Entre las ruinas y el jardín

ENTRE LAS RUINAS Y EL JARDÍN

POR RAFAEL PÉREZ GAY

Al parecer los mexicanos nos hemos acostumbrado a la inminencia de las ruinas. Pero junto a esa inminencia hay también la certeza de algunos jardines. Uno de ellos es sin duda la cultura. Después de más de dos décadas de fracasos económicos, la riqueza y la diversidad cultural han develado una de las mejores noticias, si no la mejor, del último cuarto del siglo XX mexicano.

Los últimos 25 años del siglo XX mexicano perfilan la quiebra definitiva del modelo político y económico del México moderno. Esa bancarrota terminaría con una imagen tragicómica: en su último informe de gobierno, el presidente de la República, José López Portillo (1976-1982), lloraba ante el país entero desde la tribuna del Congreso de la Unión. López Portillo pedía perdón por su fracaso. En los años posteriores, los de la presidencia de Miguel de la Madrid (1982-1988), se iniciaron las reformas económicas que, vistas sin eufemismos o alardes técnicos, trajeron arcas vacías, austeridad, ajustes económicos, empobrecimiento. En su trágico final de sexenio, el gobierno de Carlos Salinas (1988-1994) se hundió en el descrédito y, más tarde, en la certidumbre de, al menos, alarmantes complicidades en múltiples corrupciones y saqueos de bienes públicos. Bajo esa tempestad, en el año de 1994, se realizaron unas elecciones por la presidencia de la República pacíficas, competidas y vigiladas. De esos comicios surgió ganador Ernesto Zedillo (1994-2000). No había estrenado todavía sus poderes el gobierno zedillista cuando a finales de 1994 se desencadenó la mayor crisis financiera del México moderno. Al parecer los mexicanos nos hemos acostumbrado a la inminencia de las ruinas. Pero junto a esa inminencia hay también la certeza de algunos jardines. Uno de ellos es sin duda la cultura. Después de más de dos décadas de fracasos económicos, la riqueza y la diversidad cultural han develado una de las mejores noticias, si no la mejor, del último cuarto del siglo XX mexicano.

Los trazos que siguen abarcan esos veinticinco años. Son eso, trazos, apuntes, intermitencias de la cultura nacional. De ningún modo se pretenden exhaustivos. La primera parte, “Imágenes y tonalidades”, aborda, en unos cuantos apuntes, la pintura, el cine y la fotografía; la segunda se ocupa de la literatura.

I

ImÁgenes y tonalidades

TradiciÓn y pluralidad

La pintura posterior al muralismo cobró una fuerza excepcional, renovadora, como una segunda fundación de la plástica mexicana. La reacción más profunda, acaso la más emblemática, frente a la Escuela Mexicana de Pintura y su propuesta nacionalista, ocurrió cuando Rufino Tamayo (1899-1991) volvió a México en los años cincuenta, después de un viaje por Europa y Norteamérica cuya culminación fue el reconocimiento internacional. En esos años, tres artistas habían iniciado su camino fuera de los dogmas muralistas: Juan Soriano (1920), Gunther Gerzo (1915) y Pedro Coronel (1922-1985). No sería una exageración afirmar que de esas cuatro obras fundacionales surgió la pintura moderna, su abundancia y su fortuna actuales.

A fines de los setenta y principios de los ochenta, las artes plásticas regresaban del viaje renovador de Ruptura y de las distintas aventuras artísticas de la contracultura, del pop- art, del happening. Entre algunos jóvenes pintores surgió la necesidad de reencontrarse con la tradición, de valorar incluso las imágenes, el colorido y el tratamiento de la Escuela Mexicana. Algunos críticos han llamado a esta corriente “neomexicanismo”: la exploración artística de la magia, el mito y la identidad nacionales. Las obras de Marisa Lara y Arturo Guerrero fueron recibidas exitosamente en Estados Unidos y Francia; Julio Galán interpretó libremente el surrealismo y la obra de Frida Kahlo, el aliento postmoderno de su trabajo obtuvo gran éxito en el mercado internacional; Javier de la Garza ha retomado una parte de la mitología del México profundo, incluso ha parodiado las imágenes de Jesús Helguera bajo ambientes decadentes, de invención kitsch. Aunque el neomexicanismo logró insertar de nuevo al arte mexicano en el mundo, durante los ochenta surge a la vida cultural una nueva generación de artistas al margen de esa propuesta. La nueva figuración resume una sensibilidad culta y un poder expresivo trascendente. En estas obras en marcha existen ya artistas consolidados. Algunos de ellos: Gustavo Aceves (1957), Miguel Angel Alamilla (1955), Miguel (1956), Francisco (1954), Alberto (1951) y José (1953) Castro Leñero, Boris Viskin (1960), José Fons, Luciano Spa- no (1959), Carlos Vargas Pons, Irma Palacios (1943), Roberto Turnbull (1959), Gabriel Macotela (1954), Alfonso Mena (1961), Arturo Rivera (1945), Germán Venegas (1959), Oliverio Hinojosa (1953), Roberto Cortázar (1962).

Los espacios alternativos crearon en estos años una forma de agrupación y desarrollo artístico al margen de las galerías. La Agencia, La Quiñonera, Curare, Zona y La Panadería, promovieron e impulsaron la expresión plástica con ilimitada libertad. Una paradoja define a estos espacios, una suerte de frontera cerrada: la instalación. En el trabajo del instalador que utiliza su propia sangre para colorear objetos, o que utiliza las uñas de sus amigos para confeccionar cajas, el carácter inverosímil de su búsqueda artística convierte a la instalación en una expresión común y corriente, su soporte es la inocencia, la ingenuidad y no pocas veces la charlatanería.

Vicente Rojo

La abstracción en Vicente Rojo (1932) es la intensa exploración de una sensibilidad finísima y una fuerza expresiva inquietante. Una retícula de Rojo es una puerta y un interior, una textura y un salto al vacío. Esta propuesta fundamental ocurrió a principios de los años sesenta y se convirtió en una de las más notables obras plásticas de la segunda mitad del siglo XX. Luis Cardoza y Aragón supo llegar hasta la más profunda forma y el más delicado color de Rojo: “Vicente Rojo trabaja sobre el propósito clásico, milenario y futuro de la abstracción. En tal terreno hace su apuesta, desnuda y neta. Universalidad de simples formas, de proporciones, de armonías elementales en planos de color: elocuencia de cifra y signo. En su obra mejor encontramos siempre la sensibilidad y la disciplina de su talento gráfico, sin confundirse, su diseño es diseño y su pintura es pintura. En los dos campos, que a veces son el mismo, logra culminaciones”. Precisamente, una de esas culminaciones fue la renovación del diseño gráfico mexicano. En esos dos campos “que a veces son el mismo”, Vicente Rojo dedicó su sensibilidad a desplegar en distintas publicaciones su idea del espacio. Para Rojo, la tipografía, las ilustraciones, los títulos, no son los elementos de una página sino formas, y su combinación en el papel pasa por las mismas exigencias que implican un cuadro. El diseño en Rojo ha sido un modo de la creación artística.

JOSÉ LUIS CUEVAS

José Luis Cuevas (1933) ejerció su juventud artística bajo el doble influjo de una admiración y una rebeldía. Cultivó el conocimiento, el gusto y la influencia de José Clemente Orozco y se opuso radicalmente a la Escuela Mexicana. Muy pronto logró un estilo, una voz personalísima en la línea. La unanimidad crítica ha reconocido en él a un dibujante extraordinario y a un aguafuertista superior. “No me considero renovador o reformador en arte. He tratado de continuar en una tradición en la que creo y a ella he querido incorporar un poco de aliento distinto, algo que la lleve adelante”. Las transformaciones de la obra de Cuevas conservan aún la rebeldía inicial y la admiración originaria por Orozco. Octavio Paz se adentró en el enigma central de esa obra única cuando escribió “Para una Futura Historia Natural de los Artistas Mexicanos”: “Poderosamente construido aunque no de gran talla, sus movimientos son rápidos y bien coordinados. Su ágil imaginación se complementa con su sentido del equilibrio: cuando salta para dar el zarpazo o se precipita de una altura, cae siempre de pie. Su cerebro es grande y su lengua es capaz de arrojar proyectiles verbales con gran puntería, lo que la convierte en una ofensiva y defensiva de gran alcance. Pero sus miembros más especializados y eficaces son sus ojos y las manos”.

Francisco Toledo

Si la recuperación del pasado, la visión profunda de las raíces históricas y la pasión local, regional incluso, pueden convertirse en universalidad, esa transformación se llama Francisco Toledo (1940). Si es posible asimilar a Paul Klee y combinarlo con mágicos animales indígenas, si es posible traspasar los límites de la influencia surrealista y del arte erótico, esa transgresión es una obra de Toledo. Maestro de todas las disciplinas gráficas, además del dibujo, la pintura, la escultura, la cerámica, el ensamblaje, el arte objeto. Desde su primera exposición individual en la Galería de Antonio Souza en 1959, Toledo atrajo la atención de quien se acercara a su obra magnética. El color en Francisco Toledo es intrínseco a su imaginación: un ocre terroso soporta a un animal fantástico de enorme falo; un rojo quemado libera a una mitología entera de combinaciones desaforadas: la magia, el erotismo, la leyenda ancestral, la memoria rupestre, la fantasía de un mundo íntimo y colectivo. Establecido en Oaxaca, punto culminante de un viaje al origen que ha pasado por París o por Nueva York, Toledo ha impulsado y fundado museos, escuelas, proyectos editoriales. Aunque inimitable, la obra de Toledo irradia su poder plástico en la más joven pintura oaxaqueña. Este es el caso de Guillermo Pacheco López (1971), Tomás Pineda Matus (1968), Rolando Rojas (1970), Samuel Rojas (1959), Cecilio Sánchez (1957), Virgilio Santaella (1964), Alejandro Santiago (1964), Alvaro Santiago (1953), José Villalobos (1950). Entre estas líneas surgió una voz personal y una poética propia contenida en la obra del pintor Sergio Hernández (1957). Una rara y afortunada mezcla domina la obra de Hernández: la escena popular, cierta ambientación pop, la sencilla complejidad de lo rupestre, lo fantástico, la magia ancestral oaxaqueña constituyen una de las obras más importantes de la pintura mexicana reciente.

HIJOS Y NIETOS DE MANUEL ÁLVAREZ BRAVo

La primeras imágenes que fijó en el tiempo Manuel Álvarez Bravo se alojaron en la oscuridad de una pequeña cámara Kodak que le prestó el hermano de Lola Álvarez Bravo. Un porfiriano eminente, Fernando Ferrari Pérez, le había enseñado cómo se hacía una foto y, más tarde, lo llevó a la calle 16 de septiembre a conocer a Hugo Brehme, el fotógrafo alemán que retrató un México que desaparecía para siempre, el México de Porfirio Díaz. En el laboratorio de Brehme, Álvarez Bravo conoció la fotografía moderna, el revelado, la impresión en platino, y la técnica de Brehme, quien lo invitó a sus excursiones fotográficas. Mientras Álvarez Bravo disparaba su cámara portátil, se iniciaba una de las obras más extraordinarias de la fotografía.

Aunque su reino proviene de la luz, la obra de Álvarez Bravo procede de una extraña fusión de los reinos vegetal y mineral; o mejor, sus imágenes se desprenden de un punto culminante, de una encrucijada de mundos opuestos. El follaje de un árbol proyectando su figura sobre la textura de un muro forma a la vez un nuevo objeto inexistente hasta entonces. El reflejo de un tronco en el parabrisas de un coche crea una imagen intermedia que existe sólo en la mirada del fotógrafo. El talento esencial de Álvarez Bravo se sostiene en el cuidadoso manejo del realismo. Puesto en dosis exactas, el realismo en la obra de Álvarez Bravo conforma una acción en reposo, o una quietud desaforada.

Un cuerpo vendado, apenas descubierto en una de sus partes, una visión fugitiva de la hierba en el campo, el acercamiento de un delantal colgado en un tendedero, son el punto central, y culminante, del ciclo que Álvarez Bravo ejercitó hasta la maestría: el aislamiento y la expansión. La vitalidad de la obra de Manuel Álvarez Bravo evolucionó a través de los años; mejor aún, el tiempo renovó sus fotografías. Las figuras difuminadas de los años veinte y treinta se contrastaron con el tiempo, el detalle de los objetos se trasladó al desnudo femenino, los temas de su obra se ampliaron hasta el dominio del paisaje y de las formas.

Hay al menos tres personajes centrales que comparten con Manuel Álvarez Bravo una atmósfera cultural y una resuelta pasión por las imágenes: Lola Álvarez Bravo, Tina Modotti y Edward Weston. A finales del año de 1924, la Secretaría de Educación Pública presentó una exposición en el Palacio de Minería en la que participaron Weston y Modotti. De paso por la Ciudad de México, Manuel y Lola Álvarez Bravo visitaron la exposición. Una combinación de azares había puesto en el mismo lugar a cuatro grandes fotógrafos. Edward Weston se fue de México en el año de 1926. En 1930, acusada de participar en una conspiración contra Pascual Ortiz Rubio, Tina Modotti abandonó el país. Manuel y Lola Álvarez Bravo la acompañaron a la estación Buenavista. Fue un adiós de doce años después del cual Tina regresaría a México.

Así como las fotografías de Tina Modotti se confunden con las de Edward Weston, las de Lola Álvarez Bravo se reflejan en las de Manuel, su pareja. En 1932 los Alvarez Bravo se separan y Lola prosigue su trayectoria: fotógrafa de El maestro rural a. pedido de Héctor Pérez Martínez, titular del taller de fotografía del Instituto Nacional de Bellas Artes, fotorreportera de Voz y Vea, ilustradora de libros y revistas. De esta experiencia nació una de las principales características de su obra: la fidelidad a la presencia. Lola Álvarez Bravo buscó la precisión en sus fotografías, y la encontró a través de lo más incierto e impreciso: la emoción.

Quizá no pueda hablarse de una escuela, pero es evidente que en los últimos veinticinco años la fotografía mexicana sigue viva en los hijos y los nietos de Manuel Álvarez Bravo. Una mirada doble caracteriza a esta fotografía. De un lado, las imágenes buscan su sentido en la vida indígena, en la desigualdad rural y en las mitologías del campo, indagación de una identidad subterránea, heredera de la fotografía que participó de la construcción nacionalista del México postrevolucionario. La otra orilla muestra la escena urbana en crecimiento sin pausa, la gran ciudad ocupando la lente del fotógrafo. Olivier Debroise ha visto en esta dualidad la curiosidad del antropólogo desatada en la sensibilidad de fotógrafos como Mariana Yampolsky, Flor Garduño, Lourdes Grobet, Graciela Iturbide, Pablo Ortiz Monasterio, Pedro Meyer o Nacho López.

“La antropología cambia de rostro pero, de cualquier modo ahora, como en el siglo XIX, ofrece una imagen de México desde los márgenes, mientras éstos sean susceptibles de despertar un interés estético, sigan siendo curiosidades que reafirman por contraste la validez de la norma y contengan sus dosis de lo real maravilloso”, escribió Debroise. Fabrizio León, Jesús Sánchez Uribe, Lourdes Almeida, José Hernández Claire, Yolanda Andrade, Gabriel Figueroa Flores, todos ellos han retratado la miseria urbana, la desolación de la juventud marginal, el drama de la migración, la expresión de un México instalado en los límites fronterizos, sociales, juveniles, urbanos. Estos fotógrafos se han convertido, al mismo tiempo, en los cronistas de los vertiginosos cambios de la Ciudad de México. Dos momentos culminantes: la explosión de San Juanico, Estado de México, en el año de 1984, y el terremoto que devastó una parte del Distrito Federal en 1985. En este territorio, la fotografía se convierte en novedad del periodismo, en versión autónoma y no sólo apoyo de un texto. Héctor García, Nacho López y Pedro Valtierra fundaron una corriente periodística que se desarrolló en los diarios Unomásuno y La Jornada. Christa Cowrie, Frida Hartz, Francisco Mata, Víctor León Díaz, recorren las calles de la ciudad de México en busca de una escena, un aspecto que contenga una clave, un chispazo de la ciudad. No es extraño que así sea; al fin y al cabo, la fotografía fue a lo largo del siglo XX una vertiente de la historia.

EL CINE: VIENTOS Y MAREAS

Los años ochenta son los del desastre del cine nacional. Durante el gobierno de López Portillo, la mayor parte de las producciones regresó a la iniciativa privada, el Estado prácticamente se retiró de la cinematografía. Al frente del desastre estuvo la hermana del presidente de la República, Margarita López Portillo, nombrada directora de RTC, Radio, Televisión y Cinematografía. La burocracia arrogante marginó a los nuevos realizadores e impuso obstáculos infranqueables a los mejores cineastas del país. Durante esos años los productores privados continuaron la obra del cine prostibulario que acaparó el negocio, degradó las pantallas y devastó el gusto.

Tiempo atrás, cuando los años setenta eran apenas una promesa, un grupo de críticos se reveló ante el estado del cine en México y difundió el nuevo cine internacional. En 1961 se formó el grupo Nuevo Cine integrado por Emilio García Riera. Jomi García Ascot, José de la Colina, Salvador Elizondo, Carlos Monsiváis, Eduardo Lizalde, Luis Vicens, Juan Manuel Torres, Rafael Corkidi, Paul Leduc. Carlos Fuentes, José Luís Cuevas y Manuel Barbachano Ponce fueron afines a las propuestas del grupo. En 1963 se creó la primera escuela de cine de México: el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, CUEC. De entre sus primeros jóvenes cineastas egresaron Jorge Fons, Raúl Kamffer, Marcela Fernández Violante, Juan Guerrero, Alfredo Joskowicz, Jaime Humberto Hermosillo, Alberto Bojórquez. Años después, otro hecho cambiaría el perfil del cine nacional: en 1969 un grupo de jóvenes directores creó el grupo Cine Independiente. Ellos fueron Arturo Ripstein, Felipe Cazals, Rafael Castañedo, Paul Leduc y Tomás Pérez Turrent.

En el año de 1970, el exactor Rodolfo Echeverría (Rodolfo Landa) asumió la dirección del Banco Nacional Cinematográfico. Explica Emilio García Riera: “Ocurriría durante su gestión algo único en el mundo: la virtual estatización del cine nacional en un país no gobernado por comunistas. La participación del Estado —mayoitaria, no total, y forzada en buena medida— culminó en 1976 una época excepcional del cine mexicano. Nunca antes habían accedido tantos y tan bien preparados directores a la industria cinematográfica ni se había disfrutado de mayor libertad en la realización de un cine de ideas avanzadas”. Entre 1971 y 1976 se filmaron 437 películas, 116 de ellas fueron producciones del Estado. En el año de 1972 los productores privados realizaron 67 películas y el Estado 16; en 1976, los privados produjeron 20 y el Estado 36. De este impulso surgieron películas como El castillo de la pureza de Arturo Ripstein, Canoa, El apando y Laspoquianchis de Felipe Cazals, La pasión según Berenice de Jaime Humberto Hermosillo y Los albañiles de Jorge Fons. En esos años realizaron también sus películas Alberto Isaac, Juan Manuel Torres, Julián Pastor, José Estrada, Alberto Bojórquez, Alfonso Arau, Gonzalo Martínez, Toni Sbert.

Según documentó Emilio García Riera, en el año de 1994 las cintas producidas alcanzaron su cifra más baja desde 1936: 28 películas. Apenas en 1989 el Instituto Mexicano de Cinematografía terminó su dependencia de la Secretaría de Gobernación, a través de RTC, y pasó a formar parte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Pero la producción del cine mexicano prosiguió su declive. Contra viento y marea, librando innumerables dificultades financieras, un grupo de nuevos cineastas se dio a conocer durante los años noventa. Cuarenta y ocho realizadores debutaron en ese tiempo. La capacidad narrativa, la calidad formal y el impulso imaginativo de los nuevos cineastas logró un nuevo rumbo cinematográfico. Algunos de los autores de ese resurgimiento son: José Buil, María No- varo, Alberto Cortés, Diego López, Alejandro Pelayo, Busi Cortés, Nicolás Echevarría, Juan Mora Catlett, Rafael Montero, Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón, Carlos Carrera, Francisco Athié, Carlos García Agraz, Ernesto Medina, Fernando Sariñana, Marisa Sistach, Antonio Serrano, Jorge González Iñárritu. En el cambio de siglo, una de las confluencias más notables del cine nacional ocurrió cuando el público se encontró con los nuevos cineastas. Películas como Sólo con tu pareja, Sexo, pudor y lágrimas, pero sobre todo, Amores perros, Y tu mamá también y Los crímenes del padre Amaro han sido éxitos de crítica y de taquilla. Tal novedad no está por encima de lo más importante: se trata de obras de madurez y profesionalismo, de fortuna y ambición estilísticas.

Tonalidades modernas

En el año de 1957, el suplemento cultural del periódico Novedades, México en la Cultura, presentó a un grupo de músicos bajo el nombre de Nueva Música Mexicana. Los críticos han visto en los proyectos y las composiciones de estos artistas un capítulo de transición rumbo a la búsqueda de las vanguardias y la modernidad musical. Mientras la influencia nacionalista producía aún composiciones de sonoridades indígenas y populares como Fronteras (1956) de Luis Herrera de la Fuente, Cuauhtémoc de Leonardo Velázquez o Máscaras (1962) de Mario Kuri, la sensibilidad de los músicos más jóvenes se abría hacia el ámbito internacional. Las lecciones modernizadoras de Rodolfo Halffter (1900-1987) fueron imprescindibles para un nuevo conocimiento y ejercicio de la música. Entre los miembros de Nueva Música Mexicana figuran: Rafael Elizondo (1930), Leonardo Velázquez (1935), Federic Smith (1927-1977), Guillermo Noriega (1926), Joaquín Gutiérrez Heras (1927), Mario Kuri Aldana (1935), Jesús Villaseñor (1936), Raúl Cosío (1928-1997).

En 1960, Carlos Chávez fundó en el Conservatorio Nacional un taller de composición que no se negó a las nuevas tendencias musicales del mundo. De ese taller surgió un grupo renovador de jóvenes autores: Héctor Quintanar (1936), Jesús Villaseñor (1936), Eduardo Mata (1943-1995), Mario Lavista (1943), Francisco Nuftez (1945). El taller de composición, cuenta Yolanda Moreno Rivas, “venía a resolver dificultades y a suplir carencias en la transmisión del oficio de componer; instituía una sólida disciplina clásica y formativa de la que no se excluía el escrutinio de las tendencias estéticas del momento. El acceso de las técnicas de la composición indeterminada operó una nueva transformación de la creación sonora en México. Sin embargo, en el mismo periodo (los sesenta) también pueden encontrarse obras que representan una nueva radicalización o una experimentación llevada al extremo que marcarían, a su vez, el inicio de un movimiento desintegrador que, años después, conduciría a la música lo mismo a callejones sin salida que a retornos inesperados a la tradición”.

La búsqueda del modernismo musical alejó al público. El serialismo, la indeterminación, la ruptura del estilo logró la aceptación canónica y, al mismo tiempo, destruyó a su audiencia. Los músicos mexicanos que inician su ejercicio creativo a mediados de los setenta y, de lleno, en los ochenta, expresan en sus obras una fatiga del vanguardismo que los precedió. Los jóvenes compositores intentan una música diferente, en busca de la tonalidad así sea a través de la experimentación. Algunos de ellos son: Daniel Catán (1949; Ocaso de la medianoche, 1977; Encuentro en el ocaso, 1979; Cantata, 1981); Graciela Agudelo (1945; Espejismo, 1976; Sonósferas, 1986; Apuntes de viaje, 1989); Roberto Medina (1955; Cántico para antes del alba, 1982; En el prisma del cristal, 1983; Imagen primera, 1983); Eduardo Soto Millán (1956; Ara- wis, 1980; Bindú, 1982; Tzatzi, 1989); Ramón Montes de Oca (1953; Sombra de ecos, 1989; Laberinto de espejos, 1989); Marcela Rodríguez (1951; Libro de los elementos, 1988; Fábula de las regiones, 1989); Hilda Paredes (1957; El prestidigitador, 1988; El canto del Tepozteco, 1986); Juan Fernando Luján (1961; Alusiones, 1989; Icaro, 1990); Luis Jaime Cortez (1962; Tala, Canto para un equinoccio)-, Vicente Rojo Cama (1960; Envolvente, 1984; Erótica II, 1986); Ana Lara (1959; Cuatro piezas breves, 1983; Como el agua que fluye, 1987; Entre los rayos del sol, 1988).

II

Las letras

LOS AÑOS DE LA MULTITUD

Una eclosión de poetas aparece en las letras nacionales cuando la década de los setenta bajaba la cortina. Se editan innumerables hojas, folletos, revistas de expresión poética. Casi sin excepción, los jóvenes escritores debutan en la arena literaria con la publicación de algunos versos. Los sueños de prestigio y reconocimiento pasan por la poesía.

Una disputa por el talento rige la producción de esta muchedumbre. A los poetas los marca la profundidad de una duda: quiénes y cómo perdurarán en la poesía de México. Uno de los centros temáticos de esta poesía multitudinaria gira alrededor de los sueños malogrados de la clase media durante la crisis; los impulsos de esa poesía, tocados por la obsesión repetitiva, intentan capturar las imágenes de la Ciudad de México y sus laberintos urbanos. La Asamblea de poetas de Gabriel Zaid había contabilizado seiscientos poetas activos en el año de 1980 y es probable que una cifra mayor de escritores se propusiera algún tipo de poesía en fuga.

El paso del tiempo ha transformado las variedades poéticas de aquellos años. Algunos abandonaron la poesía, o la poesía los abandonó a ellos; otros lograron obras cuya consistencia ha perdurado a través de los años. Una lista de lo más destacable: Alejandro Aura (1944), Elsa Cross (1946), Jorge Aguilar Mora (1946), José Manuel Pintado, Isabel Quiñónez, Marco Antonio Campos, Héctor Manjarrez (1945), Elisa Ramírez Castañeda (1947), Antonio del Toro (1947), Jaime Reyes (1947-1997), Gloria Gervitz (1943), Ricardo Yáñez (1948), Francisco Hernández (1946), David Huerta (1949), Francisco Serrano (1949).

Los poetas nacidos en los años cincuenta, que publican precozmente durante los años setenta, son parte de la multitud, o mejor; son la muchedumbre que ejercita en cada poema la perturbadora certidumbre del sobrecupo mexicano. Los espacios se repletan y la cultura no es la excepción. A partir de aquel momento nadie tiene un lugar definitivo en las letras. En cierto sentido la disputa por el talento define a esta poesía. Una nómina, seguramente incompleta: Alberto Blanco (1951), José Joaquín Blanco (1951), Coral Bracho (1951), José de Jesús Sampedro. Eduardo Langagne (1952), Rafael Torres Sánchez (1953), Ricardo Castillo (1954), Héctor Carreto (1953), Marcelo Uribe (1953), Vicente Quirarte (1954), Rafael Vargas (1954), Víctor M. Navarro (1954), Carmen Boullosa (1954), Roberto Diego Ortega (1955), Roberto Vallarino (1955-2002), Arturo Trejo Villafuerte (1954), Fabio Morábito (1955), Kyra Calvan, Luis Miguel Aguilar (1956), José Luis Rivas (1950), Silvia Tomasa Rivera (1956), Efraín Bartolomé (1950), Javier Sicilia (1956), Jorge Esquinca (1957), Víctor Manuel Mendiola (1954), Manuel Ulacia (1953-2001), Verónica Volkow (1955), Francisco Segovia (1958),Carmen Leñero (1959), Jaime Moreno Villarreal (1959),Miriam Moscona (1954).

Siete poetas

Siete obras que representan también siete formas de la poesía. En Isla de raíz amarga, insomne raíz (1976), Jaime Reyes resumió los mayores logros de la violencia pasional, rabiosamente solitaria y, sin embargo, colectiva, inspirada y sometida a los dolores espasmódicos del 68. Su poema “Los derrotados” puede leerse como una elegía y una diatriba de la esperanza, del sueño salvaje del 68. En La oración del ogro (1984), Reyes había perdido el poder de su poesía para cederlo a la ira testimonial, a la furia a secas.

La obra de David Huerta es probablemente una de las más ambiciosas de la poesía moderna mexicana. En 1987 apareció Incurable, un larguísimo poema, casi cuatrocientas páginas, que mezcla el ensayo, la memoria, la filosofía y, a la vez, la poesía. El extenso transcurso de Incurable es una especie de final de partida que Huerta inició en títulos como El jardín de la luz (1972) y Cuaderno de noviembre (1976).

En el año de 1988, Francisco Hernández (1946) publicó De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios y en 1993 Habla Scardanelli. Hernández se propuso, y logró con fortuna, un tipo de poesía original y legible, auténtica y culta, narrativa y de gran cuidado formal.

A finales de los setenta, un libro marcaba aún la ambición tonal de la poesía en la que se empeñaba la mayor parte de los jóvenes poetas, El pobrecito señor X (1976). Ricardo Castillo retrató las obsesiones y desalientos de toda una generación a través de un tipo de poesía inspirada en los múltiples laberintos de lo cotidiano, en la desdicha urbana, en el deseo colectivo. En 1980, Castillo publicó La oruga y en 1990 Nicolás el Camaleón.

En 1985 apareció Ni lo que digo de Ricardo Yáñez. Hay un humor triste en su poesía y un aliento lingüístico melancólico a través de los cuales Yáñez ha explorado en sí mismo los enigmas mayores del mundo revelados en el fracaso del amor, en el tedio, en la tristeza de que, al final, nada se renueva, como si un tiempo ancestral gobernara enteros los actos de la vida.

Silvia Tomasa Rivera se incorporó al vasto paisaje de la poesía con dos libros: “Duelo de espadas (1987)”, escribió José Joaquín Blanco, “es un diario de sueños, sueños plácidos de niña protegida y feliz, pero a la vez erizados de intriga erótica, de contexto violento, de universo temible (…)

Son casi simultáneos a Duelo de espadas sus adversos y complementarios Poemas al desconocido/ Poemas a la desconocida: poemas a la ciudad y a la libertad peligrosa de la juventud urbana”. En 1992, Silvia Tomasa Rivera reunió varios años de su trabajo poético en Vuelo de sombras.

Roberto Diego Ortega (1955) se alejó de los asuntos centrales de la poesía que escribió su generación y se dedicó a construir una voz personal en cierto sentido inclasificable: una poesía entregada a las imágenes y, sin embargo, con argumento; una poesía apasionada por la sonoridad y, aun así, histórica; una poesía en busca de Lezama Lima y, con todo, tocada por una subterránea pasión gorosticiana; una poesía de la ciudad donde resuenan raros ecos naturales. Nacer a cada instante (1994) reúne quince años de esa vocación de extrañeza.

Octavio Paz

Hay un antes y un después de Octavio Paz en la cultura mexicana. Cuando uno mira la constancia y la consistencia con que Paz fue añadiendo títulos a las letras en lengua española, sólo puede ver las zonas de páramo que la cultura mexicana tendría sin la obra de Octavio Paz. Fue, ante todo, un poeta, y así quiso ser recordado. Su obra conjuga la contemplación y la acción, la reflexión y la crítica, lo local y lo universal; sus intereses literarios fueron vastos y diversos como su propia obra; prácticamente no hubo literatura que le fuera ajena. Su vida incluyó la vocación del viaje y la fijeza apasionada por México; un peregrino en su patria, como él mismo se definió, y un peregrino de civilizaciones, como lo definió Carlos Fuentes. Su obra poética va a la par de su obra ensayística, en la certeza de que los grandes poetas son también grandes prosistas. Un surtidor en varias direcciones, un puente hacia todos los tiempos y culturas, un abanico de energías verbales.

Desde la aparición de algunos de los primeros libros de Octavio Paz, como Bajo tu clara sombra y Raíz del hombre, en 1937, la poesía mexicana adquirió una voz distinta y distinguible por el rigor y la belleza verbal. El crítico mexicano Jorge Cuesta fue uno de los primeros en saludar esa aparición: “No es un accidente”, escribió Jorge Cuesta, “que resuenen en sus poemas las voces de otros poetas. Si esas voces poseen alguna aptitud para durar, para prolongarse, el hecho de que Octavio Paz las reciba tiene la virtud de ponerlas en posesión del más seguro y del más valioso porvenir que se les puede ofrecer. Una inteligencia y una pasión tan raras y tan sensibles como las de este joven escritor, son de las que saben estar pendientes de lo que el porvenir reclama. Y el porvenir las necesita tanto, que es una fortuna que en Octavio Paz desde ahora las haya comprometido a que le sirvan”.

En efecto, ese porvenir se había abierto para Octavio Paz. En 1949, aparece la primera edición, que con los años vería sucesivas reediciones y ampliaciones de un libro cardinal en la poesía mexicana: Libertad bajo palabra, reunión a su vez de varios libros de Paz, entre ellos ¿Aguila o sol? y La estación violenta, que contiene algunos de los grandes poemas de Paz como “Himno entre ruinas”, “El cántaro roto” y su obra maestra “Piedra de sol”. A Libertad bajo palabra siguieron otros libros fundamentales de Paz como Salamandra, de 1962. La estancia de Paz en la India dio origen también a sus libros Ladera este, de 1969, y El mono gramático, de 1974. Uno de sus poemas más audaces, Blanco, se publicó en 1967. Siguieron otros libros como Vuelta, de 1976, y Arbol adentro, de 1987. En 1975, Paz publicó otro de sus grandes poemas largos, Pasado en claro.

Paz incursionó lo mismo en el laboratorio vanguardista que en el Siglo de Oro español, el poema largo que el haikú japonés, el poema como ensayo y el ensayo como poema, el simbolismo francés y el modernismo hispanoamericano, la antigua poesía hindú y la poesía contemporánea. A diferencia de otros poetas del siglo XX, Paz unió a la creación poética la reflexión sobre el mismo acto creativo. Varios de sus libros centrales obedecen a esa certidumbre. Pueden destacarse dos libros: El arco y la lira de 1956, y Los hijos del limo, de 1974. Octavio Paz fue también uno de los mayores críticos y testigos de las letras mexicanas. Uno de los resultados más felices de ese trabajo ensayístico se concentra en el libro Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, publicado en 1982. En 1991 Paz recibió el Premio Nobel de Literatura.

Carlos Fuentes

La obra narrativa de Carlos Fuentes (1928) presenta el más variado mural prosístico de las letras mexicanas en el siglo XX. Sus libros son una aventura indeclinable y liberadora de las letras hispanoamericanas. La Edad del Tiempo ha bautizado Fuentes a todo su ciclo narrativo; ciertamente el ciclo más ambicioso en la historia de la novela mexicana. Fuentes irrumpió como un torbellino cosmopolita y moderno en la aún parroquial y polvosa vida mexicana de los mil novecientos cincuentas y le impuso rasgos universalistas y contemporáneos.

Uno de los mejores libros de ensayos de Carlos Fuentes, publicado en 1970, se llama Casa con dos puertas. Podría extenderse el título para decir que la obra de Fuentes tiene varias puertas, y que el lector puede entrar en ella, con asombro y adicción, por cualquiera de estas puertas. Hay, por ejemplo, un modo dual de leer al Fuentes narrador y al Fuentes ensayista. Al Fuentes de la novela Cambio de piel de 1967, lo acompaña el Fuentes del ensayo La nueva novela hispanoamericana de 1969; al libro de ensayos Geografía de la novela de 1993, lo acompaña el Fuentes novelista de Diana o la cazadora solitaria, de 1994; al Fuentes narrador de La campaña de 1990, y de El naranjo o los círculos del tiempo, de 1993, lo acompañan el Fuentes ensayista de Valiente mundo nuevo de 1990, y de El espejo enterrado de 1992.

La prosa

Si los setenta habían sido los años de la poesía, los ochenta se convirtieron en el tiempo de la prosa. Varias obras que habían madurado lentamente buscan su plenitud a través de un ars combinatoria en la que confluyen viajes, genealogías, laberintos policiacos, delirios en el pabellón psiquiátrico, ciudades imaginarias, milenarismo, reconstrucciones históricas. Algunos de estos narradores: Margo Glantz (1927), Angelina Muñiz-Hubermann (1937), Manuel Capetillo (1937), Jesús Gardea (1939), Esther Seligson (1941), Rafael Ramírez Heredia (1942), Hugo Hiriart (1942), Jorge Portilla Livingston (1943), José María Pérez Gay (1943), Joaquín Armando Chacón (1944), María Luisa Puga (1944), Julián Meza (1944), José Agustín (1944), Luis González de Alba (1944), Ignacio Solares (1945), Armando Ramírez (1945), Héctor Aguilar Camín (1946), Hernán Lara Zavala (1946), Gonzalo Celorio, Alvaro Ruiz Abreu (1947), Silvia Molina (1947), Federico Campbell, Luis Arturo Ramos (1947), Sealtiel Alatriste (1947), Guillermo Samperio (1948), Paco Ignacio Taibo II (1949).

A la obra de Fuentes se puede entrar lo mismo por la puerta de sus dos grandes novelas cortas, que son en realidad dos grandes poemas dramáticos, Aura de 1962, y Cumpleaños de 1969. O las novelas cortas de Constancia y otras novelas para vírgenes, de 1990. O entrar por cuatro de los cuentos impecables incluidos en Cantar de ciegos de 1964: “Las dos Elenas”, “Muñeca reina”. “Vieja moralidad” o “A la víbora de la mar”. O está la puerta canónica hacia la casa de Carlos Fuentes: sus grandes novelas de largo aliento, desde La región más transparente de 1958, pasando por La muerte de Artemio Cruz, de 1962, hasta Terra Nostra, de 1975 y Cristóbal Nonato, de 1987. Cada nueva obra de Carlos Fuentes modifica a sus obras anteriores, que a su vez modifican a la obra en turno. Al hablar de la obra de Fuentes hablaríamos casi de una tradición en sí misma.

La universalidad de Fuentes lo ha sido a prueba de todo, incluso de la manera también parroquial en que las metrópolis solían y suelen desdeñar o condescender con las creaciones de la periferia. No el menor de los logros de la obra de Carlos Fuentes, de su obra crítica incluso, ha consistido en poner a la periferia en el centro del mundo. Si todos somos excéntricos, ha dicho el mismo Fuentes, entonces todos somos centrales. Fuentes ha sido una especie de vigía para anticipar, antes que nadie, de dónde viene la nueva literatura. Fue así con el llamado Boom Latinoamericano; lo fue después con las grandes novelas en lengua inglesa y francesa provenientes de literaturas precisamente periféricas.

Octavio Paz dijo que Fuentes era un combatiente en las fronteras del lenguaje. Debe añadirse que es también un combatiente en las fronteras de sí mismo. Fuentes ha tratado de estar un paso adelante del mismo Fuentes, de llevarse más allá de su última frontera, con cada texto, con cada libro, combatiendo con pero también contra sus poderes literarios y él mismo. El resultado de ese combate es una de las grandes obras literarias de las letras extraterritoriales del siglo XX.

Jorge IbargÜengoitia

Los relámpagos de agosto se publicó en 1964 y su éxito atravesó la década siguiente. Las memorias del general Guadalupe Arrollo fijaron en el tiempo la aparición de un autor extravagante en el contexto de la prosa de los años sesenta, sorpresivo en sus novedades temáticas, finísimo en su vocación crítica: Jorge Ibargüengoitia (1928-1983). En su incisiva brevedad, Los relámpagos de agosto constituyó la primera crítica narrativa de la Novela de la Revolución entendida como un monumento oficial. Pero no sólo esto: esa crítica se consumó a través de un estilo olvidado por años en las letras mexicanas: el del humor y la parodia. Con esta novela, Ibargüengoitia había puesto en el centro de su proyecto literario uno de sus asuntos centrales: el poder y sus laberintos. A esa vertiente pertenecen Maten al león (1969) y la obra teatral El atentado (1978), un viaje al fondo de la espiral política en el crimen del general Alvaro Obregón. Poder e historia, crítica y desmitificación, sátira y parodia definen ese hemisferio de la obra de Ibargüengoitia que iría a dar, por medio de una interpretación histórica libre e imaginativa, a Los pasos de López (1982), una novela en clave satírica de la Independencia de México. El pueblo de Cuévano, en Plan de Abajo, universo mexicano de la clase media urbana y de la provincia, sirvió a Ibargüengoitia para encuadrar otro de sus centros narrativos: la moral social e individual. De esto tratan las novelas Estas ruinas que ves (1975), Las muertas (1977) y Dos crímenes (1979). Los libros de Ibargüengoitia divierten, su rapidez y humor eficaz los volvieron de inmediato prontuario de la risa, como si el autor hubiera decidido tirar por la borda la pesada utilería de las novelas de la época: el monólogo introspectivo, la necesidad de una visión del mundo, la complejidad estilística. Precisamente esa decisión deslució el reconocimiento de Las muertas, la novelización de un caso de nota roja: los crímenes tan irreales como absurdos de Las Poquianchis. En esta novela, la sátira es, apenas, un recurso secundario resuelto a través del humor negro. El verdadero peso de la novela reside en la estructura policial, en el suspenso y en el estudio moral del crimen. Las muertas no tiene nada, o muy poco, de humor y todo, en cambio, de esfuerzo dramático, tensión narrativa y revelación nocturna de una moral social subterránea pero viva e inquietante.

A principios de los años setenta, Ibargüengoitia inició la publicación semanal de artículos periodísticos en el viejo periódico Excélsior, dirigido por Julio Scherer García. Eran ensayos mordaces de un humor desaforado, relatos de viaje, crónicas portátiles sobre la cotidianidad, la burocracia, la Ciudad de México, el discurso fantástico de la política priista, los monumentos, el absurdo diario, el examen caustico de la vida pública mexicana. Después de su muerte, Guillermo Sheridan editó y reunió buena parte de los artículos de Ibargüengoitia en varios libros: Autopsias rápidas (1988), Instrucciones para vivir en México (1990), La casa de usted y otros viajes (1991).

Sergio Pitol

Los años ochenta, el regreso a México después de diversas misiones diplomáticas, un libro de cuentos, Asimetría (1980), y una novela, Juegos florales (1982), iniciaron el segundo acto de la obra de Sergio Pitol (1933). Hasta entonces, Pitol había invertido su pericia narrativa en lo extravagante, lo grotesco, lo desorbitado. Sus personajes eran solitarios, desesperados, hombres y mujeres arrepentidos de ser ellos mismos, amantes fallidos, novelistas fallidos, memoriosos fallidos. Cuando Sergio Pitol antologó algunos de sus cuentos y los publicó bajo el título de Asimetría, quedó claro que se trataba de un autor uniforme, sostenido, de alta calidad prosística. En esa antología figuran algunos de sus mejores cuentos: “Los Ferri”, “Amelia Otero”, “Asimetría” y “Mephisto-Waltzer”. La obra de Pitol estaba en plena expansión.

En 1984 la editorial española Anagrama publicó El desfile del amor. No fue una sorpresa: Pitol era ya un gran narrador antes de la publicación de esta novela que hechizó a la vida cultural y literaria de México. Todas sus virtudes narrativas, todos sus amores literarios fueron a parar a una novela de contexto mexicano: los extraños crímenes del año de 1942 en una vieja casa de departamentos de la colonia Roma, en la Ciudad de México. Alrededor de esa construcción de principios de siglo ocurría un thriller fársico cuyos personajes eran los nuevos, ricos, picarescos, grotescos habitantes del México postrevolucionario. Pitol se reencontraba con sus lectores mexicanos en una de las mejores novelas de la narrativa mexicana. Unos años después, Pitol produjo otras dos excelentes novelas, Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991) que, con El desfile del amor, forman un tríptico: El Carnaval.

La obra en marcha de Sergio Pitol tiene al menos una novedad sorprendente: El arte de la fuga, publicado en 1996. En su entramado autobiográfico, las páginas de ese libro entregan un largo regreso. Un regreso al ensayo más viejo, más clásico, al mejor de los ensayos, aquel que combina con tanta libertad como poder lingüístico la búsqueda interior, la confesión, el diario, el libro de viajes, las memorias. Se trata de la dimensión inglesa y, aún, de la presencia tutelar de Michel de Montaigne. De ahí viene el poder magnético de El arte de la fuga, su dilatada fuerza narrativa y su profunda reflexión ensayística. El arte de la fuga no es de ningún modo un divertimento, o un libro circunstancial; al contrario, se trata de uno de los grandes momentos de ese trayecto de más de cuarenta años; en él, Pitol transita por la parte más alta de su fuerza narrativa. Un libro anfibio: domina por igual las maravillas terrestres de la lectura que los misterios marinos de la autobiografía. Se traslada con inaudita naturalidad de un medio a otro y de ahí al aire, acaso el lugar por excelencia de la memoria.

JosÉ Emilio Pacheco

La obra de José Emilio Pacheco (1939) abarca la poesía, la crítica, la narrativa, la historia cultural, el periodismo. La suma de sus libros y una pasión literaria ejemplar lo han convertido en uno de los autores definitivos de la cultura nacional. En 1969, Pacheco publicó un gran libro de poesía, No me preguntes cómo pasa el tiempo, en muchos sentidos pionero de temas y tonos poéticos mexicanos y, al mismo tiempo, deudor de una tradición desprendida del cauce de las obras de Ramón López Velarde o de Salvador Novo. El centro temático de esa poesía es la desolación, la ironía, el paso del tiempo y la destrucción. Una poesía aforística, amorosa, incluso coloquial, que se desarrollaría libremente en libros posteriores: Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976), Al margen (1976), Desde entonces (1980). En el año 2000, Pacheco reunió su poesía en un poderoso tomo: Tarde o temprano (Poemas 1958-2000).

El trabajo poético de Pacheco no le impidió escribir una de las mejores novelas mexicanas de los años setentas: Las batallas en el desierto (1981), una trama ceñida, de reconstrucción de época, de primer amor y de nostalgia por una Ciudad de México desaparecida. Pacheco ya había escrito, además, dos libros de cuentos que guardan en sus páginas relatos imprescindibles en cualquier antología del cuento mexicano: El viento distante (1963) y El principio del placer (1972).

Pero Pacheco no sólo ha ejercido la poesía, la novela y el cuento; su trabajo y profesión han producido ya a uno de los principales reconstructores de nuestra tradición cultural. No hay autor del siglo XIX mexicano sobre el que Pacheco no haya ensayado un comentario novedoso, con un rigor y un conocimiento infrecuentes en un mundo académico paralizado por la burocracia y la falta de imaginación. Su Antología del modernismo es, aun muchos años después de su publicación en el año 1969, una lección de fuerza crítica e interpretación literaria. Esa misma pasión lo ha llevado a introducir, reseñar y comentar a innumerables autores, clásicos y modernos; su información y sus lecturas han sido una ventana al mundo. De ese esfuerzo notable de difusión se desprende un traductor diestro, libre y talentoso de poesía. Su versión de los Cuatro cuartetos es uno de los mejores lugares que T. S. Eliot ha encontrado en español. Una parte de su obra de traductor fue reunida en el libro Aproximaciones en el año de 1984; es mucho más que un conjunto de traducciones, se trata de una forma de leer y, por lo mismo, de proponer un gusto literario, transmitirlo con toda la modesta soberbia de que José Emilio Pacheco es capaz.

Carlos MonsivÁis

La segunda mitad del siglo XX mexicano sería inexplicable sin una obra y un personaje centrales de la vida pública nacional: Carlos Monsiváis (1939). No hay territorio social, cultural, periodístico o literario que no pase por la ubicuidad profesional, extravagante, desordenada, voraz y abarcadora de Monsiváis.

De modo emblemático, puede decirse que los años setenta de la cultura en México se inician con la publicación de un libro magnífico y excéntrico: Días de guardar (1971). Una vocación de totalidad sustenta ese proyecto literario: el ensayo erudito, la interpretación histórica, la difusión de novedades internacionales, el texto puesto a la hora del mundo literario, la destrucción de las apariencias, la revelación esencial de hechos que a primera vista sólo aumentarían la nómina de la frivolidad. En muchos sentidos, el gran tema de Días de guardar es el fracaso de México como país moderno: el desarrollo estabilizador, la institucionalización del PRI y el movimiento estudiantil del año de 1968 visto como desgarramiento y revelación, herida y promesa. Monsiváis descubrió que la multiplicidad de espejos mexicanos de los años cincuentas y sesentas sólo podía ser asequible a través de la diversidad y la disolución de los géneros: la parodia, el sketch, el diálogo, la crónica, el ensayo, todos ellos conducidos por un estilo exuberante, difícil, inteligente. Con estas piezas, Monsiváis logró el gran montaje literario que es, a fin de cuentas, Días de guardar. Crónicas como “Dios nunca muere”, sobre el eclipse de 1970, “La Manifestación del Silencio” del 13 de septiembre de 1968 y ensayos como “Homenaje al Espírtu Lúdico de una Epoca. Variaciones sobre el Camp y la Trivia” mantienen, muchos años después de su publicación, toda su energía prosística e intacta su voluntad de conocimiento y revelación.

El método expositivo, la difusión del estilo y la organización temática de las crónicas de Carlos Monsiváis alcanzaron un momento de plenitud en su segundo gran libro, Amor perdido (1978). La historia, la sociedad y la Ciudad de México se desplazan a través de personajes disímbolos pero claves de la cultura: Fidel Velázquez, José Revueltas, David Alfaro Siqueiros, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez. Salvador Novo.

La obra de Mosiváis se ha cumplido en la prensa mexicana, a través de innumerables ensayos, crónicas, artículos, comentarios, reseñas. Aunque parezca imposible, estamos ante una hazaña de la dilapidación, del derroche artístico y de una pasión indomable: el periodismo. Pero sus libros son, al mismo tiempo, una victoria de la concentración y la profundidad. En 1980, Monsiváis publicó A ustedes les consta. Antología de la crónica en México y, años más tarde, dos libros de crónicas, Entrada libre (1987) y Escenas de pudor y liviandad (1988). Una vez ha incursionado Monsiváis en la ficción: Catecismo para indios remisos (1982). Los rituales del caos persiste en la complejidad de la Ciudad de México, en su desigualdad y en el territorio de los ídolos populares de los años noventa de México.

El personaje de Carlos Monsiváis es mucho menos, pero mucho más que sus libros. Monsiváis ha sido un empecinado difusor de la historia cultural mexicana. Una parte de sus numerosas investigaciones sobre el siglo XIX en México se concentra en un libro, Las herencias ocultas del pensamiento liberal del siglo XIX. En el año 2000, Monsiváis publicó Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina, un ensayo sobre la identidad, la diversidad, los vasos comunicantes de la cultura hispanoamericana. En el mismo año, Monsiváis publicó una crónica biográfica, un ensayo sobre la figura de Salvador Novo, La mirada en el centro.

Hugo Hiriart

Hugo Hiriart (1942) ha privilegiado a la imaginación en cada uno de sus viajes literarios. La fabulación ocupa el centro de su obra. Desde la parodia de las novelas de caballería (Galaor, 1972) hasta la creación de civilizaciones fantásticas y destinos sobrenaturales (Cuadernos de Gofa, 1981 y La destrucción de todas las cosas, 1992). Ese sistema de laberintos fantásticos produjo a un ensayista original e insólito en la literatura mexicana (Disertación sobre las telarañas, 1980; Sobre la naturaleza de los sueños, 1995, Los dientes eran el piano, 2000 y Discutibles fantasmas, 2001). Hiriart es un ensayista de lo inaudito, su visión filosófica suele revelar un mundo invisible que, sin embargo, está presente en la realidad, incidiendo en ella y cambiando el destino de seres y cosas. La ginecomaquia (1972), Hécuba, la perra (1982), Intimidad (1984) y Ambar (1986) conforman las aventuras teatrales de Hiriart.

