Ciencia Política a l’ancianne

Ciencia política a l’ancienne

Por Jean François Prud’Homme

El libro más reciente de Soledad

Loaeza es un estudio amplio sobre los orígenes y la trayectoria del PAN. Su campo de acción se extiende hasta la misma historia política de México.

El primer aspecto que llama la atención de El Partido Acción Nacional: La larga marcha es la manera en que la reflexión y el análisis se inscriben en otro tiempo: el de la coyuntura del organizador. Esto permite que estemos frente a una obra original que acepta el reto de la interpretación en el largo plazo. Hay allí una exigencia de consistencia que ha sido bien respondida. En el libro encontramos muchas de las ideas y conclusiones que ha formulado antes Soledad Loaeza acerca de Acción Nacional y de la vida política mexicana. Sin embargo, esas ideas y conclusiones han sido reexaminadas y adaptadas para insertarse en un marco de interpretación general del proceso de cambio político mexicano en lo que va del siglo. No esperen encontrar aquí una compilación de artículos ya publicados. El libro tiene un contenido original, rico y denso. El Partido Acción Nacional: La larga marcha es resultado de una también larga y seria trayectoria académica.

Como en todo producto de larga maduración encontramos en la obra ideas de fuerza que le dan coherencia y distinción así como matices y detalles que aportan riqueza y complejidad y que se pueden leer como varios subtextos.

Existen varias tradiciones de análisis en la ciencia política para abordar el tema de los partidos: algunas insisten en los aspectos relativos a la organización, que se haga mediante el estudio de las estructuras o de los procesos; otros privilegian a los hombres, a sus ambiciones y estrategias. En este aspecto el libro de Soledad Loaeza se inscribe más bien en una tradición clásica de inspiración europea que otorga un peso importante a las ideas que reúnen a los individuos en un mismo proyecto político, y a partir de allí estudia otros aspectos de las organizaciones partidistas. Uno piensa en los trabajos del alemán Von Beyme en torno a las familias de partidos o en la obra del francés Georges Lavau en torno al Partido Comunista Francés. Todo ello se combina muy bien con una tradición de la ciencia política mexicana que ha sido desarrollada en esa misma institución. Estamos frente a un sólido libro de ciencia política a l’ancienne y adscribo un sentido positivo a la expresión.

Esa tradición se expresa en la estructura general de cada uno de los capítulos. El análisis cronológico de la historia de Acción Nacional se desarrolla tomando en consideración primero el contexto cultural que nos habla de un Zeitgeist, de las ideas como forjadoras de marcos de interpretación de la realidad y como estímulos para la acción. Después se toma en consideración la coyuntura como expresión del carácter único de la historia y de la política tanto en sus dimensiones internacionales como nacionales —me imagino que hay aquí un guiño de ojo a Raymond Aron—. Luego se examinan las instituciones políticas en su relación de interdependencia con los actores colectivos que mediante ellas interactúan. Y, finalmente, se habla de los hombres, de sus motivos y de su convivencia en el seno de una organización.

Todo ello da por resultado un estudio denso, sólidamente documentado, complejo, que aporta una interpretación novedosa no sólo de Acción Nacional sino también de la historia política moderna del país.

Dada la riqueza del estudio, no voy a dar cuenta de él de manera exhaustiva. Me voy a limitar a mencionar los que me parecen los dos argumentos principales de la autora y algunas ideas que dan cuenta de la originalidad de la obra. El primer argumento es sencillo y bien desarrollado a lo largo del libro: la historia del PAN no puede ser analizada fuera del proceso de modernización del país. Soledad Loaeza nos habla de la “densidad histórica de las instituciones” y coloca en una relación de interdependencia y a veces de reflejo al entramado político institucional —el Estado— y a las organizaciones que en él interactúan. Eso le permitirá llegar a sus conclusiones sobre la institucionalización tardía de Acción Nacional.

El segundo argumento concierne más directamente a la evolución misma de Acción Nacional. Hasta los años ochenta, Acción Nacional ha sido una organización débil que ha dependido en parte de sus alianzas coyunturales con otras organizaciones de vocación más social sin que eso signifique pérdida de identidad; en parte de la dinámica de evolución del sistema político —allí hay algo que tiene que ver con la variable voluntad presidencial— y en parte con el contexto cultural general relacionado a las ideas disponibles en la familia ideológica de Acción Nacional. A pesar de esa situación de heteronomia, Acción Nacional logra constituir un acervo de recursos (ideas, doctrina, organización) que permite su consolidación e institucionalización como partido político en la década de los ochenta. Más allá de esos argumentos, hay otras ideas cuyo desarrollo constituye los subtextos de la obra.

En el capítulo que trata de los orígenes del PAN y que busca sus filiaciones en las ideas de la derecha laica europea del periodo de la entreguerra —especialmente la influencia del gobierno de Miguel Primo de Rivera sobre las concepciones de Manuel Gómez Motín—, aparece en filigrana una reflexión muy interesante sobre la relación entre liberalismo, conservadurismo y democracia representativa en México. El periodo de la entreguerra en el mundo presenta esa característica curiosa de producir modelos de gobierno antagónicos a partir de cuerpos de ideas que muchas veces presentan similitudes parciales y cuyos efectos políticos son difícilmente previsibles en términos de desenlace democrático u autoritario. Soledad Loaeza realiza un interesante trabajo de genealogía de esas ideas y rastrea las paradojas de su destino político. La autora parece sugerir que existe un interesante juego de reversión de los signos sobre todo cuando a partir de los años ochenta se empiezan a releer algunos elementos de la doctrina panista desde una perspectiva liberal democrática. Esas ideas constituyen un terreno fértil para reflexionar sobre el destino político de algunas tradiciones de pensamiento político en el país.

El libro es también una reflexión sobre el proceso de “modernización política” que ha vivido el país a lo largo de casi todo un siglo. Uso la expresión “modernización política” en el sentido que le ha dado una corriente de la ciencia política contemporánea. No en balde Soledad Loaeza reconoce en sus agradecimientos la influencia de politólogos como Dahl, Huntington y Linz. Esas influencias están también presentes en el trabajo y se agregan a las que mencioné anteriormente. La insistencia en el concepto de modernización política permite apreciar cada periodo de la historia de Acción Nacional en su contexto específico.

Hay una voluntad explícita y bien lograda de comprender en coyunturas dadas la acción del PAN y de los otros actores políticos en función de los recursos culturales, sociales y políticos disponibles en el momento. Esa perspectiva evita aplicar al pasado percepciones actuales de la política. Me parece especialmente sano cuando nos referimos al tema de la democracia política: da lugar a explicaciones más complejas y potentes.

Si a lo largo del trabajo el acento está puesto en la dimensión del cambio, hay sin embargo un lugar para la continuidad. El dilema que vivió el PAN a lo largo de su historia entre participación y abstención en el sistema político está presente en todo el libro, sobre todo cuando se trata de explicar los conflictos internos. Es un dilema que ahora vuelve a manifestarse, aunque con menos intensidad, en el diseño de las estrategias legislativas de esa formación política. Lo interesante es que Soledad Loaeza le da dimensiones de tragedia clásica en donde los imperativos de la acción política y los de la moral se enfrentan frecuentemente. Esa tragedia tiene a sus héroes en el sentido también clásico de la palabra: Manuel Gómez Morín, el pragmático, y Efraín González Luna, el doctrinario. Detrás de la complementaridad aparente de la concepción política de esas dos personalidades fundadoras del PAN, yace una tensión latente que se manifestará de modo recurrente en la historia del partido. Es como si ambos hubieran dejado en herencia modelos culturales de identidad partidista que son a la vez condición de sobrevivencia y origen de crisis fuertes. El tema del dilema de la oposición leal no es nuevo: Soledad Loaeza lo había planteado antes. Sin embargo, su aplicación a la definición de modelos de cultura partidista resulta especialmente interesante. Es una pista que se abre a la exploración.

Cuando se construye una perspectiva de análisis, se opera un proceso de selección entre dimensiones y variables: se pone el acento en ciertos aspectos en detrimento de otros. Hay dos elementos que están presentes constantemente en el estudio pero que por momentos desaparecen de las conclusiones parciales.

He mencionado que uno de los argumentos principales se refiere al proceso de institucionalización de la organización: hasta el inicio de los años ochenta, el desarrollo de dicha organización parece marcado por el signo de la heteronomia, es decir que el destino del PAN aparenta depender en gran medida de circunstancias externas a las cuales aludí antes. En los pormenores del análisis de los periodos de cambio en el seno de la organización se menciona el papel de los distintos grupos y de los dirigentes en la elaboración de estrategias de adaptación al nuevo entorno. Sin embargo, no se recupera esa dimensión en las conclusiones parciales. Eso me deja con una pregunta: durante todo ese periodo, ¿cuál fue la posibilidad real de los panistas de influir sobre la sobrevivencia y el destino de su organización?

El libro constituye una magnífica e invaluable fuente de información sobre la relación entre grupos y facciones en el seno del PAN a lo largo de su historia. En su análisis sobre influencia de las ideas en el surgimiento de Acción Nacional, Soledad Loaeza insiste en la concepción secular y moderna en la política preconizada por Gómez Morín. Esto me lleva a preguntarme sobre el papel de las reglas y procedimientos en el mantenimiento de la cohesión interna de Acción Nacional. Llama la atención el hecho de que las crisis y escisiones que se han dado en ese partido nunca hayan permitido la creación de una opción opositora que le hiciera la competencia al propio PAN. ¿Cuál es el papel de las reglas y procedimientos en el mantenimiento de la cohesión interna de ese partido?

Para terminar quisiera mencionar otra gran cualidad del libro que constituye en sí un ejemplo para estudios futuros sobre partidos políticos en México. A lo largo del texto, llama la atención la distancia y objetividad con que Soledad Loaeza aborda su objeto de estudio. El libro está marcado por la voluntad de entender y explicar la historia del Partido Acción Nacional y del sistema político mexicano. Hay sin embargo una preferencia que expresa la autora en sus conclusiones. Y es una preferencia muy sana para quien estudia a los partidos políticos: “los partidos siguen siendo las instituciones más apropiadas para encauzar una relación dinámica y fluida entre el poder y sociedades heterogéneas. La historia del siglo demuestra que puede haber partidos sin democracia, pero que sin partidos no hay democracia”.  n

Jean Francois Prud’homme. Politólogo. Profesor-investigador de El Colegio de México.

Laura Díaz y Carlos Fuentes: La Edad De Sus Tiempos

Puerto libre

Laura Díaz y Carlos Fuentes: La edad de sus tiempos

Por Ángeles Mastretta

Me maravilla Carlos Fuentes. Cada vez más, con cada novela otra vez: vertiginoso y libre, desafiante y apasionado. Por eso me alegra y le agradezco el privilegio de acompañarlo ahora en la lectura de un capítulo de Los años con Laura Díaz, libro extraordinario entre los extraordinarios libros de Fuentes. Libro entrañable, cercano, inteligente, generoso. Libro para dormir abrazándolo. Para llevarlo de un lado a otro y usarlo de talismán, igual que hacíamos, hace ya un cuarto de siglo, las lectoras de Carlos que entonces teníamos veinte años y hoy casi cincuenta. Hubiéramos querido volvernos sus personajes o dar con alguno de ellos a media calle.

¿Cuántos personajes de los creados por la imaginación aventurera y despiadada de Carlos Fuentes se han vuelto parte de la imaginación colectiva en nuestro país?

Mientras leía Los años con Laura Díaz se me aparecían en sueños sus mujeres desbordadas, sus hombres incandescentes. Al terminar de leerlo supe que me pertenecían para siempre, que el siglo de Laura Díaz era con precisión el de cada uno de nosotros, y que el mundo real puede caber como un vértigo en seiscientas páginas desconcertantes y bellas como los milagros.

Las mujeres y los hombres. El paisaje, las casas, los patios, los caminos, el polvo y los amores de cada una de las historias que hacen este libro prodigioso, se acomodan en nuestro ánimo y nuestra memoria como en el fondo de un acantilado. Pero no sólo el polvo y el aire de México, no sólo muchos de sus hombres y mujeres, no sólo su idioma más ruin, su palabra más suave, son los inolvidables personajes de este libro, sino Fuentes mismo, el narrador como testigo incansable, como el más ávido de los escuchas, como el más vehemente de los que hablan, termina por convertirse en uno de sus mejores personajes.

Sucede con muchos de sus libros, pero con éste quizá más que con ninguno. En el fondo mismo de la historia, igual en los detalles y en los guiños, aparece tramado, sin ambages, con toda claridad, el escritor, el hombre Carlos Fuentes con su voz como una espada, como una alegoría, como un ruego: aquí estoy, éste soy yo, esto tengo que decirles porque me duele y me arrebata, de estas urgencias estoy hecho y con estas historias quiero acercarme al mundo para tratar de comprenderlo y mejorarlo.

Es una bendición haber dado con Carlos Fuentes. Es una bendición compartir con él este siglo que Laura Díaz supo vivir con la plenitud y el valor de una diosa.

Casi siempre es mejor leer a un escritor que tratarlo, casi siempre es más fácil quererlo por su palabra escrita que por su voz, casi siempre admiramos de lejos a quienes nos cuesta lidiar de cerca. No es el caso de Fuentes. Tratar y querer a Fuentes, son dos cosas en una. Le agradezco a la vida y no se me ocurre cómo explicarle a él los tamaños de la alegría que es verlo ir por el mundo y por la literatura con el valor y la generosidad suyos.

Me he preguntado: ¿qué cualidades y desvarios, qué pasiones y olvidos convierten al escritor Fuentes en el personaje Fuentes? Y creo que la respuesta no puede generalizarse, que cada quien recibe sus propias claves, cada quien descifra o disfruta el enigma con lo que va encontrando en Carlos.

No puedo olvidar la tarde en que conversando en torno al tiempo, detuvo el gesto de avidez con que acostumbra mirar el mundo y dijo como si hablara consigo mismo:

—Yo lo que temo del tiempo es que no me alcance para escribir todo lo que me falta.

      —¿Pero cuánto te falta? —le pregunté.

—Muchísimo —contestó.

—¿Todavía no te basta con lo que has hecho? —le pregunté pensando en las más de diez mil cuartillas que entonces había puesto por el mundo para contarlo de una manera ferviente, intrépida. inagotable.

Fuentes tiene torcido el dedo índice de la mano derecha porque algo de sí mismo se ha negado a la modernidad implacable de su viajera vida. Así que no sólo ha escrito más de diez mil cuartillas, sino que las ha escrito en una vieja máquina mecánica y con un único dedo.

—Ya no recuerdo lo que he escrito —dijo—. Sólo pienso en lo que me falta escribir.

Yo no imaginaba qué podría faltarle, pero entonces no había escrito ni El naranjo ni Los años con Laura Díaz y parecía tener la certeza de que eso y más le faltaba.

Casi siempre los libros de Fuentes invocan su obsesión por el tiempo, pero yo sólo hasta esa tarde me di cuenta de qué manera carga este hombre con un reloj sobre los hombros.

“El talento se mide en cuartillas” decía Jules Renard para torturarse porque no era prolijo. Fuentes no puede hacerse tal crítica ni de chiste, sin embargo, está seguro de que le falta escribir mucho. No sólo no se le han acabado los temas, como les ha sucedido a otros escritores de su generación desde hace unos veinte años, sino que guarda muchos apretando su corazón. Prueba de eso es este libro que hoy nos reúne, este libro catártico, hermoso, rico, lleno de amores y trifulcas brillantes y nuevos. Este libro como escrito por un joven muy joven, por alguien urgido de contar el mundo todo, como si fuera la primera vez que lo cuenta.

Carlos tiene setenta años, se ve como de cincuenta y es dueño de un cuerpo tan incansable como el de un adolescente.

Así las cosas escribirá unos treinta años más. Lo que asegura por lo menos otras diez mil cuartillas.

¿Cuál de sus personajes ha sido capaz de una fortaleza comparable? No Artemio Cruz, y eso que fue de piedra; ni Aura que en su afán por asir el tiempo es capaz de matar lo que más ama; ni siquiera Ixca Cienfuegos que era eterno. Sí Laura Díaz: incandescente, ávida, luminosa e iluminada por la curiosidad, los amores, la urgencia de rendirle tributos a la vida. Laura Díaz es Carlos Fuentes más que ningún otro de sus personajes.

Los personajes son seres reales o imaginarios que se graban en la esperanza y fecundan los recuerdos de otros.

Para conseguir esto han sabido estar cerca, como están cerca de nosotros los hombres y mujeres que duermen o reviven en los libros.

Yo creo que Carlos Fuentes, junto con Laura Díaz, es el más bravio de sus personajes, creo que su pasión por las palabras es la más intensa de todas las pasiones que ha sabido contarnos Fuentes, creo que ha recorrido con celo y avidez cada círculo de su tiempo, creo que ha logrado quedarse como un lujo en el ímpetu y la memoria de otros.

Fuentes es un hombre que no puede separar su trabajo literario de su intensa aventura personal. Leer, imaginar y revivir Los años con Laura Díaz arraigó en mi ánimo la certeza de la ineludible alianza entre el Fuentes creador y el Fuentes ser humano.

Dijo Cortázar y quiero decir junto con él pensando en Carlos Fuentes:

Sigo tan sediento de absoluto como cuando tenía veinte años, pero la delicada crispación, la delicia ácida y mordiente del acto creador o de la simple contemplación de la belleza, no me parecen ya un premio, un acceso a una realidad absoluta y satisfactoria. Sólo hay una belleza que todavía puede darme ese acceso: aquella que es un fin y no un medio y que lo es porque su creador ha identificado en sí mismo su sentido de la condición humana con su sentido de la condición de artista.

El Carlos Fuentes que trabajó y está completo en Los años con Laura Díaz nos concede esta belleza, nos regala la realidad absoluta y satisfactoria de un escritor que identifica cabalmente su sentido de la condición humana con su sentido de la condición de artista. Es un premio tenerlo con nosotros.  n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía. Este texto fue leído el mes de junio en la ciudad de Chicago para presentar Los años con Laura Díaz de Carlos Fuentes.

Frente Nacional Opositor: En la ruta falsa

Frente Nacional Opositor: En la ruta falsa

Por Gilberto Rincón Gallardo

La formación de una coalición total que una a todas las oposiciones al PRI, y tenga como eje la alianza PRD-PAN, en el marco de la competencia por la sucesión presidencial, es, hoy por hoy, un tema central en el debate político, de cuyo desenlace dependerá buena parte de la conformación del escenario electoral del año 2000, que pondrá en juego la presidencia de la República por primera vez en la historia contemporánea de México.

En el emplazamiento lanzado por el PRD para formar un frente nacional opositor, se insiste en que la única posibilidad de acabar con la larga inercia autoritaria del PRI está en formar una alianza en torno a un candidato con suficiente fuerza como para concitar el mayor apoyo ciudadano posible.

En el PAN y el PRD existen posiciones que abogan por una candidatura común a la contienda presidencial: sin embargo, rápidamente se enfrentan a la enorme dificultad que representa el hecho de que tanto el PAN como el PRD tienen candidaturas consolidadas que reclaman la bandera de una oposición con capacidad de triunfo y ambos, además, son adversarios naturales de orden primordial en la confrontación política nacional. La candidatura de Vicente Fox lleva un camino andado de tres años en esta empresa y ha formado, inclusive, una fuerte estructura orgánica propia. El PRD, por su parte, es un partido que se ha construido durante diez años alrededor de una idea: armar la plataforma que dé sustento a una Presidencia de la República conquistada por Cuauhtémoc Cárdenas.

En esta ruta, el Partido de la Revolución Democrática lanzó la iniciativa de un frente nacional opositor y emplazó al Partido Acción Nacional a algo que más parece una coartada para responsabilizar a ese instituto político por su falta de decisión de liquidar al PRI.

Un día antes de la reunión de Zacatecas, donde se emprendió la marcha a la Constitución del Frente Nacional Opositor, el dirigente nacional del PRD, en referencia al PAN, reiteró en una nota publicada en el periódico Reforma: “si ellos se sienten más obligados consigo mismos que con el pueblo de México, pues es problema de ellos”. Y a renglón seguido dice la nota: “advirtió que en caso de que el PAN se rehuse a ir a una alianza, el PRD convocaría a los disidentes panistas para que se unieran a la coalición”.

¿En qué país se ha visto que la búsqueda sincera de una alianza vaya acompañada de una acusación anticipada de culpa por la cual le caería al convocado el peso de la historia en caso de no aceptar y que, además, junto con la convocatoria vaya la amenaza de dividirlo si opta por la negativa?

El 15 de mayo en Zacatecas asomó el inicio del frente opositor en un acto del PRD acompañado por el Partido del Trabajo y Convergencia Democrática en donde el nuevo estratega del cardenismo de hoy, Ricardo Monreal —según el periódico Reforma del día 16— “advirtió que el candidato de la alianza ya está y lo único que falta es un proceso de elecciones primarias que legitime el abanderamiento de Cárdenas”.

La dirigencia nacional del PRD ha declarado que, para definir su estrategia electoral, sólo está a la espera de la respuesta panista. El PAN, por su parte, ha nombrado una comisión que se encargará, sin poderes de decisión, de recabar información acerca de todas las vías de coalición que sean posibles a fin de dotar al partido con argumento para decidir al respecto. A la fecha de escribir este comentario, Acción Nacional no ha respondido que sí a la coalición. Tampoco ha dicho formalmente que no.

Una respuesta favorable a esta proposición sólo podríamos imaginarla en el caso de un acontecimiento extraordinario que no ha ocurrido. Ahora no se ve nada que indique la probabilidad de que Acción Nacional comience a caminar por esa ruta.

Aunque no existe un impedimento real para la formación de una coalición PAN-PRD, la obligación legal de que las coaliciones actúen como si se tratara de un único partido supone sacrificios impensables tanto en uno como en el otro. El PRD sigue actuando sin concreción alguna, bajo la supuesta sombra de la expectativa de alcanzar el poder presidencial; razón única para animar la decisión a favor de la candidatura común. No obstante, la simple aritmética electoral puede no ser tan suficiente si el propósito fuera visto en su complejidad a partir de la realidad; por ejemplo, un proyecto de alternancia medianamente funcional y con cierta identificación en el rumbo por el que debe caminar el país, para dar a ese proyecto una congruencia elemental.

Una política de alianzas, aquí y ahora, no sólo debería suponer un nuevo reparto del poder, sino también, y sobre todo, una serie de proyectos agregados y compartidos que puedan generar soluciones congruentes para los grandes problemas  socio-económicos del país. El gran dilema para el PRD y el PAN reside, precisamente, en que sus respectivas identidades e historias políticas hacen muy difícil tal identificación, que vaya un punto más allá de la derrota del PRI.

Ciertamente, el PAN y el PRD parten de una certeza básica: las elecciones del año 2000 son una oportunidad inédita para desalojar al PRI del poder. De hecho, todas las expresiones opositoras en su conjunto —anteriores y nuevas— comparten la percepción de una debilidad priista que implica, por primera vez en la historia moderna del país, la posibilidad de que el PRI pierda el poder presidencial. En este sentido, el antipriismo que une al PRD y al PAN es la otra cara del convencimiento de que ha llegado la hora de la alternancia en el Ejecutivo Federal. Cada uno de estos partidos se siente abocado a ser el sucesor que concrete la fase final de la democratización del país.

Existe, además, otro elemento que pesa mucho en esta convocatoria: la posibilidad de que una competencia entre los tres partidos mayores, actuando por separado, conduzca a una nueva victoria del PRI y, por tanto, a la recomposición de su dominio. La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿tal coincidencia en un elemento negativo, el antipriismo, es suficiente para dar lugar a un proyecto de gobierno capaz de generar la fortaleza institucional que el país requiere en la transición democrática mexicana?

El antipriismo que sostiene este proyecto de coalición no es tan homogéneo como pudiera creerse. Aunque, en efecto, el PRD y el PAN buscan la derrota del PRI bajo el efecto del triunfo electoral de cada uno, sus razones son distintas. Y esta diferencia es crucial, porque en ella reside el verdadero límite para cualquier acuerdo político entre ambas formaciones. El PRD echa de menos la política del nacionalismo revolucionario, es decir, el modelo paternalista, corporativo y populista fomentado por el general Cárdenas en los años cuarentas y que llegó a su límite histórico hacia 1982. El PAN.  Por el contrario, ve en ese modelo el mayor riesgo para la modernización y consolidación democrática del país. Las conductas recientes de cada partido respecto del Fobaproa. Los presupuestos federales y, en general, del modelo económico y financiero que debe prevalecer en el país, son el mejor ejemplo de la brecha que existe entre ambos partidos. En este terreno, el PAN ha estado mucho más cerca de las últimas reformas que han abierto el rumbo de la modernización económica emprendida por los últimos tres gobiernos. Del otro lado el PRD nació como antítesis de este rumbo y ha visto su razón de existir en la conversión en su contrario, a costa, muchas veces, de su propia propuesta en positivo. ¿Por qué, entonces, una candidatura común habría de borrar las profundas diferencias de identidad política entre las dos principales fuerzas de las oposiciones? Más aún, ¿por qué habría de construirse una coalición electoral sin una serie indispensable de políticas públicas viables para la nación?

A las puertas del siglo XX, no puede negarse que México requiere una alternancia en el poder presidencial. La liberalización política del país podrá culminarse si, gracias a los recursos democráticos, la inercia autoritaria del PRI llega a su fin. No obstante, una alternancia sin programa sería una alternancia sin rumbo. La búsqueda del poder a toda costa sólo conducirá al sacrificio de la posibilidad de generar tanto las políticas de Estado como los consensos necesarios para enfrentar las grandes desigualdades sociales y el debilitamiento institucional que ya estamos padeciendo.    n

Gilberto Rincón Gallardo. Director de Democracia Social.

Ambiciones imperiales

Ambiciones imperiales

Por Eduardo Limón

La saga de La guerra de las galaxias continúa. La nueva trilogía inicia con La amenaza fantasma. un regreso a los orígenes de la historia, antes del Imperio, antes de Darth Vader. Hace mucho, mucho tiempo, en un cine lejano (el ahora extinto Pedro Armendáriz, o en algún multicinema horroroso de Plaza Universidad), quienes hasta ese momento sólo habíamos tenido acceso al entusiasmante terreno todopoderoso de los efectos especiales y la ciencia ficción —el mejor coctel alborotador de las neuronas infantiles que deben acompañarnos para toda la vida—, gracias a Los Invasores, Perdidos en el espacio y, más adelante, Fuga en el siglo XXIII, atestiguamos, con los ojos bien abiertos, que las cosas en el universo de nuestra psique ya no serían iguales. Había llegado la alucinante mitología de La guerra de las galaxias, y con ella naves creíbles, armas envidiables y el descubrimiento de vidas heroicas en planetas de nombres hoy tan familiares como Tattooine, Alderaan, Endor…

Concebida bajo los auspicios de la mente enfebrecida de un cineasta desconocido (sólo asomaba del anonimato por su cinta producida a guisa de trabajo de tesis THX 11/38), la saga de La guerra de las galaxias contempla tres libros que contienen una tríada de episodios respectivamente, instaurados de lleno en la más pura estructura del género “capa y espada”, que cuentan la gestación, reinado y caída de una institución malévola conocida llanamente con el nombre de El Imperio, que busca el control total de la galaxia. Como en toda narración épica, el pivote contrastante lo da a la historia el grupo de guerreros bondadosos que se unen en su lucha contra El Imperio bajo el nombre de Jedis. Su misión estelar consiste en salvaguardar los principios de La Alianza Galáctica de las oscuras ambiciones imperiales. Hasta aquí, todo es más ó menos claro, pero en algún momento de la escritura a George Lucas se le ocurrió aderezar su historia con la aparición de una serie de eventos y personajes que por sí mismos han merecido ya, por separado, un lugar en la aplastante mercachiflería literaria, ingenieril y juguetera que ha representado, hasta el día de hoy para Lucas Film. Ltd., ingresos que ya superan la friolera de los 4,000 millones de dólares. De manera que tenemos frente a nosotros no sólo tres exitosas películas, sino todo un fenómeno sociólogico. Millones alrededor del planeta acamparán, formando largas filas, frente a los 5.500 cines donde se exhibirá, a partir del 19 de mayo en Estados Unidos, la primer precuela de La guerra de las galaxias: Amenaza fantasma, en funciones con la posibilidad de disfrutar del vanguardista sonido Dolby Digital-Surround EX, que contiene, entre sus deslumbrantes cualidades, una nueva serie de bocinas que, colocadas justo en la parte trasera de la sala, y añadidas a las tradicionales Subwoofer delanteras y laterales. El espectador, ávido de conocer al pequeño Darth Vader y al prototípico C3PO, podrá disfrutar la sensación de ser cruzado por los disparos láser y los barrocos transportes que emplean las criaturas que pueblan esa galaxia tan lejana que llegó para ser atisbada recurrentemente hasta bien entrada la segunda década del siglo XXI.

Ahora llevaremos a nuestros hijos, o a la aspirante a convertirse en su madre, a atestiguar que los efectos especiales siguen cambiando tan rápido como nuevas generaciones de Silycon Graphics crecen en el interior de las computadoras hollywoodenses. Quién sabe si la vida le alcanzará a Lucas; quizás en el verano del 2016 pagaremos por recibir en nuestros monitores de televisión el estreno mundial del noveno y último capítulo de La guerra de las galaxias, donde conoceremos a esa gigantesca nave con vida propia que responde al nombre de Chimera.  n

Etnia vs Nación

Etnia vs. Nación

Por Enrique Florescano

El siglo XIX mexicano testificó la creación del Estado-nación. Fue un tarea que sacrificó la diversidad en nombre de un proyecto unitario más allá de las divisiones y las contradicciones internas. Esta idea —escribe Enrique Florescano en este ensayo que forma parte del libro Memoria indígena, de próxima publicación por editorial Aguilar— apenas comienza a ponerse en duda y trajo, entre muchas consecuencias, “la desvalorización de la historia y la memoria indígenas”.

El Estado que surgió de la guerra de liberación nacional abrió un horizonte al proyectismo político. Al fundarse el Estado se creó simultáneamente un sujeto nuevo de la narración histórica: el país integrado por todas sus partes. Por primera vez, en lugar de un virreinato fragmentado internamente y gobernado por poderes extraños, los mexicanos consideraron el territorio, las diferentes regiones que lo formaban, su diversa población y sus contradictorios pasados como una entidad unitaria. Independientemente de las divisiones y contradicciones internas, el Estado se contempló como una entidad territorial, social y política que tenía un origen, un desarrollo en el tiempo y un futuro comunes. Esta entidad que integraba en sí misma los diversos sectores de la nación se convirtió en el nuevo sujeto de la historia, y su aparición modificó la idea del pasado y la concepción de la nación. Como dice François Xavier Guerra, el verdadero dilema que enfrentaron los estados americanos que surgieron del desmoronamiento del imperio español fue justificar su acceso al rango de naciones. Antes de 1810, la Nueva España y los demás virreinatos americanos tenían un concepto antiguo de nación. La idea de nación que sostenían estos países era la de una sociedad estructurada en reinos y ciudades, en estamentos y corporaciones unidos por vínculos tradicionales hacia la patria, la religión, el rey y las leyes del reino. Es decir, se trataba de una nación forjada por la historia.

Frente a esa vieja idea de nación comenzó a definirse una nueva, fraguada en las Cortes de Cádiz y en las luchas independentistas americanas, y emparentada con la idea de nación formulada por la Revolución francesa. Para esta corriente la nación “está formada por la unión voluntaria de individuos autónomos e iguales. La nación, por lo tanto, es una construcción libre que depende de la unión de las voluntades. Esta construcción puede inspirarse en la historia como una fuente de experiencias, pero no depende en su esencia de ella”. Esta idea de nación adquirió su faz definitiva en la Constitución de Cádiz promulgada el 19 de marzo de 1812 cuando se inscribe la frase: “La soberanía reside esencialmente en la nación”. Es decir, “la soberanía de la nación reemplaza a la del rey”. La nación se “constituye” o, en otras palabras, “comenzaba a existir de una manera nueva”, era “una nueva fundación”.1

La realidad política producida por la Constitución de Cádiz le impuso dos grandes desafíos a los países hispanoamericanos: por un lado crear el Estado y, por otro, asentar sobre estos cimientos el edificio de la nación. “Se ha dicho a veces —afirma Guerra— que en la América hispana el Estado había precedido a la nación. Mejor sería decir que las comunidades políticas antiguas —reinos y ciudades— precedieron tanto al Estado como a la Nación y que la gran tarea del siglo XIX para los triunfadores de las guerras de Independencia será construir primero el Estado y luego, a partir de él, la nación —moderna”.2

La creación del Estado, es decir, del “ordenamiento jurídico que tiene como finalidad general ejercer el poder sobre un determinado territorio y al que están subordinados de manera necesaria los individuos que le pertenecen”,3 requirió casi un siglo para hacerse efectiva y tuvo un costo social alto. Significó el  enfrentamiento con tres fuerzas autónomas enraizadas en el territorio y la sociedad: la Iglesia, los cacicazgos regionales y los pueblos o comunidades indígenas. A estas fuerzas corporativas tradicionales se sumó el inmenso poder político que adquirió el ejército en el transcurso del siglo XIX. El conflicto entre el Estado y los grupos tradicionales que defendían derechos corporativos alcanzó una intensidad extraordinaria porque los representantes del orden antiguo opusieron una resistencia empecinada a los propósitos modernizadores impulsados por el Estado.

Con todo, a fines de ese siglo transido de violencia el Estado había doblegado a los hombres fuertes que antes imponían su ley en territorios dilatados y le había asestado un golpe fatal al poder económico y político de la Iglesia. Por primera vez el Estado logró que sus leyes y mandatos se obedecieran en los rincones más alejados de la República, y puso en pie un ejército moderno que instauró el orden en el territorio nacional. Sin embargo, ese mismo Estado poderoso seguía librando una guerra a sangre y fuego con los pueblos indígenas, principalmente en las tierras regadas por el río Yaqui y en la península de Yucatán. En esta última región, los mayas, animados por un espíritu inquebrantable, habían logrado fundir su antigua religiosidad con los símbolos cristianos y sostenían una guerra salpicada de tintes religiosos que fortaleció su identidad y les permitió mantener sus tierras hasta principios del siglo XX.

La forja de la nación enfrentó obstáculos aún más poderosos, y no sólo por la honda diversidad étnica y el tamaño de la desigualdad económica, política y cultural que dividía a la población. Como lo reconoció Mariano Otero con amargura a mediados de ese siglo, “En México no hay ni ha podido haber eso que se llama espíritu nacional, porque no hay nación”. Otro liberal de la generación de la Reforma, Ignacio Ramírez, argumentaba que detrás de la ilusión de una nación integrada, lo que en verdad había eran “cien naciones que en vano nos esforzamos hoy en confundir en una sola”.4

Richard Sinkin afirma que “el conflicto es un ingrediente propio del proceso de construcción de la nación”, sobre todo porque “implica una lucha entre diferentes valores”. Es decir, además de ser una lucha por el poder y, por tanto, un conflicto entre los grupos y clases que lo ambicionaban para sí, es también una “lucha entre diferentes valores”.5 En efecto, las contrastantes ideas de nación que animaban a las élites dirigentes y a la masa indígena y campesina, llevó a estos sectores al choque sangriento que dividió más al país y produjo una herida social que aún no hemos podido restañar.

En el México de comienzos del siglo XIX los pueblos indios, los mestizos, las castas, los criollos, las ciudades y las corporaciones sostenían ideas contradictorias de nación. Como afirma François Xavier Guerra, desde mediados del siglo había dos ideas de nación que luchaban entre sí. Por un lado estaba la nación compuesta por estamentos y grupos corporativos, cuya unidad se fundaba en las costumbres y tradiciones colectivas instauradas por el propio desarrollo histórico. Esta nación era “el producto de una larga historia, a lo largo de la cual se han forjado sus valores, sus leyes, sus costumbres, es decir, su identidad”.6 Por otro lado estaba la nación moderna, integrada por individuos iguales, que se consideraba soberana.7

El enfrentamiento entre los grupos étnicos tradicionales y la nación se produjo cuando se creó el Estado moderno, el llamado Estado-nación. Al contrario de la nación histórica, el Estado-nación es concebido como una asociación de individuos que se unen libremente para construir un proyecto. En esta concepción la sociedad no es más el complejo tejido de grupos, culturas y tradiciones formado a lo largo de la historia, sino un conglomerado de individuos que se asumen iguales. Luis Villoro observa que esta nueva idea de nación “rompe con la nación tradicional. Un pueblo ficticio de individuos abstractos reemplaza a los pueblos reales; una nación construida, a las naciones históricas”. El Estado-nación, en lugar de aceptar la diversidad de la sociedad real, tiende a uniformarla mediante una legislación general, una administración central y un poder único. La primera exigencia del Estado-nación es entonces desaparecer la sociedad heterogénea y destruir los “cuerpos”, “culturas diferenciadas”, “etnias” y “nacionalidades”.8 Para comprender el efecto decisivo que el Estado-nación tuvo en la creación de una nueva memoria histórica conviene recordar que la “homogeneización de la sociedad se realiza sobre todo en el nivel cultural”. Para construir a la nueva nación se unifica la lengua en primer lugar y enseguida el sistema educativo; luego se uniforma el país bajo un único sistema económico, administrativo y jurídico. Y en el caso de que en el mismo territorio convivan varias culturas y naciones, la cultura de la nación hegemónica sustituye a la multiplicidad de culturas nacionales. Como dice Gellner: “El nacionalismo es esencialmente la imposición de una cultura desarrollada a una sociedad en que hasta entonces la mayoría, y en algunos casos la totalidad de la población, se había regido por culturas primarias”.9

El proyecto de Estado-nación que maduró en México durante la segunda mitad del siglo XIX se impuso como misión prioritaria someter la diversidad de la nación a la unidad del Estado. Los constructores del Estado anhelaban una nación desprendida de las comunidades históricas que habían formado a la nación plural. Puede entonces decirse que en México la “nación moderna no nace de la federación y convenio entre varias naciones históricas previas. Es un salto”. Se origina “en la elección de una forma de asociación inédita y en su imposición a las naciones históricas existentes en un territorio”. “En realidad, la constitución del nuevo Estado es obra de un grupo de criollos y mestizos que se impone a la multiplicidad de etnias y regiones del país, sin consultarlos. Los pueblos indios no son reconocidos en la estructura política y legal de la nueva nación”.10

El triunfo político de los liberales sobre los conservadores aceleró el proyecto de uniformar la diversidad social y las múltiples mentalidades e imaginarios que la expresaban. Los conceptos de patria y nación se redefinen entonces. Patria no es más el minúsculo lugar de origen, sino el territorio comprendido por la República mexicana. Nación no es más el grupo social unido por la lengua, la etnia y un pasado compartido, sino el conjunto de los ciudadanos que conviven en el territorio. En lugar de la nación real dividida en criollos, mestizos, indios y castas, se proclama un Estado integrado por ciudadanos iguales. En contraste con la nación escindida por su historia (el pasado prehispánico separado por la historia del virreinato, y éste por el pasado de la República), aparecen las primeras obras que unen esos pasados excluyentes en un discurso integrado. Era un discurso que partía de la antigüedad prehispánica, continuaba con el virreinato y la guerra de Independencia, seguía con los primeros años de la República y concluía con la época gloriosa de la Reforma.

Las obras históricas y los museos que entonces fueron crea dos se propusieron unificar estos distintos pasados, integrar sus épocas más contradictorias y afirmar una sola identidad. La historia patria se convirtió en el instrumento idóneo para construir una nueva concepción de la identidad nacional, y el museo en un santuario de la historia patria. Esta última vino a ser el eje de un programa educativo que transmitió la idea de una nación integrada, definida por épocas históricas que se sucedían de modo evolutivo, y cohesionada por propósitos y héroes comunes. Se forjó así una conciencia nacional asentada en una identidad imaginada.

El calendario cívico y los monumentos públicos celebraron las fechas fundadoras de la República, la defensa del territorio nacional y a los héroes que ofrendaron la vida por la patria. La pintura, la litografía, el grabado y la fotografía se asociaron con los medios de difusión modernos (el libro y el periódico) para reproducir los variados paisajes y rostros del país unificados bajo el nombre de mexicanos. De este modo, los gobiernos de fines del siglo XIX imprimieron en la población la imagen de un México integrado, de un país sustentado en un pasado antiguo y glorioso, próspero en el presente y proyectado hacia el futuro.11El nuevo canon de esta interpretación de la historia tenía como centro el Estado-nación, y como postulados el patriotismo, la defensa de la integridad de la nación y el culto a los principios y a los héroes fundadores de la República. Era una concepción de la historia cívica y laica, cuyo objetivo principal era la unidad política de la nación.

La configuración de esta imagen de la nación, con su cauda de símbolos y emblemas nacionales, produjo la lista correlativa de los enemigos que se oponían a la nación moderna. En esta lista figuraban de manera prominente los pueblos indígenas. Liberales, conservadores y moderados, los distintos partidos políticos que competían en la arena nacional, coincidieron en señalar a los pueblos indígenas como el mayor fardo que arrastraba la nación y en ellos concentraron sus críticas. El ataque a las tradiciones y valores indígenas produjo como resultado una arremetida general contra las tierras que sustentaban a los pueblos y el nacimiento de una conciencia social intolerante, que se expresó en la exclusión de quienes no compartían los mismos valores.

El señalamiento de los indígenas como enemigos del progreso, o la acusación de que eran culpables del atraso y los fracasos del país, puso en movimiento una campaña insidiosa que terminó por configurar una imagen negativa del indígena. La prensa, los libros, los discursos, la pintura y los medios más diversos difundieron una imagen degradada y salvaje de los indígenas que se generalizó en el siglo y se adentró en las partes más profundas de la conciencia nacional.12

Una consecuencia de esa campaña fue la desvalorización de la historia y la memoria indígenas. El desprecio de los pueblos indígenas produjo como primera reacción una concepción negativa de su memoria histórica. Durante el siglo XIX los testimonios indígenas fueron considerados meras leyendas sin consistencia histórica. Otros autores negaron la existencia de una memoria histórica mesoamericana, principalmente porque sus testimonios no se ajustaban al canon establecido por la tradición occidental. Y quienes aceptaron los códices y textos mesoamericanos como representativos de una tradición propia, jamás pensaron que sus descendientes pudieran haber heredado ese legado. Menos pudieron concebir que los indígenas contemporáneos continuaran recreando la memoria que sustentó la identidad de sus antepasados. Esta visión negativa de la memoria indígena explica que sólo ahora, cuando está por terminar el siglo XX, empecemos a descubrir la complejidad de esa memoria, a reconocer la fuerza que hizo llegar su mensaje recóndito a sus descendientes más distantes, y su poderosa presencia actual, en medio de concepciones de la historia que se obstinan por imponerle una memoria única a la nación plural. n

1Frangois Xavier Guerra: Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas. Fondo de Cultura Económica. México. 1992, pp. 326-327 y 333-337.

2 Ibid.. p. 35.

3 Norberto Bobbio: Estado, gobierno y sociedad. Plaza y Janés. Barcelona, 1987. p. 104.

4 Citado por Charles H. Hale: “La guerra con Estados Unidos y la crisis del pensamiento mexicano”, en Secuencia, revista de historia y ciencias sociales, enero-abril. 1960. Vol. 16. pp. 43-44.

5 Citado por Richard N. Sinkin: The Mexican Reform, 1855-1876: A Study in Liberal Nation Building. University of Texas Press, Austin, 1979, p. 10.

6 Franois Xavier Guerra: Op. cit.. p. 325: véase también Luis Villoro: Estado plural, pluralidad de culturas. Paidós, México. 1998. p. 16.

7 Luis Villoro: Op. cit.

8 Ibid., pp. 26-28.

9 Ernest Gellner: Naciones y nacionalismo. Alianza. Madrid, 1988. p. 82.

10 Luis Villoro: Op. cit, pp. 30-31 y 40-41.

11 Enrique Florescano: Etnia, Estado y Nación. Ensayo sobre las identidades colectivas en México. Aguilar. México, 1997, pp. 448.

12 Ibid., pp. 488-491.

Enrique Florescano. Historiador. Entre sus libros, Memoria mexicana y La bandera mexicana: Breve historia de su formación y simbolismo.

Traducción de Katia Rheault

Alejarse de los extremos

Alejarse de los extremos

Por Jesús Silva-Hérzog Flores

En los tiempos que corren, el tema de la sucesión presidencial ha cobrado una gran actualidad. Sin duda, estamos adelantados y nerviosos en esta nueva etapa de nuestra incipiente democracia. Los dos números anteriores de Nexos han hecho, sin duda, una contribución positiva a este debate necesario. El libro de Jorge Castañeda La herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México es ciertamente una referencia fundamental en esta discusión política, por cierto postergada durante largas décadas.

El número de Nexos correspondiente al mes de abril contiene importantes experiencias de los expresidentes vivos y de aquellos que se mencionan como posibles para participar en los comicios del 2000. A mi juicio fue un gran logro periodístico y el ejemplar correspondiente será conservado como referencia por los lectores. En el número de mayo se solicitaron comentarios críticos a destacados escritores y analistas políticos sobre los planteamientos hechos en el número anterior.

El resultado es igualmente estupendo y representa algo de lo mucho que nos queda por hacer en la discusión pública sobre las grandes cuestiones nacionales. El tono de todos los comentarios a los planteamientos originales es altamente crítico. Y eso es bueno. El hombre político debe saber siempre que lo que diga puede enfrentarse a voces que lo van a juzgar, a veces, con especial ojo crítico. Y eso, repito, es bueno y necesario. En la actualidad, no hay nadie que tenga la verdad en sus manos y la manera de acercarnos a ella —si es que existe— es con actitud flexible, tolerante, abierta, y dispuesta a escuchar a los demás.

Sergio Sarmiento, periodista respetado y respetable, autor de “Jaque Mate”, columna diaria en el Reforma, fue mi crítico. El título de su comentario lo dice todo: “Jesús Silva-Herzog F.: De la tercera vía al lugar común”. Ni modo. Casi un jaque mate. Hace varias semanas, los editores de Nexos me solicitaron la respuesta a tres preguntas sencillas en un espacio breve. Lo cumplí y envié dos cuartillas. La crítica fundamental de Sergio Sarmiento consiste, básicamente, en que mis comentarios “poco ayudan a establecer el nuevo rumbo que tanto necesita nuestro país”. Y tiene razón. Difícilmente se podría hacer en unas cuantas líneas. Creo que no era el propósito, ni mi intención.

Algunos puntos centrales:

1. El proceso de globalización es un hecho real, irreversible y del que no se puede sustraer una nación como la nuestra. Sin embargo, hay que aprovechar las oportunidades que ofrece y reducir sus riesgos, y hacerlo con el reconocimiento de las características propias de cada país participante. Para decirlo en pocas palabras, frente a los dictados de afuera hay que defender lo nuestro. No hacerlo, puede traducirse en un proceso de asimilación.

2. México necesita crecer más para atender mejor nuestras enormes necesidades. Sólo con un mayor crecimiento será posible lo demás. Para ello se requiere volcar el uso de todos los instrumentos de política económica hacia ese objetivo. Hacerlo alejado de actitudes dogmáticas que han estado presentes en los últimos años.

En algo más de 15 años, el crecimiento medio real ha sido insuficiente para elevar el ingreso por habitante y para absorber el aumento de la fuerza de trabajo. El número de pobres es mayor.

3. El clima político que vivimos ha generado un cierto encono social. Todos contra todos. Hay ausencia de acuerdos fundamentales. El lanzamiento de una propuesta se acompaña con la descalificación anticipada de todo aquel que exprese divergencia. Mi llamado a la formación de consensos básicos no es un llamado a la parálisis como interpreta Sergio Sarmiento. Muy por el contrario, es para avanzar con paso más firme.

4. No existe, en ningún lado, que yo sepa, una definición clara de la llamada Tercera Vía, o de la Nueva Opción. A mi modo de entender, es simple y llanamente alejarse de los extremos. Ni una excesiva intervención del Estado en la vida económica, ni tampoco ceder el terreno y pensar que el mercado —el fundamentalismo del mercado— vaya a resolver todos los problemas.

En un país donde casi la mitad de sus habitantes viven en la pobreza y en donde existen enormes disparidades se requiere un gobierno fuerte, democrático, eficiente y honrado.

5. Por último, Sergio Sarmiento señala que vivo de una pensión del Banco de México y que estoy jubilado de todo lo demás. No es así, vivo en plena actividad. Trato de repetir “lugares comunes” con la esperanza de que, de tanto repetirlos, se hagan realidad y no haya necesidad de seguir mencionándolos. n

Los bancos suma y sigue

Los bancos: suma y sigue

Por Ricardo Solís

La pasada LXII Convención Nacional Bancaria y la aprobación reciente de los vocales que dirigirán los destinos del Instituto de Protección al Ahorro Bancario (IPAB) han sido motivo para que los bancos y los banqueros vuelvan a ser noticia periodística.

Poco antes de la convención bancaria. celebrada en Acapulco, el presidente del Consejo de Administración de Banamex hizo críticas muy severas a la política financiera del gobierno y delineó una perspectiva sombría para los bancos que después de la crisis se mantuvieron bajo control mayoritario de mexicanos. Una parte de sus declaraciones estuvo encaminada a sostener la necesidad de que el gobierno autorice la fusión del banco que dirige el más importante en la historia del país, con Bancomer, que ocupa el segundo lugar. Por otra parte, reiteró la petición al gobierno de que acelere la aprobación de las reformas legales pendientes (leyes de Garantías de Crédito y de Quiebra y Suspensión de Pagos, fundamentalmente), para tener un marco jurídico de mayor certidumbre para los bancos. Consideró que, sin esos cambios, la cartera vencida acumulada y los demás problemas financieros de los bancos continuarán. Concluyó que, sin las reformas solicitadas, será muy difícil revertir las tendencias del financiamiento bancario, que entre 1995 y 1998 se contrajo de manera alarmante.

Ya en la convención, el presidente de la Asociación de Banqueros de México reconoció los esfuerzos que han hecho las autoridades para apoyar a los bancos, sobre todo a través del Fobaproa. Pero sostuvo que el deterioro del sistema bancario se debe en buena parte a errores de la política financiera, por ejemplo el retraso en la aplicación de mecanismos preventivos en materia de crédito y el mal manejo de la política económica, que condujo a la devaluación del peso a fines de 1994 y a la elevación drástica de las tasas de interés a partir de 1995.

El secretario de Hacienda pidió a los banqueros no buscar culpables y los invitó a construir las condiciones necesarias para restablecer el flujo de crédito que requiere la economía. Entre ellas destacó la urgencia de capitalizar las instituciones (sobre todo de algunos bancos que permanecen en manos de mexicanos), el fortalecimiento de los mecanismos de supervisión y el mejoramiento de la eficiencia en la gestión de los bancos. Les recordó que los pilares de un buen sistema financiero son la confianza y la credibilidad, señalando que éstas fueron minadas por las acciones de algunos banqueros que actuaron sin profesionalismo, traicionando la buena fe de quienes les confiaron sus recursos. Por último, señaló que las autoridades redoblarán sus esfuerzos para prevenir y sancionar a quienes no se desempeñen con el valor ético que México demanda.

El reclamo directo y hostil de los banqueros mexicanos y la respuesta franca del responsable de las finanzas públicas da cuenta de una relación áspera entre ellos. Llama la atención la actitud de los banqueros mexicanos a quienes el gobierno trató con gran benevolencia antes y durante la crisis bancaria. No hay que olvidar, además, que entre los compradores de los bancos en el momento de su reprivatización destacaron antiguos propietarios de casas de bolsa que hicieron fortuna durante los ochenta, gracias al monopolio que el gobierno les concedió en la colocación de Cetes. Muy probablemente pensaron que la renta que recibieron durante esa época se mantendría con la compra de los bancos, sobre todo por la protección que el calendario del TLC les permitía frente a la competencia de bancos extranjeros. Sus expectativas respecto al futuro de los bancos los llevó a pagar precios que otros banqueros experimentados (como Manuel Espinosa Iglesias) consideraron excesivos.

Sin contar, en su mayoría, con la experiencia necesaria en el negocio bancario y sin llevar a cabo las reformas necesarias (sobre todo en la capacitación de los cuadros medios y la puesta en marcha de un buen sistema de evaluación de riesgos), los nuevos banqueros aprovecharon la disponibilidad creciente de recursos para expandir el crédito. La recuperación de este importante insumo de la economía había comenzado en 1989. pero con la reprivatización de los bancos y el flujo de ahorros que se registró en los años siguientes el financiamiento otorgado por la banca comercial a las empresas y las familias creció en términos reales al 16.5% en 1993 y al 32.4% en 1994.

Apoyándose en un marco legal atrasado y una supervisión frágil, los bancos constituyeron pocas provisiones para riesgos de la cartera de crédito (gracias a lo cual pudieron repartir dividendos generosos), a pesar de que la morosidad crecía a tasas muy elevadas. Según la información oficial, para 1993 la cartera vencida representaba el 7% de la cartera total, muy por encima del 2.4% que se tenía en 1990. Cabe señalar que esos indicadores reflejaban sólo parcialmente la verdadera situación de la cartera de crédito bancaria, en la medida en que los criterios con los cuales se calculaba la cartera vencida eran menos estrictos de los que se utilizan en otros países. Ahora esos criterios son semejantes a los prevalecientes a nivel internacional, de modo que las comparaciones entre el sistema bancario mexicano y otros sistemas de países desarrollados son posibles.

En 1994, a pesar del deterioro acumulado en la calidad de las carteras de créditos y la especulación que se generó contra el peso, los bancos decidieron expandir a una tasa más elevada su financiamiento al sector privado. En esta actitud jugó un papel importante la política monetaria seguida por el banco central para que las tasas de interés no sufrieran aumentos drásticos. Muy probablemente las autoridades consideraron que de haberse seguido una política monetaria más conservadora, como parecía imponerse dadas las presiones en el mercado de cambios, los incrementos en las tasas de interés habrían sido muy superiores a los que de hecho se registraron. En ese caso, los primeros afectados hubieran sido los bancos.

No hay que olvidar que desde principios de 1994 los precios de las acciones bancarias se desempeñaron menos favorablemente que el índice general de la Bolsa Mexicana de Valores, que sufrió una baja significativa a lo largo del año. Esa evolución mostraba la preocupación de los inversionistas respecto a la fragilidad que ya mostraban los bancos a finales de 1993 y, sobre todo, los riesgos que éstos corrían si se devaluaba el peso. La situación que los bancos tenían desde entonces era tan frágil que el presidente de la CNB V ha declarado que quizá la crisis bancaria habría estallado incluso si no se hubiese modificado el tipo de cambio.

La devaluación de diciembre de 1994 y el aumento drástico de las tasas de interés durante 1995 fueron el detonador de una crisis que se había gestado varios años antes y para la cual nadie estaba preparado. Las carteras vencidas, ya elevadas como se señaló más arriba, crecieron exponencialmente cuando los bancos aplicaron a sus deudores los aumentos en las tasas de interés que se iban registrando en las operaciones pasivas. Muchos de quienes hasta ese momento estaban al corriente en sus pagos se vieron imposibilitados para cubrir sus compromisos. La cartera vencida alcanzó niveles para los cuales no existían ni las provisiones ni el capital de respaldo necesarios. La gran mayoría de los bancos se encontró en la antesala de la quiebra apenas tres años después de su reprivatización.

Los primeros en reaccionar fueron los acreedores internacionales: el temor a una moratoria de parte de los bancos mexicanos los llevó a oponerse a cualquier renovación de los financiamientos que les habían otorgado. Para evitar un incumplimiento en los mercados internacionales, el Banco de México creó un programa temporal de financiamiento en divisas. Por otro lado, las dificultades para recuperar los créditos otorgados abrían la posibilidad de que algunos bancos no pudieran cumplir con los compromisos asumidos frente a los acreedores y los depositantes. De ahí surgió la necesidad de abrir una ventanilla de liquidez. Sin embargo, dado que el problema de los bancos no era sólo de corto plazo, sino de mala calidad de los activos bancarios y de insuficiencia en el capital, hubo necesidad de diseñar un programa tendiente a resolver simultáneamente esos dos frentes. El saneamiento de los activos y el fortalecimiento del capital se convirtieron en los instrumentos más importantes para proteger los pasivos. Sin esta protección. cabía el riesgo de una crisis de confianza de los depositantes y con ella el colapso total del sistema.

El Fondo Bancario de Protección al Ahorro (Fobaproa) se convirtió en el bombero oficial a través del cual se buscaría apagar el incendio declarado en el sistema bancario. Las orientaciones para el rescate bancario emanaban de la SHCP, el Banco de México y la CNBV. Dado que las reservas del Fondo eran totalmente insuficientes para prevenir el colapso del sistema, no quedó otra alternativa que apoyarse en las finanzas públicas. Sobre ellas descansó en lo esencial el apoyo que recibieron los bancos y los deudores. La otra parte provino de las aportaciones al capital que debieron hacer los accionistas de los bancos viables, a cambio de los apoyos gubernamentales. En su conjunto, a marzo de 1998 la carga fiscal resultante de los programas de rescate bancario y el apoyo a los deudores ascendía a más de 600,000 millones de pesos, la mayor parte bajo la forma de pasivos a cargo del Fobaproa. En este momento, como consecuencia de la capitalización de la casi totalidad de los intereses devengados, se calcula que el pasivo originado por la crisis bancaria supera los 700,000 millones de pesos.

Las medidas de rescate se fueron aplicando a remolque de los hechos. Nadie había previsto ni las instituciones adecuadas ni los medios legales necesarios para enfrentar una situación de estas proporciones. Se actuó bajo la presión de la crisis, conforme al método de ensayo y error. La discrecionalidad con la que se manejaron los programas de apoyo a bancos y deudores creó la duda respecto a la pertinencia y transparencia de muchas operaciones concretas, tanto en beneficio de los bancos como de algunos grandes deudores. Las críticas respecto al rescate bancario se concentraron en los criterios que se siguieron para decidir cuáles bancos debían ser intervenidos y cuáles debían mantener su operación más o menos en las condiciones prevalecientes hasta diciembre de 1994. En opinión de las autoridades supervisoras, la intervención se aplicó cuando la situación financiera era particularmente grave, cuando existían elementos para considerar que se habían cometido irregularidades graves o existía el riesgo de un mayor deterioro si la gestión de esas instituciones se mantenía en poder de sus propietarios. En este caso se encontraron finalmente bancos tan diversos como Unión, Cremi, Banpaís, Bancen, Inverlat, Banorie, Promnorte, Anáhuac, Interestatal, Confía, Sureste. Obrero, Industrial y Capital. Todo parece indicar que ninguno de estos bancos estaba en condiciones de sobrevivir a los estragos causados tanto por la mala administración como por los cambios en el entorno macroeconómico. Se salvaron de esta situación otros bancos cuya situación financiera llegó a ser también en extremo delicada, como Bancrecer, Serfin, Mexicano, Probursa. Atlántico y Promex.

Eso significa que de los dieciocho bancos reprivatizados en 1991-1992, más Banco Obrero y otras instituciones pequeñas cuya autorización es posterior a esos años, sólo cuatro salieron relativamente bien librados: Banamex, Bancomer. Banorte y Bital, además de otros bancos creados después de la reprivatización, como Inbursa, Interacciones, Ixe, Bajío, etc.

Visto el rescate bancario en su conjunto, el mayor rompecabezas se produjo con los quince bancos intervenidos. Entre los fraudes y la mala administración, las pérdidas sumaron varias veces el capital contable de las instituciones, que tuvieron que ser asumidas íntegramente por el fisco. Su monto, a marzo de 1998, superaba los 95,000 millones de pesos. El segundo grupo de seis bancos (Bancrecer, Serfin, Mexicano, Probursa, Atlántico y Promex), que no fueron intervenidos pero cuyos quebrantos financieros fueron también equivalentes a varias veces el tamaño de su capital, significó una sangría fiscal aún mayor que el grupo anterior: también a marzo de 1998 los apoyos fiscales requeridos por estas instituciones ascendía a 198.000 millones de pesos, aproximadamente, la mayor parte de los cuales se concentró en Serfin y Bancrecer. El grupo de los cuatro bancos que salieron relativamente bien librados de la crisis (Banamex, Bancomer, Banorte y Bital) y que se distinguen de los anteriores porque sus compradores originales pudieron mantener el control, también requirió apoyos fiscales muy importantes. En su conjunto, esos apoyos ascendieron, a la misma fecha que las cifras anteriores, a más de 100,000 millones de pesos. De no haber contado con estos recursos, los accionistas de estos bancos difícilmente habrían podido mantener el control de los mismos.

Cabe aclarar que las pérdidas que el fisco absorbió no fueron las únicas que se generaron como consecuencia de la crisis bancaria. También los banqueros tuvieron que absorber una parte, menor en monto que la asumida por el gobierno, pero significativa si se miran las cosas institución por institución. En el caso de los bancos intervenidos, los accionistas perdieron todo su capital. En el segundo grupo hubo bancos en donde los capitales se llevaron a cero, con las pérdidas correspondientes para sus dueños. Pero a diferencia del grupo anterior, los accionistas conservaron el derecho a suscribir parte de las nuevas acciones emitidas por las nuevas sociedades creadas. De ese modo, quienes compraron en 1991 el Multibanco Mercantil de México, luego convertido en Probursa, pudieron aportar recursos frescos para tener una participación minoritaria en el nuevo BBV; y quienes compraron el Banco Mexicano Somex, rebautizado como Banco Mexicano, pudieron adquirir una parte del capital del nuevo Santander Mexicano. En el caso de Serfin, Atlántico, Promex y Bancrecer, está por definir la participación que conservarán los viejos accionistas una vez que se concrete su transferencia.

Los cuatro bancos que se mantuvieron en manos de sus compradores originales también registraron pérdidas para sus accionistas y requirieron (y en algunos casos todavía requieren) ser recapitalizados a través de nuevas aportaciones de sus accionistas o de otras instituciones. En el caso de Bancomer, ya cuenta con la participación minoritaria del Bank of Montreal, Bital tiene, por su parte, a los bancos Comercial Portugués (de Portugal) e Hispano Americano (de España); y Serfin tiene una aportación pequeña de J. P. Morgan y otra, también minoritaria pero más importante, del banco inglés Hong Kong Shangai Bank. La estructura accionaria de estos bancos no es definitiva, si se considera la eventualidad de que el H. K. Shangai Bank tome el control de Serfin. Bital sea fusionado con otro banco y se autorice la fusión entre Banamex y Bancomer.

Después de tres años de turbulencias, 1998 parece haber sido el año de la recuperación. Los resultados a diciembre de ese año sugieren que de algún modo los bancos comienzan a recuperarse. En efecto, las utilidades del sistema bancario fueron, en 1998, 76% superiores a las correspondientes a 1997. Banamex obtuvo casi 5,000 millones de utilidades en el año (64% arriba de lo obtenido en 1997), en parte como consecuencia del aumento que registraron sus préstamos a las entidades gubernamentales (+401% entre 1997 y 1998), Banorte obtuvo 1,200 millones de pesos (27% más altas que en 1997), Bancomer obtuvo solamente 819 millones de pesos (59% menos que en 1997), Bital registró utilidades por 74 millones de pesos (70% más bajas que el año anterior) y Serfin tuvo sólo 127 millones (115% menos que en 1997). Cabe aclarar que buena parte de estas utilidades provienen de operaciones distintas a las que caracterizan la actividad bancaria. De ahí que no puedan considerarse como indicadores de mediano plazo.

Para 1999 se espera que las noticias bancarias sigan ocupando un lugar destacado en los medios. Los precios de las acciones de los grupos financieros han crecido extraordinariamente en los primeros meses del año (55% en promedio entre enero y abril de 1999), sobre todo como reacción de los mercados a la aprobación del IPAB y la eliminación de las barreras que impedían que las instituciones financieras grandes fueran controladas por capital extranjero. Sin embargo, este aumento espectacular sólo compensa en parte la caída de 1998 (de 53.7% en promedio), de modo que persiste la incógnita respecto a su evolución futura, que depende sobre todo de la evolución del entorno. En ese sentido, será importante conocer la política que siga el IPAB en cuanto a la transferencia o recomposición accionaria de los bancos Serfin, Inverlat, Bancrecer, Promex y Atlántico y a la conversión de los pasivos del Fobaproa en documentos negociables. Igualmente importante serán los resultados de las auditorías en curso.

Y, por último, pero no menos importante, será crucial para el futuro de los bancos la política que sigan las autoridades financieras respecto a nuevas autorizaciones bancarias. Si se opta por aumentar el número de bancos (mexicanos o extranjeros), para que el sistema bancario alcance más pronto un tamaño semejante al que tienen otros países respecto al PIB, se generará un problema adicional para los bancos existentes. En efecto, dado que la demanda de crédito proveniente de los deudores de riesgo razonable sigue siendo pequeña y con tasas de crecimiento previsibles muy modestas a pesar de las disminuciones significativas que han registrado las tasas de interés durante 1999, el aumento del número de oferentes se traducirá en una mayor competencia. Los más afectados pueden ser los bancos grandes, que han venido registrando una disminución en su participación de mercado. Tal vez por ello el presidente del Consejo de Administración de Banamex busque la fusión con Bancomer. El temor de un contexto de mayor competencia explicaría la hostilidad de sus declaraciones.

Dentro de poco se sabrá si el gobierno cede a las presiones de estos bancos. Dependerá en parte de la opinión de la Comisión Nacional de Competencia y de la postura que asuman los demás bancos, para quienes el resultado de esa fusión sería un cambio en la estructura bancaria en beneficio de los más grandes, con las desventajas que eso implica para los medianos y pequeños.    n

Ricardo Solís. Doctor en Economía. Profesor de la UAM- Iztapalapa.

Mariposas monarca: lujo y conjuro

Puerto libre

Mariposas monarca: lujo y conjuro

Por Ángeles Mastretta

Acudí al santuario de las mariposas Monarca, como tantos otros, urgida de asir uno de los milagros que la caprichosa vida nos regala porque sí, del mismo modo en que otras veces nos arrebata de dolor con su barbarie.

Hice el viaje con mis hijos de catorce y dieciséis años, más mi hermana, una mujer cuyos afanes de ecologista ejemplar son siempre buena compañía, con dos de sus hijos. Llegamos hasta el pueblo de Angangueo manejando una camioneta Jeep. Dos horas de camino desde la Ciudad de México, la desquiciante y asombrosa metrópoli que, a fuerza del irracional empeño de los mexicanos, sigue convertida en la más grande y quizá la más contaminada del mundo. Atributos ambos que no han conseguido arrancarle a su porte todo el embrujo que debió poseerla en siglos pasados, cuando era limpia y húmeda a la sombra de dos inmensos volcanes.

Angangueo es un pueblo de unos diez mil habitantes que dormita en Michoacán, preso de sus viejos hábitos, pero consternado durante el invierno por la visita contumaz de miles de turistas ávidos de unirse, aunque sea por unas horas, al portento provocado por la presencia de millones de mariposas migrantes que vienen cada año a embellecer los bosques mientras invernan.

Cuando llegamos nos rodeó un enjambre de niños que preguntaban anhelantes si queríamos que nos consiguieran uno de los camiones de redilas autorizados a subir hasta el santuario cercano a su pueblo: Sierra Campanario, uno de los cinco lugares en México a los que arriban las mariposas Monarca cada noviembre. En vilo y guiados por dos niños, bajamos de nuestro automóvil y quedamos uncidos a la suerte de un grupo de quince muchachos ruidosos que se apretujaron con nosotros, entre las altas redilas de un gran camión. De pie y, asomándonos por la luz que se colaba entre las tablas que nos sitiaban, vimos al camión entrar a un angosto y sinuoso camino de terracería. Durante media hora, alternativamente reímos o nos quejamos del zangoloteo al que nos estábamos sometiendo. A veces incluso nos preguntamos si valdría la pena tanto brinco en pos de una visión paradisiaca de la que empezábamos a dudar. Era el principio de marzo y el cielo estaba lleno de unas nubes oscuras que más anunciaban un aguacero que un portento. Sin embargo, nadie en aquel ajetreado camión propuso regresar al pueblo.

Los niños que se ofrecieron como guías conversaban con mi hijo intercambiando información del Internet por datos menos precisos, pero sin duda igual de sorprendentes. El nombre científico de las Monarca es Danaus plexippus. Y para llegar hasta aquí viajan entre cuatro y cinco mil kilómetros, a una velocidad promedio de entre doce y cien por hora —dijo mi hijo.

—Llegan millones y muchas se mueren en el bosque. Ya no regresan. Se quedan sobre la tierra haciendo un tapete anaranjado y negro que dura varios meses después de que las vivas regresan al país del que vinieron sus madres —dijo uno de los niños.

La conversación siguió entre brincos e interrupciones. Hubo de todo. Desde quienes estaban interesados en cómo durante el viaje se aletarga el sistema reproductor de las migrantes y sólo llega a su madurez al iniciarse la primavera, hasta los que sabían que cada hembra deposita unos doscientos huevecillos en el envés de la hoja de unas plantas del género de las Asclepias. Huevecillos de los que salen unas larvas que en muy poco tiempo crecen hasta doscientas veces su tamaño para entonces convertirse en crisálidas y ocho días después en las enigmáticas mariposas color azafrán que veríamos al llegar al santuario.

Alcanzamos por fin las faldas de un bosque bajo cuyo cielo conviven enormes oyameles, pinos, cedros, encinos. Frente a nosotros se abría una vereda ascendente, más o menos de un metro y medio de ancho, por la que empezamos a subir en silencio. Nos habían contado que ya en este camino podríamos ver a las mariposas, que vendrían en grupos a posarse sobre nuestros hombros y nuestra cabeza. Pero al parecer la fortuna no estaba con nosotros, porque nada veíamos.

El más conversador de los niños guías, el que más había enfatizado la necesidad de que subiéramos sin hacer ruido, dijo de repente:

—A ver si no les sucede como a unos japoneses que estuvieron aquí la semana anterior con muchas cámaras. Tres días pasaron quietos tratando de que las mariposas se menearan, pero como no hubo sol. ellas no se movieron de los árboles.

—¿En tres días? —pregunté yo segura de que nosotros no podríamos quedarnos ahí más de seis horas.

—Como usted lo oye. Se fueron muy decepcionados. Recordé que unos ciento cincuenta mil turistas llegados de todo el mundo visitan la zona en esta temporada.

—Algunos tienen que volver decepcionados —dije deseando con toda mi alma no contarme entre ellos.

Tras una caminata de cuarenta y cinco minutos rodeados de expectación y silencio nos sentamos en la cima de un monte, bajo los árboles. Bebimos el agua de nuestras cantimploras y empezamos a preguntarnos a dónde demonios se habrían ido las célebres mariposas.

—Miren allá arriba —dijeron los niños guías—. Allá en la punta de los árboles. Esos racimos que cuelgan de las ramas.

Todos levantamos la cabeza y abrimos la boca. Quietas y apretujadas unas contra otras, las mariposas formaban en efecto enormes racimos impávidos. Las miramos con llamas en los ojos. ¿Querrían volar y despertarnos al hechizo? Nada nos respondió sino el silencio. Las nubes sobre nosotros, sin embargo, se iban volviendo más claras que antes, menos grises, más nítidas. Una luz tibia empezó a filtrarse entre ellas mientras el viento nos rozaba la cara lleno de promesas.

—Va a salir el sol —dijo uno de los niños—. Suerte que ustedes tendrían si sale el sol después de siete días oscuros. Porque sólo con sol vuelan estas criaturas, son friolentas.

El tiempo abrió su abanico. Los jóvenes se habían aburrido y rompieron el silencio conversando en un murmullo sin tregua que sólo interrumpían para reír. Entonces salió el sol. Un sol como una piedra, como un relámpago, iluminó las copas de los árboles y entibió los racimos de mariposas. Las más grandes afuera, las más chicas adentro, protegidas del frío por las mayores, se movieron por fin. Una a una primero, de pronto todas juntas. Cientos, miles, millones, asaltaron el bosque, el sendero, el arroyo, nuestros cuerpos febriles y azorados. Como si no tembláramos, como si también árboles o flores fueran nuestros brazos, las mariposas rodearon nuestro júbilo. Criaturas inquietas y frágiles, caben tres en la palma de una mano, nos tomaron en vilo haciéndonos girar tras ellas, dentro de ellas. Son de un naranja encendido, las atraviesa un capricho de intensos hilos negros. Nos estremeció el milagro de su viaje, su voluntad de vivir, su diario heroísmo. Nada sino ceñirnos al lujo de mirarlas quisimos mientras duró la luz. Octavio Paz escribió unos versos que hoy repito cuando quiero evocar el conjuro de aquella tarde:

pasa la blanca tribu de las nubes,

rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,

perdemos nuestros nombres y flotamos

a la deriva entre el azul y el verde,

tiempo total donde no pasa nada

sino su propio transcurrir dichoso.     n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía.

De rural a policía

De rural a policía

Por Ernesto López Portillo Vargas

El gobierno federal cuenta, desde el 4 de enero pasado, con un cuerpo de seguridad pública denominado Policía Federal Preventiva (PFP). En ella se unifican y reorganizan las policías administrativas de Migración, Fiscal Federal y Federal de Caminos. Se trata de una poderosa fuerza policial que contará con diez mil elementos, situada bajo el control de la Secretaría de Gobernación y facultada para intervenir tanto en la prevención, como en la represión de los delitos, lo segundo a solicitud del Ministerio Público.

La función policial federal en México tiene antecedentes cuya evaluación nos permite afirmar que se ha desenvuelto históricamente fuera de los límites del Estado de derecho. Sin embargo, la PFP se instala en un contexto de creciente democratización, por tanto debe modificar los patrones tradicionales de actuación policial. De lo contrario, lejos de fortalecer el Estado de derecho, lo debilitará. El riesgo existe y lo avala la propia historia.

La primera función policial federal fue encargada a las Fuerzas Rurales de la Federación, comúnmente conocidas como “los rurales”. Concebidos a mediados del siglo pasado, fueron creados principalmente de entre las filas de los grupos de bandoleros, cuya presencia abarcaba prácticamente todo el país. Hacer de los bandoleros policías rurales, llegó incluso a institucionalizarse con Manuel Doblado, gobernador de Guanajuato, quien instaló formalmente un sistema para tal efecto, que al parecer fue imitado por otros gobernadores, además de haber sido un recurso ordinario del gobierno federal. Una de las discusiones más importantes de la criminología de nuestros días es el rol que juega el Estado ante el fenómeno de la delincuencia organizada. El desempeño de los rurales entre 1840 y 1910 confirma que la delincuencia organizada no es un fenómeno nuevo y que el Estado ha sido protagonista en su construcción.

El modelo que inspiró la organización de los rurales fue la Guardia Civil Española. Sin embargo, los estudios muestran que dicho modelo no fue trasladado fielmente. Un dato es revelador: mientras que los policías españoles fueron asignados fuera de su lugar de origen, para evitar la colusión con los funcionarios locales, a los rurales, en contrasentido a una de las reglas más elementales de gestión policial, se les envió a sus lugares de procedencia, supuestamente para mejorar el desempeño.

En un contexto de inestabilidad política, guerras intestinas, delincuencia desmesurada, pobreza endémica y debilidad institucional, el gobierno federal creó una fuerza policial que osciló entre entre 1,000 y 15,000 hombres, la cual, hacia la época de Porfirio Díaz, se convirtió en una verdadera organización delictiva, cuya impunidad fue garantizada por la función pública. Porfirio Díaz hizo de los rurales una fuerza de élite, bien pagada, dedicada fundamentalmente a proteger los intereses políticos y económicos que él representaba, así como a debilitar la fuerza del Ejército. La policía funcionó entonces como instrumento de imposición brutal, indiscriminada y violenta del “orden”. El costo fue el Estado de derecho mismo. Destaca el hecho de que en 1869, bandoleros y secuestradores perdieron las garantías constitucionales, y los excesos de la policía se tradujeron en la práctica cotidiana de ejecuciones sumarias. Se legalizó e institucionalizó el abuso y la policía fue introducida en un espacio de manipulación política, al asignársele la función de reprimir a la oposición política (por ejemplo, en 1880 se le encargó formalmente vigilar la actividad de los anarquistas). En este sentido jugó un papel fundamental la llamada Ley Fuga, legalizada en 1886, que consistía en la posibilidad de disparar al prisionero que intentara escapar. Se habla de 10,000 casos de empleo de este recurso durante el régimen de Porfirio Díaz.

Los rurales se constituyeron en eslabón de poder económico y político, negociando beneficios con los poderes locales formales (gobernadores) e informales (bandoleros), a lo largo de todo el país. El aspecto más relevante es que la policía fue originalmente construida sobre dos tendencias centrales: por un lado, se le comprometió con acuerdos y prácticas ilegales, funcionales a los intereses del poder en turno; y por el otro, generó en su interior una racionalidad propia sustentada en la arbitrariedad y la aplicación discriminada de la ley. La sujeción de la ley a un criterio de mera oportunidad llegó a tal medida que los rurales aparecían protegiendo una zona y delinquiendo en otra.

La mayoría de las denuncias sobre el comportamiento de los rurales conserva actualidad frente a la policía que tenemos 150 años después. Es otro contexto, por supuesto, pero hay un continuo histórico que en cierto sentido parece intacto; me refiero al vínculo policía-delincuencia. No pretendo detenerme en las anécdotas sobre la corrupción de la policía en sus muy diversas formas, la ciudadanía está saturada de ellas. No obstante, hay ejemplos particularmente reveladores: un estudio reciente publicado en Colombia habla de que la policía preventiva en la Ciudad de México cobra en sobornos cerca de un millón de dólares por día. Pero ningún diagnóstico de la policía, ya sea federal, estatal o municipal, la libera del fenómeno de la corrupción. Antes bien, toda definición actual de delincuencia organizada recupera la protección y participación del Estado, y en particular de los individuos encargados de hacer cumplir la ley.

Insertar a la policía en los límites de la ley, hacerla parte de la sociedad, ubicarla al servicio del ciudadano, democratizarla, es decir cambiar a la policía, equivale, si se me permite la expresión, a corregir la inercia de la historia. La PFP es un esfuerzo extraordinario que absorberá enorme cantidad de recursos. La ineficiencia en su empleo sería inaceptable. No se pueden repetir los errores que nos han llevado, por ejemplo, a tener aproximadamente un millón y medio de ex-policías en la calle. Se ha planteado que la PFP será un cuerpo renovado, profesional y plenamente controlado. Eso es lo más deseable; sin embargo, la historia de México no registra una experiencia como ésa, lo cual significa que es necesario diseñar medidas radicalmente distintas a las adoptadas desde hace un siglo y medio.

En otras latitudes, el cambio de prioridades para lograr contener y controlar el poder policial ha significado la creciente irrupción del ciudadano en las instituciones policiales. Ello ha generado diversas maneras de trabajo conjunto y permanente entre aquél y éstas. No ha sido fácil y se reportan resultados mínimos, aunque alentadores. Es el caso, por ejemplo, de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, El Salvador, Guatemala, Haití, Panamá y Perú, cuyas policías en algunos casos destacan por haber alcanzado niveles endémicos de corrupción y empleo brutal de la fuerza. Las actividades abarcan seminarios, conferencias, encuestas, boletines, consultas, financiamiento y supervisión internacional, involucramiento de las universidades, así como supervisión y denuncia ciudadana autónoma. Se trata de esfuerzos sociales concretos, cada vez mejor organizados, destinados a contener el poder de la policía dentro de los límites de sus respectivas constituciones. Es cierto, ningún país está a salvo de la violencia y el abuso policial extendidos, que en varios de ellos son expresiones institucionalizadas. Sin embargo, en esos países hay muestras claras de que la policía está efectivamente sometida a debate, y la voz ciudadana adquiere cada vez mayor influencia sobre la profesionalización y el control policial.

La fórmula parece sencilla, pero en realidad encierra enorme complejidad, ya que tiende, primero, a desnudar el poder policial frente a la sociedad a la cual debe su existencia, y segundo, a reformular las coordenadas en cuanto a su concepción, regulación, administración y operación. La lección es cardinal: parece ser que el detonador de una reforma policial efectiva y profunda no está, en principio, en la policía misma, sino en la comunidad. Hace 150 años los rurales iniciaron una larga historia de corrupción y violencia; hoy la Policía Federal Preventiva corre el peligro de abonar esa historia, pero también puede modificarla. El problema es que tal vez el punto de inflexión no está en ella misma, sino en el acceso al control ciudadano, es decir, en la transparencia, que es a su vez el puente hacia la confianza.         n

Ernesto López Portillo Vargas. Asesor de la Presidencia de la Comisión de Seguridad Pública en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Consultor y articulista.

100% Burgess

100% Burgess

Carlos Tello Díaz

Pronto se estrenará un remake de la clásica película de Stanley Kubrick, naranja mecánica, en este texto, Carlos Tello regresa al libro para darnos las claves literarias del novelista Anthony Burgess, que por cierto no aparecen en la película.

Anthony Burgess nació en 1917 y murió en 1993. a lo largo de su vida —que pasó a menudo fuera de su país, como suelen hacerlo los ingleses ilustrados— produjo una de las obras más diversas del siglo xx. Compuso jazz y música de cámara, así como también óperas y sinfonías.

Escribió dos piezas de teatro, una recopilación de versos, treinta y dos novelas y dieciséis libros de ensayo, entre ellos uno muy famoso sobre el opus magnum en el que James Joyce desperdició los últimos diecisiete años de su vida: finnegans wake.

Al final, Burgess fue reconocido más por su literatura que por su música y, dentro de su literatura, por su obra más famosa, aunque no, según él, la mejor: una pequeña novela que publicó en 1962, a Clockwork Orange. la novela cuenta la historia de “little alex and his droogs”: pete, georgie y dim (“dim being really dim”).

Comienza de manera memorable con una descripción de los tres amigos sentados en el Korova Milkbar, donde tomaban leche-plus antes de salir a la calle —alucinados— para disfrutar un poco de ultraviolencia.

La historia es obsesivamente simétrica: consta de tres partes, divididas a su vez en siete capítulos. La primera narra las aventuras criminales y fantásticas de Alex; la segunda describe la cura de su patología por medio de la técnica ludovico; la tercera detalla su calvario, repelido físicamente por toda forma de violencia, luego de su tratamiento en el “sinny” de la staja, a clockwork orange —”novela filosófica”, la llamó la revista time— plantea, en sus páginas, una de las cuestiones más viejas de la filosofía: ¿qué valor moral le podemos dar a las acciones de los hombres que no tienen libertad? en el libro, la respuesta es clara: ninguno.

Me apresuro a añadir, sin embargo, que más que una reflexión filosófica la novela es, antes que nada, una aventura lingüística. La historia está contada por Alex en un idioma brutal, inventado por él y por sus “droogs”, que revela su patología: el Nadsat. El Nadsat está hecho de palabras fabricadas, en su mayoría inspiradas en el ruso. Algunas son verbos (“smeck”, “slooshy”, “tolchock”); otras, nombres (“maskie”, “litso”, “britva”, “polly”); unas más, calificativos (“nagoy”, “malenky”, “grahzny”, “horrorshow”).

El significado de todas ellas, al principio indescifrable, despejado poco a poco con el paso de las hojas, hace que la novela sea, en efecto, una aventura del lenguaje, y más: una fiesta de palabras, pues en ella también abundan las voces más dispares: los acentos cockneys (“been here all time they have”, comentan unas ancianas, “not seen them move we haven’t”) y los giros isabelinos (“never fear”, proclama el protagonista, “if fear thou hast in thy heart, o brother”).

El carácter de los personajes es revelado con nitidez a través de su voz. así, el refrán del libro no puede ser más que éste: dime cómo hablas y te diré quién eres. ¿cómo trasladar del inglés —y del Nadsat— una obra cuyo personaje principal es el lenguaje? al español fue traducida como la naranja mecánica por Aníbal León para la editorial Minotauro, que la dio a conocer a fines de los setenta en buenos aires. la edición incluye al final del libro un glosario del Nadsat, hecho con ayuda de Burgess, buen conocedor del español. quien propuso la mayoría de las variantes fonéticas del idioma de Alex.

El léxico, además, está españolizado (un ejemplo: “droogs” = “drogos”), así que también en español es posible disfrutar la aventura lingüística de la naranja mecánica, en su explotación de las posibilidades del lenguaje —de sus significados ocultos, de sus valores fonéticos, de su extraordinaria flexibilidad— el libro de Burgess supera con creces la obra de su maestro, Joyce, que no supo conservar intacto el hilo de la comunicación en finnegans wake (obra que, por cierto, es posible gozar casi solamente en traducciones, que son ya, desde luego, aclaraciones).

La novela de Burgess traducida por la editorial minotauro está basada en la versión americana del libro, la misma que sirvió de guión a la maravillosa película de Stanley Kubrick. Ambas —novela y película— terminan en el capítulo sexto de la tercera parte con la famosa frase: “i was cured all right”. en ambas, Alex vuelve a ser el mismo de siempre: el joven fascinado con la ultraviolencia. Es la versión que yo conocía, la que había leído hacía siglos, en Nadsat, luego de ver la película de Kubrick. Ahora me sorprendió conocer la versión completa, la inglesa, que incluye el capítulo séptimo de la tercera parte. Este capítulo —que es más, en verdad, un epílogo— describe la transformación de Alex en un joven que opta por el bien. Así, la versión incompleta es una fábula; la completa, en cambio, es una novela, una que muestra la transformación del personaje. Burgess detestaba a Kubrick porque la gente prefería la película a la novela (es imposible no ver a “little Alex” con el rostro enloquecido de Malcolm McDowell —”your friend and humble narrator’). detestaba también a su editor americano por haber hecho famosa la versión incompleta de su novela —por haber sacrificado su novela: la completa—. La pregunta, sin embargo, es legítima: ¿cuál es mejor? no lo sé, aunque me parece, desde luego, terrible poder siquiera plantear esta pregunta.  n

Carlos Tello Díaz. Escritor. Su más reciente libro es Historias del Olvido.

La economía mexicana: ¿clara y distinta?

Cuaderno de Nexos

La economía mexicana: ¿clara y distinta?

Ricardo Raphael de la Madrid

Los más recientes indicadores de la economía mexicana son alentadores. La inflación se mantiene a la baja y, hasta hoy, todo parece apuntar que podría llegarse al objetivo de 13% propuesto para este año por la SHCP. Por su parte, el tipo de cambio permanece estable —experimentando incluso una ligera apreciación— y las tasas de interés continúan a la baja mientras la inversión fija bruta crece lentamente. Para coronar este escenario, el precio del crudo mexicano se está recuperando. Si bien las autoridades hacendarias argumentan que ello no implica un incremento significativo en los ingresos del Estado, lo que sí podemos sospechar es que. durante los meses por venir, el petróleo dejará de ser un dolor de cabeza.

Estos datos duros parecen indicar que los efectos negativos de la crisis financiera internacional han dejado en paz a la economía mexicana. En efecto, si ningún otro factor externo nos toma por sorpresa —como una disminución sensible en el consumo estadunidense durante el próximo año— el presidente Ernesto Zedillo podría cumplir con su promesa de evitar la ya clásica crisis de final de sexenio. Valga reconocer que, después de más de tres lustros de vaivenes económicos, los funcionarios de la SHCP y del Banco de México se han vuelto especialistas en tomar decisiones adecuadas para resolver problemas difíciles. En el presente podríamos decir que estos tres últimos lustros de crisis dejaron experiencias suficientes para formar a toda una generación en el arte de consolidar la salud de la macroeconomía mexicana.

