Los libros

LOS LIBROS

PABLO SOLER FROST

Un libro extraordinario, Dios y Mammón, de Francois Mauriac me hizo dejar de escribir algunos años. Un libro aún más extraordinario, los Evangelios, me hizo volver a escribir.      n

Pablo Soler Frost. Entre sus libros. La mano derecha.

Una voz hasta el horizonte

PUERTO LIBRE

UNA VOZ HASTA EL HORIZONTE

POR ANGELES MASTRETTA

Es junio y ella añora a su padre con la misma intensidad que a veces pone en ambicionar imposibles, hasta que a ratos los consigue. Así como ha conseguido que su hija de diecisiete años tenga por el abuelo a quien nunca vio. una veneración equiparable a la que otros pueden tener por su entera genealogía.

Su padre murió una mañana de mayo. Hace tres décadas. Ella siente que hace ya de eso tanto tiempo que le parece cercano. Su padre solía hacerla reír. Desde niña tenía recuerdos de su padre jugando a provocar su risa. El que en el fondo era quizás un hombre triste, si dueño de tristezas es quien sabe que no hay alegría imposible, quien ironiza con el mundo todo, empezando por su propia figura y sus magras finanzas.

Caminaba despacio, pero siempre llegó a tiempo a todas partes. No como ella, que corre eternamente y a todo llega tarde. Aún teme estar a tiempo. Odia ser la que espera. Esperó una vez que la vida dejara suyo a ese hombre a quien quiso con devoción y sin matices, como sólo se quiere a los hijos. Esperó una vez como quien traga fuego, que su padre viviera porque lo quería ella, porque le rogó a su Dios que le dejara el aliento aunque fuera un tiempo, y nada de lo que ella hubiera querido pedirle a Dios le había negado. Así es Dios: todo lo concede hasta que lo deja de conceder. Y así fue su fe en él, todo le creyó hasta que dejó de creerle.

Con un tiempo, un año pensó entonces, hubiera tenido ella para aceptar que esa parálisis en que lo vieron irse, aquel silencio, eran el preludio de la muerte, eran peores que la muerte. Pero en dos días, todo es mejor que la muerte. Cualquier trozo de vida, cualquier indicio de que ahí estaba. Un poco de la luz con que solía mirar, una mueca evocando el afán de su sonrisa.

No imaginaba ella lo que pasaría en un año, pero era tan joven que entonces los años eran largos y seguro creyó que después de un año tendría fuerzas para no morirse cuando él muriera. Las fuerzas que no tenía esa tarde, caminando de su casa al hospital, mientras miraba caer sus lágrimas sobre la piedra de las calles. Como si fueran lágrimas ajenas.

—Papá, ¿por qué nos sigue la luna?— le había preguntado a los cuatro años, una noche al volver del campo. Ella nunca ha sabido recordar qué le respondió, sin embargo recuerda que su respuesta la dejó en paz. Tampoco recordaba cuándo se hizo la noche de aquel lunes, en que un pedazo de luna la acompañó hermosa y abusiva cuando volvió del hospital con la certidumbre de que el resto de su vida, de sus preguntas, de sus desfalcos y sus deseos, tendría que vivirlos sin aquella voz con respuestas. Quién sabe qué tendría su voz con respuestas, pero ella recuerda que siempre le dieron paz.

Su padre silbaba al volver del trabajo. Adivinar por qué silbaba. Volvía de un trabajo extenuante y mal pagado, silbando como si volviera de una feria y entrara en otra. Ella lo escuchaba llegar y corría escalera abajo.

Ahora está envejeciendo y aún la hace llorar la memoria de aquellas manos en su cabeza. Para todo lo que tiene que ver con recordarlo ella tiene cinco, diez, catorce inermes años. Y sin embargo, lo recuerda casi siempre con alegría y consiguió sobrevivir al abismo de perderlo.

—¿A quién conmoverá mi desolada vejez de cinco años?— se pregunta cuando da en llorar como si deveras tuviera cinco años.

Y habrá seguramente quien se con mueva. Pero también quien se espante. Ella tiene unos hijos como prodigios, de los que nadie mejor que su índole sabe cuanto debía decirse, ella ha podido encontrar unas lunas de milagro, lunas que hacen su magia hasta cuando las nubes se las esconden a sus ojos. Tiene al lado un hombre con la fuerza interior y las piernas largas de su abuelo, que hará más de veinte años sobrevive a sus búsquedas, a su para él siempre rara pasión por el mar, al hecho irrevocable de que hace tiempo a ella no le interese ni siquiera leer los periódicos y desde siempre haya pasado con pánico y desdén frente a la televisión en que él cambia canales o mira el fútbol como ella podría perder los ojos en el horizonte, las tardes enteras. Tiene las mejores amigas que alguien pueda soñar, amigas con las que habla horas incluso en mitad de una mañana de trabajo, amigas como hermanas. Tiene una hermana llena de sortilegios a la que admira y extraña mucho más que a los dos volcanes que están frente a la casa en que la ve vivir como si la viera volar y que es su amiga más que si no fuera su hermana. Tiene una madre como una catedral que se ha ido construyendo durante años, hasta convertirse en un ser excepcional y adorable. Tiene tres hermanos de sangre con los que sabe que podrías contar millones. Y hasta se da el lujo de tener hermanos de elección con los que cuenta a diario como si fueran sus hermanos. Se gana el dinero que gasta y hasta el que otros se gastan cuando le roban sus tarjetas de crédito, mientras ella babosea frente a la textura de un suéter. Tiene quienes acuden cómplices a sus palabras, algunos que incluso la quieren sin haberle visto y otros que la quieren a pesar de saber que no es la misma que escribe o que están viendo. Tiene epilepsia y le ha perdido el miedo como quien tiene una cicatriz y se acostumbra a llevarla aunque a ratos le recuerde un dolor. Para más, algunas noches, como si fuera princesa de las óperas, tiene quien desde adentro le cante: “Guardi le stelle che tremmano d’amore e di speranzda”.

Todos esos lujos y privilegios, más otros de los que sólo ella sabe, tiene y venera. Su padre, sin embargo, es todo lo que no tiene, ni ha tenido. Todo lo que muchas veces ella no sabe siquiera qué cosa es. Todo eso, más el recuerdo lejano de las mañanas en que él la subía a un burro y caminaba sosteniéndola, por un campo cuyo olor aún le parece que tiene en la memoria, junto con las historias que un hombre, todavía joven, le iba contando a una niña tan pequeña que no recuerda sino el tono de la voz que las contaba. Esa es la voz que la lleva a desear imposibles que para su asombro se vuelven posibles algún momento y sin más permanecen como eternos. Esa es la voz que cuando ella quiere entristecerse demasiado con su ausencia, le recuerda el montón de bendiciones que la vida le ha regalado y el abrazo que quien tuvo esa voz está dándole para siempre, desde la foto en la que aún hay una niña con vestido blanco, sentada en las piernas y el resguardo de un hombre que extiende el brazo y la mirada, enseñándole el horizonte. n

Angeles Mastretta Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

Mapa mínimo de nuestras letras

EL CIERRE CICLÓNICO

MAPA MÍNIMO DE NUESTRAS LETRAS

POR ALVARO RUIZ ABREU

Los libros más recientes de Sergio Pitol, José María Pérez Gay y Jorge Volpi están animados por un mismo impulso: el de captar los excesos del poder y los horrores producidos por el siglo XX europeo. Sus registros literarios no tienen semejanzas y, sin embargo, se tocan en un punto: el de la Historia.

Hemos nacido para el nuevo siglo lejos de los campesinos rulfanos agobiados por la sed de justicia y redención. Por los cerros pelados en donde no crece más que el olvido no volverá a detenerse la pluma del poeta, del narrador. Esta actitud responde a la idea de que la novela debe ser cosmopolita y universal en el siglo de la globalización buscar fuera de casa sus historias, su poética y su estrella. He aquí tres nombres que responden a este “modelo” narrativo: Jorge Volpi y su celebrada novela En busca de Klingsor, José María Pérez Gay y Tu nombre en el silencio; y Sergio Pitol en un relato de viaje, El viaje.

Cómo deletrear la esperanza

En la difícil costumbre de estar lejos (1985) Pérez Gay había entrelazado la historia de un cónsul de México en Alemania de amores certeros pero frustrantes; ahora hizo el mismo recorrido pero con mayor intensidad y vocación filosófica y poética. Tu nombre en el silencio se gestó en 1985, si damos crédito a las palabras del autor, después de la lectura de Las tres vidas de Rudi Dutschke. Pensó escribir una biografía de un líder estudiantil (Dutschke) que había conocido en el Berlín de los años sesenta, una semblanza generacional, porque el “proyecto de una novela me pareció entonces imposible”. Pero al fin la tentación fue irresistible y escribió Tu nombre en el silencio. En 1964 Pérez Gay, a los 21 años, terminó la carrera de Ciencias de la Información en la Universidad Iberoamericana; interesado en proseguir sus pesquisas intelectuales, aceptó una beca para estudiar en la Universidad Libre de Berlín Occidental, centro de discusión ideológica influido por la Escuela de Frankfurt. Sus ojos empezaron a descubrir el marxismo, a escritores como Kafka, Mann, Musil, Broch, y entusiasmado con la historia de Alemania conoció el genocidio de los nazis y lo que el Holocausto significaba para una sociedad herida todavía por aquel pasado inmediato.

Más que una historia, la novela de Pérez Gay es un compendio de historias familiares, estudiantiles, de fraternidad entre amigos, y sobre todo una puesta en escena de la filosofía de la destrucción que ensombreció el rostro del siglo XX. Es algo más que el triunfo de una trama, parece la confirmación de que es posible creer en el destino que junta en Berlín al mexicano Ernesto Cardona, al brasileño Nuno Abrantes, y al colombiano Alonso Vélez. Son tres miradas sobre la Guerra Fría, los años de la guerra en Vietnam, la contracultura protagonizada por Herbert Marcuse, el riesgo de la guerra nuclear. Tres latinoamericanos que el tiempo dispersó, pero que en 1965 se afianzaron al porvenir, que apostaron al reino de su juventud y sólo obtuvieron la nostalgia por el país natal.

Agotados en sus fines y en la ideología que alguna vez los levantó de cara a la Esperanza y les anunció la llegada del Hombre Nuevo, después de su juventud ven pasar las cenizas de su proyecto. Pero queda la ilusión de volver a comenzar, lo que Vico llamaría el ciclo reencarnado de la Historia: “Es bueno comenzar la vida por segunda vez —le dijo Cardona con su manera peculiar de siempre.”

Muchas cosas llaman la atención del lector en esta novela pero una que me parece sustantiva es la prosa fluida y precisa, aparte de las borracheras verbales sobre la ideología, el nazismo, la guerrilla, las dictaduras militares que ensombrecieron la vida política y social en América Latina. Quiero decir, esos momentos en que el autor hace un close-up a sus personajes. Como el del encuentro, en las últimas páginas, de Cardona y el colombiano Alonso Vélez en Managua, la ciudad que atropella la “contra” en plena efervescencia sandinista. Han discutido mucho sobre el futuro del socialismo, recordando sus años en la Universidad Libre de Berlín. Al fin hartos de su propio discurso tautológico, sin salidas, les llega de algún sitio el silencio.

La noche fue quedándose con el patio y sus ruidos lejanos, la única luz que se filtraba era la de la cocina. Permanecieron en silencio un largo rato, respirando la fragancia de los almendros y escuchando el zumbido de las libélulas. Cardona vio la figura rechoncha de Alonso tumbado en la mecedora y sintió por primera vez el peso de los años, los estragos del tiempo y su paso tan devastador: su propia cabeza encanecida, la obesidad de Alonso y su calvicie, las pruebas irrefutables del fin de su juventud.

Historia de amores desdichados pero de pasiones inconfesables, reunión de hombres y mujeres en la encrucijada de sus vidas, esta novela no respeta el canon del género. Es novela pero también crónica de la historia social y política del siglo XX; libro de discursos filosóficos extensos y polémicos, plataforma de discusión estudiantil; es memoria de lo que no pudo ser el mundo de la Guerra Fría y una galería del terror. Recuento de las ideas que han gobernado las ilusiones de los hombres, es una asamblea de voces radicales, a veces preñadas de anarquía o de escepticismo, voces de maestros y alumnos que discuten desde el pensamiento platónico hasta las sentencias demoledoras de Nietzsche. Hay un narrador ilustrado que maneja las fuentes del discurso filosófico, y lo desliza con gran intrepidez por la narración y lo pone en labios de sus héroes.

Estamos ante una novela de 600 páginas que se extienden por un periodo más o menos largo: el que abarca el último tercio del siglo XX. Entre 1964 y 1990, es decir, de las luchas de la liberación femenina, la guerra de Vietnam, el apogeo del movimiento estudiantil que dirigió sus baterías hacia la Familia, el Estado, la Iglesia, a la caída del muro de Berlín. Del sueño a la pesadilla; de la utopía a los paraísos terrenales; de la esperanza a la desesperanza; de la ingenuidad a la desconfianza resuelta. Fueron aquellos años una inmersión en el ancho e inexplicable mundo de los sueños. Como dice Cardona:”Los sueños en que aprendimos a deletrear la esperanza, pero también los que nos volvieron inmunes a los hechos incómodos, los sueños que nos convirtieron en ideólogos de la esperanza. La realidad, Alonso, tiene lo que encuentras, no recoges sino lo que te pertenece”. El, como nadie, sabe que en este laberinto más parecido a un manicomio que a un bosque oscuro donde reina siempre e inevitablemente la violencia, no hay redención posible, tampoco la revelación que busca en el campus universitario de Berlín. No encuentra sino hojas secas del invierno restregadas en la nieve. Y escombros. Y de esas ruinas cree hallar su propio pasado y el de sus amigos como un signo premonitorio de que para el hombre no hay más porvenir que el de sus sueños, ni más revolución que la de su juventud.

La Alemania de Pérez Gay es un país que sale de las entrañas del escritor, de su experiencia de estudiante, de los primeros amores y fracasos en un país distinto al suyo. Es una Alemania en la que se discute el presente y el futuro del mundo, el estado de la violencia. El maestro Kojéve tal vez da la clave del problema cuando afirma que la violencia ha existido en todas las épocas y en todas las sociedades. La política, por tanto, ha sido “el mal menor” pero no ha descubierto “el secreto para evitar la violencia. Pero la violencia se hace cada vez más inhumana cuando se pone al servicio de una verdad a la vez histórica y absoluta”. Como respuesta de sus estudiantes el profesor Kojéve obtiene esta sentencia: “Usted es un liberal de mierda —gritó un compañero de la Federación de Estudiantes Alemanes Socialistas”—. El profesor alegó en su defensa que tal vez lo fuera, pero que la última palabra “nunca está dicha y siguió adelante en estos términos: “no hay que juzgar a los adversarios como si nuestra causa se confundiera con la verdad última. Todos los grandes proyectos históricos —construir una sociedad justa, cambiar el mundo, instalar la fraternidad universal— no son otra cosa que la herencia de las grandes religiones universales”.

Sin exaltarse el profesor responde con energía e inteligencia a sus jóvenes adversarios que lo ven como el profeta del liberalismo falso y traidor. El se inclina a favor del diálogo en el que ve la única posibilidad de entendimiento, donde se alcanzan los consensos y se llega a la verdad. “Toda filosofía es, por tanto, dialéctica. Porque todo enunciado, incluso aquel, y precisamente aquel que enuncie la esencia interior de las cosas, la mutua relación de las ideas, contiene la contradicción de lo uno y lo múltiple”. Es evidente que una obra que va de 1964 a 1990, con retrospecciones a la Alemania nazi, los campos de concentración y la persecución a las libertades, toca asuntos de gran actualidad y que suscitan polémica.

En ella el lector recorre un sinuoso y profundo camino que lo lleva a una encrucijada: la del hombre y su destino. Sólo el aliento de la poesía, el poder de la palabra y de la memoria hacen posible sobrevivir a las minas de un pasado que sangra por sus cuatro costados. Tu nombre en el silencio traza una línea escéptica en la pizarra de nuestra vida, y sólo el poder de la prosa poética y encabronadamente nostálgica de Pérez Gay nos devuelve el aliento perdido durante su lectura. De todas esas esperanzas que el Poder sepultó, de toda esa vitalidad juvenil que la represión disolvió, del tiempo perdido en discusiones para restaurar en el mundo la Razón, la Libertad, la Fraternidad, sólo es posible oponer la palabra que los nombra. Tu nombre en el silencio: variedad de formas y conductas. de reacciones y de ideologías, encuentro de países que se entrecruzan en la memoria y en la historia recordada del relato. Novela de pasiones desbordadas en que el amor no triunfa jamás, eleva el fracaso a la triste verdad de la vida diaria.

Después de haber iniciado en Berlín su vida de estudiante en la Universidad Libre de Berlín, Cardona siente que el mundo que disfrutó y palpó se le fue de las manos. Veinte años después intenta rescatar la imagen de Ida Peveling. una mujer (su suegra más concretamente) que le hace falta. Helándose en pleno mes de marzo, visita el cementerio de St. Annen. Deposita una rosa en la tumba de Dutschke, y unos claveles en la de Ida Paveling. Ahí creyó entender la ”profecía de la memoria: supo que todos dejamos nuestro nombre en el silencio. y que Nuno y Dutschke ya no podían envejecer, el peso de los años ya no caería sobre ellos como caía sobre él estaban detenidos en el Berlín de su vida y de sus sueños, y tendrían para siempre veintiocho años”.

El fracaso de la Historia

Salido de la universidad y de la clase media de México, Jorge Volpi buscó en su interior y no encontró tema literario, entonces acudió a la historia y tropezó con los años previos al Tercer Reich. Puso la pluma en los renglones de la Alemania nazi, su carrera atómica, sus emblemas científicos. Volpi echó la vista hacia atrás y descubrió la historia, la de Europa y su Gran Guerra de 1914 a 1945, como la llama Steiner. Hurgando de alguna manera en la memoria documental del Holocausto, la tragedia que desnuda el siglo XX, sobre la que han crecido ya tres generaciones, empezó a definirla, describiendo sus tentáculos. En vez de detenerse en las torturas y los crímenes masivos, fue a la ciencia, la física, como un detonador que engendró esa acción.

Volpi es un maestro de la composición literaria. Sus personajes pertenecen a esa historia desastrada: Hitler, Goebells, y los físicos Einstein, Heisenberg, y ciudades reales: Gotinga, Berlín, Princeton. Con marcada habilidad elaboró un gran relato en el que el protagonista es la aventura de la ciencia. Klingsor no es un personaje, tampoco un narrador. Klingsor es una idea, la del hombre que entrega su conocimiento a una causa diabólica, el científico que usa su poder para la destrucción. Volpi lo toma como un motivo que une y articula el relato, y aunque jamás aparece con claridad es obvio que Heinsenberg responde a las características de ese hombre que vende su alma a las fuerzas oscuras del Mal, el ser que busca la destrucción total para que de las cenizas del mundo que ha destruido impere solamente su poder, su “bondad”. Según las épocas y las culturas, la tradición ha tenido un nombre para esa fuerza: Luzbel, Belcebú, el Angel Rebelde.

El otro protagonista de esta novela es el teniente Francis Bacon cuya definición la ofrece el narrador Gustav Links en estos términos: “Era físico y también miembro de las fuerzas norteamericanas que liberaron a Alemania del yugo nazi. Y, por una de esas extrañas coincidencias del destino, me necesitaba para que yo lo condujese hacia Klingsor. Su nombre era Bacon”. El teniente “Tocino” crea a su propio Klingsor y lo entrega a la policía que juzga a los implicados en el desarrollo y la aplicación de la ciencia a los criminales nazis. Entrega a Links. “Bacon me traicionó por culpa de una mujer. Me envió, conscientemente, a la tortura y al destierro, a la prisión y quizá también a la muerte, desprovisto de un juicio justo”, dice Links, cuarenta años después, recordando el pasado.

Novela de combinaciones que crean un laberinto. En busca de Klingsor cuenta varias historias; algunas funcionan con absoluta autonomía, y otras se cruzan en el desarrollo del relato que abarca desde los años cuarenta hasta la caída del Muro de Berlín. Tanto las que tienen que ver con los nazis como las de amor son estructuras narrativas que se tocan y abren preguntas. La novela es de suspenso y de intriga. Es singular la del teniente Bacon con Vivien, una amante negra que conoce en el puesto donde cada mañana va por el periódico. Sobre todo revela el estado emocional de un estudiante de física frente a la sexualidad. “Para escabullirse de estos inconvenientes, hacía tiempo que Bacon se había convencido de que el único campo en el cual la teoría —convertida en mera fantasía privada— no sólo era infructuosa, sino perversa, era en el relacionado con el sexo”.

En estos tramos del relato se nota con claridad el talento narrativo de Volpi y su destreza para resolver conflictos así como para explorar el mundo de sus personajes. “Lenta y sudorosa, Vivien hacía el amor como si bailase un bines en vez de una violenta y sensual danza africana”. En silencios y gestos, la negra le dice que lo ama por sobre todas las cosas, a pesar de que Bacon tenga una novia rubia, Elizabeth, a pesar de su compromiso “social” con ella. Vivien parece un destino, pues desde el inicio de su relación con Bacon parece predestinada a perderlo todo en nombre de su color, de las convenciones perfumadas de la época.

Ante la devastadora mirada sobre la Alemania nazi, aparece la certeza del amor como posibilidad de redención en un ambiente desolado donde la muerte se ha convertido en lugar común. Amor enfermo y demencial, el que practican Natalia, Marianne y Gustav, es al mismo tiempo una comunión y un vicio. “No pecábamos, no podíamos pecar: por el contrario, estábamos poseídos por la gracia y éramos, por una vez en la vida, tan inocentes como niños”. Novela de amor a la deriva, de amores que chocan y despedazan a los amantes, de amor enlatado para consumo de los pobres mortales que tanto necesitan de él, de amor vengativo que hiere a otros en su ascenso. Hay muchas definiciones del amor, según el personaje que lo recibe o lo ofrece; el de Bacon hacia Irene era así: “el amor es una maldición que no sólo nubla el entendimiento, sino que destruye el alma”.

A esta novela no le falta nada para ser un libro de lectura obligada. Tiene el condimento agridulce del nazismo, la sal y la pimienta de los amores feroces cuyo destino es la destrucción en vez de la edificación de algo nuevo y saludable. También tiene crimen y suspenso como lo demuestra la espía rusa Irene, que se rebela contra la idea de que la ciencia haya servido a la ideología durante el Tercer Reich. “¿Qué hacer para evitar las dudas y el arrepentimiento que conlleva cada acción?”.

El punto de partida de la trama que desarrolla esta novela es la relación que se establece “entre el científico que observa la realidad y la propia realidad observada”. Piaget decía que basta enunciar algo para que el mundo empiece a ser modificado. La física clásica establecía una división precisa entre dos mundos; por un lado el mundo con sus misterios, y por otro el físico que trata de desvelarlos. La misión que tuvo fue medir, calcular, predecir y remediar. En 1925 esto empezó a desplomarse. “En vez de que el físico se limitase a admirar el mundo subatómico, se descubrió que su medición transformaba lo medido. En otras palabras, cuando un científico exploraba la realidad, ésta se modificaba, de modo que era muy distinta después de haber sido medida. ¡Horror de horrores! El científico había dejado de ser inocente: su visión bastaba para alterar el orden del universo”.

Narrada en primera persona por Links, uno de los científicos alemanes que participaron en la Alemania nazi, la novela demuestra la habilidad del autor para trenzar varias historias y combinarlas de tal manera que resulta una trama perfecta y sobre todo enérgica, atractiva, que asedia al lector y no le permite dejar la lectura jamás. Volpi acudió a varias fuentes documentales que inclusive cita al final en una clara muestra de honradez intelectual. En este sentido, el trabajo de investigación bibliográfica se asemeja al que emprendió Fernando del Paso para escribir sus Noticias del Imperio, Carlos Fuentes en su Terra Nostra. Y se relaciona también con la inmersión de Pérez Gay en la vida de Alemania en el periodo escogido.

Del amor a la lucha ideológica, de la pasión por la física y las matemáticas a la era del horror, En busca de Klingsor es una obra de contrastes, en la que las preguntas planteadas no se cierran sino siguen actuando en la narración. Dice su narrador: “Justo cuando el mundo estaba a punto de transformarse, cuando la física cuántica alteraba nuestra idea de la realidad. cuando Europa se preparaba para encarar el fascismo, cuando el arte, la música y la literatura se alzaban a alturas inimaginables, mi mayor preocupación era besar el tierno vientre de mi esposa, realizar mis tareas en el departamento de matemáticas de la Universidad y prepararme para mi futura Habilitationschrift”.

Aquí pasa la historia como un ave de rapiña y su fecha clave: el 27 de febrero de 1933. en que el Reichstag fue incendiado. Como se sabe. Hitler vio en el atentado una amenaza vigorosa de los comunistas y se dispuso a destruirla; se le concedieron poderes extraordinarios y la constitución parecía suspendida. En esa fecha y a partir de ella se quebraba el mundo conocido; y principalmente el individuo. La prueba fehaciente aparece en la novela cuando Heinrich anuncia en la cena con Gustav Links y Marianne, su esposa, que se incorpora a la Wehrmacht. Un filósofo, “un hombre civilizado”, de pronto se convierte en soldado, en miembro de un ejército que controlan los nazis.

Novela que intenta ser un resumen de la guerra del átomo en un mundo amenazado por el nazismo, una apuesta con la idea de que la ciencia jamás es pura y su desarrollo se ajusta a la política y la ideología de un estado, En busca de Klingsor es también la personificación del fracaso de la historia. “¿De verdad me será concedido contemplar el final de un siglo que ha terminado exactamente igual a como empezó?”, dice el físico Gustav Links, narrador testigo de la novela. ¿Cómo había comenzado el siglo XX y de qué manera se supone que terminó? No hay una respuesta. Volpi pone en labios de su personaje la idea de que en cada punta del siglo se halla la violencia, la guerra como una forma de convivencia. En ambas crece y se expande como una enfermedad la injusticia cotidiana, el triunfo del engaño, el desamor en sus terribles confusiones. De toda esta bestialidad puesta en boca de los hombres surge como una bomba atómica el mundo contemporáneo.

Un huérfano universal

Otra vez nos sorprende el camino que ha escogido el escritor veracruzano Sergio Pitol para ir del relato al ensayo, de la crónica personal a la memoria, de la autobiografía al libro de viajes; para ir al encuentro con su destino literario y su vocación íntima. Un camino por cierto rodeado de diversas huellas del mundo, de recuerdos tocados por la nostalgia, de poesía. Parece que la narrativa de Pitol siempre estuvo buscando su centro, y al fin lo encontró en El arte de la fuga (1996), un collage de géneros, una apuesta por escritura al “aire libre”. El mismo confiesa que tenía una deuda consigo mismo y sus lectores: contar su experiencia en la URSS, reunir sus apuntes en un texto de viaje. Y he aquí El viaje, un cuaderno del viajero que ha sido Pitol casi toda su vida y que explora el abismo comunista de la URSS y sus países “satélites” como pesadilla de la historia del siglo XX.

Aquel libro era la primera letra de la escritura que vemos en El viaje, la puesta en escena de su interés narrativo: el arte de contar su propia experiencia recubriéndola de artificios. Pitol nos entrega el testimonio de un siglo a través de la escritura de viaje, de los libros leídos en el camino, de los autores descubiertos en una esquina de las ciudades visitadas. Su vocación por rescatar del olvido a los amigos, a seres desconocidos hallados ocasionalmente en los trenes, en los hoteles, en los cafés. En su intento por ir al encuentro de los otros, Pitol pudo rescatarse a sí mismo y el resultado ha sido singular: la certeza, a pesar de que la literatura niega casi todas las certezas, de que armar piezas de la realidad es también desmontar esa realidad.

Confesión a fondo de un estado emocional y de una mirada de un mundo que parece cargado de estupidez y terror. El viaje es una lección de honradez profesional en la que el autor reconoce aquellos momentos decisivos en su contacto con el mundo, nombrando los días lejanos que convirtió en evidente excentricidad. Lo que en una novela no hubiera expresado de manera directa, en el libro de viaje, en esta bitácora de la soledad, devela la realidad en frío pero sin abandonar el estilo que ya es constante en Pitol. Como literatura el viaje ha movido la pluma de muchos escritores, ahora hay que verlo bajo la luz que le infunde Pitol como testimonio. El viajero camina por las orillas de la ciudad de Praga o de Leningrado y Moscú, estableciendo relaciones con escritores y con la historia de esas ciudades, visitando museos en los que es sorprendido por extrañas obras de arte, comprobando que la burocracia estalinista aún permanecía estancada en 1989 en la Unión Soviética.

La vocación del viaje en Pitol permite recordar la de Graham Greene, Malcolm Lowry, D. H. Lawrence, esa generación de escritores ingleses que hicieron del viaje a otras geografías el itinerario de su intimidad. Falta la correspondencia de Pitol desde Praga, Moscú, Roma, Barcelona, y otras ciudades que visitó en un viaje que duró casi veinticinco años, que sería el complemento de su libro de viaje.

En esa escritura de viaje, Pitol revela sus obsesiones y su idea sobre un mundo deformado por su propia naturaleza. Sin proponérselo se convirtió en el cronista anónimo de calles, plazas, artistas, poetas, escritores, de ciudades que lo deslumbran como Praga, Leningrado, Moscú. Ser errante que huye de casa, camina a solas. En esas ocasiones, Pitol parecía ir armado solamente con su pluma y sus cuadernos de notas para registrar el movimiento de la vida. La escritura en este caso le servía de interlocutor, el compañero de viaje ausente.

Leyendo estos testimonios de un mundo en crisis, el lector no puede si no preguntarse qué hubiera sido de Pitol sin el servicio diplomático de México, que lo hizo vararse tantos años en países de Europa. Los puestos que atendió y asumió eran más que una “chamba”: una profesión que le permitió recorrer ciudades, conocer escritores, políticos, señores notables. acercarse al arte, la cultura, pulsar el alma popular de los pueblos, involucrarse en ella, recreándola. Obtuvo por tanto un material que de por sí parece hecho para la ficción, que decidió entregarnos a sus lectores en El viaje.

Discusión consigo mismo y con las paradojas ideológicas que desfiguraron el sentido de la política y la sociedad rusas del siglo XX. Pitol ha inaugurado en su prosa un estilo que atiende varios géneros y se detiene en uno solo: el diario autobiográfico al que añade ensayo literario, anécdotas de la vida cotidiana, memoria y reportaje. La realidad, parece decirnos, es inaprehensible, de ella sólo conocemos sus expresiones fenomenológicas, jamás su esencia. Hay que dejarla en libertad para luego atraparla en lascas mediante la palabra escrita, el vehículo con el cual la transporta la mano del artista de un estado de crisis a un momento de plenitud, de la bajeza a la serenidad del cielo, del hombre herido en su moral al hombre que renace con ella.

El puñado de escritores que va mostrando el autor en estas páginas y de manera breve es un grupo perseguido, en tensión, una muestra palpable de las atrocidades del comunismo de la Unión Soviética. Los que no optaron por el suicidio fueron perseguidos, a veces condenados a trabajos forzados, o simplemente los condenó a muerte la mano omnipotente de Stalin. Nada tan conmovedor como la vida de Marina Svietaieva que Pitol analiza en sus momentos de gloria y en los de duelo, en el exilio de París y en el regreso a Rusia, donde casi todos le dan la espalda y la condenan.

En su afán por ser biógrafo, crítico literario, analista político, observador de la historia, Pitol traza varias líneas de ascenso a su visión desesperada de Rusia en el momento en que se inició la perestroika. En este juego Pitol le habla a su alterego. El libro es el testimonio de la crisis a que fue sometido el escritor europeo, y el americano, durante la Guerra Fría. Si es cierto que un libro es un viaje de la imaginación hacia una zona desconocida en el que van apareciendo espectros, cosas reales, sueños, figuraciones, El viaje se ajusta a esa definición.

Escritura que se reescribe, la de este texto surge de apuntes, de anotaciones al margen. “Al leer esas notas recordé los momentos de irritación pero también los de emoción purísima constantemente entreverados en las dos semanas transcurridas en el seno de aquel Imperio formado a través de varios siglos, del que ni yo ni nadie podía sospechar cuán cerca estaba del derrumbe final. Se me ocurrió trabajar esos apuntes. dejar los textos del diario y mencionar levemente, a manera de antecedente algunas situaciones sobre mi experiencia en el periodo en que trabajé como consejero cultural en Moscú”.

Así tenemos de sus notas del diario la evidencia de la crónica pero no la evidencia de que sea un género periodístico; la crónica, digamos, que trabaja Pitol es un límite entre la escritura de ficción y la testimonial, entre la poesía y la narración. El lector tiene en sus manos un “diario” que abarca dos semanas. del 19 de mayo al 3 de junio de 1988 fecha en que regresa Pitol a Praga, su sede de trabajo, a su casa. Justo en el comienzo del derrumbe del aparato comunista soviético y del muro de- Berlín. Fue un testigo directo de lo que luego el mundo llamó “el fin de las ideologías”, el fin de una era oscura y esclavizante y el inicio de otro tiempo, el de la libertad y la democracia para los países del Este que sólo habían conocido persecuciones incesantes, espionaje ideológico y policiaco, incertidumbre política, la cárcel y la muerte.

Pero como todo escritor que conoce su oficio, Pitol hace “trampas”. Introduce en su relato de viaje sueños, pensamientos, escenas del pasado, recuerdos, y entonces la prosa sufre alteraciones obvias. En la primera fecha que aparece, vuela de Praga a Moscú y lo sorprende un sueño. “Yo estaba en la Posada de San Angel a punto de salir, despidiéndome de algunos amigos”.

Hay varias cosas nuevas en este nuevo texto de Pitol y otras que repiten su escritura, es decir, la continúan: las nuevas que yo veo son las que se refieren a lo escatológico como la escena del borracho checo que no puede levantarse y cae una y otra vez en sus propios excrementos que ha soltado en una callejuela mal empedrada. Pero sobre todo las que aluden a la magia, la alquimia, el poder de lo oculto, el mundo más allá de la realidad, que la prosa ágil y hermosa de Pitol coloca a veces en forma de sueños. En un avión sueña con su amigo de la facultad de leyes. Serrano, y lo ve en la muerte. Cuando despierta, el cronista se pregunta: “¿Habría sido Serrano un mensajero del otro mundo? ¿Me habría transmitido su mensaje en forma tan hermética que yo, por distracción, por sólo pensar en cómo deshacerme de él, no logré captar?”. Pero todo se disuelve en la magia de la ficción que se trenza con una realidad en forma de salamandra que cambia con la luz.

En 1935, a su regreso a la Unión Soviética, después de una estancia ingrata y casi podría decirse abortada en París, la poeta Marina Tsvietáieva se suicida. Aprehendida sin causa justificada, en Moscú asume una vida fantasmal, “sombra de otras sombras”. Por su “culpa” detuvieron también a una parte de su familia. Su biógrafo Mur parece implacable: “La acusa de ser culpable de las desdichas de la familia, de la prisión de su padre y su hermana, de la carencia de destino que le está construyendo. Después llegó la guerra, y ella se suicidó”. El viaje a la literatura es también de ida y vuelta. Pitol así lo entiende en su ejercicio crítico. Cuando habla de Marina, y lo hace en varios fragmentos a lo largo de los once días que dura “su viaje” a la Rusia ya convulsionada por la perestroika de Mijail Gorbachov, exalta el sufrimiento a que la sometieron los hombres y el tiempo en que vivió.

Subraya la necesidad de escribir que experimentó una mujer que llegó a vivir en los años del exilio, en París, casi en la inmundicia, deteniéndose en los hechos que la fueron destrozando: el estalinismo activo de los años treinta, la cacería de brujas, el espionaje, la sospecha y finalmente la cárcel. Stalin contra la conciencia crítica, la libertad y la escritura. Fueron años terribles en los que los escritores y artistas rusos libraron una guerra a muerte contra el poder de quien sólo recibieron consignas, persecución, cárcel cuando desobedecieron a este “padre” bendito y homicida, que sembró la semilla de la traición en el alma colectiva de un país: Stalin.

1983. Praga. Moscú. El viajero va desempolvando recuerdos, revisando apuntes hechos sobre el terreno. El último día de su estancia en la URSS registra el movimiento intenso de la gente. Cargado de medicinas para sus males reales o sólo artificios de escritor, y de libros que complementan su equipaje, se dispone para el regreso. La confesión es sorpresiva: “Me encantan los encuentros ocasionales, sentarme en la banca de un bulevar o de una plaza, iniciar conversaciones con viejas parlan- chinas a las que apenas logro comprender, con jóvenes, fumar con ellos un cigarrillo, y listo, levantarme, dejarlos estupefactos por haber conocido por primera vez a un mexicano”. De los enredos de la intimidad pasa a las figuras intelectuales que le emocionan, los nombres de Ryszard Kapuszinski, “el más culto, inteligente y penetrante cronista del mundo soviético”, y K. S. Karol. Enseguida cita autores de su preferencia como Gogol, Cioran, Stravinski, hombres de la talla de Brezhnev, y además el comunismo de la URSS, el problema del alma rusa, la sociedad “compleja, irreal, gogoliana, kafkiana y dostoievskiana como era la moscovita a finales de Brezhnev”. De la mezcla brota la historia que el viajero desea contar: en pedazos, hecha de cultura y de vida cotidiana, de textos literarios en el escenario de un gran país.

Me parece que a Pitol le tocó vivir aquellos años en que Europa, solamente la vieja Europa, podía ofrecer una respuesta al hombre del siglo XX. La cultura mexicana de los años sesenta fue esnobista, y quería encontrar afuera la respuesta a la escasez artística, a un medio cultural aún ranchero. Es el momento de la despedida, un tema muy decimonónico, y Pitol se siente “huérfano universal, un perro perdido en un mundo hostil, como el de Bulgákov en Corazón de perro, pero también con una felicidad inmensa”.

En el mapa de nuestras letras cabe mucho. El que han trazado los libros que comentamos refleja una escritura que parece surgir de un deseo compartido: el de abarcar el mismo signo del horror que golpeó al hombre tanto en su costado izquierdo como en el derecho. Envueltos en una misma vocación artística, Pérez Gay, Volpi y Pitol han querido apuntar desde sus respectivas escrituras el horizonte de la novela mexicana actual. Alzaron la voz, y la pluma, no sólo para esgrimir sus dudas sobre la perversidad del Poder, también buscando arrancarle al pasado sus costras terribles, y al presente, su fugacidad. Su encuentro en la escritura es coincidencia y al mismo tiempo pasión por escuchar los latidos de la historia a través del paso lento y rítmico de las palabras. La escritura los identifica y el viaje les ha ofrecido una línea de sombra a sus proyectos de vida. Dice Pitol: “¡Viajar y escribir! Actividades ambas marcadas por el azar; el viajero, el escritor, sólo tendrán certeza de la partida”. Ignora lo que hallará en el trayecto, y tampoco sabe lo que hallará al final del viaje, al volver a su Ítaca personal.  N

Alvaro Ruiz Abreu Escritor. Entre sus libros. La ceiba en llamas.

•  José María Pérez Gay: Tu nombre en el silencio. Cal y arena. México, 2000.

•  Jorge Volpi: En busca de Klingsor. Seix Barral, Barcelona, 1999.

•  Sergio Pitol: El viaje. ERA. México, 2000.

Laicos modernos o mexicanos

LAICOS MODERNOS O MEXICANOS

El hardware de las instituciones y leyes que hacen posible el juego democrático requiere del software de una cultura democrática para que ese juego adquiera solidez y densidad política. Ello explica buena parte de las dificultades que las democracias recientes tienen para consolidarse y volverse socialmente productivas. La constitución de una verdadera cultura cívica se ve obstaculizada generalmente por un pasado que no termina de pasar, esto es, por las heridas dejadas por el autoritarismo recién superado. El victimismo. el maniqueísmo y hasta el fanatismo se apoderan de la escena pública, y partidos y políticos irresponsables hacen de la (in)cultura cívica heredada su mayor capital político.

De esta manera, no parece excesivo afirmar que arreglar cuentas civilizadamente con el pasado autoritario y sus herencias es uno de los desafíos mayores para la consolidación democrática. Lo que implica, entre otras cosas, ir más allá de los juicios sumarios y simplistas, más allá de la voluntad de castigar a los responsables de las atrocidades, e ir más allá de la tentación de convertir a ese pasado en coartada para no plantear adecuadamente los problemas del presente y del futuro.

Ahora bien, no parece forzado sostener que, en México, no sabemos discutir pública y racionalmente los grandes problemas nacionales. Esta incapacidad para discutir seriamente, para aprender debatiendo abiertamente las diferentes posturas, intereses e ideologías, tiene mucho que ver con la forma en que se ha entendido y practicado el laicismo en nuestro país. La enconada lucha entre una Iglesia católica sumamente conservadora y aferrada a sus privilegios y un Estado nacional precario, sometido siempre a fuertes presiones internas y externas, puede ayudar a entender que ese laicismo haya llevado la huella de un paradójico fundamentalismo tan sectario como el de sus adversarios. En su disputa por la hegemonía sobre las masas populares, ese Estado no sólo expidió leyes que pretendían negar cualquier existencia normal, institucional, de los credos religiosos, de evidente sabor jacobino, sino que también promovió la difusión de una historia cívica “sagrada” en la que sus héroes (reales e inventados) fueron canonizados como si se tratara de sustituir el santoral religioso por un santoral “laico”, tan indiscutible y dogmático como su contrario, como siempre

Una idea actualizada de laicidad nada tiene que ver con oponer a los dogmas de la fe religiosa los dogmas de una fe antirreligiosa. Lejos de ello, lo que la distingue es precisamente, como argumenta Bovero, el no tener dogmas, el aceptar que no existen cosas tales como verdades absolutas e indiscutibles, el promover por el contrario la confrontación civilizada de todas las creencias, de todos los valores, de todas las ideologías. Supone reconocer, como señala Bobbio, que mientras más sabemos, más sabemos que es mucho más lo que no sabemos, y por ende abrirse a la discusión y al debate con todos los que piensan de otra manera, así como estar dispuesto a aprender de ellos. Supone, además, la disposición a razonar, a dar argumentos, y no a excomulgar y condenar a los que no comparten nuestros puntos de vista. Supone, en fin, el valor civil de defender opiniones diversas, incluso “políticamente incorrectas”, y no aceptar por conformismo, por apatía o por cobardía, adherirse irracionalmente a las modas mayoritarias.

Por otro lado, lo que hay que reprocharle políticamente a buena parte de la jerarquía católica mexicana no es su defensa (legítima) de sus posiciones en torno al aborto, a la homosexualidad, al matrimonio, a las costumbres sexuales, a la eutanasia o a la planeación democrática. Incluso debiera aceptarse que algunos de esos temas son moralmente complejos y conflictivos, y requieren de debates y legislaciones sumamente sensibles y matizados. No se trata entonces de exigir que las iglesias o los creyentes asuman cabalmente un pensamiento laico —lo que por decir lo menos sería una contradicción en los términos— sino que reconozcan que la democracia requiere de un Estado laico y de una educación pública laicas, so pena de negar toda posibilidad civilizada de convivencia dentro de la diversidad y el pluralismo.

—Luis Salazar

El 1 de mayo

CALEIDOSCOPIO

EL 1 DE MAYO

POR JOSÉ WOLDENBERG

El 1 de mayo fue:

•  efeméride,

•  polvo de aquellos lodos,

•  muestra expresiva de la debilidad y la centralidad (aunque usted no lo crea) del sindicalismo,

•  recuerdo borrado de los Mártires de Chicago,

•  gritos y susurros,

•  fecha de un santoral laico,

•  día internacional de los trabajadores,

•  reclamos específicos, voces airadas, ¿intento de una nueva relación entre el gobierno y el sindicalismo?,

•  aniversario de la iniciativa de la Internacional Socialista,

•  reto para la burocracia sindical,

•  un momento de visibilidad pública del mundo del trabajo, normalmente fuera de cuadro,

•  ¿códice indescifrable?,

•  ritual que se modifica,

•  espejo de las dificultades para la innovación,

•  cachuchas y chamarras nuevas,

•  marchas en plural,

•  intentos de unidad, declaraciones de unidad,

•  planteamientos inaudibles,

•  diversidad sin rumbo claro,

•  fecha para desempolvar siglas y banderas,

•  guiños y gestos,

•  pronunciamientos socarrones,

•  gritos de auxilio, gritos en el cielo,

•  baño de vapor,

•  la persistencia de los vampiros,

•  ¿actos vanos?,

•  vía de apremio,

•  malestar manifiesto,

•  síntoma de envejecimiento prematuro,

•  paseo por las calles… en martes,

•  “¿sabes tú porque me río, porque yo no tengo plata, hay muertos que no hacen

  ruido, porque andan en alpargata”,

•  pastoreo y resistencia,

•  mantas y más mantas,

•  el Zócalo como recipiente,

•  quemas,

•  fuerza latente,

•  lanza cascada, resortera previsible,

•  movimiento intermitente,

•  ¿pasado, presente o futuro?, trajín,

•  molde caduco,

•   y sin embargo, los trabajadores aún están ahí.                    n

José Woldenberg. Consejero. Presidente del IFE. Entre sus libros. La mecánica del cambio político en México.

Carta a unos amigos sobre Fides et ratio

CARTA A UNOS AMIGOS SOBRE FIDES ET RATIO

POR NORBERTO BOBBIO

Sus comentarios a la encíclica Fides et Ratio no me convencieron mucho. Me parece que se excedieron en el análisis textual con copiosas citas y en la búsqueda de contradicciones internas al texto. Hoy en día el adversario más peligroso contra el que debería combatir la Iglesia no son las diversas filosofías dominantes, sean éstas fuertes o débiles que se oponen, como siempre se han opuesto, a la filosofía perenne. ¿Qué sentido tienen hoy en el mundo estas filosofías si no el de alimentar discusiones entre doctos? El adversario más peligroso de las verdades transmitidas por la Iglesia a través de la revelación es el progreso tecnológico siempre más rápido, irresistible e irreversible, producido y continuamente alimentado por el enorme desarrollo de las ciencias. En breve, lo que amenaza las verdades transmitidas no es la razón filosófica, sino la razón científica. El proceso de secularización, la llamada edad del desencanto, no nació con la rebelión de Lutero sino con los descubrimientos de Galileo. Para poner un ejemplo, el concepto de alma es puesto en discusión no tanto por las viejas disputas entre filósofos, sino por los desarrollos de la investigación neurológica, de la siempre más vasta y avanzada investigación en el vastísimo, y aún sólo en parte penetrado, mundo de la “galaxia mente”, por usar la expresión de Rita Levi Montalcini.

¿Cómo se puede dar una dirección a la historia del próximo milenio sin tomar una posición clara, por ejemplo, ante la llegada de armas siempre más mortíferas y siempre más fáciles de usar; ante el aumento de la población; ante la destrucción del ambiente; ante la globalización salvaje que corre el riesgo de producir desigualdades siempre mayores y de hacer siempre más marginados, y destinada a desaparecer a gran parte del continente más pobre, .Africa, como sucedió hace unos siglos en el “nuevo mundo”; ante la difusión de los tráficos ilícitos (mafiosos), en los que sólo cuentan las relaciones de fuerza (¡y en lo absoluto los beneficiosos efectos del mercado!)?

¿Qué tiene que ver todo este trastocamiento de la vida de nuestro planeta, trastocamiento producido —repito— por el progreso técnico-científico, con el viejo tema abordado por el Papa de las relaciones entre fe y razón?

¿No sería más bien conveniente invitar a la Iglesia, y a lo mejor incluso a las otras religiones, a tomar conciencia de manera más realista de las transformaciones en curso que constituirán el tema de discusión y el punto de confrontación del tercer milenio?

En la encíclica el saber científico es siempre considerado como un saber parcial, limitado, utilitario, incapaz de plantearse “las preguntas acerca del sentido”, y por eso debe estar continuamente sometido al control de la filosofía y de la revelación, las únicas capaces de responder a las preguntas últimas. Casi siempre se le asocia al saber cotidiano.

Fundamentalmente es el §30, en el que se señalan rápidamente las diversas formas de verdad. En el nivel más bajo están las verdades científicas: “Las más numerosas son aquellas que se apoyan en evidencias inmediatas o encuentran confirmación por la vía de la experimentación. Es éste el orden de verdades propio de la vida cotidiana y de la investigación científica”. En un nivel más alto se encuentran las verdades de carácter filosófico y las de tipo religioso.

Estrechamente vinculada a la desvalorización de la investigación científica está la crítica radical de la mentalidad positivista “que no sólo se alejó de toda referencia a la visión cristiana del mundo, sino que también, y sobre todo, dejó caer toda referencia a la visión metafísica y moral”. Con la consecuencia de que algunos científicos ya no poseen un interés específico en la persona y en la globalidad de su vida. Hasta habría científicos que, “conscientes de las potencialidades ínsitas en el progreso tecnológico”, parecen ceder, además de a la lógica del mercado, “a la tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el mismo ser humano” (§46).

Todo un parágrafo (§88) está dedicado a la crítica del cientificismo, que rechaza la admisión de otras formas válidas de conocimiento y relega los valores a simples productos de la emotividad. De tal manera la ciencia “se prepara a dominar todos los aspectos de la existencia humana por medio del progreso tecnológico”. Son los “irrefutables” éxitos de la investigación científica y de la tecnología contemporánea los que contribuyeron a difundir “la mentalidad cientificista, que parece carecer de límites”. Las preguntas por el sentido son relegadas al dominio “de lo irracional o de lo imaginario”.

En las últimas páginas el pontífice se dirige también a los científicos con estas palabras: “El camino recorrido por ellos especialmente en este siglo ha alcanzado metas que siguen sorprendiéndonos”. Por lo demás, aun expresando su admiración e infundiendo ánimo, el pontífice siente “el deber de exhortarlos a seguir en sus esfuerzos permaneciendo siempre en aquel horizonte de sabiduría en el que, junto a las adquisiciones científicas y tecnológicas, se ponen los valores filosóficos y éticos” (§106).

En realidad, la primera referencia a la ciencia se encuentra en el §25, donde partiendo del aristotélico “todos los hombres desean saber” se concluye: “Aquí está el motivo de tantas investigaciones, en particular en el campo de las ciencias, que condujeron en los últimos siglos a resultados tan significativos, favoreciendo un auténtico progreso de la humanidad entera”. No se dice sin embargo en qué consiste dicho progreso moral, material o social.

Del conjunto de estos pasajes se extrae la impresión de que, por una parte, el progreso científico y tecnológico es objeto de admiración, aunque a la vez de preocupación, lo cual es perfectamente comprensible. Pero al mismo tiempo se tiene la impresión de que no se evalúan hasta el final sus efectos arrolladores también con respecto a las “verdades” transmitidas y recibidas por la tradición. Ninguna de estas verdades, desde el número de los años de la creación que ha sido la primera en caer, hasta la visión general del universo con sus infinitas galaxias, todavía por descubrir, resiste frente a los admirados y a la vez temidos éxitos del saber científico, considerado inferior y en consecuencia controlable por las formas superiores de saber. Parece que no haya la mínima sospecha de la autonomía del saber científico con respecto al saber filosófico y con mayor razón con respecto a las verdades de la fe, una autonomía que se ha ido extendiendo y reforzando conforme el saber científico ha extendido su respectivo campo de indagación desde la naturaleza física a la mente humana. En medio de este trastocamiento, ¿cómo se recuperan las “verdades” tradicionales? Y de no ser recuperables en modo alguno, como nos enseña la dramática experiencia de Galileo, ¿no habría que reconocer que el saber científico en sus distintas formas impone a los así llamados saberes superiores el esfuerzo de revisión, del cual no hay indicio alguno en el documento examinado?

Entre los comentarios leídos, me parece que sólo el de Giulio Giorello concentre la atención en el tema de la ciencia (Aut Aut. mayo-agosto 1999, pp. 10-13). Después de poner en particular relieve los pasajes en los que el documento considera a la ciencia, especialmente los §§25 y 106, observa que la ciencia y la religión son inconciliables, porque la ciencia es falible, mientras que la religión es infalible. Escribe: “La verdadera cuestión no atañe tanto a la desgastada contraposición entre fe y razón, cuanto a la de falibilismo e infalibilismo. entre una verdad que no es capaz de salvarse siquiera a sí misma y una verdad que promete la salvación a todo el que se adhiera a ella, entre una razón que pondera su propia gratuidad y finitud sin necesidad de culpa ni de gracia, y una razón que en la culpa y en la gracia encuentra su sustento y su justificación” (ibid., p. 12). Frente a dicha oposición, sostiene el autor, hay que tener el valor ético y también político de elegir. Citando la imagen bruniana del ave fénix, que elige su nido en el fuego que la destruye, “con la duda de volver a ver el sol”,1 concluye que quizás esta “duda”, en toda su potencia, encierra la experiencia más dramática del pensamiento.                 n

1 En el texto citado: “con dubio de reveder il solé”.

El lector

A MEDIA CALLE

EL LECTOR

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Hace unos días palpé de forma directísima y emocionante la entrega con que de pronto, un lector se lanza al mundo revelado en un texto literario. Se trataba de un acto en el que se iban a dar los premios a los autores que, a juicio del jurado, merecían ser los ganadores de un concurso de relatos breves. Yo formaba parte del jurado y estaba, según dictaba el protocolo, sentada a la mesa que se alzaba en el escenario, de cara al público junto con los otros miembros del jurado y las autoridades locales, que patrocinaban el concurso.

Según las normas del concurso, ya se había comunicado el triunfo a los diez finalistas, a los cuales se les había invitado a acudir al acto, de manera que presumiblemente, los diez estaban allí; todos tenían ya asegurada la publicación de su relato y cierta cantidad de dinero, además de aquel viaje a gastos del presupuesto del Ayuntamiento de la Villa que convocaba el concurso. La nada despreciable interrogante era el lugar que ocupaban, en la lista de los premios, los finalistas. Porque, de los diez, los dos primeros recibían galardones mucho más importantes y mucho mejor dotados económicamente.

Mientras empezando por el final, se fueron nombrando a los finalistas, que se acercaban a la mesa para recibir de nuestras manos un diploma, un talón bancario y un apretón de manos o un par de besos, el nerviosismo se fue concentrando en ciertos puntos. Desde lo alto del escenario, comprendí de pronto quién era el ganador del primer premio. Se trataba de un chico de largo pelo oscuro y pendiente de plata en el lóbulo de la oreja derecha, que estaba flanqueado por dos chicas muy emocionadas. Una, aventuré, más joven, la novia. La otra, ligeramente mayor, la hermana. Aunque no tuve luego ocasión de comprobar si había acertado o no en la condición de estas mujeres, puedo decir que no me equivoqué en lo que hace al ganador.

En cuanto se pronunció el nombre de quien había obtenido el segundo premio, el joven del pelo largo se llevo una mano a los ojos para enjugarse unas incontrolables lágrimas. La novia —la supuesta novia— se le echó al cuello. La hermana —la supuesta hermana— se recostó en su hombro. Se pronunció al fin el nombre del ganador, el chico, desprendido del abrazo de sus mujeres, se levantó a recoger el diploma, el talón bancario y el apretón de manos. Fue un señor quien le hizo la entrega y no hubo besos. El chico los recibió —los besos— de sus mujeres en cuanto volvió a su asiento.

Pero las normas del acto de entrega del concurso hicieron que el chico volviera al escenario para leer el relato premiado. Aunque era evidente que estaba emocionado —yo había visto el gesto de su mano al enjugar las lágrimas que habían brotado de sus ojos—, leyó con bastante calma y naturalidad y el público siguió palabra por palabra la lectura del relato, que no era de los más breves.

Eso lo advertí enseguida, una vez que comprobé que el chico, pese a su emoción, se las arreglaba bastante bien con la lectura del texto. Luego miré hacia el hueco que el chico había dejado en la fila en la que se encontraba su silla ahora vacía. La hermana —la supuesta hermana— miraba al joven desde un territorio remoto, ancestral, el territorio de las palabras sagradas y reveladoras. Las palabras que iban saliendo de los labios del chico conmovían a la joven porque eran necesarias, eran las que tenían que ser. Dirigí la mirada hacia la otra chica, la novia —la supuesta novia—. Inmóvil, los ojos enrojecidos y muy abiertos, la boca también un poco abierta, estaba tan entregada al texto que iba brotando de los labios del chico, tan asombrada de que ese milagro se estuviera produciendo, que parecía una estatua, la imagen misma de la cristalización.

¿Cuál era el milagro? No se trataba de que aquel chico, quizá su novio, hubiera ganado un premio. El milagro iba mucho más lejos. El milagro consistía en aquella sucesión de palabras que penetraban en el alma de la chica con toda la magia de las palabras decisivas y poéticas. La chica, inmóvil, hechizada, estaba siendo traspasada, quizá por primera vez, por el dardo sublime de la poesía. Era la lectora por excelencia. El texto que leía el joven no era del joven.

Daba ya igual quién lo había escrito. Ella se lo estaba apropiando.

Allí se encontraban todos, delante de mí. Los lectores a los que conquistas un rato, unas horas de una tarde perdida. El lector que busca en el texto el eco de un mundo lejano y trascendente. El lector que, sin buscar nada, sin esperar nada, se ve de pronto traspasado por una verdad insólita, una belleza inusitada. El público, la hermana, la novia. Todos ellos eran el lector, todas las clases de lector.

