Escaramuzas de la razón

ESCARAMUZAS DE LA RAZÓN

Nicolás Witkowski ha concebido Una historia sentimental de las ciencias, en la que da salida a una erótica de la pasión científica, generosa basta el oprobio en monstruos del deseo.

En 1996 la editorial Siruela publicó un libro colectivo sobre el valor que poseen las informaciones científicas superadas, en desuso, meras curiosidades de época sin valor aparente, que en el trabajo del investigador ofrecen de pronto material crucial para su desarrollo. Historias de la ciencia y del olvido se originó en una conferencia de Oliver Sacks que por entonces estudiaba los fenómenos visuales de los enfermos de cefalea y migraña, y cómo para el estudio de tales fenómenos (que a su vez formaba parte de una investigación sobre otro trastorno de salud), las obsoletas historias clínicas escritas al gálico modo, verdaderas novelas individualizadas, le ofrecieron un material invaluable e imposible de obtener en los cartabones que la administración moderna impone en sus servicios de salud. El volumen se completó con la serie de conferencias que un grupo de científicos (Kevles, Lewontin, Stephen Jay Gould, entre otros) dictó con historias similares en cada una de sus disciplinas.

En Francia, Nicolás Witkowski, que hace poco menos de dos años dirigió un sugerente Dictionnaire culturel des sciences (Éds. du Regard-Seuil), ofrece ahora Une histoire sentimentale des sciences (Seuil), en la que da salida a la erótica de la pasión científica, que como cualquier otra pasión es generosa hasta el oprobio en monstruos del deseo.

El Dictionnaire, que ofreció más de mil artículos de colaboradores como Jean-Toussaint Desanti, Jean-Marc Lévy Leblond, Gérard Simón y Jean Starobinski, era producto de una amplia reivindicación del conocimiento y la práctica científicos para las inteligencias no especializadas; en palabras de Witkowski: “En el terreno científico lo urgente es desmitificar. La ciencia que nos proponen los manuales escolares y la mayor parte de los investigadores es en lo esencial una ciencia decimonónica, ciencia triunfante y arropada con certezas, deslumbrada por el espejismo del progreso’ del conocimiento y la humanidad. Esta rigidez sobre el verdadero significado de la ciencia y la razón, rigidez la mayor parte de las veces dogmática, contribuye de una manera casi inconmovible a marginar a los espíritus sensibles y curiosos del territorio de la aventura científica.

Acorralado entre las exigencias mediáticas y las cuotas industriales, el investigador no deja de interrogarse sobre el sentido de su trabajo y el alcance de sus resultados, mientras que la propia enseñanza de las ciencias atraviesa por una crisis sin precedentes cuando sus elementos más destacados abandonan esta pretendida élite tecnocrática cuyo horizonte se reduce día tras día”.

El Dictionnaire culturel des sciences tuvo una recepción entusiasta que ahora con seguridad se repetirá en el caso de Une histoire sentimentale des sciences, recuento sin interpretaciones de los trebejos que se quedan en el camino de la investigación. El inventario es un verdadero desfile enloquecido de sus mejores intenciones. El médico y físico inglés William Gilbert (1544-1603), no sólo estudió imanes y realizó los primeros experimentos sobre electrostática y magnetismo, sino que aseguró un método infalible para identificar a la mujer adúltera: cuando ésta esté dormida hay que deslizar un imán bajo su cabeza, la mancornadora se incorporará como jalada por una cuerda invisible. Johannes Keppler (1571-1630), por su parte, describió con minucia exasperada la población monstruosa de la Luna. Fiebres más tectónicas arrebataron a Pierre Louis Moreau de Maupertuis (1698-1759) cuando en Laponia se disponía a medir un arco de meridiano cayendo a los pies de dos laponas.

Las burbujas, que son el tema del último libro del filósofo Peter Sloter-dijk, en su versión jabonosa conviven aquí con la teoría de las arrugas de la almohada, el estudio de la migración de los marlines en el estrecho de Messina, la comisión investigadora sobre los leones marinos en el estrecho de Bering, la electrificación de las cabezas tronchas de los condenados a la guillotina a manos de un discípulo de Galvani, el proyecto de la hija de Lord By- ron, Ada Lovelace, de elaborar una matemática del sistema nervioso. Al final, las palabras que le dirige Jean-Baptiste Biot (1774-1862) a su joven alumno Louis Pasteur, cifran las energías eróticas que acompañan estas escaramuzas de la razón: “Querido muchacho, he amado tanto a las ciencias a lo largo de mi vida, que nada más pensar en ellas me acelera el corazón”. n

Puebla

ESCRITURAS

PUEBLA

POR ÁNGELES MASTRETTA

Este texto fue leído por su autora el 11 de junio de 2003 al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Allí donde uno atesoró los amuletos de su infancia, donde la esquiva luna dijo una tarde nuestro nombre, donde aprendimos a oír como quien sueña y a evocar porque sí, allí donde el deseo, altivo como nunca, nos insinuó lo que sería de por vida, donde por primera vez confundimos el miedo con la audacia, el amor con el imposible y el absoluto con lo verosímil, allí está para siempre el territorio prometido, el lugar mítico del que todo depende. Allí están sin duda nuestras pasiones más asiduas y el rescoldo de la memoria desde el que todo reinventamos.

Puebla es mi territorio mítico. Como tal se me cruzó en la vida y a cambio sólo me ha pedido el afán de recontar sus delirios, imaginar lo que tal vez conocen sus montañas, elogiar sus campanarios y sus atardeceres, deshacerla, reconstruirla, maldecir sus sospechas y bendecir las puertas de sus casas.

Aquí en Puebla, bajo mis ojos, envejecieron mis abuelos, se quisieron mis padres, nacieron mis hermanos. Aquí en Puebla, en el jardín de mi amiga Elena, está el fresno que habitamos mil tardes, en el que la recuerdo detenida, como a las hadas de su nombre, antes de conocer las letras de una pena. Aquí está el río transparente que veneró mi abuelo, el lago en cuyo cielo aprendí el orden estremecido que rige a las estrellas.

Aquí en Puebla vio mi padre a los primeros muertos de las varias guerras que acortaron su vida, aquí lo vi perderse mirando desde la puerta de nuestra casa cómo nos íbamos antes que él.

Aquí mi madre padeció la belleza con que aún nos deslumbra su perfil, aquí ha encontrado la paz y la sabiduría que muchos nunca encuentran.

Aquí en Puebla perdí los ojos tras el primer hombre —que entonces era un niño—, y aquí vengo a reconocer que hasta el último hombre que me cruce la vida será siempre un niño.

Puebla, el siglo pasado, me concedió el descubrimiento de las misceláneas y las mercerías. Me enseñó los secretos de abril y el anhelo de diciembre. En Puebla siempre está lo que me urge. Siempre agosto como una promesa, siempre octubre con las flores moradas, siempre el primer deseo, siempre los viernes de Dolores, los viernes de luna llena, los viernes prodigiosos que abrían las vacaciones. Siempre el ambiguo temblar de la vuelta al colegio: con los libros radiantes y los lápices nuevos. Siempre el aire bendito de la primera papelería que conocí, siempre la gramática y sus leyes como el primer atisbo de una pasión que redime todos mis días. Siempre la nieve de limón con sabor a cinco de la tarde, siempre la primavera al mismo tiempo que el otoño, siempre la perfecta memoria de las lluvias: aunque arda una sequía o corra el aire denso de una polvareda. Siempre el mundo completo como creí de siempre que sería.

Para mí, en Puebla puede ser siempre Navidad y siempre está mi abuelo Guzmán sembrando gladiolas, jugando ajedrez, amaneciendo como quien va de fiesta. Siempre mi abuela con los ojos clarísimos haciendo sumas al mismo tiempo en que repite un poema. Siempre el velero ineludible que construyó el tío Roberto, para irse por el lago en compañía de la niña que fui y de una botella de ron que se bebía mientras la proa tomaba cualquier deriva. Siempre la tía Nena caminando de prisa, inolvidable, entre lo inverosímil y catedral. Siempre la casa vacía del médico que fue mi bisabuelo y siempre adentro una tertulia del siglo diecinueve con una flauta y una mujer que empollaba elefantes cada vez que algo le dolía y cuya heterogénea decencia le ha dado al mundo desde matemáticos hasta bailarinas, pasando por toreros, cantantes, cirujanos, físicos, marineros, pintores, poetas y otros cientos de fanáticos aspirantes a la gloria diaria de seguir en el mundo.

En Puebla siempre está Alicia Guzmán vestida de blanco, volviendo de jugar frontón con la sonrisa premonitoria de quien se sabe eterna. Siempre la tía Maicha pintando, distraída de todo, incluso de sí misma, preguntando en desorden si me siento feliz. Siempre el tío Sergio construyendo una casa de dos pisos a la que se olvidó de ponerle una escalera, siempre el tío Alejandro tocando el piano como quien juega solitarios, siempre la memoria de un rincón del jardín, cercano al árbol de nísperos, en el que estuvo la tumba de su perra Diana, dándome desde entonces la certeza de que en toda lápida, hasta en las de los perros, hay un pasado que se busca eterno. Siempre la diminuta escuela que dirigía con espíritu de heroína, una mujer solitaria a quien entre más pasa el tiempo más admiro. Y siempre, basta sólo con detenerse en el barrio de Santiago, siempre hay una familia, hecha de varias familias, empeñada en salir a que los hijos conozcan el mar: mi larga e irrevocable familia de la infancia.

Aquí en Puebla está el jardín de Marcela con una jacaranda y todas las certezas de quien duda de lo buena que es. Está Sergio mi hermano cavilando el futuro, memorizando los abismos de la sierra, despierto todas las madrugadas con el ansia de atestiguar un imposible tras las imposibles noticias diarias. Aquí están los eucaliptos que sembró mi abuelo paterno y que mi madre le defendió a una herencia como quien defiende un reino. Está el edén con sus hijos y sus nietos jugando un pertinaz fútbol de chicos contra grandes. Aquí está Mónica con su aroma a chocolate y promesas, aquí anda aún mi prima María Luisa con un loro en el hombro y un tigre en el anillo, viviendo como en África el amor de su vida. Aquí está Pepa jurándome que ella es una novela y Tere sonriéndole al olvido. Aquí Adriana con todo su buen juicio cuidando el de otros como quien cuida luces de bengala, y aquí María Isabel que aún salta con la lengua entre los dientes, como si ganar el juego fuera ganar la gloria. Aquí puedo pensar en Alis a los nueve años, vestida de ángel, con los ojos enormes como las matemáticas en las que después ha puesto la vida. Aquí está Checo armando un globo de cantoya para mandar al cielo una caja con nuestro viento y su fuego. Aquí José Luis Escalera ha reconstruido una casa para llenarla con libros y la ha llamado Profética, guiado por la inclinación de quien sabe que cada libro busca en sí mismo el cumplimiento de una profecía.

No es deber de escritores ser profeta, de ahí que yo nunca haya pretendido serlo. Los profetas adivinan el futuro, yo en cambio me he pasado una parte de la vida tratando de adivinar el pasado. Escribo libros que intentan la profecía al revés, y no sólo me cueste trabajo hablar del futuro sino incluso indagar en el presente. Por eso recuerdo los detalles más impensables y olvido los más preclaros.

Aquí en Puebla aprendí a decir Carlos para nombrar a mi abuelo paterno, un italiano suave y enigmático cuya voz aún oigo de repente en mis hermanos. Aquí mi padre se empeñó en heredarle a su hijo Carlos la pasión por los autos de carreras que él hoy hereda a sus hijos junto con otras pasiones de igual rango. Aquí lo vio Daniel mi hermano dibujar con tinta verde unas letras perfectas como las líneas que él ahora dibuja mientras silba despacio una canción que sólo ellos comparten.

Aquí, sentada en los mosaicos rojos de una casa blanca, oí muchas tardes el ruido de unas manos emparentadas con la dicha mientras escribían. La escritura y la felicidad me fueron enseñadas como una misma cosa. No tengo cómo pagar semejante herencia. Como una misma cosa aprendí las palabras y la fiesta, la conversación y la leyenda, el juego y la sintaxis, la voluntad y la fantasía. Como una misma cosa miro mi historia y la del mundo en que crecí y al que vuelvo sin tregua lo mismo que quien vuelve por agua.

Aquí perdí antes de mirarla a una tía de nombre Carolina, como el hermoso edificio en que hoy estamos. Aquí encuentro para toda la vida a la tía Tere horneando unas galletas con su fuego y a la tía Catalina dándole a cada quien el destino que quiere al extender la mano. Aquí recibió Marcos Mastretta las cartas que le llegaron desde Italia, contando las batallas y la esperanza de su hermano. Y aquí volvió Carlos Mastretta a dar con la insólita mujer que estaba destinada para él, con los hijos que nunca imaginó y que aún se empeñan en imaginar cómo sería su paso si en vez de morir joven como su risa, hubiera conseguido vivir los noventa años que hoy tendría.

Aquí está la Iztaccíhuatl impávida, impredecible y sola como toda mujer dormida junto a un guerrero que desde hace cuatro millones de años estalla a cada tanto cubriéndola de cenizas y lumbre.

Yo no concibo el mundo sin los volcanes atestiguando las luces de este valle, acompañándonos la vida entera mientras pasa un instante de sus vidas. Ni siquiera imagino al mar que tanto venero, sin los volcanes como la contraparte de su inmensidad.

Quienes fundaron Puebla en este valle, movidos por la imaginación y los sueños del Renacimiento, supieron elegir el paisaje. Pero está en nosotros cuidarlo. Ser de Puebla, a pesar de la fama de insondables que no sé cómo hemos creado, es ser de todas partes, es heredar la vocación ecuménica de las muchas generaciones que han mezclado aquí su fantasía y sus linajes. Ser de Puebla, para nuestra fortuna es ser mestizo, es ser hijo de viajeros, de peregrinos, de asilados. Por eso cuando ando por Puebla ando un poco por todas partes. Lo mismo que cuando ando en cualquier parte ando también aquí. Basta ver el daguerrotipo del bisabuelo Juan para saber que algo de olmeca tiene mi familia. También algo de maya y algo de fenicia. El  gesto de la bisabuela María es de una andaluza, lo cual nos hace también árabes, abisinios. Tuve un bisabuelo campechano y rubio, mitad hijo de Al- sacia y mitad de Turquía. Un tatarabuelo judío, una griega mezclada de maya y seguramente una veneciana que casó de casualidad con un romano. Por eso viajo lo mismo a Mérida que a Oviedo, a Nepantla que a Granada, a Teziutlán que a Buenos Aires, a Cartagena que al Adriático, al Vesubio que a Tlaxcala, al desierto que a Cozumel o al Mediterráneo diciendo siempre: yo estuve aquí, bajo este firmamento tuve amores, por estas calles me perdí una tarde. Puebla es mi centro y mi destino porque es el inaudito cruce de muchas veredas.

Aquí en Puebla vi una mañana a Emilia Sauri atándose a Daniel Cuenca tras el mostrador de una botica, aquí me convenció Milagros Veytia de cuán urgente era contarla como si la hubiera conocido. Aquí supe la historia de un cacique implacable a quien en mi cabeza tuve a bien casar con una mujer que aprendería a burlarlo. Todo con tal de conjurar la carga que ese mundo llegó a tener en el recuerdo de quienes ni siquiera lo vivimos. Aquí aún me parece cierto que las hembras de la especie humana hayan logrado desde hace muchos años reírse de sí mismas, torcer el destino que les estaba señalado, mirar el mundo con la benevolencia y la dicha de quien se sabe parte de su rumbo.

Aquí vive con todas sus luces la más intrépida, la mejor de cuantas hermanas puede alguien tener: Verónica, rápida como los pájaros, incansable, asida a la razón que según ella es su ley primera y según yo su debilidad única, cambiando de lugar todas las cosas sin perder de vista una sola, sin negarle a la agudeza de su lengua ninguno de sus mil deberes. Aquí está Daniela su hija con el rigor de la ley entre las manos y una sonrisa como un bálsamo. Desde aquí Lorena ayudándome a buscar a un perro capaz de enamorarse como sólo Quevedo y de perderse de mí como sólo yo suelo perderme. Aquí los dos Arturos: el que vivió conmigo para mi fortuna y el que vive con mi hermana como quien teje su fortuna.

Aquí crecieron todas las vacaciones de mis hijos, aquí su extraordinaria abuela los enseñó a jugar ajedrez y a tener paciencia, aquí aprendieron a andar en bicicleta y a venerar la tierra y sus prodigios, aquí vuelven cada vez que les urge saber quiénes son y dónde está la imprescindible métrica de sus vidas. Aquí anda su padre, leyendo siempre un libro, inteligente y ensimismado como si estuviera en todas partes. Aquí también están cada uno y todos mis grandes amores: los posibles, los imposibles y los que siendo inconfesables se volvieron perennes. Aquí, como si todo esto que nombro no fuera suficiente, la Benemérita Universidad de Puebla me entrega hoy un grado que me enaltece y me alegra, un privilegio al que pretendo hacer honor el resto de mis días. Muchas gracias por esta fiesta.

Nada me asombra y me regocija más que los seres humanos. Trato a diario de contar su vida y sus milagros porque imagino que al contarlos conseguiré asir uno que otro de sus deseos y sus contiendas. Sé que imagino mal: la gracia de los demás está en que sabemos de ellos tan poco como conseguiremos saber de nosotros. Yo querría ser audaz, pero creo que escribo por temor. Le temo al día en que no veré más cómo llega la noche, cómo se crece el mar, cómo entra la llovizna leve sobre el cauce de las montañas, cómo crecen mis hijos, cómo se enamorarán los hijos de mis hijos. Y le temo todos los días, con más reticencia que a la muerte, a la posibilidad de que no me quieran aquellos a quienes reverencio. Este premio será siempre un conjuro contra semejante temor.

Las venturas, como la vida misma, son un regalo impredecible. Acepto con alegría el espléndido estímulo que es estar aquí, acogida por ustedes y por este claustro, símbolo de cuantos caminos cruzan nuestra ciudad. Lo acepto con la única sensatez de la que soy capaz, la que me dice que es imperioso aceptar la generosidad con que nos miran otros, porque nos urge aprender a mirar a los otros con la misma generosidad.

Otra vez, muchas gracias. n

Vargas Llosa: Otras caras de la Revolución

VARGAS LLOSA: OTRAS CARAS DE LA REVOLUCIÓN

Los presentes de Flora Tristán y Paul Gauguin reciben la visita de sus pasados iniciáticos y luego se anulan, se olvidan de sí mismos en nombre de un futuro a la medida del deseo.

El Paraíso en cada esquina de Mario Vargas Llosa trae hasta nosotros dos de las aspiraciones más procuradas y a la vez más dolorosas del mundo occidental en sus últimos 150 años de existencia, y representan a su vez dos capítulos en la historia de los sueños utópicos. Esos capítulos, aunque ramas de un mismo tronco, se contraponen: uno mira al paraíso colectivo y otro al paraíso individual: uno prescribe la redención de la clase obrera, la igualdad entre hombres y mujeres; otro intenta recuperar los últimos restos de inocencia humana lejos de los actos civilizatorios de Occidente.

Vargas Llosa recrea las figuras en llamas de la activista política Flora Tristán y del pintor Paul Gauguin. Y no en balde. Flora Tristán es abuela de Paul Gauguin… y tiene sangre peruana. Las historias en espejo de una y otro transcurren al borde de un desfiladero: son, en virtud de sus actos, revolucionarias, animadas por la obligación del cambio social o por el fuego abrasador de la creación artística. Aparecen ante nosotros en los momentos más combativos de sus vidas, los mismos que, paradójicamente, marcan el inicio de su declive físico y su ruina a manos de la enfermedad.

Los destinos de Flora Tristán y Paul Gauguin ocurren con cerca de cincuenta años de diferencia. Pero cuando está a las órdenes de Vargas Llosa, el tiempo, ya lo sabemos, actúa de muy diversas maneras. Los veintidós capítulos de El paraíso en cada esquina exploran por partes iguales, y alternadamente, los esfuerzos de Flora Tristán y Paul Gauguin por instalar aquí, en la tierra, el reino de la emancipación sin Dios. Los ocho meses que la novela concede en la vida de FloraTristán son tan plenos como los once años de Paul Gauguin. Sobre todo porque el tiempo, el tiempo de la evocación, alarga el presente con una cualidad enriquecedora. Los presentes febriles de Flora Tristán y Paul Gauguin reciben la visita de sus pasados iniciáticos y luego se anulan, se olvidan de sí mismos en nombre de un futuro a la medida del deseo.

“Se había fijado”, leemos de Flora Tristán, “para cada pueblo y ciudad, un programa preciso: reuniones con obreros, los periódicos, los propietarios más influyentes y, por supuesto, las autoridades eclesiásticas. Para explicar a los burgueses que. contrariamente a lo que se decía de ella, su proyecto no presagiaba una guerra civil, sino una revolución sin sangre, de raíz cristiana, inspirada en el amor y la fraternidad. Y que justamente, la Unión Obrera, al traer la justicia y la libertad a los pobres y a las mujeres, impediría los estallidos violentos”. Los pasos de Flora Tristán por los enclaves obreros de Francia en 1844 arrojan un cuadro de empecinamiento mezclado con una profunda soledad. No hay oídos para las consignas libertarias de Flora. Como no hay sosiego para su cuerpo, víctima de la muerte lenta que va adueñándose de su matriz y su vientre, de su cabeza y su espalda.

El empecinamiento y la soledad son también los movimientos estelares en la carrera de Paul Gauguin hacia lo inexistente. “Estudiando el simbolismo y la sutileza de esas imágenes tuviste, por primera vez, la adivinación de lo que ahora, por fin, veías muy claro: que el arte europeo estaba enclenque, afectado también de la tuberculosis pulmonar que mataba a tantos artistas, y que sólo un baño revivificador, venidas de esas culturas primitivas no aplastadas aún por Europa, donde el Paraíso era todavía terrenal, lo sacaría de la decadencia”. La búsqueda de Paul Gauguin llega hasta las islas del Pacífico Sur, donde no encuentra el anhelado sosiego. Como en Flora, su abuela, el Paraíso se instala en su cuerpo como un huésped que da lecciones de dolor y soledad.

El tema del paraíso en la tierra ha impuesto su sello en al menos dos novelas estelares, aunque distintas, de Mario Vargas Llosa: La guerra delfín del mundo (1981) e Historia de Mayta (1984). La primera le rinde tributo a Gran sertón: Veredas (1956), de Joao Guimaraes Rosa, una de las novelas primigenias de lo que podríamos llamar la nueva novela hispanoamericana; la segunda es un ajuste de cuentas con la izquierda y ciertos valores que se llevan muy mal con la defensa y preeminencia del individuo. En La guerra del fin del mundo Vargas Llosa nos entrega la médula del mesianismo revolucionario, crea y recrea el levatamiento popular que conmocionó a Brasil a fines del siglo XIX, con la impronta de la revolución como sinónimo del paraíso aquí, a esta hora. Historia de Mayta nos concede el retrato de un revolucionario cuyo sentido del bien se parece al que profesa el príncipe Mishkin, el protagonista de El idiota de Dostoievsky, cuyas acciones generosas, paradójicamente, sólo provocan daño a sus semejantes.

Flora Tristán y Paul Gauguin, como personajes de Mario Vargas Llosa, son de otra estirpe. O mejor dicho, personifican otra idea de revolución: el triunfo del individuo sobre todas las cosas, n

Tendencias. Perdiendo el paso

TENDENCIAS

PERDIENDO EL PASO

México se ubica en el lugar 24 de competitividad mundial luego de haberse colocado en el lugar 19 en 2002: un descenso de cinco posiciones en tan sólo un año. Resalta el hecho de que la mejor ubicación que ha obtenido México fue en 1999, cuando tuvo el lugar 14. Desde entonces, el descenso ha sido constante, ocupando de nuevo el lugar 14 en el 2000 y el 15 en 2001.

El internacional institute for iManagement Development (Instituto Internacional de Desarrollo Gerencial), con sede en Suiza, reporta que Estados Unidos y Finlandia son las economías más competitivas del mundo en 2003. La nueva división establecida para medir la competitividad, separa a las 59 naciones del estudio en dos grupos: las que tienen más y las que tienen menos de 20 millones de habitantes. A la cabeza de estos grupos se encuentran Estados Unidos y Finlandia, seguidos por Australia y Singapur, respectivamente. Para medir la competitividad de los países, el IMD utiliza más de 320 indicadores, en cuatro sectores básicos: desempeño económico, eficiencia gubernamental, eficiencia empresarial e infraestructura.

México se ubica en el lugar 24 en 2003, luego de haberse colocado en el lugar 19 en 2002: un descenso de cinco posiciones en tan sólo un año. Resalta el hecho de que la mejor ubicación que ha obtenido México ha sido en 1999. cuando tuvo el lugar 14. Desde entonces, el descenso ha sido constante, ocupando de nuevo el lugar 14 en el 2000 y el 15 en 2001. Para cada uno de los componentes del índice, los resultados obtenidos por México son los siguientes:

DesempeÑo econÓmico: Se refiere a la evaluación macroeconómica de la economía nacional. El índice ubica a México en el lugar 17 en 2003. una posición por arriba de la ocupada hace un año.

Eficiencia gubernamental: Mide la eficiencia de las políticas gubernamentales para fomentar y generar competitividad. México ocupa el lugar 16 en 2003. tres lugares menos respecto al resultado de 2002.

Eficiencia empresarial: Mide el funcionamiento innovador, redituable y responsable de las empresas. México se ubica en el lugar 25 en el presente año, cinco lugares por debajo que en 2002 e incluso por abajo del estado de Sao Paulo, en Brasil, incluido por primera ocasión en el índice del IMD.

Infraestructura: Indica la medida en la cual los recursos básicos, tecnológicos, científicos y humanos cumplen con las necesidades de la actividad empresarial. México ocupa el lugar 29, el penúltimo del grupo de países con más de 20 millones de habitantes. Ocupaba el lugar 23 en 2002.

América Latina: El IMD indica en su reporte que éste no es un buen periodo para la competitividad en América Latina. La región carece de un ambiente estable y predecible. El gasto en infraestructura, y la inversión en capital en general, han disminuido. Muy pocos polos de desarrollo industrial se están construyendo, con excepción de Chile. La educación, especialmente a nivel de primaria y secundaria, carece de suficientes recursos. Para concluir, las presiones de corto plazo están afectando el futuro de la región.

La economía mundial: En su conjunto, se encuentra en un periodo de convalecencia. El Fondo Monetario Internacional considera que el crecimiento del producto mundial será de 3.2% en 2003- En este sentido, cualquier crecimiento menor al 2.5% es considerado normalmente como una recesión global. Por su parte, Morgan Stanley predijo que el crecimiento mundial en este año será de tan sólo 2.4%.

Presiones empresariales: La competitividad de las empresas ha sufrido particularmente en 2001 y 2002. La economía se ha caracterizado por la caída más prolongada en los mercados bursátiles en décadas, la reestructuración del sector financiero, el aumento acelerado de la deuda de las empresas, la consolidación de la industria de la tecnología, que ya no representa la locomotora de la economía mundial, como lo fue en los noventa; por último, la creciente desconfianza de la opinión pública respecto al comportamiento honesto y ético de los líderes empresariales.

EN conclusiÓn: El Instituto Internacional de Desarrollo Gerencial advierte que en 2003 el panorama de la competitividad estará sustentado en dos principios fundamentales: primero, las naciones deberán concentrarse en hacer sólidas inversiones en infraestructura con propósitos económicos, tales como las comunicaciones, la administración y las ciencias, y con objetivos sociales, tales como la educación, la salud y la seguridad. Los gobiernos no pueden liberarse de esta responsabilidad. incluso si la instrumentación se delega al sector privado. Segundo, las compañías deben concientizarse de las virtudes del comportamiento transparente y ético en los países donde operan.

Ninguna empresa puede ser exitosa y. por tanto, ningún país puede ser competitivo si la sociedad desconfía de la comunidad empresarial.

Adaptación y flexibilidad: Para el IMD. las políticas que se instrumenten, ya sea en el sector público o privado, deben ser sencillas y adaptables al contexto, ya que no existe un modelo definitivo para alcanzar la competitividad. sea de un país o de una compañía. El mensaje es que cualquier política o modelo de negocios necesita estar constantemente sujeto a revisión, dado que el ambiente actual es más volátil e impredecible que nunca. n

Caleidoscopio. El padrón

 CALEIDOSCOPIO

 EL PADRÓN

 POR JOSÉ WOLDENBERG

· El padrón electoral es:

· listado de los mayores de edad,

· cimiento del edificio electoral,

· pequeño universo de 65, 340,669 hombres y mujeres,

· el 94.2% de los ciudadanos,

· fuente de la lista nominal de electores,

· esfuerzo institucional sostenido,

· patrimonio de todos,

· llave para ejercer los derechos políticos,

· cascada que generó, al día de hoy,

· 64, 713,435 credenciales

· con fotografía vigentes,

· cédula de identidad por default,

· 22 millones de movimientos entre

· julio de 2000 y marzo de 2003 ,

· para mantenerlo actualizado,

· 37% de nuevas inscripciones,

· 32% de cambios de domicilio,

· 10% de correcciones de datos,

· 21% de reposiciones por pérdida

· deterioro,

· invitado imprescindible a todas

· las elecciones, locales y federales,

· producto de exportación,

· auditado de manera recurrente,

· logro concurrente de funcionarios,

· partidos y ciudadanos,

· elemento estabilizador,

· punto de reconocimiento

· entre diversas fuerzas políticas,

· eslabón firme,

· información codiciada,

· confidencial y accesible a muchos,

· motivo de orgullo,

· “pequeño detalle técnico” del que depende la buena marcha electoral,

· fortaleza contra el fraude,

· punto final de fantasmas y rasurados,

· succionador de recursos,

· materia de tráfico,

· fruto de la inscripción voluntaria y de la buena fe,

· incremental (47.5 millones en 1994, 65.3 ahora),

· más que la población total

· de Argentina, Chile y Ecuador juntas (con todo y niños),

· producto del IFE para todos los institutos electorales locales,

· candado.

· fotografía de la población,

· 51.75% mujeres. 48.25% hombres.

· como el de un país latinoamericano medio, en el Estado de México, 8.403.687,

· como el de una delegación del DF, en Baja California Sur. 290.100,

· millones y millones: 2.6 de 18 y 19 años. 9.1 de 20 a 24. 9.7 de 25 a 29. 8.9 de 30 a 34, 7.5 de 35 a 39, 6.3 de 40 a 44, 5.1 de 45 a 49, 4.0 de 50 a 54. 3-2 de 55 a 59, 2.5 de 60 a 64, 5.7 de 65 y más,

· material estadístico de estudio,

· base de datos monumental,

· catálogo en depuración permanente,

· invadido de medidas de seguridad,

· referente obligado,

· platillo para los demógrafos,

· obra colectiva. n

La oleada populista de América Latina

LA OLEADA POPULISTA DE AMÉRICA LATINA

El regreso de gobiernos y líderes de corte populista a nuestro continente es tan explicable como preocupante. Glosamos, traducimos y reescribimos a continuación, pasajes de un reporte global de Strategic Forecast (Stratfor) sobre el panorama de América Latina al iniciarse el segundo semestre del año 2003- Desde el punto de vista geopolítico, dice Stratfor. hay tres cosas fundamentales que hacer en la América Latina de hoy:

1) Revertir la tendencia de inestabilidad política y social de la región, que se ve acompañada por un auge de políticos populistas, globalifóbicos, que buscan desconectar a sus países de las corrientes mundiales del dinero, la tecnología y el comercio, y hacen renacer en sus discursos y demandas las viejas fronteras étnicas, sociales, clasistas, del discurso político latinoamericano. América Latina siempre ha sido una región de aguda desigualdad social y económica. Esas desigualdades han crecido en la última década, nutriendo la inestabilidad política, la frustración social y la desigualdad económica, que nutren a su vez el discurso populista.

2) Transformar a América Latina de un exportador neto en un importador neto de capital. Esto requeriría gobiernos capaces de restaurar la confianza de la gente en sus economías y su moneda. Los ciudadanos de América Latina sacan sus capitales al exterior mientras sus gobiernos se endeudan para financiar el gasto público. Se calcula que construir la infraestructura esencial para el desarrollo de la región costaría entre 500.000 y 1 millón de millones de dólares, dependiendo de cómo se defina infraestructura “esencial”. Según cálculos de analistas europeos y estadunidenses, los ciudadanos de América Latina tienen unos 700.000 millones de dólares ahorrados en bancos extranjeros. Si la región no reduce sustancialmente su dependencia de la deuda extranjera, seguirá saltando de crisis en crisis.

3) Generar un apoyo político y popular que complete las reformas indispensables para la modernización de esos países. Sin esas reformas la prosperidad nacional será imposible. Pero sin liderato político y apoyo de la gente, las reformas, a su vez, serán imposibles. El ambiente político de América Latina va en sentido contrario: hacia el desprestigio de las reformas necesarias, sin las cuales la región tendrá pocas posibilidades de salir de la trampa de la deuda, la pobreza y el desempleo.

Si los gobiernos fracasan en detener la inestabilidad, captar dinero externo y generar apoyo a las reformas, las economías de la región seguirán cojas, aumentarán la pobreza y el desempleo, crecerá el descontento y los países serán políticamente inestables. La protesta social y la violencia política serán campo fértil al crimen organizado. el narcotráfico y los grupos políticos radicales. Ningún gobierno latinoamericano está resolviendo adecuadamente las tres cuestiones mencionadas. En vez de un impulso hacia las reformas que crearían condiciones favorables para el crecimiento, la inversión y el empleo, hay un viraje continental hacia discursos y políticas populistas, que suenan convincentes y son atractivas para los votantes pobres. pero que en la práctica no harán sino debilitar a las economías de la región.

Muchos nuevos gobiernos latinoamericanos triunfaron en las urnas haciendo campaña contra las reformas que se necesitan. Al llegar al poder, han puesto en práctica lo que predicaron. con el único resultado de agravar la tormenta social y económica. Es el caso del presidente Hugo Chávez en Venezuela. Otros gobernantes de tono populista se han movido al centro para mantener sus economías a flote, pero no han impulsado las reformas requeridas en otras áreas, en el ámbito fiscal y laboral por ejemplo. Es el caso del presidente brasileño Luiz Ignacio da Silva, Lula.

Lula evitó una suspensión del pago de la deuda poniendo en práctica políticas monetarias y de tasas de interés ortodoxas. Busca ahora programas atractivos para reducir la pobreza y el hambre, sin hacer reformas estructurales más profundas, pues serían impopulares entre sus votantes. La cautela de Lula ha preservado su base política, pero en el largo plazo la economía brasileña crecerá muy despacio, sin logros mayores en creación de empleos y reducción de la pobreza.

El desprestigio de las reformas necesarias no nace del capricho. Las condiciones económicas de la región se han deteriorado gravemente desde que hace trece años, bajo la presidencia del presidente Bush padre, empezaron a ponerse en práctica las recetas del llamado Consenso de Washington. Durante la última década cayó el crecimiento regional y aumentaron el desempleo y la pobreza. El crecimiento económico fue de un 4.2% anual en el primer lustro de los noventas y de sólo 2% anual en el segundo lustro. A partir del año 2000, el crecimiento ha sido negativo.

El desempleo llegó a su nivel más alto de las últimas dos décadas y la pobreza creció también. Hay 214 millones de pobres en América Latina, más del 44% de la población. La quinta parte de ellos no gana suficiente para comer. Las políticas de libre mercado y libre comercio predicadas por Washington no fueron la solución mágica que prometían. Por el contrario, la clase media casi ha desaparecido en muchos países, dejando sólo una enorme brecha, políticamente riesgosa, entre una mayoría de votantes pobres enojados y un pequeño número de élites extremadamente ricas.

De México a Tierra del Fuego, han salido de la escena los políticos que impulsaron las reformas de libre mercado en los años noventa. Han sido reemplazados por jefes de Estado populistas. Los nuevos dirigentes han detenido o revertido las reformas y han empezado a adoptar políticas que miran hacia adentro. La sensibilidad política de la región se desplaza del centro a la izquierda, en cuestiones como la conveniencia de tener un Estado más poderoso e intervencionista. Los discursos populistas subrayan las diferencias étnicas, sociales o de clase, soslayadas durante los noventas, en favor de nociones como las de una ciudadanía democrática, con iguales derechos y oportunidades.

El viraje del pragmatismo al populismo en América no es un fenómeno nuevo. Por el contrario y por desgracia, parece ser parte del comportamiento cíclico de la región, provocado por los ciclos de auge y crisis de la economía, y por las arraigadas actitudes negativas de las sociedades latinoamericanas hacia la empresa privada y el libre mercado.

El presidente venezolano Hugo Chávez es el ejemplo extremo de la nueva oleada populista del continente, pero han llegado al poder o a la preeminencia nuevos líderes de ese corte en Bolivia, Ecuador, Perú, Argentina, Brasil, Paraguay y El Salvador.

La tendencia ha provocado más inestabilidad.

En febrero pasado, el presidente progringo de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Lozada, apenas pudo sobrevivir a un motín policiaco en La Paz. Un mes después, la embajada de Estados Unidos advirtió oficialmente que había un intento de golpe de Estado contra él.

La elección de un antiguo coronel y fallido golpista, Lucio Gutiérrez, en Ecuador, ha multiplicado las protestas antigubernamentales.

En Perú, el presidente Alejandro Toledo, electo en parte por sus raíces indígenas, ha visto derrumbarse su popularidad entre los votantes pobres y su gobierno es objeto de protestas airadas, cada vez más violentas, por parte de muchos de los grupos que apoyaron su candidatura.

Venezuela está atrapada en una larga confrontación política entre el gobierno y grupos de la oposición. El conflicto está arruinando la industria petrolera de ese país y hundiendo la economía en su peor recesión, desde los años cincuenta. El ingreso per cápita de Venezuela ha caído hasta ser igual al de 1950.

Y qué decir de Colombia, donde la democracia convive con una guerra civil.

Así las cosas, es imposible esperar que la oleada populista termine pronto, pero es imposible esperar también que resuelva los problemas. Por el contrario, los agravará, n

Aprobación presidencial: Congreso sin mayoría

APROBACIÓN PRESIDENCIAL: CONGRESO SIN MAYORÍA

A pocos días de la elección intermedia los ciudadanos con teléfono en su vivienda se inclinan nuevamente a pensar que es más útil para el país mantener un contrapeso al presidente en el Congreso, en vez de darle la mayoría.

A mediados de junio, pocas semanas antes de la elección intermedia para renovar la Cámara de Diputados,* Vicente Fox mantiene estable el nivel de su popularidad en alrededor del 60% y, no obstante, su popularidad no se traduce en votos para su partido porque los mexicanos prefieren un gobierno dividido antes que darle una mayoría al presidente, sea del PRI o del PAN. Los excesos presidenciales han mostrado a la mayoría el valor de los pesos y contrapesos constitucionales.

Del 15 de mayo pasado a la fecha la aprobación presidencial se sitúa en 63%, diez puntos más del nivel mantenido entre agosto de 2002 y febrero de 2003. Comparado con gobiernos anteriores. el nivel de acuerdo para Fox es similar al que Ernesto Zedillo logró antes de la elección intermedia de 1997 (acuerdo 67%, desacuerdo 30%) pero dista mucho del que alcanzó Carlos Salinas en 1991 (acuerdo 77%) antes de que el PRI recuperara en forma avasalladora la mayoría en la Cámara de Diputados y su fuerza en el Distrito Federal.

Una cuidadosa dosificación de la presencia del presidente Fox en actos públicos mediante la reactivación de sus actividades en el extranjero e inaugurando obras contrarrestan las críticas a su gestión propias de toda  contienda electoral. La expectativa de mejoría económica derivada de una menor incertidumbre por el fin de la guerra en Irak y la reciente mejoría en los mercados de Estados Unidos explican la estabilidad en el acuerdo.

Si bien en mucho menor medida que en julio de 1997, a pocos días de la elección intermedia los ciudadanos con teléfono en su vivienda se inclinan nuevamente a pensar que es más útil para el país mantener un contrapeso al presidente en el Congreso, en vez de darle la mayoría. Si los estrategas del PAN pensaron que la gente interpretaría el freno al cambio como la ausencia de mayoría de su partido en la Cámara de Diputados, ciertamente equivocaron el diagnóstico. Tal vez por eso abandonaron la frase y optaron por un llamado vago a seguir construyendo con ellos un país que reclaman mejor que el de antes, n

 * Sección a cargo de BGC. Ulises Beltrán y Asocs. S. C. La información proviene de Acontecer Nacional y Opinión Pública (Sistema de recolección continua de información de operación pública), publicación de BGC, S, C. que se distribuye por suscripción. Coordinación: Ulises Beltrán, Leticia Juárez González, Alejandro Cruz Martínez y Edith González. Los datos corresponden a encuestas telefónicas. La muestra nacional fue a población mayor de 18 años. Método de selección de la muestra: arranque aleatorio y selección sistemática de los números telefónicos residenciales mediante el sistema de marcación aleatoria de números (RDD por sus siglas en inglés) generados por un sistema CATI (Computer Assisted Telephone Interview).

Aborto, eutanasia, pena capital

De vida y muerte, Aborto, eutanasia, pena capital

El México pendiente —el de la pobreza, el rezago educativo, la falta de crecimiento económico, el aprendizaje de modales democráticos, las reformas godotianas (congreso tras congreso, “esperando a Godot”)— seguirá siendo nuestra ocupación como la ha sido durante años. Pero es el tiempo de ocuparnos más, como lo hemos hecho también desde hace unos años, de un México que casi no está en las agendas de políticos y partidos y sí está, en cambio, en el cruce fundamental de la vida pública y la privada de muchísimos ciudadanos: es el México impaciente ante sus islotes de modernidad en algunas zonas y, en contra, la absoluta premodernidad en la ventilación y el tratamiento de asuntos cruciales y referidos, para resumirlo en un arco, a la calidad de la vida y la calidad de la muerte.

El aborto y la eutanasia son dos de estos asuntos confinados a la falta de debate racional y seriedad pública más allá de las pugnas entre “asesinos” y “mochos fanáticos” según se traten los que están “a favor” o en “contra” de ambos asuntos. En este número de Nexos publicamos dos reflexiones y dos series de testimonios, respectivamente, con el fin de restar por una vez al aborto y a la eutanasia de la oscuridad o el tapanco y ventilarlos en público. Incluimos un tercer asunto, un tema que al salir de la oscuridad suele hacerlo de manera irracional cuando, como en el caso de México, la inseguridad y el crimen alientan otro tipo de impaciencia que da en pensar como solución a la pena de muerte. Sobre esto último publicamos aquí otra reflexión y el testimonio más fresco y profundo, aunque escrito hace más de ciento treinta años, que encontramos al respecto: “La ejecución de Tropmann” del escritor ruso Iván Turgueniev.

Asuntos de vida y muerte, lector: quizá (junto con la dicha, o junto con otro gran tema: digamos las moscas, como quería el gran Tito Monterroso) pocas cosas puedan concernirnos más. n

La improbable familia mexicana

LA IMPROBABLE FAMILIA MEXICANA

POR JULIO ORTEGA

En Las mujeres de Adriano, Héctor Aguilar Camín se propone un acertijo, al parecer, irresoluble: instaurar dentro de la sociedad misma el escándalo amoroso de la pasión múltiple. La pareja, a pesar de su mitología ilustre y su utopía cultural, no es aritmética.

Las familias felices, como se sabe. no son motivo de buenas novelas porque son todas iguales. En cambio, las familias desdichadas son novelescas por ser cada una infeliz a su modo. En Las mujeres de Adriano (Alfaguara, 2002) . Héctor Aguilar Camín (México, 1946), que había novelado con vigor verista varias historias de desdicha mexicana familiar, le da la vuelta al tema y busca demostrar que el amor es capaz de canjear los términos. En esta fábula de amores secretos, Adriano cuenta la historia de sus cinco mujeres para probar que constituyeron una familia aunque prohibida, feliz. “Yo con mi vida privada no me meto”, se defiende Adriano cuando le piden explicaciones.

Borges había dicho que la novela psicológica demostraba que nadie es imposible. Y la novela no deja de sopesar la imposibilidad, incluso para un elegante macho mexicano, de convivir con cinco damas consecutivas, recurrentes, y en un momento de éxtasis, coincidentes. Pero nada es más verosímil en esta novela que la pasión amorosa, ejercida parejamente por Adriano y cada una de ellas. Por eso. glosando a Borges. Adriano explica su rendición a los amores contrarios: “Las es mutuo. Adriano no es un Don Juan porque es varias veces conquistado, engañado y abandonado. Tampoco es un machista porque su entrega es plena y su devoción por cada una. permanente. Por eso. hasta cuando lo dejan. lo hacen retóricamente: No quiero volverte a ver en un buen tiempo”, dijo María Angélica. “Y me asumo, desde ahora, desligada de ti”.

Alfredo Bryce Echenique en sus novelas de amor exagerado había propuesto la paradoja de una relación que es más feliz después del matrimonio de ella con otro. Con lo cual había emociones son en general bastante rusas. quiero decir, como en Dostoievski: lloran de felicidad, perdonan de rabia. se humillan por vanidad. Así yo con Cecilia Miramón: me conmoví de orgullo herido, volví a quererla de pucho despecho”. Siendo una pasión compartida, casi todo, salvo la verdad. inaugurado un relato de amor humorístico. que Adriano, en su geometría de la pasión, convierte en un tour de forcé. De lo que se trata, al final, es de la pareja. Para Bryce Echenique sólo parece posible la pareja desocializada: tan feliz como desdichada, esta pareja vive plenamente todos los modos de amar novelesco. Aguilar Camín se propone un acertijo, al parecer, irresoluble: instaurar dentro de la sociedad misma el escándalo amoroso de la pasión múltiple. La pareja, a pesar de su mitología ilustre y su utopía cultural, no es aritmética, propone esta novela. En cambio, la libertad de la pareja es la más ardua utopía:

Conforme me acerqué a los sesenta años, aquella ductilidad de las mujeres. su inteligencia superior de propietarias de largo plazo, me fue confortando, lavando de mis culpas de mujeriego sui generis… Yo era su excepción: ellas, juntas, mi fatalidad. El arte de nuestros amores era reincidir… Al punto de que era ya una imposibilidad tácita separarnos. Yo de ellas, ellas de mí y de la presencia reincidente de las otras. Ahora, dígame usted. sólo por curiosidad: ¿con cuál de las mujeres que le he referido se hubiera casado usted? —Con cualquiera. Con todas —dije. —En cierto modo yo me acabé casando con todas ellas —sonrió Adriano.

La sonrisa de Adriano confirma que ha ganado su primer lector, el joven ante quien se confiesa sabiéndose admirado. El sabe que “El cielo se había llenado de estrellas y yo no tenía tiempo para mirarlas una por una”. Su lectura, a pesar de todo, es sumaria. En cambio, las mujeres siempre saben más: “Me gustan los hombres mayores”, dijo Ana. “Tienen un no se qué de historiadores arrepentidos”.

Si en un taller de “creación literaria” la tarea más exigente fuese escribir una novela bizantina sobre un hombre y sus cinco mujeres, ésta de Aguilar Camín sería el modelo de la más improbable: Adriano las ama a todas, todas ellas son felices, las cinco son mexicanas, no se enteran del laberinto amoroso sino muy tarde, y todas vuelven a él y él las recibe a todas. La novela, naturalmente, es de vivo humor, fresca ironía, y apasionado ardor. Es una fábula, porque prolonga los hechos al modo de una especulación; pero también por su economía astuta, que canjea personajes y situaciones con habilidad sumaria y gracia narrativa. Tanto el planteamiento (el viejo historiador le cuenta a su último discípulo la historia de sus mujeres) como la resolución (el joven transcribe su versión del relato) son impecables, y logran con destreza que la lectura sea una franca “suspensión de la credibilidad”. Más aún. Adriano gana la simpatía del lector (no es una mera fantasía masculina mexicana) y la novela fluye salvando todos los obstáculos; y hasta nos convence de que su Don Quijote amoroso sea asistido en su lecho de muerte por las cinco damas del cuento, lo que bien podría ser un homenaje al cine mexicano.

Pero tratándose de Héctor Aguilar Camín, cuya novela La guerra de Galio (Cal y arena, 1994) es una formidable versión del poder en México, no podría esta saga de amores arrebatados quedar en divertimento. Hay demasiados indicios de que el amor es aquí el otro lado de la guerra, y que esta “historia del corazon” no es menos sospechosa que cualquier “romance familiar” o “alegoría nacional”. El hecho de que Adriano sea huérfano, recaiga en la melancolía y esté tentado por el suicidio, sugiere que este historiador no sólo es un constructor de la memoria mexicana, una autoridad del relato nacional, sino que es, también, una figura del deseo en pos de realidad verbal. Al final, la verdad es una disciplina autorizada y la historia, incluso la sentimental, la escriben los conquistadores. En efecto, el escenario de la novela es un debate sobre el sentido de la historia mexicana. Y esta disputa sobre la verdad pasa de la academia al periodismo, roza la política y termina en las alcobas (una de las mujeres de Adriano es también historiadora). Además, requiere de la confesión y roza el diván del psiquiatra. Adriano, al final, es un intérprete de la vida nacional, cuyo nacionalismo entiende fundado en el resentimiento, en la envidia y la xenofobia. Pero él mismo asume, a pesar de su culto pasional, la moral del egotista: “Nadie vive para otro”, sentencia. “Nadie redime a otro, nadie le debe a otro la vida ni la infelicidad”. Aunque esa es la medida de su sentido de culpa, revela su radical escepticismo. Una generación más tarde, el sujeto no podría entenderse sin la parte del Otro.

La familia mexicana, se diría, busca en esta novela otro relato, quizás el que nos debe el joven testigo de descargo que redacta esta biografía secreta de un viejo prohombre nacional. Es cierto que ese relato ya no es el del patriarca Pedro Páramo, padre secreto de todos los hijos. Por lo pronto, en Las mujeres de Adriano son ellas las que “chingan” a Pedro Páramo y le niegan un hijo. La vida de Adriano está hecha por fantasmas de carne y hueso todavía en pos de una memoria familiar. n

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

800,000 Socios de la Federación Mundial de Asociaciones pro Derecho a Morir,  fundada en Oxford.1

15 Porcentaje de médicos españoles que reconocen haber practicado alguna vez la eutanasia.2

10 Decapitaciones que Muhammad Saad al Beshi, principal verdugo de Arabia Saudita, dice ejecutar diariamente.3

386,645 Muertes ocasionadas por enfermedades relacionadas con el trabajo que se registraron en China en el 2002.4

63 Porcentaje de padres mexicanos que aporta al hogar la totalidad de sus ingresos.5

44.8 Porcentaje de padres mexicanos que tienen entre 30 y 44 años de edad.6

0.4 Porcentaje de padres mexicanos que sólo se dedican a los quehaceres domésticos.7

9 Porcentaje de ancianos en México que dependen de otra persona para su supervivencia.8

3 Porcentaje de ancianos en México que están confinados en cama.9

30,000,000 Volúmenes que alberga la Biblioteca de Francia.10

12,500,000 Volúmenes que alberga la British Library.11

3 Porcentaje de las bibliotecas mexicanas que cuenta con soporte técnico.12

35 Crímenes homofóbicos que se cometen anualmente en México.13

25 Crímenes homofóbicos que se cometen anualmente en Estados Unidos.14

37,000 Empresas alemanas que se declararon en bancarrota en el 2003 15

1,557 Horas que los alemanes trabajan al año.16

1,904 Horas que los estadunidenses trabajan al año.17

22 Porcentaje de fumadores de mariguana en Holanda que han incursionado en la cocaína.18

33 Porcentaje de fumadores de mariguana en EU que han incursionado en la cocaína.19

60 Iniciativas de ley republicanas apoyadas por la senadora demócrata Hlillary Clinton.20

Fuentes:

1-2: El País: 2 de junio de 2003: 3: Reforma. 18 de junio de 2003; 4. El Independiente. 21 de junio de 2003; 5-7. INEGI; 8-9. Instituto Nacional de Nutrición; 10-12. Reforma: 9 de junio de 2003; 13-14. La Jornada-, 6 de junio de 2003; 15-17. El País: 1 de junio de 2003; 18- 19: The Washington Montly. mayo de 2003; 20: Reforma: 12 de junio de 2003.

Luces en aquella noche oscura

LUCES EN AQUELLA NOCHE OSCURA

Editor crítico de Don Juan Manuel de Herrera, de Quevedo, José Manuel Blecua fue un antologador de leyenda. Fue también un maestro enemigo de la enseñanza solemne.

