El Isherwood perdido

RETRATOS CON PAISAJE

EL ISHERWOOD PERDIDO

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

El narrador inglés Christopher Isherwood (1904-1986) es conocido internacionalmente por dos grandes obras que alcanzaron trascendencia mundial: Adiós a Berlín (1939, traducida al castellano por Jaime Gil de Biedma) y Christopher y los suyos (Christopher and his Kind, 1976).

La primera, que dio lugar a la exitosa película musical Caharet, narra el mundo de excepción moral del Berlín inmediatamente anterior al triunfo del nazismo; la segunda, un libro autobiográfico, expone con una fresca y natural sinceridad, sin mayores pretensiones sicológicas o filosóficas pero con una respiración libertaria inimitable, la forma moderna de vida de un puñado de personajes homosexuales voluntariosos, entrañables, cómicos: ni reprimidos ni idealizados.

Ambas expusieron finalmente al autor como un héroe, casi un mito, de la contracultura o de la cultura occidental avanzada para grandes sectores del público mundial. Fue el patriarca de la contracultura y de los beatniks (la mitología del vagabundo y del azaroso momento presente; la reflexión y la iluminación orientales), del “camp” (inventado en su novela El mundo al atardecer, donde lo encontró Susan Sontag), del liberacionismo gay y de la prosa antimandarinesca pero con insuperable afinación estética.

Isherwood, sin embargo, se propuso ante todo un destino y una labor de artista, como su íntimo camarada el poeta W. H. Auden. Fue un revolucionario del arte narrativo, al que despojó de tramoyas y grandilocuencias artificiosas, en busca de un relato aparentemente llano y contenido, algo humorístico (“campy”), antiheroico y anticomplaciente.

Para Isherwood el mayor vicio del arte residía en el fraude moral o estético (lo falsificado, lo hipócrita, lo prefabricado, lo pretencioso, lo snob). Por ejemplo, define a la Victoria Ocampo de Sur. What a bullying oíd cunt! Y opina que “el cristianismo de izquierda es una de las peores formas de izquierda y de cristianismo”. Casi todas sus opiniones literarias, políticas o religiosas resultarán escandalosas para el letrado convencional.

Con tales miras escapó como de la peste del Establishment literario inglés, de parnasos y academias, y sin miedo alguno al aislamiento o al ostracismo (que tanto aterran a los carreristas literarios), ensayó una vida relativamente anónima de aventurero mundial, que finalmente ancló en California. Novelas como Lo último de Mr. Norris, Violeta del Prater, Encuentro junto al río, Andanzas, Un hombre solo (Mr. Norris Changes Trains, Prater Violet, A Meeting by the River; Down there on a Visit, A Single Man) lo sitúan como uno de los mejores narradores del siglo, dueño (en opinión de Graham Greene) de “una legibilidad inevitable”.

No sólo buscaba un nuevo estilo, sino una nueva vida: en sus novelas aprovecha la revolución sicoanalítica y el pensamiento asistemático para construir una nueva moralidad e incluso una nueva sacralidad humanas. Aprovechó también para ello la tradición hindú del “vedanta” y la meditación oriental. Y ejerció una tenaz defensa de todos los aspectos lúdicos de la existencia.

A ratos, siempre campy, desecha y se burla de los monumentos o dictámenes más solemnes de la cultura occidental, y confiere una asombrosa seriedad a la conversación de un desconocido en un restorán o a ciertos aspectos de charlatanería popular, como los rumores de fantasmas y aparecidos entre los modernísimos suburbios del sur de California.

Un escritor encarnizadamente anti-mandarín. fascinado con el destino del vagabundo anónimo y con el desprecio a los prestigios culturales (farsas, imposturas, falsificaciones), reivindicador de la vida callejera e incluso de la cultura comercial (pero reelaborada por una ironía “camp”), a quien ahora, a quince años de su muerte, resulta desde luego curioso ver coronado por una obra tan vasta y sólida como la de los mayores pontífices europeos: unos veinticinco volúmenes, algunos bastante gruesos.

Todos ellos (hasta su única novela relativamente fallida, El mundo al atardecer, The World in the Evening) dotados de una clara vocación moral o antimoral: una nueva moralidad moderna, y de un nuevo estilo rigurosamente artístico, pero a la vez desconfiado de las imposturas del arte convencional.

Hace poco apareció el primer (imponente) volumen de sus Diaries, 1939-1960, que comentamos y del que tradujimos algunos pasajes en Nexos. Seguramente veremos pronto varios tomos de su correspondencia. Acaba de publicarse un libro inconcluso, que el autor abandonó en 1971: The Lost Years. A Memoir, 1945-1951 (Londres, Chatto & Windus, 2000).

Se trata de un relato autobiográfico de los años de mayor depresión e improductividad de Isherwood, quien ante la explosión de la Segunda Guerra mundial abandonó sus certezas y esperanzas, incluso su país, y buscó una nueva vida a la deriva en los Estados Unidos, como un desasido, dropout o huérfano social. Anheló la fraternidad de la filantropía hacia los emigrados de la guerra, las iluminaciones hindúes del “vedanta” y las libertades, frecuentemente irónicas, de la sociedad y la cultura modernísimas de los Estados Unidos (sobrevivió en buena medida como maquilador de guiones cinematográficos para Hollywood).

Está escrito en el conocido estilo llano e irónico de los grandes libros de Isherwood: un autor, “Yo” (él mismo en el tiempo de escribir, muchos años después), narra antidramática y antilíricamente la modesta pero voluntariosa y enérgica vida cotidiana de un puñado de personajes azarosos, seductores, algo vagabundos, que acompañan a su personaje Christopher (él mismo en el momento de la acción).

En 1971, auxiliado por sus diarios, cartas, entrevistas y otros documentos, recuerda quién fue y con quiénes vivió entre 1945 y 1951 Narra la angustia de la guerra y de la amenaza nuclear, de los hombres desasidos, fuera de los roles familiares, profesionales o políticos impuestos por la sociedad “productiva y correcta”, y las aventuras de todos ellos para gozar sus días terrenales con hambre de autenticidad y de plenitud.

Abundan, desde luego, las escenas eróticas homosexuales, descritas con una frescura y un gozo, una recuperada inocencia, una vocación libérrima de juego, como no se vio en otro autor de su tiempo y como seguramente no conocerá esta humanidad-de-los-tiempos-del-sida en varias décadas. No necesitó recurrir a los laberintos y mascaradas de Proust, a los silencios obligados de Forster, a las arduas construcciones éticas y estéticas de Gide ni a la epilepsia teatral de los santos “malditos” de Genet: habló con ironía y naturalidad inusitadas de hombres y muchachos en un mundo a su medida.

Opino que en ningún autor moderno respiran y se mueven tan a sus anchas los personajes  homosexuales como en los libros narrativos o autobiográficos de Isherwood. Más que un liberador, es un liberado: su enseñanza es el espectáculo gozoso e irónico (“campy”) de su libertad, ganada a pulso sobre el terreno, por los caminos más azarosos y anónimos.

En otro lugar he estudiado con amplitud la obra de Isherwood (Sentido contrario. Universidad Autónoma de Puebla. 1993). Ahora celebro este libro perdido sobre sus “años perdidos”. No contiene mayores revelaciones que las ofrecidas en sus novelas, tomos autobiográficos y diarios, pero ofrece dones extraños.

El primero: el taller del autobiógrafo. Al contar su vida minuciosa en aquellos años desarrolló el estilo, la perspectiva, el tono que daría a Christopher y los suyos. No sorprende que haya abandonado este volumen: se sintió, de pronto, completamente armado para intentar de inmediato uno más ambicioso.

El otro don es el de un libro íntimo de sinceridad abrumadora, ilimitada, mayor tal vez que la del Gide más libre. Así, recuerda aquellos años particulares día a día. amigo por amigo, amante por amante, acostón por acostón, borrachera por borrachera, peripecia por peripecia. No son las meras notas rápidas de su diario, de cualquier modo espléndidas: sino un relato introspectivo, estructurado, producto de una reflexión intensa.

Aunque no faltan a la cita Stravinsky. la Garbo ni Chaplin, entre sus amigos célebres, escasea el namedropping: Isherwood no vivía en parnasos, sino en la aventura de su rincón californiano. y concede al más anónimo de los marineros el mismo estudio artístico y mental que a los Grandes Nombres, en sus menudos episodios de flirting. kissing. licking. urestling, belly-rubbing, sucking. rimming, fucking. being fucked. etcétera. donde alzan para sí mismos y sus amigos una parca mitología vitalista. No sorprende encontrar explícitos y frecuentes homenajes a Whitman y D. H. Lawrence.

La búsqueda de autenticidad, la conquista de la libertad y la alegría, la reivindicación de cada minuto terrenal. el trabajo reflexivo (auxiliado tanto por el sicoanálisis como por la meditación indostana), convierten a este libro “perdido” de Isherwood en un par de sus admirables títulos conocidos.

Y en él se aquilata, quizá más detalladamente que en los otros, su lucha de artista por la independencia personal, tanto en el sentido del pensamiento como en el del estilo: de esa estética al mismo tiempo concisa y profunda, irónica y emotiva. anticultural pero rigurosamente encaminada hacia un trabajo creativo sin atavismos ni falsificaciones, capaz de dotar de un nuevo valor a los más extraños y minuciosos cristales de la vida tal-cual-corre. siempre fugitiva de los engaños de la tramoya, los dramatismos o los magisterios prefabricados de la literatura convencional.

Ciertamente fortalece la mitología entretejida en toda su vasta obra: la vida como aventura de plenitud y autoconocimiento de hombres modernos, libres, dueños radicales de cada cristal de su presente y de su destino en sus mundos específicos, a los que con garras y dientes defienden de todo tipo de coerciones y mistificaciones, n

José Joaquín Blanco Escritor. Su más reciente libro es Poemas y elegías

La portería

LA PORTERÍA

POR CLAUDIO MAGRIS

TRADUCCIÓN DE MARÍA TERESA MENESES

Bajo  del autobús, aferrándose del pasamanos hasta que su pie palpó, no sin cierta vacilación, el asfalto. La mano titubeó un instante para decidirse a sujetar el reluciente aluminio, retirándola apenas a tiempo antes de que la puerta se volviera a cerrar. Resultaba agradable tocar aquel metal, por lo menos donde aún estaba fresco, no donde tantas manos húmedas y sudadas lo habían dejado caliente. Era por esto que se había bajado con más lentitud del autobús, no porque le diese dificultad hacerlo. Miró a su alrededor con sospecha. Todavía le rondaba esa estúpida idea en la cabeza, que su hijo o la nuera lo hubieran seguido. Porque ellos, además, a esa hora estaban ocupados. ¡Y podría ser que ya hasta lo supieran! De cualquier manera, le daba gusto no ver ninguna cara conocida. La calle corría hacia el mar, recta y árida. La claridad, allá al fondo, era lívida, el sol bajo y blanco le molestaba los ojos. Se restregó los párpados, como Mitzi Matzi cuando se le enroscaba sobre las rodillas, en el sillón del estudio, y levantaba el hocico hacia la lámpara sobre su escritorio, que quedaba muy cerca.

No le gustaban las calles perpendiculares al mar, que desembocaban en la gran luz ; prefería, en la geometría de la ciudad, las calles paralelas al malecón, protegidas por las altas casas entre las que se gozaba de más sombra y el anochecer caía más rápido. Toda la ciudad, desde que la había visto por primera vez asomándose sobre la loma del Carso, le parecía demasiado abierta sobre la gran extensión del agua. También los triestinos tuvieron que haberse dado cuenta de esto, si habían construido ese retículo de calles rectilíneas, una celosía que protegía del golfo y de su vastedad; además, muchos de ellos habían llegado del corazón del continente, como él, que lo había hecho de Moravia, aunque mucho tiempo antes.

Cuando él se encontraba frente al mar, se le dibujaba una incómoda sonrisa que le levantaba imperceptiblemente el labio superior y que le descubría un poco demasiado los dientes, igual que a Roll, el bulldog que había tenido durante muchos años y al que, según sus nietos, había terminado por parecérsele. El mar, al fondo de aquellas calles, cada vez le parecía más grande: algunas veces le parecía verlo subir, sumergir las aceras y crecer. Lo sentía susurrar, un fragor que venía de lejos, de un oscuro surco de enormes olas blancas.

A veces, por juego, antes de salir programaba mentalmente su recorrido a modo de evitar en lo posible la visión de aquel azul sin fin; imaginaba un plan de ataque sobre un tablero de ajedrez gigante, dar vuelta en la esquina en el momento justo, esquivar de flanco, hacer la jugada del caballo. Los planes de ataque, lo sabía bien, eran una estrategia de retirada, audaces operaciones para garantizarse un mayor margen de posibilidades defensivas. Toda la vejez, además, era una avanzada para retroceder; uno se adentra en territorio desconocido para sustraerse de la realidad que avasalla por todas partes, punzante e invasora. Incluso sus ganancias, cada vez más miserables con el pasar de los años, habían construido un dique contra la dificultad de las cosas; desde los dineros que había ganado cuando llegó a Trieste desde Hansdorf —ahora todos decían Hanusovice— viajando a la buena de Dios, incluso algunos trechos recorriéndolos a pie, trabajando aquí y allá a cambio de la comida y un lugar para dormir. El edificio de la pequeña —pero no mucho— agencia de transportes, que hasta hace unos meses antes había sido suya, era. también, una tranquilizante barricada.

“¡Usted puede darme órdenes a mí, pero no a los empleados, ni siquiera a las mujeres que hacen la limpieza!”, le había dicho el licenciado Dürer. mirándolo incisivo por detrás de sus anteojos, que brillaban pequeños y malignos. Desde que se había dado el traspaso de propiedad a la sociedad suiza, el licenciado Dürer, el nuevo administrador delegado, se preocupaba de recordarle, al verlo llegar todavía con mucha frecuencia a la oficina, que él era ya tan sólo presidente honorario y, como tal, podía disponer del sillón y de los periódicos, pero no del personal. “Diríjase a mí, para mí será un placer poder atenderlo, pero, por favor, no le pida nada a nuestros empleados. Yo sigo estando con mucho gusto a sus órdenes…”. Y el licenciado Diirer sonreía con una actitud de haber llegado a un acuerdo, orgulloso de haber resuelto con una frase una posible injerencia engorrosa.

El sol ya estaba en lo alto, las calles comenzaban a animarse. En el aleteo de las palomas se escuchaba el chillido de algunas gaviotas; alzó la cabeza y por un instante su mirada se topó con la maligna del pájaro. Cada vez había más gaviotas en la ciudad, se alzaban en vuelo desde los escollos de la ribera y se precipitaban contra las casas, las calles, los jardines. ¡Qué idiota el Dürer ese! Convencido de que él todavía iba a la oficina tan sólo por el deseo de dar órdenes. Pero él seguía yendo a la oficina por costumbre, porque había ido durante años, tal v como había renovado su abono en el Teatro Verdi sin que hubiese disminuido su indiferencia por las óperas, que le parecían todas casi iguales. Ni siquiera creía que lavarse los dientes servía para algo, tan es verdad que los dentistas seguían ganando un montón de dinero no obstante el gran consumo de dentífricos, pero él siempre se los había lavado.

Ciertas cosas sencillamente no se discutían; si dejaba de lavarse los dientes o de ir al teatro, toda la sociedad podía trastocarse. Y él se sentía muy a gusto en esa sociedad. No la amaba, esto sí que no, pero la respetaba. por lo bien organizada que estaba, con las cédulas los títulos los dividendos los matrimonios los teatros y los cepillos de dientes. Todo servía, todo ayudaba a mantener lejos las cosas. El mar. por ejemplo, quedaba inmediatamente atrás de La Bolsa, del otro lado, vasto y con sus olas blancas, pero bajo las columnas y el frontispicio neoclásico de La Bolsa no se le veía ni se le escuchaba, y todo estaba quieto. Estaba bien repetir las cosas. Por esto, Clara, su nuera, se equivocaba con esa manía suya de cambiar constantemente las cortinas o las lámparas; comenzaba con estas cosas, pero luego ya no se sabía hasta dónde iba a parar.

Usted puede mandarme a mí. ¡Suizo idiota! A partir de ese día no había vuelto a poner un pie en su antigua oficina y ni siquiera le había dicho nada, total, el tipo ese no hubiera entendido. Si había algo que siempre había detestado, era dar órdenes. Era tan feliz, cuando, durante el viaje de Hansdorf a Trieste, sin pasar ninguna frontera porque todavía existía el imperio —-y resultaba inconcebible que un día pudiera dejar de existir—, pasaba la noche en alguna granja, preguntando si había algún trabajo qué hacer y le decían que cortara un poco de leña o que recogiera las hojas secas. Le daban una hoz o una hacha, se quitaba la chaqueta y se ponía a trabajar. La leña caía por tierra con ruidos sordos, las virutas saltaban por aquí y por allá, había un buen olor y. aunque era invierno y él estaba en mangas de camisa, no sentía el frío. Luego le daban unas cuantas monedas y se marchaba de allí, el mundo era hermoso y grande.

Cuando pasaba la noche en un henil se dormía de inmediato. Siempre le había gustado dormir, la vida era tan honesta como para desperdiciarla; una hora de un feliz no hacer nada, por cada dos horas de trabajos pesados y malos entendidos, no era un mal contrato. En la mañana, cuando andaba de v iaje, se levantaba muy temprano, incluso más temprano que ahora; durante algún tiempo la oscuridad prolongaba esa nada feliz, luego salía. La hierba estaba congelada, todavía estando en el umbral de la puerta se bebía un huevo fresco, luego se echaba el saco a las espaldas y se marchaba. Le retornaban a la mente las canciones de los afiladores y de los zapateros remendones de Moravia. Canciones alemanas; los alemanes sabían obedecer y cantar, que era la misma cosa, decir que sí.

Más tarde había sido difícil no dar órdenes, cuando había adquirido y luego agrandado el negocio de ferretería, la compañía constructora o la de transportes, abierto filiales y nombrado jefes de oficina y directores, invertido cada vez más dinero en iniciativas cada vez más grandes. Pero incluso allí, con un poco de astucia, lo había logrado. Al principio se asesoró con un funcionario bancario, dejando que él le aconsejara sobre qué títulos comprar o vender, qué especulaciones arriesgar, y dejándole creer que él ya había tomado sus resoluciones y que él sólo necesitaba de algunas informaciones complementarias; la misma cosa, pero en mayor escala, le aconteció después con los administradores y los consejeros de sus compañías. Había sido suficiente con un poco de habilidad, a fin de que no se percataran que eran ellos los que decidían, es decir, los que ordenaban. Y ellos no se habían dado cuenta de esto, todos llenos de respeto y de deferencia —casi de aprehensión, a juzgar por sus caras tensas— esperando que él recibiera y ejecutara sus órdenes.

Una regla, si era válida, valía siempre. La vida no sabía de excepciones, sus leyes eran iguales para todos, como la de la gravedad. También con su matrimonio había sido así. En casa siempre había sido Anna la que decidía todo y él había sido feliz. Anna era hermosa, con sus ojos negros y sus hombros bronceados, y cuando se volteaba hacía él y levantaba la boca para un beso, no había que ponerlo en discusión. El siempre había dicho que sí, tanto en la mesa como en la cama: aun ciertos juegos los había inventado e impuesto ella pero no se había dado cuenta, devota como era, y había continuado tiranizándolo y estableciendo, despótica e ignorante, las mudanzas, las vacaciones, la escuela de los hijos, siempre convencida de secundar su voluntad. Desde hace mucho tiempo Anna ya no estaba y desde entonces todo se había vuelto opaco; se acordaba muy bien del amor, también de pequeños detalles, pero como si fuese algo impersonal, que igualmente pudo haberle sucedido a otro. Y cada vez, con mayor frecuencia, se sentía en la cara esa sonrisa que le descubría los dientes, que casi era un tic.

Dio vuelta en la esquina de la antigua vía teresiana, ya estaba cerca. Un perro levantaba la pata contra el muro, el hilo del líquido descendía serpentino y se desvanecía entre las piedras, el color amarillento le gustaba. Después de la muerte de Anna, tuvo que ajustar cuentas con órdenes y prohibiciones explícitas. Chiara, por ejemplo, no quería que Mitzi Matzi se subiera sobre los sillones, porque dejaba pelos por todos lados, y hacerse de la vista gorda con esa prescripción había requerido de una táctica compleja, elaborada cautelosamente durante largo tiempo, al final coronada por el éxito pero siempre con la necesidad de vigilarla. En la familia lo amaban y él también los amaba. El beso de

Chiara en su mejilla le recordaba ciertas mañanas entre los bosques moravos, con el sol puro recién nacido y el viento ligero sobre el rostro. Marco, su hijo, se quedaba con gusto a conversar con él, también Paola, su hija que vivía en Zurich, le llamaba por teléfono y le escribía con frecuencia, sus dos nietos le preguntaban muchas cosas.

El estaba contento, aunque hubiera preferido escuchar más que hablar; cuando le preguntaban de la Moravia de antes de la Gran Guerra, le parecía que tenía muchas cosas que decir, pero luego se le morían en la boca y entonces fingía que había perdido el hilo de la conversación, a su edad tenía todo el derecho a hacerlo, así lo dejaban en paz. Amaba a sus nietecitos, pero Hansdorf, con su aserradero oloroso a madera y resina y el burcák, el vino nuevo recién vendimiado, que llegaba de los viñedos del sur, era mucho más cercano. De todas maneras la casa era grande; se podía estar a solas y dejar solos a los otros, su hijo, su nuera, sus nietos, sin ser una carga.

También ellos lo dejaban en paz, no lo rodeaban con esas extremadas limitaciones que hacen de casi todo anciano un prisionero. Nadie le había preguntado por qué, desde hace unas semanas, salía tan temprano y permanecía afuera tanto tiempo. Quizás habían pensado que muchos viejos eran madrugadores. Ni siquiera cuando no regresaba a la hora de la comida —aunque hubiera podido hacerlo, contaba con dos horas de descanso, los sindicatos habían hecho progresos— y les llamaba por teléfono, tartamudeando, y les decía que tenía cierto compromiso o invitación, sin que ellos le chistaran nada. Cierto, quizá ya sabían todo, era posible, probable; y fingían que todavía no sabían nada. Mejor así. Y más bien tenía que darse prisa si es que ya lo habían descubierto, para ponerse en regla de una manera conveniente.

Trató de pensar en las maneras más oportunas de averiguar, sin comprometerse, qué era lo que sabían. Si se percataba que habían descubierto todo y habían decidido no hacer nada al respecto, se aprovecharía de esto para quedarse fuera de casa hasta en la noche, excepto sábado y domingo, para no exagerar. El cuartito adyacente a la guardiola era pequeño, pero era más que suficiente. Debía ser bellísimo despertarse allí adentro, solo, con los inquilinos aún dormidos en sus departamentos y el portón cerrado, y escuchar, provenientes de la calle, los primeros ruidos de la mañana, que en su casa no podían subir hasta él, hasta su recámara en el cuarto piso que se asomaba a un patio interior, casi siempre vacío.

Apretó el paso, porque iba casi retrasado y los inquilinos con justa razón hubieran protestado si la portería y el portón no estaba abiertos de acuerdo al horario. Pero ya había llegado, y a tiempo, El edificio de cinco pisos, escuálido y desmayado, debía ser de los años cuarenta. Cuando lo compró ya no se ocupaba personalmente de su pequeña compañía inmobiliaria. El administrador actual se llamaba Repetti. Trató en vano de afocar su cara, ni siquiera recordaba haberse visto con él.

Abrió el portón, volvió a meterse la llave en su chaqueta, sacó otra y abrió la guardiola. Buenos días ingeniero, le dijo al hombre que salía y que le respondió distraídamente. Dentro de poco bajaría la señora Weber con sus dos perros; tenía que estar atento a que no los dejara correr por las escaleras y hacer sus necesidades en el rellano, si no, los demás le volverían a reclamar. Realmente era maleducada y apenas y se dignaba a responderle el saludo a un portero. Además tenía que llevarle el paquete al abogado del tercer piso, el correo lo había llevado la tarde anterior, cuando el bufete ya estaba cerrado, y se lo habían dejado a él, que también había firmado el recibo.

No entraba dentro de sus deberes contractuales, pero dado que en el buzón del correo la placa de los Nigris pendía mal puesta, ladeada, tomó un desarmador y la atornilló con paciencia, hasta que nuevamente la vio sólida en su sitio. Llegó un vendedor ambulante, un negro que vendía anteojos y encendedores; él le compró un par de lentes de sol, le preguntó de dónde venía y luego le inquirió algo sobre el Senegal, pero no le permitió subir las escaleras, porque el reglamento lo prohibía.

La puerta del ascensor estaba toda descascarada, realmente indecorosa. No estaba muy seguro de estar autorizado, pero decidió escribirle a la administración, solicitando que la volvieran a pintar y aprovechando para señalar que los inquilinos del segundo piso nuevamente se habían quejado del alboroto que armaron en la noche los del departamento que quedaba arriba de ellos, con otra de esas fiestas con música a todo volumen.

Tomó el papel y comenzó a escribir. Sería Repetti quien leyera la carta. Quién sabe hasta cuándo seguiría sin darse cuenta —o fingiendo no darse cuenta— de nada, a no ligar su nombre con el del invisible propietario de la compañía inmobiliaria. La única que todavía era suya; las otras, de varios tipos, las había liquidado. Esa y, por lo tanto, el edificio que formaba parte de ella, le pertenecía a él. Giuseppe, más bien, Joseph Della Quercia antes Eichholzer. hijo de Karl. que en Hansdorf herraba caballos, nieto no se sabía de quién, ex-presidente de varias cosas, aunque no sabía decir bien a bien de cuáles.

Quizá también Repetti. al igual que su hijo y su nuera, sabía todo, lo cual no era grave. Quizás hasta lo habían empleado sólo porque de inmediato se habían dado cuenta que se trataba de él, cuando dos o tres meses antes, por casualidad, habían escuchado que en esa casa había puesto vacante de portero y que no podían encontrar a uno. envió su solicitud, se presentó en la oficina del administrador y. luego de un breve diálogo, fue aceptado. En efecto, no era demasiado viejo, era despierto y, en resumen, con buena salud; ya no se podía encontrar a nadie y mucho menos a un joven dispuesto a trabajar como portero y. por lo tanto, no resultaba extraño contratar a alguien ya anciano. Aun si lo habían contratado porque se habían dado cuenta que era él —cosa que no resultaba fácil, considerando las distancias que mediaban entre las oficinas que se ocupaban de los pequeños asuntos cotidianos y la sala del consejo de administración—, mucho mejor. El mismo. además, había decidido que si lo rechazaban, de alguna manera hubiera hecho valer su autoridad; los hubiera obligado a darle ese trabajo, con sus tareas y prestaciones.

Terminó de escribir la carta y fue a meterla en el buzón que estaba justamente frente a la casa, al otro lado de la acera. Quién sabe quién decidiría personalmente repintar o no la puerta; se trataba de un gasto modesto, que no necesitaba de autorizaciones de alto nivel. De todas maneras, una vez más no sería él quien decidiría, aun si el dinero, finalmente, lo pondría él. Pero, con aquel fulano allí, a él no le quedaba nada que hacer, cada vez menos. Cada día se iba alejando más de ese individuo, de ese abstracto de sí mismo que a veces le parecía un simple homónimo y que seguía, cada tanto, en su bufete, firmando actas mecánicamente —sólo las de una cierta importancia— que le ponían enfrente; se lo quitaba de encima lentamente, como si se quitara un traje de ceremonia y lo colgara adentro del armario. ¿Era eso envejecer? En realidad le parecía que el que envejecía era otro, echándose siempre más años y cosas a las espaldas, como un perchero que cada vez está más cargado, y de irse volviendo cada vez más ligero, más ágil.

Todo volvía a ser fácil y leve, desde que ya no era necesario mandar. Durante mucho tiempo, en cambio, lo había sido; años y años trabajosos e interminables, quizá desde el primer momento en el que había llegado a la ciudad, dejándo atrás para siempre Moravia y sus bosques. Luego, de golpe, esa necesidad había desaparecido y el mundo se había transformado en un globo de colores, que no pesaba y que en cualquier momento uno podía dejar que se marchara por su cuenta. Había sucedido hace poco, hace unos meses, quizás hace un año o más; resultaba difícil decir desde cuándo, pero no tenía importancia. Ya había dejado de calcular el tiempo, a veces confundía los meses con las semanas, así como ciertas mañanas, luego de pasar una noche en parte insomne, ya no sabía si había dormido unos minutos o un par de horas.

No hubiera podido decir con exactitud cuándo, pero sí sabía por qué esa necesidad de ordenar, de ganar dinero, de triunfar había llegado a su fin. En Hansdorf, cuando en ciertas noches el cielo se alejaba, las sombras morían entre la hierba silenciosa y el mundo, de repente, era inmenso y gélido, se podía llorar con el rostro escondido contra la espalda de su madre. En la ciudad, entre los edificios decorosos y las naves que entraban en el puerto, no se podía llorar y para echar fuera ese nudo que se sentía en la garganta, ese extravío del niño perdido en la hostilidad de las cosas y de los hombres igualmente prestos para herir, no quedaba más que levantar imperiosamente la voz, hablar más fuerte y más duro que los otros, subirse a los carritos chocadores de la feria, que en las primeras ocasiones que se hacía daba miedo, y plantarse frente al volante, dándoles sus buenos golpes y mandando fuera de la pista a los que se le vinieran encima. Ese extravío, en el fondo del corazón, siempre estaba presente, pero la chequera era una buena coraza y hasta el smoking, el distintivo en el ojal y el rango honorable que otorgaba el trabajo constituían una tranquilizante armadura, aunque pesada.

Luego, una mañana, al levantarse, ese extravío taciturno ya no estaba, se había ido como se aleja un pájaro de un tupido y oscuro follaje. Quizás había ido a posarse en el hombro del otro, de aquel que todavía firmaba decisiones importantes, aunque entendiéndolas cada vez menos. El, de improviso, se había encontrado libre, tan sólo curioso y ya no fastidiado de las cosas; sacándose de los bolsillos las piedras que había recogido en tantos años y corría por los prados, como en Hansdorf, sin miedo ni necesidad de nada, ahora el mundo era un perro que ya no podía morderlo, y ahora se ponía a correr y a jugar con él.

Volvió a cruzar el portón. El asfalto ya quemaba, sería un día bochornoso, pero en el portón había una frescura recóndita. Traspasarlo era como atravesar una cascada, pasarse a la otra parte; el silencio de las escaleras era el fragor incesante de una gran agua que caía y cubría los ruidos del mundo allá afuera, hasta que poco a poco ya no se escuchaba ni siquiera aquel fragor, porque el oído se había habituado. También las voces de su hijo, de su nuera, incluso las de sus nietos se alejaban, se desvanecían.

Un gran ficus le daba sombra a los escalones, oscura jungla resplandeciente en la sombra. Un gato patinó por los escalones, ¡a saber cómo había entrado!, y él lo empujó hacia afuera con delicadeza, porque el reglamento de la casa no permitía animales callejeros. Un geranio se inflamaba en la ventana, encendido por el sol que lanzaba dardos en el patio. También las placas de los buzones del correo brillaban. Dentro de poco llegaría el cartero y, como siempre, se quejaría de que su cuñado se había aposentado en su casa y ya no quería irse. Metió un libro en un cajón, y de otro sacó una fotografía del día de su boda y dos tarjetas postales de Hansdorf y se quedó mirándolas por un rato. El cartero había llegado y él fue a su encuentro. El sol había cambiado de posición, ya no fustigaba al geranio sino al vidrio de la ventana, la franja brillante se reflejaba en el muro y lo cortaba como con un golpe de sable. Cuando un poco de aire movía la ventana entrecerrada, la franja se batía en duelo sobre el muro con mandobles fulmíneos.

“Va a llover esta noche”, dijo el cartero, “mire qué neblina cada vez más oscura, con qué bochorno tan sofocante, pero del mar se está levantando un gran viento, que se llevará todo, ya hacía falta”. El sonreía, levantando un poco el labio que le develaba los dientes, n

Claudio Magris Escritor. Entre sus libros, El Danubio y Conjeturas sobre un sable

W. D. Snodgrass

FOLIO  DE NEXOS

W. D. SNODGRASS

En  1959 ocurrió un hecho decisivo en la poesía norteamericana: W. D. Snodgrass publicó su primer libro de poemas, Heart’s Needle —”La aguja” (o “la brújula”) del corazón”— que el año siguiente obtuvo el premio Pulitzer. Heart’s Needle es una serie de 30 poemas con un tema intocado hasta entonces por la poesía del siglo XX: la pérdida de los hijos en un divorcio. A falta de otro nombre, la crítica norteamericana bautizó como “Poesía Confesional” a la corriente que inauguró Snodgrass y que fueron adoptando poetas como Roben Lowell, Sylvia Plath, Anne Sexton y John Berryman. Como en sus libros siguientes, After Experience (1967) y Remains (publicado con pseudónimo en 1970; publicado con el nombre del autor hasta 1985, después de la muerte de sus padres), los poemas que integran Heart’s Needle son de una dolorosa claridad y de una maestría formal acaso intransferible a otro idioma; no el menor de los obstáculos para quien intente traducir a Snodgrass es la naturalidad con que la rima fluye por toda su poesía. Heart ‘s Needle comienza con un epígrafe memorable, vertido al inglés por Snodgrass de un romance medieval irlandés, La locura de Suibhne. Dice: Cuando (Suibhne) no podía ya volver a las ropas finas y a la buena comida, a sus casas y a su gente, Loingseachan le dijo: “Tu padre ha muerto”. “Me da mucha pena oír esto”, dijo. “Tu madre está muerta”, dijo entonces el joven. “Toda piedad para mi se ha ido del mundo”. “Tu hermana, también, está muerta”. “El tibio sol yace en todas las fosas”, dijo él; “una hermana ama aunque no la amen”. “Suibhne, tu hija está muerta”. “Y una bija única es la brujula del corazón”. “Y, Suibhne, tu pequeñito, el que te decía Papá’ —está muerto”. “Ay”, dijo Suibhne, “esa es la gota que echa a un hombre por tierra “. Se cayó del tejo; Loingseacban lo rodeó con sus brazos y le esposó las manos.

En 1977 Snodgrass publicó uno de los grandes libros de la poesía norteamericana del siglo XX: The Fuehrer Bunker. A Cycle of Poems in Progress, cuyo ciclo completo se publicó en 1995. El libro tiene ocho partes, transcurre entre el lo. de abril y el lo. de mayo de 1945, y está compuesto por una serie de monólogos, con diversas formas poéticas, en los que van apareciendo Hitler, sus colaboradores y sus personajes más cercanos. Este Bunker libró una batalla sólo ganada, bien a bien, hasta hace unos cuantos años: desde su aparición, Snodgrass empezó a recibir acusaciones absurdas de pronazismo. Fue atacado en varias publicaciones y excluido de las antologías. En 1978 el jurado del premio National Book Critics Circle Award cambia su decisión de premiar The Fuehrer Bunkery concede el premio a Day by Day, de Robert Lowell, que acababa de morir. Y poco antes de morir, el mismo Lowell le escribió a Snodgrass: “Tu Hitler no deja de rondarme. Como yo mismo he intentado unas piezas cortas sobre Hitler, lo que emprendiste me habría parecido imposible. Debías estar muy orgulloso”. Hoy The Fuehrer Bunker permanece simplemente como un alto momento de fuerza dramática y precisión poética.

Entre los últimos libros de W. D. Snodgrass están Each in His Season (1993) y Selected Translations (1998), que obtuvo el premio Harold Morton London, de la Academia de Poetas Norteamericanos, por el mejor libro de traducción. En México, la editorial Aldus publicó en 1999 una edición bilingüe de La aguja del corazón, a cargo de Dana Gelinas.

El texto de Snodgrass que aquí publicamos, “Mi padre”, viene incluido en su libro After-images: Autobiographical Sketches, publicado en 1999.

—Luis Miguel Aguilar

El cierre ciclónico

EL CIERRE CICLÓNICO

Divisa del “nuevo periodismo”: “No dejes que ningún hecho interfiera en la efectividad de tu llamado a ocho columnas”.

“EL MUNDO DE LA POLÍTICA SIEMPRE TIENE VEINTE AÑOS DE RETRASO EN RELACIÓN CON EL MUNDO DEL PENSAMIENTO”.

—-John Jay Chapman

Al cierre ciclónico encontramos en el último número de la revista Granta un texto de Roy Hattersley, quien fue Deputy Leader del Partido Laborista Británico de 1983 a 1992. El texto de Hattersley se titula “En busca de la Tercera Vía”. Es un ensayo escrito en forma de pesquisa detectivesca. Concluye así: “Fue Pat Moynihan quien me metió en la cabeza la idea de buscar la Tercera Vía. Por eso, cuando lo vi en Washington en abril de este año, le dije los problemas con que había topado en mi búsqueda. Moynihan no podía pensar en nada que no fuera una conferencia que había dado en la Universidad de Virginia y en un libro que acababa de publicar sobre la pasión por la secrecía del gobierno de Estados Unidos. Al terminar nuestro lunch, le puse una mano cautelosa sobre su brazo y le pregunté directamente: ‘¿Y la Tercera Vía?’. Me miró sin ocultar su asombro. ‘Se acabó’, dijo. ‘Liquidada’. Creo que dijo ‘liquidada’ siete veces. Luego me preguntó: ‘¿Ya leíste el libro de Donald Wilhelm?’. Antes de que yo admitiera mi ignorancia, me dijo: ‘Se llama La Cuarta Vid. No sugerí que averiguáramos nada sobre ella”.

Al cierre ciclónico damos la versión de “La canción del samurai” del poeta norteamericano Robert Pinsky, incluido en el libro The Best American Poetry 2000.

Cuando no tuve techo hice de la audacia mi techo. Cuando no tuve cena mis ojos cenaron. Cuando no tuve ojos, escuché. Cuando no tuve oídos, pensé. Cuando no tuve pensamiento, esperé. Cuando no tuve padre hice del cuidado un padre. Cuando no tuve madre, abracé el orden. Cuando no tuve amigo hice del silencio un amigo. Cuando no tuve enemigo, opuse mi cuerpo. Cuando no tuve templo hice de mi voz mi templo. No tengo sacerdote, mi lengua es mi coro. Cuando no tengo sustento la fortuna es mi sustento. Cuando no tenga nada, la muerte será mi fortuna. La necesidad es mi táctica, el distanciamiento es mi estrategia. Cuando no tuve amante, cortejé al sueño, n

Llegaron las lluvias

LLEGARON LAS LLUVIAS

POR SOLEDAD LOAEZA

Inglaterra enciende el foco de alarma. Mientras lluvias torrenciales invaden las calles de Londres, miles de mujeres se debaten entre una virginidad poco valorada y una maternidad que no tiene cabida entre profesionistas que viven el narcisismo finisecular.

El Monzón llegó al sur de Inglaterra y a finales de octubre espectaculares tormentas e inundaciones provocaron situaciones de emergencia. En la madrugada del 30 soplaron vientos ululantes y cayó una lluvia torrencial. Londres amaneció en el caos: calles del centro anegadas, líneas del metro interrumpidas, estaciones de tren que parecían canales venecianos, árboles partidos por la mitad y más vientos que volteaban los paraguas al revés. El tráfico se congestionó, hubo calles desviadas, todo tipo de cancelaciones y retrasos de trenes por vías encharcadas o coladeras tapadas con las hojas amarillas, doradas y anaranjadas que cubrían las calles, mientras que para llegar a la escuela o a trabajar, multitudes se empujaban en los corredores del metro en busca de combinaciones ingeniosas entre las líneas disponibles y las estaciones que funcionaban. Los andenes estaban repletos de gente y cuando llegaba el tren, con enorme paciencia, los pasajeros nos apretábamos cortés y resignadamente, sin mirarnos a los ojos, pero nadie quería quedarse y tampoco se atrevía a decirle a otro que se quedara. De manera que los trenes iban al tope. Ni siquiera se podía leer , darle la vuelta a la página de un libro era imposible, ni hablar del periódico. Un trayecto que normalmente toma quince minutos pudo convertirse en una laberíntica travesía de más de una hora. Hubo quien de plano no pudo ir a trabajar, sobre todo entre quienes viven en los suburbios; muchas tiendas, escuelas y oficinas no abrieron; se suspendieron clases, conferencias, exposiciones, inauguraciones. Todo el que llegó adonde debía llegar, llegó tarde.

Desde 1703 no se veía un fenómeno semejante; aunque en 1947 el país sufrió inundaciones comparables y en 1987 hubo una gran tormenta en Londres que, como en esta ocasión, derribó numerosos árboles, incluso algunos que tenían más de ochenta años. Sin embargo, lo de ahora ha sido excepcional, pero los meteorólogos y geólogos dicen que no lo será en el futuro, porque atribuyen el fenómeno a los cambios cataclísmicos en el clima del planeta. Según ellos todo esto es efecto del calentamiento global, la temperatura en Europa desde 1900 se ha elevado 0.8°C, y la década de los noventa fue la más calurosa del siglo. La mayoría de los glaciares alpinos está a un grado por debajo del nivel de congelamiento, la talla de los glaciares de todo el mundo es la más pequeña que han tenido en miles de años y la superficie de hielo del polo norte es mucho menos gruesa hoy que hace un cuarto de siglo. De ocurrir los cambios que preven en unos años, la industria turística de Inglaterra podría competir con la de Cancún.

En Londres los cambios climatológicos pusieron al descubierto las debilidades de una infraestructura urbana en la que no ha habido inversiones importantes desde hace más de cincuenta años. El deterioro también podría atribuirse a la política thatcheriana que suprimió todos los subsidios al transporte público. El estado de desastre del sistema había sido expuesto semanas antes por un aparatoso accidente en una de las redes ferroviarias que había sido privatizada, a la cual se le retiró la concesión apenas unas semanas antes de los vientos, y muchos de los problemas que acarreó la tormenta del 30 de octubre en el metro estaban presentes desde antes. Además de que este sistema de transporte que utilizan diariamente millones de londinenses y de personas que viven en los suburbios es el más caro de su tipo en Europa (un boleto de distancia media cuesta el equivalente de cerca de 2.50 dólares), el deterioro es evidente, sobre todo en las líneas más antiguas: las escaleras mecánicas no funcionan, secciones enteras permanecen cerradas por semanas porque están en reparación, los trenes no llegan, o se detienen misteriosamente en la mitad de un túnel durante 2 ó 3 minutos, luego se pasan de largo estaciones en las que debían detenerse.

Los laboristas de Blair proponían la privatización del metro como la única solución para salvar al venerable; pero la propuesta, que muchos rechazan dentro del propio partido, fue uno de los motivos para que Ken Livingstone lanzara su candidatura independiente a la alcaldía de Londres. Ahora, la mala experiencia de los ferrocarriles abona la causa de los antiprivatizadores, porque es prueba de que un empresario privado limita sus inversiones para registrar un máximo de ganancias. Ante la opinión pública la responsabilidad del desastre de finales de octubre es del gobierno de Tony Blair; Livingstone, en cambio, gana en popularidad y para demostrar que puede sacar adelante al metro sin necesidad de privatizarlo ha contratado a Robert Kiley que salvó al metro de Nueva York, sin importarle que uno de los primeros blancos de su ofensiva restauradora pueda ser el sindicato, como lo fue en su experiencia anterior.

La virginidad es cool

El Reino Unido encabeza la lista europea de embarazos precoces con 90,000 anuales en menores de 19 años. Uno de cada cuatro adolescentes británicos ha practicado el sexo antes de los 15 años, sin embargo, muestran una ignorancia enternecedora en algunos aspectos centrales de la vida sexual: por ejemplo, 40% de los escolares entre 14 y 16 años creen que la píldora protege contra las enfermedades venéreas. El año pasado un niño de 11 años embarazó a su novia tres años mayor que él. Hoy es un padre confundido, pero tiene una sola certeza: los cursos de educación sexual le hicieron mucho daño porque despertaron su curiosidad; hasta entonces había sido un niño inocente y feliz. Por consiguiente, está decidido a asegurarse de que su hijo crea hasta los 29 años que los niños vienen de París.

El gobierno ha lanzado una campaña con el propósito de retrasar el primer encuentro sexual promoviendo la preservación de la virginidad hasta los 18 años, pero mientras a las niñas recomienda abstinencia, a los niños aconseja el uso de condones. “It’s OK to be a virgin” y “Es cool decir que no” son algunos de los lemas que han aparecido en periódicos y revistas. El presupuesto obvio de esta propaganda es que la pérdida de la virginidad fue una moda de los sesenta que ha durado demasiado. Es hora de que cambie. Bueno, y ¿qué pasa con las urgidas que perdieron la azucena precozmente en los cincuenta y en los cuarenta, y las de más antes? Las razones del sexo precoz son múltiples y contradictorias: es un asunto hormonal, es un tema de conducta, tiene que ver con el bombardeo cotidiano de los medios y la publicidad, con demasiada información, con poca información, con hogares destruidos, con la represión familiar, con riesgos, desafíos, confianza excesiva o ausencia total de. No se sabe. El problema es tan importante que una de las historias centrales de Eastenders, una gran telenovela de la BBC que lleva en pantalla casi dos décadas, es la de una madre adolescente que lleva dos semanas en el hospital después de dar a luz un bebé al que no quiere ni tocar. En cada escena llora amargamente porque ya no podrá ir a la escuela, tendrá que trabajar de mesera —como la cuarta parte de las protagonistas de la telenovela— o irse a la provincia. Lo que más le aterra es que su mamá se entere… Bueno, se trata de una telenovela.

El reflejo más claro de estas contradicciones es Britney Spears, uno de los iconos pop más poderosos del momento. Esta atractivísima adolescente encarna la eterna dicotomía cultural virgen/prostituta que durante siglos ha alimentado las fantasías masculinas. Britney es una Lolita semi corrompida, estrella de porno fresa, que hace de los clips de Madonna cuadros plásticos del Día de las Madres, y cuyas canciones sugieren la misma prisa por irse a la cama que los Rolling Stones. Pero en las entrevistas Britney ha dicho que será virgen hasta que se case, despertando todavía más fantasías masculinas. Pero la pregunta es si Britney es un ejemplo para la juventud. Los suspicaces creen que es necesario saberlo porque piensan que ha sido reclutada por el gobierno para apoyar su campaña contra los embarazos adolescentes y el sexo en patines.

La maternidad es out

Los planificadores demográficos tendrán que confiar en otras mores para frenar la pérdida precoz de la virginidad. Mientras miles de adolescentes—en general pobres y sin educación— se encaminan con los ojos vendados por el camino de la maternidad, otros miles de mujeres profesionistas la retrasan año con año. La verdad es que no hay muchos incentivos para tener hijos. Las mujeres educadas que tienen hoy entre 25 y 35 años, un buen empleo y un alto ingreso no tienen en cambio ningún interés en sacrificar todo esto por un bebé, al menos no por ahora. Además de que no están dispuestas a sacrificar su trabajo, ni un salario alto, tampoco les interesa perder un nivel de vida que les permite viajar cómodamente, vacacionar en lugares exclusivos, tener un coche elegantísimo o un departamento de lujo, en el que apenas duermen el fin de semana si acaso coinciden con su partner. (En Inglaterra nadie habla de marido, esposa o compañero/a, sino que se refieren al neutral partner, un socio. Una palabra que si bien mantiene la neutralidad respecto al arreglo familiar, evoca una relación contractual cuyo uso generalizado sorprende dado el rechazo, también generalizado, al contrato que es el matrimonio.) ¿Mi reino por un bebé? Ni hablar.

Un fiel reflejo del narcicismo finisecular es esta actitud entre las profesionistas británicas. Muchas no quieren tener hijos por temor a arruinar una figura que mantienen con muchos ejercicios y dietas. Según una encuesta sólo Una de cada cien británicas está satisfecha con su cuerpo y 85% admite que la talla de la ropa es una preocupación de todos los días. Tres cuartas partes de las mujeres cree que estaría mejor si perdiera cinco kilos y una de diez confiesa que está constantemente a dieta. La mayoría de ellas está deprimidísima porque no tiene cintura. El peso les afecta tanto que les ha echado a perder la existencia. Si el gobierno quiere detener los embarazos precoces lo único que tiene que hacer es distribuir cintas métricas para que las adolescentes midan cada día las posibles consecuencias de la pérdida de la virginidad.

Las brigadas de ultramar

Los oficios más nobles, más tradicionales están en crisis. Es ahora cuando las excolonias vienen en ayuda de la metrópoli. El Reino Unido registra en los últimos años una peligrosa escasez de maestros, enfermeras, bomberos y policías. Las tasas de reclutamiento de estos cuerpos indispensables para el buen funcionamiento de la sociedad han caído a niveles peligrosos. La respuesta a esta situación crítica la ha encontrado en Australia. Canadá, Nueva Zelanda y la India desde donde están llegando auténticas brigadas de emergencia para cubrir los vacíos críticos en escuelas, hospitales y comisarías.