No pude por menos que recordar el momento en que mi hijo Diego presentó en público su novela. La firmó con un solo apellido, de manera de que mi apellido no apareció. En la austera y muy acertada portada del libro sólo figuraba su nombre, Diego Pita, y el título de la novela, He perdido los veranos. Pero Diego me dijo que le gustaría que yo estuviese a su lado en la presentación, no para decir ni comentar nada sobre su novela, sino para leer un fragmento. Creo que muy pocas personas de aquel público conocían que yo, la lectora, era la madre del escritor. Es de suponer que si había alguien en la sala que lo sabía, ese alguien era yo. Pero, mientras leía los fragmentos de la novela que yo había escogido, me encontré convertida en lectora pura. El texto me penetró, me sentí invadida por la belleza. Todo cambió.

Miré luego a mi hijo Diego como si fuera otro. Naturalmente, era mi hijo, y yo me sentía orgullosa de él. Pero, a la vez, eso ya no me importaba, o importaba de otra manera. Comprendí que la emoción que me había embargado al leer aquellos fragmentos no tenía nada que ver con el hecho de que Diego fuera mi hijo. O digamos, al menos, que no tenía tanto que ver. Su novela me había gustado mucho desde el principio, desde que inició el desfile de editorial en editorial y me producía fastidio y dolor que no fuese publicada. Celebré con lágrimas de emoción que la directora de la editorial Alba llamase a Diego para alabar con entusiasmo la novela y comunicarle su decisión de publicarla. Naturalmente, todo eso no había sido olvidado. Pero los párrafos de la novela de mi hijo, leídos por mí en alta voz delante del público, se independizaron de él, se hicieron absolutamente míos, mucho más de lo que habían sido antes, en otras lecturas silenciosas.

En los ojos abiertos, algo enrojecidos por la emoción, de la chica que miraba al joven autor del relato ganador y que yo imaginé que era su novia, se reflejaba la culminación de ese extraño proceso. Esos ojos miraban, recogían cada palabra del relato, la absorbían. El chico estaba más lejos que nunca de esa chica. Subido en una tribuna, leía con bastante reposo su relato a un auditorio muy atento. El chico estaba lejos. El autor, cerca. Más cerca que nunca.

Hubiera querido enviarle a la joven lectora una mirada cómplice, una sonrisa de aliento, pero ella no me miró. No podía apartar los ojos del escritor, no podía perderse ninguna palabra, ni una coma, ni un matiz, ni un acento. n

Soledad Puértolas. Escritora. Entre sus libros, Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.

Las Iglesias sin Límite

LAS IGLESIAS SIN LÍMITES

JESÚS ORTEGA

Difícilmente podemos disociar a las iglesias del poder en México; en consecuencia sus actividades han rebasado los límites propios de sus labores religiosas. A pesar de los intentos por construir un Estado que no sólo reconozca la pluralidad sino que fomente el respeto indispensable entre los diferentes pensamientos que en la nación conviven, en distintos momentos de la historia nacional hemos sido rebasados por la intolerancia, y las instituciones religiosas, en no pocas ocasiones, han sido protagonistas.

La educación impartida por religiosos ha sido también herramienta de manipulación para el ejercicio del poder. Lejos de respetar los derechos y libertades, principios consagrados en la Constitución Federal, algunas instituciones religiosas continúan empotrándose en el ejercicio de imponer a cualquier costa, por más que su pensamiento se veía arrollado por los nuevos tiempos, alejándose de sus propios postulados; de ahí que el distanciamiento de la Iglesia en este ejercicio resulte necesariamente positivo. La Iglesia como institución en México debe desechar el pasado oscuro de la dominación y el vasallaje para que se sitúe en un plano más acorde con los tiempos del país.

La sociedad mexicana no debe caracterizarse por su uniformidad en torno a religiones o ideologías, sino al alto valor de la tolerancia, el diálogo y el respeto a la diversidad. El Estado mexicano es el responsable de fomentarlos y de garantizar su plena vigencia que tiene que ver directamente con la educación; el Estado mexicano, por ende, es el único que debe normar y diseñar los planes y programas de estudio, en estricto apego a lo que establece el artículo 3 constitucional; su aplicación, sin ser privativa, podría desarrollarse por otros agentes siempre y cuando respeten estas normas y sean consistentes con la educación científica que el Estado promueve, así como los principios de armonía, de desarrollo, democracia y estricto respeto a las instituciones que el Estado conforma.

Jesús Ortega. Senador por el Partido de la Revolución Democrática.

Las tentaciones de la razón

LAS TENTACIONES DE LA RAZÓN

POR NORBERTO BOBBIO

En este ensayo polémico pero enemigo de dar escándalo el filósofo italiano Norberto Bobbio hace la defensa de una religiosidad de la duda que se opone a las respuestas certeras, las mismas que provienen de la religión. Las preguntas últimas, dice con inteligencia, no tienen respuesta; la fe no da con ellas pero es una buena puerta de escape. Estás páginas—una versión de la plática que Bobbio sostuvo con Paolo Flores D ‘Argais, director de la revista Micromega— nacen luego de la publicación de la “Carta a unos amigos sobre Fides et Ratio”, y que aquí mismo presentamos, donde Bobbio se sumerge en las relaciones, o mejor dicho, las distancias entre fe y razón.

No soy un hombre de fe; soy un hombre de razón y desconfío de todas las fes, pero distingo entre religión y religiosidad. Esta significa, simplemente, tener el sentido de los propios límites; saber que la razón del hombre es una pequeña lucecita que ilumina un espacio ínfimo con respecto a la grandeza, a la inmensidad del universo. Lo único de lo cual estoy seguro, siempre permaneciendo en los límites de la razón —porque nunca lo repetiré lo suficiente: no soy un hombre de fe; tener fe es algo que pertenece a un mundo ajeno a mí—, es cuando mucho de que yo vivo el sentido del misterio, evidentemente común tanto al hombre de razón como al hombre de fe. Con la diferencia de que el hombre de fe llena dicho misterio con revelaciones de verdad que vienen desde lo alto y de las cuales no logro convencerme. Pero permanece fundamental este profundo sentido del misterio que nos rodea y que llamo religiosidad.

La mía es una religiosidad de la duda, más que de las respuestas certeras. Sólo acepto lo que está dentro de los límites de la razón rigurosa, y son límites realmente angostos: mi razón se detiene después de unos cuantos pasos, mientras que, al querer recorrer el camino que penetra en el misterio, este camino no tiene fin. Sabemos más y más sabemos que no sabemos. Cualquier científico te dirá que sabe más y más descubre no saber. Creían saber más que los antiguos, que en comparación con lo que sabemos nosotros no sabían nada. Hemos ampliado enormemente el espacio de nuestro conocimiento, pero entre más lo ampliamos, más nos damos cuenta de cuán grande es ese espacio. ¿Qué es el cosmos? ¿Qué sabemos del cosmos? ¿Cómo y por qué el pasaje de la nada al ser?

Es una pregunta tradicional, pero para la que no tengo respuesta: ¿por qué el ser y no más bien la nada? Nunca me escondí a mí mismo no tener una respuesta, y no sé quién sepa darla a esta pregunta última, si no es por la fe. Según Severino, el ser es infinito; el ser es. Pero no es así que somos capaces de entender qué había antes. Es imposible. Y ante las preguntas a las que es imposible dar respuesta —porque de esto estoy seguro: no puedo dar una respuesta, aunque pertenezca a una humanidad que ha realizado progresos enormes— me siento un pequeño grano de arena en este universo. Y negar que la pregunta tenga sentido, como podría hacer cierta filosofía analítica, me parece un juego de palabras.

Quizá depende de mi incapacidad de ir más allá. Pero cuando siento haber llegado al final de la vida sin haber encontrado una respuesta a las preguntas últimas, mi inteligencia es humillada. Humillada. Y acepto esta humillación. La acepto. No trato de escapar de ella con la fe, por caminos que no logro recorrer. Sigo siendo hombre de mi razón limitada —y humillada—. Sé que no sé. A esto le llamo yo “mi religiosidad”. No sé si es correcto, pero en el fondo coincide con lo que piensan las personas religiosas frente al misterio. Cierto, quizá no se logra siempre resistir a este dudar continuo, a este continuo no saber; y entonces nos entregamos a las creencias, como la de la inmortalidad del alma. Pero yo sigo entendiendo el fondo religioso de mi persona como este no saber. Y es un fondo religioso que me hostiga, me agita, me atormenta.

Un día le dije al cardenal Martini: para mí la diferencia no es la del creyente y el no creyente (además, ¿qué quiere decir creer?, ¿en qué?), sino entre quien toma en serio estos problemas y quien no; está el creyente que se contenta con las respuestas fáciles (.también el no creyente, claro, ¡por supuesto se contenta con las respuestas fáciles!). Alguien dice: “soy ateo”, pero yo no estoy muy seguro de saber lo que esto significa. Pienso que la verdadera diferencia esté entre quien, para dar un sentido a su vida, se plantea con seriedad y diligencia estas preguntas, y busca la respuesta aunque no la encuentra, y aquel a quien no le importa nada, a quien le basta repetir lo que le dijeron desde pequeño.

La respuesta de la fe es consoladora. Sin embargo, las religiones no tienen sólo una función consoladora. También tienen la función de “revelar la verdad acerca de los problemas sobre los cuales el saber común no llega: la creación, la inmortalidad del alma. Respuestas consoladoras, pero no sólo: respuestas a preguntas que cada uno se pone en el umbral de la muerte. He dado mi respuesta, con las pocas “convicciones” que poseo. Porque las mías son “convicciones” de un hombre que pasa de la duda a la verdad, y de nuevo a la duda.

Yo no creo. Habiendo alcanzado una edad en la que el fin se siente próximo, si tengo que escucharme a mí mismo y dar una respuesta personal, el único deseo que tengo, la única necesidad, no es ciertamente la de la inmortalidad; es la de morir en santa paz: el reposo eterno es lo que espero. No quiero despertarme. Pero también esto, en el fondo, coincide profundamente con la religión: “¡requiem aeternam dona eis Dominé”, eso está escrito en el portal de cada cementerio.

Como casi todos en este país, yo crecí en una familia católica y tuve una formación católica. Oraciones, oraciones, oraciones… Las he repetido tanto (en latín, como se usaba una vez, y en italiano) que casi las olvido. Hice mi primera comunión y contraje matrimonio religioso (pero tampoco mi esposa es creyente). Y la pregunta sobre cuándo y por qué perdí la fe no es fácil de contestar. Quizás alrededor de los veinte años. Ciertamente, el estudio de la filosofía, también. Todas estas preguntas acerca de los problemas de la metafísica, digamos así, y el darse cuenta de que las respuestas de la fe implicaban creencias difíciles de aceptar. Para un racionalista, la creencia en los milagros, por ejemplo, es la cosa más absurda. Lo es igualmente el tener que creer en lo que a todo ser de razón aparece como mito, comenzando por el pecado original.

Acerca del pecado original comparto lo que escribió en diversos artículos un amigo católico, el profesor Luigi Lombardi Vallauri (a quien también por esta razón se le corrió de la universidad católica donde enseñaba), quien plantea preguntas muy simples, a “ras de tierra” si quieres, pero para las que no hay respuesta: una culpa originaria colectiva no es aceptable, la culpa es personal, no puede ser transmitida de una generación a la otra; no hay nada más primitivo. La culpa colectiva es incluso una concepción tribal. Creerle al Antiguo Testamento es difícil. Creer en el Dios de Abraham que se revela pidiendo un sacrificio tan cruel… Y aquí me detengo. Pero queda el misterio del universo.

Por lo demás, quizás han contado más en mi formación factores más banales. Con y después de la adolescencia, se entra en el mundo con todos los deseos que asaltan a un joven, tan fuertes que hacen de lado las prácticas religiosas. Por muchos años fuiste a confesarte y de repente ya no te confiesas. Entras en conflicto con la moral del confesional. A lo mejor con la idea de que después volverás… Entre los problemas metafísicos pronto me planteé el de la inmortalidad del alma: ¿es posible que seamos eternos? ¿Qué significa? La vida y la muerte están indisolublemente conectadas; la vida recibe un sentido de la muerte y la muerte de la vida. La muerte, si en verdad existiera otra vida, no sería la muerte. Pensémoslo bien: ¿por qué la muerte es la muerte! ¡Porque es la muerte! Hay que tomarla en serio.

Comencé a tomar en serio la muerte al ver morir a amigos jóvenes, sin ilusionarme con las promesas de la religión de que estuvieran todavía vivos. En ocasiones, pensando en la muerte de una persona particularmente querida —mi padre, por ejemplo—, sé que aquella persona que amé ahora ya no existe. Y que haya algo de él en otro lugar —no sé dónde sea— no me importa absolutamente nada. La persona que amé era ese particular modo de sonreír, de hacernos jugar, de alcanzarnos en la campiña en el fin de semana durante las vacaciones, nuestra espera en el zaguán de la casa para esperarlo y luego saludarlo festivamente: eso sé con certeza que ya no existe.

Seguí reflexionando sobre los grandes temas de la existencia y ninguna de las respuestas de la religión me ha convencido nunca. Pero, a la vez, tampoco logré dar respuestas. Por tanto, nuevamente, digo que tengo un sentido religioso de la vida justo por esta conciencia de un misterio que es impenetrable. ¡Impenetrable!

Creo mucho más en la razón científica que en la razón filosófica. A la encíclica Fides et ratio reprocho justo esto, entrar en polémica con las filosofías de hoy para poder regresar a la filosofía de Santo Tomás,1 pero lo que desquicia el mundo, y de lo que el Papa debería darse cuenta, lo que cambia el mundo, es en verdad el progreso científico. Al respecto estoy de acuerdo con Umberto Galimberti. Es el progreso técnico- científico el que ha trastornado y trastorna las creencias tradicionales.

Empezó con el número de años de la edad del cosmos… Sigue lo que ahora ya nos enseñan la cosmología y la biología, centenares y centenares de millones de años del universo, y luego la vida y millones y millones de años de evolución, y la era de los dinosaurios, infinitamente larga, su extinción y cientos de miles de años para la evolución del hombre: son cosas desconcertantes, ante las que la fe no tiene respuesta alguna. El progreso humano es sin duda imprevisible, sujeto a muchas variables. Pero es cierto que las transformaciones que acontecen en el mundo son tales que modifican algunas creencias tradicionales.

Regreso a la inmortalidad del alma: puedo entender esa creencia cuando morir joven era muy frecuente; entiendo a una madre que ve a su hijo morir a los tres, cuatro, veinte años: la inmortalidad del alma es un gran consuelo. Pero hoy en día, cuando ya se vive hasta los ochenta, noventa años, la idea de la inmortalidad del alma se ve en parte derribada. Quiero decir que quizás esta simple transformación de la duración media de la vida modifica también una de las creencias tradicionales más comunes.

O bien, tomemos el tema de la sobrepoblación: pone tremendamente en crisis aquella idea religiosa fundamental que en la generación —¡creced y multiplicaos!— ve una máxima esencialmente buena. Como consecuencia, ¡cuidado con poner un límite a la procreación! Pero en aquellos tiempos por lo menos la mitad de los niños moría al poco tiempo de haber nacido. El hecho de que hoy ya casi no mueran alteró profundamente el problema del “¡creced y multiplicaos!”, porque, una vez, a la limitación de los nacimientos proveía el mismo buen Dios con las enfermedades infantiles y las muertes por parto. También al respecto, entonces, el progreso científico obliga a una transformación profunda de creencias y preceptos fundamentales.

La ciencia hizo algunos progresos. La fe no responde a las preguntas, sólo puede evitarlas. Esta es su ventaja y su debilidad, por lo menos ante las personas que piensan que la única luz legítima —por pequeña que sea— con la que podemos decir sí o no, verdadero o falso, es la razón. Y la experiencia. La razón y la experiencia son las dos luces del hombre tal como es. La religión es una creación humana. Arrigo Levi me envió un libro suyo en donde busca los puntos de convergencia entre dos fes contrapuestas, la fe religiosa y la fe laica. Sin duda hay puntos de convergencia. Pero la fe laica es a fin de cuentas la que piensa que el Creador lo creamos nosotros; que el Creador es una creatura del hombre.

Si pensamos en la religión de los antiguos, en los dioses de Homero, los que hemos estudiado más (siempre me pregunté por cuál razón en nuestras escuelas los dioses de Homero se estudien más que el Dios de la Biblia), creo que no cabe duda alguna sobre el hecho de que son creaturas del hombre. Por lo demás, los mismos antiguos se daban cuenta de ello. Decir la misma cosa con respecto del cristianismo, con la misma facilidad, es ciertamente más arduo. Pero, ¿qué hay más antropomórfico que un Dios padre! Padre nuestro que estás en los cielos… Yo tengo una visión antropocéntrica del mundo, y no teocéntrica. Dios padre, atribuirle este nombre benéfico y benévolo: no hay nada más humano que decir “Padre nuestro”, “Padre mío”. De ahí que también suscite dudas la seguridad de los cristianos de que su Dios sea radicalmente distinto de los otros.

Una cosa es aceptar los preceptos y la predicación de Cristo, las bienaventuranzas, el discurso de la montaña, y otra cosa es aceptar el nacimiento no por medio de una normal relación entre hombre y mujer sino por intervención del Espíritu Santo. Esta primer duda puede hacer vacilar de todo de la muerte y la muerte de la vida, lo demás. Por lo que respecta a los preceptos morales, no está dicho que los acepte todos. Por ejemplo, cuando Jesús dice “deja que los muertos entierren a sus muertos”, no me convence esta indiferencia, casi “desprecio”, por una práctica que por el contrario es muy humana, piadosa.

Sé bien que suena a blasfemia todo lo que estoy diciendo. Pero no logro olvidar que, junto al Cristo del sermón de la montaña, también hay el Cristo Pantocrator, Triunfante.

Pero el problema más difícil, más duro, por superar para la fe sigue siendo el del mal. Pensémoslo bien: está el mal que podemos considerar dependiente del hombre, de la maldad humana, y para el cual se pueden buscar todas las explicaciones posibles —excepto la de remontarse al pecado original, ya que a mi parecer es una explicación que a su vez debe ser explicada—, Pero luego tenemos el mal que depende, por usar una expresión de Ceronetti, de la tierra inhóspita en la que vivimos. Aluviones espantosos que barren a miles y miles de personas… temblores… Justo a causa de un temblor, el de Lisboa, fue reformulada por Voltaire la pregunta acerca de por qué el mal (visto que Dios debería ser tanto omnipotente como infinitamente bueno: el problema de la teodicea); pregunta ante la cual los teólogos no saben qué responder. Suelo decir que el Papa puede decir no a la guerra —y Wojtyla lo hizo— pero no puede decir no al temblor. ¿Qué sentido tendría si el Papa dijera en un discurso: “¡nunca más temblores!”? Parecería un brujo.

Ante el problema del sufrimiento es demasiado fácil decir que depende del pecado. No. la gran mayoría de los sufrimientos no dependen de nosotros. El cáncer, ¿qué tiene que ver con la culpa? El religioso tiende a encontrar la explicación en la culpa. Y al final se ve orillado a considerar al mal una “carencia de ser’ Cuando planteamos el problema del mal no hablamos genéricamente del mal que deriva de un acto de crueldad. Hablamos también del sufrimiento. Quien afirma que también el sufrimiento está bien puede decirlo sólo si cree que se llegue al más allá a través del sufrimiento (¡pero el propio, no el de los demás!), a través del modo con el que se supera la prueba del sufrimiento, se dice sí al sufrimiento. Quizás esta consideración mía depende del hecho de que soy vil ante el sufrimiento, pero no logro imaginar una explicación finalista para eso.

No hay un por qué finalista. Luego entonces, ¿todo acontece por casualidad? Pero ¿no podríamos decir igualmente “por necesidad”? En efecto, tenemos dos posibles explicaciones de cualquier evento, la casualidad y la necesidad. Aunque con frecuencia digo que la casualidad prueba demasiado poco y la necesidad prueba demasiado. Un amigo mío muy querido atraviesa la calle, es atropellado y muere sin decir una palabra. ¿Puedes dar una respuesta al porqué de esta muerte? Y una respuesta religiosa, ¿puede resultarte satisfactoria? No. y no tienes más respuestas que la casualidad y la necesidad.

En su libro sobre la Ontología dé la libertad Parevson habla continuamente del sufrimiento, pero nunca habla del sufrimiento gratuito. Parece que el sufrimiento se deba siempre a alguna forma de correspondencia. Pero luego debe llegar a la solución asombrosa, que te deja sin aliento: el mal está en Dios. L’n libro que se hunde en el abismo de la libertad, la libertad de Dios, pero ésta debe también implicar el mal. Por otra parte, de Dios se dijo todo: que es misericordioso y vengativo, venerable y terrible. Lo opuesto. Vengativo es justo quien no perdona.

Un paréntesis sobre el perdón. El Papa sigue pidiendo perdón. Pero el perdón no cancela nada. El mal cometido permanece indeleble. Recuerdo que cuando éramos pequeños e íbamos a confesarnos la explicación era la siguiente: cada pecado que cometes mancha tu alma: si te confiesas, lavas estas manchas y tu alma vuelve a estar limpia. La idea religiosa es que el arrepentimiento lava. Pero hay una diferencia esencial entre perdonar, que es un acto subjetivo, y pedir perdón. Pedir perdón es pedirle al otro que acepte tu solicitud de perdón. ¿Y si no la acepta? No creo que haya ningún hebreo que acepte esta solicitud de la Iglesia de ser perdonada por un antijudaísmo que ha provocado males tan glandes. No basta pedir perdón por todo lo que se ha dicho en contra de los judíos por dos milenios, en lo alto y en lo bajo, porque el antijudaísmo fue un sentimiento popular difuso. Mu y popular. Que se fundaba en esta afirmación pronunciada por la Iglesia como indiscutible: los hebreos son los que mataron a Nuestro Señor.

No hay respuesta al problema del mal y de la mala distribución de la justicia. Stalin muere en su cama. Pinochet morirá en la suya y Ana Frank en un campo de exterminio. Los tiranos que mueren en su cama y una niña inocente en un campo de concentración: no hay justificación alguna; es simplemente terrible. Y no es posible contestar que el juicio de Dios es inescrutable. No es una respuesta, es un acto de fe. A un amigo le contesté: “Me resulta difícil entender cómo lo Inexplicable pueda ser un principio de explicación, lo Inasible un punto firme para dar respuesta, lo Incognoscible pueda ser fuente de nuestro conocimiento, lo Insondable pueda ser una sonda que nos permita llegar al fondo de las cosas’. Acerca de lo Inefable nada se puede decir.

Aquí me detengo. No quiero ir más allá. No por reticencia. Me puse una regla en la que sigo creyendo: no se debe dar escándalo             n

Norberto Bobbio (1909…). Filósofo. De su amplísima obra destacan Política y cultura. Las ideologías y el poder en crisis y Ensayos de teoría del Derecho.

Traducción de Antonella Attili

1 Ver “Carta a unos amigos sobre Fides et ratio”.

Los videos del asesor

ESCRITOR EN SU TINTA

LOS VIDEOS DEL ASESOR

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Más allá de ser contundentes pruebas de delito, los cientos de videos filmados por Vladimiro Montesinos, afirman algunos psicoanalistas peruanos, ponen al descubierto otros demonios: por un lado, el exhibicionismo morboso del corrupto y la humillación del sobornado; y en la otra orilla, la fascinación de los espectadores (que dicho sea de paso, es algo de antemano frustrado, ya que tanto Montesinos como Fujimori huyeron del Perú con, al menos, centenares de videos): una gana de reacciones que, según el doctor Saúl Peña, se pueden clasificar en dos grupos: quienes desarrollan una actitud positiva y observan cada proyección con sorpresa e indignación; y quienes reproducen conductas voyeuristas, alentadas por una sociedad acostumbrada al desfile grotesco de algunos talk shows.

“Cabe preguntarse si Montesinos era realmente un hombre astuto o era más bien un exhibicionista que sentía placer en exhibirse y en mirar”, dice el psicoanalista Moisés Lemlij, quien cree que detrás de los videos hay un trasfondo mayor al del simple chantaje. “Independientemente al acto de corrupción, vemos un deleite, un erotismo escatológico. Montesinos ponía cámaras escondidas, para después mirar lo filmado, como si no le bastara saber que tenía poder, sino que su verdadera satisfacción estaba en verse ejerciéndolo”.

“Los videos muestran”, concluye Lemlij. “un juego de sometimiento, donde el cazador y la víctima se confunden. Es impactante ver cómo estos hombres se doblegan y se ponen a los pies de un corrupto, mostrando una sumisión perversa”.

Sumisión que el doctor Alberto Péndola analiza como una pulsión de dominio, vinculada al plano sexual, donde una persona siente placer humillando o controlando a otra. “Desde el punto de vista del dominado”, agrega, “hay una actitud de sumisión voluntaria, como un permiso para ser victimado y controlado. Es una forma de masoquismo, con un componente de pasividad homosexual muy clara, donde el dinero hace las veces del pene”.

Entonces, si antes analizábamos el papel del seductor-corruptor, hoy estamos observando la segunda parte: el placer que sienten los seducidos-corruptos por la humillación ante Montesinos. Al parecer, no sólo experimenta corrupción quien corrompe sino también quien es conducido al delito, pues el poder enorme del corruptor lo hace sentirse protegido y a salvo. Cree, en otras palabras, que no hay nadie más poderoso que quien lo está corrompiendo.

Sin embargo, creo que pueden encontrarse algunas diferencias entre la personalidad de quienes aparecen en los videos aceptando sobornos y otros “favores” de Montesinos. “Tenemos que darnos cuenta primero”, afirma el doctor Saúl Peña, “que todos somos potencialmente corruptibles”. Y explica: “Si bien el carácter corruptor tiene una intencionalidad definida y utilitaria, el sobornado cede, se somete, y en este caso realiza un acto de corrupción desconociendo que estaba siendo grabado. Por eso, sin negar su responsabilidad, debemos distinguir entre quien lo cometió por factores coyunturales, y no repitió después la operación, de quien repitió y exacerbó su potencial corrupto. En este último caso hablamos de personalidades con una estructura perversa. Esos son los miembros natos de la mafia, quienes, a su vez, extendieron el delito a otras personas. Esos son los corruptos compulsivos y crónicos, cuyas personalidades traducen una psicopatía que Leo Rangel llamó síndrome de compromiso de integridad. Es decir, cuando la ambición el poder y el oportunismo hipertrofian de tal manera que se apoderan de la personalidad”.

Citando a Rangel. Peña afirma que lo que se manifiesta en los más altos niveles de un gobierno es el reflejo de lo que sucede en la sociedad. “En un pueblo como el peruano, donde existe una marginación, frustración, estigmatización y devaluación cultural, anímica educativa y ética, una gran cantidad de gente busca una serie de logros sin tomar en cuenta el aspecto ético. Esto no tiene que ver necesariamente con la pobreza económica sino con la miseria intelectual y anímica que favorece y potencia la formación de personalidades mal estructuradas”.

Dicho sea de paso, la fascinación actual de los peruanos por los llamados “vladivideos” y las sumas o los favores que en ellos se reparten ha dejado por completo olvidados los atroces crímenes, abusos, coacciones, delitos contra los derechos humanos y demás atrocidades cometidas por aquella moneda de dos caras que fue la dupla Fujimori- Montesinos. Los videos, en efecto, han pasado a cumplir la misma función, aunque monetarizada, del accidente de tránsito. La gente se aglomera a ver el cadáver (y su monto, en este caso) con una fascinación perversa. En el caso de los videos, el espectáculo consiste en ver la sumisión, la caída del poderoso; y la fascinación está dada por la burla y el escándalo.

Sin embargo, para el psicoanalista Saúl Peña, lo saludable está al otro lado de esta moneda, entre aquellos peruanos que buscan rescatar lo ético y superar esta situación maquiavélica, maligna y terrible que le ha tocado vivir al Perú. Y el doctor Alberto Péndola agrega: “Son como los glóbulos blancos que comienzan a combatir la infección”. Dios quiera. n

Alfredo Bryce Echenique. Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

Prácticas de asombro

PRÁCTICAS DE ASOMBRO

JAVIER GARCÍA-GALIANO

Ciertamente la fe es una gracia, pero hay que cultivarla. Para ello, entre otras cosas, se recurre a la misa y a la oración. Desconozco los poderes con los cuales la literatura puede contribuir a este fortalecimiento íntimo, aunque el Verbo sea el principio.

Sin pretender negarle cierto encanto a la propaganda, no creo que la literatura represente una forma de divulgación; por el contrario, cuando se acude a ella para propagar alguna idea, una visión, una utopía, los resultados suelen ser lamentables. Aun cuando muchas imágenes de la poesía de San Juan de la Cruz, de la del Padre Placencia, de la de José Bergamín han perdurado en mi memoria, no reconozco un ascendiente religioso de ellos sobre mí.

Ignoro asimismo la influencia que otros escritores católicos hayan podido tener en mí. pues finalmente considero muy difícil advertir las repercusiones que en cada persona puede obrar un autor, un libro, una frase.

Yo quisiera haber comprendido el ejemplo literario de escritores como León Bloy, cuyo estilo lapidario y certero revela el sentido de la implacabilidad y el de la desesperación, o como G. K Chesterton, que urdía paradojas que conducen a la perplejidad, lo cual representa una manera de descubrir el mundo.

También Elíseo Diego era católico y, como Chesterton, conoció el valor de la mirada, con la cual practicaba el asombro. Quizá creía que la expulsión del Paraíso no consistió sino en no darnos cuenta que estamos en el Paraíso, el cual descubrió en la cotidianidad, en las cosas simples que nombró con un rigor amable y la palabra precisa.

Entre lo mucho que se le puede aprender a Eliseo Diego, me parece, no es lo menor esa atención permanente y esa paciente laboriosidad para lograr la frase y el verso sencillo que repara en el universo elemental, compuesto también por el sonido diario de las campanas de una iglesia.

Javier García-Galiano. Es autor del libro de cuentos Benito Souza, vendedor de muñecas.

El signo de interrogación

EL SIGNO DE INTERROGACIÓN

FRANCISCO PRIETO

El escritor católico que para mí ha sido definitivo es Franfois Mauriac. Lo descubrí siendo un adolescente y significó una respuesta a un conjunto de preguntas, un sentirme menos solo, un sentirme consolado. ¿Por qué? Porque sentía que mis demonios interiores, esas cosas que uno no se atrevía a hablar en casa, menos en una casa como la mía. muy cerrada en cuestiones religiosas; sentía que esos demonios ahí estaban, y estaban en alguien con quien yo compartía la fe. Al mismo tiempo, con Mauriac me quedó muy claro que uno tiene el deber —como escritor, como novelista— de ir al fondo de la vida sin temor a nada; sin temor a las cosas más terribles que pueden estar dentro de uno mismo o que pueda encontrar en los otros. En ese sentido Mauriac ha sido para mí un maestro, y esto naturalmente se suma a una familia como la mía, una familia de la burguesía, una familia católica. Luego descubrí otras figuras, por ejemplo. a Graham Greene, un maestro de la forma, y que se encuentra de alguna manera con Mauriac, en el sentido de que el novelista católico, puesto que tiene la seguridad íntima de la fe, no tiene por qué temer a nada, tiene que ir al fondo de las cosas se moleste quien se moleste. Desde luego, debemos tener muy presente que uno es un católico que hace novelas, y de ninguna manera un escritor de tesis ni al servicio de una jerarquía. Después, claro leí a otros autores que también me han acompañado desde los veinte años, como Gabriel Marcel. A mí me gusta mucho el teatro, y Marcel fue un autor muy importante; no es un autor que interese hoy en día, lamentablemente, porque a todo lo que tiene densidad, y de hecho a todo lo que puede molestar, y problematizar, se le saca la vuelta. Gide fue otra influencia en mí. El no era católico, era de origen protestante, un hombre que se alejó de la fe, de la práctica religiosa. pero un hombre que buscó la cercanía de hombres como Mauriac como el filósofo Marité, etc. Y si nos remontamos al pensamiento, Pascal fue muy importante para mí, pero Pascal es un pariente, o más bien Mauriac y Greene son parientes suyos. A Bernanos llegué más tarde. Fue otro autor definitivo, sobre todo cuando plantea el signo de interrogación, es decir, la no-condena, el saber que el mal está en el mundo, que hay víctimas y uno no puede más, si no tiene fe, que consignarlo, que tener una profunda tristeza y llorar porque no puede entender que en el plan de Dios haya cabida para un ser al cual se le despojó de la ternura.

Francisco Prieto. Entre sus libros, La francesa del café Tacaba.

Iglesia y Estado: Las dos espadas

IGLESIA Y ESTADO: LAS DOS ESPADAS

POR ROBERTO BLANCARTE

A principios del año 2000 el Episcopado Mexicano publicó tina “Carta pastoral ” que representa la visión de los obispos católicos y su proyecto de país. El historiador Roberto Blancarte desarma cada una de las piezas ideológicas de la carta, destacando el riesgo de que la identidad mexicana se defina como católica-guadalupana, en franca oposición a todo proyecto modernizador.

El 25 de marzo del año 2000, en medio del Jubileo de su Iglesia, pero también en plena campaña electoral por la Presidencia de la República, el episcopado católico mexicano hizo pública una Carta Pastoral titulada “Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos; El encuentro con Jesucristo, camino de conversión, comunión, solidaridad y misión en México en el umbral del tercer milenio”. En su momento, la Carta Pastoral fue interpretada por algunos como un respaldo abierto de la mayoría del episcopado a la candidatura de Vicente Fox. El propio candidato del PAN hizo lo posible para que así se tomara, resaltando de ella los párrafos que mencionaban la posibilidad de la alternancia, mientras que los otros candidatos no pudieron o no quisieron referirse a otros pasajes que los hubieran podido apoyar en sus propuestas.

Más allá de la coyuntura en que fue preparada, redactada y hecha pública, la Carta Pastoral de la Conferencia del Episcopado Mexicano no ha sido hasta ahora suficientemente analizada, ni mucho menos criticada a profundidad. Pese a representar la visión de los obispos católicos de México y su proyecto de nación, poco se ha hecho para estudiarla y discutirla. Y, sin embargo, las posibles implicaciones sociales que un documento de esta naturaleza podrían tener sobre el futuro del país, sobre todo en las circunstancias actuales, son enormes.

En la presentación de la Carta, los obispos católicos afirman que su finalidad es revisar la historia, la vida eclesial y la situación del país, “para encontrar caminos nuevos y crecer en un clima de reconciliación, de justicia y de paz”. Sostienen también que quieren participar en reforzar la identidad y la unidad de nuestra nación, “resaltando lo que nos une como mexicanos y descubriendo los referentes comunes que nos permitan delinear el país que todos queremos” (los subrayados son míos).

En pocas palabras, la Carta Pastoral propone un nuevo proyecto de nación, basado, como se verá más adelante, en una identidad católica-guadalupana. Por ello, de su aceptación o su crítica como esquema interpretativo de la historia por los mexicanos, podría depender en gran medida el futuro de la nación, así como de las instituciones sociales y políticas que hemos conformado. No es poca cosa.

El esencialismo católico la Carta Pastoral “Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos” se inscribe en una corriente de ideas que se generaron en América Latina y más específicamente en el Cono Sur, desde fines de los años setenta del siglo XX. y desarrollada en las dos décadas siguientes. Se trata de pensadores católicos, críticos de la modernidad racionalista, a la que le han opuesto un discurso catalogado por sus críticos como “esencialista”. Sus exponentes más conocidos son Alberto Methol Ferré y Pedro Morandé,1 aunque también se puede mencionar a Carlos Cousiño2 y Bernardino Bravo Lira.3 También son señalados como esencialistas, aunque desde una perspectiva progresista, autores como Cristian Parker4 y Juan Carlos Scannone.5 Todos ellos han abrevado del episcopado católico latinoamericano y también lo han influido, en la medida que le han ofrecido un modelo explicativo de la identidad en la región, acorde con sus expectativas socio-políticas.

A partir de una crítica de los modelos modernizadores promovidos en América latina, estos pensadores concibieron la existencia de dos modelos culturales alternativos en América Latina: el racional ilustrado, proveniente de Europa, y el barroco o simbólico-dramático, esencialmente latinoamericano. Mientras que el primero estaría basado en la creencia en la razón instrumental, es decir, en la razón como medio para dominar la naturaleza y lograr progreso material, el segundo tendría un acercamiento estético religioso a la realidad, a través de lo que podría llamarse una “racionalidad sapiencial”. De esa manera “el modelo racional ilustrado enfatiza el discurso abstracto y conceptual y apela a la razón: el modelo simbólico- dramático enfatiza las imágenes, representaciones dramáticas y ritos y apela a la sensibilidad”. Es así como habría surgido “un discurso sociológico católico que busca demostrar que la identidad cultural latinoamericana tiene un inherente sustrato católico que es sólo compatible con la modernidad barroca, alternativa a la modernidad ilustrada”.6

De acuerdo con Jorge Larraín quien ha hecho una crítica profunda del esencialismo católico, los postulados principales de éste serían los siguientes:

     1) La identidad latinoamericana tiene un sustrato católico o al menos cristiano. De acuerdo con esta propuesta, los pensadores católicos esencialistas sostienen que la identidad cultural latinoamericana se formó por el mestizaje entre los valores culturales indígenas y españoles, básicamente en los siglos XVI y XVII. Para Morandé, una de las consecuencias de esta afirmación es que “el secularismo no es sólo una amenaza para la Iglesia católica, sino que, fundamentalmente, para la cultura latinoamericana misma, puesto que ella se ha constituido sobre un sustrato católico”.

     2) La razón instrumental propiciada por la modernidad ilustrada no forma parte de la cultura latinoamericana. En otras palabras, con este rechazo a la modernidad ilustrada se supone que los latinoamericanos no están motivados por el progreso técnico “y la subordinación de su ethos a la racionalidad instrumental es una forma de alienación, un error castigado por el fracaso crónico”, como bien explica Larraín. Aquí, es evidente que la identidad es vista por los autores esencialistas como algo inmutable y que los aportes del racionalismo ilustrado son considerados elementos ajenos a la realidad de la región.

3) La identidad latinoamericana no es anti-moderna sino que se constituyó dentro de. y en consonancia con. la modernidad barroca. De acuerdo con esta proposición, la identidad latinoamericana formaría parte de una modernidad distinta: la modernidad barroca. Esto permite superar la idea de la incompatibilidad entre Iglesia y cultura moderna.

4) La cultura barroca tiene un carácter oral más que escrito. De esa manera, Cousiño, uno de los autores esencialistas, “reitera que mientras la lógica del modelo ilustrado descansa sobre el intercambio mercantil y está marcada por la importancia del texto escrito, la modernidad barroca se fundamenta en la representación dramática ritual y está marcada por la importancia de la transmisión oral”. En sus versiones más integristas, esta concepción de la cultura latinoamericana más apegada a la “tradición de las instituciones vivas” que a la legalidad constitucional, condujo al autor Bernardino Bravo Lira a justificar los golpes militares.

5) La cultura latinoamericana privilegia el conocimiento o realidad sapiencial. Algunos autores esencialistas (Morandé y Scannone) sostienen que el ethos latinoamericano prefiere un conocimiento sapiencial, es decir que privilegia a los sentimientos y a la intuición, por encima del conocimiento científico. De acuerdo con esta visión, la racionalidad sapiencial sería mucho más cercana al ethos cristiano de Latinoamérica al caracterizarse por “una lógica de gratuidad y donación” y por el hecho de que promovería una comunidad más humana y respetuosa de la pluralidad y la alteridad. Según Scannone “la racionalidad moderna nunca logró —al menos todavía— penetrar radicalmente el ethos y el logos propios de nuestra idiosincrasia cultural latinoamericana”.7

6)  La identidad católica latinoamericana no ha sido reconocida por las elites intelectuales latinoamericanas por lo que se encuentran culturalmente alienadas. Bernardino Bravo Lira sostiene que existe “una verdadera escisión espiritual entre la minoría dirigente, más o menos identificada con los de la Ilustración, y el grueso de la población que permanece apegada a sus propios modos de vida, en gran parte provenientes del barroco”8

7)  La identidad latinoamericana encuentra su mejor expresión en la religiosidad popular. Al decir de Morandé, puesto que la verdadera identidad cultural no es reconocida por sus propias elites, la síntesis cultural de las masas se encuentra en la religiosidad popular. Según Morandé, la religiosidad popular “es una de las pocas expresiones —aunque no la ¿única_ de la síntesis cultural latinoamericana que atraviesa todas sus épocas y simultáneamente cubre todas su dimensiones”.9 Esta se convertiría entonces en una verdadera contracultura de la modernidad.

8)  La racionalidad ilustrada y su lógica racionalista están agotadas y se están derrumbando. En su crítica al esencialismo, Larraín señala que, para alguien como Cristian Parker, “la racionalidad instrumental habría llegado a una ‘fatiga definitiva’ y se habría derrumbado el ‘universo valórico y categorial que sustentó toda una época de sueños prometeicos’ para dejar paso al cristianismo popular, a una antropología vitalista alternativa cuyo proyecto es el ‘hombre integral’ basado en una praxis del ‘amor-solidaridad’ “. Por su parte, para Bernardino Bravo Lira, “Iberoamérica… es la gran favorecida con el ocaso de la Ilustración. Al desmoronarse la Modernidad ilustrada reaparece la Modernidad barroca, soterrada bajo un barniz racionalista más o menos espeso, pero viva todavía, sobre todo en los medios populares”.10

Después de este repaso por las tesis esencialistas, Jorge Larraín dedica un amplio espacio para la crítica de las mismas, que pueden resumirse en las siguientes:

a) El esencialismo considera erróneamente a la identidad como una esencia fija, inmutable en el tiempo. Asumir que el ethos cultural latinoamericano es esencialmente el de los siglos XVI y XVII “deja no sólo a la Ilustración, sino también a la formación de los estados nacionales y presumiblemente a toda la larga historia de vida independiente de las naciones latinoamericanas como marginales a nuestra identidad cultural. Para mí, esto es poco plausible”.

b) La idea de una modernidad barroca tiene serios problemas. De acuerdo con Larraín, “la cultura banoca puede haberse desarrollado durante la época de la modernidad, pero no es un proyecto moderno en sí mismo; en rigor es un proyecto antimoderno”. También sostiene que con la distinción hecha por los esencialistas entre modernidad ilustrada y barroca se estaría cometiendo una doble simplificación: “Primero, se favorece una comprensión unilateral de la modernidad ilustrada europea como un proceso que en forma exclusiva e inevitable lleva al predominio absoluto de la razón instrumental… Igualmente arbitrario sería el argumento de que la racionalidad instrumental es ajena al ethos y al modo de sentir popular latinoamericano”.11

c) Pese a las críticas a la teoría de la secularización, es evidente que la religión perdió su papel central en la sociedad. Es falso que la secularización en América Latina tuviera éxito sólo entre los criollos. Y si persisten elementos de religiosidad popular, ésta no representa por sí misma el núcleo de la identidad latinoamericana ni tiene la centralidad que tenía en el periodo colonial. Afirma Larraín: “Pienso que hoy lo católico ha dejado de ser el elemento central de la identidad”. En consonancia con este autor se podría agregar que lo importante no es que sea o no católico, sino cuál es el contenido de ese catolicismo o de qué tipo de catolicismo se trata. Podríamos concluir también que se trata de un catolicismo secularizado. Al decir de dicho autor, “la secularización no ha implicado en América Latina el fin de la religión o del sentimiento religioso, sino más bien la pérdida de la centralidad de una cierta visión religiosa del mundo y la llegada del pluralismo”.

d) La “Iglesia oficial” ha reaccionado históricamente de manera defensiva frente a la razón instrumental, así como frente a este pluralismo y sus consecuencias. En particular, la Iglesia ha reaccionado defensivamente “frente a la libre búsqueda de acuerdos implícita en la razón comunicativa, porque éstos no suponen necesariamente un reconocimiento previo de verdades universales”.12

e) Un diálogo verdadero exige apertura del mundo moderno a la dimensión trascendente, pero también exigirá apertura de la iglesia a los valores claves de la modernidad. Dichos valores son “el respeto a la libertad de conciencia, el respeto o tolerancia a la pluralidad de ideas y el respeto a las formas democráticas de organización y toma de decisiones”. Entre otras cuestiones la Iglesia debería “adaptarse a trabajar en un medio secularizado y no confesional [y] aceptar que el estado debe legislar en función del bien común que no siempre coincide con la doctrina católica”. Para Larraín, “no es para nada claro que la Iglesia oficial, aun hoy, se haya resignado a esto”.

Este análisis del esencialismo católico y sus críticos en el contexto latinoamericano permite comprender con mayor precisión la comente interpretativa en la que está inmersa la Carta Pastoral de la Conferencia del Episcopado Mexicano, publicada en marzo del 2000.

La historia a cuentas

La Carta Pastoral del Episcopado Mexicano “Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos” es un documento sin duda importante, quizás el texto con más ambiciones redactado por el episcopado desde la Carta Pastoral del Episcopado Mexicano sobre el desarrollo e integración del país, publicada en marzo de 1968.13 En aquella ocasión, los obispos católicos mexicanos expresaron su sentir acerca de lo que estaba sucediendo en México y después de un análisis exhaustivo, moderado pero crítico, de la situación social, proponían una visión cristiana del desarrollo e integración del país, basada en la doctrina social cristiana de la Iglesia y en las conclusiones del Concilio Vaticano II.

Entre 1968 y el 2000 fueron publicados muchos documentos episcopales, provenientes de diócesis específicas, de regiones pastorales o incluso del pleno de la Conferencia del Episcopado Mexicano. Sin embargo, ninguno, a lo largo de más de tres décadas, había tenido la intención de realizar nuevamente una profunda revisión de las circunstancias históricas y sociales del país. No fue sino hasta el fin de siglo, en medio de las fiestas jubilares, pero también en el marco de una creciente agitación político-electoral, que los obispos se decidieron a emitir un documento de amplia envergadura.

La Carta Pastoral “Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos” es ciertamente un documento bien escrito y estructurado, aun si se observan inconsistencias y contradicciones. Esto habría sido por el hecho de que se trata de un texto negociado y consensuado entre diversas tendencias, algunas más intransigentes que otras. Se trata, evidentemente, de una carta pastoral con la visión doctrinal y perspectiva particular que los miembros de la jerarquía de esta iglesia tienen de la realidad nacional actual. De particular interés es el repaso que los obispos hacen de las diversas etapas históricas del país, así como la idea de Estado y de Nación que de allí derivan. De esa manera, en la medida en que la Carta Pastoral es una invitación a revisar nuestra historia y una propuesta de nación, es parte esencial del proyecto de una nueva relación entre la(s) Iglesia(s) y el Estado.

Al documento de la Conferencia del Episcopado se le pueden hacer por lo menos tres grandes críticas: 1) una ausencia de espíritu de autocrítica; 2) una visión muy parcial de la historia, repitiendo así el esquema que pretende combatir, y 3) una argumentación basada en supuestos erróneos.

1. Paradójicamente, la principal crítica que se le puede hacer a la Carta Pastoral es la ausencia de un espíritu de autocrítica de la jerarquía católica, sobre todo respecto al papel y responsabilidad de la Iglesia en los sucesos históricos y en la situación social actual del país.

En la medida que el repaso histórico no es circunstancial, sino que constituye la base de un análisis de la realidad presente que vive México, así como de las propuestas para su mejoría, es importante señalar que consiste en una versión parcial y ciertamente muy poco autocrítica del desarrollo histórico nacional. Así. por ejemplo, en ningún momento se señalan los abusos y excesos del proceso de evangelización. Se habla únicamente de un “abuso y maltrato hacia los conquistados” y de una “difícil y contradictoria situación” (párrafo 17), sin jamás mencionar el muchas veces triste papel de la Iglesia en la legitimación de la conquista. De la misma manera, en toda la sección dedicada al periodo colonial no aparecen las palabras “Inquisición”, “conversiones forzosas”, o “intolerancia hacia las otras religiones”, que fueron la nota característica de la época y que marcaron la historia posterior. Se menciona únicamente que “En la Colonia y el Virreinato es preciso reconocer que graves errores y problemas coexistieron con grandes aciertos” (párrafo 26).

Lo mismo puede decirse del periodo de la Independencia, en el cual los obispos rescatan las figuras de Hidalgo y Morelos como sacerdotes, con “sus limitaciones y debilidades humanas” (párrafo 29), pero ignorando por completo el hecho de que la Santa Sede y la jerarquía católica se opusieron al proceso de Independencia y excomulgaron a estos héroes, antes de que se les fusilara. La falla es aún más evidente en el recorrido por el siglo XIX y principios del XX, donde el episcopado omite por completo el triste papel que desempeñó la Iglesia (y que explica mucho de lo sucedido) en pasajes de la historia como la Guerra de Tres Años, la Intervención francesa y la propia Revolución.

2. La Carta Pastoral pretende mostrar que “la subjetividad de la Nación” es esencialmente católica y para lograrlo ignora de manera prácticamente absoluta el componente histórico y social, producto del proceso de secularización impulsado por la modernidad y por el liberalismo, así como el impacto que tuvo en la laicización de las instituciones públicas y en la privatización de la religión, a través del fortalecimiento de la conciencia individual. La historia del país se presenta como un estado de esquizofrenia (un pueblo católico con un régimen liberal y anticlerical), ignorando precisamente este proceso (a nivel de conciencia y de instituciones) de separación de lo político y lo religioso, donde el primero pertenece a la esfera pública y el último a la esfera privada. Aunque el documento señala esta “marginación de la Iglesia a la esfera privada” (evidentemente como algo nocivo), en ningún momento se entiende (ni mucho menos se expone) que esto forma parte de un proceso de secularización de la sociedad, el cual explica que son los propios católicos (en el siglo XIX prácticamente el 100% de la población pertenecía a esta confesión) los que llevan a cabo esta separación de esferas (lo religioso-privado y lo político-público) y que, por lo tanto, ser católico y anticlerical no es incompatible.

Por ello es erróneo presentar, como lo hace el documento, al Estado laico, “más cercano a los modelos liberales francés y estadunidense, que a la realidad cultural de la Nación” (párrafo 30). El Estado laico (aunque no tuviera ese nombre en el siglo XIX), que separó a la Iglesia de la esfera pública, surgió en la medida en que ya no se podía identificar a la nación con una sola iglesia o confesión y que los propios católicos mexicanos se dieron como forma de organización política, de acuerdo a sus propias circunstancias históricas. Decir que el liberalismo mexicano era extraño a la realidad cultural de la nación es querer presentarlo como algo ajeno a nuestra historia y al catolicismo como algo intrínseco a nuestra cultura. Como si el cristianismo no hubiese sido producto de una importación e incorporación (incluso más brutal) a una sociedad completamente ajena a esa religión.

Por esa misma razón, tampoco se puede avalar la idea de que los mexicanos católicos “tienen una herida en el corazón” (párrafo 33) que es el estar obligados a tener dos lealtades. En realidad, los católicos mexicanos distinguieron muy bien entre su lealtad política y su convicción religiosa, que resolvieron de acuerdo a su conciencia individual. Ciertamente, al hacer esto no actuaron como lo hubiera deseado la jerarquía católica, que pugnaba y pugna por una visión integral (es decir, que uniera lo religioso y lo político) del quehacer cotidiano de los fieles. Pero los mexicanos, como muchos otros pueblos que pasaron por este proceso de secularización, entendieron que podían ser católicos, acudiendo más al juicio de su conciencia individual que a los preceptos de la institución eclesial.

Debido a lo anterior, no es posible afirmar, como lo hace el texto, que la marginación y reducción de la Iglesia a la esfera privada se dio porque ella se consideró como el principal obstáculo de la identidad de los mexicanos. El proceso de secularización y la laicización de las instituciones religiosas, paralelo a la generación de una conciencia nacional, tuvo como resultado la búsqueda de elementos cívicos que permitieran una identidad y un proyecto común. La marginación de los elementos religiosos fue una consecuencia de la separación del Estado y la Iglesia, de la libertad de cultos y de la creciente incompatibilidad entre una sola confesión (cualquiera que fuese) y la identidad nacional. La Iglesia se consideraba no el principal obstáculo de la identidad de los mexicanos, sino de la construcción de un Estado libre de injerencias religiosas.

3. El documento llega a conclusiones relativas a la identidad nacional sobre la base de postulados erróneos. Los obispos argumentan que “una realidad que nos ha marcado como Nación mexicana y que pertenece a los rasgos fundamentales que nos definen y nos dan identidad” ha sido el encuentro con el catolicismo. De esto se desprendería entonces que la nación mexicana es esencialmente católica. No es por azar que el episcopado defina a la nación mexicana como “una realidad plural a partir de la multitud de etnias, lenguas, tradiciones y costumbres que la integran”, dejando de lado la pluralidad religiosa. Continúa su argumentación afirmando que en México la nación es anterior al Estado (lo cual es ciertamente muy cuestionable y contrario a lo que la mayoría de los estudiosos han sostenido). Dicen, en consecuencia, lo siguiente, central en su argumentación: “Esto se debe a que la Nación posee una soberanía anterior a la soberanía política del Estado” (párrafo 241). Luego concluyen que “el Estado está llamado prioritariamente a servir a la Nación” y, citando a Juan Pablo II, que “el Estado es solidamente soberano cuando gobierna la sociedad y sirve al mismo tiempo al bien común de la sociedad y permite a la Nación realizarse en su propia subjetividad, en su propia identidad” (párrafos 242-244).

Si se toma en cuenta, como ya se había señalado antes en el documento, que “en la subjetividad de una sociedad y de una Nación radica de manera originaria y plena la soberanía de un pueblo”, y que en México “la fe en Jesucristo anunciada por la Iglesia y el milagroso hecho Guadalupano… son ambos un componente histórico y cultural que configura la identidad de la Nación”, la única conclusión lógica posible del documento episcopal es que el Estado mexicano debe servir a la nación católica (por supuesto, tal como la define la propia jerarquía). Desde esa perspectiva, el Estado mexicano aparece como algo extraño a la cultura e identidad nacional; como algo postizo.

Sin embargo, si se parte de un supuesto distinto, es decir, de que México, como muchos otros países, fue construyendo su identidad nacional a partir de una creciente conciencia de su pluralidad étnica, económica, política, social, cultural y religiosa; entonces el Estado no aparece como algo extraño, sino como la forma de organización política más adecuada para la convivencia social. Desde esta perspectiva, el Estado laico no es en efecto algo extraño a la subjetividad social de la nación mexicana, sino su producto directo. Por lo tanto, la soberanía de la nación está depositada en los órganos representativos del pueblo de México y no en una supuesta subjetividad soberana católica. El supuesto erróneo sobre el cual está basada la argumentación de los obispos católicos es que el catolicismo es el principal elemento de la identidad nacional. Se olvida o se ignora con ello que la nación y su identidad no son estáticas, sino dinámicas, y que los referentes de nuestra identidad se han transformado y se siguen transformando en la actualidad.

A partir de estas tres críticas principales se pueden establecer otras puntualizaciones y consideraciones particulares respecto a la Carta Pastoral. Me refiero únicamente a las más evidentes:

•  Es difícil sostener que de los años treinta a los sesenta “los sectores más pobres no encontraron en la reforma agraria y en los nuevos sindicatos y corporaciones, un mejoramiento profundo y amplio en su calidad de vida” (párrafo 44). De hecho, está demostrado que fue precisamente durante esas tres décadas que, gracias a una política social redistributiva —a la que se opuso la Iglesia durante un tiempo— las condiciones económicas de los mexicanos tuvieron una mejoría notable.

•  La jerarquía católica menciona los sucesos de 1968 (párrafo 46), pero no menciona que una de las instituciones que más callaron fue precisamente la Iglesia. No menciona tampoco que el descontento y los anhelos de cambio también tuvieron su eco dentro de la Iglesia, que hizo caso omiso de todas estas reivindicaciones.

•  Respecto a los avances democráticos en el país, hay una seria contradicción. Se dice que “los cambios motivados por la globalización no han estado acompañados por la necesaria reforma política y social que requiere la nación” (párrafo 52). Sin embargo, poco después (párrafo 65), se señala que “desde mediados de la década de los ochenta se iniciaron una serie de difíciles pero importantes transformaciones en las instituciones representativas del país, que hablan de un proceso de maduración política en nuestra nación”. Esta visión más positiva se reitera posteriormente (párrafo 251), cuando se afirma: “Un cambio particularmente significativo es el que experimentan los procesos democráticos en México. Las estructuras, instituciones y grupos que tenían las decisiones sustanciales del país comienzan a dejar espacios a nuevas propuestas y convicciones gracias a una creciente cultura de participación ciudadana”.

• La visión de dos mundos distantes y contrastantes, “en la que uno pretende imponerse y absorber el otro” (párrafo 63). es simplemente maniquea e ignora la complejidad de los procesos culturales de la nación.

•  Los obispos afirman que es “la hora de que la verdad histórica integral de México brille con mayor claridad… superando prejuicios y descalificaciones, dualismos y reduccionismos” (párrafo 73). Y, sin embargo, es eso precisamente lo que el episcopado hace en este documento, exponer una visión dualista, prejuiciada y reduccionista.