Ahora bien, no obstante que hoy los cimientos del edificio económico parecen bien colocados para resistir ventoleras, como recientemente anotara Rolando Cordera, “en el país no hay nada que prácticamente indique que nuestra capacidad para aprovechar… el flujo (financiero internacional) haya mejorado”.1 El problema de fondo sigue siendo la forma en que está organizada la economía mexicana. Tanto la dinámica sectorial como el tejido institucional que le dan sustento continúan siendo inadecuados para ofrecer, a quienes detentan los instrumentos de producción, un marco de recompensas capaz de arraigar inversiones de largo plazo en nuestro país. En otras palabras, en México aún no hemos logrado crear ni el marco legal, ni la infraestructura ni las economías de escala tan necesarias para convertir a nuestro territorio en una región atractiva para la inversión dentro de este complejo mundo del comercio internacional. A estas deficiencias mayores —frente a las cuales el paradigma económico actual no ha podido responder— se suman otros elementos que, por sobados a lo largo de nuestra historia, no dejan de ser igual de relevantes: mientras —según la revista Forbes— México es el cuarto productor de multimillonarios en el mundo, la pobreza extrema afecta a más de una quinta parte de nuestra población. En paralelo, la brecha en las posibilidades reales de desarrollo entre el sur y el norte del país se sigue ampliando considerablemente, y las cadenas productivas que podrían incorporar a varios miles de mexicanos a los beneficios de participar en una economía global permanecen rotas.

De todas estas consideraciones, la que se revela como crucial es la imposibilidad material del actual Estado mexicano para participar en la reconstrucción de ese tejido de instituciones económicas y políticas que tanta falta le hacen al mercado mexicano para funcionar eficientemente. Si de algo no se puede hacer abstracción cuando se analiza la economía mexicana es de la anemia en recursos que padece el entramado de instituciones que conforman a nuestro Estado. Las cifras son simplemente alarmantes: mientras en Estados Unidos se recauda —vía impuestos— casi el 11% del PIB, en Chile cerca del 17% y en Europa más del 40%, la tasa de recaudación en nuestro país es de menos del 8.7%.

Siguiendo esta reflexión, ¿quién puede decir con toda seriedad. como lo hacen incesantemente los funcionarios de la SHCP, que en México lo que se practica es la “prudencia fiscal”? Lo que más bien se ejerce —con toda prudencia— es el arte de hacer que los ingresos y los egresos cuadren. Pero eso no debería hoy representar mayores glorias. Si después de intentarlo durante quince años nuestros funcionarios no hubieran podido equilibrar las finanzas, cualquiera podría empezar a sospechar de oligofrenia. El problema de la sanidad financiera del Estado mexicano está en otra parte: en cubrir la necesidad de recursos para que el Estado mexicano pueda funcionar eficientemente en el marco de un mundo globalizado.

Llama la atención que cada vez que la presente administración toca el tema económico, por lo general lo haga refiriéndose a los objetivos macroeconómicos. En algún lugar sorprende que los actuales funcionarios no hayan modificado ni los objetivos ni las técnicas para construir políticas económicas de tal manera que se vuelva posible profundizar en esos otros problemas que hoy enfrenta el país. Quizá no sólo se trate de necedad sino de una incapacidad de fondo. Quizá se haya agotado ya la potencialidad del paradigma económico utilizado por la actual generación de economistas en el gobierno para responder a las condiciones en las que está inmersa la sociedad mexicana. En otras palabras, todo pareciera indicar que el modelo mental aprendido —y muy bien aprendido— desde los años ochenta está sufriendo ya rendimientos decrecientes.

El fracaso está colocado, precisamente, en el éxito de las recetas otrora utilizadas. Es decir que los favorables resultados obtenidos por las políticas económicas aplicadas hasta hoy han impedido que se construya un nuevo entramado de programas y políticas tendientes a responder de manera más adecuada a la realidad mexicana. Por lo tanto, quizá sea ya tiempo de construir un nuevo paradigma económico capaz de desatar un proceso distinto para la elaboración de políticas económicas, y lo suficientemente coherente para modificar la orientación en la toma de decisiones.

Ahora bien, en cualquier sociedad la sustitución de paradigmas generalmente está precedida por un cambio político profundo. Como lo señala Peter A. Hall,2 en el ámbito de la política es muy probable que la adopción de un nuevo paradigma esté condicionada por significativos movimientos en el locus de la autoridad responsable de construir las políticas públicas. De darse, ese movimiento dependería no tanto de los argumentos que los especialistas esgriman, como del margen de maniobra que posean las facciones sometidas a la competencia por el poder. En otras palabras, “viendo el conflicto entre expertos, los políticos (que estén a la cabeza del Estado) tendrán que decidir a quién otorgan autoridad, sobre todo tratándose de materias donde lo que impera es la complejidad del conocimiento”.

La pregunta pertinente se vuelve, entonces, si la maquinaria política mexicana, tal como hoy existe, es capaz de promover el nacimiento de un nuevo paradigma económico. Es decir, si realmente una generación de expertos preocupados por problemas y soluciones distintos puede llegar a ocupar posiciones en el entramado institucional donde se construyen las políticas económicas. Es demasiado pronto para responder a esta pregunta. Lo que hoy sabemos es que el año próximo habrá elecciones presidenciales y que la contienda electoral podría ser un estupendo caldo de cultivo para incorporar nuevos talentos y conformar ese nuevo paradigma.

Ello, desde luego, solo sería posible si las campañas no se quedan en el nivel donde hoy se encuentran: en el marasmo provocado por el personalismo, la polarización y la vacuidad. En el presente ningún partido ha hecho propuestas económicas para el Estado mexicano que realmente emerjan como novedosas. Todos, incluyendo a los miembros del partido gobernante, apelan a soluciones y recetas que provienen del pasado. Por ello, lo fundamental sería, en efecto, desprenderse de las tan acariciadas victorias para enfrentarse, con toda energía, a la construcción de un discurso que, coherente, pueda organizar la estructura de la economía mexicana de tal forma que los problemas nuevos y los ancestrales puedan ser resueltos también con éxito.            n

1 Slim y la economía”: La Jornada, 2 de mayo de 1999.

2 Peter A. Hall: Governing the Economy: The Politics of State Intervention in Britain and France. Oxford University Press, 1986.

Ricardo Raphael de la Madrid. Politòlogo. Profesor del CIDE.

Dos élites en pugna

Dos élites en pugna

Por Jorge Carpizo

Cuando era estudiante de la Facultad de Derecho de la UNAM, en los años sesentas, uno de los sociólogos más leídos era C. Wright Mills, autor de La élite del poder. En 1964 el Fondo de Cultura Económica publicó una recopilación de sus ensayos que, bajo el título de Poder, política, pueblo, había agrupado Irving L. Horowitz un año antes.

Desde aquellos tiempos no había vuelto a leer a Mills. Del libro me acordaba muy poco, únicamente que unos cuantos ensayos me habían interesado. Con motivo de un artículo que estaba redactando decidí releer algunos de aquéllos. El último ensayo se intitula “Sobre el conocimiento y el poder”, escrito en 1955 y en referencia exclusiva a los Estados Unidos. Ese país es hoy diferente al de aquella época pero varias de las reflexiones de Mills aún le son aplicables.

Siempre he estado persuadido de que en virtud de que la naturaleza humana es la misma orbi et urbi, en el tiempo y en el espacio se encuentran semejanzas o similitudes. Nada es idéntico pero, a veces, es parecido o muy parecido porque nuestras acciones son frecuentemente estimuladas por las ambiciones, las frustraciones, las pasiones, los resentimientos, el apetito del poder, el anhelo de riquezas.

Al releer ese ensayo me ha sorprendido que diversos párrafos parecen describir al México actual, que el bisturí del sociólogo norteamericano puede ser útil en la comprensión de diversos hechos de nuestro país en los días que transcurren. Desde luego, puedo estar equivocado; en tal virtud, dejo que cada lector extraiga sus propias conclusiones, por lo que transcribo algunos de los párrafos que más guardan esa posible similitud.

• “A través de semejante ataque a hombres e instituciones de prestigio establecido, la ruidosa derecha ha apelado no a los económicamente descontentos, en absoluto, sino a los frustrados en cuanto a la posición. Su impulso ha venido de los nuevos ricos, de las pequeñas ciudades y las regiones más vastas y, sobre todo, del hecho del enconado resentimiento hacia el status que han sentido estas clases recientemente prósperas que, habiendo hecho una considerable riqueza durante y después de la Segunda Guerra mundial, no han recibido el prestigio ni obtenido el poder que consideraban merecido”.

• “Han hecho evidente el lugar central que ahora tienen en el proceso gubernamental la policía secreta y las ‘investigaciones’ secretas, hasta el punto de que ahora debemos hablar de un gabinete fantasma, basado en considerable medida en nuevas formas del poder que incluyen la grabadora, el detective privado, el uso y la amenaza difundidos del chantaje. Y han dramatizado un resultado político del vacío y la banalización de la sensibilidad en una población que, durante una generación, ha estado constantemente y cada vez más sometida a la trivialización de los medios de masas de entretenimiento y distracción”.

• “Los intelectuales políticos han sido abrazados por la actitud conservadora. Entre ellos no hay demanda ni disensión, ni oposición a las monstruosas decisiones que se hacen sin un debate profundo ni extendido, en realidad sin ningún debate en absoluto. No hay oposición a la manera antidemocráticamente impúdica con que la política de las altas autoridades militares y civiles es simplemente presentada como hechos consumados. No hay oposición a la inconciencia pública en todas sus formas ni a todas aquellas fuerzas y hombres que la favorecen. Pero sobre todo —entre los intelectuales—, hay poca o ninguna oposición al divorcio del conocimiento y el poder, de las sensibilidades y los hombres en el poder, no hay oposición al divorcio de la conciencia y la realidad”.

• “Para los hombres que llegan ahora típicamente a los más altos círculos políticos, económicos y militares, el resumen y el memorándum parecen haber sustituido no sólo al libro serio, sino también al periódico. Esto se debe quizá, como debe ser, a la inmoralidad de las realizaciones, pero lo que es un poco desconcertante en torno a todo esto es que estos hombres están por debajo del nivel en que podrían sentirse un poco avergonzados del nivel poco cultivado de sus entretenimientos y de su situación mental y que ningún público intelectual, por sus reacciones, trata de educarlos para que sientan esa inquietud.

“A mediados del siglo XIX, la élite norteamericana se ha convertido en una raza de hombres totalmente diferentes de aquellos que podrían, razonablemente, ser considerados como una élite cultural o, cuando menos, como hombres sensibles y cultivados. El conocimiento y el poder no están realmente unidos dentro de los círculos dominantes; y cuando los hombres de conocimiento llegan a un punto de contacto con los círculos de los hombres poderosos, no es como iguales sino como empleados. La élite del poder, la riqueza y la celebridad no está formada por la élite de la cultura, el conocimiento y la sensibilidad. Además, no está en contacto con ella, aunque los bordes banales y ostentosos de los dos mundos coinciden en el mundo de la celebridad”.

• “La mayoría de los hombres tienden a suponer que, en general, los más poderosos y los más ricos son también los más conocedores o, como se diría, los más listos. Estas ideas son estimuladas por muchos pequeños lemas acerca de ‘los que enseñan porque no pueden hacer’ y sobre ‘¿si es usted tan listo, por qué no es rico?’. Pero lo único que significan estos ingenios es que quienes los emplean suponen que el poder y la riqueza son valores soberanos para todos los hombres y especialmente para ‘los que son listos’. Suponen también que el conocimiento siempre produce esos beneficios, o debiera producirlos, y que la prueba del verdadero conocimiento es precisamente ese beneficio económico. Los ricos y poderosos deben ser los hombres de mayor conocimiento; de otra manera, ¿cómo podrían estar donde están? Pero decir que quienes llegan al poder deben ser ‘listos’ es decir que el poder es conocimiento. Decir que quienes logran la riqueza deben ser listos equivale a decir que la riqueza es el conocimiento”.

• “No es la bárbara irracionalidad de los senadores rústicos y obstinados lo que constituye el peligro norteamericano; son los juicios respetados de los secretarios de Estado, las honestas perogrulladas de los presidentes, la temible honradez de los sinceros políticos norteamericanos de la asoleada California lo que constituye el principal peligro. Porque estos hombres han sustituido la conciencia por la perogrullada, y los dogmas por los cuales son legitimados son tan ampliamente aceptados que ningún contraequilibrio de la conciencia prevalece frente a ellos. Hombres como éstos son realistas locos que, en nombre del realismo, han constituido una realidad paranoide propia y, en nombre de la práctica, han proyectado una imagen utópica del capitalismo. Han sustituido la interpretación responsable de los acontecimientos por el disfraz del significado en una confusión de relaciones públicas, el respeto del debate público por nociones poco sutiles de la guerra psicológica, la capacidad intelectual por la agilidad del juicio sólido y mediocre y. además, la capacidad para elaborar alternativas y medir sus consecuencias por el rasero del ejecutivo”.

• “Sólo cuando la conciencia tiene una base autónoma, independiente del poder, pero poderosamente relacionada con ésta, puede ejercer su fuerza en la conformación de asuntos humanos. Esta posición es democráticamente posible sólo cuando existe un público libre e informado, al que pueden dirigirse los hombres de conocimiento y frente al que son realmente responsables los hombres de poder. Este público y esos hombres —de poder o de conocimiento—, no prevalecen ahora y, en consecuencia, el conocimiento no tiene ahora importancia democrática en los Estados Unidos”.  n

Jorge Carpizo. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

Ciudad de libros

Ciudad de libros

Acero y cristal

Vladimir Nabokov: El ojo Alfaguara. Barcelona, 1999. 107 pp.

Para alentar los homenajes, acaba de reeditarse una de las novelas más desconcertantes de Vladimir Nabokov. Pertenece a los años rusos y se presenta al lector como un bello acertijo que se resuelve a condición de no descartar ningún detalle. La trama importa mu; poco. Lo que importa es la arquitectura novelística, la manera en que Nabokov concibe una estructura de acero y cristal, sólo accesible para quienes caminan y no para quienes corren por los libros.

Los rigores del arte

Ben Okri: Amor peligroso Ediciones del bronce. Barcelona, 1998.444 pp.

La obra del novelista nigeriano Ben Okri emerge de paisajes tocados igualmente por la magia y la opresión. Al mirarnos en el espejo de su escritura, descubrimos una riqueza sólo equiparable a la que logró Salman Rushdie con Hijos de la medianoche. No es fácil escribir una historia de amor. Ben Okri lo consigue con Amor peligroso, oponiendo los rigores del arte al fuego helado de la violencia política.

It’s time

Ernst Jünger: El libro del reloj de arena Tusquets. Barcelona, 1998. 310 pp.

¿Qué es un reloj de arena? No una ampolleta de cristal sino tiempo vivo que habita en lo más profundo. Ese tiempo no es el de la mecánica ni el del ritmo solar; es el tiempo de la reflexión y la creación artística. Así concibe Jünger a esos objetos emblemáticos a partir de los cuales escribe una historia del tiempo y de cómo los hombres lo han concebido, padecido y aun perdido.

Isaac Martínez

Goytisolo en el jardín de autores que se bifurcan

Goytisolo en el jardín de autores que se bifurcan

Por Julio Ortega

En su novela Las semanas del jardín, Juan Goytisolo se bifurca en 28 voces que tienen como propósito común contar la vida de un tal Eusebio, de quien se sabe que era poeta y que en 1936 -en pleno ascenso del fascismo- fue recluido en un manicomio. El pasado, desmitificado, deja lugar aquí a un presente que fluye como un estremecimiento. Historia y biografía se entrecruzan en un jardín de senderos que se bifurcan.

En su novela Las semanas del jardín. Un círculo de lectores (Alfaguara, 1997) Juan Goytisolo nos entrega a mano abierta todas las claves desde la primera página: 28 narradores dedicarán tres semanas a escribir una novela colectiva sobre la vida de un supuesto poeta, Eusebio, de quien se sabe fue internado en un centro psiquiátrico de Melilla en julio de 1936, al comienzo de la rebelión franquista. Nos convoca, asimismo, al relativismo autorial de semejante proyecto: “acabar con la noción opresiva y omnímoda del autor”. Pero también nos advierte de las dos versiones avanzadas por este anónimo narrador plural: unas postulan que Eusebio fue reeducado por los psiquiatras del manicomio; las otras, que logró huir y se transfiguró en otro u otros. Cada narrador abunda en detalles de vivacidad contradictoria y fecundidad episódica. Pero todas las cartas sobre la mesa, en una novela de estirpe bizantina como ésta, con lleva la estrategia retórica del tahúr que, en el jardín de autores que se bifurcan, marca unas y esconde otras cartas y coartadas. La novela que no acaba de empezar es aquella que no termina nunca, tal vez como una memoria herida que el juego del arte conjurase y el fuego de la historia avivase. En este trabajo quisiera adelantar algunas observaciones sobre el discurso mediador entre la historia y la literatura, el relato biográfico; pero, sobre todo, sobre el plano autorreflexivo que implica una biografía imaginaria.

Esa novela de Goytisolo se despliega como un ejercicio posibilista en la retórica de la “vida imaginaria”. En su arte de birlibirloque, de transformaciones y verificaciones que mutuamente se fecundan, las muchas versiones cotejan y oponen trayectos probables, testigos posibles, y las aventuras apócrifas del tal Eusebio, el oscuro poeta menor, cuya biografía incierta es un cálculo de improbabilidades pero también la íntima desazón de una mayor incertidumbre. Después de haber imaginado varias vidas de impugnación del relato totalizador y autoritario que ha pasado por la biografía monológica de España, Juan Goytisolo parece decirnos ahora que no hay un género capaz de confirmar una existencia española y que cualquier proyecto biográfico es su vasta puesta en duda. Quizás esta novela sugiere que una vida española es, en verdad, inenarrable, por sus orígenes disputados y desenlaces contrarios; y que cualquier vida es cualquier otra, su simulacro y su extravío en la gran resta biográfica que sería España. En efecto, el hilo que recorre el libro es una soterrada pregunta sobre el relato del yo en español: ¿cómo escribir una biografía española que no fuese una larga reparación?

Inventar la vida de un supuesto poeta, en el peor de los tiempos españoles, el de la guerra civil, permite a la novela re-trazar la inexorable secuencia histórica y preguntarnos por los varios yo que callan, aun cuando discurren, en este Sujeto de guerra. Esta novela reescribe en ese archivo ceniciento el gesto de su desenfado y brío creativo, con liberalidad, humor y vehemencia. Como si liberado del trauma del origen español, el relato pudiese remontar el camino, cruzar a la otra orilla, y reanimar las voces de una aventura vivencial contraria a la muerte, favorable al deseo, al juego y al eros transgresivo.

Imaginar, así, una vida de miseria y decadencia es reconocer el drama que media entre el archivo de la bio y la potencialidad de la grafía. Porque estos narradores reinician una y otra vez la una para rehacer la otra. De ese modo, la escritura de una vida no es su documentación, por muy verosímil que pueda ser su origen y esquivo su destino, sino su interpretación. Y así cada narrador provee una versión improbable, tentativa y, al final, tan válida como otra. Quizás en contacto con la escritura toda vida se torna múltiple. La grafía conlleva su propia bifurcación: cualquier vida posible sólo puede ser una doble vida. Eusebio y Eugenio, el traidor y héroe, el comunista salvado del fusilamiento y el delator aniquilado por la delación, el paria huido y el místico enmudecido, el personaje de Potocki y el de Pirandello o Valle Inclán. Son dobles máscaras de una misma vida, liberada en el fervor creativo de una escritura que no busca la verdad histórica sino las certidumbres reveladas. Al yo público, al yo privado y al yo íntimo (que según Carlos Castilla del Pino representan al sujeto), la novela añade el yo imaginado, que crece de relato propio en una matriz nacional hecha por la censura y el castigo, por la confesión forzada y la culpa multiplicada. A la pregunta por qué no hay autobiografías en España se ha solido responder “por pudor”. Esa autocensura ha sido rota, ciertamente, por Juan Goytisolo y Castilla del Pino.

Justamente esta doble faz de la grafía (ese doble valor de la moneda del país narrativo) multiplica la vida, desatándola de su penuria en el cuento, y librándola incluso de la culpa y el perdón, de la cotidianidad del mal. Esta es seguramente la novela de más brío lúdico que ha escrito Juan Goytisolo, aunque el subrayado irónico sea no menos incisivo que la denostación. El fervor cervantino por las desventuras, el quebranto y la desazón que la incólume realidad española impone a los héroes de más triste figura, recorre esta novela con su espanto y sonrisa. Por lo demás, el fulgor del relato reverbera en el paisaje narrativo: evoca el colorido sensorial de Suetonio y el sabor episódico de Bocaccio, la elocuencia celestinesca como la delectación de La Lozana. Y la maliciosa sátira literaria se suma a la comedia de la vida colonial.

Tratándose de Juan Goytisolo, la ductilidad imaginativa no podía ser gratuita. Pronto, el conflicto se instaura como la forma interior de esta fluidez. Aquí se trata del escenario biográfico del franquismo; es decir, de la imposición autoritaria que forma al sujeto con su violencia, horror y control. Esta representación del poder franquista como una fuerza intrínseca que convierte a la vida privada en castigo público, y que obliga al ostracismo y la mudez como vía de expiación, tiene en la novela una función matriz: la biografía es una reescritura de la herida histórica. El sujeto es rehecho por esa maquinaria de muerte. Contra ella la novela es, primero, su réplica antisistemática, un objeto ilegible en los términos del lenguaje sometido. Segundo, la novela levanta su contraescenario, la inconsecuencia narrativa de una vida sin un relato que la descifre y la archive. Si el franquismo busca reeducar a un sujeto arcaico, la novela lo saca del clóset nacionalista. Si el discurso vencedor sentencia y manipula, la novela tolera y exculpa. La novela es una caja de Pandora: salen de ella una y otra recusación de los hechos. Esa veracidad crítica no tiene fondo, y es una desfundación de la vieja España desde el entrecruzado hispano-arábigo de sus claves de placer y conjuro.

Con todo, la vida censurada ha hecho carne. Decide la forma del sujeto hasta oponerlo a sí mismo para humillarlo y negarlo.

Declara la mala conciencia que actúa como mala fe. Al final, esta novela nos dice que la subjetividad española moderna se ha gestado en la escena original franquista, allí donde el deseo es una violencia y el lenguaje una negatividad. El sujeto es reformulado por las prácticas de la confesión; debe aprender a castigarse, rehabilitarse y reeducarse. La vida franquista es literal y monológica: la penuria española penitenciaria. Allí el asomo del deseo se ha convertido en escenario del crimen.

Juan Goytisolo, nos percatamos ahora, ha reescrito la historia de la subjetividad española a partir de los signos contrarios que la sociedad excluye, desde los contrarrelatos oficiales de hibridación y mezcla, y ejercitando la independencia crítica y solitaria de su margen descentrado. Esa subjetividad es un mapa de la violencia: contra el otro, contra la diversidad, contra los que se negaron a la prohibición. Es también un espacio homofóbico. Su lenguaje de la verdad única supone el desvalor de los otros. Es, en fin, una subjetividad ocupada por la vida cotidiana y su represión internalizada e identidad normativa. En ese espacio, la narrativa de Goytisolo se propone desde el ejercicio de la crítica y la denuncia, las respuestas de la transgresión y de la risa.

Esta subjetividad autoritaria hoy nos parece remota gracias a los derechos de la vida democrática ganada por la España de la transición, pero no deja aún de asomarse en usos, gestos y decires racistas, machistas y fundamentalistas; y se ilustra muy bien en el habla canalla de cierta prensa visceral y maledicente, cuya estética demótica revela una ética degradada. También por eso, es importante el hecho de que el mismo año de 1997 se hayan publicado dos versiones distintas y convergentes de la subjetividad española durante el inicio del franquismo. Una es la extraordinaria reconstrucción debida al psiquiatra Carlos Castilla del Pino, Pretérito imperfecto (Tusquets), un libro estremecedor que nos revela, con la fuerza del escándalo moral, cuánto nos habíamos olvidado de la brutalidad de la vida cotidiana bajo la dictadura. de esa mezcla de arbitrariedad radical y represión impune que programó la subjetividad, forjada entre la censura y la clandestinidad. La otra versión es esta festiva y a la vez inquieta versión novelesca de Juan Goytisolo, que frente a la melancolía cervantesca de aquellas memorias resulta de una paralela ironía cervantina. En lugar de la arqueología del panteón franquista, la ironía novelesca se propone la reescritura que lo exceda, para hacer circular en esa subjetividad cartografiada el espacio de fuga, el deseo de signo contrario y la contracorriente de la risa.

Claro que esta novela no puede dejar de consignar el horror de esa educación de censuras; y hasta el astuto personaje de Eugenio Asensio (una suerte de Baldomín sin espejos) podría estar en la galería de personajes inverosímiles que Castilla del Pino ha tenido la precaución casi monstruosa de recordar fielmente. Ambos libros se ceden incluso los instrumentos de tortura: Goytisolo adelanta en su novela el uso del electrochoque como terapia psiquiátrica franquista; mientras que los días del alzamiento tienen, en el libro de Castilla del Pino, la zozobra novelesca de la matanza casual. Y seguramente no hay novela que pudiese haber imaginado la escena en que Castilla del Pino refiere, a pie de página, la crudeza de un tiro de gracia. La muerte es una maestra de Alemania, escribió Paul Celan del nazismo. La muerte es un énfasis folklórico español, podrían haber escrito Castilla del Pino o Goytisolo.

Pero no en vano Las semanas del jardín lleva como subtítulo Un círculo de lectores. Porque esta es una novela que se escribe de un modo y se lee de otro. Escrita mientras es leída, por sus autores; es leída mientras se escribe, por nosotros, sus lectores. Pero de pronto ocurre que ambos coincidimos, no porque el lector se haya vuelto autor, como en la práctica de lecturas internas de Cortázar o García Márquez; sino porque todo se da en el probabilismo de la lectura. El mundo que no está fijado en la escritura, es desatado de su último lazo por el lector. Al final, es el lector quien le da sentido a la novela. Puede leerla como un ejercicio gozoso de autorías implicadas e inferidas, que discurren entre preguntas retóricas, ponen a prueba los contratos de veridicción, y se disputan el curso desmentido del relato. Pero también podría leer esta novela como el proyecto de componer un rostro que termina proponiendo dos: el poeta y su doble, la vida improbable y la escritura probatoria, la historia fantasmal y la ficción factual.

Pero también es posible leerla como una metáfora sobre el fin del franquismo. Sobre su traslado interpretativo, bajo las teorías culturales de la diversidad histórica, presididas por el pensamiento heterodoxo de Américo Castro, a las que se opusieron varias opciones tradicionales ortodoxas. En verdad, esta novela pasa por el horror de la marca de hierro franquista pero tal vez sea la primera que lo exorciza plenamente. No hay ya disputa por la verdad de la historia: hay debate por la voz de ultratumba que se enuncia, al final del libro, como verdad y ficción, hombre y mujer. Ya no como un personaje en busca de autor sino como un lector de su propio relato disputado a la historia. Es decir, al final la novela no le devuelve la palabra a la verdad histórica sino a la verdad relativa de la lectura, a esa ficción donde la nueva subjetividad ya no requiere disputar las certidumbres sino dejar que la incertidumbre campee, desde una vida sin cuento, para una lectura sin pasado.

Gracias a escritores como Juan Goytisolo y a novelas como ésta, quizás el pasado, por fin, haya terminado, y empiece el estremecimiento de una imaginada libertad.         n

Julio Ortega. Crítico literario. Entre sus libros, La contemplación y la fiesta y El principio radical de lo nuevo

Kosovo y el derecho internacional

Kosovo y el derecho internacional

Por Javier Tejado Dondé

En días recientes hemos sido testigos de una serie de ataques aéreos a Yugoslavia por los Estados Unidos y los demás miembros de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN). Esta ofensiva, argumentan, tiene como objetivo proteger a una minoría étnica, los kosovares-albaneses, que es expulsada e incluso exterminada por los serbios. Los aliados dicen encontrar las razones para bombardear Yugoslavia en los fundamentos del derecho internacional y argumentan que se está violando la Convención sobre Genocidio de 1948. Los especialistas que apoyan este tipo de intervenciones lo hacen sobre la base del derecho de injerencia. Aseguran que este derecho autoriza a actuar por motivos “humanitarios”, reconociendo que este tipo de intervenciones es el último recurso cuando las medidas pacíficas han fracasado. El argumento supone un complejo juicio moral, especialmente considerando las grandes tragedias humanas que han ocurrido en años recientes en Somalia, Ruanda, Iraq y en los Balcanes.

Sin embargo, la mayoría de la naciones y los estudiosos de las relaciones internacionales no justificarían intervenciones militares con el argumento de proteger a minorías étnicas. Este argumento podría dar pie a un gran número de abusos. Además, los Estados interesados en intervenir militarmente tendrían motivos políticos que los llevarían a buscar una solución acorde a sus propios intereses.

Lo que ocurre en Yugoslavia no justifica, bajo el derecho internacional vigente, el uso de la fuerza. La Carta de las Naciones Unidas prohibe a todas las naciones, en su artículo 2(4), recurrir a la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. Como excepción, sólo autoriza el uso de la fuerza en dos supuestos; para la legítima defensa (artículo 51), y cuando lo autoriza el Consejo de Seguridad para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales (artículo 42).

Es claro que el primer supuesto sólo favorece a Yugoslavia, pues la autoriza a defender su territorio de las agresiones de los países miembros de la OTAN, y que el segundo supuesto difícilmente se podrá materializar ya que China y Rusia, miembros permanentes del Consejo de Seguridad con derecho a veto, se oponen a la intervención.

Por lo tanto, la OTAN está violando la Carta de las Naciones Unidas y también sus propios estatutos, pues en sus artículos 1 y 7 establece la observancia de la Carta de las Naciones Unidas, y en su artículo 5 autoriza el uso de la fuerza sólo para repeler agresiones contra sus miembros, algo que no ha ocurrido en sus cincuenta años de existencia.

Para actuar de acuerdo a los principios de las Naciones Unidas se tendría que contar con la autorización del Consejo de Seguridad. el único órgano calificado para autorizar el uso de la fuerza, tal como ocurrió en 1991, cuando mediante las resoluciones 661 y 678, y bajo el amparo de capítulo Vil de la Carta de las Naciones Unidas, autorizó el uso de la fuerza para obligar a Iraq a retirarse de Kuwait, y cuando, en 1994, mediante la resolución 940, autorizó la creación de una fuerza multinacional para restablecer el gobierno electo en Haití.

Si bien el derecho internacional sólo reconoce como supuestos universalmente válidos para el uso de la fuerza los dos avalados por las Naciones Unidas, también se han llegado a reconocer, no sin oposición, otros tres supuestos que justifican el uso de la fuerza: la adopción de una resolución por un organismo regional, la protección de nacionales, y la intervención por invitación.

Como ejemplo de la adopción de una resolución que autoriza el uso de la fuerza por un organismo regional tenemos el bloqueo naval realizado contra Cuba por los Estados Unidos en 1962. Una vez que se descubrieron los misiles soviéticos en territorio cubano, el Consejo de la Organización de los Estados Americanos (OEA) ordenó el desmantelamiento de estas armas ofensivas y autorizó, bajo el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca de 1947, que sus Estados miembros tomaran las medidas necesarias, incluido el uso de la fuerza, para que el gobierno cubano dejara de recibir armas que pusieran en riesgo la paz y la seguridad en el continente americano.

El otro supuesto se refiere a la protección de nacionales y se aplica cuando un Estado realiza una intervención armada limitada con la finalidad de proteger o rescatar a sus nacionales de un peligro inminente en territorio extranjero. Hay académicos que incluso ven esta hipótesis como una ampliación del supuesto de legítima defensa. Sin embargo, para llevar este supuesto a cabo dentro de los márgenes del derecho internacional, existen tres condiciones a cumplir: a) debe existir un riesgo inminente a nacionales; b) el Estado soberano en donde se encuentran dichos nacionales es incapaz de defenderlos, y c) la intervención debe estar limitada a la protección o rescate de los nacionales.

Este es el supuesto que argumentó el Reino Unido para su intervención en Egipto durante la crisis del Canal de Suez en 1956, los Estados Unidos para su intervención en la República Dominicana en 1965, y los israelitas al rescatar en Uganda a sus ciudadanos secuestrados en 1976. También fue uno de los argumentos que Estados Unidos empleó al invadir Granada en 1983. al señalar que estaba protegiendo a unos cientos de nacionales que habitaban la isla, la mayoría estudiantes de medicina en la Universidad de St. George’s.

Por último, la intervención por invitación ocurre cuando un gobierno, en su calidad de autoridad legalmente establecida y soberana, solicita la presencia de tropas extranjeras en su propio territorio con la finalidad de restablecer el orden público. En este caso destacan las “invitaciones” que realizaron para la intervención norteamericana, respectivamente, el Gobernador General de la Isla de Granada en su intento por reestablecer en el poder al gobierno del Primer Ministro Maurice Bishop y someter a los golpistas encabezados por el general Austin y, en 1989, el gobierno democráticamente electo de la República de Panamá para remover del poder al régimen del general Noriega. Los conflictos empiezan cuando se trata de discernir si el gobierno que solicita la ayuda está legalmente establecido y no pide la intervención extranjera con el propósito de coartar las libertades de sus ciudadanos. Es claro que mientras más dudas existen sobre la legitimidad de un gobierno, como es el caso cuando estalla una guerra civil, se vuelve más difícil sustentar este tipo de intervención bajo el derecho internacional. Nada impide a un gobierno legalmente establecido a solicitar y recibir ayuda militar. Sin embargo, el país que envía la ayuda militar tiene la obligación de demostrar, aun después de recibir la invitación, que su intervención en ninguna forma violentará el derecho de los ciudadanos para decidir su futuro político o la composición de su gobierno.

En conclusión: el principio de no intervención está estrechamente ligado con los principios que establecen que los Estados soberanos son acreedores de plena independencia y soberanía. Un Estado cuya jurisdicción interna pueda ser cuestionada y violada, en desacato del derecho internacional, por un organismo internacional o regional, o por países poderosos actuando como policías, no es independiente ni soberano.

Quizás en el fondo sea válido pretender que la defensa de ciertos derechos humanos sea razón suficiente para aceptar intervenciones militares. Pero en derecho internacional la forma es igual de importante que el fondo y querer modificar los principios de no intervención, independencia y soberanía de los pueblos no tiene ningún apoyo de gobiernos ni académicos.

Además, usar el argumento de la protección de minorías como sustento de una intervención militar puede dar lugar a un sinnúmero de abusos. En todo caso, y previo consenso entre las naciones, la limitación a la soberanía sólo se podría llevar a cabo en casos extremos y violaciones graves de ciertos derechos humanos fundamentales, como bien podría ser el genocidio. Por ello, si en algo puede avanzar el derecho internacional no es en cambiar el principio de no intervención por alguna otra regla, sino en interpretarlo, para que de forma clara, y observando el derecho internacional en su totalidad, se adapte a la realidad y aspiraciones de nuestros días.      n

Javier Tejado Dondé. Profesor del Departamento de Derecho del ITAM.

El último de los placeres. Lo divino

El último de los placeres

— Gastronomía—

Lo divino

Entre mis mejores amigos hay gente que se ha pasado la vida entera sin acordarse de los tres tiempos sagrados de las comidas, y que es incapaz de fijarse si la sopa seca de fideos que les ponen enfrente es una sinfonía de jitomate, queso e hilos dorados de pasta o una atroz masa pegajosteada. Son, sin excepción, gente de altos valores morales y vocación altruista, pero me preocupa su vida espiritual. ¿Espíritu sin pasión? ¿Pasión sin cuerpo? ¿Cuerpo sin alimento? ¿Alimento sin alegría? No entiendo cómo no preocuparse por lo que nos sustenta.

Por ejemplo: Jesús de Galilea era de muy buen diente. Leyendo con atención el Nuevo Testamento se ve clarísimo que el Cristo de los Evangelios se interesa mucho por la comida. Sus parábolas están llenas de cenas y de festines. Siempre está previendo en qué casa él y sus discípulos habrán de tomar sus alimentos. Reconoce sin problemas que no es muy dado al ayuno: “vino Juan, que ni comía ni bebía”, apunta, irónico, “y dijeron: ‘está endemoniado’. Viene ahora el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen:

‘ ¡He aquí un tragón y bebedor!’”. (Mateo 11:18) Cuando le da hambre, se pone de mal humor: “sintió hambre. Y al ver a lo lejos una higuera llena de hojas, se acercó a ver si encontraba algo en ella, pero al llegar sólo encontró hojas, pues no era tiempo de higos”. El error no ha sido del árbol, pero Jesús de todas maneras hace que se marchite (Marcos 11:13).1

Su interés, sin embargo, no es solamente por la comida; tratándose de su propia hambre, no es capaz de lograr que dé peras el olmo o tan siquiera higos la higuera. Tratándose de la comunidad que surge alrededor de una mesa, hace milagros. En el Nuevo Testamento cura leprosos, resucita muertos y expulsa demonios, pero también se da tiempo, en repetidas ocasiones, para el milagro aparentemente superfluo de multiplicar los alimentos —no para nutrir a los desamparados (aunque en su prédica les haya dado tan particular lugar), sino para asegurar que la muchedumbre que lo acompaña tenga un almuerzo como Dios manda—. “Me da mucha lástima esta gente”, dice en Marcos 8:2 , “pues lleva tres días a mi lado y no tienen qué comer, y si los envío a sus casas sin comer se van a desmayar por el camino”. Entonces, consternado, hace que el pescado y el pan rindan para cuatro mil.

Me gusta sobre todo el cuento de las bodas de Caná,que narra solamente Juan Evangelista. Alguien se ha casado—no sabemos quién— y entre los invitados están Jesús y su madre. En algún momento María va afligida con su Hijo y le cuenta que se ha acabado el vino. Jesús, que suele ser brusco con su madre, le contesta: “¿Y qué te importa eso a ti y a mí, mujer?”. En efecto, no son los invitados los que tienen la obligación de poner la bebida en los casamientos (a menos que se trate de su propia boda, como han especulado muchos exégetas).

En todo caso, María, quien parece ser una madre insistente, manda a los sirvientes de la casa a que le repitan la queja a su hijo. Y he aquí que a ellos Jesús no les dice que El no tiene como oficio andar haciendo milagros estúpidos en las fiestas. Dos personas se han casado, la gente lo está festejando y es menester que haya con qué celebrar. Hace un milagro: convierte el agua en vino. Es el maestresala de la casa el que hace notar con ojo profesional que es muy buen vino. (Juan 2:10)

¿Y qué otra cosa podría hacer un hombre verdaderamente sabio? Tener convidados, pensar en sus gustos, poner la casa bonita y luego echarla por la ventana, ofrecer este antojito tan sabroso y luego esta receta que me pasó una amiga, traer a los mariachis y descorchar otra botella, todo por el simple placer de hacerlo, es participar en un ritual que salva a cualquiera de la desesperación existencial. Si bien es cierto que sólo los seres humanos fabricamos chismes envenenados y armas mortales, también es verdad que ningún cuadrúpedo sabe ser hospitalario.

Los demás mamíferos no tendrán jamás el gusto de contemplar alrededor de la mesa una guirnalda de caras felices y sonrojadas por la risa, el postre y el vino, ni de despedir ya entrada la noche al último solitario invitado que nos agradece con un “¡Qué rico estuvo!”. Ni tampoco está ese placer al alcance de todos los mortales. Los anfitriones que sirven comida prefabricada o fría, que sientan a sus comensales a una mesa sin un solo adorno, que tocan sinfonías de Mahler o música banda durante toda la velada, y que les duele el codo a la hora de sacar la última botella jamás accederán a la gloria. Ahora que, convertir el agua en vino, solamente Cristo.

La muerte no le quita a Jesús ni lo hambriento ni lo hospitalario. En el último capítulo del último Evangelio, Juan Evangelista, el más metafísico de los que narraron los hechos de Cristo, habla del último terrenal encuentro del Jesús resucitado con sus apóstoles, que van regresando de la pesca al amanecer con las redes vacías. Ellos no lo reconocen ni siquiera cuando les hace la siguiente pregunta: “Muchachos, ¿por casualidad tienen algo qué comer?”.

Cuando ellos le contestan que no. Jesús les instruye a que echen sus redes nuevamente al agua, mismas que sacan con “ciento cincuenta y tres” peces grandes. Con este milagro los discípulos reconocen nuevamente a Cristo y se lanzan en su barca hacia la playa donde él los mira. “Cuando saltaron a tierra, vieron una hoguera y un pescado colocado sobre ella, y pan… Jesús les dijo: ‘Vamos, almuercen…’” y comió con ellos.

Por eso me chocan los malos anfitriones; porque no leen con cuidado la Biblia.  n

—Alma Guillermoprieto

1 Cito en todos los casos la traducción directa del griego de los cuatro Evangelios de Sergio de la Peña, de Editorial Aguilar.

La dolarización en perspectiva

La dolarización en perspectiva

Por Carlos Martínez Ulloa

La frontera nunca ha impedido el avance de nadie, sólo lo ha retrasado.

Robert D. Kaplan

En los últimos meses se ha puesto de moda presionar al gobierno para que adopte un programa que conduzca a la unificación monetaria de las Américas, en particular y por lo pronto con los Estados Unidos, medida que se interpreta como una extensión natural del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. El origen de esta inquietud pudiera ser múltiple, pero exacerbado por las siguientes razones: los cada vez más frecuentes desórdenes en los mercados financieros globales, la manera como han sido afectados los países emergentes y su necesidad de acceder a vastas sumas de recursos para sortear tales eventos; la recurrencia de una crisis sexenal en México, sobre todo ante la fracturación ideológica y estructural que amenaza a los tres principales partidos políticos y el descontrol social que pudiera surgir, y el fracaso abierto de los programas económicos de los gobiernos recientes, que se han propuesto abatir la inflación y han causado, por contra, el constante debilitamiento del valor externo de la moneda y un deterioro masivo en los niveles de bienestar.

Una nueva crisis económica de proporciones similares a las de 1976, 1982, 1987 ó 1994 seguramente causaría, ahora sí, un golpe mortal a la credibilidad y capacidad de maniobra del gobierno en curso e incluso un daño irreparable a las instituciones; esto pondría en entredicho la vigencia del enfoque liberal que ha caracterizado la gestión de las últimas administraciones y propiciaría una etapa de revisionismo económico y un caos generalizado. Un par de guerrillas declaradas pero no resueltas, un nivel de vida que no mejora suficientemente y un patrón de distribución del ingreso que acentúa la inequidad. son factores que subyacen en la tesis de quienes identifican en las crisis cambiarías la causa fundamental que ha erradicado los largos periodos de estabilidad y desarrollo del “milagro mexicano” de 1940-70. De ahí la insistencia y la urgencia por implantar un sistema monetario que evite esta eventualidad y permita retomar el crecimiento sin inflación. Para evaluar su viabilidad, habría que revisar los aspectos históricos, económicos y tecnológicos involucrados en tal decisión. Es éste un avance en esa dirección.

La integración de las sociedades (y por tanto las economías) mexicana y norteamericana, no es un fenómeno que se inició con la globalidad imperante, más bien la antecede y de hecho la explica, si bien regionalmente. En pocos países del mundo, tan ajenos históricamente, se ha dado una complicidad e integración tan marcada. Como es natural, diferencias tan grandes en los grados y niveles de evolución cultural y económica, han propiciado una influencia más marcada del vecino poderoso del norte sobre el país que aún lucha por su formación y consolidación política y económica. En un reciente trabajo acerca de la transformación y futuro de Norteamérica, Robert D. Kaplan sostiene que el proceso de integración entre las sociedades de México y Estados Unidos avanza de manera inexorable. Convenios de hermandad y cooperación recíproca como los de Phoenix-Guaymas, Tucson-Los Mochis, Dallas-Chihuahua, etc., tienden a multiplicarse. Esto confirma la sentencia atribuida al historiador francés Fernand Braudel:1 la geografía es el factor extremo que determina todo lo que existe. Condicionados por la vecindad y unidos por un esquema sui-géneris de conveniencias mutuas, vastas zonas comunes están sujetas a una sorda y silenciosa fusión, como las de Texas y el noroeste de México, California y los estados del centro y Pacífico mexicano, la península de Yucatán y el sureste norteamericano. Ese movimiento integrador no viene de arriba, como resultado de conveniencias macroecónomicas de integración entre mano de obra barata y flujos financieros que buscan un mejor rendimiento, sino básicamente de un impulso que se genera desde abajo, del mismo instinto de conservación entre ambos países. Para los mexicanos es un afán de progresar, de sobrevivir, de aliarse y beneficiarse con la cercanía de la metrópoli. Para los estadunidenses es una forma de protección estratégica, una defensa contra posibles flujos migratorios de países también americanos, pero posiblemente más conflictivos y poblados y, por distantes, más inmanejables y menos sujetos a la amenaza, el chantaje y la presión política. Esta relación no carece de problemas. Pero una conciencia pragmática y el sentido de conveniencia mutua evitan que esta relación pueda volverse catastrófica, lo que confirma su carácter de vital, estratégica y de seguridad nacional. Paradójicamente la geografía se ha encargado de acercar a México más a los Estados Unidos que a la misma América Latina, justificando lo que Jorge Luis Borges ya en los años setenta sentenció: “México es para nosotros (los argentinos) un país remoto”.

Los sistemas productivos de ambos países han ido desarrollando un natural sentido de complementaridad que, al menos hasta la formalización del TLC, no podría atribuirse a la decisión concertada entre ambos gobiernos para promoverla, reglamentarla o encauzarla. Las migraciones temporales o definitivas de trabajadores mexicanos hacia los Estados Unidos han tenido una contribución significativa para resolver la escasez de mano de obra y las presiones en el precio de los salarios en aquel país, explicando en parte la mayor bonanza económica de su historia reciente. A su vez, los paquetes financieros encabezados y orquestados por el gobierno de Estados Unidos le han permitido a México sortear las crisis económicas en las últimas décadas.

Con el TLC se ha acentuado la tendencia para fijar los flujos migratorios en este lado de la frontera, a través de importantes montos de inversión de empresas norteamericanas que toman así ventaja de la cercanía y los bajos costos de la mano de obra. Esto explica el notable crecimiento de varias ciudades fronterizas, beneficiadas por una pujante red de empresas transnacionales que se han convertido realmente en binacionales, creando una nueva cultura híbrida, receptiva a las fórmulas y métodos modernos de producción, característicos de la globalización. Así, en 1980 Nogales contaba con la tercera parte de los habitantes actuales, situación que se asemeja a la ocurrida en Hermosillo y muchas otras ciudades de la franja fronteriza, condición que tiende a extenderse a aquellas ciudades del interior que cuentan con la infraestructura propicia.

Este fenómeno ha señalado al sector exportador como el más dinámico de la economía mexicana de los últimos años, lo que ha facilitado que el gobierno le transfiera la responsabilidad de ser el motor del crecimiento. Así, de exportar 23,000 millones de dólares en 1989, se ha pasado a 130,000 millones de dólares en la actualidad: la tasa de crecimiento anual de las exportaciones es cercana a tres veces la del total de la economía. Cuatro quintas partes de las exportaciones se destinan a los Estados Unidos, las importaciones cuentan con una distribución similar; no obstante el tamaño y la importancia global de la economía norteamericana, México es su segundo socio comercial, tan sólo por abajo de Canadá pero adelante de Japón: estos hechos confirman que el destino económico del país es inequívoco e irrenunciable.

En el caso de Estados Unidos, si bien la relación no es tan marcada (20% de su comercio es con América Latina y, de éste, 10% con México), su importancia comercial y financiera es estratégica. De otra manera no se justificarían los esfuerzos para hacer florecer el flujo comercial y financiero entre ambos países. Así, cuando México retrocede, el sur de los Estados Unidos se convierte en zona de desastre. Cuando este último país se estanca, en México hay recesión.

Aquí resalta una vez más la importancia de mantener la estabilidad cambiaria en México, para que esta asociación comercial cumpla la función económica que el gobierno le ha asignado y que resulta simétrica a la existente entre Estados Unidos y Canadá, dada la hegemonía global de la economía norteamericana y su importancia vital para el resto del continente. Suponer que este condicionamiento geográfico implica una pérdida de la identidad nacional, resulta una apreciación errónea. No lo ha sido en el caso de Canadá, Puerto Rico o de los mexicanos que han emigrado a los Estados Unidos. Sin embargo, los conceptos de nación y de soberanía sí han entrado en una etapa de redefinición como resultado de la globalización.

Nadie como los ex-presidentes de México, receptores en su oportunidad del poder omnímodo del Estado, para opinar sobre este fenómeno. López Portillo: “el nacionalismo le va quedando chico a las soluciones globales, porque estorba al perfil del futuro. Los organismos internacionales reprimieron implícitamente a la Revolución Mexicana y sus concepciones como ideología nacional. Y por ello dejó de hablarse de la Revolución”. Miguel de la Madrid: “se han adquirido compromisos internacionales en materia de comercio e inversiones (OMC-TLC) y de orden financiero (FMI) que han limitado el margen de maniobra de la política económica”. Carlos Salinas: “al final del siglo se generaron notables fuerzas económicas que están llevando a borrar fronteras económicas y algunas nacionales, por lo que la globalización se ha vuelto inevitable y la democratización indispensable”.2 Pero la pérdida del poder del Estado no ha sido sólo a manos de las empresas transnacionales, sino del sector privado en general. Es éste ahora el responsable del avance económico, la creación de empleos y la producción y distribución de bienes incluidos en la noción misma del bienestar. Y es aquí precisamente, en la frontera de esta redefinición de conceptos, donde cabría la inquietud de si la rectoría del Estado que reclama ahora el gobierno como su tarea fundamental en el campo económico, debe incluir de manera irrenunciable la de mantener la emisión de una moneda propia.

Las últimas décadas registran un avance tecnológico sin paralelo en la historia de la humanidad. Sin embargo, éste será menor aún en comparación con el futuro inmediato. En los Estados Unidos tomó veinticinco años para que la invención del teléfono cubriera al 10% de la población. Comparativamente se requirieron sólo diez años para que el servicio de internet fuese utilizado por el 25% de la misma. Actualmente, las empresas que trafican y venden por este conducto tienen un crecimiento explosivo. Se reporta que el tráfico por internet se está doblando cada cien días y que el “comercio por internet” significa ahora un valor equivalente a 200,000 millones de dólares, y que se espera se incrementen a 954,000 millones para el año 2002.

La revolución en los sistemas de comunicación ha afectado la vida cotidiana en múltiples direcciones, pero sobre todo en los métodos de producción, comercialización y en particular en el medio financiero, lo que implica que el uso del billete y la moneda esté declinando rápidamente. Los sistemas de pago y compensación electrónica (E-cash systems), ya sea por computadora o tarjeta electrónica, abarcan ya campos nuevos que incluyen prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana: pago de cuotas de carreteras, el metro, las colegiaturas, servicios médicos, mercancías, etc…, y la tecnología implícita continúa avanzando todos los días. Esto converge en un mero ajuste de saldos entre personas, empresas y naciones: el software es y permite todo. Las diferencias entre este último y el dinero están desapareciendo rápidamente, creando así una nueva moneda: la electrónica, que para expanderse internacionalmente requiere tan sólo de una base de comparación estable y común (moneda de referencia). En ello estriba el atractivo para múltiples países de adoptar formalmente el dólar como su medio de cambio. El desarrollo de los derivados financieros y el mercado de futuros propuso resolver las incertidumbres que dificultaban las operaciones financieras y comerciales. Sin embargo, ha distado mucho de ser una solución accesible y definitiva: por ejemplo, no obstante el desarreglo monetario y las devaluaciones del peso mexicano que lo llevaron de una cotización de 12.5 pesos por dólar en 1976 a 9.5 pesos a la fecha, sólo recientemente (veintitrés años después) se inauguró oficialmente el mercado de derivados en México. Estos hechos avalan la hipótesis de que la adopción del dólar resulta una medida intermedia, en tanto se logra la integración abierta de los mercados financieros en base a un sistema global y electrónico de pagos.

Mientras esto sucede, la integración natural, en marcha, entre las sociedades y las economías mexicana y norteamericana es ya un proceso irreversible, dentro del cual la integración monetaria empieza a ganar en significación y adeptos. El crecimiento de las exportaciones y la mayor participación de los bancos foráneos para que realicen la intermediación financiera que su contraparte mexicana no ha querido o podido realizar, sólo será plenamente posible cuando se eliminen los riesgos cambiarios. No es factible que una economía del tamaño de la mexicana pueda crecer secularmente sin una banca sólida y activa. De lo contrario, las perspectivas de crecimiento tendrán un horizonte limitado. A la vez, el panorama de la banca nacional se modificaría dramáticamente si tan sólo se le permitiera la captación en dólares.

Tienen razón, sin embargo, quienes afirman que la dolarización por sí misma no es la solución a todos los males o una medida que podría implantarse en el corto plazo. Existen prerrequisitos que cumplir y tiempos que observar. No obstante, convendría desde ahora fijarla como meta y caminar hacia su consecución. De otra manera la modernidad continuará alejándose y la solución a la pobreza postergándose. Con la misma lógica resulta también cierto que de haberse crecido a tasas suficientes y sin inflación esta proposición sería innecesaria. Lamentablemente, la posición del gobierno mexicano ha sido contraria a dialogar abiertamente sobre el tema, visión confirmada por Alvin Toffler, quien afirmó hace poco: “el que el gobierno adopte la postura de aferrarse a estructuras del pasado impide que se otorgue la importancia que tiene la tecnología y el poder del conocimiento. Lo que necesita México es una visión del futuro, de la tecnología global, necesaria para adaptarse al cambio”.4

El avance tecnológico hasta ahora ha aceptado la coexistencia del papel moneda y el dinero electrónico. Sin embargo, el primero tiende a disminuir y el segundo a aumentar. Inclusive, con el predominio del dinero electrónico se controlaría de manera más efectiva el narco-dinero, se evitaría la falsificación de los billetes y se disminuiría la evasión fiscal, toda vez que las transacciones electrónicas pueden ser fácilmente identificables. ¿Un futuro ilusorio? Tal vez, pero ciertamente la tecnología avanza en esa dirección, lo cual tiene convencido a Alan Geenspan de que no es conveniente regular este mundo nuevo con criterios e instrumentos tradicionales. Ciertamente, el cambio tecnológico está redefiniendo la economía y las finanzas tradicionales. Tal vez si se reconocieran las tendencias geográficas, históricas y tecnológicas aquí reseñadas, el país entero podría entrar a la discusión seria de cómo resolver los mayores obstáculos al progreso.   n

1 Fernand Braudel: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo. Fondo de Cultura Económica. 1976.

2 “¿Qué ha cambiado en la Presidencia? Responden los ex-presidentes”. Nexos. Abril / 1999.

 4Excélsior, 16 de abril de 1999.

Carlos Martínez l’lloa. Director General de INGEFIN Internacional S. C.

Reflexión sobre una ensalada china

Foro de Nexos

Reflexiones sobre una ensalada china

Por Carlos Salinas de Gortari

México y el mundo viven momentos de cambios vertiginosos que exigen reflexiones mesuradas y atentas. Viejas preocupaciones reaparecen bajo miradas nuevas y temas nuevos reclaman inteligencia a la hora correcta. Nexos abre un espacio para debatir las implicaciones y el rumbo de estas tendencias. Se trata, sobre todo, de ejercer la crítica, de profundizar en los grandes temas nacionales e internacionales. Inauguramos el Foro de nexos con las respuestas, otra ve: puntuales y profesionales, de Carlos Salinas de Gortari, Humberto Roque Villanueva y Jesús Silva-Herzog F. a las lecturas críticas que realizó un grupo de escritores y analistas políticos y que publicamos en nuestro número anterior (Nexos 257). Incluimos también una carta de Jorge G. Castañeda.

Al inicio de 1986, un analista de la realidad mexicana que había colaborado íntimamente en la administración del presidente López Portillo publicó un agudo y penetrante análisis en Foreign Affairs, que la revista Nexos reprodujo en español. Después de evaluar el difícil tránsito del ajuste económico de los ochenta, cuyo origen, según ese autor, estaba en “el colapso financiero” de 1982, advertía que “el único modo de modernizar la economía es a través de reformas que van contra la corriente reciente de la historia económica del país y de su política económica”. De acuerdo a su texto, sus reformas radicales se podían agrupar en seis propuestas:

• Reducción del sector público de la economía, pues “éste se ha convertido en un sistema altamente oneroso”. Por eso, señalaba que, frente a las prácticas de amortiguar el impacto de las realidades sociales mediante la estatización de empresas, “no existe hoy justificación para mantenerlas, dada su inviabilidad económica”.

• Eliminación de la tradición proteccionista y del “complicado sistema de permisos previos de importación, trabas burocráticas y de barreras arancelarias y no arancelarias”, pues este sistema “creó una industria nacional que en general produce bienes de mala calidad y alto precio… El país no puede seguir subsidiando, a través de la inflación y de la falta de competencia, a un sector industrial ineficiente”.

•      También proponía revisar “el sistema de tenencia de la tierra” pues el costo económico de mantenerlo “ha sido alto”. Su propuesta era radical: “La solución evidente consistiría en suprimir el ejido, creando así un mercado más libre de la tierra, de inversiones y de mano de obra en la agricultura mexicana”. Sin embargo, reconocía que “los costos políticos y sociales de dejar sin tierra a una parte sustancial de la población rural serían astronómicos. Por ello ningún gobierno siquiera se ha atrevido a tocar al ejido”.

•      Igualmente, proponía modificar las leyes mexicanas de inversión extranjera que exigían un 51% de propiedad mexicana. Y sobre todo, evitar “lo que eufemísticamente se han llamado ‘cambios en las reglas del juego’ durante los setenta”. Si México quería atraer “más de 2,000 millones de dólares” en ingresos netos de divisas por concepto de inversión extranjera “esto aparentemente sólo se logrará con cambios importantes en la legislación vigente”.

•      Recortes significativos en los subsidios al consumo y a la industria.

•      Por último, una renegociación de la deuda externa que permitiera la reducción radical del pago de intereses “para financiar el crecimiento que haga que las reformas económicas sean políticamente factibles”.

Con particular sagacidad, el autor reconocía la enorme dificultad política de realizar reformas tan ambiciosas. Así lo escribió: “Todas estas reformas… son costosas en términos políticos, desestabilizadoras económicamente, tienen largos periodos de maduración y empañarían la imagen progresista y nacionalista del gobierno. El sistema político mexicano está acostumbrado exactamente al tipo de reforma contraria: de altos rendimientos políticos, indoloro políticamente, cortoplazista y más acorde con la retórica tradicional del gobierno”. Por eso concluía, acertadamente: “El costo político de cada una de estas reformas es alto; el precio a pagar por todas ellas juntas podría ser prohibitivo”.

El artículo se llamaba “México at the brink” (“México en la orilla”). El autor era Jorge G. Castañeda.1

Reformas como las que Jorge G. Castañeda proponía en 1986 fueron llevadas a cabo durante mi administración, junto con otras que se realizaron para darle viabilidad al país en el mediano y largo plazos. Tenía razón Castañeda en que no eran reformas cortoplazistas y en que el costo político a pagar por todas ellas juntas era prohibitivo. Lo sigo cubriendo. Y sobre todo, conviene recordar que cada una de esas reformas eran de una complejidad tal que no podía esperarse que, al convertirlas en realidad, se alcanzara la perfección de una propuesta como la que estuviera contenida en un escrito. La realidad de la acción política es muy compleja. Sin duda hubieron insuficiencias al aplicarlas.

Cuando Castañeda escribió este artículo, seguramente lo hizo derivado de una profunda reflexión. También, seguramente, lo hizo con convicción. Por eso resulta extraña su conclusión en el ensayo crítico que publicó en el último número de Nexos: “La visión según la cual se discrepa de algunos ‘medios’ salinistas pero se aprueban los fines, o se escogen, a la carte, algunas reformas y otras no, algunas políticas y otras no, es pueril o falsamente ingenua (…). La mía es clara: contra el salinismo en su conjunto, ahora y entonces”.2

Una posición maximalista, es decir del “todo o nada”, como la que Castañeda adopta en ese párrafo final, poco contribuye a un debate constructivo sobre las propuestas que se requieren. Pero, además, resulta sorprendente ante las posiciones que había sostenido con anterioridad, como lo ejemplifica su artículo de Foreign Affairs.

Jorge G. Castañeda ha sido reconocido como inteligente y perspicaz. ¿Cómo explicar entonces este viraje? Me parece que conviene intentar dilucidar los motivos de su peculiar comportamiento, pues puede contribuir no sólo a la exégesis de su breve ensayo, sino a comprender las razones que pueden estar detrás de muchas otras críticas aparecidas en los últimos años.

Sugeriría dos explicaciones: la primera estaría en que sólo dos años después de proponer reformas como las de su artículo en Foreign Affairs, en 1988 Castañeda se vinculó intensamente en la campaña presidencial del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. La propuesta del ingeniero Cárdenas no se parecía en nada a lo que había presentado Castañeda. Resultó derrotada. Pero en lugar de que Castañeda se sumara a un programa de gobierno que incluía precisamente reformas como las que había propuesto en ese artículo, utilizó su energía y su talento para oponerse a ese programa.

Debo reconocer que, al hacerlo él y otros, su oposición resultó funcional a muchas de las reformas que se realizaron entre 1989 y 1994, pues se crearon condiciones que facilitaron la negociación de esas reformas al cohesionar a los que las promovían. Por ejemplo, la presión a favor del medio ambiente hecha por las ONG’s durante la negociación del Tratado de Libre Comercio fue decisiva para que el TLC tuviera un alto contenido ambientalista. En ese caso podría decirse que un no permitió un sí.

Sin embargo, parecería que el afán de Castañeda por justificar su vinculación con un proyecto que resultó derrotado en 1988, sólo le permitió encerrarse en una oposición a ultranza, la cual lo ha llevado al maximalismo (y que tiene derivaciones peculiares, como su obsesión en tratar de probar que en 1988 no perdieron).

La segunda explicación estaría vinculada a la primera. Durante años, Castañeda ha construido su clientela de lectores y admiradores alrededor de su oposición maximalista. Parecería que ahora no sabe cómo librarse de ella sin perderlos a ellos. Esto resulta lamentable, ya que, si además de señalar lo que no funcionó, Castañeda y sus colegas reconocieran que algunas de esas reformas resultan indispensables para la viabilidad del país, no en mérito de quienes las promovieron, sino para dilucidar las opciones convenientes, entonces podrían pasar a lo que hoy realmente urge: un debate sereno e informado sobre las perspectivas nacionales.

Me sorprende que en su ensayo reciente Castañeda ponga en duda la existencia de una nomenklatura mexicana. El mismo la perfiló en su artículo antes citado de 1986, cuando escribió: “La hábil burocracia mexicana se opondrá con todas sus fuerzas a cualquier reforma que disminuya sus privilegios o ‘usos y costumbres’, como lo harían muchas de estas reformas”.3

Los cambios entre 1989 y 1994 produjeron innovaciones en todos los campos. Pero como Schumpeter afirmó, “en cuestiones económicas (…) la resistencia se manifiesta primero que todo en los grupos afectados por las innovaciones”. En lo que se refiere a la liberalización económica, los grupos afectados fueron muy numerosos, muy poderosos y sin duda no dejaron libre el espacio para la introducción de las reformas. Pues la nomenklatura constituida por los tradicionalistas incrustados en la burocracia del Estado y del Partido fueron los que se opusieron, y se siguen oponiendo, a las reformas que se llevaron a cabo en esos años. Tienen nombre y apellido. Muchos de ellos pueden encontrarse listados en el libro de Alan Riding, Vecinos distantes. Otros han sido señalados explícitamente por ensayistas y escritores. Pero quienes los enfrentamos conocemos sus caras, y seguimos padeciendo sus procedimientos y sus venganzas. Es una lucha de larga duración.

Castañeda sabe de lo que habla en materia de ritmos de las reformas económicas y las políticas. En 1986 escribió: “La liberalización del sistema político sólo vendrá cuando comiencen a resolverse de modo adecuado y duradero los problemas económicos del país”.4 Sin embargo, durante mi administración no esperamos a la recuperación económica para iniciar la reforma política. En realidad, contra lo que él y otros han construido como estereotipo, la reforma política arrancó al día siguiente de la toma de posesión, el 2 de diciembre de 1988, en Palacio Nacional, al reunirme con la segunda fuerza política del país; y concluyó con la elección presidencial de agosto de 1994, organizada por un órgano independiente controlado por los ciudadanos, y cuyos resultados han sido considerados los más transparentes en lo que va del siglo.

Mis posiciones contra el neoliberalismo y contra el populismo no son recientes, como Castañeda sugiere en su último artículo: las hice explícitas a lo largo de mi administración, y en particular en marzo de 1992 durante el discurso que pronuncié ante el PRI y en el que sistematicé la propuesta del liberalismo social. Y no sólo fue de palabra, sino como hechos a lo largo de la ejecución del programa de gobierno. Sólo entiendo su comentario, que pretende ser sarcástico, contra Roberto Mangabeira Unger en el contexto de la polémica que suscitó la publicación reciente de un artículo conjunto, y su afán de separarse de ella para no desagradar a sus lectores y seguidores.

De otra manera, no se explica la reunión que tuvimos hace casi dos años en Sao Paulo, en casa de Mangabeira Unger, y en la que Castañeda me solicitó la entrevista que aparece ahora publicada en La herencia. El propósito de mi viaje a Brasil había sido precisamente revisar los detalles de la publicación que haría con Mangabeira Unger. Castañeda supo con anticipación que publicaría ese artículo, y siguió participando con Mangabeira Unger en las reuniones latinoamericanas que juntos organizaron.

Sólo el temor ante las reacciones de algunos críticos por la aparición de ese artículo puede explicar su conducta reciente contra Mangabeira Unger, la cual me parece inadecuada.

En relación a su argumento sobre un pretendido proyecto transexenal, me parece que Castañeda, y otros que lo han sugerido, no aportan más que conjeturas; es decir, juicios que se forman a partir de datos no comprobados. Cada vez se acercan más al grupo de los comentaristas conocidos como expertos en “política ficción”.

En el caso de Castañeda, éste lo argumenta, además, contradiciendo su escrito de 1986, en el que, como se citó al inicio, criticaba que las reformas en México fueran siempre “cortoplazistas e indoloras políticamente”, y exigía que fueran “de largos periodos de maduración” (en 1986 todavía no los llamaba “transexenales”).

Las capacidades extraordinarias que Castañeda me atribuye para supuestamente haber logrado que mi antecesor y mi sucesor tuvieran “los números malos” son conjeturas que él convierte en argumentos banales. Parecería que el antisalinismo es, en unos, obsesión personal; en otros, proyecto político; incluso, hay medios que lo han convertido en lucrativo negocio.

Finalmente, algunas reflexiones sobre la numeralia que reproduce en su artículo. ¿Por qué le resulta tan difícil reconocer que entre 1989 y 1994 los salarios reales en México crecieron año tras año y acumularon la mayor ganancia real en toda América Latina? Eso muestran los datos objetivos, cuyas fuentes son las mismas que Castañeda y otros sí han usado, y hasta celebrado, cuando arrojan resultados adversos.

Contra lo que sugiere Castañeda, ese aumento se registró en diversos sectores asalariados del país, no sólo entre los trabajadores manufactureros a los que se referían los datos que publiqué, sino también entre los trabajadores de establecimientos comerciales y de la industria de la construcción. Además, la masa salarial de los cotizantes al IMSS creció 76% entre 1988 y 1994 en términos reales. ¿No seria más útil para el debate reconocer ese aumento que las cifras objetivas confirman, y a partir de ello, en todo caso, señalar que no fue suficiente y que se hubiera requerido un aumento mayor y más rápido? Sobre todo, debatir de manera seria y ordenada sobre la manera de alcanzarlo, y no perder energías y talento en malabarismos estadísticos como los que él intenta.

Castañeda parecería sugerir que el método “objetivo” para evaluar las cifras de un sexenio sería el que recurriera a restar años anteriores, sumar años posteriores, dividirlos entre los años bisiestos y multiplicarlos por los años en que hubo eclipse de sol. Como una ensalada china. Tal vez así obtenga resultados que apoyen su maximalismo, pero no contribuirán a un debate serio y ordenado.

Lo mismo sucede con las cifras de distribución del ingreso. ¿Por qué su irritación con el resultado de los estudios de CEPAL, el cual muestra que en México se mejoró la distribución del ingreso en el campo y la ciudad entre 1989 y 1994?

Me parece equivocado pretender denigrar una institución tan seria como CEPAL, cuya tradición de prestigio y seriedad ha sido construida a lo largo de varias décadas, sólo porque sus números no corresponden a la visión distorsionada que Castañeda y otros quieren dar sobre esa realidad. En todo caso, sería mejor partir de esos resultados y señalar que la mejoría no fue suficiente; y proponer una estrategia que logre resultados más justos en tiempos más cortos. Lo más lejos que Castañeda y otros pueden llegar es a citar a Nora Lustig: “La incidencia de la pobreza entre 1989 y 1994 prácticamente no cambió. Las diferencias en términos cuantitativos son tan pequeñas que no son significativas desde el punto de vista estadístico”.

Si eso es lo peor que pueden decir sobre la evolución de la pobreza durante mi administración, pues están muy lejos de los juicios que Castañeda y otros expresan, en los que, sin sustento de información confiable, afirman que durante mi gobierno se agudizó la incidencia de la pobreza. Al afirmar lo anterior mienten, según lo prueban incluso los autores de su predilección.

Lo más paradójico es que, después de proponernos el juicio de Lustig, Castañeda nos ofrece un estudio “cuyo nombre —según él— no se puede mencionar” y que echa por tierra precisamente lo que dice… ¡Nora Lustig! De acuerdo a ese misterioso pero iluminador documento, entre 1989 y 1994 sí descendió la proporción de mexicanos que vivían por debajo de la línea de pobreza (de 27% a 21.4% de acuerdo a las cifras citadas por Castañeda). Además, nos ilustra Castañeda, durante mi administración también descendió la pobreza que denomina “moderada” (pues, según sus cifras, bajó de 57.8% a 50.9%). Así, ese estudio confirma, entre otros, los resultados de CEPAL, y dan sustento objetivo a mi afirmación de que el liberalismo social permitió avanzar en mejorar la distribución de la riqueza en México y a reducir la proporción de la población que vivía en condiciones de pobreza.

Sin duda no fue suficiente. Tampoco lo avanzado fue un mérito individual, pues fue resultado del esfuerzo del pueblo organizado. Además, los cambios que realicé se apoyaron en las importantes reformas que llevó a cabo mi antecesor. Por eso no me quejé de los problemas que recibí. Reconozco las insuficiencias dejadas al final de mi administración, y también creo que la rápida recuperación que se ha logrado ha podido apoyarse en las reformas promovidas entonces.

Finalmente, en la honrosa responsabilidad de la presidencia de la República, los aciertos son producto de esfuerzos colectivos y generacionales, y los errores son singulares. Si lo que Castañeda pretende es adjudicarle a mi administración los resultados desde 1995, entonces debería de proponer un debate sobre lo ocurrido a partir de diciembre de 1994, cuando ya había concluido mi honroso cargo. Si esa es su intención, creo que su lista de invitados a ese necesario y bienvenido debate no está completa.

Como ejemplo de la debilidad analítica de Castañeda está una afirmación que hace en su artículo de Nexos, y la cual se comprende dada su vinculación con ese periodo: “Si a esas vamos”, escribe Castañeda, “el sexenio durante el cual se redujo más la desigualdad fue el de López Portillo, que logró una reducción del coeficiente Gini de 11%”.5 No nos ofrece estudio o cita bibliográfica que sostenga su afirmación. Creo que pudo darse una mejoría de la distribución del ingreso en esos años. Pero sólo podemos suponerlo, porque no hay cifras para probarlo.

Entre 1950 y 1994 se produjeron en México once encuestas nacionales para determinar el coeficiente Gini, el cual permite medir la concentración del ingreso. De acuerdo a los expertos, las únicas comparables, por la metodología utilizada y por el periodo en que se realizaron, son las que hizo el INEGI para 1984,1989,1992 y 1994. Las anteriores (1950,1956,1958,1963, 1968, 1975 y 1977) no son comparables entre sí. La única que existe para la administración a que se refiere Castañeda es la de 1977, y corresponde a su primer año, no al final del periodo.

Además, no puede decirse que “logró una reducción del coeficiente Gini” porque no es comparable con la encuesta anterior, la de 1975. Por cierto, esa encuesta, la de 1975, fue realizada por la secretaría del Trabajo, y resultó tan deficiente metodológicamente (y tan adversa para esa administración), que pocos recurren a ella.

Más allá de las cifras, lo importante fue que utilizamos un método diferente. Nuestra experiencia demostró que, con redes de organización popular, en las comunidades se alcanzaban aumentos en la productividad y además una distribución más equitativa de los beneficios. Durante esos años, el Gobierno fue más eficaz porque las comunidades activaron más su espíritu cívico. El nivel de vida de los que menos tenían se elevó mediante su trabajo organizado y con el fortalecimiento de la sociedad civil. Esta fue, y sigue siendo, una diferencia crucial con el neoliberalismo y el populismo.

Castañeda ha resultado mejor entrevistador que ensayista. Prueba de ello es el éxito de su más reciente libro, La herencia. Sin embargo, aún en ese papel, surgen matices que son tan preocupantes como los que lo han llevado a su maximalismo. Se comenta cada vez más ampliamente que la pregunta que me hizo sobre la reunión con Cárdenas en 1988 fue a petición de un tercero interesado, pues sabían el efecto que tendría la respuesta, y la manera como sería aprovechada por los opositores de Cárdenas. Si eso fue así, no creo que haya sido correcto y Castañeda tendría que aclararlo.

Ex colaboradores míos, que aún laboran en el sector público, me han manifestado su sorpresa e irritación por haberle concedido esa entrevista a Castañeda.

¿Su argumento?: “Fue un crítico severo del sexenio”. Pues precisamente se la concedí porque no varió su actitud. Por cierto, su crítica no impidió que durante mi administración tuviéramos diálogos y útiles encuentros, en particular cuando lo recibí en su calidad de promotor del Grupo San Angel, expresión importante de la sociedad civil en tiempos delicados para la República. Nuestra comunicación no se rompió porque él disintiera. Tampoco ha terminado nuestra relación por su maximalismo. Durante los años recientes ha sido cordial y continua.

Es importante debatir el pasado porque, ya se ha dicho, lo que es pasado es prólogo. Pero lo más relevante son las propuestas hacia adelante. Y para ello tal vez convendría tratar de responder a las preguntas sobre cómo mejorar mas rápido la distribución del ingreso y reducir la pobreza; y cómo lograrlo mediante el fortalecimiento de las organizaciones populares y de la sociedad civil, la vida en comunidad. Sería muy desalentador que, ante un debate degradado por actitudes del ‘todo o nada’, en los hechos se consolide una opción que implique más injerencia del Estado en la sociedad o más individualismo posesivo que debilita a las organizaciones sociales. Sería como entrar al siglo XXI con esas recetas, que son las peores del XIX. México merece, cuando menos, un mejor debate.  n

1 Jorge G. Castañeda: “Mexico at the brink”, Foreign Affairs, Vol. 64. No. 2, Invierno 1985-1986, Nueva York (Versión en español: Nexos 98, febrero de 1986). Las citas están tomadas de la versión reproducida en México, el futuro en juego, Mortiz, México, 1987, p. 85, 87 y pp. 90-93.

2 Jorge G. Castañeda: “Como en un restaurante chino”, Nexos 257, mayo de 1999, p. 51.

3 Jorge G. Castañeda: “México en la orilla”, Op. cit., p. 93.

4 Ibid., p. 87.

5 Jorge G. Castañeda: “Como en un restaurante chino”, Op. cit., p. 50.

Adiós, Mandela

mandela

Este mes de junio Sudáfrica celebrará elecciones generales. Eso significa que Nelson Mandela abandonará la presidencia. El hecho es casi la despedida de uno de los hombres que construyeron nuestro siglo XX. Ofrecemos este retrato, amplio y dilatado, que traza con precisión cada momento culminante de su vida.

Alto y enjuto, Mandela escucha y casi cierra los ojos como alcancía. Uno siente la autoridad y la fuerza que emana de su recia presencia; luego, cuando habla, sonríe y mira amigable, de frente, y parece un abuelo. Mandela, el luchador legendario y hombre de Estado, se transmuta en Madiba, su apodo tribal y signo de respeto filial con el que lo vitorea su pueblo dondequiera que se presenta.

En junio Sudáfrica celebrará elecciones generales y Nelson Mandela dejará la presidencia a su casi seguro sucesor, Thabo Mbeki. A sus casi 81 años y recién casado por tercera vez, se retira de la vida política. Se va uno de los grandes de nuestro atribulado siglo. Su historia es larga pero merece ser contada. pues es un extraordinario testimonio moral y se entrevera con la de su país, que logró una de las reconciliaciones políticas más admirables de que se tenga memoria.

Mandela nació el 18 de julio de 1918, en el villorrio de Qunu, en el Transkei, al oriente de Sudáfrica, de cara al Océano Indico. Fue hijo de un modesto jefe tribal de la familia real Tembu, dentro de la nación xhosa, de algún modo rival de la más poderosa y guerrera nación zulu. La madre lo bautizó metodista y le llamó premonitoriamente Rolihlala, que se traduce como “buscabullas”. Mandela mismo recuerda esos años como una época fundadora y feliz, donde los blancos le parecían tan distantes como respetables y temibles. Fue su maestra quien lo encontró ya desde entonces como un líder nato y, en alusión al almirante británico, le apodó “Nelson”, suplantando para siempre a su verdadero nombre, Rolihlala. A la muerte de su padre partió a estudiar a un poblado mayor, Mqhekezweni, donde lo acogió un tío importante y magnànime, el jefe tribal Jongintaba, quien de inmediato reconoció dotes extraordinarias en el avispado Nelson y lo sometió a la educación propia de un jefe tribal. A los 20 años, pudo ingresar a la prestigiosa universidad College of Fort Hare, el Harvard de los negros africanos.

Era 1938 y la Sudáfrica injusta y racista parecía lejana. La vida le sonreía al joven Mandela, quien entonces confesó que su mayor aspiración era la de convertirse en un “caballero inglés negro” y hacer carrera como consejero legal y administrador provincial. Y estudia para eso: leyes, historia, la Biblia. Pero ante un incidente menor, relativo a una protesta por la calidad de la comida, se negó a una transaccion cómoda que él no consideraba honorable, y se vio forzado a renunciar a la universidad, antes de poder graduarse como bachiller en leyes (cosa que haría hasta 1941, por correspondencia). Regresó, apenado pero firme, a Mqhekezweni. Muy poco después, como correspondía a su nivel y costumbres, su tío le arregló un matrimonio. Mandela se negó, reclamando su derecho a casarse por propia voluntad.

Así empezaría una vida nueva y dura. Llegó a Johannesburgo y se maravilló con la modernidad y el tamaño de la ciudad. Descubrió sus portentos y también la discriminación en carne propia. Por esos días conoció a quien sería su gran amigo, mentor y, más tarde, camarada indispensable en la lucha y sus vicisitudes: Walter Sisulu. Por recomendación suya entró a trabajar como tinterillo, con un sueldo mísero, en un prestigioso despacho de abogados liberales blancos.

Tomó cursos de abogacía en la prestigiosa y liberal Universidad de Witswaterrand, o “Wits”, como se le conoce en Sudáfrica (sólo cursando el bachillerato en leyes podría optar por la práctica de la abogacía). En un ambiente académico de hijos de las familias privilegiadas de la élite blanca, Mandela no sobresalió como estudiante. Pero conoció a jovenes blancos liberales que luego serían muy importantes en la lucha de liberación. Entre ellos destacaba el legendario ideólogo y luchador comunista blanco Joe Slovo.

Por estas fechas, Mandela conoció a otro personaje clave para su vida y para la lucha: Oliver Tambo. En 1944, por fin se hizo miembro de la Liga Juvenil del ANC. Tambo, Sisulu y Mandela se convirtieron en un formidable trío político y en líderes de la Liga juvenil, con posiciones de radicalismo nacionalista negro más extremas que las de la dirigencia general del ANC.

1948 resultó fatídico. Ya padre de familia y todavía pasante de leyes, Mandela cumplía treinta años cuando en las elecciones “generales” (sólo votaban los blancos) los boers le arrebataron el poder a la minoría inglesa del Partido Unido de Jan Smuts y triunfó el ultraconservador Partido Nacional (NP, sus siglas en inglés), que no ocultaba sus afinidades con los nazis en Alemania. El doctor Daniel Malam, antiguo ministro de la Iglesia Holandesa Reformada, llegó al poder bajo una plataforma de nombre novedoso y viejas ideas racistas: el apartheid, que con base en una torcida teología consignaba que, dada su inferioridad o condición desvalida, los negros deberían vivir separados, apartados. Al mismo tiempo que los excluían y explotaban, les arrebataban sus tierras y les negaban acceso a la educación y a otros beneficios mínimos del progreso. Así nació otro de los terribles experimentos de ingeniería social del siglo XX: la opresión codificada, el racismo hecho ley, sistema y doctrina. De inmediato, las leyes del apartheid se pusieron en práctica. Una de ellas, la de áreas grupales, reagrupaba de modo forzoso a poblaciones enteras. Para fines de los cuarenta los blancos se asentaban no sólo en las mejores tierras y regiones de Sudáfrica, sino que ocupaban el 87% del territorio. La mayoría negra, casi el 80% de la población, se hacinaba en el 13% restante.

El ANC se lanzó a las calles a protestar junto a otro importante grupo agraviado, el de los indios. Las minorías indias, sobre todo las asentadas en el área de Durban, organizaron manifestaciones disciplinadas y movimientos de resistencia pacífica inspirados en Gandhi. Eso impresionó a Mandela. El ANC adoptó numerosas tácticas gandhianas en sus formas de lucha y se abrió a indios, mulatos y blancos, a todos los agraviados por el racismo y la exclusión.

Para 1952 y 1953 se organizaron impresionantes protestas de inspiración gandhiana contra las leyes de apartheid. Esta época marca la madurez de Mandela y la del propio ANC, que se ve transformado de un movimiento blandengue de minorías agraviadas en una organización de masas: en breve tiempo pasa de 10 a 100,000 miembros. El empuje de los jóvenes dirigentes Sisulu, Tambo y Mandela empezaba a desplazar a la bonachona dirigencia original.

En 1953, el gobierno barrió literalmente un poblado negro a las afueras de Johannesburgo. Lo hizo para remover de ahí a los negros asentados cerca de zonas donde la ciudad blanca habría de expandirse. Sophiatown era un renombrado centro de encuentro entre políticos, intelectuales y artistas de vanguardia. Mandela protestó y públicamente criticó la línea de la no violencia. Las condiciones eran otras; ante esos niveles de violencia sólo la violencia podía ser la respuesta. Su posición le valió una reprimenda en el Comité Ejecutivo del ANC. Mandela no sólo se supo sitiado por el régimen sino que entendió que la línea oficial del ANC no era la correcta. Ante la escalada de violencia y represión ya no cabían los argumentos gandhianos, sino el bíblico “ojo por ojo y diente por diente”.

Cuando ya estaba “prohibido”, Mandela tenía preparado un discurso para la conferencia del ANC en el Transvaal. El discurso fue leído por un colega y se titulaba, parafraseando un discurso de Jawaharal Nehru, “No es fácil el camino a la libertad”. Mandela describía ahí su nueva posición y, contraviniendo la línea oficial, señalaba que el apartheid ya no daba lugar a formas de lucha pasiva, legalistas y no violentas. Por esos tiempos, su matrimonio con Evelyn —quien le diera dos hijos— sucumbió a las presiones de la militancia y al activismo.

En diciembre de 1956 Mandela fue arrestado junto a Sisulu y el jefe Luthuli, acusado de traición. En medio del juicio, conoció a una joven activista y trabajadora social, Winnie Madikizela, hermosa, valiente y de carácter abierto. Se casaron en 1958. Winnie compartía plenamente la vida de militancia y sus tribulaciones. En 1961 el gobierno declaró de manera definitiva que ni los estatutos ni los dirigentes del ANC eran subversivos ni intentaban instaurar el comunismo en Sudáfrica.

En aquel mayo Sudáfrica abandonó el Commonwealth para convertirse en una República Unitaria e Independiente. No más reprimendas de Inglaterra, no más sanciones de otros países miembros: era el apartheid con las manos libres. Tras un duro debate interno, Mandela hizo prevalecer su línea de que la lucha, ahora forzadamente clandestina, debería también tornarse militar. El abogado pacifista convenció al Comité Ejecutivo del ANC de que ya no había otra vía que la armada y revolucionaria. Y se adoptaron dos líneas paralelas de lucha: Por un lado, la continuación de las protestas y actos de desafío contra las leyes injustas y, por otro, la vía armada. Para ello se creó la rama militar del ANC, que trabajaría independiente y separada. Su líder sería el propio Mandela y operaría desde la más absoluta clandestinidad; se le bautizó como la “Lanza de la Nación” en alusión a las temibles lanzas de los guerreros zulues, más conocida por sus iniciales MK. Además, se aceptó por primera vez una alianza con los comunistas, forjada entre Mandela y Joe Slovo, miembro también, con Sisulu. del directorio del MK. Así empezó a entronizarse la mentalidad guerrillera de la época.

En 1962 Mandela emprendió una larga y aleccionadora gira internacional en busca de apoyos políticos y financieros. Poco después de su regreso, el 5 de agosto de 1962, fue arrestado en la carretera, en las afueras de la ciudad de Pietermaritzburg. Fue esposado y arrojado a una celda solitaria. Más tarde sería trasladado a Johannesburgo. Con enorme alivio, se percató que su arresto no era en conexión con el MK y sus actividades, sino por incitar a la rebelión y por abandonar el país con documentación falsa. En mayo de 1963 fue enviado temporalmente a la que sería su morada por casi dos décadas, la prisión de Robben Island.

El régimen abandonaba el decoro y las pretensiones de “legalidad” dentro del horror. Se promulgó la ley de Prevención al Sabotaje, que autorizaba detenciones sumarias. La represión crecía buscando aplacar la ola incontenible de protestas. Mandela fue trasladado a Pretoria, donde pasó largos meses en confinamiento solitario.

En los meses fatídicos de 1963 la policía, gracias a un soplón del mismo MK, Bruno Mtolo, descubrió la casa de seguridad de Rivonia, llena de evidencias y documentos. Mandela fue acusado junto con los dirigentes. El golpe fue durísimo para la MK y el ANC. Los cargos, esta vez, serían de mayor gravedad; la pena sería la de muerte. Mandela, designado como el “Acusado Numero uno”, y sus colegas Sisulu y Govan Mbeki se declararon inocentes. Así dio inicio el memorable Juicio de Rivonia. Mandela asumió su defensa. Su alegato, de cuatro horas de duración, es ya un documento clásico, conocido como “La lucha es mi vida”. Mientras pronunciaba sus palabras, Mandela no quitaba los ojos de su juez, que ya nunca más se atrevió a mirarlo a la cara: “Durante mi vida me he dedicado a esta batalla del pueblo africano. He peleado contra el dominio blanco y he peleado contra el dominio negro. He favorecido el ideal de una sociedad democrática y libre en la cual las personas vivan en armonía y con iguales oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero, si es necesario, es un ideal por el cual estoy preparado a morir”.

El 11 de junio de 1964 el juez dictó sentencia: Mandela, Sisulu y Govan Mbeki fueron encontrados culpables de sabotaje contra el Estado. El juez determinó prisión perpetua.

