Poemas

SERPIENTES Y ESCALERAS

SAMUEL BECKETT

POEMAS

1937-1939

En diciembre de 1999 se cumplen diez años de la muerte de Samuel Beckett, el escritor y dramaturgo irlandés que adoptó a la lengua francesa como su tierra natal y en secreto juró derrotar a las sombras y a la noche. Para rendirle homenaje, Rafael Pérez Gay ha traducido y descifrado los poemas que Beckett escribió en los periodos 1937-39 y 1947-49, llenos de París, sus gentes y sus calles.

Según relata su biógrata Deirdre Bair. a finales del año de 1933, una noche interminable envolvió la vida de Samuel Beckett (1906- 1989). Los médicos de la familia se habían enfrentado sin éxito a los abscesos, los forúnculos, las gripas y los dolores en las articulaciones que tiraban a Beckett durante varios días en la cama. Geoffrey Thompson, médico de la casa Beckett. estaba convencido de que las erupciones en la piel tenían un origen sicosomático, pero ese síntoma era sólo el principio. A mitad de la noche Beckett se despertaba empapado en sudor, con el corazón desordenado cobrándole todas sus cuentas pendientes. El pánico no era menor que los ahogos y la certidumbre de la muerte. En esos días. Beckett no podía dormir si su hermano Frank no lo acompañaba en el suplicio de una navegación nocturna perdida en tormentas del fin del mundo.

A principios del año 1934. Samuel Beckett debutó en el diván del médico Wilfred Ruprecht Bion y puso su casa en el 48 Paulton Square, cerca del King’s Road, en Chelsea. Mientras algunas revistas publicaban sus más tempranos trabajos de traducción, Beckett se hizo amigo del escritor Tom MacGreevy. Como si las noches hubieran pactado una tregua con sus veintiocho años, con su dimisión del Trinity College, en Dublín, y con sus fracasos literarios, Beckett publicó en mayo de ese año More Pricks Than Kicks. El libro fue prohibido en Irlanda por la alusión sexual del título (¿más pitos que flautas?). Beckett mandó una botella al mar de James Joyce: “Beckett publicó su libro More Pricks Tahn Kicks. No había podido leerlo, pero lo hice en París. Beckett tiene talento…”. Talento y muy pocos lectores: de la edición de mil quinientos ejemplares, el libro vendió quinientos. Entonces Samuel Beckett hizo lo que tenía que hacer: dormir muy poco, entregarse al trago como si fuera un marinero irlandés y dedicarse al periodismo literario para sostenerse en Londres.

A pesar de las noches, los problemas urinarios que le impedían orinar sin dolor y las erupciones en la piel, Beckett se dejó guiar en las tinieblas por un puñado de poemas que terminó ese mismo año, Echo’s Bones, trece poemas más oscuros que la noche, de una erudición inexpugnable en sus referencias secretas y privadas. Si los escritores pudieran dividirse en diurnos y nocturnos, Beckkett sería un representante radical de los segundos, un escritor oscuro, en muchos sentidos purificado por la noche y el fracaso. Esta es la fibra última de Los huesos de Eco. “Da Tagte es”, en alemán en el original, “Entonces amaneció”, cuenta el paso de un hombre perdido entre la noche y el amanecer; “Alba” y “Dortmunder” son destellos en la oscuridad bajo el triunfo de la noche. La otra oscuridad es la poesía misma desprendida de los dos temas más beckettianos de Beckett: la noche y la muerte. “Dortmunder” es el casco de un barco que navega perdido en la noche; “Alba”, en italiano en el original, trata el gran tema de la muerte como despertar: quien muere, amanece. Entre estas dos orillas. Beckett puso en su poema “Malaconda” dos de sus obsesiones centrales: Malaconda y Scarmillon. los diablos del Infierno dantesco.

El libro Los huesos de Eco apareció en noviembre de 1934 en una edición de autor. Beckett le pagó a George Reavey, director de una pequeña editorial, Europa Press, los costos de la edición. El maleficio beckettiano con los editores apenas empezaba. Unos meses atrás, perseguido por las sombras. Beckett se puso a escribir la historia de un joven escritor que vive con una prostituta. El boceto narrativo de este relato se convertiría en su primera novela, Murphy. Beckett había cumplido treinta y tres sesiones con su sicoanalista Ruprecht Bion y se sentía más enfermo que nunca. A las innumerables argucias que la noche utilizaba en su contra. Beckett añadió desórdenes cardiacos y unos dolores en el pecho tan verosímiles que los médicos tuvieron que revisarlo varias veces para concluir que su corazón nervioso latiría más de setenta años. Dominado por la obsesión de convertirse en un escritor irlandés, Beckett le envió al editor inglés Lovat Dickinson el manuscrito inconcluso de Murphy. Fue rechazado de inmediato. Es probable que Murphy haya roto un récord en la historia de la literatura: la novela recibió cuarenta y dos negativas editoriales. Todas las respuestas coincidieron en que la novela era demasido oscura; en realidad, el tema principalísimo de esa historia era uno solo: ¿como iluminar la noche en el mundo de la locura?

En 1937. Beckett rompió su pacto con todas las formas de la noche que había conocido hasta entonces: Irlanda, el idioma inglés, y su madre. Entonces se escapó a París, a escribir en francés para siempre. Veinte años después, los lectores supieron que Murphy era una de las novelas más acabadas de Beckett, una estructura incluso superior a la trilogía francesa Molloy (1951), Malone muere (1952) y El innombrable (1953). La puerta de entrada al idioma francés fue un breve adiós contenido en Poémes, 1937-1939 que más tarde retomaría en Six Poemes, 1947-1949. Ofrezco al lector mis versiones de ese adiós a Irlanda con el que Beckett se adentró en una nueva vida. Los primeros fueron publicados en Les Temps Modernes en 1946 y fueron escritos entre 1937-39. Los Six Poémes se publicaron por vez primera en Transition Forty-Eight en 1948, y en Cahiers de Saisons en 1955; fueron escritos entre los años de 1947 y 1949.

* * *

Vienen

otras y las mismas

con cada una es diferente y lo mismo

con cada una la ausencia de amor es diferente

con cada una la ausencia de amor es la misma

En el año de 1937, París había sido para Beckett una fuga desesperada de las sombras, pero el destino de esa evasión serían las tinieblas de la Segunda Guerra mundial. Este poema ha sido leído como una imagen de amor desdichado, pero en realidad es una declaración de odio a la noche, a las sombras que vienen, otras y las mismas, en ausencia del amor. La noche que hay dentro de la noche es el tema central de la poesía francesa de Samuel Beckett.

Para ella el acto tranquilo los poros sabios el sexo libre la espera no muy lenta los lamentos no muy largos la ausencia al servicio de la presencia algunos jirones de azul en la cabeza los vuelcos del corazón al fin muertos toda la tardía gracia de una lluvia interrumpida al caer una noche de agosto para ella vacía él puro de amor

El 7 de enero de 1938 Beckett salió a tomar un café con sus amigos Alan y Belinda Duncan. Mientras caminaban por la calle de Orleans, un hombre se acercó a pedirles dinero. Ante la negativa de Beckett, el hombre le hundió un puñal en el pecho. Los Duncan pidieron auxilio por las calles oscuras de París mientras el escritor se desangraba. Una mujer les abrió las puertas de su casa. Minutos más tarde, una ambulancia recogía a Beckett entre la vida y la muerte. La mujer, una pianista dedicada a la enseñanza de la música, era Suzanne Deschevaux-Dumesnil. Así conoció Beckett a la mujer con la que compartiría su vida los próximos cuarenta años. “Para ella el acto tranquilo” podría leerse como un poema dedicado a Suzanne en los duros años franceses. Un raro poema de amor.

estar ahí sin mandíbulas ni dientes a donde se va el placer de perder con el apenas inferior de ganar

y Roscelin y esperamos adverbio oh regalo

vacío vacío salvo unos pedazos de canción

mi padre me ha dado un marido

o al arreglar las flores

que moja tanto como quiere

hasta la elegía

de los cascos herrados todavía lejos de Les Halles

o el agua de la chusma apestando los caños

o que moje sin más

porque es así

que pula lo superfluo

y venga

con la boca idiota y la mano hormigueante hasta el fondo del ojo que escucha desde lejos

los tijeretazos plateados

Este es quizás el poema francés más oscuro entre la oscura poesía beckettiana. En su versión al español. Jenaro Talens propone “zuecos herrados aún lejos de Les Halles” y “el agua de los crios echando pestes por las tuberías”. He preferido un traslado más literal: “cascos herrados” y “el agua de la chusma apestando los caños”.

* * * ASCENSIÓN

3. través de la rendija aquel día en el que un niño pródigo a su manera regresa a la familia escucho su voz emocionada comenta la copa mundial de fútbol

siempre demasiado joven

al mismo tiempo por la ventana abierta

los aires sin más

sordamente

el oleaje de los fieles

su sangre salpicó con abundancia

sobre las sábanas sobre las plantas sobre su cuerpo

con dedos repulsivos cerró los párpados

sobre los grandes ojos verdes asombrados

rueda ligera

sobre mi tumba de aire

Con el tema del desdoblamiento, mezcla de sueño y revelación especular, Beckett escribió dos poemas, “Ascensión” y “Anfiteatro de Lutecia”. En el caso de este poema, la voz emocionada del niño que comenta la copa del mundo de 1934 es el personaje central del poema. Al final, “rueda ligera / sobre mi tumba de aire”, alude al mismo sujeto: “la voz rueda ligera”, como quien está encerrado en el exterior. Acaso se podría pensar que “el oleaje de los fieles” se refiere a una manifestación religiosa en Irlanda.

* * *

LA MOSCA

Entre la escena y yo el cristal vacío salvo ella

vientre a tierra ceñida por sus negras tripas

antenas locas alas enredadas

patas curvas boca succionando en el vacío

golpeando en el azul estrellándose contra lo invisible

impotente bajo mi pulgar

trastorna al mar y al cielo serenos

El más pequeño acto puede trastornar el universo. Este es uno de los temas centrales de la obra de Beckett. Una mosca impotente bajo el pulgar puede trastornar al mar y al cielo serenos.

* * *

Música de la indiferencia corazón tiempo aire fuego arena de la silenciosa ruina de amores cubre sus voces y que no me escuche más callarme

Música de la indiferencia: Molloy inmóvil en su habitación, Malone esperando la muerte mientras cuenta distintas historias, El Innombrable que no sabe su nombre pues constantemente se convierte en otra cosa. Bom y Pin gateando en la oscuridad. Todos estos personajes no se escuchan más callarse, y la ruina del amor.

* * *

Bebe solo

bufa quema fornica revienta solo como antes

los ausentes están muertos los presentes apestan saca tus ojos vuélvelos hacia los juncos se enojen o los perezosos no vale la pena está el viento y el insomnio

La poesía francesa de Beckett prefigura al personaje beckettiano desarrollado más tarde en su narrativa: un hombre solo, en la oscuridad de un cuarto se pregunta cómo ha llegado hasta ahí. Se trata de Molloy, de Malone. El Belacqua de Dante, a las puertas del Infierno no espera nada, salvo la memoria.

* * *

De ese modo a pesar

por el buen tiempo y por el malo

encerrado en su casa y en la de otros

como si fuera ayer acordarnos del mamut

el dinoterio los primeros besos

los periodos glaciares no traen nada nuevo

el gran calor del año trece de su era

humo sobre Lisboa Kant fríamente colgado

soñar en generaciones de robles y olvidar al padre

sus ojos si tenía bigote

si era bueno de qué murió

no por esto nos come sin menos apetito

el mal tiempo y el peor encerrado en su casa y en la de otros

En diciembre del año de 1937, Beckett llevó su malera de mala suerte y ambiciones literarias hasta el hotel Liberia. El cariño de sus amigos Brian Coffey, los Duncan y Richard Thomas, le insinuó el contacto fugaz de los paraísos. Este poema es un homenaje a la amistad, aunque no por eso. por la cálida recepción de sus amigos parisinos, “nos come con menos apetito el mal tiempo y el peor”.

* * *

DIEPPE

la última marea el guijarro muerto media vuelta y los pasos hacia las viejas luces

“Dieppe” fue escrito a partir del poema Der Spaziergang, “El Paseo”, uno de los poemas más tardíos de Holderlin firmado por Scardanelli: “Oh, por doquier hermosos bosques / en la verde cuesta pintados, / por donde a veces me encamino con dulce paz recompensado por cada espina de mi pecho, / cuando mi espíritu está en sombras, / pues el arte y el pensamiento / hondos dolores han costado / a mi vida desde el comienzo /(…) voltea, regresa / y dile adiós a todo eso”(traducción de Norberto Silvetti Paz). Desde Dieppe, la ciudad francesa situada frente al Reino Unido, en la playa, Beckett se despide de Irlanda, de Londres, del idioma inglés y de su madre, May. En la versión original de este poema la última línea decía: “hacia las luces de la ciudad”.

* * *

RUEDE VAUGIRARD

A media altura

me detengo y boquiabierto de candor expongo la placa a la luz y a la sombra después retomo mi camino fortalecido por un negativo irrecusable

Algunas interpretaciones francesas han ensayado diversas explicaciones filosóficas para “aclarar” este poema. Me sigue pareciendo más simple, y más complejo: Beckett. o su voz poética,

observa una radiografía después de visitar al médico en el hospital situado en el número 396 de la calle Vaugirard. El hospital ocupó la antigua construcción de una escuela bajo el reinado de Lilis Felipe. En el número 20 de esa calle, estaba el café Tabourey donde se reunían Baudelaire. Leconte de Lisie. Banville y Barbey D’Aurevilly, los simbolistas franceses.

ANFITEATRO DE LUTECIA

desde donde estamos sentados más arriba que las gradas nos veo entrar del lado de la Rue des Arènes, dudar, mirar rápido, después pesadamente venir hacia nosotros a través de la arena sombría, casa vez más feos, tan feos como los otros, pero mudos. Un perrito verde corre por la Rue Monge, ella se detiene, lo sigue con la mirada, el perro atraviesa la arena y desaparece tras el pedestal del sabio Gabriel de Mortillet. Ella se da vuelta, yo ya me he ido, asciendo solo los escalones rústicos, toco con la mano izquierda la rampa rústica, es de cemento. Ella duda, da un paso hacia la salida de la Rue Monge, después me sigue.

me estremezco, soy yo quien se reúne conmigo, ahora miro con otros ojos la arena, los charcos de agua bajo la llovizna, una niña arrastra un aro,

una pareja, quien sabe si unos enamorados, tomados

de la mano, las gradas vacías, las casas altas, el cielo que nos alumbra demasiado tarde. Me doy vuelta, estoy azorado de encontrarme ahí su triste rostro.

Aréne se les llamaba a los antiguos anfiteatros romanos. El desdoblamiento y el sueño en Luteeia, antiguo nombre de París. Es dable pensar que la pareja, las sombras oníricas que se encuentran a sí mismas, son Beckett y Suzanne Deschevaux-Dumesnil. Un sueño, absurdo como todos los sueños: un anfiteatro antiguo, un perro verde, una niña con un aro, una pareja de enamorados, la lluvia y el personaje en medio de todo esto. Se sabe que en la calle Monge, cerca del Square des Arenes, en el número 57, vivió Emile Faguet, en un pequeño departamento, sepultado entre libros y documentos. Charmes, director de la Revue des Deux Mondes cuenta que cuando visitó a Faguet, le asombró la cantidad de artículos y textos que Faguet había escrito sin un destino preciso, sólo por el placer de haberlos escrito, un poco como Beckett a finales de los años treinta. Tanto en el poema “Rué Vaugirard” como en “Anfiteatro de Luteeia”. Beckett se adueña

de París, de sus calles y de su historia.

* * *

hasta en la caverna cielo y suelo y una a una las viejas voces de ultratumba y lentamente la misma luz

que sobre las llanuras de Enna en largas violaciones maceraba desde entonces los capilares y las mismas leyes desde entonces

y lentamente a lo lejos se extinguen Proserpina y Atropos adorable de vacío dudoso todavía la boca de sombra

La boca de sombra es la entrada a la caverna, un tema que Beckett recogió de Platón y Dante y que usó como emblema narrativo en cuentos como “El Expulsado” y “Primer Amor”. Divinidad romana en su origen, Proserpina se identificó después con la Perséfone griega que adquirió un carácter infernal asociado a Libitina, una deidad funeraria. Atropos puede referirse al plural de Atropo (por cierto, una errata en la edición francesa convierte a Atropos en Antropos), conocidas como las Moiras, los espíritus del nacimiento, quienes atribuían al recién nacido el lote que le correspondía. Hesiodo las convierte en hijas de la Noche, aunque aparecen también como hijas de Zeus y Temis y hermanas de las Horas. Sus nombres son Cloto (la que hila), Láquesis (la que asigna los lotes) y Atropo (la inflexible). Si esto es así. este poema es una alegoría del nacimiento, la muerte y el destino predeterminado.

Bueno bueno es un país donde el olvido donde pesa el olvido suavemente sobre mundos sin nombre ahí callan la cabeza la cabeza es muda y se sabe no no se sabe nada muere el canto de las bocas muertas hizo su viaje sobre la arena no hay nada que llorar mi soledad la conozco bueno la conozco mal tengo tiempo eso es lo que me digo tengo tiempo pero qué tiempo hueso ávido el tiempo del perro del cielo que palidece sin cesar mi grano de cielo

del rayo que asciende ocelado temblando de las mieras de los años en tinieblas

quieren que vaya de A a B no puedo

no puedo salir estoy en un país sin huellas

sí sí es una cosa hermosa la que tienen ahí una cosa

muy hermosa qué es no me hagan más preguntas espiral polvo de instantes qué es lo mismo la calma el amor el odio la calma la calma

Es más que probable que este poema se desprenda de los años de la militancia política de Beckett y de un grave periodo de esterilidad literaria. “Combatía a los alemanes que convirtieron la vida de mis amigos en un infierno. Nunca combatí por la nación francesa” , declaró Beckett muchos años después al recordar el año de 1940 y sus noches de trabajo para la Resistencia. Beckett y Suzanne formaban parte del grupo Gloria. En la clandestinidad, su misión era concentrar en su departamento de la rue de Favorites toda la propaganda y la mensajería de la Resistencia para repartirla, traducirla al inglés y darla a conocer fuera de Francia. Entonces Beckett era conocido por los sobrenombres de Sam. o El Irlandés. La Gestapo descubrió su red de comunicación. Suzanne y Beckett se ocultaron en casa de la escritora Nathalie Sarraute. Días después. con identificaciones falsas huyeron a Toulon. Vivieron ocultos en Rousillon. Años más tarde. Charles de Gaulle condecoró a Beckett con la Cruz de Guerra. La cruz más cara de su vida: en Rousillon. Beckett sufrió la depresión nerviosa más grave de su historia clínica, un principio de esquizofrenia desprendido de la novela que intentaba escribir: Watt. “Personalmente lo lamento

todo”, declara Watt en la desesperante espera de Mr. Knott.

* * *

MUERTE DEA. D.

Y ahí estar todavía ahí todavía ahí

apretado a mi vieja tabla carcomida

de días y noches ciegamente triturados

de estar ahí de no huir de huir y estar ahí

inclinado hacia la confesión de un tiempo agonizante

haber sido lo que fue hace lo que hizo

de mí de mi amigo muerto ayer la mirada brillante

los dientes largos anhelante en su barba devorando

la vida de los santos una vida por día de vida

reviviendo en la noche sus negros pecados

muerto ayer mientras que yo vivía

y estar ahí bebiendo más alto que la tormenta

la culpa del tiempo irremisible

agarrado a la vieja madera testigo de partidas

testigo de retornos

El grupo Gloria no sería el último trabajo político de Samuel Beckett. El ministerio de Reconstrucción en Francia le pidió a la unidad irlandesa la instalación de un hospital en Saint-Lo. Beckett se unió al grupo que desembarcaría en Cherburgo. De ese viaje quedaron dos poemas, uno inglés y otro francés: “Saint-Lo”. conocida como ciudad mártir durante la guerra y “Muerte de A. D.”. homenaje, elegía a un médico irlandés que ayudó a la instalación del hospital y que murió en él de tuberculosis.

* * *

Viva muerta mi única estación lirios blancos crisantemos fango de hojas de abril hermosos días grises de escarcha

En el vasto territorio heckettiano todo indica que no hay bien que no se desprenda de una desgracia. Un enigma sin solución recorre la obra de Beckett: las personas y las cosas siempre regresan. En uno de sus mínimos poemas escritos en los años setentas escribió: “lo que los ojos / de bueno / no vieron bien / los dedos dejaron / de bien hilar / agárralo bien / los dedos los ojos

/ vuelve lo bueno / mucho mejor”.

* * *

Soy el curso de arena que se desliza entre el canto y la duna la lluvia de verano llueve sobre mi vida sobre mi vida que huye y me persigue y terminará el día de su comienzo

querido instante te veo

en la cortina de bruma que se aleja

donde no pisaré esos largos umbrales movedizos

y viviré el tiempo de una puerta

que se abre y se cierra

Según la leyenda que el propio Beckett se encargó de acreditar. una noche de marzo de 1946. bajo una tempestad, le puso fin a la oscuridad de sus cuarenta años. Tiempo después, Beckett utilizó el episodio en La última cinta para darle intensidad dramática a la vida destruida de Krapp: “Intelectualmente

un a fio de tristeza y de indigencia profundas, hasta aquella memorable noche de marzo, al pie del muelle, entre vientos desaforados—jamás lo olvidaré—, en que todo se aclaró”. Para Harold Bloom y Richard Ellman esa noche fija en el tiempo el verdadero principio de la obra beckettiana. Es probable que esto haya sido cierto, a partir de entonces Beckett escribió sin pausa y sin descanso sus obras fundamentales. En 1946 escribió Mercier y Camier. su primera novela francesa, empezó Molloy (1951) y terminó una obra de teatro Eleutheria (Libertad). Entre octubre de 1947y enero de 1948 Beckett escribió una nueva obra de teatro. En ese tiempo, se contrató en Editions Minuit, se asoció con Roger Blin y conoció la furia del azar. La obra de teatro que se publicó en 1952 se llamaba Esperando a Godot. Este poema ilustra de modo inmejorable la historia de esa iluminación.

* * *

Qué haría yo sin este mundo sin rostro sin preguntas

donde ser no dura sino un instante donde cada instante

gira en el vacío en el olvido de haber sido

sin esta onda en donde al final

cuerpo y sombra se confunden

qué haría yo sin este silencio abismo de rumores

jadeando furioso hacia la salvación hacia el amor

sin este cielo que se eleva

sobre el polvo de su lastre

qué haría yo haría como ayer como hoy mirando por mi rendija si no estoy solo para errar y alejarme de toda vida en un espacio falso sin voz entre las voces encerradas conmigo

La obra de Beckett y muy especialmente su poesía, proponen esta ecuación: el lenguaje es incapaz de imponer orden y claridad al absurdo del mundo; sin embargo, el lenguaje mismo es la única arma de que disponemos para la interminable búsqueda de un sentido en la realidad. “Qué haría yo sin este mundo sin rostro, sin preguntas”, es la imagen poética de esa ecuación que inquietó a Beckett hasta el día de su muerte, en un asilo para ancianos, en el año de 1989.

Quisiera que mi amor muriera que lloviera sobre el cementerio

y las calles por las que voy llorando a aquella que creyó amarme

Arriesgo una interpretación: “Quisiera que mi amor muriera” es un poema a la madre. Para la señora May Beckett, su hijo siempre fue el origen de innumerables penas y vergüenzas. La señora Beckett nunca entendió la lista de adioses en que su hijo enfermo convirtió su vida: se despidió del Trinity College, de la familia, de su hermano Frank, de Irlanda, de Londres.

* * *

Fuera del cráneo sólo adentro alguna parte alguna vez como cualquier cosa

cráneo último refugio tomado desde fuera como Bocca en el espejo

el ojo a la mínima alarma se abre enorme se resella no hay nada más

así algunas veces como cualquier cosa de la vida no forzosamente

Este poema anuncia el principio de una parte de la narrativa que Beckett escribió hacia el final de su vida, extrañas instrucciones de escena, frases sueltas. “Asíalgunas veces / como cualquier cosa / de la vida no forzosamente” recuerda el pequeño libro Mirlitonnades, 1976-78. Esa última incursión en la poesía está hecha de “poemínimos”, por llamar así a esas pequeñas revelaciones, iluminaciones en la noche. El nombre, mirlitonnade, viene de flauta o pito en francés, pero también de vers de mirliton, versos malos, que se escriben en servilletas. tarjetas sueltas, pedazos de papel. Son sentencias, tonos sin melodía de este tipo: “De frente / lo horrible / hasta hacerlo risible”, o bien: “nada nadie / habrá sido l para nada / tanto sido / nada / nadie”, o este otro: “lo peor / que el corazón conoció / que la cabeza / imaginó / resucítalo / vuelve lo peor I mucho peor”. “Fuera del cráneo sólo adentro” está construido con la tela, o el papel, de mirliton. De este poema se podría decir aquello que Borges declaró en el prólogo a La Cifra: “No quiere decir nada y a la manera de la música dice todo”. Por lo demás, a Beckett no le habría desagradado que toda su poesía llevara el título de Mirlitonnades, 1937-1978.   n

Presentación, traducción y notas de Rafael Pérez Gay

Las leyes del narco

LAS LEYES DEL NARCO

LA PLATA, EL PLOMO Y SAN JUDAS TADEO

POR JULIÁN ANDRADE JARDÍ

La complicidad entre policías y narcotraficantes responde a una consigna básica que así se expresa: “plata y plomo”. Julián Andrade revela algunas de esas complicidades, un círculo perverso donde el dinero sucio siempre termina por imponer su ley.

Estoy convencido de que la leyenda de “la plata o el plomo ‘ no es sino eso, una historia no confirmada que tiene muy poco que ver con la realidad. Las cosas en el mundo de la policía son mucho menos elaboradas y se reducen a “la plata y el plomo”, en un ensamblaje irrompible. Si se acepta dinero del narcotráfico, al final alguien terminará muerto. Así son las reglas. Queda la opción, en efecto, del botín de guerra y el dinero frío.

Muchas fortunas se han forjado con lo que queda de las guerras, con el dinero que acompaña, como un imán, a los narcos en sus propiedades y en sus viajes. Hay reglas básicas, sin embargo. Si el narco muere, la mitad es para la viuda, en un contrato sagrado. Para quien viole el acuerdo, están Los Cobradores, sujetos encargados de mantener el orden y el respeto a ciertas tradiciones.

La tarde que tuve esta revelación fue ante un San Judas Tadeo de tamaño natural, a sus pies una manzana y medio vaso de agua, adornado, todo, con una decena de veladoras.

El santo patrono de policías y narcos se enseñoreaba en un rincón de las oficinas de la PGR en Ciudad Juárez. Chihuahua. Detrás de él, la imagen de un águila daba cuenta de dónde estábamos y a dónde íbamos. La subdelegación se encontraba en la que fuera la casa de un conocido narcotraficante, el Güero Chabelo. Dividida en chalets, la oficina contaba con alberca, en ese tiempo vacía, y con canchas de frontón que hacían las veces de bodega.

Habían matado a un jefe de grupo, en una de las agrestes colonias de la ciudad, en Lomas de Poleo, lugar que años después saltaría a la fama por los crímenes en contra de cientos de mujeres, cuyos cadáveres eran —y aún son— arrojados en ese lugar, a unos metros de la frontera con Texas.

Ahí, en Juárez, las historias son tan duras como sencillas. Días antes, la judicial del estado interrogaba a un joven acusado de homicidio:

—¿Por qué la mataste?

—Por bruja.

—Pero era tu mamá.

—Era puta.

Jesús Roberto Gil quemó a su madre luego de matarla clavándole un desarmador en el cráneo. La autopsia reveló, también, el desgarre total de la vagina.

El tipo de la judicial tenía un balazo en la frente. El polvo del desierto cubría la sangre y la convertía en una especie de pasta, como el pegamento cuando se le echa brillantina, aunque de un color morado, casi negro. Su pistola, una Baretta .9 milímetros, estaba a un lado, con el cartucho cortado (señalarían después los expertos), dando cuenta que la velocidad es asunto de vida o muerte.

—Se quiso comer todo —me dijo un jefe de servicios periciales de la procuraduría del estado.

Horas después y con un trauma que poblaría mis pesadillas durante años, el subdelegado de la policía judicial federal me explicó, ahí, ante San Judas:

—No se mama y se da de topes. Las líneas son frágiles. Combates al narco o estás a su servicio, y no se trata sólo de dinero, porque lana hay por todos lados, sino de lo que uno pacta y a lo que se compromete. Estaba chavo, agarró el dinero, se arrepintió y quiso remediarlo. Así de pinche es este trabajo.

El jefe de grupo tenía una maleta con dólares en su apartamento. En fajos de veinte, las cuentas dieron la cantidad de 20,000. ¿Cuánto vale una vida?

El error era pequeño, comentarían policías de más oficio y de piel a prueba de cualquier resentimiento, el problema era, como siempre, que existen modalidades en la vida que requieren de una precisión milimétrica.

Me llamaba la atención el santo, porque mi tía abuela, de 96 años, tiene una teoría que acaso es la más cercana a la realidad, y para ella Judas Tadeo es un tipo confundido entre el bien y el mal:

—Cuando le rezo le digo que no creo que esté de parte de los malos, que eso son calumnias, pero quién sabe.

La tía, forjada en la dureza de la guerra civil española y el exilio, hermana, además, de militares republicanos, lo dice por la dicotomía que hay entre autoridades y narcotraficantes. La traición no está en asumir cualquiera de los oficios, sino en querer tener ambos.

Quizá la policía se explique en la propia paradoja del santo, en su capacidad de proteger a ambos, de tomarse las cosas con calma y de asumir que el tono gris es el que impera, aunque la publicidad y el discurso quieran otra cosa.

—¿ La ley, comandante? —alcancé a preguntar.

-—No mames, vamos a echar un trago y a tratar de olvidar toda esta porquería —me respondió el Yankee.

Lo yankees son los jefes indiscutidos de la policía federal. Encargados de pactar o no pactar, reparten el dinero y hacen que la institución funcione, en un círculo perverso donde el dinero sucio se impone.

Los jóvenes policías, recién salidos del instituto de capacitación, son enviados a las distintas plazas del país, sin armas y sin dinero. Ahí se acaba el romanticismo, sobre todo cuando los narcos los reciben con dólares, teléfono celular y alojamiento. Uno de ellos era el jefe de grupo con el balazo en la frente. Hay cosas, ni hablar, que no pueden aprenderse en la escuela.

El Yankee, Issac Sánchez Pérez, moriría de un balazo en la nuca en 1996. Investigaba, para la Secodam, la corrupción en la PGR. Nada se sabe, hasta ahora, de los asesinos. El Yankee tenía a su cargo, según se informó, el rastreo de algunas cuentas en dólares, sobre todo en San Diego y en las Islas Caimán.

—En la policía no se puede ser descuidado —me había dicho alguna vez el comandante ante mi pregunta sobre la necesidad de las escoltas—. Recuerda siempre que a estos tipos les gusta la sopa fría.

Dos sicarios le dispararían a quemarropa. La firma, inconfundible: los AK-47. Sin escolta y de espaldas, entraba confiado a su casa, en las cercanías del Instituto de Combate a las Drogas.

El dinero sucio, el de la droga, no se cuenta, se pesa. Toneladas de dólares cambian de manos y circulan por todo el territorio nacional. Es el aceite de una maquinaria pervertida y corrupta.

Alguna vez, un general de los militares más prestigiados del país, comentaría entre divertido y preocupado:

—Recibí la llamada de un encargado de zona, para decir que habían detenido a dos sujetos que traían una cantidad impresionante de dólares. Ordené, de inmediato, que se contara el dinero para dar parte a las autoridades civiles. Eran las diez de la noche. A las doce hablé para saber si ya tenían el dato. Me informaron que no. Me retiré. A la mañana siguiente, como a las diez, pedí el parte, no estaba. Furioso, me comuniqué con el encargado de hacer las cuentas: “¿Qué no saben contar?”, les dije. “General”, me respondieron, “no es pretexto, pero ¿ha intentado usted contar dos millones de dólares?”.

Es la danza del dinero, el capital que dificulta, hasta lo imposible, cualquier intento de depuración. Ese, y no otro, es el esqueleto de la Procuraduría, esa “institución maldita”.

En el aeropuerto de Ciudad Juárez, diez hombres armados, vestidos con uniforme negro, hacen guardia en la escalinata de un avión privado. El Yankee, Hernández Robledo, recibe a su invitado. El Chapo Guzmán lo abraza, se saludan y suben a una camioneta. Una escolta de tres autos más lo sigue para viajar a El Paso. El narco está de vacaciones.

El grupo de inteligencia de la policía estatal informa a la delegación de la PGR. Se inicia la averiguación previa y el comandante es concentrado en la Ciudad de México. La contraloría no avanza y Hernández Robledo es asignado a una plaza codiciada: Cancún.

Cuando el Chapo es detenido, a raíz del crimen del cardenal Posadas, el comandante se da a la fuga, antes, incluso, de que su nombre apareciera en los documentos que contenían, en clave, la nómina del narco. Esa misma tarde,Ciudad Juárez se convierte en un escudo, organizado por la policía, para proteger la huida de colaboradores del cártel de Guadalajara. Decenas de coches con placas de Jalisco están estacionados en el Hotel del Rey. Toda la noche llegaría gente de Jalisco para pasar la frontera. Era el retrato no sólo de la colaboración de la policía judicial con los barones de la droga, sino la evidencia del derrumbe de un emperador.

Detenido el gran jefe, colaboradores y sirvientes optaron por emprender una larga marcha para esperar tiempos mejores. La danza de jefes policiacos involucrados con este narco es impresionante. Uno de ellos, Edgar Antonio García Dávila, sería detenido por su participación en el crimen de Posadas: los hermanos Arrellano le habían ordenado vigilar una de las entradas del aeropuerto, por si las cosas se ponían feas, ya que tenían pensado “levantar al Chapo Guzmán”. Las cosas no sólo se pusieron feas sino tétricas y en 25 segundos la historia del país había sufrido un golpe tremendo, cuando El Tarzán, gatillero del cártel de Tijuana, drogado, decidió rociar de plomo a propios y extraños.

García Dávila moriría, años después, en un enfrentamiento en el municipio de Zapopan. y su hermano Oscar Benjamín García sería detenido por la protección que le daba al encargado del cártel de Cancún, Alcides Ramón Magaña, mejor conocido como El Metro, en una historia que no termina y de la que ya hay varios damnificados, entre ellos el exgobernador de Quintana Roo Mario Villanueva, quien se encuentra prófugo.

En Guadalajara el ejército catea las propiedades de los dos grupos de narcos, asegurando propiedades y armas, incluso el “niñero” de los hijos del Chapo es puesto a disposición de las autoridades.

Hay policías malos, muy malos, casi de cuento o de espectáculo nocturno. Una noche se le informó al delegado de la PGR en Chihuahua que tenía una llamada; la voz, de una mujer consternada, no quería dar razón a alguien que no fuera él en persona.

—Tienen a un empresario secuestrado en un hotel en Parral; lo van a matar si no se hace algo.

Eos datos, escuetos, fueron por lo visto suficientes para desatar la ira del funcionario que organizó un rápido operativo rumbo al pueblo donde murió Francisco Villa.

El hotel de paso era pequeño e inmundo, por lo que fue fácil llegar a la habitación indicada, después de los datos obtenidos con informantes y chismosos, de esos que siempre aparecen en el lugar indicado y que ganan con su conocimiento algunos cientos de pesos.

La escena, macabra: un tipo amarrado en la regadera y tres policías judiciales federales vigilándolo con sólo una distracción: su juego de poker y la música de El Príncipe de la Canción, José José, que salía de un aparato para discos compactos.

Uos oficiales fueron detenidos de inmediato y confesaron que estaban al mando del comandante Crescenciano Liceaga, hombre fogueado en los tiempos de la Operación Cóndor y de la persecución de la guerrilla por las sierras de todo el país.

El delegado se encaminó a donde se hospedaba el comandante y lo detuvo sin mayor problema.

—Es un pinche narco, no es empresario, ya sabe que yo nunca le pego a los buenos.

—El tipo está muy golpeado, ya ni la chingan —le alcanzaron a decir.

—Es de piel delicada, cualquier cosita le queda marcada.

En efecto, el secuestrado tenía fama de ser puchador de droga y contaba con órdenes de aprehensión en su contra, por las que fue remitido al juez. Crescenciano, por su parte, vivió algunos meses en la penitenciaría de Chihuahua, acusado de secuestro y tortura, hasta que por la magia y el dinero pudo abandonarla para ingresar en otra corporación policiaca.

Las historias se pueden mezclar en una sucesión interminable y aún poco explorada de la vida privada de la policía y sus grandes fechorías. Es un mundo que está al acecho, cerca de todos, en la última línea de fuego, donde se ganan y se pierden las guerras.

La ley ahí es otra cosa, sujeta a reglas armadas durante décadas, que tienen muy poco que ver con nuestro marco legal, pero que al mismo tiempo hacen funcionar una maquinaria impresionante de hacer dinero.  n

Julián Andrade Jardí. Subdirector de información del periódico La Crónica de Hoy.

El deterioro de las instituciones

EL DETERIORO DE LAS INSTITUCIONES

POR JORGE CARPIZO

La UNAM vive una pugna entre el concepto de universidad pública con alto rendimiento académico y universidad pública con alto activismo político; la integridad y la confiabilidad del IFE se han puesto en entredicho; el Poder Judicial Federal se sume en una ambigüedad de funciones; La Comisión Nacional de Derechos Humanos no tiene garantizada su plena autonomía. El debilitamiento de esas cuatro instituciones basta para llamarse al desasosiego.

El deterioro de las instituciones

México lleva años de sufrir vendavales morales, políticos, económicos y sociales. En los últimos cinco meses la situación del país se ha deteriorado porque instituciones especialmente importantes han sufrido y sufren embates que las están debilitando y cuyos efectos negativos para el futuro nacional inmediato y a mediano plazo son muy difíciles de pronosticar.

Varias de esas instituciones gozan de mayor prestigio social. Todo parece indicar que se persigue destruir ese prestigio sin que se contemple o se proponga cómo aquellas instituciones van a ser sustituidas o recompuestas.

Aquí menciono cuatro ejemplos de instituciones en erosión. Las conozco porque, de una manera o de otra, estoy o he estado muy ligado a ellas. Contemplo con desasosiego cómo se dan pasos atrás, cómo aspectos positivos que ya se habían ganado se desmoronan y las instituciones pierden credibilidad, prestigio y, en consecuencia, efectividad.

1. La “huelga” en la UNAM que ya lleva más de cuatro meses al cierre de este artículo. En el fondo las propuestas de los paristas y sus padrinos están muy distantes de preocupaciones académicas; lo que les interesa son las formas del gobierno universitario y en este aspecto no hay nada nuevo bajo el sol: sus propuestas ya han sido ensayadas en otras universidades y las llevaron al asambleísmo y al deterioro cuando no a su destrucción académica.

Debilitar académicamente a la universidad pública en un país con las características de México es desgastar la democracia y castrar la movilidad social. ¿De qué sirve estudiar una carrera profesional si no se adquieren —y bien adquiridos— los conocimientos científicos y técnicos que la misma requiere? Entonces ese título constituye un fraude social. Ciertamente, la UNAM ha hecho un gran esfuerzo de actualización y modernización en todos los sentidos, incluidos sus órganos, formas y procedimientos de gobierno.

En ejercicio de su autonomía, el Consejo Universitario ha expedido estatutos y reglamentos que interpretan, precisan y actualizan su Ley Orgánica. Quizá dicho ejercicio no ha sido todo lo dinámico y profundo que hubiera sido deseable; en buena parte no lo ha sido porque la simple propuesta de reformas sirve de pretexto para crear conflictos políticos y no para una buena discusión que alcance consensos para avanzar en la superación académica de la institución.

Ninguna ley es inmutable y no lo puede ser. Entonces por qué la Ley Orgánica de la UNAM de 1945 perdura hasta nuestros días. Las razones son varias pero entre las más importantes se encuentran las siguientes:

a)  Es una ley buena y sabia que superó el asambleísmo de sus antecesoras, y en las crisis —y a veces muy graves— de las últimas cinco décadas ayudó a la estabilidad y a la recuperación de la institución.

b)  Impidió la destrucción académica de la UNAM como por desgracia sí aconteció con muchas universidades públicas de América Latina y de México, con experimentos tales como la llamada “universidad-pueblo”.

c)   La Ley Orgánica se actualiza en forma constante a través de la expedición y revisión de sus estatutos y reglamentos. Desde el aspecto jurídico, y desde los otros también, la UNAM de hoy es muy diferente a la de hace cinco, diez, quince o veinte años. Es una ley que cambia y se actualiza en ejercicio de la autonomía universitaria.

d) La discusión que reiteradamente se ha propuesto sobre ella no es de naturaleza académica ni transcurre en un clima de serenidad y con la fuerza única de las razones y los argumentos, sino que es de naturaleza política: lo que se busca es el cambio en la forma de gobierno como medio para apropiársela y que sirva a otros fines que no le son propios, aunque quizás algunos sean legítimos en el fondo.

La situación en la UNAM es muy preocupante porque quienes están detrás de la “huelga”, y anhelan usufructuarla políticamente, se mueven en un clima muy propicio a sus intereses: el malestar real de muchos estudiantes que sufren las injusticias sociales y quienes carecen de lo indispensable; su miedo ante el futuro por la posibilidad de no conseguir un trabajo digno; su certeza de que no se están preparando profesionalmente en forma adecuada aunque consigan el título; su visión de un país en el cual la corrupción, la impunidad y la desigualdad persisten y se acrecientan.

Véase en la televisión la diferencia entre los “paristas” y los “antiparistas”. Véase la diferencia en sus vestidos, su complexión, su arreglo personal, su misma manera de expresarse y comportarse.

Para mí esas diferencias constituyen sólo una señal más de cómo México está dividiéndose en varios Méxicos. Cuidado. Mucho cuidado.

En otras palabras, desde hace más de tres décadas se enfrentan dos proyectos de universidad que llevan consigo dos proyectos de país. Por un lado se propone una universidad pública con alto nivel académico, rigurosa en los conocimientos, que sea capaz de influir en los cambios sociales por la buena preparación de sus egresados, por la investigación que realiza ligada a los problemas nacionales, por la movilidad social que propicia, por su sentido crítico de la realidad y por su compromiso con el mejoramiento de la nación.

Por otro lado se propone, aunque no se diga expresamente, una universidad en la cual lo académico sea secundario y lo importante sea su activismo político y que sirva como palanca a una nueva estructura social. Es la “universidad-pueblo”, la “uni- versidad-revolucionaria” o la “universidad-partido político”. Los ejemplos sobran en América Latina y en México.

Al escribir estas líneas desconozco cómo terminará el actual conflicto universitario, pero lo que sí me parece indudable es la cauda de activismo político que nos espera y que pretenderá obtener como triunfos “revolucionarios” aspectos académicos, un clima de intranquilidad y desasosiego que es enemigo de la vida académica, el desprestigio social de la UNAM —que será aprovechado por otras instituciones para captar a los mejores alumnos—•, el posible éxodo de buenos académicos, el predominio de los mediocres y resentidos que en tiempos normales no pueden destacar. En suma, el deterioro profundo de la UNAM.

2. La controversia suscitada en el Instituto Federal Electoral (IFE) con motivo de las sanciones que el ex-contralor interno impuso a tres consejeros. Se resuelva como se resuelva la controversia, el IFE se ha deteriorado porque ha sufrido en su confiabilidad y en la honorabilidad de varios de sus integrantes.

Organos como el IFE deben estar lejos de la controversia política y su imparcialidad y objetividad no deben ser cuestionadas porque de ellas depende en gran parte la confiabilidad de las elecciones, sobre todo en un país como México, en el cual su transparencia ha sido el corazón de la disputa política.

El ex-contralor del IFE actuó mal, como mal también ha actuado cuando menos un consejero en este caso. El ex-contralor interno actuó mal porque es muy discutible que tenga facultad para destituir a un consejero, porque desconoció la autoridad que la norma le otorga al presidente del Consejo General y porque apercibió a dos consejeros por opiniones vertidas. Si sus atribuciones hubieran sido ejercidas con estricto apego a la ley, y con prudencia, su decisión hubiera constituido un buen precedente para el IFE y para la nación. Peor aún, varios analistas atribuyen la actuación del ex-contralor a consignas de un partido político o de un grupo recalcitrante a reformas democráticas en ese partido y en México. Es decir, la actuación del ex-contralor pareciera no responder a la preocupación por hacer cumplir la ley sino al objetivo de asestar un golpe político al IFE y a algunos de sus consejeros. Pero tampoco es admisible la conducta de algunos consejeros, que también lesiona al propio IFE y a la mayoría de sus compañeros, que se distinguen por su pulcritud y cuidado en los aspectos económicos.

A los miembros del Consejo General del IFE se les concede una remuneración mensual muy alta, equivalente a la de ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, además de muchas y muy buenas prestaciones. Tienen la obligación de laborar donde sesiona el Consejo General; que decidan no traer a sus familias a la Ciudad de México es una decisión respetable como también lo es su decisión de visitarlas siempre y cuando no descuiden sus funciones. Pero nada puede justificar que los boletos de avión para sus visitas familiares y privadas —cuarenta en un año—, y las cuentas enormes de bebidas alcohólicas, las costeen los contribuyentes. Considérese qué pasaría si lo mismo hiciera un secretario o subsecretario de Estado, un ministro de la Suprema Corte o un magistrado federal; sería un escándalo mayor. Lo mismo puede afirmarse de alquileres de avionetas, helicópteros o vehículos, cuando no se justifican en razón del trabajo desarrollado.

El asunto es que la mujer del César no sólo debe ser honesta sino también parecerlo, y la existencia de un doble criterio o moral: esos actos realizados por el enemigo, el contrario o el antagonista político son condenables, pero efectuados por uno mismo son pecadillos menores que pueden justificarse. Tantos años esperando compartir el pastel que lo menos que se puede esperar es que el trozo sea cuantioso; dependiendo de la laxitud moral del interesado, aumenta el tamaño del pedazo de pastel.

Como sea, el IFE ha salido muy deteriorado. Se encuentra en los mejores intereses de México que llegue con fuerza, prestigio e independencia a los comicios federales del año 2000.

3. Escribo algunos puntos de vista sobre la reforma constitucional al Poder Judicial Federal a través de la cual el pleno de la H. Suprema Corte de Justicia de la Nación retoma, en última instancia, el nombramiento, la adscripción, la promoción y la destitución de magistrados y jueces federales. Al perder su independencia y su autonomía, el Consejo de la Judicatura Federal sólo conserva el nombre pero ya no la naturaleza y las funciones reales que esos consejos tienen en los países en que existen.

Con esa reforma se da marcha atrás en el proyecto de reforzar las funciones jurisdiccionales de nuestro tribunal constitucional para que se dedique casi exclusivamente al examen de aquéllas y, en consecuencia, para que no se preocupe de la mayoría de las funciones administrativas, como sucede, como regla general, con los tribunales constitucionales.

Sin embargo, esas facultades administrativas constituyen el poder, el verdadero control en el Poder Judicial Federal. El pleno de la Suprema Corte, por buenas o por no tan buenas razones, no se había resignado a perderlas; cuando las tuvo se dio un sistema clientelar que dañó el prestigio de la Suprema Corte, del propio Poder Judicial Federal y de la misma función jurisdiccional.

No puedo desconocer que un problema que afectó gravemente al Consejo fue la falta de idoneidad de varios de sus miembros —no es posible generalizar— quienes también se dedicaron a construir su “clientela”. Además existe el rumor de graves casos de corrupción. Si así fuera, es necesario que se aplique la ley con todo rigor. Lo que no es aceptable es el deterioro de las instituciones causado por las conductas irresponsables e ilícitas de algunos de sus integrantes. De aquí la especial importancia que reviste el examen cuidadoso de los candidatos a esos cargos.

Tomada esa decisión política hubiera sido preferible eliminar al Consejo de la Judicatura Federal, ya que sólo sería un membrete costoso y dispendioso para un pueblo que en este año ha disminuido su consumo de harina de maíz.

4. Otra reforma constitucional que recientemente se aprobó fue la que precisa diversos aspectos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y de sus homologas locales. Es asombroso, en los tiempos que transcurren, que los proyectos que se presentaron y que la hubieran herido de muerte, como su intervención en asuntos electorales, no hayan prosperado.

Los aspectos que se modificaron son principalmente los referentes al nombramiento del presidente y los consejeros de la Comisión. Estoy de acuerdo, pero sorprende la propaganda al afirmar que con ello se garantiza la autonomía plena de la CNDH. Por desgracia, no es así. En todo el mundo la autonomía del ombudsman se garantiza por su calidad moral, su preparación, su valentía y la confianza social de que goce. Si se designa a una persona de bajo perfil para no incomodar al gobierno, con todo y reforma, el futuro de la CNDH no será promisorio. Si se designa a una persona ignorante o no comprometida con los derechos humanos, si se designa a alguien temeroso y que quiera quedar bien con todos, si se designa a una buena persona que reparta el presupuesto con generosidad a grupos o individuos, el mejor sistema de designación servirá de poco. O sea: la clave para la efectividad de un ombudsman es su calidad moral y profesional. Lo demás son palabras y demagogia.

Por razones obvias me es difícil juzgar el desempeño de la CNDH en los últimos tres años. Por ello, asiento algunas preguntas que se me han hecho y cuya respuesta dejo al lector: ¿se respetan mejor los derechos humanos ahora que hace tres años?, ¿la sociedad tiene hoy más confianza en la CNDH que entonces?, ¿la presencia social y la credibilidad de la institución es mayor ahora que hace tres años?, ¿la calidad y el número de las recomendaciones han aumentado en ese lapso?

El primero que desea estar equivocado con las apreciaciones expuestas soy yo porque el deterioro de esas cuatro instituciones, y no son las únicas, debilitan a la nación y nos dividen. Parece ser que no queremos aprender las lecciones de nuestra historia: sus épocas más negras y trágicas son aquellas en las que instituciones constitucionales y republicanas se deterioraron y los mexicanos nos dividimos; sobre los intereses del país prevalecieron los de un partido, un grupo o fracción.            n

Jorge Carpizo. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

La serpiente

LA SERPIENTE

POR SILVIA TOMASA RIVERA

Retornar al origen es enfrentarse a un tiempo de tinieblas. Un tiempo en que hombres y animales tatuaban su bondad en la desnudez de la memoria.

Ella era un ángel que amanecía tendida a la albura del sol

expuesta al rapto de las aves rapaces y al paso fuerte de los caminantes.

Hasta que un día con el cuerpo pisoteado en la yerba pidió ayuda a su Dios; y éste le regaló un poco de saliva.

Por alguna razón inexplicable el fluido de Dios se convirtió en veneno y en un duelo de alas y colmillos dejó de ser

el ángel de la tierra.

Desde entonces

no hay un ser racional

que no tema encontrarla

en la bravura de su desconsuelo.

Ella al menor indicio de provocación

se arrastra y se eleva.

Sabe que quieren matarla y está sola:

únicamente tiene por aliados, la saliva de Dios y un refugio blindado en el agujero de la noche.

En este mito, la serpiente pide ayuda a Dios porque no tiene con que defenderse; éste le da un poco de saliva. Gracias a ello, la serpiente obtiene el veneno y desde entonces ha de temerle el hombre como a su enemiga más letal.

Barómetro

BARÓMETRO

CUENTOS PATRIOS

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

Cuando este texto aparezca, lo que en él se reseña probablemente se haya vuelto anécdota, gracias a la mexicana afición por la desmemoria y, tal vez, a que los partidos en sus cónclaves hayan encontrado algún método para dirimir sus respectivas paranoias distinto al puesto en juego a lo largo de agosto y el 1 de septiembre. Anecdótico o no, lo ocurrido en ese tiempo fue una manifestación grave y ominosa de una situación política que no puede declararse superada con cargo a la amnesia, o por el solo hecho de que los dirigentes de los partidos se hayan tomado un café para lamentar lo ocurrido y dejar atrás sus malos entendidos.

Las tormentas del verano se volvieron ciclones y huracanes, y lo mismo ocurrió con las que cruzan el territorio político nacional. De nuevo, como si faltaran elementos para ello, los partidos y otras fuerzas significativas de la nueva política mexicana mostraron la insuficiencia del método democrático, cuando se le concibe simplistamente como un tablero para competir en el que las complejidades y asimetrías del cambio que lo produjo no se toman en cuenta explícitamente por los jugadores y los eventuales arbitros. Sin una dosis fuerte de responsabilidad política y compromiso afirmativo por parte de dichos protagonistas, en especial del presidente de la República y sus inmediatos colaboradores en la secretaría responsable del orden interno y el desarrollo político, así como en su partido y sus respectivas ramas legislativas, el sistema que emerge seguirá dando tumbos y sustos.

El 1 de septiembre, el barómetro político se paralizó ante un tifón de grandes proporciones que siguió a la tormenta tropical priista en contra del IFE. Puede, ciertamente, aducirse que lo acaecido el día primero del mes de la patria es el fruto directo de un diseño que pasó a mejor vida hace un buen tiempo. Sin embargo, más allá de este tipo de consideraciones y las soluciones elementales a que dan lugar, como la de acabar con el informe anual del presidente, es indudable que ritos y ceremonias como ésta, propias del presidencialismo autoritario. deben revisarse a fondo, antes de que ocurra una tragedia de la que todos, en primer término los partidos y sus congresistas, tendríamos que lamentarnos.

No sobra recordar aquí a otros procesos administrativos y políticos, que sin los ribetes espectaculares que acompañan al ritual del día primero, también exigen atención inmediata, porque su capacidad de daño del con junto del sistema de gobierno es mayor. En especial. hay que mencionar las leyes financieras y las que norman el mecanismo de la discusión y la aprobación de presupuestos e impuestos, que hoy viven en un limbo donde reina la improductividad de la que luego se nutren las negociaciones bajo la mesa y la arbitrariedad burocrática.

Pero volvamos al día 1 de septiembre. La tarde de ese día se encontraron todos los fantasmas de la transición y pusieron a la república ante los horrores de un caos que no admite ritual alguno. Este caos posible, que se volvió a avizorar ese día en San Lázaro, es todo menos reformable, como improbable es el imponerle un cauce productivo una vez echado a andar.

En alto contraste, el presidente Zedillo hizo votos por la tolerancia como método de gobierno y eso le valió el aplauso más prolongado y sentido de la ceremonia. Este es el talante que parece dominar los reflejos más generales e inmediatos de la sociedad mexicana que vive el fin del siglo y del ciclo revolucionario, y es ante ese talante que deberían adecuarse los reclamos, sin duda legítimos, por implantar en México el pleno imperio de la ley.

De desestimar esta gana nacional tan extendida, por la paz y contra la represión, no habrá en México Estado de derecho sino en todo caso una nueva edición del derecho del Estado, siempre dependiente de los grupos y las personas que manden en él. La democracia tan ansiada habrá, en una hipótesis como ésta, servido de bien poco.

La tolerancia aplaudida duró poco y mostró la gran fragilidad discursiva del gobierno y su partido. Por lo que consideraron un desacato o una traición a lo acordado en los pasillos de los grupos parlamentarios, los priistas decidieron hacer justicia por propia mano, dieron al traste con el informe y pusieron contra la pared al informante. No hay duda de que fue el presidente Zedillo el más afectado por esta extraña manera con que los priistas buscaron defenderlo de las embestidas del justiciero panista.

El lamentable discurso del presidente en turno del Congreso, el diputado Carlos Medina, precipitó esta especie de fiebre de enfrentamiento y ofuscación que una y otra vez opaca el aliento renovador de que hoy hace tanta gala el PRI. Primero fue en el IFE, ahora en la Cámara de Diputados, mañana quién sabe, pero uno tiene que preguntarse ya por lo que puede pasar en sus elecciones internas y, sobre todo, en los decisivos comicios con que iniciaremos el milenio.

Ojalá y que, como se dijo al inicio, lo sucedido ese día aciago sea en octubre un recuerdo vago y amargo. Pero hay que insistir: en agosto y septiembre, la incertidumbre mayor, la que cuenta a la hora de hacer cuentas, no estuvo en la cancha de la democracia clásica, donde reina el voto secreto y el ciudadano experimenta la intimidad de las urnas, sino en los establos del autoritarismo institucional, que más que negarse a morir no sabe para dónde hacerse en esta hora de tanto y tan desconcertante cambio.

Esta y otras experiencias cercanas permiten insistir: no serán sólo los votos los que limpien y sanen a México de tanta costra y costumbre de un poder que de todos modos se va. Como todo viejo régimen que se respete, y éste vaya que lo hace, el mexicano que produjo la revolución de 1910 todavía tiene cauda y puede arrojar secuelas desastrosas, que vayan contra la consolidación del cambio y obliguen a medidas de emergencia, que pueden distorsionar por mucho tiempo el curso buscado para normalizar la democracia mexicana.

Pasado el susto del informe, el país se apresta para una nueva, aunque al mismo tiempo conocida, encrucijada: la que producen en noviembre y diciembre las urgencias del presupuesto de egresos de la federación y las leyes impositivas. Entonces se abrirá, a través de los enconos y el trato rispido, el mercado de prebendas y promesas que tanto daño ha hecho ya, en muy poco tiempo, a la cultura fiscal mexicana que debería haberse abierto paso con la llegada del pluralismo.

Ayuda de memoria

La huelga universitaria le ha planteado al país dilemas hasta ahora poco transitados sobre equidad y acumulación para el desarrollo. Sin embargo, es menester admitir que nuestra política social sigue dominada por la urgencia que encarnan los millones de compatriotas que han engrosado los contingentes de la pobreza extrema y la que la circunda y se disfraza a veces de pobreza moderada. La compensación y el tan injustamente denostado asistencialismo son indispensables como formas principales de la transferencia precaria que el pobre Estado mexicano apenas puede sostener en el tiempo. Por eso es lamentable que se nos anuncie que unas reglas de operación prácticamente desconocidas. desde luego no discutidas por el Congreso, llevarán al cierre de miles de tiendas del sistema Diconsa, so pretexto de impedir que haya un “dobleteo” en los subsidios para las zonas y la población pobres, en especial las rurales. De proceder este cierre masivo de tiendas, millones de mexicanos pueden ver su miserable abasto básico todavía más reducido. Los que pretenden operar esta “limpieza presupuestaria”, más que aprendices de brujo parecen auténticos incendiarios. Por lo pronto, la alarma ha empezado a cundir entre quienes todavía ven alguna relación entre la acción social del Estado y la seguridad nacional. No deja de ser irónico que el mismo día en que Diódoro Carrasco anuncia una importante iniciativa para la paz en Chiapas, los diarios nos informen de esta decisión sobre Diconsa. Se trata de algo más que de luces ámbar. Los focos están más que en rojo.

Los libros sobre la mesa

Hace unos meses, Océano y el CIDE pusieron a circular un importante libro de José Antonio Crespo: Fronteras democráticas de México. Desde luego, se trata de una reflexión actual sobre la transición pero no historia antigua sino una perspicaz y rigurosa mirada a unas coordenadas de nuestro precario orden político con muy sugerentes referencias comparativas. El trabajo de Crespo contiene advertencias y proyecciones cuya actualidad se despliega a medida que nos acercamos a las fechas mágicas. Chiapas de nuevo, en los hechos y los desechos informativos y las mil y una batallas de y por la información. En Chiapas. la guerra en el papel (Cal y arena, 1999). Marco LevarioTurcott da otra vuelta de tuerca a su incansable e implacable incursión por los senderos nada prístinos de un mercado informático e informativo que hizo de la guerra del año nuevo una guerrilla sin guerra, pero igualmente nociva, destructiva.   n

San Pedro Mártir. DF. Septiembre 7 de 1999.

Rolando Cordera Campos. Economista. Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM.

Todas las vidas son posibles

TODAS LAS VIDAS SON POSIBLES

POR JOSÉ CARLOS CASTAÑEDA

La vida que se va de Vicente Leñero es una historia sobre cómo la existencia es un infinito de posibilidades que se liberan en cada relato sobre uno mismo.

¿Qué ha pasado con la novela desde que fue desahuciada? A principios de los noventa. Carlos Fuentes revisó el expediente de la muerte de la novela. Elaboró una autopsia y escribió su diagnóstico en Geografía de la novela, una reflexión sobre la persistencia de una especie literaria que muchos creyeron extinta. ¿Por qué la novela se resiste a una muerte anunciada? Fuentes cree que no debería haber respuesta. La literatura no tiene respuestas. Su razón de ser es un arte de la sospecha. Su mirada proyecta dudas y cultiva el asombro. “Más que una respuesta, la novela es una pregunta crítica acerca del mundo, pero también acerca de ella misma. La novela es, a la vez. arte del cuestionamiento y cuestionamiento del arte. No han inventado las sociedades humanas instrumento mejor o más completo de crítica global, creativa, interna y externa, objetiva y subjetiva, individual y colectiva, que el arte de la novela. Pues la novela es el arte que gana el derecho de criticar al mundo sólo si primero se critica a sí misma”. Los ensayos de Geografía de la novela son una apuesta en favor de la prosa del mundo. No es un examen complaciente. Fuentes ensayó una autocrítica de la novela para aventurarse en las rutas de la narrativa contemporánea. Sus autores son un itinerario y un destino de las diversas tendencias de la escritura actual más allá de toda etiqueta. Su lectura es una búsqueda del estilo, una prueba de gusto y un mapa del presente.

En esta época de renacimiento del estilo prosaico por excelencia. Vicente Leñero regresa a la novela después de mucho tiempo dedicado a la dramaturgia y el periodismo. La vida que se va es una historia sobre la imposibilidad de conocernos a nosotros mismos, o mejor, una serie de relatos unidos bajo la forma de una novela para narrar el inconveniente de ser uno y sólo uno. Si nadie puede saber quién es uno mismo, no es por culpa de la incapacidad para la introspección. La identidad humana no es un absoluto cerrado, la vida es un relato abierto que se reconstruye incesantemente, sin lograr atrapar el flujo de la existencia en un yo inmóvil, estable. Ser uno mismo es una trampa del relato, en cuanto comienza a desmenuzarse la trama de la existencia se transforma en otros yo posibles, abandonados a la deriva de sus deseos y su voluntad. La existencia, enseña Leñero, puede ser leída como una posibilidad, una apertura, que nunca es un destino único, porque existe la voluntad y la elección, que pueden ir contra la corriente de los hechos y romper con el orden de las cosas. Aunque también existen personas que decidieron no elegir y pierden su libertad, como uno de los personajes antagónicos de la protagonista que “se dejaba llevar sin remos, sin timón alguno por la vida, y la corriente se encargaba de escribirle la historia que a ella le competía edificar con su voluntad”.

Cada vez que elegimos estamos ante la opción de ser otro. Y quién puede decir que no somos más aquellos que no elegimos ser. Una suerte de historias en ausencia o un negativo de nuestra identidad elegida.

En La vida que se va, el ajedrez es una metáfora de la existencia como un conjunto infinito de disyuntivas y opciones; uno debe elegir alguna y negarse a todas las otras, abandonando sus otras vidas posibles. La novela recuerda que la vida es un relato sobre nosotros mismos y las razones para elegir la vida que fuimos. No hay vida sin elección, pero sólo en el recuerdo todas las vidas son posibles. En presente, cada decisión aleja y reduce nuestras posibilidades. El rompecabezas de nosotros mismos está hecho con las elecciones fallidas, los deseos frustrados y las pasiones perdidas. También somos todo aquello que quisimos ser y perdimos.

La trama es sencilla. Una anciana elige a un periodista joven para que escriba su biografía. Lo cita una vez a la semana, y en cada ocasión relata una historia diferente sobre su pasado. Pero no diferente por diversa, sino porque se opone a las otras. Cada historia que compone el tejido de la novela es una decisión distinta. “Que hubiera pasado si”, ese es el comienzo de todo relato acerca de nosotros mismos, porque en la duda sobre nuestras decisiones componemos la reflexión sobre nuestro pasado y nuestros actos. Al final de los relatos, el biógrafo-periodista se enfrenta ante ese universo infinito de decisiones que no hacen una vida única sino una multiplicidad de personajes simultáneos como en una partida de ajedrez simultáneo: “relataba yo las varias líneas de experiencias como si correspondieran a Normas diferentes, y no lograba mi verdadero propósito: la imagen de una sola Norma sometida a un haz simultáneo de experiencias”. Norma decide contar su vida, pero su trama se compone de muchas otras vidas. La novela está escrita como un juego de voces falsamente contradictorias, relatos distintos de vidas simultáneas, como si fuese posible vivir todas las vidas posibles. Una novela compuesta por una variedad de narraciones cortas que se contradicen en el tiempo de la memoria pero no en la literatura. Una novela enseña que no hay una verdad única de la vida. Una verdad de la historia y de las memorias se compone en la reconstrucción de los hechos y esa recomposición es narrativa: es literaria. Pues nadie sabrá qué pasó o quiénes somos realmente, porque somos nuestra manera de contarnos cómo somos.     n

Libros de cocina I

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

GASTRONOMÍA

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

LIBROS DE COCINA I

Las abuelas tenían recetarios, y con ese nombre tan al grano se puede pensar que eran libros sencillos que servían para resolver con éxito el menú del día. Puestos al lado de los resplandecientes libros de cocina actuales. que nos llegan atiborrados de fotografías a todo color, y a un precio cada uno que antes alcanzaba para adquirir las obras completas de A. J. Cronin, ciertamente resultan austeros: un título (“Las mejores recetas de las señoritas Pereyra”), un índice (“Fri joles caldudos de doña Chon”. “Frijoles Escoffier”), y un manejo muy libre de la técnica (“poner suficiente frijol a cocer en bastante agua hasta que esté listo”). Nada de fotos, nada de ensayos de etnobiología sobre la cultura del frijol: son, en apariencia. tratados prácticos.

Pero la verdad es que ningún libro que hable de comida es práctico. Práctico es comer pan y cebolla tres veces al día. que con eso se sobrevive sin problemas de peso y con la digestión intacta. Hablar de comida, en cambio, y escribir de ella, así sea para loar las duras virtudes de la vida macrobiótica, es entrar de cabeza y sin remedio al más desbordado ámbito de la fantasía: si como arroz integral con algas marinas hasta que llore de aburrimiento y de tristeza, liberaré mi cuerpo de pecado como los sabios orientales y no moriré jamás.

Todo en la cocina es delirio. Tal vez el sexo inspire tantas meditaciones calenturientas como los guisados, pero no lo creo. Como prueba exhibo un recetario que se vendió mucho en tiempos de mi abuelita. Por sobre todas las cosas, se pretendía sensato, pero el título en sí. “Marichu va a la cocina y recibe con distinción”, ya es una novela, y eso antes de que nos adentremos en los resquicios y escondrijos del texto, donde aparecen, refulgentes como en sueño, los consejos para poner la mesa:

Para vajilla de cristal azul.

“Media Noche”. Mantel de malla drapeado crema. Centro y compoteras, con uvas de tono azuloso. Candelabros de plata con velas azules, ctl tono de la vajilla.

Da cierto pudor leer el índice de recetas, tan transparentes e intensas resultan las ambiciones de la autora, y tan provinciana ella: “Huevos ‘Samoa”‘ (con coco rayado y espinacas); “Huevos ‘Singapore’ ” (con polvo de curry); “Huevos ‘Hotel Plaza’ ” (con mayonesa); “Huauchinango a la ‘Kraft’ ” (con eso mismo); bebidas míticas o cosmopolitas a morir, como el coctel “Adonis”, el “Aviación” y el “Radio”, y un “Eggnog” que. nos explica Marichu entre paréntesis, en realidad es una polla.

No es el gusto —el paladar humano ni las papilas— lo que ha ido cambiando, sino apenas los ingredientes de la fantasía. El libro de Marichu abunda en guisos que no quisiera reproducir jamás; betabeles con anchoas, y sopa de sesos con alcachofas, por ejemplo. Pregunto: ¿será que alguna vez Marichu o alguna de sus lectoras le sirvieron a sus maridos la sopa de alcachofa y sesos? ¿Y que sus maridos se la comieron? ¿Y que les gustó?

De igual manera es difícil encontrar un platillo que se antoje en una recopilación de recetas inglesas de la época del Renacimiento. Este texto dice que las buenas cocineras hemos de preparar una tarta dulce de arenque (¡arenque!) revuelto con pasas, almendras y dátiles. Y son varias las recetas del siglo XIV que exaltan la máxima creación de la cocina inglesa (que en esas épocas, quién lo creyera, se consideraba altamente sofisticada): se trata de un pavo real entero, deshollado y relleno con abundantes especies, que después de rostizado se presentaba a los comensales con todo y patas y pico —y con la piel, y su plumaje intacto, surcido de nuevo al cuerpo—. No lo intentaré.

Los viejos recetarios van recopilando los sueños que entran por la boca. Hay sabores que identificamos con lo conocido, que por lo mismo solemos menospreciar y sin los cuales, sin embargo, no queremos vivir. Estos sabores evocan la fantasía más poderosa que existe, que es la del hogar.

Y hay sabores que vienen sazonados con el prestigio inmenso de lo exótico, que son los que le dan alas a los libros de cocina.

Los dátiles renacentistas se usaban para aderezar hasta los arenques porque venían de los confines más recónditos del mapa, lo mismo que las alcachofas y el queso Kraft de Marichu, y también la muy agria fruta kiwi que se multiplicó en todas las recetas para tartas de frutas publicadas hace diez años. El cisne de hielo que se coloca al centro de la mesa en las fiestas de quinceaños es descendiente directo del pavo real con plumas, y siempre lucen más sus contornos cerca del trópico. La cocina y el hambre de mundo siempre han ido de la mano.

En realidad sospecho que Marichu no puso jamás su mesa con vajilla de cristal azul para presentarle a su marido la sopa de sesos y los huevos “moscovita”. Nunca se exhibió en mesa alguna el pavo real con todas sus plumas. Son figmentos de los autores de libros de cocina, porque la comida lleva inexorablemente a la fantasía, como ésta lleva a la narrativa, y la narrativa a la ficción.

No resisto la tentación de presentar una más de las mesas que Marichu sugiere para convidar a nuestras amigas a tomar el te:

Para vajilla de cristal color ámbar.

“Oriental”. Mantel de malla drapeado crema. En el centro crisantemas amarillas-bronceado. En los candeleros velas verde oscuro. A los lados del centro, dos faisanes bronceados, con las colas en tono verdoso. De aquí a “El pecado de Oyuki” no es más que un paso. n

Alma Guillermoprieto. Escritora. Sus textos sobre México para el New Yorker y el New York Review of Books aparecerán próximamente, en traducción al español, editados por Plaza & Janés.

Ediciones de la ciudad de México

DIVAGARIO

Ediciones de la Ciudad de México

De entre lo más interesante que ha publicado el Instituto de Cultura de la Ciudad de México destacan Colonia Hipódromo de Edgar Tavares López, Tacubaya en la memoria de Araceli García Parra y María Martha Bustamante, Orígenes de nuestra ciudad de Fernando Curiel, Angeles González Gamio, Eduardo Matos, Luis Ortiz Macedo y Vicente Quirarte. Los dos primeros títulos recuerdan por su idea, formato y concepción gráfica, a los libros de Clío, pero sin el diseño y el cuidado de esas ediciones. El tercero es una buena puerta de entrada a la historia de la ciudad. No deja de llamar la atención que tengan que intervenir cuatro enormes instituciones para publicar unos cuantos libros: el Gobierno del Distrito Federal, la Secretaría de Gobernación, el Archivo General de la Nación, el Consejo de la Crónica de la Ciudad de México. Como sea, nunca sobrarán los estudios que indaguen en el pasado mexicano. Por cierto, no se ha hecho aún el análisis de los resultados, casi dos años después de su instalación. de la política cultural del Instituto de Cultura del Distrito Federal. Siempre será más interesante publicar libros que hacer una partida de ajedrez multitudinaria en el Zócalo (¿hay algo más elitista que el ajedrez?), hornear una enorme rosca de Reyes para ofrecerla a los hambrientos en la calle Fray Servando Teresa de Mier, o poner las bardas de los parques para que “la gente” las pinte y se exprese a sus anchas bajo la demagógica idea de que “la ciudad es de todos”.

Peter Sloterdijk

Acaban de aparecer en Alemania los dos primeros tomos de la trilogía que Peter Sloterdijk (1947) llevaba años escribiendo. Esferas. En este estudio monumental de la historia europea, el filósofo alemán añade la cultura, el arte y la literatura a su análisis del espacio y del tiempo en la historia. Filósofo, escritor, ensayista y profesor de filosofía en la Universidad de Viena, Peter Sloterdijk es autor de uno de los libros más exitosos de la filosofía. Crítica de la razón cínica. Formado en la escuela de la fenomenología, del existencialismo y de la teoría crítica, es uno de los ensayistas alemanes más atractivos. El lector podrá encontrar un buen ejemplo del tratamiento filosófico que Sloterdijk ensaya desde hace años en el primer artículo de “Vida pública” de esta edición de nexos.

Caminar con Chatwin

En su ensayo “La formación de un escritor” (1983), Bruce Chatwin le hace decir a su tío que la etimología anglosajona de su apellido paterno (chette- wynde) es “sendero tortuoso”. Más adelante. al rememorar sus primeras impresiones. Chatwin invoca a Sam Turnell. “un solitario de ojos tristes” que le transmitió el amor a las largas caminatas por los páramos. Un párrafo después, un párrafo sonoro y familiar, Chatwin se presenta al lado de su madre yendo de aquí para allá.

No hace falta más para saber cómo se construye la autobiografía de un viajero. En Chatwin todo alude al fuego alrededor del cual se cuentan viejas historias de aventureros, nómadas o exploradores que abandonan el hogar para conocer tierras lejanas y luego regresan para convencer a su auditorio de que lo real es más fantástico que todo lo fantástico. Como muestra el ensayo de Arturo Fontaine que el lector encontrará más adelante, a Chatwin le atraía la inquietud. Y le atraía al grado de que podía estar quieto en su propia habitación. Su impulso migratorio era inseparable de la fascinación por las cosas refractarias al cambio. En efecto, si hemos de ser justos con Chatwin debemos señalar que viajaba por el puro amor a la movilidad concebida como un intento de conservar el mundo como siempre ha sido.

Sobre la guerra

La guerra de Kosovo ha suscitado una polémica intelectual en torno a la intervención militar de la OTAN y el respeto a la soberanía de los Estados. En un “divagario” anterior (julio. 1999) apareció un comentario al reciente libro de Michael Ignatieff, El honor del guerrero, dedicado a examinar una nueva forma de conflicto internacional: a la hora de la globalización y el resurgimiento de los nacionalismos, las guerras étnicas son la cuestión más controvertida.

El debate continúa. En su número 94 (julio-agosto). Claves de Razón Práctica publica un debate epistolar entre Michael Ignatieff y Robert Skidelsky sobre la guerra en Kosovo. A partir de una pregunta provocadora —¿estaba justificada la intervención militar de la OTAN?— se desata un diálogo crítico que es un ejemplo de cómo cambió la realidad geopolítica después de la caída del Muro. En el escenario del mundo global, una de las interrogantes fundamentales para volver a pensar el derecho y las relaciones internacionales radican en saber si Occidente tiene derecho a imponer sus valores en los enfrentamientos culturales que dividen a los pueblos y las naciones. Y esa duda es crítica cuando en una situación política especial se enfrenta el desafío de la intervención militar internacional.

Ignatieff se define como intemacionalista. Cree que no sólo los Estados tienen derechos e inmunidades; también los individuos pueden apelar a las instituciones de derechos humanos de la ONU para defenderse de la violencia. Ante el expediente de la intervención de la OTAN en Kosovo plantea un argumento moral y político: “La intervención militar sólo puede estar justificada en dos casos: primero, cuando la violación de derechos humanos llega al extremo de un intento sistemático de expulsar o exterminar a un número elevado de personas que no tienen medios para defenderse; segundo, cuando dichas violaciones amenazan la paz y la seguridad de los Estados vecinos. Habría que añadir dos condiciones más: primera, han tenido que agotarse todas las alternativas diplomáticas; y segunda, la fuerza sólo está justificada cuando tiene posibilidades reales de surtir efecto”.

Ante el dilema del relativismo cultural y las consecuencias de imponer una moral occidental ajena a la cultura de otros pueblos, Ignatieff piensa que “no vivimos en el mundo moral del relativismo cultural… Todas las naciones aceptan formalmente que la tortura, la violación, las masacres y las deportaciones por la fuerza constituyen una vulneración del derecho internacional humanitario”. Quizás apenas se está construyendo la nueva legalidad para el mundo que viene. Pero no hay duda de que los derechos humanos son imprescindibles y no una idea imperialista de Occidente.    n

Parábola para un Cumpleaños

PUERTO LIBRE

PARÁBOLA PARA UN CUMPLEAÑOS

POR ANGELES MASTRETTA

Me he puesto en la palma de la mano un puñado de avena tostada con azúcar y lo como despacio, mientras trato de no aceptar la carga de melancolía que traen consigo las tardes de lluvia. Este octubre voy a cumplir cincuenta años. Me lo digo pensando que aún podría creer en las hadas y que el mar me conmueve tanto como la primera vez que lo vi. Me lo digo y apremio una sonrisa. Todavía estoy dispuesta a confiar en los desconocidos, todavía despierto en las mañana creyendo que algo nuevo encontraré bajo el sol, todavía les temo a las arrugas y soy capaz de cantar bajo la regadera. Todavía —¿quién lo creyera?— imagino el color que la luna de antier tuvo sobre otras tierras, y sueño con el mes próximo y con el siglo próximo. Así las cosas, cumplir años no será tan grave. Cincuenta, ochenta o cien, cuantos años quiera arroparnos el mundo, hay que estarse en calma, dispuestos a dar las gracias y a pedir más siempre que la vida pretenda voltear a vernos, para saber si aún la queremos.

—No, pelona, todavía no quiero que me lleves —le decía a la muerte mi abuela materna, tras veinte años de silla de ruedas y uno de cáncer. Tenía más de ochenta y conservaba una dosis de inocencia que yo había perdido antes de entrar a la primaria.

Pienso en mi abuela porque a pesar de su apego a la vida, a la edad que yo cumplo en octubre ella había dejado de batallar con muchas de las obligaciones y placeres que las actuales mujeres de cincuenta nos empeñamos en mantener. Tampoco se veía en guerra, estaba dispuesta a cobijar nietos sobre los tersos almohadones que eran sus pechos, comía sin culpa tres largas veces al día y parecía retirada del sexo, las imprudencias, la angustia de las cosas que son para no ser, y por supuesto la obligación de la juventud.

Dice Verónica mi hermana que eso era más sabio, tal vez. Lo cierto es que nosotras ya no podríamos regresar a ser así. Sin embargo, muchas cosas, a veces extraordinarias no sólo por efímeras, tendremos que ir perdiendo sin guardar rencor, sin estropearnos el alma, sin maldecir al tiempo que tanto nos bendice. Tratando de aceptar estas pérdidas, que a veces me cuesta tanto asumir, he dado con el recuerdo de una anécdota llamada, para mi consumo personal, la parábola del avión.

En abril pasado, mi madre, mi hermana, mi hija y yo, hicimos un viaje a Italia, vía Madrid. Tras un vuelo tan arduo como cualquier vuelo que cruce el océano, llegamos a Barajas a las dos de la tarde y corrimos a la sala en que estaba previsto que saliera, a las tres, el avión rumbo a Milán. La inolvidable sala doce. Con toda calma ahí se nos dijo que el vuelo estaba retrasado y que volveríamos a tener noticias en cuarenta minutos. Nos sentamos a esperar conversando y al cabo de los cuarenta minutos una señorita de Iberia volvió a pedirnos que esperáramos cuarenta minutos más. Regresamos a esperar. Fuimos al baño, tomamos café, compramos libros y tras una hora revisamos el pizarrón en el que nuestro vuelo aparecía como demorado y sin horario. Así las cosas nos dedicamos a ir de hora en hora revisando el pizarrón y acudiendo al mostrador de Iberia hasta que pasaron por el aereopuerto y nuestros pies, piernas, ojeras y humores, siete horas de tedio y vueltas. Ya para entonces, de hora en hora, habíamos recorrido todas las tiendas de perfumes, ropa, tarjetas postales y bisuterías varias que caben en el aereopuerto. Volvimos a ver el pizarrón, volvimos a preguntar en el mostrador de la puerta doce, y volvimos a tener como respuesta que preguntáramos en una hora. Así las cosas, nos fuimos a comer y cuando estábamos recién instaladas frente al jamón serrano, por no dejar, miramos la pizarra. Entonces vimos que nuestro vuelo ya tenía hora. Salía en tres minutos. Lo dejamos todo sobre la mesa y corrimos a la puerta doce, tan rápido como corríamos siendo jóvenes. Estaba lejos, pero a no más de cinco minutos. Verónica y yo llegamos jadeantes y entregamos los pases de abordar a una mujer morena, joven y alejada que había tomado posesión de la puerta doce. Ella los revisó despacio y nos dijo sin más:

—El avión a Milán se ha marchao.

—¿Qué? —preguntamos incrédulas y asustadas. Ella fingió otras ocupaciones.

—¿Qué? —volvimos a decir conteniendo los gritos, pero temblando de cansancio y abandono.

—Se ha marchado —dijo de nuevo la mujer sin siquiera pedir una disculpa.

Lo que siguió fue un largo alegato, con manoteo, explicaciones, demandas, y furias de nuestra parte, al que la mujer no hizo sino responder varias veces:

—Pues se ha marchado.

Volvíamos nosotras a no poder creerlo, volvíamos a preguntar si no podíamos correr a la pista, si no podíamos detener el avión que aún se veía desde la ventana, y que dimos en llamar para más confundir las cosas y con gran fiereza el “pinche avión”, si no podíamos lo que fuera, incluso lo inaudito. Y así durante diez, quince, eternos minutos. Hasta que ella, tan impaciente como puede ser una impaciente burócrata de Iberia, nos dijo en el colmo de la contundencia hispánica:

—Señoras, teneis que aceptarlo, entendedlo, el avión se ha marchado, iba completo y se ha marchado. ¡Aceptadlo, aceptadlo ya!

Junto a nosotros había otros quince italianos a los que también había dejado el sobrevendido vuelo, tan enfurecidos y aún más gritones que nosotros. Los abandonamos como líderes del reclamo en castellano y nos miramos con una sensación de fracaso compartido cuyo recuerdo aún me conmueve. Mi hermana detesta darse por vencida.

—Esta pesada tiene razón —dijo apoyándose en un sentido práctico que siempre ha ido adelante del mío—, más nos vale aceptar que el pinche avión se fue y nos dejó. No sólo a nosotros, sino a todos  éstos. Y que ni regresándolo tendríamos lugar adentro.

Me dieron ganas de abrazarla, pero me contuve porque ella no es de las que sobrellevan con desparpajo las efusiones públicas. Así que sin decir palabra dimos vuelta sobre nuestros talones, reconocimos el alto coeficiente emocional de mi hija y nuestra madre, quienes se habían ahorrado la discusión con la azafata y discutían entre ellas si era correcto hacer unas últimas compras para exorcizar la desgracia, y aceptamos la pérdida del vuelo y con él de nuestras maletas, como algo irrevocable. Tomamos el primer taxi que quiso llevarnos a Madrid, que no fue ni remotamente el primero que pasó a nuestro lado y nos fuimos a buscar un hotel cualquiera en el que dormir sin pijamas, sin cepillos de dientes, sin medicinas, sin un pedazo de nuestras almas, y exhaustas.

Sucedió entonces un pequeño, pero hermoso milagro: encontramos dos cuartos en un hotel perfecto, con vista a la hermosa noche, la fuente de Neptuno rodeada de tulipanes amarillos, la cúpula de la iglesia de los Jerónimos y el Museo del Prado. Encontramos una tina de agua caliente, una cena con postre de fresas y pan dorado, unas batas de toalla en las que arroparnos. Y sobrevivimos al desfalco de que el avión se hubiera marchado sin esperarnos, tras ocho horas de esperarlo nosotros.

Así pasa en la vida muchas veces. Aunque nos empeñemos en negarlo, en no aceptar que las cosas no son como querríamos que fueran, como soñamos que fueran, que la piel no nos brille como brillaba, o el reloj no camine tan despacio como en la infancia, o las novelas no acudan como pájaros a la playa, los desfalcos se imponen sin más ley ni más argumento que su contundencia. Y uno tiene que aceptar que el avión se ha marchado y no morirse ni de rabia ni de pena, ni de vejez. Y no dejarse entristecer, al menos no entristecerse para siempre. Todo fuera como esperar otro avión o cumplir cincuenta años. n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía.

Legislando con el enemigo

ARREGLOS INSTITUCIONALES

LEGISLANDO CON EL ENEMIGO

POR CARLOS ENRIQUE CASILLAS

La Cámara de Diputados ya es una auténtica arena política. Ahí se perfilan los asuntos clave del país ¿Cómo se ha portado en los artos más recientes?

A dos años de conformada la LVII Legislatura, la más plural y sui generis en la historia reciente del país, parece conveniente hacer un balance sobre los impactos que ha tenido la nueva conformación de fuerza y el papel que el Poder Legislativo ha adquirido en la transformación del sistema político mexicano. Es interesante discutir algunos de los cambios que ha traído el primer gobierno no unificado desde la revolución.

La primera y más importante modificación es, sin duda, el surgimiento de la Cámara de Diputados como auténtica arena institucional para el proceso político. Hasta hace muy poco tiempo el papel del Poder Legislativo en México fue, en el mejor de los casos, el de mero testigo del acontecer político nacional. Diputados y senadores validaban, tal como hacen los testigos de una boda o de un contrato, una decisión tomada de antemano. La discusión legislativa pasaba entonces a segundo plano y los intereses políticos, los proyectos de las carreras, se volvían la materia prima del trabajo de los representantes populares.

La pluralidad de la Cámara de Diputados colocó a este órgano de gobierno en el corazón del debate político. Hoy, al igual que ocurre en todas las democracias modernas, los asuntos clave del país cruzan por el parlamento. Lo mismo el asunto del Fobaproa que la reforma del Estado, lo mismo el tema del paro de la UNAM que el presupuesto de la federación o el asunto de Chiapas se discuten con intensidad en los recintos legislativos. El poder de opinión que antes pertenecía casi en exclusiva al Ejecutivo Federal o a las dirigencias de los partidos políticos, ocupa hoy el espacio que genuinamente le corresponde en una democracia representativa.

Se hace referencia al poder de opinión, porque es evidente que el poder de decisión aún permanece incrustado, en gran medida, en las dirigencias de los partidos políticos. A lo largo de esta legislatura hemos visto, en repetidas ocasiones, cómo los presidentes de los partidos y los líderes de las fracciones parlamentarias imponen los criterios de votación a sus diputados y senadores; esto ha provocado fricciones y amenazas de fractura. Este asunto tiene que ver con la disciplina de partido y con las reglas electorales que la favorecen, y no pretendo discutirlo aquí, pero sí dejar claro que la independencia del legislador mexicano ha iniciado con una suerte de indisciplina en sus opiniones respecto de las directrices de los partidos. Este fenómeno será cada vez más frecuente en nuestro sistema político y tenderá a acentuarse si se concreta, como muchas voces lo piden, que los legisladores puedan ser reelectos para un periodo inmediato.

El cambio es importante porque ha girado el centro de gravedad del acontecer político. Como nunca antes, el Legislativo tiene algo que decir ante lo que ocurre en el país. Se dirá que el poder de opinión siempre estuvo en manos de los diputados y senadores, pero lo importante aquí es que antes podían discutir sobre cualquier tema sin que los ciudadanos tomaran nota de sus opiniones: no eran trascendentes porque no había posibilidades de que influyeran en las decisiones finales. Hoy los legisladores tienen la fuerza para construir issues, para colocar un tema en la decisión nacional. El caso más representativo es sin duda el Fobaproa.

Generar asuntos para la agenda del gobierno resulta un ejercicio rentable para cualquier partido político; lo es, en principio, porque representa una forma de propaganda política gratuita. Es una manera de hacerse presente ante el elector más allá de los tiempos de campaña. Tengo la impresión de que cuando se trata de un partido político en la oposición, este tipo de proselitismo, llamémosle legislativo, es aún más provechoso, porque al tiempo que ese partido denuncia, critica y propone, se convierte al mismo tiempo en la cabeza de un movimiento fresco, listo para ser explotado.

Se dirá también que el poder de opinión del parlamento importa en la medida que los temas discutidos cristalicen en leyes. Es pertinente reflexionar sobre este asunto, ya que uno de los grandes temores que despertó el gobierno dividido en México fue la posibilidad de una parálisis legislativa.

Mientras hace algunos años todos los proyectos de ley enviados por el Ejecutivo Federal transitaban plácidamente y los diputados daban su apoyo las más de la veces, ahora el número de asuntos pendientes ha provocado que varios temas de interés nacional confluyan en el mismo periodo; esto ha vuelto más complicado el trabajo legislativo porque las posiciones políticas tienden a polarizarse. Un dato revelador: a pesar de que 22.37% de las iniciativas que tuvieron como origen la Cámara de Diputados fueron aprobadas, únicamente 11.3% del total de iniciativas presentadas en el recinto de San Lázaro durante los dos primeros años de la actual legislatura se convirtieron en leyes. Del universo total de iniciativas —que suman 372— presentadas en la LVII Legislatura y que tuvieron como origen la Cámara de Diputados, únicamente 5.91% fueron propuestas por el Ejecutivo; el 94.09% restante corrió a cargo de los legisladores de los distintos partidos, de los congresos locales y de la ALDF, así como de las propias comisiones de la Cámara Baja.

Aquí ubicamos otro de los cambios significativos que ha traído el gobierno dividido: los diputados se convierten en los principales promotores de leyes. Se trata de un cambio que ha venido sucediéndose desde hace tiempo, pero la conformación de fuerzas políticas en la actual legislatura fue un incentivo adicional para que un mayor número de legisladores impulsaran propuestas sobre distintas leyes. En la anterior legislatura, la LVI, fueron presentadas 164 iniciativas de ley; de ellas, cerca de una tercera parte (28.66%) fueron proyectos impulsados por el Presidente de la República, en tanto el 71 % restante correspondía a otros actores políticos. Por el contrario, en la legislatura vigente únicamente 1 de cada 20 iniciativas de ley corresponden al Ejecutivo Federal.

Por otra parte, el primer factor que explica el bajo nivel de productividad legislativa es la dinámica propia del trabajo legislativo. Cada iniciativa de ley sigue un largo camino antes de ser aprobada y entrar en vigor, pero esto ha sucedido desde que el Congreso existe; el elemento adicional tiene que ver con el incremento en el número de iniciativas presentadas: en esta legislatura, como ya apuntábamos, para cada tema se han sucedido varias iniciativas. Cada partido político ha querido fijar su posición, establecer sus condiciones para negociar y dejar claras sus prioridades. En el desahogo de cada iniciativa, las comisiones respectivas han realizado un esfuerzo de síntesis, han tenido que sumar cada propuesta y tratar de integrar en un solo dictamen varios proyectos de ley. Por ello encontramos una disparidad entre el número de insumos y el número de productos. Otro factor está en todas las iniciativas que son desechadas, bien porque están contenidas en alguna ley aprobada o bien porque carecieron de respaldo suficiente para convertirse en dictamen.

Con todo, el bajo nivel de productividad legislativa responde a múltiples factores. El más difundido pero no por ello el más verdadero es, desde luego, la falta de experiencia de los diputados para discutir las propuestas en un marco de pluralidad y equilibrio de fuerzas. En este sentido, la inexperiencia y la falta de consenso serían las causas de los incipientes resultados del trabajo legislativo. Pero este razonamiento no nos conduce a ningún lado, o mejor dicho, nos lleva a una explicación casi tautológica de la escasa productividad legislativa: no hay leyes porque no hay acuerdo y no hay acuerdo porque no hay mayoría.

Un elemento que ha gravitado en el bajo nivel de producción legislativa ha sido el papel de contrapeso que ha jugado el partido con más escaños. En efecto, el Partido Revolucionario Institucional, por el número de diputados con que cuenta, tiene capacidad de veto sobre posibles reformas a la Constitución. Esta cualidad le ha permitido funcionar como stopper, para evitar que gran parte de las iniciativas de ley, con las que no estaba de acuerdo. Fueran aprobadas. En otras palabras, todas las propuestas de reforma constitucional han tenido que esperar la generación de un acuerdo entre los principales partidos políticos y esto ha encarecido el costo de cada negociación.

El argumento anterior explica, sólo en parte, “la pobreza productiva” de la actual legislatura. El elemento sustantivo y que tiene que ver con el nuevo papel del Legislativo dentro del gobierno dividido radica en el carácter que han cobrado las iniciativas de ley. Como hemos visto, desde hace tiempo los partidos se han vuelto promotores de iniciativas de ley, pero el cambio fundamental estriba en que antes las iniciativas podían ser entendidas como mecanismos de expresión de las corrientes políticas representadas en el Congreso; los partidos las presentaban para justificar en parte su existencia, y en parte para mostrar a sus electores que estaban desempeñando su trabajo. Hoy, además de esas características, las iniciativas son promovidas también por los partidos de oposición, porque representan instrumentos de negociación política.

Es indudable que la presión sobre un proyecto de ley aumenta cuando no es uno, sino dos o tres, los actores que se pronuncian al respecto. Así, a lo largo de esta legislatura hemos visto cómo tras el envío de una propuesta de ley del Ejecutivo se suceden iniciativas de los partidos opositores e incluso del propio PRI como respuesta; es una manera de decirle al interlocutor principal: “aquí estamos y con esto negociamos”. Este nuevo juego de la democracia es desde luego un arma de doble filo para el propio proceso de fortalecimiento del Legislativo; por un lado lo fortalece al enriquecer el debate, al abrir las opciones de acuerdo; pero, por el otro, puede ser una forma de chantaje político para forzar una negociación entre las élites. En cualquier caso, resulta evidente que las iniciativas tienen un efecto multiplicador que las hace pesar, ya sea por el tema que las ocupa o por los otros temas de la agenda de gobierno con los que se relaciona. De nueva cuenta el Congreso gana terreno como arena de decisión política, pero la eficiencia decae porque cada tema de agenda está vinculado a otros asuntos nacionales. La negociación se vuelve así un juego de actores múltiples y de soluciones simultáneas.

