El arte de trespatines

EL ARTE DE TRESPATINES

POR GILBERTO CALDERÓN ROMO

La Tremenda Corte recoge elementos del teatro vernáculo cubano que estuvo muy de moda en los años treinta y cuarenta.

Cuando el genial cómico José Candelario Trespatines salió de Cuba hace cuarenta años a principios de 1962, atrás dejaba un mundo en derrumbe para no volver jamás. Desde octubre de 1960 el nuevo gobierno de los barbudos había incautado CMQ, Radio Reloj, CMBF y el Canal 6 de televisión, estandartes del imperio de las comunicaciones del legendario Goar Mestre. Por los pasillos del Radio centro se mezclaban bailarinas y coristas de postín con los jóvenes militares de uniforme verde olivo que empezaban a surgir como los nuevos astros del espectáculo

El país no estaba para fiestas de cabaret y de casino y menos para humoradas pintorescas, por lo que gente como Trespatines que habían venido prosperando ante regocijados públicos en los teatros populares y frente a los receptores de radio y televisión, tuvieron que sumirse en la oscuridad o emigrar. Otros, como Rosita Fornés y muchos músicos, se quedaron.

Lo que se imponía entonces era difundir los juicios públicos a los esbirros de la tiranía y las prolongadas sesiones de discursos revolucionarios que comenzaron a tomar el lugar de la radio-novela, como aquella famosa El Derecho de nacer del santiaguero Félix B. Caignet. No más programas como el de La Corte Suprema del Arte, ni la hora de Clavelito, inventor de la radio interactiva —mucho antes del desarrollo de la Internet—, ni tampoco viviendas obsequiadas por el Jabón Candado ni las promociones publicitarias de la Casa Crusellas. Todo eso terminó bajo la prisa por construir una nueva sociedad de guajiros y jóvenes barbados.

Leopoldo Fernández Salgado —que tal era el nombre del comediante— para entonces había colocado en el gusto popular dos personajes: Pototo, que hacía pareja con Filomeno y que alcanzó fama en la televisión, y José Candelario Trespatines, figura central de La Tremenda Corte, que se difunde todavía hoy todos los días, por alguna radio de habla hispana desde 1947. Cumple, por tanto, 55 años de vigencia.

Ilustra Orlando Manrufo, ingeniero industrial en receso y famoso humorista que actualmente hace al personaje Mari- conchi en La Habana: La Tremenda Corte tenía un formato muy sencillo. Al igual que en un juicio, comparecían ante el juez los ofendidos, casi siempre el gallego Rudecindo y Luz María Nananina, y durante veinte minutos se iba desarrollando la acusación y la exposición de hechos. Trespatines —el indiciado— iba respondiendo con argumentos llenos de ingenio, recursos lingüísticos e imaginación, que ponían en duda las aseveraciones de sus acusadores. Finalmente, establecida la verdad, el juez lo interrogaba sobre los motivos que llevaron al comediante a la comisión de los delitos v éste se escudaba en una supuesta segunda interpretación de las palabras o en la anfibología de las mismas, interpretadas con toda maña y malicia. Invariablemente, la sentencia era que se pasara unos días en el Castillo del Príncipe —la prisión de entonces—, además de unos cuantos pesos de multa.

He aquí un fragmento del guión. Trespatines ha sido acusado del robo de una lámpara del establecimiento de Rudecindo y en el proceso se da el diálogo que sigue entre el pícaro y el juez:

Trespatines: Yo no tengo la culpa de que esa lámpara se haiga extraviado.

Juez: Haiga no, haya.

T.: ¿No es haiga con ge?

J.: No, señor. Es haya con y griega.

T.: ¿Con y griega? ¿Y tú pa’ qué tienes que meter en esto letras extranjeras?

J.: La y griega no es una letra extranjera, Trespatines.

T.: ¿No dices que es griega?

J.: Si.

T.: ¿Y qué pasó? ¿La hicieron ciudadana cubana?

J.: Mire, Trespatines, si no conoce las letras vaya a la escuela.

T.: Yo no tengo la culpa que esa lámpara se haiga extraviado.

J: Con y griega, Trespatines.

T: Ah, sí, Yo no tengo la culpa de que esa lámpara se haiga extraviado con y griega.

J.: Diez pesos de multa.

T.: ¿Y eso por qué, chico?

J.: Por bruto.

T.: Está bien. Si es así, está bien, chico.

Durante tres décadas —de 1960 a 1990— José Candelario Trespatines fue el cómico más famoso entre las radioaudiencias de Latinoamérica, pero era prácticamente desconocido en su tierra natal. Desde hace unos meses la televisión habanera repuso algunos de los libretos de La Tremenda Corte de Castor Vispo, que se popularizaron en la estación CMQ desde 1947.

“El Trespatines que pasan en Cuba es una copia, un clon, una falsificación, que en nada se parece al original. Es como si nos pusieran a un imitador de Cantinflas o de Tintán. Nadie podría legitimarlo como el original”, señala el cubanólogo Gerardo Tena que pasó cuatro años como corresponsal de AFP en La Habana. Y es que como Radio Martí se apropió de la serie radiofónica, en la Isla se ha tenido que acudir a la reposición con otros actores para no dejar al personaje como patrimonio exclusivo del exilio.

Leopoldo Fernández Salgado había nacido en Jagüey Grande de la provincia de Matanzas, el 26 de diciembre de 1902, y fue registrado en Güines. Temprano emigró a La Habana —entonces como ahora, monopolizadora de todas las ventajas de una ciudad grande— en donde trabajó como telegrafista y tabaquero. Su gracia natural y su espíritu lúdico lo acercaron al mundo de los espectáculos.

El actor antillano, que murió el 11 de noviembre de 1985 en Miami poco antes de cumplir 83 años de edad, fue el estandarte de una comicidad cubanísima con profundo y prolongado arraigo en el continente americano, según valoración de su sobrino Octavio Rodríguez Fernández, Churrisco.

Tuvo otros hermanos: Leopoldina (Nina), Ofelia (Tita), Joseíto o Dagoberto (Tatica) y Aleida (Hueso), que todavía vive en el reparto de El Vedado, muy cerca del malecón.

Una vez lo operaron de la vesícula y tuvo que abandonar por un mes la temporada de revista y fue sustituido por un actor muy bueno de apellido Rodríguez. Finalmente se recuperó, pero el público no sabía que él iba a reaparecer. “Ese día fue increíble lo que pasó”, dice Churrisco. Cuando se escuchó el grito de ‘Oye, Nananina’, poco antes de que apareciera, el teatro se puso de pie, creo que fueron más de diez minutos de aplausos y por primera vez en la vida vi que Trespatines se viraba de espaldas y empezaba a llorar”.

Tuvo muchos hijos con diversas mujeres y algunos de ellos tienen habilidades histriónicas; hay quienes se dedican a la actividad escénica: Leonora, Leopoldino, Leonel, Leobaldo, Leonor, Lenia, todos comienzan con L. Según Churrisco, después de La Tremenda Corte apareció Pototo, personaje diferente a aquél. Trespatines es un delincuente, mañoso y muy listo. “Pototo era el llamado jodedor cubano, (el cotorreador, el tipo del cotorreo, el que bromea con la gente) y tenía de Trespatines el hecho de utilizar el retruécano. El juez pasa a ser Filomeno y se crea la dualidad de Pototo y Filomeno en teatro, en televisión y en el cine en películas como Olé, Cuba, y en centros nocturnos como el cabaret Sierra y el cabaret Montmartre. Lo primero que Leopoldo Fernández hizo fue bailar. Participó en una competencia de charleston con su bastoncito. El se pintó de negro y añadió algunos elementos de comicidad, de proyección escénica, de expresión corporal que dieran risa. Como pasa en las películas, después lo llamaron para sustituir a un negrito y allí se quedó. Conoció a Mimí Cal, con quien se asoció desde entonces. Luego fue a Venezuela con un señor Tarazona y trabajó allá con Rita Montaner.

José Candelario Trespatines (Leopoldo Fernández), Luz María Nananina (Manuela [Mimí] Cal), El Tremendo Juez (Aníbal de Mar) y Rudecindo Caldeiro y Escobiña (Adolfo Otero) forman parte de la información cultural de los latinos que hemos crecido con alguna radio cerca. Los programas radiofónicos se grabaron en la estación CMQ de La Habana entre 1947 y 1961, de lunes a sábado, y nadie sabe cuántos perviven. Son tantos que cuando los vuelve uno a escuchar siguiendo la secuencia de las emisiones, ya no se acuerda de haberlo hecho antes y dejan siempre el sabor de la primera vez.

El prolífico autor de los libretos fue el español Cástor Vispo. “La Tremenda Corte recoge elementos del teatro vernáculo —bufo— cubano que estuvo muy de moda en los años treinta y cuarenta. En los teatros Alhambra y Martí, los sketches más populares se hacían en base de un gallego, una mulata y un negrito. Entre 1900 y 1940 llegaron a Cuba un millón de inmigrantes europeos; 60% de ellos eran españoles y de éstos muchos se establecieron en la isla. Además, luego de la guerra de independencia algunos se fueron y luego regresaron como fue el caso de Angel Castro, el padre de Fidel Castro”, señala Homero Campa.

El comediante salió de Cuba a bordo de un barco a principios de 1962. Churrisco explica las razones del autoexilio de su tío:

Cuando la etapa inicial de la Revolución, era una época bastante radical: Estás o no estás. Y entonces por razones de orden económico mucha gente emigró. Hay quien dice que Trespatines estaba en contra de la Revolución. No es así. La Revolución es una categoría política y una categoría histórica. Lo que sucedió en Cuba fue un cambio social, el cambio social implicó cambio económico. Cuando se disminuye el salario por un cambio económico, muchos artistas no estuvieron de acuerdo y se fueron. No estoy justificando la emigración, con Trespatines puedo asegurar que fue por puras razones económicas, porque lo que ganaba entonces no era lo que ganaba antes y emigró.

Hace poco más de cuarenta años, desde la cubierta del barco tal vez Trespatines alcanzó a ver la entrada de la Rampa en el malecón, la anhelada calle 23, entonces plena de autos convertibles, de vedetes rutilantes bajo el sol o el alumbrado, centro de la bohemia y la frivolidad, con sus cabarets amistosos, sus restaurantes El Mandarín, el Polinesio y el Monsignore, sus íntimos bares musicales, sus vitrinas de charada, los vagos simpáticos, los boliteros con su habano al labio, los hoteles Capri, Vedado y Hilton, El Montmartre, La Roca, El Pico Blanco, El Gato Tuerto, la CMQ y Radio Progreso, territorio de Germán Pinelli, Rita Montaner, Rolando Laserie, tantos otros, y más allá El Club Sierra y Las Vegas para amanecer en al fiesta. Todo aquello perdido en un mundo de fantasmas rescatable ya sólo en el recuerdo.

El comediante cubano Trespatines, tal vez el más sobresaliente del siglo pasado, murió en Miami en noviembre de 1985.                n

Súbditos o ciudadanos

SÚBDITOS O CIUDADANOS

POR LEO ZUCKERMANN

El autoritarismo mexicano fue un régimen diferente al totalitario —donde la población es súbdita del poder— y al democrático —donde los individuos son ciudadanos—. Los mexicanos estábamos en medio: éramos un poco súbditos y un poco ciudadanos.

Aunque el régimen político mexicano tenía características muy sui generis, siempre se le consideró de naturaleza autoritaria. Cumplía las condiciones de la famosa definición del politólogo español Juan Linz:

Los regímenes autoritarios son sistemas políticos con un pluralismo limitado y no responsable; sin una ideología elaborada y propulsiva (sino con características de mentalidad); sin una movilización política intensa o vasta (excepto en algunos momentos de su desarrollo); y en los que un jefe (o tal vez un pequeño grupo) ejerce el poder dentro de límites que formalmente están mal definidos pero que de hecho son fácilmente previsibles.1

El autoritarismo era un régimen diferente al totalitario —donde la población es súbdita del poder— y al democrático —donde los individuos son ciudadanos—. Cosa rara; aquí la gente no era ni la una, ni la otra. Podía aspirar a trabajar en la política, pero el reclutamiento se hacía desde arriba, desde la cúpula del poder, y no como resultado del voto. Podía participar en organismos políticos y asociaciones civiles, pero el régimen no fomentaba esta participación y en algunos casos la limitaba, lo cual resultaba en escasas oportunidades y en apatía. Finalmente, la gente no respetaba a cabalidad las leyes porque los mismos gobernantes no las cumplían. En otras palabras, los mexicanos estábamos en medio; éramos un poco súbditos y un poco ciudadanos.

¿Qué tipo de súbditos o ciudadanos heredó la democracia en México? En el 2001, se llevó a cabo una Encuesta

Nacional de Cultura Política y Prácticas Ciudadanas.2 Al revisar los resultados de este ejercicio empírico le queda a uno la sensación de que, efectivamente, después de 71 años de un régimen autoritario hay un déficit ciudadano importante. Pero también hay elementos alentadores.

Primero, los resultados exponen a una ciudadanía todavía coja. Quizá lo más destacado es el bajo nivel de participación. Aunque el 46% de los mexicanos dice que tiene interés por resolver alguna dificultad de la comunidad y el 41% se dice dispuesto a hacer algo para tratar de resolver los problemas que enfrenta el gobierno, la realidad es que su “interés” es de dientes para afuera.

A la hora de inquirir sobre aspectos reales de participación, salen a relucir los verdaderos niveles de apatía. Más del 90% de la población no ha platicado con ningún tipo de autoridad en los últimos 12 meses. 94% no ha participado en manifestaciones políticas en los últimos 3 o 4 años. Aproximadamente el 90% de la gente no ha ido a ningún tipo de reuniones participativas en bien de la comunidad (junta de vecinos, de iglesias, ejidales, etc.). Sólo el 10% ha asistido a su ayuntamiento o delegación para proponer, idear, apoyar proyectos o poner demandas. El 8% ha intentado mandar una carta o entrevistarse con el gobierno para plantear algunos problemas o necesidades. 68% dice que no simpatiza con algún partido político. 91% confiesa que no se ha involucrado para ayudar a resolver algún problema social. 95% no pertenece a ninguna organización civil.

Son cifras ciertamente preocupantes a la luz de muchos estudios que han demostrado que la participación ciudadana es, en cierta medida, la columna vertebral de un régimen democrático. Es una vieja idea.

En la Democracia en América, Alexis de Tocqueville habla del vínculo indiscutible entre la democracia y la participación de la sociedad civil. Fue lo “cívico” de los norteamericanos lo que más impresionó al viajero francés en el siglo XIX. Reportaba: los americanos de todas las edades, de todas las etapas de la vida, de todos tipos de disposición. están constantemente formando asociaciones. No sólo hay asociaciones industriales y comerciales, en donde todos participan, sino otras de miles de tipos diferentes —religiosas, morales, serias, fútiles, muy generales y muy limitadas, inmensamente grandes o muy pequeñas.’

Los ciudadanos en Estados Unidos, ya desde los lejanos tiempos decimonónicos, se organizaban, se involucraban y se movilizaban. En México, hasta hoy, los números demuestran exactamente lo contrario.

De hecho, los mexicanos se sienten muy desvinculados de la política. Cuando se les pregunta qué piensan de la palabra “política”, las dos respuestas mayoritarias son “no sé” (53%) y “corrupción” (22%). Sólo el 41% manifiesta que ésta contribuye al mejoramiento del nivel de vida de los mexicanos. El 44% confiesa que nunca habla de política. El 78% dice que nunca lee las noticias relacionadas con ésta. No por nada los niveles de conocimiento político son bajos. El 30% de la población, por ejemplo, piensa que el presidente tiene facultades para reformar la Constitución. El 60% dice que tiene poco conocimiento de los derechos establecidos en la Carta Magna y el 36% de plano acepta que no conoce ninguno.

La falta de respeto al Estado de derecho también es evidente en la encuesta. 71% piensa que el pueblo no debe obedecer las leyes cuando éstas sean consideradas como injustas. Cuando se pregunta quién respeta menos la ley, la respuesta es contundente: 7% los ciudadanos, 31% los gobernantes, y 42% dice que simplemente ninguno la respeta. También destaca la falta de tolerancia: 55% no está de acuerdo en que salga en TV una persona que va a decir cosas que están en contra de sus convicciones.

Pero hay indicadores que son alentadores. Sobre todo los que tienen que ver con la percepción de las ventajas de vivir en un régimen democrático. 62% dice que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Cuando se pregunta la preferencia entre la democracia, aunque ésta no asegure el avance económico del país, o una dictadura que sí asegure el avance de la economía, 55% dice que es mejor la democracia, 13% la dictadura, 10% no importa y 23% no sabe. 52% de los entrevistados piensa que México vive en una democracia. El 40% opina que los ciudadanos influyen mucho en la vida política del país. Y el 68% está en desacuerdo con la afirmación de que gente como ella no tiene nada que decir de lo que hace el gobierno.

Ciertamente no son números que permitan descorchar la champagne para brindar por la solidez de las percepciones sobre el régimen democrático mexicano. Pero sí nos dice que hay un segmento importante de la población que ya interiorizó el ideal democrático. Esto realmente hay que verlo como un aspecto positivo. Si bien hay un déficit ciudadano, también es cierto que se van desarrollando comportamientos que eventualmente podrían permitir superar el déficit ciudadano heredado del autoritarismo.

Desde Tocqueville ha habido una explosión de estudios, todos consistentes, que muestran la importancia de lo que el viajero francés encontró en Estados Unidos: que la calidad de la vida pública de una comunidad es superior cuando las redes ciudadanas intervienen. Si los individuos, en el pleno ejercicio de sus derechos políticos, se involucran en la resolución de los problemas, se tiene una mejor educación, desarrollo urbano y seguridad pública. Más aún, las asociaciones civiles sirven como un contrapeso más a las instituciones del Estado, lo cual incrementa la rendición de cuentas y la fiscalización de los dineros públicos. Si las instancias de poder se sienten vigiladas por los ciudadanos, cometen menos abusos.

Una ciudadanía robusta también incrementa la efectividad del gobierno. Así lo ha demostrado, en un estudio brillante, el politólogo norteamericano Roben D. Putnam, quien investigó este fenómeno por veinte años en los gobiernos regionales italianos. Dice Putnam:

Aunque todos los gobiernos regionales parecían idénticos en el papel, sus niveles de efectividad variaban dramáticamente. Información sistemática demostró que la calidad de la gobernanza estaba determinada por tradiciones antiguas de compromiso cívico (o por su ausencia.). La participación electoral, la lectura de periódicos, la membresía en sociedades corales o clubes futboleros —éstos fueron los sellos de una región exitosa—. De hecho, el análisis histórico sugirió que estas redes de reciprocidad organizada y de solidaridad cívica, lejos de ser un epifenómeno de la modernización socioeconómica, fueron una precondición de ésta.’

Más claro, ni el agua. En otro ensayo, “Bowling Alone: America’s Declining Social Capital”, Putnam explica el concepto y la importancia del “capital social”, entendido como “las características de la organización social como las redes, normas y confianza sociales que facilitan la coordinación y cooperación para beneficio mutuo”.5 Dice Putnam a propósito de su importancia: la vida es más fácil en una comunidad bendecida con una existencia sustancial de capital social. En primer lugar, las redes de compromisos cívicos promueven normas robustas de reciprocidad generalizada y animan la emergencia de la confianza social. Estas redes facilitan la coordinación y comunicación, amplifican reputaciones, y así permiten que los dilemas de la acción colectiva sean resueltos. Cuando la negociación política y económica está “empotrada” en redes densas de interacción social, los incentivos para el oportunismo son reducidos. Al mismo tiempo, las redes de compromiso cívico personifican el éxito pasado de la colaboración, que puede servir como un modelo cultural para la colaboración futura. Finalmente, las redes densas de interacción probablemente amplían el sentido individual de los participantes, desarrollando el “yo” hacia el “nosotros”, o acrecentando el gusto de los participantes por los beneficios colectivos.6

En la ciencia política hay pocos debates donde haya tanto consenso. Las ideas y la evidencia empírica coinciden: una robusta ciudadanía es condición sine qua non para el desarrollo y consolidación de la democracia.

Se habla mucho de la necesidad de fortalecer a los partidos políticos como una condición necesaria para consolidar la democracia en México. Sin embargo, es un poco hueco hablar de fortalecer los partidos cuando lo que necesita el país es desarrollar una sociedad de ciudadanos.

Al parecer, México ha dejado atrás el régimen autoritario-corporativo donde la gente estaba en un limbo entre súbditos y ciudadanos. Con los gobiernos priistas los mexicanos tenían voz y voto en la medida en que eran miembros de una corporación. El Estado y su partido los trataba como clientes: yo te doy tierra, tú me das votos: yo te doy prerrogativas laborales, tú me das estabilidad sindical; yo te cobro pocos impuestos, tú me exiges poco.

Ahora hemos transitado a la democracia. Pero el actual gobierno, en lugar de promover una ciudadanía política que sea la columna vertebral del régimen democrático, ha caído en una terrible retórica de pretender tratar —una vez más— a la gente como “clientes”. Por su origen gerencial y empresarial, se ha pretendido que el Estado funcione como una empresa. Como si fuera Vi- tro, Alfa, Bimbo o el changarro de la esquina, el Estado tratará a la gente como clientes que necesitan bienes y servicios públicos. Y el gobierno se diseña para satisfacer al cliente, no para involucrarlo, con sus derechos y obligaciones, en la tarea de resolver los problemas de la colectividad. Es un gran error.

México necesita ciudadanos que se involucren de lleno en la cosa pública. Una ciudadanía robusta que participe. Que demande, pero que también contribuya. Si pasamos del régimen clientelar autoritario a uno clientelar empresarial, sin que sea posible desarrollar verdaderos ciudadanos, la democracia no tendrá su columna vertebral y, a la larga, acabará desarticulándose. Pero no esperemos, como siempre, como en las épocas del autoritarismo, a que el gobierno lo haga. Lo ideal es que comenzáramos, de una buena vez. nosotros mismos.

1 Véase Juan Linz, “Totalitarian and Authoritarian Regi- mes”. en Fred Greenstein y Nelson Polsby (eds.): Handbook of PolíticaL Science. Reading, MA. Addison Wesley. vol. 3. pp. 175-357.

2 Fueron entrevistadas 4,183 personas entre el 4 de noviembre y el 7 de diciembre de 2001. La muestra tiene representatividad nacional. El diseño de la muestra se traduce en un nivel de confianza del 90%. Esto equivale a un margen de variación absoluto de 1.7% para tocia la muestra. Véase Secretaría de Gobernación: Encuesta Nacional de Cultura Política y Prácticas Ciudadanas Poder Ejecutivo Federal. México, 2002.

3 Alexis de Tocqueville: Democracy in America. Anchor Books, Nueva York, 1969, p. 513.

4 El trabajo al que se refiere Putnam es Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy (1993). La cita es de su ensayo “Bowling Alone: America’s Declining Social Capital”, en Journal of Democracy, enero de 1995. p. 66.

5 Ibidem, p. 67.

6 Ibid.    n

El espejismo de la virtud

EL ESPEJISMO DE LA VIRTUD

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

No son los vicios ideológicos los que lastran a los políticos mexicanos sino su incapacidad para ver sus intereses de mediano y largo plazos.

¿Cuál es la fisonomía del político democrático?

A menudo pensamos que los políticos deben poseer diversas virtudes cívicas, así como un gran patriotismo. El modelo implícito es clásico. Un ejemplo de la antigüedad encarna bien a este hombre virtuoso: Lucio Quincio Cincinato (519-430 a. C.). Cincinato fue un general y político al que el senado de Roma nombró dictador y encargó rescatar a un ejército romano que se hallaba al borde de la aniquilación a manos de los ecuos. Cincinato derrotó al enemigo en 16 días, pero rehusó todos los honores y renunció a la dictadura. Investido nuevamente con el poder dictatorial en el 439 a. C., reprimió una insurrección plebeya y acto seguido se retiró a su granja.

Catón y otros republicanos lo consideraron un modelo de los viejos valores romanos: frugalidad rustica, coraje, dedicación a la patria y ausencia de ambición personal. En los albores de la era de las revoluciones democráticas el ejemplo de Cincinato fue invocado con frecuencia. En el siglo XVIII se comparó a George Washington con el general romano y no es una casualidad que un estado de la Unión Americana lleve por nombre Cincinatti. ¿Pero, captura bien ese modelo a los animales políticos de las democracias modernas? ¿Es esa la regla con la que debemos medirlos? Posiblemente no.

Ningún autor moderno ha hecho tanto por desbancar el modelo clásico de la democracia como el economista Joseph Shumpeter. En su libro Capitalismo, socialismo y la democracia (1942) elaboró una concepción mínima de ella. No sólo abandonó las virtudes clásicas asociadas a la democracia, sino que negó incluso que los políticos representaran a los gobernados. La economía fue vista por Schumpeter como una metáfora de la política: así como las empresas competían por clientes en el mercado, los políticos competían por votos. Aunque los políticos debían ser mínimamente responsables —o menos irresponsables que sus competidores— la esencia de la democracia no era la representación. El objetivo era vender votos a cambio de un bien específico: políticas públicas.

En esta visión, el requisito indispensable para la democracia es la competencia institucionalizada por el poder. Los políticos son seres ambiciosos, interesados, egoístas, pero racionales. Shumpeter no se hacía ilusiones sobre las virtudes cívicas de los gobernantes. Confiaba más en su racionalidad que en su patriotismo. Los políticos no subvertían a la democracia simplemente porque no les convenía. Cuando perdían en las urnas era mejor —menos costoso— irse a su casa y volver a competir en las próximas elecciones que dar un golpe de mano. Nada de heroísmo, togas o golpes de pecho por la patria

Aquí el ejemplo de Cincinato es, en el mejor de los casos, una rareza de la antigüedad. En el peor, es un espejismo que crea falsas expectativas sobre los políticos. Esta visión de la democracia tal vez no sea muy edificante y es, sin duda, discutible en muchos aspectos. Sin embargo, me interesa porque nos ayuda a comprender mejor qué es lo que podemos sensatamente esperar de los políticos en general. Y los mexicanos —de ayer y hoy— no son una excepción.

LA MORAL ES ÁRBOL QUE DA… MORAS

Los políticos de un régimen autoritario no se han metamorfoseado repentinamente en demócratas convencidos. Antes, los miembros del PRI y el PRD habitaban un mundo hecho a su imagen y semejanza: ahora transitan un terreno inédito. el de la política democrática. Pero si las elecciones ya no son meros formalismos constitucionales sino el único medio de acceder al poder, los herederos de la Revolución mexicana no creen más que antes en las virtudes democráticas. Su conducta está acotada por instituciones, pero su ideología, su temperamento político y sus convicciones siguen siendo autoritarios.

Nada ilustra mejor esta persistencia que su posición respecto a Cuba. En ese tema confluyen dos tradiciones antidemocráticas: el desprecio de los derechos “burgueses” del marxismo y el nacionalismo defensivo de la Revolución mexicana. Así, el nacionalismo revolucionario es un edificio de convicciones ideológicas caducas. Ahí todavía se mantienen vivas las creencias que animaron una era: la idea de que la pluralidad representa discordia, la lógica corporativa de la política, el desprecio por los individuos y los derechos civiles, el estatismo como sinónimo de la nación.

Todo esto es cierto. Sin embargo, no son los vicios ideológicos los que lastran a los políticos mexicanos sino otra cosa: su incapacidad para ver claramente sus intereses de mediano y largo plazos. El problema con las anteojeras ideológicas no es que sean feas y reprobables —lo son— sino que impiden a los actores formarse una idea precisa de sus propios intereses. En las democracias funcionales la ideología tiene su lugar, pero la operación cotidiana de la política consiste en una mezcla de cooperación selectiva y conflicto. Se ceden algunas cosas para obtener otras. La pregunta, entonces, es ¿por qué actúan los políticos mexicanos de manera miope?

Un esbozo de respuesta puede aventurarse. Para comenzar, en muchos casos el horizonte político es de corto plazo y ello alienta el inmediatismo en las decisiones. Sobre todo en lo que se refiere a diputados y senadores. La ausencia de reelección consecutiva impide que los malos legisladores sean castigados o premiados. Dos años son poco tiempo. La competencia por los votos es imperfecta. Así, es muy bajo el costo de la frivolidad parlamentaria: perder el tiempo. concentrarse en nimiedades, no cooperar en asuntos, es muy bajo. A diferencia de lo que ocurre con el Ejecutivo, que paga el costo de las acciones de sus secretarios de Estado. el costo de un congreso inepto se reparte por igual entre sus integrantes. Los legisladores rinden cuentas a las burocracias de sus partidos, no a los ciudadanos.

En segundo lugar, los políticos mexicanos no se encuentran acostumbrados a la negociación democrática. Durante muchos años los conflictos fueron negociados por las élites de manera confidencial. La competencia política, y la apertura que ésta conlleva, dislocó tal práctica. Ahora los costos de acceder a una reforma, de cooperar en una política determinada, pueden ser, y son, explotados por los enemigos. Aunque los cónclaves no han desaparecido, ahora las decisiones son públicas y tienen consecuencias electorales en el corto o mediano plazos. Eso, y la pérdida de coherencia ideológica de los partidos, produce un desconcierto al momento de tomar decisiones. Los costos inmediatos se hacen presentes, mientras que los beneficios futuros de cooperar son remotos. No existe la experiencia suficiente para que los actores descubran que a menudo el cooperar acaba por convenirles.

A menudo escuchamos llamados a que los diputados, senadores y otros funcionarios públicos hagan a un lado sus intereses “políticos”, de partido o facción, y antepongan el interés de la nación. Son llamados a Cincinato. De la misma manera en que no es sensato esperar de la democracia una plétora de bienes sociales, tampoco es realista esperar que los políticos mexicanos actúen como cincinatos aztecas. La sociedad ganaría mucho si pudiera asegurarse que actuaran de manera racional. El peor escenario es uno poblado por políticos tontos y miopes mientras que el resto de la sociedad suspira por Cincinato. n

Ciudadanos de baja intensidad

CIUDADANOS DE BAJA INTENSIDAD

La expresión de Guillermo O’Donnel, ciudadanos de baja intensidad, refiere a uno de los problemas más graves y menos estudiados de las democracias recientes: la debilidad de sus culturas cívicas, la debilidad de su ciudadanía.

Ciudadanos imaginarios llamó Fernando Escalante a su estudio de las relaciones de la sociedad con la política en el convulso siglo XIX mexicano. Al empezar el siglo XXI han dejado de ser imaginarias para volverse realidad algunas instituciones fundamentales de la vida democrática, como las elecciones libres y los partidos políticos. Pero el gran vacío ciudadano sigue estando ahí.

El ciudadano mexicano no cree en la ley ni en su obligación de cumplirla.

No cree en la autoridad, ni la respalda, aunque la haya elegido libremente.

No quiere al gobierno pero todo lo espera de él.

No paga impuestos pero exige cuentas y bienes públicos.

No es tolerante ni respetuoso de la diferencia.

No tiene el hábito de asociarse y reunirse para perseguir causas comunes.

No es un ciudadano activo, atento a la cosa pública, solidario, participativo. Es un ciudadano receloso, enclaustrado en sus intereses particulares y familiares, sin una clara orientación hacia lo público.

Abordamos en este número el problema de la ciudadanía imaginaria o de baja intensidad en cuatro ámbitos distintos:

1.   El déficit de la cultura chica, que reúne las reflexiones sobre la ciudadanía inexistente de Rafael Segovia, pionero mexicano en ese campo, Fernando Escalante Gonzalbo y Adrián Acosta Silva.

2. El déficit de los valores cívicos, a cuya descripción están dedicados los escritos de Federico Reyes Heroles. Leo Zuckermann y Leticia Juárez.

3. El déficit de la pedagogía democrática, tal como se expresa en a) la precariedad del relato democrático, b) la crisis de la política tradicional, c) los hábitos predemocráticos de los políticos profesionales y d) el rezago de los medios masivos, pedagogos por excelencia del espacio público. Abordan sucesivamente esos problemas los textos de Norbert Lechner, Manuel Antonio Carretón. José Antonio Aguilar Rivera y Raúl Trejo Delarbre.

4. Ingreso y cultura política. Ofrecemos, por último, una reflexión heterodoxa de Adam Przeworski, quien ha dividido las aguas del debate académico sobre la materia al sostener, luego de una larga medición de democracias emergentes, que el desarrollo económico, no la cultura cívica, es lo que da fortaleza y viabilidad a las democracias. n

Los medios: De la sumisión a la impunidad

LOS MEDIOS: DE LA SUMISIÓN A LA IMPUNIDAD

POR RAÚL TREJO DELARBRE

A pesar de intentos de renovación importantes, el periodismo mexicano sigue prefiriendo el sensacionalismo por encima del profesionalismo y la declaración antes que la investigación.

Discutir si en México hemos tenido o no transición democrática es hoy mucho más que un ejercicio académico, o de especialistas. Resulta preciso saber en dónde estamos para definir qué rumbo, como país y sociedad, queremos tomar. A la transición se le ha glorificado, mitificado, despreciado y utilizado de muchas maneras. De cuando en cuando el gobierno de Vicente Fox se dice resultado de una transición, aunque otras veces afirma que con él comienza la verdadera transición mexicana.

Otros grupos se apropian del término para engalanarse con él, atribuyéndose el mérito de las transformaciones políticas recientes. Algunos más, en discrepancia con la imagen de un país que de pronto cambió gracias a las elecciones de 2000, rechazan que hayamos tenido una transición a la democracia porque ello implicaría que antes de ese episodio nuestro régimen político habría sido autoritario.

Todos esos discursos acerca de la transición mexicana reconocen que en los medios de comunicación han existido cambios notables. Ellos han sido, se dice, precursores, parteaguas o aun promotores de la transición. Desde el mundo político, en cualquiera de las diversas filiaciones que pueden encontrarse en él, proliferan las expresiones laudatorias acerca de los medios y los comunicadores. De manera ocasional esa actitud cambia y a los medios se les culpa de enturbiar o entorpecer los quehaceres de los gobernantes. Pero, por lo general, quienes ocupan posiciones de poder prefieren congraciarse con los medios.

Ensalzar a los medios se ha convertido en una actividad tan lisonjera como la que significó, hasta hace pocos años, la costumbre de elogiar al presidente como recurso para obtener la gracia del poder político. Ahora que se encuentra acotado por un nuevo contexto de exigencias y debilitado por los equilibrios políticos y sociales que tiene delante suyo, al Ejecutivo nadie lo aplaude. En cambio, a los medios casi no hay fuerza o personaje políticos que deje de adularlos. Nadie quiere reñir con ellos, mucho menos incomodarlos con el más tenue cuestionamiento.

Los medios se han convertido ya no en el quinto poder que alguna vez dijo Manuel Buendía acerca de Televisa, ni en el cuarto poder que afirma la tradición política estadunidense. Los medios, específicamente las grandes empresas de comunicación, se han vuelto el poder a secas para muchos de los efectos prácticos y estratégicos en la decisión de los grandes asuntos públicos —y a veces también privados.

Antes que por ninguna fuerza política, la agenda de los temas que se ventilan en el mundo político y de aquellos que preocupan a la sociedad (unos y otros no son por necesidad los mismos) es definida por los medios de comunicación. Las presiones entre los actores partidarios ahora se consuman a través de golpes mediáticos, aderezados de filtraciones y efectos de marketing. El moderno cabildeo ha dejado los pasillos y las antesalas para ejercerse en vivo y en directo.

La política y la vida social dependen tanto de los medios que éstos se han olvidado del papel de intermediarios que, antes que nada, tendrían que desempeñar las empresas y los espacios de comunicación. Más que instrumentos para el ejercicio del poder y para que la sociedad se exprese e interrelacione, los medios se han transformado en el nuevo Príncipe de los regímenes políticos de nuestros días.

Hay ventajas en la nueva presencia e influencia públicas de los medios. Al perder su antigua dependencia respecto del poder político, que en México fue particularmente afrentosa, los medios son ahora espacios en donde se ventilan las posiciones más diversas. Numerosos hechos públicos, antaño confinados al secreto gubernamental, ya son conocidos por los ciudadanos. Además, los medios se han convertido en verdaderos contrapesos del poder político.

Han cumplido tales funciones, sin embargo, más allá de sus responsabilidades legales, éticas y sociales. Rebasadas hace tiempo, las leyes mexicanas en materia de medios son obsoletas, incumplidas y atrasadas. La ética, que es complemento necesario del marco jurídico, se ha convertido en subterfugio que casi cada medio o comunicador invoca, u olvida, según las conveniencias de cada momento.

Al mismo tiempo la sociedad, que en otros países ha sido la principal fuente de exigencia para los medios, en México es complaciente con los contenidos que consume todos los días. La investigadora María de las Heras encontró en mayo de este año que sólo el 36% de los mexicanos tiene confianza en la Cámara de Diputados y el 37% en los partidos. Pero el 72% confía en los periódicos, el 73% en los noticieros de televisión y el 76% en los noticieros de radio (Milenio, 4 de julio de 2002).

Esa confianza confirma el enorme arraigo de los medios, aunque la calidad de sus contenidos y su profesionalismo informativo con frecuencia dejen mucho que desear. A pesar de intentos de renovación importantes, el periodismo mexicano sigue prefiriendo el sensacionalismo por encima del profesionalismo y la declaración antes que la investigación. Si reconocemos que los de nuestro país no son los mejores medios de comunicación posibles y que la parcialidad en demérito de los valores informativos, el escándalo como recurso habitual y la espectacularización de los acontecimientos antes que su explicación siguen definiendo el comportamiento de diarios impresos y noticieros, se debe advertir que algo falla en la capacidad crítica de los ciudadanos cuando se enfrentan a los medios.

Quizá tienen demasiados años de estar expuestos a ellos, o también ocurre que no cuentan con suficientes opciones en materia de comunicación, pero es claro que los mexicanos siguen dispensándoles a los medios de comunicación una indulgencia que no tienen hacia otros actores de la vida pública.

No existe una observación crítica de los medios ni la costumbre de discutirlos. Allí radica uno de los principales rezagos de la cultura cívica de los mexicanos y acaso el principal déficit que, con transición o no, padece la democracia mexicana. Más aún: podría decirse que el estancamiento en la reforma de los medios de comunicación impide afirmar que nuestro país haya transitado, ya, a una democracia plena.

Será difícil hablar de transición en México mientras diez grupos controlen más del 60% de todas las estaciones de radio concesionadas y una sola empresa, Televisa, acapare el 80% de las frecuencias televisivas concesionadas en todo el país (otra empresa, Televisión Azteca, tiene el 13%).

Será imposible pensar que las cosas han cambiado en el terreno de los medios mientras las concesiones radiofónicas sigan asignándose de manera discrecional, como continúa dictando la ley de Radio y Televisión.

Tampoco habrá cambios reales en ese terreno mientras las relaciones entre los medios y los ciudadanos carezcan de una legislación capaz de garantizar los derechos de ambas partes.

La inexistencia de medios auténticamente públicos —respaldados por el Estado pero no controlados por él— deja a la sociedad mexicana sin el enriquecimiento informativo y cultural que las radiodifusoras y televisoras de esa índole significan para los ciudadanos de otros países.

Reglas para acotar la concentración de muchos medios en pocas manos, mecanismos para la asignación de concesiones con criterios claros y equitativos, leyes que protejan el derecho de los medios a informar y el derecho de los ciudadanos a la privada y medios de comunicación públicos, serían ejes de una reforma comunicacional cuya inexistencia, por lo pronto, nos impide considerar que en México hayamos tenido una cabal transición política.       n

La cultura imposible

I. EL DÉFICIT DE LA CULTURA CÍVICA

LA CULTURA IMPOSIBLE

POR RAFAEL SEGOVIA

Si la democracia no permea la vida de los mexicanos —y se puede añadir de los latinoamericanos— es porque no hay una cultura democrática capaz de sostener esta forma de Gobierno.

Las críticas provocadas por la publicación de The Civic Culture de Gabriel Almond y Sidney Verba, el libro de sociología más citado en Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX, pusieron en claro la distancia que media entre el sistema político y la cultura política de una sociedad. La coincidencia deseada por quienes están en el poder no se da en el terreno de la realidad; de ahí el deseo permanente de crear una nueva cultura política, que coincida con el de unos cambios estructurales nunca bien definidos aunque constantemente enunciados.

El carácter retórico de los deseos de los gobiernos esconde el malestar permanente de los gobernantes al sentir frustrados sus intentos de llevar a cabo lo prometido en su larga o breve marcha hacia el poder, y que les permite a la par advertir la inanidad de sus esfuerzos. La política se presenta, por su parte, como una fatalidad, como un destino que toma, para cumplirse, la forma de una cultura.

Si la democracia no permea la vida de los mexicanos —y se puede añadir de los latinoamericanos— es porque no hay una cultura democrática capaz de sostener esta forma de gobierno. La causa debe encontrarse en una serie de golpes de Estado, dictaduras y gobiernos autoritarios presentes en todos los países de la región desde la Independencia hasta nuestros días.

La culpa queda disuelta en una impenetrable aunque cambiante niebla donde aparecen mezclados víctimas y victimarios, generales y jurisconsultos, presidentes y jueces, donde se puede elegir a gusto de los partidos, grupos políticos y culturales y, en términos generales, de todos los actores políticos, sociales, culturales y religiosos, que los utilizarán en defensa de unas ideologías igualmente variables y confusas. Por ahora, la democracia es lo que está de moda, aunque no se consiga.

La bonanza económica del mundo occidental de los años setenta y ochenta impuso, con la liquidación del socialismo en la Unión Soviética, una visión optimista de la evolución política de los países latinoamericanos, que habría de culminar en la instauración, con ayuda de elecciones libres, de la democracia en América Latina.

Al iniciarse el nuevo siglo, el escenario estaba dispuesto, había una voluntad evidente de confiar en los nuevos presidentes que reformarían las estructuras carcomidas por el tiempo y la corrupción, sostenida por partidos epítomes de los antiguos regímenes llamados a desaparecer.

Lo sorprendente de esta visión del cambio era el poder taumatúrgico conferido a las elecciones, en especial a las presidenciales. El cambio sería mágico en el sentido de que se suponía la aceptación inmediata e indiscutida de una nueva cultura revelada por el sentido creador del cambio manifestado por la orientación electoral. Los hechos sociales se debían inclinar ante una política avasalladora y toda la sociedad se sometería de manera voluntaria ante el nuevo orden que en todos los aspectos había surgido de la pomposamente llamada voluntad ciudadana.