La situación no es exclusiva de este país. En España, ante la inminente formación de un ejército profesional que no podrá contar más con el apoyo del desaparecido servicio militar, se ha anunciado que se promoverá en América Latina el enganche de reclutas. En los próximos años Gila podría ser boliviano, n

Soledad Loaeza Politóloga. Su más reciente libro es El Partido Acción Nacional: La larga marcha. 1939-1994

DF: Se solicitan políticos

DF: SE SOLICITAN POLÍTICOS

POR RODRIGO MORALES

¿Cuál es el futuro del DF? Rodrigo Morales examina aquí la falta de compromiso de un gobierno cuya prioridad ha sido siempre el voto y no el ejercicio del poder. Los años siguen pasando, las mejorías no se ven por ningún lado, y el DF no tiene aún quién atienda sus reclamos y necesidades.

La reforma política del DF ha vivido atrapada en engaños. Una sucesión de coartadas la han tenido cautiva en discusiones tan frecuentes como estériles para resolver la gobernabilidad de la ciudad. Hace más de treinta años que el tema está presente, y no ha podido culminar en una negociación satisfactoria. Al principio el eje que parecía articular de mejor modo las demandas políticas de los capitalinos era el de la reposición de los derechos político-electorales, los cuales tuvimos truncados durante casi sesenta años. La fórmula parecía sencilla: los habitantes de la capital recuperaríamos la ciudadanía en cuanto pudiéramos elegir a nuestros gobernantes. Ciertamente, hace algún tiempo que sufragamos para elegir a nuestras autoridades y eso no parece haber alterado la demanda de una reforma política. Es más, acaso estamos peor que antes si atendemos a la operatividad del arreglo institucional que nos rige.

Tras la demanda del voto, se ocultó el tipo de ciudad que queríamos. Ante la ausencia de una imagen clara sobre las complejidades del gobierno, lo que prevaleció fue aferrarse al reclamo del voto. La elección resuelve las formas de acceso al poder, pero dice muy poco de cómo se ejerce. Hoy la ciudad de México padece la ausencia de un buen arreglo para ejercer el gobierno reclamado por la pluralidad del 2 de julio. No tenemos los engranes óptimos para hacer eficiente la acción de gobierno.

Existen al menos tres hipótesis que nos pueden ayudar a entender el arreglo institucional del DF. Su reforma ha sido siempre marginada de los grandes arreglos. Si bien siempre ha formado parte de la agenda de los actores políticos nacionales, en los hechos hemos sido testigos de cómo los temas político-electorales a nivel federal, e incluso aquellos que le dan viabilidad al equilibrio de poderes, se han desahogado puntualmente, mientras que el asunto del DF sigue pendiente. Pareciera que su solución siempre se fuga hacia delante.

Dos ejemplos ilustran el tipo de cálculos que se han aplicado para el DF: desde la reforma constitucional de 1996 se sabía que los jefes delegacionales serían electos en el 2000, y sin embargo el entramado legal que rige las relaciones entre el jefe de gobierno, la asamblea y las nuevas figuras delegacionales, no tuvo cambio alguno. Si bien en el 98 hubo un intento por crear una suerte de cabildos que fueran un contrapeso al ejecutivo delegacional, no pasó de ser sólo un intento. El affaire en torno al bosque de Chapultepec es apenas una mínima expresión de los desarreglos posibles.

El otro caso emblemático del cálculo político de los reformadores del DF es la cláusula de gobernabilidad para integrar la Asamblea Legislativa; dicho precepto estaba presente en la Constitución cuando se le hicieron las grandes reformas electorales de 1996; en el 2000, sigue vigente. Recordemos la interpretación que de la norma hizo el Tribunal Electoral del Poder Judicial, y la incertidumbre que dicho precepto generó entre los principales actores de la ciudad. Los votos han sido siempre la prioridad de los partidos políticos, mientras que la reflexión sobre las formas de ejercer el gobierno del DF siempre es postergada.

Las discusiones en torno al futuro del DF han estado atrapadas en un falso debate. Pareciera que lo más importante ha sido cómo bautizar el arreglo (estado 32, municipios metropolitanos, etc.) en lugar de acceder a un planteamiento que articule las inquietudes de los actores políticos. En el añejo debate que destaca las particularidades constitucionales del territorio de la ciudad de México se han consumido las energías de los reformadores. Grandes y graves temas han sido revisados y reformados por el Constituyente Permanente, sin embargo no parece llegarle la hora al DF. Mientras se subrayen las dificultades tan insuperables como la historia, y las particularidades que son tan específicas como inasibles, difícilmente llegaremos a buen puerto.

La dinámica de la negociación política, la historia concreta de las administraciones, llevan a pensar que la ciudad de México no cuenta con una clase política que esté verdaderamente involucrada con ella. La combinación fatal de las disminuidas atribuciones que tiene el gobierno local, la subsistencia de un acuerdo cuyas definiciones centrales siguen descansando en lo  fundamental en el Congreso de la Unión, junto con el hecho de que las administraciones han concebido a la ciudad de México como un trampolín —o acaso una aduana que hay que transitar para llegar a la política verdadera— han hecho que en la ciudad de México, a diferencia de lo que ocurre en casi todo el resto del país, no se cuente con una clase política lo suficientemente fuerte y articulada como para que impulse las transformaciones que necesita.

Habría que incluir la actualización de cálculos políticos de los actores de la ciudad, producto del reacomodo de fuerzas a nivel federal. junto con las alineaciones particulares que tanto en el gabinete federal como en el local se produzcan, pero por el momento basta resaltar estos antecedentes y anticipar un buen deseo. Ojalá darle racionalidad a la acción de gobierno sea más relevante en la mesa de las negociaciones. que simplemente calcular los votos.      n

Rodrigo Morales Politòlogo.

Soltando amarras

SOLTANDO AMARRAS

POR JORGE JAVIER ROMERO

El PRI perdió y Vicente Fox subió a la presidencia. Pero ¿el nuevo capitán sabe cómo y hacia dónde conducir el barco? Jorge Javier Romero responde con preocupación ante un proyecto de gobierno cuyo lastre es mayor que su definición.

La nave del nuevo gobierno ha zarpado, pero tal vez el lastre que lleva sea excesivo. Por un lado, todas las esperanzas, que también pueden ser una carga; por el otro, todas las inercias, las viejas maneras de hacer las cosas, las instituciones intactas del antiguo régimen. ¿Será el capitán lo suficientemente hábil para evitar que el barco se vaya a garete? Los temores se agudizan cuando no se ve que el nuevo presidente tenga un propósito fijo. Más bien parece que pretende gobernar saliéndole al paso a los problemas y que su proyecto de reformas carece de hilo conductor.

Arriba del barco, además, van todos los que piensan que se trata de la hora cero, los que creyeron que apoyar a Fox tenía sentido porque el gran objetivo era derrotar al PRI y que con ese solo hecho todo cambiaría. Efectivamente, con el PRI fuera de la presidencia mucho cambia; el régimen de la revolución hecha gobierno ha muerto, pero ¿nada será igual? Es posible que los optimistas sean pronto los más desilusionados, porque las maneras de hacer las cosas en política se reproducen autónomamente y sin reforma real en las reglas difícilmente vamos a ver los grandes cambios prometidos. Los nudos de la vieja red se han desatado. Las razones de la disciplina se han esfumado, la piedra angular del antiguo orden político se ha caído. ¿Y el nuevo orden? Apenas si se le ven los cimientos. A ver si ahora, cuando tiene que empezar a funcionar, al tiempo que se avanza en su construcción, no le caen encima a la nueva estructura los escombros de la vieja.

El nuevo gobierno arranca y tiene que funcionar con una administración pública astrosa y que, además, está formada por funcionarios que durante años han sido disciplinados y silenciosos, pero que ahora no tienen ninguna razón para seguir quietos. La escandalosa protesta por el asunto del bono sexenal apenas es un síntoma de un síndrome que puede ser agudo. El PRI se vio lento y no avanzó ante su inminente pérdida del poder, en la construcción de una administración pública profesional que modernizara al Estado, pero que a la vez fuera garantía de seguridad en el empleo de miles de burócratas que pertenecían a sus redes de clientelas y que ahora entrarán a competir en desventaja con las redes de la coalición triunfadora. Puede ser que lo visto en el motín de octubre y noviembre no sea nada comparado con lo que vendrá.

Las reformas urgen, pero para que se den no va a bastar la voluntad política del presidente. Hace falta tejer fino para que se den los acuerdos, pero se ven pocos alicientes para que los partidos cooperen en el Congreso. Es posible que la tan llevada y traída reforma del Estado se vuelva a empantanar en una Cámara de Diputados donde las oposiciones —PRI y PRD— no encuentren razones suficientes para pactar, de manera que las iniciativas de cambio —si es que finalmente las hay— salgan adelante.

La idea de pluralidad que ha manejado Fox para integrar su gabinete es ficticia, porque no se basa en compromisos claros entre distintas fuerzas, sino en relaciones estrictamente personales. Por más que el nuevo presidente se pretenda neutral, detrás de él está una coalición de derecha. no la gran coalición de transición que muchos han creído ver.

Los intereses que representa el nuevo gobierno no se han hecho del todo explícitos por la polvareda levantada al derrumbarse el PRI. Sin embargo, tanto en la acción de gobierno como en las reformas institucionales que proponga, poco a poco se irá viendo quién ganó realmente el 2 de julio pasado. Eso es normal en una democracia. Lo que todavía no es normal es la democracia misma. Demasiados vacíos, muchas incertidumbres. La transición mexicana dejó muchos pendientes que ahora pesarán sobre el proceso de consolidación de la nueva normalidad política. Los viejos actores seguirán aferrados a las prácticas que durante años les garantizaron sus privilegios o. una vez libres del yugo corporativo, se volverán levantiscos, escandalosos. Los mecanismos que las obligaban a pactar se han quebrado pero no existen nuevos espacios para la concertación social. Será, por tanto, tiempo de pulsos, de gestos iracundos. de amagos. Sin cauces nuevos, de nuevo sólo queda la figura del presidente como gran concertado a lo mejor, después del gran cambio. nada nuevo nazca: sólo el poder personal, y no las instituciones, garantizará la estabilidad.

Las amarras se han soltado, la nave va. aunque algo escorada y bajo un cielo plomizo con barruntos de tormenta,   n

Jorge Javier Romero. Politòlogo. Profesor de la UAM-Xochimilco.

Mi padre: Un sketch autobiográfico

Incluso físicamente, mis padres parecían no encajar. Mi madre era pequeña, achaparrada, y con algo de patito feo. Incluso en fotos de la infancia con su familia se ve plana, resentida y opacada por Flee, su hermana mayor. El buen ver y la vivacidad de Flee la habían llevado a círculos más altos (y, quedaba implícito, de modo más rápido); mi madre nunca la perdonó.

Mi padre era alto, delgado y, hasta donde podría esperarse de un contador, con porte; se parecía de un modo notable a Fred Astaire. Admirado por las mujeres. gustado por la mayoría de los hombres —no los menos, sus empleados— tenía mucha gracia social. Había sido un buen atleta, un prodigio local del ajedrez, de modo reputable se había abierto paso en Pittsburgh jugando billar de apuesta, y era ya un exitoso hombre de negocios. Hasta poco antes de su muerte parecía diez o quince años menor de lo que era. A la mediana edad, tuvo que mandar a buscar su acta de nacimiento; había mentido sobre su edad durante tanto tiempo que ya ni siquiera él la sabía.

Creo que fue un niño enfermizo; contrajo una de las enfermedades, hoy raras, de la infancia, quizá difteria. De no ser porque era verano, nos dijo su madre, él habría muerto. El se había aferrado a la reja con picos en su patio, dijo ella, para que la tos no lo derribara. Su recuperación debió ser notable. En su adolescencia trabajó en el camión repartidor de hielo —que aún existía cuando yo era niño, y que llevaba inmensos bloques de cristal a cada vecindario mientras nosotros los niños seguíamos su parte trasera para recoger los pedazos y trozos sueltos de hielo que dejaba caer—. Los hieleros eran fuertes y curtidos. No sólo cargaban bloques de hielo de trescientas libras, tenían que pelear para obtener los primeros bloques recién cortados en la fábrica de hielo. Me han dicho que mi padre se sabía varias llaves de lucha libre y que con mucha destreza podía derribar a un hombre con mayor peso del suyo. En todo caso, él había sobresalido a la hora de pelear el hielo y no tenía cicatrices que mostrar por eso. Se había roto la nariz dos veces, pero sólo cuando de las pesadas y negras tenazas para el hielo se zafaba un bloque que él estaba cargando y le caía en la cara. Esto le costó severos dolores en los senos nasales y varias operaciones para quitar cartílago y huesos rotos, pero nunca afectó su apariencia.

Debió ser bueno para la mayoría de los deportes, pero destacaba más en béisbol. Aquí, también, la iniciación fue ardua; cuando se integraba al equipo local los miembros del equipo le rellenaban a uno la boca con tabaco de mascar, hasta que todos acordaban si la cantidad era suficiente, y luego daban un tiempo para sostenerlo en la boca. Era notable la explosión cuando el tiempo expiraba. Mi padre no sólo pasó la prueba, sino que jugaba bien. Pudo llegar a ser profesional como cátcher de no haber sido por su única debilidad, una debilidad fatal. Un cátcher debe dejar su posición en cuclillas y disparar la pelota a la segunda base en un lanzamiento tendido que dejaría sin cabeza al pítcher si éste no lo esquiva a tiempo. Conforme te haces viejo. me decía él, cada uno de estos lanzamientos te roba una semana de lo que te resta de carrera. Pero no había problema; mi padre ni siquiera podía hacerlo cuando era joven. Trató de enseñarme algunas de sus habilidades pero yo resulté una penosa decepción. Amarrado al delantal de mi madre, era una nulidad para la mayoría de los deportes, sobre todo aquellos en los que él era bueno. De modo extraño, resulté un poco mejor para el futbol (que él nunca había jugado); aún recuerdo juegos en los terrenos baldíos donde yo cumplía con lo debido, hasta acabar felizmente adolorido del cuerpo y hasta sangrando. Pero eso no es lo mismo que ser bueno para jugar. Mi tío Stew había sido un buen jugador amateur en torneos de tenis y él también trató de enseñarme. Me encantaba este juego, sobre todo la rectitud deportiva que era de esperar: uno nunca cantaba a su favor puntos dudosos: uno se lo daba al oponente o el punto volvía a jugarse. Tuve mis mejores golpes en ese terreno. Por desgracia, yo perdía incluso contra gente que quizá nunca había visto una raqueta —de hecho, yo perdía sobre todo con ellos—. Contra un buen jugador como Stew, yo parecía casi tan bueno como él. Mi problema real era al que Stew, en broma, culpaba por sus infrecuentes puntos perdidos: todo estaba magnífico, de no ser porque yo no ganaba los puntos suficientes. Cuando yo no podía cantar puntos suficientes en contra de mí mismo, mi desempeño era simplemente pobre.

Mi padre quería un peleador. En cada nuevo vecindario al que nos mudábamos, yo tenía que pelearme con alguien de la nueva pandilla. Durante semanas, yo dejaba que me jalonearan y me vejaran, hasta que por fin nos encerrábamos en algún callejón y nos fajábamos a golpes durante una o dos horas. Para mi sorpresa, gané tantas peleas como las que perdí, aunque en realidad a nadie le importaba eso. Los muchachos sabían que yo no era un peleador, y esto era más aceptable para ellos que para mi padre.

Tampoco sabía jugar billar: yo lo había visto a él dar exhibiciones en carambola de tres bandas y habría dado un pulmón por aprender eso. Hasta la agresión simbólica del ajedrez era demasiado para mí; yo estudiaba sus libros de ajedrez, y me maravillaban Alekhine, Capablanca o Lasker, pero en cuanto nos sentábamos a jugar, mi mente vagaba. El tenía ese don de la energía mental agresiva que le permitía enfocarse en las fortalezas y vulnerabilidades de cada pieza, su lugar en todo el plan de la batalla. El mismo don, sin duda, que le permitía enfocarse en esas columnas con cifras durante todo el día y muchas noches. La falta de ese don me derrotaba abyectamente, aunque yo me propusiera una defensa Nimzovich o un libro de contabilidad.

Y no es que mi padre ganara todos sus combates. Los muchachos del colegio le pueden hacer a uno más daño, a veces, que los hieleros o los jugadores de beisbol. El había ingresado al Geneva College —al cual asistimos posteriormente tanto mi hermana como yo— , la pequeña escuela como a una cuadra de la casa que mi familia compró eventualmente. Era una estricta institución cristiana, regida por la Iglesia Presbiteriana Reformada, una secta escocesa fundamentalista conocida como los Covenanters; no fumaban, no bebían, no bailaban, ni votaban. (Una vez conocí a un Covenanter que me confesó que a veces él salía “y se echaba un voto”.) Con el estricto rigor respecto a tales prohibiciones, de manera extraña podían ser ciegos a cosas como el sexo, las actividades del equipo de futbol, y la brutalidad de las novatadas. Al equipo —alguna vez de veras poderoso, ¡realmente había derrotado a Harvard!— lo formaban tipos toscos, reclutados en los molinos locales y en las minas; ellos estaban detrás de muchas de esas novatadas. Mi padre, quizá demasiado orgulloso de sus éxitos previos, no iba a dejar que lo novatearan —así tuviera que pelearse contra toda la escuela—. Si aquella vez lo atacaron de uno en uno o en montón (durante mis días ahí, la especialidad era atacar en montón), es algo que no sé. Fue a dar al hospital; hubo un escándalo considerable.

Después de eso, sus padres lo mandaron a Tarkio College, en Missouri, donde conoció a mi madre. Con todo, sus problemas en Geneva no lo habían acobardado; mi madre me dijo que una tarde mientras caminaban, varios muchachos que iban en un carro se metieron con ellos. El saltó al carro y bajó a los tripulantes. Cuando sus padres lo trajeron de regreso para que acabara sus estudios en Pittsburgh, mi madre y mi padre se separaron durante un año; pero después de su graduación, se casaron. Sospecho que sus padres buscaron transferir a mi padre a la espera de que el compromiso fuera roto; en un principio no habían aprobado sus amoríos con una muchacha de una zona que ellos creían llena de indios, forajidos y violencia. Con el tiempo, se sobrepusieron a esto; ella, no.

El matrimonio de mis padres debió ser feliz en un principio, mientras fueron jóvenes y pobres. Puedo recordar, de mi primera infancia, cómo mi padre entraba al cuarto y le daba a mi madre una palmada en las nalgas, y me parece recordar abrazos ocasionales que parecían de afecto verdadero, casi apasionados. Pero, para los tiempos que puedo recordar con mayor claridad, ya el frío se había instalado. De vez en cuando, mi padre le dirigía un gesto; al gesto siempre respondía una desaprobación glacial de parte de ella. De ella nunca salió una palabra de reproche, ella nunca dijo por qué estaba enojada; sólo se daba la vuelta, furiosa y en silencio. Guardaba su rencor mejor que nadie que yo haya conocido.

¿Quién sabe si hubo algún incidente específico que disparara este largo silencio ártico? A veces, mi madre insinuaba algunos ultrajes, pero parecían como los “motivos” de Yago para odiar a Otelo. Ella insinuaba que, mientras me estaba pariendo, mi padre se había quedado con Flee en la parte de ahajo de la casa. Mi madre no sugería más que algo de bebida, que quizás estaban poniéndose un poco alegres, que posiblemente bailaron. Me cuesta trabajo imaginar más que eso. Pero, a los ojos de ella, el solo hecho de beber era infierno y perdición. Ella sabía que él bebía con personas asociadas a su negocio —¿de qué otro modo podría él construir su negocio?—. Pero sus convicciones le daban a ella la excusa perfecta para no acompañarlo a comidas y fiestas de negocios, ni para invitar a la casa a sus compañeros de negocios. Eso también le daba a él la excusa perfecta para ausentarse de la casa cada vez que se le antojaba. Y se le antojaba cada vez con mayor frecuencia.

Después de la muerte de mi padre, ella declaró que la secretaria principal de su oficina se había enamorado de él: “¡No se me había ocurrido que ella fuera capaz de ser tan maligna!”, dijo mi madre. Tal vehemencia me sorprendió, sobre todo porque ella había dicho que mi padre había despedido a su secretaria en cuanto lo supo. Yo no creía que fuera maligno amar a alguien, ni siquiera en el caso de que estuvieran comprometidos por fuera; podría ser maligno para ellos responder bajo tales condiciones. Pero ella debió estar más enterada de lo que fingía sobre aquel largo e intenso affair amoroso y el cual, como descubrí después, en realidad sólo había terminado cuando mi padre finalmente se negó a dejar a mi madre y casarse con su secretaria. Aun así, dudo que mi madre supiera esto; lo probable es que, como Yago, su fuerte fueran simplemente el odio y la sospecha. Incluso en caso de que ella lo supiera, yo habría creído que la elección final de mi padre por mi madre pudo haber aliviado algo de la amargura. O. si esa amargura era ya muy profunda, yo habría creído que sería mejor hacer a un lado lo que uno no puede perdonar. Pero en ese tiempo, sabía yo poco sobre el amor y las delicias del rencor duradero.

Al paso del tiempo, mi padre tuvo otros amoríos. Una noche en que mi madre había salido, él llamó a la casa para decir que trabajaría hasta tarde. Cuando dieron las cuatro de la mañana y él aún no había llegado, llamé a la policía tanto en nuestra localidad como en Pittsburgh para ver si había tenido un accidente de tráfico. A punto de amanecer, lo obvio comenzó a ocurrírseme. Francamente, para mí fue un alivio descubrir que él tenía otras mujeres; nadie en su caso habría sustituido con las magras raciones de afecto por parte de mi madre.

Aun así. yo no quería saber los detalles. Tiempo después, una vez que yo estaba de visita de la universidad, me invitó a almorzar en su club en Pittsburgh. Llegó con una mujer que yo nunca había visto: no muy atractiva, pero bien vestida y vivaz. Era una mujer dedicada a los negocios que él conocía desde los días de la escuela y con quien, al parecer, había tenido una relación intermitente durante años. Ella me gustó, pero se me hizo odioso dirigirme a casa y mentirle a mi madre sobre el día que habíamos pasado. Yo quería que él se encargara por su cuenta de cuantos engaños necesitara. Después de todo, por estar lejos con tanta frecuencia (debido en parte a tales amoríos) nos había ayudado muy poco en lidiar con mi madre.

A pesar de tales resentimientos, yo lo prefería a él que a mi madre: simplemente él era más atractivo. Uno diría que el sádico y el masoquista crean su relación a partes iguales; pero es el sádico quien aún tiene el látigo y es difícil gustar de eso. ¿Por qué, entonces, no seguí el ejemplo de mi padre, no hice mías sus enseñanzas, no seguí sus pasos? Sin duda, todos sabíamos desde el principio que mi madre era la más fuerte, la más apta para sobrevivir. Lo admito con desagrado; pero los niños, también, reconocen a los agresores reales, a los detentadores del látigo, y aprenden a identificarse con ellos.

Simone Weil escribió: “Los poderosos de este mundo, si llevan la opresión más allá de cierto punto, inevitablemente se vuelven adorables”. Ella escribía, claro, sobre política, ¿pero quién dice que yo no escribo aquí sobre lo mismo? ¿Dónde si no en la familia aprendemos esos paradigmas sobre los cuales construimos nuestras posteriores estructuras domésticas y políticas? Por supuesto, no augura nada bueno el que, ya sea en el amor o en la política, empecemos nuestras vidas identificándonos con, y adorando lo que, no podemos admirar.

Lo menos que puede decirse es que los muchachos suelen oponerse a sus padres y yo había tenido enfrentamientos tempranos con los míos. A la hora de dormir, cuando éramos pequeños, nuestra madre se sentaba en nuestras camas mientras nos arrodillábamos junto a su regazo para decirle nuestras oraciones. Le decíamos nuestras oraciones “a ella”; la frase no es del todo accidental. Una tarde en que mi madre había ido con las Damas Voluntarias o a una reunión de las DAR (Daughters of American Revolution), mi padre nos preparaba para acostarnos y nos decía a mi hermana y a mí que le dijéramos nuestras oraciones “a él”. Yo quería esperar hasta que mi madre regresara a la casa.

El insistió; yo me negué. “Muy bien, si quieres pelearte”, dijo él, “ya tienes los puños cerrados: ¡éntrale!”. Bajé la vista y noté, sorprendido, que mis puños estaban cerrados; y él quería pelear conmigo de hombre a hombre. Me sorprende el hecho de que no me haya desmayado; estaba tan aterrado que no puedo recordar qué acabé haciendo. Supongo que me rendí y que lo traté, por el momento, como si él fuera la figura deífica de la familia. Pero, como en la mayoría de los casos, era una conversión falsa —y una victoria también falsa—. Si de algo me convenció la necesidad de mi padre por abrumarme, fue de su debilidad.

Contra mi madre, una rebelión así no habría provocado de su parte ninguna exigencia de sometimiento, sino más bien una retirada silenciosa de ella que me tendría, en unas cuantas horas, rogándole que aceptara aquellos ritos de adoración que ya para entonces ella se negaría a aceptar hasta que yo no mostrara una postración total y abyecta. Sólo hasta que yo ponía de manifiesto que este era mi deseo, y no el suyo, mi madre, con desdén, asumía una vez más aquella dominación absoluta que todos demandábamos de ella.

Conforme crecí, poco a poco se hizo claro que los orígenes de nuestros líos eran menos simples de lo que yo había pensado. Si salíamos con mis padres de viaje, en algún sitio, tarde o temprano, nos encontraríamos con uno de esos puestos junto a la carretera que mercaban pilas de pájaros, bolas de cristal, enanos de yeso pintado, flamengos, renos, conejitos. Ella se paseaba, admirada, entre los pasillos de estas monstruosidades. Con mucha frecuencia, sin embargo, aunque ella hubiera expresado su deseo por alguno de estos objetos, decidía no comprarlo: que, en realidad, no lo necesitaba. (¡Como si alguien necesitara tales cosas!) Entonces mi padre la codeaba: “Oh, cómpralo, Helen— podemos pagarlo”—. Esto a veces parecía una cuestión de mera generosidad, ¿entonces por qué luego mi padre se quejaba de esos mismos objetos?

Tiempo después, cuando yo llegaba de visita, mi padre y yo hacíamos largas caminatas por la tarde para hablar de estos asuntos. Con el tiempo, hasta él llegó a admitir que había apoyado, quizá propiciado incluso, mucho de la conducta de mi madre. Era la norma, por supuesto, el urgiría a tomar o hacer las cosas que quería, a pesar de sus rechazos o negativas. Muy pronto nos volvimos adeptos a leer su deseo no expresado, el deseo al que renunciaba, para obligarla a que lo aceptara. Con todo, mi padre era un adulto y, supuestamente, el igual de mi madre. Yo quería que él impusiera un orden sobre la locura creciente alrededor de ellos, aunque el sentido común me decía que no había manera en que ella pudiera ser controlada. Mi madre haría las cosas a su modo —si es que él quería su casa y su familia—. Aun así, mi padre no tenía por qué alentar aquello de lo que él mismo se quejaba. La oposición de mi padre pudo ser de ayuda; en caso de fracasar, la única venganza de ella habría sido más frialdad y desprecio. ¿Cómo podría ser peor de lo que ya era? Pero él era más débil; necesitaba aquellos pocos momentos de aprobación o afecto que su complicidad pudiera comprar. Ella tenía la verdadera invulnerabilidad de aquellos que pueden vivir en el dominio, en la adoración, sin que les afecte.

Como sea, las actitudes de mi padre tenían un lado menos simpático. Tal vez ocurre así con cualquiera que viva con un alcohólico, un adicto, un hipocondriaco: la tentación de obtener ganancias de las faltas de la otra persona debe ser casi abrumadora. Fue sólo muchos años más tarde, cuando yo tuve que enfrentarme con tales compensaciones en mí mismo, que me di cuenta de que mi padre había alentado las injurias de mi madre para colocarse él mismo en el lado bueno. Esa motivación parecía digna, sin embargo, no de él sino de ella.

Con todo, enfrentado a tal locura de dos, era imposible discernir quién de ellos había empezado qué. Y yo aún tenía problemas con los dos. Mi padre había sido de manga ancha para manejar a los niños por medio del dinero— era su dinero, después de todo, y él con frecuencia había iniciado los arreglos financieros—. Estos arreglos me habían mantenido en la escuela, estudiando poesía, durante años. Cuando los problemas surgieron, estos arreglos me sacaron adelante. Aunque era un sobreentendido el hecho de que serían préstamos, cuando traté de pagárselos mis padres actuaron como heridos y se llamaron a la ofensa. Insistieron en comprarme más cosas, poniéndome más en deuda. Yo protesté, sospecho que débilmente, diciéndoles que sería mejor que ahorraran su dinero: algún día yo podría necesitarlo de veras.

Con el tiempo, ese día llegó: mi primer matrimonio se deshizo, yo tenía pagos que hacer, cuentas de abogado, y Paul Engle, mi director en la universidad, sin decírmelo, me había borrado de su lista de becarios. Ahora necesitaba la ayuda de mi padre. Cuando acudí a él, dudó: “¿Y qué tal si no queremos dar nuestro apoyo en algo como ésto? ¿Así nomás: tú sólo dices qué quieres y nosotros pagamos? Después de todo, tú qué has hecho alguna vez por mí?”. Retiré mi pedido,  conseguí un trabajo en un hospital, y entré a terapia psiquiátrica. Este choque, la terapia, y la muerte de mi hermana me llevaron rápidamente a la decisión de que yo debía cortar muchos de mis lazos con la familia.

Aun así, a veces caía de visita y tenía largas pláticas con mi padre. Para ese tiempo, una parte de mí en verdad lo despreciaba: por su debilidad, su fracaso para rescatarnos de la garra de mi madre, y su manera sutil de manipularnos. (Empecé a entender los acuerdos financieros de nuestro país con países más pequeños y débiles; mi padre habría sido un diplomático soberbio). Aun así, aunque yo temía y odiaba a mi madre, supe que no tenía más opción que amarla, así que con él no tenía otra opción que gustar de él, quizás amarlo. Ciertamente quería que estuviera vivo y bien; él, mientras tanto, envejecía rápidamente. La muerte de Bárbara caía sobre él, rondaba como una niebla; finalmente empezó a fijarse en su edad, cercana a los sesenta; comenzaron a aparecer pequeños síntomas que podrían sugerir cáncer.

Su hermano menor, Stew, tuvo un ataque al corazón y murió antes que él. En un año, mi padre me dijo que tanto su doctor, como su abogado y su peluquero habían muerto. “Puedo conseguir otro doctor y otro abogado”, bromeó él, “pero ¿dónde puedo encontrar ahora un corte de pelo decente?”. F.n una de nuestras caminatas, dijo que le habían quitado un pequeño tumor de su sien izquierda, pero que había resultado benigno. “Casi llegué a creer que mis problemas habían terminado”, dijo. Luego añadió: “Pero uno no llega a mi edad sin haber guardado la suficiente cantidad de pildoras para dormir y que ellas se encarguen de los problemas”. Aunque ésta parecía una resolución de admirar, yo no quería que las cosas acabaran así.

Por lo menos una vez le dije abiertamente que yo temía por su vida si seguía viviendo ahí. La enfermedad sería la única salida para él: mi madre sólo podía perdonar a la gente cuando ésta se enfermaba. Era entonces cuando mi madre se encargaba de las personas con todo tipo de cuidados amorosos aunque esas personas nunca se recobrarían. Después de una larga discusión, él me dijo finalmente: “¿Pero no ves que esta es La Casa Snodgrass? ¿Cómo puedo dejarla así nada más?”. Recordé el lamento de Freud cuando vinieron a rescatarlo de la Alemania nazi, y de la réplica: “¿Pero no ve, Doctor, que su país ya lo dejó a usted?”.

No hice la réplica. El descaro de la mentira sugería que funcionaba como una verdadera necesidad y que como tal sería defendida. Pero a mí las mentiras me daban cada vez más furia. Mi furia aumentó mientras mi padre se iba debilitando y el cáncer apareció finalmente. La siguiente vez que lo vi, mi padre tenía el brazo en un cabestrillo; la próxima vez, ya no había cabestrillo. El se estaba dejando enterrar a pedazos, dejaba que mi madre fuera la enfermera para su muerte. Con el tiempo, oí, él iba a perder una pierna, y aún así estaban planeando un gran viaje a Jamaica en cuanto él se “recuperara”. Por supuesto, nunca se recuperó.

Durante años mi furia ante estas mentiras, y ante su fracaso por no tomar las píldoras, continuó. Entonces mi hermano, quien había hecho un mayor contacto con la familia que yo, reveló que justo en el tiempo en que mi padre se había enfermado, ya no había podido manejar su cartera de clientes y había tenido grandes pérdidas. Jugando de un modo cuidadoso su regreso al mercado, él había alargado su vida de modo que pudiera dejarle suficiente dinero a mi madre para que ella pudiera terminar su vida confortablemente. Si él se hubiera tomado las píldoras, nosotros habríamos tenido que cuidarla a ella —y yo era el hijo mayor—. De nuevo, yo había juzgado mal a mi padre.

A veces, se juzgó a sí mismo, y a su vida, de modo áspero. Poco después de comprarse su primer Cadillac, me dijo un chiste. La escena ocurre en el entierro de un famoso magnate. Una inmensa grúa está bajando, en vez de un ataúd, el Cadillac del hombre rico dentro de una tumba abierta. Al volante está sentado el magnate, embalsamado, rodeado de lilas, gladiolas, crisantemos, y botellas no abiertas de champán. A un lado, lejos de los deudos bien vestidos, están sentados dos sepultureros negros. Lino le dice al otro: “Man, ¡eso es lo que yo llamo vivir de veras!”.

Mucho del peor comportamiento de mi madre disminuyó luego de la muerte de mi padre. Su funeral, sin embargo, no fue una de las mejores actuaciones de mi madre. A punto de salir hacia la funeraria, mi madre bajó las escaleras en un traje de lana blanca y una blusa también blanca, manchada. Sin mucho atrevimiento como para decirle que tal atuendo sería el adecuado como para una boda, le pedí que de ser posible se cambiara por algo más apropiado. “Oh, pero Papá siempre quiso tanto el color blanco”, dijo ella. “¡Hago esto en su honor!”. Luego me tomó del brazo para que yo la guiara rumbo a la puerta. En los escalones se detuvo: “Espera, tengo que regresar. No llevo pantaletas. Pero no ¿verdad?, probablemente no es necesario”. Empecé a entender por qué Blake había escrito: La verdad dicha con mala intención Derrota a todas las mentiras inventables. n

Traducciónn de Luis Miguel Aguilar.

Una plusmarquista sexual

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UNA PLUSMARQUISTA SEXUAL

La revista Harper’s (octubre 2000) reproduce una entrevista con una actriz porno de Singapur, Annabel Chong. No es una del montón; se ha distinguido del montón por tener, precisamente, sexo “de a montón”. Se nos informa que en 1995 implantó un récord, como una especie de plusmarquista sexual: tuvo intercambio sexual con 251 hombres en diez horas seguidas. (Desde entonces, ha roto su propio récord dos veces.) Annabel Chong dice en algunas partes de la entrevista:

• (El sexo de “a montón”) es en realidad algo cercano a los deportes, específicamente a los deportes de conjunto. Y el acto en sí mismo es casi como volver a montar un evento histórico: el evento Mesalina. Mesalina era la esposa del emperador Claudio, y decidió retar en un acto de “sexo de a montón” a la prostituta más famosa de Roma. Hizo una convocatoria en una plaza de la ciudad e invitó a “amigos, romanos y gente del campo” para que participaran, y por supuesto que ganó porque era la emperatriz. Claro, esto es según la leyenda-.

• (El sexo de “a montón”) no tiene nada que ver ni con la decadencia ni con la fertilidad. Se trata sólo de números; se trata de comercio. Se trata de información. Me recuerda a los científicos que desarrollan el elemento 120, un elemento que dura unos cuatro segundos. Este elemento en realidad no existe, lo mismo que el “montón” tampoco existe, sino que se desarrolla el elemento por un determinado lapso de tiempo que permite el arranque del experimento. En este sentido, es como la física teórica y el arte conceptual.

• ¿ Cómo tomó la comunidad porno sus incursiones en el “sexo de a montón “?

Mal, les disgusté muchísimo por eso. Algunos hasta pensaron que no debía permitirse. Y lo que me sorprende es que, por esta vez, tanto la industria del porno, como las feministas, como la derecha religiosa coincidieron en que todo el asunto era totalmente atroz. Me gusta la ironía deliciosa que hay en todo esto. Y de hecho, en la Universidad del Sur de California, la universidad a la que asistí, en un boletín cristiano que ahí circula hicieron una lista de las diez peores cosas que habían ocurrido en los noventas, y salí en séptimo lugar, con Bill Clinton en el quinto lugar. “Guau, ¿así que por poco le ganas a Clinton? Sí, por poco.

Carlos Castillo Peraza

PUERTO LIBRE

CARLOS CASTILLO PERAZA

POR ANGELES MASTRETTA

La  infatigable abuela de Carlos Castillo Peraza hizo una tarde de abril frente a su memorioso nieto, la descripción más inaudita de lo que puede ser el principio de una guerra. “Es como rasgar una almohada”, dijo, “las plumas se desparraman y cada una suelta no hace sino revolotear creando un caos, mientras el trapo que las guardaba no vuelve a servir de nada”.

Carlos nos contó ese recuerdo de su infancia cuando el país se conmovió con la aparición de la guerrilla, el asesinato de Colosio y la violencia como un vértigo, durante 1994. Nos había hecho una de esas visitas largas a las que nos acostumbramos de tal modo que no habrá nada con lo que podamos llenar el hueco de sus ausencias. Se había despedido por quinta vez y caminábamos hacia la puerta con unos pasos lentos que no querían separarse. Entonces se acordó de su abuela y la historia nos detuvo otro rato en la acera, preguntándonos por el futuro y llenando nuestras dudas con la esperanza tenaz que Carlos practicaba no sólo como un método de vida, sino como una terca virtud teologal. No era común la esperanza en esos años y quienes se empeñaron en practicarla crearon entonces sectas de locos clandestinos, que confesaban como para sí la clara certeza de que no pasábamos por el fin del mundo.

Ahora asocio esa tarde y las sentencias de su abuela con mi certidumbre de que Carlos supo siempre que trabajar por la justicia y la democracia dentro de nuestro país, debía hacerse con tenacidad, valor y sabiduría, no con aspavientos de guerra, sino con esfuerzos de paz y conciliación.

Se ha hablado mucho del carácter indómito de Carlos. Yo, sin embargo, no le conocí sino maneras suaves. Debe ser porque como público lo traté poco y como periodista haciéndole preguntas impertinentes lo traté nada. Así que cuando oía a otros quejándose de sus modos, me parecía que hablaban de otra persona o, más triste aún, que no le habían encontrado el modo al Carlos inteligente y dispuesto a escuchar, con el que tratábamos sus amigos.

Supe muy pronto que no coincidíamos en muchas de nuestras apreciaciones sobre moral privada, pero también lo supo él y ambos nos cuidamos de no agraviar nuestras convicciones. Sin embargo, podíamos hablar de ellas con el buen humor y la ironía que rigieron nuestras diferencias.

Carlos no lidiaba con resignación la frivolidad ni el juicio banal sobre ningún acontecimiento. Pero estuvo invariablemente dispuesto a oír con respeto las certidumbres ajenas, expresadas en buen castellano y en ardua lógica. Era un gusto escucharlo discurrir, tal vez aún más, cuando uno no pensaba como él ni en el cabo ni en el rabo. Pero escucharlo contar cualquier anécdota, desde las glorias de su tíos hasta los ires y venires de sus empeños políticos, era una verdadera fiesta. De ahí que cuando llegaba, a cualquier hora, casi siempre en la noche, muy tarde, o en la mañana muy temprano, nosotros estuviéramos dispuestos a caer en la trampa de su conversación como un río, desvelándonos o gastándose de un tirón las primeras horas de sol.

Yo lo quise bien desde el principio. Me sobraban razones. La primera fue verlo siempre vivir con audacia y lealtad a la llama doble de su pasión intelectual y política. Aun antes de conocerlo, ya sabía de su inteligencia y sus trabajos. De su empeño en que el país fuera mejor y las ideas, como las palabras, menos maltratadas.

De su trato generoso con las palabras de otros le agradecí su lectura de Arráncame la vida. Cuando la escasa crítica me había hecho el favor de leer el título de la novela y no mirarla más, Carlos utilizó el espacio de su columna política para hablar del libro contando las alegrías que le había dado. Años después lo conocí como quien se reconoce.

Vino a comer a nuestra casa y se dispuso a ser parte de la familia en el mismo momento en que un chile habanero, recién asado en el comal, apareció como un buen hábito sobre la mesa, junto con la sopa caliente. Entonces olvidó la fiebre de su reseña política y cayó en una explicación minuciosa de cómo su madre guisaba el frijol negro y cuánto achiote debía ponerse en las naranjas agrias con que se adereza la cochinita pibil.

Del mismo modo en que él había adoptado el carácter de patriarca yucateco recordando en la casa del ahorcado la perfecta soga con que sazonaba su madre, yo cambié la cara de escritora por el temblor de una recién llegada en busca de aprobar el examen de admisión al honroso paraíso de los buenos hábitos peninsulares. Y cuando llegaron a nuestra mesa la cochinita y los frijoles, lo miré servirse, olfatear con discreción, revolver la cesta en busca de una tortilla y hacerse un taco con la minucia de quien enfrenta una obra de arte.

—Vamos a ver —sentenció prohijando el aire de autoridad en todo que a muchos los impacientaba y a mí me divirtió desde ese día. Probó despacio, levantó las cejas y luego lanzó un suspiro evocador y aprobatorio con el que sin duda pasé el examen.

“¿Qué se cree este hombre?”, quiso decir la teórica feminista encajada en un recodo de las pasiones domésticas que sin remedio heredé de mis ancestras. Pero no dijo nada. Otra parte de mí se dio cuenta de que ese hombre sólo se creía quien era. Y a mí no me costaba ningún esfuerzo concederle la autoridad en buena estirpe yucateca que sin lugar a dudas traía consigo. Me costó más trabajo, quiero reconocerlo, entender que durante mucho tiempo, Carlos al hablar con Héctor y conmigo, hablara en tú en vez de en ustedes, y que ese tú fuera para el señor de la casa todas y cada una de las veces, exceptuando aquellas en que necesitaba un cenicero o más hielo para su whisky o explicar cuánto bacalao quería para su torta, por ahí de la media noche.

Así las cosas, una vez, harta de aquella confusión, me levanté sin más y me fui a dormir sin despedirme, sin deseos de continuar en las conversaciones y segura de que yo no era parte de ellas. Tampoco dije nada. Di por perdido el caso y por terminada una discusión sin iniciar.

Al día siguiente llamó Carlos, con su voz de vocales redondas y pausas entrecortando las sílabas, más acentuada que nunca.

—¿Por qué te fuis-te ano-che sin des-pe-dir? ¿Ah?

—Porque yo hablo en nosotros y tú en macho.

—¿Yo? —preguntó como si lo insultaran.

Entonces me di cuenta de que su actitud era un hábito viejo sobre el que él no había reflexionado. Es más, ni siquiera lo tenía visto. Eso que a mí me agraviaba hasta la médula, no era en él sino un comportamiento inconsciente.

—Las mujeres son parte del tú que les das a tus amigos, son su apéndice —le dije.

—Nunca ha sido así -—me contestó—. Tú sabes que nunca ha sido así.

—Yo qué voy a saber —sentencié agrandando el agravio. Luego le di los pormenores de su habla y le dije que así había sido desde que nos conocimos.

—¿De qué modo quieres que me disculpe? —pidió con la sencillez armoniosa de su tono más cálido.

—¿No haciéndolo más? —sugerí yo.

—Nunca más señora querida. Cuente con eso y acepte mis ruborizadas disculpas —dijo usando ese usted reverencial y cariñoso que desde entonces se quedó entre nosotros como un guiño. Luego agregó despacio:

—Créame que de verdad lo siento mucho.

Me apené de oírlo avergonzado y decidí hacer un chiste lépero y jugar un rato con sus vergüenzas. Nos reímos. Era un gozo reírse con él, contar con él, saberlo en el mundo con su espíritu bravio y su alma inquieta.

De este suave estar cerca, recuerdo con privilegiada alegría los días que pasamos en Mérida en la primavera. Caminamos los parques, anduvimos la noche, cantamos. Acompañados por la delgada sonrisa de su hijo Carlos, fuimos a oír trova la noche de un jueves. Y cantamos hasta quedarnos roncos. Nos divirtió competir en el conocimiento de las canciones más raras y, como si una cualidad le faltara para ser un amigo completo y entrañable, él me ganó sabiéndose hasta el último recoveco las más alambicadas poesías para acompañar penas que han podido escribirse.

Quisiera creer con su fe que no es la mía, en que sólo se adelantó a otra parte, como se adelantaba siempre. Sin embargo, al igual que con todos mis muertos, tendrá que bastarme con la intensidad clara de su presencia en mi memoria. Por eso acudo a ella frente a ustedes, y acudiré tantas veces como lo necesite para andar por el mundo. Por este mundo nuestro que a ratos nos cobija y a ratos nos agravia, pero que en todo momento, como bien lo supo Carlos, nos exige valor para sonreírle y esperanza para desafiarlo. Valor y esperanza que Castillo llevaba en su índole con tanta naturalidad y tal falta de tregua que uno lamenta no haberle robado un poco, antes de que se fuera sin el adiós que aún nos hace falta, n

Angeles Mastretta Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

El fin del verano

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EL FIN DEL VERANO

POR SOLEDAD LOAEZA

El fin del verano en Inglaterra reanimó el espíritu antifrancés y dejó claro que la realeza no saca buenas calificaciones y que el género biográfico sigue siendo uno de los grandes atractivos de Picadilly.

El  verano se terminó en medio de la incontenible rabia de los vacacionistas ingleses que no podían ir al continente o regresar a las islas porque en la última semana de septiembre los camioneros, agricultores y pescadores franceses bloquearon Calais y otros puertos en el norte de Francia en gesto de repudio a los elevados precios del petróleo. El problema se generalizó días después y en octubre los mismos ingleses que antes tronaban contra formas tan incivilizadas de protesta recurrieron a ellas con el mismo propósito. Cuando lo hicieron se les olvidó que apenas un poco antes habían denunciado ante las cámaras de televisión el gusto de los franceses por el drama, la acción directa, la falta de respeto hacia los demás, sus malos modales, su egocentrismo. Nada de esto parecía sorprenderlos, pero gesticulaban furiosos porque —decían— seguro ocurriría de nuevo.

En estas reacciones pude constatar algo de sobra conocido: que detrás de cada fastidio o inconveniente que sufre un inglés siempre hay un francés. No se sabe desde cuándo es así. Estos sentimientos existían ya en el siglo XVI; no hay más que leer a Shakespeare. En su obra patriótica, Enrique V, describe cómo en una sola batalla el ejército francés sufrió 10,000 bajas, entre tropa y oficiales, mientras que a los ingleses atribuye sólo 25 muertos. La imagen no mejoró con el tiempo. Más de un siglo después, ya no eran malos militares, se habían convertido en criminales políticos. Edmund Burke hizo de la guillotina la imagen de marca de los revolucionarios franceses de 1789. El “monstruo” Bonaparte contribuyó alegremente a alimentar las peores ideas que se tenían en Inglaterra a propósito de él y sus compatriotas que —según estas imágenes— no se contentaban con guillotinar a reyes y nobles, sino que además construían un imperio autoritario controlado por un eficaz y aterrador servicio secreto. En Historia de dos ciudades Charles Dickens retoma los elementos de la receta de Burke y retrata una revolución francesa poblada por temibles personajes sedientos de sangre y venganza —sobre todo las crueles militantes que tejen y cortan, como las parcas, los hilos de las vidas de inocentes ciudadanos— que se reúnen en rincones oscuros de París para conspirar contra los aristócratas. También nos da a entender Dickens que éstos en el fondo se lo tenían bien merecido porque eran aristócratas franceses. A finales del siglo XX el gran historiador Simón Schama publicó su espléndido relato de la revolución de 1789, Ciudadanos, y reanimó a los personajes de Burke y Dickens, y con ellos esa vieja idea de la pasión francesa por el drama político. Al iniciarse el XXI, los manifestantes de los puertos de Normandía aportaron datos para mantener la frescura de esas imágenes. Pero en este universo nadie se salva. La sentencia de muerte de un académico aquí es ser considerado un “intelectual francés”.

Buenas y malas notas

El verano también terminó con una nota amable. Los resultados de los exámenes nacionales de preparación preuniversitaria fueron en promedio mejores que en el pasado. Además, las mujeres obtuvieron calificaciones superiores a los hombres, aunque estos últimos ingresan a la universidad en mayor proporción que aquéllas. La reacción general fue: “Hay que revisar los exámenes. Seguro son más fáciles que antes”. Para algunos las buenas notas que obtuvo el príncipe Guillermo son una prueba de que los exámenes han perdido grado de dificultad. Como sea, puso fin al patético récord de la familia Windsor en este terreno: cada uno en su momento, el Príncipe de Gales y sus hermanos Ana y Eduardo, estuvieron en el límite inferior de calificaciones de su generación. La comparación es tan deplorable que se anunció que los resultados de otros miembros de la familia habían pasado a la categoría de secreto de Estado y se darían a conocer al término de los 25 años que establece la ley para la consulta pública de los archivos oficiales.