HÉctor Aguilar CamÍn

Aguilar Camín (1946) fincó sus poderes narrativos en tres zonas de la cultura mexicana: el ensayo político, la novela y el cuento. En 1985 Aguilar Camín publicó su primera novela, Morir en el Golfo, un fino entramado sobre las redes políticas, corporativas y criminales de un cacique emergido de las instituciones postrevolucionarias del México moderno. Pero Morir en el Golfo es mucho más que una novela política, su verdadera fortaleza literaria radica en la profundidad moral de su historia, en la ambigüedad aleccionadora de sus personajes —un periodista, una mujer imbatible y ambiciosa, el cacique y un amplio reparto de personajes que avanzan en el sentido de un final trágico—, en la energía expresiva para retratar con una prosa transparente las discordias del pasado y el futuro de México como se disputa cada rincón la luz en la oscuridad. La evolución narrativa de Aguilar Camín produjo en 1991 una segunda novela, más compleja formalmente, más intensa, más personal: La guerra de Galio, una visión trágica y magnética de la generación del 68, de la guerrilla y del periodismo mexicano de los años setenta, de los sótanos de la vida social y política. Esa visión ocurre, esencialmente, a través de dos personajes centrales: Carlos García Vigil y Galio Bermúdez. Dotados de una densidad inusitada en las letras mexicanas, Vigil y Bermúdez imantan con sus pasiones a los protagonistas que los acompañan en su viaje al fondo de la noche: Octavio Sala, director del diario La República, Paloma Samperio y los hermanos Carlos y Santiago Santoyo, verdugos y víctimas de la utopía armada, el profesor que reconstruye la historia de su alumno y Mercedes Biedma, esperanza y fracaso de Vigil. El error de la luna, la tercera novela de Aguilar Camín, se aleja de los temas políticos para reconstruir una historia de mujeres, de familia, de amores tejidos y condenados a lo largo de todo un linaje. Un soplo en el río, su cuarta novela, ofrece una breve y magnética historia de amor trágico. En su brevedad, esas páginas tristes y desencantadas conforman el recuento de toda una época: el sueño terrible de la revolución armada, la búsqueda de un mundo mejor y la cauda de muerte y destrucción con que envolvió a sus seguidores. Un soplo en el río cuenta con dolor y maestría el salto en el abismo de los jóvenes que se lanzaron a la clandestinidad, a las armas y a la muerte. En este sentido, la nouvelle se desprende de alguna historia oculta en La guerra de Galio, resuelta con la fluidez estilística y el estilo transparente de Historias conversadas, el libro de relatos que Aguilar Camín publicó en 1991. Cuando un novelista gobierna sobre sus materiales sin sublevaciones notables de trama y estilo, cuando permite que convivan la pureza técnica del escritor mayor con el escritor joven que todo narrador lleva consigo, ese autor ha llegado a la madurez. Así puede leerse la historia incandescente de la fundación de Carrizales y de la estirpe de los Casares en El resplandor de la madera (1999), la quinta novela de Aguilar Camín. Este quinteto narrativo constituye, por derecho propio, uno de los conjuntos prosísticos más sólidos de la segunda mitad del siglo XX mexicano.

Mujeres

Los años setenta transformaron la moral social mexicana: la homosexualidad abiertamente incorporada a la vida cultural, la defensa de los derechos civiles, las libertades individuales, la liberación femenina, lograron espacios centrales de la vida pública. Uno de los más notables fue la aparición definitiva de las mujeres en la música, la pintura, las letras. Las mujeres escritoras, investigadoras, ensayistas, editoras, cronistas, periodistas, cambiaron el paisaje, las tendencias, las visiones de las letras nacionales. En ese cambio participaron Josefina Vicens, Guadalupe Dueñas, Margarita Michelena, Inés Arredondo, Beatriz Espejo, María del Carmen Millán, Aurora Ocampo, Elva Macías, Margarita García Flores, Margit Frenk, María Luisa Mendoza, Margarita Peña, Margarita Dalton, Marta Lamas, Raquel Serur, Carmen Lira, Paloma Villegas, Vilma Fuentes, Cristina Pacheco, Hortensia Moreno, Soledad Loaeza, Yolanda Moreno Rivas, Sara Sefchovich, María Teresa Priego, Laura Emilia Pacheco.

Elena Poniatowska

Elena Poniatowska ha sido reconocida por el público como la autora de una crónica compuesta por múltiples voces. Ese libro, sostenido en la indignación política, la destreza periodística y el temperamento de su autora es La noche de Tíatelolco. Testimonios de historia oral (1971). Aunque este montaje, perdurable por su ritmo y su nervio expresivo, se convirtió en un clásico de la literatura del 68, los aciertos literarios de Elena Poniatowska perduran en otros libros, en otras zonas de su obra. Esa zona quedó ceñida a una decisión cultural: dedicar todo esfuerzo a la reconstrucción de la desigualdad en México.

En el año de 1978 Poniatowska publicó Querido Diego te abraza Quiela. Las doce cartas imaginarias que Angelina Beloff le envía a Diego Rivera entre 1921 y 1922 forman una historia de pasión y abandono, de esperanza y desamor. Un año después, en 1979, Poniatowska publicó un libro de cuentos: De noche vienes.

En las páginas de Fuerte es el silencio (1980), Elena Poniatowska alcanza uno de los puntos más altos de esta combinación: la crónica, el testimonio, la historia inmediata y el reportaje al servicio de la develación social. Niños de la calle, invasores de terrenos, cinturones de miseria, asesinatos políticos, escalonan un relato subterráneo de un México que transcurre en la oscuridad. Aunque Fuerte es el silencio es probablemente el libro más estrujante de Poniatowska, su obra más ambiciosa es Tinísima (1992), una novela sobre la vida, la obra, la generación, los amores, las luchas, las decepciones, la ortodoxia, el dogmatismo, las ilusiones de Tina Modotti. Tinísima resume todas las pasiones de Poniatowska: los luchadores sociales, el amor comprometido, los marginados, los conspiradores perseguidos, los dogmas comunistas, los oprimidos, la cultura popular, la urgente necesidad de los ideales, en fin, la trama secreta que ocurre detrás de la historia oficial.

A lo largo de los años, la trayectoria periodística de Elena Poniatowska ha dejado en las páginas de los periódicos, de los suplementos, de las revistas, una cauda de artículos, ensayos y entrevistas reunidos en varios tomos. Todo México… es mucho más que la constancia de una vocación; ese registro muestra, más bien, una historia cultural en sí misma, una relación de gustos y de afinidades a lo largo de más de cuatro décadas. En esa obra múltiple, el testimonio se ha convenido en historia y la cronista en un testigo indispensable.

Ángeles Mastretta

En el año de 1985, una novela, Arráncame la vida, y una escritora, Ángeles Mastretta, aparecieron en la vida cultural mexicana. Desde mucho tiempo atrás, Mastretta escribía una columna de vida diaria, “Del absurdo cotidiano”, en el periódico Ovaciones, en el espacio de ese diario popular y vespertino, Mastretta había atraído a un público ávido de esa voz que ensayaba su prosa en la frontera que divide a la ficción de la cotidianidad. El éxito de Arráncame la vida fue inmediato, como si el público, mayoritariamente femenino, esperara nervioso el día en que ocurriera la historia de los amores de Catalina Ascencio con un cacique de los años treintas y cuarentas en el México postrevolucionario. Si la mujer y su condición son el eje de la literatura de Mastretta, el saldo final de esta obra en construcción se encuentra, sin embargo, más allá del confinamiento de lo que, no sin cierto dejo despectivo, se llama literatura femenina. El tema de la mujer es el camino, pero el punto de llegada es la densidad literaria. El éxito enciende en su combustión el fuego de las suspicacias. Las traducciones a más de quince idiomas y los cientos de miles de ejemplares que Arráncame la vida ha vendido en México y el mundo, reavivaron una vieja fórmula: si triunfa, no es literatura. No es algo insólito, le ocurrió lo mismo a Amado Nervo o a Jaime Sabines. No menos cierto es el hecho, más simple y más misterioso, de que en literatura todo gran éxito es inexplicable. El empeño intelectual de Mastretta reveía a una narradora de gran naturalidad pero, a la vez, capaz de complejidades puestas en los pliegues de una prosa limpia, simétrica. La naturalidad no es, literariamente, natural, sino un proceso largo de combinaciones, de entregas y contenciones que, al final, producen la ilusión de la facilidad, de la fluidez. A ese linaje de escritores y escritoras pertenece Mastretta. Podría decirse que en el año de 1990 Mastretta se sobrepuso a su éxito, o al abatimiento de su éxito, y publicó un libro de enigmas revelados con paciencia y destreza literarias: Mujeres de ojos grandes, mujeres en el punto culminante de sus vidas, en lo alto de la revelación de sus secretos. Pero a Mastretta la esperaba el desafío de una nueva novela. En 1997 apareció Mal de amores, una vehemente historia de amor compartido, de adulterio, venganza y resurrección en el México porfiriano y de la Revolución. Al entramado novelístico, resuelto con las habilidades de la madurez y de la astucia, de la elegancia prosística y de la continencia verbal, Mastretta agregó un reto de su literatura: transitar rumbo a la afectación sin llegar nunca a ella, acercarse al artificio de las emociones sin entregarse del todo a él, sin rendir la plaza literaria a la tentación del sentimiento puro. La construcción de esta novela le valió a su autora el Premio Rómulo Gallegos. En 1993, Angeles Mastretta reunió una parte de su periodismo literario en Puerto libre y en 1998 acopió algunos de sus ensayos personales y crónicas interiores en El mundo iluminado. En 1999 apareció en forma de libro el relato Ninguna eternidad como la mía. Los libros de Mastretta proponen, al final, una parábola infrecuente en las letras, la del éxito y la calidad literaria, la de la aceptación del público y la densidad dramática.

Nacidos en los cincuenta

La vida urbana, la intimidad devastada por la crisis, los sueños incumplidos de la clase media, las pasiones desdichadas en la ciudad desbordada, el rock como método de conocimiento, el cine entendido como educación sentimental, se volvieron temas centrales del cuento y la novela de los narradores nacidos en los cincuenta. La variedad de tratamientos de la narrativa de los ochenta se desarrolla en un amplio mosaico temático: del realismo duro a la prosa fantástica, del relato minimalista a la exploración prosística de diversas regiones del país, de la novela política a la creación de ciudades imaginarias, del humor como visión del mundo a la trama histórica. Algunos de estos escritores son Luis Zapata (1951), Daniel Sada (1953), Leonardo da Jandra (1951), David Martín del Campo (1952), Mario Huacuja (1950), Sergio González Rodríguez (1950), Bernardo Ruiz (1953), José Joaquín Blanco (1951), Daniel Leyva (1949), Alberto Ruy Sánchez (1951), Anamari Gomís (1950), Alvaro Uribe (1953), Rosa Beltrán (1955), Samuel Walter Medina (1953), Carmen Boullosa, Fernando Solana Olivares (1951), Francisco Hino- josa (1954), José Woldenberg (1954), Carmen Villoro (1958), Emiliano González (1955), Carlos Chimal, Juan Villoro (1956), Enrique Serna (1959), Mauricio Molina (1959).

Enrique Serna

La prosa transparente, la destreza constructiva, el humor negro y una mirada crítica, incluso lóbrega, de los mitos de los años ochenta son el sustento de la obra de Enrique Serna (1959), seguramente una de las obras en marcha más importantes de la reciente narrativa mexicana. Serna había logrado un pequeño y devoto público escribiendo una columna satírica en el suplemento Sábado del periódico Unomásuno, “Las caricaturas me hacen llorar”, que años más tarde, en 1996, reuniría en un libro de ensayos y artículos con el mismo título. Hay en la propuesta literaria de Serna una sublevación contra las apariencias: la realidad es un largo proceso de ocultamiento. Señorita México (1987), su primera novela, había sido un raro viaje a la semilla: de la decadencia y el olvido de Selene Sepúlveda, Señorita México 1966, al origen de su destino en el día de su nacimiento ocurre el relato completo de una vida. Serna demostró en su segunda novela, Uno soñaba que era rey (1989), que el realismo duro no es la contraparte de los universos fantásticos; al contrario, si su origen es la pericia estilística, realismo y fantasía son complementarios y, aun, prolongaciones del mismo camino. La puesta en escena de una trama delirante, unida por un crimen, sirvió a Serna para montar un teatro sórdido y grotesco de momentos límite en la vida social de la Ciudad de México. Serna no teme a la perversidad, a las sombras, este es quizás el riesgo mayor de su narrativa: estetizar hábilmente la sordidez, buscar un sentido en la penumbra de la intimidad. El miedo a los animales (1995) cruza ese desafío mayor a través de la historia de un crimen y de las revelaciones de un mundo cultural, el mexicano, y su red de influencias, deshonestidades y traiciones. Más que un thriller. El miedo a los animales es una tira cómica, una caricatura que aspira a la fotografía. Los cuentos que integran Amores de segunda mano (1992) componen, muy probablemente, el mejor libro de relatos que se haya escrito en México en los años recientes. Todas la cualidades de Serna dominan sus historias y muy pocos de sus defectos. En 1999, Serna demostró que es capaz de diversos registros literarios. El seductor de la patria, su exitosa novela sobre la figura de Antonio López de Santa Anna, revela a un intérprete, tan riguroso como imaginativo, de la historia mexicana del siglo XIX y a un escritor capaz de utilizar múltiples géneros dentro de la novela.

JUAN VILLORO

Desde su primer libro de cuentos, La noche navegable (1980), al que incorporó una plaquette iniciática, El mariscal de campo, Juan Villoro (1956) expuso la aspiración de su juego literario: claridad narrativa, atmósferas de jóvenes de clase media en busca de su identidad perdida, historias de amor condenadas al fracaso, una Ciudad de México sólo habitable en el pasado y en el rock como fuente de conocimiento o realización emocional. Villoro encontró rápidamente a un público joven que buscó en él, como antes lo buscó en José Agustín, una visión del mundo, un espacio crítico y libre entre el desencanto juvenil de una generación deshabitada de la leyenda del movimiento estudiantil de 1968. Cronista, crítico de rock, guionista de radio, comentarista cultural audaz e intuitivo, Villoro demostró que no hay anécdotas banales sino escritores ineptos; o mejor, que cualquier tema en manos diestras puede convertirse en literatura. Como el primero, su segundo libro de relatos, Albercas (1985), readapta sus modelos primordiales: Julio Cortázar o Adolfo Bioy Casares. “Noticias de Cecilia” y “Baterista numeroso” contienen en sus redes las características fundamentales de los primeros relatos de Villoro: atmósferas extrañas, casi mágicas, contrapunteadas con rasgos de la vida diaria y sueños juveniles expuestos a la incertidumbre y el fracaso.

Simultáneamente, Villoro había escrito en el suplemento Sábado del periódico Unomásuno, que dirigía Huberto Batís, una serie de crónicas sobre los años setenta. Ese conjunto apareció en forma de libro: Tiempo transcurrido. Vi- lloro le daba a la crónica una vuelta de tuerca. Más que un testimonio, más que un narrador al servicio de un tema, en Tiempo transcurrido la crónica se convierte en una pieza literaria que usa el ensayo o el cuento, indistintamente, para exponer una época, un asunto, un personaje en clave pero, al mismo tiempo, reconstruyendo sueños colectivos. Once de la tribu (1995) reúne una parte del trabajo periodístico que Villoro escribió a lo largo de varios años. Esta forma de ejercer la crónica logró un momento superior: Palmeras de la brisa rápida (1989), la combinación del viaje, el cuento y la fantasía puestos en un delgada línea: la fábula realista.

La crítica ha visto en El disparo de Argón (1994), su primera novela, una maduración del estilo de Juan Villoro. Es correcto. La novela de Villoro sedimentó las virtudes de sus libros anteriores a través de una estructura más compleja, de personajes con mayor densidad y de un estilo más depurado. Novela sobre la visión, en su sentido literal y alegórico, raro thriller médico entre laberintos hospitalarios, extraña épica urbana de la destrucción de San Lorenzo. Tiempo después, Villoro regresó a la novela y a una de sus pasiones centrales, la Ciudad de México, en Materia dispuesta (1997). Las destrezas cuentísticas de Villoro se concentraron en un libro de registros y escenarios diversos, de tonalidades fantásticas y entramados sorpresivos: La casa pierde (1999). En el año 2000, Villoro reunió algunos de sus ensayos literarios en Efectos personales.

En la tempestad

La última década del siglo XX cierra una época y guarda en sus archivos la relación de los hechos que arrasaron con todas las certidumbres de la historia moderna de México. Ese archivo conserva, entre otras convulsiones, el conflicto armado en Chiapas, los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, la mayor crisis financiera del país derivada de la devaluación de diciembre de 1994, el crecimiento desbordado de la delincuencia y la expansión incontrolable del narcotráfico.

Durante los años noventa, y aun antes, la generación de escritores nacidos en los sesenta hace su aparición en el México de fin de siglo. Se trata de la generación de la crisis. Nuevas voces poéticas se incorporan a las letras mexicanas, obras que inician apenas su camino pero donde ya es posible reconocer lo que serán en el futuro: Aurelio Asiain (1960; República del viento, 1990), María Baranda (1962; La fábula de los perdidos, 1990, Nadie los ojos, 1999), Eduardo Vázquez Martín (1962; Eco de tu piedra, 1987, Comer sirena, 1992), Julio Hubard (1962; Presentes sucesiones, 1988), Fernando Fernández (1964; El ciclismo y los clásicos, 1991), Claudia Hernández de Valle-Arizpe (1963; Deshielo, 2000), Malva Flores (1961; Pasión de caza, 1993), Mónica Brown (1964; Nostalgia de luz, 1994), Juan Manuel Gómez (1968; Tres cartas de navegación, 1994).

Otros jóvenes poetas: Ernesto Lumbreras (1966; Espuela para demorar el viaje, 1992), Luigi Amara (1971; El cazador de grietas, 1998), Julio Trujillo (1969; Una sangre, 1994), Jorge Fernández Granados (1965; Los hábitos de la ceniza, 2000), Mónica Nepote (1970; Trazos de noche herida, 1993), Luis Vicente de Aguinaga (1971; La cercanía, 2000), Víctor Ortiz Partida (1970; La sal de los lucientes, 1997), Rocío Cerón (1972; Las eras y el vacío, 2000), María Rivera (1971; Traslación de dominio, 2000), Felipe Vázquez (1966; Signo a-signo, 2000).

La narrativa y el ensayo de estos jóvenes escritores se sostiene en una rara aunque legítima vocación posthistórica no pocas veces sostenida en el desaliento, en la certidumbre del vacío; o bien, en la ansiedad del mercado, en la búsqueda desesperada del reconocimiento. Acaso por esto, una de las características de este grupo de autores sea la de estar llenos de sí mismos, atentos hasta el exceso en sus contemporáneos, dominados por la ambición de descubrirse como grupo en un doble sentido, encontrarse y develarse. Ellos son, entre otros: Eduardo Antonio Parra, Mauricio Montiel, Luis Humberto Crosthwaite, Alvaro Enrigue, Luis Ignacio Helguera, Guillermo Fadanelli, Mario González Suárez, Javier García Galiano, Pablo Soler Frost, Roberto Pliego, Héctor de Mauleón, Ana Clavel, Ana García Bergua, Norma Lazo, Cristina Riveragarza, David Toscana, Jaime Ramírez Garrido, Carlos Castañeda, Julián Andrade Jardí, Fabrizio Mejía, Jordi Soler, Héctor Orestes Aguilar, Noé Cárdenas, Xavier Velasco, Carlos Tello Díaz, Adrián Curiel, Susana Pagano, Claudia Guillén, Alejandro Meneses, Edmée Pardo, Enrique Blanc.

Seis narradores

En un mapa veloz y provisional, las distintas tendencias narrativas de estos escritores podrían representarse en seis autores. Javier García Galiano (1963) publicó en 1994 un libro de cuentos raro, Confesiones de Benito Souza, vendedor de muñecas. Los relatos de García Galiano vienen desde dos refinadas lecturas: Jorge Luis Borges y Salvador Elizondo.

También recuerdan alguna página de Juan José Arreóla. Pero estas admiraciones no le restan originalidad a los cuentos de García Galiano, al contrario, se trata de un libro único y personal, apoyado en diversas propuestas técnicas y muy bien escrito. Acaso el defecto mayor de estos cuentos es que sus piezas fueron sometidas a la crueldad de la reescritura interminable. No importa, se necesitan más escritores víctimas de la reescritura y menos escritores secuestrados por las obligaciones del mercado. En el 2002, García Galiano publicó Armería. Un libro vaquero.

Los dos libros de relatos que ha publicado Eduardo Antonio Parra (1965) atrajeron rápidamente ios comentarios de la crítica y los lectores: Los límites de la noche (1996) y Tierra de nadie (1999). No es para menos. Parra es un escritor de gran energía verbal, dueño de un sentido dramático infrecuente. Ambientados en la frontera norte, los cuentos de Parra suelen ser violentos, desaforados, impactantes y, sin embargo, imaginativos y contenidos en su estructura. En el 2002, Parra publicó se primera novela, Nostalgia de la sombra.

Los nueve cuentos de La perfecta espiral (1999) forman, en su pulida brevedad, una de las propuestas narrativas más completas de los últimos años en México. La originalidad temática de los cuentos de Héctor de Mauleón (1963) proviene de tres universos paralelos: la literatura fantástica, la historia de la ciudad y la atracción desmesurada por las leyendas mexicanas. En cierto sentido, los relatos de La perfecta espiral son la confesión de que no hay literatura sin fantasmas. Así, De Mauleón ha echado mano de la historia de la Ciudad de México, de sus calles, de sus protagonistas, de sus grandes mitos. De esto y no de otra cosa trata el trabajo narrativo que realiza desde hace años en periódicos, revistas y suplementos y de donde ha salido un libro importante: El tiempo repentino. Crónicas de la Ciudad de México en el siglo XX (2000).

La promoción de la “literatura basura”, la defensa intransigente de la cultura underground y la crítica sarcástica de los valores establecidos de la cultura mexicana detuvieron durante algún tiempo, por paradójico que suene, la difusión de los libros de Guillermo Fadanelli (1960). La difusión, pero no el desarrollo de un autor que muy probablemente el mismo Fadanelli desconocía. Desde sus primeros relatos, Fadanelli se dedicó a narrar las corrientes subterráneas de la vida mexicana: la violencia en las calles, la idea de que la juventud no es un inicio sino un final, el vacío de la sexualidad, la droga como ejercicio de la indiferencia son temas que Fadanelli ha estudiado desde diferentes puntos de vista en libros como Cuentos mejicanos (1991), El día que la vea la voy a matar (1992), Terlenka (1995), No te enojes Pamela (1996), La otra cara de Rock Hudson (1997), Te veré en el desayuno (1999) y Para ella todo suena a Franck Pourcell. Fadanelli ha llegado a un tono, descarnado, crudo, violento, y ha creado una atmósfera, una ciudad nublada, sucia, irremediable, como la de México. Su más reciente novela, Lodo, se publicó en el 2002.

Mauricio Montiel (1968) publicó muy pronto sus primeros libros de relatos y poemas: Donde la piel es un tibio silencio (1992) y Páginas para una siesta húmeda (1992); Mirando cómo arde la amarga ciudad (1994) y Oscuras palabras para escuchar a Satiei 1995). Muy pronto decidió sus temas centrales y el rumbo de su estilo. Los seis relatos que integran Insomnios del otro lado (1994) abordan de diversos modos tres asuntos: la noche, la locura y el azar. Sus cuentos y sus ensayos incorporan con fortuna su pasión por el cine y, sobre todo, su gusto por el thriller, por el suspenso, por el lado oscuro de la vida. El libro de relatos La penumbra inconveniente (2002) informa, en su calculada estructura y su orden formal, la dirección que ha tomado la narrativa de Montiel. Una prosa culta, con gran sentido del ritmo y bien escrita se enfrenta a un adversario frecuente en escritores como Montiel: la dificultad para encontrar sus temas. ¿Qué contar? Acaso por esta razón, Montiel recurre con frecuencia a dos fuentes originarias: la ciudad y sus interiores y la apertura de horizontes sin porvenir, como en una road picture.

El desarrollo literario de Carlos Tello Díaz (1962) es uno de los más excéntricos en los años recientes. Tello Díaz se aparta de los distintos centros de las letras contemporáneas de un modo original y no menos extravagante. Su primer libro, El exilio. Un relato de familia (1993) es una crónica novelada, o una novela cronicada, de la vida de dos familias que abandonan México a causa de la revolución armada del año de 1910, la de Porfirio Díaz y la de Joaquín Casasús. El relato cuenta sus vidas en el exilio. Apoyado en fuentes primarias e inéditas, Tello Díaz decidió narrar una historia privada por encima de la vida pública y, al mismo tiempo, develar la historia social a través de la intimidad de los protagonistas fundamentales del porfiriato. Dos años más tarde, en 1995, Tello Díaz escribió La rebelión de Las Cañadas, el más serio, profesional y riguroso reportaje sobre la sublevación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. La calidad prosística, la imaginación constructiva y el rigor académico con que Tello Díaz ha escrito sus libros lo han puesto en una encrucijada. Su futuro literario perfila un misterio: someterse, con todas sus ventajas, al rigor de las fuentes de investigación; o bien deshacerse de la utilería académica para adentrarse, sin perder sus rigurosos dones reconstructivos, en la ficción, en el territorio de la imaginación.

El crack

Durante los años noventa un grupo de escritores nacidos también en los sesenta publicó sus primeros libros. Estos autores se promovieron, publicitaron y dieron a conocer en el medio cultural bajo el sello del Crack, rara mezcla de manifiesto literario, marca registrada y autoproclama en rebeldía contra la hegemonía cultural y literaria de México. Ellos son: Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Pedro Angel Palou, Eloy Urroz, Ricardo Chávez Castañeda. No deja de ser irónico el destino de los escritores del Crack. Críticos de lo que ellos han percibido como mafias culturales, se concentraron en una organización endogámica, amurallada; simpatizantes del Mercado, de la expansión internacional, se agruparon detrás de su nombre de guerra, Crack; defensores de la individualidad del escritor, de su soledad, muchas veces han decidido los temas de sus libros en forma colectiva, han tomado sus posiciones colectivamente, han escrito libros colectivos. Estas paradojas han sido su debilidad pero también su fortaleza. El Crack logró establecer su nombre en las editoriales, las revistas, las becas, los apoyos financieros.

En el año de 1998, el Crack se volvió noticia internacional. Jorge Volpi ganó el Premio Novela Seix Barral/Planeta con el título En busca de Klingsor, una alegoría del mal y la ética en la ciencia durante la Segunda Guerra mundial en la Alemania de Hitler y en los Estados Unidos de la posguerra. Tiempo después, Ignacio Padilla obtuvo el Premio Primavera de Novela Espasa Calpe con la novela Amphytrion, un proyecto nazi de suplantación de personajes centrales del Partido Nacional Socialista mediante jóvenes desconocidos.

LA CRÍTICA Y LA INVESTIGACIÓN

“El crítico no es más que un hombre que enseña a leer a los demás”, escribió SainteBeuve, el maestro de la crítica francesa del siglo XIX, y agregó: “Como la entiendo y como quisiera practicarla, la crítica es una invención, una creación perpetua”. De esa enseñanza y esa invención perpetua hablan en México la obras notables de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Jorge Cuesta, Xavier Villaurrutia, Carlos Fuentes, Luis Cardoza y Aragón, Gabriel Zaid, José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, Tomás Segovia, José Luis Martínez. En ellos, la crítica es un momento culminante de la creación y, a la vez, un magisterio que ha cruzado con sus lecciones el siglo XX mexicano. A su lado, un grupo de escritores se ha entregado a lo largo de los años a la difusión y a la reflexión de la cultura, a la enseñanza de la lectura y a la creación crítica, como quiso Sainte-Beuve. Algunos de ellos: Emmanuel Carballo (1928), Huberto Batis (1934), Evodio Escalante (1949), Adolfo Castañón (1952), Juan José Reyes (1955), José María Espinasa (1954), Alberto Ruy Sánchez (1951),

Durante varios años, Christopher Domínguez Michael (1962) hizo sus primeras armas como crítico de casa de la revista Proceso. El tono auténtico y novedoso de sus reseñas le atrajeron pronto un público que reconoció en él a una voz crítica muchas veces autorizada. Su pasión y admiración por Jorge Cuesta produjo un ensayo en 1987: “Jorge Cuesta y los demonios de la política”. En 1990 y 1991 publicó en dos gruesos volúmenes una Antología de la narrativa mexicana del siglo XX. La antología de Domínguez Michael constituyó un intento serio por establecer un canon,un gusto, una taxonomía de la prosa narrativa del siglo pasado. En las páginas de ese cernido hay gusto estético y laberintos interiores, antesalas, pasajes que comunican a los escritores que le interesan al crítico.

El presente del pasado

La revaloración del pasado mexicano ha sido una de las novedades más importantes de nuestra cultura en los años recientes. La historia literaria ha renovado la tradición cultural mexicana, la ha develado y revelado creando al mismo tiempo una tradición desconocida. En esa vasta zona de la recuperación histórica se inscriben los esfuerzos de Anna Rosa Palazón, Boris Rosen Jelomer, Nicole Girón, Belem Clark de Lara, Yolanda Bache Cortés, José Ortiz Monasterio, Sergio González Rodríguez, Antonio Saborit, Guillermo Sheridan. Ellos han restituido las obras de José Joaquín Fernández de Lizardi, Francisco Zarco, Manuel Payno, Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Gutiérrez Nájera, Vicente Riva Palacio, José Juan Tablada, Salvador Novo. Al mismo tiempo, la investigación seria y rigurosa ha producido estudios en los que la imaginación crítica restituye la tradición y reinterpretael pasado: Fabienne Bradu se adentró en la vida de Antonieta Rivas Mercado; Guillermo Sheridan recreó a los contemporáneos; Alvaro Ruiz Abreu se entregó a las profundidades de la vida y la obra de José Revueltas; Héctor Perea analizó las raíces mexicanas en España; Sergio González Rodríguez descubrió el antro, la bohemia y el café; Antonio Saborit narró y redescubrió el caso de los Doblados de Tomochic; Fernando Curiel estudió en amplitud el Ateneo de la Juventud; Margo Glantz leyó, como si fuera la primera vez, la novela de folletín; Vicente Quirarte escribió una biografía literaria de la Ciudad de México. A todos ellos los une la certeza del crítico inglés George Steiner: “Los Antiguos son todavía novedades. Los Antiguos son personas del mañana”.

JosÉ JoaquÍn Blanco

Hace años, José Emilio Pacheco intuyó, mientras retrataba en unas cuantas páginas al escritor Amado Nervo, que el crítico practicante —el que ejerce la creación— es más generoso e inteligente que el crítico profesional. Tuvo razón. Nuestra historia literaria confirma que nuestros grandes críticos han sido grandes escritores. No existe el crítico en estado de pureza. Novelista, poeta, cuentista, cronista, el empeño intelectual de José Joaquín Blanco (1951) se sostiene en la brillante exposición de sus gustos y en la profundidad reflexiva de sus ensayos. En 1977, Blanco publicó Crónica de la poesía mexicana. En su audacia, originalidad y precocidad, ese ensayo propuso un nueva forma de leer la poesía mexicana. Más tarde, en 1979 reunió en Retratos con paisaje un conjunto de textos sobre escritores franceses, ingleses y norteamericanos cumpliendo una doble operación: difundir sus pasiones y afinar un método expositivo. En los años que siguieron, la novela (La vida es larga y además no importa, 1979; Las púberes canéforas, 1983; Calles como incendios, 1986; Mátame y verás, 1994), la poesía (La siesta en el parque, 1989), la crónica (Función de medianoche, 1981; Un chavo bien helado, 1990) le disputaron a Blanco, entre otros libros y otros géneros, sus trabajos críticos. De esa tensión surgió La literatura de la Nueva España y Esplendores y miserias de los criollos (1989), un largo estudio de las letras de la conquista y novohispanas. Más recientemente, en 1996, Blanco reunió buena parte de su crítica sobre temas y autores nacionales en Crónica literaria. Un siglo de escritores mexicanos (1996) y en Pastor y ninfa. Ensayos de literatura moderna (1998) reunió estudios de los autores que su gusto, su inspiración y sus numerosas lecturas le dictaron. Su radical vocación literaria y su talento para interpretar y exponer con claridad y hondura han convertido a Blanco, al cabo de más de treinta años de ejercicio analítico y prosístico, en uno de los críticos literarios centrales del siglo XX mexicano. En el año 2000, Blanco reunió su poesía en Poemas y elegías y publicó algunos de sus cuentos en Las rosas eran de otro modo (2001).

Antonio Alatorre

En el año de 1979 apareció Los 1001 años de la lengua española, un estudio central del idioma y la literatura castellanas. En Alatorre (1922) se concentran los dones del filólogo, el lingüista y el crítico de las letras hispánicas. La curiosidad y la erudición, la llaneza y la profundidad han definido el trabajo de investigación que Alatorre ha cumplido a lo largo de los años como director y miembro del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México. Sus ensayos, aún no reunidos en libros, abarcan desde las letras clásicas y la literatura de los siglos de oro hasta la interpretación de Sor Juana Inés de la Cruz y las reflexiones sobre diversas formas literarias como el romance. Alatorre es, además, un traductor de clásicos imprescindibles: las Heroidas de Ovidio (1950), Memorias postumas de Blas Cubas de Machado de Assis (1951), Literatura europea y Edad Media latina de Ernst Robert Curtius (1975) en colaboración con Margit Frenk. La palabra académico alcanza en la obra de Alatorre su verdadero significado: productividad y estudio permanentes, inteligencia y dedicación, una altura infrecuente en México, donde la vida académica se caracteriza muchas veces por la parálisis improductiva.

José Luis Martínez

Conviene terminar estos trazos de historia literaria en su vertiente de ensayo e investigación con José Luis Martínez (1918). Su obra puede contenerse en tres palabras: hombre de letras. La vasta complejidad de sus estudios y ensayos, de sus prólogos, la preparación de diversas ediciones de clásicos mexicanos, su animación cultural y editorial, su esfuerzo difusor, su ambición de conocimiento, en fin, su apasionada vocación literaria, ofrecen una de las lecciones ejemplares del siglo XX mexicano. Pueden reconocerse de inmediato algunos momentos culminantes de esta obra: La expresión nacional. Letras mexicanas del siglo XIX (1955), México en busca de su expresión (literatura 1810-1910) (1977), Origen y desarrollo del libro en Hispanoamérica (1983), Pasajeros de Indias. Viajes trasatlánticos en el siglo XVI (1983) y, por supuesto, su estudio sobre Hernán Cortés (1990), acompañado de la edición y las notas de cuatro tomos: Documentos cortesianos (1990- 1992). José Luis Martínez es el gran reconstructor de la tradición literaria mexicana. Sus obras poblaron un territorio deshabitado en los años cincuenta, el de la memoria cultural. En ese tiempo no era común algo que en nuestros días se ha vuelto una fortuna de la interpretación, la rigurosa dedicación al descubrimiento del pasado de nuestras letras. En los libros de José Luis Martínez convergen el trabajo pionero y la propuesta de un gusto, la pasión bibliográfica y la creación de un orden. Las obras de Justo Sierra, de Ignacio Manuel Altamirano, de Manuel Acuña, de Alfonso Reyes, de Ramón López Velarde, entre muchas otras, fueron restituidas en las ediciones, prologadas y anotadas, de José Luis Martínez. Sin él, la historia de la literatura mexicana tendría una zona irrecuperable de silencio, de olvido irremediable.

Coda

Al comienzo del siglo XXI, el jardín de la cultura mexicana tiene una buena noticia: la existencia de una cultura moderna, diversa, profesional. Y tiene una mala noticia: es pequeño e insuficiente el público al que va destinada. Nuestra cultura no puede pensarse ya sin un mercado, a su vez impensable en décadas pasadas; el problema es que el mercado no escoge bien la mayoría de las veces. Enriquecer ese mercado, pero sobre todo afinar el modo en que las letras, las imágenes y las tonalidades confluyen con ese mercado, es el desafío de los años por venir. Mientras tanto, más allá de todo o, si se quiere, al borde mismo de las ruinas, no resulta una aspiración —o un proyecto menor— la persistencia en ese jardín, n

Trazos de la cultura en MÉxico, 1978-2002

Sobre la felicidad

SOBRE LA FELICIDAD

POR FELIPE GONZÁLEZ

“La situación de los descreídos de esta civilización es aparentemente mejor para el disfrute de la felicidad como vivencia relaciona con lo más placentero y lo menos doloroso”. Este es un alcance de Felipe González al número del aniversario 25 de Nexos, dedico a la felicidad.

Nunca he recibido un encargo más extraño a mis tareas. Por eso, cuando los Aguilar Camín me pidieron una reflexión sobre este tema para el 25 aniversario de Nexos, me produjo perplejidad. Y más tarde desconcierto y deseos de eludir el compromiso. Es decir, lo contrario de lo que debería ser una sensación de felicidad.

Pero, claro está, nadie, sea cual sea su ocupación, ha dejo de pensar en esta extraña ciudadana, casi siempre esquiva y fugaz, a la que llaman felicidad.

Cuando se la encuentra descrita en la literatura, en forma de poesía o de prosa, o a través de sesudos ensayos, resulta imposible una interpretación unívoca, por lo que cada cual debe tener la suya, tan igual y tan diversa como la especie que la inventó.

O, tal vez, no toda la especie humana utiliza el concepto, que, en mi percepción, se corresponde con las llamas religiones del libro —monoteístas, judeo-cristianos y musulmanes—. El resto —más de la mitad de los seres humanos— creo que siente extrañeza cuando se trata de explicar eso de la felicidad.

No digo que sea cierta mi percepción. Sólo afirmo que la tengo y que, incluso, me daría rabia que estuviera comprobada o estudia. ¡Tal vez debería haber navego por Internet para enterarme!

La gente que cree en la trascendencia —aún más, los que creen en el valor trascendente de lo inmanente—, tiene una idea de la felicidad que puede compatibilizar el dolor y el placer o que necesita esa combinación para la realización de su vida, para aspirar a una felicidad que, dada la cortedad y banalidad relativa de la existencia, sólo es posible en esa visión eterna y ulterior.

En esta encarnación de la felicidad es perfectamente posible una vida llena de dolor y sufrimiento voluntario o asumido, que se sienta como feliz. Aunque sea arriesgo afirmarlo, mientras más fundamentalista sea esta concepción de la existencia, más se ligará la felicidad con el sacrificio y mayor distancia tomarán sus protagonistas de los placeres de la vida, tan pecaminosos que los apartan del bien eterno que los espera.

En la otra cara del planeta, entre aquellos que pasan por la existencia sin una visión de la trascendencia, la felicidad y el placer tienden a ser la misma cosa. En la vida hay dolor y placer, pero al dolor —sea cual sea su origen— se le atribuye el papel de limitador o aniquilador de la felicidad.

Son las gentes cuya filosofía se basa en la fenomenología de las prácticas históricas adquiridas, situadas al oriente de nuestra civilización judeo-cristiana, e, incluso musulmana, si se toma la referencia como no estrictamente geográfica. Para ellos, la felicidad de la que nos oyen hablar, es más bien una abstracción, generalmente poco comprensible.

En esta división simplista y arbitraria de los seres humanos ante la idea de la felicidad hay una inmensa carga de matices.

En todas las culturas, por ejemplo, se producen comportamientos sádicos y masoquistas —a veces juntos—, que sus practicantes o devotos viven con felicidad, si son occidentales en el sentido que hemos dicho, o con placer, si pertenecen a otras civilizaciones.

En esta parte del mundo a la que pertenecemos —o nos pertenece— casi toda la gente busca denodadamente la felicidad y, en su raíz humana primigenia, tiende a asociarla a las cosas placenteras. Pero la trascendencia impresa en sus pautas culturales puede generarles un sentimiento de cierta culpabilidad por ello.

La situación de los descreídos de esta civilización, por ateos, agnósticos o abandonos por la fe monoteísta, es aparentemente mejor para el disfrute de la felicidad como vivencia relacionada con lo más placentero y lo menos doloroso. Pero no pueden escapar de las convenciones implícitas en ese mundo al que pertenecen, aunque, con harta frecuencia, presuman de ello.

No soy capaz de percibir lo que pasa en los transculturizados de las otras civilizaciones, panteístas, politeístas, animistas o de otro tipo, aunque tiendo a pensar que lo tienen más fácil, porque se preocupan menos —o nada— de perseguir lo que para ellos es una abstracción propia de los occidentales.

En síntesis, para terminar esta estúpida digresión, para la mitad de los seres humanos el placer y el dolor forman un todo inextricable a través del cual corren tras la felicidad; y para la otra mitad, lo doloroso y lo placentero marcan con nitidez la divisoria de lo que nosotros entendemos por felicidad e infelice.

La conclusión sería que habría que orientalizar la globalización que vivimos, en lugar de occidentalizarla como pretendemos.

Pero no se crean nada porque todo es una broma para escapar —en lo personal— de este compromiso con Nexos, a la que deseo felicidAD en su veinticinco aniversario.  n

La elección de Ascanio

LA ELECCIÓN DE ASCANIO

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

“De modo que yo fui lanzo de Tolimán por mi madre. Me cortó el cordón umbilical de un modo tan drástico, que no volví a ser de Tolimán, dejé de pertenecer realmente a este pueblo y a este mundo”.

Para Octavio Gómez

Tuve, cuando tuve edad, una amiga dulce que me hizo viajar, removiendo con sus tiernas ofertas de noches comunes y sitios extraños mis hábitos comodinos de aventurero sedentario. Se llamaba Julieta y no sabía estarse en paz, acusando en su movimiento perpetuo aquella condición de la que según Pascal vienen todos los males de los hombres: no poder quedarse quieto mucho tiempo en el mismo cuarto. Yo viajaba todo lo que había que viajar en los libros y las páginas del periódico. Era proclive a los amigos y a las cantinas, más que a los andenes y los caminos. Con Julieta viajé, sin embargo, como no lo había hecho desde que un ciclón arrojó a mi familia del pueblo donde nací, y a mí del edén de una infancia perdida, mejora por la pérdida. Atribuyo a esa bíblica expulsión mi sedentarismo posterior, que sólo Julieta supo vencer un tiempo, pues sólo con ella fui y vine por playas y hoteles, visitando ruinas, plazas, iglesias, y jardines interiores de casonas de provincia que era manía de Julieta descubrir y fisgonear. Ibamos cada vez a un lugar distinto, mejoro por Julieta con la carnada de que ahí encontraría algo que escribir, un paisaje para un cuento, un personaje para el diario. Yo no viajaba a los sitios que Julieta urdía, ni a las coartas que los mejoraban, sino a sus brazos frescos y a sus amores vertiginosos, seguras redes de mi dicha y mi lujuria.

De los muchos viajes que hice con Julieta, sólo hay uno en mi memoria donde no predominan su risa y su cuerpo, sino una de las historias que me prometió para arrastrarme al camino. Fue nuestro viaje a Tolimán, en el sur de Jalisco, la comarca real de la que había nacido la comarca fantasma de los libros de Juan Rulfo, el gran épico mexicano de los muertos. Julieta dijo irrecusablemente que si mi devoción por Rulfo era tan alta como pregonaba, no podía negarme a la invitación a conocer ese pueblo. La invitación nos la hacía su amiga Rosaura Cosío, antropóloga y anticuaría de la región. Según Julieta, el viaje era obligatorio también porque Rosaura necesitaba celebración y amparo. Había empezado la más inesperada aventura amorosa con un personaje quince años mayor, a quien llamaba de partida el Anciano Compañero. El Anciano Compañero, sin embargo, había rejuvenecido las pasiones de Rosaura, drenas por años de un mal matrimonio del que había saco una hija, un divorcio, una golpiza de hospital, una fortuna y el fin de todas sus ilusiones sobre las ventajas de la vida en pareja.

Después del divorcio, Rosaura se había quedo sola cinco años, entrega a su niña y a su tienda, huyendo de los hombres y de las algaras de su cuerpo, joven y esbelto todavía, como de muchacha, pero vidrioso por dentro, vejo por memorias y cicatrices de vieja. Al empezar el sexto año de su estación vacía, en medio del páramo elegido de su soledad, apareció de pronto aquel pretendiente de maduro. El sol volvió a salir sobre el toldo de sus penas, se licuó el miedo y se aflojaron las riendas de su corazón. Una tarde, mientras se arreglaba largamente para cenar con el Anciano Compañero, Rosaura se descubrió golosa y cachonda, vibrante por la cínica alegría de saber que esa noche le harían nuevamente el amor, quisiera su acompañante o no quisiera.

Aparte de ser el resucitador amoroso de Rosaura, aquel príncipe viejo era, según Julieta, asiduo lector de mis artículos y propagandista de un libro mío sobre la revolución mexicana. El Anciano Compañero tenía toda clase de prósperos negocios en Guadalajara pero residía la mitad del tiempo en Tolimán, su pueblo nativo, perdido en el tiempo, en el sur católico, agreste y ranchero de Jalisco. Dentro de la jurisdicción de Tolimán quedaba en ruinas la hacienda de la familia Rulfo, crea y destruida a fuetazos por don Juan Nepomuceno, abuelo del escritor, figura legendaria de aquella región, cuyos engendros ásperos habitaban una de las obras literarias más potentes del español del siglo XX. En dos libritos esenciales, uno de cuentos y una novela, Rulfo había invento una voz única, antigua, agraria, castiza y trágica para que conversaran, de tumba a tumba y de rencor a rencor aquellos fantasmas. En la voz viva del lugar, recobra y borra por la voz superior de Rulfo, quedaba al menos una historia no contada: la muerte de su abuelo, caído al pie de la cerca de su rancho a manos de un peón.

—Si no para ver a mi amiga Rosaura ni para conocer a tu admirador, tienes que venir a Tolimán a recoger la historia del abuelo de Rulfo —me instruyó Julieta—. Y no te digo más, sino que salimos el viernes y volvemos el martes, como todos los ociosos que respetan los puentes.

Era uno de los famosos puentes mexicanos que saltan días laborables aprovechando la contigüidad de fiestas cívicas o religiosas. Yo tenía mis propios planes de escribir, leer y beber, pero ningunos tan atractivos entonces como la vivacidad de los amores de Julieta colmos por su pasión cumplida del viaje. Cuando pregunté por la identidad del Anciano Compañero, Julieta me dijo:

—Lo conoces, porque es un hombre famoso, pero en cuanto te diga su nombre igual no quieres venir. Así que no te lo digo, nos vamos a los hechos consumos: tú primero vienes y después lo conoces. Lo único que te digo es que quiere hablar, beber y hasta fumar mariguana contigo.

—Mariguana no fumar —le recordé a Julieta, en el infinitivo sioux que era parte de nuestra tontera léxica—. Beber sí, lo que se ofrezca, hasta bebidas locales.

—Mariguana fumaremos entonces Rosaura y yo. Tú hablarás y beberás con el Anciano Compañero, y me harás el amor entre las nubes de la mariguana, aprovechándote de mi inconciencia.

En efecto, perdía completamente la conciencia cuando fumaba mariguana.

— ¿Nubes, dijiste? —pregunté—. ¿Nubes de mariguana?

—Nubecillas —matizó Julieta—. Pero concentras. La mota que siembran en Tolimán es famosa hasta en el sudeste asiático. Y ya nos apartaron una paca.

— ¿Paca, de las de heno?

—De las de heno, pero de mariguana —dijo Julieta.

—Sugerir comprar cerillos —dije yo—. Pueden escasear.

Como Julieta, Rosaura era una morena baña por el sol, doblemente tostada de playa y aire libre. Yo la había conocido en sus rachas de pena, y me había hecho sentir su mal tiempo con un trato de gestos ariscos, cortantes de miedo y desdén. Había pensó al verla en los desperdicios de Dios, capaz de poner en una hija de tan frescas hechuras tanta histeria. La Rosaura que nos esperaba en el aeropuerto de Guadalajara nada tenía que ver con mi recuerdo. Era una mujer radiante a la que el amor le brillaba en todas las partes del cuerpo. Se echó sobre Julieta con gozo infantil, dejándome frente al Anciano Compañero, que extendió dos brazos grandes para tenderme la mano robusta de ranchero:

—Ascanio Morlet —dijo, presentándose innecesariamente—. Es un placer conocerte —siguió—. No pensé que fueras tan joven. Ni tan alto. Ni con tan buen gusto —agregó, sin dejarme hablar, volteándose a saludar a Julieta, que dejaba los abrazos de Rosaura.

Me quedé un tanto frío porque, de pronto, estaba frente a uno de los hombres más satanizados de la vida pública mexicana, y de mi propio diario. Durante el último año de un intenso debate sobre la conveniencia de que México ingresara al GATT o mantuviera sus candados, Ascanio Morlet había alcanzo las dimensiones del diablo para los defensores del proteccionismo comercial. Era el más deslenguo defensor del libre comercio y el libre merco, el más acerbo crítico de los tabúes nacionalistas y de las ventajas de la economía mixta, eufemismo que designaba en los años setentas la presencia abrumadora de empresas del Esto en la industria, el comercio y las finanzas del país. Durante el último semestre, Ascanio Morlet había levanto la voz para decir que el Estado debía salirse de todos los sectores productivos, donde sólo generaba corrupción y competencia desleal. Según Morlet, las empresas estatales debían venderse a inversionistas privados y el gobierno dedicarse a gobernar, cobrar impuestos, aplicar la ley y equilibrar las brutales desigualdades de México con políticas públicas de educación y salud. La prensa nacionalista, que era toda la prensa, había caído sobre él imputándole los más oscuros vínculos con inversionistas americanos, sugiriendo su servidumbre como caballo de Troya en la penetración de la economía mexicana y en la entrega del país a la voracidad extranjera, siempre ávida y dispuesta al saqueo de nuestras riquezas. Morlet había respondido con una comparación que acabó de incendiar los bosques en su contra:

—Hay mejores negocios en el mundo desarrollo que codiciar las riquezas de México. Toda la economía mexicana es la tercera parte de lo que produce la ciudad de Los Angeles.

El mismísimo presidente de la república, herido en sus sentimientos patrióticos, descalificó a Morlet en un discurso, llamándolo por su nombre y describiéndolo como un “trasnocho liberal manchesteriano”. El presidente hizo después el elogio del monopolio petrolero estatal, como pilar de la fortaleza de México, y defendió la economía mixta, como un hallazgo histórico que combinaba lo mejor de la eficiencia capitalista y el irrenunciable mandamiento de la justicia social.

Morlet respondió desafiando al presidente a que probara que la empresa estatal petrolera de México era más eficiente que sus competidoras en el mundo y que la economía mixta había producido una sociedad más justa que las economías de merco europeas y americanas.

“No lo podrá probar, ni aunque lo intente”, escribió Morlet (cito de memoria), “porque en nuestra realidad económica no hay cuentas reales. Todas están maquillas por el gobierno o son inaccesibles. Nuestra economía es una pila de medias verdes y es por eso también una economía a medias. Pero lo que no dicen las cuentas rancheras de nuestra economía, lo dice la realidad. Y la realidad es que no producimos ni hemos producido más que aquellos países cuyos sistemas nos parecen inferiores. El presidente y sus colaboradores podrán decir que esto no es verdad, pero estarán diciendo una verdad para mexicanos. Es decir, una media verdad de autoconsuelo nacionalista. Nuestro nacionalismo es una colección de verdes a medias que al contacto con el mundo se vuelven mentiras completas”.