El sábado 8 de marzo murió uno de los grandes estudiosos de la literatura española, filólogo, escritor, especialista en el Siglo de Oro, maestro de generaciones y espejo de virtudes editoriales y humanas. José Manuel Blecua. Nacido el 10 de enero de 1913, en Alcolea de Cinca, Aragón. Blecua estudió en Zaragoza Derecho y Letras y comenzó a dar clases en Almería, para volver poco después a Zaragoza, donde uno de sus alumnos fue Lázaro Carreter, quien recordó: “Han pasado sesenta años. Hasta entonces se nos había presentado la literatura como algo disparatado o muy solemne y lejano. El lo hizo desde una visión deportiva y juvenil. Yo tenía diez años, y él apenas diez más que yo. [...] Entró con él una bocanada de alegría, de entusiasmo y de decencia, luces en aquella noche obscura” —no puede dejar de subrayarse que este medio siglo magisterial se distinguió desde un principio por la sordera del profesor, que hacía de la voz de Blecua un canto extraño—. Editor crítico de Don Juan Manuel, de Herrera, de Quevedo, José Manuel Blecua fue un antologador de leyenda. A continuación un fragmento del prólogo a la Floresta lírica española (Gredos, Antología Hispánica, 1957): “Todos los libros tienen su fortuna, pero son pocos los que nacen bajo un hado tan adverso como las antologías. Y esta Floresta que ahora aparece es lógico que no pueda huir de su destino, ese destino que se resume en una sola palabra: descontento. Porque todo lector se siente antólogo apasionado y tiene sus amores (y es natural que los tenga, y si no los tiene, peor para él). En poesía, como en música, las pasiones son legítimas, porque ninguna composición dice lo mismo a todos, ni puede decirlo. ‘¿Por qué habrá preferido este poema al otro?’, se pregunta el lector apasionado. Incluso yo mismo me pregunto algo parecido, y quito un poema y añado otro mientras componen el libro. Y es seguro que en la segunda edición, si es que la Floresta tiene esa suerte, suprimiré y añadiré otros. Y no es vacilación ni cuestión de gustos poco firmes, aunque hay composiciones intangibles. ¡Depende de tantas circunstancias una selección poética! ¿Quién puede asegurar que me dirá lo mismo el soneto de Quevedo que leí con tanto amor, casi con dolorosa inquietud, hace dos años, en una tarde gris y cenicienta, si ahora la tarde primaveral estalla en gozo y suenan mil ruiseñores en la garganta? ¿Quién puede asegurar el mismo decir de un poema a un joven de veinte años y a un profesor de cincuenta? Juan Ramón Jiménez, que tanto sabe de poesía y de estos quehaceres, se preguntaba hace años: ‘¿Gusta lo mismo una poesía hoy que mañana; esta tarde, al sol, que anoche con luna; en la calle, o dentro de casa, en una misma hora? Los sentidos secretos que cada una encierra, ¿los hemos entrevisto todos de una vez o, al menos, hemos entrevisto una vez el más agudo?’. Por esta causa, los obstáculos con que tropieza el antólogo son sencillamente insuperables. Y yo no los he intentado vencer, porque sé muy bien que son invencibles. El mismo Juan Ramón Jiménez escribía: ‘Unas poesías escogidas no pueden tener, como escogidas, un valor permanente, sino sólo el del momento en que fue elegida cada una’. Y aunque él se refiriese a la obra propia, con la misma razón se puede aplicar a la ajena. Y este ahora y aquí constituyen, nada menos, que parte del ser persona, del ser hombre de carne y espíritu. Acepto, pues, humildemente, incluso alegremente, el hecho de que esta Floresta de lírica española nazca bajo el signo del descontento. Pretender otra cosa sería pecar de soberbio y de pedante, y bien sabe Dios lo lejos que está uno de esas pretensiones”.      n

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

50 Aumento porcentual de suscriptores en Europa al canal televisivo Al Jazeera desde que Estados Unidos invadió lrak.1

1,500 Centros de culto musulmán en Francia.2

2,000 Piezas arqueológicas saqueadas del Museo Nacional de Irak luego de la toma de Bagdad.3

300 Empresas mexicanas obligadas a declarar anualmente el manejo de sustancias químicas.4

10Empresas mexicanas que cumplen con tal obligación.5

99  Porcentaje del arsenal químico mundial que está en poder de Rusia y Estados Unidos.6

80  Porcentaje de los clubes de futbol español de Primera y Segunda División que tienen adeudos con sus jugadores.7

45 millones de euros Cantidad a la que ascienden esos adeudos.8

65,000,000 Pistolas y revólveres en manos de la población estadunidense.9

39 Porcentaje de hogares estadunidenses donde hay un rifle.10

130,000 Heridos, cada año, por arma de fuego en Estados Unidos.11

10,061 Delincuentes sentenciados en 2001 por uso de arma prohibida en México.12

10  Ratas por cada habitante en la ciudad de México.13

0.3 Máximo de ratas tolerable, según la OMS, por habitante.14

1,000,000 Vehículos abandonados en corralones de México.15

30 centavos Precio del kilo de chatarra en México.16

40 Porcentaje de plantas de la CFE que ya se consideran obsoletas.17

15 Porcentaje de trabajadoras domésticas en México que son analfabetas.18

43  Porcentaje de las trabajadoras domésticas en México que son solteras.19

10,000 millones Datos sobre empresas e individuos nacionales y extranjeros en manos de la compañía estadunidense Choise-Point.

Fuentes:

1: New York Review of Books: 29 de mayo de 2003; 2: El País, 4 de mayo de 2003; 3. El País: 20 de mayo de 2003: -4-6. La jornada: 23 de mayo de 2003; 7-8. El País: 20 de mayo de 2003; 9-11. El País: 28 de abril de 2003: 12. La jornada: 7 de mayo de 2003; 13-l4. La Crónica: 13 de mayo de 2003; 15-16: Reforma: 19 de mayo de 2003: 17: Reforma-, 20 de mayo de 2003; 18-19: INEGI- 20 El País:21 de mayo de 2003.

La furia ancestral

LA FURIA ANCESTRAL

Hadji Murat es un libro póstumo que Tolstoi no acabó de revisar, luego de haber pergeñado más de diez versiones a lo largo de doce años; en su momento mereció censura por el implacable retrato del zar y algunos de sus ministros.

Acaba de reeditarse en Francia una de las novelas menores de Lev Tolstoi, Hadjí Murat. Su publicación no puede ser más pertinente, pues su héroe es un cheche- no protagonista de las guerras de dominación zarista en esa región caucásica. La historia es simple: a fines de 1851 un guerrillero checheno se ve obligado a entregarse a los odiados rusos en busca de refugio y apoyo, pues otro de los jefes cheche- nos ha secuestrado a su familia (madre, dos esposas, cinco hijos pequeños y. sobre todo, la luz de sus ojos, su hijo el mayor). La historia de los agravios entre estos dos musulmanes de signo distinto (el rival de Hadji es el equivalente de un integrista de la actualidad) se remonta al exterminio de la familia principal de la región, familia en la cual la madre de Murat sirvió como nodriza y donde el propio Hadji vivió libre y despreocupado; los agravios se multiplican en los distintos encontronazos con los soldados del Zar, se complican con los diversos pendientes que se acumulan en la lista abigarrada de nacionalidades y temperamentos que integran las fuerzas militares del Sacrosanto Imperio, y se resuelve en la trágica cita con el destino que Murat enfrenta como sólo un hombre de su pueblo es capaz de hacerlo.

La novela abre con un paseo botánico de Tolstoi por campos recién trabajados, y mientras reflexiona acerca de las violencias que el ser humano le encaja a la naturaleza, se topa por casualidad con una planta de flores muy hermosas: una especie de cardo, cardo tártaro le llaman, cuya belleza es sólo comparable a la resistencia que opone a ser cortado. Esta resistencia increíble que hace que cualquier intento por llevarse una flor resulte inútil, lo llevará a pensar en la historia de un hombre excepcional que vivió en los años de sangre y fuego de las guerras caucásicas. Hadji Murat —del estilo del clásico el lector puede quedarse con la estupenda descripción de la muerte de un soldado ruso (estúpida y cruel como la guerra misma); con las amistades que traba el altivo, elegante y temerario checheno con sus protectores y carceleros, enredando aún más el universo humano de la tragedia, y con una poesía que se intensifica conforme avanza la narración, sin permitirse ninguna de las fiorituras con que el lirismo se acompaña en plumas menos inteligentes.

Hadji Murat es un libro póstumo que Tolstoi no acabó de revisar, luego de haber pergeñado más de diez versiones a lo largo de doce años; en su momento mereció censura por el implacable retrato del zar y algunos de sus ministros. Tolstoi oyó por boca de su hermano Nicolás, en ese entonces soldado del emperador Nicolás I de servicio en tierras de Chechenia, la historia del guerrillero; décadas más tarde el relato lo llevaría a investigar sobre los hechos —junto con esta reimpresión se ha publicado un reportaje de Anna Politkovskaïa, Tchetchénie, le désbonneur russe (Buchet- Chastel), recuento implacable de los cuatro años que lleva la sevicia rusa en esta segunda guerra chechena que no sólo no ha alcanzado sus objetivos antiterroristas, sino que ha engrosado la foja de servicios homicidas del Estado ruso (los progromos contra la población civil chechena reciben ahora el nombre de zatchistka y suman centenares de víctimas) y resaltado la indiferencia racista con que la sociedad rusa asiste a la carnicería cotidiana. Hadji Murat puede leerse en el segundo tomo de las Obras de Tolstoi editadas por Aguilar.  n

Barómetro. La guerra: Voces y lecciones antes, en y después

BARÓMETRO

LA GUERRA: VOCES Y LECCIONES ANTES, EN Y DESPUÉS

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

En las vísperas de la invasión a Irak, el parlamentario británico laborista Robin Cook hizo un discurso ejemplar ante la Cámara de los Comunes, al renunciar a su puesto de ministro de relaciones parlamentarias. Alocución ejemplar no sólo por el momento en que se pronunciara y por la forma y el estilo del excanciller británico, sino por la congruencia política y ética de que hace gala. Ejemplar para nosotros, que seguimos abrumados por la vecindad todopoderosa del amigo del norte pero tal vez más por la veleidad mezquina de algunos de nuestros principales actores sociales, para quienes las decisiones de Estado en materia de política mundial deben primero y siempre pasar por el tamiz de los intereses inmediatos del negocio y de la sociedad comercial mal entendidos y peor actuados.

Si nos ajustarán o no las tuercas los estadunidenses depende de muchos factores, intereses, coyunturas, por los cuales debe velar en primer término el gobierno, pero junto a él los otros factores de poder social y articulación económica. Quizá los recuerdos que traen las voces que aquí se recogen, así como las proyecciones políticas y morales que de ellas podamos hacer en México, nos ayuden a fraguar un marco de entendimiento de nuestro lugar en el mundo menos propenso a la desesperación y el temor, y luego a la “salida”, que el que privó en los medios empresariales y en algunos académicos antes y durante la invasión angloamericana de Irak. Tiempo todavía hay para hacerlo, porque no cabe duda de que viviremos una postguerra sui gé- neris que se alargará en el tiempo de la “guerra larga” que anuncian y preparan Bush y su junta de neo cons y no tan “neo” petroleros. Lo que no podemos hacer, es alojarnos en una confianza ingenua cuando no absurda en la geoeconomía que se abrió con el TLCAN.

Como pudimos constatarlo esta primera semana de mayo, sin necesidad de agresiones o represalias de Estados Unidos, China nos desplazó de importantes franjas del comercio exterior industrial americano y frente a ello de poco servirán las vestiduras rasgadas de las cúpulas del dinero ante la falta de “las reformas”. Lo que tenemos enfrente es una manifestación abierta y clara de pujanza y agresividad estatal-nacional en lo comercial y lo industrial, con la que sólo se puede contender asumiendo que dormirse en los laureles del cambio estructural o dedicarse a pedir más de lo mismo (reformas de tercera, n generaciones, sin calificación alguna) son las peores recetas para una estrategia moderna para el desarrollo.

China está cerca, pero ahora no por la epidemia maoísta que asoló al mundo en los setentas, sino por la formidable capacidad de articulación del Estado chino de unos intereses sociales y empresariales cada vez más variados y cruzados por las fuerzas globalizadoras.

En medio de todo esto, frente al enorme reto de la neumonía “atípica” que ha conmovido sus usos y costumbres políticos y de poder, China nos da una lección que deberíamos inscribir ya en las voces y lecciones para después de la guerra, pero que en realidad nos fue impartida con imperial parsimonia desde antes. Que nos hayamos dedicado a gritar “¡ahí vienen!”, sin hacer prácticamente nada, no es atribuible a la marrullería histórica del gigante oriental sino a la poca estatura de nuestra deliberación estratégica. Ahora sólo falta que algún Kissinger de huarache recomiende esperar a ver si el SARS nos hace la tarea.

Vayamos a algunas de las voces de la guerra. Robin Cook (La Jornada, 20 de marzo de 2003):

Aplaudo los heroicos esfuerzos que el primer ministro ha hecho para tratar de asegurar una segunda resolución (en el Consejo de Seguridad). Sin embargo. la mera intensidad de esos esfuerzos subraya cuán importante era obtener éxito.

Ahora que esos esfuerzos han fracasado, no podemos hacer como si lograr una segunda resolución careciera de importancia.

Nos engañamos si creemos que el grado de hostilidad internacional es sólo obra del presidente Chirac. La realidad es que se pide a Gran Bretaña embarcarse en una guerra que no ha logrado consenso en ninguno de los organismos internacionales de los cuales somos socios importantes: ni en la OTAN, ni en la Unión Europea ni, ahora, en el Consejo de Seguridad.

Terminar en semejante debilidad diplomática es un serio revés. Estados Unidos puede darse el lujo de ir solo a la guerra, pero Gran Bretaña no es una superpotencia. Nuestros intereses están mejor protegidos no por una acción unilateral, sino por un acuerdo multilateral y por un orden mundial gobernado por normas. Nuestra dificultad en lograr apoyo en esta ocasión radica en que ni la comunidad internacional ni el pueblo británico están convencidos de que exista una razón acuciante para emprender esta acción militar en Irak. El umbral de la guerra siempre debe ser alto.

Es enteramente legítimo apoyar a nuestras tropas y al mismo tiempo buscar una alternativa al conflicto que las pondrá en riesgo. Tampoco es justo acusar a quienes queremos más tiempo para inspecciones de no tener una estrategia alternativa.

Irónicamente, si podemos considerar la invasión de Irak es sólo porque sus fuerzas militares son tan débiles… No podemos basar nuestra estrategia militar en la presunción de que Saddam es débil y al mismo tiempo justificar la acción preventiva con el argumento de que es una amenaza.

Tómese nota para el consumo doméstico: no hay incompatibilidad entre la congruencia lógica y la razón ética. No hay tal contradicción insoluble entre el interés nacional y hasta personal y el compromiso con principios fundamentales y una política racional. No es fatal, ni mucho menos, que el pragmatismo nos lleve a la indignidad, a la miopía política o a la cerrazón estratégica.

Escuchemos otra voz. Dice el actor George Clooney en una entrevista (El País Semanal, 16 de marzo de 2003).

Creo que el alma de Estados Unidos está suelta… Somos tan listos que ni siquiera intentamos escoger un líder. Ya no tenemos grandes oradores, ya no tenemos grandes películas. Todo está vaciado por decreto. Así es como abordamos cualquier situación. Eso es la política. Las noticias se han convertido en una mierda de concurso. Nos venden una guerra preventiva y no hay nadie que diga ¡mentiras!, estamos mintiéndonos desde Vietnam. Y si uno lo dice, si se levanta y dice no a la guerra en Irak, inmediatamente lo tachan de antipatriota. Pero si no lo hacemos nosotros, ¿quién coño lo va a hacer.

Un día. en algún momento en que nos hayamos hartado de la idea de que vamos a ganar a base de matar gente, cuando estemos dispuestos a preguntarnos por qué odiamos y por qué nos odian, elegiremos a un presidente que participe en la campaña del “sí lo  hice”. Que será capaz de mirar hacia atrás y reconocer las cosas… Volver al lugar que nos corresponde en el mundo, que no es gobernarlo.

Antes de la guerra. Dice Kapuscinski:

El globalismo: la fragilidad de las configuraciones de fuerzas, de los estados de las cosas y de las alianzas es un rasgo característico del mundo contemporáneo. El “hoy” puede ofrecer un aspecto del todo diferente al del “ayer” y ya no sorprende a nadie que de repente todo haya cambiado; nadie pregunta por causas ni busca los orígenes.

El globalismo como peligro: un proyecto de imponer un orden mundial, confeccionado por las altas esferas del poder… Un nosotros impersonal en un mundo imposible de identificar… Provincianismo equivale a encerrarse en un mundo pequeño, entre esas vallas estrechas donde mediocridades locales crecen hasta alcanzar dimensiones de grandes héroes y acontecimientos insignificantes adquieren el formato de hitos históricos: regionalismo, en cambio, significa abrirse al mundo con miras amplias, en el árbol profundamente arraigado en la tierra patria pero cuyas raíces, expandidas, llegan muy lejos.

La debilidad del provincianismo radica en que a menudo se convierte en refugio para individuos sin pizca de talento, fracasados y carcomidos por la ambición (Lapidarium IV. Anagrama. Barcelona. 2003).

Voces de aliento en medio de un túnel que no ofrece luz a su final. Hay que escucharlas y hacerlas nuestras.

San Pedro Mártir, D. F..

5 de mayo de 2003.     n

Caleidoscopio. Los plurinominales

CALEIDOSCOPIO

LOS PLURINOMINALES

POR JOSÉ WOLDENBERG

Los plurinominales son:

•  candidatos a diputados, a pesar del nombre,

•  ordenados de manera jerárquica en una lista,

• cuarenta por circunscripción, y son 5.

•  hombres y mujeres (por lo menos el 30% de cada sexo),

•  distribuidos en proporción al número de votos,

•  moderadores de la tendencia a la sobre y subrepresentación que emerge del sistema uninominal,

•   200 titulares y 200 suplentes por partido,

•  centenares en la competencia y 2 centenas de ganadores,

•  seguros diputados, los de arriba de la lista, en los grandes partidos,

•  los únicos triunfadores posibles, los de arriba de la lista, en los pequeños partidos,

•  seguros perdedores, los de abajo de la lista, en todos los partidos,

•  reforma estratégica en 1977,

• soplo de pluralidad a partir de 1979,

•  fórmula para equilibrar la relación entre votos y escaños,

•  vía de ingreso exclusiva y legítima para los partidos menos votados.

•  existentes en la mayor parte de los sistemas electorales del mundo.

•  “los mejores hombres de los partidos”.

•  como todo, manzana de la discordia,

•  pastel a repartir, según el imaginario público.

•  sueño de miles,

•   futuros diputados, el 10% de los postulados (más o menos).

•  deseo de sentarse y sentirse en San Lázaro,

• apetito por ser representante popular.

•  fuente inagotable de bilis,

•  trampolín, quizá.

•  puerta de entrada.

•  esperanza de ser.

•  avispero,

•  conjunción de lo que se mueve y pesa en los partidos,

• biografías de chile, dulce y manteca,

•  parte del ceremonial democrático,

•  disputados en los partidos y entre los partidos,

•  comidilla de los columnistas,

•  sujetos de la maledicencia

•  resultado de conexiones diversas,

• bordado fino y/o parches primitivos,

•  derroche de la imaginación

•  encomio y encono,

•  cara e identidad de las once opciones electorales.

•  espejo de nuestra vida política.

•  expresión de las corrientes profundas que cruzan a las formaciones políticas.

•  tóxicos para los excluidos,

•  martirio para los que quisieron y no pudieron,

•  palomeados.

•  paradójicos, compiten también, en cierto grado, con los candidatos por distrito, de su propio partido.

•  compensatorios.

•  reputados.      n

Cuotas y simulaciones

CUOTAS Y SIMULACIONES

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

Una creciente participación política de las mujeres es un bien innegable. Sin embargo, la equidad demanda no un mismo número de asientos asegurados en el Congreso, por decreto, para ambos géneros, sino igual oportunidad (no sólo formal sino real) y derecho para acceder a ellos.

Cuando el Congreso aprobó cuotas de género que obligaron a los partidos políticos a que el 30% de sus candidatos fueran mujeres hubo un aplauso unánime. La discriminación y el machismo ahora serían combatidos con la Constitución en la mano. Sin embargo, la realidad parece contravenir el ánimo justiciero de los reformadores políticos. Este año se llevará a cabo la primera elección federal en la que se aplicarán las cuotas de género. Todos los partidos cumplieron obedientemente la nueva regla. El problema es que postularon a la mayoría de las mujeres a los distritos en los cuales tienen menos probabilidad de ganar. En efecto, de acuerdo a un análisis sólo el 13% de las 228 mujeres propuestas por el PAN, PRI y PRD tiene posibilidad de triunfar en las elecciones. El 85% de las candidatas competirá en distritos en los cuales su partido ha perdido en las dos elecciones anteriores. Esto es visto como una constatación del pernicioso machismo. Yolanda Rodríguez, vicepresidenta del Organismo Nacional de Mujeres del PRI, afirmó que en los partidos hay una simulación que atenta contra la democracia, que es preciso desenmascarar: “dentro de los partidos prevalece el doble discurso, de decir: ‘sí les estamos dando mayor participación a las mujeres, pero se las estamos dando en los distritos de alto riesgo’. Es sólo por cumplir la cuota”. Malú Micher, ex titular de la Secretaría de la Mujer del CEN del PRD, sostuvo que su partido no está fuera de la cultura mexicana machista que atenta contra las mujeres: “todavía hay muchos rezagos en relación con las acciones afirmativas”. Tiene razón Yolanda Rodríguez; hay una simulación y es necesario desenmascarla. Sin embargo, contra lo que creen algunas feministas dentro y fuera de los partidos, es posible que la composición de las listas sea el resultado no del malévolo machismo sino de la lógica política misma. Para determinar que las candidatas fueron en efecto discriminadas sería necesario saber si en aquellos distritos en los cuales había un candidato y una candidata igualmente fuertes se eligió al primero sobre la segunda a causa de su género. Es posible que esto haya ocurrido, pues el machismo no ha desaparecido, pero es muy probable que en muchos casos no hubieran mujeres con posibilidades reales de ganar. Los partidos postulan, si pueden, candidatos con posibilidades de triunfar. Cualquier ley que se contraponga a este principio básico contradice la esencia misma de la competencia electoral. En el extremo, la nueva ley le exige a los partidos que postulen a mujeres aunque sean malas candidatas y pierdan por ello la elección. Es sensato pensar que cuando los partidos postulan a mujeres como Rosario Robles, Beatriz Paredes o Amalia García lo hacen porque pueden ganar. No requieren de cuotas de género. La nueva disposición, en cambio, les pide sacrificar competitividad en aras de lograr una mayor equidad de género. ¿Es ésta una demanda razonable y realista? Es evidente que los partidos buscarían la manera de evitar este costo. Y eso fue precisamente lo que hicieron. No debe sorprendernos: en muchos otros casos en los que se emplean cuotas el resultado es muy similar. Obligados a postular a un porcentaje fijo —al margen de cuántas mujeres realmente deseaban contender o estaban en posibilidad de hacerlo con éxito— los partidos recurrieron a la simulación. Pretendieron cumplir con la norma, pero lo hicieron de tal forma que pudieran hacer lo que hacen: competir de la manera más efectiva posible por el poder. Pedirles que actúen de otra forma no sólo es ingenuo, también es inútil. La próxima reforma sería que los partidos deban postular a mujeres en el 30% de los distritos en los cuales tienen más del 50% de posibilidades de ganar, de acuerdo a elecciones anteriores. Y así, sin fin. No deberíamos sorprendernos de que el sol no desaparezca de verdad cuando lo tapamos con un dedo. El problema no es de los partidos sino de la norma. ¿Es justo y necesario el esfuerzo para mantenerla?

Cuotas redentoras

En la película las mujeres arriba, la actriz Penélope Cruz lucha contra el machismo que la rodea. Más que un deseo de equidad, lo que impulsa al personaje es un deseo de revancha. Las explicaciones del mal sobran y los actos para remediar la injusticia son obvios. Las reformas institucionales de género a menudo parten de premisas similares. El Congreso mexicano aprobó la norma que obliga a los partidos a incluir un porcentaje específico de mujeres en sus listas de candidatos sin mucha oposición. La medida fue vista por sus artífices como una forma progresista de impulsar la igualdad de género y mejorar la representatividad de las mujeres en los órganos de gobierno del país. La falta de debate sustantivo al respecto es muestra de uno de los aspectos más notables de nuestra naciente democracia: la falta de conocimiento de los valores y principios que subyacen a las instituciones de la democracia liberal. Es precisamente esta superficialidad la que permite que los cambios se efectúen a la ligera. Desde el siglo XIX copiamos sin mucha reflexión el entramado constitucional de otros países sin preguntarnos seriamente cuál era la concepción de la política que se encontraba detrás de él. En América Latina el criterio para diseñar nuevas constituciones no ha sido la ingeniería institucional sino la improvisación, la moda y la mixtura pragmática. A juzgar por las constituciones contrahechas de Colombia y Venezuela, ese es un mal incurable.

En las democracias consolidadas el tema de las cuotas ha sido en extremo polémico. Aun en Estados Unidos, donde se inventó la política de la “acción afirmativa”, las cuotas no han sido establecidas para el Congreso. Los mexicanos bien podrían aducir que son la vanguardia en reformas de género. Es más factible que no supieran lo que estaban haciendo. La política de la acción afirmativa fue inicialmente pensada como un sistema de discriminación positiva. En efecto, se buscaba proveer a grupos minoritarios, tradicionalmente discriminados, igualdad de oportunidades, particularmente en los ámbitos laboral y educativo. Así, las universidades establecieron cuotas mínimas de estudiantes de ciertos grupos, negros, chicanos, etc. Conviene mencionar varias cosas sobre la acción afirmativa. La primera es que estas medidas fueron concebidas originalmente como un recurso temporal. Existiría el tiempo suficiente para ofrecer a los miembros de esos grupos igualdad de oportunidades. Después, ya no serían necesarias. El resultado de estas políticas ha sido objeto de enorme controversia. Algunos creen que sólo un pequeño porcentaje de personas desventajadas —pertenecientes a las clases medias negra y latina— ha sido beneficiado. En segundo lugar, la acción afirmativa no se extendió al campo de la política. Ahí, la revolución de los derechos civiles de los 1960′s había llevado las cosas en otra dirección muy diferente. El objetivo de Martin Luther King y otros activistas era lograr la efectiva igualdad política y civil entre blancos y negros. Su ideal era una sociedad “ciega al color”. Se trataba de remover los obstáculos a este fin.

A primera vista, las cuotas en México tienen como referente las políticas de acción afirmativa. Pero esta impresión es falsa. La discriminación positiva tiene como objetivo a grupos minoritarios en la sociedad. Se puede decir muchas cosas de las mujeres, pero no que sean una minoría: componen la mitad de la sociedad mexicana. Por esa razón no es posible seguir la lógica de medidas como la acción afirmativa. En realidad, la idea de las cuotas tiene un origen más antiguo. En la historia de la representación política en Occidente existieron dos interpretaciones rivales sobre cómo debía representarse a la sociedad. En el siglo XVIII, cuando nació el gobierno representativo, algunos pensaban que el parlamento debía ser un modelo a escala de la sociedad. Esta se conoce como la teoría de la representación en “espejo”, pues el cuerpo representativo debía reflejar fielmente la fisonomía del electorado. Las proporciones debían ser guardadas. Vital a esta visión era la noción de que sólo personas de un grupo, o clase determinada, podían representar efectivamente a los miembros de esos grupos. Sólo un zapatero podía representar al gremio de los zapateros. Lo que garantizaba que los representantes representarían adecuadamente era la semejanza entre ellos y sus electores. A esta concepción de la representación se le opuso otra muy diferente, que a la postre acabó por imponerse. Se trataba de la representación funcional. Un diputado no tenía que ser idéntico, o muy semejante, a sus electores para representar sus intereses de manera eficaz. El parlamento no tenía que ser un modelo a escala de la sociedad. No era la semejanza la que garantizaba la representación efectiva, sino la comunidad de intereses. Detrás de esta concepción de la representación se hallaba la idea de que la vida política supone ciudadanos que se piensan a sí mismos como participantes en la construcción de un discurso común sobre las instituciones compartidas. Este debate público debe, por supuesto, ocuparse de los particulares contextos, necesidades e intereses de personas y grupos diferentes.

Los legisladores mexicanos que establecieron las cuotas obligatorias siguieron, sin mucha conciencia, una tendencia actual que busca revivir la teoría de la representación en espejo. En efecto, en los últimos años las feministas y los multiculturalistas han revivido esta añeja idea en sus propuestas de representación asegurada para grupos minoritarios. Reeditan así una vieja creencia antiliberal. Para ellos, las identidades y las lealtades grupales —o de género— tienen precedencia sobre cualquier identidad y lealtad social mas amplia. ¿Cuál es la visión de la sociedad detrás de la propuesta de las cuotas para mujeres? Supone, como lo hacían los teóricos de la representación en espejo, que sólo las mujeres pueden representar correctamente a las mujeres. Idealmente, el Congreso debe reproducir la composición de hombres y mujeres de la sociedad. La mitad de los diputados y senadores deben ser mujeres. No habría nada malo en un congreso compuesto por hombres y mujeres en igual proporción —o. para el caso, compuesto mayoritariamente por mujeres— pero eso no sería un bien en sí mismo. No lo seria porque lo verdaderamente importante es cómo representan los representantes —sean éstos del sexo que sean— a sus representados. La teoría de la semejanza supone implícitamente que las mujeres estarían mejor representadas por mujeres. Sin embargo esto a su vez presupone que la identidad principal para las mujeres es la de “mujeres”, por encima de cuales quiera otras. Y esto es falso. Las mexicanas son profesionistas, amas de casa católicas, protestantes, ateas, de izquierda y de derecha, pobres, de clase media y ricas. Es una falacia pensar que un hipotético congreso donde la mitad de las curules fuera ocupada por mujeres favorecería, sin más, una agenda “de género”. Contra lo que las feministas a menudo creen, las mujeres no son más progresistas que los hombres. Por ejemplo, presumiblemente un porcentaje importante de las mujeres de ese congreso hipotético se opondría a la legalización del aborto. Sin duda, muchas diputadas y senadoras se conciben, antes que como mujeres en abstracto, como panistas o perredistas, como lideresas de gremios, como empresarias o profesionistas.

Ilusión por decreto

Detrás de las cuotas se encuentra la ilusión de un mundo de identidades primordiales e inmutables. No sólo refleja una imagen deformada de la sociedad, sino que promete crear dificultades prácticas. Idealmente, tanto hombres como mujeres tendríamos el mismo interés por los asuntos públicos. Es deseable que ambos géneros tengan la misma disposición para entrar a la política. Haríamos bien en educar a nuestras niñas en la creencia de que la política es una actividad que no debe distinguir géneros. Así más mujeres querrían entrar a la vida pública. Una creciente participación política de las mujeres es un bien innegable. Sin embargo, la equidad demanda no un mismo número de asientos asegurados, por decreto, para ambos géneros, sino igual oportunidad (no sólo formal sino real) y derecho para acceder a ellos. Requiere que las mujeres tengan las mismas condiciones objetivas —sociales, educativas, legales y culturales— que les permitan competir por ellos si es que así lo desean. Pero, ¿se puede forzar artificialmente este deseo? ¿Se puede decretar, de un plumazo, que existe un contingente suficientemente numeroso de mujeres deseosas y capaces de participar en la política? La tentación es creer que podemos crear esas condiciones de la noche a la mañana. ¿Qué ocurre si un partido no reúne el número necesario de candidatas al que la ley lo obliga? Lo más probable es que reclute a personas cuyo único mérito es el género al que pertenecen: candidatos improvisados. Y luego las postulen en aquellos distritos donde de cualquier manera no tienen posibilidades de ganar para minimizar el costo. La evidencia de que esto ocurrió está ahí. Es una mala idea seguir un criterio que antepone al interés y al mérito un criterio no voluntario y meramente accidental. Nada debe impedir que las mujeres participen en términos de igualdad en la política. Sin embargo, las condiciones reales que pueden permitir esto son producto de cambios culturales, económicos y sociales que no ocurren por decreto. Las políticas de equidad de género en la escuela son beneficiosas; en el congreso son perniciosas porque alientan la simulación. El esfuerzo debe estar encaminado a lograr las bases sociales de una verdadera igualdad. Como muchas otras cosas, es mucho más difícil lograr esto que aprobar una ley que ilusamente niega la realidad. Es la misma reparación simbólica que entraña la muletilla presidencial “mexicanas y mexicanos”. Con todo, el problema de fondo de las cuotas no es teórico sino pragmático: no funcionan. La cuotas son una forma ingenua y torpe de tapar el sol con un dedo. No son una muestra de madurez democrática sino de infantilismo político.   n

Tendencias. El juego de venganzas de Bush

TENDENCIAS

EL JUEGO DE VENGANZAS DE BUSH

POR PETER HAKIM

El fuego de ganadores-perdedores que juega la Casa Blanca, al parecer sirve tan sólo para echar luces sobre la ausencia de una política coherente hacia América Latina.

El primer presidente Bush imaginó a Estados Unidos y América Latina como una comunidad económica de amplitud hemisférica. El segundo presidente Bush ha abandonado al parecer la visión de su padre y la ha sustituido por un juego de ganadores-perdedores basado en la pregunta: ¿Me apoyaste en mi búsqueda por derribar a Saddam Hussein?

Ese parecería el caso de Chile y México, los dos países latinoamericanos miembros del Consejo de Seguridad de la ONU que se opusieron a concederle a Bush la autoridad para usar la fuerza contra Irak. Incluso antes de que la administración Bush pusiera la mira sobre Hussein, la ambición de México por un nuevo acuerdo migratorio con Estados Unidos se había frustrado por el 9/11. Ahora, en la primera semana de mayo, la Casa Blanca de Bush canceló las festividades para celebrar el día festivo mexicano —y mexicano-americano— del 5 de mayo, primera vez que esto ocurre. Pero las celebraciones anteriores fueron antes de que México le dijera que no a Bush en las Naciones Unidas.

Chile ha sentido el aguijón por oponerse a Washington de un modo menos simbólico. Cuando en el pasado diciembre los negociadores pusieron los toques finales al tratado de libre comercio entre Estados Unidos y Chile era de suponerse que la aprobación del congreso sería tersa y de rutina. Tanto los republicanos como los demócratas admiraban a Chile por su vibrante democracia y su excelente economía. El tratado de libre comercio entre Estados Unidos y Chile serviría directamente a los intereses económicos y de política exterior norteamericanos.

Y, en un tiempo de resentimiento creciente hacia la política hemisférica de Estados Unidos, reafirmaría el compromiso de Washington con el libre comercio regional y de América Latina.

Entonces vino el debate en las Naciones Unidas sobre el uso de la fuerza contra Irak y la negativa de Chile a subirse al bote. De pronto la administración empezó a dudar. En la primera semana de mayo un acuerdo paralelo con Singapur fue firmado formalmente en una ceremonia en la Casa Blanca, pero el pacto con Chile permanece en el limbo, sin fecha para firmarlo y sacarlo adelante.

La mayoría de los gobiernos latinoamericanos se oponían a la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos, pero pocos lo externaban. Argentina era el crítico más abierto, pero las relaciones de Estados Unidos con ese país serán conformadas por las palabras y acciones del ganador de las elecciones recientes. De inicio, Brasil se opuso a la guerra con vehemencia, pero eventualmente adoptó una actitud más pragmática y bajó el tono de sus críticas. Brasil puede escapar a la ira de Washington, sin embargo porque el gobierno izquierdista de Lula da Silva ha sido mucho más cooperativo en varios asuntos de lo que esperaban los funcionarios de Estados Unidos. De hecho, la administración Bush puede concluir que Brasil es un socio más compatible que México en muchos asuntos hemisféricos.

Hay ganadores más visibles. Colombia fue el único país sudamericano que apoyó la acción militar de Estados Unidos contra Irak pese al hecho de que el 80% de los colombianos, según sondeos, se oponían a la guerra. Sin duda el presidente Álvaro Uribe estaba muy atento a la dependencia de su gobierno de la ayuda estadunidense para combatir a sus rebeldes y mantener su economía sin problemas. La Casa Blanca ya lo ha recompensado con un aumento al presupuesto de unos 100 millones de dólares. Aunque quizá no fue tan triunfal como se esperaba, la bienvenida a Uribe en Washington la primera semana de mayo fue cálida y al parecer obtuvo un gran avance en el aseguramiento de un continuo apoyo militar de Estados Unidos para la lucha de su gobierno contra la violencia criminal y política.

Otros ganadores son los cinco presidentes de Centroamérica que se reunieron con Bush durante la guerra y obtuvieron la certeza de que estaba en camino un paquete de libre comercio para su región. Cuatro de los cinco habían apoyado la guerra contra Irak. Otros dos. Panamá y la República Dominicana, también apoyaron a Estados Unidos, y ahora es probable que obtengan sus propios acuerdos comerciales.

Aunque quizá Chile deba esperar un poco más, es probable que Washington firme el acuerdo comercial antes que romper su compromiso con Chile. La confianza de América Latina en la política de Estados Unidos ya está tironeada. Para Estados Unidos, darle la espalda al país que ha perseguido de manera más asidua la visión del primer presidente Bush para América Latina se interpretaría ampliamente como una retirada de esa visión. La tendencia regional a una mayor cooperación entre Estados Unidos y América Latina, interrumpida por el 9/11 y la guerra de Irak, podría quedar desecha. Ese costo es muy alto.

México es menos vulnerable que Chile. Estados Unidos necesita una continua ayuda mexicana en asuntos de seguridad. La agenda bilateral es tan crítica para ambos países que crea fuertes incentivos para cooperar. Quizá más importante, la elección presidencial en Estados Unidos tiene lugar el año que viene, y Bush estará buscando votantes mexicano-americanos. Es de esperarse una fiesta del 5 de mayo en la Casa Blanca cuando se desarrolle la primera temporada electoral del 2004.

Aun así, el juego de ganadores- perdedores que juega la Casa Blanca, al parecer sirve tan sólo para echar luces sobre la ausencia de una política coherente hacia América Latina. Hay una oportunidad para cambiar esto. El ministerio del Hemisferio Occidental, carente de autoridad en los últimos años, será ocupado muy pronto por Roger F. Noriega. Sus ópticas son profundamente conservadoras —fue asistente del ex senador Jesse Helms— y tiene un sólido conocimiento en los asuntos latinoamericanos. Noriega fue también embajador de Estados Unidos ante la Organización de Estados Americanos. Su primera misión sería persuadir a sus superiores para que firmaran el pacto comercial de Estados Unidos y Chile. Los gobiernos a lo largo de toda la región darían un suspiro de alivio.

(Este artículo apareció en Los Angeles Times, mayo 11, 2003). n

Centroamérica periodo de gracia

CENTROAMÉRICA PERIODO DE GRACIA

POR SERGIO RAMÍREZ

El sistema democrático no es sustituible, pero es fuente permanente de frustraciones, y despierta muchas veces el sentimiento de impotencia, sobre todo frente a dos males que hasta hoy no hallan mucho remedio: la corrupción que parecen llevar consigo como su propia piel quienes son electos en puestos claves de mando, y la brecha cada vez mayor entre los muy ricos y los muy pobres.

Ahora que existe la democracia en Centroamérica solemos hablar de sus graves imperfecciones, lo que viene a ser mejor que hablar de su falta total, una condición que padecimos casi sin excepciones hasta entrada la última década del siglo XX. El nombre de repúblicas bananeras que se inventó para nosotros en tiempos poco dichosos estaba ligado a la existencia de dictaduras militares más que obscenas, que dejaron casi siempre a Costa Rica como un vergel de refugio en el páramo de cementerios clandestinos que se extendía desde Guatemala hasta Nicaragua.

La primavera que se vivió en los años cuarenta, una de nuestras buenas décadas, dio dos revoluciones, una en Guatemala en 1944, y la otra en Costa Rica en 1948. esta última con salida hacia un afianzamiento democrático que pasó por la abolición del ejército. La de Guatemala, que terminó trágicamente con el derrocamiento del gobierno de Jacobo Arbenz consumado por los hermanos Dulles, abrió una etapa regresiva que llenó de sombras a toda la región. El reinado de los generales y de los coroneles se prolongaría sin respiro, allí, en El Salvador, en Honduras y en Nicaragua sometida a una sola familia, bajo la protección de sucesivas administraciones norteamericanas.

El triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua en 1979, y la prolongación de los conflictos armados en El Salvador  y Guatemala a lo largo de toda la década de los ochenta, junto con la guerra de los contras en Nicaragua, sometió a toda la región a su mayor crisis desde la guerra nacional de 1856 contra los filibusteros, una crisis que abrió pasó a una solución pacífica y negociada de los tres conflictos, pero antes, a la aparición de gobiernos civiles, libremente electos, por primera vez en muchísimos años.

Nuestra democracia de hoy es el fruto de una convulsión que dejó miles de muertos, y está cimentada en el hecho de que las antiguas partes contendientes en el terreno militar se sientan hoy lado a lado en los parlamentos y en los consejos de los gobiernos municipales, y puedan aspirar por igual a ganar el gobierno nacional, reconociéndose en un sistema único de participación ciudadana al que nadie desafía en su esencia, y al que nadie propone alternativas, ni dictaduras militares de derecha, por un lado, ni partidos únicos de izquierda para siempre en el poder, por el otro.

El sistema democrático no es sustituible, pero es fuente permanente de frustraciones, y despierta muchas veces el sentimiento de impotencia, sobre todo frente a dos males que hasta hoy no hallan mucho remedio: la corrupción que parecen llevar consigo como su propia piel quienes son electos en puestos claves de mando, y que asola también a la administración de justicia; y la brecha cada vez mayor entre los muy ricos y los muy pobres que viven hoy en las peores condiciones que se recuerde. El más grave riesgo que corre la democracia es que se la identifique como consustancial al despiadado dogma del neoliberalismo, porque ambos han llegado juntos.

Los ciudadanos, cualquiera que sea su condición social le conceden un periodo de gracia en Centroamérica a la democracia, porque no se quiere regresar ni a la guerra, ni a los golpes de Estado, ni a las dictaduras, por muy duras que resulten las condiciones de vida para la inmensa mayoría. En Nicaragua, la participación en las últimas elecciones que ganó el presidente Enrique Bolaños a Daniel Ortega, fue superior al noventa por ciento. Se trata de un desencanto activo, y nadie se queda en su casa a la hora de decidir. Es un desencanto que presupone a la vez una esperanza. La esperanza de que la democracia debe llegar a ser, además de un instrumento para elegir, un instrumento real de cambio y desarrollo. Y la esperanza, ya se sabe, es lo último que se pierde. n

El rumbo de un sueño

EL RUMBO DE UN SUEÑO

POR BRASILIO SALLUM JR.

El gobierno de Lula cuenta con un enorme apoyo popular y con la simpatía de las elites brasileñas, pero los constreñimientos financieros sobre los cuales opera y las restricciones derivadas del actual orden internacional limitan bastante las posibilidades de que pueda realizar el sueño al que no cesa de referirse: volver a la sociedad brasileña más rica e igualitaria.

La elección de Luiz Inácio Lula da Silva (ex inmigrante pobre de la región nordeste de Brasil, ex obrero metalúrgico en Sao Paulo, ex líder sindical, fundador y presidente honorario del Partido de los Trabajadores) como presidente de Brasil indica un avance importante en el proceso de democratización de ese país. Más que el resultado de las elecciones de octubre del 2002 fueron signos notables cicla consolidación del régimen democrático en Brasil la colaboración durante el “periodo de transición”, de los funcionarios del gobierno derrotado con los vencedores (algo inédito en la historia del país) y la tranquilidad con que las elites brasileñas enfrentaron la llegada del nuevo presidente.

La elección de Lula, sin embargo, no fue un rayo en cielo sereno. Su elección ocurrió después de casi veinte años de experiencia democrática en el país. Esta experiencia se inició con el primer gobierno civil que sucedió, en 1985, al régimen dictatorial instalado por el golpe militar de 1964. Esta experiencia floreció, por tanto, junto con otras experiencias de liberalización y democratización ocurridas en América Latina, en medio de los escombros de los regímenes autoritarios y dictatoriales surgidos en el continente a partir de los años 1960′s y, en algunos casos, mucho antes de eso.

El avance democrático decisivo no estuvo, por tanto, en el proceso de elección, sino en el candidato y el partido electos. El electorado innovó al elegir un cuadro político no perteneciente al empresariado o a las clases medias ilustradas sino, de tal manera, un líder de origen obrero y marcado por su origen social, representando un partido de izquierda que, a pesar de estar dirigido mayoritariamente por cuadros de clase media urbana, sostiene representar los intereses de los “trabajadores”, incorporando un gran número de ellos a su organización. De hecho, en las elecciones presidenciales de 2002 las masas populares, la mayoría del electorado, rompieron la regla elitista, una costumbre en la política brasileña, de que “el pobre no vota por el pobre”. Con esto se coronó un proceso largo y profundo de ampliación de la participación política de las clases medias y populares iniciado en los años 1970′s, sobre todo con el surgimiento de un sindicalismo obrero independiente en relación con el Estado, intensificado en los años 1980′s y materializado en la Constitución de 1988.

Un elemento adicional acentúa el significado democratizador de la elección de Lula: fue electo comprometiéndose a gobernar “negociando” sistemáticamente tanto con los partidos políticos como con las organizaciones representativas de los variados segmentos de la sociedad. Esta promesa de ampliación de la participación política de la “sociedad organizada” —en oposición a las propuestas que ya estaban listas en el programa de su principal adversario, el gobiernista José Serra— fue uno de los elementos clave en la conquista de votos de la clase media y el empresariado.

Sobra decir que las promesas de negociación con las demás fuerzas políticas y sociales fueron relevantes no sólo por estar en sintonía con las aspiraciones dominantes de una mayor participación política, sino también porque tenían un componente de moderación: las políticas del gobierno tomarían en cuenta los intereses del empresariado y de la clase media. Esto nos lleva a analizar los límites de las victorias de Lula y del PT.

En primer lugar, la victoria de Lula ocurrió, en parte, gracias a su adaptación (y la del PT) a los valores y los intereses dominantes en el establishment brasileño. Así. la dirección del PT y Lula abandonaron la retórica socialista y la defensa del estatismo desarrollista a favor de un programa orientado por una versión más “liberal” del desarrollo, similar a la defendida, hace tiempo, por el ala izquierda del gobierno de F. H. Cardoso. Esta última, y la mayoría del PT, defienden una reducción de la vulnerabilidad externa, una política firme de estímulo a las exportaciones y, en general, un Estado que estimule la producción y la empresa, sin regreso al proteccionismo o a la ampliación de las funciones empresariales del Estado. Más aún: la dirección del PT prometió trabajar por la cartilla de respeto a los contratos, del ajuste fiscal y del cambio flotante. Y el PT no se quedó en las palabras. Contra su ala izquierda, enraizada en el funcionalismo público, el PT se aproximó al centro partidario e hizo del senador-empresario José Alentar, del Partido Liberal (PL), el vicepresidente de Lula. A pesar de que el PL sea muy pequeño, el gesto político fue importante porque materializó desde antes de las elecciones la promesa de realizar políticas negociadas después de la victoria.

En segundo lugar, las elecciones del 2002 incluyeron además de la elección para presidente de la República, disputas para el Congreso (Cámara de diputados y senadores), para los gobiernos de todos los 27 estados de la Federación y para las Asambleas Legislativas estatales. En estos ámbitos el crecimiento del PT y de los partidos aliados fue mucho menos espectacular. En la elección para la Cámara Federal, por ejemplo, el PT consiguió elegir la mayor bancada partidaria (y con eso ganó el derecho de presidir la Cámara), pero junto con sus aliados de izquierda y centro está lejos de alcanzar la mayoría de 3/5 de las curules, lo cual le garantizaría la posibilidad de aprobar reformas constitucionales. Igualmente, para aprobar proyectos que exigen una mayoría calificada, el gobierno necesita votos del centro y de la derecha que sustentaban al gobierno anterior. Por eso, el PT viene haciendo un gran esfuerzo para obtener un apoyo formal del mayor partido de centro, el PMDB. Por lo que respecta a los estados, las fuerzas políticas que antes apoyaban al gobierno de Cardoso tienen una presencia aún más intensa, sobre todo el partido del ex presidente (el PSDB) —que controla siete estados, incluso los principales (Sao Paulo y Minas Gerais) —. En parte, esta es la razón por la que el gobierno de Lula ha conseguido el asentimiento de todos los gobernadores para las reformas de la agenda liberal que el gobierno de Cardoso no pudo realizar (la del sistema de seguridad social y la del sistema tributario). Se trata, de momento, de un apoyo condicionado. Tanto en el Congreso como en la Federación, lo que realice el nuevo gobierno dependerá en mucho de la concordancia de fuerzas políticas sobre las que tiene poco control.

Los límites apuntados no niegan el significado democratizador de la victoria de Lula y del PT, ni ponen en duda la solidez del régimen democrático brasileño. Recordemos, sin embargo, que también en la democracia el ejercicio del poder ocurre dentro de determinados parámetros sociales y políticos. A pesar de que tales parámetros tienen alguna elasticidad, puesto que el gobierno de Lula cuenta con un enorme apoyo popular y con la simpatía de las élites brasileñas, los constreñimientos financieros sobre los cuales opera y las restricciones derivadas del actual orden internacional limitan bastante las posibilidades de que pueda realizar el sueño al que no cesa de referirse: volver a la sociedad brasileña más rica e igualitaria, incorporando a los millones que viven en la miseria a las ventajas materiales y culturales de la civilización moderna. A pesar de los límites apuntados, de las indefiniciones y las dubitaciones que van marcando el inicio del gobierno de Lula, aún hay en el Brasil mucha esperanza de que se avance decididamente en la dirección de este sueño. n

La costumbre democrática

LA COSTUMBRE DEMOCRÁTICA

UNA ENCUESTA DE LATINOBARÓMETRO

Presentamos los resultados de Latinobarómetro 2002, una encuesta anual aplicada en 17 países de América Latina entre los meses de abril y mayo del año 2002. La encuesta consiste en la aplicación de un mismo cuestionario a muestras de las poblaciones nacionales de cada país, con un total de 18,526 entrevistas. Latinobarómetro es un proyecto privado producido por la Corporación Latinobarómetro dirigida por Marta Lagos, una corporación sin fines de lucro, con sede en Santiago de Chile.

Con seis años de datos de 17 países latinoamericanos recabados desde 1996 se puede observar el comportamiento de los latinoamericanos en los años de prosperidad, como en 1997, o en momentos de crisis, como en 2002. Miramos la democracia como una forma de civilización que requiere de tres cosas: cultura, estructura y proceso. Latinobarómetro mide la cultura de los latinoamericanos y evalúa su apreciación de las instituciones, y llega a conclusiones sobre la evaluación del proceso democrático.

La tercera ola de democracia que se instaló en América Latina en los años 1990′s produjo apoyo y expectativas de la ciudadanía hacia la democracia que Latinobarómetro mide en un 61% de apoyo en 1996. Tal apoyo se mantuvo hasta 2001, cuando bajó a 48%, para ascender a un 56% en el año 2002.

Los apoyos cambian por distintos motivos. En primer lugar, en países donde hay alternancia en el poder, el apoyo aumenta al inicio de los gobiernos. Tal fue el caso de Chávez en Venezuela, con 6l%, de Toledo en Perú, con 62%. Por otra parte, en países en crisis, como Argentina, los ciudadanos castigan al gobierno y le conceden un nivel de confianza de 14%, y a la vez apoyan a la democracia (58% en el 2001, 65% en 2002). En países como Colombia, enfrascado en una guerra, la democracia tiene hoy día poco valor. De un 60% en 1996, el apoyo ha caído a 39% en 2002.

Los ciudadanos de América Latina están aprendiendo que la democracia significa que la gente puede castigar con su voto a los gobiernos que lo hacen mal. De manera creciente no quieren deshacerse de la democracia, sino del gobierno en turno, para aspirar a uno mejor. Democracia posee para ellos un sentido minimalista: 68% dice que “puede tener problemas pero es el mejor sistema de gobierno”. Es el sentido de la democracia. Un 50% está dispuesto a aceptar un gobierno autoritario si resuelve los problemas, y un 37% opina que se puede pasar por encima de las leyes, y un 75% está de acuerdo en que la solución de los problemas no depende de la democracia.

Para los latinoamericanos democracia es libertad y elecciones. Un 56% de los ciudadanos de la región quiere defender esos dos valores, tener presidentes y libertades civiles. Un 52% cree que los partidos políticos y el Congreso son indispensables pero, en promedio, no le dan más de un 14% de confianza a los partidos. Un 29% confía en los gobiernos y un 36% los aprueba.

Los datos evidencian un aumento de la ciudadanía, respaldado por una década de discurso democrático, aumento de los niveles de educación e inclusión de grandes segmentos de población a través de la alternancia de las elites, como es el caso de Perú, Venezuela, México, Ecuador. Hay ciudadanos con voz que demandan soluciones. Todo ello pone a las elites y a su desempeño en el centro de los sucesos, porque han creado expectativas sin entregar los bienes esperados. El ejemplo más claro está dado por las falsas expectativas creadas en torno a las bondades que producirían las reformas económicas, como las privatizaciones, y por la fatiga y frustración que esto ha producido en la región.

  

 

 

 

 

El carrusel peruano

EL CARRUSEL PERUANO

POR MIRKO LAUER

Hoy la versión dominante sobre el desencanto con la democracia en los países pobres es la del déficit de crecimiento económico, lo que se ha llamado “la economía política de la ciudadanía”. Para la izquierda el capitalismo le impone límites a la democracia, para la derecha es la democracia la que le impone límites al capitalismo.

En el Perú la decepción con la democracia no es permanente sino recurrente, bipolar. El ciclo se completa con una también recurrente decepción frente a la dictadura, que en la segunda mitad del siglo XX se ablandó algo al tecnocratizarse. En nuestra experiencia de ese siglo hay aplausos para las restauraciones democráticas y demasiada tolerancia para los golpes militares. El autogolpe de Alberto Fujimori en 1992 fue aprobado por tres de cada cuatro peruanos. Un poco menos del porcentaje que aprobó su vacancia moral del cargo y el retorno a la democracia en el 2000.

Detrás de esta historia de probable inconsecuencia ideológica hay otra de reales esperanzas traicionadas: le pedimos más o menos lo mismo a demócratas y a dictadores, con parecidos resultados. En nuestras democracias siempre se ha respirado mejor, pero tarde o temprano el clima de libertades ha terminado atentando contra los intereses del capital en todas sus formas, y a veces hasta contra los del trabajo: la diferencia no es dramática, pero la serie histórica muestra mejor capacidad de compra de la población bajo las dictaduras.

Al centro de este carrusel (que no es invento peruano, sino tradición latinoamericana) está la arraigada idea de que en el Perú estos regímenes políticos básicos no son para durar, sino para alternarse, siempre con un empujoncito de ayuda de Washington. Lo expresa el bou mot, irónico solo a medias, del poeta Martín Adán luego del golpe del general Manuel Odría en 1948: “Hemos vuelto a la normalidad”. Creo que la normalidad a la que aludía no era propiamente el golpe militar: era simplemente el cambio de régimen, y la complacencia con el hecho.

El proceso es más o menos sutil, o así nos parece. Las dictaduras salen de escena por hartazgo ciudadano frente a su estilo, mientras que las democracias parten víctimas de una súbita decepción ciudadana. En ningún caso es el fin de la historia sino más bien el eterno retorno. Es difícil imaginar en el Perú el tipo de argamasa social que produjo doscientos años de democracia en Estados Unidos, cuarenta de dictadura en España o Portugal, o setenta años de PRI en México. Nuestro récord sin un golpe de Estado: quince años (1899 a 1914). Sin una democracia: doce años (1968 a 1980).

En un momento de los años 1990 pareció que esta pendularidad terminaba, cuando apareció esa suerte de democracia Potemkin tras cuya fachada se ocultaba una dictadura, llamado fujimorismo. Pero si el fujimorismo era la fórmula intermedia que iba a detener el péndulo, tampoco duró. Lo cual sugiere que, si bien toda analogía es perversa, aquí el ciclo completo democracia-dictadura ha demostrado hasta ahora ser más fuerte que cualquiera de sus fases. E incluso más fuerte que los intentos de explicarlo.

Hoy la versión dominante sobre el desencanto con la democracia en los países pobres es la del déficit de crecimiento económico, lo que se ha llamado “la economía política de la ciudadanía”. Para la izquierda el capitalismo le impone límites a la democracia, para la derecha es la democracia la que le impone límites al capitalismo. Entre los dos planteamientos están las esperanzas políticas puestas a prueba por la penuria cotidiana, que aquí se niega a casarse con alguna de las versiones.

