Fría, el Occidente trasatlántico, como respuesta a las nuevas amenazas”. Se sabe que Bobby Fischer fue un innovador en el tablero. Se sabe también que institucionalizó los malos modos. La estrategia de Tony Blair le rinde tributo al ajedrecista estadunidense más brillante de todos los tiempos. Lo malo, confirma Timothy Garton Ash, “es que, para hacer realidad la visión blairiana, es preciso que París y Washington se adhieran a ella. Con Jacques Chirac en un extremo y Donald Rumsfeld en el otro no parece que haya buenas perspectivas”. Tony Blair debería saber que el triunfo sobre el tablero consiste algunas veces en agotar al contrario. Entonces, ¿a qué jugar? La batalla secreta de Tony Blair puede concebirse como una de las primeras jornadas heroicas del siglo XXI. Da la impresión, como señaló Mario Vargas Llosa, que el mundo no es lo que parece ser: “La relación con Estados Unidos no sólo es, a su juicio, importante para Gran Bretaña (…). En su concepción, la cooperación entre Europa y Estados Unidos debe ser mantenida a toda costa y este es, a su juicio, el papel que le incumbe a Gran Bretaña en Europa: ser el puente, el mejor valedor de una amistad y colaboración que, desde luego, no están reñidas con la competencia económica. Y, a la vez, resistir a quienes, como el actual gobierno francés, se empeñan en que Europa defina su identidad continental en la oposición y en la hostilidad a la superpotencia”.

En 1988, antes de finalizar su discurso ante la Convención Republicana, Ronald Reagan inflamó a su audiencia con estas palabras que hoy mantienen vivo el fuego de la política del gobierno de George W. Bush: “Aquí sale el sol todos los días”. El modo en que esas palabras han hecho mella en la realidad de nuestros días anuncia —dice Juan Luis Cebrián— el debilitamiento de una civilización a la que Estados Unidos también pertenece. Ni los avances tecnológicos, ni la riqueza de Estados Unidos pueden tenerse en pie con una retórica imperial, aquella de los europeos son de Venus y los estadunidenses son de Marte. Para los tiempos actuales, sin embargo, la retórica es la retórica, y hay osos en el bosque y martillos poderosos.

Las ideas de liderazgo y superioridad han estado siempre ahí. La novedad radica en que, al parecer, lo que también significa Occidente —la tolerancia religiosa, el asilo político, los derechos humanos, la carrera científica—, la obra de innumerables voces, se ensalza hoy como el patrimonio de una iniciativa exclusiva y excluyente. Al declarar este empeño sólo como suyo, Estados Unidos se ha elevado por encima de todos y secuestrado las razones de Occidente. Así que tal vez somos testigos del nacimiento de una era que se mueve al compás de una tonada narcisista.

Fuentes:

•  Robert Kagan: Poder y debilidad. Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial. Taurus, Madrid, 2003-

•   “Kagan: ‘Estados Unidos sabe lo que quiere, Europa no’; Cohn-Bendit: ‘Los americanos están aislados’ “, en El País, 23 de marzo de 2003-

•  Sophie Bessis: Occidente y los otros. Historia de una supremacía. Alianza, Madrid, 2002.

•  U. S. Department of State: National Security Strategy, september, 2002.

•   Peter Sloterdijk; “La différence de Schróeder ou: la voix de l’Europe”, en Liberation, 102002.

•  Charles Grant: “¿Supremacía franco-alemana?”, en El País, 23 de marzo de 2003-

•  lan Buruma: Anglomanía. Anagrama, Barcelona. 2001.

•  Timothy Cartón Ash: “Tras la tormenta de arena”, en El País, 1 de marzo de 2003-

•   Mario Vargas Llosa: “La batalla secreta de Tony Blair”, en Reforma. 16 de marzo de 2003-

•  Juan Luis Cebrián: “Un mundo más inseguro”, en El País. 23 de marzo de 2003-

•  Martin Amis: “El fantasma de la ópera: Los republicanos en 1988″, en Visitando a Mrs. Nabokov. Anagrama, Barcelona, 1995.

•  Jacques Barzun: Del amanecer a la decadencia. Quinientos años de vida cultural en Occidente. Taurus. Madrid, 2001. n

Irak la Carrera por la Reconstruccion

IRAK: LA CARRERA POR LA RECONSTRUCCIÓN

La reconstrucción de Irak llevará tiempo y será un negocio muy lucrativo. Pero no todas las ambiciones de ganancias serán saciadas en Irak. La reconstrucción prolonga la lógica del dominio estadunidense que se inició con la invasión militar de Estados Unidos a Irak. No debe sorprender la ausencia de gobiernos y empresas europeos en la carrera por participar y obtener los contratos para la reconstrucción. En el contexto actual se prolonga la división prebélica entre Estados Unidos y Europa.

La disputa que viene tendrá al menos dos escenarios: la definición de un nuevo gobierno y la rehabilitación de la infraestructura física y financiera de Irak. En medio de los combates aún presentes en varias regiones de Irak, muchas de las preguntas a resolver están aún pendientes: ¿qué papel jugará Naciones Unidas?, ¿de qué manera participará, si acaso, Europa y sus empresas en el proceso de reconstrucción?, ¿quién administrará el petróleo iraquí y cómo se hará uso de él?

Los cálculos iniciales de lo que puede costar en total la reconstrucción varían significativamente: William D. Nodhaus, de la Universidad de Yale, hace estimaciones que van de los 25,000 a los 100,000 millones de dólares; The Wall Street Journal estima que las necesidades de reconstrucción serán de 20,000 millones de dólares durante cada uno de los próximos tres años; y el Centro para el Análisis Estratégico y Presupuestario de Estados Unidos calcula que el costo será de entre 137,000 y más de 400,000 millones de dólares. Para el gobierno de Estados Unidos, los costos inmediatos pueden llegar a ubicarse en 95,000 millones de dólares. Como punto de comparación, el Plan Marshall, instrumentado en Europa después de la Segunda Guerra mundial, costó alrededor de 12,000 millones de dólares durante cuatro años, lo que representa aproximadamente 120,000 millones de dólares actuales. Al menos tres tipos de procesos de reconstrucción tendrán lugar en Irak en distintos tiempos y con diferentes implicaciones políticas y económicas: la ayuda humanitaria inmediata, la recuperación de la infraestructura física y particularmente la petrolera, y el establecimiento de nuevas instituciones de gobierno.

LA AYUDA HUMANITARIA

La caótica situación de Irak no surge con la guerra, aunque ésta la agudice. Veintidós años de guerras y sanciones económicas impuestas por la comunidad internacional derrumbaron a un país antes considerado de ingreso medio. Antes de que cayera la primera bomba, seis de cada diez iraquíes dependían por completo del programa de Naciones Unidas “petróleo por comida”, impuesto como parte de las sanciones aplicadas a Irak después de la Guerra del Golfo. Las raciones alimenticias representaban hasta ahora 80% del ingreso promedio de los iraquíes. Se estima que antes de concluir el mes de abril comenzará a haber escasez de alimentos. Aunque la ONU ha dispuesto de suficiente comida para alimentar a dos millones de personas por un mes, y espera poder alimentar a toda la población por un periodo de tres meses, la operación es cuatro veces más grande que la que se llevó a cabo en Afganistán. Pero los iraquíes no deberían preocuparse: los agricultores estadunidenses están ansiosos de enviar trigo, producto vital del cual Irak importa tres toneladas al año. Dos cargamentos con más de 50 toneladas de trigo se encuentran ya en camino rumbo al puerto de Umm Qasr, mientras Australia, uno de los más grandes graneros del mundo y miembro de la coalición bélica, apura el paso para enviar su propia tajada. Los envíos, por supuesto, no serán gratuitos. A la fecha, Estados Unidos ha gastado 242 millones de dólares en Irak, para solventar los primeros costos humanitarios.

UN NUEVO GOBIERNO

Hasta ahora, la atención se ha concentrado principalmente en los costos de la reconstrucción vinculada al rescate de la industria petrolera y la restauración de la infraestructura física. Pero de acuerdo con un reciente estudio elaborado por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), con base en Washington, las tareas van más allá de construir puentes y rehabilitar pozos petroleros: se trata de edificar un gobierno nuevo casi por completo.

De acuerdo con CSIS la reconstrucción en Irak debe incluir tareas en varios rubros, con sus costos respectivos, durante al menos dos años: crear una fuerza de seguridad de transición (4.95-6.6 mil millones); establecer un gobierno internacional de transición (710 millones); desarrollar un proceso de diálogo nacional (50 millones); contratar e instaurar a un equipo de expertos en asuntos legales y de justicia para reconstruir el sistema judicial (55 millones); crear un cuerpo policiaco con integrantes locales e internacionales (454 millones); organizar una reunión para discutir la reestructuración de la deuda de Irak, que es de aproximadamente 383,000 millones de dólares, y suspender o eliminar sanciones internacionales impuestas hasta ahora (1 millón); y organizar una conferencia de donadores para discutir la distribución de los gastos de reconstrucción (2 millones). El total, sin incluir los costos de reconstrucción de infraestructura física, es de poco menos de 7,900 millones de dólares.

Más allá de los costos directos de organización, administración y contratación del nuevo gobierno, cada parte en disputa buscará que su mejor candidato encabece el primer gobierno civil iraquí de la posguerra.

Buscando una tajada Aún no concluía por completo la toma de Bagdad, y la Agencia de Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID), encargada de la asignación de los contratos para la reconstrucción de la infraestructura física en Irak, había adjudicado ya dos de los primeros ocho contratos de construcción en Irak: Stevedoring Services of America recibió 4.8 millones para operar el puerto de umm Qasr, principal puerto por donde se canalizará la ayuda humanitaria a Irak, y la empresa International Resources Group absorbió 7.1 millones para la planeación, el monitoreo, la coordinación y la administración de las tareas de rehabilitación. Pero poco se sabe de los finalistas del más jugoso contrato en esta etapa, por un total de 600 millones de dólares, para realizar tareas de construcción de aeropuertos, caminos, sistemas de agua y electricidad, escuelas y hospitales. Parece seguro, sin embargo, que Halliburton, empresa de la que, hasta 2000, fuera directivo el vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, participará al menos como subcontratista para estas tareas.

Es claro que empresas no estadunidenses tendrán pocas posibilidades de competir por los contratos, a menos de que sean subcontratadas. USAID hará uso de una excepción en las reglamentaciones de adjudicación de contratos que le permite obviar parte del proceso normal de asignación en situaciones en las que los programas de ayuda extranjera pudieran verse afectados. USAID hizo uso de la misma excepción en la asignación de contratos en Afganistán y en Bosnia. La secrecía del proceso ha generado tensiones entre las empresas estadunidenses: en la actual época post-Enron, las empresas están más’ obligadas que nunca a comunicar los planes de inversión a sus accionistas, lo que violenta el secreto que ha solicitado el gobierno de Estados Unidos respecto a la participación en la competencia por los contratos de construcción en Irak.

¿Condonar o no condonar? La deuda de Irak será otro terreno en disputa. El total de las obligaciones financieras iraquíes es de 383,000 millones de dólares, que incluye deuda externa, reclamos de indemnización por la Guerra del Golfo y la guerra contra Irán, y contratos pendientes de pago. Estados Unidos ha sugerido, como muchos especialistas, que la reconstrucción de Irak debe pasar por la condonación o suspensión temporal de los pagos de al menos una parte de la deuda iraquí. Pero como acreedor de Irak por cerca de 12,000 millones de dólares, Rusia se opone a la condonación. Evitar que la deuda absorba la mayor parte de las ganancias obtenidas por la venta de petróleo iraquí, muy probablemente se convertirá en un terreno más de tensión internacional.

El botín de guerra La disputa por el reparto del botín de guerra anuncia ya sus primeras confrontaciones diplomáticas y políticas. Si Estados Unidos quiere alcanzar sus objetivos iniciales para la invasión a Irak, demostrar que sí puede ganar en Medio Oriente y mantener una base estratégica de operaciones en la región, el mantenimiento del control en el proceso de reconstrucción, en todas sus etapas, es vital. Para las empresas contratadas de Estados Unidos y las subcontratadas de otros países, la afirmación de The Financial Times al inicio de la invasión en Irak adquiere un cariz diferente: “A los inversionistas no les importan las guerras; simplemente no les gusta esperar por mucho tiempo a que éstas inicien”, y tampoco esperan mucho a que concluyan.

Fuentes:

Barton, Frederick y Crocker, Bathsheba: A Wiser Peace: An Action Strategy for a Post-Conflict Iraq. Center for Strategic and International Studies. US. www.csis.org.

• Strategic Forecast: “Al Qaeda’s move”, 12 de abril, www.stratfor.com

• Strategic Forecast: “After Iraq: The Ongoing Crisis”, 10 de abril, www.stratfor.com

• Strategic Forecast: “Profit and power in postwar Iraq”, 4 de abril, www.stratfor.com

• The Economist: “Humanitarian assistance: The other battle”, 3 de abril, www.economist.com  “The race to rebutid Iraq”, en Wall Street Journal, 11 de abril, p. Bl.

• Henriques, D. B.: “The catch-22 of Iraq contracts”, en The New York Times, 12 de abril, www.nyt.com , Henriques, D. B.: “Competing for Work in Postwar Iraq”, en The New York Times, 10 de abril, www.nyt.com , Spinner, Jackie: “Procedures on Iraq contracts Draw Fire on HUI”, en The Washington Post, 9 de abril, p. A33, •Landeler,M.: “Germán and French businesses are expecting cold shoulder”, en The New York Times, 12 de abril.

• Barringer, F. y Banerjee, N.: “Who’ 11 Control Iraq’s Oil? Tangled Questions Abound”, en The New York Times, 9 de abril.

•  Becker E • “Two Democrats Call for Scrutiny of Bidding to Reconstruct Iraq”, en The New York Times, 9 de abril. n

Actualidad del pasado

La Muerte en los Ojos

Lo que hoy asusta es la inconciencia con la que se sopla sobre el fuego de un volcán. En ese sentido, el movimiento pacifista representa un poderoso antídoto, un elemento de esperanza real. Por encima de las instrumentalizaciones políticas y retóricas sectarias, representa, por primera vez, una real fuerza política que revela una precisa inteligencia de la nueva, cambiada situación en la que se encuentra el mundo y una precisa voluntad de afrontarla.

El emperador Francisco José, escribe Joseph Roth en La marcha de Radetzky, nostálgica y conmovedora epopeya del imperio habsbúrgico, no amaba las guerras, porque sabía que se pierden. El sabio y venerable emperador sabía, por lo tanto, que todos pierden la guerra, incluso aquellos que al final se sienten victoriosos; el rostro de la guerra es la derrota; a la noche que desciende sobre cada batalla se le une el “Miserere”, no el “Te Deum”. Quien escribía esas palabras, en La marcha de Radetzky, no era un pacifista amante de marchas, asambleas y ayunos, sino un soldado que fielmente había luchado por su patria y por su emperador en la Primera Guerra Mundial, que amaba las banderas y el olor a grasa de los cuarteles y que —precisamente porque había visto las grandes masacres y las exaltaciones, que aunque generosas eran ingenuas, que les habían allanado a ellos el camino exaltando la guerra a priori— conocía directamente la bestialidad, la trivialidad, la insensatez, la cenagosa y sangrienta necesidad de la guerra y de su fascinación. Joseph Roth, devoto de los estandartes y de las insignias militares de su armada y acusador de la idolátrica fiebre bélica, no es un caso aislado; a menudo se aprende a conocer —y a rechazar— la cara mortal y obscena de la guerra no sólo y no tanto en las páginas de ideólogos pacifistas que no saben lo que es y dónde nace y extrae su terrible seducción, sino en las páginas de aquellos que ajustan cuentas con su realidad, con sus motivaciones, a veces con su necesidad, pero sabiendo que la guerra es el mal.

Si se leen las grandes páginas de Servidumbre y grandeza de la vida militar escritas por De Vigny se toca con la mano la desolación de la guerra más que en muchos slogans pacifistas. El sabio Francisco José indultaba en los desfiles militares para demorar lo más posible el momento de transformar la simetría de esos soldados en fila en el caos del matadero. Durante muchos años el no a la guerra, siempre sacrosanto, ha sido viciado por la ligereza y el sectarismo ideológico que lo hacían sospechoso de superficialidad gregaria —el placer de repetir acríticamente fórmulas genéricas— y de sectarismo. Incluso en los últimos meses, las encomiables movilizaciones en calles y plazas en contra de la arrogancia, la hipocresía y la superficialidad con la que el actual gobierno de Estados Unidos preparaba esta guerra, han pecado de sectarismo, levantando su voz contra la política del actual gobierno norteamericano, pero no levantándola en contra de crímenes todavía mucho peores que cometen otros regímenes imperantes en otros países: no se ha visto, por desgracia, que se quemen banderas de países en donde se lapidan adúlteras o se decapita a los homosexuales. Esta parcialidad es extremadamente peligrosa porque debilita la causa de la paz y la propia impugnación de la actual política del gobierno norteamericano, confundiéndola con un estulto y apriorístico antiamericanismo que no tiene nada que ver con la paz y la guerra. La justa crítica a la política de Bush parece a veces torcerse en una loca equidistancia entre Bush y Saddam, como si fuese la misma cosa ser ciudadano estadunidense y súbditos o esclavos del actual régimen de Bagdad. La guerra en Irak es un error desastroso no porque Saddam Hussein, vivo o muerto, merezca respeto, sino porque no se puede bombardear Palermo para eliminar a los delincuentes mafiosos, porque incluso otros países aliados de Occidente tienen regímenes igualmente ignominiosos como el que ahora agoniza en Irak, porque ningún Estado puede erguirse juez y policía del mundo y sobre todo porque no es lícito ser aprendiz de hechicero y poner en movimiento un proceso que podría provocar inimaginables reacciones en cadena, peligroso para el actual equilibrio de nuestro mundo.

Quien detenta el mando, democrática o tiránicamente, está a menudo, alegre y obtusamente, convencido de mantener bajo control el juego que ha iniciado. Así lo estaban los gobernantes en 1914, todavía después del atentado de Sarajevo, convencidos de que todo se resolvería con algunas pequeñas guerrillas locales, incapaces de pensar que estaban poniendo en movimiento una masacre inhumana, “la inútil matanza” —como la llamó el pontífice de entonces, Benito XV— o bien el suicidio de Europa. Para un análogo proceso psicológico, quizás incluso los médicos y científicos se hubieran reído de aquel que hubiera dicho, al final de la guerra, que podía desencadenarse una epidemia de gripe capaz de segar más víctimas que la propia guerra, como de hecho sucedió con la influenza española. Lo que hoy asusta es la inconsciencia con la que se sopla sobre el fuego de un volcán. En ese sentido, el movimiento pacifista —con sus dimensiones sorprendentes para todos, tanto por los adversarios como por los autores de la guerra— representa un poderoso antídoto, un elemento de esperanza real. Por encima de las instrumentalizaciones políticas y retóricas sectarias, inevitablemente presentes en un movimiento tan vasto y abigarrado, representa, por primera vez, una real fuerza política que revela una precisa inteligencia de la nueva, cambiada situación en la que se encuentra el mundo y una precisa voluntad de afrontarla. Durante medio siglo la Guerra Fría entre los dos bloques había parado y eliminado, para Europa y Occidente, la posibilidad misma de cualquier guerra; los conflictos se libraban, sangrienta y criminalmente, en otros lugares, in corpore vili, en otros continentes. Ahora esa situación se ha liberado, con el indecoroso desmoronamiento del mundo comunista derribado por la osteoporosis; pero se ha liberado todo, también la posibilidad de las guerras. A las alianzas rígidas y mutables de la Guerra Fría está arribando un periodo nuevo, de alianzas inestables y cambiantes, de nuevos conflictos, de nuevos problemas. Derrumbado el rígido sistema bipolar, se regresa a a una especie de situación como la anterior a la Primera Guerra mundial; las grandes y pequeñas potencias se liberaron de la tutela de los dos árbitros y la solución posible para sus problemas vuelve a ser la guerra. Esta última —que parecía hipotética sólo en la forma de un Apocalipsis nuclear global— vuelve a ser, tradicionalmente, una nueva eventualidad “normal”, la continuación de la política por otros medios, como decía Clausewitz, como siempre ha ocurrido y como podría volver a suceder.

Con la diferencia de que cualquier problema ahora asume una dimensión global y los espantosos medios de destrucción ahora a disposición de cualquier país por pequeño que sea, o de una organización terrorista, pueden transformar cualquier conflicto, incluso local, en una mecha que puede hacer explotar al mundo. Los millones y millones que impugnan esta guerra son aquellos que mejor se dan cuenta de este peligro y quieren detenerlo. Es reconfortante que sean muchos, que sean una fuerza, una real potencia política. No sólo son abstractos utopistas sino políticos realistas; han dejado de ser desaliñados protestantes para semejarse a esos ordenados soldados adversos a la guerra que tanto le gustaban a Joseph Roth y a su emperador.

 

Claudio Magris

Traducción de María Teresa Meneses

Horas después del ataque

HORAS DESPUÉS DEL ATAQUE

LA OPINIÓN PÚBLICA MUNDIAL

POR LETICIA JUÁREZ GONZÁLEZ

Estados Unidos inició su incursión en Irak con una imagen mu y desfavorable y de abierto deterioro. La percepción en muchos países es que las acciones de Estados Unidos han sido perjudiciales.

Poco antes de que Estados Unidos e Inglaterra invadieran Irak sin el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU, la opinión pública de nueve naciones del mundo occidental expresaba opiniones ambivalentes. Por un lado, la población de Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, España, Rusia, Polonia. Turquía y México manifestaban rechazo mayoritario a que Estados Unidos y sus aliados intervinieran en Irak. Por el otro, prevalecía la percepción más o menos extendida de que el pueblo iraquí saldría bien librado y la zona recobraría su estabilidad una vez que Estados Unidos lo liberara de Saddam Hussein. Como sea, esta percepción supone la aceptación tácita del uso de la fuerza para suprimir un gobierno considerado inconveniente. Sólo en Estados Unidos se aprobaba la incursión y se expresaba confianza en que la desaparición del líder iraquí mejoraría las cosas en Irak y en la región.

Los datos que a continuación exponemos provienen de dos estudios de opinión pública. Uno realizado por The Pew Research Center for the People & the Press en nueve países poco después del ultimátum norteamericano al gobierno de Irak,1 y otro realizado en México por BGC, S. C. horas antes del inicio de los ataques militares contra el gobierno de Hussein en Irak .2

 Estados Unidos inició su incursión a Irak con una imagen muy desfavorable y de abierto deterioro en cada uno de los países encuestados, donde se manifestó que la política exterior norteamericana ha perjudicado a sus países.

Comparada con datos del año 2002, la opinión empeoró en todos los países, particularmente en Francia, donde la buena opinión disminuyó de 63% a 31%, en tanto que en Alemania la misma pasó de 61% a 25% y en Italia de 70% a 34%. La percepción en Rusia y Turquía se mantuvo negativa.3 En México, la positiva decayó de 74% a 39%. Exceptuando a los británicos, en la población entrevistada prevalecía la impresión de que la política exterior norteamericana ha generado efectos negativos en sus países.

Salvo en Estados Unidos e Inglaterra, la intención de atacar Irak para lograr el desarme y la desaparición del régimen de Saddam Hussein fue ampliamente censurada, pero la desaprobación perdió sustento cuando los encuestados reconocieron que el desarme de Irak y la deposición de Hussein podría mejorar la situación de los iraquíes y en menor medida proporcionar una mayor estabilidad a la región (excepto Rusia y Turquía, países más cercanos a la región).

El rechazo así matizado sorprende y seguramente encuentre explicación en los sentimientos naturales de rechazo que genera la guerra, en la opinión desfavorable que se ha ganado Hussein y en la idea generalizada de que apoya al terrorismo.

1 Bul Post-WarIraq Will be Better Off. Most Say. America ‘s Image Further Erodes, Europeans Want Weaker Ties (a nine-country survey): 1estudio realizado entre el 12 y 17 de marzo en nueve países dentro del programa The Pew Global Attitudes Project llevado a cabo por The Pew Research Center for the People & the Press, 18 de marzo, 2003, www.people-press.org. El resultado de las nueve encuestas realizadas está basado en entrevistas telefónicas bajo la dirección de Princeton Survey Research Associates en muestras representativas con validez nacional de 1,032 adultos mayores de 18 años en Estados Unidos, 962 en Inglaterra (el campo a cargo de NOP entre los días 14-15), 485 en Francia a cargo de IFOP entre los días 13-14. 542 en Alemania a cargo de EMNID entre los días 14-15. 500 entrevistas en Italia a cargo de Pragma entre los días 12 y 14, 503 en España a cargo de Demoscopia entre los días 12-17. En Rusia fueron 501 entrevistas telefónicas en áreas urbanas de 500.000 habitantes o más a cargo de Romir entre los días 12-14. En Polonia fueron 513 entrevistas en vivienda en áreas urbanas a cargo de Demoskop entre los días 10-14, en Turquía 513 entrevistas a adultos en vivienda a careo de PIAR entre los días 10-17 En el caso de los resultados para Estados Unidos e Inglaterra se tiene un nivel de 95% de confianza con un error estimado de ± 3 5 puntos. En el resto de los países el error muestral es de ± 5 puntos.

 2 Estudio en México realizado del 19 al 20 de marzo por BGC, S. C. en Acontecer Nacional y Opinión Pública©, Vol. II, núm. 12, 24 de marzo del 2003. PP- 7-15. La muestra nacional fue a población mayor de 18 años; 400 entrevistas efectivas. Método de selección de la muestra: arranque aleatorio y selección sistemática de los números telefónicos residenciales mediante el sistema CATI (Computer Assisted Telephone Interview). Confianza 95% con un error de ±5 puntos.

3 The Pew Research Center for the People & the Press, ibid, p. 1.               n

 

Los dos Vicentes

LOS DOS VICENTES

POR SOLEDAD LOAEZA

Entre los presidentes, como entre las celebridades, la persona pública tiende a eclipsar a la persona privada. No para Vicente Fox que se ha negado a reconocer que la presidencia de la República normalmente demanda una dedicación de 24 horas al día, y a someter su individualidad a las normas que rigen al funcionario.

Cuando se publican los resultados de encuestas de evaluación de los gobernantes normalmente nos contentamos con saber si el porcentaje de aprobación ha aumentado o disminuido. Si acaso, nos limitamos a hacer un juicio rápido y pasamos a otra cosa, guardando en la memoria únicamente los datos de ganancia o de pérdida; rara vez nos damos el tiempo de reflexionar acerca de las causas del comportamiento de la opinión, de sus inconsistencias —que siempre las hay—. y tampoco nos ocupamos de extraer la riqueza de las respuestas de los encuestados. Las consultas son una mina para un mejor conocimiento de la opinión, no de sus gobernantes, sino de cómo sus gobernados los perciben o los imaginan.

En febrero pasado la empresa Consulta Mitofsky dio a conocer los resultados de la novena evaluación trimestral del presidente de la república. Esta entrega completa la trayectoria de Vicente Fox a ojos de la opinión pública en los dos primeros años de su gobierno y permite reconstruir los altibajos, las mesetas de estabilización o las oscilaciones que ha experimentado la imagen del presidente y de su gobierno desde la toma de posesión en diciembre del 2000. Vistos en conjunto los datos del primer bienio sirven también para hacer un boceto del retrato que los mexicanos nos hacemos de Vicente Fox, presidente de la república, el que se ha ido componiendo en estos meses a golpe de acontecimientos, decisiones, indecisiones y de lo que Daniel Cosío Villegas llamó “el estilo personal de gobernar”, que podemos entender como la combinación de los rasgos que cada individuo imprime a su gestión de gobierno: algunos de ellos voluntarios y otros espontáneos. Por ejemplo, el presidente Fox ha querido proyectar la imagen de que es un presidente que tiene cercanía con la gente, y lo ha logrado, mediante instrumentos como un programa de radio semanal, la informalidad con que se conduce en público o el uso preferente del tuteo. Echar mano de estos recursos no le cuesta ningún trabajo, porque son rasgos propios de su identidad de ranchero, pero nada tiene de espontáneo. Al contrario, es muy probable que los estrategas de comunicación de la presidencia insistan en que hay que explotarlos al máximo, confiados en que afianzan la imagen del presidente cercano al “pueblo”. Es decir, cada uno de ellos está muy bien pensado.

La consulta muestra asimismo que el ranchero Fox ha transmitido a ese “pueblo” el mensaje de que no tiene liderazgo para dirigir el país, capacidad para resolver los problemas o experiencia para gobernar. Es evidente que estos juicios negativos no han sido conscientemente emitidos por el presidente, sino que son espontáneos y sugieren que sus repetidas quejas de que “no lo dejan gobernar” no son entendidas sólo a partir de la intención de denunciar ante la opinión sus dificultades con el Congreso y con los partidos. En este país de presidencialismo histórico los reproches del jefe del ejecutivo también son interpretados como una medida de su incapacidad para imponerse en la dirección del país, persuadir o hacer callar a sus adversarios o, simplemente, tomar decisiones para gobernar. Aparentemente son muy pocos los mexicanos que piensan que el presidente podría ser un líder incluso por encima de un congreso plural, pues en febrero del 2003 sólo el 23% le reconocía liderazgo en la conducción del país —una virtud que en febrero de 2001 le atribuía 60% de los ciudadanos—, es decir una caída de 37 puntos porcentuales (Gráfica 1).

Datos de la encuesta que discutiremos más abajo indican que la discrepancia entre la simpatía que despierta Vicente Fox y su pobre imagen como jefe del ejecutivo nace de la distinción que la opinión pública establece entre el individuo y el presidente de la república. Mientras a uno le reconoce tolerancia, sinceridad y buena voluntad, al otro le reprocha que no haga nada o muy poco para resolver los problemas del país que considera prioritarios: la inseguridad y el desempleo. Esta imagen escindida del presidente no es producto de una patología de los encuestados, sino el efecto del comportamiento del propio Vicente Fox y de una estrategia de comunicación cuyo eje no es el ciudadano presidente, sino la persona privada, a quien aparentemente la silla presidencial le incomoda, porque la mira con más desconfianza que a su silla de montar, más como un estorbo que como un instrumento. En cambio, la dicha estrategia considera que los atributos personales del ciudadano Fox, desde su buena fe hasta su religiosidad, bastan para conquistar a la opinión y llevarla por el camino deseado. Esta interpretación a-presidencialista de la autoridad de Vicente Fox es una prolongación del presupuesto básico de la legendaria precampaña: el mayor activo político de Vicente Fox es Vicente Fox. También se inscribe dentro de la interpretación dominante en el seno del grupo foxista de que el triunfo de la Alianza por el Cambio en la elección del 2000 fue obra del carisma del candidato.

Para delinear los primeros rasgos del retrato hablado del individuo y del presidente Fox que se han hecho los encuestados en dos años de gestión presidencial tomemos dos de las preguntas de Mitofsky: ¿Está usted de acuerdo o en desacuerdo con la forma de gobernar del presidente? y ¿Usted cree que el gobierno de Vicente Fox tiene las riendas del país o las cosas se están saliendo de su control?

En febrero de 2001 el presidente contaba con el 70% de acuerdo con su forma de gobernar, y 59% de los encuestados confiaba en que su gobierno tenía las riendas del país. Esta diferencia entre ambas evaluaciones sería natural, dado que están midiendo dos cosas distintas: la primera está enfocada en el presidente, puede entenderse como si estuviera referida a su “estilo de gobernar”; la segunda, en cambio, lo sitúa de lleno en su responsabilidad como cabeza del gobierno, como presidente de la república y responsable último del control del país. La diferencia parecería una contradicción de los encuestados, pues uno pensaría que la capacidad para gobernar el país es una condición para aprobar la forma en que está siendo gobernado. Sin embargo, no hay tal contradicción porque la opinión distingue el individuo del funcionario, y cada uno de ellos le merece una evaluación diferente. La diferencia entre ambos resultados se acentuó durante los dos primeros años del sexenio, sólo disminuyó en febrero del 2002 a 9-9%, pero la razón fue la caída del nivel de aprobación; en la última evaluación la distancia entre ambas curvas se abrió en forma alarmante, pues mientras 53% aprobaba la manera como el presidente gobernaba el país, sólo 29% consideraba que su gobierno tenía las riendas del país (Gráfica 2).