En aquellos tiempos de presidencialismo ritual, tiempos en los que el presidente encarnaba la patria, el honor y el temor de cada uno, la irreverencia de Ascanio desató una avalancha de vengadores del mandatario. Morlet atrajo todas las diatribas al uso contra los vendepatrias locales, esos mexicanos descastados, insensibles a la pobreza y la dignidad de sus pueblos. Para nosotros, que hacíamos un diario bien pensante de izquierda, en cuyos mandamientos simples la libre empresa era el nido de la explotación y el Esto la alcoba de la tiranía, Morlet fue un villano natural por nuestras propias razones: porque no ponía en el primer sitio de su agenda la igualdad y la justicia, sino la riqueza, y no al pueblo pobre, sino al rico emprendedor. Yo mismo le había dedico un artículo irónico celebrando su irreverencia pero condenando su cinismo y preguntándome por qué habría de interesarle a los inversionistas privados la riqueza de los mexicanos más que la suya propia. “Porque les conviene”, me había contesto Ascanio en una carta a la redacción. “Porque, como hubiera dicho Kant, el único seguro de la riqueza de unos es la riqueza de todos. Todo lo demás es un riesgo. Y eso lo entienden hasta los inversionistas, créame usted”.

Rosaura me abrazó como si nos uniera una amistad de infancia y añadió su propia retahíla de saludos y advertencias:

—Ya que se pelearon una vez, tenían que contentarse una —me dijo—. Vas a ver que el monstruo es un encanto. Y a ti —le dijo a Ascanio— se te va a quitar siquiera tantito así lo reaccionario.

—Eso quisiera yo ser de verdad: un reaccionario —dijo Ascanio—. Pero me faltan congruencia y coraje.

—Qué tal si te sobraran, mi hijito —dijo Rosaura—. Te hubieran colgado ya del Monumento a la Revolución.

—Necesitarían ampliar la bóveda —dijo Julieta, adulando la altura de Ascanio.

Cuando salimos al estacionamiento, íbamos hablando los cuatro como si nos conociéramos de años. Subimos a una camioneta que era como una sala de aire fresco y música amigable, los vidrios oscuros atenuaban el sol y los asientos de cuero añadían un barniz de austera bonanza, un toque de buen gusto sin ostentación, de riqueza sin prepotencia. Rosaura y Julieta ocuparon los asientos de atrás y yo subí junto a Ascanio, que manejaba. Todo fue suave y grato, como el deslizamiento del vehículo hacia las afueras de la mancha urbana, rumbo al sur.

—Te preguntarás por qué insistí tanto en que vinieras —dijo Ascanio, sin saber que yo desconocía su insistencia—. Te digo de una vez por qué. Quiero contarte una historia que no le he conto a nadie. Leyendo esto —me dijo, agitando en la mano un libro de cuentos que yo había público ese año y que él sacó del cincho de su pantalón de mezclilla sobre la espalda— decidí que eras la gente para saber esta historia, y que a lo mejor hasta tenías una respuesta para ella. Te lo digo de una vez: al final de este viaje de facha inocente, pase lo que pase, te espera una historia que quiero contarte a ti, nada más a ti, para que tú decidas lo que haces con ella. Y como soy un hombre paciente, te pregunto de una vez: ¿qué vas a hacer con ella?

-—Si es buena, puede que me la robe —le dije.

— ¿Y si es mala?

—Guardaré un piadoso silencio.

—Vas a aullar —dijo Ascanio—. Como he aullar yo.

Dejamos atrás los libramientos de la ciudad y salimos a la autopista, apenas inaugura, en un paisaje de industrias florecientes y envidiables casas de campo. La música y la charla se comieron el tiempo, la autopista se angostó en un tramo de curvas y fue volviéndose sólo una línea de asfalto cacarizo que cruzaba cerros agrestes, planicies lunares, pueblos viejos de pulperías somnolientas, iglesias despintadas y portales de perros famélicos.

—Ca vez que hago este camino —dijo Ascanio, con la elocuencia natural de su campechanía— pienso que es como entrar a un túnel del tiempo. Es un viaje a los distintos tiempos del país. Llegas a un aeropuerto de primer mundo, subes a esta camioneta que no está mal, rodeas la ciudad en un libramiento tan moderno como cualquiera y te encaminas al sur en un paisaje de prosperidad, industria y agricultura. Dejas la ciudad, tomas las curvas de la sierra y al llegar al otro lo, te encuentras una ciudad mexicana de los años cuarenta, con tianguis domingueros y ferias agrícolas y ganaderas, una ciudad anterior a los aviones, los supermercados, y el televisor. Dejas esa ciudad de los cuarentas y ya estás en una carretera sin acotamiento de los años veintes en un paisaje rural de campesinos durmiendo al pie de un nopal y siembras de maíz por donde caiga. Lo que ves son pueblos viejos y pobres que se conservan como en el siglo XIX. Finalmente, pasas el llano, vuelves a estar frente a las estribaciones de la sierra y ahí, en el valle, está un pueblo español del siglo XVI que es Tolimán, perdido en el tiempo, en medio de un paisaje de haciendas desbaratas que tienen siglos de haberse fundo y son las muestras mudas de lo que el tiempo se llevó.

Tolimán, explicó Ascanio, fue un pueblo que pudieron fundar los colonizadores españoles porque no era zona de indios bravos, y era una zona agrícola natural, humedecida por un río sin dueño, de buenos pastizales y bosques frondosos, que la misma colonización fue destruyendo, generación tras generación. El río lo habían detenido cauce arriba para una obra de irrigación en el siglo XIX y la erupción de un volcán en el veinte había convertido parte de la antigua vega en un pedregal ceniciento. El caudal permanente del río se había vuelto una viborilla estacional, y las vegas, un llano en llamas, según las bautizó memorablemente el propio Rulfo. Las notas dominantes de aquellas planicies eran la sequedad lunar y el color pardo de la tierra, agota por la mano del hombre. El tono de la vida se había seco junto con la tierra, la antigua abundancia se había vuelto escasez, los fastos optimistas de la fundación se habían dreno en cicatería. Los optimistas fundadores, abiertos a los horizontes, habían termino teniendo descendientes amargos, proclives al encierro; la solidaridad originaria había devenido desconfianza y la comarca rica, un rosario de pueblos agazapados contra el mal tiempo y la adversidad. Los pueblos pelearon por las buenas tierras que iba destruyendo su propia acción sobre ellas, las familias prósperas se atrincheraron contra las que dejaban de serlo y, en medio de los vínculos del incesto universal, sin darse cuenta cómo, los siglos acumularon rencillas de parientes contra parientes, pleitos de la escasez, duelos de la privación, hasta volver aquel pequeño mundo una celda cainita, encerrada en sí misma y en la memoria de sus riñas y vendetas. Durante la posguerra, mientras cambiaba el país y crecían otras zonas prósperas en el esto, Tolimán fue quedándose encerrado en sí mismo, prisionero de su antiguo esplendor, condeno a repetir su destino de mónada de la discordia y la autoconsunción.

—Piensa esto —dijo Ascanio, mientras cruzábamos los llanos duros que rodeaban Tolimán—. Cuando yo nací, no había familia en mi pueblo ni en las rancherías de la región que no hubiera perdido a alguien en una riña a cuchillo o en una embosca de escopeta. Ningún adulto hombre, ni los curas, había escapo de un duelo o una riña mortal en la que hubiera malherido o muerto a otro o lo hubieran malherido a él. Como en todas partes, aquí los niños se pelean en la escuela, pero en Tolimán, antes de cumplir diez años habías tenido una riña a cuchillo. Alguien en la catequesis o en el salón de clase te insultaba, reclamaba de ti alguna afrenta hecha por alguien de tu familia contra la suya, y entonces debías pelearte y la pelea podía ser mortal, no con los puños o no sólo con ellos, sino, tarde o temprano, en la vera del camino o en la oscuridad de la noche del campo, un enganche de cuchillos o machetes, si no un tiro en la noche venido de una escopeta vengadora. Todos, de alguna manera, éramos familia, parientes de tercer o sexto o décimo gro, de modo que al fin de la pelea acababas hiriendo o matando una parte de tu árbol genealógico. Las ramas del árbol vivían chocando entre sí, drenando de distintos cuerpos la misma sangre, la sangre emparenta que corría por nuestras venas. Era una batalla campal acumula por los siglos en las pasiones oscuras de estos cielos abiertos, donde reconocerse era odiarse y sobrevivir implicaba verter sangre remota de tu propia sangre, sangre enemiga de la misma que corría por tus venas. Así era aquí, y lo sigue siendo en muchos sentidos.

La traza española de Tolimán conservaba las calles empedradas y la plaza de armas con la iglesia y el cabildo en edificios de arcas anchas y muros barrigones. En torno a la cuadrícula fundadora se extendía el pueblo irregular, con sus bardas de piedras apilas separando huertos, sembríos de maíz y casas de adobe con techos de teja. Por uno de aquellos senderos, interrumpidos por vacas y gallinas espantas que frenaban nuestro paso, se llegaba a una especie de glorieta. Ahí terminaba el pueblo y empezaba la casa de Ascanio, en el centro de un prado verde donde crecían majestuosos nogales. Era el punto más alto de una tenue colina. Al fondo podía verse la planicie agosta caminando suavemente hacia la estribación del volcán que una mana de nubes de nácar ocultaba de la vista. La casa era amplia y fresca, abría por todos los costos al horizonte pardo y a unos cielos azules de nubes relucientes, como si acabaran de ser pintas por un principiante enfático. Dios es un pintor principiante en todas las cosas que no son nublas, un pintor radical capaz de las combinaciones menos equilibras de seres y cosas, grandeza y desgracia, cielos límpidos y tierras sucias. Eso fue lo que vimos desde la ventana de la habitación del segundo piso donde nos instalamos Julieta y yo. Se echó en la cama y dijo:

—Dime que no te arrepientes. Dime que son un agasajo mis amigos. Dime que estás feliz. Dime que me amas. Dime que nunca vas a amar a otra. Dime que lo único que quieres es quedarte en este cuarto metido conmigo.

—Eso es lo único que quiero —le dije.

— ¿Y qué más?

—Un poco de vino.

— ¿Y un poco de mí?

—Todo de ti. -¿Sí?

—Pero después de un poco de vino.

Me sacó a almohadazos del cuarto en medio de fraternos improperios contra mi señora madre, inocente de todo, salvo de mí.

Para nuestra llega Ascanio tenía listo un vino blanco frío, de su cava de cosechas francesas y españolas. Rosaura le llevó una copa a Julieta con el primer pitillo de mota. Ascanio tomó de un asa la cubeta donde se enfriaba el vino y me invitó a recorrer la propiedad. La finca era un alarde de innovación tecnológica, sus techos eran celdillas de energía solar y sus veletas de energía eólica. Tenía un establo de vacas lecheras y un huerto experimental donde probaban semillas resistentes a las plagas y a las temperaturas de la zona. Con ropas de vaquero, rendía su jornada un doctor en química de la universidad de Kentucky. Sacaban agua de un pozo perforo a doscientos sesenta y siete metros, con técnicas de exploración petrolera. Había un pabellón de inseminación artificial, otro de injertos y otro de técnicas de riego por goteo. Mientras caminábamos por la huerta hasta el represo que terminaba la propiedad, Ascanio iba explicando cada cosa, sus costos y rendimientos. Todo el asunto se resumía para él en un doble aforismo económico. Primero, sólo lo que cuesta rinde y sólo rinde lo que cuesta. Segundo, nada cuesta tanto que el trabajo no pueda comprarlo y no hay nada tan barato que pueda comprarse sin trabajo.

Al volver a la casa, la botella estaba medio vacía y Rosaura y Julieta conversaban echadas en dos hamacas gemelas del corredor. Ascanio sirvió el vino que quedaba y dijo:

—Ya vieron la casa y el pueblo, ahora vamos a ir al campo.

—¡Noo! —gritaron Rosaura y Julieta.

—Pueden quedarse aquí si así lo quieren —concedió Ascanio.

—¡ Nooo! —gritaron Rosaura y Julieta.

—Qué quieren hacer entonces? —preguntó Ascanio.

—¡We!/¡want!/¡love! —gritaron Rosaura y Julieta, la primera desatando la frase que siguió inmediatamente la segunda.

— ¿Ahorita? —preguntó Ascanio, divertido y desconcertado.

Julieta se paró a soplar en el oído de Rosaura la respuesta, le marcó el tiempo y gritaron las dos al unísono, como en el catecismo: —¡Ahora, y siempre! Se rieron como unas locas de su broma y volvieron a echarse en sus hamacas, satisfechas e indiferentes.

—Hay que darles una tregua —dijo Ascanio—. Ven, que abrimos otra botella de este vino.

Había otra botella puesta a helar en otra cubeta. Había dejo de sorprenderme su lujosa atención a los detalles, su lujosa previsión de lo que podríamos necesitar. Nos sentamos en la sala mirando el valle eriazo.

Ya viste este pueblo —dijo Ascanio—. Y ya te conté algo de la historia de aquí. Ahora te digo mi proyecto reaccionario para este pueblo. Admíteme un poco de ideología, antes de pasar a la literatura. Quiero la modernidad para este pueblo, lo mismo que quiero para el país. Pero quiero modernidad con historia. Quiero que sea campesino, pero con agricultura de exportación. Quiero que sea mexicano, pero que todos sepan inglés. Quiero que sea un pueblo viejo pero que lo crucen las comunicaciones, el teléfono y la televisión. Quiero una mezcla de caballo con jet. Que las señoras sigan echando tortillas a mano, pero que tengan refrigeradores, licuadoras y lavadoras eléctricas. Carnitas pero con cerdos limpios de cisticercos. Esto es lo que yo quiero. Ahora bien, lo que importa no es lo que la gente quiere sino lo que la gente hace. ¿Qué hago yo para conseguir todo eso que quiero? Directamente, nada. Predico con el ejemplo. Lo que quiero para todos lo voy poniendo en mi casa y en mis tierras, con la esperanza de que vean y quieran imitar eso. O preguntar al menos. Al que pregunta, le doy todo el tiempo de explicación que necesita, hasta asegurarme de que entendió. De los que entendieron, algunos vienen a preguntar cómo pueden hacerlo ellos. Al que quiere hacerlo y me pide ayuda, le gestiono lo que puede ayudarlo a hacer lo que quiere. Y hasta ahí. No pretendo ser, me repugnaría ser, el “cacique bueno” de este pueblo. Yo creo que nadie redime a nadie. Cada quien tiene que redimirse solo. Y redimirse, aquí, quiere decir una cosa muy sencilla: parar las orejas y trabajar, decidirse a dejar el esto de ignorancia y resentimiento en que nacen la mayor parte de mis paisanos. Ya me han venido a decir que si me hago el alcalde, que si me hago presidente de la junta de mejoras, que si organizo una secundaria técnica. A todo me niego. El que quiere venir a mis siembras para ver y aprender, bienvenido. El que quiere saber cómo se consigue un crédito y dónde se compran las semillas, lo llevo al banco y le vendo las semillas a precio. No creo en la filantropía. No quiero darle a nadie un pesco, quiero enseñarle a pescar. Al cura, que es el propagandista mayor del pueblo, lo tengo en la nómina en calidad de instructor. Le doy una cantidad para su iglesia a cambio de que meta en todos sus discursos y en todo su trato con sus feligreses la idea de que hay que trabajar, de que trabajar es bueno y vivir bien es mejor. Le pago para que difunda la idea protestante y calvinista del trabajo en una parroquia católica de la contrarreforma perdida en el sur de Jalisco. Esa es la realidad alrevesada que yo impulso aquí. ¿Demasiado teórico?

—Demasiado optimista —dije yo.

—El optimismo no es mi fuerte en estos días —dijo Ascanio—. Es lo que quiero contarte. Ya te contaré. Por lo pronto, quiero que veas el campo. Creo haber do con una manera de hacer un vergel del llano en llamas. Pero quiero mostrártelo in situ.

—Si tú las arreas, voy atrás tuyo —dije, señalando con la cabeza a Rosaura y Julieta.

—¿Vienen o no vienen? —voceó Ascanio, saliendo al corredor con la segunda cubeta de vino blanco detenida por la oreja.

—Vamos —dijo Rosaura—. A condición de que tu amigo venga a decirle a Julieta las cosas que le falta decirle.

—¿Puede ser en el oído? —negoció Ascanio.

Rosaura volteó a ver a Julieta y Julieta aceptó. Fui y dije en el oído de Julieta las cosas que me faltaban. Era muy malo para eso y la contenté a medias, pero lo suficiente para ponerla en pie de marcha.

Ascanio repartió sombreros y volvimos a la camioneta. A la salida del pueblo se detuvo en una casa que tenía un huerto largo.

—Aquí recogemos a mi hermano Rosario —explicó—. Rosario es mi socio y hermano mayor, y el cuentero de la familia.

Supimos luego que Ascanio era el benjamín de una familia de siete hermanos. En los distintos brazos de su Tolimán conquista, trabajaban todos salvo uno, que resentía y negaba su autoridad desde un pequeño negocio de compra y venta de animales. Ascanio había vuelto riqueza las pérdidas de la familia y propiedades tangibles sus anhelos de poseer. El rescate de su edén perdido empezó por la compra de la casa natal, perdida luego de la muerte de su pre y abandona desde entonces por el dueño. Había compro después las tierras donde su pre ejerció la aparcería, cultivando una parcela de los dueños, que prestaban su tierra a cambio de la mitad de la cosecha, una forma de asociación que ahorraba servilismos del trato pero no ofrecía independencia real: una servidumbre disfraza de colaboración. Como toda epopeya, la de Ascanio había sido logra a costa de otros y aun los aliados, sus primos y hermanos, resentían en distintos gros la sombra del conquistador. Todos, menos Rosario, que era dieciocho años mayor que él y lo miraba como a un hijo triunfador más que como a un hermano contendiente.

Rosario era un güero de rancho, ya viejo de sesenta y cinco años, pero todavía hombre robusto, de piernas gruesas y dedos como espátulas para abrir ataúdes. Pertenecía a la tribu de locuaces cantores de pueblo. Su locuacidad recordaba la elocuencia de Ascanio, pero ninguno de sus refinamientos intelectuales. Entre un hermano y otro había varios años de distancia y un estilo de civilización: dinero, refinamiento, una cultura cosmopolita, dos grupos universitarios, el idioma inglés aprendido en Oxford, el francés adquirido en Estrasburgo. Pero era la misma rama lenguaraz. Rosario empezó a hablar por los codos al subir a la camioneta, como lo había hecho Ascanio al recibirnos en el aeropuerto, y no paró hasta el fin del recorrido. Con Rosario al habla, nos echamos sobre el sendero polvoriento rumbo a las ruinas viejas y las siembras nuevas de lo que habían sido las vegas del río. Fuimos primero a las hectáreas donde los hermanos cosechaban sandía y tomate, dos anchas franjas de verdor en la línea caliginosa y desértica del llano. Luego pasamos a los invernaderos donde cosechaban flores y por último a los pabellones de cría de pollos y cosecha de huevo de gallina. Ca una de las instalaciones era una excepción civilizatoria, un oasis de técnica y productividad en la desolación ancestral del llano. Rosario explicaba cada desarrollo y en los linderos de cada uno mostraba con la mano las tierras que estaban en los planes de expansión, las tierras que no eran de ellos todavía pero habrían de serlo en breve, y en ese tic mostraba su verdadera excitación, anterior al siglo XX, de poseer la tierra, de fundir su codicia con el horizonte que podían ver sus ojos y su certidumbre con el suelo que podía pisar como suyo.

Era extraño y absorbente. Cuando vinimos a ver, llevábamos dos horas de recorrido, eran casi las tres de la tarde y el vino estaba por terminarse. En el último pabellón de cría de aves, Rosario señaló hacia el oeste.

—Esto va a crecer hasta aquella loma, que es la loma de la hacienda que fuera de don Juan Nepomuceno Pérez Rulfo.

—Vamos allá —dijo Ascanio—, para que le cuentes la historia de don juán y su vaquero en la reja donde sucedió.

Fuimos por el sendero pedregoso hasta el nacimiento de la loma. En un recodo subía un camino estrecho. Rosario le pidió a su hermano que se detuviera. Era el lugar de la antigua cerca del rancho de los Rulfo, pero no había cerca, sólo un nicho de piedra con una flor seca, de las que suelen poner en los pueblos para marcar piadosamente el sitio donde alguien murió. Bajé de la camioneta y desbaraté entre mis dedos la flor mustia que parecía un terrón de adobe en la hornacina. Rosario bajó atrás de mí, lo mismo que Rosaura y Julieta. Ascanio se quedó al volante.

—Aquí este altarcillo evoca la muerte de don Juan Nepomuceno el grande —explicó Rosario—. Cayó aquí muerto por la espalda a manos de un vaquero que, anticipando equivocadamente su mal, prefirió matar a verse muerto. Según aquel vaquero, don Juan Nepomuceno iba a reclamarle alguna afrenta con el fuete. Porque era hombre de fuete y disciplina don Juan, lo mismo para bestias que para cristianos. Todo quería marcarlo con su fuete, que era, como dicen acá, la serpiente de su mando. El aguijón de su capricho, digo yo. Lo mismo pensó el vaquero. Don Juan había ido a buscarlo al campo porque le tenía un reclamo. Lo hizo venir andando alguna legua, detrás de su caballo, hasta llegar a la cerca de la hacienda, que allí estaba y hoy no está, como la hacienda misma y toda aquella historia. Don Juan paró el caballo para abrir la cerca y el vaquero pensó llega su hora de encarar el fuete. Antes de encarar ese destino, quiso que fuera don Juan el que alcanzara el suyo, y de espaldas, porque el vaquero no lo dejó voltearse, ahí mismo por la espalda junto a la tranca que ya no está, le disparó la carabina a don Juan Nepomuceno. Murió don Juan de espaldas a su muerte, como dicen. Por eso es fama en estos rumbos que se aparece todavía por ahí pidiéndole a la gente que lo mire: porque no acabó de mirar al que lo mató. Vinieron a recogerlo las mujeres de su servidumbre. Ya no era el caso. Echó la última boquea en andas de la cocinera. Los vaqueros de la hacienda salieron a buscar al matador, que huyó a las estribaciones del volcán, donde huyen todos los que matan por aquí. Ni modo que al llano, porque en el llano no hay ni un árbol, ni una grieta donde disfrazarse. Se van para la montaña, donde hay barrancas y cuevas para hartarse. Judas hubiera huido aquí después de su traición y nadie lo hubiera hallo. Pero aquí se han huido tantos y a tantos han ido a buscar para que paguen, que hay memoria y malicia hasta del último escondrijo de las estribaciones. Y otra: la montaña da escondite, pero no da de comer. De modo que al que persiguen con tesón, tarde o temprano lo hallan. Lo topan los guías o lo entrega el hambre. Ahora, si no los persiguen pronto ni mucho, ahí se están los prófugos un día o dos de lobos sueltos y luego se aparecen en las rancherías, esperan que amaine el duelo y con el tiempo vuelven al pueblo, rumiando el único pendiente de que los deudos del muerto vendrán a buscarlo alguna vez, si es que saben de cierto que fue él quien mató. Pero ahí ya empieza otro corrido, cuando vengan a buscarlo, igual le toca matar o que lo maten. Al matador de don Juan lo persiguieron los días suficientes. Se entregó en una de las barrancas muerto de hambre y sed, pagando alucinaciones, confundiendo a los que venían tras él con el santo del pueblo y con el séquito de la virgen, la cual, según los humos de su cabeza, venía a auxiliarlo. “Ese es el auxilio que vas a necesitar”, le dijeron y lo trajeron unas buenas leguas arrastro de los caballos para colgarlo en el gran mezquite, donde se colgaba entonces, y todavía hasta hace poco, a los que matan con agravio, en mala ley. Ahí en ese mezquite tuvimos nosotros nuestro que ver, cuando mataron a mi pre. Ya Ascanio les contará si quiere y hay ocasión. El caso es que acababan de enterrar a don Juan Nepomuceno cuando trajeron en un burro el cadáver del vaquero a que lo vieran sus deudos. Y lo enterraron también.

Cuando volvimos a la camioneta, Ascanio estaba apoyo sobre el volante, sudando a mares y respirando con dificultad.

—¿Estás bien? —le dijo Rosaura.

Rosario dio la vuelta para medir el daño. Fue a la hielera que venía en la parte de atrás, echó hielo en su palia- cate y pescó una botella de tequila. Le puso la bolsa de hielo a Ascanio en la cerviz y le impuso un trago de tequila. Poco a poco le volvieron el ánimo y el color.

—¿Quieres que yo maneje? —se ofreció Rosario.

—Estoy bien. Manejo yo —dijo Ascanio. Bajó a estirarse y a orinar en un mezquite.

—Se acordó, nada más —explicó Rosario—. Tuvo un ataque de recuerdos, como dicen aquí.

Dejamos a Rosario donde lo habíamos recogido, y nos fuimos a la casa a comer solos. Al llegar al arco de hierro que daba entra al lugar, Ascanio me dijo:

—Todo ha de ser simétrico y obsesivo en este pueblo. Aquí en la entra de mi casa mataron también a mi pre. Esa es la historia que te quiero contar.

No entendí al principio que hablaba de la simetría de la muerte de su pre y la del abuelo de Rulfo. Cuando estuvimos sentados otra vez en el corredor, esperando el almuerzo, luego de unas abluciones refrescantes para borrar el sol y el polvo del camino, confirmé:

—¿Mataron a tu pre en la entrada de la finca?

—En la puerta de la casa —dijo Ascanio—. Donde está el arco ahora, estaba entonces la casa. Donde estamos ahora, estaban el huerto y la milpa. La casa original se destruyó con el tiempo y el descuido. La casa donde estamos la construí después, con rasgos de la primera, pero abierta a los puntos cardinales. Fue una decisión de arquitectura que en realidad fue un manifiesto vital.

—¿También lo mataron por la espalda? —pregunté yo.

—Casi —dijo Ascanio, y empezó a pasarse la mano por el cuello como si empezara a sudar y desvanecerse de nuevo—. Pero a él lo venían persiguiendo. Nadie le tenía miedo. Tenía miedo él.

Julieta hizo su aparición metida en un caftán blanco que encendía su piel canela. Llegó señorial y flotante, vanidosa de su efecto. Rosaura entró tras ella, con unos jeans y una blusa de hilo que descubría su abdomen y traslucía el botón oscuro de sus pezones, erguidos como cuernillos de becerro en la cima joven de sus pechos.

—Tengo unos vinos rojos difíciles de olvidar —dijo Ascanio, y se paró por ellos a la cava.

Comimos y bebimos largamente, contando historias y abusando de nuestra felicidad con toda clase de modales amorosos.

—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida —le dijo Rosaura a Ascanio, parándose a besarlo a través de la mesa sobre los restos almibarados de una calabaza en tacha.

—¿Por el cuerpo o por el alma? —preguntó Julieta.

—Pasando por el cuerpo, hasta el fondo del alma —dijo Rosaura, con la sugerente entonación debida.

Al filo del atardecer vinieron los cognacs y los pitillos de mariguana.

—No fumar —dije en nuestro infinitivo sioux, dejando que Julieta tomara mi parte de la colilla ardiente.

Ascanio rechazó también su cuota. Cuando bajó el crepúsculo anaranjado sobre el llano, la tierra se incendió un momento como una cama de brasas.

Rosaura y Julieta empezaron a reír por todas las cosas. Prendieron otro pitillo y caminaron a las hamacas en busca de su burbuja de tiempo gemelo.

Ascanio puso La Bohemia en el tocadiscos y al volver trajo unos puros. Fumamos y oímos. Cuando la ópera terminó, la luna estaba plena, redonda y radiante en el cielo.

—¿Te gusta el sitio? —preguntó Ascanio.

—Me gusta la serenidad que fluye del sitio —dije yo—. Te encuentro sospechosamente en paz contigo mismo.

—Puede ser —dijo Ascanio—. Según yo, el problema de la vida no es lo que eres, sino lo que quieres ser. No es lo que tienes, sino lo que pretendes tener. El déficit o superávit que hay entre una cosa y otra mide el índice de la felicidad. Podría hacerse una fórmula matemática sobre eso. Un exitoso escritor de novelas policiacas que quiere escribir literatura será más infeliz que un mediocre escritor de novelas policiacas que no quiere hacer otra cosa en la vida.

—¿Cómo se te aplica la fórmula? —pregunté.

—Yo hace mucho tiempo que soy más de lo que quise ser —dijo Ascanio—. Yo no quería sino rehacer mi casa de Tolimán y comprar las tierras que codiciaba de niño, junto al arroyo, enfrente de la hacienda de los Rulfo. Las tierras que viste, donde las hidroponias de tomate y sandía. Hace quince años que tengo las dos cosas. Extraño un sauce llorón que había en el cauce y quemó un rayo, nada más. El resto de los negocios ha sido una diversión, no una lucha conmigo mismo. Mucho menos una batalla contra el mundo. Traigo un superávit en mis aspiraciones y mis logros. En todo, salvo en una cosa. Una cosa que ha regreso a mí en estos meses y casi me hizo desmayarme hace unas horas en la cerca de la hacienda de don Juan Nepomuceno.

—¿Esa es la historia que quieres contarme? —pregunté.

—Esa —respondió Ascanio—. Me parece que puedes entenderla y luego, quizás, escribirla, hacerla más clara para mí. Veo que te has colgado a fondo de la idea de combatir al México bronco, el México violento y loco, empapo de odio y frustración, el México que sabe vengar sus agravios pero no resolver sus problemas. Yo percibo en lo que tú escribes a un prófugo de, la intemperie, a un buscador de la vida civiliza. La historia que quiero contarte yo la encuadro en el mismo tenor. Tú hablaste en un artículo de la “pulsión” y la “coerción civilizatoria”. Yo no creo sino en eso: la búsqueda moral de la civilización, como opuesta a la vida de guerra y privación que rige en la naturaleza. Creo que hay que hacer coerción sobre nuestra naturaleza para civilizarla, coerción sobre nuestros impulsos para hacerlos compatibles con los derechos de los demás. ¿Lo inventé o esa es tu convicción en la vida?

—No lo inventaste —dije.

—Entonces tengo que contarte esa historia.

Julieta vino de la hamaca y me llevó al segundo piso. Volvimos en nosotros mismos casi a las diez de la noche, cuando la patrona de la casa vino a decir que la mesa estaba servida.

—Yo voy a cenar champaña nada más —dijo Julieta.

—Yo te voy a cenar baña en champaña —dije yo.

Había una mesa de caviar, mariscos fríos y salmón, con espárragos de huerta, quesos frescos y una variedad de mostazas y mayonesas. La habían servido en la terraza del segundo piso, bajo el cielo cristalizo de estrellas. Había una brisa cálida y una piel de plata sobre las cosas.

Rosaura y Julieta se echaron sobre la champaña como si vinieran del desierto.

—advierto que voy a cantar —dijo Rosaura.

Cuando la cena estaba en las últimas, trajo de la sala una guitarra y empezó a cantar. Me sorprendieron su voz profunda y el temple severo y dolido de su canto. Julieta prendió otro pitillo y fumamos todos.

La  noche se fue larga y lenta, en la somnolencia plácida de nuestras volutas. Rosaura se quedó dormida como una niña, ovilla en un señorial sillón de mimbre. Julieta siguió fumando en el otro, tarareando sonámbula- mente las canciones que había cantado Rosaura. Ascanio trajo un coñac y dos copas gigantes que al chocarse sonaban como un diapasón.

—A mí me sacaron de este pueblo siendo niño —dijo—. Me sacó mi madre, en contubernio con el cura, porque no quería verme sembrado en el mismo surco que mis hermanos. Yo fui el menor. Rosario tenía dieciocho cuando nací y ya tenía dos heridas en el torso de pleitos que no buscó. Los otros llevaban el mismo camino. Un hermano intermedio, Arnulfo, murió en una embosca que le tendieron a mi tío Martiniano, que era o había sido un matón de siete suelas. Lo esperaron en un recodo por lutos de treinta años atrás y lo cosieron a balazos de carabina junto con sus acompañantes. Venían en un cochecito, los cruzaron de balas a todos. Mi hermano Arnulfo venía junto a mi tío, y también murió. Mi madre tomó nota del asunto y decidió que sus hijos vivirían en otra parte. Como el último y más chico era yo, el menos contamino, puede decirse, fue a ver al señor cura y le dijo- “De cada uno de mis hijos me ha ofrecido usted que lo mande al seminario en procura de letras y comida. Me he negado a todos, pero este benjamín que me ha llego, luego de lo que sucedió con su hermano Arnulfo, no lo quiero en riesgo. Lléveselo usted, provéale las letras que deba enseñarle, el temor de dios que no hay en este pueblo y los alimentos que no sé si su pre y yo podremos garantizarle en este llano”. Fue así como a los ocho años me mandaron al orfanato- rio de Zapopan, en preparación para el seminario. Hice la escuela primaria en el orfanatorio. Enseñaban latín en lugar de inglés, y tenían los curas un pabellón especial para los niños de talento que reclutaban en los pueblos. Los traían para las vocaciones, con anuencia de sus pres. Para que se hicieran sacerdotes. Digo niños de talento, pero quiero decir simplemente niños sanos que daban muestra, como yo, de no ser unos oligofrénicos. Todos teníamos madre o pre con ansia de civilización, es decir, con idea de que sus hijos salieran a otra parte, se asomaran al balcón de las cosas que nunca iban a ver por la ventana de su pueblo. Fue mi separación originaria. Alejarme de mi madre y de mi pueblo. Ese era el mundo encanto para mí: mi madre, mi pueblo, ir después de la escuela a lo que quedaba de la vega del río, bañarnos ahí y regresar tirando piedras por el terregal para que fueran levantando polvo. Odié a mi madre y a los curas que me llevaron. Lloré todos los días, varias veces al día, al solo recuerdo del único nogal que había entonces en el huerto de mi casa. Por eso cuando pude llené de nogales el jardín, para compensar la memoria de aquella privación. De modo que yo fui lanzo de Tolimán por mi madre. Me cortó el cordón umbilical de un modo tan drástico, que no volví a ser de Tolimán, dejé de pertenecer realmente a este pueblo y a este mundo.

—Pero volviste a él como si nunca te hubieras separo —dije yo.

—Por elección más que por destino. Volví a Tolimán de un modo, digamos, intelectual. Regresé movido por emociones potentes, pero tamizas por mi decisión de vivir aquí contra la corriente, sembrando lo contrario de lo que había vivido aquí, siendo lo contrario de lo que esto ha sido. No vine a refugiarme en este mundo, sino a cambiarlo. Pero no a cambiarlo yo, sino a que cambie por sus propios medios. Todo esto es teología de las emociones y las intenciones, pero también es verdad. Fui arranco por mi madre de mi pueblo, de mi familia y de ella misma. Fue una herida enorme, una mutilación. Pero ya no es aquella herida sino una cicatriz. Enorme si se quiere, pero cicatriz al fin. El caso, y en eso tienes razón, es que lo único que me ha pico en la vida es esa cicatriz. Venía al pueblo cada dos meses un fin de semana. Y en las vacaciones. Mi madre venía a verme al seminario cada vez que lo permitía la locura de trabajo y alcohol de mi padre, a quien nunca le alcanzaba el tiempo para sembrar su predio de aparcería y tomar. Así fue siempre, y empeoró con el tiempo. Al año de aquel régimen, volví a Tolimán como un nuevo extraño. Yo leía los breviarios todos los días, repasaba las estampas y las narraciones portentosas de la historia sagrada, mientras mis hermanos apenas podían leer el hierro de las ancas de sus caballos. No tenían capacidad de estarse quietos más de unas cuantas pulsaciones de su corazón. El mío lo habían domo los horarios y la disciplina del orfanatorio, que no era sino levantarse a la misma hora, hacer ejercicio un tiempo igual a la misma hora, bañarse con agua fría a la hora prevista, desayunar lo mismo con unas variantes y empezar cada día con el calendario de materias, hasta el almuerzo en que comíamos con alguien leyendo lo que otros no sabíamos leer aún, pasajes del evangelio y cuentos de historia sagrada. Por la tarde, otro poco de ejercicio y hacer la tarea, todo con horas fijas, y cenar otra vez con lectura y largarte al catre que te tocaba en la hilera donde apagaban la luz apenas empezaba la noche, exactamente a la misma hora todas las noches, para que pudieras levantarte, fresco y ansioso, antes del amanecer, como gallina, a la hora prevista para empezar tu nuevo día, idéntico al anterior. Esa disciplina de las horas fue la mayor enseñanza para mí, la que hizo mi diferencia y la que crucé después por todas mis cosas: la enseñanza del tiempo medido, la noción de que el tiempo pasa y sólo puedes atraparlo sudando cada una de sus fracciones y llevando cuenta de ello. A la fecha mido cada media hora, cada cuarto de hora y evalúo si fue bien o mal empleo. Contra lo que puedas pensar, esa obsesión del uso de los minutos no me ha traído angustia ni prisa, sino libertad y calma. Es una modesta certidumbre en el caos del mundo: disponer de tu tiempo, controlarlo, no dejar que se vaya entre los dedos de las manos. El tiempo es poroso. Nuestra vida también. La mayor parte de nuestra vida la pasamos distraídos, somnolientos, jugando a medio gas, a medio esfuerzo, viviendo a media intensidad.

—¿Cuánto tiempo estuviste fuera?

—En el orfanato del seminario hice mi educación básica. La secundaria, o su equivalente, la hice en el seminario propiamente dicho. De los siete a los dieciséis años. Pero desde el principio dejé de ser de Tolimán. Venía al pueblo en vacaciones y participaba en lo que los otros niños. Iba a sembrar y a cazar, nos íbamos en caballo a las estribaciones a buscar vetas, porque una pasión loca del pueblo es que la estribación brilla en la noche, queriendo decir con eso que hay vetas de oro o plata. Nos pasábamos días picoteando la montaña, a ver si nos daba su tesoro. Acampábamos a la intemperie. Eso era maravilloso, a cielo abierto, con los coyotes aullando en las serranías como si te aullaran en la oreja. Pero aunque viniera y participara en lo mismo que todos, había una película entre ellos y yo. Íbamos de cacería, yo disparaba bien, tan bien como ellos, pero a la hora de recoger el conejo o el venado y cortarlo, quitarle la piel, limpiar las vísceras, filetearlo, ellos —mis hermanos, mis primos— se daban a la tarea sin parpadear, hasta con entusiasmo. Yo tenía accesos de náuseas a la sola idea de meter mi cuchillo en la pieza y mojarme con su sangre. A veces no podía ni ver que lo hicieran otros, podía llegar a no comer de lo que habíamos cazo si había visto también que lo destazaran con sus propias manos mis hermanos, mis parientes, los que lo habíamos cazo. Hacíamos lo mismo, nos llamábamos igual, matábamos juntos, pero estábamos en mundos aparte. Frente a las costumbres del pueblo donde había nacido, yo ya era, como si dijéramos, un inútil moral. Finalmente llegó el momento de quedarme en el seminario para hacerme cura o irme a la ciudad a seguir mis estudios. Cura no me iba a hacer, porque todos mis impulsos eran laicos. Mi religiosidad era sincera pero mis gustos pecadores. No había relación entre mi fe y mis querencias. Con otro amigo del seminario, que hoy es gobernador, nos escapábamos desde muchachos de los claustros a buscar mujeres en las casas malas, que eran las buenas para nosotros. Nos conocían amigablemente como los curitas. Yo fui precoz para los números y un día empecé a llevarles las cuentas para pagar las mías. Les ordené sus libretas de ingresos y gastos. También en el seminario llevaba cuentas precoces. Era el contador habilito. Me di maña luego para organizar la siembra y la venta de los enormes huertos que tenían los curas. Tenían manzanos y limoneros, y una romería de hortalizas, herencias maravillosas de la propiedad eclesiástica colonial. La organización que yo inventé les dejó dinero a los curas y conocimiento práctico a mí. Aprendí la siembra de las huertas y el trajín de las ventas. Traté con bodegueros y transportistas. Fueron mis primeros negocios: las cuentas de la mala vida y los huertos de la casa de dios. De hecho, cuando me fui a la ciudad, mi primer negocio para mantenerme fue alquilar unas bodegas para vender y comprar hortalizas.

—No te has ido a la ciudad —dije yo—. Estás todavía en Tolimán, decidiendo si vas a seguir tus estudios. ¿Qué decidiste: irte o quedarte en Tolimán? No des brincos temporales, porque me confundo.

Yo no decidí, decidió la suerte —dijo Ascanio—. Esa es la historia que quiero contarte —dijo Ascanio—. La que te prometí desde la mañana, a ver qué haces con ella. Mi situación era complica, porque las economías de la familia iban de mal en peor. Las tierras no daban, mi papá bebía lo que no ganaba, y mis hermanos con él. Yo veía la posibilidad de hacer con las hortalizas de la región lo que había hecho con las del seminario, instalarme en Tolimán y hasta abrir una casa de noche, como la que había visto rendir carretillas de pesos en Zapopan. En alguna parte de mí quería pertenecer, radicarme, meterme otra vez en la piel de la que me habían saco, hacer el camino de regreso a Tolimán. Mi madre se oponía y mis hermanos me apoyaban. Tenía ya un lugar en una universidad de curas de la Ciudad de México, gestiono desde el seminario. Pero con una gran duda en el ánimo sobre si acabar de arrancarme de Tolimán o reinjertarme. Un sábado de gloria tuve mi revelación sangrienta. Mi pre había esto bebiendo toda la semana, con Rosario y otro de mis hermanos, el único que no trabaja conmigo ahora: Primitivo. Como a las cuatro de la tarde, mi mamá estaba en la iglesia, yo solo en la casa y llegó Primitivo buscando la carabina. Atrás de él, llegó Rosario por la otra carabina y el machete. “Están provocando a papá donde Clemente”, dijo Primitivo, refiriéndose a la cantina de un barrio del pueblo. “Ve a avisarle a mi tío Epigmenio, que traiga su rifle también, y se vienen a hacer montón a donde Clemente para que vean esos cabrones juntos a todos los Morlet. Muchos tendrán que matar si quieren ofender a uno”. Yo tomé el revólver y me fui tras ellos, pero al llegar a una esquina se volteó Primitivo y me gritó: “Ve por mi tío Epigmenio, cabrón, que esto es cosa de hombres”. Fui a buscar a mi tío Epigmenio dolido y algo más por las palabras de Primitivo, según las cuales yo no era hombre para esas. No lo era, tenía razón, y eso era lo que dolía más. Cuando llegué a tocar la puerta de mi tío Epigmenio, se oyeron los primeros disparos en el pueblo. Volví a la esquina donde me había separo de mis hermanos, y escuché otros dos disparos, pero en el rumbo contrario de donde mis hermanos se habían ido. Escuché los disparos por el rumbo de mi casa. Corrí a la casa y vi a mi pre tiro en la puerta, los rastros de su sangre sobre la pared blanca donde había resbalo cuando le dispararon. Tenía la camisa blanca empapa de sangre, que le corría de dos hoyos, uno en el corazón y otro en la barriga. Lo levanté para tratar de meterlo a la casa. Me di cuenta entonces de que tenía también un agujero en la nuca, porque me manchó el hombro mientras lo cargaba. Antes de que lo acabara de acostar en el piso de entro, llegaron Rosario y Primitivo. Se echaron a llorar al verlo, graznando y chillando como pájaros. Atrás de ellos llegaron mi tío Epigmenio y mis primos. “Fue el cabrón de Vinicio Rosales”, dijo Primitivo, “porque los Rosales lo estaban jodiendo, donde Clemente, cuando Rosario y yo vinimos por las armas”. Vinicio Rosales era tres años mayor que yo. Habíamos hecho unas vacaciones juntos, y le había enseño a leer y a sumar, de modo que era uno de mis discípulos en el pueblo. “¿Cómo lo sabes?”, pregunté. “Todos los Rosales están calle arriba”, dijo Primitivo. “Uno de ellos herido, y sólo Vinicio anda perdido. Vinicio mató a mi pre”. La calle por donde mis hermanos se fueron era la única que iba o venía de mi casa a la cantina de Clemente. “¿Cómo no se encontraron a mi pre en el camino?”, pregunté yo. Nadie me pudo responder. En ese momento, la respuesta hubiera sido peor que la ignorancia. Según se aclaró después, mi pre, borracho donde lo de Clemente, empezó a insultar a los Rosales, que lo habían esto fastidiando toda la tarde. Cuando vieron subir de tono la esgrima verbal, Rosario y Primitivo fueron corriendo a la casa por armas, en previsión de lo que podía pasar, porque los Rosales estaban armos. Mi pre estaba tan borracho que no se dio cuenta de que sus hijos se habían ido. Empezó a insultar a sus rivales. “Aquí están mis hijos para que les respondan en el terreno que sea menester”, dijo al final. Entonces volteó y se percató de que sus hijos no estaban. El alcohol que llevaba dentro lo llevó al pánico y su miedo atrajo la jauría. Salió corriendo de la cantina de Clemente y los Rosales atrás de él. Mi pre disparó a ciegas y cayó el viejo Rosales herido leve, a sedal. Dos de sus hijos se quedaron con él y Vinicio y otro siguieron a mi pre. Mi pre vino corriendo, muerto de miedo, por entre los huertos, saltando de casa en casa para que no lo alcanzaran por las calles del pueblo. En una de esas bardas, uno de los perseguidores cayó en falso y se quebró un tobillo. Sólo quedó Vinicio en la persecución, y vino persiguiendo a mi pre hasta la puerta de la casa. Aquí frente a la casa lo mató, a pesar de que mi pre le gritaba pidiéndole perdón. Eso fue al menos lo que oyó el vecino. Vinicio no lo perdonó, le disparó dos tiros al cuerpo contra la casa y luego, a sangre fría, uno en la nuca, de gracia. Que mi pre hubiera corrido y viniera muerto de miedo huyendo del que lo iba a matar, es algo de lo que nunca se pudo hablar entonces, ni se puede todavía hablar en esta casa: que hubiera muerto como un cobarde, y que su cobardía hubiera envalentonado a su matador, como se dice aquí. “Fue el cabrón de Vinicio Rosales”, dijo mi tío Epigmenio. “Y la debe pagar”. Mi madre llegó de la iglesia al velorio de su marido. En lo que se organizaron los rezos, se organizó también la partida que iba a perseguir a Vinicio, mi discípulo de letras y números, el matador de mi pre. Antes de decidirlo, ya estaba monto en el caballo corriendo junto con mis primos, mis hermanos y mi tío, tras el asesino de mi pre. Salimos en grupo, pero acordados en parejas que no debían separarse bajo ninguna eventualidad. Yo, que era el más chico de la partida, me acordé con Rosario el mayor, y los demás, mis hermanos y primos y mi tío Epigmenio, en parejas también.

Salimos en grupo hacia donde se fugaban todos, no al llano, sino a las estribaciones de la montaña. Había luna llena o casi, como ahora, y todo estaba baño por esa luz irreal. Por momentos podíamos ver el rastrito de polvo que dejaba el caballo de Vinicio que huía hacia la montaña, se perdía por un momento cuando entraba en una barranca y volvía a aparecer. “Lo va a rastrear la luna’, dijo Rosario. “Nosotros nada más vamos a matarlo”. Finalmente lo perdimos de vista y no apareció más, no salió más de la barranca que le tocaba sino que se fue por ella buscando la cueva donde iba a meterse. Cuando llegamos a la hondonada entendimos por qué se había quedo en ella. Era la que llamaban barranca plana, tenía un kilómetro de ancho, con ramificaciones y barranquillas cada veinte metros. Epigmenio y mis primos se conocían todos los vericuetos de la barranca plana porque iban casi todas las semanas a cazar conejos y tórtolas. Éramos ocho y dieron instrucciones de desplegarse por parejas a lo ancho de la barranca para peinarla metro por metro. La barranca bajaba de norte a sur, se iba ahondando conforme avanzaba hacia el sur y se iba también haciendo angosta, como si confluyera en un embudo. Quiero decir que la barranca, anchísima en el norte, terminaba en el sur en un farallón de altas paredes desérticas. “Si lo arrinconamos en el sur, caerá solito”, dijo mi tío Epigmenio, y eso hicimos: peinar la barranca plana de norte a sur, escudriñando hasta la última cueva, la última conjunción de piedras que pudiera servir como escondite, los últimos matorrales y arboledas. Rosario y yo quedamos encargos del filo poniente de la barranca y empezamos a peinar el tramo que nos tocaba. Anduvimos serpenteando por el terreno, siempre hacia el sur, todo nuestro tramo.