El mundo, por lo demás, ya se había manifestado en ese sentido, en el sentido de una nueva democracia, originada por la derecha moderna, globalizadora, autosustentada y de una severidad draconiana con quienes se oponían o simplemente se mantenían lejos de las grandes corrientes universales. La globalización económica se suponía también cultural o al menos así lo propagaban los grandes clientes de la nueva situación.

El mundo político —instituciones, cargos, cambios, operaciones, etcétera— es ignorado en casi todos los países. aunque hay modalidades y niveles en esta ignorancia, lo que no impide los juicios de valor sobre lo “que no se conoce”. En The Civic Culture, por ejemplo, se revela cómo la escasísima información de que disponen los mexicanos no impide que se consideren capacitados para juzgar y evaluar materias políticas. Quizás aquí se encuentra la explicación de la muy elevada aceptación de los políticos nacionales y sobre todo de los presidentes de la república: el caso actual es de lo más ilustrativo.

Incluso el intelectual, con raras excepciones, vive de espaldas a la política. Son pocos quienes se mantienen alertas y son aún menos quienes están “comprometidos” en el sentido sartreano. No es pues de extrañar el vuelco que dio una mayoría de este grupo profesional hacia la candidatura de Vicente Fox, después de haber colaborado durante décadas con las autoridades priistas: no hubo casi nunca un compromiso partidista, la colaboración se mantuvo en términos personales y clientelares. Esta relación puede dominar en una gran parte de los grupos profesionales, lo que permitió y sigue permitiendo evitar compromisos manifiestos desde el cómodo refugio de los intelectuales independientes.

Si la conservación y el disfrute del poder fueron la idea siempre presente en el PRI, el nacionalismo fue el basamento de su ideología, que pudo utilizar como argumento indiscutible de su política en el sentido más amplio del término. El inicio de la nueva ruptura entre el mundo de la inteligencia profesional —la antigua intelligentsia rusa—, el gobierno y la ordenación social y cultural del Estado, se produjo en torno a la cultura oficial pese a las tonterías escritas sobre la historia de bronce y sobre el pensamiento único impuesto por el nacionalismo.

El combate —cuidadoso, hay que reconocerlo— contra el nacionalismo, convenía a todos, aun a quienes en principio menos beneficiaba. Creada por la Revolución, mantenida por un proteccionismo total, la industria mexicana se pudo desarrollar a la sombra del nacionalismo hasta el momento en que los industriales —los tan traídos y llevados privados— sintieron la necesidad de vincularse con la globalización. En el programa de Fox son obvias las concesiones hechas al capital internacional y a las empresas extranjeras.

Durante la campaña electoral y los primeros meses del gobierno foxista se buscó venderlas como modernidad y cambio, sin tener éxito alguno, ante la resistencia no esperada de los partidos de oposición y de una parte de la prensa. La energía, constitucionalmente protegida por la Constitución. se ha convertido en un casus belli entre el gobierno y el sector privado y la oposición política que ha hecho del Congreso un baluarte contra la privatización.

En la línea de defensa se enfrentan las fuerzas privatizadoras y las nacionalistas. cuidando ambas de mantener el conflicto encapsulado en la prensa, con raras incursiones en la radio o en la televisión. pues gobierno y oposición tienen mucho que perder: el poder teme ser acusado de antinacionalista —el grito de vendepatrias ya ha sido lanzado contra el presidente Fox— y la oposición de enemiga del progreso de México. Los papeles se han invertido y también los contenidos culturales.

El Estado ha renunciado a defender la cultura como se puede advertir en sus tergiversaciones sobre la industria editorial, donde la presencia nacional está por desaparecer.

Lo que puede considerarse la gran literatura o literatura de élite mexicana pertenece hoy a las editoriales españolas. No es sólo el caso de México, sino el de toda la producción latinoamericana que, para serlo, debe pasar por las casas españolas para regresar santificada y aceptada primero en Madrid o Barcelona. La influencia de la prensa ibérica no es un problema de cantidad sino de calidad; la lectura de un periódico como El País por los círculos políticos e intelectuales latinoamericanos, y de manera muy especial mexicanos, así como la compra de la portada de revistas populares de inmensa difusión —es el caso de Hola— cada vez que el presidente viaja a España, prueban la hispanización progresiva de la alta cultura y de la política mexicana.

Lo español, con toda su importancia relativa, puede ser considerado incidental, debido a la acelerada caída de los medios escritos. El futuro de la cultura mexicana se juega en los medios electrónicos y en su derivado inmediato, la educación en todos sus niveles, que van desde el de la empleada que apenas se escapa de las llamadas clases populares y está dispuesta al sacrificio total para poder dar a sus hijos una educación bilingüe —el ideal es el dominio perfecto del inglés— hasta la formación integral de los vástagos de la gran burguesía y de los estratos políticos superiores, que corre de los highschools de calidad hasta las universidades de la Ivy League (no se conoce el número de jóvenes mexicanos educados en las instituciones norteamericanas, y si alguien dispone de esta información no la ofrecerá al público).

Globalización y americanización no atañen a las clases populares urbanas sino indirectamente, a través de la televisión o de ciertas formas de consumo, así como en el imaginario y en la realidad popular donde los Estados Unidos son el nuevo El Dorado capaz de solucionar todos los problemas del desempleo y, más que la falta de trabajo, de la pobreza en que vive la mitad de la población. El mantenimiento de productos y valores culturales mexicanos entre los migrantes no evita la presencia distante de lo norteamericano aun en las zonas urbanas depauperadas de la república.

Sin ser un fenómeno privativo de la cultura mexicana, la distancia entre gobernantes y gobernados es cada dia más amplia. Si se mantiene una pauta nacional, las actitudes frente al gobierno y los actores políticos están dominadas por la desconfianza y la indiferencia que actúan a través del olvido de los partidos, de su propaganda y de sus figuras emblemáticas. Fenómeno general, pero mitigado en los niveles sociales más bajos por la persistencia de la cultura creada por el Estado y los gobiernos revolucionarios durante siete décadas.

La presencia de una cultura priista, que puede considerarse tan enraizada en el país que se confunde con la cultura mexicana a secas, es la obsesión de los otros partidos y del gobierno actual, que solicitan hasta el aburrimiento la creación de una nueva cultura, sin haber propuesto jamás a través de qué caminos puede lograrse esta construcción

considerada indispensable (es una moda: ante la crisis económica de Estados Unidos, debida, entre otros factores, a los escándalos de las grandes empresas, uno de los presentadores de la televisión de Estados Unidos, sin inmutarse, pedía “cambiar la cultura de Wall Street”).

La pobreza de imaginación y la torpeza de la palabra plantean constantemente cambios en los comportamientos colectivos que ajusten los sistemas de valores siempre llamados cultura a las intenciones nunca muy claras del poder público. Se señaló al principio de estas páginas: hay un desfase permanente entre cultura política y sistema político, agravado por las modificaciones radicales, las transformaciones en los sistemas políticos, en la redistribución del poder y en el cambio de actores gestados en la segunda mitad del siglo XX, que parecen haber surgido de la nada en los primerísimos años del siglo presente.

Haber supuesto inevitable el advenimiento de la democracia en unas sociedades donde la mitad de la población vive por debajo del límite de la pobreza sólo cabe en la cabeza de los gobernantes, presidentes, ministros y secretarios de Estado del momento. A ellos les corresponde resolver la situación política que han creado. n

Grandezas y miserias de la cólera

GRANDEZAS Y MISERIAS DE LA CÓLERA

POR CLAUDIO MAGRIS

TraducciÓn del francÉs de Alberto RomÁn

El número especial de verano de la revista La Quinzaine Littéraire, bajo el título general de “El escritor encolerizado” (L’écrivain en colére”), se dedicó a explorar los nexos entre la cólera y la escritura. Su revisión abarca desde el lugar de la furia en la mitología hasta el extremo de la burla del tema, pasando por célebres escritores rabiosos, derivas psicoanalíticas, cóleras en otros ámbitos: una especie de mapa trazado con efusiones de humor bilioso. Aquí presentamos el texto que el gran escritor triestino Claudio Magris le dedicó al tema: una estupenda lectura de la cólera de la mano de la filosofía y la literatura. En el tiempo mexicano, que si algo posee es el denominador común de la cólera, la revisión de Magris resulta aún más disfrutable por su lucidez para situar con claridad el imperio de la razón.

En el principio y en las raíces de Occidente está la cólera, inseparable de la aurora de la poesía que funda nuestra civilización: “¡Canta, oh Diosa, la cólera del Pelida Aquiles!”, dice el primer verso de la Iliada. Este poema, el poema por excelencia, es ante todo la epopeya de la cólera. Y en cuanto aparece, la cólera se muestra como una pasión negativa, generadora de desgracias: se dice que llevó a los aqueos un sinnúmero de aflicciones, arrastró a muchos héroes hasta la muerte, entregando sus cuerpos como alimento para las aves y los perros. La cólera de Aquiles no es la única; está la cólera de Zeus frente al rapto de Helena, la de Apolo ante la ofensa hecha a su sacerdote Crises, la de Agamenón por la esclava que le arrebatan. Para cualquier pasión la cólera es desastrosa, pero en este caso amenazaba con arruinar a toda una colectividad, con hacer perder la guerra a toda la Grecia unida en contra de Troya.

No se trata, por lo demás, de una cólera cualquiera; la palabra griega menis —recuerda Maria Grazia Ciani— tiene un valor sagrado y designa la reacción a una ofensa profunda e injusta perpetrada en contra del honor público (de un dios o de un guerrero), es decir, se trata de un derecho profundo de la persona, sancionado por un ritual y un hábito vividos como una ley religiosa. La cólera es de esta forma, por lo menos en principio, justa y aun fundada, una respuesta consecuente y necesaria sobre el plano psicológico, pero también y sobre todo en el plano ético. Sin embargo resulta inmoderada, rebasa la mesura —la furia salvaje e incontrolada de Aquiles— y es fuente de desdichas. La cólera nace de la reivindicación orgullosa de su propio derecho / deber y en consecuencia de sí, pero se encuentra peligrosamente cerca de la locura, de la pérdida de sí mismo, tal y como lo dice la expresión latina ira brevis furor, la cólera es un breve extravío. De la cólera de Aquiles a la locura furiosa de Ayax no hay más que un paso.

Desde el origen, la civilización occidental está familiarizada con la cólera y aun cuando llama la atención sobre sus peligros, le concede grandeza. Los héroes y los dioses griegos montan en cólera, lo mismo que el Señor de la Biblia, que con frecuencia muestra una cara de pocos amigos; su cólera, que se abate sobre los orgullosos y los vanidosos, es inseparable de su justicia, y es necesaria para la salvación del mundo. El propio Jesús manifiesta su cólera sin inhibiciones, por ejemplo cuando expulsa a latigazos a los mercaderes del templo. El último día —el día del Señor, de la verdad— es un Dies irae.

Las divinidades —los valores— de otras civilizaciones tal vez no conozcan esta ambivalencia de la cólera ni le presten tanta importancia. Cuando Shiva da muerte o cuando Krishna, en el Bhagavad-Ghita, le explica a Arjuna el deber de combatir y por lo tanto también el de matar, no hay cólera sino únicamente obediencia a un código. El taoísmo y el budismo ignoran la cólera o bien la rechazan como una ilusión, un deseo, una carnada de la sed de vivir. Sólo para los estoicos, los filósofos occidentales más cercanos al ideal oriental de serenidad imperturbable, cualquier cólera es viciosa, en tanto los peripatéticos, discípulos de Aristóteles, distinguen, al igual que su maestro, entre la cólera buena y la mala. El pensamiento occidental se pregunta siempre si la cólera está justificada —es justa— o no. Tomás de Aquino, en su examen de los vicios o pecados capitales, profundiza en todos los pros y contras relativos a la cólera; explora sus manifestaciones para distinguir la cólera buena y virtuosa, que nace del disgusto objetivo frente a la injusticia, de la cólera mala alimentada por el espíritu de venganza; la cólera contra el pecado, que es justa, de la cólera contra el pecador, que no lo es. Crisóstomo, al comentar el Evangelio según san Mateo, dice que si la cólera sin motivo es culpable, la cólera motivada es necesaria, pues sin ella “ni los juicios son elaborados ni los crímenes reprimidos”. Para Tomás, por el contrario, la precipitación colérica impide un juicio sano en el sentido de que lo anticipa confusamente, como esos servidores que —dice, citando a Aristóteles— se apresuran a ejecutar una orden sin acabar de oírla por completo, y se equivocan. La cólera alimenta el castigo, pero lo corrompe y lo deforma, como pensaba Archita de Tarento, cuando le decía a su servidor que lo había ofendido: “Te castigaría terriblemente, si no estuviera encolerizado contigo”.

A la cólera se atribuyen la blasfemia y la fatuidad —pues el hombre que se abandona a ella se arroga el derecho de hacer justicia, derecho que le corresponde a Dios—, pero también una función útil, ya que —de nuevo Crisóstomo— “la paciencia irracional… invita a obrar mal, no sólo a los malos, sino a los propios buenos”. La cólera, dice Hugo de Saint-Víctor, “despoja al hombre de sí mismo” (el furor.; que arranca el yo a uno mismo), mientras que otros pensadores de la Edad Media afirman que ciega el ojo de la razón y del corazón. Con su genio experto lo mismo en clasificaciones que en ambigüedades, Aristóteles escribe en la Etica a Nicómaco”, “la cólera escucha a la razón, pero la escucha de modo imperfecto”.

Para la reflexión filosófica, la cólera aparece entonces como una pasión ambivalente, peligrosa pero noble; una expresión de grandeza con frecuencia desviada trágica y mortal- mente, pero al fin y al cabo expresión de grandeza. Una sal que, en caso de abuso incontrolado, puede ser letal, pero que, con medida, no podría faltar: una persona incapaz de dejarse llevar por la cólera parece humanamente desprovista, privada de una cuerda esencial de la humanidad. En tanto la envidia, por ejemplo, sólo es negativa —una mezquindad venenosa para sí y para los demás, que no puede ser buena bajo ninguna forma ni en ninguna dosis—, la cólera se confunde, peligrosamente, con la magnanimidad, con el espíritu generoso. Dios —lo mismo que el hombre, según algún hecho a su imagen y semejanza— puede montar en cólera pero no consumirse de envidia. La cólera, en proporciones ajenas a la desmesura y al mito, pero psicológicamente realistas, es un defecto grande, no uno pequeño. Y si decimos de alguien —como yo dije alguna vez de Alberto Cavallari, intrépido, generoso y colérico director del Corriere della Sera durante la temporada más difícil para el periódico— que tiene muchos defectos grandes, pero ninguno insignificante, le hacemos un cumplido.

Como todas las pasiones, la cólera está, sin lugar a dudas, muy presente en la literatura. Para los escritores, la cólera es un tema, un objeto de representación literaria y sobre todo una manera de vivir y describir el mundo: es una de sus maneras de ser. Resulta imposible hacer un catálogo de las descripciones poéticas de la cólera: la furia de Aquiles, la explosión salvaje de dolor y repugnancia del rey Lear, el arrebato irresistible del dulce Pierre Bezujov y tantas otras páginas inmortales de la literatura, radiografía y electrocardiograma de todas las afecciones de la mortalidad humana.

Para numerosos escritores, la cólera no es simplemente un tema, como los celos de Otelo o la pereza de Oblomov, los cuales no significan forzosamente que Shakespeare era celoso y Goncharov apático. Para ciertos escritores la cólera es la mirada misma que posan en el mundo y con la cual lo describen. Los grandes escritores satíricos ven, representan y atacan la realidad a través del prisma de la cólera, falseándola pero aprehendiendo, gracias a esta deformación, una verdad anormal. Los escritores satíricos son los vengadores de la naturaleza —también y sobre todo de la naturaleza humana— ultrajada, reprimida, arruinada o falsificada. La cólera de Juvenal, de Swift, de Karl Kraus o de Gadda, para tomar sólo algunos ejemplos; escritores vengadores de los males que los hombres se hacen a sí mismos o les hacen a los demás. La cólera está estrechamente ligada a la venganza. El escritor satírico venga una supuesta pureza original corrompida, obligando a aquel que la ha violentado —y de esta forma haciéndose violencia a sí mismo— a tomar conciencia de esta violencia destructora y autodestructiva, a comprender que ha falsificado la vida y que vive de una manera falsa y en un mundo falso; a percibir el malestar, el disgusto, la debilidad, la impotencia de su propia condición.

Como toda cólera y toda venganza, esta furia es necesariamente tendenciosa y facciosa; no ve más que el mal que quiere atacar, haciendo caso omiso de todo lo demás. Desde este punto de vista, el escritor colérico y satírico casi siempre está equivocado por el carácter absoluto de su propio ataque: sin lugar a dudas, la sociedad romana no era sólo la cornipción denunciada por Juvenal, ciertamente el sexo no resulta tan abominable como lo pretende Swift, y con seguridad el imperio de los Habsburgo no puede ser reducido a la farsa imbécil, fangosa y sangrienta de Los últimos días de la humanidad de Karl Kraus. La cólera —y la sátira— es fatalmente injusta. Pero sin la posición asumida hiperbólica de la cólera de Swift, de Juvenal y de Kraus, sin la deformación grandiosa de Gadda, jamás habríamos descubierto —gracias a la lupa de la cólera, que deforma pero agranda y obliga a ver tantas cosas— ciertos aspectos, ciertas verdades esenciales de la vida, de la historia, de la sociedad, de la civilización, del hombre.

La cólera exaspera, pero esta exasperación puede arrojar luz de una manera anormal sobre un aspecto anormal de lo real, que no puede ser percibido sino a través de esta óptica deformante. La cólera ve las cosas a distancia cero, como el doctor Kien en el Auto de fe de Canetti, y devela su desmesura objetiva y su locura. La cólera fría, helada de Flaubert hace a un lado el velo ficticio que arropa y suaviza la violencia de las cosas, y sólo así hace posible el acceso a una pureza y una ternura auténticas. Tal vez hoy en día, nuestra realidad aberrante, reducida a no ser otra cosa que una sátira de sí misma, una mueca irreconocible, no pueda ser comprendida y salvada sino por una perspectiva capaz de vincular la cólera con la pietas y con la ironía. El fermento que necesitamos puede ser que también deba contener algunos gramos de furia bíblica y de rabia flaubertiana.

La vida implica, asimismo, el juicio universal sobre la propia vida, y este juicio requiere una justa composición de piedad amante y de cólera sanguínea. Nadie lo muestra mejor que Dante, el más grande poeta de una cólera inseparable de la tensión moral, del sentimiento fuerte de la vida y de la historia, de la grandeza de alma. Dante parece revelar que la capacidad de dejarse llevar es una cualidad necesaria a la humanidad plena de un individuo, tal como la capacidad de amar. Pero Dante sabía que el valor de la cólera no dura más que si su arrebato permanece dentro de un justo límite, y trasciende la pura subjetividad pulsional y el sentimiento individual; también sabía cuán fácilmente la cólera franquea esta frontera y degenera en el exceso y el desencadenamiento de las envidias y las furias personales. La cólera, en este caso, es pecado mortal, vicio capital: a los iracundos les está reservado el quinto círculo del infierno.

Los iracundos, además, se encuentran cerca, en el castigo, de los espíritus tristes, culpables de un pecado pasivo que parecería no tener nada en común con su furia inmoderada, pero de hecho mantiene con ella lazos estrechos y ambiguos. Ya Aristóteles había descubierto la relación entre la cólera y la tristeza. La cólera es triste porque despoja al yo de sí mismo, enturbia su mirada, ofusca la visión agradable de las cosas, la capacidad de gozarlas con ese libre abandono a la seducción de la vida que no es posible sino en la alegría, la comunión fraternal con los demás. La cólera impide esta igualdad fraternal porque convierte a aquel que la siente en un juez, fatalmente por encima de los demás

—y el hecho mismo de juzgar es siempre triste—. Brecht lo sabía bien cuando decía que la cólera —su cólera política— deforma el rostro, y él se salvaba de esta deformación por la conciencia que tenía de ella.

Sin esta conciencia uno se vuelve víctima del resentimiento, de una cólera mezquina y caricaturizada que impide el libre vínculo con el mundo y encoge el alma. La cólera se vuelve entonces un rencor venenoso, una actitud forzada y repetitiva, una retórica del sentir y del decir; con frecuencia, un moralismo enfático y pomposo. Numerosos escritores, y de entre los más dotados, han cedido a esta cólera que llevan como un vestido y se les ha hecho un gesto mecánico, estereotipo travestido en noble indignación permanente.

Esta actitud caracteriza a un buen número de esos escritores críticos inveterados de la modernidad, de la burguesía, de la democracia, de las masas, del bien pensar y del conformismo progresista. Léon Bloy es un ejemplo de esta cólera, que ha tenido incontables imitadores, grandes, mediocres y minúsculos. En este caso la cólera también ataca y denuncia distorsiones reales, pero se reduce a una fórmula prefabricada, objetivamente caduca aunque vivida con no menos pasión; letanía previsible, ritornello siempre al alcance de la mano. La cólera es, desde un punto de vista literario, también una retórica —con sus figuras, sus triunfos, sus metáforas, sus amplificaciones—. La retórica puede ser el sistema lingüístico donde se nutre la creatividad de un gran poeta o bien un repertorio gastado a fuerza de usarse. Los iracundos antidemócratas suman un gran número de mediocres que abusan de esta retórica sin jamás producir nada más que un mismo rostro feroz. Entre ellos también hay algunos grandes, únicos e inimitables, y sin embargo tan frecuentemente imitados por tantos coléricos profesionales consumidos por el rencor, que se sienten autorizados a apropiarse los puntos suspensivos de Céline. La cólera, dice Kipling, es el huevo del miedo: la cólera nace con frecuencia de lo que oscuramente trastorna y amenaza. Dominar su cólera, como lo sugiere Adam Smith en la Teoría de los sentimientos morales, no parece menos generoso y noble que dominar su miedo.

Esta dominación, añade Smith, no es buena más que cuando se opone a un impulso libre y fuerte, cuando no proviene, a su vez, de un miedo reprimido y mistificado. Si hay algo en el universo que nos atemoriza, dice Chesterton, hay que enfrentarlo encolerizados, sacarlo de su madriguera y golpearlo de frente. No hay que dominar la cólera contra quien es más fuerte; pero sí hay que reprimir, en cambio, esa cólera tan cobarde como frecuente dirigida contra el más débil. La noble ira, esa que generosamente resiente y tan pronto olvida Mister Pickwíck, el héroe inmortal de Dickens, son una y la misma cosa con la generosidad del corazón, y es la antítesis del rencor que crece y arraiga disimuladamente en el alma; y se convierte en la naturaleza misma del individuo. Ninguna indignación colérica, por motivado, necesario y justo que sea su origen, puede ser una preocupación permanente sin traicionarse y convertirse en una pose. La cólera no es liberadora si no se es capaz de liberarse de ella; “que el Sol”, dice San Pablo en su epístola a los efesios, “no se ponga sobre vuestro enojo”.   n

Un premio cedido

UN PREMIO CEDIDO

POR HANS MAGNUS ENZENSBERGER

TraducciÓn de SalomÓn Derreza

Ofrecemos el discurso de agradecimiento de Hans Magnus Enzensberger al recibir el Premio Ludwig Börne, el 2 de junio de 2002 en la iglesia de San Pablo de Francfort.

El espacio festivo en el que nos encontramos hace surgir expectativas a las que lamento no poder corresponder. Aquí se tratan por costumbre temas importantes, empezando con el 18 de marzo de 1848, día en que fue fundada la primera Asamblea Nacional alemana, hasta la ceremonia anual de entrega del Premio de la Paz, en la que se tratan casi siempre cuestiones relativas a la Humanidad. Después de pensarlo bien deben reconocer que no puedo medirme con mis ilustres predecesores en este podio. Ni siquiera con un mínimo escándalo, una provocación o una noticia sensacional puedo servirles.

En lugar de eso, y a riesgo de parecer malagradecido, les pido me permitan unos momentos de reflexión sobre el motivo que nos reúne aquí.

Quizá para ello pueda remitirme al patrono del premio que hoy se entrega.

Hace casi cuatro décadas era costumbre en estos lares que el elegido mordiera la mano que lo alimentaba. Me refiero a una época en que las buenas maneras no significaban casi nada, y les niego me crean que remonto la mirada hacia ese tiempo sin el menor asomo de nostalgia. En ese entonces, un inofensivo club de autores fue nombrado como sucesor de la Cámara de Escritores del Reich —al periodista Willy Brandt se le reprochaba su nacimiento y su lucha contra el régimen de Hitler; y todo aquel que perturbara el consenso debía contar con que se le considerara una rata o un moscardón—. El resultado fue una absurda confrontación entre el llamado poder y la llamada inteligencia.

Algunos escritores no podían soportar esa atmósfera y se desahogaban engatusando a todo aquel que les deseaba algo bueno. El dinero de los premios era girado inmediatamente al Vietcong o destinado a algún viejo comunista encarcelado por segunda vez. Por fortuna todo eso ha terminado. El sabor del pluralismo puede percibirse en cada contradicción. También el bolchevique malvado puede expresarse en el Frankfurter Allgemeine, a los autores de oposición se les encuentra en las tertulias del canciller; al inconforme no sólo se le perdona sino que hasta se alegra de gozar de una alta valoración. El calificativo de pensador excéntrico es altamente deseado, aunque no siempre se sepa a las primeras de cambio qué hay de elogioso en las ideas extraviadas —ningún talkshow digno de ese nombre podría sobrevivir sin esa figura.

Lo que falta, entonces, no son estímulos y, sin duda, forma parte de ellos un sistema de premios que, según sospecho, no tiene parangón en el mundo. En los tiempos de Ludwig Börne, como se sabe, todo era totalmente diferente. El fastidio interminable con la censura, problemas de dinero y el exilio eran más la regla que la excepción. Pero hay un aspecto que ha cambiado poco, a saber: hoy como entonces, y según Borne nos ha inculcado, hay “sólo un número reducido de escritores originales y los mejores se diferencian de los menos buenos mucho menos de lo que una comparación superficial pudiera llevarnos a pensar. El uno se desliza furtivamente, el otro corre, otro cojea, uno más baila, otro va en coche y algún otro cabalga hacia su meta; pero el camino y la meta es lo que tienen todos en común”.

Aun cuando no todos los participantes en ese juego tengan el mismo grado de visibilidad, en nuestro pequeño país casi ninguno se queda con las manos vacías. Mucho se maldice la frialdad social que, según dicen, reina entre nosotros; pero en lo que se refiere al gremio de los escritores no conozco ningún otro lugar en el que éste se muestre tan campante. Se dice incluso que hay un manual en el que se encuentran contenidos todos los puestos estatales para escritores, todas las becas, todas las oficinas literarias y todos los premios. En total deben de ser unos mil registros. Pero dado que el número de escritores originales sigue siendo menor en una o dos potencias de diez, se produce un curioso efecto, sólo comparable con la tristemente célebre acumulación de cargos en la política y la economía.

Mandatos para el consejo de vigilancia, comités, curatorios, comisiones: por todas partes la misma historia y los sentimientos encontrados correspondientes. Y por más que lo lamente no encuentro la manera de evitar citarme a mí mismo en este punto. Hablo de una experiencia. Hace algún tiempo publiqué un texto recomendando a alguien para recibir un premio literario y en él me refería a una lista invisible de candidatos de la cual, según se dice, circulan fotocopias por todo el país. Si no me equivoco al contar, desde 1957 mi nombre ha aparecido 17 veces en esa lista ominosa. A riesgo de parecer malagradecido debo constatar lo siguiente: que es demasiado de lo bueno. Con frecuencia he tenido la oportunidad de averiguar con antelación que jueces bienintencionados me habían destinado alguna distinción. Ese tipo de sondeos permite intervenir discretamente en el proceso pero desgraciadamente ni una sola vez he conseguido que escuchen mis contrapropuestas. De donde sólo puedo deducir que la lógica de la acumulación es ineluctable: el mayor número de premios los reciben los galardonados que menos los necesitan. El imperativo de la representación prevalece normalmente.

Justo por esa razón la pregunta es si, de estar vivo, a Ludwig Börne podría tomársele en cuenta a la hora de otorgar el Premio Ludwig Börne. Borne era, según el inolvidable retrato que nos legó su admirador, rival y enemigo Heinrich Heine, un hombre bastante insoportable —insobornable, alérgico a todo tipo de compromiso y totalmente inepto para cualquier puesto elevado—. Ese tipo de personas son raras en el oficio periodístico y por eso me complace mucho poder presentarles a una persona realmente existente que reúne todas esas características. Su nombre es Gabriele Goettle y vive en Berlín con tan sólo 1000 euros al mes. Creo que ella podría necesitar un premio con una buena dotación para proseguir su trabajo y seguramente no tendrá nada en contra de que le extienda la suma que me habían destinado a mí. Sospecho que Borne también habría estado de acuerdo.

Seré breve en la fundamentación de este pequeño gesto. Desde hace casi veinte años. Gabriele Goettle investiga los usos, costumbres y huellas de los alemanes y publica los resultados en el Tageszeitung, un periódico que, como se sabe, padece de una falta de dinero crónica. Por ese motivo ha rechazado con una obstinación que recuerda a Borne todas las ofertas de aumentarle los honorarios. Sus métodos, sin embargo, se diferencian radicalmente de los de nuestro patrono. Pues mientras que él extraía su información casi siempre de periódicos, folletos y conversaciones en cafés, estudios de artistas y salones, ella realiza expediciones a las mazmorras de la sociedad, a asilos de ancianos, burdeles, cocinas para menesterosos, basureros, calvarios y estaciones de cuidados intensivos. Y hay algo más que diferencia a Gabriele Goettle del escritor exiliado en París: aun cuando su filiación es de izquierda como la de él. Borne, por buenas razones, fue un doctrinario mientras que ella, en caso de duda, se decide siempre de acuerdo a lo que ve y oye, y tira por la borda sus simpatías ideológicas en cuanto nota que le estorban en el camino hacia la verdad. Esa verdad es más sorprendente, más enmarañada y más loca que cualquier visión del mundo.

Es posible que en nuestra situación no pudiera existir alguien como Borne. Exceptuando a Gabriele Goettle. Si hubiera nacido hace treinta años habría cumplido dignamente el destino de emigrante. Su abuelo fue asesinado en un campo de concentración porque no llevaba el carnet de identidad ario colgado al cuello. Ella nunca habla de eso y a lo mejor le disgusta que yo lo mencione. Tiene tan poca disposición a ponerse en el papel de la víctima como a colarse al escenario de los medios a bailar y saltar sobre un solo pie. Hace algunos años se le concedió incluso un premio; ella lo aceptó pero se negó a aparecer en público. Tráiganme por favor el dinero a mi casa, les mandó decir a sus benefactores —y así fue—. A una mujer así nunca podrá despojársele del valioso don de la obstinación. Ignoro si habrá leído a Borne pero, menos que cualquier otro, Gabriele Goettle depende de sus amonestaciones.

A pesar de eso voy a permitirme citarlo; aun después de 179 años no está por demás tal apretón de manos: “Pero, ¿de qué sirve toda la fuerza si falta el valor de usarla? Una ignominiosa cobardía para pensar nos mantiene a todos a raya. Más aplastante que la censura del gobierno es aquella que la opinión pública ejerce sobre las creaciones de nuestro espíritu. Lo que a la mayoría de los escritores les falta no es genio sino el carácter para ser mejores de lo que son”.              n

El precario relato democrático

III. El dÉficit

de la pedagogÍa democrÁtica

EL PRECARIO RELATO DEMOCRÁTICO

POR NORBERT LECHNER

La democracia en nuestros países sufre un desarraigo afectivo. Los ciudadanos no invierten pasiones y sentimientos en su participación política. El fenómeno se expresa en desinterés por la política y el voto.

La política no se agota en la gestión. La fórmula se desprende de dos experiencias a meditar. Por un lado, Argentina nos recuerda que una buena administración es un elemento necesario para un buen gobierno. Por el otro, las elecciones en Francia enseñan que la gestión, por exitosa que sea, no es una condición suficiente para conservar el gobierno.

El desempeño gubernamental es evaluado no sólo según el bienestar logrado; su respaldo electoral depende asimismo de un relato que brinde las claves para interpretar lo realizado. En ausencia de un “cuento”, por así decir, es difícil que el ciudadano común pueda encontrarle sentido a los cambios ocurridos o que éstos hagan de su vida cotidiana una experiencia significativa. Por ende, los vivirá como causas de inseguridad y pérdida.

Una de las grandes tareas de la política consiste en producir “sentidos comunes” que ayuden a interpretar nuestra vida en sociedad, producción tanto más necesaria por cuanto más débil es el sentido heredado por las tradiciones y más acelerada la transformación social. La política responde a dicha demanda de sentido por medio de historias que relacionen las experiencias subjetivas de cada uno y los cambios en la sociedad.

La elaboración y difusión de tales relatos enfrenta desafíos considerables. Formulado en breve: ¿será posible un relato democrático?, ¿podemos narrar una historia que haga de las experiencias cotidianas de la gente algo significativo para la convivencia democrática de ciudadanos?

La pregunta remite a la dimensión cultural de la democracia. Entendiendo por cultura las maneras prácticas de vivir juntos y las representaciones colectivas acerca de esa convivencia, hablo de la dimensión cultural para destacar dos aspectos: las formas prácticas de ejercer la democracia y el imaginario colectivo que tenemos de ella.

En relación a las prácticas democráticas, parece que la democracia sufre un desarraigo afectivo (es el caso de Chile y de otros países latinoamericanos). Los ciudadanos no invierten pasiones y sentimientos en su participación política. El fenómeno se expresa en la desafección política (desinterés por la política y el voto). Pero el origen de las actitudes políticas radica en la experiencia social.

El desarraigo proviene de una subjetividad herida. Me apoyo en estudios sobre el caso chileno, y no me atrevo a generalizar la afirmación. En el caso de Chile, a lo menos, existe una notoria desafección respecto a la sociedad. Muchos chilenos no viven los avances del país como algo suyo. No sería “nuestro desarrollo”.

La distancia afectiva no es mero reflejo de una situación económica desfavorable. Las personas pueden reconocer que viven mejor que sus padres y, no obstante, sentirse al margen del proceso social. En realidad, su evaluación no responde a un frío cálculo costo-beneficio. Es una valoración cargada de subjetividad.

Muchas veces, sin embargo, la experiencia subjetiva en la sociedad actual tiende a ser pobre. Algunos descubren que sus miedos y sueños no son reconocidos y acogidos por los demás. Otros viven la sociedad como un “sistema” cerrado que los deja al desamparo. Enfrentadas a una realidad hostil, las personas buscan adaptarse a todo precio y/o refugiarse en la familia. Sobre todo en los estratos más bajos, prevalece una especie de “amoralismo”: sacar el máximo provecho para sí mismo y la familia, sin respeto alguno por los demás.

Los distintos tipos de retracción “privatista” conforman una experiencia subjetiva bastante ajena a la participación ciudadana. En la debilidad del vínculo social, en la precariedad de nuestros lazos de confianza y cooperación social, puede encontrarse la razón de la distancia afectiva respecto al ejercicio de la ciudadanía.

A la escasa experiencia de un nosotros en la vida cotidiana se agrega un imaginario débil. La representación que nos hacemos de nosotros mismos en tanto comunidad política no tendría gran arraigo. El imaginario de la democracia presupone, por una parte, una imagen del ciudadano como sujeto de una autodeterminación colectiva (soberanía popular). Algo que no parece obvio en nuestros países.

Frente a la aparente omnipotencia del “sistema”, ¿existe en el imaginario colectivo la idea de “ser sujeto”? El ciudadano se verá a sí mismo con “libertad a elegir” cuando disponga efectivamente de un abanico de opciones posibles. Parece difícil, sin embargo, formarse tal imagen de ciudadano autónomo cuando “lo posible” es definido de antemano por algunos “poderes fácticos”. En ese caso, ¿de qué sirve la política?

Por otra parte, la representación de la democracia supone que la diversidad social se reconozca como parte de algo común. Sin embargo, las desigualdades (viejas y nuevas) suelen generar a tal punto distancias entre los ciudadanos, que la democracia no alcanza a configurar un “mundo común”.

Incluso la nación, alguna vez la “comunidad imaginaria” por excelencia, parece vaciada de contenido. La llamada identidad nacional no desaparece, pero representa una imagen bastante deslavada de “nosotros”.

La precariedad del nosotros —como práctica y como representación— vuelve más difícil construir un relato que pueda dotar de sentido a nuestras experiencias cotidianas. Pero también es cierto que un nosotros se construye sólo narrando una historia de lo que somos, de lo que pudimos haber sido y de lo que queremos ser y hacer.            n

Los cuatros PRIs

LOS CUATRO PRIS

En medio de tanto PRI mezclado, desigual, enfrentado, lo único que no aparece en el horizonte es un PRI con proyecto de partido y proyecto de país.

La acusación contra los dirigentes petroleros abrió a la mirada pública el interior dividido y sacudido del PRI. Pueden verse al menos cuatro frentes, mezclados, confundidos y enfrentados dentro del PRI, casi podría decirse cuatro PRIs:

1) El PRI parlamentario. Es decir, la cohorte de legisladores priistas que ocupan lugares en el Congreso, de linaje mayoritariamente labastidista.

2) El PRI nacional. Es decir, la nueva dirigencia nacional electa del PRI, que presenta al menos un liderato bifronte, el litigioso maridaje del presidente Roberto Madrazo, que organiza el partido para fugarse hacia el futuro como candidato presidencial, y la secretaria general Elba Esther Gordillo, que espera heredar el partido y juega su propio juego de alianzas con el gobierno y la oposición.

3)  El PRI regional. Es decir, el PRI de los gobernadores que controlan la política local, manejan poco o mucho a sus legisladores federales, negocian directamente con el gobierno federal, y tratan de imponer candidatos en las elecciones por venir.

4)  El PRI corporativo. Es decir, las grandes islas y los vastos archipiélagos de organizaciones sindicales, agrarias y profesionales pertenecientes al PRI, espacios fundamentales de organización y control no tocados aún por el nuevo entorno democrático de México. El continente del PRI corporativo incluye a los grandes sindicatos nacionales (petroleros, maestros, electricistas, burócratas federales y estatales, trabajadores de la salud, limpia, transportes).

Cada uno de estos PRIs pelea y se mezcla con los otros.

El PRI parlamentario riñe con el PRI nacional no tiene control real de sus bancadas, que responden en muchos casos a las consignas del PRI corporativo y del PRI regional y tendrá poco qué decir en las listas de los inminentes nuevos miembros de la Cámara de Diputados, que serán por su mayor parte un guiso hecho en los acuerdos del PRI nacional, el PRI corporativo y el PRI regional.

El PRI nacional libra en su cúpula una batalla de influencia y orientación del partido que definirá el liderato del mismo para la decisiva segunda parte del gobierno de Fox, 2003 -2006. El PRI nacional negocia arduamente con el PRI corporativo y con el PRI regional para armar sin escisiones el futuro regional del partido (gobernadores, legisladores locales, presidentes municipales) y su futuro parlamentario. La elección del 2003 renovará toda la Cámara de Diputados. Será la primera elección federal en que la nueva dirigencia del partido querrá meter la mano para construir su propia clientela con vistas a la elección presidencial del año 2006.

El PRI corporativo tiene peso financiero y organizativo como ningún otro sector del PRI, salvo el PRI regional que tiene el manejo de los presupuestos estatales. El PRI corporativo tiene control parcial del PRI parlamentario a través de sus bancadas corporativas y una influencia desigual pero en ocasiones abrumadora sobre el PRI regional (por ejemplo en estados donde el sindicato nacional de maestros es mayoría y se trata además de enclaves fundamentales de producción de petróleo y electricidad). El PRI corporativo ha recibido la primera ofensiva frontal del gobierno en la acusación contra los líderes petroleros y su petición de desafuero. Ha obtenido el apoyo abierto del PRI parlamentario, el apoyo parcial del PRI nacional y un cauto bajo perfil de parte del PRI regional.

El PRI regional tiene manejo parcial del PRI parlamentario a través del control de los gobernadores sobre diputados y senadores de su estado. Tiene una presencia importante en el PRI nacional ya que suelen ser los dueños de la organización partidaria local. Los gobernadores suelen tener una relación tirante con el PRI corporativo porque los sindicatos nacionales apoyan las querellas de sus secciones locales con toda su fuerza nacional.

En medio de tanto PRI mezclado, enfrentado, desigual y combinado, lo único que no aparece en el horizonte es un PRI claro con proyecto de partido y proyecto de país.

Respecto de la construcción de mayorías políticas para impulsar los cambios que ha prometido, el gobierno de la república no parece haber avanzado gran cosa con el PRI parlamentario y no avanzará gran cosa mientras no haya un cambio en la Cámara de Diputados.

Parece destinado a darse de topes en sus reformas estructurales con el PRI corporativo, ya que frente a cada gran reforma prevista por el gobierno hay un gran sindicato nacional defendiendo sus conquistas laborales.

Ha tendido puentes amigables con la presidencia del PRI nacional y de franca cercanía con la secretaría general.

De ambas cosas podrían resultar algunas sorpresivas convergencias en el futuro.

Finalmente, el gobierno tiene un amplio campo que explorar en el PRI regional, hablando de poder ejecutivo a poder ejecutivo, cambiando inversiones y proyectos estatales por votos y acuerdos políticos nacionales.

Nuestra impresión es que el país transitará estos años sin que sus fuerzas políticas lleguen a acuerdos para ninguna reforma trascendente.  n

Una reina viaja a su corazón

UNA REINA VIAJA A SU CORAZÓN

POR ANDRÉS MAXIMILIANO CRUZ

Pérez Reverte afirma que el narcotráfico es un mero pretexto para contar la historia de cómo una mujer se transforma en otra viajando a su propio corazón.

Dos focos de contrabando y narcotráfico internacional, la frontera terrestre de México con Estados Unidos y la marítima de España con Marruecos, se ligan por obra de una joven sinaloense en la última novela de Arturo Pérez-Reverte, La reina del sur (Alfaguara, 2002).