• El perdón que pide la jerarquía católica “en nombre de todos los miembros de la Iglesia de Cristo en México” es más bien vago y ambiguo. En el contexto del documento, parece poco sincero y exento de un verdadero ejercicio autocrítico.

• Los obispos dicen que es urgente una mejor comprensión de nuestra historia “de modo que no seamos prisioneros del pasado” (párrafo 80). Sin embargo, con la visión expuesta en la Carta Pastoral parecería que es la propia jerarquía católica la que sigue siendo prisionera del pasado.

•La única autocrítica que los obispos realizan es acompañada de un intento de justificación, cuando se dice (párrafo 81) que “no debemos olvidar que quienes vivieron etapas difíciles de confrontación no tuvieron los elementos con los que hoy contamos para comprender el significado del proceso de autonomía de las realidades temporales y del nuevo tipo de relaciones que tendrían que establecerse entre la Iglesia y el Estado”.

De toda la primera parte del documento se podría concluir con la siguiente pregunta: ¿qué se puede esperar de una Iglesia más participativa social y políticamente —como ella desearía— si no parece haber entendido y asumido sus propias faltas y errores?

•  En la segunda parte de la Carta Pastoral, la jerarquía católica asume que “la Iglesia en México es una institución que posee credibilidad por su autoridad moral, su pensamiento y sus valores”. Sin embargo, una análisis más detenido nos mostraría que la Iglesia tampoco tiene credibilidad, sobre todo en asuntos sociales y políticos.

•  Cuando la jerarquía menciona entre las dificultades internas más sobresalientes al clericalismo, lo entiende únicamente como la falta de espacios para los laicos, pero no asume que el clericalismo entendido como el intento de dominar socialmente desde la Iglesia provocó, entre otras cuestiones, su reacción y antídoto, que es el anticlericalismo.

• De la misma manera, al decir, parafraseando a Ecclesia in America, que “la Iglesia del Nuevo Milenio debe mostrar su rostro laical”, el documento ignora las enormes dificultades que tiene la propia Iglesia para aceptar la crítica interna y los incipientes esfuerzos por ser una institución más tolerante, inclusiva y participativa entre los propios fieles católicos.

•  En cuanto a la propuesta ecuménica (unión con otras iglesias cristianas) de la jerarquía, ésta es ciertamente limitada y ambigua. Distinguen, como lo han hecho desde hace algunas décadas, entre las Iglesias evangélicas históricas (luteranos, presbiterianos, metodistas, etcétera) y los grupos religiosos proselitistas y lo que ellos llaman “sectas”. Aunque admiten que los mexicanos “vivimos y enfrentamos” un pluralismo creciente de orden no sólo técnico, político o económico, sino cultural “e incluso religioso”, advierte de los “riesgos… para la vida misma de la sociedad”, de otras ofertas religiosas, mostrando así la falta de tolerancia real a lo que denomina “proliferación de formas enfermizas de religiosidad”.

•  La tercera parte de la Carta Pastoral se refiere a las cuestionables definiciones de nación, ya antes señaladas. El punto central es una visión parcial y reduccionista de la historia y la identidad nacional. De allí se desprenden otros problemas de concepción de la realidad nacional.

•  La propuesta para “actualizar la Constitución de la República” no es criticable, ya que la Constitución ha sido muchas veces modificada. El problema radica en que se pretende hacerlo, entre otras cuestiones, a partir “de la historia de nuestra nación”, como si la actual Constitución no fuera precisamente el resultado de esta historia. En otras palabras, el revisionismo histórico de la Iglesia pretende deslegitimar el carácter liberal y social de la actual Carta Magna, infiriendo así que la verdadera Constitución respetuosa de la nación debería considerar el carácter católico de la misma.

•  No es enteramente cierto que “el voto del miedo” tenga que ver con la ignorancia y la pobreza de nuestro pueblo, que se aprovecharía para “promover formas diversas de fraude electoral”. En realidad, si existe el voto del miedo, éste se da más entre las clases medias y acaudaladas, que normalmente tienden a conservar las situaciones. En segundo lugar, suponer que a los pobres siempre se les manipula es ignorar los mecanismos políticos y de representación de intereses que funcionan en su caso y que en no pocas ocasiones se expresan, en efecto, contra la propia iglesia institucional, por la tradicional desconfianza popular a la intromisión del clero en cuestiones políticas.

• Los obispos muestran su particular visión intolerante de la tolerancia, cuando mencionan que “si bien es cierto que un elemento esencial de una sociedad libre y plural es la tolerancia, también es cierto que la tolerancia que acepta acríticamente cualquier cosa se vuelve en contra de ella misma” (párrafo 275). Lo mismo sucede cuando el episcopado se refiere a la democracia, ya que en realidad no acepta la representación popular de la soberanía, sino que considera que una democracia tiene que estar respaldada por los valores cristianos, para ser verdaderamente una democracia.

•  Los ataques al Estado laico (párrafo 277), parangonándolo a la promoción de ideologías antirreligiosas o arreligiosas, sólo demuestran la escasa comprensión de la razón de la existencia y función del Estado laico en una sociedad democrática. En pocas palabras, el Estado laico surgió y permanece precisamente porque es el instrumento del cual el pueblo se dotó para el respeto a la libertad de conciencia, de expresión, de creencias y de culto. De hecho, cuando los obispos afirman que “debemos poner los cimientos sólidos que nos lleven a conseguir la unidad dentro de la legítima diversidad de nuestra gran Nación” (párrafo 305), está ignorando que es exactamente eso lo que hace el Estado laico en México.

•  La pretensión de la jerarquía de que el Estado dé un trato desigual a las asociaciones religiosas (“es legítimo precisar que no todas [las asociaciones religiosas] poseen la misma representatividad y, por lo tanto, que no todas colaboran de la misma manera y grado al bien común. El derecho exige que la diferente aportación a la Nación sea también reconocida en justicia”) es absolutamente contrario al espíritu de la Constitución, ante la cual todos los hombres y todas las asociaciones religiosas son iguales ante la ley. Esta pretensión (párrafo 282) muestra claramente que la jerarquía católica todavía anhela épocas en las que tenía privilegios y fueros particulares, por encima de las otras asociaciones religiosas.

•  Hay una relativa contradicción entre criticar duramente a quienes han detentado el poder económico y político por no haber creado las condiciones adecuadas y suficientes para superar la pobreza y luego criticar la visión del desarrollo enfocada más en el tener que en el ser. Por lo demás, si es cierto que “el desarrollo integral que necesita un pueblo no se puede ni se debe reducir al puro desarrollo económico aunque lo incluya” (párrafo 319), ¿no significa entonces que el principal fallo (o por lo menos una parte de responsabilidad relativa) está en la propia Iglesia, que no ha sabido promover un tipo de desarrollo distinto al puramente económico?

• La jerarquía se refiere a la necesidad de construir una cultura de la democracia, aunque no la practique internamente, ni pretenda hacerlo. La Iglesia está gobernada por quien es quizás el último monarca absoluto del planeta y sus decisiones son piramidales e incuestionables por el conjunto de obispos, prelados, presbíteros, canónigos y fieles, que se encuentran en la escala más baja de la estructura institucional, con una nula capacidad para influir en el rumbo de su propia Iglesia.

La jerarquía católica todavía anhela épocas privilegios y fueros.

La incapacidad del episcopado católico mexicano para entender al mundo moderno se hace muy evidente en la forma en que concibe al mundo secular y al Estado laico. Su visión es reducida y decimonónica. “La laicidad del Estado’ —dicen los obispos católicos— no significa de ningún modo la promoción de ideologías anti-religiosas o a-religiosas, que violan el derecho a la libertad religiosa bajo el pretexto de una supuesta neutralidad’ estatal” (párrafo 277). Es evidente que esta percepción de un Estado antirreligioso, o más bien anticlerical, está imbuido por las luchas que se dieron en el siglo XIX y en las que el Estado laico, en efecto, adquirió tintes antirreligiosos y anticlericales, en la medida que se consolidó, en los países de tradición latina, en contra de los deseos de la Iglesia católica y a pesar de la cual logró imponer las primeras libertades religiosas: de creencias y de culto. Pero el Estado laico mexicano, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XX, dejó de tener esas características propias en las que tenía particulares, de una laicidad combativa en pleno surgimiento. Las reformas constitucionales y legales en materia religiosa de 1992, aunque no eliminaron por completo todas las restricciones a la acción de las agrupaciones religiosas, mostraron claramente esta tendencia del Estado mexicano hacia una laicidad más abierta. Por lo demás, el Estado laico mexicano no es neutral. Defiende una serie de valores estrechamente ligados a la laicidad: tolerancia, respeto a la diferencia y a las minorías, separación de los asuntos del Estado y las Iglesias, pluralidad religiosa, democracia y soberanía popular.

Pese a ello, el episcopado insiste: “El respeto que el Estado debe a las iglesias, a las asociaciones religiosas y a cada uno de sus miembros, excluye la promoción tácita o explícita de la irreligiosidad o de la indiferencia como si al pueblo le fuera totalmente ajena la dimensión religiosa de la existencia. Más bien, es una obligación del Estado proveer los mecanismos necesarios y justos para que. quienes deseen para sus hijos educación religiosa, la puedan obtener con libertad en las escuelas públicas y privadas” (párrafo 281). Luego, los obispos especifican aún más: “El derecho de los padres a escoger el tipo de educación que desean para sus hijos, es asunto capital. Es contrario a la justicia que sólo quienes poseen recursos económicos suficientes puedan poner en práctica este derecho fundamental. El ‘laicismo’ educativo, supuestamente ‘neutral’ en materia moral y religiosa, se convierte, en la práctica, en ‘religión laica’ impuesta e intolerante” (párrafo 379).

La actitud defensiva e incomprensiva del episcopado respecto de la laicidad es evidente. Insiste en la idea de que el Estado, de alguna manera, promociona tácita o explícitamente la irreligiosidad o la indiferencia. Es, en definitiva, una

manera decimonónica de concebir al Estado laico. Definir como “religión laica”, además “impuesta e intolerante”, a la educación laica, es la prueba más clara de cómo la intransigencia episcopal no ha terminado por aceptar lo que la mayoría católica desea. Esta actitud intransigente y antimoderna ha sido señalada por autores que en otros lados han criticado las leyes educativas y de quienes no se puede sospechar partidarismo a favor del gobierno o del Estado.14

Los obispos mexicanos buscan nuevos caminos para la reconciliación, la justicia y la paz. También proponen una revisión de la historia nacional, en busca de un proyecto común que identifique a todos los mexicanos. Sin embargo, en su Carta Pastoral muestran de manera clara que son ellos, más que “el Estado”, quienes no han superado una visión decimonónica de su relación con la laicidad y con el mundo secular, al que siguen identificando con el ateísmo, la promoción de la irreligiosidad y de la indiferencia. En su propuesta de nación pretenden recuperar el sustrato católico de la cultura, pero al mismo tiempo niegan el valor y presencia histórica del mundo secular, invirtiendo los papeles y haciendo así lo que ellos mismos critican. En esas circunstancias, las probabilidades de una mejoría de las relaciones de la Iglesia católica con el Estado, pero sobre todo con la sociedad mexicana, sea en este u otro gobierno, no parecen muy grandes.  n

Roberto Blancarte. Investigador de El Colegio de México. Es autor de Historia de la Iglesia Católica en México.

1 En especial. Alberto Methol Ferré: “F.l resurgimiento católico latinoamericano”, en Religión y cultura. Consejo Episcopal Latinoamericano. Bogotá. 1981: y Pedro Morandé: “Cultura y modernización en América Latina: ensayo sociológico acerca de la crisis del desarrollismo y su superación”, en Cuadernos del Instituto de Sociología. Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 198-4.

2 Su obra más comentada es “Razón y ofrenda; ensayo en torno a los límites y perspectivas de la sociología en América Latina”, en Cuadernos del Instituto de Sociología. Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago. 1990.

3 Ver, por ejemplo. “El Barroco hispanoamericano”, en El Barroco en Hispanoamérica, manifestaciones y significación. Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina. Santiago, 1981.

4 En particular. Otra lógica en América Latina: Religión popular y modernización capitalista. Fondo de Cultura Económica. Santiago. 1993-

5 “Nueva modernidad adveniente y cultura emergente en América Latina”. Stromata XLYII, No. 1-2. 1991.

6 Jorge Larraín [Director del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Alberto Hurtado]: “Razón y modernidad en América Latina: crítica del discurso esencialista católico” (mimeo. sin lugar, sin fecha). F.ste artículo sirve de guía en este apartado.

7 Juan Carlos Scannone: Op. cit.. citado por Larraín. p. 19.

8 Bernardino Bravo Lira: El estado de derecho en la historia de Chile. Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 1996. p. 247, citado por Larraín, pp. 20-21.

9 Pedro Morandé: Op. cit.. p. 129.

10 Bernardino Bravo Lira: “América y la Modernidad: de la Modernidad barroca e ilustrada a la Postmodernidad”. Jarbuch für Geschichte, von Staat, Witschaft und Gesellschaft, Lateinamerikas, Band 30 (1993), p. 427. Citado por Larraín, p. 25.

12 Ibidem, p. 44.

13 Conferencia del Episcopado Mexicano: “Carta Pastoral del Episcopado Mexicano sobre el desarrollo e integración del país”, reproducida en Christus, Año 33, num. 390, mayo de 1968, p. 402.

l4 Es el caso de Pablo Latapí, quien en sus artículos en la revista Proceso, “Los obispos y la educación ” y “La laicidad escolar como problema”, números 1222 y 122 ) de abril de 2000. ha criticado la posición del episcopado respecto a la laicidad.

¿Por qué pedirle todo a la política?

¿POR QUÉ PEDIRLE TODO  A LA POLÍTICA?

POR ADRIÁN ACOSTA SILVA

Los ciudadanos mexicanos quieren más. Quieren que la política les procure la solución a todos sus problemas. Pero la política, como sostiene Adrián Acosta Silva, no da para tanto. ¿Por qué no aprendemos a vivir con esa limitación?

Qué puede y qué no puede resolver la política en el contexto de sociedades de “nueva” complejidad como la nuestra? En un contexto donde a la política se le exige resolver prácticamente todos los problemas de la sociedad, desde el combate al narcotráfico hasta los problemas de tránsito en las ciudades, desde los problemas de la disciplina de los diputados con su propio partido hasta la resolución de problemas como el de las cárceles, desde la búsqueda del acuerdo para implantar la nueva hora nacional hasta la exigencia de reorganizar las funciones del gobierno, la confusión de los límites de la política —es decir, de la potencia y alcances de la política en la vida social— se torna en un asunto que termina por caer en el viejo lugar común de que “todo es político” (como aquellas otras afirmaciones de que “todo es cultura”, o de que “todo es economía”), de que todos los asuntos desde los privados, morales y mercantiles, de los que tienen que ver con el ejercicio de la sexualidad hasta los que tienen que ver con la ley, son objeto “en última instancia”, como solía escribir el viejo Engels, de un tratamiento político.

La confusión de las posibilidades y potencialidades de lo político es un rasgo constante de las nuevas democracias, donde la centralidad de la política en los largos procesos transicionales en los que la democracia se convirtió en sus luces del norte, terminó, hoy lo sabemos, por sobrecargarla de exigencias y expectativas, deseos y ocurrencias, por parte de ciudadanos, grupos y partidos, que ven en la política la solución de todos nuestros males y la consolidación de todos nuestros bienes. Quizá como nunca en nuestra historia moderna, el territorio de la política se convirtió en tierra de nadie, donde los poderes electos se han enfrentado en varias arenas a poderes no electos surgidos de los más diversos círculos privados del autointerés y la autopromoción. Tenemos así un escenario de empantanamiento y conflicto improductivo. donde, ante la debilidad y fragilidad de nuestras instituciones democráticas, lo que impera es la negociación face to face, el chantaje y la fuerza.

La politización de la vida social es, por supuesto, un polvo de viejos, históricos lodos de las sociedades contemporáneas. En términos del pensamiento liberal clásico, la política tiene límites precisos en las fronteras de la ley y en la moral, una definiendo lo que es tolerable y correcto en la vida pública y la otra dejando a los individuos y a sus familias el asunto de los límites entre lo ética o moralmente tolerable y lo inaceptable. Con el capitalismo, el mercado se declaró el reino de lo no político, donde las transacciones y relaciones entre los individuos eran orientados por la maximización de las funciones de utilidad dictados por las preferencias individuales. El reino del homo economicus separado claramente del ámbito del homo politicus. En este proceso de separación de lo político coexistieron siempre, sin embargo, tensiones y traslapes entre lo político y todo lo demás, desde la economía política del desarrollo hasta aquello de que, como dirían las feministas, lo personal es político.

Pero en realidad la política tiene límites más o menos precisos, cuyas fronteras se construyen (o diluyen) social mente. Que un diputado no vote como lo hace el resto de sus compañeros de partido es un asunto que concierne a su conciencia, no a la política. Que el congreso yucateco o tabasqueño decidan no hacer caso de una disposición federal es un asunto de cumplimento de la ley, no de política. Que una mujer haya disparado a quemarropa contra el gobernador de Chihuahua es un asunto de deterioro de los mecanismos psicológicos de autorrestricción de los impulsos homicidas, no de conflicto y negociación política. Que un grupo armado, de narcotraficantes o de encapuchados, decida retar a la autoridad y al poder político es un asunto criminal o un delirio justiciero, no de política. Que los miembros del Consejo General de Huelga insulten, humillen y cometan vejaciones a sus profesores en la UNAM es un asunto criminal, pandillesco. no político. Que el gobernador de Yucatán persista en su rebeldía de acatar el fallo del Tribunal Electoral Federal es un asunto de competencia e interpretación jurídica, no política. En todos los casos, la política es un componente del contexto, un espacio de la acción colectiva, una fuente de rechazo o consenso, pero tiene un ámbito de acción delimitado por las instituciones o por las conciencias. La violencia es, por supuesto, otra de las fronteras que delimitan los alcances de la política, aunque se repita tina y otra vez aquella vieja frase de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otro medios.

Cuando exigimos a la política cosas que por sí misma no puede resolver, estamos condenando a la política a su permanente incapacidad para conseguir nuestros fines. La política, como la democracia tiene límites, restricciones, imposibilidades. y sólo un largo proceso de diferenciación social e ingeniería constitucional y jurídica puede lograr resolver, casi siempre de manera modesta y por aproximaciones, muchos problemas económicos, de cohesión social, de igualdad o de justicia. Ya lo sugería hace algún tiempo Roger Benjamín: sólo una noción de bienes colectivos (instituciones políticas confiables, seguridad pública, aire limpio, paz. buenas escuelas), basado en los impulsos que la democracia imprime a la autorganización de los intereses de los privados, puede conducir a la revaloración de la política y a un orden social duradero, democrático y libre imperfecto y cambiante, pero con ciertos márgenes de certidumbre. La reinvención de la política, esa vieja fórmula de regulación de la conflictividad social. puede mostrar así sus nuevos límites y desplegar, discretamente, sus potencialidades.           n

Adrián Acosta Silva. Sociólogo y politólogo. Profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara.

Como ser laico

COMO SER LAICO

POR MICHELANGELO BOVERO

Laico es quien ejerce su libertad frente a los dogmas, laico es quien reivindica para sí mismo el derecho ele pensar diversamente sobre cualquier asunto, laico es quien no escucha el canto de la ortodoxia, laico es quien mira de frente el problema de la convivencia de las creencias y los valores: laico es este ensayo luminoso de Michelangelo Bovero, una pieza decantada del arte de la reflexión. La primera parte del presente escrito retoma, con algunas variantes, un culícido ya publicado en agosto del 2000 en Bucareli 8, suplemento de El Universal.

Yo soy laico. De eso estoy seguro. Y estoy seguro que muchos de los lectores de estas páginas —no necesariamente todos— comparten la misma seguridad. ¿Pero estamos en verdad seguros de lo que esto significa? Para verificar que existe este acuerdo, al menos para aquellos que comparten mi declaración de laicidad —aunque el experimento debería interesar también a aquellos que no la comparten—, quisiera retomar aquí el hilo de algunas reflexiones que vengo desarrollando hace tiempo, en torno a las nociones de “pensamiento laico” y de “política laica”.

Cuando uso la expresión “pensamiento laico” no intento referirme, en primer lugar, a una “filosofía” cualquiera, a un cuerpo de doctrinas elaborado por grandes (o pequeños) pensadores; aludo, más bien, al menos preliminarmente. a una cierta “visión de las cosas”, a una concepción general (y genérica) del mundo y de la vida individual y social, personal y colectiva: justo ese modo de ver la realidad, de asumir posturas y tomar posiciones frente a ella, que cada uno de nosotros (laicos) presupone implícitamente cuando declara, o simplemente piensa, “yo soy laico”, para diferenciarse de un católico, o de un clerical, pero también de un protestante o de un islámico o de un hinduista, etcétera, en suma, de aquellos que se reconocen en una confesión cualquiera, que adhieren a cualquier doctrina firmemente “creída”. ¿Implica esto, quizá, que el laico no tiene ningún “credo”, es decir, que no tiene convicciones (fuertes), y si las tiene no es ya un laico? De inmediato somos llevados a decir que no. Pero de esa manera hemos llegado ya cerca del problema al que aludía: ¿quién es el laico, si es verdad por definición lexicográfica que es no-religioso, no-confesional, pero no es cierto que no “cree” en nada? Frente a aquella visión del mundo que parece implícita en la declaración “yo soy laico”, frente al “pensamiento laico” que simplemente presuponemos con tal profesión de no-fe, deberemos plantear tres preguntas: 1) ¿existe?, ¿corresponde a algo real y consistente, clara y unívocamente identificable?; 2) ¿cómo es definible o redefinible?; 3) ¿cómo es defendible?, ¿es un pensamiento fundado?, ¿cuáles son sus principios, con qué argumentos se puede sostener?

Afrontemos antes que nada la primera cuestión: ¿la “laicidad” es algo unívocamente reconocible, claramente identificable? Para intentar responder propongo un experimento mental. Supongamos que nos encontramos en un contexto cultural, histórico y geopolítico determinado, por ejemplo el irlandés, caracterizado por la contraposición entre protestantes y católicos, e imaginemos que en el curso de una discusión en la que participan también un protestante y un católico, yo llegue a declarar “soy laico”: imaginemos ahora que, en un cierto punto, intervenga un cuarto interlocutor, y que éste declare a su vez: “también yo soy laico”. Pregunto: ¿esto significa tal vez que el último participante en el diálogo pretende comunicarme que tenemos la misma visión del mundo en general, y que ella nos conduce a asumir la misma actitud frente a ese problema político específico? No necesariamente. En primer lugar, es totalmente admisible y no implica contradicciones que yo me ponga del lado del partido republicano católico, es decir, que asuma al menos algunas de las razones políticas sostenidas por el interlocutor católico. sin dejar de ser laico, y que al mismo tiempo el otro laico, siempre sin dejar de serlo, se ponga del lado del partido unionista protestante, asumiendo algunas de sus razones políticas de fondo. Lo que ninguno de los dos puede hacer, pues sería contradictorio con nuestra declaración común de laicidad, es aprobar una tesis según la cual Irlanda debería convertirse en un Estado confesional, sin importar que sea católico o protestante. Pero supongamos en cambio —en segundo lugar— que además de rechazar la perspectiva de un Estado irlandés confesional (de uno u otro tipo), ambos laicos reconozcamos estar de acuerdo sobre la postura a tomar frente a los problemas políticos mayores que agitan el caso irlandés (independencia o autonomía, forma de gobierno, etc.): no obstante ello, más allá de ese caso específico. podríamos descubrir que tenemos concepciones del mundo y hasta orientaciones políticas generales muy diversas entre sí a pesar de ser laicos los dos.

Para simplificar: existen laicos de derecha y de izquierda. Bobbio es un laico de izquierda, y yo me reconozco en la misma posición; pero laicos de derecha fueron, por ejemplo, Luigi Einaudi. Benedetto Croce. Isaiah Berlin… En la derecha actual no se me ocurren ejemplos de personajes vivientes de la misma estatura. Tengo en mente, sin embargo, un politólogo italiano famoso, seguramente laico, cuya visión política general y cuyas convicciones específicas sobre las instituciones de la democracia, son muy distantes a las mías. Lo que me sugiere proseguir el experimento mental confrontando idealmente mi posición con la del famoso politólogo: me pregunto (con cierta irritación) si hay algo que nos una por el hecho de ser ambos laicos. Lo reconozco: por ejemplo, los dos alimentamos una profunda aversión por la ingerencia (muy pesada) de la iglesia católica en la política italiana. ¿Tenemos por ende una identidad laica común? Me veo forzado a admitirlo: pero esto me parece, en cualquier caso, un factor débil de identidad. En ciertos sentidos, incluso equívoco, y de cualquier modo no determinante o no conclusivo. Tanto así que puedo encontrarme más fácilmente de acuerdo con algunos aspectos de la pars destruens de ciertos discursos del Papa, por ejemplo sobre la mercantilización universal, que con aquel politólogo famoso.

Nuestro (doble) experimento mental parece pues inducirnos a reconocer que la laicidad es un carácter común a muchos sistemas de convicciones y opiniones, y que tal carácter puede ser escasamente cualificante. Cuando decimos que una cierta concepción A es laica no excluimos que una concepción B muy diversa de A pueda ser también laica, sino más bien indicamos con ese atributo un rasgo que se encuentra efectivamente tanto en A como en B: un rasgo en cualquier caso identificante, aunque sea en modo débil, porque sirve para distinguir A y B de una tercera concepción C, que puede ser en algunos aspectos semejante a A, pero que es la concepción… del Papa.

Por lo tanto, el concepto de laicidad denota no ya una determinada concepción del mundo (descriptiva y prescriptiva), sino más bien una familia de concepciones, de sistemas de pensamiento teórico y práctico, de modelos y esquemas mentales. El adjetivo “laico” parece entonces indicar más bien un punto de vista, una posición o una actitud de la que se puede derivar una pluralidad de interpretaciones y evaluaciones de la realidad. Pero ¿cuáles son los rasgos que definen el punto de vista laico? Creo que se puede decir que la perspectiva laica se define por asunciones mínimas, o sea por creencias (sobre el mundo como es y como debería ser) que son por sí solas insuficientes para constituir una verdadera y auténtica visión del mundo, pero que sin embargo son selectivas de una cierta gama de concepciones. El punto es que tales asunciones o creencias son la mayoría de las veces definidas en negativo—entiéndase, con fórmulas lógicas negativas, mediante negaciones— y es muy difícil definirlas en positivo, esto es mediante afirmaciones.1 Con base en los significados sedimentados en el lenguaje común, se indica como “laica” la independencia o la libertad de pensamiento respecto a las afirmaciones o a las creencias avaladas por una autoridad. En otras palabras, laicidad es libertad frente a los dogmas. Dogma significa originalmente edicto o decreto, e indica aquello que es creído o aceptado comúnmente como irrefutable. De aquí lo que, en otras ocasiones. he llamado el principio teórico del pensamiento laico, su carácter genético primario: el antidogmatismo. Laico es aquel que reivindica para sí el derecho de “pensar diversamente” sobre cualquier cuestión o problema, respecto al pensamiento prevaleciente y considerado “ortodoxo”. cualquiera que éste sea ( podríamos decir, al “pensamiento único”); más aún, considerando que la posibilidad de pensar diversamente, de no ser ortodoxo, conformista, sea precisamente un derecho (a la heterodoxia), que sea por eso una pretensión legítima, le atribuye dignidad de valor y por ende universalidad, está dispuesto a reivindicarla para todos, incluso para quien piensa diversamente de él. De lo que se sigue lo que he llamado el principio práctico del pensamiento laico: la tolerancia. un principio libertario, o mejor, antirrepresivo. Laico es el que considera que no existe ningún “deber” —mucho menos un deber jurídico, impuesto por ley— de pensar de un modo determinado sobre cualquier cuestión. En esta perspectiva, el verdadero problema para el laico es el de la posibilidad de convivencia de las creencias y de los valores. Ser laico implica tener este problema. Sugiero que la solución no puede ser buscada si no es dentro de la vía maestra de la democracia. Un laico no puede no ser democrático. Sostengo que vale también la recíproca: un democrático es necesariamente laico; si no lo es, es un falso demócrata. Pero ¿en qué sentido?

Preguntémonos ahora qué cosa es. no ya en general, el pensamiento laico, sino el pensamiento político laico. En qué consiste una postura política laica, una política laica? En conformidad con el razonamiento seguido hasta aquí, debemos asumir que esta expresión, “política laica”, no identifica una orientación política unívoca, sino más de una; o mejor, que indica un carácter común de algunas ideas políticas (no todas), precisamente ese rasgo que sirve para diferenciarlas de una orientación política confesional. Tal carácter resulta definido, una vez más, por la suma de los dos principios de la laicidad: antidogmatismo y tolerancia. Es fácil ver que la “versión política” de los dos principios es el derecho al disenso y, consecuentemente, el pluralismo. Las ideas políticas (digamos incluso las “ideologías”, en el sentido más extenso, sobrio y neutro de este término hoy en desuso) antidogmáticas y tolerantes son precisamente aquellas que, a pesar de ser diferentes y estar incluso en conflicto, reconocen recíprocamente el derecho al disenso.2 y consideran el pluralismo de los puntos de vista no sólo como un hecho inevitable de la vida social, sino como un valor: como una riqueza civil en sí misma, y como la base de la confrontación y de la discusión pública a través de la cual cada uno pone a prueba las ideas propias, las corrige, las modifica y las perfecciona. Pues bien: las ideologías antidogmáticas y tolerantes, y en este sentido laicas, pueden encontrar la garantía de su existencia misma, de su convivencia y competencia recíproca, solamente en las reglas del juego democrático.

La democracia es el régimen de la tolerancia: si una facción un partido o un movimiento político, una vez alcanzado el poder, incluso aunque lo haya logrado con el apoyo de una amplísima mayoría, reprime el disenso, con ello mismo mata la democracia. La vida pública de una colectividad sólo puede definirse como democrática si cada uno tiene el derecho de expresar su opinión política, por heterodoxa que sea. y de ver equitativamente (proporcionalmente) representada la heterodoxia propia en los lugares institucionales donde se delibera en torno a los problemas colectivos. En consecuencia. la democracia es el régimen antidogmático por excelencia: dado que la formación de las decisiones colectivas se funda sobre la confrontación libre entre todas las concepciones políticas, ninguna idea (ideología) particular, incluso si fuera compartida por la enorme mayoría de los ciudadanos, puede afirmarse como una verdad oficial. Identificar sin más la democracia con el principio de mayoría, proponiéndolo como principio absoluto, es un error clamoroso por múltiples razones. Antes que nada porque una democracia sólo es tal si mantiene abierta la posibilidad de que las mayorías cambien en el tiempo, y con ellas las orientaciones políticas prevalecientes y las direcciones decisionales del gobierno. Por lo tanto, ningún contenido decisional determinado, derivado de la orientación política eventualmente “mayoritaria”, puede imponerse como un dogma público indiscutible e inmodificable. Pero también vale lo inverso: ningún dogma, aunque fuera “creído” por la totalidad de los ciudadanos, puede imponerse, en una democracia, como decisión política. Una colectividad cerrada al disenso, aunque sea eventual y futuro (de las futuras generaciones), no es una democracia. Entre decisión democrática y dogma hay una incompatibilidad de principio. La democracia es laica o no es democracia.

Una democracia confesional —una “democracia cristiana” o. por ejemplo, hebrea, o islámica, o hinduista, etc.— se muestra de inmediato con toda evidencia como una contradicción en los términos.

En este punto, alguien podría objetar que partidos de inspiración religiosa están presentes, y en algunas ocasiones prevalecen, en numerosos sistemas políticos generalmente considerados plenamente democráticos: por ejemplo en Alemania, en Italia, en España, por no hablar de Israel, etc. ¿Es quizás un error considerarlos así? ¿La existencia de partidos confesionales es quizás asimilable a una aporía en un régimen democrático? ¿Un partido religioso se debe tener por definición, por su naturaleza misma, como antidemocrático? Estas interrogaciones pueden parecer a primera vista preguntas retóricas con segura respuesta negativa. Si fuese en verdad así, podrían ser usadas como base para una refutación, al menos parcial, de mi tesis, que afirma la equivalencia entre laicidad y democracia. Quisiera en cambio defender esta tesis, insinuando alguna duda sobre la plena compatibilidad democrática de los partidos confesionales, que a mi entender sólo es admisible bajo ciertas condiciones.

Pero antes que nada quisiera invitar a distinguir dos niveles de significado en la noción de “laicidad”. En un primer nivel, inmediato e intuitivo (es la intuición sobre la que me he basado en mi declaración inicial de no-fe), la idea que expresamos con el término “laico” se contrapone a la que indicamos con el adjetivo “religioso”: donde este último califica un sujeto que se adhiere íntimamente, por fe, a una verdad revelada, y/o a una institución construida en torno de ella, y/o a un cuerpo de doctrina sobre el ser y el deber anclada (fundamentalmente) en un principio trascendente. Los dos términos, “laico” y “religioso”, resultan así interdefinidos por negación recíproca. Pero en un segundo nivel, esta contraposición conceptual cae o debe reformularse: de hecho, incluso un religioso —se trate de un sujeto individual, de una persona privada, o bien de un sujeto colectivo, por ejemplo un partido o un movimiento político cristiano (o hebreo o islámico o budista, etc.)— puede ser definido, y definirse a sí mismo, como “laico”, en la medida en que reivindique toda la libertad de conciencia no sólo para sí sino para todos, es decir, actúe para la garantía y la promoción universal del derecho al disenso. En este significado más amplio, pero todavía en un cierto modo coherente con los principios fundamentales de la laicidad, el término “laico” se contrapone no a “religioso” sino más bien a “teocrático”, o a “autoritario”, y puede designar también un partido o un movimiento político de inspiración religiosa, con la condición de que no tienda a imponer su “verdad” a los que no la comparten, apelando a su fuerza numérica, eventualmente preponderante, o a una (presunta y pretendida) autoridad moral cualquiera, por ejemplo la de un iglesia determinada. La condición primera y esencial de compatibilidad democrática de un partido religioso, aunque sea incluso mayoritario. reside precisamente en la disposición a no imponer sus convicciones y argumentos propios, sino a proponerlos a la discusión, aceptando confrontarlos ante la opinión pública con otras convicciones y argumentos de cuño no-religioso (“laico” en el primer y más estrecho significado). Y el proceso de deliberación colectiva —por usar una fórmula habermasiana: el proceso de formación de la opinión y de la voluntad—, si es suficientemente libre y equilibrado, puede reservar sorpresas a aquellos partidos e instituciones que cuentan con los vínculos previos de fidelidad y lealtad de los propios miembros hacia la autoridad y los preceptos religiosos.3 En suma, el resultado decisional no puede nunca darse por descontado, sobre todo cuando la confrontación democrática se mantiene en el plano de la argumentación puramente civil, sin ningún reclamo chantajista a obligaciones de fidelidad eclesiástica, o a premios y castigos ultraterrenos, etc. Pues hace falta de cualquier manera subrayar que el recurso a ciertos argumentos y símbolos religiosos para consolidar el consenso, presuntamente mayoritario. en torno a las tesis sostenidos por partidos y movimientos confesionales puede compararse con el uso de un arma impropia y, en una democracia, tendencialmente ilegítima, pero no basta. Una democracia, si quiere permanecer tal, debe reconocer restricciones y límites a la decisión mayoritaria misma. En síntesis: una decisión democrática no puede tener como contenido una lesión a las condiciones y/o a las precondiciones de la democracia.4 Entre las precondiciones de la democracia considero un cierto modo de establecer las relaciones entre la política (y el derecho), de un lado, y la moral, del otro. El argumento obviamente es demasiado complejo y no puede afrontarse en pocas líneas. Pero en la perspectiva de nuestro tema de discusión, han de fijarse algunos principios generales. En primer lugar, lo que podría llamarse la “esfera de lo íntimo” debe ser presidida por el principio del máximo respeto por la autonomía individual, que es el fundamento mismo de la convivencia democrática. Las “cuestiones últimas” que hoy, también como consecuencia del desarrollo de la biotecnología, vuelven a dividir en forma renovada a los laicos (en el primer sentido) y a los religiosos (pero sobre todo a los católicos) tienen que ver precisamente con la esfera de lo íntimo: es decir, con las convicciones sobre los confines de la vida y de la muerte, sobre la salud y la enfermedad y sobre los medios de terapia, sobre los modos de la reproducción y (tema obstinadamente recurrente) sobre las costumbres sexuales. Cuando se considere oportuno o necesario regular políticamente estas materias, la esfera de las obligaciones y de las prohibiciones jurídicas debiera ser al menos contrabalanceada por una amplia esfera de licitud y discrecionalidad individual. Como forma de ulterior defensa de la autonomía individual, sugiero que se podría reconsiderar la figura de la “objeción de conciencia”, que ha sido tradicionalmente invocada por movimientos confesionales y justificada con motivos religiosos, pero que también podría reivindicarse como derecho laico, frente a ciertas obligaciones y prohibiciones eventualmente derivadas de una legislación inspirada, en todo o en parte, en doctrinas religiosas.

En segundo lugar, y más en general, no será superfluo insistir en que la democracia, en la medida en que consiste en un proceso decisional por principio libre e igualmente abierto a todas las opiniones, se funda por eso mismo en el reconocimiento y en la plena aceptación del pluralismo de los valores: si una determinada moralidad, una ética particular, fuese impuesta por ley. transformándose en imperativos jurídicos, se sofocaría la raíz misma del pluralismo. Todavía más en general, no se debiera olvidar que el Estado moderno, y con mayor razón, el Estado democrático constitucional, es un ente territorial, no una comunidad ética, y mucho menos ético-étnico-cultural. El Estado ético, o peor, étnico-ético. es por definición antidemocrático: impone un ethos incluso a los que no lo comparten, o podrían (en el futuro) no compartirlo. El principio “un pueblo, un Estado” —o aquel sustancialmente equivalente, hoy de moda: “una cultura (religiosa o no), un (cuasi) Estado— es al mismo tiempo imposible y funesto: en primer lugar es mistificador, como se podría demostrar ampliamente, porque no existe ningún “pueblo”. ninguna “nación” (grande o pequeña), que sea representable como una unidad histórico-natural homogénea de estirpe y de cultura, y que como tal coincida efectivamente, en un territorio dado, con un agrupamiento humano concreto de con-vivientes: y por consecuencia, en tanto quiere imponer una tal homogeneidad presunta (y ficticia), es un principio autoritario y antidemocrático.  n

Michelangelo Bovero Filósofo. Es autor, entre otros libros, de Sociedad y Estado en la filosofía moderna y Origen y fundamentos del poder político.

1 Sin embargo, en otra ocasión (cf. M. Bovero: “Sobre los fundamentos del pensamiento laico”, en Laicità. IV. n. 3. 1992. traducción al español en Nexos 185. mayo de 1993) intenté indicar los posibles elementos positivos de una redefinición más rica de laicidad, sacándolos cuasi-analíticamente de los elementos negativos fundamentales, el antidogmatismo y la tolerancia (que retomo aquí en la continuación del texto); un pensamiento laico, sugería, puede ser solamente un pensamiento de la posibilidad y de la pluralidad, una forma de probabilismo. un pensamiento conjetural e hipotético, orientado al convencionalismo y. en política, al contractualismo.

2 Pero tal vez. por coherencia, debieran extender el reconocimiento de ese derecho también a aquellos que sostienen ideas dogmáticas e intolerantes: para un primer tratamiento del tema remito a mi ensayo “La intransigencia en la época de los derechos”. Isonomía, No. 13. octubre de 2000. pp. 139-157.

3 Como es sabido, frente a los problemas de la reglamentación del aborto y del divorcio, puestos a referéndum en la mitad de los años setenta en la muy católica Italia, la opinión pública se mostró más sensible a los argumentos sociales sostenidos por los partidos laicos que a las prescripciones de la jerarquía eclesiástica y del partido democristiano entonces políticamente hegemónico.

4 Llamo “condiciones” de la democracia a aquellas que comúnmente son señaladas como “reglas del juego democrático”, y que giran entorno a los principios del sufragio universal igual y libre, de la representación equitativa y de la división de los poderes políticos y sociales: llamo “precondiciones” de la democracia al conjunto de los principios en cuya ausencia las propias reglas del juego son vaciadas de sentido, y que coinciden sustancialmente con los derechos fundamentales de libertad y con algunos derechos sociales. Cf. M. Bovero: Contro il governo deipeggiori. Una grammatica della democrazia, Laterza. Roma-Bari. 2000.

Los mexicanos y la madre

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LOS MEXICANOS Y LA MADRE

•  Alegría: ¡Qué a toda madre!

•  Ubicación geográfica: ¿Dónde está esa madre?

•  Valor dietético: Trágate esa madre.

•  Adjetivo calificativo: ¡Qué poca madre!

•  Escepticismo: No te creo ni madres.

•  Venganza: Vamos a darle en la madre.

•  Accidente: Se dio en la madre.

•  Efecto visual: No se ve ni madre.

•  Sentido del olfato: Esto huele a madres.

•  Especulación: ¿Qué es esa madre?

•  Superlativo: A todísima madre.

•  Expresión de alegría: Qué madre tan buena.

•  Sorpresa: ¡¡¡Madres!!!

•  Exceso de velocidad: Va hecho la madre.

•  Egoísmo: No me dio ni madre.

•  Sentido del gusto: Esta sabe a madres.

•  Pasado imperfecto: Qué poca madre, no salí.

•  Como acción: Vamos a hacer esa madre.

•  Acción futura: Vamos a terminar esa madre.

•  Desorden: Qué desmadre.

•  Despectivo: ¡No sé qué madre se cree! ¡Vale madre!

•  Alquimista: Lo que toca le da en la madre.

• Juramento: Por mi madre.

•  Mecánica: ¿Cómo funciona esta madre?

•  Reparación: Y que vaya jalando esta madre.

•  Incertidumbre: ¿Qué tendrá esta madre?

•  Reclamo: No tienes madre… qué poca madre.

•  Negativa rotunda: ¡Ni madres!

P.D. Y dice el dicho: “Madre…sólo hay una”.

El ego está siempre al volante

EL EGO ESTÁ SIEMPRE AL VOLANTE

POR DELMORE SCHWARTZ

El poeta Delmore Schwartz perdurará por un puñado de poemas y cuentos inolvidables en la literatura norteamericana del siglo pasado, como “El oso lento que va conmigo”, y Las responsabilidades comienzan en los sueños”, al que Vladimir Nabokov consideró uno de los seis cuentos perfectos de la literatura universal, Schwartz fue también un maestro del artículo ligero sobre la vida cotidiana, como lo muestra el texto que publicamos a continuación.

Los carros son muy importantes, incluso si uno no está muy interesado en los carros. Esto es porque la mayoría de las personas admira mucho un carro llamativo. Si uno es poseedor de un buen carro, el populacho en general lo ve a uno como alguien muy exitoso y próspero.

A mí mismo nunca me importaron mucho los carros, pero al paso de los años veo la parte tan seria y significativa que los carros han jugado en mi vida. En 1929, cuando mi familia era rica, o supuestamente rica, me regalaron un Chrysler Royal cupé, nuevecito. Yo no sabía manejar, nuestro chofer tuvo que enseñarme y la primera cosa que hice al volante, al doblar la esquina, fue incrustarme contra un camión, pero como iba muy despacio nada grave ocurrió. Quise no manejar más en el acto, pero el sabio chofer insistió en que continuara porque de otra manera nunca aprendería a manejar un carro.

Yo estaba rebosante de orgullo en este hermoso carro y me iba por ahí, a la búsqueda de muchachas que pasearan conmigo y con un amigo. No teníamos mucho éxito porque ambulábamos por Riverside Drive y las muchachas que vagaban por ahí preferían de modo invariable a los marineros cuando la flota tocaba tierra. Mi amigo dijo que esto era porque la marina gastaba dinero de manera dispendiosa y sin cuidado. Como sea, el carro me causó no poca tristeza porque yo esperaba que las muchachas se vieran muy atraídas por él, pero en vez de eso eran suspicaces, precavidas, y creían que mi amigo y yo sólo queríamos hacerles el amor. Esto era muy cierto, pero ¿qué decir de los marineros?

Al cabo de dos años, tiempo en el cual sufrí a manos del sexo bello y sufrí también porque esperaba que las muchachas cayeran rendidas por mi carro, y sufrí también porque yo estaba manejando sin licencia y me daba miedo todo policía con que sólo volteara a verme, tuve que vender mí coche para pagar mi colegiatura en la universidad en la que se suponía que yo estaba estudiando. Me engañaron en el trato, pero esa es otra historia. La cosa es que la depresión económica había comenzado y mi familia no era rica, como se había supuesto, y yo no tenía el dinero para pagar por el mantenimiento del carro.

Me llevó cinco años acostumbrarme a la idea de que no era yo lo que un pariente había denominado “un rico heredero” y a la idea de que la depresión no era más que un intervalo antes de un nuevo periodo de prosperidad. Para entonces ya me había hecho a la idea de no tener carro. Lo único que quería hacer era leer libros.

Para 1938, había leído yo tantos libros que escribí uno. Me sentí tan bien que me fui a comprar un carro, un Ford modelo 1929. Era un buen carro, a pesar de su edad, que me dio mucho placer y no abrigó ninguna ilusa expectativa amorosa. Al fin del año lo vendí por veinticinco dólares a crédito. Fui engañado de nuevo por un negociante de automóviles experto en las mañas de este mundo. Pero aun así el carro era una buena cosa.

En 1939 viví durante el invierno en un lugar de veraneo y otra vez tuve que comprar un carro, y compré un Chevrolet modelo 1928. Este fue el más satisfactorio de los carros, aunque el motor de ningún modo era lo que debía ser. Mientras manejaba este carro de un lado a otro, conseguí un muy buen trabajo, obtuve también un premio muy codiciado y visité a muchas personas ilustres e interesantes. Una de ellas quedó muy sorprendida por el hecho de que yo manejara un carro. Después de una visita que le hice en su casa de verano en las montañas, le dijo a un amigo mío: “¡De veras que sabe manejar!”. Esto habla por el tipo de impresión que tiene de mí la mayoría de los seres humanos, en parte porque doy la apariencia de ser tímido e indefenso. Doy esa apariencia muchas veces porque estoy tratando de imaginarme por qué los Gigantes no ganaron el campeonato en 1928, o qué habría ocurrido si Alemania hubiera ganado la Primera Guerra mundial, o lo que habría ocurrido conmigo de no darse la Gran Depresión que me impidió ser un joven rico. Pienso en otras cosas como las anteriores y acabo fascinado por todos los tipos de posibilidades, si es que de hecho son posibilidades. Es extraño que mi apariencia de alguien abstraído y distraído le haga creer a la gente que soy tímido e indefenso: ¿de veras creen que no estoy pensando para nada? El hecho es que soy un apasionado de las ensoñaciones de gloria y poder, de pasar por la Quinta Avenida bajo una inmensa nevada de papelitos, en una hermosa limusina al descubierto, vitoreado por multitudes de admiradores.

De cualquier modo, tuve que vender mi tercer carro, el Chevrolet modelo 1928, en 1940, porque la policía de la ciudad en la que viví entonces no cesaba de levantarme infracciones por dejar estacionado el carro afuera durante toda la noche, pero tenía que hacerlo, porque no tenía dinero para pagar un garaje, Una vez concluida la venta —y esta vez fui muy precavido y cauteloso con el negociante de autos usados— sentí que era un tropiezo real. Después de once años no tenía carro y no veía cómo podría tener uno pronto, pero yo había empezado en 1929 con un muy buen carro modelo 1929. Los taxis son mejores, y menos caros, me dije durante este periodo.

Durante la guerra un amigo muy rico me prestó varias veces su carro lujoso, porque esta vez yo trataba de impresionar a una joven dama muy guapa y muy fría. No se impresionó porque no le gustaba mi modo de manejar, y lo cierto es que mi habilidad al respecto había venido a menos por la práctica insuficiente y porque me había puesto muy nervioso como resultado de todos los altibajos de la vida misma.

Las cosas fueron de peor en peor. Llegué a estar tan nervioso que me daba miedo manejar un carro. Pero ahí, en la hora más negra, decidí comprar un carro nuevo. Esto fue hace muy poco, y el carro pertenecía a un próspero amigo mío que tenía miedo de vendérmelo por lo nervioso que yo estaba y por creer como otros que yo no soy el tipo de persona que puede manejar muy bien un carro. Me preguntó cortésmente si aún me acordaba de cómo manejar, porque él me había visto manejar y se había sentado junto a mí en 1939 en mi Chevrolet modelo 1928. La venta se consumó luego de sus titubeos naturales y las formalidades acostumbradas. Saqué una licencia de propiedad, placas, y habría hecho las pruebas para obtener una licencia de manejo —mi primera licencia había expirado cuatro años antes— de no ser porque había que esperar dos semanas para una cita y yo tenía que salir de la ciudad de inmediato.

Así que ahí estaba, en el camino otra vez. Allons! me dije a mí mismo, como Walter Whitman solía decir: una vez más sin una licencia de manejo e igual que en 1929, cuando yo era muy joven como para que se me permitiera obtener una licencia en el estado de Nueva York, que es muy estricto. Y mis emociones eran, con mucho, las mismas —le plus ga change, le plus c’est la méme chose—: miedo a los policías, bravatas fundadas en la probabilidad e improbabilidad de ser detenido, nerviosismo que sin duda se remontaba a la tensión de que fui traído con gran dificultad a este valiente mundo nuevo (fue una labor de parto espectacular, se me ha dicho, y no fue sino hasta que mi madre pateó accidentalmente la fotografía de su abuelo en la pared del cuarto que el doctor le dijo a mi dubitativo y angustiado padre que todo iba a salir bien, observación superficial, si alguna he oído). Sin embargo, yo manejaba cada vez con mayor compostura, e incluso, podría llegar a decir, con cierta serenidad, aplomo y poder, con orientación precisa y sintiéndome muy bien, a pesar del carácter ilegal de mi actividad. Me dio por pensar en mis tres primeros canos, y cuando los comparé con este carro nuevo, quedé muy complacido. Primero el Royal cupé modelo 1929 en 1929, luego el Ford modelo 1929 en 1930, tercero el Chevrolet modelo 1928 en 1939- 40, pero ahora, después de tantos años de pobreza y varios tipos de opresión, sobre todo internos, era yo dueño de un Buick modelo 1936 en 1949.

No hay motivo para un optimismo desbordado, pero sería difícil negar que tengo avances en el camino. Es verdad que este carro tiene trece años y que en el peor de los casos, en el pasado, mi cano no llegó a tener más de doce años. Pero un Buick es, de lejos, mucho más carro que un Chevrolet, y el año entrante si todo va bien creo que podré negociarlo por un Studebaker modelo 1941, con un radio y un reloj que sí sirvan. Si se cumple esta buena esperanza, sólo estaré nueve años atrás de mi punto de partida en 1929, y esto será de veras un progreso. Y ¿quién sabe qué puede aguardar el futuro, en lo que a carros usados respecta?     n

 Traducción de Luis Miguel Aguilar

Delmore Schwartz (1914-1966) Poeta estadunidense. Un “Mozart de la conversación” lo llamó su amigo Saúl Bellow. “El ego está siempre al volante” es parte de un libro póstumo, con el mismo título, publicado por New Directions.

Religión y bienestar social

RELIGIÓN Y BIENESTAR SOCIAL

ABNER DE LOS SANTOS

A fin de poder dar una respuesta directa a su pregunta, necesitaría tener muy claras las pretensiones de la educación religiosa en México. Si se trata de inculcar principios y valores éticos en la niñez y la juventud mexicanas, la idea suena atractiva. Pero, especialmente en la educación pública donde la libertad de credo debe mantenerse como una columna inamovible, el riesgo inherente que esta medida conlleva es que dicha enseñanza se vuelva, tarde o temprano, en contra de uno de sus propios ideales: el de la libertad de conciencia. Por eso, para poder opinar atinadamente en cuanto al tema de la educación religiosa en nuestro país, considero necesario que se dé una respuesta sincera y oportuna a los siguientes cuestionamientos:

1)  ¿Qué tipo de enseñanza religiosa se impartiría? ¿Correspondería ésta al compendio doctrinal de una denominación. credo o confesión religiosa específica?

2)  ¿Hay acaso un criterio para definir cuál de ellos sería el más conveniente?

3)  Si así fuese, ¿quiénes serían los responsables de supervisar y evaluar que tal ideal se mantenga y alcance su cometido? ¿Un organismo o dependencia gubernamental, un grupo representativo y pluridenominacional o un sector religioso mayoritario?

4) ¿No se estaría licitando, o al menos propiciando el proselitismo —cual fuere su tendencia— dentro de los programas educativos de nuestro país?

5)  ¿Está nuestro país en condiciones de explicar, sustentar y asumir ideales religiosos tales como la libertad de culto, así como las garantías que ésta merece?

6) ¿La decisión de impartir educación religiosa en las escuelas públicas sería una decisión motivada y valorada realmente como un recurso de carácter instructivo y formativo?

¿O sería más bien un logro de carácter ecuménico que perjudique a las así llamadas “minorías religiosas”?

Para quienes tienen un vehemente deseo por el bienestar de nuestra sociedad, resultará difícil ignorar que la religión tiene mucho que aportar a la búsqueda y al alcance de éste. No obstante, ya que el significado fundamental del concepto religión es vincular al hombre con Dios (religare), las medidas que se tomen, sobre la educación religiosa en México, no debieran ser motivadas y mucho menos impuestas por presión alguna; no debieran obedecer, por supuesto, ni a fines políticos ni a tendencia religiosa alguna; no se trata de cambiar por el simple hecho de cambiar. Revisemos el testimonio de nuestra historia y seamos conscientes de los perjuicios que tales motivaciones nos han acarreado.

¡Aprendamos de nuestra historia!

Abner de los Santos. Presidente de la Asociación Central de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

La vida secreta de Greenpeace

LA VIDA SECRETA DE GREENPEACE

POR JAIME RAMÍREZ GARRIDO

El pasado 23 de marzo murió en un accidente automovilístico, en Italia, David Mc Taggart, uno de los fundadores de Greenpeace, la más famosa organización ambientalista del mundo. Jaime Ramírez Garrido ilustra cómo sus activistas han abandonado sus demandas originales—salvar a las ballenas e impedir las pruebas nucleares— para avanzar hacia una “privatización” e “invención” de sus causas, las activistas blandían sus alas de papel multicolor, mientras las antenas ceñidas a sus diademas vibraban al ritmo de la protesta. Sus mantas decían “Otorguen una oportunidad a las mariposas. Detengan los cultivos GenetiX”. Se disfrazaron y acudieron a la manifestación para llamar la atención de los medios de comunicación, de los posibles donadores y del público en general, sobre el peligro inminente que corría la mariposa monarca.

Unos investigadores habían alimentado orugas de mariposa monarca con hojas recubiertas artificialmente de polen de una especie de maíz genéticamente modificado para resistir a los embates de los insectos. Estas orugas tuvieron un crecimiento más lento y una mortalidad más alta que las orugas alimentadas con hojas revestidas de un polen de maíz que no estaba genéticamente mejorado.

Parecía claro que la creciente tendencia a utilizar maíz resistente provocaría efectos indeseables como la muerte masiva de mariposas monarcas y, eventual- mente, la extinción de esta especie emblemática de los grupos ambientalistas.

Sin embargo, las orugas de las mariposas monarca no ingieren polen de maíz El periodo de liberación del polen no coincide con el del desarrollo de las orugas, que se alimentan de hojas de una hierba que no toca los cultivos de maíz y, además, la resistencia a los insectos no se detecta en el polen de las especies que se siembran con autorización de los gobiernos europeos.

Por otra parte, el uso del maíz genéticamente mejorado para resistir las plagas prescinde de los pesticidas; por el contrario, la agricultura tradicional elimina a los insectos aplicando insecticidas químicos sobre el maíz. Estos insecticidas sí matan mariposas monarca y muchas otras especies.

Así, Greenpeace, el grupo ambientalista más grande del mundo, con unos cinco millones de afiliados en 42 países, comenzó una campaña por una causa que no era evidente ni producto de demandas sociales ni respondía a la mortalidad verdadera de las mariposas. Se trataba de una demanda de probeta, realizada en un laboratorio y dirigida a aprovechar los recelos hacia lo desconocido (los organismos genéticamente mejorados) y la simpatía por la hermosa y delicada mariposa monarca.

El caso de las orugas alimentadas con algo que nunca comerían en su hábitat natural no fue el primero en el que Greenpeace editó un poco los hechos para favorecer una buena causa. En 1983 una corte australiana determinó que en la filmación del documental propagandístico de Greenpeace Good bye Joey se pagó a unos cazadores para que torturaran frente a las cámaras a unos canguros. En 1992 una corte noruega determinó que las escenas del documental Bitter Harvest en las que un cazador despelleja a una foca viva fue actuada ante las cámaras y no corresponde a los métodos de quienes se dedican a la comercialización de las pieles de este animal.

En el origen, las causas de Greenpeace fueron espontáneas e inmediatas. Su acto fundacional se realizó en 1971 por un grupo que reunió a pacifistas, detractores de la guerra de Vietnam y anticapitalistas de todos los tonos que abordaron el barco que dio nombre a la organización para evitar una prueba nuclear estadunidense en Canadá. A la lucha contra las pruebas nucleares siguió la campaña para salvar a las ballenas y desde entonces a la fecha las causas se han diversificado y “privatizado”, es decir, han dejado de dirigirse en contra de los gobiernos y ahora eligen a los blancos de su “confrontación creativa”, como llaman a sus acciones, entre empresas privadas.