En ese serpentear, de pronto estábamos juntos y de pronto lejos, diez o veinte metros, aunque sabiendo siempre en qué rumbo estaba el otro y hacia dónde buscarlo en caso de cualquier indicio. Rosario había bebido todo el día anterior. A la medianoche no pudo más, simplemente se dobló sobre el caballo. Lo acosté contra un árbol, le amarré el caballo al lo y seguí serpenteando como me había dicho. Al bajar una hondonada, oí un gemido. Del fondo de la hondonada vino hacia mí, como si lo hubiera arrincono mi presencia, un caballo sin jinete, dando relinchos de miedo y advertencia. Corría volteando el cuello a un lo y otro, sacudiéndose una carga imaginaria. Pasó de largo junto a mí. Volteé a verlo correr dando reparos hacia el terraplén donde empezaba la hondonada, lo vi después perderse en la noche de luna con el lomo echando luces y los dientes pelos, chisporroteando de miedo y de rabia. Oí entonces el segundo gemido, como de un niño que se quejara. Si has oído cómo se aparean los gatos, sabrás lo que es ese sonido. No alcanza a ser un llanto, sino una queja. Bajé de mi propio caballo y me acerqué con la pistola. La había uso para cazar ratones y conejos, para competir con mis hermanos a tirarle a botellas de cerveza, y me había parecido siempre un juguete. De pronto tenía un peso y un tamaño descomunales en mi mano: iba a dispararle a un hombre o él iba a dispararme a mí. Caminé agacho, casi en cuclillas y oí de nuevo la queja, pero atrás, a mi derecha. Entendí que me había paso del sitio donde estaba mi fugitivo. Volví hasta un arbusto y me asomé por encima: ahí estaba tiro Vinicio Rosales tratando de enderezarse. Ca vez que lo intentaba, el dolor lo hacía gemir y ahogarse y dejaba escapar ese sonido de niño quejándose. El caballo lo había tiro ahí, luego de tropezar con algo. Había perdido la conciencia y el caballo lo había espero al pie de su caída, hasta que me sintió llegar y salió dando reparos. Fui rodeando el arbusto por su espalda hasta ponerle la pistola frente a los ojos, cuidando de verlo y que me viera a través del cañón, como mi pre lo había visto a él a través del suyo. “No me mates, Ascanio”, gritó, cuando me vio tras la pistola. Igual debió gritar mi pre, pensé. “Tú no eres para matar”, dijo Vinicio. “No me mates”. Estaba tan asusto como debió estar mi pre. Verlo indefenso aumentó mi rabia o la despertó. Trató de incorporarse pero el dolor de la espalda le quitó el aliento y cayó sobre uno de sus brazos, desmayo. Viéndolo desmayo me vino la evidencia de que había mato a mi pre. Le puse la pistola en la cara, pero pensé: “Quiero dispararle cuando se dé cuenta, cuando pueda saber perfectamente quién y cómo lo mata”. Llevaba mi cantimplora, le mojé la cabeza y le di de beber. El agua lo revivió. Tuvo fuerzas suficientes para darme una pata en el pecho. Caí de espaldas, pero no tuvo fuerzas para darme otra. El dolor volvió a ahogarlo y a dejarlo inmóvil en el piso. Volví con la pistola y la puse atrás de su oreja, en el lugar donde le había disparo el tiro de gracia a mi pre. “No me mates, Ascanio”, volvió. Oí a alguien que era yo contestarle: “Ruega, cabrón. Quiero matarte rogando, como mataste a mi pre”. “No me mates, Ascanio”, rogó Vinicio Rosales. “Rogando te vas a morir, como mataste”, le dije. “Quiero matarte cuando me estés rogando. Ruega”, le dije: “Ruega, cabrón”. Me dispuse a matarlo y él a morir. Puse su cabeza contra la tierra, el revólver en su nuca y levanté la cara al cielo para apretar el gatillo. Entonces vi al caballo de Vinicio que había huido de mí, recorto sobre un terraplén, baño por la luna, mirándome sin moverse, atento y majestuoso, como representante entero de la creación. Era mi testigo bajo la soledad del cielo, en una noche como la de hoy, vibrante de luna. Es mi escena fundadora, la escena que me definió la vida. Yo aprendí todo ahí. Entre otras cosas, que sólo se mata sin testigos, como Caín mató a Abel. Sólo mata el que ha suspendido los testigos, dentro y fuera de sí. El caballo fue mi testigo esa noche y no pude disparar. Traje mi propio caballo —siguió Ascanio— y eché a Vinicio al través, aullando de dolor por su espalda rota, y regresé a donde Rosario estaba todavía, durmiendo la borrachera. Eché dos disparos al aire, como habíamos convenido para reunimos todos al inicio de la barranca larga. Rosario despertó con los disparos. “feliz”, dijo, cuando vio a Vinicio sobre el caballo y lo tundió con el fuete hasta cansarse, mejor dicho, hasta que lo detuve. Una hora después nos reunimos en el inicio de la barranca. “Al mezquite con este cabrón”, dijo Primitivo, mi hermano, con lo que quería decir que iban a lincharlo. “Vas a pagar con la tuya hasta la última gota de sangre de mi pre”, dijo Primitivo. “Yo voy al pueblo”, dije. “No, cabrón”, me gritó Primitivo. “Tú vienes al mezquite como todos para hacerle pagar a éste la muerte de tu pre”. “Voy al pueblo”, repetí yo. Bajé a Vinicio de mi caballo y lo puse en el suelo. “Yo lo encontré”, les dije. “Pero no voy a matarlo”. “Maricón, como todos los curas”, dijo Primitivo. “Ascanio cumplió encontrándolo”, dijo Rosario. “Muy su derecho retirarse”. Las palmadas de felicitación que me habían dado al reencontrarnos, fueron miras de hielo y reproche cuando monté al caballo y volví las riendas al pueblo. Había oído que lo del mezquite era una ceremonia larga, pues incluía la vejación y la tortura de la víctima. Me fui a galope al pueblo en busca del comisario municipal, que era un hombre valiente y de bien. Le conté lo sucedido y le dije que iban mis primos y hermanos rumbo al mezquite para linchar a Vinicio. A un hermano menor del comisario lo habían linchado años atrás, confundiéndolo con un robador de vacas que apareció meses más tarde confesando su culpa, de modo que el comisario era enemigo personal de la traición del mezquite. Llamó a los tres soldados que había en la guarnición y se fue en un jeep de la comandancia hacia el mezquite para evitar que mis parientes colgaran a Vinicio Rosales. Yo me quedé con mi madre y le conté todo. “He perdido para siempre el respeto de mis hermanos”, le dije. “Has gano el respeto de Dios”, dijo mi madre. El comisario llegó a tiempo para evitar el linchamiento. Mis primos y hermanos entregaron a Vinicio Rosales pero no me perdonaron a mí, sino años después, y algunos nunca. Quedé como el traidor de todo el asunto. Al día siguiente, después del velorio, Primitivo entró al cuarto donde estaba y me dio con el fuete hasta cansarse. Nunca más cambiamos palabra. Rosario vino y me dijo por la tarde. “Si tienes ese lugar en la escuela de México, vale más que lo tomes y esperes que se calmen las cosas aquí”. Mi madre se prendió del argumento de Rosario: “Dios sabe sus caminos, y así de torcidamente escribió el tuyo, para impedir que te quedes en este pueblo que no ha de darte nada sino lo que ya te dio: dolor, tontera y muerte”. Fue así como salí por segunda y definitiva vez de Tolimán, y de todo lo que Tolimán era, todo lo que Tolimán significaba, en mi país, en mi familia, para mí. Fue mi adiós a ese mundo: una traición. Una traición a sus leyes, a sus furias vengadoras, a su herencia de sangre. Una traición hecha a costa de la sangre de mi pre. Nada menos. “Maricón”, había dicho Primitivo. Su voz resonó en mí muchos años. Pero en toda aquella jornada no tuve miedo, no hubo en mí un momento de temor, salvo el momento, como un relámpago, en que iba a disparar y vi al caballo sobre el terraplén mirándome, juzgándome, representante y testigo entero de la creación. Estoy en la teología de los sentimientos, pero eso sucedió y así fueron las cosas. El resto de mi vida ha sido una consecuencia de aquel momento. Salí de Tolimán en vez de quedarme, estudié administración de negocios en la Ciudad de México, luego economía en Inglaterra, luego finanzas internacionales en Estrasburgo. Mi madre murió mientras yo estaba fuera. La casa de Tolimán, esta casa donde estamos, se perdió por deudas. Cuando regresé a México de Europa, un poco secretamente, como a escondidas, vine a Tolimán a poner unas flores en la tumba de mi madre. Sólo Rosario me acompañó. En el terreno profesional decidí no emplearme con nadie, ni entrar al gobierno, donde tenía algunas ofertas, sino hacer mis propias empresas. Me fue muy bien y muy rápido. Cuando vine a ver tenía una red de empresas. Entonces acepté que mi única asignatura pendiente en la vida era volver a Tolimán, rescatar la casa y el respeto de los míos, pero en mis términos. Volví y encontré menos odio del que imaginaba mi cabeza. Compré la casa y los terrenos colindantes hasta volverla esto que ves. Compré las tierras que habían sido nuestra obsesión familiar, las tierras donde mi pre se empleaba como aparcero. Traje ingenieros agrónomos, semillas mejoras, técnicas de cultivo. Fui metiendo a mis primos y a mis hermanos. Todo ha ido bien, tú lo has visto, salvo con Primitivo, que nunca volvió a levantar la cortina para que nos miráramos de frente. Ya vendrá.

—Parece un cuento de has —dije yo.

—En cierto modo lo es —se rio Ascanio—. No puedo quejarme. En particular, por aquello que te dije: cuando colonicé Tolimán, supe que no quería más en la vida, tenía mucho más de lo que había ambiciono nunca. Me he do el lujo hasta de echar a la plaza pública mis opiniones heréticas sobre cómo manejar la economía del país. Y ya ves hasta donde ha llego todo eso. Por cierto, es bastante ridículo que un presidente polemice con las ideas de un empresario. Pero el cuento de has tiene un lo oscuro. Siempre he creído que al salvar a Vinicio Rosales del mezquite, me curé yo también de los atavismos de este pueblo. No sé si coincidiendo con esta polémica o un poco antes, desde el conflicto este en que me he vuelto la encarnación del mal mexicano, han vuelto a mí todas aquellas cosas, el tipo de cosas que uno tiende a guardar bien guardas en el tapanco de su memoria. Y para hacerlo más freudiano: han vuelto en sueños. Hace como medio año soñé por primera vez la escena de la cueva que acabo de contarte. A los pocos días, la soñé otra vez. Desde entonces, con cierta regularidad, me despierto por la noche en la escena donde tengo la pistola sobre la nuca de Vinicio y no la disparo. La quiero disparar y no la disparo. Las ganas de disparar me despiertan entonces, como han de despertarse, supongo, los animales domesticados ante el recuerdo o la necesidad de una sangre fresca, de algo que ellos hayan mato por sí mismos, en la nostalgia de verter una sangre que no han vertido, siendo su naturaleza verterla. Tengo ese sueño. Y tengo otro, donde hay una escena recurrente de degüellos, matanzas y cimitarras. No es un sueño inocente. Quiero decir, no se queda del lado de allá. Cuando lo tengo, su residuo me acompaña todo el día, me llena de ira, insatisfacción y malhumor. Un día que lo había soñado, hace cuatro o cinco semanas, fui de cacería y tuve la fantasía, las ganas en realidad, de dispararle a todo lo que se movía frente a mí. Estuve apuntándole un buen rato, entre burlas y veras, a uno de mis compañeros de caza, uno de mis primos que había esto en la persecución de Vinicio Rosales. Quince días después tuve la misma fantasía con dos de mis hermanos. He decidido no salir más de cacería. Hay un salvaje asomándose en mí. Quiere sangre, y venganza, degüello. Será porque no degollé al que lo merecía, y se me quedó esa cuenta pendiente, esa rendija pidiendo la dosis de salvajismo que hubiera sido humano ejercer. Me civilicé de más, digo, pero una parte del salvaje se quedó intacto, queriendo saltar, dentro de mí. Esa es la historia que quería contarte, a ver qué se puede hacer con ella. ¿Qué vas a hacer con ella?

—Voy a esperar que pase —le dije.

—¿Quieres decir que no ha termino?

—Puede ser —admití—. Pero sobre todo quiero decir que pasará.

—¿Se irá como vino? ¿Un día no soñaré más? ¿Otro día querré ir de caza como antes?

—Algo así, supongo —dije yo.

—Voy a brindar por eso —dijo Ascanio—. Porque eso que dices sea verdad.

Fue a la hielera y abrió una botella de champaña. Se había agito y echó un borbotón espumoso al dispararse el corcho, que dio en el techo y cayó sobre Rosaura. Ascanio llenó nuestras copas. Las burbujas subieron ansiosamente al trasluz de la luna. Cuando chocamos los cristales para brindar había una sonrisa en los labios de Ascanio pero en sus ojos había un fuego oscuro, la huella del insomne huyendo de sus sueños, desayunamos tarde la mañana siguiente. Rosaura parecía feliz y Ascanio descanso. No vi en sus ojos la huella del insomnio que había creído ver, sólo la del desvelo de la noche anterior. Estaba tranquilo y húmedo de la ducha reciente, afable y decidor, sin el menor rasgo físico de los estragos de su alma. Rosario, su hermano, vino al mediodía. Traté de imaginarlo dormido junto al árbol la noche de la borrachera filial en que mataron a su pre. No encontré rastro de aquella noche en su talante abierto y campechano. Había paso todo aquello y no había paso nada.

Todo y nada.

Julieta y Rosaura parecían más maltrechas que nosotros, que habíamos bebido y recordó más. Pasamos unas horas montando a caballo y al atardecer, luego de otro almuerzo regio, emprendimos el camino de regreso.

—Volver de Tolimán es menos interesante que ir —dijo Ascanio, al volante—. Cuando regresas ya sabes algo, cuando vas todo es novedad. Saber es aburrido, descubrir no. Eso pienso yo, pero no discuto. ¿Se saben ustedes el chiste del tipo que se conservaba joven y su amigo le preguntó por qué. “Porque no discuto”, contestó. “Eso no puede ser”, le dijo su amigo. “Tienes razón: no puede ser”, contestó el otro.

Y siguió hablando todo el camino.

Volvimos a vernos algunas veces, Ascanio y yo, para comer en la Ciudad de México. La última vez él había perdido a Rosaura, que casó con un hombre menor y yo a Julieta, que fue a estudiar al extranjero, huyendo de la Ciudad de México como Ascanio había escapo de Tolimán.

—¿Qué hay de aquellos sueños sarracenos? —le pregunté una vez.

—Se fueron —me dijo—. Y he vuelto a cazar. Pero cuando uno está loco, está loco. Ahora sueño con la escena de una película de Elia Kazan en que un ejecutivo triunfador sale radiante de su casa rumbo al trabajo, sonriente, feliz, y al rebasar un tráiler gira el volante y se mete bajo la mole rodante para que lo triture.

— ¿Has dejo de manejar? —pregunté.

-—Tengo un chofer permanente hace dos meses —sonrió y alzó las palmas al cielo con festiva resignación.

Poco tiempo después de aquella comida, Ascanio Morlet fue postulo a la gubernatura de su esto por un partido de centro-derecha. No pude creerlo hasta que no lo oí de su propia voz por el teléfono.

—Todo cambia, y yo también —dijo como único y suficiente motivo.

Arrancó su campaña como un caballo puntero, llevo también en esto por la felicidad de su buena estrella. Una noche, al regresar de la diaria gira por una ristra de pueblos, en una recta del sur de Jalisco, cerca de Tolimán, su pueblo natal, la camioneta en que Ascanio viajaba fue arrolla por un tráiler. Nadie sobrevivió a la colisión: ni el chofer del tráiler ni los que viajaban con Ascanio. Para efectos de esta historia, importa precisar que la camioneta no la manejaba Ascanio, sino un chofer de confianza.

Han paso veinte años de aquello. Todavía se escribe en algunas columnas políticas que la muerte de Ascanio Morlet no fue un accidente, sino un atento. El primero, se dice, de los que vinieron después. Yo no he vuelto a Tolimán y, por momentos, dudo ahora de que exista.    n

Crónicas de la sociedad abierta

CRÓNICAS DE LA SOCIEDAD ABIERTA

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

La historia mexicana de los últimos 25 años es el relato del surgimiento de una sociedad abierta. Es la historia de la transgresión de límites en los diferentes ámbitos de la vida: sociales, políticos y culturales.

Si pudiéramos transportar a un observador del año 1977 al México presente, ¿qué características de la sociedad mexicana llamarían más su atención? ¿Cuáles son los cambios más notables en este cuarto de siglo? La historia de este periodo es el relato del surgimiento de una sociedad abierta. Es la historia de la transgresión de límites en los diferentes ámbitos de la vida: sociales, políticos y culturales. A finales de los años setenta la información estaba rigurosamente controlada por el Estado. Los diarios, con notables excepciones, reportaban aquellas cosas que convenían al régimen. La televisión estaba en manos del Estado o en las de una empresa, Televisa, que forjó una alianza de mutuo beneficio con el gobierno. Los pocos medios que desafiaban esos límites eran puntos de referencia, pues ofrecían un atisbo de la realidad sin censura. Proceso es parte de un México que se ha ido. La cerrazón, que era la justificación de las publicaciones de denuncia de ese tipo, ha desaparecido. Hoy, muchos medios investigan, critican y denuncian las acciones del gobierno y los políticos. Los jóvenes nacidos en los ochenta difícilmente comprenderán las condiciones que enfrentaba la prensa entonces.

Ese sistema cerrado le daba coherencia a la sociedad mexicana. El autoritarismo era un norte que le indicaba a los diversos actores su posición en el sistema. La predecibilidad, que lo caracterizaba, se terminó. Ahora la sociedad es mucho más incierta que antes. En muchos sentidos, el advenimiento de la sociedad abierta fue caótico. Los saldos del último cuarto de siglo son mixtos: el país es hoy más libre, pero también es más pobre, desigual y violento.

II

Un hecho marca irremisiblemente el periodo: la crisis económica y sus secuelas. La ilusión de progreso —el ensueño del milagro mexicano— se quebró en 1976 con la primera devaluación del peso. Otras fechas serían hitos en esa debacle de las esperanzas: 1982, 1986, 1994. La crisis económica cerró horizontes que comenzaban a vislumbrarse para algunos sectores de la población. A partir de entonces el deterioro de las condiciones económicas se convierte en una constante que modifica las expectativas de bienestar de prácticamente todos los mexicanos. Los diferentes modelos que se quiebran siguen diferentes teorías económicas, pero el resultado es el mismo: empobrecimiento, pérdida de valor del salario real, inflación, etc. Las reformas estructurales de finales de los años ochenta y principios de los noventa produjeron una sociedad en extremo polarizada. Algunos sectores, los urbanos y educados, pudieron beneficiarse de la apertura de la economía a los mercados internacionales. Hoy son plenamente modernos y están integrados al mundo. Otros, los rurales, quedaron rezagados. Los extremos de la sociedad mexicana se alejaron todavía más. La rebelión de Chiapas es una muestra de que la inercia social e ideológica era inversamente proporcional a la velocidad del cambio.

Esto explica, en parte, el regreso del pasado. En efecto, en 1977 la reforma política había logrado incorporar a la izquierda a la legalidad. Hasta antes de 1994 una de las cacareadas victorias del régimen era la paz social. En su propaganda presumía las décadas que había logrado mantener al país pacificado. Y es notable que la guerrilla y la guerra sucia de los años setenta no rompieran la ilusión de que, a pesar de todo, el país estaba en paz y que el PRI era el responsable de ello. Ningún grupo guerrillero logró quebrar de manera convincente la imagen de México como un país definitivamente reconciliado. Pero eso cambió de un golpe en 1994. Después de la guerrilla zapatista ningún gobierno del PRI tuvo la osadía de continuar con la cantaleta de la paz social. Habría sido ridículo. ¿Por qué? No se debía a que el EZLN fuera más poderoso que otros grupos guerrilleros del pasado. Sin embargo, esa rebelión puso en evidencia que los mecanismos que durante mucho tiempo permitieron mantener el control social se habían roto. Así, la modernización de la sociedad fue acompañada de poderosas fuerzas centrífugas. Las correas de transmisión de la autoridad se fracturaron. El regreso de la violencia social es un resultado de las transformaciones políticas y económicas de esas décadas.

En los últimos 25 años se hizo manifiesta la debilidad estructural del Estado mexicano. Una fachada se derrumbó. Ante los actos de ilegalidad el gobierno no cuenta con la legitimidad política para impedirlos. Si el Estado mexicano no puede reprimir a delincuentes comunes, mucho menos es capaz de proveer de manera eficaz salud, educación y otros servicios públicos. Tampoco logró construir la infraestructura necesaria para la comunicación y el crecimiento económico del país. La debilidad no es intangible, sino estructural. Es producto de una muy endeble estructura tributaria. La utilería de la Revolución mexicana escondió los datos duros de las miserias estatales. En el año 2000, el gobierno federal de México recaudó sólo el 10.7% del PIB. Sus ingresos totales llegaron a sólo el 16%. Como demuestra Przeworski, los ingresos públicos totales del gobierno central y los gastos de consumo del gobierno son más bajos en los países con mayor desigualdad. Los análisis estadísticos confirman que “cuanto más alta sea la relación entre el ingreso del quintil superior y el quintil inferior (Q5/Q1), menores serán los ingresos, los impuestos y los gastos de consumo del gobierno”. En el año 2000 la persona promedio ubicada en el 10% más rico de la población recibía un ingreso 34 veces mayor al que recibía una persona en el 10% más pobre. El 10% más rico concentraba el 42% del ingreso total. Ese año, el consumo del gobierno fue apenas de 9.58% y la recaudación fiscal ascendió a 10.7%. El número y la calidad de los bienes públicos que puede proveer un Estado fiscal- mente pobre son muy limitados. En el tiempo, la generación de capital humano —el cual es crítico para el crecimiento económico— depende de la inversión pública sostenida en educación, salud e infraestructura. Para proporcionar una medida comparativa del atraso, consideremos en 1990 cuánto recaudaron, a través de impuestos, los siguientes países: México (10.85%). Reino Unido (27.4%), India (11.5%), Australia (25%) y Bolivia (10.3%). En 1984 Francia recaudó 38.1% del PIB, mientras que México apenas logró recaudar el 9.9%. La crisis de la deuda y los rebotes inflacionarios de la década de los ochenta tuvieron un impacto significativo. En 1986 Noruega recaudó 40.2% y México 10.9%. Al año siguiente, Dinamarca recaudó el 38.1%, mientras que el gobierno mexicano apenas llegó al 10.2%.

En lo concerniente a la debilidad fiscal del Estado, México ciertamente no se halla solo. Según Przeworski, “la ejecución desigual de la ley en muchas democracias latinoamericanas no puede explicarse a partir de sus estructuras institucionales. La hipótesis alternativa es que en las sociedades sumamente desiguales, el Estado, cualquiera que sea su estructura institucional, sencillamente es demasiado pobre para hacer valer la ley de manera universal. Ninguna reforma del Estado es suficiente para proteger los derechos republicanos para todos, puesto que el Estado no tiene los recursos para proteger y promover estos derechos. El impedimento es fiscal, no institucional”.

En los márgenes y en el centro de la sociedad mexicana la violencia se materializó. El supuesto Leviatán mexicano ha sido incapaz de proteger la vida y la propiedad de las personas. El crimen se volvió sistémico. En México el Estado parecería ser muy débil para desempeñar algunas de sus funciones básicas, pero al mismo tiempo fue lo suficientemente fuerte para intervenir selectivamente en la sociedad y obstaculizar la formación de una ciudadanía autónoma y responsable. La tarea de establecer el imperio de la ley parece estar más allá de sus capacidades materiales. En lugar de ello, ha establecido pactos discrecionales que permiten la impunidad a cambio de sumisión. Ante la ineficacia de la justicia, muchos grupos y comunidades han suplantado del todo a la policía y a los jueces. La idea de un código uniforme de derechos y obligaciones para todos los ciudadanos es sólo una ficción. La justicia es un bien que puede comprarse o negociarse selectivamente.

El autoritarismo dejó un legado social: la ausencia de involucramiento cívico. Según la Encuesta Nacional de Cultura Política y Prácticas Ciudadanas 2001 (ENCUP 2001), un 79.63% de los entrevistados dijo no haber hecho ninguna aportación a su comunidad o a algún asunto público. Para la mayoría de los ciudadanos quienes ejercen una mayor influencia política son el presidente, los partidos políticos, las grandes empresas y los sindicatos. El paradigma de esta sociedad no es el ciudadano portador de derechos individuales —políticos, civiles y sociales— sino las distintas colectividades que presionan, chantajean y amenazan para lograr un acceso privilegiado a los recursos del Estado o para obtener de éste impunidad. La evidencia empírica apoya esta interpretación. El porcentaje de personas que está organizado es muy pequeño. A la pregunta: “¿forma usted parte de una organización civil?” un 95.3% de los entrevistados respondió negativamente. Un 1.94% dijo no saber, mientras que un 2,76% respondió afirmativamente.

Este 3% ha tomado de rehén al resto de los ciudadanos. Se trata de una lógica neocorporativa que tiene antecedentes en la historia del país. Quienes pueden actuar y ser atendidos son los gremios, los pueblos, los sindicatos y aquellos personajes individuales cuyo inmenso poder económico los coloca en una posición de enorme privilegio. En este sistema son los ciudadanos individuales los que llevan la peor parte. Quienes no tienen un grupo de adscripción corporativa se encuentran a la merced de los grupos organizados. Y el Estado es muy débil para enfrentarse a ellos.

El fenómeno de los linchamientos es indicativo de la debilidad del Estado. Además de las guerrillas que operan en diversas partes del país, las sociedades locales deciden hacerse justicia por propia mano con más y más frecuencia. Hasta hace pocos años no se registraban actos de violencia popular de la magnitud de los ocurridos en Huejutla, Hidalgo (1998), Pueblo Nuevo, Chiapas (1999) y Santa Magdalena Petlacalco, DF (2001). En los tres casos individuos presuntamente responsables de diversos crímenes, que iban del robo a la violación de una menor, fueron linchados por los habitantes enardecidos de esos pueblos. En los tres casos la fuerza pública había aprehendido a los sospechosos y los mantenía bajo su custodia. De nada sirvió. Los enfurecidos lugareños sacaron a las personas en cuestión de las cárceles y ante la mirada impotente de diversas autoridades —desde la policía local hasta el gobernador de un estado— procedieron a lincharlos en la plaza pública.

La autonomía de facto que disfrutan muchos grupos para ordenar su vida no es producto de una convicción filosófica, sino de un hecho real: la debilidad estatal. En la jerga politológica, las capacidades del Estado mexicano han sido limitadas. Estas incluyen: la capacidad para penetrar a la sociedad, regular las relaciones sociales y extraer recursos. Los estados fuertes son aquellos capaces de llevar a cabo estas tareas efectivamente. Aunque en algunos aspectos el mexicano fue exitoso —en la capacidad de penetrar a la sociedad, en particular— no logró regular efectivamente la conducta de sus ciudadanos. Los poderes que históricamente han competido con el Estado incluyen a guardias blancas, narcotraficantes, caciques y pueblos en rebeldía. Los poderes locales nunca han estado bajo el control firme del Estado central. Según Knight, “el aumento de las agencias y los poderes estatales no fue acompañado de una coordinación deliberada de esos poderes y organismos; por el contrario, como es el caso con otros Estados semiautoritarios, la imagen de un Leviatán decidido y determinante se encuentra en conflicto con la realidad”. Knight apunta: “el Estado mexicano incorporó en su seno tantos intereses en conflicto que una acción decisiva y coordinada fue difícil. Las facciones dentro del Estado tiraban en direcciones opuestas… gastando enormes cantidades de energía, cancelándose mutuamente, pero aumentando de tamaño en el proceso. El mero tamaño tampoco trajo la autonomía relativa; más bien, internalizó el conflicto social en las entrañas del Estado/partido, causando, valga la metáfora corporal, dispepsia. El tamaño también aumentó la escala del patronazgo y la corrupción. Esto era muy funcional para la supervivencia y reproducción del régimen aunque no lo era para su eficiencia o capacidad ejecutiva”. El resultado es un Estado que fracasó “en establecer el monopolio de la violencia weberiano o una legitimidad duradera basada en fuertes lealtades afectivas”.

El multiculturalismo autoritario es el resultado de la incapacidad para establecer el Estado de derecho. La novedad consiste en que un sector de la población ya ni siquiera considera este objetivo deseable. El argumento pragmático del pluralismo legal es que el reconocer los usos y costumbres extendería de manera dramática el Estado de derecho a áreas tradicionalmente dominadas por autoridades extralegales. Sin embargo, esto sólo legitimaría una especie de sucedánea, en la cual el gobierno tiene la ilusión de que adquiere mayor poder al reconocer que no tiene poder. Detrás de la propuesta se encuentra el fracaso secular del Estado para establecer a lo largo de una unidad territorial un mismo código de derechos. Así la necesidad se torna en virtud multicultural.

Hay otro legado, este filosófico, del autoritarismo: el relativismo cultural. Para la generación formada en los setenta el mundo se movía de manera lenta y dificultosa hacia el respeto de los derechos humanos universales. Muchos de nosotros crecimos creyendo que la lucha contra el racismo —contra la discriminación por causa de raza, lengua o religión— era una tarea imperativa. Crecimos con la idea de que era posible y necesario implantar parámetros de conducta universalmente válidos que respetaran la dignidad humana. Que ese compromiso emanaba de una cultura en particular no era particularmente importante. El empeño de eliminar de la tortura, el racismo y el sexismo era válido no sólo para la cultura occidental, sino para todas la personas. El racismo era un mal que había que erradicar. Sin embargo, al mismo tiempo que esta corriente de universalismo influía la educación, otra muy diferente establecía sus reales en México. La manera particular como permeó las capas medias y altas de la sociedad es una historia que deberá contarse en algún momento. Así como el positivismo fue el legado filosófico del porfiriato, el relativismo cultural lo es del periodo posrevolucionario. El relativismo es, más que una doctrina, una actitud mental no del todo consciente de su filiación. Se ha naturalizado a tal grado que no se reconoce como una corriente de pensamiento. No se identificaba explícitamente como contraria a la primera. No era un producto nativo tampoco. Muchos países del mundo experimentaron la difusión del relativismo cultural, cuyo origen se encuentra en la moderna antropología. Aquí, difícilmente puede hablarse de progreso.

III

Otra de las notables transformaciones que experimentó la sociedad mexicana fue el reconocimiento de la pluralidad. La idea de que la uniformidad era buena y necesaria era parte del repertorio de la sociedad cerrada. En estos lustros se quebró el ideal normativo del consenso. Por primera vez en la historia se concibió a la diversidad de manera positiva. No es una casualidad que, como reconoce Carlos Monsiváis, se empezara a hablar de diversidad cultural en la campaña presidencial de Miguel de la Madrid. 1982 fue un año desastroso para la economía y acabó por destruir la certeza de que México “progresaba”. En ese momento, “se reconoce la idea o la existencia de un México plural frente a lo que había sido la imagen de un país cuya homogeneidad la marcaban el lenguaje, la religión, las costumbres, la historia y la ideología o cultura de la Revolución Mexicana”. Monsiváis celebraba el comienzo del fin del imaginario del mestizo: “el culto al mestizaje, aprobado y endiosado por los gobiernos, corresponde a una entraña de la sociedad que es y sigue siendo racista, y cuyo entendimiento de la diversidad excluye al indígena, subordina a las mujeres y proscribe al heterodoxo”.

No sólo se democratizó la política a través de un tortuoso proceso de reformas incrementales a las leyes electorales. La sociedad en su conjunto experimentó una liberalización. Las malas palabras aparecieron, sin escándalo, en la televisión. Nadie temería ya mofarse de los héroes patrios: “Bomberito Juárez” y “Manguerita Maza”. Las opciones culturales se incrementaron. Los canales de expresión se multiplicaron: canales de TV, radio, revistas y periódicos. Y el México conservador, enemigo de la cultura secular del PRI, pudo finalmente subir a la superficie y mostrarse sin vergüenza. Esto, en parte, se debió a las reformas que en los noventa normalizaron la relación entre el Estado mexicano y la Iglesia. La ilusión de una cultura política uniforme, compartida por todos los mexicanos, se quebró.

Los cinco lustros transcurridos también presenciaron una discontinuidad simbólica. Desde la fundación de México como Estado nacional en el siglo XIX, los mexicanos buscaron una imagen maestra de sí mismos. Después de muchos esfuerzos hallaron una: el mestizaje. Al cabo de un breve y fracasado intento por escapar a las definiciones raciales de la nación, los mexicanos optaron por el menos maligno de los racismos: la mezcla. La fusión de lo indígena y lo europeo produjo la tan ansiada coherencia y uniformidad. Todos éramos mestizos y lo mestizo era definitorio de la identidad nacional. Aunque esta solución fue muy eficaz en el ámbito de lo simbólico, encubrió la verdadera conformación del país. La rebelión indígena de 1994 rompió la ilusión de que el mestizaje era la seña distintiva de la identidad. Esto fue parte de un proceso simbólico de fractura del nacionalismo revolucionario, ese paraguas ideológico que cobijaba los alegatos del régimen autoritario mexicano.

Sin embargo, celebrar la diversidad en abstracto sería un error. En efecto, la diversidad en México está sustentada en la enorme desigualdad, absoluta y relativa, que es seña de su sociedad. Las actividades económicas que desempeñan diferentes grupos en el país son muy distintas. Un gran contingente de la población vive en el atraso material y cultural. La distancia entre la ciudad y el campo es aún enorme. Un campesino en Chiapas no comparte absolutamente nada con un empleado de cuello blanco en la ciudad de México. El teléfono no ha conectado a todos los habitantes del país. Según el Banco Mundial, en 1997 había, por cada 1000 habitantes, 115.1 líneas (móviles y fijas) de teléfono. Las carreteras no llegan aún a lugares remotos donde habitan grupos enteros. En 1997, sólo el 30% de las carreteras del país estaba pavimentado. En México no hay una cultura de consumo uniforme por la sencilla razón de que una parte muy importante de la población se encuentra virtualmente fuera del mercado. Con la mitad de los habitantes viviendo en la pobreza, pocos productos o gustos son compartidos por la mayoría de los mexicanos. Esa es la infraestructura de la diversidad en México. La precariedad material aisla y mantiene separadas —y diferentes entre sí— a las partes que constituyen a la nación. La mexicana siempre ha sido una sociedad de contrastes, pero en el último cuarto de siglo éstos se han hecho más agudos.

La paradoja de estos 25 años es que en ciertos aspectos —libertad de prensa, costumbres, cultura— la sociedad mexicana es indiscutiblemente más moderna y abierta que en 1977. Mucha más gente participa en la vida pública de la nación. La pasividad ha decrecido; las personas se hacen más cargo de sus propias vidas. Sin embargo, también hay un importante saldo regresivo. El temor, que en buena medida había sido eliminado de la vida pública, ha regresado por sus fueros. La sociedad mexicana entró al siglo XXI con paso temeroso. Y aunque indicadores tales como la expectativa de vida, la tasa de mortalidad infantil y la eficiencia de la educación básica mejoraron de manera constante en estos años, también es cierto que, de diversas formas, las condiciones de vida son hoy más adversas que antes.

El crecimiento demográfico no fue acompañado de una expansión de las oportunidades. Durante todo el periodo la oferta de trabajo superó a la demanda. Además del deterioro de los salarios reales, en esos años tuvo lugar un acontecimiento de enorme importancia: el quiebre de la educación pública como motor de movilidad social. Hasta principios de los setenta la educación pública ofreció una vía meritocrática de ascenso social. Hoy, el activismo político, la burocracia y los presupuestos raquíticos han destruido a la universidad pública. La sociedad mexicana actual es menos permeable a la movilidad, y los privilegios y las desventajas tienden a heredarse de una generación a otra.

IV

El México del siglo XXI sería, a un tiempo, extraño y conocido para un observador de finales de los años setenta. La dimensión humana del país lo asombraría. La población casi se duplicó en el periodo. Más gente y menos recursos para satisfacer todas sus necesidades. Le sorprendería también la integración de la economía mexicana a los mercados internacionales, en particular el norteamericano. La libertad de los diarios y los medios electrónicos sería, como se ha dicho, una novedad. Le llenarían de zozobra las precauciones que los mexicanos toman en la actualidad para no ser víctimas del crimen. El temor estaría presente por doquier. Vería mucho más desorden en las calles. Hallaría evidencias de una sociedad desbordada y un gobierno rebasado en áreas como la seguridad pública y la seguridad social. Se sorprendería de que la guerrilla todavía diera de qué hablar, sobre todo cuando la democracia había llegado al fin. Vería con incredulidad a los políticos refiriéndose a Estados Unidos como un “socio” y a los jerarcas de la Iglesia opinando sobre temas de actualidad nacional de manera abierta y conspicua. Pero al mismo tiempo reconocería el campo mexicano; ahí las cosas no habrían cambiado mucho. Tampoco la administración de justicia, corrupta e ineficaz. El centralismo sería el mismo. Nuestro visitante también notaría la enorme importancia de las encuestas de opinión pública. La desigualdad sería la misma y la incipiente clase media de finales del desarrollo estabilizador se habría reducido por los embates de la crisis. Y, finalmente, sus referentes humanos faltarían: el líder sindical, Fidel Velázquez, el político empresario, Carlos Hank González, el empresario socio, Emilio Azcárraga, el jefe intelectual, Octavio Paz. La sociedad mexicana ha marchado tanto hacia adelante como hacia atrás; es hoy una mezcla abigarrada de pasado y futuro. Ambos poseen al presente en condominio.  n

Política exterior y democracia

POLÍTICA EXTERIOR Y DEMOCRACIA

POR JORGE G. CASTAÑEDA

En el pasado, el discurso oficial se sustentaba en dos tesis fundamentales: la primera, que la identidad de México se define por el nacionalismo; la segunda, que el nacionalismo mexicano debe caracterizarse por su oposición sistemática a Estados Unidos.

Ambas tesis, promovidas por los gobiernos priistas como dogmas del nacionalismo revolucionario, tienen orígenes comprensibles, pero su relevancia en los tiempos actuales es cuestionable.

Una reflexión consecuente sobre el devenir del país en sus relaciones con el exterior durante los últimos veinticinco años debe partir necesariamente de la percepción de una línea divisoria inequívoca: las relaciones internacionales se modificaron históricamente con el fin de la Guerra Fría.

A partir de la caída del Muro de Berlín, el mundo quedó marcado por las desapariciones: la del bipolarismo, es decir, de dos sistemas militares e ideológicos organizados en bloques antagónicos; la de la distensión por medio del terror nuclear; la de la Unión Soviética; la del Pacto de Varsovia; la de Checoslovaquia y de Yugoslavia. A partir de la implosión del bloque de países llamados socialistas se gestaron fenómenos geopolíticos de gran envergadura que modificaron la relación de fuerzas internacional de modo irreversible. A los cambios geopolíticos de fines de los años ochenta correspondieron otros de orden geoeconómico y geoestratégico, cuyo significado profundo aparecería en toda su extensión con los atentados del 11 de septiembre del 2001. El control de los energéticos y los movimientos macrofinancieros generarían nuevas alianzas a partir de los fenómenos de ruptura por vía del terror del fundamentalismo islámico.

En ese contexto de cambio se situaron los gobiernos mexicanos a lo largo de veinticinco años de convulsiones y reacomodos de las fuerzas internacionales. Durante los últimos años de la Guerra Fría los gobernantes que se auto- proclamaban herederos de la Revolución Mexicana mantuvieron sin modificación los viejos parámetros de la política exterior, en especial el refugio defensivo en el derecho internacional y en los principios que convertirían en constitucionales, así como la pretensión de equilibrios con base en la equidistancia frente a los bloques antagónicos, aunque accediendo en momentos cruciales a las presiones estadunidenses en momentos de crisis. Este discurso iba acompañado por el llamado al latinoamericanismo como perspectiva hacia el futuro, el mantenimiento de relaciones privilegiadas con Cuba y la defensa de la soberanía de la isla percibida como la defensa de la propia soberanía. En el momento en que el mundo cambiaba, México permanecía anclado en una ideología que resultaba obsoleta e inadecuada frente a los retos de la posguerra fría.

Si bien es innegable que ha habido una constante tradición de activismo internacional, como lo demuestra la intervención en los procesos de pacificación de Centroamérica, los gobiernos priistas no comprendieron o no estuvieron dispuestos a comprender el alcance de los cambios que se gestaban en el mundo, así como sus implicaciones para nuestro país. México necesitaba repensar y recrear sus vínculos con el exterior, particularmente en ámbitos como los derechos humanos y el fortalecimiento de las instituciones democráticas. El gradual surgimiento de un sistema internacional basado en normas de alcance universal nos obligaba a revisar con integridad y veracidad nuestras prácticas en esos ámbitos, así como identificar los nuevos compromisos que debíamos adquirir para asegurar que nuestro país pudiera participar, con legitimidad plena, en el escenario internacional. Esa participación activa y comprometida se había vuelto indispensable para impulsar el desarrollo del país.

En 1989 empezó a cambiar la percepción del mundo de los priistas y de los mexicanos en su conjunto. En el inicio de los noventa quedó establecido que México se abstendría de caer en la trampa de intentar las reformas económicas y políticas al mismo tiempo, al modo de Gorbachov. Se hablaba de “perestroika sin glasnost”. La transformación de las estructuras económicas, iniciada por el presidente De la Madrid y concluida por los presidentes Salinas y Zedillo, dejaría como su principal legado el Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN). El acuerdo con Estados Unidos y Canadá representó el mayor esfuerzo por abrirse al exterior e integrar a México en las corrientes económicas mundiales. Pero su énfasis casi exclusivo en materia de comercio e inversión lo convirtió en un instrumento insuficiente para responder a las nuevas necesidades y prioridades que el fin de la Guerra Fría trajo consigo. El TLCAN trató de tapar la realidad con un dedo y demostró que el sistema político mexicano no había comprendido cabalmente la magnitud de los cambios que estaban ocurriendo en el mundo.

A partir de ahí se vendrían en cascada acuerdos múltiples de libre comercio, en particular con países de América Latina, pero de modo quizá más significativo con la Unión Europea. Este último nos obligó a la aceptación de la cláusula democrática como prerrequisito para la intensificación de relaciones con los países de Europa Occidental. Paradójicamente, la apertura económica hacía más evidente la negativa de los gobiernos priistas a emprender una mayor apertura en la esfera política e ideológica. Consecuentemente, el aislamiento y la actitud defensiva en estos ámbitos, amparada en el discurso de la soberanía, acarreó un creciente desprestigio internacional.

No obstante los avances en la apertura comercial al exterior, la presencia internacional de México se fue debilitando paulatinamente como resultado de la incapacidad del régimen priista para asumir las implicaciones del proceso de transformación que vivía el mundo. El deshielo bipolar le fue adverso, en la medida en que las nuevas prioridades de la agenda internacional se centraban en la construcción de normas universales relacionadas, precisamente, con flancos débiles de la falta de democracia, transparencia y derechos humanos. La cerrazón de México en estos ámbitos provocó una pérdida de liderazgo. Por otra parte, la ruta escogida en ese nuevo contexto internacional —la construcción de un andamiaje de acuerdos de libre comercio— en efecto amplió las relaciones económicas de México, pero hizo aún más evidentes las limitaciones de la democracia y el Estado de derecho en el país.

Ello significó un punto de inflexión en la relación de México con el mundo. La democratización del país se había vuelto un movimiento social y político incontenible que terminaría por completar el proceso de transformación nacional iniciado con las reformas económicas neoliberales que los llamados “tecnócratas” del priismo tardío habían promovido. La transición, impulsada tanto por fuerzas internas como factores externos, se convierte en una democratización definitiva con el resultado de las elecciones del 2000, con las que se ha iniciado la homologación del régimen mexicano con otros países de reciente transición a la democracia, entre ellos España, Portugal y las naciones de Europa del Este.

El triunfo electoral de Vicente Fox representó, por tanto, una oportunidad para avanzar en la consolidación de los valores y prácticas propios de la democracia, pero también para desterrar las prácticas que, en el pasado, sirvieron para ocultar del escrutinio internacional las violaciones frecuentes a los derechos humanos y las libertades políticas. Se trata, incluso, de una responsabilidad histórica del actual gobierno: uno de los principales legados que podrá dejar esta administración será la consolidación de las instituciones democráticas y de una cultura de respeto a los derechos humanos en México. Esa consolidación puede y debe apoyarse en el activismo internacional de nuestro país.

Considero que hay dos vertientes principales en la contribución de la política exterior a la consolidación de los derechos humanos y la democracia en México. En primer lugar, estrechando vínculos políticos y económicos con aquellos países que comparten tales valores. En segundo lugar, estableciendo acuerdos formales que contribuyan a fortalecer y proteger los derechos humanos y las instituciones democráticas en todo el mundo, apelando a la solidaridad internacional mediante el establecimiento de compromisos multilaterales.

La primera de las vertientes trasciende el formalismo jurídico y se manifiesta en múltiples ámbitos de las relaciones entre sociedades. Aquí entraron en juego no solamente las cancillerías, sino las organizaciones no gubernamentales que promueven el respeto a los derechos humanos y exponen al escrutinio público su violación; pero también los hombres de negocios y los inversionistas que, ya sea por convicción o por presión de sus propias sociedades, hoy en día tienden a poner más atención a las prácticas políticas de los países con los que comercian o en los que invierten.

Desde hace años los gobernantes de nuestro país habían cobrado conciencia de las limitaciones impuestas por la percepción cada vez más negativa que nuestro régimen político tenía en el exterior. No fue casual que, ante la creciente necesidad de estrechar sus vínculos económicos con otros países, los gobiernos anteriores desarrollaran diversas estrategias para combatir esa imagen negativa. La creación en México de la Comisión Nacional de Derechos Humanos en 1990 estuvo estrechamente relacionada con el proyecto del TLCAN. De igual modo, una de las motivaciones de la reforma política de 1996 fue la voluntad de responder a los crecientes cuestionamientos —no sólo internos, sino también externos— respecto a la falta de legitimidad de la democracia mexicana. En estos y otros casos el factor externo influyó decisivamente en el curso de los acontecimientos políticos nacionales. Ello no significó una rendición de soberanía, sino el reconocimiento de que los Estados contemporáneos están crecientemente integrados y su interacción se basa de manera creciente en la aceptación de valores con vigencia universal. La división tradicional entre política interna y relaciones externas se ha transformado, particularmente en temas como los derechos humanos y las instituciones democráticas. Este fenómeno es igualmente perceptible en ámbitos como la protección del medio ambiente y el establecimiento de normas laborales vigentes más allá de los límites fronterizos. Los compromisos que México ha impulsado en el seno del TLCAN son sólo un ejemplo de la tendencia internacional hacia la creación de normas supranacionales.

Esas mismas tendencias internacionales a favor de los derechos humanos y la democracia están presentes hoy. Con la diferencia de que nuestro país ha transitado a una nueva etapa en su desarrollo político que le permite apoyarlas y apoyarse en ellas para promover los derechos que nuestra Constitución garantiza, pero que para amplios sectores de nuestra sociedad fueron letra muerta durante años. Este cambio ha sido posible tanto por las acciones internas como por la influencia del exterior.

La protección internacional a la democracia se deriva tanto del compromiso internacional que los distintos gobiernos contraen para preservar ese régimen de gobierno, como de la consecuente exclusión de los mecanismos multilaterales y del aislamiento que enfrentaría un gobierno de facto que violentara la voluntad de su pueblo. Entre naciones que comparten una visión común de los valores políticos y las instituciones democráticas, no puede considerarse intervencionista el establecer, de manera soberana, principios y mecanismos para proteger esos valores y esas instituciones, sin infringir en momento alguno la autonomía o independencia de cada uno.

Por eso, la política exterior debe asumir un mayor papel como garante de la protección de los derechos humanos y de que el régimen democrático no sea derrocado. Durante décadas, los gobiernos mexicanos fueron testigos de golpes de Estado y asonadas en varios países de América Latina. Su interpretación del principio de no intervención los llevaba a voltear la mirada ante graves ultrajes a los derechos civiles y políticos más elementales. Actuaban así por dos motivos: uno, la reivindicación de un principio que consideraban universal; por el otro, la preocupación de que bajo ninguna circunstancia, incluso en el caso de un hipotético derrocamiento o de la imposición de una dictadura, nuestro país pudiera ver vulnerada su independencia. Ambas son motivaciones admirables por su compromiso con la independencia y la autonomía de nuestra nación. Pero estoy convencido de que hoy podemos preservar plenamente esos valores y, sin embargo, establecer instrumentos y esquemas multilaterales que vuelvan más costoso, si no es que impensable, quebrantar el orden democrático.

El priismo de los dos últimos sexenios, lo mismo que el gobierno de la transición y la alternancia, se han visto obligados a aceptar una nueva relación con el mundo de la posguerra fría a partir de una serie de presupuestos inevitables: la hegemonía de Estados Unidos; la globalización, que marcó el ritmo de las reformas económicas; la necesidad de pertenecer al bloque regional de América del Norte; la aceptación de normas internacionales sobre respeto de derechos humanos y de los organismos de jurisdicción universal.

A estas necesidades básicas se han sumado otras exigencias que se han vuelto determinantes para México: la búsqueda de nuevos vínculos con la Unión Europea y con América Latina; la intensificación de relaciones con los países asiáticos de la Cuenca del Pacífico; la corresponsabilidad en los procesos de pacificación y en la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado; un mayor compromiso con la protección de los connacionales a partir de una nueva interpretación del fenómeno migratorio; y el activismo en los foros multilaterales con énfasis particular en la promoción de los nuevos organismos de jurisdicción universal. Definir con claridad cuál es el margen de acción para quienes sostenemos la universalidad de estos valores y, por su parte, las consecuencias de la inacción entre quienes predican el relativismo y el aislamiento, es un asunto de fundamental importancia para las relaciones internacionales en el mundo contemporáneo, donde el “velo de ignorancia” impuesto por las distancias y las dificultades de comunicación ha sido removido. Este es uno de los legados del cambio ocurrido tanto en el exterior como en México a lo largo de los pasados veinticinco años. Hoy los mexicanos sostenemos un intenso debate público sobre el papel que le corresponde a nuestro país en el sistema internacional.

Como resultado de la transición que vivimos, hoy existe una mayor tensión entre continuidad y cambio, lo que ha generado, como cabe esperar en una democracia, reacciones tanto favorables como adversas. Dos tipos de críticas merecen especial atención porque tienen por objeto no ya la política efectivamente puesta en práctica, sino la naturaleza misma de la política exterior desde el cambio del 2 de julio, en la medida en que proponen fijarle a ésta condiciones de hecho paralizantes. Las objeciones más reiteradas reprochan la supuesta ausencia de una política exterior de Estado y el distanciamiento, al decir de los críticos, de los principios que la Constitución mexicana estipula para la conducción de las relaciones exteriores del país. Claramente, estos son argumentos que merecen una respuesta.

Aquellos que abogan por una política exterior de Estado argumentan que la estrategia internacional de México debe contar con el consenso de los partidos políticos que integran el Congreso. No cabe duda de que, en el marco de las instituciones del Estado, debemos favorecer el establecimiento de acuerdos e, incluso, consensos, siempre que ello sea posible, entre las diversas fuerzas políticas representadas en el Congreso. Sin embargo, no debe identificarse el consenso de los partidos políticos con una política de Estado, pues ello significaría, en los hechos, la anulación de la voluntad de cambio democrático en México. Establecer el consenso como requisito para el diseño y la ejecución de la política exterior se traduciría en un derecho de veto para cualquiera de las fuerzas políticas representadas en el Congreso. Lo cual, obviamente, es sinónimo de parálisis, y, por añadidura, implicaría convertir la política de los últimos presidentes del PRI en la única política exterior posible de México.

La crítica sobre un supuesto alejamiento de los principios de política exterior resulta también infundada. México cuenta, en efecto, con un marco normativo, plasmado en el artículo 89 de nuestra Constitución, en el que se establecen los criterios fundamentales que orientan la política exterior mexicana. Es, precisamente, en ese conjunto de principios constitucionales donde se expresa el consenso esencial de nuestra nación sobre los términos de sus relaciones con el exterior. Como cabe esperar en preceptos de orden general, se trata de criterios ideales, de guías para orientar la promoción de los intereses nacionales de acuerdo con las circunstancias. Hay que señalar, por cierto, que la observancia de esos principios no está ni ha estado nunca en entredicho. La autodeterminación de los pueblos, la no intervención en los asuntos internos de otros países, la solución pacífica de controversias o la igualdad jurídica de los Estados, preceptos constitucionales a los que está sujeta la política exterior, han sido respetados escrupulosamente. Vale la pena recordar, además, que su observancia era obligatoria para México desde que nuestro país ratificó la Carta de la ONU, cuatro décadas antes de que se incorporasen a nuestra Constitución.

Las críticas a la política exterior actual en realidad reflejan un fenómeno más complejo y profundo: el cambio, producido por el fin del régimen del PRI, en la manera de concebir y defender los intereses de México y los mexicanos. Mientras que durante buena parte del siglo XX predominó la ideología del “nacionalismo revolucionario” como un factor de unidad y control político en nuestro país, hoy estamos en condiciones de replantear los términos de nuestra relación con el mundo y, por tanto, de asumir una nueva noción del nacionalismo.

En el pasado, el discurso oficial se sustentaba en dos tesis fundamentales: la primera, que la identidad de México se define por el nacionalismo; la segunda, que el nacionalismo mexicano debe caracterizarse por su oposición sistemática a Estados Unidos. Ambas tesis, promovidas por los gobiernos priistas como dogmas del nacionalismo revolucionario, tienen orígenes comprensibles, pero su relevancia en los tiempos actuales es cuestionable. Hay una serie de mecanismos y fuerzas en juego que las han vuelto irrelevantes: la globalización y la integración regional, pero también el surgimiento de un nuevo sistema internacional basado en normas de observancia universal.

Hay quienes suponen que sin el sustento del nacionalismo revolucionario nuestra vinculación con el mundo se vuelve incierta e imprevisible. La ideología de las décadas pasadas ha dejado una honda huella en la mentalidad de los mexicanos, especialmente entre miembros de nuestra elite política e intelectual. Algunos han llegado a preguntarse, incluso, si es posible encontrar un sustituto al viejo proyecto nacionalista de los regímenes del PRI.