Por último parece conveniente recuperar un tema que flota en el ambiente político y que tiene que ver con la dinámica de nuestro gobierno no unificado: se trata de las coaliciones legislativas. Como se recuerda, al inicio de la presente legislatura la primera manifestación del gobierno de no mayoría fue precisamente la conformación de un bloque opositor en la Cámara de Diputados que se propuso generar una mayoría estable y reivindicar el papel del Legislativo. La historia del bloque dura apenas unos meses, y tras el repaso de las carteras de las comisiones la coalición opositora se fue desdibujando hasta que finalmente, en la aprobación del presupuesto para 1998, desapareció. El tema importa porque tiene que ver con la posibilidad de una alianza electoral opositora para las elecciones del año 2000. Me parece significativo que apenas unas horas después de que la dirigencia del Partido Acción Nacional dio a conocer su decisión de buscar la formación de la alianza, el único precandidato a la presidencia por ese partido aclarara que se trataría de una coalición electoral y no de gobierno; los hechos de esta legislatura respaldan las palabras del exgobernador de Guanajuato.

A lo largo de los dos primeros años de la LVII Legislatura, Acción Nacional ha promovido en la Cámara de Diputados 96 iniciativas de ley; por su parte, el Partido de la Revolución Democrática ha presentado 90 proyectos de legislación; el Partido del Trabajo, que muy probablemente se sumaría a esa alianza electoral, ha presentado 19 iniciativas. Estos datos no dicen mucho, pero si vamos a sus características particulares entenderemos que la naturaleza de una alianza electoral opositora tendría en su base el pragmatismo. El bloque opositor, tal como lo conocimos en 1997, únicamente ha promovido dos iniciativas de ley, la primera referida a la reelección de los legisladores y otra más que propone algunas modificaciones al Cofipe. Por su parte, el PAN y el PRD han impulsado únicamente dos proyectos de ley; el primero en compañía del PT. que implicaba reformas a la Ley del Seguro Social, y el segundo que proponía una Ley Orgánica para el Congreso.

En consecuencia, los casos más destacables donde la dupla PAN-PRD funcionó, fueron para la asignación de las comisiones parlamentarias, para la modificación de la Ley Orgánica del Congreso y para la promoción de reformas al Código Electoral, cuyo objetivo final era flexibilizar los criterios de integración en las coaliciones electorales. En concreto, ningún tema de relevancia para el país, Chiapas. Fobaproa. La entidad de fiscalización, la reforma municipal o la industria eléctrica ha alcanzado el consenso de las dos principales fuerzas opositoras. Con ello no quiero decir que a la hora de la votación no lo hayan hecho de manera semejante, pero significa que las posibilidades de colaboración entre ambos partidos se agotan en el tema del poder.

Ni siquiera el tema del presupuesto ha merecido que los opositores trabajen en conjunto; por qué ha sucedido esto, tiene varias explicaciones. En primer lugar, el arreglo institucional vigente en la Cámara de Diputados no favorece la formación de coaliciones parlamentarias; en segundo lugar está la distancia ideológica y programática que separa a ambos partidos. Y finalmente, está el poder, la lógica pragmática que domina la actividad de los partidos políticos. ¿Es eso lo que nos aguarda?

Carlos Enrique Casillas. Tiene una maestría en Administración y Políticas Públicas por el CIDE. Ganó el Certamen Carlos Pereyra en 1998.

Fuentes: Departamento de Invesigación Legislativa, página Web de la Cámara de Diputados (www.cddhcu.gob.mx) y Diario de Debates de la LVII Legislatura.

* Incluye partidos políticos. Comisiones de la Cámara de Diputados, la ALDF y Congresos Locales.

** Incluye la Legislatura completa (3 años).

*** Solo incluye los 2 primeros años de la Legislatura, hasta el 30 de abril de 1999.

Cámara de Diputados LVII Legislatura, Gaceta Parlamentaria de la Cámara de Diputados.

*Que tuvieron como origen a la Cámara de Diputados.

**Egresos de 1998 y 1999, que son competencia exclusiva de la Cámara de Diputados.

 

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A la mitad de la nada

PARABÓLICA

A LA MITAD DE LA NADA

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

De Boca Iglesia me habló por primera vez uno de mis mejores amigos, aventurero tan generoso cuanto impenitente: Ricardo Gutiérrez López. No recuerdo si supo del lugar cuando le dio la vuelta a la Península de Yucatán en exiguo velero, si se enteró de su existencia durante alguna extenuante gira en bicicleta por la costa del Caribe o si le hablaron del sitio sus compañeros de viaje, pesca y buceo a Chinchorro, banco de coral en el Mar de las Antillas, paraíso de paisajes submarinos y de cardúmenes, 24 kilómetros al norte del litoral quintanarroense. Ricardo me dijo que los más viejos entre los habitantes de Holbox sabían del templo que daba nombre al punto, más allá del Cabo Catoche, y que un día tendríamos que ir a buscarlo. Sin la resistencia física, ni la voluntad férrea ni las destrezas terrestres y marinas de mi amigo, pensé que jamás me atrevería a emprender la odisea.

Pero para eso tiene uno exalumnos. Un grupo de los mejores. que sufrió mis disquisiciones y experimentos durante la segunda mitad de los años setenta en Mérida, me embarcó el verano pasado con rumbo al arrecife de Los Alacranes, extraño oasis de agua transparente y escaso fondo a medio Golfo de México, al norte de Progreso. Yucatán, y casi a la latitud de Tampico, Tamaulipas. Este año, los jóvenes de hace veinte años convertidos en padres de familia decidieron preguntarme antes de organizar la travesía. Pedí Boca Iglesia como destino. Ellos organizaron la expedición. Quisimos que fuera al frente el padre de la idea. Ricardo. No pudo acompañarnos. Me sentí huérfano al salir, por carretera, hacia Chiquilá, puerto de cuyo muelle zarpan los pequeños barcos que atraviesan el estero de Yalahau con destino a Holbox, en la Boca de Conil. Yalahau es un espejo roto de vez en cuando por delfines, tortugas, manatíes y borbotones de agua dulce que viene de las calcáreas entrañas peninsulares.

Salimos de Mérida el penúltimo viernes de agosto a eso de las dos de la tarde. Nos detuvimos a comer en un fonda pueblerina, a la entrada de San Antonio Cámara. Dejamos atrás Tizimín. Entramos en Quintana Roo por Kantunilkín. Dejamos los vehículos en Chiquilá, donde nos pusimos en manos de dos pescadores cuyas lanchas serían domicilio y medio de transporte los días siguientes. Dormimos en Holbox. De aquí zarpamos hacia el Oriente el sábado por la mañana, con las arenas y los manglares a la vista. Atracamos después de dos horas en un refugio de pescadores.  donde conocimos al “Tampico”, un ermitaño de playa, descendiente de españoles, 42 años de edad y tres de soledad al cuidado de una palapa grande, una barcaza llena de hielo, dos gallinas, algunos pollos, un hermoso gallo y un trío de perros. Su choza de láminas de cartón no cuenta con electricidad ni agua dulce. Nos dijo que no resiste ir a la ciudad: lo aterrorizan los automóviles. Apenas si se acuerda de “la Quina”, de Veracruz, de Sisal, de Progreso y de Cancún. Su trashumancia salada —iniciada hace treinta años en el puerto jaibo— parece haber concluido aquí.

Dejamos las mochilas bajo la palapa. Abordamos de nuevo las lanchas. Los fanáticos de la pesca enfilaron mar adentro. Los que queríamos encontrar Boca Iglesia seguimos costeando hasta que don Chicho, veterano de las olas y los esteros, señaló una entrada a la ría. Nos había caído encima la primera lluvia, pero el sol nos secó la poca ropa encima. Estábamos más allá de Catoche, cuyo faro vimos de cerca, deformado por la cortina de agua que vomitaron las nubes. Hugo enrumbó hacia la boca. Entramos a las aguas bajas entre los mangles. Manuel extrajo de su saco plástico los binoculares. De pronto, apareció entre los vidrios y los metales de éstos la espadaña de un templo. Sin campanas. Boca Iglesia.

Bajamos del bote al fango esponjoso de la orilla. Libramos la primera batalla contra los moscos a base de repelentes. Un calor húmedo —el “bochorno” que es la antítesis de la “heladez”, dos términos que sólo entienden los yucatecos— nos ahogó con sus vapores. Caminamos tierra adentro hasta toparnos con un vestigio escrito en piedra y cemento de la presencia del INAH en aquellos lares. Las construcciones añosas dieron su mentís a la agresividad de la selva. Allí estaban, parcialmente destechadas, pero aún enhiestas como a la mitad de la nada. El relato de Ricardo se demostró cierto. Don Chicho nos contó que trabajó en el desmonte de los terrenos aledaños y en la reconstrucción a medias de las edificaciones. Nos dijo que había hasta un pozo. Lo hallamos. Imaginamos a los franciscanos españoles luchando con la vegetación, el clima, los animales y el salitre para alzar allí una misión y emprender su labor civilizadora. Sospechamos que allí cerca debe haber ruinas mayas, pues no habrían encontrado los frailes otra razón para arriesgarse hasta tan lejos si no hubieran estado seguros de encontrar oyentes para sus palabras y cabezas para sus bautismos. Admiramos la fe que los movió a caminar, sufrir, edificar, llamar, aprender la lengua ajena, buscar agua, cargar herramientas y enseres litúrgicos, soportar alimañas y padecer morbos y privaciones.

¿Quiénes fueron los monjes que fincaron aquí? ¿Cómo eran? ¿Qué pensaban? Muy probablemente algunos hijos espirituales de fray Juan Garceto, el franciscano que en 1516 ordenó a sus tropas ensayaladas alejarse ideológica y políticamente de los conquistadores codiciosos para poder sustraer a los indios americanos del “repartimiento” y de la “encomienda”. A él —asegura Mario Cayota en su libro Siembra entre brumas, Utopía franciscana y humanismo renacentista: una alternativa a la conquista— se le ocurrió propiciar el agrupamiento de los nativos en pueblos que, contra las pautas de comportamiento de los europeos, pudieran constituirse en comunidades solidarias y fraternas. No está de más recordar que Vasco de Quiroga, a pesar de ser abogado y luego obispo del clero llamado “secular”, fue hermano de la Tercera Orden o “terciario” de san Francisco.

Los datos disponibles indican que Boca Iglesia —o Boca de la Iglesia, o Boca Nueva— es el ingreso del Caribe a un paso natural y cenagoso que separa a la isla de Holbox de tierra firme y que desemboca sobre la orilla oriental del estero o laguna de Yalahau. Así consta, sobre el poco más o menos, tanto en el Diccionario Porrúa de Historia, Biografía y Geografía de México, cuanto en la muy nueva, cuidada y completa obra Yucatán en el tiempo, fruto de la preocupación cultural del empresario yucateco Raúl Casares G. Cantón y de los afanes de un grupo de investigadores patrocinados por él. El asentamiento colonial data del siglo XVI. pero tuvo lugar en la antigua y maya Ecab. a la que llamó Gran Cairo nada menos que Francisco Hernández de Córdoba. Ya en los mapas del siglo XVIII. templo y construcciones vecinas aparecían como en ruinas. Por estos rumbos se dio el primer mestizaje en el continente: Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, náufragos, fueron arrojados por el mar apátrida y acogidos por los hombres mayas. El primero se horadó narices y orejas, se tatuó y consiguió mujer que le dio hijos y sentido de pertenencia. El segundo, tonsurado, permaneció célibe y se reincorporó a los suyos a la primera oportunidad. La “raza cósmica” germinó por acá.

Las cámaras de fotografía hicieron su trabajo contra el olvido. Muros, cúpula y sacristía enteras, altar, escalinatas y atrio quedaron, luminosos, en las entrañas oscuras de los artefactos ópticos. Vuelta a la lancha. Nos detuvimos en la boca misma, donde se juntan aguas de todos colores sobre lechos blancos de escasa profundidad. Una piscina tibia. A la mano, langostas y cangrejos. En las neveras las cervezas a temperatura polar. Sobre las espaldas, los rayos devastadores de un sol impío. La conversación, un tejido de recuerdos compartidos por el mayor de mis hijos —Carlos, aún azorado por el descubrimiento, los verdes infinitos y las temibles mantarrayas—, como sólo pueden urdirlo quienes compartieron aula, libros, músicas, exámenes, deportes, diversiones, indignaciones, entusiasmos y compromisos, cuando la adolescencia de los escolares evitaba la obsolescencia del maestro. Luis y Manuel evocaron un pasado de papel que los hizo capaces de darse un presente de vida. Todos —Carlos incluido— nos sentimos esperanzados, es decir, dispuestos a recordar el futuro.

Por la noche, en la palapa, los pescados frescos asados a las brasas fueron un placer, pero más tarde los moscos hicieron olvidarlo. Las lluvias impulsaron a los voraces insectos a salir de sus madrigueras y a embestir sin parar a los expedicionarios limosneros de sueño, aprovechando los huecos entre los hilos de las hamacas. Ni los aceites que vinieron de la civilización, ni los humos arcaicos de las cáscaras de coco que puso a quemar el “Tampico” fueron suficientes para ahuyentar a esas diminutas fieras aladas que, si hubieran develado el secreto de la longevidad. probablemente ya habrían aniquilado la vida humana sobre el planeta.

Antes de que rompiera el alba, salimos rumbo a Contoy que es una joya flotante del Caribe. A media mañana, de regreso al refugio, comimos en macum, es decir en caldo picante, los meros que capturaron los adictos al anzuelo. Con la segunda y la tercera tormentas encima navegamos hacia Holbox. a donde llegamos empapados y temblorosos previa escala en Isla de Pájaros, donde el pelícano blanco y el flamenco viven sin zozobras. A la media noche del domingo, todavía húmedos de lluvia, de mar y de arena, llegamos a Mérida.

Boca Iglesia existe. Quienes se lo contaron a Ricardo tenían razón. Allí está, erguida, digna y memoriosa a la mitad de la nada, atalaya del todo.     n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Autor de Disiento.

La sombra

LA SOMBRA

POR SILVIA TOMASA RIVERA

Para Antonella y Julio Glockner*

Tonalli, para los antiguos mexicanos, era una fuerza vital que se constituía en la sombra del hombre.

I

Yo

y mi sombra. Solos por la vereda invocamos al viento. Ella es mi fuerza

y mi verdad.

Juntos somos mi corazón apuntalado frente a la guerra eterna de los días.

Si yo diera un traspié, un mal paso quebrado

en el abismo, ella sería la única alentando su voz, que me dijera, levántate, aún no ha terminado ese ciclo voraz

que te reserva la estrella del naufragio.

II

Sin ella, estoy perdido. La parte que me queda grita en la noche.

¿Cuál de todas las sombras es la mía?

A quién le corresponde vigilar mi cuerpo en las llanuras para que no tropiece con el bosque de ojos que se me viene encima y que pregunta:

¿Es locura la asusencia de la sombra?

La otra parte de mí que nadie entiende: tuya y mía esa fuerza vital que nos mantiene unidos hasta el fondo.

 *Al antropólogo Julio Glockner. doña Pascuala, curandera de la región de los volcanes de Puebla, le diagnosticó pérdida tempo­ral de la sombra a causa de una caída.

Todos ilegales

TODOS ILEGALES

POR RAÚL TREJO DELARBRE

El país de la ilegalidad parece haber alcanzado índices muy altos de sobrepoblación. Son ilegales quienes abusan de la sociedad, quienes toman el camino de la corrupción o quienes dejan de cumplir con la ley. Todos… o casi todos. Esa cultura forma parte de las maneras con las cuales los ciudadanos se relacionan cotidianamente con la vida pública y, de modo paradójico, mantiene relaciones muy estrechas con la cultura de la legalidad.

Hay un México de la legalidad que emerge, se defiende, gana espacios, crece, delante del México ilegal y premoderno que permanece, estorba el desarrollo, pervive. Esos dos Méxicos se traslapan y complementan. No son necesariamente contradictorios. De hecho, han creado una pragmática convivencia.

Forman parte del país en la ilegalidad los entre 4 y 6 millones de trabajadores que participan en la economía informal, las entre 500,000 y 800.000 mujeres que cada año abortan voluntariamente. los propietarios de más de 1,600.000 automóviles de contrabando que circulan sin papeles por las carreteras del país.

Participan de distintas formas de ilegalidad millones de ciudadanos que pagan sobornos para que no les levanten infracciones de tránsito y los policías que reciben esas compensaciones, aquellos que evaden o facilitan trámites administrativos a cambio de una propina y, desde luego, los empleados públicos que se benefician de ese intercambio.

Están fuera de la ley, aunque sea poquito, los consumidores que en vez de pagar toman la luz con “diablitos”, los vecinos que para cuidar su seguridad cierran sin permiso las calles donde viven, el condómino que se niega a entregar la cuota de mantenimiento aunque todos los demás sí pagan. Lo están, claramente, los “evangelistas” de Santo Domingo que falsifican títulos, licencias y actas y quienes todos los días acuden a comprárselos.

Un caso parecido, aunque menos escandaloso, es el de los fonogramas, discos de computadora, videocasetes o juegos electrónicos piratas. Es ilegal venderlos y también usarlos. Pero, bueno, mister Bill Gates no se va a hacer más pobre porque copiemos una versión de Windows 98. Qué tanto es tantito.

Se le puede llamar abuso generalizado, relajamiento del sistema legal, agandalle compartido, o cultura de la ilegalidad. En todo caso, cada quien como puede y cuando puede, casi todos dejamos de cumplir con las reglas.

No pretendemos que los trabajadores que no pagan impuestos, los ciudadanos que dan mordidas o las mujeres que deciden no tener hijos, sean necesariamente equiparables.

Se trata de gente en circunstancias muy diferentes. Unos abusan del resto de la sociedad; los segundos aprovechan el camino fácil de la corrupción; las últimas ejercen una prerrogativa individual que no ha sido cabalmente reconocida por las leyes mexicanas. Pero todos y todas, de una u otra forma, dejan de cumplir con la ley.

En algunos casos, se trata de acciones fuera de la ley porque el marco jurídico es atrasado, insuficiente o incluso contradictorio con los derechos de la gente. Por desidia, convencionalismos o incluso prejuicios, se mantienen ordenamientos que no se cumplen y cuya revisión y actualización ha sido reiteradamente eludida por los legisladores. Ese es el caso de las leyes que prohíben el aborto pero también, en asuntos muy diferentes, de la legislación laboral (que en la práctica suele ser superada por los contratos colectivos) y las leyes para los medios de comunicación (que en algunos casos, si se cumplieran al pie de la letra, implicarían atrabiliarias e inaceptables prácticas de censura).

En otras situaciones, las leyes no son respetadas simplemente porque resulta más sencillo evadirlas. Los requisitos para emprender casi cualquier trámite ante la administración pública, son tan tortuosos que muchos ciudadanos prefieren hacer el sacrificio de pagar un soborno antes que perder más tiempo. Cuando un agente de tránsito saca la libreta de infracciones, el automovilista hace un cálculo instantáneo de costos y beneficios: dar mordida es indebido y hasta vergonzoso, pero pagar la multa le saldrá más caro y le obligará a perder un rato en el banco.

En un tercer conjunto de circunstancias están quienes infringen la ley porque saben que es difícil que se les llegue a sancionar. En esa conducta, coinciden alevosos criminales y sufridos ciudadanos. Se dice que de cada diez delitos que se cometen en México, solamente uno llega a ser castigado. Así que la estimación de oportunidades que hacen el carterista o el violador antes de cometer un delito llega a tener los mismos parámetros: si es uno en diez, suponen, vale la pena correr el riesgo.

La cultura de la ilegalidad, o en ocasiones de la a-legalidad, seguramente existe en todo el mundo, pero en México forma parte de las maneras con las cuales los ciudadanos se relacionan cotidianamente con la vida pública.

Extendida, la ilegalidad no siempre es reconocida. La encuesta sobre valores de la sociedad mexicana que el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM levantó hace cinco años encontró que el 60% de los ciudadanos aseguraba que no estaría dispuesto a dar dinero para ahorrar tiempo en un trámite de gobierno. El 22% respondió que sí y el 16%, que “a veces”.

Ese 38% de mexicanos que se sincera acerca de su disposición a la mordida demuestra gran honestidad, o gran cinismo, según se vea. Significativamente, mientras mayor es la escolaridad o más alto el nivel de ingresos, aumentaba el porcentaje de encuestados que se decían dispuestos a dar mordida en alguna ocasión. Apenas el 28% de los más pobres y el 27% de aquellos con instrucción primaria incompleta, dijeron que sí entregarían sobornos. En cambio, el 47% de quienes ganan más de 5 salarios mínimos y el 55% de quienes tienen estudios universitarios no terminados, declararon que sí. Distribuidos por intención de voto, entre quienes en 1994 dijeron que sufragarían por el PAN. el 50% era más proclive a corromper (o fueron los más veraces en sus respuestas). En cambio, el 43% de los votantes perredistas y solamente el 35% de los simpatizantes priistas. se reconocieron capaces de dar mordida (Los mexicanos de los noventa, IIS UNAM, 1996).

La ilegalidad forma parte de la cultura política y de las prácticas sociales de los mexicanos. No pretendemos que sólo exista en nuestro país pero, en México, es una realidad. Ese es parte del contexto de las actitudes ilegales, o a-legales, en zonas más vistosas de la vida pública. Dirigentes políticos que no respetan los estatutos de sus partidos, líderes sindicales que trafican con las cuotas de sus representados, contratistas que entregan altas comisiones para obtener una obra o una concesión, son expresiones en diferentes grados de esa costumbre que disimula, atenúa o admite el incumplimiento parcial o completo del marco jurídico.

En ese contexto se pueden entender, pero no justificar, el temor, o el franco rechazo, para aplicar la ley en algunos de los más notorios conflictos políticos de los meses recientes. En varios de esos casos, se ha llegado a considerar que cumplir con la ley puede tener costos políticos tan altos que entonces vale la pena diferir su aplicación para no exacerbar los ánimos.

Si muchas de las infracciones a la ley que se han vuelto costumbres arraigadas en nuestra sociedad forman parte de un modus vivendi primitivo pero funcional, en cambio la politización que en algunos casos dificulta el cumplimiento de la ley solamente empeora los conflictos e impide que tengan solución.

El México en la ilegalidad convive con el de las leyes. Formamos parte de ambos, en una práctica pero costosa esquizofrenia. Lo peor es el arraigo que tiene la costumbre de infringir las reglas más elementales.

A punto de entregar esta abatida nota para Nexos, vemos en el noticiero vespertino del canal 13 un reportaje sobre la corrupción en las escuelas. La reportera le acerca el micrófono a un sonriente —por nervioso— muchacho de secundaria.

—¿Tú le has dado dinero a algún maestro para que te pase?

—Sí.

—¿Como cuánto le diste?

—Doscientos.

—¿Y te pasó?

—Sí.

—¿Cuánto te puso?

—Nueve.       n

Raúl Trejo Delarbre. Periodista. Director del semanario etcétera.

La gran alianza

ELECCIONES

LA GRAN ALIANZA

POR JORGE JAVIER ROMERO

¿Qué significaría una alianza entre el PAN y el PRD para las elecciones del 2000? Y, si eso ocurriera, ¿qué costos v beneficios pagarían y obtendrían ambos partidos en caso de vencer al PRI ?

Dice el dicho cantinflesco que en México nunca pasa nada y cuando pasa ya todos sabían que iba a pasar. Con la alianza opositora puede ocurrir algo parecido: cuando se empezó a hablar de ella, difícilmente se vislumbraba la posibilidad de que los caudillos pudieran pactar, pues nadie contaba con que lo que originalmente se antojaba como una trampa demagógica del PRD para deslegitimar al PAN como oposición iba a resultar un cebo muy atractivo para la supuesta presa, que acabó por encerrar al cazador en su propia jaula.

El PAN se encontró de pronto con un manjar: la “opinión pública” manifestó, a través de su verbo encarnado en encuestas, que Vicente Fox —el caudillo con botas que se les impuso como candidato— era, con mucho, quien podía encabezar la alianza.

Cuando las encuestas comenzaron a mostrar que Cuauhtémoc Cárdenas no tenía posibilidad alguna de ser un candidato triunfador, el PAN se volvió sobre su perseguidor y le dijo ¡va! Entonces el PRD tuvo que evaluar y jerarquizó sus objetivos: más allá del peso que en sus prioridades tuviera el elemento ideológico del resentimiento antipriista, en los cálculos de expectativas de los perredistas ha estado presente el hecho de que la intención de voto en su favor ha ido declinando constantemente —cada minuto que pasa del buen gobierno de Cárdenas en la ciudad de México— y, por tanto, las posibilidades de mantener sus posiciones actuales en la Cámara de Diputados y en el Senado eran remotas.

En su intento por revivir el efecto del FDN de 1988 y volver a colocar a su candidato en la contienda, el PRD traía ya el fardo del agonizante Partido del Trabajo y estaba también pactando con Convergencia Democrática, al tiempo que flirteaba con Camacho y su PCD. Sin embargo, si la oferta política encabezada por Cárdenas no remontaba y las encuestas tenían razón, entonces la “coalición de centro-izquierda” tendría que repartir su magro 20% entre sus aliados, a razón de al menos 2% por partido, lo que podría dejar al PRD con apenas el 14% de la votación —si no es que menos—, con las consecuencias que eso acarrearía en lo que toca a los dineros del financiamiento público. Mala cosa.

En cambio, ir a la alianza lo llevaría a pactar en condiciones de igualdad con el PAN, ya que el acuerdo se daría sobre la base de las posiciones de hoy, bastante equilibradas. El costo de los aliados menores se repartiría por igual y no sería tan oneroso para sus finanzas. Esto al margen de que ocurriera o no la derrota del PRI. Y se metió en el berenjenal del que difícilmente podrá salir.

En todo este asunto Cárdenas puede ser el convidado de piedra: sólo si él aceptara que la derrota de su tan odiado PRI bien vale una misa cristera, entonces la alianza sería posible, pero después de la decisión del PAN Cuauhtémoc puede aceptar el trago amargo, sobre todo cuando hay quien lo intenta guiar en su paso a la historia (o a su salida por una puerta falsa, diría el suspicaz). El futuro del tótem está en riesgo: si bien puede ser la cuña del mismo palo que sirva para derribar el árbol podrido que su padre contribuyó a sembrar, puede acabar convertido, en los libros de texto, en el personaje que cedió para abrirle el paso al caudillo populista de derecha que acabó privatizando PEMEX y que se colocó por encima de toda la política para llevar a cabo su plan personal de redención. Porque de Cuauhtémoc como presidente ya nadie se atreve a hablar.

De cualquier modo, el PRD está en un brete complicado, del que no saldrá sin magulladuras. Si va a la alianza, nadie le garantiza que pueda mantener la lealtad de una franja importante de votantes que difícilmente verían representados sus valores en la candidatura de Fox, pero que no votarían por el PRI. Si, en cambio, rompe con la posibilidad de la candidatura común, ya no podrá construir su FDN redivivo y, cuando mucho, irá con el cadáver insepulto del PT a la aventura del tercer fracaso de Cárdenas, en tanto que sectores importantes de sus votantes e incluso algunos de sus cuadros —de esos que siempre encuentran calva a la oportunidad— verán en Fox la utilidad y se embarcarán en la aventura de derrotar al PRI a toda costa. n

Jorge Javier Romero. Politòlogo. Profesor de la UAM-Xochimilco.

Elecciones vecinales en el DF, 1999

•   Comités vecinales elegidos el 4 de julio de 1999: 1,301.

Equivalen a 54.2% de los municipios del país, a 2.6 veces el total de diputados federales y a 19.71 veces el total de diputados de la Asamblea Legislativa.

•   Candidatos a integrantes de los comités vecinales: 42,994 ciudadanos. Equivalen a 10.1 veces el total de candidatos propietarios a diputados federales y senadores en la elección de 1997.

•   Mesas receptoras de votación instaladas el 4 de julio: 10,274.

•   Mesas receptoras de votación previstas para Iztapalapa: 1,968. Equivalen a casi el doble de las casillas instaladas en Nayarit, el mismo 4 de julio (986).

•   Ciudadanos capacitados para recibir la votación: 41,413.

•  Total de boletas impresas: 6,640,220.

•   Votantes el 4 de julio: 574,432.

•   Integrantes de los comités vecinales elegidos el 4 de julio: 13,848.

•   Costos de la elección vecinal: 78 millones de pesos.

•   Costo por mesa receptora de votación instalada: $7,580.91.

—Con un agradecimiento a Eduardo Huchim

Por Roberto Bouzas

Tocar el mundo

TOCAR EL MUNDO

POR MONICA PRIETO

En el Museo del Palacio de Bellas Artes se expone una colección de la obra reciente de Alberto Castro Leñero.

Alberto Castro Leñero se deja llevar por el extraño tiempo de la pintura. Explora pacientemente el interior de las obsesiones. Agrega elementos y hace variaciones. Va y regresa, apropiándose poco a poco de fragmentos del mundo. “Trato de tocar el mundo, tener contacto con él, pero muchas veces no lo puedes hacer de manera directa”. Algunos fragmentos se pierden y sólo puedes recurrir a piezas sueltas. Cada vez más, la realidad se parece a un territorio disperso, roto, donde uno compone y recompone fragmentos, sin jamás lograr integrar el rompecabezas completo. El artista percibe y traduce el caos de los acontecimientos y transforma ese desorden fragmentario de sus experiencias cotidianas en el orden plástico de la composición elegida.”La génesis de los cuadros es la evocación de una imagen emocional y mental. En un momento tengo una idea, una percepción de algo, y eso me mueve a pintar. Es un momento de acierto interno”.

Corpus es el nombre de la nueva exposición pictórica de Alberto Castro Leñero. Está formada por 24 pinturas, la mayoría realizadas en el presente año. En Corpus convergen algunos de los temas y varias de las series que han compuesto la iconografía de la pintura de Alberto Castro Leñero: los desnudos contrapuestos a estructuras geométricas —pintadas o construidas en metal—, las cabezas monumentales y una serie de estructuras-conductos de formas orgánicas. En esas series se concibe el itinerario del pintor.

La exposición abre con los cuadros de figura humana, representaciones de cuerpos arqueados, tensos, que se sostienen en un difícil equilibrio. Pero este cuerpo en torsión es sólo el punto de partida, un primer paso, el detonador de otras formas que conviven y se oponen en un juego de relaciones azarosas entre cuerpo y estructura. A veces, la estructura genera un espacio que se convierte en el lugar donde habita el cuerpo. “Pinto la figura y luego lo que ésta me sugiere. No trato de hacer equivalencias sino evocaciones, logrando una relación no buscada, como una adaptación intuitiva de la forma orgánica”. Así aparecen las estructuras en el cuadro. Esta confrontación entre la figura y las estructuras representa la “contradicción entre lo orgánico y lo tecnológico”. Sin embargo, para Castro Leñero la figura humana es tan sólo uno más de los elementos pictóricos que sirven para darle forma a una pulsión interior. No hay narración, los cuerpos crean perfiles que le atraen y que sugieren nuevas formas y espacios.

Los cuadros de cabezas, el segundo grupo de pinturas de esta exposición, a veces son retratos con diferentes signos y formas sobrepuestas; en otras, la cabeza deja de ser un retrato y es sólo una silueta de forma ovalada, que ordena la composición y circunscribe la pintura. Las cabezas son un retrato hecho con pedazos de la vida: huellas, transformaciones, laberintos.

Una serie de escala más pequeña y formato vertical cierra la exposición. Las figuras de esta etapa son estructuras de formas curvas, redes intestinales o tuberías orgánicas. Para Castro Leñero son “los equivalentes al cuerpo, una especie de transición entre la estructura geometrizada pero hecha orgánica”.

La pintura asalta nuestra mirada. Atrapa nuestra atención con su energía explosiva y la diversidad de recursos que componen la piel del cuadro: marcas de brochas, pinceles y espátulas, esgrafiados, veladuras o espesas capas de pintura, salpicaduras y escurridos de encáustica. La presencia de la materia reafirma la pintura. “En un mundo tan saturado, estás buscando algo qué decir, convocando y evocando. Hay muchas cosas que se pueden hacer, pero yo quiero pintar; en el mundo de las imágenes donde todo es posible hay una competencia salvaje que pareciera rebasar la posibilidad de formas”. La búsqueda consiste en ir hacia el objeto. “Es una cacería”. A diferencia del mundo virtual de las imágenes de los medios, en la pintura el objeto está aquí. “Es el imperio del tacto”.

Según Alberto Castro Leñero vivimos en una aldea fragmentada formada por diferentes ciudades, que es imposible concebir tan sólo en una obra. Para nombrar esa realidad dispersa es preciso pintar varios cuadros, sólo así se configura lo imperceptible. Las series de cuadros buscan reconstruir la fragmentación simultánea del mundo.    n

Monica Prieto. Pintora.

El recetario convergente

ARGENTINA

EL RECETARIO  CONVERGENTE

POR  ROBERTO BOUZA

Argentina se apresta a celebrar elecciones con una vida democrática acostumbrada a la fragmentación, una economía en problemas y un clima de alternancia política en perfecto estado de salud.

En menos de dos meses los argentinos vivirán una experiencia inédita: tendrá lugar la cuarta elección presidencial consecutiva. También es probable que sea la coalición opositora Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación, la que se alce con la victoria trayendo, todo parece indicarlo, una segunda novedad: el cambio no traumático del partido de gobierno. Después de más de quince años de vida democrática ininterrumpida, los argentinos parecen ver este estado de cosas con naturalidad, olvidando su carácter excepcional en una historia republicana apenas centenaria.

Independientemente de quién logre la victoria en octubre, después de las elecciones vendrán tiempos de cambio. Si el justicialismo resulta triunfador el próximo gobierno difícilmente podrá (o deseará) ser una mera continuación de los diez años de Menem. En caso de que gane la Alianza, es seguro que sus dirigentes tratarán de imponer un estilo de liderazgo y acción política distinto al que caracterizó la era del llamado “menemismo”. No está tan claro, sin embargo, cuál será la extensión de esos cambios. El temor de los argentinos de retornar al caos hiperinflacionario de 1989-1990 está aún muy presente y esto impone una fuerte dosis de continuidad a cualquier gobierno, al menos en el plano de las políticas macroeconómicas. Cualquiera que sea la nueva administración tampoco podrá ignorar las notables transformaciones que se produjeron en la economía y en la sociedad argentinas durante la última década.

Carlos Menem dejará el gobierno con un país radicalmente distinto del que encontró en 1989. Las amenazas de ruptura del orden democrático son hoy inexistentes, el Estado ha reducido drásticamente su presencia productiva, los consensos en torno a la responsabilidad fiscal y monetaria alcanzan una extensión sin precedentes, y hasta el régimen de convertibilidad (que combina un tipo de cambio fijo con una política monetaria subordinada a la variación de las reservas internacionales) es aceptado como una restricción fundamental por todas las fuerzas políticas con capacidad de terciar en la disputa electoral.

Argentina también ha cambiado porque sus ciudadanos parecen haberse acostumbrado a convivir en una sociedad mucho más fragmentada, con niveles absolutos de pobreza y marginalidad más extendidos que en cualquier otro momento de la historia contemporánea y con una incidencia de episodios de violencia común infrecuente para una sociedad que se complacía de su relativo igualitarismo.

El próximo gobierno encontrará también una economía en la que ha desaparecido la inflación (durante 1999 la variación del índice de precios al consumidor será negativa, es decir, habrá deflación), en la que no existen restricciones al movimiento de capitales y en la que la protección ha disminuido significativamente. Argentina también se ha convertido en un importante receptor de inversiones extranjeras directas (inicialmente estimuladas por las privatizaciones pero que más tarde adquirieron una dinámica propia), pero no ha superado su fuerte dependencia del ahorro externo. Este año, el déficit en cuenta corriente representará cerca de 4.1% del PIB.

La nueva administración se hará cargo del gobierno en medio de una profunda recesión. Después de default de Rusia en agosto de 1998, la actividad económica ingresó en una fase de desaceleración que se transformó en abierta recesión en los primeros meses de 1999. A ello contribuyeron el deterioro en los precios de los productos básicos, el enrarecimiento del ambiente financiero internacional y la devaluación de la moneda brasileña que deterioró sensiblemente el tipo de cambio real del peso (Brasil es el principal socio comercial de Argentina y absorbe cerca del 30% de las exportaciones totales). Según la mayoría de los pronósticos, durante este año el PIB caerá más de 3% y es incierto de dónde vendrán las fuentes del crecimiento para el próximo.

La recesión también ha agravado la situación fiscal. El desequilibrio del sector público nacional para 1999 superará los 6,500 millones de dólares, equivalentes a alrededor de 2.3% del PIB. No es un déficit exagerado —especialmente en medio de una severa recesión— pero tampoco es fácil financiarlo cuando el grueso de los recursos deben buscarse en los mercados externos. Si bien las necesidades de financiamiento para el corriente año están prácticamente satisfechas, el próximo gobierno iniciará su gestión con la pesada carga de obtener fondos externos por más de 20,000 millones de dólares para cubrir el déficit fiscal y renovar los vencimientos de capital previstos para el próximo año. La falta de perspectivas de una recuperación rápida para el 2000 hace difícil prever una mejora sustantiva en la posición de la cuentas públicas.

Frente a esta situación económica, las distintas fuerzas políticas muestran un recetario notablemente convergente. Paradójicamente, la nota disonante la dio el candidato del partido en el gobierno, el justicialista Eduardo Duhalde, cuando propuso que Argentina debía buscar una solución alternativa para su voluminosa deuda externa, haciendo sudar frío al establishment local e internacional. Pero más allá de la retórica pre-electoral, es improbable que en caso de llegar al gobierno Duhalde abandone los pilares esenciales de la política económica de Menem: convertibilidad monetaria y austeridad fiscal. Tal vez se ponga en práctica algo más de asistencialismo, pero su extensión estará limitada por la restricción de recursos.

La Alianza, por su parte, espera que una mejora en el ambiente internacional, una política más agresiva de defensa de la competencia y de regulación de los servicios públicos privatizados y una reducción en la prima de riesgo producida por el restablecimiento de la confianza después de las elecciones ayuden a sentar las bases para la recuperación económica. La Alianza tampoco prevé el abandono del régimen de convertibilidad o la modificación del sistema cambiario. No es sólo una cuestión de preferencias: el sistema financiero argentino está fuertemente dolarizado (más de la mitad de los depósitos bancarios y una proporción bastante mayor de los préstamos) y una devaluación crearía enormes transferencias de riqueza, además de alterar el precario reinado de las reglas que prevaleció en la materia desde 1991.

Paradójicamente, el único que se atreve a mencionar la posibilidad de una modificación del régimen cambiario, pero sólo en el largo plazo (cinco o diez años), es Domingo Cavallo, líder del partido de centro-derecha Acción por la República, ex ministro de Economía de Carlos Menem y arquitecto del Plan de Convertibilidad en 1991. Cavallo tiene una receta simple para sacar a Argentina de la recesión: “profundizar las reformas” en materia laboral e impositiva. Pero es improbable que con eso alcance. Cavallo tendrá que superar, además, otro obstáculo: no tiene ningún chance en las elecciones de octubre, aunque puede transformarse en una figura influyente si se impone una segunda vuelta.

El principal desafío económico del próximo gobierno será, pues, el de restablecer el crecimiento y mejorar los indicadores sociales en un contexto caracterizado por severas restricciones institucionales y de política. En Argentina la democracia con alternancia goza de buena salud. En lo que por cierto no es un desafío inédito en el actual panorama internacional, ahora se trata de ponerla a funcionar para que la gente viva mejor cada día.   n

 Roberto Bouzas. Investigador de flacso. Es miembro del consejo editorial de nexos.

Lo frito

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

GASTRONOMÍA

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

LO FRITO

Admitamos de entrada que aunque la virtud puede ser exactamente tan deleitosa como el pecado, siempre se antoja menos. Entre madrugar para ir a hacer yoga en la montaña o dormir tarde y desayunar chilaquiles, se necesita un estricto monólogo interior para optar por el placer de lo primero.

Podemos ir admitiendo también que ya casi no quedan pecados en este tenebroso y tolerante fin de siglo. Pero entre los contados tabúes que sobreviven, hay pocos que nos llenan de culpa, horror y deleite tan sincero como esos chilaquiles matutinos, y sus primos culinarios las croquetas, el chorizo, las papas que acompañan las hamburguesas del McDonalds, las donas, los churros, los buñuelos —en fin, todo lo frito—. Quienes acuden al analista sabrán que es cierto: las fijaciones edípicas y los impulsos criminales se reconocen años antes de que se logre decir con calma “a mí lo que me encanta, la verdad, es la manteca de puerco”. Menos mal que al devorar un cuarto de kilo de chicharrón, nos condenamos por un placer de los mejores; lo frito, frito en su propia grasa.

La grasa que se ve y la grasa que se come son pecado nuevo. No es hasta nuestra época que una generosa redondez de formas en las mujeres y un cierto acolchonamiento próspero en los hombres se definen como repulsivos. (No es sino hasta nuestra época que la gordura queda al alcance de los pobres.)

Ni tampoco es vieja la técnica de preparar los alimentos en baño de aceite o de manteca. Los antiguos asaban sus presas; unos cuantos millones de años después aprendieron a hervir y a hornear. Y aunque los griegos freían churros no fue sino hasta el medioevo que la sartén se volvió instrumento común en la cocina, y que los cocineros de la corte experimentaron sistemáticamente con el paradójico milagro de la fritura: pasar un alimento por el doble bautizo de fuego y aceite lo hace pesado al hígado, pero le da alas al paladar. Una papa cocida es deliciosa, pero ni con agua ni con batidora se aligera. En cambio, basta rebanarla y echarla cinco minutos en una tina de aceite ardiendo para que la magia haga efecto; vuelan las rodajas del plato a nuestra boca.

Las mejores papas fritas son las que se cocinan dos veces, primero en agua y luego en aceite (o, en el caso de las decadentes, irresistibles, obscenas y gloriosas pommes soufflées, primero en aceite y luego en aceite). Lo cual nos lleva a ponderar otro

 de los misterios de la fritura: se usa para cocinar un alimento que ya está cocinado, y esta segunda cocción es como vestir de seda a un emperador desnudo. Ejemplo al caso: el pulcro arroz hervido chino, que cuando se pasa por aceite en una cazuela junto con ajo, genjibre y salsa de soya, y se revuelve en seguida con cebollines. Cilantro, camaroncitos y cubitos de omelette y de jamón serrano, merece su nombre de arroz a las siete joyas.

Con menos refinamiento pero igual delicia, freímos el puré de papa y nos da tortitas, y si ya el presupuesto de plano no rinde más, se pueden freir hasta los espaguettis del día anterior, con resultados más o menos tolerables.

Con el mismo principio y otros ingredientes llegamos de nuevo a los chilaquiles, que son la misma apoteosis de la fritud. En Chiapas mis amigos los Espinosa sirven los chilaquiles más perfectos que me ha tocado comer. Tienen muchas virtudes: la salsa es rica, las rebanaditas de cebolla que los adornan no son ni pocas ni —error frecuente— demasiadas; la crema es de la mejor calidad. Se sirven con un trozo de queso fresco y sápido y unos frijoles negros (re-fritos, evidentemente) adornados con los típicos chilitos de la región, fritos también hasta que esponjan. (Nada mejor que lo frito para acompañar lo frito.)

Pero el secreto está en la manera de tratar la tortilla, porque toda la magia de una fritura está en que la manteca o el aceite no se le noten jamás. Las cocineras modernas creemos que esto se logra echando poco aceite al sartén, pero como lo frito es paradójico, las cocineras como las de antes que hay en Chiapas saben que lo que hay que conjugar es bastante aceite (medio litro por lo menos, para flotar sucesivas porciones de cuatro tortillas despedazadas), fuego alto y tiempo breve (con un minuto y medio basta). Si además la tortilla es delgadita, obtendremos unos chilaquiles con consistencia de buñuelo.

Nada mejor que lo frito para acompañar lo frito. Esto lo entiende doña Margarita Poo de Espinosa, que en Tuxtla Gutiérrez acostumbra servir sin el menor recato un desayuno que comienza con chilaquiles, huevos revueltos con ejote, frijoles chinitos, crema, quesillo, salsita, café con leche y panecitos de bautizo y culmina con unas empanadas que se hacen echando a freir dobladas de nixtamal previamente amasado con hojas de chipilín y aceite. ¿Qué tanto es tantito?, dice don Javier Espinosa, ofreciendo la bandeja de plátanos fritos. Y los pecadores del mundo, ya olvidados del yoga, decidimos que, si Dios nos ha puesto en este camino, es para que nos vayan pasando de una vez otra empanadita.  n

Alma Guillermoprieto. Escritora. Entre sus libros, Samba (Knopf. 1990) y The Heart that Bleeds (Knopf, 1994).

El juicio final

INFORME MACKEY

EL JUICIO FINAL

POR RICARDO BECERRA

En julio de 1999 el auditor Michael W. Mackey presentó su informe sobre el Fobaproa. Sus conclusiones no alientan a nadie: los últimos cuatro gobiernos han sido incapaces de corregir errores y propiciar una banca mexicana con un diseño institucional inteligente.

Viéndolo bien, el auditor canadiense Michael W. Mackey no llegó a develar mucho más allá de lo que todos ya sabíamos. Salvo por sus precisiones contables y la constatación documental, el resto de su diagnóstico, tesis y conclusiones habían sido ya ventiladas y descritas por varios especialistas mexicanos.1

El fondo del veredicto de Mackey es inapelable; cruza y juzga un amplio arco de la economía política de México: nuestra crisis bancaria es un asunto que rebasa los sexenios y también las ideologías económicas en pugna durante las últimas décadas; ni populistas ni neoliberales han tenido una respuesta económica, ni el talento administrativo ni el buen juicio político para poner a caminar al corazón de la economía moderna en México. En el desastre institucional de la banca tenemos un encadenamiento de errores, irregularidades, peculado, falta de leyes y ausencia de previsiones que han debilitado al sistema financiero y lo han convertido en un lastre, ya no en la palanca necesaria del desarrollo económico.

A lo largo de su informe, Mackey reitera la incapacidad del país, de al menos cuatro gobiernos (neoliberales o populistas) para corregir errores y propiciar una banca mexicana digna de ese nombre.

El primer trastorno grave vino con la nacionalización, en 1982. La decisión arrastró en un solo paquete a instituciones enfermas con otras que estaban fundamentalmente sanas y las incluyó en un mismo modus operandi. Como en ningún otro momento de su desarrollo institucional, dice Mackey, “la supervisión carecía de instrumentos y quedó sujeta a decisiones discrecionales”. No había una estrategia para ligar al sector financiero con el desarrollo económico. La banca nacionalizada estaba sometida a las necesidades de compensación política de la coalición gobernante; no importaban tanto los planes a futuro, la modernización ni la capitalización de los bancos, sino sus contribuciones (en posiciones, préstamos, etcétera) para el funcionamiento de los pactos políticos de los grupos estatales y empresariales: la banca como un nuevo instrumento de la economía presidencial.

Luego vino la revolución inversa, la privatización de 18 bancos que conformaban el sistema. Se suponía que el traslado de la propiedad en manos de particulares se acomodaría en una lógica eficiente y racional a la operación de los bancos. Pero no fue así: la administración privada siguió fallando, siguió actuando sin sensatez, operando sin leyes ni vigilancia estrictas y sobre un espejismo de crecimiento y estabilidad económica.

Pero la privatización engendraría dos pecados todavía más graves: algunas instituciones fueron vendidas a verdaderos ladrones (Cabal Peniche, Angel Isidoro Rodríguez y Jorge Lankenau) y, lo peor, se aceptaron operaciones “de saliva”, es decir, “compras” a crédito de bancos con el respaldo de las acciones de los mismos bancos que se compraban.

Enseguida los bancos recién privatizados comenzaron a prestar y el crédito se expandió con una velocidad impresionante: en 1990 el porcentaje del crédito de la banca comercial al sector privado como proporción del PIB llegaba a un modesto 19.1%; en 1994 la cifra ya era el equivalente al 43% del PIB. No hay otro momento en la historia mexicana siquiera comparable con ese festín crediticio. El riesgo aumentó, la presión sobre la capacidad administrativa de las instituciones que prestaban también se multiplicó, y la supervisión bancaria simplemente no pudo seguir el paso a la expansión de los préstamos.

Luego vino la crisis. Proyectos viables, rentables, bajo la hipótesis de una tasa del 25%, resultaron un fracaso con tasas que de la noche a la mañana aparecían tres y cuatro veces mayores. Serfín. por ejemplo, en noviembre de 1994 manejaba una tasa de interés de 15.2; apenas tres meses después, en marzo de 1995, se elevó hasta el 109.7%. No hay sistema bancario que resista cambios tan brutales en las tasas. Cientos de miles de deudas se volvieron impagables.

El rescate bancario es el cuarto episodio del análisis de Mackey: su instrumentación fue perentoria y todos sus cálculos fueron rebasados. La adquisición de la cartera vencida fue comprada a contrarreloj y de modo tumultuario, sin suficiente información y, en ocasiones, de manera ilegal.

Mackey anota un punto esencial: el problema del Fobaproa se explica por ese encadenamiento de errores, mucho más que a la deshonestidad o el robo. De los 633,000 millones de pesos que costó el rescate, los tres fraudes de banqueros detectados y corroborados por Mackey (Carlos Cabal, Angel Rodríguez y Jorge Lankenau) suman 6,000 millones de pesos, cifra enorme en sí misma, pero que representa el 1 % del total.

La prioridad era salvaguardar los depósitos de los ahorradores: que no se rompiera el sistema de pagos del país (el 90% de los pagos de la economía nacional se hacen a través de la banca). Los bancos debían seguir prestando todos los servicios para que no se interrumpiera ninguna de las arterias de la vida económica del país. En esas condiciones el gobierno estuvo dispuesto a comprar cartera vencida, aun con pocos elementos de juicio, a sabiendas de la baja calidad de la administración bancaria, gobernado a su vez por la absoluta prioridad de evitar una corrida financiera. La intervención estatal evitó el pánico financiero. pero no podía evitar el enorme costo de los errores pasados y de su propia operación.

Este encadenamiento de descuidos, la ausencia de estrategia administrativa más allá de los sexenios, costará al país 633,000 millones de pesos, el 16% del PIB en 1998, según las cifras finales de Michael Mackey.

Luego del juicio de Mackey será muy difícil defender que el Fobaproa permitió la mejor combinación: que amortiguó los elementos nocivos de la quiebra al menor costo fiscal posible. Hay ejemplos en contrario. Otros estilos de rescate como el de España, entre 1977 y 1985, costó el 5.6%; en los ochenta Estados Unidos pasó la factura a sus contribuyentes por un monto del 5% de su PNB; y la crisis brasileña endosó un costo fiscal de su peculiar rescate bancario de alrededor del 10%. Sin embargo, México no sale tan mal librado en el inventario de desgracias financieras globales: el rescate bancario de Filipinas costó 19.8% del PIB en 1981; en 1981 -85 Chile tuvo que pagar el 41%; y Argentina, en 1980, pagó el 55% de su PIB (véase Rafael del Villar, Daniel Backal y Juan Treviño: Experiencia internacional en la resolución de crisis bancarias, 1998).

Según Alan Greenspan, “en un rescate de grandes magnitudes el número ideal de quiebras bancarias nunca puede ser igual a cero; siempre hay accidentes, malas administraciones que cancelan el desarrollo de esas instituciones; hay que reconocerlo, si no se quiere seguir dando respiración a un muerto”. Los bancos pudieron seguir funcionando, es cierto, y la gente conservó la confianza de que podía llegar a su banco y retirar sus ahorros normalmente. Pero las instituciones bancarias permanecieron en un estado extremadamente vulnerable, con poco capital, con un mar de deudas y todas enganchadas al auxilio prestado por el Fobaproa.

El episodio ha concluido: generó la discusión nacional más agria y ríspida de este sexenio, generó una nueva ley de protección al ahorro, y una nueva institución autónoma del gobierno para enfrentar los programas de saneamiento financiero de los bancos: el Instituto de Protección al Ahorro Bancario.

La banca mexicana está en un punto similar al de 1980: su saldo de financiamiento al sector privado ya ni siquiera rebasa el 13% al primer semestre de 99; el índice de morosidad sigue aumentando lentamente (1.4% según el reporte de julio), y su debilidad resta la posibilidad de crecimiento económico nacional hasta en dos puntos porcentuales del PIB, a decir de los cálculos de Carlos Gómez y Gómez, presidente de la Asociación de Banqueros de México.

Sin exagerar, estamos ante una tragedia nacional: sin banca que funcione el desarrollo es una ilusión estructural del próximo milenio. Y es una desgracia que esas mismas instituciones empobrecidas, no obstante su probada ineficacia administrativa, reporten al mismo tiempo una ganancia neta 175% mayor en el transcurso del último año. Es el último síntoma de nuestra peculiar forma de acumulación: bancos quebrados y banqueros con ganancias.

Es un problema que está en el corazón de nuestra economía política. No hay duda que hay algunos que se están aprovechando de sus posiciones financieras para hacer negocios en el desastre colectivo. Pero la ley y el modus operandi de la relación Estado-banqueros se los permite. Es una relación enferma, y es otra de las claves de Mackey: la constatación documental de la discrecionalidad en la relación entre banqueros y autoridades.

El conflicto de Fobaproa y su desenlace, el informe Mackey, debería verse como una oportunidad para romper los términos de esa ecuación fraguada durante la última década de la economía y política nacional. Es el Congreso el único capacitado políticamente para propiciar esa reformulación.

Pero esa es otra oportunidad que se pierde, gracias a los cálculos, el corto- placismo y el mal humor de los legisladores: cambiar una de las zonas grises de la economía, las reglas y las coordenadas del juego entre gobierno y banca, y entre la banca y los sectores productivos: en definitiva, poner a debate la reorganización general del sistema bancario y no sólo algunas de sus partes.

El país vive sin banca: las diferencias se expanden entre aquellas empresas que tienen acceso a créditos del exterior y las que no; los sectores clave (vivienda, por ejemplo) que deben ser apoyados por el crédito encuentran una barrera estructural; el consumo de bienes duraderos se restringe a las familias de bajos ingresos ante la ausencia de sistemas de créditos. El fracaso de la banca es pues un nuevo factor que propicia la fractura económica y el crecimiento de la desigualdad.

La combinación fatal entre ausencia de crédito y los costos fiscales que México habrá de desembolsar para pagar el rescate bancario arroja una sombra ominosa sobre la sustentabilidad financiera nacional a largo plazo. Pero, además, con una banca indispuesta el crecimiento de la economía estará limitado y nuestro país no podrá dejar de depender del volátil flujo de capitales extranjeros.

La recuperación de la banca es una de las urgencias estructurales de fin de siglo. Se han erogado cantidades astronómicas para salvar y proteger las instituciones que tenemos y no es ni lejanamente suficiente. Decenas de miles de empresas industriales medianas y pequeñas no tienen acceso a crédito, pero son ellas la única opción disponible para generar el alud de empleos que reclama el país. La restructuración general de la banca no será obra de la magia del mercado, sino de la deliberación cuidadosa y de un diseño institucional inteligente. Necesitamos una ronda constructiva del legislador y del Ejecutivo en ese tema. Lo demás es un lujo, una excentricidad que nuestra democracia nonata no se puede dar.  n

Ricardo Becerra. Analista político.

1 Por ejemplo. Luis Rubio: Fobaproa o las consecuencias de la ineptitud, en Nexos 247 (julio de 1998)  Ricardo Solís: La crisis bancaria en México 1994-97(UAM. 1998).

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

1.   Posición que ocupa Canadá como el país con el más alto desarrollo humano: 1

2.   Aparatos de televisión por cada mil habitantes en el mundo: 235

3.   Inmigrantes indocumentados en Argentina: 1.000,000

4.   Millones de dólares que las películas de Hollywood recaudaron a escala mundial en 1997: 30,000

5.   Rusas y mujeres de Europa del Este que trabajan en prostíbulos de Alemania: 15,000

6.   Denuncias de violación por cada mil habitantes en Noruega: 0.4

7.   Denuncias de violación por cada mil habitantes en Estados Unidos: 102.2

8.   Porcentaje del mercado de heroína en Chicago que es controlado por nigerianos: 70

9.   Porcentaje de la población estadunidense que leía el periódico de manera regular hace dos décadas: 67

10. Porcentaje de la población estadunidense que hoy lee el periódico de manera regular: 51

11. Porcentaje de la venta editorial que actualmente se realiza por Internet: 2

12. Porcentaje de la venta editorial que se realizará por Internet en la próxima década: 20

13. Patrimonio en dólares de la familia Clinton: 1,500.000

14. Segundos que tardó la juez Beatriz Moreno Cárdenas en revisar el expediente por el asesinato de Paco Stanley y dictar el arraigo contra Mario Bezares: 59

15. Hojas que conforman ese expediente: 6,569

16. Plantas Bacardí en el mundo: 45

17. Barriles de ron Bacardí que se fabrican al día en la planta de Puerto Rico: 100.000

18. Porcentaje de los medicamentos consumidos en Francia que son ineficaces: 25

19. Picaderos donde se vende y consume droga en Ciudad Juárez, Chihuahua: 500    

Fuentes: 1-7. Informe sobre Desarrollo Humano 1999-, 8-10. Etcétera: 12de agosto de 1999; 11-12. El País: 21 de agosto de 1999: 13. La crónica: 18 de agosto de 1999; 14-15. ¿a Jornada: 21 de agosto de 1999; 16-17. Bacardí y Compañía: 18. El País: 1 de agosto de 1999; 19. ‘¿M -La Jornada: 22 de agosto de 1999; 20. Time: 16 de agosto de 1999.

¿Qué son?

20,000 Escuelas de oficios en el Distrito Federal.       33,000 Empleados de la empresa McDonalds en Brasil.

200 Escuelas que brindan cursos para edecanes      3,000 Salas porno en Alemania,

y modelos en el Distrito Federal.

 202 Compañías de ferrocarril en Japón.  50 Dólares que Marilyn Monroe recibió

por posar desnuda en 1949.

Roberto Pliego. Escritor. Es Jete de Edición de la revista nexos.

El Estado sin Manos

GESTIÓN PÚBLICA

EL ESTADO SIN MANOS

POR ALDO FLORES QUIROGA

Hasta ahora, reformar ha significado empequeñecer al Estado. El proceso ha traído decepciones y escepticismo. v una pregunta que se repite con insistencia: ¿cómo construir mecanismos institucionales que promuevan una administración pública virtuosa?

Desde 1985 la propuesta oficial para reformar al Estado mexicano ha consistido en empequeñecerlo. Los sound- bytes a los que los encargados del gobierno nos han sometido para justificar este enfoque de reforma van desde condenas al “populismo” hasta la estrategia “la mejor política industrial es la que no existe.”

Como bien sabemos, la reforma ha generado grandes decepciones: la sustitución de monopolios públicos por monopolios privados, la crisis bancaria, la crisis de seguridad, la polarización en la distribución del ingreso. Si el mexicano promedio se preguntara “¿estoy mejor ahora que hace seis, doce, o dieciocho años?”, lo más factible es que su respuesta fuera negativa.

Estas decepciones están ligadas a un hecho y una ironía. El hecho es que no hay mercado que cumpla su función de generar riqueza y eficiencia en ausencia de un marco legal estable, transparente y creíble. La ironía es que, dado el hecho anterior, y dado el entrenamiento teórico de los promotores de las reformas de mercado en México, éstos hayan descuidado el fortalecimiento del sistema legal y las bases políticas para proporcionarle credibilidad. En un arrebato dogmático no sólo empequeñecieron al Estado, sino que desmantelaron una buena parte del aparato de seguridad, supervisión, monitoreo y sanción del país. Al mismo tiempo, en una versión alternativa, pero no contraria, a la echeverrista de hacer política económica por decreto, tomaron decisiones que les beneficiaron, y alienaron al partido que les ayudó a llegar al poder y a cambiar la estrategia económica. Con ello terminaron por poner en peligro el objetivo de generar mayor riqueza para más mexicanos.

Sin duda la propensión a operar con números rojos de las empresas del Estado, la corrupción de los cuerpos policiacos, y la confusión del sistema legal explica —y justifica— la decisión de privatizar y desmantelar. Pero empequeñecer al Estado sin reformar el estilo de gobernar se antoja una estrategia destinada al fracaso, o por lo menos destinada a generar las decepciones antes mencionadas.

Seamos honestos: un Estado que “quita las manos” de la economía no es automáticamente más eficiente. La cuestión no sólo es deslindarse de responsabilidades su- perfluas, que sin duda eran características del Estado mexicano, sino asegurarse, una vez más, que las transacciones de mercado operan dentro de un marco legal estable, transparente y creíble. Las reglas claras y la aplicación congruente y consistente de la ley promueven el crecimiento económico más que las reglas oscuras e inconsistentemente aplicadas. (Considérese que, con todo y la ineficiencia económica del marco institucional de la Unión Soviética, ésta creció sostenidamente —a un ritmo menor que las economías de la OCDE, sin duda— en buena medida porque las reglas se aplicaron de manera consistente. Cuando la credibilidad de ese sistema de incentivos desapareció, el crecimiento económico disminuyó.)

El ejemplo más claro de las consecuencias de “quitar las manos” sin procurar la conducción de transacciones de mercado transparentes y legales es el de la crisis bancaria. Un supuesto simplista de que “la mejor política bancaria es la que no existe” llevó a concluir que el sector financiero, a pesar de las lecciones provenientes de otros países, habría de regularse a sí mismo gracias a las fuerzas del mercado. No fue así. El simplismo también contribuyó a justificar la incompetencia de las autoridades financieras, puesto que si se concluye que los bancos no deben ser regulados, debe concluirse por extensión que no vale la pena prepararse para supervisarlos.

¿Qué hacer para mejorar la gestión de nuestro Estado empequeñecido? Por principio, renunciar a la fantasía de gobernar por omisión. Las tres prioridades actuales del país —erradicar la pobreza, eliminar la impunidad, proteger al proceso competitivo (económico y político)— requieren de un Estado activo. Esto no significa reconstruir al Estado productor de bienes y servicios, controlador de precios, protector de monopolios, y plagado de conflictos de interés que terminan fomentando la corrupción. Pero sí significa diseñar un Estado con los incentivos para premiar la gestión pública eficiente, para castigar la incompetencia y la corrupción, y para ayudar a las personas a aprovechar las oportunidades derivadas de las actividades de mercado.

Sin duda el avance democrático mediante la competencia electoral le permitirá a la ciudadanía disciplinar a los funcionarios públicos con la amenaza —o la realidad— de quitarlos de su posición si su desempeño no es satisfactorio. Pero también es necesario incorporar más mecanismos institucionales que promuevan una administración pública virtuosa. Estos mecanismos incluyen, por ejemplo, la competencia entre funcionarios públicos y dependencias gubernamentales —no sólo entre partidos—, la supervisión de agentes externos cuyo empleo no depende de la agencia gubernamental que evalúan y el establecimiento de contratos que establecen con claridad los criterios para determinar un “desempeño satisfactorio.”

Las instituciones públicas que mejor se desempeñan en el país generalmente cuentan con mecanismos de este tipo. Un ejemplo (sin duda imperfecto y polémico) es la Comisión Federal de Electricidad. ¿Alguien espera que mañana se colapse una presa hidroeléctrica? ¿Cuál es la frecuencia de “apagones” fuera de la Ciudad de México? Con todo y el debate actual sobre el futuro de la CFE, hoy está considerada dentro de las diez empresas más eficientes en generación de electricidad en el mundo, una distinción difícilmente extendible a las autoridades financieras y a los cuerpos de seguridad mexicanos. ¿Qué hace distinto la CFE?

La CFE cumple con su misión de proveer de electricidad al país porque está sometida a mecanismos de supervisión, reputación y competencia que la obligan a satisfacer esta misión y que no comparten todas las dependencias de gobierno. Por ejemplo, para conseguir un préstamo del Banco Mundial la CFE tiene que demostrar a burócratas no controlados por el gobierno mexicano, y supervisados por gobiernos de muchos otros países (que también contratan préstamos con el Banco Mundial), que el proyecto que planea para una presa hidroeléctrica es viable. La firma de un contrato de préstamo con un agente que ni la CFE ni el gobierno mexicano controlan sirve para disciplinar la gestión de la CFE. Si la dirección de la CFE controlara los medios para prestarse a sí misma, sin recurrir a ningún monitoreo externo, quizá lo haría y tendería a invertir en obras que beneficiaran más a sus empleados que a la sociedad.

El uso de los fondos contratados por la CFE con el Banco Mundial también está disciplinado por el mecanismo de la reputación. Si la CFE no cumple con lo que se comprometió en el contrato firmado con el Banco Mundial, entonces le será mucho más difícil conseguir préstamos en el futuro, de cualquier fuente. El valor de la reputación también se extiende a las compañías constructoras contratadas por la CFE. Una hidroeléctrica de mala calidad puede significar para la empresa constructora la pérdida de futuros contratos en México o en el extranjero.

Por supuesto, las cosas podrían ser mejores: la CFE debe competir en la provisión de electricidad, de la misma forma en que se le exige que otorgue contratos mediante competencias entre empresas. La CFE sufre los problemas de asociación con un gobierno de escasa credibilidad. Pero la lección es clara: una mejor gestión pública resulta del uso juicioso de mecanismos institucionales para inducir la disciplina. El monitoreo y la sanción a cargo de terceras partes, la separación de poderes, la competencia y otros mecanismos afines sirven a esa función.

Compárese esto con una policía que le rinde cuentas a un cabildo, alcalde, gobernador, o regente, que no le rinde cuentas a nadie. O bien, compárese esto con una policía que no compite con otras policías en la captura de criminales. Es factible que una competencia entre, digamos, las policías de las delegaciones del Distrito Federal para premiar a la que capture más criminales (respetando las normas correspondientes) o sancione a más automovilistas que no respetan las leyes viales, resulte en un aumento en la proporción de criminales capturados.

Estos son sólo ejemplos. Por supuesto, el modo adecuado de proceder es utilizar cada instrumento para disciplinar a la gestión pública en donde es más factible que funcione. Así como no puede usarse un martillo para destornillar nada, no puede utilizarse la competencia donde no hay criterios a partir de los cuales competir. Es tiempo de encontrar dónde usar mejor estos mecanismos, para que mejore el estilo de gobernar en México.  n

Aldo Flores Quiroga. Analista político.

Rushdie en clave de rock

DIVAGARIO

RUSHDIE EN CLAVE DE ROCK

Este “Divagario” no deja de sorprenderse ante cada novela de Salman Rushdie. ¿Cuál será su secreto para que la más reciente supere a la anterior? Leyendo El suelo bajo sus pies (Plaza & Janés, México, 1999), se tiene la impresión de que Rushdie es capaz de hacerlo todo… incluso de componer canciones de rock. Así es. La novela no sólo reelabora y reinterpreta el mito de Orfeo, con todo y sus implicaciones telúricas, sino que muestra a un Rushdie en plan de compositor. Y, para ser sinceros, no lo hace nada mal. Cuando leemos —¿o escuchamos?— “Todo lo que creías saber no lo has de ver. Y todo lo que creíste decir, no lo has de oír. Y todo lo que creíste hacer y a donde creíste ir, nunca lo hiciste ni te atreviste a salir. Descubrirás que estamos en otra mente. Descubrirás que estamos en otra mente. Y es sólo una mentira, que no podemos resistir. Todo lo que crees ver: no puede ser. Sólo soy yo. Sólo soy yo, cariño, sólo yo”… dan ganas de pedirle, de suplicarle a Pólice que vuelva a reunirse, sin rencores en sus liras benditas, para que le pongan música a esa letra. El problema, siempre hay un problema, es que ese trabajo ya le fue encargado a Bono, el solista de U2, y vayan ustedes a saber lo que haga con el Ormus Cama-Orfeo de Salman Rushdie: un activista de los derechos humanos, un protector de las ballenas o, aún peor, un Jim Morrison tan gordo como un elefante indio.

El mundo en sepia

De entre todos los recuerdos, los más poderosos pueden desprenderse de la memoria de la infancia. Todavía hay un mundo en el que siguen ocurriendo algunas de las historias de Yolanda Vargas Dulché. Las tramas de este mundo, agrupadas en su declaración de principios, lágrimas, risas y amor, forjaron más de un temperamento y le pusieron un piso completo al edificio de la cultura popular. En ese mundo de páginas sepias ocurre Memín Pinguín, un extravagante niño negro enamorado de su madre, Eufrosina, y sin padre conocido. Lleva años vestido con una gorra de visera, una playera de rayas horizontales, un pantalón con parches y un par de zapatos con hoyos en las suelas. Este protaginista es el compañero de aventuras de otros niños, un poco mayores que él: Ernestillo, hijo de un carpintero dominado por el alcohol, perdió a su madre antes de surgir a la vida en sepia. Ricardín ha sido olvidado en el lujo y la comodidad por unos padres que dedican su existencia a los viajes y los destellos de la vida social, ese niño de lentes y pantalones cortos se ha refugiado en las calles de la ciudad y en sus amigos pobres. Carlangas aún vive avergonzado por la sospechosa profesión de su madre; no se sabe aún si es mesera de noche, pero sus ausencias nocturnas han abismado al hijo en la in- certidumbre de su oficio desconocido. Carlangas no soporta la más mínima insinuación acerca del trabajo de su madre, por eso le ha propinado una golpiza a un joven, mayor que él, que lo ha herido al referirse sardónicamente a la profesión ignota de su madre. En ese mundo sepia Carlangas ha sido remitido a un reformatorio por su justa pero inmoderada violencia. Nunca supo controlar su ira. Funcionarios desalmados decidieron ponerle una camisa de fuerza.

Está de lo más desesperado. Memín Pinguín y sus amigos urden un plan de evasión. En el reformatorio, Carlangas conoce la maldad, el odio, la humillación, el miedo. Un drama estremecedor, una historia escalofriante. No faltan los radicales que postulan que el mundo sepia ha sido más habitable que el otro, el que ocurre a todo color.

Del adiós y otros principios

El gusto por los finales apocalípticos ha suscitado una ola de profetas del ocaso. Se verificó el derrumbe de las idelogías, se denunció el fin de la historia y se diagnosticó la agonía de las utopías. El olor a final de los tiempos se ha convertido en un aroma muy seductor. El futuro se promete como una amenaza, ha perdido su aliento esperanzador. Y, como escribió Remo Bodei, “en nuestras sociedades, el morar en el presente a veces parece tener un carácter depredatorio, como si —en la incertidumbre de todas las cosas— nos entregáramos a ventajas casuales por temor a que situaciones análogas no se repitan”. El tiempo se despoja de continuidad y emerge en el horizonte como un paisaje inhóspito, donde nada más existe el aquí y el ahora. “Hoy parece que se han derrumbado no tanto las esperanzas utópicas (…), como la idea misma y la fe en la existencia de esta historia animada de tensión utópica”. Sin embargo, la vida sigue ahí. Persevera en el ser, como diría un clásico. Y la esperanza tiene algo más que una vocación desesperanzada.

Entre las novedades editoriales, dos libros vuelven al tema del adiós a las utopías. Tzvetan Todorov, en El jardín imperfecto (Paidós), regresa a los orígenes del pensamiento humanista moderno para examinar sus luces y sombras. Una lectura que se antoja irremplazable para entender los dilemas de una modernidad en crisis. Y Remo Bodei. autor de La geometría de las pasiones, publicó un ensayo acerca de la esperanza después del ocaso de las esperanzas y la memoria más allá de las costumbres y la tradición: una reflexión en torno a la tensión dialéctica entre la utopía y la historia. Su breve tratado lleva un título que rescata el valor del presente más allá del apocalipsis inminente: Libro de la memoria y de la esperanza (Losada).

La curva (etrusca) de la felicidad

En este mismo número de Nexos, en su columna “El último de los placeres”, Alma Guillermoprieto comenta que sólo hasta nuestra época la gordura queda al alcance de los pobres. En “Divagario” asociamos esto con la exposición de arte etrusco que a partir de este septiembre se inaugura en el Museo de Antropología. Ya D.H. Lawrence, en Etruscan Places se había referido a los goces vitales de los etruscos, entre ellos la comida. Lo que aquí se conoce como “la curva de la felicidad” era un motivo predilecto de los etruscos, y de los etruscos ricos sobre todo. La “lonja” era una manera de distinción social. En su libro Eat Fat, el ensayista Richard Klein lo refiere con exactitud: “Hay tumbas etruscas conocidas como las Obesii, que muestran al hombre difunto yaciendo sobre el sarcófago, vestido a medias, descansando sobre un brazo, y con su buena barriga colgando. Los romanos se burlaban de los etruscos gordos, pero las estatuas le hacen pensar a uno que esos estómagos tenían algo de relevancia en la sociedad, un signo del papel sustancial que alguna vez tuvo el difunto en la ciudad”. O como diría el compadre: “mi trabajo me costó”. n

Ardides de la fecundidad

ARDIDES DE LA FECUNDIDAD

POR ERIC GOLES

Años de paciente trabajo de laboratorio, y una que otra intuición afortunada, traen la conclusión de que los individuos que practican el sexo en abundancia viven menos que aquellos entrenados en la abstinencia.

Ni las más perversas fantasías sexuales del ser humano pueden rivalizar con los inventos que ha plasmado la evolución en más de 3,500 millones de años. Para todos los disgustos, peces hembras llevan dentro de sí a un macho que jamás verá la luz, sólo para fecundar sus óvulos en una suerte de espermateca de libre demanda: sexo sin rostros ni contactos, huevos dejados por las hembras sobre aguas y espermas a la deriva; el conocido caso de arañas que matan al macho, el pobre rol de los zánganos.

Ninguno de estos botones de muestra es tan sorprendente como las curiosas investigaciones de los biólogos Fowler y Partridge de la Universidad de Edimburgo sobre la guerra de los sexos. Años de paciente trabajo de laboratorio con las humildes y populares moscas de la fruta, recuerdo cuando olvidé el olor de la guayaba: ésta llegaba a Santiago desde Pica… hasta que prohibieron su traslado al sur. a causa de la mentada mosca.

La aventura comienza con la observación de que las moscas ligeras de cascos, aquellas promiscuas que constantemente buscaban el sexo, tenían una vida significativamente más corta que aquellas que practicaban el culto de la abstinencia y el acoplamiento esporádico. Moraleja aparente: el carrete sexual no paga, vive al límite y morirás joven; sin embargo, el asunto es bastante más complicado y profundo que estas sentencias crepusculares.

Los investigadores en cuestión, picados por la mosca de la curiosidad, realizaron experimentos de variada astucia que combinaban la ingeniería genética con estudios bioquímicos del semen de los machos. ¡Oh sorpresa! Aparte del material genético necesario para la reproducción, descubrieron que este popular fluido proteico contenía sustancias tóxicas cuyo consumo reiterado era letal para las hembras.

¿De qué se trata esto que supera a los fantasmas de nuestra humanidad tan fecunda en ardides? Amame, procrea y muere podría ser la consigna, pero ¡ojo!, una inoculación no produce la muerte, sino la fiebre consumista de esa fuente de vida. La explicación pareciera radicar en las estrategias evolutivas de machos y hembras, que por cierto no tienen por qué ser las mismas, más aún, podrían ser antagónicas, y aunque suene a paradoja chestertoniana, justamente por ello transformarse en un acto cooperativo.

Estos diferentes intereses evolutivos en cuanto al sexo, estarían relacionados con la inversión por parte de la hembra de un largo periodo para la maduración de sus huevos, mientras que los machos sólo requieren un corto tiempo para la producción de espermas.

Como matemático permítanme la hipótesis (hay otras no menos hipotéticas, por ejemplo tratar la evolución a nivel de especies y no de individuos) de que cada individuo trata de maximizar la propagación de sus genes. Recordemos que el algoritmo evolutivo propaga el material genético del individuo de manera tal que en la próxima generación estos genes, combinados con los de su partenaire, permitirán un fenotipo mejor adaptado al medio.

Así, una de las estrategias evolutivas de los machos consistiría en prevenir la pérdida de su semen induciendo, con las sustancias químicas que acompañaban a éste, la relajación muscular que apresuraría el desove de su pareja en un vuelo de placer. Un efecto secundario del cocktail proteico de los machos es su toxicidad y, por ende, la reiteración de la hembra en la práctica de los placeres de la carne terminará por arrancarle la vida. Que estas sustancias son tóxicas lo testimonia el hecho de que proteínas similares se encuentran en el veneno de arañas que paraliza a sus víctimas.

Sin embargo, las hembras apostarían contra viento y marea por una sexualidad más bien hiperactiva, aún arriesgando el pellejo, pero con una cartita bajo la manga: protegiéndose de las sustancias nefastas con anticonceptivos químicos seleccionados por el mismo proceso evolutivo, al parecer esencialmente vía mutaciones. Esta estrategia femenina permitiría la elección de los genes más adecuados del macho, en el sentido de que parte de los hijos machos de la mosca, finalmente rendida a la fecundación por un poderoso mosco pleno de trucos químicos, heredarían del padre las poderosas sustancias que permiten la rápida postura de huevos fertilizados por parte de sus futuras parejas (y así de pasadita propagarían parte del material genético de la madre). En el caso de las hijas, algunas de éstas continuarían con la buena parafernalia anticonceptiva de la madre y con la posibilidad de traspasar a sus hijos machos algunos de los sucios trucos del padre.

La receta de uno de los experimentos que validan las hipótesis anteriores es más o menos así: mediante ingeniería genética prepare una cepa de moscas hembras con una muy baja capacidad de mutar su material genético y, por lo tanto, de preparar antídotos contra las estrategias proteicas del macho. Póngalas en contacto con machos normales, portadores de las proteínas fatales. Observará que en cuarenta generaciones el exceso de sexo reduce la población de estas libidinosas moscas artificiales en un 50%. Ah, y no olvide considerar una población normal como testigo.

Waterloo al cuadrado ¿ Y qué pasa entre nosotros los humanos? Nada simple. De acuerdo a las investigaciones y teorías del biólogo inglés Robin Baker, contrariamente a lo que usualmente se cree nuestro semen no sólo estaría compuesto por espermas destinados a fecundar el óvulo, también es posible encontrar aquí una guerra, esta vez entre espermas.

De existir espermas de dos o más hombres diferentes a la espera del óvulo, cada conjunto de ellos tratará de ganar la batalla y para ello contaríamos con diversos tipos de espermas: los fecundadores, los matadores y los bloqueadores que cooperarán en esta tarea. Los bloqueadores se encargarían de no dejar pasar nuevos espermas, los matadores, como su nombre lo anuncia, liquidarían mediante sustancias químicas a todo esperma extranjero (reconocerían a sus compañeros químicamente). Los fecundadores serían aquellos destinados a incrustarse en el óvulo. Baker nos cuenta que esta clasificación espermática surge de más de mil experiencias con material seminal y la colaboración de un alto número de hombres y mujeres. Se me ocurre como metáfora la estrategia en equipo de las carreras en bicicleta; los más rápidos son sistemáticamente protegidos por su equipo hasta el sprint final. Para ilustrar lo que sucede, hagamos un poco de ficción.

Viernes 16/junio/1815/ 22.35 horas. Lugar: París, dormitorio del emperador. Napoleón y ML se aman, como de costumbre, desganadamente. El piensa ya en los llanos de Waterloo, ella en la cita con su amante al día siguiente. Ella recibe una  armada de 300 millones de espermas napoleónicos. El Emperador duerme y quizás en su sueño aires de derrota horadan sus murallas. En las horas siguientes los espermas imperiales se posesionan del terreno, los fecundadores, protegidos por los bloqueadores, y los matadores se distribuyen esperando la todavía inexistente señal química que anuncie el óvulo.

Sábado 17/junio/ 1815/16.42 horas. ML se entrega apasionadamente a su amante y una armada de 600 millones de espermas llega al campo de batalla. Estos comienzan inmediatamente su trabajo, sus matadores irán liquidando a las tropas napoleónicas que vivaquean en la zona y ganando sus lugares a la espera del ansiado premio; la lucha es dura e incierta, aunque numéricamente llevan las de ganar.

Domingo 18/junio/1815/19.43 horas. Después de otro encuentro furtivo, ML y su amante duermen ignorando que en Waterloo han llegado refuerzos para el enemigo y que Napoleón, con su guardia imperial, quema heroicamente los últimos cartuchos. También ignoran que su último acto de amor incorporó a las fuerzas del amante un refuerzo definitivo de millones de espermas. Estos terminan por diezmar al ejército napoleónico y adueñarse de prácticamente todas las posiciones a la espera del óvulo. Ese mismo día, a las 23.54, aparece el óvulo, que es fecundado por un esperma del amante, mientras en un coche cerrado Napoleón regresa derrotado a París.

Más allá de los ficticios avatares públicos y privados de la pareja imperial, estaríamos frente a otro tipo de guerra, al parecer distinta a la de las moscas. En ésta no se ve el rol de la hembra, salvo como un pasivo campo de batalla, pero el asunto es aún muchísimo más complejo: se ha constatado en las hembras de los mamíferos superiores, incluyendo a nuestra media naranja, la capacidad de filtrar y desechar, en una proporción importante, el material seminal inoculado por el macho. Tal vez en este mecanismo se encuentra el equivalente a la guerra química de las moscas. Tratando de hacer un paralelo con el caso de las moscas, podríamos preguntar nos si la sustancia tóxica de los espermas matadores es nociva para la hembra. Estas son incógnitas que requieren estudios de gran complejidad.

Así, de generación en generación se irán incrementando estos arsenales químicos y, ¿por qué no?, las capacidades de espermas y filtros seminales para la guerra del amor. Sin embargo, esta escalada armamentista, como sucede en nuestra propia historia, está condenada al fracaso, al irremediable empate, con eventuales victorias parciales, de uno u otro bando, como en Alicia en el país de las maravillas. Todos corren como locos para seguir exactamente en el mismo lugar. Pero en medio de esa guerra creamos Pelleas y Melisande, Romeo y Julieta, La Traviatta, el Otelo de Orson Welles, el bolero “La copa rota” en la sublime interpretación de José Feliciano. Y en la dulce tregua, seguiremos tras el vértigo de una simple caricia y el sueño de dos cuerpos enredados como una clepsidra. Para fanáticos

Sobre la mosca de la fruta y sus extraños comportamientos sexuales me enteré en el artículo “Sex is Murder”, de la revista New Scientist (No. 2109, noviembre, 1997). La verdad es que este artículo me entusiasmó tanto que se lo comenté a un amigo, quien me prestó el libro Sperm Wars, del biólogo inglés Robin Baker, (Basic Books, 1996), donde se estudia biológicamente la sexualidad humana. El doctor Baker se las trae, su análisis es de un reduccionismo biológico absoluto y. basado en el paradigma evolutivo, el enfoque cultural del asunto queda en dramático suspenso. El gran mérito es su amenidad y el proponer, a partir de sus experiencias de laboratorio, una compleja clasificación y “conducta” de nuestros espermas. En cuanto a la pareja imperial, licencia del narrador, ML había abandonado a Napo un año antes de estos ficticios encuentros. n

Eric Goles. Miembro de la Academia Chilena de Ciencia. Premio Nacional de Ciencias Exactas en Chile, 1993.

A gol por minuto

GRATIS

A GOL POR MINUTO

Esta noticia apareció en unomásuno, el 11 de agosto de 1999.

Algo jamás visto en el fútbol ocurrió en la última jomada de la liga campesina Acahayense, en el fútbol paraguayo (…). Los 115 goles ocurridos en tres partidos, hecho que no sucede en ninguna parte del mundo, es desde el lunes pasado tema obligado de los espacios deportivos en emisoras radiales y prensa escrita (…).

Antes de la decisiva jomada estaban tres equipos con igual número de puntos, pero con diferencias en cuanto a número de goles a favor y en contra. El llamado equipo 30 de Abril —en el interior de Paraguay proliferan los clubes que llevan nombres de fechas—, era el más necesitado y venció por 75-0 al Oriental. Es increíble pues los jugadores del 30 de Abril anotaron casi un gol por minuto.

En el otro resultado asombroso, el conjunto 24 de Junio derrotó 37-0 al Boquerón; mientras que el llamado 8 de Diciembre, que al parecer no entró en los sobornos y tratos sucios, apenas superó 3-0 al colista Sport Taller.

Testigos aseguran que los perdedores que se prestaron al fraude salían y entraban al campo para tomarse un trago de aguardiente y seguir jugando, ante la sonrisa cómplice del árbitro.

Los mismos treinta años

PUERTO LIBRE

LOS MISMOS TREINTA AÑOS

POR ANGELES MASTRETTA

Las mujeres de la expedición estamos echadas sobre nuestros catres de a treinta pesos diarios, oyendo al mar altivo y contumaz que juega con la playa. Hemos buscado todos los días un lugar en el último rincón de arena soleada que puede albergarnos. A veinte metros de nuestra cabaña se amontonan decenas de cabañas apretadas de adolescentes. El revolcadero, que era un lugar remoto en el Acapulco de mi remota infancia, se ha vuelto la playa de moda en el Acapulco al que nos lleva la febril adolescencia de mi hijo y sus amigos. Sigue siendo un lugar de belleza privilegiada. Las olas vienen abruptas pero nobles, y uno puede jugar en ellas. Como antes, como mañana.

—Pensar que todo aquí va a seguir igual cuando ya no estemos para mirarlo —dice Daniela mi sobrina que pronto deberá volver a la universidad en la que estudia leyes, como quien las abraza.

—Todo —le contesta Catalina, que este año empezará el primer año de preparatoria—. Y no sé cómo pensar en eso sin que me aflija.

Están metidas en sus trajes de baño, jóvenes y lindas, en apariencia  inofensivas,  en verdad audaces. Yo las oigo caer en semejante conversación y finjo que duermo como quien se ha muerto.

El mar ha seguido viniendo a esta playa los pasados treinta años, los mismos treinta años que llevaban mis ojos sin venir a mirarlo. Y ahora que he vuelto lo he encontrado intacto, idéntico, generoso, como estará cuando yo ya no pueda regresar a mirarlo. Irse de un sitio entrañable, dejar un paisaje que nos conmueve y arrebata, sin saber cuándo podremos verlo de nuevo, si volverá a existir para nosotros, nos estremece sin remedio como un atisbo de la muerte. Por más que vivamos como vivos eternos, al despedirnos, dice la canción, siempre nos morimos un poco.

Por eso alargamos las últimas horas de nuestro último día de playa, quedándonos sobre la arena hasta que el sol se perdió entre los cerros y el cielo se volvió de ese azul oscuro que amenaza con volverse noche. Hasta entonces recogimos las toallas y las camisetas, los bronceadores y los libros y nos decidimos a ir en busca de los hombres de la expedición que, al contrario nuestro, tenían una cabaña en el centro mismo del hervidero de juventud y bikinis de la playa. Ahí se metían a esperar a unas bellezas rubias que no cayeron nunca entre sus brazos, pero que como todo sueño, fueron a ratos una realidad tan intensa como la mismísima realidad.

Al vernos levantadas recogiendo, don Tomás se acercó con su paso suave y su hijo de la mano. Nos hicimos amigos durante los días singulares en que él dejó su trabajo de herrero para trabajar vendiendo refrescos y armando cabañas en la playa. Ahí lo encontramos, entre la multitud de vendedores de todo tipo que atormenta a los turistas melindrosos y entretiene nuestra feliz ociocidad sobre la arena. Hay a quien lo perturba el caos de vendedores y litigantes de la playa, yo debo decir que a mí me gusta su desorden, que el ir y venir de los únicos moradores de la playa que no están de visita, y que por lo mismo la miran con la indiferencia y precaución que sería imposible pretender entre los bañistas, me resulta una más de las diversiones que concede el alebrestado Acapulco. Mientras uno pretende olvidar las mil cosas que no ha hecho en el año de trabajo, ellos acuden a nuestro comportamiento de lagartijas y le ofrecen a nuestro asueto toda clase de fantasías: tamarindos, vestidos, cocos, lentes, collares, caracoles, trencitas, tatuajes, quesadillas, caballos, cocteles, canciones, refrescos, hieleras, lanchas, tablas, paseos, motos, sombreros, faldas, pulseras, plata. Y otra vez: tamarindos, vestidos, cocos, lentes, si al rato se decide me llamo Mario, Rosi, Tadeo, Juan, Luli, Toño, Meche, Guadalupe.

Yo les agradezco que insistan, porque si algo me urge es entrenarme en el “no” como posible respuesta, como tabla de salvación, y después de algunas compras, inevitablemente hay que entregarse a practicar el “no, gracias”, como recurso para la sobrevivencia. Ni aunque uno cargue con un mes de sueldo en efectivo, alcanza para comprar todo lo que ahí venden a diario. Y uno no va a la playa cargando su sueldo, pero después del primer día de gastos y decepciones se aprende que algo del sueldo hay que llevar si pretendemos tener sombra y cobijo, antojos y tamarindos. Porque caballos no quisimos nunca. La ecológica Daniela se encargó de hacernos ver la crueldad que se ejerce contra los pobres y huesudos animales que caminan la playa cargando gordos bajo el sol inclemente. En cambio ellas se pusieron tatuajes temporales y ellos comieron quesadillas y desperdiciaron ceviches, mientras yo lamía el celofán de los tamarindos, como si algo del pasado irredento pudieran devolverme. Ibamos a Acapulco en memorables viajes de cinco coches seguidos, y hacíamos nueve horas para recorrer el paisaje que esta vez recorrimos en tres y media. La última hora jugábamos a buscar el mar con un premio para el que primero lo viera. Y durante decenas de curvas despiadadas, lo íbamos buscando en el horizonte, hasta dar con una línea azul y lejana como la mejor de las promesas.

La tarde que les cuento, el mar acompañó nuestra despedida de don Tomás regalándole a su hijo una cantidad triplicada de los “chiquiletes” que a diario recogía de entre la espuma en un juego obsesivo. Lo veíamos perderse, pequeño y escurridizo, entre las olas más bajitas, para luego aparecer con varios crustáceos de aspecto extravagante, mezcla de camarones con caracoles, entre las manos. Corría con ellos hasta nuestra cabaña, que para efectos prácticos era también la suya, y ahí buscaba la gran botella de agua que su padre le había conseguido para guardar los bien buscados chiquilites.

—Niño, quítale tus desórdenes a la señora —le decía don Tomás. Y él como que no lo oía y yo como que no me daba cuenta de sus desórdenes, y todos en paz.

El niño hizo su refugio junto a nosotros porque le caímos bien, y nosotros no podíamos sino agradecerle su preferencia rápida y sonriente. Podría haber puesto su botella con animales y sus gastadas chanclas en la cabaña de alguien más, pero escogió la nuestra, y ahí se metía entre pesquisa y pesquisa en busca de sombra, reconocimiento y agua.

—Mira, señora, este grandote —me decía esgrimiendo al infeliz crustáceo que había sacado del mar retorcido y precioso. Luego lo ponía en la botella con los otros y volvía al agua corriendo para no quemarse los pies al ir despacio por la arena ardiente.

—¿Y qué les haces? —le pregunté el día que nos conocimos.

—Se los llevo a mi mamá para que los fría con ajo. O los  olvido, como ayer que aquí se quedaron.

—¿Saben buenos? —pregunté.

—Saben como a camarón —dijo don Tomás apareciendo con los refrescos de a diez pesos cada uno. Precio que podía parecer un escándalo si se le comparaba con los tres pesos que cuesta un refresco en la calle, pero que era una ganga en esa playa en la que el primer día los pagamos a quince pesos. Con ciento cincuenta, en lugar de cien por la cabaña.

—¿Y usted por qué da más barato? —le pregunté.

—Es que los otros aprovechan porque como nada más de esto viven, cuando ven gente, abusan —dijo don Tomás—. Yo como tengo un oficio, durante el año trabajo allá por mi colonia y sólo ahora que anda aquí la gente, pues vengo para traer al niño y para descansar, como usted. Y si me disculpa al rato seguimos la plática porque me están llamando de allá —dijo yéndose.

Seguimos la plática a lo largo de la semana y nos amarchantamos de lleno con don Tomás como nuestro proveedor universal de aguas, cocos, cocas y yolis. También como el encargado de calibrar los precios de otras mercancías y de echarles un ojito a nuestras pertenencias mientras nos íbamos al mar como a la guerra, pero sin más arma que nuestro corazón alborotado y nuestras ganas de sal y golpes.

Yo no tardé en darme cuenta de que eran muy pocos mis contemporáneos entre las olas. Sólo jóvenes había regados por la playa promisorios y omnipotentes. De mi edad había uno que otro vendedor o vendedora, pero al parecer casi nadie con mis años se expone a que le peguen sin tregua las aguas del revolcadero. Tan sóla me vi que en lugar de sentirme desolada, me consideré dueña del privilegio de representar a mi ruinosa generación. Ya ni siquiera tuve vergüenza de no poseer un cuerpo firme y atlético como los que me rodeaban, pasé sin más a considerarme original y protegible como se considera a los monumentos arqueológicos. Tuve la certeza de que si hubiera habido por ahí un representante del Instituto Nacional de Antropología e Historia, me hubiera puesto en su lista de ruinas por amparar. Y ya no me importó lucir la pátina, ni que me faltaran algunos escalones y me sobraran otros. Así somos las ruinas, altaneras y tercas, me dije corriendo tras el niño en busca de las olas, sin tratar ni por juego de moverme como la chica de Ipanema o las chicas de mi alrededor. Daniela y Catalina venían conmigo, condescendientes y divertidas como arqueólogas.

Todos los días el mismo rito de flojear y cansarnos, perder los ojos en el horizonte y perdernos donde se perdían nuestros ojos. Seis milagrosos días de playa. ¿Quién sueña con otros privilegios? No nosotros.

La tarde que nos despedimos de Don Tomás y su hijo, tras varias fotos y múltiples promesas de mutua fidelidad el próximo año. alcanzamos a sentirnos tristes, a pesar de tanto recontar nuestras dichas. La noche anterior habíamos visto la luna anaranjada crecer sobre Pichilingue como un planeta en fuego, y varias tardes nos tomaron la mirada entre el cielo y los cerros en el generoso balcón de los generosos Minkov.