Se alterna entre democracia y dictadura porque en algún momento del proceso para las mayorías empobrecidas (50%+ en el Perú) da lo mismo. El aporte de la economía y de cierta cultura política es poner el péndulo otra vez en movimiento, o ayudarnos a descubrir que nunca se había detenido. Sin duda hay minorías a las que nunca les da lo mismo, en un sentido o en otro, pero su capacidad de oponer la institución democrática o la mano dura dictatorial al desasosiego de una calle impaciente se ha ido volviendo cada vez más limitado.

¿Algo ha cambiado en nuestro brevísimo siglo XXI democrático? Es muy temprano para opinar. A tres años de retornada nuestra democracia vive sujeta a algunas presiones conocidas. Vivimos entablillándola con pactos medio tácitos y medio secretos entre sus actores. Arreglos a la postre ineficaces y que se vuelven parte del problema. Nadie está esperando un golpe de Estado, pero sí el tipo de disturbio de fondo que en otros tiempos los precedía. A nadie sorprendería mañana en el Perú uno de esos hipos a la ecuatoriana que alían turbamulta popular con músculo militar.

¿Cuán avanzados estamos en este avatar del ciclo?

Hay una mayoría que aprueba la democracia en el Perú pero la popularidad de los demócratas en el poder anda por los suelos. Las cifras de aprobación al prófugo Alberto Fujimori vienen creciendo lentamente. Quizá si su régimen no llevara prendido al cuello un historial de robos y asesinatos, el rebrote autoritario no sería tan lento. Pero como va la cosa, las mayorías peruanas cada vez más ven a la democracia como una primavera cruel que solo está allí para ser deshojada.   n

Mecanismo de defensa

MECANISMOS DE DEFENSA

 POR RUBEM FONSECA

“Godofredo diseñó una tesis, según la cual el sexo entre dos personas podía causar la mutua destrucción, pero la masturbación a solas no podía provocar ningún mal”.

Leeuwenhoeck, que era dueño de una mercería, inventó el microscopio para ver microbios. Se masturbaba y después examinaba su propio esperma para contemplar aquella miríada de minúsculas criaturas, que poseían cabeza y cola, moviéndose alucinadamente. El fue el primero que vio estos seres en el mundo.

Godofredo leyó eso en un libro. Inspirado en Leeuwenhoeck, compró un microscopio para examinar su esperma. Pero mientras que el holandés examinó otras secreciones y excreciones de su propio cuerpo —heces, orina, saliva— Godofredo se interesó sólo por el semen. Hasta entonces, todo lo que conocía sobre ese fluido era su olor a blanqueador, y también el hecho de que contenía espermatozoides que podían embarazar a una mujer. El blanqueador, leyó en una botella de este desinfectante que tenía en casa, estaba hecho de hipoclorito, hidróxido y cloruro de sodio. Pero aquellos diminutos animales que veía en la viscosa secreción blanquecina eyaculada por su pene y embarrada en el portaobjetos del microscopio no podrían vivir en un líquido que servía para limpiar excusados, coladeras, lavabos y botes de basura.

Godofredo salió y recorrió varias librerías, donde compró libros que pudieran aclarar sus dudas. Después de leer uno de ellos, concluyó que el olor a blanqueador debía provenir del sodio que contiene el semen. Tal vez los aminoácidos, el fósforo, el potasio, el calcio y el zinc contribuyeran también, de alguna forma, a aquel olor a detergente.

Estudió también los espermatozoides. Tenían dos panes, una cola y una cabeza, de formato plano y almendrado, que Godofredo podía distinguir fácilmente en el microscopio, a pesar de que esa cabeza, según los libros que había comprado, tuviera apenas de cuatro a cinco micras de longitud y de dos a tres micras de ancho. Y era en aquella micrométrica cabeza donde se localizaba el núcleo en que estaban las moléculas genéticas llamadas cromosomas, responsables de la transmisión de las características específicas de él, Godofredo, como el color verde de sus ojos, su cabello castaño liso, su piel blanca —si un día llegara a tener un hijo—. Una pulgada tenía 25,000 mieras, los bichitos eran realmente pequeños. No tenía una noción exacta de lo que era una micra, pero lo cierto, concluyó, era que, así como la cabeza era la parte más importante en el hombre, en el espermatozoide ocurría lo mismo. La cola apenas servía para mover la célula, ondulando y vibrando, para que los espermatozoides compitieran a ver quién llegaba primero hasta el óvulo, que salvaría de la extinción a aquel gameto masculino. Fertilizar o morir, era el lema de los cuatrocientos millones de espermatozoides que contenía una eyaculación. Apenas uno solía escapar. La mortandad de estos seres no tenía igual en la historia de las catástrofes.

La masturbación diaria y el microscopio le permitían a Godofredo el acceso a un saber que antes no poseía. Esto es bueno, decía para sus adentros. Pero, después de un tiempo, Godofredo se masturbaba y ya no colocaba el semen en el portaobjetos. Había perdido el interés, aquel movimiento le parecía ahora un grotesco ballet improvisado sobre una música dodecafónica. ¿Entonces aquella curiosidad científica no pasaba de ser un pretexto para masturbarse? ¿Y si así fuera? Como diría el personaje de una película famosa: “;Hey, no hablen mal de la masturbación! Es sexo con alguien a quien amo”.

Godofredo desarrolló una tesis, según la cual el sexo entre dos personas podía causar la mutua destrucción, pero la masturbación a solas no podía provocar ningún mal. Para comprobar su punto de vista, hacía suya la afirmación de un psiquiatra de renombre, autor de varios libros científicos: la masturbación era la principal actividad sexual de la humanidad, algo que en el siglo XIX era una enfermedad, pero que en el siglo XX era una cura. Y en el siglo XXI, agregaba Godofredo, con los grandes problemas de comunicación provocados por la televisión y agravados por la Internet, con los sufrimientos causados por nuestros inevitables brotes de egocentrismo y narcisismo, con las frustraciones resultantes del deterioro ambiental, la masturbación era el más puro de los placeres que nos quedaba. Y las mujeres, a quienes siempre les fueron negados todos los placeres, podían encontrar en la masturbación una fuente redentora de deleite y alegría.

Un onanista que se respete, decía, se masturba diariamente. Godofredo tenía cuarenta años, la edad del esplendor onanista, según él, pero reconocía que no existía un rango de edad mejor que otro para esa actividad; cuando tuviera ochenta años, seguramente escogería esa edad provecta como la ideal, convencido de que a partir de los doce años y hasta la muerte, el individuo está en condiciones de practicar la masturbación de manera saludable y placentera. Según sus teorías, además de la edad, no existían otras limitaciones, de constitución física, condición social y económica, escolaridad, etnia. Nada de eso interfería creando obstáculos o atenuando de alguna forma las emociones liberadas por aquella actividad. Si el tipo no poseía dinero para comprar uno de esos lubricantes que vendían en la farmacia y que tornaban más agradable la fricción del pene, podría muy bien usar cualquier otra sustancia oleaginosa más barata, como el aceite de soya que se usa para cocinar. Además, no importaba si la persona era gorda o delgada, alta o baja, fea o bonita, negra o blanca, tímida o agresiva, culta o analfabeta, sorda o muda, pues sentiría de la misma manera la emoción fuerte que provocaba la masturbación. En cuanto a los aspectos higiénicos, no existían casos de enfermedades adquiridas por practicar el onanismo.

Masturbación y pensamiento debían estar siempre asociados, en una demostración de la indisoluble unión del cuerpo y la mente. Había muchos que no pensaban, apenas usaban, simultáneamente, como burdo estimulante, el sentido de la vista. Pero, en aquel momento glorioso, el buen onanista pensaba. Yo pienso, decía.

¿Pensaba en qué? Cuando se mas- turbaba, pensaba en una mujer, en una determinada mujer. Sabía que, si en vez de pensar en tal mujer, la tuviera en sus brazos, la relación sexual entre ellos sería una perfecta comunión física y espiritual.

Godofredo llamó por teléfono a esa mujer que no salía de su mente. Quien contestó fue la hermana. Los teléfonos modernos son muy sensibles, y él oyó que la hermana decía con voz sorda, pues había tapado con la mano la bocina del aparato: “Es Godofredo que quiere hablar contigo”. Y entonces también oyó la respuesta, que la mujer de sus sueños gritó: “Ya te dije que no estoy para ese imbécil”.

Nada, pensó Godofredo nuevamente, estaba más cerca de la felicidad y el equilibrio emocional del ser humano que la masturbación. Era el pasatiempo de los dioses del Olimpo, el paraíso de los mortales, delicia de delicias, el gran alimento de cuerpo y alma.   n

Mademe X de John Singer Sargent

MADAME X DE JOHN SINGER SARGENT

POR VÍCTOR MANUEL MENDIOLA

1

Ella está detenida en un espacio

¿de su recámara? ¿ Del vestidor?

¿Del baño? ¿Desde qué ángulo interior

ella inclina su torso muy despacio?

La miro pensativa en la labor

del cuadro: el traje negro en largo lacio,

seda con luz de perla. En el palacio

— ¿la casa es un palacio?— está el color.

Pero el color proviene de otra parte:

del rostro y de los hombros. La blancura

termina y recomienza en ese rostro

como si fuera inaccesible un arte

más despejado que esa cara pura.

 Ahora en el retrato yo la arrostro.

2

Pero si observas bien, el pelo es rojo;

rojo negro que viene del espacio

del cuarto en donde un lento pincel lacio

ha encerrado la luz con un cerrojo.

Insisto: toda avanza muy despacio

 y ella, el pelo cogido en un manojo,

apenas se desplaza por el ojo

que la admira. En la mesa un cartapacio

imaginario la detiene. Ella

no mira los papeles; ella mira

en sentido contrario, donde luce

la luz. La lentitud la hace más bella.

En la luz su cabello me conduce

a este color que en bien y en mal delira.

3

Imaginé que si el vestido fuera

rojo el cuadro también daría gozo.

Vi que en la luz había un orgulloso

color de llama y una enredadera

de sangre desatándose. Vi un pozo

de luz en el pincel —donde cualquiera

tiembla— y supe la mano y la tijera

que hicieron el vestido tan hermoso.

Pero me percaté de que el rubí

del vestido de seda provenía

no de él sino de quien lo lleva puesto,

sólo de Madam X. Y sentí

que todo en ella estaba en armonía:

la luz del rostro con la sed del gesto.

El futuro de la naturaleza humana

EL FUTURO DE LA NATURALEZA HUMANA

Desde Rousseau se considera que el ciudadano democrático es no sólo capaz de comprenderse como el destinatario de las leyes sino incluso como su autor.

A fines del año pasado se publicó en Francia L ‘avenir de la nature humaine. Vers un eugénisme liberal? (Gallimard), el primer libro de Jurgen Habermas que aborda como tema central cuestiones de ética aplicada, en este caso algunas hipótesis en torno a los efectos de los avances científicos en genética y neurobiología.

La investigación de las células madre obtenidas de embriones, el desciframiento del genoma humano y los avances en la medicina reproductiva, la neurobiología y la manipulación de las funciones cerebrales parecen colocar al alcance de la mano las posibilidades curatorias de las terapias genéticas y neurológicas, así como su rendimiento económico. En la entrevista que sostuvo con Alexandra Laignel-Lavastine y publicada en Le Monde, Ha- bermas se pregunta: “¿cómo se transformará nuestra visión de nosotros mismos en tanto personas que llevan su propia vida y tienen que dar cuenta de sus actos, si un día llegamos a acostumbrarnos a manipular nuestras disposiciones genéticas o nuestras funciones cerebrales?”. El dominio del propio destino individual, la concepción de cada uno en tanto miembro de la especie humana y la consecuente búsqueda de una ética de la especie en diálogo con las filosofías religiosas son los problemas que se desprenden del posible desarrollo de estas ciencias.

Uno de los fundamentos de la conciencia profunda del ser humano “es la certeza según la cual somos capaces de actuar de tal forma que nuestras opiniones y nuestras actitudes sólo obedezcan a razones. Si esta conciencia de la libertad fuera tácitamente minada por prácticas de control remoto convertidas en recurso normal, nuestras propias instituciones democráticas reposarían sobre pies de barro. Desde Rousseau se considera que el ciudadano democrático se distingue por el hecho de poder comprenderse no sólo como el destinatario de las leyes, sino incluso como su autor”.

El paso de la simple terapia de prevención a una eugenesia positiva haría posible que un adolescente del futuro mediato, al enterarse de la manipulación prenatal con que lo procrearon, se sienta limitado en su libertad ética —el axioma de que los padres sólo desean lo mejor para sus hijos no basta para saber qué es lo mejor en el contexto imprevisible de una vida por hacerse.

Frente a este asalto ab ovo contra la libertad individual, Habermas plantea: “Me parece que la única manera de apartar el riesgo de un condicionamiento eugenésico abusivo es actuar de tal forma que toda intervención que se proponga modificar características genéticas obedezca a un punto de vista clínico’, ése que se adopta frente a una segunda persona acerca de la cual uno tiene el derecho de suponer que pueda dar su autorización. Pero una situación tal sólo se produce en el caso de enfermedades hereditarias que ocasionen una afección indudablemente grave y cuyo pronóstico haya sido establecido con seguridad. Para lograr un consenso amplio sólo podemos partir del rechazo a los males más grandes pues, por regla general, nuestras orientaciones axiológicas son ampliamente divergentes. Y por lo demás, nos enorgullece en especial este pluralismo”.

El hecho de que los avances biotecnológicos afecten las bases naturales de la vida del hombre modifica el enfoque de los problemas que provocan. En el caso de la clonación humana, si el objetivo es su prohibición universal, ésta rebasa el ámbito de la justicia (lo que es solucionable en el nivel de los derechos del hombre) para situarse en el de una regulación global, planetaria, que dependerá de la manera en que nos concebimos en tanto miembros de una misma especie. El debate de estas distintas

“visiones del hombre” alcanza un significado político y tendrá que desarrollarse en el terreno de una ética de la especie humana. Y aquí es donde tienen un lugar las concepciones religiosas:

Sobre las cuestiones empíricas confiamos en los expertos científicos (y en su explicación dependiente de controles de todo tipo) para que establezcan lo que la sociedad, por ejemplo ante la justicia, debe considerar como verdadero o falso. En cambio, en materia de ética, en la que las preguntas dependen ampliamente de las visiones del mundo, ninguna institución puede evitar que los ciudadanos se formen un juicio por sí mismos. La visión del mundo del naturalismo cientificista no posee el nivel de una ciencia. Se trata de una síntesis elaborada a partir de informaciones científicas que entra en competencia con otras visiones del mundo. Por lo que concierne a las cuestiones fundamentales de ética política, las voces religiosas tienen por lo menos el mismo derecho a hacerse oír en el espacio público. Aunque es cierto que las opiniones presentadas por medio de una retórica religiosa no pueden contar con la aprobación democrática si no se traducen en un lenguaje universal- mente accesible, como por ejemplo en un lenguaje filosófico. La dialéctica de la razón y la dinámica autodestructiva de una modernización acelerada no son descubrimientos recientes. Y es en este contexto de una secularización que “descarrila” que hay que situar mi interés en una aproximación respetuosa a las tradiciones religiosas que se distinguen por la capacidad superior que tienen de articular nuestra sensibilidad moral. Emprendido con un ánimo que no apunta de ninguna manera a criticar las religiones el trabajo consistente en traducir su mensaje en lenguajes públicos y universalmente accesibles sería el ejemplo de una secularización que salva en lugar de aniquilar.

En el curso de la entrevista, Jürger Habermas no dejó de puntualizar su ignorancia sobre el futuro de estos avances de las ciencias médico-biológicas, pero ante la relevancia de sus posibles consecuencias es que ha emprendido estas disquisiciones. L’avenir de la nature humaine. Vers un eugénisme libéral? puede conseguirse en español, lo editó Paidós Ibérica hace un año con el título El futuro de la naturaleza humana: ¿hacia una eugenesia liberal?  n

Vida pública. Hechos y tendencias

PALOMAR

VIDA PÚBLICA

HECHOS Y TENDENCIAS

EL DESENCANTO POR LA DEMOCRACIA

Una investigación de la ONU, que será divulgada en el otoño, retrata lo que hay que llamar el desencanto democrático de América Latina. La democracia no ha traído a nuestros países lo que, acaso desmesuradamente, sus sociedades esperaban de ella. Democracia no ha sido sinónimo de justicia, crecimiento, prosperidad, equidad, desarrollo. Ofrecemos en este número una visión general de ese paisaje en fuga y vistazos al momento político de México, Centroamérica, Colombia, Perú, Brasil, Argentina y Chile. (El desencanto por la democracia. Ver pp. 27-28.)

La democracia como flotación

La democracia mexicana parece capaz de gobernar, detener conflictos mayores y evitar catástrofes, pero no ha sido una fuerza transformadora, capaz de modernizar al país. Gobierno y economía requieren cambios estructurales que el juego democrático no ha podido producir. En consecuencia, el gobierno es débil, sus finanzas son pobres, la economía crece poco y se diluye la esperanza de grandes cosas que trajo el cambio democrático. El país flota, pero no avanza.

PAGAR LA CUENTA

El “impropicio azar” (Borges) puso al gobierno de México en ruta de colisión con el de Estados Unidos por el conflicto de Irak. Fox escuchó correctamente el clamor de su opinión pública contra la guerra, se pronunció en ese sentido y recogió el mayor acuerdo de las fuerzas políticas que haya tenido durante su gobierno. El presidente Bush se dijo decepcionado por la posición mexicana. Dejó de responder las llamadas de Fox. Lo que quedaba de atención preferencial a las cuestiones de su vecino pareció desvanecerse en el ánimo del habitante de la Casa Blanca.

Bush ganó en Irak, con menor costo y mayor rapidez de lo previsto. El gobierno de Fox ha iniciado su peregrinaje a Washington en busca de una reconciliación. Pero Gulliver está sentido, y lo hace sentir. El presidente Bush. lo mismo que su padre, de visita en México, han dicho que la amistad sigue ahí y que hay que mirar hacia delante. Pero la amistad cercana del inicio de ambos gobiernos se ha ido y ha vuelto la amistad distante de siempre. Hay que empezar de nuevo. Es un costo de Irak. Y México no es el único que paga la cuenta. (Peter Hakim: El juego de las venganzas de Bush. Ver p. 9.)

CAMBIO DE PRIORIDADES

“Después del 11 de septiembre quedó claro… que la prioridad número uno en nuestra relación con Estados Unidos es la lucha contra el terrorismo “, dijo el canciller mexicano, Luis Ernesto Derbez, en el Centro de Estudios Estratégicos Internacionales (CSIS), con sede en Washington, el 7 de mayo. Los medios leyeron correctamente que México cambiaba su prioridad en el trato con Estados Unidos: del acuerdo migratorio, que era la iniciativa central en la estrategia de Fox, a la lucha contra el terrorismo, que es el tema de Washington desde el 11 de septiembre.

MIGRACIÓN POR PETRÓLEO

Un mensaje sintomático de la nueva distancia vino de un grupo de congresistas republicanos que sugirió condicionar el acuerdo migratorio a la apertura petrolera de México. La propuesta indignó a la clase política mexicana, que respondió de inmediato: PEMEX no se vende. La ira puede haber impedido escuchar un mensaje de largo alcance para las relaciones de México y Estados Unidos. Ese mensaje es que ha llegado la hora de negociar en condición de iguales, poniéndolo todo sobre la mesa, incluyendo los temas hasta ahora tabú para ambos países: migración y petróleo. (¿Petróleo, para qué? Ver p. 10 y Negociando: “¿Quieres algo? Dame algo “, p. 12.)

IN / SEGURIDAD

El 11 de septiembre creó un nuevo interlocutor dentro del gobierno estadunidense, fundamental para las relaciones bilaterales, la Secretary of Homeland Security, Secretaría de Seguridad Doméstica, equivalente, en su espíritu y funciones, a la Secretaría de Gobernación mexicana. La Secretaría de Seguridad Doméstica se ha quedado con algunas de las dependencias fundamentales que administran, día a día, la relación bilateral de México y Estados Unidos. Maneja aduanas, migración, el servicio secreto, la guardia costera, la patrulla fronteriza y la seguridad ambiental y sanitaria. A fines del mes de abril pasado, en San Diego, la Secretaría de Gobernación firmó con la de Seguridad Doméstica un primer acuerdo para reducir la vulnerabilidad en la frontera común, proteger a migrantes y facilitar el paso de bienes y personas. Fue el primer acuerdo de lo que será una larga relación.

HACIA UNA INTEGRACIÓN MAYOR

Seguridad, migración y petróleo son piezas enormes, no negociadas ni ordenadas aún, de la relación bilateral. Abordarlas bilateralmente con un espíritu constructivo, meticuloso y exigente, puede ser un camino deseable al futuro para las dos naciones. ¿Cuál futuro? Convertir el Tratado de Libre Comercio, que rige hoy sus relaciones comerciales, en un incipiente mercado común, a la europea.

en beneficio propio

 Actuando en su propio beneficio, es decir, para mejorar sus propios rendimientos como nación. México puede poner en la mesa de negociaciones con Estados Unidos la oferta de tres seguridades estratégicas, que ningún otro país puede ofrecer juntas: 1) seguridad fronteriza, 2) seguridad de mano de obra, 3) seguridad energética.

Saltando hacia adelante

México tendría que dar un gran salto hacia adelante en la más grave de sus carencias gubernativas: la inseguridad pública. Estados Unidos tendría que dar un gran salto hacia adelante, rompiendo su tabú migratorio y legalizando el libre flujo de mano de obra mexicana que necesita. México tendría que dar un gran salto hacia adelante rompiendo su tabú petrolero y reconociendo que PEMEX necesita abrirse a la inversión privada, mejorar sus rendimientos y transparentar su operación. México debe hacer más, pero México también puede obtener mayores beneficios de un nuevo esquema de integración ordenada, como los ha obtenido hasta ahora de la relación comercial ordenada por el TLC.

el hoyo negro

La nueva prioridad de México en su relación con Estados Unidos es la lucha contra el terrorismo, pero su compromiso con esa materia no puede tomarse en serio, si se ven los resultados en todos los otros aspectos de la seguridad pública. Según el diario Reforma, en los primeros cuatro meses del año 2003 se registraron 190 ejecuciones atribuibles al narco. Las entidades líderes en la materia son el Distrito Federal: 34 ejecuciones. Baja California: 37, Sinaloa: 26, Michoacán: 18, Nuevo León: 16, Jalisco: 16. La primera medición independiente del crimen en el país, hecha por el Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad, reveló, en febrero pasado, que durante el año 2001 fueron víctimas de la delincuencia, en Promedio 350,000 mexicanos por mes. Durante el primer semestre del año 2002, la cifra subió a 616,000 víctimas por mes. Sólo el 17% de esos agravios fueron denunciados. Los ciudadanos no confían en las autoridades y su desconfianza multiplica la impunidad, pues ni siquiera se denuncian los delitos.

La lección de los maestros

Los maestros disidentes del sindicato nacional, agrupados en la CNTE, dieron su lección anual de ilegalidad y radicalismo. Como cada año, desquiciaron la ciudad de México, en exigencia de aumentos salariales, y se apoderaron por la fuerza, luego de una batalla de horas, del edificio sede de sus adversarios del SNTE. La cosa se repite cada año: el día del maestro es también el día del escándalo. Las protestas vandálicas se hicieron a vista y paciencia de las autoridades del DF. que toleraron todo. Se suscitó así un extraño “hermanos en la ilegalidad”: unos por recurrir a la violencia para manifestarse, y la autoridad por no defender el bien común.

LA OMISIÓN DE LA AUTORIDAD

Si la justicia para los más es lo que interesa a las autoridades del Distrito Federal, cabe señalar que no aplicar la ley resultó en un acto de injusticia para la mayoría, a cuenta de un grupo minoritario. La autoridad no intervino “por prudencia”, dejando la ciudad, por unas horas, a merced de lo que se les ocurriera a sus ocupantes. Doble lección de impunidad: la de los maestros, predicando vandálicamente con el ejemplo; la de la autoridad, refrendando su decisión de no actuar si la protesta es colectiva y tiene un riesgo político.

La no elección argentina

Juan Carlos Menem dio una muestra más de la irresponsabilidad y la mala fe que asolan la política argentina al retirarse de la segunda vuelta electoral. La iba a perder abrumadoramente. Eran malas noticias para él, pero buenas para la Argentina, porque esa votación le habría dado alguna solidez al mandato del ganador, Guillermo Kirchner, un político oscuro de provincias, que tiene por delante una tarea de negociación laberíntica. Una victoria contundente en la segunda vuelta le habría facilitado el trabajo. Pero subirá al poder habiendo recibido sólo el 22% de los votos.

La ofensiva de Al-Qaeda

Quienes dijeron que Al Qaeda daría pronto señales de vida tenían razón, aunque los atentados recientes parecen indicar un repliegue a sus naciones árabes de origen y al África musulmana, en busca de blancos occidentales o judíos, relativamente sencillos de atacar para los emisarios suicidas. El semanario saudi Al Mayalah reprodujo el mensaje electrónico del Centro de Entrenamiento de los Muyaidines, una organización de Al Qaeda, que prometió: “Los próximos ataques desestabilizarán al enemigo y dispersarán sus esfuerzos. Tendrán como objetivo la retaguardia de la cobra (EU)…. Estos ataques alegrarán los corazones de los fieles musulmanes e irritarán el de los impíos”.

Restos amenazantes

Algunos expertos sugieren que la red internacional de Al Qaeda ha quedado reducida a una serie de células localizadas. Incluso si es así, como lo demuestran los atentados de Riyahd (+30 muertos) y Casablanca (41 muertos), su capacidad de atentar es amenazante y su repercusión, mundial: cada atentado de Al Qaeda da la vuelta al mundo. Su impacto mediático es muy superior a su poder destructivo. La gran excepción fue el ataque a Nueva York. Lo demás es una temible, pero limitada, lista de golpes terroristas. (El rastro de Al Qaeda. Ver p. 13.)

La pax americana

 La guerra de Irak fue bien, o mal, pero rápido. La paz va mal, o bien, pero lenta. Se restablece una burocracia básica, no hay gobiernos provinciales, los servicios clave (luz, agua) tardan en funcionar, el orden público no acaba de imponerse en Bagdad, ni en el resto del país, la explotación del petróleo que financiará la reconstrucción no ha podido reorganizarse y el primer gobernante enviado por el Pentágono, Jay Garner, tiró la toalla y fue sustituido por un enviado del Departamento de Estado, Paul Bremer. El primer compromiso de Bremer suena a promesa de gobierno latinoamericano: restablecer la ley y el orden. Lo fundamental del escenario iraquí es el ascenso espectacular, en el vacío de poderes, de la fuerza espiritual y política del chiismo, cuya avalancha desafía uno de los designios civilizatorios de Washington para su territorio ocupado: la implantación de instituciones democráticas. Los poderes reales de Irak son fundamentalistas en religión y teocráticos en política. Tienen, en esto, abrumadora mayoría dentro de su pueblo. Puestas a funcionar las reglas de las democracias occidentales, un gobierno democráticamente electo en Irak podría implantar, democráticamente, la teocracia que quiere la mayoría. Irak es un territorio liberado de la dictadura de Hussein no de su fe ni de su civilización.

 Tumbas sin sosiego

No encuentran en Irak armas, sino tumbas de destrucción masiva. Cerca de la ciudad de Hilla apareció la fosa común más grande descubierta hasta ahora. Se han encontrado en ella restos de 3,000 muertos y se piensa que puede haber 15,000. Se presume que los cadáveres son de presos políticos y sus familiares, asesinados después de un levantamiento chiita contra el régimen sunita de Saddam Hussein, en 1991. Los grupos de derechos humanos creen que puede haber enterradas, en distintas tumbas masivas de Irak, unas 200,000 víctimas.

El imperio americano

Después de Irak, pese a los signos ominosos de esa guerra para el futuro, la pregunta central del nuevo siglo sigue siendo qué clase de imperio será el imperio americano, qué clase de imperio puede o debe ser. Los hechos parecen haber precipitado un horizonte de unilateralismo y prepotencia sin contrapesos. Pero la fuerza desnuda no es una solución duradera para ninguna hegemonía, es sólo un recurso de coyuntura que se desgasta exponencialmente con el uso.n

Negociando: “¿Quieres algo? Dame algo”

NEGOCIANDO: “¿QUIERES ALGO? DAME ALGO”

Strategic Forecast, el think tank analítico que expande su calidad día a día por internet, hizo una nota sobre la propuesta migración por petróleo de los legisladores republicanos. Su análisis subraya lo que en México parece haberse pasado por alto: la propuesta es un mensaje de negociación abierta, el intercambio franco de unas ganancias por otras.

Presentamos la nota de referencia.

La sugerencia de vincular cualquier acuerdo de migración entre Estados Unidos y México a la apertura de PEMEX a la inversión extranjera, principalmente estadunidense, encolerizó al establishment político mexicano. La sugerencia, en realidad una enmienda añadida a una ley de egresos del Departamento de Estado, bajo la forma de un sentir del Congreso (“Sense of the Congres”), fue patrocinada por el representante republicano de North Carolina, Cass Ballenger, y fue aprobada por escaso margen (24-22) por la mayoría republicana del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes.

El presidente Fox dijo el 11 de mayo que una de sus prioridades de política exterior es un acuerdo bilateral de migración con Estados Unidos, pero que de ninguna forma lo aceptaría condicionado a la apertura de PEMEX a la inversión extranjera. El canciller Ernesto  Derbez dijo que la migración mexicana es un asunto bilateral, pero el petróleo es un asunto interno.

De hecho, los grupos de presión que convencieron a Ballenger de añadir este “Sentir del congreso” trataban de enviar un mensaje a México. El mensaje es que México no podrá obtener un acuerdo migratorio amplio mientras no liberalice su industria petrolera.

Los políticos mexicanos no parecen haber entendido ese mensaje. Las críticas de los funcionarios mexicanos a la propuesta muestran que, en su opinión, los dos asuntos no tienen vinculación alguna.

Esto puede ser cierto desde la perspectiva mexicana, pero no es necesariamente cierto desde la estadunidense. Muchos políticos y muchos votantes estadunidenses juzgarían apropiado dejar entrar más mexicanos a cambio de más y mejor acceso a la industria petrolera mexicana.

Los grupos que pretenden tener acceso a la industria petrolera mexicana no pueden parar el flujo de mexicanos que cada año entran ¡legalmente a Estados Unidos, pero pueden bloquear los intentos de obtener apoyos en el congreso para un acuerdo de migración bilateral.

La política, al fin y al cabo, no es sino un juego de dar y recibir, comprar y vender, entre grupos que compiten por la mejor tajada. La campaña mexicana para obtener un acuerdo migratorio no ha tenido ningún edulcorante que incline a los legisladores a aprobarlo. Muchas empresas lo apoyarían —pues significa para ellas abundante mano de obra barata— pero muchos votantes y los sindicatos, no.

La enmienda Ballenger fue una forma poco sutil de recordarle a México que debe estar dispuesto a negociar en serio, a dar y a recibir cosas sustantivas, si espera avanzar algo en el acuerdo migratorio con Washington.

Los nacionalistas mexicanos citan cosas como la enmienda Ballenger para reforzar su creencia de que los petroleros y los políticos estadunidenses quieren apoderarse de los recursos de petróleo y gas de México, sólo para ordeñar la riqueza del país. Esta creencia ha sido tan dominante que ha bloqueado por años toda posibilidad de reformar la Constitución del país o sus leyes secundarias, para abrir PEMEX a la inversión privada. En consecuencia, el sector energético mexicano está peligrosamente subdesarrollado frente a las necesidades de crecimiento del país. PEMEX está tan lejos de la curva de crecimiento de la demanda en gas que las industrias mexicanas se han visto obligadas a importar cantidades crecientes de Estados Unidos.

Si la Constitución permitiera, al menos parcialmente, la participación privada en la industria petrolera, México tendría el capital necesario para exploración y producción —no digamos una mayor producción de crudo y exportación de crudo.

(Stratfor:”Amendment to Inmigration Bill Ill-received in México”, 12 de mayo, 2003 ( www.stratfor.com ).   n

Gobernabilidad: La agenda pendiente

GOBERNABILIDAD: LA AGENDA PENDIENTE

POR MARIA AMPARO CASAR

Si podemos documentar que todas las fuerzas políticas manifiestan que es necesario acordar una reforma del Estado, si cada una de ellas tiene una concepción relativamente acabada de hacia dónde debiera ir la reforma del Estado, ¿porqué, entonces, no se ha avanzado?

La década de los 1980′s y buena parle de los 1990′s fueron dedicadas, en el ámbito político, a la transformación de las instituciones y los procesos electorales. A partir de ellas se dieron fenómenos que terminaron por cambiar el rostro del sistema político. Entre los resultados más notables que se produjeron a raíz de las reformas electorales se cuentan el fortalecimiento del sistema de partidos, la distribución del poder entre varias fuerzas políticas y, desde luego, la independencia del poder legislativo.

Estas transformaciones no fueron acompañadas, sin embargo, por una reforma política del Estado que buscara la adecuación de las instituciones a las nuevas condiciones de pluralidad y autonomía de los poderes. A diferencia de otros países que sufrieron transformaciones tan profundas como las nuestras, en México permaneció prácticamente intacto el arreglo constitucional que define la composición, la estructura, el funcionamiento y la relación entre los poderes y entre éstos y la ciudadanía.

El tema de la reforma política del Estado ya lleva entre nosotros cuando menos una década y ha producido una literatura académica tan abundante como pertinente. Lo mismo ha ocurrido con las fuerzas políticas. Gobernantes, legisladores, miembros del poder judicial y partidos, todos, se han pronunciado a favor de la reforma del Estado.

De hecho, pocos asuntos han sido tan discutidos entre académicos, políticos y formadores de opinión como el de la reforma del Estado. En menos asuntos aún encontramos coincidencias tan evidentes. Tanto en la literatura como en las posiciones partidarias se pueden documentar amplios consensos sobre los factores que obligan a las reformas, la dirección de las mismas e. incluso, propuestas concretas muy similares al margen de preferencias ideológicas o programáticas.

La insistencia en la necesidad de una reforma política del Estado y la abundancia de propuestas contrastan con los avances que se han logrado en la materia. Es por ello que en esta reflexión, quiero plantear tres interrogantes sobre la reforma del Estado. ¿De dónde deriva la necesidad, compartida por la gran mayoría, de plantear y acordar una reforma de Estado? ¿En dónde están los consensos? Y ¿por qué la incapacidad para concretarla?

La necesidad

La necesidad de una reforma política del Estado goza de una aceptación, un consenso y una legitimidad pocas veces registrados. Ella se sustenta, fundamentalmente, en tres órdenes de consideraciones: a) el surgimiento de las nuevas condiciones de pluralidad y la independencia de los poderes han puesto en evidencia diversas imprecisiones o inoperancias de algunas normas constitucionales; b) la conquista de la libertad y equidad electorales abrieron la posibilidad de que los electores seccionaran su voto y, con ello, que surgieran los gobiernos divididos o sin mayoría; y c) para consolidarse y echar raíces, la democracia debe ser eficiente. Debe ser capaz de proporcionar los mecanismos conducentes para la toma de decisiones.

Del planteamiento mismo de estas consideraciones se deriva la agenda mínima de reforma del Estado que debería ser atendida de manera inmediata.

Las normas inoperantes. La existencia de mayorías definitivas para el partido del presidente provocó que. durante muchas décadas, no tuviéramos que ocuparnos de situaciones hipotéticas en las que no se lograra reunir el número de votos legislativos suficientes para enfrentar ciertas eventualidades. Los dos casos más evidentes de esta circunstancia son los de la sustitución del presidente y la de llegado el momento, no contar con una Ley de Ingresos y Presupuesto de Egresos aprobada por el Congreso.

En el primer caso, la Constitución señala que de presentarse la falta absoluta del presidente, el Congreso se constituirá en Colegio Electoral y, concurriendo las dos terceras partes de sus miembros, nombrará por mayoría absoluta de votos un presidente interino (si la falta ocurriese en los dos primeros años) o un sustituto (si la falta ocurriese en los últimos cuatro años). La pregunta es qué pasaría si los legisladores no pudiesen alcanzar la mayoría que dicta la Constitución. Como no hay respuesta, más allá de que estaríamos en una situación de crisis, resulta evidente la necesidad de modificar esta norma.

Algo similar ocurre en materia presupuestal. México es de los pocos sistemas en el mundo que no prevé un mecanismo para enfrentar la situación de no aprobación de las iniciativas de Ingresos y Egresos.

Igualmente, no había por qué ocuparse de ciertas imprecisiones de la Constitución pues con un poder legislativo que no gozaba de independencia el poder ejecutivo no tenía que preocuparse por la falta de cumplimiento de la norma. Un ejemplo claro de esta situación es el llamado veto de bolsillo. Si bien la Constitución obliga al titular del Ejecutivo a publicar una ley una vez que ésta ha sido aprobada por el Congreso, no prevé sanción alguna en caso de incumplimiento (art. 72, fr. A). En este sentido es importante mencionar que, recientemente, la Cámara de Diputados aprobó una reforma que remedia esta imprecisión. Esta reforma, en espera de trámite legislativo en el Senado, establece que si pasados treinta días el presidente no ha observado un proyecto de ley, éste se reputará como aprobado, y pasados 32 diez días será considerado como promulgado y el presidente de la Cámara que lo remitió podrá ordenar su publicación en el Diario Oficial.

Los gobiernos divididos o sin mayoría. Al menos en el corto plazo es difícil pensar en mayorías similares a las que se registraron en el pasado. Lo más probable es que hayamos entrado de lleno y de manera permanente a una etapa en la que la regla será que ni el partido del presidente, ni ningún otro, cuente con mayorías suficientes como para poder legislar.

Si esto es cierto, deberán buscarse por una de dos vías paliativos al probable impasse que esto podría suscitar. Y digo paliativos porque los sistemas presidenciales están diseñados de origen para que los cambios sean pausados y graduales, no rápidos y profundos. Por eso, en su diseño original, se planeó que las iniciativas tuvieran que seguir un doble proceso de deliberación y votación y que los cambios constitucionales pasaran por un tercer proceso —aún más prolongado— que es el de la aprobación por parte de las legislaturas estatales.

Una primera vía es buscar que, sin afectar la representatividad que exige una sociedad tan heterogénea como la mexicana, se evite la dispersión y la excesiva fragmentación partidaria para, con ello, facilitar la construcción de mayorías. Para esto existen distintas fórmulas entre las que se podría optar: sistemas electorales de baja magnitud, más exigencias para la formación de nuevos partidos, umbrales altos para obtener representación en el Congreso, regulación de coaliciones, prohibición de candidaturas independientes y elecciones concurrentes. La otra vía es la de buscar incentivos a la cooperación: entre los poderes y entre los partidos.

El de la cooperación es, quizás, el problema de más difícil resolución en los sistemas democráticos presidenciales. Y lo es, al menos, por dos motivos. Primero, por el hecho de que la división de poderes impone a uno la tarea de ser contrapeso y vigilante del otro. Pero lo es también, porque los poderes se conforman a partir de fuerzas políticas que son, cuando menos, adversarias.

A pesar de ello, la cooperación es posible. Es posible, en primer lugar, porque la democracia hace vigente el principio del “velo de la ignorancia”: institucionaliza la incertidumbre sobre el ganador. Esto es. como los competidores no saben quién llegará al poder en la próxima ocasión, existen incentivos para aprobar ciertas reformas que, si bien pueden aparecer como impopulares en el momento de ser aprobadas, resultan beneficiosas una vez que se llega al poder. Es posible, también, porque los ciudadanos exigen cuentas a sus representantes. Finalmente, es posible porque para que los partidos puedan mantenerse o acceder al poder es necesario que los partidos sean eficaces en la tarea de gobierno.

Más allá de estos factores que propician la cooperación existen normas que favorecen mayores grados de colaboración. Una de ellas es la calendarización de las  elecciones. Además de que está demostrado que las elecciones concurrentes tienden a aminorar el voto dividido, la concentración en el tiempo de los procesos electorales tiene la ventaja de dejar tramos más largos en los cuales las fuerzas políticas no tienen que entrar en competencia electoral y. por tanto, puede privilegiarse la lógica de gobierno por encima de la lógica electoral. En este sentido, es pertinente plantear una reforma que tienda a racionalizar los calendarios electorales.

Otra reforma que puede propiciar la colaboración entre poderes es la ratificación del gabinete, o parte de él, por parte del Congreso. La lógica de esta regla es que los legisladores tengan interlocutores del poder ejecutivo que les resulten confiables.

La reelección consecutiva de los legisladores también se constituye en un incentivo a la cooperación. Lo hace no únicamente en razón de que eleva el nivel de responsabilidad de los representantes frente a sus electores. En la medida en que la duración de los legisladores en el ejercicio de su función no se limita a tres años, se crea una perspectiva de largo plazo en la que no sólo van generándose relaciones de confianza más intensas sino también un horizonte más amplio para el intercambio de posiciones. Cuando los legisladores de distintos partidos saben que trabajarán juntos por periodos de tiempo prolongados va gestándose el llamado “hoy por mí, mañana por ti” (la estrategia del tit for tat de Axelrod).

Finalmente, y fuera de las propuestas más ortodoxas, están las reformas dirigidas a propiciar la cooperación a través de la amenaza de que la inacción del poder legislativo —de los legisladores y sus partidos— lleve a la entrada en vigor de la iniciativa propuesta por el poder ejecutivo. Tanto en los sistemas presidenciales (Brasil, Chile. Colombia y Uruguay) como en los semi-presidenciales (Francia) y aun en los parlamentarios (Alemania) existen distintas modalidades de reglas que castigan la inacción del legislativo provocando niveles más altos de cooperación.

Creo que nuestro sistema político podría beneficiarse de una reforma que introdujera un mecanismo de esta naturaleza y que podríamos llamar trámite legislativo preferente. Esta consistiría en que el poder legislativo estaría obligado a dictaminar —modificando, planteando una alternativa distinta o aprobando— ciertas iniciativas en un periodo de tiempo determinado so pena de que éstas se conviertan en ley. Sobra decir que un mecanismo de esta naturaleza debe responder a un diseño en el que queden bien definidos los tiempos, el tipo y número de iniciativas que pueden acogerse a este procedimiento, las mayorías que se requieren para detener el trámite legislativo preferente y el resultado en caso de inacción.

Una reforma de este tipo no debe confundirse con el decretismo la capacidad del Ejecutivo para legislar unilateralmente. No constituye, de ninguna manera, una cesión de los poderes del legislativo. La reforma aquí propuesta tiene que ver con el procedimiento que sigue el trabajo legislativo y no con las facultades del Congreso para legislar ni con el resultado de las mismas.

Mas allá de las reformas constitucionales, existen otros espacios para propiciar la cooperación y que implicarían modificaciones ya sea a la Ley Orgánica del Congreso o a la legislación interna de los partidos.

La eficiencia

La eficiencia de las democracias tiene que ver con la creación de mayorías capaces de llegar a acuerdos y con la forma en que están estructurados los poderes, con sus recursos para llevar a cabo las tareas que tienen asignadas y con los incentivos para que cooperen.

En esta discusión encuentro una concentración de propuestas para fortalecer al poder legislativo y a los poderes locales y, paralelamente, un conjunto de iniciativas para seguir acotando las facultades del ejecutivo.

Ejemplos de las primeras son la reelección, la ampliación de los periodos ordinarios de sesiones, la ampliación y el reforzamiento de las facultades de las comisiones, la ratificación del gabinete, el juicio político al presidente, el servicio parlamentario de carrera y la profesionalización del trabajo legislativo.

Por su parte, es clara la intención de todas las fuerzas políticas por llevar a cabo una reforma federalista que rede- fina las facultades políticas y hacendarías de la federación y de los estados.

Finalmente, entre las muchas propuestas para acotar al ejecutivo podemos mencionar: la aprobación del Plan Nacional de Desarrollo por parte del Congreso, la desaparición del veto, mayores candados a la capacidad de gasto del ejecutivo, definición de la política económica por el Congreso, designación de los miembros de los órganos de gobierno de las entidades paraestatales por parte del Congreso, facultad al Congreso para establecer los precios de los combustibles y energía y la ratificación de concesiones para la construcción de puentes, caminos y aeropuertos.

Desde luego, hay que fortalecer a los poderes locales y al poder legislativo. Es una concepción entendible pero equivocada insistir en seguir acotando al poder ejecutivo. Entendible porque venimos de una situación en la que en la práctica quedaban anulados los principios de división de poderes y de pesos y contrapesos. Porque venimos de décadas en las que el ejercicio del poder encontraba pocos límites y no había quién exigiera la rendición de cuentas. Equivocada porque hoy, gracias a la pluralidad existente, el poder se ejerce estrictamente con base a las facultades que le otorga la Constitución y porque una reforma debiera buscar el fortalecimiento de los tres poderes, dotando a cada uno con los recursos suficientes para que desempeñe sus funciones, para que coopere y decida de manera eficiente. En otras palabras, creo que el eje de la discusión y de las propuestas no debe plantearse como un juego de suma cero entre los poderes.

LA INCAPACIDAD

La aceptación casi universal de la necesidad de llevar a cabo una reforma política del Estado contrasta con los avances logrados. El consenso en algunas de las reformas mencionadas (en la Cámara de Diputados, por ejemplo, hay propuestas para la reelección legislativa de cada una de las fracciones parlamentarias) no se corresponde con las acciones de los distintos actores que las han propuesto. La legitimidad de la que disfruta no guarda similitud con los acuerdos que han podido obtenerse. En otras palabras, el sentido de urgencia que pareciera derivarse del sentimiento de una necesidad compartida, simplemente no está presente.

Si podemos documentar que todas las fuerzas políticas manifiestan que es necesario acordar una reforma del Estado, si cada una de ellas tiene una concepción relativamente acabada de hacia dónde debiera ir la reforma del Estado, si en muchas de las reformas planteadas las posiciones partidistas lejos de ser irreconciliables se encuentran en puntos relativamente cercanos, ¿por qué, entonces, no se ha avanzado? A decir verdad, no encuentro una respuesta convincente por lo que me limito a aventurar dos posibles hipótesis.

La primera es que los tiempos electorales y los cálculos políticos que hacen los partidos políticos en el corto plazo se contraponen a reformas que requieren un mayor plazo para madurar y arrojar resultados tangibles. La segunda es que, más allá de lo que manifiestan públicamente, los partidos piensan que la reforma política no es realmente necesaria. Porque consideran que el sistema, como está, arroja resultados aceptables. Coincido con ellos en esto: los resultados son aceptables. Pero ¿no podríamos tener mejores resultados si se destraba la discusión y se aprueban algunas reformas urgentes?

Que podemos seguir funcionando con el marco constitucional actual está más que visto. Aun antes de la alternancia que produjo el voto ciudadano del 2 de julio, México había dado grandes pasos en lo que a democracia electoral se refiere. Antes del 2 de julio de 2000, con la aparición del primer gobierno sin mayoría en 1997, podía ya hablarse de la plena vigencia de los principios de separación de poderes en este país. Llevamos, pues, al menos seis años funcionando en un contexto de pluralidad y con el actual marco constitucional, y el país marcha adelante con grados de estabilidad política y paz social nada despreciables.

La pregunta es si podemos marchar mejor. Creo que sí. La democracia mexicana podría estar sometida a menores presiones y, sobre todo, podría producir mejores resultados si los actores políticos se pusieran de acuerdo en un conjunto de reformas que les permitiera hacer su trabajo de manera más eficiente y expedita. n

La credibilidad de las estrategias

LA CREDIBILIDAD DE LAS ESTRATEGIAS

ELECCIONES 2003

POR ALEJANDRO CRUZ MARTÍNEZ

La credibilidad que han alcanzado los esquemas publicitarios en las campañas actuales no permite prever grandes cambios electorales.

Cuando menos eso es lo que se desprende de encuestas recientes entre la población nacional con teléfono que, aunque urbana en su mayoría y con algún sesgo hacia estratos medios, no deja de representar, en gran medida, las tendencias generales de opinión.

a unas semanas de las elecciones para diputados federales, las campañas proselitistas de los partidos políticos enfrentan las dificultades que ponen unos comicios que no representan un parteaguas para la población ni conllevan la personificación del proceso en figuras políticas, tal y como sucede en las contiendas presidenciales. El poco aprecio popular al trabajo de los diputados, atizado por las campañas mediáticas del Ejecutivo para presionar a los legisladores, no ayuda a darle mayor atractivo ni utilidad a la decisión de escoger entre las distintas opciones partidistas. Como las cosas tampoco están como para decir que la administración de Vicente Fox ha sido el cambio esperado o el desastre anunciado, la elección no resulta demasiado llamativa pues no parece que el elector promedio vaya a batirse en una lucha para que comience la despedida del actual gobierno o para consolidar su permanencia. Comparado con el optimismo que acompañó al “para que sigan los cambios” de 1991 en la cúspide del salinismo, el entorno político de la elección intermedia del 2003 luce bastante deslucido.

Ante tal panorama, el reto para los partidos es tratar de darle significado relevante a la elección para que el votante le encuentre alguna utilidad a votar por algún partido o por sus candidatos en unos comicios legislativos a los que tradicionalmente los votantes llegan a las urnas sin saber los nombres de los contendientes. Además, la capacidad de sumar nuevos votantes se ve limitada por la lógica de la razón de voto. Ya que las identidades partidistas tienden a constituir el primer factor que explica las preferencias electorales de la población, muchos de los electores ya tienen definida su intención de voto y difícilmente variarán su opinión el día de los comicios. Por este motivo, la posibilidad de que los partidos modifiquen las tendencias electorales a su favor depende de su capacidad para atraer a quienes no tienen una identidad partidista arraigada. Así, las estrategias de campaña serán exitosas en la medida en que afiancen a los electorados fieles de los partidos, pero sobre todo que convenzan a votantes más independientes, mediante mensajes partidistas más que con candidatos en particular. La credibilidad que han alcanzado los esquemas publicitarios en las campañas actuales no permite prever grandes cambios electorales. Cuando menos eso es lo que se desprende de encuestas recientes entre la población nacional con teléfono que, aunque urbana en su mayoría y con algún sesgo hacia estratos medios, no deja de representar, en gran medida, las tendencias generales de opinión.1

El gobierno de Vicente Fox y el PAN han tratado de enmarcar la contienda en la tesis de que el “cambio” sólo es posible con una mayoría panista de diputados, pues a su decir no ha sido posible por los “frenos” que le han puesto las otras fuerzas políticas. La realidad es que se trata de un mensaje cuyo efecto se ve bastante disminuido por la aceptación popular al gobierno dividido y por la extendida creencia, entre los no panistas, de que la falta de cambios se debe en buena medida a las propias deficiencias gubernamentales.

El sentido de necesidad de darle una mayoría legislativa a Fox para que tenga libertad para gobernar no se observa arraigado más que entre quienes se sienten panistas. Por el contrario, entre los independientes y en cualquier otro grupo de votantes predomina la idea opuesta, es decir, que es mejor votar por la oposición para forzar a la administración foxista a que busque acuerdos para la toma de decisiones. Además, se tiende a ver como bueno que el presidente sea de un partido y la Cámara de Diputados esté dominada por otros.

La mayoría de quienes no se identifican con algún partido no ve al PAN como el partido del “cambio” (64%) y sólo el 7% de los independientes tiene plena convicción de que hay que votar por esa organización para que se pueda dar tal cambio. Un tercio de las personas sin identidad partidista cree algo cierto que el voto por el blanquiazul es condición del cambio, mientras que la mitad más bien cree falsa esa idea.

El mensaje de “quitarle el freno al cambio” no es necesariamente comprensible para la población. El 54% no sabe a qué se refiere el PAN. La minoría que tiene alguna idea lo interpreta como la intención de superar el bloqueo que los partidos de oposición, en particular el PRI, le ponen a Fox. Sin embargo, la falta de cambios como algo atribuible a trabas del PRI es una idea ampliamente acreditada sólo entre los panistas, pues entre los simpatizantes de la oposición los problemas de Fox se deben principalmente a su “inexperiencia e incapacidad para gobernar”, en tanto que entre los independientes las opiniones tienden a dividirse. Incluso, se puede creer que el PRI frena el cambio, pero también que las deficiencias foxistas ponen de su parte, por lo cual la efectividad del mensaje también se ve matizada.

La intención más reciente de imprimirle un sentido más positivo y optimista al mensaje del PAN también enfrenta las reservas del electorado frente a los partidos, aunque no deja de tener algún grado de credibilidad para la mayoría. Así, pensar que el “interés por México es lo que mueve al PAN” se juzga cierto hasta entre los simpatizantes de la oposición. En cualquier caso, casi nadie que no sea panista sostiene como totalmente cierto ese mensaje. La idea de un país más libre a partir del gobierno de Fox también se siente creíble entre los independientes.

La guerra sucia también ha sido un arma empleada por el PAN para reforzar su mensaje de reforzar el “cambio”. Algunas de las críticas publicitarias que el PAN ha hecho al PRI. y que en algún caso ya le ganaron una multa por parte del IFE. resultan creíbles para cualquier sector de votantes. Por ejemplo, el PAN ha acudido al expediente de recordar al público lo que considera el “pasado negro” priista al ubicar a su principal adversario como el culpable de crisis económicas y devaluaciones, aparte de haber dado lugar a gobiernos como el de Carlos Salinas de Gortari. Para la mayoría de los opositores al PRI. y para muchos de los independientes estos elementos son suficiente razón para no votar por el tricolor.

El PRI ha manejado varias ideas centradas en que el pasado priista fue mejor y en que es el partido con experiencia y conocimiento sobre cómo gobernar, contrastadas con referencias a los problemas que enfrenta la población bajo la administración foxista. El PRI difunde el eslogan de estar del lado de la gente. Como es el partido que más animadversión causa, la capacidad del PRI para atraer nuevos votantes se ve muy limitada, lo que se refleja en la poca capacidad de aceptación de varios de sus mensajes.

Lo más creíble ha sido la oferta de que muchas de las mejores obras e instituciones que se han hecho en el país han sido gracias al PRI. Anuncios como el de la educación pública, las instituciones de salud, el INFONAVIT, como recordatorio de lo bueno de los gobiernos anteriores no pueden ser tan fácilmente rechazados por los no priistas. Pero esta idea de la presentación de la evidencia de acciones positivas del PRI recibe una aceptación matizada (“algo cierto”) de quienes no simpatizan abiertamente con él y aun por los sectores antipriistas.

La experiencia no se le niega al PRI luego de más de setenta años de gobierno, pero el “saber gobernar” genera cuestionamientos serios. Quien no es priista se inclina a considerar falsa semejante afirmación. El eslogan “El PRI está de tu lado” resulta aún menos creíble entre quienes no tienen simpatía directa con el tricolor: ni entre los independientes hay credibilidad extendida, aunque sea matizada, para este mensaje (totalmente algo falso, 64%).