A sus 46 años de edad, el celebre prisionero 466/64, Nelson Mandela, ingresó de nuevo a Robben Island. Se le asignó una estrecha celda individual y por los siguientes 13 años su función principal consistió en picar piedra en los patios de la prisión (lo que le dañó el lagrimal irreversiblemente). Así aprendería que el personaje más importante en la vida no es ni la esposa ni el presidente de la república, ni el dirigente máximo del ANC, sino el guardián de la crujía. Se le clasificó entre los presos que padecían el trato más duro: sólo se les permitía recibir y enviar una carta cada seis meses y recibir una sola y breve visita. Los diarios y la radio estaban prohibidos para asegurar el aislamiento total.

Hacia inicios de los setenta la lucha estaba en su punto más bajo. Mandela empezaba a resignarse a picar piedra y a entrar a la vejez olvidado en su celda. Para mediados de 1976 la lucha cobró un inesperado ímpetu y entró en escena una nueva generación de dirigentes. Tras un alzamiento estudiantil en Soweto, llegaron a Robben Island jóvenes reclusos, fogueados en otras formas de lucha y muy influidos por la revolución cubana. Mandela y Sisulu los observaban con curiosidad e interés. Eran los jovenes neomarxistas del movimiento Conciencia Negra, radicales y quizá sectarios.

En 1982, después de 18 años, Mandela fue trasladado a la prisión de máxima seguridad de Pollsmore, cerca de Ciudad del Cabo, donde obtuvo mejores condiciones de vida. Las cosas cambiaban en el escenario mundial y eso afectaba a Sudáfrica. Gorbachov inició la distensión global (una de sus primeras manifestaciones fue su retirada, más o menos negociada con los cubanos, de Angola y el amainamiento de la guerra en Mozambique). En estas circunstancias Mandela empezó a considerar el diálogo y la negociación con el enemigo.

Se estableció un comité secreto de conversaciones y éstas iniciaron en mayo de 1988. Mandela veía que se trataba de una nueva generacion de políticos afrikaners (o boer), más preparados y menos dogmáticos. El ANC renunciaría explícitamente a la violencia cuando el gobierno, de cara al mundo, hiciera lo mismo y diera muestras de buscar un entendimiento definitivo que incluyera igualdad racial y democracia plena. Mandela preparó un largo memorándum al presidente Botha en el que sentó las bases de la negociación: establecer una república unitaria plenamente democrática y plurirracial, gobernada por las mayorías, pero con garantías a todos de que ningún grupo oprimiría o otro; cuidado particular tuvo en considerar el explicable temor de la minoría blanca.

En todo el país las protestas contra el régimen resurgían con virulencia y las sanciones apretaban duro. La poderosa confederación sindical, COSATU, aliada a la ANC, lanzó una campaña masiva de movilizaciones y el gobierno debió reinstalar el estado de emergencia. A inicios de 1989 el Congreso estadunidense aprobó sanciones económicas contra Sudáfrica; muchos países le siguieron y la otrora pujante economía sudafricana comenzó a resentirse. Por fin, en julio de 1989, Mandela, el más celebre prisionero, se entrevista con el presidente P. W. Botha. El gran cocodrilo se mostró amabilísimo y cordial. Pero eludió cualquier tema espinoso y la breve conversación no llegó a ninguna parte, como no fuera a mostrar recíproca buena voluntad y disposición a dialogar.

Un mes más tarde, Botha, ya tocado por un ataque al corazón, dimite sorpresivamente de su cargo de Presidente del Estado sudafricano. Le sucede un político conservador afrikaner hasta entonces poco conocido fuera de los círculos del Partido Nacional: F. W. de Klerk. El 2 de febrero de 1990, en la solemne sesión inicial del Parlamento sudafricano, en su discurso de apertura, el flamante presidente De Klerk, con gran sentido del drama, deja estupefacto a su país y al mundo entero con un gesto histórico: de un plumazo decreta la abolición de todas las leyes de apartheid, legaliza de nueva cuenta al ANC, al Partido Comunista y a más de treinta organizaciones prohibidas: suspende la pena capital, levanta las leyes de emergencia y, en un gesto de buena voluntad, libera a la inmensa mayoría de los presos politicos. Proclama que ha llegado la hora de negociar en definitiva. Mandela y la dirigencia del ANC le reconocen el gesto y se aprestan a negociar.

El 11 de febrero de 1990, en una de esas azules y transparentes mañanas de fin de verano en Ciudad del Cabo, Mandela se apresta, nervioso, a salir de prisión: quedan atrás diez mil días de cautiverio. Abraza afectuoso a su último carcelero blanco, parco y generoso, cómplice de incontables servicios. Por fin emerge de su encierro.

En agosto el ANC abandonó explícitamente la lucha armada, a pesar de que la violencia seguía ensombreciendo a Sudáfrica. En diciembre de 1991 inició la Convención para una Sudáfrica Democrática (CODESA, por sus siglas en inglés). Además de los delegados formales del gobierno, del ANC y los partidos, participaron numerosos observadores internacionales. Sin duda fue el encuentro político más importante de Sudáfrica desde la Convención Constitucional de 1909, cuando se formó la Unión Sudafricana. Las negociaciones avanzaron muy penosamente, pues era muy difícil para el Partido Nacional aceptar su condición de minoría. Finalmente, De Klerk cedió la posibilidad de un “veto blanco” y de acogerse a los controles y balances de cualquier régimen democrático. Pero Mandela y De Klerk chocan sobre infinidad de puntos adicionales. CODESA 2 se colapsa.

Mandela muestra su fuerza y el ANC convoca a una huelga general que paraliza a Sudáfrica; más de 4 millones de trabajadores se manifiestan. En 1993 Chris Hani, jefe del Estado mayor del MK y secretario general del Partido Comunista, muere asesinado. Al percibir el fin del régimen, la extrema derecha desata la violencia. La organización extremista y neonazi AWB ejecuta acciones terroristas.

Finalmente, CODESA 2 reasume las negociaciones. Se perfilan los trazos de una nueva Constitución, así como la aceptación, por parte de Mandela, de formar un Gobierno de Unidad Nacional (GUN) y de algunas cláusulas conocidas como “acuerdos del ocaso”, que dieran seguridad a la minoría blanca y encaminaran al país a una transición lo menos accidentada posible. En noviembre de 1993, por primera vez Mandela y De Klerk están de acuerdo: La Constitucion Interina y la celebración de elecciones generales y plurirraciales. A pesar de sus diferencias y de la escasa química personal, la historia los ratifica como aliados indispensables.

Terminado el arduo tramo de las negociaciones y acordados los pactos fundacionales, había que consumar la transición, ritualizarla. Los candidatos Mandela (ANC) y De Klerk (NP) se enfrascan en una memorable campaña por la presidencia de la nueva Sudáfrica. Siempre se supo quién sería el ganador pero el Partido Nacional aceptó honrosamente la contienda, con la esperanza de no perder demasiados votos en el Parlamento. En un memorable y cívico debate, Mandela hizo al final un emotivo e inesperado elogio de su adversario y, tomándolo de la mano, levantó su brazo con el suyo, le expresó su agradecimiento y su reconocimiento y lo proclamó hijo predilecto de la nueva patria común. Empezaba a expresarse el Mandela conciliador, abocado a cerrar heridas, a forjar el nuevo país.

Las elecciones se celebraron el 27 de abril de 1994 y fueron asombrosamente pacíficas, una verbena popular multirracial de proporciones épicas. El ANC triunfó con un comodísimo 62% de los votos pero, venturosamente para la salud democrática del país, no logró el 66%, lo que le hubiera permitido gobernar y legislar virtualmente sin oposición. El Partido Nacional consiguió un 20.4%; el partido zulu, Inkhata, un 10%; el resto se dividió entre una chiquillería no despreciable de cuatro partidos (se presentaron a contender casi veinte). Así se formó el primer gobierno democrático y plurirracial de Sudáfrica, conocido como Gobierno de Unidad Nacional (GUN), un gobierno legitimado en las urnas y sustentado en la Constitución Interina, provisional, emanada de las negociaciones CODESA.

Mandela tomó posesión el 10 de mayo de 1994. Lo hizo al aire libre y frente al pueblo, al exterior de los suntuosos edificios del Parlamento de Sudáfrica donde se gestó y se ejerció el oprobioso apartheid. Los generales boer que antes lo perseguían ahora lo escoltaban. Un sangoma (chaman) zulu exorcisó a los fantasmas, el pueblo celebró eufórico a su nuevo presidente y más de 50 jefes de estado atestiguaron el milagroso final pacífico del apartheid y el parto de la flamante República Arcoiris que ese día estrenó dos símbolos fundacionales por excelencia: bandera e himno.

Mandela tiene gestos legendarios de generosidad y reconciliación, como visitar y tomar el té con las viudas de los dirigentes del apartheid e impulsar a la selección local de rugby —un juego que simbolizó el machismo racista boer por excelencia—. Su popularidad permanece altísima y, a pesar de una administración titubeante y resultados económicos pobres, su presencia garantizó una transición razonablemente armoniosa y pacífica entre grupos que estaban literalmente a punto de exterminarse.

Tres son las vigas maestras de la arquitectura de la nueva Sudáfrica, pero nadie duda que es Nelson Mandela y su liderazgo, su ejemplo y pasión por la reconciliación lo que aportó el cemento. Conviene mencionarlas: la Constitución; los programas del Plan de Reconstrucción y Desarrollo (RDP, por sus siglas en inglés) y muy destacadadamente la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (TRC, por sus siglas en inglés). Una vez instalado el gobierno de Mandela, la Asamblea Nacional se transformó en Asamblea Constituyente y a partir de la Constitución Interina se preparó —con amplísimas consultas en todo el país y con Mandela como su primerísimo animador— la Nueva Constitución, que fue finalmente promulgada en 1996 y validada por la corte constitucional. Ella consagra a Sudáfrica como una República de corte democràtico-liberal, de tipo parlamentario, de representación proporcional, pero con muchos preceptos y garantías sociales. Sus artículos en favor de la igualdad de raza y género, protección a los derechos humanos y al medio ambiente la hacen una de las más avanzadas del mundo. La Constitución está por encima del parlamento y por eso hay una poderosa corte constitucional que la protege, preserva e interpreta. El poder judicial es absolutamente independiente. La nueva república es unitaria y no federal; se redefinieron sus demarcaciones en nueve provincias, cada una con su legislatura. A su vez, las provincias se subdividen en municipalidades autónomas. El gobierno se sustenta en una Asamblea Nacional, del cual surge el jefe del ejecutivo o presidente estatal, cuyo mandato dura cinco años. El gabinete se forma en función de la proporcionalidad de votos. El Senado desapareció y fue sustituido por el Consejo de las Provincias, con el premier provincial como representante. Las 11 distintas etnias sudafricanas fueron reconocidas plenamente y sus lenguas validadas como oficiales. Se instituyó un Consejo de Líderes Tribales, una suerte de Cámara de los Lores, que debe ser escuchado a la hora de las reformas constitucionales.

Mención especial merecen las fuerzas armadas sudafricanas, un ejército moderno y agresivo, incluso con capacidad nuclear probada, que aceptó desnuclearizarse y someterse plenamente al nuevo orden de cosas. Ahora el ministerio de defensa lo encabeza un ex-combatiente negro del MK. Antiguos enemigos hoy colaboran en un ejemplar achicamiento del ejército y en su transformación en una fuerza eminentemente defensiva y preventiva. Hay que decir que sin la lealtad de la oficialidad profesional blanca (boer en gran medida), la transición sudafricana simplemente no hubiese sido posible.

La Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) fue un elemento clave en la construcción del nuevo pacto social. El presidente Mandela designó al frente de la misma a un ciudadano libre de toda sospecha: el arzobispo anglicano y premio Nobel de la Paz, Desmond Tutu, y como sus lugartenientes a expertos de talla mundial en derechos humanos. Tutu es amigo de Mandela, pero de ninguna manera su incondicional: lejano al ANC, al que muchas veces criticó en público, mantuvo su oposición al apartheid siempre dentro de sus labores religiosas y pastorales. La CVR tomó el ejemplo de numerosas comisiones de la verdad en el mundo, pero su énfasis se dio en el proceso de reconciliación. Trabajó a través de tres comités básicos: el de amnistía e indemnización; el de violación a los derechos humanos, con un amplio aparato de investigación sobre las denuncias del caso; y el de reparación a las víctimas, que atendía a las recomendaciones de los dos anteriores. Sus incontables citatorios tenían fuerza legal (por eso el arrogante y último presidente del apartheid, P. W. Botha, fue sentenciado por desacato). Se recogieron testimonios y culpabilidades tanto del régimen como de la oposición, incluido el ANC. Cuando alguien en el ANC trató de conseguir ventaja especial por ser en general y con mucho la parte más agraviada, el propio presidente Mandela salió al paso para garantizar la igualdad de trato. El mismo vicepresidente Mbeki solicitó amnistía. No se trataba de un tribunal. Tras los testimonios, la CVR debía de recomendar amnistía —en esto fue en extremo generosa— o informar a las autoridades penales. El trabajo terminaba en un exhorto al perdón y la reconciliación entre la parte agraviada y la agraviante. A pesar de los riesgos y las dificultades, La CVR fue el gran ejercicio catártico que la sociedad sudafricana necesitaba. Ahora sí, expuesta la herida a la luz de la verdad, podría sanar plenamente. De la CVR surgieron miles de testimonios y un informe que es el más completo y elocuente recuento de la turbulenta historia sudafricana en la oscura era del apartheid.

Otro elemento central del nuevo pacto social fueron los programas de restitución y desarrollo económico y social, comprendidos en el llamado Programa de Reconstrucción y Desarrollo (RDP, por sus siglas en inglés). Se trata de un conjunto de proyectos de fomento económico y restauración social (como una tímida reforma agraria, donde la restitución se hace por la vía de los tribunales) que no han funcionado muy bien. Como en tantos lugares del mundo, sus buenas intenciones se estrellan contra los imperativos de la apertura y la desregulación económica mundial. Tristemente, el rezago social y el desempleo permanecen casi tan graves como en 1994.

Hasta aquí el largo trecho de la vida de Nelson Mandela. Como él mismo dice, se retirará después de entregar democrática y pacíficamente el poder tras las elecciones de junio. De alguna manera, el testimonio moral de Mandela cierra este corto siglo XX, como lo llama Hobsbawn, así como también lo iniciaría Gandhi tras su larga lucha: dos personajes que marcaron hondamente nuestro siglo, dos hombres no occidentales y que no fueron artífices de paraísos sociales preconcebidos, ni autores de ideas grandiosas; dos hombres que, con sus vidas más que con sus obras, dejaron un duradero testimonio moral de lucha por la dignidad y los ideales ciudadanos. El largo y luminoso camino de Mandela seguirá por algún tiempo. Ahora será el respetable abuelo de una joven y ejemplar nación que se atrevió a renacer; y es seguro que mientras las fuerzas le alcancen, seguirá desfaciendo entuertos. Por eso hay que despedirlo con una bienvenida: adiós, Mandela; bienvenido, Madiba.   n

Cassio Luiselli Fernández. Diplomático. Ha colaborado en nexos anteriores.

El V Centenario de la Celestina

Juna Goytisolo

Barcelona, 1931

En su libro Geografía de la novela, Carlos Fuentes escribió lo siguiente: “Juan Goytisolo transforma las tradiciones literarias en lecturas interiorizadas de la modernidad. Gracias a Goytisolo, la tradición del pasado español se hace presente nuestro”. No es casual que Goytisolo le dedique un largo estudio a La Celestina (1499) de Fernando de Rojas. Este clásico español contiene al menos dos de las presencias más notables en la obra del escritor español: la inauguración de la novela urbana y el tema central de la modernidad. Entre estas dos divisas se ha levantado una de la obras más importantes de la narrativa de lengua española. Podrían reconocerse dos ciclos en la trayectoria literaria de Juan Goytisolo. El primero avanza entre las páginas de Juegos de manos (1954) y La resaca (7955 j y desemboca en Fin de fiesta (1962) y Señas de identidad (1966). El segundo se inicia con las novelas de madurez y de un Goytisolo aún más radical en sus construcciones narrativas y en la elección de sus temas: la línea que va de Reivindicación del conde don Julián (1970), cruza por Juan sin tierra (1975), Makbara (¡980) y desemboca en Paisajes después de la batalla (1982). Un Goytisolo herético, demoledor de la España a la que Valle Inclán vio como un “reflejo grotesco de la civilización europea”, iluminador de historias negadas y recuperador de heterodoxias. La misma actitud cruza sus libros de memorias Coto vedado (1985) y En los reinos de Taifa (1986); sus crónicas Cuadernos de Sarajevo (1994) y Paisajes de la guerra con Chechenia al fondo. Su última novela Las semanas del jardín (1997)—sobre la que Nexos (febrero de 1998) publicó un texto de Carlos Fuentes, y sobre la que en este mismo número publicamos un artículo de Julio Ortega-es un golpe maestro de arte narrativo. No poco de la fuerza literaria de Goytisolo ha ido a dar a sus ensayos, como verá el lector en este texto que nos descubre a otra, y la misma, Celestina de hace quinientos años.

EL V CENTENARIO DE LA CELESTINA

POR JUAN GOYTISOLO

Los estudiosos de La Celestina han discutido estérilmente del género al qué adscribirla: ¿comedia, tragedia, novela dramática, novela dialogada…? Si va a decir verdad la cuestión es ociosa: La Celestina es una obra irrepetible y única, ajena a toda idea de modelo o género. No es medieval ni renacentista, estoica ni moralizadora. Como observó Castro, no pretende prolongar ni desenvolver temas y formas anteriores sino arremeter contra ellas, destruir las jerarquías sociales y literarias ingentes y trastocar su sentido.

Cinco siglos después de su primera impresión, la Tragicomedia retrata con una lucidez y precisión inquietantes el universo de caos y litigio con el que bregamos. Privada del “delicioso yerro de amor” del que gozara casi un mes, Melibea concibe su suicidio como un “alivio “y “descanso”, como un “agradable fin”, sin parar mientes en que la condena eclesiástica del mismo (a aparta para siempre de la beatitud de los bienaventurados.

Las frecuentes menciones a (a limpia sangre, el linaje y la honra que salpicanía obra satírica de judeo-conversos del sigio XV de tan vano registro como Anton de ‘Montara y Juan Alvarez Gato y, con posterioridad a  Fernando de Rojas, (a de una amplia gama de escritores que abarca del autor anonimo del Lazarillo y Francisco Delicado a Fray Luis de León, Alemán y Cervantes, brotan asimismo con mordacidad y sarcasmo de labios de los personajes socialmente inferiores de la Tragicomedia.

Sujetos a los impulsos de un egoísmo sin trabas, sumidos en áspera e inevitable contienda, los personajes de La Celestina no conocen otra Ley que la inmediatez del provecho. El homo homini lupus de Plauto, razonado y expuesto por Gracián y Hobbes, configura la realidad que (es empuja a enfrentarse entre sí hasta el límite del aniquilamiento. Sempronio y Pármeno olvidarán la fidelidad debida a su amo por la codicia de la recompensa prometida por Celestina.

EL V CENTENARIO DE LA CELESTINA

El mal y el bien, la prosperidad y la adversidad, la gloria y pena, todo pierde con el tiempo la fuerza de su acelerado principio. Pues los casos de admiración, y venidos con gran deseo, tan presto como pasados, olvidados. Cada día vemos novedades y las oímos y las pasamos y dejamos atrás. Disminúyelas el tiempo, hácelas contingibles… Todo es así, todo pasa de esta manera, todo se olvida, todo queda atrás.

La Celestina, III, 1.

La conmemoración por el Ayuntamiento de La Puebla de Montalbán del V Centenario de la publicación anónima por un editor de Burgos de los dieciséis primeros actos de la que pronto sería conocida, primero como Comedia y luego Tragicomedia de Calisto y Melibea, festeja el nacimiento de una obra crucial en el desenvolvimiento y plenitud de nuestra literatura y de nuestra lengua: la irrupción en ellas de una voz no sólo singular sino única en su expresión lúcida, pesimista, auténticamente corrosiva y demoledora de los valores consagrados y cuya lealtad a la ética personal del autor y al lenguaje carecen de precedentes de talla en el canon literario medieval e influyen de modo decisivo en la elaboración del género hispano-escéptico de la picaresca y en la genial invención de Cervantes.

Las sucesivas ediciones del libro, con la reproducción en acróstico del nombre del autor, el bachiller Fernando de Rojas, natural de La Puebla de Montalbán, no son sino comienzo de un enmarañado ovillo que, con mayor o menor fortuna, los estudiosos de la obra se han esforzado en desenredar. La segunda impresión de Toledo, con la carta de “El autor a un su amigo”, nos revela la existencia de un nuevo escritor —el embozado en el acróstico—, a cuyas manos habría llegado el primer acto, y su “primor, sutil artificio”, su “fuerte y claro metal [...] jamás en nuestra castellana lengua visto ni oído” le habrían incitado a continuarlo. El manuscrito hallado, atribuido, nos dice, según unos a Juan de Mena y según otros a Rodrigo Cota, sería sí el núcleo seminal a partir del cual el joven bachiller de veintitrés años habría compuesto la Comedia en “quince días de vacaciones”. Declaración sorprendente y que debemos acoger con cautela, con la misma cautela con la que el semienmascarado autor se resguarda de la hidra de la “opinión común” de la época conforme a una estrategia de defensa precozmente aprendida a costa del indecible drama de su familia: y pues él (el primer autor), con temor de detractores y nocibles lenguas (tanto Mena como Cota eran  judeo-conversos), más aparejadas a reprender que a saber inventar, quiso celar y encubrir su nombre, no me culpéis si en el fin bajo que lo pongo no expresare el mío.

Después de una nueva impresión en Sevilla, la de Toledo en 1504 —hoy perdida— y la de Roma de 1506 —basada en ella— nos presentan la obra que  actualmente  conocemos: la Tragicomedia de Calisto y Melibea en ventiún actos y a cuyo recinto fortificado se agregan nuevas y laboriosas trincheras: las estrofas en las que el autor “excusándose de su yerro en esta obra que escribió, contra sí arguye y compara”, y el prólogo filosófico de inspiración petrarquesca. Por si tantos ardides, bastiones y parapetos no bastaran, la edición de Zaragoza de 1507 añade unas estrofas moralizadoras del corrector de la impresión de Toledo, Alonso de Proaza, así como una “conclusión” a redropelo del autor en la que, para oscurecer aún más el agnosticismo que se rezuma de la Tragicomedia. hace una profesión de fe cristiana y enarbola como colofón su condena de los “falsos judíos”.

Si el primer acto procede de Mena, Cota o su hallazgo es un mero artificio del propio Rojas será siempre objeto de duda y debate. Una abundante bibliografía sobre el tema ventila opiniones contrapuestas sin llegar no obstante a zanjarlas. Pero, aunque algunas diferencias de lengua y estilo entre el primer acto y los restantes inclinen a muchos a creer en la existencia de un primer autor, habría que explicar cómo el manuscrito anónimo, redactado decenios antes sin que ningún documento dejara constancia de su existencia, fue a parar precisamente a manos del bachiller de La Puebla y éste pudo desenvolver con tanta ventura, maestría y rapidez sus potencialidades hasta componer en quince días de vacaciones un monumento literario del magnetismo perdurable de La Celestina. La prudencia escalonada de Rojas es quizás el tramo que conduce a la absoluta anonimía del Lazarillo.

Sea cual fuere la paternidad del embrión literario del primer acto, nos encontramos en cualquier caso ante un proceso de desautorización del autor o de diseminación de la autoría que un siglo después culminará en la ingeniería literaria de Cervantes (“los autores que de este caso escriben” a los que se refiere en el capítulo primero de la Primera Parte, “el primer autor”, el manuscrito arábigo de Cide Hamete, el traductor-corrector-censor de éste…). Pero lo que en el Quijote es una manera de introducir al lector en el fecundo territorio de la duda y de crear un ámbito novelesco en el que aquél descubra, invente y construya a la par del autor a medida que penetre en el mismo, las precauciones y estratagemas de Rojas obedecen a un designio apremiante: rodear la obra de fosos y cercos protectores a fin de velar su carga subversiva. Este propósito —muy similar, dicho sea de paso, al de Mateo Alemán en sus prólogos al Guzmán de Alfarache-— le lleva a disculparse con los nuevos y previsibles detractores de la impresión de 1504 de meter su pluma “en tan extraña labor y tan ajena de mi facultad, hurtando algunos ratos de mi principal estudio (de jurista), con otras horas destinadas para recreación”, en un intento de disminuir y aligerar su responsabilidad con una excusado propter infirmitamem que, en razón de su insistencia, podría sonar más bien a oídos de la “vulgar opinión” cristiano vieja como una excusatio non petita. accusatio manifestó. La “tensión existencial” de los  judeo-conversos y cristianos nuevos analizada por Américo Castro, les forzaba en efecto a cubrirse a medias después de desenmascararse, en un juego continuo de asomos y ocultaciones. En mi ensayo “La España de Fernando de Rojas”, escrito hace un cuarto de siglo, exponía el cuento de horror, desvelado por Stephen Gilman, de la familia del bachiller de La Puebla: los procesos inquisitoriales de 1485 y 1488 a parientes más o menos próximos en grado del autor de La Celestina, en el segundo de los cuales su propio padre fue condenado por judaizante como millares de sus congéneres en aquellos tiempos de “santo furor” y regocijo público. Por dicha razón no voy a extenderme en ello y remito al lector a un recorrido poco ameno de la obra de Gilman. Los “falsos testigos y recios tormentos” que evoca la vieja alcahueta en su diálogo con Pármeno formaban parte de la experiencia del joven bachiller de un “mundo en perpetua lid y ofensión’”, sumido en un “litigoso caos” y para quien era indudablemente mejor ser juzgado “por mano de la justicia que de otra manera” (VII, 1), esto es, a las claras, por la Inquisición establecida en Castilla en 1478. Cuando el desolado Pleberio, en el acto final de la obra, increpa al mundo que en sí le crió —una forma indirecta de increpar al autor de la Creación— y le dice amargamente “la leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas, las cuales son tantas que de quien comenzar pueda apenas me ocurre”, la alusión al Santo Oficio es transparente. Delaciones, mazmorras, piras ardientes de los relajados al brazo secular eran elementos integrantes del entorno y del paisaje moral de Rojas. El joven de veintitrés años sabía por desdicha de lo que hablaba. Este vivir desviviéndose de los conversos, apresados en las mallas de la vigilancia inquisitorial, la posible ruina económica y el desdén social fue la alquitara en la que destilaron unas obras literarias cuyo pesimismo a veces nihilista y angustia existencial las arriman inesperadamente a situaciones mucho más recientes. Parafraseando a Günter Grass —para quien, durante casi un siglo, los judíos crearon la gran cultura alemana y los alemanes arios se aguerrieron en su antisemitismo—. podría decirse con igual ironía, mas no sin fundamento, que primero los judeo-conversos y luego los cristianos nuevos compusieron una mayoría de las obras más significativas de la lengua española de los siglos XV y XVI mientras que la masa de los cristianos viejos agitaba el espectro del contagio judaico y se consagraba a la animalización del morisco.

Los estudiosos de La Celestina han discutido estérilmente del género al qué adscribirla: ¿comedia, tragedia, novela dramática, novela dialogada…? Si va a decir verdad la cuestión es ociosa: La Celestina es una obra irrepetible y única, ajena a toda idea de modelo o género. No es medieval ni renacentista, estoica ni moralizadora. Como observó Castro, no pretende prolongar ni desenvolver temas y formas anteriores sino arremeter contra ellas, destruir las jerarquías sociales y literarias vigentes y trastocar su sentido. Es así la obra más violenta y audaz de nuestra literatura, pero cuyo afán devastador de no dejar obispo con mitra ni títere con cabeza se compensa con un lenguaje inédito, desinhibido y suelto y de un yo individualizado y moderno, liberado de la camisa de fuerza de las convenciones, arquetipos y moldes que anteriormente lo ataban y reducían. Si su influjo, a causa del conformismo castizo del público, no pudo manifestarse en el corral de las comedias en el que triunfó Lope, contaminó en cambio obras del fuste del Lazarillo y La lozana andaluza y favoreció la emergencia del género picaresco de los demoledores de la “negra honra”, casi todos ellos cristianos nuevos y aun marranos como Antonio Enríquez Gómez, el autor de La vida de don Gregorio Guadaña, cuyo trágico final suele escamotearse de ordinario en nuestros manuales literarios.

Las referencias a Petrarca—de quien procede en gran parte el prólogo filosófico de la Tragicomedia—, el uso frecuente de aforismos clásicos y citas mitológicas griegas, han inducido a historiadores como José Antonio Maravall al error de pretender ahormar una obra, a todas luces inclasificable, de acuerdo con el canon cristiano occidental y didáctico cristiano sin advertir que el acopio de máximas y sentencias grandilocuentes de origen latino que empiedran la retórica libresca de Calisto, Melibea, Pleberio y aun de los sirvientes y prostitutas sirven meramente de cureña o soporte a la descarga de voces vindicativas y ásperas, radicalmente nuevas, cuya posible filiación habrá que buscar, como barruntó BlancoWhite, fuera de dicho ámbito. La burla de Sempronio a las trovas de su amo y la mención a Ovidio y a los que “de improviso se les venían las razones metrificadas a la boca” nos iluminan en parte la funcionalidad precisa de dichos cultismos, ya que “no es habla conveniente”, dice, “la que a todos no es común, la que todos no participan, la que pocos entienden” (VIII, 5).

Una obra de la índole de La Celestina sólo puede ser juzgada conforme a sus propias hechuras y éstas no son precisamente latinas ni cristianas, aunque el joven bachiller luciera como “orfebrería dérmica” (expresión acuñada por Severo Sarduy) una paremiología envidiable. En cualquier caso, el problema de las fuentes no debe ser el ojo de manantial que nos impida ver el flujo fecundador del arroyo o río. Junto a Ovidio. Petrarca, el refranero y Pamphilus, Rojas demuestra conocer, al menos de oídas, a Avicena y Averroes, así como los versos satíricos de Rodrigo Cota y otros judeo-conversos y, como veremos luego, su admirable creación de la figura de Celestina no habría sido posible sin la tradición árabe, bien arraigada en España, de la alcahueta trotaconventos. Los esfuerzos de occidentalización a ultranza de obras de la enjundia del Libro del buen amor y La Celestina cifran, como indica Francisco Márquez Villanueva, “una larga historia de indeseables polémicas y farisaicos aspavientos, bajo los cuales late el centralismo cultural europeizante y dentro de éste el privilegio de lo nórdico sobre lo mediterráneo y el inveterado prejuicio anti-islámico”.

La prehistoria de La Celestina no es comprensible sin la del propio Fernando de Rojas: el desplome de la cúpula familiar, el celo purificador del Santo Oficio y la atmósfera de descontento, agravio y nihilismo de las aljamas peninsulares. Alain de Libéra y Márquez Villanueva han expuesto de forma esclarecedora la difusión del racionalismo averroísta en el Occidente cristiano a lo largo de los siglos XIV y XV y su influjo impregnador en la filosofía hispano-hebrea. Enfrentados a la precariedad y lobreguez de un presente que entenebrecía el futuro y lo ponía en picota, judíos, marranos y judeo-conversos abrazaban a menudo un amoralismo individualista que traducía su escepticismo con respecto a los valores comúnmente acatados por sus paisanos. En una Representación dirigida a Enrique IV de Castilla por algunos prelados y nobles del reino, sus autores denunciaban la presencia en la corte de enemigos de la fe católica que, “aunque cristianos por nombre, [...] creen e dicen e afirman que otro mundo non haya, si non nascer e morir como bestias”. Un simple recorrido por las páginas de la Tragicomedia nos permite espigar numerosos ejemplos de este materialismo y consiguiente incredulidad en los castigos y recompensas eternos:

Más quema que mi espíritu fuese con el de los brutos animales que por medio de aquél [el purgatorio] ir a la gloria de los santos (1,2).

No llores tú la hacienda que tu amo heredó, que esto te llevarás deste mundo, pues no le tenemos más de por nuestra vida (VII, 1).

Así que todo esto pasó tu buena madre acá; debemos creer que le dará Dios buen pago allá, si es verdad lo que nuestro cura nos dijo (VII, 1).

No habremos de vivir para siempre. Gocemos y holguemos, que la vejez pocos la ven, y de los que la ven ninguno murió de hambre (VII, 4).

Dicho agnosticismo, más o menos solapado durante el reinado de Enrique IV, iba a convertirse a partir de 1480, tras el levantamiento oficial de la veda, en uno de los blancos más señalados de la jauría inquisitorial. A los jóvenes judeo-conversos de la generación de Fernando de Rojas les cupo vivir la experiencia cruel de una sociedad despiadada e inicua, en la que los presuntos valores oficiales de la defensa de la fe mostraban como la otra cara de la moneda cárceles, torturas, confiscaciones, autos de fe, sambenitos y padrones de ignominia trocados, como diría un siglo más tarde fray Luis de León, en “generaciones de afrenta que nunca se acaba”. La parte inmersa de la asombrosa madurez artística de Rojas fue su experiencia previa de hijo de una familia holgada, precipitada de pronto a los abismos de la infamia y desolación. En un universo abocado a un “amargo y desastrado fin”, los seres humanos vivían a descubierto, sin protección ni Providencia algunas, sujetos tan sólo al determinismo de unas pasiones extrañas a toda regla moral o aquerenciadas, como dirá Marx, en las “aguas heladas del cálculo egoísta”. Esta filosofía desesperada y negativa que vertebró la vida y muerte de otros pensadores judíos, como el portugués Uriel de Costa (1585-1646), nos suena hoy moderna y a veces kierkegaardiana, y si Unamuno hubiese consagrado su talento al páramo existencial de La Celestina, habría podido añadir sin duda un capítulo convincente a su peculiar percepción del sentimiento trágico de la vida. Del desquite interior y afán de subversión tanto social como artístico de Fernando de Rojas brota en efecto, con intensidad, la perenne modernidad de la obra. Cinco siglos después de su primera impresión, la Tragicomedia retrata con una lucidez y precisión inquietantes el universo de caos y litigio con el que bregamos. Privada del “delicioso yerro de amor” del que gozara casi un mes, Melibea concibe su suicidio como un “alivio” y “descanso”, como un “agradable fin”, sin parar mientes en que la condena eclesiástica del mismo la aparta para siempre de la beatitud de los bienaventurados. En cuanto a su desconsolado padre Pleberio, la muerte de su única hija le enfrenta a una irremediable soledad. “Del mundo me quejo, porque en sí me crió”, exclama y, ajeno a toda resignación religiosa, lo apostrofa con acerba dureza en uno de los párrafos más bellos y conmovedores de la obra:

Yo pensaba en mi más tierna edad que eras y eran tus hechos regidos por alguna orden: agora, visto el pro y la contra de tus bienandanzas, me pareces un laberinto de errores, un desierto espantable, una morada de fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna llena de cieno, región llena de espinas, monte alto, campo pedregoso, prado lleno de serpientes, huerto florido y sin fruto, fuente de cuidados, río de lágrimas, mar de miserias, trabajo sin provecho, dulce ponzoña, vana esperanza, falsa alegría, verdadero dolor (XXI).

¿Puede hablarse tras ello de didascalia cristiana y de estoicismo a lo Séneca? Como su suegro Alvaro de Montalbán, procesado dos veces por la Inquisición a lo largo de su vida, Fernando de Rojas pertenecía a ese grupo de conversos que habían perdido la fe de sus antepasados sin recibir no obstante la gracia de la ley nueva que con tanta crudeza se les imponía. En tal brete existencial, un joven dotado de su genio literario no podía sino abalanzarse a los muros de la sociedad y el lenguaje hasta derribarlos y edificar con las ruinas su Tragicomedia.

Las únicas leyes que rigen el universo de ruido y de furia de La Celestina son las de la soberanía del goce sexual y el poder del dinero. Desde su encuentro casual con Melibea en la huerta, Calisto proclama la prioridad del placer de los sentidos respecto a cualquier recompensa ultraterrena (“los gloriosos santos que se deleitan en la visión divina no gozan más que yo agora en el acatamiento tuyo”, I,1) y a la pregunta de su criado Sempronio de si es cristiano responde de modo tajante: “¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo” (I, 2). Ningún precepto divino ni norma humana le impedirán “estragar” con sus “desvergonzadas manos” el “gentil cuerpo y delicadas carnes” de su arrebatada presa. Ni siquiera la mala nueva de la ejecución de sus sirvientes tras asesinar a Celestina alcanzará a distraerle de la idea del disfrute inminente del objeto de sus deseos, pulsión descrita en unos términos que, como apunté en otra ocasión, evocan el amoralismo nihilista de Sade: “Y pues tu vida no tienes en nada por su servicio, no has de tener las muertes de otros, pues ningún dolor [ajeno] igualará en el recibido placer (propio)”, (XIV, 8).

Las cínicas observaciones de Celestina sobre el hecho de que “ninguna diferencia habría entre las públicas, que aman, a las escondidas doncellas, si todas dijesen sí a la entrada de su primer requerimiento” (VI), dado que “cosquillositas son todas, mas déspues que una vez consienten la silla en el envés del lomo nunca querrían holgar” (III. 1), se ajustan a la fatalidad de unas pasiones que enhebran el hilo argumental de la Tragicomedia. Tras lamentarse del “riguroso trato” de Calisto (“no me destroces  ni maltrates como sueles”), (XIX, 3) en una escena de triple coyunda que da una “dentera” a su criada Lucrecia similar a la de la “puta vieja” ante los retozos y juegos de cama de Pármeno con Areúsa, Melibea no duda en confesar: “señor, yo soy la que gozo, yo la que gano; tú, señor, el que me haces con tu visita incomparable merced”.

Celestina iguala así, con sus artes de corredora del “primer hilado”, a prostitutas y nobles, borra la desemejanza entre unas y otras, derriba las murallas existentes entre la mansión familiar de Pleberio y la casa llana, atropella las jerarquías establecidas. Muy significativamente, Fernando de Rojas pone en boca de Areúsa y de Melibea una misma y reveladora frase: “desde que me sé conocer” (LX, 2) y “después que a mí me sé conocer” (XVI, 2). Conocimiento ligado, como es obvio, al de las leyes ineluctables del cuerpo, a la igualdad radical de toda la especie humana y a la furia ciega de las pasiones que, en virtud de una estricta concatenación de causa a efecto, convertirá en verdad maciza la sombría predicción de Pármeno a su amo:

Señor, porque perderse el otro día el neblí fue causa de tu entrada en la huerta de Melibea a le buscar; la entrada causa de la ver y hablar; la habla engendró amor; el amor parió tu pena; la pena causará perder tu cuerpo y el alma y hacienda. Y lo que más siento es venir a manos de aquella trotaconventos, después de tres veces emplumada (II, 2).

Américo Castro, María Rosa Lida, Stephen Gilman y otros estudiosos de La Celestina han contribuido a deshilvanar las costuras con las que el bachiller de La Puebla arma prudentemente el paño de la obra. Las referencias un tanto crípticas a la “limpieza de sangre” de Melibea y al “alto nacimiento” de Calisto se nos aclaran en cuanto calamos en la prehistoria de la Tragicomedia, que es la del propio Rojas. En el momento mismo de la conquista de Granada y el descubrimiento del Nuevo Mundo —cuando la realidad parece someterse al imperativo religioso y guerrero de los españoles—, la soledad, el silencio y oscuridad en los que se refugia Calisto resultan a primera vista incomprensibles. Como escribe Julio Rodríguez Puértolas, “ante esta historia y este presente, percibimos que algo ha ocurrido, que ha habido una dislocación entre el modo de vida anterior de la familia y el modo de vida actual de Calisto. Algo poco feliz, sin duda. Pues, ¿es objetivamente normal que un joven de veintitrés años, de la gallardía física y cualidades de Calisto, se comporte como él hace?”.

El ánimo apartadizo de Calisto, su retraimiento de la sociedad urbana que le rodea y a la que sólo se asoma de hurtadillas y a cubierto de la noche transparentan en filigrana el de numerosos judeo-conversos sobre quienes se ha abatido, como un ave de presa, la persecución y acoso inquisitorial a sus vidas y haciendas. Las alusiones del joven (XIV, 8) al “juez de bajo suelo”, que ajusticia a Sempronio y Pármeno “en mal pago”, dice, del “pan que de mi padre comiste” nos permiten entrever un prestigio y poder social misteriosamente mermados o desvanecidos al par que su familia, familia cuya ausencia no se nos esclarece —¿barrida de muerte natural o por otras y más recias causas?— sino en la velada referencia al mencionado juez al que califica de “público delincuente”. Relacionar dicha caída en desgracia y la carencia inexplicable de todo entorno familiar en un mozo como Calisto con la experiencia traumática de Rojas no es desde luego aventurado. La existencia casi enclaustrada y el descrédito social del héroe de la Tragicomedia — véase la enigmática y descortés frase de Sempronio tocante a su abuela y el simio— permanecen envueltos en la misma bruma, adensada con esmero, que oscurece y desdibuja al autor.

Las frecuentes menciones a la limpia sangre, el linaje y la honra que salpican la obra satírica de judeo-conver- sos del siglo XV de tan vano registro como Antón de Montoro y Juan Alvarez Gato y, con posterioridad a Fernando de Rojas, la de una amplia gama de escritores que abarca del autor anónimo del Lazarillo y Francisco Delicado a Fray Luis de León, Alemán y Cervantes, brotan asimismo con mordacidad y sarcasmo de labios de los personajes socialmente inferiores de la Tragicomedia. Si. por un lado, Celestina, Areúsa y un rufián del jaez de Centurio se jactan de su honra profesional (“Algo han de sufrir los hombres en este triste mundo para sustentar sus vidas y honras”, dice la alcahueta), por otro, sirvientes y prostitutas acometen con energía a las entelequias que, por espacio de siglos, cifraron el modelo social y religioso de la casta cristiano vieja:

Y dicen algunos que la nobleza es una alabanza que proviene de los merecimientos y antigüedad de los padres: yo digo que la ajena luz nunca te hará claro si la propia no tienes (Sempronio, 11,1).

Ninguna cosa es más lejos de la verdad que la vulgar opinión. Nunca alegre vivirás si por voluntad de muchos te riges… Las obras hacen linaje, que al fin, todos somos hijos de Adán y de Eva. Procure ser cada uno bueno por sí y no vaya a buscar en la nobleza de sus pasados la virtud (Areúsa, IX, 2).

Las difíciles condiciones de vida de los judíos y conversos, progresivamente agravadas a lo largo del siglo XV con los pogromos en distintas ciudades de la península y el triunfo de Isabel contra los partidarios de Juana la Beltraneja (obsérvese la propagación de términos insultantes y despectivos acuñados en pocas décadas: marranos, moriscos, judiadas…) son objeto también de condena. “Inicua es la ley que a todos iguales no es”, dice el desolado Pleberio al mundo, para añadir a continuación, con ese pesimismo cósmico con el que se arropa el escepticismo religioso de Rojas: “Dios te llamaron otros, no sé con qué error de su sentido traídos. Cata que Dios mata los que crió; tú matas los que te siguen”.

Los ataques al clero y, a través de éste, a la Iglesia menudean también en las páginas de la Tragicomedia: desde la moza encomendada a Celestina por un fraile ventripotente al encargo de restaurar a toda prisa la virginidad de la novia entregada por ella el día de Pascua a un canónigo racionero, las andanzas de la “puta vieja” por “misas y vísperas” de monasterios de ambos sexos en donde laborea sus “aleluyas y conciertos” se encuadran en una tradición de tercería bien conocida cuyos orígenes árabes ha sentado en bases muy firmes Francisco Márquez Villanueva. La figura literaria de la trotaconventos, diseñada con fineza y cariño por el Arcipreste de Hita, respondía, como sabemos, a una realidad social bien afincada en la Castilla de los Trastámaras: los Reyes Católicos premiaban la fidelidad y servicios prestados a su causa por algunos clérigos con el sustancioso privilegio de regentar mancebías. Uno de éstos, Alonso Yáñez Fajardo, obtuvo de Sus Majestades el monopolio de seis de ellas y su “muy antiguo carajo” se convirtió en el héroe involuntario de esa preciosa joya del Cancionero titulada Carajicomedia. Los autores de tales sátiras, muchas veces frailes anónimos, lucían con desenfado su erudición eclesiástica en letrillas y metáforas licenciosas, aptas para ser recitadas ante un público bullicioso y alegre pese a la creciente “discordia” entre los “naturales” de aquellos “cuitados reinos”: el terror a inquisidores y malsines no había cuajado aún.

Celestina es una profesional que lleva la cuenta exacta de los “virgos que tiene a cargo”, los “mejores encomendados” y los canónigos “más mozos y francos”. Pero a su alta conciencia del oficio, compartida con otras predecesoras literarias, Rojas agrega unos trazos y rasgos sombríos —prácticas brujeriles y una apariencia repulsiva casi fantasmagórica— que, ajenas a la tipología anterior y al campo de una moral binaria, se extienden, como en Goya, a zonas más hondas y oscuras. Del mismo modo que los monstruos y pesadillas del subconsciente goyesco abandonan sus hoscas guaridas y cobran de pronto ante nuestros ojos una precisión a la vez siniestra y tangible, la aparición de Celestina en el templo, en plenos oficios, parece arrancada de uno de los grabados o aguafuertes del autor de los Caprichos y Disparates. Agasajada, cuenta, por abades de todas las dignidades, desde obispos a sacristanes: en entrando por la iglesia, veía derrocar bonetes en mi honor, como si yo fuera una duquesa. El que menos había de negociar conmigo por más ruin se tenía. De media legua que me viesen dejaban las Horas: uno a uno (y) dos a dos venían a donde yo estaba, a ver si mandaba algo, a preguntarme cada uno por la suya. Que hombre había que estando diciendo la misa, en viéndome entrar, se turbaban, que no hacían ni decían cosa a derechas. Unos me llamaban señora, otra tía. otros enamorada, otros vieja honrada. Allí se concertaban sus venidas a mi casa, allí las idas a la suya, allí se me ofrecían dineros, allí promesas, allí otras dádivas, besando el cabo de mi manto y aun algunos en la cara, por me tener más contenta (LX, 3).

La usurpación del papel de la Virgen y de los honores con los que es recibida en andas de procesión en el templo no pueden ser más palmarios. La irreverencia de Rojas y su burla del fariseísmo eclesiástico no son comparables a los de sus predecesores ni reaparecerán luego, sino en el campo pictórico, en el sueño de la razón de Goya.

La arremetida iconoclasta a la Iglesia y al geanologismo militante de los paladines de la limpieza de sangre se acompañan en La Celestina de una crítica demoledora por las prostitutas y sirvientes al egoísmo, rapacidad e ingratitud de los señores de aquel tiempo (aplicables, añadiría yo, a los del nuestro). La lengua afilada de Areúsa en el diálogo iniciado con las alabanzas a Melibea, en aguijador contrapunto a la retórica cultista de otros pasajes de la obra, es uno de los logros más incisivos del bachiller de La Puebla. La fuerza y expresividad que se gestaban en los monólogos femeniles de El corbacho alcanzan una madurez y perfección que asombran al lector al cabo de cinco siglos. Las señoras nunca buscan el trato con iguales a quienes “puedan hablar tú por tú”, y sus criadas, dice Areúsa: nunca oyen su nombre propio de la boca dellas, sino “puta” acá, “puta” acullá. “¿A do vas, tiñosa? ¿Qué hiciste, bellaca? ¿Por qué comiste esto, golosa? ¿Cómo fregaste la sartén, puerca? ¿Por qué no limpiaste el manto, sucia? ¿Cómo dijiste esto, necia? ¿Quién perdió el plato, desaliñada? ¿Cómo faltó el paño de manos, ladrona?: a tu rufián lo habrás dado”… Y tras esto, mil chapinazos, pellizcos, palos y azotes (LX, 2).

Hablar a propósito de la Tragicomedia de descubrimientos y conquistas artísticas comparable a los de Cervantes, Velázquez o Goya no peca en modo alguno de exagerado. La cultura española no sería lo que es sin el Quijote, el Libro de buen amor y La Celestina. El embate de Rojas a los códigos y convenciones sociales de su época se lleva a cabo en un lenguaje alacre en el que la virulencia del ataque se expone en unos términos que sentimos y vivimos como nuestros, en este presente intemporal del que nos habla Bajtín. El bachiller de La Puebla juega con maestría con los distintos registros del habla, roza la obscenidad sublime, decanta la crudeza, acelera vertiginosamente el ritmo, engarza argumentos y frases como cuentas o perlas, las atropella, parece jadear y convierte la materia verbal en un organismo prodigiosamente vivo:

Esto hice, esto otro me dijo, tal donaire pasamos, de tal mano la tomé, así la besé, así me mordió, así la abrace, así se allegó. ¡Oh qué habla! ¡Oh qué gracia! ¡Oh qué juegos! ¡Oh qué besos! Vamos allá, volvamos acá, ande la música, pintemos los motes, cantemos canciones, invenciones justemos: ¿qué cimera sacaremos o qué letra? Ya va a la misa, mañana saldrá, rondemos su calle, mira su carta, tenme la escala, aguarda a la puerta, ¿cómo te fue? Cata el cornudo, sola la deja. Dale otra vuelta, tomemos allá (Celestina, 1,10).

Sujetos a los impulsos de un egoísmo sin trabas, sumidos en áspera e inevitable contienda, los personajes de La Celestina no conocen otra ley que la inmediatez del provecho. El homo homini lupus de Plauto, razonado y expuesto por Gracián y Hobbes, configura la realidad que les empuja a enfrentarse entre sí hasta el límite del aniquilamiento. Sempronio y Pármeno olvidarán la fidelidad debida a su amo por la codicia de la recompensa prometida por Celestina (“Destruya, rompa, quiebre, dañe, dé a alcahuetas lo suyo, que a mí parte me cabrá, pues dicen: a río revuelto, ganancia de pescadores”, Pármeno), II, 5) y acabarán por asesinar a la vieja (“sobre dinero no hay amistad”) cuando ésta se niega a repartir el fruto de su tercería. La violencia así desatada no tardará en recaer sobre ellos: la justicia les degüella en la plaza y, pasado el primer momento de congoja, su amo Calisto les paga de forma postuma, en la misma moneda: “Que más me va en conseguir la ganancia de la gloria que espero (el goce con Melibea) que en la pérdida de morir los que murieron” (XIII, 4). La concatenación perversa de causa a efecto a la que nos referimos antes acarreará a continuación la muerte de Calisto y el suicidio de Melibea.

Hace veinticinco años connoté el escepticismo radical del bachiller de La Puebla en las virtudes morales y sociales del ser humano con el universo nihilista de Sade. No  andaba errado en ello pero la lectura de la Tragicomedia en las presentes circunstancias me mueve a considerarla en correlación a otras doctrinas y hechos más próximos y acuciantes. Cierto que, como señala Rodríguez Puértolas, existen algunos puntos de fulgor en la obra: la autoestima de los criados y prostitutas, su rebelión contra el poder abusivo de los señores, la conmovedora solidaridad de Areúsa con Elicia, una vindicación explícita de la sexualidad femenina y, en palabras de Américo Castro, los rumores esperanzados de quienes sobreviven a la hecatombe, sin Celestina y sin amos, como “Sosia que baja al río cantando a la luz de la luna mientras sus piernas jóvenes oprimen el lomo de su caballo en pelo”. Pero estos pequeños claros en un universo regido por el poder del goce y el goce del poder no contribuyen sino a potenciar el tenebrario del cuadro: la verificación melancólica de que el vertiginoso progreso tecnocientífico de las últimas décadas —la modernidad incontrolada que, como un leviatán, emerge del horizonte que nos acecha en este fin de milenio— no va a la par de ninguna cultura, ningún progreso moral. Las pasiones e impulsos destructivos descritos por Fernando de Rojas son los mismos de hoy. ¿Estamos genéticamente programados para el habla y el desenvolvimiento ilimitado de la inteligencia tecnocientífica, como descubrió Chomsky, pero tenemos irremediablemente atrofiados, salvo en casos y personas excepcionales, las facultades que nos permitirían vivir en un mundo de mayor equidad y justicia?

Leer La Celestina en el desconcierto internacional subsiguiente al desplome de la ratonada utopía comunista y al triunfo avasallador del credo ultraliberal más extremo incita desde luego al optimismo. Las frecuentes referencias de los personajes al mundo como “mercado” o “feria” en los que personas y mercancías “tenidas cuanto caras son compradas; tanto valen cuanto cuestan” y la desgarradora invectiva de Pleberio al mismo (“e ventas y compras de tu engañosa feria”) cobran un significado turbador si las confrontamos con el continuo e imparable declive de los valores humanistas, solidarios y democráticos en una Aldea, Tienda o Casino Global regidos por poderes incontrolables y cuya única ley es también la inmediatez del provecho.

¿Es la vida humana un elemento exterior a las leyes del mercado o únicamente un producto más, comerciable y vendible, del frío e inmisericorde entramado económico? A la pregunta angustiada que nos planteamos ante las crecientes desigualdades, tropelías y saqueos de un orbe de recursos limitados en el que sólo los poderosos y sus peones sin escrúpulos parecen tener futuro, una cala profunda en el universo de La Celestina nos golpea con un duro e inexorable negativismo: la naturaleza y sus leyes ciegas nos reducen a mera mercancía desechable en un mundo inicuo y sin Dios.        n

¿Crees en fantasmas?

¿Crees en fantasmas?

Por Julio Cortés

Se cumplieron 16 años de espera para que el verdadero Episodio 1 de La guerra de las galaxias, Phantom Menage, llegara por fin a la pantalla grande, después de La guerra de las galaxias, El imperio contraataca y El regreso del Jedi, la revolucionaria trilogía que hace ya dos décadas George Lucas dio a conocer (mezclando influencias de cineastas como Ford y Kurosawa, así como elementos de Flash Gordon, la mitología griega y filmes como Triumph of the Will). Se estrenó el 19 de mayo en Estados Unidos; el público podrá apreciar la historia que dio origen a personajes como Luke Skywalker, Han Solo y Darth Vader, en la primera de las llamadas “precuelas” que Lucas ya mantenía en su cajón desde 1977.

También ha pasado mucho tiempo desde que Lucas, ahora dueño de las compañías THX e ILM produjo los tres episodios cronológicamente anteriores a Phantom Menage, con ayuda de los directores Irvin Kershner y Richard Marquand; la trilogía filmada de 1977 a 1983 ha logrado recaudar hasta la fecha 1,800 millones de dólares. En cuanto a Phantom Menage, rodada en Inglaterra en los estudios Leavensden, en el palacio real de Caserta, Italia y en Túnez, presenta al actor escocés Ewan McGregor encarnando a Obi Wan Kenobi (el caballero Jedi que fue interpretado en el Episodio IV por Sir Alec Guinness), Liam Neeson como Qui-GonJinn. otro Jedi que instruye a Kenobi acompañado de su comparsa Jar Jar Binks (un personaje creado por completo en forma digital), Natalie Portman como la reina Amidala (madre de la princesa Leia y de Luke Skywalker) y Jake Lloyd como el pequeño Anakin Skywalker. quien con el paso de los años es atraído hacia el lado oscuro por el emperador Palpatine (quien en este Episodio I sigue siendo encarnado por Ian McDarmid, a quien veremos aquí como un aliado más y sin el espeso maquillaje que lo hacía irreconocibie en El regreso del Jedi). Samuel L. Jackson. Pernilla August y el gran actor británico Terence Stamp son otros de los actores que figuran en la cinta, que será exhibida el 14 de julio en el Odeonn Leicester de Londres, dentro de la 1999 Royal Film Performance, con la presencia del Príncipe de Gales.

George Lucas ha dado a conocer su inminente retiro como realizador con esta cinta (La guerra de las galaxias fue la única película de la anterior trilogía dirigida por él), pero asegura que seguirá en su rango de productor con los Episodios II y III, los cuales se estrenarán en los años 2002 y 2005, respectivamente. Asimismo, ha declarado que se siente satisfecho de sus pocas, aunque sustanciosas obras cinematográficas: el cortometraje de debut THX II/38 (1971), una desafiante mirada futurista que el propio James Cameron envidiaría: el ahora clásico American Graffitti (1973), un mosaico introspectivo sobre los cambios en la sociedad americana por medio de la comedia, y la ya mencionada La guerra de las galaxias (1977). Junto con Scorsese, De Palma, Coppola y Spielberg (con quien Lucas colaboró como productor en otra obra maestra. Cazadores del Arca Perdida, y al que se vuelve a unir en el próximo remake de Naranja mecánica. con McGregor a la cabeza del reparto), Lucas forma parte del polígono de auteurs del cine norteamericano de los setenta, precursor del ahora llamado movimiento independiente: pero a diferencia de los realizadores antes mencionados, George Lucas manejó con perfección en La guerra de las galaxias el género de aventuras fantástico a través de la ciencia ficción, en un filme quizá no comparable en su costo con las superproducciones de ahora, pero con la trascendencia necesaria para convencer a propios y extraños de que lo comercial no significa malo, si es que se hace con resultados trascendentes. Esperemos el estreno para comprobar si le fuerza sigue acompañándole.          n

Julio Cortés. Crítico de cine. Colaborador del diario La Crónica.

Una Carta de Jorge G. Castañeda

Una carta de Jorge G. Castañeda

Luis Miguel Aguilar

Director General Revista Nexos

Ya habrá oportunidad de responder a la sustancia del artículo de Carlos Salinas en el próximo número de Nexos. Allí se verá cómo el expresidente se rehusa de nuevo a decirnos quiénes son los miembros de la llamada nomenclatura; cómo vuelve a negar toda responsabilidad por la crisis de diciembre de 1994; cómo manipula nuevamente los números de su sexenio; y cómo reincide en su vieja táctica de tratar de desacreditar a sus interlocutores, en lugar de discutir seriamente con ellos. Como le dijo Ronald Reagan a Jimmy Carter en un debate de 1980: “There you go again. Mr. President”.

Por ahora sólo quisiera referirme a cuatro acusaciones personales que hace Salinas, y que no puedo dejar pasar sin mayor comentario.

1) De haberse citado fiel y no selectivamente mi ensayo de 1986 “México at the Brink”, el lector del texto de Salinas comprobaría la completa continuidad que impera entre aquella publicación, y la que escribí a invitación de Nexos en mayo de 1999. Lo que el exmandatario omite mañosamente es mi marcado énfasis en la necesidad de una profunda democratización del sistema político, en una modificación de fondo de la política social, en la revigorización del nacionalismo mexicano y de la independencia de México frente a Estados Unidos, y en una renegociación draconiana de la deuda externa. Es decir, todo lo que no se hizo bajo el sexenio de Carlos Salinas. Mi artículo de entonces se escribió en el contexto del agotamiento del modelo político y económico bajo el cual había vivido el país durante cuarenta años. Mis propuestas se inscribían en ambos registros; Salinas sólo actuó en uno, apoderándose de manera engañosa y demagógica de la bandera de cambio de los mexicanos, para corromperla y beneficiando sólo a unos cuantos. Al igual que durante su sexenio, Salinas sigue sin oír, ver o leer a los demás; sólo escucha y cita lo que le conviene.

2) Mi “vínculo” con la campaña del ingeniero Cárdenas se produce sólo a partir de julio de 1988, y no antes, como sostiene Salinas, de nuevo falsamente. Durante la contienda de aquel año, fueron muchas más mis afinidades con la campaña del propio Salinas que con la de Cuauhtémoc, y todavía acompañé a Salinas a su cierre de campaña en Veracruz, unos cuantos días antes de la elección. Mi ruptura con Salinas y con José Córdoba, y mi consiguiente convergencia con la resistencia al salinismo que encarnara Cárdenas, se consuma en una conversación personal con Córdoba el 8 de julio, y en una plática telefónica con Salinas el 7 de julio. El motivo de la ruptura fue claro y contundente: el fraude electoral masivo llevado a cabo el 6 de julio, que constituiría un agravio duradero para todos los mexicanos, y un pecado original del régimen de Salinas. Sostuve entonces y sostengo ahora en el último capítulo de La herencia que es imprescindible y factible para el país determinar lo que sucedió en aquel verano de nuestro descontento.

3) No sabía que el pensador brasileño Roberto Mangabeira requiriera de escuderos dublinenses. El viaje de Salinas a Sao Paulo en agosto de 1997, cuando efectivamente comenzamos a concertar la entrevista publicada en La herencia, tuvo por propósito explorar la posibilidad para Salinas de crear una fundación de apoyo a niños pobres en América Latina; ni Salinas ni Mangabeira me comunicaron en ese momento intención alguna de publicar un ensayo juntos. Cuando Mangabeira sí me avisó de dicha intención —a principios de 1998— le manifesté mi desacuerdo y mis temores para nuestro proyecto común latinoamericano. Dichas reservas las compartí con varios colegas y amigos, quienes, durante la estancia de Mangabeira en México en abril de 1998, a su vez se las externaron.

Yo confiaba que a la luz de mi empeño persuasivo y del rechazo recibido por los autores a la alimón en Foreign Affairs, The Economist y New Left Review, Mangabeira encontraría la manera de desistir de la publicación. Le advertí del peligro de que Carlos Salinas buscara cómo hacer público el ensayo en México, aun si no aparecía en otras latitudes. Tuve razón, ya que la publicación en inglés se dio finalmente en una revista marginal, mientras que las repercusiones en México fueron las que se saben.

4) Resulta confusa la mención que hace Salinas a propósito de La herencia —tal vez por querer decir demasiadas cosas; si yo peco de simplista en mi concepción del arte de gobernar, al expresidente le falta estilo, experiencia y claridad en tanto escritor—. Ningún tercero —y ciertamente no Porfirio Muñoz Ledo, a quien me imagino se refiere Salinas sin atreverse a nombrarlo— me sugirió la pregunta relativa al encuentro Salinas-Cárdenas de 1988; no sé dónde escuchó Salinas la versión que cita y más bien creo que la inventó él mismo. El objetivo de la pregunta —y de todas las preguntas en las cuatro entrevistas— consistió en hacer hablar a los expresidentes; creo que se logró. La iniciativa de la pregunta me corresponde por completo, y por cierto no a Salinas, como muchos han insinuado. Al contrario: como reconocí en mi entrevista con Ricardo Rocha. Salinas procuró no responder. Lo cual no obsta para que el propio Salinas haya suscitado el tema en varias conversaciones anteriores a la coyuntura actual.

Comprendo que Carlos Salinas de Gortari tal vez se sienta dolido u ofendido por algunos pasajes del ensayo o segunda parte de La herencia. En mi opinión se equivoca: a pesar de lo que le puedan susurrar o azuzar sus excolaboradores, creo que el balance global del libro es positivo para él. Sin embargo, no creo que su irritación justifique rebajar el nivel de un debate que, si bien debió haberse celebrado cuando era presidente y no ahora cuando no tiene quien le escriba, puede resultar útil e interesante para los lectores. En todo caso es el debate que me interesa; los pleitos de lavadero nos aburren a todos.      n

Borges y la Odalisca

Sí: es Jorge Luis Borges en un ignoto sitio recobrado en el libro Borges-Bioy. Confesiones, confesiones, por Roberto Braceli (Sudamericana, 1997). ¿Dónde ocurre este Borges? ¿Acaso está en el cielo del Corán?

borges-odalisca

Del indigenismo

Del indigenismo

Por Luis González de Alba

“Si hoy podemos trabajar menos horas para comer, y emplear más tiempo en el desarrollo propio, es porque podemos entregar nuestro trabajo elaborado en una computadora provista de un programa eficaz. Son muchas las ciencias que confluyen para ese resultado. Ninguna fue creada por alguna cultura india. Esa es hoy su gran contradicción: que desean los bienes, pero ignoran cómo se producen”.

El mundo es de los eufemismos

Todo es falso en el indigenismo. Todo. Hasta el nombre. Somos indígenas mexicanos todos los nacidos en este país, independientemente de que tengamos bigote y barba abundante o no, manos grandes o chicas; ojos rasgados hacia arriba, como pintados por Diego Rivera, o rectos y hasta caídos hacia abajo; pómulos anchos y asiáticos, o convexos, corte de cara largo o redondo, piel morena o clara, ojos cafés o azules, pelo negro o rubio. Se es indígena de Francia por nacer allá. Umberto Eco es indígena de Italia, Aznar es indígena de España y Carlos Tello es indígena de México.

Quienes dicen “indígena” quieren suavizar el término “indio”, pues esa expresión ya causa inquietud en el mundo de eufemismos en que vivimos. De pronto desaparecieron los coches usados, ya sólo se anuncian “autos seminuevos”; no hay ciegos, sino invidentes; no existen los cojos, los mancos ni mucho menos los inválidos: se volvieron primero discapacitados y finalmente minusválidos; los negros son “personas de color”, como si no tuviera todo el mundo algún color: los abortos son “interrupciones del embarazo”, y por supuesto los indios se volvieron “indígenas”, tomando en exclusiva una definición que pertenece a todo nativo de un lugar.

Las dos caras del indigenismo

El indigenismo, definido como esa convicción de que el indio nos necesita a los no indios, de que un Bartolomé de las Casas palpita en nuestros corazones redentoristas, tiene dos caras que no por contradictorias van menos juntas.

Por una parte se exalta todo lo indio: nos dice que ya quisiéramos para nosotros la cercanía india con la naturaleza, su medicina sin efectos secundarios y procedente de la madre tierra, su alimentación alta en fibra, sus métodos de cultivo respetuosos porque no emplean maquinaria agresiva ni agentes químicos (y la quema y roza con la que acaban la selva se justifica porque son pobres). Ya quisiéramos hasta su magnífica democracia: directa y de mano levantada en asamblea comunitaria, todos frente a todos. Pero luego, por otra parte, nos dicen que “hemos abandonado a nuestros indios” porque carecen de todo aquello que a nosotros nos separa de la naturaleza: piso de cemento, buenas cosechas gracias a los fertilizantes e insecticidas químicos, grandes hospitales donde se aplican medicamentos artificiales, además de procedimientos invasivos tan ajenos a los usos y costumbres de la medicina india. Los admiradores de la vida india se recetan, para ellos, una vida muy distinta a esa dorada cercanía india con la naturaleza (con excepción de las camisas bordadas que sí usan y tan barato pagan): una medicina agresiva, alimentos altos en colesterol; grasas perjudiciales como la mantequilla, la crema y las mayonesas; autos contaminantes, y una democracia que sea todo menos directa, donde esté asegurado el anonimato del votante y argumentamos que es la única manera en que nosotros podemos ejercer el voto sin presiones, lo cual, claro está, no vale para los indios porque ellos deben seguir sus “usos y costumbres”. Imaginemos los gritos del PRD y su prensa satélite si un sindicato priista exigiera a sus miembros votar en asamblea por voto abierto. Sólo cuando se trata de indios pensamos que votar frente al cacique (y en su contra) se llama “democracia directa”, y que es buena costumbre porque es india y sigue los “usos y costumbres” indios. Ah, los eternos eufemismos y los círculos viciosos del pensamiento

Darwin en la selva

Las culturas son organizaciones vivas. Nacen, crecen, florecen y mueren. En ese lapso compiten entre sí por sobrevivir. Unas triunfan porque son mejores. Las inferiores perecen. O mejor dicho, a la inversa: llamamos mejores a las que triunfan e inferiores a las que perecen. El Viejo Mundo produjo grandes culturas mucho antes que el continente americano. Este es un hecho que sólo puede negar el relativista acérrimo, una forma á la mode de fundamentalismo que extiende las nociones democráticas de la igualdad entre los individuos, a la igualdad entre las culturas. Quien crea que los hotentotes de la selva africana o los yanomamo (gulp) de la selva amazónica nada tienen que pedirle al refinamiento chino, a los interiores árabes, al pensamiento hindú, debe detener aquí mismo su lectura: ante el absurdo y el ridículo no hay argumentos posibles. Sigamos con quienes prefieran la pirámide de Keops a la choza de vara y lodo.

China, India, Egipto y Mesopotamia florecieron miles de años antes de nuestra era, cuando el occidente de Europa vivía en cuevas, el norte estaba apenas habitado y América no tenía nada importante, como demuestra la arqueología. Es difícil explicar estas grandes diferencias entre aquel mundo y éste. Siempre que se intenta se cae en alguna forma de reduccionismo. El hecho es que razas tan diversas como las que produjeron esas grandes culturas dieron a sus pueblos un alto nivel de vida. Mismo que no alcanzaron otros pueblos. La muralla china, las tres pirámides mayores, Babilonia y Nínive, no tienen equivalente americano por mucho entusiasmo que uno invierta en la excursión a Chichén Itzá.

A riesgo de caer en el reduccionismo ya señalado, busquemos las mayores diferencias entre el Viejo Mundo (Asia, norte de Africa, este del Mediterráneo) y América. Hay tres: el río, el caballo y el mar. Esto es; ríos navegables, caballo para transporte y mar igualmente navegable, como es el Mediterráneo con sus numerosas islas para ayudar a las más largas travesías, y su reducida anchura que hace también un oleaje sin riesgo para las pequeñas embarcaciones de los pueblos antiguos. Caballos y barcos llevaron las ideas, las invenciones y los productos entre naciones tan distantes como, en América, los imperios inca y azteca. Pero aquí apenas si pudieron unos saber de los otros: todos los ríos se cruzan espumosos y rugientes al fondo de barrancas profundas; el océano Pacífico, sin islas entre las costas de los actuales Perú y México, levanta olas de varios metros. Los pueblos americanos nunca construyeron barcos porque no había donde navegar con ellos. Por lo mismo no descubrieron Europa. Claro, está la enorme excepción del Mississipi. Ignoro en absoluto por qué no surgieron grandes culturas a lo largo de sus riberas, de clima tan similar al benigno del sur europeo y aguas tan navegables para sostener un intenso comercio de bienes y de ideas. Algo así como un equivalente del variado mundo mediterráneo. No encuentro explicación.

Y en cuanto a los caballos, sí los hubo en América. Los restos fósiles comprueban la existencia de un caballo americano. Pero si los chinos inventaron la costumbre de montarlos, domesticarlos y emplearlos como medio de transporte, los americanos se los comieron. Lo cual no es prueba de nada, es un hecho. Como es otro hecho que los chinos, tras inventar la pólvora, la emplearon para hacer bellos fuegos de artificio. Los europeos tuvieron la ocurrencia de meterla en un tubo de hierro para impulsar una bala y así cambiaron el mundo, incluida China, con una invención china.

La ciencia

 Si la aridez cultural del verde, pródigo y suave Mississipi es prueba contra el reduccionismo geográfico intentado apenas líneas arriba, hay otro elemento para explicar la espectacular caída del mundo indio ante el embate europeo. Fue un solo aspecto del pensamiento surgido en el Viejo Mundo lo que dio a los europeos esa inmensa ventaja desplegada sobre los pueblos americanos (y los de otros continentes): la atrabiliaria idea de querer explicar la naturaleza sin recurrir a dioses y espíritus cuya voluntad produce los fenómenos naturales, sino buscar en leyes naturales la explicación de los fenómenos naturales. Esa absurda idea nació en la zona de confluencia de todas las grandes culturas del Viejo Mundo: en la costa egea de Asia Menor. Así fue como, 300 años antes de nuestra era, Eratóstenes midió la circunferencia de nuestro planeta sin otro equipo que dos varas clavadas en ciudades distantes, la medición de la sombra proyectada en Alejandría y en Siena, del Alto Egipto y, lo más importante, el equipo intelectual de la geometría de Euclides. Este es uno de los más bellos momentos del pensamiento humano y no existe nada comparable en América. No porque haya sido habitada por pueblos más tontos, sino porque nunca abandonaron las explicaciones religiosas.

De igual forma, las más altas culturas americanas, como olmecas o mayas, produjeron un arte que rivaliza en los relieves, esculturas y pinturas con lo mejor del Viejo Mundo. Pero a su arquitectura le faltó una invención definitiva: el arco. Es definitiva porque la acumulación rectilínea de arcos da la bóveda, y su giro de 180° resulta en una cúpula. Y éstos, bóveda y cúpula, son los medios para crear grandes interiores con los mismos materiales de construcción antiguos: piedra y argamasa. Los egipcios y babilonios produjeron interiores pobres, plagados de columnas, porque cubrían sus edificaciones con las piedras más grandes que podían cortar y las sostenían con las columnas necesarias. Es el sistema elemental de cuerpos verticales que sostienen cuerpos horizontales. El poste-y-dintel. El más sencillo es el de una puerta: dos cuerpos verticales (postes) que sostienen un cuerpo horizontal, o dintel. El límite de ese sistema se alcanza pronto y está dado por las piedras más largas que se puedan cortar para con ellas cubrir un área plana. El resultado era un bosque de columnas llenando el interior. Dos mil años después, una joven cultura, la griega, siguió esos mismos métodos constructivos con idénticos resultados: la gran belleza y armonía de sus exteriores iba aparejada a un decepcionante interior.

Con todo, consiguieron algo que los mayas, mil años después, no vislumbraron: un sistema que permitió separar más las columnas al dar una mayor superficie de sustentación al entablamento (o piedras horizontales que soportan la techumbre) por medio de un capitel aumentado de un ábaco: una piedra inicialmente recta y sin adornos que, sobre el capitel, proporciona un apoyo extra a la largura del dintel. La continuación de esa idea dio el arco, el alineamiento de arcos sucesivos dio la bóveda y ésta la posibilidad de crear amplias naves sin columnas internas: bóveda sostenida en muros. Quien haya estado en el Panteón,  el templo para todos los dioses (pan-theon) construido por Agripa en el año 27 antes de Cristo, ha visto el resultado de girar el arco: un recinto cubierto por una cúpula de 43 metros de diámetro y 22 metros de alto.

Mil quinientos años después, los interiores aztecas no podían ni soñar con esas dimensiones. Y sus pirámides, construidas 4,500 años después que las de Egipto, tuvieron un volumen muchas decenas de veces inferior. Por eso nunca me han asombrado las grandes culturas americanas. Hacia el año 1300 de nuestra era, con Florencia y Venecia ya construidas, Alejandría destruida y las mayores catedrales góticas terminadas, los aztecas eran una tribu que vivía una etapa superada por los chinos 10,000 años antes: el nomadismo dedicado a la cacería y la recolección de frutos silvestres: la forma de sustento de otros primates como los chimpancés y los gorilas.

Llamar “ciencia” a la suma de conocimientos acumulados por las culturas americanas es un forzado estiramiento del término. No es ciencia seguir detalladamente los movimientos de los cuerpos celestes. Ni siquiera es ciencia predecirlos, pues siendo movimientos de ritmo inamovible la sola observación de varias secuencias permite suponer que así continuarán ocurriendo por los siglos de los siglos. Ciencia es explicarlos. Eso faltó por completo en los pueblos americanos.

La derrota

Los pueblos de América produjeron arte, y de gran calidad, excepto en arquitectura, donde fueron tardíos (y su retraso se mide en milenios), además de pobres en técnica. Pero no produjeron ciencia, y porque les faltó ésta no desarrollaron técnica, hija de la ciencia. Y sin técnica no vieron facilitada su vida cotidiana, y así permanecen sus descendientes más directos, por ser hijos no sólo de su sangre, lo cual no importaría, sino de sus ideas. Porque las conservan viven como lo hacían hace 1,000 años. Y a esa forma de vida, entonces natural, hoy la llamamos miseria. Ellos no han cambiado, cambiamos nosotros y nuestras concepciones sobre la vida cotidiana.

Muchos humanos hemos dejado de emplear la sola fuerza de nuestros músculos para las tareas diarias porque éstas las realizan máquinas, primero movidas por agua corriente, luego por vapor, ahora por electricidad. La medicina moderna parte de explicar la enfermedad como un producto de agentes no visibles por el ojo desnudo, explicación que debemos a Pasteur, apenas a mediados del siglo pasado. Sin esta idea no existiría el desarrollo de medicamentos contra esos agentes de la enfermedad y seguiríamos empleando el único recurso: rogar a nuestro Dios, éste sí verdadero y no falso como los de otros pueblos, pero finalmente único dador de la salud.

Pero hubo un resultado más grave de esta ausencia tecnológica de los pueblos americanos: fue que estuvieron inermes a la hora de la confrontación con las culturas europeas. Habiéndose comido a los últimos caballos varios milenios antes de nuestra era, no sólo carecieron de ese transporte, empleado por los pueblos asiáticos de manera directa al montarlos, sino que tampoco alcanzaron otro empleo más eficaz del caballo: como bestia de arrastre para carros, tanto de transporte como de guerra. Por supuesto conocieron la rueda, como bien lo comprobamos con la enorme rueda de ese relieve que llamamos “calendario solar”. Hicieron además pequeños coches con ruedas como juguetes para sus niños. Pero nunca pensaron siquiera en la tracción humana.

Y las culturas, como las especies, se confrontan entre sí y sin remedio sobrevive la mejor adaptada para las necesidades de ese momento. Defender a las perdedoras es una tarea destinada al fracaso: o se suman a la vencedora o desaparecen. Hay una tercera vía y es extraordinaria. Sólo conozco un caso: vencer al vencedor por otros medios que no son la confrontación directa. Es la vía griega. Dice el dicho: Grecia vencida venció al vencedor. Luego de ser vencida por Roma en el año 190 antes de nuestra era, tras la derrota de Magnesia, Grecia se convirtió en lugar de peregrinaje obligatorio para todos los arquitectos romanos, los escultores y pintores allá se formaban, no se podía ser escritor romano de mediana calidad sin dominar perfectamente el griego y la literatura griega desde Homero en adelante. Ningún filósofo romano podía prescindir de la lectura de Platón y Aristóteles. El idioma griego era el medio de comunicación entre la gente culta del imperio romano. No dominarlo era tan vergonzoso como fue en el Renacimiento no hablar latín, en el siglo pasado no hablar francés y ahora no hablar inglés. Convertida en provincia romana en el año 148 antes de Cristo, ya Roma hacía mucho que era una provincia intelectual de Grecia. Eso significa “Grecia vencida venció al vencedor”.

Pero las culturas americanas no podían ni soñar con vencer a Inglaterra, España. Francia o Portugal. La razón es una y una sola: no habían conseguido alcanzar la idea de que la naturaleza tuviera explicación en sí misma, de que los fenómenos físicos no se rigieran por el azar ni por el capricho de los dioses, sino por leyes internas que era posible desentrañar por medio de la observación. No tuvieron un Aristóteles y eso sí, lo creo sinceramente, es obra del azar. No del azar sin rumbo alguno, sino del predispuesto por hechos anteriores. Aristóteles no habría sido quien fue de no haber contemplado el mundo sobre los hombros de gigantes, como diría Newton de sí mismo, dos mil años después, para explicar sus asombrosos descubrimientos. Aristóteles tuvo a Platón y éste al espíritu de los filósofos jonios, de Pitágoras, de Tales. Pero estos grandes del pensamiento no hubieran fructificado si no hubiera nacido un hombre como Aristóteles. Mozart no habría compuesto lo que compuso sin la previa determinación de la escala diatónica que rige a la música de Occidente y que Bach puso a prueba con su monumental El clave bien temperado. Pero sólo Mozart pudo llevar la música hasta donde él la llevó. Así ocurre también con el pensamiento. A cualquiera se le contamina una laminilla con pelusa blancuzca. No cualquiera descubre en esa pelusa al primer antibiótico, la penicilina. Para eso se debe tener la altura científica de Alexander Flemming.

La flecha de la inmigración

¿Hay culturas mejores que otras? Los científicos sociales dicen que no. La gente dice que sí. Las culturas que ofrecen a sus miembros una mejor calidad de vida están señaladas por notorias flechas que apuntan hacia ellas. Son las flechas de la inmigración. Contra la opinión de los expertos relativistas, que predican en sus cátedras la igualdad de las culturas, la gente piensa distinto, quizá porque no los lee ni asiste a sus cursos universitarios. La población mundial muestra una muy clara movilidad: del campo a la ciudad, de los países pobres a los ricos. Nuestros indios se van a Oaxaca. luego a la ciudad de México, y no pocas veces a California. Esta corresponde con una pequeña cuota de californianos educados y decepcionados, que viajan a regiones indias en busca del paraíso perdido y recitan a los indios los preceptos del desarrollo: no comerás azúcar refinada, sal en abundancia, carnes rojas, conservas, verduras ni frutas de perfección contranatura por efecto de plaguicidas y fertilizantes. Todo ello altamente nocivo para tu salud.

Pero el hecho es que la prédica californiana es poco efectiva. Se despachan unos hongos y regresan a San Francisco, donde encuentran a los mismos indios, sobre todo en el valle de San José, y observan con desaliento que han abandonado su sana dieta de alimentos naturales, recogidos a mano en la selva, y se regodean consumiendo hasta latas de alto contenido en conservadores.

La flecha de la inmigración indica el flujo humano hacia las culturas consideradas mejores por quienes no han logrado que sus culturas propias los satisfagan. No es la antropología quien define las mejores culturas, sino la gente al elegir destino. El agua fluye hacia terrenos más bajos aunque contradijera alguna teoría en contrario. La inmigración hace otro tanto y así señala cuáles culturas son vistas como deseables por quienes están inconformes con la suya propia. La prédica relativista e igualitaria se ve negada, en los hechos, por las balsas cargadas de inmigrantes ilegales que van de Africa a Europa, los agujeros en el muro de metal levantado por Estados Unidos para detener el flujo de mexicanos, los desesperados que acaban muertos en el desierto de Arizona, los negros que llegan a París, los indios que prefieren las calles de la ciudad e México, los indios más atrevidos que llegan hasta los campos de cultivo estadunidenses. Todos dejan atrás su casa, sus pocas propiedades, hasta su idioma y por supuesto sus costumbres. Se dirigen en el sentido de las flechas de la inmigración, hacia las culturas que han dado libertad y bienestar a quienes las crearon y las disfrutan.

Es el reconocimiento del fracaso propio. Es pedir al vecino cobijo cuando la casa mal construida por nosotros se nos derrumba. Es sólo una respuesta ideológica, que exige ignorar todas las evidencias, la que afirma la igualdad de todas las casas. Es, curiosamente, una respuesta elaborada en las culturas hacia donde se dirige la inmigración. En las aulas de Nueva York y de París es donde se escuchan teorías que parecen formuladas para otro planeta. Los hechos indican que los indios abandonan, en cuanto pueden, sus formas de vida. Lo hacen porque son usos y costumbres que, en sí mismos, por sí mismos, son productores de pobreza. La cultura de la pobreza existe y son las ideas, usos y costumbres que han creado pobreza porque ignoran la forma en que la naturaleza trabaja para producir riqueza. Ignoran que hay leyes de la vida vegetal y animal, que la enfermedad tiene sustratos físicos, que la naturaleza no está dirigida por seres a quienes debemos pleitesía, sino por leyes que pueden proporcionarnos una mejor calidad de vida en nuestro breve paso por la existencia. Esa sencilla noción es la ciencia.

Nuestros indios o emplean electricidad o no la emplean. Si lo hacen deben aprender a producirla, para lo cual son necesarias las herramientas intelectuales que sus culturas no inventaron. Así dejarán de ser culturalmente indios. Se convertirán en otro tipo de humanos, como las especies que cambian, forzadas por las nuevas circunstancias, y sólo sobreviven siendo otra cosa. Esto es: a fin de cuentas no sobreviven. Si no emplean electricidad, si se niegan a emplearla (lo cual no están haciendo, para decepción de algunos “indigenistas”), les espera la “reservación india”, donde guarden su pureza mientras las enfermedades acaban con ellos, ya no cultural, sino físicamente, pues su medicina tampoco ha encontrado la explicación causa-efecto que nos enseñó Pasteur. Otras alternativas no hay y estas dos llevan a la desaparición de la especie o de la cultura derrotada, sea porque se transforma o porque sus miembros se extinguen.

El recuerdo

Nos quedarán no sólo el recuerdo, sino muchos elementos de las culturas indias absorbidas por la cultura general del país: algunas expresiones como “guajolote” y “mitote”, ciertos elementos de decoración que ya no son ni siquiera por completo indias, sino producto del mestizaje. Lo “indio” que vemos es una caricatura, como esos danzantes que bailan en el Zócalo y en la Villa de Guadalupe con penachos de plumas de avestruz, ave africana, calzones como ellos se imaginan que usaron los aztecas y lo que es peor: ojos verdes y cabellos castaños. O es un refinamiento, como esa vajilla de barro, hermosa y carísima, hecha en Oaxaca, con el magnífico buen gusto de una señora de apellido alemán. Los platos verdaderamente hechos de barro por verdaderos indios siguen siendo baratos y chuecos. Da vergüenza, y pena, ponerlos junto a una porcelana inglesa. Se ven como la choza de varas junto a Versalles. De nuevo, la explicación es la ciencia. Para un simple plato comercial Villeroy et Boch colaboran decenas de técnicas procedentes de todas las ciencias, a excepción de la astronomía.

Si hoy podemos trabajar menos horas para comer, y emplear más tiempo en el desarrollo propio, es porque podemos entregar nuestro trabajo elaborado en una computadora provista de un programa eficaz. Son muchas las ciencias que confluyen para ese resultado. Ninguna fue creada por alguna cultura india. Esa es hoy su gran contradicción: que desean los bienes, pero ignoran cómo se producen. Y no sólo cómo, sino los antecedentes mismos del cómo: la idea de que la naturaleza se explica por leyes internas, que le son propias, y no por fuerzas ajenas, misteriosas y, sobre todo, azarosas, casuales, accidentales, unas veces benignas y otras malignas.

Esa idea, la de una naturaleza creada por leyes y regularidades, tan extraordinaria en su simplicidad, que apareció como flor en el desierto en la costa jónica del Egeo en el siglo VII antes de nuestra era, nunca surgió en las culturas que en todo el globo terráqueo hoy se extinguen entre los piadosos esfuerzos de quienes salvan también focas y ballenas. No hay remedio: si han de vivir los individuos, las culturas productoras de pobreza habrán de desaparecer. La única forma de que no se extingan es la reservación donde artificialmente se les mantenga ajenas al exterior. Y ésa es otra forma de extinción.  n

Luis González de Alba. Escritor y periodista. Su más reciente libro es Los derechos de los malos.

Cardoza y el río

Cardoza y el río

Por Sergio Ramírez

Sergio Ramírez traza aquí el retrato de uno de los escritores más imaginativos de la  lengua española. Es un retrato en colores tan vivos, libres y rebeldes como los que animaban al propio Luis Cardoza y Aragón.

Cuando llamaba al portón de su casa en el Callejón de las Flores de Coyoacán, siempre acudía él mismo a abrirme, con paso menudo y casi aéreo, la cabeza en sesgo y ya encorvado, el pico de la nariz apuntando al suelo como un pájaro en busca de migas. Y en aquella sala de su casa mexicana, vidrio y piedra, venía a sentarse Lya con figura de ballerina en reposo, más blanca aún bajo el turbante, daguerrotipos vivos los dos de un tiempo extrañamente ya tan antiguo, y que había sido tan moderno. Aquel anciano amigo, juvenil en sus gestos, siempre agudo e irónico, y tan metido siempre en lo actual como en una camisa que crecía con él, había participado en la construcción de esa modernidad del siglo cuyos reflejos aún podían verse en las pinturas y en las fotografías suyas que lo rodeaban. Era su vida la que historiaba esas paredes. Junto a Picasso en Niza, por ejemplo, sentados bajo un parasol, en traje de baño, los codos hundidos en la arena, como dos veraneantes comunes. El retrato que le había hecho Orozco. Un dibujo del mismo Picasso.

Luis estuvo en la cocina de la modernidad del siglo, del surrealismo de Bretón al cubismo de Picasso, de Rivera a Orozco en el muralismo mexicano, de la revolución guatemalteca a la revolución cubana, del bogotazo a sus exilios, siempre de cabeza en el debate sobre el papel del arte en la vida, militante de toda causa libre, el antihéroe convertido en el héroe de su propia novela (o novelas) de caballería, El río…, un río que como el de Heráclito nunca cesa de fluir y, sin embargo, es siempre distinto. Un río de la pasión, que corre reflejado en un espejo de múltiples reflejos.