Entre los cambios relevantes que ha experimentado Greenpeace en estos treinta años está la mudanza de su sede de Canadá a Holanda, donde, junto con Alemania, recibe dos terceras partes de sus ingresos mundiales. En su país de origen no le ha ido tan bien. El año pasado el gobierno de Canadá retiró a Greenpeace la calidad de organización caritativa con la facultad de recibir donativos libres de impuestos, pues determinó que si bien reconoce la lucha por el medio ambiente como una actividad caritativa, no encontró en ninguna de las acciones realizadas por Greenpeace en Canadá algún beneficio discernible, reconocible, preciso, para el medio ambiente.

David Mc Taggart, uno de los fundadores de Greenpeace, murió el pasado 23 de marzo en un accidente automovilístico en Italia. En 1991 dejó, tras doce años, la presidencia internacional del grupo ambientalista más famoso y exitoso del mundo. En la década de los sesenta era improbable que un próspero contratista llegara a ser un líder ambientalista. Su destino dio un giro en 1969. Una fuga de gas en una de sus construcciones ocasionó una explosión. Entre indemnizaciones a las víctimas y demandas perdió gran parte de su fortuna. En 1972 respondió a un anuncio en que se solicitaban voluntarios para evitar una prueba nuclear francesa. A los 39 dejó el negocio de los bienes raíces para embarcarse —literalmente— en la causa ambientalista. En un principio su sucesor en la presidencia, Matti Wuori, intentó moderar las tendencias del grupo; pero era demasiado tarde, el prestigio de la organización ya está íntimamente relacionado con su intransigencia y con la invención de causas de probeta.

“El secreto del éxito de David McTaggart es el secreto del éxito de Greenpeace” —afirma Paul Watson, otro fundador de la organización—. “No importa qué es verdad, sólo importa lo que la gente cree que es verdad”. Las causas de probeta y la manipulación de los hechos pervierte causas aparentemente nobles. Lejos de informarnos sobre los verdaderos riesgos que amenazan al medio ambiente y a las especies en peligro de extinción nos hacen pensar que quizá Watson tenga razón y Greenpeace se haya “convertido en un mito, y en una máquina generadora de mitos” n

Jaime Ramírez Garrido Escritor.

Asistencia voluntaria

ASISTENCIA VOLUNTARIA

MAURICIO LULKA

El concepto de libertad religiosa debe abarcar por supuesto tanto el derecho a recibir la educación religiosa que uno prefiera, como el derecho a no ser obligado a recibir una educación religiosa no deseada. Por ello consideramos que la educación religiosa debe ser impartida básicamente por las Asociaciones Religiosas cuya función es inspirar espiritual- mente a sus feligreses y sobre todo en la casa donde se deben impartir los valores religiosos y tradicionales que la familia mantiene.

En el caso de la educación religiosa en escuelas, ésta debe ser confinada exclusivamente a las escuelas particulares. toda vez que la elección de asistir a ellas es voluntaria y por decisión de la familia. En el caso de las escuelas públicas no debe impartirse toda vez que la asistencia no es voluntaria y la instrucción religiosa de una denominación no debe ser impuesta a personas que no la desean recibir.

Mauricio Lulka. Director General del Comité Central de la Comunidad Judía en México.

El colaborador de la familia

LA RELIGIÓN: ¿CAMINO DE LA ESCUELA?

Nexos realizó una encuesta entre representantes de las diversas iglesias asentadas en México, entre líderes de las principales fuerzas políticas y entre autoridades del gobierno. La pregunta fue si estaban a favor o en contra de que se impartiera educación religiosa en escuelas públicas y privadas. Los líderes del PAN y del PRI en las Cámaras de Diputados y Senadores, respectivamente, fallaron a la cita.

EL COLABORADOR DE LA FAMILIA

      JORGE LEE GALINDO

Los bautistas nos distinguimos porque creemos y practicamos principios que nos permiten explicar el lugar que nos corresponde cumplir en el mundo. Estos principios son solamente verdades bíblicas y el tema que nos ocupa nos obliga a mencionar dos de los más importantes:

a)  el principio espiritual, o sea la libertad religiosa;

b)  el principio político conocido como la separación entre la Iglesia y el Estado.

Tanto la libertad religiosa como la separación de las iglesias y el Estado conllevan un aspecto de vital importancia que los bautistas sostenemos: “La educación laica”, es decir, educación libre de instrucción religiosa, aunque la mayoría se identifique con una religión en particular. Es privilegio de los padres el inculcar la espiritualidad en los hijos, pues de acuerdo a las Escrituras dicha responsabilidad recae precisamente en los padres de familia.

Ciertamente el Estado es el guardián del bien común y lo que el bien común reclama es que los padres eduquen a sus hijos: por ser sus educadores naturales, porque son los únicos capaces de identificar el bien de los niños con su propio bien, y porque sólo el amor que entre ellos existe puede dar los frutos de abnegación y sacrificio que constituyen el alimento espiritual de todos los hombres, pobres y ricos, que tienen la dicha de contar con su hogar.

Como dijo Coulet: ”el niño no tiene solamente el derecho de ser nutrido, defendido, guiado, instruido; tiene, sobre todo, la necesidad de ser amado; su derecho fundamental y primero es el derecho al amor de aquellos que lo han traído al mundo, y que habiéndolo hecho de su carne y de su sangre, se reconocen y se aman en él y se sacrifican por él”.

En estas condiciones, si la educación corresponde por razón natural a los padres, a ellos compete igualmente el derecho de elegir quiénes habrán de ser los maestros de sus hijos, los cuales deben formar alumnos y cultivar seres humanos. pero no con la responsabilidad de instruir al niño en ninguna confesión religiosa.

Lo anterior no implica descuidar la formación del carácter, virtudes y valores que nos son comunes a todos, pues el Estado tiene el deber de intervenir en la educación de los niños como colaborador de la familia, no para arrebatarle este derecho sagrado y suplantarla.

Jorge Lee Galindo. Apoderado Legal de la Convención Nacional Bautista de México, A. R.

En clave jesuita

EN CLAVE JESUITA

IGNACIO SOLARES

Voy de atrás hacia adelante. La última novela que he publicado, El sitio, salió hace un par de años, es para mí significativa. Es una novela cuyo personaje central es un sacerdote que de alguna manera concentra una parte de duda, sobre todo religiosa, y que es alcohólico. No tiene remedio, uno escribe lo que puede. y no lo que quiere. El sacerdote tiene mucho que ver con mis primeras lecturas, cuando estudié con los jesuitas en el Instituto Regional de Chihuahua. Finalmente es un personaje muy marcado por mi adolescencia.

Estudie secundaria y preparatoria con los jesuítas, incluso tenía la tentación de quedarme con ellos, cosa que por suerte no sucedió, pero que de una u otra manera me marcó. Cuando hablo de los jesuitas quiero decir que es una orden particular. Cuando digo que mis primeras lecturas fueron marcadas por ellos, quiero decir que no fueron lecturas tan libres como hubiera deseado. Por supuesto, me dieron acceso a Julio Verne y a Salgari. cosa que ya no se estila; pero también empezé a leer a Graham Greene, Mauriac, Bernanos, Chesterton, León Bloy. Todo eso me formó no solo literaria sino personalmente, me dio una forma directiva. Yo seguí leyendo, no sólo por cuestiones religiosas, sino porque me parece una literatura verdaderamente amena, nada me parece más importante en la literatura como el conflicto, la lucha entre el bien y el mal. La literatura donde no hay conflicto me parece muy aburrida; esa literatura que sobre todo es juego con el lenguaje me aburre muchísimo. En cambio, con la literatura de autores cristianos me resulta muy divertido el juego entre la creencia y la duda. Y aquí me extiendo porque hay muchos otros autores que me parecen capitales en este terreno; aunque no sean católicos, son profundamente cristianos: Faulkner y Dostoyevski. De alguna manera, en Dostoyevski está contenida buena parte de la literatura contemporánea.

Ignacio solares. Su más reciente novela es el sitio.

Octavio Paz y los nuevos corsarios

Uno de los acontecimientos más notables del siglo pasado fue el movimiento surrealista. Octavio Paz lo llamó la última de todas las revoluciones. Hubo editores como Mondadori en Italia y Seghers en Francia que se esmeraron en publicar ediciones numeradas —verdaderas joyas bibliográficas— por autores de esta escuela. Una de estas ediciones llegó a mis manos, y desde entonces ha figurado en un sitial de honor entre los renglones de mi biblioteca.

Se trata de Corps memorable, producto de la colaboración entre cuatro bucaneros malditos: Paul Eluard. Pablo Picasso, Lucien Clergue Jean Cocteau. Eluard, gran artífice de la palabra, contribuyó al festejo con dieciséis poemas de amor llenos de sabiduría, nobles como un soneto y picaros como una trova medieval. El poema en dedicatoria de Cocteau va así:

Volteada y de cabeza rezumando sortijas, perlas y diamantes (si en las olas te fijas), parece foca mi Semíramis.

En tu jardín suspendido, confiesa, de pilastra en pilastra, ¿diste la cara, reina-hermanastra, o te mocharon la cabeza al fin?

Reíd, gritad, hacéis mal en reíros y muy bien en gritar por estos sempiternos chiflones cuyas aves, sedientas cual vampiros, huyen hacia el amor de los vientres maternos.

¿Porqué me alucina este poema? Cuando lo leí sentí que tenía que traducirlo; pero para eso era necesario entenderlo primero. ¿Qué pasó por la canosa cabeza de Jean Cocteau cuando escribió estas líneas?

El poema está dedicado “a Clergue, por sus desnudos”, y se refiere a las doce fotografías que ilustran el volumen. Representan a una hermosa muchacha retozando en las negras olas de un mar helado: doce tomas de piel desnuda cubierta con carne de gallina, evidencia del frío que hacía en la playa. El artista no nos enseña la cabeza de la modelo. Picasso, para la portada, tomó un papel blanco y con tinta roja trazó un seno desafiante, agregando tres líneas onduladas que simulan una cabellera y dos manchas negras, que podrían significar un par de axilas. Con su firma al calce bastaba: por lo tanto, la portada no trae texto alguno. Era como una bandera pirata que ondeaba sobre el bajel del surrealismo.

Los versos de Cocteau resumían en cierta manera todo el movimiento: su osadía, la imperfección buscada de su forma, su fantasía y la musicalidad agridulce de su idioma. Se trataba también de una especie de despedida. En 1957 la batalla estaba ganada y, por lo tanto, pérdida.

¿Porqué la foca? ¿Y qué tienen que ver los vientres maternos? Cocteau no se sentía mayormente atraído por el cuerpo desnudo de la muchacha retratada. Vista en el espejo de su particular identidad sexual, le recordaba una foca sin cabeza revolcándose en la arena. El amigo Clergue, sin embargo, la había adornado, a esa foca, con todas las perlas y los diamantes del mar. Tan alto homenaje era inconsecuente, porque luego el fotógrafo la decapitó doce veces dejándole los pechos y el mar sargazo entre las piernas. Finalmente, no nos la dedica a nosotros sino ¡a la memoria de su mamá! (Ahí está la dedicatoria.)

Por eso Cocteau no podía dejar de mencionar “los vientres maternos”. Además, el astuto corsario tampoco podía dejar de aludir al poema de otro amigo marinero, Pablo Neruda: “fui solo como un túnel./de mí huían los pájaros”.

El amor, parece decirnos un Cocteau desafiante, es lo que arrebatamos al mar en abordajes donde perdemos la cabeza y ganamos un mundo. Es un medio y también un fin. Como el fruto de la ciencia del bien y del mal, es nuestro alimento y nuestra tentación.

Buena educación

A la edad de Luz Abascal, ¿qué no leía yo? Química orgánica y Verlaine; astronomía y Shakespeare. Leí las conferencias de Introducción al psicoanálisis de Sigmund Freud. No entendí todos los chistes (eran bastante vulgares, hasta para un lector alemán). Pero era una obra supremamente bien escrita, que formó mi gusto en materia de prosa científica.

Yo creo que al estudiante se le debe conducir hasta la puerta de la biblioteca y dejar que entre solo, sin asesores ni guardianes. Un buen libro nunca es inmoral. No es cuestión de elegir entre Aura y la Biblia. Después de tantos siglos, la Biblia sigue siendo una lectura difícil, que no es para niños. Conserva una áspera fuerza elemental que es parte de su belleza pero que puede confundir a hombres adultos. Es como un explosivo de alto poder.

Estoy de acuerdo con Abascal padre en que el despertar de la inteligencia en una adolescente conlleva juicios de valor que se traducen en múltiples actitudes ante la vida. No he leído Aura, de Carlos Fuentes. En la escuela me obligaban a leer La vorágine de Eustacio Rivera y desde entonces me ha costado trabajo leer novelas. Pero en general pienso que es preferible la educación pública a la privada, y el episodio de Abascal no me ha convencido de lo contrario. La calidad de la educación pública, en un país, es su mayor fuerza. Se refleja en sus buenos profesionistas, en sus líderes, en sus mejores hombres y mujeres, y sobre todo en sus maestros. Sé que nuestra educación está en crisis; basta ver que en ciencia ocupamos el lugar 47 entre 49 naciones. Esto es muy penoso, y no sé el remedio; mejor dicho, lo saben todos y no actúan. Pero sin las universidades públicas estaríamos mucho peor.

Entonces, ¿debemos enseñar ciencia a una adolescente de quince años? Es pregunta. La calidad de la ciencia que se pretende inculcar en nuestras escuelas es tan mala que se antoja no exponer innecesariamente a los jóvenes a una experiencia docente que puede resultar traumática. Es preferible que el estudiante haga el esfuerzo de leer por su cuenta un texto de nivel universitario, aunque no lo entienda del todo, en vez de corromper su gusto con los textos “científicos” que se usan en primaria y secundaria.

La llama doble bajo el microscopio Octavio Paz en La llama doble —su testamento sobre el erotismo y el amor— dedica veinticinco páginas a reflexiones científicas. Se disculpa ante el lector por esta digresión, y señala que “desde un punto de vista ajeno a las ciencias pero no contrario a ellas” sería importante iniciar una discusión filosófica acerca de lo que tenemos que decir los científicos sobre temas tales como el alma y el universo. Entonces, ¿para qué insiste que su punto de vista es ajeno al nuestro? Se me ocurre que Paz no quiso concedernos la autoridad para participar en forma significativa en su debate sobre el amor.

Yo a mi vez, y sin pretender compararme

Octavio Paz voy a proponer, “desde un punto de vista ajeno a la literatura pero no contrario a ella”, una reflexión científica sobre el amor. Ya lo sé: los científicos somos unos personajes melenudos y distraídos que sólo saben expresarse en ecuaciones. Sin embargo. no todo es seriedad en las fronteras de la ciencia. El matemático Hilbert era aficionado a corretear a las muchachas. y tenía bastante éxito con las damas. Era asiduo a las pachangas e incansable bailarín. Ni se diga el joven Albert Einstein. con sus legendarias andanzas eróticas. Antes de casarse y de buscar empleo en la oficina suiza de patentes, ya había procreado a una hija. Erwin Schrödinger otro gran científico del siglo XX, se fue de parranda con una acompañante cuya identidad nunca quiso revelar. El incidente se hizo famoso porque después de una noche de amor Schrödinger se sintió tan inspirado que escribió de una sentada, en el cuarto de hotel, el trabajo más iluminado de su carrera. Su colega Hermann Weyl, con algo de envidia, habló de un “reventón erótico tardío”. El Premio Nobel Paul Dirac opinó que el trabajo era tan excelente que “contenía gran parte de la física y toda la química”.

Dick Feynman, otro corsario de la ciencia, dedicó gran parte de sus apuntes autobiográficos a presumir de sus correrías en los años de la posguerra. Al principio, dice, siempre le pasaba lo mismo: le presentaban a una chica bonita que se sentaba con él, le disparaba un par de copas y luego ella se disculpaba y desaparecía. El pobre científico se quedaba frustrado; no entendía por qué le sucedía esto. Finalmente aplicó el método inductivo y descubrió el secreto —que se buscaría en vano en el libro de Octavio Paz un gran estudio filosófico sobre el amor pero escaso de buenas recetas.

¿Quién dudaría de la autoridad intelectual y moral de Marie Sklodowska. la legendaria Madame Curie? Fue una de las personalidades científicas más grandes de la historia. Sin embargo, tuvo una aventura apasionada con su joven asistente y colaborador. Henri Becquerel hoy considerado el verdadero descubridor de la radioactividad. El affaire tuvo consecuencias para la ciencia. Los tres colegas y amigos —Monsieur Curie. Madame Curie v Becquerel— compartieron el Premio Nobel en 1903. Imaginemos a Bill Clinton, la Hillary y Mónica Lewinsky apareciendo en Estocolmo para llevarse el Premio Nobel del Amor de manos del rey de Suecia.

Reflexiona Paz: “A medida que la técnica domina a la naturaleza y nos separa de ella, crece nuestra indefensión ante sus ataques… Esto implica un cambio radical en nuestras actitudes”. Que yo sepa, la creación científica jamás ha separado a nadie de la naturaleza. Al contrario, la hace más accesible y multiplica sus dones y sus maravillas. Tampoco me parece que la técnica nos agreda. Estoy escribiendo en una computadora instrumento cuya posible existencia ni siquiera pudo habérsele ocurrido a un poeta surrealista de los años veinte.

Dejemos las funciones primarias de la computadora, y pensemos en lo extraordinario “del material de que está hecha, de su costo que es una fracción de mis ingresos anuales, de su fuente de poder, de su excelente imitación de una orquesta sinfónica, y de su capacidad de producir brillantes figuras coloridas que se mueven” (D. Mermin). ¿Qué nos deparará el año 2100? Seguramente, objetos maravillosos que hoy no podemos imaginarnos.

Amor y creatividad son inseparables: lo dice el mismo Octavio Paz. Si el amor-creatividad encarna “en dos figuras emblemáticas: la del religioso solitario y la del libertino”, ¿no habría que agregar la del científico? La ciencia, tanto o más que otra actividad humana, es y sigue siendo sinónimo de creatividad.

El surrealismo no fue la última de las revoluciones. Los nuevos corsarios siguen navegando en el océano de la creación. n

Cinna Lomnitz Geofísico. Investigador de la UNAM.

Secularización y modernidad

SECULARIZACIÓN Y MODERNIDAD

POR ALEJANDRO CRUZ Y LETICIA JUÁREZ

Las evidencias frías y llanas que ofrecemos aquí muestran a un México en donde la separación entre la Iglesia y el Estado no deja lugar a dudas. Somos seculares en la vida pública y religiosos en la vida privada. Sin embargo, esta aceptación convive, de forma paradójica, con posturas y hechos capaces de vulnerar los ricos y bien asentados ámbitos del laicismo.

Qué tan arraigada está la secularización de la esfera de lo público? Frente a los cambios políticos ocurridos recientemente, esta pregunta adquiere una renovada relevancia por el proyecto de país que puede promover el nuevo grupo gobernante. La derrota electoral del sector heredero de la tradición liberal impulsora de la laicización y el arribo al poder de quienes parecen más condescendientes con la incidencia del catolicismo en el ámbito público, abren interrogantes sobre la receptividad de la población a un posible repliegue del carácter laico del Estado. Como veremos a continuación, la separación Estado-Iglesia está bien asentada como concepto entre la opinión pública, pero existen espacios donde la laicidad, como la hemos conocido, puede ponerse en aprietos.

Junto con la individualización y la formación del Estado- nación, la secularización de la vida pública constituye uno de los rasgos definitorios de los procesos de modernización social. En México se podría decir que la práctica religiosa ha pasado a ser un ejercicio bastante privado. Sin embargo, aunque la aceptación de la secularización se ha afirmado, parece darse de manera diferenciada en los diversos ámbitos de la vida pública.

Lo que la población concibe genéricamente como “la política” (la competencia por el poder o los procesos de formulación y gestión de las acciones del gobierno) constituye el renglón principal donde existe un amplio consenso para rechazar el control o influencia eclesiástica. En efecto, de acuerdo con encuestas telefónicas levantadas en el último año, en mayo del 2000 una notable mayoría (78%) respaldaba la separación de los asuntos religiosos de las cuestiones de la política y veía mal que la Iglesia participara en política (71%).1

La demanda de separación sucede en dos direcciones: no sólo se trata de que la Iglesia se abstenga de intervenir políticamente, sino también de que el gobierno evite promover la participación del clero en eventos públicos: en julio pasado más de la mitad no estaba de acuerdo con que. por ejemplo, el Presidente invitara a la Iglesia a actos y obras de gobierno.

En cambio, en materia educativa, uno de los campos fundamentales de la pugna entre el Estado mexicano y la

Iglesia católica mengua el consenso sobre la separación de ambos entes. Hace un año la opinión pública con teléfono se dividía por mitades cuando se inquiría sobre la conveniencia de que la Iglesia imparta educación religiosa en las escuelas públicas. Tampoco se veía mal que el gobierno asignara recursos para solventar ciertas necesidades para la práctica religiosa, como, por ejemplo, la construcción y remodelación de templos (hace casi un año, el 60% de la población lo veía correcto en mayor o menor medida).

Otra muestra de la diferenciación de ámbitos para la vigencia de la laicidad lo constituyen los espacios en que la población realmente desea que el Estado la garantice con efectividad. Aunque suene paradójico, la aceptación de la separación legal de lo religioso de lo público no significa necesariamente que la población demande un Estado vigilante de que así ocurra. La libertad religiosa es la esfera de acción donde quizá se espera más esa acción de salvaguarda, en otras palabras, hacer vigente la garantía que da la laicidad para poder profesar distintas creencias o, incluso, no profesar ninguna: es casi unánime (más del 90%) el apoyo a que las instituciones gubernamentales aseguren el derecho y la libertad de escoger la religión que quieran.

En cambio, aunque es mayoritario el respaldo a la tutela de las instituciones gubernamentales para garantizar que la Iglesia no intervenga en política, el porcentaje de personas que están de acuerdo con esto (67%) es menor que con la acción gubernamental para garantizar la libertad de religión.

La llegada al poder de Vicente Fox ha cambiado algunas prácticas de los gobernantes mexicanos que constituían simbolismos del Estado laico. Dada esa tradición, actos que constituirían meros ejercicios de la libertad religiosa de todo político o alto funcionario se convierten en motivos de suspicacia sobre las intenciones del nuevo gobierno: implica preguntarse hasta dónde el énfasis público de lo “privado” es una manera de afectar el carácter laico de la función de gobierno. La difusión del ejercicio de la fe religiosa del Presidente ha llevado a la palestra si esa acción constituye el rechazo de una concepción vergonzante de la práctica religiosa en un Estado laico o la manifestación de la inclinación presidencial para vincular la religión católica con su gobierno. Estos dilemas interpretativos también aparecen entre la opinión pública: en julio pasado, la mayor parte de la población veía bien (68%) y correcto (63%) que el entonces presidente electo practicara públicamente su religión porque estaba en libertad de hacerlo (64%), aunque a la vez se pensara que con ello favorecía a la Iglesia católica (55% así lo creía).

Aun antes de la ascensión del nuevo gobierno, ya se observaba la celebración de expresiones públicas masivas de culto religioso que antes no eran concebibles más que en casos bastantes específicos y que podrían ser interpretadas como un reto a la reducción de la práctica religiosa a un ejercicio en el ámbito de lo privado. La misa en el Zócalo de la Ciudad de México en mayo de 2000 después de 76 años causó sentimientos favorables en la mayor parte de la población (62%)

Como se ve, la creencia social en la separación Estado- Iglesia convive con actitudes condescendientes hacia hechos o posturas que pueden vulnerar el laicismo de la esfera pública. Quizás este escenario se ve reforzado por la percepción de una buena relación entre la Iglesia católica y el Estado (en los últimos años generalmente dos terceras partes la ve positivamente), por lo que al no haber sensación de conflicto, los puntos de posible tensión no alcanzan a tener trascendencia entre la población promedio. En cualquier caso, hay factores que pueden favorecer una mayor modificación de las características del Estado laico hacia una versión menos estricta de lo que ha sido. Podemos mencionar por lo pronto dos: por un lado, la presencia de minorías que promueven una mayor incidencia religiosa y que pueden mostrarse bastante diligentes para adelantar su causa y, por el otro, el lento retroceso de la homogeneidad religiosa que impone un reto a la tolerancia.

Es claro que, por el momento, la bandera del Estado laico mexicano en sus principales fundamentos puede tener más adeptos que enemigos. Sin embargo, cuando se trata de intolerancia, minorías activas de significación son suficientes para crear momentos de tensión. La crítica al laicismo tiene eco en grupos que no son tan despreciables en número. Una quinta parte rechaza la separación religión-política, en tanto que una tercera parte no parece conforme con que el gobierno intervenga para ver que se cumpla dicha separación. Eso no quiere decir que quienes desean una mayor presencia de la religión en la vida pública sean necesariamente intolerantes pero baste tener en cuenta su existencia.

Los cambios sucedidos en algunos estados por la irrupción de grupos religiosos distintos al catolicismo plantea retos al tipo de laicismo aplicado en México, adaptado a la hegemonía de la religión católica. En nuestro país, la alta ponderación que da el mexicano promedio a la tolerancia religiosa existente (75% piensa que hay) puede ponerse a prueba en la medida en que se enfrente a la realidad cotidiana para tener que aceptar a alguien de una religión distinta. En la encuesta levantada en 1994 para el estudio Los mexicanos de los noventa2 ya se mostraba que, aunque la mitad estaba dispuesta a convivir con una persona de otra religión, una proporción nada lejana (44%) se expresaba contraria a esa idea. Una mayor intolerancia puede significar presiones al Estado para contener esas expresiones religiosas nuevas, vistas como “extrañas” a la cultura local.

Si la opinión pública efectivamente puede servir de control de los cambios que algunos desean en materia religiosa, la hipotética formación de una santa alianza entre el nuevo gobierno y la Iglesia católica para desmantelar la separación de los ámbitos de cada uno no tendría un futuro promisorio, pues no se quiere al clero dirigiendo al país. Sin embargo, tampoco se puede decir que quienes pugnan por un ejercicio más estricto de la laicidad del ámbito público saldrán exitosos con una población dispuesta a dar licencias para que el Estado favorezca activamente ciertas necesidades para la práctica de su fe religiosa.   n

1 Los datos que se presentan provienen de la información recabada en la base de datos de opinión de la población con teléfono en su vivienda. CIDE, Estudios de opinión pública de la Presidencia de la República. 1988-1994 y 1994-2000.

2 Ulises Beltrán, et al: Los mexicanos de los noventa. UNAM /IIS. México, 1997, p. 118.

Alejandro Cruz. Maestro en Políticas Públicas, investigador asociado de BGC. Leticia Juárez. Licenciada en Relaciones Internacionales y socia fundadora de BGC, Ulises Beltrán y Asoc. SC.

Por primera vez, desde hace 150 años, un presidente electo hace pública su inclinación religiosa, rompiendo con la costumbre de mantener estas actividades en privado.

¿Usted cree que este hecho…?

Inspiración religiosa y nueva laicidad

INSPIRACIÓN RELIGIOSA Y NUEVA LAICIDAD

POR MANUEL OLIMÓN NOLASCO

Especialista en arte sacro y crítico del pesimismo actual y de las mil y una formas que adopta la antisolidarídad, el presbítero Manuel Olimón Nolasco llama aquí a construir, desde su identidad y formación católica, una nueva laicidad, no una estrategia de vigilancia sino una especie de alerta ética frente a la violación de derechos humanos fundamentales.

En México, dadas las peculiares circunstancias del estatuto legal de las entidades religiosas (“iglesias”, “agrupaciones religiosas”) hasta 1991 y 1992, el acercamiento reflexivo a una serie de tópicos relativos a la dimensión social de lo religioso sufrió, en cierta manera, un retraso. El viejo problema Iglesia-Estado, reducida muchas veces a la de Iglesia católica-gobiernos liberales y revolucionarios, prolongó su presencia en la prensa y en los foros, basada en una cierta realidad. No es raro todavía encontrar, como material de presentación del tema, entrevistas “de banqueta” con contenido no siempre feliz a miembros de la jerarquía católica a propósito de cualquier noticia de actualidad. Tampoco es raro que líderes de movimientos religiosos, sobre todo de corte evangélico, utilicen las entrevistas para exponer quejas, relativas a “persecuciones”.

La nueva condición legal establecida a partir de 1992, así como la realidad política resultante de las elecciones del 2000 que trae sobre sus espaldas el emocionante pero difícil reto de la construcción de la cultura democrática, debe permitirnos, y casi obligarnos a enfocar con instrumentales de otra índole, la perspectiva histórica y las condiciones nuevas de la laicidad y de la presencia activa de la inspiración religiosa en la compleja sociedad de la que formamos parte. A todos corresponde pensar la realidad y asumir con responsabilidad el ejercicio de la libertad.

Aunque podría parecer obvio, prefiero expresar que escribo desde mi formación e identidad católicas. Advierto igualmente que he tenido en cuenta sólo de forma indirecta el libro en colaboración Laicidad y valores en un Estado democrático (Secretaría de Gobernación/El Colegio de México, México, 2000) y los comentarios al mismo: “En torno al espacio social de la laicidad” (Secretaría de Gobernación-Subsecretaría de Asuntos Religiosos. México, 2000). Ambos estudios tienen perspectivas interesantes pero a la vez abren la puerta al planteamiento de críticas.

Una mirada honesta a las líneas culturales cada vez más predominantes en México nos presenta datos de importancia que ayudan a la comprensión del tema de religión y laicidad v lo plantean en un ámbito distinto al que podían plantearse en otras circunstancias y tiempos. Los puntos de interés, los criterios de juicio, los modelos de vida y los valores determinantes que estimulan las decisiones están enmarcados en un fuerte proceso de individualización y de relativización. Puede decirse que las generaciones de mexicanos que actualmente están en formación perciben con mucha dificultad e interiorizan elementos que pertenecen a las tradiciones y los valores heredados. Los valores que se encuentran relacionados con la memoria colectiva, el hecho de acudir a esa densidad pretérita para purificar el presente y la consideración de que existe una “naturaleza humana” en cierta manera fija y permanente que no puede ser manipulada, no forman parte del caudal tácito de esta generación.

Esta situación, que no es privativa de México y que formula en el fondo una crisis de la cultura de Occidente, integra un tejido crítico para las corrientes religiosas que, teniendo como telón de fondo una explicación totalizante de la realidad desde una perspectiva trascendente, por medio de los llamados “metarrelatos”, se ven acosadas por la fragmentación de las convicciones acerca de puntos vitales de la existencia humana y su sentido ético. La globalización en materia de comunicación fragmenta, no une.

Este tejido crítico se delinea sobre todo en relación con el judaísmo y con el cristianismo católico, corrientes que por una parte han integrado sistemas civilizatorios y de moral pública y, por otra, han entrado en diálogo con las corrientes de pensamiento filosófico y político al paso del tiempo. La integración comunitaria y en buena parte territorial de sus componentes, así como la estructura jurídica interna, orientada sobre todo hacia la preservación del orden familiar, las han confrontado, casi naturalmente, con procesos que, de manera continua, han acompañado la historia occidental en los siglos XIX y XX: la “ciudadanización” de la sociedad, la vivencia concreta del concepto de “igualdad”, la ampliación de la jurisdicción y “soberanía” del Estado sobre áreas familiares y personales de la conducta humana, han planteado una tensión de largo plazo que no es simplemente política. Esta tensión, que el liberalismo tradicional pretendió resolver con una distinción absoluta entre lo “público” y lo “privado” y la formulación de otras típicas “separaciones” entre “Iglesia” y “Estado”, entre el “poder religioso” y el “orden civil”, entre lo “religioso” y lo “político”, integró una definición práctica de lo “laico”, sostenida casi a nivel de vigilancia militante, más propia del “laicismo” que de la “laicidad”; líneas de las leyes fundamentales mexicanas que expresan, por ejemplo, de manera tajante y excluyente: “el matrimonio es un contrato civil” (artículo 130 constitucional, párrafo 3), ayudan a comprender ciertas especificidades ideológicas de México.

El caso mexicano, huelga decirlo, hace referencia histórica a las formas de cristianismo católico implantadas a partir del siglo XVI.

Rituales cívicos

La crisis cultural a la que hago referencia afecta, como es fácil comprenderlo, también a explicaciones englobantes de la realidad surgidas del campo de lo “cívico” y de las concepciones de soberanía y personalidad del Estado nacional vigorizado en el siglo XIX. La “Reforma” mexicana, organizada ideológicamente a partir de la década de 1870. fue poblando el escenario de un “panteón” laico, constituido por “héroes” liberales entre los cuales se fue guardando equilibrio entre los militares y los civiles, destacando, como figura principal, idealizada, exaltada y singularizada mediante conmemoraciones y discursos, la de Benito Juárez. El área cívica del nacionalismo se completó con una enseñanza de la historia que privilegió lo que justificaba el estado de cosas políticas que presentaba una secuencia entre la “Reforma” y la “Revolución” (palabras escritas con mayúsculas) que fue, hasta hace muy poco tiempo, la versión oficial y prácticamente obligatoria.

La ideología oficial acarreó una fuerte dosis de anticlericalismo. Haciendo a un lado las similitudes con la historia de las naciones de tradición católica de Europa y América (España. Italia, Austria, Portugal. Ecuador, Perú, Colombia, etcétera) y las acciones gubernamentales en torno a la secularización de órdenes religiosas o enajenación de bienes, se justificaba la peculiaridad de la situación jurídica excepcional (después de 191″. de desconocimiento absoluto) a partir de “culpas” históricas, entre las que había que destacar al “partido conservador”, las guerras internas y alguna internacional así como al gobierno de Maximiliano en el siglo XIX y la supuesta colaboración con el régimen de Victoriano Huerta. Esa visión tan orientada a mostrarse como antítesis de posiciones eclesiásticas o consideradas de esa índole, no facilitó la reflexión acerca, por ejemplo, de las consecuencias que la privatización de los bienes no eclesiásticos (de las comunidades indígenas, de los pueblos), que acompañó la implantación del liberalismo, causó en la línea de empobrecimiento y disolución de estilos de vida y configuraciones sociales.

La sacralización del Estado y de la Ley quedó expresada no sólo en una especie de rituales chicos que acompañaron fechas conmemorativas y personajes, sino también en los términos absolutos en que se marcaban las atribuciones y alcances del Estado y la Ley, tanto en relación con los ciudadanos como con las asociaciones espontáneas o históricas de éstos. El principio (que permanece incluso en la reciente propuesta de ley de derechos indígenas) de que la Constitución “otorga” derechos, la expresión que limita las libertades en el sentido de que el ejercicio de éstas “no constituya faltas penadas por la ley”, manifiesta un punto crítico en el lugar que se encuentra la historia a la entrada del siglo XXI.

Laicidad en práctica

He hablado más atrás de la singularidad de las tradiciones religiosas del tronco judeocristiano. En términos de observación sociocultural esta singularidad se aprecia en una conflictividad más o menos latente y más o menos abierta que guarda relación con las mayores o menores acciones o pretensiones de elementos no religiosos (generalmente el Estado) en cuanto a la absolutización de principios y a las incidencias públicas de cuestiones que. desde los espacios religiosos, tocan la conciencia moral y pueden llegar incluso a plantear la desobediencia civil y la objeción de conciencia. Los cambios en el campo religioso, a la vez que plantean una pluralidad donde, por ejemplo, muchos de los nuevos movimientos se parecen bastante a objetos de consumo y toman con facilidad la forma de “espiritualidad” sin compromiso, con niveles diferenciados pero poco conflictivos en cuanto a permisividad moral (podemos llamarlas “religiones ligeras”), plantean un reto de peculiar cariz a las religiones “pesadas”. Es precisamente del interior de la crisis cultural de donde surgen las nuevas religiones de “vivencia”, las corrientes mimetizadas con el intimismo, la individualización, la espontaneidad y la respuesta a vacíos y aislamientos propios de la fragmentación de la época actual. La movilidad religiosa y la adaptabilidad cambiante, cierto esoterismo y las agrupaciones iniciáticas, el fundamentalismo de muy distintos matices tienen espacio creciente y casi “natural” en el ambiente contemporáneo. Muchas de estas situaciones son respuestas reactivas ante el materialismo teórico pero sobre todo práctico. No cabe duda de que los movimientos paracristianos, los cristianismos emotivos y de reacción pentecostal o neopuritana (new born christians), así como las doctrinas y cultos de corte orientalista (neohinduísmos y neobudismos), parecen hechos para cubrir el campo de la crisis religiosa en la que Occidente está sumergido.

Esta realidad plantea nuevos términos para la definición práctica de la laicidad y también para el papel del Estado y del ordenamiento legal. Plantea asimismo la necesidad de ámbitos de diálogo respetuoso y definido dentro de la sociedad real que no deba desentender las profundidades de la complejidad humana. Plantea para las comunidades religiosas, sobre todo para las que he llamado “pesadas”, el ejercicio responsable de su libertad y la reflexión motriz de su experiencia cultural e histórica.

Me parece que, más allá de la simple superación de bloqueos y atavismos escondidos en el viejo estilo mexicano de ideología, urge poner en la mesa del pensamiento ciertos temas con carga de novedad que puedan mantener una postura de atención y lucidez, necesaria en una sociedad saludable.

En el orden de superar polémicas desgastantes y estériles, así como extremismos y descalificaciones, conviene ir a fondo, por ejemplo, en materia de posible inspiración religiosa de actitudes asumidas en público. Así, el caso de la vida humana, de su singularidad, la postura ante la manipulación genética, el aborto, la eutanasia, no es un caso que deba enmarcarse como polarización entre posturas religiosas y “laicas” sino algo mucho más complejo que supera también su acotamiento dentro de extremos intocables de lo público y lo privado. De la aceptación de la complejidad y del retiro de posiciones simplistas podrá surgir el planteamiento (no exclusivo del área aquí señalada) del tema de la “objeción de conciencia”, que a pesar de sus perfiles delicados, sus implicaciones en materias diversas y la necesidad de su profundo estudio, no puede ser hecho a un lado, sobre todo en la configuración de la cultura plural del siglo XXI, por ejemplo, con el argumento de la supremacía o el absoluto de los preceptos legales. La persona humana empieza antes de la ley y termina después de ella.

Las situaciones actuales plantean igualmente la importancia de formular lineamientos de ética “laica”, por ejemplo, en torno a la violación de derechos humanos fundamentales en el desarrollo de la vida de asociaciones y agrupaciones religiosas, así como en lo que puede significar un proselitismo violatorio de derechos o atentatorio de la privada o del orden público. Los lineamientos a los que hago referencia no los pienso en términos sólo de regulación jurídica o de responsabilidad del Estado, sino también y sobre todo como autorregulaciones que estén al término de un diálogo extenso y del encuentro de imperativos éticos comunes.

Resulta igualmente insoslayable, enfrente de los desequilibrios sociales y la importancia de la redistribución de la riqueza, que puedan darse las condiciones de superación no sólo a base de preceptos legales y fiscalización, sino contando con el dinamismo religioso y la formación de una conciencia de compromiso. Un acercamiento al quehacer cotidiano de muchas comunidades religiosas o inspiradas en valores religiosos, quehacer que no suele ocupar espacios en los medios masivos de comunicación, puede dar mejor idea de las aportaciones posibles de lo religioso en una cultura que ha entrado al futuro.

Las circunstancias históricas que han constituido la modernidad y el modo como se han formado los elementos centrales de una cultura plural parecían haber delimitado definitivamente los espacios de lo público y lo privado y. dentro de ese esquema, los del Estado y las iglesias. Sin embargo, a pesar —o quizás a causa— de las crisis de la cultura, la vieja conflictividad entre esos espacios ha continuado tomando cauces nuevos y abriendo no pocas interrogantes. La política, ámbito donde solía colocarse este tipo de asuntos, sometidos a presiones y negociaciones, parece estar rebasada. Por consiguiente, habrá que definir una nueva laicidad no a la manera de una vigilancia sobre declaraciones y acciones que parezcan saltar la barrera de las distinciones tajantes, sino como una especie de alerta ética frente a las posibles violaciones de derechos humanos fundamentales. El Estado garante del ejercicio concreto de las libertades básicas, tendrá que asumir el papel no sólo de cuidado y preocupación dentro de un marco estrecho que señale límites infranqueables basados en su propia ideología, sino la promoción de valores fundamentales en diálogo con la sociedad real. La complejidad que nace de la pluralidad constituye un bien que hay que acoger y no un mal que hay que soportar. n

Manuel Olimón Nolasco. Profesor de la Universidad Pontificia de México. Es autor de Los bienes culturales.

Lo que viene del Estado

LO QUE VIENE DEL ESTADO

JAVIER MOCTEZUMA BARRAGÁN

Este cuestionamiento implica la incidencia de dos derechos fundamentales del individuo: el derecho a recibir educación y el ejercicio de la libertad de creencias. Como se sabe, los servicios educativos provenientes del Estado deben atender la acotación prevista en los artículos 3, fracción I, de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, y 5 de la Ley General de Educación, en el sentido de que dicha educación será laica, es decir, ajena por completo a cualquier doctrina religiosa; acción que identifica y reivindica el carácter laico del Estado mexicano.

Este postulado no es aplicable para las instituciones privadas en virtud de que tienen la posibilidad de ofrecer instrucción religiosa en sus planes y programas de estudio, en el marco de los ordenamientos que regulan el Sistema Educativo Nacional. Por ello, el Gobierno de la República no se opone a que la educación impartida por particulares tenga vínculo religioso: por el contrario, reconoce tal derecho de las asociaciones religiosas, previsto en el artículo 9. fracción V de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, que a la letra establece: “Las asociaciones religiosas tendrán derecho a… participar por sí o asociadas con personas físicas o morales en la constitución, administración, sostenimiento y funcionamiento de instituciones de asistencia privada, planteles educativos e instituciones de salud, siempre que no persigan fines de lucro y sujetándose además de a la presente. a las leyes que regulan esas materias”.

Bajo el mismo tenor de respeto irrestricto a la ley, el Gobierno de México aplica políticas públicas para garantizar a todo individuo, y sin distinción alguna, el ejercicio de la libertad de creencias que consagra el artículo 24 constitucional; muestra palpable de ello es la pluralidad que disfruta nuestro país en ese ámbito; además de promover permanentemente la cultura de la tolerancia y respeto a la pluralidad.

En conclusión, el gobierno garantiza, entre otros, dos derechos fundamentales del ser humano: el ejercicio de la libertad de creencias y el acceso a la educación, que si proviene del Estado es laica, vigilando en todo momento que la instrucción impartida por particulares respete el marco jurídico y a las instituciones públicas.  n

Javier Moctezuma Barragán. Subsecretario de Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobernación.

Los mercados

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

 LOS MERCADOS

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

En recuerdo de Simón Brailowsky

Durante algunos años, hace muchos, tuve el privilegio de comer prácticamente todos los días en el puesto de Doña Severiana y sus hijas, que se encontraba en un costado del mercadito del 2 de abril, entre la plaza de Santa Veracruz y el Teatro Blanquita. Era un puesto tradicional: no había mesas individuales ni sillas sino dos mesas largas de cemento con bancas a cada lado. Atrás del mostrador que exhibía los guisos del día Doña Seve se afanaba frente a cuatro hornillas y un comal.

Doña Severiana, gorda, chapetona y medio güera, tenía un genio espantoso. No daba explicaciones sobre el menú, no aceptaba pedidos especiales, no hacía descuentos a sus clientes fijos y jamás brindó una sonrisa ni una cucharada extra de frijoles más que a los albañiles que de vez en cuando se la albureaban. Si se me ocurría pedirle que mejor me cambiara el caldo de pollo por las tortitas de papa con ensalada, recriminaba con voz de sordina —¡decídete de una buena vez, que yo no estoy aquí de tu gata!

Sólo la veía apenada o preocupada cuando se agotaban las tortillas y algún desperfecto en la máquina tortilladora de al lado impedía que se repusieran de inmediato. Sus clientes eran de los que dejaban de comer en lo que no llegaba el acompañamiento que hacía las veces de cuchara. Cuando por fin llegaba el altero humeante, las tortillas se repartían con urgencia en sendos chiquihuites a cada extremo de la mesa, al lado de los molcajetes con salsa. Tortillas, salsa y frijoles eran el alimento de la gente del campo, pero la clientela del mercado era más próspera; diario comía con guisado.

Eran guisos sin lujo: tortas de acelgas, tortas de papa, sopa de papa, sopa de fideo, sopa seca de fideo, sopa de arroz, arroz con plátano maduro, lentejas con plátano maduro, tortitas de carne en verde, verdolagas con espinazo de cerdo, albóndigas en chipotle picadillo, caldo de pollo o de res (todos los días), bisteces correosos en pasilla, milanesa de res que de tan transparente parecía encaje, chicharrón en salsa verde. Jamás tuvo Doña Seve la ilusión de que alguno de sus clientes pudiera pagarse unos chiles en nogada. El mole era un platillo festivo que se anunciaba días antes. En temporada había huauzontles y, muy de vez en cuando, salpicón.

Que México está cambiando ya lo sé. Que ahora que me ronda la senectud me he vuelto conservadora también lo sé. Lo que no sabíamos un amigo y yo que intentamos hace poco una peregrinación nostálgica a los puestos de comida del mercado de San Pedro de los Pinos, es que los platillos más destacados del menú no son ni los bisteces en pasilla ni los huevos en rabo de mestiza sino el tempura y los camarones tepanyaki.

Tampoco está mal, por cierto, el sushi, que se prepara con pescado muy fresco y se sirve como dios manda; con jengibre curtido, y con pasta wasabe y salsa soya que puede combinar cada comensal a su gusto en un platito especial. El mercado de San Pedro es famoso por sus puestos de pescado frito y mariscos, pero en uno de los tantos locales no-japoneses mi amigo y yo dejamos sobre el plato unas desangeladas tostadas de cebiche, un caldo de pescado ofensivamente desabrido y pobre, y unas jaibas rellenas que con harta salsa ranchera apenas resultaban comibles. A nuestro alrededor había muchas mesas vacías, pero en el local oriental los nuevos agachados maniobraban sus palitos chinos con regocijo y destreza.

,;En qué momento se jodio el Perú?, preguntó inmortalmente Vargas Llosa, y yo, parpadeando de asombro y tratando de aterrizar en el México realmente existente, me planteaba una duda parecida en cuanto a la cocina mexicana.

De mal humor, como tiene derecho a estarlo quien ha comido mal, mi acompañante medía la probabilidad de la desilusión frente a un mostrador de cheesecakes de sabores, y yo pensaba en mi amigo Simón, que nunca era más feliz que cuando se desayunaba unos chiles rellenos con arroz en los altos del mercado de San Angel.

Ya había decidido hacer caso omiso de las tristes jaibas rellenas y las tostadas y regresar al puesto del mercadito del 2 de abril, cuando me atravesó el recuerdo de una escena de Bladerunner de Ridley Scott, película de ciencia-ficción que anunciaba la posmodernidad con detallada exactitud. En un futuro no muy lejano el detective caza-robots interpretado por Harrison Ford acude a la tradicional Olvera Street de Los Angeles, centro del barrio mexicano, en busca de un viejo contrabandista contacto suyo, y lo encuentra en un puesto de comida callejera donde los agachados están comiendo no tacos, sino sushi.

Entendí todo. Doña Seve tendrá ya muchos años de muerta, y las tortillas que se sirven en el puesto ahora han de ser de cartulina, como casi todas las de la ciudad. No se puede comer el pasado. y los mortales estamos condenados a comer siempre lo que se pueda.

“Déme uno de robalo a mí también”, le dije al sushi-chef de San Pedro de los Pinos.  N

Alma Guillermoprieto. Escritora. Su más reciente libro es Historia escrita: Marcos. Evita, el Che, Fidel, Vargas Llosa.

Escritura y oralidad

El 18 de mayo un jurado que representó a la UNESCO dio a conocer los premios a “Una Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad”. Juan Goytisolo alineó en el jurado. Su ensayo nos llera al centro mismo de las culturas amenazadas por la intransigencia de la técnica y la ciencia.

Para aprehender de modo cabal la correlación entre la cultura oral y la originada por la escritura debemos partir de nuestros conocimientos históricos sobre ambas, antes de adentrarnos en los cambios introducidos por la invención de la tipografía en 1440 y la moderna revolución informática.

Mientras la existencia del homo sapiens y la consiguiente aparición del lenguaje se remontan según los datos de que dispongo a unos cuarenta o cincuenta mil años, las primeras manifestaciones escritas datan aproximadamente del 3,500 antes de Cristo, fecha de las inscripciones sumerias de Mesopotamia. Esto es, el periodo que abarca la oralidad primaria —así denominada por Walter Ong en su obra fundamental sobre el tema— es casi diez veces mayor que el de la escritura. Y a estas cifras reveladoras de la antigüedad del patrimonio oral de la especie humana debemos añadir otros factores que nos ayudan a comprender la interacción entre la tradición oral y la expresión escrita y el creciente desequilibrio que la caracteriza; de los 3,000 idiomas hablados hoy en el mundo, únicamente 78 poseen una literatura viva, fundada en alguno de los 106 alfabetos creados a lo largo de la historia. En otras palabras: centenares y centenares de lenguas empleadas actualmente en nuestro planeta carecen de escritura y su comunicación es exclusivamente oral.

Abordar el conocimiento de esta oralidad primaria es una labor antropológica que va mucho más allá de mis modestas incursiones en el campo de la literatura y del relato oral. Si bien todas las culturas se basan en el lenguaje, es decir, en un conjunto de sonidos hablados y oídos, esta comunicación oral —que abarca, como vamos a ver, numerosos elementos quinésicos o corporales— ha experimentado a lo largo de los siglos una serie de cambios conforme la existencia de la escritura y la conciencia de ésta alteran paulatinamente ia mentalidad del rapsoda o narrador. En el mundo actual de los medios de comunicación de masas es difícil hallar ya depositarios de una tradición oral absolutamente “incontaminados” por la escritura y su soporte tecnológico y visual. Como prueba mi hábito de oyente en la Plaza de Marraquech, los halaiquís (cuentistas) actúan en el marco de una sociedad mutante y ansiosa de instrucción que suele mirar por encima del hombro a quienes —ajenos a una educación vinculada casi exclusivamente a la práctica de las normas competitivas vigentes en la Aldea Global— conservan y memorizan para el futuro los relatos del pasado. Inútil decir que esta percepción sesgada y errónea de la tradición oral parte de una confusión que debemos tener muy en cuenta: cultura e instrucción no son términos idénticos y por ello mismo los depositarios del saber oral pueden ser y a veces son más cultos que algunos de sus compatriotas adiestrados tan sólo en el manejo de las técnicas audiovisuales e informáticas. Pero en un mundo subyugado por la ubicuidad de éstas últimas, la cultura oral, ya sea primaria o híbrida, corre un grave peligro y justifica una movilización internacional para preservarla de una posible extinción.

Me referiré para ello a la halca de Xemáa el Fná, tal como la encontré hace un cuarto de siglo. Los depositarios de la tradición oral tenían ya plena conciencia de sus limitaciones respecto a la cultura escrita y esta conciencia se traducía en una vasta gama de situaciones, fruto de la avasalladora influencia de la segunda en la primera. Los rapsodas y cuentistas en beréber —cuyas cuatro variantes habladas no poseen un alfabeto común y carecen prácticamente de escritura salvo en caracteres árabes— solían ser analfabetos y sus conocimientos religiosos se limitaban a una memorización de las principales suras del Corán. Los gnaua, descendientes de las antiguas cofradías de esclavos del Africa subsahariana, mezclaban —y mezclan— en sus himnos y oraciones rituales el árabe y el bembera. Pero tanto los beréberes imazghen o susíes como los gnaua escuchaban la radio, poseían radiocasetes y comenzaban a habituarse a la televisión. La “contaminación” de las nuevas tecnologías creaba así una de esas fases híbridas que, en distintos grados y formas, hallamos hoy en todo el planeta.

Citaré el ejemplo de tres juglares: mientras Cherkaui —el de la halca “de las palomas”— es prácticamente analfabeto y su “diálogo de los pájaros” reproduce un esquema memorizado con su maestro “el Ciego”, Abdeslam, más conocido por el nombre de Sruk. estudió en su niñez en una zaguía hasta convertirse en fqih (letrado o conocedor del Libro revelado) y solía enlazar historias de su invención o experiencia con versos coránicos. En cuanto al “Doctor de los Insectos”, cuyo ingenio verbal y dotes de repentista cautivaron a su auditorio durante dos décadas, parodiaba a menudo la langue de bois de los informativos de la radio y televisión de su país. Así, en la Plaza de Marraquech, había y hay aún narradores y rapsodas semianalfabetos, dueños de una rica tradición oral basada a veces en textos escritos y codificados, y otros que se servían y sirven de la cultura gráfica para inyectar nueva vida en sus relatos.

Esta gran variedad de contactos y osmosis entre la oralidad primaria y las diversas manifestaciones de la escritura, imprenta y las nuevas tecnologías con soporte oral (radio, televisión, casetes..,) fue para mí de un gran aliciente en la medida en que me ayudó a abandonar esquemas rígidos y fronteras fijas entre la tradición oral primitiva y la originada por el alifato (esto es, el alfabeto árabe). En unas ocasiones, me hallaba ante un recitado de textos escritos —si bien de origen oral— memorizados palabra por palabra (Las mil y una noches, cantares de gesta como la Antaría…). En otros, ante narraciones y preces tradicionales beréberes y gnaua. así como improvisaciones sobre temas de actualidad más o menos conectadas con la tecnología de la “oralidad secundaria”, denominada así por Walter Ong. Dicha oralidad secundaria se acompañaba a su vez de un arte inmaterial fruto precisamente del encuadre correcto y material de la balea-, muecas, gestos, pausas, risas, llanto, todos esos movimientos corporales y paralingüísticos propios de una situación no exclusivamente oral y que son parte de un extraordinario patrimonio inmaterial ligado a la representación pública. Como adivinó Cervantes, hay cuentos cuya gracia radica en el modo de contarlos, y por ello el éxito popular del hataiquí depende menos del argumento, conocido casi siempre por el auditorio, que de sus artes y mañas de improvisación. En mi novela Makbara expuse lo mejor que supe y pudo la índole proteiforme de este espectáculo que se dirige a la totalidad de nuestros sentidos: necesidad de alzar la voz, argumentar, pulir la labia, afinar el gesto, forzar la mueca que captarán la atención del viandante o desencadenarán irresistiblemente su risa: cabriolas de payaso, agilidad de saltimbanquis, tambores y danzas gnaua, chillidos de monos, pregones de médicos y herbolarios, irrupción brusca de flautas y panderetas en el momento de pasar el platillo: inmovilizar, entretener, seducir a una masa eternamente disponible, imantarla poco a poco al territorio propio, distraerla del canto de sirena rival, arrancarle al fin el brillante dirham que premiará fortaleza, tesón, ingeniosidad, virtuosismo.

El arte del juglar requiere la participación de la vista y el oído, pero en el perímetro de la Plaza, la multitud disfruta de todos sus sentidos: en los figones de quita y pon saborea los platos de cocina popular y aspira la diversidad de sus olores mientras que la fraternidad concreta, igualitaria y directa del ámbito rompe la atomización urbana y propicia la inmediatez física. El espectáculo de Xemaá el Pná se repite a diario y cada día es distinto. Cambian las voces, los sonidos, los gestos, el público que ve, escucha, huele, gusta, toca. El patrimonio oral se inscribe en otro —que podemos llamar inmaterial— mucho más vasto. La Plaza, en cuanto espacio físico, alberga un rico patrimonio oral e inmaterial.

Mi experiencia, por minúscula que sea en proporción a la magnitud del tema, alimentó mi interés por el estudio del texto literario y su entronque proteiforme con la oralidad. La hibridez entre estos dos elementos y la implicación de los cinco sentidos del ser humano en una creación popular como la de la balea facilitó, por citar un ejemplo, mi mejor comprensión de la dinámica de los trasvases entre la época tradicional pre-homérica y los textos de La Ilíada y La Odisea que actualmente leemos, trasvases magistralmente analizados por Milman Parry en su ya clásica obra The Making of Homeric Verse.

Su demostración concluyente de que los hexámetros de Homero obedecían a las exigencias de su recitado en el ágora —una situación específica que imponía el recurso a epítetos, dichos, frases y fórmulas fáciles de memorizar— ha abierto el camino, como sabemos, en las últimas décadas a una investigación fecunda del origen y evolución de los himnos védicos, el relato bíblico y sus literaturas europeas de la Baja Edad Media. Este planteamiento pluridisciplinario enriqueció en especial mi lectura de la literatura española anterior a la invención de la imprenta: la del mester de juglaría de los diversos Cancioneros populares y de esta obra maestra que es el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita. En la Plaza de Marraquech pude contextualizar algunos episodios del último y rescatarlo del tarro de formol de una erudición tal vez necesaria, pero a todas luces insuficientete: las burlas del juglar (autor o recitador) no caben desde luego en el formato requerido por las normas ortográficas del poema.