La respuesta, por supuesto, es que no sólo es posible sino necesario. Nuestra presencia en el mundo durante los años y décadas por venir tiene que ser la que nosotros decidamos crear. Creo firmemente que es hora de ver hacia adelante, conscientes de nuestros respectivos orígenes y nuestra historia; pero también de que no estamos condenados a repetir el pasado. Ello no implica abandonar nuestras convicciones nacionalistas, sino renovarlas para que respondan a las circunstancias actuales del país. Hoy existe un conjunto de relaciones y fuerzas en juego que la han vuelto irrelevante: la globalización, la integración regional y, en especial, el surgimiento de un nuevo sistema internacional basado en normas de observancia universal. Tenemos que conciliar, asimismo, los principios de nuestra tradición diplomática con las exigencias del desarrollo económico y la seguridad en el mundo de hoy. Nuestra política exterior debe reflejar la agenda de la consolidación democrática y del progreso económico en México, conviniéndola así en una política basada en valores y al mismo tiempo en intereses.

El nacionalismo puede y debe concebirse en términos más apropiados a nuestra realidad actual. Aunado a esto, la estrecha interdependencia que México tiene con Estados Unidos en ámbitos como el comercio, la inversión y el turismo hacen necesario establecer nuevos y más cercanos vínculos con ese país, no perpetuar actitudes que hoy resultan obsoletas. Esto no entraña una pérdida de soberanía. La soberanía no significa hoy, ni ha significado nunca, el aislamiento político, económico o intelectual, aunque en ocasiones gobiernos previos hubiesen optado por sustraerse del intercambio con otras naciones para ocultar las carencias y los rezagos de la sociedad mexicana. La soberanía consiste en autonomía de decisión, con base en intereses nacionales. Pero estos intereses se definen también por los beneficios que la relación con el mundo puede arrojar, y en el mundo contemporáneo nuestros intereses son crecientemente moldeados por esa interacción.

Estamos en una coyuntura histórica. Nuestras decisiones y acciones afectarán la manera en que México se relacionará con el mundo en el futuro. Podemos optar por una visión de corto plazo, que responda a los reclamos de quienes desean mantener inalterada la ideología del régimen anterior a costa del establecimiento de un nuevo acuerdo en conjunto que nos comprometa en un porvenir de desarrollo, paz y seguridad compartida con el resto del mundo. La política exterior es hoy, como lo ha sido siempre, una compleja mezcla de continuidad y cambio. Los factores que le dan continuidad son un punto de referencia constante en la labor de la Cancillería. Al mismo tiempo, hay nuevos factores que nos exigen renovar nuestras posturas y reconsiderar actitudes anteriores. Ello implica reconsiderar, a la luz de los cambios que el mundo ha vivido, nociones como soberanía y nacionalismo.

La política exterior de México deberá promover los intereses de nuestro país en el exterior y participar activamente en la regulación de las relaciones internacionales, tal como lo ha hecho hasta hoy. Para ser exitosa deberá hacer frente a lo que quizá sea su mayor reto en los próximos veinticinco años: la necesidad no de abandonar, sino de re- formular nuestro nacionalismo, con base en los valores y las prácticas de una sociedad democrática, de modo que responda a las necesidades y aspiraciones de los mexicanos en el mundo del siglo XXI. n

Dos alegrías para el camino

DOS ALEGRÍAS PARA EL CAMINO

POR ANGELES MASTRETTA

“Quiero pensar en dos mujeres a quienes admiro por su risa terca y su falta de piedad por sí mismas, incapaz de regalar culpas o reproches”

El mes pasado todo fue la felicidad, porque así es ella: escandalosa, argüendera, egocéntrica.

En cambio, su hermana, la dúctil alegría, es menos imprevista pero más compañera, menos alborotada pero también menos excéntrica. Y está en nosotros buscarla y en nuestro ánimo el hallazgo y no sólo el afán. Creo que es más tímida, pero más valiente la simple alegría de cada amanecer, acompañándonos, que la felicidad como una cresta impredecible. Depende más de nosotros dar con las alegrías, vaya o venga el destino, en la diaria devoción por la vida.

No es posible andar feliz, en vilo, abrazados, abrasándonos todo el tiempo, pero se puede andar alegre, serlo. Aunque estemos cavilantes o enfermizos, nostálgicos o abandonados, podemos tener alegría, no sólo encontrarla de pronto, efímera, como sucede con la felicidad. Sino, en medio de cualquier día y de todos, valorar el privilegio que es la vida misma, como venga. No se cree en la felicidad que se nos aparece, sí se cree en la alegría, quienes la tienen la construyen a diario.

Vivir en la ciudad de México, ver vivir a quienes nos atropellan las esquinas con su diario trabajo o su diario reproche, a quienes eligen uno o el otro, necesita un afán que si no está cruzado de alegría se desbarata entre las manos. En honor a semejante certidumbre, quiero pensar en dos mujeres a quienes admiro por su risa terca y su falta de piedad por sí mismas, incapaz de regalar culpas o reproches.

Todas las mañanas vuelvo de caminar como a las nueve y media. En la misma esquina encuentro siempre a las dos vendiendo los mismos dulces. Una es vieja como la vejez, pero sonríe de un modo infantil y ensimismado, como si mirara desde lejos. Nos hemos ido acercando por la ventana. Le pregunto cómo va, dice siempre que bien. No sé cómo, pero dice que está muy bien. De repente le llevo algo, pero muchas veces nada más el saludo. De cualquier modo ella se acerca y me pregunta si no quiero un dulce, aunque sea unas gomitas.

—Tómalo nomás así —me pidió el otro día ofreciéndomelas como su regalo de fin de año. Tiene las manos llenas de arrugas y pecas, las piernas delgadísimas al terminar su falda de tablas brillantes. Cada vez que se prende el rojo ella sube y baja la calle como si tuviera veinte años. Hace por lo menos diez que la encuentro, ha recorrido casi todas las esquinas del rumbo. Según me cuenta, ahora está enfrente del panteón de Dolores porque la última vez la corrieron de Tornel y Constituyentes. Quién sabe cuántos años tenga, pero por su aspecto podría tener noventa. No puedo decir que sea una mujer triste. Tampoco que se le vean motivos de sobra para vivir feliz, pero vive con el afán de estar viva entre las manos, eso puedo decirlo porque contagia la fortaleza de su andar por la ciudad como si navegara por ella bajo un aire luminoso y acogedor. Todos los días construye su alegría y en el modo como sonríe despacio, en paz, ofrece cada mañana su deseo de mantenerse viva mientras nos ve pasar como al río que somos.

La otra es una mujer joven, con la edad escondida entre la pobreza y el trabajo. En las vacaciones van con ella dos niñas. En la época de escuela sólo la menor que ha crecido ante mis ojos, jugando en la banqueta, llorando sus catarros, corriendo de un lado a otro, buscando el delantal de su madre cuando la cree perdida en la bocacalle.

—¿En dónde andaba usted que la busqué en la Navidad y no estuvo? —le pregunté ayer.

—Es que mi esposo compró foco y pusimos un puesto para vender —dijo dando por un hecho que yo sé que los focos son las series para los árboles de Navidad y que el puesto es una de esas casualidades hechas hábito que hace que en esta ciudad cualquiera monte un puesto de temporada y venda focos lo mismo que durante el año vende chicles.

—¿Y cómo les fue? —pregunto—.

—Muy bien. Las niñas anduvieron ahí contentas —dice como si las hubiera llevado de vacaciones.

—Me alegro —le respondo—. —Mañana aquí estamos —asegura. Cuando se prende la luz verde está dicho que al otro día llevaré el aguinaldo que no les di antes. Y está dicha su lección, su canto, su tímida pero contumaz alegría.   n

México: Autobiografía precoz

MÉXICO: AUTOBIOGRAFÍA PRECOZ

Una de las mejores cosas con que dio la carrera en subibaja del poeta ruso Evgueni Evtushenko, fue sin duda el título de sus memorias juveniles: Autobiografía precoz. No hemos encontrado mejor título para el centro del número que el lector tiene entre las manos, centro dedicado a la revisión de la economía, la política, la sociedad y la cultura en México durante los últimos 25 años. Es en efecto mucho tiempo como para no considerar necesaria y urgente tal revisión; es en efecto muy pronto como para saber con exactitud dónde pondrán a México los cambios de los últimos 25 años, los mismos años que nuestra revista sigue cumpliendo en este 2003.

Nuestra portada y algunas ilustraciones de páginas interiores —que parodian o ponen al día obras clásicas de la pintura mexicana— son elocuentes en sus retratos híbridos de pasado y presente, reflejos atávicos y modernizaciones “salvajes”, fundación nacional y desdecidoras bullangas globales. Y lo mismo que en nuestro número anterior, hemos acompañado esta autobiografía precoz, de un viejo país novato, con varias portadas de Nexos alusivas a cada tema a lo largo de 25 años. A su modo son también las visitables estaciones de otra autobiografía precoz.   n

Balthus-GC

BALTHUS-GC

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Balthus nunca se desprendió de la habitación de su infancia en la que compartía luces y sombras con Baline, su hermano Pierre y su gato Mitsou.

Casualmente me entero de que Thérése estuvo en enero de 2002 en Venecia, en el Palazzo Grassi. Y me pongo a recordar el curo y el palazzo tantas veces visito. Logro incluso subir unos cuantos escalones por aquella escalera, pero pronto me doy cuenta de que estoy avanzando en el tiempo y hacia atrás…

Vi Thérése por primera vez en París. La volví a encontrar en Nueva York. Luego fue en la retrospectiva del Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid, en 1966. Y en ese momento entendí la respuesta que Balthus le dio a John Russel, cuando organizaba una muestra suya en la Tate Gallery de Londres, y le solicitaba una reseña biográfica. El pintor contestó: “Nada se sabe de la vida de Balthus. Y ahora, miremos sus curos. Firmo: B”.

…Y al subir las escaleras del Palazzo Grassi aparece, en primer término, un delicadísimo retrato que le hace Baline Klossowski de Rola. En ese momento, Baline está separa y tiene dos hijos: Pierre y Balthus.

Rilke siente devoción por Balthus, en el que vierte una gran sensibilidad y una genialidad excepcional. Entre ambos se establece un fortísimo vínculo que durará siempre. Será también el poeta quien lo ayude a publicar sus primeros diseños de Mitsou, la historia en imágenes de un niño con su gato que iría precedida de un precioso prólogo de Rilke.

El felino está presente en toda la trayectoria artística de Balthus adquiriendo diversos significados simbólicos según el momento personal del pintor. Cuando realiza su autorretrato, Le roí de chats (1935), trabaja también en las ilustraciones de la novela gótica Cumbres borrascosas. Con mira atormenta y porte de dandy, Balthus se identifica con esa misteriosa criatura que “puede ser cruel pero nunca vulgar”.

Más delante, su vida se llena de luz y, en Le chat au mirroir I (1977- 1980), una niña sonriente parece conjurar el malditismo del animal al tenderle un espejo que le permite contemplar su auténtica faz.

En los últimos años aparece siempre acompaño por su mujer Setsuko y de un aristocrático dálmata que vaga entre sus óleos y pinceles. Pero su gato no lo abandona. En una de las últimas fotos que le hizo Henry Cartier- Bresson en 1990, Balthus lo acaricia con una profunda sensación de paz en el rostro.

…Una estancia del Palazzo de Grassi se llena con luz de La me (1933-1935). ¿O estoy en París o estoy en Nueva York o estoy en Madrid…? Se irradia una atmósfera mística con la figura que atraviesa el curo vestida de blanco. Su rostro aparece tapo por la mera que carga sobre el hombro. En esta pintura simbólica, el personaje central guarda paralelismos con el que ejecuta la Ascensión de la cruz de Piero della Francesca. Su significado persiste hermético para los críticos.

Toda la vida de Balthus se encamina a la búsqueda de la pureza original. En su composición de La montagne (1937) también utiliza el triángulo áureo. En ella, las manos de Antoinette de Watteville se alzan hacia el cielo representando la necesidad de ascensión como vía para salir de la oscuridad primitiva.

Balthus nunca se desprendió de la habitación de su infancia en la que compartía luces y sombras con Baline, su hermano Pierre y su gato Mitsou. Por primera vez, los visillos comenzaron a correrse el La chambre (1952-1954) y un año después las ramas de los árboles ya entran en el cuarto (Jeune filie á la fenetré). El pintor se prepara para un cambio trascendental en su vida. Abierta la ventana no quedaba más que viajar a Japón enviado por André Malraux para encontrar a la pintora que allí lo esperaba: Setsuko Ideta.

Ella se reúne con Balthus en Roma y se convierte en su musa. Viven en Villa Medici, donde él dirige la Academia de Bellas Artes, y cenan con Visconti y Fellini, Allí pinta La chambre turque 1963-1966) con una bellísima Setsuko reclina como la Venus del Espejo.

Jeune filie á la mandoline (2000- 2001) ocupa a Balthus hasta sus últimas horas. Una figura angelical yace en la cama mientras le acompañan un perro y un gato. El dálmata mira la senda que recorre la montaña a través de la ventana. Como contrapunto, el gato, ajeno al exterior, se reclina en su silla en la oscuridad de la habitación.

…Al salir del Palazzo, mientras espero el vaporetto. ¿O fue un taxi o fue el metro…?, leo las palabras de Setsuko en un periódico: “En el último día de Balthus una luz se alejó detrás de las montañas…”.

…Y dejo Venecia mientras el tibio viento de Central Park bate los árboles Bois de Boulogne y el último rayo de sol cae sobre el paseo de Recoletos..     n

Pregón de Sevilla

Yo fui un niño sin Fiesta. Creciendo en Santiago de Chile, Buenos Aires y la capital norteamericana, Washington, todas ellas ciudades sin corridas de toros, hube de esperar a mi regreso a México, siguiendo las peregrinaciones diplomáticas de mis padres, para ver mi primer espectáculo taurino.

Mi suerte no pudo ser mayor. Una tarde del año de 1945, me estrené como taurómaco principiante, villamelón certificado y al instante entusiasta aficionado, viendo torear en la Plaza El Toreo a Manuel Rodríguez “Manolete”.

No conocía aún los nombres propios de cada instante de una faena magistral.

Más si alguno de mis sentidos artísticos aún dormitaba, esa tarde asoleada en la ciudad de México despertó en mí un tropel de emociones estéticas que iban del asombro a la admiración, a la duda misma que semejante entusiasmo me procuraba, al irresistible clamor de la multitud que con un solo, enorme alarido, tan vasto como el océano mismo que separa y une a España y México, coronó la faena de Manolete, el arte del torero y el coraje de su contrincante el toro llamado “El Gitano”.

Los adjetivos, igual que el aplauso, acudieron pisándose los talones a mi mente y a mis labios.

Fuentes

Manuel Rodríguez Manolete, se ha dicho tanto, era una figura que El Greco había dejado escapar de un cuadro de santo o guerrero. La larga y esbelta figura mística tenía la cabeza en un cielo reservado, acaso, para los grandes maestros de la tauromaquia, pero esa misma figura espiritual poseía un atractivo físico, sensual, de masculinidad, si no agresiva, ciertamente agradecida de sus atributos, subrayados por la ceñida elegancia del traje de luces. Mística y erótica a la vez, la figura de Manolete tenía, sin embargo, o asimismo, los pies bien plantados en la tierra. Si su figura parecía imaginada en el cielo tormentoso de El Greco, sus pies decían que no había otro cielo que éste, la tierra, la tierra de arena y polvo del genio popular de España, la tierra pródiga de la única gran cultura europea cristiana, árabe y judía, el redondel privilegiado de los tres monoteísmos que como el rey San Fernando en su tumba sevillana, reza para siempre en árabe y latín, castellano y hebreo. Manolete de pie en el mismo campo del Quijote, el redondel de La Mancha, el territorio manchego y manchado en el cual no es posible distinguir la sangre derramada de la sangre renovada.

Vida y muerte, eso vi aquella tarde de mi primera corrida viendo lidiar a Manolete en México.

Vi la vida y la muerte del matador y del toro.

Vi el emparejamiento de dos heroicidades: la del diestro y la de su contrincante animal.

Vi el símbolo de la interminable contienda entre la naturaleza que quisiera abrazarnos hasta sofocarnos con su gigantesco amor materno y la voluntad humana de establecer el espacio —la arena— separados de la ciudad —la polis, la civitas— al abrigo de la pura fatalidad natural.

Vi la escenificación de la angustiosa condición humana ante la naturaleza: ser absorbidos por ella o dominarla. Y dominarla de qué manera, explotándola destructivamente o respetándola, sabiendo, como sabía esa tarde en México Manolete, que él iba a morir y el toro iba a sobrevivir… no como un presagio de la tragedia de Linares apenas dos años más tarde, sino en la gran corrida universal que simboliza la fiesta taurina. El torero, al cabo, es el que perece y el toro, al cabo, es el que sobrevive…

Viendo lidiar a Manolete en México, aquel lejano domingo de hace ya más de medio siglo, me di cuenta de la más profunda relación del alma hispánica y el alma mexicana.

Mexicanos y españoles tenemos el privilegio, pero también la carga, de entender que la muerte es vida. O sea: todo es vida, incluyendo a la muerte, que es parte esencial de la vida.

No es nuestro el pudibundo eufemismo norteamericano “he passed away”, pasó para no decir murió. Con razón exclamó un día Cagancho: “¿Hablar inglés? ¡Ni lo mande Dió!”. Con mejor razón irónica, reza la inscripción de una tumba en el Cementerio Brompton de Londres: “Aquí yace Lady Wilson. Pasó de la ilusión de la realidad”.

Aunque tampoco es nuestra cierta serena racionalidad francesa que dictamina: “Partir es morir un poco”, a fin de no determinar que: “Morir es partir un poco”.

No: mexicano es el poema náhuatl que nos dice:

¿Es verdad, es verdad que se vive en la tierra?
No para siempre aquí: somos un momento en la tierra…
¿Es que en vano venimos, pasamos por la tierra?
Cese por un momento la amargura,
¡Aun por un momento disipemos la pena!
Al menos cantos, al menos flores:
Esfuércese en querer mi corazón.

No: español es el soneto inmortal de Quevedo que nos dice:

serán ceniza, mas tendrán sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado

al cual hace eco el verbo novohispano de Sor Juana Inés de la Cruz:

¿Quién pensara que cómplice en tu muerte
fuera, por no callar, tu propia vida?

y si suena a desafío el corrido revolucionario mexicano de La Valentina,

Si me han de matar mañana,
que me maten de una vez,

esa vez, en la suprema elegía taurina de García Lorca, es un largo sueño sin fin:

 Por las gradas sube Ignacio
 con toda su muerte a cuestas…
 Y su sangre ya viene cantando:
 ¡Oh blanco muro de España!
 ¡Oh negro toro de pena!
 ¡Oh sangre dura de Ignacio!
 ¡Oh ruiseñor de sus venas!

El blanco muro de España se fundió en México con el gran muro azteca de las calaveras, el Tzompantli, y se mestizaron dos universos sacrificiales —ambos rituales, pero uno sacrificio humano para aplacar a los dioses y renovar con sangre el renacimiento del día; el otro sacrificio simbólico para representar y salvar del olvido o la indiferencia la tensión entre hombre y natura—. Ya el 13 de agosto de 1529, ocho años después de consumada la Conquista, y en el día de San Hipólito, se establece oficialmente la fiesta de toros en la ciudad de México, confirmando la aparición natural de la corrida descrita por Hernán Cortés en la Quinta Carta de Relación al rey Don Carlos: cuando “otro día, que fue de San Juan [llegó un mensajero], de vuestra sacra majestad, estando yo corriendo ciertos toros y en regocijo de canas y otras fiestas…”.

Esos “toros ciertos” a los que se refiere Cortés los trajo a México don Alonso García Bravo. Dos hechos notables se le deben a este alarife que llegó a México en expedición mandada por Francisco de Garay, a la sazón, gobernador de la entonces española isla de Jamaica.

Sobre las ruinas de la capital azteca, Tenochtitlan, García Bravo trazó la ciudad hispano-mexicana, la ciudad de México y realizó, igualmente, el trazo urbano de la espléndida ciudad de Oaxaca.

Pero además de ser el primer urbanista de la Nueva España, fue García Bravo quien trajo los primeros toros bravos a México, toros de Navarra pasando por Cuba y apacentados en la ganadería de Atenco, cercana a la capital mexicana y la más vieja del continente americano.

La unción del primer virrey de México, don Antonio de Mendoza, en 1535, fue ocasión para lidiar más de cien toros y el virrey Luis de Velasco gustaba de lancear y dar capotazos en corridas de hasta ochenta toros. Nota bene: en esos siglos del Virreinato de la Nueva España, no se mataba a los toros.

Se suceden en la ciudad virreinal mexicana los cosos taurinos: plaza del Marqués en el siglo XVI, seguida de las plazas de El Volador, San Diego, San Pablo y las Vizcaínas, culminando con la de Chapultepec en 1713 e iniciando, en 1769, la primera temporada taurina formal y periódica, no exenta de accidentes.

Tomás Venegas “El Gachupín Toreador” y Pedro Montero, encabezaban la cuadrilla de a pie; Felipe Hernández “El Cuate” la de a caballo. Montero y su garrochero “El Capuchino” resultaron heridos, “El Capuchino” murió y su viuda recibió 24 pesos siendo el precio del toro que lo mató de diez pesos. Hablo del siglo XVIII preinflacionario.

Después de la Independencia en el siglo XIX hay un estira y afloja de amigos y enemigos de la tauromaquia, conflicto disipado por la aparición de dos grandes diestros. El español Bernardo Gaviño, maestro iniciático de la tauromaquia moderna en mi país, y Ponciano Díaz, el primer gran matador mexicano, protegido de Gaviño. celebrado a plaza llena en todo México con el grito de ¡Ora Ponciano!, grito de alegría, ánimo, expectación y victoria, que lo llevó a recibir la alternativa madrileña de manos de Frascuelo en julio de 1888 y un año más tarde, la alternativa de la muerte que también le dijo al oído, “Ora Ponciano…”. Dejó detrás un redondel alfombrado de rosas y sombreros y un dato histórico: azuzado por el gentío en la plaza de Orizaba, en vez de recibir avanzó a matar, se perfiló en corto y hundió la espada hasta el puño en el hoyo de las agujas: es el primer volapié conocido en la historia de México, ejecutado por un diestro, cosa rara, con gran bigote prezapatista.

“Ora Ponciano” y luego, ya en rápida y fabulosa sucesión, y a pesar de los paréntesis revolucionarios entre 1910 y 1920, primero el reino de Rodolfo Gaona, el “Califa de León”, el “Petronio del Toreo”, presentado el 1 de octubre de 1905 en la plaza El Toreo de México y filmado ya, a sus morenos veintidós años, desplegando el lance que lleva su nombre, la gaonera, que es cuando el toro embiste al engaño y el torero mantiene un lado del capote sujeto con una mano y el otro extremo lo detiene con la otra mano, cuyo brazo extiende al embestir el toro para darle salida por ese lado, cargando la suerte.

La gaonera, identificada para siempre con el “Califa de León”, es lo que en España, me ilustra mi gran amigo, gran escritor y antiguo juez de plaza de la Monumental México, don Ignacio Solares, se llama el lance delantero que se ejecuta con el capote cogido por detrás. España conoce a Gaona el 31 de mayo de 1908 en la plaza de Tetuán de las Victorias, recibiendo la alternativa de Manuel Lara “Jerezano” y compartiendo cartel, en numerosas ocasiones, con Belmonte, “El Gallo” y Sánchez Mejías. Y su faena clásica se la sacó en la Maestranza a “Desesperado” en 1912.

No sé si habrá sido en una corrida de El Toreo en 1921 y con Gaona en la cumbre, cuando se sentaron lado a lado el presidente de México, el general Álvaro Obregón, y el ilustre escritor gallego que nos visitaba, don Ramón del Valle Inclán. Uno y otro eran mancos. De don Ramón, se cuentan —y él se encargó de abundar, con la ayuda de Ramón Gómez de la Serna— tantas fábulas sobre la pérdida del brazo, que juntas todas forman una novela entre macabra y picaresca: que si don Ramón se cortó el brazo porque no había carne para el puchero; que si lo perdió tratando de forzar la recámara de una mujer esquiva; que si él mismo se mutiló para distraer a un león que le perseguía; que si se lo arrancó el bandido mexicano Quirico en un campo desolado. Lo más probable es que lo perdió en una riña en el Café de la Montaña, entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo, al contestar don Manuel Bueno a una provocación de Valle Inclán con bastón con barra de hierro, incrustando en la muñeca del escritor el gemelo del puño, gangrenado y amputado en consecuencia.

El general Obregón perdió el brazo en la batalla de Celaya del año 1915, donde derrotó a Pancho Villa y sus famosos “Dorados”. Quedó el campo regado de cadáveres y de miembros, entre ellos una extremidad superior de Obregón, hoy conservada en un monumento al sur de la ciudad de México.

—¿Cómo recuperó usted el brazo perdido en la batalla, mi general? —se le preguntó a Obregón.

—Muy fácil —contestó el ingenioso y cínico revolucionario—. Eché una moneda de oro al aire y mi brazo perdido salió volando a cogerla.

De hecho, existe una fotografía en que los dos mancos, Obregón y Valle Inclán, aplauden juntos la faena de Gaona, cada uno con la mano que le quedaba al otro…

Se suceden después de Gaona los grandes diestros mexicanos en España. Destaco a tres de ellos:

Fermín Espinosa, “Armillita”, famoso por su faena en la Maestranza una tarde de 1945, cuando en vez de matar cuanto antes a un toro manso, le brindó la muerte a Belmonte y procedió a la que es considerada una de las más perfectas y osadas faenas de dominio, ganándose las dos orejas, el rabo y la salida en hombros.

Natural de Saltillo en el norte de México, Armillita mató su primer becerro a los dieciséis años de edad, se retiró a los cuarenta y cuatro y llegó a filmar las faenas atribuidas a Tyrone Power en la segunda versión fílmica de Sangre y arena de Blasco Ibáñez. Tyrone sabía seducir, como Juan Gallardo, a Doña Sol, Rita Hayworth en aquella ocasión y espléndida belleza de crepúsculo con cuerpo de Venus Pandemus, origen de todas las sensualidades, la Venus bailaora, como la evocó García Lorca, paralizada por la luna.

Si esto, envidiablemente, le tocaba a Tyrone, Armillita tenía, en cambio, que mirar en los ojos del toro su propia muerte, y lo hacía con el desnudo estoicismo coahuilense de los desiertos mexicanos, pues esto era el redondel para Fermín Espinosa: un llano de arena y sangre encajonado entre sierras perdidas.

Silverio Pérez, “El Faraón de Texcoco”, era un hombre de sonrisa alegre y mirada triste. Torero torerazo, lo llamó Agustín Lara en un célebre pasodoble. Muchas veces comí con él. Era hombre de pocas palabras. Su vida cotidiana parecía un mero reposo entre corridas. Y en cada una de ellas, Silverio hacía un milagro. Se presentaba con una indolencia que era la máscara más frágil de su temple taurino. Era como si Silverio necesitara cobijar bajo esa aparente indolencia su decisión, crecida con cada momento de la faena, de salir a poder con el toro. Luego venía el reposo del altiplano de México, allí donde este dulce Anteo azteca hundía las raíces en la tierra natal. No nació el Hércules que lo arrancara de ese suelo nutricio.

Y Carlos Arruza. Ligazón. Temple. Entrega. Unidad de estilo. Nada le faltaba a este mexicano, chilango de la mera capital, pero sobrino del enorme poeta español del exilio León Felipe. Acaso el poeta y el torero, el tío y el sobrino, podían reunirse en la pregunta de León Felipe, “¿Quién soy yo?” y contestar:

¿Has entendido ya
que Yo eres Tú también?

Y ambos, León Felipe y Carlos Arruza, pudieron también decir juntos, como le dice el poeta a la vida, como le dice el matador a la muerte:

Dejadme,
Ya vendrá un viento fuerte
           que me lleve a
Mi sitio.

Fuentes

Como Arruza, con quien tantas veces alternó, Manolete —para cerrar el círculo de mi redondel personal— murió demasiado pronto. Ambos supieron la verdad que dijo El Gallo: “Cada torero debe ir a la plaza a decir su misterio”. Yo quisiera centrar el de Manuel Rodríguez Manolete, su figura estatuaria, su postura invariable, su manera incomparable de citar al natural y ligar los pases, los redondos, las manoletinas, la virtuosidad del estoque…

Pero sobre todo, la heterodoxia o mejor dicho, la herejía de sus faenas.

—Tienes que quebrar la arrancada del toro, Manuel.

—Yo no me tomo ventajas con el toro, madre.

—No son ventajas, recoño, es llevar al toro adonde no quiere y tú puedes lidiarlo mejor.

—Yo no me muevo. Que el toro cargue.

—¿Qué quieres del toreo, hijo?

—Que a todos se les pare el corazón cuando me vean torear.

Y a todos se nos paraba, en las plazas de México. Manolete no era el heterodoxo, era el hereje y hereje significa escoger, el que escoge. ¿Qué escogió Manolete negándose a cargar la suerte? Mirar al toro para mostrarle su muerte. Darle al toro la oportunidad de matar al torero para que ambos —lidiador y lidiado— supiesen que cada uno tenía el rostro de la muerte, que la pelea era entre iguales…

Porque el toreo no es lucha de clases, sino lidia de castas. Acogidos mi esposa y yo a la incomparable hospitalidad de Soledad Becerril y Rafael Atienza en la maravillosa Ronda donde el poeta Rainer María Rilke dijo que allí, en Ronda, había llegado al final de su propia mirada, pues, después de Ronda, “¿qué permanece sino la permanencia misma?”, acaso Rilke pudo convocar, en la Real Maestranza de Ronda, el espíritu fundador de Pedro Romero, matador de casi seis mil toros bravos, que nunca derramó su sangre en la arena y que murió a los ochenta años sin una sola cicatriz en el cuerpo, habiendo establecido las reglas clásicas de su arte.

Fuentes

¿Hay retrato más noble de un matador que el de Pedro Romero por Goya que se exhibe en el Museo Kimbell de Fort Worth? ¿Hay rostro de torero que más claramente nos diga: “Qué duro es ser rival de uno mismo”? ¿Hay perfil que, como el de Pedro Romero de Ronda, con más certeza le dé la razón a El Gallo: “Cada torero debe ir a la plaza a decir su misterio”?

Lidia de castas: cae la noche sobre los inmensos campos de girasoles, imanes del cielo en la tierra andaluza. Se apagan las luces y cuando los girasoles se convierten en giralunas, de noche salen los muchachillos a ciegas, a torear los becerros cuerpo a cuerpo, embarrados al cuerpo del toro, sintiendo el pálpito velludo del animal, el vapor de sus belfos cercanos, el sudor negro de su piel, aprendiendo a torear con miedo, porque sin él no hay buen torero, y con gusto, por lo mismo…

El toro y el torero serán siempre la primera noche de hombre.

El torero y el toro serán siempre el primer sol de la muerte.

El domingo de resurrección culmina la Semana Santa sevillana.

Un pueblo entero ha salido —pueblo de innata aristocracia, de auténtica nobleza popular— a formar el coro de las procesiones, remontándonos a la más remota antigüedad de las fiestas de guardar, los días propiciatorios, las representaciones simbólicas de la vida.

“Fiesta multicolor”, la llamó Ortega y Gasset, fiesta de las generaciones de Sevilla, fiesta de los gremios, cargando descalzos, con ligereza mística, a la Virgen coronada por una tiara solar de rayos como navajas.

Como los coros de las más antiguas ceremonias del Mediterráneo, éstos de Sevilla lo forman ciudadanos que durante todo el año se preparan para desempeñar un papel a la vez íntimo y colectivo.

Íntimo, porque exige una compenetración personal con las palabras y las acciones de la escena.

Colectivo, porque saben que se sitúan en la esfera de la más alta representación de la vida de la ciudad.

Si la tauromaquia es fiesta y es rito, no debe olvidar que sus raíces más antiguas se hunden en la tierra trágica de una humanidad que se sabe a la vez heroica y frágil, que abandona su solar nativo para vivir las grandes epopeyas de la historia y regresa a reconocer que, heroico, el ser humano también es falible. La tragedia clásica purga la falta personal mediante la catarsis de la representación pública. La catarsis nos libera de las faltas individuales mediante la reintegración a la comunidad dañada por nuestra culpa pero restaurada por el padecer mismo que es condición de la moral y la razón recobradas.

El conflicto trágico —nos advierte la gran pensadora andaluza María Zambrano— nace de una destrucción rescatada por algo que la sobrepasa. Fiesta, rito, representación: la tauromaquia pertenece a ese nivel del ceremonial antiguo en el que las faltas de la humanidad —individuo y sociedad— son salvadas por la representación ritual, el acto que es respuesta humana a la fuerza aplastante de la naturaleza, del entorno, del azar. Esta es la hora de la verdad. Para sobrevivir, herimos a la naturaleza. Pero la naturaleza, a su vez, nos acecha y si es tierra pródiga, también es poder envolvente que nos puede sofocar con un abrazo excesivamente maternal y a veces hasta mortal. La dominamos a veces, pero otras, ella nos avasalla brutalmente.

El rito taurino es la más exacta representación del equilibrio posible entre un eterno dilema:

¿Separarnos de la naturaleza para ser hombres y mujeres civiles —civilizados— pero ayunos de la savia terrenal?

¿O sucumbir a un abrazo de la naturaleza que, convirtiéndonos en naturaleza, nos prive de nuestra singularidad humana?

El rito taurino es una de las grandes respuestas a este dilema: abandonar a la naturaleza o someternos a ella. Separarnos de ella o ser devorados por ella.

¿Qué es un rito, al fin y al cabo, sino respuesta humana a las fuerzas aplastantes del cosmos, aplazamiento, conjuro, evocación, llamado?

¿Qué es —específicamente— el rito taurino, sino una manera de devolverle a la naturaleza, porque para ser humanos nos hemos separado de ella, algo que le es propio a la naturaleza misma: la ofrenda de una ceremonia que reconoce el orgullo y la fuerza del entorno físico que, a la vez, nos alienta y amenaza?

Pues, ¿no dota la fiesta brava de orgullo a la naturaleza, reconociendo su valor y su fuerza, exponiendo al hombre al sacrificio a cambio del sacrificio correspondiente de la naturaleza, pero dotando a ambos —toro y torero— de orgullo —no de la hubris que nos ciega ante los límites del ser, sino el orgullo de saberse, cada uno, hombre y naturaleza, toro y torero, en su justo lugar como parte del entorno persona-mundo?

Ofrenda y rito: se trata de términos inseparables.

La fiesta brava es un acto hermanado de saber y de fe. La sociedad separa el conocimiento y la creencia. El rito taurino los reúne: en la fiesta, se sabe porque se cree y se cree porque se sabe.

¿Qué se sabe, qué se cree?

Sencillamente, que se puede perder ganando y ganar perdiendo. La tauromaquia no se engaña ni nos engaña. Es cierto: cada individuo y cada sociedad poseemos un excedente de energía y a menudo no sabemos qué hacer con él. Podemos desperdiciarlo en el daño: la guerra y el crimen. Pero podemos aprovecharlo en el beneficio: el arte, el buen gobierno, la solidaridad social, el valor personal.

La fiesta brava es, a un tiempo, la superación y la representación de esa energía vital excedente. La demuestra en uno de sus extremos: es un arte ritual, no exento de violencia pero que al representarla ritualmente, no sólo la salva de una actualización antisocial, sino que la confirma como renovación de un pacto: la renovación de la vida a pesar de la muerte.

Llego a Sevilla y ando buscando las voces que se creen perdidas. Las busco en las floridas calles con su mezcla insólita de cera y de flores. Las busco en las voces de los balcones, que por muy alto que estén, surgen de los pasillos secretos de Sevilla porque son hijas de la tierra. Las busco en el silencio mismo de las cofradías guiadas por el bastón de plata. Y de entre todas

—silencio de los pies desnudos, índice erguido de la Giralda, y en palabras de Alfonso Reyes, tibieza de las Sierpes, azulejos de las espadañas, palomas heridas en el seno de cada Virgen—, de entre todas vuelven a surgir las voces que creíamos perdidas, las inmortales voces de la Semana Santa sevillana, la voz de El Centeno como alma temblorosa y la voz del cantaor Cipriano, de quien Sevilla dirá siempre:

—¡ Qué pena tenía aquel hombre, cantando!
“En la calle ‘e la Amargura.
Cristo a su madre encontró:
¡no se pudieron hablá
de sentimiento y doló!”.

Hoy, aquí, hay reencuentro y alegría.

Señoras y señores:

Agradezco muy cumplidamente a Don Manuel Roca de Tovores, Conde de Luna, a don Antonio Sánchez Moliní de la Lastra, a mi viejo y queridísimo amigo Rafael Atienza Medina, Marqués de Salvatierra, y a Hugh Thomas, Lord Thomas of Swynnerton, muy admirado y también muy querido amigo tan cercano a mi corazón y al de mi esposa Silvia, por su generosa presentación. Me unen a Hugh Thomas tres tierras, tres devociones, tres historias: las de México, Inglaterra y España.

Aquí nos damos todos las manos, en esta Sevilla donde, como en parte alguna, conviven las Tres Hermanas

—Nacimiento, Amor y Muerte— y en el teatro que lleva el nombre del Fénix de los Ingenios. Lope de Vega, y que cada Semana Mayor repite, Lope, su ruego:

Tomad en albricias este blanco toro
Que a las primeras hierbas cumple un año.

Albricias, pues, a todos, en espera del año que viene y el pregón que se hará eco del mío y de cuantos le precedieron. n

(Núm. 305, mayo de 2003)

La pasión por la cocina

Soy un cocinero tardío. En mi niñez, el habitual proteccionismo patricio cercaba las actividades en la caseta de la votación, el lecho marital y el reclinatorio. No atiné a darme cuenta de un cuarto lugar secreto —secreto, al menos, para los muchachos— en el hogar de la clase media inglesa: la cocina. De ahí emergían las comidas y emergía mi madre —comidas basadas con frecuencia en lo que producía el jardín de mi padre— pero ni mi padre, ni mi hermano ni yo investigábamos, o no se nos alentaba a investigar, sobre el proceso de transformación. Nadie iba más allá de decir que cocinar era afeminado, era tan sólo algo no conveniente para los varones de la casa. En las mañanas de escuela mi padre preparaba el desayuno —recalentaba la avena con jarabe de maple, tocino y tostadas— mientras que sus hijos se encargaban de limpiar los zapatos y de labores relacionadas con la estufa de la cocina: rastrillar las cenizas, rellenarla de combustible.

Barnes

Pero la capacidad masculina estaba genéticamente limitada a tal amateurismo matutino, como quedó en claro una vez que mi madre no estuvo. Mi padre preparó el almuerzo para mi lonchera y, desentendiéndose de la teoría del sándwich, de manera amorosa insertó algunas cosas extra que él sabía me gustaban de manera especial. Pocas horas después, en un tren de la Southern Region que iba rumbo a un campo deportivo de las afueras, abrí mi lonchera enfrente de compañeros jugadores de rugby. Mis sándwiches estaban aguados, hechos pedazos, y pintados de un rojo encendido por las paternales remolachas; se abochornaron por mí como yo me abochorné por su inventor.

Y lo mismo que con el sexo, la política o la religión: así con la comida. Para el tiempo en que comencé a averiguarlo por mí mismo, ya era muy tarde como para preguntarles a mis padres. Ellos no habían logrado instruirme, y ahora yo los castigaría no preguntándoles. Yo estaba a la mitad de mis veintes y aprendiendo a tocar por nota: algo de la comida que confeccioné en ese tiempo era criminal. En lo alto de mi escala estaban las chuletas de cerdo, los chícharos y las papas. Los chícharos eran congelados, por supuesto; las papas eran de lata, ya peladas y venían en una salmuera dulzona que me gustaba beber; las chuletas de cerdo no se parecían nada a cualquier otra cosa que después pudiera encontrarse bajo ese nombre. Sin hueso, ya cortadas, y de un rosa luminoso, se distinguían por su capacidad para conservar un matiz fluorescente sin importar durante cuánto tiempo las cocinaras. Esto me daba mucha libertad como chef: no estaba crudo a menos que estuviera absolutamente frío, o no estaba cocinado de más a menos de que estuviera quemado y negro como el carbón. La mantequilla se prodigaba sobre los chícharos, las papas y, casi siempre, también sobre las chuletas.

Los factores clave que gobernaban entonces mi “cocina” eran la pobreza, la falta de habilidad y el conservadurismo gastronómico. Otros pudieron haber vivido de sobrantes como las vísceras; la lengua en lata era lo más cercano que yo llegaría al respecto, aunque el corned beef contenía sin duda partes del cuerpo que habrían sido desagradables en su condición original. Una materia prima era el pecho de cordero: fácil de asar, muy fácil de ver cuándo ya estaba cocido, lo suficientemente grande como para rendir tres comidas sucesivas por algo así como un chelín. Luego me gradué en lomo de cordero. Yo lo acompañaba de un enorme pie de poro, zanahoria y papa sacado de una receta del London Evening Standard. La salsa de queso del pie tenía siempre un fuerte sabor a harina, aunque este olor disminuía gradualmente con el diario recalentado. Sólo hasta después entendí por qué.

Mi repertorio se amplió. La carne y los vegetales fueron las cosas principales que llegarían a ser, si no dominadas a la perfección, por lo menos controlables. Luego vinieron los pudines y las sopas de todo tipo; después —mucho después— los gratinados, la pasta, el risotto, los suflés. El pescado siempre fue un problema, y en gran medida lo sigue siendo. Para empezar: comprarlo. Ya sé que se supone que uno mirará de cerca en los ojos de la cosa para checar su frescura, pero una vez sobre la plancha a mí todos me parecen igual de muertos. ¿Y qué tal si además uno no puede ver todo el cuerpo? “Deme dos filetes de un mero con ojos brillantes, por favor”: no es una frase que llegue con facilidad a los labios.

Cuando había visitas en casa, empezó a salir a la luz el hecho de que yo cocinaba. Mi padre observaba este desarrollo con la sospecha benigna, liberal que previamente había dejado ver cuando me sorprendió leyendo el Manifiesto comunista, o cuando lo obligué a escuchar los cuartetos de cuerda de Bartok. Su actitud parecía decir: si esto se pone tan mal como parece, entonces es probable que yo pueda manejarlo. Mi madre estaba más feliz; al no tener hijas, por lo menos tenía un hijo que apreciaba sus años de galeote en la cocina. No que nos sentáramos por ahí a intercambiar recetas; pero ella se daba cuenta del ojo codicioso que yo ahora le echaba a su antiguo ejemplar de Mrs. Beeton. Mi hermano, escudado por su vida universitaria y marital. No cocinó nada que fuera más allá de un huevo frito hasta sus cincuentas.

El resultado de todo esto —y yo culpo con dureza al “todo esto” en vez de culparme a mí mismo— es que mientras que ahora cocino con pasión y placer, lo hago sin un sentido de libertad o imaginación. Necesito una lista exacta de compras y un libro de cocina de familia. El ideal de comprar libremente en el mercado —ir valseando por ahí con una canasta de mimbre sobre el brazo, comprar relajadamente lo mejor que el día ofrezca, y luego convertir esto en algo que pudo o no pudo haberse hecho antes— siempre me rebasará.

En la cocina soy un pedante ansioso. La única libertad que me tomo con una receta es aumentar la cantidad de un ingrediente (la remolacha, por ejemplo) que me gusta de modo particular. Que éste no es un precepto infalible fue confirmado por un platillo épicamente asqueroso que hice alguna vez, y que incluía macarela, martini y migas de pan: los invitados estaban más bebidos que saciados.

Soy también reacio a probar las cosas; para esto dispongo siempre de algunas excusas. Por ejemplo: las cosas no pueden saber igual ahora, en la tarde, con el regusto de un té dulce en la boca, a cómo deben saber y sabrán esta noche, luego de un gin and tonic que levante la moral. Lo que esto quiere decir es: me da miedo descubrir lo distinto que en esta etapa sabe la comida a como sabrá realmente al final. La otra excusa confiable es decirte a ti mismo que no tiene caso probar sabores porque uno está siguiendo la receta al pie de la letra y dado que: a) la receta no insiste en que pruebes el sabor en este punto, y b) está hecha por una autoridad respetada, entonces ¿en qué podría cambiar las cosas el hecho de probar o no probar los sabores?

Esto es algo, me doy cuenta, menos que maduro. Así lo son también mis arrebatos infantiles de volatilidad chefista. Si ustedes estuvieran en mi cocina, y de manera ociosa metieran el dedo en algo y dijeran que sabe bien, me jorobarían porque lo que yo estaría buscando sería sorprenderlos después con ese sabor ya en el plato. Y si, por otra parte, ustedes me sugirieran de modo amable, generoso y civilizado que un toque más de nuez moscada mejoraría el guiso, o que la cosa estaría mejor echándole menos salsa en lo sucesivo, yo vería en esto una grosera intromisión, una crítica totalmente inmerecida, y muy probablemente les daría en la cabeza con el voluminoso recetario de Gordon R.

Oh sí, y necesito que me elogien. Todos los cocineros tardíos lo necesitan. Si tan sólo mi madre me hubiera enseñado a cocer y a hervir en todos los años anteriores, yo no estaría tan necesitado ahora. Mis primeras palabras cuando la puerta se cierra finalmente tras el último invitado a la cena son normalmente con la fórmula: “Cocí demasiado la carne”. Lo que quiero decir con esto es: “No la cocí de más, ¿verdad que no?, y si la cocí de más, no importó, ¿o sí?”. Con frecuencia obtengo la contradicción que tanto anhelo; ocasionalmente es también un recuerdo de la regla hogareña según la cual después de los 25 años de edad uno no tiene permitido culpar a los padres de nada (ah, de modo que fue mi culpa haber cocido de más la carne…).

Felizmente, los cocineros varones de mi generación tendemos a recibir más y mayores elogios de los que merecemos, hablando objetivamente. Subjetivamente, sin embargo, los elogios nunca serán suficientes. n

Traducción de Gabriel Jiménez
(Núm. 304, abril de 2003)

Por una socialización no excesiva de la felicidad

POR UNA SOCIALIZACIÓN NO EXCESIVA DE LA FELICIDAD

POR MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

Para los seres humanos que no aspiren a la plácida felicidad de los filósofos o a la peligrosísima felicidad totalitaria de los religiosos, urgiría devolver el concepto a posibilidades de goce y plenitud más generalizables.

Que una publicación cumpla bastantes años nos hace felices y al mismo tiempo nos obliga a plantearnos el porqué y más allá, incluso, el mismísimo sentido de la felicidad. Que una revista de información y debate político-cultural dure muchos años se lo debe a la complicidad entre sus colaboradores y sus lectores, a lo que los comunicólogos llamarían un feliz feed back, a pesar de los ruidos que lógicamente han debido oírse durante tanto tiempo por el canal de comunicación. Esa complicidad nos aproxima a una de las muchas formas de la comunión de los santos, pero en una vertiente laica sumamente necesaria en los tiempos teocráticos que corren, no sé si en los cielos, pero sí en la tierra.

La felicidad era considerada por los moralistas materiales o concretos como el supremo bien y en cambio los moralistas religiosos, vinieran del cielo o del infierno que vinieran, se esforzaron durante miles de años en negar la posibilidad de la felicidad en este mundo. La vida es dolor; sentenciaba Tomás de Kempis en su Imitación de Cristo y Maruja Torres, desde su condición de víctima del terrorismo religioso franquista, ha asumido en más de una ocasión que hemos venido a este mundo a sufrir. Los moralistas religiosos se mueven entre el Todo y la Nada y desde la nada de la felicidad terráquea aspiran a la Felicidad Total que sólo puede encontrarse en el cielo mediante la contemplación de Dios, sin tener en cuenta que en el cielo no estará sólo Dios sino también todos los justos, por más pesados y discutibles que sean, por ejemplo el emperador Constantino, Pío XII, San Pablo, Franco, Eisenhower, la familia Bush al completo. Y por toda la Eternidad. No lo olvidemos.

Más cerca de la felicidad que nos proporciona la longevidad de esta revista se hallaría el concepto aristotélico que relaciona la posibilidad de beatitud con la práctica de actividades inteligentes y moderadas, marcadas por el placer del ejercicio de la razón. Más allá de esta felicidad lograda con la inteligencia, San Agustín se iba a la posesión total de la sabiduría que no era otra que la posesión de Dios. Para los seres humanos que no aspiren a la plácida felicidad de los filósofos o a la peligrosísima felicidad totalitaria de los religiosos, urgiría devolver el concepto a posibilidades de goce y plenitud más generalizables, por ejemplo escuchar “Ponme la mano aquí ma Corina…” en la voz de Chabela Vargas o participar en la comunión de los santos de los seguidores de clubes de futbol bien relacionados con la victoria o contemplar una puesta de sol sobre un río ancho y propicio o leer hasta entrada la noche y en invierno viajar hacia el sur, proyecto elotiano de felicidad que siempre me ha conmovido por su ingenuidad norteña.

Si ha sido la conquista de algunos postmarxistas, como Agnes Heller, tratar de relacionar lo histórico y lo cotidiano, en el luminoso asunto de la felicidad tampoco hay que pasarse, porque con demasiada tolerancia se propicia una felicidad canónica de consumo y, todavía más allá, se puede facilitar que la suerte de los artistas y los pueblos dependa de una excesiva banalización de lo feliz. Recordemos cómo un ciudadano argentino, Palito Ortega, estuvo a punto de ser presidente de la República sin otro mérito que haber cantado una canción dedicada a la felicidad, dotada de rimas tan interiorizadas como éstas:

La felicidad, a, a, a, a

De sentir tu amor, o, o, o, o        .n

Ciencia. Otros títulos clave

Ciencia

Otros TÍtulos clave

Bernardo Ortiz de Montellano: Medicina, salud y nutrición aztecas (1993) • Bruno Estañol, Eduardo Césarman: El telar encantado (1996) • Francisco González Crussí: Día de muertos y otras reflexiones sobre la muerte (1997) • José Luis Díaz: El abaco, la lira y la rosa. Las regiones del conocimiento (1997) • Francisco Noreña Villarías: La manzana de Einstein (1998) • Ezequiel Ezcurra (editor): The Basin of México-. Critica! Environmenta! Issues and Sustainability (1999) • Rosaura Ruiz, Francisco Ayala: Epistemología y evolución (1999) • Luis González de Alba: El burro de Sancho ye! gato de Schródinger (2000) • Francisco Bolívar Zapata, Pablo Rudomin (compiladores): Una visión integradora: universo, vida, hombre y sociedad (2001) • Francisco González Crussí: Mors repentina(2001)   • Hugo Delgado: Ciencias de la Tierra. Los Volcanes de México (2002) • Jaime Padilla y Agustín López- Munguía: Alimentos transgénicos (2002) • Ruy Pérez Tamayo: La ética médica (2002) • Francisco Bolívar Zapata (coordinador): Biotecnología moderna para el desarrollo de México en el siglo XXL Retos y oportunidades (2002) • Mario Molina (editor): Air Quality in the México Megacity(2002)   • Horacio Jinich: El paciente y su médico (2002).

Ensayo

ENSAYO

Alejandro Rossi:

Manual del distraído (1978).

Jorge Aguilar Mora:

La divina pareja. Historia y mito en Octavio Paz (1978).

Antonio Alatorre:

Los 1001 años de la lengua española (1979).

Hugo Hiriart:

Disertación sobre las telarañas (1980). Octavio Paz:

Octavio Paz:

Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (1982).

Roger Bartra:

La jaula de la melancolía (1987).

José María Pérez Gay:

El imperio perdido (1991).

José Joaquín Blanco:

Crónica literaria.