—Salgan de la tele —les pedí a los hombres del grupo que tras la playa quedaban catatónicos frente a las peores películas de acción que haya dado un canal de cable. Se preparaban así para luego perderse en el ruidero de las discotecas hasta las seis de la mañana.

—Estamos de vacaciones —alegaron.

—Y están perdiéndose la mejor puesta de sol que haya yo visto en mi vida —dijo Catalina. Segura de que sus catorce años pueden considerarse una vida.

—Tú pareces vieja, Catalina -le dijo su hermano Mateo.

—Soy vieja —respondió Catalina arrellanada en el blanco e inolvidable balcón de los Minkov. Y luego volvió a pedir conmigo—: ¡Vengan a ver!

Como vampiros salieron los tres de su cuarto oscuro a una tarde que había encendido todas las nubes que había en cielo, y se quedaron mudos. Todavía no sabemos si de pena o de gloria, pero consideramos mejor no preguntarles.

Al día siguiente los llevamos a Pie de la Cuesta. Donde yo recordaba como un sueño unas olas inmensas devorando al sol inmenso, al tiempo en que unos hombres se columpiaban en ellas, diminutos y frágiles, haciendo un circo para dioses. Llegamos tarde. El sol se había metido y las olas del verano son cortas. Quedé como una fantasiosa, pero lo mismo nos reímos todo el trayecto, que se ha vuelto un escabroso ir entre cerros sobre- poblados que antes fueron desiertos, un viaje largo al parecer hacia ninguna parte.

—Una hora y media de camino para llegar a unas olas más chicas que las nuestras. ¿No dijiste que eran inmensas? —preguntó Mateo con la hilaridad en que le fascina regodearse cuando fracasan mis recuerdos.

—Suelen ser inmensas —dije yo sin poder creer lo que veía—. ¿Verdad señora que suelen ser inmensas? —pregunté llamando en mi apoyo a la mujer que vendía cocadas.

—Son inmensas —dijo ella—. Hoy no. pero sí son inmensas.

—Perfecto, mamá, te creemos. ¿Ahora hay que desandar el camino largo o hay uno corto?

—El regreso es más largo porque es oscuro —dije yo—. Pero para que veas que me disculpo, pon a cantar a Eros Ramazotti aunque me desespere su voz desesperada.

Volvimos cantando: “Unica como tú / no hay nada más bello que tú”. Y yo le dediqué la canción a la playa y él a una novia que un día tendrá, como quien tiene una esmeralda.

Más tarde caminamos por la ensordecedora costera recontando las estrellas que aún no se traga la luz de los hoteles y mirando a la gente iniciar su noche como una fiesta. Ningún día fue el mismo y todos se parecían en su idéntica armonía ociosa. Estuvimos felices. No sé qué pueda haber mejor que las vacaciones. Lo digo sin remordimientos, con la eterna nostalgia que me toma septiembre.   n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía.

Polvo de Estrellas

CARACOL

POLVO DE ESTRELLAS

POR CINNA LOMNITZ

En la vetusta Enciclopedia filosófica del marxismo, editada en la ex-Unión Soviética, aparece una definición de vida como el “modo de existencia de las proteínas”. En esos lejanos años me parecía una grotesca tomadura de pelo. Hoy resulta que estaba muy cerca de la verdad científica, o al menos de parte de ella. En realidad, la verdad es mucho más increíble, y más poética, lo que jamás pudo imaginarse el autor de la enciclopedia moscovita de marras.

Todos estamos hechos de polvo de estrellas. Si Benito Juárez hubiera conocido esta noble verdad le habría servido para fundamentar científicamente su tesis del respeto al derecho ajeno, que tan elocuentemente proclamara en su discurso de toma de posesión de 1871.

Resulta que hace miles de millones de años, cuando la Tierra estaba en su etapa formativa, hubo lluvias de cometas y de fragmentos de estrellas desde el espacio. Estos fragmentos del cosmos nos trajeron el agua, los gases que hoy forman nuestra atmósfera, y además unos curiosos compuestos de carbono, nitrógeno, oxígeno e hidrógeno llamados aminoácidos. Louis Pasteur descubrió a principios del siglo pasado que dichos compuestos venían en dos versiones diferentes llamados enantiómeros, que se distinguen entre sí porque un rayo de luz polarizada que los atraviesa gira en direcciones contrarias: a la derecha para los dextrógiros, y a la izquierda para los levógiros. Posteriormente se comprobó que esta diferencia de propiedades en dos compuestos químicamente idénticos se debía a la asimetría de su estructura molecular. La molécula dextrógira es como una réplica de la levógira, reflejada en un espejo. En el laboratorio. ambas versiones se sintetizan en partes iguales, como es de suponerse; en cambio, en los seres vivos se encuentra una sola versión, la levógira. Hasta ahora, nadie entendía el porqué de esta asimetría de la vida.

Tomemos, por ejemplo, la alanina, que es un aminoácido con tres átomos de carbono y uno de nitrógeno. La dextroalanina no existe en los seres vivos. Se encuentra solamente la levo-alanina, tanto en las plantas (con excepción de unas bacterias) como en los animales y en el hombre. Estas moléculas, con las de otros aminoácidos, forman cadenas llamadas péptidos, que a su vez se organizan para formar proteínas que son los elementos constitutivos de las células. Y estas células no pueden reproducirse a menos que sus aminoácidos sean de la misma especie y configuración: todos siempre de izquierda. No hay problema para sintetizar la dextroalanina en el laboratorio pero no le sirve a la vida.

En 1983, tres químicos de la Universidad de Stanford propusieron que la asimetría en los aminoácidos de los seres vivos debía tener un origen cósmico. Catorce años antes había caído un meteorito en Murchison, Australia, que contenía aminoácidos levógiros. Esto parecía la prueba requerida, pero algunos colegas objetaron las mediciones practicadas en el meteorito negando que fueran reales. Las atribuyeron a una contaminación de origen terrestre. Tuvieron que pasar 27 años hasta que finalmente dos investigadores, Michael Engel y Stephen Macko, lograron demostrar que no existía tal contaminación. Para ello, midieron los isótopos del nitrógeno en el meteorito y comprobaron que sus proporciones relativas correspondían a un origen extra- terrestre. De esta manera, se concluyó que en el sistema solar predominan los aminoácidos levógiros.

Dichos aminoácidos debían haberse originado en una nube de polvo interestelar. Estas nubes contienen la mitad de la materia en nuestra galaxia, siendo que la otra mitad está diseminada en todo el espacio. Una nube de polvo estelar puede llegar a medir hasta unos 250 años-luz (o unos 2,000 millones de millones de kilómetros) de diámetro, y contiene principalmente hidrógeno y helio. Los elementos restantes, que representan apenas un 2% de la nube, son el polvo de estrellas propiamente dicho. Ahí mismo se sintetizan los aminoácidos tales como la dos en el ámbito terrestre debió producirse durante la infancia de la Tierra, cuando el intenso calor y el continuo bombardeo de fragmentos interplanetarios los tendría que haber destruido.

Tan frágiles moléculas podían ser estables solamente en condiciones ambientales muy especiales, que surgieron hasta que se formó una atmósfera protectora, lo cual ocurrió hace unos 5,000 millones de años. Así se logró que la vida se tornara posible en la Tierra.

Por otra parte, si existiera la vida en otras regiones de nuestra galaxia, no sería raro que los organismos de esos planetas lejanos tuvieran diferente polarización y fueran dextrógiros. En tal caso no podrían tener descendencia con seres vivos procedentes de nuestra Tierra. Sería una lástima porque aquí ya se nos está acabando la biodiversidad y además nos perderíamos unas sabrosas telenovelas sobre romances interestelares.

La danza de los ultras

Todo llega a México con veinte años de atraso, hasta la disidencia. ¿Se acuerdan de unos movimientos de protesta en Estados Unidos, cuando la gente se encadenaba a las bardas de los edificios públicos? Allá se les conocía como sectas o grupos de alanina o el ácido glutámico, compuestos químicos a los que debemos el origen de la vida en la Tierra y quizás en otros planetas también. Pero la radiación ultravioleta de las estrellas normalmente tendría que haber destruido esas moléculas complejas en el espacio, a menos que se encontraran muy bien protegidas en el interior de la nube interestelar. Si la luz ultravioleta está polarizada, destruirá de preferencia las moléculas polarizadas del mismo tipo y no las que tengan la polarización opuesta.

Ahora bien, cuando nace una estrella está siempre rodeada de un disco de polvo interestelar. La luz de la estrella no está polarizada inicialmente, pero al refractarse en el polvo magnetizado puede adquirir un grado importante de polarización: hasta un 20%, en el caso de ciertas estrellas de la nebulosa de Orion. El año pasado, el astrónomo Jeremy Bailey de Austalia descubrió que la polarización de la luz es máxima precisamente en las nubes moleculares durante la formación de un sistema planetario. De esta manera, cada sistema planetario adquirirá una polarización característica, según su ubicación en la nube interestelar: unas veces dextrógira y otras levógira, como en el caso de nuestro sistema solar. Ello dependerá de la posición y de la longitud de onda, así como del tiempo. Cuando los aminoácidos son levógiros, los azúcares en los seres vivos son dextrógiros, y viceversa.

En conclusión, la gran incidencia de aminoácidos polariza exaltados. Sus miembros eran rígidos y doctrinarios, pese a carecer de ideología. Sus consignas eran siempre inamovibles, no negociables. Coreaban consignas a gritos, se pintaban el cuerpo con diversos símbolos y gustaban de exhibirse en público mediante desfiles y manifestaciones.

Una mexicana de 21 años identificada como miembro del Consejo General de Huelga de la UNAM declaró a la prensa que admiraba “tal vez a Jesús por ser el primer revolucionario; a Hitler por ser un manipulador de masas, y quizás hasta a Carlos Salinas, porque nos supo engañar. A mi perro porque es inteligente”. Como resulta más fácil imitar a Hitler y a Salinas que a Cristo, el espectáculo no es siempre agradable. La principal semejanza entre el movimiento de 1968 y el de 1999 fue que en ambos casos se trataba de jóvenes.

El fenómeno de los “ultras” ha sido muy poco estudiado. Cuando ingresé a la UNAM se les decía “porros”, pero en esa época no usaban pliego petitorio. Los famosos seis puntos programáticos de los paristas de 1999 constituían la realidad de la UNAM de entonces. El pase era automático, todos tenían libre acceso a la universidad, las cuotas no pintaban, la permanencia era indefinida y no había evaluación ni del CENEVAL ni de ninguna otra institución. El relajo era total. El movimiento de 68 puso fin a este estado de cosas, acaso porque el sistema discriminaba a los jóvenes con serias aspiraciones. Era equitativo solamente para aquellos que no tenían intenciones de estudiar.

La determinación de los epicentros de los sismos se hacía con una tabla japonesa publicada en 1909, cuando aún no se había descubierto la corteza terrestre. Los boletines mensuales mexicanos eran motivo de burla internacional. Tuve que presenciar el penoso espectáculo del profesor Richter agarrándolos como con pinzas para depositarlos en el cesto de la basura. Hoy el Servicio Sismológico de la UNAM es uno de los más modernos y prestigiados en el mundo. Lo mismo puede afirmarse de la mayor parte de los laboratorios de investigación de la UNAM. Nos visitan científicos de todas partes, y estamos abiertos a los avances de la ciencia.

Volviendo a la huelga, estaría dispuesto a conceder la sensibilidad social del rector Barnés; pero ello no justifica una precipitada reforma al Reglamento de Pagos, que nos llevó a una huelga interminable y absurda. Tampoco explica la extraña rigidez de las posiciones de ambos bandos. ¿Qué le costaba al rector conceder los seis puntos que exigían los muchachos? Eran irrealizables de entrada, pues ni Hitler ni Salinas hubieran logrado invertir el curso de la historia. Las autoridades se llenaron la boca hablando de despojo y de violencia; por mi parte, no vi violencia, aunque parece que sí la hubo y no fue nada más verbal. Algunos “ultras” violaron a jovencitas incautas, pero lo mismo hacían los porros de hace treinta años. Eso y el secuestro de camiones parece que es parte de ser revolucionario.

El que quedó bien fue el perro. Los perros no son violadores ni publican desplegados. Menos mal.

Tolerancia represiva

El senador Aguilar Zinser, al reflexionar sobre la caída en la popularidad de la oposición en México, concluye que “la sociedad quiere cambios pero les tiene miedo, y la oposición no logra disipar esos miedos”. Se trata de un fenómeno muy conocido y bien estudiado en las ciencias sociales. Los científicos somos particularmente vulnerables a él, ya que el resto de la sociedad no nos defiende. Así, en la reciente huelga que afectó a más de la mitad de la comunidad científica de México, nadie propuso medidas de emergencia para salvaguardar nuestros trabajos de investigación.

Herbert Marcuse explica que los gobiernos postmodernos utilizan a ciertos movimientos de oposición para amedrentar a la sociedad, y por eso los toleran. Hay ejemplos: la huelga de la UNAM y la rebelión en Chiapas. Marcuse llama a esta política “tolerancia represiva”. El mecanismo es simple: al aparentar una tolerancia infinita hacia ciertos desmanes públicos en nombre de los derechos humanos o de lo que sea, las autoridades fortalecen la aversión del público a la democracia participativa y fomentan la abstinencia electoral y la indiferencia del electorado. Todo lo que huele a oposición es rechazado. De esta manera la tolerancia, que es una praxis positiva indispensable para la democracia, es convertida en su opuesto dialéctico: en una anti-praxis, en una pasividad universal y generalizada. Interesante, ¿o no?             n

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

Corrección religiosa

CORRECCIÓN RELIGIOSA

Jonathan Elias The Prayer Cycle Sony Classical

Jonathan Elias ha compuesto música para jingles publicitarios —Nike. Coca Cola— pero ahora sus pretensiones creativas van más allá. The Prayer Cycle es el primer disco que produce bajo el encargo de su vena religiosa; como el mismo autor precisa, su aspiración es que en este caso el público sea ni más ni menos que Dios. De esa modestísima declaración surge el curioso atractivo de este disco, una sinfonía coral en nueve movimientos, integrada en los cantos por reconocidas personalidades nativas de otros géneros, a las que les da por acompañar a Elias en su viaje hacia la búsqueda de la paz: Alanis Morrissette canta en francés y en húngaro, Ofra Haza en hebreo, el English Chamber Chorus eleva sus plegarias en latín, alemán y swahili. Además, es posible escuchar por ahí párrafos en urdu y algunos contrapuntos en italiano y español. Ninguna letra está compuesta en un sólo idioma. El destinatario del trabajo es el creador de todas las lenguas, el arquitecto de Babel, que ningún problema deberá tener en captar, en toda su religiosa corrección, esto que podríamos definir como “clásico alternativo”. Si el disco es bueno o no, sólo Dios sabrá.

—Eduardo Limón

Una nueva opción política

DEMOCRACIA SOCIAL

UNA NUEVA OPCIÓN POLÍTICA

POR JORGE CARPIZO

A partir de la publicación de A contracorriente de Gilberto Rincón Gallardo. Jorge Carpilo revisa las ideas y las propuestas que ofrece la nueva democracia social mexicana.

A contracorriente de Gilberto Rincón Gallardo (Centro de Estudios para la Reforma del Estado, A.C., México, 1999) es el libro de un luchador social, de un político congruente consigo mismo, creador de organizaciones políticas y sociales y que explica con claridad las razones de algunas de sus más importantes y difíciles decisiones en su larga trayectoria política. Es el libro de un hombre que se respeta a sí mismo, que expresa sus ideas sin cuidar si ellas van a ser el pretexto para ser criticado o halagado.

No hace mucho tiempo el IFE otorgó su registro a seis nuevos partidos políticos que, sumados a los cinco que ya contaban con el mismo, alcanzan el número de once institutos políticos que participarán en las elecciones federales del año próximo. Democracia Social es uno de esos nuevos partidos.

Si bien las secciones de A contracorriente que se refieren a los análisis políticos que Gilberto Rincón Gallardo publicó a partir de 1994 son muy interesantes, me referiré a la parte medular o al menos a la más actual: la del nuevo partido para la democracia social.

Ahí se encuentran múltiples pensamientos que divido, quizás arbitrariamente y espero que el autor me lo perdone, en dos grandes aparatos: a) las ideas-clave de la Democracia Social mexicana y b) las ofertas y propuestas que ese partido realiza a la sociedad.

1.   Establecer el Estado social de derecho en nuestra nación, garantizando la vigencia plena de la legalidad con la defensa de las garantías individuales y sociales dentro del marco de una política de clara orientación social.

2.   Promover a los sectores sociales más desprotegidos.

3.   Ofrecer a la ciudadanía un programa político cuya finalidad sea reducir la desigualdad y mejorar el reparto de la riqueza colectiva.

4. Construir un Estado moderno que sólo pueda existir si constituye un Estado social.

5. Romper el esquema de que a una clase social corresponde un solo partido. La izquierda está representada por los partidos que se requieren y tiene expresiones muy diferentes. En consecuencia, Democracia Social no viene a ocupar el lugar que le corresponde a ningún otro partido.

6. Realizar una propuesta de izquierda es presentar un proyecto de justicia social comprometido con los valores, instituciones y métodos de la democracia.

7.   Ser social-demócrata implica ser de izquierda para defender la democracia, asegurar la justicia social y luchar por superar y vencer la desigualdad por la vía pacífica.

8. Construir una social-democracia mexicana siguiendo el modelo de sus homologas europeas que nacieron en los años veinte y han evolucionado, demostrando que las libertades y derechos democráticos son valiosos por ellos mismos y que la nivelación en el reparto de la izquierda es, sin duda, más efectiva y perdurable como fruto de la competencia política civilizada.

9.   Recuperar del marxismo su ímpetu moral, su compromiso con la igualdad y su denuncia de la explotación y el abuso social.

10. Recuperar del liberalismo la idea de que el poder político es un poder limitado, acotado, por el Estado de derecho que construye la sociedad y en el cual las personas gozan de derechos y obligaciones señaladas por la ley.

11. Definir a la social-democracia a través de la legalidad, el respeto a la voluntad democrática de los ciudadanos, el reformismo y un acendrado institucionalismo. En consecuencia, se excluye de su definición a la revolución y a las nuevas ideologías del mercado.

12. Construir los pactos políticos necesario para reformar y. en su caso, reconstruir las instituciones públicas.

13. Luchar contra el principal de nuestros problemas nacionales: la pobreza y la mala distribución de la riqueza.

14. No considerar a la actual democracia mexicana como bien o capital de una persona, grupo o partido político. Aquella es el resultado agregado de una larga cadena de luchas en prácticamente todos los espacios del espectro político de la nación y una parte muy valiosa de su patrimonio.

15. Asegurar que México transite, sin fracturas graves, de un agonizante sistema autoritario a un país de instituciones y derechos para todos.

16. Promocionar a los sectores sociales más desprotegidos.

17. Desvanecer la falsa oposición entre una sociedad segura y una que respeta los derechos humanos, ya que el respeto a estos últimos es precisamente uno de los índices para valorar el nivel de seguridad y certidumbre en una sociedad.

18. Ofrecer una alternativa a los ciudadanos; no es un proyecto de polarización política ni le interesa la descomposición de ningún partido porque en ello iría la descomposición de la propia política nacional.

Paso a enumerar las principales ofertas y propuestas de Democracia Social. En algunos casos, pueden ser reiterativas de las ideas-clave, pero la falla no es atribuible a Gilberto Rincón Gallardo sino a mí, que realicé la distinción arbitraria.

1. La distribución equitativa de la riqueza como su objetivo fundamental, pero no a través de expropiaciones o nacionalizaciones sino mediante mecanismos compatibles con una economía de mercado y con las libertades individuales.

2. La distribución de la riqueza y la nivelación de las jerarquías sociales distante del marxismo y el neoliberalismo.

3.   El diálogo como el instrumento para resolver los problemas entre el gobierno y la sociedad.

4. La construcción de políticas de Estado y de acuerdos fundamentales entre las diversas fuerzas políticas y sociales a través de la negociación, los consensos y las alianzas.

5. La edificación de oportunidades para una mejor calidad de vida. Estrechar la brecha económica entre ricos y pobres.

6. La corrección del rumbo de la modernización económica para impulsar la productividad, fomentar el trabajo y buscar la igualdad.

7. El establecimiento de defensas para que las posibilidades de bonanza o de catástrofe no dependan de los vaivenes financieros internacionales.

8. La distribución de la riqueza se fundamentaría en una economía sana y con obligaciones y derechos fiscales legítimos y fundamentados por todos los ciudadanos. La disciplina fiscal y el control de los procesos inflacionarios son indispensables.

9. La riqueza de la sociedad debe ser distribuida para mejorar la situación de los mexicanos más desprotegidos y no sólo bajo el principio de la acumulación económica misma.

10. La vinculación y la articulación clara y abierta de la política económica con la política social. Hay que romper las causas estructurales que son el origen de nuestros rezagos sociales.

11. La creación de un Consejo o Comisión Nacional Económica en que estén representados los sindicatos, los empresarios, la academia, los partidos políticos. Urge la construcción de un nuevo pacto social representativo del mundo del trabajo, del capital y la política.

12. La recuperación de la capacidad adquisitiva del salario sin afectar la estabilidad de la economía.

13. El fortalecimiento de los valores éticos de la política.

14. La existencia de un verdadero equilibrio entre los poderes.

15. La revitalización del pacto federal.

16. El replanteamiento de la impartición de justicia.

17. La lucha sin cuartel contra la criminalidad.

18. La participación directa de ciudadanos a través de mecanismos como el referéndum, el plebiscito y la iniciativa popular.

19. La resolución del conflicto chiapaneco, con planteamientos como, entre otros, el reconocimiento de los usos y costumbres de los indígenas que no sean contrarios a los derechos humanos.

20. El reforzamiento de políticas de respeto a los derechos humanos, a las libertades ciudadanas y a las diferencias.

Estoy de acuerdo con muchas de las ideas anteriores; realmente construyen un humanismo social y político sin el cual es imposible llevar una existencia digna. Estas ofertas de Democracia Social son congruentes con los mejores momentos, luchas e ideas de los mexicanos a través de su evolución política. Hace bien Gilberto Rincón Gallardo en decirnos que la democracia social mexicana se inspira en los postulados de los partidos europeos que representan a esta gran e importante corriente política ideológica. Sin embargo, hay que hacer énfasis en el pensamiento social mexicano que proviene, entre otros, de Los sentimientos de la Nación de Morelos; de las ideas de Mariano Otero, Ignacio Ramírez, Ponciano Arriaga y Del Castillo Velasco en el Congreso Constituyente de mediados del siglo XIX; de las tesis sociales de los hermanos Flores Magón, Emiliano Zapata y Lucio Blanco; de las de Jara, Mújica y Victoria en el Congreso Constituyente de 1916-1917. Muchas de las ideas de Democracia Social están ligadas al pensamiento social mexicano que ha sido y es el verdadero hilo conductor de nuestra historia; aunque estas ideas no son todavía una realidad. La democracia social en México es una combinación de ideas y experiencias europeas con ideas, experiencias y realidades mexicanas: democracia y justicia social para y por la dignidad de todos los mexicanos.

Ya es hora de que esas ideas se vuelvan realidad, y a ese objetivo mucho puede contribuir Democracia Social.  n

Jorge Carpizo. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

Jorge López Paez: Voltaire en guayabera

RETRATOS CON PAISAJE

JORGE LÓPEZ PÁEZ: VOLTAIRE EN GUAYABERA

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

A partir del libro de relatos De Jalisco las tapatías, José Joaquín Blanco da un paseo por la obra de Jorge López Páez, uno de los escritores que mejor ha sabido captar las sensibilidades y claves de la clase media mexicana.

En De Jalisco las tapatías, el reciente libro de cuentos de Jorge López Páez (1922), encontramos tanto el júbilo de narrar la minuciosa vida cotidiana, incluso íntima, solitaria o pueblerina, como la fresca naturalidad con que expresa los días y las penumbras, las ironías y los terrores de la clase media mexicana, tanto en los rincones de diversos estados (ayer Veracruz, ahora Jalisco) como en los capitalinos y en algunos escenarios extranjeros. Episodios comunes que se nos vuelven experiencias extraordinarias precisamente por su inmediatez. Adquieren el espesor de la vida inmediata.

Sus recursos suelen ser increíblemente sencillos: por ejemplo, un hombre recibe en su cama de accidentado la visita de su compadre, y ya; no se necesitan más estructuras narrativas: agarran, platican y corre en borbotón toda una detallista vida de traileros. Una paridora tenaz —lleva siete hijos de padres diferentes a sus apenas veintitrés años— va a platicar con Doña Herlinda, quien nomás se ocupa de servirle incontables caballitos de tequila para destrabarle, pero por completo, la lengua. Y ya.

Su destreza y sus virtudes narrativas aparecen desde sus primeros libros. Inició su obra de narrador desde buena altura y no ha conocido caídas. Asombra esta calidad permanente, y su lealtad al mundo tan local —sobre todo el de la nueva clase media de la nueva provincia mexicana, con coches, cassettes, salones de belleza, Disneylandia, VIPS, palenques, vacaciones en la playa, confidencias maternales frente a enormes, norteños T-Bone—, que escogió desde un principio y ha venido poblando y expandiendo en una quincena de títulos. Muchas veces nos contará la experiencia de dos o tres niños intrigados frente a los embrollos de los adultos, y siempre habrá una historia fresca.

Son inevitables su verosimilitud, su transparencia, su amenidad, su gracia; su irreverencia más sonriente que retadora frente al matrimonio, la maternidad, el sexo, la política, la religión. A ratos me da la impresión de un Voltaire en guayabera, paladeando una horchata, mientras parece referir con toda la tranquilidad del mundo una simple historia familiar a los vecinos decentes, muertos de risa… quienes sólo demasiado tarde se darán cuenta de haber sido cómplices de tamañas inconveniencias. Y para entonces ya resultaría ridículo llamarse a escándalo.

Un autor de estilo tan esencial —lo que no lo esclaviza a la gramática hipernorma- tiva, ni le impide los coloquialismos y modismos, ni las bromas—, tan preocupado por mirar claramente su realidad común, más allá de “efectos de pluma” y de teorías o de modas culteranas, causó escándalo desde el principio.

Había terrores como de cine de La Nouvelle Vague en ese mundano Pepe Prida (1965), quien se atrevía a un cierto amoralismo desenfadado, del todo extraño en las letras mexicanas, y dramas amorosos y sexuales en Los invitados de piedra (1961) y Hacia el amargo mar (1964); doblemente intensos porque rehuían la moda de la epatante “literatura del mal”, entonces tan socorrida como snob, y sólo abrían los panoramas del desastre interior con una mirada objetiva, sucinta y… mordaz. Eran contemporáneos de La Nouvelle Vague, pero surgidos de la mordacidad que también goza “el santo olor de la panadería”.

Jorge López Páez se presentaba como un modernizador que no inventaba “golpes de novedad” artificiosos, calcándolos de títulos extranjeros, sino espiando las nuevas vueltas de las costumbres locales, desmenuzándolas, desarrollándolas en su propio medio nativo. Ahí estaban completas: sólo faltaba verlas, oírlas, expresarlas. No hay autor más universal que quien descifra cabalmente su propia aldea o ciudad. Lo universal en lo inmediato.

Un modernizador a quien las escenas o episodios de la carne erizada, o del instinto en desazón, no lo alejaban del paraíso. Concibió dos de los mayores paraísos de su tiempo, ambos desde la perspectiva infantil: El solitario Atlántico (1959), que podemos leer ya como relato, ya como poemas en prosa, ahincado en la provincia profunda; y Mi hermano Carlos (1965), en la gran ciudad, que ahora nos parecería inverosímil: ¿existieron de veras esas sonrientes calles arboladas, esos hogares siempre abiertos y con bardas muy bajas, meramente ornamentales, que las palomillas de niños saltaban de casa en casa en una diversión interminable, apenas contrapunteada por el espíritu y la carne atormentados que vislumbraban, casi sin entenderlos, casi sin creerlos, en gestos espiados de los adultos? ¡Hay que ver lo que es hoy en día, lo que ya era en los años setenta la Colonia del Valle!

Quizá jamás se haya escrito, y por supuesto no se ven perspectivas de que pueda escribirse, un panorama tan pacífico, alegre y fresco de la Ciudad de México, como ése. Una Nueva Arcadia Mexicana.

Qué rara esa “ciudad jardín” de Mi hermano Carlos, sin embargo contemporánea a las visiones espeluznantes del Distrito Federal de Revueltas, Spota, Garibay, Fuentes. José Agustín… ¿No la estaría soñando un niño desde “el solitario Atlántico”, uno de esos niños de provincia que creían que las grandes ciudades eran cuentos de hadas?

Los niños, los jóvenes, las solteras y viudas, los solos, los desamados son los personajes favoritos de López Páez, siempre ubicados en su proporción natural, sin énfasis o dramatizaciones. pero cada vez más proclives a los bordes del humor e incluso de la ironía inesperada, se diría insólita, como en Doña Herlinda y su hijo y sus otros hijos (1993).

Paraísos raigales de la infancia y de los rincones natales, estremecimientos del amor, el sexo, la desventura, el terror; también paraísos de comedia, con un humor que asimismo busca menos la “máquina teatral” de la risa estallante que el acento genuino de la realidad, hasta en su perspectiva naif, como en este libro De Jalisco las tapatías, que asume un poco como símbolo las viejas postales coloreadas a mano. Pero hay que andarse con cautela. La cortesía, la economía de recursos, el aire pintoresco, la bonhomía vecinal, sólo preparan el zarpazo cáustico o crítico.

Siempre se han reconocido la destreza, la limpieza, el sabor a verdad recién bebida del pozo, la economía narrativa de López Páez. También lo que se llamó su “verismo” —en oposición al viejo realismo estridente y sistemático—, no como afán teórico sino como búsqueda de la natural correspondencia entre el relato y la realidad: el color local, la cercanía de lo narrado con lo que el lector mexicano ha vivido.

En este sentido, cabe destacar su independencia. Miembro de una talentosa generación o grupo de narradores —en los que abundaban los veracruzanos (recuerdo sobre todo a Galindo, Carballido y Meló), sin desplazar a compañeros de otras regiones (Magaña, Castellanos, Luisa Josefina Hernández, Garro. Ramón Rubín. Pitol) y que florecieron en los años sesenta, particularmente en la Colección Ficción de la Universidad Veracruzana—, siguió un estilo, un camino y un mundo imaginario únicos. Se diría que sin dudas. Que no los tuvo que buscar mucho: que ya eran suyos desde un principio.

No podía ser más escueta, más auténticamente costumbrista, más fatalmente verosímil la desgracia del empleado pobre con una empleada algo adinerada de VIPS, en el cuento “La prima”. Aplaudamos también en López Páez a uno de los cronistas de VIPS. (Diría Rilke: todos los cronistas de VIPS son terribles.) Y la angustia amorosa de una muchacha, fascinada con sus compañeros varones, quienes con gran espontaneidad eluden día tras día cumplir las promesas que ella misma se había hecho —apenas se había murmurado— en su nombre, como ocurre en el cuento “La Primavera”.

La voz narrativa de Jorge López Páez, siempre bien templada, nerviosa y dominada por un ritmo secreto que confiere a sus obras una sensación de redondez, de paisajes al mismo tiempo sucintos y plenos, atiende con la misma pasión los detalles de las costumbres y del habla, que las grandes líneas de las emociones, los sentimientos y las ideas.

Pocos autores proporcionan en sus textos, como él, la sensación de mundos vividos tan de cerca. Se les recuerda menos como textos que como memorias pobladas de sensorialidad. objetos y gestos que son en sí mismos “tonos, claves, silencios, alteraciones” principales, así aparezcan breve o lateralmente en los relatos. El lector juraría que no ha leído esas cosas: que las ha vivido ahí mismo: que es el lector —por un prodigioso trueque de posiciones— quien las está contando.

A López Páez le gusta conceder la voz narrativa a las mujeres, especialmente cuando se ponen evocativas. Seguramente porque usan un lenguaje coloquial más locuaz, colorido y chistoso y, como por ahí se dice en especial de las tapatías. porque sólo dejan de hablar cuando tienen comida en la boca. No abandonan un instante sus mil y una noches tapatías entre tamalada y pozolada. Para no hablar de las interminables tequiladas de Doña Herlinda.

Hay algo asombroso en esta manera de contar de sus relatoras: en “Los tres broches”. por ejemplo, la mujer adulta no olvida su candor ni su gracia infantiles para ir contando, con la más sonriente alegría del mundo, paso a paso, como brincando la rayuela con sus ricitos y su faldita, una espantosa historia de vejez y deficiencia mental desamparadas. Otras veces las narradoras resultan más que maliciosas: así, la chamaca que provocó matrimonios casi al mayoreo con “una chulada de gallo” que ella misma se mandó cantar.

Sin intentar generalizaciones odiosas, sería interesante comparar los cuentos donde la voz narrativa reside en niños, o en adultos que se sumergen en su propia infancia —mayor travesura e intensidad lírica—; en mujeres —más detallada descripción de la vida cotidiana y social, más fiesta y color local, mejor conversación franca e irónica, cuando no sarcàstica—; o en hombres adultos —menor tono confesional, más silencios; pinceladas rápidas, bruscas o entrecortadas, como en el cuento de los compadres.

Sea como fuere, toca a un señor contar la historia terrible del volumen, “¡Clarea!”, con una voz trémula y como tentada a cada instante a suspender su relato: el amor por su pequeña hija aquejada de un mal cerebral. Este llanto seco, que no se desahoga ni explaya, que simplemente marca en sordina la nota de su desastre. Aquí el silencio, la narración con nudo en la garganta, consiguen un efecto trágico mayor que el que hubiesen logrado el desahogo y la desesperación explícita. El dolor más agudo elige no la lamentación, sino una atmósfera de respeto reticente y silencioso. Sólo con un dolor intenso, casi paralizante, se acerca a su propio dolor.

En décadas pasadas, remolcada por utopías o delirios teorizantes, ideológicos o modernizantes, la literatura mexicana ha querido parecerse más a las modas europea y norteamericana que a su propia tradición. No está mal tener presentes las brújulas culturales metropolitanas, que al fin y al cabo nos siguen dirigiendo. Pero ha sido una imperdonable distracción, una injusticia, un empobrecimiento, olvidar o menospreciar obras que quisieron enfrentarse con ojos concretos a nuestra realidad inmediata.

Se tildó de arcaicas, provincianas o costumbristas, y se procedió a silenciarlas. obras como Los signos del zodiaco, de Magaña, El lugar donde crece la hierba, de Luisa Josefina Hernández, El Bordo, de Sergio Galindo, o algunas de López Páez, que sin embargo llegan al fin de siglo con cabales actualidad y frescura.

Pero ellos estaban seguros de su apuesta, que han ganado plenamente. En 1964, Hacia el amargo mar apareció con una solapa anónima, cuyos términos podrían suscribirse en 1999. Reproduzco un párrafo:

Hacia el amargo mar, que presenta este número de Ficción, está realizada en una escuela que más podría ser considerada como verismo narrativo que como verismo literario. En ella se desarrolla una historia común, con implicaciones comunes, sin cosa sorpresiva alguna; pero al cabo de su lectura queda en el lector la sensación de haber presenciado de cerca los hechos, casi de haber participado en ellos. Lo extraordinario está en la fidelidad con que se siguen los pormenores de un estrato social de clase media, cuyos personajes rondan y palpan la corrupción a cada momento, como las mariposas nocturnas la llama o la luz de una bujía.

Sólo cabría añadir que toda su obra está teñida de una misión moral, una crítica de la moral social mexicana. O inmoral, en el sentido en que André Gide escribió El inmoralista. Sin grandes discursos ni aspavientos, con sus cuentos familiares, López Páez ha denunciado, casi siempre con incorregible alegría, las hipocresías y atavismos de nuestra sociedad. Ha hecho más en este sentido que tantos librotes de sicoanálisis, de teorías sexológicas y religiosas, o de “literatura del mal”.

Y sin arrojar jamás la primera piedra —de hecho, sin arrojar ninguna piedra— contra la mujer adúltera ni contra el fanfarrón hipócrita. Cuenta el México en que vivimos tal cual es, y castiga nuestros tartufismos especialmente con las armas de la broma (incluso la broma pesada) y de la ironía (aun la más irreverente) de sobremesa, sin olvidar sus inevitables caballitos de tequila, que nos ayudan a deglutirlas mejor, y a reírnos —o a hacer como que nos reímos— hasta de nuestros aspectos más patéticos.     n

José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente libro es Pastor y ninfa.

FUENTES: Las obras de Jorge López Páez han aparecido en Cal y Arena (De Jalisco las tapatías y Ana Bermejo)-, Universidad Veracruzana (Los invitados de piedra, Hacia el amargo mar); Joaquín Mortiz (Pepe Prida, La costa. Silenciosa sirena. Los cerros azules), y el Fondo de Cultura Económica (El solitario Atlántico. Mi hermano Carlos. Doña Herlinda v su hijo y otros hijos), entre otras editoriales.

Barómetro

BARÓMETRO

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

La presión sigue al alza en la política y lo que preocupa o angustia a unos entusiasma a otros. Todo se dirige así a forjar un horizonte libre, o casi, de amenazas de ciclón. Todo es política en estos días y lo será más en los que vienen, pero casi todo en política es electoral y las probabilidades de que se afirme la voluntad ciudadana moderna de los últimos años crecen con el tiempo.

La suerte del casi mitológico momento de una alternancia presidencial el año próximo está íntimamente ligada a la del proyecto de coalición o alianza electoral de toda la oposición contra el PRI. La decisión panista de intensificar sus trabajos en pro de una hipótesis como esa, no ha hecho sino alentar a los aliancistas de profesión y fe, que hasta hace poco asistían a regañadientes ante elementos y conductas que la alejaban del horizonte posible de la política opositora. No se puede decir lo mismo hoy, después de las resoluciones del Comité Ejecutivo Nacional Panista del viernes 30 de julio.

Y sin embargo, aunque se mueva, la alianza sigue lejos. La cautelosa retórica de la jerarquía panista, junto con las primeras reacciones en las cumbres del PRD, bastan para anotar en la agenda futura serios obstáculos a la propuesta. Sin traer a cuento las dificultades de programa o ideología, que el presidente panista pretende disolver en una “emulsión democrática”, hay por delante cuestiones que la “buena onda” de la alternancia no puede ni podrá abordar con éxito, sólo con cargo al simplismo vestido de redentorismo o a la (desmemoria histórica.

Por lo pronto, la “consulta nacional” sugerida por el PAN tendría que dar cabida a los requisitos de espacio para todos, añadidos de inmediato por Cárdenas, en un mitin de claro aliento electoral en Michoacán. Ceder los trastos así como así a su contendiente, con base en los resultados de encuestas iniciales, no parece factible. Tampoco se antoja fácil que los comisionados de los partidos puedan encontrar métodos satisfactorios para decidir la candidatura que no sean una encuesta, como la ha planteado Fox, o unas primarias de corte universal y abiertas a todos, como ha sugerido Cárdenas. Lo que tendría que buscarse, resultará difícil de encontrar al menos durante este año: el retiro “voluntario” de uno de los dos o el surgimiento de un tercero que ambos aceptaran gustosos.

La ola aliancista tendrá que inventar algo más que la aritmética electoral anticipada para sustentar su argumento y convencer a quienes han puesto ya todo, y más, en juego: los candidatos abiertos, que sólo esperan la consagración de sus propios partidos para empezar a oficiar como presidenciables. Una vez entrados en estos gastos, sólo un desplome catastrófico al calor de la campaña del 2000 podría llevar a una alianza total en torno a un solo candidato. Lo demás puede ser sólo un juego más de guerra electoral, o simple táctica de opinión pública frente a un PRI que se apropió de la opinión pública apenas abrió su palenque.

La alternativa entre el poder y la historia (¿o el poder y la gloria?), propuesta a los aspirantes por un Manuel Camacho eufórico ante la inminencia de la alianza, puede dar lugar a otros juegos de opciones, menos literarios tal vez, pero más cercanos a la naturaleza de la política plural cuyo arribo apresuraron Cárdenas y sus compañeros en el ya lejano 1988. Entonces sí que podía hablarse de una entrada firme en la historia política moderna de México. De seguir por el camino señalado por Camacho, al final se corre el riesgo de no tener ningún poder y de haber salido de, en vez de entrar a, la historia. Pero todavía falta lluvia por caer.

Es en el territorio del partido del gobierno donde los aires se mueven a gran velocidad, sin alcanzar todavía la intensidad de la tormenta. Más bien, lo que la apertura interna del PRI puede estar logrando es la distensión que hasta hace poco amagaba la precaria estabilidad del partido de Calles, que parecía empezar a vivir los tiempos que precedieron a la gran iniciativa de 1929.

Nada está escrito en el partido tricolor todavía. Los dineros y las lealtades apostadas son elevados y, se dice, más que eso: se trata de todos los restos de quienes antaño nutrieron sus alforjas de la disciplina vertical que suponía el presidencialismo. Cómo se las arreglará la cúpula que carga con el estigma de ese verticalismo, para poner en paz, de acuerdo y en sintonía con el desafío del 2000, a los gladiadores de los que emergerá un ganador el próximo noviembre nadie lo sabe bien a bien. Un café o una ocurrencia sacada de la manga, como ha ocurrido una y otra vez en estos meses de definición interna del PRI, no sería la salida requerida. Tampoco una advertencia sobre la buena conducta de los contrincantes los pondrá en la ruta de la unidad. Tal vez tengamos que vivir de nuevo los cantos de un cisne cuya muerte se puede anunciar pero no decretar.

Anunciar la calma en estas latitudes cruzadas por ciclones no es aconsejable. Desde dentro del sistema político que emerge, pueden irrumpir las voces de la discordia que reniega del cauce y llama a aventuras, pero también de los ámbitos antisistémicos donde se mueven la nostalgia militarista, el crimen organizado o la irreflexión sin medida puede surgir lo inesperado o, simplemente, lo que decidió soslayarse en los juegos de la seguridad interior del Estado.

La UNAM: Memoria y desmemoria

No se tiene que recurrir al reclamo airado por una intervención policiaca en la UNAM, para insistir en que ahí estuvo ausente una firme decisión política de acotar el conflicto, para luego intentar volverlo a los cauces institucionales con que a pesar de todo cuenta la UNAM. La mascarada en la Cámara de Diputados constituyó un momento lamentable, podría decirse que grotesco, de esta inhibición sistemática de los nuevos actores de la pluralidad a involucrarse positivamente en el conflicto universitario. Pero las abruptas entradas y salidas del discurso presidencial en el asunto, sin mayores o perceptibles consecuencias, dan cuenta también de este desconcierto estatal que se volvió ya una abstención injustificable.

La pérdida en la UNAM es mayor y no tiene por qué pasar por la contabilidad o la auditoría simple. Ni tiene sustitutos próximos en materia de investigación y formación básica de las profesiones, ni puede darse a la sociedad, en particular a las clases y sectores que depositan en ella lo mejor y hasta la más costosa de sus esperanzas, la callada por respuesta.

De nuevo tenemos con nosotros la noticia de más de veinte mil rechazados por la UNAM para los estudios profesionales. No es esta la primera llamada ni mucho menos; lo que debería preocupar hoy, en medio del bochorno general provocado por la huelga, es la ausencia casi total de iniciativas gubernamentales para una educación superior que se relegó en lo básico, aunque los subsidios canalizados a las universidades pudiesen sugerir lo contrario.

Tómese nota: la Universidad Autónoma Metropolitana fue la última empresa estatal de gran aliento para la educación superior en la zona metropolitana, hace más de 25 años. Menos se ha hecho para abordar, como se debe, el grave caso de la educación media superior. Falta de memoria, indecisión estratégica, ¿decisión no expresa?, lo que se quiera, pero este es el sedimento menos aparente y tal vez el más corrosivo de una huelga que no tiene sentido ni fin, porque quizá nunca tuvo principio, y simplemente llegó para quedarse.

Los libros sobre la mesa

La revista Este País y Miguel Angel Porrúa (Grupo Editorial) pusieron en circulación hace unas semanas un pequeño gran libro: La nueva ceguera, de Josué Sáenz, en el que este maestro del humor y la crítica económica reúne sus espléndidos ensayos, y vuelve a hacer sonar la alerta sobre el mayor de nuestros faltantes: un pensamiento riguroso que no se rinda a la moda ni al dogma y ponga por delante la astucia razonada que dio brillo, con Keynes o Schumpeter, a la economía política moderna. La obra aparece presentada por tres oportunas invitaciones a leerla de Federico Reyes Heroles, David Ibarra y Carlos Monsiváis.    n

San Pedro Mártir, 2 de agosto de 1999

Rolando Cordera Campos. Economista. Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. Es director de Nexos TV.

La OTAN y Serbia

LA OTAN Y SERBIA

POR HAROLD PINTER

Los bombardeos de la OTAN contra Yugoslavia son el punto de partida que elige Harold Pinter para reflexionar acerca del papel y la presencia de Estados Unidos en Europa. Sus argumentos podrían resumirse de la siguiente manera: la OTAN y Estados Unidos bombardearon Yugoslavia para asegurar la riqueza petrolera de la región del Mar Caspio. Esta conferencia fue pronunciada en la Confederación de Psicólogos Analistas, en Londres, el 25 de junio de 1999.

Esta noche argumentaré aquí que la acción de la OTAN en Serbia no tuvo nada que ver con el destino de los albaneses kosovares, sino que fue otra afirmación brutal y despótica del poderío de Estados Unidos.

El bombardeo no sólo fue una acción tomada para desafiar al derecho internacional y despreciar a las Naciones Unidas, también fue totalmente innecesaria. Se dijo que el proceso de negociación en Rambouillet se había agotado pero de hecho no fue así. Al principio de la crisis había dos objetivos principales: restaurar una sustancial autonomía a Kosovo y asegurar que el gobierno yugoslavo respetara las libertades políticas, religiosas, culturales y lingüísticas de los kosovares. En el encuentro de Rambouillet. el plan era lograr estos dos objetivos por medios pacíficos. Los serbios habían estado de acuerdo en garantizarle a Kosovo un amplio margen de autonomía. Lo que no estaban dispuestos a aceptar era la presencia de la OTAN como una fuerza internacional que mantuviera la paz o, mejor dicho, una fuerza de ocupación, una fuerza cuya presencia se pudiera extender a lo largo de Yugoslavia. Propusieron un protectorado bajo los auspicios de Naciones Unidas. La OTAN no estuvo de acuerdo con esto y los bombardeos empezaron de inmediato. Quisiera recordarles que el bombardeo a Iraq el pasado diciembre siguió un patrón semejante. Naciones Unidas estaba diciendo: “A ver, esperen un minuto, seguramente podemos preparar algo”, cuando Estados Unidos y Gran Bretaña dijeron que era muy tarde para preparar cualquier cosa y empezaron los bombardeos. Todavía lo siguen haciendo, por cierto. Y las sanciones sobre Iraq continúan. por lo cual miles de niños iraquíes mueren cada mes.

Naciones Unidas finalmente está de acuerdo con una solución del conflicto serbio que difiere de un modo poco significativo de aquella que el parlamento yugoslavo estaba listo para aceptar antes de que la violencia empezara. ¿Entonces por qué fue llevada a cabo esta acción? Creo que Estados Unidos quiso convertir a Kosovo en una colonia de la OTAN —o mejor dicho, de los norteamericanos—. Esto ya se ha conseguido ahora. En su momento regresaré a este punto.

Nada más se ha conseguido. La OTAN le dio a Milosevic la excusa que requería para incrementar sus atrocidades: miles de civiles, tanto kosovares como serbios, han sido asesinados, el país ha sido envenenado y devastado. Las atrocidades de los serbios son salvajes y asquerosas pero hay poca duda de que la vasta escalada de atrocidades se llevó a cabo después de que los bombardeos empezaron. Citar “razones humanitarias”, tal como lo hizo originalmente la OTAN, en ningún caso tolera realmente un examen riguroso. Existen, de igual modo, tantas razones “morales” y “humanitarias” para intervenir, por ejemplo, en Turquía. El gobierno turco ha emprendido una guerra sin descanso en contra de los kurdos desde 1984. La represión ha cobrado 30,000 vidas. No sólo Estados Unidos no interviene, sino que subsidia y apoya activamente lo que es, en efecto, una dictadura militar y, por supuesto. Turquía es un miembro importante de la OTAN. Las revelaciones de las cámaras de tortura de la policía serbia son horribles, pero en las cámaras de tortura de la policía turca se practican exactamente las mismas técnicas y traen consigo exactamente el mismo horror. Lo mismo pasó antes con las cámaras de tortura de Guatemala, El Salvador y Chile. Pero estas eran nuestras cámaras de tortura, de modo que nunca alcanzaron las primeras planas. Si ustedes recuerdan, dichas cámaras de tortura estaban defendiendo la democracia en contra del demonio de la subversión. Turquía lo sigue haciendo con todo nuestro apoyo, nuestras armas, nuestro dinero.

En 1975 Kissinger y Ford le dieron la aprobación al gobierno indonesio de invadir Timor del Este; 200,000 personas de Timor del Este, una tercera parte de la población, fueron asesinadas. Occidente ha mantenido desde entonces una relación comercial muy activa con Indonesia. El negocio de las armas ha florecido. La opresión israelí sobre los palestinos continúa al tiempo que siguen los asentamientos israelitas en la ribera Oeste contraviniendo acuerdos internacionales y resoluciones de Naciones Unidas. En todos estos casos las razones humanitarias no están precisamente al frente de la política exterior de Estados Unidos. La vida humana —o la muerte humana, diría yo— le siginifica poco a Blair y esencialmente nada a Clinton. No olvidemos que Clinton aseguró su candidatura presidencial al ir a Arkansas a presenciar la ejecución de un deficiente mental de 18 años.

La OTAN ha reivindicado que los bombardeos de civiles en Serbia fueron accidentes. Yo sugiero que el bombardeo de civiles fue parte de un intento deliberado de aterrorizar a la población. El comandante en jefe de la OTAN, el general Wesley K. Clark, declaró justo antes de que empezaran los bombardeos: “A menos de que el presidente Milosevic acepte las demandas de la Comunidad Internacional, nosotros atacaremos progresiva y sistemáticamente, desorganizaremos, arruinaremos, devastaremos y al final destruiremos sus fuerzas”. Las “fuerzas” de Milosevic, como ahora sabemos, incluían estaciones de televisión, escuelas, hospitales, teatros, asilos de ancianos. La Convención de Ginebra puntualiza que no se le puede disparar a ningún civil a menos de que esté tomando parte directa en las hostilidades, hecho que a mi entender quiere decir disparar armas y aventar granadas de mano. Esas muertes civiles fueron, por tanto, actos de asesinato.

Un cuerpo de abogados y profesores de leyes establecidos en Toronto, en asociación con la Sociedad Norteamericana de Juristas, una organización no gubernamental con carácter consultivo en Naciones Unidas, ha entregado una queja ante el Tribunal de Crímenes de Guerra acusando a todos los líderes de la OTAN (encabezados por el presidente Clinton y el primer ministro Blair) de cometer crímenes de guerra en su campaña en contra de Yugoslavia. La lista de crímenes incluye “asesinato premeditado, provocar gran sufrimiento o severos daños al cuerpo o a la salud de manera premeditada, destrucción extensiva de propiedades sin justificación militar y llevada a cabo fuera de la ley e impúdicamente, empleo de armas venenosas u otras armas para causar sufrimiento innecesario, destrucción impúdica de ciudades, pueblos y villas, devastación no justificada por la necesidad militar, bombardeo de pueblos indefensos, villas, habitaciones o edificios, destrucción o daño voluntario a instituciones dedicadas a la religión, caridad y educación, artes y ciencias, monumentos históricos”. Los cargos también alegan “una abierta violación a la carta de las Naciones Unidas, al mismo tratado de la OTAN, a la Convención de Ginebra y a los principios del derecho internacional”.

Vale la pena remarcar aquí que las enormes cantidades de explosivos de alto poder que cayeron sobre Serbia hicieron un irremediable daño sustancial a tesoros del arte bizantino. Preciosos mosaicos y frescos han sido destruidos. Pec, ciudad del siglo XIII, ha sido aplanada. La mezquita Hadum del siglo XVI en Djakovica, la basílica bizantina en Nis y la iglesia del siglo IX en Prokuplje han sido severamente dañadas. Cayó una rampa del siglo XV en el fuerte de Belgrado. El palacio de Banovina en Novisad, el más delicado trabajo de arquitectura art-deco en los Balcanes, fue prácticamente volado. Esto es vandalismo sicótico.

¿Por qué se usaron racimos de bombas para matar civiles en mercados serbios? Los altos mandos de la OTAN difícilmente pudieron ignorar los efectos de estas armas. Ellas simplemente destrozaron a la gente en pedazos. El efecto del uranio vaciado en la nariz del casco de los misiles no se puede medir precisamente. Jamie Shea, nuestro distinguido vocero de la OTAN, quizá diría: “Oh, por favor, muchachos, una pequeña pieza de uranio vaciado nunca le ha hecho daño a nadie”. Se puede decir, sin embargo, que los ciudadanos iraquíes todavía están sufriendo los serios efectos del uranio vaciado después de nueve años, por no mencionar el síndrome de la Guerra del Golfo que experimentaron los soldados británicos y norteamericanos. Lo que sí se sabe es que el uranio vaciado deja partículas radioactivas y tóxicas de óxido de uranio que ponen en peligro a los seres humanos y contaminan el ambiente. La OTAN también le disparó a plantas químicas y farmacéuticas, fábricas de plástico y refinerías de petróleo, causando un daño sustancial al ambiente. La Fundación Mundial para la Naturaleza advirtió el pasado mes que se acercaba una crisis ambiental en el bajo Danubio, debido principalmente al derramamiento de petróleo. El río es una fuente de agua potable para 10 millones de personas.

Tony Blair dijo el otro día: “Milosevic ha devastado su propio país”. Esta afirmación me recuerda la historia de la actriz inglesa y el actor japonés. El actor japonés no podía entender por qué la actriz inglesa era tan fría con él, tan poco amigable. Finalmente recurrió al director. Le dijo: “Mañana tenemos que hacer una escena amorosa, pero ella simplemente no me sonríe, nunca me mira, nomás no me habla. ¿Cómo vamos a actuar la escena amorosa?”. El director le dijo a la actriz: “¿Y ahora cuál es el problema, mi amor? Kobo es realmente un hombre fino en extremo?”. La actriz miró al actor japonés y dijo: “Tal vez lo sea, pero algunos no hemos olvidado Hiroshima”.

Esto es un lenguaje —y un mundo— fijo en su cabeza. Existe, en realidad, una discrepancia que asombra entre, digamos, el lenguaje del gobierno de Estados Unidos y sus actos. Estados Unidos ha ejercido una manipulación del poder constante, sistemática y clínica a lo ancho del mundo desde el final de la última Guerra Mundial, pero al mismo tiempo se enmascara como una fuerza que procura el bien universal. O para decirlo de otro modo, que pretende ser el Papá del mundo. Es una estratagema brillante —incluso ingeniosa— y de hecho ha tenido un éxito notable. Pero en 1948 George Kennan, Jefe del Departamento de Estado estableció las reglas de la política exterior de Estados Unidos en un documento interno calificado como top secret. El dijo: “Tenemos que quitarnos todo sentimentalismo e idealización y nuestra atención se debe concentrar en todas partes en nuestros objetivos nacionales inmediatos. Dejemos de hablar sobre objetivos vagos e irreales tales como derechos humanos, levantar los niveles de vida y democratización. No está lejos el día en que tengamos que lidiar mediante conceptos directos de poder. Mientras menos embrollados estemos con máximas idealistas, mejor”. Kennan fue un hombre fuera de serie. Dijo la verdad.

Creo que Estados Unidos, a menudo descrito —las más de las veces por ellos mismos— como el bastión de la democracia, la libertad y los valores cristianos, aceptado durante tanto tiempo como el líder del “mundo libre”, es de hecho y ha sido de hecho durante largo tiempo una fuerza profundamente peligrosa y agresiva, despreciativa del derecho internacional, indiferente al destino de millones de personas que padecen sus acciones, capaz de descartar la crítica o la diferencia, sólo preocupado en mantener su poderío económico, listo a la menor caída de una hoja para protegerlo a partir de medios militares, hipócrita, brutal, despiadado y decidido.

Pero la política exterior de Estados Unidos siempre ha sido notoriamente consistente y enteramente lógica. También es extremadamente simple. “El libre mercado debe prevalecer, los grandes negocios deben ser libres para hacer negocios y nadie —pero nadie— puede interponerse en el camino de esto”.

En un encuentro con potenciales inversionistas norteamericanos, un banquero que conozco habló de la compleja estructura política y económica de la sociedad mexicana, tratando de ubicarla en su contexto histórico. Un inversionista americano se levantó y dijo: “Oye, a nosotros nos importa un bledo todo eso, todo lo que queremos saber es: ¿qué recibimos a cambio de nuestro dolar?”.

La OTAN es el misil de Estados Unidos. Como creo haberlo señalado antes, yo no encuentro nada intrínsecamente sorpresivo en lo que es en esencia una acción norteamericana. Existe una gran suma de antecedentes. Estados Unidos le causó a Iraq un tremendo daño en la Guerra del Golfo, lo hizo de nuevo el pasado diciembre y todavía lo sigue haciendo. A principios de este año destruyeron una fábrica de medicamentos en Khartoum, declarando que ahí se hacían armas químicas. No era así. Se hacía talco para bebés. Sudán pidió a Naciones Unidas preparar una investigación internacional sobre el bombardeo. Estados Unidos evitó que se hiciera dicha investigación. Todo esto retrocede un largo camino. Estados Unidos invadió Granada en 1990, República Dominicana en 1965. Desestabilizó y derrocó gobiernos democráticamente electos en Chile, Guatemala, Grecia y Haití, actos en su totalidad fuera de los parámetros del derecho internacional. Ha apoyado, subsidiado y, en numerosos casos, engendrado cada dictadura de derecha en el mundo desde 1945. Me remitiría una vez más a Guatemala, Chile, Grecia y Haití. Añadan a estos países Indonesia, Uruguay. Filipinas, Brasil, Paraguay, Turquía, El Salvador, por ejemplo. Cientos sobre cientos de miles de personas han sido asesinados por estos regímenes pero el dinero, los recursos, el equipo (de todo tipo), la asesoría, el apoyo moral que se les ha dado, ha salido de las sucesivas administraciones estadunidenses. La devastación norteamericana infligida a Vietnam, Laos, Camboya, el uso de napalm, agente naranja, fue un camino de destrucción salvaje, sistemático. impío, que sin embargo fracasó en destruir el espíritu de la gente vietnamita. Cuando Estados Unidos fue derrotado, de inmediato se preparó para hambrear al país a través de un embargo comercial. Su acción enmascarada en Nicaragua fue declarada en 1986 por la Corte Internacional de Justicia de La Haya como abiertamente violatoria del derecho internacional. Estados Unidos menospreció este juicio diciendo que consideraba sus acciones como ajenas a la jurisdicción de cualquier corte internacional. En los últimos seis años Naciones Unidas ha pasado seis resoluciones con abrumadoras mayorías (en la última de ellas sólo Israel votó a su favor) demandando que Estados Unidos detenga su embargo sobre Cuba. Estados Unidos las ha ignorado todas.

Milosevic es brutal. Saddam Hussein es brutal. Pero la brutalidad de Clinton (y por supuesto de Blair) es insidiosa, puesto que esconde beatería y la retórica propia de la indignación moral. Muy poca indignación moral se expresa en Estados Unidos a propósito de su propio sistema carcelario. Hay casi dos millones de personas en prisión en ese país.

Estos son algunos de los métodos usados en prisión:

La silla sujetadora es una silla con estructura de metal donde se inmoviliza al prisionero con sujetadores ubicados en cuatro puntos que aseguran tanto los brazos como las piernas y con cintas que se amarran cruzando el pecho y los hombros. Los brazos del reo bajan hacia los tobillos y se cierran con candado y sus piernas se aseguran con grilletes de metal. Los reclusos a menudo quedan atados en las sillas sujetadoras donde pasan periodos largos con su propia orina y excremento.

Una pistola paralizante es un arma manual con dos aguijones de metal que emiten una descarga eléctrica de casi 50,000 voltios. El uso de las pistolas y cinturones paralizantes es muy amplio. El cinturón se activa sobre el preso mediante un botón que está en la pistola paralizante que sostiene el guardia de la prisión. La descarga causa un severo dolor y la parálisis inmediata. Este proceso ha sido descrito como una tortura a control remoto.

Los presos con perturbación mental son atados, tendidos hacia los cuatro ángulos sobre tablones y sujetados ahí durante periodos prolongados sin autorización ni supervisión médica.

Cuando se transporta a un reo, es una práctica común engrilletarlo con cadenas o piernas de hierro. La práctica no excluye a mujeres embarazadas. En estas prisiones, sufrir una violación o abuso sexual a manos de los guardias e internos es un lugar común.

Treinta y seis estados abrieron cincuenta y siete instalaciones “supermax” albergando a 13,000 reclusos. Hay más en construcción. Estas son instalaciones de super-máxima seguridad. Están diseñadas para el confinamiento de presos peligrosos, pero de hecho se les puede asignar a una de las unidades “supermax” debido a infracciones disciplinarias relativamente menores, tales como insolencia en contra de las autoridades o, tanto en el caso de hombres como de mujeres, quejas por abuso sexual. Se ha retenido a reclusos severamente perturbados en estas instalaciones sin que reciban el diagnóstico apropiado ni tratamiento.

Los reclusos pasan entre 22 y 24 horas diarias en condiciones claustrofóbicas e insalubres. Las celdas de concreto carecen de luz natural. Las puertas son de acero sólido. No existe contacto ni visión del mundo exterior.

El Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas estableció en 1995 que las condiciones en estas prisiones son “incompatibles” con las normas internacionales. El supervisor de tortura de la ONU las declaró inhumanas en 1996.

Treinta y seis de cincuenta estados emplean la pena de muerte. La inyección letal es el método más popular, seguido de la electrocución, la cámara de gas, el ahorcamiento y el escuadrón de fusilamiento. La inyección letal es considerada como el método más humano. Pero en realidad las historias sobre algunos de los casos de inyección que salen mal son tan grotescas como espantosas.

Los deficientes mentales y las personas menores de 18 años no escapan a la pena de muerte. Sin embargo, el fiscal general asistente de Alabama hizo la siguiente observación: “Bajo la ley de Alabama no puedes ejecutar a alguien que esté demente. Tienes que enviarlo a un manicomio, curarlo realmente bien, y entonces lo ejecutas”.

Amnistía Internacional puntualizó que todas estas prácticas constituyen un trato cruel, inhumano y degradante. Pero la “Comunidad Internacional” no ha sido invitada a hablar de un sistema que es al mismo tiempo altamente sosfisticado y primitivo, organizado en cada aspecto para minar la dignidad humana.

¿Por qué está la OTAN en Yugoslavia? Esta pregunta se relaciona con otra. ¿Por qué la OTAN, que en efecto se había vuelto redundante al final de la Guerra Fría, de hecho ha crecido? ¿Por qué la República Checa, Polonia y Hungría son miembros de la OTAN? La respuesta parece radicar en el considerable potencial de riqueza petrolera en la región del Mar Caspio. Uno de los intelectuales del periódico The Guardian tuvo que decir esto el otro día: “Qué absurdo es”, se mofó, “referirse al petróleo de la región del Mar Caspio como si tuviera algo que ver con la operación de la OTAN. El Mar Caspio está a más de mil millas de Yugoslavia”. Y así es. Pero para tener el petróleo del Mar Caspio en manos de Occidente no puedes usar cubetas. Se requieren quieren oleoductos y esos oleoductos se tienen que instalar y proteger. Las reservas de petróleo en el Mar Caspio son vastas. Los oleoductos significan que la seguridad en los Balcanes tiene una importancia económicamente concreta y estratégica. Bill Richardson, el secretario de Energía de Estados Unidos, lo ha explicado claramente: “Se trata de la seguridad energética de Norteamérica. Se trata también de prevenir usurpaciones estratégicas de aquellos que no comparten nuestros valores. Estamos tratando de atraer a esos paises recientemente independizados hacia el Occidente. Nos gustaría verlos basándose en los intereses políticos y comerciales de Occidente. Hemos hecho una inversión política sustancial en el Caspio y es importante que salgan bien tanto el mapa de los oleoductos como las políticas”.

Ahora voy a usar el término imperialismo, que algunos de ustedes pensarán que ya no significa algo. Creo que el imperialismo permanece como una fuerza activa y vibrante en el mundo de hoy.

A través de instituciones financieras como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, el imperialismo está en la posición de dictar políticas a Estados más pequeños que dependen de su crédito. Mediante su dominio del mercado mundial, los poderes imperialistas bajan los precios de las materias primas y mantienen empobrecidos a los Estados más pequeños. Entre más piden prestado estos países, se vuelven más dependientes y desamparados. Palmerston dijo a propósito del imperio británico: “No tiene ni amigos permanentes ni enemigos permanentes. Sólo tiene intereses permanentes”.

Por cierto, hubo un tiempo en que pensé que Tony Blair haría bien en consultar a uno —o inclusive a dos— de ustedes, damas y caballeros, que están reunidos aquí esta noche. Estaba sorprendido por la demente luz de combate en sus ojos. Pero ahora ya no estoy del todo seguro que él en realidad no haya tomado la curva. He llegado a la conclusión de que su fervor moral y su fanatismo son una mascarada. En el centro de todo esto hay un gran pastel financiero que partir en algún lado. Y a este gobierno le gustaría una buena rebanada gruesa.

Yo sugerí que era un interés de los Estados imperialistas —los Estados Unidos, el Reino Unido y Alemania— fragmentar lo que era una efectiva, si bien precaria, Yugoslavia unificada. La manera de lograr esto era exigir la quiebra de industrias nacionalizadas e imponer políticas neoliberales austeras que exacerbaron bul lentes tensiones étnicas. La presión económica que se ejerció sobre Yugoslavia tendió las bases objetivas para la disolución del Estado balcánico. La ruptura fue acelerada por Alemania que reconoció abruptamente la independencia de Croacia y Eslovenia en 1991, y por Estados Unidos que dio su aprobación a la sucesión en Bosnia en 1992. Naturalmente romper un Estado en muchas partes es reducir la fuerza de ese Estado.

El desmantelamiento de la URSS ha creado un vacío de poder en Europa del Este, Rusia y Asia Central. El significado principal de Yugoslavia en esta coyuntura crítica consiste en que yace en la periferia de Occidente, en una enorme faja de territorio donde los poderes mayores del mundo pretenden extenderse. Este proceso expresa los más profundos requerimientos del sistema de ganancias. Las compañías transnacionales de hoy, como sabemos, miden su éxito en términos globales. General Motors, Toyota, Air-Bus o Coca-Cola no pueden ignorar ningún mercado del mundo. Estas operaciones inmensas compiten a lo largo de continentes para lograr el dominio. Para ellos, la penetración en una sexta parte del globo recientemente abierto a la explotación capitalista es un asunto de vida o muerte. Las más grandes reservas de petróleo no explotadas en el mundo se localizan en las antiguas Repúblicas Soviéticas que rodean al Mar Caspio (Azerbaiján, Kazajistán y Tuzmekistán). Estos recursos ahora se dividen entre los países capitalistas mayores. Esta es la gasolina que alimenta el militarismo y que amenaza con emprender nuevas guerras de conquista de poderes imperialistas en contra de poderes locales. Brezinski, el antiguo Jefe de Seguridad Nacional bajo las órdenes de Cárter, puntualizó en 1997: “Es improbable que, en más de una generación, algún desafiante solitario cuestione el status de Estados Unidos como el poder supremo. Es improbable que algún Estado pueda emparejar a Estados Unidos en las cuatro posiciones clave del poder—militar, económico, tecnológico y cultural— que le confiere influencia política global”.

Habiendo consolidado su poder en el hemisferio occidental, Estados Unidos, argumenta Brezinski, debe hacer esfuerzos sostenidos para penetrar los dos continentes, Europa y Asia. “El ascenso de Estados Unidos como el único superpoder global”, continúa, “ahora hace que sea imperativa una estrategia integrada y total para Eurasia. Un poder que dominara Eurasia podría ejercer una decisiva influencia sobre dos de las regiones más productivas económicamente, Europa Occidental y el Este de Asia. Un vistazo al mapa sugiere que el país dominante en Eurasia controlaría también, automáticamente, el Medio Oriente y Africa. En Eurasia la tarea inmediata es asegurar que ningún Estado o combinación de Estados tenga la habilidad de expulsar a los Estados Unidos o que inclusive pueda disminuir su papel decisivo. Una OTAN agrandada servirá en un corto y largo plazo a los intereses de la política norteamericana”.

El Comité de la Casa Blanca sobre Relaciones Internacionales ha empezado a tener audiencias sobre la importancia estratégica de la región del Caspio. Doug Bereutter, presidente del Comité, habló de la siguiente manera: “Los objetivos de la política trazada por Estados Unidos con relación a los recursos energéticos en esa región, incluye alimentar la independencia de los nuevos Estados y sus lazos con Occidente rompiendo el monopolio de Rusia sobre el petróleo y las rutas de transporte de gas, alentando la construcción de oleoductos Este-Oeste que no transiten por Irán y rechazando el peligroso contrapeso de Irán sobre las economías de Asia Central”. Mortimer Zuckerman, editor de US News y de World Report, dijo el mes pasado que los “recursos de Asia Central podrían regresar al control de Rusia o a una alianza dirigida por Rusia. Esto sería una situación de pesadilla. Tenemos que despertar al peligro o un día las certezas sobre las que basamos nuestra prosperidad dejarán de ser certezas. El premio potencial en petróleo y riquezas de gas en el Mar Caspio, valuadas en más de 4 millones de millones de dólares, le darían a Rusia tanto riqueza como dominio estratégico. La recompensa potencialmente económica de la energía del Caspio llevará en su tren a fuerzas militares de Occidente a fin de proteger nuestras inversiones si esto es necesario”. Se podría argumentar que el significado de la acción militar en Yugoslavia yace en el hecho de que Kosovo era un terreno de prueba para guerras que podrían surgir en la antigua región soviética —todo para proteger los intereses de Estados Unidos.

Los acontecimientos recientes han perturbado severamente el “equilibrio” nuclear del mundo, si es que tal cosa existe. El parlamento ucraniano ha votado unánimemente para que ese país regrese a su status nuclear previo. El Consejo Ruso de Seguridad Nacional aprobó recientemente la modernización de todas las cabezas nucleares estratégicas y tácticas. Decidieron desarrollar estratégicos misiles nucleares de bajo poder, capaces de seleccionar puntos de impacto en cualquier lugar del mundo. En Beijing, el bombardeo de la embajada china de Belgrado ha traído como consecuencia un cambio en la posición del principio de no agresión. Creo que no es fantasioso concluir que Estados Unidos está en el camino de llevarnos a una Tercera Guerra mundial que será el fin de todos nosotros, con la posible excepción de Bill Clinton. Tony Blair, Madelaine Albraight y todos los generales y todos los presidentes de las compañías multinacionales que comerán frijoles horneados y hamburguesas en un bunker nuclear de McDonalds muy en las profundidades de Arizona.            n

Harold Pinter. Dramaturgo inglés. Autor, entre otras obras de teatro, de La fiesta de de La fiesta de cumpleaños. El cuarto y Luz de luna.

Traducción de David Olguín

El TLC: Sin lágrimas ni risas

EL TLC: SIN LÁGRIMAS NI RISAS

POR LUIS RUBIO

El TLC no cumple aún los seis años de vicia y ya se ha probado como un instrumento capaz de revertir Ias tendencias negativas del aislamiento, lo que ha traído consigo una prosperidad incipiente. De hecho, lo único que en verdad funciona de la economía mexicana—dice Luis Rubio— es la parte vinculada al TLC. Sin él, sin su fuerza negociadora y de cambio, los niveles de pobreza y desempleo alcanzarían niveles de catástrofe.

El Tratado de Libre Comercio (TLC) se ha convertido en un factor trascendental de la economía mexicana. Gracias al TLC la economía ha logrado que las exportaciones mexicanas crezcan de una manera verdaderamente prodigiosa. En sus casi seis años de vida, el TLC ha hecho posible que el crecimiento de las exportaciones no sólo compense la contracción que ha caracterizado al mercado interno, sino que le ha dado un nuevo horizonte al desarrollo industrial del país. Pero todas las virtudes que pudieran asociarse con el TLC no son suficientes para asegurar el sano desarrollo del país. Al margen de todos sus beneficios, el TLC no es más que un instrumento de la estrategia de desarrollo del país. Es decir, la prosperidad que anhelan y merecen los mexicanos requiere mucho más que una exitosa red de negociaciones y pactos con nuestros socios comerciales; requiere de un conjunto de políticas gubernamentales orientadas a convertir al TLC en una fuerza de cambio interno; sin ello, acabaremos desperdiciando su extraordinario potencial.

La decisión original de México de buscar un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos y eventualmente con Canadá fue el resultado de un razonamiento en esencia político. Aunque las negociaciones mismas, así como el contenido del acuerdo, tuvieron una naturaleza estrictamente económica, lo que el gobierno buscaba con el tratado era credibilidad en la permanencia, en el largo plazo, de las reformas de libre mercado implantadas en la primera parte de los noventa. De forma adicional, al gobierno de México le interesaba atraer inversión extranjera directa a la economía mexicana a fin de acelerar el ritmo de la modernización e incrementar rápidamente los niveles de la productividad.

Hoy día, casi seis años después de la entrada en vigor del TLC, la trascendencia del acuerdo ha dejado de ser un tema de disputa cotidiana. Si bien el tema continúa desatando pasiones en la retórica de los partidos y candidatos en las campañas electorales, la realidad es que es patente el reconocimiento por parte de los mexicanos de que el TLC constituye una fuerza poderosísima de modernización del sector industrial y la principal fuente de empleos en el sector.

La firma del TLC constituyó un momento decisivo para México. Dicho acuerdo significó no sólo una dura negociación sobre asuntos comerciales y de inversión, sino también implicó definiciones fundamentales sobre la dirección que México quería seguir y, aun más difícil, en la relación de “amor y odio” que había existido con Estados Unidos desde siempre. Por consiguiente, el TLC fue para México mucho más que un tratado comercial. Conforme se dieron los acontecimientos políticos y económicos después de que el TLC entró en vigor, éste cobró mucha mayor importancia. Pero sucedió lo mismo con sus detractores. El impulso reciente de la política comercial de México se ha concentrado, en gran medida, en ampliar los mercados para los productores mexicanos y atraer a inversionistas extranjeros, pero también en defender sus intereses dentro del TLC. Y todo ello se ha tenido que llevar a cabo en un entorno político doméstico extremadamente complejo.

Este ensayo pretende analizar el origen del TLC. su realidad actual y su posible contribución al desarrollo económico del país. La primera sección resume el impulso político que llevó al gobierno mexicano a pedirle a Estados Unidos que negociara el TLC, y describe el dilema que ha acosado al gobierno mexicano por décadas: el de concentrar o diversificar las relaciones comerciales (y, para el caso, exteriores) de México con el resto del mundo. La segunda sección describe la red de acuerdos comerciales que se ha negociado en los últimos cuatro años y el impacto del TLC sobre la economía mexicana. La tercera sección se ocupa del complejo entorno político en el que se desenvuelve la política comercial. Por último, la cuarta parte describe y discute los dilemas que enfrenta el desarrollo económico del país en el momento actual. decisión del gobierno mexicano de proponerle a Estados Unidos, en 1989. negociar un acuerdo comercial general tuvo una naturaleza profundamente política. Para ese momento el gobierno mexicano llevaba varios años incorporando cambios drásticos en su política económica, dejando atrás las políticas industriales y comerciales de corte autárquico de las décadas anteriores. Después de años de estancamiento económico y tasas de inflación que amenazaban con incrementarse vertiginosamente a principios de los ochenta, la nueva política económica constituyó un cambio radical. El gobierno comenzó a redefinir su función en la economía y en la sociedad, y dejó de asumir que su propósito central era el de manejar y controlar el desarrollo de la economía, para colocarse como el generador de condiciones para que el crecimiento económico fuera posible. En el proceso fue evidente que sería imposible hacer de México un país competitivo si éste no lograba aumentar exitosamente su presencia económica internacional. Por otra parte, los altibajos de las décadas anteriores habían hecho imposible que las sucesivas administraciones ganaran y retuvieran la confianza del sector privado y de la comunidad inversionista, tanto de México como del exterior, sin la cual era imposible lograr un crecimiento rápido.

Por la misma razón, fue evidente que la liberalización por sí sola no aseguraría la confianza del sector privado. Si el gobierno mexicano quería tener éxito en la consolidación de sus reformas domésticas, tendría que dar garantías creíbles, a largo plazo, de que no se cambiarían fácilmente dichas reformas. A lo largo de los años ochenta, la reforma económica siguió adelante, pero tuvo poca credibilidad entre la comunidad empresarial, los inversionistas extranjeros y los mexicanos en general. La administración de Salinas llegó a la conclusión de que las reformas necesitaban una fuerte ancla política, no sólo para ganar credibilidad en la política económica, sino para convertirla en algo permanente. Una vez que se comprobó que ninguna opción doméstica era la adecuada para alcanzar el objetivo declarado, Estados Unidos, el virtual enemigo histórico, fue identificado como la única fuente potencialmente creíble de permanencia para las reformas en el país.

La negociación del TLC provocó una transformación profunda de algunas de las relaciones clave de poder en México, así como de ciertos mitos profundamente enraizados. Cuando comenzaron las negociaciones del TLC. la política mexicana ya había comenzado a sufrir severas convulsiones. Las reformas económicas emprendidas desde mediados de los años ochenta alteraron la ecuación en cuya base descansaba la política mexicana. El viejo arreglo que desde los años treinta aseguraba la paz política —el arreglo por medio del cual se intercambiaba lealtad y disciplina de todas las fuerzas políticas al presidente en turno, a cambio del acceso a la riqueza (casi siempre en la forma de corrupción) y al poder— se estaba desmantelando con gran rapidez. La liberalización de las importaciones y la desregulación redujeron cada vez más la capacidad gubernamental para garantizar el acceso a la riqueza, mientras que la competencia electoral, rápidamente creciente, amenazaba al monopolio del PRI. En términos políticos, el TLC sería el símbolo inevitable de que dichas reformas ya no podrían revertirse. De hecho, existe un compromiso legal, en el marco del Tratado, de no dar marcha atrás a la apertura y desregulación de la economía.

Al lanzar las reformas económicas, los gobiernos de De la Madrid y Salinas tomaron un riesgo atrevido, si bien calculado. Su propósito inmediato había sido el de resolver el problema económico para evitar el colapso de toda la estructura política tradicional. Calculaban o percibían que al colapso económico le seguiría otro en el sistema político. Mantener el statu quo político implicaba, por tanto, una reestructuración profunda de la economía. Desde este punto de vista, las reformas económicas fueron profundamente políticas en su naturaleza. Esta circunstancia también explica por qué no se lanzó una reforma política de manera paralela y por qué siguen existiendo tantas contradicciones en la forma como el gobierno protege diversos intereses del sector paraestatal y de otros más, que han impedido una franca recuperación económica. Es decir, el gobierno mexicano nunca se propuso reformar al país en su conjunto; más bien recurrió a las reformas económicas y, con ellas, al TLC, para darle viabilidad a la economía y mantener, en lo posible, el orden político inalterado. Esta es la razón por la cual el país sigue siendo incapaz de concluir, de una vez por todas, una amplia y coherente reforma política y económica que siente las bases para un desarrollo saludable en el futuro.

En retrospectiva, resulta obvio que el statu quo político no podía salvarse por el camino —la reestructuración económica— que se emprendió. La liberalización económica y la desregulación desactivaron innumerables mecanismos de control político que no siempre eran evidentes. Esto, además de los años de crisis económica, liberó todo tipo de fuerzas políticas, muchas de las cuales ya estaban activas desde antes. Para finales de los ochenta. la política mexicana se encontraba en gran ebullición y las posiciones cada vez más polarizadas. Es imposible saber si los dos reformadores iniciales —De la Madrid y Salinas— calcularon esta sucesión de acontecimientos, pero aunque no lo hayan hecho, al crear las condiciones para fortalecer la economía, comenzaron a desarrollar nuevas bases de apoyo político para la reforma.

La decisión del TLC también debilitó mitos muy arraigados, sobre todo algunos que tenían que ver con Estados Unidos.

La integración económica con Estados Unidos no fue una decisión fácil para el gobierno mexicano. La relación histórica e incómoda con un vecino tan poderoso había generado profundas sospechas entre los mexicanos, y las administraciones postrevolucionarias nutrieron y explotaron esas sospechas a fin de mantener un apretado control político interno. El resultado de este proceso fue doble: por un lado, la retórica llevó a sucesivos gobiernos de México a buscar la diversificación del comercio; por otro, la realidad impuso sus términos: el comercio con Estados Unidos se había concentrado, acelerado y profundizado. Décadas después de haber anunciado la política de diversificación, la concentración del comercio era mucho mayor que antes. Además, la frontera se caracterizaba por un proceso de “integración silenciosa” que el gobierno no podía revertir fácilmente.

Esas dos características —la retórica y la realidad— crearon actitudes únicas entre los mexicanos. Primero, se había dado un cierto tipo de amnesia colectiva sobre la naturaleza de los intercambios en la frontera, y sus consecuencias políticas y sociales potenciales a largo plazo. No faltaban advertencias, sobre todo por parte de diversos académicos sobre el tema, ni había una ceguera empresarial sobre las ventajas o el potencial que representaba la región, pero eso no significaba que el gobierno estuviese dispuesto a atender la realidad. Segundo, la disposición para ignorar lo obvio llegaba a extremos asombrosos. Por ejemplo, durante la administración de 1982-88, el 50% de los nuevos empleos en todo el país fueron creados en las plantas maquiladoras a lo largo de la frontera. Sin embargo, no se hizo nada por fortalecer a la industria, ampliar y mejorar la infraestructura sobresaturada de la región, o buscar nuevas maneras de aprovechar ese enorme potencial.

La reacción del gobierno a los cambios en la frontera concordaba bien con una realidad nacional, igual de importante. Desde la Independencia a principios del siglo XIX, México se ha debatido entre acercarse a Estados Unidos o mantener una prudente distancia. Pese al uso intencionado de la historia en beneficio de ciertos intereses creados dentro de la burocracia política, era imposible ignorar o negar los hechos sobre la expansión territorial de Estados Unidos durante el siglo XIX. a menudo a expensas de México. De hecho, la política exterior de México se estructuró en buena medida en torno a la idea de que Estados Unidos constituía una amenaza permanente a la soberanía mexicana. En consecuencia, pese a que varias administraciones mantuvieron en la realidad vínculos cercanos con el vecino del norte, la mayoría de los gobiernos optó por mantener cierta distancia bajo la noción de que así se garantizaría la soberanía del país; desde su perspectiva, era mejor ser pobres que estar sujetos o sometidos a una potencia extranjera. De hecho, durante décadas, un gobierno tras otro intentó diversificar el comercio exterior del país como si se tratara de un asunto de seguridad nacional. En vez de expandir el comercio con Estados Unidos, los gobiernos mexicanos buscaron formas para obstaculizarlo, y, así disminuir la importancia relativa de Estados Unidos en los asuntos de México.

En suma, después de que por décadas la política económica sirvió a los intereses de un grupo de industriales y políticos relativamente pequeño, la reforma económica representó un rompimiento trascendental con el pasado y una nueva definición de las alianzas políticas, así como de los grupos de apoyo que sostenían a la coalición gobernante en el poder. El cemento que mantuvo unida a esta coalición era la expectativa de la recuperación económica y de una distribución de beneficios entre los socios de la coalición, que incluía a grandes segmentos de las clases medias y a una porción importante de los trabajadores, empresarios y exportadores. Para todos estos grupos, el TLC constituía una garantía de la permanencia de la reforma económica y, en consecuencia, de la viabilidad de esta coalición. Además, un tratado de libre comercio podría servir para despolitizar la reforma económica, mientras esta última adquiría permanencia.

Por lo tanto, el TLC se procuró como un seguro político para todos los grupos involucrados en la nueva coalición gobernante. Dio una garantía a los sectores empresariales (tanto domésticos como extranjeros) —a los que se asignaba la enorme responsabilidad de hacer posible la recuperación económica—, y a los mexicanos en general, de que a cualquier gobierno futuro no le quedaría más remedio que continuar con el proceso de reforma para alcanzar una etapa de desarrollo más elevada. El TLC pretendía ser, ante todo, un instrumento para despolitizar la economía, y así fortalecer el camino del cambio. Hasta ahora la historia ha sido consecuente con ello, pero no lo ha hecho de una manera muy feliz.

TLC fue inaugurado el mismo día en que el ejército zapatista hizo su aparición en el estado sureño de Chiapas. Esta coincidencia marcó el inicio del año más violento en la política mexicana desde el final de la Revolución. El año incluyó dos asesinatos políticos de enorme importancia, secuestros de empresarios importantes, amenazas de renuncia de funcionarios clave del gobierno y, no menos significativo, una devaluación del peso mexicano que tuvo repercusiones en todo el mundo. Sin embargo, nada de eso alteró significativamente el curso de la política económica o, mucho menos, de la política comercial de México. El TLC empezó a demostrar su valor —y su importancia estratégica— mucho antes de lo que nadie lo anticipara.

No hay duda de que el principal impacto no económico del TLC ha sido que el régimen comercial en general y el marco de la política económica se mantuvieron virtualmente intactos, pese a las circunstancias políticas y económicas de 1994 y 1995. Todas las crisis anteriores habían provocado un cambio en esas políticas. El TLC se convirtió en una camisa de fuerza que obligó al gobierno a mantener el curso, pese a los instintos de algunos funcionarios importantes y los gritos interminables de los partidos de oposición y muchos pequeños empresarios. Lo irónico de las críticas a la liberalización comercial es que sus detractores ignoran sus dos virtudes principales: primero, que una economía abierta se recupera mucho más rápido de los vaivenes financieros que una economía cerrada, como muestra la recuperación de nuestra economía luego de la crisis de 1995, sobre todo si se le compara con las recesiones que siguen padeciendo muchos de los países asiáticos y Brasil. Pero la otra característica de una economía abierta es mucho más importante porque tiene un enorme impacto sobre el conjunto de la población. Las economías abiertas inducen a que los fabricantes eleven el volumen de su producción y disminuyan sus márgenes de utilidad, lo que se traduce en menores precios para el consumidor y, en el largo plazo, en una mejor distribución del ingreso. Esto es algo que jamás ocurre en una economía cerrada.

Pero el mismo proceso de cambio político del cual el TLC forma una parte integral, también ha sufrido una transformación extraordinaria. Mientras que en el pasado siempre se impugnaron duramente las elecciones, hoy día hay un amplio consenso en que el proceso electoral es el mecanismo natural para elegir a los gobernantes. Aunque muchos mexicanos no están de acuerdo con el TLC y lo culpan de todo tipo de males, casi nadie duda que el TLC ha sido un factor crítico de cambio político. La necesidad que ha impuesto el TLC, y otros compromisos internacionales como la membresía a la OECD. de avanzar hacia estándares internacionales de comportamiento político y, en general, de transparencia, lo han convertido en un elemento fundamental de transformación y modernización no sólo de la economía, sino del país en su conjunto.

Los cambios también se han fraguado en otras partes. El TLC ha tenido un impacto extraordinario en el comercio de México. El comercio total entre México y Estados Unidos pasó de 89,500,000,000 millones de dólares en 1993 a 196,200,000,000 millones de dólares en 1998. Antes del TLC México tenía un déficit comercial de 5,000 millones de dólares con Estados Unidos, cifra que se invirtió para arrojar un superávit de 12,000 millones después de la recesión de la economía mexicana en 1995. Esta cifra ha disminuido en la medida en que se ha reactivado la actividad económica interna. Pero aún más significativo que las cifras totales es el hecho de que las exportaciones manufactureras mexicanas han crecido de manera dramática, llegando a representar más del 80% de las exportaciones del país. Pese al TLC y a sus mecanismos de resolución de controversias, ha sido imposible resolver varios conflictos comerciales. Los más notorios tienen que ver con tomates, aguacates y el libre tránsito de los camiones mexicanos dentro de Estados Unidos. Otros conflictos incluyen la entrega de paquetería en México, el cemento y el acero. En todo caso, a pesar de la notoriedad, las controversias han disminuido drásticamente como proporción del comercio total.

Casi seis años después de la ratificación del TLC, México también ha firmado una amplia gama de acuerdos de libre comercio. Excepto por un tratado con Chile, que precedió las negociaciones del TLC, todos los demás se han hecho de manera que sean compatibles con el TLC. Estos incluyen tratados (o negociaciones que se están llevando a cabo) con Europa. Boli- via, Colombia, Costa Rica. Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras. Jamaica. Nicaragua, Panamá, Perú, Trinidad Tobago y Venezuela. Las negociaciones con los países integrantes del Mercosur han tenido una dinámica compleja que trasciende el terreno comercial, dados los objetivos políticos de Brasil en su relación con Estados Unidos. Además, Chile y México negociaron de nuevo el tratado original, lo ampliaron y actualizaron. para hacerlo compatible con el TLC e incluir no sólo el comercio de bienes, sino también salvaguardas, servicios y propiedad intelectual. Huelga decir que mientras que. políticamente. México no tendría problemas u objeciones de ninguna especie en incluir a Chile al TLC, está claro que su interés económico inherente es mantener el TLC tal y como está, por el mayor tiempo posible.

Mientras el TLC ha tenido un éxito rotundo, en cada uno de los objetivos que buscaba, su impacto político ha sido en gran medida negativo. Desde una perspectiva estrictamente analítica, el TLC ha sido muy exitoso al integrar las economías de México, Estados Unidos y Canadá, atraer inversiones, aumentar el comercio en general e institucionalizar las reformas económicas de México. Sin embargo, no es un pacto comercial popular ni en México ni en Estados Unidos, si bien por distintas razones. Tanto la extrema politización que los sindicatos norteamericanos impusieron sobre el proceso de ratificación en los Estados Unidos, como el colapso económico de México de 1995. convirtieron el TLC en un tema inmencionable dentro de Estados Unidos.

En México, el TLC es menos impopular que en Estados Unidos, aunque se le sigue viendo como la causa de todo tipo de males. En términos analíticos, el TLC ha afectado a un número muy pequeño de productores mexicanos, la mayoría en la agricultura o en la ganadería. México liberalizó sus importaciones sólo unos años antes de negociar el TLC —un hecho que ha llevado a una severa confusión sobre qué impactos deben atribuirse a uno u otro proceso—. El libre comercio en general, sin relación alguna con el TLC. ha perjudicado mucho a una amplia gama de empresas y sectores industriales. Las importaciones de China, Taiwan y, en general, de Asia, han tenido un impacto severo sobre diversas industrias: desde la rama de juguetes a la del vestido, telas y máquinas herramienta. La mayoría de los mexicanos no establece diferencia alguna entre la liberalización de importaciones en general (que se emprendió sólo en la segunda mitad de los años ochenta con la entrada de México al GATT) y el TLC en particular. Políticamente, se considera al TLC como la causa principal de las dificultades que hoy tienen gran parte de las empresas mexicanas.

Detrás de estos asuntos hay un complejo proceso de ajuste (y rechazo tajante a cualquier adaptación) a la competencia generada por las importaciones y la globalización. Aunque la economía mexicana en su conjunto ha logrado un éxito impactante al aumentar dramáticamente su nivel de exportaciones y al competir exitosamente con las importaciones, el número de empresas que ha logrado exportar en forma consistente no rebasa las 15.000. de un universo de más de 150.000 empresas industriales. Las empresas que exportan, crecen, compiten y prosperan son grandes y pequeñas, operan en innumerables sectores y con frecuencia desarrollan sus propias tecnologías. También, algo muy importante en el entorno actual mexicano, caracterizado por la debilidad del sistema bancario. es que todas estas empresas disfrutan del acceso al crédito externo.

Las empresas que se han quedado atrás suelen caracterizarse por un mal liderazgo empresarial, falta de entendimiento sobre los cambios sucedidos en su entorno, falta de acceso al crédito y antiguas deudas que a menudo pesan sobre ellas. La mayor parte de estas empresas creció y se desarrolló al amparo de la protección de una política que prohibía las importaciones y subsidiaba la producción doméstica, una situación que no ha podido trascender.

Las empresas exitosas constituyen el 80% de la producción industrial, aunque son una minoría en números absolutos: también tienden a concentrarse en el norte, así como en el occidente del país, pero su impacto geográfico es creciente, como muestra la región del Bajío. La mayor parte de las empresas que no ha tenido éxito se concentra en el corazón político del país, una zona amplia alrededor de la Ciudad de México. Dichas empresas integran un segmento que concentra cerca del 70% de la mano de obra industrial de México. Por consiguiente, aunque su importancia económica ha disminuido, su importancia política es extraordinaria, sobre todo ahora que los principales partidos de oposición buscan formas de explotar los fracasos del gobierno en el terreno económico.

La mayoría de las empresas industriales que ha tenido éxito está profundamente involucrada en el TLC. ha desarrollado redes para distribuir sus productos o ha establecido acuerdos a largo plazo con los productores y/o distribuidores estadunidenses o canadienses. Sus niveles de productividad se aproximan mucho a los de sus competidores o socios norteamericanos. Lo opuesto es cierto de las empresas que se han quedado atrás: éstas se han vuelto cada vez menos competitivas y más vulnerables debido a la competencia de las importaciones, las tecnologías cambiantes y. en general, su incapacidad para modernizarse.

El crecimiento de la inversión extranjera directa ha contribuido aún más al proceso de cambio económico en el país. El TLC ha convertido a México en una base confiable para la manufactura de partes y componentes de corporaciones estadunidenses y canadienses, muchas de las cuales se han establecido en varios estados de la república. Un indicador sobre la importancia de esta fuente de inversión puede verse en el hecho de que varios estados —desde Aguascalientes hasta Chihuahua. Jalisco. Querétaro y Guanajuato. y así sucesivamente— disfrutan de un mercado de trabajo que se caracteriza por el empleo casi total.