Todos tenemos dos imágenes: la pública y la privada. El peso de la una sobre la otra depende en parte de lo que hacemos para ganarnos la vida. Por ejemplo, las celebridades de finales del siglo XX han hecho de su privada una mercancía que venden a revistas como el Hola. En su caso la persona privada es la persona pública, con todos los riesgos que entraña que conozcamos su intimidad: lo que les gusta, lo que les duele, lo que los lastimó de niños, sus pecadillos y sus pecadotes. El presidente Fox nos “vende” su vida privada, y su personalidad, convencido de que las formalidades y los oropeles del pasado sólo servían para distanciar a los presidentes del “pueblo” y disimular sus engaños y su maldad.

Entre los presidentes, como entre las celebridades, la persona pública tiende a eclipsar a la persona privada. No para Vicente Fox, que se ha negado a reconocer que la presidencia de la república normalmente demanda una dedicación de 24 horas al día, y a someter su individualidad a las normas que rigen al funcionario. De ahí que haya podido mostrar que mantiene virtudes “privadas”, como la sinceridad o las buenas intenciones, que la gente le reconoce. Sin embargo, esta imagen de buena persona, cercana a la gente, amigable —como se desprende de las respuestas que consideran que una de sus virtudes es que se lleva bien con otros gobernantes— y tolerante con sus críticos, no lo proyecta como un buen presidente. Para los mexicanos el funcionario Vicente Fox no es un ejecutivo, sino una buena persona, débil y vacilante. La evaluación de su capacidad para resolver problemas y de su experiencia para gobernar cayó en los dos últimos años 37 y 35 puntos porcentuales, respectivamente (Gráficas 3 y -4). Peor todavía, Vicente el ciudadano no logra sustraer a Vicente el presidente de las suspicacias que rodean a todos aquellos que han ocupado la presidencia de la república, de suerte que sólo la tercera parte de los encuestados cree en su honradez, en su sinceridad o en su interés por ayudar a los pobres (Cuadro 1).

La campaña electoral de Acción Nacional este año ha arrancado con la firme convicción de que el apoyo de Vicente el ciudadano es un activo para los candidatos de ese partido. De ahí que el presidente se haya involucrado con tanta intensidad en la búsqueda del voto para su partido, sin importarle demasiado las críticas ni las acusaciones de que viola reglas no escritas. Es posible que la confianza que le tiene la gente que le cree siempre, o casi siempre, rinda a favor de los panistas; su victoria sería un indicador de que el presidente Fox convenció a la opinión de que los legisladores de oposición han frenado los cambios que propone. No obstante, esta estrategia no está carente de riesgos. Pierde de vista que Vicente Fox no participa en la contienda, así como la contradicción que se deriva de recurrir al individuo Fox para apoyar a los candidatos del PAN, después de que durante más de dos años trató de desvincularse del panismo; este propósito puede ser hoy un obstáculo para que los ciudadanos lo identifiquen con los candidatos de un partido con el que ha tenido tantos conflictos como con los demás. Además, si el capital del ciudadano Vicente es estrictamente individual, ¿cómo puede extenderse para cubrir a cientos de candidatos? El manto de la presidencia de la república ciaría para más. Por último, la encuesta Mitofsky también muestra que la desenvuelta irreverencia con la que Vicente Fox asumió las funciones de presidente de la república ya dejó de ganarle simpatías: al iniciar 2001. 75% aprobaba su comportamiento como presidente, en febrero del 2003 el porcentaje era de 31%, es decir, registró una caída de 44 puntos porcentuales (Gráfica 5).

Vale la pena anotar también que las caídas más fuertes en el nivel de aprobación del presidente, en la evaluación de sus atributos y en su credibilidad han ocurrido en las semanas posteriores al periodo legislativo. Hasta ahora el sello del gobierno foxista ha sido la tensión entre el poder ejecutivo y el legislativo; las evaluaciones trimestrales indican que los conflictos entre los dos poderes no afectan sólo a los legisladores, sino que el presidente también sale perdiendo de los dimes y diretes con ellos y entre ellos.

Muchos son los riesgos de sobreexplotar el activo Vicente Fox porque la trayectoria de los niveles de aprobación de su gestión presidencial denota una fragilidad que demandaría más protección que la sobreexposición a que está siendo sometido. Nada garantiza que la investidura presidencial esté al abrigo del previsible desgaste de la figura del ciudadano Fox. El éxito de los esfuerzos por hacer de una carta de juego dos ganadoras depende de la astucia del otro jugador para destapar el bluff de su contrincante. Si no lo hace se habrá dejado ganar por el otro, pero si lo hace dejará al descubierto que no hay dos, sino un solo Vicente Fox.  N

 

 

 

                                          

La ONU: ¿Maltrecha e irrelevante?

LA ONU: ¿MAL TRECHA  E  IRRELEVANTE?

POR JORGE MONTAÑO

Hablar del papel que tendrá la ONU en la etapa posterior al fin del conflicto, sin precisar la dimensión de la violación unilateral de la Caria de Naciones Unidas, parece poco constructivo, ya que equivale a sancionar la acción punitiva que ilegalmente se está realizando en Irak.

Hace doce años, la crisis en el Golfo Pérsico marcó el renacimiento de Naciones Unidas. El primer presidente Bush confió en la diplomacia y en la negociación política. Con imaginación y paciencia, el Consejo de Seguridad aprobó resoluciones de conminación, ultimátum, uso de la fuerza, cese al fuego y sanciones a los invasores iraquíes. Adicionalmente, 34 países apoyaron efectivamente a Washington, aportando el 25% de las tropas y cubriendo el 88% del costo total de la campaña.

Hoy, George W. Bush, con un grupo de colaboradores con quienes comparte la visión imperial del mundo, ha golpeado de manera irreversible al multilateralismo: “Se agotó el tiempo de la diplomacia”, afirmó el presidente de Estados Unidos y su vicepresidente fue aún más específico: “Las instituciones internacionales creadas para resolver los conflictos en el siglo XX ya no sirven. Se requieren nuevas estrategias políticas e instituciones para hacer frente a las amenazas de nuestra época. Sólo Estados Unidos tiene la capacidad para enfrentar con efectividad esos nuevos retos”.

Los efectos del 11 de septiembre sobre la ONU fueron devastadores. La lógica del miedo a otro ataque terrorista en Estados Unidos generó una reacción irracional en las autoridades, con explicable apoyo de la opinión pública, combinación que ha llevado la autoprotección demasiado lejos. El primer síntoma de esta nueva interpretación de la correlación de fuerzas internacional fue el bombardeo indiscriminado a Afganistán y los prisioneros enviados a Guantánamo, sin ninguna consideración a sus derechos fundamentales. Ninguna voz se alzó en el Consejo de Seguridad contra este despliegue unilateral, lo cual seguramente se interpretó como apoyo.

La credibilidad política que había logrado la organización después del fin de la Guerra Fría sufrió por este hecho un impacto por demás negativo. Meses más tarde, Estados Unidos logró que el Consejo de Seguridad eximiera a sus soldados de la jurisdicción de la Corte Penal Internacional. Sin embargo, el golpe fatal se lo dio la decisión de destruir sin fundamento legal al régimen de Hussein. Bush no escondió esta decisión y con suficiente anticipación decidió actuar a cualquier costo. Los anuncios bélicos que siguieron a este pronunciamiento hecho en marzo del 2002 dejaron claro que nunca existió la decisión de sujetarse a la normatividad de la Carta de Naciones Unidas. El atropello del derecho internacional regresó a la humanidad al voluntarismo del más fuerte.

Colin Powell, el único funcionario con vocación conciliadora dentro del grupo cercano a la Casa Blanca, logró una tregua del presidente Bush para darle espacio a las negociaciones multilaterales en el seno de la ONU. La buena fe del secretario de Estado se probó con una actitud abierta frente al régimen de inspecciones así como a los acomodos necesarios para incorporar posiciones incluso reticentes a sancionar a Irak. Sin embargo, es evidente que la condición que los “duros” o “halcones” impusieron a Powell era que obtuviera un traje a la medida de los planes preconcebidos: la autorización de Naciones Unidas para liquidar a Hussein e hijos.

La muestra del escaso interés y confianza de este grupo por la vía diplomática lo constituyó el hecho de que en ningún momento del proceso de discusión de la resolución 1441, que tomó varias semanas, el gobierno estadunidense interrumpió los desplazamientos de tropas y los preparativos para la guerra. Bush fue congruente con su desconfianza y nunca abandonó la retórica y los arreglos bélicos.

En retrospectiva, aun el más ingenuo debe reconocer que el gobierno estadunidense no escondió ni maquilló la proclividad por su nueva doctrina del ataque preventivo, que de acuerdo a sus autores otorga a Estados Unidos el derecho de actuar en contra de cualquier país o grupo político que atente contra su seguridad. El infractor será considerado automáticamente como enemigo, sin importar lo que señale la legislación internacional. La premisa de esta doctrina es muy sencilla. No existe disposición vigente que impida a Estados Unidos “jalar el gatillo” en contra de quien o quienes vulneren los intereses y la integridad de ese país.

Los costos de la aplicación de la doctrina del ataque preventivo no se ponderaron ya que en esta etapa unipolar no existe consideración alguna por encima de la seguridad de Estados Unidos. Esa es la razón por la cual en el turbulento trayecto diplomático de los últimos meses quedaron maltrechas la Organización de Naciones Unidas, la Alianza Atlántica, la Unión Europea, la OTAN y desde luego el Nuevo Orden Internacional en el que estuvieron comprometidos, al menos retóricamente, los dos antecesores de Bush. A esto se le deben agregar los daños mayores a relaciones bilaterales de la gran potencia, significándose el desencuentro con sus vecinos al norte y sur de sus fronteras.

Si se quiere contribuir a reparar los daños al multilateralismo en su concepción más amplia, se debe empezar por reconocer lo ocurrido. Las voces del optimismo irreal que niegan las dimensiones de lo destruido no pueden ser atendidas, a pesar de su innegable buena voluntad. Hablar del papel que tendrá la ONU en la etapa posterior al fin del conflicto, sin precisar la dimensión de la violación unilateral de la Carta de Naciones Unidas, parece poco constructivo, ya que equivale a sancionar la acción punitiva que ¡legalmente se está realizando en Irak.

De persistir esta tolerancia, la ONU tendrá que condonar en el futuro cercano acciones similares como las que ya se han anunciado contra Irán y Corea del Norte. Sería una ilusión pensar que la represalia contra el “eje del mal” se agotará con la caída de Hussein. La administración conservadora de Bush es muy predecible y por tanto debemos creerle. La trágica muerte de 3,000 personas con motivo de los ataques del 11 de septiembre en Nueva York y Washington es la razón esencial que tienen los estadunidenses para fundamentar un cambio radical a todo el andamiaje internacional. Eso explica la denuncia de Estados Unidos del Tratado de Misiles Antibalísticos, el rechazo de la Corte Penal Internacional y del Protocolo de Kyoto, los proyectos excluyentes para la paz en el Medio Oriente y el desdén por el acercamiento entre las dos Coreas. No se debe caer en el autoengaño ante una carta de navegación claramente orientada: consolidar la supremacía de la única superpotencia mundial.

La comunidad internacional debería salir del ominoso silencio en que se sumió luego de que cayó la primera bomba en Irak. Esta omisión parece un respaldo a las acciones militares sin fundamento legal. El sano activismo que tuvieron durante el proceso de negociación tres miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Francia, Rusia y China), así como la mayoría de los no permanentes, debe resurgir con una condena a la ilegalidad de la invasión de Irak. Es evidente que el temor reverencial a Estados Unidos ha paralizado a la ONU y a su secretario general.

Aún más, en caso de que no existan condiciones para lograr los votos en el Consejo de Seguridad dado el veto que podría ejercer Estados Unidos o el Reino Unido, existe la posibilidad de someterlo a la consideración de la Asamblea General. Existen precedentes importantes en la materia. En diciembre de 1989, después de la invasión estadunidense a Panamá, México intentó introducir una condena como tema en la agenda del Consejo. Ante la negativa de los miembros permanentes, se sometió al pleno que lo aprobó con una abrumadora mayoría.

Las crisis de los organismos multilaterales han sido una constante desde su fundación. En la Guerra Fría, la explicación se centraba en la falta de diálogo que caracterizó al mundo bipolar de la segunda postguerra. Las expectativas generadas por los éxitos alcanzados por la ONU en los noventas tanto en la solución de los conflictos centroamericanos como en Haití, Somalia, Cambodia, Bosnia y Ruanda hicieron olvidar al mundo que en 1985, con motivo del 40 aniversario del organismo, se pensó seriamente en replantear su papel a fin de solucionar la crisis.

El embate actual es el más serio que ha sufrido el multilateralismo moderno, simplemente porque el mundo tiene condiciones totalmente distintas a las que existían antes del 11 de septiembre. Este hecho irrefutable reclama una estrategia imaginativa que permita a la ONU recuperar un papel relevante en el tratamiento no sólo de conflictos políticos, sino en el abordaje de la agenda amplia que tiene el sistema de Naciones Unidas en su conjunto. Es la ignorancia de los temas como pobreza, malnutrición, insalubridad, analfabetismo y atraso económico lo que puede generar más conflictos. Será un error pretender que la única manera de enfrentar el descontento y la ingobernabilidad es con el uso de la fuerza.  n

La guerra a ciegas

LA GUERRA A CIEGAS

POR JEAN DANIEL

 TRADUCCIÓN DE ALBERTO ROMÁN

la idea de que los estadunidenses pudieran instaurar durablemente la democracia y el desarrollo en los pueblos árabe-musulmanes, así como la idea de que estos pueblos pudieran aceptar una nueva distribución de los mapas y de los recursos, tal y como sucedió después de las dos guerras mundiales, no pueden ser ideas más que de la ceguera o el cinismo.

1) La decisión de George W. Bush abre una era, inaugura un siglo y hace que nuestro mundo caiga en lo imprevisible. A pesar de las diferencias, se arriesgarán a comparar este hecho con la caída del muro de Berlín. En aquel año de 1989 una ideología casi planetaria y totalitaria se venía abajo. Hoy, y en nombre de la democracia, a pesar del repudio espectacular de las opiniones públicas casi unánimes y de algunos gobiernos europeos, un nuevo mesianismo se impone con toda la fuerza de su hegemonía.

Jamás dudamos de que la guerra fuera inevitable. Escribíamos en el mes de diciembre: “El año próximo en Bagdad”. Por otra parte, desde el principio hicimos hincapié en que nuestra hostilidad no era en absoluto una manifestación de pacifismo ni una subestimación de la demencia iraquí. En fin, juzgamos que el debate en torno al carácter ilegal o no de la decisión estadunidense no tenía ninguna relevancia desde el momento en que George Bush declaraba: “Con ustedes o sin ustedes, yo haré la guerra”.

En cambio, nos hemos alarmado con la idea de que el shock increíble que desequilibró a Estados Unidos en el momento de los atentados del 11 de septiembre de 2001 no sólo hubiera provocado entre los estadunidenses el deseo legítimo de erradicar el terrorismo, sino también la convicción de que ellos eran los únicos que podían hacerlo y la imperiosa necesidad de aportar la prueba de su capacidad para dominar el mundo. Decíamos que una guerra contra Irak decidida sin asociarse con los pueblos musulmanes, y sobre todo árabes, sin tomar en cuenta la tragedia israelita-palestina, no podía sino servir al mismo terrorismo que se pretendía combatir. Esto es lo que seguimos creyendo.

2) Para el nuevo mesianismo estadunidense el derrocamiento de Saddam Hussein no es sino el primer elemento de una verdadera reconquista del cercano Oriente. Y esto, sobre todo, desde el momento en que una nueva ideología terrorista permea la región que por esta misma razón está inmersa en una inestabilidad nociva para los intereses occidentales, es decir, de Estados Unidos. No deja de ser cierto que se subestima con frecuencia el hecho de que Estados Unidos ha tenido que hacerse cargo de todos los problemas —y sin duda de los beneficios también— de este conjunto de países que no logran salir del subdesarrollo cuando son pobres y del despotismo cuando son ricos. Estados Unidos ha tenido que enfrentar dos problemas en los que se ha involucrado directamente: el de la invasión de Kuwait por Irak en 1990, sancionada con una guerra que mantuvo a Saddam Hussein en el poder, y el de la Intifada palestina, que Bill Clinton creyó poder utilizar para facilitar una paz con los israelitas. Los fundamentalistas de Estados Unidos, lo mismo cristianos que judíos, nunca hicieron fáciles los esfuerzos de Bill Clinton a favor de la paz. De hecho, los sabotearon con la eficaz ayuda de palestinos irresponsables. Después de la llegada al poder de su candidato, George W. Bush, y sobre todo luego de los atentados del 11 de septiembre, han encontrado la oportunidad, obsesivamente buscada, de instaurar en el cercano Oriente un nuevo orden que coloque a la derecha israelita y a los países árabes moderados a salvo de cualquier amenaza. Para George W. Bush era mucho más simple: antes del 11 de septiembre él ya pensaba que debía acabar el trabajo que había comenzado su padre, y eliminar en consecuencia a Saddam Hussein; después del 11 de septiembre se convenció de que había que demostrarle al mundo que el poder estadunidense era incontestable.

3) De pronto podía plantearse la cuestión de saber si la obligación de someterse a las últimas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU debía desembocar en la protección a un dictador. Tanto más que este mismo Consejo había permanecido pasivo cuando sucedieron las masacres de Ruanda y Srebrenica, y no había objetado nada a la intervención en Kosovo.

¿Por qué, entonces, no resignarse provisionalmente a la hegemonía estadunidense si ella misma se ponía al servicio de los derechos humanos? Este punto fue sugerido hábilmente por hombres como Colín Powell y Tony Blair. No hubo nadie en el campo de la paz para responder que aun si la guerra ilegal se convertía en una guerra justa, una gran visión política del futuro no podría conciliarse con las condiciones en las que tiene lugar la intervención militar. En efecto, ¿de qué les han hablado este estadunidense y este británico a los halcones de Washington? De la ideología islamista, de la oposición de la casi totalidad del mundo árabe a esta ideología y de la necesidad absoluta de resolver el problema del cercano Oriente para romper la unión antiestadunidense que favorece a Saddam Hussein. Así fue como esos dos hombres, en el último minuto, le arrancaron, en un regateo miserable, algunas palabras a George W. Bush sobre el cercano Oriente y la necesidad de una cohabitación entre el Estado israelita y un Estado palestino. Estos dos hombres, Colin Powell y Tony Blair, no han querido evitar la guerra, pero fueron los únicos que quisieron darle un sentido y, a fin de cuentas, un honor.

4) ¿Qué nos dicen los optimistas incurables y amnésicos (pues ya lo dijeron en 1991)? Que la guerra será corta, entre seis días y seis semanas. Que será limpia porque armas de ciencia ficción destruirán los objetivos tácticos sin lastimar a la población civil. Anticipan una entrada triunfal de tropas recibidas como libertadores. Un complot contra Saddam Hussein que le impida dar la orden de utilizar armas químicas y bacteriológicas. Turcos que respetan la autonomía de Kurdistán y chiítas que no toman venganza contra la minoría sunita. Entonces, como la Fuerza cuando es victoriosa toma con frecuencia el aspecto del Derecho, todas las legiones que habían jurado fidelidad al déspota se unen al emperador libertador, mientras en las mezquitas se bendice el nombre de Bush —y en el resto del mundo, las naciones que se habían opuesto a la guerra poco a poco se vuelven comprensivas…

Aun cuando esta conjunción de milagros se produjera, sus efectos sólo serían positivos en el corto plazo. Pues lo esencial no es esto. Se encuentra, más profundamente, en la historia del mundo árabe. Y sin lugar a dudas Francia y Gran Bretaña son, más que las demás naciones, capaces de comprender los orígenes de la humillación árabe, las heridas jamás cicatrizadas infligidas por el imperialismo y el colonialismo, la rabia de ser indigno de un pasado tan glorioso, la incapacidad en que se encuentran las naciones árabes de unirse para vencer o para construir. Para las inteligencias familiarizadas con estos temas —a los que Marc Ferro les ha dedicado un libro sencillo y estupendo—, la idea de que los estadunidenses pudieran instaurar durablemente la democracia y el desarrollo en los pueblos árabe-musulmanes, así como la idea de que estos pueblos pudieran aceptar una nueva distribución de los mapas y de los recursos, tal y como sucedió después de las dos guerras mundiales, no pueden ser ideas más que de la ceguera o el cinismo. Las batallas estadunidenses en Irak serán ganadas, pero la memoria de la derrota penetrará aún más en el espíritu de los vencidos, aplazando el momento, desesperadamente buscado, de la asunción de su futuro por los propios árabes. En todo caso, aun en el panorama idílico de los resultados de la guerra que mencionábamos al principio, lo único que no aparecía era el final del terrorismo. n

Aprobación presidencial: El freno económico

APROBACIÓN PRESIDENCIAL: EL FRENO ECONÓMICO

Ciertas percepciones refuerzan el avance paulatino del pesimismo entre la población con teléfono en su vivienda: 53% cree que la economía mexicana está peor que hace un año.

En marzo la aprobación presidencial no registró cambio en el promedio mensual respecto al mes pasado.* Con variaciones producidas por las veleidades de la pareja presidencial, se ubica en 57% en el promedio mensual. Esta imposibilidad de rebasar el techo del 60 resulta del efecto acumulado de una percepción de estancamiento en la economía, del incremento en la idea de que falta empleo y de la incertidumbre ante la inminencia de una guerra en Irak. Estas percepciones refuerzan el avance paulatino del pesimismo entre la población con teléfono en su vivienda: 53% cree que la economía del país está peor que hace un año (20% cree que será mejor, 19% igual).

A lo largo del mes, el presidente Fox proyectó una clara ambigüedad con respecto al voto de México en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre el conflicto en Irak, al tiempo que se enredaba con el concepto de pareja presidencial y el activismo propio y el de su esposa culminaba en una derrota electoral del PAN en el Estado de México. Para mediados de mes, la amenaza campesina pasó de las calles a las mesas de diálogo y el asunto del financiamiento de los Amigos de Fox y el Pemexgate  regresaron a la primera plana con la detención de Eduardo Fernández y la enorme multa al PRI por no registrar el dinero del sindicato petrolero. Finalmente, la última semana medida en este periodo culminó con un Vicente Fox convaleciente y una esposa que pide a leprosos y parias que lo apoyen. Y, mientras tanto, la percepción de deterioro económico sigue su marcha, colgada de la devaluación del peso. La medición continua del acuerdo registra estos vaivenes pero en el largo plazo el deterioro paulatino de la aprobación del manejo gubernamental en materia económica (desacuerdo: 44%) se ha convertido en un lastre que frena la aprobación presidencial. n

 

La pasión política

No parece difícil reconocer que vivimos una verdadera crisis de las pasiones propiamente políticas, causada por el dominio sin contrapesos de lo que podemos denominar las pasiones económicas y las pasiones mediáticas.

En lo que concierne a las pasiones, en la historia del pensamiento político pueden distinguirse dos tendencias contrapuestas: una idealista o idealizante que plantea la necesidad o al menos deseabilidad de que la buena política (y por ende los buenos políticos) se coloque más allá de las pasiones. Desde Platón hasta los admiradores del subcomandante Marcos (aunque la comparación es un poco aberrante), en efecto, se ha querido superar los conflictos, los fraudes y las violencias que abruman a la vida política real a través de la aparición de príncipes, dirigentes, legisladores o revolucionarios que, por la razón que sea. pueden asumir una visión desinteresada y desapasionada de los problemas, y convertirse así en portadores de ideales puros y verdaderos. En este sentido, Aristóteles, hablando de la monarquía ideal (contrapuesta a la tiranía), afirma que “no hay rey que no sea autosuficiente y no sea superior a los súbditos; por lo tanto, no puede buscar su propio provecho, sino el de los gobernados, pues un rey que no fuera así lo sería sólo de nombre”, es decir, sería un tirano.

No es casual entonces que para esta tendencia lo decisivo sea la educación —filosófica, cristiana, marxista, indígena, etc.— del político, una educación justamente orientada a depurarlo de sus pasiones egoístas, y capaz de convertirlo en ese hombre superior que ya no pensará en otra cosa que no sea el provecho de “su” pueblo. Ahora bien, lo más grave de esta tendencia no es que sea utópica, que se proponga objetivos imposibles de alcanzar, sino que en la práctica se ha transformado siempre en el instrumento favorito de los tiranos y los déspotas para justificar. y al mismo tiempo ocultar, sus propias pasiones depredadoras. No faltan en la historia ejemplos de autócratas que han pretendido encamar todas las virtudes filosóficas, cristianas, revolucionarias o indígenas, y que convertidos así en semidioses, en superhombres o en “líderes morales” a la mexicana, han querido no sólo gobernar sino hacerse adorar e idolatrar por sus súbditos, empleando los métodos más humillantes, crueles y violentos.

La otra tendencia, que podemos denominar realista y crítica, parte por el contrario de que la política, siendo esencialmente lucha por la conquista, organización y el ejercicio del poder político, es también necesariamente una actividad en la que se ponen de manifiesto y entran en conflicto los deseos, ambiciones y pasiones más poderosas de la humanidad. Y que, por ello mismo, el problema no es ni puede ser “superar las pasiones”, sino entenderlas y, entendiéndolas, encauzarlas y regularlas institucionalmente. No se trata, pues, de esperar o forjar al gran hombre, al legislador rousseauniano, ni al “hombre nuevo” preconizado por Ernesto Guevara, sino, como decía Spinoza, de ver los afectos que son pasiones “como si fuese cuestión (geométrica) de líneas, superficies o cuerpos”. Esta es la gran lección que desde Maquiavelo hasta Weber y Bobbio, han planteado todos los grandes realistas políticos: que no importa lo que digan o piensen de sí mismos los políticos, lo que los mueve y los conmueve no es quién sabe qué ideales puros sino una insaciable sed de poder. Grandes estadistas o tiranuelos sanguinarios, fanáticos integristas o doctrinarios del bien común, todos tienen en común esa pasión, y generalmente los más perjudiciales son los que pretenden no tenerla.

Esto no significa que para los realistas todos los políticos sean iguales, o que su único criterio sea el de la eficacia instrumental. Lo que quiere decir, más bien, es que lo que distingue a los tiranos de los demócratas (a la mala política de la política deseable) no es que los primeros sólo busquen el poder y los segundos sólo el bien común, que los primeros sean arrastrados por sus pasiones y los segundos sólo se guíen por la razón o por la justicia, sino los con textos institucionales y de exigencia social en los que se desarrolla la lucha por —así como el ejercicio de— el poder. En este sentido, como señalaba Spinoza, sólo una pasión puede contener a otra pasión, sólo una ambición puede limitar a otra ambición y sólo un poder puede contrapesar a otro poder. Por eso, en lugar de esperar la aparición de grandes héroes, de hombres superiores, lo que hace falta es construir arreglos institucionales que impidan o por lo menos limiten los abusos del poder distribuyéndolo, evitando su concentración en las manos de uno o de pocos. Pues, como demuestra toda la historia, el poder ilimitado, el poder sin contrapesos, el poder que otorga impunidad, es inevitablemente un poder que transforma en tiranos incluso a los individuos mejor intencionados.

De ahí que los grandes pensadores realistas de la política hayan criticado todos no la ambición de poder de los políticos, sino las pasiones que los vuelven irresponsables (y por ende socialmente perjudiciales), es decir, la vanidad y la frivolidad. Una de las lecturas posibles de El príncipe, de Maquiavelo, es la que nos lleva a entenderlo como una durísima crítica a los príncipes que quieren “ser amados antes que temidos”, que pretenden ignorar que su poder depende “de la fortuna antes que de su virtud”, que no asumen la dureza y la seriedad de la política, y que no son capaces, por ende, “de no ser buenos, cuando es necesario”. Es la vanidad la que de hecho les lleva a pensarse como seres superiores, como individuos “por encima de toda sospecha”, y peor aun como titulares de un poder que no debe ser obedecido sino amado por los súbditos. Es la vanidad la que los conduce a considerarse como encarnaciones de ideales absolutos, con derecho pleno sobre la vida y la muerte, la felicidad y la infelicidad, la libertad y la opresión de millones de seres humanos. Y es la frivolidad, el no tomar en serio los conflictos, los problemas y las consecuencias de sus acciones y de sus decisiones, lo que suele transformarlos en verdaderos depredadores sociales. Como decía Hegel, “un poco más allá o un poco más acá, y la frivolidad se convierte en crimen”.

Se entiende así que todos los realistas, reconociendo que la política es esencialmente lucha para el poder, siempre han cuestionado y rechazado la política de mero poder, la política que hace del poder un fin en sí mismo, insistiendo que ese poder sólo tiene sentido y justificación si es un medio para afirmar y realizar valores públicos —el orden, la libertad, la igualdad, la justicia, etc. —, para, como decía Maquiavelo, “hacer grandes cosas”. Es este carácter público de los usos del poder lo que distingue a los grandes políticos, a los estadistas, de los politicastros frívolos que sólo ven en el poder un medio para obtener privilegios particulares, impunidades y prebendas. Que se aferran al poder sin importarles los principios y los ideales, con tal de mantener determinados beneficios personales en dinero o en especie. Son los que Weber llamaba “políticos sin vocación”, que no buscan vivir para la política, sino sólo de la política, y que configuran la mayor parte de las camarillas políticas.

En esta perspectiva no parece difícil reconocer que vivimos una verdadera crisis de las pasiones propiamente políticas, causada por el dominio sin contrapesos de lo que podemos denominar las pasiones económicas y las pasiones mediáticas: pasiones que privatizan y trivializan a la política, pasiones que no sólo promueven el cinismo y el fanatismo sin verdaderos contenidos políticos, sino que vuelven aparentemente banal y estéril a la lucha pública por el poder. Ello puede explicar el ascenso de personajes tan políticamente limitados como Berlusconi en Italia, como Bush Jr. en Estados Unidos, como Chávez en Venezuela, y como nuestra “pareja” presidencial en México. Todos ellos tienen en común el aparecer, en mayor o menor grado, como personajes exteriores a la vida política tradicional, como no políticos e incluso como antipolíticos, apoyándose más en el poder del dinero y de los medios de comunicación, que en partidos políticos propiamente. De seguro en todos estos casos sería necesario explicar cómo los fracasos y escándalos de las clases políticas tradicionales los hicieron aparecer como los portadores del “cambio”, o al menos como los vengadores de la “sociedad civil”, harta de los excesos de esas clases políticas. Pero el resultado es de cualquier manera preocupante e incluso estremecedor, pues habla de democracias antiguas o recientes en las que no hay crisis política sino crisis de la política.

Muchas son las causas que pueden ayudarnos a entender esta crisis: la prepotencia de los mercados financieros, el ascenso de poderes tecnoburocráticos irresponsables, el inmenso poder de los medios de comunicación masivos, la limitación incontenible de los poderes estatales, el avance incontenible de los integrismos y los fundamentalismos, la propia complejidad de los problemas sociales. Pero, en cualquier caso, parece evidente que sólo la reivindicación desencantada de la política democrática como lucha responsable por el poder y como ejercicio responsable del poder, como vía para realizar “grandes cosas”, y como forma de hacer posible la convivencia pacífica y civilizada de sociedades plurales y complejas, permitirá devolver a esas democracias los contenidos que requieren para ser otra cosa que los escenarios del espectáculo degradado y degradante que son hoy en día.

La democracia, escribía irónicamente Carlyle, “es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan”. Pero lo grave no es que no existan estos héroes, ya que por lo general ellos suelen acabar con la democracia; lo grave es que esa desesperación conduzca a las sociedades a depositar sus esperanzas y su futuro en manos de quienes basan casi todo su prestigio e influencia en el desprestigio y la impotencia de la política y de los políticos.  n

Las pasiones vehementes

LAS PASIONES VEHEMENTES

POR LUIS GONZÁLEZ DE ALBA

La ciencia es rebeldía, ira productora de leyes contra la injusticia; es asombro que nos conduce a descubrir causas, a extasiarnos con resultados. El descubrimiento científico está fundado en pasiones: el asombro, la ira, la vergüenza y, sobre todo, el temor.

Cuando Descartes llama al asombro “la primera de las pasiones”, lo describe como el estado que hace posible el aprendizaje. Así comienza Philip Fisher The Vehement Pasions, doce capítulos dedicados a la osadía, el temor, la ira, la aflicción, la vergüenza “y las otras pasiones vehementes” que “nos diseñan un mundo inteligible”, pasiones que crean un mundo que podemos comprender, y lo crean por medio de diversos horizontes que llegamos a conocer sólo en experiencias que comienzan con estados apasionados o vehementes dentro de nosotros mismos. Contra lo que se suele pensar, la ciencia en nada se asemeja al conocimiento frío y desapasionado que presupone cierta imagen idealizada. La ciencia es rebeldía, es ira productora de leyes contra la injusticia; es asombro que nos conduce a descubrir causas, a extasiarnos con resultados. El descubrimiento científico está fundado en pasiones; el asombro, la ira, la vergüenza y, sobre todo, el temor.