A Teresa Mendoza —amante de un transportista de droga mexicano— doce años de agitada existencia le son más que suficientes para convertir al estrecho de Gibraltar en la mayor puerta de entrada de cocaína y hachís al sur de Europa y Rusia. La mejicana —como la llaman los medios de comunicación que la catalogaron en su momento como una de las mujeres más elegantes de Europa— es la primera mujer que representa el papel de héroe entre las numerosas novelas del escritor español más vendido de la última década.

Desde un principio, las historias de Pérez-Reverte han tenido como motor al misterio. Ya sea encarnado en un tablero de ajedrez Flandes), en un libro incinerado junto con su autor (club Dumas), en un barco perdido (La carta esférica) o en una iglesia barroca que mata para defenderse (La piel del tambor), el misterio le ha otorgado a este escritor la facultad de vender varias reediciones de sus libros traducidos a casi todos los idiomas. En La Reina del Sur, el misterio es la mujer misma. “¿Por qué la mujer calla cuando calla de la manera en que calla? ¿Por qué, cuando es cruel, es más cruel que nadie? ¿Por qué hasta la mujer más feliz y más satisfecha con su vida tiene rincones de sombra que nada le llena? ¿Por qué todas las mujeres inteligentes que conozco acaban solas, por dentro o por fuera?”, se pregunta en este narco-corrido de 500 páginas el escritor nacido en Cartagena en 1951.

Pérez-Reverte desempolvó las viejas técnicas aprendidas en sus muchos años como reportero y corresponsal de guerra. Frecuentó las cantinas de Culiacán, honrado con la compañía de algunos narcotraficantes que, a pesar del miedo a salir perjudicados y con la sana intención de meter mano en una importante obra literaria, le contaron, entre varios tequilas, los sinsabores del medio y los vericuetos del negocio. Sin darse cuenta, el autor encontró la estructura de la novela en el proceso mismo de investigación periodística. El narrador es un reportero que sigue los pasos de Teresa Mendoza por medio de entrevistas a personas que de alguna manera estuvieron relacionadas con la señora de la droga. Los 17 capítulos que forman la novela llevan cada uno el titulo de un narco-corrido, y aunque la chispa inicial de la historia fuera el corrido de Camelia la tejana —escuchado en una cantina de sus primeros viajes a México—, Pérez-Reverte afirma que el narcotráfico es un mero pretexto para contar la historia de cómo una mujer se transforma en otra viajando a su propio corazón. “Ella vive un corrido con una letra que no ha escrito ella, y tiene que jugar en ese territorio hostil con armas que no son suyas”. Hostilidad que no es sino la del hombre como caudillo de un entorno que La mejicana pondrá a sus pies con las mismas armas de ellos.

Con La Reina del Sur Pérez-Reverte deja en la zozobra a más de uno de sus asiduos y fieles lectores al mezclar literatura con periodismo. Su depurada pero ortodoxa y a veces efectista narrativa, pareciera augurar interesantes caminos en una literatura relacionada cada vez más con la mercadotecnia editorial. En todo caso, la novela es un homenaje a la mujer dueña de su propia existencia, una mujer nacida en un país de clara ascendencia masculina. n

Cultura y vida cotidiana

CULTURA Y VIDA COTIDIANA

LA CÓLERA

 El número especial de verano de la revista La Quinzaine Littéraire, bajo el título general de “El escritor encolerizado” (“L ‘écrivain en colère”), se dedicó a explorar los nexos entre la cólera y la escritura. Presentamos la contribución del escritor triestino Claudio Magris —miembro del Consejo Internacional de Nexos— a este tema. En el tiempo mexicano, que si algo posee es el denominador común de la cólera, la revisión de Magris resulta aún más disfrutable por su lucidez para atar cabos en este rosario flamígero y para situar con claridad el imperio de la razón. (Grandezasy miserias de la cólera. Ver p. 84.)

La mejicana

A Teresa Mendoza —amante de un transportista de droga mexicano— doce años de agitada existencia le son más que suficientes para convertir al estrecho de Gibraltar en la mayor puerta de entrada de cocaína y hachís al sur de Europa y Rusia. La mejicana es la primera mujer que representa el papel de héroe entre las numerosas novelas de Arturo Pérez Reverte, uno de los escritores españoles más vendidos de la última década. (Una reina viaja a su corazón. Ver p. 88.)

El otro lado del terror

Ahora acaba de publicarse en Francia Un témoin indésirable (Robert Laffont, 2002), de Andrei Babitski, recuento de la segunda guerra chechena, así como de la prisión de este periodista riso de Radio Free Europe. Se trata de un testimonio del terror ejercido en otra zona del planeta que no tiene nada que envidiarle al tremebundo pasado descrito por Solyenitzin o Chalamov. (El testigo indeseable. Ver p. 90.)

Chechema en llamas

De 1994 a 1996, rusos y chechenos protagonizaron algunos de los episodios más delirantes de una guerra que sigue cobrando sus cuotas de sangre, odio, intolerancia, fanatismo, crueldad y destrucción. Sebastián Smith, corresponsal de la agencia de noticias France-Press en Washington, Londres y Moscú, registra esos hechos atroces en un libro cuyas facturas históricas, testimoniales y periodísticas son impecables. Si algún reportaje de guerra vale la pena leer en estos días es justamente Las Montañas de Alá. La batalla por Chechenia. (El lobo checheno. Ver p. 91.)

LA RISA CUBANA

Durante tres décadas —de 1960 a 1990—José Candelario Trespatines fue el cómico más famoso entre las radioaudiencias de Latinoamérica, pero era prácticamente desconocido en su tierra natal. Trespatines fue el estandarte de una comicidad cubanísima con profundo y prolongado arraigo en el continente americano. (El arte de Trespatines. Ver p. 93.)

La crisis de la política

LA CRISIS DE LA POLÍTICA

POR MANUEL ANTONIO CARRETÓN

El modelo de economía imperante en nuestros países y en el mundo es esencialmente incompatible con la vida política y con la democracia.

Existen dos tipos de déficit en las democracias latinoamericanas actuales.

El primero viene propiamente de las llamadas transiciones democráticas, sean éstas desde regímenes oligárquicos, autoritarismos civiles, dictaduras militares tradicionales, regímenes militares modernos o situaciones de guerras civiles. Es el déficit de las transiciones.

El segundo tiene como origen los cambios socioeconómicos, políticos y culturales de la sociedad contemporánea que han transformado profundamente el carácter de la política y trastocado la base clásica de la teoría y la práctica democráticas. Es el déficit del cambio global.

Se trata de déficits diferentes pero que se combinan para agravar las fragilidades de la política latinoamericana de la última década.

El déficit de las transiciones habla de los vacíos y los vicios heredados de la institucionalidad y los estilos predominantes en los regímenes autoritarios. Las transiciones mismas, a veces, generan problemas de política preautoritaria propias de las democracias imperfectas, los populismos y las dictaduras tradicionales vigentes hasta los sesenta.

Forman parte del déficit de las transiciones los enclaves autoritarios heredados de los regímenes militares y ciertas negociaciones cupulares entre los actores del tránsito democrático, como en el caso chileno; debilidades clásicas en el sistema presidencialista o de partidos agravadas por la post-transición, como en Argentina o Perú; remanentes del clientelismo, como en Brasil, o de corrupción, como en México. Son también inercias frecuentes la ausencia de renovación de la clase política y la falta de mecanismos adecuados de representación junto al predominio de poderes fácticos corporativos y mediáticos.

Por un lado es innegable que estamos por primera vez en la historia de América Latina frente a un panorama casi completo de regímenes democráticos, aunque algunos países no hayan aún terminado sus transiciones. Las crisis ocurridas hasta ahora no han sido resueltas con regresiones a militarismos o regímenes autoritarios. La política, comparada con épocas anteriores, y aunque parezca una paradoja en la situación actual de crisis, se ha revalorizado, fortalecido y legitimado. Por otro lado, los déficits señalados contribuyen a una creciente insatisfacción con el resultado de las democratizaciones. El resultado es una desvalorización, más que de la democracia, de la política misma y de sus agentes y actores.

Al déficit de las transiciones hay que añadir, como hemos dicho, el del cambio global. Paralelamente a los regímenes militares y a los procesos de transición nuestras sociedades vivieron transformaciones estructurales profundas. Pienso en los procesos de globalización segmentada, conducida por Estados Unidos a través del modelo neoliberal (que no es lo mismo que la globalización, sino un modo de realizarla), los nuevos modelos productivos a base de información y de redes, la interpenetración de los mercados internacionales, la expansión de las comunicaciones, el surgimiento de respuestas identitarias infra o supra nacionales, el papel avallasador de los poderes fácticos transnacionales. Todos estos cambios han desarticulado la antigua base social de los fenómenos políticos y de la democracia misma, como forma de gobierno.

La forma política de la industrialización latinoamericana fue el Estado nacional. El debilitamiento del Estado-nación tiene un especial significado en países como los nuestros donde el Estado fue el artífice constituyente de la sociedad, el agente principal de desarrollo y el referente privilegiado de toda acción colectiva, lo que le daba a la política un papel central. El Estado nacional y la democracia nunca se enraizaron extensivamente en nuestras sociedades y dejaron zonas ajenas a su acción. Al debilitarse o desaparecer estos precarios referentes, la sociedad queda aún más desarticulada. Lo que está en juego es la viabilidad de estas sociedades como países.

Con todas sus imperfecciones y desigualdades, la política fue el principal medio de acceso a los bienes y servicios que el Estado proveía para vastos sectores de clases medias y populares. Fue también la principal fuente de sentido para los proyectos y la acción colectiva. Hoy día estas dos funciones han perdido relevancia. En torno a este vacío plantean su nuevo proyecto político las ideologías neoliberales y las banalizaciones mediáticas, así como los actores políticos ligados a ella. Los nuevos actores políticos parecen decir: remplacemos el Estado por los mercados, es decir, por las fuerzas que operan en ellos; remplacemos a la política como forma de organizar la sociedad por la promesa de solucionar los “problemas más concretos de la gente” que no es otra cosa que una suma de necesidades individuales.

Y en el nuevo espacio democrático abierto por las transiciones se instalan no los proyectos y actores políticos que dan paso a la clásica tradición de la opción ciudadana, sino el mercado electoral donde compiten mediáticamente (con enormes sumas de dinero que llevan fácilmente a la corrupción) ofertas inorgánicas de solución imposible a los “problemas de la gente”.

El conjunto de la clase política se ve obligada a competir en este nuevo mercado y a abandonar la función esencial, única e indispensable de la deliberación y decisión políticas en torno a proyectos por la mejor sociedad. La sociedad, así, ya no es necesaria. La política se disocia de la idea de la sociedad buena y del cambio orientado a ella. Es decir, la política clásica tradicional se ha desprendido de su relación con “lo político” como el campo en que la gente decide los grandes temas del país. La clase política queda girando sobre sí misma.

Muchos de los problemas de la política actual arrancan del modo como esta situación ha penetrado a los diversos países. Algunos fenómenos clave son la marketización y mediatización de las campañas electorales, el utilitarismo y la desideologización de la clase política, la falta de accountability (rendición de cuentas), las nuevas y masivas formas de corrupción, el poder desmesurado de los poderes fácticos nacionales e internacionales y el retraimiento de la población ante la casi seguridad de que no puede controlar las fuerzas que rigen su destino hacia los refugios del individualismo exacerbado o la apatía. Pensemos sólo en que los inversionistas extranjeros pueden decidir las próximas elecciones presidenciales en Brasil manipulando los indicadores del riesgo- país.

Cualquier superación tanto de los defectos como de la irrelevancia actual de la política, cualquier reforma necesaria de la política, pasa sobre todo por el reforzamiento de la polis, es decir, del espacio de debate, conflicto, consenso y toma de decisiones sobre los asuntos generales por parte de los ciudadanos. Y ello en todos los campos donde se juegan estas decisiones, local, nacional-estatal, regional y mundial, tanto como en las diversas esferas de la sociedad: cultural, económica y política propiamente dicha.

Lo que estamos diciendo es que el modelo de economía imperante en nuestros países y en el mundo es esencialmente incompatible con la vida política y con la democracia. Sólo restituyendo el papel dirigente de los Estados, el papel representativo de los partidos de representación y la participación efectiva en la vida social de los actores sociales autónomos se puede superar el déficit de la política hoy día. Y ello implica regular y controlar la economía y los poderes que dominan en ella.

América Latina se caracterizó históricamente por un predominio ahogante de lo político sobre la economía. El cambio de modelo de desarrollo autonomizó esta última y hoy la situación es inversa. Sin volver a fórmulas superadas, cabe volver al principio fundamental de toda democracia: la política debe dirigir la vida social del espacio que llamamos sociedad o país.  n

Locura por un fresno

LOCURA POR UN FRESNO

POR ÁNGELES MASTRETTA

“María Esparza se quedó viuda cuando era tan joven que yo no pude nunca concebir su extravagante y deliberada soledad”.

Conocí a María Esparza como quien reconoce un fuego en la distancia. Vivió aquí en México mientras sus hijos estudiaban la carrera. Cuando la terminaron y cada uno buscó un camino de amores y matrimonios diversos, ella encontró que podría por fin empezar a darse el derecho a cumplir un sueño. Empezó entonces, a los sesenta años, el estudio de la preparatoria abierta.

María, que es la mujer más disciplinada, perfeccionista y bella de la cual yo tenga noticia, terminó la preparatoria en dos años. Cuando dieron los diplomas de su generación ella hizo el discurso de fin de cursos y fue aclamada por sus compañeros como la excepcional alumna que fue. Yo estuve a verla hablar, también sus cinco hijos. Uno más ferviente que el otro: dos mujeres y tres hombres.

María Esparza se quedó viuda cuando era tan joven que yo no pude nunca concebir su extravagante y deliberada soledad. Supongo que siempre la ha ayudado su misticismo, su espíritu indómito y la paz que ha ido encontrando con el paso de los años, hasta conseguir una sabiduría de la cual yo me encuentro muy lejos. Por eso me gusta saberla cerca, acompañarla en su cordura, verla vivir con el orden y la prudencia como un hábito, con su fe en Dios todopoderoso y en que después de esta vida breve hay una vida eterna que uno puede esperar mejor si se porta bien en ésta.

Cuando terminó la preparatoria decidió volver a vivir en Querétaro, la ciudad en que ella nació y crecieron sus hijos, a la que habían vuelto tres de ellos para instalarse en un terreno que el padre dejó como única pero inmejorable herencia. Un lugar sembrado de árboles en mitad del campo. También María ha puesto ahí su casa, viviendo allá es que entró a la universidad a estudiar Derecho con más afán que si tuviera veinte años. Cuando se recibió, hicieron una fiesta del tamaño de la satisfacción que María irradiaba. Al abrazarla, cerca del anochecer, le pregunté, como si no tuviera en sus ojos la respuesta, si estaba contenta.

—Es el día más feliz de mi vida —dijo.

Ella es así. Por eso la admiro tanto, porque es distinta a mí, como distintas son las mariposas de los venados. Ella puede desprender grandes alegrías del cumplimiento de todos y cada uno de los pequeños o grandes deberes que va dándose. Yo no. Yo estoy más loca que eso.

Sin embargo, hace poco me pidió que fuera a acompañarla en una empresa que tras presenciar me devolvió la confianza en mi certidumbre de que no hay ser humano, por cuerdo que nos parezca, que no tenga lo que yo considero una ventana al norte.

La de María pasa por el amor que le tuvo al padre sus hijos. Un hombre alegre y vital, juguetón, audaz y desordenado. Cuando murió, ella no tenía ni cabeza ni dinero para más asunto que enterrarlo en la tumba familiar, cerca de un hermano que quién sabe cuánto lo habrá querido, pero de seguro menos que a quien lo cobijó en su abrazo durante más de dos décadas. Ahí lo dejó descansar hasta que ella y sus huesos empezaron a pensar en su propia muerte.

María quiere que de una buena vez, en cuanto muera, la hagan cenizas para que sus hijos las rieguen cerca de los árboles del campo en que ahora vive. Le gusta la idea de mezclarse con una jacaranda y que con el tiempo ellos la vean iluminarlos con las flores lila que brotan en abril. Sólo tenía un reparo:

—¿Y tu papá? —les preguntó a sus hijos durante una comida.

A sus hijos no se les ocurrió mejor decisión que desenterrar al padre y cambiarlo de una vez al campo en que quiere dormir su madre. Y a María le gustó la idea de llevarse a su marido desde ahora, para verlo pintar de verde el fresno que está cerca de su ventana.

Claro que para hacer realidad tan elocuente manera de seguir en el mundo cuando ya no está uno, hay que pasar por unos trámites complicados. En el caso del marido de María hubo que ir a un panteón, abrir una tumba, sacar una caja envejecida y ruinosa y encontrar dentro los restos de un hombre, guapo como una lumbre, convertidos en lo que se convierten.

María quiso ir. Yo quise acompañarla. Sus hijos, tras hacer el intento de disuadirla, acabaron por aceptar que las cosas se harían como ella bien las quisiera. Así que una mañana de sol como son las mañanas de mayo en Querétaro. María fue a encontrarse con la remota presencia del hombre al que adoró.

Cuando abrieron la caja hubo un silencio largo. Nadie sabía qué hacer, ni qué decir, ni cómo tragar el desconcierto.

—Miren si habrá sido guapo, que está preciosa su calaverita —dijo María.   n

Un ritual agotado

UN RITUAL AGOTADO

Si hay algo serio que criticar a esta administración es que ha perdido dos años en enfocar su actividad en asuntos intrascendentes para la puesta en marcha de su proyecto estratégico.

Llegará el momento para la nueva democracia mexicana en que el informe de labores del presidente pase a ser una rendición de cuentas útil y desprovista de la parafernalia, el suceso mediático, los autoelogios y la crítica inconducente?

 Por ahora, debemos conformarnos con asistir a una ceremonia que, vista con toda frialdad, no sirve para nada. Los mexicanos nos hemos obligado a rendirle pleitesía a una obsolescencia más del viejo régimen.

Como viejo ritual, el Informe añade poco al debate político y a la comunicación del presidente con la nación. El formato es seco y aburridísimo, por breve que se haga. Los incidentes, los desplantes, las protestas y las ocurrencias de viejo estilo, compiten, en la curiosidad del público y la atención de los medios de comunicación, con el mensaje sustantivo del jefe de gobierno. Los medios y la opinión pública consumen mejor las querellas que las reflexiones.

Año con año se le exigen al Informe cosas para las que no está hecho. No es el lugar donde los presidentes vengan a hacerse la autocrítica radical o el harakiri, es más bien el lugar del autoelogio y la autoafirmación. Por eso es un documento viejo. Ningún político, por lo demás, en ninguna parte del mundo, usa su propio discurso para acabar consigo mismo. Es pura ilusión de nuestra democracia adolescente creer que los políticos deben hacer su autocrítica.

El Informe, pese a la manipulación de algunas cifras (ver recuadro), fue sobrio y convincente, marcado por un mensaje irrefutable: la alternancia se ha dado hasta ahora en México con gran estabilidad económica, financiera, social y política. Existe un clima de libertades incuestionable. Las facultades presidenciales se han visto limitadas y el autoritarismo presidencial va de salida. El poder judicial empieza a mostrar su independencia respecto al poder ejecutivo y hasta cierto protagonismo; el poder legislativo funge como un contrapeso necesario: aflora entonces la división de poderes, como debe ser.

Los cambios históricos del país en los dos últimos años fueron la alternancia presidencial, la falta de mayorías legislativas y el fin de las crisis económicas cíclicas de las últimas tres décadas. Los méritos de estos cambios habrá que repartirlos entre cuatro protagonistas: Vicente Fox, sus “amigos” y el PAN, los electores y Ernesto Zedillo, especialmente en sus dos últimos años de gestión gubernamental. La implosión de estos factores, con sus respectivos protagonistas, conduce a la reinvención del México moderno. Los méritos no son, pues, exclusivamente de Vicente Fox, que en sus años como gobernante no ha hecho nada espectacular… pero nada catastrófico.

El país está más o menos como antes del 2 de julio. La verdad es que todos los problemas grandes son herencia del pasado y consecuencia del azar, no de los errores de Fox. Si la recesión estadunidense no hubiera detenido la economía y el 11 de septiembre no hubiera ocurrido. México andaría creciendo al 3 o 4%, pese a todas las equivocaciones del gobierno.

Desde el punto de vista sectorial, lo que este gobierno ha hecho es todavía incipiente. Destaca la tarea realizada por la Procuraduría General de la República, cuyo éxito, puestos los números todos juntos, resultan asombrosos. Se abren paso, también, ideas y proyectos innovadores en política exterior referida a inmigrantes y legislación internacional; en economía, donde se procura generar ambientes propicios para el crecimiento y la estabilidad de la pequeña y mediana industrias: en pobreza, donde el gabinete social—educación, salud y desarrollo social— coordina iniciativas de infraestructura más que de asistencialismo. También destaca la intención del presidente de transformar a la banca en el protagonista central del desarrollo nacional. Pero no son sino embriones, y deberán germinar para poder juzgarlos.

Si hay algo serio que criticar a esta administración es que ha perdido dos años en enfocar su actividad en asuntos que no son trascendentales para la puesta en marcha de su proyecto estratégico. No trabajó en la obtención de mayorías legislativas porque no se lo propuso. El resultado salta a la vista: parálisis de las iniciativas gubernamentales.

El centro político del mensaje presidencial reconoció el error y llamó a la corresponsabilidad en la acción de gobernar, lo que significa enmendar la plana y reconocer sus limitaciones: ya no cuenta con la incondicionalidad del poder judicial, ni con la del legislativo.

Los grandes cambios que siguen deberán contar con el concurso de los parlamentarios. En ese sentido, el Presidente llamó a construir “mayorías en el Congreso, para pasar de la democracia que hoy gozamos a un Estado y un gobierno cada vez más eficientes”. Es hora de que la democracia funcione, y para ello el Congreso debe legislar lo que el país necesita.

Creemos que el gobierno no conseguirá esas mayorías y que debe dedicarse a gobernar con lo que tiene, las facultades del poder ejecutivo, que no son pocas.

El Informe fue dicho ante un Congreso soliviantado por sus propias decisiones irresponsables. Los líderes parlamentarios del PRI y el PAN no cumplieron su pacto, hecho al principio del gobierno de Fox, de que este año sería el turno del PRI) en la presidencia del Congreso. Lo pactaron verbalmente y lo desconocieron. El PRD descargó su rijosidad sobre Fox y, después, contra Beatriz Paredes, abandonando la sesión para no escucharla. El pleito interno del Congreso hizo aparecer una vez más el infantilismo politico y los malos modales en la casa de los representantes populares. Desprestigio para todos los legisladores, no sólo para los gritones.   n

Jean Meyer: “Extranjero pernicioso”

ESCRITURAS

JEAN MEYER: “EXTRANJERO PERNICIOSO

POR SOLEDAD LOAEZA

Yo, el francés, de jean Meyer, es un libro sobre el ejército francés del II Imperio; sobre su composición, su visión de mundo, sus hábitos y comportamientos, vistos a través de la aventura mexicana.

En el verano de 1969 la Secretaría de Gobernación expulsó de México al joven historiador francés Jean Meyer, a medio camino en su investigación sobre la guerra cristera, con el argumento de que era un “extranjero pernicioso”. Se le acusaba de intervenir en política interna porque había publicado en mayo de ese año, en la revista Esprit, un artículo sobre los movimientos estudiantiles en América Latina, en el que entre otras experiencias mencionaba lo ocurrido en México en 1968. Si leemos ahora el citado artículo la decisión del funcionario responsable, Luis Echeverría, causa en primer lugar extrañeza. De hecho, la crítica de Meyer a los estudiantes —a quienes reprocha el querer suplantar a una élite revolucionaria— es tanto o más severa que la que dirige al gobierno de Díaz Ordaz. De todos modos, eran tiempos de tensión y desconfianza, y la lectura paranoica de esta reflexión lo obligó a abandonar el país en el que había vivido varios años y donde había nacido su segundo hijo.

Desde que Siglo XXI publicó la primera edición de La Cristiada en 1974, el libro se convirtió en la historia de referencia de ese dramático episodio de la revolución mexicana, al que rebautizó, y cuya huella sigue latiendo todavía en el corazón de muchos, como pudimos constatarlo en la última visita de Juan Pablo II. La obra de Meyer cimbró muchos lugares comunes que habían sido cultivados por décadas desde el poder, puso en tela de juicio la interpretación oficial de la lucha de los campesinos católicos del Bajío contra el Estado revolucionario, y se colocó en el corazón de un amplio movimiento historiográfico que en esos años impulsaba una necesaria relectura de nuestro pasado.

La expulsión de Meyer de México es un portentoso ejemplo de imbecilidad burocrática. Uno se pregunta qué “intervención” puede ser más perturbadora, por duradera y significativa: aquella que orienta la reconstrucción de todo un imaginario colectivo, corrigiendo y enriqueciendo la visión dominante de nuestro pasado, con base en testimonios y documentos auténticos. o la supuesta injerencia que deriva de una opinión de coyuntura en un artículo periodístico que hoy casi nadie recuerda.

La noticia de que a Meyer se le había aplicado el artículo 33 constitucional tuvo el efecto de una descarga eléctrica entre sus estudiantes de Geografía Económica de El Colegio de México. Es cierto que añadía un toque de heroísmo a una figura que de por sí se distinguía entre los profesores de la época. Alto, rubio y barbado, como diría una amiga, cuando no estilaba camisas oaxaqueñas y huaraches, vestía todo de negro con camisa, pantalones y botas vaqueras á la Clint Eastwood, en un desplante de amigable desafío al mundo dominado por el almidón de las camisas Arrow de don Daniel Cosío Villegas y sus allegados. Su clase, además, era una mezcla desconcertante de informalidad y conocimientos. Años más tarde, volví a experimentar la misma inseguridad que me causaba esa combinación cuando presidió el jurado de mi examen de doctorado en París. Yo sabía que con un aire de “como que no quiere la cosa” podía desplegar una enorme y detallada sabiduría y hacerme pinole. Lo miré de frente, pero con el mismo desconsuelo que me hubiera causado tener que atravesar un terreno sembrado de minas personales. Afortunadamente. no hubo desgracia mayor que lamentar y he de agradecerle siempre a Jean Meyer un trato suave y generoso que me ayudó a sobrevivir a las rudezas de otros sinodales.

La lectura de su último libro Yo, el francés. La intervención en primera persona impone la evocación personal. porque en este caso mucho más que en otros son explícitos la voz y el rostro del autor que, según Raoul Girardet —el historiador militar—, están presentes en toda obra histórica digna de este nombre. Así, al mismo tiempo que nos entrega las voces y los rostros que encontró en las 784 fichas individuales de los oficiales del Cuerpo Expedicionario de México (1862-1867), teje con ellas y sus propias asociaciones, referencias, corazonadas, obsesiones y recuerdos, un entramado que deja al descubierto parte sustantiva de lo que sería la obra negra de toda investigación, al mismo tiempo que establece una relación íntima con el pasado que reconstruye. De suerte que las Biografías y crónicas que anuncia el subtítulo incluyen las del autor. A partir de ahí entabla en forma inesperada diálogos con algunos de aquellos oficiales o encuentra la oportunidad de rendir un homenaje a su abuelo, el cuentero alsaciano cuyos exagerados relatos que escuchó de niño compara con los de aquellos cristeros de Michoacán que años después le contaron sus historias. Entonces uno entiende la pasión de Meyer por “sus” cristeros —campesinos universales—, y si uno recuerda que en la genealogía de todo francés hay ramas militares de variados tamaños y grosores, uno también comprende la curiosidad del autor por conocer a quienes llama “mis” oficiales. En este respecto lo primero que hay que anotar es el título mismo del libro que es todo un hallazgo. La expresión Yo, el francés es una tarjeta de presentación de Meyer y de su pasado, el de la intervención y el propio, pero plantea de entrada una ambigüedad que recorre toda la obra, establece un juego entre el autor y el lector. Sin embargo, la ambigüedad también resume la propuesta metodológica de un libro académico en el que el autor se hace presente al mismo tiempo que deja hablar a “sus” oficiales, como antes dejó hablar a “sus” cristeros, para respetar la autoría de la historia que escribe.

No obstante el tono intensamente personal, éste es un libro en primer lugar sobre el ejército francés del II Imperio, “como institución y como sociedad”. Sobre su composición, su visión del mundo, sus hábitos y comportamientos, vistos y analizados a través de la aventura mexicana. De suerte que la pregunta con que se inicia es rigurosamente histórica, aunque dada la peculiar estructura del libro se formula en las conclusiones: ¿qué tanto hay de cierto en la tradición oral según la cual la oficialidad francesa en México estaba integrada por lo peor del ejército de la época? ¿Eran efectivamente una pandilla de aventureros, hijos de familia, prófugos de sus acreedores, “las frutas secas de nuestras escuelas militares”?, como lo sostienen quienes ven en la intervención una prueba más de la frivolidad de Luis Napoléon, del hedonismo irresponsable de su imperio, de los caprichos de su emperatriz o de la corrupción de sus financieros. Estas imágenes se formaron desde el inicio de la intervención, mucha era la oposición en Francia en contra de lo que era una “guerra periférica”, y uno se pregunta por el éxito arrollador que tuvo la opereta de Offenbach, La Gran Duquesa, que se estrenó a unas cuantas semanas del regreso del Cuerpo Expedicionario a Francia en 1867, en la que un principado alemán de risa se embarcaba en una guerra absurda porque su canciller necesitaba una distracción. Es probable que la intención estuviera dirigida a otros, pero la inspiración muy bien pudo haber sido mexicana.

Para responder a su pregunta, Jean Meyer se sumergió durante un año en Francia en archivos militares y privados, examinó los expedientes personales disponibles de la gran mayoría de los oficiales del Cuerpo Expedicionario, correspondencia oficial y personal, diarios de marcha de todas las unidades, informes quincenales de los comandantes, memorias y una amplia gama de testimonios. Al igual que La Cristiada, este libro es un tríptico. Su primera hoja (o Libro I), Vidas breves, está poblada por las fichas personales de los dramatis personae, es decir, el historial de los oficiales, su formación, su desempeño en la escuela y en las operaciones asignadas, los comentarios de sus superiores, las promociones, los castigos, las quejas y felicitaciones de que fueron objeto a lo largo de su carrera. La segunda hoja del tríptico contiene Comentarios, bifurcaciones y brocadas (según el diccionario de la Real Academia un brocado es un “tejido fuerte, de oro y plata —o todo de seda—, con dibujos de distinto color que el fondo”) que amplían y enriquecen el recorrido anterior por la galería de oficiales. Ahí encontramos información estadística relevante, documentos adicionales, anécdotas, coplas y excursus como el que nos entera que de repente, durante la redacción de su texto, Jean Meyer cayó en cuenta de que en ese momento tenía la misma edad que el mariscal Bazaine cuando llegó a México, y, en cambio, en 1962, cuando puso por primera vez pie en Veracruz, tenía la misma edad del “soldadito más joven, 19 años”, que desembarcó en ese puerto con el Cuerpo Expedicionario justo cien años antes. “Te dices… que puedes sentirte en las botas del primero y en los zapatos del segundo”. La tercera hoja del tríptico, Dicen que la historia es una ciencia, articula los datos fuertes de la investigación. Asimismo incluye las interpretaciones de los protagonistas de la intervención que, sumadas a todo lo anterior, le permiten a Meyer formular sus conclusiones a propósito del porqué de la humillación de los franceses en México.

Después de analizar la información acumulada. Meyer refuta la idea de que el desastre de la misión en México haya sido resultado de la incompetencia de la oficialía del Cuerpo Expedicionario. Sostiene que la intervención estuvo en manos de una “élite militar excepcional” —conclusión que los mexicanos agradecemos dado su significado para nuestras glorias nacionales—, muchos de cuyos integrantes se habían distinguido en Argelia, Túnez, Italia y Crimea, y siguieron luego una brillante carrera militar en Francia. Nos dice que la cuarta parte de los generales brigadieres y divisionarios que participaron en la guerra de 1870 contra Prusia provenía del Cuerpo Expedicionario; y cuatro de ellos fueron posteriormente ministros de guerra. Para Meyer la causa fundamental del fracaso de la intervención fue la incomodidad esencial que causaba en el ejército meritocrático del Imperio burgués de Napoléon III combatir a liberales cuyas ideas compartía, en defensa de un noble austríaco a cuyo hermano habían derrotado apenas unos cuantos años apoyando la causa italiana del Rissorgimento. De ahí se seguía todo lo demás: la confusión de los objetivos de la misión, las contradicciones diplomáticas y políticas, aliados locales inadecuados y, fuera del campo de batalla, una mal disimulada solidaridad con los juaristas. Meyer aporta abundante evidencia de la inconformidad, del descontento de los oficiales del Cuerpo Expedicionario a quienes nadie explicó de manera satisfactoria qué diablos estaban haciendo en México. Una carta del capitán Adolphe Fabre es representativa de las contradicciones en que se debatían muchos de los oficiales franceses en México. El 24 de junio de 1863 escribía: “A mediodía asistí desde el balcón de Palacio a la proclamación del nuevo Ayuntamiento (…). Este espectáculo me recordó un episodio doloroso para nosotros. El general Forey (…) se me figuraba el emperador de Rusia en 1815 y el Palacio de México era el Palacio de Talleyrand (…). Veía a Alejandro contemplando desde su ventana al pueblo de París, que asistía sobre la Plaza de la Concordia al restablecimiento del gobierno de Luis XVIII”.

Yo, el francés arranca con la reseña de la visita en 1911 del expresidente de México, exiliado en París, Porfirio Díaz a la tumba de Napoleón en Los Inválidos. Había sido invitado por un general francés retirado, Gustave Niox, veterano de la intervención en México a quien acompañaban algunos cantaradas, también mexicanas, como se conocieron a su regreso los miembros del Cuerpo Expedicionario. Intercambiaron anécdotas y recuerdos de los sitios de Oaxaca y Puebla, el anfitrión entregó a Díaz la espada que llevaba Napoleón en la batalla de Austerlitz, y coronó este sorprendente homenaje con un “No podría quedar en mejores manos”. Esta escena, como muchas otras referencias del texto, pone de relieve uno de los aspectos que Meyer quiere subrayar: el carácter distintivo del ser militar como una profesión, una rama del Estado que, como en cada operación en la que intervino, en México estuvo “en el ejercicio de una función pública, al servicio del poder civil, pero en el respeto de los usos y las tradiciones militares”. La anécdota de Los Inválidos también destaca la fuerza de una identidad común y de la convicción de ese entonces de que los militares eran profesionales, que desempeñaban un trabajo para el que se habían preparado en forma más o menos concienzuda, y cuya excelencia o habilidad podían ser reconocidas por sus semejantes por encima de banderas y nacionalidades. El valor del profesionalismo se imponía a combates y guerras. Ahí podían enfrentarse como adversarios; pero seguían siendo miembros de una misma hermandad, eran militares, pertenecían a un mundo distinto y separado del mundo de los civiles.

El homenaje a Porfirio Díaz también nos habla de una época en la que aún prevalecía la noción caballeresca de la guerra que se había construido durante siglos y que, según Girardet. se mantuvo hasta 1939 cuando el odio dominó la confrontación y dejó de haber admiración por el enemigo, por su coraje o por su capacidad estratégica. Por ejemplo, tal y como se desprende del libro, en este caso como en otros, para los militares del pasado era una regla perfectamente establecida que no eran de ninguna manera responsables de sangre derramada inútilmente. De suerte que no era motivo de escándalo la competencia que se estableció entre los oficiales republicanos y los franceses en el castigo de los prisioneros del bando contrario o de sus aliados. La crueldad del comportamiento de Brincourt o del contraguerrillero Dupin, el “carnicero incendiario” —como lo llama Guillermo Prieto—, es comparable a la de Ramón Corona. De hecho la historia de Francia enseña que lo que se castigaba con rigor ejemplar era la derrota. No hay más que leer la entrada que la edición 400 (circa 1948) del Pequeño Larousse Ilustrado dedica a Achille Bazaine: “Mariscal de Francia, nacido en Versalles. Se distinguió en Crimea, fue comandante en jefe en México. Encargado de la defensa de Metz en 1870-1871 traicionó a su país por su incapacidad y el egoísmo de sus opiniones. Se dejó encerrar en la plaza, únicamente hizo intentos risibles para romper el cerco, inició negociaciones oscuras con Bismarck para finalmente rendir la plaza”. (La edición de 1995 es menos violenta y más escueta, habla únicamente de que Bazaine, bloqueado en Metz, capituló.) Aquí cabe recordar el destino del mariscal Phillipe Pétain, que en 1944 fue el chivo expiatorio de la derrota de 1940, en un proceso muy similar al que se le siguió a Bazaine, que fue condenado a muerte, y luego se le conmutó la sentencia por prisión perpetua. El propio Meyer reconoce lo que habían señalado los ingleses, que cada vez que los franceses eran derrotados, gritaban “¡Traición! ¡Traición!”.

A pesar de que la guerra mexicana fue una experiencia impopular y casi marginal para el II Imperio, estuvo cargada de consecuencias para el ejército francés, que regresó a su país “dividido y crítico”. Aunque no fue derrotado, cuando el emperador ordenó su regreso a Francia le propinó una sonora bofetada al honor militar. Oficiales pundonorosos como el general Brincourt, que en protesta renunció al ejército, seguramente no le perdonaron la afrenta. En 1866 otro de ellos.

Bonneau du Martray escribía: “Nuestra bandera se va a retirar humillada y corrida por las amenazas de Estados Unidos”. Habría que añadir que la intervención no sólo exhibió en Francia las debilidades de Napoleón III; también erosionó su prestigio en Europa y debilitó su postura frente a Prusia. Es muy probable que Bismarck siguiera con mucha atención las noticias de la intervención, y que la debilidad francesa haya sido un componente de peso en sus cálculos para la recomposición del nuevo orden europeo. Más aún, la muerte de Maximiliano canceló de manera definitiva una posible alianza entre Francia y Austria contra Prusia. Así que cuando se inició la guerra de 1870-1871 los ejércitos franceses se quedaron solos. Cuando se lee la historia de su desorganización y desconcierto ante el ataque prusiano, perfectamente cronometrado, organizado y moderno, uno se pregunta si la experiencia mexicana no contribuyó a la derrota porque no la tomaron suficientemente en serio.

La obra no se salva del todo de los riesgos del enamoramiento. Meyer nos dice que la oficialía del Cuerpo Expedicionario —a quienes llama “turistas especiales”— era un conjunto de elementos superiores; pero entonces ¿por qué fueron derrotados en menos de dos meses por los prusianos? Aunque Meyer no se compromete con la figura de Bazaine, parece indiscutible que —si lo medimos según las reglas de la disciplina y el deber militares— la derrota de 1870-1871 es atribuible a su desidia o a su incapacidad de planeación. El autor tampoco nos dice mucho del comportamiento de sus oficiales durante la Comuna, en particular de Gaston Gallifet. llamado “vientre de plata” por las heridas que recibió en Puebla y de las cuales se vanagloriaba después en París, en las cenas mundanas. Yo, el francés lo presenta como un aristócrata algo extravagante, pero valiente y comprometido con su tropa y con su misión, y cuando se refiere a su papel en la represión de los communarcls lo minimiza. Sin embargo, Galliffet es recordado como el oficial versallés responsable de los fusilamientos express de prisioneros sospechosos de ser miembros de la Comuna y como protagonista de una anécdota bastante siniestra. Una mujer que Galliffet había señalado para el muro de fusilamientos se echó llorando a sus pies para rogarle que le perdonara la vida. A la súplica el oficial respondió: “Señora, soy un asiduo del teatro, y su actuación esta tarde es de las peores que he visto en mi vida”.

Por razones de espacio no hablaré aquí de muchos otros temas que plantea el libro, ni de la imagen oblicua que arroja de la sociedad mexicana de la época o de la muy sugerente comparación entre la invasión norteamericana de 1847 y la intervención. invito al lector a que lea las excursiones que hacen de Yo, el francés un libro muy rico y atractivo. Admito que la obra es de lectura difícil. Algunos pensarán que bastará con leer el Libro I; sin embargo, para disfrutarlo plenamente es preciso referirse al II y al III. Este ejercicio exige del lector un esfuerzo importante para seguir al autor por los meandros del proceso de investigación, de análisis y de creación, así como de sus obsesiones (que en un caso nos conducen hasta sus rusos).

Este libro es único, como todos, pero mucho más que otros porque materializa una curiosidad singular, un enfoque novedoso, una sensibilidad irrepetible. Sólo Jean Meyer podía escribir este libro que mira y narra la intervención como Yo, el francés y como moi, un mexicain. n

El lobo checheno

EL LOBO CHECHENO

Las montañas de Alá, de Sebastian Smith, ocurre de la mano de la caída de la Unión Soviética ¿Qué tenemos?: un pueblo a merced del imperio ruso.

En 1991 la pequeña república de Chechenia se montó al tren de la debacle rusa y declaró su independencia. Era un momento más en la dilatada y cruenta historia de agravios y rebeliones en el Cáucaso, una región cuyo peso geoestratégico se vincula a la riqueza de los yacimientos petroleros en el mar Caspio y a su posición privilegiada como puente entre Asia y Europa, entre el islam y el cristianismo. Tres años más tarde, la guerra estalló en Chechenia. De 1994 a 1996, rusos y chechenos protagonizaron algunos de los episodios más delirantes y sangrientos de una guerra que sigue cobrando sus cuotas de sangre, odio, intolerancia, fanatismo, crueldad y destrucción.

Sebastian Smith, corresponsal de la agencia de noticias France-Press en Washington, Londres y Moscú, registra esos hechos atroces en un libro cuyas facturas históricas, testimoniales y periodísticas son impecables. Si algún reportaje de guerra vale la pena leer en estos días es justamente Las Montañas de Alá. La batalla por Chechenia (Destino, Barcelona, 2002, 446 pp.).

El trabajo de Sebastian Smith puede calificarse, sin miramientos, como heroico. Buena parte fue concebido al calor de la metralla y los misiles antitanque, en las peores condiciones, lo mismo a la intemperie que en la clandestinidad o en los refugios antibombas, y asumiendo los mismos riesgos y las mismas penalidades que los combatientes chechenos.

No se trata únicamente de Chechenia, sino del Cáucaso, un escenario vasto por su complejidad étnica, cultural y religiosa. Los zares se hicieron del Cáucaso hasta 1860. Sometieron a los pueblos y les quitaron todas sus riquezas. Con los soviéticos la cosa fue más lejos: las deportaciones y el exterminio marcaron cada minuto en la vida de todo caucasiano. No debe extrañarnos que conozcan el arte de la sobrevivencia y de la ferocidad en combate.