De trajes a libros

En la calle de Picadilly se cerró una gran tienda de ropa y en el inmenso local de seis pisos se instaló una igualmente inmensa librería, Waterstones, que incluye cafetería y restaurante. Pasearse, visitarla, recorrerla, curiosear entre los anaqueles, abrir libros en exposición, probárselos para ver si a uno le quedan, medir y comparar es una fervorosa ocupación de muchas tardes.

Desde luego hay de todo: literatura, poesía, historia, cocina, moda, viajes, astronomía, geografía, física, biología, medicina, matemáticas, lo que se quiera leer en inglés y publicado mayoritariamente en Gran Bretaña, porque se cuelan algunas editoriales americanas. Cuánto libro. No puedo dejar de pensar en el contador de una célebre institución mexicana de investigación que después de numerosos brindis navideños miró a los investigadores y les propuso imperativo: “Ustedes dejen de escribir libros y pónganse a trabajar”.

En Waterstones de Picadilly la sección “Biografías” ocupa cuarenta grandes libreros que van de la A a la Z. Cada uno tiene siete estantes. Entre 20 y 22 libros de tamaño regular caben en cada uno de ellos. Un cálculo así de inexacto da más de 6,000 volúmenes dedicados a contar la vida, rastrear momentos o registrar reflexiones de una persona de mayor o menor distinción, tomando también en cuenta que no hay más de 3 ejemplares por obra.

Desde las Confesiones de San Agustín hasta las confidencias de Salma Hayek la oferta cubre un amplio panorama que incluye, además de los cuidadosos trabajos de investigadores profesionales, autobiografías, correspondencias, reflexiones, memorias. En algunos casos hay subclasificaciones. Bajo el título de “Vidas ejemplares” están colocadas varias biografías de Juan Pablo II, relatos de refugiados, de huérfanos del Tercer Mundo que se impusieron a la adversidad, de madres del Primer Mundo que se dejaron arrastrar por la adversidad, deportistas accidentados y alcohólicos rehabilitados comparten ávidamente sus experiencias.

Se pasa de manera inevitable por reyes y reinas. Luego, en el sector “Biografías políticas” están las novedades de Konrad Adenauer, Francisco Franco, Lenin, Marx, Gladstone, Lincoln, pero también George Bush, Margaret Thatcher, Mo Molam, John Major, Henry Kissinger (3 volúmenes), Richard Nixon. Bajo “Iconos y celebridades” se puede encontrar el último libro sobre la malograda Diana, que ha resultado ser una auténtica industria, pero también Aristóteles Onassis, y para que a nadie se acuse de parcialidad, María Callas; asimismo tienen ya su libro Harrison Ford, Errol Flynn, Groucho Marx, Glenda Jackson, Dean Martin, Doris Day… ¡Oh Dios! Cuánto árbol caído.

Haciendo Hollywood a un lado, hay que reconocer que la biografía es un género que los británicos dominan con inteligencia, erudición y sensibilidad. Es una gran tradición que nos ha dado la vida del doctor Johnson de James Boswell, los camafeos Victorianos de Lytton Strachey, y más recientemente Michael Holroyd sobre Strachey, Richard Ellman sobre Oscar Wilde y George Bernard Shaw, Claire Tomalin sobre Kate Mansfield y Jane Austen, Frances Spalding y Hermione Lee sobre Virginia Woolf.

En fin, la lista es impresionante y sería interminable. ¿Por qué tienen tanto éxito las biografías, los recuentos personales? Porque ofrecen referencias, tal vez modelos, pero sobre todo raíces. A través de la experiencia de otros, que puede o no ser edificante, nos reconocemos en ellos, en su familia, en sus amigos. Es una manera de vivir otras vidas, desdoblarnos, multiplicarnos; en el peor de los casos es la fórmula ilustrada del voyeurismo del Big Brother, n

Soledad Loaeza Politóloga. Su más reciente libro es El Partido Acción Nacional: La larga marcha: 1939-1994.

Educación para el trabajo

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EDUCACIÓN PARA EL TRABAJO

¿Cómo dar empleo a miles de universitarios que, bajo el título de ” licenciados”, no encuentran dónde desarrollarse profesional mente? ¿Cuál será el futuro de la educación superior en México? Estas son las preguntas planteadas por este ensayo que obtuvo el primer lugar del certamen convocado por el Grupo Modelo.

En  uno de sus ensayos, Gabriel Zaid afirmó: “Los universitarios no somos la salvación de este país, somos uno de sus mayores problemas”. El escritor se refería así a dos fenómenos decisivos de la situación del mercado laboral mexicano: la angustiosa realidad que experimenta la educación superior en México, y la diferencia abismal entre las necesidades de un sector empresarial cada vez más abierto a las innovaciones tecnológicas y organizacionales, y a las de un amplísimo sector de la población que busca insertarse en la compleja y competida maraña de los empleos bien remunerados. El asunto resulta preocupante al observar que, hasta antes de la década de los sesenta, una persona con formación universitaria podía darse el lujo de escoger entre varias opciones de empleo; había, según datos disponibles, más de un puesto por cada egresado de la universidad.

Entre 1980 y 1990 la relación entre el número de empleos profesionales y la cantidad de egresados universitarios fue de sólo 0.27. Es decir, por cada puesto disponible en el país había casi cuatro egresados que lo pretendían. Ello habla de la incapacidad de nuestro sistema productivo para absorber una creciente oferta de trabajo. Acostumbradas a seguir los dictados “revolucionarios” de un sistema político que por mucho tiempo condicionó el funcionamiento de los mercados laborales, las instituciones de educación superior debían proporcionar a la administración pública los profesionales necesarios para la gestión de un aparato estatal que, a su vez, era el motor que impulsaba los andamiajes de la economía. Sin embargo, el problema de tal disparidad entre el sector productivo mexicano y la oferta de fuerza laboral con estudios superiores es tan sólo una de las múltiples variantes que presenta la realidad educativa en México.

En la actualidad, conforme a cifras del INEGI, la “eficiencia terminal” (proporción de alumnos que egresan de la escuela respecto del número que ingresó) en la educación primaria se ubica en 61.9%, contra un 40% en secundaria, lo que significa que mientras que en la primera casi 40 niños de cada 100 abandonan sus estudios antes de concluirlos, en la segunda son 60 de cada 100 los niños que dejan de asistir a clases antes de pasar al siguiente nivel escolar. ¿Qué decir del porcentaje de adultos analfabetos que no prosigue su alfabetización por la urgente necesidad de ganarse la vida? ¿De las mujeres y los niños sin posibilidad alguna de estudios elementales? ¿De la deficiente calidad educativa de las comunidades rurales y de la mayor parte del territorio mexicano? Estas y otras interrogantes son en esencia fragmentos de una escena que no acaba del todo de desplegarse.

Las  condiciones observables en el espectro de la educación en México son en gran parte resultado de una lógica economicista, que cuando se trata de ofrecer servicios educativos se abandona a las ” leyes del mercado” —según las cuales es posible proveer o limitar la prestación de tales servicios sin garantizar las respectivas oportunidades de empleo— o, simplemente, recurre a la ley del bien posicional—emplea “licenciados” para labores que antes no requerían títulos y sí unas cuantas habilidades—, el futuro del sistema educativo y su vinculación con el ámbito productivo depende en mucho de las posturas que se alejen del peticionismo filialista. Así, de lo que se trata, en el fondo, no es de pedirle al incompetente sistema político que genere los cientos de miles de empleos que año con año necesitamos, sino de conformar iniciativas provenientes de la gran masa de desempleados y subempleados que deambulan en el país sin más posibilidad que el recurso del “chambismo”. Allí radica el papel educador de las empresas mexicanas.

Si el desempleo universitario es, antes que un problema de índole económica, una cuestión de deficiencias profesionales —que a su vez tienen origen en el fondo vital del individuo en “vigor de carácter”, según Alfred Marshall en sus Principios de Economía— y en consideraciones de ética, ánimo, temple y coraje, nada mejor que buscar la solución en el espíritu mismo de la empresa como gestión y creación permanente de trabajo. “En cuanto a creadora de riqueza” —señala un informe reciente sobre las tendencias del empleo a nivel mundial— “la persona debe considerarse siempre como trabajando por su cuenta”. Es este el destino que nos espera en los años siguientes: se estima que el 50% de la población económicamente activa de los países más desarrollados laborará bajo un sistema de autoempleo, consecuencia del gradual desmantelamiento de las estructuras gigantescas y burocráticas.

La empresa y los buscadores de empleo —actuales, potenciales— en México deben, frente a semejante perspectiva, plantear su reconfiguración en los siguientes términos:

1.En lo sucesivo, las empresas habrán de procurar su sobrevivencia adoptando estructuras cada vez más planas —que no más delgadas— que les permitan ampliar sus posibilidades de asociación y subcontratación con otras empresas, sin perder su propio potencial de crecimiento productivo.

2.El trabajo —que por naturaleza responde más a necesidades antropológicas que económicas: es un modo de vivir, más que un modo de ganarse la vida— tendrá que ser inestable si se pretende que sea creativo,

lo cual, paradójicamente, proporciona estabilidad ante lo impredecible y errático de las actuales coyunturas.

3.El binomio tradicional de seguridad-lealtad deberá ser sustituido por el de confianza-involucración bajo el cual todo empleado deberá crear su puesto de trabajo reuniendo, conforme al Sistema Dual de Enseñanza alemana, cinco requisitos indispensables: sentido común, sentido de urgencia, sentido de responsabilidad, sentido del humor y sentido trascendente de la vida.

4.En cuanto a la remuneración, será necesario abandonar el esquema tradicional fincado en las posiciones jerárquicas y en la ostentación de títulos académicos —responsable en parte de los niveles de desempleo observado a lo largo de los últimos años—, para otorgar mayor importancia a la capacidad individual de generación de riqueza.

5.Finalmente, el reto de estructurar progresivamente sus actividades siempre constituirá, para quienes trabajen de manera independiente, el eslabón inicial hacia una labor empresarial que, entre otras cosas, incorpore: la definición del ramo de trabajo, la habilidad de asociación con otras empresas, la capacitación continua, el establecimiento de horarios, la adquisición de compromisos y el trabajo en equipo.

En el largo plazo, quizá la mayor aportación de las empresas mexicanas en pro de nuestro mejoramiento educativo se vincule más con la transmisión del aprecio por el trabajo que con la sola generación de empleos. Hay empleos sin trabajo y trabajos que no necesariamente requieren de un empleo fijo. La empresa podrá darse por bien servida si en el futuro consigue transmitir a un mayor número de mexicanos el significado y la profundidad de las palabras de Carlos Llano Cifuentes (La creación del empleo, México, Editorial Panorama, 1995): “Hay personas que piensan que sería muy bueno que les gustase el trabajo. Sería mejor que les gustase trabajar, independientemente de cuál fuera el trabajo realizado: esta es la primera liberación de estructuras y condicionamientos inútiles; pero aún mejor el ser capaz de trabajar en lo que no nos gusta, porque el trabajo —cualquier trabajo— es meritorio de un aprecio superior al gusto —cualquier gusto— por intenso que sea, o a cualquier desagrado, por insoportable que parezca”,     n

¿Qué gobierno para México?

¿QUÉ GOBIERNO PARA MÉXICO?

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

Leído en la LXXVI Asamblea Nacional Ordinaria de la Confederación Patronal de la República Mexicana, este ensayo reflexiona sobre las relaciones entre el buen gobierno y el tiempo. El tema contiene grandes dosis de originalidad. El buen gobierno, dice Carlos Castillo Peraza aludiendo a los más modestos actos ciudadanos, es el que nos salva de perder el tiempo: en la ventanilla, en las aceras, ante los servicios. Suena poco valorado: uno de los derechos ciudadanos es el derecho al tiempo.

Hace exactamente cuatro años, la Confederación Patronal de la República Mexicana hizo el favor de invitarme como conferenciante a una asamblea semejante a la que hoy tiene verificativo en este lugar. Para aquella ocasión, los organizadores me asignaron como tema el de la recurrencia de las crisis sexenales. Abordar este asunto era tan lógico cuanto oportuno. Empezaba 1996 y apenas íbamos comenzando a salir, dolorosamente, de la tormenta económica y financiera de 1995, recurrencia por antonomasia de las crisis que marcaron los finales de los tres ciclos políticos sexenales precedentes.

Sostuve entonces que las crisis sexenales de tipo económico y financiero eran en buena medida efecto de la falta de democracia que durante tantos años produjo, a su vez, un sistema de gobierno que se las ingeniaba, por medio del fraude electoral, para no tener que rendir cuentas de su gestión y para no pagar en las urnas el precio de sus errores. Añadí que, en alguna importante proporción, esta carencia democrática tenía que ver con el hecho de que un número relevante de empresarios reiterara cada seis años, a veces sólo en público, en ocasiones tanto en público como en privado, su creencia en que sólo el PRI sabía cómo gobernar, a pesar de que, sexenio tras sexenio, los hechos mostraban lo contrario y dejaban a los creyentes reducidos a crédulos. Critiqué entonces a los empresarios que, en el ámbito de su actividad, proclaman la necesidad de asumir riesgos, pero no se atreven a arriesgarse en política. Dije que la recurrencia de las crisis corría en paralelo con la recurrencia de la credulidad empresarial. Pregunté cómo podía ser que los profesionales de la eficiencia y el rendimiento procedieran en política, al revés de como actúan empresarialmente, y volvieran a firmar contrato político sexenal con quienes habían demostrado ostensivamente su ineptitud como gobernantes. Como recordarán quienes estuvieron aquí entonces y de nuevo lo están hoy, hice asimismo reconocimiento público de lo que muchos empresarios, sobre todo miembros de la Coparmex, habían hecho remando contra la corriente al participar social, cívica y políticamente en la construcción de la democracia y ayudar así a poner término a las recurrentes crisis sexenales.

No es poca el agua que, de entonces y hasta hoy, ha corrido bajo los puentes de las campañas electorales. Todo indica que, elecciones presidenciales a la vista, la Coparmex —como muchos otros observadores y actores de la vida nacional— no presiente ni prevé una crisis económica y financiera sexenal, ya que el tema de esta ocasión es “el papel del gobierno de cara al México del siglo XXI”, y que así pretende romper con la paradoja que, en frases de Luis Salazar Carrión, marca a nuestra generación de mexicanos: la de haber pasado de ser ayer optimistas no obstante todo lo malo comprobable, a ser hoy pesimistas a pesar de todo lo bueno perceptible.

De aquí que resulte lógico que la Coparmex hubiese optado por pensar en común acerca del papel del gobierno en el México del futuro, de un futuro que ya tenemos aquí. Asumo, suponiendo sin conceder, que la Coparmex tiene razón. Que lo más probable es que nos salvemos de la maldición sexenal que ha obligado a los presidentes entrantes a comenzar su mandato administrando una crisis y que, en consecuencia, hay que reflexionar qué papel habría de cumplir una autoridad liberada de este constreñimiento. Intentaré aportar algo a tal reflexión. Algo relativo a las relaciones entre el buen gobierno y el tiempo.

Que el tiempo vuela, nos lo hizo saber el poeta Ovidio en sus Fastos. Horacio se quejó en sus Odas de que nos roba el día y San Agustín nos enseñó en sus Confesiones que el tiempo no toma vacaciones. Santo Tomás de Aquino explicó en la Suma Teológica que el tiempo no es lo mismo que la eternidad, sobre las huellas de Aristóteles que lo definió como “la medida del movimiento”. Hegel, dialéctico hasta para ver el reloj, decidió que el tiempo es “el elemento negativo del mundo sensorial” y nuestro Renato Leduc nos pidió “dar tiempo al tiempo”. Los diseñadores de relojes de sol escribieron en torno de la elipse de las horas “todas hieren, la última mata”.

A pesar de todo, bien puede asegurarse que la inteligencia del hombre no ha sido capaz de asir la esencia del tiempo. Medirlo ha sido su obsesión, tal vez como último reducto de la razón derrotada por el objeto inasible de sus afanes. Dólmenes, piedras talladas, fases de la luna, clepsidras, cuerdas anudadas, arena que fluye, pesas, resortes, baterías, pulsaciones del cuarzo, revoluciones de Venus o de las estrellas… ¿qué no ha sido utilizado para medir el tiempo? Nos apasiona, nos enfurece o nos es indiferente perder el tiempo; nos entusiasma, preocupa u ocupa ganarlo, pero se nos escapa. El tiempo pasado ya no es; el futuro todavía no es; el presente es instantáneo y evanescente: así lo piensa San Agustín, quien prefirió dedicar sus afanes temporales —tal vez más pragmático que cualquier físico— a conocer dos y sólo dos cosas extratemporales o quizá supratemporales: Dios y el alma. Dejemos este asunto en paz en lo que tiene de científico, de literario, de filosófico o de teológico, pues el mismo Agustín ya dejó claro que, si nadie nos pregunta qué es el tiempo, sabemos qué es, pero si le queremos explicar a alguien lo que es, no lo sabemos y habremos de aceptar humildemente, con Berlioz, que se trata de un maestro que va matando a sus discípulos. Quedémonos, por tanto, con la certeza indestructible del huapanguero: el tiempo que se va no vuelve. O, dicho de otro modo, se trata de un bien no renovable, absolutamente no renovable, que carece de sustituto o de reemplazo y que no puede recuperarse re- ciclando nada. En términos beisboleros, se trata de un bateador sin emergente imaginable; en lenguaje de mecánicos, nos topamos con una pieza sin refacción posible. Y si esto es así, como parece que en efecto lo es, tendremos que concluir que el peor daño que se puede inflingir a un hombre o a una comunidad es hacerle o hacerles perder el único bien que no pueden recuperar en caso de perderlo: su tiempo. El despojo es, en este caso y en este ámbito, absolutamente irreparable.

Me ocurre en consecuencia pensar que sería posible medir la bondad de un gobierno en términos del tiempo que hace perder, por negligencia o por ineficiencia, por estupidez o por malevolencia o por cualquier otra razón, a sus gobernados. Estos intuyen el tamaño de la pérdida como lo demuestran expresiones o prácticas cotidianas. Los padres de familia que vivimos en ciudades como el Distrito Federal solemos decir, por ejemplo, que la mejor escuela es la que está más cerca de nuestra casa, porque sabemos que la distancia se mide en tiempo de traslado. Gabriel Zaid ha mostrado que la “mordida” no suele ser un acto deliberado de corrupción, sino una conducta nacionalísima de quien no quiere verse obligado a perder su tiempo, lo que también podría pensarse en relación con la evasión fiscal o con la decisión de no denunciar al delincuente que nos robó o nos agredió. Se trata de defensas naturales contra la pérdida irreparable de tiempo, más que de pecados contra el civismo.

 cuidadano, el elector profesa una más que verificable aversión contra lo que le obligue a hacer una cola o a realizar un trámite que le lleve demasiadas horas, días, semanas o meses. Instintivamente uno se hace cliente del banco más cercano a su oficina o del que le ahorre tiempo. Este sentimiento se agrava considerablemente en nuestra era cibernética de consulta y respuesta, demanda y oferta casi instantáneas.

Un gobierno, en consecuencia, será mejor en la medida que nos salve de perder el tiempo, puesto que aquí no vale aquello de que “de lo perdido, lo que aparezca”, ya que del tiempo que se extravió no aparecerá ni una brizna.

Los ejemplos sobran. Contemos sin mayor detalle el número de horas que un trabajador o empleado, usuario inexcusable del transporte público, consume diariamente en trasladarse de su domicilio a su sitio de labor, y para hacer el camino de vuelta. Pensemos en el caso semejante de los maestros y alumnos. Una autoridad incapaz de ordenar el tránsito o de proporcionar a los súbditos servicios públicos eficaces, puntuales y rápidos de transporte, acaba despojando a miles y tal vez millones de seres humanos, de miles y tal vez millones de horas, lo que podría equivaler a robarle miles y tal vez millones de pesos.

Un Estado que no puede brindar buen servicio de electricidad no sólo es un productor de “apagones”, sino un ladrón de tiempo. El funcionario que nos “muerde” nos está vendiendo lo que no es suyo: nuestro tiempo. Además, le pone precio a lo irrecuperable y por tanto invaluable, lo que es una injusticia desmesurada. Tolerar o propiciar irresponsablemente que las ciudades se expandan sin freno en el espacio, por formular sólo uno de los corolarios de esta reflexión, es constreñir a quienes las habitan a ocupar más tiempo en desplazarse por ellas con cualquier propósito. Multiplicar los trámites burocráticos sin necesidad, es contribuir coercitivamente a que las personas dispongan de menos tiempo para ellas mismas, y no sólo durante el día de los hechos, sino para toda la eternidad.

La inseguridad pública puede medirse en términos de tiempo. ¿Cuántas horas pierden obreros, empleados, ejecutivos, directores, consejeros, accionistas, proveedores, clientes y consumidores ocupándose de cuidarse de todo tipo de pillos con los que no puede la autoridad, diseñando sistemas de seguridad privada, calculando seguros contra robos, imponiendo medidas para evitar falsificaciones de documentos, estableciendo controles, entrenando personal, multiplicando operaciones, trazando rutas…? Sin hablar de secuestros. Sin hablar sobre todo de asesinatos que, en términos de tiempo, son para las víctimas la pérdida definitiva y total de su tiempo: su salida sin retorno posible del tiempo.

Las buenas carreteras, los buenos puertos, las buenas comunicaciones, las calles sin baches, la buena coordinación de los semáforos, la reglamentación efectiva de marchas y manifestaciones, la buena administración de los servicios educativos y de salud, el buen diseño de los procedimientos para el pago de impuestos y derechos, el buen funcionamiento de juzgados, la buena atención a las quejas, la buena respuesta en caso de interrupciones a los servicios públicos de agua potable y drenaje, el buen servicio de bomberos… todo es medible en términos de tiempo. Me atrevo a imaginar que podría ser racional y también razonable declarar que el primero de los derechos del hombre y del ciudadano es el derecho a tener tiempo o, si se quiere, a no verse obligado a perder su tiempo por obra y desgracia del Estado o del gobierno.

Países como Suecia, Alemania, Suiza u Holanda son ejemplos de administración pública consciente de la irrecuperabilidad e irrenovabilidad  del tiempo de las personas, nacionales o foráneas. Salvo accidentes graves, lo normal es allí que la autoridad garantice a los gobernados que los autobuses urbanos e interurbanos, que los trenes y los barcos y los aviones saldrán a tiempo y llegarán a tiempo; lo cotidiano es que los gobiernos eviten que las calles y las aceras —que en nuestro país suelen estar atiborradas de puestos y ventorrillos de la más diversa índole que nos hacen perder tiempo— se mantendrán libres de obstáculos para transeúntes y conductores. El pago de impuestos está sujeto a procedimientos sencillos, la obtención de documentos públicos u oficiales no equivale a perder tiempo. La apertura de negocios no lleva tiempo. Creo que el respeto fundamental por la persona, de parte de la autoridad, es en concreto un cuidado escrupuloso por lo único que aquélla no puede recobrar si lo pierde: su tiempo; eso que, según Borges, es “la sustancia de la que estoy hecho”. Basta ver los rostros de los mexicanos que van en un autobús lento, contaminante y repleto, o los de los compatriotas formados en una cola eterna en las oficinas del ministerio público o de Hacienda, o en una parada de autobuses, para descubrirlos agotados, disminuidos, desustancializados, deshumanizados.

Cuál sería, desde la consideración del tiempo en tanto que único bien absolutamente no renovable, el mejor gobierno, el gobierno que los mexicanos, electores o no electores, deseamos para el siglo XXI? Sin duda aquel que fuese capaz de organizar y ordenar la vida en común de manera que cada uno de nosotros pierda el menos tiempo posible o, puesto en positivo, de modo que cada uno de nosotros pueda disponer de más tiempo para sí, para sus actividades productivas, educativas, familiares, culturales, de esparcimiento, de descanso y espirituales. Y ¿cuál sería el peor gobierno y, desde el mismo punto de vista, el más ladrón? Aquel cuya estupidez o cuya maldad constriñera a sus gobernados a desperdiciar o a perder más tiempo. Dime cuánto tiempo me obligas a perder para siempre y te diré cuán mal gobernante eres; dime cuánto tiempo me ayudas a tener para mí, para mis gentes, para mis asuntos personales o sociales, y te diré qué tan buen gobernante eres. Y esto es válido para todos los poderes del Estado, que tanto tiempo nos han hecho perder durante tanto tiempo, y en especial en estos tiempos, haciendo tan largo el tiempo para llegar a una democracia y a un Estado de derecho y de justicia social esperado tanto tiempo y, por su dilatada ausencia, generador de nuestras pérdidas colectivas de tiempo. También lo es para los partidos políticos que, en campaña, parecen otros tantos monumentos al tiempo perdido en trivialidades y contratiempos.

Creo que los mexicanos tenemos el derecho y la obligación de exigirle a nuestro gobierno respeto por nuestro tiempo. Creo que tenemos el derecho y la obligación de exigirle, parafraseando a don Gregorio Marañón, que ese “patriotismo de la patria” de que nos presumen, al que nos convocan y que nos prometen los políticos en temporada de campaña electoral, debe concretarse, ya que se llegue al poder y sobre todo de cara al siglo XXI, en algo que bien podría llamarse “el patriotismo del tiempo”,   n

México, DF, 9 de marzo de 2000

Carlos Castillo Peraza. Escritor y periodista. Autor de Disiento.

¿Tú también, Raúl?

VIDA PÚBLICA.

¿TÚ TAMBIÉN, RAÚL?

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

La reaparición de Carlos Salinas de Gortari en la vida pública mexicana provocó un alud de críticas, mentiras disfrazadas de verdades, cataclismos familiares, agravios y excesos. Los tres artículos que vienen a continuación, tres lecturas a cargo de fosé Joaquín Blanco, Luis Salazar y Ludolfo Paramio, reflexionan muy bien sobre el significado de este hecho como piedra de toque para apreciar el México de los últimos doce años.

La rebelión telefónica de Raúl Salinas contra su hermano Carlos, transmitida con bombo y platillo por el principal noticiero de televisión, y luego por todos los medios, logró azorar a una sociedad que lleva años de sufrir hasta el hartazgo los embrollos supuestos o reales de esa familia, tan costosa para el país.

Apenas el sábado, en su entrevista televisiva, Carlos Salinas había parecido un terrible emisario del pasado, pero ya chirriante y anacrónico —una parodia de sí mismo— ante la nueva situación de los nuevos tiempos: actuó en la entrevista con el autoritarismo de un presidente verboso y prepotente en pleno informe de gobierno. Sólo se le olvidaba que ya no era presidente. El lunes recuperó todas las primeras planas y todas las conversaciones, mas no por su librote justificatorio, sino por la rebelión de su hermano durante una conversación telefónica con su hermana Adriana. Unas cuantas palabras de Raúl derrumban todo el librote.

¿Hemos de suponer que ninguno de los hermanos temía que su conversación fuese espiada, grabada? ¿Así de ingenuos, y precisamente en esa situación, en tales días? ¿Que discuten con tal claridad y enjundia por teléfono, detalladamente, desde una cárcel?

Los peores rumores sobre el expresidente Salinas quedaron ahí legitimados por la voz del hermano: que toda la maniobra de los dineros tenía un capo verdadero en Los Pinos, y un mero lugarteniente en “el hermano incómodo”.

También azora la tranquilidad con que se filtra inmediatamente un documento de tanta importancia y de tan truculenta ilegalidad al mayor medio de comunicación. Filtraciones supersónicas y minuciosas de grabaciones ilegales, que se antoja difícil no atribuir a órdenes supremas.

Pero más azoró la resquebrajadura en la familia expresidencial. Raúl hablaba con el discurso pleno de sus enemigos anti-salinistas: hay que devolver el dinero público al erario, etcétera. “¡Tortura!”, explicó en Europa el expresidente. Tal vez desgaste emocional, depresión, ira, los nervios deshechos después de cinco años de cárcel por otros motivos (los sangrientos, que no han sido probados pero sí sentenciados) y sin otra perspectiva en la vida que seguir preso y satanizado hasta el final de los días, opinarían los abogados.

Ya hace años, en la prisión anterior de alta seguridad, Almoloyota, según se informó, el ingeniero Raúl Salinas se sacaba diariamente de la boca el somnífero que se le administraba por la noche, e iba juntando las pastillas en un montoncito oculto, para suicidarse un buen día con un puñado de valiums. Se las descubrieron y se las confiscaron.

La derrota es la derrota, sobre todo si resulta larga. Mantener las lealtades, las complicidades, el ego, la mente clara se vuelve una tarea cada día más ardua, especialmente si no hay otro horizonte que más de la misma derrota por un tiempo indefinido, quizás hasta la muerte.

¿Cómo se vio el programa del expresidente Salinas en Zona abierta desde los ojos de su hermano, en una tele de Almoloyita? ¿Como un intento del expresidente de salvarse solo, desentendiéndose de Raúl?

La endeble defensa del expresidente se reducía a un solo punto: él había sido un gran estadista, al que por azares de la fatalidad sucedió un economista inepto, quien destrozó todas las finanzas nacionales a sólo veinte días de asumir el cargo. Para ocultar ese error, “el error de diciembre”, se había inventado desde Los Pinos una leyenda negra contra Carlos Salinas, con testigos comprados, brujas y cadáveres sembrados.

Pero había un pasaporte falso y muchos millones de dólares inexplicables: éstos habían salido a relucir en Suiza, y no había modo de atribuírselos a una maquinación perversa de Ernesto Zedillo.

Bueno, dijo soberanamente el expresidente, con gestos de Poncio Pilatos: esa es responsabilidad de Raúl, que explique y pague sus delitos de acuerdo a la ley; de haberlos yo conocido durante mi administración, se le habría castigado conforme a derecho.

Está bien, pensaría el desolado

Raúl: para salvarse, necesita —él también— sacrificarme. ¡Pero ya me sacrificó, qué más quiere! Y aunque me sacrifique otras mil veces, no se va a salvar.

Entonces lo inunda una cólera mística (¿de veras no le están administrando lecturas de Dostoyevski por la noche?): ¡sacrifiquémonos todos y a la vez! ¡Que todo el barco se hunda! ¿No que éramos todos un equipo bien unido! “Voy a decir toda la verdad, toda”, y mucho más de la que me pidan, y lo de Margarita y lo de Víctor Cadena, y… que Carlos escriba otro librote para desmentirme.

Al día siguiente la familia le exigió una lacónica pero total retractación de su desahogo telefónico. La firmó y entregó a la prensa. Pero mostró lo estragados que han quedado su voluntad y sus nervios. Más que retractación parece llanamente una resignación al martirio. No sabemos si él se resigna libremente o “lo resigna” a ello la familia, ella sí muy unida… contra Raúl.

Si éste resultara el cierre del psicodrama salinista, conformaría el final más terrible de un presidente mexicano. Lo fueron abandonando aliados y compañeros, amigos y socios, la nación entera; finalmente el hermano más querido: “carga con tu librote tú solo”. Así son las derrotas, n

José Joaquín Blanco Escritor. Su más reciente libro es Poemas y elegías.

Los puros según Guillermo Cabrera Infante

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CALEIDOSCOPIO

LOS PUROS SEGÚN GUILLERMO CABRERA INFANTE

POR JOSÉ WOLDENBERG

Guillermo Cabrera Infante dice de los puros y sus fumadores (Puro humo. Alfaguara, 2000):

•   Un puro es materia y memoria unidas por el humo.

•  Es como una pasión: primero se le prende, luego arde rojo, violeta, violento, virulento, luego crea ascuas y cría cenizas: una pasión consumida.

• Es materia recreada, arte que arde.

•  Lo que Oscar Wilde dijo sobre la música es aplicable al tabaco: siempre te hace recordar un tiempo que nunca existió.

•  Creo, con Casanova, que el mayor placer de fumar está, por supuesto, en el humo.

•  Después de fumar el éxtasis sella mis labios.

•  Una vez encendido, no se deberá dejar que un puro se apague: eso es todo lo que necesitas para ser (o al menos sentirse como) alguien.

•  Los puros, ya sabes, pueden ser pura metáfora.

•  Encender un puro es una actividad altamente personal y nadie tiene derecho a inmiscuirse con su fuego y sus modales.

•   Churchill era el único fumador capaz de fumarse a sí mismo: sólo fumaba Churchills.

•  Uno no debe olvidar que el dispositivo para cortarle la cabeza a un puro se llama también guillotina.

•   Después de cenar, incluso si no bebes vino o café o licor, deberías,debes fumar un puro. Es el broche de humo a una buena cena.

•  (Debes fumar un puro) departiendo con una mujer que adora el aroma de un puro, pero no se atreverá nunca a confesarlo, ni siquiera a su marido.

•  “Cuando le has dado el último tirón al cabo y arrinconas la colilla sin forma, y observas la última nube de humo azul que se difumina en el aire cercano, es imposible, si eres de naturaleza sensible, no sentir una cierta melancolía” (S. Maugham).

•  Un puro no es, por supuesto, un club. Pero el puro no es ni para jugar ni para trabajar: el puro es cosa seria.

•  Un buen fumador, como un buen amante, siempre se toma su tiempo con su puro.

•  Nunca he declarado, como hiciera Kipling con más sarcasmo mordaz que gozo de fumador, que un puro es mejor que una mujer.

•  Los puros son como los gatos: a ese lado de la puerta, en una butaca cómoda cerca de un fuego acogedor en invierno, cerca de una ventana abierta en verano.

•  El puro crea sus propias imágenes.

•  Atiende a su cabeza ardiente, ve cómo el puro fumado se vuelve sólo cenizas y memorias.

•  Sumo, fumo, humo —la ruta de todo tabaco—. Arde la tarde, crepita el crepúsculo.

•  No hay puros feos, sólo fumadores feos.

•  Los cigarrillos son para los labios, los puros para la boca y los dientes.

•  Los cigarrillos se fuman sin parar, los puros deben fumarse uno cada cierto tiempo, con todo el ocio del mundo.

•  Los cigarrillos pertenecen al instante, los puros son para la eternidad.

•  El tabaco siempre se fuma atendiendo al ocio del fumador y no al ritmo de la hebra.

•  ¿Cómo se extendió este hábito de fumar por placer desde América hasta Europa? Por barco, por supuesto.

•  “Los hombres buenos con… un puro en la boca, poseen grandes ventajas en la conversación. Puedes dejar de hablar si así lo deseas —pero los silencios nunca resultan desagradables, si son seguidos por bocanadas de humo… el puro armoniza a la sociedad y, a un tiempo, al que habla y al tema sobre el que conversa” (Thackeray).

•  “Hasta Freud dejó claro que a veces un puro no es más que un puro” (Auden).   n

José Woldenberg. Consejero Presidente del IFE. Acaba de aparecer su libro La mecánica del cambio político en México.

Como deletrear la esperanza

CÓMO DELETREAR LA ESPERANZA

POR JOSÉ MARÍA PÉREZ GAY

Crónicas de la adversidad de Rolando Cordera registra las atmósferas políticas, el espíritu del tiempo, de los últimos seis años en México. Su pasión es la claridad y su anhelo es el de la conquista de la normalidad democrática.

El Diccionario de autoridades resume así, el año de 1743, la palabra adversidad: “El caso, o suceso contrario a nuestras esperanzas o a nuestros deseos: significa también la desdicha o el infortunio con los que no contábamos como, por ejemplo, el eclipse de los años pasados, que mostraba la adversidad a los cristianos. En las adversidades suele también peligrar el valor, porque a casi todos los hombres llega de improviso. Las adversidades suelen muchas veces confundirse con el destino, pero la mayoría de las veces son obstáculos inesperados que encontramos en el camino. Nada nos protege de la adversidad, salvo nuestra templanza. La adversidad en ánimo fuerte no se da para castigo, sino para batalla”.

Crónicas de la adversidad, el libro de Rolando Cordera, es quizás el primer libro en torno a la adversidad abrumadora, como la llama el autor, “que México comenzó a encarar el año de 1994″, sus consecuencias desastrosas para la economía en los años siguientes, así como la aparición del nexo política y delito, y los inciertos resultados políticos. Lo primero que quiero celebrar en Crónicas de la adversidad es su excelente factura. Es un libro muy bien hecho, muy asentado y claro, totalmente legible, con una abundancia de información, una limpieza prosística y una eficaz organización de sus materiales, que sólo logran los libros luego de años de reflexión y de crítica. Es además una crónica de las ideas y de las atmósferas políticas, del espíritu del tiempo, por decirlo así, de los últimos seis años, de la cultura política mexicana durante el periodo de una de sus más peligrosas adversidades. Es asimismo el recuento de una imposibilidad: la normalidad democrática. Es, finalmente, la historia más reciente de la obsesión y el amor de Rolando Cordera por México y la política mexicana. Y cuáles son las que ya no podemos aceptar. Quién pudo vaticinar en los años setentas, por ejemplo, los gérmenes de la inseguridad ciudadana que iban larvándose en la corrupción de nuestros cuerpos de seguridad. El Estado mexicano ha perdido, en parte, uno de las razones de su existencia: garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Cordera registra cómo México, a duras penas, se reorganizó en esos años, cómo inició una nueva etapa de desarrollo fundado en la producción y el ahorro; el desempleo, el descenso de los salarios, el desastre de la banca, la reforma electoral, la inflación, la criminalidad, el narcotráfico, la inseguridad ciudadana y la inveterada corrupción de sus burocracias.

Hay en el libro de Rolando Cordera —sobre todo en los dos últimos ensayos— un ejercicio implacable de racionalidad, un constante llamado para acelerar la agenda democrática, apelar a la ciudadanía, ampliar las miras de la educación, sujetar a responsabilidad a quienes entorpezcan el desarrollo democrático del país, crear normas claras de responsabilidad pública y limitaciones a la discrecionalidad administrativa. Y yo añadiría, como escribe Carlos Fuentes, exigirles Solidaridad (con S mayúscula) a los veinticuatro multimillonarios, a los expresidentes, a los exgobernadores y exministros que acaparan tajadas máximas de la riqueza nacional. Esta es la lección principal de Crónicas de la adversidad.

Llama la atención que Cordera recurra muy pocas veces a las analogías históricas; las dosifica y las convierte en asuntos del día. Sabe muy bien que toda analogía histórica es ambigua: si la rechazamos, la historia se convierte en un montón de hechos que nada nos dicen; si creemos en ella y, por lo tanto, cancelamos las diferencias específicas, la historia se convierte en una repetición sin meta ni sentido, y somos víctimas de la falacia: así como es, ha sido siempre; y de la tácita consecuencia: y así seguirá siendo.

A lo largo de Crónicas de la adversidad ronda siempre implícita la pregunta sobre lo que el autor llama la adversidad de los modernos y el destino de la nación. “El destino de un pueblo” —ha escrito Norbert Elias— “cristaliza no sólo en las instituciones responsables de que los individuos más diferentes de la sociedad reciban la misma impronta —que adquieran el carácter nacional—, sino también en la muy moderna certeza de que el Estado nacional sólo podrá sobrevivir si en él existe el derecho de todos los hombres a la igualdad de oportunidades, y si también existe la imposibilidad de tomar decisiones a espaldas de las mayorías”. Crónicas de la adversidad nos muestra, y enumera, los peligros que acosan en este sentido a la nación mexicana y a su muy vapuleado Estado.

Cordera reflexiona sobre los nexos entre política y delito, los movimientos armados, los cárteles del narcotráfico y sus ramificaciones, el aciago protagonismo de la iglesia católica. Y es que en una sociedad de tan brutal desigualdad, el hecho mismo de ser político moderno (entre comillas) va significando cada día más, en la mayoría de los casos, estar a siglos de distancia de personas pobres y analfabetas, y no poder entablar, como en otras democracias, un diálogo con ellas. Esa me parece la mayor imposibilidad y la mayor irresponsabilidad de los partidos políticos.

En marzo de 1997, Rolando Cordera señalaba que “a la incertidumbre democrática hay que seguir agregando la ‘no democrática’, que se nutre de los desgarramientos regionales en Chiapas, donde la guerra está congelada pero no impide un clima de violencia local muy sangriento y en verdad ingobernable. Al calor de esto, el EZLN intenta mantener su capacidad especulativa sobre la política normal que en todo el sur de México, cruzado por la pobreza y el conflicto violento, sólo a duras penas se abre paso”.

En Crónicas de la adversidad Cordera busca las condiciones de posibilidad de un acuerdo fundamental entre los mexicanos, a la manera del que buscaba Mariano Otero. “Y esta dificultad para acordar o por lo menos asumir la necesidad y la conveniencia de hacerlo, la descubrimos de modo cruel en la serie de erupciones de violencia política y criminal que marcaron todo 1994″.

Al comentar los movimientos sociales recientes, Cordera escribe: “la normalidad con que se acepta estas formas de política anormal no representativa y en ocasiones abiertamente antijurídica, se muestra todos los días en la impunidad de que gozan sus protagonistas. La brecha entre la movilización social y la afirmación plena de la política democrática fincada en el derecho y en los procesos y normas de aplicación general, no sólo no se ha ido cerrando sino que puede ampliarse al calor de la justa presidencial y la búsqueda de votos y lealtades en estos territorios donde la interpelación política moderna es en extremo precaria”. Rolando Cordera escribió estas líneas en 1998; la huelga y el desastre de la UNAM parecen darle la razón.

Un país que carga con veinte millones de pobres en el campo, y que no tiene a sus mejores gentes en los puestos claves, no sólo de la política sino de la vida económica y social, tiene pocas posibilidades de acceder a la modernidad, o lo hará sólo una parte de él, y así llegará, si es que llega, a ella todavía más dividido. Cordera le apuesta a una serie de pactos o acuerdos sociales que necesita el desarrollo del país. Pero no tienen que imponerse unos sobre otros, hasta caer —nos dice— en una generalización planificadora. Por la vía de una deliberación pública que no rompa sino ensanche la institucio- nalidad que es propia del Estado democrático, puede aspirarse a crear nuevos modos de cohesión social y nacional en torno a un desarrollo más denso e incluyente que el que conocemos. Crónicas de la adversidad es —hay que agradecerle a su autor— una forma más racional de deletrear la esperanza que tanta falta nos hace.       n

José María Pérez Gay. Escritor. Está por aparecer su más reciente novela: Tu nombre en el silencio (Cal y arena).

Una tragedia clásica

UNA TRAGEDIA CLÁSICA

POR LUDOLFO  PARAMIO

La expresión, aun viniendo de Henry Kissinger, resulta apropiada para describir lo sucedido en México a partir de 1994: una tragedia clásica. Y especialmente adecuada para su más reciente capítulo, las acusaciones lanzadas por su hermano Raúl —en una conversación telefónica interceptada y divulgada de forma claramente delictiva— contra el expresidente Carlos Salinas de Gortari. Pese a la inmediata nota desmintiendo tales acusaciones, Raúl ha logrado hundir de forma quizás irreversible el nombre de su hermano al atribuirle pleno conocimiento del origen de su fortuna, haber contribuido a su formación con la desviación de fondos públicos y, para que no falte nada, solicitudes reiteradas de recibir parte de ella.

Las acusaciones enlodan a Salinas, aunque no aclaren lo sucedido y puedan contener elementos de exageración. Y cumplen eficazmente el objetivo de frenar en seco la ofensiva del expresidente para reconstruir su imagen pública con el libro México, un paso difícil hacia la modernidad. Aquí aparece uno de los elementos trágicos de esta historia, pues, si bien Salinas difícilmente podrá recuperarse del golpe que le ha dado su hermano, no es fácil salvar tampoco la imagen del presidente Zedillo después de leer el libro de Salinas y, lo que es peor, tras la fulminante filtración a la prensa de la grabación del diálogo entre sus hermanos Raúl y Adriana. Pues esta devastadora demostración del poder ejecutivo no sólo aparece como la respuesta presidencial al libro y las acusaciones que contiene, sino como ejemplo de una forma de hacer las cosas que muchos creíamos superada en el sexenio que ahora termina.

Como en todas las tragedias, la fatalidad opera a partir de las debilidades de sus protagonistas, incluyendo la debilidad del juicio. Se ha señalado que Salinas, en el lanzamiento de su libro y la operación para reconstruir su imagen, perdía de vista lo que había cambiado el país en estos años, la muy distinta perspectiva actual de la sociedad mexicana. Es muy posible que éste sea un desconocimiento esencial, pero es fácil entenderlo a partir del exilio dublinense de Salinas y de las hondas heridas que le ocasionó pasar de una alta popularidad, en México y fuera de él, a convertirse en chivo expiatorio de la crisis económica y de todo lo que conllevó. Más notable es que no pudiera prever la misma pérdida de la realidad —y de las consecuencias de sus actos, por tanto— que las condiciones de la cárcel estaban produciendo en su hermano Raúl.

Carlos Salinas puede ser irracional en la valoración de su situación personal, de sus posibilidades de reconstruir su imagen, pero en su libro, y en sus declaraciones, es claramente racional en la defensa de su hermano, negando fundamento y verosimilitud a las acusaciones contra él por el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, deslindándose de su enriquecimiento inexplicable y, a la vez, descartando la idea de que haya fondos del narcotráfico en el origen de su fortuna. Si Raúl Salinas lograra que se revisara su sentencia por el caso Ruiz Massieu —cuya fragilidad ha sido ampliamente subrayada—, y se impusiera la visión que su hermano ofrece de él, se vería libre de procedimientos penales, habiendo prescrito el delito de enriquecimiento injustificado, y su única pena sería la censura moral de la sociedad.

No sería un mal resultado, a la vista de su situación actual, pero Raúl parece creer que también le sería posible defender su buen nombre si su hermano asumiera públicamente su propia versión sobre el origen de su fortuna. Y así es como se cierra la tragedia: la ceguera de Raúl en Almoloyita es paralela a la distorsión de la visión de Carlos desde Dublín, y su conversación telefónica con Adriana, cargada de ira y frustración, arrastra a la mina al hermano que había intentado la única línea racional para su defensa.

Hasta aquí el drama de los Salinas, pero más importante es el destrozo causado en la imagen de la presidencia. El libro de Carlos supone una descripción impactante, aunque interesada, de los cambios que durante su presidencia se produjeron en México, y logra subrayar algo que no ha existido en el sexenio siguiente: un proyecto para llevar a México a la modernidad, para hacerlo reconstruyendo la identidad del PRI en la tradición y el discurso del liberalismo social, para acotar los desgarros sociales y dar al país una expectativa de superación colectiva. No deja de ser llamativo que la siguiente ocasión en que los mexicanos se han sentido protagonistas de su futuro haya sido en julio de 2000, al celebrar el fin del régimen priista.

Las ambiciones de Zedillo han sido más limitadas: evitar que se repita la maldición de final de sexenio —o el error de diciembre, si se quiere— y permitir un traspaso limpio de poder en las elecciones presidenciales. La segunda meta podría haberle bastado para pasar a la historia como el hombre que encarriló definitivamente a México en la vía de la democracia y el derecho, aunque el camino restante se adivinara difícil. El contragolpe con el que ha respondido a Salinas encaja, sin embargo, muy mal con esta imagen, y presta de pronto una inesperada verosimilitud a algunas acusaciones contenidas en el libro del expresidente. Un mal balance para la credibilidad de quienes han encarnado el poder ejecutivo durante estos doce años, n

Ludolfo Paramio. Politòlogo. Ha colaborado en nexos anteriores.

Que esperar de Fox

QUE ESPERAR DE FOX

POR LUIS RUBIO

¿Cómo romper el molde y crear otro que se ajuste a las nueras realidades mexicanas”’ ¿Qué esperar de Fox”’ ¿Cambio de régimen o de paradigma? A través de estas consideraciones. Luis Rubio dibuja aquí un panorama político en el cual el corporativismo, la democracia y el caos conviven en un triángulo cuyo vértice más sólido es aún la incertidumbre.

La transición mexicana es compleja porque vivimos en un sistema político que no tiene totalmente consolidadas sus estructuras institucionales, pero también porque estamos entrando en un proceso de cambio mucho más complejo de lo que el país había experimentado históricamente. Primero, porque se trata de un cambio de régimen. Segundo, por la enorme inexperiencia que caracteriza al nuevo equipo de Fox, incluyendo al propio Fox. Tercero, y no menos importante, por el enorme poder que han tenido históricamente los presidentes en México. A fin de cuentas, el presidente de Francia o el primer ministro de Inglaterra o el presidente de Estados Unidos pueden tener muchas ganas de cambiar muchas cosas pero tienen ciertas estructuras institucionales, ciertos cauces que los obligan a seguir ciertos procedimientos perfectamente establecidos y sancionados a lo largo del tiempo por todos los actores políticos y por la propia sociedad. El mayor beneficio o el mayor daño que le puede causar una de esas personas a su país es bastante pequeño; en cambio, el daño o el beneficio que puede causar un presidente mexicano es enorme.