A partir del trabajo de Aristóteles sobre la tragedia sabemos la función que juegan la piedad, el temor, la sorpresa, el sufrimiento en la experiencia estética del espectador de una tragedia, hoy día de una película, el lector de una novela. En lenguaje cotidiano y con mayúscula, el cristianismo ha convertido la Pasión en el sufrimiento de Cristo y así “pasión” toma un color de sufrimiento. Los filósofos estoicos vieron en las pasiones también un sufrimiento, pero arraigado en el engaño que nos produce el mundo, y en esta concepción el estoicismo occidental se enlaza con Oriente. El plural “las pasiones”, en inglés y francés le suena a Fisher como arcaísmo que ahora se sustituye por “las emociones”; mas para quienes hablamos español la expresión todavía conserva su carga pecaminosa: “las pasiones” conducen al infierno.

Hay pasiones que se bloquean entre sí: leemos en la Ilíada cómo los jefes militares insultan a sus tropas con la intención de producirles rabia y que así esta pasión cubra al temor de perder la vida en la batalla inminente. Hay también pasiones que surgen en la infancia, como recuerda San Agustín en sus Confesiones-, si llamamos a un niño pequeño “inocente” es sólo porque carece de la fuerza necesaria, no porque carezca de la voluntad para hacer daño. Y recuerda sus propios celos al ver a su hermano menor en brazos de su madre. “Darwin empleó las expresiones faciales de una joven ciega, Laura Bridgman, como evidencia de que no aprendemos a expresar las pasiones simplemente mirando las caras de otras personas”.

El radio que cubre la voluntad puede ser tan inmenso como en Dios, limitada en los reyes y minúscula en los humanos comunes. Hay defectos en las pasiones, como el hombre que Aristóteles llama in-irascible, incapaz de enojarse cuando debe y donde debe. Y así Fisher aplica herramientas de Hobbes, Hume, Kant, Kierkegaard, Heidegger, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, William James; elementos de la Ilíada, Edipo Rey. Macbeth, Darwin, Proust y toda la filosofía y la literatura para analizar las pasiones y su vehemencia.

EL  TEMOR MUTUO

Pero un capítulo resulta de especial interés por su aplicación a nuestros días, el que analiza el temor que nos tenemos los unos a los otros. Hace 30 años, dice, Robert Nozick imaginó una de las más extremas formas de libertad: “Por qué no”, se preguntó, “permitir todas las acciones, aun la violencia contra otros, si posteriormente se paga una compensación”. A uno le podrían romper una pierna o herirlo de un balazo, estaría permitido si luego se pagaran los daños. Se responde enseguida Fisher que ese mundo sería aterrador sobre todo para aquellos a quienes no alcanzara la violencia. El robado y el herido recibirían compensación, pero vivir en lo que Nozick llama “temor anticipatorio”, sin sufrir nunca un daño físico, no sería compensado jamás.

Y estamos viviendo, en las grandes ciudades de México, ese imaginario “temor anticipatorio”. Es el que invade a los mineros sobrevivientes cuando se derrumba una mina y prevén que en otra ocasión podrían ser ellos los sepultados bajo toneladas de escombros. Es el de quien pasea por la noche y nunca ha sido asaltado, pero todos sus amigos han sufrido alguna forma de violencia y prevé que tarde o temprano le llegará su turno. “Este miedo nunca comienza, nunca termina, está a cada momento presente, como la gravitación”. Cada quien lleva en su corazón una imagen con lo peor que podría pasar.

Cuando este miedo anticipado a lo que podría ocurrirnos rebasa un cierto límite, nos cambia sin remedio la v ida. En un avión no encontraremos nunca en el asiento vecino a un pasajero aterrado por la posibilidad de que el avión caiga… porque se fue en autobús de Mérida a Tijuana. Nada lo hará subir a un avión. El paseante nocturno abandona su rutina, por gratificante que haya sido. Tomar un taxi en la ciudad de México es un azar que muchos evitamos con una llamada telefónica a un sitio de autos seguros, aunque caros. ¿Quién no elige reducir el miedo al mínimo posible?

Para evitar el miedo hemos construido sociedades que quisieran eliminar la guerra y los bandidos, donde ya no existen piratas ni animales feroces. Hemos controlado los ríos que se desbordan y construimos barcos y aviones cada vez más seguros. Pero cada que eliminamos riesgos de corto alcance, como el lobo afuera de nuestra puerta, crece la incertidumbre de largo plazo: sólo en un país muy seguro hay temor de que los fondos para el retiro se acaben hacia el año 2040. Una sociedad que ha reducido o conquistado el riesgo inminente nos permite vivir más y así imaginar incertidumbres que no habían inquietado a ningún grupo humano porque a los 30 años, en que morían, no alcanzaban a inquietarse por su próstata, por el cáncer de mama ni por sus medios de subsistencia en la vejez.

El modelo clásico del miedo analiza el estado mental de una sola persona enfrentada a un perro bravo, a un asaltante, a la muerte prescrita por un juez o cercana en el campo de batalla. Son momentos, más o menos breves, que llamamos “experiencias” y que luego relatamos como “lo más aterrador que me haya ocurrido”. Son ocasiones en las que respondemos valerosa o cobardemente.

No es así con el miedo anticipado porque no vemos al perro que nos gruñe ni al ladrón que nos amenaza con un arma, sino los prevemos Hay una relación con el futuro, donde el presente es sólo un momento de decisión, una elección de estrategia o de acciones alternativas. Hay una gran diferencia entre estos modelos del miedo: el clásico está centrado en el presente y es profundamente legal (en el sentido de que hay un veredicto acerca de nuestro comportamiento, sea el de los demás o el propio); el otro está centrado en el futuro y es profundamente económico.

Un modelo matemático, que Fisher llama “alegoría social”, describe el temor a que un colega nos traicione. Se le conoce como dilema del prisionero en una rama de las matemáticas que es la teoría de los juegos. Mis alumnos lo veían obligadamente en el último semestre de Psicología como imposición dictatorial de su maestro. Quizá ya no se vea y se hayan librado de un hermoso modelo matemático.

En esencia es una matriz que analiza una situación de cooperación o traición. Una variante podría ser: dos presos, separados y sin posibilidad de comunicarse, reciben una oferta de sus captores: quien denuncie al otro saldrá libre. Si ambos se incriminan, ambos obtendrán sentencias largas. Si ambos callan, las sentencias serán cortas por falta de elementos probatorios. Si uno habla y el otro calla, recibirán sentencia corta el primero y larga el segundo. Ante esa situación, el dilema es cooperar o no cooperar, callar o denunciar. La mejor opción es que ambos cooperen y no denuncien al otro. Pero es la mejor sólo si el otro también coopera. Si no lo hace y traiciona, consigue una sentencia corta como premio y el cooperador una larga por callar en el interrogatorio. Aquí tenemos un caso donde ambos detenidos se temen porque uno puede perder al otro si decide apostar a la traición.

Fisher no lo menciona, pero la vida cotidiana está llena de “dilemas del prisionero”: no formarse en la cola y aprovechar que todos lo hacen rinde frutos únicamente si la cola no se deshace y todos se convierten en no cooperadores; pasarse un alto, tomar un carril prohibido, hacer trampa en un examen: son acciones no cooperadoras que sólo resultan ventajosas si los demás no rompen de igual forma la regla. De ahí el temor constante no sólo al crimen, sino al abuso, al vecino ruidoso, al auto estacionado en nuestra salida. Curiosamente, en un capítulo sobre el temor mutuo, Fisher no cita la conocida expresión de Sartre: el infierno son los otros.

Expone Fisher que, en plena Guerra Fría, el economista Thomas Schelling, en The Strategy of Conflict, pedía a su lector que imaginara la siguiente situación: “pistola en mano, bajo las escaleras para investigar un ruido, me encuentro cara a cara con un ladrón, también pistola en mano. Hasta si él prefiriera irse calladamente, tal y como yo prefiero, hay peligro de que pueda pensar que voy a dispararle, y dispare primero. Peor: hay peligro de que pueda pensar que yo pienso que quiere disparar. O puede pensar que yo pienso que él piensa que quiero disparar”. Y así… Este es el problema del ataque sorpresa. En el ejemplo, nadie ha hecho todavía un movimiento, el tiempo se detiene, el futuro está todavía abierto. El siguiente movimiento lo decidirá todo.

Esta incertidumbre acerca de los demás se encuentra en todas las esferas de la actividad humana: es la condición básica de todos los mercados, todos los matrimonios, todas las relaciones estratégicas. No es la incertidumbre ante una acción o una serie, como ocurre en el dilema del prisionero o al lanzar varias veces una moneda, sino ante relaciones en proceso de cambio: entre países rivales, inversionistas en un mercado, productores de computadoras, esposos y esposas, un padre y un hijo, un sindicato y la gerencia, donde se busca el equilibrio, más que la victoria o la derrota.

Con las perspectivas legal y económica, tenemos ante nosotros dos modelos del miedo. Y resulta terrible que algunos ejemplos imaginados por los autores predilectos de Fisher como situaciones extremas que sólo tenían por objeto ilustrar el proceso del miedo, sean ahora hechos cotidianos y el “temor mutuo” de este séptimo capítulo de Las pasiones vehementes lo veamos todos los días en otros ojos, porque así como vamos siempre temerosos por la calle, somos, dice y a todos nos consta, a la vez temidos. Cada quien va atemorizado de los otros y levantando temores de los otros. Atemorizados y temidos, así vivimos.  n

México y la guerra

MÉXICO Y LA GUERRA

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN, JORGE G. CASTAÑEDA, FEDERICO REYES HEROLES, BERNARDO SEPÚLVEDA

Este texto es parte del programa televisivo Zona abierta que transmitió la televisión mexicana el día 20 de marzo de 2003.

¿Cuáles son los riesgos que corre México en esta guerra? Se insiste en que el voto de México en contra de la posición de Estados Unidos tendrá consecuencias y que habrá represalias. Por lo menos quedó una lesión ahí. ¿Cómo repararla? Estados Unidos es finalmente nuestro socio fundamental y lo que pase con Estados Unidos y México en gran medida es lo que pasará con el desarrollo por lo menos económico de México.

Jorge G. CastaÑeda

Yo no comparto la expresión de que México votó contra Estados Unidos. Ese voto no se dio. Hay quienes suponen que si hubiera habido una resolución, México hubiera votado en contra. Pero eso no se sabe; sólo lo saben el presidente Fox y quizás el secretario de Relaciones Exteriores.

HÉctor Aguilar CamÍn

Pero hubo un discurso del gobierno mexicano que quizá fue más fuerte que un voto.

Jorge G. CastaÑeda

Lo cierto es que México tiene un margen para decir: “nosotros no hubiéramos votado en contra necesariamente; hubiéramos votado en función del texto. No hubo texto, por tanto no hay una manera clara de decir cómo hubiéramos votado”. En segundo lugar, creo que la posición de México no repercutió tanto en la opinión pública y en el Congreso de Estados Unidos como la posición de los franceses.

HÉctor Aguilar CamÍn

De algún modo la posición francesa fue nuestro paraguas contra la reacción de Estados Unidos.

Jorge G. CastaÑeda

En realidad México quedó dentro del grupo de los indecisos. Obviamente Estados Unidos hubiera preferido que México estuviera en el grupo de países partidarios, pero Estados Unidos tampoco nos colocó en el grupo de países adversarios. No estábamos como Alemania o Francia, estábamos entre los indecisos. Yo creo que es perfectamente factible recomponer la relación con Estados Unidos. No creo que habrá represalias ni que el costo será excesivo.

HÉctor Aguilar CamÍn

Pero habría que separar. Una cosa es que el poder ejecutivo norteamericano esté muy enojado con el poder ejecutivo de México. Es un pleito de gobiernos y ahí puede haber un costo. Otra cosa es el Congreso, que puede fastidiar bastante a México. Y otra cosa es el pueblo americano.

BERNARDO SEPÚLVEDA

Se tiene que empezar a examinar la etapa post-bélica. Una decisión que debe tomar el gobierno estadunidense tiene que ver con la necesaria colaboración que requerirá en la etapa postbélica. Para esos efectos México es fundamental. El asunto básico tiene que ver con la seguridad; Estados Unidos requiere imperativamente del auxilio mexicano para efectos de seguridad. Y ahí México no tendrá problema por su capacidad real para garantizar a sus propios ciudadanos que en su territorio no se cometan actos terroristas, y que tampoco sea utilizado para penetrar a territorio estadunidense. Cualquiera que haya sido la irritación inicial, se borra en el momento de que Estados Unidos requiere colaboración. Lo mismo sucederá con Francia, con Rusia, con Alemania: serán necesarios para reconstruir los operativos y el mantenimiento de la paz en Irak, y para preservar la seguridad de Estados Unidos.

Federico Reyes Heroles

Aunque México no haya levantado la voz en el Consejo de Seguridad, la interpretación de la opinión pública estadunidense fue que México no acompañó a Estados Unidos. Yo creo que las represalias más graves se van a dar en términos de la gran audiencia norteamericana; ahí es donde México ha tenido más trabajo para penetrar. Como sea, la reparación entre los gobiernos puede darse por una salida eventual de Bush de la presidencia de Estados Unidos, o por el fracaso mismo de la guerra; pero el ciudadano del estado de Iowa o de Utah que no tiene mayor información y que sabe que México no acompañó a Estados Unidos: ese ciudadano puede seguir decidiendo que el mojado que anda por ahí debe ser denunciado y que hay que maltratarlo. Es una cuestión cultural, pero no deja de tener realidad.

HÉctor Aguilar CamÍn

¿Tienen ustedes la impresión de que la postura de México penetró hasta allá? ¿Hay una molestia en el pueblo americano? ¿El ciudadano común está contra México? Porque eso sería quizá lo más difícil de reconstruir y lo más costoso. Viene montado además sobre el estereotipo que está ahí desde hace mucho tiempo. Y no es difícil activarlo ni mucho menos.

Jorge G. CastaÑeda

Yo honestamente no tengo esa impresión.

Federico Reyes Heroles

En todo caso hay que recuperar la tesis de que ni Estados Unidos ni México han sabido manejar las opiniones públicas internas a favor de una gran alianza. Por razones del nacionalismo mexicano y del estadunidense, siempre ha habido discrepancias. Recupero aquella idea de Felipe González: si fuéramos fríos el bloque de seguridad de Norteamérica supondría a México, a Estados Unidos y a Canadá, por lo menos; esa es la gran inversión desde el punto de vista estratégico de Estados Unidos.

Jorge G. CastaÑeda

Desde el 11 de septiembre los americanos nunca quisieron en realidad aceptar la idea de un espacio de seguridad en América del Norte con México y con Canadá. Los canadienses tampoco quisieron; la verdad no mostraron una gran preocupación por las amenazas a su seguridad desde México. El gobierno de México cooperó muy intensa y solidariamente con ellos, pero ellos no le dieron una gran importancia al tema, hasta ahora. Yo no estoy convencido de que la postura de México haya calado tan hondo en Estados Unidos, ni que nos vean como un país que se opuso a ellos. En primer lugar porque no nos opusimos, simplemente no los acompañamos, que no es lo mismo que oponerse.

HÉctor Aguilar CamÍn

Pero estarás de acuerdo en que hay esa sensibilidad a flor de piel.

Jorge G. CastaÑeda

Pero esa sensibilidad tiene dos lados. No es solamente la sensibilidad de un sector americano que siente que México no ha acompañado a Estados Unidos; hay la sensibilidad de otros sectores para los que México tuvo una posición flexible, positiva, constructiva. Yo no veo este asunto en términos tan de blanco y negro. En segundo lugar, también es un hecho que Estados Unidos, que el gobierno de Bush, tiene hoy muchos enemigos. México no está entre los primeros lugares de la lista. Hay muchos otros que según ellos mismos les han creado problemas enormes, empezando por Francia, Rusia, China, Alemania, Turquía. Incluso de Canadá se han quejado más que de nosotros.

HÉctor Aguilar CamÍn

Por el tono de los conductores en Estados Unidos, la irritación mayor es con Francia.

Jorge G. CastaÑeda

Y contra Alemania. El coraje con Alemania es muy fuerte porque están acostumbrados a que los franceses los traten mal. pero no estaban acostumbrados a tener ese trato por parte de Alemania.

HÉctor Aguilar CamÍn

Yo creo que el paraguas por el sentimiento anti-francés que hay ahora en Estados Unidos será un amortiguador muy importante para las otras enemistades.

Federico Reyes Heroles

Pero esto no quita que vengan reacciones anti-mexicanas. Ahora: hay un daño institucional a Naciones Unidas. En México hay personas, sobre todo en el sector empresarial, que se preguntan: ¿cómo es posible que México haya caído en la posición de “no te acompaño” frente a Estados Unidos? En realidad la mejor inversión que nosotros podemos hacer es pensar en un organismo fuerte como Naciones Unidas, porque somos el vecino al sur de Estados Unidos y porque tenemos una relación muy intensa. Si nos daña el hecho de que se haya pisoteado al Consejo de Seguridad de la ONU.

Jorge G. CastaÑeda

Nuestro mejor margen de negociación siempre han sido las Naciones Unidas.

Bernardo SepÚlveda

Entonces el siguiente tema es ¿cómo reconstruir Naciones Unidas y qué tan grave es el daño que se ha producido como consecuencia de esta operación militar al margen de la misma ONU?. n

Los dioses de la guerra

LOS DIOSES DE LA GUERRA

Estados Unidos y sus aliados comenzaron contra Irak la primera guerra del siglo XXI. Pese a nuestra índole de revista mensual, en Nexos hemos hecho un esfuerzo de cierre editorial por levantar una sección útil y ordenadora que se ocupa de la guerra desde diversos aspectos: el imperio americano y el estado maltrecho de la ONU, la aparición de dos Occidentes a consecuencia de visiones opuestas, las reacciones de la opinión pública mundial, las relaciones de México y Estados Unidos y los posibles costos para nuestro país por su postura ante el conflicto. El conjunto ofrece un primer tablero orientador sobre el nuevo mundo que se abre ante nosotros.

Pero no la menos lamentable de las consecuencias de la guerra es la que apuntó el aforista francés Fontenelle: “Odio la guerra: echa a perder la conservación”. En Nexos tratamos de mantener esa conversación, pese a todo: la segunda parte de nuestro número está dedicada a las pasiones, que es en realidad una forma de dedicarla a una sola de ellas en la frase decisiva de Federico Fellini: “No hay fin. No hay principio. Hay sólo la infinita pasión de la vida”.  n

Barómetro. Las reformas y sus descontentos

BARÓMETRO

LAS REFORMAS Y SUS DESCONTENTOS

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

Sin duda, el tema de las reformas de estructura siguen en la orden del día de la política nacional. El gobierno del presidente Fox lo ha convertido en su principal argumento para explicar la discontinuidad y lentitud del crecimiento.

No hay modo de avizorar el panorama que nos espera en abril, cuando el horizonte recoja lo que fue o haya sido la Guerra Santa incandescente. Los cálculos de los costos de la guerra así como de sus implicaciones sobre el mercado mundial, en particular el del petróleo, han desembocado en panoramas ominosos y el Fondo Monetario Internacional decidió reducir sus previsiones sobre el crecimiento global para este año. Inevitablemente, montados en la barca de ambos mercados y sin prácticamente ninguna capacidad de compensación nacional de los efectos negativos del ciclo económico internacional, la recesión se extenderá a lo largo de todo 2003 con las malas consecuencias previsibles sobre el ingreso de las personas, las ganancias de (casi todas) las empresas y el empleo de la población.

Podemos esperar que el producto por persona al fin de 2003 sea inferior al del año 2000 o similar al de hace veinte años, y que el empleo se mantenga ahogado por la informalidad, la precariedad y los bajos salarios promedio. Los impactos de lo anterior sobre las finanzas de la seguridad social no se dejarán esperar y se abultará todavía más su carga financiera sobre el Estado. La otrora famosa y hoy muy costosa reforma del Seguro Social se mostrará como una victoria pírrica, más de un reformismo sin horizonte histórico y enorme miopía política, aunque ahora se busque presentarlo, en palabras del ex presidente Zedillo y no pocos analistas de dentro y de fuera, como el baluarte del cambio democrático alcanzado.

En el número de enero-marzo de Foreign Affairs en español, el ex presidente Zedillo volvió a la carga contra su fantasma preferido, el populismo de todos tan temido, y, so pretexto de alertar contra los “descontentos” de la democracia, reiteró sus convicciones sobre la bondad inmanente de las reformas de estructura cuya continuación propugna. Según él, lo que le falta a México es apurar el paso para dejar atrás las reformas de primera o segunda generación, en una marcha interminable en pos de la plataforma definitiva de una economía libre de adiposidades de todo tipo, en particular de aquellas que provienen de las veleidades populistas de pueblos y gobiernos. Ahí están y se agazapan los enemigos malos de la democracia, según el ex presidente.

Sin duda, el tema de las reformas de estructura siguen en la orden del día de la política nacional. El gobierno del presidente Fox lo ha convertido en su principal argumento para explicar la discontinuidad y lentitud del crecimiento, y muchos analistas encuentran como explicación fundamental del mal desempeño económico nacional el que la ruta de las reformas haya sido parcial o se haya truncado dejando intocadas, como monopolios, áreas como el petróleo, la electricidad o las telecomunicaciones (Cf. Luis Rubio y Edna Jaime, Nexos 302, febrero, 2003).

Lo más grave para el porvenir mexicano es que esta suerte de obsesión con las reformas de mercado ha contagiado a importantes grupos empresariales, cuyos voceros y representantes las han convertido en la fuente principal de sus advertencias y amenazas cotidianas: o se profundizan las reformas o no hay inversión y todo sale mal; reforma o muerte; reforma o retroceso. Y así ad nauseam.

Las condiciones estructurales contrarias al proceso de acumulación y la recuperación de una senda promisoria de crecimiento, en buena parte propiciadas por la manera en que se realizaron las reformas del pasado así como por la renuncia del Estado a hacer política de desarrollo en aras de la estabilidad financiera y de un corto plazo convertido en eternidad por el Banco de México, no tienen lugar en el discurso reformista empresarial del presente, que tiende a volverse una suerte de canto adánico que poco o nada tiene que ver con una reflexión sobre la política del desarrollo. Pero este y otros temas merecen comentario aparte.

Por lo pronto, consignemos que hasta el momento, ni el economista profesional avecindado en Yale ni quienes coinciden con sus dichos por estos lares parecen ver como necesario un examen a fondo y detallado de las reformas que proponen, mucho menos de los múltiples y complejos lazos que las unen con la marcha de la política democrática que todos dicen defender y promover, aunque sus bestias negras preferidas sean precisamente los foros y los actores principales de dicha política. Formal y conceptualmente no sobra reiterarlo ahora que la furia priista se ha desatado, son los partidos y el Congreso los encargados de darle a las mencionadas reformas consistencia y legitimidad democrática, a través de la deliberación pública y de su consiguiente codificación en leyes mayores y menores. Pero en ese trabajo central, a pesar de los pesares de nuestra democracia infantil tan llena de inercias de la tercera edad, la representación política es un factor que no se puede soslayar, mucho menos exorcizar con el lobby o la presión del poder fáctico.

Más que de rémoras corporativas o populistas habría que hablar de los mecanismos que la democracia requiere para propiciar que haya también política democrática, inspirada en la representación popular y la visión de Estado que cada partido pueda generar. Entonces, la sincronía entre economía y política tendrá también que buscarse, pero no a costa del vaciamiento del proceso representativo como se hizo en la fase anterior de las reformas. Más que de divorcio entre la economía y la política, se trata de una relación compleja y siempre tensa, cuya productividad depende las más de las veces de la robustez de la democracia y no de su reducción a los procesos electorales.

Lo cierto es que a estas alturas del ya largo partido por retomar el desarrollo mexicano resulta cuesta arriba probar que, por ejemplo, la falta de una reforma eléctrica de mercado sea la causante del escaso crecimiento económico o de su persistente inestabilidad. La reforma, como fue planteada por el ex presidente Zedillo y en lo esencial se plantea ahora por el gobierno y los empresarios, en todo caso traería inversión extranjera al sector energético para subsanar reales o supuestas y maquilladas insuficiencias financieras de las empresas públicas de energía, pero no mucho más que eso, no por lo menos en el horizonte temporal en el que tiene sentido hablar de política y economía para el desarrollo.

Más aún, de mantenerse el régimen comercial implantado a partir de 1985 y coronado en 1993 con el TLCAN, la diseminación de tal inyección foránea al resto de la economía sería poco significativa, puesto que es de esperarse que la inversión extranjera traería consigo la maquinaria, el equipo, los insumos y hasta muchos de los operarios y técnicos requeridos para la construcción de las plantas y su operación y desarrollo posteriores. Puede decirse que ello le ahorra al país y sus empresas públicas un gasto adicional en divisas, pero hay que reconocer que la cuenta no termina ahí: las nuevas empresas, de querer seguir como empresas extranjeras, tendrían todo el derecho de remitir utilidades y otros pagos asociados a la tecnología y otros derechos “de propiedad”, lo que, en principio, tendría que ser financiado por otras fuentes, a no ser que en los planes de la reforma se contemple la conversión de dichas inversiones en agentes exportadores. Por cierto, en general, la inversión extranjera ha tendido a concentrarse en la compra de empresas existentes, sin que puedan registrarse avances significativos en el proceso de inversión o en la productividad nacionales, como resultado de estas compras. Lo que sí puede apreciarse en las cuentas externas es la consiguiente presión sobre las divisas provenientes de la remisión de utilidades y otros pagos.

Como quiera que se le vea, la causa de la reforma eléctrica y energética en general, entendida sobre todo como apertura del mercado energético a la inversión foránea o privada nacional como productora directa y de bienes finales, aparece más bien estrechamente asociada a la causa del negocio que podría hacerse, pero no a las tareas del desarrollo económico general y nacional.

Mientras no se hagan explícitas las posibilidades reales de expansión y modernización de la CFE y PEMEX, en condiciones fiscales y administrativas diferentes a las que se les han impuesto en los últimos lustros, la insistencia en una reforma “de mercado” no puede sino seguir provocando respuestas y discursos que se cubren con la bandera tricolor, o la defensa del pueblo y su soberanía, signo inequívoco para el reformismo neoliberal de que el populismo ronda y le enseña sus afilados dientes a la democracia indefensa. En una circunstancia social como la descrita sumariamente arriba, a México se le Libre en efecto la perspectiva de vivir una fase, larga o corta, no sabemos, de populismo, fantasma que gustaba recorrer el mundo en el pasado y que ahora asoma otra vez su nariz para espanto de muchos. Pero más que de un proyecto avieso o nostálgico, se trataría de una reacción desbordada contra una visión, una política y una estrategia económicas, adocenadas por el dogma y la contumacia doctrinaria. Igual tipo de comentarios podrían hacerse de la frustrada reforma fiscal del secretario Gil Díaz, o de la terra ignota de la reforma laboral, iluminada por los salmos de su progenitor o la nostalgia por quien lo acompañó en su búsqueda de la “nueva cultura laboral” (Fidel Velázquez), pero lejos, muy lejos, de cualquier entusiasmo proletario. La primera nació muerta, porque quería convertir al IVA generalizado y homologado en el pivote de la recaudación y el ariete de la normalización fiscal mexicana. Gravar a enfermos y pobres (que son los más y los que más se enferman), con “copete” y sin él, no es una reducción simplista de la propuesta de entonces y. por lo visto, los abogados de Hacienda no han querido o sido capaces de encontrar alternativas aceptables y viables para una cuestión que sin duda es central para la evolución económica y social de México, una propuesta de reforma que hace poco o ningún caso de la situación que aqueja en el presente a la mayoría de los mexicanos, difícilmente puede vender el futuro. Menos aún si la enorme concentración del ingreso que impera, junto con la desfachatada elusión fiscal de empresas y personas (ricas), no forman parte de las consideraciones y el horizonte políticos de la reforma. Mientras la concentración inicua de la riqueza y el ingreso que padecemos no sea puesta en el centro de la cuestión fiscal, toda reacción frente o en contra de la reforma traerá consigo el tufo de los bárbaros a las puertas del castillo, o el del rencor y la suspicacia ante los “ricos podridos”: la efigie y el verbo del populismo si así se lo quiere ver, pero bien alimentados y provocados por la obsecuencia de los gobernantes ante los poderosos del dinero o por la defensa y cuidado descarados de sus propios y no tan lejanos intereses materiales como clase gobernante.

Populismo hay y habrá en esta y todas las viñas, mientras el criterio de equidad y el sentimiento de solidaridad sean vistos como ajenos a la tarea de gobernar o a la de vivir “modernamente” en los trópicos. Tal vez no tarde mucho para que constatemos que la populina también se habla en inglés o castellano peninsular, pero ese es, por lo pronto, otro cantar.

Qué bueno que el ex presidente Zedillo se preocupe por la democracia, pero el descontento y malestar social no se concentran ni provienen de ese flanco, sino de una economía que no rinde los frutos prometidos y de una organización social cada día más impermeable a los sentimientos y carencias de una base nacional que fraccionada y todo se mueve y resiste. Frente a esto, la globalización y sus filias no funcionan bien, ni como mantra.

Sin un mínimo esfuerzo por vincular racional y comprometidamente las propuestas de reforma a esos sentimientos y carencias, para hoy y no para el mañana siempre móvil de la estática comparativa que tanto usa el ex presidente, la bipolaridad se mantendrá como único y nefasto horizonte del reformismo: neoliberales frente a populistas, pero sin demócratas con inspiración y ambición de Estado. Y sin estos últimos, no es factible “conciliar” economía y política, mucho menos eliminar la discordia que tanto le consterna; no, al menos, en clave democrática. De otras maneras de hacerlo y de sus enormes costos sociales y mentales, mucho podría hablarnos el doctor Zedillo en sus horas libres de la Universidad de Yale.

San Pedro Mártir, D. F„ 12 de marzo de 2003.   n

La pasión literaria

LA PASIÓN LITERARIA

POR LUIS MIGUEL AGUILAR

I. LECTURAS INFANTILES

Aún no puedo sostener la vista sobre la página

Cuando vuelvo a poner los ojos de la mente

Sobre el pasaje de Taras Bulba en que el cosaco Ostap

Es torturado hasta la muerte

 Mediante el dilatado quebranto de cada hueso

 En una plaza pública polaca. Ostap levanta entonces

La vista a la plaza o al cielo Y abre la boca no para quejarse

Sino para preguntar amargamente

Si no hay en algún lado, en la plaza o en el cielo,

Alguno de su raza, un zaporogo Que esté mirando el tormento: un testigo

Que le permita morir con dignidad.

“¡Hay!” grita

Entonces su padre, Taras, embozado en la plaza

Antes de escabullirse entre los polacos.

Aún no puedo poner un oído mental sobre la página

Sin detenerme una y varias veces

A repetirme la misteriosa aliteración revelada

No recuerdo ya en cuál

Novela de Julio Verne: un

Muro murmurante a madre y muerte

De París.

Aún contengo la respiración sobre la página mental

Cuando siento que una zarda inmensa se ha puesto

Bajo la precaria balsa de la Kon Tiki

Con el único e inofensivo fin

De rascarse el lomo frotándose contra ella

Y seguir su camino por los mares.

Aún no puedo poner la piel mental

Sobre el pasaje en que los jóvenes malvados

Lanzan nieve sobre la espalda desnuda y

tuberculosa De la prostituta Fantine

Que aún en invierno y en aquellas condiciones de salud

Debe salir a las calles con vestido descubierto

Para obtener clientes en Los miserables.

Aún puedo tragarme toda mi incredulidad

Cuando oigo mentalmente la explicación de Sherlock Holmes

Sobre cómo “la banda moteada” de la aventura

Se explica por una serpiente amaestrada

Que no sólo puede oír los siseos del amo

Y presentarse obediente a su llamado

—Las serpientes no son sordas

En el ojo, en el oído mental de las credulidades,

De la literatura—; más aún, la serpiente

Es también atraída por el amo

Como un felino fácilmente conquistable

Por episódicos tazones de leche.

 Ahora bien: sólo de adulto leí yo a Salgari.