Aunque las exigencias de estructura gramatical y de disposición de la imprenta en la páginas de un libro requieran en nuestros días la visualización de lo escrito por parte del autor, ello no excluye no obstante la neta conciencia en éste de la prosodia y el efecto sonoro de las palabras. Si eso es evidente en el campo de la poesía (los poetas dependen del oído en mayor medida que los prosistas), hasta el punto que grandes poetas objeto de la violencia inquisitorial de Estados totalitarios salvaron sus versos gracias a su memorización por próximos y allegados (tal fue el caso de San Juan de la Cruz en la España del siglo XVI y de Osip Mandelstam en la difunta Unión Soviética), debemos tener bien presente el hecho de que algunos novelistas de hoy, siguiendo el ejemplo de Joyce, Céline, Arno Schmidt, Gadda, Guimaraes Rosa…, escriben textos polifónicos cuya lectura ideal sería una lectura en voz alta. No ya como los juglares del Medioevo o de la Plaza de Marraquech, sino en el silencio de una habitación o gabinete de trabajo: un ámbito puramente mental que puede concretarse más tarde en lecturas privadas o públicas. Mis novelas Makbara y Las virtudes del pájaro solitario privilegian esta oralidad soterrada que subsiste en la escritura aunque de forma irremediablemente distinta de la de los juglares de la precaria tradición oral de nuestros días.

La adopción por la UNESCO del nuevo concepto de Patrimonio Oral e Inmaterial abre así un camino para la preservación de la cultura oral de centenares de idiomas carentes de grafolecto y estimula el estudio diacrónico de los innumerables cruces y situaciones intermedias originados por la influencia en aquélla de la escritura, la imprenta y los modernos medios audiovisuales e informáticos.

La labor es ingente, dado el vasto y complejo mosaico de lenguas y culturas amenazadas tanto en Iberoamérica como en África, en Asia como en Oceanía. Y debemos cumplirlo con plena conciencia de los riesgos que acechan a tal empresa: estas culturas y lenguas son patrimonios vivos y hay que evitar la trampa de museizarlos y de convertirnos en antropólogos que, como dijo un intelectual mexicano, “ven a los pueblos como fósiles culturales”. Nuestra acción tiene que ser así leve y discreta, la de una protección de las distintas manifestaciones culturales de los 3,000 idiomas hablados en el planeta y de sus “tesoros vivos” que excluya la creación de “reservas indígenas” salvo en casos de necesidad extrema, esto es, los de levantar un área de defunción tras grabar y filmar su agonía para los museos antropológicos de las grandes metrópolis del Primer Mundo.

Para ello habrá que tener bien presente los diferentes grados de oralidad primaria a los que nos enfrentamos y la hibridez de las manifestaciones del patrimonio oral e inmaterial preservadas por la tradición a lo largo de los siglos. Un desafío que concierne a todas las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales preocupadas por la biodiversidad del mundo, biodiversidad gravemente afectada por la uniformidad impuesta por las leyes de la Aldea Global y el fundamentalismo de la tecno-ciencia.

Juan Goytisolo
Escritor. Carajicomedia es su más reciente libro.

 

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

2

Kilogramos de basura que un habitante de EU genera al día.1

0.853

Kilogramos de basura que un habitante de México genera al día.2 35

Porcentaje de la basura generada en México que se deposita en rellenos sanitarios.3

78Porcentaje de la población mexicana que cuenta con servicios de recolección de basura.4

600 pesos

Cantidad al año que una familia mexicana destina a propinas para los trabajadores de limpieza.5

1.000 Camiones de basura en el DF que sobrepasan los quince años de servicio.6

2,011

Camiones de basura en el DF.7

91Porcentaje de periodistas latinoamericanos que usan la Red para su trabajo cotidiano.8

53

9. Porcentaje de periodistas latinoamericanos que no han sido capacitados para el uso de la Red.9

39,000,000 Consumidores de videojuegos en EU.10

1,171

Virus que cada mes atacan a las computadoras del mundo.11

15

Ataques de virus que los sistemas de seguridad de la NASA enfrentan al día.12

15

Porcentaje de médicos en España que reconocen haber practicado la eutanasia.13

65

Porcentaje de médicos en España que han recibido la petición de practicar la eutanasia.14

220,000 Científicos y hombres de negocios que han abandonado Irán y emigrado a Occidente.15

170

Casinos en Estados Unidos.16

23

Casinos en Rusia.17

4,200,000

Perros en el DF.18

74

Porcentaje de perros en el DF que viven en las calles.19 20

Aumento porcentual al año de la población canina en el DF.20

151

Permisos otorgados para la producción de transgénicos en México desde 1983.21 200,000

Hectáreas destinadas a esos cultivos.22

67.6

Porcentaje de niños nicaragüenses entre diez y catorce años que consumen drogas de modo habitual.23

Roberto Pliego Escritor. Es subdirector editorial de la revista nexos.

Fuentes: -5. La Jornada: 14 de mayo de 2001; 6-7. Reforma: 13 de mayo de 2001; 8-9. Crónica: 19 de mayo de 2001; 10. Crónica: 14 de mayo de 2001; 11-12. Milenio: 14 de mayo de 2001; 13-15. El País: 3 de mayo de 2001; 16-20. Reforma:7 de mayo de 2001; 21-22. La Jornada: 14 de mayo de 2001; 23. Milenio: 14 de mayo de 2001.

La herencia católica

LA HERENCIA CATÓLICA

VICENTE LEÑERO

Nexos convocó a un grupo de destacados escritores mexicanos que pertenecen a generaciones distintas, y les preguntó por los autores católicos que más han influido en su obra y por la manera en que ésta se ha manifestado. Van aquí sus respuestas.

Hombre de fe.

Hace algún tiempo escribí un pequeño ensayo autobiográfico sobre mi proceso de escritor, en mi condición de católico y novelista, no de novelista católico, que me parece un terminajo espantoso. En mi primera juventud me había “formado” leyendo al padre Luis Coloma y al padre Carlos M. Heredia (malévolas influencias), hasta que descubrí a Francois Mauriac y a Graham Greene…

Transcribo a continuación lo que escribí en ese ensayo de los años noventa, porque sigo pensando lo mismo.

En Francois Mauriac aprendí a degustar el mal como plato fuerte del fenómeno novelístico. Pero no el mal entendido desde la perspectiva psicológica o social, sino el mal sufrido y asumido desde una convicción teológica. Es muy probable que la teología novelística de Mauriac no resista en nuestros días un análisis severo, pero quiero entender que sus novelas —en las novelas que yo leí a fines de los cincuenta entre fascinado y escandalizado: El beso al leproso. Thèrése Desqueyroux, Mudo de víboras. El desierto del amor.. .— lo católico del novelista no se manifestaba en la piedad, ni en la posibilidad de redención, ni desde luego en el costumbrismo religioso, sino en el drama del pecado como desbarrancamiento existencial, en la maldad asumida desde una conciencia de fe, en la vuelta de espaldas a un Dios que no da cauce a la redención, porque la debilidad humana obstruye el camino de la gracia. Creo recordar que en Mauriac el sentimiento de lo cristiano se desangra en el fracaso ideológico del cristiano. Los llamados “v alores católicos” fallan, y no sólo por la hipocresía de sus personajes, por la doble cara de sus católicos de salón, por los intereses clericales de sus sacerdotes y sus acólitos, sino también, sobre todo, por una debilidad del alma o por una telúrica pasión que no obedece a la vocación de grandeza que debería alentar a los creyentes.

Además y más que este Mauriac analista a fondo de la fe y el pecado de la burguesía francesa, quien me sacudió como un trapo fue el inglés Graham Greene. Empecé leyendo su trilogía de la gracia —El poder y la gloría. El fin de la aventura. El revés de la trama—. y desde entonces hasta la fecha —ahora ya sin entusiasmo enajenado— he seguido libro a libro toda su trayectoria. Importante el Greene católico. Significativa —yo diría que única en la literatura del siglo XX— su aplicación del thriller como género de aventuras al fenómeno de la gracia: la gracia de Dios, la que llamábamos gracia santificante, representando el papel de un personaje persecutor, en ocasiones una forma de detective o de inspector privado, muchas veces un obcecado redentor, más bien una conciencia redentora que acosa, vigila, persigue, acorrala y termina atrapando al pecador. Nadie como Greene para ilustrar, sobre el clásico esquema de la novela policial, la infatigable búsqueda que realiza Dios para levantar de su caída a la criatura humana. El hombre vuelve las espaldas a Dios, se hunde en sus miserias morales e intelectuales, echa a correr para dejar atrás la fe, pero Dios sale de inmediato a correr tras él, a perseguirlo, a cazarlo de manera implacable, se diría que cruel, porque el resultado, desde la óptica terrena, es definitivamente trágico, al menos triste, siempre doloroso.

Leyendo a Greene entendí lo que al cabo de los años se habría de convertir en mi metáfora privada de novelista. Entre más hacía a un lado los escrúpulos y los prejuicios para encajarme en la realidad, entre más cuestionaba un pensamiento religioso no sólo por lo que apunta a los postulados mismos de mi fe de adulto, más se enriquecían y se fortalecían de manera extrañísima mis convicciones de hombre cristiano.

Greene y Mauriac me enseñaron que la pintura del mal, con todo su pesimismo y su crudeza y su desgarramiento, alude más a Dios y a su gracia que las pinturas apologéticas de la novelística piadosa. No era verdad que el escritor cristiano estuviera expulsado de la literatura universal ni tuviera prohibido el ejercicio de la novela; desde siempre estaba llamado a ella, pero no en su dudosa calidad de apóstol, sino en el papel de testigo, incluso de profeta. La capacidad del cristiano como observador imparcial de la realidad, merced justamente a su innata posición de corresponsable, le permite mejor que a muchos otros acometer la realidad sin temores, sin aspavientos, sin falsos intentos para mejorar lo que está fuera de su alcance. El no juzgarás del cristianismo, el mandamiento del amor por delante de la búsqueda de la justicia, esa profunda libertad para decir, para pensar, para escribir, que proporciona el sentimiento de filiación con Dios, son todas características —se podría decir exigencias— de cualquier preceptiva novelística. El cristiano tiene como ley moral de su condición la misma ley moral que rige al novelista en su oficio.

Esto lo fui descubriendo al leer a Greene, a Mauriac y a todos los católicos que vinieron después o simultáneamente: Evelyn Waugh, León Bloy, Bruce Marshall, George Bernanos, Heinrich Boll…

Se podría ser hombre de fe y buen novelista, descubrí entonces. Es más, el ser hombre de fe en el siglo XX facilitaba la tarea narrativa porque el hombre de fe, entendido como yo lo quería entender entonces, parece abocado por la propia naturaleza de su creencia a interesarse más —sin juicios de por medio, con absoluta generosidad— por la realidad que lo circunda, por el estallido del fenómeno humano.

Vicente Leñero. La vida que se va es su más reciente novela.

El hipertexto literario

EL HIPERTEXTO LITERARIO

EL ADIÓS A LA EDAD DORADA

POR ROBERT COOVER TRADUCCIÓN DE ROBERTO DIEGO ORTEGA

La Red ha transformado nuestra relación con la palabra escrita. Si antes el texto se leía de forma lineal, hoy el hipertexto ofrece la posibilidad de una lectura no-lineal, carente de extensión, conformada por vínculos múltiples entre pantallas de texto. Robert Coover, consciente de la ruptura cultural e histórica que implica la World Wide Web, recuerda la edad dorada del hipertexto y reinventa el lugar que ocupa la literatura en esta híper ficción multidireccional donde imagen, sonido y texto se fusionan para crear un nuevo lector.

Hace más o menos una década, en el tiempo anterior a la Red y la revolución digital, comenzó a surgir una nueva forma literaria que fue posible gracias a la capacidad de las computadoras de evadir el mecanismo lineal, con vuelta a la página, de los libros, y disponer vínculos múltiples entre pantallas de texto para una obra en red (webwork) no lineal, con elementos narrativos o poéticos. Los primeros escritores experimentales de ese tiempo trabajaban casi sólo en el texto, como hacían los estudiantes de nuestros talleres pioneros de hipertexto en la Universidad Brown, debido en parte a una elección (eran escritores que de manera tentativa se desplazaban de la página hacia este dominio radicalmente nuevo, llevando ahí lo que mejor sabían hacer), pero sobre todo porque las capacidades tan limitadas de las computadoras y los diskettes de aquellos días así lo establecían. De vez en cuando se trazaba la línea de un gráfico en blanco y negro (o, más tarde, se escaneaba), tal vez como un elemento en la página del título o como un mapa de navegación, pero los archivos de audio y animación eran, de hecho, inexistentes. Esos primeros hipertextos fueron en su mayor parte objetos únicos, como libros transportados a floppies de baja densidad (esto, recordemos, fue antes de la Red y sus navegadores, antes todavía de los cd- roms) que eran distribuidos por empresas incipientes y pequeñas como Eastgate Systems y Voyager, o bien se pasaban de mano en mano con amigos o a través del correo antiguo.

En retrospectiva, esto es lo que podríamos considerar como la edad dorada del hipertexto literario, pues con el surgimiento de la World Wide Web algo nuevo está sucediendo. Para quienes acaban de trastabillar al entrar al torrente del hipertexto, literario o de otro tipo, puede resultar desalentador enterarse de que han llegado cuando la época dorada ya pasó, pero así es la naturaleza de toda época dorada: sólo aparece ahí hasta que es vista por las generaciones posteriores.

Se dice que las épocas de plata suceden a las épocas doradas —como el matrimonio y la familia suceden al romance— y duran más, aunque no para siempre. Se caracterizan por el abandono de las ideas radicales y el regreso a elementos distintivos de la tradición previa (al mismo tiempo que sostienen una fascinación por los elementos superficiales de las innovaciones de la edad dorada) mediante una vasta divulgación y popularidad de sus principios diluidos y su organización institucional, así como a través de una producción prolífica y muy difundida en nombre de lo que sucedió. aun cuando ya no sea la misma cosa exactamente. Este parece ser el tiempo en el que nos encontramos con relación al hipertexto literario.

Las nuevas épocas suelen llegar a propósito de —o al menos estimuladas por— rupturas culturales o históricas definitivas. o por una secuencia de estas rupturas, lo cual también ha sucedido en este dominio que se acostumbraba llamar hiperficción o hiperpoesía. y al que ahora se hace referencia más en general como literatura electrónica o composición electrónica, ya con el “híper” no del todo adecuado para eso en lo que se ha convertido, y con la literatura, cuya raíz son las letras, deslizándose también de algún modo desde el centro impulsado por las imágenes.

Cuando iniciamos la enseñanza en nuestros cursos de hipertexto literario en la Universidad Brown, nuestro foco se centraba en la idea radical y novedosa de obras en red textuales, complejas, de narrativa multilineal y, en un grado mucho menor, obras en red líricas o poéticas. El taller ardía en preguntas relacionadas con arquitectura, mapas, diseño y procedimientos de navegación; con la centralidad y variedad de los vínculos y cómo hacerlos más o menos transparentes; con el sentido de integración orgánica, problemas para concluir la lectura y de incertidumbre; con el papel interactivo del lector, redes delimitadas y la redefinición del “autor”. Estas preocupaciones afectaron también a los creadores de los primeros clásicos, hiperficciones como Afternoon, de Michael Joyce; Its Name Was Penelope, de judy Malloy; Victory Garden, de Stuart Moulthrop; y la que tal vez sea la verdadera obra paradigmática de ese periodo, Patchuork Girl(Muchacha de pedacería). de Shelley Jackson, diseñada con elegancia y compuesta con belleza.

Estos hipertextos narrativos pioneros exploraron la tentadora y novedosa posibilidad de plantear una historia en un orden espacial, en vez de lineal, invitando al lector a explorarlo como uno podría explorar su propia memoria o vagar por un territorio geográfico de senderos múltiples; al ser tentativas arriesgadas, al borde de una frontera literaria nueva, con frecuencia fueron intensamente introspectivas. Así. en la ventana de un texto titulado “Esta escritura”, sepultada en lo profundo del corazón de Patchwork Girl y las supuestas meditaciones de un monstruo femenino creado por un doctor Frankenstein llamado Mary Shelley. o Shelley Shelley. como a veces se llama a sí misma. Jackson escribe:

Al ensamblar esta pedacería de palabras en un espacio electrónico me siento ciega a medias, como si la totalidad del texto estuviera a mi alcance, pero que debido a una miopía sólo me resultara asequible en sueños, sólo puedo ver la parte más cercana a mí y no tengo idea de cómo esa parte se relaciona con todo lo demás. Cuando abro un libro sé dónde estoy, lo cual es una tranquilidad. Mi lectura se mide por el espacio y hasta por volumen. Me digo a mí misma que estoy a un tercio del trayecto que desciende a través del sólido rectángulo, estoy a una cuarta parte en el descenso de la página, estoy aquí, en esta página, este renglón, aquí. aquí. aquí. ¿Pero dónele estoy ahora? Estoy en un aquí, un momento presente que no tiene historia ni expectativas ante el futuro.

O. más bien, la historia sólo es una rayuela errática a través de otros momentos presentes. La manera en que voy de uno a otro no está clara. Aunque podría enlistar mis momentos pasados, seguirían inconexos (y seguirían combinándose en potencia, si no de hecho) y en consecuencia sin forma, sin final, sin historia. O con tantas historias como yo quiera reunir.

El hipertexto, como Shelley Jackson escribe en otra parte, “es el cuerpo proscrito. Su principio de la composición es el deseo. Provee de un altavoz a la rodilla, de una trompeta sonora al codo… El hipertexto es el cuerpo que se despliega con languidez hasta sus límites, contenido sólo por su propia carencia de extensión”.

La elección misma de la metáfora central de Patchwork Girl fue en si un golpe de genio: la reunión de pedazos de un cuerpo nuevo, sea de carne o de texto, a partir de fragmentos vinculados de otros cuerpos, también de carne, también de texto, alguna vez muertos y ahora dotados de vida nueva, forma nueva, aunque un tanto extraña y “monstruosa”. La obra está dividida, como los sentidos, en cinco secciones vinculadas, y una de éstas es el asalto al cementerio en busca de partes corporales —y de las historias ligadas a sus antiguos dueños—. Así, desde el principio, esta reunión de pedacería en un cuerpo físico, con partes dispersas y no obstante armónicas, se hallaba vinculada a una reunión equivalente de pedacería de materiales narrativos: el cuerpo deviene texto, texto cuerpo, un tema tradicional que adopta su configuración hipertextual genuina en esta Patchwork Girl. de códigos múltiples y más vasta que la vida. “Uno podría decir que todos los cuerpos son cuerpos escritos” —escribió Jackson—. “todos son piezas vivientes de escritura”:

En primer lugar, porque nuestras formas, variadas hasta el infinito, se componen con un número limitado de elementos similares, una especie de alfabeto, y tenemos pautas según las cuales las uniones son aceptables, son palabras válidas, enunciados legibles, y cuáles son los errores tipográficos o gramaticales: “monstruos”.

Hay una especie de pensamiento sin pensadores. La materia piensa. El lenguaje piensa. Cuando tratamos con el lenguaje somos poseídos por sus sueños y demonios, intimamos con monstruos. Nos convertimos nosotros mismos en híbridos, quimeras, centauros: flotas de vapor y pezuñas contundentes temibles a galope bajo una maquinaria volátil.

Desde esta ventana de texto puede activarse el vínculo hacia otras meditaciones introspectivas, pero al activar “intimamos con monstruos” uno se descubre en la cama, con la creadora y su monstruo. Como la mayoría de los autores, Mary, su creadora, casada con un tipo llamado Percy, se ha enamorado de su creación:

Anoche estuve en brazos de ella, mi monstruo, y por primera vez puse mi mano en su piel. Sus pieles, debería decir, más bien, o sustituir el posesivo por completo. Otros poseen también un derecho tan legítimo como el de ella —si no es que más— para llamar suya esa piel. Estos pensamientos temblaban en mi mano y sin embargo yo no me apartaba. Su cuerpo estaba caliente. Febril, podría decir, pese a que yo no sabía qué termostato interno podría mantenerse estable y constante en esa forma contundente y sobrenatural.

Y esta ventana, a su vez, conduce a través de un lento despliegue de segmentos vinculados hacia:

Moví entonces mi mano y toqué una de sus cicatrices, esas protuberancias que me habían colmado de tal disgusto e incomodidad al ver desnudo por primera vez su cuerpo vivo. Incluso esas porciones que su creadora había cosido con un pulso más fino y cierta consideración hacia el espectador, su rostro y sus manos, mostraban surcos atravesados por las huellas de innumerables pliegues, uniones y los pequeños lunares blancos donde las suturas precisas y uniformes fueron retiradas en su infancia monstruosa. Pero los largos cordones de tejido coagulado y pálido dividían su torso en sectores tan diferenciados como los pedazos de un edredón. Con las yemas de mis dedos recorrí una cicatriz que surcaba su costado. Era dura, protuberante y al mismo tiempo resbalosa. Y estaba caliente, en vez de la frialdad que yo había anticipado sin saberlo. Lo cierto es que estaba más caliente que los trozos de piel lisa que dividía, como lo comprobé al acariciar ambas regiones. Cuando por un momento dejé mi mano extendida y quieta en su costado, la cicatriz era una cuchillada ardiente a través de mi palma, y me pregunté si le dolía. Mi compasión se desbordaba. Al parecer ella notaba un cambio en mí.

He citado en extenso esta obra, como un recuerdo de lo que se sentía antes, en la antigüedad previa a la Red. al leer una hiperficción clásica. Estas primeras obras en red, multidireccionales, de espacios textuales que padecían la supuesta desventaja —una desventaja que casi ya no existe— de tener que activar un mouse y leer en una pantalla, experiencias relativamente nuevas en aquel entonces, pero que desafiaban las convenciones y exigencias de siglos de lectura impresa, con recursos muy estimulantes que ofrecían al escritor posibilidades formales inéditas e inmensas, y que replanteaban la relación del lector con el texto. De pronto, como muchos de mis alumnos de escritura electrónica observaron, podíamos leer y escribir como pensamos, creando y/ o accesando los elementos diversos de un relato como uno accesa los fragmentos de la historia de la vida propia, tal como se conservan en la memoria, digamos, o como uno vaga a través de un país desconocido, haciendo del hipertexto no el último artefacto de la fantasía sino una especie de neorrealismo. Y una vez que nos acostumbramos a eso, no hubo razón para que no pudiéramos lograr esa clase de experiencia: “perderse” en la lectura concentrada, profundamente imaginada, que tanto atesoramos en los libros, para encontrar, como el hiperpoeta Stephanie Strickland ha dicho, “un espacio individualizado, reflexivo, cuyo principio admite garabatos mentales, reposo, exploración tranquila en un lugar seguro, como nos habituamos a encontrarlo en los libros”.

A decir verdad, Patchwork Girl de Shelley Jackson ofrece al lector paciente, si acaso queda alguno en el mundo, justo esa experiencia de perderse a sí mismo en un texto, pues así como uno se sumerge más y más hondo en la búsqueda propia y personal de las relaciones, en este caso, entre el creador y lo creado y entre el cuerpo y el texto, uno jamás deja de ser recompensado y por eso es atraído cada vez con mayor profundidad, hasta que activar el mouse se vuelve un acto tan inconsciente como dar vuelta a la página, sólo que mucho menos restringido y más apremiante.

No fueron muchos quienes leyeron estas obras con el cuidado o el detalle que merecían, pero eso también sucede con la lectura de libros. Siempre hemos insistido en que los buenos libros impresos necesitan lectores muy comprometidos para saciar su potencial oculto. Ahora, con el hipertexto, este papel de la lectura se manifiesta y pasa a un primer plano. El autor no desapareció, como se esperaba o se temía, pero se convirtió en una especie de diseñador o arquitecto o paisajista, además de escritor, que construye o dispone un espacio estructural o geográfico en el cual un lector podría vagar como si se tratara de una búsqueda propia, conducida o no por su artista- creador. En su mayor parte, estas fueron obras singulares de arte literario, en diskette o cd-rom. cuyo lugar en la repisa no las diferenciaba del libro, de suerte que si concluirlas era a veces un problema, al incluirlas no sucedía lo mismo.

Entonces, al parecer casi de la noche a la mañana, junto con las nuevas aplicaciones de IBM en Windows, el auge de las computadoras portátiles con memoria expandida, así como los dispositivos de cd-rom, zip y jaz, la ¡mención del Netscape y otros navegadores, la creación de los lenguajes Html. Java, VRML y el veloz desarrollo de la hipermedia, tuvo lugar la repentina estampida mundial hacia la Red. un fenómeno ante el cual todos estamos todavía perplejos. Su impacto en la comunicación, la expresión, el comercio, el sexo, la política, y de hecho en todas las formas del intercambio humano, ha sido en verdad fenomenal y es perceptible que ese impacto apenas comienza a sentirse.

En términos de nueva literatura seria, la Red no ha sido muy hospitalaria. Su tendencia es ser escandalosa, turbulenta. oportunista, superficial, determinada por el comercio electrónico, un reino caótico dominado por escritores mercenarios, charlatanes e impostores, donde la voz serena de la literatura no puede ser oída con facilidad o. en caso de ser oída, no más de uno o dos momentos. La literatura es contemplativa y la Internet se encuentra fragmentada por enlaces y habladores incesantes. La literatura tiene forma, la Internet es informe. El objeto singular ha desaparecido y sólo hay esta vasta y desordenada dispersión, casi tan atrayente como un puñado de revistas viejas en la mesa de la antesala del dentista.

Por tradición, la literatura ha sido lenta, reflexiva y lou-tech; la Internet es rápida, activa y high-tech. En cuanto a la hiperficción. el texto ha desaparecido en su mayor parte de las obras en red de la vieja Edad Dorada: ahora, el hipertexto se usa más para acceder a la hipermedia que intensifica narraciones más o menos lineales, cuando no lanza a su lector hacia el espacio exterior y laberíntico de la World Wide Web. donde no será visto nunca más. Nociones de arquitectura, mapas, diseño: liquidadas en su mayor parte. También la verdadera interactividad: ahora el lector, por lo común, es obligado a ingresar al abundante e inevitable flujo de recursos mediáticos como si estuviera bajo la dirección del autor o los autores: en cieno sentido, es como regresar de nueva cuenta al cine, la más imperativa y pasiva de las formas.

Inclusive la palabra, que es la materia misma de la literatura y a decir verdad de todo el pensamiento humano, enfrenta una ofensiva y cede terreno día con día al surfeo de imágenes, hipermedia, iconos que son vínculos. En verdad, cada vez más, la palabra misma se reduce a un icono o un título. Algunos hablan esperanzados de la combinación de imagen y palabra; muchos, quizá también esperanzados, de la sustitución de la palabra por la imagen. Hay un temor genuino —o una esperanza— de que nuestro antiguo lenguaje intelectual, el discurso sistemático y la metáfora poética puedan muy pronto ser tan ajenos y esotéricos como las antiguas tablas cuneiformes de Sumeria.

En cuanto a los autores en sí. hay todas estas herramientas nuevas que aprender. Escribir lo consume a uno mismo por completo. Pero aprender estas nuevas aplicaciones también lo consume por completo, y siguen cambiando. a veces tan radicalmente que lo que fue escrito en el viejo envase ya no puede ser leído en el nuevo. Muchos escritores electrónicos parecen hoy desconcertados y desilusionados por lo que el autor Jay David Bolter ha denominado “la angustia de la obsolescencia”, ya que sus herramientas y formatos, aprendidos con esfuerzo, son remplazados unos por otros sin cesar, y se encuentran más desalentados todavía por la creciente hostilidad de la Red hacia el texto y por la fuga de los lectores hacia las tiendas virtuales y las salas de chat.

Entonces, ¿significa esto que la literatura agoniza en la Red? Al contrario. Si acaso, en fidelidad con la naturaleza de las épocas de plata, estamos ante un pequeño auge de las revistas electrónicas y los premios proliferan. surgen nuevos editores electrónicos, aparecen organizaciones para desarrollar lectores en línea y ponerlos en contacto con los nuevos escritores. No: pese a que la mayoría de los literatos del mundo continúa evadiendo este medio novedoso y cada vez más dominante, y por lo tanto continúa desviándose más y más del centro, aquí es donde se está fraguando la nueva corriente principal de la literatura. Pero si me equivoco y esto no es así, entonces la literatura misma se encuentra a la deriva y deslizándose aún más en la contracorriente. Como sabemos, está surgiendo una generación nueva de lectores, una audiencia entrenada desde la escuela primaria para leer, escribir —y sobre todo pensar— en este modelo nuevo, y ellos serán el público que los artistas literarios buscarán alcanzar, pues de no ser así. tal vez no tendrían ninguno.

¿Y la nueva literatura, será parecida a la antigua literatura? No. no será así. Las tecnologías cambiantes remodelan siempre la naturaleza misma del proyecto artístico. Los géneros narrativos predominantes en nuestro tiempo, la novela y el cine, por ejemplo, no habrían sido posibles sin las tecnologías que inventaron. no tanto a los géneros en sí. sino al público nuevo al cual los artistas dirigieron sus esfuerzos, algunos al traducir los modelos clásicos a las nuevas tecnologías, otros al explorar en las nuevas tecnologías formas nuevas y adecuadas a ellas. Este entorno expresivo emergente, propiciado por la computadora y la World Wide Web, muestra impaciencia ante la monomedia y las secuencias simples, cerradas en sí mismas. La Retórica, en esta Era de los Nuevos Sofistas, sigue siendo la ruta al poder, pero el vínculo hipertextual y todos los medios visuales y auditivos ahora son parte de su gramática. Como los compositores, artistas y cineastas que los antecedieron, los escritores aprenderán a entenderse con la tarea de conocer los nuevos instrumentos, o a colaborar con otros artistas, diseñadores, cineastas, compositores, y los instrumentos en sí serán más fáciles de aprender y usar, y su interacción será más tersa.

La poesía se ha beneficiado en verdad con este nuevo medio, aun más que la ficción: o para decirlo con otras palabras, va que las distinciones de género se disipan en este nuevo medio: siendo la narrativa un lance literario que se mueve típicamente de la A hacia la B —la continuidad del relato— ha debido adaptarse a la naturaleza opuesta y paradójica de la hiperficción multidireccional de las obras en red: mientras tanto. el tono lírico, donde el tema único se convierte típicamente en el centro de numerosas consideraciones periféricas, ha encontrado a menudo que las obras en red son por demás compatibles. Con la hipermedia ha surgido todo un movimiento poético nuevo, llamado poesía kinética o poesía “móvil”, en la que el texto del poema experimenta transmutaciones incesantes en la pantalla: surgen, desaparecen, evolucionan formas, movimientos y modelos que “imitan” al poema en sí, que interactúan en lo visual con otros elementos del poema, o con el audio al incorporar archivos de sonido. En ocasiones, los artistas visuales llegan a insistir en llamar “poemas” a sus trabajos en hipermedia, aun si contienen unas cuantas palabras o ninguna en absoluto; conservan las estructuras poéticas intactas pero sustituyen al lenguaje con imágenes visuales. Estas obras pueden ser muy bellas, al menos en términos visuales, a pesar de que la kinesis parece en ocasiones como una manera de vaciar el significado de un poema, lo cual, desde luego, es la amenaza constante de la hipermedia: absorber la sustancia de una obra de arte letrado, reducirla a un espectáculo de superficie. Y entonces, ¿es cierto que nada es nunca sólo superficie o sólo espectáculo?

A estas alturas, será obvio que sigo enamorado de las palabra, casado con el texto y aún fiel, en especial con el texto literario. La lectura de esos textos sigue siendo para mí la cosa más interactiva que hacemos como seres humanos: convertir estos pequeños garabatos negros sobre fondos blancos en paisajes inmensos, campos de batalla de la antigüedad y galaxias remotas en acontecimientos más vividos que los de las noticias o las calles, con personajes que conocemos mejor que a nuestros amigos o nuestras familias. Eso es lo que los escritores inventaron: esta expansión de nuestras facultades imaginativas. Sigo sintiendo que con todas las invasiones maravillosas y provocadoras de la imagen y el sonido en el texto, con todas sus articulaciones íntimas y sus fusiones irresistibles, la contribución literaria más radical y singular de la computadora sigue siendo la obra en red hipertextual. de espacios textuales multilineales o, como podría uno decir, la articulación y fusión íntima de una espacialidad y temporalidad imaginadas. En mis talleres sigo insistiendo en el texto, a menudo en contra de la voluntad de los estudiantes, ansiosos de abandonar a la palabra lenta, exigente, y apresurarse a las visiones y los sonidos.

Pero entonces, quizás es aquí donde yo estoy detenido en el tiempo y me he vuelto anticuado, ya que uno podría bien preguntarse: la narrativa de estas obras en red de la Edad Dorada, ¿no es una simple extensión de la cultura agónica del libro, tan retro en su tecnología como a su modo los libros electrónicos? ¿Podría ser que el texto en sí sea el instrumento agotado de una era agónica de la humanidad, un recurso tal vez necesario en un mundo técnicamente primitivo, pero un recurso que ha distanciado siempre al usuario del mundo en que ella o él vive, una especie de bastidor de tinta espesa entre individuos conscientes y su realidad? Inclusive los alfabetos, herramientas ingeniosas en su tiempo, hoy se hallan limitados por la naturaleza sin vínculos de su tiempo original, y ya han dado paso a nuevos alfabetos y pictogramas multilingüales denominados iconos. En el principio fue el verbo, pero tal vez sólo para los escritores, los escribas, un medio con aptitudes singulares, convertido en realidad por los sumerios y tal vez ya irrelevante para el mundo electrónico en el que vivimos o estamos a punto de vivir. Es posible que la imagen, y no la palabra, habrá de dominar todos los intercambios culturales en el futuro, incluida la literatura, si para entonces aún puede llamarse así. Al menos hasta ahora, el texto se puede reflejar a sí mismo con mayor precisión y complejidad que la imagen, y así domina sus propios excesos, aunque en la actualidad desconocemos la sutileza que puede alcanzar el lenguaje de la imagen. Sabemos de la fuerza que puede contener. A las épocas de plata, como recordarán, les suceden por lo general las épocas de hierro, en las que el martillo es el martillo y la cabeza es la cabeza.

Pero ésta es aún la edad de plata, o quizá tan sólo el final, como dirían algunos, del tiempo de la oscuridad, ese dulce periodo de verborrea. Cierto que el mundo sigue estando lleno de escritores subversivos y escandalosos que no aceptarán postrados su reclusión en lo superfluo. Al despuntar este milenio, el texto permanece como nuestra fuente tradicional de contenido, de sentido, el dispositivo original de la imaginación, y los escritores seguirán usándolo como su instrumento elegido, si no el único, a pesar de que no suceda lo mismo con los lectores. Así como nosotros, en este tiempo, a horcajadas entre las dos épocas, seguimos fusionando el texto con toda la hipermedia a nuestra disposición, también seguimos hambrientos de la experiencia ancestral de la lectura, hasta que alguno de los dos (generaciones van, generaciones vienen) se olvide y se convierta en una leyenda del pasado, y esta fusión mágica de imagen, sonido y texto, y quizá también de aromas y de tacto, ocurra en realidad y la Edad Dorada, que se creía ya transcurrida, inicie.       n

Robert Coover. Escritor. Entre sus libros, Sesión de cine y La fiesta de Gerald. Miembro de la National Academy of Arts.

A la Borges: Poema de las imposibles recomendaciones

A LA BORGES: POEMA DE LAS IMPOSIBLES RECOMENDACIONES*

POR LUIS MIGUEL AGUILAR

Aquí otra vez, los labios memorables, único y semejante a todos ustedes.

He sido el hombre asediado desde el amanecer por las series televisivas, tanto mexicanas como americanas, cuyas artimañas tienen como fin obtener una relación insospechada, intransferible, con mi persona, para que mis enemigos logren en mí sus corruptos propósitos.

He sido el primo de Jorge Negrete, por lo cual varias personas han buscado agraviarme, pues cosa envidiable resulta el ser primo de “El Charro de México”.

He sido víctima de una secta religiosa estadunidense que se infiltró en México y ejecuta a la fecha rituales satánicos mediante algunos equipos electrónicos-, tal secta me acosa para que, mediante un programa de computación al uso, fornique yo con la Virgen María.

He sido viejo prematuro debido a un aparato de posguerra que durante 35 años me extrajo litros y litros de células genitales.

He podido provocar un terremoto, pero no quise, al saber que no tenía a la mano a un abogado que me atendiera siempre; lo dejé todo a un simple temblor 1° de agosto del año 2000.

He sabido la manera en que seres extraterrestres envían mensajes subliminales, a través de la radio y la televisión, con el fin de que la República Mexicana pierda su soberanía, puesto que las enfermedades de ahí surgidas serán extrañas o, por lo menos, hertzianas.

He sido la mujer que sabe de sus agresores, aunque no pueda precisarlos —tal es el trabajo de otros—: por la mañana han congelado mi casa y por las noches nos han dormido, a mis hijos y a mí, con gasolina, para saciar en todos nosotros bajas pasiones sexuales.

Durante diez años fui la mujer agredida por alguna persona que me hacía imposible la vida: aún se mete en mi casa para aflojarme los focos en uso, y cambiarme los focos buenos por focos fundidos.

He comprado durante veinte años billetes de lotería, sin ganarlo; buena cosa habría sido que el director de la Lotería Nacional alterara algún día el sorteo, con el único fin de que no perdiese siempre la misma persona.

He sido —pude, debí ser— un detective científico, pero nunca obtuve un gafete del Ministerio Público Federal.

He sido el hombre no acreditado oficialmente para lograr que los hombres cedieran su asiento a las mujeres en los vagones del Metro.

He sido la muchacha citada por un juez cívico en Iztapalapa; argucias de mi ex novio para que él obtuviera una cita, trampa inútil, conmigo.

He sido el hombre de treinta años resignado a vivir con un microchip puesto en mi cerebro por la Secretaría de Gobernación; supe que todos podemos vivir con un microchip de la Secretaría de Gobernación en el cerebro; pero nadie puede dormir por el ruido que produce ese mismo microchip.

He sido la mujer inatendida: nadie ha enviado camiones de volteo a mi casa, con el fin de recoger del patio trasero el refrendado cascajo lunar que algunos extraterrestres dejan caer ahí día tras día.

He sido el hombre que al mirarse ante el espejo sabe que desde el fondo lo miran en realidad aparatos que llevan su imagen hacia camionetas blindadas, muy blindadas, siempre blindadas.

He sufrido a encuestadores sobre una marca específica de galletas, sabiendo que en realidad mis enemigos buscaban fotografiarme mientras yo estuviera distraído. Pero no lo estuve.

He sido el hombre atacado por rayos invisibles de extraterrestres desde un cubo de metal que me atacaba, en ese orden, el cerebro, el corazón, el estómago y los testículos hasta dejarme como una piltrafa por el piso.

Creo que mis certidumbres y mis quejas

Se igualan en pobreza y en riqueza a las de Dios y a las de todos los hombres.                         n

*Este poema se basa en varios casos recibidos por la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal bajo la gestión de Luis de la Barreda Solórzano. Se trata de casos que, por razones obvias, no pudieron seguir el curso contemplable como una violación a los derechos humanos. El primero y los últimos versos son una adaptación del primero y los últimos versos que abren y cierran el poema de Borges “Mi vida entera” incluido en el libro Luna de enfrente.

Convalecencia

A MEDIA CALLE.

CONVALECENCIA

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Cuando yo era pequeña, se utilizaba mucho esta palabra, “convalecencia”. Era el indeterminado periodo que seguía a las enfermedades, más largo cuanto mayor hubiera sido la gravedad de la enfermedad. Si se había tratado de una operación —por ejemplo, de amígdalas, operación muy en boga en aquella época—, la convalecencia podía medirse en meses. En el querido diccionario de María Moliner, se nos dice que este verbo, convalecer, que proviene del latín “convalèscere”, se deriva de “valere”, que significa, entre otras muchas cosas, todas apreciables, disfrutar de salud, quizá la más apreciable de todas.

La convalecencia es el tiempo que se dedica a la recuperación de la salud. Convalecer, define María Moliner, es: “Estar recuperando las fuerzas perdidas en una enfermedad, después de curada ésta”. ¡Qué maravilla de definición!, ¡qué de sugerencias encierra! Novelas, ensayos, reflexiones… Convalecer parece, una vez que nos detenemos a pensarlo, algo esencial en nuestras vidas, dado que las enfermedades existen, dado que. por fortuna, muchas de ellas se curan, dado que las fuerzas se nos van en las enfermedades, dado que podemos recuperar esas fuerzas…

Convalecer parece un estado esencial, consustancial al ser humano. Convalecer puede ser una lenta espera o una denodada lucha. Hay fuerzas que se recuperan de forma natural, dejando que el tiempo actúe, que se sucedan los días y, como con el paso de las estaciones, regrese el soplo de la vida en primavera. Hay fuerzas a las que hay que invocar, que convocar, que perseguir, fuerzas, que no vienen solas; ambas se contienen en la vida humana por mucho que a veces no sepamos distinguirlas. No sabemos dónde debemos aplicar la paciencia, dónde el empeño y el afán; pero en esta incertidumbre consiste la vida, éstas son las preguntas que nos hacemos en cuanto caemos en la cuenta de que no estamos solos en el mundo. ¿Nos amarán los otros sin que nosotros tengamos que hacer nada?, ¿debemos nosotros ofrecerles, darles nuestro amor, primero? Esperar o buscar. Ese dilema nos posee muchas veces. Lo resolvemos como podemos; corremos, descansamos, dormimos, nos ponemos en pie. echamos a andar… La manera en que cada persona se enfrenta a este dilema y le va dando diferentes soluciones moldea su historia. Construimos nuestra vida a lo largo de una serie de decisiones sucedidas en el tiempo, basadas en las emociones y también en las ideas, en las lecciones que vamos aprendiendo.

Convalecer es vivir, es recuperarse de la primera enfermedad, de la primera herida, del primer atisbo de dolor, la primera intuición de la pérdida. Vivir es concederse tiempo. El tiempo que existe fuera de nosotros, el tiempo objetivo e implacable ha de ser vivido, ha de ser interpretado, comprendido. Es un objetivo imposible. No creo que comprender el tiempo, comprenderlo en profundidad, explicarlo, esté al alcance de los seres humanos. Pero concedernos tiempo, sí. La concesión es interna, se la hace cada persona a solas.

Es hermoso pensar en todo esto cuando hace una mañana soleada después de un largo periodo de lluvias. Es hermoso mirar hacia dentro cuando el exterior vibra y se ilumina. Es hermoso saber que la belleza no está únicamente fuera, sino dentro, en este camino que abrimos con nuestros pensamientos.

Me pregunto si esta hermosísima oportunidad de convalecer sería posible si no hubiésemos caído enfermos, si no hubiéramos sufrido la menor desilusión, si no hubiéramos atisbado el dolor y el fracaso. “Valere”: disfrutar de salud. Eso leímos en el diccionario. ¿Se disfruta de la salud cuando jamás se ha perdido?, nos preguntamos. Porque en la convalecencia tenemos dos propósitos, dos objetivos: disfrutar de salud y disfrutar de la salud, y este “de” añade un matiz riquísimo a nuestra capacidad de goce y de disfrute.

No se trata de mitificar el dolor. El sufrimiento anula y puede envilecer. Nadie se merece una vida de penalidad y dolencia continuas. Pero ¿qué vida no contiene una pequeña parte de dolor, de frustración? El dolor en sí no nos hace más dignos, el fracaso tampoco. Pero en nuestra condición de seres humanos no podemos eludirlos siempre. Y a veces ocurre que en nuestro rechazo del dolor causamos daño a otros. Si conseguimos salir de la situación de dolor con cediéndonos, como un derecho, ese periodo de convalecencia, quizá la enfermedad no haya sido del todo inútil, del todo destructiva. Hemos tocado fondo y estamos dispuestos a seguir, a recobrar la vida, las fuerzas perdidas.

Pienso en todo esto no sólo porque el sol que ilumina esta mañana de primavera me haga mirar hacia dentro con alegría, sino porque, a raíz de la publicación de un libro sobre la enfermedad, en el que han colaborado varios escritores, me han preguntado qué me sugería esta vieja palabra, convalecencia. Me he quedado pensando en ella. Lo cierto es que he respondido de forma bastante tajante a la pregunta del entrevistador. No me interesa en lo absoluto estar enferma. Si para disfrutar de la convalecencia debo pasar por la enfermedad, declino la oferta. Quiero la convalecencia sin la condición previa de la enfermedad, sin el doloroso preámbulo.

Y es así como he concluido que vivir precisamente consiste en eso, en convalecer. Desde el mismo momento en que esto se entiende, ya no es preciso el dolor, ya no sobra la enfermedad. Tenemos ese deber para con nosotros mismos: cuidarnos, disfrutar de nuestra salud, no caer enfermos, aliviar el dolor de los otros, curar las enfermedades de los otros. Socialmente, es uno de los puntos fundamentales de un programa de gobierno, de un plan político. La parte del presupuesto que un Estado debe destinar a asegurar la salud de las personas ha de ser, proporcionalmente, una de las más altas.

Y quizá, cada persona, en nuestras vidas, debiera hacer lo mismo. Deberíamos concedernos tiempo. Disfrutar de salud y disfrutar de la salud sin pagar el peaje del dolor. ¿No podríamos aprender a vivir sin dolor?, ¿aprender a recuperar las fuerzas que hemos ido perdiendo desde que padecimos la primera decepción, desde que nos dieron el primer golpe? A lo mejor, en eso consiste la vacuna contra el sufrimiento, si es que la hay… A lo mejor, podemos cerrarle, de vez en cuando, una puerta. Al menos, de vez en cuando. Quizás haya puertas que sí se le pueden cerrar.

Me quedo con esta acepción de la palabra “convalecencia”, con este espíritu: el de la recuperación de las fuerzas perdidas. Intuyo que, dentro del amplio campo que trazan esas fuerzas perdidas hay una parte que no sería tan difícil de recobrar, si nos concediésemos tiempo… Quizá consista en eso, en cambiar de actitud ante nosotros mismos y, por tanto, ante los otros, ante la vida. Concedernos tiempo. Vivir en una perpetua y luminosa convalecencia, inspirados por la voluntad y el deseo de alcanzar belleza y plenitud.   n

Soledad Puértolas. Escritora. Entre sus libros, Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.

Artistas del trampolín

CARACOL

ARTISTAS DEL TRAMPOLÍN

POR CINNA LOMNITZ

Ya se nos fue Niquitín. En los años que siguieron a la caída del comunismo, había emigrado de Europa Oriental a Francia, y allí obtuvo una beca de doctorado en una de las buenas universidades de ese país. Mi jefe de departamento lo invitó a México, aprovechando la disponibilidad de una beca post- doctoral.

Niquitín se adaptó rápidamente al país, y al finalizar el año de su beca solicitó integrarse a nuestro instituto. El jefe de departamento se apresuró a gestionar una plaza permanente para Niquitín. En la UNAM esto es relativamente sencillo, pero no existían plazas. De todos modos, el jefe no cejó. No fue fácil lograr esa plaza para Niquitín, pero se logró. A partir de esa fecha se podía observar diariamente al pálido joven deslizarse silenciosamente por los pasillos del instituto. Le decíamos “el fantasma de la ópera”. Mi jefe de departamento lo apreciaba y lo consideraba indispensable. Más que su mano derecha, era el investigador estrella del instituto.

Un buen día Niquitín desapareció. Sin decir agua va, se había conseguido una chamba en una universidad de Estados Unidos. Allá vive ahora con su familia. El instituto perdió una plaza valiosa, y el jefe del departamento perdió a su más valioso colaborador.

El caso es bastante común. El otro día, en la televisión alemana, entrevistaron a unos estudiantes extranjeros que sólo se distinguían de Niquitín por su mayor franqueza. Todos admitían que pensaban utilizar la universidad como trampolín para aterrizar en Estados Unidos. Y los alemanes, tan tranquilos.

No tengo nada contra ningún país y mucho menos contra su gente. Me encanta el ritmo de la vida americana y, sin duda, allá se hace ciencia seria. El problema es el famoso “Catch-22″, el travieso y omnipresente obstáculo de la novela de Heller. Siempre hay alguna jugada que no se vale. Te dan un buen sueldo y parece que vas bien, pero cuando piensas que ya la hiciste, ¡zas!, te quedas con las ganas. En México, en cambio, el sistema eres tú. Los defectos del sistema son tus propios defectos. Si tienes originalidad, autenticidad, valor, amplitud de criterio y un grano de locura, éste es tu país. Basta con que te entregues a México en forma completa y total. Te pagarán menos que en Estados Unidos pero vivirás mejor, harás buena ciencia y disfrutarás tu vida con plenitud. Y con suerte te casarás con una mexicana.

Ciencia y seguridad

Decía Mark Twain que en la vida pública hay tres clases de engaños: las mentiritas, las mentirotas y las estadísticas. Esto viene al caso porque, según las estadísticas, la comunidad científica mexicana tiene una productividad per cápita comparable a la de Europa y Estados Unidos. No diré aquí cómo se llegó a esta conclusión, pero la realidad es algo menos brillante.

Basta pensar que la Ciudad de México tiene la mayor población de científicos del país, y sin embargo es la ciudad más insegura, más contaminada y con mayor incidencia de desastres naturales del país. Si el objetivo principal de los científicos es garantizar la seguridad de la nación, ¿en qué consiste nuestra contribución?

Costa Rica no tiene ejército pero disfruta de un grado de seguridad nacional superior al de México. Cierto, Costa Rica no tiene un EZLN (no hay indígenas), ni enfrenta una guerrilla potencial de Internet desde Europa. No tiene una economía de 100 millones de personas. No le afecta un problema de corrupción administrativa que anula cualquier medida de control, ni lo amaga el cártel criminal más poderoso del mundo. Sus instituciones democráticas son relativamente firmes y seguras; su ciudad capital no está en manos de la oposición; no tiene frontera con Estados Unidos, y no ha despertado los apetitos o los afanes revanchistas de ningún país. Además, hace un siglo Costa Rica prohibió las casas de adobe y des de entonces su riesgo sísmico ha sido manejable.

Entonces, ¿qué debe hacer la ciencia mexicana en materia de seguridad nacional? Ante todo, informar al público. Actualmente casi no hay información sobre los verdaderos riesgos para México, su proveniencia, su armamento, su financiamiento o, en su caso, las causas de las principales amenazas contra la salud, el ambiente y la estabilidad económica y social. Las decisiones que afectan la seguridad nacional se toman por grupos restringidos que no tienen asesoramiento científico: las consideraciones son exclusivamente políticas.

Por otra parte, las ecuaciones de riesgo están cambiando con rapidez debido al enorme impacto de las nuevas tecnologías. Lo que importa en los enfrentamientos militares ya no es la potencia de fuego sino la precisión en los aspectos de armamento, navegación, vigilancia, mando y control. Los científicos contribuyen a resolver problemas novedosos: crear zonas de exclusión, lograr una capacidad de combate ilimitada (operaciones nocturnas y en mal tiempo), extender el alcance de la artillería de precisión más allá del horizonte, penetrar el follaje en terrenos de selva, neutralizar las minas terrestres, asegurar comunicaciones seguras y sin interferencias, manejar sensores robóticos en el campo de batalla, y desarrollar unidades de combate teledirigidas. Son problemas científicos de avanzada. Un país como Irak es el enemigo ideal ya que presenta un terreno descubierto de escaso relieve, con mínima concentración urbana y una excelente visibilidad desde el espacio. Su principal recurso, el petróleo, es vulnerable. Además, su gobierno es autoritario y subordinado a un jerarca de instintos predecibles. En cambio, un hipotético ejército enemigo atrincherado en la selva lacandona y manejado por asesores militares europeos sería otra cosa.

Actualmente México posee escasa capacidad para detectar movimientos de tropas en una situación de enfrentamiento militar. Los científicos de otros países están trabajando en sistemas de información teleguiados en tiempo real con control GPS de precisión. El Lincoln Lab trabaja en un radar de gran longitud de onda y de gran penetración desde plataformas espaciales, para operaciones en terreno boscoso o urbano. Las dificultades técnicas son serias, sin duda. Por otra parte, el ejército de Estados Unidos ya está desarrollando robots del tamaño de un ratón que se orientan por GPS y transmiten información o destruyen objetivos urbanos. Tales avances se desarrollan en equipos pluridisciplinarios de académicos, técnicos industriales y oficiales de inteligencia.

Un elemento crucial de las nuevas tecnologías es la comunicación segura, tanto para la información como para la navegación remota. Antes se pensaba que bastaría contar con la capacidad mundial de servicios comerciales de telefonía por satélite, pero resulta que la cobertura no ha crecido con el ritmo esperado. La transmisión por fibra óptica resulta ser más económica y más confiable. Ya existen fibras ópticas de 128 colores.

Entonces las comunicaciones militares tendrán que basarse en nuevas opciones eficientes y seguras. En muchos casos, el piloto ya no despegará con la nave sino que se quedará en tierra y dejará que su cerebro viaje a bordo del misil. Aun en los aparatos tripulados, gran parte de las funciones de vuelo ya se manejan por robots. El trabajo se distribuye según la capacitación operativa, ya que el cerebro humano supera al robot en la asimilación rápida de información procedente de sensores muy diversos y en la toma de decisiones en situaciones complejas; en cambio, el robot supera al hombre en la capacidad de realizar tareas rutinarias con increíble eficiencia y rapidez.

La anti-política de los anti-misiles También hay novedades en el aspecto nuclear. México es uno de los treinta países firmantes del Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares (CTBT). Se nos considera un país nuclear en potencia, por tener una planta nuclear. Un mexicano, el sismólogo Gerardo Suárez de la UNAM, dirige el organismo internacional de verificación del tratado, que comporta un complejo sistema mundial de redes de detección.

Sin embargo, el CTBT aún no ha sido ratificado por Estados Unidos ni por varios otros países que poseen armamento nuclear y bioquímico. Los americanos se consideran especialmente vulnerables a un ataque por sorpresa con misiles, debido a su gran extensión territorial. El alcance de los misiles chinos, rusos, norcoreanos o iraníes puede abarcar a Estados Unidos.

El sistema de defensa anti-misil que actualmente contemplan los políticos en Washington es de elevado costo económico y diplomático. Infringe el tratado anti-misil que los americanos firmaron con la entonces Unión Soviética en 1972; pero en esa época el riesgo era diferente. Se consideraba que cualquier sistema de defensa podría ser abrumado por la sola cantidad de misiles ofensivos. Hoy la situación ha cambiado y se teme un ataque de uno o hasta una docena de misiles viniendo de algún país “espontáneo”, como Norcorea.

Hay dos complicaciones para la defensa: una tecnológica y la otra diplomática. Supongamos, por ejemplo, que el país enemigo lance un cohete con cabezas biológicas múltiples. Para cuando el cohete sea detectado por el futuro sistema de radar y de satélites antimisiles sobre el Océano Pacífico, y se lancen misiles interceptores del tipo EKV para destmirlo, el misil atacante ya se habrá dispersado en cien o más cápsulas independientes y será imposible  destruirlas todas. La dispersión de los agentes biológicos hasta favorece al atacante. Peor, si el misil fuera dirigido contra el norte de México, el efecto biológico sobre los estados americanos fronterizos podría ser igual de devastador.

Pero no es ese el único escenario posible, ni el más probable puesto que el atacante dispondría de medios efectivos y baratos para disfrazar su misil mediante globos de “antisimulación”. Una vez que abandona la atmósfera, el misil suelta docenas de globos idénticos con cubierta de aluminio. Hasta ahora no existen sensores capaces de detectar cuál contiene el dispositivo nuclear. Además, hay otras maneras de disfrazar el misil atacante. Una cubierta exterior que contenga nitrógeno líquido enfriaría el misil hasta una temperatura de 77 grados Kelvin, reduciendo la radiación infrarroja a tal grado que el misil se tornaría invisible. El cohete interceptor no podría detectarlo hasta que fuera demasiado tarde. Algunos de estos escenarios han sido analizados detalladamente en una discusión publicada hace un año por un grupo de once físicos e ingenieros americanos.

Al margen de si es efectivo o no, los rusos sostienen que la sola existencia de un sistema de defensa antimisil podría propiciar un ataque nuclear por parte de la potencia que lo poseyera. El atacante siempre lleva las de ganar: con o sin razón, podría sentirse inmune a cualquier represalia. En efecto, los políticos que promueven este sistema argumentan que otro país se tardaría años en desarrollar un método efectivo para disfrazar sus misiles, y que este plazo daría la oportunidad a Estados Unidos para perfeccionar nuevos métodos de detección o de disuasión. Eso es precisamente lo que temen los rusos y los chinos, quienes dudan que Estados Unidos invertiría miles de millones de dólares en un sistema que no funciona.

Lo siento, pero así es el mundo en que nos tocó vivir. ¿Y la ciencia mexicana? Bien, gracias.  n

Cinna Lomnitz Geofísico. Investigador de la UNAM.

El crimen en cien tiros

EL CRIMEN EN CIEN TIROS

115,731

Llamadas que recibió el Sistema de Seguridad 061 del DF entre el 5 de diciembre de 2000 y el 13 de febrero de 2001. 1

Porcentaje de esas llamadas que exigieron la intervención de la Policía Judicial.

18

Porcentaje de crímenes que se cometen entre familiares.