Es difícil aceptar por completo el argumento ruso que define a los chechenos como bandidos y a sus autoridades como criminales. Los rusos insisten en relatos que ofrecen a los chechenos como perezosos, alentados por las bajas pasiones de un automóvil de lujo, ropas elegantes, contrabando de cualquier clase y dientes de oro. En el mundo ruso los chechenos sólo saben robar y engañar. Leyendo a Sebastian Smith nos quedan otros atributos de los pueblos del Caúcaso: su hospitalidad a toda prueba, su capacidad de resistencia, su valor… Y la pregunta por el papel de la nueva Rusia en relación a quienes históricamente nunca se sintieron parte del Imperio.

Sebastian Smith nos ha dado un relato frío, el de uno de los grandes olvidos de Occidente. Se supone que en Chechenia no hay nada que hacer, se supone que Occidente no tiene nada qué decir. Sebastian Smith llena ese vacío, y lo hace exponiendo su vida. Las montañas de Alá ocurre de la mano de la caída de la Unión Soviética ¿Qué tenemos?: un pueblo indefenso a merced de la estupidez de la dirigencia rusa, entonces representada por Boris Yeltsin, un borracho a medio camino entre la estulticia estatal y la carcajada entre amigos, y el aparato militar conformado por veteranos de la KGB y la guerra de Afganistán.

Escribe Sebastian Smith: “Muy pocos en Occidente comprenden, o siquiera saben, qué está pasando en Chechenia. La huida de los kosovares ante los ataques serbios conmovió mucho a la opinión pública, aunque era un conflicto menos espantoso, si fuera decente calcular en estos casos, que el checheno. Si Kosovo recibía constante atención de los medios de comunicación, en cambio, la cobertura de Chechenia en los periódicos y, en especial, en la televisión, era esporádica”. Sebastian Smith también libra su propia guerra: contra la omisión y el olvido.

El punto más alto del libro de Sebastian Smith lo alcanza el relato alucinante de la batalla por Grozni, la capital chechena. A finales de 1994, Grozni tenía 400,000 habitantes, unos cuantos teléfonos públicos en funciones, un bazar donde se vendía de todo, un par de restaurantes y unos nervios tensos y erizados. El 31 de diciembre las tropas rusas iniciaron el asalto. El relato de Sebastian Smith parece congelarse en la crueldad y en la muerte. Escuchamos las explosiones, volvemos a escucharlas y luego nos sentimos atrapados en esa pesadilla: “Un oficial de los servicios secretos responsables de llevar las cuentas, que permanece anónimo, dijo que habían muerto 4,000 soldados [rusos]. Lo cierto es que las familias de los soldados no creyeron al Ministerio de Defensa. Docenas de amas de casa rusas arriesgaban sus vidas deambulando por todos los frentes que hubo en Chechenia en busca de sus hijos”. Y es que para Rusia la incursión en Chechenia era una operación contra unos cuantos bandidos armados. El caso es que el periodo de la guerra en Chechenia que va de 1994 a 1996 representó el final del ejército ruso como una fuerza efectiva. A pesar de los éxitos —siempre transitorios—. los soldados huían del frente, los oficiales se mostraban incapaces de alimentar a sus tropas y los generales dirigían sus baterías contra posiciones civiles.

Por el lado checheno, el ímpetu independentista fue perdiendo terreno ante el fanatismo islámico y ante una espiral de crimen y bandolerismo que cobra su fuerza de la industria del secuestro y del contrabando de armas. La élite wahabita, la misma que adoctrinó a los talibanes en Afganistán, se estableció en Chechenia al amparo de una historia de rencores y humillaciones. Por si fuera poco, Moscú parece contar con la venia de Washington para declarar a Chechenia como reducto del terrorismo internacional.

 Todo el mundo, escribe Sebastian Smith como advertencia final, “admira a los supervivientes, tocios apoyan .1 David contra Goliat. Pero esta admiración oculta la fragilidad y la tragedia del Cáucaso del Norte. Las naciones de las montañas pueden ser pequeñas y audaces, pero también son lo bastante pequeñas para ser perseguidas en masse, lo bastante pequeñas para desaparecer”.  n

Aprobación Presidencial: Un gobierno dividido

APROBACIÓN PRESIDENCIAL: UN GOBIERNO DIVIDIDO

El Presidente Fox no logra transmitir una imagen de liderazgo. A la población le preocupa la falta de acuerdos entre los actores políticos.

A quince días del Segundo Informe de Gobierno, el acuerdo con la manera de gobernar del presidente Fox se mantiene estable: alrededor del 56% de la población con teléfono en su vivienda.

A diferencia de lo que ocurrió el año pasado, el Segundo Informe de Gobierno captó menos interés de la población, no respondió a las expectativas y, en general, se evaluó menos favorablemente la actuación de todos los involucrados en el acto.

Dos razones interrelacionadas explican que el Informe no haya tenido un efecto positivo en el acuerdo presidencial: que el Presidente no logra transmitir una imagen de liderazgo y la mayor preocupación por la falta de acuerdos entre los actores políticos.

Fox ha adoptado una forma de ejercicio presidencial que quiere acentuar su distinción con el pasado en no imponer iniciativas, sino en compartir la responsabilidad del Ejecutivo con los otros poderes y actores políticos, mientras busca el apoyo a su gobierno acudiendo directamente a la opinión pública con una intensa presencia en los medios y con un gasto publicitario sin precedente. Quizás este estilo presidencial se adapta bien a la realidad de las circunstancias de un gobierno dividido, pero contrasta con las expectativas arraigadas del público. Así, sus llamados a crear consensos generan simpatía, pero a la vez menoscaban la percepción sobre su conducción de los destinos del país, uno de los principales atributos institucionales adscritos por la población al ejecutivo. En el mes transcurrido se incrementó significativamente la percepción de falta de liderazgo (las cosas están saliendo del control del gobierno: 56%), percepción que la población atribuye a la inexperiencia de Vicente Fox para gobernar, a su falta de control del gabinete, a la impericia para lograr consensos con el poder legislativo y a la incapacidad de contrarrestar la inseguridad pública y el deterioro de la economía.

Uno de los efectos más relevantes del Segundo Informe de Gobierno fue reforzar la percepción de enfrentamiento entre el Presidente y los legisladores. Esto se ha traducido en el deterioro continuo de la opinión que considera conveniente tener un gobierno dividido. Por primera vez desde que inició el gobierno foxista, la opinión negativa (es una situación mala para el país: 48%) supera la opinión contraria: es buena/en parte, 45%.   n

1 Sección a cargo de BGC Ulises Beltrán y Asocs, S. C. La información proviene de Acontecer Nacional y Opinión Pública (Sistema de recolección continua de información de operación pública), publicación de BGC, S. C. que se distribuye por suscripción. Coordinación: Ulises Beltrán. Leticia Juárez González, Alejandro Cruz Martínez y Edith González Los datos corresponden a encuestas telefónicas. La muestra nacional fue a población mayor de 18 años Método de selección de la muestra: arranque aleatorio y selección sistemática de los números telefónicos residenciales mediante el sistema de marcación aleatoria de números (RDD por sus siglas en inglés) generados por un sistema CATI (Computer Assisted Telephone Interview).

La corrupción y sus fantasmas

LA CORRUPCIÓN Y SUS FANTASMAS

En el Índice de Percepción de la Corrupción 2002 México aparece en el lugar 57 de 106 naciones, seis lugares más abajo que en el 2001.

Federico Reyes Heroles, presidente de Transparencia Mexicana, dio a conocer el Índice de Percepción de Ia Corrupción 2002 de Transparencia Internacional. México aparece en el lugar número 57 de 106 naciones, seis lugares más abajo que en el 2001. Además, la calificación bajó de 3.7 a 3.6 en sólo un año. En este índice, México aparece abajo de países como Trinidad y Tobago, Jamaica, Perú, Ghana, Chile, Corea del Sur, Uruguay y Brasil, entre otros.

Al Índice de este año se agregaron 11 países respecto del año anterior. pero sólo cuatro de ellos obtuvieron mejores calificaciones que nosotros. Sin embargo, aun descontando a estas cuatro naciones, México se ubicaría en el lugar 53 del listado, es decir, dos posiciones abajo comparado con el índice anterior. En contraste, Chile subió del sitio 18 al 17; Costa Rica, con un PIB menor al mexicano, conservó su lugar 40, y Brasil y Perú están en el 45.

Según los especialistas, el hecho de que México pasó en el 2000 del 59 al 51 y ahora rebotó al 57, representa la “bienvenida a la realidad”, pues el año pasado hubo un ascenso derivado del proceso electoral del 2000 en el que el PRI perdió la presidencia de la República.

Estos resultados llevaron a que Transparencia Mexicana hiciera serias críticas a la estrategia de combate a la corrupción del gobierno foxista, si bien en general se reconocen sus “buenas intenciones”.

Reyes Heroles fue sumamente crítico del gobierno al señalar que la razón para que el ciudadano mexicano no perciba de 2001 a 2002 cambios en la lucha anticorrupción radica en el hecho de que el gobierno no ha generado estrategias en la materia. Consideró que la idea de combatir a los “peces gordos” representa “actuar con el hígado”, pues se ha demostrado que es un plan “fallido” que “sólo deprime” al ciudadano, y como ejemplo citó los casos Pemexgate y Amigos de Fox; “Hay un diseño de una estrategia que pareciera politiquería barata, no de alta política, en contra de la corrupción”.

El presidente de Transparencia

Mexicana recordó que, en el año 2000, él y Peter Eigen, presidente de Transparencia Internacional, sostuvieron con Vicente con Vicente Fox donde “se le dijo de manera insistente que los países que han seguido una estrategia exclusivamente persecutoria lo que terminan haciendo es deprimir a la población, porque se transmite la sensación de que el combate a la corrupción es un arma política. Por desgracia, a dos años de esa entrevista, la advertencia de Eigen se convirtió en realidad”.

Un par de horas después de conocerse el informe, SECODAM negó que exista tal equivocación y sostuvo que al ventilarse públicamente los actos de corrupción tales actos “están más presentes en las percepciones de la gente”.

La corrupción en México es muy antigua. Y la percepción que se tiene de ella también. Para que esta percepción cambie, tendrá que cambiar la realidad de la corrupción, y después, mucho tiempo después, empezará a cambiar, lentamente, la percepción que tiene la gente de este flagelo nacional. Lograrlo significa sembrar confianza y su ciclo para cosechar es muy largo. n

El desciframiento de los glifos

EL DESCIFRAMIENTO DE LOS GLIFOS

POR CARLOS TELLO DÍAZ

Los glifos mayas empezaron a ser descifrados en su totalidad hasta mediados del siglo XX, luego de una historia llena de errores, hallazgos, intrigas y malentendidos.

En la primavera de 2001 pasé varios días en El Panchán, un lugar que renta hamacas a turistas sin dinero en las afueras de las ruinas de Palenque. La primera noche, antes de dormir, bajé a conocer una casa que llamaban “la champa de Moisés”. La quería ver de cerca, la quería tocar, pues sabía que había sido la sede de una reunión que, no obstante su modestia, estaba destinada a ser un parteaguas en la historia del desciframiento de los glifos.

* * *

La Primera Mesa Redonda de Palenque tuvo lugar en diciembre de 1973 en la casa de Moisés Morales en El Panchán. Cerca de cuarenta mayistas participaron en ella, entre los que destacaban tres epigrafistas cuyos nombres entonces casi nadie conocía. Los tres eran personas totalmente diferentes.

Linda Schele era una pintora nacida en Nashville, Tennessee, en el seno de una familia muy conservadora, que apenas tres años atrás, luego de un viaje a Palenque, había sido convertida al culto de los mayas del Periodo Clásico. Era gorda y risueña y tenía las facciones toscas de los agricultores del sur de Estados Unidos.

Peter Mathews era un australiano que estudiaba arqueología en la Universidad de Calgary. Tenía el pelo largo y lacio y un bigote que parecía de soñador. Llevaba con él un cuaderno de pasta azul anotado con todos los glifos que marcaban fechas en Palenque, seguidos de todo lo que jamás había sido escrito sobre el significado de esos glifos.

Floyd Lounsbury era un profesor ya grande, con el cabello blanco como la nieve, que daba clases de antropología en la Universidad de Yale. Había nacido en una granja de Wisconsin y había servido en la fuerza aérea de su país durante la Segunda Guerra. Su especialidad eran las lenguas, sobre todo las exóticas, muchas de las cuales dominaba sin esfuerzo.

La tarde del 22 de diciembre, última de la reunión, mientras sus colegas paseaban, los tres permanecieron frente a sus notas en El Panchán. Algo sucedió que de pronto los hizo ver todo muy claro. Primero lograron identificar, entre los glifos, un prefijo formado por tres elementos que llamaron makina. Ese prefijo, confirmaron después, era parte del nombre de los soberanos de Palenque. Con él los pudieron ubicar a todos.

Entonces trabajaron bajo la hipótesis de que una fecha sería seguida por un verbo (glifo-evento), el cual a su vez sería seguido por el sujeto de la frase (el glifo-emblema de los soberanos que acababan de descubrir, antecedido siempre por el prefijo que llamaron makina). La suposición resultó correcta. Las inscripciones de los mayas, en efecto, que deben ser leídas de arriba abajo y de izquierda a derecha en columnas de dos, están formadas en su mayoría por expresiones de tiempo, es decir, por glifos que expresan fechas, los cuales forman a su vez largos y minuciosos prefacios a otros glifos, más escasos: unos que dicen qué sucedió, seguidos por otros que indican a quién le sucedió.

Schele, Mathews y Lounsbury reconstruyeron, en el curso de una tarde, los hechos más significativos de la dinastía que gobernó Palenque a partir del siglo VII.

Esa noche, luego de cenar en El Panchán, los tres presentaron su descubrimiento al resto de los comensales en la casa de Moisés. Les revelaron la historia de los soberanos de Palenque que vivieron en la ciudad entre 612 y 783, hacia fines del Periodo Clásico. Linda Schele, además, les ilustró su genealogía —pues ellos eran, como dicen sus códices, “los que tienen padres y madres”— con ayuda de unas cartulinas que pegó sobre la pared. (Diario II, p. 22b.) Los comensales quedaron pasmados, después estallaron en aplausos de júbilo. Nunca antes había sido narrada con ese detalle la historia de los soberanos del Periodo Clásico.

* * *

La escritura fue inventada de forma independiente nada más en tres lugares en el mundo: Mesopotamia, China y Mesoamérica. Quizá también en Egipto, aunque lo más probable es que los jeroglíficos hayan sido inspirados en los signos cuneiformes de Mesopotamia. El resto de las civilizaciones que desarrollaron escrituras en la historia de la humanidad copiaron, adaptaron o basaron sus sistemas en otros que los precedieron.

Mesoamérica fue la única región que concibió una escritura en el Nuevo Mundo. La civilización de los incas, a pesar de su complejidad, contó nada más con el quipu. un registro de nudos hechos con cuerdas de colores diferentes que servía para facilitar las cuentas, quizá también para reforzar la memoria, pero no para transmitir información más precisa.

Entre las escrituras de Mesoamérica, la más estudiada de todas es la de los mayas del Periodo Clásico. También es la más enigmática. Los glifos mayas, en efecto, eran aún incomprensibles cuando los jeroglíficos egipcios y los signos asirios y babilonios podían ser ya comprendidos sin dificultad por los epigrafistas. Empezaron a ser descifrados en su totalidad hasta mediados del siglo XX, luego de una historia llena de errores, hallazgos, intrigas y malentendidos.

Constantine Rafinesque fue quien primero descubrió —¡en 1832!— los valores de las barras y los puntos en el sistema de numeración de los mayas. Lo hizo a partir de la evidencia que había en su tiempo: los dibujos de Palenque reproducidos por el conde de Waldeck. En ellos notó que los glifos tenían a menudo barras y puntos, y de pronto supo la respuesta. “Las barras significan cinco y los puntos significan uno, pues los puntos nunca exceden cuatro”, escribió con elegancia en las páginas del Atlantic Journal (Coe. Breaking, p. 91). Rafinesque es un personaje fabuloso y patético que de inmediato me cautivó. Nació a la orilla del Bosforo, frente al puerto de Constantinopla. Muy joven dejó su país para continuar sus estudios en América. Al regresar a Europa pasó diez años en Sicilia, con el objeto de investigar los moluscos del Mediterráneo. Practicó las disciplinas más dispares: fue geólogo, naturalista, historiador y filólogo, y también las profesiones más extrañas: coleccionista, viajero, inventor, dibujante, mercader y bibliotecario. Murió en Filadelfia convertido en un mendigo, tan endeudado que su locatario trató de vender su cadáver a una escuela de medicina para cubrir el pago de su renta.

El abad Charles Etienne Brasseur de Bourbourg tuvo, como Rafinesque, una vida de aventuras que lo llevó también a conocer América. Era un hombre culto y refinado, sin demasiados escrúpulos, que hasta el momento de recibir las órdenes había sido autor de novelas por encargo. Su interés en los mayas, adquirido en Guatemala, cristalizó con los años en una serie de descubrimientos —el Popol Vuh, el Códice Troano— que culminaron en 1862 con el hallazgo de la Relación de las cosas de Yucatán, la obra de fray Diego de Landa. Brasseur encontró el manuscrito de casualidad, perdido entre los anaqueles de la biblioteca de la Real Academia de Historia, en Madrid. Era voluminoso, estaba cubierto de polvo. Leyó sus palabras con avidez y con asombro, y fue por un momento totalmente feliz. En las páginas del manuscrito conoció el nombre que le daban los mayas a los días y los meses de su calendario, así como también los glifos con que los representaban en sus códices y sus inscripciones. Y entonces intuyó, confusamente, que la Relación estaba destinada a ser la clave para descifrar la escritura de los mayas —el equivalente de la Piedra de Rosetta.

La intuición de Brasseur fue compartida por un americano de padres alemanes llamado Cyrus Thomas, que utilizó la Relación para descifrar partes del Códice Troano. Thomas era un hombre genial, voluble y extravagante, como la mayoría de los personajes que protagonizaron el desciframiento de los glifos. Fue por varios años abogado, luego sacerdote, más tarde agrónomo y entomólogo. Al final consagró su vida a la antropología. En 1882 llegó a sus manos una fotografía del Instituto Smithsonian que reproducía las escrituras del Templo de la Cruz de Palenque. ¿Qué vio en esas inscripciones, en todas esas formas y figuras entonces tan extrañas a la vista? Me gustaría saber, pues con ellas demostró para siempre que la manera correcta de leer los glifos es de arriba a abajo, en pares de columnas de izquierda a derecha.

Por esos años, en el otro extremo del Atlántico, el bibliotecario del Electorado de Sajonia descifraba los secretos del Códice Dresden, que sus antecesores habían adquirido en Viena en el siglo XVIII. Su nombre era Ernst Föstermann. El códice, hecho de hojas de corteza de amate cubiertas con una capa de yeso, dobladas en forma de biombo, estaba destinado a sufrir uno de los bombardeos más destructivos de la Segunda Guerra: el de Dresden. Föstermann no lo podía saber en 1887, cuando descubrió en sus hojas de amate la estructura del calendario de los mayas —es decir, la Cuenta Larga, una cronología que comienza en una fecha mítica, pero exacta:

13.0.0.0.0 4 Ahau 8 Cumku (el 13 de agosto de 3114, antes de Cristo).

Eric Thompson fue quien dio el paso que seguía: establecer la correlación entre los dos calendarios, el níaya y el cristiano. Thompson habría de dominar el estudio de los mayas en los años por venir con la fuerza de su inteligencia y de su personalidad. Al empezar a escribir, hacia fines de los veinte, su vida estaba ya cargada de experiencias. Había sido herido de joven en las trincheras de Francia durante la Primera Guerra; había trabajado por varios años en una estancia de la Pampa, en Argentina; había terminado con honores sus estudios de antropología en la Universidad de Cambridge. Su obra, que es fundamental, defendió sin embargo la idea de que los glifos son ideogramas, no signos fonéticos —la idea de que los mayas utilizaban símbolos para comunicar sus pensamientos sin la intervención del lenguaje—. Esa idea, equivocada, tuvo la capacidad de convencer a todos los mayistas de su tiempo.

La soledad de Yuri Knorosov. aislado en la Unión Soviética durante los años de la Guerra Fría, le permitió trabajar al margen de ese error en el Instituto de Etnografía de Leningrado. Knorosov, entonces, no conocía siquiera las ciudades mayas, que habría de visitar ya muy grande, antes de morir. Era un ucraniano que había combatido en una sección de artillería del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra. Al ser desmovilizado estudió por unos años egipcio, chino y árabe, y luego también maya. En octubre de 1952 publicó un artículo en la revista Sovietskaya Etnografiya, en el que demostró que los glifos no nada más son ideogramas sino también signos fonéticos que representan sílabas, las cuales forman a su vez palabras. La clave para comprender aquellos signos estaba, argumentó, en el abecedario de Landa, dado a conocer por Brasseur en el siglo XIX. Con esa revelación comenzaron a ser descifrados los glifos del Periodo Clásico.   n

Fallaste, corazón

FALLASTE, CORAZÓN

POR CINNA LOMNITZ

México tiene un riesgo-país de nivel mediano a alto en cuanto a vulnerabilidad a los desastres. Padecemos unos diez desastres anuales principalmente de origen meteorológico.

The things that you ‘re liable To find in the Bible— It ain ‘t necessarily so. “Sportin Life”, en Porgy and Bess

La duda es madre de la certeza. A esta conclusión llegamos, tarde o temprano. todos los científicos. Mi primer contacto con la duda sistemática, siendo aún adolescente, fue la lectura de Los cazadores de microbios, de Paul de Kruyf. Me estimuló a tal extremo que convencí a mis padres de montar un laboratorio de biología y química en un desván de mi casa. A fuerza de experimentar con ácidos y sales y de mirar bichos bajo el microscopio entendí dos cosas: 1) hay causas invisibles, o casi, que producen efectos gigantescos; 2) es posible descubrir estas causas, nada más pensando un poco. Claro que pensar es un esfuerzo muy grande: hay que acostumbrarse a dudar de todo. Pero nada hubiera pasado si la gente no se hubiera puesto a dudar.

Así, por ejemplo, el reflexionar que las enfermedades pueden ser causadas por microbios y no por “aires”, “fríos”, duendes o castigos divinos, se generaliza apenas cuando prevalecen vientos de cambio en la sociedad. Qué bonito sería suponer que en los 300 años que duró la Colonia en México, espíritus científicos privilegiados hubieran descubierto que las epidemias recurrentes y mortíferas de cocoliztli (enfermedades contagiosas que abarcaban desde el cólera hasta la peste negra) podían prevenirse con investigar los hábitos del microbio que las causaba. ¡Qué triunfo hubiera sido eso para la ciencia mexicana! Al fin, la historia del pensamiento humano está llena de tales hazañas inverosímiles —y no nos han faltado hombres y mujeres inteligentes.

El hecho es que un personaje de talento, como Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700), capaz de comprender la obra de su contemporáneo Isaac Newton y de calcular la trayectoria del cometa de Halley, se creía las babosadas del fatídico Kircher —quien aseguraba que los olmecas eran egipcios—. Sigüenza suponía a su vez que Quetzalcóatl era Santo Tomás Apóstol. Acaso no dudó lo suficiente de las explicaciones de su época —o no perseveró en su duda.

Para tener pretensiones de ser cultos en este siglo XXI no basta saber quién fue Einstein (un personaje enigmático, pese a lo mucho que se ha escrito sobre él), ni opinar sobre las genialidades de los químicos de Al-Qaeda. Es más útil saber quién fue Foucault, qué posiciones sostuvieron Jefferson y Madison en su controversia sobre el federalismo o en qué consiste la obra de Habermas sobre la comunicación social y el significado de la modernidad.

Quiero decir que el rezago que padecemos los intelectuales mexicanos no es tanto en las ciencias físicas o biológicas como en las sociales. Estamos viviendo una etapa de profundos cambios en la vida política del país, y sin embargo ignoramos antecedentes relevantes sobre la actualidad nacional. El resultado está a la vista. La cultura política mexicana se ha globalizado al extremo de evidenciar una falta de malicia, una ingenuidad que es alarmante para una sociedad de raíces latinas. Es verdad que estamos en un mundo que cree y aprueba a Bush, pero eso no es motivo suficiente para dejar de pensar por nuestra cuenta. ¿Por qué no buscar lo que otros han reflexionado sobre los problemas que hoy nos confunden y nos afligen?

Desastres y otras sorpresas

Europa acaba de sufrir una catástrofe meteorológica y ambiental sin precedentes. Las inundaciones de los ríos Elba y Moldava han afectado a cientos de miles de hogares y han producido una enorme cantidad de sufrimiento humano. La ciencia, el arte y la cultura padecen graves perjuicios. No es tarde para que expresemos nuestra solidaridad internacional necesaria y evidente, tanto por parte de las autoridades como de la opinión pública mexicana.

Como sismólogo me siento un poco del ramo —casi dije “negocio”— de los desastres. Cabe decir que nuestra experiencia en México ha sido más bien mixta: hemos tenido algunos éxitos parciales. La organización de la protección civil y la calidad de la construcción han mejorado después del sismo de 1985. Algunos parámetros ambientales, como la contaminación del aire y del agua, tienden a mejorar también. Son avances de gran importancia, que no conviene soslayar.

Pero un desastre siempre se debe a factores inesperados. Es lo que distingue un desastre de un accidente. Al subirnos a un coche sabemos a lo que nos exponemos; al entrar a un edificio en la ciudad de México, no es el caso. Las personas que se hallaban en el World Trade Center de Nueva York el 11 de septiembre de 2001 no sabían a lo que iban. Ni siquiera lo sabían los terroristas.

Entonces, para prevenir los desastres hay que entender la naturaleza de los sucesos imprevistos. Dije “imprevistos”, no imprevisibles. Cada vez que pronunciamos la palabra ojalá imploramos la voluntad de Alá; pero ya no se vale escudarse tras los designios insondables del cielo. Ni modo, nos amolaron las Torres Gemelas. Fallaste, corazón. No vuelvas a apostar.

Así no avanzamos. Al estudiar cualquier catástrofe, desentrañar su origen podrá ser una labor compleja pero de ningún modo imposible. Hoy se habla de “sismología forense”, el estudio de los errores (intencionales o no) que se cometen al propiciar un daño sísmico. Un edificio es como un ser humano: puede fallar por muchos motivos. Sin duda los desastres demuestran una enorme creatividad —nunca se repiten—. Sin embargo, no se necesita ser un Einstein para comprender sus causas.

México tiene un riesgo-país de nivel mediano a alto en cuanto a vulnerabilidad a los desastres. Padecemos unos diez desastres anuales, principalmente de origen meteorológico: sequías, inundaciones, ciclones, tormentas tropicales, sin contar los sismos. Las terribles inundaciones de la Ciudad de México ya son cosas del pasado, gracias al Sistema de Drenaje Profundo inaugurado en 1975. Pero la naturaleza es ingeniosa y seguramente nos tiene preparada unas sorpresas desagradables. Los que laboramos en eso tenemos la obligación de pensar un poco como ella y tratar de anticiparnos a su próxima movida.

Hace veinte años pasé unos meses muy agradables en la India, dictando un curso en el Instituto Federal del Agua (CWPRI). El Instituto tenía más de 2,000 investigadores. Ya lo sé, India tiene diez veces la población de México, pero lo interesante es que en un mismo instituto se realiza la planeación del consumo de agua potable, la generación de potencia hidroeléctrica, el estudio de las instalaciones portuarias y el diseño de los sistemas de riego.

Con un clima similar al nuestro, y con el mismo régimen de lluvias, India se adelanta a México. Hoy evidenciamos las consecuencias de un rezago grave, de un descuido de décadas en cuanto a políticas del agua. No somos los únicos, por supuesto. Según las Naciones Unidas, unos 2,700 millones de seres humanos (una tercera parte de la población mundial) padecerán de escasez de agua para el año 2025. Pero no hace falta esperar tanto. Ahora mismo, 1,200 millones de personas carecen de agua potable y 2,500 millones no tienen alcantarillado. El ecólogo disidente Bjorn Lomborg estima que “podría resolverse el problema del agua potable y del alcantarillado de toda la población mundial con lo que cuesta un solo año el Protocolo de Kioto”. Pero el movimiento ecológico mundial confía poco en las iniciativas de la sociedad civil. Se limita a machacar sus consignas en los oídos de los gobiernos.

La falta de agua será quizás el desastre del futuro para México. ¿Cómo sobrevendrá? Pues podría producir una implosión social como la que —hace once siglos— acabó con la cultura maya. Para prevenir una catástrofe semejante, no tenemos acceso a los recursos de Kioto ni podemos dejar de promover los programas de mejoramiento ambiental por un solo año. Es una lástima, porque la catástrofe hidrológica costará muchas vidas y más dinero.

En los estados del centro y centro- norte del país se estima que la escasez de agua ya es “grave”, o sea, comparable a las de Yemen, Castilla, occidente de Marruecos, o los estados de Gujarat o Rajastán en la India. La situación de México es la más crítica de todo el continente americano. No se debe a la falta de lluvia sino a medidas efectivas de conservación frente a un incremento continuo en la demanda.

Todo es culpa de la política agraria —se dice fácil—. La catástrofe del campo mexicano acabó con los recursos. Las grandes presas y los sistemas de riego son muy bonitos, pero son armas de doble filo. Mucha población ha sido desplazada (“al cabo todos se van a Estados Unidos”), y el campesinado, que es la columna vertebral de la nacionalidad, se transformó en proletariado urbano. Antes existían en México miles de bordos, estanques y jagüeyes construidos y mantenidos por la población rural. Hoy están destruidos o deteriorados. El agua subterránea se desvanece por la explotación excesiva y el agua de las lluvias se va al mar y ya no se conserva. Los aguaceros que antes se almacenaban acaban por erosionar los cerros y los llanos.

En la época de su construcción, me tocaba bajar a los túneles del Drenaje Profundo a 150 o 200 metros bajo la ciudad de México. Es una obra monumental, una de las más grandiosas de su tipo que se han construido en el mundo. Pero a doscientos metros de profundidad, la presión del agua es tan grande que no hay revestimiento de concreto que aguante. Verdaderos ríos de agua subterránea, de esa que provee el 60% del agua potable de la población, se precipitan dentro de los gigantescos túneles. Hay varios que ya se están derrumbando, y el agua potable de la ciudad se nos va por el caño. Los gobiernos lo saben. Más de una tercera parte del agua potable se pierde por roturas de las cañerías y quién sabe cuánta se va por el drenaje profundo. Nadie entiende cómo parar este despilfarro. Entonces, los políticos tratan de lucirse con proyectos vistosos: aeropuertos, segundos pisos para los automovilistas. Es el síndrome maya.

¿Cómo hacer para atender las necesidades básicas del pueblo? Hay respuestas a esta pregunta, pero no son sencillas. En la ciudad de México, los gobiernos no pueden hacer mucho porque la ciudad está dividida políticamente. Los recursos de agua están en una parte y el consumo está al otro lado del límite estatal. No hay manera de resolver el problema del agua sin enfrentar costos políticos. El desastre vendrá de repente y cada cual está esperando que la voluntad divina se hará en los bueyes de su compadre. En cuanto a prevención, olvidémoslo: eso requiere tiempo y voluntad política.

En la India, lo que ha dado resultado es una especie de apostolado o voluntariado. A partir de 1980 se organizaron sobre todo en el norte del país unas asociaciones de ayuda mutua que salen a los pueblos. Motivan a los campesinos a reparar sus jagueyes y a recargar los acuíferos agotados por el exceso de bombeo. Algunas de estas asociaciones ya tienen más de 200 voluntarios participantes, y los resultados son excelentes. Con el apoyo internacional se han recuperado muchos cultivos, particularmente fáltales. La población está empezando a regresar a los campos reverdecidos. En México, como en la India, no se vale esperar con los brazos cruzados la ayuda del gobierno, n

Hermanas virtuosas: Riqueza y democracia

IV. INGRESO Y CULTURA

HERMANAS VIRTUOSAS: RIQUEZA Y DEMOCRACIA

POR ADAM PRZEWORSKI

Las democracias tienen más probabilidades de sobrevivir en los países ricos. La tasa de riesgo disminuye porque el país se desarrolla, la democracia se asienta y el hábito de la democracia engendra una cultura democrática. De modo que puede decirse que es la riqueza, no la cultura, lo que mantiene viva la democracia.

La democracia ha de apoyarse en una “cultura democrática” para existir y perdurar? En caso afirmativo, ¿existen patrones culturales más o menos compatibles con esta “cultura democrática” y, por tanto. favorables o perjudiciales para la democracia?

Desde el punto de vista “no culturalista”, la cultura no tiene influencia causal alguna sobre la democracia. Un país no necesita tener una cultura democrática para instaurar y conservar instituciones democráticas. Bajo la óptica “débilmente culturalista”. la existencia de una cultura democrática es indispensable para el advenimiento y la supervivencia de la democracia, pero la compatibilidad con las tradiciones de una sociedad es discutible, ya que éstas son flexibles y susceptibles de ser inventadas y reinventadas. Así, la cultura democrática puede florecer incluso en contextos culturales aparentemente hostiles. Por último, según el enfoque “fuertemente culturalista”, ciertas culturas son incompatibles con la democracia. Por tanto, incumbe a cada país establecer el régimen político que mejor convenga a su situación.

Se plantea, pues, la cuestión de si las instituciones democráticas pueden funcionar en todos los medios culturales o si habría que admitir que ciertas culturas sólo son compatibles con diversas formas de autoritarismo.

Es difícil responder a esta cuestión, ya que está sometida a opiniones contradictorias muy arraigadas y los elementos de juicio que se necesitarían para decidir son difíciles de obtener. Lo único que puede hacerse es reconstruir los puntos de vista contrapuestos y citar algunos ejemplos, aunque las conclusiones estén marcadas por el escepticismo.

Los factores económicos e institucionales bastan para explicar suficientemente la dinámica de las democracias, sin que haya que recurrir a la cultura. Y constatamos de manera empírica que al menos los rasgos culturales más evidentes, como la religión dominante, tienen una influencia menor en la instauración y la duración de las democracias. Se concluye, pues, que aunque haya buenas razones para esperar que las culturas jueguen un papel importante, las pruebas empíricas disponibles no corroboran la opinión de que la democracia exige una cultura democrática.

La tesis no culturalista está corroborada por los hechos. Según esta tesis, la democracia perdura porque las fuerzas políticas encuentran más ventajoso aceptar sus veredictos que cualquier otra línea de actuación (una simple cuestión de intereses). Aunque en el corto plazo los perdedores en la contienda democrática podrían tener interés en rebelarse y no aceptar los resultados, saben que en el mediano plazo tendrán una nueva oportunidad de ganar las elecciones. Por tanto, les interesa seguir respetando el veredicto de las urnas. Lo mismo sucede con los vencedores. La democracia se estabiliza porque las fuerzas políticas tienen interés en someterse a sus resultados.

Tomemos un ejemplo típico: un agente político se plantea participar en el juego democrático —con la posibilidad de ganar las elecciones y obtener una “parte del pastel”, en caso de victoria— o luchar para instaurar una dictadura, a expensas de los recursos productivos y con posibilidad de triunfar. La disyuntiva es la siguiente: obtener una parte de la renta manteniéndose en la democracia o correr el riesgo de combatir para instaurar una dictadura, con la esperanza de lograr toda la riqueza nacional, pero al costo de la destrucción temporal de una parte de la misma. Es una elección entre obtener “una parte de lo más” y “la totalidad de lo menos” (en ambos casos, una lotería).

Planteemos ahora tina o dos hipótesis económicas típicas. Supongamos que, a medida que van siendo más ricos, los agentes políticos valoran cada vez menos la necesidad de aumentar su consumo. Entonces, los beneficios que puede obtener el vencedor en tina lucha por destruir la democracia e instaurar una dictadura son más pequeños en tina sociedad rica. Por el contrario, la “recuperación del atraso” resultante de la destrucción provocada por una guerra en busca del poder es más rápida si la riqueza del país es limitada.

Por tanto, puede decirse que en los países pobres resulta más ventajoso convertirse en dictador y el costo total de la destrucción del patrimonio nacional es menos elevado. En los países ricos, el beneficio que se puede obtener acaparando la totalidad y no sólo una parte de la riqueza nacional es inferior y el proceso de recuperación, después de la destrucción, es más lento.

En conclusión, la lucha por el poder dictatorial, la “rebelión”, presenta más interés en los países pobres que en los ricos. Del mismo modo, la rebelión es más interesante para las fuerzas políticas que detentan una parte pequeña de la renta nacional en un régimen democrático.

Este sencillo ejemplo nos lleva a varias predicciones empíricas:

a) La probabilidad de que la democracia se mantenga debe crecer con la mejora del nivel de vida, actual y futura.

b)  La probabilidad de que la democracia se mantenga será más elevada si ninguna fuerza política domina completamente el sistema.

c) En los países muy pobres la democracia puede ser suprimida por quienes ejercen funciones de gobierno y por quienes han perdido el poder. En los países medianamente ricos, la democracia podría ser suprimida por outsiders (los “perdedores”), más que por las autoridades oficiales. En los países ricos la democracia será apoyada tanto por los vencedores como por los vencidos.

Examinemos ahora algunos patrones empíricos, que se aplican a la casi totalidad de las democracias que han existido, en uno u otro momento, entre 1950 y 1990.

El hecho más significativo es que durante esos cuarenta años ningún régimen democrático ha caído jamás en países cuya renta per cápita fuera superior a la de Argentina en 1976 (más de 6,000 dólares).

La probabilidad de supervivencia de la democracia aumenta de forma lineal con el crecimiento de la renta per cápita. En los países con renta interior a 1,000 dólares, la probabilidad de que la democracia desaparezca es de 0.1216, lo que implica que la esperanza de vida de los regímenes democráticos en estos países es ligeramente superior a ocho años.

En los países con renta per cápita de entre 1,000 y 2,000 dólares la probabilidad de que la democracia desaparezca es de 0.0556. con una esperanza de vida democrática de unos dieciocho años.

En países con renta per cápita superior a 6,000 dólares de renta per cápita la democracia debe de ser estable.

No hay prueba alguna de que la democracia cree hábito. El que una democracia haya existido durante mucho tiempo no aumenta sus probabilidades de sobrevivir. Una democracia se considera “consolidada” cuando disminuye la probabilidad de que desaparezca. Esa probabilidad disminuye mientras más tiempo duran los regímenes democráticos. Cuanto más antiguas son las democracias, más probabilidades tienen de sobrevivir. Esto es cierto en ausencia de otras variables exógenas, pero una vez que interviene el cambio en los niveles de ingreso per cápita, la tasa de riesgo ya no depende de la duración de la democracia y empieza a depender de los factores económicos.

El riesgo de desaparición de la democracia es aproximadamente el mismo, cualquiera que haya sido su duración. El que las democracias tengan más probabilidades de sobrevivir en los países ricos muestra que la tasa de riesgo disminuye porque el país se desarrolla, no porque se cree hábito con el tiempo. Así, aun cuando el hábito de la democracia engendra una cultura democrática, es la riqueza, y no la cultura, la que mantiene viva la democracia. n

El tabú energético

EL TABÚ ENERGÉTICO

La soberanía será mejor defendida por una economía próspera que por unos monopolios estatales ineficientes, camino de la quiebra.

El documento sobre la reforma energética enviado por el gobierno federal al Senado señala que la inversión privada debe darse en todo el sector, incluido petróleo y electricidad. “La participación de los particulares en la explotación de los hidrocarburos”, dice el documento, “no es una amenaza a la soberanía y se da en todo el mundo excepto en nuestro país”.

La apertura petrolera es una novedad en la propuesta de reformas energéticas, que hasta ahora se había limitado a la cuestión eléctrica. Dados los oídos sordos de la oposición incluso a ese proyecto limitado, el gobierno decidió abrir las cartas y plantear todo el paquete. Es una apertura limitada, pues se refiere sólo al gas natural no asociado al petróleo, a la refinación y a la petroquímica. Suficiente, no obstante, para mover el avispero.

A los oídos sordos empiezan a sumarse ya respuestas airadas de los opositores que siguen anclados en un tabú de la vida pública que alcanza en ciertas cabezas dimensiones de fervor guadalupano. Ese tabú es que la soberanía del país se garantiza mejor si el Estado conserva intactos los monopolios de la industria eléctrica y de la industria petrolera.

El tabú es hijo de las infelices bodas del nacionalismo estatólatra y el fracaso de las privatizaciones de los años noventa. El nacionalismo estatólatra inventó con gran éxito y selló con gran profundidad en las creencias públicas del país que el Estado propietario garantiza la soberanía y la justicia social. La soberanía, contra la codicia extranjera siempre atenta a quedarse con algo de México. La justicia social, contra la voracidad privada, siempre ocupada en multiplicar sus ganancias a costillas de la economía popular.

Las privatizaciones que trataron de corregir esa aberración estatólatra en los noventas contaron la historia contraria, bastante más apegada a los hechos que la épica estatista: el Estado propietario no era fuente de soberanía y justicia, sino de ineficiencia y corrupción. La iniciativa privatizadora ocupó la escena, reprivatizó la banca, y privatizó total o parcialmente los teléfonos, las carreteras, las líneas aéreas, la televisión, los ferrocarriles, los ingenios, los puertos, las pensiones.

El resultado fue en algunos casos adverso y aun catastrófico para la economía del país. Por una parte, las privatizaciones fueron espacio de corrupción y privilegio. Por el otro, luego de la crisis del 95, el país tuvo que cargar con las quiebras de los bancos, las carreteras y los ingenios.

La privatización exitosa de Teléfonos de México, en el sentido de que la empresa no sólo no quebró sino se modernizó y es un próspero negocio, tuvo costos para los usuarios que pagaron y pagan precios del servicio superiores a los que solían pagar en la ineficiente estructura anterior.

Consecuencia: hay en el país un enorme desprestigio público frente a todo lo que huela a privatización. La palabra se volvió sinónimo de corrupción, alza de tarifas y negocios de unos cuantos sin beneficios para la mayoría.

La falla de las privatizaciones no le agrega una brizna de verdad al argumento que la acompaña, según el cual la soberanía de México y la justicia social están mejor garantizadas si el Estado conserva la exclusividad monopólica de mal administrar el petróleo y la electricidad.