Un siglo de escritores mexicanos (1996).

José de la Colina:

 Libertades imaginarias (2001).

Carlos Fuentes:

En esto creo (2002).

Felicidad

¿Hay felicidad que no se vea empañada, más tarde o más temprano, por la muerte del ser querido, la ruptura de la relación amatoria, la fidelidad traicionada, la amistad quebrada?

Felicidad, happiness, bonheur, felicità. Pocos vocablos concitan, universalmente, tal profusión conceptual y semejante ambigüedad. Nunca ha estado “la felicidad” ausente del pensamiento occidental. “Eudemonismo” para los antiguos, el latín distingue entre felicidad como fortuna externa y como hecho interno. Para Sócrates, la felicidad es acontecimiento interior identificable con la virtud. Aristóteles, muy en vena acostumbrada, la convierte en acción externa acorde con la razón. Para hedonistas, la felicidad es el placer y el placer es la felicidad. Los epicúreos matizan: gocemos de la vida externa, pero no nos rindamos, si queremos ser felices, a sus caricias. Demócrito identifica felicidad con serenidad (atarasia) y ésta con estabilidad, expulsión del deseo, del miedo y del dolor físico.

Son los utilitaristas ingleses (Hobbes, Bentham, Mill) quienes le dan su sentido más moderno, directo y, si se quiere, dogmático a la palabra. Lo bueno es lo útil. Pero es a la Ilustración francesa a la que se acostumbra cargarle —erróneamente, a mi juicio— la consagración de lo que desde el siglo XVIII hemos considerado, en Occidente y su Periferia, felicidad. Lo consignan las leyes fundadoras de los Estados Unidos de América, concediendo a sus ciudadanos, si no el derecho a la felicidad, sí su equivalente pudoroso: la búsqueda de la felicidad. Este derecho ilustrado no tardó en fundirse con un puritanismo maniqueo que convierte a la nación norteamericana no sólo en aspirante a la felicidad, sino en portadora maniquea de la felicidad como bien opuesto al mal. En estos momentos (2002) vemos al supremo ejemplo de los Estados Unidos de América autoproclamados eje del bien y en consecuencia de la felicidad, contra el eje del mal, o sea, la sede de las desgracias. Uno solo se autodefine en la sinonimia bien-felicidad y consigna a quienes no lo siguen a la sinonimia opuesta, mal-infelicidad.

La actual situación mundial ilustra de nuevo, como si los horrores del siglo XX no hubiesen bastado, la ambigüedad del vocablo felicidad. Basta proyectar las películas de Leni Riefenstahl o de los noticieros de marchas y congresos soviéticos para ver el retrato de la “felicidad” en un mar de rostros sonrientes y solares. Andrei Blinov, escritor del realismo socialista en serie (o “estajanovista”) llegó a publicar una novela titulada La felicidad no se busca solo. Es decir, requiere el concurso de la multitud fiel, disciplinada, incapaz de hablar de felicidad por sí sola, sin la dirección del Partido y el Jefe.

Y sin embargo, es cierto que la felicidad individual requiere insertarse socialmente, llámese solidaridad, llámese compasión. Los filósofos de la Ilustración entendieron bien esta dimensión de lo feliz. Carmen Iglesias, la gran historiadora española, propone claramente la cuestión en su libro Razón y sentimiento en el siglo XWIII. Refiriéndose a Montesquieu, Iglesias se pregunta: ¿cómo hacer compatible la libertad del individuo con una “felicidad social” —sin la cual no se entiende tampoco la felicidad individual en el siglo XVIII—? La respuesta de Montesquieu consistiría en “una articulación institucional que salvaguarde la libertad del individuo y la haga compatible con cierta prosperidad del Estado, como garantía de bienestar material de los ciudadanos o felicidad social”.

Es Condorcet quien transfiere el equilibrio entre felicidad personal y felicidad social de Montesquieu a un mito, dañino entre todos, de la identidad entre felicidad y progreso, siendo el progreso algo inevitable, fatal y ascendente. Estamos condenados a progresar y en la medida en que progresemos, seremos felices. O sea, seremos forzosamente felices porque las leyes del progreso son, dice Condorcet, ascendentes e imparables. Se necesitó el pesimismo crítico de Nietzsche para recordarnos que felicidad e historia rara vez coinciden. Rousseau, a quien Nervo le debió un verso (“Juan Jacobo, qué mal me hiciste, con aquel libro que tú escribiste”) propone el contrato social —no lo olvidemos— a partir de una visión pesimista de la desintegración del mundo moderno, que convierte a cada individuo en un ser infeliz. Pero, ¿alguna vez fuimos felices? En el estado de naturaleza, dice el filósofo, la felicidad apenas ha representado un relámpago. Aparte de la opinión que nos merezca como filósofo-político, Rousseau es sin duda el padre del romanticismo y la exaltación de la felicidad en la vida erótica, el placer de los sentidos, el riesgo de un Byron, el suicidio de un Werther…

El romanticismo, empero, no es sólo una gran escuela literaria. Encierra una peligrosa teoría política que es la de la recuperación de la totalidad perdida como proyecto para la felicidad. Marx la llamará enajenación. Pero la praxis de los extremos —derecha e izquierda—, la llamará totalitarismo. A tiempo lo dijo Adorno: “Una humanidad liberada de ninguna manera sería una totalidad”. Las fantasías regresivas del retorno a un pasado feliz (el mito de la Edad de Oro) sirven de base para levantar fantasías futuristas de “la feliz identidad de sujeto y objeto”.

La gran tragedia de la modernidad fue perder la tragedia de la antigüedad. Quiere decir que la enajenación al progreso ascendente y fatal como condición de la felicidad, nos condujo a la perpleja parálisis de los borregos de Panurgo cuando la historia demostró con cuánta facilidad se sacrificaba la felicidad a los totalitarismos políticos capaces de prometer felicidad total sólo a cambio de sumisión total.

Veo dos caminos, igualmente difíciles, si no imposibles, de crear una nueva medida de felicidad para nuestro tiempo. El más arduo es la restauración del espíritu trágico. El sentimiento trágico no se engaña respecto al mal que nos podemos hacer unos a otros. El héroe trágico transgrede. Pero purga sus excesos de acuerdo, dice Anaximandro, “con las leyes del tiempo”. La tragedia es la “ley del tiempo” que el Mediterráneo clásico encontró para redimir al héroe caído y re-establecer el orden de la ciudad a través de la catarsis que, al representarlo, resuelve el conflicto entre libertad y fatalidad, dándonos, en el conocimiento de nosotros y de nuestros semejantes, la medida de felicidad que nos corresponde.

El más asequible sería el camino de afirmar la identidad sin herir a la diversidad. Más aún: hacer coincidir la preservación de la identidad con el respeto debido a la diversidad. Podemos señalar, hasta la fatiga, los obstáculos que el mundo actual, en todos sus niveles, político, económico, personal, informativo, educativo, etc., opone a semejante equilibrio entre identidad y diversidad. Sin embargo, ¿hay realidad que no contenga tanto las satisfacciones personales que identifican “felicidad” con creatividad, erotismo, amor filial, techo y lecho, cocina y piscina, esas minucias que son nuestra verdadera “patria” tal y como la describe José Emilio Pacheco en su gran poema “Alta Traición”, como las satisfacciones sociales o colectivas del buen gobierno, la honradez administrativa, la seguridad pública, el derecho a disentir, la facultad de elegir…?

Y sin embargo, no nos engañemos. Tan sólo en el ámbito de la vida personal, ¿hay felicidad que no se vea empañada, más tarde o más temprano, por la muerte del ser querido, la ruptura de la relación amatoria, la fidelidad traicionada, la amistad quebrada?

La felicidad es por ello palabra ambigua, palabra crítica, palabra enmascarada a veces, necesitada de la luz del amor para revelarse sin engaño.    n

Esa ilusión indispensable

ESA ILUSIÓN INDISPENSABLE

TRADUCCIÓN DE ALBERTO ROMÁN

POR JEAN DANIEL

La felicidad es un glotón sereno. Necesita durar para desplegarse. Requiere estar a sus anchas, en una corriente de agua constante. La alegría es el manantial; la felicidad, el río. La felicidad no brota, fluye. La felicidad no se precipita, se despliega.

La felicidad es la duración; la alegría, el instante. No hay felicidad sin plenitud, sin continuidad. En el límite, la felicidad es la encarnación del Tiempo. En cuanto a la alegría, no hay más que considerar las expresiones: “Me alegra saber qué…”, “¡Qué alegría!”. Se trata del instante, de lo fugaz, lo efímero. De amar lo que va a desaparecer. ¡Qué angustia! Y a cambio, ¡qué intensidad! El gozador, el hombre urgido, pero también el tuberculoso, el sidoso, el canceroso, viven en el instante. No aspiran a alcanzar un alma inmortal, mas como el poeta Píndaro, agotan el terreno de lo posible. Conocen el éxtasis de la joven religiosa de Diderot mientras aguarda la ordenación. Alegría, lágrimas de alegría dice Pascal. Aprehender el instante, domesticar la alegría: ni una ni otra cosa son posibles. En resumen, la alegría es lo contrario del Tiempo.

Por su parte, la felicidad es un glotón sereno. Necesita durar para desplegarse. Requiere estar a sus anchas, en una corriente de agua constante. La alegría es el manantial; la felicidad, el río. La felicidad no brota, fluye. La felicidad no se precipita, se despliega. La felicidad, ¡bah!, le decía Claudel a Suarés. “Otro instante de felicidad”, dice Montherlant, que ama yuxtaponer los opuestos. Quiere absorberlo todo. Montherlant es el que inventó “Yo prefiero la alternancia a la alternativa”. El quiere el instante y el Tiempo. Conclusión provisional: la felicidad es una especie de apuesta sobre el futuro, o una nostalgia del pasado.

Nostalgia. Esta es la palabra. La felicidad no se vive en el presente. A veces uno se equivoca, pues la felicidad se reconstruye y retorna en la forma de presente histórico. Se trata entonces de recuerdos convocados, además de apuestas sobre la prolongación de un estado o de un momento. “¿Instantánea?”. ¿La cámara puede aprehender alguna otra cosa? Camus se equivocó en este punto. Confundió felicidad vivida y furia de vivir. Hizo un valor de una disposición para la cual, dice, siempre se había sentido capaz. Valor, de acuerdo, pero utópico. Existen también rabias de vivir que uno toma por estados felices. Pero no se trata más que de necesidades de intensidad. Luego entonces, si la felicidad es un deseo o una nostalgia, es porque no es. Uno no se da cuenta sino más tarde. “Entonces yo no sabía lo feliz que era”. O: “Teníamos todo para ser felices”. Edad de oro. Estado de gracia.

Los antiguos buscaban el “sumo bien” o el “alma gemela”, después la gracia o la salvación. Incluso la concepción spinozista de la felicidad no se distingue por otra cosa que por el placer de no tener más deseo. Uno no puede estar ni infeliz, ni decepcionado, ni dilapidado: en la ascesis, aun epicúrea, o el hedonismo, que invita al despojamiento, no hay más lugar para el deseo. Ni siquiera para ese deseo del deseo que constituye la fuerza de la miseria sexual que irriga una nueva literatura, de Philip Roth a Houellebecq, y que comenta con mayor maestría Octavio Paz. Le aconsejo a Philippe Sollers, cuyo casanovismo alegre se sofoca tras los pasos de las jóvenes miserias a la moda, que lea y relea La llama doble de Octavio Paz. La búsqueda del deseo es el deseo perdido y eso no puede ser la felicidad. Una vez más, la felicidad reclama la duración. A pesar de Vigny, que incita a “amar lo que jamás se verá otra vez”. A pesar de Goethe y de Gide, que decretan que hay que amar lo que va a desaparecer, por la misma razón que uno cree elegidos de los dioses a aquellos que mueren muy jóvenes (Keats, Shelley, Géricault, Fournier…). Así que la felicidad no es necesariamente el amor. Uno querría que el tiempo suspendiera su vuelo. Se habla de instante de, eternidad. En resumen, uno asocia la felicidad a la continuidad perseguida, a la inmortalidad soñada —una especie de muerte.

Si en verdad no hay felicidad sino en la nostalgia, todo lo demás es deseo, placer, voluptuosidad, alegría, éxtasis, beatitud. Pero queda lo esencial: la manera en que esta misma nostalgia es recibida. La filósofa Simone Weil ha mostrado las virtudes del pasado (cf. L’enracinemeni). Existe la nostalgia negativa. Uno no puede vivir más sin las condiciones y los seres de un cierto pasado. La evocación de una edad de oro que nunca más se podrá resucitar o reencontrar. Ese pasado puede no haber existido jamás. Lo que hace llorar las voces de los eslavos y los violines gitanos, los lamentos, los voceros, los fados, es la tristeza voluptuosa de aquello que, más o menos vagamente, uno decreta que algún día existió. O puede tratarse de una especie de lánguido lamento sobre lo imposible. Y la manera de cantarlo es conjugando los verbos en futuro perfecto. Pero también existe la nostalgia positiva. Esa nostalgia de una época en la que uno piensa que habría tenido su propio lugar.

Ejemplos de felicidad pasada vivida en el presente en la literatura. No caeré en la facilidad de citar a los poetas que, de Dante a Hugo, pudieron vivir la felicidad de lo imaginario. Cuando Gide dice: “Nathanaél, yo te hablaré de las esperas”, parece un poco cerebral. ¿Para qué esperar? ¿Por qué no consumir enseguida, en el instante? Dirá también: “El momento más hermoso de los amores no es cuando uno ha dicho te amo”. No se trata, ciertamente, de que él sea un masturbador del deseo, como hoy en día se dice de forma tan bonita. Es porque sabe que el acto encierra su propio fin y no quiere (si se me permite esta otra expresión a la moda) volverse un eyaculador precoz. Se preocupa por hacer durar el placer. La consumación no es sólo la satisfacción, es durante un tiempo la muerte del deseo, luego entonces, una forma de muerte.

Pero quiero hablar de Faulkner y de Proust. Cuando con Santuario se leyeron las primeras construcciones literarias de la intemporalidad (saltos, entrecruzamientos o sucesión de épocas sin reparos cronológicos), Coindreau, traductor de Faulkner, subraya que no se les consideró más que una audacia formal, de estilo. De hecho, el traductor bien pronto descubrió que esta lucha de Faulkner con el tiempo no tenía nada de arbitrario: para el narrador (para el héroe, para los hombres) era una forma de reconstruir un recorrido en sus contradicciones, incluso las olvidadas, las reprimidas. ¿Por qué la vida “es un cuento pleno de sonido y de furia, contado por un idiota y sin ningún significado”?1

 Porque no deja de oponerse a sí misma si se le sigue. Para el autor (y el narrador) de En busca…, que no es enemigo de la intemporalidad, se trata de otra cosa totalmente distinta. De entrada, es implícito, indiscutible y evidente: a los ojos de Proust, ni el deseo ni el amor son la felicidad. El erotismo está hecho de riesgo, y el amor de inseguridad. La felicidad sería, en rigor, la ilusión de que una alegría (un placer) pudiera prolongarse y sobrevivir, cuando uno sabe que esa alegría no nace sino para morir. Hay siempre una mantis religiosa en el ser que ama. Devora a aquel que la ha fecundado. Una forma de recordarle que la sexualidad es castigada desde el momento en que pretende el erotismo, el amor, la felicidad. ¿Esa felicidad sería el pasado, y por lo tanto la serenidad que le procura a los viejos él querido recuerdo de las intensidades idas? Es que se puede vivir protegido por los muertos, porque se les oye tranquilizadores, porque los muertos arropan, acompañan. ¿Qué otra cosa hace Cristo con los que creen en él? Y en su canción “Avec le temps”, el lamento de Léo Ferré que le pone a uno la carne de gallina, es el lamento de una madre que lo deja a uno partir, acomodándole la bufanda mientras dice: “¡No te resfríes!”. Dicen: “La felicidad es conocer sus límites y amarlos” (Romain Rolland). O “toda la desdicha del hombre proviene de no saber quedarse tranquilo en su cuarto” (Pascal). ¿Tranquilo? ¡Pero eso es la muerte! ¿La felicidad sería entonces parecerse bastante a la muerte con objeto de que, sorprendida y confusa, lo evite a uno? Desde los lamentos de Du Bella y hasta los sonetos de Verlaine, es la nostalgia. Desde las canciones de Barbara hasta los gritos de Brel. ¿Y si la felicidad no estuviera sino en el más allá, imaginada, vivida? Dicho con otras palabras, se puede ser feliz de desear la felicidad, se puede vivir con la imaginación o con un relato una felicidad pasada, pero estar en la felicidad no quiere decir nada, uno no se plantea la cuestión. La felicidad, contrariamente a la alegría, que es intensidad positiva, al placer, que es parcial, al éxtasis, que es transporte del alma. Resumamos. Alegría: recepción de una intensidad presente; placer: diversión de los sentidos; erotismo: refinamiento sexual; sexualidad: miseria juvenilista de retorno a la bestialidad, opuesta al erotismo; amor: vida en alguien más; felicidad: estado de inocencia presente o manera de revivir esta inocencia por el recuerdo y la comparación con el presente. n

1.”It’s a tale / Told by an idiot, full of sound and fury,

/Signifying notbing” (Macbetb, V, V).

Crónica y periodismo

CrÓnica y periodismo

Carlos Monsiváis:

Amor perdido (1978).

Vicente Leñero:

Los periodistas (1978).

Elena Poniatowska:

Fuerte es el silencio (1980).

Ricardo Garibay:

De lujo y hambre (1981).

José Joaquín Blanco:

Función de medianoche (1981).

Fátima Fernández Christlieb:

Los medios de difusión masiva (1982).

Julio Scherer:

Los Presidentes (1986).

Carlos Monsiváis:

Entrada libre:

Crónicas de la sociedad que se organiza (1988).

Carlos Tello Díaz: La rebelión de las Cañadas.

Origen y ascenso del EZLN (2000).

Raúl Trejo Delarbre:

Mediocracia sin mediaciones (2001).

Pensamiento. Otros títulos clave

PENSAMIENTO

OTROS TÍTULOS CLAVE

Gabriel Zaid: El progreso improductivo (1979) • Héctor Aguilar Camín: Saldos de la Revolución (1984) • Carlos Pereyra: El sujeto de la historia (1984) • Luis F. Aguilar: Max Weher (1984) • Ramón Xirau: Cuatro filósofos y lo sagrado (1986) • Octavio Paz: El peregrino en su patria. Historia y política de México (1987) • Mauricio Merino: Gobierno local, poder nacional: la contienda por la formación del Estado mexicano (1988) • Enrique Krauze: Textos heréticos (1992) • Claudio Lomnitz: Salidas del laberinto (1995) • Alfredo López Austin, Leonardo López Luján: El pasado indígena (1996) • Francisco Gil Villegas: Los profetas y el Mesías (1996) • Carlos Pereda: Crítica de la razón arrogante (1997) • Antonio Azuela de la Cueva: La ciudad, la propiedad privada y el Derecho (1999) • Fernando Escalante: La mirada de Dios (2000) • Arturo Warman: El campo mexicano en el siglo XX (2001) • Juan Pedro Viqueira: Encrucijadas chiapanecas (2002) • Marta Lamas: Cuerpo: Diferencia sexual y género (2002) .

Elogio de la infelicidad

ELOGIO DE LA INFELICIDAD

POR EMILIO LLEDÓ

Tal vez, el sentimiento de equilibrio y sosiego interior esté amenazado por la miseria, la violencia, la crueldad creciente que, desde los griegos, ha experimentado la humanidad. Porque, efectivamente, es imposible la felicidad si la mirada descubre, alrededor de la vida individual, la enfermedad social y la corrupción que destroza la vida colectiva.

No fue grande la sorpresa cuando, hace muchos años, estudiando la literatura griega, descubrí que la felicidad se alimentaba de bienes materiales, por así decir, y que ser feliz era, en el fondo, “tener más”, tener tierras, casas, esclavos, ánforas, vestidos. Todo ello servía para asegurar la siempre inestable y frágil existencia. Era, pues, natural que la vida, sustentada en el cuerpo, en sus necesidades, en su salud, encontrase una forma de equilibrio en esas “cosas” reales, que ayudaban a defenderla y afirmarla.

Pero en la imaginación y los sueños humanos, esos bienes no parecían provenir del esfuerzo o el trabajo. En el centro mismo de la palabra felicidad (eudaimonia), se encontraba agazapado el azar, bajo la forma de un duende (daimon) que otorgaba, caprichosamente, sus dones a los mortales. La imagen de Creso y de otros poderosos flotaba, por el aire mítico de Atenas, como testimonios duros de una radical injusticia, de una insuperable arbitrariedad. ¿Por qué a ellos tanto, y a nosotros tan poco?, debieron preguntarse los griegos. ¿Habría alguna razón, algún premio oculto, en esa originaria veleidad? ¿O era todo capricho de unos dioses que, con el reparto gratuito de sus beneficios marcaban, en el imperio de la necesidad, el testimonio provocador y cruel del absoluto azar?

En el curso de la experiencia literaria de los griegos quedó el testimonio de ese indiscutible hecho, que probaba la estructura corporal e indigente de la existencia. Pero en esa misma historia se produjo, sin embargo, una ejemplar evolución. El “bienestar” se debía, efectivamente, a la ausencia de angustia y preocupación por el “bientener”. Esa era la primera lección de la implacable naturaleza que exigía, sin cesar, su diario tributo de alimentos que señalaban la estructura real e imprescindible de la indigente corporeidad.

En la frontera de esa indigencia comenzó, sin embargo, a aletear otra forma de felicidad. A medida que el lenguaje se fue convirtiendo en algo más íntimo que una mera forma de señalar el mundo y de comunicarse sobre esas señales, las palabras empezaron a descubrir y describir un universo más abstracto, más ideal que la escueta referencia a las cosas. Y en ese descubrimiento, fue naciendo un sentimiento parecido al “bienestar”; pero que no surgía por la seguridad que daban aquellas cosas, aquellos bienes que se tenían y que nos afirmaban, con su posesión, la vida. El “bienestar” se transformó en “bienser”. La instalación casi exclusiva en la felicidad que descansaba sobre el mundo de las cosas, se hizo presente en el mundo de los sentimientos. Una serie de palabras empezaron a describir, en la literatura griega, ese equilibrio, esa sensatez, esa alegría, que provenía de los inescrutados territorios de la mismidad. Un sentimiento de paz interior que se conformaba con poco, con poder acallar la voz de la carne que exige el alimento, la luz y el aire para seguir latiendo, tal como enseñaba Epicuro. Es verdad que estas mínimas pertenencias eran, al fin y al cabo, una metáfora; pero una metáfora que describía los límites precisos de la naturaleza más allá de los cuales se corrompía la existencia. La verdadera democratización del cuerpo y de la vida exigía, pues, el respeto a esa corporeidad que necesitaba alimentarse, poder sentir, poder entender y poder percibir la vida como “energía y alegría”. Este era un derecho esencial para todos los seres humanos, y la tensión hacia una política de la igualdad no era sino el reconocimiento de ese derecho, del que arrancaba la amistad y la justicia y la posibilidad de convivir.

Tal vez, el sentimiento de equilibrio y sosiego interior esté continuamente amenazado por la miseria, la violencia, la crueldad creciente que, desde los griegos, ha experimentado la humanidad. Porque, efectivamente, es imposible la felicidad si la mirada descubre, alrededor de la vida individual, la enfermedad social y la corrupción que destroza la vida colectiva. A no ser que esa corrupción haya alcanzado nuestra mente, y el ansia de tener, sobre todo en la sociedad de consumo, haya acabado consumiendo la propia existencia del consumidor y haya insensibilizado su mirada.

Una felicidad amenazada no permite el sosiego y la paz que necesita la conciencia para “ser” feliz. El sueño del equilibrio y amistad con nosotros mismos está siempre lleno de pesadillas, de insatisfacciones. Sólo el “señorito satisfecho” es capaz de regodearse en la propia y ciega felicidad de tener, e inventarse ideologías para aposentarse en su particular regodeo. Es verdad que la vida necesita también, para seguir alentando, esos espacios de sosiego exterior e interior, ese gozo e identificación con la naturaleza o con el arte. Es verdad que el sentimiento de gozo y de felicidad es uno de los regalos más valiosos que nos permite la naturaleza de nuestro cuerpo y de nuestra mente; pero el filósofo había escrito que el origen de todas las relaciones que establezcamos con el mundo y con nuestro prójimo, se encuentra en la amistad que tengamos hacia nosotros mismos. Una amistad que nada tiene que ver con el egoísmo, sino con esa forma más humana de ser, que nos va convirtiendo en persona, en seres dignos, a pesar de contradicciones y fatigas, de podernos querer.

Pero en el principio de esa querencia está asentada la lucidez, la libertad para entender. Nuestro estar con nosotros —ese callado diálogo que, sin cesar, mantenemos— nos dice que jamás podremos quedar plenamente satisfechos de nuestra particular existencia, si está embotada en el acuciante círculo de la entontecida prosperidad. La infelicidad que viene de fuera: las tensiones, la violencia y la estupidez que, tantas veces, destrozan la vida colectiva, se compaginan mal con la deseada buenaventura. Pero ese inevitable punto de inseguridad es, por otra parte, estímulo y acicate hacia esas otras metas que llenan el horizonte ideal en el que se conforta y orienta la vida. Un descontento que nos enseña el sentido más apasionante de cada empresa humana, y que nos empuja constantemente en la dirección de una personal felicidad, imposible si no tiende, de alguna forma, a la compañía y felicidad de los demás. Una utopía paradójicamente a mano, y que sólo puede alcanzarse en el reconocimiento y aceptación de la insalvable finitud de nuestra generosa infelicidad.   n

Ensayo. Otros títulos clave

ENSAYO

OTROS TÍTULOS CLAVE

 Evodio Escalante: José Revueltas. Una literatura del lado “morídor” (1978) • Sergio Fernández: Los desfiguros de mi corazón (1983) • Huberto Batis: Estética de lo obsceno y otras exploraciones pornográficas (1983) • Margo Glantz: De la amorosa inclinación a enredarse en cabellos (1984) •Guillermo Sheridan: Los Contemporáneos ayer (1985) • Luis Miguel Aguilar: La democracia de los muertos (1988)•Sergio Pitol: Las palabras de la tribu (1989) • Federico Campbell: La memoria de Sciascia (1989) • Adolfo Castañón: El caballero de la voz errante (1989) • Gonzalo Celorio: La épica sordina (1989) • Guillermo Sheridan: Un corazón adicto: La vida de Ramón López Velarde (1989) • Sergio González Rodríguez: Los bajos fondos (1990) • Alberto Ruy Sánchez: Introducción a Octavio Paz (1991) • Fabienne Bradu: Antonieta (1991) • Alvaro Ruiz Abreu: José Revueltas. Los muros de la utopía (1992) • Adolfo Castañón: Arbitrario de literatura mexicana (1993) • Carlos Tello Díaz: El exilio. Un relato de familia (1993) • Antonio Saborit: Los doblados de To- móchic (1994) • José Luis Martínez, Christopher Domínguez Michael: La literatura mexicana del siglo XX (1995) • Hugo Hiriart: Sóbrela naturaleza de los sueños (1995) • Sergio Pitol: El arte de la fuga (1996) • Fernando Curiel: El Ateneo (1997) • Christopher Domínguez Michael: Tiros en el concierto (1997) • Roger Bartra: El salvaje artificial (1997) • José Joaquín Blanco: Pastor y ninfa (1998) • Vicente Quirarte: Elogio de la calle.

Biografía literaria de la ciudad de México, 1850-1992 (2001).

Vida pública

VIDA PÚBLICA

Jorge Carpizo: El presidencialismo mexicano (1978).

Octavio Paz: El ogro filantrópico (1979).

Luis Javier Garrido: El Partido de la Revolución Institucionalizada (1982).

Enrique Krauze: Por una democracia sin adjetivos (1986).

Gabriel Zaid: La economía presidencial (1987).

Héctor Aguilar Camín: Después del milagro (1988).

Soledad Loaeza: El Partido Acción Nacional: la larga marcha, 1939-1994 (1999).

Jorge G. Castañeda: La Herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México (1999).

Jesús Silva-Herzog Márquez: El antiguo régimen y la transición en México (1999).

Ricardo Becerra, Pedro Salazar, José Woldenberg: La mecánica del cambio político en México (2000).

Cuento. Otros títulos clave

CUENTO

OTROS TÍTULOS CLAVE

Inés Arredondo: Río subterráneo (1979) • Agustín Monsreal: Los ángeles enfermos (1979) • Elena Garro: Andamos huyendo, Lola (1980) • Juan Villoro: La noche navegable (1980) • Salvador Elizondo: Camera lucida (1981)•   Pedro F. Míret: Rompecabezas antiguo (1981) • Rafael Ramírez Heredia: El rayo Macoy (1984) • Daniel Sada: Juguete de nadie y otras historias (1985) • Guillermo Samperio: Gente de ciudad (1986) • Hernán Lara Zavala: El mismo cielo (1987) • Emiliano Pérez Cruz: Si camino voy como los ciegos (1987) • Alejandro Rossi: El cielo de Sofero (1987) • Rafael Pérez Gay: Me perderé contigo (1988)•    Angeles Mastretta: Mujeres de ojos grandes (1990) • Bruno Estañol: Ni el reino de otro mundo (1991) • Cristina Rivera Garza: La guerra no importa (1991) • Héctor Aguilar Camín: Historias conversadas (1992) • Luis Miguel Aguilar: Suerte con las mujeres (1992) • Silvia Molina: Un hombre cerca (1992) • Carlos Fuentes: El naranjo (1993)•   Rafael Pérez Gay: Llamadas nocturnas (1993) • Jorge López Páez: Doña Herlinday sus hijos y otros hijos (1993)•   Javier García Galiano: Confesiones de Benito Souza, vendedor de muñecas (1994) • Guillermo Fadanelli: Terlenka (1995) • Juan García Ponce: Cinco mujeres (1995)•   Eduardo Antonio Parra: Los límites de la noche (1996) • Francisco Hinojosa: Cuentos héticos (1996) • Ana García Bergua: El imaginador (19%) • Carlos Fuentes: La frontera de cristal (1997) • David Toscana: Historias del Lontananza (1997) • Jesús Gardea: Reunión de cuentos (1999) • Guillermo Samperio: Cuando el tacto toma la palabra (1999) • José de la Colina: Tren de historias (2000)

•   Pablo Soler Frost: El sitio de Bagdad y otras aventuras del Doctor Green (2000).

Charlie

CHARLIE

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Charlie había aparecido en el horizonte

y yo no estaba dispuesto

a regresar a España sin saber a ciencia

cierta quién exactamente era

este personaje tan extraño.

En teoría, Charlie era el encargado

de aquella casona convertida en hotel

de tan sólo doce habitaciones,

y lo hacía todo sin más ayuda

que la de una joven y bella muchacha.

vuelvo la mirada y el recuerdo hacia aquel mes de enero de 1999, me concentro en cada detalle, y sigo sin entender nada, ni siquiera la luminosidad casi permanente y el sol a menudo radiante que acompañaron la última visita que hice a Londres, en pleno invierno, antes de regresar a vivir al Perú. La mudanza y mi partida a Lima debían efectuarse el próximo mes de febrero y aún me quedaban muchos asuntos y compromisos pendientes en Madrid, pero mi deseo de visitar Londres y depositar unas flores en la tumba de mi gran amigo Martin Hancock, de visitar los lugares que tantas veces frecuenté con él, con David, su hermano mellizo, y con sus amigos, era tan grande como el de conocer personalmente a Alicia, la cuarta y última esposa de Martin, la paciente y generosa colombiana que lo acompañó en las buenas y en las malas, y que, sin duda alguna, fue su compañera ideal y la única mujer que logró entender —y también soportar— a un hombre tan entrañable como caótico.

Acepté una invitación del Instituto Cervantes, de Londres, para dar una conferencia, y ello me permitió quedarme unos días en Londres, aunque jamás logré cumplir con mis deseos de visitar la tumba de aquel amigo inolvidable. Una vez más, comprendí hasta qué punto los anglosajones esconden a sus muertos y cómo la sola idea de la muerte les resulta prácticamente obscena. Y, por más que David Idwal Jones, uno de los grandes amigos de Martin, me llamó el día mismo de su muerte, para avisarme, y David Hancock, el hermano mellizo de Martin, me visitó poco tiempo después en Madrid, como quien realiza una visita de pésame al revés, en Londres sólo logré hablar de Martin con su viuda, y siempre a solas, y fueron vanos todos mis esfuerzos para convencer a cualquiera de ellos de que, por lo menos, me dijeran dónde estaba enterrado mi amigo para llevarle unas flores. Con todos ellos comí la noche de mi llegada, y luego, horas antes de partir, un domingo casi veraniego, volví a verlos un rato en su pub para tomar unas copas de despedida. Y eso fue todo.

Fui magníficamente atendido, eso sí, por el director del Instituto Cervantes, de Londres, Enrique Wullf, con quien recuerdo largas caminatas conversando de esto y aquello, y por el embajador de España Alberto Asa. Pero Charlie ya había aparecido en el horizonte y yo no estaba dispuesto a regresar a España sin saber a ciencia cierta quién exactamente era este personaje tan extraño. En teoría, Charlie era el encargado de aquella casona convertida en hotel de tan sólo doce habitaciones, y lo hacía todo sin más ayuda que la de una joven y bella muchacha, natural de Praga, que aparecía por las tardes para servir las copas en el bar más extraño que he visto en mi vida. Bueno, creo que todo en aquella casona-hotelito era bastante extraño, empezando por el decorado rocambolesco, a veces intensamente británico, brutalmente tradicional, pero, también, a veces, o más bien, de golpe, absurdamente chinesco y, un poquito más allá, inefablemente andaluz. Y así sucesivamente. En la inmensa y comodísima habitación que ocupé, no faltaba absolutamente nada. Lo malo era que sobraba casi todo. Lo de los cuadros, por ejemplo, resultaba francamente abrumador, y al lado de siete escenas de caza very british colgaba una pasión de Cristo, seguida de un afiche taurino y de una bailarina de flamenco en pleno zapateo y como entre la vida y la muerte; en fin, demasiado gitano el asunto como para ser real. Y mi camota, toda una embarcación de confort, por supuesto que era techada, sí, techada, y en el cielo raso de platina, llenecito de cintas rosadas, bailoteaban unos angelitos medio fofos y tal vez barrocos, qué sé yo, porque lo cierto era que, para no sentirme aplastado por semejante espectáculo, yo no sólo apagaba la luz sino que además me ponía tremendo antifaz antiCharlie y su idea de la decoración. El baño de mi habitación, en cambio, era de una elegantísima sobriedad, e inmenso, todo un remanso de paz en el que ducharse, lavarse los dientes o afeitarse, era como una cura de desintoxicación decorativa.

Contrastaba con todo esto la oficina de Charlie, madera e Inglaterra puras, austeridad y muebles de cuero muy adecuados, escritorio medianamente ejecutivo, y, eso sí, mil fotografías de Charlie con cuanto personaje real y no real, más sí importante, cupiese en aquella pequeña habitación. Uno podía pensar: “Vaya clientes los que se gasta Charlie”, pero resulta que ninguna de esas fotografías había sido tomada en la casona-hotel. Y todas parecían tomadas más bien en lugares como la India o Madagascar. Pero, ¿qué diablos hacía Charlie en aquellos lugares con su majestad británica, o con Lady Di, o con Margaret Thatcher? Y siempre en verano, a juzgar por el temo muy claro y ligero y los zapatos de dos tonos de marrón: el bien claro y el bien clarito. Otro misterio más.

Como el del extraño bar y su funcionamiento increíble, pues se trataba de todo un salón en el que se codeaban —a codazo limpio, quiero decir— desde el más elegante y fino y auténtico sillón o la cómoda aquella realmente preciosa, con el más atroz bargueño, la mesa más bonita con la más fea, y la más elegante porcelana de Sévres con una buena docena de animales del más atroz Murano y, diablos, qué colores. Ahí atendía, en pésimo inglés, la bella muchacha de Praga, pero por turnos. Sí, por turnos, o sea por grupos. El grupo que llegaba primero se instalaba en la sala-bar, el que llegaba segundo esperaba en un saloncito, pero sin copas ni nadie que lo atendiera, el que llegaba tercero esperaba en otro saloncito, y en otro piso, y así sucesivamente. Por lo que me imagino que un día de lleno completo, el grupo número doce, o sea los amigos del cliente que ocupaba la habitación número doce, esperaban su turno en el pub de enfrente. Y el inventor de tan genial reglamento era nada menos que Charlie.

El desayuno lo servía Charlie, demasiado elegante para servir nada, aunque aceptando propinas, lo cual lo animaba a uno a preguntarle si también le limpiaba los zapatos a sus clientes, y sí, sí que se los limpiaba, siempre en ese estado de elegancia suprema. Y que no era impostado, ni exagerado, ni siquiera tradicional. Charlie era de origen griego, no hindú, como pensé yo al comienzo, y resultaba realmente paradójico que fuera tan auténtico en sus modales y vestimenta, en medio de aquel decorado por momentos tan logrado y británico y, de pronto, absolutamente demencial y falsamente cosmopolita.

¿Empleado, gerente, administrador, dueño? ¿Qué era Charlie? Ni Edward Idwall Jones, ni David Hancock, ni Jackie, su esposa, ni mucho menos Alicia Perea, la viuda de mi gran amigo Martin, se sintieron capaces de decírmelo, la noche de mi llegada, cuando los invité a tomar una copa en el bar ese tan extraño de aquella casona- hotelito sin nombre, antes de salir a comer. Les rogué que vinieran muy pronto, para pescar el primer turno, pero a todos se les hizo un lío entre Eaton Place, Eaton Square, y, me imagino también que Eaton Street (los tres quedaban en el barrio de Belgravia y a escasos metros de distancia), sin duda alguna porque yo no supe precisarles bien el lugar. Y nos tocó el segundo turno, aunque el inefable Edward Idwall Jones logró convencer a Charlie de que, como él era un alcohólico perdido, jamás tomaba una copa de nada, salvo agua, por lo que no le pedía que rompiera regla alguna, aunque sí entendía que sus demás amigos, especialmente el señor Bryce, nuestro amigo conferencista, estuviesen dispuestos a aceptar, de muy buen grado, una copa que bien podríamos llamar “la copa de espera”. En efecto, minutos después apareció la bella muchacha de Praga dispuesta a tomar nota de aquel pedido excepcional.

Llegó el domingo de mi regreso a Madrid y, la verdad, continuaba sin lograr aclarar el misterio que para mí era Charlie. El sol brillaba desde temprano y, tras hacer mi equipaje, decidí salir a pasear por Londres sin itinerario fijo, hasta la hora en que había quedado en el pub de mis amigos ingleses, donde luego debía recogerme para almorzar mi buen amigo diplomático Juan Antonio March, destacado en aquel momento en la embajada de España en Londres. Consulté con Charlie dónde debía dejar mi equipaje, en vista de que recién a las seis de la tarde tenía que salir hacia el aeropuerto, pero él me dijo que lo dejara nomás en mi habitación, que ya él me lo bajaría a la hora de mi partida, y, de paso, me preguntó qué pensaba hacer yo esa soleada mañana. Le dije que iba a caminar, sin rumbo fijo, aprovechando lo hermoso que estaba el día y, de inmediato, él se ofreció a mostrarme una serie de barrios de Londres que ningún viajero solía visitar y que realmente valían la pena. Acepté gustoso y, de golpe, me di cuenta de que Charlie llevaba puestos sus zapatos aquellos de dos tonos de marrón, el claro y el clarito, e inmediatamente los asocié con un formidable Rolls-Royce de colección que siempre estaba estacionado en la puerta de la casona-hotelito. Aquel Rolls era una auténtica joya, estaba perfectamente bien mantenido y limpísimo, y, es verdad aunque ni yo mismo me lo creo aún, hacía juego con los zapatos de Charlie, pues combinaba exacto a éstos el marrón claro de sus puertas, tapabarros, motor y maletera, con el marrón clarito del techo y ventanas. O sea que Charlie, que a lo mejor era dueño de aquella casona-hotelito situada en una de las zonas más exclusivas de Londres, que limpiaba zapatos y aceptaba propinas, que tenía un sentido sumamente peculiar de la decoración, por decir lo menos, y que servía elegantísimo el desayuno, resulta que ahora también podía ser el propietario de aquel maravilloso ejemplar de Rolls. Y en él paseamos por lugares de Londres que jamás había conocido, como aquellos barrios de clase obrera que retrató Dickens en sus novelas, y que, ahora, totalmente restaurados, se habían convertido en hermosas calles y plazas y en floridos parques en los que el alquiler o compra de una vivienda valen un ojo de la cara. Charlie continuó mostrándome una ciudad que parecía conocer de memoria, me contó de sus orígenes griegos, de un viaje que hizo a Perú y México, de sus veraneos en Mallorca y, siempre al volante de su perfecto Rolls, apareció frente a un gigantesco club campestre que, al menos a mí, me pareció un lugar sumamente exclusivo.

Pero Charlie entró saludadísimo por los porteros y guardas que le abrieron las rejas para que su Rolls continuara desplazándose por los inmensos jardines del Hurlingham Club, hasta llegar al edificio principal, desde el que se divisaba al menos un campo de golf y otro de polo. Luego, tras haberme mostrado una por una las maravillosas instalaciones deportivas del club y algunos hermosos salones y comedores, me pidió que lo siguiera hasta el bar y ahí fue saludado por caballeros de saco de tweed, camisa de viyela, pañuelo de seda al cuello y pantalón de corduroy, que leían atentamente el Times y bebían algún atroz aperitivo en un vaso a menudo gigantesco y, de rato en rato, alzaban la cabeza y miraban a sus esposas como se mira a un ser totalmente extraño, al cual, en el fondo, no vale realmente la pena dirigirle la palabra. Por supuesto que Charlie se sentó, me rogó que hiciera lo mismo, y me invitó el aperitivo más típico, tibio y malo que he tomado en mi vida. Y ahí seguimos conversando hasta que él me dijo que, desgraciadamente, ya teníamos que partir si deseábamos llegar puntualmente al pub en que me había citado con mis amigos.

Me dejó en la puerta misma de aquel pub, con británica puntualidad, y me dijo que a las seis en punto, me estaría esperando para ayudarme a cargar mi equipaje hasta el taxi que debía llevarme al aeropuerto. Y así fue. Y también fue que, a las mismas seis en punto de la tarde, yo le entregué una buena propina y Charlie me la aceptó feliz.         n

Economía. Otros títulos clave

ECONOMÍA

OTROS TÍTULOS CLAVE

Enrique Semo: Historia mexicana. Economía y lucha de clases (1978) • Adrián Ten Kate, Robert Bruce Wallace : La política de protección en el desarrollo económico de México (1979) • Rolando Cordera (compilador): Desarrollo y crisis de la economía mexicana (1981) • Roberto Newell (compilador): El dilema de México: El origen político de la crisis económica (1984) • José Ayala Espino: Estado y desarrollo. La formación de la economía mixta mexicana, 1920-1982 (1988) • John H. Coatsworth: Los orígenes del atraso (1990) • Francisco Gil Díaz, Arturo Fernández: El efecto de la regulación en algunos sectores de la economía mexicana (1991) • Maddison Angus: Brazil and México: The Political Economy of Poverty, Equity and Growth (1992) • Gonzalo A. Castañeda: La economía mexicana: un enfoque analítico (1994) • Alberto Díaz Cayeros: Desarrollo económico e inequidad regional: Hacia un nuevo pacto federal en México (1995) • Leopoldo Solís: Crisis económico-financiera 1994- 1995 (1996) • Fausto A. Alzati: The Political Economy of Growth in Modern México (1997) • Leopoldo Solís: Evolución del sistema financiero mexicano. Hacia los umbrales del siglo XXI (1997) • Julio López: La macroeconomía de México: El pasado reciente y el futuro posible (1998) • Jaime Sempere y Horacio Sobazo: Federalismo fiscal en México (1998) • Rosario Green: Lecciones de la deuda externa de México, 1973-1997 (1998) • Luis Rubio: Tres ensayos: Privatización, Fobaproa y TLC (1999) • Guillermo Abdel Mucik y Sergio Medina González: México 2020: Retos y perspectivas comparativas (1999) • Isaac M. Katz: La Constitución y el desarrollo económico de México (1999) • Carlos Salinas de Gortari: Un difícil paso a la modernidad (2000) • Carlos Elizondo Mayer-Serra: La importancia de las reglas (2001) • Marcelo M. Giugale, Oliver Lafourca- de, Vinh H. Nguyen: México. A Comprehensive Development Agenda for the New Era (2001) • Sidney Weintraub: Financial Decision-Making in México: To Bet a Nation (2001) • Santiago Levy, Enrique Dávila, Georgina Kessel: El sur también existe: Un ensayo sobre el desarrollo regional de México (2002).

Poesía

PoesÍa

Octavio Paz:

Poemas, 1935-1975 (1979).

EfraÍn Huerta:

Transa poÉtica (1980).

Ricardo Castillo:

El pobrecito seÑor X/ La oruga (1980).

RubÉn Bonifaz nuÑo:

De otro modo lo mismo (1986).

Silvia Tomasa Rivera:

Duelo de espadas (1987).

Jaime GarcÍa TerrÉs:

Las manchas del sol, 1956-1987 (1988).

 JAIME SABINES

Otro recuento de poemas, 1950-1991 (1991).

Eduardo Lizalde:

Caza mayor (1999).

TomÁs SegoVia:

PoesÍa, 1943-1997 (1998).

JosÉ Emilio Pacheco:

Tarde o temprano, 1958-2000 (2000).

Villa Felicidad

VILLA FELICIDAD

POR ELISEO ALBERTO

Mi frágil felicidad dura lo que un merengue en la puerta de un colegio, y me veo de nueva cuenta en un departamento de Ciudad México, sitio que adoro porque no se encela de mis amores imposibles y me enseña que la realidad, aun la más cruda, también vale la pena.

Un amigo muy flaco, habanero de pura sangre, me dijo una vez que lo contraproducente de la felicidad es que tarde o temprano nos engorda. Y tenía razón: me sobra una docena de kilos. No sé por qué (bueno, sí sé por qué pero lo guardo en secreto de confesión) pienso que hoy es el día menos indicado para escribir sobre la felicidad, aun cuando tenga o crea tener varias razones para considerarme un ser feliz —a pesar de los exilios geográficos o neuróticos, las perversidades de la melancolía, la tontera de la nostalgia y los patíbulos de la abusadora soledad—. Entre ellas, hay una causa suprema: pido poco para serlo. Me ha costado mucha desesperanza conseguir el derecho a proclamar en público esa conquista de mi cubano corazón, y un requisito obligatorio de la felicidad es el orgullo de padecerla. Mi felicidad tiene cuatro paredes, un techo de tejas a dos aguas y una terraza con vista al mar de mi infancia. Las olas no envejecen.

Lo malo es que hoy es miércoles, y los miércoles se me antojan demasiado tristes. Peor si llueve. Avanza este miércoles de fin de año a sesenta ráfagas por hora, frío y sin pausa. Y diluvia. El aguacero me debilita. No puedo evitarlo. Siempre sucede. Todo se ablanda. Hasta los huesos se humedecen. Me aferró a la tabla de salvación de la alegría. Me escudo. No resulta fácil definir ese sentimiento o sensación que llamamos felicidad, pues corresponde a cada uno de nosotros trazar sus cumbres, su hondura, sus límites, y ¿a quién le cabe duda de que la felicidad depende, por igual, de las virtudes que elijamos como buenas y de aquellos pecados que, en silencio, preferimos? Las causales de la infelicidad, por el contrario, son bastante comunes, tanto que el fatal resultado llega a ser parejo: una porquería. No me quejo. Hace siglos aprendí a no hacerlo, por respeto a los demás y a mí mismo. Cierro los ojos e intento un balance rápido de la vida que me tocó en la rifa. Ya dije que para mí la felicidad es simplemente una casa. Me faltaba decir que la habita mi hija María José.

Me veo viviendo donde siempre quise, en una playa llamada Santa María del Mar, apenas distante unos quince kilómetros del túnel de La Habana. María José, gran amiga, es mejor de la que había imaginado cuando ella habitaba en el limbo de mis ilusiones y las de su madre. Tiene 18 años. Vuela sola. Anida a mi lado. Gracias a sus hambres de vivir he terminado siendo un notable cocinero, y mis compatriotas no me dejarán mentir. Si María es feliz, yo también, qué caray. A Santa María se llega por la Vía Blanca, una avenida paralela a la costa, que en esa latitud se abre paso entre unas pequeñas lomas sin vegetación gloriosa, de manera que para pisar la arena hay que descender por una carretera de cuatro carriles tan mal trazada por los ingenieros que imita a la Montaña Rusa del Parque de Chapultepec: si se enfrenta la bajada a gran velocidad, el chofer sujeto al volante del coche, el vaho produce en el viajero un salto de esófago, como hipo atorado en el pecho. Papá siempre nos regalaba a sus hijos ese susto. A la entrada del balneario, después de pasar la caseta donde hace medio siglo se permitía o se negaba el paso a sus exclusivos socios (hoy refugio de perros callejeros), se desenroscan tres colinas escalonadas. Cada una de ellas da espacio suficiente para aplanar un mirador ancho, de tierra. En el segundo escalón, hay varias casas cincuentonas, rodeadas de terrazas frescas y desnudas. Todas miran al horizonte, donde se pone el sol. No se estorban unas a otras, más bien se acompañan cuando cae la noche y las estrellas llamean tan bajas que uno intenta apagarlas entre dos dedos ensalivados. Vivo en una de esas casas. La más solitaria, la última (o la primera, según se vaya o se venga) del extremo oeste. El sitio es perfecto. Mis amigos me visitan a menudo, casi todos los fines de semana, y alguno de ellos me ha confesado la envidia que me tiene, en especial al descubrir mi estudio con vista al mar, sublimemente iluminado. Los cristales del ventanal se congelan con el aire acondicionado (aparato imprescindible en los eternos veranos del Caribe insular, el más Caribe de los Caribes, con perdón de los continentales). El salitre se condensa. En la reja exterior se anuncia: “Villa Felicidad”. Allí me siento a gusto. La he construido noche a noche, amanecer tras amanecer, de siesta en siesta. Es cuanto pido: seguirla edificando. Lo demás me lo gano a letra limpia. Pero resulta que, salvo el elogio de mi hija, lo demás es mentira. Bueno, mentira o sueño. Esa es la neta (palabra que aprendí a querer en Coyoacán). Porque ni siquiera vivo en mi país, esa islita rara y nocturnal, y por supuesto que no tengo allá ninguna propiedad, ni siquiera derecho a una tumba, mucho menos una casa blanca en las colinas de Santa María del Mar, mirador del medio. Entonces, claro, entonces, ¡cómo no!, entonces, decía, mi frágil felicidad dura lo que un merengue en la puerta de un colegio, y me veo de nueva cuenta en un departamento de Ciudad México, sitio que adoro porque no se encela de mis amores imposibles y me enseña que la realidad, aun la más cruda, también vale la pena. No debería escribir hoy sobre la felicidad. Hay miércoles que nunca escampan. Lo mejor sería iniciar mañana jueves una brutal dieta de lágrimas para bajar llorando esos delirios de más —que tanto pesan.  n

Cuento

Cuento

Jesús Gardea:

LOS VIERNES DE LAUTARO (1979).

Sergio Pitol:

Asimetría (1980).

Héctor Manjarrez:

no todos los hombres son románticos (1983).

Francisco Hinojosa:

Informe negro (1987).

INÉS ARREDONDO:

LOS ESPEJOS (1988).