29,835

Denuncias presentadas ante agencias del Ministerio Público del DF en ese periodo. 6,836

Personas puestas a disposición del Ministerio Público en ese mismo periodo. 106.29

Promedio diario de vehículos robados en el DF. 3.19

Promedio diario de violaciones en el DF.

2.13

Promedio diario de homicidios con dolo en el DF. 1,250.000 Fichas dactilares en el Registro Nacional de Huellas Dactilares.

40

Porcentaje de crímenes que se cometen entre gente de trato conocido.

35.4

Aumento porcentual de los delitos contra la propiedad en 1994.

1,052

Delitos cometidos en el Centro, la colonia con mayor incidencia delictiva, entre el 5 de diciembre de 2000 y el 13 de febrero de 2001. 3 minutos Tiempo máximo para cotejar huellas dactilares.

28,651

Espacios penitenciarios construidos en los últimos tres años. 448

Centros penitenciarios. 0

Vehículos robados con violencia en Baja California durante 1997. 24,131

Vehículos robados con violencia en Baja California durante 2000. 11

Vehículos robados con violencia en Durango durante 1997. 12

Vehículos robados con violencia en Durango durante 2000. 312

Robo a casa habitación en Yucatán en 1997.

4,784

Homicidios durante 1997.

720

Robo a casa habitación en Yucatán en 2000. 26,022 Lesiones dolosas en el Estado de México en 2000. 16.539

Lesiones dolosas en el DF en 2000. 61

Secuestros en Oaxaca durante 2000.

2

Secuestros en Morelos durante 2000.

3

Lugar que ocupa Veracruz como el estado donde ocurrieron más violaciones en 2000.

20,956

Denuncias de robo a transeúnte en el DF de enero a octubre de 2000. 21.275

Denuncias de robo a transeúnte en el Estado de México durante el mismo periodo. 15

Robos a banco en Sinaloa en 1997. 46

Robos a banco en Sinaloa en 2000.

Robos a banco en Baja California en 199″. ñ

Robos a banco en Baja California en 2000.

200

Días de salario mínimo que el estado de San Luis

Potosí impone por el delito de violación.

Días de salario mínimo que el Estado de México impone por el delito de violación.

99

Robos a banco en el DF en 1997.

Robos a banco en el DF en 2000. 6

Porcentaje de la población que atribuye la delincuencia a la falta de vigilancia. 21

Porcentaje de la población

que lo atribuye a la desintegración familiar.

89

Porcentaje que se dice dispuesto a participar en programas de prevención de delitos.

Porcentaje de delincuentes sentenciados que tienen entre 20 y 30 años.

13

Porcentaje que considera que la delincuencia se reduce aumentando y mejorando la capacitación policiaca. 26.5

Porcentaje que ha dejado de utilizar joyas por temor a ser víctima de un asalto.

4.3

Porcentaje que ha dejado de usar taxi por el mismo temor.

49.9

Porcentaje que aprueba la pena de muerte para un culpable por violación.

34.3

Porcentaje que aprueba el mismo castigo para un culpable de secuestro.

17.58

Porcentaje de delincuentes sentenciados que reciben la pena de 20 años.

62

62 Porcentaje que considera que la pena de muerte disminuiría la criminalidad.

25 Porcentaje que ve a las cárceles como auténticos centros de readaptación.

70 Porcentaje de víctimas de un delito que no presentan denuncia. 56.2

Porcentaje de víctimas que sí presentaron denuncia a quienes la autoridad les pidió dinero.

14 Hora promedio a la que ocurren la mayoría de los delitos.

570

Multa por pasarse un alto.

1

Lugar que ocupa agosto como el mes en el que se cometen más delitos. 1

Lugar que ocupa enero como el mes en el que se cometen menos delitos.

55.3

Porcentaje de delincuentes que huyen a pie.

30.4

Porcentaje de asaltantes que amenazan1 a sus víctimas con pistola.

18 Porcentaje de víctimas de un delito que reciben ayuda de otras personas.

36 Porcentaje de víctimas de un delito que en caso de portar un arma harían uso de ella.

8,007

Servidores públicos sancionados entre 1998-99.

463

Servidores públicos consignados por abuso

de autoridad en los últimos dos años.

18.2

Porcentaje de víctimas de un delito que estarían dispuestas a matar a un delincuente. 87

Porcentaje de delincuentes que no son detenidos.

53

Denuncias de robo a transportistas en Chiapas en 1997. 370

Denuncias de robo a transportistas en Chiapas en 2000. 864

Denuncias de robo a transportistas en Guerrero en 1999.

33

Porcentaje de mexicanos que considera que violar la ley no es grave.

356

Denuncias de robo a transportistas en Guerrero en 2000.

16,039

Denuncias de robo a transportistas en el DF en 1999. 9,895

Denuncias de robo a transportistas en el DF en 2000. 10,325 Denuncias de robo a negocio sin violencia en el DF en 1999.

7,133

Denuncias de robo a negocio sin violencia en el DF en 2000. 3.001

Denuncias de robo a negocio sin violencia en Nuevo León en 1999.

2,438

Denuncias de robo sin violencia en Nuevo León en 2000. 4.694

Denuncias de robo a negocio con violencia en el DF en 1999. 3.271

Denuncias de robo a negocio con violencia en el DF en 2000. 19.645

Accidentes en carreteras federales durante el año anterior.

12,805 Lesionados en esos accidentes. 1.814 Muertos. 124,781 Infracciones.

264 Asaltos.

11.898 Elementos de la Policía Federal Preventiva.

2,600 Patrullas de esa corporación. 22

Helicópteros.

2,387

Sentenciados por fraude en 1998.

2.273

Sentenciados por allanamiento de morada en 1998.

55 Huelgas de hambre.

49Homicidios.

37 Suicidios.

121,635

Capacidad de los Centros de Readaptación Social. 55

Huelgas de hambre.

49Homicidios.

37Suicidios.

121.635 Capacidad de los Centros de Readaptación Social.

6,591Mujeres recluidas en Centros de Readaptación Social.

146,543 Hombres.

92 Fugas en esos centros en 2000. 22 Motines.

11.612

Delincuentes sentenciados por posesión de arma de fuego en 1998.

11,612

Sentenciados por narcotráfico.

Fuentes: INEGI. México Unido Contra la Delincuencia. Secretaría de Seguridad Pública. Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.

Elogio de la equidad

BARÓMETRO

ELOGIO DE LA EQUIDAD

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

Continúo en esta entrega del “Barómetro” mis comentarios a la importante obra de la CEPAL. Equidad, desarrollo y ciudadanía, publicada en tres volúmenes por la propia comisión y la editorial Alfaomega. Los libros recogen el informe presentado por José Antonio Ocampo, secretario ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina, en su XXVIII periodo de sesiones que se realizó en México el año pasado.

Como se sugirió en el “Barómetro” pasado, los libros conforman una plataforma sustanciosa y estimulante para llevar a cabo una reflexión a fondo sobre el presente y el futuro de la región, sumida aún en ominosos panoramas de inseguridad económica, expectativas frágiles, crecimiento económico oscilante y, sobre todo, altos índices de pobreza de masas, desigualdad y tendencias agudas a la heterogeneidad y la escisión productiva y social, incluso territorial, que se ven agravadas en estos días por la nueva entrada de Argentina al foro de la tragedia financiera, casi siempre el prólogo para rondas desastrosas en el empleo, el ingreso y la política.

El primer tomo de la serie presenta la “Visión Global” a partir de un examen del legado de los años noventa, y se completa con una reflexión sobre la equidad, el desarrollo y la ciudadanía, que constituye una indudable y bienvenida novedad dentro de la tradición de los informes institucionales sobre el desarrollo internacional. El acostumbrado discurso cepalino sobre el desarrollo integral se centra ahora no sólo en la necesidad de asegurar un crecimiento económico sostenido y estable, sino en la importancia crucial que ha adquirido la equidad como sustento de una expansión de la ciudadanía en la perspectiva de consolidar un efectivo orden democrático.

El tomo II despliega la agenda social propuesta por la Comisión, que se condensa en la necesidad de dar nueva vigencia y vigor a una política social universal, solidaria a la vez que eficiente. En el tercer tomo se examina la posibilidad de una senda de desarrollo económico que a la vez que cumpla con las reglas y los objetivos de estabilidad sea también la de una expansión dinámica, integrada y eficiente. Con acertada y bienvenida agudeza (y vehemencia), el capítulo que cierra el primer volumen explora la difícil circunstancia de una ciudadanía que emerge a la vez que se renueva, inscrita plenamente en una sociedad que cambia, pero también acosada por lo que adecuadamente se llama en el libro la “ecuación pendiente” del desarrollo latinoamericano después del gran ajuste de los ochenta: una relación eficiente y productiva, creativa podría decirse, entre ciudadanía, igualdad y cohesión social. Lo atractivo de este capítulo, su “novedad”, es que no se presenta como un argumento excéntrico, impostado, al tronco discursivo que organiza y da coherencia a los libros. Al asumir de modo expreso como central el objetivo de integralidad para el desarrollo que se busca, la CEPAL no podía soslayar ahora una obligada discusión conceptual, a la vez que estratégica, sobre el sistema político donde se toman las decisiones sobre la economía, así como sobre el orden democrático que los cambios sufridos en el sistema político reclaman con urgencia.

Puede decirse que siempre, en cualquier tipo de régimen económico, la relación entre economía y política propicia una tensión cuyos desenlaces no están nunca resueltos de antemano. Es por ello que la construcción de fórmulas de entendimiento dinámico entre ambas esferas fundamentales de la vida social es un imperativo a cumplir en la persecución de un desarrollo estable y sostenido. Sin embargo, cada vez es más claro que en la perspectiva de economías abiertas y de mercado como las que trajeron consigo la gran crisis de la deuda y el cambio estructural perseguido, esta sintonía, inevitablemente conflictiva, se vuelve una pieza maestra para asegurar que la competencia y la inserción internacional rindan los frutos que se espera de ellos. Como lo ilustra la reflexión final del libro sobre “ciudadanía. política y equidad”, esa sintonía es, como se dijo alguna vez del desarrollo mismo, una sintonía esquiva y frágil.

Basta revisar los rubros que aborda el trabajo en su conjunto para dar cuenta de la ambición, pero también de la consistencia, que animaron a la CEPAL al abordar la cuestión ciudadana, en el contexto erizado de la referida “ecuación pendiente”. Sus variables e incógnitas determinan la prueba mayor de ácido para la empresa latinoamericana del desarrollo y la modernización. El modo como se despejen estas ecuaciones definirá la calidad y el espesor de la modernidad que este “extremo occidente” podrá tener en este milenio que de nuevo se anuncia como de las maravillas.

Sin pretender ninguna conclusión definitiva, el texto se hace cargo sin temor de que ésta es ya una temporada de saldos, que hacer las cuentas con las reformas emprendidas es no sólo oportuno sino necesario. Pero a la vez, como se advierte en el libro, hay que admitir que en el curso del debate sobre los resultados la terminología se ha vuelto confusa. Se trata de una confusión que lleva, y si no que lo diga nuestra propia experiencia, a ofuscar la reflexión y a nublar los objetivos y su relación racional y de congruencia con los medios y los instrumentos. Leamos:

La terminología se ha vuelto confusa. Se habla mucho de que para superar los problemas… se necesita complementar la primera generación de reformas con una segunda y, ahora, para algunos, con una tercera. Las fronteras entre las distintas “generaciones” de reformas se han desperfilado progresivamente… Esta no es la manera más apropiada de formular la necesidad de (una) reorientación. El concepto de “generaciones”… lleva implícita la visión de que se trata de procesos lineales y universales, en los que los logros de etapas anteriores permanecen inmodificables, como cimientos sobre los cuales se construyen los nuevos pisos del edificio (p. 29-30).

Y este no es el caso: lo que hoy se constata una y otra vez, desde luego en México, es que la fragilidad de algunos de los cimientos construidos por las reformas del Consenso de Washington ha dado lugar ya, en poco tiempo, a graves problemas, que ahora se quiere resolver con nuevas reformas.

En realidad, lo que hay son discrepancias conceptuales significativas, que es urgente identificar para que el debate pueda aspirar a una racionalidad y una ambición de las que ha carecido en estos lustros de vivir peligrosamente. La CEPAL toma partido seriamente: “no hay un solo modelo de manejo macroeconómico que garantice los resultados señalados, ni una única forma de integrarse a la economía internacional, o de combinar los esfuerzos de los sectores público y privado. Estas diferencias… se reflejan en el desarrollo de la región, en la que la diversidad de soluciones… muchas veces comienza a ser más importante que la supuesta homogeneidad del nuevo modelo de desarrollo’ “. En este tema crucial, que muchos veían como baladí al calor de la primera fiebre de la breve primavera globalizadora, de la variedad de caminos y opciones, dentro de la globalización, los autores nos refieren a los importantes textos de Michel Albert (Capitalismo contra capitalismo, Paidós, 1992), así como al reciente llamado del economista Dani Rodrik, en el sentido de que el sistema internacional permita el desarrollo de variedades diferentes de capitalismo. No sobra sugerir aquí al lector la estimulante disección crítica de John Gray (False Dawn, The New Press, New York, 1998), de los proyectos de “ingeniería social” en pro de un mercado global libre. Según Gray, es precisamente esta obsesión universalista unificadora, que pretende establecer una sola civilización, un solo lenguaje, una sola economía, una sociedad global y única de mercado, la que se ha trocado en un mito destructivo que amenaza el despliegue de la propia globalización, que no requiere sino más bien rechaza tanta uniformidad.

Los libros rebozan de sugerencias y reflexiones críticas de gran valor para una polémica sobre el desarrollo que en México se ha rehuido y pospuesto. La política social universal y la inexistencia en América Latina de un verdadero Estado de Bienestar que hubiera que “limpiar”: la necesidad de reformar las reformas, en vez de seguir por el tobogán de las “generaciones”; la conveniencia de ampliar el concepto de lo público para llevarlo “mas allá del Estado” pero sin renunciar a éste, sino más bien para recuperarlo: la necesidad de asumir como un componente importante del desarrollo internacional la globalización incompleta de los mercados, etcétera, son parte de un abanico rico en interpretaciones y pistas para la discusión y la elaboración.

En el diálogo social que urge tener, como bien lo propone la CEPAL. la tarea inconclusa de la equidad y el talón de Aquiles del empleo, como se le llama en el volumen, serán las prioridades obligadas de una agenda erizada por urgencias y restricciones. Será evidente, cuando este diálogo ocurra, la necesidad de que la región, y desde luego México, cuenten con un marco ético que ponga en primer plano “la vigencia de los derechos civiles y políticos… y la de los derechos económicos sociales y culturales (DESC) que responden a valores de la igualdad, la solidaridad y la no discriminación. Resalta además, advierten los autores, la indivisibilidad e interdependencia de estos conjuntos de derechos” (p. 38).

En los años ochenta, América Latina abandonó la senda de un crecimiento económico más o menos rápido y sostenido que se había alcanzado con muchos esfuerzos y sin que se hubiese podido lograr dosis aceptables de sustentabilidad productiva, de equidad y abatimiento de las distancias sociales. Al calor de la crisis que desató el sobreendeudamiento externo, y de la cual México fue un caso pionero, se tejió a todo lo largo del continente una suerte de leyenda negra de la CEPAL que convirtió a su fundador. Raúl Prebisch. en la “bestia negra” de la estabilidad v el crecimiento económicos. Nada más falso ni corrosivo para el pensamiento latinoamericano sobre el desarrollo y la modernidad que se requiere para imaginar y hacer el mañana.

Los libros que comentamos se inscriben clara y legítimamente en la tradición inaugurada por Prebisch en 1949. cuando lanza su “Manifiesto Latinoamericano”, como lo llamó Albert Hirschman. Más que un encierro, lo que el pensador argentino y sus compañeros de empresa intelectual y política proponían era una estrategia, una Rita, para hacer posible que América Latina se inscribiese creativamente en el nuevo concierto internacional que anunciaban la Segunda Postguerra. Bretton Woods y el lanzamiento del Estado de Bienestar y las Libertades de Roosevelt y Taiman. Lo que había que hacer, y que en algún grado se hizo, era construir las bases internas para una inserción dinámica en la economía internacional, que no reprodujese las asimetrías que caracterizaron a la antigua división internacional del trabajo que había explotado con las crisis de los años treinta, los fascismos y las dictaduras y, al final, en la Segunda Guerra. La visión se implantó de diversas maneras a todo lo largo de la región y tuvo éxito, pero al final, durante los años setenta, los procesos económicos que propició se mostraron cada vez más autolimitativos y, al despuntar la penúltima década del siglo XX. de plano destructivos.

Vino la “década perdida”, como la propia CEPAL la bautizara, pero al final de ésta un nuevo esfuerzo por retomar un pensamiento crítico y de opciones y estrategias, que no negara la realidad ni los cambios ocurridos al calor del desplome pero que a la vez recuperase el ímpetu del desarrollo. “Transformación productiva con equidad”, se tituló la fórmula puesta a circular por la Comisión en los inicios de los años noventa, dando lugar a trabajos de envergadura sobre la educación. la creatividad y la tecnología, el medio ambiente, y otros temas emergentes y cruciales de lo que podría ser una nueva agenda latinoamericana. Poco se aprovechó en nuestro medio de ese notable esfuerzo intelectual que quería convertir la década perdida en un “aprendizaje doloroso”, debido al dogmatismo imperante que se apoyaba en el entonces prepotente Consenso washingtoniano. Pero las lecciones siguen ahí. para quien las quiera tomar.

Equidad, desarrollo y ciudadanía recoge con generosidad esos empeños y los convierte en un alegato coherente y robusto en favor del desarrollo. Sus argumentos y evidencias, junto con la batería estratégica que adelanta, bien podrían dar paso a una nueva era donde renazca la esperanza que con esmero sembraron los fundadores de este pensar latinoamericano progresista a la vez que idiosincrático, que se resiste a la receta o el dogma aldeanos. pero también a confundir cosmopolitismo e ilustración con las modas ideológicas y su adopción resignada pero eufórica, como ocurrió irónica y hasta grotescamente en los años duros de las dictaduras y el neoliberalismo impuesto a sangre y fuego.

Al calor de nuestros propios dilemas mexicanos, hoy resumidos por la cuestión indígena y la magna confusión fiscal en que estado y sociedad se han metido en estos días, habrá que intentar e inventar un punto de inflexión que nos ponga en una ruta diferente a lo que parece una saga sin fin: modernidad trunca, globalidad implacable, inequidad inconmovible. Al poner la equidad en el centro del tema y del problema del desarrollo, la CEPAL lleva su compromiso a la máxima tensión: sin equidad, en estos tiempos convulsos del cambio y la unificación profunda del mundo, no hay ciudadanía ni democracia que duren. El dilema se vuelve transparente, aunque el horizonte siga opaco.    n

San Pedro Mártir. 7 de abril de 2001.

Rolando Cordera Campos Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

Sin convite a tu fiesta de fantasmas

SIN CONVITE A TU FIESTA DE FANTASMAS

POR VICENTE QUIRARTE

Fatigador de la literatura mexicana y autor, entre varios libros de ensayo, de Elogio de la calle (Biografía literaria de la Ciudad de México. 1850-1992), de reciente publicación. Vicente Quirarte es también un poeta del combate diario por la vida. Razones del samurai reúne su obra poética publicada entre 1978 y 1999.

Me quedo en tus pupilas, sin convite a tu fiesta de fantasmas.

Gilberto Owen, Sindbad el varado

I

La mañana de mayo en que te fuiste

era el viento un tenaz enamorado

embriagado en las copas

de árboles que crecieron con nosotros.

Un grupo de niñas prófugas fumaba

a la orilla del lago,

junto al cuerpo vacío de una lancha,

un animal inerte sin sus risas.

Mientras el sol pulía

con su lengua de luz las calles nuevas,

una joven señora enseñaba a su hijo

a beber un atole sin quemarse.

Esas breves cosas te ataban a la vida

y hacían que tu corazón se iluminara

como cuando de niño destripabas motores

e inventabas el mundo.

Hoy esos tornillos se me oxidan en clavos

y este nuevo caballo de tequila

no electriza mi sangre

ni me monta en la yegua de otros días

II

Mi amigo Robert Jones es transparente.

En una de sus visitas a mi casa jamás tocó las sábanas,

como ángel encima de las nubes.

“La cama estaba limpia”, dije.

“Por eso no la usé”, me contestó.

Cuando volvió a San Diego

me mandó de regalo

una ballena de vidrio

que soportó el naufragio,

estoica en su caja de cartón.

Era un retrato suyo, la ballena:

translúcida y enorme,

en inminente riesgo de quebrarse.

Por eso su libro de poemas se titula

Cebolla de cristal: cada uno de sus gajos

sirve para llorar o acitronar la vida: usted elige.

Mi amigo Robert Jones es transparente.

También cuando vivía.

El día en que supimos de su muerte

(y de su empleo en la tienda de fotocopias

y de la soledad y el sobrepeso),

abrí su libro al azar y miré la ballena:

su aleta dorsal estaba rota.

De ahí en adelante ya nada impidió

su invalidez creciente.

El último día

en que mi hermano Ignacio vino a casa, compré caballos nuevos.

Todos de alzada grande.

Todos de vidrio rústico, soplado.

Que el tequila tuviera continente y aliviara el dolor en siete tragos.

La ballena de Robert Jones, los caballos de mi hermano Ignacio, dejaron lo mejor de sus fantasmas.

Que la vida se cuide y que se rompa y alguien quede para contar la historia.

III

With hope in ourhearts And wings in our heel Chariots of fire

Nos citábamos afuera del estadio.

“En la astas”, desnudas de banderas,

como el puro esqueleto de ese día:

instrucciones para armarlo

como si fuera un barco

que no sabe qué hacer con su velamen.

Te descubría de lejos, en postura

del ángel tenebroso de Durero,

puntual, como los grandes melancólicos

que pesan cada instante

en que son, en que están, en que no pueden.

Pero entonces no había más remedio que trazar el camino y hacer de nuestro cuerpo un sol agavillado.

A veces, en días claros, los volcanes flotaban y nosotros con ellos.

Doblábamos el ritmo, como si pudiéramos

aspirar a su reino.

El cielo nos armaba,

seguro de que no le cumpliríamos.

Lavábamos, humildes, sus cristales.

Nos pelaba los dientes la amargura.

No cortábamos el aire:

éramos el aire. Los pulmones

prestaban su tam-tam a los oídos.

Eramos la vida.                    n

Con ustedes los jueces

CON USTEDES, LOS JUECES

POR JOSÉ RAMÓN COSSÍO

Los jueces san una pieza central del aparato judicial mexicano Ante los tiempos de camino, ante la reconfiguración de las relaciones entre los poderes del Estado y de éstos frente a la sociedad, ¿qué papel están llamados a desempeñar? Hacia allá apunta este artículo, hacia los hombres y mujeres que cumplen la difícil tarea de juzgar.

Con motivo del amplio y profundo proceso de cambio que vive el país, la actividad de los órganos del Poder Judicial de la Federación ha cobrado mayor importancia. ¿Qué hace que la actuación de los jueces de distrito, los magistrados de circuito y los ministros de la Suprema Corte de Justicia sea más importante que en el pasado?. ¿es realmente esta actuación más importante o se trata sólo de la común percepción de que el tiempo que nos toca vivir es. tal vez por eso. más relevante que otros? Hay razones que hacen más destacada la actividad judicial federal respecto del pasado. Las razones son variadas: gran parte de la conflictividad social que vivimos, trata de resolverse mediante procesos judiciales: la dinámica del cambio político ha propiciado una importante sustitución de los órganos que durante años desempeñaron el papel de árbitros de muchos de los conflictos sociales (presidente de la República, PRI. Congreso de la Unión, etc.): los órganos del Poder Judicial Federal están dotados de nuevas atribuciones para resolver conflictos. especialmente la Suprema Corte de Justicia; la actuación derivada de las anteriores condiciones provoca una mayor atención de los actores políticos y los medios de comunicación, lo cual refuerza la idea acerca de su nuevo papel e introduce expectativas acerca de las tareas que están llamados a desempeñar.

Las consecuencias de la nueva significación de la judicatura federal son de la mayor importancia para la vida nacional, en tanto que, y así sea imperceptiblemente, se está produciendo un incremento de las atribuciones de sus órganos que, a su vez, significan la reconfiguración de las relaciones entre poderes del Estado y de éstos frente a la sociedad. Debido a que así fue construida la lógica de lucha de los últimos años, nos hemos acostumbrado a considerar que cada atribución retirada al presidente de la República y asignada a otro poder u órgano es de suyo democrática. Desde un punto de vista jurídico tradicional, puede decirse que aquello que subyace a cada asignación de competencias a un órgano estatal es su fortalecimiento frente a la posición de otros órganos y. con ello, a importantes cambios en las muy complejas relaciones orgánicas estatales. Aun cuando sea muy relevante esta concepción para detectar las formalidades de articulación del ejercicio del poder, la misma nos oculta el hecho de que todo cambio de atribuciones o, si se quiere, toda expansión de competencias, conlleva la modificación del juego político que se desarrolla a través de complejas formas jurídicas.

Dentro de las muchas limitaciones del análisis tradicional del derecho, está aquella que estima que la asignación de facultades o la construcción de los órganos del Estado debe reducirse a dar cuenta del conjunto de competencias que puedan ejecutar. Así comúnmente se estima que para hablar de una cámara legislativa o de un tribunal, por ejemplo, sólo debe realizarse un inventario acabado de sus formas de integración, competencias y procesos de creación normativos. Esta visión reduce enormemente el proceso de comprensión del propio órgano pues, nuevamente en un plano normativo, no nos dice de qué forma se relaciona con otros órganos ni cuál es la posición de validez de las normas que produce. Adicionalmente, esa visión nos impide considerar que cada órgano estatal está compuesto por titulares y que éstos, a final de cuentas, son hombres y mujeres con sus propios intereses, percepciones, compromisos. Si tratamos de superar la visión puramente normativa del derecho, resulta que al dotar de competencias a un órgano no sólo estamos realizando un ejercicio jurídico, sino también otorgando la capacidad para que ciertos individuos estén en posibilidad de realizar acciones legitimadas y susceptibles de ser ejecutadas mediante el uso de la fuerza pública.

Si, como ya quedó dicho, los órganos jurisdiccionales federales han sido dotados de importantes atribuciones y al ejercerlas participan de modo decidido en la conformación de nuestro entramado político y social, sería muy prudente realizar algún esfuerzo para comprender quiénes son los titulares de esos órganos de justicia. No se trata, desde luego, de reproducir los esfuerzos realizados por los más radicales de los realistas y sostener con ellos que todo el ejercicio judicial se agota con las más arbitrarias preferencias de los juzgadores. Posiciones como ésas han sido refutadas desde hace varios años por aquellas visiones que introdujeron al debate la variable institucional y concluyen que, aun cuando sí es posible que en ciertos casos los juzgadores le den cabida a sus propias concepciones, en la gran generalidad de los casos individuales hay factores institucionales que limitan tal discreción (posición en la jerarquía judicial, sentido generalmente otorgado a un ordenamiento, precedentes, educación jurídica). Lejos de pretender dar cabida a esas formas extremas del realismo, nos interesa anotar la necesidad de considerar la posición de los titulares en lo individual, sencillamente porque si a lo largo de un periodo más o menos extenso los juzgadores actúan de modo deliberado y coordinado para lograr la transformación de las condiciones institucionales de su quehacer, es muy probable que lo logren. En otros términos, si quieren predecirse los efectos que la asignación de funciones habrá de traer para la actuación de los órganos a los cuales se les traspasa y a aquellos que con él se encuentren relacionados, es preciso atender a los datos agregados sobre los individuos que actúan como titulares.

A pesar de la importancia de conocer quién nos juzga, hasta ahora han sido pocos las investigaciones en ese sentido. Salvo casos como los de Vallarta y unos cuantos jueces más, no se han producido trabajos relevantes, al grado que el género de la biografía judicial es prácticamente desconocido entre nosotros.1 El asunto es todavía más grave si consideramos los estudios que se han hecho respecto sobre quiénes actualmente nos juzgan y, todavía más, aquellos que se forman con datos agregados. De este modo, es poco lo que sabemos sobre nuestros juzgadores federales. Por supuesto que no es éste el lugar para reparar esas omisiones; sólo apunto algunas consideraciones generales que pueden provocar reflexiones más extensas.

Una primera cuestión tiene que ver con la forma en que se llega a ser juez o magistrado. En el pasado imperó lo que en otro trabajo2 di en llamar el “modelo tutorial”. Después de ocupar diversos cargos en los juzgados y tribunales, se ascendía a secretario de estudio y cuenta en la Suprema Corte. En esa posición se estaba un promedio de siete años, para luego ser designado juez de distrito; transcurrido un largo número de años en este cargo, se accedía al de magistrado de circuito. Este modelo tuvo indudables méritos, en tanto formó un personal de alto nivel técnico y comprensión de las formas usuales de operación del Poder Judicial. Entre sus defectos se encontraba, sin embargo, el lograr total disciplina a formas tradicionales de comportamiento. Una de las condiciones estructurales del modelo radicaba en el bajo crecimiento de los órganos jurisdiccionales, pues ello implicaba largos periodos de observación y prueba. Cuando a mediados de los años ochenta comienza un amplio programa de creación de nuevos juzgados y tribunales, se presentan dos problemas: la rápida movilización del capital humano y la falta de visión para lograr la capacitación acelerada de nuevos cuadros; y la posibilidad de que los integrantes del Pleno intercambiaran nombramientos dada la celeridad con que éstos se producían. Uno de los temas fundamentales de la reforma judicial de 1994 fue la modificación del sistema de designación de jueces y magistrados para darles cabida en la carrera judicial. En adelante, al menos esto dice la Ley Orgánica del Poder Judicial, sólo podrán ocupar el cargo de juez o magistrado quienes hayan aprobado un complicado examen de oposición, sea éste entre quienes ya se encuentran trabajando en el Poder o entre quienes fuera del mismo tengan importantes calificaciones.

Sea a través del método anterior o del que se encuentra en vigor, hoy laboran como magistrados de circuito (en un tribunal colegiado o en uno unitario) 521 personas, contra 218 que se desempeñan como jueces. De entre los primeros. 433 son hombres (83%) y 88 mujeres (17%). mientras que los jueces son 170 hombres (78% y 48 mujeres (22%). Estos datos ponen de manifiesto que. y a diferencia de lo que suele sostenerse, sigue habiendo una importante desproporción en la composición por género. Vale la pena señalar que la desigualdad apuntada no es producto de una política deliberada o del azar, sino la consecuencia de unas condiciones de trabajo que obligan a los funcionarios a mantener una gran movilidad dentro del territorio nacional. En una sociedad en la que la asignación de los roles profesionales es todavía asimétrica, las mujeres se abstienen de competir para la obtención de cargos que pueden alterar las funciones familiares que tradicionalmente desempeñan.

La edad promedio de los magistrados es de cincuenta años, y el reparto por edades es de 112 funcionarios entre los treinta y los cuarenta años. 76 de los cuarenta a los cincuenta. 30 entre cincuenta y sesenta y 1 entre sesenta y setenta. Tratándose de los jueces, la edad promedio es de cuarentaidós años, y la distribución se da de la siguiente manera: 112 entre los treinta y los cuarenta, 76 de los cuarenta a los cincuenta, 30 de los cincuenta a los sesenta y 1 entre sesenta y setenta. Frente a esta distribución por edades, cobra particular importancia la permanencia en el cargo. Como ya se dijo, desde hace varios años se inició en nuestro país un acelerado proceso de creación de órganos jurisdiccionales, en buena medida sustentado en la idea de que el valor fundamental de la justicia era la celeridad, pues sólo así se estaba en posibilidad de cumplir con la garantía del artículo 17 constitucional. Frente a tal requerimiento, se ha llegado a un crecimiento desmesurado, lo que ha conllevado a una baja permanencia en los cargos de jueces pues la titularidad es requisito para ocupar el de magistrado. La gran mayoría de los jueces tiene una duración en el cargo inferior a dos años (179). mientras que sólo 17 lo han ocupado entre dos y cuatro años y 23 por más de este último lapso. Por ello, la situación puede llegar a ser preocupante, pues bajo la idea de tratar de satisfacer el valor de la celeridad, se ha dejado de lado el de la acumulación de experiencia. A final de cuentas, ¿es más valioso que las resoluciones se produzcan en tiempos breves o que se dicten a partir de sólidos conocimientos? La solución más adecuada no puede inclinarse por uno solo de esos extremos: de ahí que deba darse disminuyendo el crecimiento de los órganos jurisdiccionales y con ello la desmesurada rotación del personal, además de revisar el sistema de competencias de los órganos federal para atacar de fondo las causas del crecimiento. Sobre este segundo aspecto debe tenerse en cuenta que la poca permanencia de los jueces de distrito se debe, sin dejar de tomar en cuenta la creación misma de juzgados, a la necesidad de cubrir la creación de los tribunales colegiados. En este último punto parece estar uno de los elementos

más perjudiciales para la correcta maduración de nuestros funcionarios judiciales, puesto que en la medida en que a través del juicio de amparo directo se revisa la totalidad de las decisiones de la totalidad de los órganos judiciales del país, es necesario crear cada vez más órganos, lo que produce los efectos apuntados.

Otro dato interesante se refiere a la duración de los magistrados de circuito en el cargo, puesto que 173 de ellos lo han ocupado hasta por tres años, 81 entre tres y cinco, y 239 por más de cinco. ¿Qué muestran estos datos? Que recientemente se ha dado un crecimiento muy importante de los propios tribunales, y que una proporción ligeramente superior de magistrados tiene poco tiempo en el cargo. La situación puede ser más favorable que respecto de los jueces polla mayor experiencia acumulada, aun cuando en el promedio no deja de ser preocupante. Esto cobra especial importancia en los tiempos actuales, cuando en ejercicio de la facultad que le fue asignada en las reformas constitucionales de 1999, el Pleno de la Suprema Corte ha decidido remitir muchos de los asuntos de su competencia a los tribunales colegiados (acuerdos 5/99/ 6/ 99  y 10/2000) para que éstos lleguen a pronunciarse incluso sobre cuestiones de constitucionalidad de normas generales. Es decir, estamos en una situación en la que, por una parte, los colegiados asumen cada vez más funciones (además de las que tradicionalmente venían ejerciendo) y. a la vez, se da un gran crecimiento en el número de órgano y una rápida rotación de sus titulares.

Si la importancia del Poder Judicial va en ascenso, necesariamente también habrá de ser más relevante el papel que realicen los hombres y mujeres que se desempeñen como juzgadores. ¿Por qué no tratamos de ir un poco más allá de la visión cómoda del derecho que nos hace suponer que todo se reduce a una decisión normativa? ¿Por qué no acabamos por aceptar que dentro de los procesos de creación del derecho sí importan diversos aspectos de la conducta? En el momento en que aceptemos esta visión y, por lo mismo, estemos dispuestos a salir del normativismo puro, comprenderemos la necesidad de considerar de manera más puntual quienes son nuestros jueces.  n

José Ramón Cossío. Jefe del Departamento de Derecho del ITAM

1 Hasta hace algunos años la Suprema Corte publicó, bajo el título Semblanzas, una breve biografía de algunos destacados ministros del siglo XX.

2 José Ramón Cossío: Jurisdicción federal y carrera judicial en México. UNAM. México, 1996.

Un sinónimo de negligencia

UN SINÓNIMO DE NEGLIGENCIA

POR LUIS MIGUEL AGUILAR

El  núcleo atroz de la historia es el siguiente: a las 22:15 horas del día 5 de diciembre de 1999. personal del Hospital Pediátrico Moctezuma hizo constar que un niño de cuatro años de edad, interno en ese sitio, tenía serias lesiones en el ano causadas por abuso sexual. Se apuntaba en una nota: pérdida de la relación anatómica del ano… con alta sospecha de lesión, a descartar abuso. Olivia (no es su nombre real), la madre del niño, vio que la vida añadía a la suerte de su hijo, y a todas las estridentes confusiones previas, el mayor, o el más intolerable de los silencios con esta noticia.

Dos días antes, el 3 de diciembre de 1999, el hijo de Olivia había ingresado al Hospital Pediátrico Iztapalapa bajo un cuadro clínico que hablaba por infección en la garganta, diarrea y vómito. Y otro síntoma: dolor en el abdomen, o distensión abdominal. Esto habría hablado también por una apendicitis o una inflamación en los ganglios.

El Hospital Pediátrico Iztapalapa no podía determinar si el niño necesitaba una cirugía. Por eso el niño fue trasladado un día después, el 4 de diciembre, al Hospital Pediátrico Moctezuma. Este hospital consideró quirúrgicamente inatendibles o desestimables los síntomas del niño, quien fue devuelto al hospital anterior. No era —concluyeron los médicos, técnicos y administrativos del hospital— apendicitis; habían igualmente desatendido el hecho de que el niño (llamémosle Daniel) mantenía una fiebre inmune a la prolija cantidad de antibióticos y analgésicos que le habían suministrado en el Hospital Pediátrico Iztapalapa.

Para el 5 de diciembre las condiciones de Daniel se habían agravado y fue remitido de nuevo al Hospital Moctezuma. Transcurrieron más de cinco horas entre el nuevo arribo del niño y la elaboración de la nota correspondiente de (re)ingreso. Daniel pasó todas estas horas sin tratamiento; el expediente justificaba la tardanza por la ausencia de un familiar, necesaria para proporcionar los datos y los antecedentes del paciente. El hecho es que en el Hospital Moctezuma Daniel había sido atendido ya, y este hospital contaba con la hoja de referencia del Hospital Pediátrico Iztapalapa.

La nota de ingreso dijo por fin: se ingresa paciente masculino proveniente de Unidad Iztapalapa para valoración por cirugía, se descarta proceso quirúrgico y se ingresa al servicio de pediatría con diagnóstico de neumonía… El diagnóstico era éste: preescolar hipertrófico, neumonía focos múltiples, anemia clínica, acidosis metabólica, insuficiencia cardiaca y Pb intox, medicamentosa (metanizol). Ahora había desaparecido del diagnóstico el dolor abdominal; se afirmaba que Daniel sólo presentaba dolor al ser palpado en el abdomen y, por lo demás, nunca había referido dolor, en esa zona, hasta ese día. Un día antes, Daniel había regresado a Iztapalapa por juzgar los médicos que su dolor abdominal era inasociable con una posible apendicitis y, por tanto, se descartaba un problema quirúrgico.

Aparecieron también los primeros apuntes de un deporte extendido: vetear la realidad con insinuaciones de que la culpa ha sido, está siendo, de otros. La nota del Hospital Pediátrico Moctezuma apuntaba que ese mismo hospital había hecho lo correcto al descartar un problema quirúrgico: y entonces el dedo empezaba a señalar en cierta dirección: como en su unidad (la previa, Iztapalapa) nunca se diagnosticó el problema respiratorio, su estado de salud ha ido hacia el deterioro.

La salud de Daniel fue tan hacia el deterioro que Daniel murió a la una de la mañana del 6 de diciembre, tres días después de haber sido internado en el Hospital Pediátrico Iztapalapa. El reporte ampliado dice que entre otras cosas Daniel falleció (por una) sobreingesta de dipirona (pb intoxicación medicamentosa)… neumonía de focos múltiples, acidosis metabólica en corrección, anemia leve y dificultad respiratoria. Regrese el lector a los puntos suspensivos: ahí, como al paso, el reporte incluye las palabras abuso sexual (estigmas). El informe previo hablaba de una pérdida de la relación anatómica del ano… con alta sospecha de lesión, a descartar abuso. El nuevo reporte se “completaba” con las palabras abuso sexual (estigmas).

Ahora reconozcamos el talento literario, o dramático, de aquellos veteadores de realidad. En un caso increíble, por absurdo, de muerte, la idea del abuso sexual nos hace más accesible, o inteligible, lo insoportable. Mejor dicho: sólo una explicación insoportable puede o podría explicar lo insoportable: en este caso, la muerte de un niño. La realidad, el melancólico modo que tiene la realidad para concluir sus cosas, no es así.

Las vetas de abuso sexual en los reportes buscaban, simplemente, hacer de la víctima el depositario de la culpabilidad. Al paso, al soltar en los informes unas cuantas palabras, los médicos del Pediátrico Moctezuma habían montado un atendible escenario, y una, en principio, sutil línea argumental, de transculpamiento. De alguna manera Olivia, la madre de Daniel, sería la culpable por no haber cuidado bien a su hijo puesto que el niño presentaba estigmas de abuso sexual. A los responsables se les venía encima un caso brutal de negligencia médica. Ahora los negligentes no negligían en insinuar —hasta volver la insinuación un hecho: hasta volverla parte del informe— que Olivia era buscable, digamos, por “negligencia materna”.

La necropsia indicó que Daniel había muerto por un cuadro séptico generalizado, complicación determinada por la perforación de colon ascendente. Tal perforación no era debida al abuso sexual, sino a la acción de salmonela y o amibas, y a las múltiples evacuaciones que Daniel había tenido.   n

Luis Miguel Aguilar Escritor. Su más reciente libro es Nadie puede escribir un libro.

 A LA BORGES: POEMA DE LAS IMPOSIBLES RECOMENDACIONES*

       POR LUIS MIGUEL AGUILAR

Aquí otra vez, los labios memorables, único y semejante a todos ustedes.

He sido el hombre asediado desde el amanecer por las series televisivas, tanto mexicanas como americanas, cuyas artimañas tienen como fin obtener una relación insospechada, intransferible, con mi persona, para que mis enemigos logren en mí sus corruptos propósitos.

He sido el primo de Jorge Negrete, por lo cual varias personas han buscado agraviarme, pues cosa envidiable resulta el ser primo de “El Charro de México”.

He sido víctima de una secta religiosa estadunidense que se infiltró en México y ejecuta a la fecha rituales satánicos mediante algunos equipos electrónicos-, tal secta me acosa para que, mediante un programa de computación al uso, fornique yo con la Virgen María.

He sido viejo prematuro debido a un aparato de posguerra que durante 35 años me extrajo litros y litros de células genitales.

He podido provocar un terremoto, pero no quise, al saber que no tenía a la mano a un abogado que me atendiera siempre; lo dejé todo a un simple temblor 1° de agosto del año 2000.

He sabido la manera en que seres extraterrestres envían mensajes subliminales, a través de la radio y la televisión, con el fin de que la República Mexicana pierda su soberanía, puesto que las enfermedades de ahí surgidas serán extrañas o, por lo menos, hertzianas.

He sido la mujer que sabe de sus agresores, aunque no pueda precisarlos —tal es el trabajo de otros—: por la mañana han congelado mi casa y por las noches nos han dormido, a mis hijos y a mí, con gasolina, para saciar en todos nosotros bajas pasiones sexuales.

Durante diez años fui la mujer agredida por alguna persona que me hacía imposible la vida: aún se mete en mi casa para aflojarme los focos en uso, y cambiarme los focos buenos por focos fundidos.

He comprado durante veinte años billetes de lotería, sin ganarlo; buena cosa habría sido que el director de la Lotería Nacional alterara algún día el sorteo, con el único fin de que no perdiese siempre la misma persona.

He sido —pude, debí ser— un detective científico, pero nunca obtuve un gafete del Ministerio Público Federal.

He sido el hombre no acreditado oficialmente para lograr que los hombres cedieran su asiento a las mujeres en los vagones del Metro.

He sido la muchacha citada por un juez cívico en Iztapalapa; argucias de mi ex novio para que él obtuviera una cita, trampa inútil, conmigo.

He sido el hombre de treinta años resignado a vivir con un microchip puesto en mi cerebro por la Secretaría de Gobernación; supe que todos podemos vivir con un microchip de la Secretaría de Gobernación en el cerebro; pero nadie puede dormir por el ruido que produce ese mismo microchip.

He sido la mujer inatendida: nadie ha enviado camiones de volteo a mi casa, con el fin de recoger del patio trasero el refrendado cascajo lunar que algunos extraterrestres dejan caer ahí día tras día.

He sido el hombre que al mirarse ante el espejo sabe que desde el fondo lo miran en realidad aparatos que llevan su imagen hacia camionetas blindadas, muy blindadas, siempre blindadas.

He sufrido a encuestadores sobre una marca específica de galletas, sabiendo que en realidad mis enemigos buscaban fotografiarme mientras yo estuviera distraído. Pero no lo estuve.

He sido el hombre atacado por rayos invisibles de extraterrestres desde un cubo de metal que me atacaba, en ese orden, el cerebro, el corazón, el estómago y los testículos hasta dejarme como una piltrafa por el piso.

Creo que mis certidumbres y mis quejas

Se igualan en pobreza y en riqueza a las de Dios y a las de todos los hombres.                         n

*Este poema se basa en varios casos recibidos por la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal bajo la gestión de Luis de la Barreda Solórzano. Se trata de casos que, por razones obvias, no pudieron seguir el curso contemplable como una violación a los derechos humanos. El primero y los últimos versos son una adaptación del primero y los últimos versos que abren y cierran el poema de Borges “Mi vida entera” incluido en el libro Luna de enfrente.

En busca del oro

EN BUSCA DEL ORO

POR NÉLIDA PIÑÓN

Nélida Piñón, miembro del Comité Internacional de Nexos, es una de las voces más poderosas de la literatura brasileña de nuestros días. Sus preferencias, sus querencias, como ella misma lo ha dicho, van de la mano del caos y el desenfreno imaginativo. Sus cuentos y novelas son hijos de una doble cultura: la de Europa y la de América. Este cuento, inédito en español, arrebata por su fuerza y destreza narrativas.

Benito llegó el miércoles. Un día antes del final del mes. Mi hijo envejece y sus trajes me parecen sombríos. Aunque no lo confiese, pertenece a la pandilla de González, que recorre las rías y el Minho, por el lado de Tuy, cerca de la frontera portuguesa, contrabandeando mercancías. Algunas veces se lo han llevado a la cárcel, pero pronto la policía lo devuelve a las calles. Evito leer los periódicos. Es el propio Benito quien me filtra las noticias. Sabe lo que puedo soportar. No quiere pinchar el globo de mis últimos años con un alfiler oxidado. Me deja, pues, entretenida con mis devaneos.

A veces llega alborotado a la aldea. Se sienta en la banca de la cocina, mientras corto la col para el caldo. Me pide la bendición a su manera. Confía en que mi mirada distraída lo pueda absolver. Cuando se enfurece, alza la voz.

—Nunca deshonré esta casa, madre. Sólo quiero no morirme de hambre. O cagar viento y semillas de los frutos que los ricos escupen.

Nunca se le olvida dejar el dinero del mes en el frutero. Evita también mencionar a los hijos y a la mujer. El sol, en la sala, incide sobre las frutas y el dinero. En esta época, por cierto, maduran más de prisa.

Me siento aliviada cuando decide irse. Alega que tiene mucho trabajo, que quiere comprar una casa la semana entrante. Ante su codicia, guardo silencio. ¡Cómo amparar a un hijo que brilla por la mentira! Desde la infancia prometía traer a casa una cornucopia abarrotada de monedas.

—No quiero ser como mi padre —así era como reprobaba al marido que yo había escogido, humilde y tímido.

Repetía estas jactancias con frecuencia. A mí no me importaba. Siempre me olvidé de la familia en las tareas de labranza. Sólo mucho después presentí el origen espurio de su dinero. Sin embargo, no me asusté de tal oficio. Seguramente obedecía a las urgencias del propio destino. Había jurado huir de la pobreza. Y, además, no era el único que transgredía la ley. También Ventura, el vecino, llegaba a casa de madrugada, gritando y proclamando su amor por la riqueza.

¿Te acuerdas de cómo les arrancaba, afligido, el dinero a los que estaban en la taberna, y les robaba los pollos que les había vendido en la víspera? Sin embargo, Ventura juraba que jamás había matado. También Benito tiene las manos limpias de sangre. Paciencia. No sé dónde están el bien y el mal.

Dios se llevó a dos de mis hijos. Sus muertes me fueron anunciadas a través de cartas lacónicas. Pero incluso antes de que murieran, ya me habían olvidado. Ahora es fácil fingir que todavía siguen vivos. La vida me ahorró el disgusto de enterrarlos, de desgranar frente a la caja un rosario de cuentas empapadas por mis lágrimas. También me enseñó los méritos del olvido. El amor, para seguir queriendo, necesita palpar el rostro del otro, cerciorarse de las trepidaciones de la carne.

Y tú, Eugenia, ¿cuantos hijos tuviste? Si me lo contaste, ahora ya se me olvidó. Extraño destino el nuestro. Al parir, mugimos como vacas, berreamos como ovejas. Tanto escándalo para que los hijos nos lo paguen más tarde con visitas apresuradas. Absortos con el mundo, apenas llegan, la mirada en el reloj, y luego quieren irse. Como si el destino del hombre fuera huir del establo donde a final de cuentas fue parido.

Mis otros hijos raramente le ponen el sello a una carta que se pose en mi jardín. A veces envían una postal, simulan un viaje. Quieren probar que el dinero les sobra, que pueden entregarse a las pequeñas orgías. Mienten tanto como Benito.

Mis dedos se atoran en el trato con la pluma. Envidio a aquellos doctores que escriben libros, orientan al mundo con palabras. No sé lidiar con ellas. Me gustaría, sin embargo, que las palabras, aquí registradas, emergieran de mi miedo, de mi soledad.

Cuando te escribo, Eugenia, me siento renacer. Cada palabra opera un milagro. Y aunque la letra y las ideas tiemblen, sé que salimos del mismo útero. ¿Te acuerdas todavía de los rostros de nuestro padre, de nuestra madre, de los abuelos? Por más que me esfuerce, se esfuman delante de mí. De ellos guardo sobras sólo de gestos, rala memoria. ¡Si al menos tuviera de ellos un retrato! Mis ojos azules, por ejemplo, ¿a quién se los debo? ¿Acaso serviría recoger de su rostro la revelación de mi origen?

Nunca más nos vimos. Al principio, quería tanto abrazarte, envolver a la infancia, a los muertos, y a ti, en un único abrazo. Recuperar el calor de nuestra madre en tu cuerpo. Saber así quién de nosotras heredó su olor.

No olvido nuestra despedida. Tú, con aire burlón, arrastrando a tu marido de las manos. El siempre te obedeció. En tu vestido de algodón casi no escondías el placer que provenía de ser la primera en dejar la casa. Te odié, tú que te proponías encerrarme en casa con mil llaves, sólo para ser feliz lejos de mí. Apenas podía respirar al saber que el tren te llevaría lejos; tal vez nunca más volverías. De repente, sentada en mi cama, comenzaste a llorar, mientras deslizabas los dedos afligidos a lo largo de tu brazo. Sin embargo, fue tu iniciativa llevarme al huerto, querías mostrarme el anillo, regalo de tu marido.

—Entre las hortalizas, parecías triste. No es del anillo que pretendo hablarte. Es de una vida que no sé cómo comienza, y nunca sabré dónde va a acabar. Prométeme que un día me vendrás a ver.

Examiné el anillo comprado con tanto sacrificio. La pobreza es insolente, se pierde en falsas ilusiones. Me lo puse en el dedo, teníamos manos idénticas. Bien te podría prestar mi mano derecha, en caso de que te amputaran la tuya. Nadie notaría la diferencia, siempre imité tus gestos.

—Sí, te visito, si es un día feliz. Si no, me quedo aquí. Somos tan pocos ahora en esta aldea.

En los primeros años recibíamos escasas noticias. Los que parten olvidan el camino de vuelta. Ambicionan regresar bajo el mando de la esperanza y del oro. Una que otra voz nos decía que Eugenia andaba por Alicante, Málaga, siempre más al sur, cerca de los moros. Iban dejando atrás el sudor, jirones de sueños, huesos calcinados. Olvidados ahora de nuestra lengua, de nuestro tocino. Prescindían, pues, de la risa y del llanto de Galicia. Empeñados en un cotidiano capaz de construir recuerdos que rápido borraran las marcas de memorias vencidas. Querían soterrar ciertos sentimientos a cambio de arrebatos más recientes. ¿Habrá sido así? Ah, Eugenia, no pasamos de roedores de avellanas, nueces, de pupilas humanas. El hambre es el norte de nuestro rumbo.

Me cuesta imaginarte pegada al mar. Siempre mirando, a cada ida al mercado, la línea del horizonte. Alguna vez tentada a sumergirte en las aguas de este mar, que es el Mediterráneo. Mientras que yo, prisionera hasta hoy de las montañas gallegas, no tengo a dónde ir.

Ya no sé también si quiero volver a verte. Si no pude verte mientras eras bella, ¿por qué habría ahora de ser castigada con la visión de tu vejez? ¡Si al menos hubiéramos hecho el esfuerzo de visitarnos! De encontrarnos a la orilla del río donde antes nos bañábamos vestidas, con temor de que nos vieran las piernas, los pechos brotar. Galante, me ofrecías las piedras del río, las hojas arrastradas por la corriente. Oía atenta tus historias, algunas venidas del fondo de las aguas. Me decías entonces que aquellas historias, que susurrabas allí, brevemente irían a recibir, en la aldea vecina, una nueva versión.

—Estaré allá, en persona, contando esta misma historia a una hermana que no serás tú.

Tus gestos me recordaban los de una sacerdotisa celta entregada a rituales que el tiempo consumió sin apelación. Es difícil, pues, saber ahora lo que quedó de nosotras. Si lo que guardamos una de la otra cabría dentro de los límites de un hermoso cofre. A pesar de todo, Eugenia, ¿serías aún capaz de reconocerme? ¿De gritar el nombre de la hermana que no volviste a ver hace casi sesenta años?

Sigo en la misma casa. Desde mi cama, escucho a las vacas en el primer piso. Todavía son ellas las que en el invierno calientan las paredes de los cuartos. Nuestra aldea creció, invadida por extraños. No sé cómo se llaman, confundo sus caras. Fingen, sin embargo, que son ricos. Aumentan el sonido de la televisión para que los juzguemos sofocados por la prosperidad. Ya no guardan como antes los centavos de la pobreza. Cuando reclamo, Benito me censura. Para él, destilo amargura, mastico los alimentos sin piedad.

¿Qué es lo que mi hijo podía esperar de mÍ? Enterré a mi marido antes de los cuarenta años. Aquel sábado, de vuelta del cementerio, traté de olvidar el lecho vacío, las sábanas frías, los lobos hambrientos y sueltos en la montaña. Como si hubiera sido viuda incluso mientras mi marido vivía. El cuerpo, a final de cuentas, siempre fue una trampa. Al principio, provocaba sobresaltos, congestiones, parálisis, placeres todos fugaces. Pronto llegaba el desgaste, la vida amordazada. Como si sólo el alma pudiera triunfar. El alma, sin embargo, es violácea y triste. No comulga con los demás. ¿Acaso existió en nuestra aldea quien me hubiera hecho sonreír, bajo la promesa de seguir sonriendo en el futuro? ¿Alguien me enseñó que las aflicciones ceden el paso a la ventura?

Sola, cebé hijos y animales. Todavía estaba oscuro cuando comenzaba a trabajar. El frío me prendía a la cama, pero yo fustigaba a la flojera con vaticinios trágicos. Que los hijos y los animales se desperezaran. Prendía velas, linternas, más tarde la energía eléctrica. La vajilla se iba rompiendo, pero yo resistía la fuerza de la miseria. Nunca nos faltó el pan. Y los cerdos, en el primer piso también, estaban espléndidos, algunos alcanzaban trescientos kilos. Les preparaba peroles con una mezcla de maíz, papa, col, e incluso mi mirada, que hacía mucho se había despedido de los sueños.

Tus cartas, aunque discretas, me conmueven. Entiendo los sentimientos resguardados con tal pudor. Es penoso exponer historias que la escritura quiere inmediatamente aprisionar. Cualquier historia sólo podría ser contada a la orilla del fuego, con voz pausada, sin prisa, por quien confiase en el futuro. Y cuando esta voz muriera vendría otra a sustituirla. De tal forma que hablaríamos ininterrumpidamente de los muertos, de los fracasos diarios.

Manuel, el primer hijo que perdí, amaba las fiestas, el vino rubro. Las emociones se le escapaban sin control, todo parecía condenarlo a la intensidad de lo fugaz. Cierta noche, irrumpió casa adentro, quería asilo.

—Protégeme, por favor, del invierno y de mis sentimentos, madre.

Hacía frío. Bajé las cortinas del cuarto, lo envolví con la manta. La fiebre lo consumía. Le apliqué en los pies un ladrillo caliente envuelto en hojas de periódico. La vida también comienza por la planta de los pies.

Ambos sabíamos que la fiebre no siempre nacía del cuerpo.

—El espíritu es libre para enfermarse, Manuel.

Se rio de su madre, que pretendía siempre ordenar el mundo según una horma inventada por sus frustraciones personales. Una mujer taciturna, siempre que la realidad la contrariaba. Diferente del hijo que sólo deseaba salar sus propias heridas, concederles honras reservadas a los dolores notables. Y embarrarse de miel en los amores fortuitos, atribuyéndoles la grandeza de que carecían.

—Soy una criatura de Dios, madre. Sin esta filiación, el amor humano no resiste. Sólo Dios puede prestarme la locura del amor terreno.

La negra pasión lo impulsaba a vencer obstáculos, a brincar muros, a arrancar mujeres de las camas, donde simulaban dormir al lado de los maridos.