Otros estados, como Yucatán. Oaxaca. Tlaxcala y Puebla, se han convertido en los más grandes polos de atracción de nuevas plantas industriales, sobre todo en el ámbito de la confección. Esto contrasta de manera muy cruda con otras regiones de México que sufren niveles elevados de desempleo. Este hecho se encuentra en el centro de las disputas actuales sobre la política económica del gobierno, en general, y el TLC en particular. Las grandes disparidades en el desempeño económico de todo el país han creado un terreno excepcionalmente fértil para la controversia política y el activismo partidista.

Pese a esto último, prácticamente ningún partido político disputa seriamente —aunque sí lo hacen en su retórica— la necesidad de llevar a cabo una política de integración económica con la economía mundial. La disputa que rodea al TLC tiene que ver tanto con la peculiar relación histórica de México con Estados Unidos, como con la inclinación ideológica de muchos de los críticos del TLC que se opone a una mayor integración con ese país. Pero nadie disputa la negociación de pactos comerciales con los países del sur o. de hecho, con Europa. Y aún más significativo, es tal el número de estados, individuos y empresas que se beneficia crecientemente del TLC y de la inversión extranjera directa, que éste se ha convertido en una fuerte base de apoyo para la continuidad económica, una base de apoyo mucho más coherente que cualquiera que se le pudiera oponer, a pesar de que es frecuente observar, en todos los países del mundo, que los beneficiarios potenciales del comercio internacional tienen menor propensión a defender sus intereses que quienes tienen temor de verse negativamente afectados por una liberalización.

Aunque las quejas respecto al TLC han disminuido, no hay duda que sigue siendo una moda culpar al TLC de todos los males de la economía. Al TLC se le atribuye la creciente depauperización de una parte importante de la población, el desempleo que afecta a millones de mexicanos y el profundo deterioro que ha sufrido la planta industrial, sobre todo aquella localizada en el centro geográfico del país. La realidad, sin embargo, es exactamente la opuesta. Lo único que en verdad funciona de la economía mexicana es aquella parte que está vinculada con el TLC o que se ha modernizado en línea con el Tratado. Sin el TLC la economía mexicana estaría en crisis y los niveles de pobreza y desempleo serían abrumadores.

Gracias al TLC la economía mexicana, en su conjunto, ha logrado revertir las tendencias negativas de décadas de aislamiento, lo que se ha traducido en una prosperidad incipiente. La razón de esto no es casual. El TLC entraña dos características que hacen posible la reanudación del crecimiento económico: la apertura del mercado estadunidense y canadiense y la garantía que éste ofrece a la inversión. Gracias al TLC México se ha convertido en uno de los países más atractivos para invertir y producir bienes, particularmente aquellos destinados al mercado de nuestros dos vecinos al norte. Antes del TLC. en la relación comercial con Estados Unidos predominaba el tema legal: durante la década de los ochenta el número de conflictos comerciales se multiplicó, llegándose a acumular centenares de disputas. A partir de la entrada en vigor del TLC el comercio total entre las dos naciones ha hecho explosión y los conflictos han disminuido drásticamente. La propensión frecuente de los productores norteamericanos a escudarse tras acusaciones de dumping ha desaparecido casi del todo, razón por la cual centenares de empresas estadunidenses, canadienses, europeas y asiáticas se han instalado en México para manufacturar los productos que luego exportan a otros mercados: desde automóviles y autopartes hasta una amplia gama de productos electrónicos, metal-mecánicos, químicos, papel, acero, etcétera. El TLC ofrece una garantía de acceso preferencial al mayor mercado del mundo para cualquier producto que satisfaga los requisitos formales acordados en el documento. Aunque los mexicanos no nos demos cuenta, ser un productor privilegiado de bienes para el mercado norteamericano es algo que todo el mundo nos envidia.

La garantía de acceso al mercado estadunidense y la protección política y legal que el TLC le otorga a la inversión representan un imán muy poderoso para la instalación de empresas en el país. Aunque algunas de esas inversiones tienen las características de una maquiladora (que. en todo caso, genera muchos empleos bien remunerados), la gran mayoría de ellas se distingue por la sofisticación de su maquinaria y por la complejidad de sus operaciones. De hecho, hay varios casos de empresas y plantas localizadas en México, operadas por trabajadores mexicanos, que ostentan niveles de productividad superiores a los de plantas similares en Estados Unidos o Asia. Es decir, los trabajadores mexicanos han demostrado ser tan capaces o más que cualesquiera en el mundo. Esto último es tanto más impresionante cuando recordamos que esos trabajadores mexicanos con frecuencia tienen niveles de educación, en calidad y profundidad, muy inferiores, y un historial de acceso a servicios de salud e infraestructura que son infinitamente menos sofisticados y modernos que sus contrapartes en países como Corea. Taiwán o Estados Unidos, por no hablar de Europa. En sentido contrario a lo que argumentan muchos críticos del TLC, el acuerdo ha abierto oportunidades antes impensables para el desarrollo de empresarios y trabajadores mexicanos.

Además del viejo chauvinismo que de seguro se esconde detrás de las críticas al TLC. hay una razón muy específica por la cual se le culpa de nuestros males económicos. La planta productiva mexicana dependió por décadas del gasto del gobierno, de los subsidios gubernamentales y de la protección que las empresas recibían del gobierno para no tener que competir con importaciones del exterior. La gran mayoría de los empresarios mexicanos se acostumbró a no tener que molestarse por manufacturar productos de buena calidad, por elevar su productividad o por ofrecer bienes o servicios al consumidor mexicano a un precio razonable. El empresario típico adquirió maquinaria vieja, de tercera o cuarta mano, y jamás se preocupó por el consumidor. Todavía hoy, a más de doce años de iniciada la apertura a las importaciones, hay millares de productos hechos en el país que no han cambiado ni un ápice y que siguen siendo de pésima calidad. Es decir, una gran parte de las empresas, en términos absolutos, no sólo no se ha modernizado, sino que ni siquiera se ha percatado de la necesidad de hacerlo.

La verdad es que por varias décadas, mismas en que la economía estuvo cerrada, no era difícil llegar a ser un empresario exitoso en México. Por lustros, el gobierno protegió a los empresarios, prohibiendo toda —o casi toda— importación. Esto le permitió a millares de empresarios prosperar, al margen de la eficiencia o productividad de sus empresas. En adición a lo anterior, en los setenta, el gobierno acudió al gasto público como una manera de ampliar el mercado interno, circunstancia que facilitó el crecimiento de las empresas instaladas en el país. Tanto la protección como el gasto público hicieron crisis a principios de los ochenta. La protección de la industria impidió que se modernizara la planta productiva y la hizo incapaz de exportar. Por su parte, el excesivo gasto público (así como el endeudamiento externo de que éste vino acompañado) llevó a un crecimiento vertiginoso de los precios, al punto de llevar al gobierno mexicano a una virtual quiebra en 1982.

Muchos críticos del TLC argumentan que el gobierno debería fortalecer al mercado interno por la vía de un mayor gasto público y de una renovada protección a las importaciones. La idea suena muy atractiva, pero es profundamente falaz. El gasto público no puede resolver el problema económico del país, porque el problema tiene que ver con los niveles excesivamente bajos de productividad que existen en la vieja planta industrial del país. Aumentar el gasto público llevaría a que subieran los precios, pero no a que mejorara la situación de los empresarios (y sus obreros) que se han rezagado en el proceso de modernización industrial. Por su parte, elevar (todavía más) las barreras arancelarias y no arancelarias que de por sí persisten, sin duda ayudaría a que los empresarios rezagados vendieran más de sus productos. pero dañaría al resto de la economía que ya compite con gran éxito porque haría más costosos sus insumos importados. Es decir, elevar la protección para apoyar a los rezagados implicaría favorecer a quienes no han podido o no han querido modernizarse, a costa de la competitividad de los exportadores y de todos los que han hecho ingentes esfuerzos por transformarse y ser exitosos. Un absurdo por donde se le vea. Por lo anterior, el TLC es de los pocos mecanismos de protección con que contamos los mexicanos para limitar el renovado contubernio entre la burocracia y muchos industriales para reducir las opciones de los consumidores y elevar los precios, a través de normas y regulaciones del viejo estilo.

Aunque las tasas de crecimiento que ha experimentado la economía son claramente insuficientes para resolver los ingentes rezagos y problemas de pobreza que enfrenta el país, todo el crecimiento que se ha logrado se relaciona de manera virtual con el TLC. Para los mexicanos que tienen la suerte de estar vinculados con ese éxito, todos los argumentos orientados a renegociar el TLC son ridículos. Pero para los empresarios y obreros que no se han modernizado, esos llamados son, naturalmente, muy atractivos. Pero el problema no se encuentra en la apertura —pues doce años de apertura no han llevado a la modernización de esas empresas— sino en la total incapacidad del país —el gobierno, los empresarios y los trabajadores— por crear condiciones para que se modernice la vieja planta industrial, para que se creen nuevas empresas y para que se recupere aquello que es valioso de la vieja industria y se deseche definitivamente el resto. Es decir, nuestro problema industrial no se refiere al comercio exterior ni al TLC, sino al rezago tecnológico y empresarial de nuestra industria. Es aquí donde deberíamos concentrar todas las baterías, aunque las opciones de política pública en este ámbito no son fáciles.

Para resolver ese problema se requiere un sistema financiero funcional (que no tenemos), un sistema legal que facilite la quiebra o reestructuración de empresas endeudadas (que no tenemos) y un gobierno dispuesto a eliminar las enormes barreras y obstáculos que persisten para la creación de nuevas empresas y para la creación de empleos (que tampoco tenemos). Nadie, en México o en China, puede inventar empresarios o empleadores exitosos. Doce años de apertura y casi seis del TLC muestran que el potencial del empresariado mexicano es infinito, pero también que sólo serán exitosos los empresarios que se ayuden a sí mismos. Por su parte, el gobierno tiene que crear las condiciones para que el empresario se desarrolle, pero sólo éste puede lograr el éxito.

El TLC constituye una de las mayores ventajas competitivas con que cuenta el país pero, lamentablemente, hacemos poco por aprovecharla al máximo. No hay la menor duda de que un creciente número de empresas mexicanas, que emplean a millones de trabajadores, no sólo ha convertido al TLC en su vehículo hacia el éxito económico, sino que han aprendido a explotarlo en todas sus vertientes. Sin embargo, como sociedad, hemos desaprovechado la extraordinaria (y única) oportunidad que entraña ese Tratado. No se puede descartar la posibilidad de que, en el curso de la próxima década, otros países acaben gozando de ese mismo acceso privilegiado a los Estados Unidos y Canadá. De no construir una verdadera base de competitividad, habremos desperdiciado, una vez más. una oportunidad única de consolidar nuestro desarrollo y, otra vez, habremos sido, nosotros solos, culpables de negligencia y estupidez.

A algunos les gusta el TLC y a otros no. Sin embargo, nadie puede disputar al menos dos cosas: una, que prácticamente todos los demás países del hemisferio, y muchos de otras latitudes, darían cualquier cosa por gozar de acceso amplio y con relativamente pocas limitaciones al mercado más grande y competitivo del mundo. La otra, que las ventajas, ahora exclusivas, que le otorga el TLC a México no van a durar toda la vida.

El TLC, en sí mismo, constituye una herramienta excepcional para el desarrollo de la economía mexicana, toda vez que permite atraer mucha inversión extranjera directa —lo que se traduce en empleos, transferencia de tecnología, oportunidades de exportación indirecta (a través del desarrollo de proveedores) y entrenamiento para los trabajadores y empleados— y genera seguridad de acceso al mercado americano para las exportaciones mexicanas. No menos despreciable es la certidumbre que ofrece la existencia misma del TLC respecto a la continuidad de ciertos principios básicos de la política económica gubernamental. De una manera o de otra, México estaría muchísimo peor de lo que está si no contáramos con ese Tratado. Pero, a final de cuentas, lo que determina la eficacia del mismo es el uso que le demos, puesto que el TLC no es más que una herramienta que. en manos incapaces, evidentemente desperdiciará su potencial.

El TLC no opera en un vacío, sino en un mundo complejo y permanentemente cambiante. Muchos países han observado cómo, gracias al TLC, crecen las exportaciones mexicanas y han visto cómo, por el tratado y a pesar de la persistencia de disputas en ciertos temas, la economía mexicana logró salir extraordinariamente rápido de su atolladero de 1995. La rápida recuperación de México contrasta con la profunda y prolongada recesión en que se encuentra la mayoría de las naciones asiáticas. Todos esos países quisieran tener un TLC con Estados Unidos, algo que parece políticamente imposible en este momento pero que, como todo en la política, de seguro cambiará. Cuando eso ocurra y otros países comiencen a compartir las ventajas que ahora México goza, los mexicanos tendremos que preguntarnos si hicimos todo lo que pudimos para aprovechar esa ventana de oportunidad o si la desperdiciamos como tantas otras cosas en nuestra historia. De seguir como vamos, acabaremos lamentándonos, una vez más, de nuestra negligencia y desidia.

Si en lugar de ver al TLC como una ventaja permanente e inamovible lo viéramos como un instrumento de desarrollo único, nuestro enfoque económico cambiaría de modo radical. En lugar de esperar a que las cosas pasaran solas, estaríamos acelerando todos nuestros procesos de decisión y acción gubernamental en anticipación al momento en que esa ventaja maravillosa que ha abierto el TLC ya no sea exclusivamente nuestra. Por ahora nos hemos dedicado a sobrevivir. En la práctica, estamos dejando que sea la iniciativa de cada persona, sobre todo de los empresarios e inversionistas, la que determine el curso del desarrollo del país. No hay nada de malo en ello, pero es insuficiente.

Si en lugar de sobrevivir y esperar a que las cosas caminarán por sí mismas, nos dedicáramos a materializar la posibilidad de que el TLC se consolide como una ventaja competitiva única, tendríamos que estar trabajando en frentes que no por obvios son menos importantes. Algunos ejemplos ilustran con generosidad nuestros rezagos: en materia educativa existe un proyecto de reforma y modernización que ha comenzado a ser instrumentado. De ser exitoso, la próxima generación de mexicanos gozaría de oportunidades mucho mejores que la actual. Sin embargo, es dudoso que la reforma vaya a tener el resultado deseado. La razón de lo anterior es muy simple: la reforma está siendo instrumentada por los mismos maestros y burócratas que, por décadas, han impedido, en la práctica, el desarrollo educativo del país. Yo no me atrevería a afirmar, como lo hacen muchos críticos, que existía un objetivo consciente de malformar o maleducar a los niños para preservar su atraso e incapacidad de progresar, pero no me cabe la menor duda de que ese ha sido el resultado histórico. Hay países que tenían problemas semejantes a los nuestros, como Corea y Singapur, que hace cosa de tres décadas se propusieron convertir a la educación en la principal ventaja comparativa de sus economías: el ritmo de crecimiento de su riqueza per cápila refleja con nitidez que fueron sobradamente exitosos en su objetivo. Cualquiera que sea la razón del retraso educativo y la situación actual de la reforma, nadie podría negar que el rezago educativo es enorme y no hay nada en el horizonte que permita pensar que vayamos a revertirlo a tiempo.

El caso del sistema financiero no es menos desolador. Los bancos mexicanos no funcionan porque están descapitalizados y porque se encuentran perdidos tratando de resolver los problemas de la privatización y de la crisis pasada. Las causas de su penosa situación son muchas, algunas producto de su propia incompetencia, pero la mayoría resultado de pésimas regulaciones, de un atroz manejo de la economía en estos años y una inexistente supervisión. La mejor prueba de la existencia de un grave problema se puede apreciar en dos circunstancias muy simples: la primera, que el crédito bancario total sigue contrayéndose en términos reales. Es decir, aunque quizás haya algunos empresarios suertudos que logran que algún banco les financie sus proyectos, la abrumadora mayoría simplemente no cuenta con un sistema financiero funcional. La segunda, que una buena parte de la economía y las empresas que prosperan lo hacen porque cuentan con crédito del exterior o de bancos extranjeros. La conclusión inevitable es que no contamos con un sistema financiero capaz de hacer posible el desarrollo del país.

¿Qué hemos hecho frente a esta situación? Nos pasamos año y medio discutiendo un problema del pasado, el Fobaproa, y no hemos comenzado a definir la naturaleza y estructura de un sistema financiero deseable para el futuro. Es decir, en lugar de reconocer, simple y llanamente, que lo urgente, lo imperativo, es contar con una banca fuerte, bien capitalizada y funcional, nos la vivimos debatiendo cómo evadir el problema. Lo crucial es que funcione el resto de la economía, una buena parte de la cual se encuentra paralizada por la ausencia de financiamiento bancario y, en general, de bancos funcionales. Lo mismo se puede decir de la infraestructura y del inexistente Estado de derecho.

Si no resolvemos pronto el problema del sector financiero y de la educación, no contaremos con el tiempo para poder cambiar, para bien, la patética realidad social y económica. Es decir, si no comenzamos a cambiar la realidad de antaño para sumar fuerzas y recursos hacia el desarrollo, seguiremos viviendo en un mundo desigual, pobre y que no satisface las necesidades de la población simplemente porque no queremos. La enorme ventaja que constituye el TLC no va a durar para siempre. De no aprovecharla sólo nosotros seremos responsables.

En el TLC se conjugaron dos fuerzas y objetivos que para muchos parecían antagónicos: la recuperación de la capacidad de crecimiento de la economía mexicana y la despolitización de las decisiones de inversión de las empresas y los inversionistas.

La necesaria revisión de los alcances, logros y perspectivas del mismo debe llevarnos a reconocer que el principal problema del TLC es que éste no ha afectado más que a una porción pequeña de la economía y de los mexicanos. Los resultados que arrojan los primeros cinco años son mucho mejores de lo que anticipaban muchos de sus promotores, y dramáticamente distintos de los que advertían sus detractores. Pero el TLC no es un fin en sí mismo ni la panacea terrenal: es, en potencia, un instrumento excepcional de transformación económica. De no complementarse el TLC con un conjunto de políticas gubernamentales orientadas a convertirlo en una fuerza de cambio, acabaremos desperdiciando su extraordinario potencial.

En la medida en que se acerca el final de otro sexenio, periodo que ha acabado por asociarse con la palabra crisis, es imposible dejar de apreciar la relevancia y trascendencia del TLC. Más allá de los aciertos y deficiencias inherentes al tratado comercial de la región norteamericana, nadie con la mínima objetividad puede negar el hecho de que ha tenido efectos muy positivos. La mayor relevancia del TLC radica en que ha permitido que una parte creciente de la economía mexicana funcione normalmente, en forma independiente del ciclo político. Es decir, una parte cada vez mayor de la economía mexicana opera en función de criterios de decisión económica en lugar de estar permanentemente sujeto a los vaivenes políticos que yacen, a final de cuentas, en el corazón de las crisis económicas del final de los últimos sexenios.

Una evaluación seria del TLC debe abocarse a tres componentes fundamentales: primero, a analizar el contraste entre lo que se proponía lograr con el Tratado y lo que se ha alcanzado a la fecha. Segundo, evaluar los efectos que el TLC ha tenido sobre la economía mexicana y sus implicaciones. Y, finalmente, el tema más trascendente, a discernir si sabremos hacer uso del TLC para lograr el objetivo nacional ulterior, que no puede ser otro que el del desarrollo del país y de los mexicanos. Hasta una observación superficial de la manera en que ha evolucionado la economía mexicana a partir de que se iniciaron las reformas a la economía a mediados de los ochenta y, en particular, desde que se dio el inicio formal de la operación del TLC, revela algo que es muy obvio para cualquiera que lo quiera ver: el TLC ha permitido que la economía del país encuentre canales de desarrollo que antes eran (o parecían) imposibles de explotarse pero, también, que el TLC está lejos de ser una panacea para lograr el desarrollo integral del país. Eso depende de la estrategia más amplia de desarrollo que, al menos en la actualidad, brilla por su ausencia.

La mayor parte de los impedimentos al desarrollo del país son internos, impuestos por una burocracia que. en el mejor estilo estalinista, todo lo quiere controlar. La mejor muestra de lo anterior la ofrecieron, implícitamente, los propios empresarios cuando se iniciaron las negociaciones del TLC. En aquel momento, a principios de esta década, cada cámara y asociación empresarial del país preparó una evaluación de la situación de su sector o rama industrial, presentando, al final del estudio, una serie de conclusiones y peticiones concretas, todas ellas supuestamente encaminadas a orientar la negociación gubernamental con Estados Unidos y Canadá. Para sorpresa de nuestros dilectos burócratas, la abrumadora mayoría de las peticiones y recomendaciones —demandas sería una mejor palabra— que presentaron los empresarios no se referían a obstáculos y dificultades impuestas por los estadunidenses o canadienses, sino por la propia burocracia mexicana. Lo único que pedían los empresarios mexicanos es que les igualaran la cancha para poder competir o, como alguna vez le pidió una mujer argentina a su presidente: “Mire, señor, con que no me fastidie es suficiente”.

Pero el TLC no tenía fines exclusivamente económicos. Además de abrirle oportunidades de desarrollo a las empresas mexicanas, el TLC perseguía, mucho antes de iniciado el actual sexenio, objetivos político-estratégicos vitales, como garantizar la continuidad de la política económica a fin de que las decisiones de inversión y ahorro de los mexicanos dejaran de estar inexorable y trágicamente vinculadas al ciclo sexenal. Puesto en otros términos, un propósito central del TLC residía en crear algunas instituciones no sujetas a la discrecionalidad y, sobre todo, arbitrariedad, de la burocracia mexicana. Partiendo de un reconocimiento implícito de que las crisis sexenales tenían un origen político y no económico, al margen de que sus síntomas y, en particular, sus manifestaciones fuesen de orden económico y financiero, el TLC perseguía, y sin duda ha comenzado a lograr, que los empresarios nacionales y extranjeros tuvieran la suficiente certeza de continuidad económica como para realizar inversiones multimillonarias con un tiempo de maduración superior a la duración de un periodo gubernamental. Nada garantiza que desaparezcan las fatídicas crisis sexenales, pero el TLC es la estructura institucional más sólida con que contamos para avanzar en esa dirección.

Casi seis años de vigencia del Tratado han tenido un brutal efecto sobre la economía mexicana. El efecto principal del TLC ha sido el de forzar a que las empresas mexicanas se dediquen a elevar la productividad, a aprovechar las ventajas comparativas con que cuenta el país y a desarrollar ventajas competitivas propias, a negociar asociaciones estratégicas con empresas extranjeras clave para su actividad y a asumir riesgos empresariales dentro de un entorno institucional y legal previamente inexistente. El resultado general es obvio para todos: las empresas que han adoptado la lógica inherente a la globalización de la economía que anima al TLC se han transformado, en tanto que el resto de las empresas mexicanas languidece, esperando alguna solución milagrosa que nunca aparecerá. El ajuste inherente a este proceso ha sido sustancial, como lo muestra el imponente crecimiento económico que experimentan regiones que nunca habían sido significativamente manufactureras, en tanto que aquellas que tradicionalmente lo habían sido, han experimentado una inevitable contracción. Lo paradójico de lo anteriores que, contra lo que piensan muchos críticos de la apertura, los mexicanos comunes y corrientes, que de tontos no tienen nada, hacen hasta lo indecible por obtener un empleo en las empresas vinculadas al TLC porque ven lo obvio: esos empleos son más atractivos y permanentes que las alternativas. El TLC resulta ser mucho más popular de lo que los críticos suponen.

Lo más revelador de estos años es que todo aquello que se ha abierto y liberalizado de la economía mexicana ha prosperado, en tanto que todo aquello que sigue bajo el yugo burocrático, como los servicios, particularmente la banca, se ha rezagado, al igual que las políticas públicas en general, que prácticamente han abandonado todo objetivo de reforma. Aunque el sector automotriz ha prosperado como pocos, las excesivas protecciones de que goza no sólo contradicen el espíritu del Tratado en general, sino que se han convertido en una fuente de disputas políticas, como ilustra el caso de los llamados autos chocolate. Con todo, el desempeño del TLC demuestra de manera fehaciente que mientras que la población en México se ha adaptado cada vez más a la lógica del TLC, el gobierno y el Congreso siguen paralizados, convirtiéndose en los mayores fardos al desarrollo del país.

El TLC es un instrumento central para el desarrollo del país. Ha permitido comenzar a despolitizar al menos una parte de las decisiones empresariales, contribuyendo al desarrollo de empresas e industrias de clase y competitividad internacionales. Aunque está todavía lejos de beneficiar a todos los mexicanos, su éxito es tan abrumador que sus limitaciones acaban siendo intrascendentes en términos relativos. Pero el TLC no es, ni puede ser. un objetivo en sí mismo. El país requiere de una estrategia del desarrollo que lo tome como uno de sus pilares fundamentales. pero que vaya más allá: a la educación, a la infraestructura, a la competitividad integral de la economía y de la población. En suma, a elevar la productividad general de la economía del país. En ausencia de una estrategia de esa naturaleza acabaremos siendo un país perpetuamente dependiente de bajos salarios. Triste corolario para una institución tan visionaria y exitosa como ha probado ser. a menos de seis años de su lanzamiento, el TLC. n

Luis Rubio. Politologo, director del CIDAC. Su ultimo libro es Mexico en el umbral al del nuevo siglo.

El socialismo y la nueva civilización

VIDA PÚBLICA

CAMBIOS GLOBALES

EL SOCIALISMO Y LA NUEVA CIVILIZACIÓN

POR SIMON PERES

El mundo debe organizarse de otra manera, escribe Simón Peres en este artículo que celebra la actualidad del socialismo ya la vez revela su necesidad de crear un nuevo temperamento que le haga frente a las nuevas realidades.

En memoria de Willy Brandt, el estadista tan excepcional, y con la mirada puesta en la estatua que de él tenemos aquí, quiero mencionar la celebración del 150 aniversario del Manifiesto Comunista. Yo me pregunto cuál es la diferencia entre la época de Karl Marx y la época de Willy Brandt. Brevemente, quisiera decir que Karl Marx concebía el socialismo como un dogma, mientras que Willy Brandt pensaba que el socialismo es una civilización.

En un simposio escuché decir a alguien que el socialismo es como el Titanic: se hace a bordo de él un viaje impresionante y, de repente, choca contra un iceberg y se hunde. Yo le repliqué a esta persona: “No, no. Usted se confunde. El socialismo no es un Titanic. El socialismo es como un océano, y un océano nunca se puede hundir. Los barcos sí se hunden y los viajes pueden fracasar. Pero los océanos, como las civilizaciones o la naturaleza, nunca pueden fracasar”.

No debemos olvidar que Willy Brandt estaba convencido de que el socialismo tenía que terminar con las diferencias entre el Norte y el Sur, el Este y el Oeste; en el Norte, las poblaciones ricas, en el Sur, los pueblos pobres; en Occidente, democracia, y en el Este, todo el sufrimiento bajo la era del comunismo. Y quisiera en un principio decir que para mí la globalización nunca ha sido una razón de ser en sí misma, sino que ha sido una consecuencia. No es que una serie de personas se levantara un día y dijera: “A partir de ahora vamos a hacer la globalización”. No. Esto se ha desarrollado de otra manera. Antiguas trabas y antiguas delimitaciones ya aceptadas y convenciones ya conocidas, de repente desaparecieron sin darnos cuenta.

Me referiré en este sentido a dos o tres acontecimientos. Por ejemplo, la fundación de las Comunidades Europeas, hoy Unión Europea. Europa fue el primer continente que decidió convertir su propia historia en conceptos políticos y encontrar un enfoque para, con ayuda de la economía, hacer una política nueva. Han caído muchas fronteras; no solo físicas, de modo que en los últimos cincuenta años en esa Europa no ha habido ningún tipo de guerra (hablo de la Unión Europea, no de los países balcánicos), ningún Hitler. Son grandes cambios que no debemos olvidar.

El segundo acontecimiento que quisiera mencionar es el desmoronamiento de la Unión Soviética ante nuestros ojos. Tenemos que ser sinceros y admitir que nos asombró. En esos tiempos se contaba un chiste en Rusia. Un nuevo secretario general encontraba en la oficina de su predecesor tres sobres. En el primer sobre se leía: “Si tiene problemas, abra el sobre número uno”. Y dentro había un consejo que decía: “Échele la culpa a sus antecesores”. Y cuando abría el segundo sobre leía: “Diga que la culpa la tiene la prensa”. Y el tercer sobre decía: “Prepare tres sobres para su sucesor, porque realmente tiene problemas”. Puedo decir que Gorbachov fue el primero que no culpó ni criticó a sus predecesores. El habló del sistema como problema.

Yo he leído excelentes libros sobre el comunismo en Europa. Y cuando he vuelto a releer toda esa literatura política, he eliminado todos esos libros de mi biblioteca. En ninguno de esos libros se me anunciaba que el comunismo desaparecería de modo tan rápido. Cuando yo me compré esos libros, pensaba que los autores eran brillantes. Pero en el fondo no era posible entender lo que pasaba en la Unión Soviética. La Unión Soviética no se ha desmoronado porque haya entrado un ejército extranjero, ni por una presión extranjera. Gorbachov ha dicho en sus memorias que sólo un comunista ha podido eliminar el comunismo. O sea que ha tenido buena vista y ha hecho una buena tarea.

Ahora bien, ¿qué ha pasado exactamente para que un poder tan grande, un poder tan controlado, tan amenazante pueda desmoronarse así? ¿Qué pasó? En mi opinión, ese desmoronamiento de la Unión Soviética es la consecuencia de un cambio muy profundo que se ha desarrollado en nuestro siglo. Este cambio lo tenemos ahora ante nuestros ojos y lo podemos considerar una nueva civilización. No creo que lo que hoy pasa sea una continuación de la historia normal, de la historia convencional. ¿Por qué? Les he nombrado a Karl Marx y a Willy Brandt. Las fuentes de la prosperidad, la riqueza y el poder no están ya vinculadas a territorios, sino que son riquezas tecnológicas, científicas e informativas. Estamos ante otras fuentes y, además, de otra naturaleza. Hay naciones que han fundado y fundan su prosperidad en su tamaño o en sus recursos naturales. Hoy en día, si la tecnología, la ciencia, la informática son los recursos principales —que no tienen fronteras, que no necesitan pasaporte; la información vuela rápido como un pájaro y es asequible para todos—, entonces lo nacional, las naciones, las nacionalidades dejan de tener la significación de antes.

En efecto, las guerras con base en los nacionalismos están desapareciendo. La historia de la humanidad es una historia de guerras, de ejércitos que atacan a otros ejércitos, de países que atacan otros países. Tolstoi dijo de Napoleón que mató a personas y se hizo famoso; mató aún a más personas y se hizo aún más famoso; mató a más y a más y a más, hasta que había matado a tantas personas que nunca más se le olvidó.

Y hoy se pregunta uno: “¿por qué he de luchar?”.

Yo, como israelí, tengo que decir que si comparo mi país con otros países —por ejemplo, Japón— puedo afirmar que no está nada mal. Japón tiene una superficie quince veces mayor que la de Israel. No tiene petróleo, nosotros tampoco somos productores de petróleo. No tenemos ni oro ni plata, ellos tampoco. Lo que ellos tienen, en cambio, son japoneses y fíjense ustedes lo que se puede hacer con los japoneses: convertirse en una de las potencias económicas del mundo. Esto es increíble. Ahora bien, si hubiera comparado a Israel con la Unión Soviética sería otro cantar. La Unión Soviética era mil veces —no quince veces— mayor que nuestro país: veinticuatro millones de kilómetros cuadrados. Era un país enorme, con grandes recursos naturales, muchísima agua, muchísimos lagos; Israel tiene dos lagos y Rusia tiene miles de lagos, y doce de sus ríos se encuentran entre los mayores del mundo. Israel solo tiene un río, el río Jordán, que es mucho más rico por nuestra historia que por el agua que discurre por él: es un río que podría utilizarse para relaciones públicas, pero no es un río que podría utilizarse a nivel económico. La Unión Soviética tiene recursos naturales (oro, níquel, petróleo) y personas excepcionales. La inteligencia rusa y la falta de inteligencia del sistema era una contradicción increíble. Nunca en la historia ha habido un sistema tan poco inteligente que haya producido una población tan inteligente como allí. Políticos nada inteligentes pero con una población muy inteligente. Nosotros somos un país desértico, pero tenemos una gran tasa de exportación.

Una anécdota. Cuando iniciamos las relaciones con la Unión Soviética, lo primero que compraron los rusos fueron vacas. ¿Por qué vacas? Porque la vaca israelí da tres veces más leche que la vaca rusa. Son las mismas vacas, con los mismos cuernos, pero el sistema —no el animal— es diferente. Nuestras vacas dan mucho más leche. La aplicación de una tecnología puede ser más importante que los recursos naturales. Con la tecnología oportuna se pueden cambiar las condiciones de producción de leche.

Hoy en día las guerras no nos aportan nuevas tecnologías y, de otro lado, la fuerza de la sociedad de información es, por ejemplo, mucho más importante que la fuerza de los ejércitos. El “telón de acero” no podía cerrar los flujos de información, no podía dividir a los pueblos; la televisión también consiguió eliminar dictaduras.

Decimos que una consecuencia de la globalización es la privatización. ¿Qué es exactamente la privatización? Al fin y al cabo todo lo que aporta dinero es para los privados, mientras que todo lo que cuesta dinero es responsabilidad de los gobiernos.

Los gobiernos tienen que aportar cada vez más para el sistema educativo, para el sistema sanitario, para las pensiones. La mayoría de los Estados tiene déficit y deudas, mientras que casi todas las empresas tienen beneficios, ganancias. Es un mundo extraño éste. Sin embargo, también el capitalismo experimentará un cambio.

Les contaré una anécdota personal. Fui a Estados Unidos por primera vez en 1951 como estudiante de Harvard. Seguí un curso fantástico de gestión avanzada. Había representantes de grandes empresas y del establishment. Eran americanos ideales, con un enfoque aislacionista; entonces la exportación era muy importante para la sociedad americana. Hoy en día, el 46% de los beneficios de la economía americana proviene de la exportación, pero procede de la actividad de las multinacionales, es decir, la gestión es ya tan nacional como lo era anteriormente. La empresa privada se está internacionalizando, y esto tiene consecuencias no sólo a nivel financiero sino también a nivel político. Se habla de one man, one vote, pero si one man es multimillonario, imagínense la importancia de su voto.

Y aquí volvemos otra vez a la cuestión del dinero y la privatización. Tenemos que dirigirnos a las empresas (muchas son todavía públicas) demasiado preocupadas por las ganancias y decirles: “ustedes que han privatizado tanto, ¿por que no privatizan ahora también la paz, o la responsabilidad social?”. Las empresas que se han encontrado en Davos producen cinco millones de dólares al año. Si de esta suma yo retuviera el 1%, podría utilizarlo para solucionar los problemas en el Oriente próximo o tantos y tantos problemas sociales.

Pasar de una situación de soberanía a una situación global presenta un aspecto negativo. No sólo la economía se ha convertido en algo global, sino también lo político y lo militar. Es decir, que nos encontramos ante una globalización no sólo económica, sino también estratégica. Nos enfrentamos a una globalización estratégica. Las amenazas y los peligros de hoy ya no tienen límite, no tienen trabas ni barreras, y esto es algo preocupante. Tenemos cohetes, armas nucleares que no respetan ninguna frontera. No existe ninguna línea Maginot que pueda frenar un cohete. No se les impresiona con espacios, pueden cruzar todos los espacios; su lógica es balística, no geográfica. Y estas armas también pueden estar equipadas con armas biológicas y químicas y, por desgracia, una nación con un nivel económico muy bajo puede tener una capacidad armamentística muy fuerte. Hemos constatado que nuestro mundo ya no es un mundo de imperios o de superpotencias, y que nadie puede controlar esta situación. Lo sucedido en India y Pakistán ha mostrado que tenemos un mundo en el que ya no hay control, una supervisión. No sólo los servicios de inteligencia americanos no han percibido la situación, sino que tampoco existe ya nadie que pueda obligar a esos países a cambiar de comportamiento.

En suma, los peligros fluyen libremente en el espacio. Pueden ser armas o drogas o un movimiento extremista que posea armas químicas, biológicas o nucleares. Y de otra parte los problemas económicos, el problema de la pobreza, el problema del terrorismo no son nacionales, ni tienen soluciones nacionales.

Hemos podido constatar que tenemos instituciones para un mundo que ya no existe como tal, y que ya no tenemos respuesta para la nueva época. Podemos hacernos la reflexión de que la historia y el pasado pertenecen a una mayoría, mientras que el futuro es de una minoría. Los seres humanos prefieren recordar en vez de mirar hacia el futuro. Los tontos actuamos mal al otorgar el derecho de voto a los dieciocho años; quizá debería de haber derecho de voto hasta los dieciocho años. El futuro sería tal vez mejor. La tarea de la social-democracia es diseñar un futuro, participar en el diseño del futuro, no de una minoría, sino del futuro de la mayoría.

El mundo tiene que organizarse de otra manera. Más de los dos tercios de la población mundial están ya organizados en cuatro mercados: el mercado chino (mil doscientos millones de personas); seiscientos millones en Europa; y en las dos Américas, ochocientos millones de personas. ¿Qué pasa en el resto? Por ejemplo, con el mundo islámico, que es tan grande e importante como la comunidad china: mil doscientos millones de musulmanes en el mundo. ¿Qué dirección toma esta comunidad?, ¿la dirección fundamentalista y reaccionaria, o la democrática? ¿Turquía o Irán?

En el Medio Oriente hay tres fuerzas que cumplen un papel importante. En primer lugar, el petróleo. Los precios del petróleo están a la baja, y muchos países ricos descubren de repente que es un problema tener déficit. Es algo que no conocían. En segundo lugar el agua y su costo. Medio Oriente se ha convertido en un gran desierto, y si no logramos establecer una relación entre disturbios del agua y los factores económicos y ecológicos habrá gente que muera por este problema. Y la tercera fuerza —de naturaleza, claro, muy distinta— son las mujeres. Ustedes saben que las mujeres son la esperanza más grande del Medio Oriente, como, por ejemplo, en Irán. Los cambios en Irán se han logrado por la conducta electoral de las mujeres. Ustedes ven mujeres de una nueva generación que no están ya dispuestas a vestir las ropas de sus madres, que no quieren dejarse oprimir por sus familias. Y eso representa realmente una fuerza.

Y en este contexto quiero referirme a los palestinos. Tenemos que superar una enemistad tan fuerte. No podemos dominar a otro pueblo, y nosotros, el Partido Laborista de Israel, decimos muy claramente que necesitamos a los palestinos y queremos que permanezcan donde están. Un estado binacional no sería la solución.

Nuestra generación no debe condenar a una generación más joven a caer en una situación que no tiene solución. Por eso decimos que tiene interés para nosotros un Estado palestino que posea el mismo nivel económico que nosotros. Seria una tragedia que Israel fuera un pueblo rico y Palestina un Estado pobre. Ahí es donde surge la envidia, la sensación de discriminación, la explotación de la mano de obra barata. Un conflicto económico se convertiría en un conflicto nacional. Y eso se convertiría en una tragedia durante generaciones.

El mundo ha cambiado y los socialistas debemos entenderlo. Escuchamos decir que el desempleo es una cuestión muy importante. Cierto. Por eso la educación y la formación se han convertido en el sector clave para el futuro de nuestras economías. Tenemos que invertir más tiempo y dinero en la educación. Tenemos que aprender el futuro y no el pasado. Aprender el futuro no significa tomar un libro de enseñanza y aprendérselo de memoria. Hay que buscar los méritos personales, los valores de cada uno, y cultivarlos. No hay que aprender únicamente lo que se tiene que saber, sino que hay que saber qué se aprende, cómo se aprende. Uno mismo tiene que convertirse en su propio profesor. Hay que aprender a recordar, a releer, a entender, a cooperar, a ser abierto, a tener una visión. Uno tiene que, día a día, formarse y educarse a sí mismo. Las personas han aprendido que tienen que comer tres veces al día. ¿Por qué la gente no entiende que hay que leer tres veces al día? Si como tres veces al día, engordo, pero si leo tres veces al día, me vuelvo inteligente. Es mejor ser inteligente que estar gordo. Usted puede aprender, aprender, aprender y aprender infinitamente. Y yo pienso que las fábricas se deberían convertir, a medias por lo menos, en universidad.

Soy consciente de los problemas que plantea la globalización, pero también digo, desde lo más profundo de mi corazón, que estoy al lado de Willy Brandt. El sol no se ha puesto. Tenemos la responsabilidad de capacitar a la generación joven para que pueda entrar en su propio mundo sin nuestras coacciones, sin nuestros prejuicios, para crear un mundo sin guerras. Esto es algo que parecía una utopía durante muchos años. En la actualidad existen buenas razones para pensar que eso es posible. Tenemos que capacitarlos para convivir, porque las distancias desaparecen y, así, desaparecen también las diferencias —el color de la piel, el sexo, la edad—. Es una era que está esperando que surja un temperamento social que acepte el desafío. n

Simon Peres. Fue Primer Ministro de Israel. Esta es su intervención en la reunión regional europea de la comisión Progreso Global, celebrada el 17 y 18 de junio de 1998, en Berlín.

Nostalgia del jamaicazo

NOSTALGIA DEL “JAMAICAZO”

Entre las pertenencias que llevó el central mexicano Rafael Márquez en su viaje a Francia para integrarse al Club Monaco, estaba una dotación de chiles serranos. En otros tiempos, tal signo sería ominoso para el prestigio del futbol de México: habría hablado por un jugador más que no puede estar lejos de la patria, otro que “nunca triunfará” en el extranjero puesto que la “Canción mixteca” lo perseguiría como una maldición: “Qué lejos estoy del cielo donde he nacido, inmensa nostalgia invade mi pensamiento; y, al verme tan solo y triste, cual hoja al viento, quisiera llorar, quisiera morir, de sentimiento”. Por supuesto que no ha sido el caso de Rafael Márquez: aparte de los chiles, viaja con su lap top, sus videojuegos y sus CDs, y mediante sus audífonos recibe un curso intensivo de francés porque está dispuesto a comerse Monaco. Pero ante la noticia de que Márquez se comunicará por e-mail con amigos y familiares, no hubo más que sentir —ahora que por fortuna los futbolistas mexicanos no lo padecen— una inmensa nostalgia del “jamaicazo”, que es como referirse a una nostalgia de la nostalgia.

“Jamaicazo”: dícese, decíase de la absoluta incapacidad del futbolista mexicano para adaptarse al extranjero aunque fuera por una breve temporada. La palabra se inspiró en el “Jamaicón” Villegas, jugador de las Chivas del Guadalajara y de la selección nacional en los años sesenta. El “Jamaicón” acusaba una nostalgia imbatible cada vez que salía de su país. Sus virtudes locales de lateral pujante y “perro a la defensa”, fuera de México se aguaban como un muñeco de nieve al contacto del sol. El del Jamaicón era el negro Sol de la Melancolía: sólo deseaba regresar a su país o, más aún, a su terruño. De ahí el “jamaicazo”, o “dar el jamaicazo”.

Otras circunstancias agravaban la estancia del Jamaicón en el extranjero, aparte de su aflicción natural por el solo hecho de estar lejos. Las anécdotas del Jamaicón se fueron sumando. Las reales, seguramente, se han confundido ya con las inventadas. Todas ellas salidas por boca de jugadores que acompañaban al Jamaicón cuando tocaba salir al extranjero. Por ejemplo, este redactor ha oído que el Jamaicón, para paliar la nostalgia, se llevaba al extranjero su raída cobija de Saltillo; hundía en ella la cabeza, se refugiaba así de la lejanía y sólo entonces lograba dormirse. Se ha dicho también que no era una cobija, sino, con mayor destreza anecdótica, un ladrillo mojado que el Jamaicón olía con fruición por las noches, porque la humedad le recordaba Guadalajara. Pero la mayor cantidad de anécdotas sobre el Jamaicón tienen que ver con su personaje “háblandoles” a las cosas para obtener un servicio.

Se dice que durante una gira europea del equipo Guadalajara, mientras estaban en Bélgica, el Jamaicón se acercó a otro futbolista. Chava Reyes —algo así como el líder del Guadalajara—, para que lo ayudara a enviar una carta a sus familiares. Chava Reyes le dijo que salieran del hotel a donde él tenía localizado un buzón. Llegaron al buzón y Chava Reyes le dijo que echara la carta. El Jamaicón dijo que faltaban los timbres y la dirección en el sobre. “No, Jamaicas”, le dijo Chava Reyes; “aquí ya está todo más avanzado. Tú nomás echa la carta, pídeselo de buena manera al buzón, y llega”. Y el Jamaicón echó la carta, acercó la boca al buzón y dijo, famosamente: “Que llegue bien a La Experiencia, Jalisco, con Saturnino Villegas, mi señor padre, por favor”. Frente a los e-mails que ahora enviará Márquez, es disfrutable la nostalgia del “jamaicazo”.   n

—Johannes Burgos

Inseguridad: Hora Cero

UN DIAGNÓSTICO

INSEGURIDAD: HORA CERO

POR RICARDO RAPHAEL DE LA MADRID

Las cifras de la inseguridad en México crecen a una rapidez alarmante. Y lo hacen a tal grado que revelan la incapacidad del Estado para cumplir con su función primordial: procurar seguridad y justicia.

Hoy todos los candidatos o precandidatos a la presidencia hablan de la seguridad pública y la justicia como prioridades de sus campañas. De una u otra manera todos quieren transmitir un mensaje de firmeza y, más aún, de certidumbre. Los electores, en efecto, demandan soluciones para enfrentar el contexto de inseguridad que experimentan en su vida cotidiana.

Sin embargo, la discusión en los partidos y sus candidatos aún navega en un mar  de generalidades. No es con un discurso de “firmeza”, ni de “buena voluntad” como los electores van a convencerse de las habilidades que los distintos aspirantes a la presidencia poseen para enfrentar este grave fenómeno de fin de siglo.

Hace falta que. Primero, ofrezcan un verdadero diagnóstico que permita explicar los orígenes y las causas de la inseguridad. Hacen falta también que, derivados de ese diagnóstico, presenten las políticas y programas que, en caso de llegar a la presidencia, los aspirantes buscarían impulsar. En ausencia de ambos elementos clave la campaña presidencial podría quedarse en un círculo vicioso donde los candidatos digan eso que las encuestas de opinión están buscando que digan y los electores voten  por aquel que mejor dijo lo que las encuestas le dijeron que dijera.

Sirvan estas reflexiones como aportación al debate por venir.

1. México se ha convertido en uno de los países más violentos del mundo. La delincuencia crece en nuestro país siete veces más rápido que la población. Mientras el número de presuntos delincuentes ha aumentado. Durante los últimos tres lustros, en un promedio anual de 14%, la población lo ha hecho a un ritmo anual de aproximadamente 2%.1

México se coloca en el primer lugar de peligrosidad cuando se considera el número de homicidios deliberados por cada 100,000 personas. En esta materia nuestro país se encuentra por encima de China, India, Estados Unidos e, incluso, Rusia.

2.   Las causas de la violencia en México son múltiples. Se dice que la pobreza es la primera de ellas. En efecto, la delincuencia pareciera irrumpir en una sociedad cuando hay necesidades que no pueden ser satisfechas por medios legales, legítimos o aceptables socialmente. Ahora bien, sería un error establecer una relación causal directa entre pobreza y criminalidad. La variable definitiva pareciera ser, más bien, el roce entre pobreza y riqueza extremas.

No es en la Huasteca Potosina o en la Sierra de Puebla donde se presentan los índices más elevados de criminalidad. Este fenómeno emerge, sobre todo, ahí donde las zonas residenciales coexisten con manchas urbanas donde habitan mexicanos que perciben hasta cien veces menos ingreso cuando se compara con el de sus vecinos.

3. Quizás el elemento más relevante es el de la impunidad bajo la cual operan los criminales. Según fuentes oficiales, en México se denuncian 1,400,000 delitos anuales. Sin embargo, aproximadamente el 82% de las víctimas prefiere no acudir ante las autoridades para presentar la denuncia. Esto quiere decir que, en realidad, se cometen aproximadamente 7,000.000 de delitos al año. Ahora bien, de los delitos denunciados, solo se procesa el 13%. Es decir que nuestro sistema de justicia sólo enfrenta 182,000 procesos al año. Finalmente, sólo se resuelve el 4% de los delitos: menos de 60,000 al año. La segunda gráfica es bastante ilustrativa sobre el estado que guarda la impunidad en nuestro país.

Si los delincuentes saben que, en el mejor de los casos, solo 4 de cada 100 delitos van a ser sancionados, podemos asegurar que México se ha convertido en un paraíso de impunidad para quienes quieran ejercer un oficio criminal.

4.   Ante el alarmante crecimiento de los índices de delincuencia, el gobierno ha optado por incrementar el número de policías.

A mayor número de encargados del orden, pareciera ser la consigna, mayor reducción de la delincuencia.

Atendiendo a este enfoque, nos dice Rafael Ruiz Harrell,2 entre 1990 y 1997 el tamaño de los cuerpos policiales creció cerca de 7.7% anual, mientras que, durante las décadas anteriores, el crecimiento sólo fue de 3.2%. Como resultado, hoy tenemos en nuestro país 6.6 veces más policías que la media internacional.

La exageración de la nota se observa en el Distrito Federal, donde se necesitan más de 1,000 policías para atrapar 100 delincuentes en un año, cifra exorbitante cuando se le compara con ciudades como Nueva York, donde se requieren 22, o Río de Janeiro, donde se necesitan 30.

5. Todo pareciera indicar que no es el número de efectivos lo que determina la eficiencia de la policía. El problema está en el tipo de reclutamiento que se utiliza tanto como en la calidad de la formación y la capacitación que las instituciones ofrecen a los cuerpos policiacos. En una investigación realizada por Ernesto López Portillo1 se destaca que en aproximadamente el 77% de las academias de policía preventiva no se contempla ni la visita domiciliaria ni el examen de detección de consumo de drogas. Peor aún, el 80% de los institutos de capacitación de todo el país sigue utilizando programas obsoletos.

6. La policía no es la única causante del paraíso de impunidad en el que se ha convertido México. Otro cuello de botella para lograr que un número mayor de delitos sea castigado es el Ministerio Público. Quizás el vicio más relevante de esta institución sea su incapacidad para integrar, eficientemente, las averiguaciones previas.

Ello se debe, por una parte, a la escasez de recursos con los que operan y, por la otra, al reducido número de MPs cuando se le compara con el número de casos que debe atender. Por ejemplo, en el Distrito Federal, si en 1950 se esperaba que cada agente del Ministerio Público resolviera 63 delitos por año, la carga de trabajo aumentó a 130 delitos anuales en 1980, y para 1995 cada agente del MP tuvo que enfrentar la investigación de 219 delitos.4

7.   La carga de trabajo de los jueces no es muy diferente. También en el Distrito Federal, donde existen mejores estadísticas, destaca el hecho: 227 jueces atienden conflictos generados en un espacio donde conviven más de 16,000,000 de personas.

8. Si bien no es con más policías, más armas y más penas como mejor pareciera enfrentarse la delincuencia en nuestro país, el ataque frontal a la impunidad sí requiere de más recursos por parte del gobierno federal. Baste comparar la recaudación por ingresos tributarios de la Federación con el monto que aproximadamente genera la industria de la droga en nuestro país. Mientras la tasa de recaudación federal es del 8.71% del PIB según la SHCP,5 el ingreso que genera el negocio del narco es aproximadamente del 4% del PIB. Esto quiere decir que la Federación recauda apenas poco más del doble de los recursos que los narcotraficantes en nuestro país.

Si bien la distribución de recursos en el gasto público mejoró durante el último año, aún sigue lejos de ser adecuada.

Cabe destacar que, para 1999, la Procuraduría General de la República tuvo un presupuesto casi tres veces menor al de la SHCP en 1999, un monto apenas comparable con el del Instituto Federal Electoral o el del Fondo de Desastres Naturales. Al Poder Judicial de la Federación no le fue mucho mejor. Su presupuesto fue también tres veces inferior al de la SHCP y similar al del IFE.

Por su parte, la suma del gasto asignado a las secretarías de Marina y Defensa no alcanza a igualar los recursos asignados este año a los programas de apoyo a ahorradores y deudores de la banca.

9. Una corrección severa al formato utilizado para construir el presupuesto de egresos de la federación que coloque en el centro de la discusión los temas de la seguridad y la justicia pareciera indispensable. Considerando, sobre todo, que ésta es la función primerísima del Estado moderno.  n

1 Ernesto López Portillo, en Seguiridad y Justicia. Documento de divulgación. Democracia Social. Partido Político Nacional.

2 Rafael Ruiz Harrel: “Criminalidad y mal gobierno”, Sansores y Ajure, 1998.

3 Ibidem.

4 lbid.

5 Sin considerar el impuesto especial sobre producción y servicios aplicables a gasolinas y diesel.

 

El resplandor de la madera

FOLIO DE NEXOS

EL RESPLANDOR DE LA MADERA

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

CHETUMAL, QUINTANA ROO, 1946

Héctor Aguilar Camín llegó a la novela por el camino de la historia. Su primera novela, Morir en el golfo, explora los sótanos del llamado “México bronco”, el del caciquismo y sus fastos, y se sitúa en las coordenadas de la imaginación realista.

Esta novela revela ya los dos ejes a partir de los cuales gira su obra: las pasiones y la historia. Heredero de una tradición literaria que se ancla en el siglo XIX mexicano y se abre paso hasta nuestros días, Aguilar Camín es autor, además, de dos libros de relatos —La decadencia del dragón e Historias conversadas—y de las novelas La guerra de Galio, El error de la luna y Un soplo en el río. A propósito de La guerra de Galio, Carlos Fuentes escribió en Geografía de la novela: “el mundo actual nos exige ver de frente cuanto hemos sido sin engaños. Pero para conocer la verdad, no hay camino más seguro que una mentira llamada novela. Quizás el secreto de la gran novela de Héctor Aguilar Camín es el de una cultura trágica como parte indispensable de la modernidad”. Esa visión trágica es la que se despliega por las páginas de El resplandor de la madera, que aparecerá próximamente bajo el sello de Alfaguara, y de la cual ofrecemos un adelanto.

La novela se lee de dos maneras: como un relato de familia y como una crónica de la memoria de un lugar con terremotos del alma y huracanes, marinos y dragones, a merced de los azares del Caribe.

EL RESPLANDOR DE LA MADERA

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

Advertencia

El resplandor de la madera es un libro hecho de dos novelas cuya lectura puede emprenderse de tres modos: Leyendo en orden los capítulos titulados Casares, con sus números arábigos (“Casares: 1″, “Casares: 2″, hasta “Casares: 14″), el lector tendrá la novela del año de la guerra de Casares con su padre adoptado, refugio, rival y opresor.

Leyendo en sucesión los capítulos titulados Carrizales, con sus números romanos ( “Carrizales: 1″, “Carrizales: II”, hasta “Carrizales: XIV”), se tendrá la novela del ascenso y caída de los Casares, contada por el cronista de su pueblo epónimo, tan descriptivamente llamado Carrizales.

Leyendo de corrido los diecisiete capítulos del libro, el lector recogerá en forma alternada, cruzando del presente al pasado y del pasado al presente, la historia de tres generaciones de Casares y una pizca de la cuarta.

El lector puede escoger la vía que su ocio, su prisa o £ su interés le marquen, aunque es la pretensión del autor V’ que las dos novelas sólo alcanzan su posible plenitud dramática cuando se resuelven en la tercera que las engloba  y las multiplica. Sobra pero no sobra decir que esto de ofrecer varias lecturas posibles en el mismo libro es juguetería adquirida de Julio Cortázar, cuya múltiple Rayuela empezamos a leer de corrido y a saltos en los años sesenta, y seguimos leyendo hasta ahora.

Con la madera torcida de la que está hecho el hombre, nada enteramente recto puede construirse.

Emannuel Kant

Casares: 1

Cuando su madre murió, Casares tenía veintitrés años, un divorcio y un hijo, una primera fortuna y la mirada de un hombre al que había matado yendo y viniendo por el fondo de su alma. Apenas recordaba su pasado. El pueblo de Carrizales que dejó con su familia era un reino lejano, conservado en girones legendarios por las palabras de su madre y por la memoria radiante del cuerpo de su hermana una noche improbable de palmeras y dragones. La ciudad donde Casares creció fue desde el principio un torbellino en el que aprendió a zambullirse con los ojos cerrados, como quien se cura de su miedo corriendo hacia el peligro. La vida parecía una franja sin forma, cruzada de nostalgias rápidas y prisas permanentes, un aluvión de furias en busca de la cueva perdida capaz de protegerlo de la nada nerviosa que era su presente y del incendio difuso que avanzaba hacia él desde el pasado.

Su madre. Rosa, murió en la misma casa tapiada donde había vivido barajando recuerdos, iluminándose de historias perdidas como si el hecho de rumiarlas pudiera de volverle la juventud, curarla de la soledad en que se recluyó. madura pero fresca aún. cuando el único hombre de su vida caminó fuera de su casa, lejos de sus hijos, buscando a tientas, adelante, lo que había dejado atrás. Casares la vio desvanecerse día a día, perder el color y la forma, las carnes y el resuello, como si la muerte que venía de adentro la limara por fuera.

—No te pierdas tú —le dijo su madre el día penúltimo, con el hilo de voz que le quedaba—. No te pierdas. Casares entendió que le hablaba de su padre ausente, con cuya sombra a cuestas ella había vivido y él habría de vivir. La enterraron en la cripta del panteón español donde ella hizo descansar a sus propios padres. Los había rescatado del cementerio municipal de Carrizales para juntarlos ahí, a salvo del desamor de sus últimos años, y unirse con ellos después, en esa residencia fija de la que ni el azar ni la discordia, ni la necesidad ni la distancia, podrían apartarlos de nuevo. Casares sabría con el tiempo hasta qué punto el afán de reunirse y volver a la unidad primera, había sido el motor de su madre: regresar, unirse, encajar otra vez. Al pie del sauce donde abrieron la cripta para enterrarla, Casares vio dos espacios vacíos. Su hermana Julia le dijo:—Son los nuestros.

Casares tuvo entonces el temblor que lo bañó al mismo tiempo de llanto y del recuerdo de Julia desnuda, los pechos apenas brotándole, en la noche cómplice de la infancia. Ahora Julia estaba vestida junto a él, con los pechos redondos cantando bajo la blusa tirante del luto, la cabellera metida en una trenza castaña que estiraba su rostro y despejaba su nuca, haciéndola ver más joven, más limpia, más libre, como la estricta muchacha que empezaba a no ser. Era seis años mayor que Casares y había hecho también su incursión en el mundo. Meses atrás, al despuntar la fase terminal de la leucemia materna, Julia había encontrado a su segundo protector. El primero difirió por años el desastre familiar. De la pérdida patrimonial de Carrizales, la familia Casares pudo rescatar algún dinero, el pago de marcha de las últimas trozas de caoba que pudieron recuperarse de un fallido emporio forestal. Con ese dinero, los padres de Casares compraron la casa en la ciudad y abrieron un fondo para que sus hijos estudiaran, Julia con las monjas francesas que la harían una dama. Casares con los sabios jesuitas que lo harían un triunfador. El padre de Casares tomó el resto de los dineros para un negocio imposible, cuyo remanente invirtió en otro, y el remanente en otro, hasta que se vio una noche frente a su mujer con las manos vacías, pidiéndole que firmara un crédito sobre la casa para el negocio final que habría de redimirlo. Perdió también la hipoteca, perdió luego a su mujer. Finalmente se perdió a sí mismo, y a sus hijos, de cuyas vidas salió sin decir que se iba.

El primer protector de Julia, un licenciado Muñoz, le doblaba la edad y el tamaño. Pagó la hipoteca empeñada, sacó a Julia de la casa y la puso a vivir en la suite de un hotel que se había apropiado en pago por un pleito jurídico oscuro. Julia tenía entonces veintiún años y brillaba al natural, como en el recuerdo de Casares. De las generosidades de Muñoz, Julia trajo para la casa y para ellos, para las cuentas mínimas de su madre, para los gastos de ropa, colegio y transporte de Casares.

—Te mantiene el amante de tu hermana —le dijeron un día en el colegio. Casares se fue sobre la pandilla de donde había salido la voz cuando pasaba y fue golpeado hasta sangrar y desvanecerse en el piso, pero no sin haber roto la nariz de uno y casi arrancado la oreja de otro. No volvieron a decirle de su hermana, ni de cualquier otra cosa, pero no volvió a tomar un centavo de Julia.

—Di le que si me quiere ayudar, me consiga un trabajo —le pidió a su hermana, aludiendo a Muñoz sin mencionarlo.

Muñoz le consiguió un trabajo de inspector de lecherías en los barrios pobres que rodeaban la capital, un trabajo de gobierno que Casares no tenía edad para desempeñar y al que no era necesario asistir, salvo los días de cobro. Pero lo que Casares no quería eran regalos de Muñoz y a los dieciséis años era ya un hombrón de músculos largos y barba que descañonar, así que en vez de sólo recoger su sueldo, empezó a levantarse de madrugada para ir a las afueras y visitar las lecherías que le tocaban, antes de volver al barrio aristocrático del colegio jesuita para empezar, a las ocho de la mañana, su segunda jornada del día como estudiante mediocre, basquetbolista estrella y autoridad en puñetazos.

Una noche Julia volvió a la casa.

—Terminé con Muñoz —dijo, y añadió, por toda explicación—: se acabó el aroma.

Poco después suspendieron a Casares del trabajo que le había conseguido Muñoz. Estiró sus ahorros para terminar el año escolar, pero no pudo recoger su certificado de preparatoria porque adeudaba un trimestre de la colegiatura. Tampoco asistió al baile de graduación: no tuvo dinero para pagar las cuotas de entrada, ni para rentar el smoking requerido. Volvió a las afueras en busca de trabajo. El dueño de una lechería, que lo era también de un establo y una tienda de quesos, le dijo:

—Trabajo tengo para ti. pero tú no estás para ser peón de nadie. Sólo te digo esto. Ahí donde están las moscas y la mugre, ahí está el dinero. Ahí donde no hay nada, donde nadie va, ahí está todo. Sólo llévale a la gente lo que quiere. Te dan pesos arrugados, monedas sucias, pero luego tú lo pones junto, y todo se alisa y se limpia en el banco.

La mugre y las moscas estaban al otro lado, después del bordo y el fango donde terminaba la ciudad pobre y empezaba la ciudad miserable, la ciudad de los últimos migrantes, un hormiguero de casuchas de cartón y techos de calamina, abundante de niños barrigones y perros famélicos, al que Casares llevó un sábado su primera camioneta de zapatos y vestidos, cubetas y conservas. Puso un toldo de plástico y el radio al mayor volumen en una estación de música tropical. Antes de caer la tarde, había vendido todo. Por la noche, luego de cobrarle la renta exorbitante de la camioneta y los intereses usurarios del dinero que le había prestado, el dueño de la lechería le dio su segunda lección.

—La camioneta la hubieras podido rentar en otra parte por la mitad de lo que yo te cobré —le dijo—. Y en cualquier mercado del centro de la ciudad te hubieran prestado más barato que como yo te presté. Pero el primer valor de las cosas es que haya. Por eso valen el doble donde no hay. Lo más caro es lo que no se puede comprar. porque no hay. Así de caro y así de barato tienes que cobrarle a quien te compra donde no hay.

Un año después. Casares era dueño de una camioneta que compró barata donde había y se iba todas las mañanas a vender caro sus cosas donde no había. Alquilaba una bodega en las proximidades de su tráfico para reponer lo que se terminaba en la jornada y hacía dos turnos de venta, a veces tres. En lugar de radio, tenía ya un aparato de sonido para cumplir peticiones de la gente del lugar, que venía a sentarse junto a su camioneta a tomar cerveza y a pedir la música de su preferencia. Casares tuvo pronto una segunda camioneta, que mandó al nuevo lindero de casuchas en expansión. A la hora de la muerte de su madre, tenía cuatro camionetas y tres bodegas, diez empleados y un salón de bailes que no perdía fin de semana sin iluminarse, porque, en medio de la miseria. Casares había descubierto que la fiesta era tan importante como el vestido o la comida, con la diferencia de que la gente estaba dispuesta a pagar más por divertirse que por sobrevivir.

Había encontrado también a su primera pareja, una agente de grupos musicales con quien trató varias veces la animación de su local de baile. Se llamaba Raquel. Tenía la edad, los pechos redondos y los ojos abiertos de Julia. Raquel vino al salón una noche de tocada para medir por sí misma los alcances de su contratante. No pudo sino sorprenderse de la inmensa barraca de tablones mal empalmados y piso de tierra donde Casares había instalado la complicada red eléctrica que alimentaba los instrumentos del grupo.

—Debías mejorar el local, en vez de pagar tan buenos grupos —le di jo a Casares, con aire profesional.

—No vienen por el local, vienen por los grupos —respondió Casares, señalando la multitud que llenaba la barraca: gritaban, bailaban, cantaban y gastaban sin parar en bocadillos y cervezas.

Raquel esperó aquella noche hasta la cuenta del último peso que Casares hizo personalmente, recibió en propia mano el pago del grupo musical que había llevado, apartó su comisión, le pagó a la banda y le dijo a Casares:

—Si estás libre, te llevo a un lugar de verdad.

Lo llevó a un centro nocturno de moda donde hizo pagar a Casares una cuenta de verdad. Durmieron juntos la siguiente semana y casi todos los días a partir de entonces. Casares acababa de cumplir veintiún años cuando se mudó al departamento de Raquel. Antes de cumplir los veintidós, supo que iba a tener un hijo.

—No quiero un hijo —dijo Casares.

Siguió la primera discusión de sus amores, al término de la cual Raquel preguntó:

—¿Quieres que lo aborte?

—No —dijo Casares—. Simplemente no había pensado en tener un hijo.

Lo tuvo sin pensarlo, y sin quererlo, pero cuando se lo pusieron en los brazos pidió que se llamara Santiago, como su abuelo materno, y que llevara su apellido. Se casaron sin ceremonia en un juzgado, con el hijo en brazos y Julia y una hermana de Raquel como testigos. Días después de la firma. Raquel halló en el pantalón de Casares el mensaje de una mujer concediéndole los amores que pedía. Luego vio en la cartera de Casares el recibo de unos aretes que no habían llegado nunca a su tocador. Durante el año que siguió, los celos de Raquel multiplicaron hasta el delirio las infidencias posibles de su marido. Salir solo a la calle llegó a ser para Raquel prueba inminente del engaño de Casares.

—No tengo tiempo para tus celos —decía Casares—. Tengo que trabajar.

Cuando la enfermedad de su madre llegó a la fase terminal. Casares fue menos asible y más sospechoso que nunca. Una tarde, luego del enésimo pleito. Raquel estrelló la vajilla contra las paredes del departamento, rasgó el colchón de la cama con el cuchillo eléctrico de cortar carnes, empacó sus cosas y a su hijo y se refugió en la ciudad norteña donde vivía su familia. Esperaba que Casares fuera a buscarla, mostrándole con ruegos la fuerza de su amor.

Para aumentar el tamaño de los ruegos. Raquel hizo crecer la amenaza de separación y le envió a Casares un abogado con los papeles del divorcio, pero para Casares sólo existía entonces el rostro de su madre borrándose con la leucemia. Firmó los papeles sin leerlos y se divorció sin haber decidido separarse, montado en la ola de su prisa como el equilibrista del monociclo que se mantiene arriba porque no cesa de moverse. Había engendrado un hijo y amado a Raquel a imagen y semejanza del monociclo que había sido su vida, tratando de ocupar un lugar en el mundo. El mundo pasaba frente a él como un carnaval siempre a punto de decirle adiós, ofreciendo cada vez la última aventura disponible, la última cosa que probar, el último amor que recoger, la última fecha que chupar del tiempo, fuese digna o no de ser vivida.

Poco después de muerta, su madre vino a verlo en sueños, le acarició la frente con las manos lisas y secas de vieja y, en medio de un aroma de nardos y unos inciensos de tardes marianas, volvió a decirle al oído, frágilmente, como el fantasma delgado que era: “No te pierdas tú”. Casares pudo abrazarla y despertó bañado en lágrimas felices, adivinatorias. Entendió que se había extraviado, que debía volver al camino, es decir, a la escuela, el lugar que su madre previo para salvarlo de su origen, para lavarlo de la selva y el miasma de Carrizales. El eco de Carrizales brillaba en las palabras de su madre, pero sangraba en su voluntad como la encarnación de todo lo que no quería repetir en sus hijos. Obediente al mandato. Casares echó al olvido el mundo de Carrizales, del que sólo sabía por el diario que había muerto otro Induendo, aquel clan de parientes remotos que llevaba medio siglo guerreando entre sí, sumando afrentas a su venganza y emboscadas a su honra.

Aceptó el sueño. Decidió volver a la escuela, aun si tenía que pasar por la escena aborrecida de cubrir las colegiaturas que no le habían perdonado para obtener el certificado de estudios que era suyo. Supo, al presentarse, que había sido doble víctima de la ignorancia y el orgullo, que ningún adeudo hubiera podido impedir que le dieran su constancia escolar si la hubiera reclamado en lugar de. como hizo, dar la espalda y no voltear al sitio de la negación, al lugar del agravio. Todos sus amigos de generación habían terminado la universidad cuando él se presentó a hacer sus trámites de ingreso. El primer día de clases, mientras veía recargado en los ventanales del pasillo el desfile de mujeres y muchachos bien vestidos que habrían de ser sus compañeros, se le acercó el gigantón cuya mirada Casares había registrado en un cruce del estacionamiento. El gigante le dijo, con resonante voz nasal:

—Tú eres Casares. ¿Te acuerdas de mí? La sonoridad de las erres ahogadas por el frenillo fue dulce y sorpresivamente familiar para Casares. En las facciones gruesas del cíclope, en los ojillos claros pegados a la nariz, en la cordial mandíbula de prógnata, hubo el amago de un recuerdo.

—No —respondió Casares, mientras el otro sonreía, la boca floja, las palmas de las manos abiertas en espera de un abrazo fraterno, largamente aplazado.

—Soy tu perro —le dijo el gigante—. Soy Alejo Serrano, tu perro.

Al conjuro del nombre, Casares pudo ver bajo la mole inabarcable que le hablaba la figura del pequeño Alejo Serrano que lo acompañó a todas partes durante su último año de bachillerato. Casares lo había reclutado como su sombra una mañana en el patio de la escuela, cuando oyó los gritos de pánico de un menor de nuevo ingreso al que atormentaban los mayores de la secundaria. Aullaban encima de él y le hacían andar sobre el rostro la tarántula de alambre que era marca de fábrica en las novatadas del colegio. Alejo Serrano, la víctima, se revolcaba en el piso, aterrorizado, llenando de lodo el presuntuoso traje azul marino en que lo habían enfundado, para su desdicha, haciéndolo víctima deseable de la truhanería. Mientras Alejo chillaba en el piso, algunos se pasaban retorciéndole la también ridícula corbata de mariposa y pateándole las nalgas, que eran redondas y femeninas bajo el ceñido pantalón corto que completaba su desgracia indumentaria. Casares dispersó a los torturadores como a una parvada de zopilotes, recogió a Alejo Serrano del piso y lo llevó hacia las mesas de cemento colindantes donde se jugaba ping pong. Alejo Serrano lloraba y seguía espantándose la tarántula del rostro. Casares le sacudió el polvo y le limpió el lodo del traje. Le enjugó las lágrimas y le desprendió la corbata de pajarita.

—Mejor no te pongas esto —susurró en su oído, como dándole un consejo que quedaría entre ellos—. Dile a tu mamá que te mande vestido como todos. Es decir, dile que te mande mal vestido.

Cuando Alejo se calmó, Casares lo bajó de la mesa, le pasó el brazo sobre el hombro y lo hizo caminar junto a él. Al cruzar por la parvada de truhanes que seguía reunida maquinando perfidias, Casares dijo, acercándose a Alejo: —El que lo vuelva a molestar, se atiene. Desde entonces Casares tuvo a Alejo Serrano caminando tras él todo el recreo, atento a cada uno de sus movimientos, a cada una de sus palabras, siempre con un chicle o un dulce ofrecido en la mano, que Casares partía con él. Alejo se sentaba al pie de la canasta de la cancha de basquetbol a ver jugar a Casares, con riesgo de que le cayeran encima los jugadores. Esperaba a Casares en la puerta de salida para despedirse y estaba casi siempre antes que Casares a la entrada de la escuela para saludarlo, como primer acto favorable del día. Cuando aquella adicción empezaba a manifestarse. Casares le dijo:

—¿Qué haces atrás de mí, cabrón? Pareces mi perro. —Soy tu peggo —había contestado Alejo Serrano, a quien un frenillo congènito le impedía pronunciar las erres españolas. Los amigos de Casares se habían reído y lo habían llamado desde entonces El Perro Serrano. Alejo fue, en efecto, como la mascota de Casares, el acompañante vicario de la palomilla del basquetbol que jugaba ese último año de preparatoria el campeonato de escuelas privadas. Alejo llegaba antes que nadie a los gimnasios donde se jugaba, traído y custodiado por su chofer, se metía al vestidor con los miembros del equipo y salía con ellos a la cancha, se sentaba en la banca de los jugadores y gritaba más que nadie convocando porras que en momentos de máximo entusiasmo se propagaban desde las gradas imitando las erres francesas del frenillo de El Perro Serrano.

El gigante que tuvo Casares frente a él su primer día de universidad tenía poco que ver con El Perro Serrano bajo y gordo que recordaba, pero apenas se fijó un poco vio en los cómicos flancos de la nariz del cíclope los mismos ojillos lentos, anhelantes de afecto, y en su masa de hombros y brazos, la mezcla de prestancia y bondad que era la exacta frontera de su cabeza con su corazón.

Casares se refugió en el abrazo de El Perro Serrano y en su compañía bienvenida, no sólo porque El Perro le traía recuerdos de tiempos felices, sino también porque la escuela de ricos en que Casares había reincidido lo hacía acordarse de la miseria esencial de sus antiguos tiempos escolares, el peso de su inferioridad económica en un medio de vástagos llamados a heredar la tierra. Nadie había aludido nunca, claramente, a esa inferioridad. Era un asunto menos claro y más serio que no tener dinero y ver a los demás gastarlo a manos llenas. Era una condición de extranjería, el hecho de no pertenecer, de vivir separado de los otros por una película invisible y desconocida en todo, salvo en el veredicto de segregación que era a la vez inapelable y terso.

Casares padeció esa segregación desde que entró al colegio. Una de las bendiciones de su vida en las afueras había sido no llevar encima la condena tácita de no pertenecer. Las afueras eran un orbe abierto donde cualquiera podía sentar sus reales sin pedir ni dar explicaciones de origen, lo mismo que en la cancha de basquetbol, con igualdad de reglas, sin marcadores ocultos ni ventajas previas. Al ingresar a la universidad Casares respiró otra vez la sustancia tóxica del privilegio, el destello involuntario y grosero de la riqueza en cuya atmósfera había pasado su adolescencia como el paria tolerado de una iglesia, con acceso al ritual pero no al sacramento. Desde los años de preparatoria. El Perro Serrano había sido para Casares, sin Casares saberlo ni entenderlo del todo, un escudo contra aquella sensación, porque El Perro era un hijo neto de aquel mundo pero tenía litigios con él a causa de la leyenda negra que corría sobre el origen turbio de la riqueza de su padre, Artemio Serrano.

La leyenda de Artemio Serrano era moneda corriente en el desdén aristocrático del colegio. Recordaba su ascenso en las filas de un cacicazgo que fue pródigo en políticos y banqueros, más que en matones y caciques. La cabeza política del grupo había sido un abogado de pueblo que ignoraba ya la magnitud de su caudal cuando alcanzó la gubernatura de su estado y empezó a hacer negocios de verdad. La cabeza financiera era un contador que se hizo de un banco en la capital del país y lo extendió a ciudades de provincia, asociando al negocio a los ricos locales. La red bancaria provincial trajo nuevos negocios y nuevos intereses que dieron lugar a nuevas clientelas y nuevas lealtades en el interior del cacicazgo. La avidez del exitoso banquero por las mujeres dio frutos menos algebraicos que su genio bancario. Lo llevó de escándalo en escándalo y de ruptura en ruptura, hasta sumar seis divorcios. El cuarto de ellos, con una heredera industrial a la que su familia desconoció, siendo todavía una muchacha, por haberse marchado tras el banquero, ya maduro, que tocó en su fantasía las cuerdas convergentes del amor, la riqueza y la aventura. Ocho años de matrimonio con la desheredada terminaron en un divorcio que le costó al banquero la división de espectáculos de su emporio. Como parte del trato de ruptura, cedió a su mujer una cadena de radioemisoras, otra de cines, varios centros nocturnos y algo más. Terminado el divorcio, la mujer anunció que casaría con quien había sido hasta entonces su acompañante público: un antiguo capataz y administrador de los ingenios del grupo, un hombre que había probado la cárcel y cambiado los recalcitrantes aires rurales de su inicio por las luces prometedoras de la ciudad. La mujer se llamaba Dolores Elizondo.

Su nuevo marido. Artemio Serrano. Serrano había obtenido en la cama el amor y los bienes de su mujer, pero había construido una fortuna propia a partir de esa adquisición corsaria. Multiplicó los cines hasta dominar y absorber a sus competidores. Multiplicó las emisoras de radio, hasta tener las de mayor influencia en diversas regiones. Hizo crecer los negocios de espectáculos y vida nocturna, hasta montar su propio criadero de cantantes con una firma disquera que promovía en sus radioemisoras. Se hizo del único canal de televisión que escapaba al control monopólico del grupo al que el gobierno había entregado todas las concesiones. Creó también una cadena de diarios de escándalo a cuya sombra prosperó como señor de famas y prestigios. Casares lo había visto dos veces. La primera, en una fiesta de cumpleaños a la que Alejo invitó al equipo de basquetbol. Artemio Serrano pasó junto a ellos, que cenaban en la orilla de la piscina, rodeado de gente a la que daba instrucciones. De pronto, como cayendo en cuenta de que su casa tenía invitados, vino hasta el festejo a dar un beso a su mujer y un capirotazo a su hijo. Había mirado fijamente a Casares, que al ponerse de pie lo igualó en estatura, como midiendo cada centímetro de su talla, antes de saludarlo con una mano grande, callosa como la piel de un elefante. La segunda vez Casares había visto a Artemio Serrano cruzando las puertas principales del colegio, seguido por el rector y por el prefecto de la secundaria. Lo acompañaban hasta la calle en un acto inusitado de deferencia y él les hablaba sin esperar o consentir sus respuestas, seguro y ligero en un traje de alpaca que caía sobre sus espaldas rectas como si se lo hubieran dibujado. Era un hombre alto, de piernas fuertes y cintura estrecha, el cuello corto y la cabeza metida sobre el trapecio de los hombros como si estuviera a la vez enconchado y seguro de su fuerza. Su cabeza era grande, de mandíbulas anchas y frente baja. La nariz recta le daba un aire sombrío a la mirada que salía, bajo un ceño prominente, de las cuencas profundas de los ojos. Casares tenía una vaga simpatía por él. por sus maneras tajantes, por el modo en que pasaba invulnerable, acallando la murmuración, situado en un lugar de su propia hechura donde era imposible alcanzarlo.

Luego de su divorcio de Raquel y de la muerte de su madre. Casares había vivido unos meses con Julia en la casona familiar, pero Julia solía perderse días enteros en sus amores y la casa sola, resonante de duelo y silencio, se le venía encima a Casares cuando llegaba por las noches o amanecía con un sobresalto, sudando en su cama, tocado por los ecos de los muros y por los gritos acallados de su corazón. Julia había decidido conservar la recámara de su madre tal como la ausente la había dejado, pero aquel tributo. lejos de apaciguar su memoria, la echaba a cubetadas sobre Casares, quien volvía a verla tendida en la cama, los huesos afilados de la cara dibujando una muerte de perfiles pajizos, con arrugas y pellejos que no hablaban de su reposo eterno sino de su interminable agonía.

Para evitar aquellos regresos solitarios a la casona. Casares puso en las afueras una vivienda de nómada donde se quedaba los fines de semana, acompañado a veces por las cantantes y bailarinas de los grupos que contrataba, a veces por alguna de las muchachas que llegaban a su salón de baile dispuestas a borrar por una noche sus casas pobres, sus cuartos hacinados, sus armarios vacíos, muchachas que Casares trataba como socias. que venían a sus bailes disfrazadas de ciudad y de los sueños que podían colectar en la radio doméstica, en la televisión del vecindario, en los ejemplares viejos de revistas de celebridades que rentaban en los tendajones del mercado. Cada fin de semana, las luces del salón de baile de Casares las llamaban a perderse en su círculo mágico de ilusiones posibles y aventuras al alcance de la mano. Irse a dormir una noche con el dueño del circo de neón era irse a dormir con parte de sus ensueños.

Antes de entrar a la universidad. Casares cedió a Julia la casa familiar y rentó un departamento en el barrio vecino, frente a un parque donde había pasado años de infancia jugando y peleando, aprendiendo la calle. Tenía dinero ahora para pagarse un sitio en el lugar que ambicionó de chico, el edificio de fin de siglo con puertas de bronce y elevador de reja al que había visto entrar tantas veces, rumbo al estudio del fotógrafo que ocupaba el fondo a aquellas mujeres jóvenes y sueltas, elegantes y ajenas, que eran la materia inalcanzable de sus propios ensueños, el estilo de una belleza que despertaba menos su deseo que su imaginación, menos su hambre erótica que su apetito de triunfo y prestigio. Casares no había sido parte de ese mundo, pero ahora podía pagarlo y ese hecho lo dispensaba de pertenecer. Mejor aún, le daba una forma de pertenencia despótica, la pertenencia de quien ha escalado el balcón para plantarse en la recámara vedada ejerciendo no un derecho adquirido, sino una voluntad soberana. Portaba esa resina protectora de sus poderes adultos en la universidad, midiendo con desdén la facha joven, borrosa aún, de gente cuyas ventajas habían dejado de impresionarlo. Tenía sobre ellos la experiencia de haber ido más allá, hasta una realidad ignorada por las pasiones sin eje que eran la materia misma de la universidad, el lugar que Casares veía como una incubadora para mantener un tiempo a los cachorros, unidos y seguros en el cascarón de sus privilegios, mientras llegaba la hora de saltar al terreno escarpado de fuera, cuyo dominio habían heredado y debían, sin embargo, refrendar. Casares sabía de los terrenos llanos del origen, porque labraba en ellos su propio origen. No había un origen previo al que pudiera voltear en busca de piso y principio. El era su propio piso y su único principio, el resumen de sí, la totalidad de su historia.

Carrizales: I

En el principio fue el pontón militar junto a la boca del río. y la bulla de los monos saraguatos, chillando tras el mangle y la madera, como si le gritaran a la luna. No hay testigo que pueda recordarlo pero consta en las actas de Presciliano el Cronista, quien esto escribe, que pusieron el pontón ahí para impedir que llegaran rifles y alcohol hasta los indios de tierra adentro, alzados desde medio siglo atrás. Lo anclaron doscientos hombres de la marina, al mando del almirante Poncio Nevares, quien declaró fundado el pueblo por primera vez cuando clavaron la primera estaca de la primera tienda de campaña. Era, como se sabe, el lugar más fangoso y estancado de la bahía, donde menos pegaba la brisa y donde recalaban más desperdicios del mar, pero era el punto cercano a la bocana que debían vigilar y así nació el pueblo de Carrizales, a rajatabla, no donde quiso el amor, sino la guerra.

Cien marinos dormían en tierra, cien velaban en el pontón, y el almirante Nevares con su escolta pasaba la noche en la fragata que habían fondeado entre el pontón y la orilla. Dormía con las botas puestas y el revólver cruzado sobre el pecho, esperando el ataque de los indios que bajaban por el río o de las flotillas mercenarias que trataban cada tanto de romper su cerco. Sólo descansaba cuando los demás estaban despiertos. Era un hombrón que había peleado contra los franceses en el 67, y luego había recolonizado la California, y luego había construido el faro de Punta Sirena en el corazón del arrecife, y luego había guerreado con los mayas de tierra adentro y ahora había venido a fundar el pontón, con sus doscientos marinos de selva. Los marinos perdieron la compostura a las pocas horas de fundar su nuevo mundo. Nevares, no. En la foto del primer aniversario de la independencia nacional pasado en Carrizales, en medio de sus hombres semidesnudos, con sombreros de guano y lanzas de carrizo, aparece impecable Poncio Tulio Nevares con su casaca blanca de gala, junto al mar: los botones bruñidos, los galones dorados, el casco de flecha prusiana, el espadín de mando bajo el puño. Su uniforme es lo único realmente humano que hay en esa fotografía, lo único venido de la voluntad del hombre, el emblema de la civilización en medio de tantos varones sueltos, sin regla ni compás.

De los doscientos marinos que fundaron Carrizales, ninguno volvió sano al lugar de donde vino. Todos cayeron, enfermaron o enloquecieron, y fueron remplazados, removidos o enterrados, pero todos dejaron huella y raíz en Carrizales. Porque atrás de los marinos y el pontón, vinieron las mujeres fundadoras, como les dijeron piadosamente entonces y les dicen todavía, todos menos el que esto escribe. Presciliano el Cronista, que en su historia oficial las llama soldaderas y en su historia privada, simplemente putas. Vinieron pues las mujeres siguiendo el sendero de los hombres y la guerra, ofreciendo sus servicios de cama y cocina, y luego sus vientres para que algo durara de aquel estrago, el estrago de los tiempos primeros. Así creció el pueblo, entre el calor y los mosquitos, vivificado por la prole bastarda de aquellos marinos visitados por la muerte. Creció a ras de mar y selva, hecho a mano y lomo y luto, como todos los pueblos de la tierra.

De modo que fue fundada la villa de Carrizales, más tarde Carrizales de Nevares, el día que arribada fue a la bocana del río, en el interior más bajo y fangoso de la Bahía del Alumbramiento, la fragata guerrera al mando del almirante Poncio Tulio Nevares, un día 5 de mayo del año de la república triunfante en que hincando la rodilla en tierra. Nevares clavó el primer puntal de la primera tienda de campaña y exclamó a todos los vientos:

—Fundada quede esta villa cerca del río, en la ribera de estos carrizos, con el nombre de Carrizales del Río, que larga vida tenga y otro tanto nos dé.

A continuación de lo cual, comieron lo que había. Luego, durante varias jornadas, desenmontaron la selva de la orilla, erigieron las tiendas, cavaron las letrinas, abrieron un sendero hasta el río de agua dulce y asentaron sus reales en medio de ninguna parte.

Los indios estaban en guerra a todo lo largo del río. En guerra estaban también los animales de la selva, los jaguares y las nauyacas, y las variedades todas de moscos ubicuos, portadores del paludismo y el delirio. Más mataron las selvas que los indios, más animales que hombres hubo que domar y mantener a raya en aquel campamento del origen, al cual, por previsión de su alto comandante, fueron apareciéndole carpas perimetrales de escasa o ninguna facha militar, si alguna facha militar o civil podía existir en el conglomerado del origen. No eran tales carpas sino los recintos custodios de la carga más preciada, quitando las municiones y el tasajo, que llegó en aquellos tiempos a nuestra mitológica ribera: la carga de mujeres que traían los pailebotes de las islas a hacer temporada entre los hombres solos del pontón, mujeres de armas tomar que fueron quedándose y mutiplicando el género, como se ha dicho, hasta el punto de resultar las fundadoras de nuestra estirpe.

Antes de cumplirse ceñidamente un año de la primera fundación de Carrizales, puestas juntas las bajas por guerra o mosquito y las alzas por preñez o comercio, la exigua villa originaria tenía 432 habitantes, de los cuales 204 marinos y 89 mujeres “del común”, entre las que habían nacido 26 esquilmos del mandato genésico, los primeros nativos genuinos y contumaces de la tierra. Los otros carrizaleños de la primera hora fueron familias jóvenes de las islas y buhoneros itinerantes venidos al carrizal en busca de un camino hacia el río abierto por el pontón del Almirante. Con lo que quiere decirse que venían en busca del chicle y las maderas preciosas de tierra adentro, y del comercio con los pueblos de indios pacíficos, que muchos había, y con los pueblos blancos de los también muchos colonos reincidentes que empezaron a volver a sus rancherías asoladas por la guerra, a resembrar sementeras y a encalar viviendas, y a tratar de vivir como hasta antes de la guerra, libres y naturales, sin artificio ni beneficio, víctimas de la felicidad de fincar, a sabiendas y a ignorandas, en medio de ninguna parte.

Entre los que vinieron, este y aquel se han perdido en el tiempo, y alguno más duró lo que la temporada de huracanes en el final del verano, pero otros dejaron huella larga y fueron troncos fundadores, estirpes que serían de chicleros y madereros, civilizadores agrícolas y comerciantes que extendieron un tiempo sus redes de mercaderías hasta casas de La Habana y Maracaibo. Galveston y Nueva Orleans. Grandes fortunas, agréguese al margen, hijas de grandes saqueos, grandes nombres anclados en grandes pillerías, que no es hora de incluir en la historia pública de Carrizales, la Historia que ha de ser inspiración y orgullo, y mirar hacia arriba, nuestra Historia de Arriba, aun si han de maquillarse un poco o un mucho los hechos que la jalan hacia abajo, los hechos rastreros de la Historia de Abajo, hechos que no conviene todavía grabar en la memoria de nadie, aunque estén en la boca de todos, empezando por la de este cronista, hechos que este cronista no callará, que pondrá simplemente entre paréntesis en espera de la posteridad imparcial y serena de Carrizales.

Recuérdense aquí, en honor de su memoria y para alimento de la nuestra, los nombres de don Dimas Sansores, agricultor, y don Anastasio Vigía, chiclero; doña Vespasia Doheny, partera, y don Atilano Barudi, comerciante, así como don Rosario Casares, cantinero, y su hijo Mariano, quien con don Romero Pascual habría de ser pionero de la caoba en Carrizales, el árbol rojo que fue fiebre dorada en el Caribe y el Golfo y puso a Carrizales en el mapa de la prosperidad. Agréguense en el margen los nombres del oxímoron, que nada añaden a la historia sustancial de Carrizales pero que Presciliano el Cronista, que esto escribe, quiere pronunciar: Romero Sedeño, Lucero de la Piedra, Salvador Cruz, Primitivo Segundo, Atenor Sordo, Candelaria Sombra y la madre mía de todos los odios y todos los amores, Benita Caín.

Dicen quienes pueden recordarlo que poco entenderá de aquellos años quien no se detenga algunos minutos en la historia olvidada de don Romero Pascual, comerciante y lanchero de edad, y de Mariano Casares, apenas un muchacho al llegar a Carrizales, porque la asociación y diligencia de estos pioneros conducen de la mano a la segunda fundación de nuestra villa, aquello que la puso en camino de ser lo que es, el rumbo cabal de su historia realizada que entonces era sólo un confuso porvenir en medio de los fangosos carrizales de una anónima bahía.

Los primeros Casares vinieron a Carrizales siguiendo a las mujeres. Vinieron el viejo Rosario Casares, cantinero de las islas, y su único hijo, Mariano, quien con el tiempo sería todas las cosas de esta historia. Vinieron a hacer fortuna, en busca de las oportunidades abiertas al comercio y al alcohol en los pueblos del río, hasta entonces vedados por la guerra. Así lo registró quien esto escribe. Presciliano el Cronista, en su Historia de Arriba, la historia pública y publicable de Carrizales, y es. desde luego, cierto. Pero en su Historia de Abajo, la historia privada e impublicable de Carrizales, consignó también la otra cosa, a saber: que el viejo Rosario Casares vino con su único hijo a Carrizales siguiendo a la mulata Adelaida, que le había sorbido el seso y otras cosas en el congal isleño donde se alquilaba.

Esa historia es así:

Los Casares tenían una cantina en las islas, una cantina de pobres en las pobres afueras del pobre pueblo isleño en el que habían recalado, como tantos otros, del naufragio de la guerra en tierra firme. Ahí, junto a la playa, sobre un tablón, en una barraca de trabes disparejas con piso de arena, mal cubiertos de la intemperie por un techo de guano, alumbrados sólo por un quinqué de kerosén, escanciaron por años cervezas alemanas que enfriaban en el mar, aguardientes de caña sustraídos de los trapiches cubanos y whisquies de malta que traían los barcos del ancho mundo por la Corriente del Golfo hasta las aguas limpias y haraganas del Caribe.

Desde que despertaba, siempre tarde y zorimbo de la noche anterior, don Rosario se ponía en un banco fuera de su choza a abanicarse el sudor y a curarse la cruda con dedales de aguardiente, mientras su hijo Mariano de ocho años, parado sobre un cajón, porque no alcanzaba el mostrador, servía y cobraba los tragos en la cantina, veinte metros adelante de la covacha en que vivían. No bien entraba la noche, al viejo Rosario lo llamaban las luces del congal que se veían desde su cantina por la punta rocosa de la isla, y allá se iba a regar el dinero que su hijo hubiera podido cobrar en las mujeres que él pudiera comprar. “Dámelo todo”, le decía a Mariano cada noche. Y se llevaba todo lo que entraba cada día.

Una de esas noches en que don Rosario estaba ausente. durante un pleito de borrachos el quinqué de kerosén se volteó sobre las tablas secas de la cantina. Antes de que pudieran llevar agua de la playa, el sitio era una antorcha. Cuando Rosario Casares amaneció al día siguiente hinchado de alcohol y congal, su hijo Mariano le dijo:

—Se quemó la cantina. ¿Qué vamos a hacer?

—Nos vamos a tomar una cerveza —contestó don Rosario.

Se tomó la cerveza y fue luego a ver el estropicio. Apenas lo vio, cayó sentado, atónito, en la playa.

—Se quemó todo —redundó—. ¿Y ahora qué vamos a hacer?

—Vamos a construir todo de nuevo —respondió su hijo Mariano.

—Estás soñando, muchacho —se desoló don Rosario—. ¿Con qué dinero?