Aún se abisma mi memoria verbal

Para tomar como uno de los grandes momentos que recuerdo en la poesía

 Ese pasaje infantil en que el pirata Sandokán

Se asoma a la puerta de su tienda a enfrentar la tempestad

Que amenaza llevárselos a todos, y la reta

Con el grito, la pregunta: “Tú afuera, yo

Aquí: ¿Quién es el más terrible de los dos?”.

Yaún no puedo

Ponerme mentalmente en una cruda

Luego de una noche pasada en la efervescencia y el alcohol

 Sin recordar conmovido cómo, entre líneas, Salgari

 Que bebía licor

 Para resistir y entregar el siguiente capítulo de sus novelas seriadas

 Al famoso, ávido y fenicio editor,

 Recurre al alto momento infantil

 En que sus personajes de ficción,

 Sandokán y el fiel Yáñez, luego de una

 Tremenda borrachera tropical, se levantan

 De mañana, reciben apenas, como un bálsamo

 La brisa del mar; ven con alivio

Y extrañados que no tienen cruda alguna

—Y se disponen a la próxima aventura.

 II. Carta a un joven poeta

La respuesta final de Rilke a las preguntas

De su joven poeta, sobre cómo

Saber si tenía en él mismo

La suficiente pasión literaria

Como para dedicarse a la poesía,

Fue —lo recuerdas— otra pregunta:

“Si a usted le prohibieran escribir, ¿preferiría

Morirse?”.

Como el desaliento es mi trabajo contigo

En este caso, yo te digo:

Aquí descarta que vas a escribir.

Escribir está, de entrada, prohibido para ti.

Aquí

 Sólo se tratará de leer. Si te prohibieran, entonces

 Leer ¿preferirías morirte?

La pasión por escribir es fácil; otra cosa

Es la pasión por leer. De las dos pasiones, en la lectura

Es donde está la verdadera

 Pasión literaria. No se mide

Con aspavientos o Dos de pecho; sabrás de ella, digamos

El día en que te despiertes

Absurdamente, de golpe, en la noche, y sientas

El temor a quedarte ciego, y prefirieras morirte, pues tal cosa

Implicaría no poder leer más —y aunque luego,

(Eres poeta y como niño) te consuele, digamos, la idea

De que hay audiocasets.

O te cruce el miedo peor a que un día

Te sobrecojan el hartazgo y el hastío

Y veas un boquete de inutilidad donde hubo pasión a muerte, y

(No seamos ingenuos en esto): pasión por el poder

De la literatura; por apropiarte de un texto

Y sentir tu fuerza en aumento; pasión

Por ver quién manda aquí; aunque la operación

Requiera pasividad, esa pasividad casi femenina, necesaria

Para apoderarte de un texto:

Lo dijo Julio Torri

Al hablar contra los volcanes humanos, escritores

Apasionados quizá más por ellos mismos

En el espejo de la literatura

Que por la literatura misma.

Dicho lo cual, si prefieres

Escribir, adelante.

Sólo te recuerdo la historia

De aquel joven poeta árabe a finales del siglo VIII

Que fue con su maestro a pedirle permiso

Para escribir un poema propio.

El maestro

Le dijo que sí, que por supuesto, pero antes

Debía aprenderse de memoria —o de corazón

Como mejor se dice En inglés y en francés— mil poemas.

 El joven poeta se fue a aprenderlos.

 Cuando volvió, años después, en varios días

 Pasó la prueba al decir en voz alta los poemas aprendidos.

 El aún joven poeta insistió en la pregunta.

 El maestro le dijo entonces que sí, que por supuesto.

Pero que antes de escribir un poema suyo

Debía olvidar los mil poemas aprendidos.

El aún joven poeta se encerró en un monasterio,

Olvidó los poemas aprendidos

Y escribió su primer poema.

 Yo te digo

—Leyendo la sección cultural del periódico de hoy, y viendo

 Las novedades editoriales en los locales cerrados: viendo cómo

Es barata la pasión por la escritura, y es barato

El alto honor de la tipografía: el hecho

De publicar—; yo te digo que hoy aquel maestro

Habría mandado a su joven poeta

A memorizar otros mil poemas antiguos

Antes de siquiera intentar uno propio.

 Claro que:

De que otros abaraten las pasiones literarias

A que las abarate yo,

Que las abarate yo

—yo, que si me aplico,

En lo que resta de mi vida

Quizá llegue a los noventa poemas de memoria

Mientras que por descaro, y en plena

Insuficiencia de méritos Escribo el final de éste. n

Poemas

POEMAS

POR MIGUEL ANGEL ZAPATA

Estos poemas de Miguel Angel Zapata, poeta peruano, son parte del libro El cielo que me escribe, ganador del Premio Latino de Literatura 2003 que otorga el Instituto de Escritores Latinoamericanos de Nueva York. El cielo que me escribe fue publicado en México por la editorial El Tucán de Virginia.

La ventana

Para Chanto Sania

Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo.

Plantaré un árbol en medio de la calle, y crecerá ante el asombro de los paseantes:

criaré pájaros que nunca volarán a otros árboles, y se quedarán a cantar ahí en medio del ruido y la indiferencia.

 Crecerá un océano en la ventana. Pero esta vez no me aburriré de sus mares,

y las gaviotas volverán a volar en círculos sobre mi cabeza.

Habrá una cama y un sofá debajo de los árboles para que descanse

la lumbre de sus olas.

Voy a construir una ventana en medio de la calle para no sentirme solo.

Así podré ver el cielo y la gente que pasa sin hablarme,

y aquellos buitres de la muerte que vuelan sin poder sacarme el corazón.

Esta ventana alumbrará mi soledad. Podría inclusive abrir otra en medio del mar,

y solo vería el horizonte como una luciérnaga con sus alas de cristal.

El mundo quedaría lejos al otro lado de la arena, allá donde viven la soledad y la memoria.

De cualquier manera es inevitable que construya una ventana,

y sobre todo ahora que ya no escribo ni salgo a caminar como antes bajo los pinos del desierto,

aun cuando este día parece propicio para descubrir los terrenos insondables.

Voy a construir una ventana en medio de la calle. Vaya absurdo, me dirán,

una ventana para que la gente pase y te mire como si fueras

un demente que quiere ver el cielo y una vela encendida detrás de la cortina.

Baudelaire tenía razón: el que mira desde afuera a través de una ventana abierta

no ve tanto como el que mira una ventana cerrada.

Por eso he cerrado mis ventanas y he salido a la calle corriendo

 para no verme alumbrado por la sombra.

Viajando en tren

Viajo en tren mirando el mar mediterráneo.

 Qué delicia esta vista.

Aquí comienza el mundo: los ángeles se bañan desnudos

en el espumoso mar.

El caracol avanza hacia la cima sin contratiempos.

Un coro de piedras nos canta en el vagón y las rosas se

levantan su traje azul para poder ver el océano sin fondo.

En el tren mi pobre silencio.

Siempre vuelvo con demasiados libros en mis maletas,

tarjetas postales y la cicatriz del tiempo.

He estado en varios trenes pero éste es el más bello.

No hay nadie: sólo un televisor que no me mira

y una luna que no se siente.

El mar está desnudo y es mi camino.

La jauría está lejos de mí, y este aire me limpia

con los hilos del horizonte. No hay nadie aquí, mi ojo es una lupa que

se escabulle bajo los pinos que crecen en el mar.

Nunca vi pinos más hermosos, largos y serenos navegan

hacia otro blancor.

Aquí no hay árboles que tumbar, sólo párpados que

sortean el cautiverio de las rocas.

Aquí cantan las piedras enterradas, los muertos

que recuerdan los grandes barcos perdidos en alta mar.

 No hablo de la rosa que flota sino de la rosa que oye el agua.

La rosa que es azul y es la grieta, el asta y el cordel del cielo.

El cielo nos mira y nos escribe, no necesitamos decirle nada.

El cielo tiene flores y habla de otra manera: su fragancia viene

de las redes de las islas, de la bruma que irradia

el sol cuando

abre su boca para abrazarnos.

Busco una isla con mi canoa pequeña,

desde mi bosque de sombras diviso una llama mientras me ladra el mar. n

México: Decisiones e indecisiones

MÉXICO: DECISIONES E INDECISIONES

POR LUIS RUBIO

Una vez pasado el momento crucial en que Estados Unidos decidió retirar el proyecto de resolución, diversos funcionarios se jactaron de que habrían votado en contra de esa resolución de haberse sometido a votación. Ahora será necesario pagar los costos de esa verborrea, que son más tangibles y menos anticipables que los beneficios.

Peculiar la manera en que el gobierno mexicano conduce asuntos fundamentales. Luego de semanas de penurias, indecisiones, consultas, contradicciones, altibajos y vaivenes, pero sobre todo de un evidente deseo de no tener que decidirse respecto a la segunda resolución en el seno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, es perceptible el respiro del gobierno del presidente Fox al no tener que definirse en público. Y, sin embargo, no había pasado ni una hora desde el momento crucial en que el presidente Bush anunció el retiro de la propuesta de resolución cuando diversos funcionarios del gobierno mexicano se desvivieron para informar sobre cómo habrían votado. Así, al igual que en noviembre pasado, el gobierno paga un elevado precio por decir una cosa, al margen de lo que acaba haciendo. Ahora que la guerra ha comenzado, la pregunta es si habrá costos asociados con la manera en que se relacionó el gobierno mexicano con el estadunidense.

Desde principios de año fue evidente que el tema de Irak seguiría en la agenda del Consejo de Seguridad y que, dada nuestra membrecía temporal en ese cuerpo colegiado, tarde o temprano tendríamos que manifestarnos al respecto. El instinto del presidente le llevó a convertirse en un verdadero militante, argumentando a diestra y siniestra por una salida negociada y, en general, por un concepto casi etéreo de “la paz”. Difícilmente pasaba un día sin que el presidente avanzara la causa de la paz, como si se tratase del asunto que definiría su sexenio. En las últimas semanas de febrero y las primeras de marzo, el discurso comenzó a experimentar un giro: aunque se seguía abogando por la paz, el presidente ya no hablaba en términos abstractos y etéreos, sino que invocaba a Irak como la nación que tenía que responder: desarmarse y resolver la crisis por su propia iniciativa. Sin embargo, aunque el discurso cambiaba de tono, su esencia seguía siendo la misma: el gobierno no toleraba la noción de que su voto podría determinar el uso de la fuerza.

A diferencia del proceso de decisión que tuvo lugar en el mes de octubre pasado, cuando el gobierno anunció cómo votaría, sólo para echarse hacia atrás unas semanas después, esta vez el discurso presidencial fue insistente y tajante, pero nunca dejó saber cuál sería el sentido de su decisión final. En octubre, el gobierno pagó un elevado precio tanto en credibilidad como por la inexperiencia que evidenció. Habiendo aprendido con esa novatada, en esta ocasión la administración se cuidó de no definirse, al margen de que el discurso fuera sugerente. Uno debe suponer que la razón de no publicitar el sentido del voto era precisamente que se quería evitar que una maniobra de último momento obligase (o permitiese) conciliar todos los asuntos contradictorios en el panorama, desde las relaciones con Estados Unidos hasta las inspecciones en Irak. Lo sorprendente es que el gobierno se manifestó tan ampliamente una vez que el proyecto nuevo de resolución fue retirado y ya no había necesidad de manifestarse en público. Mientras la intención del voto se mantuvo secreta, el gobierno se guardaba la posibilidad de negociar con cualquiera de las partes y votar en cualquier sentido, lo que reducía (.aunque nunca eliminó) los costos del voto. ¿Para qué entonces manifestarse y pagar costos que ya no existían?

El hecho de que el gobierno haya logrado avanzar en la calidad de su proceso de toma de decisiones no implica que no existan costos asociados a esta nueva forma de decidir. La presencia de México en el Consejo de Seguridad en la era de una sola superpotencia, sobre todo después de los ataques terroristas del 11 de septiembre, entraña un dilema permanente entre la relación bilateral y la agenda diplomática y política más amplia del país. En algunos momentos, como en el caso de Irak, esos dos asuntos chocan de manera frontal. El presidente Fox decidió ignorar la existencia del dilema y enfocó todas sus baterías en la dirección de la agenda multilateral, cobrando un fuerte protagonismo en el campo pacifista. Visto en retrospectiva, es evidente que el gobierno actuaba con seguridad respecto a las prioridades que decidió adoptar en esta materia; tanto así que, una vez pasado el momento crucial en que Estados Unidos decidió retirar el proyecto de resolución, diversos funcionarios se jactaron de que habrían votado en contra de esa resolución de haberse sometido a votación. Ahora será necesario pagar los costos de esa verborrea, que son más tangibles y menos anticipables que los beneficios.

Los beneficios son evidentes en términos de popularidad del presidente y, de existir habilidad para construir consensos internos, podrían manifestarse en acciones concretas en el frente legislativo, apalancando la popularidad ganada para lograr algo duradero para el país. Un buen paquete de reformas idóneas reduciría dramáticamente cualquier vulnerabilidad. De fallarse en este esfuerzo, los beneficios acabarían siendo pequeños y se desperdiciaría una oportunidad más de las muchas ignoradas en este sexenio.

Aunque todos los costos potenciales acaban por traducirse en impactos sobre la tasa de crecimiento de la economía, para fines analíticos es útil agruparlos en tres niveles. El primero tiene que ver con el gobierno y la sociedad norteamericana; el segundo con los mercados financieros; y el tercero con el desempeño de nuestra economía.

Por lo que toca al gobierno estadunidense, es improbable que haya decisiones específicas que contengan un sesgo de venganza o represalia. Más allá de los programas en marcha, no hay indicio de que el gobierno norteamericano busque afectar los flujos de inmigrantes, ni tampoco hay elementos para pensar que se hará más complejo el tránsito fronterizo o la emisión de visas para mexicanos que deseen visitar ese país. Los principales costos derivados de nuestro activismo diplomático tienen menos que ver con decisiones “anti-mexicanas” que con las actitudes que se van forjando en toda la sociedad norteamericana todos los días. Dado que la naturaleza instintiva de los estadunidenses es a cerrar filas de manera absoluta con su gobierno una vez que existe una situación bélica, es evidente que muchos de ellos concluirán que México es, al menos parcialmente, responsable del fracaso de la iniciativa diplomática de su gobierno y eso implicará que, en sus decisiones cotidianas, tomarán eso en cuenta. A diferencia de Francia, cuyas exportaciones son por demás visibles (quesos, vinos, automóviles), la mayoría de nuestras exportaciones son “invisibles”, toda vez que muchas de ellas son parte integral de automóviles norteamericanos o partes, materias primas o insumos para la construcción. Por lo anterior, es improbable que nuestras exportaciones se vean afectadas.

Sin embargo, es altamente probable que las consecuencias se sientan en otros ámbitos: en las decisiones que tomen los consejos de administración de empresas pequeñas y grandes al momento de decidir dónde invertir; en la actitud que adopten funcionarios diversos y. sobre todo, los legisladores, en caso de que se presentara una iniciativa relativa a México en temas como el financiero (el caso extremo sería el rescate de 1995) y en la instrumentación de programas como el del llamado “perímetro de seguridad” que México confiaba se instalaría en el Suchiate, pero que bien podría acabar situado en el Bravo. Como muestran las interminables colas en los puntos de acceso terrestre a Estados Unidos estos días, decisiones como ésta bien podrían determinar la competitividad de una parte significativa de nuestros exportadores. En un extremo, hasta los consejos editoriales y científicos podrían reaccionar de modo semejante. En todo caso, el mayor de todos los costos es sin duda el relativo al forja- miento de actitudes que sólo el tiempo podrá corregir. En este contexto resulta inexplicable el proceder gubernamental luego de que se desvaneció la necesidad de definirnos públicamente en favor o en contra de Estados Unidos: en vez de festinar el sentido del voto que no ocurrió, si los miembros del gobierno hubieran mantenido la boca cerrada los costos habrían sido en términos de actitudes, pero hubieran sido mínimos. A menos de que logremos cambiar esas actitudes, los costos podrían acabar siendo enormes, aunque imperceptibles, pues se manifestarían en la falta de oportunidades e inversiones: la economía simplemente crecería menos de lo que podría haber logrado en otras circunstancias.

Por lo que toca a los mercados financieros, los costos serán elevados en el corto plazo, pero desaparecerán con el tiempo, toda vez que la vigencia de los asuntos en ese mundo es siempre corta. Algunos analistas y administradores de fondos mostrarán su enojo o frustración en la forma de reportes críticos de la economía o empresas mexicanas, pero todo pasará con rapidez. En este sentido, más allá de los efectos macroeconómicos que cause la guerra, la actividad económica en el país se va a beneficiar o sufrirá dependiendo de la manera en que tomen sus decisiones los empresarios y los inversionistas. En la medida en que cale la idea de que México (junto con Rusia en la mitología actual) fueron los causantes del fracaso diplomático, los costos serán elevados. Con suerte, la caída será menos efusiva que la borrachera actual. Como sea, si la acción bélica acaba siendo exitosa los costos serán pequeños y pasajeros, pues nada cierra las heridas tan rápido como el éxito, en cualquier empresa o actividad. El problema es que si las estimaciones estadunidenses respecto al manejo de las operaciones militares, pero sobre todo respecto a la población civil de Irak, acaban mal, los costos los acabaremos pagando todos: igual tirios que troyanos. n

La danza de la cuchillas afiladas

LA DANZA DE LAS CUCHILLAS AFILADAS

POR JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ

Ya lo había dicho Hobbes: la paz es un artificio precario: la guerra es nuestra naturaleza. Las luces de la modernidad, lejos de disipar la sombra del desastre la ennegrecen aún más.

Entre los catorce disparos que recibió en su cuerpo, el soldado alemán Ernst Jünger escribía notas en un cuaderno del que se desprendería, según André Gide, el más hermoso, el más honesto libro de guerra jamás escrito. Era el registro de las imágenes, los olores, la música de la guerra. Jünger se había incorporado a la tropa alemana con una exaltación que iba más allá del patriotismo. El joven que había escapado de su casa para buscar la aventura en África sentía el llamado de la guerra, un torbellino que elevaba la fuerza y la dignidad del hombre. No era la nación quien lo llamaba, era la guerra. Ahí, sólo ahí estaba la “acción de los hombres verdaderos”.

La guerra coloca al hombre frente a la emoción del precipicio. Es emoción de vida. Es la embriaguez de la situación límite, la huida del vacío en el que flotamos, el abandono de una insoportable, por banal, normalidad. “Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande”. Sólo la guerra sería capaz de proveer las grandes cosas, fuertes, espléndidas. Los soldados, en el fuego del combate, se elevan en un éxtasis apenas comparable con la gracia del santo, del gran poeta, del gran amor. La pasión de la guerra es, para Jünger, una experiencia mística. Así lo describe en La guerra como experiencia interior.

El entusiasmo arrebata la hombría más allá de sí misma hasta que la sangre salta hirviendo contra las membranas y el corazón se derrite en espumas. Es una embriaguez que supera a todas, liberación que salta todos los vínculos. Un furor sin respeto ni barreras, sólo comparable a la violencia de la naturaleza. El hombre está ahí como la tormenta rugiente, el mar que brama y el trueno que muge. Allí está fundido en el todo, se estrella contra las oscuras puertas de la muerte como un tiro en el blanco. Y las olas lo sepultan purpúreas: de modo que, ya hace tiempo, no le queda la conciencia del tránsito. Es como si una ola lo arrastrara de nuevo al mar tempestuoso.

Olas que nos arrastran al mar tempestuoso. Allí, en “la danza de las cuchillas afiladas”, en el frágil hilo que separa la vida de la muerte, se muestra el hombre y su sentido: la lucha. La guerra coloca al soldado ante el abismo. lo envuelve de amenazas, le inyecta dolores: le otorga vida, lo funde al todo. Sus músculos, los proyectiles que manan de su fusil, son fuerzas de la naturaleza, rugido de bestias, estruendo de huracán. El hombre que retrata en sus Tempestades de acero nace al mundo en la ceremonia de las balas: “El bautismo de fuego! El aire se cargaba de un caudal de hombría tal que daban ganas de llorar sin saber por qué”. El combatiente en las trincheras está marcado por el peso de su cuerpo, por la angustia de lo incierto, por el rumor de su propia muerte, por la ubicuidad del dolor, por el miedo. La guerra lo ha regresado a los tiempos del origen en los que la vida cuelga entre desgracias. Cada globo de aire que se infla en sus pulmones es un don divino, un regalo inmerecido que se goza como el vino más exquisito. La guerra es para Jünger, por lo menos este Jünger de sus cuadernos juveniles, experiencia extática, roce con el absoluto que imprime sentido a la existencia.

La batalla aparece también como la más intensa experiencia estética. El fuego de la artillería es una danza salvaje, un baile de colores en el que las llamaradas se entrelazan con nubes blancas, negras y amarillas. Las detonaciones, escribe Jünger en alguna página de sus diarios, recordaban el canto de los canarios. Quizá sea cierto lo que dice Claudio Magris sobre el trato de Jünger con lo terrible. Hay una especie de ostentación complaciente de impasibilidad, de sangre fría. Lo cierto es que no trató de enfundar las desgracias del siglo en terciopelo. Este meticuloso observador de lo terrible, este paciente coleccionista de escarabajos, vio al hombre como una criatura que anida en las ramas de la catástrofe. Si la calamidad es la sombra que nos acompaña desde el primer llanto, la guerra es el teatro de nuestra realidad. Ya lo había dicho Hobbes: la paz es un artificio precario: la guerra es nuestra naturaleza. Las luces de la modernidad, lejos de disipar la sombra del desastre la ennegrecen aún más. Vivimos en los lujosos camarotes del Titanic, pensaba Jünger. El progreso es hermano del pánico.

Y años después, refugiado en su mundo de escarabajos, Ernst Jünger decía sentir asco por los uniformes, las armas y las órdenes.  n

Las miserias del jardín

LAS MISERIAS DEL JARDÍN

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

Los jardines dan cuenta de la cultura de una sociedad. Aunque Inglaterra y Estados Unidos poseen un clima mucho menos benigno, su horticultura es infinitamente superior a la nuestra.

En plena Segunda Guerra mundial Peter Smithers, entonces un joven agregado de inteligencia naval en la embajada británica, fue comisionado en México. Su misión era averiguar si los submarinos alemanes estaban reabasteciéndose de combustible en algún punto de las costas mexicanas. En sus memorias (Adventures of a Gardener, Harvill, Londres, 1995), Smithers intercala sus aventuras políticas y diplomáticas con la pasión de su vida: la jardinería. En México no encontró submarinos nazis, pero sí una paradoja que lo desconcertó: “A pesar de que los mexicanos vivían en un país en el cual casi cualquier cosa podía cultivarse en un lugar u otro, y a pesar de que estaba repleto de una de las floras más ricas del mundo, los mexicanos no eran un pueblo conocedor de plantas. (…) Había algunos buenos botánicos mexicanos, hombres de ciencia. Pero en lo que se refiere a la horticultura, los pocos maestros eran, inconvenientemente, japoneses o alemanes. Conseguir material vegetal para plantar era difícil, con excepción de dos grandes familias: las orquídeas y las palmas”.

Los jardines dan cuenta de la cultura de una sociedad. Aunque Inglaterra y Estados Unidos poseen un clima mucho menos benigno, su horticultura es infinitamente superior a la nuestra. En sus viveros se pueden encontrar muchas más variedades de plantas, semillas, bulbos, etc. Producimos, eso sí, flores de ornato de primera calidad que exportamos al mundo. Sin embargo, nuestros jardines son más bien pobres en diversidad y diseño. Me llaman la atención dos cosas en particular. La primera es el carácter caótico e improvisado de los jardines. Su rasgo más acusado es la falta de geometría en los colores y las formas. En México es muy difícil hallar un jardín plantado geométricamente. Eso dice mucho de cómo pensamos el mundo y los espacios. En segundo lugar, las camas —que en los jardines ingleses son anchas y permiten combinaciones de arbustos y plantas en distintos niveles de profundidad— en México son bordes estrechos y aburridos. En la mayoría de los casos sólo se cultiva un puñado de especies, como geranios, buganvilias, alcatraces, rosas. Los bordes son estrechos porque nuestra imaginación es estrecha. Nuestra idea de jardín —y la de los diseñadores profesionales— es pobre y unidimensional: en la mayoría de los casos se reduce a un espacio llano sembrado de pasto. Los jardines públicos en México son una desgracia comparados con los de otros países. Paradójicamente, es posible que los jardines más logrados hayan sido los prehispánicos, creados a instancias de los señores de Tenochtitlan, Oaxtepec y Texcoco. Según Bernal Díaz del Castillo, los jardines de Moctezuma eran tan hermosos que no podía colmar sus sentidos con todos los tipos de árboles y sus diferentes aromas. “Había senderos bordeados de rosas de esta tierra y muchos árboles frutales y matas en flor, y también un estanque”. Según Cortés, el jardín de Oaxtepec era más hermoso que cualquiera de los jardines de España.

Como en otras áreas de la sociedad y la economía, los recursos materiales para crear jardines florecientes existen en México. ¿Por qué, teniendo todos los ingredientes necesarios, los resultados son tan pobres? No lo sé. Se trata de un problema genérico: el de sociedades pobres en tierras ricas. En casa del herrero azadón de palo. ¿Es la abundancia una especie de anteojera que nos impide ver lo que tenemos frente a nosotros? Tal vez, la respuesta se encuentre en la estructura social. La mexicana es una sociedad desigual, pero sin las ventajas de una tradición aristocrática. Para Smithers el jardín —junto con la casa familiar— significaba continuidad generacional, tanto del aristócrata como de las personas a su servicio. En Estados Unidos, donde hay hermosos jardines, públicos y privados, no existe una tradición aristocrática, pero los norteamericanos tienen a cambio la costumbre de ocuparse ellos mismos de las tareas: cavan, siembran y podan con sus propias manos. Nosotros carecemos tanto de la sensibilidad aristocrática como de la laboriosidad democrática. Y nuestros jardines lo atestiguan. Nada sabemos de bulbos, nenúfares o lotos. ¿Qué patio trasero podría inspirar hoy estos versos de Piedra de sol?

un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea, un árbol bien plantado mas danzante, un caminar de río que se curva, avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre:

Si no lo cree, eche un vistazo a su jardín.  n

La pasión amorosa

LA PASIÓN AMOROSA

POR MARÍA TERESA PRIEGO

“Dicen que un hombre llega a la pasión erótica a confirmar su nombre, heredado en una línea de hombres como él. Dicen que una mujer llega a la pasión amorosa a perder su nombre. A desprenderse del nombre de su padre. A dejarlo enredado entre las sábanas. A entregarlo”.

LA  ISLA

Tú crees que podrías inventar una isla para mí”, dijo ella. El respondió “sí”. Inmediatamente. Como un expedicionario recorrió las islas, de Guerrero a la Polinesia. Ella se sintió agradecida. Muy. Pero no es eso lo que anda buscando. “No, dije: inventarla. Regalarme una isla que no existe. Crearla para mí. De tu necesidad a la mía. De tu cuerpo a mi cuerpo. Una isla como un bunker. Para amarnos. Para hacer el amor. Para construirnos. Para hacernos pedazos. Depende de los días. Depende de las noches”. ¿Por qué viene de la raíz padecer, la palabra pasión? “Llena de ti. sufro de ti. Llena aunque te ausentes. Llena porque te ausentas y regresas”. La pasión como “anticipación de lo eterno”, escribió Kierkegaard. Qué belleza. También escribió: “La eternidad concreta”. “Eso sería nuestra isla, la que tú vas a inventar para mí. La que habitaremos juntos. La que no está en ningún mapa que no nos pertenezca: ‘Nuestra eternidad concreta’ “.

LA PUERTA CERRADA

“La escena primitiva”. Ajá. Un niño, una niña imaginando a dos adultos ocupados el uno con el otro detrás de una puerta cerrada. ¿Qué hacen? El placer. El la niño a sufre. Está excluido. Sufre ante ese placer vedado. Ajeno. En su padecimiento descubre esa forma laberíntica del placer que se llama “gozo”. Es distinto del placer, por momentos es casi su negativo, pero ambos se mezclan. Se le van a mezclar toda una vida. Para existir negociará cada día entre el uno y el otro. Si es una niña se humedece. Quisiera derrumbar esa puerta. Que se abra para ella. Que la dejen entrar. Un día habrá una puerta cerrada y adentro, junto a su hombre, estará ella. En una isla.  Suena tan lejano ese día. El niño  o la niña se aplican en acumular fantasmas. Los más pasionales y definitivos de la entera existencia. Ante una puerta cerrada. “Señor, no, padre; marido, no, hermano; de su sierva, no, hija; esposa, no, hermana; a Abelardo de Eloísa”.

Padre tabÚ/Padre tÓtem

“Dame el olvido que arremeta contra todo/ lo que me huela a castidad y a cama limpia”. Es una mutua condición para desearse. Otorgarse el olvido. El que concierne a la memoria de la puerta cerrada de los inicios. Que se queden allá adentro ellos dos. Ellos cuatro, puesto que una pareja es de dos. Porque: “Todo hallazgo puede ser un reencuentro” (Freud). Podríamos creerlo a no. Significa, quizá, que todo “hallazgo” de un nuevo objeto amoroso es de alguna manera una repetición. Te voy a contar la historia de un padre furibundo, como los huracanes que se tragan al golfo. La promesa de una tormenta venida del padre. ¿Te imaginas? Venida de él.

Es la historia del padre-tótem, que no supo administrar las oscuras, las tentadoras dimensiones del tabú. Casi cualquier hija, y casi cualquier padre. A su hija le regaló una bicicleta. “Déjate ir”, dijo. Las bicicletas de las niñas buenas son de sillines anchos y manubrios altos, no están obligadas a inclinarse para pedalear. Es probable entonces que no sepan. La niña tuvo que inclinarse mucho para alcanzar el manubrio. El sillín de una Benotto es puntiagudo. Hay un hombre que está. “Déjate ir”. Hay un hombre que va a estar. Es una promesa. La niña pedalea. No es que decida frotarse. No sé. Es que no hay otra manera de pedalear. El padre está orgulloso de la niña. Padre-tótem.

Una mujer podría temblar del susto ante un hombre que la encanta. El pánico por excelencia. No me refiero ante un macho depredador. No. Frente a un hombre que la encante. ¿Cuál? Ese que sabe jurarle que el tabú existió, y que él, ese hombre, trae consigo un más allá del tabú. Lo trae para ella. Es probable que lo traiga entre los muslos. Allí donde se diferenciaba, sobre todo, la niña del padre. Allí, donde parecía mirar con tanto interés la madre. Un “Más allá”. El espacio de la locura y del gozo infinito. Una oferta devastadora, en el peor, en el mejor sentido de la palabra. Una mujer pertenece junto a ese hombre que “lo trae” para ella. Es inevitable. Está atrapada. “Si me penetras, busca dentro de mí ese lugar secreto donde conservo al tótem”, dirá ella. “Lo conservo. Porque me gusta y porque me aterra. Porque me invita y porque prohibe. Entra. Reviéntalo. ¿Harías eso por mí? Voy a intentar impedírtelo. Es un hecho. Pero tú, el más valiente, el más confiable, el más deseado entre todos, ¿harías eso por mí?”.

ESO DE ESTAR SEPARADOS

 “Imaginemos que Hefestos, con sus instrumentos, se acercara a la pareja que yace unida y le preguntara: “¿Qué es lo que quiere el uno del otro?”. Serían incapaces de explicarlo. Imaginemos aún más: que al ver su perplejidad les dijera: “¿Desean ser el uno absoluto, estar juntos noche y día, y como éste es su deseo, que los funda en uno para dejarlos crecer juntos”? No habría un solo hombre que, al escucharlo, rechazara su propuesta o negara que este encuentro, esta fusión de dos, este convertirse en uno en lugar de ser dos, fuera la auténtica expresión de su necesidad ancestral. Y la razón es que la naturaleza humana era originalmente una y que éramos un todo, y que el deseo y la búsqueda de ese todo se llama amor (Aristófanes). Sólo que entonces no sería una pareja. Sólo que entonces sería fusión, y no deseo. Identidades confundidas.

El deseo es un animal de otredades. El deseo es un buscador de distancias.