A esto hay que agregar nuestros enormes rezagos respecto a la globalización y nuestros desfases en el avance económico y político. Quizás ahora se inviertan: quizás ahora avancemos con mucho más celeridad en lo político. En todo caso, en la recargada agenda del nuevo gobierno hay dos prioridades muy claras: por un lado, elevar los niveles de ingreso real de la población y, por la otra, consolidar la estabilidad política. Estos dos objetivos resumen el reto que tiene que librar el nuevo gobierno en los próximos seis años. Además, tiene que hacerlo en el entorno de un cambio de régimen, con toda la complejidad que eso implica, y en un proceso internacional de globalización difícil y cada vez más competitivo. No sobra acotar que todo esto podría acabar teniendo lugar precisamente al tiempo en que la economía norteamericana comience a experimentar una desaceleración, lo que obviamente entrañaría tensiones para la parte más exitosa de nuestra actividad económica: se trata de un escenario que no se puede ignorar luego de lo prolongado del boom experimentado por esa economía.

Lo primero que hay que señalar es que la elección del 2 de julio la ganó menos Fox que el rechazo al PRI. Más allá de un concepto vago de cambio. Fox no logró un consenso, un mandato fuerte respecto a lo que  tiene que hacer. La estrategia de Fox fue sumamente inteligente y exitosa; su planteamiento no involucraba una propuesta sino más bien una contraposición: el PRI o yo, el PRI o el cambio, Fox o más de lo mismo, y ganó en buena medida por el rechazo al PRI. También es importante mencionar que la maquinaria tradicional del PRI no funcionó, en buena medida porque los pilares de esa maquinaria tradicional se negaron o ya no pudieron funcionar a cabalidad. Primero, los funcionarios que tradicionalmente financiaban en forma directa o indirecta la campaña del PRI, se abstuvieron de hacerlo. Segundo, muchos de los sindicatos que en el pasado movilizaban el voto de sus afiliados, ya no están con el PRI, o simplemente no tuvieron motivación para hacerlo. Cada vez más los sindicatos serán grupos de presión y en defensa de intereses específicos; ya no actuarán como miembros del PRI.

Las campañas fueron muy polarizadas en los planteamientos ideológicos, pero no así en los planteamientos concretos. En el manejo de la macroeconomía, por ejemplo, no hubo una distancia muy grande en los planteamientos y, sin embargo, ambos presentaron una propuesta fundamentalmente distinta. Recordemos el debate de enero sobre el 7% de crecimiento económico. Cuando Fox planteaba que había que lograr una tasa de crecimiento mínima del 7% para poder resolver los rezagos históricos del país, la respuesta de Labastida fue que era imposible crecer a esa tasa por las restricciones fiscales existentes. La respuesta de Fox a ese planteamiento es muy sugerente de lo que vendrá con el nuevo gobierno. Fox contestó cambiando la pregunta de un “por qué no se puede” a un “qué tenemos que hacer para lograrlo”. Esa parece ser la tónica que Fox pretende imprimir al debate sobre el futuro del país: se van a retar muchas de las premisas básicas establecidas, para hacer posibles cambios que lleven a resolver los problemas del país. En el ejemplo citado, una de estas premisas es que el crecimiento económico debe depender del gasto gubernamental. Sin embargo, en muy pocos países del mundo se confirma esta correlación; en ese sentido, es posible que Fox tenga razón. Pero el hecho de retar esa premisa generará tensiones entre el nuevo gobierno y los equipos económicos tradicionales de Hacienda y Banco de México.

El nuevo marco para la política mexicana no es muy distinto de lo que hubiera sido con Labastida en la presidencia, pero la dinámica será totalmente distinta. Imaginemos un triángulo. En un vértice estaría el cor- porativismo, en otro la democracia, y en el tercero el caos. El área donde operará la política mexicana en general, y las decisiones económicas en particular, será dentro de este triángulo. Venimos de una etapa del corporativismo donde la certidumbre en el funcionamiento de las políticas públicas y de las decisiones económicas dependía del gobierno, de la capacidad del gobierno de relacionarse con el poder legislativo, y de controles gubernamentales sobre la sociedad en general. Esto lo hemos perdido en los últimos veinte años, en parte por el crecimiento de la sociedad mexicana, en parte por las reformas que el propio gobierno fue impulsando, que fueron disminuyendo su capacidad de control. Nos hemos alejado de este primer vértice para movernos hacia los otros dos: hacia el caos en ámbitos como el de la seguridad pública o el de la violencia política, como la que hizo irrupción en 1994, pero también hacia la democracia en materia electoral. Algunas partes de la sociedad ya evidencian instituciones consolidadas o en proceso de consolidación, en tanto que otras no sólo se han rezagado, sino también han tendido a una mayor desarticulación. Lo que vamos a ver en los próximos años es una serie de tensiones entre las fuerzas que jalan hacia el caos y otras hacia la democracia. Además, ciertamente no se puede descontar a las fuerzas que sin duda buscarán propiciar el retorno del corporativismo.

¿Quiénes van a ganar? ¿Y cómo van a ganar? La respuesta en parte dependerá de qué quiera hacer y de qué pueda hacer Fox. La primera gran disyuntiva para el próximo presidente será definir su derrotero: si lo que busca es un cambio de régimen o un cambio de paradigma. Un cambio de régimen implica un cambio profundo en las relaciones políticas, cambio de personas en los principales puestos de decisión del gobierno, pero no una redefinición de los incentivos institucionales que existen. Un cambio de paradigma implica una transformación institucional, una búsqueda de nuevas modalidades legales, ir afianzando en la legalidad nuevas maneras de interacción política y una transformación fundamental en la manera de gobernar al país. Implicaría ir cortándole al gobierno la capacidad de actuar sin transparencia y sin contrapesos y darle mucho más juego a todas las otras instancias políticas. Esto implicaría también que el Congreso creciera para llegar a ser un contrapeso efectivo, pero funcional al poder ejecutivo, y atentar contra varios de los reductos más importantes del poder priista tradicional (circunstancia que no estaría presente en un mero cambio de régimen). Es decir, un cambio de paradigma entraña un rompimiento de los vínculos entre sindicatos y partidos y el sometimiento a la ley de cada uno de los participantes en el poder público. Sin duda la derrota del PRI entraña la desarticulación del PRI tradicional, pero esto no implica la instauración de un nuevo sistema político en su conjunto. Para ello se requerirían cambios mucho más profundos y ambiciosos, además de intencionales.

Los  seres humanos tendemos a visualizar al mundo desde la perspectiva de nuestra formación laboral, profesional o académica. Vicente Fox es, de corazón, un empresario, y más que empresario, un mercadólogo. Esa es su naturaleza y es la manera como típicamente reacciona. No hay minuto que no esté vendiendo y cautivando. Seguramente será un presidente en campaña permanente durante el sexenio que viene. Fox es también un buen administrador de personas, muy bueno en seleccionar a su equipo y en administrarlo, y frío como él solo para contratar y despedir. En su campaña, poco a poco fue quitándose de encima a sus amigos y dejó a puros profesionales en el camino. Gente que contrató de manera expresa para cumplir alguna función y que no necesariamente conocía con antelación. Por otro lado, Fox tiene compromiso con toda la gente que se sumó a su campaña y que en buena medida le ayudó a ganar. Ahora toda esa gente querrá cobrar, lo que generará tensiones diversas como las que ya se manifiestan dentro de su equipo de transición. Ello quizás explica los conflictos internos y la retórica contradictoria entre lo que dice Fox y lo que dicen sus diversos asesores y jefes de los grupos de transición. La manera en que resuelva esas diferencias será ilustrativa de su capacidad de gobierno.

Las propuestas de los equipos de transición han mostrado una cara interesante de los conflictos que vienen. Se ha propuesto, por ejemplo, alterar la estructura organizacional del gobierno, cambiando secretarías y trasladando funciones de unas a otras: en el ámbito industrial, en el de las negociaciones internacionales, en materia de seguridad pública y así sucesivamente. Como todas las propuestas, muchas tienen enormes méritos, en tanto que otras incurren en potenciales conflictos. Lo importante es que impere una lógica de equilibrios, para evitar caer en problemas como el de separar ingresos de egresos en la Secretaría de Hacienda, error que costó una década de elevados índices de inflación. Este es el tema crucial: industria y comercio entrañan un equilibrio natural, lo que también podría lograrse al reunir agricultura y reforma agraria en una misma entidad. Lo crucial es que impere una lógica de equilibrios.

Por otro lado, hay propuestas por demás interesantes, sobre todo porque el PRI nunca las hubiera podido plantear. El tema de la política fiscal es uno de ellos. El PRI, partido cuyos miembros, sobre todo en los últimos años, tendían a negociar consigo mismos y a matizar sus propuestas en parte por la ilegitimidad que ellos mismos percibían respecto a su partido, planteaban las cosas de la siguiente manera: los impuestos se incrementarán en tanto este año o la miscelánea fiscal vayan a incluir A, B, y C, les guste o no les guste. Aunque inconsistente, el planteamiento de Fox es totalmente diferente. El parte del gasto, no del ingreso: las prioridades de gasto (educación, salud, pobreza) requieren ingresos de tal monto, razón por la cual es imperativo alterar nuestra estructura fiscal. Es decir, su planteamiento parte de una vinculación entre el gasto y el ingreso y, por lo tanto, entraña un compromiso de transparencia. En términos políticos, la lógica priista y la de Fox son totalmente contradictorias. Habrá que ver si se crean los mecanismos idóneos para que sea posible lograr esa transparencia. Con todo, parece muy difícil que en el primer año de gobierno de Fox se consolide una propuesta seria de reforma fiscal.

Hay otras diferencias entre el equipo de Fox y los que estuvieron al frente del gobierno en el pasado. La gente de Fox, por ejemplo, no negocia consigo misma. Los integrantes de los últimos dos gobiernos típicamente debatían entre ellos antes de presentar su propuesta, porque temían que fuera rechazada por la sociedad. La gente de Fox va a presentar sus proyectos completos, y negociará después; la interrogante es si sus operadores políticos tendrán la habilidad, y la malicia, para ser negociadores efectivos, tema crucial dada la composición del congreso. En pocas palabras, hay toda una gran curva de aprendizaje por delante para Fox y su equipo, pero la gran virtud de Fox es su enorme pragmatismo; sin duda aprende rápido y no le molesta corregir el camino.

Ahora bien, una cosa es lo que Fox quiera hacer y otra muy distinta lo que pueda hacer. Lo que viene es un circo de tres pistas, algunas de las cuales ya están en plena función.

En la primera pista está la relación Fox-Zedillo y el gobierno saliente. La pregunta aquí es si Fox está poniendo cara de póker o si realmente tiene una muy buena impresión del gobierno saliente, como con frecuencia lo señala. Lo indudable es que hay una comunión absoluta en los objetivos e intereses que animan tanto a Zedillo como a Fox en esta transición. Los dos quieren llegar tranquilos y sin contratiempos al 1 de diciembre; uno quiere entregar sin problemas, el otro quiere recibir sin problemas. A la luz de la última transición en el poder, es posible que Fox se haya excedido en sus elogios a Zedillo; ahora, en caso de crisis, no podrá culparlo como ha sido la usanza en México.

En la segunda pista está Fox con su alianza, con el PAN y con su propio gabinete. En materia de su alianza, lo que está haciendo Fox es dejar que todo mundo presente sus propuestas, pero al final es de esperarse que acabe con un gabinete menos contradictorio, menos conflictivo de lo que puede verse en el equipo de transición. Habrá excluidos, y Fox tendrá que encontrar una salida satisfactoria para ellos, porque de otro modo las exclusiones necesariamente tendrían costos muy grandes en la forma de enemigos y ausencia de confiabilidad para articular alianzas futuras. En lo que toca al PAN, muchos panistas no consideran a Fox un panista cercano o íntegro; pero la mayoría de los panistas reconoce que su futuro está inexorablemente ligado al de Fox. Si le va bien a Fox, le va bien al PAN; si le va mal a Fox le va mal al PAN. En este sentido, todo parece indicar que esa relación será menos compleja de lo que se piensa. Finalmente, respecto al gabinete, el primer instinto de Fox pareció ser el de colocar empresarios en los cargos principales. Esta hubiera sido una mala idea. Los empresarios, así sean los más exitosos, tienen una función muy distinta a la de un servidor público. El empresario debe velar por sus intereses y los de sus accionistas, en tanto que la función del gobierno es regular entre los diversos intereses para evitar que abusen unos y otros. Por ello, son bienvenidas las indicaciones de que es cada vez menor la inclinación de Fox a colocar empresarios en el gabinete, a la vez que aumenta la certeza de que serán profesionales los que ocuparán esos cargos.

La tercera pista del circo es la más compleja, la más difícil y, con mucho, la más importante. También es una en la que Fox tiene menos influencia: es la pista del PRI. En el PRI no es uno, sino muchos los procesos que empezarán a desatarse en los próximos meses. El tema central es cómo se reconcibe y reorganiza ese partido. A la luz de ello, es mucho menos relevante el nombre del próximo presidente del partido, toda vez que su relevancia dependerá de los apoyos que logre articular. Antes, la importancia de ese personaje era grande en la medida en que el presidente de la República, en su calidad de líder del PRI, lo apoyaba. Ahora el poder verdadero del presidente del PRI dependerá de los factores reales de poder en el PRI, es decir, algunos sindicatos, los gobernadores, y los líderes del Congreso y el Senado. Estas son las personas que comenzarán a apretar sus músculos a partir del 1 de diciembre. El presidente del PRI será mucho más un negociador que un gran transformador; tendrá que encontrar una nueva manera de organizar a los priistas y de mantener la alianza de poderes regionales. El resultado de ese proceso será trascendental no sólo para el PRI, sino para la estabilidad política del país, toda vez que ese partido es (o fue) mucho más que un partido. Fox será más un espectador que un líder en este proceso, pero la interacción entre ambos seguramente será definitiva en la conformación del país que acabe naciendo del parto del 2 de julio.

La pregunta es si el PRI va a reorganizarse para convertirse en una fuerza positiva de desarrollo. Para ello habría que echar una mirada hacia los países del este de Europa, donde los antiguos partidos comunistas atravesaron por un proceso similar a lo largo de la última década. Algunos partidos comunistas o excomunistas, como el yugoslavo, se aferraron al poder de tal manera que llegaron a arriesgar la integridad territorial de sus países para permanecer en el poder. Un segundo ejemplo es el de la República Checa, donde el partido comunista desapareció y no dejó rastro, simplemente ya no tiene una presencia política. Un tercer ejemplo es el de Polonia, donde el partido perdió el poder inmediatamente después de la caída del muro de Berlín, después vino un proceso de catarsis en el que le echaron la culpa a los rusos de todos los males posibles en este mundo, tras lo cual empezaron a reorganizarse y a los dos años ya tenían un partido constituido como una social-democracia moderna, con la zanahoria de la modernidad europea enfrente. La mayor de las ironías es que ese partido se ha convertido en el mayor promotor de la Comunidad Económica Europea en Polonia y, luego de regresar al poder seis años después de la caída del muro, se ha convertido en un partido gobernante moderno, una fuerza positiva de cambio. El último ejemplo, y el menos deseable para nosotros como posible espejo del PRI, es el del partido comunista ruso. Ese es un partido que no se renovó, que vive anquilosado y sustentado en lo que literalmente se está muriendo: las personas de mayor edad que añoran la certidumbre del pasado y las industrias moribundas del “socialismo real”.

El riesgo con el PRI es que vaya anquilosándose de esa manera y que, en vez de renovarse y reestructurarse, se convierta en una fuerza de retroceso, un obstáculo al desarrollo. Sin duda, pase lo que pase, muchos de los intereses más cercanos al PRI, muchos de las empresas que depredaban al partido y al gobierno o que vivían a su amparo y de favores especiales (o de la corrupción) tendrán que cambiar de manera radical, lo que sin duda afectará severamente al partido. Por ello, así como hay euforia en algunos sectores de la sociedad, muchos de sus antiguos cuadros, sobre todo los que medraban alrededor del partido y vivían de la extorsión, padecen una crisis brutal.

Finalmente, vale la pena acotar que el nuevo gobierno no tiene los prejuicios tecnocráticos ni populistas de antaño. Es palpable la identificación que hay entre los valores de Fox y los del sector privado y con las nociones más elementales del mercado y de la actividad privada. Pero, por sobre todas las cosas, el hecho de que haya perdido el PRI abre puertas a oportunidades que nunca hubieran podido cobrar forma bajo el régimen anterior. El triunfo de un partido distinto al PRI crea la posibilidad, pero tan sólo la posibilidad, de avanzar hacia la institucionalización del poder político. Desde luego, no hay la certidumbre de que esto vaya a ocurrir. Con todo, el tema de entrada es el de qué tanto tiempo le lleva al nuevo gobierno comprender su función, encontrar los mecanismos para operar y comenzar a instrumentar sus programas.

La oferta principal del próximo gobierno es una de cambio. Nadie puede adivinar qué tan rápido o qué tan profundo será ese cambio. Pero hay una anécdota que resume mucho de lo que está de por medio y que evidencia lo excesivo de las expectativas que actualmente permean a la sociedad mexicana. Un día se encontraban parados en una fiesta Woody Allen y Arnold Schwarzenegger. Estaban platicando y observando a todo el mundo bailar y divertirse. Después de un rato, Woody Allen voltea hacia arriba para ver a Schwarzenegger, ve hacia abajo y otra vez hacia arriba, y por fin le dice: “Oye, Arnold, si yo me pongo a comer como tú comes, y me pongo a hacer ejercicio como tú haces, ¿cuánto tiempo crees que me va a llevar el ponerme como tú?”. Schwarzenegger voltea para abajo y se queda pensando un rato. Finalmente, ve para abajo y luego para arriba y otra vez para abajo y le dice: “Dos o tres generaciones”,     n

Luis Rubio Politòlogo. Director del CIDAC. Su mas reciente libro es Tres ensayos. Fobaproa, privàtización y TLC.

El valor de lo virtual

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CYBERNEXOS

EL VALOR DE LO VIRTUAL

POR GABRIEL GRINBERG

Tuvalú es un pequeño archipiélago independiente situado en el Pacífico Sur entre Australia y las islas Hawaii cuya capital es Funafuti. Sus habitantes no conocen el e-mail ni en su vida han visto una página web y quizá también sean muy pocos los que hayan visto una computadora. Sin embargo, este archipiélago con una superficie de 26 kilómetros cuadrados y donde viven 10,600 habitantes saldrá de la miseria gracias a Internet.

Diseminados en los nueve islotes que componen el archipiélago, los habitantes de Tuvalú tienen un promedio de edad de 22 años y una tasa de mortalidad de 8.5 por cada mil habitantes. Rompiendo las reglas que impone la economía global, es un país donde no hay extranjeros. Hasta hace poco los tuvaluenses malvivían de la venta de algunas licencias de pesca, de la cesión de números de teléfono a empresas australianas para conversaciones calientes de pago con mujeres y de la ayuda internacional. Para atraer al turismo, el primer ministro Ionatana Ionatana decretó adelantar la hora a finales de año con el propósito de ser el primer país del mundo que entrara al nuevo milenio. Aun con esa promoción no llegó ningún turista.

En 1998 la Unión Internacional de Telecomunicaciones informó que el sufijo de Tuvalú en Internet sería .tv y eso fue algo parecido a que los habitantes de Tuvalú compraran un billete virtual de lotería y, además, hubiesen ganado el gordo de Navidad. Primero se presentaron en Funafuti empresarios de Canada TV Corp., que adquirieron el derecho a disponer a todos los efectos del apellido .tv.

Ofrecieron pagar hasta una renta anual de 50 millones de dólares por el punto y las dos letras dado que en Internet equivalen a una tarjeta de visita, y las de “tv”, asociadas a la televisión, pueden llegar a tener casi más valor que las de un país. Así muchos canales podrían estar tentados a cambiar de apellido. Por ejemplo, www.televisa.com podría cambiar por www.televisa.tv. También se podrían organizar a todas las televisoras en un directorio clasificado por país.

Canada TV Corp. no pudo pagar lo acordado a la Secretaría de Hacienda de Tuvalú y por lo tanto el acuerdo quedó en letra muerta a pesar de que el negocio era redondo: el plan de Canada TV Corp. era revender el dominio a las cadenas de televisión.

Ionatana no necesitó buscar nuevos interesados, ellos llegaron solos. A finales del año pasado llegó a Funafuti un ejecutivo de la empresa californiana Idealab que le ofreció cerrar el trato en las siguientes condiciones: Idealab pagaría hasta un tope de 50 millones de dólares al año pero le garantizaría a Tuvalú un mínimo anual de 4 millones. El presupuesto de Tuvalú ronda los 5 millones de dólares, de los que la cuarta parte procede de los teléfonos calientes. Ionatana cerró el trato y en una entrevista con la agencia France Presse anunció que con los nuevos ingresos que estimó en 20 millones de dólares anuales mejorará la educación, la infraestructura y los enlaces de ferrys entre las islas. Lo que no dijo es si conectará a sus compatriotas a Internet y si además instalará una antena de televisión, ya que los tuvaluenses tampoco disponen de ese servicio.

La empresa americana diseñó una interesante estrategia de venta del sufijo .tv. A través del site www.dot.tv subasta todas las posibles combinaciones de dominios con dicha terminación. Las condiciones para ingresar a la subasta son simples. Hay que pagar cien dólares por el derecho de ejercer el derecho a subastar y proponer un nuevo dominio y esto tiene una fecha y hora de inicio y otra de cierre. El que ofrezca la cantidad más alta se queda con el nombre. Y como en Internet la regulación de los nombres es un campo aún muy ambigüo, cualquiera puede quedarse con www.china.tv por unos cien mil dólares.

Esta anécdota ilustra el fenómeno de la nueva economía o de la economía interconectada. La tendencia de las redes a expandirse ha generado un nuevo paradigma: el de los rendimientos crecientes cuya versión más simple la expresa un viejo dicho de manera muy sencilla: aquellos que tienen son los que más obtienen.

El caso de Tuvalú es un ejemplo de cómo funciona la ley de rendimiento creciente. En la economía interconectada pequeños esfuerzos pueden generar grandes resultados mientras que en la economía industrial el éxito es autolimitador porque opera bajo el postulado de los rendimientos decrecientes.

Visto de otra manera, la economía industrial incrementa el valor gradual y linealmente: pequeños esfuerzos generan pequeños resultados y grandes esfuerzos generan grandes resultados. En la economía de redes, en cambio, el valor se incrementa exponencialmente y pequeños esfuerzos se refuerzan entre sí de modo que los resultados pueden aumentar progresiva y rápidamente en forma de avalancha. Sin el desarrollo de la economía interconectada la renta percápita de Tuvalú no hubiese podido pasar de unos 800 dólares a 2,272 al año. Los 26 kilómetros cuadrados de los nueve islotes están a ras del mar y los geógrafos aseguran que el calentamiento de la tierra puede hacer desaparecer al archipiélago. En febrero Tuvalú estuvo sumergido. La pregunta es qué pasará con el dominio .tv si el mar se traga al archipiélago. Es una posibilidad que nos refiere a la nueva relación entre lo real y lo virtual pues este concepto puede tener más valor que el primero.   n

Gabriel Grinberg. Productor de Latin Commerce en alo.com.

 

La descomposición del priismo

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LA DESCOMPOSICIÓN DEL PRIISMO

POR LUIS SALAZAR C

Habrá que reconocerlo: la derrota electoral del PRI fue sin duda un golpe mortal para el sistema y la cultura priistas, pero las consecuencias ominosas de la descomposición de ese sistema y de esa cultura nos acompañarán todavía por largo tiempo. El triste espectáculo suscitado por la presentación del libro del expresidente Salinas y por la reacción gubernamental ante sus críticas y sus denuncias nos advierte ya de las enormes dificultades que tendrá el país para superar los retos que implica esa descomposición. La pretensión salinista de reivindicar su gestión y de achacar toda la responsabilidad de la crisis a la administración del doctor Zedillo, presentándose como víctima de una campaña orquestada desde la presidencia, ha terminado por poner al descubierto no sólo la corrupción inverosímil en que incurrió el expresidente, sino la guerra sorda y sórdida entre grupos facciosos si no es que mafiosos, capaces de utilizar sin reparo los cargos públicos como fuentes de poder patrimonial. En esta aventura Salinas ha perdido cualquier resto de credibilidad, pero también parece haber quedado claro el uso ilegal e ilegítimo de los cuerpos de seguridad y de procuración de justicia del todavía presidente Zedillo. Y con ello ha quedado también clara la distancia que nos separa de un verdadero Estado de derecho.

Más allá del asco y la irritación que inevitablemente generan las conductas de ambos mandatarios, más allá de los intentos más o menos irresponsables de explotar políticamente los resentimientos de una sociedad pasmada por tanta bajeza, cabe preguntarse si no será el momento de examinar las causas institucionales y culturales que por tanto tiempo han convertido a los poderes públicos en fuentes de privilegios y enriquecimiento ilícito de camarillas facciosas carentes de toda vocación de Estado. Pues si la circulación democrática de las élites es una condición necesaria para poner coto a este permanente uso patrimonialista de los cargos públicos, no parece ni mucho menos suficiente para impedir que sigamos viviendo esta “acumulación originaria de capitales” ni esta lucha facciosa en las instituciones públicas. Como tampoco parece que la creación de comisiones de transparencia ad hoc, extrainstitucionales y por ende extralegales, pueda servir para otra cosa que para mantener la guerra de todos contra todos, con sus vendettas y sus revanchas, en que se ha convertido nuestra esfera pública.

No se trata ya de transitar a la democracia, sino de pasar de un Estado supeditado a reglas patrimonialistas y facciosas a un verdadero Estado de derecho que pueda hacer realmente efectivo el imperio de la ley y que rompa de una vez por todas con los usos y costumbres de unas élites políticas y empresariales tan voraces como irresponsables. A este respecto no sobra señalar que aunque en las plataformas de todos los partidos se propone este objetivo, en ninguna encontramos un diagnóstico serio sobre la situación que padecemos ni propuestas realmente eficaces para lograrlo. Aunque no hay mexicano que ignore el influyentismo, el clientelismo y los infinitos modos en que los cargos públicos son utilizados para obtener privilegios y riqueza, lo cierto es que no contamos con estudios serios ni con programas públicos que puedan ofrecer salidas factibles y deseables para esta triste problemática.

A estas alturas ya debiéramos saber que las acciones ejemplares, que el castigo de uno o más casos de corrupción flagrante sólo sirven para paliar la indignación social o, lo que es peor, para el ajuste de cuentas entre las camarillas de poder. Sabemos también que una contraloría dependiente del poder ejecutivo tampoco puede sino reforzar el uso político y faccioso de la legalidad, lo mismo que un sistema de procuración de justicia carente de verdadera autonomía funcional. Profesionalizar las procuradurías otorgándoles total independencia en relación a los presidentes y a los gobernadores, despolitizar los órganos de control y contabilidad, y transformar los cuerpos policiacos existentes para que asuman cabalmente su función de protectores de los derechos de todos y no de los privilegios de algunos, parecen ser las condiciones para contar con las bases mínimas de un Estado de derecho propiamente dicho.

Mucho podría decirse sobre la inmoralidad flagrante de los que han tenido en sus manos demasiado poder e impunidad casi total. Por ejemplo, que no sólo han saqueado al erario público sino también a las reservas morales de una sociedad escéptica y desconfiada con razón. Pero bien haríamos en recordar, con Spinoza, que “un Estado cuya salvación depende de la buena fe de alguien y cuyos negocios sólo son bien administrados si quienes lo dirigen quieren hacerlo con honradez, no será en absoluto estable. Por el contrario, para que pueda mantenerse, sus asuntos públicos deben estar organizados de tal modo que quienes lo administran, tanto si se guían por la razón como por la pasión, no puedan sentirse inducidos a ser desleales o a actuar de mala fe”. n

Luis Salazar C. Filósofo. Profesor e investigador de la UAM.

La tribu de los Yanomames

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CARACOL.

LA TRIBU DE LOS YANOMAMES

POR CINNA LOMNITZ

¡Hipócrita lector, mi semejante, mi hermano!

Charles Baudelaire

Los escándalos científicos están a la orden del día. De repente se supo que un famoso antropólogo francés, quien había pasado veinticinco años de su vida estudiando a los yanomames del Alto Orinoco, mantenía allí a un nutrido harén de muchachos tribeños para su solaz privado. El interfecto fue entrevistado por los medios y no se inmutó: “Pues sí”, respondió. “Yo era soltero. Además soy homosexual y estos muchachos… pues, lo que es la vida en los trópicos, los efebos ya están grandecitos a los diez años y, además, yo siempre les pedía permiso”. ¡Yanomames!

La tragedia de los pueblos amazónicos, o del trópico en general, comenzó mucho antes de que llegaran los antropólogos a estudiarlos (es un decir) y a pepenar lo que restaba de la cultura de estos pueblos. Los yanomames representan un caso particularmente escabroso, pero no es el único. Cuando Margaret Mead se interiorizaba en la vida sexual de los adolescentes en Samoa, ya el tema estaba muy manoseado. Generaciones de marineros ingleses, pintores franceses y pastores protestantes americanos habían pasado por ahí, sin mencionar a legiones de colonialistas españoles, portugueses, ingleses, franceses, alemanes, holandeses, belgas, americanos y rusos. Así es la vida en los trópicos.

Cuando desembarcaron en Tahiti, los desorbitados tripulantes de las naves expedicionarias del capitán Cook no podían creer lo que veían. Se volvieron necios con las polinesias, y hubo que volver a embarcarlos a punta de bayoneta. Claude Lévy-Strauss descubrió los trópicos del Brasil y ya los encontró tristes, después de que generaciones de portugueses habían esclavizado y prostituido a la población.

¿Hasta qué punto ha contribuido la ciencia, y específicamente la antropología, a este estado de cosas? La pregunta tiene dos facetas: 1. ¿La vertiente tradicional o etnológica de la antropología es buena ciencia? 2. ¿La labor de los etnólogos ha sido útil a la humanidad? En cuanto a esta última pregunta, pienso que existe una astronomía maya y una ciencia militar china, pero no hay etnología en otras culturas que no sea la occidental. La etnología es un producto netamente europeo, como el psicoanálisis. En cierto modo podría decirse que es el psicoanálisis de la cultura occidental. Cuando Lévy-Strauss escribió Tristes tropiques, la tristeza era bien suya y de su cultura. Otra cosa es la saudade de los trópicos brasileños que estaba visitando. Leni Riefens- tahl fotografió a los masai de Africa Oriental y se regodeaba con sus cuerpos desnudos en tecnicolor. Estaba haciendo labor de etnóloga sin saberlo. Triunfo de la voluntad, su obra maestra, era la apoteosis de los Juegos Olímpicos de Berlín bajo la mirada omnipresente del füehrer. Con esto no quiero decir nada en particular, sino que el ethos del etnólogo arranca de las tristes crisis de Occidente. Nietzsche fue el primer antropólogo.

Buena y mala ciencia

Pero ¿qué es buena o mala ciencia? Desde el punto de vista de mi universidad, no hay problema: lo que cuenta es el curriculum. El profesor de muchos años-pizarrón es promovido y premiado cuando ha derramado su burrez en treinta y cinco publicaciones “arbitradas y de circulación internacional”; en cambio, el científico joven no avanza en su carrera cuando su sabiduría es de pocas palabras, porque seis publicaciones no bastan para alcanzar el número mágico que se necesita para lograr la titularidad. He participado en incontables comisiones dictaminadoras y no deja de asombrarme la convicción inquebrantable de que este método de evaluación es justo y democrático.

Acaba de publicarse un libro del físico americano Robert L. Park (Oxford University Press) sobre qué es lo que constituye mala ciencia desde el punto de vista de la mentalidad americana. Los problemas comienzan con el título del libro: Voodoo Science. Según parece, allá el vudú es sinónimo de magia, ridículo, irracionalidad y falta de honestidad. El doctor Park ignora que Benín, región de Africa Occidental de donde es originario el vudú, posee una de las culturas más antiguas y brillantes del mundo.

El vudú está emparentado con el candomblé de Brasil. Durante mi estadía en Bahía tuve la oportunidad de aprender a respetarlo. Acaso el rasgo más característico de esta religión es la creencia de que cada individuo “pertenece” a un determinado orixá o espíritu dominante de la mitología yorubá. Eventualmente, se determinó que yo “pertenecía” al señor Ogún, un orixá cuyo dominio es el hierro, la guerra y la tecnología. Ogún prefiere el color azul intenso y es aficionado a la cerveza fría. Me decía la Máe-de-santo o santera: “Cuando tengas un problema, vete a la orilla del mar con una botella de cerveza destapada bien fría y Ogún te aconsejará”. La identificación de un individuo con su orixá se va cimentando a lo largo de su vida y constituye una relación personal y profundamente moral. El orixá es su santo, su ángel de la guarda, y por eso ha sido posible fusionar el candomblé con la religión católica.

Volviendo al doctor Park, nada se dice en su libro acerca de los yanomames ni se mencionan las prácticas de los etnólogos entre los pueblos “primitivos” que siguen practicando el vudú en vez de hacer ciencia y comer hamburguesas.

Hay tres categorías principales de mala ciencia: ciencia patológica, ciencia chatarra y pseudociencia. La ciencia patológica se basa en el auto- engaño del propio científico, quien se enamora de alguna idea deschavetada y se torna ciego a la evidencia contraria. El ejemplo que da Park es el de la fusión en frío, episodio trágico o risible que yo no llamaría precisamente “patológico”. Einstein afirmaba que la teoría tenía prioridad sobre la observación experimental: ¿era también patológico? ¿Quién decide lo que es normal? La ciencia es una gran aventura del espíritu humano y no se vale sacarle tarjeta roja de enfermo al que se pierde o se desvía del camino. Algunos de estos seres supuestamente “patológicos” hoy son reconocidos como grandes genios. Yo iría un paso más allá y afirmaría que la idea de una “ciencia patológica” es nefasta. Se parece a las denuncias de antaño contra el “arte degenerado” o la “física judía”. La patología es propia del observador.

Pasemos. En cuanto a la “ciencia chatarra”, se trata (según Park) de ciertas modas que impresionan al público en general. El autor analiza la creencia difundida en ciertos ámbitos gringos de que la cercanía a las líneas de luz y fuerza causa cáncer, idea que al parecer costó unos 25,000 millones de dólares al país del norte. Otro ejemplo citado por Park es el de las prótesis de silicona que usan algunas mujeres para incrementar sus protuberancias mamarias; ¿son nocivas para la salud? Quién sabe, pero los pleitos correspondientes ocasionaron a la nación americana cuantiosas pérdidas millonarias y mamarias y lo siento de verdad. No sé si eso es “ciencia chatarra”. Me abstengo de opinar y creo que es la única actitud científica posible.

Por último, la pseudociencia es, según el sabio Park, una fe apasionada en alguna idea que carece de evidencia científica en que apoyarse, como las percepciones extrasensoriales, las visitas de los extraterrestres o el efecto de los imanes sobre la salud. No estoy de acuerdo. Si tomamos el ejemplo de la medicina alternativa —y sí creo en la medicina científica como el menor de los males— eso no quita que los médicos se hayan puesto muy careros y no parecen tener remedios efectivos contra la vejez y otros males que nos aquejan. Cuando yo vivía en Japón, ni una aspirina me vendían. Eso está estrictamente penado por la ley. En las farmacias sólo se venden yerbas y raíces medicinales: para cualquier otro problema hay que sacar una cita en un hospital. ¿Acaso vamos a condenar la sabiduría de los japoneses o de los antiguos egipcios o aztecas como “pseudociencia”, nada más porque la salud del pueblo japonés (el más longevo del mundo) no constituye una evidencia aceptable para el señor Park?

Para contrastar, vamos a citar el caso del profesor Richard Lewontin, uno de los investigadores más famosos y más sensatos en el área de las ciencias de la vida. En sus dos nuevos libros, No es necesariamente así: El sueño del genoma humano y otras ilusiones (New York Review of Books) y La triple hélice: el gen, el organismo y el ambiente (Harvard University Press), Lewontin osa afirmar que descifrar el genoma humano no resuelve nada, o muy poco.

La vida es el resultado de la interacción entre un sinnúmero de factores y fuerzas imperceptibles, sin que domine ninguno o ninguna. El mundo es más complejo y misterioso de lo que el doctor Park se imagina.

La calle Baúl del Aire

En la ciudad de México existe una calle llamada Baúl del Aire. Todos los que viven en esa dirección piensan que es un nombre excelente y poético, y se oponen a cualquier intento de cambiarlo. Se mofan de las autoridades que insisten en escribirlo como “Baudelaire”, con una falta de ortografía inconcebible y garrafal.

El conflicto en torno al nombre correcto de la calle no es importante, en el sentido de que no ha llegado a producir muertos ni heridos y ni siquiera un libro del doctor Park. Podríamos decir que se trata de un conflicto ortográfico o semántico, o de una revolución cultural en ciernes. Por mi parte, me inclino a dar la razón a los habitantes de dicha calle. ¿Quién sabe mejor que ellos cómo se llama el lugar donde viven? El Peje de Gobierno acaso ni conoce la calle y nunca la ha visitado. Mucho menos puede saber quién fue el señor Baúl del Aire, alter ego del poeta parisino que todos conocen, o creen conocer.

Charles Baudelaire, cuando fumaba más de la cuenta, se imaginaba haber vivido en su vida anterior en un país tropical, “bajo unos vastos pórticos”. Uno de sus sonetos habla de que “esclavos desnudos, impregnados de olores, me refrescaban la frente con unas palmas”. Pero la calle Baúl del Aire no tiene pórticos. En México no existe gente desnuda, ni esclavos con palmas. México no es así. Quizá se trataba de Australia, país donde abundan los aborígenes que se las truenan (los vimos en la inauguración de los Juegos Olímpicos). Allá la gente se dedica a descalificar a cualquier mexicano que vive en la calle Baúl del Aire, n

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la  UNAM.

Metas, escapatorias

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A MEDIA CALLE.

METAS, ESCAPATORIAS

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

La  necesidad del ser humano de trazarse metas, de dar un sentido a su vida, se hace palpable en las Olimpiadas. Terrible y dolorosamente palpable en algunos casos, los casos que acaban en derrota. Horas y horas de entrenamiento para ganar una medalla de oro, para batir un récord, para perder. Perder.

La desolación del mediofondista marroquí, El Guerruj, al ser vencido en la carrera por el keniano Noah Ngeny, en los recientes Juegos Olímpicos celebrados en Sydney, da la medida del extremo a que puede llegar una obsesión. El Guerruj, considerado como el mejor en su especialidad, se cayó en Atlanta y ahora no tenía otro objetivo que desquitarse en Sydney. “Si no gano en Sydney, será un desastre”, llegó a decir. Sólo ganó la medalla de plata, algo que no podía compensar el empeño acumulado desde la derrota de Atlanta.

Pero el peso que cargó sobre sus hombros le abrumó. Planteó mal la carrera, no obtuvo el oro. “He sufrido una presión agobiante”, comentó apesadumbrado. “He sentido a todo el pueblo marroquí detrás de mí.., A mi rey, a todo el mundo”. Por si todo un pueblo fuera poco, un rey. ¿Quién podría no sólo andar, sino, para colmo, correr con una carga así? Con todo, ganó la medalla de plata. Pero eso no podía satisfacer de ningún modo las expectativas de El Guerruj, que viaja con una foto en la maleta: su caída y sus lágrimas en Atlanta. Duerme con la fotografía presidiendo la habitación. “Para evitar que eso se repita es por lo que me entreno como un loco. Es mi motivación. Cuando gane en Sydney, la romperé”. Pero no ha ganado como quería, y no puede romper la dolorosa fotografía.

Seguirá, ha dicho El Guerruj, conviviendo con ella, colgada en su dormitorio y en todas las habitaciones de hotel en las que duerma.

Las competiciones olímpicas tienen un lado despiadado que no queremos ver. No compiten máquinas sino seres humanos. Personas. La técnica no basta. El entrenamiento del cuerpo no basta. ¿Quién responde del ánimo, de esa cosa —y llamarla “cosa” ya chirría— que representa el espíritu, lo etéreo, todo aquello que no podemos definir adecuadamente y que, a pesar de eso, nos sostiene, nos singulariza?

Quiso la casualidad, que es diosa caprichosa pero de inmenso poder, que al mismo tiempo que se publicaran las crónicas del fracaso de El Guerruj. apareciera también en letras impresas una entrevista del archifamoso autor de bestsellers Stephen King. Quién sabe por qué —quizá por el influjo de otra diosa, la curiosidad— leí la entrevista de principio a fin. Verdaderamente, no sé que pensar. No sé si Stephen King es un genio, o un burócrata o qué. O qué, como decimos en Aragón.

La vida de Stephen King no tiene nada que ver con la del atleta El Guerruj, pero, al tener algunas noticias de ella a través de la entrevista, la comparación surgió en mi mente de forma inevitable.

Como mucha gente sabe, Stephen King es un escritor de bestsellers. El primero de la lista quizá. Un hombre supermillonario. Es norteamericano, y eso le ha dado la sensación de que, haga lo que haga, es un hombre libre —o mediana, razonablemente libre—, de manera que se expresa como tal. como un individuo que se ha abierto un camino en la vida a pesar de las muchas dificultades que la vida presenta. Todo un hombre.

Stephen King, según dice, si no se hubiera dedicado a escribir sus celebrados bestsellers, estaría muerto. “Me habría emborrachado hasta la muerte, o drogado hasta la muerte, o me habría suicidado, o alguna maldita cosa así”.

Esta frase se me ha quedado grabada. Pura literatura: “Alguna maldita cosa así”.

Pero no, Stephen King no se emborrachó ni se drogó. De repente, no se sabe cómo, empezó a escribir. Y sigue escribiendo. Sigue cosechando éxitos.

Como digo, no sé qué pensar de este hombre. Por un lado, parece heroico. por otro, están sus novelas, a las que apenas puedo asomarme.

Se confiesa adicto. Por lo que entiendo, adicto a lo que sea, se trate de cocaína, de alcohol o de escribir novelas. Para mí, que debo ser, sin duda, una persona muy limitada, son asuntos —la cocaína, el alcohol, el escribir novelas— que no puedo meter en el mismo saco. La imaginación me permite verme convertida en una adicta a la cocaína, en una alcohólica, pero, debo confesarlo, no me trae la imagen de una escritora frenética que publica año tras año una novela que consigue el número uno en ventas. No tengo imaginación para eso. No tengo imaginación para idear la trama —¡y el desarrollo!— de un bestseller. Tengo, por tanto, que descubrirme ante Stephen King y ante su última y provechosa adicción.

¿Qué fue lo que hizo que Stephen King, en lugar de entregarse al alcohol y a la droga, se dedicara a escribir las novelas más vendidas de nuestro mundo lector? Eso es lo que no se aclara en la entrevista. Eso es lo que interesa de verdad. Un no a la muerte, a la auto- destrucción. Un sí a la vida. Pero, ¿qué es lo que ofrece a sus lectores Stephen King? Terror, emoción, miedo… Parece que en estos asuntos es un experto, y a cierta clase de lectores —muchos, por cierto— esos asuntos le emocionan.

¿Por qué razón se han unido en mi cabeza dos personas tan diferentes: El Guerruj y Stephen King? Por lo que he enunciado en el encabezamiento de estas líneas: las metas, las escapatorias.

Stephen King, según parece, ha encontrado una escapatoria. Estaba destinado —podemos pensar que por temperamento— a la muerte por exceso de alcohol o de drogas, pero encontró un sucedáneo, un sustituto muy fructífero. Ha resultado ser un exitoso autor de bestsellers. Y muy moderno, además. Vende sus novelas por Internet.

En cambio, El Guerruj, que tenía, y tiene, una meta, no ha dado con ninguna escapatoria. Sigue allí, empeñado en ganar. Se cayó al suelo —mordió el polvo— estrepitosamente en Atlanta, planeó mal su carrera de Sydney, en la que había puesto todas sus esperanzas. Quería el oro y cuando la ambición no perdona, la plata no tiene ningún sabor. El sabor de la derrota. ¿Qué escapatoria tiene El Guerruj? No sé si su pueblo y su rey siguen creyendo en él, en su victoria. Me gustaría decirle que él está por encima de su pueblo y de su rey. Que es un magnífico corredor. Que muchos de los que le hemos visto correr y fracasar nunca le olvidaremos. Que el oro sólo es oro; la plata, plata. No están ahí los reflejos de lo que uno es.

Unos se escapan y otros persiguen metas. Los observo desde mi casa. Empieza el otoño en Madrid y yo, como cualquiera, necesito metas y necesito escapatorias. Siento una punzada de envidia ante las declaraciones de Stephen King. No por la cantidad ingente de libros que vende, sino porque ha podido escaparse de sus demonios. A ver si en la próxima entrevista nos dice cómo. Y, sobre todo, me gustaría decirle a El Guerruj que el oro importa muy poco, que su pueblo y su rey tienen que sentirse orgullosos de él. Si no lo están, sus seguidores lo estamos. Y queremos decirle eso: haz tus metas más personales, no te hundas, eres un magnífico corredor. Eres tú, El Guerruj.    n

Soledad Puértolas. Escritora. Entre sus libros, Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.

Nuevos rumbos laborales

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NUEVOS RUMBOS LABORALES

POR RICARDO RAPHAEL DE LA MADRID

En nuestro número anterior (Nexos 274), Patricia Quesada Lastri, miembro del equipo de transición de Vicente Fox, propuso la estrategia del próximo gobierno en materia laboral. Este artículo reacciona a sus comentarios.

A veces, cuando se discute la relación entre la sociedad y el mercado, da la impresión de que se habla del aprendizaje infantil que la bella tuvo que enfrentar para convivir con la bestia. Desde mediados de los ochenta, justificamos toda decisión como un continuo devenir de la sociedad y del Estado para adaptarse a las nuevas condiciones del mercado. Se trata, en efecto, de una bestia ineludible que ha servido para explicar casi cualquier cosa. Sin embargo, más nos valdría deshacer varios mitos.

Se nos olvida que el mercado no es una bestia que haya estado ahí desde el principio de los tiempos. No se trata de un producto que haya surgido a través de la generación espontánea. El mercado es una construcción artificial modelada, pieza por pieza, por la mano de los seres humanos. En otras palabras, el mercado es fabricable: lo son los espacios sociales donde opera, lo son muchas de las reglas bajo las cuales se rige y lo es, desde luego, la eficiencia que ofrece a nuestras sociedades.

Por otra parte, es falso que exista un solo mercado. En la realidad hay muchos mercados que, como tableros de ajedrez, operan simultáneamente bajo su propia lógica y, en ocasiones, sin conectar entre sí. En este sentido siempre cabe el riesgo de querer transformar el tejido que da soporte a un mercado sin atender a ninguno de los otros. En México algo de esto ha sucedido. Hemos intentado transformar al mercado de capitales, al de los bienes y servicios (no siempre con éxito) y hemos dejado casi intocable al mercado del trabajo.

Se trata de un mercado que ha quedado rezagado frente a los demás, que todavía opera bajo las reglas de un sistema económico cerrado, proteccionista y poco competitivo, un mercado diseñado para la intervención permanente y casi siempre autoritaria del Estado sobre la economía y la política. El mercado del trabajo en México es ineficiente para crear y, sobre todo, mantener los empleos que se requieren en el país, y lo es más para permitir el aumento en el nivel salarial. Los actores que en él intervienen están mal organizados, sobre todo del lado de los trabajadores. La ausencia de representatividad y legitimidad de las cúpulas sindicales, producto del viejo autoritarismo, han dejado a los trabajadores sin interlocutores para incidir en la reconstrucción de este mercado. Además, la reforma laboral que podría transformarlo continúa siendo una asignatura pendiente. A pesar de todas las iniciativas que han llegado al Congreso (PAN y PRD), los intereses políticos siguen paralizando cualquier evolución en la legislación laboral. Bien lo decía Mariano Palacios Alcocer, actual secretario del Trabajo, en su comparecencia: ante la desidia política del Congreso, la reforma laboral se está llevando en los hechos a golpe de resoluciones del poder judicial.

La entrada de la nueva administración podría convertirse en una verdadera ventana de oportunidad para transformar al mercado del trabajo. Sin embargo, leyendo el artículo de Patricia Quesada Lastri, coordinadora del sector laboral de la coordinación económica de transición (Nexos 274), y revisando algunas de las declaraciones de Carlos Abascal, flamante encargado del tema en el equipo de Vicente Fox, todo indica que los beneficiarios de la alternancia aún no tienen muy claro en qué dirección avanzar. Quizá sólo sea por precaución política pero el promotor de la nueva cultura laboral, Carlos Abascal, ya declaró que en el equipo de transición no hay un proyecto para reformar la ley. “Este equipo no tiene un proyecto de reformas y punto… Esa es responsabilidad de trabajadores y empresarios” (Reforma-, 30 de septiembre de 2000). Sin embargo, habría que recordarle al expresidente de la Coparmex que ninguna de estas partes del rompecabezas se ha podido poner de acuerdo durante los últimos veinte años y que al nuevo equipo gobernante le toca no sólo provocar el acercamiento, sino los puntos de encuentro de la reforma. Ojalá que cambien de opinión y pronto pongan un proyecto en la mesa. De lo contrario, las otras ideas que han expresado sólo seguirán asomando como destellos inconexos en el paisaje de la confusión.