El país necesita llegar a un nuevo equilibrio en estas cuestiones y encontrar el término justo que permita hacer los cambios que su sector energético demanda.

Mientras el Congreso discute si cambiará o no las leyes para permitir ese cambio, nadie audita, interviene y vigila la operación real de Pemex, CFE y La Compañía de Luz y Fuerza del Centro.

El pueblo, accionista y propietario único de las empresas que manejan el petróleo y la electricidad, no está representado en los consejos de administración de esas empresas ni ellas rinden cuentas transparentes y sistemáticas a la soberanía popular que lleva por otro nombre el de Congreso.

El beneficiario número uno del monopolio petrolero de Pemex no es la nación sino el gobierno federal. El gobierno federal saca de Pemex los ingresos fiscales que no cobra en otra parte, como sería su obligación. El monopolio petrolero no garantiza la soberanía y la justicia social, sólo financia los agujeros de un sistema fiscal ineficiente.

El tabú retrasa la modernización del país, oscurece nuestra comprensión del camino del mundo y tuerce el planteamiento cabal de las cruciales cuestiones de la soberanía y la justicia social.

La soberanía será mejor defendida por una economía próspera que por unos monopolios estatales ineficientes, camino de la quiebra. La justicia social será mejor servida por la creación de empleos y la detonación de nuevos polos de desarrollo energético que por el mantenimiento de burocracias sindicales y administrativas que nadie controla adentro y nadie vigila desde fuera. n 

Los indígenas monárquicos… Eran mayoría

LOS INDÍGENAS MONÁRQUICOS…ERAN MAYORÍA

POR ERIC VAN YOUNG

Un aspecto fascinante de la acción indígena en el medio rural fue la intensa expectación mesiánica centrada en torno al rey Fernando VII. Se hablaba de El Deseado como hacedor de milagros, el protector de los comuneros indígenas contra sus propias huestes realistas, un reformador agrario e incluso perseguidor de los gachupines.

En el clima actual de controversia sobre la existencia histórica de Juan Diego (véase Nexos 291, marzo de 2002) y su canonización por Juan Pablo II hace dos meses, de nuevo se ha hecho presente para la conciencia pública el problema, en ocasiones ignorado y en ocasiones discutido apasionadamente pero siempre de gran trascendencia, de la herencia indígena de México y el lugar que ocupan los indígenas en la vida actual del país.

Sin duda el levantamiento zapatista de Chiapas en 1994 fue una manifestación violenta y muy politizada de este viejo problema que lo introdujo de nuevo en la agenda nacional. Uno de los aspectos más interesantes de este drama todavía inconcluso es la insistente vinculación retórica e ideológica entre un movimiento que demanda los derechos políticos, económicos y culturales de los indígenas y Emiliano Zapata, una de las figuras más representativas y legendarias de la historia de México, con el fin de reivindicar los reclamos ciudadanos que emergieron con la revolución de 1910.

Asimismo, la gran narrativa del nacionalismo mexicano ha establecido una vinculación ideológica de características similares entre los indígenas de la Nueva España (que representaban alrededor del 60% de la población de la colonia) y el movimiento de independencia iniciado en 1810 por el cura Miguel Hidalgo y Costilla, y que continuó su curso bajo el liderazgo de José María Morelos y otras figuras hasta su consumación en 1821 por Agustín de Iturbide.

Si dejamos momentáneamente de lado la sociología tejida en torno a la raza cósmica y la creación de los mitos nacionales en el periodo posterior a 1910, la independencia se presenta con frecuencia como el resultado de una alianza interclasista e interétnica con la que criollos, mestizos y otras castas, así como los indígenas, lucharon contra el régimen colonial bajo el símbolo de la virgen de Guadalupe con el objetivo común de crear un nuevo Estado-nación mexicano. Pero casi doscientos años después de esos acontecimientos, cuesta entender con precisión qué pudo motivar a los indígenas de la Nueva España para arriesgar sus vidas en aras de la creación de un México independiente. Y si se pone en duda el papel que desempeñaron en la alianza insurgente, resulta difícil integrar plenamente a los distintos grupos indígenas en la narrativa nacionalista, al menos en sus etapas iniciales.

De hecho, nuevas investigaciones (tanto las que yo he llevado a cabo como las de otros académicos) plantean que cuando los indígenas mexicanos —población rural prácticamente en su mayoría— se levantaron en armas de manera intermitente durante los diez años que duró la rebelión tenían en mente objetivos muy diferentes.1

Los pobladores rurales indígenas no lucharon por obtener la independencia de España sino para proteger un modo de producción campesino basado en la subsistencia en contra de la invasión de una economía agrícola cada vez más comercializada, así como para preservar la integridad política, étnica y cultural de sus comunidades y para defender una visión del mundo fundamentalmente religiosa que daba coherencia a su universo social.

Además, no existen muchas pruebas que demuestren que se movilizaran de manera masiva en una respuesta pavloviana a la invocación de la virgen de Guadalupe, ni que los párrocos de sus demarcaciones les obligaran a sentir un fervor anti-gachupín (de hecho, la inmensa mayoría del bajo clero, alrededor del 80%, se mantuvo leal, al menos de nombre, al régimen colonial), ni tampoco de que simpatizaran en nada con la visión criolla de un México independiente.

La utopía indígena no habría sido un Estado-nación republicano o incluso monárquico en defensa de una idea proto-liberal de la ciudadanía, sino un sistema de gobierno menos rígido conformado por pueblos libres, comunales y étnicamente homogéneos que rindiesen obediencia al rey español Fernando VII, El Deseado, aunque con una escasa estructura estatal que mediase entre la comunidad y el monarca. Al comparar esta visión con el proyecto nacional criollo que finalmente se impuso (dentro del cual claramente coexistían otros subproyectos), es posible entender por qué fue tan difícil implantar en el México recién independizado la unidad nacional, un discurso nacionalista coherente, un Estado viable y prácticas políticas de corte liberal. ¿Qué pruebas demuestran esta interpretación revisionista del papel desempeñado por los indígenas en la independencia de México?

En primer lugar, no cabe duda de que la mayoría de los mexicanos que tomaron parte activa en el movimiento insurgente entre 1810 y 1821 fueron indígenas. Aunque sigue viva la controversia sobre la exactitud de las clasificaciones étnicas de la colonia, y la composición étnica y social de los rebeldes variaba de acuerdo con la geografía, la historia local y la suerte de la rebelión, si se toma la década en su conjunto la composición de los rebeldes se corresponde de manera bastante fiel con la composición del país en 1810; 55% de indígenas, 20% de españoles (criollos casi en su totalidad) y 25% de mestizos, mulatos y otros grupos mezclados.

La importancia de este hecho estriba en que, en contra de las afirmaciones sostenidas por algunos historiadores y la imagen proyectada por la mitología nacional, lo cierto es que la identidad de México como una nación “mestiza” no fue anticipada de manera determinante en la composición social del movimiento insurgente contra la colonia, excepto en cierta medida entre los líderes (Morelos, Guerrero, etc.). De hecho, en este mismo nivel del movimiento insurgente, incluso en escenarios muy localizados, los notables indígenas (caciques, principales, funcionarios rurales, y otros) estaban muy subrepresentados en relación con su porcentaje en la población total debido a sus vínculos con la estructura del poder colonial y una legitimidad política a menudo cuestionada desde el punto de vista de los comuneros indígenas. Más aún, cuando se analiza el componente étnico de la población rural acusada de participar en el movimiento insurgente durante una gran parte de la década entre 1810 y 1821 con respecto al espacio geográfico en que actuaron, se puede ver que los indígenas (casi todos varones) se mantuvieron muy próximos a sus pueblos natales. Si se diseña un modelo espacial de acuerdo con las características étnicas, se llega a la conclusión de que la mayoría de los indígenas rebeldes tendieron a permanecer en un radio de alrededor de un día de viaje (a pie) de sus pueblos, mientras que los mestizos y otras castas se alejaban algo más y los españoles fueron los que más se distanciaban de sus lugares de origen; así se definía una serie de círculos concéntricos de la violencia política con respecto a su sentido de pertenencia. He sostenido que esta propensión de los indígenas a mantenerse cerca de sus pueblos reflejaba muy fielmente sus horizontes políticos y una visión del mundo coherente con esos horizontes.

Durante los diez años que duró el movimiento insurgente, la configuración de la violencia política en el medio rural mexicano fue un reflejo fiel de esta visión del mundo. La lucha entre los insurgentes y el régimen colonial adoptó formas muy diversas, desde batallas a gran escala y la toma de ciudades fortificadas (por ejemplo, Cuautla en 1812), hasta una continua actividad guerrillera, pasando por un cierto bandidaje político y la simple criminalidad oportunista.

Pero la expresión quizá más común de la violencia colectiva indígena fue el tumulto rural, muy arraigado en el campo mexicano como parte del repertorio de las formas de resistencia que los indígenas desarrollaron contra el régimen colonial, aunque ahora inserto en un contexto político distinto.

Un ejemplo de la violencia extrema que caracterizó a estos episodios fue el tumulto que tuvo lugar a principios de noviembre de 1810 en el pueblo de Atlacomulco, ubicado al noroeste de Toluca, cuando el improvisado ejército rebelde del padre Hidalgo avanzaba hacia la capital. El linchamiento sumamente violento de cuatro españoles (dos de ellos europeos) a manos de la gente del lugar y de los indígenas del pueblo vecino de San Juan de los Jarros tuvo como antecedente una larga historia de concentración de tierras, tensiones étnicas y luchas internas.

A pesar de que no hay grandes diferencias estructurales entre este acontecimiento y los centenares de tumultos rurales habidos en la colonia antes de 1810, tuvo lugar en un contexto de convulsión política generalizada y algunos de los pobladores involucrados se movían en la órbita de las fuerzas comandadas por Hidalgo. No obstante, los motivos de agravio eran estrictamente locales y tenían muy poco que ver con el ataque al régimen colonial en sí.

Entre 1810 y 1821 se produjeron decenas o incluso centenares de este tipo de acontecimientos, de modo que incluso aquellas regiones del país al parecer impermeables a la violencia insurgente, como el valle de México, terminaron desgarradas por esos levantamientos locales desencadenados por un conflicto de más largo alcance, con una fuerza y unos objetivos arraigados en la historia local.

Cuando estos pueblos se levantaron en armas durante el periodo de insurgencia, muchos de ellos cortaron sus vínculos con otros pueblos vecinos con los que habían mantenido largas rivalidades en lugar de hacer causa común, y ello dio lugar a que se formaran pequeños sistemas de gobierno que se asemejaban mucho a los soviets rurales. El centro de la vida del pueblo, el cemento que mantenía unidas a esas comunidades, era la observancia religiosa y las fiestas, pero no necesariamente la devoción guadalupana.

Un último aspecto, sin duda fascinante, de la acción colectiva indígena en el medio rural fue la intensa expectación mesiánica centrada en torno al rey Fernando VII. Con frecuencia, se hablaba de El Deseado como hacedor de milagros, el protector de los comuneros indígenas contra sus propias huestes realistas, un reformador agrario e incluso perseguidor de los gachupines.

En ocasiones los pobladores rurales hallaron en personajes poco probables un sucedáneo de su persona, como sucedió con Ignacio Allende. Algunos jefes rebeldes (como en la famosa isla de Mescala, ubicada en el lago Chapala, y en manos de los insurgentes) fueron suficientemente astutos como para percatarse de que si las castas e indígenas bajo su mando llegaban a saber que el rey Fernando había sido restaurado en la corona (1814), dejarían las armas y regresarían a sus pueblos, por lo que ocultaron la noticia de su vuelta al trono.

Se comprende que los indígenas dirigiesen su mirada al monarca español para reivindicar sus derechos en cuanto súbditos con derechos limitados pero en cierto modo privilegiados, si se considera que su actitud arraigaba en una larga historia de proteccionismo real desplegada por los reyes españoles hacia sus súbditos más humildes, y alimentada por un sustrato profundo de creencias mesoamericanas en el regreso de héroes (por ejemplo Quetzalcóatl) e incluso creencias peninsulares en reyes redentores y ausentes (el sebastianismo). Sin embargo, a donde no dirigieron su mirada fue a un estado criollo floreciente o a la nación mexicana surgida durante la década insurgente n

1 Eric Van Young: The Other Rebellion: Popular Violence. Ideology. and a Mexican Struggle for Independence, 1810- 1821 (Stanford University Press, 2001; el Fondo de Cultura Económica publicará en el 2003 una traducción al español de esta obra)

Stalin el Terrible

STALIN EL TERRIBLE

Invitamos a los lectores a un recorrido por la vastedad estaliniana de la mano de Martin Amis.

La ex Unión Soviética nos ha parecido siempre una idea vasta, un territorio vasto, una fuerza vasta. El estalinismo respondió a esa vastedad, con el ingrediente adicional de la vastedad en la crueldad y el terror. ¿Cómo dar cuenta de él? Martin Amis lo ha hecho… y de todas las maneras posibles: como escritor, como lector, como jinete en la noche de una de las mayores pesadillas del siglo XX. Koba the Dread. Laughter and the Twenty Million (Hyperion. New York, 2002, 306 pp.) trata de la verdad y de la apariencia. Durante más de treinta años Stalin se dedicó a ocultar toda verdad y a crear, sobre todo para sí mismo, una mentira del tamaño de la Unión Soviética. La naturalidad con la que Stalin iba de la verdad a la apariencia es aterradora. Invitamos a los lectores a un recorrido por la vastedad estaliniana de la mano de Martin Amis y de su brillantez para recrear al poder en su estado psicótico.

•  El nazismo no destruyó a la sociedad civil, el bolchevismo destruyó a la sociedad civil. Esta es una de las razones para el “milagro” de la recuperación alemana y para la continuación de la vulnerabilidad y el fracaso en Rusia. Stalin no destruyó a la sociedad civil. Lenin destruyó a la sociedad civil.

•  Para Stalin, en 1934, 1935, 1936, el fracaso fue el elefante en el estudio, la sala y la oficina del Kremlin, en la luz y en el espacio de las dachas, en los salones de billar de las aldeas de Crimea. Durante estos años Stalin digirió el fracaso, el irreversible y masivo fracaso. (Parece ser una rareza del sistema comunista que el fracaso, si es suficientemente masivo, e irreversible, tienda a consolidar el poder.)

•  El camino a la purga fue una carrera larga. La purga fue difícil, aunque la fuerza es una virtud bolchevique. Stalin nunca estuvo seguro de que fuera el más listo, el más valiente, el más visionario o aun el más poderoso. Pero supo que era el más fuerte.

•  Si quieren saber lo que un hombre siente por su esposa entonces deben mirar cómo trata a sus hijos, Podrían mirar también cómo trata a la familia de su esposa. Los sentimientos de Stalin, como siempre, estaban escritos en rojo carmesí. Este es el sumario de Alian Bullock: “Del lado de su primera esposa, Ekaterina Svanidze, su hermano Alexander, uno de los amigos más cercanos de Stalin, fue ejecutado como espía; al mismo tiempo su esposa fue arrestada y murió en un campo mientras su hijo fue exiliado a Siberia como ‘hijo de un enemigo del pueblo’. María, hermana de Ekaterina, también fue arrestada y murió en prisión. Del lado de su segunda esposa, Nadezha Alliluyeva, su hermana Ana fue arrestada en 1948 y sentenciada a diez años por espionaje; Stanislav Redens, esposo de Ana, fue arrestado en 1938 por ‘enemigo del pueblo’ y más tarde fue ejecutado. Ksenia, la viuda de Pavel, hermano de Nadezha, y Yevguenia, la esposa de un tío de Nadezha, fueron arrestados después de la guerra y no fueron liberados sino hasta después de la muerte de Stalin”.

•  Hay variantes en los pormenores de la última noche de Nadya. Durante un banquete en el Kremlin (con el cretino de Kliment Voroshilov como anfritrión), Stalin “insultó” a Nadya; parece que hubo un intercambio de frases a la manera de “Oye, tú, sírvete un trago” (Nadya era alérgica al alcohol), seguido de “¡No soy tu oyé.”. Él le arrojó un cigarro apagado (o, en una variante, un cigarro encendido que se deslizó por su vestido). Nadya salió, acompañada por su amiga Polina Molotov, quien la acompañó a dar un paseo por el patio del Kremlin. De regreso al departamento de Stalin, Nadya se echó en su cama (por entonces dormían en cuartos separados) y se dio un tiro con una pistola alemana. Había escrito una nota. En una larga sección suprimida de sus memorias, Kruschev reporta que Nadya telefoneó a la dacha y que un lerdo oficial en servicio le dijo que Stalin estaba “con una mujer”. Los sentimientos se dan por descontados. Es el único rumor de infidelidad de Stalin en catorce años de matrimonio.

• Yakov (1907-1943), el medio hermano, el muchacho de Yekaterina, sufrió dramática y conmovedoramente. Stalin en verdad lo odiaba. Aceptarlo me tomó días solidarios de trabajo subliminal. La interpretación corriente puede parecer ridicula, pero es quizá la interpretación correcta. Hemos visto algo de la violenta inseguridad de Stalin acerca de su origen. Esta inseguridad se volvió sobre Yakov. Stalin odiaba a Yakov porque Yakov era georgiano. Yakov era georgiano porque su madre era georgiana. Yakov era georgiano porque Stalin era georgiano; pero Stalin odiaba a Yakov porque Yakov era georgiano. Las tensiones raciales y regionales en la Unión Soviética constituyen un asunto enorme, pero en el caso de Stalin fueron, como siempre, estrafalarias. Debemos imaginara un provinciano primitivo que (por 1930 o algo así) comenzó a pensarse como un Pedro el Grande hecho por sí mismo: un Iván el Terrible que había llegado a donde estaba en base al mérito. De esta manera, Stalin personificaba a Rusia; y Yakov era georgiano. Ni qué decir que Yakov había respondido al disgusto adicional de su padre con una disposición suave y gentil. (…)

Al igual que Vasiiy, Yakov se unió a las fuerzas armadas, como teniente (por no decir que como mariscal de campo), reflejando su papel periférico. Fue el mejor soldado hasta que el Reichswerh capturó a su unidad. Esto puso a Stalin en una situación doblemente embarazosa. Una ley de agosto de 1941 declaraba que todos los oficiales capturados eran traidores maliciosos cuyas familias debían ser “sujetas de arresto”. De esta manera Yakov caía bajo la primera categoría —y Stalin bajo la segunda—. Como una forma de compromiso, Stalin arrestó a la esposa de Yakov. Cuando los nazis trataron de negociar un intercambio, Stalin se rehusó (“No tengo un hijo llamado Yakov”). Temía que el supuestamente débil Yakov pudiera ser presionado para alguna exhibición propagandística de deslealtad. Necesitaba no mostrarse temeroso. Yakov pasó por tres campos de concentración —Mammelburg, Lübeck, Sachsenhausen— y resistió toda intimidación. Fue precisamente para huir sucumbiendo (…) que Yakov hizo su jugada decisiva. En un campo alemán, como en un ruso, la ruta más corta al suicidio era correr hacia el alambre de púas. Yakov corrió. Al guardia no le extrañó.

• “Stalin estaba en cama con la cabeza sobre la almohada”, escribe Volkogonov, cuando Zhukov llamó a la dacha y le dijo al oficial en servicio: “Despiértelo inmediatamente. Los alemanes están bombardeando nuestras ciudades”. Cuando Stalin llegó al teléfono Zhukov le habló de los ataques aéreos sobre Kiev, Mink, Sevastopol, Vilna…”¿Entiende lo que digo, camarada Stalin?”. Pudo oír el sonido de la respiración de Stalin. Preguntó de nuevo: “¿Entiende, camarada Stalin?”. Sólo cuando la embajada alemana confirmó que los dos países ya estaban en guerra (“¿Qué hemos hecho para merecer esto?”, lloró Molotov), Stalin dio la orden para iniciar el contraofensiva.               n

Cultura y vida cotidiana

CIERRE CICLÓNICO

CULTURA Y VIDA COTIDIANA

EscÁndalos en el aula

Para integrar una novedosa “biblioteca de aula”, la Secretaría de Educación Pública escogió y compró 299 títulos (unos 450 millones) sin hacer transparente el mecanismo de selección. Resultado: un justo escándalo de la comunidad intelectual y editorial. El problema de fondo: la SEP controla demasiado en materia de compra y edición de libros en el mercado mexicano. Pero, en esas materias, nadie controla a la SEP. (Bibliotecas de aula: Rápido y mal. Ver p. 88.)

Arrogancia y censura

La arrogancia apareció en la Iglesia luego de su triunfo papal en la forma de una guerra absurda a favor de la censura de una película, El crimen del padre Amaro, que cuenta la historia de un cura pecador, en el ambiente de corrupción económica y sordidez moral de una parroquia pueblerina. La jerarquía eclesiástica se escandalizó por un par de escenas que juzgó blasfemas, pero no por la denuncia de fondo: la corrupción a ras de tierra de la iglesia católica, actor político que no tiene rival en los sentimientos religiosos y en la credulidad del pueblo mexicano. (Los curas van al cine, por Andrés Maximilano Cruz. Ver p. 89.)

Martin Amis retrata a Stalin

Acaba de aparecer uno de los libros más extravagantes del escritor inglés Martin Amis. Se trata de Koba the Dread. The Laughter an the Twenty Million, un retrato de Stalin hecho con trazos breves y precisos. No es un estudio exhaustivo, no es un trabajo de historiador. Es la obra de un intelectual cuya escritura se cuenta entre lo más depurado que ha dado la lengua inglesa en los últimos treinta años. Ofrecemos a los lectores un recorrido por las heladas tierras del estalinismo. (Stalin el Terrible. Ver p. 90.)

El premio Juan Rulfo

El premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo llegó por segunda ocasión a las costas de “la isla infinita” y hace una pausa en un destinatario cubano que se destaca por su amplia expresión literaria como uno de los mayores representantes de la literatura latinoamericana del siglo XX: Cintio Vitier. (Los orígenes de Cintio Vitier. Ver p. 91.)

Samuel Beckett

El tiempo francés de Samuel Beckett lo sitúa en su departamento parisiense del boulevard Saint-Jacques, enfrente de la prisión de la Santé. Pero una ceremonia civil por todo lo alto reveló a fines del año pasado su domicilio alterno en el pueblo de Ussy, departamento de Seine-et-Marne, donde las autoridades correspondientes develaron una placa que dice: “Samuel Beckett / 1906-1989 / Dramaturgo / Premio Nobel de Literatura / 1969 / Vivió aquí de 1953 a 1989″, inaugurando la casa oficial del escritor irlandés. (El irascible Samuel Beckett. Ver p. 92.)

Chillida, 1924-2002

Enfermo de Alzheimer, Eduardo Chillida murió a los 78 años de edad. Una muestra extraordinaria del arte de Chillida se exhibió en meses pasados en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey. Desde julio, esa exposición compuesta por 64 piezas puede visitarse en el Palacio de Bellas Artes. Chillida resumía así su pasión experimental: “La clave del arte está en hacer lo que no se sabe hacer, porque lo que se sabe hacer ya está hecho. El que hace lo que sabe hacer está perdiendo el tiempo”.

La fabricación de Juan Diego

LA FABRICACIÓN DE JUAN DIEGO

Hay que apostar mucho a la ignorancia y la buena fe católica de un pueblo para haber cocinado un guiso tan espeso como el de la canonización de Juan Diego.

Los historiadores del futuro registrarán el principio del siglo XXI como una de las cimas en la fabricación simbólica del catolicismo mexicano. Darán cuenta de la forma como en 1930 un obispo cristero escogió a Juan Diego como símbolo popular guadalupano y los jerarcas subsiguientes de la Iglesia inventaron y construyeron, hasta lograrlo, la causa de la canonización de un fantasma.

Un agnóstico jacobino preguntó en medio de la visita papal a unos quejosos: “¿Por qué les preocupa que la Iglesia invente la existencia de Juan Diego y no se van a lo fundamental que es su usufructo de la existencia de Dios?”. Un historiador le contestó: “Porque nadie ha querido probar la existencia histórica de Dios apoyado en una pintura de Tiziano”.

Hay que apostar mucho, en efecto, a la ignorancia y la buena fe católica de un pueblo para haber cocinado un guiso tan espeso como el de la canonización de Juan Diego. Uno tras otro los ingredientes se han probado burdamente falsos. La jerarquía eclesiástica mexicana se ha apuntado sin embargo una rotunda victoria haciéndole comer esa especie a su grey y echando del templo y del ágora a quienes se han atrevido a dudar de su patraña.

Para los historiadores que respetan su profesión, la patraña es evidente hace por lo menos un siglo, desde que el historiador Joaquín García Icazbalceta desautorizó uno por uno los supuestos documentos históricos probatorios del milagro guadalupano. Pero en el ambiente de fervor juandieguino que rodeó la visita del Papa, la verdad histórica no pudo abrirse paso. Se impusieron la fe tumultuaria y la ignorancia orgullosa de su no saber.

Los historiadores por su mayor parte han callado en medio de la fiesta. La intolerancia ambiental a la verdad es manifiesta y la prudencia de los historiadores, proverbial. En tiempos juandieguinos se publicó, no obstante, el más reciente y el más completo relato histórico de la tradición guadalupana, el libro de David Brading: La virgen de Guadalupe. Imagen y tradición. En su número de abril de este año, Nexos ofreció un amplio informe sobre la fabricación guadalupana y sobre la gestación de la causa de Juan Diego, que terminó en su canonización. Conviene recordar ambas cosas y procurar su lectura, ahora que la fe ha hecho callar a la historia.

La canonización de Juan Diego afirma en el corazón de la Iglesia católica mexicana la tendencia a una religiosidad externa, de imágenes, portentos y milagrerías, más que a una religiosidad interna, de convicciones y espiritualidad profundas. Será una Iglesia popular en el sentido pobre de lo popular, una Iglesia que propaga y se aprovecha de la ignorancia y la credulidad de su grey.

Para muestra un botón: según un sondeo levantado por la empresa Consulta Mitofsky, la gran mayoría de los mexicanos, 84%, cree que Juan Diego sí existió, y un 72% está de acuerdo, totalmente o en parte, en que, independientemente de que se haya demostrado o no su existencia, Juan Diego debía ser canonizado.

La imagen presidencial se benefició de este aluvión. Por besar el anillo de Juan Pablo II en público, durante la ceremonia de bienvenida, el presidente Fox ganó diez puntos de popularidad, según la medición de Berumen y Asociados.

Esa es la calidad de creyentes y de ciudadanos que tenemos, n

Iturbide: El valiente, el héroe, el traidor

ITURBIDE EL VALIENTE, EL HÉROE, EL TRAIDOR

POR MAURICIO TENORIO TRILLO

Hidalgo fue a la posibilidad de la nación lo que Iturbide a la posibilidad del Estado. Ambos fracasaron. Pero los que nos dan patria siempre son héroes, los que nos dan Estado casi nunca, porque el Estado, véasele como se le vea, siempre es feo.

El mundo moral sigue las reglas del mundo físico”, escribió Agustín de Iturbide en el otoño de 1823, “¡cuántas razones se podrían exponer contra la soñada república de los mexicanos”. Y sentenciaba: “Las desgracias y el tiempo dirán a mis paisanos lo que les falta. ¡Ojalá me equivoque!”.

¿Se equivocó? ¿Cómo? ¿O erró la patria al borrarlo del panteón de los héroes? ¿O cuánto falta mucho para que ya esté bueno de héroes y anti-héroes?

TÚ, QUE TANTOS HOMBRES HAS SIDO…

En 1783, en Valladolid, nació don Agustín de Iturbide y Aramburu, puro de sangre, criollo tan de bien como entonces hubo. No se hizo sacerdote porque fue lo otro que podía ser un buen criollo: militar de carrera al servicio de su majestad española en el reino de la Nueva España. Entre 1810 y 1814 entró en acción en las revueltas que siguieron al levantamiento de Hidalgo. Se distinguió, aunque ganó también el disgusto de la “gente decente” de Guanajuato, por las severas medidas que tomó para erradicar las guerrillas que asolaron el centro del reino. Y es que don Agustín decretó que los familiares directos de todos los criollos sospechosos de insurgencia fueran secuestrados por el ejército realista. No fue para menos el disgusto de la gente decente del Bajío que tenía un pariente en el ejército realista y otro de padrecito hecho guerrillero o intelectual insurgente. Pero ya para 1815, Iturbide había sido perdonado y la insurgencia derrotada.

Entre 1814 y 1820, Iturbide fue oficial de renombre, amigo, socio y colega de virreyes, generales y jerarcas de la Iglesia; era el valiente por antonomasia, no muy lúcido, arbitrario, astuto, duro como lo exigían las circunstancias. Su vida de valiente fue hecha posible, como su vida de héroe a partir de 1821, por el miedo atroz a la inseguridad, las matanzas y desmanes en el campo y las ciudades. Ante este terror, la República no era ni un bando consolidado ni un sueño bien formado.

Iturbide actuaba dentro de un limitado universo de posibilidades: diez años de violencia y opciones políticas rápidamente cambiantes, en México y en España, y todo marcado por tajantes y explosivas divisiones y revanchas sociales. Francisco Bulnes lo dijo mejor que nadie: “Para un militar refinadamente aristócrata como Iturbide, un demócrata en todo su esplendor debía parecerle un criminal, y al mismo tiempo un andrajo”.

Pero 1820 vio nacer a Iturbide el héroe, el más popular que la América del Septentrión había conocido hasta entonces. Una heroicidad que duró, sin embargo, pocos años: para 1824 Iturbide era el primer traidor absoluto de la historia nacional, uno de esos villanos indispensables para las historias patrias. Iturbide. el héroe, se vislumbra en la Profesa, pero inicia su ascenso rumbo a la costa del Pacífico, en pos de uno de los últimos guerrilleros en activo —Vicente Guerrero y sus tropas de indios, mulatos y mestizos—. El Plan de Iguala, el abrazo de Acatempan y los tratados de Córdoba sellan, como si para siempre, la heroicidad de Iturbide. Fue entonces el pequeño Bismark criollo, el estratega que con un pacto atendió las demandas de varios sectores, negoció las concesiones respectivas y logró así, al menos en papel, la independencia, la religión y más igualdad dentro de la continuidad del orden, del Estado. Parecía al fin la paz pero también la autonomía, lo cual, después de la década de caos y violencia, no debió haber parecido moco de pavo.

Como héroe, Iturbide representó una fórmula nada baladí: Independencia sin destrucción del Estado. El Plan de Iguala recetaba lo que muchos en la España borbónica pensaban necesario, a saber, las autonomías regionales basadas en la fidelidad simbólica, cultural y legal a un soberano. “No soy ni europeo ni americano”, escribió al virrey en 1821, “soy cristiano, soy hombre, soy partidario de la razón”. Y a Fernando VII le escribe explicándole lo inevitable de la independencia y la necesidad de no derramar sangre, de lograr una “dulce separación”. El Plan pedía a Fernando VII, o a un noble de su linaje, que aceptara ser el soberano del nuevo reino. Esbozaba, con la ambigüedad de cualquier pacto fundador de naciones, una monarquía constitucional que respetaría la Constitución de Cádiz de 1812 hasta alcanzar un nuevo pacto. Decretaba, al menos en papel, la igualdad de castas, el fin de la esclavitud, pero no el fin de los fueros de la nobleza, el clero y la milicia. A buen ver, esta era la única igualdad pensable en esos años, lo mismo para criollos de avanzada como Simón Bolívar que para criollos pragmáticos como Iturbide.

Iturbide fue un héroe popular si los ha habido, su figura fue reverenciada por propios y extraños. Inclusive, los republicanos radicales, en 1821 una verdadera minoría, no vieron con tan malos ojos el artilugio legal que significaba el Plan de Iguala. Veían como traición la posibilidad de un soberano europeo, pero el abrazo de Acatempan hizo ver que la insurgencia también era capaz del pragmatismo indispensable para la formación de un Estado. Y de este pragmatismo, de esta heroicidad, nació la patria. Pero, otra vez Bulnes: “el abrazo de Acatempan fue una comedia de altos intereses, ocultando un reto a muerte”.

¿Hay heroicidad fuera de las ambiciones personales? Iturbide viró de héroe a emperador. Fue emperador no al traicionar su heroicidad, sino al ejercerla. Mas la virtud o vicio de Iturbide, el emperador, no es discernible si sólo se lee la historia patria. Hay que ver a Iturbide inmerso en la historia del declive del imperio español, de la España de guerras religiosas, de independencia y sucesión, de la crisis del liberalismo posterior a las peores etapas de la revolución francesa; hay que ver a Iturbide dentro del espesor americano donde, por un lado, una república de ex esclavos (Haití) se volvió dictadura sanguinaria, y, por el otro, Estados Unidos enarbolaba conceptos de federación y ciudadanía difíciles de copiar para sociedades aún regidas por castas y serias divisiones regionales y étnicas, pero con un consenso irrefutable: Dios y el Rey. Tan difícil era para los reinos españoles de América aceptar las nociones de federalismo, autonomía y ciudadanía propagados por Estados Unidos, como tolerar la esclavitud que no tuvo empacho en mantener la primera gran nueva República.

En este contexto, la heroicidad de Iturbide, por un lado, y el fantasma del caos institucional ante la negativa de la corona a reconocer el Plan de Iguala y los tratados de Córdoba, por el otro, hicieron casi inevitable la nueva reencarnación del héroe de Iguala. Sería emperador. Se desempolvaron los libros de protocolo real, se inventaron al vapor ritos y etiquetas, pastiche de republicanismo, monarquía y catolicismo barroco. Se abusó de las formas para darle un nuevo rostro a la continuidad del Estado, porque el Estado es, en su función cotidiana, mero emblema. Pero era ley que el padre de la patria fuera el jefe. Que a Iturbide se le pasó la mano, eso ni hablar: con el poder suele pasar esto. La historiografía patria ha enfatizado la costosísima parafernalia del Estado que Iturbide intentaba salvar. Pero no hay un Estado que pueda prescindir de tales gastos.

Iturbide, el que tantos hombres supo ser, renunció a su cetro y ganó el exilio europeo, con esposa y una retahíla de hijos: del exilio regresó en 1824 para tratar de ser nuevamente el salvador de la patria, pero se había decretado su fusilamiento. Y el que fuera el valiente, el héroe y el emperador fue fusilado en Padilla. Tamaulipas, como forzándolo a alcanzar su última personificación: la de un embarazoso cadáver que no cesa de dar patadas a la historia nacional.

Mejor y mÁs Útil que el hÉroe, sÓlo el aNti-hÉroe

 Sin villanos no hay historias patrias; el traidor, la traidora, es consustancial al relato “patria”, sin él o ella no hay historia que contar. Al villano de película, ya fuera de escena, se le tributa igual admiración que al héroe de la trama. El villano de las historias patrias nunca sale de escena. Yo soy de la idea de que el panteón de la patria debiera ser un simple salón de la fama, uno que incluyera a los héroes, heroínas, villanos y brujas que nos dieron trama que contar. E Iturbide ahí, más faltaba.

Pero Iturbide, el que tantos hombres supo ser, aún no es visto en paz, aunque su figura haya sido objeto de debates por más de ciento cincuenta años. Fue el propio Santa Anna en 1833 quien ordenó que los restos del ex emperador fueran trasladados a la Catedral metropolitana, como un reconocimiento no sólo del papel que Iturbide había jugado en la independencia, sino del oprobio que fue su asesinato. Su muerte fue una deshonra para los criollos, una que sólo pudo disipar lo que siguió, un tropel de invasiones extranjeras y de republicanismo radical. Fue el presidente Anastasio Bustamante quien en 1838 finalmente llevó a la Catedral los restos del comandante en jefe del ejército trigarante. Pero poco a poco ganó la versión liberal del gran enemigo: Iturbide, el ambicioso, el traidor, el aristócrata, el anti-popular, el anti-mexicano.

Para 1910, cuando la patria cumplió su centenario, Iturbide seguía siendo un villano innombrable. Los restos de héroes como Hidalgo y Morelos fueron trasladados al monumento a la independencia, en el cual hasta un oscuro irlandés del siglo XVII, Guillerme de Lampart, considerado por algunos el precursor de la independencia y que fuera quemado por la Inquisición, ganó un monumento, aunque en lugar no del todo visible —para evitar la reacción católica—. Pero Iturbide no fue siquiera mencionado en la columna de la independencia. En ese año de 1910, de todos lados de la república llegaron ideas acerca de cómo conmemorar el centenario de la independencia, y de Veracruz llegó ésta: cambiar la séptima estrofa del himno nacional que a la sazón rezaba: “Si a la lid contra hueste enemiga / los convoca la tropa guerrera / de Iturbide la sacra bandera / Mexicanos valientes seguid”. Don Porfirio Parra, a nombre de los organizadores oficiales de la celebración, aceptó la propuesta, y donde dijera “de Iturbide la sacra bandera”, ahora dice “de la patria la sacra bandera”.

Las cosas no fueron mejores para la imagen de Iturbide durante los años de lucha revolucionaria. En 1915 Antonio Díaz Soto y Gama, como representante del zapatismo en la convención revolucionaria, casi es baleado por tirar de la bandera y llamarla el símbolo “del triunfo de la reacción clerical encabezada por Iturbide”. No se equivocaba don Antonio: eso era y es la bandera tricolor. En fin, el espantajo de Iturbide rondaba y ronda la historicidad de la patria, y vamos para doscientos años de expurgar su nombre de los renglones patrios, aunque, decía Amado Nervo,

¿Quién borrará tu nombre de la historia sin borrar de tu enseña los colores?

¿Qué clase de no-héroe es éste que al borrar su nombre arriesgamos dejar a la patria sin bandera y sin rostro? Por fortuna, desde siempre ha habido historiadores que dudan del consenso oficial. Uno entre ellos el que más: Francisco Bulnes, quien a raíz del centenario de la independencia reparó en la figura de Iturbide a contraluz de héroes tan traidores a sus respectivas causas y orígenes como el propio Iturbide (Hidalgo, Allende, Mina). “¿Por qué tanto escrúpulo contra Iturbide?”, se preguntaba Bulnes en 1910. Por su parte, la historiografía reciente, en pocas pero definitivas cantidades —sobre todo gracias a los trabajos de Timothy Anna, pero también de Eric Van Young, Javier Ocampo, Brian Hamnett, Marco Antonio Landavazo—, ha mostrado que Iturbide y su fallido imperio fueron un intento infructuoso por lograr la independencia dentro de la paz social que permitiera la supervivencia de las instituciones legales. Se ha hecho evidente para los historiadores que la imagen del Iturbide traidor y ambicioso es lo menos importante. Iturbide fue un personaje complejo que, por ejemplo, se resistió por varios meses a convertirse en emperador y que, antes de decidirse a serlo, consultó a todas las regiones militares para conocer el sentimiento local; un personaje que lo mismo disolvió un Congreso para darse poderes absolutos, que renunció al trono a pesar de que ninguna de los alzamientos en su contra (Santa Anna. Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Nicolás Bravo, José Antonio Echávarri, Luis de Cortázar y José María Lobato) pedían su destitución o siquiera el fin de la monarquía, sino el restablecimiento del Congreso. Y la historiografía también nos lleva a concluir que inclusive en 1824 la República y el republicanismo eran poca cosa ante el miedo al caos y la violencia, así como ante la fidelidad a una religión y al mantenimiento de la institucionalidad. Por último, varios trabajos demuestran lo dicho: el gran anti-héroe de la historia nacional fue lo que fue en gran medida gracias a su extensa popularidad y arraigo en muchos sectores de la sociedad novohispana. Cada país tiene los héroes que quiere y los anti-héroes que se merece.

El Estado, ese consuelo de tontos…

 Lo que Hidalgo (con el estandarte guadalupano) fue a la posibilidad de la nación, Iturbide fue a la posibilidad del Estado. Ambos fracasaron. Con su astucia, Iturbide intentó lograr una nueva nación pero a través de la existencia del Estado; y con sus errores y abusos, si no frustró, sí debilitó una de las opciones para lograr un Estado más o menos representativo, más o menos viable, para una nación nueva que surgía de la disolución del imperio español.

La historiografía patria siempre ha considerado como la más grande estupidez, como un ir totalmente contra natura, el pacto consagrado en el Plan de Iguala y los tratados de Córdoba, los cuales hacían posible la continuidad de la legalidad y el Estado a través del símbolo del monarca. Y esta “estúpida” idea fue una constante en América a todo lo largo de la primera mitad del siglo XIX. Estupidez era esa de creer, como Iturbide, en la necesidad de un monarca extranjero, de un soberano de, como decía el Plan, “casa reinante, para hallarnos con un monarca ya hecho y precaver los funestos atentados de la ambición”. Esa aparente estupidez era en verdad una de las opciones más viables para lograr un Estado que hiciera posible la nación.

Iturbide y su frustrado imperio lo intentaron, y tal opción no se agotó en México sino hasta el fracaso del imperio de Maximiliano. Quizá para entonces ya no era una opción viable la idea de un soberano extranjero como manera de fincar la práctica y simbología del Estado. En el mundo de las opciones históricas no existen fechas de caducidad previamente determinadas. Pero en 1821 la opción no tenía nada de estúpida. Entonces, la idea debió parecer menos aventurada, por ejemplo, que la democracia española en 1975, cuando España quedaba en manos de una vieja clase política y de un joven rey Borbón que había sido seleccionado y entrenado por Francisco Franco y su entourage. No, no era una estupidez la de 1821: a lo largo del siglo XIX la “estúpida” opción fue una verdadera posibilidad buscada por Perú, o por Brasil o por México, o por Canadá.

Brasil es un buen paralelo. En 1822 logra la independencia a través también de un grito pero que es en verdad un pacto, similar al Plan de Iguala, nada más que encabezado por dom Pedro, hijo del monarca portugués quien, a través de la figura y trabajos de José Bonifacio (un Maquiavelo de samba y pandeiró), preparó la continuidad del Estado por si llegaba el momento, más que predecible, de declarar al Brasil una nación independiente. El peso simbólico, económico y político que trajo consigo la corte portuguesa que se mudó a Río de Janeiro en 1809 es heredado a dom Pedro. Por seguro el Imperio brasileño sufrió innumerables vicisitudes entre 1822 y su caída en 1889, pero sin duda la opción monárquico-constitucional no fue ninguna estupidez: la nación brasileña se hizo posible con mayor estabilidad política, con mayor noción de Estado, que ninguna de las naciones del continente, incluyendo a Estados Unidos que hasta la guerra civil vivió al borde del colapso de un Estado aún mal enraizado en un vasto territorio.