De cotos secretos. De mutuos silencios. “Voy por ese otro que eres tú”, dice cada uno. Cada conciencia (llamémosle así. Me gusta Kojeve. Me gusta mucho), pero en realidad en el fondo, siempre existe un “me aterra ese otro que eres tú”. Insistimos: “Voy hacia ti, porque eres distinto. Te deseo”. Pero también, al segundo e inevitablemente: “Voy hacia ti, para hacerte como yo porque en tu diferencia, te temo”. Es aún bastante peor: “Nada más que no se te ocurra hacerte como yo, porque entonces, no te deseo”. Complicadísimo. Cómo duele, eso de estar separados. Se juega cotidianamente en una mesa de café, en un bar, en una cama. Entre dos cuerpos que se abrazan y bailan. Parecen enamorados. Apasionados. Ingenuos. Se están matando de contradicciones y de amor. De encuentro y fuga. Suave, furiosamente. Se están matando. Entonces son fuertes. Son deseados y deseantes. Son creativos. Son bellos. Están vivos. En esa dialéctica de una intensidad animal que es el deseo. Animal. Pero ¿habrá acaso algo más definitorio de lo humano que el deseo?

Pegan sus cuerpos. Los acarician. Se están ofreciendo la más maravillosa ilusión de todos los tiempos: van a hacer el amor. Se van a coger. No se van a soltar. Van a ser uno. Por suerte no es verdad, y qué horrible que no sea verdad. Cada uno con su deseo. Con su modo de desear. Cada uno con sus maneras de vivir el placer. Cada uno a con su diferencia sexual a cuestas. Se van a venir juntos. Se vendrán y estarán seguros de que fueron uno”. Cojámonos, mi bien. Darwin tenía razón. Tu pecho. Tu pecho velludo. De reto y de otredades. Darwin tenía razón. Cojámonos”.

El nombre

Dicen que un hombre llega a la pasión amorosa a confirmar su nombre, heredado en una línea de hombres como él. Dicen que una mujer llega a la pasión amorosa a perder su nombre. A desprenderse del nombre de su padre. A dejarlo enredado entre las sábanas. A entregarlo. Quizá no es nada más machismo, opresión y sociedad patriarcal que una mujer tome en una cama el nombre de un hombre distinto a su padre. El padre irrumpió y las separó. A la madre y a la hija. A esas dos que se amaban. Con la gran pasión de una vida. Con la pasión desesperada y extraordinaria del espejo. “Somos tú y yo”, pronunció la madre, con su amor, con esos senos suyos cautivadores e inmensos. Cautivadores también para la hija. Después irrumpió un hombre. En ese momento la niña lo amó. Lo habrá odiado también. Lo amó en su incomprensible virilidad. Heredó su nombre, entrañable y estorboso. Su nombre que la inscribe en el espacio de la cadena masculina de un clan. Ese nombre-otro que le recuerda que está separada de la madre. Que a las mujeres, con frecuencia, nos arrancan de la madre. ¿Y del padre, quién nos arranca?

Como si un hombre llegara a la pasión amorosa a encontrarse. Como si una mujer llegara a perderse. ¿Por qué las mujeres tememos más que los hombres a la pasión amorosa como extravío? ¿Por qué la sensualidad se vuelve una amenaza de locura? ¿Por qué somos tan difusas con el cuerpo? Tan pérdidas. El pánico ante el fantasma del gozo infinito. Ante el fantasma de un cuerpo femenino que da la impresión —en el placer, en el orgasmo— de no estar acotado. “Amame, y  vuélveme loca. Pero, por favor, no sin remedio. Amame y devuélveme después a esa realidad que marca el nombre”. Una mujer quiere palabras después de, para tener tiempo de retomar su nombre. Por si se ofrece. Qué se yo firmar un cheque. Pero sobre todo necesita retomarlo, para tener cada vez —libre y autónoma— la oportunidad de ofrecerlo, de embarrarlo. De perderlo.

¿QuÉ quiere un hombre? ¿QuÉ querrÁ?

Yo no sé qué le dice un hombre a una mujer cuando se aman. A veces: “no me devores”, “no te lo lleves”, o “no me mates”. ¿Y si las mujeres intentáramos entenderlos? ¿Y si dejáramos de hacer la lista de los defectos masculinos y sus agravios y nos sentáramos por un rato a escuchar? Ya basta de monologar entre nosotras. Ya basta. Esa muerte que les digo no es de la realidad, nadie se lleva nada, ni se devora a nadie, pero igual jode… me imagino. Igual. “No mates al hombre que soy” (si me devoras). Haz que la petite morte sea la del niño y no la del hombre (si me matas)”. “La del hombre, y no la de una mujer como tú” (por si se te ocurriera quedártelo). “Haz que la ‘pequeña muerte’ sea el resultado de un duelo donde venció ese hombre que soy”. Ellos inventaron esas dos palabras asociadas al orgasmo. Las mujeres podemos pensar que es a nosotras a quienes intentan vencer. Podríamos confundirnos. Los machos se confunden. Pero no deseo hablar de machos. De hombres nada más.

“De qué te vas a morir, amor mío?”. ¿Y si los hombres temieran morirse de infancia ante los pechos femeninos? ¿Si temieran morirse de senos y de vientre? Morirse como hombres y convertirse entonces en otra cosa. En niños desamparados. Te desnudan y quizá dicen: “Déjame soñar que adentro de ti existe un territorio que es mío. Déjame soñar que cuando me contienes te tomo, aunque todos sepamos que no es cierto. Déjame soñar que no soy el contenido”, el que desea regresar a un vientre tibio, el que reencuentra unos senos redondos. Esperándolo. El gran nostálgico. Sálvame tú de esa nostalgia amenazante, de los recovecos de mi deseo de hombre heterosexual. De esos que buscan los inicios. Sálvame, ofreciéndome la ilusión de que eres mía”. Aunque todos sepamos que no es cierto. ¿Y si después del amor sensual, un hombre y una mujer fueran los afortunados sobrevivientes? De la locura. De la amenaza de una muerte simbólica. Es tan intensa la intensidad. Tan misteriosa.

LA CEREMONIA

Una mujer a la que le gusten los hombres intenta seducir a un hombre por muchas sinrazones. Se decora. La ceremonia de hacerse “yo-otra” es una muestra de su fuerza: “Puedo sola. Acá somos varias”. Y de su vulnerabilidad: “Te necesito a ti, puesto que para gustarte sumo las varias que soy”. No es un condicionamiento de oprimida, aunque en eso pudiera convertirse. No quiero hablar de opresiones. Quiero hablar de esa larga ceremonia de poderes y contra-poderes concertados, donde un hombre le dice a una mujer “voy por ti” y una mujer le responde: “inténtalo”.

Mirarse en el espejo, como alguna vez observó mirarse a la primera mujer. A la que envidió de niña, con una envidia devastadora. Por eso dice: “Inténtalo fuerte, para que yo pueda estar segura de que esta vez me toca a mí”. Su vida está atravesada por esa otra mirada femenina. “Quédate con tu hombre, Madre, ese por el cual estuvimos dispuestas a matarnos. Me disculpas, pero me toca. Me disculpas, pero a este hombre se la paro yo. Con las armas que tú misma me enseñaste, y me negaste. Se la paro yo”.

Cuando digo “pararlo” no hablo de un órgano. No, por favor. No hablo de protuberancias y oquedades que se encuentran. No sólo. Se llama deseo. Se llama escribir, venirse, inventar telescopios, descubrir ciudades ocultas, caminar por la cuerda floja, inventarse el mañana, la ilusión. La vida. Se llama aceptarse sexuada/o y deseante. Se llama aceptarse incompleta/o y reconocer la carencia. Ir a buscar.

Entonces una mujer podría decirle a un hombre: “A mí me falta. Pero claro que me falta, ¿me lo podrías dar?”. ¿Qué será? ¿Y si te abrazo? ¿Y si enciendo velas para ti? ¿Y si te hago un tablé? ¿Me lo das?. Y si eso que se supone que yo tengo para ti, te lo doy, y lo tomo de regreso, te lo ofrezco y te lo escondo, ¿podría entonces suceder que eso que se supone que tú tienes para mí, me lo des y lo tomes de regreso, me lo ofrezcas y me lo escondas?”. Podría suceder. Esa es la isla. Cojámonos, mi bien.  n

La pasión científica

LA PASIÓN CIENTÍFICA

POR CINNA LOMNITZ

El mejor consejo que pueda dar a un científico es éste: la intensidad de tu convicción acerca de la verdad de una hipótesis no tiene relación alguna con que ésta sea o no verdadera.

 Sir Peter Medawar.

No hagamos ciencia con pasión como si se tratara de futbol, de los crucigramas o de la política. Que se suprima el vocablo pasión con todos sus derivados. La ciencia no es un vestigio faustiano ni un vértigo por el saber: es una vocación que se adquiere y que se cultiva en silencio, como la buena literatura.

¡Endorfinómanos y adictos a las feromonas, uníos! El reino de las pasiones se ha acercado. El siglo reverdece con gritos de guerra y la ciencia, para no ser menos, reclama su sitial de honor como oficiante en el altar de la patria transgénica.

He conocido a grandes científicos: eran como cirujanos. Trabajaban mucho y hablaban poco. La pasión no parecía lo suyo. Maurice Ewing, un texano enorme, nunca alzaba la voz. Lo conocí después de su segundo infarto, cuando me invitó a formar parte de la Expedición 15 de su barco oceanográfico, el Vema, un yate de tres palos modificado para servir de laboratorio flotante. Ewing trabajaba como un endemoniado. Por órdenes del Doc (así le decíamos), se izaba la bandera pirata en alta mar. Entonces no había más ley que la suya. Ewing fue el último de los grandes exploradores y descubridores de la mar océano. Era un hombre libre: no dormía. Quince minutos, en su sillón, era todo el sueño que se permitía de un tirón. Tengo grabado el recuerdo de su playera verde, con su gran agujero bajo el brazo derecho. El científico no parecía darse cuenta de tales minucias. El único lujo que se permitía a bordo era la comida. El cocinero, un danés de aspecto poco pulcro, preparaba unos steaks de jamón de medio kilo que tenían la virtud de espantar el mareo.

En tierra firme, Maurice Ewing era director del Observatorio Lamont. Una escalera de caracol conducía de su estudio a un cuartito con un sofá: ahí dormía a ratos con su secretaria de turno. Cada vez que la secretaria era promovida a esposa se iba a vivir a la residencia familiar y Ewing no la volvía a ver. Se casó cinco veces.

Pienso que a todo creador le estorba la pasión. La utiliza, la trabaja, la necesita (como aquella señora que se creía gallina: ¿qué haría su marido sin los huevos?). Pero no la cultiva, y con sobrada razón. Podría dar ejemplos de otros científicos, pero tendría que entrar en explicaciones engorrosas. Es más fácil hablar de poetas porque su trabajo, siendo tan esotérico y tan misterioso como el nuestro, resulta más accesible. Las ecuaciones repelen, pero cualquiera piensa que sabe utilizar palabras.

La gamise.

El adolescente Neftalí Reyes Basoalto, hijo de un ferroviario de provincia, se prendó de una compañera, hija de familia capitalina. Cambió de nombre y de personalidad, y se puso “Pablo Neruda” para tratar de reinventarse. Albertina Rosa no cayó en el juego. ¿Quién era Albertina Rosa? Boina gris, ojos claros, esta joven inalcanzable le proporcionaba sin embargo ciertas compensaciones hormonales:

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, etcétera.

Pobre Neruda. Pobre, en efecto, además de flaco, moreno y absolutamente impresentable. Su trémula pasión desbordaba fácilmente en floridos inventarios. El se daba cuenta que si seguía así acabaría en una especie de coleccionista y reseñador de pasiones inconfesables:

Fui solo como un túnel. De mi huían los pájaros…

Eso se vendía bien en Chile. Pero los poetas no perdonan. Cuando ya todo el alboroto parecía olvidado se escuchó desde el otro lado del Atlántico, como un eco lejano, una risita burlona que Neruda conocía:

   Vous riez. vous criez. vous avez tort de rire

   et raison de crier aufond de ees tunnels

   d´oú  un les oiseaux bavards comme la poéle á frire

   sechappent vers l’amour des ventres maternels.

Neruda  se quedó callado. ¿Qué otra cosa podía hacer? Responder a Cocteau con un soneto no era una alternativa factible. Disponía apenas de su pobre español, la lengua enchilada de Cervantes: un idioma adormilado después de La Araucana y que no había vuelto a dar señales de vida en tres siglos. Nada podía el poeta chileno contra un idioma vivo y fulgurante, rutilante, cruzado de relámpagos azules y envuelto en sonoridades que escondían las estocadas manejadas por el francés. Lo nuestro, que lo admitamos o no, es el puro pinchazo, la oreja regalada, la vuelta al ruedo, la salida en hombros, el entierro y el olvido. ¿Cuándo aprenderemos?

Para colmo, algunos españoles lo atacaban con su saña acostumbrada. Cierto amigo de los asnos vertía semanalmente su veneno sobre los textos de Neruda, los cuales atribuía a una imaginación “de alcantarilla”, hasta que Neruda respondió para reivindicar la pasión y la cursilería:

 Quien huye del mal gusto cae en el hielo.

” Whoever shuns bad tastefalls on the ice, tradujo John Felsiner sin que nadie lo hubiera llamado: una deliciosa exhibición de patinaje. En revancha. Neruda se obstinaba en traducir a Whitman:

  Desde la oscuridad, opuestos iguales avanzan,

  siempre la sustancia y la multiplicación,

  siempre el deseo,

  siempre un tejido de identidad, siempre la diferenciación,

  siempre la procreación de la vida.

El original tenía dos versos largos y 42 sílabas; la traducción de Neruda tiene cinco versos disparejos y 62 sílabas. La prosodia de Whitman, a base de dáctilos homéricos, se había perdido y la tensa sílaba sex, latigazo del discurso, se volvía mansamente “el deseo”. ¡Qué cansada y aburrida suena la repetición de “siempre” en español, frente al apremiante always de Whitman!

Neruda entonces, con su acostumbrada pasión, se casa, se hace diplomático, se vuelve comunista y se vuelve a casar. Piensa que esa pasión le abrirá las puertas de México, y se equivoca. Octavio Paz lo ningunea. Afortunadamente ahí está Diego Rivera, su socio de correrías nocturnas y su cómplice en amores. El pintor, aficionado a las intrigas de faldas, le presenta a Matilde, chilena y cantante de mariachis:

Alguien que me esperó entre los violines

encontró un mundo como una torre enterrada…

Neruda se divertía con las interpretaciones de los críticos literarios, que presumían de conocer su afición a los disfraces. Nunca sospechaban que los violines eran violines (del mariachi), las torres torres (prehispánicas), y que ese “alguien” fantasmal era Matilde.

Diego le prestaba la casa-taller en San Ángel para sus encuentros clandestinos con Matilde, y a la chica le hizo un maravilloso retrato. Al examinarlo atentamente se descubre en su cabellera el perfil de Neruda. Para eso sirven las pasiones. El retrato valía más que todo lo que había escrito Neruda. Tardó quince años en casarse con ella.

Yo lo conocí en su departamento de la lie de la Cité, en París. Solía frecuentar el Mercado de las Pulgas, donde pasaba horas entre fierros viejos en busca de algún hallazgo. En tales expediciones le gustaba adoptar la apariencia de un cura francés de provincia: boina negra y largo abrigo negro parecido a una sotana.

Trabajaba de forma intensa y sin pasión aparente. Su horario era regular. Hacía numerosas correcciones y borrones en el texto. Tenía hábitos de trabajo excéntricos: por ejemplo, usaba solamente tinta verde. No era impulsivo y no creía en la inspiración: más bien era paciente, a la manera de un artesano. Su credo artístico le había sido revelado a los veinte años: “claro como una lámpara, simple como un anillo”. Para ser un revolucionario, era de temperamento más bien conservador. Era un orador efectivo y un militante disciplinado del Partido Comunista. Finalmente se rebeló, lanzando unos versos apasionados a la cabeza de los dirigentes que se atrevieron a ponerse del lado de su segunda esposa, Delia del Carril, cuando decidió separarse de ella.

Todo lo anterior me hace pensar que la pasión no conviene a nadie. Con su aliada la publicidad, puede contaminar hasta el idioma. Un mal idioma es un ingrediente de la mala ciencia, de la mala literatura y de la mala educación.

No hagamos ciencia con pasión, como si se tratara de futbol, de los crucigramas o de la política. Propongo que el idioma mexicano se separe definitivamente del español y se independice de su peninsular apéndice. Que se suprima el vocablo pasión con todos sus derivados. La ciencia no es un vestigio faustiano ni un vértigo por el saber: es una vocación que se adquiere y que se cultiva en silencio, como la buena literatura.

EPÍLOGO

A principios de 1933, pocas semanas después de la ascensión de Hitler al poder, emigré de Alemania ya que mi padre, por consejo de su mejor amigo —un miembro destacado del Partido Nazi—, había resuelto autoexiliarse. Tenía yo siete años y no había oído hablar de México.

Un par de años más tarde, pasábamos una estancia veraniega en la playa de Knokke, en la Riviera belga. Mi padre, un joven abogado de mucho éxito, estaba pensando rehacer su vida lo más lejos posible de una Europa que se precipitaba al abismo de una guerra. Mi madre era una rubia elegante, bonita, cantante de ópera: una mujer culta, sociable, moderna y de gran inteligencia. Yo la idolatraba.

Un viejito del pueblo nos rentaba unas sillas de playa que parecían cabañas o confesionarios, y que son comunes hasta hoy en las costas del Mar del Norte. Ese día se anunciaba una mañana soleada y yo me disponía a disfrutar del sol y del mar. Llegó una niñita corriendo a contarnos, entre sollozos, que su abuelito —el que nos rentaba las sillas de playa había muerto. No recuerdo cómo llegué al velorio. Ahí estaba yo, de la mano de mi nueva amiga, caminando tras el féretro por las calles del pueblo de Knokke.

De repente apareció mi madre. Me vio y me jaló del brazo con rudeza. Me había estado buscando toda la mañana; estaba desesperada y muy enojada. Me resistí apasionadamente y seguramente lloré, porque ella se puso a explicarme de la manera más pedagógica que esa era gente pobre y que podía tener enfermedades contagiosas.

Nunca supe perdonarla. Han sucedido muchas cosas, aprendí varios idiomas, escribí poemas. Encontré mis torres enterradas. La ciencia pudo ser, para un adolescente solitario, una escalerilla de escape de un mundo enloquecido por las pasiones.

Cuenta una tradición sufí que el poeta y matemático Amir al-Bulbul abrió su corazón al Demonio. En medio de la noche, penetró en el Jardín de las Delicias y cortó de raíz el Árbol del Conocimiento, cuyo fruto es la Inmortalidad.

  Con su tronco confeccionó la Santa Cruz y con sus espinas —utilizando la Ciencia que poseía— hizo los clavos de la Pasión. Satán entonces se sintió seguro de su victoria: seguramente nada podría superar el poder de la ciencia. Pero el amor pudo más, y Cristo resucitó.   n

La pasión por el dinero

LA PASIÓN POR EL DINERO

POR MARTÍN HOPENHAYN

El dinero nos seduce y nos frustra: cuanto más nos aproxima a los mundos que promete, más nos empobrece esos mismos mundos con la indiferencia que nos vincula a ellos. Nos acerca a lo lejano, pero una vez cerca, lo hace canjeable e impersonal.

Además de constituir un instrumento que facilita el intercambio de bienes y servicios, el dinero posee el extraño poder de modelar a los sujetos y a las relaciones entre ellos. Cuanto más abstracto respecto de la materia de las cosas, más poderoso como sustrato común y principio de medida y comparación. Gracias a la institución del dinero, el mundo se vuelve el lugar de la conmensurabilidad absoluta entre objetos, acciones y cualidades. A través del dinero construimos una sociabilidad compleja centrada en la diversificación progresiva de bienes, servicios y relaciones sociales. Georg Simmel vio este poder vinculante del dinero como principio de la complejidad social, y Luhmann, casi un siglo más tarde, ratificó la idea al señalar que “el dinero se caracteriza por lograr un máximo de poder vinculante con un mínimo de información”.

En su historia del dinero, Jack Weatherford plantea que “en nuestra sociedad moderna, el dinero perfila cada vez más los nexos entre un progenitor y su hijo, entre los amigos, entre los líderes políticos y sus electores, entre los vecinos y entre el clero y su grey”. ¿Qué espesor ocupa, pues, el dinero en la conciencia de los sujetos, en qué medida modela la representación del mundo, cómo modifica las categorías de tiempo y espacio su circulación, hoy, a tiempo real y sin fronteras, en qué proporción racionaliza y mediatiza las relaciones interpersonales, esculpe los deseos, despierta sentimientos de poder, envidia, euforia, frustración, avaricia?

La indeterminación intrínseca al dinero (esa nada, cada vez más virtual, capaz de convertirse en cualquier cosa mediante su uso efectivo) pone a nuestro alcance lo más anhelado, por distante o exótico que sea. Porque en todo momento, una suma disponible de dinero equivale al mayor objeto de deseo equivalente en cualquier individuo; vale decir, siempre el dinero adquirido o poseído puede cambiarse por el objeto que, de acuerdo al monto, mayor satisfacción o placer produce, o mayor urgencia reclama. Con esta propiedad, el dinero no sólo se usa: seduce. Mientras los objetos pierden su novedad y disminuyen en nosotros su potencial de satisfacción, el dinero disponible siempre puede servir para adquirir, proporcionalmente, el objeto o servicio nuevo que más nos satisface.

Con ello el dinero expande nuestras opciones vitales. Pero de manera paradójica. Por un lado pone a los sujetos en relación con una infinitud de objetos que, a su vez, encarnan múltiples deseos y experiencias potenciales, y promueve una diversificación progresiva de vínculos entre personas que pueden habitar en mundos distintos. Por otro lado, coloca todas estas particularidades bajo el prisma homogeneizador de la divisibilidad del dinero, de la abstracción del valor de cambio y del denominador común. El dinero es la bisagra que liga las antípodas de la modernidad: motor de la diferenciación y singularización de proyectos de vida, guiones biográficos, deseos y gustos; pero también negación de lo singular y lo distinto en la uniformidad del equivalente general que es el dinero. Por lo mismo, la relación del sujeto moderno con el dinero está signada por un destino contradictorio: le abre miles de puertas distintas pero todas subsumibles en la forma pura del intercambio. Todo resulta canjeable y permutable, y por lo mismo todo pierde rápidamente su cualidad distintiva.

De esta manera, y como toda pasión, el dinero nos seduce y nos frustra: cuanto más nos aproxima a los mundos que promete, más nos empobrece esos mismos mundos con la indiferencia que nos vincula a ellos. Nos acerca a lo lejano, pero una vez cerca, lo hace canjeable e impersonal. La obsolescencia acelerada de los productos que podemos adquirir con el dinero trasunta esta lógica trágica: no tarda el nuevo objeto en perder sustancialidad por obra de su convertibilidad en dinero. No tarda en perder el aura una vez descubierta, tras su apariencia seductora, la mecánica de su conmensurabilidad. Así también con los proyectos, las mudanzas, los nuevos territorios físicos y espirituales que recorremos gracias a la proximidad que el dinero hace posible. Todo se vuelve, en efecto, rápidamente próximo, previsible o saturado.

Después del dinero nada vuelve a ser igual. Más aún, el dinero difunde de manera casi irreversible la idea de que “la vida podría ser distinta”. Por cierto, esta urticaria espiritual hecha carne, propia de la subjetividad moderna, no se explica sólo por habitar en sociedades monetarizadas o dineradas. La idea misma de progreso, la expansión comercial y la nueva dinámica espacial, la caída de estructuras e instituciones, la libertad de movimiento y el ideal de autodeterminación, la secularización de los valores y el desarrollo tecnológico, concurren en este desasosiego moderno. Pero eldinero parece ser, como decía Hume, el lubricante que convierte todo esto en flujo y desplazamiento. A la vez que bombea desde abajo, bulle por arriba.

Simmel explica este desasosiego planteando que la rápida circulación del dinero induce hábitos de gasto y adquisición. Por una parte hace que una cantidad específica de dinero se nos vuelva menos significativa, pero a la vez el dinero en general cobra importancia creciente. Nueva paradoja: la cantidad disponible de dinero propio se hace obsolescente en su valor, pero el valor del dinero en nuestra vida aumenta en la misma proporción. En esta dialéctica, el dinero está siempre moviéndonos a la adquisición adicional de dinero, induciendo una creciente sensación de carente en los sujetos a medida que aumenta la masa total del dinero y disminuye, en consecuencia, la valoración del dinero propio. Por otro lado, el dinero propio nunca logra incrementarse al ritmo en que se diversifican los objetos, servicios, insumos, activos, placeres, mundos y vidas que entran a circular en la lógica de las equivalencias generales creada por el dinero. Y mientras más se exacerban estos contrastes, más crece la agitación. Como toda pasión, nos hace padecer.

Vieja pero vigente teoría de la alienación: la primacía del medio —el dinero— sobre el fin corre pareja con la primacía de la estimulación por sobre los objetos mismos. La ratio, ese dominio de lo canjeable y lo conmensurable, impone esta reducción al puro cambio, entendido como cambio de dinero por objetos, y también como cambio de rumbo en la vida. La movilidad esconde esta falta o carencia, y al esconder, devela la imposibilidad de instalarse en una situación o experiencia por la compulsión a mantener el estímulo como fin en sí mismo. El afán de novedad revela esta esclavitud, vale decir, la subordinación de los fines a la excitabilidad del estímulo. La adrenalina del capitalismo financiero es sintomática: el dinero por el dinero como metáfora elocuente del estímulo por el estímulo. Pero al mismo tiempo revela una condición de servidumbre en que, para no morir en el vacío, no podemos dejar de movernos.

No es de extrañar, a la luz de las disquisiciones precedentes, que en la visión de mundo que el dinero construye y expresa, de la cual el dinero es síntoma y causa, metáfora y común denominador, concurren las intuiciones, las críticas y los diagnósticos más variados de la modernidad, de Marx a Weber, de Wálter Benjamín a Fredric Jameson, de Nietzsche a Sartre: la crítica de la primacía de la racionalidad instrumental y de la de-sustancialización de la vida, que coincide con la primacía del equivalente general sobre los valores de uso; la disposición a la movilidad en cuerpo y espíritu, que es sincrónica con la circulación del dinero y su creciente velocidad; la vaciedad arrojada centrífugamente, como la compulsión a diversificar el consumo con el dinero; el impulso a la destrucción creadora en el plano de la industria pero también de las ciudades y las biografías personales, y que el dinero tan bien ilustra con su metamorfosis perpetua; el ideal de autodeterminación en los sujetos y su analogía en la dinámica autónoma del dinero en la fase actual del capitalismo financiero; la canjeabilidad como principio básico del dinero pero también de la producción social, y la consecuente relativización en el plano de los valores; la recurrencia de lo efímero en los objetos comprados por el dinero pero también como vivencia típica que siempre retorna. Todo esto alude a los rasgos del dinero, pero también de los sujetos y del espíritu moderno —y postmoderno—. La pasión moderna halla su expresión paroxística en el vértigo del dinero en las mesas de valores y de apostadores.

Así, el dinero es instrumento y objeto de pasiones. Si por un lado los mercados financieros expresan la máxima abstracción y racionalización del dinero, ya sin referencia a la materialidad de las cosas, por el otro se ven movidos y remecidos por factores subjetivos y que podrían definirse como irracionales o subjetivos: confianza y temor, ánimos y prejuicios, intuiciones y premoniciones, estados maniacos y depresivos expectativas y especulaciones aleatorias, son elementos que convierten a los mercados de dinero en mesas de apostadores inundadas de adrenalina. Pequeñas señales en las políticas monetarias o en la productividad de las empresas desatan enormes desplazamientos de dinero que no se corresponden con la magnitud de las señales.

De allí que la plena realización del dinero transparenta tanto su tendencia a la racionalización como su fondo pulsional, vale decir, el entramado de deseos y pasiones que encarna el movimiento del dinero. A la vez que deshumaniza, desata las emociones más humanas. El cálculo, como destreza privilegiada en las transacciones dinerarias, se ve rebasado por el reino de las emociones. La forma hiperracional es doblemente delirante: por los niveles de abstracción que enajenan la economía respecto del mundo real, pero también por la circulación de pasiones y pulsiones que esa forma hiperracional oculta y contiene a la vez.

Por eso muchos acaban invirtiendo el objeto de deseo: de lo adquirido al medio de adquisición. El recorrido termina en el dinero como objeto puro de deseo. Si la represión del deseo incestuoso fue la primera forma en que el dinero desnaturalizó a los seres humanos (la dote como primer acto de intercambio en especies a través del cual un clan compra una novia a otro clan, el paso de la endogamia a la exogamia. la sublimación del deseo para fines reproductivos), hoy vuelve el dinero, por segunda vez, a construir otra subjetividad: la de la pulsión sin objeto, desenraizada en su sed de dinero, vale decir, volcada hacia el puro equivalente general, sublimada y realizada a la vez en este acto incesante de adquisición que permite el dinero, pero a la vez en la postergación de ese acto —porque la pulsión se convierte en atesoramiento de dinero, de compra de dinero con dinero—. El lugar emblemático de esta pasión, una vez más, es el casino o la bolsa de valores.

El dinero opera haciendo insaciable la pulsión que ese mismo dinero debió reprimir originariamente. Pero la hace insaciable porque la priva de un objeto definitivo, y la obliga, por el no-ser intrínseco del dinero que mediatiza esa misma pulsión, a estar siempre impulsada más allá de los objetos específicos, lanzada a un espacio puro de intercambio. Finalmente la pulsión se vuelve contra sí misma porque ya no tiene un objeto hacia el cual dirigirse, y se convierte en deseo de… ¡más dinero! Un deseo incesante de encarnar en dinero, lo que implica estar siempre desencarnándose. Como dijo Marx, al poseedor de dinero “le ocurre como a los conquistadores del mundo que con cada nuevo país sólo conquistan una nueva frontera”. Como toda pasión, siempre pide más.

Hay delirio, pasión y pulsión en este juego del dinero. Lo reprimido siempre retorna y el dinero, racionalizador-represor de pulsiones, vuelve una y otra vez a hacer de vehículo de los ímpetus febriles donde lo híperracional y lo irracional se invaden mutuamente. Si el dinero tiene su origen en la sexualidad sacrificada o en el deseo diferido, en el dinero postmoderno o virtual vuelven las sombras de una sexualidad nunca del todo domada. Tal vez el dinero siga encarnando, como afirma Horst Kurnitzky, el sexo femenino reprimido y su correlato, la naturaleza sometida (pulsión y racionalización, lo reprimido y lo construido). No es casual que en el mundo virtual estallen con igual potencia el dinero electrónico y la pornografía. Algo sugiere esta multiplicación del dinero y de las imágenes siempre duras y desublimadas del porno que circulan con más fuerza que ningún otro tópico en el intercambio virtual, casi como un nuevo medio de cambio que, al revés del dinero, retorna a lo reprimido.

Curioso recorrido donde la abstracción se inunda de libido y la pulsión se enmascara en la razón. Si Sartre sostuvo que el hombre es una pasión inútil, del dinero podemos decir lo contrario que acaba en lo mismo: una pasión tan útil que se devora a sí misma. n

La pasión por el tiempo

LA PASIÓN POR EL TIEMPO

POR ÁNGELES MASTRETTA

“Nunca mira uno tantas mujeres preñadas como cuando lo está. Por todas partes hermosas mujeres barrigonas a las que entonces yo veía más bien horribles. Eran preciosas, lo sé ahora. Igual que lo es la vida en todo el que la tiene. Ni se diga en los viejos, en cuyas filas empiezo a formarme”.

No sé ni cómo, pero mi ventana se abre a la gloria de tres árboles. Dos enfrente, uno a la izquierda. El de la izquierda es un fresno inmenso. Está del otro lado de la calle, pero no importa, en los asuntos cruciales ha estado siempre aquí, a veces demasiado cerca. Hoy en la tarde, que de pronto se ha hecho clara cortando su camino a través de una polvareda, alrededor del fresno vuelan decenas de pájaros jóvenes. Parece que andan adiestrándose en el arte, porque salen de entre las ramas y cruzan tramos breves, luego dan la vuelta y recalan en el árbol. Hacen lo mismo una vez tras otra mientras el cielo, que asombra de tan claro, empieza a volverse rojizo. Cerca ha salido una luna pálida, casi transparente. Uno diría que la tarde es inaudita en una ciudad como ésta. Pero no lo es. Se repiten las tardes así en esta ciudad tan apretada de tan fea o tan bella que aquí estamos apretados. ¿Quién mira la tarde aquí? ¿Quién se detiene a intentar asirla?

Yo sé, vanamente, que yo. Y sé que hay quienes. Incluso sé que hay quien ama las tardes, quienes bajo ellas se aman. A veces, de saberlo, tiemblo. Ya no está de moda vivir así. Soy una anticuada, una cursi, una perdedora del tiempo. Tengo pasión por perder el tiempo. Y tengo tantas pasiones por las que no dan título en la universidad.