La idea, por ejemplo, de ligar productividad y aumento salarial no es nueva. Abascal la conoce bastante bien ya que él mismo la puso en el centro de lo que, a mediados de la década pasada, se denominó la nueva cultura laboral. En la realidad, la pregunta de fondo es: ¿desde el gobierno se puede promover que la recuperación del salario se dé únicamente a través del aumento en la productividad? Las ganancias ofrecidas por el aumento en la productividad son una variable bastante difícil de medir desde las empresas, peor aún desde la Secretaría del Trabajo. La pregunta flota impertinente: ¿es posible fijar el salario mínimo a partir de mediciones nacionales y regionales del aumento en los niveles de productividad? ¿Quiénes serán los iluminados especialistas capaces de realizar una operación tan compleja? Lo digo sólo por precaución: no vaya a ser que, en la realidad, ésta sea una fórmula perversa para dejar en manos de los empresarios la total discreción sobre el precio de los salarios.

Desde luego que ya no es posible recurrir, como en el pasado, sólo a la curva de Phillips para determinar el pleno empleo, ya que éste es un punto crucial en casi cualquier parte del mundo para discutir los niveles salariales. A pesar de los cambios operados en la mayoría de las economías, la relación que se es establece entre las tasas de inflación y el aumento en el salario es ineludible. De ahí que, más allá de las buenas intenciones, más vale no apartarnos de la discusión fundamental. Un verdadero avance en la recuperación del salario tiene que ver con fijar el aumento en los niveles salariales de acuerdo a la inflación esperada para el año siguiente, más que establecerlo a partir, o bien de las tasas de inflación del año anterior, o bien de los supuestos aumentos en las ganancias ofrecidas nacionalmente por el incremento en la productividad.

El otro gran tema relativo a la transformación del mercado del trabajo es el relativo a la democracia sin- dical. Como bien cita Patricia Quesada, “la legislación laboral ha favorecido la formación y permanencia de líderes y sindicatos ilegítimos y el mantenimiento de contratos de protección, en detrimento de los sindicatos y las centrales de probada integridad jurídica (sic)”. Sin ser muy claro para mí qué quiere decir eso de “la probada integridad jurídica”, es evidente que las restricciones en materia de libertad sindical han socavado la representatividad y legitimidad de las organizaciones de trabajadores. En la realidad, estas organizaciones más que parte de la solución son parte esencial del problema. Si los vientos de renovación democrática no tocan al anquilosado mundo del trabajo será difícil imaginar un nuevo entramado de actores capaces de transformar la negociación entre los factores de la producción.

Un punto a subrayar del texto de Quesada Lastri es aquel donde se refiere al mercado laboral mexicano como poco flexible, cuando en realidad se trata de uno de los más flexibles en el mundo. Por un lado, la mayor parte de los trabajadores supuestamente sindicalizados viven dentro de la total indefensión. Los arreglos de las cúpulas mafiosas han permitido que sean los empresarios y el Estado quienes salgan ganando en casi todas las negociaciones salariales. Si a esto se suma el hecho de una economía informal que abarca casi la mitad del total de las relaciones económicas del país, Jo que se obtiene es un mercado laboral no sólo flexible sino absolutamente dislocado. El tema de la rigidez o la flexibilidad del mercado del trabajo no puede ser visto a la luz de las discusiones europeas o estadunidenses. Estamos lejos de haber contado con un Estado de bienestar al que hubiera sido necesario desmontar. En este sentido nos encontramos en la barbarie de la prehistoria. Urge reconstruir un mercado laboral eficiente que surja a partir de nuevas reglas, nuevos espacios de operación y, sobre todo, que sea eficiente para ambos: trabajadores y empresarios.

El reto para los nuevos dirigentes del país es mayúsculo. No se trata de buena voluntad o buenas intenciones del corte Miguel Angel Cornejo. No es pasando de un universo de “ganadores-perdedores” a otro de “gana- dores-ganadores,” como subraya Quesada Lastri, como vamos a resolver el rezago. Lo que nos gustaría ver son diagnósticos acabados y propuestas sólidas. Por cierto que el tiempo se les está agotando,            n

Ricardo Raphael de la Madrid Politòlogo. Profesor del CIDE.

Lo que no debe perderse

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LO QUE NO DEBE PERDERSE

Para fumadores

•  Guillermo Cabrera Infante Puro humo

Alfaguara

(Una reivindicación del gusto de fumar)

Para escritores

•  Kazio Ishiguro Wben We Were Orphans Knopf

(Un asesinato en Shanghai)

•  Tobías Wolf

La noche en cuestión Alfaguara

(Una colección de relatos)

•  Bohumil Hrabal

Unos trenes rigurosamente vigilados Muchnik

(Un relato sobre la vida en los andenes)

• Jaime Bayly

Los amigos que perdí Anagrama

(¿Es posible recuperar la amistad?)

•  Philip Roth

Me casé con una comunista Alfaguara (La caza de brujas durante la era McCarthy)

•  Joyce Carol Oates Blonde

Plaza y Janes

(Otra leyenda sobre el mito: Marilyn Monroe)

Para economistas

•  Jeremy Riffkin La era del acceso Paidós

(La revolución en la nueva economía)

Para pintores y falsificadores

•  Jacques Derrida La verdad en pintura Paidós

(¿Dónde comienza la falsificación?)

Para ensayistas

•  Michel Houellebecq

El mundo como supermercado Anagrama

(¿Qué modernidad nos espera?)

Para lectores de novela policiaca

•  Jean Echenoz Me voy Anagrama

(Lina intriga con final infeliz)

Para biógrafos

•  Margater A. Salinger Dream Catcher Washington Square Press

Para beatlemaniacos

The Beatles anthology Chronicle Books (Un viaje a Liverpool)

A través del cristal

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DIVAGARIO

A través del cristal (Lenin / Mc Arthur)

Esta tarde, muy de noche, ni los lentes oscuros disimulan mi hartazgo

Es martes y llueve sin parar

No traigo más compañía que mis zapatos

Hoy es martes y no he visto un ángel

Y yo aquí, mirando el mundo a través del cristal

Y yo aquí, sin dinero, escuchando un mal disco de rap

Y yo aquí, sin cruda ni moral

Y yo aquí, hablando de Kasparov y Capablanca

Hoy es martes y no he visto un ángel (me late que no hay rima)

Hoy es martes y se me ocurre una cerveza

Y pasar por tu cielo a través del cristal

Y pienso: tus piernas superan a la ficción

Y vuelvo a pensar: tu ombligo ofende a la realidad E insisto: tu boca tiene dos corazones

Y te veo pasar, como si habitaras un poema de Baudelaire

Y me acuerdo y me olvido de ti a pesar de mí La ilusión no te alcanza

La televisión no te alcanza

No se puede hacer nada a través del cristal.

¿Quién es Ravelstein?

Chick se llama el más reciente protagonista de Saúl Bellow. Se trata de un exitoso escritor judío que vive y estudia en la Universidad de Chicago. Ravelstein es una novela en clave, con pasajes autobiográficos; en especial, el expediente de la amistad de Bellow y Alian Bloom. Ravelstein también tiene algunos ecos con una novela anterior, El legado de Humboldt. Algunos personajes tienen un modelo tomado de la realidad. Félix Davarr, el excéntrico profesor de filosofía que enseña un método de interpretación bastante esotérico, puede ser Leo Strauss, un oscuro profesor alemán, alumno de Husserl cuando Heidegger era su asistente, que llegó a Estados Unidos en 1938 y se convirtió en el maestro de varias generaciones de filósofos políticos. Su obra se ha definido de tendencia conservadora. Pero sus estudios abarcan un amplio espectro del pensamiento político clásico, de Platón a Hobbes y Spinoza. Su tema principal fue la interpretación del derecho natural y la lectura de la historia de la filosofía política. Uno de sus alumnos más importantes en Chicago, donde en efecto propició un seminario de interpretaciones bastante esotéricas, era Alian Bloom, amigo de Bellow, que se transformó en el personaje que da título a la novela: Ravelstein. Bloom es autor de un libro que fue bestselleren los años ochenta: El cierre de la mente americana, una aguda crítica de la educación superior en Estados Unidos, que algunos han acusado de ser una defensa reaccionaria del canon occidental. Su argumento es una oposición radical al movimiento cultural de los sesenta que desembocó en el political correctness, es decir, en las nuevas tendencias de género, estudios culturales y étnicos. Bloom fue un crítico acérrimo de la izquierda universitaria estadunidense. Parte de su vida aparece recreada por la imaginación de Bellow. Quizás el momento más controvertido es esa parte en que Bellow se refiere, por primera vez abiertamente, a las inclinaciones sexuales de su amigo, quien murió de sida, como el profesor Ravelstein.

Divagario

Una de rojillos

Philip Roth continúa su saga sobre la vida en Estados Unidos. Primero fue Pastoral americana, una historia de cómo los sesenta tocan a tu puerta de la manera más radical. Tu hija se vuelve una terrorista. ¿Cómo una familia judía enfrentó ese choque de generaciones que parecía asimilada al american way of lifé! Esa es la primera trama de la primera parte. Ahora, la secuela Me casé con una comunista tiene como telón de fondo la historia de una época que hizo de la persecución de comunistas, imaginada como una cacería de brujas, un deporte nacional, la era McCarthy. Un matrimonio, en tiempos de la Guerra Fría, cuando el espionaje y la infiltración eran una manera de tener al enemigo en casa viviendo acosado por el amenaza de pasar a ser uno más en una lista negra.

—José Carlos Castañeda

Joaquín Cortés

El cambio es inevitable. Toda realidad implica un cambio. Así, buscando nuevas formas de expresión, el arte flamenco ha sufrido en los últimos años importantes transformaciones. Como ejemplo de ello, Joaquín Cortés llega a México con una propuesta en la que el flamenco “puro” cede su lugar a un flamenco donde ritmos caribeños matizan “otra” forma de hacer y sentir el flamenco. Como todo innovador, Cortés enfrenta la difícil tarea de transformar una tradición, sin llegar a quitarle su expresión esencial. Es decir, el flamenco es y seguirá siendo la manifestación más pura del pueblo gitano y, como tal, debe conservar su espíritu. Joaquín Cortés pertenece a una nueva generación de bailaores que, en busca de la originalidad estética, prometen creación, sin olvidar la tradición,         n

—Sally Avigdor

Numeralia

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NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

20

1.Porcentaje de automóviles que circulan en el DF donde hay un arma de fuego.

2,052

2.Personas que, entre 1997 y 1999, murieron en el DF por disparo de arma de fuego.

8

3.Porcentaje de las infracciones que se levantan en el DF y que luego son pagadas.

700

4.Aviones israelíes de combate.

0

5. Aviones palestinos de combate.

Dólares que gastará el gobierno británico para promover la virginidad entre las adolescentes.

5,000 dólares

6.Precio que un palestino de Jerusalén Oriental debe pagar por una licencia de construcción. 61

7. Porcentaje de británicos que juzgan el consumo de hachís como “inocuo”.

6,000,000 de dólares 8. Sueldo del rey Juan Carlos de España en el 2001. 70,000 dólares

9. Sueldo del presidente español José María Aznar en ese mismo año.

26

10.Actos violentos que se transmisten por hora en la barra infantil de la televisión mexicana.

Porcentaje de la población mexicana que prefiere el agua embotellada al agua hervida.

Porcentaje de mexicanos que llevan una vida sedentaria.

3,500

11. Empresas de agua embotellada en México.

0.85

12.   Litros de agua embotellada que un mexicano consume al día.

20

13. Porcentaje de boxeadores que a su retiro padecen daños cerebrales crónicos. 105

14. Niños que nacen en el mundo por cada cien niñas.

56

15. Porcentaje de jóvenes  mexicana(o) s entre 13 y 19 años que ya iniciaron su vida sexual.

11,000

Jóvenes mexicanas entre 12 y 14 años que tuvieron un hijo en 1999-

20

16. Porcentaje de nacimientos en México que se registran entre mujeres adolescentes.

2,540

17. Prostitutas en el barrio de La Merced.

77

18. Porcentaje de esas prostitutas que son madres solteras. 16,000

19.      Rusas que mueren al año víctimas de la violencia doméstica. 500

20.      Profesiones en Rusia que siguen vetadas para las mujeres.

Fuentes: 1-3. La Crónica: 9 de octubre de 2000: 4-5. El País: 9 de octubre de 2000; 6. Proceso: 8 de octubre de 2000; 7-9. El País: 9 de octubre de 2000; 10. Milenio: 11 de octubre de 2000; 11-12. Reforma: 3 de octubre de 2000. 13-14. El País: 27 de septiembre de 2000; 5-6. La Jornada: 19 de octubre de 2000; 17-18. Reforma: 15 de octubre de 2000. 19-20. unomásuno: 14 de octubre de 2000.

Roberto Pliego. Escritor. Es subdirector editorial de la revista nexos.

El demonio de la mentira

CIUDAD DE LIBROS

EL DEMONIO DE LA MENTIRA

Emmanuel Carrere: El adversario Anagrama. Barcelona, 2000.172 pp.

El 9 de enero de 1993 Jean Claude Romand asesinó a sus dos hijos, a su esposa y a sus padres. Lo hizo sin temblor ni pasión aunque movido por el cálculo helado. El caso es real y su escenario no resiste contradicción alguna: un pequeño pueblo francés a treinta kilómetros de Ginebra, una comunidad apacible que se tragaba el mundo en un bostezo.

Novela sin ficción, deudora del género inventado por Truman Capote, El adversario reconstruye la vida de Romand, desde la cuna hasta la cárcel de por vida. El resultado es aterrador. No estamos ante James Masón y su parafernalia diabólica, mucho menos ante uno de esos psycho-killers que exigen a gritos su inclusión en el top ten de la crueldad y el sadismo. Estamos, para decirlo con todas las implicaciones morales del caso, ante un hombre bueno. Ahí debemos hallar una de las grandes virtudes de Carriere: en mostrar que la bondad de sobremesa puede encubrir al mayor adversario, el demonio de la mentira. Pues justamente de eso se trata: de cómo una mentira piadosa transformó la vida de Jean Claude Romand hasta convertirlo en un Gran Mentiroso cuyos actos respondían a una lógica en avalancha; y de cómo el encadenamiento de las mentiras lo arrastró al callejón sin salida del asesinato masivo.

A la mitad del puente entre la crónica policiaca y el ensayo, El adversario casi renuncia al estilo para concedernos una certeza apabullante: “Es imposible pensar en esta historia sin decirse que hay un misterio y una explicación oculta. Pero el misterio consiste en que no hay explicación y en que, por inverosímil que parezca, las cosas fueron así”, n

—Isaac Martínez

Los cuentos de Amado Nervo

RETRATOS CON PAISAJE

LOS CUENTOS DE AMADO NERVO

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

Nervo  y los filisteos

De  e la misma manera que su poesía, la prosa narrativa de Amado Nervo (1870-1919) representa un afanoso compromiso entre el exigente arte modernista y las restringidas luces del público al que el autor se dirigía en los últimos lustros del siglo XIX y los primeros del XX.

Era un público mayoritariamente femenino, con escasa escolaridad pese a sus pretensiones de mediana o mayor riqueza, a caballo entre la cultura católica más tradicionalista (provinciana, pacata, conservadora) y las novedades escandalosas de la cultura francesa del fin de siglo (sensualidad, diabolismo, espiritismo y teosofía, lujos y leyendas orientales, adulterio y amor libre: “decadentismo”), introducidas por el periodismo literario y las novedades editoriales importadas de París.

La obra de Nervo es muy vasta y variada, a pesar de su muerte temprana, hacia sus cincuenta años (su angustia ante la Revolución Mexicana y la Primera Guerra mundial, así como algunos desgastes y desgracias personales parecen envejecerlo desde los cuarenta años: cuesta trabajo aceptar que sus fastidiosos poemas de resignación a la Nada, sus “muero porque no muero”, sus despedidas del mundo —”¡Vida nada te debo, Vida estamos en paz!”— y sus desagrados de la carne fueron escritos por un hombre todavía bastante joven), y ofrece argumentos para todo tipo de tesis.

Su conjunto, sin embargo, señala a un autor mucho menos “heroico” (en el sentido de combatir la cultura tradicional) o radical que Darío, Lugones o Tablada, y mucho más preocupado por agradar a su público. Suele ser menos “raro”, menos exótico, menos esteta que otros modernistas; se acerca más a las ideas comunes en su época de la religión, de las buenas costumbres, del patriotismo, de los sentimientos meramente románticos, incluso de las modas: automovilismo, deportes chic, cine mudo, subconsciente, trastornos psíquicos, espiritismo.

Dice bien Manuel Durán en el prólogo regular a su mala selección de Cuentos y crónicas de Amado Nervo (UNAM, 1971): “Ñervo escribe, pues, no sólo para los iniciados, sino también para los filisteos”. (“Filisteos” es un anglicismo para “burgueso- tes”.) No lo hizo por mera inmoralidad o venalidad —a pesar de sus enormes éxitos y de sus puestos diplomáticos, ganaba poco y vivió casi en la pobreza—, sino por la ambición de ser un escritor profesional, un escritor con público, y no un anacoreta estético (aunque como tal guste posar en sus poemas). Esa ambición exige hacer grandes concesiones a los prejuicios y modas del público, como lo vemos en casi cualquier autor “de arrastre” de nuestro siglo. La moralina católica pesa más en Nervo que en cualquier otro gran escritor mexicano, López Velarde incluido. Hasta en el Nervo más osado hay todo un minucioso reglamento de buenas costumbres, un protocolo del comme il faut.

De ahí que haya resultado, especialmente en su poesía, pero también en ciertas narraciones, ensayos y artículos, uno de los autores más populares de su época en toda Hispanoamérica. Y expurgando algunos textos temerarios, por lo general poco divulgados, como los seleccionados por Pacheco en su Antología del modernismo, devino uno de los poetas más “convenientes”, más aprobados por padres de familia, curas y maestros de escuela. Hasta la fecha, según afirma Luis Miguel Aguilar en su Poesía popular mexicana, representa el autor que mayor cantidad de poemas ha legado a nuestra memoria popular. .. y a la declamación en ceremonias y medios de comunicación, al estudio en las escuelas primaria y secundaria tanto clericales como oficiales.

Por ello mismo, al menos desde los años veinte, Nervo empezó a resentir el desprecio de los pequeños sectores más ilustrados y modernos del público, y por supuesto de los nuevos escritores. Chocaban su frecuente chabacanería, sus golpes de pecho frente a unas trenzas de mujer, sus poemas que casi o sin el casi imitaban plegarias u oraciones religiosas, su simplismo expresivo y mental. Sus bodas de Baudelaire con Ripalda.

El bachiller

Siempre se ha sabido, sin embargo, que hay varios Nervo; que tiene textos difíciles e inteligentes, de notables audacias cultures y estéticas. Uno de estos “otros Nervo” es el narrador de muchos cuentos y “novelas”, en realidad relatos largos, como “El bachiller”, “El donador de almas”, “Pascual Aguilera”, etcétera.

Aunque estos cuentos también se dirigen principalmente al gran público (con frecuencia se publicaron en revistas y periódicos importantes), y no a minorías muy avanzadas, muestran a un Nervo más complejo, culto y divertido que el de los poemas famosos. Trata de ser libertino, espiritista, diabolista, sarcàstico, decadentista y algo “inconveniente”. Todo un mundo sensorial y mental, que se interesa incluso en la ciencia y en la ciencia ficción (una operación quirúrgica concede al paciente la posibilidad de ver el futuro, lo que le echa a perder la vida, en “El sexto sentido”).

“El bachiller”, por ejemplo, narra la aburrida historia del seminarista que se debate entre la castidad y el deseo de mujer, sólo que se resuelve con un final desaforado: el seminarista trata de escapar de su conflicto con el recurso del teólogo Orígenes: la castración. Pero a diferencia de otros modernistas, que encontrarían en la mutilación de los genitales una gran oportunidad para muchas “misas negras” (dirigidas al deleite exclusivo de iniciados, en revistas y libros marginales), Nervo recuerda que está escribiendo para un amplio público asustadizo, y narra elípticamente el hecho. Tenemos al seminarista asaltado por los besos de la mujer deseada:

Había caído de rodillas, con sus ropas, el cuaderno que leía, y la palabra Orígenes, título del capítulo consabido, se ofreció a un punto de su mirada. Una idea tremenda surgió entonces en su mente… Era la única tabla salvadora… Asunción estrechaba más el amoroso lazo y dejaba su alma en sus besos. El bachiller afirmó, con el puño crispado, la plegadera, y la agitó algunos momentos, exhalando un gemido. Asunción vio correr a torrentes la sangre…etcétera.

“El bachiller” fue uno de los primeros escritos famosos de Nervo, y acaso el único que atizó el escándalo público en quien se creería ahora el menos escandaloso de nuestros autores.

Aves del paraíso

A caballo pues entre las audacias de la nueva cultura francesa y del más radical modernismo hispanoamericano, por una parte, y la cultura social (parroquial y espesa) de su público, por la otra, Nervo publicó miles de páginas. Es mucho más abundante su prosa que su poesía. E indudablemente mejor, aunque la memoria popular haya privilegiado durante un siglo una veintena de sus poemas más religiosos o románticos.

“Mejor” porque en relatos y crónicas Nervo se siente más libre y encuentra mejores oportunidades de desarrollar sus pre ocupaciones e intereses intelectuales y estéticos. No iban a ser necesariamente memorizados por las señoritas de buena sociedad, quienes de cualquier manera se asomarían a ellos, por lo que habría que tenerles cierta consideración, pero limitada. En muchos de sus poemas, en cambio, jamás se apartaba de su vista, en primer plano, el inmenso coro de escolares o señoritas de buena sociedad a punto de memorizar un “nuevo poema de Nervo” para la próxima ceremonia o tertulia.

La verdad es que, a pesar de todo, siempre resulta un escritor excelente. El don de la lengua literaria se le dio con esa naturalidad abundante y precisa, casi biológica, que vemos en Reyes o en Paz. Así como le fluye, límpida y memorable, la versificación, deja correr la prosa con una musicalidad y una exactitud sorprendentes, incluso o sobre todo cuando escribe de prisa y sobre casi nada, en crónicas y artículos. Sencillamente no sabe escribir mal:

Para escribir un artículo no se necesita más que un asunto: lo demás… es lo de menos. Hay en esto del periodismo mucho de maquinal. Lo más importante es saber bordar en el vacío, esto es, llenar las cuartillas de reglamento con cualquier cosa. El periodista que es hábil en su métier [oficio], de nada, como Dios, hace un mundo de artículos… Prometedme un asunto diario, y en nombre de mi conocimiento del “oficio” os prometo un artículo diario; advirtiendo que no se necesita un gran asunto. Dénmelo ustedes mediano, grande o pequeño, que el artículo saldrá… Desplúmese, por curiosidad, un ave del paraíso, y véase lo que queda. Así, exactamente, son muchos artículos de esos que divierten y aun encantan: aves del paraíso multicolores. Arranquen ustedes las plumas y hallarán… nada entre dos platos.

Lo dicho: como si nada, al correr de la pluma, “aves del paraíso multicolores”. Tal es la prosa de Nervo, y el placer de su lectura, intenso frente a la página, y luego difícil de explicar o analizar en un comentario crítico. Su gran tema es su gran lenguaje. Y cuando hay que “fusilarse” parcialmente otra obra, lo hace con toda tranquilidad, sin correr el trámite de mencionar la fuente: que el lector enterado disfrute el juego; así, por ejemplo, retoma el fusilamiento trucado de Tosca, y con título y todo “La novia de Corintio” de Goethe. Hay muchos préstamos de Verne y Wells en sus incursiones de ciencia ficción aplicadas a la conciencia humana, a los viajes en el tiempo, a la inmortalidad, a existencias o personalidades múltiples o paralelas.

Resulta uno de los prosistas de su tiempo que menos ha envejecido, acaso por esa distancia hacia el lenguaje preciosista del modernismo, por esa fidelidad al habla común del público (como publicaba mucho en España, su prosa se llenó de españolismos, como los “magüer” o los “la habló, la dijo”); por su deseo de claridad y de amenidad: por su compromiso parcial con el público “filisteo”, que le impidió las extravagancias estetizantes del modernismo que muy pronto pasaron de moda. No suena hoy tan fechado como el Azul de Rubén Darío.

Su periodismo —”aves del paraíso, fuegos fatuos”— es aun mejor, a ratos, que la prosa de los cuentos, y revela al hombre cultísimo (Mallarmé, Nietzsche, William James, Bergson, Maeter- linck, H. G. Wells, incluso Picasso) que intenta esconder en la mayor parte de su poesía “simple”. El prosista formidable, hoy en día sólo para iniciados, es uno de los “otros Nervo” que el lector puede encontrar en las Obras completas, edición de Francisco González Guerrero y Alfonso Méndez Planearte, con sendos ensayos preliminares (Editorial Aguilar). (Entre los estudios de su obra está el clásico de Alfonso Reyes: Tránsito de Amado Nervo, en sus Obras completas, Fondo de Cultura Económica; y la revisión académica de Manuel Durán: Genio y figura de Amado Nervo, Buenos Aires, Eudeba, 1968).

El donador de almas

“El donador de almas” figura como uno de sus relatos más risueños. Entreveo en esta broma astrológica y hasta cabalística la sonrisa “zumbona” de Anatole France (que se delata aún más claramente en “El ángel caído”). Es uno de los varios relatos espiritistas, que incluso podríamos llamar fantásticos, erigiendo así a Nervo en un caso raro dentro de una literatura, como la mexicana, tan sometida al realismo.

Un hombre, médico de profesión, se enamora del alma de una mujer. La mujer está físicamente recluida en un convento, pero cae dormida y su alma escapa y va a enamorarlo. El hombre la entretiene un día demasiado, de modo que el cuerpo de la recluida muere en el convento, y queda el alma flotando en el espacio, urgida de otro cuerpo en qué sustentarse, o se desvanecerá sin remedio. No hay cuerpo a la vista donde alojar al alma amada y desesperada. El hombre le ofrece entonces la mitad de su cerebro.

¡Por fin se consuma el Arquetipo! El Andrógino platónico, el Hermafrodita original, el hombre-mujer, la pareja en una sola entidad, la unión perfecta. Pero empiezan a aparecer ciertos inconvenientes: por ejemplo, la tentación de realizar físicamente ese amor, pero en un solo cuerpo. El “místico” Amado Nervo se encuentra en el brete de narrar estas “dos almas en un solo cuerpo”, que se regodean en la vulgar e innombrable masturbación. Habrá que contarlo todo con prudencia y elipsis. A Nervo nunca le falta ingenio:

José Castro Leñero

No hay manera de expresar el contentamiento y deleite de los dos hemisferios del cerebro del doctor. ¡Se amaban! ¡Y de qué suerte! ¡Como a nadie que no sea Dios le ha sido dado amarse en toda la extensión de los tiempos y en toda la infinidad del Universo mundo! ¡El doctor era, en efecto, como un dios! ¡Se amaba de amor a sí mismo! [...] Cierto, algunas veces, tales y cuales miserias fisiológicas ruborizaban al doctor por ministerio de su semicerebro.

Narraciones y poemas en prosa

El Nervo narrador gravita en torno a Maupassant (v. gr. el adulterio como surtidor de diversiones, en “Una mentira”), a Anatole France, y hasta, por desgracia, a Paul Bourget (la manía de “psicologizar” a sus personajes, mediante meros juegos de palabras, algo pedantescos).

Pero es un conversador fascinante y humorístico. No se adivina tal vocación por la travesura, los juegos impropios, las ironías libertinas en sus “tan sentidos” poemas. Por ello gana en los relatos largos. Cuenta incluso con relatos históricos: “Mencía”, en ciertas ediciones titulado “El sueño”, que es al mismo tiempo un juego calderoniano sobre el trueque de sueño y realidad, un viaje al pasado o desde el Toledo del Greco y Felipe II al siglo XX, y un alarde de erudición y virtuosismo en filología y cultura hispánicas; con curiosas invenciones de algún Mefistófeles dedicado al bien como “acto gratuito” (“El diablo desinteresado”); con apologías del peligro como “El diamante de la inquietud”, donde se postula que toda la dicha humana reside en su precariedad: el goce seguro y durable no constituye felicidad alguna, sino ennui, spleen-, y extrañas incursiones en los terrenos de la personalidad o conciencia doble o múltiple (“Amnesia”).

En los relatos largos, que llama novelas pero que son cuentos que el lector alcanza cómodamente a disfrutar de una sola sentada, puede permitirse todo tipo de ires y venires verbales; y se desvanece un tanto en los cortos (Cuentos misteriosos, así como “poemas en prosa” dispersos en varios títulos misceláneos), más restringidos a la viñeta simbólica o fabulesca, más próximos a sus poemas, o las parábolas de un Nietzsche, de un Tagore, de un Gibrán Jalil Gibrán, o del Gide de Los alimentos terrestres, con sus aires de profundidad a ratos dudosa mediante enigmas preciosistas.

“Prosas poemáticas”, dirían los académicos cursis. Son las que Manuel Durán, pasándose de listo, privilegia en su fastidiosa “antología” de Cuentos y crónicas de Nervo, que parece compuesta adrede para ahuyentar a los lectores. Error: Nervo es mejor narrador cuando poetiza menos: cuando construye anécdotas y crea personajes enteros, y trama, describe y bromea sobre material menos lírico o simbólico. Como en tantos simbolistas y surrealistas, también en él la “prosa poética” se antoja a ratos como una forma pretenciosa de la charlataneria espiritualoide. Also sprach Nervo. Y por lo demás, no la necesita en cuanto narrador: sabe contar muy bien una historia propiamente dicha, y tiene una docena de relatos largos excelentes. Queden las parábolas y viñetas simbólicas para su poesía.

De cualquier modo, en todos sus textos narrativos, como en sus artículos y crónicas, fluye numeroso y feliz el genio de la lengua, como no se había visto antes en la literatura mexicana, salvo Gutiérrez Nájera.

Pascual Aguilera

“Pascual Aguilera” me parece el relato más logrado. Sus escenas rancheras asombran por su facilidad. Retratos al natural precisos y rápidos. Se acercan al ideal, tan buscado en el siglo XIX, de narrar como idilio la vida de un rancho o de una hacienda. Aquí se permite Nervo dos momentos escabrosos.

Ha muerto el hacendado, dejando como herederos a un muchacho de incontrolable lujuria y a la viuda devota, aún joven, su madrastra. Como un anticipo de Allá en el Rancho Grande, el chamaco hacendado trata de arrancarle la primicia a una preciosa ranchera que está a punto de casarse con un trabajador de la hacienda. La muchacha se defiende y salva su honor, pero luego, recordando los forcejeos furiosos del fallido violador, conoce a solas su primer orgasmo, en plenas vísperas de su boda:

Refugio volvió a la cama y se echó en ella sollozando. Diría todo a Santiago [su novio]… Pero no se lo dijo. ¿La hubiera él creído ilesa? Ya libre de todo riesgo, sola ya, su carne se rebeló empero de un modo extraño, y el recuerdo de la brutal audacia que estuvo a punto de hacerla víctima, fue un excitante poderoso.

Si en aquellos momentos hubiera vuelto Pascual, habriala poseído. Sus deseos indefinidos de virgen tumultuaban por el brusco sacudimiento despertados… Las repugnancias que Pascual le inspiraba desaparecían. Continuaría odiándole mañana, mas ahora le deseaba; revolcábase en el húmedo lecho, dolorida y anhelosa, paseando por su cuerpo las manos temblorosas con suaves e inconscientes caricias. Y aquella noche Refugio tuvo la primera revelación del amor…

El novio de la chica era un ranchero fornido, guapote, casi Tito Guízar. No había modo de enfrentarlo físicamente. La viuda virtuosa, además, se interponía como la fiel protectora de Refugio. Pascual Aguilera debió asistir, impotente y pálido, a toda la boda ranchera, minuciosa y magníficamente narrada, con platillos regionales, jaripeos y jineteadas, jarabes y zapateados.

Pero en la noche, desde su ventana, Pascual divisó la cabaña semialumbrada donde se consumaba la boda; y fuera de sí, rabioso de lujuria y despecho, loco y ciego, asaltó a la única mujer a la mano: la viuda virtuosa, su madrastra. No le quedó a Nervo otro recurso, después de este arrebato, que matar al lujurioso, quien sucumbió en cuanto consumó sus furias nada menos que por toda “una hemorragia cerebral con inundación ventricular, ocasionada por alguna intensa conmoción fisiológica debida a la histeria mental”, y dejar a la viuda llorando a mares en el confesionario.

Probablemente Amado Nervo jamás escapará de los emblemas, tan simplotes y tan queridos, de la veintena de poemas popularísimos que toda Hispanoamérica ha memorizado y declamado durante un siglo. Pero en sus gruesas Obras completas nos aguardan los “otros Nervo”, sorpresivos y estimulantes. Menos devotos y sermoneadores. Menos recitadores de Kempis. Con menor turismo teosófico. Menos cerradores de ojos ante la vida por “miedo de amar con locura, de abrir mis heridas que suelen sangrar”. Menos llorón o azucarado y más capaz de sonrisas y hasta de carcajadas mefistofélicas. Mucho más complejo y terrenal. En su prosa no aparece tanto ese “melancólico caballero del Greco”, como pretendía definirlo Tablada, sino un jocundo aventurero de muchas vidas.

Se alza, sin duda, como uno de los autores más dotados de toda nuestra historia literaria. Acaso ya sea tiempo de que la opinión culta le levante el castigo o el ninguneo con que se le ha cobrado su desmesurado, ciertamente abusivo, éxito popular. Pocas veces la lengua castellana se ha visto más rica y feliz en México que en los variados escritos, desde luego siempre sujetos a polémicas parciales, de Amado Nervo, n

José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente libro es Poemas y elegías.

El futuro todavía no es nuestro

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EL FUTURO TODAVÍA NO ES NUESTRO

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

El pasado lunes 9 de octubre, nos reunimos en el Club de Industriales para presentar el libro México 2030, nuevo siglo, nuevo país, publicado por el Fondo de Cultura Económica y coordinado por Julio Millán y José Antonio Alonso Concheiro. Participamos en este acto, el segundo de muchos, los dos coordinadores del libro, el director del FCE, Miguel de la Madrid, Fernando Solana y yo, así como nuestro anfitrión José Carral. Ahí recordamos con tristeza la desaparición prematura de José Gómez de León, cuyo profundo trabajo sobre los futuros demográficos del país constituyó un punto de partida y una referencia obligada, aunque no siempre explícita, de casi todos los capítulos que forman este útil volumen exploratorio de nuestros posibles y probables porvenires.

Gómez de León, como se podrá constatar en el libro, abre una ventana de esperanza para México, al hablar de un “bono” demográfico que podría constituir la base social de un nuevo y renovador ciclo de expansión económica con bienestar. Las condiciones económicas creadas por el cambio estructural de los últimos lustros podrían, en el contexto creado por el cambio en la estructura y el ritmo de crecimiento de la población, potenciarse por fin y dar lugar a un curso dinámico de una economía que ha tardado demasiado en crecer, con las consecuencias sociales conocidas. Sin embargo, hay que decir que lo que el ilustre estudioso documentó y proyectó fue una oportunidad cuya concreción no se dará por sí sola, sino a partir de decisiones y acciones públicas y privadas que aún están por precisarse y definirse. En lo que sigue, doy cuenta de mi intervención que quisiera dedicar a la memoria de José Gómez de León, un mexicano comprometido con rigor pero también con pasión en la lucha por superar pronto y bien la gran vergüenza nacional de la pobreza extrema de masas, que hoy cubre a la vida mexicana.

El futuro no existe, se inventa y se construye a partir de proyectos y visiones pero también, desde luego, de las tendencias y estructuras de la realidad que definen el presente. Esta fue, se dice con claridad en la introducción al libro hecha por Julio Millán y Antonio Alonso, la premisa maestra de las varias y ricas comunicaciones que forman el volumen que hoy presentamos.

En esa perspectiva, la colaboración que firmamos Enrique González Tiburcio y yo es, en lo esencial, un antifuturo, el cuadro plástico y lo más expresivo que nos fue dado hacer de un porvenir indeseable al que hay que salir al paso desde hoy, si es que se quiere para México un mañana habitable. En nuestro trabajo vimos hacia adelante, como aconsejaban los promotores del libro, pero lo que vimos no nos gustó.

La política y la economía, hoy enmarcadas por la democracia y la internacionalización del mercado más ambiciosa que registra nuestra historia económica, tienen en la cuestión social a su principal desafío. Ni una ni otra, ni en la combinación que se quiere implantar como fórmula para la convivencia de los mexicanos del siglo que entra, se volverán asignaturas cursadas y aprobadas si no ofrecen respuestas aceptables, creíbles y duraderas, al panorama desolador y vergonzoso que forman la pobreza de masas y la concentración aguda de ingresos, riqueza y oportunidades. Este es uno de los saldos más pesados y extendidos con que la sociedad mexicana cierra el siglo XX.

Se concluye un milenio y nos acercamos a dar por terminado un ciclo de evolución histórica que la Revolución mexicana abrió, cuando apenas empezaba a terminar para nosotros el siglo XIX. A horcajadas entre épocas y extremos de la evolución mundial, nuestro desarrollo nacional pudo sortear los laberintos de la Gran Depresión de los años treinta y de las dictaduras totalitarias, acercarse a la renovación productiva mediante la industrialización y dar paso a una indudable modernización social, que trajo a la escena del siglo XX mexicano la urbanización, la ampliación demográfica, la sociedad de masas.

Lo que no se pudo implantar, como sistema y convicción pública y de Estado, fue la justicia social ni se alcanzó a construir una política democrática creíble y tangible, reconocida por su aptitud para producir gobernabilidad y estabilidad en medio de la deliberación y la confrontación que son propias de los sistemas políticos plurales.

Hoy estrenamos siglo y queremos también estrenar ciclo, adjetivado por la democracia plena y un desarrollo económico sostenido e innovador. Apostamos por la economía abierta y de mercado y apenas hace unos pocos años, también por la descentralización de la política, a la que queremos deliberativa a la vez que eficaz desde el punto de vista institucional. Esos son, parecen ser, los derroteros maestros para plantearnos madura y sensatamente la construcción de un futuro bueno, mejor que el pasado y que la dura actualidad que hemos vivido.

Todo esto está muy bien y puede decirse que es el cemento que unifica y puede dar solidez al espíritu público que emerge al calor de la democracia y del dramático cambio económico de las últimas décadas. Pero no basta y será del todo insuficiente si la sociedad del nuevo siglo no asume con claridad descarnada la realidad de desigualdad y penuria masiva que hoy define al conjunto de la sociedad nacional; define al conjunto, porque se trata de una circunstancia compleja y omnipresente que marca los reflejos más primarios, y por eso más defensivos, de los núcleos favorecidos o privilegiados de la población, que suelen ser también los que ocupan los puestos dirigentes de la sociedad y del Estado.

Este es nuestro mensaje de antifuturo. No habrá vida buena, con toda la democracia y la modernidad económica que se quiera, si nuestra cultura y nuestra renovación política no se ponen pronto al servicio de una profunda revisión y reconstrucción de nuestras sensibilidades esenciales, aquellas que nos remiten a los términos básicos de nuestra convivencia como nación y como colectividad estatal, y que deberían llevarnos a declarar como inaceptable un porvenir como el que se proyecta en las páginas de nuestra entrega sobre la cuestión social que viene, pero que ya está aquí entre nosotros.

Dejamos para otro tiempo y lugar el tópico de las políticas públicas y las estrategias que a nuestro juicio podrían ponerse en acto para volver realidad otro futuro. Preferimos llamar la atención del lector sobre la importancia que la cultura, como producción colectiva y como entorno, puede tener para esos fines de redención y justicia que es preciso poner en el centro de la agenda nacional, entre otras cosas porque salieron de ella precisamente cuando más se necesitaba que estuvieran dentro. Sólo a través de una auténtica fusión entre cultura y política, como ocurrió en las primeras décadas del siglo que se va, podremos aspirar a que una nueva sensibilidad permeé nuestras políticas de Estado y le imponga a la organización económica los reflejos de solidaridad y cooperación sin los cuales sus éxitos productivos pronto se verán corroídos por la violencia, el desencanto o la escisión social y regional.

El barón de Humboldt describió a México como la tierra de la desigualdad. A casi dos siglos de que este gran sabio nos visitara, tenemos que admitir que no hemos podido dejar atrás ese relato que conmovió a sus contemporáneos y que debería llevarnos hoy a un gran compromiso, un acuerdo en lo fundamental como lo llamaba Mariano Otero, destinado a reducir pronto la distancia entre la opulencia y la miseria, como lo quería aquella sensibilidad por la que luchó Morelos y quedó plasmada como programa máximo de la nación en sus sentimientos.

Historia, política y cultura, en real y concreta emulsión, es lo que puede inspirar hoy, para mañana, un nuevo curso que nos permita apropiarnos del futuro, en un ejercicio de razón y ambición que urge introducir en la reflexión nacional.

Ayuda de memoria

Ser o no ser modernos se volvió una suerte de obsesión que contaminó las mentalidades en el Estado y una parte de la sociedad, sin que mediara una reflexión cuidadosa sobre su o sus significados y traducciones a la política y las políticas públicas. Como resultado tenemos una serie de contradicciones medio inventadas entre modernos y ¿no modernos?, arcaicos y ciudadanos mundanos que se quisieran del mundo, sin caer en cuenta que todavía sobrevive en el ambiente aquel binomio entre apocalípticos e integrados de que habló Eco hace unas décadas.

Volver a revisar los procesos de cambio de estos lustros se impone como ejercicio, para entre otras cosas recuperar una discusión que la apresurada entrada a una modernidad en parte ilusoria se empeñó en clausurar: el debate sobre el proyecto nacional. Apenas como tímida provocación, cito a Oskar Lafontaine.

Los libros sobre la mesa

En El corazón late a la izquierda (Paidós, 2000), el ex ministro de finanzas alemán y ex presidente del SPD, apunta:

Si se intenta averiguar qué entienden por modernidad quienes hoy pasan por modernizadores, resulta que para ellos ese término no significa más que la adaptación económica y social a los supuestos imperativos de la globalización. Los anglosajones no tienen ninguna protección contra el despido: seamos modernos y eliminemos esa protección. En muchos países se recortan las prestaciones sociales: seamos pues modernos y recortemos también las prestaciones sociales. En muchos países se rebajan los impuestos sobre las empresas, pues de lo contrario los empresarios cierran y se marchan: seamos pues modernos y rebajemos los impuestos sobre las empresas. Los norteamericanos apenas someten a restricciones la ingeniería genética: seamos pues modernos, pasemos por alto sus riesgos y eliminemos las restricciones. La modernidad ha degenerado en la mera adaptación a los imperativos económicos. La cuestión sobre cómo queremos convivir y qué clase de sociedad queremos, se ha convertido en una cuestión anticuada y ya no se plantea en absoluto.

Los socialdemócratas entienden (la) modernidad de forma totalmente distinta. Este concepto… pertenece a la tradición de la Ilustración y apunta a la libertad individual. En la acepción socialdemócrata del término, moderna es toda aquella reforma estructural que potencia la libertad individual, es decir, suprime relaciones de dependencia y abre nuevos espacios de libertad. (p.59)             n

San Pedro Mártir, Distrito Federal 10 de octubre de 2000

Rolando Cordera Campos Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

El cierre ciclónico

EL CIERRE CICLÓNICO

EL  PODER NO CORROMPE A LOS HOMBRES; LOS TONTOS, SIN EMBARGO, SI ACCEDEN A UNA POSICIÓN DE PODER, CORROMPEN EL PODER”. Bernard Shaw.

Al cierre ciclónico encontramos este aforismo de Chamfort: “¿Qué importa si es Tito o si es Tiberio quien ocupa el trono, cuando cada ministro es un Sejano?”. Estos son algunos datos de Sejano, según la entrada de Jorge Martínez Pinna en el Diccionario de personajes históricos griegos y romanos (Editorial Istmo, Madrid, 1998): “SEJANO. Lucius Aelius Seianus (muerto en el 31 D.C.). —Nacido en una distinguida familia ecuestre de Bolsena, en el 14 D.C. Fue nombrado prefecto del Pretorio junto a su padre y algo después, comandante único de esa unidad, que bajo su mando fue acuartelada junta en los castra Praetoria. Ejerció una gran influencia sobre Tiberio. Tras la muerte de Druso en 23 (que los rumores achacaban a su agencia) la influencia de Sejano en el Senado fue total, ejerciéndola mediante las acusaciones de traición contra sus enemigos, generalmente los partidarios de Agripina. En el 25 trató de casarse con Livila, la viuda de Druso, pero Tiberio no lo permitió; en el 27, al retirarse éste a Capua,

Sejano quedó como dueño absoluto de Roma y en 29 consiguió desterrar a Agripina y a Nerón César; al año siguiente, Druso César era encerrado en palacio. En el 31, Sejano era cónsul, tenía el imperio proconsular y esperaba la concesión de la tribunicia potestad y quizá se preparaba para apoderarse del principado. Pero Tiberio fue informado por Antonia y Sejano detenido, juzgado por el Senado y ejecutado. La facilidad con que se desmontó el complot indica que éste era falso o que estaba todavía en sus inicios”.

Lo que tarda el espíritu. Dice Robert Graves en uno de sus ensayos: “Nunca he estado en Atenas, Corinto, Micenas, Constantinopla ni Jerusalén. La verdad es que no me gusta visitar lugares de interés o antiguos monumentos de una forma programada y tengo poco tiempo libre para hacer viajes de placer por el extranjero. Probablemente los árabes tengan razón cuando dicen que el espíritu humano no puede volar a más velocidad que la de un camello al trote, y si tu cuerpo se ha adelantado en un Cadillac, un avión o un tren exprés, tu espíritu puede tardarse varios días en alcanzarlo. Ya es bastante desagradable que un ascensor moderno me suba vertiginosamente veinte pisos. Cuando llego, siempre tengo que esperar un minuto o dos para dar tiempo a que mi rústico espíritu me siga por las escaleras”.

 

Tocquevillianos y democracia civil

TOCQUEVILLIANOS Y DEMOCRACIA CIVIL

POR CARLOS A. FORMENT

Los seguidores de Tocqueville, dice Carlos Forment en este ensayo apasionado y pleno de fuerza argumenta, se han autoproclamado guardianes de la democracia. Desde Italia y Estados Unidos, sus ideas se dispersan con un ímpetu casi religioso. Cuidado con ellos, dice Forment, mucho cuidado.

La  discusión actual entre neo-tocquevillianos acerca de la naturaleza de la democracia moderna es, podría decirse, la más importante desde aquella que tuvo lugar durante la Guerra Fría, justo después de la stalinización y la desnazificación de las mitades oriental y occidental de Europa, cuando toda una generación de académicos y pensadores se reunieron a discutir los orígenes de la dictadura y la democracia, por hacer referencia al título del influyente trabajo de Barrington Moore Jr. Pero el actual debate es diferente al anterior en por lo menos un punto básico: aún no ha generado un renacimiento en el pensamiento democrático.

Hoy en día los académicos neo-tocquevillianos debaten la relativa importancia que cada terreno público (sociedad civil, sociedad política, sociedad económica, esfera pública, centros sociales) tiene para el desarrollo de la democracia civil. Predominan cinco perspectivas. Los académicos del primer grupo, como Robert Putnam y Alan Wolfe, le otorgan prioridad a la sociedad civil. De acuerdo a ellos, las asociaciones de caridad, las de autoayuda, las educacionales, religiosas, étnico-raciales, recreativas, laborales y culturales, proporcionan a los ciudadanos un espacio para crear lazos de solidaridad y reconocer a los demás como miembros de la misma comunidad moral. En estos grupos, los ciudadanos también adquieren habilidades prácticas como las de organización y deliberación, lo que les permite convertirse en demócratas eficaces y competentes. La sociedad civil es la base de la democracia moderna. Los grupos civiles dan a los ciudadanos el espacio que requieren para cambiar sus hábitos y desarrollar una personalidad democrática. Pero las grandes empresas y los funcionarios del Estado han colonizado a la sociedad civil, minando así la capacidad ciudadana de practicar la solidaridad y destruyendo el material socio-moral que se requiere para sostener una democracia civil.

Víctor Pérez Díaz, Ralf Dahrendorf, Jean Cohén y Andrew Arato, entre otros, atribuyen similar importancia a la sociedad política. Según éstos últimos, los partidos políticos, los grupos de presión y los movimientos masivos, ya sea por su cuenta o en colaboración con funcionarios de gobierno, brindan a los ciudadanos la oportunidad de adquirir y utilizar los recursos institucionales de los estados locales y centrales para redistribuir el poder socioeconómico y el institucional de las minorías privilegiadas a las mayorías. Actuar de común acuerdo hace posible, incluso para los ciudadanos menos privilegiados, generar poder social y usarlo para influir en las políticas de gobierno. Sin embargo, grupos de presión acaudalados y poderosos, de todo tipo, han erigido una muralla masiva alrededor del Estado para bloquear el acceso de los ciudadanos a los funcionarios. Los políticos se han vuelto menos responsables e incapaces de responder a las exigencias de su cargo ante la nación entera, provocando que la mayoría de los ciudadanos se retiren de la vida pública.