Imaginativo, y estricto en su memoria. Regresando una vez de California le hablé de mi visita de todo un día al Museo de San Diego donde tantas maravillas desconocidas había encontrado, e iba a decirle, pero me lo dijo él, que allí estaba El bodegón de fray Juan Sánchez Cotán, el mismo que vio Jorge Guillén y dejó en su poema exacto “Naturaleza” siempre viva, un membrillo y un repollo que cuelgan de hilos, como péndulos, y un melón y un pepino en el alféizar de la ventana, nada más simple y nada más avant garde que aquel cuadro de finales del siglo XVI; y por esa fidelidad, no es gratuito que tan bien recuerde en El río… que el caballo de Zapata en el mural del Palacio de Cortés de Cuernavaca, pintado por Diego Rivera, es el mismo caballo blanco en un muro de la Biblioteca Piccolomini de Siena, pintado por Pinto- ricchio en el renacimiento ya lejano.

Quizás ningún otro centroamericano estuvo tan presente en el debate que construyó la modernidad del siglo veinte. Ni Miguel Angel Asturias. A finales de los sesenta, en las tertulias de la Hacienda las Brisas, a orillas del río Medio Queso, con José Coronel Urtecho y Carlos Martínez Rivas, solíamos hacer, en un ejercicio lúdico, como lo cuento en Estás en Nicaragua, listas de centroamericanos partiendo de un concepto, elaborado entre risas, de lo centroamericano, como contrario de lo universal, y bajo esa guillotina iban pasando muchas cabezas. Muy pocos eran los que se salvaban de ascender las gradas de aquel patíbulo erigido con humor, pero también con rigor. A veces se salvaba Asturias. Siempre, en cada revisión, Luis. El representaba, sin concesiones, la ruptura de todo el espeso muro provinciano que nos rodeó siempre y que ha disminuido hasta hoy muy pocos centímetros de su espesor.

El Río…, que es un libro múltiple, tal como Francisco Rodríguez bien lo analiza, es también la segunda parte de Guatemala, las líneas de su mano, si sabemos ver ambos como piezas de la autobiografía que Luis estuvo escribiendo siempre en su memoria, y de la que también formó parte Miguel Angel Asturias, una casi novela publicada poco antes de su muerte. Fui testigo de los escrúpulos que lo asaltaban en el curso de la escritura de este libro suyo final. Asturias había aceptado el puesto de embajador en Francia del gobierno de Méndez Montenegro. que en nada se diferenciaba de los demás gobiernos en la Guatemala negra de los suplicios y los horrores cotidianos. Era un personaje suyo entrañable, de su vida y de su tiempo, y no podía quedarse sin juzgarlo. No deja de advertirse la pena con que recuerda en El Río…, que Asturias una vez dirigió un noticiero de radio proclive al dictador Ubico. La Centroamérica tropical que abraza siempre con sus tentáculos sofocantes.

En la presentación de Miguel Angel Asturias casi novela (y el título es muy pariente de El río, novelas de caballería, porque nada es autobiografía y todo es la novela, y viceversa) en el Centro Reyes Heroles de Coyoacán. donde lo vi por última vez. desde su lugar en el estrado asentía ante la aguda observación de Carlos Monsiváis, uno de los presentadores del libro, agudo desde su niñez: Asturias había creado en Hombres de maíz un extraordinario arquetipo del indio guatemalteco, buscando satisfacer la idea que los franceses tenían del indio guatemalteco. Un feliz accidente artístico.

Yo sonreía esa noche, recordando la pregunta de Luis en El río… sobre el indio guatemalteco, cromo de postal y sangre renegrida, y su respuesta: “¿Qué es el indio guatemalteco, aparte de ser Guatemala? Ha llevado a la nación pendiendo de la frente en el mecapal. Su lengua es la única herida patria que le queda. Empezó a erguirse cuando se dio cuenta de quiénes eran los que le explicaban las cosas más allá del sufrimiento”.

Para Luis, pues, la autobiografía fue un género múltiple, y para mí, su género mejor. Saber recordar es dejarse ir en el río de la memoria, entre la vigilia y el sueño, y reconstruir el mundo tal como los ojos creen ahora que lo vieron, porque otra fidelidad es imposible. Es una deconstrucción que no sólo reconstruye al mismo tiempo, también construye desde abajo, desde la raíz, desde la tierra arrasada. Es lo que podríamos llamar realismo imaginativo. El realismo imaginativo que tiñe las baladronadas de arma blanca del orfebre Benvenuto Cellini cuando cuenta su vida pendenciera. Una especie de realismo exaltado en el relato de la propia vida, que desde el otro lado del espejo sirve también para ejecutar el trabajo de la novela. Ya no podremos saber en cuántos casos, desde la autobiografía, o desde la novela, se ha transfigurado la verdad imaginada en verdad histórica, y en qué momento esas aguas agitadas comienzan a revolverse. Pero sí sabemos que no pocas veces la verdad imaginada ha resultado más trascendente que la verdad histórica. Los frisos humanos del segundo imperio descritos por Balzac, tienen todo el poder que ya desearía la historia oficial.

La probable realidad, como el mismo Luis señala. “Saber narrarla es más arduo que narrar lo imaginado: hay que inventar mucho más. Todo gira en derredor de lo vivido y lo soñado o su confluencia”. Esa frase es clave para entender el ars poética de Luis, y su ars narrativa; invención, que es inventario; la memoria debe siempre inventar, e inventariar.

Es una escritura que no cesa de ser un diálogo. Una discusión, a veces consigo mismo, y siempre con los personajes de su entorno, que nunca son dejados en reposo. Existen para opinar, y para ser contradichos; de lo contrario no tendrían sentido. “Plantear interrogantes, introducir incertidumbres, cuestionar aspectos fundamentales de la cultura latinoamericana del siglo XX”. Estamos hablando de un espíritu libre, más en el molde del Voltaire venenoso y sibarita, que en el de Rousseau simplón y vegetariano y, ya no digamos, que en el de ningún comisario de la cultura. Porque no era fácil en aquellos tiempos de pasión ortodoxa de la izquierda, cuando los moldes de pensamiento eran dictados por las internacionales, enfrentarse a las tesis oficiales sobre el arte, bajo el riesgo de ser excomulgado, como le ocurrió a Luis. Ahora da risa verlo sentado ante el tribunal de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), sometido a trampas y zancadillas, “un ruiseñor entre pingüinos”. Pero entonces, hasta reirse era peligroso.

Lejos de la provincia, fue siempre un exiliado. Tampoco se acomodó a los balances que el poder crea, aunque sea un poder de izquierda, como le ocurrió tras la revolución de octubre en Guatemala. Aun para un bienintencionado como el maestro de escuela que llegó a presidente, Juan José Arévalo, Luis era demasiado moderno, y representaba demasiados riesgos. De ese reencuentro con su país lo mejor que le ocurre a él, y a la literatura centroamericana, es Guatemala, las líneas de su mano, aunque ocurre también la fundación de La Revista de Guatemala, un hito en la historia de nuestra cultura. Un inconforme como él ya no encontrará conformidad en la provincia real, el solar natal que se vuelve evocación y recuerdo, y también carnicería y espanto. El exilio será entonces la medida no sólo de su libertad, sino de su modernidad; lo hará contemporáneo, le dejará abierto el mundo del que una y otra vez volverá a ser actor y testigo.

Descubrirá a su tierra en Europa, como él mismo lo dice, y no será ni el último ni el primero. La lejanía tiene siempre en la memoria la virtud del acercamiento. Pero no sólo descubrir a su tierra, sino descubrirse él mismo, como es, y como lo hicieron, y como siempre será, idéntico a su país, y al tejido de su país, en cada hebra por separado y en todas entretejido. Este diálogo eterno entre el intelectual latinoamericano y Europa, está también, y cuándo no, en él, que al afirmarse en la modernidad perseguía lo que en cada generación todos hemos llamado la civilización. Toda obra de transformación, pensada en términos culturales, y políticos, se piensa como una obra civilizadora. Es un viejo sino que trata de desvelar a una realidad que permanece tercamente amodorrada sobre sus viejos moldes y escenarios, y que desemboca siempre en un fracaso repetido, aun revoluciones mediantes.

Pero no hay, dice, más posibilidad de cultura que en la revolución. La revolución es la verdadera cultura de nuestros días, un concepto que pareciera obsoleto a la luz cenital de este fin de siglo, aunque nada extraño en la boca de alguien que vivió subvirtiéndose siempre y subvirtiendo al mundo, creyente de las revoluciones políticas, aunque no cupiera en ellas, y de las revoluciones artísticas. De manera que quedamos sabidos: la oportunidad única de crear la cultura está en la inconformidad, en la rebelión, en la subversión.

Este guatemalteco de Antigua, universal y moderno, camina a filo entre las dos Guatemalas, la ladina y la indígena, al medio mismo de la herida, perseguido por las voces de la multitud distante de indios, colorida, y olvidada, que clama en los socavones de la historia. Es un mestizo que desprecia esa cultura ladina suya, y se precia sin embargo de ella. Indios y ladinos, ese es su diálogo final, y su destino. Nunca podría ser universal, ni moderno, si dejara de repartirse, y compartirse. Ese diálogo suyo, insustituible, entre la modernidad y la civilización pretendidas, y el atraso que no cesa, entre el sueño y el escarnio, entre la novedad y el vicio arcaico. Vio nacer el mundo moderno del arte del siglo XX y siguió viendo desfallecer a su patria al final del siglo XX, esa patria lejana donde los coroneles seguían orinándose en sus muros, y a donde Luis Cardoza ya nunca habría de volver.       n

Sergio Ramírez. Escritor. Entre sus libros, Margarita, está linda la mar (Premio Alfaguara).

Acteal

Acteal

Por John Womack

El 22 de diciembre de 1997, casi a las 11 AM, un grupo de hombres vestidos con uniformes oscuros y los rostros cubiertos disparó contra la población indefensa de Acteal. Asesinó a 45 personas. John Womack reconstruye los hechos en este texto que forma parte del libro Rebellion in Chiapas (The New Press, 1999) y que pertenece a la segunda parte, una serie de documentos que abarcan más de 450 años de historia en Chiapas.

El municipio tzotzil de Chamula está situado directamente al norte de San Cristóbal. Al norte de Chamula están los municipios tzotziles de Bochil, Larráinzar, Chenalhó y Mitontic. De San Cristóbal, hay una distancia de cerca de treinta kilómetros en línea recta a la cabecera municipal de Chenalhó; hay que recorrer alrededor de cuarenta largos kilómetros por la sinuosa carretera de la sierra para llegar allí, a San Pedro Chenalhó, en donde sudó la estatua de San Sebastián y en donde la estatua de San Pedro irradió luz antes de la gran rebelión india de 1712, en donde el ejército tzotzil persiguió y mató a los fugitivos tzotziles de la reconquista de Chamula llevada a cabo por los ladinos en 1869-70. Un poco más de la cuarta parte del tamaño de Chamula, Chenalhó abarca casi 230 kilómetros cuadrados. Es un lugar de cerros y laderas verdes, valles, arroyos, lluvia en el verano, neblina en el invierno, noches frías durante todo el año. En los bosques de pino y de roble, los hombres cortan leña para construir sus chozas. En los sombreados huertos, ellos y los miembros de su familia se hacen cargo de los cultivos de café; en los claros, del maíz y el frijol; en las laderas abiertas, de los borregos; en los valles, de la caña de azúcar y del ganado. En 1990, el municipio tenía alrededor de 31,000 almas en 101 localidades; San Pedro Chenalhó (1,564 habitantes) era la más grande, otros 20 pueblos (de 1,227 a 507 habitantes) y 80 poblados (de 471 a quizá 6 habitantes). De esta gente, tal vez el 99% eran nativos de Chenalhó. De aquellos mayores de cinco años, 98% hablaba una lengua india, 93% tzotzil (los demás tzeltal); más del 40% sólo hablaba tzotzil.

Desde la Revolución, hace alrededor de 60 años, “cuando dejamos de vivir aplastados”, más de 50 pueblos y poblados de Chenalhó (todos los que eran elegibles) han recibido ejidos, los cuales representan casi el 90% del territorio del municipio. Sin embargo, la abrumadora mayoría de la gente siguió siendo pobre, no tan miserable como en Las Cañadas o en Chamula, pero pobre. En 1990, de la gente que alguna vez llegó a hacer dinero a partir de su trabajo, cerca de 7,000 personas (eran tan pocas porque más del 40% de la población tenía menos de 12 años), el 90% trabajaba en el “sector primario”, en sus terrenos ejidales o como jornaleros a sueldo, y el 90% ganaba menos del salario mínimo. A nivel histórico y comparativo, Chenalhó era tan sólo otro triste municipio de los Altos de Chiapas.

No obstante, su historia postrevolucionaria sí tenía algunos rasgos distintivos. Mientras los jóvenes indígenas bilingües ganaban autoridad en otros municipios de los Altos durante la década de los cuarenta, los ancianos de Chenalhó se mantuvieron firmes. En los cincuenta, empezaron a perder personas que se convirtieron a la religión presbiteriana, pero no los rechazaron ni los excomulgaron. En los años sesenta, los maestros bilingües formados en el INI tomaron las riendas más rápido que en cualquier otra parte de los Altos y se convirtieron en poderosos caciques. En nombre del PRI, los maestros de las familias Arias y Ruiz, Cruz y Méndez, los Paciencia, los Gómez, los Pérez y los Hernández, dominaron la política de Chenalhó durante veinticinco años, unidos contra los forasteros, oponiéndose entre sí localmente. Y. desde 1965, un recio y astuto párroco les hizo frente, el padre Michel Chanteau, nacido y educado en Normandía; él tenía 34 años cuando se mudó a San Pedro, era un veterano del barrio comunista Ivry-sur-Seine, acababa de tomar un curso rápido con Iván Illich, era fiel al obispo Ruiz y al Vaticano II. En espacio de unos años, su respeto y trabajo por los pobres de la parroquia le hicieron tener una gran influencia sobre ellos. Al igual que los misioneros en Las Cañadas, aprendió la lengua de los pobres, estudió el nuevo catecismo y continuamente reclutó catequistas. Entre 1973 y 1974, el “padre Miguel” fue uno de los dos “promotores” de la zona tzotzil en el Congreso Indio, en donde (mientras sus catequistas se emocionaban) los delegados de Chenalhó hablaron de la lucha de los pueblos de Los Chorros y de Puebla por proteger sus ejidos contra un terrateniente invasor; exigieron la ampliación de Los Chorros, relataron la exitosa lucha de Puebla por liberar a uno de sus habitantes injustamente encarcelado, se quejaron de la incompetencia y la corrupción de las agencias federales, de la extorsión en el mercado de San Pedro Chenalhó, de la mano de obra forzada en las carreteras, de la explotación en las fincas, de la venta ilegal de bebidas alcohólicas, de los médicos inútiles, de las escuelas inservibles y acusaron a un maestro por su nombre, el hermano del antiguo presidente municipal, de haber abusado sexualmente de las niñas mayores en su escuela.

Los maestros conservaron su franquicia del PRI y su caciquismo. Lamentaron sólo en la retórica la muerte de los últimos ancianos y la partida de los jóvenes más enojados hacia Las Cañadas. Fácilmente dividieron a los “tradicionalistas” que quedaban entre los favorecidos y borrachos y los extorsionados y borrachos. No obstante, gozaban del apoyo (por tener “educación”) de los presbiterianos del municipio, cada vez más numerosos (y abstemios). Su única gran frustración eran los nuevos católicos que rodeaban al padre Miguel.

Este régimen empezó a cuartearse en 1988. No sólo el PRI se dividió a nivel nacional, sino que los maestros de Chenalhó perdieron el control de las elecciones municipales; su candidato priista a la presidencia municipal, respaldado por los presbiterianos, perdió ante un sujeto respaldado por una nueva coalición de “tradicionalistas” y de catequistas del padre Miguel. En ese momento se abrieron más grietas. Se organizó una unión de ejidatarios y de cafetaleros. Solidaridad hizo su aparición. Cerca del límite Este del municipio, en Los Chorros (cuya población en 1990 era de 1,065 habitantes), incluso los cardenistas del lugar formaron un comité y ganaron la concesión federal de un foso local de arena y grava para su nueva cooperativa de construcción de Solidaridad. Suspicaces, otros cardenistas de la zona se unieron al PRD. Otros, molestos con Solidaridad y con la decadencia del PRD en 1991, se registraron en la nueva Alianza Nacional Campesina Independiente Emiliano Zapata, ANCIEZ. Gracias a Solidaridad y a la abstención de la ANCIEZ, el PRI de los maestros reconquistó a los “tradicionalistas” y vencieron al PRD local en las elecciones para la presidencia municipal en 1992. Separándose de los partidos y de sus facciones, los catequistas de la parroquia crearon la organización de Las Abejas, una asociación civil para llevar a cabo el tipo de reformas que promovía la ANCIEZ. Adiferencia de otros municipios del norte, en 1994 en Chenalhó no había de manera evidente combatientes o soldados del EZLN. Uno de las razones puede ser que la mayor parte de los pobres eran como los cardenistas de Los Chorros, quienes seguían llamándose cardenistas pero apoyaban al gobierno (tan sólo para conservar sus escasos bienes materiales); otra razón es que Las Abejas realmente no eran violentas. De cualquier manera, el PRI de los maestros volvió a ganar la presidencia municipal en 1995 con Jacinto Arias, un presbiteriano. De pronto, en abril de 1996 (dos meses después de los acuerdos de San Andrés, principalmente sobre la “autonomía” indígena), los maestros recibieron el agravio más insolente y peligroso de su historia colectiva: la proclamación de un “municipio autónomo” en Chenalhó. Ubicada en la zona noreste del municipio, en el poblado de Polhó (450 habitantes en 1990), una coalición local de perredistas y simpatizantes zapatistas no violentos reclamó la jurisdicción sobre 11,000 almas en 36 comunidades en el sector noreste del municipio.

El presidente municipal Arias no pudo ignorar durante mucho tiempo a los “zapatistas” de Polhó (como los llamaba). En agosto de 1996, el “municipio autónomo” se apoderó del foso de arena y grava de la cooperativa de Los Chorros o (como lo declaró el consejo “autónomo” de Polhó) “lo expropió para beneficio de las comunidades”, autorizando su uso únicamente con el permiso de Polhó; los priistas y sus nuevos aliados “cardenistas” no estaban incluidos en la jugada. Aun así, durante varios meses, mientras la guerra civil se propagaba en otras zonas de los Altos de Chiapas. los priistas / “cardenistas” y los partidarios de Polhó en los pueblos y poblados del noreste de Chenalhó intercambiaron ataques verbales, en el peor de los casos, y los “neutrales” (sin importar sus inclinaciones políticas privadas) siguieron adelante con sus actividades laborales y de culto. La unión de ejidatarios se mantuvo intacta. Las Abejas volvieron a concentrarse en sus rezos por la paz.

Sin embargo, en abril de 1997 el consejo de Polhó se enteró de que Arias había recibido un envío de 200 rifles de alto poder y de que la policía estatal estaba reclutando y capacitando “paramilitares” en varios lugares del “municipio autónomo”, Santa Marta. Pechiquil. Yaxgemel, Los Chorros y Puebla. Tal vez esto se había hecho como una justificación de seguridad contra un posible ataque del EZLN. Es posible también que el 23 de mayo, en el valle al sur de Polhó, en Yaxgemel, unos “zapatistas” “agredieron” a unos priistas (incluyendo “disparos”). El 24 de mayo, el primer asesinato político de la temporada ocurrió a ciencia cierta cuando los “paramilitares” rodearon Yaxgemel, mataron a tiros a un miembro del consejo de Polhó e hirieron a dos “zapatistas” locales. Otros partidarios de Polhó y algunos neutrales huyeron. Otros más intentaron hacerlo, pero sus vecinos priistas se lo impidieron. En el mes de junio. Arias envió a Tuxtla la primera de varias peticiones para que el gobernador interino Julio César Ruiz se reuniera con una delegación de Chenalhó. El quería “explicar personalmente los problemas del municipio”, con la esperanza de obtener más apoyo del estado “para resolver el problema de la seguridad”. El gobernador debía ya estar al tanto de cómo estaba la situación en Chenalhó; su secretario para Asuntos Indígenas era el tío de Arias. Evadió la reunión, tal vez con el fin de evitar el chantaje político. Dos meses después, hizo un donativo de Desarrollo Social por un valor de 500,000 dólares a un municipio famoso por sus “paramilitares” (Paz y Justicia). Tal vez Chenalhó necesitaba más “paramilitares” notorios.

La guerra empezó durante la semana del 14 de septiembre. Ese domingo, haciendo caso omiso de la unión de ejidatarios, el delegado ejidal priista de Puebla anunció una recaudación especial para “comprar cartuchos y reparar armas”. Tres días después, los funcionarios ejidales golpearon y encarcelaron a cuatro campesinos que se negaron a pagar. Ese mismo día, en una asamblea ejidal a cinco kilómetros al noreste, en Los Chorros, el delegado “cardenista” notificó rumores de que los soldados del EZLN se acercaban para matar gente de ese lugar. Su compañero “cardenista” Antonio López y 30 seguidores rápidamente lo destituyeron, exigieron la “guerra a los zapatistas”, distribuyeron rifles y salieron y mataron a tres vecinos, quemaron la capilla de las Abejas locales y saquearon y quemaron entre 15 y 20 casas “zapatistas”. Alrededor de 60 Abejas huyeron a otros pueblos y poblados, la mayor parte de ellos se dirigió a Acteal, a seis u ocho kilómetros al noroeste (cuya población en 1990 era de 471 habitantes), situado a tres kilómetros al norte de Polhó. Los “paramilitares” siguieron disparando, saqueando y quemando en Naranjitic, Yibeljoj, Pechiquil y también en La Esperanza (poblaciones ubicadas a cinco kilómetros de Polhó), tomando rehenes “zapatistas” y neutrales cuando podían. Cientos de partidarios y neutrales de Polhó huyeron a los bosques, hacia Polhó, cuando eso les era posible. Algunos refugiados empezaron a devolver los disparos.

No pasó mucho tiempo antes de que los “supuestos zapatistas” mataran a “supuestos priistas” y también quemaran sus casas. El primero de octubre en San Cristóbal, Arias le pidió permiso al presidente Zedillo para que (sus) civiles de Chenalhó portaran armas en “defensa propia”. Las Abejas protestaron. El permiso (que no fue otorgado) evidentemente no fue necesario. El 28 de octubre, en Chimix, una patrulla armada encontró una reserva secreta de 20 rifles y los devolvió a los priistas locales quienes los reclamaron. En Los Chorros, en octubre y a principios de noviembre, Antonio López recaudó por lo menos 10.000 dólares en “impuestos de guerra” para comprar armas AK/47, .22, una Uzi y municiones en San Cristóbal para una ofensiva importante. En otros pueblos y poblados, los priistas recaudaron “impuestos de guerra” a plazos y, cuando las familias terminaban de pagar (75 dólares), les otorgaban “inmunidad” y las dejaban (o las obligaban) a pintar “PRI” en sus casuchas. En otras partes, los inocentes pintaban “sociedad civil” o “zona neutral” en las suyas. Arias fue a Tuxtla y le pidió a Homero Tovilla, el teniente del gobernador, más policías estatales “para reforzar la seguridad”. Tovilla dijo que enviaría a 160 oficiales más. Algunos llegaron. Arias se quejó de que no eran suficientes. Tovilla le dijo: “Primero, ustedes los indios pónganse de acuerdo y luego vengan a verme”. Para noviembre, 14 “supuestos priistas” habían sido asesinados por “supuestos zapatistas”.

Un buen tzotzil siempre dice lo que va a hacer. El 15 de noviembre en San Pedro Chenalhó, el presidente municipal Arias detuvo al padre Chanteau en la calle y le dijo que si no “controlaba” a los “zapatistas” y a las Abejas, él (Arias) lo mataría y quemaría su iglesia con él adentro. Había llegado la temporada de cosecha del café. Tres días más tarde, los “paramilitares”, algunos con máscaras rojas, algunos con uniformes oscuros (como la policía estatal), algunos con escoltas de policía estatal, lanzaron su ataque, atacando en Nueva Aurora, Pechiquil. Bajoveltic, Canolal, Chimix, Acteal. Yaxgemel y Tzajalhucum, matando por lo menos a “zapatistas” o neutrales, llevándose en camiones el café recién cosechado, saqueando e incendiando de 40 a 50 casas, capturando rehenes y creando cientos de refugiados. El 26 de noviembre, siguiendo lo dispuesto por Arias con el coronel de la policía del estado que estaba a cargo de la zona noreste del municipio, un capitán de la policía estatal acompañó a los ejidatarios de Los Chorros en su recorrido a San Cristóbal para comprar más municiones y rifles AK-47. Al igual que el comandante del ejército del “destacamento mixto” (soldados y policía estatal) en Majomut, un kilómetro y medio al Este de Acteal, el coronel ya estaba dándoles órdenes a sus subordinados que pedían instrucciones en relación con los civiles armados: “Si son verdes (campesinos priistas), déjenlos en paz”. Incluso sin instrucciones, la policía con frecuencia no tenía muchas opciones. Como se lo dijo el nuevo delegado ejidal de Los Chorros al capitán después de haber ido a comprar municiones a San Cristóbal, las armas de los oficiales de la policía no servían de nada porque los campesinos tenían armas mejores. Los rumores de tales armas asustaron a muchas personas más que prefirieron escapar.

El primero de diciembre, la oficina de Chiapas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México recibió de la diócesis de San Cristóbal un informe detallado sobre los “paramilitares” de Chenalhó. Entonces, la CONAI y la COCOPA pidieron negociaciones para evitar la violencia patrocinada por el PRI en esa zona. La unión de ejidatarios (cuyos pacíficos miembros estaban desesperados por cosechar lo que quedaba del café), las Abejas y Polhó rápidamente aceptaron. Arias se negó dos veces. El gobernador le dijo que aceptara. El 5 de diciembre, en presencia del delegado Nacional de Derechos Humanos para Los Altos, del representante de Derechos Humanos del estado, del secretario para Asuntos Indígenas, del subprocurador general para la Justicia Indígena y del delegado agrícola para Los Altos y los observadores del Centro de Derechos Humanos de la diócesis, la unión y las Abejas, el consejo de Chenalhó y el consejo “autónomo” de Polhó se reunieron en el poblado de Las Limas (a medio camino entre San Pedro Chenalhó y Polhó) en “un diálogo por la paz”. Reuniéndose bajo los mismos auspicios en Las Limas el día 11 de diciembre, acordaron un cese al fuego y crear una “Comisión de Verificación”. Se dispuso que dos representantes de parte de cada una de las oficinas de derechos humanos a nivel nacional, estatal y diocesano, del departamento estatal de Asuntos Indígenas y de las Abejas, junto con tres priistas de Chenalhó y tres partidarios de Polhó harían un recorrido de dos días por los pueblos y poblados atacados para comprobar que ambos bandos respetaran la tregua. Se dispuso que en una tercera reunión, programada para el 19 de diciembre, la comisión presentaría su informe y los dos consejos tomarían las medidas adecuadas para conservar la paz. El 11, 13 y 14 de diciembre, Polhó protestó por el nuevo rearme de los priistas. El 15 de diciembre, seguramente no de manera accidental, el nuncio apostólico del Vaticano en México inició una visita de cuatro días a las tierras altas del norte (aunque no se detuvo en Chenalhó). La Comisión de Verificación se reunió el 16 de diciembre, se dirigió al Este y, antes del cruce que llevaba a Polhó y a Yaxgemel, tuvo que detenerse frente a 100 priistas que habían bloqueado el camino.

Al día siguiente, cerca de Quextic, a menos de un kilómetro y medio al noreste de Acteal, un hombre murió en una emboscada. Según el informe de la policía estatal, cinco hombres armados y enmascarados les dispararon a otros cuatro o cinco hombres, matando a Agustín Vázquez, un priista, y las víctimas que sobrevivieron reconocieron a dos de los atacantes, cuyas máscaras cayeron cuando dispararon, como perredistas y prozapatistas de Acteal. Según la Comisión de Verificación, unos priistas les dispararon a otros priistas por no unirse a sus campañas “paramilitares”, matando a Vázquez e hiriendo a siete personas más. El 19 de diciembre. Polhó acusó a los priistas de expulsar a 200 personas de Quextic en las últimas 48 horas y anunció que, debido a la falta de seguridad en el camino hacia Las Limas, suspendería de manera indefinida su participación en las negociaciones. Más refugiados tomaron los caminos de brecha para huir hacia pueblos o poblados más seguros. Casi todos los perredistas y los prozapatistas permanecieron en Polhó y casi todos los neutrales en Acteal. La diócesis declaró que. por culpa de los “paramilitares”, una quinta parte de la población de Chenalhó, alrededor de 6,000 personas, se había convertido en refugiados que vivían en campamentos. Alrededor de Acteal, cuya población había aumentado para entonces a cerca de 900 personas, varios hombres, mujeres y niños tosiendo y llorando, refugiados de Los Chorros, La Esperanza, Chimix, Pechiquil, Quextic, Tzajalhucum y de otras partes, vivían bajo los árboles, en la fría neblina y en el lodo. Cuando las Abejas se enteraron de que las negociaciones estaban suspendidas, intensificaron sus rezos por la paz; muchos empezaron a ayunar.

El gobernador Ruiz anunció que los “paramilitares” no existían en Chiapas, que las “personas desplazadas” estaban regresando a casa y que su gobierno las indemnizaría por sus pérdidas. Su teniente Tovilla insistió sobre todo en que era imposible que hubiera ” ‘guardias blancas’ armadas” en Chenalhó “porque la tierra en ese municipio estaba dividida en ejidos y no existen grandes terratenientes que puedan pagar ‘paramilitares’ “. El domingo 21 de diciembre, la única representante del PRD a nivel estatal llamó al gobernador tres veces al oír rumores de que los “paramilitares” iban a atacar Acteal y, en cada ocasión, sólo consiguió que una secretaria le prometiera que el gobernador le devolvería la llamada. Desde el 17 de diciembre, los parientes y compañeros priistas y “cardenistas” de Agustín Vázquez, sobre todo Antonio Vázquez, su padre de 70 años que vivía en Los Chorros, tenían sed de venganza. Estaban seguros de que quienes habían matado a Agustín eran los “zapatistas” de Acteal. Si no fueron directamente dirigidos por el presidente municipal Arias ni por el delegado ejidal de Los Chorros, entonces fueron apoyados por ellos (materialmente, con armas, municiones y camiones) y protegidos gracias a sus tratos con el ejército local y los comandantes de la policía del estado; de cualquier modo, el viejo Antonio y su hijo Manuel planearon un ataque sobre Acteal. Desde Chimix, Yaxgemel, Canolal, Puebla, La Esperanza, Bajoveltic, Yibeljoj, Los Chorros y Acteal, los dirigentes vengadores y los reclutas tardíos se reunieron en Quextic, en donde vivía Manuel Vázquez y otro hijo del viejo Antonio. La tarde del domingo 21 de diciembre, tal vez 20 de ellos se reunieron en la casa de Manuel para hablar sobre los detalles del ataque de la mañana, para matar primero a “los zapatistas… y luego a la sociedad civil de Acteal”. Querían que se les unieran hombres sin armas; mientras los armados llevaran a cabo la matanza, los desarmados saquearían el lugar y robarían el café cosechado. Enviaron a alguien a Los Chorros para solicitar que más hombres se Ies unieran. Antonio López prometió la ayuda de sus hombres y propuso que toda la fuerza atacante se vistiera con el uniforme azul de la policía del estado y que usara máscaras rojas. Algunos miembros del grupo de Quextic pasaron la noche allí, otros en una cabaña en el bosque, para reunirse a las 5 a.m. con el contingente de Los Chorros, darles de desayunar y, juntos, atacar Acteal temprano por la mañana. Tres de los reclutas recientes salieron para buscar con qué preparar el desayuno.

En realidad, estos tres hombres eran conscriptos priistas y provenían de Acteal. Un día. cuando se dirigían a Chimix, habían tenido un problema con el funcionario municipal local quien no sólo los multó sino que les ordenó que se unieran al PRI o “los mataremos”. Se unieron al PRI de inmediato. Ahora, en la noche que rodeaba Quextic, huyeron a casa. En Acteal encontraron al catequista que dirigía a las Abejas y le contaron todo acerca del ataque inminente. El catequista les dio las gracias, pero decidió que, como “sólo Dios sabía lo que podía suceder”, las Abejas se quedarían y seguirían rezando por la paz. Uno de los tres fugitivos de Quextic se dirigió con un amigo a San Cristóbal, para dar aviso a la diócesis.

22 de diciembre, 5 a.m. en Chenalhó: en la oscuridad, en todo el municipio, 6,500 mujeres hacían tortillas para el desayuno de sus familias; dos horas más tarde, al despuntar el día, no había corrido la sangre por ninguna parte. Tal vez porque era lunes, tal vez porque los vengadores de Quextic no tuvieron el desayuno listo para los hombres de Los Chorros, tal vez porque la fuerza atacante no pudo ordenar sus uniformes, quizá porque esperaban al viejo Antonio quien más tarde se quejó de que “lo habían dejado atrás”, la fuerza no salió de Quextic (alrededor de 60 hombres en 3 camiones) sino hasta después de las 10:30 a.m. Para entonces, la mayor parte de los hombres “zapatistas” de Acteal se había ido a trabajar a los plantíos de café. Otros, cerca de la carretera, estaban construyendo un campamento para los refugiados. Arriba, en la cancha de basquetbol junto a la carretera, un pequeño destacamento de policías estatales cuidaba la entrada principal al poblado. A sesenta metros de allí, cerca de la pequeña parroquia, algunos hombres y mujeres separaban la ropa donada por el estado para los refugiados. Algunos hombres y la mayor parte de las mujeres y de los niños (ninguno de ellos armado) estaban frente a la capilla, en donde el catequista guiaba a las Abejas en sus rezos. Había un letrero que decía: “Paz, Zona Neutral”. Alrededor de las 11:00, los tres camiones de Quextic aparecieron en el camino. Los hombres vestidos con uniformes oscuros y (casi todos) con máscaras rojas bajaron, subieron por las laderas Este y sur del poblado y descendieron para matar a la gente que vieron abajo, y tiraron a matar sin recibir ningún disparo. El catequista y varias Abejas murieron en donde habían estado rezando. Los heridos y los que aún estaban ilesos, los niños gritando, huyeron hacia los plantíos de café o bajaron por el cerro al noroeste, para esconderse en la maleza y en los bancos del arroyo. Los policías estatales que estaban en la cancha de basquetbol lanzaron algunos disparos al aire y luego se cubrieron. (La policía estatal que estaba en el camino, no lejos de allí, detuvo a un empleado estatal de la defensa civil que se dirigía en su auto a Acteal, le dijeron que no podía seguir adelante a causa de un ‘tiroteo’ “). Hacia el mediodía, el padre Gonzalo Ituarte, un vicario de la diócesis, recibió informes de los disparos en Acteal. De inmediato llamó a Tovilla en Tuxtla y lo notificó. Tovilla llamó al comandante de la policía estatal en la zona, quien le dijo que allí no estaba pasando nada. Los disparos continuaron durante toda la tarde. No fue un tiroteo sostenido, como pudo escucharlo el asesor en jefe de la policía estatal (un general retirado ya del ejército), arriba en la cancha de basquetbol de la 1 p.m. a las 4:30 p.m., sino que había tiros entre cada tres y cinco minutos en ráfagas o disparos únicos hechos (como se dio cuenta el jefe) con rifles AK-47, AR-15, .22, escopetas (y también por lo menos una pistola .30-.30. una de 9 mm. y una pistola especial .38). Era un fuego de cacería, cazadores tzotziles matando a presas tzotziles abajo, junto al arroyo. El jefe no envió a investigar a ninguno de los 40 policías del estado que estaban en la carretera. Tampoco intervino el comandante del ejército en Majomut. Hacia las 2:00, el tercer fugitivo de Quextic llegó a San Cristóbal, corrió al Centro de Derechos Humanos de la diócesis, contó su historia, de allí le dijeron que fuera a la oficina de Asuntos Indígenas pero la encontró cerrada por las vacaciones de Navidad y ya no supo qué hacer entonces. Cuando la noche cayó en Acteal, los disparos cesaron. La fuerza atacante había matado a 45 personas: siete hombres, veinte mujeres (cuatro de ellas embarazadas) y 18 niños y niñas (uno de ellos un bebé). Los atacantes habían matado a 43 de ellos a tiros (a 23 por la espalda); golpearon las cabezas de las otras dos personas hasta matarlas e hirieron por lo menos a 25 personas más, incluyendo a ocho o más niños. (Ninguna de las víctimas disparó una sola arma.) En la oscuridad, la fuerza se retiró. Alrededor de las 6 p.m., llegó otra unidad de la policía del estado, bajó y encontró a algunas personas muertas y a otras heridas alrededor de la capilla, se llevó a los heridos hacia la carretera y redactó un informe. Otros heridos y muchos fugitivos, algunos de los cuales habían reconocido a sus primos entre los asesinos, se dirigieron a Polhó y a San Cristóbal. Alrededor de las 7:30, informado del ataque por medio de Polhó, el padre Ituarte volvió a llamar a Tovilla. Este le aseguró que no había sucedido nada en Acteal, que sólo hubo cuatro o cinco disparos, que tenía a 15 policías del estado en la zona “para hacer frente a la situación” y que le daría la información más reciente al día siguiente. A las 7:50, el comandante de la policía estatal de Chenalhó solicitó el uso de vehículos municipales para trasladar a los heridos desde Acteal a la cabecera municipal. Arias le proporcionó tres camiones, los cuales trasladaron a 14 familias al pueblo. Los vengadores que regresaron a Quextic le contaron a Antonio Vázquez que habían matado a mucha gente, lo cual le dio tanto gusto que les sirvió “de comer y beber”. Hacia las 10 p.m. los primeros heridos empezaron a llegar al hospital regional de San Cristóbal y el vicario escuchó su relato de ese día. Hacia las 11 p.m. la policía del estado que había entrado antes a Acteal encontró alrededor de 30 cadáveres junto al arroyo. Alrededor de la misma hora, en Tuxtla, el gobernador se reunió en privado con sus oficiales de seguridad; en Acteal, Tovilla y el jefe de la policía estatal dieron su informe…”sin novedad”.

Hacia las 4 a.m. del 23 de diciembre, el subprocurador general del estado para la Justicia Indígena y un funcionario de la Cruz Roja del estado llegaron a Acteal. El procurador del estado no acordonó la zona, no mandó que tomaran fotografías ni recogió pruebas. Llamó al municipio para que volvieran a enviar camiones. A las 5 a.m. un ayudante despertó al asesor de la policía del estado que todavía estaba junto a la carretera “con la noticia… de que allá abajo hay mucha gente muerta”. Durante la mañana, tres camiones de Chenalhó trasladaron los 45 cuerpos a Tuxtla para que la policía estatal llevara a cabo las autopsias. Cientos de refugiados llegaron a Polhó. La noticia se difundió con rapidez. El alto comando del CCRI-EZLN emitió un comunicado culpando de “la matanza de los indígenas en la comunidad de Acteal” a Zedillo, a su procurador, al gobernador Ruiz, a Tovilla, a su delegado y a la policía del estado. Al mediodía, la diócesis transmitió su versión por Internet. Una hora después, el obispo Ruiz envió su “comunicado… a toda la gente de Dios… y a los trabajadores pastorales de la diócesis”, tratando de dar algún sentido cristiano a la matanza, suplicando al gobierno del estado que devolviera los cuerpos para que fueran velados, suplicando a los culpables que se arrepintieran, suplicando a los agraviados que fueran fieles al Sermón de la Montaña. La vocera del gobernador Ruiz dijo que no tenía ninguna información acerca de ninguna matanza. El procurador general del estado concedió que había iniciado una investigación, pero que no podía confirmar un ataque. Entrevistado hacia las 2:30, Arias fue más elocuente. “Lo que sucedió es un acto de venganza. No es un problema político y es por eso que no pueden resolverlo”. Se rio ante la acusación de Polhó de que él había suministrado las armas para el ataque. “Que me lo comprueben. Esas sólo son habladurías. Dios es mi testigo de que eso no es cierto”. Añadió que el gobernador aún no lo había llamado en relación con lo sucedido en Acteal. A las 4 p.m., por instrucciones de Zedillo, la Procuraduría General de la República asumió la jurisdicción del caso. La policía federal custodió los cuerpos en Tuxtla y ocupó Acteal, ya vacío y saqueado. Alrededor de 500 soldados del Grupo de Fuerzas Especiales Aéreas de México, entrenados en Estados Unidos, llegaron al lugar de los hechos. El ejército rodeó Polhó para protegerlo (y evitar represalias). El 24 de diciembre, la policía federal envió allá los 45 cadáveres en ataúdes. El luto podía comenzar.

Al amanecer, el día de Navidad, bajo seguridad federal, los hombres de varios pueblos y poblados que se habían refugiado en Polhó fueron a Acteal para cavar las tumbas. En un claro, entre árboles de plátano, cerca de la carretera en donde iba a instalarse el campamento para los refugiados, cavaron dos zanjas, de 2 metros de ancho, 16 metros de largo, no tumbas comunes sino “comunitarias”. Cuando el sol estaba en lo alto y ya hacía calor, entre la multitud de los medios de comunicación, la policía federal y los funcionarios de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el cortejo fúnebre del obispo Ruiz, los cargadores de los féretros, 15 ataúdes pequeños y blancos, 30 de tamaño normal de color azul y negro, sacerdotes, religiosas y cientos de personas más salieron de Polhó hacia Acteal. En el trayecto, en una curva del camino, un camión municipal y una camioneta de la policía del estado que se dirigían al sur se detuvieron para dejarlos pasar. En la parte trasera del camión iban hombres a quienes los integrantes de la comitiva fúnebre reconocieron como los asesinos del lunes. (Arias los había llamado de Quextic y de Los Chorros para que fueran a la cabecera municipal y pudieran ponerse de acuerdo sobre lo que iban a decir.) Algunas personas empezaron a gritar “asesinos” a los hombres, los sacaron del camión, los golpearon y patearon. La policía estatal, improvisando, explicó que, tan pronto como pasara la procesión, iban a arrestar a los hombres. Esto enfureció a la muchedumbre que ya rodeaba el camión. En el furor, el obispo rápidamente consultó al comandante de la policía del estado, cuyos oficiales arrestaron a todos los que iban en el camión; dio instrucciones a los ocupantes de la camioneta de la policía estatal y condujo a los hombres de regreso a San Pedro Chenalhó para llevar a cabo un interrogatorio federal. Cuando el polvo se asentó, la procesión continuó su camino. En Acteal, se topó con una unidad del ejército, armada con metralletas, que vigilaba el lugar. Ante una pequeña mesa que hacía las veces de altar, al aire libre, los cargadores colocaron los ataúdes en cuatro hileras, con los más pequeños al frente. Al pie de cada ataúd, los catequistas encendieron unas largas velas blancas. El obispo Ruiz ofició una Misa de Navidad con rezos especiales para los muertos cuyos nombres fueron pronunciados por los sobrevivientes. En su homilía no pudo hacer gran cosa más que repetir su “comunicado” anterior, suplicándoles nuevamente a los culpables que se arrepintieran, a los agraviados que fueran fieles a las palabras de Jesús en la montaña. Luego habló un ministro presbiteriano, pidiendo que terminara el rencor y la violencia. Acto seguido, los sobrevivientes y otros habitantes de Acteal que desde el lunes no habían podido encontrar a sus familiares abrieron los ataúdes para tratar de identificar los cuerpos. Con los féretros destapados, tuvieron que abrir las bolsas de los cadáveres, despegar las sábanas endurecidas por la sangre seca y, a través del hedor sofocante de la putrefacción y la repentina plaga de moscas, mirar los restos humanos desechos, perforados, cercenados, en busca de algún rastro de los rasgos familiares y queridos. Identificaron 29 cuerpos. Los sobrevivientes no pudieron vestirlos para el entierro, pero colocaron mantas, ropa, chales, zapatos favoritos en el interior de los ataúdes. Los catequistas cerraron todos los ataúdes. Los cargadores los llevaron a las zanjas y los bajaron a las tumbas. Los sepultureros los cubrieron de tierra. La procesión regresó a Polhó, en donde los refugiados de Acteal tratarían de mantenerse juntos.          n

John Womack Profesor de Historia en la Universidad de Harvard. Autor de Zapata y la Revolución Mexicana.

Privatización: Falsa disyuntiva

Privatización: Falsa disyuntiva

Por Luis Rubio

No debería sorprendernos, explica Luis Rubio en este ensayo, que las privatizaciones sean vistas con suspicacia y aun que gozen de un mal nombre. La causa de semejante desconfianza está en el rechazo a la apertura de la economía mexicana. “La lección que arroja una década de privatizaciones es que se trata de un instrumento indispensable para lograr el desarrollo, pero que éste sólo puede ser exitoso en el contexto de una economía abierta”.

 La privatización de empresas paraestatales ha adquirido un mal nombre. Sus detractores culpan a las privatizaciones de los años pasados de la crisis de la economía, del empobrecimiento de muchos mexicanos y, en general, del hecho de que no hayan sido satisfechas las expectativas que se habían creado. Pero la realidad es que a la privatización de empresas no se le pueden atribuir grandes méritos ni tampoco grandes culpas. La privatización de empresas propiedad de un gobierno es un mero instrumento de la estrategia de desarrollo de un país. Donde esa estrategia fue clara, las privatizaciones fueron extraordinariamente exitosas, en ocasiones mucho más de lo que los vendedores jamás imaginaron. En los casos donde la estrategia era dudosa o, más comúnmente, donde entraban en juego intereses y objetivos contrapuestos, muchas de las privatizaciones acabaron en problemas. En este sentido, la idea de privatizar sigue siendo no sólo vigente, sino indispensable para el desarrollo del país, pero siempre y cuando éstas se realicen dentro de una estrategia clara y no sujeta a conflictos de objetivos dentro del propio gobierno. Si la estrategia está bien concebida, la privatización de empresas puede rendir buenos frutos; si no. es imposible pedirle peras al olmo.

No cabe la menor duda de que hay un conjunto de objetivos que todos los mexicanos compartimos para el desarrollo del país: una economía robusta que crezca en forma acelerada y sostenida y que permita crear numerosos empleos bien remunerados, bajos niveles de inflación, una alta competitividad y mucha riqueza bien distribuida. Si observamos el mundo a nuestro alrededor, es evidente que hay un grupo de países que se acerca a ese ideal, en tanto que otro grupo va en dirección opuesta. En forma objetiva y sin pasiones es claro que las economías abiertas que, en general, privilegian los mecanismos de mercado para la toma de decisiones en sus economías crecen más, son las que gozan de niveles de vida superiores y distribuyen mejor la riqueza entre sus habitantes. Las economías cerradas y protegidas van de crisis en crisis y se caracterizan por sus elevadísimos niveles de pobreza. Esto es cierto en los países de Europa y en los de Asia, en el continente americano y en Africa. Por donde uno le busque, las economías abiertas arrojan mejores resultados en todas las cosas que realmente importan: el crecimiento, el empleo y los niveles de vida.

La pregunta que este ensayo pretende analizar es cómo se vincula el tema de la economía abierta con el de la privatización de empresas. Si uno observa la diversidad de países cuyas economías están abiertas, es muy claro que el régimen de propiedad de las empresas es muy variado. Igual existen economías asiáticas con una fuerte presencia gubernamental a través de la propiedad de empresas, que países que prácticamente no cuentan con empresas paraestatales. Francia es un país que se ha caracterizado por un gobierno mucho más activo en este frente que el alemán, pero su nivel de vida es muy semejante. El punto de fondo es que la privatización de empresas no es un fin en sí mismo, sino un instrumento de la estrategia de desarrollo. Cuando en Inglaterra un candidato a primer ministro en los setenta convenció al electorado de que la estrategia de desarrollo vigente por muchos años era insostenible, cambió toda la política económica y, como consecuencia, se inició un vasto proyecto de privatización de empresas. Algo semejante, aunque con menos estruendo que el generado por Margaret Thatcher. ha venido ocurriendo en Francia y en varias naciones del sudeste asiático.

El tema de fondo no es, pues, el de la privatización de empresas, sino el de la apertura de la economía. Este es el punto nodal. La pregunta para México no es si son, serán o han sido buenas o malas las privatizaciones, sino si la nuestra es una economía abierta, con una clara estrategia de desarrollo, que utilice instrumentos, como la privatización de empresas paraestatales, en congruencia con la estrategia general de desarrollo seleccionada. Anticipando la conclusión, el problema de la economía mexicana es que la apertura de la economía que se inició en los ochenta ha sido inconsistente, aleatoria y parcial. En este contexto no es casual que algunas empresas privatizadas hayan resultado ser éxitos indescriptibles bajo casi cualquier medida, en tanto que otras, por desgracia muchas de las más significativas, han sido rotundos fracasos.

Este ensayo persigue dilucidar el entuerto de las privatizaciones. Dados los resultados a la fecha, dentro de un contexto de creciente escepticismo y de una retórica inflamante contra todo lo que huela a modernización económica y eliminación de trabas al desarrollo, no es sorprendente que las privatizaciones sean vistas con suspicacia y, en todo caso, que hoy, en México, tengan un mal nombre. Pero esto no tiene por qué ser así. La primera parte del ensayo discute el problema nodal: la incompatibilidad entre una economía semicerrada y la privatización de empresas. La segunda parte analiza la experiencia de un proceso de privatización mal concebido, sesgado y, sobre todo, llevado a cabo dentro de un entorno regulatorio que hacía imposible garantizar el éxito del proceso. La tercera y última parte evalúa el proceso de privatización, resaltando sobre todo el tema verdaderamente central: lo importante no es la privatización de empresas paraestatales sino, de una vez por todas, completar el proceso de apertura de la economía. Por lo tanto, mientras los mexicanos no acabemos por reconocer y aceptar que las trabas al desarrollo de nuestro país son autoimpuestas, ese desarrollo tan deseado y buscado seguirá siendo una mera ilusión.

Economía cerrada y economía abierta

A la privatización de empresas que eran propiedad del gobierno le debemos la quiebra de los bancos, los abusos en materia de competencia telefónica y la ausencia de opciones en transporte aéreo. Pero a la privatización de empresas también debemos el resurgimiento de la industria acerera en el país, el nacimiento de la competencia en el mundo de la televisión, el crecimiento de la industria de los fosfatos y fertilizantes y de muchas ramas de la industria química y la revitalización de un sinnúmero de empresas y regiones mineras. La pregunta es por qué los resultados son tan contrastantes.

Hay dos factores clave en el tema de la privatización de empresas propiedad del gobierno. Uno tiene que ver con el precio de venta y el otro con las regulaciones que van a establecer el marco de acción dentro del cual operará la empresa una vez  privatizada. Estos dos factores tienen características muy distintas en una economía abierta y en una economía cerrada y, por lo tanto, en el desempeño de una empresa luego de ser privatizada.

En una economía cerrada de un tamaño intermedio, como era la mexicana (hoy es semicerrada), es frecuente encontrar que no existen precios de referencia para la venta de una empresa, por el hecho de que frecuentemente es el único productor en el mercado. Aun cuando hubiera varios productores, es común encontrar que los precios se encuentren distorsionados por el extraordinario peso del gobierno y de las regulaciones que éste establece. Este tipo de situaciones no existe en una economía abierta, donde, con muy pocas excepciones, existen precios de referencia a nivel internacional.

Una economía abierta opera de una manera radicalmente distinta al modo de funcionar de una economía cerrada. En el primer caso, el mercado internacional se convierte en el factor determinante del éxito de las empresas, en tanto que en el segundo las empresas operan en un ambiente relativamente predecible en el que el gobierno tiene un impacto fundamental en su desempeño. En una entrevista realizada hace algún tiempo, un empresario describía su dilema en términos muy claros: “tradicionalmente hemos pensado que si deseábamos exportar tendríamos que competir en calidad con los proveedores domésticos de las empresas de autopartes norteamericanas y siempre descartamos esa posibilidad. Ahora, con la apertura económica, sabemos que será inevitable competir favorablemente con aquellas empresas norteamericanas, exportemos o no, ya que la competencia se dará, no sólo en el exterior, sino también en nuestro propio territorio. De hecho, nuestra única posibilidad para enfrentar con éxito esa competencia será exportando, porque de otra manera nunca lograríamos los volúmenes de producción que nos permitieran competir en precio y calidad. Pero eso no es todo, ni mucho menos. La industria automotriz norteamericana ha revertido sus pérdidas de competitividad respecto a los países asiáticos a través de la elevación de las normas de calidad en la industria. Esto implica para nosotros la exigencia de un casi inconcebible salto doble en la calidad de nuestros productos. No sólo tenemos que superar los niveles tradicionales de la industria norteamericana, sino que tenemos que ser mejores que todos los otros proveedores potenciales del mundo”.

La alocución anterior muestra fehacientemente la diferencia que la apertura de la economía ha representado para la industria manufacturera mexicana. En una economía cerrada es posible sustituir volúmenes de producción grandes en unos cuantos productos, por pequeños volúmenes de producción en cientos de ellos, pero en una economía abierta las penalizaciones en materia de costos que este modo de operar implica resultan ser intolerablemente desventajosas. En una palabra, las economías abiertas y las economías cerradas implican modos muy distintos de operación para las empresas.

Es inevitable que las características de una economía abierta o de una economía cerrada se manifiesten de maneras muy distintas cuando se inicia un proceso de privatización de empresas estatales. Evidentemente, un factor central en la privatización de las empresas se refiere al precio al que éstas se van a vender. Pero el valor de los activos —las máquinas, los terrenos, la marca de los productos, etcétera— es muy distinta en cada caso. En el caso de una economía abierta, los activos valen lo que el mercado determina que valen, no el precio que un funcionario gubernamental les quiere asignar. El valor de la empresa y sus activos se determina en función de lo que la empresa produce a precios internacionales. Es decir, en su esencia, la valuación de activos en una economía abierta no tiene mayor ciencia, como ilustra el caso de la privatización de las empresas acereras, que se describe más adelante. Lo mismo ocurre en otros campos de la vida cotidiana: en una economía abierta las placas de los taxis o de los camiones valen lo que el mercado dice que valen, y no como ocurría con los camiones de carga en el país, o como sigue pasando con los taxis de Nueva York, donde las placas con frecuencia valen mucho más que el propio vehículo.

La valuación de los activos de una empresa en una economía cerrada se vuelve terriblemente difícil porque ahí no existe un marco de referencia objetivo. El gobierno, que en estas circunstancias es el vendedor, tiene autoridad sobre las regulaciones que de hecho hacen más o menos atractiva a la empresa y puede elevar o disminuir el valor de ésta en función de sus objetivos específicos. En un extremo puede crear condiciones regulatorias para que la empresa valga muy poco, lo que se presta a toda clase de corruptelas; en el otro, puede proteger de tal manera al sector en que se encuentra la empresa, que su valor asciende a niveles tan absurdamente altos que crea incentivos perversos, generando conductas imprudentes y riesgosas, como ocurrió en la primera mitad de esta década con los bancos privatizados.1

 Una de las peculiaridades de la economía mexicana en la última década es su desigual apertura. Coexisten sectores abiertos con sectores cerrados, lo que crea toda clase de distorsiones. Pero también hay sectores en los que se pretende que hay apertura cuando en realidad no la hay. Hay varios sectores que se encuentran formalmente abiertos pero en los que se limita la inversión extranjera. Esta situación crea distorsiones adicionales pues, en apariencia, esos sectores se encuentran abiertos y sujetos a la competencia, pero en la práctica tal competencia es inexistente. Esta es la situación de la aviación y del transporte terrestre. Muchas de las empresas que operan en estos sectores —las de aviación lo ilustran perfectamente—viven en una ficción típicamente mexicana: quiebran, lo que impacta muy gravemente a los bancos que las habían financiado y, como el gobierno no puede permitir que se interrumpa el servicio aéreo ni está dispuesto a que quiebren los bancos, crea toda clase de ficciones para mantener a flote tanto a las empresas como a los bancos. A finales de los ochenta las líneas aéreas del país, Aeroméxico y Mexicana, arrojaban pérdidas anuales cercanas a los cien millones de dólares, aunque esas cifras seguramente subestimaban las pérdidas.

El gobierno tomó la decisión de quebrar a Aeroméxico cuando la empresa no pudo enfrentar sus compromisos financieros de corto plazo, en forma más o menos simultánea con un emplazamiento a huelga que había iniciado el sindicato ASPA, a partir de un pliego petitorio que contenía demandas tan absurdas, que el nuevo contrato colectivo que se firmó apenas unos meses después tenía menos del 10% del número de páginas que el anterior. Unos días después de suspendido el servicio aéreo, se constituyó la sindicatura que administró a la empresa hasta que ésta fue finalmente reestructurada, saneada y privatizada. En el interim, sin embargo, el gobierno tenía muy poco margen de maniobra, toda vez que las deudas de las aerolíneas eran enormes, lo que podría haber iniciado una serie de quiebras en cadena en el sector bancario. De esta manera, el gobierno se dedicó a mantener la ficción de la salud financiera tanto de los bancos como de las aerolíneas, independientemente de la realidad financiera de ambos. Más grave, las soluciones nacidas de una ficción como ésta siempre traen consigo consecuencias devastadoras para el resto de la economía y de la sociedad. En muchas ocasiones, la forma en que se “salva” a esas empresas de la quiebra es a costa del consumidor. También aquí las empresas de aviación ofrecen la mejor ilustración: luego de la quiebra tanto de Aeroméxico como de Mexicana, la única solución que pudo encontrar la burocracia fue la más perniciosa para el consumidor, pues implicó fusionarlas, sacrificando los intereses de los usuarios.

No obstante lo anterior, el caso de la aviación es un tanto especial porque muy pocos países en el mundo han liberalizado ese sector. La Unión Europea, por ejemplo, liberalizó la aviación hace apenas unos años, creando una extraordinaria competencia interna, para beneficio del consumidor. Pero el proceso de apertura en Europa siguió una lógica prestablecida que le permitió a todas las líneas aéreas existentes adecuarse a condiciones de competencia en sus mercados tradicionales en el curso de un periodo perfectamente definido. En México, la desregulación interna no ha seguido un diseño predefinido. Típicamente a la mexicana, la Secretaría de Comunicaciones y Transportes ha ido respondiendo a las circunstancias, sin un plan de desarrollo para la industria. Esto ha llevado a que se mantengan vivas aerolíneas que están quebradas (como Taesa), por el mero prurito de hacer valer la autoridad gubernamental, a pesar de que eso trastorna el funcionamiento de todo el sector. Por otro lado, la desregulación se ha llevado a cabo sin precisar si se persigue una apertura parcial, una política de cielos abiertos (que, como hizo Canadá, permite que empresas extranjeras vuelen hacia y desde su país a cualquier lugar del mundo), o una liberalización total que incluyera la llamada “quinta libertad”, misma que permitiría que líneas extranjeras ofrecieran servicio aéreo entre ciudades dentro del país. Además de la ausencia de un proyecto para el desarrollo del sector, la fusión entre Aeroméxico y Mexicana ha sido disputada por la Comisión Federal de Competencia, lo que deja a las dos aerolíneas en un limbo. De esta manera, la indefinición domina a una industria que fue mal privatizada y todavía hoy, diez años después, a pesar de su reestructuración y buen funcionamiento, no sabe qué nueva ficción inventará la burocracia a la vuelta de la esquina.

Estas ficciones son dañinas para los usuarios y para la economía en su conjunto, porque elevan los costos de la actividad económica, inundan de deudas a fondos como el Fobaproa y enriquecen a unos cuantos accionistas a costa del resto de la sociedad. En una economía abierta ninguna de esas decisiones —y ficciones— habría sido necesaria pero, sobre todo, no hubiera sido posible.

Algo semejante ocurrió en el caso de la privatización de Televisión Azteca. En ausencia de un mercado abierto, transparente y competitivo, la burocracia se desvivió por encontrar la manera de transferir esos activos a sus empresarios favoritos. Luego de varios intentos, la empresa fue finalmente “desincorporada” del sector público en una licitación que, a primera vista, fue transparente. Sin embargo, revelaciones posteriores sugieren que, como en otros casos, el proceso fue mucho menos nítido de lo que se había afirmado. Pero el tema de fondo no es la privatización específica de una u otra empresa, sino el hecho de que la ausencia de competencia hace posible la corrupción, permite el abuso burocrático y crea incentivos perversos que, tarde o temprano, salen a relucir, generalmente con las peores consecuencias.

La mayoría del sector industrial mexicano lleva más de una década experimentando la dinámica típica de una economía abierta, pero en condiciones muy desfavorables. Subsiste un sinnúmero de empresas y sectores —tanto gubernamentales como privados— que, en la práctica, tienen todas las características de empresas monopólicas, pues actúan como tales: tienen capacidad de imponer sus términos sobre el resto de la economía, como ilustran los casos de Pemex, las empresas de aviación, los bancos, la empresa telefónica, etcétera. Peor, nuestra legislación con frecuencia no sólo no reconoce la existencia de estos monopolios, sino que los solapa: según la Constitución y la Ley Federal de Competencia, por ejemplo, Pemex o la CFE no constituyen monopolios. Una ficción más.

Este híbrido peculiar de apertura y protección que constituye la economía mexicana entraña toda clase de consecuencias perniciosas para un desarrollo acelerado y sustentable. En primer lugar, disminuye las opciones con que, en una economía abierta, podrían contar los consumidores. En segundo lugar, impone severos costos a la economía mexicana en su conjunto porque reduce la competitividad de las empresas, disminuye el potencial de atracción al país de nuevas inversiones del exterior y permite que subsistan las prácticas monopólicas. Es decir, el habernos quedado a la mitad del camino entre una economía cerrada y una economía abierta nos ha dejado en el peor de todos los mundos: se crean desequilibrios pavorosos, se cancelan todas las fuentes de financiamiento a los empresarios que no exportan, se le niegan opciones en el uso de combustibles e insumos diversos a los industriales y, en una palabra, se hace mucho menos competitiva a la economía respecto al resto del mundo. Peor, se hace mucho más prolongado, costoso y socialmente doloroso el proceso de ajuste de las empresas a las condiciones generadas por la inacabada apertura.

Las consecuencias de la ficción en que vivimos son visibles en todos los órdenes. Su efecto perverso sobre las privatizaciones de los últimos años es quizá de lo más visible, pero está lejos de ser único. Todas las explicaciones y quimeras que se emplean para justificar lo injustificable y para tratar de legitimar las prácticas monopólicas que impiden que el país progrese no han logrado más que mantener al país en su estado de subdesarrollo. Lo sorprendente es que algunas de las privatizaciones que se han inscrito en este contexto hayan sido tan exitosas. Sin embargo, un análisis cuidadoso revela que no hay milagro alguno: las privatizaciones que han resultado exitosas lo han sido porque operan dentro del paradigma de una economía abierta.

Una privatización sesgada

El tema nodal de muchas de las privatizaciones de los últimos años es precisamente éste: la contradicción implícita de un proceso de transferencia de activos gubernamentales, con mucha frecuencia de monopolios propiedad del gobierno, a inversionistas privados sin que mediara un contexto de competencia. Es decir, las privatizaciones se realizaron dentro del paradigma de una economía (o de sectores de la economía) que no experimentaba competencia alguna, lo que predeterminó los resultados. El contexto estableció los términos del comportamiento del gobierno como vendedor, de los inversionistas como compradores, así como de los potenciales beneficios o consecuencias de cada privatización sobre los consumidores y, en general, sobre la economía. Los términos de cada licitación y proceso de privatización se derivaron del contexto: todos los participantes, como actores absolutamente racionales que eran, se apegaron a los incentivos que tenían frente a sí: en el caso de sectores abiertos y sujetos a la competencia, el gobierno aceptó posturas típicamente muy bajas, congruentes con el mercado internacional, y los inversionistas no ofrecieron ni un centavo más de lo que ese mismo mercado les habría permitido justificar en términos de rentabilidad futura. En los sectores en los que no existía la competencia, todo mundo hizo gala de sus mejores trajes: el gobierno abusó al sesgar las condiciones de licitación (y las regulaciones futuras) para derivar ingresos muy superiores a los que hubiese justificado un mercado competitivo, y los oferentes se autocondenaron a pagar cifras exorbitantes que jamás hubieran sido posibles en otro país y otras circunstancias. El único que nunca tuvo nada que decir fue el pobre consumidor al que nadie consultó, pero que ha tenido que pagar los platos rotos en la forma de servicios caros, menor competencia en la oferta de bienes y servicios, servicios de menor calidad o frecuencia y, como hemos visto recientemente, en la forma de menor gasto público para el crecimiento económico, ya que una buena parte del ingreso gubernamental se ha destinado a pagar el servicio de la deuda que produjeron malos procesos de privatización. Lo anterior explica por qué el desempeño de las empresas que fueron privatizadas fue muy distinto en aquellos sectores que enfrentaban competencia real (es decir formaban parte de la economía nacional que efectivamente fue abierta) de aquellos otros sectores en que existían trabas a la importación, a la inversión extranjera o a la entrada de otros competidores. No hay secretos en los resultados de las privatizaciones.

Como en otros países del mundo, las privatizaciones en México siguieron una lógica fundamentalmente fiscal. El gobierno había incurrido en una enorme deuda pública, su gasto era superior a sus ingresos y prácticamente había desaparecido su capacidad para recobrar el liderazgo en la economía. La idea de privatizar nace al inicio de los ochenta, justamente cuando el gobierno se encontraba al borde de la quiebra. Entre 1970 y 1982 se habían constituido más de dos mil empresas paraestatales nuevas, un gran número de ellas absorbidas por el gobierno como resultado de su quiebra en manos del sector privado, pero frecuentemente como un inevitable subproducto de controles de precios o de manipulación gubernamental. La idea central detrás de ese enorme y muy rápido crecimiento del sector paraestatal era que el gobierno podía tener un impacto mucho mayor sobre el desarrollo económico a través del control de diversas empresas y sectores de la economía. En 1982 se hizo evidente que esa presunción era errónea y que lo único que el gobierno había logrado con esas políticas de expansión desenfrenada del sector paraestatal había sido someter a la economía a un ciclo de crisis recurrentes. Las políticas de endeudamiento y gasto dispendioso e improductivo de 1970 a 1982 habían sentado las bases para el empobrecimiento que se acentuó a partir de entonces, cuando hubo que comenzar a pagar la deuda.

A partir de 1983, en unos cuantos años, el gobierno se deshizo de innumerables empresas pequeñas a través de mecanismos en ocasiones transparentes, pero generalmente sin licitación alguna. Por su tamaño, el impacto económico de la venta de la gran mayoría de esas empresas fue relativamente menor, aunque, desde luego, eso no justifica la ausencia de transparencia en los procesos de transferencia. Pero algunas de las privatizaciones llevadas a cabo en esos años fueron de mucho mayor trascendencia, sobre todo por su visibilidad. Muchas de éstas, como ilustra el caso de las aerolíneas, adolecieron de los mismos problemas de transparencia porque se mezclaron conflictos sindicales con la provisión de un servicio necesario, con la urgencia de modernización de equipo y con la necesidad de evitar la quiebra de varios bancos. Malas decisiones de inicio, en el contexto de ausencia de verdadera competencia, no hicieron más que apilar deudas y, eventualmente, pasarle la factura del desastre a los contribuyentes cumplidos.

Con el inicio del sexenio de Carlos Salinas a final de 1988 la idea de privatizar adquiere un nuevo ímpetu. Pero la decisión de privatizar no vino acompañada de una liberalización y apertura integral de la economía, sino que se instrumentó un esquema de apertura selectiva, en el que la gran mayoría de los sectores y actividades productivas de carácter industrial liberalizados ya experimentaban una fuerte competencia del exterior. Las importaciones fluían en sectores desde el automotriz hasta el de alimentos, los muebles y la ropa. Con excepción de los monopolios gubernamentales, como el del petróleo, era raro el sector industrial que no experimentaba fuerte competencia por el lado de las importaciones. Pero esa no era la situación de los servicios: no había habido apertura en el sector financiero, ni en la telefonía ni en el transporte aéreo o terrestre. Esta contradicción ya para entonces se manifestaba como un lastre para la modernización del sector industrial, pues las empresas tenían que competir con las mejores del mundo, ya sea dentro (con las importaciones) o fuera del mercado interno (a través de las exportaciones) sin contar con el apoyo de un sistema telefónico moderno, confiable y con tarifas razonables, de un sistema de transporte competitivo y eficiente y de un sistema bancario funcional.

De esta manera, la apertura de la economía mexicana se da en forma parcial y profundamente discriminatoria. Unos sectores tienen que invertir enormes montos de dinero en forma inmediata, mientras que otros siguen rezagándose, constituyendo un fardo para el desarrollo de la economía en su conjunto. Los sectores rezagados retrasan y obstaculizan la modernización de los sectores expuestos a la competencia porque los privan de la plataforma mínima necesaria—financiamiento, materias primas, transportes— para crecer y ser exitosos. Peor, prácticamente nada de esto ha cambiado: seguimos arrastrando una permanente contradicción entre la pretensión de modernizar a la economía y la muy desigual (y desequilibrada) manera en que ésta se liberalizó. El resultado es un desempeño económico muy contrastante tanto entre diversas regiones del país como entre sectores económicos, y un excesivamente largo, tortuoso y doloroso proceso de ajuste a las nuevas circunstancias. Esto podría parecer un problema meramente teórico, pero tiene innumerables referentes en la realidad. El ejemplo más obvio, pero no por ello exclusivo, es el monopolio petrolero.

Pemex sigue siendo el principal exponente del rezago industrial del país. Hay muchas y (algunas) muy buenas razones para su existencia y exclusividad en ciertas áreas básicas de la actividad petrolera. Pero Pemex es mucho más que una empresa exploradora y explotadora de petróleo. Esta empresa fabrica, en forma exclusiva, una gran variedad de insumos que son indispensables para diversos sectores industriales, sobre todo los de la química y petroquímica, pero también, indirectamente, otros como los de alimentos y fertilizantes. Es decir, en Pemex se producen insumos clave para un sinnúmero de empresas e industrias. Sin embargo, Pemex no otorga contratos de largo plazo para el suministro de estos insumos, lo que crea una incertidumbre permanente para el consumidor. Esta situación no es nueva y las empresas que ya existen viven bajo el riesgo permanente de perder el suministro. El problema es catastrófico para el país, pues, en un mundo en el que todas las naciones compiten por atraer inversiones del exterior, ningún inversionista estaría dispuesto a montar una planta nueva en el sector químico o petroquímico, cuyos costos típicamente se miden en los miles de millones de dólares, sin una garantía de suministro. Si la economía mexicana estuviese efectivamente abierta, Pemex se encontraría con que o suministra el producto o enfrenta la competencia a través de importaciones, en forma idéntica a lo que le ocurre al resto del sector industrial. Por lo anterior, la existencia de un monopolio más allá de las actividades petroleras esenciales —exploración y explotación del recurso— es, al menos, sospechosa. No es diferente la situación de los usuarios de bancos, de servicios de telefonía y de electricidad.

La política de privatización se organizó al margen de este tipo de consideraciones. En lugar de realizarse dentro de un contexto de competencia general de la economía, las privatizaciones siguieron la lógica de lo que ya existía, con resultados muy diversos. En aquellos sectores en que existía competencia, lo común fue que la privatización siguiera un proceso de negociación fundamentado en los puntos de referencia que establecían los precios de mercado. Es decir, en sectores económicos que ya experimentaban la competencia, el gobierno vendió las empresas o los activos industriales al mejor postor, al mejor precio posible. En prácticamente todos los casos, lo anterior implicó montos irrisorios de dinero. En algunos casos el resultado fue absolutamente patético para los adalides de los elefantes blancos. Quizá no hay mejor ejemplo que el de las plantas siderúrgicas de Sicartsa en Lázaro Cárdenas, donde el gobierno había invertido miles de millones de dólares, sólo para encontrarse con que el valor de mercado de éstas apenas alcanzaba algunas decenas de millones de la divisa norteamericana. No existe información disponible sobre la inversión gubernamental llevada a cabo a lo largo de dos décadas en el poblado que hoy se conoce como Lázaro Cárdenas. Existe un llamado “libro blanco” que explica los montos invertidos y los precios de venta de las dos secciones de la siderúrgica, pero esa información es secreta. En consecuencia, las únicas cifras disponibles son las que surgen de los informes presidenciales, de algunas relatorías publicadas y, sobre todo, de entrevistas con los actores en el proceso. La historia que surge de todas estas fuentes es la siguiente: la inversión gubernamental en Lázaro Cárdenas, Michoacán, sumó entre tres y cuatro mil millones de dólares, cifra que incluyó toda la infraestructura inicial para construir no sólo las plantas, sino también el poblado. Según estas fuentes, aproximadamente dos mil millones de dólares se destinaron a las dos plantas siderúrgicas y una cifra un poco menor al desarrollo del poblado contiguo. Las cifras de venta son igualmente oscuras, toda vez que no existe información pública sobre la forma de pago: cuánto dinero se pagó por cada una de las plantas y en qué forma. Según las fuentes consultadas, la primera sección se vendió en cerca de doscientos millones de dólares, de los cuales una parte fue pagada en efectivo y la otra fue financiada por el gobierno. La segunda sección, que el gobierno consideraba que era esencialmente inviable como negocio, logró un precio menor a los cincuenta millones de dólares. Los empresarios que adquirieron las dos secciones de Sicartsa ofrecieron montos que ellos estimaban les permitirían reestructurar las plantas siderúrgicas en un mercado mundial muy competitivo. A nadie debe sorprender que esa haya sido una de las privatizaciones más exitosas de la última década, midiendo el éxito en términos de empleo, rentabilidad, exportaciones y crecimiento de la productividad, pero también porque ejemplificó el derroche gubernamental de recursos públicos en un país relativamente pobre y con escasez de capital. La ironía de esta historia de éxito es que los empresarios que adquirieron la segunda de las plantas querían montar una planta adicional, lo que no fue posible porque la Comisión Federal de Electricidad no les pudo garantizar la disponibilidad de energía eléctrica.

La situación fue muy distinta en el caso de la privatización de empresas en sectores protegidos, en los que no había competencia abierta. Es decir, no es lo mismo privatizar una empresa que enfrenta competidores, nacionales o extranjeros, en forma cotidiana, que privatizar empresas protegidas. En esos casos es imposible determinar el precio de la empresa que se está vendiendo porque no existe un precio de referencia. La regulación que, al final de cuentas, está sujeta a las decisiones de los propios vendedores se vuelve determinante. Esa fue precisamente la situación de los bancos y de Telmex, donde los funcionarios del gobierno diseñaron un esquema de privatización orientado exclusivamente al objetivo de maximizar el precio, para lo cual estuvieron dispuestos a modificar todas las regulaciones existentes y a incurrir en prácticas impropias —como la de sentar las bases para la vigencia, a largo plazo, de un monopolio estatal que se transfirió al sector privado— a fin de elevar al máximo el precio de las empresas vendidas.

En el caso de Teléfonos de México hubo varios proyectos de Título de Concesión elaborados por sendas secretarías de Estado, cada uno de ellos favoreciendo o impidiendo en mayor o menor medida la competencia en el sector. El Título que finalmente se aprobó y con base en el cual se llevó a cabo la privatización de la empresa fue precisamente el que posponía al máximo la apertura a la competencia, el que fortalecía las estructuras monopólicas del sector y, por lo tanto, el que mayor precio de venta tendría para el gobierno. Todas las críticas y quejas al comportamiento de la empresa telefónica en los años subsecuentes son producto no del desempeño de sus nuevos propietarios, sino de las reglas establecidas por los vendedores desde el inicio: lo único que han hecho los compradores ha sido adecuarse a las reglas bajo las cuales compraron y en razón de las que pagaron una cifra multimillonaria, muy superior a la que hubieran pagado bajo un escenario de franca apertura a la competencia.

Una situación semejante ocurrió en el sector bancario, donde el gobierno procedió exactamente con los mismos objetivos y criterios, pero con consecuencias que no se reflejaron únicamente en una menor competencia y un mayor costo para los usuarios en el sector, sino en la quiebra de todo el sistema bancario, una enorme deuda a cargo de todos los mexicanos, como evidenció el Fobaproa, y la falta absoluta de opciones de financiamiento para la industria orientada al mercado doméstico. La peor combinación que existe es la de una privatización en un mercado sin competencia, pues implica transferir monopolios del sector público al sector privado, creando poderosos incentivos al rentismo y al abuso. El famoso “modelo mexicano de privatización” es uno que nadie de buena fe debería intentar imitar.

Dos casos adicionales que ameritan un análisis serio son los de las carreteras y los ingenios azucareros. Por su naturaleza, las carreteras no son sustituibles por bienes importados, como el acero, ni son sujeto de competencia natural y equivalente, como ocurre hoy en día con la telefonía, donde hay proveedores de servicios paralelos de comunicación a través de la telefonía celular e inalámbrica o de oferentes de vehículos alternativos para la larga distancia. El caso de las carreteras es. además, peculiar porque su construcción requiere de la expropiación de tierras y un sinnúmero de definiciones que son única y exclusivamente competencia de las autoridades de los diversos niveles de gobierno. Es decir, las carreteras pueden ser financiadas, construidas y operadas por empresas privadas, pero sus características específicas y trazo competen a las autoridades. A fines de los ochenta las autoridades federales en materia de comunicaciones decidieron que era imperativa la necesidad de construir diversas carreteras, luego de casi dos décadas de parálisis en el sector. La SCT determinó qué carreteras se harían y con qué especificaciones, y convocó a empresas privadas para que concursaran por la construcción y operación de las mismas. Como en otros casos de privatización sin competencia alguna, las autoridades se tomaron toda clase de libertades. En la convocatoria, el gobierno estableció las bases para concursar; entre éstas se encontraban supuestos específicos a partir de los cuales debía realizarse el cálculo de los concursantes. Es decir, el gobierno determinó no sólo el lugar en que se construirían las carreteras, sino también el peaje, el aforo y la tasa de interés que las constructoras y operadoras debían contemplar en sus cálculos de financiamiento. El criterio gubernamental era uno de tiempo: las empresas concursaban por obtener una concesión para construir y operar cada una de las carreteras por el número de años que requirieran para recuperar su inversión y lograr una rentabilidad competitiva. Ganaría la empresa que ofreciera un esquema de construcción y operación de carreteras que implicara el menor número de años de concesión. En otras palabras, las empresas debían calcular sus costos a partir de los números que el gobierno les daba de entrada para, en función de ellos, operar las carreteras rentablemente por el menor plazo de tiempo posible.

El resultado del experimento carretero lo conocemos todos. Las autoridades, a la mexicana, se sintieron más duchas que el mercado y erraron en todos sus cálculos. Las tasas de interés fueron muy superiores a las estimadas, el aforo vehicular fue muchísimo menor al anticipado y el peaje estimado resultó excesivo para una economía relativamente pobre como la nuestra. Las empresas constructoras y operadoras de las carreteras quedaron al borde de la quiebra, lo que llevó al gobierno, culpable de buena parte de la situación, a tomar el control de muchas de las mismas, pagando por ellas una cifra ligeramente inferior a la que hubiera costado construirlas de origen. Por supuesto que, como en todos estos asuntos de dinero gubernamental, no todas las carreteras fueron absorbidas por el gobierno. Muchas de ellas, las rentables, quedaron en manos de sus inversionistas originales, quedando éstos liberados de las carreteras que habían resultado ser un pobre negocio.

De haberse seguido una estrategia de mercado, el gobierno habría anunciado que se sometería a concurso la construcción y operación de una carretera que va del punto A al punto B. bajo determinadas especificaciones. Los concursantes habrían hecho sus cálculos de costos, de diseño y de ingeniería, a sabiendas de que cualquier error los llevaría a enfrentar grandes pérdidas. Como en cualquier negocio privado, el empresario habría corrido los riesgos implícitos en una actividad verdaderamente empresarial, es decir, el riesgo de equivocarse y perder o el de acertar y ganar, que son, a final de cuentas, las reglas del juego en la actividad empresarial. Eso habría llevado a decisiones más sensatas por parte de los concursantes respecto al costo de las carreteras y a las cuotas de peaje. Al garantizar el gobierno a los concursantes todos los valores clave: el aforo, las tasas de interés y las cuotas que podrían cobrar, independientemente del costo final de las carreteras, la suerte del experimento había quedado sellada. En realidad, nunca hubo privatización ni un esquema de mercado porque los constructores y concesionarios jamás corrieron el riesgo de perder.

La privatización de los ingenios azucareros siguió una lógica muy distinta a la de las carreteras pero, por la naturaleza del sector, acabó padeciendo problemas muy semejantes. La industria azucarera es una de las más complejas del mundo. Se trata de un sector de la economía que se encuentra protegido y subsidiado en prácticamente todos los países. Estados Unidos ha establecido un complejísimo sistema de cuotas a la importación, en tanto que la Unión Europea, la región de mayor producción de azúcar del mundo, exporta el dulce a la tercera parte del precio interno, lo que produce unas distorsiones extraordinarias en todo el mundo. En México, la industria, que producía esencialmente para el mercado interno, comenzó a entrar en problemas en los años setenta como resultado de las medidas populistas que adoptó el gobierno de entonces a través de la publicación del Decreto Cañero y de la firma del Contrato Ley para los trabajadores de la industria. El Decreto establecía que el precio de la caña y, por lo tanto, los ingresos de los cañeros, se actualizaría anualmente con la inflación, independientemente del precio del azúcar. Como el precio del azúcar estaba controlado y no subía a la par de la inflación, con el paso de los años la mayoría de los ingenios acabó quebrando. El Contrato Ley de la industria complementaba los absurdos que había impuesto el Decreto Cañero al hacer extraordinariamente inflexible la administración de los ingenios. El objetivo gubernamental era, sin la menor duda, el de beneficiar a los trabajadores cañeros, que suman una enorme cantidad de personas y familias, a través de generosas prestaciones y salarios. Sin embargo, esos beneficios eran tan grandes —y tan superiores a la productividad del sector— que acabaron por destruir la viabilidad de los ingenios como actividad económica. En este contexto, no es sorprendente que la suma de estos dos instrumentos de la política gubernamental hayan acabado por paralizar y quebrar a la mayoría de las empresas que producían el dulce.

Diez años después, cuando el gobierno decidió proceder a re-privatizar los ingenios, la industria se encontraba devastada. Gracias a los controles de precios que se habían instrumentado a partir de los setenta, prácticamente no había habido inversión en los ingenios. La maquinaria era anticuada y obsoleta y la industria seguía regulada a través del Decreto Cañero y del Contrato Ley de antaño. El gobierno cometió el grave error de intentar privatizar los ingenios sin modificar estos factores, lo que llevó a que ninguno de los potenciales inversionistas estuviese dispuesto a arriesgar su dinero en el sector. El gobierno acabó financiando la adquisición de los ingenios, prometiendo que se modificaría tanto el Decreto como el Contrato Ley. Es decir, desde el momento mismo en que se decidió privatizar era evidente que el éxito del sector sería endeble.

Los ingenios privatizados se encuentran en serios problemas. Si bien se modificó el Decreto Cañero de tal forma que el precio de la caña se encuentre asociado al precio del azúcar, la relación entre ambos es superior a la que rige en otros países. Por su parte, el Contrato Ley sigue siendo una fuente de enormes ineficiencias, dificultades para la modernización de los ingenios y un factor de conflicto permanente. Además, dado que las adquisiciones fueron apalancadas, o sea que se financiaron con deuda, y las tasas de interés han resultado ser punitivas, los ingenios difícilmente han podido sobrevivir. Las altas tasas de interés tuvieron dos efectos nocivos. Por una parte, hicieron impagables los créditos que el propio gobierno había otorgado para pagar los ingenios. Pero, por el otro, destrozaron las finanzas de la operación de los ingenios, una de cuyas características es la de financiar la habilitación, siembra y zafra de los campos cañeros. Con el ascenso de las tasas de interés a mitad de los noventa, los puros intereses que debían los cañeros resultaban ser superiores a su ingreso por la caña. Es decir, la suma de una estructura empresarial inadecuada, producto del Decreto Cañero y del Contrato Ley, con el ascenso de las tasas de interés acabó por condenar a este sector a la ¡liquidez financiera, si no es que a la total inviabilidad empresarial. Ninguno de estos absurdos hubiera sido posible en el contexto de una industria abierta y competitiva, aunque la azucarera no lo es en ninguna parte del mundo. Puesto en otros términos, la privatización del sector azucarero adoleció de muchos de los mismos errores que caracterizaron a las privatizaciones de empresas o sectores caracterizados por estar cerrados a la competencia.

No es casualidad que la abrumadora mayoría de las privatizaciones que han funcionado bien son las que se encuentran en sectores abiertos y sujetos a la competencia, como el del acero o los fertilizantes e incluso la televisión, en tanto que aquellas que funcionaron mal o muy mal, y donde los abusos a los consumidores son cotidianos, se encuentran en los sectores protegidos, como la banca, la telefonía, el transporte aéreo y las carreteras. Todo esto indica que el error no se encuentra en el hecho de privatizar, sino en el contexto en el que la privatización se lleva a cabo.

Apertura y privatización

La idea de privatizar no tiene mucha ciencia. Muchos gobiernos en las últimas décadas han encontrado que el hecho de poseer fábricas, altos hornos, termoeléctricas y demás no constituye una ventaja competitiva ni garantiza la soberanía de un país, ni mucho menos un mayor nivel de crecimiento económico. Por muchos años dominó en el mundo occidental la noción de que la propiedad (o control) gubernamental de ciertos sectores “estratégicos” de la economía permitía orientar el crecimiento económico en direcciones que eran percibidas como social y políticamente deseables. La idea, en abstracto, era la de proteger las economías domésticas, promover el crecimiento, garantizar la disponibilidad de materias primas para la industria nacional y, sobre todo, sesgar el desarrollo económico en beneficio de los sectores, grupos o regiones relevantes o favoritos de los grupos en el poder.

No cabe la menor duda de que el impacto de la existencia de empresas propiedad del gobierno, en México y en innumerables otras naciones, fue enorme. No es posible concebir el desarrollo de algunos sectores industriales, como la petroquímica en México, sin la existencia de Pemex, o del desarrollo de algunas regiones, desde Cancún hasta Lázaro Cárdenas, pasando por el estado de México, sin la inversión masiva de recursos gubernamentales en electricidad o siderurgia. Sin embargo, no todos los resultados de la creación y mantenimiento de empresas paraestatales fueron tan encomiables. Para comenzar, el costo fiscal de las empresas paraestatales fue típicamente elevadísimo: la inversión en activos fijos fue generalmente excesiva y a costos altísimos, los niveles de eficiencia patéticos y el derroche paradigmático, por no hablar de la corrupción que caracterizó a buena parte de la industria paraestatal en México y en el mundo en general. De esta manera, mientras que una empresa privada, por tener recursos limitados y derechos de propiedad definidos, tiende a optimizar su inversión y a dedicar la mayor parte de sus recursos a la actividad productiva, que es lo que más empleos permanente genera, una empresa paraestatal tiende a favorecer el logro de objetivos políticos, a costa de la producción, del empleo y, en última instancia, del desarrollo económico del país.