—Con éste —dijo el muchacho, mostrando el paliacate lleno de monedas y billetes que había apartado día tras día de la calentura de su padre.

Tenía sólo unos años Mariano Casares, y ya era el que iba a ser.

A la cantina isleña de los Casares venía un negro cambujo que tocaba el violín. Lo había aprendido de su padre liberto y éste de su padre, el liberto primero, que lo había aprendido de un concertino francés que vino al Caribe por mandato napoleónico a fundar El Oído del Nuevo Mundo. El concertino enseñó a blancos y negros, y los negros, que tenían su propio oído, fundaron la música de violín que querían escuchar y la enseñaron a sus hijos, uno de los cuales venía a tocar por la comida y algún trago en la cantina de los Casares. Con el negro llegaba la alegría, su violín convocaba a los borrachos dispersos, como el cencerro a los bueyes. El lugar se atestaba y la caja timbraba al ritmo del violín postnapoléonico del negro.

—Tienes que enseñarme a tocar eso —le dijo Mariano un día.

—¿Para qué quieres tocar? —se asombró el negro.

—Para divertir a mis borrachos —respondió Mariano, señalando a su clientela.

—¿Y para qué quieres divertir a estos borrachos? —preguntó el negro—. Si lo que les interesa es beber.

—Para que beban más —respondió Mariano.

El negro se echó a reir y prometió enseñarle los secretos pueriles del instrumento.

—Los secretos verdaderos no pueden enseñarse —le dijo—. No se pueden aprender si no eres negro.

—Algo negro puedo ser —respondió Mariano.

Y algo negro fue. porque algo negro era. Se dijo siempre que don Rosario Casares tenía una pizca de negro por la buena razón de haber tenido una escondida bisabuela haitiana y por la mala razón del enfermizo gusto de negras que tuvo, y nunca desmintió. Durante su vida tierra adentro, esa pasión lo llevaba a husmear en campamentos y congales itinerantes de la guerra las pieles oscuras que necesitaba, llevado quizá por la memoria vaga pero imperiosa de su lejano engendramiento. La mulata Adelaida fue su fervor isleño mientras se quedó en las islas y su infierno cuando supo que había decidido probar fortuna en el campamento recién abierto de Carrizales, allá abajo, en la bahía prometedora, llena de marinos jóvenes con haberes militares que no tenían dónde gastar. Don Rosario decidió seguir a la mulata Adelaida, dejando todo atrás, en particular la cantina que prosperaba bajo la mano de su hijo Mariano, ahora adolescente y abstemio, prolífico multiplicador de los rendimientos de su violín, porque no pasó mucho tiempo antes de que Mariano Casares supliera al negro en los descansos de su violín.

La primera cosa de lujo que Mariano Casares se compró en su vida, como diría después a quien quisiera oírlo, fue “un violín para comer”: el violín holandés que su negro maestro le encontró de oferta en uno de los barcos que canoteaban las islas, una joya en laque Mariano invirtió los siguientes dos meses de congal de su padre, don Rosario, para tocar con el negro en la cantina. La cantina rio y creció viendo a Mariano Casares imitar como mono los sonidos y los brincos de su maestro negro. Rio y bebió más porque el nuevo ejecutante dio en traducir unas supuestas historias haitianas que el negro fingía decir en creóle, el francés de las islas. Eran jugosas peripecias de blancas urgidas y negros complacientes, esposas lúbricas y maridos corniciegos, que los parroquianos celebraban estallando en risas al reconocer en las historias sus propios nombres, porque aquellas narraciones perdularias no eran sino la escenificación haitiana o martiniquesa de las penas amorosas que Mariano Casares escuchaba de los propios borrachos sobre el tablón de su mostrador, y las que traía don Rosario del congal deslenguado que lo absorbía por las noches.

Así contaron Mariano y el negro al violín en la cantina la historia de la mulata haitiana Adéle Haydée, nativa y cautiva de un congal de Puerto Príncipe, que pagaba con los dineros nocturnos de un viejo cantinero los favores vespertinos de un joven borracho, hasta que el viejo Rosario los detuvo para preguntarles si por casualidad hablaban de Adelaida, y si se burlaban de él, y toda la cantina lo bañó con una perdonante carcajada.

Dicen los testigos presenciales que antes de cumplir los veinte años Mariano Casares era tan alto y tan recto como el descomunal almirante Nevares, el cual tenía costumbre de atisbar en el muelle, con minucia y ojo de padre fundador, todos los desembarcos que tenían lugar en su villa, para la visual catalogación de cada objeto y cada ser de nuevo arribo. En aquella colección de aguas y varones bajos, el Almirante reconoció sin dudar su propia talla en la alzada del joven Mariano Casares.

—¿De dónde vienes tú. muchacho? —preguntó el Almirante, cuando lo vio poner pie en tierra cargando sobre sus hombros dobles una doble redoma de aguardiante.

—De donde usted me diga, Almirante. Yo estoy para servir su voluntad.

—De ese lugar me gusta —contestó el Almirante.

Y rieron los dos, reconociéndose.

Justamente lo contrario hizo Mariano Casares con su padre apenas hizo pie en la mítica ribera. Luego de instalarle el tablón de la cantina en un paso del monte. Mariano dejó a su padre y fue en busca de su tío segundo Romero Pascual para ofrecérsele como agente en la ruta comercial del río, que muchos emprendían por primera vez. Se hizo de su propia lancha por una caja de aguardiente con los indios de la boca, subió como remero de su canoa a Jacinto Chuc, indio ladino pacificado que odió a su raza más que los blancos, y con un cabo jalando la pequeña gabarra atestada de mercaderías empezó su historia de buhonero en el río.

Con Jacinto Chuc remando al frente de la canoa, armado con un machete de monte, y él mismo remando atrás, con un revólver Colt y una carabina Mauser que rentaba a los marinos francos del pontón. Mariano Casares tomó la ruta de los pueblos del río para vender y cambiar sus bienes elementales. Llevaba la sal y el azúcar, el tasajo y el alcohol, la mariguana y la quinina. Traía de regreso monedas y animales, plumajes y pagarés, pacas de chicle y títulos de tierras desmontadas, cedidas en garabatos preescolares sobre papeles de estraza. Dicen testigos de aquel tiempo primero, que el cayuco de don Mariano Casares, con su indio agreste como mascarón de proa, era bienvenido en todos los pueblos del río, porque llevaba las cosas esenciales antedichas y porque traía su violín de las islas para animar las fiestas en que se comían sus víveres, se bebía su alcohol y se escuchaban las historias recogidas por Mariano en las orillas del río durante su última travesía.

Para todo le alcanzaba a Mariano Casares. Se dice que traía también información precisa sobre el ánimo de los indios de río adentro, sobre el número de sus armas y la extravagancia de sus ceremonias anunciadoras de correrías y hechos de sangre. Fue por estos informes reservados, dice el rumor de la historia, que el almirante Nevares logró algunas de las más sonadas victorias en aquella su misión pacificadora de los años primeros, victorias que el rencor crónico de esta remota frontera no ha sabido todavía reconocer. Hablo de las victorias de Chac- Zulub y Chan Arenilla, que abortaron en sus preparativos lo que hubieran sido largas jornadas de sangre entre los pueblos del río, y que el visionario Nevares redujo a unos cuantos tiroteos y a la captura de un cabecilla al cual, lejos de atormentar y fusilar, como era costumbre y hasta exigencia de la costumbre en aquella cruenta guerra, tuvo simplemente atado al muelle de Carrizales, dándole lo que quisiera de comer y beber, hasta persuadirlo de pacificarse con razones y buen trato —en particular el buen trato del aguardiente, dicen quienes quieren recordarlo, y las no menos embriagadoras humedades de una de las mujeres del común, que por encargo del Almirante venía a visitar al prisionero de noche, fingiéndole amores étnicos, pues algo de india tenía, y quitándole la rabia cada noche, hasta pacificarlo por completo.

Lo cierto es que prosperó el comercio en el río y los tratos de Casares con el supremo Almirante prosperaron también. La modesta canoa inicial tuvo pronto un motor de borda, desmontado por órdenes del Almirante de uno de los lanchones guerreros del pontón y puesto en la peña gabarra de Casares a fin de que Mariano pudiera adentrarse hasta el confín del río y extender la dimensión de su comercio tanto como su registro confidencial de los humores de la indianería. Es difícil imaginar ahora lo riesgoso de ir y venir y hacerse un lugar en el río, zona periférica pero activa de la guerra de castas. Los poblados eran relativamente seguros, pero las riberas y los caminos no, acechados como estaban por indios bravos, prófugos de la colonia inglesa y pandillas de contrabandistas que cobraban en los viajantes su afrenta por la existencia del pontón. Aquellos poblados vivían en estado virtual de sitio, cerrados sobre sí mismos, esperando del cielo la lluvia y del azar los visitantes que sacudieran con una pizca de novedad la rutina heroica e insabora de haber fincado en medio de ninguna parte.

Nadie iba a esos pueblos, sitiados por la soledad, los indios y los asaltantes. Mariano Casares sí, iba a recoger oportunidades y dinero donde nadie más se atrevía, donde el miedo o el desprecio no sabían ofrecer ni recoger. En esos pueblos perdidos encontró Mariano Casares su primera celebridad y su primera fortuna. Su primera lista de amores también, se agrega al margen, amores de marino sin rienda, como eran y habrían de ser los de su estirpe. Si el padre Rosario vino a Carrizales siguiendo a la mulata Adelaida —cuyas nalgas homéricas ningún procer fundador de Carrizales resistió en privado ni reconoció en público— el hijo Mariano fue al río siguiendo el sendero de ancas prontas que lo esperaban, dispuestas a ofrecer sus jugos y sus nudos, antes, mucho antes de que existieran damas y familias en Carrizales, cuando no había sino putas y mujeres de agarre y un paridera sin techo ni patronímico, cuya fruición pagana es todavía sacrílego nombrar.

Lo cierto es que la guerra menguó mientras crecía la vida errática e imparable de aquellos pueblos, aquella normalidad de estar siempre en la cuerda floja, a punto de que les cortaran el cuello, pero normalidad al fin, que se extendió por años y alcanzó por último el rostro siempre incierto, provisional e indefinible de la paz. Cuando la paz empezó a ser sólo una rutina y un olvido de los tiempos sangrientos que acababan de irse, cuando la calamidad del fuego y el odio cedió su turno al tedio y el comercio, al empezar el siglo que corre, y como si se apresurara a ponerle condiciones, el supremo almirante Nevares tuvo la ocurrencia visionaria de fundar otra vez la villa. Como el Dios anónimo del génesis, miró sobre aquel caos de carpas de lona regadas entre los lodazales de la ribera y dispuso que se hicieran el orden y el futuro sobre Carrizales. Convocó para ello a una reunión de marinos y colonos en el muelle y trazó una cuadrícula sobre la arena de diez calles y un kilómetro por lado. Les dijo:

—Este es el fundo que será de Carrizales. A partir de donde empieza hoy la selva, cada quien será dueño del terreno que pueda desmontar y mantener desmontado con sus manos.

Los colonos chapearon con prestancia pero sin ambición. Años después, la viuda de la Piedra se sentaba en el portal de su casita de madera, construida en el centro de uno de los predios grandes de Carrizales, y se quejaba en los oídos juveniles de Presciliano el Cronista, que esto escribe: “Si mi esposo no hubiera flojeado al chapear, tuviéramos el doble. Pero sólo servía para chupar y gozar, y gozó y chupó mucho, y chapeó y dejó poco, él a quien Dios tenga tan bien guardado en su gloria como yo lo tengo en mi memoria”.

Un día desembarcó en el muelle la comisión topográfica que hizo venir el Almirante para trazar la primera cuadrícula del pueblo con calles amplias y plazas generosas. Exactamente un año después de la fecha de arranque del desmonte, cuando el ánimo colonizador había cesado y era cada quien dueño de mucho más terreno del que podía cuidar o habitar, se declaró terminado el reparto por desmonte y se extendieron los títulos de propiedad. quedando la selva inmensa circundante como reserva del pueblo, indomeñable y amenazante patrimonio de todos.

Cada quien tuvo lo que quiso y pudo chapear pero hubo quienes quisieron y chapearon más. Al terminarse la reunión que convocó en el muelle, el almirante Nevares, que no dio paso en falso entonces ni en el resto de sus días, llamó aparte a Mariano Casares y le dijo:

—Si te las arreglas para traer indios a chapear lo que alcancen, yo les doy la comida a ellos, y a ti la mitad del terreno que los indios desmonten.

Fue así como Mariano Casares, entonces un joven de veintidós años, llevó a Carrizales la primera partida de indios desmontadores. Bajo la capitanía de su encrespado y siniestro remero de proa, Jacinto Chuc, los indios limpiaron primero una manzana de cien metros por lado, donde el Almirante les dijo que habría de ser el centro del pueblo. Cuando el terreno quedó limpio de plantas rastreras, con sus árboles grandes respetados, el Almirante vino a ver y le dijo a Casares:

—Me gusta la manzana que desmontaste. Ahora desmonta una para ti.

Los indios desmontaron una segunda manzana, contigua de la primera, pero cuando la hubieron desmontado, el Almirante vino a ver y le dijo a Casares:

—Me gusta esta manzana también, porque colinda con la primera. Desmonta otra para ti.

Desmontaron la tercera manzana y el Almirante decidió al verla:

—Esta manzana me gusta, porque colinda con la segunda.

Volteó luego y le dijo a Mariano Casares: —Ya llevas tres manzanas desmontadas para mí, ¿dónde van a quedar las tuyas?

—No sé. Almirante —respondió Mariano Casares—. Voy a pensarlo.

Casares fue entonces a ver a su tío segundo, don Romero Pascual, y le contó la historia. El tío Romero le explicó:

—Mientras desmontes terrenos contiguos, al Almirante se le van a antojar. porque su propiedad va creciendo contigua, en lugar de salteada. Y al espíritu de propiedad le gusta lo contiguo.

—¿Qué se puede hacer? —preguntó Casares.

—Hay que chapear lejos del muelle —dictaminó el tío Romero Pascual—. Donde a nadie le importe, pero donde están mejor los terrenos, en la zona de las palmeras y los vientos, en la parte menos baja y menos sucia de la bahía.

Esa fue la idea que determinó la ubicación final de Carrizales. Todos habían chapeado hasta entonces del muelle hacia el río, que eran los terrenos más bajos y más húmedos, más pantanosos, con minas de arena y grutas cavadas por el fluir subterráneo de las aguas. Romero Pascual y Mariano Casares fueron hacia el otro lado, hacia las tierras firmes no fangosas, donde crecían sobre piso fuerte cocales y almendros y el monte era menos cerrado y más bajo, con sólo algunos árboles grandes, que no impedían el paso de la luz, como en el rumbo del río, y eran por lo mismo más fáciles de desmontar y de cuidar después contra el monte. Esas tierras quedaban entonces a medio kilómetro de selva cerrada del muelle originario. Los indios de Romero y Mariano abrieron un camino de saca en la selva y pusieron al final el campamento para desmontar ahí. Cuando vinieron a ver, habían desmontado el equivalente de veinte manzanas, dejando en medio sólo las palmeras y los almendros que encontraron. Tenían también, cortadas y apiladas, cuatro caobas grandes y seis trozas de ciricote, la madera más fina y la madera más dura de la zona. Fue el verdadero inicio, sin premeditación ni ventaja, de su pasión como madereros que tanto habría de darles y tanto costarles, a ellos y a todos, años después.

Uno de los terrenos desmontados estaba frente al mar y tenía en el centro una ceiba que alzaba sus copas gigantes como una deidad prehistórica. Los indios se negaron a cortarla porque la ceiba era una mata sagrada en la que se aparecía la Xtabay, ectoplasma de una recalcitrante princesa indígena que cobraba el despecho de un príncipe atrayendo a los hombres para perderlos en la selva. Carrizales se figuraba a la Xtabay como una hermosa mujer que se peinaba de noche en la ceiba, de espaldas a quien iba a perder. Atraído por el imán del pelo y de la espalda, el elegido se acercaba. Cuando estaba a un paso de su prenda lúbrica, la Xtabay volteaba a mirarlo. En lugar del bello rostro que anunciaban las espaldas y el cabello, aparecía el rostro de un burro, el vaho frío de una serpiente, las hojas de metal de un armadillo, y no había la mujer soñada que prometían la espalda y el pelo, sino el nagual carcajeante que venía a llevarte.

—El árbol donde se aparecen mujeres es el que quiero para mí —dijo entre burlas y veras Mariano Casares, y lo apartó para él. Cuando acabaron de limpiar aquellos montes, trajeron al Almirante. Antes de que el Almirante hablara. Casares le dijo:

—Quisiera pedirle que no considerara desmontado el terreno donde queda la ceiba.

—¿Lo quieres para ti? —preguntó el Almirante. Casares asintió. El Almirante dijo:

—Entonces ese terreno sin desmontar es tuyo. Pero quiero dos a cambio.

—Escoja usted los dos que quiera y a partir de eso, que escoja don Romero —dijo Mariano Casares—. Repartiremos después lo que reste.

El Almirante barrió el lugar con la vista y escogió cuatro predios contiguos, en lugar de los dos que le tocaban. Romero Pascual y Mariano Casares partieron por mitades las manzanas que quedaban, pero todavía don Romero hizo una reserva.

—Señor Almirante —le dijo—, mi sobrino Mariano y yo queremos donar una manzana para el palacio de gobierno. otra para los cuarteles generales del pontón, y otra para un parque público que pudiéramos acabar de sembrar de almendros y palmeras, según lo decida usted.

—De acuerdo —dijo el Almirante.

—Si no tiene usted inconveniente, señor Almirante

—siguió don Romero—, queremos donar también de nuestros terrenos, y con el trabajo de nuestra cuadrilla, una avenida que cruce en medio de los terrenos suyos y los nuestros, una avenida de un kilómetro que empiece en la ribera y avance en línea recta tierra adentro, en señal e instrucción del posible crecimiento de estos predios.

—De acuerdo —dijo el Almirante.

—Si usted está de acuerdo, señor Almirante —siguió don Romero—. Mariano mi sobrino y yo quisiéramos bautizar esa avenida con su nombre.

El Almirante no dijo nada. Don Romero siguió:

—Quisiéramos donar también la madera que ve usted ahí cortada para construir, al principio de la avenida que llevará su nombre, un nuevo muelle, el cual queremos desde ahora poner bajo su inspección y control.

—De acuerdo —dijo el Almirante—. Pero a cambio de tantas donaciones filantrópicas, ¿qué es lo que quieren ustedes para ustedes?

—Que nos traslade usted de las islas el trascabo que hace falta para abrir y apisonar la avenida —dijo don Romero Pascual—. Y que nos deje traer de Nueva Orleans la banda de aserrar que hace falta para beneficiar las caobas y los ciricotes cortados cuando se desmontaron estas tierras, antes de que se pudran con las lluvias.

—De acuerdo —dijo el Almirante—. Tienen ustedes permisos temporales para eso, permisos que yo he de renovar, según vaya el avance de las obras. Pero la avenida no ha de llevar mi nombre sino el nombre que aquí le impongo de Boulevard de los Fundadores. Y no me busquen la vanidad: si se trata de comprar y pagar favores, tendrán precios y pagos en otra especie.

Fue así como se fundó en verdad Carrizales, con los indios de Mariano Casares, la astucia de don Romero Pascual y el gusto de tierras nuevas del Almirante de la Bahía del Alumbramiento, como lo llamó Presciliano el Cronista, que esto escribe, en el panegírico del aniversario de su nacimiento, cuando aquella escena secreta y el Almirante mismo eran ya parte del polvo de la memoria que todos hemos de ser y vamos siendo.  n

El padre de Casares tomó resto de los dineros para un negocio imposible, cuyo remanente Invirtió en otro, y el remanente en otro, hasta que se vio una noche frente a su mujer con las manos vacias, pidiéndote que firmara un crédito sobre la casa para el negocio final que habría de redimirlo. Perdió también la hipoteca, perdió fuego a su mujer, finalmente se perdió a si mismo, y a sus hijos, de cuyas vidas salio sin decir que se iba.

Sólo te digo esto. Ahí donde están las moscas y (a mugre, ahí está el dinero. Ahí donde no hay nada, donde nadie va, ahí está todo. Sólo llévale a la gente (o que quiere. Te dan pesos arrugados, monedas sucias, pero fuego tú lo pones junto, y todo se alisa y se limpia en el banco.

Cuando la enfermedad de su madre legó a la fase terminal, Casares fue menos asible y más sospechoso que nunca. Una tarde, luego de enésimo pleito, Raquel estrello la vajilla contra (as paredes del departamento, rasgó el colchan de (a cama con el cuchillo eléctrico de cortar carnes, empacó sus cosas y a su hijo y se refugió en la ciudad norteña donde vivía su familia.

Casares lo había reclutado como su sombra una mañana en el patio de la escuela, cuando oyó los gritos de pánico de un menor de nuevo ingreso al que atormentaban (os mayores de (a secundaria. Aullaban encima de él y le hacían andar sobre el rostro (a tarántula de alambre que era marca de fábrica en las novatadas del colegio. Alejo Serrano, la víctima, se revolcaba en el piso, aterrorizado, llenando de todo el presuntuoso traje azul marino en que lo habían enfundado, para su desdicha, haciéndolo victima deseable de la truhanería.

Una de las bendiciones de su vida en las afueras había sido no llevar encima la condena tácita de no pertenecer. Las ajueras eran un orbe abierto donde cualquiera podía sentar sus reales sin pedir ni dar explicaciones de origen, lo mismo que en la cancha de basquetbol, con igualdad de reglas, sin marcadores ocultos ni ventajas previas.

Casares puso en las afueras una vivienda de nómada donde se quedaba los fines de semana, acompañado a veces por las cantantes y bailarinas de grupos que contrataba, a veces por alguna de las muchachas que llegaban a su salón de baile dispuestas a borrar por una noche sus casas pobres, sus cuartos hacinados, sus armarios vacíos, muchachas que Casares trataba como socias…

De los doscientos marinos que fundaron Carrizales, ninguno  volvió sano al lugar de donde vino. Todos cayeron, enfermaron o enloquecieron, y fueron remplazados, removidos o enterrados, pero todos dejaron huella y raíz en Carrizales. Porque atrás de los marinos y el pontón, vinieron (as mujeres fundadoras, como (es dijeron piadosamente entonces y les dicen todavía…

Entre los que vinieron, este y aquel se han perdido en el tiempo, y alguno más duró      lo que la temporada de Huracanes en el final del verano, pero otros dejaron huella larga

y fueron troncos fundadores, estirpes que serian de chicleros y madereros, civilizadores agrícolas y comerciantes que extendieron un tiempo sus redes de mercaderías Hasta casas de La Habana y Maracaibo, Galveston y Nueva Orleans.

Los primeros Casares vinieron a Carrizales siguiendo a las mujeres. ‘Vinieron el viejo Rosario Casares, cantinero de (as islas, y su único hijo, Mariano, quien con e( tiempo sería todas las cosas de esta Historia. Vinieron a Hacer fortuna, en busca de (as oportunidades abiertas al comercio y al alcohol en los pueblos del río, hasta entonces vedados por la guerra.

La primera cosa de lujo que Mariano Casares se compró en su vida, como diría después a quien quisiera oírlo, fue “un violín para comer”: violín holandés que su negro maestro le encontró de oferta en uno de los barcos que canoteaban las islas, una joya en la que Mariano inivirtió los siguientes dos meses de congal de su padre, don Rosario, para tocar con el negro en la cantina. La cantina rio y creció viendo a Mariano Casares imitar como mono los sonidos y los brincos de su maestro negro.

Con Jacinto Chuc remando al frente de (a canoa, armado con un machete de monte, y él mismo remando atrás, con un revolver Colt y una carabina Mauser que rentaba a (os marinos francos del pontón, Mariano Casares tomo (a ruta de los pueblos del rio para vender y cambiar sus bienes elementales. Llevaba la sal , el tasajo y el alcohol, la mariguana y la quinina.

Nadie iba a esos pueblos, sitiados por la soledad, los indios y los asaltantes. Mariano Casares si, iba a recoger oportunidades y dinero donde nadie más se atrevía, donde el miedo o el desprecio  no sabían ofrecer ni recoger. En esos pueblos perdidos encontró Mariano Casares su primera celebridad y su primera fortuna. Su primera lista de amores también, se agrega al margen,amores de marino sin rienda, como eran y habrían de ser tos de su estirpe.

Uno de los terrenos desmontados estaba frente al mar y tenía en el centro una ceiba que alzaba sus copas gigantes como una deidad prehistórica. Los indios se negaron a cortaría porque (a ceiba era una mata sagrada en (a que se aparecía la Xtabay, ectopíasma de una recalcitrante princesa indígena que cobraba el despecho de un príncipe atrayendo a los hombres para perderlos en la selva.

Atraído por el imán del pelo y de la espalda, el elegido se acercaba. Cuando estaba a un paso de su prenda lúbrica, la Xtabay volteaba a mirarlo. En lugar del bello rostro que anunciaban las espaldas y el cabello, aparecía el rostro de un burro, el vaho frío de una serpiente, las hojas de metal de un armadillo, y no había la mujer soñada que prometían la espalda y el pelo, sino el nagual carcajeante que venía a llevarte.

Epigramas venecianos

Serpientes y escaleras

El 24 de agosto se cumplieron doscientos cincuenta años del nacimiento de Goethe, uno de los artífices de la cultura occidental. En 1790, el año en que su amor por Italia recibió un golpe mortal, Goethe publicó los Epigramas venecianos, más reflexivos y hasta turísticos que satíricos. José María Pérez Gay eligió algunos de ellos. Que el lector tenga la confianza de que le darán una imagen del mundo que ya era moderno.


El 24 de agosto de 1999, Alemania celebra los doscientos cincuenta años del nacimiento de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), una de las leyendas de la cultura occidental. No fue un filósofo sino un poeta, un artista y un científico, un soñador y un visionario y, no obstante, un político. Un teórico apasionado y un hombre de acción. Amó la lucidez y defendió la oscuridad, le fascinaban los nobles y los aristócratas, pero nunca rechazó las manifestaciones plebeyas, ni despreció lo que otros críticos llamaron la “inevitable vulgaridad”. Ninguna expresión literaria le fue ajena; ningún género artístico, indiferente. Goethe dominó los estilos más diversos, intentó todas las formas y los géneros, nunca se sintió mejor que cuando transitaba por la poesía de todos los tiempos.

En el transcurso de su vida presenció transformaciones radicales de la vida cotidiana, de las ciencias, las artes y la literatura, vivió la guerra de los siete años que destruyó el imperio germánico de su época, la revolución norteamericana y, sobre todo, la francesa: los veinticinco años de las guerras napoleónicas, sus heroicos clamores, sus himnos triunfantes y su segura secuela de dolor, devastación, sangre y muerte. A sus ochenta años, el anciano Goethe presenció a distancia la revolución de 1830 en Paris, el regreso y el triunfo de la restauración y la reacción. Asistió al cambio del barroco al rococó, del periodo clásico al romántico, se convirtió en el representante de la inteligencia y la crítica, y llevó a la literatura alemana de su indigencia provinciana al florecimiento crítico y radical. Por él la pequeña ciudad de Weimar llegó a ser el centro de la cultura europea, el lugar de peregrinación de tantos jóvenes escritores y artistas ingleses, italianos, franceses, escandinavos, rusos y norteamericanos.

A partir de la publicación del Werther (1774), siempre combatió las muchas ediciones piratas de sus libros, pero se alimentó de las obras de otros escritores y no pocas veces se los apropió sin el menor escrúpulo. Goethe tomó del fondo internacional de la poesía lo que más le gustaba y podía usar, fue muy poco severo en cuanto a la propiedad intelectual, y esa negligencia ante los derechos de autor —por lo demás muy común en esa época— le permitió escribir obras extraordinarias. Goethe fue un renovador y un consumador, un defensor de la tradición y un fanático de los experimentos, se transformó incesante y permaneció fiel a sí mismo. Los dioses le dieron todo a su hijo predilecto: todas las alegrías y todas las desdichas.

De esas alegrías y desdichas nacieron sus poemas. La mayor parte de ellos no fueron sino improvisaciones poéticas. “Siempre transformé en un poema o en un cuadro” ——escribe—— “lo que me deleitaba, me entristecía o me preocupaba”. El poema de ocasión, es decir, el que atrapa sus temas en la vida cotidiana. fue siempre, para Goethe, el primero y más auténtico de los géneros poéticos.

Los Epigramas venecianos (1790) son el fruto del segundo viaje a Italia de Goethe. Si en las Elegías romanas se exaltaba la pasión amorosa y la imagen de una ciudad, en los Epigramas tiene lugar la desmitificación de Italia. Si en las Elegías Faustina se reveló como la amante de la ciudad eterna y el idilio intemporal superaba la muerte, en los Epigramas Goethe se volvió intolerante contra las calles sucias de Venecia, la miseria de las clases desposeídas en contraste con el lujo de los potentados, la corrupción de los funcionarios, el catolicismo romano que no lograba, como el protestantismo alemán, cohesionar a la sociedad de sus creyentes y las despreciables intrigas y maniobras del gobierno. Los Epigramas son el puesto de un vigía, pequeños ejercicios de crítica y admiración, su manera de ver la época en que vivía. Goethe escribe todo lo que se le ocurre, defiende y amonesta a sus contemporáneos.

El 4 de mayo de 1790, Goethe le confiesa al duque de Weimar que su amor por Italia ha recibido un golpe mortal y, al mismo tiempo, le anuncia que las Elegías romanas están listas para su publicación. Si Italia había dejado de ser el país del corazón y sus deseos, entonces ya no existían obstáculos para convertir a la ciudad de Weimar en una Roma antigua o moderna. Si el santo patrono de las Elegías fue Propercio, el de los Epigramas sería Marcial: “Son los frutos que crecen en una gran ciudad”, anota Goethe, “se dan por todas partes y no se necesita mucho tiempo para levantarlos. Serán tan diversos como la vida de una ciudad: generosos, malignos y obscenos”. En realidad, los Epigramas venecianos no pertenecen al género de la sátira personal; Goethe no conocía la sociedad veneciana, ni le interesaba, y la sociedad de Weimar no hubiera tolerado a Marcial, ni a Juvenal a quien Goethe leía en esos meses. Los Epigramas reúnen las reflexiones sobre Italia, su relación con Christiane Vulpius y un grupo de poemas en torno a la Venecia turística. Goethe se queja de la lluvia y las calles sucias, la falta de árboles y follaje, se burla de los sacerdotes católicos y el nuncio papal en las fiestas de la Pascua. Una serie de epigramas se ocupan de la Revolución francesa, el “triste destino de Francia”: “Quieres liberar a muchos, atrévete primero a servir a muchos”. Según Goethe, la intolerancia se escondía detrás de los apóstoles de la libertad.

Los Epigramas venecianos (1790) son la primera obra anticristiana de Goethe, no hay uno solo de sus escritos posteriores que pueda compararse con la severidad de esta primera crítica. El cristianismo se presenta como una serie de ilusiones, un “estoicismo moral” o un “deismo”, y “ninguna de las dos” —escribe— “es una religión que le convenga a los hombres”. Goethe partía de la certeza de que sólo el epicureismo tenía la respuesta “a los enigmas Dios, hombre y mundo”. Los individuos debían regresar a la doble necesidad de Epicuro: la de eliminar el temor a los dioses y la de desprenderse del temor a la muerte. Los dioses eran tan perfectos que estaban más allá del alcance de los hombres, pero sobre todo eran indiferentes a su destino. De acuerdo a la celébre reflexión de Epicuro, el temor a la muerte era un engaño, porque mientras se vive no se tiene la sensación de la muerte y cuando se está muerto no se tiene sensación alguna.

El secreto más profundo de la vida es la vida misma. Si el poeta viviera siglos no desearía el mañana más que el día de hoy. Jesucristo era un iluso enloquecido que sacrificó su vida y, con la ayuda de su doctrina, condenó a sus seguidores a que repitieran lo mismo. Sus discípulos, los bribones dice Goethe, se llevaron su cuerpo de la tumba y, al mismo tiempo, hablaron de la resurrección. Cristianos, judíos y musulmanes no eran sino ilusos intolerantes y furiosos. A la pregunta religiosa “¿Qué debo esperar?”, Goethe nos da una respuesta inmediata y erótica:

¿Cuál es mi esperanza? Sólo la que hoy me ocupa: llegar a ver mañana a mi amada, a quien hace ocho días que no veo.

El autor de Las tribulaciones del joven Werther, Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, Egmont, Torcuato Tasso, Ifigenia en Taúride, Poesía y verdad, Las afinidades selectivas y Fausto resumió también en los Epigramas venecianos su convicción de que la sexualidad era una de las fuerzas motrices del espíritu. Un siglo antes de Sigmund Freud y sus investigaciones sobre la psicopatología de la vida cotidiana, los Epigramas son también la continuación de esa etapapriápica en la sensualidad de Goethe, que coincidió con la publicación de sus Escritos y el nacimiento de su primer hijo. Aquí, la esperanza y el deseo aparecieron en su forma más obvia: el prurito sexual, la única realidad detrás del engaño de los sacerdotes y los políticos. Las expresiones o alusiones sexuales le dieron a un grupo de poemas la fuerza retórica suficiente, pero su contenido fue siempre religioso o político. Muchos epigramas se conocieron sólo ciento veinte años más tarde, ningún editor se atrevió entonces a publicarlos. Goethe escribió sobre temas imposibles, como la desnudez, la erección, la masturbación del hombre y la mujer, la prostitución, las enfermedades venéreas y el coito anal. Por ese entonces le obsesionaba la relación entre el cristianismo y la represión sexual, y desde esa perspectiva Príapo encarnó siempre para él un tratamiento más efectivo contra la histeria religiosa que los principios cristianos.

Los Epigramas venecianos están llenos de opiniones y puntos de vista, Goethe jamás escribió de una forma tan poco dramática, aquí el único personaje es él mismo, por eso las Elegías romanas son su forma antagónica. En los Epigramas no hay ficción, ni en Venecia ni en Weimar; sus poemas no quieren ser la renovación de una forma literaria antigua o de un modo de vida antiguo, las alusiones mitológicas son muy pocas. El mundo intemporal y simbólico de las lámparas y el vino, de la cama y del rey Midas que constituía la atmósfera de las Elegías romanas desaparece, el hechicero feliz ha renunciado al ejercicio de su magia. El mundo de los Epigramas venecianos es el mundo moderno de la incertidumbre, de la parodia, de los cafés, las góndolas, las transacciones financieras, la Revolución francesa y, por primera vez, el juego del yoyo. n

goethe

Goethe en la campiña romana (1786) de Johann Heinrich Wilhelm Tischbein. Óleo sobre lienzo, 164 x 206 cm.
Dominio público via Wikimedia Commons


Epigramas

Venecia, 1790

Esta es la Italia que dejé. Los caminos siguen polvorientos; haga lo que haga, se sigue estafando al forastero. En vano buscas la honradez alemana por todos los rincones, aquí hay vida y estrépito, pero no hay ni orden ni disciplina. Cada uno cuida sólo de sí mismo, desconfía de los otros, es vanidoso. Y los gobernantes se interesan sólo por ellos mismos. El país es hermoso; pero no volveré a encontrar a Faustina.1 Esta ya no es la Italia que abandoné con dolor. Acostado en la góndola pasaba entre los barcos del Gran Canal, muchos de ellos cargados con diversa mercancía para nuestras necesidades: trigo, vinos y verdura, leños, así como arbustos ligeros. Pasamos por en medio de los barcos veloces como una flecha; entonces un laurel perdido me rozó bruscamente las mejillas. Yo exclamé: Dafne2: ¿me hieres?

Más bien hubiera esperado una recompensa.

La ninfa susurró sonriendo: los poetas no pecan mortalmente. La pena es leve.

¡Adelante! Quietos junto al arsenal hay dos leones de la Grecia antigua: a su lado parecen pequeños torre, puerta y canal. Si la madre de los dioses descendiera, los leones se doblegarían ante el carro, y ella los pondría adelante como caballos. Pero ahora descansan tristes; el nuevo gato alado3 ronronea por todas partes, y Venecia lo denomina su patrón.

Entre los príncipes de Alemania, el mío4 es pequeño. Su país es limitado y estrecho, apenas puede hacer algunas cosas.

Pero si cada uno aplicara su fuerza hacia adentro, hacia afuera, qué gozo sería ser alemán entre alemanes. Pero ¿por qué lo elogias?, sus obras y hechos lo pregonan. Tu admiración puede parecer tal vez soborno. Me ha dado lo que los Grandes raras veces conceden: afecto, ocio, confianza, campos y jardín y casa. A nadie le debo nada, sólo a él, y le debo mucho porque, como poeta, yo entendía muy poco de ganancias. ¿Europa me ha elogiado? ¿Y qué me ha dado Europa? Nada. He pagado muy caro mis poemas. Alemania me imitó, y Francia quería leerme. Inglaterra, recibió gentil al huésped trastornado. ¿De qué me sirve que incluso el chino pinte sobre el cristal con mano temerosa a Werther y Lotte5? Ningún emperador preguntó jamás por mí, ningún rey me hizo caso. Y sólo él fue mi Augusto y mi mecenas.

Brueghel confunde, demoniaco y sombrío, la mirada indecisa y entrelaza figuras con una turbia arbitrariedad. Durero transtorna también nuestro sano cerebro con cuadros apocalípticos: personas y al mismo tiempo quimeras. El poeta despierta gran curiosidad en el oído asombrado, cantando esfinges, sirenas y centauros.

El sueño conmueve al hombre preocupado,cuando cree atrapar algo y avanzar,pero todo transita inconstante.

De igual modo nos confunde Bettina contemplando sus dulces miembros; pero nos llena de alegría cuando camina con pie firme. Que los grandes reflexionen sobre el triste destino de Francia; no obstante, los pequeños debieran reflexionar más todavía. Los grandes sucumbieron, ¿pero quién protegió a las masas de las masas? Las masas se convirtieron en tiranos de las masas.

* * *

He vivido tiempos locos, y no me ha faltado ocasión de enloquecerme también, como los tiempos me ordenaban.

* * *

Dime, ¿no actuamos bien? Debemos engañar a la chusma. Mira qué torpe y salvaje es, mira qué estúpida se muestra”. Te parece torpe y estúpida, porque la están engañando.

Sean honestos y la chusma, créanme, será humana y sensata.

* * *

Los príncipes acuñan muchas veces en cobre casi plateado su efigie inminente; el pueblo se engaña demasiado tiempo. Los fanáticos acuñan en mentiras y sandeces el sello del espíritu; quien carece de la piedra de toque, las considera oro molido.

“Esos hombres están locos”, dice la gente de los oradores apasionados que en Francia gritan en las calles y mercados.

Yo también creo que están locos; pero un loco en libertad pronuncia sentencias sabias, mientras, ¡ay!, la sabiduría enmudece en el esclavo.

Los grandes hablaron mucho tiempo la lengua de los franceses, apenas tomaron en cuenta a quien no la hablaba de corrido. Ahora el pueblo balbucea encantado el idioma de los francos.

¡No enfurezcan, poderosos! Lo que desearon sucede.

* * *

Soy capaz de soportar muchas cosas. Soporto casi todo lo que me fastidia, como me lo ordena un Dios, con ánimo tranquilo.

Muy pocas cosas me repugnan tanto como el veneno y las serpientes, son cuatro: el humo del tabaco, las chinches, el ajo y el signo de la Cruz

* * *

Si fuera una mujer de mi casa y tuviese lo que necesito, desearía ser fiel y feliz, acariciar y besar a mi marido. Esta canción, entre otras vulgares, me la cantó una putilla en Venecia, jamás escuché una canción más piadosa.

“Epigramas, no sean tan cínicos”.

¿Por qué no? Nosotros sólo somos los títulos; el mundo posee los capítulos del libro.

Así como al gran apóstol le fue mostrado un paño lleno de animales, con purezas e impurezas, así se te presenta, amigo mío, este librito.

No puede maravillarme que los hombres quieran tanto a los perros, pues tanto el hombre como el perro son traidores detestables.

* * *

No es de extrañar: me he convertido en un cínico. Los dioses saben, y no sólo ellos, que soy también fiel y piadoso.

* * *

¿No has visto a nadie de la buena sociedad?

Tu librito nos presenta casi sólo a los impostores y al pueblo, incluso a los que están más bajo. —He visto a la buena sociedad, la llaman buena, cuando no se presta para escribir el menor poema.

* * *

¿Qué se ha propuesto el destino conmigo? Sería temerario preguntarlo, porque, en general, con muchos se propone muy pocas cosas. El destino cree que está formando un poeta, y lo hubiera conseguido si el lenguaje no se hubiese mostrado invencible.

* * *

¿Te ocupas de la botánica? ¿De la óptica? ¿Qué haces? ¿No es una ganancia más hermosa conmover a un corazón tierno?

Ah. los corazones tiernos. Un charlatán es capaz de conmoverlos. Que sea mi única dicha conmoverte a ti, naturaleza.

* * *

Newton hizo el blanco a partir de todos los colores. Les ha contado varias patrañas que se creen desde hace un siglo.6

“Todo encuentra su explicación” —me dice un discípulo— “en aquellas teorías que nos enseñó sabiamente el maestro”. Después de construir una fuerte cruz de madera, está claro que todo cuerpo vivo se adapta a ella para ser castigado.

* * *

Cuando en sus largos viajes un joven anhele encontrarse con su amada, que lea este librito, es ameno y, al mismo tiempo, consuela. Y si la muchacha algún día ha de esperar a su amado, que lea este librito y no lo tire hasta que él llegue.

* * *

A la manera de la muchacha presurosa que al pasar, gentil y con disimulo, por toda seña me roza sólo el brazo, las musas le dan al viajero poemas breves. Oh, reserven al amigo una gracia mayor.

Cuando, envuelto en vapor y nubes, el sol envía sólo horas de melancolía, pasamos en silencio por los caminos. Cuando la lluvia acosa al caminante, qué placer refugiarnos en una casa de campo. Qué apacible el reposo en la noche de tormenta. Pero la diosa regresa, disipa de inmediato las nieblas de tu frente. Debemos vivir a imagen y semejanza de la naturaleza.

* * *

Si quieres gozar con un sentimiento puro las alegrías del amor, aparta de tu corazón el cinismo y la solemnidad. Aquel quiere ahuyentar a Amor, ésta pretende encadenarlo; Cuando el picaro Dios sonríe nos deja ver cómo se opone a ambos.

* * *

Divino Morfeo, en vano agitas las hermosas amapolas, mis ojos seguirán abiertos si no me los cierra Amor.

* * *

Me infundes temor y deseo; lo siento y me quemo.

Mujer complaciente, infúndeme ahora confianza.

* * *

Ah, te conozco, Amor, como te conoce cualquiera. Ahí traes tu antorcha que nos ilumina en la oscuridad De improviso nos llevas por caminos tumultuosos; sólo entonces necesitamos tu antorcha verdadera y, ¡ay!, la falsa se apaga.

* * *

La única noche junto a tu corazón. —Lo demás se nos dará por añadidura. Sí, ya llega la mañana en que Aurora acecha a los amigos en su abrazo, y Febo, Dios de la luz, el tempranero, los despierta.

Si vas en serio ya no vaciles, hazme feliz.

¿Querías bromear? Ya basta, mi amor, de bromas.

* * *

¿Te molesta que permanezca en silencio? ¿Qué iba a decir? No te das cuenta de la callada elocuencia de suspiros y miradas.

Una diosa es capaz de romper el sello de los labios. Es Aurora. Ella me despertará un día junto a tus pechos. Sí, entonces cantaré mi himno a los dioses matinales, como el cuadro mnemónico,7 dulce revelador de secretos.

* * *

Qué juego tan divertido. El disco se me escapó de la mano y regresa para enroscarse en el hilo. Al parecer, así arrojo mi corazón, primero a una hermosa dama, luego a otra; pero mi corazón siempre regresa volando.

* * *

Di, ¿de qué modo vives?

Vivo. Y aunque al hombre se le concedieran cientos, y cientos de años, desearía el mañana tanto como el día de hoy.

Oh. cómo tenía en cuenta todas las estaciones del año, saludaba la primavera próxima, añoraba el otoño. Ahora no es verano ni invierno desde que a mí, afortunado, me cubren las alas de Amor, y me envuelve una eterna primavera.

* * *

Dioses, cómo puedo agradecerles. Me han concedido todo lo que implora el ser humano; pero casi nada en cuanto a las reglas y las normas.

* * *

Al rayar el alba ascendía a la cima más alta, saludaba muy de mañana al mensajero del día, a ti, estrella cordial. Luego esperaba con impaciencia las miradas de la princesa del cielo, deleite del joven. Cuántas veces me hiciste salir siendo aún de noche. Ahora veo a los mensajeros del día, los ojos celestiales de mi amada, y el sol llega demasiado pronto.

Te asombras y me muestras el mar: parece arder. Cómo se mueven ardiendo las olas alrededor del barco en la noche. Yo no me asombro, el mar nos trajo al mundo a Afrodita, ¿y no nació de ella una llama, su hijo? Vi el fulgor del mar y el centellear de la marea, flamantes partieron las velas con buenos vientos, mi corazón no sintió nostalgia, la mirada anhelante se volvió hacia atrás, hacia la nieve de las montañas.

En el sur hay muchos tesoros, pero en el norte hay uno que, como un imán enorme, me atrae irresistible.

* * *

Ah, mi muchacha se va de viaje. Aborda el barco Eolo, guardián de los vientos, poderoso soberano, detén las tempestades. —¡Necio!, me grita el dios, no temas las devastadoras tempestades: teme el soplo ligero cuando Amor mueve sus alas.

* * *

La muchacha estaba pobre y sin vestido cuando la hice mía. Me gustó entonces desnuda, y así sigue gustándome.

Me he equivocado muchas veces, y he vuelto a encontrarme a mí mismo, pero nunca más feliz.

Mi dicha es ahora esta joven. si es también un error. Sean indulgentes conmigo, dioses juiciosos. y no me arrebaten hasta que se encuentre en la otra orilla. n

 

Presentación y traducción de José María Pérez Gay.


1 Faustina. Personaje femenino de las Elegías romanas de Goethe.

2 Dafne, ninfa que huyó de Apolo y se convirtió en laurel.

3 El gato alado figura en el escudo de Venecia.

4 Karl August von Sachsen-Weimar.

5 Los personajes principales del Werther.

6 Un juego de palabras intraducibie. Weiss: blanco; machen: hacer. Weissmachen: contar patrañas. Goethe creyó siempre que la teoría de la luz de Newton era errónea y que él tenía la razón.

7 Cuando recibía los primeros rayos de sol, una de las estatuas del Coloso de Memmon producía sonidos.

Oscar Wilde: Ante la ley

El miércoles 3 de abril de 1895 inició el proceso de Oscar Wilde contra Lord Queensberry. El motivo era la calumnia. Poco antes se estrenó El marido ideal. Una breve nota provocó la querella. El padre de Bosie escribió “en un tarjeta siete palabras y una falta de ortografía: "To Oscar Wilde, posing as a somdomite”. El litigio arruinó la carrera literaria de Wilde y lo llevó a la cárcel. Nada fue igual después de ese entuerto. Su vocación de escritor se malogró. El ingenio se había enfrentado con el odio. Y sólo cultivó pesimismo y melancolía. El infortunio abrió sus puertas al destierro, la soledad y el silencio. A casi cien años de su muerte, el proceso contra Oscar Wilde es una puesta en escena del conflicto entre la intolerancia social y la libertad individual, donde la lucidez y la agudeza de sus argumentos abre las ventanas de un nuevo siglo.

Los juicios encierran dos incógnitas y una paradoja. ¿Por qué mintió respecto a sus preferencias sexuales? ¿Por qué no huyó de la prisión?, y ¿cómo fue que el camino del encarcelamiento se convirtió en una reivindicación de la libertad? En el prólogo a su traducción de De profundis, José Emilio Pacheco ensayó una largo recuento de los porqués: “Tampoco es fácil explicar por qué Wilde mintió respecto a su conducta sexual, se arriesgó a un juicio que tenía de antemano perdido y se negó a escapar de Inglaterra cuando se le dieron todas las oportunidades para hacerlo. Sus innumerables biógrafos han propuesto varias hipótesis que van desde la arrogancia, certeza de que su fama lo haría invulnerable, la presión ejercida por su madre, su orgullo de irlandés frente a los opresores ingleses; hasta el deseo de castigo, la voluntad de terminar su vida con un tercer acto trágico, la aceptación de la fatalidad, el sentimiento de que la mayor grandeza es el fracaso; o simplemente que no tenía otro camino para frenar a Queensberry, quien hubiera hecho escándalos mayores hasta provocar el ostracismo social de un hombre que necesitaba la aprobación de la sociedad para su propia estima”.

Como en un presentimiento del derrumbe, Wilde escribió en El retrato de Dorian Gray, “no hay libros morales o inmorales. Hay libros bien escritos o mal escritos”. Durante el proceso defendería esa actitud intelectual. En uno de los diálogos del juicio, el fiscal lo acosó citando ese pasaje de la novela.

Mr. Carson: Usted opina, según tengo entendido. que un libro nunca puede tacharse de inmoral.

Oscar Wilde: Así es.

Mr. Carson: ¿He de deducir de sus palabras que, en su opinión, El cura y el acólito no es inmoral?

Oscar Wilde: Es algo peor que eso: está mal escrito.

En su alegato, Wilde criticó a la sociedad de su época con dardos envenenados, y como él aclaró, “el secreto del encanto literario consiste en saber mezclar el veneno en la pócima”. Pero su veneno no tenía antídoto. Y su creador cayó víctima de la poción. Eran tiempos de agonía para la edad victoriana pero su desafío aún tendría consecuencias. Para su vida fue una condena a dos años de trabajos forzados y para su obra fue la ruina. Sin embargo, hoy no podemos hablar contra Wilde sin atacarnos a nosotros mismos. Su estilo dandy encarnó el ánimo disidente de la modernidad. El proceso que vivió fue una prueba a favor de la libertad individual, y para nuestra época su testimonio es inapelable. Wilde no fue un pensador, pero practicó una forma de pensamiento. Su seña de identidad, como dijo Borges, era el encanto; ninguna palabra lo define mejor que agudeza.

No tenía una postura política clara. Coqueteó con el socialismo, incluso anticipó las amenazas del autoritarismo de corte revolucionario. Creía que en el futuro político estaba el individualismo socialista. Y. tal vez, asumió una suerte de anarquismo estético. No cabe duda que despreciaba la autoridad. En su ensayo sobre El alma del hombre bajo el socialismo, su texto político mayor, afirmó que “toda autoridad es absolutamente degradante: degrada a quien la ejerce y a aquellos sobre quienes se ejerce”. Y poco después anotó: “toda forma de gobierno es un fracaso”. Sus ideas libertarias no vienen de una ideología, son una apuesta por la libertad artística. Abogó por el derecho a la expresión personal libre. Quizás existe un precursor de su concepción de la libertad. Unos años antes se escribió el ensayo político más radical acerca de la libertad moderna. John Stuart Mili había publicado Sobre la libertad. Muchas ideas concuerdan; en particular, el sentido de la libertad política entendida como libertad individual y límites a los poderes de la sociedad y el Estado. ¿Cuáles son los límites legítimos que la sociedad establece al individuo? ¿Hasta dónde puede intervenir la opinión colectiva en la independencia personal? ¿Cuáles son los límites del poder que puede ejercer la sociedad sobre el individuo? Wilde disparó una protesta de la vida privada contra la moral social y la intolerancia del Estado. Todo el proceso judicial, empezando por la ley, fue uno de los momentos más escandalosos de la infamia y la resistencia social y estatal al ejercicio de la libertad personal y artística.

¿Por qué mintió? Sin duda compiten muchas hipótesis, sólo propongo una más. Wilde deseó y eligió vivir un proceso donde arriesgó su estilo de vivir. No sólo se trató de su preferencia sexual libre, también se amenazó al esteticismo helenista que cautivó su existencia, al grado de llevarlo a describir el nuevo individualismo como un equivalente del helenismo. Creyó, con fe estética más que ética, que la verdad del individuo se juega en su posibilidad de elegir entre la diversidad de opciones o estilos de vida. Para ser libre era preciso la pluralidad de la vida. Buscó una posibilidad de afirmar libremente la diversidad del mundo, aunque las leyes y su sociedad, sin duda intolerantes y moralistas, se opusieran. Nunca pensó que el color de la existencia debía limitarse a blanco o negro. Para Wilde, el arte podía ser la principio de una nueva cultura, porque el sentido más elevado que posee el ser humano es el sentido de la belleza. Esa educación estética radica en aprender a convivir con la diferencia, sin cultivar la hostilidad ante lo extraño o lo extranjero o lo extravagante. “Cuando escribo un libro o una obra de teatro -le recordó a los jueces- sólo me interesa la literatura, es decir, el arte. No me pongo como objetivo hacer el bien o el mal, sino crear algo que tenga cierta calidad y belleza”.

¿Por qué no huyó? La escena donde sus amigos le piden que huya de la isla y salve su vida para evitar caer en prisión, me recuerda, Frank Harris lo recordó, aquellos pasajes de Platón que relatan la respuesta de Sócrates ante la cicuta. Como Sócrates, Wilde escogió el castigo antes que la huida. ¿Por qué? Es extraño. No creía en el martirio, alguna vez dijo que “la peor forma de desperdiciar la vida consiste en morir por las propias ideas religiosas”. Tampoco buscaba el sacrificio o la expiación. Nadie menos afecto al sufrimiento en su versión cristiana. “Pienso que el objetivo más importante -explicó al fiscal- es la realización personal, y que es mejor conseguirlo a través del placer que a través del dolor. En ese sentido, estoy completamente de acuerdo con los antiguos, en concreto con los griegos. Es una idea pagana”. Atino a una breve improvisación: Wilde no huyó porque quiso vivir hasta el final las secuelas de su pasión. Sabía que “en este mundo sólo hay dos tragedias: una es no conseguir lo que deseas; y la otra conseguirlo”. Y acaso uno se siente tentado a darle la razón cuando retrató al hombre “como ese animal racional que siempre pierde los estribos cuando se le invita a actuar de acuerdo con los dictados de la razón”. n

José Carlos Castañeda. Escritor.

Oscar wilde

Oscar Wilde fotografiado por Napoleon Sarony (1821–1896). Wikimedia Commons/Dominiio público.

La transición a la democracia

LA TRANSICIÓN A LA DEMOCRACIA

POR JOSÉ WOLDENBERG

El proceso democratizador en América Latina ya puede reclamar un saldo favorable. Un hecho como éste sólo ha sido posible gracias a que las elecciones han mostrado su poder para cambiar el sistema de relaciones políticas. El caso mexicano es uno de los más elusivos. En un lapso muy corto, México cuenta con un espacio franco para que la competencia entre distintas fuerzas tenga lugar de un modo pacífico y civilizado.

Esta intervención quiere cubrir un triple propósito. Primero, ofrecer un balance panorámico de la democracia en América Latina luego de su largo periplo transicional. El segundo, describir las peculiaridades de la democratización mexicana, sus rasgos centrales y una explicación de su originalidad; finalmente una descripción de su cambio político y de qué manera la autoridad electoral trabaja para hacer valer todos los requisitos democráticos, el respeto al voto, la limpieza y legalidad de los comicios, el fortalecimiento de los partidos y las condiciones de su competencia. Pero vamos por partes.

España y Portugal habían dado la pauta en la década de los setenta. Desde entonces se fue imponiendo en el lenguaje académico y en la deliberación política un término viejo pero cargado de connotaciones nuevas. La palabra “transición” se convirtió en el concepto decisivo para entender un proceso de cambio político que estaban viviendo las sociedades de Europa meridional y de América Latina.

Pero en los años ochenta el fenómeno se generalizó a otras latitudes para conformarse en un verdadero cambio de dimensiones mundiales e. incluso, históricas. Poco más tarde Samuel Huntington llamaría a ese movimiento la “tercera ola democratizadora”.

Guillermo O’Donell, Philippe Schmitter y Laurence Whitehead se inscribieron tempranamente en el análisis de esa nueva situación. Ellos fueron especialmente abarcadores y rigurosos en el estudio del fenómeno y, merced a sus indagaciones realizadas en clave comparada, muy pronto se convertirían en su autoridad más destacada, la más detallada, de la transición lo mismo para Europa Meridional que para Europa del Este y América Latina.1

No era para menos. Las décadas de los sesenta y los setenta vieron decaer a su nivel más bajo la presencia de regímenes democráticos: dictaduras, regímenes militares,”autoritarismos burocráticos”, dominaban casi por completo la escena del subcontinente. Después de casi veinte años no era casual que los nuevos acomodos políticos llamaran poderosamente la atención de los investigadores.

Transición: es decir, un trayecto que arranca de un gobierno autoritario, atravesando varias fases híbridas, distintas unas de las otras. Transición: un esfuerzo político de instalar instituciones democráticas y hacerlas funcionaren contextos que las desconocían o que las habían abandonado. Lo que vivían esas sociedades era nuevo en un sentido muy profundo: no eran cambios cataclísmicos; por el contrario, a distinta velocidad vivían transformaciones graduales, sucesivas: escenificaban una construcción de instituciones y de hábitos unos detrás de los otros. Sobre todo eran tránsitos que no se ajustaban a las ideas y a las experiencias revolucionarias tantas veces repetidas y anunciadas por las fuerzas políticas y por los científicos sociales.

“Revolución” ya no era un término adecuado para entender el tipo de cambio político que se había puesto en marcha y. de su lado, ni las regresiones ni las restauraciones aparecían como probables. en gran medida por el escaso prestigio que habían cosechado en sus años negros. Repito: el fenómeno era mundial y novedoso. Muy pronto los estudiosos sobre la transición se multiplicaron y constituyeron, por derecho propio, todo un capítulo de la historia y de la ciencia política.

Fue en 1986 cuando se dejaron escuchar las primeras profecías de la transición en América Latina. Las previsiones de O’Donell y de los otros autores, por ejemplo, resultaban, apenas, moderadamente optimistas. Desde su mirador, un cúmulo de factores amenazaban, mediatizaban o inhibían la democratización: la pobreza de nuestros países, la fragilidad económica, la fuerte gravitación militar sobre la vida pública, la laxitud de la organización de nuestras sociedades, nuestra cultura política previa, nuestra aversión a los pactos, nuestra visión puramente instrumental para con la democracia, y una serie de fracasos, golpes de Estado y reversiones históricas vividas en las décadas anteriores constituían los “elementos lúgubres” que hacían prever un fracaso en nuestros ensayos democratizadores.

Otro autor atento a la nueva circunstancia, Albert Hirschman, llegó a decir incluso que la probabilidad democrática en el subcontinente era baja; que la inestabilidad ligada a la cultura, a la estructura social y a la vulnerabilidad económica justificaban el pesimismo para el futuro democrático de la región… salvo por un factor: no obstante y todo Hirschman veía una frágil esperanza que se jugaría en el terreno de un solo y azaroso factor: la capacidad de invención, de invención institucional.2

En efecto, la agudeza de Hirschman lo llevó a ver la rendija democratizadora de América Latina. En un artículo publicado en 1979 decía: “debemos estar al acecho de los acontecimientos históricos inusitados, de las raras concatenaciones de sucesos favorables, de los pequeños senderos, de los avances parciales y de la invención que la política puede generar”. En otras palabras, si nos ateníamos a las condiciones prescriptivas y a los contextos previos, la democracia no tendría futuro; pero si la región poseía la suficiente inventiva, si era capaz de construir instituciones y establecer reglas del juego distintas, entonces la democracia podría sobrevivir a pesar de todo.

Un factor adicional empujaba a esa inventiva. El reconocimiento de un hecho palmario: los costos de tolerar las mutuas diferencias eran mucho menores que los costos de tratar de suprimir a los adversarios políticos. La historia latinoamericana de este siglo está llena de esos intentos de eliminación y de sus enormes costos humanos y políticos.

El autoritarismo en la América Latina de los años ochenta o noventa ya suponía una antropofagia social permanente: la sociedad no hacía más que crear más y mayor pluralidad, diversidad de visiones y posiciones, nuevas organizaciones, variadas formas de conectarse con el mundo y nuevos partidos, mientras que los regímenes autoritarios tenían que redoblar esfuerzos para suprimir, contener. reprimir esa misma pluralidad. Era una labor de Sísifo. Tan obsesiva como infructuosa: detener la diversidad, la modernización social, política y cultural puesta en marcha en toda la región.

Doce años después, en 1991, Hirschman lo plantearía así: “Según se reconoce cada vez más, los modernos regímenes pluralistas aparecieron típicamente, según se reconoce cada vez más, no debido a un amplio consenso preexistente de los ‘valores básicos de la democracia’, sino más bien debido a que diversos grupos que habían estado agarrándose del pescuezo durante un periodo prolongado tuvieron que reconocer la mutua incapacidad de dominar. En Europa, luego de la Segunda Guerra, en España y en América Latina la tolerancia y la aceptación del pluralismo resultaron de un empate entre grupos opuestos acerbadamente hostiles”.3

De tal suerte que, luego de un largo periodo de enfrentamientos y apuestas autoritarias, las mismas élites políticas, sociales y militares estuvieron por fin dispuestas a buscar compromisos políticos con el objeto de redefinir las reglas del juego para su supervivencia y para su mutua coexistencia.

Esto fue lo que pasó en América Latina: las transiciones fueron una especie de curso intensivo para practicar distintos procedimientos de regulación de los conflictos y de los procesos políticos, en especial de los procesos electorales.4

Y algo más: a la par de esos procesos de transición, de modernización, a la par de las nuevas relaciones con el mundo, en América Latina se multiplicaba el prestigio de las nociones democráticas. Ese era, de suyo, un hecho novedoso. Democracia como valor superior. Un clima ideológico que fue transformando los modos de pensar y los códigos con los cuales se practicaba la política. Los ochenta vieron emerger el concepto democracia con una fuerza inusual: en la academia, en el mundo intelectual y en los idearios políticos.

Pongo como ejemplo a México: Octavio Paz insistió muy tempranamente en aclimatar la palabra y los valores de la pluralidad en la vida pública nacional; Enrique Krauze subrayó la necesidad de ver a la democracia como valor en sí, sin adjetivos; Carlos Pereyra elaboraba un sofisticado y claro argumento, en clave democrática y en clave electoral, con dedicatoria al abigarrado archipiélago de la izquierda mexicana. Esa batalla en las ideas, en México y en todo la región, acabaría dando los instrumentos conceptuales para enfrentar la nueva situación. Paulatinamente, América Latina fue encontrando, entendiendo e inventando las condiciones políticas para manifestar su modernidad social, su diferenciación política, mediante el único método conocido y probado: las elecciones.

Si la democracia iba a trascender los discursos, si iba a adquirir fundamentos sólidos tenía que voltear la cara al expediente electoral. Bien lo sabía Ortega y Gasset: “La salud de la democracia, cualesquiera que sea su tipo y grado, depende de un mísero detalle técnico: el procedimiento electoral”.5 Todo lo demás se deriva de él. “sin el apoyo del auténtico sufragio las instituciones democráticas están en el aire”.

América Latina es un continente bien diferenciado en sus historias e instituciones electorales. Por ejemplo, en Chile, Costa Rica y Uruguay se contaba con una tradición fuerte y bien arraigada; en otros países había que empezar desde el principio y desde los fundamentos, como en México.

En mi país el debate electoral cobró vida propia. Como no había posibilidad y tampoco eran deseables las transformaciones cataclísmicas, aquí y allá se multiplicaron los compromisos, los avances parciales, los acuerdos provisionales. Las elecciones se volvieron la llave del cambio político. Los comicios se convirtieron en un espacio concurrido porque garantizaban la expresión, la difusión de las ideas, un clima de libertad real y, sobre todo, la expectativa de tomar posiciones de gobierno o posiciones legislativas, desde las cuales intentar introducir nuevas reformas democratizadoras.

En la mayoría de los estados sudamericanos se reanudaron las experiencias electorales previas, pero en otros, como en México, los procesos electorales tuvieron que reformarse desde sus fundamentos.

En México las energías se centraron, para seguir con O’Donell, en definir “la serie de organizaciones formales, leyes, instrumentos y cuerpos que administran o gestionan elecciones”. La diferencia es importante, pues ordena y jerarquiza de otro modo los temas y las tareas de la construcción democrática; en cierto modo, determinan el contenido de la transición.

Demos una nueva vuelta de tuerca. En la mayor parte de América Latina la democracia aparece como un regreso, como el retorno a una experiencia social y política vivida antes. En este punto, México se parece más a las transiciones del Este de Europa en tanto su proceso de democratización significa creación de una realidad política —democrática— que no se ha experimentado antes. No obstante, y aquí está una de nuestras peculiaridades radicales, México se aparta de las experiencias del Este de Europa en otro punto crucial, pues tiene la ventaja histórica de contar con un marco republicano y constitucional que está ahí, vigente desde hace mucho tiempo, desde 1917, y aun antes.

En ese cuadro, la pieza faltante en México era la pieza electoral: su organización, su marco jurídico, su institución reguladora. La pieza electoral debía cumplir dos funciones: desterrar las prácticas fraudulentas que inutilizaban o distorsionaban el voto de los ciudadanos y, por otro lado, permitir emerger sin cortapisas, sin restricciones artificiales, a la verdadera pluralidad política de la nación.

Esta es otra diferencia importante: la presencia de partidos en plural, fuertes, con arraigo nacional, es en buena medida acicate y creación de la transición misma. Por supuesto que teníamos el tronco grueso de la Revolución agrupada en el Partido Revolucionario Institucional, pero el resto de las organizaciones, destacadamente Acción Nacional, tenían su presencia más bien frágil en zonas bien localizadas.

Por eso eran dos las tareas centrales de la política democrática de México. Subrayo, se trataba de crear y propiciar dos realidades: primero, la consolidación y el desarrollo nacional de los partidos políticos y, segundo, la creación de unas leyes y unas instituciones reguladoras de su competencia.

Así pues, no creo exagerar cuando digo que esas son tareas históricas. Luego de décadas de recurrente discusión y reforma electoral. luego de un largo ciclo de construcción institucional, por primera vez México cuenta con partidos nacionales fuertes, que se arraigan, se expanden y expresan diferentes visiones y diferentes sensibilidades acerca de la realidad del país. La pluralidad ya es un hecho, lo constatamos todos los días, en todas las regiones y en todas las esferas de la vida nacional. Por su parte, el voto expresa cada vez más la diferenciación de nuestra política y de nuestra cultura. Vivimos una multiplicación de actores políticos, de intereses, de proyectos y esa multiplicación encuentra un cauce civilizado, encuentra en las elecciones un camino abierto y transitable.

No es casual que durante los últimos quince años el centro del debate político haya sido ocupado por la cuestión electoral. El gobierno y los partidos la hicieron eje de sus acuerdos y de sus desencuentros. La academia y gran parte de la reflexión intelectual de las ciencias sociales acompañó profusamente a este proceso. Grandes energías de militantes, funcionarios, ciudadanos, recursos materiales y financieros fueron  puestos a disposición de esa tarea. Lo electoral —leyes, instituciones y procedimientos— es la clave para encauzar y entender el cambio político de México durante los últimos años.

Esta peculiar trayectoria de nuestro tránsito político es comprensible y justificable dado el enorme rezago que acusábamos en materia electoral; suelo decir que no partíamos de cero sino de menos diez. Sin embargo, este enorme acento en lo electoral oscureció otros temas de la construcción política y de la investigación académica, temas importantes que muy rápidamente habrían de colocarse en los primeros lugares de la agenda política (precisamente porque se empezaba a solucionar el litigio electoral): el papel revitalizado del Congreso, el proceso legislativo, la gobernabilidad democrática, el régimen de gobierno y un variado etcétera. Asuntos que, insisto, en otras transiciones habían sido la indiscutible prioridad desde el principio.

En nuestro caso, lo electoral fue el gran tema del debate político. Se crearon instituciones totalmente nuevas, como el Instituto Federal Electoral (IFE), encargado de la ejecución y administración profesional de las elecciones federales en México. Su fundación acompaña toda la década de los noventa; su tarea política era remontar una añeja desconfianza en el procedimiento electoral, para darle credibilidad e instalarla como el único método legítimo de la disputa política por los cargos de gobierno y la legislatura.

Desde 1991, el IFE quedó a cargo de la realización de las elecciones para la Presidencia de la República y para 128 senadores cada seis años; también quedó a cargo de renovar a 500 diputados por un periodo trianual. Durante los últimos años hemos vivido sucesivas reformas legales en prácticamente todas sus áreas: en la composición del órgano de autoridad superior, en la fórmula de integración del Congreso, en la confección de los diferentes distritos del país, en las reglas de financiamiento y de fiscalización de los partidos.

Acompañando al IFE, fue creado también un Tribunal Electoral adscrito al Poder Judicial de la Federación al principio encargado sólo de la resolución de las controversias electorales, para luego expandir sus atribuciones, su capacidad para finalmente hacerse cargo incluso de la calificación de las elecciones para diputados, senadores y Presidente de la República.

Los últimos comicios, los de 1997, estuvieron antecedidos de una vasta y profunda operación de cambio en las instituciones y las leyes electorales en México, que cristalizó después de una de las negociaciones políticas más intensas y prolongadas de los últimos años. Desde el mes de enero de 1995, los cuatro partidos políticos que estaban representados en el Congreso de la Unión iniciaron una deliberación que duró casi dos años, y que culminó con un nuevo marco jurídico electoral. Fue un proceso largo, difícil, que terminó sin el consenso esperado, pero que sin embargo arrojó un conjunto de modificaciones fundamentales para el avance y la consolidación democrática de México; cambios que sin ninguna duda estuvieron en la base y fueron la garantía de comicios legales, equitativos y transparentes.

La amplitud de la transformación electoral hace imposible su descripción puntual en una intervención como ésta; no obstante, los siguientes puntos quieren ser un indicador de la profundidad de la obra reformista:

1) Se concretó la autonomía total de los órganos electorales; es decir, a partir de ahora la autoridad electoral goza de plena independencia en relación al gobierno y a los partidos políticos. Los ocho Consejeros Electorales y el Presidente del Consejo, los únicos miembros con voto en el máximo órgano del Instituto Federal Electoral, fueron elegidos en la Cámara de Diputados por el consenso de los partidos políticos. La idea es doble: que el gobierno abandonará la organización electoral y que ella pasará a manos de personas que gocen de la confianza de los partidos políticos.

2) El Tribunal Electoral, el órgano encargado de dirimir las controversias legales sufrió importantes modificaciones. La designación de los magistrados que lo componen ya no corre a cargo de la Cámara de Senadores a propuesta del Presidente de la República; ahora son votados en la Cámara de Senadores a propuesta de la Suprema Corte de Justicia; así, fue instaurado el control de legalidad y de constitucionalidad. Por otro lado, el Tribunal ya no estuvo limitado a atender los problemas de índole federal sino que pudo ser recurrido por causa de conflictos locales; se trató de extender, sin cortapisas, el control de constitucionalidad a los actos de todas las autoridades electorales estatales, sin excepción. La calificación electoral es ya plenamente jurisdiccional.

Y, por último, la ley agregó nuevos procedimientos de defensa, nuevas vías legales para encauzar los reclamos político-electorales tanto para los ciudadanos como para los partidos.

3) La reforma electoral cambió el régimen legal de los partidos políticos: se elevó el requisito para la entrada a la representación congresual (sólo aquellos partidos con una votación nacional mayor al 2% tuvieron derecho a ingresar a la Cámara de Diputados) y se creó una figura nueva para la organización de opciones distintas: las Agrupaciones Políticas.

4) Las condiciones de la competencia mejoraron. Esto constituye quizás el efecto más visible y decisivo de la reforma. Los recursos financieros públicos de los partidos aumentaron drásticamente, lo mismo que el acceso a los medios electrónicos. Además fueron distribuidos de un modo mucho más equitativo. La autoridad electoral contó con mejores instrumentos para fiscalizar, revisar y modular los gastos en las campañas de los partidos.

5) Se ajustaron las fórmulas de representación en el Congreso, de modo tal que la relación entre votos y escaños quedó mejor equilibrada. Se restaron los márgenes de sobre y subrepresentación de los partidos en la Cámara de Diputados. Asimismo, se inyectó mayor pluralismo a la Cámara Alta mediante la elección de 32 senadores en una lista nacional de representación proporcional.

6) Finalmente, se abrió la competencia electoral en la Ciudad de México, mediante la elección directa de su Jefe de Gobierno y se ampliaron las facultades de la Asamblea Legislativa del DF.

Dicho de un modo telegráfico, esos fueron los aspectos más relevantes de la reforma electoral. Su obra fue muy vasta, tocó y mejoró todos los aspectos que habían formado parte de la discusión electoral en México: no tengo duda al decir que la de 1996 fue una de las reformas electorales más amplias e incisivas de cuantas México ha tenido; tiene, por ello mismo, un lugar relevante en el largo ciclo de cambio político e institucional que ha vivido México en las últimas dos décadas.

El nuevo entramado electoral fue el escenario que en 1997 encauzó la contienda democrática entre partidos más abierta, amplia e intensa de la historia reciente. Y esa renovada competencia produjo una realidad política inédita: una Cámara Baja que no tiene mayoría, un contrapeso al Poder Ejecutivo, que es legal, institucional y que no tiene precedente en la historia contemporánea de México. Con toda claridad, este es un ejemplo de cómo los cambios en el sistema electoral alcanzaron otras esferas, e impactan y generan otros cambios en el sistema de gobierno.

Una simple contabilidad da cuenta de esa transformación: la Cámara de Diputados que emergió de la elección de 1991 le dio al PRI 320 curules: al PAN 89. al PRD 41; seis años después. luego de la reforma de 1997. luego de que los partidos obtuvieron mayores y mejores recursos, y luego de que se mejoró ostensiblemente la fórmula de integración de la Cámara, el resultado fue otro: el PAN 121 diputados, el PRD 125, el PT 7, el Verde Ecologista 8 y el PRI 239 diputados, 81 menos que en las elecciones intermedias anteriores, con lo que perdió su tradicional mayoría absoluta. La mecánica del cambio es ésta: presencia cada vez mayor de una diversidad de partidos políticos, que empuja cambios en la legislación electoral, que genera escenarios de mayor competitividad, que coloca a los partidos cada vez mejor en la arena política y en el edificio del Estado y que los lleva a nuevas exigencias y a la introducción de nuevos cambios.

Los síntomas de la democratización se multiplican en cada elección, lo mismo en las municipales que en las estatales. Tratemos de ilustrarlo con otro ejemplo, el de las elecciones de 1998. En catorce estados del país prácticamente se borraron las zonas no competitivas que todavía sobrevivían: Oaxaca y Tlaxcala veían cómo el partido mayoritario se llevaba casi el 80% de los votos apenas en 1992; seis años después el PRI alcanzó sólo el 47% en Oaxaca y en Tlaxcala el 43%, cifra que ya no fue suficiente para retener la gubernatura del estado y perderla a manos de una coalición opositora.

Otros tres estados donde se disputaron las gubernaturas. Aguascalientes, Veracruz y Zacatecas, habían vivido seis años antes una competencia en ciernes: el PRI obtenía entre el 66 y el 75% de los votos. Sin embargo, en 1998 el rango ya se ubicó entre 47 y 36%. Los avances opositores son notables: Acción Nacional se llevó el triunfo en Aguascalientes y el Partido de la Revolución Democrática conquistó Zacatecas.

Por su parte, el PRI había perdido ya en 1992 la gubernatura de Chihuahua; pero merced a la propia mecánica desatada y a su propio aprendizaje en el nuevo escenario democrático pudo recobrar la plaza con una diferencia de tres puntos sobre el partido que seis años antes le había arrebatado la posesión de ese gobierno, el PAN.

Desde 1997, en su primera elección para jefe de gobierno, la capital del país fue ganada por el PRD. El día de hoy, 20 capitales de los 32 estados están en manos de partidos diferentes del PRI.

Por su naturaleza, el fenómeno es expansivo y gradual; en lo fundamental ha sido pacífico y es también difícil de revertir. Lo que vive México es un aprendizaje democrático, una inversión de tendencias, preferencias, expectativas de millones de personas; es un fenómeno de los grandes números que ya se instaló en México y que no deja de crecer.

Permítanme entonces resumir ese trayecto tal y como yo lo veo:

1.   El proceso diferenciador del voto es manifestación de la pluralidad social real del país: expresa, a su vez, las distintas sensibilidades, diagnósticos y propuestas que coexisten en la sociedad, lo cual se confirma y vuelve a aparecer como una ola expansiva que no puede ser revertida.

2.   Esa diferenciación reclama y fortalece al sistema de partidos que de manera consistente se viene construyendo en el país.

3. La creciente implantación de diversas ofertas políticas modifica el carácter tradicional de las elecciones, transformándolas de actos rituales sin competencia en eventos altamente competidos.

4.   Y esa mecánica de elecciones sucesivas convierte a los partidos en entidades centrales del litigio político.

5.   Los actores fortalecidos y cada vez más visibles reclaman reglas nuevas, arbitrajes imparciales, condiciones distintas y más equitativas para enfrentar la competencia. Todo lo cual ha cristalizado en reformas electorales más amplias y profundas.

6.   Ese proceso está modificando el mapa y las relaciones políticas. Dejan de existir candidatos predestinados al triunfo y otros a la derrota. Son los ciudadanos quienes tienen la última palabra.

7.   Pero al modificarse, el mapa de la política se vuelve más complejo. En los ayuntamientos coexisten representantes de partidos diferentes; gobernadores de un partido tienen que aprender a vivir con gobiernos municipales de otros, incluso en las capitales de los estados; las correlaciones de fuerzas en los congresos locales se modifican y en algunos el gobierno de la entidad de un color tiene que convivir con un legislativo donde la mayoría tiene otra tonalidad; y el propio gobierno federal se ve sometido a nuevas relaciones con los gobiernos estatales y municipales, al tiempo que el Congreso de la Unión se pluraliza y, hoy en día, no existe mayoría absoluta en la Cámara de Diputados.

8. Esa dinámica modifica las relaciones entre los poderes. Entre presidente, gobernadores y presidentes municipales se construyen relaciones de necesaria tensión y colaboración, al igual que se modifican las tradicionales fórmulas de relación entre congresos locales y gobernadores, y del Congreso de la Unión y el Presidente.

9. Ello es expresión de un proceso democratizador de las relaciones políticas en el país.

10. No obstante, ante la incertidumbre generada por el propio movimiento democratizador. más las dificultades mayúsculas que emergen de otras esferas de la vida social, algunos añoran el pasado.

11. Ante esas pulsiones conservadoras o antidemocráticas los políticos (de todos los partidos) tiene una enorme responsabilidad: conducir el proceso democratizador por cauces institucionales y pacíficos, y para ello son necesarios los pactos y las operaciones políticas inclusivas.

12. El proceso democratizador sigue un rumbo, la mecánica electoral nos demuestra que no existen ganadores y perdedores absolutos ni mucho menos vencedores eternos ni vencidos perpetuos. Es decir que la democracia significa cambio, competencia, pero también convivencia y tolerancia entre las posiciones distintas.

13. Estos cambios se están produciendo dentro de un marco institucional que los fomenta y permite. En modo alguno podemos decir que las leyes o las instituciones del México de hoy inhiban o estén en contra de la competencia democrática: todo lo contrario, son su marco de desarrollo.

14.  Las elecciones entonces empiezan a ser lo que la teoría de los viejos maestros dice que deben ser: fuente de legitimidad para los gobiernos y posibilidad para que los ciudadanos opten entre diferentes ofertas.

15.  Los conflictos postelectorales, que eran el principal problema político de la última década, van a la baja y ello informa que los arreglos institucionales y legales son mejores que los del pasado, que las anomalías y conductas ilegales, a estas alturas, resultan altamente costosas.

En síntesis, en México el voto sigue mostrando su poder y sus posibilidades. Estamos embarcados en esa ruta.

Para terminar, sólo faltaría hurgar en la invención institucional que México se ha dado, para detenerse y mirar su complejidad. Como decíamos antes, al lado de la construcción del sistema de partidos ocurrió una construcción de las reglas del juego electoral. Tuvimos que desconstruir unos modos, unas instituciones, para iniciar otras nuevas. Emprender esta labor de arquitectura electoral resultó  costosa porque siguió pautas especialmente exigentes. No sólo por la magnitud de la tarea sino por la seguridad que tenemos que brindar a cada paso.

Por ejemplo, a partir de 1991 el IFE se embarcó en una reconstrucción total, nacional de su lista electoral. Se trató de dar un documento de identificación seguro a todos los ciudadanos mexicanos, un documento vigilado detalladamente por los partidos. Se creó una infraestructura informática especial y un cuerpo de encuestadores que trabajó en todo el país compuesto por más de 50,000 visitantes; para 1994 el IFE había entregado 45.8 millones de credenciales para votar a igual número de ciudadanos. En tres años, de 1991 a 1994, esta parte de la “invención institucional” costó poco más de 1.000 millones de dólares, pero fue preciso hacerlo si queríamos edificar algo nuevo y ganar terreno a la desconfianza que históricamente se anidaba en ese instrumento electoral. Ahora la labor se concentra en mantener actualizada la lista de electores, que asciende, en febrero de 1999, a 56.4 millones de ciudadanos. Pero además nuestra lista no sólo contiene los datos de los votantes potenciales sino que incluye su fotografía. A partir de la elección federal de 1997 todos los partidos políticos cuentan, un mes antes de la elección, con una copia completa del listado electoral con fotografía en medios magnéticos e impresos. Fue una copia idéntica a la que estuvo el día de la jornada electoral en las 104,000 casillas. Si consideramos el número de electores en México y la magnitud y características de nuestro territorio podemos imaginar el gran esfuerzo que implicó esta nueva medida a favor de la transparencia: once copias de 52 millones de votantes equivale a 570 millones de fotografías puestas al servicio de los comicios y al escrutinio de los partidos y de los propios ciudadanos.

Pero hay otros rasgos que explican la complejidad y la seguridad actual de la administración electoral en México. Aquí podemos ver con toda claridad la enorme desconfianza que había que remontar: en la manera en que se nombran a los funcionarios de casilla. Son los encargados de vigilar las urnas, de cuidar el curso de la jornada electoral, de contar los votos, y responsables de la entrega de los paquetes electorales. Su desempeño es crucial. La legalidad de la elección, en el momento neurálgico del proceso, está en sus manos.

La selección de estos funcionarios es uno de los procesos que inyectan mayor confianza a nuestras elecciones. También es el proceso más complejo y difícil de todos cuantos construye el IFE. Se trata de que los partidos políticos tengan plena garantía de la imparcialidad de los funcionarios de casilla. Y para lograrlo se recurre a un mecanismo abierto y barroco, basado en el entrenamiento masivo de ciudadanos, echando mano del azar.

Por ley, los funcionarios de casilla son ciudadanos que emergen de un sorteo; a todos ellos se les brinda un entrenamiento para que estén en condiciones de dirigir y supervisar el curso de las votaciones en cada casilla.

En 1997 fueron sorteados 5,093,344 de mexicanos. Acudieron efectivamente 2,078,000 ciudadanos, el 40.7% de los convocados. Es un dato relevante: nunca habíamos tenido un porcentaje tan alto que atendiera al llamado del IFE. A esos 2,000,000 a lo largo y ancho del país, se les proporcionó un primer curso de capacitación, y se les aplicó un examen de aptitudes. El resultado neto de ese proceso es que. en las elecciones del 6 de julio se tuvieron garantizados 3 ciudadanos por cada uno de los cargos como funcionarios de casilla: al final, 733,124 ciudadanos fueron los encargados directos de la legalidad y transparencia en las 104,732 casillas.

El proceso de capacitación y de sorteo es un dispositivo que inyecta grandes dosis de confianza para los partidos políticos, y que probó su viabilidad. Exigió de un gran esfuerzo pero valió la pena porque propició un involucramiento masivo y una extendida participación de la ciudadanía en el proceso electoral.

Lo que importa subrayar no sólo es la magnitud y la abigarrada complejidad de nuestros procesos, sino sobre todo que la construcción electoral procuró siempre abrirse al escrutinio de los partidos y de la opinión pública; hacer transparente cada uno de sus pasos, cada uno de sus eslabones.

Tal vez deba destacar la última de las piezas que agregaron gran confianza a la jornada electoral: nuestro Programa de Resultados Electorales Preliminares.

Entre los partidos políticos, los observadores y la opinión pública, existía una expectativa que era alimentada por la duda alrededor de nuestra capacidad para brindar resultados oficiales oportunos; la gran duda de que, acaso, en la noche de la elección no quedaría resuelto el asunto más irritante y traumático de nuestra historia electoral: que los resultados no fueran conocidos por todos, con rapidez y con certeza.

Creo que el último certificado de confianza en nuestras elecciones ocurrió por un hecho técnico y político, inédito en México: a la una de la mañana, seis horas después de cerrada la última casilla, nuestros instrumentos de conteo ya eran capaces de mostrar el resultado de 54,974 casillas de todo el país, es decir del 52% de las casillas instaladas, desde Sonora a Yucatán, desde Chiapas hasta el Distrito Federal.

Las cifras que brindamos fueron consistentes con las que habían configurado las encuestas previas, los conteos rápidos de ese día y con los cómputos oficiales de tres días después: el Partido Acción Nacional, con el 28.02% de la votación nacional; el Partido Revolucionario Institucional, con el 39.49%; el de la Revolución Democrática, con el 26.5%; el Partido del Trabajo, con el 2.54% y el Verde Ecologista, con el 4.53%. El reto político fue cubierto: las cifras oficiales habían llegado sin interrupción, de un modo desagregado, por casilla, por cada distrito, por cada estado de la República, sin posibilidad de manipulación, de una manera constante y comprobable, con transparencia, a través del Internet, a miles de personas en México y el mundo.

Esa fue la más visible y quizá la más contundente de las operaciones realizadas por el Instituto Federal Electoral. Gracias a ella, y a unas horas de cerrada la jornada electoral, estábamos comprobando la operación de las casillas, el funcionamiento de cada uno de los distritos, las tendencias generales de la votación y de la participación.

Si las elecciones siguen asentándose en un clima de normalidad y de legalidad, en algún momento será posible plantear en otros términos la ecuación de la administración electoral en México para devolver a las tareas de organización electoral su carácter eminentemente técnico, administrativo, profesional. Pero mientras ese momento llega, la complejidad, la especialización y la creación de garantías adicionales será parte esencial de las decisiones electorales en México.

Porque más allá de los pormenores de su diseño y de sus reformas circunstanciales, más allá del mísero detalle técnico del que habla Ortega, de lo que se trata es de cumplir una misión política: abrir un espacio franco para que la competencia entre fuerzas distintas tenga lugar de un modo pacífico y civilizado. La década de los años noventa es el tiempo en el que mi país se ha dado a la tarea de tomarse en serio la discusión democrática y de invertir recursos financieros y materiales, grandes energías humanas y políticas para darse una oportunidad y ensayar una vida genuinamente democrática.

Tengo la impresión de que el proceso democratizador en México y en América Latina ya puede reclamar para sí una cierta acumulación favorable. Creo que ha ganado terreno la idea de la importancia de las reglas, de las instituciones y de la confianza.

Es un hecho que los cambios en la esfera electoral están impactando cada vez más en la esfera de gobierno: los partidos están instalados ya en la sala de máquinas del Estado y la propia dinámica pluralista exige de nuevas operaciones, una suerte de segunda generación de reformas para garantizar la gobernabilidad de un país y un Estado plural y democrático.

Creo que la democracia ha llegado a México por la vía de las elecciones, que las elecciones han mostrado su poder para cambiar el sistema de relaciones políticas de mi país.

Ha sido un tránsito lento, pero inequívocamente democratizador. He intentado describir la originalidad del caso mexicano centrado en la negociación electoral para insistir que en nuestro caso ya contábamos con un marco legal, democrático, federado y republicano. Hacía falta el edificio electoral; hacían falta los partidos nacionales competitivos, la expresión limpia y legal del veredicto ciudadano para que funcionara toda la maquinaria constitucional. Se requieren nuevas reformas, pero de una nueva generación, las que vienen después de que la expresión, recreación y representación de la pluralidad se está resolviendo, es decir, las reformas que tienen que ver con la gobernabilidad democrática. n

José Woldenberg. Presidente del Consejo General del IFE. Este ensayo fue presentado en el Ecuentro “Iberoamérica en el siglo XXI: Qué sociedad pretendemos construir en el siglo de la globalización”. Madrid, España, marzo de 1999.

1 Véase su importantísima obra: Transiciones desde un gobierno autoritario, en cuatro volúmenes. Paidós. Barcelona. 1994.

2 Albert Hirschman: A Bias for Hope. Harvard University Press, Cambridge, 1979.

3 Albert Hirschman: Retóricas de la Intransigencia. FCE. México. 1991.

4 Michael Krennerich: “Elecciones y contexto político”, en Tratado de

derecho electoral comparado en América Latina. Dieter Nohlen. Sonia Picado y Daniel Zovato (comp). FCE. México. 1998.

5 José Ortega y Gasset: La rebelión de las masas. Madrid. 1958.

6 Véase Don Chul Sin: “On the Third Wave Democratization: A synthesis and evaluation theory and research”. World Politics, vol. 47. octubre de 1994. pp. 135-170.

La rebelión de los truhanes

LA REBELIÓN DE LOS TRUHUANES

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

El crimen se ha convertido en uno de los obstáculos mayores para los procesos de transición y consolidación democráticas. Lo paradójico es que algunos aliados de la democracia, como la globalización del comercio y de las comunicaciones, sirvan muy bien a sus intereses.

En 1930 Ortega y Gasset comenzaba La rebelión de las masas de esta manera: “Hay un hecho que es el más importante en la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social”. El párrafo podría ponerse al día de la siguiente forma: hay un hecho que es el más importante en la vida pública de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de los truhanes al pleno poderío social. Como la de las masas, la rebelión de los truhanes ha tenido consecuencias de peso para los pueblos que cruzan el umbral del milenio. Una buena parte del siglo XX estuvo imbuida de una estridencia ideológica que hoy se ha ido. Los grandes problemas del mundo eran causados por el Capitalismo, el Socialismo, el Totalitarismo, etc. Ante el “imperio del mal”, encarnado en el comunismo internacional o en el capitalismo globalizador, nociones como la ecología o el crimen palidecían. Es la retirada de las utopías la que ha dejado el campo libre a estos males menores. Cuando cayó el Muro de Berlín nadie imaginó que el crimen se volvería un factor crítico en el nuevo orden de cosas. Tradicionalmente, la democracia tenía enemigos de más categoría: la inexistencia de mercados, las ideologías rivales, los vicios de una cultura política autoritaria, etc. Lo mismo ocurrió en Europa durante la Edad Media, cuando nadie atinó a responsabilizar de la terrible peste negra a la minúscula, doméstica, pulga.

En muchas naciones el crimen era visto como un asunto doméstico. Como la pulga, pensamos que se trataba de una molestia. un parásito incómodo, pero incapaz de poner en peligro la existencia misma del huésped. Es precisamente la incapacidad de prever la dimensión política del crimen en el mundo de la posguerra fría lo que nos sorprende ahora. Como afirmaba Ortega, sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. A diferencia de las guerrillas o los grupos revolucionarios, los criminales no desean, en principio, subvertir al Estado. No tienen utopías que perseguir. Sus fines son privados: amasar riquezas sin escrúpulo alguno. Sin embargo, como ya nos advertían los casos de Japón, Italia y Colombia, existe una economía política del crimen. Tarde o temprano la esfera de operaciones ilícitas se toca con la política. Es en ese punto que el crimen deja de ser una molestia del orden común para convertirse en un fenómeno propiamente político. Ya lo había notado Cari Schmitt: cualquier actividad que provoque un antagonismo lo suficientemente agudo como para desear quitarle la vida a otro se vuelve político. El Estado puede chocar o asociarse con los criminales, pero no puede ignorarlos.

Nada había preparado al mundo para la rebelión de los truhanes que ocurriría en el ocaso de las ideologías. ¿Cuáles son, genéricamente, los desafíos que presenta el crimen a los procesos de transición y consolidación democráticas? Aventuremos unas cuantas hipótesis: puede hacer imposible el ejercicio de la democracia al corromper a los votantes, a los políticos electos o a ambos. Puede también disputarle al Estado el monopolio de la violencia, infiltrarse en las más altas esferas del gobierno, posesionarse de partidos políticos así como de importantes sectores de la economía. La dimensión del problema es global: afecta a países donde ha ocurrido un debilitamiento estructural del Estado. En algunas naciones simplemente ocurrió un colapso: los regímenes comunistas se derrumbaron súbitamente. En otros, el Estado sufrió una anemia que lo hizo vulnerable a los ataques de organismos oportunistas. Hay, qué duda cabe, Estados con sida.

Utilizar un caso distinto al mexicano para ilustrar el punto es útil. Veamos, por ejemplo, el de Bulgaria.1 La transición en ese país ha sido relativamente exitosa. El progreso hacia la instauración plena de la democracia ha corrido con mejor suerte que en otras naciones de Europa oriental. Incluso el Fondo Monetario Internacional está contento. Sin embargo, la imagen es engañosa: el cuerpo político está infectado por el virus del crimen. Y el padecimiento es sistémico. El colapso del gobierno comunista abrió ventanas de oportunidad para los que, en otros tiempos, fueron los consentidos del régimen. En Bulgaria se han aliado los ex miembros de los servicios de inteligencia de la era soviética con los luchadores del equipo olímpico búlgaro para formar organizaciones criminales. Estos grupos son muy poderosos en buena medida porque fueron organizados por el Estado mismo. De igual forma, en México algunas bandas criminales se integraron cuando sus miembros pertenecían a las policías. El embargo comercial impuesto por el gobierno búlgaro contra Serbia significó un boom para los “grupos” clandestinos. Al igual que los mañosos con el alcohol en Estados Unidos durante los años de la Prohibición, los criminales búlgaros se beneficiaron enormemente del contrabando. En México, la prohibición de estupefacientes ha sido un catalizador poderoso para la formación de bandas de narcotraficantes.