El tercer grupo de neo-tocquevillianos, con Michael Novak, Ernest Gellner y Peter Berger como ejemplos, proclama que la sociedad económica es fundamental para la vida pública. De acuerdo a ellos, el capitalismo de mercados descentraliza la riqueza, genera diversas formas de derechos de propiedad y democratiza la vida económica, haciendo que consumidores y productores en este campo difundan la libertad personal a todos los demás. En contraste con las sociedades centralizadas en el Estado y organizadas de manera comunal, aquellas que se manejan por medio del mercado proporcionan a los ciudadanos un acceso relativamente libre a los recursos económicos, base de la libertad democrática. Las sociedades de mercado son también únicas en cuanto a su habilidad para desdibujar las diferencias socioétnicas y religiosas, y suavizar el trato entre los ciudadanos, por lo que obligan a productores y consumidores a dejar a un lado sus propios prejuicios y adherirse a las leyes de la oferta y la demanda. Aun cuando el mercado no cumpla su promesa democrática, sí retiene un mecanismo interno que le permite reajustar y corregir sus propias deficiencias. Pero de acuerdo a los críticos, éste ya no es el caso. Grandes corporaciones han alterado de manera radical la estructura y la dinámica de la vida diaria en la esfera económica, provocando la monopolización de los recursos y propagando las prácticas antidemocráticas en la vida pública.

Jurgen Habermas y sus seguidores argumentan que la esfera pública es el eje central de la vida pública. La deliberación en público expone a los ciudadanos a puntos de vista opuestos y les enseña a volverse críticos y tolerantes en sus actitudes hacia ellos. Los debates públicos alientan a los ciudadanos a reconsiderar sus intereses e identidades a la luz de otros nuevos, generados a partir de la misma discusión. Además, la esfera pública, más que ningún otro terreno, proporciona a grupos excluidos un foro y un medio para ganarse el reconocimiento de sus compañeros ciudadanos y engrosar la agenda pública mediante la incorporación en ella de sus necesidades. Estos cambios, aunque útiles, también preparan el camino para el deterioro de la deliberación crítica y la expansión del “entretenimiento de masas”. La democracia, alegan, se ha vuelto un “deporte de espectadores” para verse y consumirse a solas en la privacidad del hogar.

El último grupo de neo-tocquevillianos, con Richard Sennett y Peter Rowe entre los más prominentes, estudia las formas en las que el diseño y la disposición arquitectónicos de las ciudades modernas facilita o inhibe a los ciudadanos para mezclarse en parques, vecindarios, bares, cafés y otros centros públicos de sociabilización. Mientras pasean, beben y conversan, ciudadanos de todas las condiciones superan algunas de las barreras raciales, económicas y de residencia que tradicionalmente los segrega, permitiéndoles reconocer a los demás como miembros de la misma comunidad imaginaria. De acuerdo a los académicos de este grupo, dichas áreas comunes están desapareciendo rápidamente del paisaje urbano debido a las leyes de zonificación, los estilos arquitectónicos y sobre todo al mercado de bienes raíces, haciendo la vida diaria cada vez más sosa y estéril, y privando a los ciudadanos de un espacio de encuentro y convivencia. Hemos perdido la perspectiva, literalmente, de los demás, y por tanto también hemos limitado nuestra visión de democracia.

Los académicos neo-tocquevillianos no se han puesto de acuerdo en cuanto a la relativa importancia que cada terreno público tiene para el desarrollo de la democracia civil; sin embargo, se basan en suposiciones similares. En primer lugar, asumen, en uno u otro grado, que los regímenes democráticos son institucionalmente monocéntricos, atribuyendo una importancia a priori a uno u otro terreno a costa de los demás (como en el modelo de la “superestructura base” usada por los marxistas ortodoxos). Pero al igual que los Estados y los mercados, la vida pública viene en una sorprendente variedad de formas y tamaños, y es en sí misma una expresión de cómo los ciudadanos imaginan y practican la democracia en la vida cotidiana. En segundo lugar, la mayoría de estos académicos también asume que la democracia está basada en un único y relativamente uniforme conjunto de normas abstractas que tiene sus raíces en las tradiciones puritanas o republicanas civiles de Europa Occidental (como en la dicotomía “tradicional-moderna” usada por los teóricos de la modernización). Pero cuando los ciudadanos practican la democracia en la vida diaria, lo hacen de maneras radicalmente particulares, utilizando cualquier recurso sociocultural que tengan a la mano, cortándolos, adaptándolos y haciéndolos a la medida según las condiciones sociohistóricas locales (recuérdese la Virgen Negra de Polonia). Por último, estos académicos tienden a describir las estructuras institucionales como pasivas, accesorios inertes en el horizonte, más que como el producto común de las prácticas cotidianas (como del tipo de “determinismo sin representante” usado por los estructuralistas). Pero, como John Dewey nunca se cansó de debatir, los regímenes democráticos civiles son, por naturaleza, policéntricos, particulares y procesales.

La vida pública en los regímenes democráticos modernos es radicalmente asimétrica, fragmentada y bifurcada, y guarda una extraña semejanza con el milenario juego de mesa japonés Go. En este juego, los movimientos a lo largo de los bordes del tablero son tan importantes, en términos tácticos y estratégicos, como los movimientos cerca del centro, y los jugadores o, en nuestro caso, los demócratas y los autoritarios, hacen maniobras laterales para rodearse unos a otros y establecer un control sobre el área. Los grupos demócratas y autoritarios, al competir entre ellos en la vida diaria, también generan fuentes nuevas y alternativas de poder social y continuamente desplazan el centro de la soberanía democrática. Cada nuevo movimiento de algún jugador trastorna cualquier “balance de poder” que se haya alcanzado durante la ronda anterior, creando una situación de “equilibrio disperso”. A diferencia del ajedrez, los jugadores experimentados de Go nunca planean o dirigen todos sus movimientos en contra de un solo objetivo, de alguna forma estacionario (el Rey), ni emplean una “estrategia de sumar cero” para llevarlos a cabo.

El reciente resurgimiento a nivel mundial del tocquevillianismo tuvo lugar después de casi un siglo de relativo abandono y ahora está listo para llenar los vacíos políticos e intelectuales que dejó el fallecimiento del marxismo. El renacimiento tocquevilliano comenzó en Europa Central y fue iniciado por intelectuales públicos, como Bronislaw Geremeck en Polonia y Vaclav Havel en Checoslovaquia, durante su lucha en contra del socialismo de Estado, y tomó fuerza después de que la oposición ganó poder y fue confrontada con la tarea, de enormes proporciones, de construir una verdadera democracia a partir de los escombros del totalitarismo.

Pero para principios de la década de los noventa, el epicentro del tocquevillianismo había migrado a Europa Occidental y Estados Unidos, y había echado raíces en universidades y fundaciones privadas locales. Estos académicos cambiaron la gramática y la sintaxis de la discusión, para bien y para mal. Por un lado criticaron y superaron la simple dicotomía que había sido central en las primeras discusiones y que se había vuelto famosa con la conmovedora frase de Vaclav Havel: “la sociedad civil en contra del Estado”. Ahora podemos darnos cuenta de que la relación entre ambos es mucho más compleja de lo que él suponía. Pero los académicos neo-tocquevillianos también empobrecieron el debate. Por ejemplo, en Estados Unidos subordinaron el tema de la democracia en sí misma, lo que Tocqueville y sus seguidores actuales en Europa Central llaman “soberanía del pueblo”, al liberalismo. Neo-tocquevillianos de diferentes coloraciones —libertarios, social- demócratas y comunitarios— cambiaron la discusión a asuntos relacionados con la autonomía individual (Nancy Rosemblum), la gobernancia del Estado (William Galston) y la cohesión sociocultural (Robert Putnam), y justificaron este giro argumentando que los retos que enfrentan las democracias maduras son radicalmente diferentes a aquellos que enfrentan las postotalitarias, afirmación que pocos cuestionarían. Pero sus argumentos, aunque teniendo presente los problemas actuales en EU, se basan también en un compromiso a priori con el liberalismo. Su trabajo ha dado nueva fuerza al liberalismo pero a costa, una vez más, de domesticar a la democracia.

La democracia moderna no tiene fundamentos de ningún tipo —ni religiosos, económicos ni liberales, y tampoco deberíamos proporcionárselos andándola en las imágenes convencionales y propias de la época-.

Según el argumento de Claude Lefort, lo que hace que los regímenes democráticos sean tan únicos es su incomparable capacidad para “preservar la indeterminación”. Cuando practican la igualdad social, la deliberación crítica y la libertad política en la vida diaria, los ciudadanos dan forma y textura a una frase que de lo contrario sería hueca: “la soberanía del pueblo”. La soberanía del pueblo, en pocas palabras lo que algunos académicos llaman “el poder social”, es el tipo de poder que los ciudadanos generan cuando se reúnen y se organizan a sí mismos en grupos estables, autónomos y unidos. Para los tocquevillianos el poder social es la fuente de poder disponible para los ciudadanos más confiable, menos costosa y más potente en un régimen democrático, incluso más que aquellas que tienen su origen en la explotación económica, la violencia militar y la dominación burocrática.

En los regímenes democráticos modernos, la producción social, la situación institucional y el significado simbólico de la soberanía del pueblo siempre es cambiante. En estos regímenes, la soberanía nunca es patrimonio exclusivo de un solo grupo; ni los ciudadanos crean la soberanía de la misma manera ni en los mismos lugares; tampoco la transfieren o depositan siempre en las mismas instituciones (legislatura, sistema judicial, presidente, partidos políticos, grupos de presión); y cuando deciden en contra de invertir su soberanía en estas instituciones, lo hacen de diversas formas (no votando, dándole la espalda a la vida política, resistiéndose a la autoridad, saboteando el mercado).

La soberanía en los regímenes democráticos contrasta fuertemente con la forma en la que está configurada en los regímenes aristocráticos y socialistas, que han sido, histórica y políticamente, sus más grandes rivales. En el primero, la monarquía, siguiendo la doctrina de la voluntad divina, se proclama a sí misma la única portadora y la personificación misma de la soberanía en el reino por virtud de su vínculo directo con Dios. Los monarcas alegan ser los únicos que saben realmente en dónde reside de verdad la soberanía (en el trono) y lo que de hecho significa (el gobierno de una minoría), lo que para ellos hace innecesaria la deliberación pública. En los regímenes socialistas, el partido de vanguardia juega un papel análogo. El comité central, en virtud de su conocimiento científico y su pericia técnica sobre las leyes y movimientos de la historia (materialismo dialéctico), designa a sus miembros para que sean los árbitros finales en todos los asuntos relacionados con la soberanía. En este tipo de regímenes, los cabecillas del partido son los únicos capaces de superar la “falsa conciencia” y entender el “verdadero interés” de la humanidad (el proletariado).

Los académicos neo-tocque- villianos nos han proporcionado estudios acerca de la democracia civil en diferentes partes del mundo. El trabajo de Robert Putnam, politòlogo de Harvard, merece especial atención. Sus estudios han hecho más por el renacimiento del tocquevillianismo en el ámbito académico y en la vida pública que los de ningún otro, y los ha llevado a cabo en dos países diferentes: Estados Unidos e Italia. No haré una evaluación detallada de sus escritos en este ensayo; es suficiente decir que sufren de muchos de los defectos que describí con anterioridad.

Pero lo que más me interesa sobre los escritos de Putnam es el impacto que han tenido en la vida pública de Italia y Estados Unidos. Sus libros académicos y ensayos periodísticos, irónicamente, se han utilizado principalmente para promover la exclusión civil y la desigualdad socioeconómica. En Italia, por ejemplo, miembros de la “Liga del Norte” de Humberto Bossi, un movimiento xenofóbico con un amplio apoyo en el llamado “norte cívico”, una región que Putnam aclamó en su libro como el centro de la democracia, se apoyan fuertemente en su trabajo para respaldar sus ideas e incluso lo utilizan en su propia propaganda de campaña en contra del sur “moralmente corrompido”, una región que Putnam describe como depredadora y militante- mente anti-cívica. Y en Estados Unidos, los funcionarios a nivel municipal, estatal y federal del gobierno del presidente Bill Clinton se han apoyado mucho en su argumento sobre el “capital social” para justificar los recortes drásticos en el gasto social para los sectores pobres y marginados del país, alegando que esa es la manera de hacerlos “autosuficientes” y “cívicos”. Los escritos académicos y populares de Putnam han sido utilizados por grupos similares en dos países radicalmente distintos para los mismos propósitos: desdemocratizar la vida social y económica.

El hecho de que Putnam se apoye en el cientificismo ha agregado “rigor” a su trabajo, pero también a mi juicio lo ha hecho políticamente y moralmente maleable; su obra se presta a cualquier causa, sea esta pro o anti-democracia. En los países postotalitarios, los neo-tocquevillianos se apoyaron principalmente en “juicios prácticos” y en la “memoria colectiva” más que en “técnicas positivistas” para defender la democracia. A los escritos de Geremek y Havel, por ejemplo, les hacía falta rigor pero contenían una visión moral y política. Para los pseudodemócratas, su capacidad de expresar esta visión les impedía manipular los escritos en servicio de causas autoritarias, aunque las condiciones sociopolíticas en Polonia y Checoslovaquia eran mucho más fluidas que en Italia y Estados Unidos, y, por lo tanto, la oportunidad para la duplicidad era mayor.

Los académicos neo-tocquevillianos ahora se han autodenominado guardianes de la democracia, en lo que los nuevos expertos en usos horarios llaman “el fin de la historia”. Queda por ver si estos leninistas-liberales, esa nueva vanguardia de la democracia, tendrán éxito aplicando métodos rigurosos para emancipar a la humanidad. Aquellos de nosotros que hemos perdido la fe en ellos y estamos alarmados por el surgimiento de nuevas creencias religiosas (racionalismo y cientificismo) dentro de la vida académica y pública, tenemos la responsabilidad de alertar sobre esto a nuestros colegas y compatriotas, n

Carlos A. Forment. Profesor de la Universidad de Princeton. Autor de Democracia en Latinoamérica.

Para México

PARA MÉXICO ?

El 1o  de diciembre tomará posesión del gobierno de México el presidente electo Vicente Fox. A ese deporte nativo que es la expectación sexenal ante el momento en que el presidente que sale le entrega la banda al presidente entrante, se añaden algunas novedades. Tendremos, sobre todo, el hecho inédito de que esta vez no recibirá la banda presidencial un candidato del PRI. Pero es probable que esto no relegue sino, al contrario, haga más acendrado un mecanismo de la psicología nacional. En materia de sucesiones presidenciales aún opera en la cabeza de los mexicanos algo próximo a los antiguos ritos de la vegetación: se va el rey viejo, ya estéril como la tierra invernal, y llega el rey nuevo con su rama dorada, símbolo y certeza de la fertilidad y la bonanza para todos.

Sobra decir que se han duplicado las expectativas en torno del “rey nuevo”. Nada más puntual o anticipado, entonces, que la publicación en el centro de nuestra revista del texto de Luis Rubio que responde, de modo iluminador y razonable, a la cuestión que planteamos como “Qué esperar de Fox”. Y nada más agradecible, entonces y también, que un texto póstumo de Carlos Castillo Peraza—que ahora ofrecemos a los lectores como un mínimo homenaje a nuestro amigo y colaborador— se planteé la pregunta de “¿Qué gobierno para México?” y responda con una compartible y novedosa manera de medir el buen desempeño de los gobernantes: el buen gobernante será aquel que no le quite el tiempo a los ciudadanos.

Estos textos, que plantean lo nuevo y lo posible, a su modo hablan también por otra urgencia: la de ponerle piso a nuestra desfondada vida pública. Quizá no sea posible volver a la Edad de Oro que refiere Ovidio, como una de las Cuatro Edades, en este mismo número de Nexos, puesto que tal Edad nunca ha existido entre nosotros; pero, localmente, muchos mexicanos de varias crisis encima esperamos, por lo menos, que nuestros cambios de sexenio dejen de volverse sordos y vergonzosos episodios de discordia civil, como extraídos de una versión burda del Laberinto de Fortuna de Juan de Mena (con todo y videntes implicadas). Mal, de por sí, vivir en una atmósfera hiperpolitizada; peor que esa atmósfera pudiera descomponerse hasta el signo ominoso.

LUIS MIGUEL AGUILAR

Pesadillas de la ficción

SERPIENTES Y ESCALERAS

PESADILLAS DE LA FICCIÓN

POR RAFAEL ROJAS

Las letras en lengua española festejan la aparición de la más reciente novela de jorge Edwards, El sueño de la historia. A caballo entre la historia y la ficción, la novela se fragua en las profundidades de la política, en la dolorosa experiencia hispanoamericana. Este ensayo da cuenta de sus alturas literarias.

Jorge Edwards es uno de esos escritores que, por biografía y vocación, habitan en la frontera entre Literatura e Historia. Miembro de una familia eminente de liberales y católicos chilenos, Edwards frecuentó, desde muy joven, los círculos intelectuales de la izquierda sudamericana. A mediados de los cincuenta, mientras el XX Congreso del PCUS revelaba los crímenes de Stalin, el novel cuentista de El patio (1952), animado por su amigo y mentor Pablo Neruda, ingresó en la diplomacia chilena y se convirtió en una suerte de fellow traveler del comunismo heterodoxo. La ruptura frontal de Edwards con el régimen comunista —y con cualquier modelo totalitario de socialismo— sobrevino a fines de los sesenta, cuando conoció, desde la cercanía de un testigo y una víctima, el trasfondo autoritario de la revolución cubana. Esa crítica del comunismo, siempre ubicada en la posibilidad de una izquierda democrática, que encarnó Persona non grata (1973), tuvo sobre su autor el doble efecto de una liberación política y literaria. A partir de entonces, las ficciones de Jorge Edwards han huido cómodamente en el cauce que va de Los convidados de piedra (1978) a El sueño de la historia (2000), su última novela.

Haber sido el primer representante del gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende ante el Estado cubano fue para Edwards una situación límite en la que pugnaron sus roles de diplomático e intelectual. Ante sus ojos, el socialismo autoritario de Cuba y el socialismo democrático de Chile aparecían como resultado de dos tradiciones contrapuestas: el Caribe revolucionario y dictatorial, caudillista y radical; y el Sur parlamentario y democrático, conservador y reformista. A su llegada a La Habana, en diciembre de 1970, la misión de Edwards era contribuir a la alianza entre esos mundos distantes. Sin embargo, el encuentro con una sociedad dañada por el ritual totalitario fue transformando los informes del diplomático en testimonios de un intelectual crítico. El gobierno de Fidel Castro, empeñado en controlar toda la información que se transmitía de La Habana a Santiago de Chile y reacio a permitir que los vínculos entre Edwards y algunos poetas cubanos inconformes (Heberto Padilla, José Lezama Lima, César López, Pablo Armando Fernández, Miguel Barnet, José Rodríguez Feo…) alentaran la disidencia literaria, declaró persona non grata al representante chileno y redujo a tres meses su misión en la isla.

Jorge Edwards fue, pues, testigo presencial de la inclemente sovietización de la cultura cubana, cristalizada en el encarcelamiento y juicio del poeta Heberto Padilla. La publicación, en 1973, de Persona non grata, “una novela política sin ficción”, coincidiría con el golpe militar contra el presidente Salvador Allende, encabezado por Augusto Pinochet, y con la muerte de Pablo Neruda, el melancólico patriarca del comunismo chileno. A partir de ahí, la posición intelectual de Edwards debió avanzar, en fino equilibrio, sobre la cuerda floja de una crítica contra dos flancos latinoamericanos: el castrismo y el pinochetismo. En esa equidistancia de las dos dictaduras paradigmáticas del continente, la política literaria de Jorge Edwards protagonizó uno de los compromisos morales con la democracia más elocuentes del siglo XX latinoamericano. Me atrevería a decir que, en América Latina, la crítica de los autoritarismos de izquierda y derecha sólo alcanza una plena consagración literaria en cuatro autores: el mexicano Octavio Paz, el peruano Mario Vargas Llosa, el chileno Jorge Edwards y el cubano Guillermo Cabrera Infante. Los demás, raras veces conservaron el equilibrio: algunos fueron tímidos con las juntas militares del Sur y casi todos persistieron demasiado en su idilio con la revolución cubana.

Toda una vida entre Literatura e Historia marca, pues, la obra de Jorge Edwards. A raíz del plebiscito de 1988, contra la prolongación de la dictadura, y el arranque de la transición chilena al año siguiente, la literatura de Edwarus dio un giro hacia la destilación de la experiencia, un giro hacia la memoria: el género que, junto a la biografía, escenifica mejor la infiltración de lo histórico en lo ficticio. Esta voluntad reminiscente se plasmó, primero, en Adiós poeta (1990), el libro que evocaba su decisiva relación con Pablo Neruda, y luego, en El origen del mundo (1996), y, sobre todo, El sueño de la historia (2000), la última novela, que bien podría ser leída como un arte poética de toda su narrativa. Sin ánimo de subrayar una consumación, que implica tanto la plenitud como el término de una obra, diría que El sueño de la historia es el desenlace literario de una biografía siempre ubicada en el vórtice del torbellino político: la Cuba de Castro, el Chile de Pinochet, la España de Franco… Insisto, en el vórtice del torbellino, un oasis en medio de ráfagas devastadoras, donde la calma propicia un espíritu de moderación y templanza. En buena medida, todos los desencuentros políticos de Edwards son asumibles a la tragicidad de los moderados. En la historia de su país, Chile, ese destino fatal de la moderación política en épocas turbulentas se cumple con los presidentes José Manuel Balmaceda, a fines del siglo XIX, y Salvador Allende, a mediados del XX.

El protagonista de El sueño de la historia, alter ego de Edwards, es también un escritor desencantado de pueriles militancias que, luego de un largo exilio español, regresa a Santiago de Chile en vísperas del plebiscito de 1988. Al llegar a la ciudad, el azar concurrente pone en sus manos una documentación sobre la vida de Joaquín Toesca, arquitecto italiano que construyó la Catedral y el célebre Palacio de la Moneda a fines del siglo XVIII. Más que la mirada del ilustrado europeo en América, el interés del personaje se centra en su tortuosa relación con la criolla Manuelita Fernández, quien por sus amoríos con el Negro Goycolea, discípulo del arquitecto, fue encerrada en un convento, del cual se escapaba en las noches para encontrarse con su amante. El relato histórico de Toesca y Manuelita se intercala, en la novela, con otro relato, más bien autobiográfico, que cuenta la difícil repatriación del intelectual chileno, su reencuentro con la ciudad, los amigos y, sobre todo, la familia, que Edwards presenta como un apretado mosaico de la sociedad del pino- chetismo tardío: el abuelo, honorable miembro de las élites demócrata- cristianas anteriores al golpe de Estado, la madre, nostálgica de una izquierda radical, impotente y culpable, y el hijo, un joven que alterna los roles de activista político y empresario neoliberal, encarnando la curiosa mixtura de un disidente yuppie.

Ambos relatos transcurren copiosamente, uno al lado del otro, como verdaderos extraños. No hay roce o diálogo perceptible entre estas dos ficciones vecinas, que comparten, diacrónicamente, el espacio de una misma novela. El único vínculo entre una y otra es el propio Narrador, quien al desplazarse del presente, 1980s, a un pasado bicentenario, 1780s, siempre pide permiso a la historia, para construir su ficción, con frases como “El Narrador imagina”, “El Narrador supone”, el “Narrador podría pensar…”, etc., etc. Estas reverencias equivalen a la solicitud de la venia de la Historia por parte de la Literatura o a una especie de visa para el viaje de la Ficción hacia la Realidad. El título El sueño de la historia revela, así, toda su pertinencia al sugerir que esos personajes del Chile dieciochesco, el arquitecto cornudo y generoso, la criolla apasionada y leal en su infidelidad, el mayorazgo ilustrado, inventor y protorrevolucionario, son criaturas soñadas por un narrador que excava en el subsuelo de su presente. Sólo que ese Sueño de la Historia también implica su reverso, la Pesadilla de la Ficción, que se impone ocultando la conexión lógica entre un relato y el otro. Como en cualquier pesadilla, la convivencia de ilustrados e inquisidores de la época borbónica y demócratas y autoritarios de la dictadura de Pinochet se antoja absurda e incomprensible. Pero la desconexión es sólo aparente. Las claves de la confluencia entre una y otra ficción son invisibles porque operan en la historia y no en la literatura. La analogía que desliza Edwards es la más misteriosa de cuantas ha experimentado el hombre moderno. Se trata de la semejanza temporal, ese intenso parecido entre dos épocas, que Mijail Bajtin llamaba “cronotopos”, esto es, el diálogo entre dos edades de un mismo sujeto. Edwards ubica sus relatos en dos autoritarismos chilenos y latinoamericanos, separados

por doscientos años: el que propiciaron las reformas borbónicas de Carlos III y Carlos IV, a fines del siglo XVIII, quienes introdujeron el despotismo ilustrado en América, y el que ejercieron las dictaduras militares filofascistas del cono sur, a fines del siglo XX, cuya personificación fue y es Augusto Pinochet. Se trata, pues, de dos autoritarismos modernizadores, en los que las ansias de progreso atropellan los deseos de libertad y el imperio de la razón doblega la Literatura a los pies de la Historia.

En las letras hispanoamericanas abundan estas parábolas, estos juegos con alegorías temporales. En cierto modo, la propia historia de América, por sus espejismos europeos, reviste desde sus orígenes una estructura analógica. Alfonso Reyes en Visión de Anáhuac y José Lezama Lima en La expresión americana se sirvieron de la analogía para concebir sus respectivas y, muy afines, poéticas de la historia. Octavio Paz destapó su espejo virreinal y encontró, del otro lado, a Sor Juana Inés de la Cruz, su vida paralela en el pasado de México. Pero, como decíamos, esas analogías de fin de siglo que Edwards incorpora a El sueño de la historia son implícitas, intangibles, secretas, sólo legibles en el envés de la página, en las emanaciones del texto. El Sueño de la Historia, como el de la Razón, también produce ficciones teratológicas, muy parecidas a aquellas que atormentaron a Goya. Jorge Edwards remonta esa pesadilla hispanoamericana que es la repetición de la historia, sin escatimar crueldad y miseria, y nos ofrece una novela, que es mezcla para dos tiempos, donde la libertad deja ver su cuerpo, apenas conocido en estas tierras.

Pero aun si resultara imposible localizar el túnel secreto que comunica la historia de Toesca con la de Ignacio, el lector puede regodearse en la singular experiencia de leer dos novelas a la vez. Una sombría y la otra edificante. Con ecos de Carpentier la primera y resonancias de Donoso la segunda. Trama histórica y ficción autobiográfica. En fin, dos miradas a la historia de Chile, en momentos de mutación cultural y política, cuando afloran las pequeñas tragedias que dan vida a la experiencia de la modernidad en Hispanoamérica. n

Rafael Rojas Escritor. Ha colaborado en nexos anteriores.

Impuestos y modernidad

IMPUESTOS Y MODERNIDAD

POR ALMA ROSA MORENO

En nuestro número anterior (Nexos 274). Luis Ernesto Derbez, miembro del equipo de transición de Vicente Fox, adelantó la estrategia del próximo gobierno en materia fiscal. Este artículo reacciona a sus comentarios.

La  legitimidad democrática parece no ser elemento suficiente para cobrar impuestos a toda la sociedad, como lo demuestran los debates recientes. El nuevo gobierno tendrá que realizar un esfuerzo importante para convencer a los diferentes estratos de la población y al mismo Congreso de que el ejercicio democrático carece de sentido sin la responsabilidad del quehacer ciudadano en dos sentidos básicos: el compromiso de corresponsabilidad con el gobierno que se elige a través del ejercicio del voto y el cumplimiento pleno de las obligaciones que impone el contrato social, principalmente el pago de impuestos establecidos que permitirán contar con los recursos necesarios para el adecuado desempeño de las tareas de gobierno.

El reto para la nueva administración comienza con convencer de esta idea a una población históricamente acostumbrada al beneficio de un pago irregular de impuestos y con un escepticismo generalizado que resulta de la idea de la corrupción gubernamental y la preconcepción de que paga muchos impuestos por los servicios que recibe.

Si bien es necesaria la tarea de concientización o construcción de una cultura fiscal, México no está en posibilidad de esperar a que el “cuerpo social” acepte las nuevas reglas de convivencia ciudadana. Por ello, al tiempo que se avanza en el convencimiento, también será necesario desahogar la discusión sobre quién debe pagar impuestos, quién debe aportar los recursos adicionales que la satisfacción de expectativas impone en el marco del desarrollo nacional, y quién deberá pagar el costo político de imponer el interés general sobre el particular.

Todas estas, y algunas otras, son cuestiones fundamentales que ocuparán un espacio fundamental en la construcción de la agenda de la tan llevada y traída reforma fiscal integral.

No hay otra opción para contener el cúmulo de intereses que se mueven detrás de los tratamientos fiscales especiales, sean exenciones, facilidades administrativas o regímenes especiales, que la transparencia en la relación fiscal entre el Estado y la sociedad. Para ello, la discusión de los temas fiscales deberá dejar de ser un espacio de expertos, para convertirse en un tema de interés nacional que se ventile abiertamente en los medios, en el Congreso, en la escuela y en la familia. Después de todo, el costo de la nación lo compartimos todos y cada uno de los mexicanos.

Al perfeccionar nuestro marco fiscal deberemos partir de una discusión que sea amplia, abierta, y que deberá contener una buena dosis de paciencia de los actores gubernamentales, pues deberán explicar puntualmente, repetir hasta el hartazgo, y convencer sin cortapisas a la ciudadanía de pagar impuestos para poder avanzar como país.

La democracia que estrenamos pondrá a la ciudadanía ante el obligado interés por las razones y los argumentos que esgrima el gobierno ante su propuesta de modificar tal o cual espacio de las leyes fiscales. Es claro que también escucharemos a los sectores productivos y sociales cuando presenten sus argumentos para justificar la permanencia, el establecimiento o la sola defensa de algún tratamiento fiscal del que se benefician.

Sólo si se acepta la idea de que el precio de la modernidad política y económica es el pago de impuestos se dará la necesaria vigilancia que el ciudadano debe hacer de la tarea que desarrollan sus autoridades, y del cumplimiento fiscal de sus conciudadanos.

La actual administración sostiene que los ingresos del gobierno, particularmente los tributarios, no son suficientes para atender las tareas básicas. Al otro lado se encuentran los planteamientos que distintos sectores productivos han hecho en contra de ajustes en el marco impositivo que afecten su margen de utilidades, bajo el argumento de defender “a los que menos tienen”.

Algunas voces también han planteado que la reforma fiscal no debe ser recaudatoria, sino que debe representar una reducción de los impuestos a pagar, con el supuesto propósito de que alcancen una mayor competitividad internacional. Otros grupos exigen legítimamente una simplificación del esquema vigente, dado que su complejidad les impide cumplir con sus obligaciones de manera oportuna y adecuada.

No falta quien encuentra en el debate sobre la reforma fiscal la oportunidad para plantear alguna queja respecto de un tratamiento inequitativo, que de hecho o de derecho existe para controlar a algún sector específico con histórica tendencia a evadir sus responsabilidades tributarias.

Sin embargo, existe la percepción generalizada de que una operación más eficiente y una distribución más equitativa de la actual estructura fiscal sólo puede existir si se logra una mayor eficiencia de la administración tributaria.

Deben analizarse las características de la estructura conceptual y jurídica de los impuestos, el rol que se asigna a cada uno de éstos dentro de la recaudación, así como la eficiencia económica de su estructura y equidad, pensando que en la lógica global de la economía la eficiencia del sistema fiscal apoya u obstaculiza el logro de objetivos importantes para el desarrollo del país: el crecimiento económico, la generación de empleos, la atracción de inversión extranjera y la competitividad de las empresas mexicanas. También resulta imprescindible modificar la percepción que se tiene del nivel de equidad del sistema fiscal, pues define en buena medida las actitudes de los contribuyentes hacia los impuestos y su disposición a pagarlos.

Por lo que toca a la interpretación de la norma y la aplicación y vigilancia del adecuado pago de los impuestos, tarea que desarrolla la administración tributaria (SAT), es indispensable la revisión a detalle de su forma de operar ya que su discrecionalidad e ineficiencia podrían condicionar las características reales de operación del esquema tributario. La eficacia en la interpretación y el cobro de los impuestos no sólo determina el monto de los recursos recaudados con que cuenta el gobierno para financiar su tarea, sino que condiciona la eficiencia y equidad real del esquema impositivo vigente.

Una inadecuada vigilancia y aplicación de sanciones por incumplimiento de normas hace nugatoria, en alguna medida, las disposiciones legales propiciando que la conducta que prevalezca en la sociedad no sea la prevista por las leyes en interés de la sociedad sino la determinada por el interés individual.

Cualquier intento por recaudar mayores impuestos estará condicionado por la creencia de la ciudadanía de que se hará un uso eficiente y honesto de ellos, además de que se perciba a los encargados de recaudar, interpretar y aplicar las sanciones en caso de incumplimiento como un equipo honesto y preparado que interprete de manera justa las leyes.

Los retos más importantes para tener un sistema impositivo moderno, eficiente y equitativo serán la construcción de una verdadera cultura fiscal, la eliminación de todos los mecanismos que distorsionan y complican, además de una mejoría en la calidad de la vigilancia del cumplimiento de las obligaciones de los contribuyentes y de los servicios que se le prestan.

La demanda de la sociedad por una reforma fiscal integral puede considerarse como una de las más importantes expectativas que acompañan la llegada del nuevo gobierno. En su cumplimiento la administración entrante tendrá uno de los principales parámetros de evaluación en el hoy lejano 2006. n

Alma Rosa Moreno. Investigadora del CIDE

Ovidio. El comienzo y las cuatro edades

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FOLIO DE NEXOS

OVIDIO

EL COMIENZO Y LOS CUATRO EDADES

VERSIÓN DE LUIS MIGUEL AGUILAR

Próximamente la editorial Cal y arena pondrá en circulación las Fábulas de Ovidio, versiones de Luis Miguel Agilitar. Ofrecemos un adelanto a nuestros lectores, el inicio mismo, que narra los mitos de la creación y el de las Cuatro Edades.

Ahora me dispongo a decir Cómo los cuerpos cambian En cuerpos diferentes.

Convoco a los dioses, el origen De que los cambios fueran La sustancia misma de la vida. Vengan de nuevo, sírvanse reanimar Este regreso de aquellas maravillas: Díctenme cómo han ocurrido Desde un principio Hasta el día de hoy.

Antes de que hubiera tierra o mar, o incluso el cielo

Que todo lo contiene, la naturaleza

Tenía sólo un rostro,

Llamado entonces Caos.

Una inmensa aglomeración de desorden.

Una masa confusa de elementos

Y todo el arsenal de los trastornos

Ya en guerra adentro de esa mole.

No había sol que distinguiera una cosa de otra. Ni luna que desplegara Sus fases en el cielo. Ni tierra que girara

En el aire vacío sobre su propio imán.

Ni océano que se asoleara O vagara por las largas playas.

Tierra, mar, aire: todo estaba ahí

Pero no era pisable, o nadable.

El aire era simple oscuridad.

Todo fluido o vapor, forma informe.

Toda cosa era hostil

A cada cosa: en cada punto

El calor combatía al frío, lo húmedo a lo seco.

Lo suave a lo duro, y lo ligero

Resistía a lo pesado.

Dios, o algún artista con tantos recursos,

Comenzó a separarlo.

1. a tierra aquí, el cielo acá,

Y el mar allá.

Allá arriba, la estratosfera celeste. Aquí abajo, lo nuboso, la borrasca. Dio su sitio a cada uno: Se vieron independientes y frescos

Y en paz con los otros.

La ardiente aspiración que moldea al cielo Lo hizo llegar hasta arriba. El aire, feliz de ser ocioso. Quedó en medio del cielo y de la tierra

Que reposó en el fondo, engullidora De pesados metales, ceñida Por aguas delicadas.

Cuando el ingenio que dispuso todo eso Tenía ya control sobre la masa

Y había decidido las divisiones cósmicas, Hizo de la tierra una bola.

Luego ordenó al agua que se extendiera planamente, Que se elevara en olas Según el antojo del viento,

Y que se abatiera sobre las orillas de la tierra. Los torrentes supieron que eran torrentes. Formó lagos profundos

Y oscuros, y lagunas brillantes, deliciosas. Educó a los ríos tercos y electrizados

Para que respetaran sus márgenes, y vertieran Parte de su gozo en lo oscuro de la tierra

Y donaran lo restante al océano

Para engrosar el estrépito en las costas.

Luego dio instrucciones a los llanos

Sobre cómo alisarse con suavidad hacia el horizonte.

Fue el director de la profundidad

De los valles. Dijo a las montañas cómo alzarse

Encorvando las espaldas.

En todas partes le enseñó Al árbol su hoja.

Luego de hacer un patrón para el cielo —Dos zonas a la izquierda, dos a la derecha

Y en medio una quinta zona, más caliente— Esta Sabiduría dividió así la órbita de la tierra: Una zona media inhabitable

Bajo el fuego; las zonas más extremas, Bajo la nieve profunda, y en medio Dos zonas templadas Que alternan frío y calor.

El aire se extendió sobre la tierra

Con ser tan sólo más pesado que el fuego

Y menos que el agua —a su vez más ligera Que la tierra.

Ahí este Creador desplegó las nubes,

El trueno para amedrentar

El corazón de los hombres, y los vientos

Para pulir, con choques de nubes, el relámpago.

Aun así, no dejó que los vientos

Usaran el aire a su antojo.

Incluso ahora, aunque siguen confinados en sus distritos, Estos hermanos de atar, cuando se pelean Sacuden al globo hasta dejarlo en pedazos.

El Este le fue dado al Euro:

Arabia, Persia, todo lo que la estrella de la mañana

Ve desde los Himalayas.

El Céfiro vive en el poniente.

Muy hacia el norte, más allá de la Escitia,

Bajo la Osa Mayor, el Bóreas

Se eriza y tuerce.

Opuesta, en el sur, la casa del Austro Se esconde en la niebla pringosa. Sobre todos ellos Ligero, líquido, flota el éter, puro, Limpio de toda mancha terrestre.

No acababa este sabio de ordenar tales cosas Cuando ya las estrellas —Antes apiñadas en la confusión oscura del Caos— Se pusieron, brillantes, en sus sitios.

Y luego, para llevar la vida Con rapidez A cada esquina

El dio la luminosa región del cielo A los dioses, las estrellas y los planetas. Al pez le dio las aguas. A las bestias la tierra, el aire a los pájaros.

Un animal con mayor inteligencia,

Más noble y capaz, uno

Para regir al resto: era lo que faltaba.

Entonces llegó el hombre.

Puede ser que el Hacedor

Para urdir un mejor mundo

Creó al hombre de una semilla divina;

O puede ser que la tierra

Al ser un precipitado tan reciente

Del cielo etéreo

Acunó en su polvo cristales no terrestres.

Fue Prometeo quien hizo al hombre Al mezclar ese polvo novedoso Con fresca agua de lluvia.

Y lo revolvió bajo sus manos, Lo molió, amasó, moldeó

En un cuerpo con la forma de un dios.

Aunque a todas las bestias

Les pende la cabeza de espinazos horizontales

Y estudian la tierra Bajo sus pies, Prometeo

Le dio al hombre verticalidad, A modo de obtener balance. Luego le elevó la barbilla Para ampliar así su vista del cielo.

De este modo, la tierra que hasta entonces Había sido tan indistinta y tosca Se alteró

Con una cosa no vista hasta el momento: La forma humana.

Las Cuatro Edades

Y la primera edad fue la de Oro. Sin leyes, sin sancionadores, Esta edad entendió y obedeció A lo que la había creado. El hombre escuchaba A profundidad, tenía fe en el origen.

Nadie temía los juicios.

No había castigos que inspiraran

Miedos oscuros.

No había amenazas inscritas

En tablas de bronce.

No había multitudes temblorosas

Que imploraran clemencia a los jueces.

Todos, sin defensor, se sentían a salvo y felices.

En ese entonces los grandes pinos Se mecían como en casa sobre las altas colinas. No tenían la premonición del hacha Blandida contra ellos en su parábola. No sabían de astilleros. O de qué otras tierras atisbarían

Desde lo alto de las olas del océano.

Ningún hombre había cruzado agua salada.

Las ciudades no se habían aislado

Tras fosos profundos, resguardadas por torres.

Ninguna espada había mordido su propio reflejo

En el escudo. No había trompetas que magnificaran

Los gritos de batalla

Emitidos desde los huecos de los cascos.

Los hombres no necesitaban armas. Las naciones se amaban.

Y  la tierra, no hendida por azadón o arado, Llenaba la mesa, generosa. La humanidad Se contentaba con recoger la abundancia De todo lo que madurara.

Zarzamora o fresa, hongo o trufa,

Todo tipo de nuez, higos, manzanas, cerezas,

Peras, y uno se sumía hasta los tobillos

Entre las bellotas caídas

Del árbol sagrado de Júpiter.

Todo era primavera,

Todo el año traía florecimiento.

La tierra sin labrar

Se emblanquecía

Bajo la abundancia inclinada de la espiga. Ríos de leche se mezclaban con ríos de néctar.

Y del roble oscuro manaba miel de ámbar.

Luego de que Júpiter proscribió a Saturno

Y lo envió a la oscuridad del Tártaro, Bajo su nuevo reinado, la Edad de Plata (Inferior a la de Oro, pero mejor

Que la Edad de Bronce, por venir) Cayó en cuatro estaciones.

Ahora, como nunca antes,

Con todo el color abrasado por el aire, el mismo aire Se agitó en llamas. O carámbanos Rasgaban el aire que los había hecho. Ya no en una cueva,

Ya no en un matorral a medias abrigable, Ya no detrás de un cerco de cañas: Por vez primera

El hombre se guareció bajo un techo, Junto a un fuego. Ahora cada grano Debía plantarse a mano

En un surco abierto en la tierra Por bueyes mugientes.

Luego de esto, tercera en orden,

La Edad de Bronce

Trajo gente burda,

Almas forjadas en el mismo yunque

Que las armas blandidas

Por sus manos. Pero aún así la humanidad

Sujetaba toda acción

Al orden más grande.

Por último, la Edad de Hierro.

Y el día del Mal amanece. La modestia.

La lealtad, La verdad,

Se disuelven como niebla.

Trampas, celadas, intrigas salieron Desatadas de sus cavernas. Reina la violencia. Viene ahora el amor Por las ganancias.

Ahora las velas se desguazan y el cordaje se rompe Ante vientos aún ignorados por los pilotos.

Y los largos troncos de los árboles

Que nunca en su vida supieron de más velocidad

Que la de la montaña,

Dan de tumbos en sus ataúdes

De una ola a la otra,

Hasta cruzar el límite de lo desconocido.

La tierra, mientras tanto, que antes era

Un bien común para todos

Como el aire o la luz del sol.

Fue partida en retazos por los agrimensores,

Entre mojoneras, cercados, zanjas.

Ya no bastó la plenitud natural de la tierra.

El hombre abrió la tierra, y escarbó en sus tripas.

Metales preciosos que el Hacedor había escondido

Lo más cerca posible del infierno

Fueron desenterrados. Ahora viene el hierro

Con sus ideas crueles. Y el oro, con ideas

Aún más crueles. Combinados, traen la guerra:

La guerra, insaciable para uno,

Y para el otro las manos ocupadas de sangre. Ahora el hombre vive sólo del saqueo. El huésped

Es botín del anfitrión. El padre de la novia, Y su heredad, no son más que un árbol de monedas Que el yerno sacude. Los hermanos Que debían amarse

Prefieren aborrecerse. El esposo anhela

Enterrar a su esposa, y ella a él.

Las madrastras, en provecho de sus hijastros,

Se vuelven expertas en venenos. Y los hijos lamentan

La terca buena salud del padre.

Astrea, la Virgen

De la Justicia —la última incorruptible De los inmortales—

Abandona la tierra empapada de sangre.

Los gigantes

El  cielo tampoco estaba a salvo.

Ahora llegó el turno de los gigantes: Buscaron apoderarse Del reino del cielo. Apilaron montes Hacia las estrellas

Y treparon por esa rampa.

Júpiter todopoderoso

Movilizó sus rayos. Esa descarga

Voló el techo del Olimpo,

Hizo que el tambaleante

Monte Pelión se desprendiera del monte Osa

Y se dirigiera de golpe Contra los gigantes.

Fueron aplastados como uvas maduras.

La madre Tierra, empapada con su sangre, Batió en ella su propio barro

Y de ese mortero lodoso creó una nueva progenie Con forma de hombres.

Esta nueva raza era sorda A la inteligencia del cielo. Estos seres querían sólo Matarse entre sí. Era fácil comprobar Que habían nacido

De sangre derramada por el crimen,  n

Una buena salud escadalosa

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ESCRITOR EN SU TINTA

UNA BUENA SALUD ESCANDALOSA

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

En  unas épocas en que la esperanza media de vida era mucho más corta que la actual, algunos personajes célebres por sus excesos —entre otras cosas— alcanzaron edades valetudinarias. Empezaré refiriéndome a unos célebres gastrónomos, aunque no pretendo afirmar de una manera taxativa que el uso refinado y constante de manjares y vinos alargue la vida; debo admitir, eso sí, que en muchos casos no la acorta. Si argumentara a favor de los grandes gastrónomos longevos, se me podría decir, y quizá no faltaría razón, que precisamente han sido grandes gastrónomos por tener una salud a prueba de balas, y llegaríamos a unas discusiones sin sentido.

A pesar de la sabiduría popular del refranero que dice: “De hartazgos y cenas están las sepulturas llenas”, los más sonados gastrónomos han muerto ancianos. Refiriéndonos por ejemplo a Francia, el simpatiquísimo escritor Fontenelle, glotón y galante como pocos, muere días antes de cumplir un siglo. El duque de Richelieu, en el siglo XVIII, fallece a los 92 años, comiendo, bebiendo y engullendo afrodisiacos en cantidades industriales. Luis XVI, el tragón más grande de su siglo, es el rey que más ha gobernado y fallece a los 77 años, en una época en que el promedio de edad del hombre apenas sobrepasaba los treinta.

Incidentalmente, Luis XVI, hombre poco perspicaz, anotó en su diario, el día de la toma de la Bastilla: “Nada”. Todo lo contrario del cardenal Roncalli, que anotó en el suyo: “Hoy me han hecho Papa”.

Volviendo a los longevos glotones, Luis XVIII falleció a los 79 y fue un gran comelón. Grimod de la Reyniére, el gran gastrónomo, murió a los 80, y Talleyrand, otro gran comelón, a los 84. Y hablando de nuestra época, el editor y poeta Carlos Barral solía evocar al doctor Edouard de Pomiane, en la Barcelona de los años sesenta y setenta: “Tenía un apetito que alegraba el corazón del mortal y, autorizado por la edad, besaba larga y lánguidamente las manos de las damas y llegaba incluso a caricias algo más osadas con su rostro inocente, sus blancos bigotes de la estrepitosa caballería polaca y su blanca cabellera”. El doctor Pomiane murió al borde de los 90 años, y Julio Camba, quizás el primer escritor gastronómico español del siglo XX, llegó hasta los ochenta.

Y cómo no citar a Pierrete Brillat-Savarin, glotona famosa por la última frase que pronunció en su vida, que vino a enriquecer la figura de su hermano Jean Anthelme —el gran dulcero de Francia, autor de la célebre Fisiología del gusto, pieza clave para comprender la moderna cocina francesa del siglo—. Se cuenta que, cuando estaba a punto de cumplir los cien años, un medio día Pierrete se sentó a la mesa sola y comió con gran apetito todo lo que le fue sirviendo su camarera. Y a los postres, sintiendo un desfallecimiento cardiaco precursor de la muerte, pronunció estas palabras inmortales, llamando a voz en cuello a su camarera: “¡Rápido, rápido, Juliette, que se me viene la muerte! ¡Traedme el postre!”. Corrió Juliette con el postre, como su señora le mandaba, y apenas lo puso en la mesa la dama lo contempló con notoria satisfacción y entregó su alma dulcemente. La frase quedó grabada con fuerza en la memoria histórica.

Otra de las frases que hace cumplido honor al tema que hoy me ocupa, es “La feliz longevidad de Ingres”. En efecto, la dilatada vida de Jean-August-Dominique Ingres hizo que lógicamente se le comparara al Tiziano. Porque fue la suya una vida larga y fecunda y, en la ancianidad, consagrado como el pintor más ilustre de Francia, tenía la misma facilidad, la misma claridad y la misma frescura pintando que en sus años juveniles. Vivió cerca de 90 años y los románticos, a quienes tanto aborreció, se sintieron fascinados a pesar suyo y, entre todos ellos, por paradoja, el más romántico, Theophile Gautier, que escribió a su muerte: “Aunque su vida se haya prolongado más allá de los límites ordinarios, parece que ha muerto joven, tan verde era su juventud, comparable a la del Tiziano. No ha conocido la decadencia moral ni la fragilidad física”. Efectivamente, Ingres murió como un gigante poderoso e infalible, igual que como había vivido.

Las tres cocottes de París fueron Emiliénne d’Alen^on, Liane de Pougy y la española “La Bella Otero”. Pero también hay que recordar a la famosísima Cleo de Merode, y a otra figura muy representativa que emuló las mieles del escándalo de todas, la escritora Colette. Debo señalar que de estas cinco damas, sólo una no alcanzó una longevidad considerable. En fin, que, por lo visto, las pasiones del amor desordenado, sobre todo las del amor venal —al igual que los excesos gastronómicos—, tampoco perjudican o perjudican poco la salud. Porque incluso otra “bella”, que correspondía en el contexto español más o menos a estas figuras, Consuelo Postela, “La Bella Chelito”, vivió ochenta años.