Hay que ver a Iturbide no como héroe o antihéroe, sino como el termómetro de los cambios en la heroicidad que respetamos. Héroe ha sido la víctima, el mártir o el santo. No más. ¿Todavía? ¿Fingía Hidalgo fidelidad a Fernando VII? ¿Aspiraba a la formación de la patria México? ¿Se imaginaba cómo o cuándo se formaría un Estado nuevo? ¿Un gobierno? Poco probable. Iturbide sí. No es para tener nostalgia por él, pero es dentro de la historia de la posibilidad del Estado que Iturbide tiene algo que decirnos. Hidalgo es uno en la lista que iría de él a Francisco Villa o, si me apuran, a Samuel Ruiz o al subcomandante Marcos. Iturbide va en otro carril: en el que corren personajes tan difíciles como Juárez —a quien la muerte libró del pecado de la vida, porque si Juárez no hubiera muerto todavía sería presidente—. O como Porfirio Díaz o Plutarco Elías Calles.

Los que nos dan patria siempre son héroes, los que nos dan Estado casi nunca, porque el Estado, véasele como se le vea, siempre es feo. También, so far; indispensable. Se puede vivir en la ficción de que la patria, al menos en una edad dorada del pasado o en un futuro prometedor, fue o será lo soñado. Del Estado sólo podemos esperar que sea lo menos malo posible, pero que sea.

Iturbide, pues, es el hacedor de la independencia nacional —mero hecho irrefutable—. También es el primer héroe o anti-héroe (para el caso da lo mismo) de la posibilidad misma de un Estado mexicano. Posibilidad que no se vuelve realidad para México sino hasta la entrada en la historia del otro gran anti-héroe: Porfirio Díaz. Por eso digo que siempre son feos los hacedores de Estado, decantan en anti-héroes, papel que es con frecuencia más útil que el de héroe. Se hace patria al construir Estado, pero para hacerse de la heroicidad impoluta y romántica a la que el nacionalismo nos tiene acostumbrados, no hay como darse a morir por la patria y sus sueños sin meterse en la monserga de pensar al Estado.

Bueno, bueno: ¿hÉroe o traidor?

No hubo traidor ni héroe. Quizás Iturbide merezca su canonización como uno de los tres santos traidores del siglo XIX mexicano (los otros dos Santa Anna y Porfirio Díaz), pero ¿qué decir de una historia nacional que requiere de esta trinidad?

Que ya está bueno de preguntar “¿quién el traidor ha sido?”. Nunca se hacen las paces con el pasado, sino con el futuro: mejor ver qué arreglos sociales, qué cultura política pueden promoverse para que se vuelvan innecesarios los héroes prístinos y los anti-héroes supremos: arreglos que permitan el menos malo de los Estados, sin que sea una traición pensar al Estado posible —lo cual siempre involucra perfidias contra los sueños—. En la historia mexicana, Iturbide tendrá un lugar, diferente al de divino traidor, cuando ésta sea el recuento de lo posible y no la leyenda del sueño que nos robó una enfermedad del destino.                n

El fantasma de la guerra sin fin

EL FANTASMA DE LA GUERRA SIN FIN

POR ANDRÉ GLUCKSMANN

El texto que sigue es parte de un estimulante y sólido alegato de André Glucksmann contra el nihilismo. El libro se titula Dostoievski: Manhattan y empezará a circular en España este mes de septiembre bajo el sello de Taurus. Agradecemos a esta editorial la autorización Dara Dublicarlo.

Las reuniones de los Grandes parecen estar por encima de las ideologías. Los países más ricos (G7) discuten de finanzas, de equilibrio, de desarrollo. Se consideran pragmáticos. Cooptan a un octavo —Rusia— mientras esperan un noveno —China—; consideran que de este modo amplían el concierto de las potencias responsables y arreglan la suerte del planeta. Se miran a los ojos. Entre autoridades responsables. Al parecer han dado vacaciones a las ilusiones del pasado; su “realismo” templa el liberalismo por medio del estatalismo; el revolucionarismo, bajo la forma mitigada de diversas dictaduras populistas, participa también en las pociones mágicas que prometen buen gobierno y felicidad a la gran mayoría.

Mi hipótesis es la contraria. Lejos de haber abandonado nuestras ideologías centenarias, los Grandes de hoy sólo se han emancipado del principio de no contradicción. De repente, la cuadratura del círculo no tiene secretos para estos príncipes que casan alegremente el culto al Mercado (libre y benefactor) con el Estado (diversamente providencial) y con los Pueblos (que, como siempre, sólo aspiran a estar mejor). La parte que corresponde a cada uno de los tres fetiches de la modernidad se presta a infinitas discusiones. ¿Cómo modernizar? ¿Hay que fortalecer primero el Estado, abrir más el Mercado, velar por la calle y los “poderes populares”?

Estado nutricio, Mercado benefactor, Pueblo creador son los tres factores que componen la ecuación de las ecuaciones, la del buen gobierno moderno que quiere que los príncipes “hagan vivir y dejen morir”, por oposición a las autoridades antiguas cuya preocupación no era gobernar la vida sino la muerte, yugulando guerras, hambrunas y crímenes, como Antígona recuerda al engreído Creonte los deberes elementales de un responsable de la ciudad. ¿Qué pretenden ahora gestionar los G7, G8, G9 y otras prestigiosas cumbres? Simplemente el arte de hacer vivir a la humanidad, mantener la “buena salud” de la economía y meter al conjunto de los mortales en la ronda general del desarrollo y la prosperidad. Tal cantidad de buenas intenciones no se prestaría a discusión si no fuera porque presuponen que se ha llegado a un estado de no guerra. Las bodas del Estado con el Mercado y el Pueblo sólo se celebran en la Paz. Cuando vuelven las rivalidades y conflictos entre Estados, los predadores y corruptores del mercado, las violencias en el seno del pueblo, ¡adiós a la armonía preestablecida! La ecuación de la felicidad universal demuestra ser bien poco universal.

Guerras exóticas, lejanas y olvidadas

Los habitantes del Olimpo programan en la más estricta intimidad una pacificación que se supone emana de arriba y extiende poco a poco su armonía a toda la Tierra. Están de acuerdo en que una operación tan grandiosa requiere tiempo. Consideran que el tiempo trabaja a su favor. Semejante perspectiva excluye toda violencia “menuda” que desmienta las reconciliaciones urdidas allá arriba. Cuando Bernard- Henri Lévy nos propone su testimonio fuerte, emotivo y emocionante sobre las guerras olvidadas que florecen en los márgenes de la Gran Actualidad, subraya lo fuera de la actualidad que están esas morgues de las antípodas; y lo “insensatas” que resultan tanto para las ideologías que devastaron hasta hace bien poco el planeta como para las potencias que hoy lo dominan. A primera vista, esas “guerras de tercer tipo” carecen de sentido. La soldadesca ex marxista o ex antimarxista (en Angola: MPLA y UNITA) carece de la aureola poética de los guerrilleros de antaño, que decían sacrificarse por el pueblo y la libertad. Hoy, se disputan los beneficios del petróleo, se reparten los diamantes y el curso de los ríos; instauran en compañía, gracias al kalaschnikov, la esclavitud de los desgraciados a los que doblegan bajo su yugo. ¿Pero son situaciones simplemente “absurdas”?’

Esos conflictos parecen “insensatos” por dos motivos: 1) Por sus objetivos claramente limitados: se muere y se mata por un pedazo de territorio, por una parte del mercado de narcóticos o de toma de rehenes, por nada que recuerde las ambiciones telúricas de antaño (“Proletarios y pueblos oprimidos, unios”). 2) Porque el ideal de la liberación del “género humano” está pasado de moda y estas guerras insensatas se contentan con invocar principios étnicos o religiosos, unas veces ficticios y otras reales, pero siempre limitados. Tanto en la práctica como en la teoría, tanto sobre el terreno como en la propaganda, las movilizaciones de “tercer tipo” son indefectiblemente provincianas, luego “absurdas” por carecer de universalidad.

Pero el absurdo existe. Existe positivamente. No sólo da testimonio en negativo de la ausencia de los ideales de antaño sino que, precisamente por nutrirse de la decadencia de los grandes discursos, ese estado de guerra “insensata” que flota permanentemente en los cinco continentes pone de manifiesto la figura inquietante de la posguerra fría. La vida social tiene horror al vacío; cuando la tradición ya no cimienta nada y las leyes y la democracia están ausentes, se establecen unas relaciones humanas de un tipo especiales.

Entre el guardián armado y el civil condenado a trabajos forzados, entre el taleb y la mujer afgana, entre el Grupo Islámico Armado y el aduar que roba o degüella, surge la disimetría absoluta que une al esclavo y al déspota. Me temo que el reino, disperso pero proliferante, del hombre del kalaschnikov debe considerarse la verdad profana y profundamente nihilista de este “fin de la historia” que los ignorantes celebran como apoteosis de la razón. El sentido de las guerras insensatas es la instauración de la esclavitud como solución final a los problemas de la modernidad.

En los inicios del siglo XX, la Europa instruida se hallaba inmersa en la convicción de que los tiempos de la esclavitud habían quedado atrás. Una vez despertada de esa ilusión, cuando instituyó en el corazón mismo del viejo continente lo peor que el hombre puede infligir al hombre, creyó que lo borraba de un plumazo y para siempre por obra y gracia del antifascismo y del anticolonialismo. Olvidadas las guerras, los pueblos abandonados le devuelven ahora la imagen de un planeta que se cae a pedazos. La historia no está obligada a progresar o a desaparecer, puede abortar aquí y pudrirse allí, y más de una vez sus frutos desmienten la promesa de sus flores.

Hasta el 11 de septiembre de 2001, los Grandes consideraban esas agonías como despreciables manchas exóticas. Las masacres eran “africanas”; las iras, “balcánicas”; las resistencias, “caucásicas”; y las guerrillas, siempre lejanas, salvo cuando uno de nuestros turistas era víctima de ellas. Ahora han descubierto que no están fuera del objetivo, algo que un puñado de intelectuales locos no paraba de repetirles. El vómito de la historia sube hasta ellos. La lepra de las ruinas llega a las tierras confortables. De las grutas de Afganistán y las Torres de Manhattan se puede sacar una consecuencia: que la putrefacción, absurda en su superficie y nihilista en su núcleo, es una potencia universal.

Absurdo no quiere decir insignificante. La violencia desnuda, un sin sentido para las grandes visiones del mundo que en un tiempo lo arropaban, habla por sí misma. Tiene un destinatario a quien aterrorizar. Afirma una autoridad y una propiedad. Decide: esto es mío, esto no es tuyo. Sigue su lógica e impulsa una estrategia. Define una forma de gobierno, un modo de arrancar y conservar el poder bajo el Olimpo, en la mayor parte de la Tierra. La violencia que ya no se molesta en justificarse teóricamente, sigue portando mensajes. Cambia de estilo: ya no escribe, decreta. Cambia la preocupación de ser por la fiebre de hacer o, para ser más precisos, opta por ser exclusivamente pragmática: ser es hacer. Un pueblo desconocido secuestra a unas personas, no se necesita más para considerarse “revolucionario”, su transgresión es un acta de nacimiento y un carné de identidad. El nihilista sin causa cultiva los nuevos jardines de la esclavitud. Florece porque impone, tanto a los que están cerca como a los que están lejos, su ¿por qué no?

La violencia casi invisible de las guerras “olvidadas” y la que golpea espectacularmente el corazón de Nueva York son la manifestación de una única e idéntica hybris sin fronteras. En la base, esa hybris cancela a punta de metralleta la posibilidad de garantizar en el globo un mínimo de derechos a cada individuo; en la cumbre, programa la aniquilación de la ciudad democrática; en ambos sitios, lanza su mortal desafío al siglo XXI sustituyendo los riesgos y venturas de una existencia libre por la ley del maleante.

fanáticos nihilistas

Un fantasma recorre el planeta: el fantasma del nihilismo. Utiliza antiguas religiones, abusa de antiguas ideologías y de exaltaciones comunitarias, pero no las respeta. Reivindica la transgresión como signo de su elección. La secta terrorista de los “asesinos” mataba tanto a los jefes musulmanes como a los cruzados cristianos. Operaba sin respetar las normas y contra los usos, por encima del bien y del mal. Sean o no religiosos, los nihilistas practican una doble ruptura: con el mundo “enemigo”, y con la comunidad “amiga”, a la que pretenden regenerar a la fuerza.2 Cavan así en cada cultura el abismo al que precipitan a los otros, y a veces a sí mismos, bajo la enseña nihilista del no hay nada que perder, ni nada que salvar.

Fieles a su inquebrantable costumbre, las cancillerías no prevén nada. Los Estados mayores militares, o intelectuales, hacen alarde de ir por detrás de su tiempo. El analfabetismo rivaliza con la suficiencia. Se pronuncian a favor o en contra del supuesto “choque de civilizaciones”, como si fuera evidente que la “civilización del Islam” y la “civilización occidental” sumaran dos. Lo siento, señores, pero las civilizaciones no se cuentan como los botones de una camisa. En este caso, 1+1=1. Occidente está en deuda con el Islam, entre otras fruslerías de enorme importancia, por haber transmitido con sutiles comentarios los textos de Aristóteles y por el culto al amor pasional. Sin Islam, no existirían los trovadores ni el Dante, por mucho que moleste a los integristas que profanaron su tumba.

En cambio, la mística musulmana, la más exótica en apariencia, la que profesan los mulahschiítas, fue programada por los platónicos de Persia, lectores atentos de Plotino. ¡Sin Platón no existiría Jomeini! Nuestros son Pablo, los cabalistas, las legiones de dionisiacos y pitagóricos inspirados, que levantan las prohibiciones y transgreden la ley, tranquilamente o no. en nombre de una verdad que consideran superior. El fanatismo nihilista ha practicado el parasitismo con todas las grandes religiones. Y no únicamente con ellas. No sólo no es ajeno a la “civilización” occidental sino que su eclosión sintomática en las antípodas demuestra que la occidentalización del planeta está en vías de realizarse. No vendría mal que los ingenuos a los que este diagnóstico deje estupefactos recordaran que el mundo se occidentaliza contra Occidente, unas veces de manera violenta (como prueban Vietnam, Argelia…) y otras de modo no violento (como la India de Gandhi), pero siempre cultivando la controversia y las rivalidades.

Las colectividades humanas se dedicaban a la caza y a las actividades belicosas mucho antes de inventar el Estado. Las largas investigaciones del etnólogo Pierre Clastres en la Amazonia permiten ver cómo las “sociedades sin Estado” son íntegramente “sociedades para la guerra” que se ejercitan en el control de una ira que anima, desde su origen, la condición humana. La preexistencia antropológica del arte de librar batallas explica por qué aún hoy, cuando se desmantelan las disciplinas estatales, afloran comportamientos belicosos, testimonio de pulsiones ancestrales. El “ser en guerra” precede a la existencia de Estados que reivindican el monopolio, más o menos total y siempre frágil, de una persistente violencia colectiva.

El desafío de asumir con lucidez nuestro ser en guerra definió la “civilización” inventada por los griegos. Hesíodo, que observó sin contemplaciones las crueldades, bajezas y mentiras de las relaciones sociales, se abstuvo de soñar con una edad de oro mítica y caduca. No oponía la guerra sangrienta a la paz armoniosa. Sólo daba a elegir entre varias maneras de rivalizar. Ponía frente a frente dos fuerzas: la de la discordia que nada en baños de sangre, y la de la competencia y la emulación que resuelve sus injusticias ante los tribunales. Nada le era más ajeno que la idea de erradicar definitivamente las animosidades y las hostilidades agazapadas en el corazón de cada uno. La fuerza benéfica se contenta con desviar los odios fundamentales hacia pleitos menos mortíferos, ya sean sociales, culturales o económicos. En esto, la moralidad occidental es más disuasiva que persuasiva. Tiende más a evitar los abismos que a buscar supremas felicidades.

Si se admite que la guerra moderna lleva en sí la aniquilación, como el nubarrón la tormenta, hay que convenir en que el conflicto armado es, en su sentido más profundo, el enfrentamiento del hombre con la nada que le es propia. ¿Qué nada? La nada que él pone en juego, es decir, la que excluye todo pacifismo absoluto. La nada de la que es intrínsecamente capaz, es decir, la que hace que las iras belicosas sean catastróficas. En la época de Clausewitz, la “guerra absoluta”, la violencia sin límites, eran las grandes batallas napoleónicas de aniquilación, hoy lo es la guerra anticiudad, la atrocidad nihilista abierta y declarada, asumida como ejemplar, propuesta sin pudor para imitación universal el 11 de septiembre en Manhattan. Octubre 2001, Zona Cero, un bombero: “Lo peor es que no encontramos cuerpos, por más que buscamos, no hay cuerpos”. El periodista: “¿Por qué”. El bombero: “Si el hierro se derrite y el hormigón se pulveriza bajo el calor, dígame, ¿qué pasa con la carne humana? Todo este polvo que flota en el aire, este polvo que estamos respirando, es hormigón y carne de mis compañeros”. Y él parece surgir de un lugar imposible, mitad cámara de gas a cielo abierto, mitad aurora nuclear.

El nihilismo es una cuestión puramente interna de Occidente (como prueban Hitler, Lenin y sus subalternos). La lucha contra el nihilismo es la cuestión de las cuestiones de un Occidente que, al inventar la “ciudad”, tropezó con la hybris anticiudad. El antagonismo entre ser social (polis) y el  ser asocial (apolis) divide la escena, a la vez primitiva y final, en la que se juega la supervivencia de la única civilización que se sabe desde el principio vulnerable y mortal. Olvidemos los grandes días, los éxtasis revolucionarios y las conversiones místicas. Para un ateniense de antaño, como para un neoyorquino de hoy, el mundo al revés es ante todo la guerra. “En tiempos de paz, los hijos entierran a sus padres: en tiempos de guerra, los padres entierran a sus hijos”. Preferir la guerra a la paz es “insensato”, anoetos, dice Herodoto. Pero “place a los dioses”, ironiza el primer historiador, que la guerra sea nuestro patrimonio. La educación del insensato, la represión del destructor, el control de la cólera latente, son condiciones necesarias para la existencia de una ciudad. El rechazo de la opción guerrera no tiene nada de pacifista. La ciudad sigue expuesta a las agresiones. Debe defenderse. Y mediante la guerra si es preciso. Tampoco hay ningún maniqueísmo. La amenaza no se acantona fuera, extramuros. Homero y los trágicos descubren su hedor dentro de las ciudades y de los corazones.

La cultura antigua no se basaba en la autoridad de una “escala de valores” única e incuestionable. Cada ciudad, tanto las minúsculas como las grandes, definía el ideal de vida colectiva que le era constitucionalmente propia y, además, podía modificarlo. Varrón y Plutarco enumeraron retrospectivamente varios centenares de “bienes comunes”, diferentes de una ciudad a otra. ¡Parece la ONU! Pero todos los poetas y pensadores están atentos a los furores belicosos, a los odios deletéreos, el engranaje de la vendetta y del resentimiento, el infanticidio, la tiranía y todas las variedades de la proteiforme hybris. Pintan el cuadro de una adversidad que no se para en barras y contra la que se construye precisamente la ciudad. En Manhattan vuelve a surgir el asalto la guerra de los maleantes se muestra más absoluta que nunca, decidida a dominar la ciudad, a la que intenta reducir a fosa común.

Junto al insensato que prefiere la guerra a la paz habitan los que eligen vivir en paz con sus prójimos, consigo mismos. Se creen felices, y lo son porque lo creen. Se creen sagaces porque ignoran al insensato, que no les ignora a ellos. Feliz y profundamente dormidos, hilvanando dulces sueños, olvidan que otros están afilando los cuchillos. Así, a través de otro lance de locura, que diría Pascal, demuestran que, aunque tranquilos, no por ello son menos insensatos. Los griegos asignan al olvido, lethe, una capacidad de ceguera maléfica. Definen la verdad (aletheia, o antiolvido) como la facultad de desvelar lo que está velado por los agujeros negros de la memoria, El 11 de septiembre fue un momento de verdad, de aletheia cruel. La emoción de entonces sorprendió nuestro sosiego. Puso de manifiesto que el nihilismo prosigue su larga marcha a espaldas de las mayorías tranquilas.  n

1 Bernard-Henri Lévy: Les Damnes de la guerre. Réflexions sur la guerre, le mal et la fin de l’histoire, Grasset,

2001.

2 Véase La Troisieme Mort de Dieu, capítulo XII, “Voluptés de la destruction”, NiL. 2000.

La Casa Blanca: Virajes y tentaciones

LA CASA BLANCA: VIRAJES Y TENTACIONES

POR LUIS MAIRA

Todo parecía nuevo y desafiante en la situación creada por los ataques de Al Qaeda. Los factores militares y de seguridad pasaban a ser más importantes que los económicos. Estados Unidos había recuperado el enemigo nítido que no tenía desde el fin del comunismo.

 En 1988 Daniel Bell publicó en la revista Daedalus un pronóstico sobre los siguientes 25 años de Estados Unidos: “The world and the United States in 2013″. El tono predominante de ese tiempo, dijo Bell, sería “un claroscuro”. Y explicó: “No somos autosuficientes ni autosustentables. Tampoco somos inmunes a los shocks de la sociedad mundial. De hecho, somos cada vez más vulnerables y este debe ser el obvio punto de partida”.

Un año después del 11 de septiembre de 2001, el gobierno y la sociedad estadunidenses no acaban de asumir la enorme vulnerabilidad de su país en el nuevo escenario global y en su vida interna. Su conducta parece una prolongación de los tiempos previos, no un resultado del ajuste a las nuevas condiciones. Esta complicación se sobrepone a los problemas acumulados en la agenda estadunidense desde el fin de la Guerra Fría. En 1989, pocos meses después del diagnóstico de Bell, cayó el Muro de Berlín. Dos años después se disolvió la Unión Soviética. No hubo dudas en adelante de que el mundo había entrado en una nueva situación.

Por casi medio siglo el orden mundial de la Guerra Fría dependió del liderazgo manifiesto de Estados Unidos y la Unión Soviética, las dos superpotencias, únicos actores de la carrera nuclear, cabezas de los bloques capitalista y comunista, de la confrontación económica global, de los conflictos  políticos en Naciones Unidas y de las grandes disputas regionales.

Sus enfrentamientos y sus acuerdos ayudaron a mantener una paz precaria. A partir de 1989, en reemplazo de la simetría del mundo bipolar pasamos a un escenario donde Estados Unidos es la única superpotencia militar y el actor hegemónico en la esfera comunicacional. En lo económico, en cambio, entramos a una era de competencia entre América del Norte, la Unión Europea y el bloque Asia-Pacífico. La nueva situación exigía un cambio en la política exterior de Estados Unidos. El cambio era urgente porque, además de la reestructuración internacional, se asistía a una sustancial revolución tecnológica, la llamada “tercera revolución industrial”, que cambiaba también la manera de percibir el mundo y la forma de organizar los procesos productivos. Pero al término de un determinado orden internacional no sucede de inmediato un orden nuevo, sino una transición que obliga a las potencias a ordenar las piezas y definir las nuevas reglas.

El poder que Estados Unidos alcanzó tras la desaparición de la URSS sólo puede compararse al breve periodo que transcurrió entre el fin de la Segunda Guerra mundial y la detonación de la primera bomba nuclear soviética, en 1949- Sólo que ahora la situación parecía mucho más favorable: Washington había logrado un knock out de todos los proyectos y visiones alternativas a la democracia liberal, en lo político, y al orden capitalista, en lo económico. El mercado y la democracia fueron los ganadores indiscutibles de la Guerra Fría, cuyo desenlace dejó a Estados Unidos como la nación más poderosa de la historia.

Se sabe que mucho poder internacional puede originar proyectos o tentaciones. Durante los años noventa Estados Unidos tuvo tentaciones. El mundo se hizo más injusto en los inicios de la globalización financiera y productiva. Los segmentos más frágiles de la humanidad quedaron entregados a su suerte en el África subsahariana, el subcontinente indio y América Latina.

La saga de Bush hijo

La guerra del Golfo, a principios de 1991, mostró hasta qué punto Estados Unidos mandaba sin mayores consultas con sus aliados. A los despliegues del gobierno de George Bush padre siguieron los dos periodos de William Clinton, de formas más cuidadas pero con el fondo intacto en cuanto a la idea de que Estados Unidos podía regir por sí solo los asuntos mundiales. La estrecha elección de noviembre de 2000 llevó al poder a un gobierno republicano que arropó esa misma visión de las cosas en las ideas de un nuevo conservadurismo.

El presidente George W. Bush entró a la Casa Blanca en enero de 2001 con problemas de legitimidad. El rector emérito de Harvard, Derek Bok, explicó en su libro The Trouble with Government, hasta qué punto los estadunidenses habían perdido la fe en su gobierno y sus políticos. Entre 1964 y 1994 los que confiaban en el gobierno federal cayeron de 76% a 21%. Un 86% de los norteamericanos creía que el Congreso actúa influido por los grandes grupos de interés y el 70% piensa que el gobierno crea más dificultades de las que resuelve.

La elección de 2000 transcurrió sobre ese piso. La larga disputa sobre el resultado electoral acabó en una resolución de la Suprema Corte de Justicia que le abrió paso a Bush hacia la Casa Blanca, pero no sepultó el hecho de que quien había ganado con cierta holgura en el voto popular, Albert Gore, no ocupaba la Oficina Oval.

Los primeros tiempos del gobierno de Bush se caracterizaron por una política de virajes. Se enredó por igual en los incidentes de la caída de un avión de observación en China, el conflicto con sus aliados por el rechazo al Protocolo de Kioto y un dinamismo en sus pautas de política regional. Bush y sus colaboradores parecían a la busca de esquemas articulados de política exterior, más que aplicando una estrategia concebida para hacer frente desde Washington a los retos de la transición internacional y la globalización. Curiosamente, los ataques del 11 de septiembre, dramáticos y terribles como fueron, vinieron a resolver las búsquedas del gobierno de Bush.

Todo parecía nuevo y desafiante en la situación creada por los ataques de Al Qaeda. Se había pasado de la fase uno a la fase dos de la globalización. Los factores militares y de seguridad pasaban a ser más importantes que los económicos y financieros. Estados Unidos había recuperado un enemigo nítido —el fundamentalismo islámico— que no tenía desde el fin del comunismo. Perdían peso las visiones ligadas a la hegemonía internacional porque ahora no había que combatir a otros Estados sino a una red de entidades terroristas privadas —19 según un estudio del Consejo de Seguridad Nacional de mayo de 2001— que habían declarado una “Guerra Santa” a la mayor potencia del universo y que actuaban en complejas alianzas, incluyendo la utilización del territorio y las instalaciones estadunidenses.

El presidente Bush advirtió pronto la oportunidad de liderazgo que la situación le abría. Se le presentaban dos cursos posibles de acción. De un lado, un rediseño internacional: mayor cooperación y acciones conjuntas con antiguos y nuevos aliados para combatir el terrorismo. De otro, afirmarse en la fuerza propia y en decisiones autónomas, dentro de una visión predominantemente militar.

En las primeras semanas prevaleció el primer enfoque. El primer ministro de Gran Bretaña estuvo muy cerca del titular de la Casa Blanca, con constantes llamados telefónicos, para impedir acciones punitivas y organizar con calma, en un proceso de consultas, la respuesta. El gobierno de Washington demoró los ataques a Afganistán varias semanas y pareció encauzar las acciones bélicas a través de la OTAN. Muy poco después, sin embargo, empezó a prevalecer la línea del uso de la fuerza propia. La visión unilateralista se impuso desde el inicio de los combates en suelo afgano, que lograron la caída del régimen talibán, pero sin asegurar equilibrios para la gobernabilidad de reemplazo. El manejo de la crisis se volvió un recurso para acumular.

La línea dura produjo un impresionante ascenso en la popularidad presidencial dentro de Estados Unidos. Bush, que recibió una presidencia tambaleante, llegó a tener en el segundo semestre de 2001 cerca del 85% de respaldo, el más alto de la historia estadunidense. Bush hizo funcionar en su favor los desafíos de septiembre. Logró un inmenso apoyo en torno a sus medidas de represalia y llevó a su clímax el conocido síndrome de toda crisis externa: el ” rally around the Presiderif (“todos con el presidente”). Articuló un equipo de alto nivel para manejarla y tuvo un amplio margen de maniobra, pues el pueblo estadunidense —justamente atemorizado— consideraba necesario desbaratar a los grupos fundamentalistas y castigar a los Estados que los protegieran, fuerza electoral en los decisivos comicios de noviembre de 2002. La búsqueda de una segunda operación armada en Iraq es parte de esta secuencia, aunque carece de los consensos internos que tuvo el ataque a la dirección de Al Qaeda en territorio afgano.

Un síntoma del viraje: según los negociadores del documento sobre Financiamiento Internacional del Desarrollo, aprobado en la Conferencia de Monterrey, inmediatamente después del 11 de septiembre Estados Unidos asumió una postura flexible, que le llevó a aportar al Fondo Extraordinario de Cooperación 5,000 millones de dólares. Luego, esta actitud se cerró y no se ha abierto durante la negociación de los documentos respectivos para la próxima Cumbre de Johannesburgo.

Solos contra el mundo

No obstante, pasado un tiempo, ocurrió lo que es también tendencia reiterada en estas situaciones. Los parlamentarios demócratas decidieron volver a los temas de política interna y la gran prensa comenzó a hacer revelaciones de informes de inteligencia que habrían permitido al presidente evitar o mitigar los ataques. La agenda interna se desordenó. Y llegaron las malas noticias de los fraudes contables en Enron, WorldCom, Xerox y otras grandes corporaciones multinacionales, así como la reducción de las expectativas de crecimiento.

En la esfera internacional las decisiones también han perdido claridad. Hay la sensación de que las posturas proteccionistas prevalecen en el ámbito comercial y que Washington ejerce indebidamente su poderío, perjudicando a países amigos. La ley de subsidios agrícolas que entregó 180,000 millones de dólares a los agricultores norteamericanos, rompió la promesa de suprimirlos a partir del año 2004. La aplicación de una sobretasa a la madera canadiense puso en cuestión cláusulas del TLC. Las salvaguardas de hasta un 30% a las importaciones de acero plantean un conflicto con los países de la Unión Europea, Japón y otros productores siderúrgicos. Sólo la aprobación de la Trade Promotion Authority (TPA) ha dotado de un nuevo instrumento y perspectivas a la administración Bush en este campo.

Las decisiones unilaterales de Estados Unidos se han hecho sentir también en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde sus iniciativas han encontrado resistencia entre sus aliados históricos. Han sido evidentes los contrastes entre la postura de Washington y la Unión Europea en torno a temas como el manejo del conflicto palestino-israeli, los planes para invadir Irak, el trato de excepción para los efectivos estadunidenses en Bosnia en relación al Tribunal Penal Internacional y la negativa a adoptar el nuevo protocolo del Convenio Internacional Contra la Tortura de 1987 y su mecanismo de inspección de cárceles, rechazado simplemente por el temor a una revisión del campo de detención en Guantánamo.

La sensación prevaleciente es que el gobierno de Bush sólo está administrando la situación, sin buscar esquemas para reorganizar el sistema internacional. Muchas cosas que ocurren en la esfera interna confirman esta sensación: el 11 de septiembre ha tenido un enorme impacto sobre la reubicación productiva, acentuando la tendencia de las grandes corporaciones a salir de Nueva York, sin que haya un diseño de reubicación racional. El 11 de septiembre sepultó también el debate sobre los desajustes del sistema electoral y el reemplazo del Colegio Nacional en las elecciones presidenciales por un mecanismo más respetuoso de la voluntad ciudadana. La sensación que deja el examen de las propuestas posteriores al 11 de septiembre es de una falta de voluntad para trabajar en la renovación institucional tanto en el mejoramiento de la gobernabilidad global como en los agujeros del sistema político interno.

América Latina ha sido también destinataria de una política difusa. Estamos otra vez en uno de los periodos que Abraham Lowenthal llamó “de no política hacia América Latina”. Es clara la conservación de la línea dura en las relaciones con Cuba. También es claro que los planes ambiciosos de una nueva política hacia México no podrán cumplirse: la lógica de seguridad obliga a hacer del río Bravo un lugar de separación, no un puente para la circulación ordenada de migrantes.

Se apostó erróneamente a darle baja prioridad a la crisis argentina, creyendo que no habría “contagio”, equivocación que la propia cerrazón de los organismos financieros ha acentuado. Es positivo que no se haya manejado de modo alarmista el tema de la próxima elección brasileña. Pero no es claro con qué esquemas se abrirá camino a la Asociación Latinoamericana de Comercio de las Américas (ALCA) ahora que ya no existen obstáculos legales para establecerla.

A lo largo de la historia estadunidense los grandes momentos de cambio han tenido que ver con modificaciones en las facultades y los instrumentos del sector público. El New Deal de Roosevelt fue una respuesta a la explosión de la economía estadunidense, entre 1900 y 1930, que no fue acompañada de órganos públicos de control y regulación. Estos se establecieron a partir de 1933, y se buscó el reforzamiento de la presidencia que se logró en 1939 con la creación de la Oficina Ejecutiva de la Casa Blanca. Ahora parece evidente que es necesaria una remodelación del sistema político, colocar límites al ejercicio unilateral del poder estadunidense y poner al día el funcionamiento de la ONU. Pero el gobierno de George W. Bush no parece tener estos retos entre sus prioridades.

Su omisión exige una conducta más activa de los demás actores. Primero, de la Unión Europea, luego de Japón, Rusia y China. Por cierto, el diseño de un mundo más justo y seguro se vería ayudado también por una acción activa y concertada de los gobiernos latinoamericanos. En un trabajo de fines de los noventa, el ex canciller de Chile, José Miguel Insulza, se refería con datos exactos a una capacidad negociadora regional que no siempre ejercemos: “Hoy exportamos a Estados Unidos como región siete veces lo que exportábamos hace 30 años y somos el primer mercado de expansión de las exportaciones norteamericanas, que exporta hacia América Latina más de lo que exporta a Japón y tanto como lo que exporta a la Unión Europea. En 1997 Brasil compró más productos norteamericanos que China, Argentina más que Rusia, Chile más que India y América Central y el Caribe el doble de lo que compró Europa Oriental”. México, por su parte, se ha convertido en el segundo socio comercial de Estados Unidos, lo que refleja el aumento del comercio bilateral desde la puesta en marcha del TLC.

En un momento mundial de encrucijada las distintas regiones y países necesitan una visión estratégica del futuro. Necesitan plantear iniciativas y alcanzar un peso en la búsqueda de un mundo con menos riesgos, pobreza y desajustes que los que conocimos en la Guerra Fría y en la década que siguió. La conclusión es que debe atenderse a lo que puedan hacer los estadunidenses, como la gran superpotencia de nuestro tiempo, pero también se requiere de la contribución de otros actores del sistema internacional, incluida nuestra propia región.            n

Tumbas sin sosiego. La Independencia y la paz de los sepulcros

TUMBAS SIN SOSIEGO LA INDEPENDENCIA Y LA PAZ DE LOS SEPULCROS

POR CLAUDIO LOMNITZ

La independencia mexicana no cobra un sentido histórico venerable sino hasta el momento en que el país como un todo logra cierta estabilidad, a fines del siglo XIX, con la dictadura de Porfirio Díaz.

Nada más difícil que narrar la saga de la nación cuando ésta aún no existe en la mente de quienes serán sus hijos. Las naciones nuevas, criaturas de la recién nacida política popular y de los medios impresos que la hicieron posible, tratan de incorporar en una comunidad homogénea a actores sociales que hasta entonces se identificaban sólo por el vasallaje común a un rey, por su filiación incondicional a una religión, o por su adscripción a una corporación urbana.

La independencia mexicana fue terreno de disputa a lo largo del siglo XIX. Todavía en 1883, el historiador y viajero norteamericano Hubert Bancroft hace la siguiente observación en su paso por San Luis Potosí:

Hoy. 27 de septiembre, cien años después del hecho, en esta capital relativamente aislada, hay dos facciones que en la plaza están cerca de caerse a golpes a propósito de una celebración de Iturbide. Los curas insisten en honrar su memoria, en tanto que el partido en el gobierno jura que no se hará.1

En el caso de las nuevas naciones latinoamericanas, el problema de la historia nacional se centraba en cómo figurar a la nación como un personaje, y a su habitante ideal, el ciudadano, ante aquellos que aún se identificaban como españoles, indios, esclavos o sujetos de una ciudad. Guadalajara o Córdoba, y no como ciudadanos de una nueva unidad política, México o Argentina. Los nuevos nacionalistas tenían que vencer el obstáculo de la jerarquía social (que fue tornándose durante el XIX en “la cuestión de la raza”) y el de las identidades políticas y territoriales (que se fue convirtiendo en “la cuestión regional”).

Se ha escrito bastante en los últimos veinte años sobre los medios y las estrategias que se usaron para narrar a la nación, para contar la historia de los países como si se tratara de la historia de una nación unificada, tripulada desde siempre por aquel actor mítico, “el ciudadano”.2 En América Latina la historia nacional fue contada en clave de novela, la nación se identificó con un personaje, y las versiones alternativas de la nación, con dos personajes rivales. En estas novelas, las tendencias históricas que debían ser domadas o canalizadas eran representadas por personajes femeninos o de castas inferiores, redimidos por el matrimonio o por la muerte.

La estratagema narrativa que culmina en novelas como Doña Bárbara o Los bandidos de Río Frío fue estudiada por Doris Sommer, quien mostró cómo se utilizaron metafóricamente el amor, el sexo, la familia y la raza para ir subordinando e incorporando a los sujetos sociales a la nueva identidad nacional.3 A partir de la publicación del libro ya clásico de Benedict Anderson, hace ya casi veinte años, se ha analizado ampliamente el papel de la narrativa y de los medios en el desarrollo del nacionalismo.

Sabemos bastante menos de las formas en que los nuevos imaginarios de lo nacional se reflejaron en la gente de carne y hueso de la época. ¿Cómo se incorporó la idea de la ciudadanía en las costumbres, los modos y modales de la época? ¿Era diferente el manejo del cuerpo de quien se consideraba ciudadano al de aquel que se sentía ante todo criollo, indio o habitante del Soconusco? Tal vez podríamos entender mejor los éxitos y fracasos de los distintos proyectos nacionales de la época a partir de las costumbres, de los lenguajes corporales, y aun de los mismos cuerpos de quienes se veían o eran vistos como miembros de las nuevas naciones.

En este ensayo busco explorar esta posibilidad a partir de una cuestión aparentemente banal: qué pasó con los restos mortales de quienes, por su papel político y social, eran identificados hasta el tuétano con lo nacional.4

los huesos de antaño

En tiempos coloniales, un cadáver podía ser de un personaje ilustre o de un santo, de parroquiano o de apóstata, de judío o de pagano. En el caso de los cadáveres de santos, existía un proceso bien establecido para tramitar la beatificación y la canonización. A este proceso se le daba inicio con toda la precaución de testigos y de testimonios notarizados, necesarios todos para mostrar que se trataba en verdad de una persona santa, y no de un charlatán ni de un brujo. Como estos procesos eran bien largos, los restos de quienes la comunidad creía santos eran frecuentemente convertidos ipso facto en reliquias, como sucedió, por ejemplo, con los huesos de Vasco de Quiroga, que fueron defendidos por miles de indios de Valladolid contra un intento de la mitra de trasla darlos a Tlaxcala. Una vez repelido este intento, y no contenta la devoción de los indios, con haber impedido la ejecución por entonces, tomaron otros dos medios que les asegurase en lo porvenir. Hicieron al Padre Rector de la Compañía [de Jesús, se notificase en forma, que en ningún caso permitiese sacar de allí aquellas venerables cenizas… El otro arbitrio que éstos tomaron, fue poner encima del sepulcro una lápida de tan enorme magnitud y peso, que habiéndola querido mover algunos días antes, no bastaron quinientos hombres a llevarla por un tiro de piedra…5

En el caso de los cadáveres de hombres y mujeres ilustres, como el cuerpo de un virrey o de una noble, lo que se podía esperar en ese tiempo eran pompas fúnebres magníficas con grande acompañamiento de las corporaciones religiosas y de las de la ciudad, un funeral a cuerpo presente (como lo eran todos en aquella época) con oraciones fúnebres doctas y bastante largas, algunas veces sentimentales y casi siempre exageradas (al menos vistas desde la sensibilidad moderna), una magnífica pira fúnebre, con jeroglíficos pintados y sus versos explicativos. Estos cuerpos ilustres eran enterrados junto a altares de grande devoción.

Podemos afirmar que en los largos siglos de la época colonial los restos de los cristianos que murieron en la fe no corrían demasiado riesgo de ser desecrados, y pocos eran trasladados de una tumba a otra más allá de su paso de la tierra a un osario. Por lo general, el traslado de los restos sucedía únicamente en casos donde la cuestión había quedado especificada en el propio testamento del difunto.

Tal vez la gran excepción a esta regla en la Nueva España fueron los restos de Hernán Cortés, traídos de vuelta a México de España por indicaciones del propio conquistador, pero vueltos a trasladar y a ser honrados con gran pompa en dos ocasiones bien posteriores: la primera en 1629, poco después de la rebelión que sacudió la ciudad, y la segunda por el virrey Revillagigedo en 1790, de nuevo con grandes pompas y celebraciones. Los restos del conquistador tuvieron un lugar especial en México por su asociación con el Paseo del Pendón, que se hacía todos los años para la celebración de san Hipólito, patrono de México, y fecha del aniversario de la caída de Tenochtitlan.

En el polo diametralmente opuesto al trato que recibían los huesos de santos y de personajes ilustres estaba el destino que se deparaba a los restos de judíos y de paganos remisos. Martín de Guijo describe un auto de fe en una entrada de su diario de mediados del siglo XVII:

Primeramente sesenta y seis estatuas de hombres y mujeres que habían muerto en la secta de Moisés, las cuales traían indios de los pueblos circunvecinos, y detrás de algunas estatuas traían otros indios cargados los huesos de algunos, en sus ataúdes, cerrados con llave, pintadas de color parda y negra, y con cada una estatua venían dos padrinos españoles republicanos…6

Una vez ordenados en el quemadero de san Lázaro, se les colgó un san Benito a los restos de cada uno de estos judíos o supuestos judíos, y luego fueron quemados en un gran y solemne acto público. Trato parecido recibieron los restos de las momias huicholas capturadas en la campaña del Gran Nayar a principio del siglo XVIII.