Tercer lugar en las encuestas, todavía bastante alejado de sus principales adversarios, el PRD se enfrenta al reto de presentar algo novedoso y atractivo para remontar la desventaja que lleva. Su línea estelar de batalla se basa en presentarse como el partido cercano a la gente. Pero la opinión pública no lo ve así: no hay todavía un partido que logre asociarse con ese distintivo. El PAN se menciona por encima del PRD (32% contra 24%) como el que más representa ese atributo. Lo mismo ocurre con la evaluación sobre cuál es el partido que más se preocupa por las personas más necesitadas. Ni los apoyos a adultos mayores han servido para conseguir que el PRD sea visto como el símbolo de ese mensaje a nivel nacional entre la población con teléfono más allá de los autodefinidos como perredistas. Un factor que incide en la capacidad del PRD para difundir una imagen positiva que lo distinga de sus opositores es la falta de presencia en muchas entidades: en Chihuahua y Nuevo León, por ejemplo, no existe ni como gobierno ni como fuerza perceptible.

Mucho se ha comentado sobre el potencial del llamado “efecto López Obrador”. El PRD trató de explotarlo publicitariamente en las pasadas elecciones del Estado de México, pero aun ahí, pese a la colindancia con el Distrito Federal, el impacto, si lo hubo, fue limitado. En cualquier caso, el accionar de López Obrador le ayuda al PRD en algunas aristas de su imagen general. La idea de que la administración capitalina es muestra de que el PRD hace bien las cosas cuando gobierna tiende a verse como algo cierto entre los independientes y entre los panistas y priistas.

El PRD no ha perdido de vista que parte de su potencial de crecimiento depende de su capacidad para atraer a los votantes independientes o antipriistas que prefieren al PAN. Ya en 1997 el PRD se benefició de ese trasvase de opositores. Así, parte de su publicidad busca equiparar al PAN con el PRI, ajenos a los intereses populares. Pero ese mensaje resulta poco exitoso, pues si de atraer a independientes se trata, éstos se inclinan por creer que los rivales principales del perredismo no son la misma cosa (totalmente/algo falso, 48%). Los mismos perredistas le dan crédito con reservas a semejante aseveración. Por lo visto, el éxito electoral del perredismo sigue más sujeto a las figuras que a veces tiene como candidatos que a las ideas que propaga.

De las restantes fuerzas políticas en la contienda, sólo el Partido Verde Ecologista se ha insertado en la lucha, aunque sea publicitaria. Al igual que los demás partidos considerados pequeños, los verdes cuentan con el potencial que da el desencanto con los partidos grandes. Algo más de la mitad de la población considera que ya es necesaria una nueva opción pues partidos como el PAN, el PRI y el PRD han dejado de ser las mejores alternativas.

El PVEM enfrenta el desconocimiento de significativas minorías sobre lo que significa la opción verde, un serio obstáculo para progresar electoralmente. Sin embargo, entre los independientes ese partido cuenta con una imagen más favorable que la de sus rivales mayores. Los ecologistas se presentan como la “mejor opción para el México nuevo”, lo que genera posiciones divididas entre casi cualquier grupo de electores. En todo caso, a este partido no se le disputa su distintivo como organización preocupada por el medio ambiente y como representante de los jóvenes.

Los mensajes actuales tienden a consolidar creencias de los electores que ya se identificaban con cada partido, pero logran poco éxito entre los no simpatizantes. Con todo, en una elección en la que los partidos grandes y pequeños parecen contentarse con ganar sólo unos cuantos puntos adicionales a las preferencias que tenían al inicio de la contienda, contar con mensajes que sean sólo algo creíbles, sin muchas pretensiones, puede ser más que suficiente para obtener un propósito.n

1 Encuestas telefónicas levantadas los días 6 y 15 de mayo a población nacional; 400 casos en cada una.

Petróleo, ¿para qué?

PETRÓLEO, ¿PARA QUÉ?

¿De veras no estamos dispuestos a cambiar parte de nuestro petróleo, y parte de PEMEX, por la seguridad y la libertad de trabajar de los 3 a 5 millones de compatriotas, que viven ilegalmente en Estados Unidos?

Una oleada de nacionalismo petrolero suscitó la propuesta de los legisladores republicanos que sugieren a su gobierno iniciar negociaciones de un acuerdo migratorio amplio con México, a cambio de que México abra PEMEX a la inversión privada y a las empresas petroleras de Estados Unidos.

El punto de acuerdo de los legisladores, que no es una ley, ni expresa el punto de vista de todo el Congreso, forma parte del forcejeo parlamentario de los republicanos con los congresistas demócratas, que habían turnado previamente la sugerencia de reabrir las negociaciones del acuerdo migratorio. Los demócratas, encabezados en esto por Roben Menéndez, líder del Caucus Hispánico en la Cámara de Representantes, tienen en su agenda impulsar el acuerdo migratorio para buscar la adhesión de los votantes hispánicos. Para complicar la propuesta de Menéndez, sus adversarios republicanos sugirieron añadirle que México debía abrir también su industria petrolera a la inversión de las empresas estadunidenses. El añadido dice, con todas sus letras:

Es el sentir del Congreso:

1) Que Estados Unidos y México deben en cuanto sea posible iniciar negociaciones en un intentó de alcanzar un acuerdo migratorio que sea tan amplio como sea posible y que aborde los asuntos claves de preocupación para ambas naciones.

2) Que todo acuerdo sobre asuntos migratorios entre Estados Unidos y México debe incluir también un acuerdo para abrir Petróleos Mexicanos (PEMEX) a la inversión de compañías petroleras estadunidenses y pasos específicos para reformar la operación de PEMEX para hacerla más transparente y eficiente.

La indignación política por la propuesta fue automática, el presidente dijo que PEMEX no se vende —aunque nadie había propuesto eso— y el país, o al menos su clase política, se enrolló en la bandera petrolera nacional.

El griterío impidió escuchar la parte dura, pero acaso la más interesante del mensaje: si queremos buenas condiciones para los millones de compatriotas que viajan a Estados Unidos, en busca del trabajo que no encuentran aquí, dejemos de exigir algo a cambio de nada. (Ver adelante: Negociando: “¿Quieres? Dame algo”, p. 11.) Pongamos sobre la mesa cosas que también les interesen a ellos, cosas, por cierto, menos valiosas que las vidas y el bienestar de los migrantes ilegales mexicanos, cosas como el petróleo, que es propiedad de la nación y de los mexicanos, no del gobierno federal y de PEMEX. (Los legisladores republicanos, por cierto, se refirieron en su argumentación a la queja común de los mexicanos sobre su paraestatal: que explota el petróleo de manera ineficiente, cuando no corrupta.)

El debate pareció quedar cerrado, pero conviene abrirlo. Así lo entendieron ya el senador Diego Fernández de Cevallos y el secretario de Economía, Fernando Canales Clariond, al manifestarse contra el monopolio petrolero de PEMEX y por la conveniencia de abrirlo a la inversión privada.

Antes de ceder a los reflejos pavlovianos heredados de la pedagogía priista sobre el tema petrolero, antes de declarar a PEMEX innegociable, y eterno en su condición monopólica, hay que responderse, como país, algunas preguntas:

¿De veras no estamos dispuestos a cambiar parte de nuestro petróleo, y parte de PEMEX, por la seguridad y la libertad de trabajar de los 3 a 5 millones de compatriotas, que viven ¡legalmente en Estados Unidos, que mandan 10.000 millones de dólares cada año a sus familias, que ayudan a sobrevivir a unos 20 millones de mexicanos de este lado? ¿De veras el monopolio petrolero de PEMEX vale más para la nación que la seguridad y el bienestar de esos mexicanos?

Creemos que el petróleo, como toda riqueza, real o potencial del país, debe servir, en primer lugar, para resolver los problemas de sus habitantes para mejorar sus oportunidades y sus condiciones de vida.

Abrir PEMEX a la inversión privada —nacional y extranjera, francesa y estadunidense— mejoraría los rendimientos de PEMEX, pues rompería su restricción fundamental, que es dejar la mayor parte de sus ganancias en manos del gobierno federal para completar el gasto público, debido a una deficiente recaudación de impuestos. Los mexicanos ganarían más por la explotación de su petróleo.

Poner PEMEX y el petróleo en una mesa de negociaciones con Estados Unidos para mejorar las condiciones de trabajo de los migrantes ilegales puede mejorar la vida y los ingresos de esos mexicanos que son, además, una de las principales fuentes de ingreso externo del país. Trabajando en condiciones de legalidad y seguridad cobrando más por su trabajo, las remesas de esos millones de mexicanos serían pronto superiores a las de PEMEX —unos 14,000 millones al año.

Negociar migración por petróleo puede mejorar la vida de los migrantes mexicanos y la explotación del petróleo en México. Es todo lo contrario de una amenaza, es una oportunidad. ¿Por qué no hacerlo, por qué no intentarlo, al menos? Por el tabú petrolero, uno de los más caros de la historia moderna de México. Ese tabú, y el secuestro fiscal de la empresa por el gobierno federal, impiden a los mexicanos desarrollar a fondo las potencialidades de la explotación del petróleo y abrir a la participación extranjera lo que nos convenga abrir, para potenciar los rendimientos del petróleo en servicio de la nación mexicana.

No se trata de abrir por abrir, sino de potenciar PEMEX, volverla el motor de la economía y el desarrollo industrial que puede ser, aprovechando en el camino todo lo que la inversión privada pueda aportar, sin renunciar un momento al dominio de la nación y a la rectoría del Estado sobre esos bienes estratégicos.

La primera medida para eso sería soltar económicamente a PEMEX, liberarlo de sus cadenas fiscales, dejarlo operar como una entidad separada del presupuesto del gobierno federal, comprometido con la productividad y la multiplicación de sus rendimientos, no con los agujeros fiscales de la federación, ni con los opresivos techos presupuéstales a que está sometido.

Un Pemex moderno y productivo pagaría más impuestos que las utilidades que hoy le secuestran y podría abrirse, en condiciones de fortaleza y mutuo beneficio, a la inversión privada, sea ésta nacional o extranjera, inglesa o rusa, china o estadunidense.    n

Volando: Como las ballenas

ESCRITURAS

VOLANDO: COMO LAS BALLENAS

POR ANGELES MASTRETTA

A pesar de la contundencia de sus reiteraciones, nunca tuvieron mis padres tanta autoridad moral como la que tienen mis hijos. Yo les he concedido una devoción que hace años le niego a cualquier dios. Pobres criaturas, me digo: haciéndose libres a pesar de tal culto.

Nunca he podido pensar en los ires y venires de la maternidad sin estremecerme. Ni de niña en que seguía a mi madre por la casa como si en el llavero que ella solía cargar de un lado a otro tuviera la llave de un reino. Menos ahora en que la veo vivir como si por fin hubiera descifrado las leyes del enigma. Doy por sentado que una vez adquirida la maternidad es tan irrevocable como aún es versátil la paternidad.

Hace poco estuve cavilando estos dislates mientras veía al árbol lleno de grillos que crece por encima de mi ventana. Entonces no se me ocurrió mejor cosa que tirarme al llanto como si se tratara de cantar un tango.

Es un arce y lo sembré hace quince años acompañada por la euforia de mis dos hijos. Tengo una foto de esos días: estamos los tres junto al remedo de árbol y yo luzco dueña de una paz meridiana. La tenía entre las manos. Al menos así lo recuerdo. Tenía también dos niños con invitados frecuentes y largos fines de semana para el cine, las excursiones, las fiestas en piyama, las tareas de recortar y pegar, el teatro y todo tipo de celebraciones con distinto disfraz. Entonces, además de hacerme líos con mi destino, un asunto que va igual que viene, descubrí la preñez que es de por vida.

Mi madre que nos educó para que fuéramos “de provecho” y que como le satisface decir sacó adelante cinco de cinco, me miraba con cierta reticencia y algo de espanto cuando dejaba yo a los hijos brincar en los sillones de la sala, rentar más de dos películas en el videoclub o comer sobre la cama si era su gusto. Menos de diez veces lo dijo y más de cien debió pensarlo: “Pues o te sale muy bien o te sale muy mal”.

Yo, como he dicho antes, estaba en un encanto. Había dado y seguía dando mi propia guerra, pero no sentía irse al mundo dejándome atrás mientras los acompañaba en las bicis o gastaba la tarde mojándome en las fuentes. Me sentía tan metida en el mundo como nadie, aunque el mundo igual que siempre, rodara con sus trifulcas sin esperar.

Así pasaron para mis hijos las tres cuartas partes de los años que tienen y pasó para mí sólo un rato. Casi hasta ahora, en que de repente crecieron para irse a la universidad, enamorarse de cuerpo entero y dejar de necesitarme para casi todo lo esencial. “Hola, mami, adiós, má”, los oigo decir como quien oye correr agua bendita. Todos los días resuelven con su sólo andar la duda de mi madre: van saliendo muy bien.

El domingo pasado, frente a una puesta de sol tras el pedazo de mar Caribe que mejor me enloquece, un amigo dijo al ver a su cónyuge levantarse de un tirón tras el llamado de la hija: “Si está clarísimo: con las mujeres hay que ser padre o hijos, todo lo demás es un esfuerzo inútil”.

Lo soltó para hacernos reír, nos hizo reír con la hilaridad de que a las mujeres los hombres no nos tuercen la vida cuantas veces se les da la gana, y a otra cosa todos y cada uno. Menos yo, claro está, que acostumbro levantar las palabras con su carga de arena.

Durante la semana se lo comenté a mi hija.

—Igual y es cierto, a los padres se les consagra por mucho menos de lo que a las madres apenas y se les dan las gracias. ¿No te parece injusto y real al mismo tiempo? —le pregunté—. Pobres de las madres —dije por primera vez poniéndome bajo semejante categoría con cierta pesadumbre.

—Tiene lógica —contestó ella con la sabihonda lucidez que la caracteriza—. Con quien más está uno es con quien más cosas tiene: más de las buenas, pero también más conflictos. Se vuelve todo más intenso.

—Pues lo he venido a descubrir como algo triste.

—Sí —dijo haciendo un gesto que descifré como: pero es lo inevitable, y siguió—: el tiempo que ponen las madres en los hijos es una prueba más de que la especie humana no es monógama. En todos los mamíferos son las hembras las que se hacen cargo de las crías. Los machos no están en la crianza.

Yo recordé el viaje a ver a las ballenas entrenando a sus hijos en el Mar de Cortés y hasta entonces me di cuenta de que ahí no vimos lo que cabalmente debería llamarse ballenos. No lo dije, pero debo haber hecho algún gesto como de resignación mientras ella explicaba más docta que nunca:

—En los pingüinos, que son monógamos, las hembras ponen los huevos, pero los machos los empollan. Y cuando nacen sus crías se turnan para ir a buscar comida. Parece ser que eso no pasa en el común de los mamíferos, eso de que los hombres estén cerca de los hijos es una moda reciente —sentenció sacudiendo su melena oscura y abriendo aún más la franqueza de sus ojos.

Pertenezco con meridiana claridad a la generación de quienes quedamos entre unos padres a los que se acataba porque estuvo dicho que todo lo sabían y unos hijos que todo lo saben gracias al canal de Discovery. Sin embargo, y a pesar de la contundencia de sus reiteraciones, nunca tuvieron mis padres tanta autoridad moral como la que tienen mis hijos. Yo les he concedido una devoción que hace años le niego a cualquier dios. Pobres criaturas, me digo: haciéndose libres a pesar de tal culto.

De cualquier modo lo consiguen como si nada. Quizá si yo fuera ellos me odiaría, fortuna tengo de que sólo me aclaran que es verdad lo que temí: con quien más tiene uno, tiene más de todo.

—Voy a cortarme el pelo —se me ocurrió decir dos días después.

—A mí me urge ir —dijo mi hija.

—Pues ven y a ver si cabemos las dos en una cita —arriesgué.

Eran las seis de la tarde. No cupimos en una cita. La ballena que soy dijo: que te lo corten a ti. Y la díscola pingüina que no supe ser sintió: la verdad es que deberían cortármelo a mí, a fin de cuentas acabará queriendo igual a su padre que nunca la ha llevado al dentista, ni a ver diez veces la misma obra de teatro, ni muchísimo menos a la peluquería. Así las cosas: se lo cortaron a ella. Como es lógico le dejé mi sitio. Porque así hubiera hecho una digna ballena de Baja California, si se hubiera tratado de cortarse las colas por el gusto. Y a fin de cuentas, yo también soy mamífero y si no he tenido por qué ser monógama, sí me encanta hacerme cargo de las crías. No me harán un altar, no importa, con que me hagan un sitio en el sillón donde conversan estaré a salvo siempre.

— ¿Te cortaron el pelo? —pregunta mi hijo acomodándose entre su hermana y yo.

—Sí —dijo mi hija.

—No se te nota —contestó el hermano.

—Mi mamá lo notó.

—A ella tampoco se le nota y también fue. ¿Qué están viendo?

—África mía.

— ¿Otra vez? Cómo les gustan las películas tristes.

—Quédate un rato —le pido.

—Un rato —dice—, total ya nos la sabemos, esta función se ha repetido tanto.

—Y las que faltan —dice mi hija.

— ¿Traes un secreto? —le pregunto haciendo un lugar en el sillón.

—Ya sabes que es misterioso —dice mi hija.

—Adelántale hasta la parte en que vuelan sobre los flamingos —pido.

—No, espérate a que llegue. Tú, mamá, todo el tiempo quieres volar.

—Todo el tiempo —digo y me acomodo en el sillón, como quien vuela.   n

Aprobación presidencial

APROBACIÓN PRESIDENCIAL

El estilo virtual sí gusta medida de la mitad de abril al 13 de mayo la aprobación al trabajo del presidente Fox entre la población con teléfono en su vivienda se sitúa en 64% de promedio mensual, cuatro puntos menos que en abril.

Desde su intervención quirúrgica, el presidente de la república sustituyó su presencia en actos públicos por conferencias virtuales* y, como declaró su asesor en imagen, dedica más tiempo al silencio y la reflexión. Gusta más el presidente virtual, reflexivo y callado. Pero se atenúa el impulso en el acuerdo con la manera de gobernar que generaron la postura contra la guerra en Irak y la enfermedad del presidente Fox. Contribuyen a la estabilidad en el acuerdo la reanudación de las actividades públicas del presidente Fox, la firma de los acuerdos con el sector agrario y el discurso nacionalista a propósito de los recientes pronunciamientos contra la idea de intercambiar un acuerdo migratorio con Estados Unidos por la apertura a la inversión extranjera en PEMEX.

Medida de la mitad de abril al 13 de mayo la aprobación al trabajo del presidente Fox entre la población con teléfono en su vivienda se sitúa en 64% de promedio mensual, cuatro puntos menos que en abril. La percepción sobre la mayoría de los atributos personales —honradez, cercanía a la gente y sinceridad— es favorable, pero paradójicamente la percepción de credibilidad y fortaleza disminuye y persiste dividida la percepción de liderazgo en la conducción del país (Fox tiene las riendas: 40%; las cosas salen de su control: 40%).

Un mejor ánimo sobre la situación de la economía también favorece el acuerdo. Al concluir las hostilidades en Irak se desdibuja la incertidumbre que generó la guerra, desaparece el temor de su impacto negativo en la economía y de alguna represalia del gobierno estadunidense por la postura mexicana ante el conflicto. La percepción de recuperación en el valor de nuestra moneda parece influir favorablemente en las expectativas de mejoría a futuro y en fortalecer la impresión de que el país lleva un rumbo correcto.  n

Las expectativas incumplidas

LAS EXPECTATIVAS INCUMPLIDAS

Una ronda con Soledad Loaeza, Miguel González Compeán, Mauricio Merino, Jesús Silva-Herzog Márquez

Nexos convocó a cuatro destacados politólogos para que debatieran sobre el estado de la democracia mexicana y sobre las fallas mayores de nuestro régimen político. ¿Qué cambios hacerle a la maquinaria, cambios deseables que no arreglarán todo pero sí mejorarán el desempeño institucional? ¿Por dónde empezar para abandonar las estrategias de corto plazo?

Se dice, y se siente, que la democracia mexicana no funciona, en el sentido de que no produce los resultados que se demandan de ella. ¿Qué cambiar al diseño institucional de México para que las cosas funcionen mejor y para que haya una gobernabilidad más eficaz? La carreta no parece rodar bien, aunque tampoco de un modo catastrófico. Podemos empezar por preguntarnos: ¿cuál es la falla mayor, desde el punto de vista institucional, del régimen democrático mexicano?

Soledad Loaeza

Discrepo del juicio pesimista que se hace de la democracia mexicana. En todo caso, el desencanto o la desilusión que expresan algunos en relación al cambio político en México tiene mucha semejanza con la desilusión que se detecta en las democracias establecidas acerca de los partidos y el funcionamiento de las instituciones. Ciertamente podemos registrar un desencanto en la opinión pública, pero no creo que ponga en “peligro inminente” la continuidad de las instituciones democráticas porque revela, más que cinismo, un cierto escepticismo en relación con la democracia que, a mi manera de ver, es una actitud política sana. Estoy convencida de que la pasión política es, en cambio, mucho más peligrosa porque se traduce en posiciones ideológicas o fundamentalistas intransigentes. Este escepticismo político en México no es nuevo, y es posible que sus raíces estén en el pasado autoritario y en actitudes ampliamente difundidas en la sociedad en relación con la corrupción como un fenómeno inevitable o el abuso del poder como una tentación “muy humana”, frente a la cual nos mostramos inexplicablemente comprensivos.

En cuanto al tema de las reformas institucionales, creo que es preciso perfeccionar ciertos mecanismos, pensar y diseñar reformas que contribuyan a ajustar ciertas instituciones a la realidad política contemporánea. Yo no creo que las instituciones democráticas estén amenazadas por la pobreza o el pobre desempeño económico, al menos en el corto plazo, porque encuestas recientes muestran que los mexicanos identificamos la democracia con elecciones limpias, partidos y congreso; no le pedimos crecimiento económico e igualdad. Por otra parte, estas percepciones indican también que los mexicanos no aspiramos a un nuevo presidencialismo. Esta información no parece ser tomada en cuenta por quienes desde el gobierno sugieren reformas constitucionales orientadas hacia la ampliación de las facultades presidenciales que, según ellos, son limitadas.

Miguel GonzÁlez CompeÁn

No estoy seguro de que haya un desencanto respecto a la democracia como mecanismo de acceso al poder. Lo que hay es un cúmulo de expectativas incumplidas. La sensación de que el país está detenido y de que las cosas no funcionan, proviene de una serie de promesas que no se han llevado a cabo por el simplismo de su origen y diagnóstico implícito. Me parece que todo inicia con un mal diagnóstico en relación a de dónde veníamos y qué era lo que queríamos. Conviene destacar, en esta materia, la supuesta preeminencia del poder ejecutivo sobre el poder legislativo. Hubo una mala evaluación del poder presidencial, sobre su origen y alcances, cuando éste, en su ejercicio particular, no dependía de facultades constitucionales sino de la lealtad de su partido en el Congreso. Tal diagnóstico, al quererse resolver en los términos de la transición mexicana, dejó al presidente con muy pocas facultades para actuar. La lucha por acabar con el presidencialismo ha llevado a que el presidente tenga pocas facultades que no sean reglamentarias o programáticas. Son muy pocas en términos de poder ofrecer grandes soluciones, de posibilidades y palancas políticas para enfrentar al Congreso. Por otro lado, las expectativas del cambio también se montaron en la idea de que la corrupción era del tamaño de un partido. En México la corrupción no es del tamaño de un partido, es mucho más grande. Algunos presidentes municipales del PAN van en limusinas blancas, otro manda matar a una regidora de su mismo partido. Nos vimos en el espejo y no nos gustó lo que veíamos porque los problemas son enormes. En efecto, debajo del autoritarismo priista no había una sociedad suiza o sueca, había los mismos mexicanos de siempre con problemas serios y muy grandes. ¿Por qué la transición mexicana parece tan desilusionante? Creo yo, porque leímos novelas de la transición española o chilena, cuando el final feliz ya se conocía. En este contexto los acuerdos y sus conflictos parecían, en dichos textos, cosas preconcebidas, planeadas. Los analistas políticos hablaban de la voluntad de la gente, de los acuerdos, pero no proporcionaban ninguna señal de la vida cotidiana. Es posible que hayamos creído en esas novelas de la transición y que hayamos imaginado un diseño. Queríamos una transición que se pareciera a la española. Nos faltó leernos a nosotros mismos, hacer nuestro librito. Hicimos un mal diagnóstico, nos hicimos un cuento y el resultado es que las expectativas están colapsadas porque no hemos tenido la valentía para mirarnos a nosotros mismos con detalle y con la modestia del caso.

JesÚs Silva-Herzog MÁrquez

Es difícil evaluar el desempeño de la democracia mexicana y separarlo del desempeño de un gobierno democrático. Con frecuencia le cargamos al régimen político las críticas que le hacemos a un gobierno concreto. La ausencia de éxitos de esta administración se la cargamos a un régimen político. Debemos separar al régimen político de un gobierno concreto. Ahora bien, si tratamos de ubicar el origen de esta improductividad, habría que remontarse a 1997. Desde entonces la maquinaria política apenas ha sido capaz de flotar y ha producido sólo las decisiones indispensables para no hundirse. No debemos atribuir al gobierno de Fox la responsabilidad exclusiva del atasco político. Desde el último trienio del gobierno de Ernesto Zedillo no hemos observado ninguna decisión relevante.

Nexos

La última reforma de alguna envergadura fue la de las pensiones, en el primer año del gobierno de Zedillo.

Soledad Loaeza

Estoy en desacuerdo. Hay que tener presentes las reformas en materia de regulación financiera y de consolidación institucional que fueron votadas por mayorías muy cómodas en la legislatura que ahora termina. También podríamos mencionar la Ley de Transparencia y la Ley de la Función Pública. Ahora bien, la estrategia del gobierno de denunciar al Congreso como un obstáculo, como el origen de una supuesta “parálisis” está dirigida a sacar adelante reformas que al gobierno le interesan, pero que encuentran una oposición — que puede ser natural y explicable— entre los legisladores.

Mauricio Merino

Hemos concentrado mucha energía y mucho tiempo en la parte electoral del proceso de cambio. Miguel González Compeán decía que hemos seguido una novela sobre la transición, un guión al que hemos tratado de ceñirnos. No coincido con esta interpretación. De habernos ceñido al guión de la transición, nos habríamos interesado mucho más en el equilibrio de las instituciones políticas y menos en los problemas electorales. Estamos viendo el efecto de la concentración en asuntos estrictamente electorales que dejan pendientes los equilibrios para gobernar con eficacia e incluso para fijar la agenda. Hoy los partidos políticos son los actores principales. Esa es una parte venturosa. Pero son los actores principales en medio de instituciones políticas cuyos incentivos están del lado de la confrontación para ganar votos. De hecho, durante el año electoral el país entra en receso, los políticos profesionales ocupan toda la plaza, todos los medios.

Hay otro ingrediente que debemos tomar en cuenta, al que los medios llamaron “el bono democrático”. El presidente Fox lo desaprovechó; en los primeros dos años tuvo la posibilidad de gobernar como un presidente producto de una transición democrática y gobernó como un panista sin el respaldo del PAN, lo cual era el peor de los mundos imaginables. Gobernó con su pequeño grupo, sin agenda.

Soledad Loaeza

Ni siquiera para los panistas. Gobernó como un amigo de Fox.

Mauricio Merino

Con proyecto panista pero sin el panismo. Sin embargo, vemos algunos pequeños cambios institucionales que se han ocultado tras el debate político-electoral. Es una cosa muy buena para este país que se haya votado la ley del servicio profesional de carrera y la ley de transparencia. La creación de un instituto federal dedicado al acceso a la información pública es un paso importante. Por tanto, creo que tenemos una malformación en nuestra transición, concentrada en lo electoral. Los partidos son los protagonistas, pero en un sistema de instituciones políticas que produce incentivos para la confrontación y no para el acuerdo.

Nexos

¿Qué decir del tema del presidente débil? El veredicto democrático del 2 de julio fue tener un presidente que no se pudiera mover mucho. ¿Cómo devolverle al sistema presidencialista una cierta fuerza para que obtenga buenos resultados? ¿Cómo evitar riesgos de ingobernabilidad por cosas como la revisión anual del presupuesto? Si los diputados no se ponen de acuerdo al día 31 de diciembre, hay un riesgo de inconstitucionalidad, porque el presupuesto del gobierno federal no existe legalmente. ¿Hay cosas que deben ser atendidas y legisladas en esta materia?

Miguel GonzÁlez CompeÁn

No es recomendable dar soluciones legislativas a supuestos defectos legislativos. El problema se relaciona con el diseño general de la maquinaria, pero en un nivel inferior.

JESÚS SILVA-HERZOG MÁrquez

La oferta de la Gran Reforma del Estado, así, con mayúsculas, supone un gran diseño, una arquitectura monumental y una voluntad casi épica. Creo que deberíamos proceder de un modo muy distinto: detectar problemas institucionales e intentar respuestas institucionales. Por supuesto que la reelección legislativa generaría problemas, soltaría, por ejemplo. la disciplina de los partidos, quizá generaría estímulos muy grandes a la indisciplina, pero, dentro de todo, me parecen problemas preferibles a los que genera la reinvención, cada tres años, de la Cámara de diputados, y, cada seis, de la de senadores. No veo una pulverización de las fuerzas políticas. Una de las buenas noticias de los últimos tres años es que los partidos han resultado bastante sólidos. Necesitamos medidas para que a los partidos les resulten costosas las rupturas internas y la conformación de pequeños partidos. La solidez y, sobre todo, la institucionalidad de los partidos es algo indispensable para la eficacia de un sistema político como el nuestro.

MAURICIO MERINO

No creo que el veredicto del 2 de julio haya sido el de un presidente limitado en sus funciones, al contrario. Creo, como Soledad Loaeza, que el veredicto del 2 de julio fue el privilegio de la política: señor Vicente Fox, usted es el presidente de la alternancia, pero no está solo, tiene que gobernar con los partidos que esta sociedad ha decidido defender. Lo malo es que el presidente no lo escuchó, y decidió gobernar solo. Esto produjo buena parte del desencanto hacia el proceso de transición.

Nexos

El escenario resultante fue demasiado complejo, aun para el más talentoso de los políticos.

Soledad Loaeza

Daré un ejemplo de hasta qué punto las instituciones son más importantes que las personas en un régimen constitucional verdadero. Cuando el general De Gaulle llegó al poder en medio de una crisis política muy severa en 1958. aceptó asumir la responsabilidad del gobierno con la condición de que le permitieran diseñar una nueva constitución. Las principales críticas que se hicieron a la constitución de la Quinta República, señalaban que no podría durar mucho tiempo porque había sido pensada a la medida del general De Gaulle, de suerte, decían los críticos, que cuando él dejara el poder se produciría una crisis constitucional que obligaría a la fundación de un nuevo régimen. Han pasado más de cuarenta años desde entonces y Francia mantiene la constitución de 1958. No obstante, la clave de su continuidad está en la ambigüedad de muchos de sus planteamientos; por ejemplo, el texto constitucional deja a la coyuntura la decisión final respecto a quién asumirá la responsabilidad del gobierno del país, el presidente de la república o el primer ministro. Tengo la impresión de que la constitución mexicana, tal y como está a reserva de pequeños ajustes, es flexible precisamente por lo mucho que calla, y estos silencios son los que abren el espacio al acomodo de los equilibrios políticos coyunturales que son clave para el éxito de una buena gestión de gobierno. Lo más peligroso sería tratar de reglamentar con minuciosidad las facultades presidenciales, pues eso imprimiría gran rigidez a la institución y le restaría agilidad política.

El presidente Fox desaprovechó la oportunidad que tuvo al inicio de su gobierno. No se necesitaba un talento de científico nuclear para lidiar con el Congreso a partir de diciembre de 2000. Creo que uno de los problemas que tuvo fue el prejuicio. Vicente Fox llegó a la presidencia de la república con unos prejuicios enormes en relación con la administración pública y con el Estado mexicano. No se puede gobernar, ya no digamos, sin el PAN no se puede gobernar sin el Estado mexicano.

Nexos

Hagamos un recuento. Primero: no debemos confundir el tema de la gobernabilidad con el de la democracia. Todo régimen democrático genera resultados parciales, insatisfactorios. Sin embargo, hay países democráticos que son capaces de una gobernabilidad efectiva y de hacer las transformaciones que cuentan a través de un proceso largo de negociación. Esa gobernabilidad es el problema, no la democracia.

En segundo lugar: debemos distinguir entre la eficacia del régimen democrático y la eficiencia de este gobierno. Recuerda Miguel González Compeán que, una vez que cayeron los telones de la hegemonía priista, hallamos a un presidente débil desde el punto de vista constitucional. Si tenemos un sistema presidencialista, a lo mejor convendría fortalecer al presidente.

En tercer lugar está el tema del desequilibrio institucional. de cómo las instituciones políticas reproducen las escenas del litigio democrático y no las condiciones del acuerdo.

Vuelve la pregunta: ¿qué hace falta para que este gobierno, o cualquier otro, en estas condiciones de vida democrática tenga instrumentos más efectivos para hacer su tarea?

Soledad Loaeza

En los últimos quince años hemos dado primacía a la política. En el pasado autoritario, la construcción democrática estuvo siempre subordinaba a los objetivos económicos. México sería un país democrático cuando fuera un país desarrollado. La necesidad de llevar a cabo la modernización del país, entendida sobre todo como crecimiento económico, era una coartada para justificar la falta de democracia. A finales del siglo XX invertimos los términos de la ecuación, pero así ocurrió en todas partes, no fuimos los únicos. El meollo de las transiciones en todo el mundo, de gobiernos autoritarios a gobiernos democráticos, consistió en privilegiar la política, para explicar y para resolver los problemas del país —el que fuera— en términos políticos. Eso explica por qué estamos atorados en el debate electoral y partidista, como si no hubiéramos podido superar la inercia de la transición. Peor todavía, el debate actual está conducido por actores políticos sin compromisos en asuntos de gobierno y para quienes los temas administrativos o financieros son la Piedra Roseta, les resultan indescifrables. Lo que quiero decir es que es más fácil improvisar en los debates políticos —que en muchos casos son simples denuncias cargadas de moralina— que en discusiones especializadas.

A propósito de la gobernabilidad, la pregunta que nos hacemos es si los cambios que necesita el país son posibles dentro del actual marco institucional o si ese marco institucional es un obstáculo para tales cambios. Ahí entra el asunto de las facultades presidenciales. Discrepo de quienes piden fortalecer al presidente. Los presidentes autoritarios tenían menos instrumentos para gobernar que los que tiene Vicente Fox; no tenían Congreso, partidos, ni interlocutores, contaban solamente con sus leales servidores, que no siempre eran leales. En momentos de crisis se notaba todavía más esta carencia. Recordemos solamente lo que ocurrió en 1968, cuando el presidente Díaz Ordaz sólo tuvo la información que le transmitían su secretario de Gobernación o el de Defensa. Lo más que podían hacer era recurrir a mediadores oficiosos. Además, como no existían verdaderos espacios de negociación, agotados los magros recursos políticos de que disponían, recurrían a la represión para resolver el conflicto. El reproche que le haría al gobierno de Fox es que no utiliza los recursos que tiene para gobernar, no aprovecha el foro que significa el Congreso, no hace trabajo político. Llegó al gobierno con una idea muy estrecha de lo que hacía el presidente de México, de las bases de su autoridad y de su poder. Todo sugiere que creía que la silla presidencial era una varita mágica: que el presidente de México decía “que se haga” y se hacía. Me parece que a estas alturas el presidente Fox ya ha comprobado que no es así. Los presidentes anteriores debían negociar, hacían un trabajo de convencimiento y de persuasión entre sus propios correligionarios. La decisión más reciente que se me ocurre, fue tomada de manera personal y unilateral, es decir sin ningún tipo de consulta previa con actores políticos relevantes, fue la expropiación bancaria que decretó el presidente López Portillo en septiembre de 1982. Parecería que en la mente de Vicente Fox esa imagen quedó impresa como única e inmutable, y creyó que así se gobernaba el país.

Mauricio Merino

Lo electoral es la cuenta política de acceso, pero luego hay que pasar a las instituciones. Los gobiernos de los estados, los gobiernos municipales, tienen diseños contrarios a la eficacia que reclamaría el gobierno en condiciones de pluralidad. Están diseñados para el gobierno de un solo partido. Los frenas cuando les pones el ingrediente de la pluralidad. Sí, lo electoral da el acceso pero hemos olvidado el diseño para que las instituciones funcionen y hagan su tarea. Resulta que lo electoral es la puerta de acceso pero se vuelve paradójicamente el pantano. Hay otras cosas que la transición ha puesto en primer plano. Por primera vez reconocemos que hay leyes, que hay jueces y magistrados que interpretan esas leyes. El poder judicial es un tema mayor del proceso de gobernabilidad en México.

Miguel GonzÁlez CompeÁn

Tengo la percepción de que la Cámara de Diputados quiere ser ejecutivo. Ahí hay un serio problema de diseño, yo diría que histórico. Es necesario reevaluar el papel del Congreso. Hay una tentación por ir en contra del presidente o del proyecto de un solo hombre por considerarlo poco representativo, aunque los votos que llevaron a uno a la presidencia sean los mismos que llevaron a los legisladores al poder. Eso se traduce en la tentación de no permitir, por razones de política electoral, las reformas necesarias. Hay otro asunto: el de las relaciones interinstitucionales, no sólo entre los gobiernos municipales, estatales y el federal, sino entre las distintas instituciones encargadas de temas concretos. Pongo un ejemplo: el de los asentamientos de alto riesgo en las barrancas de la delegación Magdalena Contreras, en el Distrito Federal. Hay muchas instituciones involucradas en la resolución del problema. Está la PROFEPA para ver las cuestiones ecológicas, la Secretaría de Agricultura porque todas las tierras son comunales, está el gobierno del Distrito Federal con sus diversas instituciones, como la Dirección General de Obras. Ahí hay una bronca de relaciones interinstitucionales. No hay modo de ordenar el caos porque las fuerzas políticas, pero sobre todo las instituciones que pretenden resolver la conflictiva social, trabajan con incentivos absolutamente contradictorios para resolver problemas concretos.

JesÚs Silva-Herzog MÁrquez

Las especializaciones profesionales de la oposición, en especial las del PAN, nos llevan a pensar que se trata, en efecto, de un asunto de aprendizaje, de paciencia. Al cabo de un tiempo, habrá cuadros técnicos dentro del PAN y el PRD. Pero más allá de la paciencia que exige el aprendizaje, habría que analizar el tema de la distribución de competencias, la precisión de las responsabilidades. Encuentro dos alientos perversos de las reglas políticas mexicanas. El primero tiene que ver con el tiempo que envuelve los cálculos del poder. Estamos encerrados en el corto plazo. Que no haya reelección legislativa coloca a los actores políticos ante la exigencia de tomar decisiones que rindan frutos de inmediato. Se trata de un defecto congénito de la democracia, que las instituciones deben subsanar de algún modo. La democracia menosprecia el largo plazo. El segundo estímulo perverso es el castigo al profesionalismo político.

En la rama legislativa y en la administrativa contamos con políticos que no se dedican a su oficio, que vienen de las arenas de la competencia electoral, del activismo político o la lucha social, que de pronto se encuentran con una plaza legislativa y que deben tomar decisiones cruciales para la marcha de las finanzas nacionales, decisiones técnicamente complejas. No podemos esperar de ellos decisiones sensatas, no podemos pedirle a este congreso que tome buenas decisiones en materia de reforma fiscal, de reforma energética, de reforma laboral cuando no hay espacios de especialización y profesionalismo en la asamblea legislativa. Es pedirle peras al olmo. En este camino, la decisión de establecer el servicio civil profesional para nuestra burocracia es un paso muy positivo. Por otro lado, agregaría que arrastramos una estructura administrativa cargada de desconfianza, construida para no tomar decisiones.

Nexos

Quedan sobre la mesa tres cosas que sería deseable cambiar muy puntualmente. La primera: hacer un calendario electoral menos disperso y fragmentado; hay elecciones cada año y los partidos tienen mucho tiempo para pelear y muy poco para ponerse de acuerdo. La segunda: darle largo plazo a la carrera parlamentaria, y en general a la carrera política, mediante la reelección. La tercera: descontralorizar la administración pública, quitarle los candados, casi desaparecer la Contraloría, buscar una manera más efectiva de juzgar, más por resultados que por propósitos, el desenvolvimiento de la administración pública. ¿Qué otros cambios hacer, cambios que no arreglarán todo pero que sí mejorarán el desempeño institucional?

Soledad Loaeza

El tema de las relaciones interinstitucionales me parece crucial. Hay que revisar, por ejemplo, las relaciones entre los gobernadores y el ejecutivo federal. No se han ajustado las reglas de relación entre el gobierno federal y los gobiernos estatales a las implicaciones de la reforma al artículo 15 constitucional que introdujo el gobierno del presidente De la Madrid, y son continuos los conflictos entre gobiernos municipales y gobernadores, muchos de ellos probablemente derivados de lagunas reglamentarias. Las reformas que el presidente Zedillo introdujo en materia de relaciones interinstitucionales hicieron que los gobernadores se quedaran en el aire. Los presidentes municipales recurrieron al gobierno federal y los gobernadores quedaron atrapados en una tenaza. Los municipios recibían muchos más recursos que los gobiernos estatales. Pasa lo mismo en este gobierno. El municipio libre es una bandera que el PAN enarbola desde su nacimiento: el municipio está por encima de los gobernadores. Ahora bien, insisto en destacar el tema de las reformas constitucionales que debemos discutir relativas a los tres niveles de gobierno. Muchos de los empantanamientos. mucha de la falta de decisiones y de la parálisis que se le atribuye al presidente tienen que ver con inconsistencias en materia de competencias de cada uno de los tres niveles de gobierno. Necesitamos una reforma en la administración pública que vaya más allá del servicio profesional de carrera.

Miguel GonzÁlez CompeÁn

Voy a dar un ejemplo que toca al sistema de salud. En virtud del modo en que se han diseñado las reglas, la descentralización y el ejercicio del gasto, cuando quieres construir un hospital en cualquier municipio terminas poniendo un dispensario. ¿Por qué? Porque la Secretaría de Salud, la encargada estatal de salud, el Seguro Social y el ISSSTE no se ponen de acuerdo. Esta falta de acuerdo es crucial para generar el desencanto en un ambiente democrático. Este hecho no sólo muestra la ineficacia del diseño institucional que afecta el ejercicio de gobierno sino su incapacidad para hacer, incluso, pequeñas cosas. Tengo la impresión de que el actual gobierno pensó en grandes reformas, y entonces proyectó algunas iniciativas en el terreno educativo, fiscal y en el de la energía eléctrica. Los grandes proyectos grandilocuentes han ocupado todo el espacio público, en vez de alinear los intereses de distintas instituciones para arreglar cosas pequeñas y concretas.

Nexos

¿Por dónde empezar esta alineación de los niveles de gobierno y de las instituciones participantes? La concurrencia de tantas instancias sin una cultura previa de la negociación frena mucho las decisiones de gobierno.

Mauricio Merino

 Yo esperaría de la nueva legislatura que más que inventar nuevas leyes trabaje en la coherencia de las leyes que ya tenemos. Hay demasiadas incoherencias en la legislación federal. Más que una reforma del Estado, tenemos que limpiar nuestro entramado legislativo y administrativo. Hay otra consideración. En el ámbito federal el problema está en los dineros. Cargamos a cuestas una serie de malformaciones, a mi juicio, muy graves. En 1999 se volvió a modificar el artículo 115 constitucional, y ahora resulta que tenemos dos ordenes jurídicos pero tres niveles de gobierno; el municipio ya es gobierno y no parte del gobierno estatal. El artículo 115 aparece como una especie de pústula dentro del entramado constitucional. Si antes los gobernadores tenían pocos elementos de gobernabilidad ante sus municipios, hoy tienen muchos menos. Y luego están los dineros. Si uno revisa el gran reclamo de la CONAGO, se da cuenta de que todo pasa por la exigencia de claridad en la forma en que llegará el presupuesto y en cómo va a ser distribuido. Los gobernadores viven con una incertidumbre gigantesca porque no hay claridad en las reglas de distribución fiscal. Y además diría que necesitamos aprovechar la profesionalización del servicio público, un pretexto para empezar a ver las entrañas de la administración pública federal. Creo que nuestras discusiones intelectuales se animan poco a ir a la parte técnica del asunto, a ver la página final del libro, a ver la letra pequeña. Nos quedamos en los grandes trazos. Ya es hora de entrarle a las conexiones entre instituciones, dependencias que se contradicen, asignaciones de presupuestos que apelan a la vieja ley del funcionamiento público, y, por último, luces sobre el poder judicial. La autonomía de los jueces no es una isla, sino un archipiélago.

Nexos

¿Cómo está el tema de la rendición de cuentas del presupuesto del poder judicial comparado con la rendición de cuentas del poder legislativo?

Miguel GonzÁlez CompeÁn

 Es increíble. La contraloría del poder judicial revisa sus propias cuentas. El ahora órgano de fiscalización federal le pidió cuentas al poder judicial, no hace mucho. La Suprema Corte dictaminó que la Cámara de Diputados no podía vigilar el ejercicio del gasto del poder judicial y como sus decisiones son finales e inatacables, ya nadie puede hacer nada.

Nexos

La ley está hoy a la disposición de todos y todos litigan con la ley en la mano, pero el poder judicial carece de transparencia.

Miguel GonzÁlez CompeÁn

 Hay algo más que decir respecto a las relaciones interinstitucionales en el poder judicial, que a lo mejor redondea y da pie a otras discusiones. El poder judicial carga una serie de vicios desde el siglo XIX hasta el siglo XXL Es un poder pensado para ejercer control sobre la constitucionalidad de manera federada. Está la Suprema Corte, luego los magistrados de circuito o colegiados, luego los jueces federales. Convive con esa estructura una de carácter local que debería poder asumir el control descentralizado de la constitucionalidad. Pero, para efectos prácticos, hay un orden centralizado. Lo que se trata en los estados, en sus dos instancias, acaba, o puede acabar, en la Suprema Corte. Eso choca con los tribunales locales. Es la herencia de una visión de los centralistas, contra una visión de los liberales federalistas. Ahí tenemos un problema de facultades encontradas y de distribución de funciones; el resultado es un sistema judicial obsoleto, engorroso, tardado y complejo. La gente presenta un asunto que se litiga dos años y después puede acabar allá arriba, en la Suprema Corte, y no en la corte local.

Soledad Loaeza

La reforma del poder judicial me parece clave, entre otras razones porque en todo el mundo ha adquirido una presencia política y una capacidad de influencia sin precedentes, al mismo tiempo que se multiplican las quejas a propósito de su desempeño. Hace no mucho en Francia empezaron a discutirse los riesgos para la democracia representativa de lo que se llamó la “democracia de los jueces”. En Italia, Berlusconi está lidiando también con este problema. Me preocupa que en México se vaya perfilando esta democracia de los jueces, sin que previamente hayamos introducido cambios para modernizar el poder judicial a la luz de los cambios en el conjunto del sistema político. Tengo la impresión de que muchas de las reformas introducidas recientemente no atacan los problemas fundamentales, sino sus consecuencias. Como si nos limitáramos a curar los raspones en las rodillas del niño, en lugar de limpiar las trampas y piedras del camino en el que continuamente se tropieza.

Nexos

Recapitulando: ¿qué cambios hacer para darle mayor certidumbre a la gobernabilidad del país?

Soledad Loaeza

 A mí me gusta mucho la propuesta de Mauricio Merino de que el Congreso se dedique a revisar y depurar los reglamentos y las leyes vigentes para darles consistencia interna, por lo menos al servicio de las relaciones interinstitucionales. Si se fortalece ese marco no importa quién llegue a ser presidente.

Miguel GonzÁlez CompeÁn

También urge, en la lista de prioridades, la desmitificación de los actores políticos. Es decir, me parece absurda la distinción entre malos y buenos en la política mexicana. Y hace falta que el poder judicial se incluya en este rediseño, en la búsqueda de la eficacia del sistema político, que se modernice y se convierta en un espacio transparente, en una organización mucho más acorde con los tiempos. Pongo un ejemplo triste. Góngora Pimentel tenía una oficina de relación con el Congreso. A la llegada del ministro Azuela, esa oficina desapareció, pues éste sostiene que la Suprema Corte no debe tener relación con la Cámara de Diputados. El hecho habla de un estilo personal de gobernar, pero además habla de un distanciamiento brutal con la realidad actual. Es necesario rehacer el entramado político, sin grandes reformas constitucionales, sino abajo. Reformas que permitan una correcta y eficaz relación entre poderes y niveles de gobierno.

Mauricio Merino

Otra vez: limpieza de las incongruencias legislativas, luces sobre el poder judicial, aclarar los dineros fiscales, sobre todo en materia de federalismo, y atención a los resultados de la administración pública, federal en particular, serían las cuatro prioridades. Hay una, sin embargo, que está por encima de todas ellas. La idea de que la política es pura competencia entre adversarios que buscan un puesto a través de los votos suena bien en principio, pero luego se vuelve un obstáculo. La política también consiste en lograr que las instituciones funcionen: el caso es que funcionan con seres humanos, de carne y hueso, que toman decisiones, tienen prejuicios, vocaciones, simpatías. Esta dimensión de la política consiste en sentarse a dialogar, a fijar agendas. Comprometerse públicamente con eso es una práctica que echo muchísimo de menos.

JesÚs Silva-Herzog MÁrquez

A tres años del voto de la alternancia el panorama de la democracia mexicana no tiene delante de sí una catástrofe anunciada como la que se observa en otros países cercanos. Sin embargo, al régimen democrático le hacen falta orgullos, éxitos, decisiones. Es cierto: hay que tener la paciencia del aprendiz, pero también habría que ponerse a trabajar con cuidado, con rigor técnico, en las reformas institucionales que faltan a la política mexicana. Habría que pensar en las instituciones de un nuevo modo: ya no sólo para establecer barreras a la arbitrariedad, sino también para establecer trampolines que impulsen decisiones. Por eso debemos estimular la profesionalización de la actividad política, no sólo la competencia sino también la capacidad profesional de los actores, y alentar que éstos puedan levantar la cabeza para asomarse al mediano plazo.

Nexos

¿Los actores políticos no han perdido todo compromiso con el futuro y la modernidad? No hay nuevas ideas rectoras con ambición de futuro. No están en el gobierno, ni en el partido del gobierno, tampoco en el PRI, en el PRD. No el mismo proyecto sino proyectos que le den sentido de largo plazo a toda la morralla y al continuo pleito por el poder. Si no reconstituimos un cierto paradigma de ambición del futuro, podemos pasar demasiado tiempo en el pantano del acceso a la democracia y en el de la falta de acuerdos.

JesÚs Silva-Herzog MÁrquez

La derrota ideológica del salinismo destrozó esa ilusión, y a lo mejor no está mal que fuera destrozada.

Soledad Loaeza

El PAN sí tiene un proyecto aunque no explícito, un proyecto distinto de aquel con el que llegó al poder, y que ha ido cobrando forma a través de una serie de decisiones no del todo inconsistentes. En el ámbito educativo todos estamos conscientes de que se ha puesto en marcha un proyecto ideológico revisionista que está capitaneado por la pareja Fox y que expresa valores y propuestas extraordinariamente conservadoras. Si los foxistas logran afianzarse como la fuerza dominante dentro de Acción Nacional, este partido se convertirá en un auténtico partido de derecha, con un proyecto claro, como el que se desprende de la Guía de Padres. Ese proyecto puede identificarse en el tipo de valores que el presidente y su esposa promueven, en su propósito de reanimar el sentimiento religioso en la población. A estos objetivos explícitos habría que añadir los cambios que han ocurrido en la sociedad, la profundización de las diferencias socioeconómicas, y la consiguiente proyección de identidades ideológicas nuevas o renovadas. Creo que en los últimos meses se ha venido configurando un electorado de derecha distinto del electorado panista, con un perfil preciso, más cercano al del Partido Popular español que al de la Democracia Cristiana al que aspiraba Carlos Castillo Peraza.

Mauricio Merino

Fox no es un hombre de ideas.

Soledad Loaeza

Es un hombre de actitudes, y las actitudes te mueven a decisiones. El problema es que sus actitudes remueven en el público cierto tipo de actitudes. No tiene un proyecto explícito en su cabeza. Sus actitudes y propuestas transmiten sus propios prejuicios.

Miguel GonzÁlez CompeÁn

Lamento que la idea de proyecto de nación sea una especie de ogro, de virus. A mí me gusta la idea, pero en la perspectiva actual un proyecto único de nación es una locura, aunque tenerlo nos haría mucho bien. Para efectos prácticos, deberíamos empezar a trabajar para generaciones de mexicanos que todavía no han nacido. Hay que comenzar por las palabras, que al final son ideas y proyectos que llevar adelante. Las palabras construyen instituciones, hacen que una sociedad salga adelante. Me preocupa que la idea de un proyecto de nación se haya vuelto tan políticamente incorrecta. Lo que es claro es que sin un acuerdo básico de lo que queremos para el futuro, no hay incentivos para perseguir objetivos comunes. Todo, entonces, se convierte en una permanente lucha electoral y coyuntural entre partidos.

Mauricio Merino

Voy a entrarle a esto último con una imagen. En el país hay un déficit gigantesco de drenaje y un problema enorme de distribución de agua, que ya se volvió incluso un problema de seguridad nacional. Los sistemas de distribución de agua tienen fallas, hay fugas, se pierde muchísima agua, y esto se debe a que los drenajes y los sistemas de distribución de agua corren debajo de la tierra. Los presidentes municipales no quieren hacer drenajes porque no se ven, prefieren poner pavimento, banquetas y arbolitos. De modo que hay que llegar con un crédito de Banobras para que los presidentes municipales rompan lo que se ve, el pavimento y sus bellísimos arbolitos y banquetas. Tiene que venir alguien de afuera. Pongo la imagen porque algo así nos falta, necesitamos entrarle a los drenajes de la modernización. No la gran propuesta sino la operación cotidiana. A esto debería atender un nuevo proyecto de modernización.

Miguel GonzÁlez CompeÁn

Voy a insistir, porque nada hace más daño que tenerle miedo a las palabras. No pienso en un proyecto acartonado ni vinculado a la idea de mexicanidad entendida como partido, nación y gobierno tricolor, eso está fuera de lugar, sino en una visión de futuro que articule esfuerzos o por lo menos ante el cual podamos articular la discusión pública

Soledad Loaeza

Cada partido tiene su propia visión de futuro. Alguno lo tiene más explícito que otro. El PRI sí, el PRD no.

Nexos

¿Para qué quieres un gobierno? ¿Para construir qué clase de país?

Soledad Loaeza

No debe existir un solo proyecto. Cada partido tendrá el suyo, y cada mexicano imagina su futuro y el futuro de México. No creo que se deba hablar de un proyecto de nación porque algo así tiene una resonancia tremendamente autoritaria.  n

¿Quién incendio el Reichstag?

¿QUIÉN INCENDIO EL REICHSTAG?