En el gremio de los escritores, creo que vale la pena detenerse en un personaje de indiscutible universalidad, que une a su longevidad considerable el haber gozado a lo largo de toda su vida de una poco frecuente buena salud. De Víctor Hugo se solía decir que gozaba de “Una buena salud escandalosa”, y él mismo se jactaba de ello. Pero no todas las opiniones sobre el autor de Los miserables eran tan rotundas. Cuando a André Gide le preguntaron cuál era, a su juicio, el mayor poeta de Francia, contestó con sus labios delgados y desdeñosos: “Víctor Hugo, desgraciadamente”. Henry de Montherlant también metió la nariz en el asunto: “Víctor Hugo sí es el mejor poeta de Francia, pero si toda la poesía francesa fuera sólo Víctor Hugo…”. El poeta se defendió diciendo: “En los ojos del joven arde la llama; en los ojos del viejo brilla la luz”, pero por ahí apareció Jean Cocteau con su célebre frase: “Víctor Hugo era un loco que se creía Víctor Hugo”.

Con estas tres paradojas, tres escritores tan absolutamente antagónicos como Gide, Cocteau y Montherlant querían formular la idea de que Francia, que es el país de la mesura, o por lo menos lo pretende ser, tiene que soportar como su más grande y popular figura literaria a un hombre que fue pura desmesura. Un hombre al que, con el desgraciadamente de Gide, hay que admirar sin remedio.

Fue Hugo un hombre que escribió la obra más extensa y variada que pueda imaginarse, que vivió una vida pública y azarosa, una vida amorosa complicada, llena de lances entre dramáticos y grotescos, y que sólo acabó con su muerte a los 83 años. A esta edad falleció de una inevitable pulmonía contra la que luchó durante ocho días. Fue la única enfermedad importante que se le conoció.

Qué diferencia con Marcel Proust, sin duda el más estudiado entre todos los autores franceses, dentro y fuera de Francia. Proust fue todo delicadeza y fragilidad. Era el escritor enfermizo por excelencia y en su Búsqueda del tiempo perdido inmortaliza la cama y el acostarse temprano desde la primera línea: “Durante largo tiempo me acosté temprano”, un comienzo genial para una novela sin par. Aunque tampoco a Proust le faltó un compatriota que lo satirizara, y nada menos que George Perec, otro grande, fallecido también demasiado pronto: “Durante largo tiempo, me acosté por escrito”. Esto lo leí por ahí, y también estas tristes palabras de otro poco saludable y longevo inmortal, el gran italiano Giacomo Leopardi: “Soy tímido con las mujeres, luego Dios no existe”,      n

Alfredo Bryce Echenique Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

Cada tema con su loco

PARABÓLICA

CADA TEMA CON SU LOCO

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

La reina madre de los ingleses cumplió cien años. Salió al halcón del palacio de Buckingham, encabezó la procesión en la catedral, sonrió desde su carroza y partió un pastel perfumado con ginebra y coronado por un caballo de bronce. Resistencia física, lucidez mental, un poco de alcohol y elegantes equinos: toda la vida de la admirada Elizabeth está allí.

Llegó al trono de casualidad, cuando Eduardo VIII abdicó al trono —en 1936— para correr tras la plebeyísima señora Wallis-Simpson y, según Alistair Cooke, campeaba el desempleo, la clase obrera se preguntaba para qué serían buenos tantos y tan costosos nobles, las élites sufrían de spleen, los intelectuales coqueteaban con Stalin y la aristocracia y los ricos se inclinaban por Hitler. Su primera tarea fue darle a su marido Jorge VI una buena dosis de whiskey para que pudiera pronunciar sin tartamudeos el discurso de coronación. A los dos, y a ella en especial, los salvó la guerra: seis bombas alemanas cayeron el 13 de septiembre de 1940 sobre el palacio real y ella bendijo el desastre que le permitió ‘”ver a los ojos a la gente del East End”. A partir de entonces, pudo ir sin sentimiento de culpa a los albergues y refugios para pobres. Allí se hizo adorable y adorada. Y. como el célebre Johnnie Walker, sigue tan campante, bebiendo caldo de malta a la hora del té y acudiendo a ver las carreras al hipódromo, aureolada con una innegable y patente popularidad ¡Benditas bombas nazis! Buda chez soi

Si Le Nouvel Obsetvateur no está equivocado, cinco millones de franceses andan cerca o se sienten afines al budismo. En la tierra de la razón cartesiana, mon Dieu!, convertida, según Fréderic Lenoir, en el país más budista de Occidente, apenas numéricamente abajo de los Estados Unidos. Los conversos abundan entre los profesionales que más tienen que vérselas con el sufrimiento humano: médicos, trabajadores sociales, maestros…

Pero no terminan en la búsqueda de la imperturbabilidad de tantos compatriotas las sorpresas del tiempo actual para los galos. Y es que, apenas adormecidas las conciencias racionalistas después de las revelaciones de Elisabeth Tessier, astróloga de François Mitterrand, ha venido a sacudirlas Maurice Vasset, quien interpretara los sitios y movimientos de las estrellas nada menos que para el general Charles de Gaulle.

La razón impura

Ahora resulta que el héroe de todos los héroes franceses encontró en aquel hombre, militar como él, toda una fuente de inspiración y consejo entre agosto de 1944 y finales de 1969. El uniformado del horóscopo tiene ahora 85 años de edad, militó en la “resistencia” desde el primer momento, peleó valerosamente en Dakar, Bir Hakeim y Córcega, y se unió a De Gaulle de una manera por demás curiosa: dirigió la interpretación de La Marsellesa mientras el general pasaba revista a las tropas y entró en contacto con éste porque el general fue a felicitarlo en tanto que director musical de la IX División de Infantería Colonial.

En cascada han seguido las revelaciones: también tuvieron astrólogos de cabecera Jean Jaurés, Aristide Briand, Georges Clemenceau y Raymond Poincaré, todos —como lo hace notar la periodista Josette Alia— hijos del positivismo y, sin embargo, tan atentos a las indemostrables previsiones de cartomancianos y quirománticos como Goebbels, Himmler, Hess y Hitler. Ahora se sabe que Churchill consultaba a la vidente

Barbara Harris y que Stalin escuchaba al hipnotizador Waolf Messin. Hasta Breshnev y Yeltsin tuvieron su consejera en misterios y arcanos: Djouna Davitchavili.

Y que nos vengan a contar del racionalismo occidental… del continente y la civilización de la razón pura. El espiritismo tercermundista de don Francisco Madero tal vez no andaba tan norteado.

De tocho morocho

Vincent Olivier se pregunta, en L Express, si se puede confiar en las llamadas “medicinas dulces” que, según las pesquisas de aquél, son pila de agua bendita para más y más franceses e incluso entran a la chita callando a algunos nosocomios afamados de la patria de Asterix.

La verdad, nadie es autoridad para competir en el juicio acerca de tales prácticas curativas y su eficacia en el combate y derrota de morbos sin cuenta. Dejemos entre paréntesis homeopatía, masajes, acupuntura e hipnosis. Acerquémonos, curiosos y prudentes, a algunas de las “medicinas dulces” que Olivier elenca, y cuyos practicantes ejercen libremente en Francia.

Encontraremos la ayurveda, basada en tradiciones indias o tibetanas, que recurre a tres elementos: Vata. Pita y Kafa, es decir, respectivamente, el aliento, la bilis y la flema. Si en usted prevalece alguno de éstos, tendrá que comer o dejar de comer ciertos alimentos debidamente clasificados. La eurritmia curativa postula que los sonidos que producimos y emitimos por la boca hacen vibrar ciertos órganos corporales que deben agitarse en armonía: a murmurar, hablar o gritar, pues, para sanar por medio de la recuperación del ritmo armónico de nuestro cuerpo.

La litoterapia también canta lo suyo: toda piedra, especialmente preciosa, que es puesta sobre el cuerpo tiene propiedades curativas. La turquesa, por ejemplo, absorbe pensamientos negativos y reduce el volumen de colesterol. La aguamarina garantiza pensamientos nuevos y revitalizantes. La obsidiana merma la cólera. Por lo que atañe a la timoterapia, su secreto radica en la potencia sanadora de las enzimas y hormonas del timo que, de acuerdo con los timioterapeutas, retardan el envejecimiento, evitan la calvicie y curan los males de la próstata.

Pero ninguna como la urinoterapia, que se basa en las propiedades desinfectantes —aseguran sus practicantes que empíricamente demostradas— de la orina. Se puede utilizar ésta de dos modos: bebería pura, por la mañana y en ayunas, o tratada, es decir, esterilizada y diluida en algún excipiente. Al gusto palatal y lingual del enfermo, digamos.

(Debo confesar que, según mi papá, su abuela recogía al amanecer la pipí, o en maya el huish. de los nietos empañalados y con tales líquidos se lavaba la cara y sobre todo los ojos. La señora, según la misma fuente, murió sorda como una tapia, pero sin arrugas ni otros males dérmicos, con vista de lince y sin necesidad de gafas para leer. Descubrir que fuimos pioneros al menos en esto va a ser bastante grato y reconfortante para todos los miembros de la familia. ¡Lástima que no patentamos el remedio ni pusimos una clínica! Seríamos dueños de algo así como “la Mayo del Sureste”),      n

Carlos Castillo Peraza Periodista. Autor de Disiento.

Carlos Castillo Peraza (1947-2000)

Hasta luego, y si es para siempre, aún para siempre: hasta luego.

Lord Byron

En los cariñosos y compartibles obituarios que pudimos leer a la muerte de nuestro querido Carlos Castillo Peraza, sólo extrañamos la mención de una de sus virtudes; una virtud que él gustaba de oír, y los editores de Nexos referirle, un mes sí y otro también: su absoluta puntualidad editorial. Todos extrañaremos al hombre orquesta —o al “hombre novena”, para ponerlo en los términos del deporte que más le gustaba: el béisbol—: extrañaremos al intelectual, al político, al ex político, al filósofo, al periodista, al amigo; los editores de Nexos extrañaremos de modo especial al colaborador que fue Carlos Castillo Peraza.

La primera colaboración para Nexos de Carlos Castillo Peraza fue en un número especial, “Fin de milenio”, en diciembre de 1987. Con triste alegría releemos ahí estas palabras: “Hace mil años que andamos detrás de unas cuantas cosas. Para abreviar, digamos que hemos estado buscando lo que está o suponemos que debe estar detrás de un par de palabras: justicia y libertad”. A esta colaboración siguieron en nuestras páginas más de 125 artículos de Carlos Castillo Peraza permeados siempre por una cualidad común a todos ellos: la sonrisa de la inteligencia. Y con alegre tristeza, ahora, comprobamos la puntualidad editorial de “Castillo”: cumplidamente, antes de salir a Alemania nos dejó su última “Parabólica”, ésta que el lector tiene en las manos.

Nuestro director extrañará también el siguiente diálogo, casi un formato definido por los años, y que ocurría infaltablemente hacia los días 5 de cada mes:

—¿Llegó?

—Llegó, Carlos.

—¿Bien?

—Bien y a tiempo como siempre, Carlos.

—¿Cuándo te he fallado, jefe?

—Nunca, Carlos.

De nuevo y para siempre: “Nunca, Carlos”.

Dos Reyes y un As

SERPIENTES Y ESCALERAS

DOS REYES Y UN AS

POR CARLOS FUENTES

El éxito alcanzado por la puesta en escena de Ricardo II y Coriolano, y por la interpretación de Ralph Fiennes, en Londres, son la fuerza que impulsa a Carlos Fuentes a develar los misterios de la estética de Shakespeare y a mostrar cómo en literatura no hay reglas inamovibles.

Evocaba con Terenci Moix en Barcelona. hace unos días, la gloria de los viejos estudios de cine Gainsborough de Londres, de donde salieron películas en las que Margaret Lockwood no cabía en sus escotes aunque, ubérrima, los disfrazaba para salir de noche vestida de hombre, a asaltar caminos en compañía de James Masón, y a recompensar, sin duda, a su amante con la desnudez de unos senos que casi eran anginas.

Hoy. los viejos estudios se van a convertir en condominios. Pero como un postrer homenaje artístico, uno de sus gigantescos foros fue transformado. durante cuatro meses, en escenario para un doble evento teatral. Ante salas a reventar. Ralph Fiennes interpretó, en noches alternadas, dos tragedias políticas de Shakespeare. Ricardo IIy Coriolano. El muy atractivo actor cinematográfico de El paciente inglés. La lista de Schindler y El final de la aventura, es sobre todo un animal escénico. Su Hamlet. en 1995. ganó el Tony (el Oscar Teatral) en Broadway. Su Ricardo y su Coriolano son un premio que el actor se da a sí mismo.

Ambos se cuentan entre los papeles más difíciles del canon shakespeariano. porque son. por así decirlo, obras desnudas. En Otelo. Romeo yJulieta y el Rey Lear, los protagonistas ignoran su destino pero el público lo conoce y casi quisiera gritarle a Romeo. “No te suicides. Julieta vive” o a Otelo, “lago te engaña. Desdémona te es fiel”. En Ricardo IIy Coriolano. Los protagonistas poseen perfecta conciencia de quiénes son y el público, también, lo sabe. No hay, en este sentido, sorpresas. Lo que hay. a partir de esta decidida publicidad de ambas obras, es la más intensa reflexión dramática sobre la naturaleza de la política y el ejercicio del poder.

Ricardo II. obra escrita en 1595. se sitúa entre una pieza de principiante, Tito Andrónico. y el primer éxito grande del autor, Romeo y Julieta. Ricardo II es una obra sobre cómo se tiene y cómo se pierde el poder. Hay dos Ricardos. El de la primera parte, se siente ungido por Dios. Encarna el derecho divino ciclos reyes y lo ejerce caprichosamente. La ceremonia le da cuerpo al poder y Fiennes le da un movimiento ritualista, casi como un clandy sagrado, al personaje. Es un hombre con dos cuerpos, uno ungido, el otro físico. La imaginación del monarca, en el intento de conciliar al hombre y al rey, se encierra en sí misma. Su obsesión es ser rey a pesar de ser hombre o, dicho de otra manera, aniquilar el hombre para ser rey.

Semejante proyecto requiere un ejercicio inmenso de la imaginación y Ricardo, imaginándose, se pierde en sí mismo y pierde el poder La corona es para él una prenda decorativa. El poder para Ricardo acaba siendo hecho interior, poder de la imaginación, una “lírica metafísica”. Víctima de la imaginación del poder, el rey pierde la noción del ejercicio del poder. Su frivolidad lo conduce a la arbitrariedad. La arbitrariedad provoca la enemistad de los dañados por el poder de Ricardo. Los agravios acumulados estallan en rebelión. Vencido, Ricardo descubre que su corona es hueca y que el nombre de su corte. es la Muerte.

Ralph Fiennes transita maravillosamente del primer Ricardo, frívolo y autocrático, al segundo, derrotado y adolorido. El dolor no se le queda adentro. Lo vacía con una especie de ternura culpable. Su grandeza es su derrota: su dolor, su desgracia. La historia no le da otra oportunidad más que “sentarse en la tierra y contar tristes noticias sobre la muerte de los reyes”. Al mundo le dice, podéis derrocar mi poder y mi gloria, pero no mi pena.

Es una gran interpretación de un papel poco socorrido en una obra que no carece de imperfecciones formales. Es todo un acierto emparejarla con la más perfecta de las tragedias políticas de Shakespeare. Coriolano, escrita en 1607, entre Macbeth y Antonio y Cleopatra, es decir, a finales de la carrera del escritor.

Si la modulación de Ralph Fiennes en Ricardo II es doble, en Coriolano es, por lo menos cuádruple. Este es un personaje en lucha con Roma su patria, con los enemigos de Roma, con su madre y consigo mismo. Coriolano, paladín del patriciado romano y detestado por la plebe de la ciudad, regresa triunfador de la guerra con las tribus que amenazan a Roma. Elegido Cónsul, se echa encima a la plebe, se exilia de Roma para unirse a sus antiguos enemigos, se dispone a saquear e incendiar a Roma, su madre lo disuade pero la clemencia le cuesta la vida. Dicho brutalmente, Coriolano se las ingenia para quedar mal con todos. Salvo con su madre. Pero esta es la fidelidad que lo destruye. Pues para la madre, Volumnia, su hijo Coriolano no es un ser de carne y hueso. Es una figura del poder, una obra de la fantasía materna. No ama al hijo, ama al conquistador militar y político. No lo deja ser él. Quiere hacerle creer que “un hombre es autor de sí mismo y no conoce otro parentesco”.

Lo que la madre —en una interpretación insuperable de la extraordinaria Barbara Jefford— desconoce es que Coriolano no puede ser un gran político porque desconoce, a su vez, las artes de la adaptabilidad camaleónica. Es un hombre de principios, sin vanidad, sin “aires de importancia”, todo vicios que un patricio desdeña porque no tiene nada que aparentar o pretender. Es. Pero la integridad de Coriolano pone en peligro la vanidad y la venalidad de cuantos le rodean. Su destino es fatal. Es incómodo para todos. Se quedará solo. Y lo sabe. Será derrotado si hace y si no hace también.

El genio de Shakespeare —y el de Fiennes— consiste en darle a este hombre fatal y consciente de su fatalidad un extraordinario resquicio humano. Sorprendente resquicio en un autor tan verbal, tan discursivo, a menudo tan retórico como Shakespeare. Esa grieta —esa rajadura— es el silencio. El personaje de la esposa Virgilia convoca a Coriolano a un amor sin palabras. En esos instante callados con la mujer amada, Coriolano demuestra que es consciente, también, de lo que pierde: el amor, víctima de la araña política que transforma “el maná del cielo en bilis”.

Obra comprometida con el acto político, con los temas del Partido y el Estado, Coriolano se ha prestado a toda suerte de confusiones ideológicas. La derecha francesa, en 1933, la aclamó y la izquierda la prohibió. Los nazis la glorificaron y el ejército norteamericano de ocupación, en 1945, prohibió su montaje alemán durante ocho años. Brecht la convirtió en épica comunista de la lucha de clases: la plebe buena contra el patricio malo.

Sin ideologías congestionadas, Coriolano, obra superior del canon de William Shakespeare, es sólo la historia de un hombre abandonado por todos. Shakespeare le da un aura de inconclusión a la pieza, exactamente como el genio de Beethoven, en su propio Coriolano, termina en una inconclusa penumbra musical.

Hay, finalmente, otro Shakespeare y hay que verlo en la versión cinematográfica de Tito Andrónico, realizada por la famosa directora escénica de El  Rey León, Julie Taymor. La Taymor no se anda por las ramas o, más bien, le pone ramas por manos a la hija de Tito mutilada, además, de lengua y de virgo. Shakespeare, en esta obra primeriza, decidió derrotar a Christopher Marlowe en el juego de horrores que, vistos de lejos en el teatro, son más soportables que en la cercanía de la cámara. Hombres enterrados en la arena hasta el cuello y hasta morir de hambre. Hombres que se dejan mutilar una mano a cambio de la vida de sus hijos, sólo para verla enfrascada junto a las cabezas cortadas de los infantes. Hombres colgados de los pies y degollados para que la sangre se derrame en cubetas. Los hijos de la proto-Lady Macbeth, Tamora (furiosa Jessica Lange), servidos a su padre como pasteles vengativos cocinados por Tito Andrónico…

La lista es interminable y nos recuerda que no hay nada nuevo bajo el sol. Tito Andrónico le gana, en el capítulo del horror, a American Psycho, a Crash, o a Stephen King. Ello le permitió a Voltaire despacharse al Cisne de Avon como “el colmo de la ferocidad y el horror… un histrión bárbaro… cuyas obras merecerían mostrarse en las ferias de provincia de hace doscientos años”. El atentado de Shakespeare al “buen gusto” y a la “mesura” son, en realidad, admirables, y nos recuerdan la ferocidad con que Octavio Paz respondió a la clasificación de la literatura mexicana como “fina y sutil”: “Cógelas del rabo, chillen, putas”.

Shakespeare cogió del rabo a las palabras, las hizo chillar y demostró que la gama de la expresión literaria no puede ser limitada a cánones estreñidos o famélicos. La abundancia salvaje, lírica y trágica, de William Shakespeare, continúa siendo el mejor ejemplo de que en literatura no hay reglas inconmovibles. Y, también, que la crítica puede equivocarse de maneras a veces risibles, a veces deplorables. Pero de algunos de estos egregios errores ya habrá tiempo de hablar aquí mismo,                   n

Carlos Fuentes Escritor. Su más reciente libro es Los años con Laura Díaz.

La inteligencia artificial y la inteligencia humana

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y LA INTELIGENCIA HUMANA

POR BRUNO ESTAÑOL

El hombre contemporáneo creó las máquinas y ahora es esclavo de ellas. No es concebible pensar en la época actual sin tener en consideración el uso de las máquinas. Las nuevas generaciones usan las computadoras como las viejas usaban las canicas. El hombre creó la computación para ahorrar tiempo y en el momento actual el tiempo que salvamos lo invertimos en ellas. Las máquinas en el campo de la medicina, sin duda, han mejorado nuestra calidad de vida y han hecho posibles diagnósticos de alta precisión con riesgos cada vez menores. Sin embargo, la mayoría de los avances en computación no han implicado el uso de la llamada inteligencia artificial. Las computadoras normales utilizan algoritmos sencillos y no las redes complejas que se utilizan en la inteligencia artificial. La historia de la inteligencia artificial data de 1956, cuando John McCarthy acuñó este nombre en la conferencia que dio sobre informática teórica en el Darmouth College. Inicialmente se utilizó para desarrollar juegos y demostrar teoremas matemáticos. A lo largo de los años aparecieron computadoras cada vez más poderosas que podían procesar señales complejas como la voz humana, o que podían procesar diversas señales a la vez y seleccionar diversas acciones, es decir, tomar decisiones.

El triunfo de la inteligencia artificial sobre la inteligencia humana está epitomizada por la derrota de Kasparov por la máquina jugadora de ajedrez Deep Blue. La inteligencia artificial ha mostrado su utilidad en los siguientes campos tecnológicos: 1) planificadores inteligentes de robots; 2) sistemas de comprensión de lenguaje hablado y su traducción al lenguaje escrito; 3) los llamados sistemas expertos; 4) desarrollo de la programación lógica. Los robots de algunas fábricas pueden tomar decisiones y esto los ha hecho, por decirlo así, más independientes. Los sistemas de comprensión del lenguaje hablado y su traducción al lenguaje escrito han ayudado a muchas personas con incapacidad. Sobre todo incapacidad visual. Los programas son onerosos y obviamente se requieren computadoras personales poderosas que no están al alcance de la mayoría de los habitantes del planeta. Sin embargo, es posible que en el futuro se abaraten los costos de estos productos.

Los sistemas expertos se han utilizado en varias áreas, en particular en la medicina. Se han ideado sistemas para diagnóstico y también sistemas para tomar decisiones en medicina. Norbert Wiener, el creador de la cibernética, junto con el mexicano Arturo Rosenblueth, dijo que las máquinas en sí mismas no tenían valor sino que lo importante era el uso que los seres humanos les dieran. La explosión tecnológica ha tenido una doble vertiente: ha servido para la creación de potentes armas de guerra y de dominación y para el uso más humano como en la medicina y otras áreas. Por eso Wiener convocó a que las máquinas se utilizaran para ayudar a los seres humanos.

Sí, existe una gran cantidad de tecnología pero generalmente sólo tienen acceso a ella los individuos y países ricos y poderosos. El uso humano de la moderna tecnología es uno de los retos éticos del hombre contemporáneo, n

Bruno Estañol. Escritor. Entre sus libros, Fata Morgana y El féretro de cristal.

La condición posthumana

LA CONDICIÓN POSTHUMANA

Nuestro número anterior se dedicó a los Vacíos mexicanos. Como verá el lector, el espacio de “Vida pública” contiene algunas reacciones del equipo de transición de Fox —los encargados de llevar adelante el cambio de gobierno en asuntos centrales para el país— a los temas que planteamos en septiembre. En estas páginas Nexos reitera su decisión de ser un foro abierto.

Abierto está también, en nuestro número de octubre, el tema de la cultura como otro de los grandes pendientes de la vida nacional. Al abordar el tema, hemos puesto un énfasis particular en el destino de la letra impresa. Un destino cuyo primer diagnóstico, por desgracia, sugiere ocuparse de lo que Rafael Pérez Gay llama en su artículo “Un memorándum en rojo”.

“El futuro ya no es lo que solía ser”, dijo de manera memorable el escritor Arthur C. Clarke cuando le preguntaron sobre el destino o el lugar de la ciencia-ficción, su especialidad, para el siglo XXI que se aproxima. Quería decir, como lo comprobamos día tras día, que la realidad ha desbancado a los science-fictioners o, mejor, que los ha vuelto novelistas de costumbres. En todos los órdenes de la vida humana, habitamos la sensación de que el presente se ha puesto adelante del futuro.

A esta percepción hemos dedicado toda una zona de este número de Nexos; los textos que integran “La condición posthumana” hablan por sí mismos. No sobra mencionar que este título se lo debemos a nuestro colaborador Salomón Derreza; tampoco que otros dos de los artículos centrales de esta zona fueron escritos por dos de nuestros más jóvenes colaboradores. El primero, “Etica y GenEtica”, se debe a José Carlos Castañeda. Sobre el segundo, “La naturaleza manipulada”, de ningún modo podemos decir que nos resarza en algo por la pérdida de Carlos Castillo Peraza; pero sí agradecerle al azar editorial el hecho de que en este número contemos con esa primera colaboración para Nexos de su hijo, Carlos Castillo López. Frente al desconsuelo, aceptamos este hecho como una incidencia de la esperanza.

LUIS MIGUEL AGUILAR

La suerte del peatón

DIVAGARIO

LA SUERTE DEL PEATÓN

Hasta hace nueve o diez años, la colonia Condesa tenía poco de recomendable. La memoria arroja casas y edificios en estado de abandono, teporochos semiocultos por la máscara del pulque, calles como corredores oscuros donde se practicaba el arte de la navaja. Los habitantes de la Condesa, los verdaderos habitantes, saben que, a pesar de las apariencias, del valor catastral por las nubes, las cosas no han cambiado. Pongo un ejemplo nada extremo. Al descubrirse rica, una franja de la calle Vicente Suárez, una franja ruidosa entre Atlixco y Tamaulipas, ha dado curso libre al desamor por las banquetas. No me refiero a los restauranteros; para ser franco, los dos metros de mesas hacia afuera me llenan de júbilo y confianza. iMe refiero, justamente, a quienes se han declarado sus enemigos. Hace dos meses, las autoridades delegacionales arremetieron contra las mesas callejeras del bar La Martinera creando, nada menos, un agujero, un enorme agujero. Resultado: el peatón debía abandonar la acera y sortear a los automovilistas. El inconveniente, conviene subrayar, era un inconveniente gubernamental. El agujero desapareció luego de semanas de riesgos mayúsculos para el peatón.

Ahora le ha llegado el turno al vértice de Vicente Suárez y Michoacán, donde se angosta el mercado y arden las carnes de El Zorzal. Se sabe que el restaurante viola el reglamento de mercados (horario nocturno, venta de vino y cerveza); y se sospecha que goza de un amparo. Pues bien, para sacar de quicio al restaurantero (¿quizá para invitarlo a cumplir la ley?), las autoridades han decidido cortar el acceso al lugar construyendo una jardinera. Y de paso… han decidido quebrantar el único derecho civil del peatón: caminar. Lo dicho: ¿qué puede compararse a la desolación de los hombres y las mujeres de a pie, que sobreviven, sin aspavientos, a la Ciudad de México?

—Roberto Pliego

Cancionero filosófico

GRATIS

Cancionero Filosófico

•Ser: Voy a apagar la luz para pensar en ti.

•Etica-. Pero qué necesidad, para qué tantos problemas…

•Tercera vía-. Se me acabó la fuerza de la mano izquierda.

•Identidad intransferible. Yo soy quien soy y no me parezco a naiden.

•Ecce Homo: Hombre que te dices hombre.

•Lucha de clases-. Cuarenta y veinte.

•Olvido del ser. Qué lejos estoy del cielo donde nací.

•Revolución: Vende caro tu amor, aventurera…

•Nihilismo: Aquí estoy entre botellas, agobiado por los humos del alcohol.

•Gnosis:Sabrá Dios, uno no sabe nunca nada.

•Logos: Pero, habla, habla, habla, hasta que te quedes vacía de palabras / más si quieres que hablemos de amor / vamos a quedarnos callados.

•Neoliberalismo: Con dinero o sin dinero hago siempre lo que quiero/ y mi palabra es la ley.

•Ontología: Farolito que alumbras, apenas, mi calle desierta.

•Razón pura: Querida, dime cuándo tú, dime cuándo tú vas a volver.

Sobre el vacío laboral

SOBRE EL VACÍO LABORAL

POR PATRICIA QUESADA LASTRI

El  sistema laboral mexicano se ha rezagado respecto del funcionamiento de la economía y las empresas, en detrimento de las oportunidades de “más y mejores empleos”, ingresos y de la calidad de vida en los hogares de los trabajadores.

•  Se caracteriza por su poca flexibilidad, altos costos y numerosas barreras de entrada y salida del sector formal y por el crecimiento de un sector informal que funciona como el mecanismo natural de ajuste de mercado.

•  Como resultado, en México opera una política laboral segmentada y carente de estrategias globales, en el marco de una legislación laboral rígida y con fuertes rezagos históricos, que fortalece el actual sistema de ganadores y perdedores.

•  Una reforma laboral integral deberá adecuar los mecanismos que operan en el sector para desarrollar un sistema de ganadores y ganadores que llene el vacío y la distancia que prevalece entre “la vanguardia y la retaguardia mexicana”.

El comportamiento humano no deja de sorprenderme. Día con día, en la vida familiar, en la social, en la académica y en especial en el vivir de una vida económica y productivamente activa, he llegado a la misma conclusión: las fallas de carácter en el comportamiento humano determinan las fallas de funcionamiento de una economía y de una sociedad.

Por la recurrencia de esas fallas, la agenda social económica y política de las naciones tiene entonces que regirse por un conjunto de reglas y normas que las conducen a una forma de vida que hemos denominado Estado de Derecho. Las leyes no sólo deben reflejar atención a las necesidades sociales, económicas y políticas del momento en el que se vive, sino que adicionalmente tienen que ser respetadas para que se cuente con las herramientas adecuadas para hacer que se respeten. Herramientas que van desde el ejercicio honorable de la autoridad hasta el desarrollo y el uso legítimo y eficiente de la información que explica el funcionamiento del sistema económico y social de una nación.

El sistema laboral es pieza fundamental de cualquier sistema socioeconómico y debe responder a las necesidades del momento histórico que se vive. La legislación laboral, como el sistema laboral en el caso de México, no responde a las necesidades de ese momento. El sistema opera de manera ineficiente porque, entre otras razones, a lo largo de nuestra historia ha sido fragmentado: empresarios o patrones vs. trabajadores. Jóvenes vs. “viejos”, en un sistema que, de manera absurda, considera económica y productivamente viejo a cualquiera que ha rebasado los 40 años de edad —poco más de 66% de la población ocupada tiene menos de 40 años—, razón por la que ha establecido todo tipo de barreras de entrada a quienes rebasan esa edad. Género masculino vs. género femenino —para 1998 la Encuesta Nacional de Empleo publica que aproximadamente el 66% de la población ocupada son hombres—, división que ha negado a la mujer condiciones y normas de trabajo acordes a su condición de mujer, sin mencionar, desde luego, la total ausencia económica y registro alguno del trabajo en el hogar (ya sea que en este tipo de trabajo se desempeñe una mujer o un hombre). Dicho trabajo no queda registrado en la economía ni por el lado del costo de oportunidad (en la forma de sueldos y salarios) ni por el lado de la inversión en capital humano que se genera en el proceso educativo y de cuidado parental de los hijos.

Un sistema excluyente como el que aquí se describe, se ve imposibilitado de aprovechar y reconocer al empleo como medio fundamental y proyecto prioritario de una estrategia de generación de “oportunidades para todos”. Tampoco puede aprovechar el potencial del espíritu empresarial necesario para el desarrollo y sano funcionamiento de una economía. El empleo provee a las personas de una fuente de ingresos, contribuye a la producción de bienes y servicios y provee a los trabajadores de una fuente de dignidad al permitirles participar en las actividades de su comunidad, y contribuir a algo de valor. Si consideramos que entre 1995 y 1999 se integraron cerca de 4.2 millones de personas a la población económicamente activa, queda claro que la necesidad de atención integral de este universo es prioridad del desarrollo.

Hemos vivido en un sistema que responde a los intereses de unos cuantos. Así, el sistema laboral (y quiero subrayar que no me refiero de manera exclusiva a la legislación laboral, a la que considero un componente, entre tantos, de la falta del sistema laboral) se encuentra atrasado en comparación con el funcionamiento actual de la economia y las empresas, desfavorece el acceso a las oportunidades y el ejercicio o servicio profesional de carrera a cualquier nivel, ha boicoteado el desarrollo de un sistema de competencias laborales y ha alimentado el crecimiento de un sector informal, que representa el 12.7% del Producto Interno Bruto en México de acuerdo con la información publicada por el INEGI en agosto de este año.

Del total de negocios informales iniciados, 93% no solicita créditos y se sabe no banca ble, cerca del 5% obtiene crédito de manos de amigos, familiares, vecinos o prestamistas particulares y poco más del 2% gestiona financiamientos en instituciones bancarias o acuden a otros intermediarios financieros. Este sector forma parte del segmento de microempresarios y autoempleados. Del total de empresas en el país, aproximadamente el 90% son microempresas, de las cuales el 65% son autoempleados. Uno de cada dos empleos depende de la microempresa y el autoempleo. Por esta razón, una reforma laboral integral tiene la obligación de incluir al segmento de economía que genera el 50% del total de los empleos y dentro de éste al así llamado sector informal, que ha crecido de manera importante, ya que funciona como mecanismo natural de ajuste del sector laboral como consecuencia de los altos costos de acceso, barreras de entrada al sector formal y refugio de las recurrentes crisis económicas. Los participantes en dicho sector no sólo deben ser reordenados y regularizados, sino que deben de ser reivindicados como seres humanos dignos de participar en la actividad económica y en pleno acceso al desarrollo.

Además de las inequidades y desequilibrios de mercado que se han generado por el sistema laboral mexicano, la legislación laboral ha favorecido la formación y permanencia de líderes y sindicatos ilegítimos y el mantenimiento de contratos de protección, en detrimento de los sindicatos y las centrales de comprobada integridad jurídica y política y de hecho en perjuicio del progreso y desarrollo de los trabajadores. El sistema actual ha dividido y alejado a la “vanguardia de la retaguardia” y creado un vacío y distanciamiento entre los miembros de una misma sociedad. Un esquema de ganadores y perdedores, que bien puede ser sustituido por uno de ganadores-ganadores.

Raúl Trejo Delarbre plantea en su artículo “El vacío laboral” (Nexos 273, septiembre de 2000) que una reforma a la Ley del Trabajo podría eliminar los obstáculos a la movilidad de los trabajadores dentro de las empresas, establecer criterios claros para la promoción y el pago por horas o días, permitir la contratación temporal, así como propiciar contratos colectivos auténticamente colectivos y favorecer la democracia y transparencia en los sindicatos. En resumen, promover y regular, mediante una reforma de ley, un nuevo esquema de ganadores a ganadores.

Una reforma laboral integral, más allá de una reforma a la ley, debe sentar las bases, facilitar y promover la atención del empleo y el espíritu empresarial. Atender al sector de los microempresarios y autoempleados, regularizar, reordenar y dignificar a todos los participantes del sector informal. Reivindicar la imagen de líderes y sindicatos. Desarrollar la herramienta primordial para el pleno aprovechamiento de la inversión en capital humano que se logre mediante la tan anhelada “Revolución Educativa”: más y mejores empleos en un México de oportunidades para todos,     n

Patricia Quesada Lastri.Coordinadora del Sector Laboral de la Coordinación Económica de Transición.

El cierre ciclónico

EL CIERRE CICLÓNICO

Al  cierre ciclónico nos enteramos de que hay un grupo internacional llamado Amigos de la Suástica. Pero no es lo que uno piensa. Más aún, el lema central de este grupo es “¡Hitler al carajo!” y sus miembros insisten en que no tienen “conexión alguna con propaganda racista”. De modo expreso, lo que este grupo se propone es “detoxificar” la suástica o devolverla a su origen. Y pensar, en efecto, que la suástica es originalmente un símbolo que toma su nombre del sánscrito y que quiere decir “bienestar y buena fortuna”. Y pensar que todavía en 1920 en Estados Unidos la Cocacola fabricaba relojes de pulsera, “para la buena suerte”, en forma de suástica. 1920 es el mismo año, por cierto, en que los nazis optaron por la suástica en respuesta a la petición de Hitler en Mi Lucha: “(Debemos) emprender una búsqueda para encontrar el símbolo perfecto para el partido (nacional socialista)”. Todo esto viene en un libro del investigador norteamericano Steven Heller: The Swastika. Que por cierto se subtitula: “Un símbolo sin redención”. Pues sí: pese a los esfuerzos de los Amigos de la Suástica, cuyo líder, llamado HombreMujer, tiene 200 suásticas tatuadas en su cuerpo, tendría que pasar otro Reich, otro milenio, antes de que la suástica volviera a su inocencia.

3.”De no haber sido emperador, nadie habría dudado de su capacidad para reinar”. TACITO.

4.Tatuajes: Nada nuevo bajo (y por) el sol. Refiere Robert Graves en Los mitos griegos: “Los cíclopes fueron al parecer un gremio de forjadores de bronce de la Hélade primitiva. Cíclope significa ‘los de ojo anular’, y es probable que se tatuaran con anillos concéntricos en la frente, en honor del sol, la fuente del fuego de sus hornos”.

5.”Los primeros cuarenta años de la vida nos dan el texto; los siguientes treinta, el comentario”.

SCHOPENHAUER

W. H. Auden se refirió a esa gran empresa: “Ego, Inc.”. Hoy tendríamos que hablar de “Yo. com”.

La primera vez que el millonario Jay Gould (bisabuelo, efectivamente, del paleontólogo Stephen Jay Gould) oyó hablar de la lucha de clases, dijo: “Si de eso se trata, yo puedo contratar a la mitad de la clase obrera para que luche contra la otra mitad”.

Sobre los vacíos mexicanos

VIDA PÚBLICA.

SOBRE LOS VACÍOS MEXICANOS

POR LUIS ERNESTO DERBEZ

En su número de septiembre de 2000 Nexos publicó seis artículos que iban a la caza de los vacíos mexicanos. Sus páginas centrales no se ocuparon de todos pero sí de los más insidiosos: el vacío fiscal, el laboral, el educativo, el financiero, el de seguridad y el de justicia. Ahora publicamos cinco artículos que reaccionan a esos vacíos mexicanos. Sus autores forman parte del equipo de transición del presidente electo Vicente Fox. Lo que expresan puede leerse como las estrategias que el próximo gobierno pondrá en circulación para atender y replantear al país que de ninguna manera puede escurrirse entre sus huecos. Cinco, es cierto, no caza con seis. En una entrega posterior el lector encontrará la reacción de Rafael Rangel al vacío educativo.

Sobre el vacío fiscal

Cualquier reforma que se quiera proponer a nuestro sistema tributario deberá cumplir seis objetivos críticos.

Ante todo, resulta imprescindible garantizar una distribución equitativa de la carga fiscal. El sistema tributario mexicano, en su forma actual, abre la puerta a inequidades inaceptables en el peso tributario que deben ser eliminadas.

Elevar la disponibilidad de recursos para asegurar un financiamiento sano del gasto y de los pasivos públicos constituye un segundo objetivo que debe derivarse de la reforma fiscal. Es importante que entendamos que el peso del gobierno sobre la sociedad no debe medirse en términos de la carga tributaria sino de la suma de gasto y pasivos públicos. Un financiamiento adecuado de los pasivos públicos ayudará, a la larga, a disminuir la carga gubernamental sobre la sociedad.

Una reforma fiscal conducente al progreso debe también contribuir a elevar la calidad en el ejercicio de gobierno. Esto será posible al sentar los incentivos correctos y las condiciones necesarias para establecer relaciones fiscales sanas entre los diferentes niveles de gobierno. Un sistema fiscal capaz de transmitir a cada nivel de gobierno el costo que representa para el electorado el gasto adicional contribuye a fortalecer la rendición de cuentas. Una rendición de cuentas más estricta se traduce por necesidad en un ejercicio de gobierno de mayor calidad.

La reforma fiscal debe asegurar también que para el financiamiento de un monto dado de recursos requeridos por el sector público se imponga un costo mínimo para la sociedad. Esto requiere de una estructura impositiva promotora del crecimiento y del bienestar. Más que conceder preferencias fiscales, una estructura impositiva promotora del crecimiento y del bienestar debe evitar alterar artificialmente las decisiones de ahorro, inversión, empleo e innovación de parte de los contribuyentes.

Una exigencia muy válida de la sociedad es la de lograr una simplificación fiscal. El contribuyente en la actualidad está sujeto a una inseguridad jurídica que resulta inaceptable. La revisión a fondo de los procedimientos fiscales debe traducirse en un menor costo de cumplimiento de las obligaciones fiscales y una mayor transparencia en los criterios de observancia.

Por último, debemos alcanzar una administración tributaria de alta calidad. Ello implica transformar la relación de la autoridad fiscal con el contribuyente. El contribuyente debe ser visualizado como el cliente de la administración tributaria y, en consecuencia, debe ser tratado como tal. Al mismo tiempo, la administración tributaria debe contar con la infraestructura, la tecnología y los recursos humanos necesarios para garantizar una aplicación estricta de las obligaciones fiscales. La evasión debe ser erradicada.

El consenso de los analistas del sistema tributario mexicano coincide en la necesidad de elevar la recaudación tributaria en México.

Ello responde, en primer lugar, a la necesidad de incrementar el monto de recursos destinados a la inversión social en educación, salud y combate a la pobreza y para la renovación de la infraestructura indispensable para un crecimiento sostenido.

Adicionalmente, la carga de la deuda pública no reconocida impone un lastre sobre el potencial futuro de crecimiento de la economía. Ciertamente, sería posible posponer la corrección de este sobreendeudamiento, evitando con ello el costo político de elevar la recaudación. Hacerlo, sin embargo, ocasionaría un costo permanente sobre las generaciones futuras.

Con todo, nuestra reforma no es meramente recaudatoria. Se propone un sistema capaz de reducir el costo administrativo del cumplimiento de las obligaciones fiscales para el contribuyente; se eliminan fuentes de inequidad mediante vacíos legales que permiten que individuos con una capacidad económica similar enfrenten cargas fiscales considerablemente diferentes; se devuelve al electorado local el control sobre el presupuesto de sus autoridades; se establece un marco tributario conducente al crecimiento, a la generación de empleo, al ahorro y a la inversión.

Nuestra propuesta de reforma fiscal conduce por necesidad a una mayor caiga tributaria. Al hacerlo, la propuesta simplemente reconoce el peso de la deuda pública existente. La opción de postergar el aumento de la recaudación no se traduce en un menor costo fiscal —éste ya existe.

La característica distintiva de nuestra propuesta radica en que el aumento en la recaudación se da mediante mecanismos que no alteran artificialmente las decisiones de trabajo, ahorro e inversión de la sociedad. Esta neutralidad del sistema tributario sobre las decisiones privadas reduce el costo, en términos de bienestar, que se impone sobre la sociedad.

La reforma fiscal es integral en el sentido de que abarca los diversos aspectos de la tributación tanto sobre el ingreso como sobre el consumo; incluye una revisión a fondo tanto del marco tributario federal como también de los mecanismos esenciales de nuestro sistema de coordinación fiscal; establece mecanismos para brindar seguridad jurídica y reducir los costos de cumplimiento al contribuyente al tiempo que introduce herramientas para garantizar una fiscalización efectiva.

Un análisis técnico del sistema impositivo mexicano sugiere también la necesidad impostergable de simplificar la estructura fiscal, eliminando preferencias fiscales que conducen fácilmente a prácticas de evasión fiscal —evasión que va en detrimento de la equidad del sistema.

Un enfoque integral de tributación al consumo resulta indispensable para garantizar un monto estable y suficiente de recursos para el financiamiento de la acción pública. La estructura actual del Impuesto al Valor Agregado limita, en primer lugar, su potencial de recaudación. México cuenta con una de las bases más limitadas del IVA tanto entre los países de la OCDE como entre las economías latinoamericanas.

Adicionalmente, el beneficio de la aplicación de la tasa cero y de las diversas exenciones se concentra desproporcionadamente entre la población de mayores ingresos. Se estima que por cada peso de beneficio por la existencia de tasa cero y exenciones, el 10% de la población de menores ingresos recibe beneficios equivalentes a solamente 3-5 centavos.

La inequidad que el sistema actual provoca obliga a replantear de manera conjunta la inversión que como sociedad destinamos a la promoción social y económica de los grupos de menores ingresos y el sistema de tasa cero y exenciones del IVA. Toda propuesta de reforma del IVA sería precedida por mecanismos de compensación para la población de menores ingresos.

La reforma fiscal incluirá una revisión del Impuesto sobre la Renta a fin de eliminar inequidades que el sistema actual introduce y que se traducen en que contribuyentes con una capacidad económica similar enfrenten cargas fiscales diferentes. Ello requiere del acotamiento de regímenes especiales y del diseño de un sistema efectivo, equitativo y no distorsionante de tributación para pequeños contribuyentes. A medida que la recaudación vía impuestos al consumo se amplíe, será posible reducir las tasas marginales del Impuesto sobre la Renta que enfrentan los contribuyentes de ingresos medios.

Un aspecto crucial de la reforma fiscal deberá ser la simplificación y transparencia del sistema tributario. Reducir el costo administrativo que para los contribuyentes representa el costo del cumplimiento de las obligaciones fiscales es una precondición para el éxito de la reforma y para asegurar condiciones de competitividad del aparato productivo.

La revisión del federalismo fiscal debe plantearse de manera simultánea a la reforma tributaria. Se ha documentado ampliamente que la dependencia excesiva de los gobiernos estatales y municipales de recursos federales debilita la rendición de cuentas y la calidad en el ejercicio de gobierno. Toda reforma fiscal que se instrumente deberá contemplar la ampliación de los ingresos propios de estados y municipios.

Desarrollar un gobierno de mayor calidad requerirá de mayores recursos para la acción pública. Garantizar la disponibilidad de los recursos necesarios para la inversión en educación, salud y en la modernización de nuestra infraestructura y para la promoción material de los más necesitados, requerirá de un mayor esfuerzo de todos los sectores de la sociedad.

La propuesta fiscal que habrá de proponerse deberá contar con fundamentos técnicos sólidos y un amplio consenso social,     n

Luis Ernesto Derbez Coordinador de Economía del Equipo de Transición del Presidente Electo.

El Brasil de por aquí

EL BRASIL DE POR AQUÍ

Se ha vuelto ya una tradición en el futbol mexicano la salida del entrenador de la selección nacional sin que tal entrenador haya cumplido, bien a bien, un ciclo. Esto suele ocurrir durante la época de las eliminatorias rumbo a un mundial de futbol. Es cuando todo mundo —los directivos, los medios, el público, los propios jugadores inconformes, el taquero de la esquina— se vuelven entrenadores espontáneos y se dedican a “pedir resultados”, o más aún: “que (los integrantes de la selección, empezando por el entrenador) venzan y convenzan”. Entonces comienza el deporte nacional, que parece futbolístico y es en realidad parafutbolístico, de las presiones sobre el entrenador y sobre el equipo del entrenador. Hasta que se pudra, y lo saquen, o se salga él mismo, o las tres cosas.

No es casual que estas presiones ocurran siempre durante las eliminatorias. Tiene que ver con esto: contra la misma realidad, cuyas lecciones al respecto son cada vez más constantes, seguimos creyendo que México debe ser el invencible de la Concacaf (o como se llame ahora la Confederación Centroamericana y del Caribe de Futbol) y que el manifiesto destino mexicano en la zona es despedazar, incluso antes del juego, a los rivales en turno. Se olvida que nunca fue fácil, y ahora, menos. (Pero ahora somos tan más Mexicanos que incluso despreciamos las goleadas.)

Manuel La Puente se fue, y nadie hizo algo por detenerlo. Los mexicanos nos deleitamos en esta quemazón “bienal” o “trienal” según la cual debe llegar otro entrenador que responderá a nuestros axiomas de grandeza indisputada, y hará que ganemos de modo fácil y abultado, lo cual no sólo es esperable, sino exigible, “puesto que somos el Brasil de por aquí”.