Yo sé cuándo hay luna llena aunque la noche esté nublada, y sé por qué sale temprano a veces y muy tarde otras. No lo sé por astrónoma, sino por lunática. Del mismo modo en que no sé un ápice de ecosistemas, pero me angustia no mirar el horizonte para reconocer en cuál habito. Igual que me pasmo bajo las estrellas y deliro de furia porque aquí no se ven. Miro el tiempo alargarse entre las nubes, dicen que no existe. Bien lo creo.

Mi madre solía justificarme diciendo: “es que ella es muy intensa”. Lo decía con toda la boca, entre asustada y compadecida. Otros lo piensan. No falta quien lo teme, quienes lo censuran y lo encuentran de plano muy, pero muy fuera de lugar. O de verdad aburridísimo, inapropiado y necio.

Afuera hay un ruido como el que debería decirse que hay en algún infierno. Se oye pasar una sirena, un avión y otro, una parvada de automóviles desde hace rato inmóviles. Todo el que puede tocar la bocina y quiere, la toca como si estuviera en una orquesta. Y eso sucede justo aquí afuera, en mi calle. Además, de la ciudad toda llega un incesante pavor al silencio.

Evoco el mar, la costa abriéndose al Caribe que se abre al infinito. Ese ruido sí que vale su escándalo. No atormenta, no cansa, no ensordece. Oigo a Chopin. Atormentado. Ese sí que era intenso. No yo. Pálida copia mal habida. Viviendo aquí, en la ciudad de México, en el año dos mil tres. Ya podría yo ser más actual. ¿Qué hago buscando cómo se cambia de color el cielo entre los árboles y la ventana? ¿Qué hago donde se acaba el horizonte al otro lado de la calle, justo donde un hombre gordo y atrabiliario ha tatuado en la pared de su casa un letrero que reza como si aullara de tan feo: Centro Médico Oncológico? ¿Qué hago?

Aquí vivo. Aquí ando buscándole a la vida todos los días una emoción cabal. Una tras otra las pasiones como si tuviera los veinte años de mis hijos. ¡Qué vergüenza!

— ¡Carajo! —decía mi hermano Sergio por cualquier cosa, y digo yo por ésta.

— ¿Qué tal? ¡Adiós! Me voy, me voy, me voy —dice el doctor Aguilar y dijo el conejo de Alicia mirando su reloj.

— ¿Ma? —dicen mis hijos y rasgan el universo abriendo el tiempo en que eran niños y todo el tiempo era nuestro.

—Cuídate —dice alguien más para no decir más y dicen mis amigas que así dicen más.

—Me voy a meter en la carrera de los once kilómetros —dice Luisa mientras pica una cebolla para la sopa.

— ¿Por qué nos regresamos de Cozumel? —pregunta el correo de Verónica mi hermana.

Fuimos a Cozumel y estuvimos de tal modo en la cuesta de la ola que en las noches, exhaustas, volvíamos a la casa de quienes nos prestaron el mundo con su mundo, y nos acostábamos a mirar las estrellas y a conversar hasta ponernos bizcas, para irnos a la cama con la beatitud entre los ojos. Fuimos a Cozumel al mar cerrado y al abierto, a comer boquinete en la playa y la mejor pasta con los Arenal, tamales con doña Migue y horizonte en la casa de Nahíma. A beber café con don Nassim. cambiarnos el color de la piel y contarnos desde los grandes amores hasta la mugre de las uñas. Fuimos a Punta Sur, a la laguna, a ver cómo anochecen los pájaros más dichosos de la tierra y los más impasibles cocodrilos. Al día siguiente nos perdimos en Channaanab sobre los peces de colores que nadaron bajo nosotros sin ninguna sorpresa, sin siquiera lo que debía parecerles nuestro insoportable fervor frente a ellos.

Cozumel es el sueño de un dios arrebatado por la paz y la perfección. Un sueño que en vano intentan arruinar a saltos las bocinas gritonas de alguna mala tienda. Cozumel todavía es un sueño, quizá siempre sea un sueño. Mientras yo viva, será uno de mis sueños, una de mis pasiones, uno de mis imposibles. ¿Por qué nos regresamos de Cozumel?

Supongo, me digo, que porque ahí no vivimos. Yo vivo aquí en el Distrito Federal y mi hermana, mucho más sabia, vive frente a los volcanes.

Yo aquí vivo porque esto elegí, no me tocaba vivir aquí. Vine a la ciudad de México movida por la pasión de sentir cosas. Y aquí podían estar todas las cosas. Sería presumido y mentiroso decir que vine porque la universidad, las oportunidades, una manera distinta de ver el mundo me esperaban. Vine a buscar. Y ni por atrevida ni por guerrera, sino por curiosa. Porque nunca he tenido claro lo que busco, siempre lo que me urge encontrar.

Esta ciudad ya era horrible y bellísima hace treinta años. No es ninguna sorpresa que no exista el horizonte ni en mi barrio ni en ningún otro. No existían desde entonces. Sólo sucede que la ciudad ha crecido en horrores tanto como le brotan maravillas. La verdad es que los jóvenes de entonces tenían un toque divino parecidísimo al que tienen los de ahora. Sólo que entonces yo estaba entre ellos y ahora estoy sólo para tenerles devoción. Algunos viejos había entonces que aún añoro, a pesar de que ahora tanta gente se enferma y envejece porque siempre son muchos los que se nos parecen. Hay que estar embarazada para notarlo. Nunca mira uno tantas mujeres preñadas como cuando lo está. Por todas partes hermosas mujeres barrigonas a las que entonces yo veía más bien horribles. Eran preciosas, lo sé ahora. Igual que lo es la vida en todo el que la tiene. Ni se diga en los viejos, en cuyas filas empiezo a formarme. Los de setenta ya dicen frente a mí: “en nuestros tiempos” y se refieren también a “mis tiempos” cuando lo dicen, aunque yo tenga veinte, dieciocho, años menos.

Para conversar y escribir me he vuelto una anciana en el asunto de que las cosas tengan alguna lógica. ¿No estaba yo contando cómo vuelan los pájaros? ¿Dije que algunos tienen la cabeza enrojecida?

Se hizo la noche clarísima y yo aún sigo pensando en las pasiones. ¿Qué haría uno sin pasiones? Yo morirme, porque mi pasión crucial es andar viva. Por eso tengo tan poco sentido de lo que significa perder el tiempo. Mientras por aquí yo ande y mi ventana se abra a la gloria de tres árboles en los que duermen hasta otra luz cientos de pájaros, tendré siempre pasión por soltar el tiempo como quien juega arena entre las manos.  n

Actualidad de Arthur Rimbaud

ACTUALIDAD DE ARTHUR RIMBAUD

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

La editorial Tusquets ha publicado una nueva biografía de Arthur Rimbaud, escrita por Graham Robb, que prueba que su exploración literaria sigue presente.

Artista adolescente, ídolo de los surrealistas y luego traficante de armas, Arthur Rimbaud fundó la modernidad cuando escribió “yo es otro”, una declaración de principios que han desarrollado novelistas y poetas a lo largo del último siglo, aunque rara vez se pusieran de acuerdo sobre su figura.

Si para René Char Rimbaud fue “el primer poeta de una civilización todavía por nacer”, para Albert Camus, el autor de Una temporada en el infierno “no fue el poeta de la revolución más que en su obra. Su vida, lejos de legitimar el mito que ha suscitado, ilustra solamente una aceptación del peor de los nihilismos existentes”. Ahora la editorial Tusquets ha publicado una nueva biografía del poeta de Charleville, escrita por Graham Robb, que prueba que su exploración literaria sigue presente, aunque no deje al mismo tiempo de recordarnos que toda biografía es como un banquete en el que el único invitado ausente es el homenajeado. Tal vez porque, como escribe su biógrafo: “en el laberinto de los espejos de su reputación hay por lo menos tantos Rimbauds como personajes en sus escritos. Como siguen demostrando los especialistas —con una media anual de diez libros y ochenta y siete artículos—, su poesía no es el equivalente literario a un concierto en directo, sino una obra completa y de una ambigüedad casi patológica”.

Rimbaud nació el 20 de octubre de 1854 en Charleville, donde, recién cumplidos los catorce años, y a pesar de que su madre hizo todo lo posible por apartarlo de la mala vida que llevaba (no en vano su apellido significaba, en su época, prostituto o libertino), empezó a sentir que tenía algo dentro, “que quiere salir al exterior”, como él mismo le escribió a Théodore de Banville. La primera persona que se percató de ello fue su profesor Georges Izambard, quien se encontraba a Rimbaud todos los días esperándolo a la salida del colegio con algunas copias de sus poemas que había pasado en limpio: “El primero que le dejó fue Ophéline, una obra asombrosa para un muchacho de quince años, en la que demostraba una insólita capacidad para lograr efectos sorprendentes a partir de la monotonía e infundir auténtico sentimiento a frases convencionales”.

A Ophéline le siguieron otros poemas audaces, como Un coenr sous une soutane (“Un corazón”, o, en argot, un pene, “bajo una sotana”), que no fueron del agrado de Izambard, pero que revelaban que “Rimbaud estaba pasando la pubertad poética a una velocidad alarmante”. A este periodo pertenece El barco ebrio, el pequeño poema que habría de convertirse en una de las obras maestras de la poesía simbolista. Rimbaud envió el poema a Paul Verlaine, a quien consideraba el poeta más avanzado de su tiempo en cuanto a inspiración verbal; éste lo invitó con entusiasmo a trasladarse a París y ello dio lugar a la turbulenta relación amorosa entre ambos poetas que terminaría en Bruselas con la cárcel para Verlaine, a causa de un disparo que le hirió la mano izquierda a Rimbaud.

No cabe duda de que el “incidente de Bruselas” es, junto a su reputación de traficante de armas, en África, el hecho que más ha contribuido a convertir a Rimbaud en un “poeta maldito”, mucho más que su inclusión en el ensayo del mismo título de Verlaine, donde además de Rimbaud aparecen L’Isle-Adam. Mallarmé, y él mismo, bajo el anagrama de Pauvre Lélian. En uno de sus mejores poemas, Bircls in the nigbt. Luis Cernuda vio a Verlaine y a Rimbaud como pájaros nocturnos, aves agoreras y absurdas que fueron vapuleadas por los bienpensantes de su época, aunque luego hayan sido aprobados por sus herederos. De ahí que Graham Robb haya eludido la hipocresía en su biografía de Rimbaud, aceptándolo por entero, con su odio a su madre, sus amores con Verlaine y sus experiencias con las drogas, en contraposición a otras biografías que retratan al poeta adolescente con la “inexpresividad impúber del Tintín de Hergé”.

Su largo trato con Rimbaud ha hecho de Robb, gran especialista también en la obra de Balzac y Victor Hugo, un esforzado practicante de la objetividad a ultranza del rimbaudismo: “A diferencia de muchos contemporáneos suyos, a Rimbaud no se le recuerda porque sea el autor de unas agudezas de contenido moral que suscitan un murmullo general de aprobación, sino porque escribió unas consignas enigmáticas que dan pie a una gran diversidad de interpretaciones: La verdadera vida está ausente, yo es otro; He aquí el tiempo de los asesinos. En las costas malditas y desoladas de este siglo. Rimbaud advierte a sus desconocidos lectores del infierno al que conduce inevitablemente la locura’ y les muestra exactamente cómo llegar a él”.  n

La pasión por el crimen

LA PASIÓN POR EL CRIMEN

POR HÉCTOR DE MAULEÓN

“Garrapateó su nombre en la comanda. Esto le dio la impresión de haber recobrado algo que llevaba mucho tiempo escondido. Y entonces, encorvado sobre el mostrador, sintiendo el aroma del café que salía de la cocina, vio claramente las cosas. No volvería a enfrentarse más que a hombres esposados”.

Le apodaron El Tiburón desde que un cronista escribió que se movía en el cuadrilátero como un escualo que huele la sangre. Pero había pasado mucho tiempo desde aquello: en el asiento del copiloto llevaba una maleta con dieciséis kilos de cocaína, y una 38 Súper que perteneció al hombre que acababa de matar. Conducía casi desde el amanecer. Un relámpago le taladraba el cuello.

Tres horas antes se había detenido para cargar combustible y hacer dos llamadas. La primera, al tipo que le movería la droga. La segunda, para pedirle a Zulema que desapareciera de la ciudad.

—Espera mi llamada en casa de tu hermana —le dijo—. Y si alguien pregunta por mí, no has vuelto a verme desde que El Muerto vino a buscarme.

Ahora, cuando la carretera cortaba el desierto, simulando una estela gris sobre un lago amarillo y muerto, El Tiburón sintió que su vida cabría en un cesto de basura.

Repentinamente recordó aquel octavo round en el que Tony Gallardo comenzó a cazarlo contra las cuerdas, una noche en la que él trastabillaba ciego, mientras algo que se había quebrado adentro parecía gritarle que a partir de entonces nada iba a ser suficiente.

Apenas la noche anterior El Muerto había ido a buscarlo. El Tiburón fumaba en la cama, con el rostro pálido y los labios tensos. Zulema machacaba una raya, con una tarjeta de plástico: la bata se le había abierto, el espejo de la habitación la reflejaba de espaldas. Parapetado detrás del humo, El Tiburón recorría con la vista los dos cuerpos de Zulema: iba de los pechos redondos de la Zulema de carne, a las nalgas que ufanamente se insinuaban bajo la bata de la Zulema especular. Había comenzado a desearlas —a una y la otra— con una intensa mezcla de poder e indefensión. Y sin embargo, desde aquel octavo round en el que Tony Gallardo apareció en su vida, cada vez resultaba más difícil tenerlas.

No bastaba con destrozarles la ropa, estrujarlas desnudas, colocarlas cara a cara en el espejo y hacerlas gritar, para tenerlas juntas: algo se las llevaba siempre hacia un silencio oscuro, algo las arrastraba siempre hacia un hartazgo misterioso.

De pronto los perros ladraron en el jardín y una camioneta sin placas se detuvo ante la casa.

—Dígale a Zulema que se acueste. Que no vaya a esperarlo porque vamos pa’ largo —ordenó El Muerto desde el volante.

De regreso a la recámara, El Tiburón hundió la nariz, momentáneamente, en la línea que corría como un relámpago blanco.

—Es El Muerto —le explicó después a la Zulema que se cepillaba en el espejo—. Voy a tener que acompañarlo.

Ella asintió. Ninguna de las dos se volvió a mirarlo.

Afuera corría un viento frío. Los televisores de las casas contiguas lanzaban señales azules sobre la calle. El Muerto encendió el motor. En cuanto El Tiburón le encontró los ojos, supo que iba a tratarse de un asunto pesado.

— ¿Se le antoja un aliviane antes de agarrar camino? —preguntó el recién llegado.

El Tiburón negó con la cabeza:

—Mejor déme un trago.

Enfilaron hacia las afueras, dando pequeños sorbos a la botella de whisky que El Muerto sostenía entre las piernas.

— ¿Comenzó a entrenar por fin? —volvió a interrogar El Muerto.

El Tiburón dijo que no.

—De mi cuenta corre que regrese a su casa bien entrenado —respondió el otro. Después le entregó un fajo de billetes—: cuatro mil dólares.

No hablaron más. La camioneta dejó atrás las últimas casas. Pasaron terrenos oscuros, bodegas cerradas, huesos de tractores abandonados. De pronto desapareció el asfalto. El Muerto apagó los faros y se internó dando tumbos entre los maizales que ocultaban una brecha solitaria. A lo lejos, algunas luciérnagas flotaban bajo los árboles.

—Mire nomás cuántas lucecitas —avisó El Muerto—. De niño me gustaba correr tras ellas para meterlas en frascos.

Cuando la camioneta se detuvo. El Tiburón abrió la portezuela y saltó del asiento con los ojos brillantes. No atendió los detalles de la casa de concreto en la que estaba entrando. El Muerto lo notó:

—Eso es lo que me gusta de usted —le dijo. Adentro, tres o cuatro tipos con placas de metal prendidas al cinturón aspiraban cocaína, las AK-47 listas al lado de la pierna. El Tiburón levantó las cejas a modo de saludo. Los otros se revolvieron nerviosos. Bajo un círculo de luz bien delimitado, amarrado a una silla de madera, se encontraba un hombre esposado.

— ¿Qué pasó, Ibarrola? Hasta que caíste —le dijo El Muerto.

Agregó:

—Mira, quiero presentarte a un amigo. Le dicen El Tiburón.

Todos rieron. El Muerto continuó:

—Hasta sus parejas de entrenamiento se asustaban de él. Mírale los brazos, las manos, ¿Las viste? Son tu regalo de Navidad.

El hombre bajó la vista. Los que estaban en la sala se quedaron quietos, apenas visibles tras de las brasas de sus cigarros.

El Tiburón se acercó.

—Este es mi amigo Ibarrola —le informó El Muerto—. Mañana temprano su gente va recibir a un hombre que viene de Guadalajara. Trae 16 kilos. Llega totalmente solo. La gente de Ibarrola va a estarlo esperando. Quiere recibirlo, darle protección hasta que salga del estado.

El Tiburón se quitó la chamarra, comenzó a arremangarse la camisa a cuadros.

—Pero da la casualidad de que a Lino Zambrano no le gusta que los tapados vengan a meterse a nuestro estado. Así que Ibarrola va a decirnos quién trae la mercancía, a dónde va a llegar, cuántos judiciales van a estarlo esperando.

El Tiburón soltó un gancho. Un golpe que salía desde abajo para ablandar las costillas, hacer que el hígado se revolviera como una luciérnaga en el interior de un frasco.

Todo un tigre este Ibarrola —admitió El Muerto—. Lástima que se haya ido hacia el lado equivocado.

Los gallos cantaban en los ranchos cercanos cuando El Tiburón salió al amanecer y aspiró el viento agrio.

—Mire nomás cómo le quedaron las manos —se lamentó El Muerto.

El Tiburón bajó la vista, flexionó los nudillos hinchados. Subieron a la camioneta y rehicieron el camino en silencio. La ciudad estaba quieta, como si en sus habitaciones durmieran los tranquilos pobladores de un antiguo cementerio. El Tiburón pidió bajarse en la primera esquina. Quería caminar en la mañana fresca, dejar que la brisa se llevara las cosas de la noche. El Muerto se detuvo en un semáforo.

—Póngase a entrenar —le recordó—. Lino quiere ayudarlo a volver al cuadrilátero.

El Tiburón asintió. Caminó varias cuadras hacia el gimnasio cerrado, entrecerró los ojos para mirar los carteles, en los que ya no figuraba su nombre, y luego avanzó hasta el restaurante que permanecía abierto en la esquina. Pidió un exprés cargado. Le había dado el baje de la cocaína.

Una mesera china le acercó una fuente de pan, y le pidió un autógrafo. El garrapateó su nombre en la comanda. Esto le dio la impresión de haber recobrado algo que llevaba mucho tiempo escondido. Y entonces, encorvado sobre el mostrador, sintiendo el aroma del café que salía de la cocina, vio claramente las cosas. No volvería a enfrentarse más que a hombres esposados.

La taza le quemó, los puños le dolieron. Pero lo que más le dolió, fueron las dos Zulemas. Regresó caminando a su casa, pensando en descorrer la sábana aún tibia: mirar lo que guardaba. Pero no lo hizo. En cambio deslizó unos billetes por el umbral, abrió las puertas del garage y echó a andar el automóvil. Mientras repasaba lo que sabía, todo lo que había dicho Ibarrola antes de que se llevaran su cuerpo envuelto en una cobija, el retrovisor le devolvió, por un instante, la mirada que tan mal solía poner a sus rivales. El Tiburón entendió entonces que al minuto siguiente se hallaría otra vez acorralado entre las cuerdas, y aceleró. Condujo a toda velocidad hasta el estacionamiento del hotel La Brisa. Tuvo suerte: la gente de El Muerto no había llegado.

—De parte del comandante Ibarrola —dijo ante la puerta de la habitación nueve—. Sálgase pronto. La gente de Zambrano viene por usted.

Un hombre joven asomó la cabeza. El Tiburón le estrelló la derecha en la quijada, y luego lo empujó hasta la cama. Ahí lo remató con dos golpes. Uno en la nariz, otro en la tráquea. Los huesos se hundieron bajo su puño y supo que había comenzado la cuenta final. Recogió la 38 Súper del otro, que había quedado tirada sobre la alfombra, y halló la maleta escondida bajo la cama.

Ahora, el sol se difuminaba entre las piedras rojizas del desierto. La carretera sólo era recorrida por esporádicas visiones rugientes, fantasmas de hierro sobre el asfalto. Al terminar la última recta, El Tiburón advirtió una marquesina violeta que anunciaba: Motel Ensenada. Dejó que el automóvil se deslizara crujiendo sobre la grava, guardó la escuadra bajo la camisa y empuñó la maleta con la mano izquierda. El viento levantaba a lo lejos remolinos de polvo.

En la recepción, una muchacha flaca revisaba un legajo de facturas. El Tiburón pidió una habitación, se registró con otro nombre, estuvo tentado a salir a comprar una botella. Pero de todos los peores momentos, éste era el peor. Cerró la puerta de un golpe. Las paredes de la habitación tenían el tono indefinible de las cosas olvidadas. A él le temblaron las manos, le fallaron las piernas. Entonces, por vez primera, abrió la maleta. Cuando sus fosas nasales se hubieron llenado con esa suave placidez blanca, fue al baño para lavarse la cara y mojarse el cabello. Le dolió mirarse solo. Dijo en voz baja:

—Zulema, lo siento.

Después fintó con la izquierda y le disparó un recto al hombre que se había quedado solo, al otro lado del espejo.n

La pasión por la cocina

Soy un cocinero tardío. En mi niñez, el habitual proteccionismo patricio cercaba las actividades en la caseta de la votación, el lecho marital y el reclinatorio. No atiné a darme cuenta de un cuarto lugar secreto —secreto, al menos, para los muchachos— en el hogar de la clase media inglesa: la cocina. De ahí emergían las comidas y emergía mi madre —comidas basadas con frecuencia en lo que producía el jardín de mi padre— pero ni mi padre, ni mi hermano ni yo investigábamos, o no se nos alentaba a investigar, sobre el proceso de transformación. Nadie iba más allá de decir que cocinar era afeminado, era tan sólo algo no conveniente para los varones de la casa. En las mañanas de escuela mi padre preparaba el desayuno —recalentaba la avena con jarabe de maple, tocino y tostadas— mientras que sus hijos se encargaban de limpiar los zapatos y de labores relacionadas con la estufa de la cocina: rastrillar las cenizas, rellenarla de combustible.

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Pero la capacidad masculina estaba genéticamente limitada a tal amateurismo matutino, como quedó en claro una vez que mi madre no estuvo. Mi padre preparó el almuerzo para mi lonchera y, desentendiéndose de la teoría del sándwich, de manera amorosa insertó algunas cosas extra que él sabía me gustaban de manera especial. Pocas horas después, en un tren de la Southern Region que iba rumbo a un campo deportivo de las afueras, abrí mi lonchera enfrente de compañeros jugadores de rugby. Mis sándwiches estaban aguados, hechos pedazos, y pintados de un rojo encendido por las paternales remolachas; se abochornaron por mí como yo me abochorné por su inventor.

Y lo mismo que con el sexo, la política o la religión: así con la comida. Para el tiempo en que comencé a averiguarlo por mí mismo, ya era muy tarde como para preguntarles a mis padres. Ellos no habían logrado instruirme, y ahora yo los castigaría no preguntándoles. Yo estaba a la mitad de mis veintes y aprendiendo a tocar por nota: algo de la comida que confeccioné en ese tiempo era criminal. En lo alto de mi escala estaban las chuletas de cerdo, los chícharos y las papas. Los chícharos eran congelados, por supuesto; las papas eran de lata, ya peladas y venían en una salmuera dulzona que me gustaba beber; las chuletas de cerdo no se parecían nada a cualquier otra cosa que después pudiera encontrarse bajo ese nombre. Sin hueso, ya cortadas, y de un rosa luminoso, se distinguían por su capacidad para conservar un matiz fluorescente sin importar durante cuánto tiempo las cocinaras. Esto me daba mucha libertad como chef: no estaba crudo a menos que estuviera absolutamente frío, o no estaba cocinado de más a menos de que estuviera quemado y negro como el carbón. La mantequilla se prodigaba sobre los chícharos, las papas y, casi siempre, también sobre las chuletas.

Los factores clave que gobernaban entonces mi “cocina” eran la pobreza, la falta de habilidad y el conservadurismo gastronómico. Otros pudieron haber vivido de sobrantes como las vísceras; la lengua en lata era lo más cercano que yo llegaría al respecto, aunque el corned beef contenía sin duda partes del cuerpo que habrían sido desagradables en su condición original. Una materia prima era el pecho de cordero: fácil de asar, muy fácil de ver cuándo ya estaba cocido, lo suficientemente grande como para rendir tres comidas sucesivas por algo así como un chelín. Luego me gradué en lomo de cordero. Yo lo acompañaba de un enorme pie de poro, zanahoria y papa sacado de una receta del London Evening Standard. La salsa de queso del pie tenía siempre un fuerte sabor a harina, aunque este olor disminuía gradualmente con el diario recalentado. Sólo hasta después entendí por qué.

Mi repertorio se amplió. La carne y los vegetales fueron las cosas principales que llegarían a ser, si no dominadas a la perfección, por lo menos controlables. Luego vinieron los pudines y las sopas de todo tipo; después —mucho después— los gratinados, la pasta, el risotto, los suflés. El pescado siempre fue un problema, y en gran medida lo sigue siendo. Para empezar: comprarlo. Ya sé que se supone que uno mirará de cerca en los ojos de la cosa para checar su frescura, pero una vez sobre la plancha a mí todos me parecen igual de muertos. ¿Y qué tal si además uno no puede ver todo el cuerpo? “Deme dos filetes de un mero con ojos brillantes, por favor”: no es una frase que llegue con facilidad a los labios.

Cuando había visitas en casa, empezó a salir a la luz el hecho de que yo cocinaba. Mi padre observaba este desarrollo con la sospecha benigna, liberal que previamente había dejado ver cuando me sorprendió leyendo el Manifiesto comunista, o cuando lo obligué a escuchar los cuartetos de cuerda de Bartok. Su actitud parecía decir: si esto se pone tan mal como parece, entonces es probable que yo pueda manejarlo. Mi madre estaba más feliz; al no tener hijas, por lo menos tenía un hijo que apreciaba sus años de galeote en la cocina. No que nos sentáramos por ahí a intercambiar recetas; pero ella se daba cuenta del ojo codicioso que yo ahora le echaba a su antiguo ejemplar de Mrs. Beeton. Mi hermano, escudado por su vida universitaria y marital. No cocinó nada que fuera más allá de un huevo frito hasta sus cincuentas.

El resultado de todo esto —y yo culpo con dureza al “todo esto” en vez de culparme a mí mismo— es que mientras que ahora cocino con pasión y placer, lo hago sin un sentido de libertad o imaginación. Necesito una lista exacta de compras y un libro de cocina de familia. El ideal de comprar libremente en el mercado —ir valseando por ahí con una canasta de mimbre sobre el brazo, comprar relajadamente lo mejor que el día ofrezca, y luego convertir esto en algo que pudo o no pudo haberse hecho antes— siempre me rebasará.

En la cocina soy un pedante ansioso. La única libertad que me tomo con una receta es aumentar la cantidad de un ingrediente (la remolacha, por ejemplo) que me gusta de modo particular. Que éste no es un precepto infalible fue confirmado por un platillo épicamente asqueroso que hice alguna vez, y que incluía macarela, martini y migas de pan: los invitados estaban más bebidos que saciados.

Soy también reacio a probar las cosas; para esto dispongo siempre de algunas excusas. Por ejemplo: las cosas no pueden saber igual ahora, en la tarde, con el regusto de un té dulce en la boca, a cómo deben saber y sabrán esta noche, luego de un gin and tonic que levante la moral. Lo que esto quiere decir es: me da miedo descubrir lo distinto que en esta etapa sabe la comida a como sabrá realmente al final. La otra excusa confiable es decirte a ti mismo que no tiene caso probar sabores porque uno está siguiendo la receta al pie de la letra y dado que: a) la receta no insiste en que pruebes el sabor en este punto, y b) está hecha por una autoridad respetada, entonces ¿en qué podría cambiar las cosas el hecho de probar o no probar los sabores?

Esto es algo, me doy cuenta, menos que maduro. Así lo son también mis arrebatos infantiles de volatilidad chefista. Si ustedes estuvieran en mi cocina, y de manera ociosa metieran el dedo en algo y dijeran que sabe bien, me jorobarían porque lo que yo estaría buscando sería sorprenderlos después con ese sabor ya en el plato. Y si, por otra parte, ustedes me sugirieran de modo amable, generoso y civilizado que un toque más de nuez moscada mejoraría el guiso, o que la cosa estaría mejor echándole menos salsa en lo sucesivo, yo vería en esto una grosera intromisión, una crítica totalmente inmerecida, y muy probablemente les daría en la cabeza con el voluminoso recetario de Gordon R.

Oh sí, y necesito que me elogien. Todos los cocineros tardíos lo necesitan. Si tan sólo mi madre me hubiera enseñado a cocer y a hervir en todos los años anteriores, yo no estaría tan necesitado ahora. Mis primeras palabras cuando la puerta se cierra finalmente tras el último invitado a la cena son normalmente con la fórmula: “Cocí demasiado la carne”. Lo que quiero decir con esto es: “No la cocí de más, ¿verdad que no?, y si la cocí de más, no importó, ¿o sí?”. Con frecuencia obtengo la contradicción que tanto anhelo; ocasionalmente es también un recuerdo de la regla hogareña según la cual después de los 25 años de edad uno no tiene permitido culpar a los padres de nada (ah, de modo que fue mi culpa haber cocido de más la carne…).

Felizmente, los cocineros varones de mi generación tendemos a recibir más y mayores elogios de los que merecemos, hablando objetivamente. Subjetivamente, sin embargo, los elogios nunca serán suficientes. n

Traducción de Gabriel Jiménez
(Núm. 304, abril de 2003)

El imperio americano

LOS DIOSES DE LA GUERRA

EL IMPERIO AMERICANO UNA VISIÓN DE STRATEGIC FORECAST

 TRADUCCIÓN DE JESSICA JUÁREZ

Estados Unidos ha sido una república democrática, una potencia antiimperialista. Ahora es una potencia imperial, en el sentido clásico de ser incapaz de garantizar su seguridad sin controlar a otros. Lo paradójico es que Al Qaeda —finalmente una potencia muy menor— conduce a la nación más grande del mundo hacia este final.

El objetivo de Al Qaeda siempre ha sido el de unificar al mundo islámico bajo un solo gobierno, para crear, en efecto, un imperio listo a proteger los intereses del mundo islámico y a expandir su influencia. Existe la duda sobre si Al Qaeda podrá lograr este objetivo. De hecho, según Stratfor, las acciones de Al Qaeda contrariamente a sus intenciones y expectativas, tendrán justo el efecto opuesto: la creación de un imperio americano.

En cierto sentido, el imperio americano ya fue creado por la caída, casi simultánea, de la Unión Soviética y la economía japonesa. Con la caída de la Unión Soviética, Estados Unidos se convirtió en la única potencia capaz de proyectar su fuerza militar globalmente. Con la recesión de la economía japonesa y la extraordinaria expansión de la norteamericana en la década de los años noventa, Estados Unidos también se convirtió en la potencia económica global dominante, en la primera fuente de capital e innovación. Estas dos fuerzas se combinaron para dotar a Estados Unidos de un poder político abrumador y, con ello, le la habilidad de modelar a su gusto si orden internacional.

El poder americano no se equiparaba a su apetito por el poder. Estados Unidos no creía tener grandes intereses globales y su economía dependió menos de las importaciones y exportaciones que las de las demás potencias. Sin ?embargo, Estados Unidos se interesó en mantener la estabilidad del orden económico internacional. En general, esto significó mantener y expandir el capitalismo de mercado en otros países y desarrollar un régimen internacional de libre comercio con los aspectos proteccionistas inevitables que la política nacional norteamericana ha requerido.