Carnets de route de I’incendiare du Reichstag desmonta uno de los triunfos más refinados de la manipulación comunista para darnos el sacrificio de un anarquista.

Enero de 1934 es la fecha en que Marinus van der Lubbe es decapitado en una cárcel de Leipzig. Poco antes, en agosto, el Comité Internacional de Ayuda a las Víctimas del Fascismo Hitleriano ha publicado el Libro pardo sobre el incendio del Reichstag y el terror hitleriano, en el cual el desempleado es definido como “un pederasta medio ciego”. La consagración, no obstante, le llegará con El resistible ascenso de Arturo Ui, obra de teatro para la cual Brecht se apoya en la versión elaborada por el Komintern: Van der Lubbe no es más que un retrasado manipulado por Goering.

La noche del 27 al 28 de febrero de 1933, en vísperas de las elecciones que cambiarán para siempre la historia alemana, Marinus van der Lubbe, un desempleado de origen holandés, sale con el torso desnudo de entre las llamas que consumen el Reichstag para entregarse a la policía. Según los nazis, no hay duda de que Van der Lubbe es un agente soviético que quiere desestabilizar a Alemania. Por su parte, los soviéticos afirman que se trata de un idiota manipulado por los nazis para atizar el fuego anticomunista. Menos de una semana más tarde, el 5 de marzo, los nazis se apuntan una rotunda victoria electoral, al obtener 44% de los votos y 288 diputados. Entre tanto, Marinus sostiene sin falla que él solo prendió fuego al parlamento alemán y que lo hizo por motivaciones políticas.

La primera revisión seria del caso la emprenderá en 1962 un funcionario alemán socialdemócrata, Fritz Tobias, quien con Leyenda y verdad del incendio del Reichstag desmonta la trama soviética. El escándalo subsecuente es enorme. Setenta años después, y coincidiendo con el aniversario del medio siglo de vida sin el Padrecito de los Pueblos, Laurent Lemire consigna en Le Nouvel Observateur la publicación francesa de la correspondencia y los diarios inéditos, más el texto completo de la confesión de Marinus van der Lubbe, que resulta la profesión de fe de su anarquismo. Carnets de route de l’incendiaire du Reichstag (Verticales) viene así a desmontar, de una vez por todas, uno de los triunfos más refinados de la manipulación comunista —y el sacrificio de un anarquista merecedor de cualquier sospecha.  n

Cultura y vida cotidiana

EL CIERRE CICLÓNICO

CULTURA Y VIDA COTIDIANA

RUBEM FONSECA, PREMIO LUIS DE CAMOES

 Los gobiernos de Brasil y Portugal le concedieron al escritor brasileño Rubem Fonseca (1925) la más prestigiosa distinción de la lengua portuguesa, el Premio Luis de Camoes, con un valor de 100,000 dólares. El autor de El Gran Arte (1983). Agosto (1993), Grandes emociones y pensamientos imperfectos (1990) no dio entrevistas ni declaraciones a ningún medio de comunicación: “todo lo que tengo que decir está en mis libros”. Publicamos en esta edición de Nexos un cuento, inédito en español, que forma parte del libro Secreciones, excreciones y otros desatinos que aparecerá próximamente en la editorial Cal y Arena. (Rubem Fonseca: Mecanismos de defensa. Ver p. 94.)

TOLSTOI EN CHECHENIA

Acaba de reeditarse en Francia una de las novelas menores de Lev Tolstoi, Hadji Murat. Su publicación no puede ser más pertinente, pues su héroe es un checheno protagonista de las guerras de dominación zarista en esa región caucásica. (La furia ancestral. Ver p. 90.)

    

JOSÉ MANUEL BLECUA (1913-2003)

Pocos ecos si no es que ninguno mereció en México la muerte de uno de los grandes estudiosos de la literatura española, filólogo, escritor, especialista en el Siglo de Oro maestro de generaciones y espejo de virtudes editoriales y humanas, José Manuel Blecua. Lázaro Carrater recordó a su maestro de este modo: “Hasta entonces se nos había presentado la literatura como algo disparatado o muy solemne y lejano.

El lo hizo desde una visión deportiva y juvenil. Yo tenía diez años, y él apenas años más que yo. [...] Entró con él una bocanada de alegría, de entusiasmo y de decencia, luces en aquella noche obscura”. (Luces en aquella noche oscura. Ver p. 91.)

 El INCENDIO DE REICHSTAG

 ¿Quién es Marinus van der Lubbe? Un desempleado de origen holandés, que apareció con el torso desnudo de entre las llamas que consumían el Reichstag para entregarse a la policía. La publicación de Carnets de route de l’incendiaire du Reichstag (Verticales, 2002) viene a desmontar, de una vez por todas, uno de los triunfos más refinados de la manipulación comunista —-y el sacrificio de un anarquista merecedor de cualquier sospecha. (¿Quién incendió el Reichstag?

HABERMAS. PREMIO PRÍNCIPE DE ASTERIAS EN CIENCIAS SOCIALES

A fines del año pasado se publicó en Francia L ‘avenir de la nature humaine. Vers un eugénisme liberal? (Gallimard. 2002), el primer libro de Jürgen Habermas que aborda como tema central cuestiones de ética aplicada, en este caso algunas hipótesis en torno a los efectos de los avances científicos en genética y neurobiología. El libro puede conseguirse en español y en México, lo editó Paidós Ibérica con el título El futuro de la naturaleza humana: ¿hacia una eugenesia liberal? (El futuro de la naturaleza humana.)

Violencia y mano dura

VIOLENCIA Y MANO DURA

POR RICARDO AVILA

Las FARC de Colombia han pasado todos los límites de crueldad en el terreno militar y de engaño y burla en la mesa de negociaciones. Frente a eso, hay un liderazgo fuerte y claro de parte del presidente Alvaro Uribe que al actuar como lo hace, con mano dura, no sorprende a nadie sino, por el contrario, cumple al pie de la letra con lo que prometió en la campaña.

Un enigmático helicóptero, que no produjo sobresaltos entre los hombres de las FARC que estaban a las órdenes de El Paisa, se aproximó el domingo 4 de mayo al campamento donde permanecían secuestrados el gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria, su consejero de paz, el ex ministro Gilberto Echeverri, y 11 miembros de las Fuerzas Armadas. La nave recogió allí a 11 guerrilleros que estaban enfermos, seis de ellos de lechmaniasis, una enfermedad transmitida por un insecto llamado pito, que carcome la piel, produce llagas e intensos dolores.

Eran las 5:30 de la tarde y los 13 rehenes observaron con curiosidad la agitación que se produjo entre sus captores desde el momento en que oyeron las aspas de la nave. Corrían, El Paisa daba órdenes a diestra y siniestra y en menos de cinco minutos el helicóptero ya se había alejado. Hubo desazón entre los secuestrados porque sus custodios les habían dicho que vendría una comisión a recoger a todos los enfermos, incluidos dos de los retenidos. Algunos de los guerrilleros decían que se trataba de un helicóptero de la Cruz Roja y otros que de la gobernación de Antioquia. Nunca lo sabrían.

A esa misma hora del domingo, ya estaban concentrados en la base de la Fuerza Aérea en el aeropuerto de Rionegro, en Antioquia, los 75 hombres de las Fuerzas Especiales del Ejército que a la mañana siguiente intentarían el rescate de los secuestrados. Los técnicos hacían la última revisión a los 11 helicópteros Black Hawk y Arpía dispuestos para la operación.

La mañana del lunes 5 de mayo muy pocas personas en la Casa de Nariño estaban enteradas de lo que ocurría en Antioquia. El presidente Alvaro Uribe estaba sereno y así se mostró durante la entrevista de más de una hora con Juan Gossaín en la cadena básica de RCN. En ella habló de las nuevas condiciones que rodearían un eventual acuerdo con la guerrilla para el intercambio humanitario de secuestrados por guerrilleros presos. A las 9:00 a. m. el mandatario se dirigió al terminal aéreo de Catam, donde lo esperaban la ministra de Defensa, Martha Lucía Ramírez, y los miembros de la cúpula militar, con quienes viajaría a Cali para poner a andar formalmente el Batallón de Alta Montaña, encargado de proteger el estratégico cerro Farallones, algo que los vallecaucanos pedían desde hace años.

Pero Uribe sabia muy bien que la suerte del día no se jugaría en el Valle sino en Antioquia. Ya a bordo del avión presidencial, el jefe del Estado repasó con el comandante del Ejército, general Carlos Alberto Ospina, el plan trazado para la arriesgada operación militar en el área de Urrao. Sobre mapas y cartas de campaña, Ospina le mostró a Uribe el sitio al que deberían llegar las Fuerzas Especiales antes del mediodía. El alto mando le advirtió que las fotografías tomadas por aviones de inteligencia aérea sólo ofrecían una ubicación aproximada del sitio donde deberían estar los rehenes.

El general Ospina también le informó al presidente que dos batallones de soldados profesionales, adscritos a la Cuarta Brigada, estaban acantonados en los municipios de Frontino y Nutibara, sobre la ruta que los debía llevar al campamento de las Farc, en límites entre Antioquia y Chocó. Ospina ya había recibido el último parte del brigadier general Hernando Ortiz, comandante de la Fuerza de Despliegue Rápido, Fudra, que se encontraba en ese instante en un puesto de mando adelantado en el municipio de Urrao, a 25 minutos en helicóptero del objetivo. Ortiz le confirmó a Ospina que los 75 hombres de las Fuerzas Especiales desembarcarían, pasadas las 10 de la mañana, en los alrededores del campamento. Los comandos bajarían a tierra deslizados por sogas y habían de caminar entre 30 y 40 minutos hasta llegar al lugar donde estaban los guerrilleros y sus rehenes.

SUEÑO PREMONITORIO

Los secuestrados se levantaron a las 6:00 a. m. La brisa que soplaba a orillas de la quebrada Papayal, que se conecta con el río Murrí, en Murindó, Antioquia anunciaba un día despejado. A las siete, durante el desayuno, el teniente del Ejército Wagner Tapias les contó a sus compañeros de cautiverio un sueño que le había perturbado. “Vi muertos, pero muertos a la lata, como en las películas”, les dijo. “Yo también tuve un sueño —recuerda el sargento Pedro Guarnizo, uno de los tres sobrevivientes-

y se lo conté al gobernador. Soñé que me había volado con él y que lo llevaba alzado. Luego, habíamos llegado a una reunión de políticos y generales y yo les dije: ‘Miren, señores, él trae una gran verdad’. Luego puse al gobernador sobre una mesa”.

Hacia las 10 a. m., la flota de helicópteros sobrevolaba el nordeste de Antioquia rumbo al campamento de El Paisa, mientras los rehenes acababan de asistir a la clase de inglés que, durante una hora diaria, les daba el gobernador Guillermo Gaviria. Sobre un pizarrón quedarían escritos los últimos verbos y el escueto anuncio de que al día siguiente tendrían examen.

El cabo del Ejército Heriberto Aranguren faltó porque debía terminar de tallar el ajedrez que le había encargado uno de sus captores. Otro ausente forzoso era Antenor Bie- 11 a.m suboficial de la Infantería de Marina, a quien le acababan de aplicar cera caliente de abeja en la llaga que la lechmaniasis le había abierto en la frente, encima de su ojo derecho. Sus gritos de dolor se habían ahogado en medio de la selva y no eran diferentes a los que en días previos habían proferido los guerrilleros afectados por la misma dolencia, una enfermedad que tendía a igualar a víctimas y victimarios.

Durante los seis días que duró la planeación de los detalles finales del asalto, el alto mando militar se convenció de que la hora más indicada para dar el golpe sería la de las 11 a. m. El trabajo de inteligencia previo permitía saber que a esa hora buena parte del medio centenar de guerrilleros que vigilaban a los secuestrados salían del campamento en busca de provisiones. Los pronósticos meteorológicos indicaban que antes del mediodía los pilotos encontrarían un buen tiempo para volar.

“MÁTENLOS A TODOS”

A las 11 a. m., la rutina del campamento se rompió de un tajo. El ruido de un helicóptero que se aproximaba generó alerta. Algunos pensaron que se trataba del mismo helicóptero que había venido la víspera. Pero El Paisa tenía razones para no creerlo y gritó desde el otro lado de la quebrada una orden perentoria: todos los secuestrados debían ir a sus cambuches y los guerrilleros se replegarían en sus refugios.

El tono desgarrado de la orden de El Paisa no era extraño. En los últimos días, todos lo habían notado irascible, al punto de que ordenaba castigos sin razón y golpeaba con mayor frecuencia a su hijo de diez años porque se orinaba en su hamaca. También hacía esposar durante largo tiempo a alguno de los rehenes sólo porque le parecía que tenía cara de aburrimiento.

Poco después se produjo un segundo sobrevuelo. El Paisa abandonó su cambuche con los ojos incendiados y una decisión fatal en sus labios: “Mátenlos a todos”. Cinco guerrilleros cruzaron corriendo la quebrada, se detuvieron frente a los rehenes y abrieron fuego. Los asesinos dieron por cumplida la orden y comenzaron a caminar dispuestos a escapar con su jefe. Sin embargo, los lamentos de algunos de los heridos hicieron que El Paisa detuviera la marcha y diera una nueva orden: “Devuélvanse, verifiquen y rematen”.

El gobernador Guillermo Gaviria y el ex ministro Gilberto Echeverri Mejía, que habían sobrevivido a la primera ráfaga, recibieron tiros de gracia en la cabeza. El sargento Guarnizo sintió el roce ardiente de tres tiros y fingió estar muerto. Tras los últimos disparos se hizo un aterrador silencio. Guarnizo contó mentalmente hasta 100 y sólo cuando se sintió seguro de que el campamento ya estaba vacío, abrió los ojos, se levantó y se encontró con el cabo del Ejército Samuel Cotes. Lo vio con el abdomen destrozado y le oyó decir: “Mi primero, nos mataron”. Le pidió que se tranquilizara y lo besó fraternalmente en el cuello. Lo vio por última vez cuando lo subieron a uno de los helicópteros militares y luego supo que no alcanzó a llegar con vida al hospital San Vicente de Paul, en Medellín.

Guarnizo era el único ileso y le aterró verificar que quienes durante tanto tiempo habían sido sus amigos, sus compañeros inseparables y su soporte en las más penosas horas de cautiverio, estaban muertos. Los recuerdos del último de sus cinco años de secuestro se agolparon en su mente. Recreó el momento en que vio llegar al gobernador y a Echeverri, en compañía de El Paisa, en abril de 2002, cuando fueron secuestrados en desarrollo de una marcha por la paz en la región de Caicedo. Valoró como nunca el hecho de que los dirigentes llegaron a darles consuelo y a rescatar de su desespero a once militares que contemplaban, cada vez con más frecuencia, la posibilidad de suicidarse, pues algunos ya llevaban más de cinco años en manos de la guerrilla.

Guarnizo atravesó la quebrada que durante tantos meses los separó de sus verdugos, y recorrió viviendas. En la habitación donde dormía El Paisa encontró varias cartas que él y los demás rehenes escribieron con devoción para sus familias, pero que nunca fueron enviadas. En el tarro de la basura halló una carta que él había escrito para Lina Echeverri, hija del ex ministro de Defensa y consejero de paz de Antioquia.

Una voz que salía de un megáfono lo devolvió a la realidad del momento. “Somos del Ejército Nacional. Si hay secuestrados, si alguien quiere rendirse, tiéndase y ponga las manos atrás”. Era la voz del mayor Juan Manuel Padilla Cepeda, comandante de las Fuerzas Especiales y encargado de la operación. Cuando llegó al cambuche y comprobó la tragedia que había ocurrido, el oficial tomó su radioteléfono y transmitió un lacónico mensaje en el que reportó el asesinato de nueve rehenes.

La manera como el mensaje del mayor Padilla fue recibido minutos después por el alto gobierno quedó registrada para la historia en una dramática secuencia de imágenes transmitidas por los reporteros de televisión que cubrían la activación del Batallón de Alta Montaña en el Valle, a 256 kilómetros del sitio del fusilamiento. El primero en conocer el desenlace trágico fue el general Héctor Fabio Velasco, comandante de la Fuerza Aérea, que de inmediato enteró a su jefe, el general Jorge Enrique Mora, comandante de las Fuerzas Militares. Mora informó a la ministra de Defensa Marta Lucía Ramírez y ella al Presidente de la República. Las mismas imágenes de televisión recogieron los gestos consecutivos de la ministra y de Uribe a medida que pasaba la voz sobre el espantoso desenlace del operativo.

Los primeros datos, sin embargo, no eran concluyentes. Mencionaban a siete muertos, aparentemente rehenes, a tres heridos —uno de ellos de gravedad, que resultaría ser el cabo Cotes, quien moriría camino al hospital— y un ileso, el sargento Guarnizo. Pero a medida que pasaban los minutos, llegaban nuevos mensajes confirmando lo peor.

Uribe abandonó Farallones en cuestión de minutos, y se trasladó con la ministra y la cúpula militar a la sede de la III División en Cali. Cuando no cupo duda de que Echeverri y Gaviria estaban entre los muertos, partió hacia el departamento de Antioquia, dispuesto a ponerle el pecho a la mala hora.

una triste misión

Cuando su secretaria le dijo que al otro lado de la línea estaba el general Mario Montoya, comandante de la IV Brigada del Ejército, el fiscal seccional de Antioquia, Francisco Javier Galvis, asumió de entrada que algo grave había ocurrido. “Traiga unas cuantas bolsas para embalar unos cadáveres y nos vemos en el helipuerto de Bello”, le dijo el militar. Mientras organizaba un equipo con 10 de sus mejores hombres, el fiscal Galvis creyó que le tocaría repetir una historia semejante a la que vivió hace un año en Bojayá, Chocó, cuando debió practicar el levantamiento de 113 cuerpos de campesinos masacrados por las FARC.

Al comienzo de la tarde Galvis y Montoya se encontraron con el presidente Uribe y con el fiscal general, Luis Camilo Osorio, en Urrao, donde hicieron un reconocimiento de mapas para llegar al sitio donde había ocurrido el fusilamiento. Antes de partir en un helicóptero que los llevaría a un improvisado claro abierto en medio de la selva, a media hora a pie del campamento de las FARC, Uribe le dijo en tono grave a Galvis: “Señor fiscal, la decisión que he tomado es que veamos lo que veamos le contaremos toda la verdad al país”.

Si de él hubiera dependido, el presidente se habría ido a acompañar al fiscal Galvis. Su cuerpo de seguridad tuvo problemas para convencerlo de que en horas de la tarde las condiciones atmosféricas harían demasiado aventurado el viaje y que era muy probable que les tocara pernoctar en la mitad de la selva. Uribe asintió y la comisión de la Fiscalía partió por un terreno empinado. Después de seguir el curso de la quebrada Papayal durante 40 minutos, los investigadores encontraron el campamento. En una construcción de madera y palma, hallaron 10 cuerpos que se confundían entre el desorden del lugar.

La única señal de vida estaba encarnada en el sargento Guarnizo, quien se convirtió en el guía de la comisión judicial. Al lado derecho del que fuera el cambuche de los rehenes aparecieron tres cadáveres, entre ellos el del ex ministro Echeverri. Su cuerpo yacía sobre el de uno de los militares muertos y a simple vista se observaban en él tres impactos de fusil, uno de ellos en la cabeza, rastro indiscutible del tiro de gracia con que, por orden de El Paisa, uno de los asesinos lo había rematado.

El suboficial Guarnizo se adelantó y les hizo un relato de los últimos momentos de Echeverri: “Mientras los bandidos de las FARC disparaban, el doctor Echeverri gritaba que nos respetaran la vida. El doctor seguía hablando mientras las balas le entraban al cuerpo. Jamás olvidaré que murió erguido, como el valiente que siempre fue”.

Debajo de las rústicas camas de madera fueron encontrados tres cuerpos más: el del cabo primero Mario Alberto Marín, el del sargento Héctor Duván Segura y el del gobernador de Antioquia, que al parecer quiso proteger su cabeza con el brazo derecho, pues éste se encontraba destrozado por un impacto de fusil. Otros tres militares fueron cazados al lado de un barranco situado en la parte trasera del cambuche. Todo indica que trataron de huir cuando escucharon las primeras ráfagas.

Al fiscal Galvis, a sus subalternos y a un numeroso grupo de militares les tocó dormir esa noche en la selva, al lado de los cuerpos de las víctimas. Desde ya asumen que esa noche de dolor y horror los perseguirá en sus pesadillas por el resto de sus vidas.

“RODEAR AL PRESIDENTE”

Pero no sólo a ellos. Lo sucedido ese lunes 5 de mayo del 2003 también marcará el mandato del presidente Uribe. Pero no necesariamente de la forma como habría sido previsible. Horas después de conocido el desastroso desenlace del operativo de rescate, la apuesta que parecía fácil de hacer era que la política de seguridad y mano dura del mandatario iba a salir seriamente lesionada del episodio, y que el intercambio humanitario iba a ganar adeptos y a abrirse paso. Pero, a juzgar por las encuestas, sucedió exactamente lo contrario. El apoyo de los colombianos al mandatario, a su política de seguridad y aun a su decisión de seguir intentando el rescate, no sólo se mantuvo sino que pareció afianzarse.

En las horas que siguieron a ese lunes trágico y en especial a la intervención televisada del primer mandatario, que a pesar de haber transcurrido cerca de la medianoche, marcó 47% de rating, más que cualquier telenovela estelar del horario triple A, Cambio encargó a la firma Opinómetro una encuesta. La idea era evaluar qué había sucedido con la imagen del mandatario, con el respaldo a su gestión, con la visión de la opinión frente a su política de seguridad en general y de dos temas puntuales en particular: el intercambio humanitario y los operativos de rescate de secuestrados.

Los resultados son en cierto modo sorprendentes. La imagen del mandatario se mantiene intacta: más del 71% de los interrogados tiene de él una opinión favorable, contra apenas un 22% que lo ve de modo desfavorable. Más desconcertante aún, casi el 79% aprueba su gestión, contra apenas un 21% que la desaprueba. Poco menos del 60% se declara de acuerdo con sus medidas de orden público. El intercambio humanitario, que hasta hace algunas semanas tenía un respaldo mayoritario de dos terceras partes de los colombianos, ahora divide a la opinión: 50.5% a favor. 45.4% en contra.

Pero ninguno de los resultados de la encuesta de Opinómetro asombra más que el relacionado con la opinión de los interrogados sobre las operaciones de rescate de rehenes. A la pregunta sobre si el encuestado está a favor o en contra de esas operaciones, el 67.5% se declara a favor, mientras el 29-9% dice estar en contra. Semejante resultado, obtenido apenas un par de días después del desastroso operativo en el área de Urrao evidencia una decisión de la mayoría de los colombianos en apoyo de la mano dura que jamás se había visto en circunstancias similares.

Para no dejar dudas de lo bien librado que en términos de opinión salió Uribe de este duro trance, hay una pregunta final en la encuesta sobre si después del operativo en el que murieron Echeverri, Gaviria y los ocho militares, la imagen del mandatario cambió para el encuestado. El 57% dijo que no, el 16% que había cambiado desfavorablemente y un 24% dijo que había cambiado favorablemente.

El respaldo no se limitó al grueso de la opinión pública que miden los sondeos. Se extendió a columnistas y notas editoriales. Los dos principales diarios del país, El Tiempo de Bogotá y El Colombiano de Medellín, hicieron llamados de apoyo al mandatario. El periódico bogotano tituló su editorial del miércoles “Rodear al Presidente”, y el matutino paisa se fue lanza en ristre el jueves contra quienes pretenden abrir un juicio de responsabilidades por el operativo del lunes, olvidando que los directos responsables del secuestro y asesinato de los diez rehenes fueron los hombres de las FARC.

Mirar al pasado

Para poner en contexto este respaldo, vale decir que el péndulo de la opinión frente al tema de mano dura o diálogo con la guerrilla se ha movido varias veces en el país. Después de tres años de apoyar los esfuerzos de paz de Belisario Betancur, la opinión le dio la espalda tras los trágicos episodios del Palacio de Justicia y se endureció frente a las posibilidades del diálogo con los alzados en armas. Pero este endurecimiento duró poco. Meses después, en plena campaña presidencial, el candidato que lideraba las encuestas.

Virgilio Barco, habló de “mano tendida y pulso firme” para satisfacer al sector mayoritario de los colombianos que deseaba que el nuevo gobierno insistiera en la salida negociada.

En tiempos de César Gaviria, la opción negociadora siempre obtuvo un apoyo mayoritario, hasta cuando el asesinato del ex ministro Argelino Durán Quintero a manos del EPL rompió las conversaciones de Tlaxcala y empujó el péndulo al terreno de la mano dura. Pero en esa ocasión tampoco duró mucho de ese lado. Ya en plena campaña presidencial de Ernesto Samper contra Andrés Pastrana, los dos candidatos defendieron la opción negociadora. Así siguieron las cosas cuatro años más tarde, cuando Pastrana se anotó un al conseguir, horas antes de la votación de segunda vuelta, que su asesor Víctor G. Ricardo se entrevistara con Manuel Marulanda, Tirofijo, y abriera con él un horizonte de diálogo.

Los amigos de esta vía siguieron siendo mayoría mientras naufragaban una y otra vez los esfuerzos de negociación en la zona de despeje del Caguán. Pero cuando las FARC acumularon una serie de crímenes atroces como la masacre de la familia Turbay Cote, y cuando millones de colombianos se hastiaron de sus burlas reiteradas al proceso de conversaciones, la opinión comenzó a endurecerse y ya a mediados de 2001 estaba dividida por mitades y protagonizaba manifestaciones multitudinarias en contra de los violentos. En ese escenario apareció la figura de Alvaro Uribe, que pasó del tercer al primer lugar de las encuestas en cuestión de semanas, mientras Pastrana se veía obligado a romper los diálogos y recuperar militarmente la zona de despeje.

Desde entonces, el péndulo se ha mantenido del lado de la mano dura que fue la bandera de Uribe. Episodios como los atentados del 7 de agosto, las bombas de El Nogal y Neiva o los fusilamientos de Urrao, no parecen, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, haber desencantado a la opinión. ¿A qué se debe ello? Primero que todo a que las FARC pasaron todos los límites de crueldad en el terreno militar y de engaño y burla en la mesa de negociaciones. Y segundo, a que hay un liderazgo fuerte y claro de parte del Presidente que al actuar como lo hace no sorprende a nadie, sino por el contrario, cumple al pie de la letra con lo que prometió en la campaña.

“Si uno mira lo que le pasó a Belisario al fracasar el proceso de paz y endurecerse el gobierno en tragedias como la del Palacio de Justicia, el lío es que la gente no le creía ese endurecimiento porque su imagen era de conciliador, de dialogante”, explica el ex ministro Rafael Pardo, quien como consejero de paz de Virgilio Barco consiguió el único proceso de paz exitoso con un grupo guerrillero, el M-19. Para Pardo la línea dura de la opinión culpaba a Belisario de lo del Palacio por haber confiado en los guerrilleros, y la línea blanda, la favorable al diálogo, no le perdonaba la entrada a sangre y fuego al Palacio”.

En el caso de Uribe, todo es muy distinto. Para empezar, por lo ya anotado en cuanto a que nadie puede declararse sorprendido con que el presidente actúe como lo hace. Y luego, porque siempre coge el toro por los cuernos, se pone al frente de las situaciones más difíciles y asume toda la responsabilidad. Esta actitud le da una enorme credibilidad. En ese campo, la decisión adoptada el lunes por él y desarrollada por su secretario de prensa Ricardo Galán de contar todo lo que el alto gobierno sabía, y de hacerlo de manera abierta, con testimonios, y no con un frío discurso preparado por asesores, resulta muy acertada. Aun si los expertos en comunicación han salido a criticar lo que llaman un espectáculo, las encuestas parecen darle la razón a Galán y a su jefe.

El hecho de revelar cómo habían sido los preparativos y declarar de entrada que había estado al tanto de los operativos y los había aprobado, rompió con una tradición muy colombiana, marcada por gobernantes que han descargado las culpas en sus colaboradores. “La gente tiene la impresión de que no le están ocultando cosas, y de que si el presidente asume la responsabilidad de algo que tuvo un desenlace tan sangriento, es porque está dispuesto a contar toda la verdad”, explica el senador liberal Luis Guillermo Vélez.

¿Visita humanitaria?

Sin embargo, nada de lo anterior debe servir para borrar el hecho de que el operativo militar fue un fracaso y de que tuvo un saldo sangriento que no puede repetirse en el futuro. Además, a pesar del indudable esfuerzo del presidente por contar toda la verdad de lo sucedido, el episodio del helicóptero que estuvo el domingo en la zona y que no ha sido aclarado públicamente por parte de las autoridades, demuestra que aún hace falta más información para evaluar todos los elementos que rodearon el operativo. ¿Sabían las Fuerzas Armadas de esa visita médica-humanitaria? ¿Por qué la Gobernación de Antioquia mantenía ese contacto con el grupo que tenía retenido al gobernador Gaviria y a sus acompañantes?

Esa y otras preguntas deben aún ser contestadas. Y sus respuestas deben servir para una mejor planeación de esta clase de operaciones. No es que la Fuerza Pública no pueda intentar rescates. De hecho, durante esta administración ha habido varios muy exitosos, como el de monseñor Jorge Enrique Jiménez, obispo de Zipaquirá. En el pasado también fue impecable la liberación del empresario Guillermo “La Chiva” Cortés y otros retenidos que estaban con él.

Pero como explica el senador Antonio Navarro, “creo que ningún presidente de Colombia puede volver a ordenar un operativo como el del lunes anterior después de lo que pasó”. Para Navarro, la Constitución colombiana pone la vida por encima de las razones de Estado, y eso obliga a preservarla ante todo y a limitar los operativos de rescate a circunstancias en que el riesgo para los rehenes sea mínimo.

El gobierno, por boca del vicepresidente Francisco Santos, reiteró el martes que los intentos de rescate continuarán. Más de dos terceras partes de la opinión respalda a Uribe en esa postura. Pero en el futuro, la Fuerza Pública no puede volver a actuar con la misma ingenuidad que los llevó a usar megáfonos en la operación de Urrao. Además, es evidente que no hubo una operación de apoyo y cerco, que al menos habría impedido la fuga de los asesinos encabezados por El Paisa, algo que, según pudo confirmar Cambio, molestó mucho al presidente.

Y esto no puede volver a suceder del mismo modo, entre otras cosas porque un nuevo desenlace sangriento podría hacer que el apoyo de que hoy gozan Uribe y su política de seguridad se venga abajo. Además, para que ese apoyo se mantenga siguen haciendo falta golpes claros y contundentes a la cúpula de la guerrilla, que es la que un día tiene que sentirse disminuida y en grave riesgo para que acepte sentarse a negociar en serio. Si una nueva tragedia como la del lunes se da y si no se dan esos golpes certeros a la cabeza de la organización guerrillera, el gobierno podría perder una oportunidad única e irrepetible de arrinconar a los violentos con el apoyo de la gran mayoría de los colombianos.    n

La lata como Utopía

LA LATA COMO UTOPÍA

POR ARTURO FONTAINE

La política democrática, pasada la crisis, aburre. Cuando eso sucede, es su triunfo. La utopía democrática es que la política pase a ser una lata y las vidas particulares, entretenidas.

La democracia aspira al desencanto. El tránsito de la dictadura a la democracia es lucha y poesía. La defensa de los derechos de la persona humana es épica. Y hay ocasión de ejercitar también las virtudes estratégicas de Ulises. Después, llega el malestar. Y llega si las cosas están mal, porque están mal. Y si están bien, porque entonces la vida política se vuelve aburrida.

Se buscan causas y culpable y, al fin y al cabo, el desencanto se expresa como queja. Y es una queja justificada, ya que hay miles de cosas que andan muy mal en cualquier régimen, y la prensa en democracia las expone.

En nuestros países hay tantos problemas acuciantes que el gobierno democrático a menudo parece y es inoperante, lento, tramitador. Los políticos viven en componendas y gobiernan muchas veces promediando posturas antagónicas, en vez de zanjar las cuestiones de una vez. La democracia es el gobierno de las transacciones, y, con frecuencia, el de las medias tintas, los parches y la postergación. Entre tanto, los más pobres continúan en la sala de espera. Hasta que surge un caudillo que les promete que su hora ha llegado.

Si es un populista creará en la imaginación de sus oyentes un reino idílico. La utopía existe mientras él habla en la plaza: Fidel Castro, Perón. El no-lugar de la utopía tiene lugar sólo en una urdimbre de palabras que, pronto, negarán los hechos. Entonces otros serán los responsables de esos malditos y recalcitrantes hechos.

Cuando Don Quijote cae de Rocinante con dos costillas hundidas a causa de las pedradas de los ovejeros que han acudido a defender sus corderos de los furiosos lanzazos no se suicida como Ayax, sino que explica a Sancho que “este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que yo iba a alcanzar de esta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas”. Es el culpable de siempre. Y al notar, quizá, la sonrisa escéptica de Sancho, insiste: “Si no… porque te desengañes y veas ser verdad lo que digo: sube en tu asno y síguelos bonitamente, y verás cómo, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero y dejando de ser carneros son hombres hechos y derechos”.

Sin embargo, Cervantes con ironía añade algo que podría hacer dudar de la entera buena fe del caballero: “Pero no vayas ágora, que he menester tu favor y ayuda: llégate a mí y mira cuántas muelas y clientes me faltan”. Nuestra simpatía, claro, sigue con Don Quijote, incluso contra su autor. Pero ello ocurre, en parte, por la vulnerabilidad de Don Quijote. Está derrotado de antemano, no alcanza a causar mayor daño y no logra tener poder. Si hubiera conseguido miles de adherentes fanáticos y fuese dictador, no creo que nos enterneciera, mientras recorre los caminos de España como si anduviera entre las páginas de una novela de caballería.

Por las imágenes del caudillo se cuela el caos: Alan García en el Perú. La respuesta a la anarquía es la desesperada búsqueda del orden. El hombre de hierro tiene su hora. Si fallaron las palabras, venga la mano dura. Y eso, lo sabemos, tiene su precio: ahí están los crímenes de la dictadura militar en Chile o el mecanismo de chantaje y corrupción que montó Vladimiro Montesinos, el valido de Fujimori en el Perú.

En Chile hay ahora democracia y, claro, cierto malestar. La pobreza aguda ha disminuido a un ritmo nunca visto en el país. Pero, ¿a quién le basta? Por ejemplo, faltan reformas constitucionales para las que no ha habido mayoría. Ultimamente, la economía ha crecido poco. Para colmo los pobres quieren convertirse en clase media. Y esto a muchos intelectuales les disgusta por una mezcla de motivos éticos y estéticos.

La prensa y la Justicia —y esto es serio— han sacado a la luz prácticas corruptas: alzas en las remuneraciones de funcionarios públicos vía honorarios por labores inexistentes, a través de instituciones que hacen la triangulación. También sobresueldos a ministros: misteriosos sobres llenos de billetes con cargo al ítem “gastos reservados” que, supuestamente, eran empleados para asuntos de alta seguridad. Explicación: los bajos sueldos.

El escándalo produjo un remezón. Los jueces están demostrando que pueden ser independientes. Los periódicos, las radios, la televisión son un dolor de cabeza para el gobierno. Rebrotaron discursos populistas y, a la par, el deseo reprimido de cierta derecha: que la izquierda otra vez no termine su periodo presidencial.

No. Contra lo que auguraban los pesimistas, la crisis se volvió oportunidad. Un acuerdo del gobierno y la oposición permitirá hacer una gran reforma del Estado. La mayoría de los cargos que nombra el Presidente, y que se repartían como botín los partidos afines, serán, en adelante elegidos por méritos y tendrán sueldos dignos. Además se regula legalmente el financiamiento de la política, que era una caja negra. Ni el gobierno apostó por el populismo, ni la oposición quiso negarle al gobierno la sal y el agua y provocar el caos.

La democracia está saliendo robustecida. También la economía. Pero nadie celebrará la victoria en las calles. La política democrática, pasada la crisis, aburre. Cuando eso sucede, es su triunfo. La utopía democrática es que la política pase a ser una lata y las vidas particulares, entretenidas. Salvo que,  por supuesto, también lo privado se puede vaciar y llenar de lata, salvo que el peso de la libertad oprima y se añore la épica del movimiento político totalizador. Porque, salvo en una sociedad totalitaria o fundamentalista el individuo no encuentra en el Estado un proyecto de vida sino tan sólo la posibilidad de explorarlo. En una sociedad pluralista “nadie ha de obligarme a ser feliz a su manera”. Pero hay que inventarse esa “manera”. Y no sabemos cómo. En el fondo, estamos molestos con nosotros mismos, ¿Y?.  n

El desencanto por la democracia

El desencanto

por la democracia

Como el adolescente que vive para imaginar su primer contacto sexual, durante años en México y América Latina concebimos que la democracia —su llegada, su implantación, su aura— lo incluiría todo, lo revelaría todo, lo decidiría o resolvería todo. Como el adolescente posterior a su primer contacto sexual, ahora vemos que la democracia —precisamente como el sexo— sólo es la democracia: un sistema político invaluable —igual que el sexo puede ser la experiencia más divertida sin tener necesariamente que reírse, como dijo Woody Allen— pero que sólo sirve para ser democracia: no construye carreteras, no cobra impuestos, no genera riqueza, no resuelve problemas de desempleo ni crea reformas eléctricas, fiscales o de pensiones.

Decíamos “la Democracia” como el padre del poeta decía “la República” en el hermoso poema de Elíseo Diego. Ahora vemos, de nuevo, que con la democracia los ciudadanos latinoamericanos en general hemos vivido una especie de bovarismo, al igual que la ilusionada Madame Bovary que da nombre a esa enfermedad mejor definida por su creador Gustave Flaubert como el hecho de pedirle naranjas al manzano.

Previo a las elecciones “intermedias” en México, y en un contexto de elecciones en países latinoamericanos como Argentina y Chile, hemos dedicado la parte central de Nexos al tema o al fantasma del desencanto por la democracia. Nuestras páginas ubican “el estado del fantasma”, desde los artículos específicos de autor a los sondeos y encuestas, en México y América Latina. No son sólo un diagnóstico sino una respuesta a la pregunta central ante, y después, de todo desencanto: ¿qué falta en nuestros países para el funcionamiento natural, ya sin bovarismos ni fantasmas, de la irrenunciable democracia? . n

Autófaga, la democracia

AUTÓFAGA, LA DEMOCRACIA

POR MARTÍN CAPARROS

“Los políticos argentinos consiguieron un logro hercúleo, inesperado: convencernos de que la política es lo más repugnante. Los políticos nos vendieron que la política es lo que ellos hacen en pasillos oscuros y que el poder se usa para conservar el poder, y se ganaron con toda justicia el repudio general”.

Quizás alguien celebre, dentro de unos meses, el 10 de diciembre, que la Argentina cumple veinte años de democracia sin interrupciones: sería la única vez en todo el siglo XX —y ni siquiera sería en el siglo XX—. Quizás alguien lo intente: me imagino un acto en una plaza, niñitos a lo lejos, tres oradores aburridos, gente que pasa sin pararse, bochorno de verano y algún guaso que resume la pregunta general:

—¿Y éstos qué carajo quieren festejar? —Cuando esperar algo te dio felicidad no importa que conseguirlo no te la haya dado…

Le contestaría el Confucio de barrio que anida en los rulos de cualquier argentina.

—…Y puedes celebrar el placer de esa espera. Cuando llegó la democracia —y decir llegó la democracia es duro pero cierto: la extrañábamos pero no la ganarnos, llegó por el desgaste militar—, muchos argentinos esperaban grandes cosas de ella. Fueron esas elecciones de 1983 que un candidato pudo llevarse con ese slogan que decía que “con la democracia se come, se educa, se cura”. Era conmovedor. La democracia equivalía a justicia social, a vida digna: la política era, entonces, el instrumento para acceder a esas delicias.

Y después, poco a poco, empezamos a ver que la democracia en sí no producía ningún milagro. Más aún: que

su política económica se parecía demasiado a la que habían llevado adelante los dictadores y que, por lo tanto, sus efectos sociales eran semejantes pero cada vez peores. Los militares habían empezado un trabajo; los políticos democráticos lo continuaron sin mayores cambios. Porque tenían mucho que hacer en la Argentina: transformar un país donde el Estado y cierta equidad social garantizaban alimentación, salud, educación, vivienda, empleo, en una selva donde los pobres mueren como moscas. Para que la desaparición de esas garantías fuera tolerada por la población había que acabar con el único elemento que podía intentar que no lo fuesen: la actividad política.

Entonces a los gestores de la democracia se les dio por serruchar con denuedo la rama de la que se colgaban: gracias a ellos, la política fue el primer desaparecido de la democracia. Los políticos argentinos consiguieron un logro hercúleo, inesperado: convencernos de que la política es lo más repugnante. Los políticos nos vendieron que la política es lo que ellos hacen en pasillos oscuros y que el poder se usa para conservar el poder, y se ganaron con toda justicia el repudio general.

Así que ahora nada es más homogéneo en la sociedad argentina que el rechazo de los políticos: lo lograron. Pero consiguieron, también, que tirásemos el bebé con el agua del baño: los argentinos no piensan que estos políticos son una desgracia: piensan que la política es despreciable. Y se quedaron, en su gran mayoría, sin el único instrumento que encontró la humanidad en los últimos doscientos o trescientos años para cambiar sus vidas, para mejorarlas. (La campaña antipolítica no fue. sospecho, una campaña: más bien una suma de casualidades, de conceptos dispersos que se sumaron con una felicidad insospechada. Y, entre ellos, ninguno más útil que la corruptela: la idea de que la ruina del país tiene por causa los robos de los políticos, o sea: una minucia contable, los errores y excesos de un plan socioeconómico muy elaborado, que produjo esa ruina. Y la ideología de la corruptela como explicación de todos los males tuvo sus consecuencias: si lo central era el robo, había que elegir a un gobierno cuya característica principal fuera la ética. Entonces los argentinos eligieron a una Alianza entre el progresismo laxo y el ala radical más conservadora. Como era lógico, no funcionó: ese gobierno se derrumbó en menos de dos años. Hubo más desazón.)

—¡Que se vayan todos! ¡Que se vayan todos!

—¿Quién, todos? ¿Usted, yo?

—No, ellos. Todos ellos.

—¿Ah, sí? ¿Y nosotros los reemplazamos?

—Pero usted por quién me ha tomado, caballero. No, a mí la política no me interesa. Yo quiero vivir tranquilo, trabajar, cuidar a mi familia.

La democracia se fue convirtiendo en una rutina desesperanzada: un mecanismo para decidir lo mismo que decidían los dictadores pero sin represión. No sonaba muy alentador. Hasta que el desencanto trajo el estallido. Hace un año, los argentinos quisieron deshacerse no del sistema pero sí de todos sus cultores —lo cual se parece bastante—. Pero entonces descubrieron que no bastaba con un berrinche infantil y que, para reemplazarlos, había que construir algo que los reemplazara. No lo conseguimos —¿habrá que decir todavía?— y volvimos a pasar, con tedio, con molestia, por unas urnas en las que nadie deposita esperanzas: sólo papeles mal impresos.

Hoy estamos, sospecho, en pleno desencanto democrático —y sin ninguna alternativa que oponerle—. La democracia es una enfermedad pero no tiene antídoto: en la Argentina, en toda América Latina. Así que hubo cenáculos, debates, querellas, simposiums. Al fin, carradas y carradas de eruditos se reunieron en el punto más bello de la costa Caribe de un país imposible y discutieron, mucho daiquiri y margarita, un achuchón entre comidas, el tema por antonomasia. Hasta que llegaron a la conclusión definitiva: la democracia es el mejor sistema cuando no se la tiene.

El problema es que entonces, para disfrutar en serio de la democracia hay que vivir en dictadura, y es de lo más molesto.

La solución en el próximo capítulo —¿de qué libro?.  n

Jorge Volpi Una Pena Una Novela

JORGE VOLPI: UNA PENA… UNA NOVELA

POR ROBERTO PLIEGO

A Volpi se le da bien el tono pedagógico. Necesita dar lecciones. Hace tres años se ocupó de la física; en El fin de la locura su más reciente novela, le ha dado por abaratar el psicoanálisis.

En busca de Klingsor (Seix  Barral, 2000, Premio Biblioteca Breve) cubre el itinerario de un investigador a la caza de la mente genial que logra descomponer el átomo para el servicio de los peores fines, la destrucción masiva y sus funestas consecuencias. El investigador no logra su objetivo, el personaje queda sin nombre y sin identidad, justificado por los vacíos en la historia, salvado por sus prejuicios. La nueva novela de Jorge Volpi, El fin de la locura (Seix Barral, 2003, sin premio, todavía) cubre el itinerario de un personaje que quiere abarcar todo, y vive a expensas de los prejuicios políticos que hemos dado en llamar “de izquierda”.

A Volpi se le da bien el tono pedagógico. Necesita dar lecciones. Hace tres años se ocupó de la física; hoy le dio por el psicoanálisis, el estructuralismo, el pensamiento francés de los últimos treinta años. Por eso asistimos a una pasarela por la que desfilan Althusser, Lacan, Barthes, Foucault. ¿Son personajes? Por supuesto que no. Son pretextos para que Volpi desmuestre que ha leído mucho. Y como ha leído mucho, siente la necesidad de encapsular la obra de cada uno de ellos con la mejor intención del Reader’s Digest. Se entiende que le hace un favor a sus lectores.

¿Qué es El fin de la locura? El registro accidentado de Aníbal Quevedo, psicoanalista. ¿Por qué accidentado? Porque Quevedo quiere a una mujer que no lo quiere, pero a través de la cual tiene acceso —por una serie de casualidades— a la compañía y a la confianza de un montón de personalidades intelectuales y políticas. En Quevedo reconocemos a una especie de Forrest Gump. No sólo es psicoanalizado por Lacan, sino que acompaña a Foucault en sus correrías sexuales, se vuelve confidente de Fidel Castro —le ayuda a curar su insomnio—, es alumno distinguido de Roland Barthes, hace migas con Marcos en los años en que éste aún no necesitaba la prosa poética y el pasamontañas, conoce al presidente chileno Salvador Allende y goza de la confianza del presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari. Todo eso porque persigue a una mujer que no lo quiere. Y, mientras tanto, cápsulas pedagógicas que ubican a cada uno de esos personajes célebres en su contexto (¿y Brezhnev, y Ho Chi Min, y Lucio Cabanas?).

El personaje de Volpi va por el mundo. Y no cualquier mundo: hablamos de 1968, de sus iconos, de sus consecuencias y de sus descendientes. Lo terrible no es leer a Volpi, lo terrible es la manera en que Volpi leyó esa época y su decisión de ofrecernos una visión Gerber. Lo terrible es que Volpi carece de sentido del humor. Aunque lo intenta. Su propósito de recrear novelísticamente un pasaje de la vida cultural mexicana protagonizado por las revistas Nexos y Vuelta fracasa, como lo demás, porque a Volpi se le da muy bien el tono pedagógico. Una pena… o una novela; es una lástima que, a veces, sean lo mismo. n

Aprobacion Presidencial

APROBACIÓN PRESIDENCIAL: NACIONALISMO REDITUABLE

Es probable que los efectos de la guerra en la economía mundial refuercen la percepción de deterioro económico que se ha convertido en un lastre que contrarresta la aprobación presidencial general.

La bandera nacional rinde frutos, sobre todo enarbolada ante los estadunidenses. Por segunda ocasión en lo que va de su mandato, el presidente Fox estimula con fuerza su popularidad.* Como ocurrió en septiembre pasado cuando el país se vio amenazado por la huelga en PEMEX, ante un complejo conflicto internacional el presidente transmite serenidad y convicción en la defensa de la solución pacífica de controversias. Ante los complejos sentimientos que genera la amenaza de una guerra rechazada por la población, el presidente reivindica la defensa de la paz y traduce el sentir popular en una postura que logra, por primera vez en lo que va de su mandato, el respaldo de todos los sectores de la sociedad.

Medido del 13 de marzo a mediados de abril el acuerdo con la manera de gobernar del presidente aumenta once puntos porcentuales entre la población nacional con teléfono en su vivienda, pasa de 57% a 68% el 19 de marzo, poco antes del estallido de las hostilidades en Irak.

Con las variaciones producidas por las veleidades de la pareja presidencial, la fuerte sanción económica al PRI y la imagen de un presidente superando la adversidad física que defiende la paz de manera soberana frente a Estados Unidos, y el efecto de diversas detenciones de narcotraficantes, el acuerdo con la manera de gobernar se recupera y se mantiene estable a lo largo del mes (64% en el promedio mensual). Registra al inicio de la tercera semana de abril una ligera tendencia a la baja.

Después de que el presidente proyectó una clara ambigüedad con respecto al voto de México en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre el conflicto en Irak, al tiempo que se enredaba con el concepto de pareja presidencial y el activismo de su esposa, para mediados de marzo la amenaza campesina pasó de las calles a las mesas de diálogo y el asunto del financiamiento de los Amigos de Fox y el Pemexgate regresaron a la primera plana con la detención de Eduardo Fernández y la enorme multa al PRI por no reportar el dinero del sindicato petrolero. El efecto de ambos asuntos generó un cambio en la aprobación. El periodo culmina con un Presidente convaleciente que supera la adversidad defendiendo, por sobre cualquier consecuencia, la vocación pacifista del país.

¿Hasta dónde llegará el aumento en el acuerdo presidencial y cuánto tiempo se sostendrá? Probablemente no mucho más y no por mucho tiempo. El asunto de los Amigos de Fox nuevamente en la escena pública socava la confianza en el presidente. Por otro lado, a pesar del amplio respaldo de la opinión pública al rechazo a la guerra en Irak, el duro golpe al gobierno de Saddam Husseim con la invasión norteamericana en Irak cambia las circunstancias y es probable que los efectos de la guerra en la economía mundial refuercen la percepción de deterioro económico que se ha convertido en un lastre que contrarresta la aprobación presidencial general. Además, en el trasfondo del entusiasmo nacionalista que celebra y apoya la posición de México frente a la acción invasora de Estados Unidos habita un inquietante temor a represalias. Cambios económicos negativos, por pequeños que sean, seguramente serán relacionados con este temor y lo que hoy es una política pública con consenso puede convertirse en fracaso.

*Sección a cargo de BGC. Ulises Beltrán y Asocs., S. C. La información proviene de Acontecer Nacional y Opinión Pública (Sistema de recolección continua de información de operación pública), publicación de BGC, S. C. que se distribuye por suscripción. Coordinación: Ulises Beltrán, Leticia Juárez González, Alejandro Cruz Martínez y Edith González. Los datos corresponden a encuestas telefónicas. La muestra nacional fue a población mayor de 18 años. Método de selección de la muestra: arranque aleatorio y selección sistemática de los números telefónicos residenciales mediante el sistema de marcación aleatoria de números (RDD por sus siglas en inglés) generados por un sistema CAT1 (Computer Assisted Telephone Interview).

Vida Publica Hechos

PALOMAR

VIDA PÚBLICA

HECHOS Y TENDENCIAS

LA SANGRE Y EL ACERO

Hace dos meses, en este mismo espacio, citamos la advertencia de Bismarck, el canciller alemán, a las potencias europeas de fin del siglo XIX: “Las grandes cuestiones de nuestro tiempo no serán resueltas por resoluciones y votos de la mayoría, sino por la sangre y el acero”. Escribimos entonces, dada la resistencia diplomática y el repudio, abrumador, de la opinión mundial a la guerra: “Veremos si el rechazo público impone un curso pacífico o si, como previo Bismarck, la sangre y el acero se impondrán nuevamente”. Bismarck ganó la partida. Dedicamos este número de Nexos a una cavilación de muchas voces sobre el nuevo orden internacional, o el nuevo desorden, que pueden adivinarse tras el humo y las ruinas de Bagdad. (pag.19)

El imperio activo

La guerra de Irak ha terminado, sus consecuencias empiezan. Los equilibrios del poder mundial parecen sometidos a su mayor cambio desde la caída del muro de Berlín. La hegemonía militar estadunidense ha quedado más que demostrada, en una guerra rápida, contundente, limitada a un territorio, pero con un despliegue de fuerzas relativamente pequeño, lo cual probaría, según algunos observadores, que Washington tiene capacidad militar para librar guerras simultáneas en distintos lugares del orbe. Estados Unidos ha establecido una nueva lógica de fuerza en el mundo, fuera de la ONU, la Unión Europea y todos los otros foros internacionales.

¿Querido o temido?

El cambio fundamental en el nuevo escenario es la disposición, probada, de la mayor superpotencia del mundo a intervenir militarmente en cualquier parte —tan lejos o tan cerca como Bagdad, en el corazón del mundo árabe—. para defender lo que considera su seguridad nacional, la cual es, hace mucho tiempo, ahora más que nunca, una seguridad global. Desde todos los puntos del planeta se levantan sentimientos y agresividades antiamericanas. A todos los puntos del planeta Estados Unidos parece dispuesto a ir, bajo el mando de George W. Bush, para cumplir su misión imperial de crear un mundo seguro no sólo para Estados Unidos. sino también para lo que Estados Unidos significa en el mundo —intereses, valores, tipo de civilización—, lo cual es mucho más que su vasto territorio. Diferencia esencial: a Estados Unidos no le preocupa ahora ser querido, aceptado, tolerado. Quiere, sobre todo, ser temido. Misión cumplida: Estados Unidos es menos querido y más temido, hoy, que en ningún momento de la historia reciente, desde la caída del muro de Berlín. (Véase, a este propósito, “El imperio americano”. Nexos, num. 304, abril del 2003.)

     LAS AMENAZAS DE GULLIVER

 El temor, o al menos la cautela, se extiende por los pasillos soberanos y las recámaras reservadas de los gobiernos del mundo. Gulliver ha roto las amarras: ¿de qué humor está? Por lo pronto, parece decidido a ganar terreno aprovechando el miedo, o la cautela, que su éxito militar infunde. Amenaza abiertamente —a Siria, a Irán, a Corea del Norte, a Cuba— con la certidumbre de que su amenaza es más creíble hoy que antes de la ocupación de Bagdad y, por tanto, más efectiva. “No tienen más que cooperar”, dijo el presidente Bush a los gobiernos árabes. Pudo agregar: “O atenerse a las consecuencias. Oigan lo que digo, vean Bagdad”.

PALABRAS PERDIDAS

La opinión pública mundial tiene algo que escuchar en todo esto.

Paso a paso, lo que sucedió en la guerra contra Irak estuvo, siempre, más cerca de lo dicho por estrategas de Washington, que de lo que se dijo en el mundo árabe, la “vieja” Europa, o la mayor parte de la prensa occidental. La prevista resistencia que alargaría la guerra, poniendo en claro la improvisación, la locura, y la ignorancia de Washington; los largos sitios, las sangrientas batallas casa por casa, la insurrección terrorista en el mundo árabe; las iniciativas de paz de la ONU, la Unión Europea. Rusia o la Conferencia Islámica, que presionarían, junto con la indignación mundial, para poner fin a la guerra: nada de esto sucedió. Quien desee entender el mundo que viene o. al menos, el que está en la cabeza del imperio americano, debe escuchar las voces de Washington (“escuchar”, no acatar), porque hay poco que haya hecho Estados Unidos en esta guerra, que no se haya podido oír antes en discursos del presidente Bush. o leer en documentos del Consejo de Seguridad Nacional y del Departamento de Defensa.