En Bulgaria la presencia de los grupos criminales es tan palpable como la del gobierno mismo. Hasta tienen nombres corporativos: Multigrup, Grupo Orion, Grupo Tron, etc. Cuando los ex policías y los luchadores perdieron los subsidios estatales se dedicaron a extorsionar. La experiencia profesional de los primeros y la presencia física de los segundos ayudaron a la tarea. Así se apropiaron de casas de cambio en los cruces fronterizos y de moteles en las carreteras internacionales de Bulgaria. Extrajeron ganancias de la especulación con divisas y de la prostitución. Así pudieron capitalizarse para entrar de lleno al negocio de robar automóviles y exportarlos a Rusia. De esta forma amasaron grandes fortunas durante el vacío de poder que siguió a la caída del régimen pro soviético. En consecuencia, muchos de los antiguos peleadores y levantadores de pesas son ahora… banqueros. Uno de ellos, según el periodista Jovo Nikolov, tundió a un alto ejecutivo de cuenta, por haber realizado una mala transacción. Todos en Bulgaria saben que su coche será robado a menos que se encuentre “asegurado” por alguna de las “compañías aseguradoras” regenteadas por los luchadores. Puesto que ellos hurtan los coches, están en posición de ofrecer protección a cambio de cuantiosas “primas”. Para no ser robados los autos deben llevar una calcomanía proporcionada por las “aseguradoras”.

Bulgaria sigue un patrón común a otros Estados de Europa oriental. Ahí los partidos comunistas se han transformado en mafias que corrompen a los políticos de los nuevos y frágiles gobiernos democráticos. Sin embargo, en ningún otro país es tan transparente el fenómeno como ahí. Según Robert Kaplan, no es una casualidad que en Bulgaria a las organizaciones criminales se les llame “grupos” y no mafias, pues se trata de híbridos involucrados tanto en actividades legales como ilícitas. Compañías de luz, de deportes, complejos turísticos, procesadoras de alimentos y la agricultura de exportación son algunos de los giros en manos de los “grupos”. Las mayores de estas organizaciones guardan una semejanza alarmante con el Estado: tienen enormes departamentos de seguridad, inteligencia y procesamiento de datos.

Bulgaria no tiene una tradición criminal: ahí, los “grupos” criminales fueron el resultado de la transición a la democracia. Los excomunistas, elegidos democráticamente, utilizaron las privatizaciones para establecer una oligarquía mafiosa. Literalmente desplumaron al Estado. Las organizaciones criminales formaron dudosas alianzas con empresas estatales. Las ganancias se privatizaban mientras que las pérdidas se nacionalizaban. (Cualquier semejanza con el caso mexicano no es pura coincidencia). Los “grupos” proporcionaban a las empresas materias primas a un precio exorbitante y les compraban productos manufacturados a precios por debajo del de mercado. Para financiar estas costosas operaciones los “grupos”, en complicidad con funcionarios corruptos, pedían préstamos que nunca eran pagados. El resultado de las carteras vencidas era, por supuesto, la inflación.

El crimen organizado no sólo sangra al Estado, también pone en entredicho sus funciones más básicas. La imagen que de inmediato viene a la mente es la de narcoterroristas asesinando a jueces y periodistas, pero hay otras formas más sutiles de subversión. Por ejemplo, el gas natural utilizado por los búlgaros proviene de Rusia. El gaseoducto que lo surte estaba originalmente dividido entre la URSS y Bulgaria. Ahora, la parte rusa pertenece a la empresa monopólica Gazprom. El segmento búlgaro está también controlado por los rusos a través de empresas pertenecientes a los “grupos” criminales. Cuando el gobierno de Bulgaria quiso controlar su parte del gaseoducto, el Kremlin apoyó a las mafias búlgaras y amenazó con interrumpir el abastecimiento de gas.

Parece haber algo así como una receta para la peste criminal. El caldo de cultivo ideal es aquel que combina el debilitamiento, o extinción, estatal con la instauración de economías de mercado. El vacío de poder y la oportunidad de hacer dinero se mezclan de manera explosiva. El crimen acaba por hacer de la democracia una farsa. Aparentemente puede vivir en su seno. No tiene objeción en permitir que las formas democráticas existan siempre y cuando el Estado no cumpla con sus funciones establecidas. Los criminales aplauden las realidades de este mundo nuevo feliz. La globalización del comercio y de las comunicaciones les favorece y el mercado sirve a sus intereses. Son agentes del futuro; se imaginan como los nuevos exploradores de una frontera de desilusión y oportunidad. ¿Quién podría contradecirlos?        n

José Antonio Aguilar Rivera. Investigador de la División de Estudios Políticos del CIDE. Acaba de aparecer su libro Tocqueville en México.

1 Robert D. Kaplan: “Hoods Against Democrats”, en The Atlantic Monthly, vol. 282, num. 6 (diciembre 1998), pp. 32-36.

Un mosaico de un verano

PARABÓLICA

UN MOSAICO DE UN VERANO

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

Sus ochenta hectáreas hacen de la Domus Aurea un sitio 25 veces más extenso que el muy rancio y muy londinense Palacio de Buckingham. Se supone, si los arqueólogos italianos tienen razón, que era mucho más suntuosa que la residencia oficial de la familia real británica. Sobre todo, es muchísimo más antigua: fue la casa que se mandó a edificar nada menos que Nerón para hacerse llevaderas las fatigas que seguramente lo abrumaban en tanto que emperador. Se encuentra en la Colina Oppia. Después de dos siglos de abandono y veinte años de restauraciones, fueron abiertas al público 32 de sus recámaras, a unos cuantos metros del majestuoso Coliseo. Roma cuenta —según informa Panorama— con un nuevo atractivo turístico de primer orden, por si le hicieran falta imanes para los millones de visitantes que recibe por año.

Pero lo que resulta más importante y notable es que, junto con el remozamiento de su palacio neroniano, ha venido la rehabilitación del famoso emperador. Que no fue tan neroniano como se ha dicho, dicen. Que el pueblo lo amaba —aseguran citando a Napoleón— porque le quitaba a los ricos para darle a los pobres. Que todo esto ya se sabía desde que Girolamo Cardano, en el sigo XVI. publicó un sorprendente y olvidado Encomium Neronis. Que no estaba loco. Que tañía la cítara para mostrar su inspiración: los grandes reyes de Oriente. Que. en realidad, el desprestigiado soberano —afirma Marisa Ranieri Panetta. periodista especializada en arqueología— fue “el primero entre los grandes emperadores que comprendió cuán seductor era el modelo oriental: menos guerra y más arte, menos Senado y más pueblo”.

En fin. parece que basta hacerse una Casa de Oro para conseguirse una resurrección histórica. Y que el populismo no fue inventado en fecha reciente, ni ha perdido atractivo desde el inicio mismo de la llamada Era Cristiana: muchas inauguraciones, muchas fiestas, muchas promesas, muchos discursos, muchos banquetes, pocas instituciones y muchos regalos a la multitud. Así es como cualquier Nerón se las arregla para pasar a la historia.

Vacaciones cálidas

La misma revista dedica siete páginas a los destinos turísticos “sexy” entre los que puede escoger cualquier italiana o cualquier italiano, individual o colectivamente, para pasar unas vacaciones veraniegas realmente calientes. La nota incluye direcciones electrónicas: modernidad obliga. El subtítulo del reportaje es expresivo “Eros 2,000: el verano del libre intercambio”. Y es que el menú trae incluso un platillo de lo más osado: cruceros que se abordan junto con la pareja habitual, se disfrutan con la ajena y terminan con el reencuentro del partner oficial en el muelle. Como si nada. Vamos, el barco puede ser impulsado por motores, o por la fuerza del viento. Al parecer, en velero es más excitante: el meneo —anuncian— es afrodisiaco.

La agencia más socorrida se llama Erótica Tour. Y. fíjese bien, entre los destinos que sugiere la empresa hay dos mexicanos: Loreto y Cancún. Cada uno en su respectiva península, aunque no especifique el catálogo qué puede el viajero hacer allí. Y pensar que teniendo el paraíso tan cerca, nuestros aborígenes trashumantes andan creyendo que el Edén está en Escandinavia. Y que gastan en viajes largos lo que podrían gozar aquí a la vuelta de la esquina, en Baja California o en Quintana Roo. Chovinistas.

Partidos pobres

Como se sabe, el Parlamento de la República Federal de Alemania se traslada de Bonn a Berlín. La unificación ha dado a los alemanes capital nueva, edificios públicos nuevos y orgullo renovado. Los partidos políticos germanos, que llevaban cinco años de vacas flacas bajo el férreo control de los tesoreros del canciller Helmut Kohl. soñaron que la mudanza obligaría al sucesor de aquél. Schröder. a soltar los cordones de las faltriqueras del Estado.

Las burocracias y las cúpulas partidistas ya estaba frotándose las manos y hasta formularon una que otra sugerencia en el sentido de obtener más dinero público. Ya se sabe: en estas materias las alianzas no suelen ser problema. De inmediato, empero. se elevaron las más agrias críticas. Así que a los partidos alemanes sólo les quedan dos caminos: el de apretarse los cinturones o el de cobrar cuotas más altas a sus afiliados.

¿De qué tamaño son esas aportaciones? He aquí la lista: los “verdes” exigen 440 marcos anuales de cada socio (244 dls.); los socialistas, 220 (122 dls.); los democristianos 159 (88 dls.) y los socialcristianos 109 (60 dls.).

Verano frío para los partidos políticos de Alemania. Por otra parte, el Estado alemán gasta cada año, por estudiante (entre 6 y 12 años de edad) de escuela pública, el equivalente de 6,480 dls., es decir, unos 61.500 pesos mexicanos. Compare: en México, cada estudiante (?) de la UNAM le cuesta al tesoro público 36,000 pesos. Hasta cuando está en huelga. Y, bueno, habría que pensar también en las diferencias de calidad entre un egresado de primaria alemana y uno de licenciatura en la UNAM. Allá no hay pase automático en primaria, por cierto.

Un libro para el descanso

No importa si usted decide regalarse un “sextour” o si prefiere algo más convencional. En Italia, las revistas sugieren lecturas de viaje a los temperados y a los descocados. Y este año, Serena Vitale propone a los andariegos de cualquier género una obra ya un tanto olvidada: I racconti de Kolyma, del ruso Varlam Salamov.

La periodista recuerda que el Kolyma es un río de 2,500 kilómetros que desemboca al mar en la Siberia Oriental. Evoca asimismo que la región que aquél riega —precisamente la Kolyma— es de gran belleza. Y señala que. durante el régimen soviético, fue transformada en un infierno: allí, a partir de los años treinta, el gobierno moscovita envió a “corregirse por medio del trabajo” a millones de seres humanos, entre los cuales tuvo a mal encontrarse el autor de la obra recomendada. Salamov fue a dar a la zona infernal por sus opiniones de crítico literario, condenado a diez años que se convirtieron en veinte. Fue uno de los más claros precursores de Solyenitzin.

Salamov. recuerda Serena Vitale, describe en esa obra la vida y la muerte de los presos en Siberia: jornadas de 14 horas, desnutrición. tortura, fusilamientos, “corrupción de la mente y el corazón”. No importa cuán cálido sea el verano. El libro produce escalofríos. Y puede serenarle la hormona al más entusiasta de los sextravelers.

Un feudal ilustrado

La muerte del único vástago varón del presidente norteamericano John Kennedy fue motivo de no pocos comentarios. El fallecimiento del rey Hassán II de Marruecos, empero, generó centenares de planas impresas. Jean Daniel, en Le Nouvel Observateur, transcribe algunos párrafos de un par de entrevistas con el soberano marroquí. La primera data de 1970. La segunda, del 8 de julio del año en curso, pocos días antes del deceso de Hassán II.

El periodista francés concluye, en relación con el rey muerto: “Deja testamento y deja herencia. El primero está hecho de la voluntad de conservar celosamente un nacionalismo abierto, una monarquía constitucional, una inserción en el mundo de la competencia económica. La herencia es un país territorialmente unificado y estructurado por sus instituciones, lo que es considerable. Que el gobierno socialista hubiese jurado lealtad al joven heredero habla de una estabilidad impresionante, pero la mitad de los marroquíes son aún analfabetas y muchos viven abajo del nivel de pobreza. Se trata asimismo de un país al que le estorban una rivalidad apenas mermada con Argelia y el espinoso problema del Sahara, que lo obliga a mantener en la frontera un costoso despliegue de tropas. Pero es también una gran nación cuyas élites, por su ambición, y cuyo pueblo, por su profundidad, están llamados a jugar un gran papel”.

Por venir de quien criticó duramente al monarca y a sus procedimientos, este juicio es particularmente interesante y aleccionador. En efecto, a la distancia, y una vez desmoronados tantos regímenes que atacaron al soberano marroquí de palabra y de obra, parece que el rey musulmán tuvo razón cuando dijo: “Un día la izquierda volverá a mí no por respeto —eso no lo hará jamás—, sino por comparación”. ¿Qué quería decir con esto el soberano?

Lo deja entender Jean Daniel. En el Marruecos de Hassán II. pese al autoritarismo del monarca, “podían escucharse las campanas de las iglesias y las plegarias de las sinagogas”. Eso era imposible en cualquier otro país árabe de los llamados “progresistas”. Y el rey señalaba: “Se me detesta no por lo que hago, sino por lo que soy”. Y añadía: “Le perdonan todo al régimen argelino, al sirio o al egipcio porque son, supuestamente, repúblicas socialistas, aunque hagan lo mismo que no me toleran a mí”.

Tal vez tenía más razón de la que un tiempo se creyó. La presencia de sus antiguos críticos e incluso de acérrimos enemigos de antaño en su funeral, no da para pensar otra cosa Cosas del verano, quizá.  n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Autor de Disiento.

Civilidad y ley

LOS EDITORES

ENTRADA EN MATERIA

CIVILIDAD Y LEY

ZONAS DE LA VIDA PÚBLICA

La vida pública significa responsabilidad ciudadana. ¿Qué quiere decir eso? La ciudadanía es uno de los elementos principales de la convivencia moderna. Pero los ciudadanos no surgen por generación espontánea, se cultivan en el cumplimiento de la ley. El respeto a la civilidad, a la vida en común y a la legalidad permite construir una convivencia ciudadana tolerante y una vida pública democrática. Es cierto, la vida pública supone libertades civiles, pero el ciudadano libre sólo existe en una sociedad gobernada por el acatamiento de las leyes. La vida pública es el gobierno de la legalidad. Fuera de la ley no hay convivencia, sólo inseguridad y miedo; en una palabra, incivilidad.

La vida pública es el seguro contra quienes ponen en peligro toda forma de comunidad. Construir la vida pública significa cultivar una forma de convivencia a la sombrra de  los  derechos individuales  y el respeto a la leyes. No hay vida pública en una sociedad intolerante ni en un Estado autoritario. Para crear una cultura democrática hace falta la participación y la responsabilidad ciudadana, que son los mecanismos para acotar el autoritarismo y la impunidad. No podemos imaginar una sociedad libre de impunidades, si no empezamos por las infracciones menores: no sólo el Estado es responsable de cumplir la ley, sin una ciudadanía responsable ante las leyes no habrá un límite real a la impunidad. En nuestros días, la cuestión de la ley es una prioridad para la llamada sociedad civil.

De un tiempo a esta parte la vida pública en México se ha enturbiado. Los signos de este proceso van desde las pequeñas infracciones de tránsito hasta un de bate político basado en invectivas y ataques personales, y no en las ideas. Los medios de comunicación, salvo algunas excepciones, tampoco escapan a esta lógica. La libertad, su capital más grande, le ha cedido el paso a la difamación. El conflicto en la UNAM es un emblema nacional de cómo uno de los circuitos principales de la cultura ha caído en la incivilidad y la intolerancia Norberto Bobbio recuerda que una de las definiciones de la convivencia democrática entre los ciudadanos se basa en la transición entre el derecho de guerra, donde reina la distinción amigo- enemigo y la máxima “tiene razón el que vence”, por el derecho de paz basado en el respeto a la pluralidad y en la máxima “vence el que tiene razón”. En tiempos de cambio y consolidación de la democracia, los plazos fatales suelen ser puentes inseguros. No es tarde para dedicar nuestros esfuerzos al fortalecimiento de una vida pública moderna, plural, tolerante y respetuosa de la ley. Nuestro futuro democrático se juega en ese camino: el de la responsabilidad ciudadana, que se identifica con la razón del otro y no con una supuesta derrota total del enemigo. Aprender a vivir en un ámbito plural y respetar la ley son las tareas de una sociedad que escogió la libertad como el criterio mayor de convivencia. Libertad pública y legalidad son la piso común para cultivar una nueva sociabilidad, menos incierta y menos vulnerable a la violencia.        n

Las mil maravillas

Puerto libre

Las mil maravillas

Por Ángeles Mastretta

Amanezco a un día de sol y cielo claro, en la Ciudad de México. Hay pájaros haciendo escándalo en el árbol frente a mi ventana, el café huele a promesas, los adolescentes duermen como los benditos que son y a la casa la conmueve un sosiego de sueños. Entonces, el historiador que no se pierde una mañana de periódicos ni aunque le robe toda la paz del mundo, y que entre otras cosas por eso tiene mi admiración rendida, trae a nuestra mesa el informe del World Economic Forum sobre el estado de la seguridad, la violencia, la evasión fiscal y el crimen organizado, entre las cincuenta y nueve economías más grandes del mundo. ¿Y qué me dice? En seguridad, México ocupa el lugar cincuenta y ocho, está después de Rusia, Venezuela y Colombia, sólo antes de Sudáfrica. Es para erizarse. Y en crimen organizado ocupa el lugar cincuenta y cinco, sólo hay cuatro países de esos cincuenta y nueve en los que el crimen está mejor organizado que en México. Tiemblo, bebo el café con sus promesas. Las cumple con un sabor intenso y convoca un ánimo contradictorio: esta casa, en mitad de un país con ese riesgo, tiene una estirpe de milagro, como dice el poeta que es la estirpe de todo privilegio. Tiemblo. Yo que había amanecido en el ánimo de citar a Bioy Casares y emprender un texto sobre la necesidad de acudir al recuento de aquello que nos maravilla. Yo que no quiero contar los desfalcos del mundo porque ya están demasiado contados, los traigo hasta ustedes porque todo miedo disminuye en buena compañía. Así las cosas, no voy a negarles el recuerdo de Bioy Casares diciendo: “Mientras recorre la vida, el hombre anhela cosas maravillosas y cuando las cree a su alcance trata de obtenerlas. Ese impulso y el de seguir viviendo se parecen mucho”. Sigamos, pues, con la vida.

Ya se sabe que el mundo nuestro abunda en horrores, pero también es cierto que si seguimos vivos es porque sabemos que no le faltan maravillas, y que muchas de ellas está en nosotros tratar de alcanzarlas. Me lo digo aunque suene inocente y parezca que lo único que me importa es negar el espanto. Me lo digo, porque creo de verdad que el impulso que nos mueve a vivir está en esa búsqueda, con mucha más intensidad que en el miedo. Hagamos entonces, para nuestro privadísimo remanso, el recuento de algunas maravillas. Cada quien las que primero invoque, yo por ejemplo: el aire tibio de una noche en el Caribe, las estrellas indómitas de entonces. La cara de mi hijo metiendo una mesa de billar en el comedor de nuestra casa, el ruido de las bolas chocando abajo mientras yo trato de leer arriba y oigo a mi abuelo como una aparición. Mi abuelo que jugaba al billar frente a mis ojos de niña y cuyo juego aún palpita en mis oídos como si apenas ayer. Mi abuelo contándome los huesos de la espalda, apoyado en el taco de billar, sonriendo como si adivinara. Qué maravilla era mi abuelo maravillado: frente al tocadiscos de alta fidelidad, frente al box y los toreros, frente al orden implacable que rige el ir y venir de las hormigas, bajo la luz de la tierra caliente cosechando melones, abrazado a la inmensidad inaudita de un trozo de firmamento impreso en el National Geografic Magazine. “¿Te fijas, mi vida, si la tierra es un puntito en mitad de estos puntos, qué seremos nosotros?”.

Hay maravillas que uno recuerda y maravillas que uno anhela, hay maravillas que uno descubre como tales en el momento mismo en que le llegan: en Venecia, juro que vimos la luna salir anaranjada contra un cielo lila. Y que en ese mismo instante le agradecimos al destino la luz de este siglo y los ojos en que guardamos la virtud extravagante de tal espectáculo.

Hay maravillas que pueden conseguirse todos los días, pero que necesitan precisión: el sabor aterciopelado del café cuando no hierve, una flauta de Mozart sonando en el coche mientras afuera ruge el tránsito más fiero, una aspirina a tiempo, un beso a destiempo.

Hay maravillas que no se pueden siempre: una copa de oporto a cualquier hora, una caricia a deshoras, una buena película traída por azar del videoclub, una ola de Cancún en mitad de la tarde aburrida. Pero hay maravillas que se pueden siempre: tres inclementes frases de Jane Austen, un párrafo cualquiera de Gabriel García Márquez, un enigma de Borges, un juego de Cortázar, una vertiginosa página de Stendhal.

Hay maravillas inolvidables: Catalina vestida de ángel con unas alas de plumas y una aureola de alambre. Y maravillas inesperadas: la voz de mi madre suave y aplicada saliendo por primera vez de su contestadora.

Hay maravillas que nos estremecen: la libertad de los veinte años, la audacia de los treinta, el desafuero de los cuarenta, las ganas de sobrevivir a los ochenta. Y maravillas que añoramos: Dios y el arcoíris.

Hay maravillas que nunca alcanzaremos, ilusiones, pero esas dice Bioy que no cabe ignorarlas. El puro anhelo de alcanzarlas es ya una maravilla. Está entre ellas mi casa en el mar. Es una casa sobre la playa blanca, una casa breve y llena de luz a la que el azul del agua, impávida o alerta, le entra por todas las ventanas. Una casa que me deja salir en las noches a sentarme en la arena que la rodea y adivinar las estrellas y oír el ruido del agua yendo y viniendo. No existe, quiero decir no es mía, pero eso es lo de menos, tal vez imaginarla es aún mejor que andar pensando en cómo sacarle los insectos, barrerla cuando estoy lejos, tener quién me la cuide, amueblarla y decidir a quiénes puedo invitar y a quiénes no. Así mejor, imaginaria y prodigiosa.

Uno tiene maravillas secretas y maravillas públicas. Las secretas dejémoslas así, que quizá también en su secreto está su maravilla, entre las públicas tengo la vocación con que vi a mi hermana convertir en un parque con flores y laguna, lo que era un basurero encharcado. Tengo el fuego en las noches de Navidad, y los ojos de todas mis amigas.

Hay maravillas escuchadas: están las dos Camín contando un diluvio en Chetumal, el tío Aurelio evocando a su madre detenida junto a un tren, mis hijos describiendo a las cuatro mujeres que los besaron en una disco, mi padre silbando al volver del trabajo. Y maravillas que nunca he visto: El río Nilo, Holbox.

Hay maravillas que aún espero, y maravillas que no siempre valoro. Volviendo a esta mañana, he de decir que el país en que vivo y la casa y las cosas que protege a pesar de todos sus peligros, es también, con todo y su estadística en contra, una maravilla.  n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía.

Público y privado. La frontera ignorada

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Público y privado

La frontera ignorada

Si se le pregunta al vendedor ambulante o al que aparta lugares de estacionamiento con cubos vacíos en las calles de la ciudad de México qué es lo que le permite apropiarse de un espacio público para conseguir beneficios privados, de seguro responderá con algún elemental fraseo de la teoría rousseauniana del derecho del primer ocupante: la calle es de todos, por lo tanto yo puedo hacer de ella lo que me dé la gana porque yo llegué primero. Claro que en el momento que él decide apropiarse del espacio, la calle ha dejado de ser de todos, pues si uno osara desafiar la marca fronteriza arbitrariamente impuesta, lo que le depararía su acción sería enfrentarse a la violencia del sujeto, ya sea con una llanta ponchada o con el coche rayado. La apropiación se da defacto ante la ausencia del poder efectivo de una organización que monopolice la violencia y limite su utilización autónoma por parte de los privados.

Lo mismo que el cuidacoches, el funcionario que ve el cargo público como una extensión de su patrimonio desconoce la frontera entre lo público y lo privado o, sin desconocerla, hace caso omiso de ella. El proverbial patrimonialismo de la clase política mexicana, heredera del patrón institucional de la corona española, no es otra cosa que resultado de una idea de lo público que se confunde con una tierra de nadie, aprovechable por aquel que tenga la oportunidad de hacerlo. Lo público, desde esta perspectiva, es territorio de conquista, no de convivencia.

El arreglo social y político de los mexicanos está construido en la confusión entre el espacio público y el privado, pues lo mismo que el ambulante puede secuestrar un trozo de acera, la seguridad sobre la propiedad privada es endeble y está constantemente amenazada tanto por la delincuencia como por la iniquidad que impera en el país. El Estado es incapaz de garantizar realmente los derechos de propiedad tanto ahora como antes. Si en el pasado se trataba de una autoridad condescendiente con los invasores de tierras en nombre de su supuesto compromiso social, hoy se le ve incompetente y confundido frente a una criminalidad que lo rebasa.

Pero si la falta de una frontera clara entre estos ámbitos se debe en buena medida a la ausencia de un eficaz Estado de derecho, no es menor el peso que tiene en la supervivencia de las prácticas de origen comunitario y del patrimonialismo una forma socialmente compartida de entender lo público: para los mexicanos la idea de libertad tiene que ver más

con la descripción que hace Benjamín Constant de la idea de libertad de los antiguos —la libertad de la comunidad— que con la concepción moderna de libertad —la de los individuos, que en su relación con el Estado se vuelven ciudadanos, respetuosos de la ley y de los otros.

Si el vendedor de tacos de suadero que pone su puesto arbitrariamente en la acera hablara con el librero londinense que evita poner estanterías en la calle a pesar de lo estrecho de su local, seguramente lo consideraría un tonto; sin embargo, los estragos que para la eficiencia de nuestra convivencia está causando ya la manera tradicional de hacer las cosas de los mexicanos son una señal de que a lo mejor es tiempo de impulsar un consenso que fortalezca la legitimidad de la ley, al tiempo que modifique el mapa cognitivo de una sociedad que tiene que acabar de dar el paso del mundo rural al urbano.       n

Numeralia

Numeralia

Por Roberto Pliego

1.   Segundos que tarda el crack en llegar a la corriente sanguínea: 8

2.   Distribuidores de droga en las escuelas primarias y secundarias del DF: 20,000

3.   Porcentaje de la población de Tijuana que ha consumido drogas alguna vez en su vida: 14.73

4.   Precio de doscientos miligramos de cocaína en el Reclusorio Sur: 30

5.   Hectáreas dedicadas al cultivo de mariguana en México: 15,000

6.   Reos que han escapado de las cárceles del DF en los últimos cuatro años: 36

7.   Niños en el mundo que sirven como soldados: 300,000

8.   Soldados de diecisiete años que la armada estadunidense tenía en activo hace dos años: 2,800

9.   Comercios serbios en Prístina antes del 12 de junio: 60,000

10. Comercios serbios un mes después: 3,000

11. Porcentaje de desempleados españoles que viven con sus padres: 50

12. Porcentaje de indígenas estadunidenses que están desempleados: 80

13. Pueblos indígenas en Estados Unidos: 500

14. Porcentaje de profesionistas y amas de casa que están a favor del espectáculo “Sólo para mujeres”: 90

15. Porcentaje de mexicanos que tienen afecciones auditivas a causa del ruido: 10

16. Inmuebles abandonados en el Centro Histórico de la Ciudad de México según un conteo de hace dos años: 450

17. Operaciones aéreas en la Ciudad de México durante 1998: 278,000

18. Mujeres en el mundo a las que se les ha practicado la mutilación genital: 114,000,000

19. Edificios art decó en Miami: 800

20. Costo en dólares de la boda entre la cantante Victoria Adams y el futbolista David Beckham: 800,000

Fuentes: I -3. Proceso: 4 de julio de 1999; A. La Jornada: 19de julio de 1999; 5-6. Reforma: 17de julio de 1999; 7-8. The Economist: 10de julio de 1999; 9-10. El País: 20 de julio de 1999; 11. La Crónica: 4 de julio de 1999; 12-13. LaJornada: 8 de julio de 1999; 14. Teleguía: 17- 23 de julio de 1999; 15. La Crónica: 20 de julio de 1999; 16. La Jornada: 19 de julio de 1999; 17. Milenio: 12 de julio de 1999; 18-19. Etcétera: 15 de julio de 1999; 20. La Jornada: 5 de julio de 1999.

¿Qué son?

400,000

Personas que ingresan diariamente al Metro de la Ciudad de México sin pagar boleto.

100 Horas de vuelo del piloto John F. Kennedy Jr.

2,100 Pastillas (vitaminas, minerales, aminoácidos) que toma al mes la levantadora de pesas Soraya Jiménez.

90 Porcentaje del plomo absorbido por el cuerpo que se acumula en los huesos.

250 Millones de dólares a la que asciende la fortuna de Mick Jagger.

52 Semanas que duró la filmación de la última película de Stanley Kubrick.

Roberto Pliego. Escritor. Es Jefe de Edición de la revista nexos.

La última obsesión de Kubrick

La última obsesión de Kubrick

Por Julio Cortés

La última película ele Stanley Kubrick, Eyes Wide Shut, se estrenará en México muy pronto. Y todo indica que podremos verla sin censura.

Con 46 años de carrera y 13 largometrajes, el estilo cinematográfico de Stanley Kubrick revolucionó todos los géneros. Sus películas se basaron en un tema central: el conflicto del hombre ante la posibilidad de ser absorbido por las estructuras creadas por su propia sociedad, pasando por una descendente pérdida de ilusiones ante la realidad, para salir transformado con la visión de sus deseos y anhelos originales como algo irrecuperable.

Todo eso ha estado ahí, en Espartaco, en 2001, en Naranja Mecánica, y ahora en Eyes Wide Shut (Ojos bien cerrados), el último filme de su carrera, que desde mucho antes de su muerte, el pasado marzo, ya era objeto de polémica. Tras su estreno en Estados Unidos —el 16 de julio—, se exhibe en dos versiones: una suavizada por la productora y otra totalmente explícita, que afortunadamente será la que veremos en México.

El fallecimiento del director neoyorkino originó que la película se publicitara en exceso, a tal grado que la pareja de actores principales, Tom Cruise y Nicole Kidman, declaró que la persona que se atreviera a alterar la visión de Kubrick tendría que pasar sobre sus cadáveres.

Ojos bien cerrados es una adaptación hecha por Kubrick y Frederic Raphael de la novela Traumnovelle (Historia de sueños), escrita por Arthur Schnitzler y publicada en 1926. Es la historia de un médico, William Harford (Cruise), y su esposa Alice (Kidman), quienes experimentan una creciente inquietud sexual. Es a partir de una noche, durante una fiesta, donde la pareja comienza a involucrarse en idilios peligrosos; posteriormente, Alice le echa en cara a su marido los múltiples amoríos que ha experimentado con sus pacientes, y le menciona que miró con deseo a un oficial de marina en un muelle días antes. Poco después, William se obsesiona con una imagen constante en sus sueños: la de su esposa haciendo el amor con el marino. Reconciliaciones y venganzas se mezclan hasta llegar a la escena climática del filme, en donde William consigue entrar a una orgía secreta.

Las obsesiones de Kubrick en aras de la perfección —como las decenas de tomas para una escena, un lujo muy caro tratado también por William Wyler— pasan a ser la principal herramienta para su narrativa, que nunca admite el más mínimo toque de melodrama. El aspecto principal de todos los filmes de Kubrick —la deshumanización— está presente en Ojos bien cerrados. El realizador afirmaba que era más interesante adaptar obras literarias —tan inquietantes como The Short Timers, de Gustav Hasford, para Cara de Guerra—, de manera que fuera el público el que eligiera la manera de interpretar sus filmes, pero que aun así, en el fondo, llegaran al mismo punto. Para Kubrick el cine como forma pura de entretenimiento simplemente nunca existió.

Habrá que ver qué tan perfecto quedó el producto, que sin duda romperá el récord de la película clasificación X que más dinero recaude en el mundo. Que recuerde, el público esperó mucho Cara de guerra y El resplandor. Aunque no dude de la maestría de Kubrick, el sexo es lo que venderá, y sólo de eso se ha hablado en los medios de principio a fin, cosa que Kubrick odiaría. Irónicamente, tener los ojos bien abiertos será la mejor forma de ser un buen juez.   n

Julio Cortés. Crítico de cine. Colaborador de La Crónica.

Rulfo: Lección de arena

Serpientes y escaleras

Rulfo: Lección de arena

Por Juan Villoro

Juan Villoro nos invita a una lectura de Pedro Páramo que dependa de la noción de límite, al borde del mundo exterior, reconozca a Juan Rulfo como a un autor de literatura fantástica.

Era mí despedida de este mundo, la primera vez que me moría. Eugenio Montejo

Historia y mito

Las 159 páginas de Pedro Páramo son atravesadas por ánimas en pena, caballos desbocados, prófugos que regresan a su atroz punto de partida. Territorio donde los tiempos y las identidades se diluyen, la novela sigue el curso circular del mito; nada lineal puede pasar en ella porque sus personajes han sido expulsados de la Historia; encarnan “un puro vagabundear de gente que murió sin perdón y que no lo conseguirá de ningún modo”.

El dominio de Comala es refractario a lo que viene de fuera, quien pisa sus calles se somete a una temporalidad alterna, donde los minutos pasan como una niebla sin rumbo; los personajes, muertos a medias, carecen de otra posteridad que la queja, los rezos y murmullos con los que buscan salir de ese dañino portento, merecer el polvo que ahogue sus palabras, guardar silencio, morir al fin.

Juan Preciado llega al pueblo de Comala en busca de su padre, el cacique Pedro Páramo. Muy pronto, advierte que el sitio responde a otra lógica; en la página 13, avista a un primer espectro: “al cruzar una bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo que desapareció como si no existiera”.

Los fantasmas de la novela se han apoderado incluso de su contraportada. La edición del Fondo de Cultura Económica, en su Colección Popular, incluye una anónima sentencia entre comillas: “Un cuarto de siglo bastó para situar a Pedro Páramo como ‘la máxima expresión que ha logrado hasta ahora la novela mexicana’ “. ¿Quién pronuncia el elogio? ¿De dónde viene la cita? Aunque se esté de acuerdo con ella, sorprende que caiga sin razón ni porqué. El mundo rulfiano ha producido un curioso efecto secundario: avalado por un espectro, el autor recibe un trato de figura legendaria, cuyos méritos son indiscutibles y, por lo tanto, no necesariamente demostrables. La mitificación de Rulfo, el énfasis en la obra lograda como de milagro, al margen de las arduas preocupaciones técnicas del novelista, ha impedido, entre otras cosas, que Pedro Páramo sea entendida como un caso de literatura fantástica. En esta oficiosa lectura, el autores separado de sus invenciones; se difumina como subproducto de una tradición tan rica que no requiere de explicación. Comala y sus muertos se imponen como un triunfo telúrico: deciden ser escritos.

Augusto Monterroso se interesó en los fantasmas rulfianos con el doble propósito de subrayar su calculada condición ilusoria y de explicar por qué no suelen ser vistos como personajes fantásticos: “En su humildad, no tratan de asustarnos sino tan sólo de que los ayudemos con alguna oración a encontrar el descanso eterno. Sobra decir que son fantasmas muy pobres, como el campo en que se mueven, muy católicos, resignados de antemano a que no les demos ni siquiera eso. En pocas palabras, lo que ocurre con los fantasmas de Rulfo es que son fantasmas de verdad. ¿Significa eso que les neguemos también este último derecho, el de pertenecer al glorioso mundo de la literatura fantástica?”.

En el desierto todo ocurre por excepción, sus terregales sólo producen historias cuando alguien se pierde por ahí. Es en esta región donde Rulfo ubica sus fantasmas. Las mansiones recargadas de utilería estimulan la imaginación gótica: el desván con baúles y telarañas, alumbrado por un candelabro de seis bujías, exige un espectro en su inventario. Por el contrario, Rulfo trabaja en una zona vacía; sus escenarios no pueden ser más disímbolos que los de Poe, Wells o Lovecraft (participa de la cruda desnudez de Hamsun o Chejov); sin embargo, en esas tierras pobres crea un mundo desaforado donde las ánimas en pena no son recursos de contraste (el monstruo tonificante conque Lovecraft busca recuperar la atención de sus lectores) sino la única realidad posible. El proceso de extrañamiento, esencial a la invención fantástica. se cumple en el más común de los territorios. En una corriente proclive al artificio (la máquina del tiempo, la estatua que cobra vida, el robot inteligente) o a las singularidades fisiológicas (la pérdida de la sombra, la aparición de un doble, el sueño profético), Pedro Páramo se presenta como un drama de la escasez donde los aparecidos apenas se distinguen de las sombras. No hay efectos especiales: la gente cruza la calle como si no existiera.

En su construcción y, sobre todo, en su criterio de verosimilitud, la novela se aproxima a Barón Bagge, de Alexander Lernet-Holenia. En ambos casos, el protagonista enfrenta seres reales cuya única peculiaridad consiste en haber muerto o, para ser más precisos, en haber muerto sin llegar al más allá. Mediada la trama, tanto el jinete del imperio austro-húngaro como Juan Preciado hacen un segundo descubrimiento: si están rodeados de espectros es porque también ellos pertenecen al limbo de quienes se alejan de la vida sin alcanzar la muerte.

Pedro Páramo no pretende ser una novela histórica; sin embargo, la idea de la Historia es un elemento decisivo en su elocuente laberinto. Los alrededores de Comala llevan los apropiados nombres de Los Confines o La Andrómeda: ahí, la Historia sigue su curso. Al pueblo llegan ecos del mundo inverosímil donde los acontecimientos son posibles. La Revolución Mexicana (1910-1920) y la primera Guerra Cristera (1926-1929) son los círculos externos de la trama. Con calculado oportunismo, Pedro Páramo apoya causas contradictorias que contribuyen a su fortuna personal. La Historia alcanza a Cómala como las ondas de un sismo remoto; sus efectos son desastrosos; sus motivos, inescrutables. Los pormenores importan poco; las revueltas llegan como una sola confusión de pólvora; los villistas regresan convertidos en carrancistas y el cacique se aprovecha de todos ellos.

El tema de Rulfo no son los acontecimientos sino su reverso, los hombres privados, no sólo de posibilidad de elegir, sino, de manera más profunda, de que algo les ocurra. Al margen del acontecer, los fantasmas rulfianos trazan su ruta circular. A propósito del tiempo sin tiempo de la novela, escribe Carlos Fuentes: “Recuerdo dos narraciones modernas que de manera ejemplar asumen esta actitud colectiva en virtud de la cual el mito no es inventado, sino vivido por todos: el cuento de William Faulkner, ‘Una rosa para Emilia’, y la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo. En estos dos relatos, el mito es la encanación colectiva del tiempo. herencia de todos que debe ser mantenida, patéticamente, por todos”.

Ajenos al devenir, los personajes de Rulfo viven la hora reiterada del mito. Para que algo transcurriese, para que el pasado quedara “antes”, tendrían que abandonar su exilio atemporal. Estamos, como sugiere Julio Ortega, ante “un tiempo que da la vuelta” donde los muertos en vida carecen de presente y sólo disponen de un “pasado actual”.

La discontinuidad narrativa no conduce a una historia que debe ser “armada” por el lector, sino a un plano en el que todo sucede desde siempre. Pocas acciones se cuentan dos veces; sin embargo, la circularidad se insinúa con fuerza: todo instante es repetición.

Al referirse al desenlace de las aventuras, Fernando Savater escribe: “La muerte acaba, pero la vida sigue: nótese que no sabríamos decir ‘la muerte sigue’. La fórmula que clausura los cuentos en alemán, nos recuerda Benjamín, es: ‘y si aún no han muerto, es que viven todavía’ “. En Pedro Páramo la muerte es una expresión de la continuidad. La miseria que aniquila a los habitantes de Comala, su despojo irreparable, depende de su imposibilidad de entrar al tiempo. La dimensión política de Pedro Páramo es específicamente literaria: la historia de quienes no pueden tener Historia.

La muerte deseada

En el relato “El cazador Gracchus”, de Franz Kafka, la muerte no es percibida como una amenaza sino como una liberación, la forma desesperada de abandonar una realidad dañina. En consecuencia, el castigo del protagonista consiste en no alcanzar nunca el exterminio. El cazador, que siega las vidas de sus presas con deportiva pericia, sufre una inversión radical de su oficio y es condenado a no acabarse de morir. También Rulfo concibe una infranqueable aduana al más allá, en la cuerda de la festhaltende Strasse de El proceso, la calle que retiene a sus transeúntes, donde “avanzar” y “salir” se vuelven términos contradictorios. En Pedro Páramo el único trámite salvador sería la muerte, pero las víctimas no tienen quien pida por ellos. Rulfo otorga un grave peso moral al perenne deambular de sus espectros: “Están nuestros pecados de por medio”; la errancia entre la vida y la muerte es la penitencia por la caída; sin embargo, no hay el menor sentido de la justicia en esta condena: todos, por igual, han sido sentenciados, sin apelación posible. Lo único que podría salvar a las víctimas sería que un vivo rezara por ellos. En este libro de los muertos se reconoce la existencia de los vivos, pero ninguno “está en gracia de Dios”. Si Kafka explora el totalitarismo en los niveles más íntimos de la vida (los funcionarios que llevan la ley a la cama del ciudadano), Rulfo se adentra en el totalitarismo de la religión y registra los numerosos remedios de la Iglesia católica como renovadas formas del sufrimiento.

En un ensayo precursor, José de la Colina señaló el papel emblemático de la pareja incestuosa que encuentra Juan Preciado. Los hermanos han estado en Cómala “sempiternamente”. Desnudos, lujuriosos, se entregan a su pasión pero son incapaces de procrear; su falta de fertilidad, como la del pueblo entero (“todo se da, gracias a la Providencia; pero todo se da con acidez”), dimana de su impureza. Sin embargo, la religión sirve de poco para paliar las culpas. Incluso los profesionales de la fe están inermes. El padre Rentería no puede conciliar el sueño y repite los nombres de los santos como quien cuenta borregos, pero este reiterativo santoral ni siquiera concede el milagro de aburrir. Cuando el obispo encara a los hermanos incestuosos, lanza una punitiva consigna bíblica: “¡Apártense de este lugar!”. El veredicto es inútil: nadie puede ser expulsado de ese infierno. Si Dostoyevski y Tolstoi intentan una depuración del cristianismo, llegar a modos más genuinos de la experiencia religiosa, Rulfo construye un presidio intensamente católico: sus personajes creen con una autenticidad estremecedora. pero no les sirve de nada. El círculo no tiene salida y la esperanza se convierte en una variante cruel de la ironía. En palabras de Carlos Monsiváis: “Un eje del mundo rulfiano es la religiosidad. Pero la idea determinante no es el más allá sino el aquí para siempre. Las plegarias no atendidas son el raro combustible que mantiene a los personajes fijos, abandonados a su suerte, en un instante que sucede sin principio ni fin.

Ruidos. Voces. Rumores

El tema del viaje es esencial a la imaginación rulfiana; muchas de sus tramas son pasajes de traslado (la peregrinación en “Talpa”, la huida en “La noche que lo dejaron solo”, la persecución en “El hombre”, la extenuante caminata en “¿No oyes ladrar los perros?”, el recorrido rumbo a “Luvina”). La primera persona que encuentra Juan Preciado es un ser movedizo, el arriero Abundio Martínez, alguien que comunica realidades distantes con su recua de muías. Abundio Martínez abre y cierra el relato, es el centinela que le otorga circularidad.

El trámite del traslado prepara al lector para el asombro; sin embargo, el recurso decisivo para aceptar la realidad desplazada de Comala es otro: Juan Preciado no conoce a nadie en el pueblo, pero todos lo reconocen. En casas sin techo y patios barridos por la niebla escucha a los extraños que dicen frecuentarlo “desde que abrió los ojos”. El desacuerdo entre la mirada del narrador y sus testigos, la desesperante autenticidad ajena (la vida atribuida al protagonista, fidedigna e irreconocible), es uno de los mayores logros de la novela. El drama del desconocimiento adquiere así una legalidad propia, la fuerza perturbadora de lo que sólo puede ser cierto de ese modo.

El título provisional de la novela, Los murmullos, es inferior al telúrico de Pedro Páramo, el patriarca de la reproducción estéril, generador de todos los fantasmas. Sin embargo, Los murmullos alude en forma más clara a la técnica de la novela: aturdido por la galería de voces, Juan Preciado pierde su identidad. En la página 74, justo al centro de la trama, se convierte en otra alma en pena que susurra: “me mataron los murmullos”. La historia iniciada por Juan Preciado prosigue en las voces colectivas; los muertos adquieren cabal autonomía y el narrador se disipa entre sus sombras. No es de extrañar que abunden las palabras sueltas, dichas por gente ilocalizable. En este tejido de frases independientes, un grito atraviesa la noche: “¡ay vida, no me mereces!” o alguien canta: “mi novia me dio un pañuelo / con orillas de llorar…”.

¿Quién habla? “Ruidos. Voces. Rumores”, responde el narrador.

Cuando Preciado “muere” y se convierte en otro heraldo sin cuerpo, la novela rompe su última atadura con el mundo exterior: Comala es ya un espacio separado de su entorno; lejos, muy lejos, quedan Los Confines. Estamos en un territoro escindido, un exacto mecanismo de autarquía narrativa, la obra coral que sepulta a Juan Preciado, el emisario que venía de fuera.

El habla de Pedro Páramo ha dado lugar a discutibles elogios antropológicos. Para ciertos amigos del folklore, los mayores méritos de la novela son documentales: Rulfo “captó” el lenguaje de los Altos de Jalisco y la integró sin pérdida a su obra. Esta interpretación se funda en la idea de que un texto literario es significativo por lo que comunica más allá de la ficción. La lectura antropológica convierte al narrador en un hábil taquígrafo del lenguaje coloquial y en un misionero políticamente correcto que otorga voz a quienes no la tienen. En ambos niveles, la operación intelectual de Rulfo es mucho más compleja: reinventa el habla rural de México y crea una alegoría sobre la expulsión de la Historia. Su territorio se transforma en un orden simbólico, una cartografía que parece más auténtica que su modelo.

Ningún campesino ha hablado como personaje de Rulfo, pero pocos diálogos parecen tan “auténticos” como los de Pedro Páramo. Este espejismo de la naturalidad depende de numerosos recursos: el reciclaje de arcaísmos (“si consintiera en mí), la poesía dicha por error (“tú que tienes los oídos muchachos”), las tautologías casi metafísicas (“Esto prueba lo que te demuestra” o “Si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio”).

Ciertos diálogos logran un veloz teatro del absurdo:

—¡Váyase mucho al carajo!

—¿Qué dice usted?

—Que ya estamos llegando, señor.

Los nombres de las plantas también revelan una caprichosa elección. Juan Rulfo no busca claveles ni margaritas; en su huerto crecen saponarias, capitanas, arrayanes, flores de Castilla, hojas de ruda, los paraísos que rozan la piel de Susana San Juan.

En una región desértica, las flores brotan como exiguos dogmas de la belleza. Los pasajes líricos de la novela, que generalmente se refieren a Susana San Juan y a los recuerdos de juventud de la madre de Juan Preciado, dependen de un peculiar sentido de la escasez. Comala ha acostumbrado a los suyos a tal calor que los que se van al infierno regresan por su cobija. Sólo en los recuerdos de las mujeres sopla un viento oloroso a limones. En este paraje yermo, agotado, basta el brote de una hoja o la mención del agua para lograr un efecto estremecedor. El lirismo de Rulfo cautiva por la pobreza de los términos comparados; en Comala, una boca se sacia si le dan “algo de algo”. Del mismo modo en que el asombro del oasis depende del vasto desierto que lo rodea, en esta saga del polvo un abrojo o un tallo endeble son ya imágenes de la fertilidad, paisajes del deseo: “Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada…”. De manera dramática, esta insólita evocación de una tierra pródiga sólo existe como pasado. El presente es un magro recordatorio: “Aquí, como tú ves, no hay árboles. Los hubo en algún tiempo, porque si no ¿de dónde saldrían esas hojas?”. Comala es un pueblo de residuos: almas sin cuerpos, hojas sin árboles, nombres sin rostros. Esto último resulta decisivo para enrarecer la atmósfera; en otra novela de la misma brevedad sería abrumador que tantos personajes secundarios tuvieran nombre propio. En cambio, el inmenso reparto de Pedro Páramo, los sonoros nombres que Rulfo encontraba en las lápidas de los panteones (Damiana Cisneros, Eduviges Dyada, Fulgor Sedano, Toribio Aldrete), contribuye a la sensación de asfixia: el pueblo sin nadie está sobrepoblado.

El estilo rulfiano depende, en buena medida, de su sistema de repeticiones. El narrador junta palabras como guijarros pobres. El procedimiento alcanza peculiar elocuencia en un pasaje sobre la entonación; los verbos y sustantivos se reiteran como una partitura minimal: “Oía de vez en cuando el sonido de las palabras, y notaba la diferencia. Porque las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños”. Las frases se muerden la cola y forman anillos de polvo: “jugaba con el aire dándole brillos a las hojas con que jugaba el aire” o “entonces ella no supo de ella”.

En una trama de espectros, donde todo se disipa y difumina, la verosimilitud depende, en buena medida, de una percepción indirecta. Comala es un campo de efectos diferidos, resonancias, visiones nubladas.

Los sentidos más presentes en la novela son la vista y el oído: el olfato es una nostalgia; el tacto y el gusto carecen de oportunidad en un pueblo sin presente. La atmósfera fantasmática dimana de la vaguedad visual y auditiva. Nada se percibe en primera instancia; Juan Preciado ve el entorno filtrado por tinieblas, humo, un crepúsculo que se confunde con el alba, y escucha ecos, pasos, rumores. La imprecisión de la vista y el oído se confunden en una expresión cardinal:”el eco de las sombras”. El sonido y la imagen son la misma bruma.

Novela fronteriza, Pedro Páramo prefiere los claroscuros y lleva la indefinición al sexo: “yo soy también su padre, aunque por casualidad haya sido su madre”. Antes de ser ahogado por los murmullos, Juan Preciado sostiene este diálogo:

—¿Dices que te llamas Doroteo?

—Da lo mismo. Aunque mi nombre sea Dorotea.

La ambigüedad de género refuerza la sensación de estar en un entorno descolocado. El sentido de lo fantástico depende de la noción de límite, y de sus sutiles transgresiones. Pedro Páramo se propone como un juego limítrofe, para ser leído desde los bordes, el mundo exterior al que no volverá nuestro emisario en la novela, Juan Preciado.

Esta cuidada estrategia de sonoridades desembocó en un gesto estético tan célebre como la propia obra rulfiana: el silencio. Al escribir sobre Rimbaud, Félix de Azúa observa que la trayectoria del poeta “está indisolublemente ligada a un acontecimiento que la determina de un modo absoluto: el silencio”. Así como la poesía de Hölderlin tiene su prolongación lógica en la locura, la de Rimbaud presupone la renuncia definitiva a lo poético. Después de crear una perfecta alegoría de la pobreza y el despojo. Rulfo dio un paso acaso inconsciente y seguramente desgarrador, pero en clara concordancia con su estética: la saga del polvo y la esterilidad no podía tener mayor caja de resonancia que el silencio.

Los dioses obligados

¿Cómo salir de la repetida tortura de Cómala? Para llegar al más allá, al reposo eterno, los personajes rezan por su suerte y, sobre todo, buscan que un vivo rece por ellos. La religión es una lucha desaforada y estéril en la que combaten los creyentes; el propio padre Rentería habla de los ruegos como de una contienda (la petición de un milagro compite, no sólo contra la indiferencia divina, sino contra los rezos que se le oponen: la fe es una pugna de iniciativas y el pecado se sanciona de acuerdo con las presiones que se ejercen sobre el cielo. Este voluntarismo recuerda la idea del sacrificio de los pueblos prehispánicos: mediante las ofrendas, los dioses son obligados a cumplir).

Pero en Comala no hay otro poder que el del patriarca: “todos somos hijos de Pedro Páramo”. La paradoja de esta paternidad sin freno es que conduce a la sequía. A medida que el cacique se apodera de más tierras y más mujeres, la región se transforma en un yermo.

Nada escapa a los actos del cacique, incluso el desierto representa un saldo de su voluntad. Pedro Páramo es el artífice del polvo; el “padre de todos” vive entre mujeres secas, que sueñan que dan a luz una cáscara. Tierra sembrada de fantasmas, Comala se ajusta a la definición que Pessoa hace del hombre y su inútil heredad: Páramo es un “cadáver aplazado que procrea”. Sin embargo, no es un arquetipo del autócrata como Tirano Banderas, un esperpento sin fisuras que rumia sus odios con prolija teatralidad. Dos tragedias lo hacen vulnerable, la muerte de su hijo Miguel y la pérdida de la única mujer que amó.

Susana San Juan es el reverso de los demás personajes del libro; se opone a la lógica del lugar (sus ojos se atreven a negar lo que ven) y derrota a Pedro Páramo. Rulfo trabaja un tema predilecto de Faulkner: el poder vencido por la locura. En estas bodas de la violencia y el delirio, Páramo se obsesiona por la mujer que no entiende: “Si al menos hubiera sabido qué era aquello que la maltrataba por dentro, que la hacía revolcarse en el desvelo, como si la despedazaran hasta inutilizarla”. Susana representa la proximidad del mar, la negación del desierto, el contacto con una mente indómita, revuelta, todo lo que no es Comala. Siempre ausente, húmeda y lejana, Susana es un horizonte inaccesible, la vida que debe estar en otra parte.

Desplazada por la fuerza, Susana enloquece y se sobrepone a la opresiva realidad de Comala desentendiéndose de ella. En su descalabro arrastra a Pedro Páramo. Ante la pérdida amorosa, el cacique demuestra que su negligencia puede ser peor que su tiranía. Se cruza de brazos y el pueblo se hunde. En su última escena, el libro narra la emblemática caída de Páramo, desmoronado “como un montón de piedras”.

Los orígenes de Pedro Páramo ya pertenecen a la hagiografía y una escena canónica se repite entre los feligreses. En una mesa de ping-pong hecha por Juan José Arreola (con la famosa laca china que garantizaba el bote de 17 centímetros), Juan Rulfo desplegó las cuartillas que había escrito en desorden. Su idea original consistía en escribir una trama lineal y en las discusiones con Arreóla decidió integrar un todo fragmentario, urdido con yuxtaposiciones y escenas contrastadas como los vidrios rotos de un caleidoscopio. Escenario donde mana un tiempo detenido, un pasado siempre actual, Pedro Páramo sólo podía concebirse como un continuo de prosa interrumpida.

Arreóla se ha referido a la noción de rendija como estructura dominante del mundo rulfiano; todo es entrevisto por visillos, grietas, huecos. Las voces y los tiempos narrativos se reparten en trozos cuya unidad virtual depende del lector. Incluso los blancos tienen una función expresiva, denotan la actividad de quien está fuera del texto y debe cargarlo de sentido. Quienes permanecemos al margen, aún vivos, miramos por los intersticios. La forma del libro es su moral estricta: desde la Historia espiamos a sus expulsados.

En la última definición que intenta del hombre, Hamlet da con una fórmula que impide toda grandilocuencia: “este polvo quintaesenciar”. Los espectros de Juan Rulfo están hechos de la arena que el viento empuja en los desiertos. Pobres a un grado innombrable, se saben condenados: los que están fuera, al otro lado de la página, nunca harán lo suficiente.     n

Las Cifras y la sociedad civil

LAS CIFRAS Y LA SOCIEDAD CIVIL

POR CARLOS SALINAS DE GORTARI

En el número de julio (Nexos 259), Jorge G. Castañeda hizo un balance de la política económica y social del gobierno de Carlos Salinas. En este artículo, el propio Salinas responde a los cuestionamientos. Y define una Tercera Vía mexicana

A mediados de los años treinta, mientras padecía encarcelamiento en la prisión del fascismo italiano, Antonio Gramsci escribió a su hijo Delio: “Creo que debe gustarte la historia, como a mí me gustaba cuando tenía tu edad, porque se refiere a personas vivas, y todo lo que con­cierne a la gente, tanta gente como sea po­sible, toda la gente del mundo mientras se organiza en sociedad, y trabaja y lucha y se esfuerza por una vida mejor, todo eso no debe dejar de interesarte más que otra cosa, ¿no es cierto?”. Una reflexión como ésta, hecha en condiciones tan dramáticas y para propósitos tan íntimos, resume de manera fundamental la relevancia para Gramsci de dos temas clave: la necesidad de profundizar en el conocimiento de la his­toria, y la importancia de la organización social, popular. Ambos temas son de una gran trascendencia en el debate actual. El primero, porque sin un debate —debate de ideas, de propuestas y de hechos concretos, no repetición de estereotipos— que sirva de prólogo a los eventos que hoy vivimos, di­fícilmente podrían plantearse iniciativas consistentes para el futuro. Y el segundo, porque es fundamental incorporar el tema de la organización popular en el debate sobre la democracia y la justicia. Me pare­ce que ahí es donde tiene relevancia la dis­cusión a la que nos ha convocado Nexos. Por eso mi interés en continuar participan­do en él.

Quisiera comenzar con algunas re­flexiones sobre el tema de la organización popular. En el debate actual sobre el neoliberalismo y el populismo se recurre a proponer una Tercera Vía que dista mucho de haber sido precisada. Lo paradójico es que tampoco se ha hecho un esfuerzo sis­temático por definir lo que se entiende por neoliberalismo. El énfasis para oponer la llamada Tercera Vía al neoliberalismo pa­rece radicar en unos cuantos elementos fun­damentales: el grado de intervención esta­tal, la liberalización comercial, la defini­ción de nacionalismo, el individualismo frente a la comunidad, la democracia y la ubicación de las sociedades nacionales en el mundo, entre otros. No es mi propósito en este ensayo abordar todos ellos, sino apuntar algunos elementos que me pare­cen útiles para considerar una propuesta sobre las perspectivas del desarrollo.

Propondría que la característica fun­damental de opciones o vías alternativas al populismo y al neoliberalismo tendría que buscarse en el grado de organización popular que alientan sus programas, y en consecuencia la profundidad de la partici­pación de la sociedad civil. Un plantea­miento así permitiría incorporar en la mis­ma propuesta el tema de la soberanía y vin­cularlo con la globalización. También el de la democracia, y vincularlo con la justicia. Cada uno de esos factores sólo puede ser aislado para propósitos de análisis, ya que en la realidad cotidiana se funden y se en­trelazan todo el tiempo.

Una manera viable de mantener la so­beranía, cuando se procede a la apertura de la economía al comercio y a la inver­sión extranjera (ambos necesarios en el mundo de hoy, para lograr tasas de creci­miento más altas y sostenidas), es median­te el fortalecimiento de la participación social en la definición de las políticas pú­blicas. Esta es, además una fórmula segu­ra para consolidar las instituciones nacio­nales y refrendar cotidianamente la legiti­midad de sus líderes. Son estas las condi­ciones, por otra parte, que generan apoyo a los gobiernos y sus políticas de apertura y modernización económicas. Pero estos apoyos no se inventan ni se compran. Se alcanzan si en lugar de pretender que se actúa en nombre del pueblo (como en el populismo) se crean condiciones para que éste se exprese y actúe por sí mismo. Lo anterior se dice rápido, pero requiere mu­cho esfuerzo para convertirse en realidad. Y sobre todo, exige vencer resistencias precisamente de los intereses que se ocul­tan tras viejas inercias populistas y las más recientes recetas neoliberales. Los progra­mas sociales pueden jugar un papel funda­mental en este propósito. Y eso muestra otra diferencia crucial de la Tercera Vía: las modalidades del gasto público; y no ne­cesariamente en la decisión de cuánto se gasta en esos programas, sino en determi­nar si efectivamente promueven la organi­zación popular. Esos programas requieren financiamiento. En la Tercera Vía, a la que nos referimos en el México de principios de la década, las privatizaciones abrieron espacio presupuestal para financiar el gas­to social sin incurrir en déficit fiscal. Y en­tonces entramos al tema del financiamiento del desarrollo. En nuestra Tercera Vía, el camino del financiamiento de los progra­mas sociales, que promueven organización popular, paso por la venta de las empresas públicas y por un régimen fiscal que pudo elevar la recaudación sin aumentar tasas, y recurrió a los impuestos que gravan más los consumos de los grupos de mayores in­gresos.

Hubo entonces una propuesta fis­cal que respondió a la Tercera Vía.

Y no se trata solamente de una propues­ta teórica. Durante varios años, el programa de Solidaridad en México logró avanzar precisamente hacia ese propósito. Sus re­sultados materiales fueron impresionantes, desde cualquier óptica que se les considere: más de 20 millones de personas lograron la electrificación de sus moradas, más de 13 millones que carecían de agua potable se organizaron para obtenerla, más de 2 millo­nes de campesinos evitaron los créditos de usura con el crédito a la palabra, más de 100,000 escuelas públicas fueron rehabili­tadas mediante la participación organizada de maestros y padres de familia, se entrega­ron más de 2 millones de escrituras de vi­viendas populares, entre otros resultados.

En este punto hay que insistir en que el método es tan importante como los resul­tados. Los programas exigían a los partici­pantes organizarse en comités. Entre los co­mités de Solidaridad que se organizaron a lo largo del país (para 1994 eran más de 200,000), muchos se fueron consolidando como organizaciones de los pobres, para los pobres, por los pobres. Quienes vivieron esta experiencia notable, tanto participando en los comités como en su promoción desde distintas áreas del sector público, pueden atestiguar cómo se logró toda una movili­zación de las comunidades en su propia lu­cha. Por eso fue un movimiento democráti­co por excelencia. Y ahí estuvo el vínculo excepcional entre democracia y justicia. Desde esta perspectiva, se podría incluso afirmar que si los programas de combate a la pobreza solamente producen números y promueven individualismo, no constituyen alternativas a los planteamientos neo­liberales, por elevados que sean los montos presupuestales. Esto no constituye una Tercera Vía. Pueden incluso tener resulta­dos sociales alentadores, pero seguirán siendo neoliberales.

Fue precisamente el desarrollo de or­ganizaciones sociales promovido por Solidaridad lo que contribuyó a fortalecer a la sociedad civil. Pero no fue el único terreno donde se expresó el fortalecimiento de la sociedad civil. Otra de las aportaciones más importantes en este sentido, y que también se ha visto demeritada con el paso del tiem­po, fue la creación de la Comisión Nacio­nal de Derechos Humanos (CNDH). Cons­tituyó un valladar contra los abusos y la pre­sencia del Estado, y un canal de expresión para organizaciones no gubernamentales.

¿Cómo fortalecer las instituciones que abren espacios a la sociedad civil? Este es uno de los temas más importantes en el de­bate, pues parecería que las instituciones que sólo importan serían las que fortalecen al Estado. Lo que urge son instituciones que abran espacio al desarrollo de la sociedad civil, y ello permitirá un fortalecimiento del propio Estado, pero por una vía que sea de­mocrática. Ese fue el caso de Solidaridad y también de la CNDH, entre otros.

Regreso al primer tema, el de profun­dizar en la historia, frente a los riesgos de sólo recurrir a la memoria. Sin duda, el análisis histórico requiere perspectiva, es decir, tiempo. Pero hasta eso se ha achica­do en la actualidad. Esa profundización, para contribuir al debate, aun si es precipi­tada por el acortamiento de la perspectiva de los tiempos, convendría que estuviera bien informada. Cuando no es el caso, me parece que debe irse señalando más y más.

Las referencias a hechos del pasado es una constante en los escritos de varios analistas del acontecer nacional. Su trabajo es serio y forma parte de las contribuciones necesarias en este debate. Sin embargo, he encontrado en varios de ellos algunas apre­ciaciones equivocadas que además nos ale­jan del centro del debate. Por ejemplo, en Reforma Lorenzo Meyer escribió: “Las masacres recientes de aguas Blancas o Acteal ya tuvieron un precio pues la socie­dad civil había cambiado y para no pagarlo fue que en enero de 1994 Carlos Salinas ordenó detener la ofensiva contra el Ejérci­to Zapatista de Liberación Nacional”.1 Pero a continuación hace una afirmación sin fun­damento: “Bajo la presidencia de Carlos Salinas perdieron la vida alrededor de 500 perredistas”. La mención de un hecho tan grave merece ser documentada; de otra manera, el debate sobre aspectos básicos de la democracia se vuelve imposible. Meyer no lo documenta. La realidad fue diferente; la Comisión Nacional de Derechos Huma­nos publicó en 1994 el resultado de un tra­bajo realizado con la participación de miem­bros del PRD, sobre los agravios a sus mili­tantes. Sus avances se habían publicado des­de 1992 en la Gaceta de la CNDH. El Infor­me también fue hecho del conocimiento público. El Informe consta de 10 capítulos y 4 anexos, desarrollados a lo largo de 554 páginas. En la introducción se especifica que “se realizaron…. reuniones de trabajo entre funcionarios de esta Comisión Nacional y representantes de la Comisión respectiva del PRD. El objetivo de esas reuniones fue ana­lizar los 275 casos presentados por ese par­tido político”.2 En el Informe se concluía lo siguiente: de las 275 denuncias que la Comisión de Dere­chos Humanos de ese partido político [el PRD] presentó ante esta institución, sólo resultaron proceder, como presuntos casos de violación a Derechos Humanos, 140, es decir, el 51% del total presentado… Al finalizar las tareas del pro­grama especial de atención a las 140 quejas pre­sentadas por la Comisión de Derechos Huma­nos del PRD, se determinó que las causas que promovieron la conclusión de los expedientes fueron las siguientes: …67 de los expedientes se concluyeron como Recomendaciones. Esto refleja que en el 47.85 % del total de los casos resueltos (24.3% de los 275 casos originales) se encontró responsabilidad de las autoridades correspondientes en la violación de los Dere­chos Humanos de los agraviados.1

Y de los 67 expedientes que consideró la CNDH como realmente motivo de aten­ción. 59 recomendaciones habían ya sido aceptadas con pruebas de cumplimiento parcial, y 8 totalmente cumplidas. Además la CNDH consideró que. en 65 casos los hechos se registraron fuera de circunstan­cias o contextos políticos, y en 37 casos los agraviados no eran militantes del PRD.4 La Comisión expresó que la mayor parte de los fallecimientos habían sido por causas dife­rentes a su militancia política o actividades partidistas, y aquellas en que se podía adu­cir un motivo político eran las mínimas, y relacionadas con el ámbito local, no fede­ral. A pesar de no ser responsabilidad del ámbito federal, se presionó ante las autori­dades locales, que eran las responsables de su esclarecimiento, para que las resolvieran. Más del 90% de los casos denunciados por el PRD se resolvieron durante mi adminis­tración. Y el más sonado de ellos, no ocu­rrido durante mi gobierno sino unos días antes de la elección presidencial de 1988, el de los señores Gil y Ovando, no dudé en entregar su investigación a un miembro del propio PRD, como fiscal especial, quien lle­gó a las conclusiones por él publicadas. Es así como la realidad documentada no sos­tiene la afirmación de Lorenzo Meyer.

Por otra parte, un tema central para la democracia y la justicia, es el de la distribu­ción del ingreso y la pobreza. En este as­pecto, al citar en La Jomada el reporte de la CEPAL “Panorama Social para América Latina de 1998″, Julio Boltvinik escribió: Entre 1984 y 1989 la pobreza sube por pri­mera vez, y lo hace de manera dramática, para alcanzar 39%. En los años de Salinas habría habido una leve baja de los niveles de pobre­za al 36%.5 posteriormente la Comisión recibió 41 nuevas quejas presentadas por el PRD. Aunque no se incluyeron en este reporte, “están siendo obje­to de una acuciosa investigación por nuestra parte”. Ibid, p. 9.

Hasta ahí, la cita mostraría que el au­tor reconoce que durante mi administración hubo una baja de la pobreza, lo cual con­tradice la afirmación de Jorge G. Castañeda al citar al propio Boltvinik. A menos que Castañeda se solace con el adjetivo “leve”, que sin ningún sustento analítico le agrega Boltvinik a la baja en los niveles de pobreza. Vale la pena mencionar que en este artículo Boltvinik ya parece aceptar las ci­fras de CEPAL sin cuestionar que proven­gan de trabajos del INEGI, como lo hizo en su artículo previo del 16 de abril de 1999. Ahí reprochó que “las cifras de po­breza son más del INEGI que de la CEPAL… y (que) descuidadamente, CEPAL le dio el visto bueno (al documen­to) y lo adoptó como si fuera suyo. Hay ahora también un cálculo de CEPAL para 1994, en el que no se sabe si hubo partici­pación del INEGI”.6 En el artículo de ju­nio, Boltvinik complementa su frase arriba citada con una afirmación que no sustentó: “pero habiendo (Salinas) dejado la econo­mía en bancarrota, la tendencia se revirtió rápida y brutalmente”.7 ¿Cuáles son las ci­fras de la supuesta bancarrota de 1994? Para contribuir al debate, quisiera aportar dos indicadores que muestran una situación di­ferente. El primero se refiere a la deuda pública: en México, debido al sobreendudamiento de los años setenta, para 1988 la deuda externa total era equivalente a 44.5% del PIB. En 1994, al final de mi gobierno, gracias a la reducción lograda con la negociación de 1989 y su efecto sobre el crecimiento económico, la deuda externa se había reducido a sólo 16.5% del PIB.8 Y los recursos que obtuvimos de las privatiza­ciones, y que se dedicaron íntegramente a pagar deuda interna, permitieron que la deu­da total en México (la suma de la deuda ex­terna y la interna) pasara de representar el 63.5% del PIB en 1988 a sólo 22.5% en 1994.9 Un nivel de deuda menor que el re­querido a naciones industrializadas para ser parte de la Unión Europea. El otro indica­dor es el del déficit de las finanzas públicas. Pasamos de un déficit fiscal de -12.5% del PIB al inicio de mi administración a un presupuesto equilibrado al final de mi go­bierno.10 Y lo logramos aumentando el gasto social y con una estructura impo­sitiva diferente: disminuimos tasas en impuestos directos (para hacerlos compe­titivos) y en los indirectos (para hacerlos más justos), mientras aumentamos la re­caudación proveniente de los gastos de grupos de mayores ingresos.

Aquí conviene detenerse un momento en un tema que ha sido motivo de repeti­ción (para tratar de crear una verdad don­de no existe), más que de análisis ponde­rado. Me refiero a las supuestas “deudas oscuras” o “déficit escondido”, al que de manera reiterada se han referido diversas fuentes. Se trata de los tesobonos y del dé­ficit de la llamada intermediación financie­ra (Nafinsa, Banrural, Bancomext, Banobras). En las cifras arriba citadas sobre deu­da pública están incluidos los tesobonos. Estos instrumentos se venían emitiendo desde principios de los noventa, y eran de conocimiento público. El Banco de Méxi­co tiene una publicación mensual que se llama Indicadores Económicos. Esta publi­cación está disponible a todo el que la solicite.

Cualquier analista, inversionista o servidor público relacionado con el tema, conoce de la existencia de los Indicadores Económicos. Ha sido tal vez la publicación más utilizada por los analistas de la econo­mía desde hace más de 25 años. General­mente, en el cuadro 1-20 se publicaban los datos sobre la deuda interna del sector pú­blico. En ella estaba consignada una co­lumna denominada “Tesobonos”. En ésta se mostraba el monto de Tesobonos desde sus emisiones iniciales. A lo largo de todo 1994, los Indicadores Económicos publi­caron mes a mes el monto de los Tesobonos. Los Indicadores Económicos publicados para enero de 1994 mostraban el saldo a noviem­bre de 1993. Los Indicadores de febrero lo contenían a diciembre de 1993. Y así sucesi­vamente. Para noviembre de 1994 mostra­ban el saldo a septiembre de ese año. Algu­nos comentaristas señalaron que se había ocultado la existencia de los Tesobonos, y no faltó algún funcionario menor que, tratando de excusar a su jefe, afirmó que ambos habían sido engañados porque aparentemente se había ocultado la exis­tencia de esos instrumentos. La verdad es otra. Por ello, el secretario del Tesoro de Estados Unidos ha reconocido en The Economist.  una de las publicaciones in­ternacionales más serias, lo siguiente:

Contrario a mucho de lo que ha sido dicho, in­formación sobre la deuda de tesobonos mexi­canos estaba disponible de manera libre, inme­diata y pública durante 1994… y sobre las reser­vas internacionales, reportes de mercados con­tenían regularmente estimaciones muy exactas.11

Por su parte, la intermediación finan­ciera es el financiamiento neto extendido al sector privado nacional por la banca de desa­rrollo (Nafinsa, Bancomext, Banobras, Banrural). Durante la década de los se­tenta, México acordó con el Fondo Mo­netario Internacional sumar al déficit fis­cal la intermediación financiera. La razón en ese entonces fue que, debido al funcionamiento de la banca de desarrollo, aquellos créditos que fueran irrecupera­bles tendrían que ser reembolsados por el Gobierno Federal a la banca de desa­rrollo. En ese sentido, la intermediación financiera era, al menos en parte, un dé­ficit fiscal potencial. Esta forma de con­tabilizar el déficit tenía serios problemas conceptuales. El primero y más obvio era que no todo el financiamiento neto era déficit fiscal, sino solamente la parte irre­cuperable de éste. El segundo es que si la banca de desarrollo daba un crédito a una empresa privada era déficit fiscal; en cambio, si esa misma empresa hubiera sido propiedad del sector público enton­ces no aumentaba el déficit fiscal. A prin­cipios de la década de los noventa, se realizó una reforma estructural en la ban­ca de desarrollo. A partir de enero de 1993,  sólo las aportaciones que eventualmente efectuara el Gobierno Federal al capital de estos bancos se contabilizó como déficit. Los cambios a la operación de la banca de desarrollo y su efecto so­bre el impacto de la intermediación fi­nanciera en las finanzas públicas fueron ampliamente explicados al Congreso de la Unión y a la opinión pública. Los cam­bios se presentaron al Congreso en no­viembre de 1992, en el documento de “Criterios Generales de Política Econó­mica para 1993″ y en el Informe Anual del Banco de México de 1993. Durante 1994,  el monto de la intermediación fi­nanciera representó el 3.6% del PIB, del cual el 0.56% del PIB correspondió al programa de reestructuración de cartera agropecuaria, llevado a cabo en abril de ese año. Es erróneo pretender contabili­zar todo el monto de la intermediación financiera como déficit público, por las razones antes expuestas. Por ello, el ni­vel total del déficit del sector público en 1994 fue prácticamente nulo, y mucho menor que el que hoy se requiere a las naciones industrializadas que aspiran a ser parte de la Unión Europea. Finalmen­te, conviene enfatizar que la cartera ven­cida de la Banca de Desarrollo sólo as­cendía en 1994 a 2.9% de su cartera to­tal, por abajo del nivel de 1993, que ha­bía sido de 3.8%.12

Estas consideraciones llevan al artí­culo publicado por Jorge G. Castañeda en Nexos del mes pasado. Ahí, el autor prime­ro hace una presentación crítica sobre las cifras que he venido utilizando al participar en el debate. Dejo mi comentario sobre ellas para el final. Pero en lo que podría ser el texto principal, una primera aproximación a su análisis exigiría que Castañeda no ig­norara la importancia de la organización po­pular en el proceso democrático, y sobre todo la de la sociedad civil. Este autor per­siste en el maximalismo que ya le había se­ñalado en comentario anterior. Pero ahora intenta un primer balance que llama “estric­tamente microeconómico de las privatiza­ciones” sin entender exactamente a lo que se refiere porque en su análisis ignora los aspectos realmente microeconómicos. Tam­poco en esta ocasión es afortunado.

La superficialidad de Castañeda respec­to de las privatizaciones, quedó ilustrada en un escrito aparecido el mismo día en que se reproducía en Reforma su artículo de Nexos. Sergio Sarmiento publicó el mismo día una reflexión que, por su importancia, me parece indispensable citarla de manera amplia:

… Han empezado a resurgir algunas afirma­ciones que. a fuerza de repetición, empiezan a tomarse como verdades indiscutidas. Una es la que apunta que los bancos se vendieron en 1991 y 1992 al mejor postor sin conside­rar la experiencia bancaria o financiera de los compradores y que ésta es una de las razones fundamentales de la quiebra de la banca en 1995. Esta afirmación es falsa. El 85% de los activos bancarios en México fueron adquiri­dos por grupos encabezados por personas que tenían experiencia bancaria y financiera muy concreta. Esto no impidió, por supuesto, el desplome de los bancos. Pero la razón de la quiebra no se encuentra en la anterior y sim­plista explicación. Cinco de los seis bancos más importantes del país fueron vendidos a ex banqueros… Estos seis bancos representa­ban el 85% del negocio bancario en el país. Podrá uno cuestionar el manejo que estos ban­queros hicieron de sus instituciones, pero no se les puede acusar de no haber tenido expe­riencia bancaria o financiera previa. Es ver­dad que algunos bancos pequeños se vendie­ron a personas sin esta experiencia… Pero estas ventas, como todas las demás, pasaron por un proceso de calificación en el Comité de Desincorporación Bancaria. Este comité estaba presidido por el subsecretario de Ha­cienda (Guillermo Ortiz) e integrado por el director general del Banco de México, los pre­sidentes de la Comisión Nacional Bancaria y la Comisión Nacional de Valores y dos miem­bros prominentes del sector financiero (el expresidente del mayor despacho de contado­res de México y el director del Centro de Es­tudios Monetarios de América Latina). El comité evaluaba no sólo a la cabeza del gru­po licitante sino a todos sus socios y a sus ejecutivos clave. Consideraba también el plan de negocios de cada uno. Los grupos no po­dían licitar hasta aprobar este examen pre­vio. Varios, de hecho, fueron eliminados en este paso. Mucho se ha dicho que el comité debió haber previsto las pillerías que algu­nos compradores cometieron con el tiempo. Pero esto se dice con facilidad cuando se co­nocen los hechos a posteriori. La calificación requería de información concreta para no caer en la discrecionalidad y, como pueden atesti­guar los miembros del comité, no había prue­bas que permitieran descalificar a estas per­sonas… Hay quienes ven ahora la privatización de la banca francesa, realizada por François Mitterrand (tras el desastroso episodio de las nacionalizaciones del princi­pio de su gobierno), como el ejemplo que se debió seguir en México. Mitterrand, sin em­bargo, otorgó los bancos por “dedazo” a gru­pos empresariales seleccionados de antema­no por su supuesta capacidad administrativa. En México, con la tradición de favoritismo gubernamental a ciertos consorcios y empresarios, no hay duda de que este procedimien­to habría quedado marcado por la corrupción. Pero lo peor de todo es que la privatización por “dedazo” no habría asegurado que la ban­ca no quebrara. Los bancos franceses priva- tizados por Mitterrand enfrentaron en su mo­mento serios problemas (está ahí el caso de Société Générale du Credit) y tuvieron que ser rescatados. En México, por otra parte, no podemos olvidar que no sólo quebraron los bancos privados, sino también los guberna­mentales, como Nafin, Banrural, Banobras, etcétera. Yo sé que hay una tentación muy grande de culpar del desastre de la banca mexicana a la privatización de 1991 -1992. Sé también que esto es muy conveniente desde el punto de vista político. Pero si queremos conocer la verdad, la responsabilidad habrá que buscarla en otra parte.

Sarmiento concluye con una afirma­ción que resulta fundamental para com­prender el problema:

La cartera vencida de los bancos mexicanos era en 1994 de 8.6%: una cifra elevada pero no de­sastrosa. Después llegó, en términos prácticos, al 74%. Esto nos dice que la clave del desplo­me se encuentra después de 1994 y no antes.”

Hasta aquí la cita de Sarmiento. Es lar­ga, pero precisa. Y bastante corta, ante la cantidad de afirmaciones sin sustento como las que se han hecho sobre el tema de las privatizaciones. Algo similar podría escribirse sobre el resto del largo artículo de Castañeda. En los bancos fallaron as­pectos de la supervisión, pero no la privatización. La opción no es que vuel­van al Estado (ahora ni los populistas lo proponen); ni que el sistema de pagos mexicano esté en manos de extranjeros (sólo los peores neoliberales lo promueven). Lo que se requiere es la construcción de ins­tituciones reguladoras, que son indispensa­bles dentro de la nueva estrategia, institu­ciones que estaban integrándose, pero la crisis de 1995 interrumpió el proceso e impuso otras prioridades.

La estrategia general que seguimos entre 1988 y 1994, presidida por la pro­puesta del liberalismo social, y que se apoyó en importantes reformas realizadas en administraciones anteriores, fue recha­zada por razones hasta ahora incompren­sibles. Pero hoy que en el mundo se plan­tea la necesidad de una Tercera Vía, los elementos fundamentales del liberalismo social parecen reivindicarse. Sabemos que no todo salió bien, hubo insuficiencias y hubo errores. Sólo quienes tienen posicio­nes maximalistas del “todo o nada” espe­ran también que los resultados sean todos acertados o ninguno es válido. Pero así no sucede en la realidad de la política. No se propusieron reformas trascendentes como la internacionalización del país o la liberalización de los mercados con el pro­pósito de que no salieran bien. Precisa­mente la tarea de la acción política con­siste en enfrentar las resistencias a los cambios, y en reconocer que es lo inespe­rado lo que tiene que enfrentarse con ma­yor intensidad. Muchas de las reformas y de las iniciativas y acciones funcionaron, y siguen funcionando bien. Entre ellas, el TLC, las relaciones con el Vaticano, la descentralización educativa, la CNDH, el impulso a la cultura y a sus creadores. In­cluso la reforma del Artículo 27 se ha con­solidado a partir del número de núcleos agrarios que ya se han acogido a ella, si bien requiere un apoyo mucho mayor. Cada una requiere una evaluación crítica para plantear su actualización. Eso sin duda. Sin embargo, la posición maximalista adoptada por Castañeda no fun­ciona para la política ni para las políticas. Ese no es el debate que requiere el país, porque la realidad no opera así. En todo país y en toda época, las reformas profun­das que dan paso a una nueva estrategia y a un nuevo paradigma no operan todas al mismo tiempo ni todas bien. Nosotros pa­gamos el costo de introducir los cambios, que no debe confundirse con los costos sociales generados a partir del “error de diciembre”.

Finalmente, es pertinente reflexionar sobre los comentarios de Castañeda acer­ca de las fuentes de información que he utilizado en mis escritos. La democracia también exige un debate informado e in­formador. Es difícil dar ese debate cuando se pretende desaprobar una estrategia de cambios mediante la descalificación de las cifras oficiales (que ellos utilizan) o inclu­so las que provienen de fuentes internacio­nales. Va siendo una tendencia entre los denostadores de mi administración buscar desacreditar los argumentos, pues tratan de confundir a los lectores con supuestas des­calificaciones a las fuentes que utilizo en mis escritos. Castañeda no parece ser la ex­cepción. Por eso, conviene apuntar lo si­guiente.

Primero: las cifras son las cifras, las fuentes citadas son las fuentes citadas, los datos son los datos. Las cifras del BID son del BID. Si en su elaboración esa institu­ción utiliza fuentes gubernamentales mexicanas, eso muestra que son serias y confiables. Pero los trabajos de esa institu­ción internacional, en donde se muestran los crecimientos de los salarios reales en México, cada año, durante mi administra­ción, están publicados en documentos de la propia institución, y en español. Tam­bién resulta lamentable que, cuando un es­tudio de una institución de la ONU, como CEPAL, muestra que durante mi adminis­tración disminuyó el número de mexicanos en condiciones de pobreza, el argumento de Castañeda sin molestarse en ofrecer el menor indicio probatorio, se reduzca a sos­tener que la “CEPAL se comprometió en una operación política”.

Segundo: puede ser que otras fuen­tes den otras cifras, pero yo he recurrido a las de instituciones internacionales y nacionales citadas; de ahí provienen las cifras que he publicado. Además, el ma­nejo estadístico de Castañeda resulta poco adecuado, cuando afirma que no se puede hablar de alzas y bajas de pobreza “sólo en un par de años”; en realidad depende del periodo al que se refiera el análisis. Resulta que esos dos años son los que coinciden con el primero y el último de mi administración, lo que muestra que no leyó adecuada­mente la información que él cita. Tan­to CEPAL como el Banco Mundial, instituciones que utilizan cifras ofi­ciales del INEGI, concluyen que la po­breza disminuyó entre 1989 y 1994. ¿Por qué hay cifras para los dos años que corresponden al principio y al fi­nal de mi sexenio? Porque el INEGI mantuvo como política producir en­cuestas sobre el ingreso y gasto de las familias en periodos regulares. Empe­zó en 1984, siguió en 1989, después en 1992, 1994 y 1996. Esas encuestas están reconocidas internacionalmente como las únicas que pueden compararse para México, pues se hicieron con la misma metodología y en el mismo mes del año. Cuando Castañeda sí recu­rre a dos encuestas, hechas en los años 1977 y 1984, ignora que no son compara­bles, precisamente porque no fueron he­chas con la misma metodología. No es su culpa, pero al compararlas muestra que no está ni siquiera remotamente familiariza­do con el tema que, a juzgar por su incon­fundible estilo, pretende dominar. Con­vendría que dedique más tiempo al estu­dio y la reflexión sobre aquellas materias en las que pretende dictar juicios definiti­vos, para evitar el riesgo de confundir o, peor aún, engañar a sus lectores.

Tercero: es algo poco común que cada quien pretendiera sacar conclusiones tan contradictorias u opuestas de las mismas cifras. El hecho es que las cifras de CEPAL y del Banco Mundial confirman que, sin duda, la pobreza disminuyó en México entre 1989 y 1994; por ello, pare­ce un tanto excéntrico afirmar, con las mismas cifras de estos dos organismos, que la pobreza aumentó, como pretende Castañeda. Una parte esencial de la ren­dición de cuentas está en el balance so­cial. Y ahí las conclusiones sobre mi ad­ministración están fundadas en informa­ción seria y confiable: disminuyó la pro­porción de mexicanos en condiciones de pobreza extrema. Ese no es un resultado “leve”, sino un hecho alentador que se vuelve notable ante la catarata de afirma­ciones, sin sustento, que pretenden soste­ner lo contrario. Podría argumentarse que esa disminución no fue suficiente, y yo estaría de acuerdo. Pero lo que afirma Castañeda es que la reducción de la po­breza entre 1989 y 1994 “de la que se jac­ta Salinas en realidad sólo recupera la mitad de lo perdido durante los ochenta”. Ahora se equivoca en el verbo, como en su entrega anterior y en ésta se excedió en adjetivos, a costa de los hechos, las ra­zones y los datos. Según el diccionario, jactarse es “presumir excesivamente de algo”. En realidad, al citar cifras sobre la disminución de la pobreza durante mi go­bierno, lo único que he hecho es apoyar mi argumento con cifras objetivas. Pro­curo con ello debatir la afirmación, que se ha repetido pretendiendo volverla una verdad, de que en mi administración la po­breza creció. Vamos, precisamente por presentar esas cifras es que ahora, auto­res como Castañeda y Boltvinik, tienen que reconocer y escribir que durante mi administración se redujo la proporción de mexicanos en condiciones de pobreza. Ya no pueden, como antes, afirmar lo contrario sin ningún recato.

Cuarto y último: si Castañeda le­yera el Decreto expedido en septiem­bre de 1988 por la Cámara de Diputa­dos erigida en Colegio Electoral, encon­traría que su Artículo Único expresa textualmente que el periodo para el que tuve el honor de ser declarado Presi­dente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos comprendía “del 1 de diciembre de 1988 al día 30 de no­viembre de 1994″. Ni un día más, ni un día menos. Por eso también falta a la verdad al afirmar, refiriéndose a mí, que “su sexenio no es tampoco el que dice”. Si Castañeda desea discutir los efectos del llamado “error de diciem­bre”, creo que se equivocó de interlo­cutor al responder de manera “selecti­va y estridente”, para usar sus adjeti­vos. En síntesis, sus críticas a los datos que utilizo no se sostienen si se revisan, con responsabilidad y seriedad, las fuen­tes citadas en mis escritos.

En realidad, el meollo está en lo que me comentó un amigo común: “El proble­ma de estos artículos de Jorge, es que les sobran adjetivos. Jorge necesita madurar”. Sí, porque de otra manera será un crítico estridente pero no veraz. Exitoso, eso sí, en la explotación de un mercado político y mediático orientado a premiar la denostación del pasado inmediato, si bien con rendimientos decrecientes en el presente pero con la mirada puesta en la toma de posiciones para el futuro.

Creo que estas consideraciones pueden ser útiles, porque la memoria individual es sólo lo que se recuerda desde percepciones y retenciones selectivas, interesadas, como lo han demostrado los estudios más serios sobre el tema. La historia, en cambio, as­pira a reconstruir lo que realmente suce­dió. Por ello, cada vez más la revisión de lo ocurrido en la primera mitad de esta dé­cada recurre más al método de la historia y cada vez más exhibe las visiones parcia­les, interesadas o simplemente desinforma­das sobre aquellos años. n

1 En Reforma, 24 de junio de 1999.

2 Véase Informe de la Comisión Nacional de Derechos Humanos sobre las 140 quejas presentadas por el Partido de la Revolución Democrática, Comisión Nacional de Dere­chos Humanos, México, 1994. p. 7.

3 Ibid. pp. 8-9. En el Informe se precisa que posteriormente la Comisión recibió 41 nuevs quejsa presentadas por el PRD. Aunque no se incluyeron en este reporte, “están siendo objeto de una acuciosa investigación por nuestra parte. Ibid. p. 9.

4 Ibid, p. 95 y p. 117.

5 La Jornada, 25 de junio de 1999.

6 La Jornada, 16 de abril de 1999. Por cierto, en ese artículo Boltvinik hizo una afirmación, a la que pretendía darle un tono ominoso, cuando escribió “el autor de los cálculos de pobreza del INEGI ahora trabaja en la CEPAL haciendo cálculos para toda América Latina”.

7 La Jornada, 25 de junio de 1999.

8 Banco de México, Informe Anual 1994.

México, 1995, Cuadro 24, p. 101.

9 Ibid.

10 El Informe Anual 1994 del Banco de México reconoce: “las finanzas públicas mostraron una situación fundamentalmente sana en 1994. Si se excluyen los ingresos extraordinarios, el sector público no financiero tuvo un moderado déficit económico de caja de 3,683 millones de pesos en 1994. Dicho déficit equivalió a 0.3% del PIB. Si se incluyen los ingresos por la venta de las acciones de los bancos y Telmex que aun estaban en poder del Gobierno Federal, se obtuvo un superávit económico de 1,398 mnp en 1994.  equivalente a 0.1% del PIB”. Op. cit„ p. 89.

11 La cita es de Larry Summers y se publico en la revista The Economist, 5 de enero de 1996.

12 Banco de México, Informe Anual 1994. Op. cit., p. 83.

13 Sergio Sarmiento en Reforma, 23 de julio de 1999.

Más penalties

Más penalties

Hubo este consenso entre los futbolati: una de las cosas más destacables del equipo mexicano en la Copa América de Paraguay fue el modo en que los nuestros tiraron la tanda de penalties contra Perú. “Trascendió” que en los entrenamientos previos Manuel Lapuente había puesto a tirar veinte penalties a cada uno de los jugadores; el que fallara, daba dos vueltas al campo. (Por cierto, este “castigo” por fallar penalties era el preferido por Lorenzo García, entrenador de los equipos de fútbol del Instituto Patria, donde Lapuente hizo sus pininos como jugador.) En todo caso, quedó claro que los penalties son cinco por ciento “suerte” y 95 por ciento “aplicación”. Quedó claro que necesitamos más penalties.

El modo más directo de conseguirlos es introducir una variación en el torneo mexicano: en caso de empate durante el partido, se le dará un punto a cada uno; y a continuación se tirarán penalties para ver quién obtiene un punto más. De modo que el ganador “por penalties” puede obtener dos puntos —no tres, como es el caso de un partido ganado— y esto le daría un plus de emoción a los partidos. Sobre todo, se tirarían penalties “en competencia”, lo cual llevaría a intensificar su práctica en los entrenamientos. Se dirá que no todas las veces serán mexicanos quienes tiren o atajen los penalties. No importa. Mejor. Porque los tiradores mexicanos podrán medirse con los buenos porteros argentinos y uruguayos que hay en México, y los porteros mexicanos podrían medirse igual con los tiradores extranjeros. Ahora se puede contar hasta con el brasileño Bebeto de sparring.

Una última observación: a diferencia de otras ocasiones perdedoras, ninguno de los mexicanos que acertaron contra Perú se persignó antes de tirar el penalty. Al que no duda, Dios lo ayuda.

—Johannes Burgos

Otra tercera vía

Latinoamérica

Otra tercera vía

Por Ricardo Lagos

La opción social-demócrata en América Latina no puede tener el mismo acento que en Europa. Sin embargo, comparte su ideario: no debemos confundir una economía de mercado con una sociedad de mercado.

El marco de la economía global en transformación, se ha venido registrando un importante debate sobre la dirección de los cambios y sobre cómo enfrentar los desafíos del nuevo milenio. A quienes somos socialdemócratas nos interesa, en las palabras de Felipe González, compatibilizar la profundización de una economía global con el progreso global. Tanto ayer como hoy nos interesan valores cuya vigencia es ajena al paso del tiempo como la solidaridad, la equidad, la libertad. Pero, sin duda, también nos interesa la estabilidad, el crecimiento económico, la eficiencia y los equilibrios macroeconómicos.

De manera principal, preocupa la tensión que se observa en diversos lugares del mundo entre, por un lado, los avances de la economía de mercado y, por otro, la persistencia de un estancamiento social. Hay quienes han propuesto una “Tercera Vía” —término de cuestionable utilidad teórica— como camino para mantener la estabilidad macroeconómica y promover el crecimiento sustentable basado en los mercados libres, pero impulsando, al mismo tiempo, cambios sociales significativos, donde un Estado eficiente deberá continuar jugando un papel clave.

Hemos leído con interés los planteamientos de varios líderes europeos sobre esta temática. Un ensayo reciente de Tony Blair y Gerhard Schroeder es iluminador al respecto, cuando allí plantean que “la función de los mercados debe ser complementada y mejorada por la acción política, pero no obstaculizada por ella”. Coincidimos con Blair y Schroeder cuando sostienen que “queremos una economía de mercado” y un Estado activo en áreas clave como el empleo, la educación y la salud y no un Estado que deviene “mero receptor pasivo de las víctimas del fracaso económico”.