Manuel abortó la fiebre de aquel año con el auxilio de las fiestas. El vino le subía al mismo tiempo a la cabeza y al corazón. Me habitué, pues, a sus desatinos. Aquel hijo, que fino- carpintero, ejercitaba su paciencia haciendo casas de muñecas. Un oficio que contrastaba con su cuerpo, bella mezcla de toro y de misterio encarnado en gente. Lo enterraron lejos de la casa. No sé qué hembra le reclamó el cuerpo como último acto de pasión.

La semana pasada, le pedí a Benito que viniera. Entró en la sala trayendo a Sara. Me costó reconocer a aquella hija recién llegada de Caracas.

—Vine a darte una sorpresa, madre. Te traigo regalos de la nueva patria —dijo, efusiva.

Observé a la extraña. Si de hecho era mi hija Sara, ¿a dónde había ido la niña que temprano vi partir a América? Y que ahora nos traía oro, incienso, mirra, personajes nosotros de un nacimiento sin vida.

—Sorpresa, les voy a dar yo —repliqué impaciente—. Vamos al cementerio de Sobreira.

Saqué del armario el paraguas amarrillo, recuerdo de una kermesse. Mi marido, confiando en la suerte, le había apostado al número once. El premio fue aquel paraguas. Al llevarlo al cementerio, iba acompañada por mi marido.

Sara se sentía incómoda con la escena. Era difícil volver al pasado del cual se sentía expulsada. El regreso a casa es siempre evasivo. Sobre todo cuando nos faltan las paredes que guardaron otrora las evidencias de un cotidiano banal.

Benito inició el viaje. Sentada en el asiento delantero del carro, el paisaje me llevaba a un hemisferio familiar. Al mismo tiempo, me susurraba la naturaleza de las plantas y la vida íntima de sus entrañas.

Las vacas, en el pasto, descendían de otras que conocí en la adolescencia. También los árboles, mucho más viejos ahora, habían sido contemplados por los seres de mi raza. Allí estuvimos siempre. Cada invierno prorrogaba nuestra presencia en aquellas tierras.

Después de la curva, el puente. El corazón se contrajo. ¡Cuántas veces, en el verano, en tiempo de fiestas, habíamos cruzado el monte a pie, hasta Sobreira! Con el pretexto de celebrar a los santos patronos, a reyes, a soldados. Hartos todos nosotros de devaneos, sardinas fritas, empanadas de bacalao.

Benito aceleró el carro, para vencer la subida. Las aguas corrían tranquilas bajo el puente. El universo aldeano se distinguía por la modestia y las iras secretas. Le faltaba el horizonte que la Señora, acostumbrada a las dimensiones de América, cargaba en la mirada.

—A veces, tú y yo buscábamos abrigo detrás de las lápidas, con las piernas heridas por las espinas de los arbustos, sabiendo que nadie vendría allí por nosotras. Los perfumes que entonces emanaban de la tierra son los mismos.

—Quiero que me entierren aquí —le ordené a Benito, ignorando a Sara. Hacía mucho qué ella no formaba parte de nuestras tradiciones.

Benito atrajo hacia sí a su hermana. Quería incluirla en el radio de mi mirada.

—Debe de haber lugar aquí para mí. No me conformaría con una sepultura prestada por el vecino.

Sara comenzó a llorar. Actuaba como si me estuviera enterrando justo en aquel momento. Segura de que no estaría presente en mi velorio, anticipaba las lágrimas, nutría su memoria con detalles indispensables para cuando supiera, en Caracas, de la muerte de su madre.

Pasé la mano por la losa.

—¡Qué ingratos somos con los muertos! No planté ni siquiera un arbusto. Nunca busqué tener una sombra.

Benito me arrancó el paraguas de la mano y, al abrirlo, formó una sombra generosa.

—¿No es el árbol que querrías? —dijo Sara, aliviada por estar presente en la despedida de su madre.

—Los árboles deberían llevar el nombre de mi padre, de mi madre. El mío también.

No mencioné tu nombre, Eugenia. No podía privarte del convivio de tu grey. Hace mucho que tú no nos perteneces. Benito, sin embargo, demostraba impaciencia. Me pedía las últimas instrucciones. Le confirmé que no quería flores, que me serviría una caja sencilla. Sólo habría aceptado una caja de cedro, de adornos rebuscados, si fuera obra de mi hijo, Manuel. Sobre todo le pedía a Benito que no se olvidara, en el último viaje, de reducir la velocidad del carro un poco antes de la curva, de donde se veía el campanario. Aun muerta, tal vez me restara la gracia de evocar por instantes el pasado. De sentir de nuevo el pecho herido frente al paisaje que amé por encima de cualquier otro.

—Les recomiendo que tengan cuidado y guarden corrección —enfaticé—. Simplemente tendrían que agrupar los huesos familiares, encontrados en la fosa, como si formaran parte de un único esqueleto. Después deberían devolverlos al nido donde habían estado, por tantos años, en silencio, en la más densa oscuridad. El último gesto sería cubrirlos con mi propio cuerpo.

—Después de la resurrección de Cristo, no se puede extraviar un solo hueso.

Cerré el paraguas. Temía que una inesperada ráfaga dañara el armazón. Aquellos vientos que, venidos del norte, habían antes azotado los barcos pesqueros, lanzándolos contra las rocas del Finisterre. Aquel rincón donde desafortunados fantasmas reclamaban nuevos habitantes. j

Me siento cansada, Eugenia. La respiración descompasada hincha mi nariz. Préstame, por algunos momentos, una sensualidad que nunca tuve. La vejez es maestra en cancelar ilusiones. Desde el balcón, ahora, aprecio la huerta. Me acuerdo de ti a tus dieciocho años. Tu cuerpo entonces jadeaba con rara suavidad durmiendo a mi lado. Apenas se estremecía con el contacto de la brisa que venía por las rendijas de las ventanas.

Me quedo sola por largos días. Cuando necesito compañía, cuelgo la toalla bordada en el tendedero, frente a la casa de Filomena. Ella adivina mis llamados. Me ofrece sopa de pescado, que le traen fresco de Pontevedra, los viernes. Los días de fiesta, se exalta con los mensajes que le envían los hijos. Su bondad se origina en su temor del futuro. Como yo, también ella se pierde en los laberintos de la pasión.

—Usted por lo menos tiene a su hijo Benito.

Le explico los sacrificios que hice por él. En la infancia, su delgadez hacía que tropezara fácilmente. Lo salvé con mucho empeño.

—El me debe favores. El más grande de todos, su propia vida.

Mi marido, por cierto, me recriminaba por renunciar a la comida, en favor de Benito.

—Si Dios nos trajo hijos, que ni pedimos, es natural que se lleve a algunos de vuelta, para aliviarnos de esta carga —decía al regresar extenuado del campo. Mientras tragaba el humo del cigarro, tenía la mirada fija en el firmamento.

—Mis hijos sólo morirán lejos de mi vista. Cuando cambien el hogar por el mundo. Le he de ganar este desafío a Dios.

Sara describe los bibelots de su casa de Caracas. Las cortinas de la sala le cuestan bastante trabajo debido a la contaminación. Habla, indiferente a que yo la siga en sus pensamientos. A final de cuentas, ¿de qué sala y de qué tejado está hablando? ¿Cómo espera que yo legitime su vida, si no concibo un país fuera de los límites de mi aldea? Ella insiste. Me quiere persuadir de que los sacrificios valieron la pena. El ser humano es esclavo de las travesías, sólo ancla definitivamente en la tierra bajo los augurios de la muerte.

—¿Por qué entonces regresó después de tantos años de silencio? —le clavé el cuchillo en el corazón. ¿Aquella mujer de formas redondeadas, de cabellos pintados, que trajo Benito, sería realmente la hija de mi ubre abundante?

Recibió la recriminación con mansedumbre. Quería a fuerzas probarme que pensaba en mí cada mañana. Aunque, en la práctica, su marido y ella habían tenido que acallar sus sentimientos. La mano ignoraba, seguramente, las aristas de la ciudad. Allí, en el campo, protegida, las propias vacas le traían la leche a la puerta, mientras los cerdos se rendían a la abundancia de sus obesidades.

—Nada te faltó en esos años, madre. En cuanto a mí, para comprar un simple vestido, en aquella América, casi vendí el alma.

Ella quería probar que cada moneda que había ganado llevaba el nombre de un sueño. Pobre Sara. Afortunadamente, Benito llegó, para estar con ella. El le miente también a su hermana. Le cuenta de los negocios en ascenso, piensa incluso en jubilarse, volver a pescar, como cuando era un niño frágil. Tal vez venir a vivir cerca de su madre.

No me mira. Confía en mi reserva. Pero si Benito miente, Sara también se sumerge en la fantasía. ¿Necesitaba la vida ser así de monótona, Eugenia?

En tu última carta, no me dijiste nada del viaje que tus hijos te prometieron. No sé bien por qué querían llevarte a Africa, para que vieras de cerca cómo viven esos pueblos oscuros y exóticos. Y se te olvidó, igualmente, enviarme el retrato de la casa, para que yo te imagine moviéndote entre los muebles, del cuarto a la cocina. Invítame a visitarlos, a esa casa, como a las otras, pues les daría gusto recibir a la hermana que aún hoy vive en el hogar donde nacieron todos los de nuestra sangre.

Benito engaña a Sara con falsa alegría. Reza, sin embargo, para que se vaya de España rápido. Teme que la policía venga de repente por él, su nombre en los periódicos, otra vez acusado de prácticas criminales.

—Háblale a Sara de la tía Eugenia, que todos consideraban la más bella muchacha de los alrededores —dijo Benito.

Sara y él habían envejecido también. Sería fácil ahora convencerlos de la magnificencia de cualquier belleza. Los años nos hacen nostálgicos y desesperados. La evocación, pues, de la hermosura de otrora se vuelve consuelo indispensable en estos periodos crepusculares.

—Éramos pobres. Eugenia no tenía un solo traje elegante y tampoco se perfumaba como las princesas. Sin embargo, cada gesto suyo despertaba amor y envidia. Por eso, su nombre era nombre de reina, dije, mientras observaba el prado a la distancia. En la primavera, todo parece nacer de las manos de Dios.

Sara examinó curiosa el rostro de su hermano, feo como el de ella. Ambos se engañaban con inesperadas simetrías.

—¿Qué se hizo la tía? —dijo, ansiosa.

Fingí no oír. Traje de la cocina rebanadas de morcilla y de pan. Raramente obsequiaba a las visitas con tales manjares. Sara, con la boca llena, insistía en posesionarse de los recuerdos que yo guardaba de mi hermana. Indiferente a mi suerte, había cruzado el Atlántico para empobrecerme.

Solidario con la madre, Benito prácticamente instó a la hermana a partir. No le convenía extorsionar las mutuas esperanzas. Sara no se movía, entretenida con el emparedado. Cobraba parte de su herencia.

En la sala, estaba el retrato de mi marido, desvaído con los años. A Sara, sin embargo, no le importaba mirarlo, te quería a ti, Eugenia. Tal vez planeaba visitarte, recoger en su propia piel el sol moro de África, que de tu casa se tocaba con el brazo extendido.

—Eugenia es conmigo un libro abierto. Me da constantes pruebas de amor —desafié a mi hija. En seguida, me aproximé a la salida, casi le pedía a aquella alma crispada que nos dejara.

Benito asintió con la cabeza. Le garantizaba que entre los miembros de aquella familia, especialmente entre las dos hermanas, no había ningún secreto. La llave que abría la puerta de la casa, descubría sus corazones campesinos.

—¿Y tía Eugenia aún vive, o se limita a mandarte tarjetas postales en Navidad? —dijo Sara irritada.

Benito me amparó, casi caí al suelo. Pensé que no resistiría la estocada. Sara, sin embargo, me trajo un vaso de vino, ligeramente ácido. Al sorber las primeras gotas, temí el regreso a la vida. Había perdido las razones para seguir con mi historia. A final de cuentas, Eugenia, ¿hace cuántos años te escribo sin saber a dónde enviar estas largas canas? Hace cuántas noches pienso en nosotras dos. niñas, pastoreando las ovejas de la casa, montaña arriba. Convencida, sin embargo. de que cada carta depositada en el cajón de la cómoda correspondía a una respuesta que tú, de hecho, escribiste, pero que jamás llegó a mis manos. En estas cartas confesaba que tu belleza, por un milagro, se había repetido íntegramente en tu nieta. De tal forma que te bastaba, para recuperar la juventud, traer a tu nieta junto al espejo y atribuir a ti misma la armonía perfecta que aquella joven reflejaba en el cristal.

Sigo pensando en ti como si aún continuaras a mi lado. Estoy segura de que vives y de que mis cartas, acomodadas todavía hoy en el calor del cajón, llegan a tu regazo gracias al soplo indivisible de mi capricho y de mi afecto.

—Y cuál es la dirección de la tía —Sara se aprovechó de mi pronta recuperación.

Saqué del cajón un papel arrugado. Leí con dificultad.

—Es lejos de aquí, pero no es imposible llegar. Eugenia vive en Alhambra, número 35, bien en el corazón de Granada.

Sara no anotó la dirección. Comenzó a oscurecer. Confesó que al día siguiente partiría para Madrid, camino a Caracas.

—Fue bueno haber venido, madre —se sentía aliviada.

Benito se dirigió al patio, apresurando la despedida. Acepté el abrazo de mi hija. El olor inocuo, sin memoria, de su cuerpo. Prometió regresar en cuatro años. Me juré a mí misma que ya no estaría aquí para recibirla.

—Salúdame a la tía Eugenia —dijo Benito, atemperando mi espíritu.

Le prometí a mi hijo que te escribiría por la mañana. Es lo que hago ahora, Eugenia, después de tomar la sopa de pan embebido en leche caliente. Cada palabra que te escribo se queda en el papel que voy doblando dentro del sobre, de tal modo que me engañe con la seguridad de que dos manos temblarán de emoción mientras estiran la hoja contra la mesa. Y que tan pronto como te acomodes en la mecedora habrás de sonreír como en la tarde en que confesaste estar lista para dejarnos para siempre. Había llegado el momento de abandonar la casa, la aldea, los afectos. Tierras extranjeras te estarían aguardando. El sueño nunca está al alcance de la mano, me dijiste, iluminada por el brillo de aquella lejana primavera, que apenas había iniciado. Entonces fingí que no sufriría con tu partida. La tierra, siendo redonda, yo rápidamente iría a buscarte donde quiera que estuvieras. Y es lo que hago hoy, ahora, cada día de estos largos e interminables años.                  n

Rio. 8 de octubre de 1991.

Nélida Piñón. Escritora. Entre sus libros, La fuerza del destino y El calor de las cosas. Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juán Rulfo 1995.

Traducción de Regina Crespo y Rodolfo Mata

Nueva York con luciérnagas

PUERTO LIBRE

NUEVA YORK CON LUCIÉRNAGAS

POR ÁNGELES MASTRETTA

No soy de los que vieron Nueva York en el cine y la ambicionaron enamorados desde entonces. Soy, peor aún, de quienes le temieron al principio, de quienes por primera vez la pisaron con reticencia, negándose a la entrega, de quienes poco a poco, pero para siempre, cayeron en el abismo de sus encantos, enamorándose del lugar con una mezcla de fervor adolescente y deliberada pasión adulta. Fue hasta esta última vez, tras visitarla por días y vivirla semanas durante muchos años, que de verdad la dejé entrar avasallante y bellísima, tenue al amanecer, embriagadora por las tardes y hasta que la noche llegaba desde el Atlántico, abrazándola a pesar de cuanto se defiende con millones de luces y ruidos y almas apresuradas cubriéndole el corazón que tiene tibio como si anduviera siempre en amores.

Esta vez, al principio de abril, con la primavera incipiente cruzada de lloviznas, con el cielo nublándose hasta impedirnos la luna, con un frío de diciembre mexicano, consiguió rendirme a la veneración de sus luciérnagas y hacer que de repente no sólo esos días, sino muchos otros de los que la viví creyéndome a salvo de sus encantos, se volvieran significativos y tomaran mi ánimo con el hechizo de su aparente indiferencia, de su vocación de anonimato, de su mentiroso litigio con la idea de que cada persona es irrepetible porque como pocos lugares respeta la certeza de que cada persona es única y por lo mismo irrepetible, original, preciosa.

Sólo estuve cuatro días. Por supuesto que no me dio tiempo de visitar otra vez todo el Museo Metropolitano, ni todo el de arte moderno, ni siquiera completo el Guggeheim. No encontré boletos para oír a Plácido Domingo por más que iba instalada en el derroche y los hubiera comprado sin pudor en la reventa, si en la reventa hubiera habido. No caminé Central

Park todos los días, ni me compré un vestido excepcional, ni crucé con ardor diez veces por Rockefeller Center. ni vi un musical cada noche, ni comí tres veces en el Gino’s. la comida italiana más deliciosa que haya pasado por mi boca, ni encontré a Tomás Eloy Martínez para darle el abrazo que le debo, ni vi a Thomas Colchie, mi agente, para reírme con su convicción de que un día venderemos en “América” diez veces más de lo que vendemos en América, ni alcancé a ir de compras o siquiera pasear tres horas por la Quinta Avenida para afinarme el gusto entrando a una tienda más sofisticada que el Banana Republic de la calle Lexington. Pero hice un poco de todo eso, y no sé cómo se mezclaría una cosa y la otra en el fondo de mi ánimo que recuperé de golpe el aroma de otras visitas y vi a través de la luz de esta última mezcla cosas que no había visto en lo que vi antes. Quizá porque otras veces me empeñé en hacerlo todo y esta vez me dejé estar como quien busca un diamante sabiendo que ése no se busca, se encuentra. Además conversé horas y horas con mi amiga Lola Lozano que iba de ángel guardián preguntándose de qué me guardaba y con Julie Grau, mi editora y amiga, otra que está segura de que un año cualquiera no sólo Nueva York sino la inmensa y multimillonaria mujer dueña del programa de tele cuya recomendación vende libros como cafiaspirinas. leerán mis escritos con la generosa devoción con que ella los leyó sin haberme visto la cara, oído el nombre o conocido la risa que tan bien encontramos al encontrarnos.

Y caminé todas las calles y me rendí a todos los sueños que la ciudad quiso prestarme. Por unos días tuve el cuerpo convencido de que no hay edad más altanera, dichosa y resistente que los cincuenta años. No me dolieron los pies, ni la cabeza, ni el estómago, ni la espalda ni el alma. Estuve cuarenta minutos detenida frente el gesto indeleble de la planchadora que pintó Picasso, bailé una tarde bajo la lluvia en la calle 25, esperando un taxi que no iba a llegar nunca y dejando que Lola se afligiera por las dos, en un ensayo inconsciente de lo que sufriría más tarde, también por las dos y sin que yo pudiera remediarlo, ni ir bendiciéndola por estar cerca como lo estuvo.

En las mañanas nunca me dio malestares la copa de las cenas, ni tuve miedo a que me robaran la bolsa, pánico a perderme entre el Village y el Metro. horror a encontrarme dos japoneses tomándose fotos en el lobby del Waldorf con la misma inocencia con que quisiera tomármelas yo, si no cargara con las dosis de fobia al ridículo que me han echado encima entre mi hermana Verónica y mis dos hijos. Fotos en la escalera que aún suena a la música de Colé Porter. Podría llevarme una y ponerla en mi estudio, pero esa pena ajena sí que no puedo provocárselas a mis vastagos. Así que sólo de eso me privé en esta visita. Pero de nada más. Ni siquiera de invocar a Corleone caminando por la vieja ciudad, menos aún de bendecir a la condesa Olenska por haberse atrevido a ser distinta en una ciudad que terminó siendo como ella la hubiera soñado: libre y beligerante.

Seguro porque me cayó encima tanta emoción inesperada, me llevé al aeropuerto una tal cantidad de energía sobrante que de pronto, sin más aviso que el sonido de la música tenue y rara que precede mi epilepsia, me perdí en una crisis. Y no en una cualquiera, de esas que muy de vez en cuando repican en mi cuerpo como el recuerdo de que ahí hubo un acantilado que turbó mi adolescencia y afligió a mis padres como si de verdad existiera el diablo, sino en una intensa, larga y aguerrida serie de crisis de energía en desorden por las cuales nunca acabaré de resarcir a la inerme, asustadísima y al fin de cuentas valiente Lola que fue conmigo a dar a un hospital de tercera en el Queens. del cual tengo y quiero tener muy escasa memoria.

Dicen las estadísticas que el dos por ciento de la población tiene epilepsia. No sé qué tanto sabrán las estadísticas, pero eso haría que sólo en México yo esté acompañada en semejante despropósito por dos millones de personas. Sin embargo, tener epilepsia sería estar horriblemente sola, si no fuera por quienes a nuestro alrededor no la tienen y nos acompañan a llevarla y la miran sin hacernos sentir que les pesamos, que algo de maldición tenemos, que algo en alguna parte hicimos mal.

No me gusta hablar de esto, no me gusta cargarlo ni quejarme porque lo cargo. no me gusta ni siquiera pensarlo. Por eso voy a Nueva York y a donde tenga que ir, y volveré aunque lo haga caminando por el borde de un acantilado. Tuve la fortuna de nacer en el siglo veinte, de que hace muchos años exista la carbamacepina. de estar casi siempre a salvo y tener cerca la índole ardiente y generosa de quienes me acompañan cuando no lo estoy. Gracias, Lola, no me voy a cansar de pedirte perdones por el susto, la noche en vela, el desafío a la hermandad. Gracias, Héctor, gracias. Jorge Eduardo, gracias, cónsul, gracias luciérnagas de Nueva York.                             n

Angeles Mastretta. Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

El cierre de la pista

CALEIDOSCOPIO

EL  CIERRE DE LA PISTA

POR JOSÉ WOLDENBERG

El cierre de la pista 05 derecha-23 izquierda del aeropuerto internacional de la Ciudad de México fue:

•  necesario, según dicen,

•  inversión millonaria,

•  reparación a marchas forzadas,

•  centenas de trabajadores laborando día y noche,

•  esfuerzo contra-reloj,

•  operación que dejó funcionando una sola vía para los aterrizajes y los despegues,

•  oso del mes, oso memorable,

•  sinónimo de dilaciones y cancelaciones,

•  disparador de cientos de hombres y mujeres al borde de un ataque de nervios,

•  coladera por la que se esfumaron millones de pesos en pérdidas para las líneas aéreas,

•  salas de espera atiborradas,

•  aviones sobrevolando la Ciudad de México,

•  pagos extraordinarios a pasajeros que no podían serlo,

•  conexiones perdidas,

•  reducción de vuelos,

•  eufemismo fantástico, ¿pista 23 izquierda cuando sólo hay dos?,

•  generador de experiencias sin fin (regresar de Londres a México y aterrizar en Acapulco, irónicas o inclementes explicaciones de los pilotos, perder una cita a 2,000 kilómetros de distancia…),

•  contexto para hacer nuevas amistades (“¿y usted a dónde iba?),

•  mayor consumo en el aeropuerto,

•  más de 150,000 usuarios afectados,

•  200 vuelos demorados cada día,

•  1,000,000 de dólares perdidos un día sí y al otro también,

•  indicador de la necesidad de un nuevo aeropuerto,

•  incremento en la venta de papitas y alcohol,

•  mentadas de madre al por mayor,

• fiestón no planeado,

•  degollador de compromisos,

•  catalizador de micromítines y algunos no tan micro,

•  pamba de paciencia,

• ossobuco,

•  modelador de todos los temples,

• trompetazo,

•  premonitorio inicio de vacaciones,

•  fin de fiesta,

•  noticia inesperada,

• gozo que se va al pozo,

•  estadía dilatada,

•  escasez,

•  embudo,

•  arpegio disonante,

•  llamado de atención, “imprescindible clonar las pistas”,

•  show deprimente,

•  tartamudeo en el aire,

•  sobrecogimiento de sobrecargos sobrecargadas,

•  desgarrador de rutinas,

•  puerta a una dimensión desconocida,

•  tómbola de quejas,

•  pasmo,

•  excusa.

José Woldenberg. Consejero. Presidente del IFE. Entre sus libros. La mecánica del cambio político en México.

Sobre los hombres

GRATIS

Sobre los hombres

En su edición de marzo 16-abril 30 de 2001 la revista colombiana El malpensante tropicalizó las observaciones de la humorista americana Rita Rudner sobre los hombres. Aquí va una selección.

•  La manera como un hombre se mira en el espejo te dirá si hay posibilidades de que alguna vez llegue a interesarse en otra persona.

• Casarse con un divorciado es ecológicamente responsable. En un mundo en donde hay más mujeres que hombres, paga reciclar.

•  Los hombres se tienen mucha confianza. Tanta que cuando ven deportes en televisión creen que si se concentran lo suficiente pueden ayudar a su equipo a ganar. Si su equipo va perdiendo, se vuelven entrenadores desde el sillón de la sala, y si van perdiendo por mucho, suelen ordenar que nadie ocupe el teléfono por si los llaman a pedir consejo.

•  Todos los hombres odian la frase “tenemos que hablar sobre nuestra relación”. Estas seis palabras le meten miedo incluso a un general de brigada.

•  Los hombres tienen una temperatura corporal más alta que las mujeres. Si usted tiene frío por la noche, es recomendable que duerma al lado de un hombre. Los hombres son como calentadores portátiles que roncan.

•  La mayoría de los hombres odian ir de compras. Por eso los almacenes nunca ponen el departamento de ropa de hombre en un piso que no sea el primero. La puerta a la calle tiene que estar a dos pasos.

•  Si un hombre prepara la cena para usted y la ensalada contiene tres o más tipos de lechuga… la cosa va en serio.

•  Si usted anda saliendo con “el propio” y él a) dice que ha madurado, b) tiene un nuevo trabajo o c) visita a un psiquiatra, puede que le espere una desagradable sorpresa. La teoría del gusano que se vuelve mariposa sólo funciona con los gusanos y las mariposas.

•  Cuando cuatro o más hombres se juntan, hablan de deportes.

•  Cuando cuatro o más mujeres se juntan, hablan de hombres.

•  Si un hombre le dice “te llamo”, y no lo hace, no se le olvidó… no se le perdió el número… no se murió. Simplemente no le dio la gana llamar.

•   La menopausia masculina es más divertida que la femenina. Durante la femenina la dama sube de peso; durante la masculina, el tipo sale con niñitas y se compra una motocicleta.

Quién es: El crimen

QUIÉN ES: EL CRIMEN

POR ANDRÉS ROEMER

La psicología y la antropología, pasando por la sociología y la etología, han intentado explicar la génesis y las motivaciones de la conducta criminal. Sus conclusiones son tan variadas como sus métodos de análisis. Con rapidez y profundidad, Andrés Roemer describe algunas de ellas. Las evidencias finales sirven para destruir muchos mitos y reforzar la necesidad de políticas públicas capaces de combatir la criminalidad y sus efectos.

Desde su origen, las ciencias sociales han buscado explicaciones al fenómeno del crimen. Los hallazgos son impresionantes y sugerentes. La vida familiar, el clima, la pobreza, el desempleo, la posesión de armas de fuego, el espacio físico, el medio social, la educación, la desigualdad en la distribución de recursos y de poder, el desarrollo psicológico e intelectual del individuo, todos son factores que, de una u otra manera, influyen en la conducta criminal y deben tomarse en cuenta por quien busca entenderla y hallar medios adecuados de solución. La criminología, la psicología, la antropología, la etología y la sociología contemporáneas pretenden explicar las correlaciones y/o causas de la actividad delictiva, y sus observaciones no pueden pasar inadvertidas para los hacedores de las políticas públicas y los interesados en el crimen y sus implicaciones.

¿Más patrulIas=menos crimen?

Junto con el departamento de policía de Kansas City, la Pólice Foundation condujo un experimento controlado para determinar si los cambios en el número de policías preventivos afectaría el índice de criminalidad o la sensación de seguridad de los ciudadanos. El experimento duró 12 meses (octubre 1 de 1972 a septiembre 30 de 1973) en una zona comercial-residencial de 32 millas cuadradas y una población de 148,385 habitantes.

•  En cinco sectores llamados “proactivos”, en términos de altos índices de delincuencia, el número de patrullas fue duplicado con dos automóviles asignados a los turnos, en lugar de una.

• En cinco sectores designados como “reactivos” (pocos índices delictivos) se eliminaron las patrullas preventivas. Estas sólo entraban a la zona en respuesta de un llamado y, el resto del tiempo, permanecían fuera de sus límites.

•  En cinco sectores “controlados” (moderados índices delictivos), la asignación de policías se mantuvo inalterada.

Los índices de criminalidad y arrestos se monitorearon cuidadosamente. Se realizaron encuestas para medir posibles cambios en el nivel de miedo de las personas, su percepción del nivel de actividad policiaca y su actitud hacia la policía. Los resultados fueron contundentes, destrozando los supuestos en los que la propia policía preventiva ha basado su legitimidad para operar: las rutinas preventivas de la policía tienen poco valor en la prevención de crímenes. El experimento indicó que duplicar o triplicar el número de patrullas preventivas no redujo el número de crímenes cometidos y que éste tampoco aumentó en aquellos sectores donde fueron eliminadas las patrullas policiacas. Lo que se requiere no son más policías sino mejores estrategias de rotación, vigilancia y disuasión.

Crimen y clima

¿Hay alguna correlación entre el clima y la tasa de criminalidad? La escuela cartográfica o estadística, que relaciona la criminalidad con factores geográficos y climatológicos dice que sí. Los dos principales exponentes de esta escuela son Lambert Adolphe Quetelet y André Guerry. Quetelet concluyó que “el delito es un fenómeno social, producido por hechos sociales detectables y determinables estadísticamente”, que los delitos se cometen con cierta regularidad y precisión cada año, y que hay una serie de factores que determinan que se cometan ciertos delitos en relación a factores geográficos y climatológicos (pobreza, geografía, analfabetismo, clima, edad. etc.). Guerry encontró que. geográficamente, los crímenes contra la propiedad son más proclives a ocurrir en el hemisferio norte, y que aquellos contra las personas se concentran en el hemisferio sur. Esto coincide con las conclusiones climatológicas de Quetelet, que señalan que durante el invierno se cometen más crímenes contra la propiedad y durante el verano contra las personas. Guerry notó también que las relaciones raciales, culturales y laborales específicas de cada región geográfica tenían también alguna influencia en el crecimiento de la criminalidad. Por ejemplo, en el sur había menos industrialización que en el norte, lo cual propiciaba que los crímenes contra la propiedad fueran más propensos en el norte.

¿Los gobiernos dictatoriales reducen la tasa de criminalidad?

Un estudio de las Naciones Unidas para 64 países, del periodo 1970-1975, toma en cuenta el número de criminales y los divide por sexo y grupos de edad, analiza el número de crímenes por categoría, los cambios en patrones delictivos y hace diversas observaciones sobre el control y prevención del crimen. Los resultados son muy interesantes. En una primera aproximación, los crímenes a la propiedad superan por mucho los crímenes contra las personas y los crímenes relacionados con drogas (abuso de alcohol o de drogas, así como tráfico de estupefacientes ilícitos). Sin embargo, cuando se divide a los países en desarrollados y subdesarrollados se observa que la proporción de crímenes contra la propiedad es casi igual a la de crímenes contra las personas en países subdesarrollados, pero es mucho mayor en los países desarrollados (casi 8 veces mayor que la proporción de los crímenes contra personas). En los países comunistas aumentaba la proporción de crímenes contra la propiedad respecto a crímenes contra las personas conforme estos países se industrializaban y urbanizaban. También aquellos Estados con gobiernos dictatoriales sufrían de mayores tasas de criminalidad conforme se abrían a procesos de modernización.

El afecto, la familia y el crimen

Los criminales, en general, pueden distinguirse por su impulsividad, agresividad y su bajo nivel de sociabilidad. Estas características podrían ser magnificadas o atenuadas por la familia. dado que ésta juega un papel decisivo en la genealogía de la delincuencia. Con mucha frecuencia, es en una situación familiar conflictiva donde nacen las reacciones delincuenciales. Además, la intervención inadecuada de una familia ayuda a formar la personalidad antisocial del delincuente.

Está la teoría del abandono maternal, que postula dos afirmaciones: la primera establece la necesidad de afecto maternal y la segunda relaciona la falta de afecto con el desarrollo de conductas delictuosas. Es esencial para la salud mental que el niño experimente una relación de calidad, íntima y continua con su madre (o con quien ocupe de modo permanente el lugar de la madre), en la que encuentre cariño y gozo. El abandono maternal se define como un estado en el que el niño no tiene esta relación, y se considera que la separación materna y el rechazo paterno simultáneos explican significativamente casos graves de delincuencia. Sin embargo, Wilson y Herrnstein afirman que no es claro que la privación de la unión madre-hijo sea irreversible. Para ellos, aunque la creación de este lazo pueda ser una condición necesaria, su ausencia no es suficiente para determinar el comportamiento criminal de una persona. Los estudios hacen notar que es posible la transmisión de la conducta delictuosa tanto por el modelaje de actitudes y conductas como por el reforzamiento directo. Lo anterior indica que, en general, la presencia de un delincuente en la familia está asociada con el incremento de la probabilidad de que haya otro. Los estudios que explican la influencia que los padres ejercen en el comportamiento de los niños a través de la crianza coinciden en que no es tan relevante la cantidad de castigos impuestos, sino la forma en que los padres actúan respecto a un comportamiento no aprobado.

Un estudio de William y Joan McCord encontró que los niños delincuentes son dos veces más propensos que los no delincuentes a venir de hogares donde las prácticas disciplinarias eran conflictivas y no cariñosas (indiferentes), laxas y erráticas (permisivas), lo que provocaba que los jóvenes delincuentes tuvieran un horizonte de planeación mucho más corto.

Por supuesto, no todo el comportamiento criminal puede ser adjudicado al trato de los padres respecto de sus hijos. Factores que se relacionan con el comportamiento criminal (que forman una “correlación espuria”, sin llegar a ser parte de una estricta relación de causalidad) son. entre otros:

1. Baja inteligencia de los niños.

2. “Excesivo” número de miembros en la familia.

3. El comportamiento anti-social de los padres.

4. Bajo nivel de ingreso.

5. Prácticas disciplinarias inadecuadas.

6. Un medio adverso al desarrollo personal.

Amigos y pandillas proclives a actos delictivos.

Aunque la familia no es el único factor que influye en el comportamiento criminal de un individuo, ciertamente es un factor de suma importancia. Dado que diversos estudios señalan que el comportamiento criminal es algo que surge desde una edad temprana, las políticas orientadas a mejorar el entorno familiar de los niños se vuelven vitales en la reducción del crimen.

¿Las familias desintegradas son proclives a “generar” delincuentes?

El término “familia desintegrada” se puede entender como la ausencia de la figura materna o paterna. Al respecto, existe un gran número de estudios que muestran una relación entre familias desintegradas y el comportamiento criminal y los que no encuentran ninguna correlación. La incongruencia que se presenta en los resultados puede deberse a la existencia de correlaciones espurias y no de causalidad; una familia desintegrada puede ser condición necesaria, pero no suficiente. para el comportamiento criminal; y una familia desintegrada puede actuar como elemento que propicie el comportamiento criminal, pero sólo contando con la existencia de otros factores.

La familia desintegrada no necesariamente producirá condiciones que propicien el comportamiento antisocial. Estas condiciones pueden darse al margen del grado de integración de una familia. Sin embargo, se ha encontrado que los hogares “rotos” de manera involuntaria (por muerte) son condicionantes de actitudes criminales en menor medida que los hogares en que alguno de los padres decidió irse o separarse.

Otro tipo de familia relevante en la materia es aquella que maltrata a los niños. Hay un consenso entre los académicos de que en una relación entre niños maltratados y el comportamiento antisocial, el resultado es un comportamiento agresivo. De algunos estudios se puede derivar que el maltrato disminuye el sentimiento de búsqueda de recompensa o satisfacción en la convivencia social.

La influencia de la educación en el comportamiento criminal

Wilson y Herrnstein. apoyados por la gran mayoría de los estudios que abordan el tema, sostienen que las personas con problemas de comportamiento y de aprovechamiento en la escuela son más propensas a cometer actos delictivos. Los autores citan dos teorías respecto a la relación entre la escuela y el comportamiento criminal.

La primera sostiene que el mal comportamiento en la escuela y el comportamiento criminal tienen causas comunes. Tres posibles causas son:

1. El bajo nivel intelectual. El bajo nivel intelectual induce a los niños a dejar la escuela y a rendir menos. Dado que las personas de bajo nivel intelectual son más propensas a delinquir, se dice que el bajo nivel intelectual es la causa

común del mal comportamiento en la escuela y el comportamiento criminal.

2. El temperamento infantil. El individuo con temperamento ansioso, extrovertido y agresivo, tendrá problemas para comportarse en la escuela. Dado que éstas son características del criminal, se dice que el temperamento es la causa común del mal comportamiento en la escuela y el comportamiento criminal.

3.   Como se analizó, otro factor es la inexistencia de un lazo de adhesión aunado a la existencia de un horizonte de planeación corto. Estas características, que fueron condicionadas en gran parte por los padres, son la causa de la falta de respeto a la autoridad y ayudan a que no se tomen en cuenta las consecuencias futuras de los actos.

La segunda teoría plantea que el comportamiento criminal se explica, en parte, por la influencia de la escuela. Respecto a esta teoría se pueden considerar las siguientes variables:

•  Teoría del etiquetaje (labeling theory): las personas con ciertos rasgos, como bajo nivel intelectual, pueden llegar a ser excluidos debido a que son catalogados como incapaces. Esto influirá en la autoestima del individuo, que buscará a individuos similares, los cuales tendrán un comportamiento antisocial.

•  Teoría de la subcultura: debido a que la escuela provee un ambiente propicio para expresar el rechazo a los valores de la clase media, el individuo tiende a comportase de manera antisocial.

¿La mayoría de los crímenes se cometen entre gente que se conoce?

La impresión creada por las cifras del cuadro inferior es que la mayoría de las víctimas fue asesinada por gente cercana. Sin embargo, esto se encuentra lejos de ser verdad. En este caso, asesinos que conocen a la víctima es una categoría muy amplia. Un gran porcentaje incluye a miembros de pandillas rivales que se identifican unos a otros como miembros de éstas, aunque en realidad no se conocen.

¿Cómo afecta el espacio físico a la conducta criminal? El sentido común y la experiencia diaria nos señalan que hay una estrecha correlación entre el espacio físico y el crimen. El sociólogo Oscar Newman desarrolló la teoría del espacio defendible, que en esencia dice que las personas se pueden defender dado un espacio físico determinado. De esta teoría se derivan tres factores interesantes para la política pública:

•  Territorialidad. La gente, así como los animales, percibe cienos lugares como su propio espacio, que debe defender. Dado este concepto, un cierto diseño arquitectónico puede establecer barreras reales y simbólicas que promuevan el instinto territorial.

•  Vigilancia natural. La “observabilidad” del crimen puede aumentarse diseñando el uso del espacio para incrementar el número de “ojos en la calle”. Esto ayuda a la imposición de la ley y sirve como desincentivo para cometer actos delictivos.

• Imagen y medio ambiente. La imagen es importante en tanto que un criminal percibe ciertas áreas (colonias descuidadas, por ejemplo) como vulnerables.

Según esta teoría, el espacio defendible aumenta el control social informal reduciendo el crimen. Sin embargo, no hay evidencia empírica que sostenga que el entorno físico de una ubicación geográfica reduce sustancialmente las tasas de criminalidad. Lo que sí sucede es que se reduce el temor al crimen. La evidencia muestra que los cambios en el entorno sí tienen efectos sobre el nivel del miedo. Sin embargo, es importante recordar que el miedo sirve como medida de precaución, por lo cual una reducción en el nivel del miedo deberá acompañarse por un incremento en la productividad en el uso de los recursos.

¿Más armas = menos crimen?

¿Por el hecho de prohibir el uso de estos productos se reducirá el crimen en la sociedad? ¿Es lo contrario? ¿O no existe correlación alguna? La obra More Guns Less Crime (Lott jr.) ha sido contundente y provocativa al demostrar con una serie de estudios y evidencias que en la mayoría de las ocasiones el que la gente se encuentre armada induce a una reducción de la tasa delictiva. Por otro lado, sociólogos especializados en la materia argumentan que muchos crímenes de pasión podrían haber sido omitidos si no hubieran existido pistolas disponibles en las manos de particulares en el momento del conflicto interpersonal. Por último, es interesante enfatizar que para muchas pandillas delictivas disuade saber que una propiedad o persona cuenta con un arma pero, por otro lado, seduce a delinquir porque el “premio” de robar un arma es a la vez “atractivo”. En síntesis, no se puede concluir que las armas aumenten o disminuyan la criminalidad.

Identificando a las víctimas más comunes En 1983 fueron cometidos alrededor de 40 millones de delitos en Estados Unidos que iban desde el robo de un automóvil hasta el homicidio. En 1982, cerca de siete millones de estadunidenses fueron víctimas de violación, robo o asalto. Los hombres, principalmente aquellos menores de 21 y los mayores de 51 años, resultan víctimas con mayor frecuencia. Entre las personas mayores de 60 el grupo más afectado resulta ser el de las mujeres.

El índice de criminalidad es mucho mayor en las grandes ciudades.

¿El desempleo es una causa de la conducta criminal? Se puede asumir que para cada cambio en el nivel de riqueza o de desempleo hay un cambio correspondiente en la tasa de criminalidad. No obstante, estudios que abordan este tema no ofrecen conclusiones contundentes. Aun así, existen cuatro maneras en las que el desempleo y el crimen pueden relacionarse: el efecto “necesidad”, la “no causalidad” (es decir, tanto el crimen como el desempleo tienen causas comunes pero uno no es causa del otro), el efecto “afluencia” (algunas personas encuentran el crimen más rentable que un trabajo estable) y el efecto “envidia” (un individuo considera que su esfuerzo merece la misma recompensa que la de otro por lo que quizá le robe una parte de ella).

Por ejemplo, si opera el efecto necesidad, un aumento en el nivel de desempleo causará un incremento en el nivel de criminalidad y, por ende, los programas dirigidos a reducir el desempleo disminuirán también el crimen. Sin embargo, si el desempleo y el crimen tienen causas comunes, los mismos programas afectarán poco o nada las tasas de desempleo y crimen. Si opera el efecto afluencia, una disminución en la tasa de desempleo, que es parte de un aumento general de “bienestar”, podría causar un aumento en la tasa de criminalidad. Finalmente, si opera el efecto “envidia” y se distorsiona la distribución del ingreso podrían aumentar tanto el desempleo como el crimen, aun si personas con ingresos bajos están mejor en términos absolutos. En este caso los esfuerzos por reducir la tasa de desempleo podrían ser inútiles, y los esfuerzos para mejorar la distribución del ingreso podrían tener algún efecto, ningún efecto o un efecto perverso, según cómo cambien las participaciones en el ingreso y cómo las personas evalúen la relación entre esfuerzo y resultados.

Incidencia de la pobreza en los actos delictivos Analizando la pobreza como factor causal de la delincuencia, tomo estudios realizados en Londres que encontraron que un 56% de los delincuentes provenía de hogares pobrero muy pobres. Sin embargo, no puede precisarse que la pobreza sea el único factor causal de la delincuencia ya que casi la mitad de los delincuentes provenía de hogares lejos de ser indigentes, lo que llevó a la conclusión de que la pobreza es difícilmente la causa única y más influyente de la conducta criminal.

Sin embargo, si tomamos como referencia al Distrito Federal podemos inferir que los delitos contra la propiedad son los que responden con mayor celeridad y amplitud a las condiciones económicas. En 1994, el año que marcó el inicio de la crisis económica más profunda de la historia reciente de México, los delitos contra la propiedad aumentaron en 35.4%. El siguiente año, una caída del 75% en el PIB correspondió a un incremento de 56.64% en las denuncias por robo entre cada 100.000 habitantes. Es claro que las condiciones económicas ejercen una influencia directa en el comportamiento del crimen, particularmente en la tasa de delitos contra la propiedad.

Todas las necesidades que un individuo enfrentó y no pudo satisfacer en su ambiente pueden motivarlo a comportarse de manera delictiva. Si inferimos que la pobreza es causa de frustración debido a que no permitió satisfacer necesidades, el individuo proyectará esto a través del delito. La conducta delictiva es una salida a todas las presiones internas. aunque sólo alivie temporalmente el conflicto.

Paradójicamente, también se puede concluir que la elevación en el nivel de vida va paralela al aumento de la criminalidad. En apariencia, el desarrollo de la actividad económica no tiene sólo por efecto el mejorar el nivel de vida, sino que es. además, fuente de oportunidades suplementarias de criminalidad, por la multiplicación de intereses que engendra.

¿Hay evidencia de que a menor crecimiento económico mayor tasa de criminalidad? James Q. Wilson afirma que no necesariamente. De hecho, manifiesta que el periodo contemporáneo (1960-1990) ha sido caracterizado por un crecimiento económico y de urbanización notable; pero que, a diferencia de hace un siglo, estos cambios han sido acompañados de una tasa delictiva mayor. En Estados Unidos, entre 1960 y 1978, el nivel de robo se triplicó y el robo de coches se duplicó. Empezando en 1955, el nivel de delitos importantes aumentó en Inglaterra un 10% al año. El nivel de asesinatos en 1960 se elevó de manera considerable en Amsterdam. Belfast. Colombo. Dublin, Glasglow y Helsinki, y el índice de criminalidad subió en Dinamarca, Finlandia. Noruega y Suecia.

En su obra On Character Wtison sostiene que los niveles de crimen son menores en naciones subdesarrolladas que en naciones desarrolladas. Cuando una nación progresa económicamente aumenta el nivel total de criminalidad, pero los crímenes violentos decrecen.

Hay pruebas de que en el siglo XIX los crímenes contra la propiedad aumentaban durante los periodos de recesión y disminuían durante los periodos de afluencia, pero la conexión entre las condiciones económicas y la criminalidad ya no existen. En Estados Unidos los niveles del crimen bajaron entre 1933 y 1960 a pesar de la fuerte depresión entre 1933 y 1940. Un aumento en la criminalidad apareció en un periodo sin paralelo (1960-1980). Aun los investigadores que encuentran pruebas de que los factores económicos tienen un efecto en el índice de criminalidad, conceden que “los grandes movimientos en el índice de los delitos en el último medio siglo no pueden ser atribuidos a la influencia de la economía”.

La edad en relación con la actividad criminal Las estadísticas muestran que los jóvenes cometen más crímenes que las personas mayores. La edad parece tener un efecto importante, directa o indirectamente, en la frecuencia y tipo de crimen cometido.

Los hombres de 15 a 19 años tienen el más alto índice de arresto por robo de automóviles y asalto en Estados Unidos. Los homicidios y asaltos son cometidos, en promedio, por personas adultas. Las mujeres, generalmente, cometen crímenes en edades más avanzadas que los hombres. Sin embargo, los delitos sexuales, los delitos de narcóticos, los crímenes contra la familia y los niños, manejar en mal estado, el homicidio y la falsificación, aparecen antes en la vida de las mujeres que en la de los hombres.

El tipo de crimen cometido con mayor frecuencia por personas de diferentes edades varía según la ubicación geográfica. En áreas rurales es probable que los delincuentes de cualquier edad sean convictos por crímenes diferentes a los cometidos en áreas urbanas.

La delincuencia juvenil quizás esté relacionada con el comportamiento criminal de los adultos, pero los delincuentes menores de edad de hoy no necesariamente serán los criminales adultos de mañana. Aunque muchos jóvenes delinquen, no todos se convierten en adultos criminales.

Inteligencia

Ha quedado claro que el crimen en mayor propensidad es tanto masculino como juvenil. Sin embargo, es más difícil entender la correlación entre la falta de inteligencia y la propensión a cometer crímenes. Sin embargo, la evidencia muestra que. dejando todo lo demás constante, los criminales tienden a ser menos inteligentes que los demás miembros de la sociedad (sobre todo los que son detenidos con facilidad).

Dada la relación inversa entre la inteligencia y los arrestos por actividad criminal, podemos inferir que entre mayor sea el grado de inteligencia hay mayor conciencia del riesgo y contingencias que provienen del crimen. Por otro lado, los criminales que cometen crímenes impulsivos usualmente son criminales con bajos niveles de inteligencia, mientras que los criminales más inteligentes planean bien su estrategia criminal, son menos impulsivos y, por lo tanto, hacen más difícil su captura (no incluyo delitos de “cuello blanco”).

La “teoría biológico-genética”

Una nueva era se inicia en el último cuarto del siglo XIX con los intentos por explicar biológicamente el crimen. La criminología biogenética fue desarrollada en sus orígenes por Cesare Lombroso, cuyo argumento radica en la existencia de factores biológicos que determinan las tendencias criminales. Siguiendo a este autor, los representantes de esta corriente buscaron variables y factores que producen la diferencia entre criminales y no criminales.

Lombroso intentó verificar su hipótesis mediante la confrontación de grupos de criminales y de no criminales.

Encontró ciertas características parciales: “poca capacidad craneal, frente huidiza, gran desarrollo de los arcos zigomáticos y el maxilar, cabello crespo, espeso, orejas grandes y gran agudeza visual”, y definió al “criminal nato” basándose en estas características. Charles Goring. sin embargo, en un estudio que comparaba a presos con grupos de control no criminales. y tomando en cuenta las características atávicas y degenerativas (manifestación de rasgos característicos de una etapa de desarrollo biológico primitivo de la raza humana), pudo comprobar que no existían diferencias significativas entre ambos grupos, con lo cual refutó la teoría de Lombroso.

Posteriormente, la biología descubrió que ciertas aberraciones de cromosomas (síndrome de Klinefelter, cariotipo XYY) se encuentran más extendidos entre los delincuentes que entre la población normal. Nadie se ha atrevido a afirmar que se ha encontrado un determinismo biológico directo. Más bien se trata, afirman los estudiosos, de un factor que predispone y cuyo alcance no se revela a menos que haya una interacción con los factores sociales.               n

Andrés Roemer. Doctor en Políticas Públicas. Su último libro es Economía del crimen (Editorial Limusa. 2001).

¿Qué tan viable es México? Riesgo-País

QUÉ TAN VIABLE ES MÉXICO

RIESGO-PAÍS

POR SERGIO NICOLAU

A favor

a)  Aspectos estratégicos.

1.   Masa crítica (100 millones de habitantes, preponderantemente jóvenes, de 18 a 25 años). Esto constituye una ventaja permanente.

2. Ubicación geográfica destacada, junto al segundo mercado mundial más importante; una relación “especial” con EU, dado su interés en mantener a su vecino en situación “estable”. Esto constituye una ventaja permanente.

3.   Mano de obra barata (en función de costo y productividad); sin embargo, gradualmente, en el largo plazo, conforme se cierre la brecha salarial real con los socios comerciales, lo que constituye un objetivo de política pública y una esperanza, este aspecto será menos ventajoso, pero, como contrapartida, se incrementará el tamaño del mercado interno.

4.   Disponibilidad muy importante de recursos minerales, pesqueros, petróleo, gas y acervo turístico, lo que quizá significará ventaja de corto, mediano y largo plazo.

b)  Aspectos institucionales.

1.   Raíces culturales profundas.

2.   Vínculos familiares fuertes.

3.   Rechazo y anticuerpos a las soluciones violentas, dada la experiencia de la Revolución con su derramamiento de sangre.

4.   Orgullo en la identidad e integridad nacional y territorial; sin embargo, en esta época de inevitable globalización debe encararse la confusión entre el nacionalismo que significa patriotismo y aquel que implica freno o resistencia al cambio.

5.   Avances significativos, pero temporales, en procesos de privatización (telecomunicaciones, banca, carreteras, aeropuertos, puertos, industria azucarera y productores independientes de energía). Sin embargo, las deficiencias de los procesos, de los modelos, o de la regulación, produjeron reversiones importantes, por lo que, a futuro, los esquemas deben ser modificados.

6.   Avances muy importantes en la liberación comercial, principalmente el Tratado de Libre Comercio con EU y Canadá y la reciente entrada en vigencia del Tratado con la Unión Europea.

7.   El surgimiento y la permanencia de algunas instituciones sólidas: el Banco

¿Cuáles son las fortalezas estratégicas, institucionales y económicas de México? Y al revés: ¿cuáles son sus puntos débiles? Sergio Nicolau enlista unas y otras basta dar con un cuadro que obliga a reconsiderar nuestra idea de la viabilidad de México.

Central, el Instituto Federal Electoral, la Suprema Corte de Justicia, el Ejército (excepto en lo relativo a algunos casos desafortunados derivados de su desempeño en el combate al narcotráfico), la Comisión Federal de Competencia y la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

8.   Consenso político en “el centro”.

9.   Avances muy satisfactorios en los procesos democráticos. Las elecciones recientes del 2 de julio de 2000, con limpieza y civilidad, lograron la alternancia, colocando a un partido de oposición a la cabeza del poder ejecutivo federal. Asimismo, la sabiduría de los electores proporcionó pesos y contrapesos al poder presidencial al impedir la mayoría de cualquier partido en ambas Cámaras. Pero habrá que trabajar mucho para equilibrar la libertad y la justicia con la eficacia, la eficiencia y la rendición de cuentas.

10. Los conflictos entre el Estado y la Iglesia han sido sustancialmente resueltos; sin embargo, existe el temor, entre diversos grupos y personas, de que surjan nuevas tensiones.

11. En el ámbito de las élites se ha entendido y aceptado que la globalización es una realidad ineludible. Ese grupo procura idear y poner en marcha reformas indispensables para aprovechar las oportunidades de la globalización. Sin embargo, la población mayoritaria aún no ha entendido lo que ocurre y esto la lleva a la frustración y el desencanto. Al mismo tiempo, intelectuales, políticos y observadores buscan en “la tercera vía” un paradigma para procurar limar las aristas negativas de los procesos de mercado.

c) Aspectos económicos.

1.   Las recientes reformas a las leyes de Garantías y de Concursos Mercantiles, que eran antiguas y obsoletas.

2.   Alto nivel de gasto en educación, aunque la calidad requiere mejoría significativa y el tamaño relativo del gasto contra el presupuesto total impide flexibilidad para otras actividades (crow- ding-out).

3.   Alto nivel de reservas de divisas extranjeras (alrededor de 32,000 millones de dólares), cero deuda con el Fondo Monetario Internacional y un perfil adecuado de deuda externa a largo plazo.

4.   La reciente elevación del riesgo-país publicada por las agencias clasificadoras Standard & Poor’s (a BB+ con expectativas positivas, casi “grado de inversión”) y Moody’s (a “grado de inversión”).

5. La inversión extranjera directa continúa llegando a un ritmo anual de 12,000 millones de dólares, lo que significa el tercer lugar en Hispanoamérica, después de Brasil y Argentina.

6.   Disciplina fiscal (el déficit del año 2000 será menor al 1%); la inflación fue de 9% en el 2000, y se espera entre 6 y 7% para 2001; el tipo de cambio estable (se revaluó durante el año 2000 y algunos analistas sugieren sobrevaluación del orden del 20 al 25%, que no se ha manifestado en el nivel de reservas por el influjo extraordinario de ingresos petroleros).

7.   PEMEX ha sido factor clave en el crecimiento sustentable de México durante sus 63 años de operación. Por razones históricas, políticas, económicas, simbólicas y emocionales, todavía se considera tabú la idea de privatizarlo. En esta coyuntura PEMEX desempeña diversas funciones trascendentes: nutre al gobierno federal con una tercera parte de sus ingresos, proporciona una parte sustancial de los ingresos de divisas del país, ejerce un relevante papel en la fijación de precios y, a nivel del gasto macroeconómico, es una válvula de control importante, a través del ajuste de su presupuesto de capital y del ritmo de sus erogaciones.

Se están considerando formas para reformar PEMEX. La favorita parecería considerar su autonomía de gestión y su tratamiento como una empresa, incluyendo su carga fiscal y sus órganos de gobierno. Este esquema quizá será difícil de “vender” y de poner en marcha, dado el importante impacto sobre las finanzas públicas y los efectos derivados de la alteración de sus diversos papeles históricos. Quizá la puesta en marcha exitosa de una reforma fiscal integral sea una condición esencial, previa, para permitir la reforma de PEMEX. En todo caso existen obstáculos importantes; la cosecha derivada de una actuación oportuna, eficaz y firme es alta; y es evidente que el status quo no es satisfactorio y que revela la vulnerabilidad del país.

En contra

a) Aspectos estratégicos.

1.   La corrupción; al respecto, sólo puede preveerse una solución parcial y gradual.

2.   Existen muchos ámbitos de fricción con Estados Unidos: migración ilegal, interpretación unilateral de ciertas partes de los acuerdos comerciales (transporte, azúcar, telecomunicaciones), narcotráfico, desencuentro entre los sistemas jurídicos, acusaciones mutuas de dumping o venta al extranjero a precios inferiores a los corrientes, lavado de dinero, derechos humanos, e irritación mexicana por la actitud unilateral de Estados Unidos al emitir “certificaciones” sobre comportamientos relativos al combate al narcotráfico. La agenda es compleja, sensible y cambiante.

3.   Inseguridad en las ciudades principales; la mejoría gradual es imperativa, posible y probable.

4.   Desigual distribución de la riqueza, del ingreso y de las oportunidades.

5.   Fallas en la aplicación del régimen de derecho; deficiencias en temas de derechos humanos; ineficiencia e ineptitud del sistema judicial (suponiendo, sin conceder, que no haya corrupción).