Atrás de Irak

Washington ha dicho, con claridad, que la guerra de Irak no es un fin en sí mismo, sino el centro de un propósito estratégico más amplio: limpiar de amenazas terroristas el horizonte de Estados Unidos (Véase “Irak y el imperio”, Nexos, num. 303, marzo 2003). Ha dicho también que su conducta como superpotencia está guiada por una nueva teoría estratégica: la guerra preventiva contra amenazas probables o inminentes. Para acabar con el terrorismo, según Washington, hay que acabar con el apoyo, velado o abierto, entusiasta o reticente, que los gobiernos del mundo árabe dan a distintos grupos terroristas. Para acabar con la complicidad de esos gobiernos, según Washington, debía implantarse militarmente en Irak y presionar desde ahí. diplomática y bélicamente, como una potencia regional más, para “reordenar” políticamente la zona. La zona empezó a reordenarse desde los primeros pasos de la guerra y parece llamada a un reordenamiento más profundo.

       OCUPACIÓN

Como demuestran los saqueos de Bagdad, administrar el Irak ocupado será una tarea más complicada —y. desde luego, más larga— que haberlo invadido. Washington debe probar que su victoria traerá beneficios a los iraquíes. Los retos son enormes. Mencionamos algunos:

1) completar la ocupación del territorio, así como su pacificación, y aliviar la escasez;

2)  reconstruir el régimen político, contener los pleitos faccionales, de etnia y religión, que podrían hacer ingobernable el territorio;

3) reconstruir la economía —empezando por la moneda, terminando por los pozos petroleros— y la infraestructura —con el escándalo mundial por el negocio de compañías americanas y sus socios en la tarea—; 4) rendir cuentas de la búsqueda de armas químicas y de destrucción masiva —la cual probará, seguramente, la inexistencia de esas armas en Irak, pretexto de la guerra—; 5) procesar a los prisioneros de guerra y crear los tribunales militares del caso. Las fuerzas ocupantes, militares después de todo, tendrán que aprender a tolerar la oposición a su presencia. Bagdad presenció ya la primera protesta antigubernamental abierta, en varias décadas: un mitin contra la ocupación americana, que es el actual gobierno de Irak. No deja de ser un cambio alentador: esa protesta habría sido imposible bajo Hussein.

La persuasión del acero

El mundo árabe parece sorprendido por la rápida caída de Irak. Su reacción popular, espontánea, no ha sido la avalancha de antiamericanismo activo que muchos predijeron, sino una especie de estupor resignado, en los pueblos, y un reacomodo pragmático en los gobiernos. Los gobiernos vecinos de Irak se acomodan con inesperada rapidez a las nuevas condiciones. Kuwait y Jordania ya eran aliados de la invasión y seguirán siéndolo del “reordenamiento”. Arabia Saudita cambió, en los primeros días de la invasión, del rechazo a la cooperación. Turquía negó el paso a las tropas de la coalición, pero necesita a Estados Unidos para su seguridad y llegará a un acuerdo. Irán ha sido amenazado por el imperio activo, pero se habla ya de pláticas secretas entre Washington y Teherán. “Los iraníes ayudaron mucho en la guerra”, dijeron los ingleses durante el conflicto. Entre otras cosas, cerraron sus fronteras a los líderes iraquíes prófugos.

     SI EL FACTOR SIRIO I

 Siria es el único gobierno de la región que resiste la presencia americana. La beligerancia siria le viene muy bien a Washington, que ha enviado a Damasco, con todas sus letras, el mensaje de que quiere mandar al Medio Oriente, y al mundo entero. Ese mensaje es que está listo, si hace falta, para iniciar otra campaña, ya que Irak no es el fin sino el principio, ejemplo claro del trato que Washington dará a los gobiernos hostiles de la zona. La confrontación con Siria, sin embargo, tiene una puerta trasera, que puede definir el destino del conflicto: Siria es clave, o podría serlo, para una nueva ronda de negociaciones entre Israel y Palestina.

La madre de todas las querellas

Hay que oír a Washington: dice lo que cree, aun si lo que cree es una barbaridad. Pero no es una barbaridad, todo lo contrario, su compromiso de buscar nuevamente un arreglo entre Israel y los palestinos. El 8 de abril pasado, el presidente Bush reafirmó su compromiso de trazar, junto con “el cuarteto” —Estados Unidos, ONU, Unión Europea y Rusia—, un camino de paz para la madre de todas las querellas en el Medio Oriente, la querella de Israel con los palestinos. Horas después, un F-16 israelí disparaba un misil sobre un coche, en el populoso barrio de Zeitoun, de la ciudad de Gaza. Siete palestinos murieron en el ataque, incluidos dos militantes de Hamas, el grupo terrorista, y un niño. Los combatientes palestinos atacaron, dos días después, un destacamento militar israelí en la ribera occidental del Jordán, y mataron a dos soldados. Nuevos incidentes, vieja historia. El problema central de las negociaciones de Israel y Palestina, se sabe, es que Arafat no controla a todos los palestinos. No controla a los radicales de Hamas, de la Jihad Islámica, ni de otros grupos extremistas que son, en realidad, sus mortales enemigos. En consecuencia, Arafat no puede garantizar el fin de los atentados, principal demanda de Israel.

Apenas terminan las negociaciones, o apenas empiezan, hay un atentado suicida, al que sigue una represalia salvaje, que produce el siguiente atentado y la siguiente represalia.

El factor sirio, II

El único camino para romper ese círculo vicioso es que los grupos palestinos radicales sean parte de la negociación, para lo cual es fundamental que deje de fluir apoyo del mundo árabe —dinero, protección política, refugio territorial— a los grupos radicales. El conducto principal de este flujo es Siria, que apoya a Hezbollah, como parte de su estrategia en Líbano, y permite a otros grupos radicales operar fuera de Damasco. El camino a la paz que prometió Bush pasa por Siria. Siria, entonces, tiene mucho que ofrecer en esta fase del conflicto. Y mucho que temer, si no lo ofrece. El escepticismo mundial, si no es que la indignación por el partidarismo israelí de Washington, o por su hipocresía pacificadora, acompaña en la opinión pública la iniciativa de Bush de una nueva negociación israelí-palestina. Stratfor dice, con crudeza: “No somos particularmente optimistas de que esta iniciativa llegará muy lejos con los palestinos. Pero se ganarán algunos meses de atención al caso israelí-palestino. al margen de las indudables dificultades que presentará la ocupación de Irak y, también, de las maniobras diplomáticas para alinear la región a los designios de Washington. Si el acuerdo avanza, bien. Si no, Estados Unidos podrá decir, al menos, que lo intentó de nuevo. Por lo pronto, Siria enfrenta dilemas severos: tiene a Israel al suroeste, a los turcos en el noroeste, y a los americanos, ahora. a Europa, acaso más decisivamente, entre el bloque franco-alemán, la Inglaterra de Blair y muchos gobiernos europeos que, contra la opinión de sus pueblos, apoyaron la invasión de Irak. Alemania y Francia quedaron aisladas dentro de la OTAN, el foro militar de la región, y el triunfo rápido de la invasión los ha aislado también, políticamente, como voceros estratégicos de Europa. Muchos países de vieja y nueva membresia en la UE —acaban de aceptar diez nuevos miembros— quieren las ventajas económicas de pertenecer a la comunidad, pero ven, con preocupación renovada, una Unión Europea dirigida políticamente, en esta coyuntura, por Francia y Alemania. La ruptura entre la lógica política y la económica en la Europa comunitaria es una debilidad subyacente difícil de curar.

La OTAN

 Grandes reacomodos políticos esperan a Europa. Y al menos uno, de grandes consecuencias, militar, en torno al futuro de la OTAN. Estados Unidos quiere sacar sus tropas de Alemania y ponerlas en el este y el sureste de Europa. La importancia de países como Bulgaria y Rumania ha crecido enormemente, ante los ojos de Washington, después de la negativa turca a cooperar durante la guerra. Washington quiere enviar, también, una señal dura a Moscú, estacionando fuerzas militares en Polonia. Las viejas fronteras del bloque soviético serán las nuevas atalayas de las fuerzas estadunidenses, dentro y fuera de la OTAN, porque Estados Unidos negociará con los países que necesita dentro y fuera de la OTAN, lo cual añadirá a la fractura política de la comunidad la bifurcación adicional de las decisiones de seguridad entre los miembros de la OTAN y los países europeos que no son parte de la OTAN.

       RUSIA

Fracasaron los esfuerzos de Moscú de caminar por la cuerda floja entre los campos pro y antiguerra. Washington, además, confronta ahora al Kremlin por su colaboración con Bagdad. Putin tendrá elecciones de la Duma en diciembre, difícilmente podrá bajar el tono antiamericano de su discurso. Rusia busca, en el acercamiento a Francia y Alemania, algo parecido a un bloque de equilibrio para contener a Estados Unidos —lo mismo que Francia y Alemania—. Pero ese bloque no sirvió para evitar la guerra y difícilmente servirá para moldear la paz, independientemente de que Alemania y Francia pueden juzgar prudente, para atender su propio campo enredado, tomar alguna distancia de Moscú. Rusia ha quedado angustiosamente descolocada, y sola, en el tablero posterior a la guerra de Irak.

China

China espera. Como van las cosas, la única potencia capaz de equilibrar a Estados Unidos será, en medio siglo, la China capitalista que da ahora sí, grandes saltos hacia delante. El tiempo, ya se sabe, es una especialidad china. Preguntado, en los años sesentas, por el balance que podía hacer de la revolución china, el primer ministro Chou En Lai respondió: “Muy pronto para juzgar”. Preguntado por su balance de la revolución soviética, contestó: “Muy pronto para juzgar”. Preguntado por su balance de la revolución francesa, respondió: “Tampoco ha pasado suficiente tiempo”. China se prepara para lo que, en su memoria milenaria, es sólo un parpadeo: los cincuenta, cien o ciento cincuenta años que la separan de volverse la primera potencia, o por lo menos la segunda, del planeta. Mientras tanto, juega ajedrez con el imperio, trae a Corea del Norte a la mesa de negociaciones de Washington, apartándola de su reiterada bravata nuclear.

AL Qaeda

Las postrimerías de la guerra contra Irak, tan favorables militarmente para Estados Unidos, marcan para Al Qaeda el momento de demostrar que no ha sido derrotada, o disminuida, en su capacidad de acción terrorista, por las aparatosas maniobras bélicas de Afganistán e Irak. Podría estar sucediendo con Al Qaeda algo semejante a lo que sucedió con la Guardia Republicana de Saddam Hussein: que haya sido dañada en sus redes mucho más de lo que puede saberse y que su capacidad de acción haya sido reducida, al extremo de volverla intrascendente. También puede ser que se haya sobredimensionado por un golpe fantástico de suerte y audacia, el 11 de septiembre de 2001, su verdadera capacidad de destrucción. Si ninguna de estas dos cosas es cierta, si Al Qaeda no ha sido golpeada severamente y conserva la capacidad de destrucción mostrada el 11 de septiembre, entonces su momento para actuar es ahora, y no pasará mucho tiempo sin que actúe.

América Latina

 Mientras el mundo cambia, América Latina parece caminar en círculos, con pocos o ningún argumento que la hagan relevante en el mundo de la posguerra iraquí. La pregunta es si Washington premiará el apoyo recibido y castigará el regateado. Chile y México, miembros del Consejo de Seguridad, mantuvieron una posición contraria a Estados Unidos en el conflicto. Chile ha visto detenido sine die la aprobación de su tratado de libre comercio con Estados Unidos. El presidente Fox ha hecho saber que su antiguo amigo George se dijo desilusionado por la posición de México. El canciller Derbez agregó que el presidente estadunidense tarda ahora mucho en responder las llamadas de su ex amigo mexicano. Brasil estuvo en contra, lo mismo que Argentina. ¿Pagarán algún precio por ello? A juzgar por el humor postbélico del gigante, sí. Pero eso puede no ser el precio mayor. Nuestros países pagan ya el precio externo, enorme, de la irrelevancia en el reacomodo mundial, y el precio interno, más alto aún, de la poca claridad de rumbo, la mediocridad económica y la fragmentación política.

México

El gobernador del Banco de México, Guillermo Ortiz, declaró que, de acuerdo con casi todos los analistas económicos, el crecimiento de la economía en 2003 será menor que la meta oficial del gobierno, estimada en 3%. Dijo, además, que los efectos de la guerra en Irak serán un menor ritmo de crecimiento, caída del empleo formal y un virtual estancamiento de las exportaciones. Ortiz reconoció que hay preocupación por la competitividad futura de México frente al resto del mundo, pues había descendido en algunos índices mundiales. Atribuyó el deterioro “no a la falta de progreso, sino a que otros lo han hecho a un ritmo más rápido”.

La avalaNcha electoral

Más de 6,400 candidatos, de 11 partidos políticos, se disputarán 500 lugares en la Cámara de Diputados, en las elecciones federales del 3 de julio próximo. Según una encuesta del diario Reforma, de mediados de abril, el PAN recibiría 40% de los votos, el PRI 36%, el PRD 16%, el PVEM 5%. Demasiados candidatos, demasiados diputados, demasiado tiempo de campaña. Demasiada fragmentación, también, para un sistema presidencialista. Si ha de producir gobernabilidad, en lugar de empates inmovilizadores, el sistema electoral mexicano necesita algunas cirugías menores, de consecuencias mayores. (Cavilaciones sobre una cirugía menor. Ver  p. 11.) 

La Patrulla Americana

LA PATRULLA AMERICANA

Las tropas norteamericanas seguirán en Irak durante meses, incluso años. Esto se sumará a la lista de países donde el poder estadunidense es ejercido de manera directa mediante su poder militar.

Hablamos de la patrulla americana. Por todo el mundo las barras y las estrellas flotan en bases militares, puestas ahí ya sea para la batalla contra el terrorismo, o la “guerra contra las drogas”, o mantenimiento de la paz. Ofrecemos algunos shots de esta patrulla americana.

• Como legado de la Guerra Fría, hay un personal de 98,000 estadunidenses en Europa.

• 2,000 soldados estadunidenses aún son parte de la Fuerza de Estabilización de Bosnia.

• Abajito, en Kosovo, 5,000 soldados estadunidenses están ahí para mantener la paz.

• Japón hospeda a un personal de 18,000 estadunidenses y en las islas hay 20,000 marines. En Corea del Sur. 29,100 soldados cuidan la frontera con Corea del Norte, un legado de la “olvidada” guerra de Corea en los años 1950′s.

• En lo que respecta al Pacífico; en Australia hay un personal de más de 100 estadunidenses: en Tailandia hay 108 soldados y hasta Timor del Este, después de su independencia, tiene naves de guerra estadunidenses. Hay también soldados en Filipinas para ayudar a las operaciones contra las guerrillas islámicas de Abu Sayyaf.

• En Afganistán hay aún 7. 500 soldados estadunidenses.

• Hay un personal de 2.200 estadunidenses en la bahía de Guantánamo.

• En Arabia Saudita y Kuwait hay miles de soldados estadunidenses.

• Puertos en Egipto, Omán y Bahrain reciben frecuentes visitas de barcos norteamericanos. Calladamente. Jordania permitió un “número limitado” de soldados estadunidenses en su territorio.

• 370 soldados, marines y miembros de la fuerza área estadunidense ayudan a las autoridades colombianas y hondureñas en las operaciones antinarcóticos. Y un personal de 1,700 estadunidenses está desperdigado en las Bermudas. Islandia y las Azores. (Estados Unidos acordó cuidar la seguridad de Islandia durante la Guerra Fría porque el país no tiene ejército propio —y así se ha mantenido hasta hoy.)

• Del mismo modo en que buques estadunidenses patrullan el Pacífico, una gran presencia naval navega el Atlántico. Esto puede incluir 4 portaviones. 10 submarinos con misiles nucleares y 55 buques de guerra. Ahora bien; si los conflictos previos en los Balcanes,

Corea, el Pacífico y Europa indican algo, Estados Unidos se quedará en Irak más de lo planeado. Y tal estancia resultaría muy cara para el pagador de impuestos estadunidense, que por ahora podría poner un alto a cualquier nueva campaña militar.

La historia muestra que la guerra puede ser corta, pero la paz se lleva mucho en florecer.

Fuente: Thomas Withington (analista de defensa en el King’s Collage de Londres) en The Obsever. abril 6. 2003.

Ulises y la Tía Josephine

Raymond Queneau, un continuador francés de James Joyce, sostenía que todas las grandes obras de la literatura son Iliadas u odiseas. Y señalaba, dando los ejemplos de Don Quijote y de Ulises, que abundan más las odiseas.

Y quiérote advertir de una cosa, de la cual verás la experiencia cuando te cuente los sucesos de mi vida; y es que los cuentos, unos encierran y tienen la gracia en ellos mismos; otros, en el modo de contarlos. Cervantes: Coloquio de los perros.

Ulises, o sea, exilio y astucia. Falta sólo silencio para completar la divisa de Stephen Dedalus, en Retrato del artista adolescente, que su autor hizo suya.

Silencio, exilio y astucia.

O silencio, exilio y juego de palabras, como enmendó apenas —punning por cunning— su compatriota el escritor Flann O’Brien.

Otro príncipe de astucias… Pero tanto monta. Los juegos de palabras son la astucia hecha verbo. Nadie lo mostró mejor que el propio Ulises.

Silencio, pese al ruido y la furia de la guerra alrededor.

James Joyce tuvo más suerte que Ulises y pudo zafarse de la guerra.

El pintor inglés Frank Budgen, confidente del autor de Ulises durante los años de redacción de la novela en

Zurich, imaginó la mejor réplica: ¿qué hizo usted durante la Guerra, señor Joyce?

Tom Stoppard la repitió en su comedia de exiliados en Zurich Travesties: “Escribí Ulises”.

Silencio y aislamiento, lejos de la patria, para hacer la obra.

Ulises tardó diez años en regresar a casa. Joyce nunca regresaría pero tardó tres menos en reconstruir la suya.

En realidad Joyce nunca dejó Dublín, se la llevó grabada en la memoria al irse de su país una tarde de octubre de 1904.

La guardó intacta en su memoria y la magnificó en su imaginación, a otra escala, la de la escritura.

Con tal fidelidad al detalle y con tanta minucia, que llegó a asegurar que si Dublín desapareciese algún día, se podría reconstruir gracias a su novela.

Su predicción se cumplió. Aquel Dublín de 1904 ha desaparecido irremediablemente y lo reconstruimos los lectores de Ulises al recorrer sus calles, perdón, sus páginas.

La topografía se ha fundido, literalmente, en la tipografía.

Sí, Joyce nunca nos deja olvidar que recorremos la página impresa.

Las impresiones de Dublín, a las que se suman las de otras ciudades en que vivió. Sin éstas, y la distancia, no habría podido recrear la ciudad irlandesa por excelencia.

La ciudad de todos y la ciudad de cada don nadie.

Las ciudades del exilio de James Joyce cierran su odisea de un día de Dublín con las fechas de su escritura: Trieste-Zurich-París, 1914-1921.

Un libro que hará mucho ruido (Boom premonitorio…), incluso antes de su publicación en 1922 por una pequeña librería inglesa de París, Shakespeare and Company.

Que pondrá a su autor en la compañía del supremo artífice del idioma inglés.

Ulises empezó siendo piedra de escándalo desde la publicación de sus primeros capítulos en revistas y fue prohibido tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, hasta la famosa sentencia del juez norteamericano Woolsey en 1933.

El ruido y las furias, de censores, detractores, fariseos, unidos al coro de admiradores, no pudieron traspasar la barrera del silencio.

El silencio de un autor que jamás dio una entrevista.

Nada que declarar, como aquel otro compatriota suyo en la aduana de Nueva York, salvo los talentos…

¿Griegos? En Ulises todos los caminos llevan a Homero.

¿Homero? Mero capricho, le vendría a decir Joyce a Vladimir Nabokov en París hacia 1937.

¿Y los minuciosos paralelos homéricos que el propio Joyce comunicó a algunos críticos?

Más o menos ociosos, salvo para especialistas que se ejercitan en lecturas paralelas.

¿No se ha de leer Ulises con una mano y con la Odisea en la otra?

Ulises no se lee con las manos, hay que leerlo con los pies en tierra; pero dejemos en suspenso la Odisea.

Imagine el desocupado lector que algún cervantista, quizá tras mucho lucubrar, descubra que el Quijote parodia, además de algunos episodios de la Eneida de Virgilio, un precedente homérico en su totalidad, la Odisea, por ejemplo, canto a encanto, y constate que las andanzas del ingenioso hidalgo y de su escudero por la Mancha no obedecen al capricho de Rocinante y calcan el vía crucis del errante rey de Itaca, Ulises, en su eterno retorno al hogar.

Tal revelación confirmaría una vez más que el autor del Quijote era un artífice sabio y cuidadoso que no se puso a escribirlo “salga lo que saliere”; pero no cambiaría, sospecho, nuestro aprecio por don Quijote y Sancho, que no pueden ser meras marionetas homéricas, o autómatas de un esquema previo, sino por el contrario complejos y completos seres humanos de novela, dotados de vitalidad por la propia vitalidad del lenguaje, en quintaesencia más verdaderos que cualquier ser de carne y hueso.

Son ellos, claro es, la médula de la obra, sobrepasando modelos y módulos; son el cuerpo y alma que anima y articula su enciclopedia cómica, verdadero libro de los libros. Don Quijote recorre la Mancha leyendo el libro de sí mismo, para parafrasear la visión mallarmeana de Hamlet que se cita en el gran escrutinio de la biblioteca, de la Biblioteca Nacional de Dublín, en el Ulises de Joyce.

Ulises, descendiente de la tragicomedia humana de Cervantes, más allá de su enciclopedia de estilos y parodias, de sus virtuosismos de composición, de la maraña de hilos y motivos conductores, de tantos manierismos y calcomanías de grandezas antiguas, de la infinidad de juegos y cálculos infinitesimales o malabares, de la multitud de niveles a gran escala casi dantescos y hasta pedantescos, es también y ante todo obra de sus protagonistas, a su imagen y semejanza de opuestos complementarios, son ellos el alfa y el omega de la megalópolis polisémica, el patrón y metro de la “metrópolis hiberniana”, como se denomina o magnifica a Dublín en la novela, ellos son el fundamento del edificio, aunque a veces algunos lectores prefieran andarse por los andamios, el armazón externo, los títulos de las correspondencias homéricas, por ejemplo, que el propio autor suprimió con buen juicio al concluir la obra.

Esta armadura mítico-paródica, suerte de camisa de fuerza que algunos llaman tour de forcé, destinado ante todo a controlar el caos y meter en el mismo saco los más diversos materiales que arroja la marea humana de la ciudad, y que tanto choca a los lectores más timoratos, es paradójicamente el aspecto más tradicional de la novela de Joyce y la entronca con la tradición cervantina para llevarla a continuar los procedimientos humorísticos de, por ejemplo, el Joseph Andrews de Fielding que, además de una sátira a la manera de Don Quijote de la Pamela de Richardson, es otra odisea de parodia por las posadas y caminos de la Inglaterra del siglo XVIII.

Un continuador francés de Joyce, también dado a los ejercicios de estilo, Raymond Queneau, sostenía, en síntesis drástica, que todas las grandes obras de la literatura son Iliadas u odiseas. Y señalaba, dando los ejemplos de Don Quijote y de Ulises, que abundan más las odiseas.

A los doce años Joyce leyó Las aventuras de Ulises de Charles Lamb, que recrea y simplifica amenamente los principales episodios de la Odisea, y por aquel entonces elegiría a Ulises como “Mi héroe favorito”, en una redacción del colegio Belvedere de los jesuítas de Dublín. Fue una elección definitiva.

A los veintitrés años, cuando escribía en Trieste los cuentos de Dublineses, dudó si titular su libro Ulises en Dublín. Y un año después, en 1906, durante su infeliz estancia en Roma como empleado de banco, proyectó añadir un nuevo cuento que se titularía Ulises y tendría como protagonista a un judío de Dublín, Mr. Hunter, basado en un supuesto judío dublinés del mismo nombre, con fama de cornudo, que le había socorrido en St. Stephen’s Green. “Este es mi parque”, como decía el joven Dedalus, y Joyce hubiera podido añadir parche, porque con tan mala vista como fortuna abordó allí a una chica que creía sola. El celoso acompañante lo dejó k.o., con un ojo a la funerala y múltiples contusiones que Joyce detallaría en una carta casi parte médico a un amigo de la universidad. Ese descalabro ocurrió poco después de la fecha del Ulises (donde aparecerá traspuesto al barrio de los burdeles) que es también la de la primera cita amorosa con una camarera de hotel de veinte años, Nora Barnacle, que habría de ser su compañera de por vida y principal modelo de la heroína de la novela. Ese proto-Ulises pareció quedar por un tiempo en el limbo de los proyectos y a fines de 1907 Joyce le confiaba en una carta a su hermano Stanislaus que el cuento no había ido más allá de su título. Pero la semilla estaba bien plantada y. al concluir Retrato del artista adolescente.

Joyce se dio cuenta de que la continuación (todos los libros de Joyce son capítulos que se suceden) tenía que ser una suerte de aventuras de Ulises en Dublín. Es curioso que el Quijote y Ulises, tan vastas como complejas, fueran concebidas como historias cortas. Hay embriones que pueden dar mucho de sí.

Siempre ávido de detalles e informaciones que refrescaran sus recuerdos de Dublín, Joyce volvería a pedir datos a su hermano Stanislaus en varias ocasiones sobre Mr. Hunter.

Y a su tía Josephine, Mrs. William Murray, casada con un hermano de su madre y, desde el fallecimiento de ésta, como una madre para Joyce y sus ocho hermanos, le decía en una carta, sólo cuatro meses antes de la publicación de Ulises: “También olvidé preguntarte qué sabes acerca de Hunter que vivía en Clonliffe road”.

A la primera imagen y recuerdo de aquel buen samaritano de Dublín se fueron superponiendo con los años otros recuerdos e imágenes, de amigos y conocidos, principalmente de Trieste.

En la escritura de todas sus obras, Joyce procede, como atestiguan los manuscritos y algunos colaboradores suyos, por superposiciones y aumentos sucesivos, en definitiva todo se nos da por añadiduras, y no de otro modo consigue la densidad y el peso del protagonista central o cómico centro de gravedad de la novela, el judío dublinés de origen húngaro Leopold Bloom, en el que se combinan detalles físicos y biográficos de varios conocidos, principalmente de su alumno en Trieste Ettore Schmitz, célebre hoy por su nombre de pluma de Italo Svevo, además de algunos elementos de la personalidad del propio Joyce maduro e incluso de su padre. En realidad Svevo, cuyo abuelo también era un judío originario de Hungría, no sólo le sirvió de modelo, sino también de informador, y habló de Bloom con él “desde todos los ángulos”, como indica Stanislaus Joyce en el prefacio —que no quiso escribir su hermano— a una edición inglesa de Senilitá. Al menos James Joyce sugirió un buen título en inglés para la novela: “A medida que un hombre envejece”. La cabellera rojiza de la mujer de Svevo, Livia, y su nombre le servirían además de inspiración para la heroína de su libro siguiente y último, la Anna Livia Plura- belle de Finnegans Wake. Pero Joyce pagó las deudas a su alumno y amigo Svevo ayudándole a difundir internacionalmente su obra.

Del mismo modo, otro protagonista de la novela, Stephen Dedalus, que pasa por ser el alter ego del joven Joyce, tiene también rasgos de otras personas, por ejemplo del hermano menor Stanislaus, sobre todo en la intolerancia y cierto fanatismo.

Y la mujer de Bloom, Molly, además de ciertos rasgos de la propia mujer de Joyce, Nora, sobre todo en el humor y la expresividad, es una bella plural a la que prestaron encantos otras mujeres que conoció el autor de Ulises, como la opulenta esposa de un frutero griego de Trieste, Gisela Santas, y la morena alumna triestina Amalia Popper, hija de un hombre de negocios judío de nombre Leopoldo.

Otro Leopold, Sacher-Masoch, serviría de inspiración erótica tanto a Joyce como a Bloom. Todo lo que entraba en la vida de Joyce aparecía tarde o temprano, refinado, en su obra. Su imaginación, reconoció, era la memoria.

Joyce era literalmente un Mr. Hunter, un Sr. Cazador o cazadatos, siempre a la busca del detalle exacto, por más irrelevante que pudiera parecer. Así el 2 de noviembre de 1921, en la carta siguiente a la querida tía Josephine, le vuelve a pedir una serie de pormenores de Dublín. Principalmente uno que le importaba al autor de Ulises, como ha de reflejarse en el penúltimo capítulo, sobre la posibilidad de que una persona normal suba a la verja del 7 de Eccles Street, domicilio de los Bloom, y se descuelgue hasta la cocina sin hacerse daño. Leopold Bloom ha olvidado la llave por la mañana (tampoco lleva la suya Stephen) y necesitará hacer ese ejercicio para entrar de madrugada en su casa al final de su odisea. Tampoco los lectores tenemos las llaves, al menos no todas, y tendremos que ingeniárnoslas como el ingenioso Bloom y saltar, por encima de alusiones y datos que se nos escapan, para entrar en la casa o laberinto que es Ulises.

Leer Ulises es ir recorriendo el doble dédalo, interior y exterior, de sus protagonistas por la ciudad de Dublín y alrededores desde las ocho de la mañana del jueves 16 de junio de 1904 hasta las primeras horas del día siguiente.

La ciudad, registrada hasta sus menores recovecos y sonidos, es otro personaje omnipresente —con el lenguaje— de la novela.

El fino esteta-profesor de 22 años Stephen Dedalus, salido del libro anterior de Joyce, de carácter autobiográfico, Retrato del artista adolescente, preside la primera parte de la novela con sus tres capítulos. Lo vemos al principio, a las 8 de la mañana, en una antigua fortificación desafectada de la costa al sur de Dublín, una torre Martello, desayunar con su compañero de domicilio, el burlón e insensible estudiante de medicina Buck Mulligan, y un invitado inglés llamado Haines. (Ese nombre en francés —Odios— le hubiera caído bien al joven Dedalus, que había regresado de París un año antes, a raíz de la muerte de su madre, y odia la sumisión a la iglesia católica que ella representa, así como la opresión del Estado británico y la estrechez del nacionalismo irlandés.) Es una mañana calurosa y los jóvenes acuden a una ensenada próxima, donde se bañará Mulligan; pero Stephen (que odia además el agua: hace casi nueve meses que no se baña) se despide, hasta el mediodía, con el secreto propósito de no volver a la torre.

A la hora y capítulo siguientes da clase de historia y literatura (o acertijos) a los niños de un colegio particular protestante, en el cercano barrio de Dalkey, y luego recibe su sueldo así como las lecciones (tan reaccionarias como erróneas) del gárrulo director, Mr. Deasy, basado, como tantos otros personajes de la novela, en un modelo real.

De 10 a 11 de la mañana Stephen va paseando solo repasando su pasado y sus teorías en soliloquio proteico por la playa de Sandymount hacia Dublín. Después de mirar el mar ensimismado, y de mear, deja fluir su vena poética en un poema garabateado rápidamente y, a falta de pañuelo, deja su moco de bardo sobre una roca. (En el primer capítulo Stephen ya había empezado a ser desposeído, pues le dejó a Mulligan su pañuelo, la llave de la torre y 2 peniques.) Aparecen de pronto los 3 palos o cruces de un velero de importancia simbólica en varios episodios-estaciones de la novela.

Volvemos de nuevo a las 8 de la mañana, en el comienzo de la segunda parte y capítulo cuarto, para encontrar al polo opuesto de Stephen, el nada apolíneo corredor de anuncios judío, bautizado católico, Leopold Bloom, de 38 años, que prepara el desayuno en la cocina de su casa, en el 7 de Eccles Street, en el noroeste de Dublín. Después de salir a comprar un riñón de cerdo (que comerá quemado) y de recoger el correo (una carta de su hija Milly de 15 años, para él; una postal de Milly, para su mujer; y una carta para su mujer del empresario Blazes Boylan, que le huele a cuerno quemado). Bloom le llevará la postal y la carta, así como luego el té en bandeja, a su mujer en cama, la opulenta gibraltareña Marión Tweedy, su nombre de soltera y de cantante, o Marión (Molly) Bloom, hija de un comandante irlandés y una judía andaluza, a la que después de oír sus evasivas sobre la carta de Boylan (que le anuncia que la visitará por la tarde, a las cuatro, para preparar el próximo concierto) y sus preguntas y comentarios sobre recientes lecturas predilectas de evasión, la dejaremos en su cama gibraltareña, firme como un peñón, hasta el último capítulo. También Bloom hizo sus lecturas matinales, de la badana desvaída de su sombrero, de un prospecto sionista, de la carta de su hija y de un cuento de un periódico, en el retrete, que le servirá al final —Bloom es un lector y crítico práctico— de papel higiénico. (Ulises no esconde lo humano de los personajes. que hacen sus necesidades, y variadas evacuaciones, cuando se lo pide el cuerpo. Lo cual soliviantó a algunos escritores ingleses como Virginia Woolf y E. M. Forster. Bloomsbury contra Bloom… Pero eso no impidió que Mrs. Dalloway aprendiera su jornada particular en Ulises.)

Bloom abandona el hogar dignamente vestido de negro para acudir a un entierro a las 11 (“pobre Dignam”) y además, durante los próximos once capítulos, a diversos lugares y citas en la ciudad: la estafeta de Correos donde recoge una carta de amor con erratas de una tal Martha Clifford. dirigida a la lista de correos a nombre de Henry Flower, seudónimo que traduce su apellido húngaro originario, Virag: una iglesia en la que, a falta de música, asiste tan frescamente al espectáculo de la misa; una farmacia en la que compra un jabón y encarga una loción para Molly: la fusión y efusión con el agua rememorada con delectación morosa en una moresca casa de baños. El viaje en un coche de caballos de alquiler con Simón Dedalus (el padre de Stephen; Bloom verá pasar a éste y tratará de no ver, ay, a Boylan) y otros dos compañeros de duelo, algo displicentes, para asistir al entierro de Dignam, en el cementerio de Glasnevin, donde hace su aparición el desconocido del impermeable macintosh. Las oficinas de un periódico, donde casi coincide con Stephen, con toda clase de noticias, inventos y vientos. Un figón en el que no aprueba bocado (los tragones o lestrigones…) y otro en el que se contenta con un sandwich de queso de Gorgonzola y un vaso de borgoña tinto. El despacho del director de la Biblioteca Nacional, donde atisba a Stephen. que se despacha a gusto sobre Hamlet y Shakespeare, y oscila entre Escila y Caribdis, realismo e idealismo. Las calles donde se caiza una abigarrada variedad de dublineses errantes, incluyendo al judío errante Bloom, que compra de segunda mano la noveleta Dulzuras del pecado para Molly. El bar de un hotel con encantos de sirenas camareras que coquetean con Boylan, tocata y fuga, mientras resuenan los cantos de Simón Dedalus con otros parroquianos, y Bloom trata de no ser visto por el futuro amante de su mujer. Una taberna con antisemita cavernícola que busca gresca. La playa por la que anduvo Stephen esa mañana. desde la que contempla al caer la tarde los fuegos artificiales y se desfoga solitariamente contemplando las bragas azul cielo de una adolescente delicuescente, que se derrite y se exhibe sólo para él, caballero maduro de la triste figura, que se agita exteriormente y cogita, aún más turbado al fin, al descubrir que la pobre es cojita… Un hospital de maternidad, a donde acude a visitar a una vieja amiga que está de parto (un parto génesis y partitura que rehace paródicamente el desarrollo de la prosa inglesa desde el embrión anglosajón hasta las jergas modernas del jazz y saxofón y predicadores yanquis) y se encuentra al fin con el joven Stephen Dedalus, de juerga con unos amigos estudiantes, su hijo espiritual, más que putativo, al que prestará sus servicios de ángel de la guarda en el capítulo siguiente. El barrio de los burdeles. Nighttown o Monto. tanto monta, donde se concitan todas las tentaciones, desde las de San Antonio a las de Fausto, en esa medianoche de Walpurgis o de la no bella mandona, la madama mandamás Bella Cohén, que es asimismo el delirio de un libro en pleno ludibrio, prostíbulo de bulos y burlas, procesión de procesos y profanaciones, que los muertos aterren a los muertos, tribunal de cuentos y recuentos macabros (entre otros, hacen, su aparición Rudy, el hijo de Molly y Leopold, muerto a los once días, once años atrás, y el fantasma de la madre de Stephen), aquelarre y ronda de Erinias de Erin de donde sacará a su defendido y pobre diablo Stephen para introducirse con él en la parte tercera y última, de tres capítulos, como la primera.

El refugio de cocheros, a la una de la madrugada, para que Stephen tome algo, un café al menos, y despejarlo además con la conversación de un graduado en la universidad de la vida, que no logra estar siempre a la altura intelectual de tal hijo prodigio. Que hace casi 24 horas que no prueba bocado. A pesar del cansancio y lo tardío de la hora, ya son las dos, lo invita a su casa. El hogar de Eccles Street, en el penúltimo capítulo, donde penetra como un ladrón, tras escalar la verja, porque olvidó la llave, y hace entrar a Stephen y lo invita a tomar una taza de cacao y a seguir el diálogo, con un sistema de preguntas y respuestas a modo de cartesiano catecismo, que nos aclara puntos oscuros de la novela sin dejar a veces de inducirnos a error. Invita también a Stephen a quedarse a dormir pero éste rechaza cortesmente la invitación, sale con él al jardín trasero y ambos orinan a la luz de las estrellas. Despide a su nuevo amigo al comenzar el nuevo día. Y al final del viaje, con el regreso al hogar, acaba llevándonos con él a la cama de su esposa adúltera. La cama gibraltareña de Molly (¿o quizá de Dublín?), la cama del camaleónico monólogo de Molly Bloom en lenguaje corriente y moliente, la cama tintineante de arandelas flojas en la que ella no sin ritintín cierra la novela con broche de orinal, menstruando además y mostrando que Boylan fue un amante sin consecuencias, abriéndonos sus secretos y pensamientos más íntimos, en la cama altar, si no de Gibraltar, en la que renueva sus bodas —de sangre— con un rotundo sí quiero sí.

El monólogo interior de Molly nos la muestra desde sus entresijos más secretos (hasta entonces sólo la habíamos visto a través de los otros) y de paso nos revela otras intimidades de Bloom, desde otro punto de vista, el privilegiado de una esposa. Al final Bloom ha sido examinado desde todos los ángulos posibles, favorables y desfavorables, de un modo tan exhaustivo como la ciudad en que se desenvuelve.

El libérrimo monólogo de Molly Bloom le recordaba a la escritora rusa Nina Berberova, por su “comicidad dolorosa”, los discursos de Don Quijote. Su compatriota Nabokov, que no veía ningún elemento cómico en los discursos del loco de la Mancha, tampoco es demasiado complaciente con la lozana judeoandaluza, una “mujer bastante histérica”, según él. Por el monólogo interior de Molly nos enteramos que Bloom, al acostarse, le ha pedido que le lleve el desayuno a la cama. Y Nabokov concluye, como otros lectores, que a la mañana siguiente Bloom tendrá su desayuno en cama.

Nada es seguro en Ulises, y aún menos lo que pueda suceder el día después. En realidad, el único después del libro es su relectura.

Ulises muestra que las lecturas suelen ser parciales y provisionales, que el error o la deducción equivocada acecha donde menos se espera, en lo que a veces se da por sabido, y no únicamente en los misterios de Dublín de la novela: ¿Quién era el hombre del macintosh? ¿Quién era Martha Clifford? ¿Quién le envió el anónimo a Mr. Breen? ¿Qué dice realmente ese anónimo?

Verlo y leerlo todo es algo reservado al ojo de Dios, o del Gran Espía, y la lectura total es un espejismo, siempre habrá alusiones que se nos escapen. Ulises o las alusiones perdidas.

Rumor y humor se confunden en Ulises y confunden a veces al lector. Erramos por Dublín, como sus personajes, en el doble sentido de la palabra. A veces tomamos una cosa —o una palabra— por otra. En el capítulo cuarto, al salir Bloom de la farmacia, con el periódico enrollado bajo el brazo, se encuentra a un conocido que le pide el periódico un momento para ver las informaciones de las carreras de caballos. Bloom se lo da diciéndole que de todos modos iba a tirarlo, “throw it away”, y ese vendedor de informaciones sobre caballos cree que le da una pista para la apuesta de la carrera de la Copa de Oro que se celebra en Ascot ese mismo día. Throwaway será el caballo ganador, como leeremos horas más tarde en el periódico, y un motivo conductor de equívocos que hará perder a Boylan, el amante de Molly, su apuesta y los nervios. Del mismo modo que necesitamos familiarizarnos con una ciudad para no perdernos en ella, Ulises es la mejor prueba de que la literatura —a diferencia del periódico y de los novelones que se leen de un tirón y luego se tiran— es lo que se relee. Detalles y motivos que nos parecen irrelevantes al principio se cargan de significado en la relectura e iluminan además otras zonas que nos parecían oscuras o confusas.

Valery Larbaud, uno de los primeros estudiosos y promotores de la obra de Joyce, observó que Ulises, a medida que le dedicamos más atención, revela nuevas correspondencias, concordancias y motivos, del mismo modo que. al mirar fijamente el cielo de noche, vamos descubriendo nuevas estrellas y el diseño de las constelaciones. Esa analogía era del gusto de Joyce, que en el penúltimo capítulo de Ulises sacó a Bloom y a Stephen a contemplar el espectáculo del firmamento estrellado mientras se va desgranando un irónico catecismo astronómico-astrológico-matemático. Hasta que su atención es atraída por otro signo luminoso, la lámpara de Molly. A rever las estrellas, y los asteriscos…

Hay una verdadera comedia de las erratas (Bloom verá su nombre reducido a Boom en el periódico, con la ele de menos que le sobraba a una palabra equívoca de su corresponsal Martha Clifford) y de los errores de lectura en Ulises. Se podría recorrer toda la novela siguiendo el hilo conductor de la actividad —dudosa en ocasiones— de leer.

Bloom empieza su jornada leyendo la marca desvaída de su sombrero y la acaba descifrando la marca que dejó el cuerpo de un intruso en su cama matrimonial.

Las lecturas simbolistas de Stephen y las realistas de Bloom se complementan también con las sentimentales de Gerty McDowell, la cojita de la playa, y de Molly.

Al final de la Primera Guerra, unos fragmentos de Ulises llegaron a ser tomados por las autoridades británicas como mensajes en cifra.

“Signos coloreados”, no sólo en la playa por la que Stephen Dedalus hace su lectura mística del mundo, sino también en ciertas páginas laberínticas del manuscrito de Ulises escritas y subrayadas en distintos colores.

También hay lectores que toman Ulises por una obra en código que hay que descifrar.

Se ha repetido hasta la saciedad, y con demasiada seriedad, aquella afirmación de Joyce de que había puesto tantos acertijos y rompecabezas en Ulises, que tendría ocupados a los profesores durante centurias discutiendo sobre lo que quiso decir, y ésa era la única manera de asegurarse la inmortalidad.

Los enigmas y charadas aseguran sobre todo el pan nuestro de cada día a la llamada “Industria Joyce” pero no son la parte esencial de la obra y al lector que no está en esas aulas doradas no deben preocuparle sobremanera, del mismo modo que el crucigrama inacabado o el jeroglífico apenas entrevisto en el periódico no nos impiden seguir con las otras secciones.

Los enigmas no siempre pueden resolverse, a veces están ahí para indicarnos que, como en la vida misma, siempre habrá cosas que se nos escapan.

Tomemos, por ejemplo, el célebre caso del hombre del macintosh, uno de los misterios persistentes del libro, que intriga a Bloom hasta el final: “¿Quién era M’Intosh?”. En el cementerio, después de enterrar a Dignam, un periodista anota los nombres de los asistentes y escribe Mclntosh, equívoco que le facilita Bloom, creyendo que es el nombre del desconocido de impermeable marrón o macintosh. El desconocido reaparece y desaparece en otros momentos del libro, como un fantasma, y las hipótesis sobre su identidad son innumerables: una aparición a lo Hitchcock del propio autor, el líder nacionalista irlandés Parnell, Cristo, el poeta irlandés Mangan, un amigo del padre de Joyce llamado Wetherup, el misántropo Mr. Duffy, de un cuento de Dublineses… Hay hipótesis para todos los gustos. Lo único cierto es que viste un macintosh. ¿Y si el nombre de la prenda y de la persona coincidiesen y el periodista acertó por equivocación? También otra equivocación en la novela permitió dar con el nombre del caballo ganador. A Joyce le gustaba fundir forma y fondo. Por ejemplo, tenía en su casa de París una vista de la ciudad de Cork —de donde era originaria su familia— y su marco le llamó la atención a un visitante, que le preguntó qué era. “Cork”, explicó Joyce, corcho.

En Ulises todo es relativo y todo se relaciona. “Only connect!”, el leitmotiv de Howard’s End, de E. M. Forster, podría aplicarse también a Ulises. Pero en Ulises hay que atender a una red de conexiones. No hay una sola perspectiva, sino una multiplicidad de puntos de vista, tantos como estilos. En cierto modo Ulises es 18 novelas, tantas como capítulos, y algunos sirvieron de modelo a novelas enteras. El capítulo del catecismo de Itaca, por ejemplo, a novelas de Robert Pinget y Uwe Johnson.

Esa flexibilidad y relatividad de la novela, con sus cambios incesantes, acaba por reducir a añicos cualquier rígido esquema previo. Además de rebajarle las pretensiones con los contrastes irónicos que no cesa de suministrarnos. Ulises, por ejemplo, sabe que su cama está bien enraizada, con su pata de olivo; pero Bloom cree a pie juntillas que su cama matrimonial fue de Lord Napier, gobernador de Gi- braltar, según le contó Molly, y no de un viejo Cohén cualquiera, como nos revela ella en su monólogo. La palabra o palabrota paralaje, clave en la novela, que tanto intrigará a Bloom, resulta de algún modo explicada cuando él aparece en escena por primera vez y, doblado ante su gata, se pregunta cómo lo verá ella: “¿Altura de una torre?”. Esta disposición a ponerse en lugar del otro es una de las cualidades de Bloom. Su tolerancia contrasta, por ejemplo, con la cerrazón del Ciudadano nacionalista, en el capítulo del “Cíclope”, incapaz de comprender que puede haber otro punto de vista distinto del suyo.

Asimismo hay hechos en Ulises que se van modificando, a medida que cambian los observadores, y nuestra propia posición en el libro.

El principio de incertidumbre, fundado por Cervantes en el Quijote, se lleva en Ulises a sus últimas consecuencias.

La duda, para Joyce, era lo propio del hombre. “La vida está suspendida en la duda como el mundo en el vacío”, afirmó, y se veía a sí mismo como interrogación. Así lo representó César Abín en una “caricatura dirigida”, podríamos llamarla, tan aguda como exacta. Al pintor santanderino César Abín (1892-1974), que vivió en París de 1924 a 1939, donde retrató y caricaturizó a numerosas personalidades, le encargó la revista de vanguardia transition hacer un dibujo de Joyce con ocasión del cincuenta aniversario del escritor. Abín presentó un retrato realista del artista maduro, pluma en mano, junto a sus libros. Pero Joyce prefería una caricatura y durante unas dos semanas estuvo dando indicaciones, contraórdenes, nuevos detalles. La caricatura de Abín fue para Joyce una caja (a bin…) o cajón de sus desastres en clave humorística. Sin duda, su caricatura más lograda. Algo encorvado por la artritis, Joyce parecía en ocasiones a algunos amigos, el fiel Paul León, entre otros, como un signo de interrogación. El Joyce-interrogación de Abín lleva un sombrero hongo negro, en señal de duelo, por la reciente muerte de su padre, con telarañas y el número 13 en la copa. El número de la muerte que Bloom atribuye al misterioso hombre del macintosh. Un número ambivalente, para Joyce, que creía que a veces daba suerte. Y otras, muerte. Su madre había muerto un 13 y él no podía adivinar que su muerte iba a caer también en 13. Lleva un traje remendado (para indicar su pobreza, más bien pasada, pues su mecenas la siempre generosa Miss Weaver hacía ya bastantes años que lo puso al abrigo de preocupaciones económicas) y de un bolsillo asoma la partitura de una canción, “Let Me Like A Soldier Fall” (a la que se alude en el cuento “Los muertos”, de Dublineses), que proclama que estaba dispuesto a morir con las botas puestas, en su nueva y arriesgada aventura, Finnegans Wake, que por entonces aún conservaba secreto su título.

Para completar el punto de la interrogación, los pies de Joyce están suspendidos sobre un globo terráqueo ocupado por Irlanda y la mancha negra de Dublín. Al principio del Retrato, Stephen niño ve en su libro de geografía la tierra como “una pelota muy grande entre nubes” (algunas nubes de Abín parecen las es griegas de las cartas amorosas de Bloom, a menos que sean las nalgas de las diosas helénicas que estudiaba con tanta atención) y en la guarda del libro había escrito, como tantos alumnos de los jesuítas, su nombre sobre una lista en que se va especificando su clase, su colegio, la localidad, el condado. Irlanda. Europa, el Mundo, el Universo. De lo particular a lo universal, como surge Joyce y su interrogación.

Parodiando a Hamlet, rey del espacio infinito en su cáscara de nuez, Joyce condensa todos los espacios y especias y especies en el arca de una nuez o nocturno fruto prohibido de su denso Finnegans Wake. “Putting Allspace in a Nottshall”. Pero antes de llegar a esa noche cerrada, había condensado tiempo y espacio en Ulises.

William Blake, poeta estudiado por Joyce, con el que tenía más de una afinidad, aspiraba a ver un mundo en un grano de arena y a concentrar la eternidad en una hora.

Joyce, y no es poco, encerró un día de Dublín, que es todos los días, en una obra.

Ulises es varios Ulises y uno de ellos —y no el menos sutil— ha de ser el lector, que debe superar una serie de pruebas y dificultades a lo largo del libro. Al final también él, como Bloom, ha hecho un largo viaje. En momentos de impaciencia quizá no está de más recordar que su autor invirtió unas 20,000 horas en escribir Ulises.

Las páginas de Ulises hay que “merecerlas”, como decía otro Bloom, el político Léon Blum, de las novelas de Stendhal. Ezra Pound comparó el inglés de Joyce, limpio y duro, con el francés de Flaubert. Al cabo de una jornada de intenso trabajo, Joyce se encontró alguna vez, como su maestro Flaubert, con la cosecha de una o dos frases. En una de esas circunstancias su amigo Budgen le preguntó si había estado buscando el mot juste. “No, ya tengo las palabras”, le dijo Joyce, “lo que busco es el orden perfecto de las palabras en la frase”. Es más difícil traducir la música de Ulises que su letra.

No hay traducción de Ulises libre de errores, y tampoco lo está la del argentino J. Salas Subirat, que tiene el doble mérito de ser la primera en nuestro idioma, de 1945, y sobre todo de reproducir con acierto y expresividad el ritmo del original. El “ritmo de su estructura”, como diría Stephen, es esencial en Ulises.

Para atenernos a la letra: ¿Ulises cuenta una historia?

Sí, Ulises cuenta una historia, ordinaria, de modo extraordinario. Ese fue otro descubrimiento de gran alcance de Cervantes, una tierra ignota, ignorada por los escritores anteriores, que sólo consideraban digno de sus plumas las peripecias, aventuras y lances extraordinarios de héroes y personajes asimismos extraordinarios. El estilo, nos anuncia Cervantes por boca del perro Cipión puede hacer interesante el suceso más ordinario. A partir de Cenantes, ancha es la Mancha, que se abre a todos de un modo nuevo. A la geografía mítica y metafísica de las novelas de caballerías Cervantes opone la física de “los polvorientos caminos y sórdidos mesones de Castilla”, como bien vio Borges. Que se prolongan en las calles y tabernas del querido y sucio Dublín de Joyce.

Durante una estancia en Locarno, en 1918. Joyce oyó hablar de una extraña mujer fatal que vivía en unas islas del Lago Mayor, la baronesa St. Leger, conocida también como Circe y la Sirena. Según rumores, había enterrado ya a siete maridos y en las buenas épocas organizaba orgías en sus dominios. Los biógrafos de Joyce cuentan algunos detalles de la visita del autor de Ulises a esta vieja Circe, aunque apenas sobrepasaba la sesentena, pero omiten los complicados orígenes de esta extraordinaria dama del lago, a la que Liszt llamó “la reina de las islas de Brissago”, que era probablemente hija bastarda del zar Alejandro II. La baronesa, de nombre Antonietta, pese a su origen ruso, no logró tentar al creador de Molly con sus cuentos de sirena y su enredada vida amorosa. Aunque le dio su versión corriente y oliente de moli, la hierba que protegía a Ulises de la magia de Circe, y era simplemente, según ella, el ajo. El título St. Leger procedía de un barón irlandés (como seguramente no ignoraba Joyce, que menciona a unos St. Leger de Doneraile en Ulises) llamado Richard (como el celoso irlandés de su pieza catártica Exiliados), con el que ella se casó en terceras nupcias y tuvo un hijo, James, que murió de corta edad.

Joyce oyó con interés los relatos de la baronesa, que le entregó además cartas y documentos eróticos, pero no los utilizó. Eso se queda para el periodista, le diría años después en París a la escritora norteamericana Djuna Barnes, al referirle la visita a aquella Circe. El escritor no debe escribir sobre lo extraordinario. La elección del Quijote. O, como diría Cipión, todo puede ser extraordinario, si se sabe contar. Con relativa modestia. Joyce llegó a reconocer que la mayor aportación de Ulises es “su nuevo estilo”, no siempre suave ni dulce. Un estilo que reproduce la trama y complejidad de la vida. Mientras que en la novela convencional lo que cuenta es la trama del argumento y de los acontecimientos. El escritor inglés Anthony Burgess dio una lección de crítica práctica al traducir las primeras páginas de Ulises, con Mulligan y Stephen en la torre Martello, al inglés pedestre y corriente del novelista popular.

“Eran las ocho de una mañana de junio…”.

Esas dos páginas y pico muestran gráficamente qué paraísos habríamos perdido si Joyce hubiera optado por hacer de su eterno día de Dublín un bestseller del momento o incluso del año. Lo cual no quita que a Joyce le interesara también llegar al lector medio e incluso al semilector. La prueba o el test fue su tía Josephine. En octubre de 1921 Joyce le escribe que si desea leer Ulises compre antes o pida en una biblioteca una traducción en prosa de la Odisea de Homero.