En otro nivel. Estados Unidos, libre de amenazas serias a su seguridad nacional, pudo darse el lujo de enfocarse en el carácter moral de los regímenes. Intervino en Somalia para acabar con el hambre; en Haití para ponerle un alto a un régimen represivo y brutal; en Bosnia y Kosovo para limitar los excesos serbios. Todas éstas fueron operaciones electivas. Estados Unidos no emprendió tales misiones porque tuviera intereses en juego, sino porque tenía un exceso de poder político-militar y no podía permitirse ser indulgente. Cuando Somalia resultó ser más complejo y doloroso de lo que Estados Unidos podía soportar, se retiró. Cuando la operación haitiana no logró las bendiciones prometidas, el gobierno cambió su enfoque.

La realidad central de los años noventa era que, aunque Estados Unidos tenía la capacidad de imponer un orden global, era claro que no la necesitaba y el costo por imponerla sobrepasaba cualquier beneficio que pudiera derivarse de ello. Pese a la evidencia de que Estados Unidos era el líder mundial en todos los sentidos, e incluso así se percibía, no quiso asumir la conducta de liderazgo o el costo de formar un orden global. El liderazgo implica desarrollar principios coherentes para gobernar al sistema internacional, desplegar un poder para imponer tal sistema y el deseo de crear instituciones apropiadas con las cuales gobernar.

La falta de apetito por el poder de Estados Unidos resultó en un subsecuente comportamiento impredecible y nada coherente en el sistema internacional. En cambio, los principios de Washington fueron vagos, su poder político y militar fue difuso y las instituciones con las que eligió operar (es decir, las Naciones Unidas y la OTAN) eran vestigios de la Guerra Fría y resultaban fundamentalmente inapropiadas para las tareas que debían desempeñar.

Nada es más peligroso que un poder sin miedo o apetito. El miedo y el apetito enfocan el poder, lo hacen predecible y posibilitan a otras naciones crear políticas que se acomoden, eviten o resistan ese poder. Donde no hay ni apetito ni miedo el poder no está enfocado y, por tanto, es impredecible. Esa impredecibilidad marcó la política de Estados Unidos entre la caída del Muro de Berlín y el 11 de septiembre.

Para la mayoría del resto del mundo, los años noventa fueron como vivir con un gran gorila cuyas intenciones, aunque generalmente buenas, eran algo confusas. Resultaba imposible predecir en qué se interesaría el gorila, qué haría y cuáles serían las consecuencias de sus actos. Para otras naciones, Estados Unidos podría,  potencialmente, ser la solución a sus problemas, pero, si no se enfocaba, también podía ser peligroso.

Otros países, por tanto, tuvieron dos metas predominantes. Una era tratar de sacar ventaja de su relación con Estados Unidos; la otra, intentar formar coaliciones lo suficientemente grandes para enfocar a Estados Unidos o por lo menos hacerlo más predecible. Esto último era difícil. Trabajar con Estados Unidos era más provechoso que resistirse a él. Así, cada vez que empezaba a formarse una coalición, el gobierno de Estados Unidos cambiaba su política ligeramente, quizá seduciendo a alguno de los posibles miembros de la coalición, y los esfuerzos se venían abajo.

El resto del mundo no veía esto con agrado. El poder y la indiferencia de Estados Unidos representaban una amenaza para sus propios intereses nacionales. El problema no derivó de ningún defecto en la reputación de Estados Unidos, sino de la geografía y el poder. Estados Unidos estaba físicamente a salvo del resto del mundo y era tan poderoso y próspero que necesitaba poco de ese mundo. La autosuficiencia norteamericana y su poder para asegurar lo poco que necesitaba, entró en conflicto con la experiencia tan diferente del resto del mundo.

En ningún lugar fue esto más claro que en Somalia. Estados Unidos, encabezado por su ex presidente George Bush, intervino por razones humanitarias, permaneció para intentar construir una nación y se retiró cuando los nacionales se resistieron. Desde el punto de vista estadunidense, sólo fue una misión humanitaria que fracasó.

Desde la perspectiva del mundo islámico —particularmente la de los fundadores de Al Qaeda— fue un ejemplo de la naturaleza azarosa e impredecible de la política exterior de Estados Unidos, a la par con una carencia de fibra moral. Las acciones de Washington pueden haber tenido buenas intenciones, pero se percibieron como una intervención imperialista inexcusable. Aún peor, la intervención se percibió como un movimiento imperialista por parte de una nación sin ánimo imperialista.

Somalia condujo directamente al 11 de septiembre. Al Qaeda era parte de la comunidad internacional que halló el comportamiento de Estados Unidos errático, impredecible y, al fin, débil. La meta de Al Qaeda —construir un imperio islámico— requería desafiar a Estados Unidos y demostrar que era inherentemente débil debido a su corrupción moral y que sería incapaz de destruir a Al Qaeda. Para Al Qaeda, desafiar a Estados Unidos cambiaría la psicología del mundo islámico, menoscabando así el poder de Estados Unidos.

El 11 de septiembre redefinió el mundo para Estados Unidos. El mundo pasó de ser un lugar vagamente irrelevante y generalmente inofensivo en el que había oportunidades económicas y de hacer buenas obras, a ser mortal. También enfocó el poder de Estados Unidos, cambiando la dinámica de todo el sistema internacional. Antes del 11 de septiembre, Estados Unidos sólo tenía un vago interés en el sistema internacional; después de los ataques, el sistema internacional, y la destrucción de Al Qaeda, se volvieron una obsesión.

No obstante, el problema de Estados Unidos reside en que destruir a Al Qaeda no puede ser una acción directa. El grupo se ha dispersado globalmente, lo que obliga a Estados Unidos a hacer lo mismo. Antes del 11 de septiembre, Estados Unidos dominaba los océanos y el espacio mundiales. Esto le permitía ir a cualquier lugar y verlo todo, pero sus fuerzas terrestres se desplegaban de manera bastante fortuita. Por ejemplo, aún había miles de tropas desplegadas en Alemania, más por hábito que por necesidad. La presencia de Estados Unidos en Eurasia no tenía, en esencia, una misión y no era particularmente profunda.

Durante los pasados diez meses, Estados Unidos no sólo ha dispersado sus fuerzas a lo largo de Eurasia y las islas circunvecinas, sino que también se ha adentrado en los gobiernos, las agencias de inteligencia y los aparatos de seguridad. Las fuerzas estadunidenses se han desplegado, en pequeñas cantidades, en áreas que van desde Europa y Georgia hasta los “istanes”* y Filipinas. Lo más importante es que en muchos de estos países las fuerzas estadunidenses “aconsejan” (léase comandan) a las fuerzas nativas mientras que los consejeros estadunidenses monitorean e influyen en las decisiones de los ministros de estos países.

El 11 de septiembre creó un momento no intencional en la política exterior de Estados Unidos que lo ha conducido hacia la construcción de un imperio. Los imperios no los construyen monstruos idiotas en busca de poder. Esos imperios suelen fracasar. Los romanos no pretendían crear un imperio, pero cada paso que dieron los llevó de manera lógica al siguiente y, a su tiempo, crearon un imperio. A cambio de ello, ser un imperio cambió profundamente sus instituciones y su definición de ellos mismos. Aparte de una profunda creencia en su propia virtud, convertirse en imperio no fue intencional sino sólo una consecuencia.

Estados Unidos no pretende convertirse en un imperio. Su nacimiento fue el primer gran ejercicio antiimperialista. Ciertamente tenía poca necesidad económica de convertirse en imperio porque, como Gran Bretaña, puede comerciar lo que necesita. Pero la lógica del imperio no consiste tanto en la avaricia como en el miedo. El primer impulso de los romanos para convertirse en imperio fue la defensa. Así también el impulso estadunidense es completamente defensivo. Estados Unidos no trata de construir un imperio: sólo quiere detener a Al Qaeda. Sin embargo, hacerlo significa seguir el clásico proceso imperialista.

Motivadas por la necesidad de vencer a Al Qaeda, las fuerzas norteamericanas se despliegan en varios países alrededor del mundo, a veces abiertamente, a veces en secreto; a veces con uniforme y a veces como agentes secretos. En todos esos países, Estados Unidos está comprometido a reestructurar las políticas nacionales. Al Qaeda no puede extirparse desde la raíz a menos que el tejido social de estos países pueda manejarse.

Pocos se atreverían a resistirse. Estados Unidos es descomunalmente poderoso y se ha transformado de gorila desinteresado en una víbora enfocada y mortal, lista para atacar cualquier lugar. Dados el poder y el ánimo estadunidenses, pocas naciones están preparadas para arriesgarse a su desagrado por rehusarse a cooperar en su lucha contra Al Qaeda. De hecho, muchas ven esto como una oportunidad para beneficiarse de su colaboración con Washington.

En la práctica, esto significa que, en su carrera por vencer a Al Qaeda, Estados Unidos se está volviendo parte integral de los procesos y la implantación de las políticas nacionales en casi todos los países del mundo. Aquellos que se resisten son blancos potenciales de ataque. Es una consecuencia inevitable —aunque no planeada— de los ataques del 11 de septiembre.

La intención es vencer a Al Qaeda; los medios para hacerlo son una guerra global en su contra. Esto requiere la presencia de Estados Unidos en muchos países, supervisando procesos que pertenecen a la esfera de una nación soberana, por lo que, en efecto, se usurpa su soberanía. Como la guerra misma requiere de la reconstrucción de los órdenes sociales, la presencia estadunidense tendrá que inmiscuirse en estas sociedades. Y puesto que la guerra contra Al Qaeda puede durar una generación. Estados Unidos permanecerá ahí por un largo rato.

La mayoría de quienes hacen las políticas en Estados Unidos negarían que éstas son sus intenciones. Serían sinceros, pero la consecuencia no intencional es la naturaleza de la política. En este caso, la consecuencia no intencional es el imperio. El poder de Estados Unidos, habiendo cumplido una necesidad obsesiva, se mueve por todo el mundo. Donde encuentra resistencia, no tiene otra opción que planear una guerra. Estados Unidos no puede ni declinar el combate con Al Qaeda ni evitar las consecuencias de tal combate.

Estados Unidos ha sido una república democrática, una potencia antiimperialista. Ahora es una potencia imperial, no en el sentido simplista del leninismo de búsqueda de mercados, sino en el sentido clásico de ser incapaz de garantizar su seguridad sin controlar a otros. Lo paradójico es que Al Qaeda —finalmente una potencia muy menor— conduce a la nación más grande del mundo hacia este final.

El problema, desde luego, es que todo esto es visible tácticamente para los norteamericanos. Pueden ver los despliegues en cada país. Ven la aceptación de los consejeros dentro de los ministerios. Han llegado al punto de esperar cooperación de la policía en Yemen, bases en Kirgizstán, información de Egipto y alojamiento de los alemanes o rusos. Esperan todas estas cosas, pero aún no han construido una imagen coherente o dado un nombre a lo que se está formando: un imperio. Los imperios no comienzan con manifiestos rabiosos, sino con soluciones a corto plazo que sólo conducen a una parte.

La dispersión que observamos durará por lo menos tanto como la de la Guerra Fría, y será incluso más difícil de abandonar. Habrá resistencia hacia el imperio norteamericano, tanto de los grandes poderes como de los pequeños. Habrá mucha carga que sobrellevar para sostener este imperio que no puede ser abandonado. El dilema de Estados Unidos consiste en que es mejor ganando un imperio que explicándolo o incluso admitiendo lo que ha pasado.

Estados Unidos toma el control de países en todo el mundo, trayendo beneficios y haciendo amenazas, pero no tiene una teoría sobre el imperio. ¿Cómo pueden coincidir una república democrática y un imperio? Alguna vez, ésta fue una pregunta teórica interesante. Ahora es un tema candente —aún sin discutirse— dentro de la política estadunidense.

La cuestión no es cuándo debe suceder: está sucediendo. La verdadera cuestión, aparte de cómo se desarrolle todo, es qué efecto tendrá en Estados Unidos como un todo. Un imperio global cuyo centro no está seguro de su identidad, sus propósitos y su justificación moral es un imperio con un centro que puede no sostenerlo. Conforme lo obvio se vuelva aparente, este será el foco de un importante debate en Estados Unidos.   n

*N. de la T.: Las naciones de Eurasia cuyos nombres generalmente terminan en “istán”

 

La pasión religiosa

LA PASIÓN RELIGIOSA

POR JEAN MEYER

La religión es sencillamente la vida misma, la vida dominada por la creencia de que su valor se encuentra en el presente; el religioso vive en el presente con el proyecto de realizarse aquí y ahora, en medio de las circunstancias de la vida, a la luz de lo que piensa ser y se esfuerza por llegar a ser.

Los diccionarios me dicen que, en positivo, pasión es admiración, adoración, amor, apetito, ardor, calor, culto, entusiasmo, gusto, inclinación, llama. Y, en negativo: ambición, avidez, deseo, delirio, exaltación, excitación, frenesí, fanatismo, fiebre, locura. Etimológicamente, viene de la palabra latina passio, sufrimiento, y del participio pasado passus, del verbo pati, sufrir, morir, como en el caso de la Pasión de Cristo (“passus et sepultas est”, reza el credo en latín).

La pasión religiosa no es muy mía; soy más bien como la luna, el débil reflejo del sol de los apasionados, de los alumbrados que nos ayudan a vivir mejor. Amiga lectora, amigo lector, déjame barajar algunas citas de autores que me son caros.

W. H. Auden le dijo a Joseph Brodsky que Juan Sebastián Bach tenía una suerte increíble. Cuando quería alabar al Señor, escribía una cantata o un canto coral, hablando así directamente al Señor.

Guennadi Aïgui, el gran poeta chuvash que escribe en ruso (y a quien José Prieto traduce de manera admirable), cuenta en sus Conversations á distance (París, Circé, 1994), que un día, en el coro de la iglesia, uno de los cantores se dejó llevar por la exaltación. El padre Dimitri lo agarró por los pelos y zarandeándolo le dijo: “¡Válgame, cómo exageras! ¡Cállate, no se trata de ti!”.

Chesterton decía que la Iglesia es un sanatorio de enfermos y no un club de santos.

Nuestro querido y dolido hermano Sóren Kierkegaard escribió alguna vez más o menos (cito de memoria): “En el día de hoy, creo que Dios es valor y vida. Lo que Dios quiere es que la gente aprenda a ser capaz, en medio de la alegría, de ser más feliz aún, y aún más, felicísima en medio de la tristeza”.

Para entender algo, a veces, hay que entender su contrario, o lo que pretende ser su contrario; en este caso, la pasión antirreligiosa. El gran Feuerbach, en sus Lecturas sobre la esencia de Ia religión, anunciaba: “el futuro hombre inmortal, muy diferente del hombre tal como existe hoy en cuerpo y carne” (no creo que profetizaba la clonación) creía que “el viraje decisivo en la historia será cuando el hombre tome conciencia y admita que la conciencia de Dios no es más que la conciencia del hombre como especie. Homó homini Deusest —tal es el gran principio práctico, el eje sobre el cual gira la historia del mundo”. Esto me recuerda la escena famosa en la primera parte de Los demonios de Dostoievski, cuando Kirilov señala que la historia se dividirá en dos partes: “desde el gorila hasta el aniquilamiento de Dios y del aniquilamiento del hombre” (“al gorila”, interrumpe irónicamente el narrador) “hasta la transformación de la tierra y del hombre. El hombre será Dios y será transformado físicamente”.

Georges Bernanos, hombre apasionado como pocos, al querer conservar siempre el “espíritu de infancia”, encontró que “no hay más remedio al miedo, que lanzarse, perderse en la voluntad de Dios”. No creo que haya leído al místico del Rhin, Jacob Boehme —pero ¿Quién sabe?—: “Por la angustia y sobrepasando la angustia, la vida eterna sale de la nada”.

23 de noviembre de 1654. “Desde más o menos las 10:30 de la noche… Fuego. Alegría. Alegría, alegría, alegría, llantos de alegría. Eternamente en alegría por un día de ejercicio en la tierra”. Dios, el Dios de Abraham, Isaac y Jacobo, no de los filósofos y de los sabios, se revela a Blas Pascal, genial científico de 31 años; se manifiesta en su corazón y ese corazón arde. Dos horas en el paraíso, con Cristo como clave de todos los enigmas, llave de todas las puertas. Blas lo apunta, anota esa lumbre en un papelito y ese fuego de escritura nos alumbra, nos calienta, nos quema, nos entusiasma, nos horroriza 349 años después. Don Antonio Gómez Robledo ha escrito páginas muy fuertes sobre aquel pobre Blas; subraya que Pascal dice que dormimos, que somos sonámbulos voluntarios y que eso hace de nosotros ni ángeles, ni bestias, Linos “monstruos incomprensibles”, unos humanoides con algún elemento sobrenatural; sabemos que estamos en tránsito, que vamos a morir y cerramos con obstinación los ojos frente a la condición humana. Los menos enajenados, los menos ciegos, según Pascal, no son los curas ni sus feligreses, sino los ateos, los verdaderos ateos, los jugadores —como El jugador de Dostoievski, como Kirilov—. Entonces Pascal les propone su lamosa apuesta: si ganas, ganas todo; si pierdes, no pierdes nada. A lo mejor despiertas y vives.

En cuanto a los santos, “los ven Dios y los ángeles, pero no los cuerpos y los espíritus curiosos”. La curiosidad es un defecto grave, la verdadera religión no tiene nada que ver con ella: “Dios basta a los santos”. El estilo de Pascal es tan natural, tan fuerte, tan directo que más de tres siglos después la lengua francesa no ha podido rebasarlo.

No sé que puede ser la pasión religiosa, sé que la religión es sencillamente la vida misma, la vida dominada por la creencia de que su valor se encuentra en el presente; el religioso vive en el presente con el proyecto de realizarse aquí y ahora, en medio de las circunstancias de la vida, a la luz de lo que piensa ser y se esfuerza por llegar a ser. Escapa así al implacable diagnóstico de Pascal: “El presente no es nunca nuestro fin. El pasado y el presente son nuestros medios; sólo el porvenir es nuestro fin. Así no vivimos nunca, sino esperamos vivir y, preparándonos siempre a ser felices, de manera inevitable no lo seremos nunca”. Tomar el presente como fin es tomar conciencia, despertar; no vivir según las normas, no ser “políticamente correcto”, no perseguir las metas de una carrera; para ganar en perspicacia, sensibilidad, para perder ganando. Trabajar para un hipotético resultado ulterior, para una futura perfección, para una salvación futura, es dejarse llevar por la pasión irreligiosa, por el famoso “divertimiento” pascaliano, que nos distrae del verdadero asunto. Vivir religiosamente es vivir libre de un pasado extrañado, libre de proyectos para el futuro. hic et nunc, vivir aquí y ahora, punto. Y para seguir con latinajos —tengo una excelente coartada, los coras, hasta la fecha, han conservado la memoria de los latinajos que los jesuítas enseñaron a sus antepasados por los años 1750—, memento vivere es el único precepto que sigue la pasión religiosa. Acordarse de vivir. Es demasiado fácil olvidarse de vivir. El hombre religioso aspira a ser algo, alguien por sí mismo, en cada uno de los instantes de su vida; esa autonomía es todo lo contrario del aislamiento o del rechazo de los demás. Como dice Gao Xingjian (Premio Nobel de Literatura 2000), novelista, hombre de teatro y pintor: “En mis obras hay una compasión muy cristiana. Antes yo me decía ateo. Con la edad, me pregunto más y más si tiene sentido subrayar que uno es ateo. Frente a cierto azar que uno puede llamar destino, coincidencia, desconocido o Dios, un individuo se siente frágil. No soy creyente pero tengo siempre un sentimiento religioso. Hasta tengo una inclinación para el cristianismo occidental porque en esa cultura el hombre se encuentra siempre en medio. Es muy diferente en la cultura china, en la cual el hombre es olvidado en beneficio de la naturaleza, del poder, especialmente político. En la cultura cristiana, lo que me fascina, lo que me atrae, es que el hombre se encuentra en el centro siempre”.

La religiosa pasión cristiana tiene al hombre en su centro, porque tiene a Dios en su centro, el Dios que hizo el hombre/mujer a su imagen y semejanza, el Dios que se encarnó de manera que Jesús Cristo es el “único verdadero hombre”, y verdadero Dios.

Amiga lectora, amigo lector: si quieres entender algo de esa pasión que no logro aclarar, busca el librito de Don Ezequiel Mendoza Barragán, Confesiones de un cristero, publicado en 2001 por el Breve Fondo Editorial; verás el comercio de Don Ezequiel con Dios, sus aventuras con la Virgen, el Diablo, Nuestro Señor y los hombres. Como dijo Adolfo Castañón en aquel entonces: “Es una voz serena, alegre y aun feliz. Nos recuerda que en la tradición de cierto humanismo cristiano, la ciencia de la cruz es una gaya ciencia, un saber de la alegría de vivir”. Don Ezequiel, el hombre religioso, es un hombre libre.    n

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

130,000 I Cultivos patógenos que vende al año la empresa American Type Culture Collection, la más grande de su clase en Estados Unidos.1

20 Porcentaje de personas infectadas con ántrax que mueren si no son atendidas  con antibióticos.2

800,000 Kurdos expulsados de sus tierras desde que Saddam Hussein llegó al poder.3

5,000 Aldeas y pueblos kurdos que han sido desplazados desde que Saddam Hussein llegó al poder.4

2,800  Mexicanos residentes en Irak, Israel, Líbano, Egipto y Arabia Saudita.5

3,000 Bombas que, según el jefe del Estado Mayor norteamericano, caerán sobre Ira en los dos primeros días de guerra.6

3,000 Irakíes entrenados por Estados Unidos para que sirvan como enlaces o intérpretes durante la guerra.7

20 Porcentaje de precisión de la artillería estadunidense durante la Guerra del Golfo.8

80Porcentaje de precisión de la artillería estadunidense en estos días.9

80 Porcentaje del dinero lavado a escala mundial que se distribuye  entre Nueva York y Londres10

189 Compañías estadunidenses que se declararon en bancarrota en 2002.11

382,000 millones de dólares Pérdidas que representaron esas bancarrotas.12

7,000 Detectives policiacos en Nueva York.13

500 millones Computadoras en Estados Unidos que serán obsoletas para el año 2007.14

43 Porcentaje de la fuerza laboral femenina en México que tiene empleo.15

56 Porcentaje de la fuerza laboral femenina en Colombia que tiene empleo.16

3,600,000 Mexicanos que cuentan con seguro de gastos médicos.17

1,000,000 Fraudes a usuarios mexicanos de sitios web en los últimos seis meses.18

1,400 millones de dólares Ganancias reportadas por la venta de Viagra en el 2002.19

Fuentes:

1-2. La Crónica-. 18 de marzo de 2003; 3-4. Reforma. 5 de marzo de 2003: 5. Milenio. 18 de marzo de 2003; 6-7. El País: 16 de marzo de 2003; 8-9. The NewYork Review of Books. 27 de marzo de 2003; 10. Reforma. 4 de marzo de 2003; 11-12. La Crónica: 4 de marzo de 2003; 13. Reforma: 26 de febrero de 2003: 14. La Crónica. 3 de marzo de 2003: 15-16. Reforma-, 6 de marzo de 2003; 17-18: La Jornada: 11 de marzo de 2003: 19. El País. 2 de marzo de 2003.

Carlos Fuentes: Desde el quiebre de los signos

ESCRITURAS

CARLOS FUENTES: DESDE EL QUIEBRE DE LOS SIGNOS

POR PEDRO ANGEL PALOU

Carlos Fuentes ha contribuido como pocos a destruir el pernicioso mito de la espontaneidad y la inocencia del escritor. Es el que conoce mejor—como ninguno— las posibilidades de su arte, y de esa conciencia estética se nutre una y otra vez. Leerlo, y leerlo bien, con ese supremo arte de la atención que él mismo afirma que se ha perdido, es una de las experiencias más intensas que conocemos. Este ensayo fue leído durante la ceremonia en la que Carlos Fuentes recibió el Doctorado Honoris Causa que le otorgó la Universidad Autónoma de Puebla.

Escribir una novela es aprender a leer, decía Faulkner en su no publicado prólogo a El sonido y la furia. Una frase que, seguramente, suscribe Carlos Fuentes, nuestro más arriesgado —y airoso— novelista; quien ha sabido transfigurarse una y otra vez para ir dibujando esa curiosa forma de Comedia Humana Mexicana que él llama La edad del tiempo y que reúne ya —e incluirá en los próximos años— la más vasta y ambiciosa obra narrativa de nuestro país. Como Pessoa, que a falta de una literatura inventó él sólo la literatura portuguesa a través de sus heterónimos, Fuentes, a falta de una novelística mexicana, ha escrito todas las novelas de esa tradición. No se me malentienda. En México había novelas —y sólo se escribe, aun con el ojo estrábico puesto en la literatura universal, desde una literatura nacional—, pero no había novelística. Al filo del agua está antes de La región más transparente como La sombra del caudillo está antes que La muerte de Artemio Cruz, y a ellas responden, es cierto. Pero más allá de los programas literarios que presuponen Acto preparatorio y el parágrafo inicial de La región, algo se ha trastocado para siempre —la alegoría se ha vuelto símbolo— en la literatura mexicana con la aparición de Carlos Fuentes. Como el Ishmael de Moby Dick, el personaje dice: “Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México, D. F. Esto no es grave. En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta. Afrenta, esta sangre que me punza como filo de maguey. Afrenta mi parálisis desenfrenada que todas las auroras tiñe de coágulos”. Del pueblo de mujeres enlutadas hemos dado un eterno salto mortal hacia mañana, quien no lo vio estaba ciego, quien no lo ve ahora es idiota o un resentido (o quizás un resentido justamente por su estrechez de miras, por eso siempre he dicho que cada quien tiene al Carlos Fuentes que se merece). “Yo no creo —dice Fuentes— en la literatura o en el arte que, bajo el signo de lo que sea, se fundan en la asimilación sentimental, en la cosquilla emotiva. Creo, por el contrario, en la literatura y en el arte que se oponen a la realidad, que la agreden, la transforman y, al hacerlo, la revelan, la afirman”. Supremo arte de conocimiento y por ende de descubrimiento, la novela es el género que mejor dibuja esa pulsión. “La literatura es una fiesta y un laboratorio de lo posible”, decía Ernest Bloch. La novela habla, por ende, desde el presente, siempre del futuro. Por ello la novela no refleja nada, hace otra cosa más profunda: en secreta tensión con las maquinaciones del poder las reproduce y desnuda.

A la pregunta que encabezaba Conversación en la Catedral. “¿ En qué momento se jodió el Perú. Zavalita ?”, que podría abrirse a toda América Latina, Carlos Fuentes, desde mucho antes, había contestado con la Palinodia del polvo de Reyes, su maestro: “¿Es ésta la región más transparente del aire? ¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico?”. Y más aún, con los versos de Paz que dicen:

Se quebraron los signos

  se rompió

  atl tlachinolli

 agua quemada.

Lo saben ya: estaban ahí desde el principio, pero se trata también de los epígrafes de su cuarteto narrativo, Agua quemada.

De esa herida inicial, de esa ruptura de los signos, desde esa desgarradura se abre la enorme obra novelística —suma de saberes— de Carlos Fuentes. Indagar en ella acaso sea la forma más completa de abarcar el territorio de un hombre de letras que ha cultivado casi todos los géneros y que es hoy —y desde hace mucho tiempo— nuestra más aguda conciencia moral.

¿Qué puede decir la novela que no pueda decirse de otra manera?, es la pregunta reiterada de Fuentes en sus libros ensayísticos: la respuesta debemos encontrarla en sus propias novelas. Permítaseme, entonces, un recorrido sucinto por la historia de la novela cuya síntesis está en los primeros ensayos de un libro hoy injustamente poco comentado, Casa con dos puertas. En estos textos, como en La nueva novela hispanoamericana, Fuentes concluye que ha muerto la novela, es cierto, pero la novela burguesa realista tal y como la practicó Jane Austen. La realidad novelesca no ha muerto con ella, al contrario, ha llegado —escribe Fuentes con el optimismo de saberse entre los nuevos fundadores— el advenimiento de una realidad literaria más poderosa que se expresa en su “capacidad para encontrar y levantar sobre un lenguaje los mitos y las profecías de una época”. Se trataba, sin más, de regresar a las raíces poéticas de la literatura, a través del lenguaje y de la estructura, no de la intriga y la sociología, para crear, he allí el meollo de toda la obra de Carlos Fuentes, “una convención representativa de la realidad que pretende ser totalizante en cuanto inventa una segunda realidad. …a través de un mito en el que se puede reconocer tanto la mitad oculta, pero no por ello menos verdadera de la vida, como el significado y la unidad del tiempo disperso”. De allí el predominio del mito como eje estructurador y como fuente de lenguaje en la obra de Carlos Fuentes; reto de la cronología —cronotopos dirá usando a Bajtin en Valiente mundo nuevo—, al unir el pasado y el futuro en un eterno y reiterativo presente, como el de su novela favorita de Balzac, Louis Lambert, en tantas ocasiones punto de partida y vuelta a casa de sus reflexiones y de su producción literaria. “No existen —escribe San Agustín en sus Confesiones— tres tiempos, el pasado, el presente y el futuro, sino sólo tres presentes: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro”. Como sabía T. S. Eliot: “And all is always now”.

Y es que la novela, apuntamos nosotros, nace del discurso notarial de la España del siglo XVI, no de los relatos medievales, aunque tome elementos de ellos. Lo que descubre el genial y anónimo escritor del Lazarillo —genial hasta en permanecer anónimo para darle el cuerpo jurídico a la primera novela de la que se tenga noticia— es que en literatura, por vez primera, puede hablar el hombre sin atributos, el hombre común y corriente, el desposeído, el sin voz. Al hablarle a “Vuestra merced” (incluso en forma de texto: “Pues usted escribe que se le escriba”) y relatarle en forma de confesión judicial su vida, ha nacido la novela. No sólo por la voz —el lenguaje— sino por la estructura que, a pesar o gracias a su polimorfismo, es prácticamente siempre la suplantación discursiva en forma de ficción de una forma escrita (la carta, la confesión, el diario) de la que toma su cuerpo. “La certeza heroica se convierte en ambigüedad crítica, la fatalidad natural en acción contradictoria, el idealismo romántico en dialéctica ironía”. Acto siempre de lectura —legislar es leer—, la novela, como prueba Carlos Fuentes en su magistral Cervantes o la crítica de la lectura, es una reinterpretación absolutamente novedosa de la realidad. En El Escorial de Terra Nostra están los documentos y los cadáveres de Felipe II. Doble mausoleo, la novela es la escritura-archivo de nuestra realidad, acaso la más ambiciosa y la más totalizante de las novelas que se hayan escrito en nuestra homérica latina: “caen las máscaras, permanece la luz nacida de las miradas enmascaradas”. Lo sabía Carlos Fuentes al hacer su diagnóstico del renacimiento de la novela: “Se inicia un tránsito” —dice Fuentes— “del simplismo épico a la complejidad dialéctica, de la seguridad de las repuestas a la impugnación de las preguntas”. La novela nace de la duda y su territorio es el de la ambigüedad. Debate entre literatura y vida, la novela nace de esa tensión y la reescribe eternamente, como en las novelas inacabables de Macedonio Fernández, o en esa reflexión sobre la historia y sobre las posibilidades de narrar que es Una familia lejana, de Fuentes, donde el propio autor es interpelado. Novela dialógica en la que un narrador cuenta la relación de su amigo Branly con la familia Heredia —el antropólogo Hugo y su hijo Víctor— desde una vieja visita a las ruinas de Xochicalco. “Mañana es el once de noviembre, Fuentes. Es su cumpleaños. Vea cómo aún no estoy senil; recuerdo las fechas de nacimiento y muerte de mis amigos. No se preocupe. Ahora estamos aquí en una de las posibilidades infinitas de una vida y una narración. Usted teme ser el narrador de esta novela sobre los Heredia porque teme la venganza de un vulgar demonio contra el último hombre que la conozca. Olvida algo que, sin embargo, he tratado de decirle varias veces. Toda novela es algo inconcluso pero también es algo contiguo”. Y más adelante: “Por su otra vida. Fuentes, por su vida adyacente. Piense en lo que pudo ser y celebre conmigo su aniversario”. Hoy celebramos aquí este Doctorado Honoris Causa, precisamente por esa vida adyacente que es la escritura de novelas. Dice William Faulkner que la novela es ese oscuro hermano gemelo de un hombre, y la vida secreta de un escritor. Hoy celebramos esa doble vida, y al Mr. Hyde que se oculta y luego aflora en cada una de sus obras. El baúl archivo del general Llórente y su doble Felipe Montero, y Consuelo-Aura, son centrales en esa relectura de la realidad mexicana y de la novela como impersonation.