EL CUERPO INDEPENDIENTE

Las guerras de independencia y la independencia nacional transformaron la política del cuerpo tanto como afectaron al cuerpo político. Basta dar una ojeada al destino de cuerpos de personajes como Miguel Hidalgo, para percibir la naturaleza del cambio. La cabeza de Hidalgo, como las de sus colaboradores más cercanos, fue cortada y enviada de Chihuahua a Guanajuato, donde se exhibió fuera de la Alhóndiga de Granaditas, o sea en el lugar de su crimen más repudiado.

Ya en este primer viaje del cuerpo de Hidalgo hay pistas que dejan entrever la novedad histórica del movimiento independiente: la utilización del cuerpo de un ajusticiado para escarmiento público no era, desde luego, novedad alguna, pero sí llama la atención la larga distancia que recorrió la cabeza de Hidalgo. Se trata de un índice cierto del nacimiento de la política popular, que rebasó tan largamente los límites de la antigua política, que usualmente se cernía a la comarca.7

Igualmente novedoso es el hecho de que los restos (reales o simbólicos) de personajes como Hidalgo, Morelos o Matamoros que, como sacerdotes que fueron, habían sido juzgados por la inquisición y excomulgados antes de ser entregados al brazo civil para su ejecución, fuesen luego rescatados de la ignominia y vueltos a enterrar con grandes honores.

Aquí queda en evidencia un segundo aspecto de la política popular que se estrenó con el movimiento de independencia: la falta de acuerdo respecto del sentido de la historia, reflejado en el propio cuerpo de sus líderes.

A partir de la independencia, y durante casi todo el siglo XIX, los cuerpos de los personajes asociados con la soberanía popular no tuvieron su descanso asegurado, y muchos de ellos sufrieron vejaciones, traslaciones, y honras fúnebres en múltiples ocasiones. Algunas grandes figuras de la independencia, como Guerrero e Iturbide, fueron fusiladas por mexicanos sin recibir siquiera la honra implícita en los cuidados jurídicos que merecieron Hidalgo y Morelos antes de ser ejecutados.

El nuevo espíritu de reinscripción de la historia en los cuerpos de los héroes puede verse ya en 1823, cuando la junta de gobierno de la ciudad de Oaxaca inicia un expediente para la exhumación de los huesos de Hernán Cortés y en pro de la destrucción de su sepulcro. La junta proponía poner los huesos de Morelos en el lugar de los de Cortés. Sin embargo, los restos del conquistador fueron rescatados y escondidos a tiempo por Lucas Alamán, quien fuera albacea del marquesado del Valle, pero también autor de una de las más importantes versiones de la historia nacional.8

Otros casos interesantes son el muy conocido de la pierna de Santa Anna, que recibió primero honras fúnebres y mereció un túmulo en el panteón de Santa Paula, y que luego fue sacada de su urna y arrastrada por la ciudad por el partido contrario al dictador.

Un último caso, que vale la pena mencionar por curioso, pero también porque muestra los límites de la soberanía nacional en la época, es el de los restos de don Guadalupe Victoria, que estaban depositados en un mausoleo en su estado de Veracruz, con las vísceras preservadas en alcohol. Se dice que durante la invasión norteamericana, el ejército mexicano no alcanzó a trasladar a tiempo los restos de este prócer, y que dos soldados americanos ultrajaron su tumba, emborrachándose con el alcohol en que iban preservados sus órganos internos. Aparentemente, los soldados murieron seguido al acto, lo que fue interpretado como muestra del valor de Guadalupe Victoria, que seguía luchando por su patria desde la sepultura.9

No será sino hasta ya entrada la dictadura porfiriana que se estabiliza la historia nacional en grado suficiente para garantizarle la paz del sepulcro a los grandes caudillos de la nación. El traslado de restos de grandes personajes a la Rotonda de los hombres ilustres, construida expresamente en el recién estrenado Panteón de Dolores, produjo por fin una imagen verosímil del pueblo mexicano como un todo orgánico, ya que la rotonda se construyó en el medio de un panteón que tenía secciones para todas las clases sociales (iba dividido en seis clases).

Es por esto que durante el porfirato se nota grande afición a los entierros oficiales, y a aniversarios fúnebres aún de los antiguos adversarios de Díaz, como el impresionante centenario que se le hizo a Benito Juárez en 1906. Se nota en ese tiempo una conciliación general de las facciones en la paz de los sepulcros. Así, podemos concluir que la independencia mexicana no cobra un sentido estable y unívoco sino hasta el momento en que el país como un todo logra cierta estabilidad. Sin embargo, el movimiento, con sus jefes, sus facciones, sus héroes y villanos, podrá siempre volver a ser objeto de discordias en momentos en que la dirección política del país esté en juego.   n

1 Observations on México. Manuscrito. 1883. Bancroft Library. Universidad de California. Berkeley. p. 41; la traducción es mía.

2 Esta literatura inicia con el afamado libro de Benedict Anderson. Imagined Communities. Versop. Londres, 1983. Véase también Homi Bhabha (ed: Sation and Narration. Routledge, Nueva York. 1990.

3 Foundational Fictions. University of California Press, Berkeley, 2001.

4 Este ensayo desarrolla algunos de los temas explorados en detalle en mi libro Deep México, Silent México: An Anthropoly of Nationalism. Minneapolis, University of Minnesota Press, 2001.

5 Rafael Aguayo Spencer (comp.): Don Vasco de Quiroga. Documentos. Talleres Gráficos Acción Moderna Mercantil, México, 1939, p. 137.

6 Diario, tomo I, 1648-1654. Porrúa, México, 1953, p. 39.

7 William Taylor: Drinking, Homicide and Rebellion in Colonial Mexican Villages. Stanford University Press, Stanford, 1979.

8 Los documentos acerca de la iniciativa oaxaqueña fueron reproducidos en el segundo volumen de las Disertaciones de Lucas Alamán, Editorial Jus, México, 1969: la historia completa de los restos de Cortés está en José Luis Martínez: Hernán Cortés, Fondo de Cultura Económica. México. 1990, pp 780-85.

9 Alejandro Villaseñor y Villasertor: Biografías de los héroes y caudillos de la independencia. V. 2. Jus, México, 1962. pp. 267-268.

Una amistad de Samuel Beckett

UNA AMISTAD DE SAMUEL BECKETT

Las memorias de Belmont se detienen a mediados de los treintas y tienen a Beckett como a uno de sus protagonistas.

El tiempo francés de Samuel Beckett lo sitúa en su departamento parisiense del boulevard Saint-Jacques, enfrente de la prisión de la Santé. Pero una ceremonia civil reveló a fines del año pasado su domicilio alterno en el pueblo de Ussy, departamento de Seine-et-Marne, donde las autoridades correspondientes develaron una placa que dice: “Samuel Beckett / 1906-1989 /’ Dramaturgo / Premio Nobel de Literatura / 1969 / Vivió aquí de 1953 a 1989″, inaugurando la casa oficial del escritor irlandés. En esa ocasión su biógrafo, James Knolson, murmuró: “Vaya. Creo que a Sam no le hubiera gustado esto. Para nada”. Los vecinos, sin pelos en la lengua, pusieron el resto para atemperar el rito cívico, y es que a pesar de haber concurrido con sincero entusiasmo no dejaron de recordar el carácter de pocos amigos del homenajeado. Quien más quien menos señaló cómo al irlandés le gustaba caminar azotando las plantas con su bastón, sin saludar jamás a nadie: “Uno se enteraba que estaba en casa porque veía las contraventanas abiertas, si no ni eso”. Otro confesó haber aplastado accidentalmente la bicicleta del escritor con su automóvil. Como testimonio rotundo de su temperamento, queda la barda siniestra (apunta Évelyne Bloch-Dano en el Magazine littérairé) que hizo construir alrededor de su casita para que no lo molestaran, sitio ideal para colocar la placa de homenaje. Samuel Beckett llegó a Ussy en 1948 y con las regalías de Esperando a Godot compró un terreno en un lugar conocido como Mare Chaudron. Muy pronto tuvo problemas con la comunidad que no cumplía su promesa de venderle también el terreno contiguo —este es el motivo por el cual Beckett optará por ir en bici a comprar su periódico a kilómetros de su domicilio—. Construyó entonces una casa que, según la cronista, no puede ser otra que la casa de Samuel Beckett, a tal punto desnuda y esencial resulta en su limpidez de cubo horadado por unas cuantas ventanas. Su mujer, Suzanne, dejará de ir al poco tiempo. Quien lo acompaña con frecuencia es su amigo el pintor Hayden, a quien conoció diez años atrás en Roussillon. Christian Bartillat tuvo el privilegio de atestiguar esta amistad que cuenta en su libro Deux amis, Beckett et Hayden (Presses du Village, 2001). En sus páginas el pintor deambula alrededor de la casa y pinta bosques, campos, cielos, compartiendo partidas de ajedrez y dilatados silencios con el irlandés que camina sin cesar, corta el pasto, repara la cerca, recoge las hojas con el rastrillo (“Yo no sé por qué esto me produce tanto placer”, le dirá en una ocasión a Knolson). Y sentado en su sillón de mimbre, sobre el escritorio de roble escribe Fin departida, El innombrable, Como se sabe, ¡Oh, los días hermosos!…

Por las mismas fechas, la editorial Calmann-Lévy publicó la autobiografía de Georges Belmont, Souvenirs d’outre monde. Histoire d’une naissance, de donde se extracta el texto que se traduce a continuación. Georges Belmont, fundador de Jours de France y director de Marie-Claire, fue también traductor de Henry Miller, Henry James y Anthony Burguess. Director de varias colecciones en la editorial Robert Laffont (la misma que publica los Bouquins), trabajó en el gobierno de Vichy, pero antes de la Segunda Guerra ya era un personaje del mundo literario, único anglicista de su generación. Belmont aparece con frecuencia en el Journal de Raymond Queneau, pero con otro nombre, el de su familia: Georges Pelorson. El seudónimo llega un poco después, cuando la realidad hace trizas sus sueños, escribe Claire Devarrieux en Libération. Las memorias de Belmont se detienen a mediados de la década de los treinta y tienen a Samuel Beckett como uno de sus personajes principales.

A mi regreso a Dublín, en ese fin de año de 1930, Beckett estaba ya instalado en su función de profesor asistente y en la vivienda que le correspondía por tener ese puesto, situada en otro edificio a unos ciento cincuenta o doscientos metros del mío, vivienda que no gozaba del privilegio de la electricidad.

El tenía menos libertad que yo. Sus horarios de clase estaban mucho más apretados y yo tenía la sospecha de que, además, él preparaba muy cuidadosamente sus cursos, a pesar de que, según los rumores que me llegaban por la comunidad de nuestros estudiantes, parecía proceder con frecuencia por accesos de inspiración que seguían a largos momentos durante los cuales meditaba, e incluso sólo parecía soñar, ausentándose por completo, para salir de ellos como con un brusco salto del espíritu y lanzar una frase o en ocasiones todo un discurso cuya quemadura sibilina dejaba, entre los más inteligentes, una huella oscura, pero profunda.

La carga académica impedía que nos viéramos durante el día, pero al mismo tiempo se estableció entre nosotros una convención tácita que reunía por lo general nuestras noches. Las pasábamos juntos, sin ninguna otra compañía, y la mayor parte del tiempo sin salir de su departamento o del mío. Y una sola noche de invierno logré arrastrarlo hasta el cine Savoy, a pesar de la fealdad del órgano que subía y bajaba y de las palmeras en sus macetas desmesuradas. Pasaban la primera película sonora de Greta Garbo, Anna Christie. La enorme sala, llena hasta el tope, se encontraba suspendida en espera de la voz, más aún que de la propia imagen de la actriz. Esa pastosa capa de silencio se estremeció cuando el tono de cuerno, de bruma grave y gutural, se alzó para decir: “Guiff mi some hhouiski”. Yo estaba en trance. A mi lado, Sam se movió furiosamente mascullando algunas palabras, luego se dio la vuelta y me preguntó si yo tenía ganas de quedarme para ver esa imbecilidad. Le respondí que sí, por curiosidad y por la belleza y el talento de Garbo. “Yo me voy”, me dijo. Y se levantó y se perdió en la sombra con su paso anguloso.

Esa fue la excepción, además de dos domingos en que lo acompañé a casa de su familia, en Foxrock, y jugamos violentamente tenis con su padre y con Frank; de unas cuantas salidas al restorán para comer pescado y sobre todo por el placer del Liebfraumilch (algunas también con Frank); de un té al que me rogó que lo acompañara en la casa de Rudmose-Brown, en Malahide; de un clavado a un sótano que en Dublín era el único lugar para degustar ostras irlandesas, tan buenas como las mejores francesas, y que al mezclar su sabor de yoduro de sodio con lo amargo de la Guinness desprende poderosas armonías.

Una vez resuelta la función nutritiva —y cómo pudimos durante meses, casi día tras día, satisfacernos con pareja uniformidad ovívora (incluso estoy seguro de que los huevos revueltos ya eran la sustancia del desayuno solitario de Sam, si no es que disimulado y a mis espaldas se ejercitaba en la factura de la omelette) me parece prueba suficiente de la indiferencia grosera del cuerpo, en su juventud, por el carburante, siempre y cuando se le proporcione, y su humildad en hacerse olvidar, mientras no rechine ni se descomponga con la edad, porque entonces ¡cómo sabe hacer recordar su existencia!—, con la máquina biológica más o menos recargada, decía, nos llevábamos una última taza de té hasta los sillones que estaban colocados en abanico ante el fuego de carbón, lo mismo en su casa que en la mía. Tal vez conversábamos un momento de una lectura, de un chiste del viejo “Ruddy” Brown o de un incidente de la crónica trinitaria. Por sí solo el silencio se asentaba después al agotarse la anécdota, desde el instante en que ya no ofrecía posibilidades para el humor y que por ahí uno se deslizaba hacia el lugar común, que uno y otro repudiábamos por una especie de pudor, sintiéndolo como una vergüenza. Esa era la hora en que aquel de nosotros dos que fungía como anfitrión tomaba la botella de John Jameson o de Power’s para comenzar el oficio de la noche.

Cada uno de nosotros llevaba su propia misa. Si el visitante había olvidado su libro, no faltaban textos sagrados en los libreros o en la mesa. Leíamos, con el whisky y los vasos a la misma distancia de cada uno, de forma tal que no tuviéramos que levantarnos para beber. Hacia la medianoche o la una de la mañana, uno u otro, por iniciativa propia, se levantaba a preparar una tetera, lavar las tazas, vaciar los ceniceros —fumábamos muchísimo—. A veces doraba con el tenedor de las tostadas muffins o scones, pues yo tenía más apetito que Sam y no lo ocultaba. A veces, luego de insistirle, aceptaba mordisquear alguno. Bebíamos tanto como fumábamos, whisky siempre, siempre irlandés, con agua natural siempre y sin hielos (en Europa el refrigerador privado era todavía una rareza, así que uno no tenía la tentación de adulterarle el sabor, y aun el pub y el restorán se hubieran reprochado incitar a la manía estadunidense del cubo de hielo que comenzaba a trasladarse a través del Atlántico). Llegaba a suceder que una botella no bastaba para la noche. Si estábamos en casa de Sam y habíamos comenzado otra, éste tenía la costumbre de dejar que me fuera sin levantarse. La mayor parte de las veces lo dejaba con los pies sobre el reborde de la chimenea, calentándose las piernas y las nalgas, desde el fondo de su sillón, contra el frío de la fatiga y de la madrugada; yo suponía que continuaba bebiendo solo. Pude comprobarlo una vez que, habiendo olvidado comunicarle algo para el día siguiente, me regresé para decírselo. Casi acostado en su sillón, con la barbilla sobre el pecho, los anteojos levantados, se estaba sirviendo un gran trago mientras guiñaba sus ojos miopes.

Casi nunca nos despedimos sin que dieran las tres o cuatro de la mañana, a punto del agotamiento. Antes de decidir irme a acostar, me gustaba pasear en la noche o al amanecer bajo los grandes árboles y alrededor del pasto del óvalo del cricket; si la sesión había sido en mi casa, con frecuencia acompañaba a Sam para dar enseguida el paseo. En su mutismo y la ceguera inerte de las ventanas, los edificios, con sus frontones y sus fachadas tiradas a cordel, parecían mausoleos. Pensar en todo lo que rumiaban, de pasado y de historia, de vida y de ciencia, de esperanzas y de ambiciones, de frustraciones y de penas, las moléculas de la piedra y las células de los cuerpos y de los cerebros que abrigaba la inercia de la aglomeración y que, a esa hora, se relajaban y entregaban el exceso de su jornada en la transpiración de los sueños, exaltaba mi espíritu y me daba ganas de frotarlo, como Aladino su lámpara, para hacerlo relucir con un poder superior —entonces, por poco que alcance la cúspide del trance, ningún mundo se le resiste, incluso el más sobrenatural estalla de luz—. Esa es la poesía: cuando toca, ¿puede uno decidir que es hora de dormir?

Cuando le comunicaba a Sam impresiones de este tipo, se levantaba los anteojos sobre la retícula de su frente y, con la boca fruncida, escuchaba sin decir una palabra, mirándome por encima de su pico con la fijeza de una gaviota de ojos pálidos.

Yo estaba muy a gusto, muy estrechamente mezclado con todos los materiales de mi propia fusión para no querer ir hasta el final de mi convicción. Su reserva muda frente a mis entusiasmos por Beethoven y Wagner, en los que iba a buscar la expresión de mis tumultos, me sacaba de mis casillas. Una noche me empeciné en mi demostración de que Bach y Mozart, para no tomar más que a esos dos, si bien seguían siendo admirables como hermosos monumentos, como una galería de espejos incapaz de reconocerse en la incongruencia de nuestros reflejos, lo mismo que nosotros en lo superfluo de esos dorados y esa decoración ampulosa, ya no representaban más que un arte y una sociedad definitivamente lastrados en la muerte de sus estructuras espirituales, en tanto que el Sordo y el Tetrálogo manifestaban de la mejor manera posible el genio del nuevo universalismo del tiempo nuevo, el nuestro, ése de la sustitución, por el Hombre, de la metamoral de su razón en lugar de la metafísica de la Razón de Dios —Ludwig creyendo en ello con fe de carbonero, con un optimismo cuyo candor me recordaba la fe de mi padre en el triunfo definitivo del Progreso, Richard como un profeta sombrío de un crepúsculo general en el que, habiendo consumado la muerte de nuestros dioses con el asesinato del Héroe, su semihijo y postrer delegado, nos quedaría por saldar con nuestro propio fin el parricidio, volviendo contra nosotros mismos el arma ilusoria del poder usurpado.

Cansado de lanzar el argumento sobre un muro que no me devolvía la pelota, me callé y levantándome de un salto fui hasta mi Gramophone, le di vuelta a la manivela, tomé el disco de la marcha fúnebre del Crepúsculo de los dioses y lo puse sobre la platina. Los dos escuchamos en silencio, religioso para mí, impasible para Sam, que mantenía la cabeza gacha. Cuando concluyó la gran tos cósmica de los metales y levanté la aguja, dije: “¿Entonces?”. El volvió a bajarse los lentes, me lanzó una mirada redonda de gaviota y susurró algo de lo que sólo pudo oírse: “esa frasecita de la flauta en medio de la cacofonía”. Yo lo habría matado. Pero fui a hacer té. Nunca más le hablé de Wagner, ni siquiera de música —salvo en una ocasión, casi treinta años más tarde, hacia el final de los años cincuenta, en París. n

Bibliotecas de aula: Rápido y mal

BIBLIOTECAS DE AULA: RÁPIDO Y MAL

El Programa Nacional de Lectura nace bajo sospechas en el manejo de los recursos y exclusiones de diversas casas editoriales.

La Secretaría de Educación Pública dio a conocer el mes pasado el Programa Nacional de Lectura dotado de una inversión de setecientos millones de pesos. De esta cantidad, cuatrocientos cincuenta millones se destinaron a una compra masiva de libros realizada a editoriales privadas y del Estado, nacionales e internacionales. Los tirajes de cada uno de los 299 títulos que eligieron ochenta y tres electores contratados por la Secretaría de Educación Pública asciende a setecientos cincuenta mil ejemplares. A partir de este ciclo escolar, todos los alumnos de las escuelas mexicanas tendrán a su disposición unos veintinueve libros de distintas disciplinas en sus salones de clase.

¿Qué ha ocurrido con este ambicioso programa de fomento a la lectura? Ocurrió que en sus esmerados errores de procedimiento, la Biblioteca de Aula reprodujo un modelo inepto que el gobierno de Vicente Fox ha puesto una y otra vez en la escena de la vida pública mexicana: improvisación, enredos normativos e incomunicación entre las redes gubernamentales. El Programa Nacional de Lectura nace bajo sospechas en el manejo de los recursos, exclusiones de diversas casas editoriales y un error original: a nadie se le ocurrió, en ningún momento, que el fomento a la lectura y el impulso a la industria editorial mexicana forman parte de un mismo cuerpo cultural. Es imposible que la lectura florezca si las artes gráficas y las editoriales no prosperan. Visto así, no sería una exageración decir que la SEP ha promovido una compra de libros y, al mismo tiempo, ha dado un golpe de muerte a la pequeña empresa editorial de México. Llevados por el discurso de la transparencia, los encargados de la educación nacional se han internado en una zona de sombras y acuerdos poco claros. Un gobierno que ha basado su comunicación social en la idea del Cambio reproduce viejas políticas inaceptables como la exclusión. Hay dudas más que razonables para afirmar que así ocurrió en el caso de la Biblioteca de Aula.

La Secretaría de Educación Pública no ha explicado todavía quién, cómo y cuándo convocó a los editores establecidos en el mercado editorial mexicano. Probablemente no lo saben ni ellos mismos, pero es un hecho comprobado que las editoriales Cal y Arena, UNAM, Colibrí, Aldus y Plaza y Valdés no fueron convocadas por ninguna instancia para presentar a concurso los libros de sus fondos editoriales que según estas casas editoriales podrían aspirar a un lugar en el librero de la Biblioteca de Aula. Como en los trascendidos que circulan por las redacciones de los periódicos, se dice que las autoridades educativas delegaron la responsabilidad de la convocatoria en la Cámara Nacional de la Industria Editorial. Si así fuera, la Cámara estaría obligada a ofrecer al menos una explicación sobre los criterios que siguieron para su convocatoria.

En respuesta a las críticas de diversas zonas de la comunidad cultural, el responsable de la educación mexicana, Reyes Tamez Guerra, declaró esto el 13 de agosto pasado: “Nosotros quisimos reafirmar la política que hemos establecido desde el principio de la gestión de no tomar dentro de la Secretaría las decisiones, sino dejar a los especialistas que tomen las decisiones, tanto en los contenidos como en este caso los materiales, pero sí, nosotros respetamos y respaldamos esta decisión de los especialistas porque fueron invitados para este propósito”. Puede suponerse que esta renuencia a la toma de decisiones es lo que los funcionarios culturales llaman ciudadanización, esa forma pueril de entender la democracia y la participación ciudadana: las decisiones las toma la sociedad, el Estado apenas interviene. Si uno se abre paso entre la demagogia, al fondo, aparece una obviedad de la que nadie se hace cargo en el gobierno federal: gobernar es decidir.

El Programa Nacional de Lectura era una oportunidad inmejorable para impulsar una industria editorial sumida en una larga crisis. Por esta razón, la presencia de todas y cada una de las casas editoras de México resultaba imprescindible. Para una pequeña empresa, el tiro de setecientos cincuenta mil ejemplares de un libro marca la diferencia entre desaparecer y desarrollar un plan de ediciones. Exactamente lo mismo sucede con una imprenta o con una fábrica de papel.

La presencia de las editoriales españolas aparece también como un desequilibrio exagerado del programa: el 34% de las compras que realizó la SEP se concentró en cinco empresas españolas: Santillana (Alfaguara, Altea, Patria), Planeta, SM, Ediciones B y Océano. El resto se contrató con 66 editoriales nacionales y extranjeras. En cambio, al Fondo de Cultura Económica, la editorial del Estado mexicano que guarda en su acervo a buena parte de los clásicos de la literatura mexicana y una magnífica colección de libros infantiles, la SEP le compró tres títulos. A Ediciones ERA le compraron un libro (sí, un solo título). Se trata pues de dinero que irá a parar a las editoriales establecidas en el país, nacionales e internacionales, a los escritores e ilustradores de los libros seleccionados, a la industria de las artes gráficas y a las cadenas productivas de todos ellos. Al menos en este caso, el discurso de apoyo a la pequeña y mediana industria se fue a la basura. En materia editorial, el changarro ha muerto. Ciertamente la Secretaría de Educación Pública podrá corregir los defectos del programa en los siguientes años, pero en esta ocasión no lo hizo. Es decir, la SEP compró rápido y mal.

México ante el vecino desbordado

MÉXICO ANTE EL VECINO DESBORDADO

POR ANA MARÍA SALAZAR

La respuesta de Estados Unidos al 11 de septiembre abrió una profunda grieta en sus relaciones con Europa. Los líderes europeos no entienden la fijación de la política exterior estadunidense en la guerra con Al Qaeda. Estados Unidos no entiende la poca disposición de Europa para asumir sus cargas en esta guerra. Estados Unidos se comportará en el corto plazo de forma arrogante y unilateral. México es uno de los pocos países con capacidad de negociación frente a la superpotetencia amenazada.

Hay que ser claros: los atentados del 11 de septiembre fueron el catalizador de una catarata imparable de tendencias surgidas con el fin de la Guerra Fría y el inicio del nuevo milenio. Guste o no, hay que aceptar que Estados Unidos, como la única superpotencia, se comportará en el corto plazo de forma arrogante y unilateral. Lo paradójico de esta nueva realidad es que México es uno de los pocos países con capacidad de negociación frente a la superpotencia amenazada.

Desde su campaña presidencial, las declaraciones del entonces candidato Bush contra el acuerdo de Kioto y la Corte Penal Internacional, indicaban que padecía ya de unilateralismo agudo. Analistas y gobernantes asumieron, erróneamente, que la dolorosa experiencia de los atentados del 11 de septiembre se traduciría en un Estados Unidos con especial aprecio por las bondades del multilateralismo. De haber sabido Bin Laden que la mayoría de los países, incluyendo tradicionales enemigos de los estadunidenses, cerrarían filas alrededor del cuestionado Bush, tal vez hubiera reconsiderado su estrategia terrorista.

Lo contradictorio es que ahora Estados Unidos tiene claramente establecido su papel como única superpotencia y se siente, como país, más inseguro que nunca. Al cumplirse el primer aniversario de los atentados, el sentimiento de inseguridad que permea a Estados Unidos se traduce en una política exterior marcadamente más unilateral. Gobiernos amigos, como los europeos, que apoyaron a Estados Unidos en sus momentos difíciles, están irritados por tener que asumir en casa el costo político de apoyar a la superpotencia. La posibilidad de que Washington esté planeando por su cuenta una operación militar contra Saddam Hussein, subraya las dificultades de los países europeos para contener las tendencias unilateralistas de su aliado.

Así las cosas, la pregunta para México es: ¿cómo defender sus intereses ante el vecino desbordado? ¿Está México en la poco envidiable situación de ser el jamón en medio del pan de la discordia entre Estados Unidos y el resto del mundo? ¿Qué cartas tiene México para negociar y proteger sus intereses ante Estados Unidos? La respuesta a la última pregunta es fácil: una frontera de tres mil kilómetros que se traduce en una convergencia de intereses para ambos países. Pero México está en la incómoda situación de ser la parte de en medio del sándwich. Por ejemplo, cuando el tema de Irak se discuta en el Consejo de Seguridad, ¿cómo votará México?

Las prioridades del presidente Bush en estos momentos son la seguridad y las elecciones —las de noviembre de este año y las presidenciales del 2004—. En las dos prioridades México tiene capacidad de impactar los intereses de Estados Unidos, lo cual le da un espacio de negociación para impulsar sus intereses como país.

En el caso de la seguridad, es incuestionable el interés de ambos países en tener una estrategia conjunta para la frontera, ya que es imposible proteger esos tres mil kilómetros sin una cercana cooperación. Más allá de que futuros terroristas busquen entrar por ahí a Estados Unidos, importa recordar que la frontera es la franja más sensible a los problemas y la falta de cooperación entre ambos países en temas como la migración, el narcotráfico, el desempleo, el medio ambiente y la violencia.

Fue la frontera la puerta de entrada de más de veinte millones de personas de origen mexicano o que se identifican como descendientes de mexicanos. Además de representar el 70.4% de la población hispana en Estados Unidos, esos veinte millones representan una fuerza política sin precedente en ese país. Y aquí entra la preocupación del presidente Bush por las elecciones.

¿Qué significa esto para México? Lo primero es entender cómo se toman las decisiones de política exterior en un país como Estados Unidos. La política exterior de Washington refleja, en parte, los intereses de los que hacen más ruido, los que mejor se organizan y los que más fondos proporcionan a las campañas políticas. En el caso de Cuba y el lobby cubano-americano, es casi de admirar cómo un grupo relativamente pequeño de individuos ha podido presionar lo suficiente para asegurar que no cambie una política que lleva más de cuarenta años y que no refleja las realidades del nuevo orden mundial. También la política en el Medio Oriente refleja una extraordinaria capacidad de cabildeo por parte de los grupos de judío-americanos. Con estos ejemplos en mente, puede imaginarse lo que representaría para los intereses de México el apoyo político de un porcentaje importante de los mexicanos que viven en Estados Unidos. No hay país en el mundo que tenga el nivel de representación y la capacidad de influir en política en los Estados Unidos como puede tenerlo México.

La relación bilateral con el vecino desbordado siempre es una encrucijada. Ser vecinos de Estados Unidos tiene desventajas, pero también pone a México en una situación privilegiada. Aunque en México es difícil aceptar la verdadera cercanía que existe entre ambos países, la afinidad es obvia. Por algo países como Argentina han pedido al gobierno mexicano interceder a su favor ante los estadunidenses y varios grupos de migrantes centroamericanos solicitaron que Fox los incluyera en sus negociaciones sobre el tema.

Las ventajas de México para negociar con Estados Unidos pueden no reflejarse en beneficios tangibles a corto plazo, pero en la difícil coyuntura de tener como vecino desbordado a la superpotencia amenazada, mantener el status de una buena relación ya es ganancia para México y la envidia de los vecinos del continente.  n

La personificación del criollo

LA PERSONIFICACIÓN DEL CRIOLLO

 FRANCISCO BULNES

Iturbide no era un simple hombre, sino la personificación de la clase criolla militar, con pretensiones de dominio perpetuo de la nación que debía formar la independencia. En otros términos, Iturbide era la representación del partido militar criollo que con él comenzaba y que debía acabar con el fusilamiento del general Miramón en el cerro de las Campanas en 1867. Los hombres ante la ley no pueden ser responsables más que por sus delitos políticos o del orden común; pero ni ante la ley ni ante la historia pueden ser responsables por los sentimientos e ideas que se revelan como fuerzas imponderables e inseparables de su organismo. Tan respetable es Iturbide personificando al partido conservador como D. Mariano Arista representando al moderado o como D. Benito Juárez representando al progresista. Desde el momento en que a un hombre se le declara criminal porque tiene opiniones distintas de las de un partido político, opiniones que la civilización reconoce legítimas y necesarias para su marcha; lo criminal no existe en tal hombre, sino en los intolerantes, que predicando libertades, derivan hasta lo imbécil las más inicuas tiranías.

—La guerra de independencia, Hidalgo-Iturbide, México,

1910, pp. 837-838.

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

45

Porcentaje de medios impresos en Europa Oriental que publicarían información a cambio de dinero.1

6

Porcentaje de medios impresos en Europa Central y del Norte que publicarían información a cambio de dinero.2 50

Porcentaje de la población palestina que vive de la ayuda humanitaria,3

 10.8

Porcentaje de las palestinas en edad fértil que padecen anemia.4

62.5

Porcentaje de la población palestina que no tiene acceso suficiente a alimentos.5

6,000

Palestinos encarcelados en territorio israelí.6 4

Porcentaje de esos prisioneros que son menores de edad.”

423

Armas de fuego que el FBI ha extraviado en años recientes.8

317

Computadoras laptop que el FBI ha extraviado en años recientes.9 10.000 Sitios de pornografía infantil en Internet.10

100, 000,000

Damnificados en China por las lluvias torrenciales de este verano.11

2, 300,000

Maniacos-depresivos en Estados Unidos.12

38

Porcentaje de paraguayos que, bajo ciertas circunstancias, preferirían un gobierno autoritario a uno democrático.13

20

 Porcentaje de mexicanos que, bajo ciertas circunstancias, preferirían un gobierno autoritario a uno democrático.14

70

Porcentaje de argentinos que cree que la privatización de compañías estatales ha sido benéfica.15

40

Porcentaje de mexicanos que cree que la privatización de compañías estatales ha sido benéfica.16

50

Porcentaje de latinoamericanos que se dicen demócratas convencidos.17

80

Países que poseen misiles crucero.18

1,000 millones de dólares Pérdidas anuales de la industria bancaria en Estados Unidos por fraudes con tarjetas de crédito.19

40.4 millones de dólares Pérdidas anuales de la industria bancaria en México por fraudes con tarjetas de crédito.20 600,000 Marcas registradas en México.21

 15,802

Solicitudes de patente en México durante 2001.22

Fuentes: 1-2. Milenio: 19 de agosto de 2002; 2-5.El País: 11 de agosto de 2002; 6-7 .Proceso: 1 de agosto de 2002; 8-9. La Jornada: 13 de agosto de 2002; 10. El País: l0 de agosto de 2002; 11 Milenio: 19 de agosto de 2002; 12. Time: 15 de agosto de 2002; 13-17. El Universal: 17 de agosto de 2002; 18. Milenio: 19 de agosto de 2002; 19-22. Milenio: 12 de agosto de 2002.

Extranjero en la noche

EXTRANJEROS EN LA NOCHE

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Ahora, después de este agravio tremendo a la más cosmopolita ciudad que imaginarse pueda, y donde nadie fue nunca extranjero, ahora va y se reproduce el síndrome de Pearl Harbor.

Hasta los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York o el ataque al Pentágono, hasta el mismísimo nido del cuco, mediaron años y años en los que nadie podía sentirse extranjero en la city, norteamericana ciudad de nadie, enorme megalópolis amasada a base del interminable suma y sigue de inmigrantes de todas las latitudes. Nueva York nunca fue de nadie por ser de todos. Su arquitectura misma (vertical como la desesperada filosofía de los nichos o de los barrios baratos) representa una babilónica minirrecreación con sedimentos de todas las culturas, testimonio de la confluencia en ese ombligo del mundo con mayúsculas, sede del cordón umbilical del satélite Tierra…

Y el problema es que ahora, después de este agravio tremendo a la más cosmopolita ciudad que imaginarse pueda, y donde nadie fue nunca extranjero, ahora va y se reproduce el síndrome de Pearl Harbor. Leí hace poco en una correspondencia del Corriere della Sera, fechada en San Francisco, el testimonio de John Tateishi, empresario japonés nacido en Estados Unidos e internado en campos de concentración después del ataque sorpresa (y aún se duda de la sorpresa) a Pearl Harbor. Tras aquellos hechos de 1941 —primera grave herida al orgullo norteamericano— acabaron preventivamente en los campos de concentración centenares de millares de ciudadanos de origen nipón. John Tateishi recuerda: “Recibimos el aviso de presentarnos en California, y en dos semanas perdimos todo (otro tanto se hizo en el Perú, con ciudadanos de la colonia japonesa). Nos llamaban traidores porque teníamos la misma cara que los pilotos que protagonizaron el ataque a Pearl Harbor. Ahora los musulmanes son agredidos por la calle. Nosotros los nipoamericanos fuimos los primeros en sufrir esa tremenda pesadilla”.

Escribe el enviado del Corriere della Sera-, “Desde su oficina en el centro del pequeño Tokio, próximo al centro budista zen y no lejos de la mezquita Al Tawheed, John Tateishi solicita un taxi. Desde el aeropuerto ha volado a Phoenix (Arizona), donde estaba citado con un inmigrante sij, sobrino del empleado de una gasolinera asesinado por un cliente borracho que le disparó un tiro a bocajarro porque llevaba un turbante”. Desde entonces han sido bastantes más los muertos, linchados, o severamente maltratados por su pertenencia o apariencia con la comunidad islámica.

Al menos 650,000 nipoamericanos acabaron en campos de concentración tras el ataque a Pearl Harbor y permanecieron allí tres dolorosos años hasta que, perdonados de ninguna culpa y liberados recién el 1978 (¡desde la década del cuarenta!), los soltaron sin ni siquiera pedirles disculpas. Los que no murieron recibieron apenas una indemnización de 20,000 dólares… Ahora mismo hay 500,000 extranjeros que estudian en Estados Unidos, amén de más de 20 millones de ciudadanos árabe-americanos, teóricamente todos bajo sospecha. Todos esos ciudadanos o estudiantes extranjeros son, desde el 11 de septiembre de 2001, examinados con lupa por los múltiples servicios secretos… y especialmente sus viejos aliados, árabes reclutados como Bin Laden, presuntamente de confianza… Estados Unidos ha recabado en estos meses unos 90 millones de dólares por los estudiantes extranjeros, a 95 dólares cada uno… Y no deja de ser grotesco, tragicómico, que para ingresar en Estados Unidos, en el avión se les obligase a rellenar una ficha en la que, aparte de no reconocerse portadores de enfermedades venéreas (estropicios tropicales, sida, tuberculosis, enfermedades africanas, malaria, etcétera) ni con antecedentes penales, se interrogaba cándidamente a los visitantes. “¿Pretende usted atentar contra el presidente de Estados Unidos?”. No consta que ninguno de los recién llegados marcase una X en la casilla “sí”. Ni tampoco en la de “no sabe, no contesta”. Así las cosas, no asombra que a la CIA y al FBI los hayan pescado con unos calzoncillos de los que aún no logran despojarse, desgraciadamente.

Debí ir a Nueva York hace muy poco, a presentar la traducción de mi última novela. Pero me abstuve cuando vi en un periódico un dibujo en que un papá le decía a su hijo: “Ya es hora de que dejes ese antiamericanismo pueril y optes por un antiamericanismo adulto”. Y entre las notas que yo mismo había tomado, en abril del 2001, durante mi última visita a Nueva York, encontré ésta: “A pesar de todo, NY sigue teniendo esa mezcla insufrible de belleza y bestialidad. NY me sigue atrayendo poderosamente, igual que los malos de las películas”.   n

Delirios de la Independencia

DELIRIOS DE LA INDEPENDENCIA

La versión que priva de la Independencia de México acusa graves deformaciones de la verdad histórica. Los textos que siguen, nacidos de la mano de algunos de los mejores historiadores de México, restituyen algunas realidades que generalmente se ocultan, se borran o se deforman en el relato del nacimiento de la nación.

1. La rebelión de independencia fue un asunto de curas: mucha destrucción y mucho incienso, nos recuerda Luis González y González.

2. La independencia fue una epopeya discutible y un desastre real, dice Josefina Zoraida Vázquez.

3. Además de Padre de la Patria, Hidalgo fue un cura incendiario, confundido por su momento histórico, poseído y arrepentido de su gesta, sugiere Jean Meyer.

4. Mauricio Tenorio presenta al innombrable Iturbide en todas sus facetas: no sólo el villano de nuestra historia, también el valiente, el héroe y el estadista imposible del imposible país naciente.

5. Contra viejas y nuevas mitologías indigenistas, Eric Van Young restituye el hecho de que los indígenas de la Nueva España fueron más monárquicos fantasiosos que independentistas militantes.

6. John Coatsworth hace un ejercicio de las oportunidades de independencia que México perdió y, en consecuencia, las tristes cuentas históricas de la independencia que tuvo.

7. Claudio Lomnitz muestra el largo camino que tuvieron que recorrer los despojos fúnebres de los héroes para volverse reliquias veneradas en el recuerdo agradecido de la patria.

Ninguna de estas cosas suele estar en la historia patria que da cuenta de la Independencia mexicana. La Independencia es en muchos aspectos una asignatura pendiente de nuestra historia, una historia que todavía debemos escribir y completar. Es un pasado abierto que pide a gritos su propia independencia de la fábula, el patrioterismo, la retórica y la mentira.

La Independencia mexicana, hay que decirlo, fue un desastre. Su epopeya prueba el famoso dicho de Engels de que “la historia camina por el lado malo”. La Independencia hizo de México el país vulnerable y dependiente que fue después y que en muchos aspectos sigue siendo.

La causa de la razán

LA CAUSA DE LA RAZÓN

POR TOMÁS MOULIAN

El unilateralismo de Estados Unidos, al que una Europa fantasmal ha cedido el liderazgo, puede incubar un poderoso ethos antioccidental. América Latina podría ser la voz que clame por la instalación de principios de racionalidad universal que han quedado vacantes.

Cuando en 1989 fue echado abajo el Muro de Berlín y luego cuando en 1991 se desmoronó la Unión Soviética muchos profetizaron la llegada de la “pax universal”. Con el fin de ese extenuante enfrentamiento geopolítico entre dos grandes potencias, revestido de combate del bien contra el mal, se entraría por fin en un orden internacional pacífico, estable y regido por principios de racionalidad. La aspiración de la paz perpetua, negada a lo largo de toda la historia pero soñada por tantos pensadores, estaba por fin al alcance de la mano.

Diez años más tarde casi todos están de acuerdo en que vivimos en un mundo caótico, quizá más inseguro que ese orden hobbesiano creado por el “equilibrio del terror”. Entonces, por lo menos, el uso de la amenaza atómica era el monopolio de las dos grandes potencias, mientras que ahora incluso una organización privada de terroristas, como Al Qaeda, puede sembrar el pánico en Washington.

El signo ideológico de esta época es la primacía concedida a las identidades. Vivimos un momento de movilización masiva en torno a principios que enfatizan lo particular, quizá porque han estallado en mil pedazos las ideologías que ponían en su centro principios de universalidad. El debilitamiento combinado del humanismo burgués, y de las ideologías emancipatorias de carácter socialista, ha permitido que se abran paso ideologías que colocan la identidad en el centro.