En diferentes momentos de su vida explicó Joyce por qué el héroe o antihéroe de la Odisea era su personaje favorito. Porque era, a su juicio, el personaje más completo y humano de toda la literatura, pues se nos muestra como hijo, esposo, padre, amante, camarada de armas, rey, inventor… Más completo, por tanto, que Hamlet, Fausto o Don Quijote. Por eso quiso mostrar desde tantos ángulos a Bloom.

En otra carta a la tía Josephine, un año después, Joyce se extraña y se queja de que ya hace siete meses que le envió un ejemplar de Ulises dedicado y apenas recibió unas líneas de agradecimiento. Y se alarma al enterarse de que ella ha prestado el libro y le advierte con cifras de su valor económico. Al final de su larga carta le informa que hace pocos días salió una segunda edición de Ulises.

Vuelve a escribirle a la tía Josephine unos quince días después. Deduce que no ha acabado de leer Ulises, como otros miembros de la familia, y le anuncia que Nora ha batido a todos, pues llegó hasta la página 27 contando la cubierta… Parece ser que hay muchas cosas que la tía Josephine no entiende, y él vuelve a la carga. Como no ha leído la Odisea, a pesar de sus consejos, le propone que compre cuanto antes Las aventuras de Ulises de Charles Lamb, que cuentan brevemente en inglés sencillo la historia de Homero, y es un libro que se lee en una noche, la tranquiliza, y le indica además en qué librerías de Dublín puede encontrarlo. “Después haz un nuevo intento con Ulises”. Un nuevo intento…, es un buen consejo para todo lector de Ulises.

Le felicita las Navidades a su tía al cabo de un mes y pico, además de anunciarle que va a comenzar el año nuevo —vista nuova— con una nueva operación del ojo. Y le pide, como casi siempre, detalles sobre tipos y costumbres del Dublín de antes. “Detalles vestimentarios, defectos, aficiones, aspecto, modo de morir, voz, dónde vivieron…”, detalles como los que ella le proporcionó sobre la persona en que está basado el padre de Mrs. Bloom.

En realidad en Ulises confluyen —yuxtaposición de dos puntos de vista…— el Dublín del padre de Joyce, John Joyce, y sus amigos, que representa Bloom, con sus relaciones, y el del joven Joyce y sus amigos estudiantes, encarnado por Stephen. Pero antes de entrar en detalles sobre ese “mundo desaparecido” Joyce se acuerda de la madre del cordero y le recuerda de nuevo a la querida tía Josephine que tiene que procurarse el libro que le recomendó, Las aventuras de Ulises, de Lamb.

Somero Homero, al fin, sin alegorismos, para la tía Josephine. Lástima que Joyce no le hubiera podido recomendar un Ulises lambido, expurgado de asperezas.

No alises Ulises, las perezas no son buenas consejeras.

En realidad la tía Josephine, sin ser aficionada a la lectura, gozaba de una posición envidiable para abordar Ulises, gracias a su conocimiento del Dublín de la novela.

Y de sus personajes, entre los que se cuentan el propio padre de la tía Josephine, el viejo Giltrap y su perro Garriowen.

Así es. Y ella verificó además para Joyce cantidad de detalles, por ejemplo, el número de escalones de la entrada de la casa de Eccles Street.

En los detalles Joyce funda su Ecclesiastés.

Hay otros detalles eclesiásticos que la piadosa tía Josephine no le reveló a su sobrino jamás, como que en 1912 ayudó a bautizar de tapadillo en su casa de Dublín a Giorgio, el hijo de Joyce, pagano de siete años.

Toma y daca. Joyce le pidió a la tía Josephine noveletas rosas e himnos de iglesia, para preparar el episodio de Gerty McDowell, sin explicarle sus intenciones.

Si la piadosa tía llega a ver cómo su sobrino manipuló sus inocentes envíos…

Pero también hubiera podido comprobar que Bloom, pese a la polución nocturna en la playa y otros pe- cadillos, era —como dijo Joyce— un hombre bueno. Entierra a los muertos, ayuda a las viudas, da limosna, hace de buen samaritano, se compadece de los niños y de los animales…

La bondad de Bloom, contrapuesta al ideal de belleza del esteta Stephen. La integridad, armonía y resplandor

o aura —integritas, consonantia, claritas—, los tres requisitos para la obra de arte que Stephen toma de Santo Tomás de Aquino, van a modificarse con el encuentro con Bloom. Como Bloom siempre tiene problemas con la ele, va a cambiar claritas por caritas. La caridad es su aura…

Aquí no vendría mal introducir otro tomismo, más importante para Ulises, me parece, el voluminoso tomo del Directorio Thom de Dublín, que Joyce tradujo a novela.

En realidad, Ulises muestra sus dos claves o llaves, la simbolista de Stephen y la realista de Bloom. La Odisea, desde el título, y el Directorio Thom que figura el primero en la biblioteca de Bloom, al final de la novela.

La tía Josephine, a falta de Homero o de Lamb, tiene la llave de Bloom. Se conoce que la perdió también. Oyó decir cosas tan escandalosas del libro de su sobrino, que no quiso ni verlo. Primero guardó el libraco en un armario y después lo prestó para no tenerlo en casa.

Una hija de la tía Josephine, ante la insistencia de Joyce en conocer qué pensaba su madre del libro, tuvo que reconocer al fin: “Bueno, Jim, Madre dice que no vale la pena leerlo”.

“Si Ulises no vale la pena leerlo”, replicó Joyce, “la vida no vale la pena vivirla”.

Vivir no es necesario… Bueno, eso fue en Londres, en una noche de verano de 1922, antes de que él le hablara a la tía Josephine de Homero y de Lamb.

Joyce no perdió la esperanza. Navigare necesse est…

Y el lector de Ulises puede concluir, con Bloom: “Ha viajado”.  n

Lecciones Imperiales

LECCIONES IMPERIALES

POR ANATOL LIEVEN

TRADUCCIÓN DE GABRIEL JIMÉNEZ

“Lo que temo no es que la administración Bush vaya a adoptar de manera consciente todo el programa imperialista

neo-conservador. Temo más bien a si los neo-cons y sus aliados no contribuirán por su cuenta a las tendencias que surgen inexorablemente de la ocupación estadunidense de Irak y a las reacciones de los estados de la región, y a que el resultado será un círculo vicioso de más terrorismo y más guerras”.

Las armas que usaron los ejércitos de Estados Unidos y Gran Bretaña para derrotar a Irak son nuevas en su naturaleza; la victoria en sí misma no lo es. De muchas maneras, hemos regresado a finales del siglo XIX, el periodo que inició la Primera Guerra del Opio cuando, a un costo mínimo de sus vidas, las tropas occidentales podían despedazar a los ejércitos de grandes estados regionales y también controlar —aunque con mucha mayor dificultad— la subsecuente resistencia de guerrillas.

Los británicos en particular deberíamos tomar nota de nuestro propio pasado imperial en el intento de entender los posibles derroteros del nuevo imperio en cuyas alas nos hemos enredado. Quizás el aspecto más vergonzoso de de las actuales políticas británicas es en efecto el que con frecuencia parecieran diseñadas en una atmósfera de absoluta ignorancia de la propia historia de la Gran Bretaña, especialmente y por supuesto, con miras a lo que significa gobernar en el Medio Oriente. De particular interés e incumbencia es la manera en que en el siglo XIX los imperios eran llevados de una guerra a otra como resultado de desarrollos que los gobiernos imperiales no planeaban y que las poblaciones domésticas no deseaban.

En parte esto fue el resultado de las conspiraciones de “procónsules altaneros” convencidos de que podrían hacerse de grandes nombres a bajo riesgo, dada la superioridad de sus fuerzas sobre cualquier oposición concebible; pero era también el resultado de factores inherentes al mismo proceso imperial, algo sobre lo cual volveré.

La diferencia hoy es por supuesto que la abrumadora ventaja militar no la posee un grupo de estados en competencia, sino en lo esencial un estado, los Estados Unidos de América. Otros países han desarrollado elementos de tecnología, y por supuesto numerosos estados son más belicosos que los Estados Unidos; pero ninguno tiene nada parecido a la combinación estadunidense de aptitud para integrar estos elementos (incluyendo la inteligencia de modo más notable) y hacer un todo efectivo; unidades ligeras y contundencia armada, capacidad para transportar sus fuerzas a grandes distancias, y belicosidad nacional.

La cuestión más importante a la que se enfrentan ahora los pueblos de Estados Unidos, Gran Bretaña y el mundo entero tiene que ver con qué uso hará la administración Bush de su dominio militar, sobre todo en el Medio Oriente. La segunda cuestión es cuándo y en qué forma surgirá la resistencia contra la dominación estadunidense en el Medio Oriente. Es seguro que tal resistencia vendrá. Sería contrario a cualquier precedente histórico pensar que tal hegemonía cuasi-imperial no despertará el mayor resentimiento, y tarde o temprano tal resentimiento habrá de encontrar medios efectivos de expresión.

Porque mientras por un lado el dominio de Estados Unidos sobre el Medio Oriente en su mayor parte será ejercido de manera indirecta, y por tanto despertará menor resentimiento que la administración directa, tal dominación se ejerce en alianza con “la colonización proletaria” en una parte del Medio Oriente: a saber, Israel, y más específicamente los asentamientos judíos en los territorios ocupados. Dada la experiencia del pasado y a juzgar por las señales que ahora vienen de Israel, hay muy pocas razones para esperar cualquier cambio serio en las políticas israelíes.

Quizá de modo eventual Sharon retirará unos cuantos asentamientos —permitiéndoles a la administración estadunidense y al lobby israelí presentar esto como una concesión y un sacrificio mayores—; pero a menos de que haya un tremendo levantamiento en las políticas internas tanto de Israel como de Estados Unidos, es muy improbable que Sharon y sus sucesores ofrezcan a los palestinos algo más que bantustanes (*) férreamente controlados. El terrorismo palestino, la represión israelí y un mayor y más extendido resentimiento árabe y musulmán: todo esto continuará en el futuro previsible.

Sobre lo que el pasado imperial ofrece poca guía es cuánto se llevará en crecer la gravedad del asunto. En algunos casos del siglo XIX —Afganistán es un ejemplo notable— el gobierno imperial nunca se consolidó a sí mismo y casi de inmediato fue derrocado por nuevas revueltas. En otros casos, el gobierno imperial duró por décadas sin tener que ejercer demasiada represión directa, y terminó sólo después de que el mundo entró a una nueva era histórica, con tremendos cambios sociales, económicos, políticos y culturales no sólo en las colonias y las dependencias occidentales sino en los mismos países imperiales de Occidente.

En el intento de predecir, desde este punto de vista, el futuro del cada vez más amplio Medio Oriente, uno debe reconocer que los desarrollos en la nueva era que empezaron el 11 de septiembre del 2001 han sacado a relucir no sólo ciertas patologías latentes en la sociedad, la cultura y la política estadunidenses y británicas; han revelado también de manera plena la total bancarrota de una gran parte del mundo musulmán cuando se trata de modernización democrática, y de cualquier modernización, de hecho.

Lo fascinante del tiempo actual es precisamente el que tantas y tan diferentes posibilidades para el futuro parecen abiertas por completo. El aspecto lúgubre —para un ser humano más que para un historiador del planeta Marte— es que tantas de esas posibilidades parecen desastrosas para el progreso, la paz y la felicidad de la raza humana. El punto inmediato es por supuesto si Estados Unidos atacará a Siria y a otros estados. Detrás de este punto, sin embargo, yace otro: si en el Medio Oriente Estados Unidos pasará de la hegemonía al imperio de verdad. Y finalmente, como ya se planteó, si Estados Unidos se mueve en esta dirección, ¿seguirá su marcha de victoria en victoria, o sufrirá derrotas que agriarán el apoyo del pueblo estadunidense a toda la empresa?

Para Gran Bretaña, la pregunta es primero si Tony Blair en su calidad personal de asesor sénior del presidente Bush, puede evitar que Estados Unidos se mueva en esa dirección; y segundo, si Blair fracasa, la pregunta es si los pueblos británicos están dispuestos a jugar en tal imperio americano el único papel que es probable se les ofrezca —el de Nepal en el imperio británico: un proveedor leal de soldados valientes con especiales habilidades militares—. O para ponerlo de otro modo: ¿aceptarán los británicos una situación en que su principal función internacional es proveer cohortes británicas auxiliares para que acompañen a las legiones romanas de los Estados Unidos, con la desventaja adicional de ciudades británicas no protegidas, a cambio, por el imperio, sino al contrario: ciudades británicas expuestas a la destrucción por los contra-ataques “bárbaros ?

Como queda muy en claro en sus comentarios públicos, ya no digamos sus conversaciones privadas, a los neo- conservadores en Estados Unidos y sus aliados en Israel en efecto les gustaría ver una guerra imperial de largo plazo contra cualquier parte del mundo musulmán que desafíe a Estados Unidos y a Israel, con la justificación ideológica provista por la, específicamente estadunidense, mission civilisatrice de la “democratización”. En las palabras del general en jefe israelí Y’akov Amidror, quien escribió para el Centro Jerusalem de Cuestiones Públicas:

De modo que Irak no es la última meta. La última meta es el Medio Oriente, el mundo árabe, y el mundo musulmán. Irak será el primer paso en esta dirección; ganar la guerra contra el terrorismo significa cambiar estructuralmente toda el área. (Jerusalem issue Brief, Vol. 2, no. 24, abril 16, 2003.)

El modelo neo-con para esto es la lucha, con décadas de duración, contra el “Comunismo”: al respecto están convencidos de que la combinación reaganita de dureza militar y cruzadismo ideológico trajo la victoria de los Estados Unidos. Esto forma parte de un deseo más amplio por la hegemonía mundial mediante la absoluta superioridad militar.

Ahora: en lo que respecta a las guerras futuras bien puede ser que los neo-cons se estén engañando a sí mismos, y bien pueden encontrarse con que, como muchos oficiales estadunidenses dicen en privado, la nueva estrategia de seguridad nacional de Bush es “una doctrina que sirve para un solo caso” —a saber, Irak—, Los estadunidenses y otros que argumentan esto pueden estar señalando también la profunda indisposición de la mayoría de los estadunidenses a verse a sí mismos en términos imperiales, y esto pegado a una subyacente y enorme aversión a verse metidos en enredos, compromisos y sacrificios en el extranjero.

Después de todo, mientras que por una parte la administración de Bush hace pronunciamientos muy amenazadores contra Siria, por otra parte asegura al pueblo norteamericano que la ocupación militar estadunidense de Irak no durará más de 18 meses. Más aún, si la economía sigue vacilante, incluso es posible que Bush sea despedido de su cargo en las elecciones del próximo año. De ser este el caso, permanecerán algunas tendencias militares de Estados Unidos. Expertos tan distintos como Andrew Bacevich y Walter Russell Mead han subrayado los elementos de continuidad al respecto, de Bush I pasando a Clinton y de ahí a Bush II, y han localizado de hecho una tendencia en esta dirección a lo largo de la historia de Estados Unidos. Sin embargo, sin la configuración específica de los elementos de línea dura fortalecidos por la administración Bush, estas ambiciones estadunidenses muy probablemente tendrían un corte menos megalomaniaco y amenazador. Tendrían también el tinte de un elemento genuino de concernimiento por el bienestar de la humanidad, que aún está presente en grandes partes del pueblo estadunidense y que al menos se reflejó en algunas de las políticas de la administración Clinton.

En este análisis más optimista, el optimismo grotesco de la retórica neoconservadora sobre la democratización, y la paranoia de su retórica sobre las amenazas, surgen en parte del hecho de que sólo golpeando tambores de modo enfebrecido es posible sacar al común de los estadunidenses de su acostumbrada apatía respecto a los asuntos internacionales. Aquí hay un eco de un razonamiento del historiador Douglas Porch, referido a la versión de la mission civilisatrice colonizadora de Francia, propagada por pioneros imperiales como Gallieni y Lyautey. En su óptica, en vez de una cosa que estos hombres creyeran por sí mismos, esto era en lo esencial una estratagema de propaganda para propósitos franceses domésticos: ganar el apoyo de un público francés escéptico y parsimonioso para una posterior expansión colonial.

Más aún, aunque es cierto que hay algo de fundamento en lo que Samuel Huntington y otros han llamado “el Credo Americano”, también es cierto que muchos estadunidenses tienen un profundo escepticismo —llámese saludable o chovinista, según el gusto— sobre la capacidad de muchos pueblos extranjeros para realmente desarrollar una democracia.

En el caso de Irak, tal escepticismo se ha incrementado por las escenas del saqueo y el desorden que acompañaron a la “liberación” —escenas que en comparación harían de la caída del Muro de Berlín algo lúdico incluso para el más naif de los observadores—. Sumado a esto, han habido indicios bien publicitados tanto de incipientes conflictos étnicos como de fuerte oposición masiva a una presencia militar estadunidense de largo plazo y a un gobierno iraquí escogido por los Estados Unidos. Hasta el Washington Post, que fue uno de los porristas de esta guerra entre la prensa “seria” de Estados Unidos, y que no mostró mucho apremio por dar a conocer las bajas civiles iraquíes, ha reportado con franqueza sobre la profunda oposición a los planes de Estados Unidos para Irak en gran parte de la población iraquí.

Sin embargo, incluso si la mayoría de los estadunidenses y posiblemente una mayoría de la administración quiere encaminarse hacia un control indirecto sobre Irak, Estados Unidos puede encontrarse con que no tiene otra opción que ejercer el gobierno directo. Incluso, hasta los progresistas que odiaron la guerra pueden verse moralmente entrampados a la hora de apoyar esto si la alternativa parece ser la caída en la anarquía, la miserización y los sangrientos conflictos étnicos.

Porque al respecto hay una tremenda diferencia entre Irak y Afganistán. En Afganistán, un país abrumadoramente pre-moderno, la masa de la población se ha acostumbrado a irla pasando con poquísima ayuda del estado, poquísima infraestructura moderna y para el caso poquísimo empleo formal. En estas circunstancias, para Estados Unidos fue posible instalar un proyecto poco sólido de un gobierno de coalición en Kabul, con una tregua tenue entre sus elementos y sostenida en el lugar por una fuerza de paz internacional respaldada por el poder armado estadunidense. El resto del país podía dejarse en manos de barones de la guerra, clanes y milicias étnicas, siempre y cuando estos permitieran que sus territorios fueran espacios abiertos de caza para las tropas estadunidenses en busca de Al Qaeda. Las fuerzas estadunidenses lanzan estos ataques desde bases aéreas y campos aislados y muy fortificados en los que —con la excepción de fuerzas especiales y unidades de ayuda humanitaria— los soldados están separados de manera tajante de los afganos.

Sin duda a muchos planeadores estadunidenses les encantaría dominar Irak de la misma manera semi-distanciada; pero Irak es una sociedad mucho más moderna que     Afganistán, y mucho más urbanizada: ahí, si no se cuenta con elementos de infraestructura moderna y servicios y un estado que los garantice, los estándares de vida se hundirán —como ya ocurrió, aunque esperamos que sea temporal—. Irak necesita un estado; pero en primer término, a juzgar por el pasado, es obvio que por muchas razones a los iraquíes se les dificulta muchísimo la creación de un estado moderadamente civilizado; y, en algo no menos importante, Estados Unidos no permitirá la creación de un estado en verdad independiente. A fin de cuentas, por tanto, Estados Unidos bien puede no tener otra opción que la de crear el estado mismo y permanecer involucrado a fondo no sólo para apoyarlo sino para regirlo, como los británicos en Egipto durante algunos sesenta años.

Porque, como señalé en mi artículo para el London Review of Books del pasado octubre, la destrucción del régimen Baas ha implicado también la destrucción del dominio militar del hunismo árabe sobre el que se había fundado el estado árabe desde su creación por los británicos. Y ni los Estados Unidos ni nadie más tienen una idea clara de qué poner en su lugar (si uno ignora el plan fatuo de Rumsfeld y Wolfowitz de instalar a Ahmad Chalabi como un títere estadunidense y hombre fuerte iraquí).

En estas circunstancias, si la administración de Estados Unidos no va a retirarse de nuevo —con todo lo que esto implicaría para el prestigio estadunidense, para las oportunidades electorales de Bush y para todo el programa imperial— Estados Unidos puede verse obligado a permanecer metido a fondo en el gobierno de Irak, no sólo si a los iraquíes les gusta o no; incluso si los líderes estadunidenses realmente desean esto o no.

Esto también forma parte de un viejo patrón imperial, estudiado de manera notable por R. Robinson y J. Gallagher. Con mucha frecuencia —quizá la mayoría de las veces— los poderes imperiales prefieren ejercer el control de manera indirecta, por medio de estados clientes y no por medio de la administración imperial. Esto era mucho más barato, más fácil de justificar domésticamente, y con muchas menos posibilidades de provocar revueltas nativas.

El problema era que el mero hecho de convertir a un país en un cliente resultaba algo que propendía a lesionar el prestigio doméstico del régimen cliente y a encimarle tal surtido de presiones económicas, políticas y morales que era muy probable que se colapsara. El poder imperial tenía entonces la opción de salirse, con la posibilidad por tanto de permitir que el área cayera en manos de enemigos —o meterse e imponer un control directo—. Este fenómeno puede verse desde Abad y el Punjab en los

1840s hasta la invasión soviética de Afganistán en 1989.

La amenaza a estados clientes imperiales no viene sólo, por supuesto, de sus propias fronteras. En un mundo donde las lealtades étnicas, de clan, religiosas y personales se derramaban más allá de las fronteras de “estado”, era muy probable que un poder que tomara un territorio tuviera que verse de modo inexorable llevado a conquistar también a sus vecinos. Hubo siempre intereses militares, comerciales o misioneros que agitar por la importancia de esto, respaldados siempre por grupos de oposición en el exilio dispuestos a dar énfasis en que la masa de la población se alegraría con una invasión imperial que los llevara al poder.

Sin importar qué desean los neo-cons y el gobierno israelí, creo que en el presente no hay una intención determinada por parte de la administración de Estados Unidos de atacar de veras Siria o Irán, no se diga Arabia Saudita. Su intención ha sido la de que una victoria fácil y aplastante sobre Irak aterrorizaría tanto a otros estados musulmanes que dejarían de apoyar a grupos terroristas, colaborarían a fondo en resquebrajar a los radicales islámicos y a los terroristas en sus territorios, y abandonarían sus propios planes de desarrollar armas de destrucción masiva. Por tanto serían innecesarios los ataques de las fuerzas estadunidenses contra tales estados. Este acercamiento funcionaba no sólo para perceptibles enemigos de Estados Unidos como Siria, Irán y Libia, sino igualmente para Arabia Saudita, Pakistán, Yemen y otros estados, todos ellos vistos en Estados Unidos como aliados poco confiables en “la guerra contra el terrorismo”.

Si la estrategia de Estados Unidos se restringe ella misma a tal estrategia y a esta meta, puede funcionar por lo menos un rato. Muchos estados en la región están de hecho muy espantados por lo que ocurrió en Irak. Igual que, a juzgar por sus últimos avances conciliatorios, lo está Corea del Norte. Más aún, cada estado de la región —incluyendo Irán— tiene la amenaza de las fuerzas de la revolución sunita islámica tal y como la representan Al Qaeda y sus aliados ideológicos, así que hay un interés genuino y común en combatirlos.

Pero para que tal estrategia funcionara en una amplia extensión de estados y sociedades como las del mundo musulmán, los hacedores de política estadunidenses tendrían que desplegar una sensibilidad y una discriminación muy considerables. Estas son virtudes que uno difícilmente asocia con la administración de Bush, y menos todavía en el ánimo de un arrogante triunfalismo aún en ascenso. Los peligros que surgen de tal estrategia son dos, y ambos tienen grandes ecos en la historia imperial.

El primero se relaciona con los regímenes clientes de Estados Unidos: ¿qué ocurre si las diversas presiones que Estados Unidos pone sobre ellos son tales que esos regímenes se colapsan? El segundo se relaciona con los “enemigos”: ¿qué pasa si dicen que Estados Unidos es sólo un bluff, y lo desafían a que invada?

Por tanto es muy fácil ver cómo podría ocurrir una nueva ofensiva de Estados Unidos. En primer lugar, otro ataque terrorista de proporciones mayores contra Estados Unidos podría trastornar todas las ecuaciones y suscitaría otra oleada de histeria masiva después de la cual ya todo sería posible. Si, por ejemplo, se percibiera de nuevo que el ataque ha sido financiado y montado por los sauditas, la presión para un ataque contra Arabia Saudita podría volverse abrumadora.

En el caso de Irán, tres elementos podrían convergir con resultados desastrosos. El primero es el hecho de que según fuentes europeas informadas, los iraníes deben llevar ya unos dos años desarrollando un disuasivo nuclear; y han avanzado tanto en su programa que ni siquiera una presión exitosa sobre Rusia para que corte de golpe su comercio nuclear con Irán haría una diferencia crucial. Israel, en particular, está resuelto a detener esto, y los comentaristas israelíes han hecho amenazas abiertas de que Israel tomará una acción unilateral de ser necesario. Y si los gobiernos de Estados Unidos e Israel están en efecto resueltos a impedir que Irán se haga de tales armas, puede que no tengan mucho tiempo.

El segundo factor es el comportamiento de los shiitas de Irak, y sobre todo de los grupos shiitas apoyados por Irán. En el momento actual no veo ninguna evidencia de que Irán esté intentando atacar la presencia de Estados Unidos en Irak —por el contrario, en el presente el interés obvio del régimen iraní está en mantener las cosas con tanta calma como sea posible mientras trabaja frenéticamente en su programa nuclear.

De igual manera, sin embargo, Teherán difícilmente podría empujar a sus aliados iraquíes a la humillación de aceptar una posición menor en la administración títere de Estados Unidos. Ya grupos líderes shiitas han boicoteado las instancias primeras de los intentos estadunidenses de crear un gobierno. Si continúan haciéndolo, si el gobierno fracasa, y el desorden cunde, entonces, ya sea que Irán tenga culpa o no, sin duda será culpado por elementos poderosos en Washington, quienes también usarán esto como una razón adicional para atacar los sitios nucleares iraníes. En respuesta, Irán bien puede desatar no sólo una desestabilización mayor y en aumento en Irak sino una campaña terrorista contra Estados Unidos. Esto a su vez provocará más desquites estadunidenses hasta que una guerra a toda escala se vuelva una posibilidad real.

Aunque la idea de una invasión estadunidense a Irak es vista con horror por la mayoría de los analistas militares (y hasta donde sé, por los militares uniformados), las últimas encuestas de opinión sugieren que alrededor de la mitad de los estadunidenses apoyarían una guerra para evitar que Irán adquiriera armas nucleares —y esto incluso antes de que alrededor de este tema se haya montado un esfuerzo real de propaganda masiva.

Más aún, las voces militares de moderación tendían a ser las mismas que —como yo— alertaban sobre la posibilidad de una dura resistencia iraquí y los peligros de combates urbanos en Bagdad, se oponían a los planes de Rumsfeld de invadir Irak con números limitados de tropas relativamente de armamento ligero, y se sintieron vindicados en sus preocupaciones por los reveses iniciales alrededor de Nasariyah y otras partes. El resultado por supuesto ha demostrado que Rumsfeld y Wolfovitz estaban en lo correcto en sus cálculos puramente militares sobre Irak, y que sin duda esto los fortalecerá de gran manera en sus futuros enfrentamientos con los militares uniformados. Toda la estrategia de Rumsfeld de confiar en fuerzas más ligeras, más fácilmente transportables es algo por supuesto y precisamente diseñado para facilitar tales expediciones imperiales.

Por lo que respecta al modo de ver las cosas de la mayoría de los estadunidenses: después de todo a ellos ya los engañaron dos veces en el caso de la Guerra de Irak. Antes de que empezara, hubo relativamente un escaso apoyo mayoritario a la guerra que fue producido sólo por un programa de propaganda de parte de la administración de Estados Unidos; programa que por su falsedad sistemática, tiene pocos paralelos en la historia de las democracias en tiempos de paz; todo acabó en que muchos estadunidenses (las encuestas que he visto varían entre un 42 y un 56%) quedaron convencidos de que Saddam Hussein estaba involucrado directamente en los ataques del 11 de septiembre del 2001. Esto dio al llamado a la guerra en Estados Unidos una cualidad peculiarmente pesadillesca. Es como si toda la verdad sobre el Golfo de Tonkin, en vez de ir saliendo en partes durante la década siguiente, hubiera sido asequible del todo y de manera abierta todo el tiempo —y la intervención de Estados Unidos en Vietnam hubiera ocurrido de cualquier modo.

Y mientras que el lugar de Saddam Hussein en la demonología estadunidense significa que un truco así no sería fácil de repetir, la profunda ignorancia del público estadunidense de los asuntos internacionales en general, y del mundo musulmán en particular, significa que tal truco por ningún motivo es imposible. Esto no se trata sólo de que la cadena televisiva Fox, los despachos numerosos y cada vez más enfurecidos de los medios, la Coalición Cristiana y el lobby israelí están todos dedicados a atizar el odio contra los árabes y los musulmanes.

Más importante es el hecho de que la aceptación, por la mayoría de los estadunidenses, de la adscripción de Bush del terrorismo simplemente al “Mal” —y el fracaso vergonzoso de demasiadas elites estadunidenses para desafiar esto—, significa que ahora es difícil al extremo conducir cualquier discusión pública seria sobre las amenazas desde el mundo musulmán en términos que serían aceptables o incluso comprensibles para un público estadunidense masivo. Añadamos a esto las restricciones severas a cualquier discusión honesta sobre el rol de Israel, y en esta área uno tiene al menos una situación de debate público cercana a aquella que describía Marcuse. Y. por supuesto, todos estos peligros empeorarán en gran medida si, Dios no lo quiera, Estados Unidos sufre otro ataque masivo terrorista en los años por venir.

Porque si los planes de los neo-cons dependían sólo del apoyo consciente de la masa estadunidense al imperialismo, los neo-cons estarían en efecto condenados al fracaso. El impacto fatal del “9/11″, sin embargo, ha sido el de darles a los imperialistas estadunidenses la fuerza añadida del nacionalismo herido —un fenómeno mucho más profundo, mucho más popular y más peligroso, fortalecido en el caso estadunidense por el nacionalismo israelí de gran parte de la comunidad judía estadunidense—. Cualquier ataque posterior sobre tierras estadunidenses sólo inflamará aún más este nacionalismo, y fortalecerá el apoyo para “desquites” aún más agresivos y ambiciosos. Los terroristas pueden esperar que acabarán socavando la voluntad estadunidense de pelear, como lo hizo el Vietcong; pero bien pueden estar subestimando tanto la tenacidad como la crueldad de muchos estadunidenses cuando —con razón o sin ella— sienten que fueron atacados directamente. La capacidad del elemento nacionalista o “jacksoniano” en la tradición democrática estadunidense para la crueldad extrema —como por ejemplo en los bombardeos de Japón y Corea del Norte, ninguno de los cuales había atacado a civiles estadunidenses—, es algo que ha hecho ver Walter Russell Mead, y es algo que expresó de modo más reciente un ex soldado estadunidense, hoy profesor en el LSE. MacGregor Knox, con las siguientes y escalofriantes palabras:

(Los europeos) pueden creer que el orden natural de las cosas tal y como lo perciben —restringir el poder estadunidense mediante la sabiduría europea— triunfará tarde o temprano. Pero tales expectativas son ilusorias. Es claro que aquellos a quienes les parece aterrador el Islam militante es porque nunca han visto una democracia militante.

Cierto, Estados Unidos podría verse socavado por una prolongada guerra de guerrillas en la escala de Vietnam. Sin embargo, me parece improbable que tal guerra de guerrillas puede montarse en el Medio Oriente —a menos de que Estados Unidos invadiera a Irán, punto en el cual todas las apuestas y predicciones saldrían sobrando—. En vez de eso, los ataques contra Estados Unidos serán por la vía del terrorismo —y si van dirigidos contra territorio estadunidense, y si utilizan algún tipo de armas de destrucción masiva, entonces, lejos de desmoralizar a la población estadunidense pueden atizar en ella la locura chovinista.

Para entender las reducidas oportunidades de una exitosa guerra de guerrillas contra los Estados Unidos (descontando con mucho, por supuesto, que no hay selvas en el Medio Oriente), uno debe recordar que la dominación de los imperios europeos coloniales creados por la superioridad militar occidental del siglo XIX, fue eventualmente destruida por tres factores: primero, el desarrollo de la tecnología militar que en parte equilibró las distancias entre los ejércitos occidentales y los insurgentes “nativos”: de modo notable, el rifle automático, la granada y los explosivos modernos. Segundo, el desarrollo de ideologías modernas de resistencia, ya fueran comunistas, nacionalistas, o una combinación. que en su momento produjeron los cuadros y las estructuras para organizar la resistencia; y tercero, el hartazgo de parte de las poblaciones y elites “metropolitanas”, surgido en parte del cambio social y cultural, y en parte de la conciencia en ascenso de que el imperio directo no pagaba en términos económicos.

La guerra de guerrillas contra Estados Unidos es ahora algo mucho más difícil de lo que era, debido a dos innovaciones muy poco dramáticas pero de enorme importancia: los chalecos y los cascos a prueba de balas soberbiamente efectivos y ligeros, los cuales hacen del soldado estadunidense y británico casi el equivalente de los caballeros medievales en términos de protección; y el equipamiento con visión nocturna que le niega a la guerrilla la ayuda de su más vieja amiga y aliada, la oscuridad. Por supuesto, estas dos ventajas estadunidenses pueden ser contrarrestadas; pero, como están las cosas hoy, pasará un tiempo largo antes de que las diferencias se equilibren de nuevo. Por supuesto, siempre son atacables los aliados locales de Estados Unidos, pero los que mueren entre ellos apenas son registrados por la opinión pública de los Estados Unidos. Cada vez más, por tanto, “el arsenal asimétrico” sugerirá el movimiento hacia el terrorismo.

A esto lo sugiere también la ausencia o el fracaso de los partidos revolucionarios guiados por cuadros trabajando para movilizar a las masas. Los islamistas pueden tener éxito en esto, a pesar del destino desilusionante de la revolución iraní. Pero, en lo que respecta a los nacionalistas, esto ya se intentó en el pasado: lograban expulsar a los colonialistas y a sus clientes locales, y luego seguía un fracaso miserable para modernizar a los estados en cuestión. Argelia es un ejemplo particularmente espantoso y trágico al respecto: una rebelión terriblemente salvaje pero también genuinamente heroica contra una forma particularmente indignante de colonialismo, que eventualmente condujo a un estado independiente tan podrido y tan fracasado del todo que gran parte de la población eventualmente dio el viraje hacia la revolución islámica.

Y ahora esta revolución también está desacreditada, sobre todo en el más grande de los países en que triunfó, a saber, Irán. Los estados árabes han sido un fracaso en su desarrollo económico, político y social, y también han fracasado señaladamente a la hora de unirse. Cuando lo han hecho así por razones de guerra, han sido derrotados.

En Irán, donde Estados Unidos está presente de modo directo, la rebelión masiva contra Estados Unidos puede ser posible. En todas las otras partes, la respuesta de masas más probable a la última derrota árabe parece ser una posterior oleada de desesperación, desilusión y aislamiento hacia la vida privada y hacia la “emigración interna”. En algunos casos afortunados, esto puede conducir a nuevas políticas islámicas con el foco puesto en las reformas genuinas y en el desarrollo democrático —algo que hemos visto en Turquía—. Pero en el mundo árabe es igual de probable un cinismo que sólo alimente más tendencias a la corrupción y a la opresión. Y añadiría: y una tendencia a la emigración hacia Occidente, pero por supuesto que el efecto “9/11″ ha hecho esto todavía más difícil, incluso para las elites educadas.

Pero si de hecho esto resultara ser una tendencia de la mayoría, siempre habrá una minoría que es muy orgullosa, muy radical, muy fanática o muy amargada —escojan lo que sea— para un curso tal de las cosas. Ellos son los reclutas naturales para el terrorismo, y es probable que su número no haya hecho más que aumentar con la reciente victoria estadunidense. En particular, lo que debemos temer no es sólo el fortalecimiento del terrorismo islámico, sino también la reaparición del terrorismo nacionalista secular, no sólo entre los palestinos sino entre los árabes en general.

Lo que temo por tanto no es que la administración Bush vaya a adoptar de manera consciente todo el programa imperialista neo-conservador. Temo más bien a si los neo-cons y sus aliados no contribuirán por su cuenta a las tendencias que surgen inexorablemente de la ocupación estadunidense de Irak y a las reacciones de los estados de la región, y a que el resultado será un círculo vicioso de más terrorismo y más guerras.

Si esto es así, entonces es probable que el daño mutuo infringido en el tiempo por Estados Unidos contra el mundo musulmán y por los musulmanes contra Estados Unidos y sus aliados —incluyendo la Gran Bretaña— sea horrendo. Ya demostramos que podemos destruir a los estados musulmanes. Ni siquiera el más feroz de los ataques terroristas hará esto a los estados occidentales; pero, si continúan por años y décadas, ciertamente tienen una buena oportunidad de destruir la democracia en Estados Unidos y en cualquier estado asociado con los Estados Unidos. n

* Se da el nombre de bantustanes a los territorios ocupados por Israel en referencia a los territorios de población negra autoadministrados pero sometidos al régimen racista de Sudáfrica. (T.)

Su Problema

SU PROBLEMA

POR CARLOS CASTAÑEDA FLORES

Cuando yo nací, mi papá tenía veintisiete años.

Nunca había salido de México y ya se había casado por lo civil.

Estudió ingeniería química, pero no se había recibido.

Fue activista en las brigadas estudiantiles de 68.

El 2 de octubre en Tlatelolco no alcanzaron a llegar. Se hizo tarde.

Mi mamá quiso detenerse a pagar una deuda en una librería.

Al llegar a Nonoalco ya se oían ambulancias y disparos.

Ese día se quedaron en una cantina

cerca del Caballito, hasta que las sirenas dejaron de oírse.

Meses después, mi papá fue detenido.

La policía lo encarceló. Lo incomunicaron.

Nunca me ha contado qué pasó.

   Nunca he preguntado.

Dicen que lo confundieron con un

 guerrillero que tenía el mismo apellido.

                

                II

Yo tenía seis años cuando mi papá

se separó de mi mamá

Y se fue de la casa.

 Mi mamá dice que no se divorciaron,

mi papá dice que sí.

Nadie tiene un acta de divorcio.

Entonces vivíamos en un departamento

en Coyoacán.

No tengo recuerdos de mi papá en casa,

 El era una visita.

Los fines de semana, me recogía en la casa

de mi mamá,

íbamos a la ciudad satélite.

 Recuerdo el periférico como un sitio familiar,

Pasé muchas horas, encerrado en el auto,

Atrapado en el tránsito, siempre amenazado

Por la lluvia y sus inundaciones, mi papá

Manejaba un auto azul, mientras yo jugaba

a ser piloto de avión.

Quería irme.

Una noche soñé que me secuestraban.

Era un robachicos disfrazado como si fuera

mi papá.

 Desperté con miedo.

El sueño era un deseo.

Quería irme.

                        III

No sé cómo pasó, no me acuerdo.

Un día mi papá volvió a casa,

no por mucho tiempo.

Era como un intento de reconciliación,

y fracasó.

Cuando nació mi hermana,

él ya no estaba,

otra vez.

Mi papá ya tenía como treinta y cuatro

o treinta y cinco años.

Mi hermana nació en noviembre

y él ya se había ido en definitiva.

Mi mamá tuvo el propósito de contarme.

(Según su versión, yo no lo recuerdo.)

Una noche habló conmigo o quiso hablar

conmigo.

Yo le contesté que ése era su problema.

Yo no quería escuchar.

Yo no quería saber.

(No soy un poeta,

No entiendo de flores, no

“comprendo a los ríos”.

Ahora mismo ignoro

Cómo llamar por su nombre a ese desdichado

 insecto que vuela sin descanso ni destino

con el secreto designio de competir

con mi ansiedad.

Cómo podría ser poeta

Si nada comprendo de ríos,

 Nada percibo más allá de lo evidente)

Hasta ahora desconozco la historia completa.

¿Quién la conoce?

No sé bien por qué se separaron.

Hubo otra mujer, repite el coro.

Se llamaba Elia.

Una tarde hurgando en el librero encontré

una carta.

Siempre puedes encontrar algo oculto

en las páginas de los libros: dinero, flores

aplastadas, oritos, recados de la compra,

una carta, notas de tintorería, una confesión

para un hijo.

                      IV

Ya tengo treinta y dos años.

Estoy casado, no tengo hijos.

Vivo temporalmente en Chicago.

 La depresión ronda mi casa.

A la mano hay paxil, wellbutrin o adepsique,

a veces no es suficiente.

(Escogí un matrimonio infeliz, como

el de mis padres,

sólo para probarles que el matrimonio

no es para mí.

Cito de memoria a un escritor inglés)

Mis padres siguen separados.

No recuerdo que se pelearan ni que gritaran

en casa.

Tardé mucho en aprender a leer.

Una psicóloga del lenguaje me ayudó.

Aprendí las letras en mi espalda,

Ella dibujaba signos y yo inventaba el sentido.

(La muerte viene desde adentro,

carcome,

Asciende desde el esqueleto y asoma

        su rostro cadavérico

 Pero al tocar la tierra

retorna

como ceniza)

                        V

Mi familia guarda secretos como otras,

pero de manera diferente:

Sin misterio, sin suspenso.

 Como si todos, para vivir necesitáramos

conservar intacto, al menos, un secreto.

Mi mamá no conoció a su padre.

Tampoco se atreve a preguntar.

Pero no es miedo.

Ha olvidado cómo hacer esa pregunta.

(Eso creo).

Mi abuela custodia el silencio como si tal cosa,

como si no hubiera ninguna razón para saberlo.

(El día de mi boda

Un amigo escribió un epitalamio,

Con una advertencia retórica

Sobre los peligros de casarse.

Eran palabras de Chejov:

“Si tienes miedo a estar solo,

Mejor no te cases”)

Un poema está en el inicio,

El borrador de un texto prepara el final.

(El mar abandona a las olas en la arena,

Su espuma es “una forma de haber amado”)

         VI

Tal vez es mejor así.

No hurgar en la vida ajena, no abrir atajos

en la memoria,

Quizá por eso mi mamá ya ha renunciado

a preguntar, como si no hubiera ninguna razón

para remover el olvido.

Simplemente ignora cómo preguntar.

Yo tampoco abrigo muchas preguntas.

No tengo ya ninguna duda.

VII

Aquello fue su problema. n

Ni Un Dedo de Un Niño

 NI UN DEDO DE UN NIÑO

 POR JULIÁN BARNES

 TRADUCCIÓN DE ROBERTO DIEGO ORTEGA

Una victoria en sólo tres semanas, relativamente pocas bajas de la coalición y ahora, por fin, incluso bailes callejeros. Entonces, pregunta Julián Barnes, ¿quienes nos opusimos al conflicto en Iraq nos equivocamos?

De modo, pacifista, que has perdido. Te lo advertimos. Claro, no fue con toda exactitud la gran barata bélica a la que habíamos apostado. Los iraquíes no se levantaron en rebelión como lo anticipamos, las flores que se arrojaron fueron un poco tardías, pero eso sucedió sólo porque subestimamos lo aterrados que estaban. Aun así, una campaña de tres semanas con unos doscientos muertos de la coalición; el final está cerca y los iraquíes danzan sobre estatuas derribadas. En breve, tus colegas pacifistas pueden comenzar a llevar ayuda y la construcción del país puede iniciar. ¿Oigo acaso un chasquido de júbilo?

¿De modo que crees que ya ganaste, belicista? Por favor considera esto. El lunes en la tarde, tus muchachos creyeron que habían ubicado a Saddam en un restaurant. Un avión de Estados Unidos dejó caer ahí cuatro bombas muy inteligentes de 2,000 libras. La noche siguiente, el noticiero de la BBC mostró un cráter enorme y su corresponsal dijo que nadie que hubiera estado en ese lugar podría salir con vida. De acuerdo con Peter Arnett el corresponsal despedido por la NBC, el restaurant que había sido el objetivo se conservaba intacto, y en cambio tres casas vecinas quedaron reducidas a escombros. De acuerdo con la mayoría de la gente, Saddam escapó. Cuando le preguntaron al respecto, Torie Clarke, vocera de la defensa de Estados Unidos, dijo, tajante: “No creo que eso tenga mucha importancia. No pierdo el sueño tratando de resolver si él estaba ahí”.

No sé cuánto del párrafo anterior —además de la declaración de Clarke, la cual escuché de su boca— sea verdadero. Es probable que se acerque a cierto modelo de verdad, y es posible que con el curso de los años pueda surgir una versión puntual: ¿qué tan cierta era la información, qué tan preciso fue el bombardeo, cuántos fueron asesinados y cuántos de ellos eran civiles? Lo que sé, es que si yo fuera Clarke pensaría que sí debo perder el sueño un poco. Si yo fuera Clarke me preguntaría sobre mi ciudad natal en Estados Unidos y qué tan segura podría ser ante un ataque terrorista. Porque si sus palabras, con su petulancia brutal, me resultaron impactantes, habría que imaginar su efecto en alguien cuyo padre, hermano, hermana, amigo o conocido murió por ese ataque. ¿Acaso dirían: “fue un sacrificio que aceptamos con felicidad ya que, después de todo, ustedes intentaban matar a Saddam Hussein”? No: yo dudo que reaccionarían de esa manera.

Al comenzar la guerra yo intenté imaginar, como otros, cuál podría ser la mejor solución. ¿Una guerra breve con bajas aisladas y Saddam desalojado sin dolor? Pero eso podría significar sólo que Rumsfeld y compañía penetraran con sus tropas hacia Damasco y Teherán, centros de intransigencia reconocida y maldad clasificada. Una guerra lenta, horrible, con tantos angloamericanos muertos que los líderes de ambos países admitirían que las invasiones por cuenta propia, vistas por los neutrales como neo-imperialismo, eran sencillamente impracticables. Y eso equivaldría a desear la extinción de centenares, tal vez miles de tropas y aún más civiles. Una disyuntiva imposible de resolver. Así las cosas, ¿hay alguna solución intermedia? Bueno, lo que hemos obtenido es una solución intermedia. Suficiente para que algunos la consideren una magna victoria profesional, y otros un baño de sangre innecesario y vil.

No obstante, hay otro cálculo que se halla implícito. La guerra depende del apoyo público interno. El apoyo público depende en parte de disfrazar la realidad de la guerra (de ahí el alboroto hipócrita por la “exhibición” de prisioneros) y de calcular hasta dónde es aceptable la muerte. Entonces, ¿cuál sería la mejor fórmula para marcar los puntos del juego? Es posible que alguien, en algún lugar, un maquiavélico experto en mercadotecnia o en estadística de los daños esté haciendo precisamente esto. Empecemos con la unidad básica: un soldado iraquí muerto vale un punto. Dos por un muerto de la Guardia Republicana, tres por uno de la Guardia Republicana Especial o un fedayín. Y aumentar así hasta la cabeza del régimen: 5,000, digamos por El Químico Alí; 7,500 por cada hijo de Saddam; 10,000 por el tirano en persona.

Ahora el descenso potencial en la desmoralización. Por un civil iraquí muerto: si es hombre, 5 puntos menos, si es mujer 10, si es niño 20. Por un soldado de la coalición muerto: reduzca 50 puntos. Y luego, lo peor de todo (pues enfatiza la vacuidad y el azar de la guerra), un soldado de la coalición muerto V por fuego amigo: reduzca 100 puntos. Por otra parte, 1,000 puntos a favor por cada incidente que en un par de años sea capaz de hacer surgir una película reconfortante de Hollywood: sea testigo de Salvando al soldado Lynch.

Según esta contabilidad, la guerra es un éxito. Y la televisión ha reflejado más o menos los valores de este marcador: filme en un hospital a un niño vendado, sangrante, aterrado, y el tiempo al aire se garantiza; con qué despreocupada indiferencia, también, se han descuidado los indicadores. ¿Cómo se presentó a la milicia de Iraq? a) con una enorme inferioridad en armamento; b) como columnas imprudentes que salen, impetuosas, a convertirse en presas fáciles del ataque aéreo (aunque sin duda la expresión “tiro al pato” fue proscrita con prudencia); c) como sujetos experimentales para probar la supervivencia a bombas de fragmentación; d) como “fanáticos leales”, o sea, los que luchan todavía, a pesar de su enorme inferioridad en armamento; e) como prófugos en calzoncillos.

El regreso de los cadáveres británicos obtuvo una cobertura televisiva en gran escala: el féretro cubierto por la bandera, el saludo del príncipe Andrew, el movimiento en las faldas escocesas de los soldados que escoltaban las carrozas fúnebres de sus compañeros caídos. Enseguida, el rostro de cada soldado muerto aparecía en la pantalla, a veces en una borrosa foto doméstica en color, con la relación de la esposa, la prometida, los hijos: el golpeteo sobre las emociones. ¿Y los soldados iraquíes? Ellos sólo están muertos. The Guardian nos contó con detalles provechosos cómo el Ejército Británico transmite las malas noticias a las familias. ¿Qué sucede en Irak? ¿Quién le transmite a quién? ¿Acaso las noticias llegan a su destino? ¿Uno tan sólo espera que su hijo, conscripto de 18 años, regrese o no regrese a casa? ¿O recibe los pequeños pedazos que subsisten después de que él ha sido pulverizado por nuestras valientes y novedosas armas? No hay muchas equivalencias de esta guerra, pero uno puede estar seguro de que la equivalencia del sufrimiento existe. Aquí vienen los fabricantes de viudas, apunta el clamor mientras avanzan nuestros tanques. Aquí vienen también los reclutadores involuntarios de Al-Quaeda.

Con toda la cobertura, yo no sé qué he visto. Los periodistas incrustados [en el ejército] han trabajado, en efecto, desde el punto de vista militar. Esto no es por menospreciarlos y ellos han padecido, en proporción, mucho mayores pérdidas que los militares. Sin embargo, lo mejor que pueden hacer es suministrar filmaciones, que no es igual a decirnos lo que sucede en realidad pues ellos, y nosotros, dependemos de los voceros oficiales. Además, los periodistas deben ser aprobados. La televisión francesa difundió un documental sobre periodistas que, por no ser aprobados, no habían tenido acceso. La televisión británica nos permite suponer que recibimos tanta información, y tan auténtica, como es posible dadas las circunstancias.

Pero en tiempos de guerra somos aun menos capaces y estamos menos dispuestos de lo acostumbrado a vernos como nos ven los demás. Para nosotros, la guerra consiste en tropas de la coalición, Saddam, tropas y ciudadanos iraquíes, con pequeñas participaciones de los kurdos y Turquía. Durante los primeros días de la guerra vi un reporte en un noticiero de la televisión francesa que me dijo — creo— que Estados Unidos había cerrado su embajada y centro cultural en Pakistán; digo “creo” porque nunca lo vi confirmado. La reacción del mundo árabe en extenso se ha cubierto de manera esquemática, como diciendo: vamos a simular que esta es una lucha localizada, sin repercusiones más amplias, y eso será. Un amigo mío que trabaja en la televisión pronto advirtió que no estaba recibiendo todo el cuadro y contrató por seis meses Al-Jazeera. Sólo cuando su esposa le preguntó dónde había aprendido árabe, él se percató de esta grieta en su decisión. No obstante, su instinto había acertado por completo.

Mientras Bagdad cae en la contienda armada convencional, yo sigo recordando aquel mantra en boca de Jack Straw: “nuclear, química y biológica”. Lo repetía una y otra vez cuando buscaba reunir apoyo. Por tanto, lo “nuclear” debía suceder al reporte de la inspección de Naciones Unidas. Así que debía aplicarse a los otros dos villanos. Como algunos, yo creí (no, “tenía muchísimas ganas de creer” es lo más cerca que uno llega en este mundo de demandas y contrademandas) en la opinión de Scott Ritter: que si los iraquíes aún conservaban algún material maligno, éste ya tenía tiempo de haber caducado y haberse convertido en gel para el cabello. Incluso así, el intento de comprobar que Iraq tenía armas químicas y biológicas provocando a Saddam para que las usara contra las tropas de la coalición sugería una apuesta grotesca por parte de Bush y Blair. Ahora nos dicen que el pérfido bastardo se las ha llevado a Siria. (¡Hey, vamos a invadir Siria! Entonces él podría llevárselas a Irán. ¡Podríamos revisar ahí después!)

La cuestión pacifista previa a la guerra se planteaba así: supongamos que Saddam destruye todas sus armas mañana, ¿invadimos de todas formas, por motivos humanitarios? No puedo imaginar que hubiera demasiados gritos que dijeran: “Sí, por favor”. Pero eso, en retrospectiva, puede ser lo que hicimos, o lo que tendremos que esforzarnos en reclamar como lo que hicimos y por consiguiente lo que hemos intentado. ¿Les parece una guerra humanitaria? ¿Son “impacto y pavor” compatibles con “pensamiento y corazón”? En los inicios, un efectivo de infantería de Estados Unidos fue captado al responder al fuego, sombrío, en una duna de arena y al dirigirse hacia la cámara para quejarse: “Es como si no se dieran cuenta de que estamos aquí para ayudarlos”. Qué extraño que no se dieran cuenta.

Durante las tres últimas semanas he recibido correos electrónicos de amigos de diferentes partes del mundo. Casi sin excepción, expresan su incredulidad ante la postura de nuestro primer ministro. “Podemos entender a Bush, vemos con exactitud de dónde viene, no nos sorprenden sus burdas limitaciones ni sus burdas ambiciones. ¿Pero qué pretende su Blair? En apariencia, es un hombre civilizado, inteligente. ¿Qué cree que hace? ¿Y qué diablos supone que va a obtener con eso?” ¿Petróleo? ¿Contratos para la reconstrucción? Es difícil. En cuanto a lo que cree que hace: para mí, explico, es una mezcla de idealismo equivocado (descubrir una causa moral para la guerra donde ni los obispos anglicanos ni el Papa —expertos en moral que Blair aceptaría— pueden ver alguna) y pragmatismo equivocado: cree en realidad que la conquista militar de Iraq reducirá la posibilidad del terrorismo.

Esa es la Guerra de Blair y como él nos lo ha recordado, la historia será su juez. Ya que todos nosotros estaremos muertos cuando llegue el tiempo de la historia, tres momentos clave de Blair deberían ser examinados. El primero sucedió mucho antes de que la guerra estuviera a debate. En la Cámara de los Comunes, el primer ministro fue interrogado sobre Iraq y respondió con un destello satisfecho: “Saddam está en su jaula”. En su momento sólo advertí la crudeza de la expresión, que explica por qué la frase perduró. Lo que pocos de nosotros advertimos en ese entonces fue que los autodesignados guardianes del zoológico se reservaban el derecho de dispararle a la bestia.