Y ahora, por ello, debemos hablar un poco, aun a riesgo de ser sobresimplificadores, de la visión de la historia- mito de México que le ha dado carne —médulas que han gloriosamente ardido, diría su amado Quevedo— a ese proyecto totalizador, donde la novela es el privilegiado vehículo del conocimiento. “No ha habido un héroe con éxito en México. Para ser héroes, han debido perecer: Cuauhtémoc, Hidalgo, Madero, Zapata”, se dice en La región más transparente. Y por ello, desde el texto inicial del libro también oímos —porque se trata de una novela oral, polifónica, gran concierto de voces, collage—: “En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta”, como ya dijimos antes. Existe una visión muy particular del pasado mexicano —de los Tiempos Mexicanos— y de su supervivencia en el presente que podrían representar Ixca Cienfuegos y Teódula Moctezuma, pero que toca y cimbra toda la obra de Carlos Fuentes. Y ahora gloso su participación en el ciclo “Narradores Frente al Público”, en Bellas Artes en 1965. Allí Fuentes dice: “El mito mexicano reposa sobre varias leyendas, todas ellas carentes (…) de un elemento connatural a la narrativa: el suspenso”, lo cual explica la tardía aparición de la novela en un país de vasta tradición poética, porque la narrativa se vuelve épica en un mundo mítico. Del mito de Quetzalcóatl —el de la promesa rota— pasamos al triple mito de Moctezuma-Malinche-Cortés: la promesa es violada. Cortés es un falso Quetzalcóatl, la mujer genera la traición y la corrupción, y Moctezuma, ingenuo y derrotado, es el padre de la sospecha y de un complejo defensivo”. Enseguida, dice Fuentes, “la femineidad corrupta y violada debe redimirse: el mito de la virgen de Guadalupe, indígena como la Malinche, y otra vez ambigua mujer-diosa, en cuya piedad hay un toque ligeramente incestuoso. Y por fin el mito de la reconquista: los aztecas, las víctimas, han de maniobrar en silencio” —espejo de silencios, ha llamado también Fuentes a la Colonia, al tiempo is pánico— “a fin de asimilar el malicioso poder del conquistador y mezclarlo con un maquiavelismo realista”.

Este sustrato mítico, aquí resumido, se traduce, racionalmente, en palabras de Fuentes: “al diagrama de una nación en desarrollo donde la Revolución de 1910 por vez primera en América destruyó el poder feudal de la Iglesia y de los terratenientes y creó las condiciones para la circulación de una riqueza dirigida y apropiada por la burguesía nacional que salió de las lomas de Tingambato y desembocó en las Lomas de Chapultepec”. En La muerte de Artemio Cruz oímos decir: “deseamos el mayor bien para la patria, mientras sea compatible con nuestro bienestar personal; seamos inteligentes, podemos llegar lejos”. Es un diagrama de país que puede ser engañoso porque no funciona naturalmente, sino con la fachada y el sustrato del mito, léase que un nuevo equilibrio ecléctico ha nacido: “Moctezuma ya no es un autócrata divino, es el Señor Presidente, que se sienta en el trono de oro de los aztecas sólo por seis años y sólo es respetado si gobierna con toda la malicia y la energía del

Conquistador, y también con los ropajes físicos del Emperador”. Y termina esa visión que se ha repetido, ampliado y hecho más sutil y más penetrante: “En México la paradoja se complicó con un dilema: la clase emergente de industriales, burócratas y comerciantes no sólo se identificó con la retórica de la democracia y la particularidad del progreso: también se envolvió en los estandartes de la nacionalidad, la revolución permanente y todos los valores míticos de Quetzalcóatl a Zapata, hasta llegar a esa nueva diosa de la pirámide de luz neón: nuestra señora la Pepsicóatl”.

La pregunta sobre qué es México

— ¿Cómo hacerme partícipe de las grandes mentiras y las grandes verdades de este país y, al mismo tiempo, mantener la distancia?, ¿qué actitud tomar, en su vida y en su escritura, frente a las contradicciones del desorden básico en el que México es, crea y muere?— se convierte en imperativo estético: ¿cómo darle palabras a todo esto? Y escribe: “palabras mías en un medio donde el lenguaje popular es la máscara defensiva de las violencias sofocadas, un lenguaje de emboscadas permanentes, que quema la lengua, que exige su amortiguador, su diminutivo, su albur, para mantener un equilibrio entre el mutismo verbal y la violencia física, y el lenguaje culto es otra máscara, la de un medio tono, una elegancia pegada con saliva, un falso pudor y una expresión anémica que pretende, una vez más, disfrazar y ordenar la muda violencia circundante”,

Todas sus novelas, desde La región más transparente a Los años con Laura Díaz, pasando por La muerte de Artemio Cruz, por Cambio de piel, Aura, Terra Nostra, La campaña y Cristóbal Nonato han nacido de esa aguda toma de posición frente a la realidad y al mito y han construido una realidad paralela en la que nos reconocemos con estupefacción y con humor, pero la risa —como quería Chesterton de la ironía literaria— se nos congela en mueca reflexiva y volvemos a la carga, ahora sí llenos de suspenso y de preguntas, de muchas preguntas.

Las musas son la tradición, decía el crítico ruso Schlovsky. La pretendida universalidad pasa por el filtro de lo nacional —desde allí leo, y veo, es mi divisadero, como diría don Luis González—, así también podríamos afirmar sin duda que esta vasta novelística es una respuesta a la incipiente tradición del género en México, sobre todo al Yañez de Al filo del agua, al más intelectual de todas, a través del triángulo amoroso, del mito occidental —Guillermo, Guillermito. Mito, enamorado de su madre que lo secuestra, la actriz Claudia Nervo—, y en Cambio de piel, complejísima elaboración sobre una anécdota simple: la historia de dos parejas —Elizabeth y Javier e Isabel y Franz— y el narrador enigmático Freddy Lamben, recluso en el hospital siquiátrico de Cholula, más el grupo hippie que se hace llamar Los Monks, en un solo día, cuyos destinos pasan por la muerte o por la resurrección. Pero también allí está Cumpleaños y el sueño-despertar de George, un arquitecto inglés, al pasado de Siger de Brabante, un ermitaño, recurso que volverá en Instinto de Inez. Y, por supuesto, Terra Nostra, el proyecto más ambicioso de escritor mexicano alguno, summa total, de búsquedas y de resultados, inclusión ya no sólo de la estructura y el lenguaje sino sobre todo de la historia en la novela: allí están todos, el viejo y el nuevo mundo y el universo hispánico en su totalidad. Reflexión desde nuestra bastardía, y de nuestra condición de Eneas. No por nada ha dicho: “Tardamos tres siglos en ganar nuestro nombre, nuestra estirpe, en reivindicar al mismo tiempo que la independencia mestiza, a nuestra madre. A fin de encontrar a España, México debió, primero, encontrarse a sí mismo. (…) Al reconocerse acabó por reconocer su auténtica herencia española y defenderla con la pasión de quien ha rescatado a su padre de la incomprensión y del odio”.

Y en la fábula apocalíptica Cristóbal Nonato —nuestro Tristam Shandy— donde la figura central es quien lee, llamado Elector —el propio Cristóbal Palomar (homenaje a Calvino) que es una especie de Ulises Criollo al revés que cuenta los nueve meses de su gestación— va no sólo el narrador sobre el Revueltas de El luto humano y al Rulfo de Pedro Páramo, aunque esta novela es contemporánea de La región más transparente, a ella se ha referido innumerables veces Fuentes. A Emir Rodríguez Monegal. en una vieja entrevista le decía —pensando que hay un falso juicio para quien piensa que la novela refleja la realidad—: “¿Qué es Balzac para la crítica tradicional? Es un señor que describe las costumbres de la burguesía francesa posrevolucionaria del siglo XIX. Ahora todos sabemos que eso no es sino el armazón que utiliza Balzac para hablar de todo un fondo, toda una carga, en la que los verdaderos protagonistas son la fuerza, la energía, la voluntad, la resistencia de la realidad a ser captada por la literatura y, finalmente, la búsqueda de lo absoluto”.

Esa misma búsqueda de lo absoluto, de la literatura total, le ha movido por todos esos libros, empresa única. La edad del tiempo, en que están todas sus preocupaciones, su aleph literario. Se revisa el pasado remoto —Ixca, Teódula— y el pasado inmediato desde el presente del collage que es La región, mediante los recursos más variados —la incursión de la estructura y el lenguaje en la novela—, se lo hace en la bildungsroman de Jaime Ceballos y su fracaso vital en Las buenas conciencias, se ahonda en los doce días decisivos de la excepcional La muerte de Artemio Cruz, a través de la conciencia múltiple que dan las personas del verbo. Agonía y resurrección que pasa también por todos los tiempos a través de la mirada unificadora de la muerte. Felipe Montero no sólo rescribe el relato de un general intervencionista, sino su propia identidad y la de todos, de allí el uso magistral de la segunda persona del singular. Pero también, indudablemente, se indaga sobre esa herida en Zona sagrada, la que trabajó tanto estructuralmente. Aquí la fuente de la historia, como en el Finnegans Wake de Joyce, es también el historiador italiano de los ciclos, Giambattista Vico, y su Scienzia Nuova. La labor de la novela —lo ha sabido siempre Fuentes— es también, a diferencia de la tragedia griega, transformar la vida en un destino que es necesariamente una intriga, una moira. Los destinos eran tres hermanas, las moiras, cuyos poderes dibujaban un orden más antiguo que el de los Olímpicos. El destino que lo que define es la timé de cada hombre, su lugar jerárquico y su límite, lo que no debe franquear.

La narración —nos ha dicho Enrique Lynch— nos pone no ante la certeza de un mundo falso, sino ante toda la fértil ambigüedad de la ficción que ni es del todo verdadera ni del todo falsa; caído el divino teatro de las apariencias nace una verdad más sutil, más necesaria. Desde siempre, desde antes que su compañero de ruta en el llamado boom, Vargas Llosa, escribiera el inicio de Conversación que comentábamos antes, en La región Fuentes ya sabía que esa era la cuestión esencial, no retórica, cuando Rodrigo Pola dice: “Por el amor de Dios, Ixca, ¿qué es este país? ¿A dónde va? ¿Qué podemos hacer con él?”. Y en la misma novela hay otra pregunta que contrasta con la historia del fracaso —la Historia Patria, de hecho, se nos enseña asimilando las derrotas, todo gran momento, como sucede con Los Niños Héroes, es en realidad un fracaso—, ¿se aceptaría México a sí mismo en la victoria?, cuyos ecos suenan hoy con fuerza en nuestros oídos.

Allí radica la verdad novelesca que ha ido escribiendo con una pasión y una tenacidad que sobrecogen, Carlos Fuentes. A Carlos Fuentes hay que leerlo con fe, como recomendaba Faulkner para entender a Joyce. Conocedor magistral de las formas, es, qué duda cabe, nuestro miglior fabbro, nuestro mejor artífice, como decía Eliot de Pound, aquel que mejor conoce la técnica. Fuentes ha contribuido como pocos a destruir el pernicioso mito de la espontaneidad y la inocencia del escritor. Carlos Fuentes es el que conoce mejor —como ninguno— las posibilidades de su arte, y de esa conciencia estética se nutre una y otra vez. Leerlo —y leerlo bien, con ese supremo arte de la atención que él mismo afirma que se ha perdido en esto creo— es una de las experiencias más intensas que conozco. El nos ha enseñado, mejor que nadie en este país, qué quiere decir ser escritor, qué quiere decir dedicar la vida a la literatura. Y eso siempre es peligroso. Hay que volver a colocar a la literatura —y al debate intelectual de los escritores, como con Rodó, con Reyes, con Martínez Estrada, con el propio Fuentes— en el lugar central del que la han sacado la propia sociedad y los medios masivos. Eso sólo puede volver a hacerlo la novela, máquina utópica y negativa que trabaja la esperanza, que construye enigmas con sus únicos materiales desde el Lazarillo, los ideológicos y los políticos, los disfraza, los transforma y los pone en otro lugar. Los vuelve centrales. La obra de Carlos Fuentes es una apuesta, acaso la más radical en nuestro país, por construir una nueva realidad, la novelesca, conjunto de espejos que igual nos reflejan que nos transforman. Y hay que leer en ella lo que no está narrado —como nos enseñó quien escribió ¡Absalón, Absalón!—, lo que sostiene secretamente la intriga, esa otra carga más allá de la trama que sólo el lector puede descubrir con suprema libertad. El escritor de cepa, el genuino, se ha respondido ya la pregunta de Rilke — ¿morirías de no poder escribir?— y sabe que descubre e inventa el mundo a medida que escribe, por lo que vivir y escribir son la misma cosa, de allí que sus palabras suenen nuevas y, a la vez, se las reconozca como si hubiesen estado allí siempre, con la secreta idea de que eso —lo que leemos— también se nos ocurrió a nosotros, pero no sabíamos cómo decirlo. Igual que su admirado José Lezama Lima, Carlos Fuentes es ese excepcional tipo de escritor que amanece todos los días como un recién nacido y se va a dormir con la carga de todas las edades del tiempo, que gusta del sabor de la guayaba que come todos los días y de la fruta que no ha probado nunca. En esa travesía literaria y vital diaria ha realizado, además, un supremo milagro: el de, al ser sus fieles lectores, hacernos mucho mejores seres humanos.  n

Caleidoscopio. Los justos

CALEIDOSCOPIO

LOS JUSTOS

POR JOSÉ WOLDENBERG

Los justos, de Ludwik Margules es:

• puesta en escena para mayores de edad,

• Albert Camus de nuevo y renovado (ajustado),

• utopía redentora convertida en infierno en la tierra.

• la política aniquilando la ética,

• la violencia como la partera del terror,

• los iluminados que edificaron un tipo de Estado dictatorial.

• choque entre la moral y la acción,

• hombres triturados por su historia,

• reflexión sobre cómo los medios determinan a los fines,

• otro huevo de la serpiente,

• teatro de ideas,

• anécdota que se desdobla,

• tensión luminosa entre actores y público,

• literatura entrañable,

•confianza en la palabra y la actuación,

• representación sin afeites,

• antiespectáculo,

• reto actoral mayúsculo,

• Luis Rábago, Arturo Beristáin, Rodrigo Vázquez, Emma Dib, Claudia Lobo, Rodolfo Arias, fundidos con Dora, Annenkov, Stepan, Voinov, Kaliayev, Yanek,

• herencia disruptiva de los portadores de la Verdad (por supuesto con mayúsculas),

•  respeto por, y subversión de, una obra magistral,

• claves para la interpretación del sangriento siglo XX (¿sólo el XX?),

• teatro con sentido,

• remar contra la frivolidad,

• experiencia hipnótica,

• recordatorio pertinente,

• escenografía —Mónica Raya— ascética, fría, mínima, patibularia,

• movimiento que oscila entre el aliento justiciero y el caudal de víctimas,

• vuelta a lo fundamental,

• cero ornamento,

• sepelio de la piedad,

• ayuda de memoria,

• exaltación y muerte de la razón,

• ¿revolucionarios o gatilleros?,

• “cruda, profunda, sin sentimentalismos ni complacencias”, dijo el adaptador-director, y dijo bien,

• clausura del optimismo,

• totalitarismo que emerge de la buena causa,

•  largo trayecto: de la cara humana del terrorismo al terrorismo sin cara,

• apuesta por lo esencial,

• canto fúnebre,

•  atentado en 1905, Camus en 1949, Margules en 2002-3,

•  genuina actuación: profunda, vital, transformadora,

• “sí, tú sufres, pero a él lo mataste” (la gran duquesa),

• ideología como motor, rémora y guillotina,

•  víctimas y victimarios en un juego de espejos,

• búsqueda del absoluto y encuentro con la muerte.  n

III Los costos de la guerra

III. LOS COSTOS DE LA GUERRA*

William D. Nordhaus, profesor de economía en la Universidad de Yale, ha calculado los costos menores y mayores que puede traer la guerra de Irak:

1.   Costos menores. En el supuesto de una guerra breve y exitosa, de 30 a 70 días, con 75 días de ocupación en el territorio de Irak tras la victoria: 121 mil millones de dólares

2.   Costos mayores. Inicio del conflicto en 2003 y su término en 2012, crisis del mercado petrolero, escalada bélica de Israel, proliferación de terrorismo árabe, gastos de reconstrucción y asistencia humanitaria, impacto negativo en la economía estadunidense, uso de armas de destrucción masiva: 1,595 billones de dólares (“Iraq: The Economic Consequences of War”, en The New York Review of Books. Diciembre 5, 2002.).

Por su parte, Martin Wolf formuló en el Financial Times, a fines de diciembre, un escenario benigno, uno intermedio y uno catastrófico: Escenario benigno (60% de posibilidades): el precio del petróleo asciende a 36 dólares por barril. Una guerra rápida (cuatro a seis semanas) no tendría impacto negativo inmediato en la economía mundial, podría incluso estimular la actividad económica de Estados Unidos y del resto del mundo.

Escenario intermedio (30% de posibilidades): el precio del petróleo supera los 40 dólares. Una guerra que dura de seis a doce semanas provocará un crecimiento cero en el PNB estadunidense en el primer semestre del 2003, con un impacto poco menos negativo en el resto del mundo.

Escenario catastrófico (10% de posibilidades): el precio del petróleo a 80 dólares. Una guerra de seis meses; Irak causa un daño importante a las instalaciones petroleras de la región y ataca a las tropas aliadas y a Israel con armas de destrucción masiva. El proceso de reconstrucción es costoso y complejo. Este tipo de guerra tendría un efecto devastador en todo el sistema económico mundial. La economía estadunidense entraría en una profunda recesión, con una caída en el crecimiento anual de menos cuatro en el segundo trimestre del 2003. También la economía del resto del mundo padecería una recesión, aunque más leve que la estadunidense. n

*Los datos transcritos en este recuadro fueron tomados de un análisis penetrante y amplio de la llamada guerra de Irak, el ensayo de Bernardo Sepúlveda: “El eje del mal y su destino manifiesto” que publica este mismo mes de marzo la revista Este país.

Espíritus enamorados

Las historias de espíritus y ahogos no le importan a nadie que no conozca de ellas. Son, como las que tratan de marcianos, sólo para enterados.

Estos espíritus de los que hablo son invisibles, como tantos y, como tantos, pueden ser vistos, sólo a veces, por unos cuantos. Son diminutos y para casi todo el mundo imperceptibles.

Yo los veo de repente y es entonces cuando resultan menos agresivos. Si los descubro a tiempo, con sólo echarles agua los asusto de tal manera que huyen convertidos en sombras. En cambio, cuando atacan de pronto no sé cómo esconderme, hieren igual que agujas, interrumpen la mañana ahogándome hasta quitar mi cabeza del renglón en que anda, me pican los ojos para echarme del lugar en que les gusta acomodarse, muerden subiéndose a mis manos o a mis piernas como en otros se suben los piojos.

A veces un tropel de ellos, sé que vienen en grupos aunque no pueda verlos, me aplasta el pecho hasta que se me pega con la espalda o, peor aún, hasta que el pobre quiere huir y crece hacia los hombros empujándolos, como si tratara de cavar un agujero entre las clavículas y el cuello. No sé, igual y quienes empujan son los mismísimos espíritus, porque el pecho no tiene por costumbre escaparse del cuerpo en que amanece. En cambio ellos, volátiles y ociosos, acostumbran burlarse apareciendo en un lugar o en otro según les prende el antojo.

A veces hasta me hacen llorar. No porque les tema, sino porque me obligan a que parezca presa de temor y desconsuelo, cuando no soy sino presa de sus apariciones caprichosas. Me enoja no saber entenderles, de qué modo convivir con su sombra igual que con la tranquila presencia de tantos otros espíritus que llegan de repente traídos por un viento, una canción, algún recuerdo preciso y precioso. Estos en cambio no aparecen más que para asustarme, no me tocan sino para extenuarme, hasta que nada quiero sino salir corriendo del cuarto en que les gusta instalarse, por desgracia mi cuarto preferido, el cuarto en que solía soñar despierta, el cuarto en que Mozart llenaba el aire con su aire. Ahí han hecho su reino estos espíritus de los que hoy hablo aquí, porque ya me he prohibido mencionarlos en otras partes: tal es la vergüenza que me provoca la ironía en la mirada de quienes no les temen, de quien ni los conoce ni cree en ellos.

Al principio los mencionaba para saber si había cerca de mí alguien que de casualidad los tratara de iguales, que hubiera conseguido deshacer el cerco en que suelen encarcelar al infeliz en quien deciden ensañarse. Pero, como en todo lo que tiene que ver con lo incomprensible, me encontré casi siempre con quienes no quieren descifrar los fantasmas ajenos. Con quienes simplemente no creen en los fantasmas, quienes desprecian a los que no hemos tenido otro remedio que admitir nuestra fe en los espíritus pequeños, porque los padecemos.

Las historias de espíritus y ahogos no le importan a nadie que no conozca de ellas. Son, como las que tratan de marcianos, sólo para enterados. Si uno está loco debe irse a un manicomio y si no piensa irse, mejor que no moleste al mundo de los cuerdos, de los muy ocupados con asuntos que tienen solución en farmacias o notarías, no en la loca cabeza de quien parece no tener cabeza, menos aún en el extraño y caprichoso mundo del amor y la vida ineluctable.

Nadie cree en la fe de los incrédulos y son generalmente los incrédulos quienes se encuentran a estos espíritus que yo he encontrado tarde, no como quien los sufre desde la infancia, pero sí con la misma inofensiva incapacidad de exorcizarlos. No hay parroquia para estos creyentes, ni más perfecto infierno que las tardes en que los vence el ejército de espadas invisibles que son estos espectros.

Nadie a mi alrededor los considera un peligro, aun cuando los describo hasta abrumar con mis historias. Llevo un año contándolas, no me hace caso nadie, ni el más cabal y loco de los médicos, que siempre es el mejor menos en este caso, porque piensa que en lugar de temerle a los fantasmas yo debería poner mis endebles cinco sentidos en dar con el origen y el destino de una manchita blanca que apareció hace tiempo en las tomografías de mi cerebro y que a todos asusta menos a mí, dado que yo ando presa del escalofrío que traen estos fantasmas pegasos y mudos. Tanto que según todos creen, se los inventa, por joder, mi cabeza.

Por eso lo hablo aquí, porque me he prometido no hablarlo en ningún lado y el lugar al que acuden los lectores es tan etéreo y carente de lados como los insondables espíritus que acuden a mi pecho, ciegan mi respiración, estremecen mi aliento, secan mis ojos, cortan la piel de mis nudillos, aparecen y desaparecen con el arte magistral de los mejores fantasmas.

Se me han vuelto una obsesión. ¿Qué puedo hacer? El trato que les doy no es sino simple reciprocidad. Pienso en que existen sólo cuando andan cerca, pero andan siempre cerca.

Pocos espíritus pueden esconderse tan bien. Arbitrarios, como políticos, se meten en mi ropa y saltan en el instante más inadecuado: justo al jalar un saco para salir corriendo al cine, al ponerme las medias que llevaré a una fiesta, al entrar en unos pantalones que no había usado desde la otra primavera. Y es imposible verlos, saber de dónde salen, a dónde querrían arrastrar la zalea que no voy a dejarles arrastrar.

Son juguetones. A veces sólo picotean y se van, como si de pronto pasara un gorrión. Cuando tengo tiempo para perderlo con ellos me hacen reir, pero es que yo siempre ando corriendo y ellos siempre metiéndome el pie. Si antes era distraída ahora no bajo casi nunca de la nube en que me alzan. Miento cuando digo que no les temo: me dan pavor. Tanto como el que sienten ellos por la playa. Porque son tan miedosos que incluso le temen a la regadera. Ahí sí no me encuentran jamás. En cambio les gusta el lujo: viven felices en la tienda de pieles, en la de alfombras persas, en el mejor asiento de un avión, en los hoteles con tapicería en la pared, en los salones con aire acondicionado. Les gusta tanto el cine que van a los mejores y a los peores. Y van todos los días. Ni se diga los miércoles, pero también los domingos: desde la matiné y hasta la última función. No se sabe de dónde salen tantos. Incluso cuando uno llega a tiempo, con la dicha de encontrar lugar justo en mitad de la sala, en mitad de la fila que está a la mitad, antes aun de que se apaguen las luces, los muy cínicos han llegado siempre antes.

Haciéndoles justicia, hay que decir que en el asunto de los cines son menos refinados: les gusta más el Lumiere Reforma que el Cinemex Casa de Arte. Lo que no quita que haya siempre al menos un grupo de representantes en cada sala de cada ciudad. Les gustan todas las ciudades. Y tienen buen gusto: en Florencia se aparecían por todas partes: lo mismo en los callejones que en los museos. Me tenían cercada, hasta que me les escondí en un hotel nuevo y minimalista que no era muy de su gusto. Sólo un día saltaron algunos del sillón en que dormía mi sobrina, pero eran pocos, parece que no les gusta el estilo japonés y menos frente al Ponte Vecchio, que es tan rico en mejores escondites. Porque les gusta disimularse, como a cualquier espíritu correcto. Los que se dejan ver son los más tontos, los únicos contra los que he podido todo. Porque vale decir aquí que si ellos me han mermado algunos días, yo he mermado bastante sus ejércitos, al menos una parte de los que tienen acuartelados en mi casa. Consigo echar algunos cada mañana, pero vuelven rearmados en cuanto pasan uno o dos días. Muchos de los que saben, y también mil de los que no tienen idea, dicen que éstos acechan a quienes cargan un amor desventurado, a los que no lloran suficiente una pena, a los que piensan mañana, tarde y noche que ya sería el momento para dejar de llorar algo. Quién sabe.

Si uno le tiene fe a la ciencia, yo he podido ser de ésas, lo que demuestra el grado de perfecta desesperación por el que paso, puede someterse a unos exámenes sencillos, que buscan en la sangre las causas de por qué a uno lo asusta encontrarse a estos espíritus asomados a una repisa, de dónde salen los dedos que aprietan la garganta, por qué, de pronto, el olor de su presencia en un cuarto puede bastar para dormir nuestros labios. Análisis semicuantitativo de Ac.IgE. El nombre de semejante cazafantasmas se oye capaz de descubrir al más recóndito y chocarrero de los espíritus. Busca por todas partes. Desde en las fresas hasta en la discreta avena. Recorre el pasto, el diente de león, el fresno. Desconfía de la carne, los mariscos, el frijol bayo, el indefenso trigo, los chícharos, el pimiento verde, las calabacitas, el chile poblano, la ambrosía, el nunca visto epiccocumm, los ácaros, el populus dentoidis, las cucarachas, los perros, los distantes gatos. Bajo las alfombras, en el plato de sopa y en los postres. En todo lo que pueda jalar una aspiradora y en todo lo que pueda dejar libre, en lo que nadie ve y en las ramas que amparan cientos de pájaros al atardecer. En mi caso tras tanta búsqueda no encontró nada sino fantasías.

—¿Está hecha de fantasmas la fantasía? Porque en este cuarto en el que escribo, hay fantasmas y me ahogan, digan lo que digan ustedes, los mentirosos eusinófilos —murmuro mientras cierro la puerta al salir en la noche.

Mi hijo que va pasando nimbo a la escalera, asido a un plato de cereal que entretiene su hambre a la una de la mañana, se detiene a mirarme.

—¡Qué horror, estoy hablando sola! —me disculpo.

—Habla todo lo que quieras, madre —me dice compasivo—, mientras

no pienses que estás hablando con alguien. ¿Quiénes son los eusinófilos?

—Son unas células del sistema inmunológico, que dizque te protegen y que yo debería tener luchando contra las alergias. Pero en mi examen ni si quiera existen. No han tenido mayor interés ni en mostrarse, ni en dar la menor pelea. Quién sabe si estarán escondidos. Se lee tan raro todo que tal vez sean ellos los mismísimos fantasmas que me asustan. n

La noche de Gide

LA NOCHE DE GIDE

Le Ramier (Elpichón) es un texto de apenas 11 páginas sobre la noche memorable del 28 de julio de 1907 que André Gide pasó en compañía de Ferdinand, un quinceañero. Afines de agosto del año pasado llegó a las librerías francesas Rose bonbon (Gallimard), una novela de Nicolás Jones-Gorlin que incluye escenas de pedofilia. El libro salió a la venta en una forma adecuada a lo delicado de su asunto: envuelto en celofán y con una advertencia para que no pudiera ser hojeado por ojos inocentes. A principios del mes siguiente, emplazado por una fundación dedicada a proteger a la niñez, el temible Nicolás Sarkozy, ministro del Interior, con una voluntad ciega por la tolerancia cero ante la criminalidad, prohibió la venta de Rose bonbon a los menores de edad, cuando, por consejo de sus asesores, echó mano de la Comisión de Reglamentación de las Publicaciones para la Juventud para obtener su punto de vista al respecto, que sólo con fines de consulta proporciona el organismo y que no es otra que restringir la venta del libro. A comienzos de octubre, luego de entrevistarse con el ministro Sarkozy, Antoine Gallimard le envió una carta al subdirector de Libertades Públicas, en la que le recordaba la defensa sin cortapisas de la libertad de expresión garantizada por la Corte Europea de los Derechos del Hombre, expresión no sólo de las ideas aparentemente neutras, inocuas o aceptables, sino de las ideas que “golpean, chocan o inquietan’. En esas mismas páginas, Gallimard presentó Rose bonbon como una denuncia de la conducta pedófila, que implicaba una descripción de tal conducta que, subrayó, es particularmente fugaz.

La restricción de la oferta de un libro de ficción no la había intentado el Estado francés desde comienzos de la década de los ochenta. Pero la noticia que Alain Salles publicó en Le Monde sería finalmente desplazada por el escándalo provocado por un clásico no sólo de las letras francesas sino de la corrupción de la juventud, pues en esos mismos días Gallimard publicó Le Ramier, un texto inédito de André Gide.

Le Ramier (El pichón) es un texto de apenas 11 páginas sobre la noche memorable del 28 de julio de 1907 que el autor pasó en compañía de Ferdinand, un quinceañero (los editores establecen a posteriori que el chico tenía en realidad 17), el menor de los cuatro hijos de un labriego que trabajaba a las órdenes de su amigo Eugéne Rouart, quien celebraba entonces su triunfo en las elecciones municipales de Bagnols- de-Grenade, cerca de Toulouse. André Gide, de casi 38 años, sólo pasó una noche con Ferdinand, pero una noche tan señalada que lo hizo escribir lo que su hija Catherine califica de “pequeño cuento erótico”.

Le Ramier incluye también una presentación de Catherine Gide, un prefacio de Jean-Claude Perrier y un postfacio de David H. Walker que casi ocupa la mitad del volumen de 78 páginas. La actualidad incómoda del texto salta a la vista y no sólo con respecto al asunto Rose bonbon —baste recordar los ominosos carteles que en el Distrito Federal invitan a denunciar a los pervertidores de menores—, sino con la misma conducta del escritor que los estudios críticos ilustran reproduciendo varios fragmentos también desconocidos de su correspondencia:

¡Pervertir a la juventud! Como si la iniciación a la voluptuosidad fuera en sí un acto de perversión, ¡cuando por lo general es todo lo opuesto! Se olvida o más bien se ignora lo que acompaña a estas caricias, en qué atmósfera de confianza, de lealtad, de noble emulación nacen y se desarrollan estas clases de amistad. [...] Yo puedo reconocerme ese mérito: sobre los jóvenes que han venido conmigo, mi influencia ha sido siempre útil y saludable. Sí, no se trata de una paradoja: mi papel ha sido siempre moralizador. Siempre he logrado exaltar lo que ellos tenían de mejor. ¡Cuántos muchachos, comprometidos ya en malas inclinaciones he devuelto al buen camino, muchachos que sin mí se habrían abandonado a sus instintos más viles y desviado de una vez por todas! ¡Cuántos rebeldes, holgazanes, hipócritas, mentirosos han escuchado mis consejos, le han encontrado el gusto al trabajo, a la rectitud, al orden, a la belleza!

Mathieu Lindon, quien comenta Le Ramier en su columna del suplemento de libros de Liberation, señala que el libro tendría que ser sujeto al mismo acoso gubernamental que Rose bonbon, a menos que el miedo al ridículo invada el Ministerio del Interior.

Ferdinand murió dos años después, de tuberculosis. Walker destacó que, a diferencia de los textos que Gide pergeñó más tarde, en los que reescribió la historia de su sexualidad (Si la semilla no muere, Corydon…), Le Ramier es un elemento importante en la aceptación de sus propios gustos. Así culmina el relato: “Brincando de felicidad habría recorrido leguas enteras; yo me sentía diez años más joven”. n