Quizá más importante, los elevados niveles de crecimiento económico que el país logró en los cincuenta y sesenta se debió mucho menos a las empresas paraestatales (que, de por sí, eran muchas menos en esa época de las que fueron en las siguientes décadas) que a la inversión pública directa. En aquellos años existía una regla de oro en el gobierno: la inversión pública atraía a la inversión privada. Con ese criterio, un gobierno tras otro  utilizó la inversión pública directa para crear infraestructura que incentivara la instalación de fábricas, la generación de empleos y demás. La idea era que la inversión pública en carreteras, presas, energía eléctrica y demás permitiría el desarrollo económico del país. La evidencia histórica y estadística en este rubro es tan contundente, que no debería ser discutida. Sin embargo, la confusión reinante entre los observadores, el público en general y los políticos entre lo que es inversión pública directa (carreteras, presas, puertos, energía eléctrica, escuelas, hospitales, etcétera) y el gasto en empresas paraestatales sigue siendo cotidiana. El contraste entre las dos décadas anteriores a 1970 y las dos posteriores demuestra fehacientemente que las empresas públicas no son una panacea, en tanto que la inversión pública en infraestructura es el factor más importante del desarrollo económico. Además, y paradójicamente, la creación y operación de empresas paraestatales está directamente vinculada a las crisis económicas de las últimas décadas, en tanto que la ausencia de inversión pública está directamente relacionada con los raquíticos niveles de crecimiento de la economía en este mismo periodo. Difícil encontrar evidencia más contundente.

Los números hablan por sí mismos. Entre 1960 y 1970, el 38% del gasto de inversión del gobierno federal se orientó hacia la construcción de infraestructura: puentes, carreteras, presas, plantas generadoras de electricidad y así sucesivamente. Entre 1970 y 1980 ese porcentaje cambió drásticamente: en ese periodo el 21% del gasto de inversión se dedicó a la infraestructura, en tanto que la abrumadora mayoría de ese rubro de gasto, el 42%, se dedicó al desarrollo de nuevas empresas paraestatales. En algunos años las cifras son todavía más contrastantes. En sólo diez años, el número de empresas propiedad del gobierno se multiplicó por más de diez. Uno podría pensar que el cambio en la orientación del gasto es intrascendente. Sin embargo, si uno observa el desempeño de la economía en esos dos periodos, hasta la discusión resulta improcedente: entre 1960 y 1970 la economía mexicana creció a una tasa anual promedio de 7%, con 2.5% de inflación anual y una deuda externa total de cuatro mil millones de dólares, en tanto que el crecimiento económico de la siguiente década fue de 6% anual en promedio, con una inflación promedio de 19% y una deuda externa al final del sexenio de José López Portillo de casi 85,000 millones de dólares. Lo más significativo del cambio ocurrido a partir de 1970 fue que el costo de la deuda contraída entre 1970 y 1982 llevó a que el país entrara en un ciclo de recesión e hiperinflación del cual apenas comenzamos a salir. Los resultados númericos son más que elocuentes y confirman, una vez más. que no hay lógica alguna para que el gobierno actúe como empresario. Pero eso no quita que la manera de privatizar las empresas que ya están en su poder sea por demás delicada.

El costo creciente de un sector paraestatal cada vez más pesado a lo largo de los años llevó a que la mayoría de los países que fundamentaron su desarrollo económico en la presencia de un sector paraestatal grande experimentaran déficit fiscales crecientes y una deuda pública cada vez más costosa. No es secreto que la operación de infinidad de empresas paraestatales era deficitaria y que ese costo generalmente acababa siendo transferido al erario, empobreciendo a la población en general y, más importante, disminuyendo, o eliminando, la inversión pública. Uno por uno, la mayoría de los países del mundo acabaron viendo al sector paraestatal como un fardo, como un impedimento en lugar de un instrumento promotor del desarrollo.

En su más elemental concepción, la idea de privatizar empresas paraestatales comenzó por la necesidad de diversos gobiernos de resolver un problema fiscal. Se buscaba reducir los subsidios explícitos e implícitos que los gobiernos transferían a las empresas de su propiedad a fin de elevar el gasto disponible para otros rubros, indudablemente más trascendentes, de la actividad pública, y elevar la eficiencia de la economía en su conjunto, con el beneficio adicional de reducir la deuda pública gubernamental. Todos y cada uno de estos factores tenía una característica común: se buscaba reducir gasto público y elevar la calidad de la gestión gubernamental. Además, este movimiento no ocurrió en un vacío ya que se presentaron diversas circunstancias que eliminaron la razón de ser de la exclusividad de la propiedad gubernamental en ciertos sectores, particularmente los cambios tecnológicos y regulatorios que afectaron a industrias como la de las telecomunicaciones o al sector financiero. En el primer caso, la noción de un monopolio natural desapareció cuando fue posible comunicarse por medios distintos a los cables instalados por una empresa estatal, como ocurrió con la aparición de la comunicación satelital o los teléfonos celulares. En el segundo caso, la tecnología de las comunicaciones y los cambios regulatorios que se dieron a lo largo del mundo favorecieron la aparición de un mercado financiero internacional en lugar de un sinnúmero de mercados financieros acotados a un espacio legal y físicamente determinado.

Si bien el origen de la tendencia hacia la privatización tiene en las finanzas públicas y en la tecnología a su denominador común. la manera de privatizar y el contexto del proceso de privatización fue distinto en cada país. En algunos casos, como en Argentina, la situación era desesperada en muchos sectores, notablemente los de la electricidad y la telefonía, de tal manera que la población vio en su privatización una posible salvación. En otros, como en Inglaterra y, más recientemente, en Alemania, existían servicios de primer orden, pero la privatización era vista como una manera de elevar eficiencia, reducir gasto superfluo y, al menos en Inglaterra, como un medio para desatar fuerzas y recursos empresariales que habían sido socavados por décadas de propiedad gubernamental. De una o de otra manera, todos los gobiernos vieron a la privatización como un medio para sanear a las finanzas públicas y como un mecanismo para atraer y elevar los niveles de inversión privada en sus respectivas economías.

Pero no todos los países que privatizaron cambiaron el paradigma del actuar gubernamental. Algunos países vieron en la privatización de empresas una nueva manera de gobernar, una nueva manera de concebir la relación entre el gobierno y la economía y, sobre todo, una manera de restaurar al sector privado, a la inversión privada y, sobre todo, a la economía de mercado, como la mejor manera de provocar el desarrollo económico. Otros países, quizá los más, incluido el nuestro, no acabaron de cambiar el paradigma: vieron en las privatizaciones una manera de agenciarse ingresos fiscales de corto plazo y de quitarse de encima pesados fardos y enormes fuentes de corrupción y subsidios descontrolados, pero no más. La noción de potenciar el desarrollo a través de un mercado activo y pujante nunca avanzó. Esta diferencia explica, en gran medida, los resultados obtenidos a la fecha en cada país.

Aquellos países que cambiaron el paradigma en forma decidida y definitiva, como Chile, Inglaterra y Argentina, lo hicieron con pleno y franco reconocimiento de los errores que se habían cometido en el pasado y, particularmente, en anticipación a las necesidades futuras de sus economías. Estos países no sólo privatizaron empresas más o menos al azar, sino que abrieron plenamente sus economías, convencidos de que sólo la competencia abierta en todos los sectores podía garantizar que desaparecieran las prácticas monopólicas, que se eliminaran las distorsiones y subsidios que favorecían a los consentidos de los políticos en cada momento dado y que se generara una base sólida para el desarrollo de la economía. Estos países abandonaron las prácticas proteccionistas, liberaron las importaciones y fomentaron abiertamente la inversión privada, tanto nacional como extranjera. No dejaron sectores protegidos, con lo que evitaron situaciones como la mexicana, en la que los industriales enfrentaron (y enfrentan) la competencia directa del exterior por medio de las importaciones, pero sin contar con un sector financiero competitivo y funcional, ni con precios semejantes a los de sus competidores internacionales en los insumos y materias primas provistos por los monopolios gubernamentales, ni con la seguridad pública y certidumbre jurídica y económica que haga equiparables lo que se denomina “costos de transacción”. Es decir, en México nos quedamos a medias tintas: se abrió la economía sólo en forma parcial, con lo que se agudizaron todos los vicios del pasado en lugar de consolidarse una base sólida para el desarrollo futuro del país. Las consecuencias de lo anterior ahora son evidentes: lo que se sujetó a la competencia internacional sufrió mucho más de lo necesario, en tanto que los sectores que quedaron protegidos ni cumplieron con su función en la economía, ni se salvaron de la hecatombe, como lo ilustra el bancario mejor que cualquier otro sector. Esta problemática se multiplicó y magnificó a la hora de las privatizaciones.

Los países que hicieron todo lo necesario para modernizar a sus economías son aquellos que adoptaron un nuevo paradigma de administración económica y, por lo tanto, que vieron a las privatizaciones como un componente más de un conjunto de medidas diseñadas para alterar la manera en que funcionaba la economía. De esta manera, los países más exitosos también son aquellos que abrieron su economía a la competencia del exterior en todos los sectores, que modernizaron todo el marco regulatorio de la actividad económica, que actualizaron el marco legal en que operan las empresas y que, con toda conciencia, se abocaron a una política expresa de no discriminación.

La idea de abrir la economía no consistía en someter a la planta productiva a una competencia injusta sino, por el contrario, a obligarla a modernizarse y volverse competitiva para poder generar riqueza y empleos. Lo crucial es que los países que abrieron sus economías a la competencia se volcaron hacia una economía de mercado, dejando que fuesen los consumidores quienes decidieran el éxito o el fracaso de las empresas, eliminando a los tecnócratas del proceso de decisión. Muy poco de esto ocurrió en México.

La lección de una década de privatizaciones en México no es que éstas sean el origen de todos nuestros males. Hoy en día es raro el país del mundo que no haya privatizado la abrumadora mayoría de las empresas que por décadas se encontraron dentro del portafolio gubernamental. La lección es que el contexto en que se dan las privatizaciones es crucial para determinar los resultados del proceso de privatización. La transferencia de monopolios gubernamentales al sector privado constituye un error garrafal, toda vez que su efecto directo es el de impactar negativamente al conjunto de la economía. La lección es que sólo es posible privatizar en forma eficaz en el contexto de una economía abierta, pues esa es la única manera de asegurar que el precio de la venta sea reflejo fiel de su valor económico, de modo tal que se pueda convertir a cada una de las empresas privatizadas en una fuente de creación de riqueza, empleos e ingresos para los mexicanos. Bajo este rasero, la experiencia a la fecha deja mucho que desear.

Hacia dónde

Si analizamos lo que tenemos, nos encontramos con que no existe una estrategia de desarrollo clara, definida y contundente. Igual tenemos sectores expuestos a la competencia internacional que sectores protegidos. Lo mismo hay monopolios que zonas de profunda competencia. Se ha abierto la economía de una manera tan desigual que el costo ha sido monstruoso: de hecho, se obligó a los industriales a competir con las manos amarradas, pues éstos nunca contaron con el financiamiento de los bancos, con provisión oportuna de insumos de calidad por parte de las empresas paraestatales o con servicios de transporte modernos y adecuados a partir de una infraestructura eficiente y competitiva. Los industriales tuvieron que ajustarse a la competencia como pudieron. Muchos de ellos perdieron oportunidades por la manera en que se condujo la apertura (o, más bien, por la manera en que se mantuvieron cerrados y protegidos, en forma totalmente arbitraria, un sinnúmero de sectores). Todavía hoy, la empresa que no exporta simplemente no tiene acceso a financiamiento. Esto es producto de la ausencia de una verdadera estrategia de desarrollo. En lugar de perder el tiempo con una discusión bizantina sobre la privatización de tal o cual empresa o sector, lo que deberíamos estar debatiendo es la estrategia general de desarrollo del país y dejar de pelearnos por el uso que se pudiera dar a algunos instrumentos.

La discusión sobre la privatización de empresas representa una falsa disyuntiva que nos distrae de lo esencial. Si tuviéramos una estrategia de desarrollo definida y acabada, podríamos construir un consenso respecto al uso de los instrumentos. En ese contexto el tema de la privatización dejaría de ser uno de carácter ideológico para pasar a ser uno técnico y económico, lo que sería mucho más beneficioso. El hecho es que se ha incurrido en graves errores al privatizar, no por el hecho de hacerlo. sino porque la economía está entreabierta o, más exactamente, semicerrada.

No es casualidad que la privatización de empresas cause innumerables controversias, pues sus consecuencias han sido, en múltiples casos, desastrosas para el país por la incompleta apertura de la economía. Sin embargo, la privatización de empresas es un instrumento neutro de política económica. En esta época del mundo, lo importante para el crecimiento económico y para la fortaleza de un país no reside en la naturaleza del propietario de las empresas, s:no en el dinamismo y competencia de la economía en su conjunto. A diferencia de la inversión gubernamental directa en infraestructura, las empresas paraestatales han sido, siempre, un lastre y un impedimento a la competitividad y al dinamismo de la economía. La conclusión inevitable es que la privatización es un instrumento deseable para promover el desarrollo de la economía, pero siempre y cuando exista una estrategia clara de desarrollo que lleve a la consolidación de una economía abierta en todos los sentidos. De otra manera las privatizaciones seguirán siendo meras transferencias de monopolios (o, en algunos casos, oligopolios) públicos al sector privado, con las consecuencias conocidas y sufridas por todos.

Las privatizaciones en México tienen mal nombre por buenas razones. Si bien hay algunos casos de éxito extraordinario, muchas de las más grandes y visibles son evidencia patente de los vicios que caracterizaron al proceso. Pero cualesquiera que hayan sido esos vicios, no hubieran sido posibles en el contexto de una economía verdaderamente abierta. Por ello, la lección que arroja una década de privatizaciones en el país es que se trata de un instrumento indispensable para lograr el desarrollo del país, pero que éste sólo puede ser exitoso en el contexto de una economía abierta. Sigamos con la privatización de empresas para que el gobierno se dedique a invertir en la infraestructura que el país tanto requiere; pero para ello comencemos por el principio, por la apertura de la economía. Más claro ni el agua.   n

1 Ver “Fobaproa. o de la impunidad” en Nexos 247, julio de 1998.

Luis Rubio. Politólogo, director del CIDAC. Su último libro es México en el umbral del  nuevo siglo.

Cómo construir un cocodrilo

Retratos con paisaje

Por José Joaquín Blanco

Cómo construir un cocodrilo

Difícilmente se puede admirar sin exasperación a François Mauriac (1885-1970), el célebre novelista católico… que no sabía hacer novelas. Sus libros narrativos carecen de tramas y personajes verdaderos, como lo denunció su enemigo, igualmente célebre, Jean-Paul Sartre (quien tampoco supo cómo escribir una novela verdadera.)

Estos dos antiliteratos antinovelistas dominaron el panorama de la prosa francesa durante al menos un cuarto de siglo, y dividieron tras sus nombres  —especialmente en sus artículos periodísticos escandalosos— la opinión política y cultural de Francia de los años treinta a los sesenta.

Sartre: el profeta de “los condenados de la tierra” (Fanon) y de la libertad, quien sin embargo a ratos debió hipotecarla por entero a la estrategia comunista de la URSS; el crítico maximalista de una sociedad a la que parecía encontrar decadente, “sólo porque aún no ha decaído demasiado”, decían sus enemigos, y algo perduraba en ella de los tradicionales códigos morales y políticos.

Los comunistas y otro tipo de revolucionarios abominaban de Sartre: con tal compañero de ruta, “el hombre nuevo” no necesitaba enemigos. Un corruptor del proletariado. Un periodista a veces más indigesto que los tratadistas abstrusos. Un filósofo de declaraciones, manifiestos y noticias de ocho columnas, quien ponía todas las riquezas de la filosofía alemana y de la literatura francesa —según sus detractores— al servicio del desorden callejero, el caos juvenil y urbano, la crápula, el sexo licencioso y el terrorismo cultural. El más corrosivo y desaforado de los dramaturgos.

François Mauriac: el novelista profesionalmente católico que se encarnizaba con personajes e historias sórdidos de Burdeos, donde se pudrían la familia, la Iglesia, la burguesía, la sociedad, el Estado, el dinero, la moral, los sentimientos y pulsiones, las supersticiones de clase y hasta de abolengo provinciano: El beso al leproso, Genitrix, El desierto del amor, Thérèse Desqueyroux, Nudo de víboras, El misterio Frontenac, El mono.

La jerarquía clerical y el Vaticano lo detestaban porque todo su catolicismo mostraba suciedad, putrefacción, desesperación, sordidez en los hogares y las almas de puros “malamados” y “ángeles negros”. Parecía otro Sartre, pero con escapulario. Se le acusaba de snobismo: por ambición literaria, acentuaba el cristianismo de los pérfidos y malditos, demasiado cercano a Baudelaire y Dostoyevski.

Había mucho de Freud y hasta de Marx en sus nauseabundos retratos de la sociedad católica francesa; y aunque siempre se exhibiese como abanderado del catolicismo, enfrentado al totalitarismo y a la inmoralidad, resultaba más subversivo como enemigo interno que los enemigos declarados de la Iglesia y la derecha política, con quienes al menos se sabía abiertamente a qué atenerse.

En los momentos decisivos, el aleve Mauriac formaba filas con el adversario: crítico feroz del franquismo, opositor a la ocupación alemana, compañero de ruta de los socialistas y liberales que tomaron por asalto el propio Vaticano (Marx abominó menos del capital, que Mauriac de la codicia y la avaricia), encabezados por el papa Juan XXIII y su concilio.

Mauriac y Sartre se odiaban, pero invariablemente el éxito los reunía. Ambos agitadores literarios marcaban los extremos de la discusión cultural francesa y lograron el Premio Nobel (rechazado por Sartre), que tan pasmosamente se negó a Breton, Malraux, Céline, Cocteau, Bernanos, Julien Green… Herederos de Gide —éste, protestante y luego ateo, y no Mauriac, logró en La puerta estrecha la obra maestra de “la novela católica”—, conformaban un bifronte monstruo cultural que zarandeaba a los bienpensantes.

Entre sus continuos intercambios de insultos sobresalió la recíproca descalificación literaria. “He leído la última novela del señor Sartre, y me da mucho gusto declarar que la encontré muy mal escrita”, dijo Mauriac. Sartre señaló que el católico sencillamente no podía concebir una trama, ni mucho menos personajes con vida propia, con libertad: le resultaban meros títeres en acciones esquemáticas, prefabricadas, artificiales, que simplemente ilustraban las ideas y los prejuicios de Mauriac, quien actuaba como un demiurgo y no como novelista; un pequeño dios omni y prepotente hacia sus criaturas imaginarias: “Dios no es un artista; el señor Mauriac tampoco”.

No las dejaba vivir. Siempre andaba definiéndolas, sermoneándolas, jalándolas de la manga, sofocándolas en su esquema ético. Carecían de libertad, y en tal sentido, de todo arte. (A pesar de la celebridad de los feroces ataques de Sartre, el mayor golpe que recibió Mauriac provino silenciosamente de la obra de otro católico: Georges Bernanos: Los grandes cementerios bajo la luna, Diario de un cura de aldea, Diálogos de las carmelitas, mucho más estimado como artista y pensador entre los lectores ilustrados.)

Ambos tenían razón en sus insultos. A veces el gran Sartre consigue escribir mucho peor que el resto de los mortales, lo que es todo un mérito. Generalmente el gran Mauriac ofrece meros personajes alegóricos en situaciones fijas y simplificadas.  donde el Mal los abate para permitir el florecimiento moral de su autor, su afán de predicador.

Pero ambos antiartistas (“epatantes”, engagés. belicosos) también lograron, durante sus trayectorias opuestas y paralelas. una intensidad emotiva e intelectual que encumbró sus novelas y relatos en las épocas inmediatamente anterior y posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Hoy en día se dejan leer mejor los relatos breves y líricos de Mauriac (especialmente El mono y El beso al leproso) que sus intentos de narraciones más complejas (El desierto del amor, Thérèse Desqueyroux). Tanto mejores cuanta menor sea su trama; cuanto menos aspiren a vida propia sus personajes, y más se ofrezcan pasivamente a un atormentado y poético discurso de autor sobre ellos.

Que no intenten vivir ni hablar por sí mismos: que dejen que el autor los dibuje y hable a través de ellos, siempre con su prosa culterana pero concisa, del típico “gran” estilo francés, lleno de referencias y clichés engolados, académicos. Que se presten como terribles temas de predicación.

En sus novelas Mauriac es un ejemplo extremo del gran literato antinovelista. De la misma manera que muchos narradores mandaron al diablo las normas y convenciones literarias, y quisieron quemar toda la Literatura-con-mayúscula que estorbara la eficacia de sus tramas y personajes, a los que deseaban incluso más vivos que los de la realidad. Mauriac prescindió de todo recurso narrativo —lenguaje coloquial, verista; autonomía de los personajes; verosimilitud de la trama, complejidad psicológica: ausencia de comentarios omniscientes y revelación de los conflictos sólo a través de la acción— que se opusiera a su ambición de alegorista.

Todos sus personajes son símbolos, todas sus tramas parábolas; suelen concluir en París (después de un infierno moral arraigado en la provincia, especialmente en Burdeos) con poco disimuladas moralejas. Algo semejante a Sartre, para quien sus historias y personajes servían como ilustración de su filosofía existencialista. Mauriac se sirvió de los personajes y situaciones como emblemas del pensamiento católico.

¿Pero qué hay de malo en ello? Importa el valor del texto, no la obediencia al género. Si no se quiere hablar de la novelística de Mauriac, que se destaque su emblemática. Aunque fracase como novelista, y no le creamos sus historias ni sus personajes, triunfa como autor: dio vida intensa a las angustias de su tiempo.

En cualquier obra de Mauriac hay un católico con conflictos interiores que, inmóvil, se ahoga en su examen de conciencia, previo al confesionario y la comunión. No es un religioso épico, al estilo de Claudel, quien cantó el imperio glorioso de Dios, sino un atribulado para quien no existe otro drama sobre la tierra que el examen de conciencia. (Julien Green siguió un camino semejante, con harta mayor destreza narrativa, pero menores ira y desesperación.)

En este sentido, su obra maestra sería Nudo de víboras (1932) —en el manuscrito se iba a llamar El cocodrilo, dentro de la zoología emblemática y teológica de Mauriac, como El mono y El cordero—, especialmente en su primera parte, que muestra la intensidad lírica y la exactitud de dibujo de sus relatos cortos, a la manera de los récits gideanos.

Toda la memorable fuerza de esta novela estriba menos en sus virtudes propiamente novelísticas que en la ira de Mauriac contra el ateísmo burgués. Es casi un libelo contra Voltaire. Ya muchos autores católicos y hasta librepensadores se habían dedicado a despreciar y a ridiculizar a los prepotentes ateos de la nueva burguesía francesa: el Homais de Flaubert, el tío Sosthéne de Maupassant (lo siguen haciendo: la “Historia prodigiosa” del voltaireano, pero bromita. Adolfo Bioy Casares). Mauriac no los desprecia, los odia con furor desatado.

Un anciano burgués ateo (bordelés, abogado, avaro, especulador de dinero) se acerca a la muerte podrido de odio contra su esposa. sus hijos, sus parientes políticos, sus nietos. Casi agónico, conjura contra ellos: quiere herirlos y desheredarlos. El tono de la novela es escandaloso en su desmesura. No es común odiar gratuitamente, con tal arrebato, a la propia familia.

Suena casi contra natura, especialmente cuando no aparece ninguna razón ni situación que lo justifiquen. Que la esposa había tenido alguna casta especie de noviazgo antes de conocer al Cocodrilo; que no lo amó con simpatía ni erotismo, sino como distante, altiva esposa abnegada; que lo apartó, para volcarse en una adoración matriarcal a sus hijos, y egoístamente lo alejó de ellos, pues su ateísmo podría dañar sus almas, etcétera.

Estas situaciones de personajes completamente abandonados de la gracia de Dios son típicas de Mauriac. El caso asombroso aquí fue que le concedió la voz narrativa. El Cocodrilo escribe su examen de conciencia en primera persona: se exhibe, se denuncia en toda su sordidez: su soledad, su fealdad, su suciedad y su miseria de espíritu.

Se trataba en principio de una obra satírica, y acaso se dirigía a denigrar las “lágrimas de cocodrilo” del ateo agonizante. Pero las lágrimas adquirieron realidad, densidad; y la sátira se le volvió tragedia lírica. Se engolosinó con esa extraordinaria fealdad maniquea del personaje; la enriqueció y ennobleció con toda la gloria de los perdedores del mundo, de los “malamados” y “ángeles negros”; de los malditos del espíritu de Baudelaire y Dostoyevski.

Mauriac sólo pudo sostener este tono en la primera parte. En la segunda (para disgusto de Gide) lo moderó, y concluyó con una conversión de última hora a la vida devota, según chismes de una nieta algo demente. Pero ya había dedicado unas cien encendidas páginas a la aventura de ahogarse en el peor infierno espiritual concebible: el hombre que, sin Dios, nada puede disfrutar ni amar en este mundo; un despreciable que todo lo desprecia.

Este vituperio del enemigo tendría poco valor si se le narrara en tercera persona. “Había una vez un hombre odioso” etcétera. Hacerlo en primera, prestándole el propio corazón al réprobo absoluto, confiere una fuerza extraordinaria al odio del mundo y de sí mismo que expresa—¡hasta canta, en prosa siempre endomingada!— el personaje.

No creemos que el Cocodrilo exista ni pueda existir; sabemos que es un emblema. Falla como personaje novelístico. La trama es absurda, casi infantilmente esquemática; su nudo—cuando el Cocodrilo descubre que su hijo natural se une a los legítimos en una conjura contra él— está resuelto con simpleza, casi con tontería: Casualmente, durante un raro viaje a París, los descubre en uno de los miles de cafés; los sigue sin ser notado a una iglesia, y a distancia de cincuenta o cien metros lo adivina todo por sus ademanes, etcétera.

Pero el empuje de escribir el monólogo del enemigo, confundiéndose a ratos con él, a ratos voluntariamente iracundo, a ratos involuntariamente cómplice, logra todo un testimonio católico contra la sordidez de la vida humana, de la conducta burguesa, de la vida en familia, del amor conyugal y la paternidad; del patrimonio familiar, de los grupos y clases sociales del campo y de la ciudad, con una fuerza que ningún ateo podría conseguir.

La Iglesia se indignó. “Si Cristo vino a crear esta cultura, estos hogares, estos personajes católicos, mejor se hubiera evitado el viaje”, es lo que naturalmente piensa el lector, y lo que pensaron los censores eclesiásticos. “¿Es esta la redención operada por Cristo? ¿Esta es la civilización de la Iglesia?”. Los gulags del cristianismo.

Los relatos bordeleses de Mauriac recuerdan —aunque fueron simultáneos— a los de Faulkner en el sur de los Estados Unidos. La decadente sordidez de familias estancadas donde todos los parientes se odian y perjudican. No hay comparación en tramas y personajes, magníficos en Faulkner. pero sí en las atmósferas, que Mauriac vuelve más sofocantes aún.

Sabemos que Nudo de víboras empezó como sátira contra un tío ateo del propio Mauriac. Que pretendía exhibir la fealdad, la aridez, el egoísmo, el desamor de los burgueses ateos de Francia. Cuando Dios se va, el mundo se vuelve un “desierto del amor”. Pero Mauriac, en gran conflicto, se mezcló con su enemigo al poner en su boca la voz narrativa. Se incorporó a su examen de conciencia.

Permitió que esa enorme, extravagante denuncia del mundo familiar, que esta putrefacción de los valores familiares, se hinchara y explotara como un absceso. Ningún enemigo de la familia la ha denunciado con tal violencia, con tal encarnizamiento. Ni el propio Gide del alarido: “¡Familias, os odio!”. Octavio Paz hablará de “familia, nido de alacranes” en Pasado en claro.

Luego Mauriac quiso reparar los daños, con una segunda parte moderada y un final que tiende hacia la conversión, la confesión, el perdón del réprobo. No pudo. Lo que impera es la denuncia inicial del padre absolutamente sórdido.

Mauriac era hombre poco intelectual y poco artista. Mucha religión y trato social (un predicador del Evangelio, pero invariablemente rodeado de duquesas, ministros de De Gaulle y miembros de la Academia Francesa), poco interés por las artes y la literatura. Hasta presumía de anti-intelectual.

Pero imitaba incesantemente a Racine. De ahí vinieron las instrucciones para construir su Cocodrilo. Sucede que en Racine encontramos tragedias alegóricas, esquemáticas, sofocantes, para denunciar a los reprobos. Pero son precisamente los personajes infames (Fedra, Atalía) quienes se llevan los mejores parlamentos, con sus sacrilegas denuncias de Dios, el mundo, el hombre.

Los réprobos se vengan de sus autores aparentemente ortodoxos, y logran que lo central, lo constante y perdurable de sus obras, sean los momentos en que los rectos intentaron hablar a través de los infames. O viceversa. ¿Quién presta la voz a quién? ¿Quién vive de la sangre de quién? Borges: “¿Cuál de los dos escribe este poema?”. ¿Cuánto hay del autor en la voz narradora; dónde termina el personaje y empieza Mauriac? Se sospecha algo de complicidad o al menos de solidaridad, a ratos, entre ambos.

Como los rectos suelen odiar tanto a los réprobos, como son su terror y su obsesión desmedidos, potencian su voz y su perfil: imprimen en los infames, como un halo, todo el temor y la fascinación que en los probos han producido. No es simplemente el Mal en sí mismo, sino tal como el Bien, aterrado, lo imagina.

Sin embargo, en Nudo de víboras se huelen azufres de un infierno verdadero. Quizás en este mediocre mundo terrenal, el Mal y los réprobos carezcan de esa grandeza y esa perfección en la sordidez y en la miseria espirituales. Pero desde luego existen en el alma y en los nervios de los probos que durante sus pesadillas se sueñan réprobos; que (jansenistas) siempre sospechan al diablo debajo de la propia piel devota.

La execración de la condición humana que logra Mauriac queda como uno de los rasgos más extravagantes, pero memorables y perturbadores, de la literatura moderna. Sórdidos. Agrios. Ariscos. Por lo demás, el “nudo de víboras” alude al nido familiar, pero sobre todo al corazón: amasijo sangriento de embrolladas venas y arterias bestiales, dentadas, que roen desde su centro al hombre, réprobo o no. cuando arbitrariamente carece de la gracia de Dios.

“El infierno son los otros”, exclamó sibilinamente Sartre. El infierno es uno mismo, arrojado al examen de conciencia católico, donde florece la culpa con todas las pompas y engolamientos de la prosa tradicional francesa, diría Mauriac.

¿Por qué “uno mismo”? ¿Por no ser los blancos ángeles de Dios? ¿Pero dónde están esos ángeles blancos? No en la obra de Mauriac, proliferante de puros “malamados” y “ángeles negros”. n

José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente libro es Pastor y ninfa. Ensayos de literatura moderna (Cal y arena).

Fuentes: François Mauriac: Ouvres Romanesques. La Pochotèque, París, 1992. Hay ediciones francesas de La Pléiade y otras editoriales. Circulan traducciones castellanas de varias de sus novelas (Alianza Editorial y Salvat). Cf. Mauriac, París, l’Herne No. 48,1952. Maurice Nadeau: Le roman français depuis la guerre, Gallimard. París, 1970.

Una vista a Estados Unidos

Cabos sueltos

Una visita a Estados Unidos

Por Hans Magnus Enzensberger

De valor autobiográfico, este ensayo dice mucho de la manera en que los alemanes percibían a Estados Unidos luego del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Se podía soñar con ellos, desearlos y admirarlos, pero no comprenderlos.

De niño, en Alemania, yo no sabía casi nada sobre los Estados Unidos. Para mí era un continente de pura fantasía, poblado por cowboys e indios pieles rojas, tal vez con unos cuantos pandilleros incluidos, aunque estaba lejos de entender lo que tramaban esos personajes sin rasurar.

Uno de los hechos sobresalientes de la vida en la Alemania nazi era que, sencillamente. nadie podía salir de allí. Viajar al extranjero era un privilegio que no estaba al alcance de la gente común y corriente. En este sentido, la Alemania de finales de los años treinta era como la Unión Soviética…, un espacio incomunicado y claustrofóbico que les ofreció a mis mayores una sola forma de escapar…, invadir y saquear a sus vecinos europeos.

Recuerdo haberme preguntado si Estados Unidos era un país real. Parecía ser una ficción, como algo salido de un libro de cuentos. De cuando en cuando, nuestros vacuos periódicos intentaban convencer a sus lectores de que Estados Unidos era gobernado por plutócratas. Estos eran dibujados con grandes puros en la boca y con sombreros de copa. Era difícil creer que semejantes personas realmente existieran. Se parecían a los judíos, que eran igual de inverosímiles y cuyas caricaturas aparecían en la pizarra de mi escuela primaria. Nadie había visto nunca a nadie que se pareciera remotamente a ellos en la vida real.

Cuando Hitler le declaró la guerra a Estados Unidos, es probable que yo haya estado demasiado ocupado pasando un examen de traducción de latín como para darme cuenta de lo que sucedía. Debido a la guerra, mi familia se había mudado a un pueblo en Bavaria. Ir a la escuela era muy molesto. Cada día, a las cinco de la mañana, debíamos tomar el tren para ir a una ciudad en donde había un gymnasium. A finales de 1944, las vías férreas estaban bombardeadas y todo el transporte se había suspendido. Eso significaba que teníamos que caminar alrededor de once kilómetros para ir y regresar de la escuela, un trayecto diario que muy pronto se volvió agotador.

En este camino tuve mi primer contacto directo con los Estados Unidos, una experiencia que acalló cualquier duda sobre su existencia. En un soleado día de otoño, un avión de combate repentinamente se lanzó con gran estrépito hacia nosotros. Eramos tres chicos de quince años y teníamos muy buenos reflejos, de modo que de inmediato nos pusimos a cubierto en la zanja que estaba junto al camino. Recuerdo claramente las pequeñas nubes de polvo que se elevaron frente a mí en el lugar en donde las balas rebotaron en el suelo y, apenas una fracción de segundo más tarde, el martilleo de la ametralladora. Por poco y no nos salvamos. Cuando el avión pasó, alzamos la vista y lo vimos brillar en el cielo. Creo que era un Mustang. Pudimos incluso distinguir la estrella sobre sus alas y al piloto en su cabina. De cualquier manera, el avión dio una vuelta en U y regresó hacia nosotros pero, como no éramos un buen blanco, pasó de largo sin lanzar otra descarga. Cuando desapareció, saltamos de la zanja y bailamos en la carretera. Aunque sea raro decirlo, fue una experiencia totalmente vigorizante.

Seis meses después, me llamaron para defender a Alemania. Me dieron un uniforme verdoso hecho de una celulosa irritante, una pistola y una bazuca. Hacía mucho que los Aliados habían cruzado el Rin. Junto con un grupo de otros treinta chiquillos, me apostaron en una vía principal, a una distancia aproximada de treinta kilómetros de nuestro pueblo. Se suponía que debíamos salvar al Reich, el cual consistía de un enorme montón de escombros, disparándoles a los tanques estadunidenses que se acercaran. En esas circunstancias, no le vi mucho caso a jugar al héroe. Hice cuidadosos preparativos, llevando conmigo un buen mapa y un cúmulo de prendas civiles que escondí en unos cuantos lugares estratégicamente seleccionados. Era una empresa arriesgada, pues había mucha gente que tenía la intención de matarte; por un lado, los ejércitos Aliados que avanzaban y, por el otro, nuestros propios oficiales, que estaban ansiosos por ejecutar a los desertores.

Por lo tanto, la elección del momento adecuado era algo decisivo. Tan pronto como oí el primer tanque Sherman retumbar en la distancia, me agaché y puse pies en polvorosa. En un bosque cercano, encontré mi pequeño escondite, me quité el uniforme y me convertí de nueva cuenta en un civil.

Caminé toda la noche y, cuando llegué a mi pueblo, temprano a la mañana siguiente, los vi llegar…, una procesión interminable de vehículos blindados, artillería, camiones y jeeps. Los hombres parecían ser visitantes del espacio exterior. Estaban bien alimentados, sus pantalones de color caqui estaban muy limpios y su actitud era sumamente despreocupada. Inclinaron la cabeza con naturalidad en dirección de los boquiabiertos campesinos, bajaron de un salto de sus vehículos y procedieron a encender una fogata en la plaza del pueblo. Algunos de ellos eran gigantes negros y mascaban una sustancia, desconocida en nuestra parte del mundo, que sabía a menta. Tan pronto como se instalaron alrededor del fuego, empezaron, para mi total asombro, a leer lo que parecían ser libros para niños. La curiosidad fue más fuerte que yo y empecé a hablarles en mi rudimentario inglés escolar. Ellos echaron a reir y me dieron mi primer libro de tiras cómicas.

Resultó que yo era la única persona del pueblo que tenía un ligero dominio de la lengua y, en espacio de una semana, ya era su intérprete más o menos oficial. Sólo mucho después me di cuenta de que ellos habían actuado en contra de su reglamento. El primer día de la ocupación, ignoraron la disciplina militar y comenzaron a fraternizar con el enemigo.

Lo pasé de maravilla. Que yo recordara, siempre había habido alguien que me mandara, dándome órdenes a gritos: maestros, conserjes, jefes de destacamento y sargentos. De la noche a la mañana, todas estas autoridades se habían esfumado. Fue un alivio enorme. Claro está, había algo que se llamaba el Gobierno Militar, pero era una idea abstracta, una entidad invisible que estaba muy lejos, en las ciudades, lejos de nuestro alcance. Todo el tráfico civil en las carreteras y en los ferrocarriles había cesado mucho tiempo atrás. Los periódicos alemanes no existían. Yo tuve suerte pues podía espigar fragmentos fascinantes de información de las páginas del boletín del ejército, una diario llamado Stars and Stripes. Era obvio que existía un inmenso mundo exterior que me era desconocido y se llamaba Estados Unidos.

A su debido tiempo, hice otros dos descubrimientos. Un día, el Capitán McCann, nuestro comandante local, me entregó un paquete que tenía el tamaño y la forma de un ladrillo. Estaba envuelto en papel apergaminado, lo cual no daba ninguna pista en relación con lo que podía contener. Cuando lo abrí, encontré una apretada plétora de curiosos objetos; en primer lugar, una pequeña lata en cuya parte inferior había un ingenioso abridor. Dentro, descubrí una carne prensada desconocida llamada Spam. Luego, había un papel de aluminio con un polvo amargo de color café que tenía un nombre igualmente misterioso, Nescafé. También había cubos de azúcar, empacados individualmente, una bolsa de leche en polvo, una dosis de aspirina, una lata de piña dulce, cerillos, pañuelos de papel, papel higiénico y. lo más fascinante de todo, un condón y un tubo de ungüento antibiótico para prevenir y curar las enfermedades venéreas.

Todas estas cosas estaban organizadas y ordenadas de la manera más cuidadosa. El dispositivo se llamaba una Ración C. Contenía todo lo que un soldado lejos de casa podía necesitar, sin excluir lo que en mi opinión eran los lujos más extravagantes.

Me quedaba claro que una nación capaz de semejante previsión era invencible.

Mi siguiente sorpresa fue aún más abrumadora. El Capitán McCann había establecido su cuartel general en una granja muy grande al final del pueblo. Yo solía pasar mucho tiempo en su oficina y un día noté que en un rincón había una enorme caja llena de libros. Alguien, del otro lado del Atlántico, había pensado en las necesidades intelectuales de los reclutas y había provisto a las Fuerzas Expedicionarias Estadunidenses de una cornucopia de literatura mundial, absolutamente gratis. Toma lo que quieras, dijo el Capitán McCann.

Hambriento de material de lectura, a duras penas pude contenerme. Regresé a casa cargado de libros de bolsillo. Mi tesoro era una increíble mezcla de novelas policiacas y de clásicos, de revistas  sensacionalistas y de filosofía. Me deleité con Somerset Maugham y Hemingway, Louis Bromfield y Thoreau. Recuerdo un grueso volumen gris compilado por un serio académico estadunidense llamado Louis Untermeyer. Su antología de poesía estadunidense moderna abrió amplios panoramas en mi mente fértil. Alguien en Washington debió decidir que los soldados ansiaban leer a William Carlos Williams, T.S. Eliot, Marianne Moore y Wallace Stevens, aunque creo que Ezra Pound no se consideraba apto para el Ejército. No sé si muchos reclutas compartieran estos entusiasmos, pero toda la idea era un signo de generosidad y una prueba más de la superioridad estadunidense.

En el fondo del montón encontré incluso algunos libros de autores alemanes: Arco de Triunfo de Erich Maria Remarque, un éxito editorial olvidado desde hacía mucho tiempo, La montaña mágica de Thomas Mann y El proceso, escrito por alguien de quien nunca había oído hablar, Franz Kafka. Todos ofrecían una lectura embriagante, incluso en inglés. Después del largo apagón cultural de la Alemania nazi, la literatura mundial, despachada por toneladas desde los Estados Unidos y distribuida de manera gratuita, fue una fuente inolvidable de iluminación en el sombrío y deprimente ambiente de la Alemania de la posguerra.

Después  de algunos años, mi país volvió a una normalidad incómoda. Se cambiaron las resmas de viejos billetes sin valor por una nueva moneda impresa en los Estados Unidos. Las vitrinas vacías de las tiendas se llenaron, casi de la noche a la mañana, como si fuera un milagro, con zapatos, salchichas, desarmadores y manzanas. En un frenesí de reconstrucción, se repararon los techos, se limpiaron los escombros de las calles, se arreglaron las vías de ferrocarril. Al mismo tiempo y con la misma velocidad vertiginosa, desaparecieron millones de nazis. Casi todos ellos se convirtieron de inmediato en recatados demócratas quienes, despreocupados, seguían adelante con sus carreras en el gobierno, la educación, las leyes y la medicina. Nadie quería saber nada acerca de lo que cortésmente se llamaban “los años más oscuros de Alemania”.

En espacio de muy poco tiempo, la parte occidental del país se transformó en un protectorado estadunidense. Cierto, también había soldados británicos y franceses, pero todos sabían que el verdadero ganador de la guerra era Estados Unidos. Considerar este país como una “joven nación” es un trillado estereotipo europeo. Resultó que el supuesto adolescente se convirtió en el custodio de una Alemania decrépita y desgastada. Los Estados Unidos emprendieron la difícil tarea de volver a socializar nuestra parte del mundo. Esto no fue, claro está, un acto de mera benevolencia. El futuro de Alemania quedó determinado por el inicio de la Guerra Fría. A una nación derrotada nunca se le han ofrecido condiciones más generosas, y dichas condiciones nunca fueron menos merecidas.

A pesar de los débiles esfuerzos de los Aliados por llevar a cabo la desnazificación, hubo algo turbio en nuestra recuperación. Muchos alemanes albergaban un resentimiento silencioso en relación con lo que consideraban como un desastre más que como una liberación. La amnesia era una enfermedad común y las viejas ideas autoritarias seguían estando presentes.

Muchas personas de mi generación anhelaban marcharse a Estados Unidos, un lugar en donde no parecían existir semejantes trabas. En nuestra imaginación, era un paraíso de jazz, de libertades civiles y de moral relajada.

Ya como estudiante en una de nuestras universidades antiguas, un día encontré en mi buzón una carta de Washington en donde se me invitaba a hacer una gira de seis semanas por los Estados Unidos. No sé cómo fue que llegué a ser un candidato para el programa Fulbright de intercambio pero, sin duda, sentí que era un pasaporte a la utopía. Me dieron un boleto de avión y una pequeña mensualidad. El itinerario dependía de mí pero la oficina de Washington me ofreció ponerme en contacto con cualquier institución que yo quisiera visitar.

Como no podía pagarme un auto, decidí comprar un pase de Greyhound que era válido para viajar por todo el país. Caminé por los asentamientos hechos de tablas corrientes del delta del Mississipi, hablé con físicos del plasma y con productores de películas y pasé mucho tiempo en desiertas estaciones de autobuses y en moteles que parecían posadas de mala muerte. La falta de dinero me brindó algunas oportunidades para entender el sistema estadunidense de clases sociales. El autobús Greyhound daba servicio a una clientela compuesta de marineros sin barcos, reclutas desmovilizados, prostitutas y varios otros perdedores.

Todos, desde los funcionarios de gobierno hasta el último vagabundo, me parecieron muy accesibles, amistosos y serviciales. El único tropiezo que tuve fue cuando me subí a un autobús en Alabama y me senté en la parte trasera. Una amable anciana negra me dijo que debía sentarme al frente. Más tarde, en la parada de autobús, terminé en una banca con un letrero que decía SOLO PARA BLANCOS.

Ese extenso país que había ido a descubrir me parecía exótico más allá de lo que hubiera podido imaginar jamás. Muchas veces me sentí perdido, como una persona en un cuadro de Hopper. Los nativos parecían ser suficientemente gregarios, más que la mayor parte de los europeos, y sin embargo me invadía una penetrante aura de soledad.

Otro aspecto desconcertante era la extraña discrepancia que existía entre la imagen y la realidad. En ese entonces, Europa era todavía una región subdesarrollada en términos de publicidad y de relaciones públicas. En Estados Unidos, las promesas que hacían los anuncios y los letreros de neón parecían estar completamente erradas. El tugurio más miserable ubicado en el peor lado de las vías del tren proclamaba con orgullo que sólo allí podía uno disfrutar de “las mundialmente famosas albóndigas de Arthur”. Se hacían afirmaciones similarmente fantásticas acerca de cremas de rasurar, moteles, cabarets e incluso estados enteros. A nadie parecía molestarle la brecha insalvable entre la promesa y la realidad. Me tomó mucho tiempo y esfuerzo aprender la gramática de la representación que prevalecía en esa extravagante civilización.

Y, cuando finalmente llegué a Hollywood, me aguardaba una sorpresa más. Me dieron boletos gratis para ir a un programa de televisión en vivo. Para un estudiante alemán, en 1953, eso era una atracción sensacional. Yo nunca había visto a un cómico en acción y supongo que no entendí la mayor parte de sus chistes. Pero lo que realmente me llenó de aprensión fueron los dos letreros que de cuando en cuando hacían brillar su mensaje al auditorio, pidiéndonos que nos riéramos o que aplaudiéramos. Estas dos instrucciones fueron cumplidamente obedecidas. Incluso hoy en día, ahora que esta disposición se ha vuelto algo común en todo el mundo civilizado, sigue siendo un acertijo de obediencia que nunca he logrado resolver.

Y así, cuando volví a casa, envidiado por mis compañeros de clase, tuve que confesar que mi primera aventura estadunidense había sido un glorioso fracaso… que podía admirar esa distante tierra prometida, preocuparme por ella, soñar con ella, pero que comprenderla era algo que estaba fuera de mi alcance.  n

Hans Magnus Enzensberger. Poeta y ensayista alemán. Entre sus libros. El interrogatorio en la Habana y Para una crítica de la ecología política.

Traducción de Katia Rheault

La política económica de lo posible

La política económica de lo posible

Por Humberto Roque Villanueva

A invitación expresa de los directivos de la revista Nexos, me permití enviar respuesta a dos preguntas específicas que fueron publicadas en la edición del pasado mes de abril bajo el título de “Criterios de justicia social”. Tal respuesta se apegó a la extensión que me fue señalada por los editores.

Es conveniente hacer notar que desde el momento mismo en que manifesté de manera pública mi aspiración a la candidatura de mi partido a la Presidencia de la República, me di a la tarea de publicar el libro intitulado “6 años para ganar un siglo”, en el que expongo con mayor amplitud un análisis sobre seis temas que considero fundamentales para el presente y futuro de la nación: cómo recuperar la seguridad pública; el desafio de la democracia con gobernabilidad; reforma constitucional para la justicia social; ahorro interno contra la dependencia globalizadora: la desigualdad obliga a un nuevo desarrollo regional; y la sociedad del próximo siglo. En cada uno de estos capítulos se establecen las líneas básicas de acción que propongo a la sociedad.

Es factible que mi respuesta en Nexos no haya sido lo suficientemente precisa en lo relativo a los posibles cambios de la política económica seguida por la actual administración. Pero no quiero imaginar que la supuesta “falta de precisión” se base en el simplista juego del “blanco” o “negro”, cuando se plantea la interrogante de si me inclino por “más Estado o más mercado”.

Quiero dejar sentado, de principio, que en mis planteamientos no insinúo, ni remotamente, una política estatista que sustituya o invada el campo de los sectores productivos, ni propongo caer en los excesos de una política que todo lo apuesta a los mercados.

No hay que olvidar que en México, al Estado, como organización jurídica de la sociedad, le corresponde regular a través del derecho la planeación, conducción, coordinación y orientación de la actividad económica nacional, y llevar a cabo la regulación y el fomento de las actividades productivas que demanda el interés general salvaguardando las libertades que la misma Constitución otorga a los individuos. La propia norma fundamental que el impulso a los sectores social y privado de la economía deben desarrollarse bajo criterios de equidad social.

Por otra parte, en las democracias modernas las intervenciones del Estado tienen su justificación en las limitaciones que los llamados mecanismos de competencia han puesto de manifiesto. Es reconocido por diversos teóricos que la libertad de iniciativa no garantiza necesariamente criterios de equidad en la distribución de bienes a favor de la colectividad. Se requiere la regulación del Estado para impulsar el sentido redistributivo de la producción.

Asimismo, el Estado tiene que desarrollar otras funciones que garanticen la satisfacción de necesidades sociales tales como educación, seguridad pública, certidumbre jurídica, salud, servicios públicos que debe financiar a través de la captación fiscal.

¿Entonces cómo podemos combinar “felizmente” democracia, justicia social y gobernabilidad para, a través de la política económica de Estado, obtener lo que este país requiere con más urgencia: los criterios de justicia social? La respuesta es sencilla. No conozco otra forma y camino concreto que reformas constitucionales por consenso de todas las fuerzas políticas y de los sectores productivos

Ello no puede obtenerse si no hacemos que la propia sociedad, como frente a un espejo que revele la verdad, sea capaz y disponga del procedimiento adecuado para tomar sus propias decisiones en la materia de política de ingreso uniéndolas a las de gasto. En materia de presupuestación la sociedad, a través de su representación en el Congreso de la Unión, debe conocer ampliamente las razones que fundamenten las diversas posiciones en la materia y tomar y expresar decisiones vinculadas que no den lugar al doble discurso que divorcia el cuánto gastar del cuánto pagar. La política económica de Estado aumenta los elementos de certeza y seguridad económica y disminuye la politización de las posiciones partidistas.

En tal razón, propongo una reforma constitucional al artículo 74, fracción IV, para que se puedan discutir y aprobar simultáneamente ingreso y gasto. ¿Es de tanta trascendencia que se puedan discutir y aprobar al mismo tiempo? Afirmo que sí. Esa discusión simultánea debidamente fundamentada e informando a la sociedad con amplitud y veracidad, permitiría precisamente la definición de una política económica de Estado con conocimiento de sus alcances y limitaciones.

El país ha cambiado y su economía se transformó. Al referirme a una política económica de Estado no pretendo proponer retrocesos ni tampoco ofrecer más de lo mismo. Creo que es pertinente rescatar y cuidar de las políticas que están dando estabilidad económica y, por otra parte, plantearnos los aspectos medulares de un enfoque económico que realmente nos conduzca a la justicia social. Los cambios abruptos por el prurito de sostener una política económica diferente dañan más al país por el desconcierto e incertidumbre que generan.

Reitero mi convicción de que es indispensable lograr un crecimiento sin inflación, apoyado en el ahorro interno y en la corrección de los desequilibrios en la balanza comercial. No creo que se pueda o deba dar marcha atrás en la apertura comercial que nos permitió lograr un lugar preponderante como país exportador; y lo que propongo es una política industrial que permita establecer cadenas productivas que nos hagan menos de pendientes de insumos importados que están incidiendo negativamente en la balanza comercial.

Tampoco podemos soslayar que el fenómeno de la globalización económica ha obligado prácticamente a todos los Estados en vías de desarrollo a realizar ajustes en sus estructuras políticas y económicas. México no es ni podrá ser en el futuro cercano la excepción. En palabras de Héctor Aguilar Camín el punto no es pronunciarse a favor o en contra de este fenómeno, “sino aprender a vivir con él”. La política continúa siendo en gran medida el “arte de gobernar” o, si se quiere, un concepto contemporáneo al “arte de lo posible”, y a ello no puede escapar la economía.   n

Copa América: México en momios

Copa América: México en momios

•      Probabilidades de que México avance a la siguiente ronda en la Copa América: 2:1.

•      Probabilidades de que México “refrende” en esta Copa América por lo menos el tercer lugar que obtuvo en la pasada Copa América de Bolivia: 1:25.

•    Probabilidades de que México llegue a la final de la Copa América: 1:70.

•     Probabilidades de que México gane la final de la Copa América, si llega, y si esta final es contra Brasil: 1:95.

•      Probabilidades de que México le gane a Paraguay si se enfrentan en finales, en atención a que Paraguay es local: 1:45.

•      Probabilidades de que México le gane a Paraguay, si Paraguay recluta, como es seguro, a sus “sudamericanos” y “europeos” para la Copa: 1:50.

•      Probabilidades de que México le gane a Paraguay si llegaran a enfrentarse y si, por un milagro, en vez de los “europeos” y “sudamericanos” jugaran por Paraguay varios de los troncos que, exceptuando a Saturnino Cardozo, juegan en México: 10:1.

•      Probabilidades de que Cuauhtémoc Blanco anote un gol en la Copa América: 3:1.

•      Probabilidades de que Cuauhtémoc Blanco haga el festejo del perro pipión luego de anotar un gol en la Copa América: 0:100.

—Johannes Burgos

Las trampas de la amnesia

Parabólica

Las trampas de la amnesia

Por Carlos Castillo Peraza

¿Recordará Charles de Gaulle —abogado de cincuenta años, fanático del squash, diputado al Parlamento Europeo— quién fue su célebre abuelo y homónimo, héroe de varias guerras, conductor de los franceses libres durante la lucha contra el hitlerismo, víctima de una decena de atentados por parte de una derecha militarista, colonialista y nostálgica desde que el espigado y soberbio general optó por conceder la independencia a los argelinos?

Tal parece que no, si creemos lo que escribe François Dufay en uno de los más recientes números del semanario galo Le Point. En efecto, el periodista da cuenta de la sorprendente y amnésica decisión del nieto del gran Charles: aceptar ser inscrito en las listas de candidatos a la curul europea que presentará el Frente Nacional (FN), organización ultraderechista, racista y xenófoba que encabeza un turbulento personaje francés apellidado Le Pen.

El pequeño Charles —¿o quizá Charles el pequeño?— ha esgrimido como argumento para justifica su decisión, el deseo de “poner fin a la diabolización de lo que han defendido la soberanía de Francia con el vigor mayor”, con lo que pretende erigirse en continuador de las batallas de su ilustrísimo antepasado. Pero, como lo señala Dufay, a Charles de Gaulle Jr. deben andar fallándole las áreas de la corteza cerebral donde se archivan los recuerdos.

Y es que, en las filas del FN, el nieto se topará ineluctablemente con Jean-Jacques Susini, uno de los involucrados en el famoso atentado de Mont-Faron que pudo costar la vida al valeroso abuelo De Gaulle. El tal Susini fue dirigente de la Organización del Ejército Secreto —conocida como OAS por sus siglas del francés (Organisation de l’Armée Secrète)—, grupo clandestino formado por oficiales que combatieron en Argelia y percibieron la liberación de este país como una traición del general-presidente. Además, uno de los responsables de los estudios del FN es hijo de Bougrenet de La Tocnaye, otro de los conspiradores contra De Gaulle el mayor. A mayor abundamiento, el jefe del FN acude cada año a poner flores sobre la tumba de Bastien-Thiry, organizador de atentados contra el destacado abuelo de Charles el menor.

Desmemoriado el nieto de quien fue llamado, por su estatura y reciedumbre física y moral. La Encina. De allí que los viejos amigos del general apoden al amnésico descendiente La Bellota, probablemente aludiendo a su pequeñez en todo y al hecho de que semejante fruto es alimento para cerdos.

Un olvido español

-Lo conocí —gracias al embajador hispano en nuestro país, De la Iglesia— cuando visitó México hace unos seis años. Era el Ministro del Exterior de España. Estaba en extremo fatigado y, no obstante, desplegaba una lucidez enérgica, animosa, jovial y serena. Hombre de confianza en cualquier terreno, Javier Solana colaboraba entonces con el presidente del gobierno, Felipe González, cuyo partido —el Socialista Obrero Español— se encaminaba entonces, tal vez sin saberlo, a la derrota electoral que le propinaría dos años más tarde el Partido Popular encabezado por José María Aznar.

Me dio la mejor impresión posible. Luego supe que era doctor en Física y que había enseñado la materia. Por casualidad, alguno de sus exalumnos me hizo saber que fue un maestro cumplido, eficiente y querido por sus pupilos. También me informó que Solana se inscribió en el PSOE hace hoy 35 años, es decir, en 1964. cuando fue expulsado de la madrileña Universidad Complutense por sus actividades antifranquistas. Terminó sus estudios en Gran Bretaña y en los Estados Unidos. Su antiyanquismo no le impidió, en esos años, hacerse de un pasaporte estadunidense a guisa de paraguas político. Eran los años duros de la dictadura.

El joven físico y socialista impresionó a Felipe González por su rectitud, su bonhomía y su cultura. Solana—como tantos otros colegas en las ideas políticas— era un pacifista y se oponía, en los ochenta, al ingreso de España a la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN). Pasado perfecto: hoy, Javier Solana no es sólo el Secretario General de la alianza militar mencionada, sino el primero entre éstos que encabeza una acción militar en territorio europeo, es decir, los bombardeos contra Milosevic, el criminal depurador étnico de los Balcanes. Y llegó al cargo no sólo con la venia, sino con el apoyo explícito de Washington dado por el Secretario de Estado Warren Christopher, en 1995.

Tal pasado y semejante presente explican quizá que Javier Solana se declare “melancólico”. Y que invoque su derecho “a cambiar de opinión y a equivocarse”. Por supuesto, si cambió y erró antes, bien podría decirnos mañana que se equivocó hoy. Las leyes de la física no cambian. Las de la política, sí. Estas parecen ser olvidables. Aquéllas, inolvidables. Alguien escribió que la ciencia es “un cementerio de hipótesis”. No soy nadie para rebatirlo ni para sostenerlo. Pero, hasta donde se ve, la política parece ser un camposanto de convicciones, y el discurso de los políticos un interminable obituario de los recuerdos. Quizá sea el único método para ir construyendo esperanzas. Es cierto que no es posible vivir recordándolo todo. Pero, ¿es posible hacerlo olvidándolo?

No olvidar al Estado…

En el número correspondiente al mes de marzo de El Correo UNESCO, un alto funcionario del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Omar Norman, reflexiona sobre las transiciones hacia la economía de mercado en los países de la que alguna vez fue llamada “Europa del Este”. Sus meditaciones arrojan las conclusiones siguientes:

El Estado socialista intervenía en todo. Desde su caída, el péndulo se inclinó demasiado en sentido contrario. A menudo, por reacción ideológica contra el pasado, se desmantelaron con excesiva premura las antiguas estructuras. Ahora bien, al Estado le incumbe un papel decisivo en la transición, como lo están demostrando los países de Europa central. Liberalización a ultranza significa monopolios privados, salidas masivas de capitales, desigualdades intolerables y pérdida de confianza en el mercado, en razón de los fraudes financieros. Se necesitan instituciones públicas fuertes que regulen los mercados financieros y transfieran con eficacia los recursos a las categorías más vulnerables. Por último —y eso es lo esencial— hay que reactivar el crecimiento…

…Ni los derechos humanos

Enzo Bettiza, en Panorama, hace una crítica frontal a Madelene Albright, secretaria de Estado norteamericana. El periodista italiano la emprende contra la dama en jefa de la política exterior de Clinton, no por su apoyo a los bombardeos de la OTAN contra Serbia, sino porque en su más reciente visita a la capital china, Pekín o Beijing, la señora dio exhibición palmaria de “doble moral”.

Bettiza recuerda que los atentados contra disidentes y la represión contra opositores creció precisamente en los días previos a la visita de la señora Albright y que ésta, cumplido el rito de las reclamaciones en el tono que las hubiera hecho “un inspector de Amnistía Internacional”, cambió de tono y declaró a la prensa que “no es buena cosa relacionar los derechos humanos con el comercio” y que “es preciso mantenerlos separados si queremos hacerlos progresar juntos”.

La señora, reclama Bettiza, “supo atemperar la dureza metálica de su carácter con una sobredosis de inevitable cinismo”. Mostró así que los norteamericanos combinan con suprema desvergüenza la alabada “moralidad humanitaria” con la muy realista “amoralidad del negocio”.

Don Enzo Bettiza acaba de descubrir el hilo negro. Esperamos que no registre la patente y comience a cobrar royalities. Agradecemos el memorandum, empero. No está de más.       n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Es autor del libro Disiento.

El PRI: Cómo fue

El PRI: Cómo fue

Por Héctor de Mauleón

Entre el 17 de marzo y el 1 de abril, el PRI vivió uno de sus momentos más sonados. Ante la renuncia de Mariano Palacios Alcocer, el proceso de elección de la nueva dirigencia nacional se encontró ante una situación novedosa: las voces de algunos militantes se alzaron para pedir democracia interna.

Este es la crónica de aquellos días que sacudieron al PRI

El día que Luis Echeverría Alvarez regresó de entre los muertos. Insurgentes registraba uno de los peores congestionamientos de su historia y el Sanborn’s ubicado frente al edificio del PRI estaba a punto de reventar. Faltaban sólo unos minutos para que iniciara el acto conmemorativo por el setenta aniversario de la fundación del Partido Revolucionario Institucional, y casi una hora para que Mariano Palacios Alcocer firmara, con una sola frase, su sentencia de muerte.

Luis Echeverría, sin embargo, no quería apresurarse. Prefirió esperar en el Sanborn’s, atestado de secretarias y oficinistas, a que sus ayudantes vinieran a avisarle que todo estaba listo: que el acto donde se esperaba que el presidente Zedillo anunciara los tiempos, los recursos, los métodos con que se elegiría al candidato oficial para la contienda electoral del año 2000, estaba a punto de comenzar.

La señal llegó poco después. Echeverría salió del café, cruzó la avenida Insurgentes, penetró en el Auditorio Plutarco Elias Calles y caminó entre las mil doscientas butacas donde, casi metáforicamente, mil trescientos priistas luchaban por encontrar acomodo. El ex presidente prodigó, aquí y allá, apretones de mano. Había líderes, gobernadores, legisladores y secretarios de Estado. En la tercera fila saludó a Roberto Madrazo. Dos butacas más allá, a Manuel Bartlett y Gonzalo Martínez Corbalá. De pronto encontró a José López Portillo.

—¿Cómo vas, Luis? —le preguntó éste.

Echeverría dibujó una sonrisa. Respondió algo que, a la postre, habría de resultar completamente cierto:

—¡Pues arriba y adelante, Pepe!

Aquel fue el acto en que Mariano Palacios Alcocer, octavo presidente nacional del PRI en menos de seis años, leyó un discurso que luego fue calificado de anticlimático y decepcionante. Un discurso elaborado con intención de preparar el terreno —procurar no hacerle sombra— al verdadero discurso: el que en 45 minutos, y a lo largo de once cuartillas, pronunciaría Ernesto Zedillo.

En la frase final del discurso de Palacios, sin embargo, se hallaba condensado el anuncio de todo lo que estaba por venir. Incluida su propia caída.

—¡A partir de ahora son los tiempos de hacer política! —había anunciado Palacios.

Y la política empezó, efectivamente: en sólo cinco días estuvo a punto de llevar al PRI a un momento crucial, definitivo en su historia. Pero, también, de arrojarlo a la escisión más grave de los últimos años.

Apenas un día antes, Elba Esther Gordillo, dirigente del sector popular, había afirmado ante los medios:

—Los priistas debemos permitir que se recreen las distintas visiones para construir la viabilidad del partido en el próximo año.

Apenas un día antes, también, Mariano Palacios había ponderado ante la prensa lo que consideraba uno de los mayores logros de su partido:

—Ahora —dijo— la voz del Presidente se escucha, pero no se impone.

El 4 de marzo —y lo que vino después— demostró sin embargo que Gordillo y Palacios estaban cometiendo un error de cálculo: en un discurso aplaudido diecinueve veces (y que la propia Elba Esther celebró con atronadores ¡bravos!). Zedillo declaró que no se quedaría al margen de la contienda, y que, a fin de garantizar que se respetara “la democracia interna”, utilizaría toda su autoridad moral, y toda su influencia política, para intervenir en el proceso de selección del candidato del PRI a la Presidencia de la República. No tardó en demostrarlo: trece días más tarde, la mañana del miércoles 17 de marzo, la voz que Mariano Palacios Alcocer accedía a escuchar, pero no a imponer, lo citó en Los Pinos para decirle que la hora de presentar su renuncia por fin había llegado.

—¿Puedo preguntar por qué me voy? —interrogó alguna vez a José López Portillo uno de sus colaboradores. López Portillo respondió:

—Nunca me preguntaste por qué llegabas…

Palacios dijo simplemente que estaba de acuerdo. Y luego regresó a Insurgentes para comunicar al CEN que su ciclo al frente del partido había terminado.

Según declararía un testigo, en las oficinas del PRI los colaboradores de Palacios quedaron “como noqueados”. “Como si se tratara de un sepelio”, acompañaron a su líder hasta el Auditorio Plutarco Elias Calles, donde esa misma tarde se había agendado la reunión plenaria en la que el Consejo Político Nacional iba a iniciar el proceso que establecería las reglas de selección del candidato priista a la Presidencia de la República.

Tampoco en el CPN se estaba esperando un anuncio de esa naturaleza. En dieciocho meses de gestión, el PRI de Palacios Alcocer había ganado diez de las catorce gubernaturas disputadas hasta entonces. En ese mismo lapso, el presidente del PRI, y su secretario general, Carlos Rojas, habían elevado el porcentaje nacional de votos para el partido de 39% en 1997 a 49% en 1999.

El problema, sin embargo, no estaba en los números, sino en el frente interno, en un partido al que la lucha por la sucesión presidencial hacía mostrarse cada vez más dividido.

—Queremos informar a este Consejo Político que estamos presentando nuestras renuncias irrevocables a los cargos de presidente y secretario general del CEN, mismas que se harán efectivas a partir del lo. de abril próximo —dijo Palacios Alcocer. Agregó en medio de un silencio infinito:

—Nuestro paso por la dirección nacional del partido ha cumplido en lo esencial el mandato que recibimos de este Consejo Político. Una nueva dirigencia se hará cargo del proceso de elección del candidato presidencial y de enfrentar los comicios del 2000 (…). El nuevo presidente y su secretario surgirán de una elección abierta, que el Consejo Político realizará mediante voto secreto: que contiendan, por primera ocasión, todos quienes deseen hacerlo.

Los consejeros no habían salido aún de su estupor, cuando Celso Humberto Delgado, secretario técnico del CPN, tomó la palabra para proponer una especie de modelo “fast track” que permitiera definir, antes de 72 horas, al sucesor del líder priista:

—Un día para el registro de candidatos y un día para la elección —dijo Delgado.

Un segundo más tarde, el presidente de la Comisión Nacional para el Desarrollo Interno del CEN, Gonzalo Martínez Corbalá, comenzaba a leer las reglas con las que sería elegida la nueva dirigencia nacional: el registro de candidatos permanecería abierto sólo 48 horas (durante el jueves 18 y el viernes 19): el dictamen sobre el registro de las planillas se verificaría el sábado 20, la votación el viernes 26, y la toma de posesión el 1 de abril.

Los 280 miembros del CPN que aquel día se encontraban en el recinto se quedaron, literalmente, sin habla. No tardaron en asimilar el mensaje: todo había sido diseñado para admitir el registro de una sóla fórmula.

¿De dónde había sacado Celso Delgado el modelo que acababa de proponer? Evidentemente, de la oficina de Palacios Alcocer. ¿Y de dónde lo había sacado Palacios Alcocer? Evidentemente. se lo habían entregado en Los Pinos.

¿Dónde había obtenido Martínez Corbalá los puntos de la convocatoria que ahora estaba leyendo? De un fólder que le había entregado Celso Delgado. ¿Y dónde había conseguido Celso Delgado aquel fólder? En la oficina de Palacios Alcocer.

¿Quién le había entregado el folder a Palacios Alcocer…?

—¡Esto es una pinche mascarada! —concluyó alguien.

De manera general, estruendosa, comenzó el abucheo. Augusto Gómez Villanueva, representante del sector agrario, pidió la palabra:

—Es que no podemos castigar a los hombres que lo han hecho bien —dijo—. No pueden irse con la frivolidad de un aplauso. ¿Con qué argumentos podemos renunciar los priistas a un comité ganador?

Artemio Iglesias, integrante de los “cuadros distinguidos”, lo secundó:

—¿Hay manera, Mariano y Carlos, de hacer revocable lo irrevocable?

Palacios Alcocer negó con el dedo, irrevocablemente.

La directora del programa Tortilla sin costo, María Esther Sherman, optó, como era de esperarse, por lo práctico:

—Tenemos que hacer ajustes, el proceso debe ser más serio, requiere responsabilidad —dijo, y propuso ampliar el periodo de registro de candidatos, postergar unos días la fecha de la elección, convocar el voto de los Consejos Políticos Estatales y establecer un sistema de votación secreta y directa.

El auditorio se cimbraba. Convertidos en blanco de los gritos, de las burlas, Martínez Corbalá y Celso Delgado accedieron a “correr los tiempos”. El registro de las planillas contendientes se realizaría del 18 al 22 de marzo. El dictamen se llevaría a cabo el 23, la elección el 30 y la toma de posesión el 1 de abril. Y sin embargo, en la sala se seguía extendiendo un principio de rebelión. Tronó el ex asambleísta Hugo Castro:

—Nosotros no tenemos por qué ser una ventanilla de trámite. No admitimos los ceses porque ya tenemos muchos presidentes en pocos años que son cambiados por “fuerzas superiores”. Ya es tiempo de que tomemos decisiones por voluntad colectiva, y no por la de un solo hombre.

El ex presidente del partido, Fernando Ortiz Arana, apuró a Celso Delgado para que diera el acto por concluido. Aunque la voz de Hugo Castro seguía tronando, nadie le hizo caso. Esa misma noche, encabezados por María de los Angeles Moreno y Arturo Núñez (líderes del Senado y la Cámara de Diputados, respectivamente), y también por Leonardo Rodríguez Alcaine. Heladio Ramírez y Elba Esther Gordillo (dirigentes de los sectores obrero, campesino y popular), cientos de priistas olvidaron su ira democrática y enfilaron sus huestes rumbo al Ajusco para testimoniar su adhesión al secretario del Trabajo y Previsión Social. José Antonio González Fernández, que públicamente había reconocido, un día antes, sus aspiraciones de dirigir el partido. De los autos detenidos frente al edificio salían Fernando Ortiz Arana, Guillermo Cossío Vidaurri, Fernando Solís Cámara, Pedro Ojeda Paullada, y Manuel Aguilera. Los teléfonos sonaban para manifestar el apoyo de varios gobernadores.

González Fernández recordaría de este modo aquel momento:

—Renuncian los señores, me van a ver los señores, me habla mucha gente, me visitan…

Al día siguiente, acompañado por su compañera de fórmula, la diputada Dulce María Sauri Riancho, el elegido visitaba la oficina de Gonzalo Martínez Corbalá para registrar, ante la Comisión Nacional para el Desarrollo del Proceso Interno, la candidatura correspondiente.

Razonaba, frente a una grabadora, Leonardo Rodríguez Alcaine:

—José Antonio es un candidato grandote…

Mientras González Fernández seguía recibiendo las manifestaciones de apoyo de gobernadores, ex presidentes, organizaciones, miembros del CPN y demás simpatizantes, los diarios informaban que el 19 de marzo —segundo día del periodo para el registro de fórmulas—, en la oficina de Gonzalo Martínez Corbalá no se habían parado ni las moscas. En aquellos salones desiertos, Celso Delgado afirmaba ante un grupo de reporteros:

—Este es un procedimiento ampliamente democrático, no una simulación. Si no vienen a inscribirse, no se les puede obligar…

Aunque las horas transcurrían, y la mesa de registros seguía conteniendo solamente un nombre, el dirigente del sector campesino, Heladio Ramírez, no consideraba extraño declarar ante la prensa que “la CNC todavía no había definido su voto”.

Nadie esperaba, en realidad, la aparición de otra candidatura. “Frente a una decisión tomada, los priistas se volvieron a contentar con presenciar las cosas”, acotaba un columnista.

Sin embargo, bajo la superficie se agitaban las aguas. La tarde anterior, en una reunión agendada en casa de Rodolfo Echeverría Ruiz, integrante de la llamada Corriente Renovadora,

se habían reunido los senadores del Grupo Galileo (conocidos como “Las viudas de Colosio”) y los diputados del Grupo Reflexión. El asunto: discutir la coyuntura, la renuncia de la dirigencia nacional, la aparición de la convocatoria para elegir nuevo presidente (realizada con tanta premura que apareció llena de errores e imprecisiones), el conato de rebelión entre los consejeros del CPN, y “la burda cargada” que el corporativismo partidista había desatado la noche anterior.

El “renovador” Agustín Basave dijo al inicio de la reunión:

—Estamos viviendo la perpetuación de los esquemas verticales, un presagio de lo que se puede venir en la elección del candidato a la Presidencia. Tenemos la obligación y la responsabilidad de hacer que las cosas cambien.

Cuando, muchas horas después, “galileos”, “renovadores” y “reflexivos” se despidieron, habían quedado decididas varias cosas. La más importante: que lanzarían a un candidato propio a la competencia por la dirigencia nacional del PRI, que “se la jugarían a fondo” para arrebatar a Ernesto Zedillo el control del partido.

Subieron a sus autos con una convicción: la confrontación sería con el Presidente de la República.

Los últimos detalles se amarraron el sábado 20 de marzo en una segunda reunión celebrada en casa de Echeverría. Los presentes: por los “galileos”, José Luis Mayans, José Luis Soberanes, Melchor de los Santos y Salvador Rocha; por los “reflexivos”. Jorge Cañedo y Mauricio Rosell, y por los “renovadores”, Agustín Basave y Julio Zamora. Asistieron también tres distinguidos priistas que habían expresado públicamente su aspiración de convertirse en candidatos a la Presidencia de la República: Manuel Bartlett, Roberto Madrazo y Humberto Roque Villanueva. De la mesa salió un acuerdo: que la planilla que contendería contra José Antonio González Fernández estaría integrada por Rodolfo Echeverría Ruiz y el senador Eloy Cantú (Sergio García Ramírez había declinado su postulación “por su relación de amistad con González Fernández”). Salió también una negociación: que en caso de llegar a la dirigencia del PRI, Echeverría Ruiz garantizaría condiciones de equidad en la lucha por la candidatura a la Presidencia de la República. A cambio. Bartlett, Madrazo y Roque comprometieron el voto de sus huestes en favor de la planilla opositora.

—No lo suscribiremos públicamente, pero vamos a apoyar su opción —afirmó Madrazo.

—Entonces todo está hecho. La planilla quedará registrada el lunes a primera hora —prometió Echeverría.

Los doce se pusieron de pie. El acuerdo fue sellado con rápidos apretones de mano.

Cuando Leonardo Rodríguez Alcaine conoció la noticia compuso una de esas frases destinadas a la posteridad:

—Les vamos a enseñar el glande a estos compañeros.

Echeverría Ruiz había registrado la planilla “Autonomía y Democracia” justo a las diez de la mañana del lunes 22 de marzo.

-—No venimos a fungir como comparsas ni como paleros —dijo después de presentar la documentación—. Nuestra planilla es una reflexión contra el autoritarismo y la línea presidencial, pero si el adversario tiene los guantes cargados de plomo no vamos a la contienda. Si no hay equidad, que se queden peleando con su propia sombra y se cometa el bochorno nacional de elegir a un solo candidato en urna transparente y con voto secreto.

Dado que, vía telefónica, Eloy Cantú había declinado postularse como secretario general de la fórmula, los opositores tomaron la determinación de sustituir su nombre por el del senador colosista José Luis Soberanes.

—Nos van a atacar desde todos los frentes —advirtió Soberanes cuando le presentaron la propuesta—. Van a decir que las viudas de Colosio seguimos aprovechándonos de su figura.

—Así será, pero tenemos que afrontarlo —le respondieron.

En realidad, las cosas pintaban mal desde el principio. Un día antes de registrar la planilla. Echeverría y Soberanes acudieron a las oficinas de Palacios Alcocer.

—Queremos que el CEN conduzca el proceso para garantizar condiciones de equidad. Mariano —le dijo Echeverría—. La convocatoria tiene muchas irregularidades y venimos a pedirte que se concerten de inmediato las reglas para el desarrollo de la campaña de proselitismo. Que se convoque a los candidatos a la firma de un acuerdo de unidad y se realicen debates para que los consejeros puedan emitir un voto libre.

—Para lograr eso primero tienes que ponerte de acuerdo con José Antonio —contestó Palacios.

—Pero es que. hasta donde sé. el presidente del PRI sigues siendo tú. no José Antonio.

—Tienes que ponerte de acuerdo con él.

La reunión terminó con frases cordiales. Pero Echeverría y Soberanes comprendieron que Palacios Alcocer estaba cediendo de facto la dirigencia del PRI a González Fernández: como en los buenos tiempos, el aparato se había echado a andar en favor de los escogidos. Por eso, al registrar la planilla, Agustín Basave bramó ante los reporteros:

—”Autonomía y Democracia” es la fórmula del priismo contra la fórmula del Presidente. Vamos a derrotar la línea presidencial.

En Los Pinos, sin embargo, la sensibilidad era otra. La voz a que alguna vez Palacios Alcocer había hecho referencia dijo claramente:

—Estos señores son de los que se quedan sin chamba y se vuelven demócratas.

Al día siguiente Echeverría recibió la constancia de registro. En una entrevista de banqueta realizada durante el acto conmemorativo por el quinto asesinato de Luis Donaldo Colosio. los opositores pidieron a González Fernández que se fijaran reglas de equidad en la contienda, que los candidatos tuvieran oportunidad de debatir ante los consejeros y realizaran juntos las campañas de proselitismo. La respuesta fue lacónica:

—No.

Esa tarde, a bordo de una Suburban en la que viajaban Fernando Ortiz Arana, Alfonso Martínez Domínguez y Gustavo Carvajal. José Antonio González Fernández y Dulce María Sauri llegaron a las instalaciones de la CNOP para iniciar, en una reunión organizada por Elba Esther Gordillo con los consejeros del sector popular, su campaña proselitista. Fueron recibidos con ovaciones estruendosas, con vítores que los acompañaron hasta una mesa en la cual, si pudieran contarse, se hallaban reunidos unos 500 años de carreras políticas. Con gran desparpajo, decía el diputado guerrerense Efraín Zúñiga:

—Mi voto es secreto, pero lo comprometo desde ahora con Pepe Toño.

También González Fernández optó por la sutileza. Dijo aquella tarde:

—No hay que innovar mucho en la CNOP. Hay que seguir con Elba Esther…

Rodolfo Echeverría, mientras tanto, había tomado una decisión: apersonarse en aquella reunión a la que, pese a ser miembro activo del sector popular, no había sido convocado. Llamó a Elba Esther Gordillo para comunicárselo.

—No, Rodolfo, mejor ven mañana —respondió la profesora—. Mañana tendrás tu acto. Yo soy una mujer de palabra.

—Te aviso que estaré ahí en media hora—agregó Echeverría antes de cortar la comunicación.

A la una de la tarde, pocos minutos después de que los ayudantes de Elba Esther se apresuraran a esconder las mamparas que proclamaban el nombre de José Antonio González Fernández, los candidatos opositores cruzaron la puerta del auditorio.

—No necesitamos invitación. No necesitamos ni siquiera tocar la puerta —dijo Echeverría.

José Luis Soberanes encaró a Dulce María Sauri:

—No quieren debate, han dicho que no y no a cualquier cosa. Lo único que van a lograr es autodeslegitimar.se.

Dulce María no contestó. La profesora Gordillo murmuró secamente:

—Bienvenidos a su casa.

Hacía unos minutos que Celso Delgado había alcanzado a Echeverría para decirle que siempre sí iba a ser posible suscribir el acuerdo de unidad que los representantes de “Autonomía y Democracia” habían estado solicitando. Era una forma elegante de evitar que la reunión con los consejeros terminara en desaguisado. González Fernández, sin embargo, se negó a debatir:

—No somos dinos ni renos… Si no he rehuido debatir con la oposición, menos dialogar con mis compañeros de partido, pero no enfrentar, no dividir… No es deseable un debate para amarrar navajas o para raspar.

Echeverría respondió que aquel era un gran momento, un momento único en setenta años para dar ejemplo de civilidad y democracia.

—Pero hoy hemos visto que no hay equidad y que no quieren debatir. Y sin debate no hay combate. Y sin combate no hay democracia. Estamos pensando en retirarnos para que se deslegitimen ustedes solos.

Los consejeros cenopistas pusieron cara de aburrimiento. Echeverría Ruiz, sin embargo, continuó hablando durante 45 minutos. Cuando terminó, Gordillo tomó la palabra para comunicarle que la CNOP seguía siendo su casa, pero que desde la semana pasada se había acordado un formato para aquella reunión, y que el formato sólo contemplaba la reunión de González Fernández con los integrantes del sector. Después, los acompañó a la puerta.

Bien mirada, la última frase de la profesora contenía una grave indiscreción: la semana no se había emitido aún el dictamen sobre el registro de planillas y, en consecuencia, no podía haberse acordado el formato de reunión alguna: técnicamente, no existía aún un candidato formal.

A nadie le pareció extraño que a sólo unos minutos de haberse suscrito el acuerdo de unidad. Echeverría y Soberanes fueran prácticamente corridos del recinto. Elba Esther Gordillo quiso corregir el exabrupto y esa misma tarde envió una invitación al candidato agraviado: “Quiero invitarlo a la CNOP para que comparta con nostros las razones por las cuales aspira a dirigir el PRI (…). En espera de la definición de la fecha para que este encuentro se lleve a cabo, aprovecho la ocasión para expresarle mi afecto personal”.

Pero Echeverría ya no tomó en cuenta el documento. Su grupo había tratado de establecer contacto con líderes de sectores y otras organizaciones del partido, pero en casi todas partes se negaban a recibirlo. Soberanes. por su parte, pudo hablar con cerca de setenta consejeros. Sólo cinco, sin embargo, aseguraron su apoyo. Para colmo, el inefable Rodríguez Alcaine, que sistemáticamente se negaba a contestar el teléfono, les dijo en una pasadita:

—No se anden meando fuera del hoyo, cabrones.

Esa noche, Echeverría Ruiz volvió a reunir a sus seguidores. Fue una sesión ardua, que se prolongó hasta poco antes de las seis de la mañana. La mayoría aceptó que lo mejor era retirarse: “Estamos validando lo invalidable. José Antonio está sobreprotegido y nos va a aplastar. Nos va a poder decir: ‘estos votos son lo que ustedes representan dentro del PRI”. Y vamos a perder lo que importa: tener un peso en la elección del candidato. Nos van a echar a un lado como representantes de una cosa pequeña”.

José Luis Soberanes dio a entender que se retiraba. Todos los senadores lo secundaron. Sergio García Ramírez intentó detenerlos:

—Tenemos que ir hasta el final. Hay que ir hasta el final para evidenciar todo lo inequitativo del proceso…

Entonces intervino Rodolfo Echeverría:

—No, don Sergio, no hay vuelta atrás. Todo está manipulado.

Se planteó, sin embargo, un último recurso: que Echeverría y Soberanes se reunieran tres horas más tarde, en la mesa de un Sanborn’s, para tomar la decisión final.

Eran exactamente las 7:40 de la mañana —Rodolfo Echeverría salía de una entrevista en TV Azteca—, cuando el teléfono celular del candidato opositor comenzó a sonar.

—Aquí está don Paco —le dijo su esposa—, dice que es urgente que vengas a la casa para hablar con él.

Don Paco es el nombre familiar del hombre que gobernó al país entre 1970 y 1976. Extrañado, Echeverría Ruiz enfiló rumbo a su domicilio. Encontró al ex presidente esperándolo con impaciencia.

—Puede pasar algo muy grave —dijo Luis Echeverría, de pie en el centro de la sala—. Acabo de hablar con José Antonio González Fernández y le dije que iba a proponerte algo. Que se unan.

—¿Para qué?

—Para que hoy mismo se cree un consejo donde la Corriente Renovadora, los “galileos” y los “renovadores” tengan un espacio, y definan el programa de trabajo del candidato del PRI.

—Eso es precisamente lo que hace la Fundación Colosio —respondió Rodolfo—. Y además ya es tarde. Quieres que acepte una chambita.

—Piénsalo. Te lo digo en serio.

Rodolfo hizo llamar a su mujer y su hijo. Miró directamente a Luis Echeverría:

—Ante ellos te digo que la decisión ya la tomamos. Y discúlpame. pero me tengo que ir.

En el deportivo SUTERM, Leonardo Rodríguez Alcaine estaba desayunando huevos con frijoles. De pronto, una llamada telefónica lo sacó momentáneamente de la reunión a la que asistían José Antonio González Fernández y diversos representantes del sector obrero. Cuando regresó, le dijo al candidato que “ese muchacho que siempre ha participado en nuestras fuerzas” acababa de renunciar.

González Fernández apretó las mandíbulas: —Esto es un berrinche, un chantaje… El líder obrero comunicó a sus agremiados: —El Congreso del Trabajo lamenta profundamente esta decisión de nuestros amigos y compañeros, porque estamos en un momento… no difícil para México, porque no le tenemos miedo a nada… pero estamos al servicio de la sociedad mexicana desde hace setenta años.

Después de ponderar unos segundos la profundidad de este mensaje, continuó:

—Pero para que no haya dudas ni inquietudes, el Congrego del Trabajo ha decidido desde algunos días votar por la fórmula que hoy nos acompaña… Compañeros, les pido que al terminar el desayuno se pongan en la entrada para que nuestros candidatos puedan saludarlos de mano, uno a uno, y para que desde ahora los vayan conociendo…

En otro punto de la ciudad, mientras Rodolfo Echeverría y José Luis Soberanes decían ante las grabadoras que el PRI había perdido la posibilidad de hacer historia y elegir democráticamente. por primera vez en setenta años, a su dirigente nacional, Gonzalo Martínez Corbalá confesaba a sus seguidores: —Ya nos llevaron al baile…

La maquinaria, sin embargo, seguía caminando a toda marcha. Luis Echeverría apuntaba ante la prensa que José Antonio González Fernández “es un gran dirigente”, y que la renuncia de su sobrino le había parecido “una decisión inteligente”.

Un día después, orgulloso porque había prestado a su partido un gran servicio, el ex presidente volvía a salir del polvo para desayunar en la misma mesa del que, inevitablemente, habría de convertirse en dirigente nacional del partido. El 30 de marzo, 262 consejeros se reunían en las instalaciones del PRI para elegir, en urna transparente y mediante voto secreto, a un solo candidato.

Poco antes de que comenzara la votación, en la explanada, llena de mantas, atiborrada de militantes, simpatizantes y mariachis, Dionisio Pérez Jácome le preguntó al Chon Orihuela, connotado operador electoral:

—¿Qué pasó, Chon? ¿Cómo viene la jugada, quién va a ganar?

Y el Chon Orihuela respondió:

—Pues parece que está muy reñido…

Riendo a carcajadas, los dos penetraron en el auditorio Plutarco Elias Calles para emitir su voto libre y secreto.

Tres horas más tarde, todo se había consumado.   n

Héctor de Mauleón. Coeditor de Cultura del diario La Crónica. Es autor del libro La  perfecta espiral.

Retorno a la Calzada

Retorno a la Calzada

Por Eliseo Diego

Rostro de la cocinera” debió formar parte de En la Calzada de Jesús del Monte: sin embargo, sólo se publicó en el No. 27 de la revista Orígenes, correspondiente al año 1951. ¿Por que, me pregunto? Pertenece a la misma familia de textos de aquel libro, y según el testimonio de José Lezama Lima, no desmerece de los otros.