6.   Respuestas diferenciadas por regiones y por sectores ante los obstáculos, retos y oportunidades de la globalización. Además, inexistencia práctica de un desarrollo de cadenas productivas que vinculen a las empresas grandes, exitosas y exportadoras, con las medianas y pequeñas; y una ausencia, casi total, de incubadoras de nuevas empresas. En esencia, sustitución de importaciones, con producción nacional “competitiva”, porque ya no hay protección.

7. Desencanto con la ineficiencia, hasta ahora, del grupo opositor de izquierda al frente del gobierno del Distrito Federal.

8. Frustración frente al deterioro ecológico en el aire y el agua, incendios forestales y mala administración de deshechos y residuos orgánicos, inorgánicos y sanitarios.

9.   Fracasos en la producción agrícola que no alcanza la autosuficiencia, debido a baja capitalización, bajos conocimientos y habilidades, irrigación limitada (que lleva a la dependencia de lluvias impredecibles y mal distribuidas en el territorio). Esto lleva a la necesidad de importar alrededor de 15 millones de toneladas de granos anualmente, bajo nivel de ingreso en comunidades rurales, limitaciones al mercado interno y migración del campo a la ciudad.

10. Hay confusión sobre el papel que deben jugar los principales partidos políticos. Dos partidos, el PRI y el PRD, tienen divisiones y desórdenes internos que les inmovilizan e impiden ejercer aportaciones positivas, además de la falta de definición del presidente y su equipo con su propio partido (PAN). Si uno recuerda, como decía Jesús Reyes Heroles, “que lo que opone apoya”, es evidente el imperativo de restituir, reestructurar y rehabilitar a los partidos políticos.

11. Los legisladores apenas comienzan a aprender cómo argumentar, negociar y alcanzar acuerdos prácticos, o sea, a legislar. Hay la oportunidad de capacitar a los legisladores y la oportunidad

de legislar para permitir la posible reelección de aquellos que se muestren capaces.

12. Confusión en relación al papel y al profesionalismo de los medios de difusión, que recientemente han alcanzado gran libertad. La autorregulación respecto a sus responsabilidades y moderación es una necesidad importante y una oportunidad relevante.

13. La frustración respecto a los procesos de privatización de la petroquímica básica y secundaria y de las aerolíneas, así como la paralización en la resolución de modelos que permitan el abasto de suficiente energía eléctrica.

14. La necesidad de reformar o emitir una nueva Ley Federal de Trabajo para lograr fórmulas de productividad, de incentivo y de justicia; la necesidad de redefinir la función de los sindicatos.

15. La urgente necesidad de llegar a una reforma fiscal integral (la carga fiscal como proporción del PIB es sólo 11%, sin considerar a PEMEX, y 14% incluyendo a PEMEX), pero es lógico el temor de revisar en profundidad, en vista de la turbulencia social y política que pudiera provocarse mientras se alcanza un acuerdo general o por el riesgo de que cualquier error de concepción o implementación disminuya los ingresos. La nueva estructura fiscal es muy necesaria, pero la negociación e implementación están rodeadas de peligros. Debe incorporarse a millones de personas que están en la economía informal y no pagan impuestos. Además, debe disminuirse la evasión e incentivar la innovación y la actividad empresarial. Cualquier reforma entraña también definir procesos y ámbitos muy sensibles: federalismo contra centralismo: derechos y obligaciones de los estados y municipios en la cobranza, gasto y prestación de servicios: confrontación con la realidad de que los estados y municipios tienen muy diversas aptitudes de gestión, de necesidades y de expectativas; y la consideración superior de que decisiones de transferencia de recursos y facultades tienden a ser irreversibles. Enfrentar estos aspectos es imperativo, quizás el primer paso, esencial para resolver muchos aspectos de la problemática nacional.

16. En la generación de energía el ritmo de la demanda supera a la oferta. Esto presenta una gran restricción y vulnerabilidad, que si es atendida adecuadamente puede también ser una gran oportunidad. En este ámbito también es importante revisar y definir el esquema de subsidios.

17. Noticias periodísticas señalan que más de 1,500 oficiales y tropa del ejército han sido entrenados en Estados Unidos en actividades de lucha antiterrorista, lo que sugiere amenazas ocultas a la seguridad nacional.

18. El servicio civil de carrera es aún incipiente; hay una disonancia significativa entre el nivel de las remuneraciones del sector público y su sistema de incentivos, comparados con los del sector privado. Pero a reto grande, oportunidad grande.

b) Aspectos económicos.

1. Desequilibrio en la cuenta corriente de la balanza de pagos, recientemente proyectada para alcanzar 15,000 millones de dólares a pesar de los altos precios del petróleo (lo que puede ser una ventaja de corto plazo), que quizá refleje el bajo contenido nacional de muchas exportaciones y la sobrevaluación del tipo de cambio.

2.   La cartera vencida que los deudores deben al sistema financiero mexicano. que ha debilitado al sistema en alrededor de 100,000 millones dólares o 17% del PIB. se ha convertido, de hecho, en deuda pública interna denominada en pesos a través del IPAB. cuyo costo y amortización disminuirá las expectativas de crecimiento futuras e. inevitablemente. al existir mayor transparencia revelará escándalos notables.

3. El sistema financiero requiere una amplia reforma: en su estructura (capital. capital de riesgo y mercados de deuda de largo plazo, a la vez que banca comercial, banca de desarrollo y banca popular), fortaleza, transparencia, regulación y supervisión.

Dado que al parecer existe una fuerte voluntad política, algunos de los factores negativos pudieran resolverse en el corto plazo: en otros aspectos, sólo puede esperarse la construcción de los cimientos y de los rumumbos de soluciones racionales, que cuenten con un acuerdo general y que puedan fructificar en el mediano y largo plazo.    n

Sergio Nicolau. Analista político.

¿Todavía lo recuerdas?

INJUSTICIAS EJEMPLARES

POR RAFAEL PÉREZ GAY

Presentamos al lector ocho historias súbitas de injusticia ejemplar. Se trata de casos rigurosamente ciertos. Las situaciones, los personajes y los nombres provienen de algunas de las recomendaciones que la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal hizo en su momento a la Procuraduría de Justicia del D.F o a la Secretaría de Seguridad Pública. En su contundente brevedad, estos documentos, recreados, reescritos o transcritos por Aguilar, Pérez Gay y Pliego, son cápsulas inapelables de una vasta zona de la ilegalidad mexicana: abuso de autoridad, tortura, detenciones ilícitas, negligencia médica, arbitrariedad de ministerios públicos, incumplimiento de servidores públicos, corruptelas en reclusorios y otros quebrantamientos de la ley. En la mayoría de los casos, a un delito le sigue otro cielito; a un atropello, una falta aún mayor. Acompaña a estos relatos un poema “A la Borges” basado en una serie de quejas recibidas por la Comisión que no prosperaron pues eran jurídicamente insostenibles aunque no por eso menos terribles en su desesperación y soledad. Damos las gracias, por supuesto, a Luis de la Barreda, Presidente de la CDHDF, y a Angélica Ortiz, Secretaría Particular de la Presidencia de la Comisión, quienes pusieron amablemente a la disposición de Nexos las recomendaciones en que se basan estos trazos de violencia, estupor e injusticia ejemplar.

¿Todavía lo recuerdas?

En lugar prohibido

Un mediodía caluroso en el centro de la Ciudad de México, en la esquina de Uruguay y Eje Lázaro Cárdenas. El sol calentaba el asfalto, el tránsito volvía imposible la circulación. el humo de coches y camiones levantaba columnas grises que se desvanecían entre edificios centenarios; los puestos de mercancías de vendedores ambulantes situados a la orilla de la calle sugieren postales dramáticas de Calcuta.

Precisamente en esa esquina los hermanos Valladares estacionaron su coche. Un lugar prohibido. Minutos después de cometer esa infracción, la grúa C-746 de la Secretaría de Seguridad Pública, tripulada por José Luis Avila y Carlos Herrera. se disponía a retirar el coche infractor. Un incidente de tránsito: entre insultos y amenazas, los hermanos Valladares se resistieron a que su coche fuera removido del lugar. Arturo y José Luis Valladares no recuerdan cuánto tiempo pasó, pero de pronto, de la nada, entre la multitud de puestos y la ebullición de los automóviles, aparecieron entre veinte y treinta policías de apoyo para someter a los infractores. Primero sujetaron a Arturo de ambos brazos y. de frente, lo golpearon a puñetazos en la cara y el abdomen, lo patearon en los testículos una y otra vez. Repitieron la acción distintos policías. A losé Luis, quien más se defendía, lo sujetaron del cuello y lo golpearon en la cara con las macanas. Un empellón lo derribó al suelo, ahí fue pateado y golpeado con los toletes en la cabeza, en la espalda, en los antebrazos.

La noche de ese día caluroso, el médico de guardia del Hospital Balbuena leyó dos informes médicos: “Arturo Valladares: contusión intestinal. Edema escrotal. Escoriación en la mucosa oral. Edema y equimosis en la rodilla derecha. José Luis Valladares: herida en la región parietal derecha. Equimosis en el párpado izquierdo. Equimosis en la región supraciliar izquierda. Múltiples equimosis entre el cuello y el hombro derecho. Equimosis en la fosa renal izquierda. Equimosis en el antebrazo izquierdo. Escoriaciones en la espalda.

Los hermanos Valladares no recuerdan aún de quién fue la idea de estacionarse en un lugar prohibido ni el momento exacto en que los alcanzaron los primeros golpes.

Dos billetes de cincuenta pesos

El día en que la suerte abandonó a María de los Angeles Blancarte, el meteorológico de la Ciudad de México indicaba cielo despejado y una temperatura de 21 grados centígrados. La señora Blancarte acompañaba a su amigo David a bordo de su automóvil, en el asiento del copiloto, por la avenida Churubusco. a la altura de la calle Añil. A las 18:15 del 18 de octubre de 1998, una patrulla de la Policía Judicial y una motocicleta conducida por un hombre vestido de civil los interceptaron. Según la versión de los policías judiciales que ejecutaron la detención, la mujer, dentro del coche, veía a contraluz unos papeles. A los policías les parecieron billetes. Cuando los sospechosos se percataron de la presencia de la policía, la mujer tiró por la ventana una bolsa negra y el automóvil aumentó la velocidad. El informe de los agentes judiciales consigna que cuando recogieron la bolsa, encontraron en ella vouchers, cheques en blanco de diferentes bancos y dos billetes falsificados de cincuenta pesos.

Separada de su amigo David, le ordenaron acostarse en el piso del automóvil y le taparon la cabeza con un suéter. Entonces María de los Ángeles Blancarte supo que la suerte la había abandonado. Ella asegura que la llevaron a una casa en las afueras de la Ciudad de México.

Dentro de la casa le preguntaron por las bodegas donde estaba la mercancía. En busca de una confesión, le quemaron las manos con cigarrillos, le introdujeron agua mineral a presión por la nariz, le pusieron una bolsa de plástico en la cabeza, la desnudaron, la golpearon y le dieron toques. En ese lugar la despojaron de su agenda, de ciento veinte pesos, unas llaves, aretes, anillos y cadenas.

En alguna hora de la noche la trasladaron al edificio de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal ubicada en la calle de Arcos de Belén 23. Ocho horas y diez minutos después, a las 2:40 de la madrugada del día 19 de octubre, la detenida María de los Angeles Blancarte entró al consultorio del médico legista. El médico no asentó en su informe ni las quemaduras en las manos ni los golpes en el cuerpo. Sólo informó de un moretón debajo de la oreja derecha. Nueve horas y media después de la detención, a las cuatro de la mañana de aquel 19 de octubre que la señora Blancarte no olvidaría el resto de su vida, la detenida se presentó ante el agente del Ministerio Público.

A las tres de la tarde del mismo día. María de los Angeles Blancarte fue sometida a una nueva revisión. Los médicos José Fernández Cáceres y Rodolfo Rojo, director y subdirector del Servicio Médico Forense del Distrito Federal, consignaron en su relato diversas lesiones que no aparecían en el primer informe. A las diez de la noche, en el mismo edificio de Arcos de Belén, la señora Blancarte fue revisada por tercera vez. El certificado médico, practicado 27 y media horas después de su detención, describía numerosas lesiones que no aparecían en los dos informes anteriores: párpados inflamados, derrames en los ojos, pómulos amoratados, sangre en las comisuras oculares, hematomas en los brazos, inflamaciones oscuras en el tórax y una quemadura de primer grado en la palma de la mano izquierda. Los policías judiciales aseguraron que ella misma se había golpeado durante las horas de su detención. Unas horas después, María de los Angeles Blancarte no recordaba las condiciones del traslado, pero sabía que estaba en la Procuraduría General de la República acusada de “portar dos billetes falsos de cincuenta pesos”.

Arcos de Belén 23

Preguntaban y golpeaban al mismo tiempo:

—Afloja: quiénes son los cómplices.

Bernardo Cifuentes fue detenido cuando volvía a su casa, a las diez de la noche del primero de agosto de 1998. acusado de participar en el robo de una casa de la colonia del Valle. Lo subieron a un Chevy y, un poco después, lo trasladaron a una camioneta Combi donde cuatro agentes judiciales preguntaban y golpeaban al mismo tiempo. El nombre del sospechoso se mencionó en la denuncia de los dueños de la casa. Cifuentes había trabajado con ellos y lo habían despedido por cobrar indebidamente dos cheques.

Los cuatro policías pusieron al detenido a disposición de la 50a Agencia Investigadora, ubicada en Arcos de Belén 23. En un cuarto pequeño del tercer piso del edificio. Bernardo Cifuentes escucha las preguntas, una tras otra, de ocho agentes de la Policía Judicial:

—No seas pendejo, ¿quiénes son los cómplices?

Cifuentes les respondió que no sabía. Primero fueron los golpes en la nuca y las patadas en las costillas.

—Que chingue a su madre de una vez —dijo el agente que dirigía el interrogatorio.

Lo sentaron contra la pared y le pusieron una bolsa de plástico en la cara. Cifuentes mordió la bolsa para jalar un poco de aire. Un agente se encargó de cambiar la bolsa y amarrarle otra en el cuello. Los ocho agentes lo patearon en el abdomen, en las costillas, en la espalda, en los muslos. Un agente le esposó las manos en la espalda y lo acostó boca abajo. Dos agentes jalaban los brazos hacia arriba, otros dos jalaban las piernas hacia atrás. En la operación se le dislocó un brazo a Bernardo Cifuentes. Más tarde trajeron un colchón al cuarto. Lo acostaron. Le sujetaron la cabeza con la funda de una almohada y lo agarraron de piernas y brazos. Dos agentes se sentaron en su estómago, otro le echaba agua por la boca, otros dos lo golpeaban en la garganta y el abdomen.

—¿Donde están las cosas que te robaste? —preguntaba la misma voz.

Le bajaron los pantalones y lo golpearon en los testículos.

—Este cabrón no afloja. Tráete los toques para que chingue a su madre de una vez —dijo la voz.

Cifuentes sintió un cable alrededor del antebrazo derecho. Su cuerpo se arqueó con la primera descarga eléctrica. En ese momento, Cifuentes mencionó los primeros apodos que le vinieron a la cabeza.

Se quedó solo en el cuarto, esposado y con la cabeza cubierta. Un hombre entró y le quitó su cartera con ciento cuarenta pesos, su licencia de conducir, su credencial de elector, una credencial de la tienda Sam’s Club, el cinturón y su reloj marca Cassio.

Tres horas después regresaron cuatro agentes que Cifuentes no había visto nunca en su vida. Ellos lo presentaron ante el Ministerio Público. Minutos antes de la presentación, uno de lo policías le dijo:

—Vas a declarar que te detuvimos a las cinco de la tarde. Nosotros ni te tocamos. Cuando te revise el doctor, le vas a decir que te caíste en tu trabajo. Aquellos se pasaron de lanza. pero vamos a poner la declaración suavecita para que te vayas rápido. ¿Entendido?

Dos fotografías incomprensibles

     1. La imagen borrosa apenas permite adivinar la acción: el 24 de noviembre de 1999, un jeep de la Policía Preventiva recibe instrucciones de patrullaje. Al pasar por una calle en la que un grupo de jóvenes juega futbol, los policías les piden que se retiren. Como siempre, desde todos los tiempos, los jóvenes le chiflan a la policía, se burlan, le gritan infamias a lo lejos. De pronto, desde el jeep, uno de los policías dispara contra los jóvenes. Uno de ellos cae al suelo, Fernando Avala Alfaro, de diecisiete artos de edad, herido en la pierna derecha. Seis días más tarde, dos médicos deciden amputarle la pierna, arriba de la rodilla, a Fernando Avala Alfaro.

2. Una imagen en penumbras, apenas iluminada por una luz de neón: el 12 de septiembre de 1999 se desata un pleito en una discoteca de la Ciudad de México. A empujones, entre gritos apagados por la música y los ánimos enardecidos por el trago, un grupo de empleados de la seguridad privada del lugar expulsa de la discoteca a los bravucones y a sus acompañantes. En la calle, los esperan los tripulantes de las patrullas 13115, 13239 y 13801 de la Secretaría de Seguridad Pública. Los clientes se niegan a ser detenidos. Jaloneos. Gritos. Empujones. Se escucha el estruendo de dos disparos. Suyapa Josefina Villarreal cae herida en ambas piernas. Tres días después, a consecuencia de las lesiones, le amputan a Suyapa la mayor parte del pie derecho.             n

Rafael Pérez Gay. Escritor. Su más reciente libro es Cargos de conciencia.

EU: La compra de la influencias

EU: LA COMPRA DE INFLUENCIAS

POR LUIS CARLOS UGALDE

Las decisiones del gobierno de Estados Unidos afectan a todo el mundo. Su poder económico y político lo han convertido en un policía mundial. Sin embargo, como señala Luis Carlos Ugalde, en Estados Unidos rige un sistema de corrupción “legalizada ” derivada del financiamiento a las campañas electorales; se trata de intercambiar dinero por influencia política.

Combatir la corrupción alrededor del mundo se ha convertido en uno de los objetivos de la política exterior de Estados Unidos. Usa para ello su enorme poder económico y político para condicionar ayuda económica, “certificar” a gobiernos extranjeros y promover programas contra el soborno y el lavado de dinero. Sin embargo, este nuevo policía mundial olvida con frecuencia que en su régimen político se localiza el sistema de corrupción legalizado y abierto más importante del orbe, tanto por su tamaño como por sus efectos sobre el resto del mundo. Me refiero a la corrupción derivada del sistema de financiamiento de campañas electorales, que incentiva el intercambio de dinero y donaciones a cambio de influencia en la toma de decisiones y puestos políticos en el gobierno.

El sistema de financiamiento de las campañas políticas en Estados Unidos se basa en tres reglas principales: el financiamiento es privado; el límite para las contribuciones individuales a los candidatos es muy bajo —1,000 dólares que no se actualizan desde 1974—; y, aunque no pueden donar a los candidatos de manera directa, las empresas, los sindicatos y los individuos pueden dar cantidades ilimitadas de dinero a los partidos y comités de acción política —el llamado soft money—. Los comités de acción política compran tiempo en TV. pagan anuncios y llevan a cabo la publicidad negativa que tanto ha dañado moralmente a la política de ese país. Debido a que el costo de las campañas ha aumentado notoriamente, sobre todo por el uso creciente de la TV, los candidatos recurren y dependen de grandes donantes que dan dinero a cambio de influencia futura en el gobierno —permisos, leyes favorables, embajadas.

El dinero otorga viabilidad a los candidatos. George W. Bush, por ejemplo, empezó a tener visibilidad y respeto una vez que había recaudado varios millones de dólares. Su cuenta bancaria lo hizo un candidato viable aun contra los cuestionamientos sobre su inteligencia y capacidad. Ese “respeto” ganado al amparo de sus donantes atrajo más dinero, más tiempo en TV, más atención de los medios y todavía más respeto. En un sistema político de posiciones centristas como el de Estados Unidos, la recaudación de fondos de campañas, más que las ideas y las propuestas de gobierno, es la condición necesaria (y a veces suficiente) para ser competitivo. Ahí están los ejemplos de Bill Bradley y John McCain, dos políticos inteligentes y con un discurso atractivo que, sin embargo, nunca fueron viables porque sus adversarios —Al Gore y George W. Bush— recaudaron dinero más rápidamente.

Las elecciones de 2000 fueron las más caras en la historia de Estados Unidos. Considerando todas las contiendas en disputa —congresistas, senadores y presidente— el proceso costó 3,000 millones de dólares. Y a mayor costo mayor es la influencia de quienes pagan las campañas. Quienes financiaron a Bush ya empiezan a cosechar resultados. Los petroleros de Texas y dueños de empresas de energía, todos ellos cercanos aliados y donantes de Bush, han cosechado dos triunfos recientes. Por un lado, el compromiso del presidente para abrir Alaska a la exploración de petróleo; por otro lado, el retiro unilateral de Estados Unidos del protocolo de Kyoto, con lo cual se vienen abajo años de esfuerzo y cooperación internacional. El presidente también ha anunciado su intención de llevar adelante la construcción del sistema de defensa antimisiles, que ya ha provocado reacciones negativas de Rusia, China y varios aliados europeos. Según diversas estimaciones, el proyecto costará más de 100,000 millones de dólares y sus mayores partidarios son las compañías fabricantes de equipo militar y tecnológico, donantes importantes de la campaña republicana. ¿Casualidad?

Además de la influencia sobre el proceso de toma de decisiones, las donaciones también dan acceso a puestos políticos que, aunque de menor influencia, otorgan prestigio social y político. Dos de las embajadas más codiciadas de Estados —Irlanda y Francia— serán ocupadas por donantes republicanos, a pesar de su falta de experiencia diplomática. ¿Cuál es el mérito político y diplomático de esos donantes, además de su enorme talento para los negocios y el cabildeo? ¿Dónde queda el respeto para los países anfitriones y para el servicio exterior de carrera?

Frente a este sistema de corrupción ” legalizada”, la propuesta de reforma del senador John McCain es un aliciente de cambio. El excandidato presidencial ha aprovechado el momento que le ofrece el inicio de una nueva legislatura y una nueva administración, para cabildear y lograr apoyo para una nueva ley que regule el financiamiento de campañas y limite la “compra de influencia política”. Si la nueva ley entra en vigor se prohibirían las contribuciones del llamado dinero suave, y se limitaría con ello la influencia creciente del dinero en la política. Ciertamente los donantes de hoy pueden encontrar huecos legales para inyectar dinero mañana, pero la nueva regulación limitará tales acciones y será un instrumento para perseguir a quienes quieran comprar influencia y poder. Si entra en vigor, la reforma del sistema de financiamiento de campañas será el cambio más profundo al sistema político estadunidense en las últimas décadas.

Por su calidad hegemónica, las decisiones del gobierno de Estados Unidos siempre han afectado a todo el mundo. Cuando algunas de esas decisiones son influidas por las preferencias de los donantes de las campañas (el sistema antimisiles, por ejemplo), entonces su corrupción “legalizada” importa

y afecta a otros países. Lo curioso es que mientras Estados Unidos opina sobre la corrupción en todo el mundo, pocos países han alzado la voz para criticar la corrupción imperante en la democracia más “venerada” del mundo. Aunque la compra de influencia política en EL” sea “legal”, es profundamente inmoral y dañina para él y para el resto del mundo n

Luis Carlos Ugalde Profesor del Departamento de Estudios Políticos del CIDE, Investigador Visitante en la Universidad de Harvard.

El síndrome de deficiencia tecnológica

CYBERNEXOS

EL SÍNDROME DE DEFICIENCIA TECNOLÓGICA

POR GABRIEL GRINBERG

Los hermanos Wagner son dueños de una granja de 1,700 hectáreas en el valle de Red River, Minnesota, en la frontera con Dakota del Norte. Al comenzar la década de los noventa la globalización de la economía obligó a los agricultores a expandir su área de producción y el dilema de los Wagner era comprar tierras a sus vecinos o que sus vecinos les compraran. No había otra opción para hacer frente al mercado agrícola global que exigía mayores escalas de producción. Encontraron una salida en 1993 cuando fueron contactados por una empresa tecnológica que había comenzado a trabajar en el concepto de la agricultura de precisión. En ese momento se trataba de una tecnología muy arriesgada porque apenas comenzaban a desarrollar la idea. Se trata de un sensor que, instalado en la segadora-trilladora, permite medir la cantidad exacta de trigo que se cosecha en cada metro cuadrado del campo. El sensor está conectado a un sistema de posición satelital (GPS) que localiza el lugar exacto de la máquina en todo momento. Cuando el granjero combina los datos del sensor que lleva la cuenta de la cosecha en cada palmo del campo con los datos del satélite que rastrea el movimiento de la segadora, sabe con exactitud cuánto trigo se cosecha en cada hectárea del campo y dibuja un mapa de rendimientos.

La información que aporta esta tecnología permitió desmitificar la creencia de que un campo tiene rendimientos promedios. Cuando miraban el campo, a simple vista parecía uniforme y las plantas de trigo eran muy parecidas unas de otras. Sin embargo, con el pequeño dispositivo descubrieron que a veces la realidad no es como se ve. Construyeron un mapa exacto de rendimientos de cada palmo del terreno y notaron que existían importantes diferencias entre algunas hectáreas. Esa información adquirió un valor estratégico porque ahora eligen qué variedad de cereal plantar según las condiciones de cada zona de la granja.

El secreto de esta transformación fue convertir al tractor en una máquina inteligente. Hasta ese momento los Wagner administraban su establecimiento con la información que les proporcionaban sus proveedores de semillas, quienes les recomendaban qué variedad comprar. Lo que hacen estas compañías es determinar el rendimiento promedio en granjas promedio, pero los hermanos Wagner descubrieron que esa información no era de buena calidad y gracias a su segadora-trilladora inteligente lograron que el campo les dijera qué nivel de agua y fertilizante prefería para mejorar sus rendimientos basado en el suelo específico, la humedad y la inclinación de terreno.

Fue una gran inversión pero seguramente menor que hipotecar el campo para comprar más campo, porque con sólo incorporar información y convertirla en conocimiento la granja elevó su productividad. Los Wagner compiten ahora con sus vecinos en el mercado global; todos tienen los mismos tractores, las mismas segadoras-trilladoras, básicamente el mismo terreno y agua, de modo que lo único que puede diferenciarlos es el grado de conocimiento.

Con ese procesador que instalaron en la segadora-trilladora se vacunaron contra el síndrome de la deficiencia inmunológica tecnológica (SD1T), que es una enfermedad de fines del siglo pasado, que ataca a cualquier organización privada o pública sin importar el tamaño. Su significado es el siguiente: es una enfermedad que afecta a cualquier sistema de la vieja economía y que es contraída por países y compañías que no prevén los cambios que provoca la tecnología de la información al generar mercados más veloces, abiertos y complejos. Los síntomas del SDIT aparecen cuando un país o una compañía pone de manifiesto una relativa inhabilidad para mejorar la productividad, los salarios, el nivel de vida, el uso de los conocimientos y la competitividad. a la vez que se vuelven demasiado lentos para reaccionar ante los desafíos del mundo veloz. Los países y las empresas con SDIT tienden a ser los administrados sobre la base de los modelos corporativos de la vieja economía, en los que una o pocas personas en la cumbre tienen toda la información, no la comparten y toman todas las decisiones, que son puestas en práctica por el resto que está debajo.

La única vacuna para esta enfermedad es la democratización de la información y la desconcentración del poder, dejando que los que producen la información la transformen en conocimiento. Esto genera en la gente una mayor interacción y capacidad de innovación, y a las empresas permite mantenerse en un mercado donde los consumidores demandan productos más baratos y servicios que se ajusten específicamente a sus necesidades.

¿Por qué? La respuesta es que con el desarrollo de las tecnologías de la información ha surgido una nueva economía donde la productividad y la competitividad de los países, empresas y personas depende de su capacidad de generar, procesar y aplicar la información transformada en conocimiento. Esto genera una nueva escala de productividad y la tecnología de la información se convierte en su principal inductor.

UN ejemplo muy claro que ayuda a entender este fenómeno son las causas “tecnológicas” del derrumbe de la Unión Soviética. El sistema soviético se construyó con el propósito de centralizar las principales funciones del liderazgo. Todas las decisiones se tomaban en la cumbre. En el núcleo de la crisis tecnológica de la Unión Soviética se encuentra la lógica del sistema estatal; la hegemonía la tenían los militares; el control político e ideológico de la información lo tenía el Estado, igual que los principios burocráticos de la economía planificada, que llevó al aislamiento del resto del mundo y a la incapacidad de modernizar tecnológicamente algunos segmentos de la economía y la sociedad sin modificar todo el sistema.

La siguiente anécdota ilustra muy bien este fenómeno. Los chips estadunidenses están compuestos de líneas que tienen un margen de separación de 1 10 de pulgada, aproximadamente 0.254 mm. El Ministerio de Electrónica de la ex URSS, encargado de copiar estos semiconductores ordenó redondear esa medida de espaciado a 0.25 mm y eliminar el excedente de 0.004. De este modo los chips

soviéticos parecían iguales a sus equivalentes estadunidenses aunque no encajaban en los soportes occidentales. El problema se descubrió demasiado tarde cuando ya se habían realizado todas las inversiones para comenzar a producir. La consecuencia fue que la URSS no logró abastecer su mercado ni incorporarse al mercado internacional de la microelectrónica. Hace falta más que esto para explicar por qué se derrumbó el régimen soviético.

Lo que demostró la experiencia soviética fue que en ciertas condiciones los sistemas sociales pueden desaparecer como consecuencia de sus propias con tradicciones sin necesidad de ser debilita dos por los actores sociales movilizados en forma consciente. El efecto de la democratización de la toma de decisiones y la desconcentración del poder redefine el centro de gestión de manera tal que la toma de decisiones y la información fluyen tanto hacia arriba como hacia abajo.

Cada compañía o país exitoso reorganiza su centro de manera diferente. Por ejemplo, Dell Computers centraliza toda su facturación, administración de inventario y distribución de computadoras para sus operaciones a través de un centro en Irlanda para aprovechar formas más eficientes que permiten reducir costos en la administración de inventarios y distribución. Al mismo tiempo, descentralizó gran parte del resto de la toma de decisiones, dejándolas en manos de los centros de ventas y servicios de cada país, porque cada uno de ellos está más cerca de sus clientes y puede adecuar sus servicios a las necesidades y gustos particulares.

En la economía globalizada, la mayor parte de la información necesaria para responder a casi todos los problemas está en manos de personas situadas en la periferia de la organización, no en el centro. En el libro Organizando el genio de Warren Venís, esto se expresa del siguiente modo: “Ninguno de nosotros es tan inteligente como todos nosotros”. John Chambers. Presidente de Cisco Systems, describe la democratización de la toma de decisiones en su propia compañía del siguiente modo: “Dado el ritmo de la economía actual yo sólo puedo tomar un número determinado de decisiones, y reunir una cantidad determinada de información. Quiero tomar las grandes decisiones estratégicas, pero después de eso, si he diseminado el proceso de toma de decisiones entre las personas de abajo —los que están más cerca de la acción— y si les he dado la misma información que poseo, entonces me convierto en un millar de personas trabajando con capacidad de tomar decisiones y, por lo tanto, baja la probabilidad de perder mercado. Por otra parte, hay mejores posibilidades de que estas personas experimenten y encuentren la respuesta adecuada a problemas verdaderamente complejos. La toma de decisiones de arriba hacia abajo sólo resulta cuando el mercado se mueve con lentitud, o la persona de arriba puede estar al tanto de todo, todo el tiempo, lo que es prácticamente imposible”.

Las empresas están modificando su modelo de liderazgo de mando y de control a otro denominado por World Link “de mando y conexión”. Una manera de resumir este cambio es pensar en el letrero que los jefes solían colocar en sus escritorios: “La máxima responsabilidad es mía”.        n

Gabriel Grinberg Periodista.

Ricardo Muñoz Zurita

RICARDO MUÑOZ ZURITA

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

Tan ocupada he estado en mis vueltas por los puestos de periódicos viendo que si Marcos se iba o se quedaba, y que si la princesa Estefanía había estrenado novio, que no me enteré de un acontecimiento cultural de la más grande importancia, como ha sido el inicio de la publicación por entregas del Diccionario enciclopédico de gastronomía mexicana, del gran y obsesivo promotor de la cocina mexicana, Ricardo Muñoz Zurita.

Ricardo Muñoz se ha pasado por lo menos veinte años con las narices metidas en la cocina —y también en las bibliotecas y archivos de la nación y en cuanto recetario ha pasado por sus manos—. Juntando tradición y talento, le ha brindado a sus afortunados comensales sabores inolvidables. En una cena de clausura del Festival del Centro Histórico, celebrada en Bellas Artes, me tocó ver cómo los asistentes agradecían de pie y a gritos un filet mignon en chichilo negro. De otra cena de clausura, esta vez de un curso en el Centro Culinario Ambrosía, recordaré siempre un consomé que sirvió en jarritos de barro, y que era en realidad el caldo desgrasado y clarificado de un puchero excepcional.

Así como investiga y cocina, también escribe. Tiene un libro indispensable sobre los chiles rellenos, y otro, en edición de lujo, llamado El verde en la cocina mexicana, editado por la Fundación Herdez. Ahora, con el mismo patrocinio y con Editorial Clío, ha emprendido la publicación en fascículos semanales de su Diccionario enciclopédico…, que es una obra tan excéntrica, totalizante y hermosa como la enciclopedia original de Diderot y sus colaboradores.

No sé si logre reflejar aquí la amplitud de su absurda y maravillosa pretensión. Por ejemplo, en el fascículo 14, que va del sustantivo “consomé” al verbo “dorar”, se explican, entre otros, los términos “cuerito” y “damiana”. El cuerito es un “dulce de pulpa de frutas. Puede ser de guayaba, membrillo, pera, manzana y otras frutas. Es uno de los dulces tradicionales de Jalisco y se prepara para consumirlo durante las fiestas patronales”. De la damiana aprendemos que su nombre botánico es”Turnera diffusa willd”, de la familia de las turneráceas, que contiene un aceite volátil con olor a alcanfor, que, en las crónicas del siglo

XVI. los misioneros en California reportan que los indígenas del norte del país la usaban en infusión para combatir la debilidad muscular o nerviosa, que al licor de damiana se le atribuyen propiedades afrodisiacas y que en algunos restaurantes de la ciudad de México lo sirven como digestivo.

Toda esta es información útil, interesante, y entretenida, que tal vez cualquier otro erudito obsesivo de la cocina mexicana hubiera sido capaz de recabar y ordenar, junto con las explicaciones detalladas de lo que es el cuete, el cuete mechado, y el coyote (“bebida de pulque, miel y palo de timbre, que se acostumbra en Puebla”). Pero sospecho que a nadie más que a Ricardo Muñoz Zurita se le hubiera ocurrido incluir en un diccionario de cocina una entrada para Distrito Federal, que es en realidad un largo y amoroso ensayo sobre las preferencias gastronómicas de los glotones defeños, detalladas zona por zona y hora por hora.

Enciclopédico, Muñoz Zurita arranca aclarando que “La mancha urbana no comprende solamente la capital del país; a ella se le unen territorios del Estado de México, entre ellos Ciudad Satélite y Ciudad Nezahualcóyotl, más conocidos simplemente como Satélite y Neza”. Entrando en materia, se asoma a los desayunos de negocios y de los cafés de chinos, y nota que para los transeúntes que se desayunan en la calle no sólo están los conocidos puestos de tamales y atole, también hay los que venden gelatina y pan de dulce. Estos últimos “se ubican principalmente en las salidas de las estaciones del metro y las paradas de autobuses concurridas… (y) desaparecen desde las nueve de la mañana, pues acaban pronto con todo lo que tienen para vender”.

Al mediodía, escribe el enamorado cronista, “la comida de las cantinas es un verdadero paraíso”, pero se detiene también a observar a los siempre hambrientos estudiantes de la UNAM (“que… van a lugares como el cruelmente llamado Paseo de las Amibas… ubicado a espaldas de la Facultad de Medicina”), y a los anfitriones de las grandes bodas de sociedad, quienes, después de haber ofrecido al mediodía comida “muy espectacular o muy especial” —es decir, no muy mexicana—, en la madrugada hacen felices a sus invitados con los tradicionales chilaquiles y la birria. Apunta, con exactitud y ternura, que por las noches todavía se escucha en las calles de nuestra ciudad “el ruido melancólico que deja escapar el vapor del carrito de camotes asados”.

La ambición del autor ha encontrado feliz apoyo en el trabajo de la casa editorial. El diseño de los fascículos es impecable y las numerosas fotos realzan tanto la precisión científica del texto como sus vuelos líricos. Cada número trae un suplemento de recetas, impresas en papel resistente a las manchas de salsa y aceite, y presentadas con ejemplar claridad (y con fotos que ilustran los procedimientos básicos). Me gustó particularmente un agua de hojas de naranjo, tradicional de Oaxaca, que es, como su nombre lo indica, una bebida preparada en la licuadora con agua, azúcar y un manojo de hojas frescas y desvenadas.

Esta columna no acostumbra ni recomendar libros o restaurantes, ni hablar bien de los conocidos, pero, dado que su pasión es la comida, tampoco puede pasar por alto una obra de ambiciones y logros fundamentales. Menos cuando su lectura prodiga no sólo información y entretenimiento, sino también el placer de la sonrisa. He aquí, por último, el texto de otra entrada del mismo fascículo 14 (que en el original viene acompañado de una diciente foto):

CRIADILLAS

Reciben este nombre los testículos del toro que se reservan cuando se capan, o bien al terminar una lidia. En la Ciudad de México, muchos restaurantes de comida típica, cantinas y bares las sirven al mojo de ajo, empanizadas, a la mexicana o enchipotladas, entre otras maneras. Son causa de grandes controversias. Por la mente de algunos caballeros que asisten a las cantinas, pasa en ocasiones la idea de que comerlas reafirma su virilidad.

Estamos ante la presencia de un autor verdaderamente original.                      n

Alma Guillermoprieto Escritora. Su más reciente libro es Historia escrita.

Por qué es imposible la PGR

POR QUÉ ES IMPOSIBLE LA PGR

POR JULIÁN ANDRADE JARDÍ

¿Hay remedio para la PGR? ¿Hay manera de extirpar de ahí la corrupción, las prácticas ilegales que se han convertido en forma de vida? La respuesta es desoladora: no. Como exhibe esta crónica hecha con materiales de primera mano, materiales extraídos del bajo mundo policiaco, la PGR ofrece muy pocas garantías para hacer cumplir la ley.

Supe que la PGR no tenía remedio, años antes de poder decirlo y explicarlo. Es como esas cosas que están ahí y no se captan. Es el tronco que no permite ver el bosque.

Lo intuí cuando un joven judicial se quitó la vida después de drogarse. Un par de veces escuchamos al Tri, a Silvio Rodríguez y hablamos de política. Sostenía, con razón, que el poder corrompe y que la policía era una mierda. Venía de Tepito, de lo más rudo del barrio, donde se hizo chavo banda. Su decisión de hacerse policía judicial provenía de un miedo antiguo, de esa sombra que te persigue, que te busca, sobre todo en lugares donde lo ilegal es una forma de vida. ¿Qué mejor protección que las armas y la ley? Se dio cuenta de su equivocación en el norte, cuando llegó a San Luis Río Colorado sin armas y sin donde hospedarse. Ahí los únicos solidarios eran los narcos. Acostumbrados a la compra de gente, lo hacían desde el principio, sin coartadas.

Otro amigo, buen abogado y con un futuro brillante, se disparó en el corazón en plena calle. Discutió con su novia, luego de un operativo de dimensiones mayores. Sus ojos, decían, ya no veían. Estaban sumergidos en el silencio.

Venía de la sierra luego de una detención importante, complicada por una balacera que se pudo evitar. Por eso estaba armado. La contraloría lo investigaba, también, por el decomiso de un tráiler con herramientas. Se sospechaba que faltaban algunas, las más caras. Semanas después se sabría de su actuación siempre apegada a derecho. ¿De qué discutieron él y su prometida? De nada importante, pero se quebró, no pudo más. Ahí, frente a los Tacos Orientales de Cuernavaca, quedó su cuerpo. Dejó una niña pequeña. ¿Para qué?

Quizá desde las oficinas en Violeta y Reforma, donde despacha el procurador, el país y la policía se vean distintos. Burbujas de cristal se construyen a su alrededor y contrastan con la mugre que corroe toda la institución.

El poder del procurador, a fin de cuentas, es poco cuando se trata del control. ¿Qué puede hacer contra judiciales enloquecidos por la adrenalina a dos mil kilómetros de distancia? Nada.

Los últimos procuradores son, casi todos, gente honesta.

Cada uno inauguró una gran cruzada contra el crimen y desmontó los programas de sus antecesores. “Se combatirá la corrupción a fondo, donde tope”, suelen decir aún ahora. Casi todos terminan mal. inhabilitados para la función pública y obligados a contestar versiones que los involucran con el crimen, la mayoría falsas, pero que responden a intereses de grupos criminales y políticos.

¿Tiene remedio todo esto? Supongo que no y menos bajo el esquema actual en el que se libra una guerra perdida de antemano. Creo que las siguientes historias dan cuenta de ello. En algunas los nombres son distintos. No le dirían mucho al lector pero sí podrían afectar acuerdos construidos con el tiempo. Muchas las vi de cerca, otras son producto del reporteo y la labor periodística. Con los policías y sus vidas, me di cuenta de que el problema tiene raíces profundas y que no se puede ver en blanco y negro. Con varios de ellos recorrí caminos en el desierto, ahí donde la profundidad de la noche y el horizonte interminable hacen propicia la confidencia.

El Popeye vio cómo su esperanza se desvanecía por el desconocimiento de la biología, la química y la conservación de los materiales.

A la judicial llegó joven. Como tantos otros se formó en la época del botín de guerra y los operativos contundentes. La policía tenía, por aquel entonces, su comandancia general en la calle de López, detrás del viejo edificio de San Juan de Letrán, donde despachaba el procurador.

La mala suerte lo atrapó cuando lo ascendieron a comandante. Ya no era el tiempo de cierta soltura, cuando las fortunas se podían enseñar sin recato. Durante un operativo incautó 200.000 dólares, dinero suficiente para darse un respiro. Decidió enterrarlo y lo hizo en bolsas de plástico, con las que envolvió los fajos de billetes de 20 dólares. Puso un clavo como señal del tesoro, y esperó el momento adecuado para disfrutarlo.

El día llegó y procedió al desentierro. Llevó sólo a la gente de más confianza, por dos cuestiones. La primera, por la discreción que requiere este tipo de empresa, y la segunda para repartir muy poco del botín. Cometió, lo supo después, varios errores. El primero, a decir de un buscador de tesoros, el de no enterrar a alguien para que cuidara el dinero. Asunto poco factible, en una época en que la impunidad no era como antes. En Guanajuato cuentan que las grandes fortunas aún permanecen bajo tierra y que es frecuente encontrar los cofres de monedas junto a los huesos de un infeliz parroquiano. elegido por hacendados y generales para resguardar, como fantasma, el patrimonio conseguido en la revuelta. El segundo y definitivo error fue no empacar los billetes al alto vacío. Cuando le explicaron, después, que fueron bacterias las que terminaron con su fortuna, no lo podía creer. El papel se fermentó y no quedó mucho que hacer.

El Popeye tampoco sabía que el dinero debe ser asoleado. No se le puede tener bajo tierra durante un tiempo indefinido. A un ex funcionario le gustaba contar los billetes en el jardín de su casa. Ponía toldos para evitar indiscreciones aéreas. “Los que tienen helicóptero son policías, narcos o culeros y todos van a querer su parte”.

Ahora el dinero se invierte, por regla general, en tiendas de ropa. “¿A qué se debe?”, le pregunté a un funcionario. “A la facilidad de lavar las ganancias”. Probar el lavado de dinero es un asunto tortuoso y complicado. Es como un juego en el que las mafias intentan aparentar que el dinero ilícito en realidad es legítimo y las autoridades lo contrario. Esto, como algunas anécdotas despiadadas, se lo debemos a Meyer Lasky quien desde el Bronx, en los años veinte, ideó los procedimientos necesarios para blanquear el dinero obtenido con la venta de licor durante la prohibición. Abrió una cadena de lavanderías, donde podía justificar el dinero de los casinos y la prostitución. A fin de cuentas, ¿quién sabe si se lavaron cien o doscientos pantalones? Pero para los policías las cosas son aún más complicadas, ya que no cuentan con contactos en el sistema financiero.

Mientras se hacía una revisión de rutina, funcionarios de la PGR se percataron de la riqueza de uno de los comandantes. A simple vista era evidente que no podía ser justificada. Se realizó una investigación y resultó que se había sacado la lotería. El problema fue que hizo negocio y agarró dinero que no pudo justificar. La suma del dinero ilícito era menor, pero ahí quedó sepultada su esperanza de lavarlo.

Las grandes transferencias de dinero y de drogas no pueden hacerlas los policías, quienes forman parte de una cadena y es la que suele romperse con mayor facilidad.

En 1993 los contactos entre el cártel de Cali y su contraparte mexicana se hicieron más intensos. La guerra de los Rodríguez Orejuela con Pablo Escobar estaba en su apogeo. Amado Carrillo avanzaba en la construcción de una organización poderosa. Semanas antes Rafael Aguilar Guajardo moriría asesinado en un puerto turístico. Desde un vocho le dispararon. sin dejarlo reaccionar.

Una noche se reunieron en Cancún. Ahí. a la luz de la playa, establecieron un nuevo compromiso: los colombianos se encargarían de transportar la droga hasta México. El cártel de Juárez haría lo propio hasta la frontera. El pago sería en efectivo y en especie. La cantidad de droga que permaneció en el territorio nacional hizo que de alguna manera se proletarizara y los delitos relacionados con esto aumentaran. Para agosto de 1993 se registraban al mes quinientos hechos delictivos relacionados con drogas. Se trataba de establecer una ruta segura y eficiente. Buena parte de las guerras del narco son por eso, por toda la red de complicidades que hacen que la droga pueda salir de Cali y llegar a Nueva York.

Inicia, con esto, un affaire que aún conmueve nuestra vida pública, porque el caso Cancún es el que más testigos protegidos ha propiciado. Uno de ello, José Luis Antún, pasó por Chihuahua. Acompañado de madrinas viajaba en un ford último modelo. Era gente del subdelegado Horacio Brun Acosta, quien saltaría a la fama luego de detener (aunque en realidad se entregó ya que no quería saber nada de Almoloya) a Juan García Abrego.

No duraron mucho en el norte y se establecieron en Morelos. Ahí ayudaron, según Antún, al Señor de los Cielos, y a Juan José Esparragoza Moreno, el Azul. Antún sostiene que Brun entregó a Adrián Carrera un millón de dólares para ser subdelegado en Sonora. ¿Podemos creerle? Lo único confirmado es que viajaron a Sonora con sus nombramientos.

La lectura de los expedientes integrados con información de testigos protegidos debe ser cautelosa. Por regla general la verdad está escondida entre montones de basura e intrigas. No tenemos otro modo de acceder a estas historias. Reservadas, como pocas, están protegidas por pactos de lealtad que sólo terminan con la muerte. La de Cancún, sin embargo, tiene aristas que penetran por todos lados. Un ejemplo es Adrián Carrera, el director de la judicial que aparentemente aceptó sobornos del narco. No es el único, pero decidió declarar para proteger su dinero a cambio de testificar contra Raúl Salinas.

De los documentos se desprende un sistema de pagos interesante. Las cosas funcionan con un cierto toque empresarial. Para conseguir credenciales de alguna corporación policiaca, Amado Carrillo pagaba 40,000 dólares. Se trataba de tener a cierto número de guardaespaldas con permiso para portar armas de fuego. Los demás se arreglaban como podían, aunque era muy raro que algún incidente trascendiera.

Para los dueños de los aviones el pago es por kilo, entre 1,200 y 1,500 dólares; 200 dólares son para los grupos de judiciales involucrados y 1,000 para el funcionario de más alto rango involucrado en el negocio. Las cosas llegaban muy alto, aunque no tanto como sostiene la imaginación popular. Es raro encontrar material que indique un involucramiento en los niveles más altos del poder.

El nombre de Amado Carrillo estaba prohibido. Su sola mención podía tener consecuencias fatales.

El director de un diario de la frontera había sido secuestrado. Después de múltiples avisos, se había empeñado en publicar reportajes sobre el cártel de Juárez. Un buen día se lo llevaron. Ahí se arreglaron las cosas, de mala manera y las dos palabras, Amado y Carrillo, no volvieron a publicarse.

Los otros diarios también optaron por no mencionarlo, temerosos de correr la misma suerte, ignorantes de la presencia del cártel, o arreglados por cualquier clase de procedimiento.

“Para entender estas cosas hay que estar en la guerra. No es como en la ciudad, aquí se mata”, me explicó un reportero que ahora vive en El Paso, Texas. Son muchos los que salieron de su tierra después de husmear en la vida del cártel de Juárez. Nunca se presentó denuncia. ¿Alguien podía culparlos?

Si se buscan referencias a Carrillo por aquellos años será en vano.

¿A quién acudir? A nadie, ya que las autoridades podían estar coludidas en ese juego que es la lucha contra el narcotráfico. A veces me recuerda al salón de los espejos, donde las imágenes, muchas veces deformes, dan una idea de lo que puede y no puede ser. Los narcos rondan a la prensa, la saben su aliada incluso sin proponérselo. El dinero va y viene en un festín sin fondo.

El Greñas, un narco de la región, intentó negociar con la PGR. Quería ser trasladado a Ciudad Juárez. No resistía el agobio de Almoloya. Ofrecía decir el nombre de un periodista que le debía un millón de dólares; dinero utilizado para sanear las finanzas de un diario. Imposible pactar, se quedó en el Estado de México, guardando su historia. Dueño del penal en Juárez, abofeteó al director cuando éste le “faltó al respeto” a un interno. Ahí, en las canchas, y rodeado por cientos de presos, dejó claro quién mandaba. Después de esto se apuró su traslado.

El anonimato y la discreción son irrenunciables. De poco sirven los capos famosos y por regla general terminan presos o muertos. Sus empleados en las procuradurías intentan mantener el secreto.

—Ya sé quién es el sustituto de Aguilar Guajardo —dijo un alto funcionario destacamentado en la frontera.

—¿Quién es? —preguntó un burócrata que subiría como la espuma en los siguientes años.

—Amado Carrillo.

—No te confundas, ese señor es agricultor.

La imagen vuelve con frecuencia. ¿No sabía? ¿Se puede condenar a alguien por no saber? Por eso las mafias se modernizan. Ahora los hijos de los narcotraficantes son gente educada, capacitada para el lavado de dinero.

La relación de la prensa con la policía y con los narcotraficantes suele ser tortuosa. En Colombia fue asesinado el director de El Espectador; Guillermo Cano Izunza. Respondiendo a su naturaleza de periodista, sobrepuso el miedo y la seguridad y publicó historias en las que se daba cuenta de un hecho vergonzoso en la vida de Pablo Escobar: su oficio como violador de tumbas. Nada molestó más a Escobar que este escrutinio de su pasado, en el que quedaba claro que no existía mucha gloria y que de vulgar ladronzuelo se convertiría en jefe y señor del cártel de Medellín. Un gatillero de Pablo Escobar, Luis Carlos Molina Yépez, le dispararía en la víspera de Navidad.

El yerno del director de El Espectador. Carlos Eduardo Medellin. llegaría a procurador de Justicia. Pero no por una carrera alegre ni meditada, sino por su condición de víctima de la violencia, ya que su padre, el magistrado Carlos Medellin Forero, caería muerto por el fuego cruzado de la guerrilla y la policía, cuando se tomó el Palacio de Justicia. Curiosamente murieron varios de los magistrados que se oponían a terminar con la ley de extradición. El procurador poco pudo hacer contra la estructura del cártel y menos aún para detener al asesino de su suegro o para indagar los motivos de la violencia guerrillera.

Juan Manuel Izabal Villicaña, oficial mayor de la PGR. dejó el resumen de su vida en un mensaje escueto: “Alejandrina, perdóname, no quise lastimarte”. Le habían encontrado una caja de seguridad con 700.000 dólares, inexplicables desde su condición de funcionario. Decidió quitarse la vida con un disparo de su arma Baretta. que le perforó la garganta y le destruyó el cerebro.

A las 7:30 de la mañana sonó el localizador de Armando Alfonzo Jiménez. El secretario del procurador impartía su clase de teoría del Estado en CU. La bruma aún se distinguía entre las islas de la explanada. Los espejos de agua, inmóviles. reflejaban la torre de Rectoría. “Urgente, comunicarse con la guardia”, era el recado, escueto pero insistente. No atendió los primeros llamados porque pensó que se trataba de un enredo burocrático. Acostumbrado a jornadas de trabajo extenuantes, se daría tiempo para resolverlo más tarde. La llegada de más recados lo inquietó. Se comunicó a la guardia de agentes. Ahí le dijeron que el coordinador administrativo de la oficialía mayor quería hablar con Jorge Madrazo. Era raro que un empleado menor quisiera comunicarse con tal apremio. Pidió que lo comunicaran. Ahí. sin preámbulos, el colaborador de Juan Manuel Izabal Villicaña. le soltó:

—El oficial mayor está muerto.

El pasmo fue tremendo. El impacto confundió los pensamientos. Las manos sudorosas y los nervios a flor de piel despertaron la imaginación y el miedo. ¿Quién lo mató? ¿Quién quiere hacernos daño? No pudo evitar el pensar en su esposa, en la familia, en ese mundo frágil que existe fuera de los muros de la PGR en Violeta y Reforma.

Camino a la oficina vendría la revelación: el oficial mayor se había suicidado. Una bala de su pistola nueve milímetros le destruiría el cráneo. Los lentes, inmóviles, desatarían el rumor. Las versiones más inauditas viajaban por las ondas radiales y se iban convirtiendo en certezas, de esas que acompañan a nuestra vida pública: ejecutado, era el consenso de conocedores improvisados y de policías que se sentían con la capacidad y los méritos para informarlo.

Por la tarde, un día antes de la desgracia, Toñita, la secretaria de Jorge Madrazo, recibió una llamada. Era un alto ejecutivo del City Bank, que quería una cita con el procurador para informarle de una cuenta extraña, a nombre de un importante funcionario de la PGR. A las 7 de la noche Armando Alfonzo pasó al acuerdo. Reunión de trámite, excepto por la instrucción: “revisa las declaraciones de todos los funcionarios. Busca quién tiene una cuenta en City Bank”. Afuera esperaban Juan Manuel Izabal y Everardo Moreno, ambos con cita para despachar asuntos con el procurador. El primero, oficial mayor: el segundo, subprocurador.

Izabal traía los nuevos uniformes para los agentes de la policía. La chamarra estaba equipada con un chip porque se trataba de que fuera intransferible, para controlar la plaga de pseudoagentes que para ese momento ya invadían, de nuevo, la institución.

Armando Alfonzo le comentaría al oficial mayor, pensando sobre todo, en que Izabal tendría más capacidad para investigar el asunto por sus contactos con ese banco, que es el que lleva la nómina de la PGR desde el tiempo de Antonio Lozano Gracia.

—¿Qué dijeron los del City Bank? —preguntó Izabal Yillicaña.

—Que hay una cuenta rara, de dólares.

—¿Cuándo dices que vienen?

—Mañana al mediodía.

Izabal salió de la secretaría particular. No volvería más. Horas después se quitaría la vida.

Antes de dejar la PGR. el oficial mayor preparó dos cartas. Una dirigida a su mujer y la otra a Jorge Madrazo. La primera fue encontrada en el lugar de la tragedia, la segunda, en su escritorio. En la carta a Alejandrina, su esposa, le pedía perdón y la deslindaba del problema. En la de Jorge Madrazo trató de dejar un mensaje: “el dinero no es de ahora, es algo que vengo cargando desde hace mucho tiempo”. En efecto, la PGJDF concluyó que el dinero no lo recabó en los últimos años, pero aún quedan líneas por investigar, entre ellas la de la participación de algunos de sus colaboradores en el cambio de divisas.

Eran como las diez de la noche cuando dejó su oficina. A su secretaria le pidió:

—Limpie mañana el escritorio. Está desordenado. Se lo encargo mucho.

Ya con la convicción de quitarse la vida y con la certeza de que el segundo mensaje sería entregado, partió al sur de la ciudad. ¿Qué pasó con Izabal? Nadie lo sabe a ciencia cierta, porque hasta antes del escándalo sus credenciales eran irreprochables. Funcionario meticuloso y ordenado, parecía una buena barrera contra la corrupción. Quizá lo era, pero la fuerza de la corrupción es superior a muchas voluntades. Quizá su vida explique ese molino de carne que es la procuraduría. Ahí una mala decisión puede costar la vida, la honra, la familia.

Me lo decía un comandante: “No se pueden cometer muchos errores y el problema es que la mayoría viene de cuando estamos verdes. Ahí se acepta la lana y se queda enganchado para siempre. No hay respiro. Siempre lo buscan. Hace algunos años, ya fuera de la institución, recibí una llamada a mi celular. Me invitaban a un bautizo. En Torreón. Reconocí la voz. Hay cosas que no se olvidan. Cambié de teléfono. A las dos semanas me llamaron de nuevo para saber por qué no había asistido”.                  n

Julián Andrade Jardí. Subdirector de La Crónica de Hoy. Es autor de La lejanía del desierto.