Manuel La Puente se planteó a un equipo mexicano que pudiera ganarles a los mejores del mundo. Tenía una idea nacional, de cómo usar de la mejor manera las virtudes del futbolista mexicano y de cómo suplir sus fallas. Bien a bien, el tiempo que La Puente llevaba trabajando rendiría sus frutos hasta el mundial del 2002. Su renuncia aceptada habla por un enorme desperdicio. El nuevo entrenador, Enrique Meza, tiene todos los méritos, y habría llegado su momento. Pero no era éste. O quizá no hay, en México, momento para ningún entrenador: una vez que Meza —ojalᗠnos “convenza”, muy pronto dejará de “convencernos”. Así lo indicará una vez más nuestro efecto óptico nacional: no hay entrenador a la altura de nuestra infatuada superioridad en la zona, ni triunfo en Concacaf que, “bien pensado” —en cuanto se sale del estadio o se apaga la televisión— no sea deleznable,                n

—Johannes Burgos

Crímen, ficción y vida cotidiana

CRIMEN, FICCIÓN Y VIDA COTIDIANA

POR ÁLVARO RUÍZ ABREU

La novela conduce a la realidad cotidiana y ésta a la novela. Así lo confirma la relectura de tres momentos Iliterarios que asombran por su poder para imaginar el horror criminal que llama a la puerta: Compulsión de Meyer Levin, Crimen y castigo de Fiodor Dostoyevski y A sangre fría de Truman Capote.

Soy la resurrección y la vida. Quien crea en mí, Aunque esté muerto, vivirá; y quien viva y crea En mí, no morirá para siempre.

San Juan.

La primera vez que leí una novela en la que el crimen era su centro y su periferia, fue en 1964, en la prepa. En los ratos libres que dejaba el calor sofocante devoré aquellas 525 páginas de la novela de Meyer Levin, Compulsión, que Fabril Editorial de Buenos Aires había impreso en 1958. La historia de dos muchachos de mi edad que deciden un buen día “probar” su talento e ingenio, arriesgarse a la aventura del homicidio en nombre de la capacidad de hacerlo, me estremeció. Cuando al fin solté el libro estuve cogido por esa historia. Creo que a esa edad la violencia como demostración de fuerza, el atentado contra las formas establecidas parecen una forma de libertad. Tenía la edad en que el orden es todo lo que se opone a nuestros deseos, el lado oscuro de la adolescencia.

Compulsión había sido el resultado del impacto que produjo en el autor el crimen del que fue testigo de época, pues Levin tenía la misma edad que los asesinos y los conoció. Está basada en el asesinato de un niño en un barrio residencial de Chicago en 1924. Algo hubo, la saña de los responsables, las torturas a las que fue sometida la víctima, el cálculo casi perfecto para no dejar huellas, que estremeció a la gente y la enmudeció. El hecho se convirtió en leyenda. Los responsables fueron descubiertos, eran dos jóvenes de 18 años de edad, estudiantes con coeficiente de “sobredotado”, hijos de familias acaudaladas, que de pronto habían sentido la curiosidad (la compulsión morbosa) de matar y así probar “cómo era”. Levin siguió el caso, y como lo haría Truman Capote en 1959, escribió un largo reportaje para profundizar en las causas del crimen, pero de ahí saltó a la ficción y escribió la novela que comentamos.

El libro era de un amigo que ya había terminado la carrera de leyes. Audaz y lleno de curiosidad, se instaló en Villahermosa invitado por el gobernador Carlos A. Madrazo. Hablaba de Repulsión como su propia Odisea, su libro de cabecera, un decálogo para un licenciado que se inicia en el litigio; no era un viaje de regreso sino el comienzo de su carrera que busca la justicia en teoría. Yo leí aquel texto siguiendo su frase directiva, “es una historia compleja, eh. que demuestra la fragilidad de la conducta”. Me heló la piel la descripción de las escenas en que los muchachos planean y llevan a cabo su proyecto de secuestro a la salida de la escuela del chico escogido, la autosuficiencia de los responsables, la culpa que posteriormente los destruye. Era una escritura reveladora, un estallido, y la medio olvidé.

La otra historia relativa a un homicidio me llegó creo que el año siguiente y era la de Raskolnikov y su calculada sabiduría que lo convenció de que podía cometer un crimen perfecto. Y así fue. El protagonista, como en el caso de Compulsión. era también un joven, pero en vez de riqueza y grandes oportunidades vivía sitiado por la pobreza en una triste y oscura casa de huéspedes en un miserable barrio de San Petersburgo. Y no escoge a un niño sino a una anciana y ruin prestamista para la que no existe palabra más iluminadora que el dinero y que él considera sólo “un piojo”.

Era la historia de una aventura por los laberintos de la conciencia, del pecado y el sufrimiento. En Crimen y castigo se dan la mano los bajos fondos y el pensamiento más lúcido, el crimen de las dos hermanas y la confesión del culpable ante el tribunal de la justicia y de la luz divina; vemos canallas como Lújin que violó a una niña de catorce años, sordomuda, que se ahorca después; el mismo que confiesa “Figuraos que sólo le di dos latigazos”, refiriéndose a su difunta mujer. El prototipo del cobarde y el cínico es Marmeladov, padre de Sonia que se prostituye para salvar a su padre y a sus hermanos, que ha descendido a los infiernos, se mueve en el fango y la degradación y al mismo tiempo proclama los sentimientos más sagrados y esenciales del hombre. Aturdido, lleno de temores, Raskolnikov deambula por las calles, las plazas, sube y baja de su edificio donde alquila un cuarto, huyendo de los demás, distanciado de la palabra. “Cuando Raskolnikov dejó caer el hacha sobre el cráneo de la vieja, no es a esta hembra de sórdida avaricia a quien ha matado; se ha matado a sí mismo, o más bien, a la luz divina que lo habitaba”. Lo seguí en sus salidas, en su paso por las tabernas y el olor ácido del verano fétido de la ciudad que no asimila, y en la pobreza que lo exalta y en algo más sentimental: su dependencia de una madre bondadosa cuyos ahorros los destina a la “educación” de esa gran inteligencia que es su hijo, y de una hermana que espera con ansias que el provinciano de su hermano “haga fortuna” y un día la libere.

Era una historia implacable, en la que el crimen se va borrando. En su lugar se instala el castigo de Raskolnikov y su destierro a Siberia, acompañado de Sonia que quiere asistir a su resurrección. Cree en el pasaje del Evangelio que le ha leído a él, el de Lázaro. El primer plano de la obra, ya lo ha apuntado la crítica, lo ocupa el héroe como ideólogo que se sustenta en una idea de la naturaleza humana, de Dios, del pecado, del bien y del mal. Incluso un ebrio de la talla de Marmeladov, padre de Sonia, a la que estafa para beber, ofrece en una taberna una extensa cátedra de filosofía de la moral y de la naturaleza del pecador, y exclama que él es un cerdo, una bestia horrible que sólo puede ser perdonado por la gracia de Dios. La leía en el día y en las noches, a veces sentado en el Parque México, y me la llevé a la Barra de Santana, en Tabasco, durante las vacaciones. Lo supe tiempo después: Dostoyevski es un autor que nos acompaña en la adolescencia —la idea es de Borges que leyó Crimen y castigo en su primera estancia en Ginebra—, no en la madurez. Cuando la terminé, me sabía de memoria algunos pasajes. Pero la salida de Raskolnikov una tarde en que la nieve casi le llega a las rodillas, y en la calle va dejando el rastro de su destino, me hizo enmudecer. Venía hacia él un crimen bien urdido que no era sino la expresión de un alma miserable que se ha erigido en superpotencia. Un ser desposeído que quiere abrazar al superhombre. Me dejó en silencio varias semanas, aunque me daban vuelta algunas escenas de Raskolnikov y Sonia, el único interlocutor que encuentra en aquella desolación que es su vida de estudiante. Los estudiantes rusos vieron en aquél un exceso literario, una idea muy particular de un personaje que sólo camina en un sentido abandonándose a la enfermedad. Era la locura. Un crítico de la época preguntaba “si la literatura tiene derecho a aferrarse a excepciones enfermizas”. Y el doctor Tchiyj, especialista dostoyevskiano, vio sólo neuróticos en los personajes de Dostoyevski. Encontró seis en Crimen y Castigo, dos en Los hermanos Karamazov, seis en Poseídos, cuatro en El idiota, etcétera.

III

En otras novelas encontré esa rara comunión entre “verdad” y ficción, cuyas historias habían sido hurtadas a la realidad. Rodando en los textos periodísticos fui a dar con el género llamado “sin ficción”: A sangre fría de Truman Capote, muchos años después de Levin y de Dostoyevski. Era una novela de gran penetración en los escritores de México y América Latina de los años sesenta y setenta. Baste recordar que Jorge Ibargüengoita se la sabía de principio a fin y la tuvo muy presente al investigar a las Poquianchis, el tema de su novela “sin ficción”, Las muertas (1977). Vi el argumento de Capote como un intento de explorar la psicología del crimen y de quienes lo ejecutan, fotografiando de paso el sueño social americano, poniendo el dedo sobre la lógica de la conformidad. Cuando presenta a Perry lo recupera en sus pasajes de la infancia, como soldado que estuvo en la guerra de Corea y regresa a su país para ser premiado por su “valor”, en su pasión por la música y la poesía. El lector entiende que su suerte ha sido nefasta, pero que no es suficente la pobreza, la falta de amor, la soledad, la pulcritud del american way of life para cometer un crimen. No hay explicación, tampoco nada que lo justifique.

Esta novela es parte del programa académico de la carrera de comunicación en la que doy clases, y suelo releerla cada cierto tiempo y así compartir su historia y su “realidad” con los alumnos. Este año volvimos a ella con la misma intención. De nuevo puse ante mí las 300 páginas en la que se encuentra la historia desdichada de Perry y de Dick, la pareja que elimina de tres disparos de escopeta calibre 0.12 a cuatro miembros de una familia en un condado de Kansas. A cambio obtienen un botín de 67 dólares con 50 centavos, un radio, una condena generalizada y posteriormente, cuando son aprehendidos y juzgados, la pena de muerte.

En ese gesto sin límite, por su indiferencia ante la vida de los demás y su desarraigo de todo territorio, vi una acción como en carne viva. Pero ya no encontré a la ficción solamente, como en las lecturas anteriores, sino un simulacro de lo que pasa en la vida cotidiana, la mía o la del vecino, de la ciudad de México, en el año 2000. Cada paso de Dick en el interior de la casa, en la medianoche, con sus botas y su escopeta, me parecía el asalto que en cualquier momento elimina a una víctima tomada al azar en el Distrito Federal. El espasmo que me producía la novela de Capote era una intromisión de la fantasía en la vida cotidiana. ¿Qué diablos estaba sucediendo en la cabeza y en la piel de este lector?

El miedo incubado en los últimos años resucita de manera inesperada cuando escuchas noticias en las que es posible enterarse de que el señor de la casa intentó “defenderse” y apuntó con un rifle a los tres hombres que habían entrado a su domicilio y tenían en jaque a toda la familia. El resultado fue que uno de éstos disparó primero y mató al propietario de la casa delante de los hijos y la esposa. Son relatos que corren a gran velocidad en periódicos, la radio y la televisión, y se quedan ahí, retumbando, oprimiendo el pensamiento, el estómago. Recuerdo el de un conocido lejano al que le disparó quien le exigió las llaves del coche y como era algo sordo tardó medio minuto en entregar las llaves. Murió tirado en la calle, junto al hijo adolescente que lo acompañaba y que había recogido del colegio esa misma tarde. Así la novela me orilló a la realidad cotidiana, y ésta a la novela. El crimen dibujado en la ficción había sido la restauración de un mundo cruzado por la morbosidad y la prepotencia (los muchachos de Compulsión), por la razón puesta al servicio de una carrera entre Dios y el Diablo como la que inicia Raskolnikov y que sólo detiene la conciencia, y por la mirada escrutadora de Capote en su novela. Radiografía de los años de la posguerra, apuesta por el nuevo periodismo que debía destronar los vicios y abusos de una prensa lenta y objetiva, el trabajo de Truman Capote estableció una nueva realidad, la que va del jardín edénico del resurgimiento del sueño americano, al infierno que encarna la vida, las vicisitudes, la aventura que había sido la vida de Dick y de Perry con sus miserias y su misión carente de fines. Creo que llegar a la ficción tomando a la realidad como motivo parece un ejercicio literario nada nuevo y que vuelve, como los cometas, cada cierto tiempo. Toda novela de crimen suele etiquetarse como policiaca, lo cual es insuficiente para el arte literario, y útil si acaso para reconocerla, como todas las etiquetas. Con distinto nombre el género híbrido, esa combinación de ficción y apuntes de la vida cotidiana, apunta en la misma dirección: hacer cómplice al lector de los hechos que lo asombran en su tiempo y en su ciudad, recordándole que aun la más perfecta sociedad está expuesta a caer en pedazos, esbozos de la pérdida del Paraíso,       n

Bibliografía

•  Mijail Bajtín: Problemas de la poética de Dostoyevsky, traducción de Tatiana Bubnova, Fondo de Cultura Económica, 1986.

•  Henri Troyat: Dostoyevski, Ediciones Destino, Barcelona, 2a, ed., 1961.

•  Meyer Levin: Compulsión, Fabril Editorial, Buenos Aires, 1958.

•   Fiodor M. Dostoyevski: Obras completas, Aguilar, traducción de Rafael Cansinos Asséns, México, 1991, tomos I, II, III.

•   Truman Capote: A sangre fría, Anagrama, Barcelona, 1991.

Alvaro Ruiz Abreu Escritor. Entre sus libros, La ceiba en llamas.

Se le echaron de a montón

CARACOL

SE LE ECHARON DE A MONTÓN

POR CINNA LOMNITZ

Félix Salgado, ilustre representante de los motociclistas en el Congreso de la Unión, fue paseado en vilo ante la opinión pública para escarnecerlo, como si se tratara de un skinhead teutón. ¿Qué pasó?

Félix, a quien conozco de buenas referencias, se había tomado unos mezcales con el Cara de Guerra y demás miembros de su clan. A la salida se subieron a las Harley y decidieron irse de paseo a Acapulco, una gran idea para un sábado en la tarde. Con el objeto de cargar gasolina, entraron a la Colonia Condesa con los escapes abiertos y pidiendo guerra, con la mala suerte de que Félix derrapó y se cayó, causando daños menores a su vehículo.

Dos policías lo amonestaron, y Félix trató de propinarles un puñetazo pero desgraciadamente su puntería se encontraba afectada por el licor. Lo persiguieron, lo hallaron escondido tras unas cajas de cerveza, y lo patearon en el suelo. Fue más difícil someter al Cara de Guerra; cinco uniformados no pudieron con él. En la comisaría, al comprobar que se trataba de un diputado, lo soltaron.

Eso fue todo, pero el rasgado de las vestiduras se escuchó hasta Tierra Caliente. Los mismos periodistas que habitualmente defienden al subcomandante Marcos se le echaron de a montón. Y es que una cosa es encapucharse heroicamente para alzarse en nombre de Mao y otra traer una moto disfrazada de armadillo.

No es un malviviente. No esconde su cara. Su moto fue adquirida legalmente y esos espolones capaces de abrir un BMW en canal le costaron su dinero. Está mal que lo diga, pero Félix Salgado es cultor de una de las tradiciones mexicanas más venerables, la del desmadre. Yo quiero saber quién de los presentes me lo puede negar. ¿Quién es el héroe de mil corridos? ¿El borracho enamorado y jugador, o el fino y relamido político y periodista de “avanzada” que sólo sabe hundirte el puñal en la espalda?

Félix quiso cerrarle el paso al Presidente, es verdad, pero Zedillo es hombre suficiente para perdonarle un instante de comprensible exaltación.

Yo pienso sinceramente que el desmadre es una de las cualidades más valiosas e importantes que redimen al habitante de estos cerros y llanos. Merece la protección de las leyes y el amparo constitucional.

El nacimiento de la ciencia

Minerva o Athine, diosa de la ciencia, le causó un espantoso dolor de cabeza a su pobre padre. Nació del cerebro de Júpiter (o Zeus, como se prefiera), estando ella perfectamente grande y formadita. Es más, salió vestida con una fina túnica y armada de lanza y escudo. Este doloroso nacimiento de la Diosa Virgen es uno de los pasajes más hermosos y profundos de la religión grecorromana. El cardenal Ratzinger nunca lo ha objetado.

Y es que ahora existen nuevas evidencias que parecen comprobar que efectivamente la ciencia, tal como la conocemos, surgió ya adulta, vestida y armada, del cerebro de un solo hombre. Este hombre, un modesto ciudadano de Siracusa en Sicilia, murió en el año 212 a. C. Se le recuerda por la frase eureka (“ya lo tengo, ya lo encontré”), que supuestamente se refería a su descubrimiento de la ley de flotación de los cuerpos. Es una de tantas historias que se cuentan sobre este hombre extraordinario y enigmático que se llamaba Arquímides.

Hace dos años, en la casa Christie’s de Nueva York, se remató un antiquísimo manuscrito llamado el Palimpsesto de Arquímides, que se creía perdido. Había sido avistado por última vez en una biblioteca de la Iglesia del Santo Sepulcro de Istambul, hace unos 120 años. La venta del manuscrito fue objetada por la Iglesia Ortodoxa Griega pero el juez decidió que sí procedía rematarlo. Un coleccionista anónimo ofreció dos millones de dólares y con eso se lo ganó al gobierno griego, que era su competidor más cercano. Hoy el manuscrito se encuentra en Estados Unidos y, gracias a la buena disposición de su anónimo dueño, ha sido otorgado en préstamo a los expertos en letras clásicas, paleografía y matemáticas. Está por publicarse una traducción comentada y corregida del documento.

El manuscrito, del siglo X, es el más antiguo que se conserva sobre la obra de Arquímides. Contiene un trabajo inédito llamado El Método, más otras seis obras fragmentarias: Planos en equilibrio, Sobre los cuerpos flotantes, Líneas en espiral Sobre la esfera y el cilindo, Medición del círculo, y Stomachion. Aparte del Método y del Stomachion, las otras obras ya eran conocidas en diferentes versiones. El Palimpsesto tiene errores matemáticos bastante obvios, que se han corregido y se explican por las numerosas copias anteriores que se habían hecho de la obra en el transcurso de los siglos. Se conservó gracias a unos monjes griegos del siglo XII, que lo rasparon para reciclar el pergamino como un libro de plegarias. Eso era práctica común en la Edad Media. Borraban el pergamino original lo mejor que podían. En este caso, cada página fue cortada en dos horizontalmente y el nuevo texto fue escrito en sentido atravesado. Así fue posible restablecer gran parte del texto original por métodos químicos.

La importancia y originalidad del Método de Arquímides fue reconocida de inmediato. Se trata de una hazaña intelectual impresionante, que aclara el pensamiento del autor. El problema que plantea el Método está en la base de todo desarrollo científico, y se puede describir de la manera siguiente. Para aprender ciencia hay que asistir a dos tipos de cursos: cursos de matemáticas y cursos de ciencia experimental, por ejemplo, física. Vamos de una clase a otra, y no nos damos cuenta de lo diferentes que son. En la clase de física nos enseñan acerca del comportamiento de los objetos reales en el mundo real, por ejemplo, las palancas. Luego nos levantamos, salimos del salón y nos vamos a otro salón donde se nos pide que nos olvidemos de lo que pasa con los objetos reales y que manejemos puras abstracciones, tales como líneas rectas, números y figuras geométricas. ¿Qué tiene que ver un mundo con el otro? ¿Por qué un resultado matemático tiene aplicación en el mundo real? Arquímides elabora la primera teoría que pretende dar una respuesta, y con ello echa las bases de la ciencia moderna.

Al desconocerse esta obra, era posible malinterpretar el pensamiento de Arquímides. Hace un fin de siglo, el físico Ernst Mach llegó a afirmar que el método de razonamiento de Arquímides era fallido. En el caso de la palanca, por ejemplo, dice Mach que existe un razonamiento circular porque se da por supuesto el resultado que se pretende demostrar. De lo contrario, ¿cómo podría obtenerse una ley de la física sin realizar experimento alguno? Pero ahora se ve que estaba equivocado. Arquimides nunca hizo eso. Lo que hizo fue comenzar con la física, considerando una palanca real hecha de palo, para luego pasarse al mundo matemático y, finalmente, cuando había concluido su demostración, pasar en sentido inverso construyendo puentes de ideas de uno a otro lado. Cada transición de un mundo al otro venía acompañada por suposiciones explícitas y muy cuidadosas.

Es verdad que Arquimides gustosamente se explayaba en el mundo de las matemáticas y se olvida del mundo real. Le interesaba únicamente la demostración lógica. Pero si hubiera pensado como Mach no existiría la física matemática.

Esto se puede ver claramente en las ilustraciones al Palimpsesto. A partir del Renacimiento, todos los textos matemáticos traen figuras perfectamente realistas: un triángulo equilátero se dibuja con tres figuras perfectamente iguales. Para Arquimides eso no tiene ninguna importancia. Así, cuando demuestra que el centro de gravedad de un triángulo está a un tercio de la altura, la figura que acompaña esta demostración no lo muestra a un tercio de la altura. Lo que importa es la lógica de la demostración y no el realismo.

Entonces ¿por qué gritó “Eureka”? ¿Porque había descubierto un nuevo resultado geométrico, o una nueva propiedad de los cuerpos físicos? Nunca lo sabremos, pero a Arquimides, primer científico moderno, no le importaba. Lo que le hizo salir del baño a la calle a gritar como un loco, era haber encontrado la demostración de por qué el mundo era así.

Arquimides fue también un gran ingeniero. Ambas vocaciones se juntaron en un solo hombre extraordinario, de acuerdo a la famosa definición de Theodore von Karman: “El científico estudia lo que existe, y el ingeniero crea lo que nunca existió”.

Doscientos años no es nada

La carta estaba ahí, en el escritorio del Marqués de Branciforte. Era una larga misiva, un verdadero informe de gobierno escrito de puño y letra del virrey.

Al señor marqués le llamó la atención que hubiera un pasaje donde la letra se volvía más impulsiva. Don Juan Vicente, segundo Conde de Revillagigedo, seguramente había sentido coraje al escribir. Leyó:

La autoridad del rector de la universidad acaso es excesiva. Tiene por ley la facultad de que sus lacayos lleven espada; pero yo me insinué para que no usase de ella el rector que hallé a mi entrada en este mando, pareciéndome muy chocante el que usase de una distinción tan señalada, y que no tienen el regente, el arzobispo, ni el virrey.

Bueno, pensó el marqués, tratando de imaginar la manera en que el conde se había insinuado con el rector. “No hay mal que dure cien años, o digamos doscientos años”, pensó. “Vamos, dentro de doscientos años, o sea en 1994, las tensiones y los celos entre el gobierno y la universidad ya se habrán archivado y olvidado”.

El marqués prosiguió su lectura de la carta del virrey:

Mucha reforma se necesita, según tengo entendido, en el método de estudio que se sigue, y en la forma de celebrar los grados y demás funciones. Se estudian poco las lenguas sabias, y no hay gabinete ni colección de máquinas para estudiar la física moderna y experimental: la biblioteca está escasa de buenas obras, especialmente las modernas.

“Mi amigo va demasiado lejos”, pensó el marqués. “¿Qué será de nosotros si en la universidad se ponen a estudiar la física moderna experimental?”.      n

Cinna Lomnitz Geofísico. Investigador de la UNAM.

Lo mucho y lo menos del informe

BARÓMETRO.

LO MUCHO Y LO MENOS DEL INFORME

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

Muchas reacciones provocó el mensaje presidencial del 1 de septiembre. Desde la celebración sin adjetivos hasta la disección puntillosa del lenguaje usado y los conceptos bien o mal entendidos. La así llamada glosa del documento, que los partidos habrán realizado mientras estas notas ganan la calle, habrá reiterado los discursos iniciales de sus dirigentes y representantes en las intervenciones previas al mensaje presidencial, pero hay que hacer votos porque al calor de las tajantes descripciones presidenciales del estado que guarda la nación al fin de su mandato se haya empezado a tejer un nuevo estilo legislativo, más cercano al origen del parlamento y más lejos, cada vez más lejos, de las prácticas de casino o de palenque que tanto visitó la legislatura pasada.

El éxito económico informado combina estabilización financiera con crecimiento alto del producto interno. Junto con el desempeño electoral del 2 de julio y su secuela, ambos resultados permitirían pensar que por fin. después de casi veinte años, México va a generar un círculo virtuoso entre economía y política que desemboque en una nueva fase de expansión sostenida, en sintonía con la que puede empezar a ocurrir en el mundo, si es que en efecto concluyó la fase recesiva larga que inició por los primeros años setenta. Esta vez. el giro mexicano hacia el desarrollo tendría lugar en un contexto estructural de economía abierta y de mercado y dentro de un sistema político propiamente democrático. No es poca cosa.

La democracia plena que el presidente pide consolidar, en un juego de palabras difícil de seguir (la democracia nunca es plena, pero si lo es. ¿para qué consolidarla?), tiene asignaturas pendientes de fondo, que requieren de política constitucional, como la llamara Ralph Dahrendorf. Sin embargo, no puede negarse que las bases para una consolidación se han sentado con firmeza en estos últimos años de reforma política “por cooperación” y ya no, como ocurrió por tres lustros, mediante la democracia “otorgada” desde arriba, de la que gustaba hablar Rafael Segovia.

Por su parte, la victoria económica de que se nos habló el 1 de septiembre no debería llevar a olvidar lo mucho que costó, ni las bajas que quedaron en el camino escogido a partir de la crisis del 95. Aparte de la abultada cuestión social que nos dejan casi dos décadas de ajuste. crisis y cambio estructural, condensada en pobreza masiva y concentración aguda de ingreso, riqueza y oportunidades, los equilibrios logrados no parecen tan sólidos como la celebración del mes patrio sugiere.

Los notables avances en el flanco exportador, por ejemplo, no tienen una correspondencia dinámica en la integración productiva nacional. lo que hace de las exportaciones una variable en extremo dependiente de las importaciones. En una perspectiva de crecimiento sostenido y alto, como lo necesita el país, esta circunstancia determina déficits comerciales crecientes cuya dinámica no puede sostenerse al gusto.

Las ventas externas son espectaculares, pero siguen colgadas del extraordinario boom de la economía norteamericana y, por lo pronto, también de los petroprecios. Ambos son factores sobre los que México tiene poco o ningún control, y tampoco cuenta con mecanismos sustitutos eficientes cuando dichas variables empiezan su ciclo adverso.

La observación de estas relaciones ha llevado a observadores y analistas a advertir que el ajuste en términos de crecimiento económico y gasto público será inevitable en algún momento del próximo año.

Apenas pasado el Informe, el Financial Times de Londres sugería lo anterior con toda claridad: o se reduce el gasto o se aumentan impuestos y la política monetaria mantiene y acentúa su índole restrictiva. Esta será, agregaba el venerable diario británico, tarea del próximo gobierno porque a éste es poco lo que puede pedírsele en la materia. Consideraciones similares hizo, en días previos al Informe, la importante casa de inversión Merrill Linch.

Los primeros nubarrones se presentarán al discutirse el presupuesto de egresos para 2001, cuando el nuevo presidente podría dar a conocer los “hoyos fiscales” que le dejó la estabilización de Zedillo y justificar una revisión a la baja de las metas de crecimiento y las finanzas estatales. La deuda puede no ser lo que parece hoy y los mercados empezar a caminar como osos y ya no embestir como toros, para usar la jerga de Wall Street sobre el asunto. Por lo pronto, el nuevo jefe de la mayoría panista en la Cámara de Diputados ha advertido una y otra vez de sus preocupaciones sobre la precariedad de las cuentas fiscales. Ya veremos.

En esta tesitura, el valor alcanzado por el peso en estos meses, el peso del peso, debería sobre todo preocuparnos. Nadie quiere una devaluación abrupta, y todos gozan de momento del peso “fuerte”, pero pocos pueden sostener que conviene al país que la moneda aumente su valor o mantenga el observado en condiciones de vulnerabilidad productiva y comercial externa. Y ésta sigue siendo la realidad económica del país, a pesar de lo alcanzado en las cuentas con el exterior.

La brecha fiscal no se ha vuelto abismo gracias al petróleo, que una vez más sirve de soporte para las dos grietas tradicionales de nuestro desarrollo: la fiscal y la del financiamiento externo del crecimiento. Así, el petróleo sirve de nuevo más como placebo que como palanca y pronto, sin previo aviso, puede mostrar su inclemencia. El petróleo sube y baja sin piedad, pero nuestras ventas externas y los impuestos no tienen una dinámica que asegure su autonomía respecto del ciclo económico internacional.

Sea cual sea la contabilidad que se use, pronto se llega a una evidencia indiscutible: la salud fiscal obtenida se debe en lo fundamental al petróleo y a una contención sostenida del gasto público. La evolución del gasto del gobierno debe compararse sin duda con las restricciones financieras del caso, pero ahí no debe quedar el ejercicio; es preciso que se le confronte con los requerimientos de un crecimiento que dure y que. por su ritmo y composición, sea capaz de incluir a la sociedad y el territorio nacionales en su conjunto.

Se ha aludido a una cuestión social muy grave, que se refuerza y reproduce merced a una informalidad laboral enorme (según el INEGI, el 28% de la fuerza de trabajo no agrícola labora bajo estas condiciones, pero hay estimaciones que llevan ese porcentaje a niveles cercanos al 50%); sin duda, puede mostrarse que la atención que se hace desde el Estado a dicha cuestión es, por lo menos, insuficiente. Los aumentos en el gasto social, por ejemplo, incluido el educativo, no han pasado la prueba de una evaluación sistemática en cuanto a su distribución, mucho menos en lo que toca a la calidad de su ejercicio.

Sin embargo, tanto o más grave es lo no hecho en materia de infraestructura física y humana, en comunicaciones, puertos, educación, ciencia y tecnología, de cuya expansión depende en gran medida la del conjunto de la economía a las tasas que se requieren.

Según cálculos del economista Clemente Ruiz, basados en el anexo del Sexto Informe, en el sexenio la inversión pública se redujo a una tasa cercana al 15%, con el consecuente debilitamiento de la infraestructura y del propio mercado interno.

Estos son faltantes mayores que pesan más que los equilibrios obtenidos, porque ponen en riesgo la calidad y la dinámica del desarrollo futuro y no pueden subsanarse en el corto plazo ni mediante la importación. Dañan el tejido social y vulneran la capacidad productiva. De esto se ocupó poco o nada el Mensaje Presidencial, pero el Congreso y el nuevo gobierno tendrán que hacerlo.

Es indudable que los saldos económicos del gobierno que sale son una ficha dura y pueden servir de apoyo a los planes del que entra. Después de tantos y crueles descalabros financieros que pronto se volvieron productivos y del empleo, ofrecer una estabilidad creíble en las finanzas públicas y la Balanza de Pagos con crecimiento es de gran importancia. Dieciocho años, desde que en 1982 se reconoció la insolvencia financiera de México, no pueden menospreciarse como la experiencia traumática y depredadora que fue, y que nadie quiere repetir. Es un hecho, con todo, que los círculos virtuosos que empezaban a formarse entre política y economía pueden volverse tortuosos si la democracia no se aboca pronto a darle a sus discusiones un horizonte claro de revisión de políticas. Como le gusta hacerlo, el presidente Zedillo introdujo abruptamente elementos para una discusión conceptual que más que despejar puede enturbiar el debate.

Sus convicciones liberales pueden ser todo lo firmes que se quiera, pero de poco va a servir montar una confrontación entre “liberales” y “no liberales”, nada menos que en los inicios del siglo XXI, si no se precisan las opciones de política que pueden o deben examinarse y ponerse en acto. Los actos de fe, sobre todo cuando se hacen al final de unas jornadas dolorosas como las que México ha vivido, en nada ayudan para aclarar el horizonte. Menos aún cuando se hacen con cargo a grandes conceptos sin atender al contexto y a su propia historia. Por ese camino se llega pronto al pantanoso terreno de la tradición y de la creencia, cada vez más lejos del de la política… y la economía política.

Ayuda de memoria

El día después del Informe, los tres partidos nos dieron la primera buena noticia política después de las elecciones federales. Se reunieron sus dirigentes sin fauna de acompañamiento que alimente la suspicacia, acordaron buscar acuerdos para legislar y tomaron en sus manos la reforma del Estado. Parecía elemental que fuese con los partidos y en el Congreso donde esta asignatura se cursara, pero en estos tiempos de protagonia rebelde (Monsiváis dixií) lo elemental no siempre es lo que parece sino lo que decide el que cree que manda. Como sea, el curso abierto por los partidos verdaderos debe seguirse y ampliarse.

Los libros sobre la mesa

El economista y político ecuatoriano César Verduga puso a circular Gobernar la glohalización, la historia que comienza de editorial Lumen. Sin una reforma del capitalismo global que irrumpe, propone Verduga, no habrá civilización global y la historia podría no tener futuro. Roberto Mangabeira, por su parte, promotor del grupo latinoamericano de discusiones al que fue asiduo asistente el presidente electo, propone la construcción de una Segunda vía (Miguel Angel Porrúa, Grupo editorial), que transforme esperanzas en propuestas del flanco progresista. En su manifiesto, Mangabeira se pregunta si México se resignará a ser mediocre o se atreverá a adoptar instituciones propias y una estrategia “rebelde” de desarrollo económico. Viviane Forrester (El horror económico) vuelve al ataque con Una extraña dictadura, del Fondo de Cultura Económica. La globalización no como villano, pero sí como el escenario donde manda una dictadura: la del ultraliberalismo. n

San Pedro Mártir, septiembre 5 de 2000

Rolando Cordera Campos Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

La conciencia manipulada

LA CONCIENCIA MANIPULADA

POR CARLOS CASTILLO LÓPEZ

¿Hasta dónde puede o debe llegar la mano del hombre? ¿Es aceptable tener derechos sobre una forma de vida creada en un laboratorio? Lo que alguna vez se pensó como ficción genética se ha convertido ya en una realidad. Preocupado por los probables efectos dañinos de los transgénicos (productos genéticamente modificados), Carlos Castillo López expone las ventajas y desventajas de lo que implica someter a la naturaleza.

Desde hace aproximadamente veinte años, la ingeniería genética se ha convertido en una realidad que antaño parecía dominio exclusivo de la ficción científica. En la actualidad son muchas las compañías que han invertido fondos millonarios en su investigación y el resultado, como era de esperarse, es parte del presente y quizá podría transformar el futuro de la Tierra, de sus habitantes, de su biodiversidad y de todo aquello que pueda ser manipulado en un laboratorio.

La ingeniería genética no es tan reciente como parece, o como las tendencias y protestas contra su uso intentan demostrar en estos días. Los organismos vivos que habitan la superficie y los subsuelos han sufrido, durante millones de años, cambios y adaptaciones naturales a distintos ecosistemas; obras de la naturaleza, cuyos atributos son infinitos y que, en la actualidad, corren el riesgo de ser alteradas irreversiblemente por la mano del hombre. De manera artificial, se experimenta con las semillas que dan origen a la inmensa variedad de comestibles orgánicos, buscando aumentar la producción, reducir el uso de plaguicidas, controlar las fechas de maduración y mejorar las propiedades alimenticias, entre otras posibilidades.

A pesar de todos los beneficios que los llamados productos genéticamente modificados o transgénicos pueden acarrear para la humanidad, existe una gran oposición a la fabricación, uso, cultivo, consumo y producción de esos materiales orgánicos creados al extraer algún gen incluido en el ADN del producto natural o al implantar genes extraños en aquel que se quiere mejorar. Transplante de características que da como resultado un ser distinto, nuevo, que la naturaleza jamás habría podido elaborar por sí sola.

Las desventajas de los “transgénicos” parecen ser mucho mayores que sus bondades; y, aunque son éstas las que suelen ser destacadas, los inconvenientes son tales que merecen un análisis profundo debido a los daños que pueden causar a la biodiversidad, a los ecosistemas y a gran parte de los seres vivos.

Uno de los argumentos utilizados a favor de la producción, uso y cultivo de semillas genéticamente modificadas es el exceso de población que, actualmente, representa un problema de producción “insuficiente” y de espacio escaso para cultivo.

En teoría, una planta cuyo código genético ha sido alterado para soportar fuertes sequías podría desarrollarse en zonas donde normalmente no es posible, lo cual disminuye costos y rebaja obstáculos de producción habituales, determinados por el clima y los ciclos naturales. Sin embargo, si tomamos en cuenta que el número de personas obesas ha igualado al de desnutridas,1 podemos alegar que el problema del hambre en el mundo está lejos de poder imputarse a la falta de alimentos: es más bien efecto de la mala distribución de éstos. En 1994, durante la Conferencia de Población llevada a cabo en El Cairo, Egipto, se dio a conocer que, en 1970, el crecimiento poblacional era de 2.1%, y que en 1993 fue de 1.6; esto se traduce en que “no hay una explosión demográfica, hay una transición demográfica hacia el menos, no hacia el más”.2 Por otra parte, en 1974, Colin Clarck, experto en economía agrícola de la Universidad de Oxford, afirmó que en el mundo era posible alimentar a 35,000 millones de hombres; luego, en 1994, la FAO declaró que era posible alimentar a 50,000 millones. Ciertamente, el número de habitantes de la Tierra dista mucho de alcanzar tal cifra.

El mundo tiene 149 millones de kilómetros cuadrados, 90 de los cuales son habitables y, en 1994,13-5 eran destinados a labores agrícolas. Esto quiere decir que en los 76.5 millones de kilómetros cuadrados habitables está la población del mundo y que la densidad poblacional no va más allá de 73-2 personas por kilómetro cuadrado habitable. Pensemos que Italia (en aquel año) tenía 191 habitantes por kilómetro cuadrado, casi el triple del promedio mundial, y no se siente que en Italia se esté cayendo la gente al mar por exceso de población. Si en el año 2100 fuéramos 11,600 millones de hombres y las áreas cultivables se multiplicaran por dos, el mundo llegaría a 184 habitantes por kilómetro cuadrado, dentro de 106 años, y todavía no alcanzaría la densidad de la población de Italia. El mito de la sobrepoblación es absolutamente falso.3

De esta forma, se demuestra que el argumento anterior carece de validez, pues no es el hambre lo que justifica un transgénico, sino la necesidad que tienen algunos países (Estados Unidos, Reino Unido, España y otros europeos) de mantener en constante alimentación a los 1,200 millones de personas que sufren de sobrepeso.4

Otra ventaja atribuida a los transgénicos es su capacidad de reproducirse con mayor rapidez: una planta modificada genéticamente puede polinizar a otra siete veces más rápido de lo normal. Esto causa que el tiempo de producción sea menor, y que el costo y la recuperación de éste, en consecuencia, también lo sean. A pesar de lo anterior, y gracias a esa capacidad de reproducción acelerada —y alterada—, los productos nacidos de la investigación y experimentación científica son capaces de contaminar a gran velocidad a los naturales, lo cual, a largo plazo, podría devenir en un daño irreversible. Esa planta “superior” sustituiría y se mezclaría con la naturaleza. Así, en cierto tiempo prevalecería lo genéticamente superior —artificial— y desaparecerían las especies naturales. ¿Qué consecuencias podría tener esta mutación generalizada?

El problema de la contaminación genética también puede afectar a los insectos que se alimentan de plantas modificadas en los laboratorios, ya que algunas semillas son alteradas con plaguicidas para evitar que el empleo de éstos perjudique otro tipo de cosechas. No obstante, los insectos poseen una capacidad impresionante de adaptación y mutación, lo cual, en poco tiempo, generaría los anticuerpos necesarios para que resistieran la supuesta protección implantada en el fruto. A fin de cuentas, la introducción de plaguicidas en las semillas modificadas es inútil y también puede afectar al resto de la biodiversidad circundante. En palabras de Arturo Curiel Ballesteros, Jefe de la Unidad de Vinculación y Difusión de la Universidad de Guadalajara, los productos transgénicos, “por el hecho de estar vivos y manipulados… son más impredecibles que los productos químicos (insecticidas, plaguicidas); por lo tanto pueden reproducirse, migrar y mutar. Una vez liberados será virtualmente imposible regresarlos al laboratorio”.5

En cuanto al ser humano, es casi imposible determinar las consecuencias o ventajas que un transgénico pueda aportarle, pues sus efectos sólo serán analizables a largo plazo. El problema es que la experimentación llevada a cabo para probar este nuevo método de producción se hace en los consumidores que, la mayor parte de las ocasiones, ignoran si los productos adquiridos provienen de una semilla alterada. Es como si una medicina nueva fuese vendida para comprobar si genera efectos secundarios en quien la ingiere… No hay argumento que valide esta acción ni ser humano utilizable como conejillo de Indias

La fabricación de transgénicos no sólo obedece a los citados argumentos “en favor”, sino que, la mayor parte de las veces, atiende y da prioridad a la ganancia y a la riqueza. Un ejemplo lo constituye la empresa estadunidense Monsanto, que pone en el mercado producciones alteradas de algodón, maíz, soya. El consorcio comercial —segundo productor mundial de transgénicos— ha creado una semilla llamada Technology Protection System (mejor conocida como Terminator), que ocasiona que la planta cultivada dé como fruto semillas estériles. Eso obliga al agricultor a comprar semillas nuevas cada vez que va a sembrar, ya que no puede disponer del fruto “viejo”, lo que a su vez lo deja a merced de los fabricantes. Recuérdese que el 80% de los campesinos del mundo se alimentan y dependen de los sobrantes de cada cosecha para la siembra siguiente.6

Las opiniones se dividen con respecto a los productos genéticamente modificados. Por una parte encontramos fabricantes que se han pronunciado a favor de etiquetar los productos transgénicos puestos en el mercado (sobre todo en los países europeos), de modo que el consumidor sepa lo que compra. Por la otra, nos topamos con quienes consideran que la etiqueta puede mermar las ventas de los nuevos productos (los norteamericanos) y, por ende, la consideran una “barrera comercial”.

Las empresas que se niegan a informar al consumidor acerca de lo que está adquiriendo violan su libertad de elección. Algunos científicos independientes han argumentado a favor del etiquetado de transgénicos, pues éstos son “notablemente distintos” a los naturales y pueden causar daños al organismo humano: alergias, resistencia a los antibióticos, persistencia de bacterias intestinales, infecciones por regeneración de virus. Por ejemplo, hay un tipo de maíz programado para producir sustancias tóxicas con el fin de combatir las larvas que lo destruyen, y así evitar el uso de plaguicidas. Sin embargo, la planta no puede distinguir entre lo que son larvas y lo que no lo son, por lo que, además de combatir animales nocivos, puede afectar a otros organismos.7

El consumidor tiene derecho a saber si los productos que come contienen alguna modificación genética y decidir si los adquiere o no. El derecho de elección no puede ser considerado barrera comercial. Mucho menos cuando el consumo podría representar un riesgo para la salud humana, además de serlo para los bosques, las selvas y los ecosistemas del planeta.

Al crear un organismo transgénico se produce una nueva forma de vida, distinta y nueva, que suele ser patentada por la compañía fabricante. La patente sobre una forma de vida da a su dueño el poder absoluto sobre su “invento”, así como la facultad de cobrar derechos de uso. Por tanto, si una cosecha transgénica fecunda a una natural, el propietario de la patente tiene la facultad de exigir al campesino afectado el pago de derechos por el uso no autorizado de su propiedad.

Tener los derechos sobre una forma de vida es inaceptable, pues si se aplica tal derecho de propiedad a un descubrimiento que proviene de orígenes naturales, también quienes encontraron los elementos químicos —o sus herederos— podrían utilizar tal argumento.8 Sin embargo, hay casos de numerosas empresas que han utilizado la propiedad de sus productos como fuente de ingresos, a partir de la contaminación genética. Esto podría afectar la biodiversidad de todo el planeta.

También hay patentes que condicionan el empleo de algunos tipos de frijol y maíz originarios de México. Una demanda en contra de agricultores mexicanos por parte de la empresa norteamericana POD-NERS alega que una variedad de frijol mexicano que se vende en Estados Unidos ha infringido una patente de la compañía. Resulta increíble que puedan reclamarse derechos sobre un producto que los mexicanos han cultivado durante siglos. El Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) realizó un análisis y descubrió que el ADN de tal variedad de frijol es genéticamente idéntico a uno que se produce en México; la patente sobre un supuesto producto nuevo se refiere en realidad a uno que ya existía. El único logro está en que alguien tuvo la idea de registrarlo bajo el nombre de una empresa.

El anterior es sólo un ejemplo de los múltiples casos de piratería genética y de patentes sobre la vida. Aun así, el año pasado la Rural Advancement Foundation International (RAFI) detectó 147 casos de biopiratería que afectan a productores de arroz en Asia, de garbanzo en la India y de soya en Brasil.9 La facultad de patentar organismos vivos ha devenido biopiratería que no sólo perjudica a campesinos, sino también a gobiernos que quedan sin opción frente a las grandes compañías productoras de transgénicos.

México cuenta con la Ley General de Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente (LEGEEPA) que, en su artículo 87, párrafo cuarto, dice textualmente: “El aprovechamiento de especies de flora y fauna silvestre requiere el consentimiento expreso del propietario o legítimo poseedor del predio en que éstas se encuentren”.

 Así, cualquier intento de patentar o “biopiratear” especies del suelo mexicano queda prohibido; también se ve limitado el aprovechamiento de las especies si el fin es utilizarlas en biotecnología. Es un delito adquirir como propias las especies de alguna región teniendo como base un número de patente. Por otro lado, podría ser el comienzo de la apropiación de cualquier elemento natural con fines lucrativos. Si esto ya ha sido posible, ¿por qué no patentar el gen que da el pigmento a la piel, o el que produce los ojos rasgados? ¿Por qué se crean monopolios cuando la tendencia global apunta hacia un mundo común?

La producción genética es una realidad. En 1999, la cifra estimada de hectáreas cultivadas con productos transgénicos fue de 40 millones y, para este año, se cree que podría alcanzar los 50 millones. Asimismo, son seis las grandes empresas —con presencia en más de 120 países— que controlan el mercado de semillas modificadas en laboratorios.10

En México ya es posible encontrar campos cultivados con productos transgénicos, sobre todo en la zona de Zayula, Jalisco; pero también hay la intención de extender las plantaciones a otra porción de ese estado, al norte y noroeste del país, así como a los estados de México y Michoacán. Según declaraciones de José Sarukhán, investigador del Instituto de Ecología de la UNAM, en el territorio nacional es posible consumir maíz transgénico proveniente de Estados Unidos, que se mezcla con el maíz criollo para la elaboración de tortillas. En resumen, no sólo es imposible distinguir un producto modificado de otro por su aspecto o sabor, sino que este argumento permite incluso justificar su introducción sin informar a los consumidores.

A principios de marzo se llevó a cabo la Primera Conferencia Internacional sobre los Transgénicos, organizada por la OCDE. China expresó su deseo de emplear la mitad de su territorio en cultivos de productos modificados en laboratorios. Los representantes mexicanos, en voz de Francisco Bolívar Zapata, director de la Academia Nacional de las Ciencias, se pronunciaron a favor del cultivo de transgénicos. Sin embargo, los portavoces del gobierno de India expresaron “el temor de los campesinos a no poder mantener sus tradiciones agrícolas y salvar, tras la recolección, suficientes semillas para volver a plantarlas al año siguiente”.11

La principal demanda contra los transgénicos es el etiquetado que indique la procedencia del producto. Hace un par de meses tuvo lugar en Montreal, Canadá, el “Protocolo de Cartagena sobre Seguridad de la Biotecnología del Convenio sobre la Diversidad Biológica”. Este documento contiene las reglas para el comercio de productos alterados genéticamente, pero, por desgracia, su aplicación y entrada en vigor dependen de que los gobiernos lo firmen. Se trata de un reglamento para regular la importación y exportación de transgénicos que se apega a la ética y a la moral, pero que lamentablemente no obliga, aunque si invita a la reflexión.

La contaminación genética, las patentes sobre la vida y la producción transgénica son ya parte del presente. Se ignora en cuánto tiempo las zonas de cultivo y la biodiversidad se convertirán en campos de producción alterada, modificada por la mano del hombre en función de un problema de hambre que, aunque no es ficticio, sí podría ser resuelto con un poco de buena voluntad. El mundo es un buen lugar; vale la pena luchar por él, sobre todo cuando la ciencia y la tecnología rebasan los límites aceptables y se adentran en terrenos propios de la naturaleza, donde la mano del hombre es sólo una de las piezas más pequeñas de un rompecabezas infinito,      n

Carlos Castillo López. Escritor

1. El País, 11 de marzo de 2000.

2.Tomado de la revista Palabra No. 31, pp. 40 y 41.

3.Idem.

4.El País, 11 de marzo de 2000.

5.Raúl Tortolero y Juan Carlos Nuñez: Los transgénicos: ¿Amigos o enemigos?

6.Reporte de la Rural Advancement Foundation International (RAFI), febrero de 2000.

7. Genetically engineered food. Tomado de la página www.greenpeace.com

8.Patents on life, publicado en la página web de Greenpeace.

9.Biopiratería de Frijoles Mexicanos”, publicado por

10.Entrevista con Jesús Eduardo Pérez Pico, gerente de desarrollo de Monsanto México. Las empresas que encabezan una lista de diez (que controlan el 91% del mercado agroquimico y el 33% del de semillas) son DuPont, Monsanto (EU), Novartis (Suiza), G. Limagrain (Francia) y Savia (México).

11.El País, 1 de marzo de 2000.