Una de dos: o formaba parte de En la Calzada de Jesús del Monte y fue deliberadamente excluido por mí: o fue escrito con posterioridad a la publicación del libro y apareció en la revista como un intento de restituirlo a su lugar —cosa ya a todas luces imposible—. En la Calzada corresponde a 1949. y el poema se publica dos años después, en 1951.

Sólo de una cosa tengo certeza: los símbolos ocultos en el personaje son esenciales a la estructura de mi niñez. La pequeña mujer, la taciturna señora de los calderos y potes y misterios de la cocina, reaparece en otros dos textos: como uno de los breves atisbos en prosa de Versiones (1970) bajo el título de “La cocina”: y como poema en Inventario de Asombros (1982), donde se llama “Propio Nombre” —como si, desesperado de atraparla, quisiera yo conjurarla con el ensalmo de su nombre propio, pues la diminuta e irreductible hechicera se llamaba realmente Inocencia—. La anécdota que allí se sugiere sucedió en el todos-los-días de entonces, y fue para el niño que fui un golpe del que a todas luces aún no me he repuesto. Pequeña Gallega, amiga mía, yo te reintegro con pleno derecho a mi cariño. Más me diste que nos hurtaste, y después de todo lo hacías para salvar a tu único hijo de la guerra, puesto en Melilla en peligro de muerte. Sigue desde allá adentro irradiando tú los significados que nunca he acabado de entender.

Toda mi vida he pensado que cada verso contribuye a la significación total del poema, y que cada poema desempeña una función similar en el conjunto de un libro. Si bien este principio es aplicable a casi todos los textos incluidos en este libro, y excluidos por ello de los conjuntos a que estaban destinados, no me parece enteramente justo esgrimirlo en este caso. Lo mismo sucede con “Las estampas”, que debieron hallar su sitio en Por los extraños pueblos.

No hay otro remedio que aceptar un excesivo rigor para consigo mismos en los jóvenes a quienes se deben estas cosas, aparte de tildarlos de un tanto absurdos y quizá remilgados, y aparte, también, de los enigmas aún ocultos en la “Cocinera”. Los dos, quieran que no, estén dentro de mí. Tiempo tuvieron para deshacerse del que, apenas un viejo, iba a enmendarles la plana.

Al más joven de los tres, el de En la Calzada de Jesús del Monte, que curiosamente goza de la simpatía de sus “contemporáneos” de hoy, daré un nuevo motivo de agravio. He dividido en estrofas lo que en principio concibió él como un texto compacto. ¿Quién tendrá la razón, él o yo?

En fin, dicen que el diablo sabe más por viejo que por lo otro. Y mirándolo bien, es sólo una curiosidad que interesará a muy pocos.

Las consideraciones generales aquí expuestas son aplicables a todas las secciones del libro, excepto, quizás, una o dos. La de los textos escritos durante varios viajes, por ejemplo. No figuran en alguno de mis libros por demérito propio, sino porque sencillamente no había cabida para ellos. Siempre que la hubo, allí están. Véase, si se tienen las ganas, el libro titulado Los días de tu vida. Allí encontrarán amigos y sitios familiares a muchos de mis bondadosos lectores.   n

PAN: Reglas claras

Cuaderno de Nexos

PAN: Reglas claras

Por María Amparo Casar

La selección de las dirigencias de los tres principales partidos nacionales creó en los meses pasados gran expectativa. La importancia de los procesos y sus resultados es insoslayable en el contexto actual. Por una parte los elegidos tendrán bajo su responsabilidad la tarea de conducir el proceso de selección de los candidatos presidenciales al interior de sus organizaciones. Por el otro deberán conducir a sus partidos hacia la elección mas competida a la que alguna vez se hayan enfrentado en su larga o corta historia.

En los países políticamente civilizados los cambios en las dirigencias partidarias suelen ser, aunque de la mayor importancia por sus consecuencias para la vida interna de los partidos y para la línea a seguir, rutinarios en lo que a procedimiento se refiere. Desafortunadamente tal no es el caso de México. De los tres episodios político-partidarios que vivimos en los últimos meses, el único que logró enfrentar el reto de manera exitosa, de acuerdo a las expectativas de su militancia y con un grado de civilidad política aceptable, fue el que protagonizó el Partido Acción Nacional. La elección del pasado 6 de marzo destacó por el apego a lo que marca la normatividad interna del partido y, sobre todo, sin desacuerdos con respecto a su interpretación y puesta en práctica. Después de una intensa campaña entre sus correligionarios, el senador Luis Felipe Bravo Mena fue electo en una primera ronda por más de las dos terceras partes del Consejo Nacional de su partido (181 votos de 266 consejeros). La competencia interna por la presidencia no sólo no se convirtió en una guerra de descalificaciones entre los dos contendientes sino que los resultados fueron dados a conocer de inmediato y ni la elección ni su desenlace fueron cuestionados dentro o fuera de la estructura partidaria. Por otra parte, ni la unidad, ni la imagen del partido sufrieron descalabro alguno. El conjunto de estos logros no puede ser reclamado por ninguno de los otros dos partidos.

¿Cómo explicar este resultado, sobre todo frente a los desaseados procesos que privaron en la selección de los dirigentes del PRI y del PRD tan sólo unas semanas después? ¿Podemos encontrar la respuesta en las reglas utilizadas, en los hombres y mujeres que integran al partido, en su ideología, en una tradición de respeto a la legalidad? Quizás en un poco de todo.

La política comparada nos enseña que hay una gran variedad de formas organizativas internas de los partidos incluyendo las fórmulas para seleccionar a la dirigencia. Algunas son democráticas y otras de carácter más jerárquico y centralizado. La literatura comparada no muestra una correlación entre la organización interna de los partidos y su éxito, medido en términos de votos, de permanencia o de unidad. El éxito no parece estar en función o depender fundamentalmente de los métodos de selección. En realidad, puede concluirse que las “buenas” reglas, las reglas efectivas son aquellas que ayudan a maximizar los objetivos que cada partido se ha planteado.

No obstante, y sea cual fuere la regla adoptada, el primer requisito es su aceptación. Las normas que rigen la elección de dirigentes en el PAN —a través del Consejo Nacional electo por la Asamblea Nacional— nos pueden parecer más o menos democráticas pero en este caso el quid no está en su naturaleza sino en el acuerdo que se ha generado a su alrededor y al respeto que concitan. En buena medida, el éxito del proceso de elección del dirigente panista se debió a que los miembros de ese partido no sólo conocen y aceptan como justas las reglas de selección establecidas sino que están dispuestos a jugar con ellas y a aceptar el resultado que de ellas se derive.

Hay un segundo factor explicativo del éxito en el proceso de selección de la dirigencia del PAN. De los tres partidos que dominan la escena política nacional es el único en el que —afortunadamente— no hay caudillos. Ni caudillos “institucionales” como en el caso del PRI, ni tampoco “morales” como en el del PRD. Si alguno de nuestros partidos se acerca a la metáfora de “gobierno de leyes” más que “gobierno de hombres” es precisamente el PAN. Aun cuando a lo largo de su historia ha contando con figuras prominentes e incluso decisivas en el curso que ha tomado el partido, el PAN no ha sido un partido personalista y no ha habido quien haya podido imponer su fuerza y hacer valer sus decisiones por encima de las instituciones que la propia organización ha decidido darse a sí misma.

Tercero, podríamos mencionar que la militancia del PAN es mucho más homogénea que la de los demás partidos. Aunque recientemente Acción Nacional ha intentado ampliar su radio de acción y diversificar los sectores de donde provienen sus bases, simpatizantes y votantes, de todos modos no muestra la diversidad que caracteriza a los demás partidos.

Todo esto no quiere decir que el PAN no tenga que preocuparse por algunas cuestiones que salieron a flote a raíz de su proceso de elección interna. Cabe mencionar dos por su importancia política. Diversos miembros de la estructura de! PAN intentaron sin éxito la inclusión de otros candidatos a la competencia por el liderazgo del partido. A diferencia de lo que ocurre con otros partidos que buscan limitar el número (y tipo) de contendientes, en el PAN la competencia se redujo a dos candidatos, no por restricción forzada sin por falta de voluntad de algunos personajes a tomar tan importante responsabilidad política. Bien haría el PAN en preguntarse sobre los motivos que llevaron a Diego Fernández de Cevallos o a Francisco Barrio —por mencionar sólo a los más evidentes— a excluirse de la contienda.

El otro problema es el que viene aparejado con el desarrollo de la precampaña presidencial de Vicente Fox, cuya candidatura está sólidamente implantada entre los electores panistas. En ocasiones se ha tendido a exagerar la distancia entre el partido y el casi seguro candidato. Es cierto que Fox ha extendido sus redes de apoyo más allá de la propia organización partidaria, pero también lo es que ha tenido el cuidado de no rebasar los límites institucionales y de cultivar a la estructura interna del PAN. Aun así, en las declaraciones de miembros de la dirigencia panista —incluyendo a su propio presidente— y algunos notables del PAN, se percibe una preocupación legítima por la inusual independencia y fuerza que ha desplegado Vicente Fox aun antes de ser nominado.  n

María Amparo Casar. Directora de la División de Estudios Políticos del CIDE.

PRI: Los costos de gobernar

PRI: Los costos de gobernar

Por Jorge Buendía Laredo

La renuncia de Mariano Palacios a la dirigencia del PRI era esperada. Sin embargo, pocos de los consejeros políticos sabían que, en lugar de conocer los lineamientos que regirían la selección del candidato a la presidencia de la república, esa tarde se les informaría de la renuncia de sus dos máximos dirigentes. Al margen de si la renuncia de Mariano Palacios fue una cortina de humo para demorar la discusión del método de selección del candidato presidencial, lo cierto es que el proceso de renovación de la dirigencia priista se manejó con poco oficio político. Fue evidente que no había los amarres políticos necesarios para que el proceso se diera sin contratiempos.

Pocas veces la renovación de los órganos directivos del PRI ha sido objeto de tanto escrutinio. Hay razones para ello: la nueva dirigencia será la encargada de conducir el proceso de selección del candidato a la presidencia. Lo novedoso de éste, en virtud del número de contendientes declarados y el método de selección, hace del presidente del PRI una figura clave. González Fernández tendrá la responsabilidad de que el resultado del proceso sea aceptado por todos los participantes y de evitar escisiones del partido. Su capital político futuro depende en buena medida del manejo que haga de esta contienda.

El nuevo presidente del PRI fue electo con 262 votos a favor y ninguno en contra, aunque aproximadamente una cuarta parte de los electores se reservó su apoyo (23 votos anulados, 3 abstenciones y 56 ausencias). A diferencia de épocas anteriores, y signo inequívoco de la pérdida de poder presidencial, su nombramiento fue cuestionado al considerársele una imposición de Ernesto Zedillo. El discurso presidencial del 4 de marzo pasado, en el cual Ernesto Zedillo anunció que influiría en el diseño de las reglas de selección del candidato a la presidencia, sin duda condicionó la evaluación que hizo la opinión pública y la militancia del relevo en el PRI. Para algunos, Ernesto Zedillo no sólo quiere escribir las reglas del juego sino que también ya nombró al árbitro.

La inconformidad con la candidatura de González Fernández se materializó en la aparición de una segunda fórmula, encabezada por Rodolfo Echeverría y José Luis Soberanes, miembros prominentes de la Corriente Renovadora y del Grupo Galileo respectivamente. Ambas organizaciones se han caracterizado por sus demandas de mayor democracia interna y por sus críticas a las políticas del gobierno zedillista. La candidatura de Rodolfo Echeverría, sin embargo, fue retirada al considerar éste que no habría equidad en la contienda interna. Su retiro de la competencia cuestionó aún más el proceso de renovación de la dirigencia. Lo idóneo para el PRI era que Echeverría llegara hasta el final de la contienda y acatara los resultados.

Aun si Echeverría hubiera competido hasta el final, en condiciones de equidad, es probable que la victoria de González Fernández resultara cuestionada al considerársele un hombre del presidente. Hoy en día, muchos piensan que la democracia en el PRI requiere que el proceso de selección de dirigentes y candidatos se realice de manera autónoma e independiente del presidente de la república. Las demandas de democratización interna no piden que el proceso se abra a todos los militantes o a todos los puestos. Sólo se busca que las decisiones unipersonales de antaño, el famoso “dedazo”, desaparezcan y ahora participe un mayor número de personas en el proceso de toma de decisiones.

La importancia que se le da a la democratización interna del PRI se explica por razones históricas. En un sistema de partido hegemónico, la democracia entendida como competencia entre partidos era impensable. De ahí que se propusiera la competencia interna en el PRI como el camino más corto hacia la democracia. La existencia de ésta, sin embargo, no depende de la presencia de partidos con una organización interna democrática. Además, los partidos políticos no se distinguen por sus prácticas democráticas en lo que concierne a su funcionamiento interno (Lord Balfour, quien fuera líder del Partido Conservador británico, decía que él prefería “consultar a su valet” que a la Asamblea del partido).

La exigencia de que la democracia priista pasa por la ausencia de la influencia presidencial es compartida por muchos. Sin duda el mismo Zedillo contribuyó a generalizar esta percepción al anunciar durante su campaña electoral que su gobierno mantendría una sana distancia con el PRI. ¿Qué tan realista es esperar que el partido en el poder sea independiente del Jefe de Gobierno? Como el comportamiento del mismo Zedillo ha demostrado, esa expectativa es poco realista. La gestión gubernamental, para ser efectiva, requiere del apoyo del partido mayoritario, mientras que el futuro éxito electoral de éste depende en buena medida de su gestión de gobierno. Ambos, partido y gobierno, tienen incentivos para cooperar, aunque la mayoría de las veces es el partido el que sigue las directrices gubernamentales.

En los sistemas parlamentarios, el jefe de gobierno es casi siempre el líder de su partido. La salida reciente, en Alemania, de Oskar Lafontaine como secretario de Finanzas y líder del Partido Socialdemócrata, muestra la dificultad de mantener dos centros de poder en el grupo gobernante. Gerhard Schroeder es ahora Jefe de Gobierno y líder del partido. En los Estados Unidos, uno de los primeros nombramientos que hacen los presidentes es designar al presidente de su partido.

La desigual relación del partido en el poder con el Jefe de Gobierno no implica, sin embargo, que aquél expida un cheque en blanco. Pueden diseñarse mecanismos de control. En Gran Bretaña, el Partido Conservador permite la posibilidad de elecciones anuales de su dirigencia para refrendar o retirar su apoyo al gobierno en turno. Sobra decir que si el Jefe de Gobierno no conserva el apoyo de los parlamentarios de su partido pierde el poder. Esto fue lo que sucedió con Margaret Thatcher en 1990.

En los sistemas presidenciales la dinámica es diferente. Por muy impopular que sea el presidente, no puede ser destituido. En tales circunstancias, la estrategia del partido en el poder es distanciarse del titular del Ejecutivo so pena de sufrir una severa derrota en los comicios siguientes. El problema en México es la ausencia de reelección en el poder legislativo: ello impide que haya un grupo de políticos profesionales cuya preocupación por su futuro electoral inmediato los lleve a pedir cuentas al jefe del partido y de gobierno. La no reelección, además, les impide tener una base de poder político independiente del poder presidencial (su distrito), por lo que su margen de acción disminuye.

Los partidos de oposición, por otra parte, enfrentan el mismo dilema: cómo incorporar en la estructura de poder del partido a sus funcionarios electos respetando simultáneamente la normatividad interna. La magnitud de su problema es, sin embargo, menor ya que no es lo mismo incorporar al titular del Ejecutivo federal que a un gobernador o a un legislador sin posibilidades de reelección. El problema existe, como lo atestigua la incómoda relación que guarda Acción Nacional con Vicente Fox y, en menor grado, Cuauhtémoc Cárdenas con el PRD. La difícil relación que mantiene la estructura partidista con sus funcionarios electos más destacados no es por tanto exclusiva del PRI. Es parte de los costos que paga toda organización partidista al alcanzar el poder.  n

Jorge Buendía Laredo. Investigador de la División de Estudios Políticos del CIDE.

Si sobrevives, canta

Puerto libre

Si sobrevives, canta

Por Ángeles Mastretta

Lo que sucede con Jaime Sabines es que era nuestro como el agua y los abuelos. Que como el agua, pertenece a cada de uno de nosotros con una naturalidad tan intensa que parece única, sólo nuestra de tanto ser de todos. Por eso da pudor hablar de lo que fue, de lo que sigue siendo para nuestro privadísimo corazón desalentado.

Hemos querido a Sabines de mil modos, cada quien a su modo, cada uno como nadie. A cada cual Sabines le ha dicho cosas como escritas nada más para sus ojos, para su imaginación y sus entrañas, para su exacta pena, su precisa esperanza, su inconfundible alegría. Por eso todos creemos que es más nuestro que de ningún otro.

Hemos dicho a Sabines a solas, a dos, a coro. En la media noche y de madrugada, toda una tarde y toda una semana. Agua de nuestros días y nuestro desvelo, Sabines como nadie nos acompaña la pena de perderlo. Porque antes, mucho antes de que nosotros soñáramos siquiera con su muerte, él la había ya temido, exorcizado, maldecido, esperado.

Guardo el recuerdo de la primera vez que lo vi. Guardo sus ojos claros, su sonrisa serena. Era una comida con mucha gente, en un jardín grande. El estaba al fondo, bebiendo y conversando entre un grupo de hombres. Yo tenía treinta años y menos temor a mis emociones del que ahora tengo. Así que caminé hacia su cuerpo aún sin lastimar por las enfermedades y me incliné ante él hasta quedar a sus pies. Avergonzado y tímido, Sabines me dijo cinco palabras que no olvido. Después le pedí que me las regalara para ponerlas al principio de un cuento. Sonrió como si le pidiera yo un pedazo de aire y me las regaló. Creo que nos hicimos amigos. Pero no sé. Diría Julio Cortázar: “a las águilas no se les habla por teléfono”.

Volvíamos a encontrarnos cuando la generosa vida lo permitía. Y siempre, pero siempre, siempre, algo me regalaba queriendo o no. Una vez me contó la historia de su madre, recién enamorada del coronel su padre, yendo a dormir a un cuartel entre soldaderas estridentes y soldados maltrechos. Apenas hacía días, señorita de lujos y esmeros amaneció enamorada en un catre entre dos cortinas, y escuchó sobre los gallos a una mujer gritarle al hombre de su vida: óyeme, cabrón, quítame de aquí estos miados.

—¿Me la regalas? —pedí.

—Es tuya completa —me dijo—. Yo no escribo novelas.

Tiempo después le hablé para decirle que la usaría en Mal de amores.

—Si es tuya —contestó sin más.

La siguiente vez que lo vi fue en Bellas Artes, bajo los claveles.

Hicimos una fila larguísima, ordenada y silenciosa para entrar a verlo. Y luego, cuando se abrió el telón y ahí estaba él, de pie. con sus setenta años de penas y sabiduría, con su perfecta sencillez a cuestas, le aplaudimos y le aplaudimos hasta hacerlo decir lo inaudito:

—Estos son aplausos que lo lastiman a uno.

Después, sin más, frente a nuestra absoluta reverencia, se sentó a leer y nos leyó todo cuanto pudo y le pedimos. Como si él fuera un poeta ruso y como si nosotros fuéramos rusos, nos sabíamos sus versos y los íbamos diciendo con él, adelantándonos a veces, como hacen algunos cuando rezan y otros cuando cantan. Al terminar le aventamos flores y le gritamos maravillas, le aplaudimos hasta quedar en paz y dejarlo extenuado.

Creo que hacía poco había dejado un hospital. Antes había estado en otros. Un día fuimos a verlo al Centro Médico. Quiso fumar a escondidas y me pidió que abriera la ventana. Lo habían puesto en un cuarto para él solo y lo cuidaban bien, por más que de tan poco sirviera.

—No quieren que fume. ¿Para qué disgustarlos? —dijo.

Comimos otra vez en una casa con música. Ya para entonces se había hecho de unos cigarros de plástico con sabor a limón que guardaba en la bolsa de su traje y sacaba de vez en cuando para estarlos acariciando o chuparlos un rato. Me regaló uno y nos tomaron una foto fumando alegorías. La tengo en mi estudio, al lado de la cajita en que guardo el cigarro que fumamos juntos. Había ido a Coahuila unos días antes.

—Esa catedral tiene una torre tal, que dan ganas de traérsela en el bolsillo —dijo. Decía cosas así.

Hará como año y medio comimos con varios amigos célebres. Tengo ese encuentro entre los tesoros de mi vida. Sabines iluminó la tarde leyéndonos sus poemas como si estuviéramos en una cantina y él tuviera veinte años y nadie supiera de su nombre y su fama y él no supiera de la fama y el nombre de los otros.

Como a las ocho se disculpó diciendo que estaba cansado y lo dejamos ir como quien ve irse al fuego. Yo no volví a verlo. Pero dejé en el coche su voz puesta en el tocacintas todos los días, hasta que Lino, el hombre que se hace cargo del volante como de las riendas de un burro necio, me declamó de corrido ese prodigio de texto en el que Sabines lamenta la terrible indiferencia del mundo frente a la muerte.

Hace menos de un mes, una mujer inolvidable y apasionada, tomó de la mano la última noche de su vida y tras sonreír como nadie podrá volver a hacerlo, nos arrastró hasta la cubierta de un barco en el que viajábamos como por una quimera. Ahí, bajo las estrellas, escuchamos la voz inaudita de tan cálida, de tan cerca, con que Jaime Sabines habló en Bellas Artes. La media luna del oriente iluminaba el aire y al conjuro del ardor con que ella sabía desvelarse, como quien teje en la oscuridad el más claro deseo de alargar los días, nos sentamos a sentir la vigilia como una oración. A Sabines le hubiera gustado saber que ella eligió su voz para cursar por el último de los mil sueños que cruzó despierta, pero ni ella ni él tuvieron tiempo de volver a encontrarse en el mundo de augurios que tanto les gustaba.

Unos días después fui a despedirme de él a su velorio lleno de gente exhausta, tristísima. Abracé a sus hijos como si fueran mis hermanos, los quise como si fueran mis hermanos, besé la hermosa caja de caoba que guardaba sus huesos, y volví a agradecerle el privilegio de haberlo visto vivir en el mismo siglo que nosotros. Eso y tantas cosas quise agradecerle. Luego corrí a otra parte con mi duelo que no era sólo mío, ni siquiera más mío que de los otros.

El no quiso un homenaje, ni que lo llevaran a Bellas Artes, ni que nos consoláramos bendiciendo su nombre en público. Hizo bien, como siempre hacía bien cuando se trataba de ser un hombre de bien. Sabio Sabines, nos enseñó hasta el final de qué se trata el milagro de estar vivos con alegría y sencillez. De qué se trata la muerte: la suya y la nuestra. Antes, mucho antes había escrito en su largo testamento:

Si sobrevives, si persistes, canta,

sueña, emborráchate.

Es el tiempo del frío: ama,

apresúrate. El viento de las horas

barre las calles, los caminos.

Los árboles esperan: tú no esperes.

Este es el tiempo de vivir, el único.              n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es El mundo iluminado.

Sobre el ejercicio de las facultades presidenciales de Miguel de la Madrid

La Presidencia a exámen

Miguel de la Madrid Hurtado

El ejercicio de las facultades presidenciales

Porrúa. México, 1998.

Por Soledad Loaeza

El ejercicio de las facultades presidenciales es una recapitulación de las bases de apoyo del régimen presidencial mexicano que están contenidas en la Constitución, y un ejercicio de la memoria.

El cambio político que han experimentado los países latinoamericanos en los últimos diez años ha puesto sobre la mesa la discusión acerca de las bondades y los defectos del régimen presidencial en comparación con el régimen parlamentario. Hasta ahora el debate se ha planteado sobre todo entre académicos. El promotor más importante de esta discusión ha sido el politólogo Juan J. Linz, autor del modelo analítico del autoritarismo, que desde su aparición a mediados de los años sesenta ha sido una referencia capital en el estudio de los regímenes no democráticos. Linz ha analizado la experiencia reciente de una rigidez estructural que les impide ajustarse a las trepidaciones propias de sociedades heterogéneas, de ahí la inestabilidad institucional que les ha sido característica a lo largo del siglo XX; en cambio, piensa que el tipo de representación e intermediación que ofrecen las instituciones parlamentarias es más flexible y, por consiguiente, propicia la estabilidad y la continuidad políticas.

En México, el país más presidencialista de los presidencialistas, esta propuesta ha sido vista por algunos casi como una provocación. El tema ha venido conquistando interés creciente entre estudiosos del derecho, de la ciencia política y de la historia y hasta ahora sólo ocasionalmente ha sido planteado por políticos. Las conclusiones más audaces han llegado a proponer cuando mucho una fórmula semipresidencial —cuyo modelo sería la Constitución de la V República francesa—, como lo ha hecho Giovanni Sartori en sus distintas visitas a México en los últimos cinco años. No obstante, el aparente desinterés de los políticos por este asunto podría modificarse después del año 2000, a la luz de los resultados de la elección presidencial y del antecedente obligado de la actual legislatura, en la que por primera vez en la historia el PRI no cuenta con la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, una situación del todo imprevista que ha generado un sinúmero de conflictos y ha alimentado la fragilidad institucional. Por otra parte, la postura de muchos políticos en relación con las facultades y la competencia del Poder Ejecutivo dependerá de su desempeño en los comicios que vienen. Los triunfadores querrán mantener intactas las disposiciones constitucionales y los patrones establecidos de ejercicio de la autoridad presidencial; los perdedores, por su parte, tratarán de ampliar la capacidad de influencia y decisión del poder legislativo. Es posible que entonces el tema del régimen presidencial adquiera un tono de urgencia febril, y las futuras oposiciones

—cualesquiera que sean— lancen una amplia propuesta de reforma del régimen político.

Como para salirle al paso a esta ofensiva previsible, Miguel de la Madrid ha publicado lo que él mismo llama “una narración” acerca de la manera como ejerció la autoridad presidencial entre 1982 y 1988, que es una defensa del régimen presidencial mexicano. Al término de este documento que el propio autor presenta como “testimonial”, concluye: “sigo creyendo en que el sistema presidencial es el que mejor se acomoda a nuestro país. Todavía tenemos problemas serios de integración nacional, afrontamos graves retos externos a nuestra soberanía. Seguimos necesitando un gobierno fuerte y eficaz (…). No creo que contemos con las instituciones ni la cultura política adecuadas para cambiar nuestro sistema presidencial por uno semipresidencial, y mucho menos por el sistema parlamentario”.

No deja de llamar la atención esta contundente profesión de fe por parte de un ex presidente cuyo gobierno tuvo que enfrentar las graves consecuencias de la expropiación bancaria, decretada por su antecesor en septiembre de 1982, unas cuantas semanas antes del cambio de poderes. La defensa sorprende porque fue ésta una de las decisiones más brutalmente presidencialistas del último cuarto de siglo mexicano, y una de sus principales víctimas fue el propio gobierno de De la Madrid que inició su mandato en un clima de incertidumbre, desconfianza de la opinión pública nacional y de inversionistas e instituciones extranjeras, así como de amargo antagonismo del sector privado hacia el gobierno. El desacuerdo del presidente electo De la Madrid con la medida expropiatoria nunca fue un secreto; sus razones, así como las motivaciones que lo condujeron ya como presidente en funciones a mantener la banca en manos del Estado a pesar de sus más profundas creencias, constituyen de los puntos más relevantes del libro que se refiere a la expropiación como una “medida equivocada”.

El libro es un ejercicio de memoria, y hay numerosas referencias personales que así lo confirman; sin embargo, es también una recapitulación de las bases de apoyo del régimen presidencial mexicano, que como el propio autor lo señala están contenidas en la Constitución. De ahí que uno de los ejes centrales de la obra sea la exposición y la explicación del marco legal que rige las facultades presidenciales y que quedan ordenadas sobre todo en cinco de los diez capítulos y una breve conclusión de la obra, que se refieren a las facultades legislativas, la división de poderes, los nombramientos a cargo del presidente de la República, su papel como jefe de la administración y de las fuerzas armadas.

Cuatro capítulos están dedicados a describir en forma suscinta y clara temas centrales para la comprensión de lo que hace presidencialista —y no únicamente presidencial— al régimen mexicano y que, en términos generales, pueden resumirse en su capacidad de intervención personal en áreas cruciales del gobierno: las relaciones exteriores, la diplomacia, la política social y la política económica. Estos capítulos hablan más y más directamente de la experiencia de Miguel de la Madrid al frente de la presidencia de la República, de suerte que ofrecen información muy valiosa para entender los porqués y los cómo de las decisiones que tomó entre 1982 y 1988, aunque a lo largo de todo el libro el autor se esfuerza por ilustrar de esta manera cada uno de los puntos que examina. Sin embargo, las áreas que son más interesantes son aquellas en las que el presidente enfrentó retos más desafiantes: la política electoral, la política exterior y la política económica.

Cada uno de ellos ameritaría un tratamiento extenso y da lugar a un sinnúmero de comentarios, observaciones y nuevas preguntas. Sin embargo, el capítulo IV de El ejercicio de las facultades presidenciales llama en particular la atención porque discute el crucial y al mismo tiempo delicado problema de la responsabilidad del jefe del Ejecutivo. Este asunto es clave, pues una de las críticas más persuasivas de Linz al régimen presidencial se refiere a la debilidad de los límites al ejercicio de la autoridad en un marco institucional  que tiende a la personalización del poder y propicia la discrecionalidad. Este tema de la responsabilidad presidencial es uno de los flancos más débiles de los regímenes en América Latina, pues la historia ha demostrado una y otra vez que “el juicio de la opinión pública” y “el juicio de la historia” —que según De la Madrid son “el reconocimiento o la sanción más efectiva para su conducta” (del jefe del Ejecutivo)— no bastan como contrapeso al amplísimo poder del presidente. En una argumentación perturbadora en particular para el sistema político mexicano, Linz plantea que los problemas del presidencialismo se agravan cuando rige el principio de la no reelección, pues entonces el individuo que tuvo todo el poder para tomar decisiones equivocadas ni siquiera se ve expuesto al posible castigo de los votantes, que podrían expresar su rechazo en caso de que se presentara como candidato a un nuevo mandato. El ex presidente De la Madrid está en una buena posición para hablar de justos que pagan por pecadores, pues pocas veces en la historia un presidente saliente había dejado a su sucesor y a su partido una deuda con la opinión pública de las dimensiones de la que José López Portillo heredó el 1 de diciembre de 1982.

A pesar de que la expropiación de la banca —al igual que algunas de las decisiones del presidente Echeverría— servirían para justificar la reforma del presidencialismo, Miguel de la Madrid encuentra en las consecuencias de este presidencialismo desbordado razones para defender el régimen. De su argumentación se desprende la convicción de que al inicio de su mandato un liderazgo unificado, poderoso y homogéneo parecía indispensable para la recuperación de la economía nacional, la cual estaba en un estado de postración tal que el gobierno delamadridiano tuvo que recurrir de entrada al apoyo del Fondo Monetario Internacional; además, el clima político era tan adverso al gobierno y la situación internacional tan poco favorable, entre la ofensiva anticomunista del gobierno de Regan y los conflictos del área centroamericana, que la autoridad presidencial parecía el único referente común para la estabilización de las relaciones políticas y la superación de los antagonismos internos. Un recuento de las dificultades que enfrentó el país en la primera mitad de los años ochenta también justifica la defensa del presidencialismo como muro de contención en una situación explosiva en la que fenómenos económicos —como la inflación— y conflictos políticos, creaban una situación que el propio presidente De la Madrid describió el 1 de diciembre de 1982 en términos dramáticos, cuando afirmó: “No dejaré que el país se me deshaga entre las manos”, él que tan poco dado es al dramatismo.

Miguel de la Madrid describe los mecanismos a través de los cuales diseñaba sus decisiones y las ponía en práctica. Se refiere al carácter programático de la Constitución como una de las fuentes legales de la función legislativa del presidente, pero también habla de la influencia de los intercambios con los miembros de su gabinete, los partidos políticos, los grupos de presión y los medios que intervinieron en el diseño de las decisiones presidenciales. Sin embargo, también reconoce el peso del “estilo personal de gobernar”, fórmula acuñada por Daniel Cosío Villegas. A este respecto vale la pena leer las páginas 30 a 32 del libro en las que De la Madrid destaca los que considera los rasgos distintivos de su manera de ejercer el poder, pero que podrían resumirse en su afirmación de que “la fuerza del Ejecutivo exige de su titular una gran prudencia en su ejercicio”, rasgo perfectamente reconocible en la presidencia delamadridiana, pero inencontrable en la mayoría de quienes han ocupado la silla presidencial. Tan es así que el propio De la Madrid parece reconocer lo explicable de la irritación que ha provocado el presidencialismo cuando se convierte en autoritarismo, cuando se ha traducido en “voluntarismo político”, cuando ha puesto en evidencia “la falta de marcos limitantes de las decisiones presidenciales de tipo personal, (…) la falta de mecanismos de compensación o de equilibrio de los otros poderes…”.

El repaso del periodo presidencial de Miguel de la Madrid que podemos hacer a partir de la lectura de este libro ofrece un sorprendente contraste entre una presidencia debilitada por fracturas políticas cada vez más evidentes, las dificultades del modelo económico y el desprestigio del PRI y una actividad legislativa muy intensa de parte del propio presidente de la República. Inauguró su gobierno con una ambiciosa propuesta de reforma al capítulo económico de la Constitución cuyo objetivo era definir “la rectoría económica del Estado”, pero también introdujo cambios muy importantes a la legislación relativa al régimen municipal. Durante su gobierno se dieron los primeros pasos hacia la apertura de la economía —con el ingreso de México al gatt—, y se votó una nueva legislación electoral, el Código Federal Electoral de 1987, cuyas características eran notablemente distintas a las de leyes anteriores en la materia porque recogían tanto el talante participativo de la sociedad mexicana en esos años, como la tradición reformista del Estado mexicano.

Muchas son las virtudes de este libro. Está redactado y organizado con claridad en un lenguaje llano que lo hace accesible a los no especialistas; por otra parte, para los especialistas es muy recomendable la lectura de un texto que reconstituye, desde la perspectiva del actor privilegiado, el proceso de toma de decisiones en materia de política económica o de política exterior. El libro es también un documento excepcional en la medida en que son pocas las figuras públicas en México que están dispuestas a someter con valentía a una opinión por lo general desconfiada y terca en sus prejuicios, una visión personal de su gestión gubernamental; son pocos los expresidentes que exponen públicamente las razones de sus obras. La obra además plantea argumentos en pro y en contra de un tema de una gran actualidad: el presidencialismo mexicano. Su lectura habrá de contribuir a un debate que a quererlo o no habrá de tener lugar en un futuro cercano.        n

Soledad Loaeza. Politologa. Profesora-investigadora de El Colegio de México. Acaba de aparecer su libro El Partido Acción Nacional: La larga marcha, 1939-1994.

Cuauhtémoc Cardenas: Cambio de gobierno o Reforma del Estado

Cuauhtémoc Cárdenas: ¿Cambio de gobierno o Reforma del Estado?

Por Luis Salazar C.

Donde quiera que existen partidos, cada uno de ellos encuentra la razón de todo mal en el hecho de que no sea él, sino su contrincante, quien empuña el timón del Estado.

K. Marx

El ensayo del ingeniero Cárdenas contiene una premisa fundamental, tres prioridades y un cuestionamiento general de la política económica “neoliberal” encaminado a la propuesta de una política económica alternativa orientada “por las necesidades de los mexicanos y las mexicanas”. Trataré de analizar algunos de los supuestos y dificultades de cada uno de estos puntos.

1. La premisa es que el nuevo gobierno deberá ser “un gobierno de leyes, un gobierno comprometido con la ley y obligado a cumplirla, con una justicia independiente y honrada… (Pues) sin un gobierno que restablezca la legitimidad perdida no habrá paz. Respeto a los derechos humanos y estabilidad, ni habrá combate creíble contra los males consuetudinarios de los gobiernos del PRI”. Sorprende en primer lugar que un partido y un candidato que propugnan por una “revolución democrática” (expresión por demás confusa) reduzcan el tránsito a la democracia a una cuestión de apego o no apego a la legalidad. No porque dicha cuestión sea secundaria en sí misma, sino porque aparece como un asunto de mera voluntad de los gobernantes. Nadie puede discutir la necesidad de una “justicia independiente y honrada”, pero en el texto del ingeniero no es para nada claro cómo es posible lograrla. ¿Se supone que bastan la voluntad y la intención de los nuevos gobernantes?

Igualmente llama la atención que el precandidato del PRD hable de “restablecer” la legitimidad mediante el respeto de la legalidad. ¿Significa que hubo alguna vez en que los gobiernos de la Revolución Mexicana se atuvieron estrictamente a la ley y después dejaron de hacerlo? Por lo que sabemos, el imperio de la legalidad nunca fue la base de la legitimidad de los gobiernos postrevolucionarios. De ahí que la propuesta de un gobierno de leyes tendría que verse como resultado de una reforma del Estado mexicano (convirtiéndolo de Estado “revolucionario” en Estado de derecho), lo que a su vez implica algo totalmente ausente del texto de Cárdenas, es decir, negociaciones y acuerdos con todas (o la mayor parte de) las fuerzas sociales y políticas del país.

La premisa expuesta por el ingeniero parece pues reducir la culminación (o el inicio, si se quiere) de nuestro tránsito democrático a un mero cambio de personas en el gobierno. Y correlativamente sugiere que todos (o la mayor parte de) los males que sufre la sociedad mexicana son consecuencia directa de los gobiernos priistas.

2. Las prioridades son: a) recuperar la responsabilidad social del Estado; b) extender y fortalecer la educación en todos los niveles; y c) restablecer el ejercicio de la soberanía nacional. Sobre la primera cabe preguntar si basta con “desplazar recursos y esfuerzos” hacia determinados rubros, y si no se requiere también una reforma a fondo del viejo Estado patrimonialista en beneficio de nuevas instituciones de welfare. Y de ser así, si no se tendría que hablar de acuerdos y compromisos amplios orientados a fundar una verdadera política social de Estado. En relación a la segunda sólo puede señalarse que la conversión de la gratuidad de la enseñanza en todos los niveles en un principio absoluto no parece compatible ni con una idea elemental de justicia (no tratar como iguales a los que son desiguales) ni con las penurias financieras que supone la atención a otros rubros (como el combate contra la pobreza y la desigualdad que ni siquiera son mencionados en el texto del ingeniero Cárdenas). Finalmente, en lo que respecta a la tercera prioridad cabe preguntarse si el ambicioso (y compartible) proyecto de restablecer (sería mejor decir fortalecer) la soberanía puede desarrollarse, otra vez, sin acuerdos en lo fundamental que incluyan a la pluralidad política y social del México contemporáneo.

3. En su crítica de la política económica vigente el precandidato perredista nos habla de un estatismo vergonzante que “invoca la libertad de mercado para encubrir una intervención estatal que distorsiona permanentemente el juego de los factores económicos (?) en favor de los intereses de una pequeña oligarquía financiera fortalecida (y en buena parte formada) al amparo de la protección brindada desde el poder por sus socios y padrinos”. Algo de eso ha habido sin duda, pero parece por lo menos simplista reducir nuestra difícil y onerosa modernización económica a una conspiración mafiosa. Lo mismo que resulta ilusorio pensar que bastará la llegada de gente honesta a posiciones de poder para resolver los problemas de un sistema económico que hace agua por todos lados. Como en los casos anteriores, el ingeniero Cárdenas sólo menciona acuerdos con otros países y gobiernos, pero no, extrañamente, con las fuerzas empresariales, sindicales y sociales de México, para el logro de un propósito que difícilmente dejaría de compartir ningún político en campaña, es decir, de una economía capaz de satisfacer los intereses y necesidades de todos.

Una creencia parece sostener el conjunto del ensayo de marras (una creencia por lo demás expresada en múltiples declaraciones del propio precandidato): que dado que todos los padecimientos de México se originan en el mal gobierno priista (o tecnócrata o neoliberal), lo único que realmente hace falta para superarlos es un buen gobierno (es decir, el suyo). Creencia que ignora por ende la necesidad tanto de reformas institucionales pactadas como de una manera distinta, pluralista y democrática, de hacer y entender la política y las políticas. Por otra parte, la insistencia en usar verbos como “restablecer” y “recuperar” deja la impresión de que la propuesta cardenista (no necesariamente compartida por el resto de su partido) mira más a restaurar un pasado idealizado que a sugerir un futuro viable y deseable para una sociedad compleja y plural como la mexicana.   n

Luis Salazar C. Doctor en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Profesor Titular del Departamento de Filosofía de la UAM (Iztapalapa). Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática, A.C. Su libro más reciente es El síndrome de Platón: ¿Hobbes o Spinoza? (UAM-Azcapotzalco, 1997).

Las reservas de hidrocarburo en México

Las reservas de hidrocarburos en México

Por Adrián Lajous

La cuantificación e interpretación de reservas de hidrocarburos supone diversos sesgos que. en unos casos, tienden a sobreestimarlas y, en otros, a subestimarlas. Su cálculo siempre ha sido influido en forma determinante por factores de carácter económico, estratégico e institucional. El marco jurídico de los derechos de propiedad sobre los hidrocarburos también ha jugado un papel decisivo en la estimación de reservas, así como la competencia entre empresas y entre países productores.

En los años ochenta se dio una creciente politización de las estimaciones de reservas. Varios países miembros de la OPEP anunciaron incrementos significativos sin haber hecho descubrimientos mayores. La revisión estadística fue de gran alcance. En 1984, Kuwait revaluó sus reservas en unos 30.000 millones de barriles. Tres años después. Venezuela incrementó las suyas en 31,000 millones. Irán, por su parte, anunció un aumento de 907c, esto es, de 44,000 millones de barriles, Iraq las duplicó para llegar a reservas de 100,000 millones y Abu Dhabi las triplicó a 60,000 millones. En 1989, Arabia Saudita dio a conocer un aumento de 50% en sus reservas. Las nuevas estimaciones estaban vinculadas a la discusión de cuotas de producción en el seno de la OPEP. Dado que la magnitud de las reservas era uno de los elementos a considerar en la negociación de cuotas. Asimismo, algunos de estos países buscaban captar recursos financieros adicionales con el aval de un mayor volumen de reservas. Sin embargo, es posible que parte de estos incrementos tuviera una justificación técnica adecuada y buscara corregir sesgos propios de las estimaciones realizadas bajo el viejo régimen de concesiones.1

Por otra parte, en Estados Unidos, Canadá, el Mar del Norte y un número creciente de países se adoptaron definiciones, así como criterios de cuantificación y clasificación de reservas, que han probado ser particularmente conservadores. Como las reservas probadas de hidrocarburos se reportan en los estados financieros de las empresas petroleras, son la base de transacciones comerciales y de diversas relaciones contractuales, y responden también a una amplia gama de regulaciones gubernamentales, su definición técnica y las convenciones contables de las reservas buscan reflejar un alto grado de certidumbre respecto a los volúmenes de hidrocarburos económicamente recuperables en cada campo. Esta tendencia conservadora explica la importancia del fenómeno del crecimiento de campos. Históricamente, la ampliación de las reservas probadas de yacimientos conocidos ha sido una fuente importantísima de la producción en sitios donde se aplican definiciones rigurosas.2 El desarrollo normal de un campo permite aumentar las reservas debido a que la perforación tiende a ampliar las fronteras de áreas probadas; nuevas zonas productoras y nuevos yacimientos son descubiertos y confirmados por la perforación: pozos intermedios y la estimulación de pozos permiten hacer contacto con hidrocarburos previamente inaccesibles, al igual que la instrumentación de programas de mantenimiento de presión en los yacimientos y, en general, de sistemas de recuperación mejorada.

En el caso de México, las estimaciones de las reservas de hidrocarburos dadas a conocer en la segunda mitad de los años setenta y a principios de los ochenta generaron fuertes polémicas dentro y fuera del país, en Pemex y en los medios. Los extraordinarios descubrimientos en el mesozoico de Tabasco y Chiapas a partir de 1972 y, más tarde, en la Sonda de Campeche, justificaban una revisión profunda de las reservas. También lo requería la reinterpretación que entonces se hizo de los recursos del paleocanal de Chicontepec. Las perspectivas petroleras del país se modificaron radicalmente. Los técnicos que se aferraban a la defensa de sus propias estimaciones conservadoras de reservas fueron superados rápidamente por la realidad. No debe olvidarse que la producción acumulada de hidrocarburos del periodo 1976-82 alcanzó un valor equivalente al volumen de las reservas probadas a fines de 1975 y que la producción acumulada entre 1983 y 1998 fue 3.5 veces mayor a las reservas estimadas de 1975. Estos técnicos, al igual que otros analistas, reaccionaron a la magnitud y la velocidad de los ajustes que la nueva administración de Pemex hizo a las cifras de las reservas, así como a la falta de definiciones y criterios de cuantificación consistentes y explícitos. En un sentido técnico restringido sus críticas eran válidas. Sin embargo, no lograron percibir plenamente la importancia de los descubrimientos de los años setenta y de las oportunidades que ofrecían.

La atropellada revisión de reservas de hidrocarburos de esa época puede explicarse por las necesidades de financiamiento que suponía una expansión acelerada de la capacidad productiva y para movilizar los recursos institucionales que se requerían para llevarla a cabo. La discontinuidad estratégica que permitían los grandes descubrimientos tenía que basarse en una nueva visión de la riqueza petrolera de México. El efecto compuesto de mayores reservas, un crecimiento acelerado de la demanda mundial de petróleo, precios excepcionalmente altos y una mayor conciencia del valor estratégico del petróleo facilitó la adopción de una estrategia petrolera expansiva que, sin embargo, generó expectativas difíciles de satisfacer. La sensación de vértigo que producía el boom petrolero minó la prudencia y cautela que debe encauzar el trabajo técnico. En 1976 las reservas probadas aumentaron 76%, el año siguiente 43%, en 1978 aumentaron en 2.5 veces, en 1979 14%, en 1980 se incrementaron en un tercio más y, en 1981, otro 20%. En seis años, el incremento acumulado de lo que se denominó reservas probadas fue de más de 11 veces. Retrospectivamente, queda de manifiesto que la voluntad de probar reservas se impuso sobre criterios de carácter técnico y económico.

En los años ochenta y en la primera mitad de la presente década no se llevó a cabo una revisión profunda de las estimaciones de reservas de hidrocarburos. Las cifras que anualmente publicaba Pemex se fueron reduciendo en función de la producción acumulada y sólo se realizaron ajustes menores. De alguna manera se buscaba que el paso del tiempo corrigiera automáticamente los excesos anteriores. Esta situación obligó a hacer del cálculo de las reservas una actividad confidencial, incluso en el interior de Pemex. Ello afectó decisiones de inversión y de producción, y propició un rezago técnico en la administración de yacimientos en momentos en los que se privilegiaba el cumplimiento de metas de producción. La misma magnitud de las reservas probadas y la decisión gubernamental de reducir el gasto de la industria petrolera desalentaron la actividad exploratoria. Muestra de ello fue el bajo ritmo de la perforación exploratoria, inclusive en las regiones con los mejores prospectos. Así, entre 1983 y 1994 sólo se perforaron 84 pozos exploratorios en la Sonda de Campeche y una parte importante de ellos se debe clasificar realmente como pozos delimitadores de bajo riesgo. Fueron escasos también los estudios sismológicos, a pesar del cambio tecnológico y la reducción de costos que se dio en este mismo periodo. Muestra de ello fue que después del estudio sismológico de 3D que se hizo en Cantarell en 1979, cuando se iniciaba el desarrollo de esta tecnología, no se volvió a encargar otro estudio sino hasta 1997, 18 años después.

La anómala situación que guardaba el cálculo de las reservas empezó a hacer crisis hacia 1992-93. Los técnicos de Pemex sufrían una creciente frustración. En ese entonces se alentó el desarrollo de estudios integrales de algunos de los principales campos del país, así como en la cuenca gasífera de Burgos. Se procedió a la construcción de modelos de simulación de yacimientos, lo que propició la discusión de programas alternativos de producción a largo plazo, particularmente de los campos supergigantes. Altas relaciones reservas/producción obligaban a revisar tanto el numerador como el denominador. Estas relaciones no eran económicamente congruentes con perfiles de producción que buscaban mantenerla constante a través del tiempo. La identificación de nuevas oportunidades de producción en campos conocidos y en nuevos campos, así como de prospectos exploratorios, hacía imperativa una revisión a fondo de las reservas.

Al inicio de 1995 Pemex Exploración y Producción decidió realizar este trabajo fundamental. En paralelo intensificó la elaboración de modelos de caracterización y simulación de yacimientos, así como los estudios sismológicos en tres dimensiones. También rediseñó la estrategia de exploración, cuyos primeros frutos se dieron en Burgos, el Litoral de Tabasco y ahora en el propio Cantarell, con el descubrimiento de un bloque cabalgado. Estas actividades permitieron estructurar e instrumentar nuevos proyectos de inversión de gran alcance. La decisión de estimar nuevamente las reservas de hidrocarburos de México, a partir de primeros principios, entrañó un intenso esfuerzo institucional que se desarrolló en un plazo de más de tres años. Este proceso culmina ahora con la publicación de amplios estudios de reservas y su discusión en foros especializados.3

La revisión de las reservas se llevó a cabo a partir de cinco decisiones básicas. En primer lugar, se resolvió utilizar las definiciones de reservas de petróleo y gas natural adoptadas por la Society of Petroleum Engineers y el World Petroleum Congress. Asimismo, se utilizaron criterios específicos de la Society of Petroleum Evaluation Engineers. Optar por este cuerpo de definiciones y métodos de cálculo entraña una cuantificación conservadora de las reservas probadas, probables y posibles que permite una comparación rigurosa con las estimadas en otros países. Son definiciones ampliamente utilizadas en la industria petrolera internacional. Por tratarse de un recurso no renovable, propiedad de la Nación, se privilegió una estimación que reduzca la incertidumbre y que sirva de base para el diseño de una estrategia petrolera y gasera de largo plazo. La interpretación de estas estimaciones deberá permitir una planeación robusta y apoyar el diseño de programas de exploración de largo aliento.

Una segunda decisión importante fue la realización de este trabajo en un plazo de tres años. Querían hacerse estudios cuidadosos. detallados, de un total de 621 campos. En el primer año se estimaron las reservas de las regiones marinas de la Sonda de Campeche, las más importantes del país. En el segundo, las correspondientes a la Región Sur de Pemex Exploración y Producción. que abarca los estados de Chiapas, Tabasco y el sur de Veracruz, hasta el río Papaloapan. En el tercer año se trabajó en la región que se ubica al norte de ese río y hasta la frontera con Estados Unidos. Una tercera decisión fue auditar en forma independiente las estimaciones realizadas por Pemex. Para ello se contrató a dos empresas especializadas de ingeniería: Netherland, Sewell and Associates y De Golyer and MacNaughton. La primera de ellas se encargó íntegramente de las reservas de las regiones Marinas y Sur. La Región Norte se distribuyó entre ambas empresas. De Golyer and MacNaughton auditó Chicontepec, las cuencas de Burgos y Sabinas y el distrito Veracruz. Netherland and Sewell trabajó en Altamira, Cerro Azul y Poza Rica. Se acudió a auditores internacionales de gran prestigio pues en México sólo el Instituto Mexicano del Petróleo cuenta actualmente con la capacidad para realizar este tipo de trabajos. Sin embargo, el Instituto apoyaba ya a Pemex en la estimación de las reservas, por lo que no podía participar también como auditor. Además, era importante contar con una verdadera auditoría externa.

Una cuarta decisión fue la construcción de un sistema de administración técnica que norme, evalúe y consolide internamente la estimación de las reservas que se lleva a cabo en forma descentralizada, por activos. Se trata de una auditoría interna que garantiza la aplicación consistente de definiciones y criterios de cálculo. Cuenta con extensas bases de datos que permiten dar plena transparencia a las estimaciones. Este sistema dará continuidad al proceso de cuantificación de las reservas de petróleo y gas que se desarrolló en los últimos tres años, buscando en todo momento aplicar las mejores prácticas de la industria. La quinta decisión consistió en iniciar un amplio e intenso esfuerzo que permita precisar los recursos de hidrocarburos de México. Para la planeación de largo plazo no es suficiente contar con cifras de reservas. Se necesita conocer mejor y evaluar el potencial petrolero y gasífero del país. Para ello se requiere promover diversos estudios básicos en el campo de las ciencias de la tierra. El mayor conocimiento de estos recursos hará posible una explotación más racional de los hidrocarburos en el subsuelo y orientará programas de exploración para reponer volúmenes y tipos específicos de hidrocarburos.

Este breve recuento histórico busca, entre otras cosas, hacer un llamado a la prudencia y la cautela respecto a las interpretaciones que se hacen de las reservas de hidrocarburos de México, dado que se trata de procesos dinámicos caracterizados por la incertidumbre y el riesgo. El conocimiento de las reservas se obtiene a través del tiempo mediante la exploración y la producción misma. En este terreno se debe desconfiar de interpretaciones y afirmaciones categóricas, y reconocer que el trabajo técnico sólo puede avanzar evaluando conjeturas tentativas.

Pemex publica ahora la estimación tradicional de las reservas al lado de la nueva cuantificación. Cumplió con esta obligación estadística formal pero es necesario reiterar la advertencia de que las cifras no son comparables. Obedecen a diferentes definiciones, criterios, métodos e, inclusive, diferentes factores de medición y conversión. La incertidumbre asociada a cada estimación es muy diferente. Restringir el análisis a su comparación mecánica desvirtúa el valor del trabajo realizado y sería una falta de comprensión básica sobre estos temas. Habrá quien no resista la tentación de politizar nuevamente la estimación de las reservas. El trabajo realizado por un amplio número de técnicos de Pemex se orientó precisamente a liberar su ejercicio profesional de restricciones e intereses que trascendían este ámbito. Esta información debe servir para abrir un sano espacio a la discusión ordenada de la política pública en materia petrolera. El análisis y discusión detallados de los estudios de reservas de petróleo y gas van a contribuir positivamente al diseño de los programas de operación e inversión de Pemex.

México cuenta con un rico acervo de hidrocarburos de bajo costo y bajo riesgo. Al primero de enero de 1999, las reservas probadas de hidrocarburos ascendieron a 34,000 millones de barriles de petróleo equivalente. Las reservas probadas más las probables ascendieron a 46,000 millones y las reservas probadas, probables y posibles sumaron 58,000 millones de barriles. Dado el carácter conservador de estas estimaciones, es usual en la industria utilizar el concepto de reservas probadas y probables para fines de planeación. Desde una perspectiva estadística este es el valor esperado de las reservas efectivamente recuperables de acumulaciones de hidrocarburos conocidas. En otras palabras, hay una probabilidad de más de 50% de que se produzca este volumen de hidrocarburos. Al ritmo de producción actual, la vida de las reservas probadas es de 22 años y la de las reservas que con mayor probabilidad se van a recuperar es de 30 años. Otra forma de dimensionar las reservas es compararlas con la producción acumulada de hidrocarburos. Lo que se ha producido en lo que va de este siglo es equivalente a la mitad de la reserva probada original y e! 42% de lo que con mayor probabilidad se recuperará.

La posibilidad de probar más reservas es grande, tanto en yacimientos conocidos que por conocer. Es factible incrementar factores de recuperación con la aplicación de nuevas tecnologías y el desarrollo más temprano y vigoroso de programas de recuperación secundaria. Existen importantes oportunidades para optimizar la producción. Si bien se ha ido reduciendo el rezago tecnológico en la producción de petróleo y gas, éste sigue siendo significativo. Además, es previsible una aceleración del cambio tecnológico en la industria extractiva que reduzca costos e incremente el volumen de hidrocarburos recuperado. Un mejor conocimiento del subsuelo y del comportamiento de los yacimientos apoyado en nuevas y poderosas herramientas de análisis contribuirá al crecimiento de los campos. Por otra parte, durante un largo periodo, Pemex se ha visto obligado a restringir sus actividades exploratorias y los escasos recursos que les ha dedicado no han sido asignados en la forma más eficiente. Existe un amplio número de prospectos exploratorios muy atractivos que no han sido perforados. Se cuenta también con un importante número de campos descubiertos que no han sido desarrollados. Hasta hace poco tiempo, el trabajo exploratorio costa afuera se ubicaba en aguas someras. Recientemente se inició la perforación del primer pozo en tirantes de agua de 400 metros y se están realizando los primeros estudios sismológicos en aguas más profundas. Además, no se ha prestado la atención que merece a la búsqueda expresa de yacimientos de gas. Esta constelación de circunstancias ofrece múltiples oportunidades que Pemex deberá aprovechar.

Las reservas probadas de México son de bajo costo. El costo de extracción promedio es de menos de dos dólares por barril. Los campos más importantes de la Sonda de Campeche y del mesozoico terrestre tienen costos de extracción de menos de 1.30 dólares por barril. Análisis realizados muestran la factibilidad de reducir estos costos en casi todo el país y en algunos de los campos de mayor costo. Pesan desmesuradamente los costos indirectos. En los años por venir Pemex tendrá que realizar un intenso esfuerzo para reducir los costos de las actividades extractivas, mediante la aplicación de nuevas técnicas y formas de organización del trabajo, así como con inversiones que optimicen la producción y su manejo. Es posible hacerlo. El trabajo realizado en la Cuenca de Burgos y en otros campos así lo demuestra. La ineficiencia en este terreno disipa una parte de la renta económica de los hidrocarburos que pertenece a la Nación. Debemos estar conscientes de que el desarrollo de reservas tan importantes como las del paleocanal de Chicontepec tiene como prerrequisito lograr niveles de costo más bajos.

A corto plazo, Pemex deberá desplegar un mayor esfuerzo para ampliar y desarrollar las reservas de gas natural. Actualmente las reservas netas probadas y probables de gas natural seco suman 41 millones de millones de pies cúbicos. Cerca de la mitad de estas reservas se ubican en Chicontepec, el 11 % en la Cuenca de Burgos y el 24% en la Región Sur. Esta distribución contrasta con la de la producción actual que se concentra en el sureste de México y es casi nula en Chicontepec. Es imperativo contar a corto plazo con una estrategia de exploración cuyo objetivo explícito sea el aumento de las reservas de gas. El crecimiento esperado de la demanda de gas natural obliga a ello. A corto plazo el suministro de gas está garantizado. Sin embargo, a mediano plazo es necesario incrementar significativamente la producción para evitar importaciones masivas de este hidrocarburo. Pemex cuenta con proyectos de desarrollo de gas natural que deberá abordar a partir del año 2000. Sin embargo, no pueden posponerse las actividades exploratorias en esta materia. Afortunadamente, hay muchos prospectos prometedores.

Una de las características sobresalientes de la distribución de las reservas probadas de hidrocarburos es su concentración en unos cuantos campos supergigantes y gigantes. Los primeros se definen como aquellos que cuentan con una reserva probada original de más de 5,000 millones de barriles de petróleo equivalente y los campos gigantes cuentan con más de 500 millones de barriles de reserva probada original. Cuatro campos supergigantes —Cantarell, Chicontepec, Bermúdez y Ku-Maloob-Zap— contribuyen con el 71 % de las reservas probadas remanentes y 12 campos gigantes adicionales aportan un 16% adicional. Esta elevada concentración explica en parte los bajos costos de extracción y la velocidad a la que se ha podido expandir la producción cuando se cuenta con recursos de inversión suficientes. Sin embargo, no deja de ser preocupante que estos 16 campos fueron descubiertos hace más de 15 años. El descubrimiento de campos gigantes tiende a agruparse en el tiempo y es frecuente que ello se vincule al descubrimiento de un campo supergigante. Son éstos últimos los que tienden a marcar los grandes ciclos de producción.

Conviene llamar la atención sobre dos lecciones importantes aprendidas en el proceso de estimación de las reservas de hidrocarburos. El primero se refiere a la importancia de elementos de carácter económico. Los precios de los hidrocarburos, los costos de extracción, la inversión en programas de recuperación secundaria, las inversiones en instalaciones para el manejo de la producción de gas, la selección de tasas de descuento y la optimización técnico-económica de programas alternativos de producción son variables que inciden en forma determinante en su cálculo y en su valor presente neto. Es necesario hacer hincapié en este tema pues la importancia de estos factores tiende a subestimarse en una cultura institucional dominada por ingenieros. Las fluctuaciones de precios de los últimos años y la eliminación del margen entre precio y costo en algunos campos marginales hicieron más palpable su incidencia en la estimación de las reservas. También lo tuvo la evaluación rigurosa de los programas de mantenimiento de presión en los complejos Cantarell y Ku-Maloob-Zap. Ello hace indispensable formar y fortalecer equipos multidisciplinarios que alienten la interacción entre ingenieros y economistas. Los propios ingenieros deberán estudiar más a fondo los aspectos económicos de estos trabajos y decisiones de carácter técnico-económico. La segunda lección tiene que ver con la interacción, también indispensable, entre ingenieros petroleros y otros profesionistas de las ciencias de la tierra. Ellos deben participar activamente en una vida profesional multidisciplinaria, acabando con tradiciones gremiales cerradas. No cabe duda que Pemex necesita más ingeniería en la administración de los yacimientos, pero necesita también una mejor ingeniería. La contribución de geólogos, geofísicos y geoquímicos es fundamental para ello.  n

1 Philip Barnes: “Oil Reserves: Concepts. Sources and Interpretation”, en Journal of Energy Literature, volumen I. numero 1. 1995.

2 E. D. Attanasi. R. F. Mast. D. H. Root: “Oil. gas field growth projections: wishful thinking or reality?”, en Oil & Gas Journal, volumen 97, numero 14, 1999.

3 Pemex Exploración y Producción: Las reservas de hidrocarburos de México. Pemex, México, abril de 1999.

Adrián Lajous. Director General de Petróleos Mexicanos.

Un recuerdo nada más

Un recuerdo nada más

Por Federico Reyes Heroles

A partir de la respuesta que el expresidente De la Madrid le dio a Nexos (abril de 1999). Federico Reyes

Heroles arriesga un balance de la Presidencia mexicana entre 1982 y 1988. El saldo se consuma en estos términos: La Presidencia que De la Madrid tomó no se parecía en nada a la que dejó. Entre uno y otro hecho se impuso una era de cambios radicales que mandaron a viejas formas de gobierno al olvido.

Puntual y precisa, la respuesta de Miguel de la Madrid a Nexos tiene un eje, el ejercicio de las facultades presidenciales. Título por cierto de su más reciente texto. Refraseo con ánimo de síntesis y de recuperación de argumentos. Menos votos, aunque todavía mayoría. Pérdida del manejo priista del Congreso, pero todavía suficiente capacidad opositora del PRI para no ir a donde no se quiere. Priismo como minoría legislativa en algunas entidades y en la capital. Necesidad de alianzas para reformas constitucionales. Comisión Nacional de Derechos Humanos como contrapeso real. Nuevos límites al nombramiento de ministros de la Suprema Corte de Justicia, Procurador General de la República y del Distrito Federal. Varias entidades de la República en manos opositoras. Reducción “notable” del sector paraestatal. Un “diluido” liderazgo presidencial en el PRI. Desaparición de órganos de comunicación social (escrita y TV) controlados por el Ejecutivo. Reducción del margen de maniobra en materia de comercio e inversiones por nuevos compromisos internacionales (OMC y TLC). Aflora el jurista De la Madrid. Consciente de los nuevos límites formales apunta, tan sólo eso, los reales. Pero los trazos que nos brinda en sus breves líneas son suficientes. Mi pregunta es: ¿qué queda de aquella presidencia? ¿No estaremos hablando del presidencialismo mexicano por inercia, por holgazanería mental? El cambio ha sido dramático. Creo que la presidencia es otra. Vayamos punto por punto.

Menos votos, muchos menos

López Portillo compitió, es un decir, solo por la presidencia. De la Madrid ganó con el 72% de la votación. El 50% y fracción de Salinas lo creyeron pocos. En cifras oficiales obtuvo menos de 10 millones. Ernesto Zedillo mantiene la proporción, 50%, pero para hacerlo tuvo que obtener alrededor de 8 millones de votos adicionales, que lo llevan a 17 y fracción. “A partir del 88, afirma De la Madrid, el presidente de la República ha sido electo por una mayoría ligeramente superior al 50%”. A partir del 88 sabemos que uno de cada dos mexicanos no votó por el presidente en turno. A partir del 88 sabemos que en cualquier momento, el otrora poderosísimo presidente mexicano podría estar respaldado por una minoría. Vayamos a la calidad.

Jorge de la Vega, presidente del PRI durante la campaña de Salinas, sumando el voto corporativo llegaba a la asombrosa cifra de 22 millones de potenciales votantes priistas. Muchos mexicanos fueron obligados a asistir a las concentraciones, pero al detenerse detrás de la urna votaron por quien les vino en gana: Cárdenas, Clouthier, o Fernández de Cevallos en su oportunidad. De allí lo interesante de la victoria de Zedillo en elecciones competidas y vigiladas. Llegó a la presidencia conquistando el voto volátil que no pertenece al PRI ni a nadie. Ese voto, que algunos estiman en 70% del total, será el determinante en el 2000. Por supuesto, resalta caer del 70% al 50%, pero l oculto es que el primer porcentaje pertenece al México corporativo y el segundo, el del 94, fue básicamente voto ciudadano. Son dos Méxicos diferentes.

Leyes duras de mover Es cierto, el PRI ha disminuido su proporción en el Congreso y las legislaturas locales. Ya es minoría en la ciudad capital y en nueve entidades. Pero también es cierto que el PRI es el interlocutor obligado y primera minoría. En ninguna elección ha aparecido en tercer sitio. Estamos ante un tripartidismo que sólo se expresa en bipartidismo: PRI vs. PAN; PRI vs. PRD. Ello nos conduce al tercer punto abordado certeramente por De la Madrid. El PRI perdió su capacidad para, por sí mismo, modificar la Constitución General de la República y la legislación secundaria. Se trata de uno de los atributos esenciales del presidencialismo mexicano. Ese solo rasgo hace que la presidencia sea otra. Aún conservando, que sería discutible, la tercera jefatura, la de su partido, el presidente mexicano está obligado a negociar y a cabildear, actitud innecesaria hace apenas una década.

Salinas de Gortari pasó varias reformas constitucionales, no discuto su pertinencia ahora, pienso en el artículo 27, 130 y 82, que gozaban de oposición no sólo en el PAN y PRD. sino también dentro del PRI. Ernesto Zedillo vive en carne propia la impotencia legislativa: la petroquímica se quedó a la mitad; el órgano superior de fiscalización está en la congeladora; el instituto de regulación financiera no puede nacer; la apertura del sector eléctrico no termina por verse con claridad. Ello para no hablar de otras reformas estructurales que ya no están en el horizonte. Por ejemplo, la reforma a la Ley Federal del Trabajo. El presidencialismo fue una fuerza modernizadora. La pregunta hoy sería si no nos encaminamos a una parálisis democrática.

Otra legitimidad

Interesante es el hecho de que don Miguel perciba la no participación en órganos electorales como uno de los cambios sustanciales. No queda claro de su exposición, si la Presidencia perdió o ganó. Perdió control y la posibilidad de fraudes patrióticos o de otra índole. Pero ganó al desembarazarse de crecientes confrontaciones que apuntaban directamente a la puerta de Los Pinos. En esto la presidencia ha ganado en fortaleza. Ernesto Zedillo es el primer presidente que ya no recibió cuestionamientos ni internos ni externos. La legitimidad revolucionaria del México corporativo cedió ante la legitimidad llana del peso de la ley. No es un cambio menor. El presidente, heredero de las causas revolucionarias, mutó en un presidente a secas que vende su programa ante la opinión pública. De nuevo, para bien y para mal, es ella la que decide.

Recomendaciones y miradas

La CNDH es presentada por el expresidente como un nuevo contrapeso real de vigilancia y control del Ejecutivo y del Judicial. Pero más allá del muy cuestionable peso de las recomendaciones apiladas en los cajones de los funcionarios, la verdadera revolución está en el carácter cada vez más popular del tema. En menos de una década la discusión sobre los derechos humanos se desparramó de muy reducidos círculos de académicos y activistas, hasta convertirse en una temática innegable para todos los actores. La carta de naturalización de ese asunto está extendida a lo largo y ancho del territorio nacional.

El silencioso Judicial

En contraste, la mayor independencia real de la Suprema Corte de Justicia, al limitar las facultades del titular del Ejecutivo en la designación de ministros, pareciera caminar despacio ante los ojos de los mexicanos. En los hechos la SCJ ha adoptado actitudes y resoluciones inimaginables hace una década. Cito de memoria con el riesgo que implica el olvido. En primer lugar, al aceptar como parte del Poder Judicial al Tribunal Federal Electoral, se rompió con una tradición centenaria y absurda. Me refiero a ese tradicionalismo acendrado del Judicial de no tocar la política, conservadurismo que mucho ha frenado la verdadera división de poderes. Se acabó la Suprema Corte pura y apolítica.

Los casos de Tabasco, Guerrero y el nuevo Tribunal Federal Electoral nos hablan de una nueva relación de poderes, incipiente, pero diferente en calidad. Además están otros posicionamientos de la SCJ en relación a los sindicatos de dependencias del Ejecutivo. otro golpe al corporativismo; la libertad de los empresarios para organizarse en cámaras de industria y comercio, duro revés también al corporativismo empresarial; la votación dividida sobre la ley de participación ciudadana del Distrito Federal y el anatocismo. Hay más. En los hechos hay sin duda cada vez mayor independencia. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió en derechos humanos, la independencia del Judicial no ha calado en la opinión pública. Lo mismo ocurre con las limitaciones al presidente para nombrar procurador general y del distrito federal. No parecieran haber tenido mayor repercusión.

Brazos y tentáculos

De la Madrid habla de la reducción del sector público paraestatal. Pero detrás de ese enorme aparato que él. por fortuna. comenzó a desmantelar, está un hecho sustantivo de cambio profundo. El México que gobernó De la Madrid dependía, para su crecimiento, básicamente de un aplastante sector público que estaba presente en las ramas básicas y en muchas otras que no lo eran. De la A a la Z, del acero a la zafra, pasando por la H de hoteles, la B de banca, la L de líneas aéreas, la T de teléfonos, o la P de pesca. Por fortuna hubo cierta continuidad en el rumbo de De la Madrid a Zedillo. Hoy el país crece no a las tasas que necesitamos, pero lo fundamental es que el impulso ya no proviene del Estado que quebró por meterse en todo y querer ser propietario.

La nueva presidencia tiene muchos menos brazos o tentáculos dirían algunos, para guiar la economía. A la vez es más ágil. Sus instrumentos de regulación son más modernos. Ato esta afirmación de De la Madrid con su última respuesta, el punto trece, los compromisos internacionales OMC y TLC. Es cierto, la apertura comercial redujo enormemente el margen de maniobra del antiguo presidencialismo que impulsaba políticas comerciales e industriales, algunas exitosas y otras que se convirtieron en barriles sin fondo que sangraron al erario y deformaron los mercados. La ruta ha sido larga. No es sino hasta 1999 que la tortilla tiene un precio de mercado. Los subsidios hoy se analizan con lupa. Antes simplemente encontraban alguna explicación en la cosmogonía revolucionaria. En la mira está ahora el peso mismo. ¿Qué tanto nos beneficia la independencia monetaria? ¿Qué tan real es ésta en un mundo globalizado? ¿Cuánto nos cuesta el peso? En esto también el cambio es radical.

Del golpeteo a la comunicación

Retomo la afirmación de De la Madrid sobre el hecho de que el Ejecutivo ya no cuenta con órganos de comunicación social propios, ni en el periodismo escrito ni en los medios. Creo que el expresidente toca un punto clave. Por desgracia nunca tuvimos televisión o periódicos o radiodifusoras de Estado, porque éstos con regularidad fueron utilizados para defender políticas gubernamentales, cuando no caprichos presidenciales. Recordemos los noticiarios del canal 13 durante el periodo de López Portillo o el papel de El Nacional contra la oposición durante décadas. Es cierto, hoy el Estado carece de formas eficientes de transmisión de sus políticas públicas. No sé si necesariamente tendría que ser el propietario, pero me queda claro que hay un vacío que no auxilia.

Parte del asunto remite al deseo de control y a un contubernio en el pago de impuestos en especia o espacio de las televisoras, pero también a actos de ocultamiento sistemático de la información. Como en Yo, el supremo de Roa Bastos, en el Estado autoritario mexicano había distintos grados de verdad oficial o de aceptación oficial de la verdad, comenzando con el uso privado de las encuestas de opinión pública que nunca se hacían públicas, de tal manera que los mexicanos no sabíamos lo que pensábamos los propios mexicanos. Las urnas eran una caja negra de la cual salían sorpresas. Hoy los referentes externos se han multiplicado. Hacen falta más, pero ahora es mucho más difícil mentirle o no informar a la opinión pública. En el trayecto el Estado ha sido incapaz de implementar una verdadera política de comunicación social, no partidaria, de Estado y, por ello, sigue teniendo que lidiar con la desinformación, territorio de gran fertilidad para el chisme, el rumor o la estupidez como alimento cotidiano en lo que leen, escuchan y ven los mexicanos. Son los costos.

¿Liderazgo?

Se ha diluido es la expresión que utiliza De la Madrid para referirse al liderazgo presidencial de su partido. ¿A qué grado es la pregunta? ¿Se ha diluido pero sigue allí aunque con menor fuerza o acaso se diluyó hasta perderse? La sucesión presidencial es un buen termómetro. En ese notable libro de Jorge G. Castañeda que es La herencia, los expresidentes narran con toda claridad cómo eran consideraciones básicamente internas las que predominaron para tomar la decisión sucesoria. Sin competencia real y con un sistema electoral controlado, el destape era equivalente a la designación del sucesor. Podían incluso darse el lujo de designar a alguien que no tuviese demasiada presencia pública. De todas formas llegaba. La sucesión era uno de los amarres del gran poder presidencial. Hoy el asunto es radicalmente diferente.

Los apoyos internos ya no bastan. La opinión pública existe. Supongamos que Ernesto Zedillo se empeña en imponer un candidato y que todavía el control sobre el consejo de ese partido le brinda suficiente poder para hacerlo, si el candidato no reúne ciertos requisitos de credibilidad e imagen frente a la opinión pública, muy probablemente perderá. Ello hace que el margen de decisión presidencial se vea reducido a un mínimo de racionalidad que está casi asentado en el sentido común. Pero queda la otra gran incógnita: ¿puede el presidente todavía imponer a un candidato dentro de su partido? Bartlett, Madrazo, “galileos”, renovadores y la sombra de la división del 87 alimentan la duda sobre qué tanto se ha diluido ese liderazgo. Podríamos incluso descender en la escala. Si el presidente se empeña en imponer un candidato a gobernador sin arraigo y popularidad, muy difícilmente pasará la criba del pluralismo real que hoy vivimos. El liderazgo partidario tendrá entonces que asentarse en algo diferente a la postulación para cargos públicos. Otro expediente que habría que revisar alrededor del liderazgo es la desaparición, lenta pero sistemática, de la obediencia ciega de los legisladores del PRI. Las resistencias van en aumento. El presidente ahora también tiene que cabildear con los suyos. El viejo liderazgo luce más bien moribundo. De haber un nuevo liderazgo éste tendrá poco que ver con la anterior fórmula o acomodo. Ese nuevo liderazgo está por inventarse.

Otro bicho

Miguel de la Madrid siempre ha sido un hombre frío y mesurado. De él no podríamos esperar un juicio severo, radical sobre los cambios que ha sufrido la presidencia desde que él la dejó. Pero un presidente mexicano que sólo puede llegar a serlo ganando el voto volátil, que ya no gobierna la mayoría de las capitales, ni en una decena de estados de la república, que ya no puede modificar la Constitución a su libre arbitrio, tampoco la legislación secundaria, que ya no puede determinar el rumbo electoral, ni controla la Suprema Corte de Justicia, que ya no cuenta con infinidad de aranceles, precios de insumos, productos o tarifas, subsidios o empresas para incidir en los mercados, un presidente amarrado de manos por el libre mercado, un presidente que ya no puede utilizar bancos, telefónicas, líneas aéreas, televisoras, acereras, ingenios, conasupos, para guiar la economía, sin periódicos o televisoras que lo defiendan, observado de cerca en lo que a derechos humanos se refiere y, para terminarla de complicar, rodeado de encuestas, tiene muy poco que ver con la presidencia que él legó. Creo que estamos ante una nueva presidencia que todos tenemos que aprender a leer. Miguel de la Madrid lo sabe. La presidencia imperial es recuerdo. Ya no tiene pico de pato, ni patas de pato, ni plumas de pato. Tampoco vuela como pato ni grazna como tal; luego, ya no es pato.    n

Federico Reyes Heroles. Escritor y analista político. Director de Este País.

Entre la fe y el escepticismo político

Entre la fe y el escepticismo

Michael Oakshott. La política de la fe y la política del escepticismo (Comp. por Timothy Fuller). FCE México, 1998. 181 pp.

Por Mauricio Dussauge Laguna

Michael Oakeshott recupera la fe en la política y alimenta el escepticismo ante la idea de las ilimitadas posibilidades del gobierno.

Con mucha frecuencia nuestras discusiones sobre el gobierno y la política resultan confusas. Libertad, justicia, sociedad civil y, de manera particular, democracia son sólo algunas de las palabras cuyo significado es distinto según el autor que se cite, el bando que se defienda o el desorden mental que se tenga, claro, eso sin considerar que nunca falta la mala intención. En cualquier caso, el diálogo de sordos de que nos quejamos se convierte, en no pocas ocasiones, en una Babel en la cual no siempre falta la voluntad de oírse el uno al otro, sino la capacidad de comprender los lenguajes del adversario. No se trata de no querer, sino de enfrentarnos a un vocabulario político diverso y tramposo: simplemente ambiguo.

Sin embargo, la ambigüedad de nuestras palabras, su polisemia frecuente, no sólo significa malos entendidos, es también flexibilidad y discusión continua. Así. lo que para Sartori es la causa de un avance lento en el estudio científico de la política, para Oakeshott es el reflejo de una construcción histórica compleja, que empieza (por decir lo menos) con la época moderna de Europa: el siglo XV, Sobre todo, es el elemento necesario para vivir e interpretar el poder y el quehacer gubernamental en el medio de dos opuestos que surgieron, simultáneamente, sólo después de la construcción del Estado moderno: la política de la fe y la política del escepticismo.

Describiendo ambos extremos en una especie de continuo ideal, Oakeshott presenta una manera sencilla de comprender la forma en que la actividad gubernamental se ha ejercido, propuesto y justificado en los distintos frentes políticos e intelectuales. La política de la fe y la del escepticismo son dos polos que, tomados junto con su amplia zona intermedia, desarrollan la metáfora perfecta para proveer de sentido la relación de nuestro imaginario político y su gobierno.

De un lado, la política de la fe, la de mayor número de seguidores y la que ha predominado en los siglos más recientes, cree en la capacidad intrínseca de la naturaleza humana para transformar su mundo de la mejor manera. Su fe está puesta en el progreso continuo y planeado, y en la facultad de hallar el mejor y único camino a la perfección. Es el espíritu que se percibe en los philosophes del siglo de las luces y en el socialismo de nuestro siglo. Pero se trata también de una fe que lo apuesta todo a su gobierno, que cree en él como el guía principal, con derechos plenos de intervención, y que pide para él comprensión, paciencia, y, de ser necesario, devoción.

La política del escepticismo, de otro lado, parte de una visión —hobbesiana— de la vida diaria. Es una política modesta, que no cree en perfecciones ni en perfectibilidades, y que piensa en el gobierno como un poder más (si bien el de mayor fuerza), que sólo se encarga de establecer los límites necesarios para que cada cual se desempeñe a su gusto. Es la política que defiende el “imperio de la ley” como la forma más cómoda de gobernar, y como la más adecuada para satisfacer su desconfianza frente a posibles abusos de poder. En buena medida, es lo que ha acompañado a la tradición liberal, pero también lo que subyace en las ideas de Maquiavelo y Burke, por citar algunos.

Vistos en su conjunto, ambos opuestos marcan los límites entre los cuales podemos mirar nuestro pasado político y sus discursos, un pasado lleno de contradicciones y con tintes de ambos estilos. Llevados a sus extremos, en cambio, lo que resulta comprensible en cada uno es su propia autodestrucción, su “némesis”. Aquí, Oakeshott apunta las consecuencias perversas: para la política de la fe, la imposibilidad de retorno en un camino no siempre claro, aunque así se lo crea y, particularmente, la incapacidad de cumplir todas las promesas hechas por su espíritu soberbio. Para la política del escepticismo, la excesiva modestia puede llevar a la inmovilidad y, por consiguiente, a la difícil adaptación de sus actividades en situaciones de emergencia.

Frente a este panorama, evitar los extremos se vuelve una tarea imprescindible. Es entonces cuando el cálculo, la ecuanimidad y el buen juicio son necesarios para encontrar, más que el justo medio aristotélico, un equilibrio adecuado. Y es también aquí donde Oakeshott reclama la aparición del buen gobernante, con la sabiduría, o mejor dicho, el instinto suficiente para llevar a buen puerto las actividades del gobierno. Un instinto que se nutra de una visión amplia del pasado tanto como de una percepción adecuada del futuro, y que sepa deslizarse de la actividad impetuosa a la reflexión oportuna según lo requieran las circunstancias. Visto de otra forma, es la reivindicación velada del político astuto e intuitivo, formado en la tradición humanística en oposición a las tendencias tecnocráticas del mundo actual, por el que desde siempre abogó Oakeshott.

Si bien los límites de su ensayo son precisos (sólo la Europa moderna, y principalmente Inglaterra), las proposiciones de esta obra postuma no dejan de parecer cercanas y útiles para la comprensión de nuestra historia política y, específicamente, gubernamental. Basados en un conocimiento profundo de la historia política mundial y en una comprensión erudita de los clásicos del discurso, la filosofía y el ensayo políticos, el argumento y la estructura del escrito resultan igualmente impecables, y si algo hubiera que reclamarle al autor acaso sería la descripción tan detallada de los estilos que, sin desearlo, resulta en ocasiones repetitiva.     n

Mauricio Dussauge Laguna. Politólogo.

Manuel Bartlett: La gestión pasada

Manuel Bartlett: La gestión pasada

Por José Antonio Crespo

En “Las responsabilidades compartidas”, Manuel Bartlett abandona por un momento los temas en los que principalmente se ha centrado desde que se lanzó como precandidato del PRI a la presidencia de la República, y que tienen que ver sobre todo con la necesidad de que el priismo histórico recupere el partido frente a la tecnocracia, de la limpieza del proceso para designar al abanderado tricolor, de la importancia de participar en la configuración de las reglas, de la amenaza que supone a la unidad de su partido el que no haya una elección interna limpia, de lo conveniente de que dicha elección se restrinja a militantes priistas y, finalmente, de la insistencia en que hay que creer en la palabra del presidente de que no incidirá de manera decisiva en la nominación de candidato y, más aún. que no tendrá su propio candidato a ocupar ese cargo.

En cambio. Bartlett aborda su propia evaluación como gobernador de Puebla. Es un giro importante en su propia presentación como aspirante a abanderar a su partido en la contienda presidencial, pues se remite a su propio desempeño como jefe del Ejecutivo estatal de Puebla. Sin duda alguna, y considerando que buen número de precandidatos de todos los partidos han sido, o son aún, gobernadores, es fundamental evaluar su desempeño como tales, pues ese es un criterio que trasciende su propia retórica y permite imaginar, dentro de cierto margen de probabilidad, cómo sería su gestión en caso de arribar a la presidencia. Desde luego, no puede traslaparse su experiencia como gobernadores de un estado a su posible desempeño como presidentes del país entero: no hay una relación necesaria ni automática entre un buen gobernador y un buen presidente, ni viceversa.

Pero al menos el ejercicio como tal, y sus resultados visibles, constituyen un elemento de juicio evaluable de manera más o menos objetiva. Ello contrasta con la proyección que hacen los propios precandidatos (o candidatos) de su futura labor, en caso de llegar a Los Pinos; hacia el futuro, sólo hay especulación, buenas intenciones, proyectos atractivos, pero quizás impracticables, y promesas de todo tipo. Pero hacia el pasado, hay elementos reales de juicio en un cargo, si no idéntico, al menos lo más parecido posible al de presidente de la república; en muchos sentidos, un gobernador cumple funciones más similares a las de un presidente de las que desempeña un ministro de gabinete, por más que el rango político de los últimos sea superior al de los gobernadores.

En ese sentido, la mejor promoción que puedan hacer los propios precandidatos, sobre todo cuando lleguen a constituirse como candidatos oficiales de su partido (los que sean investidos como tales), será su propio desempeño como gobernadores (los que lo hayan sido), a partir de indicadores bastante precisos: tasas de crecimiento económico, de empleo, de educación, de endeudamiento interno, así como leyes promovidas, decisiones de gobierno en diversos ámbitos, limpieza electoral en sus estados, etcétera. Pero también tales registros pueden ser su punto más vulnerable (recuérdese cómo Diego Fernández de Cevallos, en el debate televisivo del 12 de mayo de 1994, logró bajar a Cuauhtémoc Cárdenas al tercer lugar a partir de críticas bien pensadas sobre la gestión de Cárdenas como gobernador de Michoacán). A fin de cuentas, tal y como lo escribió Maquiavelo. “De las intenciones de los hombres, y más aún de los príncipes, como no pueden someterse a la apreciación de tribunales, hay que juzgar por sus resultados”.

Por supuesto, las estadísticas suelen ser manejadas de manera sesgada, sea en favor o en contra de un gobernante. Se dice que ese instrumento constituye una forma de mentir muy eficaz, pues a manera de sofisma puede presentar una realidad muy distinta, virtual, de la realidad real. Pero al menos hay materia objetiva, hechos, datos, registros, para que los ideólogos de uno y otro partido, por un lado, y analistas, académicos y periodistas independientes, de otro, puedan presentar a la opinión pública sus respectivas evaluaciones, que podrán ser contrastadas por quien así desee hacerlo. En la gestión pasada de los gobernantes se abre un ámbito más susceptible de ser discutido y juzgado de manera más palpable, más cuantificable, más contrastable con la realidad, que el discurso, lleno de metáforas y buenos deseos, que los candidatos utilizan en sus campañas para conquistar el voto del elector.

Anthony Downs, uno de los autores clásicos del enfoque economicista de la democracia, insistía en que el candidato o partido opositor, que lleva tiempo sin haber ocupado el poder, lleva ventaja discursiva frente a los partidos o candidatos que han ocupado el gobierno, pues es más fácil prometer sin presentar elementos para ser evaluados en la práctica, que quienes, por haber gobernado, abren varios flancos de ataque y crítica.

Pero lo contrario también puede ser cierto; quien ha gobernado por mucho tiempo al menos ofrece elementos de experiencia real, resultados reales de su práctica política, sea ésta más o menos satisfactoria, frente a la incertidumbre de lo que hará quien no ha estado en el poder y por tanto no se sabe bien a bien qué hará. Esto último ha sido justamente una de las razones que explican la terca tendencia de muchos electores para seguir sufragando por el PRI, en lo que ha sido llamado el “voto de continuidad”.

Ahora las cosas estarán bastante más equilibradas; es muy probable que los candidatos de los tres partidos más importantes hayan pasado por la experiencia de gobernar una entidad, al menos durante cierto tiempo, como para que pueda evaluarse su gestión contra el estado de cosas que encontraron al llegar. Bartlett hace una evaluación más que positiva de su propio paso por el gobierno de Puebla, como no cabría esperar otra cosa.