Daniel Sada:

Registro de causantes (1992).

Enrique Serna:

 Amores de segunda mano (1994).

Juan Villoro:

La casa pierde (1999).

José Agustín:

La mirada en el centro (1999).

Fabio Morábito :

 La vida ordenada (2000).

Historia

Historia

Alan Knight:

La Revolución Mexicana (1986).

Edmundo O’Gorman: Destierro de sombras:

Luz en el origen de la imagen y culto de Nuestra

Señora de Guadalupe del Tepeyac (1986).

Enrique Florescano: Memoria mexicana (1987).

Frangçois Xavier Guerra: México:

Del antiguo régimen a la revolución (1988).

José Luis Martínez: Hernán Cortés (1990).

Fernando Escalante: Ciudadanos imaginarios (1992).

Luis González y González:

Los días del presidente Cárdenas (1997).

Linda Schele: Una selva de reyes. La asombrosa historia

de los antiguos mayas (1999).

Friedrich Katz: Pancho Villa (2000).

David Brading: La Virgen de Guadalupe.

 Imagen y tradición (2002).

Novela

Novela

Augusto Monterroso: Lo demás es silencio (1978).

Jorge Ibargüengoitia: Dos crímenes (1979).

José Emilio Pacheco: Las batallas en el desierto (1981).

Juan García Ponce:

Crónica de la Intervención (1982).

Sergio Pitol:

El desfile del amor (1984).

Angeles Mastretta: Arráncame la vida (1985).

Fernando del Paso: Noticias del Imperio (1987).

Carlos Fuentes:

Constancia y otras novelas para vírgenes (1990).

Héctor Aguilar Camín: La guerra de Galio (1991).

Jorge Volpi:

En busca de Klingsor (1999).

Metáfora que habita en el aire

METÁFORA QUE HABITA EN EL AIRE

POR JUAN CRUZ

Leonardo Sciascia, el escritor italiano, de cuya ternura se puede hacer leyenda, me dijo una vez, enfundado en las sábanas azules de su cuarto de hospital, en Milán, que la felicidad es un instante, una metáfora que habita en el aire sólo un instante. Hay que estar dispuesto a percibirlo, y a decirlo.

Hace unos días, cuando Nexos me recordó mi compromiso con la felicidad —mi compromiso con este artículo sobre la felicidad—, estábamos en Barcelona con Susan Sontag, la autora norteamericana de La enfermedad como metáfora, entre otros grandes ensayos y novelas. Estábamos todos —Juan Villoro y Sealtiel Alatriste se sentaban a su lado— en un viejo restaurante de Barcelona, Casa Leopoldo, del que guardo los mejores recuerdos. Está en el barrio viejo de la ciudad, allí donde ahora —y desde hace mucho tiempo— se concentra la vida y la emigración —la vida de la emigración— en la hermosa ciudad mediterránea. Casa Leopoldo es un superviviente excepcional de la vieja Barcelona; aquí se ha conspirado y se ha comido, se ha comido conspirando contra Franco, cuando, como escribió con gran agudeza Manuel Vázquez Montalbán, contra Franco vivíamos mejor… Mantiene Leopoldo una cocina excepcional, sencilla y apetitosa, de las que dejan el recuerdo que dejaban las cocinas de nuestras madres… Pero, sobre todo, mantiene Leopoldo en su carta un postre verdaderamente extraordinario y de composición secreta, un hojaldre que cubre un exquisito cabello de ángel que hay que partir —según Villoro— en trozos tan pequeños como los bocados que puede tragar un niño; en trozos mayores, ese tortel —así lo llaman los catalanes— pierde su gracia, siempre según la teoría de Villoro, el autor de Materia dispuesta… En cualquier caso, Leopoldo está en la memoria y en la realidad como un lugar especialmente feliz de Barcelona; hasta allí fuimos un grupo muy numeroso de gente —o de gentes, como dicen en México—, y durante un tramo muy largo de ese trayecto, hasta el propio restaurante, vino con nosotros Eduardo Mendoza, el caballero de Barcelona, autor de La ciudad de los prodigios y de otras novelas formidables en las que es protagonista esta ciudad tan particularmente feliz del Mediterráneo… Por el camino, Mendoza nos explicó su descubrimiento del tortel, y no sólo eso, nos dijo que en realidad él mismo había descubierto en un lugar de Cataluña la receta de este postre de fábula cuya fabricación siempre se atribuyó a la cocina secreta de Casa Leopoldo… Cuando llegamos al restaurante Mendoza se calló, dejó de hablar del tortel, pues consideraba que su indiscreción podía molestar a los responsables del local, estuvo un rato con nosotros y después expresó su deseo de ir a descansar de los ajetreos del otoño, que es la estación más cansada… Antes de irse pedí en secreto que nos trajeran un tortel envuelto en papel, un tortel para llevar, y en cuanto lo tuve en mis manos lo puse en las de Eduardo, que son largas y finas, blancas, y vi que adivinaba en el tacto la sustancia del regalo y observé cómo sus ojos risueños se llenaban de gratitud, es decir, de felicidad…

Luego ya nos sentamos a la mesa; yo particularmente me dediqué —ese es mi trabajo, a eso me dedico— a vislumbrar si había armonía en la mesa, si todos tenían interlocutor, si estaba feliz la homenajeada, que como se deduce era Susan Sontag, y si había ya suficiente ración de jamón y de pan con tomate, que son los ingredientes con que se empieza la noche en Casa Leopoldo… Mientras tanto, yo mismo pensaba en aquel encargo feliz de Nexos, así que en un momento de silencio de la mesa pregunté en voz alta para que respondiera todo el mundo en qué momento de la historia del mundo les hubiera resultado la vida más feliz, si pudieran escoger…

Hubo respuestas de todos los caracteres, pero me sorprendió que la mayor parte, incluyendo a Susan Sontag, dijera que el tiempo más feliz, según la intuición de cada uno, habían sido los años veinte del siglo XX, y en ese tiempo preciso muchos de ellos hubieran querido seguir viviendo, aunque por su edad nadie conoció esa edad de oro de sus preferencias… Carmen Alborch, la escritora y diputada socialista española, que fue ministra de Cultura, explicó que a ella le hubiera resultado muy feliz la vida en el Renacimiento, y algo después de su declaración dijo que aquella noche, aquel instante en que todos cantábamos canciones italianas o hablábamos de lo que nos gustaba la vida, era un momento especialmente feliz, para qué había que irse tan lejos… “Soy feliz, soy muy feliz”, eso dijo, y Susan Sontag alzó una copa de vino para brindar por esa felicidad.

Ahora estoy sentado en la cocina de mi casa, llega a mi cara el aire otoñal de la sierra de Madrid, sé que el árbol que ahora está mustio en el patio central del edificio florecerá con flores blancas en primavera, y la perra de la casa come algo ruidoso sobre mis pies descalzos…

Leonardo Sciascia, el escritor italiano, de cuya ternura se puede hacer leyenda, me dijo una vez, enfundado en las sábanas azules de su cuarto de hospital, en Milán, que la felicidad es un instante, una metáfora que habita en el aire sólo un instante. Hay que estar dispuesto a percibirlo, y a decirlo. A eso se atrevió Carmen Alborch. Y por eso esa noche brindó Susan Sontag, mientras Mendoza abría el tortel y lo partía sobre la mesa de madera de su casa en el silencio que él ama. n

De repente se apagó

DE REPENTE SE APAGÓ

POR ARTURO FONTAINE

Hay ternura y no tiene fondo. Y es maravilloso que esto sea posible, que no sea necesario que asome el deseo.

El sonido del agua contra el borde de fierro enlozado de la tina, del agua contra el agua que se mueve por debajo. Ella se estira. Del agua caliente y limpia sube un espiral de vapor. Está desnuda, por supuesto, como yo y se apoya contra el respaldo de la tina y me sonríe, y se sumerge más acurrucándose en el agua calentita. Las piernas se rozan bajo el agua cristalina, y seguimos frente a frente, y confiamos. Voy descubriendo de a poco su cuerpo que yo siento tan perfecto que me conmueve y me atrae tanto más cuanto más lo miro y no sabría aburrirme nunca. Pero no hay deseo. ¿Por qué? Hay ternura y no tiene fondo. Y es maravilloso que esto sea posible, que no sea necesario que asome el deseo. Aunque por alguna corriente subterránea pasa el peligro. Mejor no turbar esta calma íntima, esta deliciosa manera de recogernos por fin sosegados. Parece que ella me echara ahora agua por la espalda con una gran esponja vegetal. Me daría vergüenza que me vea eso así, arrugado como un trapito. ¿Por qué? Lo contrario, sería una vergüenza peor, aniquilaría la inocencia entregada de este momento eterno y simple. Podemos quedarnos así los dos para siempre, envueltos en la paz de esta tina humeante.

De repente, se apagó este sueño. Y comenzó la risa y comenzó la pena. Y esta pregunta que se mueve como llama, que se curva con algo de ángel, de serpiente, y muerde y otra vez muerde, real.  n

“Aquí estoy”, dijo el árbol

“AQUÍ ESTOY”, DIJO EL ÁRBOL

POR CARMEN IGLESIAS

Desde la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, y a pesar de los pesimismos románticos en cuanto a la felicidad individual y de las evidencias reales históricas de los dos últimos siglos en cuanto a la felicidad social, la idea de que la finalidad de los humanos es ser feliz, ya y ahora, y que hay que remover los obstáculos que se oponen a ello, penetra profundamente en los sentimientos y en las ideologías occidentales de todo tipo y condición.

Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien”. “Satisfacción, gusto, contento”. “Suerte feliz”. Tres acepciones con las que aparece la voz felicidad en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Aluden fundamentalmente a una idea de felicidad terrenal, a un sentimiento laico que se extiende en Occidente a partir del siglo XVIII y transforma la percepción de la vida individual. Anteriormente, relegada a algunas elites cultas, la imagen clásica griega de felicidad como equilibrio se había ido imponiendo en la vida diaria del mundo medieval y del moderno, hasta el barroco, la percepción de que la vida humana en la tierra era sobre todo un valle de lágrimas, en el que los humanos hacemos méritos para conseguir la felicidad eterna en la otra vida, o para condenarnos por siempre jamás. Y, en otra vertiente, importaría la fama, la reputación, pero sería baladí ser o no dichoso. Los ilustrados rompen definitivamente con esas imágenes: el hombre está hecho para ser feliz, proclamarán. En la otra vida, por supuesto, pero claramente aquí y ahora. Es algo inscrito en la naturaleza humana, es el “derecho a ser feliz” que se fija en la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert. Felicidad pública y felicidad personal o privada se ligan indisolublemente. Y si bien ya desde la Ética a Nicómaco aristotélica el bien de la ciudad incluía el bien del individuo, ahora este último debe ser servido por aquél. Desde entonces, y a pesar de los pesimismos románticos en cuanto a la felicidad individual y de las evidencias reales históricas de los dos últimos siglos en cuanto a la felicidad social, la idea de que la finalidad de los humanos es ser feliz, ya y ahora, y que hay que remover los obstáculos que se oponen a ello, penetra profundamente en los sentimientos y en las ideologías occidentales de todo tipo y condición.

Si, por un lado, hombres y mujeres del común ganamos muchísimo con ello, por otro, hemos pagado en el siglo XX un alto precio. No hay ganancias absolutas en la historia. Desde el punto de vista de las ideologías y prácticas totalitarias, en función de la felicidad del futuro, se hipotecó la de los vivos presentes hasta convertir sus vidas concretas y únicas en un infierno de dolor y destrucción. Desde la perspectiva de la felicidad inmediata del individuo, con frecuencia se ha confundido tal supuesta felicidad con una urgencia del placer vivida como consumismo banal, y con una sed de diversión que olvidan la historia y el hecho cierto de que la prosperidad actual de las últimas generaciones occidentales se levantan sobre el esfuerzo y el sacrificio de generaciones anteriores, según señala Bruckner en su alegato contra el victimismo y la infantilización e inmadurez de buena parte de la ciudadanía actual (La tentation de l’innocencé). Un hedonismo trivial, que nada tiene que ver con la fortaleza y austeridad del epicureísmo clásico y su moderado cálculo del placer, se confunde muchas veces con el instante feliz en que filósofos y moralistas enraízan la esencia de lo que llamamos felicidad: la vivencia consciente de un presente que, en sus fragmentos, nos permite el carpe diem de nuestra propia existencia.

Pero incluso ese instante o esa “sucesión de momentos” en que se nos dice radica la felicidad puede resultar confuso. “Somos tan ciegos —decía ya el Usbek de las Lettres Persanes (XI) — que no sabemos siquiera cuándo debemos afligirnos y cuándo regocijarnos: casi siempre lo único que tenemos son o falsas tristezas o falsas alegrías”. Thomas Mann utilizará metafóricamente esa ceguera, y el desconcierto que provoca, en José  y sus hermanos, cuando Jacob descubre, al final de su larga vida, que la alegría más inmensa que tuvo —la posesión en su noche de bodas de su amada Raquel—, así como la pena más negra —la muerte de su hijo José, según el relato de sus hermanos al padre—, ambas eran falsas e ilusorias. José estaba vivo y la noche de bodas con Raquel no llegaría hasta después de otros largos siete años de trabajo y fatiga, pues a quien había poseído fervorosamente era a la hermana mayor, Lia.

Frente a toda ilusión ingenua de una felicidad continua —desde la Antigüedad era conocida la metáfora de la envidia de los dioses a los mortales demasiado afortunados—, la afirmación clásica ilustrada identifica felicidad con esos momentos “en que no querríamos cambiar por el no-ser” (Montesquieu) y recupera al tiempo la naturalidad de lo cotidiano y del presente para buscar en su acomodación y, en cierto sentido, en la libertad de aquiescencia del sujeto a la realidad —el “todo está bien” del Edipo sofoclea- no al final de su atormentado periplo, ya ciego y viejo—, el núcleo duro del ser feliz. La felicidad, pues, consistiría simplemente en “una cierta capacidad para saber recibir esos momentos felices” y en la casi prohibición de compararse con nadie. “Si no se quisiera más que ser feliz, eso no sería difícil. Pero se quiere ser más feliz que los otros y eso casi siempre es imposible, porque creemos a los otros más felices de lo que son”. Y el filósofo de La Bréde sigue insistiendo en la falacia de toda comparación, pues sólo podemos apreciar “signos externos”, con lo cual comparamos siempre condiciones y no personas. Pero al tiempo parecería que sólo podemos valorar lo que tenemos si el “mundo” nos confirma ese bien poseído: “Helas, ya soy feliz” —exclama irónicamente el rey de Lydia en el Le temple de Gnide, cuando posee a la bella Oriana en una isla desierta—, “pero es una cosa que sólo sabemos Venus y yo: mi felicidad sería mayor si eso pudiera ser envidiado por alguien”.

Después de haber pasado por el filo de la navaja en donde, más o menos, el movimiento romántico sitúa esos instantes felices en el vértigo de la consecuente pérdida y desolación, y después, como se dijo, de la experiencia de un siglo XX en el que la muerte y la destrucción han estado unidas al impulso y el deseo de una mayor felicidad para todos, creo que hemos llegado a las “rebajas” en todo lo que atañe a la esquiva felicidad en esta tierra. De manera que simplemente se llega a identificar esos supuestos momentos sublimes de felicidad con el bienestar material o cotidiano, con la capacidad de consumo, e incluso, como leí hace poco, con la “autoestima” y “autocontrol emocional y de conducta” que, a través de “técnicas de higiene mental”, hacen plausible que la “felicidad debe enseñarse en el colé”. Sin despreciar en absoluto ninguno de estos resortes para hacer llevadera la vida propia y la de los demás, parecería que la potencia de la idea de felicidad ha caído en picado. Y no está claro si ha sido sustituida por otra cosa.

Quizá por la melancólica reflexión de que lo que llamamos felicidad individual no depende precisamente del presente que vivimos, ni tampoco del futuro engañoso por el que se sacrificaba todo, sino casi siempre resulta cosa del pasado. Sólo de vez en cuando, si consideramos vida y circunstancias personales y descubrimos la ausencia de sufrimiento (o quizá porque éste ha quedado ya olvidado en el transcurso del tiempo), podemos asombrarnos de lo cercanos que hemos estado a la felicidad. Si en la Historia colectiva cualquier tiempo pasado no fue mejor —casi siempre peor, al menos para la mayoría de hombres y mujeres—, en las historias individuales parece más bien escasa la vivencia de esos instantes plenos en los que, en contraposición a lo que decía Montesquieu, no es que no nos cambiaríamos por el “no-ser”, es que ese no-ser es a su vez inexistente: el momento feliz justificaría en su plenitud de tal modo toda una vida que no importaría en ese instante su interrupción.

O quizá la alegría de vivir en sentido clásico ha sustituido esa imagen fugaz de la felicidad. Algo acorde con nuestro siglo trágico en el que, sin embargo, y por primera vez en la historia, la vida concreta individual tiene un valor en sí en el imaginario occidental y, al menos nominalmente, se rechaza conscientemente la guerra y la violencia. Es todo un avance, a pesar de sus retrocesos continuos. Alguien contaba hace poco la historia de uno de los supervivientes desolados de Auschwitz que indagaba qué sentido tiene la vida para una amiga, también superviviente, enferma crónica y dolorida, inmovilizada desde muy joven en su cama y, sin embargo, alegre y animosa siempre hacia los demás; ella le responde que tuvo la suerte de que el árbol frondoso que atisbaba por la ventana un día le habló. “¿Y qué te dijo?”, inquirió el interlocutor. Decía sólo: “Aquí estoy, aquí estoy”. Desde entonces, el superviviente supo que merecía la pena vivir.      n

Igual que un colibrí

IGUAL QUE UN COLIBRÍ

POR ANGELES MASTRETTA

No se busca la felicidad, se encuentra. Aparece cuando menos la esperábamos y es huidiza, quebrantable, embaucadora. Como la luz de las mañanas, como el ruido del mar, como el amor desordenado, las hojas de los árboles o el azul de los volcanes.

Arrebatada, repentina, inevitable, la felicidad cruza dejándonos el silencio como hacen los ángeles y las luciérnagas, igual que un colibrí o las hadas.

No se busca la felicidad, se encuentra. Aparece cuando menos la esperábamos y es huidiza, quebrantable, embaucadora. Como la luz de las mañanas, como el ruido del mar, como el amor desordenado, las hojas de los árboles o el azul de los volcanes.

Uno puede recontar sus momentos de felicidad, aunque no siempre pueda explicarlos y no a todos les resulten deseables. Quien se apasiona por el mar es feliz de sólo verlo, quien lo teme o le parece prescindible pasa frente a la orilla de su prodigio sin conmoverse. Quien juega a la lotería goza con el atisbo de un premio. Quien siente que su vida está signada por el azar vive jugando a la lotería y, entreverada con la diaria existencia, se va encontrando la felicidad.

A cualquier hora, como una gota de agua: en el aire o al fondo de un abismo.

Hará un mes que una voz pedregosa irrumpió en el teléfono a las dos de la mañana. Me preguntó si yo era yo. Dije que sí.

—Véngase rápido al puente Conafrut, su hijo chocó, se desbarató el coche.

— ¿Y él? —pregunté volviendo a creer en el infierno.

—Él está bien, pero véngase rápido. Rápido.

Le pedí que me dejara oírlo, quise saber quién llamaba, pero del otro lado sólo respondió el aire oscuro de una ausencia.

Su papá y yo nos vestimos en segundos y salimos tras la voz creyendo en ella tanto como desconfiábamos. Casi sin hablarnos con tal de no decir lo que íbamos pensando. Fuimos hasta la carretera que va a Toluca y anduvimos por su oscuridad como a tientas, tratando de recordar en dónde está el puente por el que hemos pasado tan pocas veces y con tanta luz como nuestro hijo lo tiene en la memoria de quien transita a diario la descabellada carretera.

El y la voz que nos llamó debían estar del otro lado, llegando a la ciudad, no abandonándola. De lejos vimos el coche colgado de una grúa bajo las luces de una patrulla.

¿Y el hijo?

Un pánico mudo nos recorrió el cuerpo. Cruzamos la eternidad en tres kilómetros: y ahí estaba el hijo. Inmensamente vivo, entero, agitando los brazos. Y ahí estaba, indeleble, fortuita: la felicidad.

¿Cómo agradecer ese instante? ¿Qué premio de cuál lotería nos lo dio un jueves cualquiera? No se busca la felicidad, se encuentra.

Quizá lo más inquietante de todo lo suyo es que mil veces resulta imprevisible.

Ayer pasé la tarde sola en mi casa. A las nueve de la noche aún no había oído a nadie llegar. Estuve un tiempo largo frente a la computadora, entretenida con sus letras haciendo las mías. Ni un sólo ruido. Semejante silencio comparado al trajín que agobia las mañanas me pareció una humilde manera de vislumbrar la felicidad.

Abrí el correo electrónico: varias cartas, dos contraseñas. Una fue de mi hermana: ven a Puebla, caminaremos, dice. Y dice tanto. La pienso. Ella nunca pregonaría: ¡qué feliz soy! Es mucho más enigmática y mucho más clara que eso: sabe hacer felices a otros. ¿Quién puede lo segundo sin lo primero?

Como a las diez un cansancio sin alas me cayó en los párpados. Terminaba otro día de lluvia. Apagué la luz de mi estudio. El perro se levantó de su rincón, adormilado y perezoso. Dos chispas negras le juegan en los ojos y con ellas lo mismo se entristece que se encandila. Me siguió moviendo la cola sin causa cierta. Tiene el don de los perros: me hace creer que traigo en mí su felicidad. ¿Qué mejor podría darme?

Iluminé la escalera, canté el final de un tango. Me lo sé mal, pensé, pero me gusta. Arriba los cuartos estaban a oscuras. Yo querría que los hijos tuvieran diez años y me llamaran al terminar la Historia sin fin, para ver por centésima vez cuando el niño vuela sobre el mundo montado en su blanquísimo perro dragón. Ahí estuvo entonces la felicidad: en ellos, en el niño, en el sonriente dragón volando sobre nuestras cabezas.

Pero mis hijos han crecido tanto que de seguro el niño del dragón ya tuvo un hijo. Y arriba los cuartos estaban oscuros. Caminé hasta la puerta del mío.

— ¿Ma? —llamó la voz de la cinematógrafa que es Catalina cuando usa los anteojos. Y también cuando no. En la penumbra de su cuarto estaba viendo la tele, con medio cuerpo sobre el sillón y el otro medio recostado en su novio. Me la encontré sin más, sin saber que ahí estaba. Hace tan poco tiempo que volvió radiante, con una estrella pegada en la frente tras su primer día de colegio. Me la enseñó como una novedad. Yo supe y sigo sabiendo, que ya la traía puesta el día que nació.

— ¿Cómo andan? —pregunté para ocultar el pueril regocijo con que los descubrí como a un tesoro inesperado.

—Estamos viendo La guerra de las galaxias hasta sabernos todos los parlamentos. Te invitamos —condescendió conmigo como si la chiquita fuera yo. ¿Qué podía ser su voz sino la inexpugnable felicidad? Y otra vez, como tantas, le vi una estrella en la frente.

Dos frase célebres tiene mi madre: “la vida es difícil” y “no todo se puede”. Sin decírselo ni decírmelo yo he pasado la vida intentando probar la improbabilidad de sus decires. He hecho de todo con tal de que todo se pueda, he puesto cara de que no me duele lo que sí me duele, de que fue muy fácil lo que resultó tan arduo. Una y otra vez he caído de bruces sobre las dos certezas clave de mi madre, sin por eso dejar de empeñarme en que no tenga razón. Hace unos días me despedí de su paz y su jardín para volver a mi ajetreo. La vi como siempre: hermosa, con sus setenta y ocho años y su espíritu indómito.

—Sabes, madre, creo que terminaré dándote la razón. No sé bien cuándo. De momento pienso seguir en mi empeño, pero a la larga, lo veo venir, acabaré aceptando que no todo se puede y que la vida es difícil. Hasta mi último día les pondré matices y reparos a tus dos grandes certidumbres, pero acabaré dándote la razón.

—Porque la tengo, hija. Ni modo —sentenció serena y sonriente. Y tras la sentencia vi sus labios y el rabito de sus ojos y vi en ellos la complacida felicidad de quien convence a la inconvencible: no se puede todo, la vi pensar, pero hoy pude contigo. La besé para decir adiós. Y me sentí torpe y necesariamente feliz.

El señor de la casa entra silbando. Trae en la cabeza diez periódicos, cuarenta conversaciones cruciales, setecientos pendientes. Oigo sus pasos llegar y me doy cuenta de lo atrasada que ando en mis arreglos para ir a la cena. Me pinto las pestañas espantando al sueño como a un mal pensamiento. Tengo un letrero enmarcado que advierte desde siempre: “si me corretean me tardo más”. El nunca le ha hecho ningún caso.

Oigo subir el silbido y la danza del silbante. Lo que sigue es un “vámonos” como una sentencia. En un segundo los pasos andan el camino entre la escalera y nuestro cuarto y el señor de la casa detiene el silbido:

— ¿Qué crees? —dice—. Se suspendió la cena.

Suelto el rímel y recupero el alma. Que no todo se puede, dijo mi madre, pero a veces se puede lo imposible, digo yo. Y entra la felicidad: discreta, imperceptible casi, a dar su guerra tibia

No se busca la felicidad, se encuentra.    n

Variaciones sobre el agua

VARIACIONES SOBRE EL AGUA

POR JORGE EDWARDS

Para mí, en estos años, existe una forma de felicidad bastante segura: es la del mediodía del lunes en el pueblo de la costa central, cuando los automovilistas del fin de semana, con sus bultos, sus bártulos, sus familias numerosas, partieron, dejando una polvareda, y se escucha de nuevo el rumor del oleaje.

Hace ya largos años viajé en un tren nocturno al sur de Chile. Era un tren de fabricación inglesa, de lujo, lleno de buenas caobas, manillas de bronce, corolas luminosas de opalina, pero ya se hallaba cerca de su final, el periodo de su vida útil ya terminaba. Había estado en su gloria en los comienzos de siglo de la opulencia salitrera, en los años del parlamentarismo y la influencia británica, y hacía largo rato, décadas para ser más preciso, que se encontraba en franca decadencia: las maderas crujían en forma lastimera, como si los carros pudieran desintegrarse, y todo el espacio parecía penetrado por un olor a materiales gastados y a sustancias dudosas. Yo traté de dormir en la litera de arriba, junto a una ventanilla larga y baja, cerrada por una persiana que había sido fina en sus orígenes, pero el vaivén adquiría a cada rato una intensidad y una sonajera inquietantes. Creo que hacia las cinco de la madrugada, aferrado a las orillas inseguras de la litera, conseguí conciliar el sueño. Y después de las siete, cuando el tren parecía entrar en un ritmo de marcha más tranquilo, desperté. Levanté entonces, con no pocas dificultades, la persiana y divisé, desde mi altura, que antes me había parecido inestable y amenazada, un paisaje único, diferente por completo de todo lo que se puede encontrar en el centro o el norte del país: un paisaje de agua, de lagos, canales, ríos, acequias, de pájaros y animales mojados por la llovizna, de pastizales y pedazos de selva húmeda, con helechos y hojas donde las gotas se condensaban y caían y, al fondo de todo, el telón impresionante de la cordillera nevada. Me dije que había llegado a una región poética, a uno de los grandes territorios de la poesía en lengua castellana, desde Alonso de Ercilla, que había bajado del norte de España, y Pedro de Oña, nacido por ahí cerca, en Angol de los Confines, hasta Pablo Neruda, Gonzalo Rojas o Jorge Teillier, autores cuya infancia transcurrió en estos sitios. Y me dije, como habitante de ciudades y de paisajes más bien áridos, que una de las claves del sur, de la antigua frontera de la Araucanía, era el agua, uno de los secretos de esa forma de felicidad y de exaltación que ellos, los poetas, habían conocido desde niños.

Ahora recuerdo una conferencia del Neruda de los años cincuenta o de comienzos de los sesenta en la Universidad de Chile. El poeta contaba que en su adolescencia en Temuco leía una antología de poesía chilena a la orilla del agua de una acequia que no cesaba de pasar y de sonar, es decir, de cantar. De repente, al ritmo de los versos de sus precursores, y me parece que nombró a Daniel de la Vega, a Manuel Magallanes Moure, a Max Jara, sentía que la poesía anterior era como esa corriente, como “un río invisible” que pasaba por sus venas, de modo que sus versos de adolescencia se alimentaban de la poesía de antes, la de los viejos poetas, y a la vez se agregaban a las acequias, a los canales, los ríos y los lagos de la gran poesía. Podríamos seguir en muchos poetas el desarrollo de metáforas fluviales, lacustres, marítimas. Existieron los lagos del romanticismo inglés y el mar de Charles Baudelaire, de Arthur Rimbaud, de Paul Valery: instantes de iluminación detenidos en el tiempo, variaciones de una felicidad ancha como el océano, en cierto modo ebria, irremediablemente transitoria, pero siempre relacionada con la máxima libertad. “Homme libre, toujours tu chériras la mer! .

Releo en estos días un gran libro de la poesía española del siglo XX, libro que con el paso de los años ha crecido —me refiero a Ocnos, de Luis Cernuda—, y me encuentro con el tema del agua en un enfoque original y persistente. Cernuda escribió los fragmentos en prosa de Ocnos desde su juventud en Sevilla y continuó con su escritura hasta pocos días antes de su muerte. Fue un libro de toda la vida, algo así como un diario autobiográfico, en un proceso de evolución constante. Un diario de vida y a la vez un diario de muerte, si queremos parafrasear al poeta chileno Enrique Lihn. El momento más intenso, más desgarrado, de poesía más concentrada, se produce hacia 1940 y es el de una doble pérdida: la desaparición irreparable de la infancia en los días en que el poeta desterrado se acerca a los cuarenta años de edad y la de Sevilla y de todo ese paisaje del sur a causa del fin de la guerra de España y del exilio. Ahora bien, el sur perdido al parecer para siempre está formado por un conjunto de elementos que no se pueden dar del mismo modo en el destierro de Escocia o de Inglaterra; por el sol, la luz, el agua de las fuentes, de las piscinas, de los canales sevillanos: “abajo, en torno de la fuente, estaban agrupadas las matas floridas de adelfas y azaleas. Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro”.

Lo más revelador y curioso de toda esta etapa de la escritura de Luis Cernuda es su odio, odio radical y casi se podría sostener que ancestral, a la nieve. La nieve es lo que paraliza la fluidez, la transparencia, la musicalidad del agua. Es propia del norte gris, frío, congelado, y enemiga del agua, las nubes, la lluvia, que van y vienen, suben y bajan, “con su rumor músico, su centelleo mágico, su libertad volada”. ¿Significa todo esto que la felicidad es una experiencia lejana y desaparecida para siempre? Por mi parte no lo creo. Estoy convencido de que puede aparecer a la vuelta de una esquina, en cualquier momento y lugar, sin aviso previo. Claro está, no avisa tampoco para irse y para dejarnos a la orilla del camino, un poco desconcertados, desorientados.

Para mí, en estos años, existe una forma de felicidad bastante segura: es la del mediodía del lunes en mi pueblo de la costa central, cuando los automovilistas del fin de semana, con sus bultos, sus bártulos, sus familias numerosas, ya partieron hace algunas horas, dejando una polvareda, y se escucha de nuevo el rumor del oleaje, alterado a lo sumo por el canto de los pájaros, por el graznido de gaviotas voraces, por algunos ladridos o rebuznos en las quebradas. Es una forma segura, sencilla, que se desvanece a medida que pasa la tarde. Pero uno consigue una concentración superior, por lo menos durante un par de horas, y llega a pensar en un instante ilusorio, en un minuto de distracción algo somnolienta, que el tiempo quizá no existe.

Se ha comparado con frecuencia el mundo de Ocnos de Luis Cernuda con el de Marcel Proust en su Búsqueda del tiempo perdido. A mí me parece que el carácter monumental de la novela de Proust consiste en colocar la memoria personal en el ritmo y en el cauce de la memoria histórica. El niño que entra a la iglesia de Combray y se encuentra con los vitrales y las tumbas de piedra que cuentan la historia medieval de San Hilario nos trae a la escritura un pasado de dimensiones vastas, profundas, donde late todo el misterio del tiempo humano. De la taza de té de la tía Léonie, la extravagante dueña de la casa de Combray, sale un enorme friso novelesco. El novelista se salva por medio de la memoria colectiva. Frente a esto, los fragmentos de Ocnos son miniaturas. Pero son maravillosas miniaturas, destellos de una felicidad posible, y también, a su manera personal, nos salvan.      n

Vida pública. Otros títulos clave

VIDA PÚBLICA

Otros Títulos clave

Pablo González Casanova y Enrique Florescano: México Hoy (1979) • Peter H. Smith: Los laberintos del poder: El reclutamiento de las élites políticas en México, 1900-1971 (1981) • Pablo González Casanova, Héctor Aguilar Camín (coordinadores): México ante la crisis (1986) • Raúl Tre- jo, Juan Enrique Vega y Rolando Cordera (coordinadores): México: El reclamo democrático (1988) • Gabriel Zaid: De los libros al poder (1988) • W. Cornelius, J. Gentleman y P. Smith: Mexico’s Alternative Political Futures (1989) • Juan Molinar Horcasitas: El tiempo de la legitimidad: Elecciones, autoritarismo y democracia en México (1991) • Roderic Ai Camp: Biografías de políticos mexicanos (1992)•    Lorenzo Meyer: La segunda muerte de la Revolución Mexicana (1992) • Jorge G. Castañeda: La utopía desarmada (1993) • Luis Medina Peña: Hacia el nuevo Estado: México, 1920-1993 (1995) • Gabriel Zaid: Adiós al PRI (1995) • Julieta Campos: ¿Qué hacemos con los pobres? (1995) • Jorge Domínguez: Democratizing México: Public Opinión and Electoral Choices (1996) • Barry Carr: La izquierda mexicana a través del siglo XX (1996) • Giovanni Sartori: Lngeniería constitucional comparada (1996) • Alan Riding: Vecinos distantes (1996) • José Antonio Aguilar Rivera: La sombra de Ulises (1998) • Roderic Ai Camp: Politics in México. The Decline of Authoritarianism (1999) •  Juan Pedro Viqueira: Los indígenas y la democracia. Virtudes y límites del sistema electoral y partidista en los Altos de Chiapas (2000) • Alonso Lujambio: El poder compartido. Un ensayo sobre la democratización mexicana (2000) • John Bailey y Roy Godson: Crimen organizado y gobernabilidad democrática: México y la franja fronteriza (2000) • Sergio Aguayo: La charola. Una historia de los servicios de inteligencia en México (2001).

Defensa de la alegría

DEFENSA DE LA ALEGRÍA

POR MARIO BENEDETTI

Defender la alegría como una trinchera

defenderla del escándalo y la rutina

de la miseria y los miserables

de las ausencias transitorias

 y las definitivas

defender la alegría como un principio

defenderla del pasmo y las pesadillas

de los neutrales y de los neutrones

de las dulces infamias

y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera

defenderla del rayo y la melancolía

de los ingenuos y de los canallas

de la retórica y los paros cardiacos

de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino

defenderla del fuego y de los bomberos

de los suicidas y los homicidas

de las vacaciones y del agobio

de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza

defenderla del óxido y la roña

de la famosa pátina del tiempo

del relente y del oportunismo

 de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho

defenderla de dios y del invierno

de las mayúsculas y de la muerte

de los apellidos y las lástimas del azar

y también de la alegría. n

Historia. Otros títulos clave

Historia

Otros TÍtulos clave

David Brading: Los orígenes del nacionalismo mexicano (1980) • Anna Timothy: La caída del gobierno español en la Ciudad de México (1981) • Friedrich Katz: La guerra secreta en México (1982) • Antonio García de León: Resistencia y utopía (1984) • Alfredo López Austin: Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas (1984) • Oscar Mazin: Entre dos majestades (1987) • Solange Alberro: Inquisición y sociedad en México 1571-1700 (1988) • Luis González: El oficio de historiar (1988) • Claude Fell: José Vasconcelos: Los años del águila (1989) • Charles Hale: El liberalismo mexicano durante el siglo XIX (1989) • Héctor Aguilar Camín, Lorenzo Meyer: A la sombra de la Revolución Mexicana (1989) • Ser- ge Gruzinski: La colonización de lo imaginario (1991) • Lorenzo Meyer: Su majestad británica contra la Revolución Mexicana, 1900-1950 (1991) • Carlos Fuentes: El espejo enterrado (1992) • Emilio García Riera: Historia documental del cine mexicano (1994) • Adolfo Gilly: El cardenismo (1994) • Santiago Portilla: Una sociedad en armas (1995) • Arnaldo Córdova: La Revolución en crisis. La aventura del maximato (1995) • Michael Coe: El desciframiento de los glifos mayas (1995) • Pedro Carrasco: Estructura político-territorial del imperio tenochca (1996) • Javier Garcíadiego: Rudos contra científicos (1996) • Mauricio Tenorio: Artilugios de la nación moderna (1996) • Enrique Krauze: Biografía del poder. Caudillos de la Revolución Mexicana, 1910-1940 (1997) • Enrique Krauze: La presidencia imperial; ascenso y caída del sistema político mexicano (1940-1996) (1997) • James Lockhart: Los nahuas después de la Conquista. Historia social y cultural de los indios del México central, del siglo XVI al XVLLI (1999) • Eric Van Young: The Other Rebellion: Popular Violence Ideology and the Mexican Struggle for Indepen- dence, 1810-1821 (2001) • Jean Meyer: Yo, el francés. La intervención en primera persona (2002).

Poesia. Otros títulos clave

POESÍA

Otros Títulos clave

David Huerta: Versión (1978) • Alberto Blanco: Giros de faros (1979) • Verónica Volkow: Litoral de tinta (1979) • Manuel Ponce: Antología poética (1980) • José Luis Rivas: Tierra nativa (1982) • Kira Galván: Un pequeño moretón en la piel de nadie (1982) • Elsa Cross: Bacantes (1982) • Coral Bracho: El ser que va a morir (1982) • Luis Miguel Aguilar: Chetumal Bay Anthology (1983) • Rafael Torres Sánchez: Fragmentario (1985) • Francisco Cervantes: Heridas que se alternan (1985) • Ricardo Yáñez: Ni lo que digo (1985) • Jaime Moreno Villarreal: La estrella imbécil (1986) • Vicente Quirarte: La luz no muere sola (1987) • Eduardo Langagne: Navegar es preciso (1987) • Efraín Bartolomé: Cuadernos contra el ángel (1987) • Francisco Hernández: De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios {1988) • Carmen Boullosa: La Salvaja (1989) • Isabel Quiñónez: Esa forma de irnos alejando (1989) • Miriam Moscona: Las visitantes (1989) • Aurelio Asiain: República de viento (1990) • Gerardo Deniz: Amor y oxídente (1991) • Manuel Ulacia: Origami para un día de lluvia (1991) • Gloria Gervitz: Migraciones (1991) • Fabio Morabito: De lunes todo el año (1992) • Antonio Del- toro: Los días descalzos (1992) • Gabriel Zaid: Sonetos y canciones (1992) • Homero Aridjis: El poeta en peligro de extinción (1992) • Elva Macías: Ciudad contra el cielo (1993)  • Hugo Gutiérrez Vega: Las peregrinaciones del deseo, 1965-1986 (1993) • Roberto Diego Ortega: Nacer a cada instante (1994) • Margarito Cuéllar: Arbol de lluvia(1994)   • Marco Antonio Campos: Los adioses del forastero (1997) • Ramón Xirau: Naturalezas vivas (1997) • Rafael Vargas: Se ama tanto el mundo (1998) • Víctor Manuel Mendiola: Papel revolución (2000) • José Joaquín Blanco: Poemas y elegías (2000) • Héctor Carreto: Coliseo (2002).

Hacer horas eternas

HACER HORAS ETERNAS

POR MANUEL VICENT

Esta pequeña felicidad nos obliga a vivir pegado a la espontaneidad de los sentimientos, al ciclo de la naturaleza, al rito agrario de la muerte y resurrección de las semillas, de forma que las frutas y hortalizas del tiempo sean compatibles con el amor a las personas que nos rodean en la mesa.

La Felicidad no existe y si existe, no es obligatoria. Dijo un panadero gallego: “El tiempo lo ha hecho Dios; nosotros sólo hacemos las horas”. Del mismo modo la abstracción de la felicidad se reduce a pequeños actos felices que cualquiera puede fabricarse para consumo personal cada día. La dicha siempre se confunde con esos momentos en que no logramos recordar qué nos pasó, ya que teníamos el diafragma absolutamente nivelado, sin ansiedad alguna, sin deseos inalcanzables. Si usted consigue recordar qué le sucedió, por ejemplo, en la primavera del año 1997, seguramente se debe a que en ese tiempo no era feliz. Alguna desgracia rondaría su vida.

La primera condición que debe tener el placer es que sea barato y, por tanto, asequible a cualquiera. He aquí algunos pequeños actos felices: contemplar un mar muy azul, partir por la mitad un tomate maduro, jugar en el bar a las cartas con unos naipes húmedos de anís, oír a una mujer que canta canciones de amor mientras tiende la ropa blanca en la azotea, asistir a cualquier bautizo, primera comunión o boda italiana, mexicana o española donde suena un acordeón bajo el emparrado, oler el perfume de la sangre de los geranios contra la cal de una pared del sur. Esta pequeña felicidad nos obliga a vivir pegados a la espontaneidad de los sentimientos, al ciclo de la naturaleza, al rito agrario de la muerte y resurrección de las semillas, de forma que las frutas y hortalizas del tiempo sean compatibles con el amor a las personas que nos rodean en la mesa.

Ningún alimento es pesado ni da acidez. Quienes son pesados y te lastiman el estómago son ciertos comensales con los que uno se ve obligado a veces a compartir un almuerzo. La buena digestión está unida a la alegría y suavidad de una comida con amigos tan fiables como el cocinero y entonces todo sienta bien aunque te metas fuego por el esófago.

Dejemos que Dios haga la eternidad. Algunos nos conformamos con hacer eternas esas horas del panadero gallego. Por eso podemos imaginar que en el paraíso, después de la muerte, habrá pan hondo y perfumado, con el que podremos hacer tostadas en el desayuno haciendo resbalar sobre ellas aceite virgen de oliva y desde las nubes se podrá descubrir a Ava Gardner contemplando las verdes colinas de África, rodeada de leones vegetarianos.

Ninguna noticia es tan importante como para alterar el desayuno de nuestros lectores: esta era la divisa del diario The Times, de Londres. Este principio fue llevado a sus últimas consecuencias cuando el Imperio Británico declaró la guerra a Alemania. El periódico dio la noticia en segunda página, con un titular a dos columnas y sin alterar el tamaño de las letras. La primera plana estaba reservada para los anuncios breves por palabras. En ellos pequeños comerciantes hacían llegar al público sus propuestas de felicidad, de forma que los clientes supieran dónde comprar un tornillo, un paraguas, un bollo de chocolate, o encontrar un restaurante, una sala de fiestas, unos muebles usados y eso era la vida de la gente sencilla y anónima que se establecía bajo los bombardeos de la Segunda Guerra mundial con una energía superior a cualquier bomba atómica.

Hágame usted el favor de ser inmortal en cada minuto del día. Sea consciente de que está respirando y aunque el aire esté contaminado, llenarse los pulmones no deja de ser un privilegio, que no tiene ya ni Buda, ni Mozart, ni Napoleón. Y si quiere adelgazar o guardar la línea, recuerde que para eso no hay nada como una pasión que queme todos los hidratos de carbono a los pies de Venus. La mejor filosofía debería reducirse a no olvidar que la crueldad de la historia, la imbecilidad humana y los zarpazos de la naturaleza coinciden con los erizos de mar que huelen a alga, con las habas tiernas y con las miradas de amor de una mujer anónima en el autobús. n

La desgracia de ser feliz

Aquel sábado negro descubrí la felicidad: un estado del cuerpo y el alma que se vive un instante y se sigue pagando por el resto de la vida. Empezó con un trueno apocalíptico que enrareció el cuarto con el olor premonitorio de la tierra mojada, y no había tenido tiempo para escapar ileso cuando se precipitó un aguacero grande, de los que suelen desmadrar la ciudad entre mayo y octubre. Las calles de arenas ardientes se convirtieron en torrentes ciegos que arrastraban cuanto encontraron a su paso después de tres meses de sequía, y podían ser como la felicidad del amor: tan providenciales como devastadoras.

Apenas había tenido tiempo de asegurar puertas y ventanas cuando me salió al encuentro la certidumbre física de que no estaba solo. Alcancé a ver el celaje del gato que saltó del sofá y se escabulló por el balcón, y en su plato quedaron las sobras de una comida que nadie le había servido. Lo había criado como estudié el latín. Seguía sus trazas con su manual de uso para familiarizarme con sus hábitos naturales, pero no di con su escondite para obrar, ni con sus sitios de reposo, ni con las causas de su amor voluble. Quise enseñarlo a comer a sus horas, a no subirse en mi cama mientras yo dormía ni a olisquear los alimentos en la mesa, ni pude hacerle entender que la casa era suya por derecho propio y no como un botín de guerra.

De modo que lo dejé a su aire para enfrentar el aguacero bíblico que amenazaba con desquiciarla. Sufrí un ataque de estornudos encadenados, me dolía el cráneo y tenía fiebre, pero me sentía poseído por una fuerza y una determinación que nunca tuve a ninguna edad y por ninguna causa. Puse calderos en el piso para recoger las goteras, y me di cuenta de que habían aparecido otras nuevas desde el invierno anterior. La más grande había empezado a inundar el flanco derecho de la biblioteca. Me apresuré a salvar a los autores griegos y latinos que vivían por aquel rumbo, pero al quitar los libros encontré un chorro de alta presión que salía de un tubo roto en el fondo del muro. Lo amordacé con trapos hasta donde pude para salvar mis favoritos.

El estrépito del agua y el aullido del viento arreciaron en el parque. De pronto, un relámpago fantasmal y su trueno simultáneo impregnaron el aire de un fuerte olor de azufre, el viento desbarató las vidrieras del balcón y la tremenda borrasca de mar rompió los cerrojos y se metió en la casa como en la suya. Sin embargo, antes de diez minutos escampó de un tajo. Un sol espléndido secó los escombros varados en las calles, y volvió el calor. Fue entonces cuando me estremeció la certidumbre de que había sido feliz durante la tormenta y no sabía por qué.

García Márquez

Mi única explicación es que así como los hechos reales se olvidan, también algunos que nunca lo fueron pueden estar en la memoria como si hubieran sido. Pues si evocaba la emergencia del aguacero no me veía a mí mismo solo en la casa sino siempre acompañado por alguien que no me atreví a recordar. La sentía tan cerca, que había percibido el rumor de su aliento en el dormitorio, y los latidos de su mejilla en mi almohada. Me recordaba a mí mismo en el escabel de la biblioteca y la recordaba a ella con su bata de flores pintadas recibiendo los libros para ponerlos a salvo. La veía correr de un lado al otro de la casa batallando con la tormenta, empapada de lluvia con el agua a los tobillos en una noche feliz sin los tormentos del amor. La recordaba al día siguiente preparándole al gato un desayuno que nunca fue y poniendo la mesa mientras yo secaba los pisos y ponía orden en el naufragio de la casa. Nunca olvidé la mirada sombría con que me preguntó mientras desayunábamos: ¿Por qué me conociste tan viejo? Le contesté la verdad: la edad de uno no es la que se tiene sino la que uno siente.

Desde entonces la llevé en la memoria con una nitidez que me permitía hacer de ella lo que fuera útil para ser felices. Le cambiaba el color de los ojos según mí estado de ánimo: color de agua al despertar, color de almíbar cuando reía, color de lumbre cuando la contrariaba. La vestía para la edad y la condición que convinieran a mis cambios de humor: novicia enamorada a los veinte años, puta de salón a los cuarenta, reina de Babilonia a los setenta, santa a los cien. Cantábamos duetos de amor de Puccini, boleros de Agustín Lara, milongas de Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes no cantan no pueden imaginarse siquiera lo que es la felicidad de cantar. Hoy sé que no fue una alucinación en aquella tarde feliz sino un milagro más del primer amor de mi vida a los noventa años. n

(Núm. 301, enero de 2003)

Time is Monet

TIME IS MONET

POR JULIÁN RÍOS

Los ángeles y los demonios entran al mundo de los vivos y se mezclan con ellos, se indiferencian. Pero no hay que echar campanas al vuelo, su fin es otro. Vienen por nosotros y los hombres nos volvemos ángeles o demonios, las fronteras desaparecen.

Las estaciones de Monet, proyecto con el fotógrafo Delsena, solían empezar en la de Saint-Lazare; pero la expedición del último día del verano la hacíamos encogidos en el viejo cupé recuperado de Camille II, su nieta adoptiva, como decía él, que nos llevaba aceleradamente a Bennecourt, a unos 60 kilómetros al oeste de París, por la estrecha carretera que sigue la orilla derecha del Sena.

Los domingos los sacan a comer a un restaurante cercano, explicaba Delsena, su cabeza de monje aureolada muy blanca junto a la morena de la conductora. Acabábamos de dejar atrás, al pie de los acantilados, un edificio normando rosa salmón de entramados postizos y su terraza con parasoles y tumbonas desiertas bajo el sol, Au Bonheur du Jour, la residencia de ancianos que Delsena perennizó hace por lo menos tres lustros en el álbum del mismo título. Revi recientemente todas esas fotos, sembradas por el suelo de su estudio, mientras él las sorteaba haciendo su recolección para una próxima retrospectiva en Rotterdam y yo seguía el reguero de recuerdos y sus pasos en difícil equilibrio.

La protagonista, Mrs. Young, o Mme. Jeune, como la conocían todos, era la decana de la residencia y se preparaban a celebrar sus primeros cien años. Such a sweet oíd lady, murmuró Delsena. Una viejita de rasgos finos y ojos oscuros muy grandes o dilatados, tocada con un turbante blanco. Me habían impresionado especialmente las imágenes en que ella examinaba su pasado inclinada sobre su propio álbum de fotos. Delsena había conseguido ampliar ciertos detalles de esas fotos desvaídas que recobraban de pronto toda su intensidad bajo la mirada fija de la dama.

Una pirámide de uvas blancas y negras en un frutero de cristal que flotaba, recuerdo, en el claroscuro como una naturaleza muerta surrealista o espiritista. Tal frutero espectral en realidad estaba en el centro de la sólida mesa de caoba del comedor que se volvía aún más oscura con el crepúsculo, pocas horas antes de que llegasen algunas amistades a cenar a su casa londinense. Al cabo de esa animada cena de una primavera de 1918, si recuerdo bien, dijo Delsena, la joven anfitriona descubriría que la felicidad que la embargaba podía ser tan ilusoria como el frutero volante. Madame Jeune tenía intacta la memoria y le desvelaba a Delsena, entre pose y pose, esas reliquias del pasado con profusión de detalles.

La mujer de 31 años del vestido de muselina blanco y collar de cuentas de jade que sonreía ante un parterre de tulipanes era ella en el jardín de su casa de Kensington a mediados de mayo de 1919.

El hombre alto de 36 años en jersey blanco y pantalones de franela blancos que levanta cual trofeo a una preciosidad morena de año y medio era Harry con la pequeña Berthie. La foto fue tomada aquel mismo día, en el mismo jardín, sólo unas semanas antes de que la tercera oleada de gripe le arrebatara con unos pocos días de intervalo primero a su única hijita y luego a su marido. Más de una noche se empeñó en bajar desde su casa hasta el final de la calle, junto a la estación de High Street Kensington, tropezando a cada paso en pilas de cadáveres y llamando a Berthie y a Harry, seguía recordando Delsena, hasta que por fortuna la despertaban sus propios gritos.