Igualmente, no podríamos estar en desacuerdo cuando ellos critican un pasado no muy lejano en que se tendió a acentuar el logro de derechos sin referencia a responsabilidades o cuando se subestimó las fortalezas del mercado.

En América Latina hemos venido desarrollando una reflexión sobre el socialismo democrático desde los años ochenta a partir, primero, de una severa crítica a los “socialismos reales”, pasando, después, por una renovación del pensamiento socialdemócrata a la luz de los cambios de la economía global, que ha derivado en una concepción balanceada de la relación entre Estado y mercado como enfoque decisivo para el desarrollo. Por tanto, no es ni debiera ser tal debate sobre el nuevo pensamiento social-demócrata un diálogo del Atlántico Norte, ya que estamos frente a una temática de alcance y relevancia global para todos quienes deseamos conjugar los ideales libertarios de la social- democracia con la eficacia económica.

Más aún, este debate es hoy posible a nivel mundial debido al fin de la Guerra Fría, puesto que en ese largo periodo de conflicto Este-Oeste la discusión sobre el desarrollo se vio polarizada entre la ortodoxia capitalista —más tarde neoliberal— y el estatismo planificador de la izquierda tradicional, lo cual dejaba escaso espacio para la opción socialista democrática. El proteccionismo económico prevaleciente en el ámbito mundial en aquellos tiempos constituía otro importante obstáculo a la alternativa socialista democrática.

Pero existen matices de diferencia entre el debate europeo y el latinoamericano. Mientras en Europa los social-demócratas buscan estimular un crecimiento que no deje de lado el papel del Estado en el desarrollo, poniendo énfasis en el fomento del empleo productivo, el avance tecnológico para una mayor competitividad, así como en la necesidad de seguir garantizando los derechos ciudadanos al bienestar social, reestructurando el antiguo Estado de bienestar, en América Latina se observa un debate similar pero con acento en la búsqueda de mayores niveles de equidad e integración social ante la persistente cristalización de desigualdades sociales que originan legítimas movilizaciones y demandas populares.

No es que no hayamos hecho nuestras tareas en el sentido de estimular un crecimiento económico estable, mejorar la eficacia del gasto social, o mantener los equilibrios macroeconómicos. En gran parte de América Latina se ha hecho todo eso, y muy bien, pero, a pesar de ello, se mantienen los problemas sociales que supuestamente deberían ir en retirada: el endurecimiento de una pobreza rural y urbana, la mantención o incluso aumento de la brecha distributiva, la agudización de problemas de violencia, inseguridad ciudadana y exclusión juvenil.

La “Tercera Vía” no puede entonces tener el mismo acento en una Europa de 30,000 dólares per cápita que en una América Latina de menos de 5,000 dólares per cápita. Más aún si tomamos en cuenta que América Latina es la región con la distribución del ingreso más desigual del mundo.

En nuestra región, por tanto, el acento debe estar en incluir a los excluidos mejorando la vida de éstos sin que ello ocurra a expensas del resto. La idea es que nadie pierda en el proceso de inclusión social, para lo cual se requiere, simultáneamente, progreso material y progreso social tal como lo postulan nuestros amigos europeos.

En definitiva, existen más coincidencias que desacuerdos con quienes propugnan la “Tercera Vía” en Europa. El común denominador a enfatizar es que durante demasiado tiempo se confundió al mercado con la sociedad, al consumidor con el ciudadano, llevando ello a agravar la segmentación social y a estatificar los servicios sociales esenciales.

Una sociedad democrática consiste en definir cuáles bienes y servicios que no son satisfechos por el mercado deben ser satisfechos para toda la sociedad a partir de bienes públicos. En materia de ciudadanía todos somos iguales, mientras que en materia de consumo obviamente somos muy distintos.

Se trata, entonces, de favorecer el predominio del ciudadano por sobre el consumidor o, como Blair, Schroeder, Lionel Jospin y varios de nosotros hemos venido afirmando reiteradamente, “no hay que confundir una economía de mercado con una sociedad de mercado”. El desafío del nuevo milenio es, en resumen, conjugar las metas sociales con la globalización y un eficiente desempeño macroeconómico, poniendo al ser humano como centro de una concepción integral de desarrollo.   n

Ricardo Lagos. Candidato a la presidencia en Chile por la coalición PS-PPD.

Sismos, temblores y políticas

Caracol

Sismos, temblores y política

Por Cinna Lomnitz

El 15 de junio pasado se produjo un sismo de magnitud 6.9 a 60 km. de profundidad bajo la ciudad de Tehuacán, Puebla. El sismo se sintió en una amplia región del centro de México y causó graves daños y una veintena de muertos en la ciudad de Puebla. Más de cincuenta iglesias coloniales sufrieron daños graves, sobre todo en sus torres y cúpulas.

El temblor fue muy similar al del 24 de octubre de 1980, que afectó a la ciudad de Huajuapan en la Mixteca Alta. Esta vez, debido a la mayor cercanía del epicentro a la ciudad de Puebla, los daños fueron superiores. En todos los casos hubo una correlación estrecha entre el daño y la presencia de subsuelo blando. La distancia epicentral a la Ciudad de México fue de más de 200 km. y la energía fue 100 veces menor que la del sismo de 1985; por ello casi no se registraron daños en el Distrito Federal.

Los sismos de 60 o más kilómetros de profundidad se llaman “intermedios”, y son mucho menos frecuentes que los de profundidad “normal” (o sea. de 5 a 60 km.). Se sienten diferente. Debido a su mayor profundidad, “iluminan” o afectan un área más extensa y en forma más pareja. Sin embargo, su origen tectónico es el mismo: la placa de Cocos se hunde bajo la de Norteamérica. Sólo que la placa de Cocos es más profunda bajo Tehuacán, que se encuentra tierra adentro, que bajo la costa de Guerrero. Como la placa desciende oblicuamente, la profundidad aumenta con la distancia a la costa. Desde luego, una explicación tan escueta no agota lo que se sabe y, sobre todo, lo que aún se ignora acerca de estos apasionantes fenómenos. ¿De dónde proviene la enorme energía de los sismos? El temblor de Tehuacán tuvo una energía equivalente a 278 millones de KWH, pero el sismo de 1985 lo sobrepasó en un factor de 100. Menos de una semana más tarde, el 21 de junio, se produjo un sismo de magnitud 5.7 en el estado de Guerrero, a pocos kilómetros de la Presa de Infiernillo, con una profundidad focal de unos 40 km. Pese a ser mucho menor en magnitud, ese sismo también se sintió fuertemente en la Ciudad de México, quizá por su profundidad focal superior a la normal. Por fortuna, estos temblores no alcanzaron una magnitud mayor pero estuvieron a punto de causar daños mucho más graves. En México, las catástrofes naturales drenan recursos por miles de millones de dólares cada año. En 1999, por ejemplo, se predice un número superior al normal de ciclones y tormentas tropicales, especialmente en la costa del Caribe. Nuestra infraestructura turística es muy vulnerable a este tipo de fenómenos naturales y sería importante prepararnos para reaccionar en forma adecuada y oportuna.

Las exhalaciones del volcán Popocatépetl contribuyen a la contaminación atmosférica de las ciudades de México y Puebla. Las filosas partículas de polvo volcánico se anidan en los bronquios. Contienen compuestos tóxicos de azufre y una pequeña cantidad de elementos radioactivos. Los efectos sobre la salud se observan a diario, pero la población no porta mascarillas en los días de mayor infición; ni siquiera los niños lo hacen. Es importante conocer el peligro para actuar. No todo es contar “imecas”.

Un 60% del agua potable que se consume en el Valle de México se extrae del subsuelo. No es posible usar toda la capacidad del sistema de drenaje profundo porque las filtraciones en ese sistema son tan extensas que se nos iría toda el agua que bebemos. Pero, históricamente, el Valle de México ha sido vulnerable tanto a las inundaciones como a las sequías. Estamos entre la espada de la falta de agua y la pared del exceso de ella.

Los que estamos trabajando en el problema de los desastres tenemos informaciones que no llegan a los niveles de decisión. En China se consideraba que las catástrofes naturales son como enemigos al acecho, que atacan de improviso. El general Sun Tzu. quien vivió hace 2,500 años, resumió así lo que había aprendido acerca del arte militar:

Los antiguos generales se hacían invencibles y acechaban el momento de vulnerabilidad del enemigo. Ser invencible depende de uno; ser vulnerable, del contrario. Por lo tanto, el arte de la guerra consiste en volverse invencible, ya que nadie puede asegurar que el enemigo será vulnerable. Aunque sepas cómo vencerlo, no es segura la victoria. Ser invencible depende de la defensa, pero la victoria es fruto del ataque.

Somos excesivamente vulnerables a las catástrofes, y no podremos vencerlas a menos de hacernos invencibles.

Historia de dos movimientos

La democracia del alicate y la cachiporra, que no de la hoz y el martillo, funcionó en el conflicto de la UNAM. Funcionó mal. Los estudiantes huelguistas y sus aliados no supieron parar a tiempo. No calibraron el sentir popular y se les pasó el momento para convertir sus éxitos iniciales en avances duraderos.

Mi colega el doctor Carlos Imaz, experto en movimientos estudiantiles, fue entrevistado por Reforma el día de la concentración del rector en la Plaza de Santo Domingo y admitió que desconocía la naturaleza política del movimiento huelguístico y la identidad de sus líderes, y que apenas estaba tratando de entender de qué se trataba. Me parece significativo y en cierto modo melancólico que los paristas nunca hubieran logrado explicar claramente sus objetivos ni a la comunidad universitaria ni a sus simpatizantes. Esto, desde luego, refleja la educación de veinte centavos que nosotros les hemos brindado.

Recuerdo el movimiento pro libertad de expresión en Berkeley (1964); fue el primer movimiento estudiantil moderno. Su líder, Mario Savio, era un brillante orador y un ocurrente estratega, casi un genio. “Nunca cometeremos el error de ser prepotentes o de intimidar”, dijo. “No hay que cerrar la Ciudad Universitaria: si no están los universitarios ahí, ¿a quién vamos a convencer?”. Cuando la primera patrulla ingresó a la Ciudad Universitaria para aprehender a los líderes huelguistas, los estudiantes se acostaron en el suelo en torno al vehículo y lo inmovilizaron durante más de doce horas. Savio instaló un micrófono en el techo de la patrulla y desde allí arengó a los estudiantes, toda la noche y toda la mañana siguiente. Los compañeros que se encontraban esposados dentro del vehículo fueron alimentados con hamburguesas y se les proporcionó un frasco especial para que pudieran hacer sus necesidades. En ningún momento se pretendió interrumpir las clases, ni perjudicar a profesores o a alumnos: la huelga consistió en oponer resistencia pasiva ante las actitudes autoritarias del rector y nada más.

La policía intentó arrestar, uno a uno, a los muchachos y muchachas que habían ocupado la rectoría: los tuvieron que sacar cargando. Apenas sacaban a uno y otro ocupaba su lugar. El motivo de la rebelión había sido claramente explicado: se trataba de revocar la prohibición de instalar puestos de propaganda política en terrenos de la universidad. Los estudiantes de entonces sufrían una tutela agobiante e irracional: en la universidad no eran ciudadanos libres. Los obligaban a vestir traje y corbata. A la sombra del movimiento de 1964 surgieron los pintorescos puestos de Sather Gate donde nació el feminismo militante, la oposición a la Guerra de Vietnam, el movimiento cristiano estudiantil. la renovación artística y musical, los conciertos de rock y la moda. Los estudiantes de entonces son los que hoy manejan la sociedad de Estados Unidos, y constituyen la generación más innovadora de su historia.

… Y los de acá

Frente al desconcierto evidente de rectoría, el movimiento estudiantil de 1999 rápidamente adquirió credibilidad. Era cada vez mas plausible que la UNAM tenía que cambiar, y que no valía la pena regresar a una “normalidad” que parecía hecha para preservar los intereses de una burocracia voraz e inepta.

Pero a diferencia del movimiento de Berkeley y del de 1968, este movimiento nunca llegó a enarbolar banderas que valieran la pena: educación de calidad para todos, por ejemplo, o libertad de estudio —para hacer juego a la libertad de cátedra, que protege solamente al maestro—. En vez de ello, los huelguistas adoptaron las consignas de la rectoría, solo que al revés. Su pliego petitorio era legalista, quijotesco y formal. No proponía ningún cambio fundamental en la educación sino más bien un regreso al mundo de 1970. Los asesores del rector finalmente cayeron en la cuenta que nada perdían con ceder. Los estudiantes rebeldes carecían de ideas, no querían cambios, no tenían ambiciones. Su sueño era poder decir a sus nietos que su abuelito detuvo el tránsito y bailó en el Periférico por quince minutos. Cuando el rector cedió, ellos nunca vieron la jugada. Cayeron en su propia trampa y endurecieron sus posiciones —igual que Milosevic.

¿Qué podemos aprender de esta historia? Por una parte, que la UNAM no es Chiapas y que los universitarios no somos lacandones. Los huelguistas nunca se sentaron a pensar que nuestra universidad es una institución de clase media, creada para garantizar la movilidad social de una clase social que a nada teme tanto como al desorden y la violencia. Mario Savio, el hombre que hizo posible el cambio cultural y político más radical de la segunda mitad del siglo, lo sabía. Se rasuraba y se cortaba el pelo, vestía bien y no asustaba a los padres de familia. Su impacto se debía a su programa político. Por otra parte, este personaje genial nunca se recibió y acabó como humilde cantinero en Nueva York —pero esa es otra historia.

Ciencia y sabiduría

Hace un par de siglos, a los científicos se les conocía como “sabios”. Albert Einstein fue el último científico que cultivó esa imagen. Opinaba sobre política, religión y todo lo que se le ocurría, y hasta acertaba de vez en cuando. Los científicos ya no pretendemos ser sabios, y es mejor así. En efecto, la sabiduría ha caído en descrédito. Decía William Blake en 1790 que “el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”; pero los científicos no tenemos tiempo ni paciencia para los excesos. Los gobernantes son los que deben contribuir a la sabiduría: nosotros apenas proporcionamos la información. México tiene buenos científicos, pero no los busquemos entre los asesores de quienes dirigen los destinos de este país. Por eso el futuro está prendido con alfileres.   n

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

Después de la Guerra

La hora de Europa

Después de la guerra

Por Ludolfo Paramio

Luego de que la OTAN bombardeó Yugoslavia, y de que Estados Unidos tomó el control de los ataques, la imagen de Europa se presenta débil v servil, sin nadie capa: de asumir el liderazgo.

Casi  lo único en que todo el mundo coincide, sea cual sea su opinión sobre la guerra de Kosovo, es en el lamentable papel que ha representado Europa. Quienes se oponían a la intervención dicen que ha sido una imposición de Washington a la que una Europa débil y servil no ha sabido resistirse. Pero quienes eran partidarios de recurrir a la fuerza para frenar a Milosevic están convencidos de que los bombardeos han llegado a ser necesarios por las vacilaciones y divisiones de la política exterior europea: Milosevic no habría proseguido su peligroso juego, tras la paz en Bosnia, si una Europa unida y coherente le hubiera sabido poner límites claros.

Esta segunda posición tiene un punto débil: parte de que Milosevic es un actor racional, que valora los pros y los contras de sus acciones y decide de la forma más adecuada a sus intereses. Me parece que es Galbraith quien, en sus Anales de un liberal impenitente, revela que los dirigentes

del III Reich se habían pasado el último año de la guerra en un mundo fantasmagórico de cocaína y alcohol, por lo que podría ser inadecuado tratar de explicar sus decisiones en este tiempo como fruto de estrategias racionales. A Milosevic se le ignoran gustos similares, pero no es seguro que esté bien informado: a juzgar por sus entrevistas, parecía estar seriamente convencido de que podría convencer a la opinión pública occidental de que los albano-kosovares huían de los bombardeos de la OTAN, y no del ejército y los paramilitares serbios.

Ahora bien, aunque haya razones fundadas para sospechar que Milosevic es un orate, también las hay para creer que la debilidad y confusión de los gobiernos de la Unión Europea pueden haberle inducido a mantener su macabra estrategia de limpieza étnica y victimismo. No sólo lo ve así un extenso sector de la opinión pública europea, sino que también entre los dirigentes de la Unión se ha extendido esa convicción. Una de las consecuencias, de gran importancia simbólica y ojalá que práctica, ha sido el nombramiento del primer Señor Pesc, hermética expresión que designa al representante europeo para cuestiones de Política Exterior y Seguridad Común, figura prevista ya en el Tratado de Amsterdam pero que no se había concretado aún.

Cuentan que Henry Kissinger, cuando le preguntaban si Europa estaba de acuerdo con las actuaciones del Departamento de Estado, preguntaba a su vez a qué teléfono tenía que llamar para consultar a Europa, aludiendo a la inexistencia de un interlocutor único y a las contradicciones entre las políticas exteriores de los diferentes gobiernos. Si repitiera ahora su sarcástica pregunta, al eminente memorialista (que tan mal recuerda sus relaciones con Pinochet en los años de gloria, por cierto) habría que darle el número de Javier Solana, que dejará en el otoño la secretaría general de la Alianza para ocupar el nuevo cargo de Señor Pesc.

En un primer sentido, entonces, la guerra de Kosovo puede haber servido para dar un nuevo paso en la construcción institucional de la Unión Europea. Una vez más con retraso, y cuando ya se ha pagado un alto precio por la falta de iniciativa y de coherencia desde que comenzó el fraccionamiento de Yugoslavia. Conviene no olvidar, sin embargo, que una singularidad del proceso de construcción de la Unión es su capacidad para seguir adelante y avanzar sobre sus propios errores y ocasiones perdidas. No es fácil saber si hay que hablar de fatalidad en ese ir siempre por detrás de los acontecimientos, o si se deben subrayar en cambio la tenacidad en los avances y los inesperados saltos adelante, como la unión monetaria, logrados con especial voluntarismo.

¿En qué puede cambiar Europa con la figura del Señor Pesc? Quienes aborrecen de Washington quizás esperen una Europa capaz de frenar sus iniciativas, pero la apuesta es otra: una Europa capaz de tener iniciativas. Javier Solana ha demostrado como secretario general de la Alianza una muy notable capacidad para anudar consensos, que será sin duda la primera exigencia de su nuevo puesto, y ha demostrado además ser capaz de afrontar decisiones duras, de alto riesgo y personalmente difíciles. Contará también con una posición de peso institucional (la de secretario general del Consejo de Ministros de la Unión), pero para alcanzar la ambiciosa meta de una política exterior y de seguridad común Europa necesitará algo más: liderazgo.

En este aspecto las circunstancias no son favorables. Entre los actuales gobernantes europeos no hay ninguno que tenga un proyecto definido sobre el futuro de Europa, o si lo hay no sabe transmitirlo. Blair, que ha logrado inicialmente un fuerte liderazgo en el Reino Unido en torno a su proyecto de reformas políticas y sociales, no puede asumir un papel equivalente en Europa por dos razones. La primera, muy obvia, es que Gran Bretaña no está en el euro, lo que en aspectos cruciales convierte a Blair en un outsider. La segunda, menos evidente, es que después de Thatcher la economía y la sociedad británicas están muy alejadas del modelo continental, y las propuestas de su Tercera Vía son de difícil adaptación en el resto de Europa.

Quizá por ello ha lanzado, antes de las elecciones europeas de junio, una declaración conjunta con el canciller Schroder, tratando de presentarla como un manifiesto aceptable por todo el socialismo europeo. La inconcreción del texto, sin embargo, revela la dificultad para pasar de la filosofía a los hechos. Schroder puede estar de acuerdo con Blair en la necesidad de flexibilizar la economía alemana, y en particular de reducir los costes sociales del trabajo, pero la situación de la que él parte es enormemente distinta de la británica: cualquier latinoamericano o europeo del Sur puede verse acometido de un ataque súbito de neoliberalismo al ser informado de los derechos adquiridos de los trabajadores alemanes. No es fácil por tanto que se pueda llegar a un consenso en la izquierda europea con el mensaje minimalista de “sí a la economía de mercado, no a una sociedad de mercado”: a la hora de la verdad los ciudadanos se juegan sus euros, y el juego no es necesariamente el mismo en cada país.

La derecha está aún peor que la izquierda, porque tras la salida de Kohl de la cancillería alemana no existe ningún europeísta de talla en sus filas. Pero paradójicamente se ha convertido en la primera fuerza en el Parlamento Europeo, por el voto de castigo en Alemania a la socialdemocracia y la apatía frente a temas europeos del electorado laborista británico (los conservadores han logrado un avance espectacular que puede tener la consecuencia inesperada de romper el partido, si su dirección pretende cerrar sus divisiones internas decantándose por una posición netamente antieuropea). Así que no parece que del Parlamento pueda venir la iniciativa política necesaria para avanzar en la línea de una voz única en política internacional.

Mientras se escribe esta nota se está formando la nueva Comisión presidida por Romano Prodi, y la impresión que se extiende por momentos es la de que no va a lograr la autonomía que Prodi pretendía. Eso no es necesariamente malo, porque puede llevar a la búsqueda de un trabajo en común entre la Comisión y el Parlamento (con nuevos poderes en esta legislatura) que refuerce a ambas instituciones. No cabe pensar, sin embargo, que a corto plazo existan condiciones para que puedan imponer un juego cooperativo a los países miembros, por encima de sus dinámicas particularistas. Quizá sólo quepa pensar en un milagro de san Keynes: el proyecto de reconstrucción de Kosovo (y tal vez de Serbia) podría relanzar a las economías europeas (en un equivalente forzado de las inversiones del plan Delors, que los gobiernos europeos no se atrevieron a financiar) y sacar a la economía alemana, en particular, de su atonía actual. Cuando hay dinero, ya se sabe, los políticos se muestran más imaginativos. n

Ludolfo Paramio. Politólogo. Ha colaborado en nexos anteriores.

Las desiluciones del capitalismo globalizado Falso Amanecer

LAS DESILUSIONES DEL CAPITALISMO GLOBALIZADO

FALSO AMANECER

POR JOHN GRAY

En la primavera de 1998 John Gray publicó Falso amanecer, un libro que define al capitalismo globalizado como profundamente inestable. Los hechos le han dado la razón. No sólo previo la crisis asiática sino algo que aún está por llegar: un colapso en el sistema económico internacional. Este texto es un postscript a Falso amanecer y ofrece algunos escenarios para el futuro y algunas recomendaciones para evitar lo que a todas luces parece un apocalipsis, tal y como está constituido, el capitalismo global sufre de una inestabilidad inherente. El libre mercado a un nivel mundial no muestra más capacidad de regularse a sí mismo de lo que mostraban los libres mercados nacionales del pasado. Con apenas una década de existencia este proceso contiene ya desequilibrios peligrosos. A menos de que sea reformada radi­calmente. la economía mundial corre el riesgo de caerse en pe­dazos en medio de una repetición —con tintes a la vez de farsa y de tragedia— de las guerras de mercado, las devaluaciones com­petitivas. los colapsos económicos y las agitaciones políticas de los años treinta.

Los partidos predominantes en todos los países sostienen que no hay alternativa ante el libre mercado mundial. Este libro lanza un reto a esa filosofía económica. Cuando Falso amanecer fue publicado en Gran Bretaña en la primavera de 1998 recibió ataques desde todas las posiciones del espectro político. Su de­claración esencial: “el capitalismo globalizado es, en su forma actual, profundamente inestable”, se consideró en extremo pesi­mista. Por no decir apocalíptica. Menos de un año después, esta afirmación ha sido ampliamente vindicada.

La recepción de Falso amanecer confirmó una de sus tesis centrales: la opinión contemporánea —en política, en los me­dios y en los negocios— se ha apartado tanto de enfrentar reali­dades humanas, que ya no puede distinguir la utopía de la reali­dad. Como resultado, la opinión contemporánea no está prepara­da para el regreso de la historia, con sus conflictos familiares e insolubles, sus decisiones trágicas y sus ilusiones arruinadas, fe­nómenos de los que ahora so­mos testigos.

En el breve periodo desde la publicación del libro, suce­sos han corroborado sus análi­sis. Incluso la opinión oficial está comenzando a sospechar que los problemas económicos en Asia no son dificultades lo­cales en países remotos. Den­tro de poco esta opinión oficial tendrá que enfrentar el hecho de que lo que ha querido ver como una crisis del capitalis­mo asiático es, en realidad, una crisis en rápido desarrollo del capitalismo global. Ya no pue­de haber muchas dudas de que nos acercamos a un trastorno mayor en el sistema económi­co internacional. Es fácil apos­tar a que dentro de pocos años será difícil encontrar a una sola persona que admita haber apo­yado el régimen global al que hoy la opinión establecida insiste en plantear como inmutable.

Falso amanecer argumenta que un libre mercado global no es una ley de hierro de desarrollo histórico, sino un proyecto políti­co. Las graves fallas de este proyecto ya han causado mucho sufri­miento innecesario. Y no obstante, una economía global modela­da en los libres mercados angloamericanos es el objetivo declara­do del Fondo Monetario Internacional y organizaciones transnacionales similares. Los mercados globales son máquinas de destrucción creativa. Como los mercados del pasado, no avan­zan en olas lisas y graduales. Progresan a través de ciclos de auge y quiebras, manías especulativas y crisis financieras. Como el ca­pitalismo en el pasado, el capitalismo global logra hoy su prodi­giosa productividad destruyendo viejas industrias, oficios tradi­cionales y modos de vida. Pero en una escala mundial.

Joseph Schumpeter entendió el capitalismo mejor que nin­gún otro economista del siglo XX. Percibió que el capitalismo no trabaja para preservar la cohesión social. También que, deja­do a sus propias reglas, el capitalismo podía destruir la civiliza­ción liberal. Por eso aceptó que el capitalismo debía de ser do­mado. La intervención gubernamental era necesaria para recon­ciliar el dinamismo del sistema capitalista con la estabilidad so­cial. Lo mismo es cierto para los mercados globales de hoy.

Los que hoy creen en el laissez faire mundial hacen eco de Schumpeter sin comprenderlo. Creen que al promover prosperi­dad, los libres mercados logran el avance de los valores libera­les. No se han dado cuenta de que un libre mercado global en­gendra nuevas variedades de nacionalismo y fundamentalismo, incluso aunque produzca nuevas élites. Al erosionar los cimien­tos de las sociedades burguesas y al imponer una inestabilidad brutal en los países en vías de desarrollo, el capitalismo globalizado está poniendo en peligro a la civilización liberal. También está dificultando la coexistencia pacífica de diferentes civilizaciones.

El laissez faire global se ha convertido en una amenaza para la paz entre los Estados. El sistema económico internacional de ahora no cuenta con instituciones efectivas para conservar la ri­queza del medio ambiente. Hay el riesgo de que en el futuro los Estados soberanos se enfrasquen en una lucha por el control de los disminuidos recursos naturales de la tierra. En el próximo siglo, a las rivalidades ideológicas entre los Estados pueden se­guir guerras malthusianas provocadas por la escasez.

La crisis asiática es un signo de que los libres mercados globales son ingobernables. Una burbuja de proporciones histó­ricas que puede estallar en Estados Unidos; una deflación atrin­cherada en Japón y emergente en China; la depresión en Indonesia y en varios países asiáticos más pequeños; la crisis financiera y económica y un probable cambio de régimen en Rusia; ninguno de estos procesos augura estabilidad. Muestran lo inestable de la economía mundial entera.

En este nuevo postscript mostraré cómo los recientes suce­sos ilustran y corroboran el argumento de Falso amanecer. Ofre­ceré después algunos escenarios para el futuro y consideracio­nes sobre lo que podría hacerse.

¿La crisis actual de Asia prefigura el fin de los modelos asiá­ticos capitalistas, como ha concluido de manera muy rápida la sabiduría convencional de los países occidentales?

¿Japón podrá preservar su cultura económica característica? ¿Puede la Unión Europea, recién equipada con una moneda única, aislarse del cho­que del mercado global? ¿Puede el capitalismo alemán renovar­se a sí mismo? ¿En qué se convertirá el compromiso de Estados Unidos con el libre mercado, cuando la economía de burbuja propia de ese país haya estallado?

Estas son algunas de las preguntas que me gustaría señalar, sugeridas por los hechos ocurridos desde la primera publicación de este libro. Antes de hacerlo, sería útil revisar su argumento central, estructurado a partir de ocho hilos fundamentales.

El argumento de Falso amanecer

El libre mercado no es —como supone hoy la filosofía eco­nómica— el estado natural que toman las cosas, cuando la polí­tica no interfiere en los intercambios del mercado. En cualquier amplia y larga perspectiva histórica el libre mercado es una rara desviación de breve existencia. Los mercados regulados consti­tuyen la norma, y surgen espontáneamente en la vida de cada sociedad. El libre mercado es una construcción del poder estatal. La idea de que el libre mercado y el mínimo de intervención gubernamental van juntos, que era parte del stock que manejaba la Nueva Derecha, es la verdad inversa. Dado que la tendencia natural de la sociedad es a restringir los mercados, los libres mer­cados sólo pueden crearse por el poder de un Estado centraliza­do. Los libres mercados son las criaturas de los gobiernos fuer­tes y no pueden existir sin ellos. Este es el primer argumento de Falso amanecer.

El argumento se ilustra bien con la breve historia del laissez faire en el siglo XIX. El libre mercado fue construido en Inglate­rra, a mediados de la época victoriana y en circunstancias excepcionalmente propicias. A diferencia de otros países europeos, Inglaterra contaba ya entonces con una larga tradición de indivi­dualismo. Durante siglos, las pequeñas granjas fueron la base de su economía. Pero sólo cuando el parlamento utilizó sus poderes para enmendar o destruir los antiguos derechos de propiedad y crear nuevos —mediante leyes que permitieron la privatización de la mayor parte de las tierras comunales del país— nació un capitalismo agrario de grandes haciendas.

El laissez faire surgió en Inglaterra mediante la conjunción de circunstancias históricas favorables y el poder sin freno de un parlamento en el cual no estaba representada la mayoría del pue­blo inglés. A mediados del siglo XIX, mediante las leyes de pro­tección, la ley de los pobres y la abrogación de la ley del maíz, la tierra, el trabajo y el pan se volvieron mercancías como otras cualquiera: el libre mercado se había convertido en la institución central de la economía.

Pero el libre mercado duró apenas una generación en Ingla­terra. (Algunos historiadores han llegado hasta la hiperbólica afir­mación de que nunca existió una era de laissez faire). A partir de 1870, su desaparición fue legislada gradualmente. Ya para la Pri­mera Guerra mundial, los mercados habían tenido una amplia re-regulación en interés de la salud pública y la eficiencia eco­nómica, y el gobierno estaba muy activo proporcionando toda una variedad de servicios esenciales, sobre todo educación. Gran Bretaña mantuvo un tipo de capitalismo altamente individualis­ta, y el libre comercio sobrevivió hasta la catástrofe de la Gran Depresión, pero ya se había reafirmado el control político sobre la economía. El libre mercado fue visto como un exceso doctri­nario o bien como un mero anacronismo, hasta que la Nueva Derecha lo revivió en los años ochenta.

La Nueva Derecha fue capaz de alterar de manera irreversi­ble la vida política y económica de los países donde ganó poder, pero no pudo lograr la hegemonía a la que aspiraba. En Gran Bretaña. Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda, junto con otros países como México. Chile y la República Checa, gobier­nos con fuerte influencia de las ideas del libre mercado fueron capaces de desmantelar muchas de sus herencias corporativas o colectivistas. Pero en todos los casos las coaliciones iniciales que hicieron políticamente posibles las políticas del libre merca­do, fueron socavadas por los efectos a mediano plazo de estas mismas políticas.

Liquidar las viviendas de interés social —una de las po­líticas thatcherianas clave— fue un éxito mientras los pre­cios de las casas estaban al alza. Cuando los precios caye­ron abruptamente y millones quedaron atrapados por las pér­didas, la medida se volvió un estorbo político. Privatizar bie­nes públicos y liberar el mer­cado sólo fueron medidas po­líticamente ventajosas mien­tras una economía de auge es­condió su impacto más profun­do: agravar la inseguridad eco­nómica. Cuando el revés eco­nómico hizo palpable ese efec­to, los gobiernos de la Nueva Derecha comenzaron a vivir en un tiempo prestado.

En la mayoría de los paí­ses, la izquierda moderada ha resultado ser la beneficiaría política de las reformas de la economía neoliberal. Tanto a finales del siglo XIX como a fina­les del siglo XX. los efectos destructivos del libre mercado lo convirtieron en una experiencia políticamente insostenible.

Esta circunstancia lleva al segundo elemento de Falso ama­necer: la democracia y el libre mercado son competidores más que socios. “El capitalismo democrático” —el vacuo grito de guerra de los conservadores en todas partes— designa (u oculta) una relación profundamente problemática. El acompañante nor­mal de los libres mercados no es el gobierno democrático esta­ble, sino la política volátil de la inseguridad económica.

Ahora y en el pasado, en prácticamente todas las socieda­des, el mercado ha sido restringido para impedirle frustrar de manera demasiado severa necesidades humanas esenciales de estabilidad y seguridad. En contextos modernos recientes, al li­bre mercado normalmente lo moderan gobiernos democráticos.

El marchitamiento del libre mercado en su más pura forma victoriana coincidió con la ampliación de las franquicias. Así como el laissez faire inglés perdió terreno con el avance de la democracia, así en la mayoría de los países los excesos de los años ochenta ya han sido moderados —bajo la presión de la com­petencia democrática— por los gobiernos sucesivos. No obstan­te, a nivel global el libre mercado sigue sin freno.

Un proyecto histórico, el de reconciliar la economía de mer­cado con el gobierno democrático, ha entrado en lo que parecie­ra su retirada final. La socialdemocracia europea existe como un número de regímenes presentes. Pero los gobiernos socialdemócratas carecen de capacidad de nivelar la vida económica que ejercieron durante su periodo exitoso de postguerra. Los merca­dos vinculados en la globalidad no autorizarán préstamos fuer­tes para las socialdemocracias. Las políticas keynesianas no son efectivas en las economías abiertas, de las cuales el capital pue­de fugarse a voluntad. La movilidad mundial de la producción permite a las empresas ubicarse allí donde la reglamentación y los impuestos resulten menos onerosos.

Los gobiernos socialdemócratas no tienen ya recursos para perseguir sus objetivos por medios socialdemócratas. Como re­sultado, en la mayoría de los países europeos continentales, el desempleo masivo es un problema sin solución visible. En algu­nos casos, como sucedió en Noruega con las ganancias producto del petróleo —caídas del cielo—, ciertas circunstancias especia­les han revigorizado a los regímenes socialdemócratas. Pero en términos generales, la contradicción entre socialdemocracia y libre mercado global parece irreconciliable.

Existen hoy pocas instituciones efectivas para gobernar la eco­nomía global, y ninguna que sea ni remotamente democrática. Lograr una relación humana y equilibrada entre el gobierno y la economía de mercado sigue siendo una aspiración lejana.

Tercero: el socialismo como sistema económico se ha de­rrumbado de manera irrecuperable. Tanto en términos humanos como económicos, el legado de la planeación central socialista ha sido ruinosa. La Unión Soviética no fue un régimen que al­canzó un progreso rápido a un muy alto y lamentable costo hu­mano. Fue un Estado totalitario que asesinó o destruyó la vida de millones de personas y devastó el medio ambiente. Excepto en su enorme sector militar y en algunas áreas de la salud públi­ca, la Unión Soviética tuvo muy escasos logros genuinos en lo económico y lo social. Y puede que en la China maoísta, la pér­dida de vidas por las hambrunas inducidas por el Estado, y por los terrores y por la destrucción del medio ambiente natural, haya sido mayor que en la URSS.

Sin importar qué traiga el próximo siglo, el colapso del so­cialismo parece irreversible. Para el futuro que podemos prever, no habrá dos sistemas económicos en el mundo, sino sólo capitalismos variados.

Cuarto: aunque el derrumbe del socialismo fue bienvenido por los países occidentales, especialmente por Estados Unidos, considerándolo el triunfo del libre mercado capitalista, a esto no ha seguido, en la mayoría de los antiguos países comunistas, la adopción de ningún modelo económico occidental.

Tanto en Rusia como en China, la desaparición del comu­nismo ha revivido estilos nativos de capitalismo, en ambos ca­sos deformado por su herencia comunista. La economía rusa está dominada por una especie de sindicalismo criminal. Los oríge­nes más próximos de este peculiar sistema económico se encuen­tran en la economía soviética ilegal, pero tiene algunos puntos de semejanza con el capitalismo mezclado de las vastas empre­sas controladas por el Estado y las empresas salvajes que flore­cieron en las últimas décadas del zarismo. El capitalismo en China tiene mucho en común con el estilo que la diáspora china practi­ca alrededor del mundo, de modo notable en el papel crucial que juegan las relaciones familiares en los negocios, pero esta forma de capitalismo se halla también invadida por la corrupción y por la comercialización de las instituciones —incluyendo la mili­tar— heredadas de la era comunista.

La opinión convencional ve en el colapso del comunismo una victoria para “Occidente”. Pero, de hecho, el socialismo mar- xista era una ideología prototípica de Occidente. Por encima del largo camino de la historia, la desintegración del marxismo so­cialista en Rusia y China representa una derrota para todos los modelos occidentales de modernización. El derrumbe de la planeación central en la Unión Soviética y su desmantelamiento en China, marca el fin de un experimento de modernización a marchas forzadas, cuyo modelo de modernidad era la fábrica capitalista del siglo XIX.

En quinto lugar. Falso amanecer argumenta que el marxis­mo-leninismo y el racionalismo económico del libre mercado tienen mucho en común, aun cuando sostienen diferentes siste­mas económicos.

Tanto el marxismo-leninismo como el racionalismo econó­mico del libre mercado adoptan una actitud prometeica hacia la naturaleza y exhiben una muy escasa simpatía por las víctimas del progreso económico. Los dos son variables del proyecto de la Ilustración: suplantar la diversidad histórica de las culturas humanas por una única civilización universal. Un libre mercado global es el producto de ese ideal de la Ilustración en una de sus últimas formas —quizá la última.

Una parte importante del debate actual confunde la globalización —un proceso histórico que durante siglos ha esta­do en curso— con el efímero proyecto político de un libre mer­cado de amplitud mundial. Entendida con propiedad, la globalización se refiere a la interconexión creciente de la vida económica y cultural entre las partes distantes del mundo. Este es un rasgo cuyos inicios podrían fecharse —en un análisis re­trospectivo— en pleno siglo XVI, en la proyección del poder europeo hacia otras partes del mundo a través de las políticas imperialistas.

Hoy el motor principal de este proceso es la rápida difusión de las nuevas tecnologías de la información capaces de abolir las distancias. Los pensadores convencionales se imaginan que la globalización tiende a crear una civilización universal mediante la propagación de los valores y las prácticas de Occidente. Parti­cularmente del Occidente anglosajón.

De hecho, el desarrollo de la economía mundial ha ido sobre todo en otra dirección. La globalización de hoy difiere de la eco­nomía internacional abierta, establecida bajo los auspicios de los imperios europeos en las cuatro o cinco décadas anteriores a la Primera Guerra mundial. En el mercado global, ningún poder occidental tiene una supremacía equivalente a la británica o a la de otros poderes europeos de aquella época. De hecho, a la larga la banalización de las nuevas tecnologías en el mundo erosiona el poder y los valores occidentales. La propagación de las tecno­logías nucleares en los regímenes anti-occidentales es sólo un síntoma de una tendencia más vasta.

El mercado global no proyecta el libre mercado angloameri­cano hacia el mundo, sino que más bien pone en circulación a todos los tipos de capitalismo —para no hablar de las variedades del libre mercado—. La anarquía de los mercados globales des­truye las viejas formas del capitalismo y promueve nuevas varie­dades. Siempre sujetando el todo a una incesante inestabilidad.

El ideal de la Ilustración de crear una civilización universal en ningún lado es más fuerte que en Estados Unidos, donde se identifica con la aceptación universal de los valores y las institu­ciones de Occidente, entendido “Occidente” como los valores an­gloamericanos.’ La idea de que Estados Unidos es un modelo uni­versal ha sido, por largo tiempo, un rasgo de la civilización estadunidense. Durante los años ochenta, La Derecha tuvo la ha­bilidad de reivindicar la idea de una misión nacional al servicio de la ideología del libre mercado. Hoy el alcance mundial del poder corporativo estadunidense y el ideal de la civilización universal se han filtrado en todo discurso público norteamericano.

Sin embargo, el deseo de los Estados Unidos de erigirse en modelo para el mundo no es aceptado por ningún otro país. El costo del éxito de la economía norteamericana incluye niveles de división social —crimen, encarcelamiento, conflictos racia­les y étnicos, rupturas familiares y comunitarias— que ninguna cultura europea o asiática estaría dispuesta a tolerar.

La concepción de Estados Unidos como líder de un bloque en expansión de naciones occidentales es casi lo contrario de la verdad. En las circunstancias actuales, “el Occidente” es una ca­tegoría que dejó de tener un sentido definitivo, excepto en los Estados Unidos, donde habla por una resistencia atávica a las realidades inalterables del multiculturalismo.

Cada vez más Estados Unidos toma posiciones contra otras sociedades “occidentales” en muchas de sus políticas inter­nas y de relaciones exteriores. En el extremo de sus divisio­nes y en la militancia comprometida con el libre mercado, Estados Unidos es un caso singular. Aunque siguen compar­tiendo intereses vitales, Europa y Estados Unidos se dibujan como proyectos muy separados en lo referente a su cultura y a sus valores. En retrospectiva, el periodo de cooperación cer­cana que se extiende de la Segunda Guerra mundial hasta el momento inmediato que siguió a la Guerra fría podría muy bien parecer como una desviación en las relaciones de los Es­tados Unidos con Europa.

El largo patrón histórico en el cual la civilización norteame­ricana se ha visto a sí misma como sui generis, y teniendo poco en común con el Viejo Mundo, se está reafirmando. La apropia­ción por parte de la tendencia neo-conservadora de esa fe norte­americana que les permite concebirse como un modelo univer­sal, pareciera —en una curiosa ironía— acelerar el proceso por el cual Estados Unidos deja de ser un país europeo “occidental”.

La fusión del “ser de excepción” norteamericano con la ideo­logía del libre mercado es el sexto elemento de Falso amanecer.

El libre mercado global es un proyecto estadunidense. En algu­nos contextos las compañías norteamericanas han sido sus beneficiarías, ya que el libre mercado alcanzó economías que hasta entonces habían sido protegidas. Pero esto no significa que el laissezfaire global es una mera racionalización de los intereses corporativos norteamericanos.

Un libre mercado global no tiene ganador en el largo plazo. Ya no hace más en beneficio de la economía estadunidense de lo que haga por cualquier otra. Más aún, en el caso de una vasta dislocación de los mercados mundiales, la economía norteame­ricana quedaría más expuesta que las otras.

El laissezfaire global no es una conspiración de la Norteamérica corporativa. Es una tragedia —una de las va­rias ocurridas en el siglo XX— en la cual una ideología arro­gante encalla al enfrentar nece­sidades humanas en cuya com­prensión fracasó.

Entre las necesidades hu­manas tratadas con negligencia por el libre mercado figuran la necesidad de seguridad y la de identidad social, que sí estaban contempladas por las estructu­ras vocacionales de la sociedad burguesa. Como consecuencia, ha surgido una contradicción entre las condiciones previas establecidas por una civiliza­ción burguesa intacta y los im­perativos del capitalismo glo­bal. Este es el séptimo elemen­to: las inseguridades crónicas del capitalismo moderno de los últimos tiempos, especialmen­te en las variantes más virulentas de libre mercado, corroen al­gunas de las instituciones y los valores centrales de la vida bur­guesa.

La más notable de estas instituciones sociales sería la de hacer una carrera. En las sociedades burguesas tradicionales, la mayoría de los integrantes de la clase media podía tener la razonable expectativa de invertir los años de su vida producti­va ejerciendo una vocación única. Ahora muy pocos pueden llevar a puerto semejante esperanza. El efecto más profundo de la inseguridad económica no es el de multiplicar el número de trabajos que cada uno de nosotros deberá ejercer durante su vida productiva. Es el de hacer redundante la idea misma de hacer una carrera.

En la vida de la mayoría trabajadora, una carrera a la vieja usanza, cuando llegar a la madurez profesional marcaba el cami­no del ciclo de vida normal, es ya apenas un recuerdo. Como resultado, los contrastes familiares entre la vida de la clase me­dia y la de la clase obrera se han reducido en la realidad. La tendencia de postguerra al embourgeoisment se revierte y la cla­se obrera está sufriendo un proceso de reproletarización.

La de-bourgeoisification puede haber llegado más lejos en la sociedad estadunidense, pero la inseguridad económica au­menta en casi todas las economías del mundo. Esto es en parte un efecto lateral de los mercados globales, cuyas obras imitan la Ley Gresham (la cual afirma que el dinero malo tiende a expul­sar de la circulación al dinero bueno) y hacen de las variedades del capitalismo con responsabilidad social, estilos cada vez más difíciles de sostener. La movilidad de los capitales y de la pro­ducción al nivel mundial promueve una “carrera hacia la cum­bre”, en la cual las economías capitalistas más humanas están obligadas a flexibilizar su reglamentación, recortar impuestos y retirar apoyos de bienestar social. En esta nueva forma de rivali­dad, todas las variedades del capitalismo que compitieron du­rante el periodo de postguerra están en plena mutación y meta­morfosis.

El octavo elemento de Falso amanecer considera lo que po­dría hacerse para enderezar el rumbo. Estados Unidos carece del poder hegemónico necesario para hacer de un libre mercado uni­versal una realidad, ni siquiera por un corto plazo. Pero cierta­mente tiene el poder de veto ante una propuesta de reforma de la economía mundial. Mientras Estados Unidos permanezca entre­gado al “consenso de Washington” en lo que se refiere al laissez faire global, no podrá existir una reforma de los mercados mun­diales. Planteamientos como el “impuesto Tobin” —un impues­to a nivel mundial en las transacciones especulativas de divisas, llamado así por el economista norteamericano que lo propuso— permanecerán en calidad de letra muerta.

En ausencia de una reforma, la economía del mundo tenderá a fragmentarse conforme su desequilibrio se haga cada vez más insoportable. Las guerras de mercados harán más difícil la co­operación internacional. La economía mundial se fracturará en bloques, cada uno de ellos entregado a su lucha para obtener la hegemonía regional.

“El Gran Juego”, en el cual se enfrentaron los poderes del mundo hace un siglo por el control del petróleo en Asia, puede muy bien reproducirse en el siglo que viene. Cuando los Estados rivalicen por el control de los escasos recursos naturales, será más difícil evitar los conflictos militares. Los regímenes autori­tarios débiles buscarán crecer mediante las aventuras bélicas. Slobodan Milosevic, el líder neo-comunista de lo que resta de Yugoslavia, puede servir de prototipo para los demagogos auto­ritarios de muchos otros países.

Mientras el laissez faire global se resquebraja, una anarquía internacional cada vez más profunda es el prospecto humano más probable.

La depresión asiática y la burbuja de la economía norteamericana: ¿El principio del fin del laissez-faire global?

En los países occidentales la crisis asiática se ha percibido como la prueba de que el libre mercado es la única clase de capi­talismo que puede sobrevivir en una economía global. Algunos niegan que en fases más tempranas del desarrollo económico los capitalismos asiáticos pudieron obtener logros notables; pero casi todos coinciden en que hoy estos sistemas son obsoletos. El con­senso alega que los problemas asiáticos son la prueba de que no hay alternativa ante el capitalismo norteamericano en ningún lugar del mundo.

Con certeza, hace sólo unos cuantos años varios de estos mismos analistas elogiaban el capitalismo asiático como un ejem­plo que los demás países debían imitar. Ese episodio de la opi­nión occidental está ahora olvidado. El triunfo del libre mercado será igualmente transitorio y su olvido llegará con la misma ra­pidez.

Incursionamos en uno de esos tiempos de discontinuidad histórica, en el cual los paradigmas políticos y teóricos en curso se abandonan abruptamente. El triunfo de las ideas keynesianas después de la Segunda Guerra mundial fue uno de estos momen­tos. La depresión asiática pareciera destinada a ser, para la ideo­logía del libre mercado, lo que la Gran Depresión y la Segunda Guerra mundial fueron para la ortodoxia fiscal y económica de los años treinta.

Ni los observadores occidentales ni los constructores de po­líticas han percibido la gravedad de la crisis asiática en ningún punto de su curso. Una y otra vez, las organizaciones transnacionales aferradas al proyecto de un mercado global úni­co han sido confundidas por los acontecimientos. Comenzando por su insistencia en que los problemas de Asia del este se halla­ban principalmente en sus instituciones financieras y tenían es­casas repercusiones económicas. Cuando esta interpretación no pudo sostenerse más, argumentaron que Asia experimentaba una recesión producto de sus problemas estructurales.

Esa óptica revisada cayó también lejos de la escala de la crisis. Para la segunda mitad de 1998, los bancos occidentales pronosticaban que durante el año el producto nacional bruto des­cendería 20% en Indonesia, más de 11% en Tailandia, y 7.5% en Corea del Sur.2 El desempleo en Indonesia se calculaba en más de 20 millones, con por lo menos la mitad de la población con­denada a la pobreza antes del fin del año.

Declives de estas magnitudes en la actividad económica no significan normalmente la proximidad de la recesión. Más co­múnmente indican que la depresión ya está en curso.

La escala de la depresión acumulada en Asia comienza a percibirse; pero sus causas y sus implicaciones para la economía mundial todavía no se han entendido.

La depresión asiática es la primera demostración histórica de que una movilidad irrestricta de capital global puede tener consecuencias desastrosas para la estabilidad económica. El ca­pital escurridizo salió de los mercados durante la noche; pero los efectos de su partida en las economías reales más afectadas se harán sentir por décadas o generaciones. Las cicatrices po­líticas y económicas de las cri­sis económicas infringidas por los movimientos del capital especulativo serán de larga du­ración.

Los movimientos asiáticos de divisas a fines de los años noventa no serán registrados en la historia como fluctuaciones financieras transitorias cuyos efectos se aminoraron con ra­pidez. Se reconocerán más bien como los signos tempranos de una crisis global. Es prueba del analfabetismo histórico de la opinión pública occidental, el hecho de que espera que las convulsiones económicas y so­ciales en Asia del este —en una escala que los países de Occi­dente no han conocido desde los años treinta— ocurrirán sin cambios de gobierno y régimen comparables a aquellos expe­rimentados en Europa durante los años de entreguerras. El resul­tado predecible de la crisis económica asiática es un prolongado periodo de inestabilidad política en la región. Con la depresión asiática en aumento, revivirán movimientos de nacionalismo anti­occidental. Observaremos súbitos cambios de régimen y el re­surgimiento de viejos conflictos étnicos. Vastos movimientos de población y renovados experimentos de dictaduras autoritarias: todo esto transformará el paisaje político asiático. En estos pro­cesos, la idea occidental del libre mercado jugará un papel muy pequeño o inexistente.

La crisis asiática no muestra que el capitalismo angloameri­cano es ahora —aunque fuera por default, ante el desorden de todos los otros modelos— el único sistema económico viable. Esta es una interpretación que parece creíble sólo por la ignoran­cia de la historia y el continuo racismo occidental. Lo que mues­tra es que todos los capitalismos están circulando.

Hoy las economías asiáticas son como todas las otras: están en continua mutación, con consecuencias imprevisibles para la cohesión social y la estabilidad política. Las economías de libre mercado no están más aisladas de estos cambios que las otras. Lejos de que signifique el triunfo universal del libre mercado, la crisis de Asia es el preludio a un tiempo de dislocación mayor del capitalismo global.

Este es un proceso para el cual la opinión actual está muy poco preparada, sobre todo en Estados Unidos. La percepción norteamericana de la crisis asiática incluye algunas curiosas con­tradicciones. Las dificultades económicas en Asia del este han sido bienvenidas en los Estados Unidos como un signo de que el capitalismo asiático está en su crisis ter­minal. Si así fuera se daría un cambio mundial histórico de vasta magnitud y larga duración. La economía asiática en­frenta problemas fuertes y a veces insolubles; pero no se encuentra en una fase de declive destinada a terminar en los brazos del libre mercado. El capitalismo asiático expresa los estilos de vida fami­liar, las estructuras sociales y la historia política y religiosa de los países asiáti­cos. No son sistemas que puedan ser transformados por la voluntad de regula­dores transnacionales, sino instituciones sociales y culturales subterráneas cuyas prácticas están llenas de historia local y sabiduría tradicional.

Sólo los observadores ciegos de la historia que dan forma a las políticas del Fondo Monetario Internacional podrían imaginar que los países asiáticos se des­pojarán de estas herencias. Si la historia es nuestra guía podemos estar seguros de que el capitalismo asiá­tico emergerá de la actual crisis alterado de manera impredecible —según sus propias reglas— y no como una imitación de algún modelo occidental. Pero incluso si los capitalismos asiáti­cos convergieran con los de “Occidente”, sería en un proceso traumático de cambio cultural y político que abarcaría genera­ciones.

Hasta hace poco, la opinión norteamericana confiaba como siempre —a lo largo de esta prolongada metamorfosis— en que todo se debía a los problemas habituales en negocios. Esperaba que el impacto del colapso económico asiático en los Estados Uni­dos sería leve o incluso positivo. Al mismo tiempo los creadores de políticas norteamericanos reconocían —o insistían— que. en el marco de los mercados globales, los cambios importantes en cualquier economía impactan la vida económica mundial.

Estas expectativas que no embonan articulaban una visión muy inestable del mundo. Estados Unidos se creía el motor de la globalización. Al mismo tiempo suponía que de algún modo es­taba aislado de sus desórdenes. No pudo entender que cuando el capitalismo se ha hecho global, es inevitable que las inesta­bilidades que le son propias serán también globales.

Cuando vieron hacia el pasado, los profetas norteamerica­nos del “Nuevo paradigma” reconocieron que el capitalismo es necesariamente, y al tiempo, destructivo y creativo. Su producti­vidad inigualada se ha logrado destrozando industrias existentes y trastornando formas establecidas de vida social. Cuando mira­ron hacia el presente y hacia el futuro, se las ingeniaron para pasar por encima de estos hechos desagradables. Esperaban —o por lo menos prometían— la prodigiosa productividad del capi­talismo sin el dolor y el caos que siem­pre lo han acompañado.

Esta disonancia cognitiva entre lo que esperaba la opinión estadunidense y lo que registra la historia, produjo un sen­timiento irreal de confianza, que no pudo ser destruido fácilmente por ninguna de las muestras de vulnerabilidad de la eco­nomía norteamericana.

El auge de las reservas norteameri­canas del mercado no tan sólo ocurrió —o ni siquiera principalmente— como un resultado de la reestructuración eco­nómica. Sin duda los avances estadu­nidenses en tecnología de la información le dieron a la economía una gran ventaja competitiva. De manera similar, las bru­tales reducciones de tamaño y las recu­rrentes reestructuraciones corporativas de principios de los años noventa ofre­cieron sin duda a los negocios estadu­nidenses ventajas significativas. Hasta ahí, el auge norteamericano reflejaba ganancias reales en térmi­nos de eficiencia económica.

Las evaluaciones que se iban por los cielos en Wall Street tuvieron otro soporte crucial. Se convirtieron en el reflejo de la confianza norteamericana, que aseguraba al país haber obtenido una victoria histórica y geo-estratégica. El colapso del comunis­mo, la aparente debilidad económica europea y la fragilidad en Asia —cambios rápidos en menos de una década— les parecie­ron a muchos norteamericanos como la vindicación del “credo estadunidense”.

A fines de los noventa, la opinión pública de los Estados Uni­dos confiaba en la propagación —rápida e irreversible— de los valores norteamericanos por todo el mundo. La noción fantasiosa de que los ciclos en los negocios se habían vuelto obsoletos, se volvió una ortodoxia. La perspectiva de un “regreso de la histo­ria” que los observadores europeos y asiáticos veían como una certeza, no se tomó en cuenta, o se desechó. El largo auge estadunidense se ha convertido en una burbuja especulativa infla­da por un ánimo efímero y superficial de arrogancia nacional.

La burbuja pudo pincharse en cualquier momento. En parte descansaba en suposiciones sobre la hegemonía militar de Esta­dos Unidos, que los eventos en Asia ya contradijeron. Una com­petencia de armas nucleares en el subcontinente indio no es en sí una amenaza directa contra la seguridad norteamericana; pero la rivalidad nuclear entre India y Pakistán disminuye los esfuerzos encabezados por Estados Unidos para detener la proliferación nuclear. Se construye de esa manera un mundo más peligroso.

No hay duda de que Estados Unidos utilizó toda su influen­cia para evitar una escalada de armas nucleares en Asia del sur. Tampoco hay duda de que fracasó. En su esfuerzo por detener la propagación de armas nucleares, Estados Unidos se ha visto for­zado a confrontar un hecho desagradable: la globalización no refuerza el poder norteamericano sino que tiende más bien a limitarlo. Estados Unidos mantiene su posición de primer poder militar del mundo, pero tiene un muy reducido control sobre la difusión de las tecnologías de las que depende ahora la eficien­cia militar.

El poder económico norteamericano es igualmente limita­do. La devaluación competitiva de la divisa China sería un de­sastre para Asia del este y un retroceso mayor para los Estados Unidos. Ahondaría la deflación en la región y provocaría una violenta reacción proteccionista en el congreso norteamericano. El efecto en Wall Street sería seguramente traumático. Hay un predominante interés norteamericano en anticiparse a semejante proceso. Sin embargo, es muy poco lo que Estados Unidos pue­da hacer para evitarlo.

Algunas veces China recibe elogios de los gobiernos occi­dentales como un refugio de estabilidad en medio de la crisis asiática. Si hasta el momento resulta cierto, es porque China hasta cierto punto ha permanecido fuera del libre mercado global. El gobierno chino ha conservado un control considerable sobre su economía. Los gobiernos occidentales que elogian a China han ignorado el hecho de que su relativa estabilidad es el producto de su consistente y arraigado desdén hacia la opinión y los con­sejos occidentales.

Las políticas económicas en China serán determinadas so­bre todo por factores políticos internos. Para los creadores de las reglas en China, ningún aliciente que el gobierno norteamerica­no pudiera ofrecer tendría la capacidad de aligerar la amenaza que les representa el incremento del desempleo. China está ac­tualmente a la mitad del más vasto y rápido movimiento “del campo hacia la ciudad” de su historia. El desempleo excede ya a los 100 millones de personas, una cifra que sin duda necesita revisarse, dada la recesión provocada por la política que permi­tió a muchas empresas estatales declararse en bancarrota. La es­trategia del gobierno chino es re-contratar a muchos de estos trabajadores en industrias de exportación. Hay signos ominosos de que la deflación se ha apoderado de secciones de la economía China. En estas circunstancias, impedir un aumento mayor en el índice de desempleo es un imperativo predominante de sobre­vivencia política.

La opinión occidental confía en que el actual régimen chino vadeará la depresión en Asia sin serias dificultades. Es muy dudoso que los líderes chinos compartan esta opinión. Han sido testigos de la descompo­sición del régimen totalitario que al parecer era inamovible en Rusia. Observaron un régi­men similar, autoritario y afian­zado, venirse abajo en Indonesia en cosa de meses a consecuencia de la crisis eco­nómica. Tienen muy pocas ilu­siones de que lo mismo no pu­diera ocurrir en China.

A diferencia de la mayo­ría de los gobiernos occidenta­les, los guías chinos tienen un sentido de la historia. Los chi­nos saben que si sobreviven a la depresión que devoró a sus vecinos, esto representará uno de los hechos más notables de la historia en términos de habi­lidad del Estado. Utilizarán cualquier expediente para per­manecer en el poder. La devaluación competitiva de la divisa es una entre muchas estrategias desesperadas a las cuales recurrirá el gobierno cuando se empeoren las condiciones económicas y aumente el malestar político y social. Es razonable anticipar epi­sodios futuros como el de la plaza Tiananmen.

Una espiral devaluatoria en Asia del este es sólo uno de los varios acontecimientos que podrían provocar una crisis sistémica en la economía mundial. El colapso del rublo ruso como conse­cuencia de la devaluación de agosto de 1998 podría tener el mis­mo efecto. El resultado de un segundo colapso de la economía rusa provocaría más un cambio de régimen que un cambio de gobierno. El impacto que un cambio así de régimen tendría en el “Occidente”, que ha tomado al movimiento de Rusia hacia la de­mocracia como un proceso irreversible, sería profundo. Mal pre­parados para una renovación del despotismo ruso, que ahora es una probabilidad, los gobiernos occidentales verán cualquier de­sarrollo en esta dirección como un peligro para el sistema interna­cional. Igualmente, es probable que cualquier nuevo régimen ruso estaría dispuesto a explotar los intentos chapuceros de los gobier­nos occidentales y las organizaciones transnacionales de instalar el capitalismo en Rusia, para alimentar los sentimientos anti-occidentales. Entre las incalculables consecuencias de un cambio de régimen en Rusia hay una certeza: la cooperación económica in­ternacional será aún más complicada que en el pasado.

El colapso económico y otro cambio de régimen en Rusia; una mayor deflación y debilitamiento del sistema financiero en Japón, llevando esto a una repatriación de inversiones japonesas que están en bonos del gobierno de Estados Unidos; crisis finan­cieras en Brasil o en Argentina; una quiebra en Wall Street: cual­quiera de los eventos mencionados o la suma de ellos, junto con otros que son imprevisibles, en las circunstancias actuales po­drían funcionar como el detonador de una dislocación económi­ca global. Si uno de estos hechos ocurriera, la primera conse­cuencia sería un rápido ascenso del sentimiento proteccionista en Estados Unidos, comenzando por el congreso.

El norteamericano promedio no está en buena posición para soportar prolongados retrocesos de la economía. El desmantelamiento del sistema federal de ayuda social hace del aumento del desempleo un fenómeno insoportable. Si más de 100 millo­nes de inversionistas de fondos comunes pierden porciones im­portantes de sus recursos en un cataclismo del mercado, el apo­yo popular se inclinaría hacia el proteccionismo de manera irre­sistible.

Es un lugar común de la historia económica que los países sin sistemas de ayuda al bienestar social son más propensos a echar mano del proteccionismo cuando se deteriora la economía internacional. Este es un patrón histórico de conducta y segura­mente tendrá lugar si se agudiza la depresión asiática.

En este momento, la deuda personal y la bancarrota tienen niveles históricos en Estados Unidos. Para muchos norteameri­canos el grado actual de consumo ha llegado a depender no sólo de que las reservas de mercado permanezcan altas, sino de que sigan creciendo. Cuando no sea así, esta gente se sentirá —y serᗠmucho más pobre. A la perenne psicología de la especu­lación de las masas debe agregarse el ingrediente crucial del triunfalismo geopolítico. En esta atmósfera enfebrecida, un aterrizaje suave es casi una imposibilidad. La arrogancia presenta un mar­gen de error del veinte por ciento.

Un revés en las reservas de mercado en Estados Unidos como el que ocurrió en Japón al final de los años ochenta —donde el mercado cayó más de tres tercios—dejaría empobrecidos a sec­tores enteros de la clase media estadunidense. La súbita desapa­rición de grandes cantidades de riqueza generada por las reser­vas de mercado, revelaría —bajo la luz más cruda— la inseguri­dad de la clase media. El impacto de una quiebra en los que ya son pobres sería aún más grave. Dentro de ese escenario no es fantasioso imaginar la re-emergencia de grupos como los norte­americanos pobres y nómadas, cuyas vidas reducidas a lo ele­mental fueron descritas en los años treinta por John Steinbeck.

Las ramificaciones políticas de un vasto retroceso en la eco­nomía norteamericana no pueden ser previstas de antemano. Pero sabemos que el compromiso estadunidense por el libre mercado no será de larga duración. En todo caso, este fenómeno es una desviación en la historia más larga de Estados Unidos, en la cual el proteccionismo ha sido un tema recurrente.

Sería equivocado interpretar el consenso político neo-con­servador de las últimas décadas como la opinión establecida del público norteamericano. El rápido ascenso y la también rápida caída de un ala de la derecha radical republicana a principios de los años noventa, muestran la volatilidad del electorado norte­americano, lo mismo que su madurez.

Un retroceso económico agudo, profundo o prolongado, pon­dría a prueba, hasta el grado de la destrucción, el sostén de las bondades del libre mercado en la vida política estadunidense. Su abrupto reemplazo por el nacionalismo económico norteamerica­no sería un irónico viraje de los acontecimientos, dada la devo­ción mesiánica hacia los libres mercados universales mostrada por los creadores de política estadunidense en los años recientes.3

No busco dar una receta sobre cómo debería ser reformada la economía estadunidense. Aun en el caso de que yo fuera compe­tente para hacerlo esta es una tarea que corresponde a los norte­americanos. El argumento de Falso amanecer es que ningún tipo de capitalismo es universalmente deseable. Cada cultura debería ser libre para elegir su propio estilo y para buscar un modus viven- di con las variedades de capitalismo desarrolladas por los otros.

Estados Unidos se equivocaría si intentara emular las prác­ticas singulares del capitalismo europeo o asiático. De la misma manera en que es un error imponerles sus propias prácticas. La reforma económica deberá guiarse por los valores propios de cada cultura. En el caso de Estados Unidos, esos valores son hoy más individualistas que aquellos de las sociedades asiáticas o europeas. No sostengo que Estados Unidos debería buscar la im­portación de prácticas que han sido exitosas en culturas radical­mente distintas.

La tarea en Estados Unidos podría no ser la de trazar alter­nativas para el libre mercado, sino más bien la de convertirlo en un sistema más amable con las necesidades humanas vitales. (Paradójicamente, es probable que un punto en cualquier agenda de reforma para Estados Unidos corra el riesgo de ser la exten­sión del libre mercado hacia un área prohibida: la enorme eco­nomía subterránea de la droga). Es seguro que cualquier caída fuerte en el mercado provocará un brote de nacionalismo econó­mico estadunidense, lo cual haría imposible la clase de reformas económicas, delicadas y sutiles, que se requieren actualmente.

A fines de 1997, antes de que se publicara la primera edición de Falso amanecer, escribí: “Cuando los defensores radicales del libre mercado festinan las dificultades económicas de los países asiáticos, no hacen más que exhibirse —y no es la primera vez— como miopes y arrogantes. Sin duda algunas economías asiáticas necesitan reformas de largo alcance. Pero la crisis financiera en Asia no augura la propagación universal del libre mercado. En cambio, puede ser el preludio de una crisis deflacionaria global, en cuyo curso Estados Unidos dé marcha atrás en su actual postura de apoyo al libre comer­cio y a los mercados no regula­dos, que en este momento in­tentan imponer en Asia y en el mundo”.4 Este es un pronósti­co que no veo razón alguna para alterar.

¿Japón podría preservar una cultura económica propia?

Japón es la única superpotencia económica asiática y en el futuro previsible mantendrá su posición. Como el primer país asiático que se industrializó y el acreedor más grande del mundo, tiene ventajas que no comparte con ninguna otra eco­nomía asiática. Sus altos nive­les educativos y sus enormes reservas de capital lo convierten en un país mejor equipado —quizá mejor aún que cualquier país oc­cidental— para la economía basada en el conocimiento que se impondrá en el siglo que viene. Y, sin embargo, enfrenta una crisis financiera y económica que pone en juego la existencia misma de una economía japonesa distintiva.

Sin una solución para los problemas económicos japoneses, la crisis asiática sólo puede empeorar. En ese caso, la economía mundial corre el riesgo de seguir a Japón en su declive hacia la deflación y la depresión. En este momento Japón enfrenta la caída de la ventaja competitiva de sus precios y la reducción de su actividad económica en una escala similar a la que enfrentaron Estados Unidos y otros países en los años treinta. A menos que la depresión sea superada en Japón, las perspectivas de que el resto de Asia y el mundo logren evitarla son muy frágiles.

Las recetas occidentales para los problemas económicos ja­poneses son una mezcla incongruente. Hoy, como en el pasado, las organizaciones transnacionales insisten en que Japón debe reestructurar sus instituciones financieras y económicas de acuer­do a los modelos occidentales, y más exactamente, estadu­nidenses. La solución a los problemas económicos japoneses es la norteamericanización indiscriminada. En la lógica de este aná­lisis de las circunstancias asiáticas. Japón resolverá sus dificul­tades económicas sólo a condición de que deje de ser japonés. En ocasiones esta idea se expone sin rodeos. Como señaló, aprobatoriamente, el escritor de una revista neo-conservadora norteamericana: “Estados Unidos tiene el EMI para realizar el trabajo del Comodoro Perry.”5

El resultado de una política así de occidentalización forza­da, no sería sólo el de extinguir una cultura única e irremplazable. Se destruiría también la cohesión social que ha corrido pareja con los extraordinarios logros económicos japoneses del último medio siglo, y sin resolver la crisis deflacionaria que Japón en­frenta en este momento.

Los gobiernos occidentales exigen que Japón —y al parecer sólo Japón, entre las economías industriales avanzadas— adopte políticas keynesianas. El consenso occidental afirma que Japón debe cortar impuestos, expandir los empleos públicos y admi­nistrar vastos déficit presupuestales. Al mismo tiempo, las orga­nizaciones transnacionales occidentales piden que Japón desman­tele el mercado laboral que aseguró el completo acceso al em­pleo de los últimos cincuenta años. Si Japón accediera a estas solicitudes, el resultado sólo podría ser la importación de los insolubles dilemas de las sociedades occidentales sin resolver ninguno de los problemas propios del país.

Las políticas keynesianas del tipo que los países occidenta­les actualmente intentan imponer hoy a Japón, no serán efecti­vas para aminorar el avance de la deflación. En primer lugar estas políticas no toman en cuenta la propensión cultural de los japoneses a incrementar sus ahorros en tiempos de incertidumbre. En las actuales circunstancias, el dinero liberado por la re­ducción de impuestos no circulará en consumo, sino que simple­mente se sumará a los ahorros existentes. La extendida inseguri­dad económica ha aumentado ya los ahorros en Japón muy por encima de los niveles que normalmente se consideran altos. Aun­que se creyera que las reducciones de impuestos serán perma­nentes, sólo generarán un índice aún más elevado de ahorro.

Si el ingreso liberado por la reducción de impuestos en Ja­pón se invierte productivamente, es muy probable que esta in­versión se realice en el exterior. Y el déficit de financiamiento tampoco tendrá el efecto deseado en la economía. Cuando el capital es globalmente móvil, no hay seguridad de que mayores préstamos públicos tengan como efecto estimular la actividad económica interna. Como reconoció Keynes, las políticas de fi­nanzas deficitarias son efectivas sólo cuando se aplican en eco­nomías cerradas. Cuando hay un libre movimiento de capitales, es débil el efecto nivelador de tales políticas. Como resultado, Japón se encuentra en una trampa de liquidez de la que no pue­den salvarlo las políticas keynesianas. Al parecer los gobiernos occidentales no se dan cuenta de que el régimen de libre movi­miento del capital y desregulación financiera —con los cuales han estado presionado a Japón por décadas— anulan el efecto de las políticas keynesianas que hoy buscan imponerle.

Para Japón, acceder a las demandas occidentales de desregular su mercado laboral sólo empeoraría las cosas. Si se aplica de manera consistente, la desregulación del mercado la­boral japonés a partir de cualquier modelo occidental —particu­larmente el de Estados Unidos— doblaría, quizás hasta triplicaría el desempleo. Esta es por supuesto la intención. Pero el resulta­do sería aumentar la sensación de inseguridad entre la población trabajadora que en consecuencia reforzaría la propensión japo­nesa al ahorro. De esta manera echaría abajo el propósito de re­ducir impuestos, que es estimular el gasto.

Quizá la única manera en que el gobierno japonés podría estimular el gasto sería mediante el diseño de una inflación que haga del ahorro un asunto no rentable. Pero en otros países los ahorradores han respondido a la inflación ahorrando más, aun­que pierdan dinero. No está claro por qué los ahorradores japo­neses serían distintos. En cualquier caso, el resultado inevitable de esta política sería un colapso del yen. porque provocaría en otros países asiáticos una respuesta del tipo: “donde las dan las toman”, sobre todo en China. Esta es una consecuencia temida, más que cualquier otra, por los gobiernos occidentales.

Los creadores de la política occidental no han entendido que la flexibilidad que buscan imponer en los mercados laborales japoneses va a contrapelo de las políticas keynesianas, a las que quieren obligar al gobierno japonés. Tampoco parecen percibir esto: las políticas que de modo más probable serían las más efec­tivas para estimular la demanda en Japón, lo harían al costo de desencadenar en Asia una devaluación competitiva y, por consi­guiente, el proteccionismo en Estados Unidos y Europa.

El aumento del desempleo que plantea producir la desregulación del mercado laboral, sería en Japón un trastorno social mucho más disruptivo de lo que ha sido en los países occi­dentales. Tendrá lugar en un país que no cuenta con un Estado benefactor. La experiencia de los países occidentales muestra que esto no puede construirse de la noche a la mañana.

Si Japón importa los niveles occidentales de desempleo masivo estará obligado a establecer un Estado benefactor al estilo oc­cidental. Pero los gobiernos occidentales están reduciendo al Es­tado benefactor sobre la base de que ha creado una subclase antisocial. Una vez más, se le pide a Japón que importe proble­mas que ninguna sociedad occidental está cerca de resolver.

Ya sea que Japón instale o no un Estado benefactor al estilo occidental, el aumento del desempleo sólo puede resultar en un aumento de la desigualdad económica. Con la insistencia de que Japón abandone el pleno empleo, las organizaciones transnacionales están pidiendo que el país renuncie a una de las variedades más igualitarias del capitalismo, que hasta ahora ha logrado preservar la paz social.

En contraste con los estilos capitalistas occidentales donde predominan los inversionistas de capital, el capitalismo japonés deriva su legitimidad social y política del que genera empleo. Algunas políticas instaladas por el gobierno japonés bajo la pre­sión constante de las organizaciones transnacionales de orienta­ción occidental, quizá ya hicieron insostenible ese estilo carac­terístico del capitalismo japonés.

El big-bang de 1998, en el que fueron desreguladas sus ins­tituciones financieras, fue un paso fatídico para Japón. La desregulación financiera es incompatible con la preservación del capitalismo japonés; un capitalismo guiado por el empleo.

Cuando evalúen el desempeño de las compañías japonesas, los bancos extranjeros aplicarán criterios de los accionistas, en lugar del criterio de preservación del empleo que es esencial al orden japonés. En las “joint-ventures” que incluyan firmas japonesas y occidentales, habrá una presión unilateral para que se apliquen los estándares angloamericanos de éxito y productividad. Con el tiempo, si la desregulación financiera procede según lo previsto, la intrincada red de bancos y compañías que en Japón sostienen la política del pleno empleo, corre el riesgo de desaparecer.

El efecto a largo plazo de estas presiones será el de que Ja­pón importa el desempleo al estilo occidental. Este proceso mar­caría el fin del contrato social no escrito que ha sido la conten­ción de los conflictos sociales e industriales desde los años cin­cuenta. A menos que ese contrato se renueve en una forma novedosa y sostenible, la cohesión singular de la sociedad japo­nesa comenzará a fracturarse. Japón podría seguir a otros países asiáticos en el camino de la inestabilidad política. Llegado ese punto, aunque ahora nos parezca remoto, no podría descartarse un viraje súbito y radical hacia una dirección nacionalista.

Cualquier solución de los problemas económicos japoneses debía consistir en una reforma de la cultura económica nativa más que un intento de desmantelarla. La falla en la que abundan las recetas occidentales para la economía japonesa consiste en no, asumir que Japón es, o será tarde o temprano, un país occiden­tal. No hay nada en la historia japonesa que sostenga tal expec­tativa. La historia japonesa muestra varios momentos de cam­bios abruptos en las políticas nacionales; pero ninguno de ellos ha incluido la renuncia a su cultura nativa. La modernización japonesa durante el periodo Meiji fue exitosa en gran parte porque era de creación doméstica. De manera similar, hoy la modernización económica tendrá éxito en Japón sólo si no es una política de occidentalización forzada.

Los votantes japoneses no aceptarán ninguna reforma de la economía que arriesgue la cohesión so­cial. ¿Podrá flexibilizarse el mercado la­boral japonés sin aumentar considerable­mente la inseguridad en el empleo? ¿De­bería Japón imitar otras sociedades in­dustriales avanzadas, en la búsqueda de reemprender el crecimiento económico? ¿O el mismo crecimiento económico de­bería ser redefinido en términos de cre­cimiento, pero en calidad de bienes, ser­vicios y estilos de vida? Estas son algu­nas de las preguntas que serán plantea­das y respondidas en Japón en los próxi­mos años. Pero estas preguntas no inclu­yen una solución para la crisis en curso.

El prospecto de que se agudice la deflación japonesa y que desate una depre­sión global, ya dejó de ser una posibilidad remota o hipotética. Es real y se halla al alcance de la mano. El peligro de la situa­ción actual surge de un hecho concreto: los gobiernos occidentales le piden con urgen­cia a Japón que adopte políticas que no van a librarlo de la deflación, pero que en cam­bio harán pedazos el contrato social que ha preservado la cohesión social y la estabilidad política desde la Segunda Guerra mundial.

La presión occidental para desregular los mercados ha deja­do abiertas pocas opciones para el gobierno japonés, y ninguna que no implique graves riesgos para la economía mundial.

¿Existe un futuro para las economías europeas de mercado social?

Una crisis sistémica en las instituciones globalizadas de financiamiento podría descarrilar los comienzos del euro. Pero si sobrevive a esa crisis, una divisa única le dará a la Unión Eu­ropea una presencia en los mercados mundiales que nunca antes ha tenido. Hasta ahora, la discusión se ha enfocado en los obstá­culos internos para su realización más que en sus implicaciones para la economía global. 6 Sin embargo, estas últimas son potencialmente profundas.

Una moneda única no le permite a la Unión Europea aislar­se de los mercados mundiales; pero sí crear un poder económico capaz de negociar en términos de igualdad con Estados Unidos. Si todos los actuales miembros de la UE se integran de manera definitiva al proyecto, la zona del euro será la más vasta econo­mía del mundo. El euro tendrá entonces la capacidad de disputar al dólar estadunidense el sitio de la di­visa dominante. Si el euro se establece como una moneda confiable, un colap­so del dólar se vuelve más que una pro­babilidad. Si sigue adelante, el euro trae­rá el tiempo en el que Estados Unidos ya no será capaz de prosperar como el deudor más grande del mundo. Con el tiempo, quizá bastante rápido, seguirá de modo inexorable un cambio en el equi­librio del poder económico mundial.

Es cierto que áun no están puestas las condiciones internas para el éxito de la nueva divisa. Bajo un régimen de tasa de interés única, algunos países y regiones languidecerán mientras otros prosperan. En la Unión Europea no existen las con­diciones que han permitido a Estados Uni­dos adaptarse a estas divergencias. En el presente, Europa carece de una movilidad laboral extendida en el continente y no tie­ne mecanismos fiscales para evitar los grandes charcos de desempleo que brotan en las regiones deprimidas de Europa.

Con el euro en operación, las instituciones europeas estarán obligadas a remediar estas fallas. Se verán obligadas a desarro­llar políticas que le permitan a la economía responder de modo más flexible a los imperativos y constreñimientos de un régimen de moneda única. Pero tendrán que reconocer que Europa no es —ni será nunca— Estados Unidos. La movilidad laboral estadunidense es imposible, y por lo demás indeseable, en un continente conformado desde hace mucho por diversas comuni­dades históricas. Ni, me aventuro a sugerir, habrá nunca un esta­do europeo que tenga los poderes del gobierno federal de Esta­dos Unidos. Las instituciones europeas seguirán evolucionando, pero permanecerán híbridas. Europa seguirá siendo gobernada por un equilibrio cambiante de poderes entre los gobiernos na­cionales y las instituciones transnacionales.

Los capitalismos europeos seguirán difiriendo a fondo de los libres mercados estadunidenses. Ningún país europeo —ni siquie­ra el Reino Unido— está dispuesto a tolerar los niveles de aban­dono social que el libre mercado produce en Estados Unidos por el libre mercado. Los límites entre el Estado y la sociedad civil seguirán siendo —como han sido en el pasado— permeables y negociables. La memoria histórica y los vínculos con el lugar de origen impedirán la movilidad en masa del modelo estadunidense. Por todas estas razones, el libre mercado no desplazará los mercados sociales en los países de Europa continental.

Sin embargo, los mercados sociales europeos no pueden sobrevivir en su for­ma actual. Para empezar, el desempleo se está dando en niveles insostenibles de manera indefinida (más de un 11% en toda la Unión Europea). Cuando la po­blación en su conjunto está envejecien­do, las implicaciones fiscales del desem­pleo a esa escala son graves. Los proble­mas fiscales del desempleo masivo no son, sin embargo, su principal peligro.

El desempleo masivo ha agravado la exclusión social y la alienación polí­tica por toda Europa. La mayoría de los países de Europa continental tiene influ­yentes partidos de la derecha radical. En Francia y en Austria, en parte por el apo­yo que reciben de grupos sociales ex­cluidos, los partidos de la derecha radi­cal dictan los términos del comercio po­lítico para moderar a los partidos. En es­tos países europeos, el terreno central de la política no está ya definido por los valores liberales sino por los partidos antiliberales.

En los primeros años de la divisa común, el peligro que en­frentan las instituciones europeas es que en el imaginario de los ciudadanos serán identificadas con el desempleo masivo. Los electores que perciban de esta manera a las instituciones euro­peas serán explotados fácilmente por los partidos de derecha. No es probable que en los próximos años la derecha radical ocu­pe el gobierno nacional en ningún país de la Unión Europea. Pero puede condicionar a fondo el ambiente en el cual las admi­nistraciones de centro formen sus políticas.

En esa Europa más amplia de la cual forma parte la Unión Europea, los partidos de la derecha radical pueden obtener mucho más poder. Los Estados pueden ser balcanizados fácilmente donde son débiles. Los Estados que tienen minorías significativas bien pueden ser víctimas del nacionalismo étnico. Los eventos en algu­nas partes de la Europa post-comunista son un elocuente recorda­torio de que Europa no ha agotado su capacidad de desorden.7

En un libre mercado global, los grupos sociales que han sido excluidos de la participación económica regresan para acechar la vida política como apoyadores de los movimientos extremistas. Zygmunt Bauman describió muy bien este proceso: “Una parte integral del proceso de globalización es la progresiva segrega­ción espacial, la separación y la exclusión. Las tendencias neo- tribales y fundamentalistas, que reflejan y articulan la experien­cia de la gente al recibir los coletazos de la globalización, son hijos tan legítimos de la globalización como la extensamente celebrada “hibridización de la top culture: la cul­tura en la cima globalizada”.8

Los socialdemócratas creen que los mercados sociales europeos pueden ser renovados dentro del marco del laissez faire global.9 Pero la movilidad del ca­pital a escala mundial vuelve ineficaces las políticas keynesianas, las políticas a las que recurrían en el pasado los regí­menes socialdemócratas para lograr ple­no empleo.10 El libre comercio global vuelve más difícil para el capitalismo socialmente responsable imponer los costos de regulación e impuestos. Mien­tras prevalezcan estas condiciones, los mercados sociales europeos estarán bajo la presión continua de las fuerzas del mercado global. La exclusión social y la alienación política serán peligros constantes.

Lo anterior no significa que el mo­delo de capitalismo propio del Rhin esté destinado a desaparecer. Por el contrario, el capitalismo alemán ha surgido del trauma de la unificación como la fuerza económi­ca dominante en Europa. La pregunta para el modelo del Rhin es si puede continuar subordinando los intereses de los accionistas a aquellos de los socios accionistas. Mientras las reglas del laissez faire global no se cuestionen, la respuesta será que no puede.

Los mercados globales caerán encima, inexorablemente, de los precios de las acciones de aquellas compañías que intenten lo anterior. Incluso en una Europa unificada por su moneda, el mercado social alemán no puede mantenerse como hoy. Ni en Alemania ni en ningún otro país de Europa continental sería po­sible la convergencia entre los mercados sociales y los libres mercados anglosajones. Sin embargo, es muy probable que den­tro de una generación los mercados sociales europeos sean ya irreconocibles.

La moneda única no puede aislar a Europa de las presiones competitivas —cada vez más intensas— que surgen de procesos globalizatorios que vienen de siglos. Mucho después de que el laissez faire global haya pasado a la historia, Europa todavía necesitará encontrar su sitio en un mundo alterado de modo irre­versible por la industrialización.

La moneda única tampoco puede proteger a Europa de las consecuencias del colapso económico en los países vecinos. Si Rusia se hunde en el caos después del colapso del rublo, puede que no sea inmanejable el impacto económico directo sobre los países de la Unión Europea. El impacto político y social sería con­siderable. ¿Cómo podrán países como Polonia enfrentar el riesgo de amplios movimientos de población cruzando sus fronteras al este? ¿Cómo afectaría una crisis de refugiados a tan gran escala la estrategia de la Unión Europea de ampliarse hacia el este?

La moneda única será de poca ayuda para Europa al ocupar­se de semejantes problemas. Pero le da una poderosa ventaja a la Unión Europea para responder a la crisis más vasta del laissez faire global. Si el mercado mundial comienza a caerse en peda­zos bajo presiones que ya no pueda contener, Europa será el más grande bloque económico. Su tamaño y su riqueza le permitirán presionar a favor de las reformas que limiten la movilidad del capital. Si el euro sobrevive al torbellino de los años por venir, su posición de pivote fortalecerá la voz de Europa pidiendo la regulación del comercio especulativo en las divisas. Incluso en el caso de una depresión global como aquella de los años treinta, los efectos sobre Europa podrían ser menos severos que en Esta­dos Unidos o en los países de Asia.

El libre mercado nunca tuvo en Europa la posición de man­do que ha ejercido algunas veces en los países de habla inglesa. No es inconcebible que la Unión Europea tomara el liderazgo en la construcción de un nuevo marco para la economía mundial al despertar del colapso del laissez faire global.

¿Qué puede hacerse?

Hasta ahora, aún no hay consenso de que la economía mun­dial está en crisis. Las organizaciones transnacionales y los par­tidos políticos más importantes insisten en que la depresión asiá­tica puede contenerse. No se ha entendido la necesidad de una reforma radical de la economía mundial. Esta continua falta de entendimiento asegura pesimismo ante el futuro.

La crisis asiática no se ha entendido porque, según la visión del mundo que prevalece actualmente, esa crisis no podía ocu­rrir. En esta visión del mundo, los libres flujos de capital pro­mueven la máxima eficiencia económica. La promueven aún cuando —como sucedió en Indonesia— su efecto es el de arrui­nar toda una economía. En la visión del mundo que domina en nuestros tiempos, la eficiencia económica se ha desconectado del bienestar humano.

Es necesario un cambio básico en la filosofía económica. Las libertades del mercado no son fines en sí mismos. Son expedien­tes, mecanismos ideados por seres humanos para servir a propósi­tos humanos.11 Los mercados están hechos para servir al hombre y no el hombre para servir a los mercados. En el libre mercado glo­bal los instrumentos de la vida económica se han emancipado peligrosamente del control social y de la gobernancia política.

Entre las organizaciones transnacionales hay signos de que el fundamentalismo del libre mercado comienza a cuestionarse. A veces se critica el dogma de que el capital debe tener una movili­dad sin restricciones, y de posturas similares a las del “consenso de Washington”. Sin embargo, el libre mercado anglosajón per­manece como el modelo para las reformas económicas en todas partes. La idea de que la economía mundial debe ser organizada como un solo mercado universal no ha sido aún desafiada.

La explicación última del poder del libre mercado no puede encontrarse en una teoría económica. Es una utopía recurrente de la civilización occidental. El libre mercado mundial encarna el ideal de la Ilustración de crear una civilización universal. Eso explica su popularidad —sobre todo en Estados Unidos, y de ahí su particular peligrosidad.

La globalización —la propagación por el mundo de nuevas tecnologías capaces de abolir la distancia— no confiere univer­salidad a los valores occidentales. Hace irreversible a un mundo plural. La interconexión creciente entre las economías mundia­les no significa el crecimiento de una sola civilización económi­ca. Significa que habrá que encontrar un modus vivendi entre culturas económicas que seguirán siendo diferentes.

La tarea de las organizaciones transnacionales debería ser la de confección de un marco regulatorio donde puedan florecer diversas economías de mercado. Por el momento, estas organi­zaciones hacen lo contrario. Buscan forzar un traspaso revolu­cionario sobre las divergentes culturas económicas del mundo. La historia aporta al hecho esperanzas de que el laissez faire global pueda reformarse fácilmente. Fueron necesarios el desas­tre de la Gran Depresión y la experiencia de la Segunda Guerra mundial para que los gobiernos occidentales pudieran sacudirse el dominio de una versión previa de las ortodoxias del libre mer­cado. No podemos esperar que surjan alternativas factibles al laissez faire global, hasta que haya una crisis económica de al­cances más importantes de las que hemos experimentado hasta ahora. Con toda probabilidad, la depresión asiática se expandirá a la mayor parte del mundo antes de que se haga a un lado la filosofía económica que sostiene al libre mercado global.12

Sin un cambio fundamental en las políticas de Estados Uni­dos, todas las propuestas de reforma para los mercados globales nacerán muertas. En el presente, Estados Unidos combina una insistencia absolutista en su propia soberanía nacional con un reclamo universalista de jurisdicción mundial. Tal modo de aproximarse a las cosas es totalmente impropio para el mundo plural que la globalización ha creado.

El resultado práctico de la política estadunidense sólo puede llevar a que otros poderes actuarán unilateralmente, cuando la inestabilidad del mercado global sea ya intolerable. En ese pun­to, el edificio mal construido del laissez faire global comenzará a derrumbarse.

El libre mercado global es un proyecto que estaba destinado a fracasar. En esto, como en muchas otras cosas, se parece a ese otro experimento de una ingeniería social utópica: el socialismo marxista. Ambos estaban convencidos de que la meta del pro­greso humano debe ser una civilización única. Cada uno negaba que una economía moderna pudiera presentarse en muchas va­riedades bien distintas. Cada uno estaba dispuesto a pagar un alto costo en términos de sufrimiento humano para imponer su visión única del mundo. Cada uno se ha envarado ante las nece­sidades humanas vitales.

Si tomamos a la historia como nuestra guía, podemos espe­rar que el libre mercado global pertenecerá en breve a un pasado irrecuperable. Como otras utopías del siglo XX, el laissez faire global —junto con sus víctimas— será tragado por el hoyo de la memoria histórica.     n

John Gray. Profesor de Política en la Universidad de Oxford. Colaborador de The Guardian y el Times Literary Supplement. Es autor de Enlightement’s Wake y biógrafo de Isaiah Berlin.

Traducción de María Teresa Priego

1 No todos los pensadores de la Ilustración entendieron la idea de una civilización universal en términos eurocéntricos. Para una discusión de este punto, el paradigma del pensamiento ilustrado, ver mi libro Voltaire and Enlightenment. Orion. Londres. 1998.

2 Cifras citadas por Larry Elliot a partir de las estimaciones de Dresdner Kleinwort Benson en “Fairytale turns to horror story”. Guardian, lunes 20 de julio de 1998. p. 19.

3 Para un análisis ilustrativo de las políticas de inseguridad en los Esta­dos Unidos, ver Richard C. Longworth: Global Squeeze: The Coming Crisis for First World Nations. Contemporary Books, Chicago. 1998, capítulo 4.

4 “Forget tigers, keep an eye on China”, en Guardian, 17 de diciembre de 1997, p. 17.

5 Sebastian Mallaby: “Asia’s mirror: From Commodore Perry to the IMF”, en The National Interest, número 52. verano 1998, p. 21.

6 Para una discusión seria, ver C. Fred Bergsten: Weak Dollar. Strong Euro? The International Impact of EMU. Centro para la Reforma Eu­ropea. Londres. 1998.

7 Ver M. Hunter: “Nationalism Unleashed: Le Pen Moves East”, en Transitions. Vol. 5, num. 7, julio 1998, pp. 18-28.

8 Zygmunt Bauman: Globalization: The Human Consequences. Polity Press. Cambridge, 1998, pag. 3.

9 Para una postura adecuada de esta visión socialdemócrata, ver Frank Vadenbroucke: Globalization. Inequality and Social Democracy. Insti­tuto para la Investigación de las Políticas Públicas. Londres, 1998.

l0 Para un estudio más extenso de la socialdemocracia, ver mi mono­grafía: After Social Democracy. Demos, Londres, 1996, reimpreso en mi libro Endgames: Questions in Late Modern Political Thought. Polity Press, Cambridge, 1997, capítulo 2.

11 Para una exploración filosófica útil del mercado y del bienestar hu­mano. ver John O’ Neill: The Market: Ethics, Knowledge and Politics. Routledge. Londres y Nueva York. 1998.

12 Para una crítica incisiva de las filosofías del progreso económico en el libre mercado, ver Richard Bronk: Progress and the Invisible Hand. Little. Brown and Co.. Londres. 1998.

Esos cristianos de Oriente

Parabólica

Esos cristianos de Oriente

Por Carlos Castillo Peraza

Los reflectores de todo el mundo comenzaron a ¡luminar los rostros severos, ajados, barbados y coronados con extrañas tocas de los dignatarios de las olvidadas iglesias cristianas “de Oriente”, desde el momento en que los regímenes del “socialismo real” sufrieron las primeras fracturas, prólogos de sus ulteriores derrumbes. Los conflictos que desde hace algunos años sacuden y ensangrientan los Balcanes —y que tuvieron su expresión más espectacular en Serbia y Kosovo hace apenas unas semanas— han llevado de nuevo a los medios de información europeos el tema de esas agrupaciones religiosas. La conocida psicoanalista Julia Kristeva, por ejemplo, se ocupó del asunto en el diario parisiense Le Monde. Por su lado, Giorgio Ieranó abordó el tópico en el semanario italiano Panorama. Durante los últimos días de junio, la muerte de Gareguin I,”katolikós de todos los armenios”, acaecida en Erevan, atrajo la atención del cotidiano madrileño El País. Este mismo periódico publicó, a principios de julio, una interesante entrevista con el patriarca Pavle, máximo dirigente de la iglesia ortodoxa serbia, en la que los lectores pudimos enterarnos de que el viejo prelado —85 años de edad— advierte del riesgo de guerra civil en su país “si Milosevic no dimite”.