Dice que promovió, con éxito, la justicia social, equilibrando un poco más la distribución del ingreso y las oportunidades; que hubo tasas de crecimiento económico superiores a las registradas antes de su llegada; que dejó su entidad sin deuda, sin desempleo, que las finanzas públicas aprobaron un arbitraje internacional, y que promovió niveles de inversión pública y privada sin antecedentes. Y que el rezago educativo de los poblanos se redujo. También se avanzó en desarrollo político y democracia, según el ex gobernador. “El resultado —dice a la letra— fue entonces muy positivo”.

Hay aquí un campo de exploración académica y periodística para evaluar qué tan cierta es esa percepción de éxito y triunfalismo. Pero también conviene evaluar la opinión de los propios poblanos al respecto, pues la esposa del emperador no sólo debe ser virtuosa, sino también parecerlo. Podría ser el caso, en efecto, de que en términos generales la gestión de Bartlett en Puebla haya sido más bien positiva, considerando algunos de los indicadores pertinentes para hacer esa evaluación. Quizá por ahí no esté el principal punto flaco de Bartlett. Quizá su talón de Aquiles haya que buscarlo en su trayectoria política previa, antes de que ocupara el gobierno de Puebla. O quizá también en ese último cargo haya trapos que el ex gobernador no quiso ventilar; toca a los políticos de oposición, o incluso a sus adversarios dentro del propio PRI, desmentir, si es el caso, el excelente balance que ha hecho Bartlett de su propia gestión en Puebla. Lo importante es insistir en que los resultados de los cargos políticos que han ocupado los distintos precandidatos, debiera ser el principal motivo de debate al considerar sus respectivas aspiraciones presidenciales; mucho más su pasado palpable y cuantificable que su futuro imaginario y retórico. Recordar los lemas de campaña de los últimos presidentes debiera bastar para tenerlo claro como el agua.   n

José Antonio Crespo. Profesor del CIDE. Licenciado en Relaciones Internacionales por el Colegio de México. Maestría en Sociología y Doctorado en Historia por la Universidad Iberoamericana. Su más reciente libro es Fronteras democráticas en México: Retos, peculiaridades y comparaciones (Océano-CIDE).

Jesus Silva -Herzog F De la Tercera Via al Lugar Comun

Jesús Silva-Hérzog F.: De la tercera vía al lugar común

Por Sergio Sarmiento

Jesús Silva-Herzog F. respondió de manera muy breve a las preguntas de Nexos sobre lo que haría en caso de ser presidente de la república. Hay en la misma concisión de las respuestas una evidente reticencia. Al momento de escribir estas reflexiones Silva-Herzog no sólo no es candidato a nada, sino que nadie sabe a ciencia cierta qué partido podría representar en una elección. Aun así hay suficiente sustancia en sus respuestas como para permitir algún comentario.

A la pregunta de cuáles serían sus tres prioridades de gobierno, Silva-Herzog responde: 1) Contribuir a recuperar la confianza y el optimismo del mexicano. Ninguna nación puede avanzar con la mirada baja y puesta en el pasado; necesita mirar para adelante y a los cuatro puntos cardinales. 2) Lograr consensos fundamentales para hacer los cambios que el país requiere. 3) Reconocer, en el proceso de globalización, oportunidades y riesgos. Evitar que sus dictados nos hagan olvidar las necesidades internas, lo nuestro.

A la pregunta de si cambiaría la política económica. Silva- Herzog responde: “El comportamiento mexicano durante los últimos 15 años no ha sido satisfactorio… Es necesario crecer más para atender mejor las necesidades del país. Asimismo, se requiere poner mayor atención a las cuestiones sociales, incluyendo la pésima distribución del ingreso que padecemos. Empleo y educación son las principales armas para atacar este problema. Por otro lado, es necesario redefinir el papel del Estado y del mercado, evitar dogmas y no olvidar un buen consejo: ‘ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbré’ “.

Quizá no pueda pedírsele mayor definición a un hombre que afirma estar jubilado de la política y que vive simplemente de una pensión del Banco de México. Pero hay puntos en estas someras afirmaciones que vale la pena tomar en cuenta y que quizá sean la razón por la cual personajes tan diversos como Carlos Fuentes, Gilberto Rincón Gallardo y Dante Delgado han considerado en algún momento u otro a Silva-Herzog como posible candidato a la Presidencia de la República.

Silva-Herzog, sin duda, tiene razón cuando apunta que México sufre una crisis de liderazgo y que el país tiene que avanzar con la mirada dirigida hacia adelante y hacia los cuatro puntos cardinales. Esto último es importante, ya que significa que no se deben rechazar soluciones ni de la izquierda ni de la derecha.

La búsqueda de consensos, sin duda, es una exigencia de muchos grupos políticos en estos tiempos de cambio. Pero el propio Silva-Herzog sabe, de su experiencia cuando desempeñó el cargo de secretario de Hacienda, que hay momentos en que los consensos impiden el liderazgo y la definición de rumbo que él mismo considera necesarios. Un país que busca siempre el consenso para avanzar, es un país condenado a vivir en la parálisis.

A Silva-Herzog le tocó impulsar los primeros escarceos de México con la apertura económica y comercial, pero dejó la Secretaría de Hacienda antes de que el proceso adquiriera fuerza. Su renuncia no fue una protesta ante el proceso de apertura, sino ante la falta de confianza que le manifestaba el entonces presidente Miguel de la Madrid.

Hoy el ex secretario de Hacienda apunta que no debemos ver la globalización como algo intrínsecamente bueno o malo. Hay en ella, dice, “oportunidades y riesgos”. Esta actitud es sensata y coincide con su advertencia final: “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”.

Sin embargo, Silva-Herzog apunta que México ha sufrido un comportamiento insatisfactorio de su economía en los últimos 15 años y que el país está agobiado por una pésima distribución del ingreso. Las soluciones, dice, se encuentran en la creación de empleos y en el fomento de la educación.

Pero esta afirmación es casi un lugar común. Todos sabemos que la creación de empleos y la promoción de la educación reditúan en una mayor prosperidad y en una mejor distribución de la riqueza. El problema no es ése sino saber cómo generar estos empleos y ampliar la educación en un momento en que el Estado enfrenta una creciente carencia de recursos.

Para esto Jesús Silva-Herzog F. no ofrece propuestas concretas en su escrito a Nexos. Bien puede argumentarse que un hombre que no se ha postulado como candidato a la Presidencia de la República, y que afirma estar jubilado de la política, no tiene por qué dar soluciones a los problemas que ni los políticos más importantes del país pueden resolver. Pero el hecho es que Silva-Herzog puede convertirse en el “cuarto candidato” del 2000: un candidato que podría representar los intereses de los millones de mexicanos que no se identifican con ninguno de los tres principales partidos políticos del país. Su llamado a la desdogmatización de temas como la globalización, su búsqueda de un punto medio, de una tercera vía, es razonable para muchos de estos millones de mexicanos. Pero por eso mismo resulta frustrante su falta de definición o su recurso a lugares comunes que poco ayudan a establecer el nuevo rumbo que tanto necesita nuestro país.   n

Sergio Sarmiento. Periodista. Colaborador del diario Reforma y conductor del programa La entrevista con Sarmiento de TV Azteca.

Dos Poemas de Eliseo Diego

Cabos sueltos

Dos poemas de Eliseo Diego

Por Josefina de Diego

Acaban de cumplirse cincuenta años de la aparición del libro En la Calzada de Jesús del Monte del poeta cubano Eliseo Diego. Para celebrarlo, ofrecemos un texto de Josefina de Diego y otro del mismo Eliseo  Diego que ella encontró entre sus papeles. Ofrecemos también dos poemas excluidos de En la Calzada de Jesús del Monte. Las razones están en ambos textos.

Calzada, reino, sueño mío…

El 5 de enero de 1949 mi padre tenía veintiocho años y seis meses. Ese día recogía en la imprenta de Ucar García S. A., en La Habana, los ejemplares de su primer libro de poemas, En la Calzada de Jesús del Monte. Lo había terminado de escribir dos años antes y, por alguna curiosa razón, quiso que así apareciera registrado. Las dos fechas (la de impresión y la de “Terminado en 1947″), con el paso del tiempo, se convirtieron en un dolor de cabeza para los bibliotecarios al no ajustarse a sus estrictas (pero tan necesarias) reglas de clasificación y catalogación.

Según explicó en muchas ocasiones, comenzó a escribir los poemas que aparecerían en su Calzada cuando tenía unos veinticuatro años, o sea, en 1944. Para entonces, ya había publicado En las oscuras manos del olvido (1942), su primer libro y, posiblemente, alternaba la escritura de sus poemas con los cuentos que formarían parte de su segundo libro, Divertimentos, editado en 1946.

Qué joven tan extraño debe haber sido mi padre a quien, entre los veinticuatro y los veintisiete años, rondaban versos tan tremendos:

Voy a nombrar las cosas, los sonoros  altos que ven el festejar del viento, los portales profundos, las mamparas

cerradas a la sombra y al silencio. O estos otros: Y las campanas, jueces de voz terriblemente bella que nombran en el bronce la estatura de la tierra

donde tus huesos crujen, calle, con la promesa enorme de mi muerte.

Siempre me ha sobrecogido el misterio de sus Divertimentos. La contenida precisión y transparencia de esa prosa, escrita cuando contaba sólo veinticinco años resulta, con perdón de papá, aterradora. Las ineludibles viejecitas, su Excelencia aguardando la hora y el perro que habla, el señor que despierta transformado en zurdo: imágenes, todas, de lo irreal, de la pesadilla, del espanto.

Pero cuando mamá me cuenta de su noviazgo con papá sus ojos se le iluminan. Es cierto que sus nervios lo traicionaron y que. desde muy joven, sufrió profundas depresiones, pero los ojos de mamá, cuando se iluminan, no reflejan tristeza, ni miedo. Lo recuerda alegre, juguetón, “un gran ciclista”. Entonces me tranquilizo y pienso que, quizás, así son los poetas. Ven lo que no podemos ver y nos lo cuentan, tratando de no asustarnos demasiado. Hace cinco años que se fue, que entró, a través de su espejo, en esa eternidad en la que. seguramente, nos espera feliz, lleno de cuentos y de poemas, allá en su Reino. n

ROSTRO DE LA COCINERA

POR ELISEO DIEGO

Los pliegues espesos de la sombra uno tras otro en el fogón descienden atados con hilos de fanática llama.

Vuelve la cara contra el poniente rojo de los álamos absorta en el frío furor de su roca y el piadoso aroma de la madera y de los alimentos.

La obstinación de su vida en esta tarde sobrepasa el aroma que dan la cebolla y el aceite para ungir su pelo roto en la demencia de la ceniza.

Inmóvil entre brutales cacharros acepta el homenaje que le ofrecen las cosas en el húmedo silencio de esta tarde.

No son sus arrugas una escritura sacra ni se resigna el derriscadero de su aliento al esplendor de unos símbolos,

pero en su anónimo rostro se rompe la magnífica marea del año.

LAS ESTAMPAS

POR ELISEO DIEGO

Sí, la nostalgia está naciendo en el poniente de las viejas estampas amarillas. Escucha: la brisa entre las hojas del eucalipto ardiente se despide, y la penumbra en el espejo es mucha.

La visión de la tarde caduca, del ciprés mal hecho, del camino junto a los templos rotos —y la joven que se hunde, morada, en el revés, del mundo, mientras huyen los pájaros remotos—, en la estancia que asombra la picuala, nos hiere con un vago estupor. Otro imposible, ciego rincón de flores que una violenta luz prefiere, salta en la porcelana, devora como fuego y se apaga de pronto con las nubes. ¿Quién mira, desde qué sitio, los silenciosos paisajes donde, abolido, el tiempo llueve su inmóvil ira? Su nostalgia, llegándonos desde el pino salvaje, nos va helando también los graves ornamentos del reloj y de las sillas. Pero la estampa triste de París en otoño, su casto movimiento, como la dicha pobre, convence al fin, persiste.

La noticia de la temporada

La noticia de la temporada

Al escribir estas líneas el equipo mexicano acaba de clasificarse a la siguiente ronda del Mundial Sub-20 que se juega (abril de 99) en Nigeria. Quién sabe cuál será la suerte que siga corriendo este equipo. Algunos lo hacemos ya campeón del mundo, si no pierde antes en penalties o en tiempo de compensación por una chambonada —o un “descuido im-per-do-na-ble” como dicen los expertos— en el área propia. Veremos. Pero eso no importa tanto, quizá, como esta noticia: se trata del futbolista Rafael Márquez, defensa central de esta selección (también debutó ya en la selección “mayor”) y del club Atlas de Guadalajara. Márquez es un jugador que barre y limpia la zona como último hombre, recupera cuatro de cada cinco balones que disputa y los pasa con sencillez y soltura —”sale jugando” y ordena el juego—; cabecea con fuerza y precisión a la defensa y al ataque, es hábil en el mano a mano tanto a la defensa como al ataque; es perfecto al trazar diagonales largas y práctico cuando se requiere un pase en corto; desprende con rapidez y va al frente con elegancia. Además, anota goles en tiros de castigo, colocados o con potencia. Esta es la noticia, entonces: en la figura de Rafael Márquez, México tiene por fin —y no sólo para este mundial— a su Josep Guardiola, el finísimo y eficiente defensa central del Barcelona que tanta falta le hizo a la selección española en el Mundial de Francia, al grado de que ese equipo volvió a ser la incompetente “furia roja” de los tiempos previos a Butragueño y Michel, porque no había un Guardiola que desde abajo les dijera, con el balón, que esto no se trataba de furia sino de furbo. O bien, si no queremos ir más allá para no echarle la sal, saludemos al menos en Rafael Márquez al defensa central más fino que haya dado México desde el Campeón Hernández —también surgido, hace muchos y casuales ayeres, del Atlas.

—Johannes Burgos

Aquellos Años

Aquellos años

Por Rolando Cordera Campos

Entre 1970 y 1976, escribe Rolando Cordera, la Presidencia mexicana mostró su impericia ante los retos políticos y económicos. Por un lado, contuvo el pluralismo ciudadano y, por otro, fue rebasado por las nuevas realidades financieras. Frente a maneras inéditas de hacer política, “no hubo ni respuesta ni propuesta. Sólo evasivas y discursos”.

En su escueta respuesta a la pregunta de Nexos sobre lo que ha cambiado desde que dejó la Presidencia, el ex presidente Echeverría destaca la evolución política del país y dentro de ésta el pluralismo expresado en los partidos. Habría que agregar que esta evolución indudable fue contenida insistentemente durante su gobierno y, en los hechos, negada como una necesidad nacional y un reclamo creciente de los mexicanos.

Ambas, contención y negación, probablemente sirvan para explicar la tortuosidad de la reforma política posterior, así como la insuficiente maduración que hoy caracteriza a los partidos y la clase política que ha emergido al calor de aquella evolución. No se trata sólo de una oposición que no acierta a asumirse como necesaria corresponsable de la cosa pública, sino de los núcleos gobernantes del Estado, incapaces de comportarse en sociedad y de hacer política de Estado cuando en la sociedad y la política lo que marca el ritmo es una pluralidad de intereses y visiones que hace imposible e indeseable pensar a la ciudadanía como un atributo y un ejercicio depositados en un sujeto único, “el pueblo”, y con un intérprete indiscutible, el Estado.

En vez de la reforma política que había que iniciar entonces de manera urgente, se tuvo la “guerra sucia” y una irracional autonomización de los cuerpos de seguridad del Estado, un sacrificio inútil de jóvenes, la ghettoización de muchas universidades. En la UNAM, el vergonzoso affaire de Falcón y Castro Bustos, cuya duración impune no se explica sin la complicidad del gobierno. Quién o quiénes y por qué, son todavía hoy preguntas sin respuesta.

En lo político, en fin, puede decirse que en aquellos años no se aborda de manera responsable y congruente, por parte del gobierno, el acontecimiento político fundamental de la época, el 68 y su desenlace violento y criminal. La absurda secuela del 68, resumida en el 10 de junio de 1971 y la guerrilla urbana juvenil que le siguió, fueron enfrentados con la fuerza y la ilegalidad. La “apertura” propuesta no tiene cauces para desplegarse y es una y otra vez desviada, suspendida, detenida: Excélsior, las prohibiciones policiacas a la manifestación callejera en la capital de la República, el trato amenazante y represivo a la Tendencia Democrática, la connivencia con el charrismo sindical y su máximo exponente Fidel Velázquez. Más que incorporación racional de los nuevos actores que emergían y hacían presencia, se prefirió la cooptación.

En suma: por la vía de la expansión cada día menos controlada del gasto público y de la retórica presidencial, se buscó responder a una demanda histórica que era esencialmente política. Lo que el 68 puso en cuestión fue la forma de gobernar, los usos y los abusos de la fuerza del Estado, así como la imposibilidad de que el “partido casi único” articulara una pluralidad social ascendente y en busca de una nueva afirmación de la ciudadanía, la mayoría de edad y, por consiguiente, una nueva manera de hacer y entender la política.

Frente a todo esto no hubo ni respuesta ni propuesta. Sólo evasivas y discursos. Fugas hacia adelante, y un tercermundismo y un nacionalismo cupulares que las cúpulas, por lo visto, no compartieron por mucho tiempo.

Los empresarios nacionalistas que buscaba el Presidente, pronto prefirieron formar filas en la nueva iniciativa hegemónica de los empresarios: el Consejo Coordinador Empresarial formado en aquel tiempo.

Se atribuye a Echeverría una gestión económica desaforada que llevó a un estatismo incontenido e incontrolable. La expansión del gasto público y la falta de un sustento fiscal adecuado son, en efecto, argumentos prima facie en ese sentido: una administración económica sin visión ni método. Sin embargo, la tan traída y llevada “estatalización” de la sociedad fue en realidad ilusoria o, en todo caso, efímera. Lo que no fue ilusorio ni efímero fue el endeudamiento externo explosivo y la renuencia presidencial a siquiera replantear el grave problema fiscal, que México ya encaraba y hoy se ha vuelto un hoyo negro. Más que transición económica hubo un crecimiento “por adición” que tenía pies de barro: en el financiamiento, en la organización y conducción de la empresa pública, en la estructura estatal que habría de sustentar la gestión pública de la economía.

“La política económica se hace en Los Pinos”, dijo el presidente Echeverría alguna vez, pero este dicho bravero más bien anunció el principio del fin del “presidencialismo económico” que caracterizó a los gobiernos postrevolucionarios, de Cárdenas hasta Díaz Ordaz. Todo en la Presidencia significó poco, cada vez menos, en la relación con, y la coordinaciónde, los actores fundamentales de la economía. El tripartismo desplegado por el gobierno echeverrista fue sobre todo un simulacro y un escenario para que el Presidente hablase y los representantes sectoriales recitasen lo que previamente les había sido propuesto, o de plano escrito, por técnicos y funcionarios del propio gobierno. Y la planeación, a cargo de algunos de los “mejores y los más brillantes” trasladados de Banxico a Palacio Nacional, se desvaneció abrumada por un presidencialismo “apaga fuegos”.

Los primeros sustos de la globalización, que en efecto “no se percibía en el mundo en la magnitud de su actual expansión”, fueron encarados con una alianza imprecisa con el Tercer Mundo, pero las realidades duras de la economía internacional y nuestra situación fronteriza fueron soslayadas y, más que abordadas, pospuestas. Se avanzó poco y casi siempre con cargo a un fisco agobiado y endeble, en la revisión y reestructuración de varios aspectos centrales de la estrategia de desarrollo anterior, que habían sido planteadas una y otra vez en la campaña y en el arranque del nuevo gobierno.

Las exportaciones, cuya promoción se reconocía como un tema decisivo, fueron promovidas con subsidios y la sustitución de importaciones prácticamente se estancó. El resultado fue un déficit comercial en ascenso incontenible que se tapa con la deuda. Como éste no es un camino que pueda alargarse a voluntad, se inicia la fase del “pare y siga” en la política económica, lo que no impide que se entre también a la corrosiva época de la inflación y las grandes devaluaciones.

México entró con el presidente Echeverría a la fase final de los “grandes extremos”. A un alto costo, pudo mantener la paz social y el crecimiento económico, pero no asimiló las lecciones inmediatas de la historia ni reflexionó lo suficiente sobre esa historia larga cuyo estudio recomienda.

Se obstinó en cambiar para mantener las cosas de la política como estaban, en un flaco homenaje a Lampedusa, pero sólo postergó un inevitable encuentro con la verdad que sus sucesores hubieron de hacer de prisa y no demasiado bien. Entre su gobierno y el actual todo ha mutado pero no necesariamente para mejorar. Después de los ajustes, las crisis, el estancamiento, y la improductividad democrática de la hora, habrá que ver quién se atreve a nombrar de nuevo aquellos años como la “docena trágica”.  n

Rolando Cordera Campos. Economista. Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. Es director de Nexos TV.

Manuel Camacho: Banderas intercambiables

Manuel Camacho: Banderas intercambiables

Por Alberto Begné

Manuel Camacho, no cabe duda, es un político hábil, dotado de un agudo sentido de la oportunidad y una extraordinaria capacidad de adaptación a las variables circunstancias de la política. Son cualidades importantes en un político. Ello explica la sobrevivencia de Camacho después de los turbulentos y, finalmente, confusos y sombríos meses que siguieron a la designación de Luis Donaldo Colosio como candidato presidencial del PRI, hasta su asesinato el 23 de marzo de 1994. La ambigüedad de Carlos Salinas frente a la candidatura de Colosio, así como el protagonismo y las ambiciones de Manuel Camacho a raíz de su designación como Comisionado para la Paz en Chiapas llegaron a su fin irremediablemente con el crimen de Lomas Taurinas. Camacho, incluso, declaró que esas balas también se habían cruzado fatalmente en su carrera política.

Para recobrar un espacio y trazarse un horizonte, Manuel Camacho debió echar mano de toda su habilidad y su instinto de sobrevivencia política. Y lo logró. El problema, sin embargo, como ocurre con cualquier exceso, es que llevó esas cualidades al extremo de su distorsión. Ambiguo, mimético, polifacético, su descomedida capacidad de adaptación a las circunstancias acabó por desdibujar su propio rostro, su propia identidad. Su fascinación por la idea del centro político es más que elocuente en este sentido.

En sus respuestas a las preguntas formuladas por Nexos en relación con las que serían sus prioridades de gobierno y su política económica, veo una vez más al político ambiguo que hace de la idea del centro el todo y la nada. Expresa intenciones a las que casi nadie podría oponerse: aumentar la productividad, diversificar regionalmente el desarrollo e incluir a los sectores más depauperados; contar con un Estado eficaz y dotarlo de un servicio civil de carrera crecientemente calificado; reformar el marco normativo e institucional para tener un sistema financiero sólido y un mejor sistema fiscal; aprovechar las ventajas comparativas de México para desarrollar su potencial industrial y energético; contar con un programa educativo y de salud de largo plazo; atender al campo, orientando hacia él inversión pública, créditos seguros, fomentando el empleo e impulsando políticas sociales más ambiciosas. Pero no precisa el cómo ni se hace cargo de la exigencia de dotar de congruencia al conjunto de las propuestas, no sólo entre sí mismas sino también respecto al contexto en el que se inscriben.

Se podrá argumentar, con justa razón, que en un espacio tan reducido es muy difícil precisar y armonizar. Pero, por ejemplo, cuando alude al sistema fiscal, tema clave y condición previa para el debate sobre la política de gasto, en concreto sobre la política social, Camacho únicamente señala la necesidad de contar con uno mejor. ¿Acaso no es posible precisar en dos líneas si con ese fin su política se orientaría hacia la ampliación de la base fiscal o hacia el incremento de las tasas, o bien hacia la acentuación de los gravámenes al ingreso más que al consumo o a la inversa? Respecto al campo incurre en las mismas omisiones: durante el gobierno salinista, del que Camacho formó parte, el régimen agrario cambió radicalmente. Esa fue, entre otras dos o tres, una de las decisiones más importantes de la administración anterior con la cual se buscaba dejar atrás las tradicionales fórmulas paternalistas y clientelares usadas por el régimen postrevolucionario en su relación con los campesinos, incentivar la inversión privada y el desarrollo agroindustrial a través de la seguridad jurídica en la tenencia de la tierra, y ofrecer una alternativa frente a los límites evidentes del reparto agrario y sus altos costos sociales y productivos. Se puede estar o no de acuerdo con esa reforma. Camacho no nos lo dice. ¿No cabría fijar una posición al respecto o puntualizar en tres líneas los términos de la relación entre dicho proceso de cambio y sus propuestas para la atención del campo?

No tengo dudas sobre la capacidad de Camacho para responder ponder a estas cuestiones básicas y a otras más que la lectura de su texto sugiere. Creo, más bien, que no quiere responder, pues hacerlo significaría perder la flexibilidad y la movilidad que le permite la ambigüedad. Las definiciones puntuales parecen ser kriptonita pura para la construcción de lo que Camacho ha denominado el centro político. Lo malo es que su vocación por estar bien con todos —salvo, por supuesto, con el régimen del que se alejó luego de no obtener la candidatura presidencial en 1993— se revierte en contra de su incuestionable capacidad e impide saber lo que propone al país. Mientras Manuel Camacho siga obstinado en navegar por las aguas de los revueltos mares de la política mexicana de final de siglo con banderas intercambiables, será muy difícil conocer su verdadera identidad. Al menos para mí lo es, si bien reconozco la posibilidad de que en este tiempo sin memoria y en este lugar de las oportunidades, muy probablemente el equivocado sea yo. n

Alberto Begné. Consultor privado. Licenciado en Derecho por la UNAM. Maestro en Relaciones Internacionales por el Instituto Universitario Ortega y Gasset. Profesor en el CIDE y en el ITAM. Ganador del Certamen de ensayo político Carlos Pereyra en 1996. Es coautor de los libros Sistemas políticos, partidos y elecciones. Estudios Comparados y Elecciones, diálogo y reforma. México 1994.

La novedad de los rusos

Hay que agradecer la diligencia con que Antonio Saborit y Rina Ortiz Peralta nos han traducido, en versiones de claro y buen castellano, algunos ensayos de Dimitri Sviatopolk-Mirski (1890-1939), el excelente autor ruso que todavía suena a novedad en París y en Nueva York, aunque desde los años veinte fuese muy estimado por autores como Maurice Baring y, posteriormente, Edmund Wilson.

Seguramente uno de los rasgos principales de la literatura mundial del nuevo siglo será el descubrimiento de la literatura rusa, tanto la escrita en el exilio como dentro de la antigua Unión Soviética.

Los lectores occidentales —y nosotros, mexicanos, como occidentales de segunda o tercera fila, reclicladores de apresuradas, descuidadas, viejísimas traducciones españolas o argentinas— nos hemos detenido en un una estampa pintoresca de la literatura rusa: las tormentas de Gógol y Dostoyevski, la monumentalidad polifónica de Tólstoi, la perfección en tono menor de Turguéniev y Chéjov; y los velos de propaganda o antipropaganda que han borroneado nuestra visión de Gorki o de Mándelstam; de Shólojov o Pásternak y Solzhenitsyn.

Cuando redescubramos —volvamos a traducir— a esos autores conocidos entre nosotros, y nos enteremos de la muchedumbre que nos sigue siendo oscura, algo cambiará en nuestro concepto de toda la literatura moderna.

La gran literatura rusa ha compartido una maldición con las hispánicas: sólo adquiere universalidad a través de interpretaciones y versiones inglesas, francesas o alemanas. Lo no traducido con alguna fortuna, lo no interpretado con cierta etiqueta feliz a la manera de esas metrópolis culturales, carece de relevancia y hasta de existencia para la cultura occidental.

Durante siglos se ha pedido a España exclusivamente cides, quijotes y calderones, como en este siglo hemos solicitado a Rusia puros dostoyevskis, tólstois y chéjovs; ni siquiera Pound, aunque se esforzara, llegó a sospechar el timbre de Quevedo y de Góngora, mucho menos el aspecto alegre e íntimo de Lope de Vega, tan llano. Resulta toda una curiosidad un autor europeo o norteamericano que de veras sepa algo de Galdós, Clarín, Martí o Rubén Darío.

Algún día los hispanoamericanos escribiremos un ensayo sobre nuestros grandes autores incomprendidos por el resto de las naciones, como el admirable de Mirski sobre Pushkin, en el que estudia su diferencia radical con respecto a los modelos internacionales. Un poeta romántico de la escuela de Pope y de Voltaire; un lírico sin metáforas; un apasionado bastante racionalista; un Lord Byron que remite, si no a las más profundas raíces del “alma rusa”, como tantas veces se ha dicho y Mirski desmiente, sí a la más concentrada atmósfera de la cultura rusa de la Ilustración, tan madura y fuerte (a pesar de su autoritaria y reciente occidentalización), que produjo su irrepetible Pushkin como la alemana dio a Goethe, la inglesa a Pope, o la francesa a Voltaire, y con sus propias contradicciones internas.

Una de las cuales, si no la mayor, fue el don absoluto de la lengua. Un ruso raigal, pero diferente del de cualquier otro autor de Rusia. Aunque cambien con los tiempos muchos aspectos de la sintaxis, el léxico, las ideas y valores de una lengua, su conjunto permanece vigoroso: pienso en la poesía más llana (y también en la más elaborada) de Lope de Vega, Quevedo y Góngora, igualmente difíciles de traducir y de ser comprendidas con justicia en otras lenguas.

Incluso dentro del propio contexto hispánico, resulta arduo a un no-mexicano compartir nuestra vasta admiración por Díaz Mirón, López Velarde y Carlos Pellicer. ¿Por qué Rulfo y Paz sí, y Vasconcelos, Guzmán o Villaurrutia no gozan de gran estimación extranjera?

Se diría que hay obras fatal y prodigiosamente plantadas en su tierra o cultura natales, y responden tan plenamente a ellas, que en otras latitudes parecen bajar la voz o desvanecer sus contornos. Hay que sumergirse en la lengua, en la historia y en la cultura del país para poder escucharla.

A los mexicanos también nos ocurre con la poesía gauchesca y con ciertos autores españoles, como Baroja: no les negamos admiración, pero distante e infrecuente; nos pasaría otro tanto con la literatura brasileña, si la conociéramos más allá de tal o cual autor de moda (de repente todo era Jorge Amado; ahora, Rubem Fonseca).

Es una lata esto de andarnos metiendo en el Lecho de Procusto —el Custo de Prolecho— de las definiciones metropolitanas. ¿Definiríamos a López Velarde como un Baudelaire de cofradía jerezana, un Laforgue con impresionismos belgas, un cancionero de cabaret con cosmos claudelianos y provincianismos de Francis Jammes, un Lugones con ternuras de Nervo y bromas mundanas de Tablada? ¿A Pellicer como un Neruda que también canta a carcajadas, y arroja formas y colores fauvistes, abraham-angelinos o tamayescos, en los panoramas clásicos de Velasco?

Mirski se toma el trabajo de definir en términos occidentales la antigua y la nueva literatura rusa, imparcialmente, tratando con rigor y curiosidad semejantes a los soviéticos y a los emigrados. Siempre “fracasa”. “Fracasa” brillantemente, considerando las anfractuosidades y picos de su tarea. Se enfrenta a radicales exigencias metafóricas y narrativas para comentar un libro, un autor, una corriente. Se le lee con asombro no sólo intelectual, sino verbal, poético, narrativo: valen también como verdaderos poemas y narraciones sus comentarios de libros y películas (Eisenstein).

¿Cómo definir a Esenin, a Bábel, a Mayakowski, a Pásternak y que lo entienda un inglés? (¿Cómo definir cualquier cosa no-británica y que la entienda un inglés?) Trata de darnos una idea de la poetisa Marina Tsvietáieva: “Una mezcla del verbo explosivo y vital de Rabelais con el ingenio verbal igualmente irrefrenable y claro de Pope, y la felicidad y variedad métrica de Browning al servicio de una mente que es en parte una estudiante con el culto al héroe, en parte una segura constructora de pináculos con la ligereza de la torre Eiffel”. ¿Será más fácil entender esto que aprender ruso?

Nos avanza, sin embargo, el camino: existe una fuente alterna, diversa, de literatura contemporánea de la que no tenemos ni idea. Supongo que un lector francés que se asome a los ensayos de Octavio Paz sobre Rubén Darío o López Velarde también, abrumado de contrastes y conjeturas, sentirá estar delirando.

Caemos en Pero Grullo: es necesario conocer mucha literatura rusa para entender, así sea en traducciones, algo verdadero de un autor ruso profundo; de otra manera comprenderemos sólo equivalencias desenfocadas con respecto a los autores metropolitanos canónicos: v. gr. Anna Karénina como una especie desaforada de Madame Bovary. Ello también ocurre, desde luego, con otras grandes literaturas del mundo, como las hispánicas, las eslavas, las árabes…

A diferencia de tantos críticos, Mirski no establece cánones, cartabones ni tablas sencillas de equivalencias: acentúa la multiplicidad de las literaturas, la riqueza variada y contrastante de la expresión rusa. No hay “globalidad” sino pluralidad en literatura.

Y mucho menos en la rusa, donde las viejas culturas autóctonas (como la eslava) siguen compitiendo con la todavía reciente (apenas desde el siglo XVIII, y un tanto forzada) cultura europeizada por decreto. San Petersburgo no deja de competir internamente con todo lo que no es San Petersburgo.

Dice Mirski de la misma poetisa: “Pero su poesía, sobre todo su obra más reciente es, claro, una confirmación más, y acaso la definitiva, de la revuelta del elemento ruso contra el occidental. Esto es particularmente cierto en relación con el lenguaje. Se trata del primer intento (inconsciente) verdaderamente exitoso por emancipar al lenguaje de la poesía rusa de la tiranía de la sintaxis griega, latina y francesa…”

Aunque de inmediato se contradice. Mirski está harto de la “excentricidad rusa”, del “alma rusa”. Exige para la cultura de su patria la misma universalidad que se arrogan las metrópolis. Ya basta del exotismo: ¿Qué diablos es el “alma rusa”, se pregunta a propósito de los personajes de Tólstoi, si no una mayor y más numerosa supervivencia de formas de vida precapitalistas? Los campesinos rusos simplemente conservan más pasado que los franceses o alemanes, tienen el pie más metido en siglos anteriores, pero su espíritu, su mentalidad y sus historias siguen siendo profundamente universales. Y su tan traída y llevada espiritualidad y hasta santidad: el pathos religioso, que tanto se admira en Dostoyevski o en Tólstoi, ¿de veras resulta tan exclusivo de Rusia, no hay místicos y “locos de Dios” en todas partes?

Mirski se hunde en una fresca —y para ojos occidentales, asombrosa— discusión a fondo sobre Dostoyevski, Chéjov, Bábel, Tólstoi. Una discusión desde las raíces, aunque con herramientas en su momento (sobre todo los años veinte) modernísimas, y ahora menos estimadas, como las perspectivas freudianas y marxistas. Que en él siguen funcionando. Las grandes virtudes o estorbos de la crítica no residen en los métodos, sino en el propio crítico: Mirski sale avante en el maridaje de Freud y Marx para explicarse la literatura, como en otro sentido Edmund Wilson, incluso décadas después de que esas teorías hayan perdido prestigio académico, de la misma manera que podemos leer las ideas poéticas de San Juan de la Cruz sin aceptar su teología, o las históricas y literarias de Sainte-Beuve, Renan, Taine, sin contraer necesariamente el positivismo.

Antonio Saborit recuerda que Maurice Baring presentó a Mirski con Cyril Connolly, a fines de los años veinte, como “el más crítico de los críticos”. También fue uno de los ensayistas más creativos, y de lectura más sólida, estimulante y placentera, de la primera mitad del siglo.

 

Fuentes: Dimitri Sviatopolk-Mirski: Algunas observaciones sobre Tólstoi, Prólogo de Antonio Saborit. Tr. de A. S. y Rina Ortiz Peralta. México. Breve Fondo Editorial. 1998.

 

José Joaquín Blanco.
Escritor. Su más reciente libro es Pastor y ninfa. Ensayos de literatura moderna (Cal y arena).

Dilemas del pasado presente

Dilemas del pasado presente

Por Héctor Aguilar Camín

La presidencia de José López Portillo, escribe Héctor Aguilar Camín en estas páginas, “llevó al límite las debilidades de los gobiernos de la Revolución mexicana. López Portillo ensayó afondo, hasta el agotamiento, las fórmulas del estatismo, la economía mixta y el sector paraestatal. Estiró hasta la ruptura los secretos financieros de los regímenes de la Revolución”.

“No califico, consigno”, dice el expresidente José López Portillo al mirar los cambios de la presidencia desde que él la dejó en 1982. Pueden percibirse en su tono inconformidad y nostalgia: un mal sabor de boca por esos cambios que traen “mengua de la Revolución mexicana” y de la soberanía del Estado nacional. (“Presidencialismo a la mexicana”, Nexos 256, abril 1999).

López Portillo ve pérdidas en tres órdenes centrales del presidencialismo: la nominación del candidato del PRI, la organización de las clases sociales en una sociedad desestructurada y la conducción de la lucha de clases mediante el partido oficial hegemónico. El presidente ha tomado distancia del partido, nos dice López Portillo, y el partido ha dejado de ser hegemónico. En consecuencia, el acuerdo de conducción política nacional que llamamos presidencialismo, “un sistema político histórico, no un régimen jurídico”, dejó de ser el eje que fue.

El veredicto interno es de presidencialismo disminuido en lo esencial. El veredicto externo es también adverso. “Los organismos internacionales que administran y operan el capitalismo”, dice López Portillo, “reprimieron implícitamente a la Revolución mexicana y sus concepciones como ideología nacional. Y dejó de hablarse de la Revolución”. A resultas de ello, “hay un olvido del estatismo y de la economía mixta. Hay un cambio en la concepción del sector paraestatal. Hay la privatización de la economía”.

Pocos presidentes habrán contribuido tanto a este proceso como José López Portillo. Su presidencia llevó al límite las debilidades de los gobiernos de la Revolución mexicana. López Portillo ensayó a fondo, hasta el agotamiento, las fórmulas del estatismo, la economía mixta y el sector paraestatal. Estiró hasta la ruptura los secretos financieros de los regímenes de la Revolución. El gasto público terminó en un déficit fiscal equivalente a 16 puntos del PIB. La deuda externa pasó de 19,000 a 80,000 millones de dólares entre 1976 y 1982. La quiebra de aquel modelo de desarrollo estatista, orientado hacia adentro, y de la estabilidad política de régimen presidencial con partido hegemónico, se gestó durante el gobierno de José López Portillo. Los que le siguieron cosecharon la crisis y el desprestigio de los instrumentos de política económica que la produjeron. Aun si hubieran querido, no habrían podido insistir en aplicarlos.

A partir de 1982 fueron insostenibles los supuestos económicos y políticos de los gobiernos presidencialistas de México. La erosión del régimen y sus pobres resultados públicos erosionaron también al partido oficial, cuya declinación sostenida data de entonces, en gran parte gracias a la reforma política que el propio López Portillo legisló.

Los hechos externos y la presión internacional también fueron decisivos en el tránsito. Durante los años setenta y los ochenta el mundo vivió una revolución técnica, productiva y comercial. En 1989, la rendición del bloque socialista definió el triunfo mundial de las fuerzas de la democracia occidental y las economías de mercado. Pero si algo forzó en México el cambio de rumbo hacia la apertura democrática y las leyes del mercado, fue la crisis interna heredada por la sobreutilización de los instrumentos de gobierno que el expresidente López Portillo identifica con la Revolución mexicana: estatismo, paraestatales, deuda y gasto público infinanciables, subsidios y dispendios no sujetos a control ni a discusión públicas.

Siendo presidente, José López Portillo reunió dos condiciones necesarias para ser linchado como expresidente: 1) suscitó grandes esperanzas públicas, 2) devaluó la moneda. Fue el favorito de la tribu y luego su víctima propiciatoria. La abundancia que prometió terminó en empobrecimiento. La ira pública lo acusó de corrupción. Durante años pudo leerse y oírse en los medios que se había llevado el dinero de la deuda externa y que su fortuna personal ascendía a 5,000 millones de dólares. El tiempo ha demostrado la gratuidad de esos cargos, pero no ha disipado el veredicto. Se ha dado por resuelta así una discusión nacional pendiente: los orígenes de la crisis de 1982, la crisis de un modelo de desarrollo y de una batería de políticas públicas fincadas en la centralidad económica del Estado.

No fue una crisis atribuible a la corrupción, aunque la corrupción fuera parte del guiso. Fue una crisis de instrumentos y políticas públicas expansionistas, redistributivas, estatistas, llevadas al extremo, hasta producir justamente lo contrario de lo que perseguían. El expresidente López Portillo parece sugerir que el origen de los cambios de esas políticas a partir de 1982 está en la presión internacional y en el olvido de los nuevos gobernantes de las viejas recetas probadas, en la “mengua”de la Revolución y la indiferencia o la impotencia de los presidentes posteriores ante la pérdida de soberanía. Su punto de vista expresa algo más que una convicción personal. Es lo que empiezan a creer y a sentir muchos mexicanos. A saber: hubo unas políticas públicas que funcionaron en el pasado y en ellas hay una respuesta al fracaso o los pobres resultados de las actuales.

Vuelve a ser necesaria la discusión retrospectiva de las debilidades de las políticas que recuerda López Portillo: estatismo, paraestatales, economía mixta, subsidios. Los pobres resultados de las políticas de liberalización económica puestas en práctica desde 1982 —privatizaciones, recorte de subsidios, apertura de la economía— ayudan a olvidar, incluso a los propios actores, que esas nuevas políticas fueron respuesta a la quiebra producida por las antiguas. Las políticas de liberalización necesitan seguramente ajustes de todo tipo, pero su corrección no puede buscarse en las políticas de la Revolución que produjeron ya su propia quiebra, la quiebra de la que en muchos sentidos seguimos siendo prisioneros y deudores.

Quisiera invitar al expresidente López Portillo a una conversación abierta en estas páginas sobre lo que falló en aquellas políticas y lo que no debe intentarse de nuevo, de modo que podamos mirar de frente las debilidades de nuestro pasado para no tratar de ofrecerlas como solución a las urgencias de nuestro inminente futuro.  n

Héctor Aguilar Camín. Escritor. Su más reciente libro es Un soplo en el río.

Vivir con la banca

Vivir con la banca

Por Aníbal Gutiérrez

La LXII Convención Nacional Bancaria volvió a congregar a las autoridades financieras, banqueros, especialistas y cúpula empresarial en este foro de balance y análisis de las perspectivas del sistema bancario. En esta ocasión destacaron tres grandes temas; el primero fue mencionado por el presidente Ernesto Zedillo y tiene que ver con la necesidad de entender las modificaciones que está sufriendo el sistema bancario internacional, esto es, las megafusiones, la capacidad de prevención y respuesta a las crisis financieras y, en general, la capacidad que buscan obtener las grandes instituciones bancarias para estar presentes en varios frentes y diversificar y reducir riesgos. La segunda tiene que ver con la añeja demanda de los banqueros mexicanos para adecuar el marco legal bajo el que operan, a fin de contar con las suficientes garantías legales que les den certeza en la recuperación de los recursos otorgados en préstamo y, por último, el tema de la necesidad de elevar los niveles de financiamiento, es decir, la exigencia de que fluya el crédito de la banca hacia los sectores productivos.

En torno al primer punto, es indiscutible que las fusiones y alianzas bancarias entre grandes grupos bancarios y financieros se han convertido en una realidad de la economía globalizada. Detrás de las alianzas y fusiones se encuentra la urgencia de los bancos de incrementar sus reservas para afrontar el problema de la cartera vencida y reducir el riesgo. Como mostró la crisis en Japón, ningún banco está exento de este problema. Por ello, el llamado del presidente Zedillo a estudiar y analizar lo que sucede con la gran banca internacional es una señal para la banca mexicana. Además, está el hecho de que en aras de la capitalización las autoridades promueven no sólo las fusiones bancarias, sino que se ha actuado para favorecer e impulsar la rápida y mayor entrada del capital extranjero en el sistema bancario mexicano. De hecho, la participación de la banca internacional en el sistema bancario mexicano ya es importante y está por demás señalar que irá en aumento.

El tema de las fusiones y alianzas puso la atención en Bancomer y Banamex, los bancos mexicanos más grandes con un peso determinante en el mercado nacional. Pensar en una fusión a la luz de lo que acontece en el exterior no es descabellado, pues ambas instituciones por sí solas no alcanzan a figurar en el ranking mundial y juntas al menos se podrían defender y tal vez internacionalizar sus operaciones. Al interior del país, ambas instituciones juntas tendrían suficiente fuerza para enfrentar la apertura financiera, pero serían vistas como el gran monopolio bancario-financiero del país.

De manera adicional, cabe apuntar que por lo menos desde hace veinte años dentro del Banco de México se discutía, en el marco de la conformación final de la banca múltiple, si el proceso de fusiones de ese entonces debería llevar a un sistema de seis u ocho bancos de similar tamaño, o bien si se debería promover la existencia de varios bancos, algunos regionales, más pequeños, pero todos con cuotas similares de mercado. Los hechos llevaron a la existencia de un sistema conformado por alrededor de 20 bancos donde 5 controlaban cerca del 90% del mercado. Ahora, luego de una serie de quebrantos y crisis y globalización, el tema del perfil del sistema bancario mexicano vuelve a ser relevante.

El tema de los banqueros fue el ligado al marco legal para la recuperación de créditos. La pasada crisis volvió a mostrar que ante la quiebra de deudores, ante el no pago, los elementos jurídicos vigentes no son suficientes para garantizar la recuperación del dinero prestado. Muchos empresarios y consumidores, al no poder pagar sus deudas optaron por “entregar las llaves”. Es cierto que las tasas de interés subieron a niveles irracionales, como lo es el que “la banca nunca pierde y cuando pierde arrebata”, en los juicios no hay flexibilidad y sí arrogancia y prepotencia de los bancos, mientras que los usuarios en lo individual difícilmente se enfrentan “al banco”. También es cierto que los programas de apoyo a deudores son insuficientes, no alcanzan a dar cobertura a todos, son injustos para quien se mantiene al corriente con sus pagos y que nos cuestan a todos, pero también es cierto que no hay un marco legal que proteja en sus justos términos intereses de banca y deudores.

Ante la incapacidad de pago, el cierre y abandono de las empresas o el embargo de bienes ya no puede ser opción, mucho menos el que la banca se llene de empresas que no puede poner a operar, o que se convierta en inmobiliaria o distribuidor automotriz; tampoco es opción dejar en la calle al deudor arrasando con su patrimonio. Por ello es importante revisar los objetivos y mecanismos de operación de la Ley de Quiebras y Suspensión de Pagos, de la Ley Federal de Garantías y los alcances reales del Instituto para la Protección del Ahorro Bancario, el IPAB. En todas ellas debe procurarse el equilibrio entre las razones de los deudores que no son más que usuarios de la banca y las de este tipo de instituciones.

En este sentido, llama la atención la creación de la Comisión Nacional de Protección y Defensa al Usuario de Servicios Financieros, entidad que aglutina las áreas a las que el cliente podía acudir ante irregularidades y errores de los bancos, instituciones de seguros, etc. Esta Comisión puede contribuir a garantizarle al cliente y/o deudor un trato diferente por parte de los banqueros. Del cuidado de los equilibrios en el marco legal dependerá que haya trato justo y certidumbre para las partes. A ello se agrega la propuesta de los banqueros de asumir un Código de Etica que propicie el trato justo y la erradicación de esquemas poco transparentes en su operación que propicien la corrupción y otras actividades ilegales. Sin embargo, lo importante será ver si en los hechos dicha institución cuenta con la agilidad que requieren estos procesos, facultades para sancionar e imparcialidad en sus decisiones.

El otro punto es el relativo a la situación del flujo del crédito. Si el marco legal ha sido una limitante, el entorno macroeconómico ha sido la gran limitante al haber derivado en el crecimiento de las tasas de interés y con ello dar origen a muchos de los problemas de cartera vencida y, en consecuencia, de la falta de capitalización de la banca.

Es en este entorno donde el costo del dinero, pero también la práctica bancaria de mantener márgenes excesivos de intermediación (la diferencia entre lo que paga por los depósitos y lo que cobra por el crédito), llevaron a que se dispararan las tasas activas de interés y a que muchos consumidores e inversionistas ya no pudieran cumplir con sus pagos. Aquí no sólo la crisis, sino la política de ganar con el diferencial y no con el volumen de crédito, propició el incremento de la cartera vencida y la crisis de pagos.

Para defender al sistema financiero y sobre todo al de pagos, o sea, al peso, se tuvo que rescatar al sistema bancario y el costo no ha sido menor. Estimaciones recientes de la Comisión Nacional Bancaria y de Seguros ubican la deuda producto del Fobaproa en 70,000 millones de dólares; esto sin contar los otros costos sociales y políticos que ha tenido para el país tener que respaldar los recursos bancarios.

Con el marco legal insuficiente para deudores y banqueros, con las secuelas de la última crisis, el sistema ahí está y aún requiere, a decir de sus dirigentes, una inversión adicional por 5,000 millones de dólares o más para capitalizarse. Tales recursos sólo pueden provenir del exterior.

Aunado a lo anterior, otro grave síntoma de la situación de la banca es que los niveles reales del crédito al sector privado no bancario se han desplomado. Durante la reunión, las autoridades reconocieron que el financiamiento bancario se encuentra en niveles inferiores a los alcanzados hace diez años y que en los pasados cinco no ha fluido el crédito. De acuerdo con el Banco de México, en diciembre de 1995 el financiamiento de la banca comercial al sector privado registró una caída anual en términos reales de 33.6%, en diciembre de 1996 llegó ser de 35.3%, en diciembre de 1997 la disminución fue de 15.6% y, por último, en diciembre de 1998 la reducción fue de 4.7%. Un indicador más es que de acuerdo con el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado, el CEESP, la penetración del sistema financiero en la economía se redujo de 45% del PIB a 29.8% entre 1994 y 1998.

Si el negocio de la banca es prestar, claramente se aprecia que en los últimos años la banca mexicana no ha sido negocio ni ha cumplido con su función de intermediación. Incluso, a propósito de la Convención, dirigentes de Canacintra y Concamin le reprocharon a los banqueros su nula disposición a promover el financiamiento bancario de las empresas medianas y pequeñas.

Por ello se observa que el país ha crecido sin banca, pero que no puede vivir sin ella. En los últimos años más que motor del crecimiento la banca ha sido una onerosa carga, pese a todas las ventajas con las que ha contado el sector. Es cierto que la crisis afectó su desempeño, pero aun antes de que se presentara dicha situación lo que no se había resuelto era la definición del tipo de banca que el país requería para su desarrollo.

Las excesivas exigencias a las empresas que solicitaban créditos, el tipo y nivel de las garantías, la flexibilización de los créditos al consumo (el auge de las tarjetas de crédito), el alto costo del dinero producto de los niveles de la tasa de interés pero también del diferencial entre las tasas activas y pasivas (el margen de intermediación), la débil supervisión y regulación aunada a la liberalización financiera, contribuyeron a la crisis bancaria.

Ahora, en el contexto de los positivos resultados macroeconómicos recientes (crecimiento del producto y reducción de la tasa inflacionaria, crecimiento del ahorro interno como porcentaje del producto de 14.8% en 1994 y se estima de 22.4% en el año 2000). es necesario consolidar un nivel de ahorro interno compatible con las necesidades de inversión y un sistema financiero capaz de movilizar dicho ahorro. Para ello, a decir de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, se requiere establecer un nuevo esquema que favorezca la capitalización de la banca, fortalecer la supervisión, alentar la autorregulación y proteger a los usuarios de la banca.

Nuevamente por el lado de la banca se encuentra la necesidad de capitalización y para ello se contará con la inversión extranjera; también se habla de la supervisión y regulación bancaria, lo que remite al IPAB, así como a las funciones de la CNBV y del Banco de México.

Sin embargo, todo ello puede no ser suficiente para la conformación de una banca mexicana sólida y que cumpla con las funciones de intermediación. El nivel de ahorro interno es importante pero por sí sólo no garantiza que no se presenten crisis financieras tal y como lo ejemplificó el caso de las economías asiáticas, que con elevadas tasas de ahorro interno ante el crecimiento de su cartera vencida tuvieron que asumir un costoso rescate bancario y emprender una nueva reforma financiera. En lo referente al tema de la regulación y supervisión, no se ha encontrado el justo medio para hacer compatible la operación de la banca nacional en una economía globalizada, expuesta a los vaivenes del capital (y al acecho de actividades ilícitas) con una vigilancia estrecha y la imposición de límites por parte de las autoridades financieras locales.

Finalmente, como reunión de banqueros y autoridades se apreció el compromiso por crear el entorno macroeconómico y legal para la reconstrucción de la banca, pero para los de afuera se aprecian intenciones y no realidades que generen la certidumbre de que habrá banca para todos y no para unos cuantos.

En el terreno macroeconómico no se puede seguir creciendo a expensas del financiamiento externo en los sectores clave de la economía. Tanto gobierno como grandes empresas y la misma banca, han acudido al financiamiento externo debido a su disponibilidad y relativamente menor costo. Al mismo tiempo, de acuerdo con los flujos de inversión extranjera registrados en la balanza de pagos entre 1995 y 1998 ingresaron al país cerca de 48,000 millones de dólares; ello explica parte del crecimiento, pero no es algo que ofrezca la certeza que requiere el crecimiento de largo plazo.

Los acontecimientos recientes en materia cambiaría, crecimiento, reducción inflacionaria y fortalecimiento del peso, están ligados al ingreso de capital del exterior. La estabilidad alcanzada por la economía mexicana es también signo de su vulnerabilidad. Un giro en la orientación de los capitales, y más adelante el agotamiento del proceso de privatización, darán cuenta de ello.

De ahí que normatividad, códigos de ética, capitalización, supervisión y estabilidad no serán suficientes si no se define primero la banca que realmente se necesita para una economía tan polarizada como la mexicana, en la que los pobres, sean consumidores o empresas, no son negocio, pero son la mayoría.

La banca y el sistema financiero en su conjunto no están orientados al financiamiento del desarrollo en la medida en que éste refleja y reproduce los patrones de concentración del ingreso del país. Es un sistema orientado hacia la gran empresa, de y para los grandes ahorradores y, por lo tanto, sin instrumentos de captación y financiamiento atractivos para los pequeños ahorradores, medianas y pequeñas empresas, que a final de cuentas son la mayor parte de la clientela cautiva del sistema.

Por lo pronto, la pasada discusión fue más “hacia dentro” y lo inmediato, por lo que no se fue a profundidad en el tema del perfil de la banca mexicana, que no es otra cosa más que la definición del sistema bancario que requiere un proceso ordenado, estable y permanente de la economía. Este tema seguirá siendo el trasfondo de las reformas institucionales del sistema. Pero ¿qué hay que definir con claridad primero, el perfil del desarrollo o el perfil de la banca necesaria para ello? Y este tema no es exclusivo de los banqueros.  n

Aníbal Gutiérrez. Asesor de la Coordinación de Estudios Económicos y Sociales de la Fundación Colosio A.C.

El Señor Reingeniero

El Señor Reingeniero

Por José Joaquín Blanco

Vicente Fox carece de dudas y problemas ideológicos: todo lo supera su fe inconmovible en Vicente Fox, el único político que, a diferencia de Zedillo, sí puede “sacar a un buey de la milpa”; y a diferencia de Cárdenas, desprecia los “nados de muertito” y se lanza de cabeza a su jacuzzi como todo un rompedor.

Hace apenas tres o cuatro lustros, cuando también se despreciaba a la televisión como la Caja Idiota, carecía de prestigio y de seriedad, al menos entre la clase política, este perfil del permanente triunfador nomás porque le daba la gana, con puro superego ranchero: y sin mayores recursos que tres o cuatro refranes en un continuo desplante de “Yo sí puedo”, que casi se entiende como “Soy el único que puede”. ¿Qué? “Todo”. ¿Cuándo, dónde? “Orita y aquí”. ¿Cómo? “Como se me antoje”. ¿Con qué antecedentes, ideas, principios, pruebas, programas, proyectos, avales, garantías? “Yo mero me basto y me sobro”. ¡Qué modestos, ilustrados, documentados, cautos, racionales y responsables suenan un Ruiz Cortines o un Díaz Ordaz frente a las pretensiones del reingeniero (y re licenciado) Fox!

Así se las gastaba el Macho Camacho: iba a ganar infinitamente sus peleas “porque soy bien lindo, porque soy el más lindo”. No resulta simple humorada el que se haya propuesto a Kalimán como perfil de la campaña de Fox a la presidencia. Kalimán lo podía todo porque era Kalimán, como Fox dice —y habrá que creerle— que es Fox.

Pero aun imitando a Kalimán, Fox se encuentra con un obstáculo insalvable: la expresión escrita. (Desde luego, tampoco Kalimán se distinguió como escritor de artículos.) Buen bravucón en las entrevistas y en los discursos desaforados, resueltos folklóricamente con chistes y refranes, Fox carece de la elemental ilustración y del mínimo sentido del razonamiento que exige un breve artículo. (Por algo se tardó un buen cuarto de siglo en terminar una tesina, o memorándum autobiográfico, sobre su burocracia del Bajío, para obtener una licenciatura en Administración de Empresas). De todos los posibles candidatos, será necesariamente el que más recurra a jilguerillos y escritores fantasmas.

Su “Reingeniería de la administración pública” muestra incomodidad con el idioma, especialmente con la sintaxis. Una mera letanía, en franca esclavitud hacia los infinitivos, de aspiraciones generales.

Ninguna de ellas lo define: ninguna de ellas sería ajena a ningún candidato del mundo: aumentar el empleo y la calidad de vida, mejorar la burocracia, promover la economía, llevar las cuentas claras, auspiciar la seguridad pública y la estabilidad financiera. y por los siglos de los siglos, amén.

Casi todos sus párrafos irradian de un mismo verbo: “dar”. No señala retos, dificultades, desventajas, problemas. Aparece como un mero Echeverría: la canasta llena de buenos propósitos, muy generales y poco comprometedores, para obsequiar a sus adeptos.

¿Con qué fondos, a partir de cuáles programas y prioridades, nos va a resolver tanto en seis años? Ya pretendió solucionar el conflicto de los neozapatistas de Chiapas “en quince minutos”. Con un nombre mágico: Vicente Fox. Porque él sí de veras es lindo, y él sí de veras puede.

Hay una paradoja en que el PAN se acerque a la mayor oportunidad de su historia con un líder tan deficiente en ideas y en lenguaje, tan anti o desintelectual, con tal precariedad de principios y proyectos. Ese partido presumía de ilustración jurídica, de severos principios éticos y políticos, de habilidad periodística u oratoria.

Algo parecido le ha pasado a la izquierda, descendiente de tanto pensador ilustre. Después de invertir demasiado tiempo y dinero en reformas políticas, en el aprendizaje de la democracia, hemos vuelto a cero: ¿la única solución son los caudillos? Ya sabemos también que Cárdenas ama entrañablemente a Cárdenas.

Vicente Fox convida a los electores a integrarse en su ilimitada y resplandeciente fe en Vicente Fox. Basta sólo seguirlo y ahí está: el paraíso. Tiene sus ventajas esto de ser un folklórico enemigo del conocimiento y de la razón: cualquier delirio de grandeza se exhibe sin inhibiciones.

Extasiado, Fox pronuncia su propio apellido: “Fox, Fox”, como un yogui que levitara al rezar “Om… Ommmm”.   n

José Joaquín Blanco. Escritor. Colaborador del periódico La Crónica. Su libro más reciente es Pastor y ninfa.

Como en un Restaurante Chino

Como en un restaurante chino

Por Jorge G. Castañeda

Más que un análisis crítico de la administración de Salinas de Gortari, este ensayo fija su atención en quienes apoyaron, á la carte, al denominado proyecto salmista. Entonces, con quién polemiza: no con el expresidente sino con sus seguidores, con aquellos que, en palabras de Jorge G. Castañeda, justificaron sus fines.

Ante la invitación de Nexos a comentar el breve ensayo del ex-presidente Carlos Salinas aparecido en el número 256 de la revista, se abrían dos caminos. Uno, el más sencillo, consistía en polemizar con el ex-mandatario, centrando el análisis en una tesis central: el sexenio que describe simplemente no corresponde al que muchos mexicanos recordamos. La otra vía, más interesante en mi opinión, estriba en una discusión no tanto con Salinas sino con lo que podríamos llamar la mirada crítica light de su administración, es decir, aquella que se inspira en la la clásica configuración de los menús de los restoranes chinos: se escoge un platillo del grupo a, otro del grupo b y uno del grupo c, y se deja a un lado lo demás. Preferí la segunda opción, por parecer- me más pertinente y sugerente. Me permite también recordar algunas tesis sobre globalización. radicalismo del libre mercado y democracia formuladas, entre otros y de manera más reciente, por el teórico conservador inglés John Gray en su último libro, False Dawn.

Antes de entrar en materia, sin embargo, creo que dos apuntes de Carlos Salinas merecen un breve comentario aparte. El primero se refiere al problema de las cifras. Ya Nora Lustig en su artículo Las cifras de la pobreza (Nexos 249) explicó las imprecisiones y ambivalencias de los datos sobre la pobreza en general, y específicamente el problema de la subestimación debido al under-reporting. Concluyó, en cuanto a México y los números esgrimidos por el ex-presidente Salinas en un texto publicado el año pasado en El País, como sigue: “La incidencia de la pobreza entre 1989 y 1994 prácticamente no cambió. Las diferencias en términos cuantitativos son tan pequeñas que no son significativas desde el punto de vista estadístico”. Baste agregar un par de consideraciones. En relación al aumento de los salarios reales, la publicación del BID a la que hace referencia Salinas (en inglés: IDB. Facing Up to Inequality in Latin America, 1998-99) da como fuente para la evolución de los salarios reales (sin especificar si se refiere a los mínimos, o al salario medio, al urbano o al rural, etc)…. el Banco de México (ver IDB, ibid., Sources of Statistical Profiles, p 281). No tiene nada de malo, pero tampoco se trata de una fuente externa, imparcial y umversalmente reconocida. En segundo lugar, los mismos datos muestran una caída del salario real de 1.3 en 1988, de 14.8% en 1995, y de 8.0% en 1996. Si aceptamos, como muchos lo sospechamos, que Salinas, con mayor audacia que su predecesor y sucesor en Los Pinos, les endilgó a ellos los números malos, para quedarse con los buenos, vemos cómo el promedio de los años directamente vinculados al sexenio salinista (de la misma manera que las cifras de 1983 y de 1984, por lo menos, deben ser atribuidas a López Portillo y no a De la Madrid, tesis que Salinas sin duda acepta), es mediocre, en el mejor de los casos: 1.5%. En cuanto al coeficiente Gini citado por Salinas, escoge los años y las cifras que más le convienen: según INEGI (ver GEA Económico # 94, p. 14), el coeficiente (que refleja mayor desigualdad en la distribución del ingreso conforme más se acerca a la unidad, y menor concentración conforme más se acerca a 0), pasó de 0.4267 en 1989, al comenzar el sexenio de Salinas, a 0.4317 en 1992, a la mitad de su administración, y a 0.4336 en 1994. Por cierto que si a esas vamos, el sexenio durante el cual se redujo más la desigualdad fue el de López Portillo, que logró una reducción del coeficiente Gini de 11 %. En cuanto a las estadísticas relativas a la evolución de la pobreza en México, de nuevo existe un problema de fuentes (la CEPAL no suele generar cifras propias; se limita a aprovechar las que le suministran los estados miembros) y de números. Un estudio reciente de un organismo financiero con sede en Washington cuyo nombre no se puede mencionar, cita números muy diferentes: sin corregir la supuesta subestimación siempre presente en las encuestas pero más difícil de cuantificar de lo que ciertas agencias presuponen, las cifras son: en 1989, a nivel nacional, el 27.04% de los mexicanos se hallaba por debajo de la línea de extrema pobreza, mientras que en 1994 la cifra había efectivamente descendido a 21.46%, pero volvió a dispararse a 29.72% para 1996, a raíz básicamente de la debacle de 1995. En cuanto a la pobreza “moderada”, la proporción pasó de 57.84% en 1989 a 50.97% en 1994, pero se incrementó hasta el 61.88% en 1996. Conviene notar, por cierto, que la línea de pobreza (que abarca a “todos los pobres”, extremos o moderados) en 1996 se ubicaba, para estos cálculos, en 634 pesos de 1996 al mes para zonas urbanas, y en 547 pesos de 1996 al mes para zonas rurales. En otras palabras, aun tomando criterios sumamente discutibles, la única manera de concluir que Carlos Salinas mejoró la situación social del país es si lo liberamos de toda responsabilidad por la crisis de 1995, y si aceptamos que la represión inflacionaria y la sobrevaluación del tipo de cambio no originaron el derrumbe de diciembre.

La segunda consideración preliminar tiene que ver con la mentada nomenklatura, nueva denominación salinista de los “dinosaurios”, término que tanta fortuna conoció durante el sexenio anterior, sobre todo entre ingenuos corresponsales extranjeros y académicos foráneos ya no tan inocentes. Los “intereses” y “las fuerzas” en cualquier sociedad del mundo tienen nombre y apellido: la nomenklatura, en la vieja URSS, se refería a la capa burocrática del Partido Comunista, a los administradores, técnicos y militares que manejaban el país. Era un apelativo preciso, útil para explicar el dominio por un sector social de élite en un país donde no existía la propiedad privada de los medios de producción, donde las diferencias de ingreso, sin ser inexistentes, se redujeron enormente, y donde no prevalecía ni alternancia ni contienda abierta por el poder. En México las élites, o las clases dominantes, son perfectamente bien ubicables y conocidas: sus divisiones son claras y sus intereses también. ¿Quiénes son los que se opusieron a las reformas de Salinas? ¿Cuáles son los intereses empresariales, regionales, ideológicos y políticos que lo combatieron? Quizás en su próxima entrega con Roberto Mangabeira Unger el ex-presidente se animará a contarnos en que consiste la nomenklatura mexicana, ya no compartiendo con su coautor brasileño una supuesta y tardía pasión antineoliberal, sino asimilando su precisión, franqueza y rigor académico. Haría bien tal vez en abandonar la aparente e ilusa creencia en su porvenir político que se trasluce de sus textos, y resignarse a sólo ser un protagonista del pasado y un analista del presente y del futuro.

Muchos críticos —tardíos también, por cierto— del salinismo han formulado sus reticencias o desacuerdos con el sexenio pasado de la siguiente manera: yo no estuve de acuerdo con el autoritarismo de Salinas, o con la corrupción que pudo haber imperado durante su administración, o con su desprecio y ninguneo del PRI, o con su pretensión/ambición transexenal, pero apoyé —y sigo concordando con— una o varias de sus reformas: a los artículos 27 ó 130 constitucionales, ai sector público (es decir, las privatizaciones), el Tratado de Libre Comercio, etc. Hay cosas que me gustaron de Salinas y otras que no: las que me agradan las apruebo, las otras no, y ya. Como en un menú chino.

Otros críticos del salinismo —menos tardíos— entre los que me incluyó, siempre pensamos, sin embargo, que el “consenso de Washington” y su expresión mexicano-salinista era un paquete: se tomaba o se dejaba en conjunto, tanto por la magnitud de la agenda de reformas, como por su ritmo y el carácter intempestivo e irreflexivo de muchas de ellas. Por una sencilla razón: las supuestas reformas “valiosas” eran inseparables de —e impensables sin—las “desviaciones”: en términos más descarados y clásicos, qui veut la fin veut les moyens. El propio Salinas lo reconoció en alguna medida, al hacer una reflexión sobre el glasnost y la perestroika de Gorbachev en la revista norteamericana New Perspectives Quarterly (invierno 1991). Quien aborrecía la corrupción tradicional del sistema mexicano, y temía un nuevo brote de la misma, no podía aplaudir la privatización indiscriminada de la banca, los teléfonos, las carreteras, la siderúrgica y las líneas aéreas: y a la inversa, quien favoreciera dichas privatizaciones, por las razones que fuera —ideológicas, financieras, políticas— debe aceptar sus consecuencias: corrupción. excesos, errores, etc. Quien desaprobara el fraude electoral y el empeño en mantener al PRI en el poder a toda costa, no podía congratularse de la aprobación de medidas económicas y sociales por mayorías legislativas construidas justamente gracias a esos métodos: a la inversa, a quien repugnan dichos métodos, difícilmente le pueden complacer sus resultados. No se puede tampoco censurar la sobrevaluación del peso en 1993 y 1994, y celebrar la ratificación del TLC: lo uno permitió lo otro; sin lo primero lo segundo no hubiera sucedido. A menos de que el fin, en este caso, si justifique los métodos…

Y sobre todo, quienes se han convencido con los años —o siempre lo estuvieron— de que la piedra de toque del sexenio de Carlos Salinas fue su proyecto transexenal —reelectoral o no—, no pueden hacer caso omiso de un hecho central: el cambio del estatuto de la iglesia, el establecimiento de relaciones con el Vaticano, el TLC y la creación de una “nueva” élite empresarial a través de las privatizaciones fueron las piezas maestras de ese proyecto. Se puede descreer de la existencia de dicho proyecto, o se puede legítimamente apoyarlo, pero no creo que sea factible y coherente denunciarlo y simultáneamente aplaudir sus condiciones de realización.

John Gray ha enfocado este mismo problema de una manera más general. Conviene citarlo in extenso, ya que sus orígenes conservadores casi-thatcherianos le confieren una autoridad particular para tratar estos temas, aclarando que en el vernáculo anglo-sajón el término “libre mercado” (free-market) en realidad debiera traducirse al castellano como “capitalismo salvaje” o totalmente desregulado: “El libre mercado no es —como lo imaginan o lo reivindican los pensadores de la Nueva Derecha— un regalo de la evolución social. Es el resultado final de una vasta ingeniería social y de una inflexible voluntad política. Fue factible en la Inglaterra del siglo XIX sólo porque no existían, y mientras no existieran, instituciones democráticas plenamente vigentes… Las reglas del juego del mercado deben aislarse de toda discusión democrática y de posibilidades de enmienda política. La democracia y el libre mercado son rivales, no aliados. La contrapartida natural de una economía de libre mercado es una política de inseguridad. Si por “capitalismo” entendemos “libre mercado”, entonces ningún punto de vista yerra tanto como la creencia de que el futuro pertenece al “capitalismo democrático”. En el curso normal de la vida política democrática, el libre mercado está condenado a una breve sobrevivencia. Sus costos sociales son tales que no puede legitimarse durante mucho tiempo en cualquier democracia”. En el fondo Salinas tenía razón, y sus críticos light se equivocan de cabo a rabo: en el México de los noventa, la democracia y el neoliberalismo salinista eran incompatibles: autoritarismo y reformas económicas iban necesariamente de la mano, y había que oponerse a ambos, o abrazar ambos. El hecho de que Acción Nacional, por ejemplo, al probar muchas reformas, les haya conferido un aura democrática no altera la ecuación: ni la dirección del PAN. ni sus cuadros o votantes tenían la información, el conocimiento o la experiencia para desentrañar los verdaderos resortes de proceso salinista.

Por todas estas razones, la visión según la cual se discrepa de algunos “medios” salinistas pero se aprueban los fines, o se escogen, á la carte, algunas reformas y otras no. algunas políticas y otras no, es pueril o falsamente ingenua. Que de todo ello no se derive un proyecto de reversión de la reformas salinistas —que en su gran mayoría, como la música, llegaron para quedarse— no obsta para que cada quien escoja su postura. La mía es clara: contra el salinismo en su conjunto, ahora y entonces.   n

Jorge G. Castañeda. Crítico y analista de política internacional. Doctor de Historia Económica por la Universidad de París. Es autor, entre otros libros, de Límites en la amistad México-EU y La utopía desarmada.

Francisco Labastida Ochoa: Un silencio obvio

Francisco Labastida Ochoa: Un silencio de obvio

 Por Rafael Segovia

Nada lo señalaba, ninguna razón en su persona o en su obra lo empujaba hacia el trono. Las novedades anunciadas no se produjeron, la sucesión seguirá una vez más las antiguas normas, porque la naturaleza del hombre no es la del héroe. Se aquilató ante todo la obediencia, la mesura y la discreción, además de una falta de ambición que augura, aunque sólo hasta un cierto límite bastante estrecho, la fidelidad a los de su clase. Será un presidente como la inmensa mayoría de quienes lo han antecedido.

Mientras llega el momento mantiene las dos libreas, la de secretario de Gobernación y la de heredero designado que no puede aceptar públicamente lo que todo el mundo ya sabe. La farsa debe representarse hasta el final, hasta la caída del telón. Una farsa sin misterio a menos de que consideremos misterio hacer una cosa y decir otra. La farsa tiene otro nombre cuando se dirige al PRI. al que se prometió una democratización interna que no pasó de ser eso, una farsa. Las explicaciones salen sobrando porque no hay una sola aceptable no digamos para todos, sino para una mayoría. Ni siquiera para una minoría. El juego político se cierra a cal y canto, se prohíbe la entrada de espectadores engorrosos, dispuestos a pedir explicaciones, incluso a protestar. No queda pues sino el silencio, porque una sola palabra puede vender al delfín.

El hermetismo, por mucho que se le busque, termina agrietándose. El Presidente insistirá, contra una evidencia de una claridad meridiana, en que Labastida fue designado por unos hombres libres, independientes, atentos sólo al bien de la patria, situados por encima de los intereses y pasiones particulares y partidistas. Una permanente actuación de mala ley, obra de políticos y egoístas y rastreros, murmuraron contra un trabajo de sacrificio y honestidad. Despachó Ernesto Zedillo a cuantos pudo, pero eran demasiados y eso le llevó a detenerse en un hombre que no es el mejor pero que, al menos, intentará seguir su obra. Piensa esto y le tiene sin cuidado lo que piensen los demás, empezando por el PRI, al que desprecia desde el fondo de su alma.

La librea del candidato pide ir más allá que la de secretario, obligado a las frases hechas, gastadas de tanto repetirse: —el señor Presidente me ha dado instrucciones para— para cualquier cosa, para que deje de haber pobres en México, por ejemplo. Frase adulatoria al máximo la pronunció Labastida en Querétaro: “No hay políticas de recambio, que por sí solas den resultado. Se necesitan buenos programas, buenos hombres, buena capacidad de instrumentación”. Sólo un tonto de solemnidad no entendería el sutil mensaje: él es la continuidad, una continuidad que no debe ser alterada porque el país va por el camino debido, por el mejor y único. No queda sino seguir por la vereda trazada. El temor sólo asoma cuando de su persona se trata, acompañado, como es debido, por la modestia: “¿Cómo lo van a evaluar a uno? Depende de los resultados que ofrezca, de que esté a la altura de las circunstancias. La sociedad juzgará, por lo que no hay fórmulas fatales ni a favor ni en contra”. No es temor ni pudor, sino simple prudencia porque el juicio no deberá esperar siete años. Los jueces ya pueden fallar sobre los resultados de las grandes operaciones en las que intervino. Su actuación ante los neozapatistas, el Fobaproa y la seguridad pública, así como su relación con el legislativo pueden juzgarse ya. Más le vale pues quedarse callado hasta el momento de ceñirse la corona. Una corona republicana y democrática, eso sí.  n

Rafael Segovia. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y en la Fondation Nationale de Sciences Politiques, en París. Es profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Editorialista del diario Reforma. Autor, entre otros libros, de El Estado contemporáneo. México 1940-1970 y de Lapidaria política.

Los dilemas del PRD

Los dilemas del PRD

Por Enrique Semo

En el mes de marzo, el PRD pasó por una de las más graves crisis de su historia: a raíz de las elecciones para presidente y Consejo Nacional, todos los problemas de su vida interna salieron a la luz pública. La constitución de las planillas y la campaña electoral estuvieron marcadas por movilizaciones clientelares y graves acusaciones personales. Los comicios arrojaron un alto saldo de irregularidades y fraudes y tuvieron que ser invalidados. A medio año del inicio de la campaña presidencial y cuando las negociaciones para las alianzas están en pleno auge, el PRD se encuentra encabezado por una dirección interina que contará con tres meses y medio de vida y que. por lo tanto, tiene funciones limitadas. A finales de julio, lo espera otra gran  prueba: la reposición de las elecciones fallidas con suficiente eficacia y transparencia para convencer a sus militantes y a la ciudadanía de la viabilidad de su estructura interna.

Según mandato de su reciente pleno, en este mismo año, la dirección electa deberá realizar un congreso para replantear los términos de su democracia interna reformando sus estatutos. Todo eso coincide con el desarrollo de la campaña para la elección de candidato a la presidencia de la república que se inicia con un fuerte choque entre Cárdenas y Muñoz Ledo y puede adquirir visos divisionistas. Lo que la opinión pública se pregunta es si sus dirigentes tendrán suficiente visión, sentido común y habilidad para impedir que la campaña por la presidencia adquiera una dinámica externa al partido, sin dejar de construir una democracia viable para su vida interna.

El PRD, que está por cumplir diez años en el mes de mayo, es un partido que nació con recios impulsos democráticos. La corriente que abandonó el PRI para presentar a Cárdenas como candidato independiente a la presidencia en 1988, había intentado antes reformar sin éxito las prácticas verticales y monolíticas de su partido de origen. Los grupos que provenían de la izquierda independiente y que se habían integrado a la legalidad y la vida parlamentaria desde 1979, se volvían críticamente contra aquellos aspectos de su pasado que frenaban su avance electoral: sectarismo, burocratismo y dogmatismo. Los movimientos sociales locales que no habían tenido hasta entonces acceso a la representación local y parlamentaria, estaban deseosos de abrirse paso en ese ámbito, rompiendo con su tradicional abstencionismo. Todos ellos estaban impactados por las posibilidades que las elecciones de 1988 abrieron a su participación a la vez que decididos a luchar contra el fraude que las había truncado.

La voluntad de democracia se impuso en el nombre del nuevo partido, ocupó un lugar central en su programa y modeló sus estatutos. Pero como ahora sabemos todos, la democracia sin adjetivos no existe y cada uno de sus componentes se movía envuelto en sus tradiciones muy particulares en las cuales los impulsos democráticos vivían entretejidos con prácticas autoritarias. La estructura interna que fue surgiendo no es el resultado de un plan o un proyecto único, sino de la acción encontrada de todas esas voluntades condicionadas por las situaciones en las cuales el partido se ha visto obligado a actuar.

En el PRD, y eso podría decirse casi para cualquier otro partido, hay cinco fuentes de poder: las personalidades, los grupos políticos, los órganos de dirección, la ideología como cemento unificador y los militantes. En la situación actual, las personalidades, sobre todo Cárdenas, tienen un poder decisivo. Luego siguen los grupos políticos unidos por el pasado, la familia y/o las aspiraciones. El poder se teje fundamentalmente entre esas dos fuerzas en una dinámica que recuerda mucho a la del PRI. Las instituciones de dirección son más un escenario de negociación que una fuente real de poder. Y en cuanto a los militantes y la ideología, juegan un papel modesto, para no decir insignificante. En un partido tan joven, todo puede cambiar, pero cada práctica crea precedentes y éstos confluyen en forma lenta pero segura en una cultura que será cada día más difícil de rectificar.

Considerando la democracia limitada que existe en los otros partidos, para reconstruir su imagen el PRD sólo necesita realizar buenas elecciones para Consejo Nacional y candidato a la presidencia. En cambio, la construcción de una democracia interna posible se revela como un proceso largo, complicado y tortuoso en el cual habrá que vencer poderosos intereses y vicios muy arraigados.  n

Enrique Semo. Economista.

Maquiavelo en Palacio

La sucesión: Visiones críticas

En nuestro número anterior (Nexos 256) publicamos colaboraciones de los expresidentes de México y los precandidatos a la presidencia de la República. Todos ellos respondieron a preguntas expresas de los editores de Nexos. No sólo eso: respondieron con profesionalismo y puntualidad editorial. El balance de ese número nos dejó con un atractivo panorama de cómo ha cambiado la vida pública en México. Las respuestas, directas, definidas y abiertas, de estos personajes públicos habrían sido impensables en un México anterior. Con el fin de establecer un diálogo con ellos, hemos invitado ahora a diversos colaboradores para que hagan una lectura crítica de los textos enviados por los expresidentes y los precandidatos. Establecemos así un Foro de Nexos sobre estos temas fundamentales para México: la presidencia, el presidencialismo y la sucesión presidencial.

I. Los expresidentes

La herencia, el último libro de Jorge G. Castañeda, se asienta sobre una serie de entrevistas a los expresidentes Echeverría, López Portillo, De la Madrid y Salinas de Gortari. ¿Qué debemos hacer para atrapar el verdadero significado de sus palabras? Andar con cautela, sugiere Carlos Fuentes, e invocar la ayuda de Maquiavelo, cuyo ” fantasma sonriente” no deja de advertir la separación entre moral y política.

Maquiavelo en Palacio

Por Carlos Fuentes

Todos sabemos que Carlos Salinas de Gortari era un asiduo lector de El príncipe de Maquiavelo y también deberían serlo, para sacarle todo su provecho, los del espléndido libro de Jorge G. Castañeda, La herencia. “Arqueología de la sucesión presidencial en México”, el libro de Castañeda es, además, responso, autopsia y mausoleo de todo un sistema político que, con todas sus fortunas y todos sus infortunios, ya no podrá ni repetirse ni prolongarse. El Dedo de los Designios ya no apunta, como el de Dios en el himno nacional, desde el cielo. Es apenas, hoy, un periscopio que emerge, titubeante, de la laguna azteca. El Presidente en el poder puede, como sus antecesores heráldicos, nombrar aún al candidato del Partido Revolucionario Institucional. Lo que no puede hacer ya es nombrar, de un solo dedazo, tanto al candidato del PRI como al siguiente Jefe del Ejecutivo mexicano.

No lo permite el país, no lo permite la sociedad. No lo permite la democracia. El único obstáculo serio para el presidente Ernesto Zedillo se da, curiosamente, en el ámbito que le resta de poder mayor: su propio partido. Fuera de él, el Presidente sabe que su lugar en la historia lo define ser el Actor de la Transición Democrática: nuestro Adolfo Suárez. Zedillo no puede fallar en la Gran Elección del año 2000. Puede enredarse, en cambio, en la política interna del PRI. Ello, en sí mismo, es un cambio diametral del proceso descrito por Castañeda.

Pero volvamos a Maquiavelo. El espíritu del gran florentino flota, como un fantasma sonriente, sobre las entrevistas con los expresidentes Echeverría, López Portillo, De la Madrid y Salinas que son el meollo aparente del libro. Digo “aparente” porque lo que ellos dicen es la columna vertebral del libro, y también su gancho publicitario: ¿qué nos van a contar ahora cuatro hombres que, cada cual en sus seis años, gozó del poder omnímodo del moderno Tlatoani mexicano? La respuesta es sencilla: nos van a contar lo que les conviene. Van a llevar, cada uno. Agua a su molino. La sagacidad de Castañeda consiste en hacerles preguntas que los destronan, por así decirlo, tantito. Afloran las contradicciones.

A veces el antecesor no se aguanta las ganas de disminuir al sucesor. Salinas se cuida mucho de no decir nada en contra de De la Madrid, pero De la Madrid sí le reprocha a Salinas la formación de un equipo muy cerrado y alejado del PRI y aun lo describe angustiado por los resultados electorales de 1988 y pasmado, más tarde, por los sucesos de Chiapas. Asimismo. De la Madrid hace explícita su actitud crítica ante la nacionalización bancaria de López Portillo, hecho que todos constatamos al ver su reacción frente al informe presidencial que anunció la medida: De la Madrid aplaudió menos que Savonarola al ser llevado a la hoguera.

López Portillo tampoco le ahorra críticas, esta vez no a su sucesor De la Madrid, sino a su antecesor Echeverría. Ejemplo supremo de una decisión “cuatachista” que llevó al distinguido profesor de Derecho de una subsecretaría con Flores de la Peña a la CFE a la secretaría de Hacienda y de allí al Palacio Nacional, López Portillo, sintiéndose víctima de un minimato urdido por Echeverría, hubo de alejar a su amigo del alma, enviándolo, literalmente, a las Antípodas. Porfirio Muñoz Ledo da un ejemplo suficiente para explicar el enojo de López Portillo: Echeverría se permitía usar la red privada del secretario de Educación Muñoz Ledo para comunicarse, sorpresivamente, con el inquilino de Los Pinos.

Echeverría, por último, no dice una palabra contra su predecesor. Gustavo Díaz Ordaz, en tanto que éste, ya desde la campaña echeverrista, trata a su elegido como “pinche candidato” y una vez fuera del poder, no deja pasar una mañana sin rasurarse pensando en una sola cosa: “Me equivoqué”.

La decisión acerca del sucesor viene siendo, pues, el acto culminante del poder presidencial en la República Hereditaria del PRI. Más bien, como lo hace ver Castañeda, esa decisión es sólo un acto en un sicodrama político que implica, por el lado de quienes se conciben como posibles candidatos, ser obsequiosos en el gabinete, sumisos ante el Señor Presidente, rebeldes en la candidatura y desagradecidos al llegar, ellos mismos, a la presidencia. Pero el sicodrama del candidato corre paralelo al del propio Gran Elector, el Señor Presidente. Desagradecido al asumir el poder, soberbio al nombrar al sucesor, y finalmente herido al dejar la presidencia, presa, cada vez más. de los sentimientos de traición y desilusión.

Maquiavelo estructura su filosofía práctica del arte político sobre tres términos: Fortuna. Virtud y Necesidad. La primera es la amenaza más seria e imprecisa para ejercer el poder: es, dice Maquiavelo, una mujer: su nombre lo indica. Es la más perversa, la más inesperada, la más activa, la más difícil de entender. No es, como creían los romanos, una diosa benévola portadora de vientos favorables. Destruye al poderoso, lo eleva sólo para dejarlo caer con un grito de alegría, escribe Maquiavelo en uno de sus poemas. Es mujer, concluye: hay que tratarla a palos.

El chovinismo masculino del filósofo florentino se acentúa cuando compara a la veleidosa fortuna-fémina con la Virtud. Cualidad de esencia masculina, como lo demuestra la raíz misma de la palabra, vir, hombre. La Virtud en Maquiavelo no es, desde luego, sinónimo de beatitud sansulpiciana. Es la base de la virilidad necesaria para gobernar; y para Maquiavelo, “gobernar” significa fundar el Estado y preservarlo, unir a Italia en un Estado que, fundado por el príncipe, al cabo se independice de la voluntad personal para encontrar su estabilidad en la permanencia de las instituciones y en el imperio de la ley. Ciertamente, para lograr estos objetivos la política ha de independizarse de la moral.

Pero hay una tercera protagonista en el drama maquiavélico de la política. Se llama la Necesidad, y Maquiavelo le da un alto rango positivo. Ciertamente, la Necesidad puede limitar la capacidad política del gobernante. Pero también pude ser un estímulo que lo anime a actuar con Virtud. Maquiavelo no es un fatalista. Es un analista y admite que la libertad para escoger puede vencer a la pura necesidad. La Necesidad, a su vez, puede ser fuente de Virtud: de la necesidad nace la virtud, dice un viejo adagio.

Y sin embargo, el equilibrio deseable entre la virtud política, la necesidad y la fortuna, puede ser roto por “la ambición ciega”, “la facilidad de la corrupción”, pues los hombres “siempre harán uso de la malevolencia de su espíritu, en cuanto se presenta la ocasión de desplegarla…”.