Aquella gripe llamada española, dijo Delsena, para pasmo de Camille II, hizo más de veinte millones de muertos en todo el mundo, se dice pronto, y sólo en Londres unos doscientos mil.

Harry, abogado previsor, la dejó al abrigo de problemas materiales, estaba convencida madame Jeune, para que pudiera consagrarse por entero a los espirituales.

La beldad rubia de edad indefinida —en la foto, de 1918, tenía 27— que desvía la mirada era su amiga del alma Pearl, ángel de la guarda y enfermera que además le descubrió las consolaciones de la teosofía.

Peregrinaron juntas por la India durante un par de años en busca de las iluminaciones védicas y luego se retiraron otro bienio a meditar aisladas en un chalet de montaña en Suiza, cerca de Montreux. Vivieron luego casi una década agotadoramente, hasta 1933, cultivando de sol a sol el huerto del falansterio de Gurdjieff en Avon, a las afueras de Fontainebleau. Convencidas al fin de que más les valdría reanudar la vía contemplativa, se retiraron nuevamente a las montañas suizas, esta vez cerca de Ascona, a perfeccionarse con otro gurú. Después de la Segunda Guerra mundial regresaron a Francia, tal vez para visitar a Gurdjieff en París, y decidieron establecerse definitivamente no lejos del antiguo monasterio de Avon que les recordaría, según Delsena, los viejos tiempos de sudor y lágrimas de felicidad.

Tras la muerte repentina de su inseparable Pearl y algunos achaques propios de su edad, madame Jeune decidió recogerse en 1973 o 1974, calculó Delsena, en Au Bonheur du Jour, casi en la raya de Normandía. Aunque se lo permitían sus medios, no escogió una de las habitaciones orientadas al sur y con vistas al valle del Sena, para sorpresa de todos, sino otra menos clara y espaciosa que daba al huerto trasero y a un peral resguardado del norte por una pared de ladrillos que le recordaba, y ahí estaba el quid, dijo Delsena, el del jardín de su casa de Kensington que acabó dándole el fruto de la iluminación, como ella lo denominó. Aquel peral en flor de una noche de primavera de 1918, y ha llovido desde entonces, caía en la cuenta Delsena, que ella contemplaba a la luz de la luna desde el balcón de su casa junto a Pearl, tras la animada sobremesa con Harry y un empresario teatral y su mujer decoradora cuyos nombres Delsena no recordaba y un poeta en ciernes llamado Warner o quizá Warren, dudó Delsena, e hizo un gesto de defensa con las manos hacia el parabrisas, al referirse de nuevo a aquel peral maravilloso que ella contemplaba junto a Pearl y de pronto se alargó en la noche como una llama que era la felicidad, recordaba siempre madame Jeune, que ardía en su pecho.

Aquel peral flamígero de Londres no estaba en el álbum de recuerdos de la anciana inglesa pero Delsena habría de convertir el del huerto de Au Bonheur du Jour en un fulgor constelado de perlas luminosas. No tanto una solarización como una suposición velada de lo que alcanzó a ver desde la ventana de su cuarto madame Jeune al apagarse serenamente justo un día antes de cumplir cien años.

Un mesón para glotones, creía que lo llamó así Delsena, en su francés peculiar, al proponernos parar a comer, y de pronto apareció Gloton, tal cual, en el cartel al borde de la carretera, metros antes de que Camille II aparcase el coche bajo los plátanos, frente al Rendez-vous des pécheurs, así se sobreentendía, porque en el letrero marrón de la entrada el acento circunflejo había saltado con otros desconchones. Daba lo mismo que la cita fuera con pescadores o pecadores porque una cuartilla chincheteada en la puerta advertía que el establecimiento estaba definitivamente cerrado por jubilación del propietario.

Se cierra otro capítulo, dijo Delsena, y ya no deben de quedar muchos más. Había venido con frecuencia a comer ahí con Negrita, como llamaba siempre a la pintora norteamericana que fue su amiga íntima y modelo durante más de cuarenta años.

Conocía la foto, de mediados de los cincuenta, reproducida en algunos catálogos de la artista: una chica delgada muy morena en jersey y vaqueros sentada en el suelo, su melena atada con un pañuelo, con aire ausente entre cuadros enmarañados. A sus pies hay botes de pintura y una botella de ron con la etiqueta de una cabeza de negra con una pañoleta parecida a la de la pintora.

Delsena se acercó finalmente al río y encuadraba la espesura de enfrente duplicada en el agua con el largo chopo en el centro o se protegía del resol con las manos juntas sobre las cejas. No quería hacer fotos ahora, explicaba, porque era demasiado pronto. Time is Monet, como él decía, y cada hora tiene su color. A nuestro lado Camille II, en un vestido blanco a listas azules, o viceversa, que le caía que ni pintado por Monet y que sin duda se puso para la ocasión, miraba las hojas verdes de los nenúfares en el remanso. A causa de su silueta franjeada, o de un espejismo de reflejos, yo la distinguía ya sentada en la ladera florida de la isla de enfrente, que parece desde aquí la orilla izquierda del río, bajo un árbol frondoso que cubre parte del cielo, además de algunos campos y casas. A sus pies flota la barca verde que la trajo con el pintor que ha de retratarla. Au bord de l’eau, Bennecourt. Para ser exactos debería indicar Gloton, sin acento, pues así se llama este lugar de la orilla derecha del Sena, pegado al pueblecito de Bennecourt, que Claude Monet pintó en la primavera de 1868. A pesar del tiempo transcurrido el espacio apenas ha cambiado. Salvo que hay algunas motoras en el embarcadero y casas nuevas allá donde crecía un muro verde de chopos. Camille contempla sentada bajo los árboles la orilla opuesta, a donde hemos llegado Camille II y yo con Delsena, y alcanza a ver más que todos nosotros, espectadores de a pie, digamos, estorbados por el follaje. Por ejemplo, la casa en el centro que ella conoce muy bien, y nosotros sólo podemos ver invertida gracias al espejo del río.

 Un mesón para glotones…

La casa tejado abajo en el centro era la posada de Gloton, del patrón llamado Pére Dumont, en que se alojaron Camille Doncieux y su amante Claude Monet con el hijo de ambos, Jean, que aún no había cumplido el año, a finales de la primavera de 1868. En ese auberge habían parado antes algunas veces el escritor Zola y su amigo el pintor Cézanne con sus amantes respectivas y lo más probable es que Zola se la recomendara a Monet. Era un sitio apartado al que no obstante se llegaba fácilmente, en dos horas por tren, desde París. Muchos años después, en 1886, Zola incluyó en su novela La obra el paisaje pintoresco de Gloton- Bennecourt con su posada, en donde se refugia con su amante un pintor fracasado, Claude Lantier, mezcla de algo de Monet y mucho de Cézanne con un toque de Renoir.

En realidad la situación de Monet en Gloton no era muy boyante, se le agotaron pronto los fondos, y el posadero acabó poniéndolo de patitas en la calle con su amante y el crío. De perdidos al Sena, y Monet se tiró de cabeza, en un melodramático gesto de desesperación; pero era tan buen nadador que todo quedó en un chapuzón o mera chapuza. Salió a flote. Monet no tardaría en monetizarse…

Parece que al principio fueron felices, en Gloton, aunque no comieron perdices, sino tal vez la tortilla reseca y las salchichas demasiado grasientas con mendrugos como pedruscos que figuran en el menú naturalista de la obra de Zola.

Antes de la expulsión de tal paraíso, Camille Doncieux debió de pasar días felices ahí, dijo Delsena, que con frecuencia recuperaba el hilo de las conversaciones con el abuelo real de Camille II, su vecino y viejo amigo el anticuario Larocque, el hombre que más sabía de Monet, aseguraba.

En el cuadro bucólico de Bennecourt Camille está de perfil, pero parece disfrutar del día y del paisaje, en toda su serenidad. Toma la dicha del día…

(Camille tenía en el cuadro de Bennecourt 21 años, me parece, y once años después y poco más o menos el mismo número de kilómetros río arriba, se acabará dolorosamente su vida. Fui a comienzos de setiembre con Delsena al cementerio de Vétheuil, desde donde se domina el valle y el arco del río y el cielo de tantos paisajes de Monet. ¡Fíjate qué azules!, exclamaba; pero ante la humilde tumba de Camille con su verjita herrumbrosa más bien veía los cerúleos que helaban su cara atada en el lecho de muerte y que su recién viudo no pudo resistirse a copiarlos del natural porque el amor al arte era más fuerte que cualquier otro.)

Junto a la barca verde flotaba una mancha azul de cielo, precisó Delsena, y todo el río estaba hecho de reflejos. También yo creía que no todo lo que vemos, y que ve Camille con nuestros ojos, es real… On the Bank of the Seine, Bennecourt. En 1932 una niña de seis años se detiene ante un cuadro de Monet, en el Art Institute de Chicago, y descubre la felicidad. El tiempo y el mundo alrededor desaparecieron de golpe y ella existía intensamente en los reflejos del agua, en el cielo y en el árbol de follaje centelleante. Las otras compañeras de colegio debieron de dejarla sola ante el cuadro, sospecharía Negrita más de medio siglo después, dijo Delsena, quizá se fueron a contemplar al lado la vieja locomotora del tren de Normandía que llega a la estación de Saint-Lazare en 1877. La niña de seis años, desde su alto apartamento, que domina el lago Michigan, seguía viendo a veces el río luminoso de Bennecourt sobre la ancha mancha gris. Y muchos años después, cuando vivía frente al Sena, no lejos de Bennecourt, alcanzó a ver en su superficie, acaso por reflejo de la nostalgia, supuso Delsena, las escamas aceradas del lago de su niñez.

Aquella sensación en el museo de Chicago volvería a repetirse, casi al final de su vida, en un cuarto de hospital de París. Delsena había acudido a visitarla y se la encontró sentada en la cama, los ojos arrasados en lágrimas, aunque con una expresión radiante.

Su cáncer crecía y se multiplicaba, como dijo ella alguna vez con humor o realismo negro, le acababan de implantar una prótesis en la cadera, el escultor-chatarrero con el que había vivido el último cuarto de siglo la dejó de la noche a la mañana, mientras aún estaba hospitalizada, su única hermana había muerto en un accidente de carretera en Italia unos meses antes, y ella llevaba más de un año sin tocar los pinceles.

Todo era de un blanqueado de sepulcro y sin color, que era la forma que tenía Negrita de verlo todo negro, dijo Delsena, y de repente a través del cristal gris de la ventana del hospital y de la cortina gris de la lluvia distinguió en la plazoleta ajardinada de enfrente un tilo en el que relucían aún hojas verdes, aunque era ya a finales de noviembre, y otras rugosas y como doradas prendidas en las ramas casi desnudas, temblando en el aire, que se resistían a caer. Me sentí tan feliz viendo el árbol, dijo Delsena que dijo Negrita, tan feliz siendo el árbol. Y Delsena le habló entonces del peral de madame Jeune y de su amiga Pearl. Su maravilloso peral.

Sabiendo su fin cerca, Negrita alquiló un pequeño estudio cerca de su hospital, en  Montparnasse, y se agotaba con plena conciencia de que sólo la felicidad de pintar, dijo Delsena, podría fijar la inefable felicidad de unos instantes que era incapaz de transmitir, a no ser en el estallido de amarillos verdes y azules de vaga forma arborescente que fue su última obra y tituló, de modo enigmático, El peral de Pearl.   n

Olvidar todos los pasados

OLVIDAR TODOS LOS PASADOS

POR JOSÉ MARÍA PÉREZ GAY

Nosotros queremos concordia; pero la condición humana sabe mejor lo que es bueno para la especie: ella quiere discordia. El hombre quiere vivir tranquilo y divertido; pero debe salir de la indolencia y del regocijo pasivo, arrojarse al trabajo y las penalidades para encontrar, por contraste, el medio de escapar con astucia de ellos…

Cambio un imaginario y fugaz mensaje con el fantasma de Fritz Mauthner, uno de los autores favoritos de Jorge Luis Borges. Mauthner —un judío austríaco nacido en 1848 en Kóniggrátz— era un ensayista de obra vasta y rigurosa. Borges conocía muy bien su Crítica del lenguaje y, sobre todo, el Diccionario de Filosofía. Sospechosas coincidencias o afinidades electivas. En su Teoría de la dicha, Mauthner escribe: “Nunca aceptaremos la presencia constante de la dicha en nuestras vidas, porque siempre será más breve de lo que la imaginamos. Por suerte, basta con un poco de reflexión para disipar confusiones: la memoria es el único lugar donde reside la dicha, porque ella es casi siempre un enigma del pasado, por esta razón los antiguos la definían como segunda fortuna.

Es entendible la necesidad de la ilusión. Sin duda, a todos nos gustaría que la felicidad fuese una sucesión de instantes redondos, perfectos. Lo que llamamos “realidad” nos demuestra que nunca ha sido así: no somos capaces de suprimir las mayúsculas, porque nos habita un propósito congénito de eternidad. No sólo queremos conservarnos a  salvo del horror y la muerte, sino también oponer al sentimiento de caducidad nuestra eterna porción de dicha.

Uno de los grandes estrategas de la dicha fue el más desdichado de todos: Friedrich Nietzsche. A los 35 años de edad, escribió: “Hay un grado tal de insomnio, de obsesivo sentido histórico, de rumia y examen del pasado, que la vida se va deteriorando y al final sucumbe. No importa si se trata de una persona, de un pueblo o una cultura. Quien no pueda olvidar todos los pasados, quien no sea capaz de habitar en el instante, sin vértigo ni temor, nunca sabrá lo que es la felicidad y, peor aún, jamás hará feliz a los otros”.

No creo que sea tan fácil: los instantes son quimeras que se disipan, apariencias móviles de una radical inmovilidad. Nosotros queremos concordia; pero la condición humana sabe mejor lo que es bueno para la especie: ella quiere discordia. El hombre quiere vivir tranquilo y divertido; pero debe salir de la indolencia y del regocijo pasivo, arrojarse al trabajo y las penalidades para encontrar, por contraste, el medio de escapar con astucia de ellos… “Esta tarea es la más difícil de todas”, escribe Kant, “la solución es imposible: en una madera tan torcida, como aquella de la que el hombre está hecho, no se puede llegar a tallar nada del todo recto”. El árbol que crece torcido sólo conoce la imposibilidad de la dicha.

Freud llamaba “compulsión a la repetición” (Wiederholungszwang) a las neurosis de destino; el doctor de Viena veía en los soldados veteranos víctimas de neurosis de guerra excepciones auténticas del principio del placer; sus actingouts eran un modo de recordar las experiencias más traumáticas, las fantasías más dolorosas que habían reprimido: una especie de olvido en acción. A diferencia de los otros neuróticos, los individuos que padecen esta compulsión reinciden una y otra vez en la desdicha y el daño con un ímpetu incontrolable, no conocen ningún límite, como si nunca hubiesen aprendido que sus repeticiones compulsivas no les dan ningún placer, y que sus acrobacias inconscientes los llevan a la autodestrucción. Son los verdaderos desdichados. Freud estaba convencido de que había “algo demoniaco en sus vidas”, y que esa pulsión provenía de una zona independiente del apetito del placer. “La meta de toda vida es la muerte”, escribió. Freud llegó entonces a la idea de la pulsión de Muerte.

El malestar en la cultura es su teoría de la desdicha. A principios del siglo XXI, su crítica me parece más vigente que nunca. ¿Por qué nos resulta tan difícil ser felices? O mejor: ¿por qué somos tan infelices? La batalla entre Eros y la Muerte controla a la especie humana. Nuestra patética búsqueda de la felicidad, y su fracaso anunciado, se convierte en odio contra nosotros mismos. La civilización y la cultura inhiben las agresiones, retrasan o detienen los efectos devastadores de la Pulsión de Muerte y nos ponen límites; pero la lucha entre el amor y el odio está, por paradójico que suene, en las entrañas mismas de la psique y de la civilización misma.

En nuestros días, la hegemonía de la muerte ha empezado, al parecer, a ganar otra vez la partida. ¿No somos todos rehenes de una compulsión masiva a la repetición? ¿No reincidimos obsesivamente en la desdicha? ¿Es comprensible nuestra obsesión por el dominio y el poder? ¿Nadie puede redimirnos de la venganza? ¿No terminamos destruyendo lo que más amamos? ¿Por qué no existe algo así como una compulsión a la repetición de la dicha? El desarrollo de la civilización se ha cumplido bajo el signo del verdugo. “La conclusión de que terror y civilización son inseparables, a la que han llegado los conservadores, está sólidamente fundada”, escribieron Adorno y Horkheimer, “en ello están de acuerdo el Génesis, que narra la expulsión del paraíso, y las Soirées de Saint Pétersbourg de Joseph de Maistre. Bajo el signo del verdugo están el trabajo y el goce, nadie puede deshacerse del terror y conservar la civilización”.

Adenda

Al anochecer del 10 de agosto de 1989, en una clínica de la Ciudad de México, nació Pablo, mi hijo. Yo tenía 47 años y era un padre tardío o un abuelo temprano. En ese momento conocí la dicha irrepetible de conocer y amar a mi hijo. Un año después, cuando nació Mariana, mi hija, conocí la primavera de nuestra esperanza. Desde entonces la felicidad lleva sus nombres.     n

Economía

Economía

Carlos Tello:

La política económica en México 1970-1796 (1978).

Rolando Cordera, Carlos Tello:

México: La disputa por la nación (1981).

Francisco Gil Díaz: México’s Path from Stability to Inflation World Economic Growth (1984).

Vladimiro Brailovski, Terry Barker y Nathan Warman:

 La política económica del desperdicio (1990).

Carlos Bazdresch, Nisso Bucay, Soledad Loaeza,

Nora Lustig (compiladores): México:

Auge, crisis y ajuste (1992).

Pedro Aspe Armella:

El camino mexicano de la transformación económica (1993).

Leopoldo Solís: La realidad económica mexicana.

Retrovisión y perspectivas (1995).

David Ibarra: ¿Transición o crisis? Las contradicciones

de la política económica y el bienestar social (1996).

Fernando Clavijo (compilador):

Reformas económicas en México 1982-1999 (2000).

Nora Lustig:

México: Hacia la reconstrucción de una economía (2002).

Lo que llamamos Arcadia

LO QUE LLAMAMOS ARCADIA

POR BEN OKRI

Entre la búsqueda y el encuentro hay otro lugar, un lugar especial, y quizás es un lugar así hacia el cual viajamos ahora, un lugar al que llamamos Arcadia, un lugar que para algunos es un libro, una pieza de música, una cara, una fotografía, un paisaje.

No es extraño que gran parte de la actividad humana más significativa tenga que ver con la pérdida? Porque perdemos cosas, intentamos encontrarlas. El intento nos lleva a un viaje. Encontramos otras cosas, cosas de las que no nos habíamos dado cuenta que habíamos perdido: y entonces creamos. El arte brota de la alienación y de la pérdida. El arte reemplaza lo que hemos perdido en espíritu. Es por tanto un reemplazo mágico. Y así ocurre con la Arcadia, me parece. Hace tiempo que hemos perdido nuestra relación sencilla con la naturaleza, con el universo. Y así los antiguos romanos se revelaron como los primeros alienistas al soñar y construir la leyenda de la Arcadia. Esto nos mostró lo jodidos que estaban como para necesitar inventarse un Edén ambiguo, donde el amor está cercano a la locura. Y parecería así que el arte es una condición de inquietud, de dislocamiento, de estar fuera de todo, de ser un exiliado. El arte no puede venir de los felices y los contentos, de los afortunados y los hermosos, de los benditos y los enteros, a menos que por debajo de eso habite una condición o una premonición trágica no revelada, como un volcán no visto o un cataclismo insospechado próximos a arrasar con toda esa tranquilidad innatural. Los últimos días de las cosas hermosas son los más artísticos. Parece entonces que el arte es el signo secreto de habitar bajo una guillotina, bajo un oscilante signo de ruina, bajo un oculto signo de interrogación, debajo de la amenaza de la muerte, en lo indeseable, queriendo que nos curen y ser curados, con un soplo de mortalidad e infierno en nuestro espíritu, con una sensación de pecado y ausencia de redención. Parece que el arte es una súplica mágica, un aullido mágico, un grito encantado, un retraso de la locura, un desvío del insomnio, una canalización de las energías negativas. El arte es encontrar el camino propio en la oscuridad, es ver con los dedos, adivinar agua en el desierto, crear un reino abstracto erigido en la mente de los otros para reemplazar los reinos de la infancia y la inocencia perdidas para siempre con la muerte de una madre. El arte es encontrar una nueva casa y, sin embargo, estar siempre navegando. Es ser engañado y tentado por los dioses para recorrer varias veces y entera la inmensa tierra y dejar atrás ciudades brillantes en busca de lo que nunca puede encontrarse, pero que parece posible de encontrar, por un sueño que sigue en movimiento como un pájaro, un pájaro mágico, o un amor, o un sueño de reposo, o el atisbo de una hermosa ciudad en medio del océano. Pero nos sigue conduciendo, nos mantiene avanzando, hasta que el esqueleto al vagar entra por una puerta dorada, y llega a un paisaje soleado donde la luz del sol es una oscuridad perpetua, y encuentra lo que buscaba en un lugar donde nunca se pierde nada ni se encuentra nada. un lugar sin un nombre o una idea. Por lo cual hay una fatalidad en encontrar, y una agonía en buscar. Pero entre la búsqueda y el encuentro hay otro lugar, un lugar especial, y quizás es un lugar así hacia el cual viajamos ahora, un lugar al que llamamos Arcadia, un lugar que para algunos es un libro, una pieza de música, una cara, una fotografía, un paisaje, un amante, una ciudad, una casa, una tierra, un ritual, un sendero, una manera de ser, Incluso. Quizá, mi querido amigo, viajamos hacia una cosa fugaz en el desierto, donde la sed es apagada milagrosamente en el aire, y la fragancia de un gran amor se dilata en la sombra…

© Ben Okri 2002. Todos los derechos reservados. n

Dos poemas

 DOS POEMAS

 TraducciÓn de Luis Miguel Aguilar

 POR HAROLD PINTER

París

La cortina blanca, en pliegues.

Ella da dos pasos y se vuelve,

La cortina quieta, la luz

Asombra en sus ojos.

Las lámparas, doradas.

La tarde se inclina, en silencio.

 Ella baila en mi vida.

Arde el día blanco.

1975

AQUÍ ESTÁ

(para A)

¿Qué ruido fue ése?

Me vuelvo hacia el cuarto que tiembla.

¿Qué ruido fue ése, llegado en lo oscuro?

¿Y este laberinto de luz en que nos deja?

 ¿Y esta posición que tomamos Para darnos la vuelta y regresar?

¿Qué fue lo que oímos?

Fue el aliento de cuando

Nos encontramos por vez primera.

Escucha. Aquí está.

1990

©Harold Pinter.

Todos los derechos reservados.

Una actriz en peligro de ser feliz

UNA ACTRIZ EN PELIGRO DE SER FELIZ

POR NURIA AMAT

Un día, me dijo, decidí tenerte. Y te busqué por todas partes. Un día, me dijo, recorrí el mundo entero, viaje a China, India, Yucatán hasta dar contigo. Te llevé conmigo en un capazo, como las cigüeñas. No puedes imaginarte cuánto te he deseado, mi vida.

Mi madre es esta señora rubia sentada en la primera fila de sillas colocadas en el patio de la escuela frente al escenario preparado para la fiesta de fin de curso. Ha conseguido ocupar uno de los mejores asientos. Mi madre tiene por costumbre ser demasiado puntual. Tampoco le gusta que le hagan esperar porque siempre tiene prisa, todo se le acumula, dice ella, y su cabeza no da para tanto. Aun que nadie lo diría al verla allí sentada en primera fila con sus gafas de sol sobre los ojos y en la falda su bolso grande y pesado.

Ha mirado tres veces su reloj de pulsera. Hoy tiene suerte. Cinco minutos antes de empezar la función salen los niños en filas de dos desde los mayores a los más pequeños. Al que llora se lo aparta. Los otros van ocupando los lugares asignados. Hay música sonando en los altavoces.

Mi madre, sin perder de vista su reloj, me busca entre el grupo de niños apiñados en el suelo del patio, debajo del escenario improvisado. Ahora me ha visto y nos saludamos con la mano. Ella me sonríe y yo la sonrío. Volvemos a agitar la mano. Yo doy un codazo a Sandra y le digo: Allí está mamá. Sandra mira pero no saluda. Mi madre me manda un beso con la mano. Ahora que ya nos hemos visto parece más tranquila. Si tuviera que levantarse en medio de la función será porque la escuela no ha cumplido con el horario y ella tiene mucha prisa. No puede multiplicarse en otra aunque quisiera.

Una madre sola es diferente. La gente se da cuenta y no dicen nada pero saben lo distinta que es mi madre a las otras madres. Ella me lo ha contado.

Un día, me dijo, decidí tenerte. Y te busqué por todas partes. Un día, me dijo, recorrí el mundo entero, viaje a China, India, Yucatán hasta dar contigo. Te llevé conmigo en un capazo, como las cigüeñas. No puedes imaginarte cuánto te he deseado, mi vida.

Mi madre me quiere y yo también la quiero. Cuando no la veo, viajo por el mundo entero hasta dar con ella. Al final, siempre viene y me encuentra.

Yo la miro y ella me mira y sonríe y mira su reloj y yo temo que se haga tarde y mi madre tenga que irse porque a las cinco en punto tiene una reunión de trabajo.

El trabajo de mi madre la obliga a ir a los lugares más extraños. Mi madre habla de una ciudad donde unos bestias matan niños. En otra ciudad los niños son devorados por ratas y cucarachas. A las niñas no las quiere nadie por ser niñas.

El profesor Carlos se coloca delante del micrófono y saluda al público. Mi madre, si pudiera, le cortaría su discurso con unas tijeras. Está rabiosa con él. Apenas le quedan quince minutos y su hija tiene que salir en este intervalo de tiempo, de lo contrario le será imposible ver su actuación. Y la niña estará triste y ella preocupada. Temo sus tijeras. Y que se levante del asiento y haga una escena. Y todo el mundo se dé cuenta de que mi madre no es mi madre.

La música ha cambiado de melodía. Ahora suenan unos tambores furiosos. Por una puerta sale el dragón, por la otra aparece el valiente San Jorge. Tras el dragón se esconde la princesa. Yo no soy la princesa. Soy el coro. Todavía no es mi turno. A mi lado, Santi Colomer llora. Tiene miedo. La profesora ha venido corriendo a buscarlo. San Jorge mata al dragón. Luego se acerca a la princesa, la da una rosa y se casa con ella.

Todos aplauden. Yo aplaudo. Esto es un teatro. Un grupo de niñas y niños están de pie sobre el escenario. Yo estoy en ese grupo y espero. Avanzamos unos pasos. De acuerdo. Ahora la música ha dejado de sonar. El profesor Carlos pide al público un poco de paciencia. Sólo cinco minutos. No podré soportarlo. Mi madre va a levantarse. Ya ha cogido sus tijeras. Estoy a punto de hacer un disparate. Adelantarme unos pasos y decir mi verso. Aunque no sea la hora y no me toque. Veo a mi madre nerviosa con su reloj de pulsera. Que no se me olvide el poema. Pero no lo repito por miedo a olvidarlo. Y miro hacia el árbol grande el jardín para distraerme y no tener que mirar abajo. Esto sí es miedo mientras voy subiendo por las ramas de aquel árbol hasta llegar al cielo.

Por si acaso miro arriba. El profesor Carlos me ha empujado. Es mi tumo. Me adelanto hacia el micrófono. Ahora no puedo mirar al cielo. Pero tampoco al público. ¿Y si mi madre se levanta? ¿Y si mi madre se ha ido? La miro. No la miro. No la veo. n

¿Por qué dura tan poco?

¿POR QUÉ DURA TAN POCO?

POR CLARA SÁNCHEZ

De repente, la vida se oscurece como si se hubiese producido un eclipse. De repente me da igual vivir o morir. Todo es mentira. ¿Por qué la felicidad dura tan poco?

Es domingo por la mañana y hasta el último rincón de la casa huele a tostadas y café. Bajo el cielo azul lentos paseantes recorren la calle con fardos de periódicos en el brazo. Parques verdes, perros alegres, niños radiantes y buena temperatura. No hay nada que perturbe el momento: ni grandes preocupaciones ni grandes deseos. Si alguien me preguntase qué siento ahora mismo, le diría que soy feliz, completamente feliz.

Hay además una novela de esas en que sólo importa el final esperándome sobre una tumbona en la terraza. Me tiendo en ella y abro el libro, el sol va atravesando y ablandando las sucesivas capas de mi cuerpo. Me paso la mano por el pelo. Introduzco los dedos por sus frondosidades mientras paso páginas con avidez. Los hago resbalar sobre una ligera capa de sudor, cuando de pronto las yemas se elevan ligeramente. Vuelvo a pasarlas, todavía inmersa en la intriga de la novela, como si los dedos pensaran y decidieran por sí mismos, y vuelven a detectar la pequeña elevación. Alzo la vista al frente con alarma. Probablemente sea una sensación falsa, la mayoría de las veces, al contrario de lo que se piensa, uno ve lo que no quiere ver y toca lo que no quiere tocar. O tal vez se deba a la postura, así que me incorporo en la tumbona y de nuevo introduzco los dedos entre el pelo. Me voy palpando el cráneo con cautela, voy aproximándome al abultamiento con creciente temor. Ojalá ya no esté. Pero ahí está. También cabe la posibilidad de que lo haya tenido toda la vida y que no me haya dado cuenta, y este pensamiento me serena unos segundos. Cierro la novela.

¿Cuándo habrá aparecido? Ahora quizá ya sea demasiado tarde. Camino por la terraza de lado a lado con el sol pegándome de frente y de espalda. ¿Qué hago? ¿Se lo digo a mi marido cuando regrese de jugar el partido? No, no puedo hacer eso, no puedo amargarle el día. Mañana lunes llamaré al hospital sin que él se entere y afrontaré esto yo sola, con uno que sufra es suficiente. Puede que la culpa sea del agujero en la capa de ozono y mi manía de tomar el sol en la terraza. Percibo una lluvia de partículas doradas cayendo sobre mí y colándose hasta las células más remotas y hasta los pensamientos más escondidos. Pienso con horror que en este mismo instante habrá millones de niños expuestos a sus rayos mortales. Pero ¿para qué esperar a mañana? ¿Para qué alargar la incertidumbre? Me marcho ahora mismo a Urgencias.

Aunque ya no sirva de nada, me protejo la cabeza con un sombrero. Ando deprisa entre la parsimonia de seres atontados que prefieren dejarse llevar por una insustancial placidez a darse cuenta de los problemas reales. Así va la economía mundial, el Nasdaq, el Ibex y todo lo demás. Si pensaran un momento en esto, en las guerras, el hambre y el terrorismo, se les borraría esa sonrisa de gilipollas de la cara. Una ola de angustia de por lo menos diez metros de altura me traga frente al cartel de Urgencias. Me dirijo a una enfermera con un aspecto tan demacrado, alterado y descompuesto que me tumba en una camilla y me pone un gotero Tranquilícese —me pide—, ahora mismo la examinan.

A las dos horas estoy de vuelta para mi casa con un informe en la mano en el que se me asegura que me encuentro perfectamente. La sensación de alivio me hace volar, es como una droga. Respiro hondo. ¡Qué delicia! No sabemos lo que tenemos hasta que no estamos a punto de perderlo. Por fortuna, todo ha terminado. Hace un momento me sentía excluida de toda esta maravilla, de estar viva, de la felicidad, y ahora otra vez estoy dentro. Para celebrarlo, voy a proponerle a mi marido que invirtamos lo que queda de domingo en hacer el amor. Ahora que sé que estoy sana, puedo permitírmelo sin reservas.

Abro la puerta y coloco en su sitio el sombrero que me puse cuando emprendí la alocada aventura del hospital hace mil años. El agua de la ducha retumba en todo el piso, lo que indica que mi marido ya ha regresado de jugar el partido. Sonrío ante la visión de su ropa tirada por la habitación. Es tan desordenado, pero al mismo tiempo tan fuerte, tan guapo, tan optimista. Sin embargo, ¿qué veo? Veo un papel sobresaliendo del bolsillo del polo con un número de teléfono y un nombre de mujer. Hacía tanto tiempo que esperaba algo así, que me tiemblan las piernas. No puedo creer que haya sucedido. Siempre en el fondo de mi corazón había sospechado que el amor no podía ser tan sencillo ni tan fácil. Siempre ha acechado una sombra y siempre he dudado de la sinceridad de nuestra relación. Y he aquí por qué. De repente, la vida se oscurece como si se hubiese producido un eclipse. De repente me da igual vivir o morir. Todo es mentira. ¿Por qué la felicidad dura tan poco? Pero he de afrontar la verdad y le tiendo el papel. Mientras con una mano termina de secarse con la toalla, con la otra me lo devuelve: tienes que llamarla para confirmar si vamos a ir a cenar o no hoy a su casa —dice—. Es la mujer de mi jefe. Vaya, se me había olvidado por completo.

Le abrazo, le digo que hace un día precioso y que es nuestro, por lo menos hasta la hora de cenar. Le digo que le quiero. Le pido perdón, él me pregunta que por qué va a perdonarme, y yo le contesto que por nada. La realidad es que todo es sencillo y que a veces nos empeñamos en complicarlo, lo que es una forma de no apreciar lo que tenemos. Me quedo contemplando por la ventana el cielo despejado y azul y una formación de diminutos pájaros negros. Mi marido también los mira. Suspiro bajo los efectos una vez más de la droga del alivio. El me besa en la sien y dice: por cierto, hace un rato han llamado del hospital muy preocupados, dicen que se han equivocado sobre el diagnóstico y que debes volver. Les he dicho que a ti no te ocurre nada, que deben de estar confundidos.    n

25 años. Los libros de México

25 AÑOS: LOS LIBROS DE MÉXICO

Nexos ha sido parte y espejo de los últimos 25 años de la vida cultural y de la vida pública de México. Nuestra esencia es la letra impresa, y la esencia de esa letra impresa son, sin duda, los libros. Por eso en esta edición especial incluimos diez listas de diez respectivos géneros o disciplinas intelectuales. Para elaborarlas hemos invitado a diversos autores y lectores representativos de nuestra vida cultural con el fin de que nos respondieran a esta pregunta: ¿cuáles son, en tu opinión, los diez libros más importantes de México en los últimos 25 años, en determinado género o disciplina? Los participantes, por supuesto, podían mencionar más títulos si así lo deseaban.

Una vez reunidas todas las participaciones, los editores de Nexos cruzamos las listas y sumamos las menciones a cada uno de los libros. Así, en las listas que siguen, el lector encontrará en los diez primeros títulos, libros que obtuvieron tres o más menciones. Su ubicación no responde a un orden jerárquico sino estrictamente cronológico. También en orden cronológico aparecen los títulos que completan cada género o disciplina bajo la leyenda Otros títulos clave, aquí se agrupan los libros que obtuvieron una o dos menciones.

Con la publicación de estas listas Nexos no se ha propuesto un juicio final, ni tiene la pretensión de un canon, ni ofrece una marea de inclusiones o exclusiones, sino —y admirablemente según la percepción final de los editores— una indispensable guía de lectura.

A continuación, y por orden alfabético, ofrecemos la lista respectiva de quienes colaboraron en la selección de 25 años: Los libros de México.

Ellos son:

Adrián Acosta Silva, Luis Miguel Aguilar, Héctor Aguilar Camín, José Antonio Aguilar Rivera, José Agustín, Solange Alberro, Ignacio Almada Bay, Carlos Bazdresch, José Joaquín Blanco, Francisco Bolívar Zapata, Noé Cárdenas, María Amparo Casar, José Carlos Castañeda. Rolando Cordera, Evodio Escalante, Fernando Escalante Gonzalbo, Carlos Elizondo Mayer-Serra, Manuel Falcón, Fátima Fernández Christlieb, Enrique Florescano, Carlos Fuentes, Javier Garcíadiego, Javier García Galiano, Hugo Hiriart, David Ibarra, Hernán Lara Zavala, Cinna Lomnitz, Angeles Mastretta, Héctor de Mauleón, Víctor Manuel Mendiola, Mauricio Merino, Alejandra Moreno Toscano, Roberto Diego Ortega, José María Pérez Gay, Rafael Pérez Gay, Ruy Pérez Tamayo, Jacqueline Peschard, Roberto Pliego, Juan José Reyes, Jorge Javier Romero, Luis Rubio, Alvaro Ruiz Abreu, Alberto Ruy Sánchez, Luis Salazar, Rafael Segovia, Jesús Silva-Herzog Márquez, Carlos Tello Díaz, Carlos Tello Macías, Mauricio Tenorio, Raúl Trejo Delarbre, Ignacio Trejo Fuentes, Marco Levario Turcott, Juan Villoro, José Woldenberg, Leo Zuckermann.  n

El verano infeliz de Felicitas Alcántara

EL VERANO INFELIZ DE FELICITAS ALCÁNTARA

POR TOMÁS ELOY MARTÍNEZ

Cada vez que veo las fotos de la niña Alcántara en los anuarios de hojas quebradizas que aún sobreviven en la Biblioteca Nacional pienso que ella y Evita convocaron las mismas resistencias, una por su belleza, la otra por su poder.

La Argentina perdió la felicidad para siempre entre 1976 y 1977, cuando los militares secuestraron a miles de personas en los campos de concentración de la dictadura mientras, a la vez, negaban que lo hacían. La desdicha de las muertes que no podían ser lloradas y de los cuerpos sin tumbas fue tan honda, tan caudalosa, que hizo olvidar todas las otras desapariciones del pasado. Una de ellas, la de Felicitas Alcántara, tuvo en vilo a Buenos Aires durante casi una década, hace ya más de un siglo, y sin embargo nadie ha vuelto a evocarla.

El último mediodía de 1899, Felicitas Alcántara acababa de cumplir catorce años. Su belleza dejaba a los hombres sin aliento. Nunca se había visto a nadie igual en las vastas llanuras del Río de la Plata, y nunca volvería a verse. Alta, de modales perezosos y con unos cabellos rubios de tal finura que se alzaban en torbellinos al menor asomo de brisa, Felicitas era famosa aún antes de la adolescencia por sus enormes ojos tornasolados, que envenenaban al instante con un amor doloroso. La habían pedido muchas veces en matrimonio, pero sus padres consideraban que era digna sólo de un príncipe europeo. A fines de siglo no llegaban príncipes a la Argentina. Faltaban aún veinticinco años para que aparecieran Umberto de Saboya, Eduardo de Windsor y el maharajá de Kapurtala. Los Alcántara vivían, por lo tanto, en una voluntaria reclusión. Su palacio borbónico, situado en San Isidro, a orillas del vasto río, era famoso por sus cuatro cúpulas revestidas de pizarra y carey, que en los días claros se distinguían desde las costas del Uruguay.

El 31 de diciembre, poco después de la una de la tarde, Felicitas y sus cuatro hermanas menores se refrescaban en las aguas amarillas del río con unos vestidos tal vez demasiado ligeros, pero explicables por el calor atroz. Las institutrices de la familia las vigilaban en francés. Eran demasiadas y no conocían las costumbres del país. Para entretenerse, escribían cartas a sus familias o se contaban infortunios de amor mientras las niñas desaparecían de la vista, en los juncales de la playa. Desde los fogones de la casa llegaba el olor de los lechones y pavos que estaban asándose para la comida de medianoche. En el cielo sin nubes volaban los pájaros en ráfagas desordenadas, acometiéndose a picotazos. Una de las institutrices observó como al pasar que, en el pueblo gascón de donde provenía, no había presagio peor que la furia de los pájaros.

A la una y media las niñas debían recogerse para dormir la siesta. Cuando las llamaron, Felicitas no apareció. Se avistaban algunos veleros en el horizonte y bandadas de mariposas sobre las aguas tiesas y calcinadas. Durante largo rato las institutrices buscaron a la niña en vano. Pasaron botes con frutas y hortalizas que volvían de los mercados y, desde la orilla, las desesperadas mujeres les preguntaron a gritos si habían visto algún cuerpo aguas adentro. Nadie les hizo caso. Todos estaban celebrando el año nuevo desde temprano y remaban borrachos. Así pasaron tres cuartos de hora.

Esa pérdida de tiempo fue fatal, porque Felicitas no apareció aquel día ni los siguientes, y los padres siempre creyeron que si se los hubiera llamado en el acto habrían encontrado algún rastro. No bien amaneció el 1° de enero del año 1900, varias patrullas de policía peinaron la región desde las islas del Tigre a las barrancas de Belgrano, convirtiendo la paz tradicional de los veranos en una pesadilla. La búsqueda fue comandada por el feroz coronel y comisario Ramón L. Falcón, que se volvería célebre en 1909 al dispersar en la plaza Lorea una manifestación de protesta contra los fraudes electorales. En la refriega murieron cuatro personas y otras diecisiete quedaron heridas de gravedad. Seis meses más tarde, el joven anarquista ruso Simón Radowitzky, que había sido uno de los heridos, se vengó del comisario lanzando una bomba al paso de su carruaje. Radowitzky acabó sus días como recluso ejemplar en la prisión de Ushuahia y a Falcón lo inmortaliza hoy una estatua de bronce en el mismo lugar del atentado.

El comisario era notable por su tenacidad y olfato. Ninguno de los casos que se le encomendaron había quedado sin resolver, hasta la desaparición de Felicitas Alcántara. Cuando no disponía de culpables los inventaba. Pero en esta ocasión carecía de sospechosos y hasta de un delito explicable. Sólo existía un móvil clarísimo que nadie se atrevía a mencionar: la turbadora belleza de la víctima. Algunos lancheros creían haber visto, la tarde de fin de año, a un hombre mayor, fornido, de orejas grandes y bigotes espesos, que escrutaba la playa con catalejos desde un bote de remos. Uno de ellos dijo que el sospechoso tenía dos enormes verrugas junto a la nariz, pero nadie concedió importancia a esas identificaciones, porque eran imposibles: coincidían con los rasgos del propio coronel Falcón.

En el centro de Buenos Aires, sobre la avenida Córdoba, hay un vistoso palacio de cerámica con los escudos de las provincias argentinas. Copiado de las imaginaciones barrocas de Luis II de Baviera, su mayor prodigio es que se trata sólo de una fachada. Dentro hay nada: sólo un interminable tejido de galerías de aguas. El palacio fue habilitado en 1895, y hasta 1903 careció de serenos. Las puertas quedaban cerradas a las siete de la tarde y nadie entraba o salía del edificio hasta que se abrían de nuevo, a las siete de la mañana. Como el único tesoro del lugar eran las galerías de agua y no había peligro de que nadie las robara, el gobierno consideraba inútiles los gastos de vigilancia. Fue preciso que desapareciera el escudo de Tucumán de los patios interiores para que la Legislatura aprobara un sueldo de sesenta pesos mensuales para un guardián que, a cambio de la vivienda gratuita, se responsabilizaba de los bienes y la limpieza del palacio.

El agua de Buenos Aires era extraída por unos grandes sifones que estaban frente al barrio de Belgrano, a dos kilómetros de la costa, y llevada a través de túneles subfluviales hasta los depósitos de Palermo, donde se filtraban las heces y se añadían sales y cloro. Tras la purificación, una red de cañerías la impulsaba hacia el palacio de la avenida Córdoba, cuya capacidad era, en aquel tiempo, de setenta y dos mil metros cúbicos. El comisario Falcón mandó vaciar las cañerías y sondearlas en busca de indicios, con lo que las zonas más desvalidas de la ciudad quedaron sin agua durante semanas en aquel tórrido febrero del año 1900.

Pasaron meses sin noticias de Felicitas. A mediados de 1901 aparecieron frente al portal de los Alcántara papeles con mensajes insidiosos sobre el destino de la víctima. Ninguno aportaba la menor pista. La Felicidad era virgen. Ya na decía uno. Y otro, más perverso: Tanto fue la alcántara al río que al fin se ha roto.

El cuerpo de Felicitas fue descubierto una mañana de abril de 1903, cuando el sereno de las Obras Sanitarias se presentó a limpiar la nueva vivienda asignada para su familia en el ala sudeste del palacio. La niña estaba cubierta por una ligera túnica de hierbas del río y tenía la boca llena de guijarros redondos que, al caer al suelo, se convirtieron en polvo. Contra lo que habían especulado las autoridades, seguía tan inmaculada como el día en que vino al mundo. Sus ojos bellísimos estaban congelados en una expresión de asombro, y la única señal mismo y arrastrada por las cañerías hasta el palacio de la calle Córdoba. Falcón jamás arriesgó una palabra sobre los móviles del crimen, tanto más indescifrables desde que el sexo y el dinero quedaron descartados.

Poco después del hallazgo del cuerpo de Felicitas, los Alcántara vendieron sus posesiones y se expatriaron a Francia. Los serenos del Palacio de Aguas se negaron a ocupar la vivienda del rectángulo sudeste y prefirieron la casa de chapas que el gobierno les ofreció a orillas del Camino Negro, en uno de los rincones más insalubres de la ciudad. A fines de 1915, el Presidente de la República en persona ordenó que las habitaciones malditas fueran clausuradas, lacradas y borradas de los inventarios municipales, por lo que en todos los planos del palacio posteriores a esa fecha aparece un vacío desparejo. En la Argentina existe la costumbre, ya secular, de suprimir de la historia todos los hechos que contradicen las ideas oficiales sobre la grandeza del país. No hay héroes impuros ni guerras perdidas. Los libros canónicos del siglo XIX se enorgullecen de que los negros hayan desaparecido de Buenos Aires, sin tomar en cuenta que aun en los registros de 1840 una cuarta parte de la población se declaraba negra o mulata. Con intención similar, Borges escribió en 1972 que la gente se acordaba de Evita sólo porque los diarios cometían la estupidez de seguirla nombrando. Es comprensible, entonces, que si bien la esquina sudeste del Palacio de Aguas se podía ver desde la calle, la gente dijera que ese lugar no existía.

Cada vez que veo las fotos de la niña Alcántara en los anuarios de hojas quebradizas que aún sobreviven en la Biblioteca Nacional pienso que ella y Evita convocaron las mismas resistencias, una por su belleza, la otra por su poder. En la niña, la belleza era intolerable porque le daba poder; en Evita, el poder era intolerable porque le daba conocimiento. La existencia de ambas fue tan excesiva que, como los hechos inconvenientes de la historia, se quedaron sin un lugar verdadero. Sólo en las novelas pudieron encontrar el lugar que les correspondía, como les ha sucedido siempre en la Argentina a las personas que tienen la arrogancia de existir demasiado.  n

Tres poemas inéditos

TRES POEMAS INÉDITOS

TRADUCCIÓN DEL ALEMÁN DE JOSÉ LUIS REINA PALAZÓN

POR HANS MAGNUS ENZENSBERGER

EN LA PENUMBRA

Cuando ella yace así, totalmente de este lado

como una vaca o una gata,

sin plan ni arrepentimiento,

un halo en penumbra

rodea su piel de brillo claro.

Tú puedes notarlo, sientes,

cuando estás lo bastante cerca de ella,

esa suave radiación

en lejano infrarrojo.

Un despliegue de Fourier

que nadie descifra.

Es tan sólo un hálito que te toca

mucho más que el tacto,

y que tú no sabes por qué

es tal vez la felicidad.

ASTRONOMICO SERMON DOMINICAL

Cuando se habla de nuestra miseria

—hambre asesinato homicidio etcétera—:

¡De acuerdo! ¡Una casa de locos!

Pero, por favor, permitidme

observar con toda modestia

que a fin de cuentas

es una estrella peregrina bastante favorable

en la que hemos aterrizado,

el más puro bosque de rosas

en comparación con Neptuno

(menos doscientos doce grados Celsius,

hasta mil km/h de velocidad del viento

y mucho más metano

 en la atmósfera que lo deseable).

Sólo para que sepáis que en otra parte

se está todavía más incómodo. Amén.

LA FIESTA

No, no nos aburrimos en vuestra casa,

a pesar de todo. Bastante de comer, casi siempre

(inolvidables las tortitas de frambuesa),

¡y además ese cielo estrellado!

¡Fabuloso! A tiempo, mamá,

has cambiado los pañales.

Los zapatos eran cómodos.

Incluso la calefacción ha funcionado.

No he conseguido nada.

No he matado ningún dictador,

no he evitado ninguna matanza.

He tenido suerte después de todo.

Nadie de vosotros me ha untado con pez,

ni me ha hundido su cuchillo en el hígado.

Con paciencia habéis aguantado

mis historias de amor,

mis chistes y mi rabia.

Muy amable. También el médico de urgencia

llegó inmediatamente. ¡Por favor,

no os molestéis!

Que os sigáis divirtiendo

os desea el difunto   n

Novela. Otros títulos clave

Novela

Otros TITULOS clave

María Luisa Puga: Las posibilidades del odio (1978) • Ignacio Solares: Delirium tremem (1979) • Federico Campbell: Pretexta (1979) • Luis Zapata: El vampiro de la Colonia Roma

(1979) • María Luisa Mendoza: El perro de la escribana

(1980) • Hugo Hiriart: Cuadernos de Gofa (1981) • Jorge Ibargüengoitia: Los pasos de López (1982) • Jorge López Páez: Los cerros azules (1982) • José Agustín: Ciudades desiertas (1982) • Agustín Ramos: La vida no vale nada (1982)

• Paco Ignacio Taibo II: Héroes convocados (1982) • José Joaquín Blanco: Las púberes canéforas (1983) • Carlos Fuentes: Gringo viejo (1984) • Mario Huacuja: Temblores (1985)

• Héctor Aguilar Camín: Morir en el Golfo (1985) • Sergio Galindo: Otilia Rauda (1986) • Luis Carcloza y Aragón: El río. Novelas de caballerías (1986) • Carlos Fuentes: Cristóbal Nonato (1987) • Gustavo Sáinz: Muchacho en llamas (1987)

• Enrique Serna: Señorita México (1987) • Alberto Ruy Sánchez: Los nombres del aire (1987) • Alvaro Mutis: liona llega con la lluvia (1987) • Bárbara Jacobs: Las hojas muertas (1987) • Carmen Boullosa: Mejor desaparece (1987) • Luis Arturo Ramos: Este era un gato (1988) • Laura Esquivel: Como agua para chocolate (1990) • Hernán Lara Zavala: Chairas (1990) • Carlos Montemayor: Guerra en el paraíso (1991) • José Woldenberg: Las ausencias presentes (1992) • Hugo Hiriart: La destrucción de todas las cosas (1992) • Elena Poniatowska: Tínísima (1992) • Sealtiel Alatriste: En defensa de la envidia (1993) • Juan Villoro: El disparo de Argón (1994) • Rosa Beltrán: La corte de los ilusos (1995) • Carlos Fuentes: Diana o la cazadora solitaria (1996) • Héctor Aguilar Camín: Un soplo en el rio (1998) • Carlos Fuentes: Los años con Laura Díaz (1998) • Gonzalo Celorio: Y retiemble en sus centros la tierra (1999) • Ignacio Padilla: Amphytrion

(1999)• José María Pérez Gay: Tu nombre en el silencio

(2000)  • Luis González de Alba: Cielo de invierno (2000) • Guillermo Fadanelli: Lodo (2002) • Federico Reyes Heroles: El abismo (2002) • Anamari Gomís: Ya sabes mi paradero (2002) • Jorge Aguilar Mora: Los secretos de la aurora (2002 ).