Más tarde vino el asunto de la segunda resolución de Naciones Unidas. ¿Recuerdan que se les dijo que no iríamos a la guerra sin la segunda resolución? Qué pronto sobrevino el desliz. En la marcha del 15 de febrero contra la guerra, uno de los temas de conversación era la forma en que Blair mismo, al parecer, había modificado su punto de apoyo: si no obtenía una segunda resolución, tendría que elegir entre recuperar su promesa al pueblo británico o regresar a su amistad con Bush. Pronto conocimos su elección, que indujo un tercer momento clave. Cuando empezó a ser acusado con demasiada frecuencia de ser el perro faldero de Bush, Blair contestó, por el contrario, que si Bush se mostraba medroso en relación con Iraq, él mismo, Blair, lo iba a presionar con más firmeza para entrar en acción. No es un ejemplo típico de nuestra “influencia restrictiva”.

En fin, pacifista, ¿te sientes feliz ahora que la paz ha llegado? No, porque creo que esta guerra, como fue concebida y justificada, no ameritaba siquiera que un niño perdiera un dedo. Al menos, ¿te sientes feliz de que el régimen de Saddam haya terminado en efecto? Sí, por supuesto, como cualquier otro. ¿Y encuentras alguna incongruencia en esto? Sí, aunque menor a las incongruencias de tu posición.

Y para corresponder, belicista, tengo dos preguntas para ti. ¿En verdad crees que el pasmoso bombardeo de Irak, televisado en vivo por todo el mundo árabe, ha vuelto más seguros a Gran Bretaña. Estados Unidos y la ciudad natal de Torie Clarke frente a la amenaza del terrorismo? En ese caso, permíteme recordarte otra declaración de tu líder de guerra, Mr. Blair. El nos dijo, con toda seriedad, que una vez eliminado Saddam sería necesario “hacerse cargo” de Corea del Norte. ¿Ya entraste en calor para el siguiente, el ataque humanitario contra Pyongyang?

© Julián Barnes 2003. n

Antes y Despues de Irak

ANTES Y DESPUÉS DE IRAK

UNA CONVERSACIÓN CON FELIPE GONZÁLEZ

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

No cabe duda de que el terrorismo internacional es una amenaza seria.

Hay una oportunidad real, y no una oportunidad a costa de los demás, sino en contra de lo que piensa Estados Unidos: un mundo multilateral, multipolar. Este texto es parte del programa televisivo Zona Abierta que transmitió la televisión mexicana a principios de abril.

Héctor Aguilar Camín

¿Cuáles son las consecuencias visibles a corto plazo de la guerra en Irak?

Felipe González

 Estamos ante un error dramático de este grupo relativa o fuertemente fundamentalista que rodea al presidente Bush y que lo ha convencido de que puede conseguir la paz americana. Esto puede llevarnos a un caos internacional sin precedentes. Ahora: hay que tomar en serio las cosas que dice Bush. El no estar de acuerdo con él y con este error que está cometiendo, no significa que no deba tomarse en serio. Sé que este hombre habla con un propósito muy determinado de guerra larga, y cuando habla de guerra larga habla de la guerra contra el terrorismo, que es una amenaza real, o contra las armas de proliferación masiva. No está hablando de la guerra de Irak, porque la guerra de Irak siempre la concibieron como una guerra corta. Por tanto tenemos una postguerra complicada: primero, van a ocupar Irak, y esto no se hace con menos de 100,000 marines. Pero más allá de lo que pueda hacer la ONU; más allá de la composición de estas fuerzas ocupadoras, estas fuerzas no garantizan la estabilidad de un país. Fracasaron en el Líbano, por ejemplo. Vamos a asistir a una presencia que yo creo que no puede ser inferior a dos años, de 100,000 gentes sobre el territorio, con un gobierno militar estadunidense, y civiles que vayan preparándose para una sustitución futura. Esto es lo que va a ocurrir desde el punto de vista de la presidencia. Pero Powell, siendo Powell realmente el tipo más sensato de ese grupo, ha dicho que seguirán contra Siria, y luego contra Irán.

Héctor Aguilar CamíN

Si Estados Unidos se implanta, como pretende implantarse, con un protectorado militar, desde ahí empezará a lanzar advertencias y quizá campañas contra los vecinos hostiles.

Felipe González

Ya lo está haciendo, pero no puede imaginar, en la complejidad de esas zonas, el riesgo en el que se está metiendo. Y nos está metiendo a todos. Yo no estoy de acuerdo con una pax americana, con una política de un imperio que impone su ley; pero, todavía por encima de eso, lo que me preocupa es que esa política va a fracasar. Estados Unidos puede ganar una guerra o tres, pero no puede ganar las condiciones de la paz. Ni está en condiciones de hacer eso. Desde la Segunda Guerra mundial nadie ha consolidado una conquista territorial: ni los franceses en Vietnam. ni franceses y británicos en su aventura de Suez: ni los norteamericanos fueron capaces de ir sustituyendo a los franceses en Vietnam; ni los soviéticos fueron capaces en Afganistán.

Héctor AguilAr Camín

Absolutamente de acuerdo. Pero lo que Estados Unidos tiene en la cabeza son los casos exitosos: Mac Arthur en Japón, que entra a saco sobre un país destruido, desbaratado, y lo reconstruye; el Plan Marshall para Europa.

Felipe González

Por favor, está bien, incluso los explican, y eso es parte de mi preocupación. Nos ofrecen el escenario de una postguerra mundial, luego nos dicen que estamos en una guerra mundial. El problema es: esto acabará así; no me cuente sólo como acabó, sino qué pasó en el recorrido y cómo empezó.

Héctor Aguilar Camín

¿Hay riesgo de una guerra mundial?

Felipe González

Ya estamos en un conflicto mundial. No le podemos llamar “guerra mundial” en el sentido de las alianzas tradicionales de la primera ni de la segunda guerra mundial. Ha habido una fractura política, diplomática. Incluso en la OTAN. La imagen de la OTAN ocupa todo el espacio del Atlántico Norte, pero también tiene un pacto con Rusia, e incluso con Turquía parecería que hay un pacto civilizatorio, digámosle “occidental-oriental”, o si no judeo-cristiano, en un país que juega a occidentalizarse como Turquía desde la revolución de Ataturk. Si la OTAN se estrena en esa nueva estructura y composición en un conflicto con lo que no es ese pacto civilizatorio, es decir, sea un país del Islam, árabe o no árabe, ya están definidas las líneas de conflicto del siglo XXI. Afganistán todavía no se ha estabilizado y ahora el conflicto pasa por Irak. ¿Cuál es la esperanza de los estrategas de Washington? Estos nuevos fundamentalistas creen que cuando hagan dos demostraciones como la de Irak, el resto se va a alinear y se pondrá a las órdenes de Estados Unidos. Pero la amenaza terrorista contra la que lucha Estados Unidos tiene poco que ver con personajes como Saddam o Kadafi; poco que ver con el Estado-nación en el sentido tradicional. Hay una amenaza terrorista seria, pero lo que hace Estados Unidos para luchar contra la amenaza terrorista provoca más terrorismo y por tanto no disminuye la amenaza, y como no disminuye la amenaza, es imposible que ese objetivo no se vuelva contra ellos. Hay 1,200 millones de musulmanes, de los cuales sólo el 24% son árabes. Las líneas de fractura que se producen son muy complejas, y mira Afganistán, que consideraba a los árabes de Bin Laden como extranjeros, y sigue por Pakistán o por Indonesia, India, con 185 millones de musulmanes. El mundo actual no es gobernable imperialmente. Pero ellos quieren gobernar el mundo, quieren una paz americana, y la desgracia para ellos y para el resto es que vamos a pagar dos facturas: una, depender de una paz americana, de un imperio, cuyo principio básico es: estás conmigo o estás contra mí. Y dos: como no lo van a conseguir, vamos a vivir en un caos internacional permanente. No acepto un clima de paz imperial; pero el problema es que tampoco lo van a conseguir.

Héctor Aguilar Camín

¿Cuál es la factura por la quiebra de la política internacional? La ONU, que también se fracturó con Francia y Alemania, ha quedado detrás de las acciones de Estados Unidos.

Felipe González

Es inconcebible que la ONU funcione, digamos, alineándose estrictamente para la estrategia de Estados Unidos, es contradictorio con la propia proclamación de principios que hacen todos los días de la democracia, la libertad, el respeto a las diferencias de unos y de otros, esa proclamación de principios se expresa en la ONU. La ONU está ya concebida por Estados Unidos para tareas menores, no para las tareas para las que fue concebida de garantizar la paz y la seguridad. Pero habrá un intento de recomposición que no me parece mal, de cierto papel de la ONU en el post-conflicto. Voy a contar una cosa: los rusos ofrecieron sacar a Saddam antes de empezar la guerra. La operación no cuajó porque, para Estados Unidos, sacar a Saddam no era más que un elemento que facilitaba la ocupación sin resistencia. Bush dijo: ustedes sacan a Saddam, muy bien, se lo agradecemos, pero nosotros ocupamos el territorio. La determinación de ocupar y administrar Irak no está en cuestión.

Héctor Agolar Camín

¿Qué consecuencias serias anticipas por esta fractura de la alianza Europa- Estados Unidos?

Felipe González

Las alianzas que tienen un sentido histórico y que tienen un calado, una profundidad, nadie las debe abandonar sin un gravísimo riesgo de que ese desencuentro lo deje aislado frente a su propia aventura. Por tanto, yo creo que eso es muy malo para Europa y muy malo para Estados Unidos, igual que es muy malo para Estados Unidos no cuidar una relación con América Latina de manera especial y respetando, además, cuál es la personalidad y la opinión pública de América Latina. Cuando pase esta guerra es posible que baje el precio del petróleo y que suba la bolsa, pero los inversores globales ¿dónde van a ir? Los inversores globales norteamericanos ¿a qué lugar del mundo van a ir? Para ellos cierta oportunidad de futuro está en América Latina, y América Latina pierde relevancia porque no es una amenaza para Estados Unidos. Puede que su relevancia resulte de eso, de que no son una amenaza, pero Estados Unidos tampoco puede castigar demasiado a la opinión pública ni con demasiada arrogancia. Con América Latina. Estados Unidos debe buscar alianzas en el sentido más profundo del término: de cooperación, de una relación más amistosa y de mejor entendimiento. Por eso me preocupa la fractura europea y la fractura de opinión pública latinoamericana. Por eso me gustaría decirle a la gente en América Latina o en México: yo estoy radicalmente en contra de esta estrategia: pero por favor, no la confundan con Estados Unidos. Es sólo la estrategia del señor Bush y de un grupo de ideólogos que la han colocado aprovechando la conmoción espantosa del 11 de septiembre. Pero no lo confundamos, no estemos en una actitud antiestadunidense porque dentro de diez años el mundo de los hispanos, particularmente el de los mexicanos, va a tener algo que decir sobre quién es presidente de Estados Unidos. Por tanto, no perdamos de vista nuestra propia proyección, nuestros propios intereses y nuestros propios valores, que en buena parte compartimos mucho más con Estados Unidos que con el señor Saddam Hussein o Bin Laden.

Héctor Aguilar Camín

Alguna vez dijiste que México y América Latina tienen una enorme oportunidad histórica frente a Estados Unidos, en términos de un plan estratégico conjunto de seguridad, no sólo en lo que se refiere a la seguridad militar, a la seguridad policial o a la seguridad pública, sino a la mutua conveniencia de poner todos los factores en orden. Puede decirse: tenemos más cosas que construir que diferencias.

Felipe González

Esa idea se está reforzando. Lo que pasa es que a uno le cuesta trabajo salirse del debate al que inducen las imágenes de los muertos. Cuando Estados Unidos habla de reconstrucción no dejo de pensar que allí hay un cierto componente de obscenidad. Ahora bien, no cabe la menor duda de que el terrorismo internacional es una amenaza seria, y que los espacios donde se pueda combinar seguridad y libertad serán los espacios donde se producirán situaciones de bienestar, crecimiento y desarrollo. Hay una oportunidad real, y no una oportunidad a costa de los demás, sino en contra de lo que piensa Estados Unidos: un mundo multilateral, multipolar. América Latina juega un papel estratégico, por ejemplo, en materia de seguridad y energética, y para el propio ejercicio de las libertades; y tiene, además, un capital humano imprescindible para el conjunto del continente. ¿Cuál es el problema? La atención de Estados Unidos no está en América Latina, ni siquiera en Europa, por tanto, está distraído, atendiendo otras cosas. Estados Unidos deberá concentrarse en saber qué pasa, en cómo reconstruye su espacio económico. En el momento en que eso empiece a tener peso, mirarán para América Latina, a la que no sólo han descuidado distraídamente, sino castigado estúpidamente.

Héctor Aguilar Camín

Hablas de irrelevancia como amenaza de América Latina frente a Estados Unidos, pero eso puede ser justamente el valor en el futuro una vez que baje el conflicto; quizás Estados Unidos verá en México y en América Latina la zona de oportunidad que efectivamente es.

Felipe González

 Es una zona muy buena para la paz y para el desarrollo, muy buena, a pesar de que la proximidad, desde el punto de vista de la concepción del mundo, siempre da una relación de recelo o de rechazo. Pero en el fondo compartimos más de lo que nos divide o nos separa, cosa que no se podría decir de Indonesia con Estados Unidos. Si esta es una zona de paz, y habrá pocas como ellas en el mundo, tiene un potencial de crecimiento de 6 o 7 puntos, y si ahora me pongo en el lugar de un norteamericano: ¿dónde voy de vacaciones, dónde puedo invertir sin tener ese rechazo fóbico que se produce en todo el mundo islámico, en todo el extremo oriente? Lo repetiré una vez más: no confundamos la estrategia de la administración Bush con las necesidades de un pueblo que, entre otras cosas, es un pueblo que tiene 20 millones de mexicanos y la primera minoría hispana. Por tanto hay que preparar eso, hay que mejorar el capital humano, hay que mejorar la seguridad, y hay que ser concientes de la importancia estratégica que América Latina tiene para la paz, muy superior a la que se le atribuye. Brasil, por ejemplo, ¿por que creen que los bonos brasileños se han puesto al 80% de su valor en pocos días? Brasil tiene sus cuentas complicadas pero es más seguro que el resto el mundo; y no digamos México que tiene las cuentas absolutamente aseadas, ahora la está pasando mal el país, y parte del crecimiento es por las exportaciones de petróleo, pero México sigue siendo un país extraordinariamente atractivo para la inversión externa, y para la interna también.

Héctor Aguilar Camín

¿Cómo ves a México en esta coyuntura? ¿Qué piensas que puede suceder con relación a Estados Unidos en los meses que vienen?

Felipe González

No creo que a Estados Unidos le guste que México mantenga una posición autónoma respecto del conflicto que estamos viviendo, pero no creo que deje de comprender la importancia que para México tiene mantener esa posición respecto de su propia cohesión política y social interna. No creo que lo deje de comprender. Dicho eso, es verdad que tampoco dejará de comprender la importancia que tiene la relación entre México y Estados Unidos en algo que es inexorable; el presidente Bush puede incluso no identificar quién es el presidente de Indonesia y ni saber dónde queda en el mapa, pero no puede hacer eso con México. Estados Unidos y México comparten demasiadas cosas y demasiado importantes como para no hacer un esfuerzo recíproco de entendimiento, incluso cuando hay un desentendimiento como éste, por interpretarlo de alguna manera. Por parte de México también hay que ser conciente de eso, yo comprendo la irritación de la opinión pública; no sólo comprendo, siento lo mismo. Pero hay que cuidar esa relación. En México es mucho más evidente: nuestros intereses son norteamericanos en el sentido del Norte, y nuestra identidad es latinoamericana en el sentido del Sur. Hay que poner en valor las dos cosas; no confrontarlas. n

Sola la Fifa Permanece y Dura

SÓLO LA FIFA PERMANECE Y DURA

POR JOHANNES BURGOS

Vendrán y caerán guerras e imperios, Romas y Cartagos, civilizaciones y tribus; sólo la FIFA permanece y dura.

Este redactor no incurrirá en la cursilería de retomar ese momento de la guerra en Irak en que soldados británicos jugaron una cascarita contra soldados iraquíes para preguntar, acto seguido, con filosofía Barbie: ¿no podrían dirimir sus conflictos de esta manera, con un balón y pacíficamente? Pero debe empezarse por algo así para hablar de cómo en estos tiempos el futbol parece ser lo único que convoca un acuerdo universal.

Sin ir más lejos: a la FIFA nadie podría hacerle lo que le hicieron a la pobre ONU. Estados Unidos podrá ser todo lo unilateral que sea, pero con la FIFA, se sienta. (Perdón por este símil ya menos alburero que belicoso.) Estados Unidos de ningún modo podría arriesgarse a retirar su registro en la FIFA y hacer, digamos, su propia organización de futbol. (Dije futbol, no futbol soccer. ¿Hay otro? pregunta el globo entero.) Estar fuera de la FIFA es estar, de veras, aislado del mundo. Por supuesto que la FIFA está compuesta por una partida de fenicios, a cuyo consejo general lo integran quizá las únicas nueve o diez personas en el mundo a las que en realidad no les gusta el futbol. No son hermanas de la caridad. Pero, bien visto y por ejemplo, la FIFA ha sido más eficaz en la lucha contra el racismo que otras organizaciones mundiales. O bien, no es de dudarse que la FIFA tenga corrupción dentro de ella misma; pero Azerbayán tuvo el pasado mes de abril la peor condena mundial en su muy reciente historia: la FIFA desafilió a este país por corrupción en sus cuentas futbolísticas. ¿Qué hará ahora ese pobre pueblo de Azerbayán, aislado del mundo?

Hablemos incluso del nuevo cisma de Occidente y de cómo sólo el futbol es lo que mantiene unida a Europa, con un ejemplo.

Antes y durante la guerra de Irak, el antigalismo en Inglaterra no fue menor al antigalismo en Estados Unidos. Quizá los únicos franceses no increpados fueron los muchos futbolistas que juegan en la Premier League, empezando por los cinco o seis del equipo Arsenal y, sobre todo, su entrenador, Arsene Wenger. Los ingleses podían boicotear un Chateau Lafitte 1965, pero no un Patrick Vieira (nacido en 1975).

Recordemos también que la orgullosa Albión, no inventora, pero sí, digamos, la que metió al futbol en su proceso civilizatorio al darle reglas al, antes de eso, tan pedestre afán, estuvo aislada del mundo puesto que creía que su endogámica asociación de futbol era suficiente. No fue así; Inglaterra resultaba sólo una isla ignorada antes de incorporarse a la FIFA.

Vendrán y caerán guerras e imperios, Romas y Cartagos, civilizaciones y tribus; sólo la FIFA permanece y dura. n

Irak en dos momentos

Ofrecemos dos momentos de Hans Magnus Enzensberger sobre el conflicto en Irak. El primero era lateral al conflicto; apareció en Der Spiegel y muestra cautela ante la actualidad mundial. El segundo apareció semanas después, el 15 de abril, en el Frankfurter Allgemeine Zeitzung. Con él Enzensberger rompe el silencio y expone las razones por las cuales apoya la caída de Saddam Hussein y la guerra en Irak.

I. “Los americanos tampoco saben más”

En 1939, su colega Bertolt Brecht escribía indignado en un poema: “¡Qué tiempos son éstos en los que hablar de árboles es casi un crimen porque implica callar sobre tantas atrocidades.’”. Sus nuevos poemas no tratan solamente, como el título lo sugiere, de nubes, sino también de copos de nieve, hojas, vacas y estrellas. ¿Casi un crimen?

Hoy es al revés: no hablar de árboles es casi un crimen. Sabemos que la biosfera no se encuentra bien: en esa medida la defensa de los árboles, de la naturaleza, es un deber —si es que a fin de cuentas quiere asignársele un deber al poeta—. Me resisto a aceptar prescripciones sobre lo que un poeta debe o puede hacer.

“La historia de las nubes” es el título intermedio del último de los seis capítulos. En tanto título de la colección completa, que también contiene textos sobre asesinos, amantes científicos y moribundos, da la impresión de que la naturaleza se ha vuelto más importante para usted que la política…

Estamos obsesionados por los problemas diarios, pero la historia humana no es la única. El mundo es más grande que lo que aparece en la primera plana de los diarios. Es necesario tomarse la libertad de ver las cosas desde un punto de vista algo menos limitado. El discurso moralizante de un Jean-Paul Sartre — ¿pero cómo pueden escribir poemas cuando en África mueren tantos niños de hambre?— siempre me ha parecido extraño. De acuerdo a ese principio deberíamos cerrar los centros comerciales, ya que, en vista de la miseria en el mundo, resultan por lo menos tan obscenos como los poemas o. más aún como los poemas sobre nubes.

¿Es para usted la nube una figuración simbólica del poema’

¿O sea que el poeta vive en un castillo construido en el aire?

Todos, alguna vez, cuando niños, contemplamos las nubes acostados sobre la hierba y experimentamos una sensación de libertad. Ello encierra un momento onírico en que el inconsciente habla. A ello se agrega la inaudita capacidad de transformación propia de las nubes. Las nubes, aun para la física, que no ha logrado todavía desentrañarlas, son un fenómeno enigmático y tentador. Sin contar que el hombre les debe el agua, el fuego y la electricidad. Sobre ellas sólo deberían poder hablar los poetas y los científicos. Ningún diario puede publicar un titular sobre las nubes.

¿El otrora cáustico Enzensberger abraza ahora la apacible profesión de lírico de la naturaleza?

La división en lírico de la naturaleza, lírico del amor y crítico social me parece extraña. La poesía es omnívora. Todo lo que experimentamos o vivimos puede convertirse en tema de la poesía. En mi libro encontrará poemas sobre teología y cuchillos de pescador, sobre botones y terroristas. Hay también un poema sobre mi mujer.

Y también uno sobre las papas. Acerca de su mujer podemos leer: “Me asombra que ella esté casi siempre ahí donde yo casualmente me encuentro”. Un asombro que nos sorprende.

¿Por qué? Se trata de un método, de un legítimo truco poético, el asombrarse. No hay que tomar las cosas como lo hacen los periodistas, que toman las cosas tal y como se les presentan. Por cierto que no sólo me asombro frente a cosas bellas como las nubes, sino también frente a extrañas monstruosidades como el terrorismo.

Uno de los poemas sueña con darle una “tortura eterna al tirano”: que “en lo sucesivo mejor cultive remolachas”. ¿Puede una relación más íntima con la naturaleza, así fueran remolachas volver más pacífico al hombre? ¿O, al menos, consolarlo cuando sufre a causa de la violencia de la historia?

No puede proporcionarse consuelo como con un vendedor de jabones. No pretendo hacer de la naturaleza algo idílico. En uno de mis poemas dos asesinos de Ruanda ven un arcoíris doble y bajan por un instante los cuchillos. Después siguen matando. De lo que para mí se trata es exactamente de lo pérfido, lo contradictorio, de nuestra experiencia. Pero, sea lo que sea, la naturaleza relativiza la violencia humana —las nubes sobrevivirán millones de años al hombre—. No es nada necesariamente consolador. La Madre Naturaleza que idolatran los Verdes puede ser muy cruel. La belleza de la naturaleza es frecuentemente una puerta batiente hacia el horror. El plomo nos ayuda a producir hermosísimos vasos, pero al mismo tiempo es un veneno letal; la estrella de Belén ilumina, pero después se la cosieron a los judíos en el abrigo.

En cierta ocasión polemizó contra la locura de la movilidad concluyendo que “debajo del árbol de peras de la casa” era el lugar más acogedor — ¿un arrebato a lo Biedermeier? ¿una mirada al mundo “con la espalda vuelta al presente”, como dice en otro lugar?

Un poco de distancia respecto a las cosas y uno mismo no hace mal. Yo antes era un poeta vociferante y estridente. A mi edad se tienen otras fuerzas y opiniones. Alguien de más de sesenta años que usa pantalones de mezclilla y zapatos tenis me parece ligeramente ridículo. A mí me gusta ser un poco asincrónico. Quien se entrega sin reservas al “espíritu de su tiempo” es un pobre diablo. El vicio innovador de la eterna avantgarde tiene algo de castrante. Esa actitud era pieza de museo ya en 1958.

Aun así a usted se le considera la más novedosa vanguardia.

Ese papel se le adscribe a uno durante un tiempo, y luego prescribe.

¿Son sus poemas sobre las nubes también una polémica secreta contra las habladurías del Zeitgeist en relación con el peligro de guerra actual?

Quizás en la medida en que digo: lo que aparece en el periódico no es toda la realidad. De pronto, todo se pone blanco y tenemos frío —eso no sale en el periódico, cuando mucho, la nive aparece cuando provoca una catástrofe—. La reforma del sistema de salud, la reforma del sistema de jubilaciones, los horarios de apertura de las tiendas, todo el circo en Berlín, Bush y Saddam Hussein —no puede ser que eso sea todo.

Y al día siguiente vuelve a escribir un ensayo político sobre Saddam, a quien comparó con Hitler un artículo de 1991.

Hay dos razones que me llevan a evitar participar directamente en el debate sobre la guerra. En primer lugar, todas las soluciones reconocibles para ese problema son malas. En segundo lugar, cuando no estoy seguro de algo, mejor me callo la boca. Las posiciones llanas de sí o no me parecen bastante simplistas. Además, sé muy poco sobre la sociedad iraquí. Lo que me temo es que los americanos tampoco saben más. No, en esta ocasión oigo lo que los otros dicen.

Y mejor contempla el cielo.

Digámoslo de esta manera: mi libro por lo menos invita a ver más allá de la cotidianidad, más allá del estado de cuenta. Dirigir la mirada al cielo nos enseña a ser más serenos y modestos. Todos tenemos la tendencia a considerarnos demasiado importantes. También por eso es que hay guerras. Importancia, prominencia, fama —son trampas en las que no quiero caer.

—Traducción de Salomón Derreza

II. Epílogo a la guerra

En la entrevista que ofrecemos líneas arriba, Hans Magnus Enzensberger expone las razones por las que evitó aventurar, al botepronto, una opinión sobre la guerra en Irak. “Cuando no estoy seguro de algo, mejor me callo”, dijo. Semanas después, Enzensberger rompió el silencio. El 15 de abril, el Frankfurter Allgemeine Zeitung publicó “Libertades ciegas. Epilogo a la guerra en Irak” (que dos días después reprodujo el diario El País). Enzensberger no oculta su irritación por la circunstancia, especialmente llamativa, “de que muchos alemanes hagan suya la retórica del appeasement (apaciguamiento), como si jamás hubieran vivido bajo un régimen totalitario”. Los estadunidenses quieren un Oriente Medio a su imagen, pero Enzensberger no deja de subrayar el hecho de que “Rusia y Francia tienen enormes intereses económicos en Irak, no en última instancia en el negocio del petróleo y de las armas, y Alemania ha destacado durante años por sus exportaciones de armas a Irak”.

Las frases iniciales del ensayo no arrojan dudas sobre la posición de Enzensberger: “Una de las pocas alegrías profundas que depara la historia es el fin de los déspotas, trátese de que pierdan su poder o de que mueran. La caída de sus estatuas, la destrucción de sus imágenes simbolizan ese momento”. ¿Por qué, entonces, la desconfianza de una buena parte de la intelectualidad alemana? “No es la primera vez”, dice Enzensberger, “que las arrugas de la preocupación que surcan la frente alemana demuestran ser precipitadas”. Fueron precipitados los juicios sobre el futuro “inconmovible” de la RDA, fueron precipitadas las condenas al sindicato polaco Solidaridad, al que se consideraba “un peligroso perturbador de la paz”. Lo mismo pasó con la Unión Soviética, vista como “un coloso inexpugnable al que sólo provocaban los estadunidenses y otros combatientes de la guerra fría”. “¡Qué extraño y también qué molesto, para mucha gente de izquierda, que el coloso resultara tener los pies de barro! También se hubiera querido tratar con guante de seda a la Serbia de Slobodan Milosevic, por mor de la paz sacrosanta; cualquier intervención en los Balcanes amenazaba con provocar un incendio de incalculables proporciones. ¡Y qué decir de los talibanes! Quien les atacara se echaría encima a todo el mundo islámico, una imagen apocalíptica. En el caso de Irak hemos asistido a una unanimidad semejante. Se ejercitó una especie de mirada hipnotizada por el horror en la que el pacifista adoptaba el lugar del conejo ante la serpiente”.

¿Y los muertos?, pregunta Enzensberger. “Según datos iraquíes, 1,300 civiles han muerto en esta campaña: parece que han caído 153 soldados por parte de la coalición. Aunque no se puede aceptar sin más estas cifras, lo que sí está claro es que jamás ha habido una guerra de tales dimensiones con tan pocas víctimas”. El interés por Irak y por sus víctimas contrasta “con la ceguera frente a otros hechos”: en todo el mundo arrastran una existencia fantasmal otras treinta guerras, frecuentemente mucho más crueles”.

Las palabras de Enzensberger tienen un destinatario que ha cobrado fuerza en estos días: “los animados por la paz”. “Cuántas veces, y con cuán poco resultado, se ha repetido que el código de la política no coincide con el de la moral. Muchos de los que se indignan no logran captar esa distinción. Su peculiar postura timorata va acompañada de una altivez moral que maravilla. Quizás ése sea el motivo por el que su crítica desprenda un tufillo específico. El fariseísmo y la hipocresía alcanzan, antes o después, a la mayoría de los que protestan”.

Podemos estar seguros, dice Enzensberger, y contra aquellos que objetan que las tradiciones religiosas y políticas de la región no hacen posible el establecimiento de la democracia en Irak, que un régimen como el de ese país “tiene poco que ver con las formas tradicionales de dominio en el mundo árabe; este es, en el más fatal de los sentidos, moderno, y debe algunos elementos decisivos al modelo de la Alemania nazi y de la Unión Soviética”. ¿En qué se semejan? El terror que ejerce un sistema totalitario “no es sólo de tipo físico; no se limita a la tortura y al asesinato. Un dominio de este tipo provoca pérdidas de sustancia humana que se dejan sentir decenios después de su fin. Empieza con la expulsión y huida de los mejores, una pérdida de la que una sociedad jamás se repone totalmente”.

No parece que los alemanes, concluye Enzensberger, entiendan la diferencia entre el sistema político de Estados Unidos y el de Irak. “La mayoría no ve que haya razones suficientes para poner fin a la tiranía de Irak”. De hecho,  resulta muy difícil aceptar todo paso decisivo para acabar con ella. “Tampoco el final de la dictadura en la Alemania oriental fue del agrado de todos los habitantes del país. Admitamos que la gratitud no es una categoría política. El hecho de que Alemania fuera salvada por los aliados occidentales y de que sin ellos el muro seguiría hoy en pie no permite esperar ninguna clase de agradecimiento. En cualquier caso, sorprende la falta de memoria que se manifiesta aquí. Sin embargo, en este contexto quizá no hiciera daño un poco más de valor para la libertad, un ápice menos de arrogancia.     n

Pregón de Sevilla

Yo fui un niño sin Fiesta. Creciendo en Santiago de Chile, Buenos Aires y la capital norteamericana, Washington, todas ellas ciudades sin corridas de toros, hube de esperar a mi regreso a México, siguiendo las peregrinaciones diplomáticas de mis padres, para ver mi primer espectáculo taurino.

Mi suerte no pudo ser mayor. Una tarde del año de 1945, me estrené como taurómaco principiante, villamelón certificado y al instante entusiasta aficionado, viendo torear en la Plaza El Toreo a Manuel Rodríguez “Manolete”.

No conocía aún los nombres propios de cada instante de una faena magistral.

Más si alguno de mis sentidos artísticos aún dormitaba, esa tarde asoleada en la ciudad de México despertó en mí un tropel de emociones estéticas que iban del asombro a la admiración, a la duda misma que semejante entusiasmo me procuraba, al irresistible clamor de la multitud que con un solo, enorme alarido, tan vasto como el océano mismo que separa y une a España y México, coronó la faena de Manolete, el arte del torero y el coraje de su contrincante el toro llamado “El Gitano”.

Los adjetivos, igual que el aplauso, acudieron pisándose los talones a mi mente y a mis labios.

Fuentes

Manuel Rodríguez Manolete, se ha dicho tanto, era una figura que El Greco había dejado escapar de un cuadro de santo o guerrero. La larga y esbelta figura mística tenía la cabeza en un cielo reservado, acaso, para los grandes maestros de la tauromaquia, pero esa misma figura espiritual poseía un atractivo físico, sensual, de masculinidad, si no agresiva, ciertamente agradecida de sus atributos, subrayados por la ceñida elegancia del traje de luces. Mística y erótica a la vez, la figura de Manolete tenía, sin embargo, o asimismo, los pies bien plantados en la tierra. Si su figura parecía imaginada en el cielo tormentoso de El Greco, sus pies decían que no había otro cielo que éste, la tierra, la tierra de arena y polvo del genio popular de España, la tierra pródiga de la única gran cultura europea cristiana, árabe y judía, el redondel privilegiado de los tres monoteísmos que como el rey San Fernando en su tumba sevillana, reza para siempre en árabe y latín, castellano y hebreo. Manolete de pie en el mismo campo del Quijote, el redondel de La Mancha, el territorio manchego y manchado en el cual no es posible distinguir la sangre derramada de la sangre renovada.

Vida y muerte, eso vi aquella tarde de mi primera corrida viendo lidiar a Manolete en México.

Vi la vida y la muerte del matador y del toro.

Vi el emparejamiento de dos heroicidades: la del diestro y la de su contrincante animal.

Vi el símbolo de la interminable contienda entre la naturaleza que quisiera abrazarnos hasta sofocarnos con su gigantesco amor materno y la voluntad humana de establecer el espacio —la arena— separados de la ciudad —la polis, la civitas— al abrigo de la pura fatalidad natural.

Vi la escenificación de la angustiosa condición humana ante la naturaleza: ser absorbidos por ella o dominarla. Y dominarla de qué manera, explotándola destructivamente o respetándola, sabiendo, como sabía esa tarde en México Manolete, que él iba a morir y el toro iba a sobrevivir… no como un presagio de la tragedia de Linares apenas dos años más tarde, sino en la gran corrida universal que simboliza la fiesta taurina. El torero, al cabo, es el que perece y el toro, al cabo, es el que sobrevive…

Viendo lidiar a Manolete en México, aquel lejano domingo de hace ya más de medio siglo, me di cuenta de la más profunda relación del alma hispánica y el alma mexicana.

Mexicanos y españoles tenemos el privilegio, pero también la carga, de entender que la muerte es vida. O sea: todo es vida, incluyendo a la muerte, que es parte esencial de la vida.

No es nuestro el pudibundo eufemismo norteamericano “he passed away”, pasó para no decir murió. Con razón exclamó un día Cagancho: “¿Hablar inglés? ¡Ni lo mande Dió!”. Con mejor razón irónica, reza la inscripción de una tumba en el Cementerio Brompton de Londres: “Aquí yace Lady Wilson. Pasó de la ilusión de la realidad”.

Aunque tampoco es nuestra cierta serena racionalidad francesa que dictamina: “Partir es morir un poco”, a fin de no determinar que: “Morir es partir un poco”.

No: mexicano es el poema náhuatl que nos dice:

¿Es verdad, es verdad que se vive en la tierra?
No para siempre aquí: somos un momento en la tierra…
¿Es que en vano venimos, pasamos por la tierra?
Cese por un momento la amargura,
¡Aun por un momento disipemos la pena!
Al menos cantos, al menos flores:
Esfuércese en querer mi corazón.

No: español es el soneto inmortal de Quevedo que nos dice:

serán ceniza, mas tendrán sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado

al cual hace eco el verbo novohispano de Sor Juana Inés de la Cruz:

¿Quién pensara que cómplice en tu muerte
fuera, por no callar, tu propia vida?

y si suena a desafío el corrido revolucionario mexicano de La Valentina,

Si me han de matar mañana,
que me maten de una vez,

esa vez, en la suprema elegía taurina de García Lorca, es un largo sueño sin fin:

 Por las gradas sube Ignacio
 con toda su muerte a cuestas…
 Y su sangre ya viene cantando:
 ¡Oh blanco muro de España!
 ¡Oh negro toro de pena!
 ¡Oh sangre dura de Ignacio!
 ¡Oh ruiseñor de sus venas!

El blanco muro de España se fundió en México con el gran muro azteca de las calaveras, el Tzompantli, y se mestizaron dos universos sacrificiales —ambos rituales, pero uno sacrificio humano para aplacar a los dioses y renovar con sangre el renacimiento del día; el otro sacrificio simbólico para representar y salvar del olvido o la indiferencia la tensión entre hombre y natura—. Ya el 13 de agosto de 1529, ocho años después de consumada la Conquista, y en el día de San Hipólito, se establece oficialmente la fiesta de toros en la ciudad de México, confirmando la aparición natural de la corrida descrita por Hernán Cortés en la Quinta Carta de Relación al rey Don Carlos: cuando “otro día, que fue de San Juan [llegó un mensajero], de vuestra sacra majestad, estando yo corriendo ciertos toros y en regocijo de canas y otras fiestas…”.

Esos “toros ciertos” a los que se refiere Cortés los trajo a México don Alonso García Bravo. Dos hechos notables se le deben a este alarife que llegó a México en expedición mandada por Francisco de Garay, a la sazón, gobernador de la entonces española isla de Jamaica.

Sobre las ruinas de la capital azteca, Tenochtitlan, García Bravo trazó la ciudad hispano-mexicana, la ciudad de México y realizó, igualmente, el trazo urbano de la espléndida ciudad de Oaxaca.

Pero además de ser el primer urbanista de la Nueva España, fue García Bravo quien trajo los primeros toros bravos a México, toros de Navarra pasando por Cuba y apacentados en la ganadería de Atenco, cercana a la capital mexicana y la más vieja del continente americano.

La unción del primer virrey de México, don Antonio de Mendoza, en 1535, fue ocasión para lidiar más de cien toros y el virrey Luis de Velasco gustaba de lancear y dar capotazos en corridas de hasta ochenta toros. Nota bene: en esos siglos del Virreinato de la Nueva España, no se mataba a los toros.

Se suceden en la ciudad virreinal mexicana los cosos taurinos: plaza del Marqués en el siglo XVI, seguida de las plazas de El Volador, San Diego, San Pablo y las Vizcaínas, culminando con la de Chapultepec en 1713 e iniciando, en 1769, la primera temporada taurina formal y periódica, no exenta de accidentes.

Tomás Venegas “El Gachupín Toreador” y Pedro Montero, encabezaban la cuadrilla de a pie; Felipe Hernández “El Cuate” la de a caballo. Montero y su garrochero “El Capuchino” resultaron heridos, “El Capuchino” murió y su viuda recibió 24 pesos siendo el precio del toro que lo mató de diez pesos. Hablo del siglo XVIII preinflacionario.

Después de la Independencia en el siglo XIX hay un estira y afloja de amigos y enemigos de la tauromaquia, conflicto disipado por la aparición de dos grandes diestros. El español Bernardo Gaviño, maestro iniciático de la tauromaquia moderna en mi país, y Ponciano Díaz, el primer gran matador mexicano, protegido de Gaviño. celebrado a plaza llena en todo México con el grito de ¡Ora Ponciano!, grito de alegría, ánimo, expectación y victoria, que lo llevó a recibir la alternativa madrileña de manos de Frascuelo en julio de 1888 y un año más tarde, la alternativa de la muerte que también le dijo al oído, “Ora Ponciano…”. Dejó detrás un redondel alfombrado de rosas y sombreros y un dato histórico: azuzado por el gentío en la plaza de Orizaba, en vez de recibir avanzó a matar, se perfiló en corto y hundió la espada hasta el puño en el hoyo de las agujas: es el primer volapié conocido en la historia de México, ejecutado por un diestro, cosa rara, con gran bigote prezapatista.

“Ora Ponciano” y luego, ya en rápida y fabulosa sucesión, y a pesar de los paréntesis revolucionarios entre 1910 y 1920, primero el reino de Rodolfo Gaona, el “Califa de León”, el “Petronio del Toreo”, presentado el 1 de octubre de 1905 en la plaza El Toreo de México y filmado ya, a sus morenos veintidós años, desplegando el lance que lleva su nombre, la gaonera, que es cuando el toro embiste al engaño y el torero mantiene un lado del capote sujeto con una mano y el otro extremo lo detiene con la otra mano, cuyo brazo extiende al embestir el toro para darle salida por ese lado, cargando la suerte.

La gaonera, identificada para siempre con el “Califa de León”, es lo que en España, me ilustra mi gran amigo, gran escritor y antiguo juez de plaza de la Monumental México, don Ignacio Solares, se llama el lance delantero que se ejecuta con el capote cogido por detrás. España conoce a Gaona el 31 de mayo de 1908 en la plaza de Tetuán de las Victorias, recibiendo la alternativa de Manuel Lara “Jerezano” y compartiendo cartel, en numerosas ocasiones, con Belmonte, “El Gallo” y Sánchez Mejías. Y su faena clásica se la sacó en la Maestranza a “Desesperado” en 1912.

No sé si habrá sido en una corrida de El Toreo en 1921 y con Gaona en la cumbre, cuando se sentaron lado a lado el presidente de México, el general Álvaro Obregón, y el ilustre escritor gallego que nos visitaba, don Ramón del Valle Inclán. Uno y otro eran mancos. De don Ramón, se cuentan —y él se encargó de abundar, con la ayuda de Ramón Gómez de la Serna— tantas fábulas sobre la pérdida del brazo, que juntas todas forman una novela entre macabra y picaresca: que si don Ramón se cortó el brazo porque no había carne para el puchero; que si lo perdió tratando de forzar la recámara de una mujer esquiva; que si él mismo se mutiló para distraer a un león que le perseguía; que si se lo arrancó el bandido mexicano Quirico en un campo desolado. Lo más probable es que lo perdió en una riña en el Café de la Montaña, entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo, al contestar don Manuel Bueno a una provocación de Valle Inclán con bastón con barra de hierro, incrustando en la muñeca del escritor el gemelo del puño, gangrenado y amputado en consecuencia.

El general Obregón perdió el brazo en la batalla de Celaya del año 1915, donde derrotó a Pancho Villa y sus famosos “Dorados”. Quedó el campo regado de cadáveres y de miembros, entre ellos una extremidad superior de Obregón, hoy conservada en un monumento al sur de la ciudad de México.

—¿Cómo recuperó usted el brazo perdido en la batalla, mi general? —se le preguntó a Obregón.

—Muy fácil —contestó el ingenioso y cínico revolucionario—. Eché una moneda de oro al aire y mi brazo perdido salió volando a cogerla.

De hecho, existe una fotografía en que los dos mancos, Obregón y Valle Inclán, aplauden juntos la faena de Gaona, cada uno con la mano que le quedaba al otro…

Se suceden después de Gaona los grandes diestros mexicanos en España. Destaco a tres de ellos:

Fermín Espinosa, “Armillita”, famoso por su faena en la Maestranza una tarde de 1945, cuando en vez de matar cuanto antes a un toro manso, le brindó la muerte a Belmonte y procedió a la que es considerada una de las más perfectas y osadas faenas de dominio, ganándose las dos orejas, el rabo y la salida en hombros.

Natural de Saltillo en el norte de México, Armillita mató su primer becerro a los dieciséis años de edad, se retiró a los cuarenta y cuatro y llegó a filmar las faenas atribuidas a Tyrone Power en la segunda versión fílmica de Sangre y arena de Blasco Ibáñez. Tyrone sabía seducir, como Juan Gallardo, a Doña Sol, Rita Hayworth en aquella ocasión y espléndida belleza de crepúsculo con cuerpo de Venus Pandemus, origen de todas las sensualidades, la Venus bailaora, como la evocó García Lorca, paralizada por la luna.

Si esto, envidiablemente, le tocaba a Tyrone, Armillita tenía, en cambio, que mirar en los ojos del toro su propia muerte, y lo hacía con el desnudo estoicismo coahuilense de los desiertos mexicanos, pues esto era el redondel para Fermín Espinosa: un llano de arena y sangre encajonado entre sierras perdidas.

Silverio Pérez, “El Faraón de Texcoco”, era un hombre de sonrisa alegre y mirada triste. Torero torerazo, lo llamó Agustín Lara en un célebre pasodoble. Muchas veces comí con él. Era hombre de pocas palabras. Su vida cotidiana parecía un mero reposo entre corridas. Y en cada una de ellas, Silverio hacía un milagro. Se presentaba con una indolencia que era la máscara más frágil de su temple taurino. Era como si Silverio necesitara cobijar bajo esa aparente indolencia su decisión, crecida con cada momento de la faena, de salir a poder con el toro. Luego venía el reposo del altiplano de México, allí donde este dulce Anteo azteca hundía las raíces en la tierra natal. No nació el Hércules que lo arrancara de ese suelo nutricio.

Y Carlos Arruza. Ligazón. Temple. Entrega. Unidad de estilo. Nada le faltaba a este mexicano, chilango de la mera capital, pero sobrino del enorme poeta español del exilio León Felipe. Acaso el poeta y el torero, el tío y el sobrino, podían reunirse en la pregunta de León Felipe, “¿Quién soy yo?” y contestar:

¿Has entendido ya
que Yo eres Tú también?

Y ambos, León Felipe y Carlos Arruza, pudieron también decir juntos, como le dice el poeta a la vida, como le dice el matador a la muerte:

Dejadme,
Ya vendrá un viento fuerte
           que me lleve a
Mi sitio.

Fuentes

Como Arruza, con quien tantas veces alternó, Manolete —para cerrar el círculo de mi redondel personal— murió demasiado pronto. Ambos supieron la verdad que dijo El Gallo: “Cada torero debe ir a la plaza a decir su misterio”. Yo quisiera centrar el de Manuel Rodríguez Manolete, su figura estatuaria, su postura invariable, su manera incomparable de citar al natural y ligar los pases, los redondos, las manoletinas, la virtuosidad del estoque…

Pero sobre todo, la heterodoxia o mejor dicho, la herejía de sus faenas.

—Tienes que quebrar la arrancada del toro, Manuel.

—Yo no me tomo ventajas con el toro, madre.

—No son ventajas, recoño, es llevar al toro adonde no quiere y tú puedes lidiarlo mejor.

—Yo no me muevo. Que el toro cargue.

—¿Qué quieres del toreo, hijo?

—Que a todos se les pare el corazón cuando me vean torear.

Y a todos se nos paraba, en las plazas de México. Manolete no era el heterodoxo, era el hereje y hereje significa escoger, el que escoge. ¿Qué escogió Manolete negándose a cargar la suerte? Mirar al toro para mostrarle su muerte. Darle al toro la oportunidad de matar al torero para que ambos —lidiador y lidiado— supiesen que cada uno tenía el rostro de la muerte, que la pelea era entre iguales…

Porque el toreo no es lucha de clases, sino lidia de castas. Acogidos mi esposa y yo a la incomparable hospitalidad de Soledad Becerril y Rafael Atienza en la maravillosa Ronda donde el poeta Rainer María Rilke dijo que allí, en Ronda, había llegado al final de su propia mirada, pues, después de Ronda, “¿qué permanece sino la permanencia misma?”, acaso Rilke pudo convocar, en la Real Maestranza de Ronda, el espíritu fundador de Pedro Romero, matador de casi seis mil toros bravos, que nunca derramó su sangre en la arena y que murió a los ochenta años sin una sola cicatriz en el cuerpo, habiendo establecido las reglas clásicas de su arte.

Fuentes

¿Hay retrato más noble de un matador que el de Pedro Romero por Goya que se exhibe en el Museo Kimbell de Fort Worth? ¿Hay rostro de torero que más claramente nos diga: “Qué duro es ser rival de uno mismo”? ¿Hay perfil que, como el de Pedro Romero de Ronda, con más certeza le dé la razón a El Gallo: “Cada torero debe ir a la plaza a decir su misterio”?

Lidia de castas: cae la noche sobre los inmensos campos de girasoles, imanes del cielo en la tierra andaluza. Se apagan las luces y cuando los girasoles se convierten en giralunas, de noche salen los muchachillos a ciegas, a torear los becerros cuerpo a cuerpo, embarrados al cuerpo del toro, sintiendo el pálpito velludo del animal, el vapor de sus belfos cercanos, el sudor negro de su piel, aprendiendo a torear con miedo, porque sin él no hay buen torero, y con gusto, por lo mismo…

El toro y el torero serán siempre la primera noche de hombre.

El torero y el toro serán siempre el primer sol de la muerte.

El domingo de resurrección culmina la Semana Santa sevillana.

Un pueblo entero ha salido —pueblo de innata aristocracia, de auténtica nobleza popular— a formar el coro de las procesiones, remontándonos a la más remota antigüedad de las fiestas de guardar, los días propiciatorios, las representaciones simbólicas de la vida.

“Fiesta multicolor”, la llamó Ortega y Gasset, fiesta de las generaciones de Sevilla, fiesta de los gremios, cargando descalzos, con ligereza mística, a la Virgen coronada por una tiara solar de rayos como navajas.

Como los coros de las más antiguas ceremonias del Mediterráneo, éstos de Sevilla lo forman ciudadanos que durante todo el año se preparan para desempeñar un papel a la vez íntimo y colectivo.

Íntimo, porque exige una compenetración personal con las palabras y las acciones de la escena.

Colectivo, porque saben que se sitúan en la esfera de la más alta representación de la vida de la ciudad.

Si la tauromaquia es fiesta y es rito, no debe olvidar que sus raíces más antiguas se hunden en la tierra trágica de una humanidad que se sabe a la vez heroica y frágil, que abandona su solar nativo para vivir las grandes epopeyas de la historia y regresa a reconocer que, heroico, el ser humano también es falible. La tragedia clásica purga la falta personal mediante la catarsis de la representación pública. La catarsis nos libera de las faltas individuales mediante la reintegración a la comunidad dañada por nuestra culpa pero restaurada por el padecer mismo que es condición de la moral y la razón recobradas.

El conflicto trágico —nos advierte la gran pensadora andaluza María Zambrano— nace de una destrucción rescatada por algo que la sobrepasa. Fiesta, rito, representación: la tauromaquia pertenece a ese nivel del ceremonial antiguo en el que las faltas de la humanidad —individuo y sociedad— son salvadas por la representación ritual, el acto que es respuesta humana a la fuerza aplastante de la naturaleza, del entorno, del azar. Esta es la hora de la verdad. Para sobrevivir, herimos a la naturaleza. Pero la naturaleza, a su vez, nos acecha y si es tierra pródiga, también es poder envolvente que nos puede sofocar con un abrazo excesivamente maternal y a veces hasta mortal. La dominamos a veces, pero otras, ella nos avasalla brutalmente.

El rito taurino es la más exacta representación del equilibrio posible entre un eterno dilema:

¿Separarnos de la naturaleza para ser hombres y mujeres civiles —civilizados— pero ayunos de la savia terrenal?

¿O sucumbir a un abrazo de la naturaleza que, convirtiéndonos en naturaleza, nos prive de nuestra singularidad humana?

El rito taurino es una de las grandes respuestas a este dilema: abandonar a la naturaleza o someternos a ella. Separarnos de ella o ser devorados por ella.

¿Qué es un rito, al fin y al cabo, sino respuesta humana a las fuerzas aplastantes del cosmos, aplazamiento, conjuro, evocación, llamado?

¿Qué es —específicamente— el rito taurino, sino una manera de devolverle a la naturaleza, porque para ser humanos nos hemos separado de ella, algo que le es propio a la naturaleza misma: la ofrenda de una ceremonia que reconoce el orgullo y la fuerza del entorno físico que, a la vez, nos alienta y amenaza?

Pues, ¿no dota la fiesta brava de orgullo a la naturaleza, reconociendo su valor y su fuerza, exponiendo al hombre al sacrificio a cambio del sacrificio correspondiente de la naturaleza, pero dotando a ambos —toro y torero— de orgullo —no de la hubris que nos ciega ante los límites del ser, sino el orgullo de saberse, cada uno, hombre y naturaleza, toro y torero, en su justo lugar como parte del entorno persona-mundo?

Ofrenda y rito: se trata de términos inseparables.

La fiesta brava es un acto hermanado de saber y de fe. La sociedad separa el conocimiento y la creencia. El rito taurino los reúne: en la fiesta, se sabe porque se cree y se cree porque se sabe.

¿Qué se sabe, qué se cree?

Sencillamente, que se puede perder ganando y ganar perdiendo. La tauromaquia no se engaña ni nos engaña. Es cierto: cada individuo y cada sociedad poseemos un excedente de energía y a menudo no sabemos qué hacer con él. Podemos desperdiciarlo en el daño: la guerra y el crimen. Pero podemos aprovecharlo en el beneficio: el arte, el buen gobierno, la solidaridad social, el valor personal.

La fiesta brava es, a un tiempo, la superación y la representación de esa energía vital excedente. La demuestra en uno de sus extremos: es un arte ritual, no exento de violencia pero que al representarla ritualmente, no sólo la salva de una actualización antisocial, sino que la confirma como renovación de un pacto: la renovación de la vida a pesar de la muerte.

Llego a Sevilla y ando buscando las voces que se creen perdidas. Las busco en las floridas calles con su mezcla insólita de cera y de flores. Las busco en las voces de los balcones, que por muy alto que estén, surgen de los pasillos secretos de Sevilla porque son hijas de la tierra. Las busco en el silencio mismo de las cofradías guiadas por el bastón de plata. Y de entre todas

—silencio de los pies desnudos, índice erguido de la Giralda, y en palabras de Alfonso Reyes, tibieza de las Sierpes, azulejos de las espadañas, palomas heridas en el seno de cada Virgen—, de entre todas vuelven a surgir las voces que creíamos perdidas, las inmortales voces de la Semana Santa sevillana, la voz de El Centeno como alma temblorosa y la voz del cantaor Cipriano, de quien Sevilla dirá siempre:

—¡ Qué pena tenía aquel hombre, cantando!
“En la calle ‘e la Amargura.
Cristo a su madre encontró:
¡no se pudieron hablá
de sentimiento y doló!”.

Hoy, aquí, hay reencuentro y alegría.

Señoras y señores:

Agradezco muy cumplidamente a Don Manuel Roca de Tovores, Conde de Luna, a don Antonio Sánchez Moliní de la Lastra, a mi viejo y queridísimo amigo Rafael Atienza Medina, Marqués de Salvatierra, y a Hugh Thomas, Lord Thomas of Swynnerton, muy admirado y también muy querido amigo tan cercano a mi corazón y al de mi esposa Silvia, por su generosa presentación. Me unen a Hugh Thomas tres tierras, tres devociones, tres historias: las de México, Inglaterra y España.

Aquí nos damos todos las manos, en esta Sevilla donde, como en parte alguna, conviven las Tres Hermanas

—Nacimiento, Amor y Muerte— y en el teatro que lleva el nombre del Fénix de los Ingenios. Lope de Vega, y que cada Semana Mayor repite, Lope, su ruego:

Tomad en albricias este blanco toro
Que a las primeras hierbas cumple un año.

Albricias, pues, a todos, en espera del año que viene y el pregón que se hará eco del mío y de cuantos le precedieron. n

(Núm. 305, mayo de 2003)