A la luz del análisis maquiavélico, ¿cómo quedan parados nuestros expresidentes? Al nivel más obvio, Echeverría aparece como el más maquiavélico: no deja pasar una oportunidad para combinar la virtud, la necesidad y la fortuna, aunque al cabo ésta se le voltee. López Portillo, como el menos maquiavélico; de hecho como el más inocente, cualidad (o defecto) que él mismo se encarga de subrayar varias veces: “mi ingenuidad”, invoca una y otra vez. “¡oh ingenuo de mí!”. Se trata, sin embargo, del presidente más preparado cultural e intelectualmente; no son éstas, por lo visto, las mejores virtudes para gobernar a los Méxicos, ni el ilustrado, ni el bronco que dijese Reyes Heroles. Miguel de la Madrid, en esta perspectiva, aparece como el mandatario más serio, ponderado y equilibrado, superando la imagen de grisura que la percepción popular le ha dado. Su mayor virtud es el apego a la razón legal. Su mayor defecto, la fidelidad a ultranza al sistema con todo y sus vicios, transformado en sofisma de seguridad e integridad nacionales. Por último, Carlos Salinas aparece como el mandatario más inteligente, más rápido mentalmente, pero más vulnerable, también, cuando las cosas no le salen bien. (Castañeda evoca un par de veces una larga comida de ocho horas en mi casa, la víspera de la navidad de 1993. Nunca he visto a un político más satisfecho de sí que a Salinas en ese momento: todo le había salido bien. Había salvado el fatal fin de sexenio. Diez días más tarde, le estallaba Chiapas. La fortuna había vencido a la virtud y Salinas hubo de hacer de tripas necesidad. No coincido con la versión, sin embargo, de un Salinas “pasmado” por lo de Chiapas. Conversé con él a una semana de la insurrección de Marcos y me confió que había resistido todos los llamados a suprimir la insurrección mediante la fuerza armada. “¿Por qué?”, le pregunté. “Porque soy de la generación del 68 y no quiero salir de aquí manchado de sangre”, me contestó el Presidente.)

De todos modos, en este libro Echeverría, López Portillo y De la Madrid hablan del pasado, de tareas concluidas. Ponen, más o menos, las cartas sobre la mesa. Salinas no. Se las guarda cerca del pecho. No sabemos si tiene pachuca o poker de ases. Habla en pasado pero piensa en futuro. Es lo que se llama, en argot mexicano, una chucha cuerera.

El libro de Castañeda prácticamente exime a Salinas de la sospecha de asesinato en el caso Colosio. ¿Qué ganaba el Presidente? ¿El derrumbe de su presidencia, una crisis política en pleno año electoral, un eventual candidato y Presidente que no era el suyo? En cambio, Castañeda deja viva la duda sobre la conducta de Echeverría en 1968. Yo no tengo la menor duda de que en nuestro sistema, una decisión tan trascendental como la del 2 de octubre sólo la podía tomar y asumir —como lo hizo, hay que admitirlo, con pundonor, en su Informe Presidencial de 1969— el Presidente y Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas Gustavo Díaz Ordaz. Lo que sí revela La Herencia es la habilidad con que Echeverría se movió para aprovechar el 68 a favor de su propia ambición presidencial. Desbancado el general Corona del Rosal por su cercanía al ejército demonizado en Tlatelolco, Martínez Manoutou por el drama de “los siete contra lebas” o sea el apoyo de los intelectuales antidiazordistas, y Ortiz Mena, supuestamente, por sus vínculos con Washington y el mundo financiero, Echeverría resultó el gran beneficiado. Irritó a Díaz Ordaz con el minuto de silencio en Morelia, estuvo a punto de ser sustituido, no hubo con quién, se convirtió en el “pinche candidato” y en la Presidencia inauguró una política de apertura detestable a los ojos de Díaz Ordaz: liberación de los presos políticos, regreso de Heberto Castillo y Demetrio Vallejo a la actividad política, nuevo clima crítico, política de expansión de la producción e incremento de los salarios, junto con medidas populistas para reconquistar las adhesiones perdidas, pero conducentes a un desequilibrio fiscal que Hugo Margáin denunció perdiendo por ello la Secretaría de Hacienda.

Hay, sin embargo, una lección mayor en la sucesión de Díaz Ordaz a Echeverría: El Presidente-Elector no debe quedarse con un solo y fatal candidato: debe tener la posibilidad de sustituirlo. Díaz Ordaz se queda con Echeverría y nadie más. Echeverría, en cambio, maneja el camión de la sucesión con dos llantas de repuesto: Muñoz Ledo y Gómez Villanueva. López Portillo, inocentemente, va perdiendo a todos sus precandidatos —Tello, Moctezuma—para quedarse con un candidato imposible. García Paniagua, y el único factible, De la Madrid, quien se cuida de tener por lo menos cuatro caballos en su establo: Salinas, Bartlett. Del Mazo, García Ramírez… la famosa pasarela. Salinas, con toda su perspicacia, no puede vencer a la fatalidad de la fortuna. Engaña a Camacho, designa a Colosio. lo pierde trágicamente, hubiese preferido a Aspe como candidato sustituto, no puede, se queda fatalmente con sólo Ortiz Arana y Zedillo. Zedillo, producto del dedazo, gana de manera legítima y abrumadora una elección limpia y atribuye su legitimidad a los electores, no a Salinas: Salinas paga. No habrá maximatos ni minimatos. Y se cierra la República Hereditaria. De ahora en adelante, a ver quién conjuga mejor la Virtud, la Necesidad y la Fortuna.

Jorge Castañeda ha escrito, decía, el réquiem por el sistema que nos gobernó durante setenta años. Otra vez la Fortuna, el azar. Si Alvaro Obregón, en vez de ser asesinado por Toral, asume la presidencia en 1928, es probable que el caudillismo militar a la latinoamericana se hubiese perpetuado, con trágicas consecuencias, en México. Plutarco Elias Calles aprovechó el magnicidio de Toral para convertirse en poder detrás del trono, pero también en arquitecto de una institucionalidad política que, al cabo, no lo favoreció a él, sino a Lázaro Cárdenas, creador real del Estado corporativo mexicano basado en sucesiones ordenadas y personalidades pasajeras dentro del partido continuo.

La Herencia, libro crítico, no soslaya las virtudes de tal sistema en el marco de la América Latina. Hubo desarrollo, crecimiento, educación, salud, estabilidad. El precio fue un terrible retraso cívico, una promesa democrática anulada cada seis años. Hasta la sucesión Díaz

Ordaz-Echeverría, el factor político fue primordial en la sucesión. A partir del paso de Echeverría a López Portillo, como lo admite aquél, el factor económico privó y la consecuencia fue el paulatino derrumbe del sistema. Porque una cosa es engañar con la retórica o la maniobra política y otra con las realidades del pan y el trabajo. Nada más deprimente y alarmante en este libro que la revelación de los engaños económicos desplegados para asegurar el triunfo de un precandidato sobre otro, el maquillaje de datos, las urgentes decisiones pospuestas y la consecuencia: las recurrentes crisis económicas de fin e inicio de sexenios.

A mayor poder, mayor ceguera: el libro de Castañeda es un llamado explícito a una política democrática de equilibrio de poderes y fiscalización del Ejecutivo. Pues las virtudes del viejo sistema ya cumplieron su función y el costo de perpetuar la maraña de artificios, intrigas e insidias, de engaños y complicidades —la perversidad ya intrínseca al sistema— es hoy un estorbo y una regresión. Si el sistema fue maquiavélico, dejó de serlo porque dejó de combinar Virtud, Necesidad y Fortuna políticas con un proyecto mayor de construir al país, de conservar al Estado y de gobernar con la fuerza imparcial de la ley.

Restaurar a la República y radicaría en la Democracia, son los mandamientos que el lector deriva de la obra, grande e incomparable, oportuna e inteligente, de Jorge Castañeda.   n

Carlos Fuentes. Escritor. Entre sus libros. La región más transparente y Cristóbal Nonato. Los años con Laura Día: es su más reciente novela.

Genio y figura

Genio y figura

Por Soledad Loaeza

En nuestro número anterior (abril de 1999), Nexos invitó a los expresidentes Echeverría, López Portillo, De la Madrid y Salinas de Gortari para que respondieran a la pregunta “¿qué ha cambiado en la presidencia de México desde que usted dejó de ser presidente?”. En este artículo, Soledad Loaeza analiza sus respuestas desde la perspectiva de los cambios que ha experimentado el presidencialismo mexicano en las últimas tres décadas.

Al leer los textos de los cuatro expresidentes que publicó Nexos en abril se impone el dicho de que “Genio y figura hasta la sepultura”. Sus reflexiones evocan puntualmente la imagen que cada uno de ellos dejó en la memoria: el operador político, el filósofo-rey, el prudente administrador y el enfant terrible de la nomenklatura. Ninguno de ellos está exento de una buena dosis de narcisismo; López Portillo y Salinas son al respecto bastante impúdicos, De la Madrid es el que ostenta una mayor distancia en relación consigo mismo; y aunque Echeverría hace un notable esfuerzo por escapar al ombliguismo, al final sucumbe al desgastado oropel del Tercer Mundo, que en su tiempo le prometió aplausos multiculturalistas, pero que hoy en día es sinónimo de fracaso.

Uno de los deportes favoritos de los mexicanos ha sido interpretar las palabras del presidente. Estamos convencidos de que lo que dice no puede ser nada más lo que dice; de manera que siempre buscamos entre líneas el verdadero significado de sus palabras, el mensaje oculto, las claves del lenguaje del poder. El éxito de algunos periodistas reside en que pretenden ser agudos criptógrafos de los enigmas presidenciales, se plantan ante las declaraciones del jefe del Ejecutivo como si se tratara de la Piedra Roseta, para después atribuir a los presuntos jeroglíficos el significado que les parece o les conviene. El juego de las adivinanzas no termina ahí, porque luego los lectores empleamos buen tiempo en descifrar las entrelineas de los columnistas, para descubrir la voz del que verdaderamente habla en sus artículos. La mayor ironía de esta comedia es que el juego de las interpretaciones únicamente contribuye a opacar la vida pública, pues las visiones interesadas se adocenan unas sobre otras para formar un milhojas inacabable. ¿Qué pasaría si aceptáramos las palabras de unos y otros, políticos y periodistas, tal y como suenan? Es probable que tuviéramos ideas más claras acerca de lo que piensan y de lo que buscan.

A los textos de los expresidentes puede sacarse otro tipo de jugo si en lugar de tratar de pescarlos en la maniobra —cualquiera que ésta sea—, nos detenemos a examinar el modo como dicen lo que dicen. Vistas desde esta rendija sus palabras nos permiten entrever algunos rasgos de carácter: por ejemplo, el escueto Echeverría de Nexos se parece más al funcionario impávido que fue hasta que Díaz Ordaz lo designó candidato del PRI. Cuando tuvo el poder para hablar sin más límites que su capacidad física; López Portillo cede a su costumbre de mirar al país como un inmenso salón de clases con cien millones de alumnos ávidos, pero regañados porque no acaban de entender la Edad Media o que el maestro siempre tiene la razón; De la Madrid se limita a contestar lo que le preguntaron; mientras que Salinas otra vez trata de grillarnos.

Una conclusión se impone: los textos de los expresidentes son en sí mismos una muestra de los cambios que ha experimentado el presidencialismo mexicano en tres décadas. Sus autores pertenecen a dos generaciones políticas: Echeverría y López Portillo se mueven en el mundo del priismo original, donde el presidente era Luis XIV, el rey Sol, la voluntad suprema para la que no existen más límites que los que ella misma imagina. En cambio, De la Madrid y Salinas gobernaron mirando de frente las restricciones que imponía la realidad, entre ellas el oneroso legado que recibieron de los voluntarismos presidenciales que los precedieron. En ese sentido, y sólo en ese, tiene razón López Portillo cuando dice que el presidencialismo pudo ser cambiado por un presidente, pues los excesos presidencialistas del pasado estimularon las exigencias antiautoritarias que están en el origen del debilitamiento del Estado y del PRI.

A mediados de los años setenta Daniel Cosío Villegas publicó un ensayo, cuyo título El estilo personal de gobernar corrió con buena fortuna, se convirtió en una fórmula que todavía hoy utilizamos para referirnos a la manera como en México los rasgos de carácter, los gustos y los malos gustos, los hábitos, las debilidades, los tics, del individuo que ocupa la silla presidencial, sus filias y sus fobias adquieren la dimensión de políticas gubernamentales. Sin embargo, esto era más cierto antes que ahora. ¿Qué periodista se acordó, ya no digamos a un año, sino a dos semanas del 10 de junio de 1971, de exigirle al presidente Echeverría que tenía que entregar los resultados de la investigación de los hechos ocurridos ese día? ¿Podemos imaginar siquiera al presidente Zedillo decretando la expropiación de la banca, sin más apoyo que su leal saber y entender? En su momento el ensayo de Cosío Villegas puso el dedo en la llaga del presidencialismo mexicano de entonces: el ejercicio del poder era prolijo en formas, pero carecía de ideas; no había reglas, sino modales. Así ocurría en el pasado, cuando no había partidos, oposiciones independientes, diputados gritones o senadores indescriptibles. En aquellos tiempos, el presidente todo lo podía y todo lo sabía, así que la oposición únicamente podía venir de fuera; de ahí que el principal adversario político de los presidentes —y de todos los mexicanos— era el mundo exterior. El jefe del Ejecutivo no concebía que hubiera opositores mexicanos, si es que estamos hablando de buenos mexicanos.

Las agudas observaciones de Cosío Villegas han perdido actualidad; los estilos personales no han desaparecido, pero su influencia sobre los destinos del país ha disminuido, en primer lugar porque hay instituciones y normas que nos protegen de los cambios de humor del señor presidente, y luego, porque los mexicanos nos cansamos de pagar los costos de las debilidades del poderoso.  n

Soledad Loaeza. Politologa. Profesora-investigadora de El Colegio de México. Acaba de aparecer su libro El Partido Acción Nacional: La larga marcha. 1939-1994.

A Capa y Espada

A capa y espada

Por Cinna Lomnitz

¿Qué tienen en común la fiesta de toros y el reciente movimiento de oposición estudiantil en la UNAM? Este artículo muestra que más de lo que pensamos.

Una UNAM sin movimientos estudiantiles sería como una corrida sin toro. ¿De qué serviría tanta organización, tanta administración, tanta música, tanto picador y tanto traje de luces si al final no sale un animal negro resoplando? ¿Con qué se luciría la universidad? Nadie torea con capa de color verde o azul marino. El desenlace sigue una secuencia de eventos inmutables, y el matador emplea un estoque y no una metralleta. Una corrida es una ceremonia, un procedimiento reglamentado.

Los anteriores movimientos estudiantiles en nuestra universidad han sido provocados por el asunto de las cuotas y siempre coincidieron con los finales de sexenio. El rector de turno blande su capa y el toro embiste. La aparente monotonía de este espectáculo no impide que atraiga a un público numeroso y entusiasta, que quizá no vendría si se tratara de aplaudir a los estudiantes más brillantes o a los paladines de la superación académica.

Por eso tengo una modesta proposición. Propongo que las cuotas, en vez de cobrarse para estudiar, sean percibidas en plan de entradas para presenciar el espectáculo sexenal del rector en turno toreando los novillos de la afamada ganadería del PRD.

El rector abre plaza

El rector, doctor Francisco Barnés, quería cortar oreja. No quiso permitir que el toro se le fuera vivo a los corrales. Cuando se afirma, en pleno conflicto estudiantil, que “los estudiantes son la razón de ser de toda universidad”, como lo dijo el día de la ratificación del Reglamento General de Pagos por el Consejo Universitario, es que se trata del preludio del descabello. Y a los primeros acordes de las golondrinas, hizo callar a los músicos.

Algunos ingenuos se han preguntado por qué este tipo de evento se realiza siempre en vísperas de una elección presidencial. Yo respondo: ¿de qué otra manera podríamos aquilatar el temple del toro? Este año, la fiesta ha sido brava. No siempre sucede así. A veces el público reclama porque el torero es miedoso, o porque le tocó un toro ciego. Son gajes del oficio. En tales casos, si mi propuesta es aceptada, habría que devolver las cuotas.

La Rectoría señaló que el conflicto era de esperarse, ya que el reglamento de pagos

“no en balde había permanecido virtualmente inalterable por más de cincuenta años”. Se trataba pues de una reacción predecible y controlable, que permite medir la fuerza de la oposición en ciertos momentos críticos de la vida política del país. Los partidos de oposición lo saben perfectamente y han intentado, sin mucho éxito, controlar o apaciguar a las huestes estudiantiles.

En cambio, el papel del rector requiere algo de malicia. Al igual que la gran mayoría de las universidades, la UNAM es esencialmente conservadora. Nuestra Facultad de Ciencias, la más revoltosa, tiene un plan de estudios del Departamento de Física que data de 1967. El cambio, cualquier cambio, es resistido con ferocidad. El problema era lograr que reaccionaran los estudiantes. Hubo que recurrir a un clásico madruguete: para la sesión crucial del Consejo Universitario en que se aprobó el nuevo reglamento de pagos, no se avisó oportunamente acerca del cambio de local. Los consejeros estudiantiles, que hasta ese momento habían aceptado las propuestas de Rectoría, se indignaron porque llegaron al Instituto Nacional de Cardiología después de la votación. A partir de este instante el movimiento de oposición fue imparable. El rector hizo una distinción entre disidentes “buenos”, que respetaban las reglas del juego fijadas por Rectoría, y “malos” que pretendían imponer su “visión intolerante” a la comunidad y cuyos puntos de vista carecían de respetabilidad y de validez. De esta manera, entre buenos y malos no hubo diálogo posible.

Así y todo, la inmensa mayoría de la opinión universitaria seguía pensando que el conflicto era irrelevante. Los ingresos que se podían percibir mediante las cuotas eran muy reducidos. Representaban menos del incremento anual de gastos administrativos en la UNAM. Por eso los contendientes se esforzaron para transformar la querella en un asunto de principio, e incluso en un problema constitucional. Rectoría afirmaba que los alumnos tenían que contribuir equitativamente al sostenimiento de la institución. Eso parecía justo, pero resulta que la eficiencia terminal de los estudiantes de bachillerato provenientes de familias con ingresos menores a 4 salarios mínimos es inferior al 40%, simplemente por carecer de beca. La eficiencia sube a más del 95% cuando son becados, a pesar del mísero monto de las becas. Son datos del rector, y su buena fe en esta materia es evidente.

En Puerto Rico, la casi totalidad de los estudiantes universitarios son becarios. Las cuotas existen apenas como una opción para facilitar el acceso a la educación superior de los estudiantes adinerados que no quieren molestarse en solicitar beca. En México ha sido obvio desde hace rato que la manera de incrementar el rendimiento estudiantil es otorgar becas. Hay que pagarle al estudiante para que estudie, no sólo en México sino en todas partes. Pero las becas tienen que ser equitativas: deben otorgarse por mérito y no por el accidente de haber nacido en una casa con ingresos inferiores a 4 salarios mínimos.

Tenemos una matrícula de 130,000 alumnos nada más en la licenciatura, y para toda la UNAM hay apenas 5,000 becas. Todo mundo sabe que es poco, y que habría que incrementar el número de becas en un factor de diez o tal vez de veinte.

La oposición propone una reforma al artículo 3 constitucional en el sentido de que todo habitante de México tuviera derecho a una educación libre, laica, irrestricta y gratuita desde la cuna hasta la tumba. Pero los estudiantes no toman en serio esta iniciativa. Mi impresión es que ambos bandos han fracasado en su intento de ideologizar el problema.

Sé que la OCDE recomienda: encarar un aumento de la contribución de los estudiantes al costo de sus estudios, simultáneamente con el desarrollo de las becas (OCDE: México: Educación Superior, 1997, pág. 240).

Pero el desarrollo de las becas constituye siempre la primera prioridad.

La ciencia vista desde el sur

El director del Instituto de Química de la Universidad de Karachi, doctor Atta Rajmán, declaró que el reto de un científico en el Tercer Mundo consiste en tratar de educar a los políticos. Urge que venga a México.

“En otros tiempos,” recuerda Rajmán, “los países occidentales solían apoyar la educación superior en Pakistán. Cuando regresé de mi doctorado en Cambridge, conseguí en cuestión de quince años más de 35 millones de dólares en apoyos de diferentes fuentes foráneas. Hoy en día no se podría: el apoyo internacional se acabó. Nuestros gobiernos deben entenderlo y deben crear proyectos de alta tecnología a largo plazo, y fortalecer el sistema educativo, sin esperar ayuda del exterior”.

El instituto que dirige el doctor Rajmán tiene más de 100 estudiantes de doctorado, y es uno de los más prestigiosos del mundo. Sin embargo, tiene sólo 15 investigadores de base. “Lo hacemos para cuidar la calidad.” dice Rajmán. Los demás académicos son contratados por obra determinada y son evaluados anualmente por profesores visitantes extranjeros. El trato a los técnicos del Instituto es sobresaliente, ya que les corresponde cuidar equipo por valor de docenas de millones de dólares. Así, el técnico jefe gana lo mismo que el director. Cabe agregar que la Universidad de Karachi no comete el error de cambiar a los directores cada cuatro años. El doctor Rajmán ha sido director por más de veinte años y ha podido desarrollar una labor coherente, pionera y transcendente, encaminada en forma oportuna a la síntesis de sustancias bioactivas en la lucha contra el cáncer y el SIDA.

“Para los políticos de los países en desarrollo, la educación es un gasto y no una inversión”, comenta el doctor Rajmán. “Eso es falta de visión. No es exportando petróleo como vamos a progresar económica y socialmente. Se trata de exportar carros tan buenos como el Honda, microchips tan rápidos como los de Intel, o lentes de la misma calidad que los de Bausch & Lomb. Para eso se requieren recursos humanos de alto nivel, una planta productiva moderna y una infraestructura institucional capaz de incentivar la innovación”.

Ciencia es saber lo que se come (se garantiza la autenticidad) Turista extranjero (ordenando)”¿Huitlacoche ser lo mismo que Huitzi- lopochtli?”.

Aciertos y errores de científicos famosos Albert Einstein decía que Dios “no se ocupa de controlarnos a cada rato, y jamás juzga nuestras acciones”. El físico Niels Bohr lo interrumpió: “Einstein, ya deja de darle consejos a Dios”.

Philo Farnsworth, el inventor de la televisión, decía a sus hijos: “No vale la pena verla, y no habrá televisión en esta casa”.

Bill Gates, fundador de Microsoft, dijo en 1981: “unos 640 Kb de memoria deberían alcanzar para cualquiera”.

Thomas Watson, fundador de IBM, dijo en 1943: “El mercado mundial de computadoras debe ser de unas cinco unidades”.              n

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

Encuestas sobre los precandidatos

¿Cómo van?, II

• En estos momentos, los porcentajes de personas indecisas son relativamente importantes. • El PRI se mantiene arriba en la inclinación electoral por partidos. • Fox y los posibles aspirantes del PRI compiten por la delantera en las preferencias por candidatos.

La lejanía de la justa del 2000 sigue provocando que la carrera presidencial esté todavía ajena a la mente de muchos potenciales votantes. Esto se refleja en la falta de información de la gente para preferir espontáneamente a algún aspirante. No es raro encontrar en algunas encuestas que alrededor de la mitad de los ciudadanos no sabe qué contestar. Tampoco extraña que Cuauhtémoc Cárdenas y Vicente Fox continúen siendo quienes más se mencionen por contar con una trayectoria previa más conocida o por la evidente inclinación que existe hacia ellos en sus partidos. En contraste, la menor visibilidad de los precandidatos priistas se traduce en simpatías dispersas en varios prospectos, que hacen aparentar al PRI como un partido más débil.

Sólo cuando a los electores se les ofrecen nombres de probables contendientes, la indefinición de preferencias se reduce, sobre todo si se les menciona el partido al que pertenecen. En estos casos, la indecisión y el rechazo a contestar son generalmente compartidos en conjunto por poco más del 20% de los entrevistados. La identificación partidista de los presidenciables frecuentemente constituye el recurso con el que el votante sustituye su escasez de referencias sobre los eventuales contendientes y lo posibilita más para escoger alguna opción. Por otra parte, el hecho de que actualmente más de una quinta parte de los electores carezca de definición en su preferencia no implica una proporción notoriamente alta, pero puede ser un factor decisivo en una contienda cerrada, pues probablemente marque la diferencia entre una predicción acertada y una equivocada.

Hasta el quince de abril no se publicó nueva información sobre cómo van las tendencias electorales a nivel nacional, salvo la encuesta trimestral de Reforma-El Norte, la cual señala que el PRI continúa al frente en las preferencias por partidos, seguido por el PAN y el PRD, en ese orden. En lo que toca a los precandidatos que esos diarios ponen a competir en contiendas de cuatro posibles rivales, Fox mantiene su impulso ascendente y, por el momento, supera a cualquier adversario priista potencial.

Falta saber cuál será el efecto en las preferencias por el candidato del PRI una vez que se defina en una sola persona, como prácticamente es el caso de Fox en el PAN. Atrás, Cárdenas se encuentra anclado en la tercera posición.

Si recapitulamos sobre lo encontrado por las agencias de estudios de opinión de diciembre a la fecha podemos decir que Fox le disputa la primera posición a cualquiera de los precandidatos del PRI en competencias hipotéticas. En contraste, Cárdenas se rezaga paulatinamente de los punteros. Ningún posible aspirante de los partidos considerados “pequeños” (Jorge González Torres, Manuel Camacho) deja de tener una posición marginal.

La revisión retrospectiva de las encuestas nos permite encontrar cuándo un sondeo obtiene resultados fuera de la tendencia y, por lo mismo, tomarlo con más cautela. La encuesta de El Universal (enero) que sitúa al gobernador guanajuatense con bastante ventaja sobre sus hipotéticos adversarios constituye un ejemplo de las estimaciones que parecen atípicas, lo que probablemente se debe a que se trata de una muestra telefónica, sujeta a cierto sesgo hacia estratos socioeconómicos medios y altos de la población.

A nivel local, el interés de varios de los estudios de opinión sigue circunscrito a los estados de los contendientes. Nada sorpresivo es el resultado de la investigación realizada en Veracruz por el CEO de la Universidad de Guadalajara (fines de febrero), donde naturalmente el gobernador Miguel Alemán es el presunto aspirante más respaldado. Por su parte, Berumen levantó un sondeo en el Area Metropolitana de la Ciudad de México que viene a corroborar las tendencias ya observadas a principios de este 1999: en escenarios hipotéticos de competencia entre Cárdenas, Fox y alguno de los precandidatos priistas, el Jefe de Gobierno del Distrito Federal está siendo desplazado de la primera posición por su homólogo de Guanajuato en la capital del país, sin descartar de la disputa a quien pueda abanderar al PRI, organización que adelanta ligeramente en las preferencias por partidos.   n

El sindicalismo a la baja

El sindicalismo a la baja

Por Graciela I. Bensusán Areous

A lo largo del siglo XX la importancia asignada al tema de la democracia interna en los sindicatos y los criterios para determinar su capacidad de representación ha sido desigual y, por diversas razones, siempre insuficiente. En el caso de México, la emergencia y el desempeño de las organizaciones obreras en un contexto político autoritario ha hecho que la cuestión haya sido más descuidada que en otros países. Igualmente, la asignación de la representación a través de métodos autoritarios tuvo aquí un alto grado de consenso, incluso entre organizaciones con aspiraciones democráticas y opuestas al sistema sindical dominante. En cambio. la preocupación por el problema de la independencia frente al Estado tuvo un mayor espacio en las agendas sindicales, sobre todo en los años setenta y más recientemente en la presente década, a partir de la configuración de un “nuevo sindicalismo” que aspira a reemplazar al viejo corporativismo estatal.

El propósito de este artículo es retomar algunos argumentos a favor de colocar el tema de la democracia sindical en el centro de la agenda política nacional y mostrar las consecuencias derivadas de su fragilidad actual, a partir de los obstáculos institucionales existentes para la renovación del viejo sindicalismo mexicano.

El autoritarismo sindical en México fue, hasta muy recientemente. Un factor clave de la estabilidad, en tanto resultó afín con la naturaleza del régimen político. Sin embargo, los déficit en materia de democracia política hicieron que la agenda de la transición a partir de 1988 se concentrara en sus aspectos procedimentales y, más recientemente, en la democratización de los partidos políticos, con especial énfasis en el caso del PRI, sin atender a lo que ocurre en los sindicatos. El resultado ha sido que mientras el régimen político se está democratizando, el autoritarismo sindical no sólo no ha cedido sino que, en algunos aspectos, ha aumentado, dada la fuerte erosión de las bases consensúales de las organizaciones que se ostentan como “mayoritarias” en el contexto de las políticas neoliberales. La interrogante que deja planteada este desajuste es hasta qué punto puede consolidarse la ciudadanía de los trabajadores si éstos carecen de derechos políticos en el seno de las organizaciones sociales y en qué medida la democracia política obliga a un diseño democrático en éstas, sobre todo de aquellas que tienen poderes coactivos de agremiación y tendencias monopólicas.

Varios factores han influido en la necesidad de volver sobre los evidentes rezagos en la democratización de los sindicatos (así como en general en las grandes organizaciones privadas) y en la calidad de la representación que ejercen respecto de los intereses de sus agremiados e incluso de quienes no lo son. Aquí nos limitaremos a mencionar dos de ellos. En primer lugar, cabe destacar que difícilmente podría sostenerse por largo tiempo un régimen político democrático sin entrar en contradicción con las formas autoritarias de gobierno en las organizaciones. Es más, según Linz, la estabilidad de los gobiernos democráticos depende de la compatibilidad entre los tipos de autoridad dominantes en la sociedad, ya que existen evidencias de que la efectividad de las prácticas y métodos democráticos en las organizaciones sociales y políticas son factores determinantes para la consolidación y estabilidad de la “democracia en grande” (1998). Al respecto se advierte que la cuestión del gobierno interno de las organizaciones es parte del “orden constitucional total de una sociedad avanzada” (Charles Anderson. 1992) e incide en la calidad de la representación.

En cuanto a esto último, del diseño interno depende cuál es el interés que realmente se representa, el uso que se haga de los distintos recursos de poder de que disponen las organizaciones y la responsabilidad de la dirigencia frente a sus miembros. En el caso de los sindicatos, resulta decisiva la participación de los trabajadores en la determinación de sus fines y en la toma de decisiones (además de la existencia de procesos electorales competidos. equidad en la contienda y facilidades para el desempeño de la oposición interna, enumeración que describe una concepción amplia de la democracia sindical) porque los restantes actores (empresas, gobiernos, partidos, etc.) harán todo lo posible para restringir esos fines y adaptarlos a sus necesidades, de modo de ponerlos a su servicio. El resultado de la ausencia de democracia interna puede en consecuencia ser tan grave como el hecho de que organizaciones que tienen un papel destacado en la formación y legitimación de las políticas públicas dejen por completo de representar a sus miembros, como ha sucedido (salvo escasas excepciones) en México con el sindicalismo corporativo tradicional al menos durante las dos últimas décadas.

En segundo lugar, la reestructuración económica de los ochenta y su impacto sobre los mercados y sistemas de relaciones laborales han puesto en entredicho ios argumentos más socorridos a la hora de justificar la ausencia o fragilidad de la democracia sindical. Uno de los más importantes ha sido la defensa de la unidad interna como base para maximizar su eficacia en las negociaciones laborales, argumento construido bajo el supuesto de que los trabajadores por el solo hecho de serlo comparten intereses comunes. En las nuevas circunstancias, la falta de mecanismos para procesar democráticamente las diferencias entre cúpulas y bases o entre distintos segmentos de éstas (asunto de la mayor importancia ante la creciente heterogeneidad de intereses diferenciados por sexo, puesto de trabajo, nivel salarial, etc.), a la vez que la progresiva pérdida de la cohesión ideológica como fuente de identidad y solidaridad interna, han provocado una crisis de representatividad de diversas dimensiones, de la que todavía no se recuperan los sindicatos en el mundo.

En el mismo sentido, la existencia de estructuras centralizadas que concentran el poder y los recursos políticos y económicos en las cúpulas, cuando los cambios en la organización de la producción descentralizaron al ámbito local de las empresas muchas de las decisiones que afectan a los trabajadores, mostró la inoperancia del sindicalismo consolidado en la segunda posguerra europea y muy particularmente de los que se formaron bajo los regímenes populistas latinoamericanos, ya que estos últimos se fortalecieron principalmente a partir de recursos políticos e institucionales (como los métodos coactivos de agremiación o la negociación política de los salarios y el empleo) que hoy resultan ineficaces para defender a sus agremiados.

De esta forma se invierten los argumentos: hoy se sostiene, con importantes evidencias empíricas a favor.1 que los sindicatos democráticos estarán mejor preparados para obtener ventajas para sus representados frente al mayor poder del capital en una economía globalizada, en tanto la existencia de una oposición institucionalizada y una membresía activa llevará a constituir una comunidad política de trabajadores y una fuerte solidaridad e identidad entre líderes y bases.

La renovada importancia de la democracia en los sindicatos para lograr el fortalecimiento de los mismos en el contexto del nuevo modelo económico está relacionada a su vez con la necesidad de transformar el tipo organizativo dominante (que en México se asemeja al “corporativismo estatal” en la clasificación de Schmitter), dejando atrás la coacción como forma de expansión y promoviendo un sindicalismo “voluntario” cercano a la naturaleza de los “movimientos sociales”. Este tipo se caracterizaría por la adopción de un programa amplio destinado a modificar el orden económico y político en torno a los ideales de democracia y justicia económica y tendría como principal arma la capacidad de crear fuertes compromisos de los agremiados con los fines de los sindicatos y su participación activa en la vida colectiva, mas allá de los incentivos materiales.

Por el contrario, organizaciones de naturaleza involuntaria, donde los miembros carecen del derecho a decidir libremente si ingresan o salen de la misma (porque utilizan para expandirse y consolidarse las cláusulas de consolidación sindical), que se apoyan esencialmente en recursos de poder provenientes de su relación con el Estado y no tienen capacidad de movilización de las bases (o no la pueden usar), difícilmente podrán sobrevivir en la nueva estructura de oportunidades y restricciones que imponen las políticas neoliberales. Para lograrlo tendrán que sacrificar los intereses de sus agremiados y aceptar las políticas empresariales y gubernamentales sin ejercer el menor contrapeso, todo lo cual conducirá a la pérdida de capacidad real (no formal) de representación y a la dependencia creciente de los “incentivos negativos” (represivos) o a la abierta corrupción (como la proliferación en México de “contratos de protección” al empleador) para conservar o ampliar su membresía.

Sin embargo, el reemplazo del viejo sindicalismo por otro capaz de representar a los trabajadores en las nuevas circunstancias puede encontrar diversos tipos de obstáculos no sólo dentro sino fuera de las organizaciones sociales, como es el caso de las restricciones institucionales que sostienen el statu quo (como las cláusulas de consolidación sindical o la intervención del gobierno y los empresarios en el proceso organizativo de las organizaciones de trabajadores). De la misma manera la democracia sindical puede ser inducida a través de reglas externas que limiten la formación de oligarquías internas.

Mientras en materia de procedimientos electorales, principalmente a nivel federal, los avances en la transparencia y equidad en la contienda política han sido reconocidos por sus principales impugnadores, en el mundo sindical no existen las mínimas garantías para que los trabajadores puedan expresar libremente su voluntad de agremiación, sin injerencias de ningún tipo. Por el contrario, todo el orden institucional y las prácticas derivadas de décadas de autoritarismo y corporativismo apuntan a sostener al viejo sindicalismo y favorecer su papel como instrumento de flexibilización de los derechos de los trabajadores frente a políticas y decisiones que los vulneran, bajo el argumento de que obstruyen el aumento de la competitividad del país. Las consecuencias son conocidas: el problema ya no se limita a los déficit en la democracia interna o al hecho de que los sindicatos dejaron hace tiempo de representar a sus bases, sino a la generalización de las prácticas de lucro en el ejercicio de los derechos colectivos, convirtiéndolos en un negocio de abogados y líderes que disponen de registros sindicales y ofrecen protección a los empleadores contra una auténtica sindicalización y contratación colectiva. Sin lugar a dudas, las estrategias de competitividad sustentadas en los bajos costos laborales han encontrado a través de estas prácticas un verdadero paraíso que encubre toda suerte de violaciones a la legalidad y aprovecha los resquicios que ésta deja para transgredirla con impunidad. La única oportunidad que la legislación mexicana ofrece para verificar la voluntad de agremiación y restablecer una representación auténtica de los trabajadores, no ofrece las garantías democráticas suficientes para que resulte efectiva.

Abundan los ejemplos de recuentos sindicales en juicios por pérdida de titularidad de los contratos colectivos, en los que los trabajadores no pueden escoger libremente qué organización debe representarlos. Estos casos han sido denunciados infinidad de veces sin que se vislumbre un cambio de reglas y de prácticas a pesar del avance de la democracia política. Uno de los más recientes, ocurrido en la empresa Taesa, donde la Asociación Sindical de Sobrecargos de Aviación (ASSA) disputaba al Sindicato Nacional de Trabajadores del Transporte Aéreo Especializado (SNTTAE) la titularidad del contrato para su gremio, pudo ser conocido por la opinión pública a través de la prensa pero la publicidad no alcanzó a contrarrestar las maniobras de la empresa y del sindicato titular del contrato para impedir el cambio.

Las irregularidades cometidas por la empresa y el sindicato titular, sin que la autoridad hiciera lo necesario para contrarrestarlas, fueron de diversa índole. La votación incluyó a la totalidad de los trabajadores de esa empresa de aviación comercial, sin considerar las disposiciones de la Ley Federal del Trabajo (artículo 388, fracción III) y los precedentes que llevarían al recuento exclusivo de la voluntad de agremiación de los sobrecargos, de manera tal que éstos podrían ser representados por un sindicato gremial, quien ganaría la titularidad del contrato, en caso de ser mayoritario el número de sobrecargos a favor de esa opción. Además de no garantizarse el voto secreto (requisito básico de la democracia no contemplado en la Ley Federal del Trabajo), la prensa documentó las presiones de la empresa sobre los trabajadores antes, durante y después del recuento que incluyeron desde amenazas directas hasta medidas intimidatorias (como el dispositivo de seguridad que incluyó la grabación en video del recuento y el uso de perros de ataque) junto a la nulificación del actuario de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje, contrarrestado por el líder del SNTTAE y la dirección de la empresa. No era de extrañar que bajo condiciones semejantes, ASSA sólo obtuviera a su favor 65 votos contra 876 del SNTTAE. (La Jornada, 23 de marzo y 1 de abril de 1999 y Reforma, 23 y 24 de mayo de 1999).

Otros recuentos sin garantías, como los de la empresa Itapsa en el Estado de México o en la Ford Cuautitlán, han recibido la atención internacional y respecto al primero existe una denuncia presentada en el marco del Acuerdo de Cooperación Laboral de América del Norte por violación a los principios de la libertad sindical, entre otras causas. Sin embargo, en el país no se observa todavía la conformación de la fuerza social y política necesaria y dispuesta a poner fin a estas prácticas y exigir las condiciones institucionales adecuadas para garantizar la transparencia y equidad en las contiendas sindicales, lo que constituye un requisito indispensable de la transformación de las organizaciones en un instrumento real de defensa de los intereses de los trabajadores y, al mismo tiempo, en un interlocutor confiable para aumentar la cooperación con el capital en los retos de la competitividad

Puede concluirse así que la democracia y la transparencia sindicales tienen un enorme rezago frente a los avances de la transición política, lo que explica por qué el viejo sindicalismo sigue sobreviviendo y protegiendo el espacio para los privilegios, la corrupción y la ilegalidad en el mundo laboral, cuestión que no ha merecido hasta ahora el lugar que le corresponde en la agenda política nacional. Esta ausencia deja sin resolver el problema de cómo avanzar hacia formas democráticas de gobernabilidad en este escenario, cuando la mayor fortaleza del Estado de Derecho ponga límites reales a la impunidad en la transgresión de derechos y libertades fundamentales. Entonces se verán los efectos negativos de haber confiado en la prescindibilidad de las organizaciones sindicales o en su eterno control, debido a los supuestos beneficios que los trabajadores recibirían del libre mercado y la competitividad, en lugar de haber posibilitado la renovación del anquilosado sistema de representación para que los sindicatos vuelvan a cumplir su papel en la distribución de los resultados del crecimiento económico.  n

1 Véase, por ejemplo, la comparación entre la eficacia del STRM y la CTM en la última década y su relación con la democracia en Bensusán y Ruiz, 1999.

Graciela I. Bensusán Areous. Investigadora de la UAM- Xochimilco.

Porfirio Muñoz Ledo: La República superflua

Porfirio Muñoz Ledo: La República superflua

Por Jesús Silva-Hérzog Márquez

Es una lástima pero Porfirio Muñoz Ledo no habla en este texto de su tema favorito: Porfirio Muñoz Ledo. Si halagarse es su verdadera profesión, hablar del futuro de México es simplemente un pasatiempo en el que se desenvuelve con gracia y con talento pero sin verdadero entusiasmo. De cualquier manera, la propuesta del futuro ex perredista es interesante, quizá la más interesante en esta sobrepoblada tribu de candidatos.

El punto central de su propuesta es, a mi juicio, acertado: es indispensable una honda reforma institucional. Lo primero es reconstruir las instituciones políticas del país. De la multitud de candidatos que pueblan el país, Muñoz Ledo es el único que resalta esa necesidad de construir el segundo piso de la democracia mexicana. El diputado no aceptaría, desde luego, que hemos ya subido el primer escalón: apenas nos preparamos para la epopeya de la Transición Democrática, la proeza de fundar la Cuarta República. De cualquier manera, Muñoz Ledo advierte que, sin una reforma profunda de los órganos del poder público, no habrá cambio perdurable y fructífero. El discípulo de Mario de la Cueva sigue leyendo la historia como lo hizo su maestro: una gesta patriótica que condensa la mexicanidad en momentos constitucionales. Toda hazaña política ha de solidificarse en ese acto de voluntad que es la Constitución. Las estampitas se apilan en esa imaginación que debe recordar las maniqueas lecciones de don Mario: la Constitución de Apatzingán, la Constitución del 24, la Constitución del 57, la Constitución del 17 y la mía. Por ello, el padre de la Cuarta República, blandiendo las espadas de su mellada demagogia, fustiga a quienes no abrazan su proyecto: sólo se oponen a la nueva Constitución quienes no creen en la democracia. Su argumento es un petardillo: “Es fácil probar que todo cambio en un régimen autoritario a un sistema plural representativo de gobierno implica una nueva constitución”. Obvio: quien no acepta lo que yo digo es cómplice del régimen de partido de Estado.

Muñoz Ledo lleva muchos años equiparando el autoritarismo mexicano con las dictaduras de América Latina y los totalitarismos soviéticos. Su retórica ha sido en buena medida exitosa porque su diagnóstico se ha popularizado pero, como brújula de la acción política, es un disparate. Si no conocemos la fisonomía de nuestra realidad, seguiremos dando tumbos. El primer paso que debemos dar para instalarnos en el mundo realmente existente es darnos cuenta que el viejo autoritarismo mexicano no puede identificarse con las dictaduras del sur o los totalitarismos de corte soviético. Debemos compararnos, no equipararnos. Pensar que la muerte del autoritarismo mexicano debe ser idéntica a la de otros regímenes autoritarios es absurdo. El chiste del PRInochet que cuenta reiteradamente el señor Muñoz Ledo es eso: una puntada que puede arquear la sonrisa de los reporteros; nada más. Como moneda del entendimiento es basura. No avanzaremos muy lejos si seguimos con esa simplona lectura del pasado inmediato que sirve para el boxeo de la politiquería pero no construye futuro.

Lo que resulta notable de la propuesta de la Nueva Constitución es que lo importante de esa constitución es que sea nueva. Lo que hay dentro de su propuesta son buenos deseos y algún dislate como aquello de la “soberanía de los municipios”. Se pretende afrancesar el sistema de gobierno pero no se aportan mayores claves sobre el fundamento del diseño. Podrá pensarse que el espacio de Nexos era muy reducido para elaborar una propuesta constitucional precisa pero no hay mayores luces cuando se analiza su reciente ponencia en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM: ahí también se encontrarán muy flojos argumentos sobre el constituyente indispensable y vaguedades sobre el contenido de las normas deseadas. No es difícil advertir que el alegato revela en realidad un profundo desprecio por el régimen constitucional en tanto que se hace de ella, nuevamente, un símbolo y no una ley.

Se habla de la Nueva Constitución como el emblema de la Transición sin advertir lo elemental: que las instituciones políticas deben fundar la concordia, que la Constitución debe ser norma y no estandarte de lucha. Así, el padre de la Nueva República borda sobre la necesidad de un nuevo vestuario pero no logra vislumbrar la complexión de un cuerpo distinto. Aunque la pompa de la oratoria muñozledista cante el himno de una nueva nación, la Cuarta República es un vacío, una ocurrencia más del Divino Porfirio.  n

Jesús Silva-Herzog Márquez. Ensayista. Maestro del Departamento de Derecho del ITAM. Columnista del diario Reforma. Obtuvo mención en el Certamen de ensayo político Carlos Pereyra en 1993. Es autor de Esferas de la democracia. Pronto publicará un libro sobre la transición bajo el sello de Planeta.

Otto Dix: Retratos de la Guerra

Otto Dix: Retratos de la guerra

Por Miriam Mabel Martínez

En el Museo del Antiguo Palacio del Arzobispado se presenta Ia exposición Otto Dix: Gráfica crítica y La guerra, conformada por 86 aguafuertes y litografías.

El declive del expresionismo pictórico se debe a la extensión del movimiento al teatro y al cine después de la guerra: el estilo de los decorados está basado en la pintura. Sin embargo, a partir de otras fuentes y con temas diferentes surgen tendencias expresionistas periféricas. Nadie escapa a las condiciones políticas y sociales que se viven en Alemania. Por supuesto, nadie escapa a la presión de la posguerra. El interés artístico se vuelca hacia el testimonio más cercano a la realidad, la subjetividad, antes todopoderosa, queda al margen. Otto Dix ofrece, sin duda, las imágenes más violentas de la posguerra. Se acerca a un ambiente sórdido en el que vividores y prostitutas se codean con las víctimas (Mutilados de guerra jugando cartas, 1920). Su trabajo está marcado por una visión atroz de la historia, en algunas de sus obras se percibe que el exceso de la descripción hipernaturalista ha reemplazado a las simplificaciones equilibradas que se manejaban en el periodo anterior a la guerra. En el Museo del Antiguo Palacio del Arzobispado se presenta la exposición Otto Dix: Gráfica crítica y La guerra, conformada por 86 aguafuertes y litografías. Cada pieza es una composición plástica que integra la experiencia personal y la desolación humana ante los episodios bélicos. Bajo la consigna de plasmar la trascendencia del drama individual en contrapunto con la descomposición de una sociedad que intenta negar lo vivido y se mueve alrededor de los “mutilados”, nos enfrenta a un mundo en el que no existe la redención ni el alivio. Entre 1923 y 1924 Dix desarrolla cincuenta aguafuertes a las que nombra La guerra. Esta serie es uno de los documentos más completos y despiadados sobre el conflicto, a la vez que agota el tema. La intensidad de este trabajo (editado en Berlín y revelado en su totalidad hasta 1961) está remarcada por la utilización de técnicas antiguas: el temple, los barnices en pintura y el uso de la punta de plata para el dibujo. También en esta serie se aprecia ya un estilo gráfico definido por el realce de los colores fríos y estridentes de acuerdo con la tradición expresiva y ambigua del siglo XVI —Baldung, Durero, Cranach y Grunewald— que utiliza para evocar temas contemporáneos vistos desde un horror fantástico. Dix es un autor expresionista y también el precursor de la “Nueva Objetividad” (Neue Sachlichkeit), junto con Beckmann y Grosz hace de las artes plásticas un instrumento de impacto político y social. En las litografías que integran parte de la gráfica crítica está presente un artista más preocupado por los contenidos que por acatar los intereses formales de las vanguardias. Si bien no se despega del quehacer plástico, las técnicas que utiliza subrayan el discurso temático. Este artista alemán ha legado una de las representaciones más atractivas de la sociedad alemana antes del nazismo. Esta visión—para unos imparcial y no comprometida y para otros una verdad difícilmente soportable, ha sido mejor comprendida en los momentos de reacciones figurativas frente al subjetivismo de la abstracción de los años 45 al 60: es significativo que Dix —al igual que Bacon más tarde— se haya referido con frecuencia a la filosofía de Nietzsche. Los cuadros de Dix no son “bonitos” ni “edificantes”, su realismo hiere al espectador, que se siente desenmascarado. En cada imagen está presente una sociedad dual y antagónica (tal como sucede actualmente) en la que existe tanto la búsqueda del placer y del confort como la pobreza y la marginalidad. Otto Dix: Gráfica crítica y La guerra. 1920-1924 es un espacio de obligada reflexión para reconsiderar el papel del hombre a través de la memoria de la guerra y la expresión artística.  n

Miriam Mabel Martínez. Colaboradora de Etcétera

La lección de la elección

La elección de la elección

Por Marco Levario Turcott

La experiencia del 14 de marzo de 1999. día en que se elegiría al nuevo presidente nacional del PRD. arrojó tantas irregularidades que hubo necesidad de anular los comicios. El paisaje ya era conocido:

El 14 de julio de 1996. Cuando Manuel López Obrador fue electo presidente nacional del PRD, las irregularidades fueron aun mayores. En aquel entonces, sin embargo, se aprobaron los resultados.

¿Se puede extraer alguna lección de ambos procesos?

La impugnación fue inmediata. Apenas concluían los comicios impulsados por el PRD para elegir a su presidente nacional y ya algunos contendientes denunciaban diversas irregularidades. En aquel entonces se habló de acarreo de votantes, compra de representantes electorales, secuestro de papelería y urnas, casillas no abiertas y métodos clientelistas para inducir al voto. Desde el principio, los medios de comunicación destacaron esas anomalías que. al paso del tiempo, entraron al cajón del olvido.

En Durango, Guanajuato, Hidalgo, Puebla, Tabasco y el Distrito Federal, entre otras entidades del país, varios dirigentes perredistas no estaban inscritos en el padrón y otros aparecieron con distinto apellido (Ovando en lugar de Obrador, por ejemplo), muchas casillas no se instalaron, varios miles de ciudadanos fueron invitados a afiliarse para votar, y otros más recibieron prebendas para hacerlo en favor de uno u otro candidato. El Comité General del Servicio Electoral se comprometió a investigar a fondo esas irregularidades que, vistas en conjunto por uno de los principales contendientes, significaban que hubo fraude en la elección.

Jesús Ortega, uno de los participantes en ese proceso, consideró tan lamentables como “innecesarias” las anomalías; Amalia García fue más allá y exigió que la elección fuera limpiada porque ellos, sostuvo, “no permitirán que las irregularidades la empañen”. Por cierto, el representante de su equipo de campaña, Alejandro Encinas, consideró que los problemas se debieron a que “nos enfrentamos a un proceso de formación del servicio electoral, sus miembros son amateurs y estamos pagando la cuota del noviciado”. También afirmó resuelto: “No vamos a meter las irregularidades abajo del tapete”.

Todo eso y más ocurrió entre el 14 y el 17 de julio de 1996, cuando Andrés Manuel López Obrador resultó electo presidente nacional del PRD por abrumadora mayoría, aunque no con menos irregularidades —al contrario— de las que ocurrieron casi tres años después, cuando por ese motivo el partido del sol azteca anuló las elecciones del segundo domingo de marzo. Esto comentó López Obrador el 7 de abril de 1999 frente a las cámaras de TV Azteca: “Hubiera sido vergonzoso meter lo indebido debajo de la alfombra”.

Alfombra o tapete, da igual, entre lo dicho por Alejandro Encinas y Andres Manuel López Obrador median tres años y una decisión tan contrastante como parecidas fueron las frases empleadas por cada uno. En 1996 las irregularidades quedaron bajo el tapete, también en 1999; la diferencia estuvo en que ésta última elección sí fue anulada. (El presidente del Servicio Electoral del PRD, José Barberán, no quiso precisar a este articulista cuáles fueron las principales anomalías ni tampoco facilitar un comparativo entre las ocurridas en 1996 y 1999. Por eso, tales datos no estuvieron sobre el tapete de esta reflexión.)

Recientemente, Porfirio Muñoz Ledo refrescó la memoria a López Obrador: “Quiero recordarte, Andrés Manuel, que en la pasada elección, en la que resultaste electo, hubo más irregularidades que en la contienda actual, y ¡acuérdate! el trabajo que nos costó convencer a Heberto de que no presentara cuestionamientos ni impugnaciones”. (Milenio 12 / IV / 99)

El destino los alcanzó

Los comicios del 14 de julio no se limpiaron quizá porque la ventaja del triunfador fue de tales proporciones que una exhibición de las irregularidades en aquellos comicios pudo parecerle innecesaria a la dirigencia perredista, además de perniciosa en virtud de una disminución de la credibilidad del PRD —ganada en parte por sus constantes denuncias de fraude electoral.

Esta hipótesis se sustenta, primero, en las propias consideraciones de los contendientes del 14 de marzo, quienes hicieron un comparativo de ambos procesos, difundido por el diario La Crónica de Hoy, en su edición del 3 de abril. Andrés Manuel López Obrador ganó con un 10% más de anomalías que las ocurridas tres años después. (No contrasté las cifras de participantes ni el cúmulo de irregularidades formalmente denunciadas porque no las tenía el área de prensa de ese partido. Al preguntar en esa dependencia por qué no estaban los datos en la página electrónica del PRD, la señorita Marbel Parra dijo que tenían problemas en el sistema informático. Se les cayó, lo callan o lo esconden bajo el tapete.)

La hipótesis antes señalada encuentra basamento también en el grado de competencia electoral que hubo entre uno y otro proceso: en el primero la diferencia fue abismal (poco más del 60% de los votos tomando como referencia a quien quedó enseguida, la planilla encabezada por Heberto Castillo) mientras que, en el segundo, ésta apenas fue de entre uno y tres puntos porcentuales. Tal vez por eso los comicios del 14 de julio hicieron posible el acuerdo de unidad signado entre los principales contendientes para validar el liderazgo de un hombre que, por cierto, durante su toma de posesión afirmó que pugnaría—lo dijo una y otra vez en su discurso— por la congruencia ideológica de los militantes de su partido y también por ubicarlo en una mejor posición electoral

(3 / VIII / 96). Sin duda logró lo segundo, pero a costa de lo primero: los más significativos triunfos del PRD en los comicios se debieron al éxodo de no pocos militantes del PRI quienes, alumbrados por el sol de un cargo público, engrosaron las filas de la revolución democrática. (La congruencia ideológica, si acaso, fue el discurso antipriista de los expriistas.)

Mojarra que muerde su cola

EI 14 de julio de 1996, Tabasco fue la entidad donde más votos recibió Andrés Manuel López Obrador y también donde se denunciaron y documentaron mayores irregularidades aunque, a pesar de ello, en la calificación de las elecciones no se anuló casilla alguna proveniente de ese estado. Incluso, en aquella ocasión llegó a ocurrir que los denunciantes resultaran acusados.

Ramón Sosamontes, uno de los representantes de la planilla encabezada por Heberto Castillo, señaló que en Tabasco fue impulsada una estrategia llamada “Operación Mojarra”, consistente en regalar un pescado a quien sufragara en favor de López Obrador. Sosamontes integró las pruebas y hasta ofreció un video, pero sus alegatos fueron desestimados por la dirigencia perredista e incluso un reportero de La Jornada, Jaime Avilés, en una defensa a ultranza del triunfo del líder tabasqueño, sostuvo que tanto Amalia García como Ramón Sosamontes eran manipulados por el gobierno de Tabasco para difundir supuestas irregularidades. Como prueba de ese presunto contubernio, Avilés afirmó que circulaba entre los simpatizantes de López Obrador una fotografía publicada en El Universal donde se veían abrazados Ramón Sosamontes y el gobernador de Tabasco, Roberto Madrazo Pintado.

El desmentido del ahora delegado en Iztapalapa no se hizo esperar: con sus propios recursos y convicciones sostenía la existencia del “fraude electoral”; también dijo que no existía tal foto, la señalada por Avilés. Ramón Sosamontes tenía razón, por lo menos, en lo referente a la instantánea: la foto no existe en El Universal. (En la oficina de Sosamontes seguró hay como cuarenta recados donde le pedí una declaración para nexos, que no hizo, a propósito de los símiles entre ésta y aquella elección, así como su consideración acerca de por qué nunca fueron sancionadas las irregularidades que él denunció en su momento.)

Ese pasaje anecdótico tiene una doble utilidad: la primera es que constata las irregularidades que hubo y también justifica la pregunta de por qué no fueron anuladas esas casillas. La segunda es que el cúmulo de anomalías hicieron que Andrés Manuel López Obrador reconociera la fragilidad organizativa del PRD y, entonces, llegara a plantear el fortalecimiento de ésta como uno de los principios básicos de su liderazgo. No lo logró, si juzgamos (aunque no sólo por eso) a partir de la hipertofia electoral ocurrida el 14 de marzo de 1999 en las filas del PRD.

No lo logró. Andrés Manuel López Obrador lo dijo: un factor que precipitó la crisis del PRD fue la falta de organización interna (Proceso 28 / III / 99). Y es que, también dicho por López Obrador, ese asunto “no fue lo prioritario”. No, lo prioritario no fue la cuestión organizativa ni la solidez ideológica del partido, lo imperativo fue ganar elecciones.

Que tres años no es nada

En materia de anomalías electorales, desde el 14 de marzo de 1999 los medios de comunicación prácticamente ofrecieron las mismas notas, protagonizadas casi por los mismos actores, que las publicadas, leídas o escuchadas tres años antes. Algunas diferencias, sin embargo, fueron notables, y una de ellas fue que en el más reciente proceso electoral los medios se precipitaron en señalar tendencias inmodificables, como ocurrió con El Universal, que en ocho columnas cabeceó que Jesús Ortega era el virtual líder del PRD, como lo hizo también Unomásuno mediante una nota de portada. (Ese diario, por cierto, festejó la debacle perredista como en pocas ocasiones lo ha hecho —incluso, el del teclado sólo recuerda esa actitud eufórica y llena de adjetivaciones, en este caso favorables, cuando Unomásuno cumplió su más reciente aniversario.)

Destaca también la actitud de La Jornada, periódico que desde el 15 de julio hasta el 3 de agosto de 1996 destacó y elogió el proceso electoral perredista. En contraste, desde el 14 de marzo de 1999 hasta una semana después, ese rotativo dedicó al asunto notas escuetas y ningún editorial crítico de las anomalías ocurridas. Salvo tres o cuatro articulistas, la mayoría ignoró el asunto o lo atenuó con eufemismos. Los caricaturistas fueron quienes resultaron más incisivos de los errores y las trampas en los comicios perredistas.

Por cierto, una nota sin desperdicio en tanto ejemplo de los aluviones de apoyo al más puro estilo priista fue publicada en el diario que dirige Carmen Lira Saade. El martes 16 de marzo, apenas dos días después de los comicios perredistas y cuando aún no se daban tendencias más o menos claras en el cómputo de los votos, en la sección de El Correo Ilustrado se publicó una carta firmada, entre otras personas, por Elena Poniatowska, Marta Lamas y Jesusa Rodríguez; se congratulaban con el triunfo de Amalia García: “¡ Felicidades, Amalia! Tu triunfo en las elecciones para la presidencia nacional del PRD representa la transparencia y el compromiso que anhelamos tenga el partido que ahora dirigirás. Es muy alentador que en México se rompa la tradición del voto corporativo y que gane la voluntad de la militancia, condición necesaria para una efectiva transición a la democracia”.

¿Y la experiencia?

Andrés Manuel López Obrador dijo a la revista Proceso que si las elecciones del 14 de marzo se anulaban irían de nuevo a otras “recogiendo la experiencia: con la lección de la elección” (28 / III / 99). Nunca es tarde, sin duda, para reconocer errores, aunque el PRD se hubiera ahorrado no pocos recursos y el desprestigio si del proceso culminado el 14 de julio de 1996 hubiera extraído lecciones organizativas e ideológicas.

La lección organizativa hubiera sido —podría ser aún— orientada por una reflexión sensata y preguntarse si no son demasiados la estructura y los recursos requeridos para impulsar procesos electorales donde todos sus militantes elijan a su dirigente; es probable que haya otros caminos igualmente democráticos, efectivos y menos costosos. La maquinaria sobre la que ahora opera el IFE da cuenta de la magnitud institucional y legal requerida para impulsar comicios creíbles; difícilmente el PRD o cualquier otro partido podrían emularla.

La lección ideológica está, paradójicamente, en el saldo favorable que ha tenido el PRD en las competencias electorales de los últimos tres años. Está siendo demasiado el costo político de los triunfos en las urnas obtenidos por ese partido en virtud de que ello no sólo ha desdibujado su propia identidad, con muchos trabajos sedicentes de izquierda. Abrir las puertas del PRD a militantes priistas que buscan un cargo al que no fueron postulados por su partido ha significado la expansión de las prácticas clientelares y corruptas que el PRD dice combatir. Los dinosaurios están saliendo de un parque y entrando a otro.

Al menos por estas dos razones, el saldo del 14 de marzo debería ir más allá de un asunto penoso o vergonzante para los militantes perredistas. Más allá también de ésta, una de las últimas frases de Andrés Manuel López Obrador dichas como máximo dirigente el 10 de abril en una entrevista con Joaquín López Dóriga: “Están intactos los principios y la autoridad moral del PRD”.    n

Marco Levario Turcott. Periodista. Subdirector del semanario Etcétera.

Roberto Madrazo: Prioridades y cambios

Roberto Madrazo: Prioridades y cambios

Por Adrián Acosta Silva

Resulta difícil no coincidir en el plano de lo general con las propuestas esbozadas por el gobernador Madrazo en su texto. Devolver a la política “su sentido constructivo y creador”, asegurar “gobernabilidad, estabilidad y progreso”, o fortalecer la política social y asistencial, colocando como eje la educación y la capacitación, son enunciados que parecen compartir todas las fuerzas políticas y sus candidatos. Asimismo, “conservar el rumbo” de la economía, crear empleos, distribuir socialmente los beneficios de la globalización y la liberalización del comercio, así como concluir las reformas fiscal, bancaria y financiera, y la “salida del Estado de actividades no estratégicas”, pueden ser objetivos deseables para una política económica “estándar”, es decir, relativamente armónica con el nuevo “sentido común” que domina el manejo de las economías en prácticamente todos los países del mundo que han emprendido políticas de reforma y ajuste estructural de primera y segunda generación en los últimos años.

Sin embargo, hay varios cabos sueltos en las formulaciones generales expresadas por el gobernante tabasqueño en los que convendría detenerse, con el objeto de explorar algunas implicaciones de la estrategia perfilada en su texto. En primer lugar, llama la atención que entre las prioridades enunciadas no se incluya, explícitamente, la relación entre política y economía. El “acuerdo nacional” (político y social) no se vincula con el manejo de la economía y las finanzas, lo que constituye la continuación de la separación trágica que ha caracterizado el rumbo de la política y la economía en los últimos tres sexenios. Esa separación ha llevado a que se incremente el grado de democratización política, a que se observen, en algunos periodos. índices aceptables de crecimiento económico, pero, al mismo tiempo, a que persistan las desigualdades abismales entre individuos, grupos y regiones.

En segundo lugar, el tema del Estado es un asunto sólo enunciado indirectamente en las aseveraciones de Madrazo. Democracia política, racionalidad económica y equidad distributiva es una ecuación que no se puede resolver solamente con la “democratización del mercado” que propone Madrazo. Una frase extraña, pues el mercado es precisamente la antítesis de la democracia, y no se le puede “democratizar” sino regular e inducir. Dejarlo a su suerte significa estimular efectos depredadores, y sólo el Estado es el artefacto que puede redistribuir, encauzar, limitar. Tal ve uno de las lecciones claras de los últimos años de privatización y mercantilización de servicios, sea precisamente que sin la intervención del Estado y sus instituciones, el mercado es un espacio corrosivo de la cohesión social. Ello, por supuesto, implica una reformulación de las relaciones del Estado con los empresarios y los trabajadores, capaz de imprimir legitimidad y fuerza a una estrategia de agregación de intereses que sólo puede tener su centro en las instituciones estatales.

Finalmente, el asunto de las interacciones y los pactos. Parece indudable la necesidad de formular un “acuerdo nacional” conciliatorio, pero ¿cómo hacerlo y bajo que términos en una sociedad que ha pagado de manera bárbaramente desigual los costos del largo ajuste y reestructuración de la economía? Todos pueden jugar el juego de la cooperación si hay la certeza de que en algún momento habrá beneficios para los jugadores. Pero en los últimos años, sólo una parte pequeña de los jugadores ha disfrutado los beneficios del juego, y la gran mayoría ha sufragado los costos del mismo, con lo que las expectativas de lograr resultados se frustran recurrentemente, durante ya demasiado tiempo. Ello genera incentivos a jugar otros juegos, a aventar el tablero y retirar la obediencia a las reglas. Reconstruir la “política de las políticas” es un acto indispensable para devolver la confianza en las instituciones y en las capacidades cohesivas de la política. Reforma social, reforma de la política y reforma fiscal y económica son parte del mismo juego. Son parte de la agenda del juego que va a comenzar en el 2000. o la señal de alerta de que muchos juegos pueden jugarse al mismo tiempo, con resultados ominosos.   n

Adrián Acosta Silva. Doctor en Investigación en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana en Ciencias Sociales, sede México. Ganador del Certamen de ensayo político Carlos Pereyra en 1994. Profesor-investigador en la Universidad de Guadalajara. Miembro del Spanish Languaje Editorial Board de la Education Policy Analysis Archives

Para qué enseñar la historia

Para qué enseñar la historia

Por Enrique Florescano

La enseñanza de la historia es indispensable para el conocimiento del ser humano viviendo en sociedad.

En México se ha olvidado este propósito. De hecho, la enseñanza de la historia es espejo del desastre mayor que padece el sistema educativo nacional. Este artículo, que forma parte del libro Para qué estudiar y enseñar la historia, de próxima publicación en el Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América, caracteriza las deficiencias y expone la necesidad de una reforma radical de la enseñanza de la historia.

Si damos un salto desde los tiempos remotos hasta los días actuales, advertimos que los motivos que hoy nos mueven a enseñar la historia no difieren sustancialmente de los fines que animaron a nuestros antepasados indígenas. Enseñamos a nuestros descendientes la historia propia y la de otros pueblos para hacerlos conscientes de que son parte de la gran corriente de la historia humana, de un proceso que se inició hace miles de años y por el que han transitado pueblos y civilizaciones distintos a los nuestros.

Enseñamos el pasado porque somos conscientes de que el “pasado fue el modelo para el presente y el futuro”. En cierta manera, el conocimiento del pasado es la clave del “código genético por el cual cada generación reproduce sus sucesores y ordena sus relaciones. De ahí la significación de lo viejo, que representa la sabiduría no sólo en términos de una larga experiencia acumulada, sino la memoria de cómo eran las cosas, cómo fueron hechas y, por lo tanto, de cómo deberían hacerse”.1

Enseñar el desarrollo histórico de los pueblos equivale entonces a ser conscientes, en primer lugar, de nuestra temporalidad, a situarnos en nuestra propia circunstancia histórica.

La primera lección del conocimiento histórico es hacernos conscientes de nuestra historicidad. “La vida humana se desarrolla en el tiempo, es en el tiempo donde ocurren los acontecimientos y (…) es en el transcurso del tiempo que los hombres escriben la historia”.2 Los individuos, así como los grupos y las generaciones humanas, requieren situarse en su tiempo, en el inescapable presente que irremediablemente forjará su propia perspectiva del pasado y sus expectativas del futuro. La dimensión histórica, con su ineludible juego entre el presente, el pasado y el futuro, es el ámbito donde los seres humanos adquieren conciencia de la temporalidad y de las distintas formas en que ésta se manifiesta en los individuos y en los grupos con los que éste se vincula.

La conciencia de que nuestras vidas se realizan en el tiempo y se modifican con el transcurrir temporal la adquirimos primeramente en el seno de la vida familiar y en el propio entorno social. La primera noción de que el ser humano está vinculado con sus antecesores en una suerte de cadena temporal se adquiere con los padres y los ascendientes de los que éstos provienen. En el seno de la familia el niño adquiere por primera vez conciencia de que es un eslabón temporal de un grupo social cuyos orígenes se sitúan en un pasado remoto. Es en el seno de la familia donde se percata de las diferencias de edad y donde adquiere noción de los cambios que el paso del tiempo induce en la vida humana. Más tarde esta percepción individual de la temporalidad se convierte en percepción social cuando el joven o el adulto entran a formar parte de generaciones, grupos y clases sociales. La apreciación de que el grupo, la tribu o la nación también cambian con el transcurso del tiempo aparece cuando el individuo se inserta en la vida social de su momento histórico.

El proceso histórico, además de verificarse en el tiempo, ocurre en el espacio. Tiempo y espacio son los dos ejes del acontecer histórico. Los hechos históricos, una vez situados en el tiempo, requieren ser ubicados en el lugar donde ocurren, deben ser registrados en una geografía precisa. Cualquier persona que se acerca al pasado, y con más razón el historiador, está obligada a conocer el lugar exacto donde ocurrieron los hechos y a dar cuenta de las características de ese espacio.

Por estos rasgos del conocimiento histórico en muchos países la historia marcha emparejada con la geografía. No puede haber conocimiento fidedigno de los acontecimientos sin el registro pormenorizado del territorio donde éstos ocurrieron. Sin caer en las aberraciones que proclamaron que el lugar o el clima determinaban la naturaleza de los acontecimientos históricos, es un hecho que el medio geográfico impone su huella sobre las obras humanas. El historiador, como el géografo, está entonces obligado a conocer el ámbito ecológico que rodea la vida social para explicar el peso del medio natural en el desenvolvimiento de los seres humanos.

Por otra parte, el conocimiento histórico, al reparar en las circunstancias que promueven el desarrollo de los individuos, las familias, los grupos o las naciones, nos lleva a percibir la singularidad de esos grupos, nos hace percatarnos de sus rasgos propios y de los lazos de identidad que los unen. El conocimiento histórico enseña que desde los tiempos más remotos los seres humanos se organizaron en grupos, tribus, pueblos y naciones dotados de un profundo sentimiento de solidaridad e identidad. Al mismo tiempo que el conocimiento histórico destaca la naturaleza social de los seres humanos, nos acerca a los artefactos que contribuyeron a soldar los lazos sociales: la lengua, los rasgos étnicos, el territorio, las relaciones familiares, la organización política…

Por las razones anteriores se puede afirmar que el conocimiento histórico es indispensable para preparar a los niños y los jóvenes a vivir en sociedad: proporciona un conocimiento global del desarrollo de los seres humanos y del mundo que los rodea. El conocimiento histórico es, ante todo, conocimiento del ser humano viviendo en sociedad. Si las nuevas generaciones están obligadas a conocer el presente, es conveniente que lo hagan a partir del pasado que ha construido ese presente. Es necesario que cada generación sepa actuar en el presente fundada en el conocimiento que le proporciona el análisis de la experiencia pasada.

Desde el inicio de la vida civilizada el conocimiento histórico ha sido el mejor instrumento para difundir los valores de la cultura nacional y para comprender el sentido de la civilización humana. La historia, al recoger y ordenar el conocimiento del pasado, se convierte en el almacén de la memoria colectiva, en la salvaguarda de la nación. La historia es el saber que da cuenta de las raíces profundas que sostienen las sociedades, las naciones y las culturas y, asimismo, es la disciplina que esclarece el pasado de los individuos: es el saber que desvela las raíces sociales del ser humano.

Para que la historia pueda cumplir sus funciones culturales, sociales, nacionales y educativas es preciso que satisfaga los siguientes requisitos:

1. Ofrecer a los niños conocimientos básicos sobre la historia y la geografía de México, con el fin de familiarizarlos con los fundamentos de la cultura nacional. Enseñar a los alumnos la historia y la geografía equivale a darles una visión del mundo y una memoria.

2.   Despertar la curiosidad de los niños y los jóvenes por su pasado. Fomentar, mediante el uso de diversos métodos activos y complementarios, el estudio de los orígenes familiares y sociales, así como los de la región y la nación. Esta enseñanza es la base de su patrimonio cultural, concebido como una herencia del pasado a los seres humanos contemporáneos, que permite a cada uno encontrar su identidad. La identidad del ciudadano se basa en esta apropiación del patrimonio cultural heredado.

3. Hacer sentir a los niños y a los jóvenes que los conocimientos históricos no son adquisiciones definitivas, sino saberes sujetos a revisión constante. Lo que hoy conocemos puede ser modificado por el conocimiento de mañana, o puede ser puesto en duda por nuevos descubrimientos. El estudio de la historia debe fomentar la idea de que el conocimiento es un proceso en constante renovación, y estimular el sentido crítico y el espíritu de observación.

4.   El estudio de la historia debe asimismo estimular las facultades que el humanismo propone desarrollar: “la capacidad crítica de análisis, la curiosidad que no respeta dogmas ni ocultamientos, el sentido del razonamiento lógico, la sensibilidad para apreciar las más altas realizaciones del espíritu humano, la visión de conjunto ante el panorama del saber, etcétera”.3Enseñar a los alumnos a leer e identificar, es decir, a reconocer y nombrar, y más tarde a construir algunas frases para darle sentido a las cosas así reunidas, ejercita el juicio crítico y el razonamiento.

5. Rebasar el campo de la historia de México para hacer comprender a los jóvenes la importancia de la civilización y de la historia de otros pueblos. El conocimiento de otras culturas y tradiciones es la mejor manera de estimular la comprensión y el espíritu de tolerancia entre los jóvenes.

6. Utilizar los ejemplos históricos para enseñar cómo funciona la vida y la sociedad, y cómo pueden los jóvenes conocer los derechos y los deberes de los seres humanos, cómo se forjaron los valores que sostienen y alimentan al conjunto social, y cómo se reconocieron y aceptaron esos valores en el desarrollo histórico de los pueblos. Comprender el mundo contemporáneo y actuar sobre él como persona libre y responsable, exigen el conocimiento del mundo en su diversidad y en su desarrollo histórico.

7.   Reafirmar la idea de que educar “es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber que la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores. memorias, hechos…) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento”.4

Aun cuando desde los inicios de nuestro sistema educativo la historia fue considerada una asignatura importante, sus contenidos, los modos de enseñarla, la formación de los profesores, los métodos que la difunden y sus resultados poco han contribuido a formar mejores ciudadanos y mexicanos. Casi no hay estudios sistemáticos que registren el desempeño pormenorizado de la enseñanza de la historia en las escuelas mexicanas. Pero los escasos que existen confirman la exactitud del diagnóstico hecho por un libro dedicado a examinar la realidad educativa del país: una catástrofe silenciosa recorre los diferentes ámbitos del sistema educativo nacional.5 Veamos, con mayor precisión, dónde se ubican estas catástrofes y cuáles son sus características.

Los contenidos. Supuestamente la enseñanza de la historia debería ofrecer a los niños y jóvenes una idea general sobre la formación de su país, sobre los principales procesos históricos que intervinieron en su desarrollo y sobre la diversidad de su población. Asimismo, la enseñanza de la historia debería ser un apoyo de la formación cívica de los estudiantes, debería capacitarlos para comprender la realidad social y el mundo que los rodea, y ofrecerles instrumentos básicos para actuar en el mundo exterior. Supuestamente la enseñanza de la historia, como la enseñanza en general, debería preparar a los niños a pensar bien, a reflexionar con propiedad y a manejar el conocimiento aprendido, de tal manera que pudieran transitar de la vida escolar a la vida productiva como individuos activos, participativos y creativos.

Sin embargo, en la realidad, los contenidos de los libros de texto y de los programas escolares se dedican a formar en las mentes de los niños una concepción estrecha del desarrollo histórico del país, dominada por la idea de una identidad nacional uniforme. No hay congruencia entre los propósitos declarados de la enseñanza de la historia y los métodos adoptados para transmitirla, que están regidos por la memorización y las prácticas obsoletas. El problema mayor que presentan los libros de texto es que su contenido carece de un propósito definido desde el punto de vista histórico y pedagógico. No está claro qué se quiere enseñar de la historia de México, ni para qué ni cómo. Los libros de texto tampoco enseñan a pensar y explicar los procesos históricos. A veces hay una contradicción flagrante entre los temas seleccionados y los métodos adoptados para explicarlos. Los materiales didácticos se reducen al libro de texto, que es utilizado como única fuente de información y de consulta. En fin, según los expertos, la educación básica padece las siguientes deficiencias:

Al igual que en la primaria, el plan de estudios de la educación secundaria continúa basado en una pedagogía abstracta, de información, irrelevante para la vida real de los estudiantes; se transmiten contenidos desvinculados del entorno social específico en donde se realiza la práctica educativa y, por esta vía, se garantiza el divorcio entre el conocimiento escolar y las demandas efectivas de la sociedad.6

Por lo general, las horas dedicadas a la enseñanza de la historia resultan insuficientes para cubrir el número de las materias. La disparidad entre los propósitos de los programas escolares y la realidad de la enseñanza se manifiesta en múltiples renglones. La contradicción entre el número de horas realmente disponibles y las materias que deberían enseñarse hace imposible cumplir el programa anual, lo cual deriva en frustración tanto para los profesores como para los alumnos.

Los métodos de enseñanza. Sabemos que entre la población mexicana una de las lecturas más frecuentadas es la de los libros de historia; pero en las escuelas los niños unánimemente tienen esta materia como la más aburrida y la consideran un verdadero suplicio. Según algunas encuestas los niños y jóvenes rechazan las clases de historia porque están basadas en la memorización y en procedimientos tradicionales. Son clases en las que están ausentes las técnicas que han renovado la impartición de conocimientos. Los profesores no fomentan el trabajo colectivo o las prácticas de grupo, y también están en contra de los métodos experimentales, las innovaciones pedagógicas y las visitas a museos o a los lugares históricos. En general, se manifiestan en contra de las técnicas que ponen en relación directa al alumno con los temas de estudio, y con las prácticas que los hacen pensar y actuar como individuos racionales. En todos estos casos el estudiante no es considerado un sujeto activo, sino un paciente sometido a la tutela del educador.7

Los educadores. En nuestro país, el “elemento constitutivo central de la educación es el maestro”.8 Sin embargo, los profesores son, sin duda alguna, uno de los puntos más débiles del actual sistema educativo. Las encuestas realizadas en el área de historia señalan que están mal pagados y carecen de motivaciones sociales e intelectuales para cumplir con su cometido, males que comparten con los demás profesores del sistema. Las encuestas revelan que en la mayoría de los casos no tienen una preparación especializada en los temas históricos. Los datos disponibles informan que gran parte de los profesores que imparten estas materias se formaron en otras especialidades. Esas mismas encuestas indican que los programas de actualización no han servido para remediar las deficiencias iniciales en la preparación de los maestros. Es decir, por su propia formación deficiente los profesores son los primeros en reproducir en el salón de clases los conocimientos obsoletos, las pedagogías inapropiadas y la frustración entre los alumnos. Son también los primeros en evadir el análisis y la autocrítica, pues atribuyen los fracasos de su enseñanza al exceso de materias, la falta de programas didácticos y de materiales de trabajo adecuados, o a las autoridades de la escuela.9

Otro de los problemas que afecta la enseñanza de la historia es la desvinculación entre el profesor de la materia, las autoridades de la escuela y los padres de los alumnos. En general, los directores de la escuela y los Jefes de Enseñanza desconocen los enfoques, las pedagogías y las necesidades del programa de historia, por lo cual no prestan oídos a los planteamientos que hacen los docentes, o toman una posición contraria a sus demandas.10 El sentimiento de frustración que crea esta relación se agudiza porque los docentes no están organizados académicamente para hacer valer sus críticas y propuestas. Estas deformaciones se han profundizado porque los padres de familia que las perciben no tienen voz ni voto en la educación que se imparte a sus hijos. Están completamente marginados del sistema escolar.

En resumen, entre los retos que enfrenta el sistema educativo está el de “desarrollar su capacidad para atender integralmente al docente, desde su formación inicial hasta su actualización, procurar el mejoramiento de sus condiciones de trabajo y de salario, y reconocer su valorización social”.11

Los alumnos. En la lista de catástrofes que agobian al sistema educativo mexicano uno de los sectores más agraviados es el de los alumnos. El primer agravio proviene de la frustración que experimenta el niño que va a la escuela a aprender la historia de su patria y recibe en cambio una retahíla de nombres, fechas y acontecimientos que antes que comprender tiene que memorizar. El segundo agravio lo reciente cuando en lugar de que la escuela establezca una relación de mutuo aprendizaje entre él y sus profesores, propicia una relación gobernada por el autoritarismo, la no comunicación y la represión. El tercer y más resentido de los agravios es la carga de aburrimiento, apatía, rechazo y nulo aprovechamiento que inunda al alumno en las clases de historia; una carga que ahoga cualquier estímulo para estudiar, comprender o investigar.12

Es decir, la enseñanza de la historia es contraria a los ideales básicos del sistema educativo. En lugar de enseñar inocula deficiencias en la formación de los alumnos y malquista al estudiante con la educación, los profesores y la escuela. Antes que estimular a los alumnos a ejercitar la crítica y abrirse al entendimiento de nuevos problemas, los encierra en la memorización insustancial y la apatía. Estas deformaciones de la enseñanza de la historia se localizan en la enseñanza básica y se prolongan en la media y superior. Es decir, hay una crisis general de la enseñanza de la historia en el sistema educativo mexicano.

No nos engañemos: la imagen que tenemos de otros pueblos, y hasta de nosotros mismos, está asociada a la Historia tal como se nos contó cuando éramos niños. Ella deja su huella en nosotros para toda la existencia. Sobre esta imagen, que para cada quien es un descubrimiento del mundo y del pasado de las sociedades, se incorporan de inmediato ideas fugitivas o duraderas (…) al tiempo que permanecen, indelebles, las huellas de nuestras primeras curiosidades y de nuestras primeras emociones.

Marc Ferro13

Si esta aseveración de Marc Ferro es cierta, como lo creo, entonces los mexicanos estamos obligados a emprender una reforma radical de la enseñanza de la historia, porque la historia que hasta ahora hemos enseñado en nuestras escuelas está plagada de deficiencias y se enseña terriblemente mal. No soy experto en asuntos educativos ni en materias pedagógicas, dos aspectos clave en cualquier programa de reforma educativa. Sin embargo, pienso que la reforma que necesitamos debe sustentarse en una estrategia que aspire a alcanzar los siguientes objetivos.

Primero. Promover una encuesta exhaustiva de la situación actual del sistema educativo. Como dije antes, en México son escasas las encuestas rigurosas sobre un fenómeno tan cambiante y sujeto a transformaciones profundas como la educación. Los países avanzados hacen periódicamente este tipo de ejercicios de evaluación y anualmente revisan las variables más sensibles a los cambios. Es evidente que para emprender una reforma rigurosa del sistema educativo se requiere una encuesta exhaustiva, amplia y sistemática, que permita elaborar un diagnóstico realista de los problemas que hoy afectan a las tareas educativas. Y es asimismo necesario que esa acción se encomiende, como se hace regularmente en Francia y otros países, a las personas más capacitadas y comprometidas con los desafíos educativos de su país.14

Segundo. Elaboración de un programa de reformas basado en los resultados de la encuesta anterior. Es imprescindible que la propuesta de reformas a los métodos de enseñanza y al sistema educativo sea elaborada por una comisión integrada por un equipo de profesores, pedagogos, historiadores, padres de familia, escolares y expertos altamente calificados y comprometidos con el buen desarrollo del sistema educativo. Quiero decir que deberá ser una comisión independiente del sistema corporativo que hoy impide que la educación sea un asunto de interés público y una responsabilidad nacional.

Tercero. El programa de reformas debe estar integrado por acciones inmediatas, seguidas por otras de mediano y largo plazo, y las tres deberán ser objeto de evaluaciones periódicas que habrán de darse a conocer a la opinión pública.

La reforma de la enseñanza de la historia y del sistema educativo no puede olvidar que la enseñanza “nunca es una mera transmisión de conocimientos o destrezas prácticas, sino que se acompaña de un ideal de vida y de un proyecto de sociedad”.15 La nueva propuesta educativa debe ser coherente con el proyecto de sociedad democrática que están construyendo los mexicanos, y debe rechazar los ideales de educación negativos. Como dice Savater, el proyecto democrático y universalista de educación debe rechazar “el servicio a una divinidad celosa cuyos mandamientos han de guiar a los humanos, la integración en el espíritu de una nación o de una étnia como forma de plenitud personal, la adopción de un modelo sociopolítico único capaz de responder a todas las perplejidades humanas, sea desde la abolición colectivista de la propiedad privada o desde la potenciación de ésta en una maximización de acumulación y consumo que se compromete con la bienaventuranza”.16

Por último, para alcanzar estos objetivos, habría que retomar las propuestas sociales del Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica (1992). El mensaje de este documento decía que la “magnitud y trascendencia de la obra educativa que reclama el futuro de México entraña la participación de cuantos intervienen en los procesos educativos”, por lo que es indispensable fortalecer la capacidad de organización y participación en la base del sistema: la escuela misma, los maestros, los padres de familia y los alumnos. Se trataba de “desplegar la energía social para un decidido enriquecimiento de la educación”, fundado en “una amplia participación social en la educación”.17  n

1 Eric Hobsbawm: On History. Weidenfeld and Nicholson. Londres, 1997, p. 28.

2 Charles Samaran (comp.): L’histoire et ses méthodes. Bibliothèque de la Pleiade, Gallimard, Paris, 1961. p. 37.

3 Fernando Savater: El valor de educar. Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América, México. 1997. p. 125. Véase también el manual francés Histoire-Geographie, Education Civique. Centre National de Documentación Pedagogique. París, 1998.

4 Ibid.. pp. 23-24.

5 Gilberto Guevara Niebla (comp.): La catástrofe silenciosa. Fondo de Cultura Económica. México, 1992. Véase también Felipe Martínez Rizo: “La planeación y la evaluación de la educación” en Pablo Latapí Sarre (comp.): Un siglo de educación en México. Fondo de Cultura Económica. México, 1998,I, pp. 288-318.

6 Gilberto Guevara: Ibid., pp. 45-46; véase también Victoria Lerner Sigal: “El manejo de los contenidos en la enseñanza de la historia: el factor tiempo y el factor espacio” en La enseñanza de Clío, UNAM-CISE- Instituto Mora, México, 1990, pp. 209-230; Raúl Vargas Segura: Del pensamiento histórico a su aprendizaje, Mecanoescrito, 1999.

7 Raúl Vargas Segura: Ibid., pp. 3-4.

8 Silvia Schmelkes: “La educación básica” en Pablo Latapí Sarre (comp.): Op. di., p. 185.

9 Raúl Vargas Segura: Op. cit.. pp. 8-10; Schmelkes: Op. cit., pp. 186- 187.

10 Silvia Schmelkes: Ibid., pp. 189 y ss.

11 Silvia Schmelkes: Ibid., p. 191. Véase también María de Ibarrola: “La formación de los profesores de educación básica en el siglo XX” en Pablo Latapí Sarre (comp.): Op. cit., pp. 230-275.

12 Raúl Vargas: Op. cit., p. 4. Véanse también los artículos que tratan estos temas en la obra de Victoria Lerner: Op. cit.

13 Marc Ferro: Cómo se cuenta la historia a los niños en el mundo entero. Fondo de Cultura Económica, México, 1995, p. 9.

l4 Un modelo de este tipo de encuestas es el ya citado de René Girault: L’historié et la géographie en question,Ministère de l’éducation nationale, Paris, 1983.

15 Fernando Savater: Op. cit., p. 155.

16 Ibid„ pp. 163-164.

l7 Pablo Latapí Sarre: “Perspectivas hacia el siglo XXI” en Op. cit., pp. 422-423.

Enrique Florescano. Historiador. Entre sus libros, Memoria mexicana y La bandera mexicana: Breve historia de su formación y simbolismo.