Se acusa a tales iglesias de mezclar indebidamente nación con religión y, de este modo, ser las promotoras de las crisis que han ensangrentado la región balcánica. También de ser cultoras de una teología sacrificial que impulsa a sus creyentes a inmolarse incluso bajo las bombas de la OTAN. Se recuerda a algunos de los desquiciados personajes de Dostoievski. entre místicos, locos y suicidas. Se evoca el colaboracionismo de algunos personajes clericales con los regímenes totalitarios que mantuvieron sometidos más de medio siglo a millones de seres humanos…

Tal vez resulte útil recordar algunos datos, para entender mejor y más allá de las imágenes deformadas o pintorescas de popes, monjes, iconostasis, cruces dobles, incensarios, ermitaños, estilitas, vagabundos, starets, lámparas de aceite, patriarcas enjoyados, cúpulas doradas y jóvenes ensotanados tan rubios como bizcos, de dónde vienen, qué son, cuántos son y dónde están los “cristianos orientales”. No está de más evocar que entre ellos hay dos que han hecho ruta notable en la política internacional contemporánea: Butros Ghali, excanciller egipcio de confesión cristiana copta, que llegó a Secretario General de las Naciones Unidas, y Tarik Aziz, iraquí bautizado en el cristianismo caldeo, omnipresente junto a Sadam Husein y alguna vez ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Bagdad.

Los “cristianos orientales” vienen de lejos en el tiempo. Son descendientes de las comunidades cristianas que, dentro del imperio romano, mantuvieron el uso de la lengua griega, y de las que fueron fundadas cerca o un poco más allá de los confines orientales de aquél, poco sometidas al poder de Roma y poco afectadas por el desplome del poderío imperial. En su ámbito se dieron las disputas en torno de la naturaleza de Cristo: si era sólo Dios, si era sólo hombre, si era tan Dios como hombre, y cada pleito tuvo nombre de teólogo o de obispo: Arrio, Nestorio, Clemente, Gregorio, Severo, Dióscoro…

En Egipto y Etiopía quedaron y permanecen los coptos; en Irak y en Siria, los caldeos; en la India, a partir de una comunidad de emigrantes sirios que se atribuyen haber sido evangelizados por el apóstol Tomás, los malabares o sirio-malabares; en Siria, Líbano y Jordania, los maronitas; también en Siria, los jacobitas; la iglesia apostólica de Armenia, en la región y país de este nombre, acosada por persas y otomanos. Cada disputa tuvo sus facetas teológicas, sus enredos políticos y a veces hasta sus masacres, e ocasiones con cruzados y en tiempos sin éstos e incluso contra éstos. Como signos de puntuación de esta compleja historia pueden salpicarse los nombres de las ciudades donde se formalizó el debate en concilios: Nicea (325), Constantinopla (381), Efeso (431), Calcedonia (451), Dvin (506)… El emperador Justiniano, en el siglo VI, fijó en su cébre código jurídico los cauces de organización para los cristianos. Los dividió en cinco patriarcados —se les conoció como la pentarquía— cuyas capitales o sedes serían Roma, Constantinopla (la Bizancio de los bizantinos). Alejandría. Antioquía y Jerusalén.

Bizantinos fueron y de Tesalónica salieron con el ánimo de evangelizar a los pueblos vecinos del Danubio, dos frailes: Cirilo y Metodio. Su éxito fue doble: como predicadores y como fundadores de la escritura en aquellas regiones. Al nombre del primero se debe el del alfabeto que desde el siglo IX y hasta hoy usan los eslavos: el cirílico. Su labor de alfabetización y cristianización tuvo un foco difusor: Bulgaria. De allí el cristianismo saltó a Kiev, donde el príncipe Vladimiro decidió hacer del Estado ruso una nación cristiana en el siglo X. De Grecia —del famoso Monte Athos— vino la espiritualidad monástica que impregnó al cristianismo ruso, rumano, serbio, moldavo, georgiano… En 1589 nació el patriarcado número seis: Moscú. De mujeres y hombres de estas tierras están hechas las iglesias cristianas orientales llamadas “ortodoxas”.

Las iglesias ortodoxas cuentan hoy con 200 millones de bautizados, desigualmente repartidos entre 15 iglesias “autocéfalas”, es decir, que se gobierna cada una a ella misma, y no tienen un jefe de todas, un “Papa”. Se ostentan como “patriarcados” y tienen sus respectivas sedes en Constantinopla (primada honorífica), Alejandría (Egipto), Antioquía (residencia en Damasco), Jerusalén. Moscú. Georgia, Serbia, Rumania, Bulgaria, Chipre. Grecia, Albania y Polonia. Los dos faltantes tienen que ver con la antigua Checoeslovaquia (ahora dividida en dos países) y con la emigración ortodoxa: el último patriarcado tiene su sede en Washington y atiende a los “ortodoxos” de toda América, mayoritariamente asentados en Estados Unidos y en Canadá.

Para los cristianos ortodoxos, los separatistas y separados son los católicos romanos, a quienes llaman —cuando el ecumenismo no atempera los ánimos de los unos y los otros—, “cismáticos”. Sus ritos difieren de los occidentales. Se bautizan por inmersión, como Cristo en el Jordán. El pan que utilizan para la consagración de la misa tiene levadura. Admiten el divorcio hasta por tres veces. El celibato de los clérigos no es norma absoluta, aunque sí lo es para los obispos. Los monjes no se cortan la barba ni los cabellos. Su fiesta más subrayada es la Pascua, no la Navidad. María es la madre de Dios, pero no creen en la inmaculada concepción. Les son extrañas las “indulgencias” católicas y el rigorismo moral protestante. Desconfían del racionalismo teológico. Mantienen un gran sentido del misterio: por eso los sacerdotes celebran la liturgia separados de los fieles por un cancel lleno de imágenes —iconostasis, frontera entre el mundo visible y el invisible—, y aquéllos sólo escuchan las plegarias y los cánticos en los que participan respondiendo a los ministros del culto.

Mantienen, en consecuencia, lo corporal —muchas imágenes para ver, mucho incienso para oler, muchas lámparas para iluminar, muchos coros para escuchar: nunca han sido iconoclastas— y lo espiritual-misterioso-místico que llega a veces a excesos en su ascetismo: en el siglo XVII, algunos monjes se prendieron fuego para protestar contra las reformas a los ritos. Sin embargo, desmesuras aparte, esta mezcla de sensorialidad y espiritualidad sigue fascinando a muchos: el escritor Bruce Chatwin, muerto en 1989 apenas de cuarenta años, fue un converso que solicitó funerales de rito ortodoxo y pidió ser sepultado en el Monte Athos. Para sus fieles, la iglesia ortodoxa —escribe Ieranó— “tiene como tarea conducir a los hombres a la comunión con Dios y no la de combatir el hambre en el mundo ni ser una organización humanitaria”.

En relación con las acusaciones de vincularse demasiado al poder político —el “césaropapismo”—, habría que recordar que, por sus conflictos con los católicos occidentales durante las cruzadas, los ortodoxos llegaron a preferir “el turbante del turco a la tiara del Papa”; que en el Monte Athos hay un monumento a los monjes quemados vivos por el emperador Miguel VIII por oponerse a un acuerdo con Roma; que sólo a partir de la desintegración del imperio turco dio inicio en los Balcanes el furor religioso-nacionalista y que éste tiene más que ver con el pensamiento occidental inspirado en Herder, que con la teología ortodoxa.

Ieranó recuerda, con un dejo de ironía, que en 1833 y contra la voluntad del patriarca griego, Grecia constituyó su iglesia nacional autocéfala. “El jefe de esta iglesia nacional, el campeón de la simbiosis entre patria y religión, era el rey: se llamaba Otto von Wittelsbach, había venido de Bavaria y era. detalle inolvidable, un católico”.                                       n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Autor de Disiento.

El Clima

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

 EL CLIMA

GASTRONOMÍA

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

En recuerdo de Galo Gómez

La antigua necesidad de comer lo que está de temporada la suplieron los supermercados con su surtido globalizado y peren­ne. Quién sabe de dónde sacarán el cuitlacoche en marzo, pero cuitlacoche hay, y duraznos en diciembre también. Y aunque en México no ha llegado ni como turista un solo salmón vivo ja­más, ya podemos comer pescado color de rosa aquí también, y todo el año. Y sin embargo sabe mejor el cuitlacoche en julio, y el salmón en su lugar.

No se trata solamente de la frescura de los ingredientes: el clima en sí, y los rituales de cada temporada, le dan tanto sabor al guiso como la sal.

Es verano en París, y en estos días de calor abrasante sólo se le ocurre pedir el foie gras del menú al más despistado turista. Es invierno en Santiago de Chile, y los comelones se debaten: ¿un congrio frito con papas y un buen vino tinto en el boliche de la esquina para hacerle contrapunto al frío? ¿O será mejor entre­garse de plano al espíritu de la helada llovizna? En ese caso toca embufandarse e irse a instalar en un puesto del mercado Central para regalarse con una docena de ostras fresquísimas y un vino blanco bien frío.

Así, sabiamente, el mismo paladar pide combinar los place­res de la mesa con el clima. El foie gras exige el invierno —la neblina, las luces festivas en los aparadores, las agudezas del apetito acicateado por la primera helada— para entregarnos su lento, mantecoso esplendor. En Madrid un gazpacho sí hace el verano, pero sin el verano—sin la opulenta madurez del jitomate, el complicado perfume del ajo nuevo, la frescura recién estrena­da del cohombro— esta gloria helada sabe a cáscaras rescatadas de la basura del día. Quien pida una sopa de cebolla gratinada en los calores del agosto francés es un pervertido. Quien deje de pedirla en noviembre también. (Esa otra manera que practican

los chilenos de convivir con las estaciones yéndose a comer os­tras frías en pleno invierno tiene que ver no con la perversión sino con la poesía y el chamanismo: comer unas ostras presenta­das en su cama de hielo es entrar en comunión con la temperatu­ra. el color y el exacto sabor del mar Pacífico invernal; beber vino blanco ligero y helado es convertirse en lluvia.)

En México tenemos solamente dos estaciones —lluvia y se­cas— y ahora, en San Cristóbal de las Casas, donde me encuen­tro, llueve. Llueve con magníficos efectos teatrales —relámpa­gos, nubarrones— y con frío. Es una lluvia que inspira a inven­tar chimeneas, chales y sopas, y fue precisamente al lado de una chimenea chisporroteante, envuelta en un chal, oyendo al cielo derrumbarse del otro lado de la ventana, que me sirvieron una sopa tan reconfortante, tan perfectamente calibrada a la tempe­ratura y al ambiente, que dan ganas de que llueva todo el año para poder seguirla disfrutando. Es la clásica sopa de pan coleta, o sancristobalense. Según doña Asunción Trejo, que fue quien la preparó, a pesar de que es sencilla se sirve en los cumpleaños y los domingos. Es costumbre por estos lados servirla junto con un mole, pero así como me la ofrecieron en una cena, sin más acompañamiento que un vino, me pareció inmejorable.

Para prepararla igual que Doña Asunción habría que conse­guir un poco de manteca de cerdo, un buen caldo de guajolote y bolillo del mejor (esto último es clave, porque si no, uno acaba cenando sopa de algodón mojado, pero últimamente yo sólo en­cuentro buen bolillo en provincia). Claro que también harán fal­ta el aguacero, la chimenea, y hasta un dolor de estómago como el que yo traía, para sentir cómo se esfuma a la segunda cuchara­da. Con esto entramos de nuevo en el tema del clima y los ingre­dientes. Pero ya se sabe que las más de las veces leemos una receta para saborear no el guiso, sino la fantasía.

sopa de pan de doña asunción (para cuatro personas)

• Tres bolillos rebanados en rodajas gruesas y bien tostadas.

• Tres huevos duros, cortados en rodajas.

• Dos zanahorias grandes, peladas y rebanadas al sesgo.

• 100 gramos de chícharo pelado y limpio.

• 100 gramos de ejote, limpio y rebanado finito, al sesgo.

• 250 gramos de jitomate picado.

• Media cebolla picada.

• Dos cucharadas de manteca de puerco.

• Un litro de caldo de guajolote, que habrá hervido a fuego lento quince minutos con:

• Una rajita de canela.

• Una ramita de orégano del jardín.

• Una pizca de tomillo.

• Una pizca de pimienta negra.

• Dos cucharaditas rasas de azúcar.

• Se cuecen las verduras, de preferencia al vapor, hasta que que­den tiernas.

• Se sofríe el jitomate con la cebolla en la manteca y se alistan los demás ingredientes de manera que todo esté al hervor a la hora de ensamblar la sopa.

• Se colocan las rodajas de pan tostado en capas en el fondo de una cacerola de unos treinta a cuarenta centímetros de diámetro. Deben quedar de tres a cuatro capas de pan. (Mientras más grue­sa sea la cacerola, mejor, para que conserve el calor de la sopa.)

• Se distribuye la verdura cocida encima del pan y se colocan al final las rodajas de huevo.

• Se vierte encima el sofrito de cebolla y jitomate y se baña todo con el caldo hirviendo. Se sirve inmediatamente. Se me ocurre que en el DF, donde hace menos frío, no estaría mal tener ya en la mesa una ensalada de lechuga, jitomate y aguacate.    n

Alma Guillermoprieto. Escritora. Entre sus libros. Samba (Knopf. 1990) y The Heart that Bleeds (Knopf, 1994)

El Fin de la Ideologia

SOCIAL-DEMOCRACIA

¿EL FIN DE LA IDEOLOGÍA?

POR MARÍA AMPARO CASAR

Los gobiernos social-demócratas de Alemania y Gran Bretaña ofrecen una alternativa política conocida como Tercera Vía.

¿Qué tan novedosa es?

Después de un largo periodo de go­biernos conservadores en Europa y en Es­tados Unidos y de reformas neoliberales en América Latina, los partidos de corte socialdemócrata han retomado el liderazgo. En el último lustro del siglo XX quedaron atrás las casi dos décadas del predominio de los gobiernos identificados con el neo- liberalismo, thatcherismo o reaganomics. Gran parte de los países de Europa occi­dental —una excepción importante es Es­paña— están hoy gobernados por partidos que comulgan con el credo tradicionalmente adoptado por la social-democracia. Con la llegada al poder de Tony Blair y de G. Schroeder se ha dado un esfuerzo sistemá­tico por presentar como una nueva alter­nativa lo que el primero denomina la Ter­cera Vía y el segundo el Nuevo Centro (Die Nene Mitte). Ambos gobernantes se han hecho cargo de la cruzada para convencer al resto del mundo de las bondades de sus planteamientos.

Como parte de este esfuerzo, el mes pasado apareció en los principales diarios de Europa una declaración conjunta firma­da por el Primer Ministro Británico Tony Blair y el Canciller alemán Schroeder. Su propósito: convocar al resto de los socialdemócratas a unirse al ímpetu modernizador y a trabajar para construir el éxito de la social-democracia en el siglo XXI.

Estos gobernantes tienen un doble reto. El primero es no alienar a sus propios mi­litantes y votantes tradicionales al alejarse de los principios y políticas que hasta hace poco habían sostenido. Ahora mismo, Tony Blair sufre el embate de parte de un buen número de parlamentarios laboristas que le exigen corregir el rumbo, volver a virar hacia la izquierda y no concertar una alian­za con los liberal-demócratas. El segundo —de mucha mayor envergadura— es de­mostrar que su proyecto es, al mismo tiem­po, distinto, viable y sostenible.

Capitalismo con rostro humano, subsidiariedad del Estado, nueva izquier­da o nuevo centro, matrimonio entre capi­talismo y socialismo son todas etiquetas nuevas y no tan nuevas para denominar a esos valores que la social-democracia con­cibe como permanentes y que desearía no sacrificar: justicia social, libertad e igual­dad de oportunidades, solidaridad y respon­sabilidad. Pero ¿cómo combinarlos con una filosofía de mercado? ¿Cómo liberarse de la camisa de fuerza que supone adscribirse a una ideología determinada? ¿De qué se trata esta nueva propuesta?

Blair y Schroeder parten de una pre­misa: “las debilidades del mercado se han sobrestimado y sus fortalezas se han sub­estimado”. A partir de ella y, desde luego, del reconocimiento de los cambios en la economía internacional, se embarcan en una fuerte autocrítica de algunos de los principios y políticas tradicionalmente pro­movidas por la social-democracia. Estas políticas y principios que hoy se descubren erradas o desatinadas, son precisamente aquellas con las que acostumbrábamos identificar a la social-democracia.

En el campo de los principios, la autocrítica apunta en dos sentidos. Por una parte va dirigida al reconocimiento de que a menudo “se olvidó la importancia de premiar el esfuerzo y la responsabilidad”; de que se asociaron con “el conformismo y la mediocridad” más que con “la creati­vidad, la diversidad y la excelencia”. Por la otra, a que frecuentemente “los dere­chos se elevaron por encima de las res­ponsabilidades”. La propia autocrítica se­ñala el camino a seguir: revalorar al indi­viduo en sus capacidades y responsabili­dades.

En el ámbito de las políticas, también se registra un viraje importante. Aunque a diferencia del socialismo la social-demo­cracia no perseguía la estatización absolu­ta y la planificación central, durante los años sesenta y setenta favorecieron la ex­pansión del Estado y el gasto deficitario. Los objetivos de crecimiento y pleno em­pleo se traducían en políticas basadas en el manejo de la demanda agregada. En el tras- fondo de las políticas se revelaba una con­fianza básica en que el Estado no sólo de­bía sino podía intervenir de manera exitosa para asegurar el crecimiento, el desarrollo y la distribución más equitativa de los re­cursos.

Sin abandonar estos propósitos, los go­biernos social-demócratas de hoy recono­cen que la intervención del Estado debe restringirse, el papel del empresario ampliarse, el gasto público medirse no por su monto sino por su efectividad. El prin­cipio no es gastar más sino mejor, donde mejor significa, además de servicios pú­blicos de calidad, permitir la expansión de las capacidades del individuo.

La conexión entre ambos campos, el de los principios y el de las políticas, es evidente y de importantes consecuencias. El ejemplo más claro lo proporcionan ellos mismos. La creencia generalizada de que el Estado debía hacerse cargo de las im­perfecciones del mercado llevó a su expan­sión desproporcionada y a distorsionar el balance entre lo individual y lo colectivo. A su vez, esto llevó a que valores como “el logro personal, el espíritu empresarial, la responsabilidad individual y el espíritu comunitario” quedaran subordinados a “salvaguardas sociales universales”.

Los propósitos manifiestos de la de­claración de Blair y Schroeder son, en rea­lidad, aspiraciones universales. Son los mismos a los que cualquier gobierno de cualquier filiación se adhiere: promover la prosperidad, el empleo, la educación, el avance tecnológico, la igualdad de oportu­nidades y la cohesión del cuerpo social.

Sin embargo, las vías que se proponen para alcanzarlos tienen un mayor aire de familia con las propuestas de sus antece­sores neoliberales que con su antigua tra­dición: inversión en capital humano, reduc­ción de la burocracia en el sector público, alentar el espíritu empresarial, fuerza de trabajo calificada, flexibilidad del merca­do laboral y de capitales, expansión de las oportunidades laborales, apertura comer­cial, política impositiva que incentive la in­versión, reducción de los costos laborales no salariales, desregulación, finanzas pú­blicas sanas.

Las reflexiones anteriores no consti­tuyen una crítica a la modernización de la social-democracia europea sino el recono­cimiento de que, como lo apuntan el pro­pio Blair y Schroeder, “la gente quiere po­líticos que aborden los problemas sin preconcepciones ideológicas y que, apli­cando sus valores y principios, busquen so­luciones prácticas a través de políticas ho­nestas, bien diseñadas y pragmáticas”. ¿Constituye esto el fin de la ideología?   n

María Amparo Casar. Directora de la División de Estudios Políticos del CIDE.

La Imaginacion Historica de Hector Mauleon

RETRATOS CON PAISAJE

LA IMAGINACIÓN HISTÓRICA DE HÉCTOR DE MAULEÓN

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

La perfecta espiral (Cal y arena, 1999) es un libro de cuentos concebido por un perfeccionista en el entramado y el lenguaje. Es, también, un tributo a la inteligencia literaria.

Me declaré entusiasta de la prosa de Héctor de Mauleón antes de conocer sus cuentos, por sus reportajes, ensayos o re­latos históricos publicados en Crónica. Creo que es el mayor, si no el único cronista que ha aparecido en México durante los años noventa.

Como se sabe, ese género misceláneo llamado “crónica”, que logró su veranillo literario a finales de los años setenta, se deshilachó muy pronto en textos irrespon­sables, sentimentales o ideológicos, a cau­sa de los lamentos y furias periodísticos que atronaron la prensa nacional a partir del temblor de 1985 y de las enconadas anda­nadas partidarias entre priistas y expriistas. Llegó a ser punto menos que ilegible.

De Mauleón se inventó, quién sabe cómo, un canon diferente: revaloró la eru­dición, la tenaz investigación hemerográfica; el cronista ya no sólo agarraba y ha­blaba al vuelo de sus ocurrencias, sino que sabía mucho de su asunto. Soslayó el len­guaje coloquialista arrebatado, instantáneo, casi automático, que se había vuelto epi­demia entre los cronistas, en favor de una prosa estricta y templada, pero dueña de una libre naturalidad. Y se retiró un poco de las unánimes llagas contemporáneas, tan venalmente explotadas por la codicia de los partidos políticos, para recuperar, como cronista, momentos intensos del pasado mexicano. Ha de tener en los cajones de su escritorio material suficiente para varios excelentes libros de crónica.

Ahora sabemos que se trataba de las crónicas de un cuentista. Un narrador per­feccionista en el entramado y el lenguaje de cuentos fantásticos, a ratos casi mate­máticos, con juegos de espacio y tiempo, en los que el pasado invariablemente se une con el presente a través de los pasadizos secretos del amor, el misterio, el terror. Son verdaderas invenciones: artefactos meticu­losamente fabricados para abolir el mundo concreto, algo superficial, y poblarlo de enigmas intensos.

La inteligencia sonríe en ellos con pro­sa impecable, y las emociones profundi­zan su estremecimiento sin efusiones, con una admirable economía de recursos. Una prosa sin reiteraciones ni énfasis: sabe lo­grar grandes efectos con pocas palabras. Y una ambiciosa modestia: más que innovar, ha retomado la tradición del cuento fan­tástico de Borges. Bioy Casares y Cortázar (no menos olvidada que superficialmente celebrada), con sus exigencias intelectua­les y estéticas.

Un edificio decó de departamentos en la Colonia Condesa, con su monumental escalera en espiral, se convierte en una trampa para repetir un pasado atroz, con las atmósferas de tragedia y horror que parecen no haberse desvanecido de sus muros. Sé que no se debe atribuir al autor los hechos ni dichos de sus personajes, pero me imaginé a De Mauleón por rasgos que comparte con el protagonista: el periodis­mo, la incontinente nostalgia del pasado. Ahí andaba por la espiral de los suicidas, a punto de caer en el pozo macabro de un pasado sangriento. Lo vi con chamarra y a colores, subiendo. Pero en mitad de la es­calera se encontró con otra “perfecta espi­ral”. Alguien, muy parecido a él, pero en blanco y negro, con elegante traje de 1953, escapaba de un crimen de alcoba. Se trata­ba del actor David Silva, quien, azorado, imaginó que regresaba, cuarenta y tantos años después, disfrazado de periodista blasé, a confesar en un cuento en clave un crimen que creía perfecto. “¡Maldita sea, exclamó David Silva; yo que tantos héroes rudos he sido, voy a terminar de literato!”. No sé bien si, después de este enfrenta- miento, De Mauleón y David Silva intercambiaron identidades, o si cada cual pudo escapar con la propia por su particu­lar pasadizo del tiempo.

Los personajes masculinos de este li­bro suelen ser tristones, solitarios, escépticos, y se esfuerzan por hablar y compor­tarse de un modo algo arisco. Humphrey Bogart. A ratos “huyen del futuro y de la profesión” y de sus desaseados departa­mentos de soltero, a través de fiestas ácidas donde los tiempos se sobreponen, como la delirante Susana Ferrán (acaso bisnieta de la Aura de Fuentes), a su vez fugitiva del presente, revestida y difuminada con el vestuario teatral del pasado.

De Mauleón escoge personajes-ante- na, que atraen las “corrientes secretas” de historias antiguas que parecen fluir a su lado, y de las que se vuelven observadores o víctimas intensos durante los momentos-antena de soledad o de tristeza amorosa. El problema del Hombre Hueco es que se ve acechado por todo tipo de extempo­ráneos contenidos espantosos, fantasmas que lo espían para habitarlo al menor des­cuido.

Como lo obsesiona el pasado colonial, al que a ratos idealiza como cronista, y el siglo XIX, se vuelve un compañero incó­modo para visitar museos. Si alguien lo acompañara a ver. por ejemplo, la famosa imagen del Puente de Roldán, podría ver­se en la misteriosa situación de salir solo del museo: De Mauleón se habría incorpo­rado a la litografía, en plena acequia, a lo mejor como marchante de rábanos en una trajinera —habrá que comprobar si lleva una C tatuada en la planta de un pie—, por obra y gracia de “un humo que iba atrave­sando el tiempo”.

Realmente espero que De Mauleón haya salido íntegro de sus visitas al Museo de Antropología; no sea que los turistas ja­poneses vayan a fotografiar a un Héctor de Mauleón sacrificado por Huitzilopochtli. y estemos aquí departiendo, muy quitados de la pena, con el auténtico y terrible Cópil, origen del sanguinario imperio azteca, cuyo corazón produjo las tunas del escudo na­cional.

Lo que sé de cierto es que en uno de los cuentos que más me gustan, “Ciudad dormida”, la terrorífica escena de la No­che Triste reaparece en la tierna imagina­ción de unos niños de primaria que asisten a dos espectáculos insólitos: la excavación intensiva de la ciudad para realizar las obras del metro y una manifestación reprimida. Supongo que habla de 1971. Las entrañas de la ciudad azteca al descubierto y la vio­lencia desatada reinstauran el caos de la conquista de México en la imaginación febril de los niños, tan estudiosos de su Historia Patria. Esta visita a los sótanos prehispánicos o de la conquista no me pa­rece en modo alguno inferior a las céle­bres de Fuentes con el Chac Mool, de Ele­na Garro con su moderna dama enamora­da de un nativazo tenochca y de José Emi­lio Pacheco con sus aztecas en la madru­gada de los túneles del metro.

En este cuento de Héctor de Mauleón el juego de tiempo y espacio es doblemente efectivo, pues no se trata sólo de un hábil trueque de simetrías, sino de una verosímil obsesión infantil. Celebro en especial que los niños, al saber que en la Noche Triste los españoles huyeron por la calzada de Tacuba, los imaginen corriendo, ensangren­tados y empavorecidos, frente al Cine Tlacopan; que los aztecas melenudos, seminudistas y decorados con tan raros aba­lorios, les parezcan hippies; y que traten de calmar las iras del Conquistador, fantasma escondido en un cuarto de trebejos de la es­cuela, con pertinentes ofrendas de chicles, supongo de marca Adams —menta, yerbabuena, canela, violeta y tutifruti.

Otro de los mejores textos de La per­fecta espiral, “El norte ignoto” (“El norte era como el mar”), asombra por su prosa de cronista de Indias, totalmente verosímil; de modo que el lector se deja llevar por entero a los primeros tiempos del virreinato, y cae de bulto en el pozo del tiempo histórico sólo para encontrarse de repente entrampado por un juego fantásti­co, con villistas y todo. Ese norte desértico que se traga a los aventureros, lo mismo a los conquistadores de las Ciudades de Oro que a los revolucionarios, une los tiempos en una común metáfora de la desolación, la sed, el hambre, la muerte de consunción bajo el solazo arenoso y seco.

Si Héctor de Mauleón ha enriquecido el periodismo, la crónica, con su rigor ver­bal y su imaginación de cuentista, ha po­blado de historia, en reciprocidad, sus re­latos fantásticos. Se diría que sus tramas son otra manera de disfrutar su pasión de historiador. Pero una maldición suele cernirse sobre los historiadores: la codicia de las antigüedades, el coleccionismo. Al­gunos de sus personajes lo sufren.

De repente tienen en el armario el ver­dadero espejo de Tezcatlipoca, abierto a las premoniciones y a los fantasmas fatídicos; o un espejo ciego, que no devuelve la ima­gen. hasta que alguien descubra su terrible secreto; o un espejo especializado en el pasado, en el que Don Porfirio no ha re­nunciado ni perecido jamás.

A veces la Historia Patria le queda chica. En un texto poco conocido. “Tres días y un cenicero”, Juan José Arreóla en­cuentra una estatua de Venus, dudosamen­te grecorromana, en una laguna de Zapotlán, cuando sus personajes pueblerinos apellidados Pato andan cazando patos; la lúbrica diosa arma todo un lío municipal. Un personaje de Héctor de Mauleón en­cuentra una estatua babilónica en un tianguis, con un libro árabe, y habremos de compadecer a su pobre esposa, cuando descubre que su casa empieza a impreg­narse de una atmósfera espesa de arcaica lubricidad sagrada y prostibularia. La pa­sión por la historia no es impune. No pro­duce solamente conocimientos escuetos; efectivamente filtra, por los intersticios del texto o de la imagen, ideas y pulsiones se­cretas, tan terroríficas o abominables para nuestra civilización, como podrían serlo el condón, el hot dog, el chili con carne, la tele o la bomba atómica para Alejandro Magno.

Pobre señora: ¡que su esposo, con la coartada de historiador, se encierre a piedra y lodo en su estudio para rendir no se sabe qué comprometedores cultos a Astarté, la diosa de la prostitución tumultuaria!

En otro cuento la obsesión por la his­toria llega al paroxismo. El suicidio de un historiador del teatro frivolo de principios de siglo lleva a uno de sus amigos a eri­girse, a su vez, en historiador del difunto —un historiador del historiador—, para descubrir que los documentos y fotos de una coplera de ochenta años atrás, cobra­ron mayor realidad para el estudioso de las divas que la vida presente. El estudioso no dudó, ayudado por una cita de Sófocles, para alcanzar el pasado en la muerte, que los colecciona todos. ¿Y ella? ¿No habrá viajado ochenta años para encontrarlo? ¿No se habrán cruzado fatídicamente, sin ver­se, en el camino?

En otras ocasiones el autor, más cau­to, queda en el umbral de la fantasía. Una mujer aprensiva viaja en metro, temiendo perderse en no sé qué mundos paralelos dentro de los túneles, pero al menos esa tarde no cae en ellos: tan sólo siente, con escalofrío, su posibilidad. Un nieto asiste, de niño, al amor del abuelo por una difun­ta; el llamado de la novia esquelética se­guirá resonando en sus sueños de adulto.

La perfecta espiral es un libro que no sólo respeta, sino reta a la inteligencia del lector. Todos sus cuentos son antologables.  n

Año 2000. ¿Escenarios automáticos?

Año 2000 ¿Escenarios automáticos?

Por Jorge Buendía Laredo

Las recientes elecciones en Nayarit y el Estado de México se han instalado en la mente de algunos analistas como paradigmas que guiarán la elección del 2000. ¿Cuánto de probable hay en eso?

Las pasadas elecciones para gobernador en los estados de México y Nayarit se han constituido en punto de referencia para imaginar algunos escenarios posibles de la próxima elección presidencial. Algunos, incluso, han llegado a plantear que, dependiendo de la estrategia de la oposición, el 3 de julio del 2000 estaremos frente al caso nayarita (victoria de una coalición opositora) o al caso mexiquense (victoria del PRI). ¿Qué lecciones se pueden desprender de ambos comicios con miras a la elección presidencial?

1.- El PRI triunfa en virtud del desmedido uso de recursos públicos y privados. Su victoria es ilegítima e inaceptable.

El rechazo opositor al triunfo priista en el Estado de México muestra la fragilidad que puede tener en nuestro país el método electoral como sistema para decidir quién gobierna. Si el procedimiento es válido únicamente en función de los resultados (derrota del PRI o victoria del PRI con amplio margen de ventaja) no se vislumbra un panorama positivo para la próxima elección presidencial. Incluso si el PRI pierde, puede utilizar las mismas tácticas de la oposición y no reconocer al triunfador. Por otro lado, la justificación panista de que los votos del PRI no son falsos pero sí ilegítimos es preocupante: rompe el principio básico de toda democracia, “un hombre, un voto”. En la lógica del argumento panista hay un tipo de votos, o de individuos, que valen más que otros, lo cual tiene un aire de democracia censitaria en el más puro estilo de los siglos XVIII y XIX.

El eje central del reclamo panista se basa en la convicción de que la victoria del PRI se debió a la existencia de una amplia estructura clientelista. Al margen de la veracidad de esa afirmación, cabe recordar que los fenómenos clientelistas ocurren en diversas partes del mundo, incluyendo democracias, como producto de la desigualdad social. Los partidos mexicanos y sus gobiernos no han sido ajenos a estas prácticas (recordemos el programa “Jalemos Parejo” en Chihuahua o la leche Betty en el DF). Una debilidad del argumento clientelista es su incapacidad para explicar por qué, ante la presencia de estructuras de control político similares, el ganador de los comicios varía de una elección a otra. Si el clientelismo es tan efectivo, ¿por qué Cárdenas ganó en el Estado de México en la elección presidencial de 1988, particularmente si todo mundo parece coincidir en que en esa elección el PRI utilizó todos los recursos a su favor?

El argumento clientelista es profundamente paternalista: el votante está indefenso ante el gobierno y los partidos. La mejor respuesta a esta posición la dio el mismo PAN en la elección para gobernador de Veracruz en 1998. Reconociendo la autonomía y libertad de decisión de los individuos, el PAN propuso: “toma lo que te dan pero vota por el PAN”. Dicha libertad de decisión se le niega ahora al votante mexiquense.

¿Se puede minimizar la posibilidad de un conflicto postelectoral en el año 2000? Si el comportamiento opositor es similar al observado en los comicios de este 4 de julio, dicho escenario dependerá del resultado de la elección. El margen de victoria, sin embargo, parece ampliado: los siete puntos de ventaja del PRI en el Estado de México n parecen suficientes. Ni un sistema electoral de segunda vuelta puede hacerle frente a esta situación.

Las constantes impugnaciones de los partidos ponen de manifiesto el alto costo que les significa perder una elección. La naturaleza mayoritaria del sistema electoral mexicano, “el ganador se lleva todo”, incrementa los costos propios de toda derrota electoral. En varios sistemas parlamentarios de Europa continental se minimiza el costo de la derrota al otorgar algunos puestos públicos a los partidos perdedores con mayor número de votos. En un sistema presidencial, o para el caso a nivel gubernatura, es difícil introducir este tipo de esquemas. Sin embargo, algunas reformas institucionales podrían disminuir el costo de perder una elección. Una de ellas es reducir los periodos de gobierno de seis a cuatro años. Para los partidos y los políticos perdedores, esperar seis años para volver a competir por el mismo puesto de elección puede ser demasiado.1

2.- Nayarit es un ejemplo de que una gran coalición opositora es posible y, además, llevará a la derrota del PRI en el año 2000.

Esta opinión está muy extendida entre los partidos de oposición, particularmente en aquellos que buscan conformar una gran alianza. Sin embargo, Nayarit no es un buen ejemplo para sustentar esa opinión. En primer lugar, el candidato de la coalición PAN-PRD-PT-PRS (Antonio Echevarría) es una persona ajena a esos partidos y con un notable y reciente pasado priista. Ello facilitó que PAN y PRD pudieran llegar a un acuerdo, es decir, al postular a un “candidato externo” ninguno de los dos grandes partidos opositores consideró que estaba cediendo ante el otro.2 Además, ni el PAN ni el PRD contaban con una figura local de relieve que le disputara la nominación a Echevarría. Por ende, tanto PAN como PRD percibieron que la coalición opositora en Nayarit no era un juego de suma-cero donde lo que uno ganaba lo perdía el otro.

A nivel nacional la situación parece ser otra. Vicente Fox por el PAN y Cuauhtémoc Cárdenas por el PRD quieren la presidencia y cuentan con una fuerza electoral considerable que respalda sus aspiraciones. Y no parece existir un procedimiento aceptado por ambas partes para decidir quién encabezará la coalición: Cárdenas y el PRD demandan elecciones primarias mientras que Fox y el PAN las rechazan y proponen el uso de encuestas. El desacuerdo sobre el método de selección encubre en realidad la negativa de las partes a conformar una gran coalición. PAN y PRD, al igual que Fox y Cárdenas, se niegan a declinar en favor del otro. En estas circunstancias, la pregunta relevante es: ¿a cambio de qué el PAN o el PRD cederán la candidatura a la presidencia de la República?

Si la existencia de un candidato “externo” en Nayarit favoreció la creación de una gran coalición opositora, también disminuyó los “costos ideológicos” de votar por ella. Las élites políticas pierden de vista muchas veces que son los electores quienes deciden quién gana y quién pierde una elección. En el caso de Nayarit, a los simpatizantes panistas no se les exigió que apoyaran a un candidato perredista o a un perredista que votara por un panista. (Además, el hecho de que el candidato de la coalición fuera un ex-priista le permitió a la coalición disputarle al PRI su clientela tradicional.)

La experiencia nayarita no se repite a nivel nacional: los costos ideológicos de votar por Fox o Cárdenas son altos para los simpatizantes del PRD y el PAN. Varias encuestas demuestran que un buen número de simpatizantes panistas preferiría votar por el PRI que por Cuauhtémoc Cárdenas (el fenómeno se repite en menor medida con los simpatizantes perredistas y Fox). Por lo anterior es un mito creer que la fuerza electoral de una coalición PAN-PRD es igual a la suma de sus partes. No sólo un buen número de votantes tradicionales de estos partidos prefiere al PRI por encima de la otra fuerza opositora, sino que los votos que el PAN y el PRD han obtenido en comicios anteriores incluye a un buen número de personas sin afiliación partidista. Estos votantes no están atados a partido alguno (los llamados independientes) y pueden inclinarse por el PRI y así decidir el resultado de la elección.

El supuesto de que los simpatizantes del PRD, de ser necesario, votarán por el PAN y no por el PRI tampoco se sustenta en la reciente elección del estado de México: la coalición PRD-PT perdió aproximadamente catorce puntos en relación a la votación que ambos partidos obtuvieron en las elecciones federales de 1997 (de 36 a 22%). Estos votos no terminaron únicamente en las arcas panistas ya que el PRI se llevó cerca de la mitad de los votos perdidos por el PRD.1

Sin duda una gran coalición opositora en el año 2000 puede maximizar la probabilidad de una derrota del PRI, pero su constitución es improbable en este momento. Además, la eventual victoria de la coalición está lejos de ser automática.   n

Jorge Buendía Laredo. Investigador del CIDE. Candidato a doctor en Ciencia Política por la Universidad de Chicago.

1 La misma lógica aplica en las elecciones primarias. Los precandidatos perdedores tienen mayores incentivos a permanecer dentro de un partido si el periodo de espera es relativamente corto.

2 En Coahuila el PRD ha decidido apoyar al candidato panista. El PAN obtuvo 38% en las elecciones municipales de 1996 y el PRD únicamente 8%. No es mucho lo que ha “cedido” el PRD en Coahuila al sumarse a una coalición encabezada por el PAN.

3 En sentido estricto, para determinar por quién votaron en 1999 los votantes perredistas de 1997 se requiere de 1) encuestas que permitan comparar a nivel individual el voto en 1997 y el voto en 1999 o. preferentemente, 2) un modelo de transición de votantes elaborado a partir de resultados oficiales.

¿Volviendo al futuro?

El desarrollo estabilizador

¿Volviendo al futuro?

Por Eduardo Turrent Díaz

A partir del libro El desarrollo estabilizador: Reflexiones sobre una época, de Antonio Ortiz Mena, este artículo destaca los dones de una política económica que estimuló con eficacia la inversión productiva y el empleo.

La del  llamado “desarrollo estabilizador” —que se extiende de 1958 a 1970— fue una época de veras sobresaliente en la historia económica de México. El producto interno creció a una tasa real mayor al 6% anual con crecimiento también rápido y sostenido de los salarios reales. El análisis de esos logros no sólo puede ser materia de interés para el historiador anticuario; el estudio de la política económica de esa época es de gran importancia para el presente y el futuro, en especial para los individuos de acción y para los responsables de conducir las políticas públicas. De él se desprende un recetario de estrategias para avanzar en objetivos que todos compartimos hoy: elevar los salarios, aumentar los ingresos de la población, en especial de la población rural; crear mayor empleo y lograr que la producción avance con mayor rapidez que la explosión demográfica.

¿Cómo se procedió para que la economía nacional tuviese en ese periodo un desempeño tan notable? ¿Quién fue el principal promotor de esos éxitos y en qué fincó su actuación? Y más importante: ¿qué enseñanzas pueden derivarse del desarrollo estabilizador para fines de diseño y aplicación de las políticas económicas actuales y del futuro? El principal artífice de ese “milagro mexicano” fue Antonio Ortiz Mena, secretario de Hacienda en los sexenios de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz.

Hábil, laborioso, buen político, magnífico administrador y negociador, economista, financiero y abogado muy conocedor de las leyes y del derecho, todo eso fue Antonio Ortiz Mena. Sus principales méritos pueden resumirse como sigue: 1) Eligió y recomendó las políticas adecuadas para cumplir con el mandato que se le asignó al iniciar su encomienda: crecimiento del producto por arriba de la tasa de expansión demográfica e incremento continuo de los salarios reales. 2) Supo persuadir a los presidentes a quienes sirvió —López Mateos y Díaz Ordaz— de que sólo con esas políticas podía lograrse que el auge fuese perdurable. 3) Fue un operador político muy diestro y sagaz, y un instrumentador muy eficaz de las medidas que, muchas veces, él mismo sugirió.

Se imagina tarea fácil discurrir y recomendar las políticas “apropiadas”; no lo era tanto en esa época de tan intensa efervescencia doctrinal y hasta ideológica. Al igual que Rodrigo Gómez —director del Banco de México de 1952 a 1970—, Ortiz Mena nunca se dejó marear por las modas intelectuales y por las falsas “nuevas teorías” que anunciaban el descubrimiento de panaceas económicas milagrosas.

Contrario a lo que han pretendido algunos de sus críticos, Ortiz Mena nunca estuvo obsedido por la idea de la estabilidad monetaria y cambiaria. Nunca consideró al control de la inflación y a la fijeza del tipo de cambio como objetivos per-se. Más bien los consideró como lo que son: objetivos intermedios para conseguir las metas últimas: procurar un crecimiento sostenido y sostenible del producto per cápita y del salario real.

Ortiz Mena sabía que no existe la disyuntiva entre crecer sin inflación y crecer con inflación. Tolerar políticas conducentes a la inflación o practicarlas deliberadamente lleva tarde o temprano al estancamiento y a la crisis. De hecho, eso fue lo que sucedió durante la “docena trágica” de 1970 a 1982. De 1983 a la fecha todo ha sido un intento por restaurar la perdida estabilidad sin conseguirlo plenamente. Así de difícil es estabilizar una economía cuando se sale de ese estado.

Ortiz Mena habla de dos precondiciones para evitar la inflación: primera, mantener finanzas públicas sanas; segunda, procurar una actuación congruente con ese fin por parte del banco central. Por sus consecuencias directas sobre la inflación, a lo que más temió Ortiz Mena fue al financiamiento del déficit público mediante el crédito primario del banco central.

La finalidad última del desarrollo estabilizador fue estimular la inversión productiva y el empleo. Parte de ese esfuerzo se manifestó en el esmero con el que se cuidó la confianza. El fenómeno económico, solía decir Daniel Cosío Villegas, depende de las reacciones individuales de millones de consumidores y de productores. Carece de sentido empujar esas reacciones en un sentido desestabilizador, si las políticas que se proponen no son viables.

En fin, el cuidado de la estabilidad monetaria, de la estabilidad cambiaría y de la confianza vino acompañado de políticas compatibles en materia de salarios, de promoción de las exportaciones, de estímulo al ahorro y al desarrollo del sistema financiero, de reforma fiscal, de promoción del sector agrícola —ya que en ese tiempo el grueso de los ingresos de divisas provenía de las exportaciones de ese sector—. del turismo y del desarrollo de las fronteras. De muy particular relevancia fueron los esfuerzos para alentar el surgimiento de empresarios mexicanos y de empresas mexicanas.

La del desarrollo estabilizador es una historia de éxito en un campo —el económico— en el que desde hace casi dos decenios México no ha podido salir de un hoyo. La posteridad y la distancia han venido a validar las ideas económicas de Ortiz Mena y la pertinencia de las políticas económicas que se aplicaron —con la salvedad de la política comercial proteccionista que se heredó de los regímenes precedentes— durante su gestión como secretario de Hacienda.

En el legado del desarrollo estabilizador está el catálogo de las políticas económicas a seguir para que una economía crezca con rapidez y ese crecimiento pueda sostenerse. En este último punto reside la diferencia fundamental con las políticas expansionistas que se aplicaron en los siguientes dos sexenios. Aparte de lo ya dicho, en ese legado destaca la importancia de propugnar para que el Estado actúe más como promotor que como propietario o empresario, de vigilar con rigor la asignación de los escasos recursos invertibles —ya sean de origen nacional o externo— hacia fines productivos. Muy consciente estuvo siempre Ortiz Mena de decir no al desperdicio y a la dilapidación, algo que no se escuchó durante los doce años posteriores.

A todo lo anterior se refiere el libro de Antonio Ortiz Mena de reciente publicación (El desarrollo estabilizador: reflexiones sobre una época, FCE, 1998). Aunque la obra tiene sus defectos —una estructura demasiado rígida, lenguaje árido tipo memorándum, algunas contradicciones e imprecisiones—, el pormenor de lo ocurrido en el desarrollo estabilizador se recoge ahí con acierto. Vale la pena leerlo y conservarlo no sólo como un doloroso recuerdo de lo que fue y no pudo continuar, sino como el catálogo de las políticas que pueden ofrecerle a los mexicanos un futuro más halagüeño.    n

Eduardo Turrent Díaz. Maestro en Economía por El Colegio de México.

El Pasaporte de Vladimir Nabokov

El 21 de abril de 1999 se cumplieron cien años del nacimiento de Vladimir Nabokov. A partir de tres de sus novelas, escritas antes del periodo estadunidense, esta aproximación le rinde homenaje.

Podría decirse: Vladimir Nabokov nació el 23 de abril de 1899, en San Petersburgo, la ciudad que el poeta Joseph Brodsky atestiguó como el único lugar en Rusia donde los pensamientos se alejan con libertad del mundo real.

¿O sería mejor?: según el calendario juliano, que administró el tiempo ruso has­ta 1917, Vladimir Nabokov nació el 10 de abril de 1899, en San Petersburgo, la ciu­dad que por entonces había llegado al mi­llón y medio de habitantes. Desde la infan­cia estuvo expuesto a “los confortables pro­ductos de la civilización anglosajona”. De modo que su bañera plegable era inglesa y también el jabón. Eran ingleses los paste­les de fruta, los rompecabezas y las pelo­tas de tenis. Pero nada de eso habría tenido sentido sin el abecedario. Nabokov apren­dió a leer en inglés antes de leer en ruso.

También podría decirse: su destino extraordinario, no menos común que el destino amargo de millones de rusos, co­menzó a fraguarse, como notaría Joseph Brodsky a propósito de la parálisis de San Petersburgo, el día en que “llegó un tren a la estación de Finlandia y un hombrecillo se apeó del vagón y trepó a lo alto de un vehículo blindado”.

Y   más adelante: Vladimir Nabokov co­noció a Vera Evseievna Slónim en 1923, en Berlín, en un baile de disfraces. Los dos pertenecían al círculo de la intelectualidad rusa en el exilio, una clase compacta que respondía con nostalgia al ambiente iluso­rio que los recibió sin aspavientos, sabien­do que ya eran una especie en extinción. Se casaron en 1925. ¿O sería mejor?: su relación fue de lo menos corriente. Desde el principio, Vera entendió muy bien que Nabokov no consentía más hechizo que la literatura. Uno debe agradecerle que haya rescatado el manuscrito de Lolita de entre las llamas y sentirse confortado por su risa secreta en la comisura de los labios; uno debe sentirse a su merced cuando sabe que Nabokov se habría extraviado en Berlín o en París, que no guardaban reminiscencia alguna del único lugar donde los pensamien­tos se alejan con libertad del mundo real.

Y podría decirse: huyó de la psicosis del siglo XX. En 1919 abandonó la Rusia leninista, en 1933 la Alemania de los cris­tales rotos, en 1940 el París a merced de Hitler, y en 1961 a los Estados Unidos de los encantos mecánicos. Pasó casi veinte años entre la rutina académica en la Uni­versidad de Cornell y la verdadera vida, suspendida en una habitación cerrada y ante una mesa de trabajo provista de tarjetas a rayas Bristol y lápices bien afilados con borrador en la punta. En 1961 los Nabokov se trasladaron a Montreaux, Suiza, al Palace Hotel. Se fueron —como escribió Martin Amis— “a ordenar la ouvre, a revi­sar las traducciones de las primeras obras y a tomar las debidas precauciones para poner a salvo las últimas obras”.

Pero, para ser franco, nada de esto im­porta. Cuando uno se acerca a Nabokov debe tener presente una de sus advertencias más felices: el contexto, en el mejor de los casos, es una patraña sociológica; en el peor, es un esperpento psicoanalítico. Nabokov no está en la cháchara biográfica. Así que lo anterior sirve de muy poco.

Para llegar a la orilla donde se en­cuentra Nabokov es necesario renunciar por completo a la barbaridad de establecer vínculos forzosos entre su vida y su obra. Si uno elige el camino de la biografía co­rre el peligro serio de perderse. Así nada funciona. La obra de Nabokov es uno de los sitios más inusuales del mundo. Y eso significa que debemos prepararnos para las formas menos corrientes de placer y para las formas menos convencionales de escritura.

Nabokov es un caso aparte. No sólo evitó el mal indiscreto de la fama pública sino que utilizó una parte de sus energías en transformar su vida en una historia sin rastros, oculta a la mirada impertinente de los extraños. Las pocas entrevistas que con­cedió sólo producen un desconcierto ma­yor. Nunca se sabe cuándo habla en serio.

De forma inevitable, sus lectores esta­mos obligados a imitar el mismo destino que le hace muecas al narrador de La ver­dadera vida de Sebastian Knight, obligán­dolo a seguir pistas falsas y a tropezar con evanescencias fantasmales que desapare­cen al momento en que comienzan a co­brar aspecto material. La verdadera vida de Sebastian Knight, publicada en 1941, significa el primer esfuerzo de Nabokov por sortear esa zona de peligro que repre­sentaba el idioma inglés. La novela deja al descubierto la inutilidad de toda empresa biográfica. Nada suena más sencillo que su argumento. El narrador, un hombre de treintaiún años que intenta no poner nada de sí mismo en sus palabras, se lanza a es­cribir la biografía del escritor ruso Sebastian Knight (1899-1936), exiliado, hijo adoptivo del idioma inglés y autor de cinco novelas. El narrador, conviene regis­trar, declara ser el hermanastro de Sebastian Knight y desde el inicio renuncia a tratar al autor al margen de sus libros. Lo evi­dente resulta ser lo que permanece oculto. ¿Quién fue Sebastian Knigth? No lo sabe­mos. Su vida nos llega a través de recuer­dos ajenos embadurnados con los tintes del amor fatuo, la indiferencia, la traición, el rechazo y el olvido en su acepción domésti­ca. Y lo poco que sabemos apenas ofrece un cuadro mediocre. A final de cuentas nos queda el contraste entre una vida que traba­ja por parecer interesante y un vigoroso es­tilo literario cuya fortaleza nos llega a tra­vés de lo que no hemos visto, de lo que no hemos escuchado, de lo que quizás estuvo y ya no está. Buscando a Sebastian Knight, el narrador erige un canon crítico que de­clara su aversión al bien y al mal obvios. A fuerza de buscar, el narrador se da de bru­ces con los libros de Sebastian Knight, la materia más tenaz y consistente.

Ahí está la verdadera vida y así se manifiesta. Y lo hace de golpe, declarando su odio a los ardides de la imitación ciega y primeriza. El narrador se revela como un detective torpe, que no obtiene sino frag­mentos de su personaje, y a la vez —o en sentido contrario— como un lector que despliega una infatigable actividad capaz de penetrar en los mecanismos por los cua­les los mundos de Sebastian Knight se po­nen en movimiento. ¿Quién es entonces Sebastian Knight? No el niño que conoce a su madre en el Hotel d’Europe, no el jo­ven estudiante en Cambridge, no el hom­bre que corre el albur de disolverse en las mujeres de otros, no un cuerpo habitado por los murciélagos de la enfermedad, sino aquel que escribe:

Una vez recordé a un hombre de negocios, con quien había almorzado semanas antes, que la mujer que nos había alcanzado los som­breros tenía algodones en las orejas. El hom­bre pareció sorprendido y dijo que no había visto a ninguna mujer… Una persona que no ve el labio leporino de un conductor de taxi porque tiene prisa de llegar a alguna parte es un monomaniaco. Muchas veces me he sen­tido como sentado entre ciegos y locos, al pensar que era el único en la multitud que se daba cuenta de que la chocolatera estaba li­geramente coja.

Cada vez que representa el triunfo del detalle sobre el espíritu de lo general, el pensamiento de Nabokov alcanza registros de refinada alegría. Con su desprecio por el sentido común, su debilidad por las minucias y lo que él mismo llamó “las no­tas al pie de página del libro de la vida”, batalló por mostrar que el genio literario no se prueba en el momento en que se lan­za al interior de una casa en llamas para rescatar al hijo de dos desconocidos, sino en los cinco segundos de más que arriesga para buscar, encontrar y cargar con el niño… y también con su juguete favorito.

Adelanto uno de sus rasgos más exce­sivos: el gran modelo de lector respaldado por Nabokov está obligado a saber, como ningún otro, de qué manera el novelista urdió su trama de hilo fino, y cómo esa tra­ma se fue convirtiendo en una trama de acero y cristal. El lector-narrador de La ver­dadera vida de Sebastian Knight exhibe ese don: comienza interponiendo una barrera entre sus emociones sencillas y el análisis racional, y termina empleando su imagi­nación de modo impersonal, sin renunciar por un instante a los placeres que obtiene cuando penetra la trama de acero y cristal.

En su carrera de ensayista o teórico, Nabokov alentó la difícil estrategia de in­dicar el modo en que debían leerse sus li­bros. En primer lugar, como objetos que aman la forma y sus visiones. En segundo lugar, como mecanismos que detestan la mirada interrogante del psicoanálisis, esa rama de las ciencias ocultas que jamás ha sentido pudor al proclamar que las obras de arte le deben sus mejores momentos a los garabatos que un embrión ha dejado impreso en el vientre de su madre. ¿Quie­ren conocer a Nabokov en corto? Vayan a los prólogos en inglés de sus novelas ru­sas. ¿Qué hay ahí? Rutas de lectura. No tomes ese camino, dice, no te detengas a cortar flores en el bosque, dice, no me leas para obtener algo a cambio. En su prólogo a El ojo, escribió: “Mis libros no sólo cuen­tan con la bendición de una ausencia abso­luta de significación social, sino que ade­más están hechos a prueba de mitos: los freudianos revolotean ávidamente en tor­no a ellos, se acercan con oviductos ardien­tes, se detienen, husmean y retroceden”. No se trata de simples maniobras. En vista de que Nabokov atrajo a una buena cantidad de monstruos humanos a la órbita de sus novelas, y en vista de que huyó de las mo­das de su época, los lugares y los persona­jes provenientes del lugar común siempre le parecieron encarnaciones del crimen or­ganizado. La rubia californiana es lo uni­versal. Eso quiere decir que desempeña su papel en este universo, con su trabajo en una agencia de modelos, sus pantaloncitos cor­tos y su anorexia. ¿Pero que papel desem­peñarían aquellos que no encajan en eso?

Antes de que La verdadera vida de Sebastian Knight viera la luz, Nabokov había escrito ocho novelas en ruso: Mashenka (1924); Rey, Dama, Valet (1928); La defensa (1930); El ojo (1930); Cámara oscura (1933); Desesperación (1934); Invitado a una decapitación (1935); La dádiva (1937) y El hechicero (1939). Ninguna de ellas fue publicada en su país de origen. Estaban prohibidas por razones políticas. Fueron escritas en la Ale­mania histérica de Weimar y bajo un cielo francés en rojo y negro. Es una lástima, pero obtuvieron una recompensa muy po­bre de sus lectores, unas cuantas personas inteligentes que alimentaban la esperanza de que en algún día cercano volverían “to­dos a vivir en una Rusia hospitalaria, arre­pentida y floreciente”. No es difícil com­prender por qué Nabokov prosperó en su idioma original desde 1924 hasta 1940, cuando huyó a las tierras pasteurizadas de Estados Unidos.

A la luz de sus años en el Nuevo Mun­do, los años rusos se imponen a nuestra mirada como un periodo en el que la facultad retrospectiva alcanza un desarrollo casi patológico. Pero eso en virtud de que trataba de ser un escritor ruso, dueño de una fantástica libertad capaz de hacer po­sible su sueño de invención pura, y no por­que se sintiera víctima del bolchevismo y por lo tanto intérprete de la emigración. Los nervios de aquellos relatos y aquellas no­velas reaccionan al impulso de inventar Rusia y, con más paciencia, y sin guardar el secreto, Europa Occidental.

Que yo sepa, nadie, a excepción de Nabokov, ha ensayado una historia tan ra­dical de nomadismo, de metamorfosis lin­güística. A su lado podrían mencionarse, con evidente justicia, a Heinrich Heine, Joseph Conrad, Ezra Pound y Samuel Beckett, e incluso a Oscar Wilde, que com­puso su Salomé en francés. Sin embargo, lo que debemos entender, lo que debe que­dar claro, es que, de todos ellos, sólo Nabokov sufrió el desprendimiento de su lengua original como un destierro. Pasó de una lengua a otra sin haber elegido esa ca­pitulación. Es difícil cambiar de casa a los cuarenta. A esa edad, Nabokov entendió que la esperanza de volver a una Rusia hospitalaria, arrepentida y floreciente no tenía ya nada que ver con los padecimien­tos de la novela, su paisaje interior y los esfuerzos de sus lectores y personajes. De hecho, una de sus mayores proezas consis­tió en emplear cuarenta años de su vida en crear el fermento que le resultaba más fa­miliar a su mundo individual y, después de caer en desgracia, concentrarse en la len­gua inglesa y revelar a qué grado lo que resta de vida nunca debe parecer insustan­cial. Hacia 1957, escribió: “Mi tragedia privada, que no puede ni debe, en verdad, interesar a nadie, es que he debido aban­donar mi idioma natural, mi libre, rica, in­finitamente libre lengua rusa por un inglés mediocre, desprovisto de todos esos apa­ratos —el espejo falaz, el telón de tercio­pelo negro, las asociaciones y transiciones implícitas— que el ilusionista nativo, agi­tando las colas de su frac, puede emplear mágicamente para trascender a su manera la herencia común”.

El tren se ha puesto en movimiento: viajamos a Berlín en un compartimiento de segunda clase, a través de cuyas ventani­llas miramos pasar los planos inmóviles de nuestras magras pasiones. Los pasajeros son un mero reflejo; posan para el ojo. como imágenes invertidas de Madame Bovary. ¿A quién vemos?: a un joven in­capaz de mantener su estilo provinciano a pelo, a una mujer de labios rojos con la dis­posición de carácter exacta para tragarse al mundo en un bostezo, y a un hombre elegante, con algunos años encima pero en perfecto estado de salud, la clase de ejem­plar que no le vuelve la espalda a sus pa­rientes pobres. Son Franz, Martha y Dreyer. Franz es sobrino de Dreyer, aunque lo igno­ra. De hecho, viaja a Berlín para emplearse en los almacenes de su tío. Se le ve a la pri­mera: es un tipo con ambiciones, que sueña con llegar arriba. Franz no tiene la menor intención, las mínimas ganas.de vivir en una pensión barata el resto de sus días. Martha es la esposa de Dreyer. Lucha por alejarse del tipo común: aborrece las fresas y la “de­cadente perversión” de hacer el amor por la tarde. Sabe algo… y muy grande: a su vida le hace falta la sal del adulterio. Dreyer… Dreyer… bueno… el sólo ama a su perro.

Dejemos ahora que las maquinaciones fantásticas de Nabokov pongan a estas cria­turas en movimiento. De una cosa pode­mos estar seguros: de personajes anticua­dos sólo puede esperarse acciones anticua­das. Sí, desde luego. Franz, el pusilánime, debe someterse al patrón más o menos con­temporáneo de Martha y encargarse de su durazno erótico mientras observa cómo sus nuevos privilegios apenas se equiparan a los de un perro fiel. Martha, por su parte, debe seducir a Franz, hacerlo caminar en cuatro patas hasta las sábanas odiadas, ino­cularle distraídamente el virus del crimen y luego lanzarlo de su casa con un beso en la mejilla. En cuanto a Dreyer, bueno, tie­ne tantas cosas en qué pensar, tantos nego­cios en puerta… Un hombre así no recono­ce al viento que sopla cargado de malos presagios. De modo que Dreyer debe ig­norar el futuro que su mujer y su pariente pobre le han preparado. Un hombre bueno tiene derecho a dormir tranquilo, a ignorar la amenaza de una muerte por inmersión.

Suena conocido, ¿verdad? En el pai­saje novelesco de Nabokov la admiración se consuma por necesidad en la parodia. Escribir es volver la mirada al pasado, de­sarrollar sus potencias ocultas, expresar la manera en la que el tiempo se pone en movimiento e inicia su fuga. ¿Cómo resol­ver, en términos literarios, el movimiento de atrás hacia adelante? Es decir, que tono debería alcanzar una versión de Madame Bovary en pleno siglo XX? Si el estilo es el hombre, entonces el siglo XX está obligado a tratar con ironía a sus antepasados. La iro­nía, en efecto, es el estilo del siglo XX.

Rey, Dama, Valet es la segunda nove­la rusa de Nabokov. Fue publicada en Ber­lín, en 1928. al amparo de una editorial de inmigrantes, cuatro años despúes de Mashenka. Su tejido expone a un escritor completamente seguro de sí mismo, due­ño ya de un arte de la composición que consiste en tratar a los personajes como si fueran galeotes encadenados. En aquel en­tonces Nabokov presentía, o sabía, quizá con demasiada claridad, que la creación literaria responde a un sueño de control puro, en el que cada movimiento responde a una intención concebida de antemano. Un análisis en cámara lenta muestra a sus no­velas como mecanismos elaborados luego de largos ejercicios de cavilación. Franz, Martha y Dreyer.  al igual que todas las cria­turas de Nabokov, son objetos de madera viviente que creen actuar con entera liber­tad, ignorantes de la destreza con la que el maestro manipula el tablero. Forzados a representar su papel, a servir como criados para ganarse la vida, se mueven de una a otra casilla, como piezas de ajedrez en una partida que intercambia una serie genuina de aciertos.

El arte de Nabokov gira en torno al deseo de convertir a la literatura en un juego de habilidad tan fría como el ajedrez, un juego casi imposible de dominar, suje­to a demostrar por qué las cosas deben ocu­rrir de cierta manera. Nabokov mueve al jugador… y el jugador mueve a la pieza. Pero éste la mueve siguiendo las instruc­ciones de ese dios para quien la creación representa una prueba de autoridad. Pero ¿quién es su rival? ¿A quién enfrenta? ¿Quién responde a sus movimientos al otro lado de la mesa?

En el prefacio a la edición en inglés de La defensa, que debió esperar treinta y cinco años para abandonar su patria origi­nal en ruso, Nabokov establece que la secuencia de movimientos en su novela “nos recuerda —o debería recordarnos— cier­tos problemas de ajedrez cuya solución no consiste en hacer jaque mate en determi­nado número de jugadas, sino en el deno­minado análisis retrospectivo, en el cual se requiere que un jugador demuestre me­diante el estudio desde el principio de la posición esquemática que las negras no podían haberse enrocado en su última ju­gada o que debían haber tomado al paso un peón blanco”. Son las relaciones entre escritor y lector lo que cuenta en este pá­rrafo, no los mecanismos abstractos del ajedrez, y esas relaciones son tensas, diná­micas y niveladas. La brillantez de la lec­tura (“el análisis retrospectivo”) responde a la brillantez de la escritura, como el ju­gador responde a la posición de su rival reconstruyendo su juego, dominando la técnica de mantenerse a distancia.

Resulta esclarecedor comparar una partida de ajedrez con la relación de igual­dad que un escritor presupone frente a su lector. Semejante analogía es el principio básico de la concepción “nabokoviana” de un lector ideal que no se conforme con dominar los movimientos, ensayar tres o cuatro aperturas y adquirir algo de análisis de juego, sino que sea capaz de ganarle a doce computadoras a la vez. Al pensar en Nabokov, resulta inevitable pensar en Gary Kasparov. Tienen un estilo similar. Son perfeccionistas: examinan todas las posi­bilidades a su alcance. Tienen los nervios a punto de congelación: formulan una es­trategia insólita e implacable. Son podero­sos: se crecen ante el castigo. Aman la  complejidad. Quienes se han enfrentado a Kasparov han terminado en neuróticos anó­nimos, reponiéndose de su baja autoestima, o, de plano, alentando historias del tipo “esa voluntad y ese deseo corrían hacía mí como un fuego sobre el tablero”. En 1984, cuan­do Karpov enfrentó a Kasparov, había per­dido diez kilos hasta la partida cuarenta y seis. Y aún no le llegaba lo peor. ¿Pueden ahora imaginar lo que significa leer a Nabokov? Quiero decir: ¿leerlo con la mis­ma energía electrizante con la que leyó a sus autores, y que dejó impresa en sus cur­sos de literatura rusa y europea? Su lector debe tomar en cuenta que su contrincante le pone trampas a cada paso. No juega lim­pio. Tiende emboscadas, manda señales equívocas y hace mofa del perdedor. Uno corre el riesgo de caer fulminado y, aún peor, de convertirse en lector celebratorio de Stephen King. n

Roberto Pliego. Escritor. Jefe de edición de nexos.

Dolarizar la Economia

UNIÓN MONETARIA

¿DOLARIZAR LA ECONOMÍA?

POR JULIO LÓPEZ GALLARDO Y PABLO RUIZ NÁPOLES

Cada ve: son más fuertes los reclamos de algunos sectores empresariales por dolarizar la economía mexicana.

¿Qué hay detrás de eso?: el deseo de reducir la capacidad de acción del Estado.

Desde hace algún tiempo han co­brado fuerza propuestas dirigidas al gobier­no provenientes sobre todo de los líderes del empresariado privado, para que sea mo­dificado el actual sistema monetario del país y se “dolarice” la economía. Es decir, se propone formalizar el uso del dólar como moneda de curso legal en México, aduciéndose, entre otras cosas, que buena parte de las transacciones en el país ya es­tán dolarizadas.

Existen tres mecanismos posibles para formalizar la dolarización, que no son exac­tamente iguales pero que podrían conside­rarse equivalentes: 1) la fijación del tipo de cambio del dólar uno a uno con el peso (con un nuevo peso) y la libre circulación del dólar en el territorio nacional; 2) la des­aparición del peso y la adopción formal del dólar como moneda de curso legal en el territorio nacional; y 3) una combinación de las modalidades anteriores, que impli­que la existencia y el uso de la moneda na­cional para ciertas transacciones. A cual­quiera de estas modalidades se le conoce como “patrón dólar puro”, porque implica el respaldo del circulante sólo con dólares estadunidenses.

Autoridades monetarias mexicanas y estadunidenses, así como algunos expertos de la OECD y economistas académicos, han rechazado la conveniencia para México —y para América Latina en general— de la dolarización de la economía en el momento actual. Sin embargo, en ningún caso se han dado a conocer los argumentos sobre los mecanismos y beneficios que tendría la dolarización, como tampoco de sus efectos adversos.

La unión monetaria, de la cual la dolarización es una forma extrema, signifi­ca básicamente dos cosas. En primer térmi­no, representa un compromiso explícito de la autoridad económica de cambiar a una tasa fija, predeterminada, la moneda local, que es el dinero emitido por el banco cen­tral, por una moneda internacional (en este caso el dólar estadunidense) que funge como moneda de reserva. Este compromiso no se hace extensivo a los depósitos bancarios ni a ningún otro pasivo financiero no moneta­rio. Así, por ejemplo, si una persona tiene una cuenta de cheques y quiere convertirla a dólares, primero tiene que convertirla a billetes o monedas. Lo mismo ocurre, a fortiori, para la conversión de un depósito a plazo en la moneda de reserva.

En segundo término, la unión moneta­ria implica el requerimiento explícito de que al menos una proporción mayoritaria de los pasivos (obligaciones) monetarios emitidos por el banco central estén respaldados por dólares, por oro, o por otro tipo de activo internacional de alta liquidez y muy bajo riesgo. En el caso de la dolarización, y ésta es la característica distintiva de la misma, la totalidad de esos pasivos estarían respalda­dos por dólares estadunidenses.

La paridad fija predeterminada de la moneda local con el dólar es la que otorga un gran atractivo a la propuesta para que México dolarice su economía. Un motivo que parece animar la propuesta es la incertidumbre que genera la variabilidad del tipo de cambio en el sector privado, en espe­cial en quienes realizan cotidianamente operaciones de exportación o de importa­ción, o que tienen deudas en dólares. Esta incertidumbre dificulta la toma de decisio­nes sobre inversión, producción o fijación de precios.

Un factor importante que acentúa la incertidumbre es la especulación deriva­da de la libre movilidad de capitales de corto plazo, sobre todo los que van y vie­nen de Estados Unidos, que pueden ser, y han sido, altamente desestabilizadores. De hecho, los movimientos especulativos de capital constituyen el factor inmediato más importante (aunque no la causa últi­ma) que ha provocado el desplome del peso frente al dólar. Otro elemento, en ese sentido, son los cambios en la política de tipo de cambio.

En una economía abierta como la mexicana, con un alto porcentaje de comer­cio exterior respecto al producto interno, con libre movilidad de capitales, con una frontera tan amplia con Estados Unidos y una dependencia de más de 80% respecto a él en todos los rubros (exportación, im­portación, maquiladoras, inversión extran­jera, deuda externa, turismo, etc.), el im­pacto y el costo de la variabilidad del tipo de cambio de la moneda son muy grandes.

Por ello es explicable la búsqueda de un tipo de cambio fijo.

Sin embargo, reconociendo la inesta­bilidad de los precios locales respecto a los externos y lo que ello significa en térmi­nos de sobrevaluación de la moneda, es poco probable que un gobierno como el actual establezca un tipo de cambio fijo. Quienes hoy proponen dolarizar las tran­sacciones consideran que una medida equi­valente puede ser la adopción de una mo­neda común con los Estados Unidos. Esto se ve reforzado por la existencia y funcio­namiento de un tratado de libre comercio con Estados Unidos, que incluye la libre movilidad de capitales. Es decir, se busca una unión monetaria con Estados Unidos, como un paso adelante en la integración económica.

Una característica de la dolarización de la economía es que implica que todos los pasivos (obligaciones) moneta­rios emitidos por el banco central están res­paldados por dólares. Para entender los al­cances de esta característica conviene re­cordar que la base monetaria, o dinero emitido por el banco central, se crea en la medida que aumentan las reservas interna­cionales (las divisas) o crecen los créditos del banco central al gobierno o a los ban­cos comerciales. Así, la adopción de una unión monetaria implica que sólo la pri­mera fuente de creación de base monetaria sigue operando. En el caso de México, si fuera un país exportador neto, el exceso de sus exportaciones sobre sus importacio­nes serviría, al igual que en el caso del patrón oro, para estimular la creación de dinero y con ello la actividad económica en general. Como México es importador neto debería financiar el saldo comercial negativo con préstamos o inversiones ex­ternas para mantener reservas en cantida­des suficientes para cubrir el circulante y el crédito.

Los partidarios de la dolarización afir­man que, precisamente porque ésta limita la capacidad de que el banco central preste al gobierno, inmuniza la economía frente a las crisis así como frente a los excesos que pueden conducir a una crisis. Ambas afirmaciones son falsas.

En primer término, una recesión inter­nacional que provoque una caída de nues­tras ventas externas, y por tanto una decli­nación de nuestros ingresos de divisas, ge­nerará una pérdida de reservas internacio­nales que, a su vez, contraerá la base mo­netaria y el crédito. Lo mismo sucederá si los bancos o los acreedores internaciona­les deciden reducir sus préstamos a Méxi­co. En ambos casos, la caída del crédito interno provocará una recesión, o una cri­sis, en la economía nacional.

En segundo lugar, la banca y los acree­dores internacionales pueden contribuir a generar un auge espurio si traen capitales al país más allá de lo prudente. También los bancos nacionales pueden generar por sí mismos un auge irracional si conceden créditos en un monto desmedido, ya que ellos, a diferencia del gobierno, sí pueden expandir el crédito. De hecho, nada impe­diría que por esta vía los bancos estimulen un auge excesivo que conduzca a una cri­sis. Si uno tuviera confianza en el compor­tamiento de los bancos privados, podría pensar que ellos actuarán siempre con la suficiente moderación. Pero en nuestro país los bancos no se caracterizan precisamen­te por su prudencia. Uno de los factores que condujo a la crisis de fines de 1994 fue precisamente la ligereza con que ac­tuaron antes de esa fecha.

Precisamente porque cualquier econo­mía puede estar sujeta a choques que pro­voquen una crisis, o a excesos que hacen más frágil la situación de las unidades eco­nómicas, se reconoce en general la necesi­dad de que el Estado cuente con herramien­tas que le permitan evitar o moderar los efectos de unos y otros. Las más impor­tantes de estas herramientas son la política monetaria, que permite ampliar o recortar la liquidez de la economía para estimular o desestimular el gasto privado, y la políti­ca fiscal, que actúa inyectando o sustrayen­do directamente poder de compra y deman­da. El problema es que en una unión mo­netaria, o en una economía dolarizada, di­chos instrumentos se diluyen hasta casi des­aparecer.

El punto central de la dolarización, o de la unión monetaria, es que la política monetaria sigue pasivamente el curso de la situación de la balanza de pagos. El tipo de cambio no podría funcionar como me­canismo de ajuste de la balanza de pagos, porque en cualquier modalidad sería fijo. En contraste, el mecanismo de ajuste ex­terno por la vía monetaria sería automáti­co, mediante la disminución o el aumento del crédito interno, y los cambios de la tasa de interés, dependiendo de los vaivenes de la balanza de pagos y de la situación inter­nacional. La política monetaria del país sería enteramente dependiente de lo que ocurre a escala internacional, y muy en especial de la política económica que siga Estados Unidos, así como de su evolución económica.

No sólo estaría limitada la política monetaria, también la política fiscal (en­tendiendo por ella tanto la política de gas­to público, corriente y de inversión, como la política impositiva); bajo un esquema de unión monetaria se vería fuertemente res­tringida y su eficacia quedaría seriamente limitada. Si, por ejemplo, el gobierno de­sea elevar su gasto para compensar una caída del gasto privado, deberá obtener los recursos de los particulares aumentando los impuestos, o bien emitiendo deuda que los particulares adquieran; pero en ningún caso puede financiar ese gasto con créditos del banco central.

Dadas las dificultades de modificar los impuestos, especialmente en el corto pla­zo, resultan obvias las limitaciones que ten­dría el gobierno para aplicar políticas fis­cales expansivas. Además, puesto que para obtener recursos de los particulares por medio de la emisión de bonos será preciso pagar tasas de interés más elevadas que las que rigen en el momento, el costo para el fisco de las políticas de gasto aumentará, en tanto que se estará premiando con rédi­tos mayores a aquellos que pueden prestar esos fondos al gobierno, que son los secto­res más adinerados de la población. Por último, aunque no en importancia, la efi­cacia de las políticas fiscales expansivas se reduce porque ellas tendrán que ir acom­pañadas con intereses más elevados, que tenderán a desestimular y reducir el gasto privado.

Sin duda, además de las políticas mo­netaria y fiscal, la política social se vería igualmente limitada en el caso de una dolarización de la economía. En un país en el que los rezagos sociales son tan gran­des. la política social es de primera impor­tancia.

La dolarización de la economía no es la única vía para estabilizar los precios. En vista de que los movimientos especulati­vos de capital contribuyen a una mayor volatilidad del tipo de cambio, podría introducirse algún tipo de control a esos movimientos especulativos. Combinada con una política que garantice un equili­brio básico de la balanza de pagos, esta medida podría ser muy efectiva.

Digamos, de paso, que tanto el equili­brio externo como los controles son igual­mente importantes. Los puros controles no bastarían, porque si existe un desequilibrio externo importante más temprano que tarde se descubrirán mecanismos que permitirán eludirlos, y que harán posible que se fuguen los capitales y se reduzcan las reservas in­ternacionales. Pero tampoco basta con man­tener el equilibrio externo. Una especula­ción masiva contra la moneda nacional pue­de ocurrir a partir de rumores, o de efectos de contagio debidos a crisis o dificultades en otros países, o de intentos de desestabili­zar la economía nacional. Y la especulación puede jugar un papel decisivo.

Habría que agregar que el control de capitales no necesita ser extremo, no tiene por qué ir contra la iniciativa privada, ni requiere una enorme maquinaria adminis­trativa. De hecho, en Chile existieron has­ta hace muy poco medidas de control so­bre los flujos de capital especulativos, que resultaron sumamente eficaces. Recorde­mos también que esta medida, que para muchos podría parecer demasiado radical, ha sido propuesta recientemente por el se­gundo hombre del Banco Mundial, el des­tacado economista estadunidense, y hasta hace poco jefe del Comité de Asesores Eco­nómicos del presidente Clinton, Joseph Stiglitz.

Sería conveniente que los representan­tes del sector empresarial explicaran por qué, si de lo que se trata es de la estabili­dad de la moneda frente al dólar, no pro­pone mejor un cierto grado de control que evite los movimientos de capital especula­tivos.

Insistimos, la consecuencia última de establecer una unión monetaria es abolir cualquier posibilidad de aplicar políticas monetarias activas, en tanto que se dificul­tan y limitan las políticas fiscales.

Un impacto político importante de una dolarización formal ocurriría en primer lu­gar en el terreno de la política económica. Los distintos objetivos, metas e instrumen­tos nacionales tendrían que adecuarse a los correspondientes a Estados Unidos.

En definitiva, la propuesta de dolarizar las transacciones implica una ofensiva a fondo en contra de la intervención del Es­tado en la economía. Hay corrientes del pensamiento económico que consideran esto último no un problema sino una vir­tud. Pero para aquellos que creemos que las economías de mercado no cuentan con mecanismos automáticos que garanticen un desenvolvimiento fluido, o que permitan corregir los choques negativos de manera rápida y sin grandes costos, la reducción de la capacidad de acción del Estado en materia económica representa un grave y peligroso inconveniente.

Es muy cierto que las propuestas de despojar al Estado de sus instrumentos de acción tradicionales encuentran en Méxi­co un terreno abonado por la misma pre­potencia e ineptitud estatal y por la corrup­ción de la alta burocracia pública. Pero el remedio no está en arrojar el agua de la bañera con todo y niño, sino en democrati­zar el Estado, en fijar claramente las nor­mas a que debe adecuarse su acción, y en hacer a los funcionarios responsables ante la sociedad y ante la ley.  n

Julio López Gallardo y Pablo Ruiz Nápoles. Profesores de la Facultad de Economía de la UNAM.

En la Luna

EN LA LUNA

POR JOSÉ CARLOS CASTAÑEDA

Celebramos el 30 aniversario de la llegada del hombre a la luna. Entonces Neil Armstrong y Buz: Aldrin descendieron del módulo lunar y caminaron en el mar de la tranquilidad. Pero, como sabemos, no fueron los primeros en llegar.

La luna no sólo es el satélite de la Tierra, donde reina una hermosa y magní­fica desolación, como dijo Buzz Aldrin des­pués de recorrer 300,000 kilómetros para poder caminar en su superficie desierta. El 20 de julio de 1969, un martes, Neil Armstrong y Buzz Aldrin bajaron por la escalerilla del Eagle en un lugar llamado el Mar de la tranquilidad, pero no se con­virtieron en los primeros astronautas que exploraban el paisaje lunar. Varios escrito­res los precedieron. La luna es una de las provincias imaginarias del universo litera­rio. Está poblada por relatos fantásticos y esperanzas malogradas. Ningún astrónomo podrá comprobar que los viajes de los precursores no ocurrieron: por ejemplo, hay quienes piensan que la trama de Julio Verne ayudó a dar con el sitio preciso para el des­pegue de los cohetes.

El cuerpo celeste que los científicos es­tudian no coincide con la órbita de la lite­ratura fantástica. Para Luciano de Samosata hacen falta siete días para llegar a la luna. Verdad es que el Apolo 11 tardó cuatro en alunizar. Según la descripción de Luciano, en una tempestad en el mar comenzó la navegación hacia la luna. Julio Verne ima­ginó un proyectil disparado por un gran ca­ñón y, como después también haría la Nasa, escogió Cabo Cañaveral para situar el lan­zamiento. En cambio, Cyrano de Bergerac se embadurna un ungüento de médula de buey, porque la luna acostumbra sorber la médula de los animales. Y así atrae el  elip­se de sus movimientos.

Hubo también escritores que enseña­ban a dudar de la luna y sus espejismos. Shakespeare sospechaba de ella porque es inconstante y cambia a cada mes en su ór­bita circular. Y Baltasar Gracián compara al hombre con la luna, para exhibir las hu­manas levedades que nada tienen de divi­nas y mucho padecen por su inestabilidad terrícola: “El sol es el claro espejo de Dios y de sus divinos atributos, la luna lo es del hombre y de sus humanas imperfecciones: ya crece, ya mengua; ya nace, ya muere; ya está en su lleno, ya en su nada, nunca permaneciendo en un estado: no tiene luz de sí, particípala del sol, eclípsala la tierra cuando se le interpone; muestra más sus manchas cuando está más luzida; es la ín­fima de los planetas en el puesto y en el ser, puede más en la tierra que en el cielo: de modo que es mudable, defectuosa, man­chada. inferior, pobre, triste, y todo se le origina de la vecindad con la tierra”.

Quizás el imaginario viaje a la luna y la conquista espacial de los astronautas es una muestra de cómo la realidad altera los sueños cuando los cumple. Como quería Buzz al describir la desolación lunar, un lugar imaginario, una vez conquistado por la realidad, se diluye en la desilusión. Aca­so porque las ilusiones no se realizan; se canjean por decepción.   n

José Carlos Castañeda. Escritor. Editor de nexos.

Amor, tu palabra impresa

Amor, tu palabra impresa

Por Carlos Fuentes

El 5 de mayo de 1999, en Puerto Vallaría, murió Carlos Fuentes Lemus. Presentamos su último poema, escrito horas antes de su muerte. Lo acompañamos con dos de sus últimos dibujos.

Me sacaste de todo esto. Porque a ti ningún delirio te deforma. Pero un delirio tampoco deforma una pintura de Van Gogh. Vincent es la certeza de que el sol va a salir. Es la certeza de la luna y las estrellas. El hecho científico no excluye la belleza; nos pide, casi, que llamemos a su puerta. Los placebos de la alegría y el bienestar sólo son ingredientes añadidos. Andan solos. No son tú. Son raíces pudriéndose como alimentos de la vanidad, jamás de la divinidad. Y sin embargo lo repetimos todo, una y otra vez.

Mira: estoy abriendo todas las avenidas de mis sensaciones. Si las preservo enlatadas. me hieren en carne viva. Mi humor ha de ser fijado en la púrpura más honda y oprimida.

Hay amor más cariñoso que este simple estar aquí?

Ella reaccionó como yo supe que lo haría. Juzgó. Condenó su mente a la inexistencia. Las flores que tanto buscamos estaban prensadas bajo la puerta del baño. Interrumpí. Dije la verdad y empecé a llorar. Apenas pude balbucear que no podría, jamás podría, vivir sin ella.

Pero aquí, ¿quién sabe algo sobre el amor? Coloco suavemente mi mano en la suya. Me excito. Durante los primeros momentos estoy solo. O me detengo en el descanso de la escalera, fuera de su apartamento. Trato, simplemente, de esconder lo más que puedo. Nada, ninguna conexión con lo conectado, lo exhibido o lo pensado. Sólo quiero que todos desciendan del autobús, nuestros sentimientos no son visibles para el resto de los pasajeros, los cubrimos con el muy práctico anorak…

Amor: tu palabra impresa es roca dura y fría. Pero cuando no existes, creces. Trato de tocarte y te desvaneces.

Maldita y bella mujer, agotada por el júbilo. La gravedad te posee con el tiempo. Te abrazo cerca del patio exterior, allí te beso. Tu sangre mestiza, verdadera, posee todos los elementos, es sangre mineral y persistente que me impide pensar “duraremos para siempre” (en la parte trasera del auto, con los ojos cerrados, con las puntas de nuestros dedos descubriendo el lugar exacto).  n

Puerto Vallaría, madrugada del 5 de mayo de 1999, horas antes de morir.

Traducción del inglés de Carlos Fuentes

Contra los sexenios

HISTORIA PATRIA

CONTRA LOS SEXENIOS

POR ALEJANDRA MORENO TOSCANO

Dividir el tiempo mexicano en sexenios ha hecho creernos que la historia es fruto de los aciertos o desaciertos de un individuo, el presidente en turno. Contar así la historia es negar las luchas políticas que se ocultan tras de ella.

El tiempo se divide para entender, no para confundir. Por eso se habla de pe­riodos o de épocas. Los sucesos se enca­denan estableciendo un “antes de” y un “después de”. Definir esos límites desata batallas ideológicas porque cada corte tem­poral es una forma de interpretar.

En la China antigua, por ejemplo, la historia de las dinastías se contaba más o menos así: el gran emperador y primer so­berano fue bendecido con gran vitalidad y fortuna. Su vida fue tan fecunda que tuvo varios posibles sucesores. Sin embargo, su selección falló y a partir de ese momento comenzó la marcha inexorable del declive y la decadencia. Los abusos se multiplica­ron, el pueblo sufrió y se perdió la energía. Hubo intentos de restauración que lleva­ron a la ruina y a la anarquía, hasta que las fuerzas del universo (y la fortuna) abrie­ron paso a quien es hoy el segundo sobera­no. Nuestro actual señor tiene gran vitalidad y fortuna. Es tan fecundo que tiene varios posibles sucesores… Y así seguía la narración hasta el fin de la dinastía.

Esta historia viene a cuento porque la revisión del siglo XX mexicano enseña que dividir la historia por sexenios nos ha he­cho caer en la misma explicación del error individual que desata catástrofes que más tarde un atribulado sucesor conjura hasta que otra vez lo abandona la fortuna. Es una his­toria por etapas explicada como si fueran las edades del hombre. La sucesión inexo­rable que lleva del nacimiento a la madu­rez, a la decadencia y al pleito por la heren­cia se quiere ofrecer como explicación.

Contada así, la historia no sirve para nada. Es un eco tardío de la narración bí­blica donde a Adán le siguió Noé, después Abraham, luego David. Una construcción cronológica así sólo funciona cuando se busca fundamentar o legitimar un linaje. Esa forma arcaica de hacer historia frag­menta el pasado, borra las relaciones entre la política y la cultura, entre la sociedad y la naturaleza. Nada pasa. Nada tiene peso específico real. No hay coyunturas ni de­cisiones, ni luchas ideológicas, ni intere­ses que se confrontan. El desencadena­miento y la lucha de intereses opuestos se esconde.

El siglo XX mexicano no se puede en­tender sacado del contexto de lo que suce­dió en el mundo. ¿Acaso no hubo relación entre la caída del régimen de Díaz y el cam­bio de época que derrumbó monarquías con la Primera Guerra mundial? Los aconteci­mientos que se vivieron en Mexico entre 1917 y 1924 están conectados con las rup­turas que envolvieron al mundo después de Freud, Einstein y Lenin. No es posible ex­plicar los acontecimientos de 1929-1947 sin considerar la turbulencia ideológico- política que asoció a Hitler con Musolini y sentó a negociar a Stalin y a Churchill. La República española y la entrada de Esta­dos Unidos a la Segunda Guerra mundial afectaron profundamente el destino de México. ¿Podríamos entender la historia de los trabajadores mexicanos sin el Nuevo Trato que se pactó en Estados Unidos? Los mecanismos para financiar el desarrollo establecidos en los años cuarenta para la reconstrucción del mundo han escrito uno de los capítulos de nuestra historia que to­davía no hemos leído.

El crecimiento de los años 1945-1964 no fue sólo nuestro, sino parte del gran cre­cimiento de la posguerra. La Guerra Fría y los movimientos de liberación nacional imprimieron su huella en la ambigüedad del discurso político mexicano que tuvo que combinar una condena a las “ideas exóticas” con la exaltación del nacionalis­mo revolucionario. La crisis mundial de 1976-1982 tuvo efectos tardíos entre no­sotros por la coyuntura favorable del alza de los precios del petróleo, pero terminó arrastrándonos. ¿Cómo podríamos dejar de analizar las implicaciones que tuvo para nuestro país, la gran transformación cien­tífica y tecnológica de las dos últimas dé­cadas? En la época de los transgénicos, ¿qué pasará con el maíz y con el campo? En el mundo real de nuestros días, ¿cuáles son los márgenes que puede aprovechar un país como el nuestro?

En el siglo XX cambiaron la demogra­fía, la estructuración de la sociedad, el des­tino de las migraciones, las condiciones de salud, las enfermedades, los derechos hu­manos, los derechos políticos, el papel de las mujeres. Se creyó en el progreso y se descreyó. Hubo cine, motores de combus­tión interna, aereonáutica, cemento, peni­cilina, DDT, transmisión electrónica, mani­pulación genética. Cambió nuestra percep­ción del mundo y nuestra capacidad de pro­ducir. Pasamos de los Wichester 73 a los bombardeos aéreos piloteados a distancia. Cualquiera de nosotros que tenga memo­ria de lo que vio hace treinta o cincuenta años sabe hasta qué punto son distintas las condiciones de vida en las ciudades y en el campo. Nuestra generación ha sido testigo de lo que pasó con los ríos, los bosques y las selvas, no sólo en México sino en el mundo. En ese contexto de cambios pro­fundos es donde debemos ubicar lo que ha cambiado y no ha cambiado en nuestra vida política para medir su profundidad, su no­vedad. su realidad, su lógica y su sentido.

Por eso es lamentable que sigamos contando la historia de México por sexenios, porque es una forma simple de enmascarar la realidad. Porque nos man­tiene atrapados en el voluntarismo más atroz, dependientes de una sola voluntad política que todo lo resuelve, lo decide, lo dificulta, lo permite, lo prohibe, lo que es una manera demasiado simple de ver las cosas. Porque crea una ilusión de continui­dad política falsa y construye un Estado imaginario capaz de sobrevivir a cualquier crisis, de componerse y recomponerse y re­surgir siempre idéntico a sí mismo. Contar la historia por sexenios es la mejor manera de esconder la lucha política real.

La historia de un solo actor termina siendo un catálogo de días, una agenda sin propósito. No da lugar a otros aconteci­mientos ni deja escuchar otras voces, ni permite que uno se entere de los proble­mas de otros. El resultado de esa forma de pensar el pasado ha sido empobrecer el debate sobre el presente y anular la re­flexión sobre el futuro. Refuerza también una cultura autoritaria que no sabe resol­ver desacuerdos pero sí los condena. Es una manera de pensar que apoya la idea de que las figuras individuales tienen más peso que las normas y los valores.

Contar la historia por sexenios nos ha llevado al conformismo y a la confusión. Hemos aprendido una historia artificial, inexistente, que no nos ayuda a entender la realidad. Lo peor de todo es que nos ha hecho perder la visión de largo plazo y la idea de país con futuro. Por eso conviene revisar, volver a leer, repensar lo que ha sido el siglo XX para nosotros.      n

 Alejandra Moreno Toscano. Historiadora

Carlos Fuentes Lemus in Memorian

CARLOS FUENTES LEMUS: IN MEMORIAN

POR CRISTINA ROS

Era un chico especial, muy especial. Tenía una de las memorias más privilegiadas que, con tan sólo 26 años, uno haya podido conocer. Carlos Fuentes Lemus, hijo del inmenso escritor mexicano Carlos Fuentes y de la periodista Silvia Lemus, era dema­siado joven para llevarse de este mundo tantos conocimientos acumulados. Era una enciclopedia de cine, de múscia —viajaba tras Bob Dylan siempre que podía—, de literatura y de todos los movimientos culturales que han conformado este siglo. Era una enciclopedia, pero una enciclopedia con mucho y muy bien formado criterio.

Le recordamos en Mallorca, el pasado verano, los últimos veranos, rivalizando con su padre en un juego memorístico en el que ambos se regocijaban y del que los privilegiados espectadores salíamos enriquecidos. Hay que saber mucho para estar a la altura, e incluso a veces superar en conocimientos a Carlos Fuentes padre.

Le recordamos en la Isla, mostrándonos la primerísima edición del libro, aún no presentado, que padre e hijo acababan de realizar. En Retratos en el tiempo, el hijo era la imagen; el padre, la palabra. Y cada una de las fotografías tomadas por Carlos Fuentes Jr. decían tanto de él como de los personajes que había retratado. Fugaces, silenciosos y tremendamente expresivos, al mismo tiempo. Eran las imágenes toma­das por quien, en muchos casos, era todavía un adolescente que había madurado muy rápido.

Le recordamos hablándonos en voz siempre bajísima, la mirada perdida, de su próxima película, de una exposición de fotografías en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Y le recordamos, hace ya un par de veranos, pintando en Santanyí, en uno de los talleres que cede a artistas Margarita Nigorra. Algunas de sus obras todavía están aquí. Le recordamos y nos duele su muerte. Para sus padres, un sentido abrazo.    n