Y la identidad tiene fuerza porque enfatiza las diferencias, porque moviliza buscando imponer lo parcial contra lo universal. Tenía razón Sartre cuando afirmaba que la condición del humanismo era que el hombre no fuese nada, de manera esencial. La invasión de creencias fundamentalistas de carácter religioso, dispuestas a esparcir la semilla de las guerras santas y de nuevos extremismos, levantadas sobre la negación del otro, del extraño, del extranjero, son la resultante de una globalización en el marco de una crisis de los pensamientos humanistas.

De una globalización organizada bajo ese signo resulta un orden económico y político donde el dominio de los países centrales sobre los semiperiféricos o periféricos no está atemperada por la búsqueda de un mundo más racional. Por eso estamos viviendo un “mundo desbocado”, como lo ha llamado con tanto acierto Anthony Giddens. Este tipo de orden ha perdido sus brújulas. Estaba acostumbrado a la regulación por el temor recíproco, como principio negativo y, como principio positivo, al efecto temperante de los residuos de la poderosa ideología burguesa del progreso que inspiró a la Europa de la socialdemocracia clásica, todavía hasta fines de los sesenta.

Incluso Roma terminó por derrumbarse, dice Joseph Nye, pero Roma actuaba con más prudencia de la que ha tenido Estados Unidos en sus incursiones en mundos donde los principios de identidad han revivido de un modo poderoso y donde la combinación entre política y religión puede crear mezclas explosivas. Los efectos del unilateralismo y de la sobreexposición de Estados Unidos, al que una Europa fantasmal ha cedido el liderazgo, es la incubación de un poderoso  ethos antioccidental, en un momento en que los “bárbaros” viven dentro de las fronteras de los países centrales.

Recuperar la razón y lA universalidad

Frente a este tipo de globalización sin principios humanistas reguladores, los países periféricos de América Latina debemos representar el clamor del orden racional. Se trata de una misión histórica —la preservación de una herencia de la modernidad— y de un principio defensivo.

América Latina podría asumir reivindicaciones que al mismo tiempo que la defienden, como continente subordinado y blanco posible de las cóleras del apóstol del bien, encarnan principios de racionalidad universal que han quedado vacantes. Son los principios que Europa ha olvidado por ajustarse al “mundo desbocado” de la globalización neoliberal. El drama de Europa es que ese ajuste la obliga a arreglar cuentas con las ideologías socialdemócratas de las que emanaron sus principios de universalidad, dejándola impotente frente a la lógica geopolítica unilateral de Estados Unidos.

Nuestro continente tiene una posibilidad frente a este vacío: representar la demanda de un orden internacional democrático. Hegel nos pensó como un continente sin historia. Lo hemos sido: desunidos, esmirriados, subalternos, quizá por haber sido colonizados por un imperio periférico, alejado de la Reforma y del Renacimiento. Bien pensado, esa excentricidad pudo ser nuestra ventaja, si los dolores de la colonización no nos hubieran llevado a las antípodas, a imitar a la Ilustración o a los liberales sajones, avergonzados de nuestra raíz católica y musulmana.

Quizás hoy tengamos la oportunidad de poner en el escenario una idea distinta de la modernidad. En un momento en que Europa ha perdido la fuerza de la impugnación a nombre de los valores de la libertad y la democracia, dejando que el orden internacional esté manejado por las fantasías omnipotentes de Bush, América Latina podría (y quizás debería) ser la voz que clama, que exige la instalación definitiva de una verdadera “sociedad de naciones”.

Pero sólo podremos serlo si nos decidimos a adquirir una dimensión histórica. Hemos fracasado tantas veces, atrapados en nuestras querellas y miserias provincianas; dispersos, cuidando nuestras fronteras o enzarzados en guerras heroicas pero sin destino, no hemos podido ser algo más que repetidores o víctimas. La posibilidad de ser sujetos históricos pasa por emprender la tarea de nuestra unificación continental. A través de ella, o por este proyecto al menos, podríamos realizar la posibilidad de una vocación histórica en estos tiempos de crisis, y al mismo tiempo podríamos encontrar fuerza para resistir al mundo desbocado de la globalización.

Como países periféricos, desunidos casi no tenemos destino. Sólo a través de una creciente integración de nuestras economías y culturas podremos hacer frente a una globalización, donde el dominio desnudo de los intereses del capital con su lógica de la ganancia apenas deja espacio al desarrollo más potente de nuestras economías y no nos permite valorizar nuestras exportaciones.

En ese sentido creo que el camino elegido por México y por Chile repite un gesto tantas veces realizado. Estos países han optado por ser integrados al modelo del imperio. Han preferido entenderse unilateralmente con los centros en vez de apostar a los esfuerzos de integración subregional o regional. Su elección privilegia la certidumbre, pero niega la aventura del futuro.

Por otra parte, es verdad que la situación actual de América del Sur es caótica. La crisis sin alternativas de Argentina; la volatilidad de la situación de Brasil, donde los doctores alarmistas que quisieron llamar la atención sobre los peligros de la elección de Lula, provocaron una crisis tan importante como la de su posible triunfo; la debilidad manifestada por el sistema financiero del Uruguay; la ingobernabilidad de Perú y, en mayor grado, de Ecuador; y la violencia desmedida en Colombia, no constituyen un panorama esperanzador.

Pero ¿no seremos víctimas de nuestra desunión, de nuestra competencia desbocada de unos contra otros? ¿No serán esos esfuerzos de unificación los únicos caminos que a la larga nos transformen en actores históricos con influencia política, y con posibilidades reales de diversificar nuestras exportaciones y dejar de ser exportadores de materias primas?

Esta globalización desordenada y caótica, que se realiza en medio del derrumbe de las ilusiones de mayor equidad y libertad, nos ofrece, quizá, un espacio. Pero sólo a un continente que pueda hablar en nombre de principios universales, y no de intereses provincianos; que hace suya una identidad abierta, volcada hacia la regulación democrática del orden internacional y que postula para el mundo grandes ideas de futuro.

Si somos incapaces de exportar bienes y tecnologías sofisticadas, quizá podamos exportar principios generadores de esperanza y propuestas de ordenamientos para el mundo que viene.

Nada asegura que tengamos éxito. Pero en esta globalización caótica, una voz que no provenga del imperio, y que no hable en nombre de los grandes intereses que dominan el mundo, quizá pueda abrir una ventana.   n

La Plaza Mayor

ESCRITURAS

LA PLAZA MAYOR

POR ANGELES MASTRETTA

“Cada vez que estoy en Madrid, vuelvo a la plaza como a una parte de mí misma. Desde aquel primer día se convirtió en mi talismán. Ni una promesa me ha hecho jamás la majestad que alberga y mil me ha cumplido sin que se las pidiera. Con los años se ha vuelto aún más hermosa, más radiante, más viva”.

Recuerdo, con la claridad que empieza a tener lo entrañable cuando lo evocamos, la primera vez que la vi. Cerrada por los cuatro costados, al mismo tiempo misteriosa y nítida, secreta y sabida desde mucho antes de mirarla.

Me detuve en una de las puertas, como quien se detiene a descubrir un mundo que reconoce. Había llegado a España por primera vez, pero al pisar la plaza sentí como si estuviera de vuelta. Me estremeció de golpe el caprichoso vuelco que sale de uno mismo y a uno mismo regresa diciendo: aquí ya estuve.

Para mí: una mexicana que habla español, que ha crecido entre iglesias del barroco, pirámides altivas y plazas con cuatro lados, descendiente segura de quienes fundaron ciudades con el deseo de refundar el mundo, hija a medias de españoles cuya patria era un sueño con dos patrias, hija descreída de un pasado que ambiciona y le espanta, llegar a España, por primera vez, fue como recuperar un mundo que ya me pertenecía.

Algo de mí había estado antes en el centro de la Plaza Mayor. No sé si la cabeza o los pies de algún tatarabuelo, si la enagua o las fantasías de una bisabuela blanquísima. No sé si el ansia aventurera de un hombre que al ir a comprar alubias, ahí donde antes estuvo el mercado más inquieto y festivo, dio con otro que le propuso irse de viaje para tener entre las manos algo más que un puchero a la semana. No sé si el temor o la audacia de una mujer prodigando su adiós como quien canta, si la imaginación de un niño o el sueño de un gitano. No sé qué de todo lo que intuía o si todo eso me hizo decir  sin más: aquí ya estuve, este lugar fue mío desde antes de mirarlo, y bajo el cielo rectangular de esta plaza en silencio ya anduvieron mis pies.

Austera, ambiciosa, brillante, con los rincones sucios y el olor a guardado que aún tenía la España en letargo del 1976, la plaza sabía secretos y oía canciones de antes, la plaza estaba segura de que un futuro habría, la plaza era bellísima como la misma vida.

No me pude mover de aquel cobijo, toda la tarde la pasé mirándola. El rectángulo de cielo azul se fue haciendo naranja y después plúmbeo, hasta que le brotaron las estrellas.

Qué lugar para reconocerse, para temer, para esperar las alas y el valor. ¿De dónde sacará fuerzas un sitio tan estrecho, tan construido adrede como para cercarnos, tan falto de horizonte, para ser promisorio y ambiguo como el mar? ¿En cuál de sus ventanas, en qué ángulo estrecho, entre qué puerta y qué puerta estará este deseo de quedarse y dejarla que otros sintieron antes que yo?

Volví al día siguiente. Volví todos los días de esa semana: a mirarla y mirarla sólo para mirarla. ¿Quién cruzó por aquí antes de resolver que su vida continuara a la sombra de dos volcanes remotos? ¿Cuál de estas ventanas se abrió para buscar más allá del océano? ¿Las flores de qué balcón invocaba la mujer que procreó al padre de la madre de mi madre? ¿O al abuelo de la madre de mi padre? ¿Quién de todos aquellos que duermen en mis venas soñó bajo estos muros hace ya cuántos años? No lo sabía. No lo sabré nunca. Pero me bastó y me basta con imaginar que la plaza lo sabe. Por eso me convoca y guarece. Por eso, cada vez que estoy en Madrid, vuelvo a la plaza como a una parte de mí misma. Desde aquel primer día se convirtió en mi talismán. Ni una promesa me ha hecho jamás la majestad que alberga y mil me ha cumplido sin que se las pidiera. Con los años se ha vuelto aún más hermosa, más radiante, más viva. El corazón de la España que me he ido encontrando desde que la encontré, que me llevo y me traigo cada vez más acaudalado, pasa siempre por la plaza y le agradece los privilegios, vuelve a nombrarlos, sonríe con el íntimo recuerdo de cada uno.

Sin embargo, he visitado la Plaza Mayor menos veces que amores tengo bajo su sombra. Mi paisaje del alma está tramado con la índole de estos amores. Está hecho con las voces y la compañía que no hubiera alcanzado a soñar, menos aún a pedir, la primera tarde que llegué a España.

Lo creo cada vez con más fuerza y más abandono. Ese aire también es mío, allí he encontrado cómplices excepcionales y anhelos que me abrazan como algo suyo. No de balde he ido a buscarlos.

Guardó para mí sus nombres, los bendigo, son el inaudito tesoro que me confirma a diario cuánta razón tenía la plaza cuando me hizo sentir, hasta siempre, parte del mundo que señorea y abriga.       n

Yo, Hidalgo, altivo y loco, orgulloso, arrepentido

YO, HIDALGO, ALTIVO Y LOCO, ORGULLOSO, ARREPENTIDO

POR JEAN MEYER

“Compadeceos, compadeceos de mí, Yo veo la destrucción de este suelo, que he ocasionado: las ruinas de los caudales que se han perdido, la infinidad de huérfanos que he dejado, la sangre que con tanta profusión y temeridad se ha vertido, y la multitud de almas que por seguirme estarán en los abismos”.

Hay muchas maneras de ser irreverente con los “héroes de bronce”. una manera de “forjar patria” es precisamente la irreverencia amistosa que los baja del monumento y los vuelve humanos, ahí les va un intento mío de conocer al verdadero don miguel, después de la derrota del puente de calderón, a hidalgo no le quedaba más que la apariencia del poder, del cual había sido despojado en pabellón por allende y los otros jefes militares, había renunciado al mando bajo la amenaza de perder la vida y en realidad andaba como preso, de tal manera que lo hacían parecer como principal cabeza y lo tenían por parapeto, cuando viajaba en calidad de rehén, despojado del mando, hidalgo sintió algo como un alivio. No que le hubiera pesado el cargo a lo largo de aquellos extraños cuatro meses que habían pasado con inconcebible rapidez.

SOLILOQUIO DE HIDALGO

DESPIERTO DE UN SUEÑO, LA FIESTA HA TERMINADO, Y LA PESADILLA TAMBIÉN. SE DISIPÓ EL FRENESÍ. ¿POR QUÉ ME SIGUIERON ESTOS HIJITOS

MÍOS CUANDO LES LLAMÉ? ¿POR QUÉ ME HICIERON CASO CUANDO LOS INVITÉ A COGER GACHUPINES? LES LLAMÉ, VINIERON Y CORRIERON AL BAILE. ¿POR QUÉ GRITÉ? ¿POR QUÉ LES LLAMÉ? ES LO ÚNICO QUE NO ENTIENDO, PORQUE DESPUÉS NO MANDÉ NADA. NI QUÉ ALTEZA SERENÍSIMA NI QUÉ NADA. FUI TAN PRESO EN LA VICTORIA, COMO AHORA EN LA DERROTA.

Su entusiasta seguidor, el cura francisco severo de Maldonado había escrito su crítica contra hidalgo: “Metido a jefe de la insurrección de esta América, quiso, invicta minerva, hacer del político y pronunciar oráculos sobre el destino de las naciones”.

 SOLILOQUIO DE HIDALGO

SÍ, ASÍ FUE, TIENE RAZÓN EL PEDANTE DE MALDONADO. TODO ACABARÁ, LO MISMO QUE HA EMPEZADO, POR UNA ABSOLUTA ANARQUÍA, O POR UN IGUAL DESPOTISMO. UN ORÁCULO MÁS, NI MODO. INVICTA MINERVA. MI-NER-VA. MINERVA, PERO “REGRESA A TI MISMO, OCTAVIO, Y DEJA DE LAMENTARTE / ¿QUÉ? QUIERES EVITARLO, COMO SI ESO SE PUDIERA”. NUNCA PUDE LEER A LOS FILÓSOFOS FRANCESES. A CORNEILLE Y MOLIÉRE, SÍ. ¿CÓMO VA?

mais quand le peuple est maítre, on n ‘agit qu ‘en tumulte. la voix de la raison jamais ne se consulte. les honneurs sont vendus aux plus ambitieux, l’autorité livrée aux plus séditieux. le pire des etats c’est l ‘etat populaire. (CORNEILLE.) [Mas cuando el pueblo manda, se agita en tumulto, la voz de la razón jamás se consulta los honores se venden a los más ambiciosos la autoridad, en manos de los más sediciosos la pira del estado es el estado popular.]

PEUPLE. PUEBLO. COMO HUBIERA QUERIDO… GRITAR… ¡LOS HOMBRES! ABAD Y QUEIPO, EL OBISPO, SÍ. RIAÑO, EL INTENDENTE, QUIZÁ. Y CALLEJA, CLARO, CON CALLEJA PARA ENCABEZAR EL EJÉRCITO. ABAD Y QUEIPO COMO REGENTE. ¡SALVACIÓN! DEJEMOS ATRÁS ESE LABERINTO DE NOSOTROS MISMOS; SALTEMOS POR ENCIMA DE ÉL Y NO NOS ECHEMOS A RECORRER SUS VUELTAS Y REVUELTAS INTERMINABLES. ¡SAL-VA-CIÓN! SALVACIÓN, YA. AVANCEMOS, ¡OH ALMA MÍA! INCREADO. INDISTINTO. INSENSIBLE. I-NE-FABLE. ¿QUIÉN CAUTIVA AL CORAZÓN? HOY MEDRAN LOS MONSTRUOS, LAS BESTIAS FEROCES, LOS BÚHOS. MINERVA… TODO BIEN. NO QUIERO NI MÁS NI MENOS QUE LO QUE TENGO. EL CURA DE LOS CURAS. ESO DIJO DE MÍ EL OBISPO.

CUANDO SE LE MURIERON SUS GUSANOS DE SEDA LE DIJE: “NO TENGA CUIDADO, DENTRO DE DOS MESES LE TRAERÉ ACÁ TAL GUSANERA QUE QUEDARÁ SATISFECHO”. “SEDUCTOR DEL PUEBLO, SACRILEGO Y PERJURO… SI QUIS SUADENTE DIABOLO, POR HABER… EXCOMUNIÓN MAYOR”. ¡POBRE OBISPO ELECTO ABAD Y QUEIPO! IPSO FACTO INCURRENDA. ME. QUISO; LO QUIERO BIEN. “CURA DE LOS CURAS”, ESO DIJO DE MÍ. TREINTA Y DOS AÑOS DE SACERDOCIO,.. HUBIERA PREFERIDO QUE ÉL CITARA A CICERÓN: USQUE TANDEM CATILINA… FRENESÍ. FRE-NE-SÍ, FRENESÍ, FRENESÍ, SÍ. LOS AUTORES DE SEMEJANTES EMPRESAS NO GOZAN EL FRUTO DE ELLAS. BIEN SE LO DIJE A ALLENDE. EXALTADO. QUE NO CONTASE CON EL. FACILIDAD. FACILIDAD CON QUE LOS PUEBLOS: LOS PUEBLOS NOS SIGUIERON. A MILLARES. CURA, LO-CU-RA. ¡YA! UNA CONDESCENDENCIA CRIMINAL CON LOS DESEOS DE LA CANALLA. EL EJÉRCITO. LOS INDIOS. A NINGUNO DE LOS QUE SE MATARON DE MI ORDEN SE LES FORMÓ PROCESO. NI HABÍA POR QUÉ FORMÁRSELO. ERAN INOCENTES. LOS INDULTÉ PARA SACARLOS DE SU ESCONDITE. LOCURA. GOBIERNO TIRÁNICO, DESPÓTICO. EUROPEOS TIRANOS, USUREROS, AMBICIOSOS, TRAIDORES. ASESINOS. ENTREGARON ESPAÑA A LOS FRANCESES. NO LES HUBIERA COSTADO ENTREGAR A LA NUEVA ESPAÑA. ALGO SE LOGRÓ. NO PUDIERON ENTREGARLA. NOS HAN ROBADO, ULTRAJADO. A NOSOTROS, LOS HIJOS DE LOS CONQUISTADORES, NOS HAN DECLARADO INDIGNOS. TENÍAN VENDIDO EL REINO A LOS FRANCESES, IGUAL A LOS INGLESES. POR LO MENOS NO SE VERÁ LA GUILLOTINA EN MÉXICO. SEVILLA, ENTREGADA A LOS FRANCESES SIN UN CAÑONAZO. ÍBAMOS A PERECER IRREMEDIABLEMENTE. LA SANGRE DE LOS INOCENTES. YO. LEGÍTIMA DEFENSA. LA AMÉRICA DEBÍA SEGUIR LA MISMA SUERTE. IRREMEDIABLEMENTE.

Por lo mismo no le sorprendió ni le asustó su prisión en acantita de bajan, el 21 de marzo, en compañía de los otros jefes insurgentes. Se sentó a escribir y escribió:

CARTA DEL BR. D. MIGUEL HIDALGO, CURA DE DOLORES, A TODO EL MUNDO

 ¡AY DE MÍ!, ¡QUE NO PUEDO ASPIRAR HABLANDO Y DESENGAÑANDO AL MUNDO MISMO DE LOS ERRORES QUE COMETÍ! MIS DÍAS ¡CON QUÉ DOLOR LO PROFIERO!, PASARON VELOCES: MIS PENSAMIENTOS SE DISIPARON CASI EN SU NACIMIENTO, Y TIENEN MI CORAZÓN EN UN TORMENTO INSOPORTABLE. LA NOCHE DE LAS TINIEBLAS QUE ME CEGABA SE HA CONVERTIDO EN LUMINOSO DÍA, Y EN MEDIO DE MIS JUSTAS PRISIONES ME PRESENTA, COMO A ANTIOCO, TAN PERFECTAMENTE LOS MALES QUE HE OCASIONADO A LA AMÉRICA, QUE EL SUEÑO SE HA RETIRADO DE MIS OJOS. ¿CUÁL SERÁ, PUES, MI SORPRESA, CUANDO VEO LOS INNUMERABLES QUE HE COMETIDO COMO CABEZA DE LA INSURRECCIÓN? ¡AH. AMÉRICA, QUERIDA PATRIA MÍA! ¡AH, AMERICANOS MIS COMPATRIOTAS, EUROPEOS MIS PROGENITORES! COMPADECEOS, COMPADECEOS DE MÍ. YO VEO LA DESTRUCCIÓN DE ESTE SUELO, QUE HE OCASIONADO: US RUINAS DE LOS CAUDALES QUE SE HAN PERDIDO, U INFINIDAD DE HUÉRFANOS QUE HE DEJADO, LA SANGRE QUE CON TANTA PROFUSIÓN Y TEMERIDAD SE HA VERTIDO, Y LO QUE NO PUEDO DECIR SIN DESFALLECER, U MULTITUD DE ALMAS QUE POR SEGUIRME ESTARÁN EN LOS ABISMOS. YA VEO QUE SI VOSOTROS, ENGAÑADOS INSURGENTES, QUERÉIS SEGUIR EN LAS PERVERSAS MÁXIMAS DE U INSURRECCIÓN, MIS CULPAS SE AUMENTARÁN, Y LOS DAÑOS, NO SÓLO PARA LA AMÉRICA SINO PARA VOSOTROS, NO TENDRÁN FIN.

Siguió escribiendo:

EL HORROR CON QUE SE ME PRESENTE SU SANGRE QUE POR MÍ SE, HA DERRAMADO…

Dejó la pluma y se quedó pensando ya sin figuras de retórica:

MATAR NO PUEDE SER UNA BUENA ACCIÓN; CON MATAR NI SALVO MI ALMA, NI ALIVIO MI PENA EN ESE MUNDO. HAY QUE RENUNCIAR A LA VENGANZA.

Luego que terminó, se quedó pensando que le gustaría la compañía de los “gachupines”, los estimados Riaño y Abad y Queipo —al pensar gachupines, puso mentalmente la palabra entre comillas, y esa idea le hizo sonreírse.

SOLILOQUIO DE HIDALGO

ESTABAN ELLOS DE ACUERDO CONMIGO EN TODO O CASI EN TODO. SABÍAN ELLOS PERFECTAMENTE QUE LA NUEVA ESPAÑA ESTABA AMENAZADA DE CORRER U MISMA SUERTE QUE U VIEJA. DESEABAN LO MEJOR PARA EL REINO Y CONOCÍAN LAS VENTAJAS QUE RESULTARÍAN DE UN GOBIERNO NO INDEPENDIENTE. ESO SÍ, INDEPENDIENTE Y HERMANADO CON UNA ESPAÑA LIBERADA DE LOS FRANCESES.

LOS ASUSTÉ CON MI SISTEMA ATROZ, QUÉ DUDA CABE. PERO ME SORPRENDIERON AL VENIR A COGERNOS. NO QUEDABA OTRO REMEDIO. ES CUANDO SE PERDIÓ TODO. SE ME NUBLÓ LA VISTA, SE ME CEGÓ EL ENTENDIMIENTO POR ANDAR EN COMPAÑÍA DE LA PLEBE, CARGADO EN HOMBROS POR LA PLEBE. AL DESATAR LAS PASIONES DE LA PLEBE, ES CUANDO PERDÍ LA PATRIA QUE QUERÍA SALVAR. ¿CÓMO DESATAR EL MUNDO AHORA? SE LA ARREGLARÁN ELLOS.

Se levantó del catre, se acercó a la pared y escribió con carbón:

ORTEGA, TU CRIANZA FINA,

TU ÍNDOLE Y ESTILO AMABLE

SIEMPRE TE HARÁN APRECIABLE

AUN CON GENTE PEREGRINA.

TIENE PROTECCIÓN DIVINA

LA PIEDAD QUE HAS EJERCIDO

CON UN POBRE DESVALIDO

QUE MAÑANA VA A MORIR.

Y NO PUEDE RETRIBUIR

NINGÚN FAVOR RECIBIDO.

 MELCHOR TU BUEN CORAZÓN

HA ADUNADO CON PERICIA

LO QUE PIDE LA JUSTICIA

Y EXIGE LA COMPASIÓN.

Se le estaba acabando el carbón por lo cual quedó ilegible la décima siguiente. Agarró otra pieza de carbón:

DAS CONSUELO AL DESVALIDO

EN CUANTO TE. ES PERMITIDO

PARTES EL POSTRE CON ÉL,

Y AGRADECIDO MIGUEL

TE DA LAS GRACIAS RENDIDO.

Tuvo ganas de escribir aún:

¿HE COMBATIDO EL BUEN COMBATE?

HE TERMINADO MI CARRERA.

HE GUARDADO LA FE.

Antes de acostarse, de rodillas rezó sus oraciones. Siempre había pensado que el cristiano que reza antes de dormir es comparable a un buen general que dispone a sus centinelas alrededor del campamento.

Tan pronto como cerró los ojos, se durmió.  n

Nota bibliográfica

NOTA BIBLIOGRÁFICA

La cita de Iturbide que abre este ensayo proviene del borrador de sus memorias que se encuentra en la Benson Latín American Collection de la Universidad de Texas, Austin. Para una detallada historia del origen y vicisitudes de estas memorias y de la abundante papelería producida por el frustrado emperador mexicano, ver William S. Ro- berston: “Memorabilia de Agustín de Iturbide”, en Hispanic American Historical Review, vol. 27, núm. 3 (agosto 1947), pp. 436-455; la memoria de Iturbide está incluida en la biografía de Carlos Navarro y Rodrigo: Vida de Agustín de Iturbide, Madrid, Editorial América, 1919; otra biografía llena de datos, aunque de esas que siempre hablaban del complot masón contra Iturbide, es Alberto de Mestas: Agustín de Iturbide emperador de Méjico, Barcelona, Editorial Juventud, 193?; otra es Mario Mena: El dragón de fierro; biografía de Agustín de Iturbide, México, Editorial Jus, 1969. Indispensables son las opiniones de historiadores liberales y conservadores como Lucas Alamán, Carlos María de Bustamante, Lorenzo de Zavala y José María Bocanegra; el libro de Bulnes del que hablo en este ensayo es Francisco Bulnes: La guerra de independencia, Hidalgo-Iturbide, México, 1910 (utilizo la edición de Editora Nacional, México, 1956); parte de la correspondencia y diario militar de Iturbide fueron publicados por el Archivo General de la Nación en 1930; otra parte de su correspondencia fue publicada como La correspondencia de Agustín de Iturbide después de la proclamación del plan de Iguala, México, 1945-194?, con introducción de Vito Alessio Robles. La historia de la reescritura de los héroes, y del destino que tuvieron en la columna de la independencia, la cuento en Mauricio Tenorio-Trillo: A City upon a Lake: México City 1880-1940 (en prensa). Es de considerarse, por los datos y las imágenes que incluye, Rafael Heliodoro Valle: “150 aniversario de la consumación de la Independencia. Iturbide varón de Dios”, número 146 de la revista Artes de México (1971). Para entender el contraste estadunidense y brasileño, en lo que hace al Estado, ver Morton Keller: Affairs of State Public Life in Late Nineteenth Century America. Cambridge, Harvard University Press, 1977, y Emilia Viotti da Costa: Da monarquía a república: momentos decisivos, Sao Paulo, Brasiliense, 1985. Los indispensables trabajos de Timothy Anna son The Mexican Empire of Iturbide. Lincoln. Nebraska, University of Nebraska Press, 1990; y la última suma de sus investigaciones Forging México.- 1821-1835. Lincoln, Nebraska, University of Nebraska Press, 1998. El lúcido trabajo de Marco Antonio Landavazo al que hago referencia es La máscara de Fernando VII. Discurso e imaginario monárquico en una época de crisis, Nueva España, 1808-1822, México, El Colegio de México, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, El Colegio de Michoacán, 2001. El último trabajo de Eric Van Young corona bien sus varios ensayos y presentaciones que nos habían dado una clave de la participación popular en las acciones de los líderes de la independencia (The Other Rebellion: Popular Violence, Ideology. and the Mexican Struggle for Independence. 1810-1821, Stanford, Stanford University Press, 2001). Indispensables son los trabajos de Brian Hamnett: Roots of Insurgency: Mexican Regions, 1750-1824, Cambridge, Nueva York, Cambridge University Press, 1986; y Revolución y contrarrevolución en México y el Perú- liberalismo, realeza y separatismo, 1800- 1824, traducción de Roberto Gómez Ciriza, México, Fondo de Cultura Económica, 1978. El trabajo de Javier Ocampo a que hago referencia es Las ideas de un día: El pueblo mexicano ante la consumación de su independencia, México, El Colegio de México, 1969. Un trabajo reciente, al que aún no le he hincado el diente, pero que debo dejar mencionado, es José Antonio Jiménez Díaz: Agustín de Iturbide, libertador de México, Guadalajara, Dirección de Publicaciones, Gobierno del estado de Jalisco, Secretaría General de Gobierno, 2000.

La epopeya y el desastre

LA EPOPEYA Y EL DESASTRE

POR JOSEFINA ZORAIDA VÁZQUEZ

El inicio mismo de la rebelión de Independencia anunció el desastre. El gobierno construido a lo largo de tres céntimas se derrumbó. Cesó la concentración fiscal en la capital y, al igual que la economía, tardaría décadas en reponerse, imposibilitando que funcionara cualquier sistema de gobierno.

La revolución que estalló en setiembre de 1810 ha sido tan necesaria para la consecución de la independencia, como perniciosa y destructora del país. Los errores que ella propagó, las personas que formaron parte o la dirigieron, su larga duración y los medios de que se echó mano para obtener el triunfo, todo ha contribuido a la destrucción de un país que en tantos años, como desde entonces han pasado, no ha podido aun reponerse de las inmensas pérdidas que sufrió.

José María Luis Mora

El duro juicio del liberal Mora nos obliga a darnos cuenta del desacuerdo, en su tiempo, ante la elección del 16 de septiembre como fecha fundacional de la independencia de la nación mexicana. Fue natural que México buscara, al igual que todos los países que aspiraban a constituir un Estado-nación, forjarse un nuevo pasado. La acuñación de nuevos símbolos, héroes y eventos heroicos era indispensable para trasladar al nuevo orden la lealtad que sus habitantes profesaban a la Corona. Inició esa tarea don Carlos Ma. de Bustamante, testigo y relator de la independencia, y la consolidaron otros historiadores a lo largo del siglo XIX.

Sin tentarse el corazón, don Carlos adornó los acontecimientos cuando lo juzgó necesario, alteración que, según Lucas Alamán, fue la que permitió que la república escogiera “para su fiesta nacional, el aniversario de un día que vio cometer tantos crímenes”. Alamán lamenta que este ejemplo de heroicidad haya estimulado a “extinguir toda idea de honor, de probidad y de obediencia”.

La independencia era necesaria e inevitable. No por la supuesta polarización entre españoles criollos y peninsulares, sino porque el desarrollo mismo del reino requería una autonomía que ni la misma revolución liberal gaditana estuvo dispuesta a concederle a la Nueva España. Es evidente sin embargo lo costosa que fue la forma en que se llevó a cabo, aspecto soslayado al subrayar la “heroicidad” del hecho pero indispensable para explicar por qué la rica y próspera Nueva España se convirtió, en unas cuantas décadas, en la débil nación que Estados Unidos haría víctima fácil en 1846-1848.

La independencia se interpretó como la recuperación de la libertad perdida con la conquista, absurdo que no aceptarían ni Alamán ni Mora, quienes consideraron que con ella se había empezado a forjar la nación mexicana. El rechazo del pasado colonial impidió comprender el verdadero sentido de la independencia, además de dejar al margen de la memoria histórica momentos brillantes del ser nacional que surgía.

Institucionalizada la vida política, económica y cultural de Nueva España, en el siglo XVIII el mercado interno creado por el crecimiento demográfico estimuló el desarrollo de todas las ramas de la economía. La producción de plata, indispensable para las guerras y el comercio europeo, dada la incapacidad industrial de la metrópoli, incorporó a la Nueva España al mercado internacional. El reino se convirtió en “la joya más preciada de la Corona”: generaba más de la mitad del ingreso fiscal bruto y unos dos tercios del ingreso imperial neto.

El virreinato novohispano contaba con las ciudades más grandes del continente, excelentes instituciones educativas y una cultura con un sello propio que, en búsqueda de afirmación e identidad, se apropiaba del pasado prehispánico. Pero esa misma prosperidad hizo vulnerable a México. Durante el XVIII, el reino fue víctima de su propia metrópoli y, más tarde, ya independiente, de las ambiciones de otras potencias comerciales.

Para la segunda mitad del XVIII, los borbones buscaron poner la riqueza novohispana al servicio de su sueño de reconquistar el predominio otrora gozado por el Imperio español. Para detener la expansión británica y los desvíos del comercio novohispano, la Corona española emprendió la modernización administrativa, económica y cultural del Imperio. Para hacer a sus súbditos más productivos —por su propio bien y por el de la Corona—, se multiplicaron escuelas y se fundaron instituciones educativas modernas. Pero como también se buscaba consolidar el absolutismo, la Corona arrebató a las corporaciones los privilegios que gozaban (en especial a la Iglesia), y trató de convertir los reinos de ultramar en verdaderas colonias. Por tanto, aunque algunas reformas promovían el bienestar de las clases populares, se centraron en la reorganización del gobierno y la administración para incrementar los recursos de la Corona para sus guerras europeas. Así, se liberó el comercio dentro del Imperio, pero junto a un eficaz sistema fiscal, nuevos impuestos y monopolios que aseguraron jugosos ingresos a la hacienda pública.

Las reformas afectaron en especial a la Nueva España, que tuvo que hacer cuantiosos envíos de numerario a la metrópoli, numerosos préstamos voluntarios y forzosos y los “situados” a Filipinas, Luisiana y las islas del Caribe, verdaderos subsidios para la defensa del Imperio. Esta sangría constante descapitalizó al reino. De manera que su bienestar económico, como dice un historiador, “quedó cautivo de los planes imperiales y europeos de la Corona”. La puntilla de este traspaso de Nueva España a la metrópoli sería la famosa consolidación de vales reales que obligó a la Iglesia a remitir su capital líquido a la metrópoli. Como éste financiaba préstamos a rancheros, mineros y comerciantes, los dejó sin crédito. Por eso hay que reconocer que las desgracias de la Nueva España se iniciaron antes de la lucha independentista.

En ese contexto tuvo lugar la invasión napoleónica de España y la abdicación forzada de sus reyes. La coyuntura favoreció los anhelos autonomistas de los reinos americanos, los cuales dependían de la Corona pero en ausencia de un rey legítimo podían asumir una autonomía legal. Los notables de la Nueva España trataron de formar una Junta para discutir cómo funcionaría el reino en ausencia de Fernando VII. Un grupo de peninsulares lo impidió mediante un golpe de Estado.

Los criollos de todos los grupos sociales, que anhelaban mayor participación en el gobierno de su tierra, empezaron a conspirar y a acumular armas. Muchos peninsulares residentes compartían el sentimiento autonomista, lo que hacía factible que progresara un proyecto razonable de independencia. Pero al ser delatada la conspiración de Querétaro, parte de los complicados se lanzó a la lucha sin un plan. Durante su proceso, Miguel Hidalgo declaró que, aunque consideraba útil la independencia para el reino, no había pensado “entrar en el proyecto, a diferencia de don Ignacio Allende”. No obstante, en la mañana del 16 de septiembre, al iniciarse la rebelión, el cura se convirtió en dirigente hasta en cuestiones militares, invadido por lo que él describió como un “frenesí”.

El inicio mismo de la rebelión anunció el desastre. En la misma madrugada del alzamiento se empezó a liberar presos de la cárcel y a encarcelar vecinos españoles, cuyos bienes eran incautados. Después se incorporaron a la rebelión indios y rancheros que ocurrían a misa y todos marcharon hacia San Miguel, población que ocuparon por la noche. Las huestes crecieron, atraídas por la posibilidad de saqueo. Hidalgo negó haber prometido el saqueo de bienes de los españoles, pero aceptó haberlo dejado correr. Confirmó que “a la plebe se le dieron a saco muchos bienes de europeos, y otra parte se reservaba para mantener las tropas”. Aceptó haber fabricado armas, cañones y municiones; acuñado moneda, apoderado de los caudales reales y de varias iglesias catedrales; haber depuesto autoridades, perseguido a criollos que no los seguían, y mandar ejecutar españoles en Valladolid y Guadalajara. Lo más grave fue que “a ninguno de los que se mataron, de su orden, se les formó proceso, ni había sobre qué, porque bien conocía que estaban inocentes”. Hubo, pues, “una condescendencia criminal con los deseos del ejército compuesto de los indios y de la canalla”.

Es natural que las noticias de estos desmanes atemorizaran a todos los peninsulares y a muchos criollos que favorecían la separación del reino. Este temor alargó la lucha independentista. La horrible matanza y el saqueo de Guanajuato despertaron el temor a una “guerra de castas” que ensombrecería la primera mitad de la vida independiente.

No obstante, el movimiento de Hidalgo prendió a lo largo y ancho de la Nueva España. No todos los rebeldes buscaban liberar al reino, sino que perseguían fines propios. El saqueo y el bandidaje se generalizaron. Don José Ma. Morelos, que a diferencia de Hidalgo sistematizó y racionalizó la lucha, fracasó en darle orden al movimiento. Si a esto sumamos la dureza con que dirigió la contrarrevolución el brigadier y después virrey, Félix Ma. Calleja, comprenderemos el estado lastimoso con que llegó la Nueva España a 1821.

A estos infortunios debe agregarse que la guerra de independencia se produjo en el contexto del experimento liberal español, surgido como resultado de la invasión francesa a la península. La reunión de las Cortes en Cádiz y el establecimiento de una monarquía constitucional en 1812 contribuyeron a politizar a la población y, al instaurar nuevos órganos de gobierno, también desarticularon la administración colonial. Por si fuera poco, la lucha permitió que los comandantes militares —tanto realistas como insurgentes— asumieran poderes judiciales y fiscales en las regiones a su mando, aumentando el poder del ejército y creando caciques regionales.

Así, para 1821, después de once años de desorden, la dilapidación de riqueza, la muerte de la mitad de la fuerza de trabajo, la fundición de aperos de labranza para hacer cañones y armas, el abandono de obrajes, campos y minas, la partida de peninsulares con sus capitales y la disminución del comercio por la inseguridad en los caminos, el reino ofrecía un aspecto deplorable.

El gobierno construido a lo largo de tres centurias se derrumbó. Cesó la concentración fiscal en la capital y. al igual que la economía, tardaría décadas en reponerse, imposibilitando que funcionara cualquier sistema de gobierno. La lucha patrocinó también el ascenso y crecimiento del ejército y sus aspiraciones de mando, lo que pesaría sobre la nueva nación. El desastre se había consumado.  n

Miranda, ¿dónde estás?

MIRANDA, ¿DÓNDE ESTÁS?

POR CINNA LOMNITZ

Si los americanos no pudieron prever el peligro de un ataque terrorista el 11 de septiembre de 2001, ¿seremos nosotros capaces de discernir otros peligros? Esta pregunta, y la respuesta que podamos darle, en cierra el futuro de la humanidad.

How beauteous mankind is! O brave new world, That has such people in ‘t! Miranda, en The Tempest (Shakespeare. 1612).

Dice el Génesis que al principio la Tierra era un tohu-wa-bohu. Nadie sabe qué quiere decir con eso. Mi Biblia guadalupana lo traduce como “confusión y caos”; Casiodoro de Reina (1569) dice ‘”desordenada y vacía”. Hasta hace poco, la pregunta sobre el caos no tenía ningún sentido. Los científicos se encogían de hombros. Eso cambió en 1984 cuando la revista Science publicó el siguiente problema:

El caos puede servir para poner orden en los problemas de la vida real. Supongamos  una comida de filósofos en torno a una mesa redonda. Cada filósofo está sentado frente a un plato vacío, con un tenedor a su derecha y otro a su izquierda, que es el del vecino; y una gran fuente de espaguetis al centro. A los filósofos les gusta comer todos juntos, pero sólo hay un tenedor por comensal, y se requieren dos tenedores para servirse y comer. Se prohíbe ponerse de acuerdo para otorgar precedencia a un grupo de filósofos sobre otro: todos insisten en ser tratados como iguales. ¿Cuál es la solución?

Cada filósofo avienta una moneda. Si es águila, toma el tenedor a su derecha; si es sol, el de la izquierda. Si el tenedor está ocupado, espera hasta que el vecino lo desocupe, lo toma, y luego busca el otro tenedor. Si ése está ocupado, regresa el primer tenedor a su lugar y avienta la moneda otra vez. Cuando finalmente tiene dos tenedores los toma, se sirve, come hasta saciarse y regresa ambos tenedores a sus respectivos lugares. Puede demostrarse matemáticamente que este sistema caótico produce el único orden posible que permite a todos los filósofos comer todo lo que apetezcan en completa igualdad.

Esto significa que ahora es posible entender el caos matemáticamente. Heráclito (535-475 a. C.) tenía las nociones básicas pero carecía de herramientas y por eso decía frases aparentemente absurdas o contradictorias llamadas “paradojas”. “Nunca puedes bañarte dos veces en el mismo río”, o bien, “El orden más perfecto es el de un montón de desperdicios”, son ejemplos.

Hablemos pues de los fenómenos emergentes en sistemas complejos. El caso de las Torres Gemelas, por ejemplo. Se había previsto un posible choque de aviones, un posible incendio y un posible ataque terrorista. Por su parte, los terroristas habían planeado un ataque a la Casa Blanca que se frustró gracias a un puñado de valientes que lograron estrellar el avión en un potrero de Pennsylvania. Pero nadie —ni arquitecto ni terrorista— pensó que las Torres Gemelas se harían polvo. En resumen, nada sucedió en la forma prevista.

Un edificio es un sistema con muchas componentes: vigas, losas, puertas, ventanas, escaleras, ductos, muebles y gente. Cada elemento puede moverse o comportarse de diferentes maneras, que se llaman “grados de libertad”. Un edificio de 110 pisos de alto tiene tantos grados de libertad que podemos verlo como un “sistema complejo”. El gran descubrimiento de los últimos diez o quince años es el hecho de que estos sistemas poseen la capacidad de organizarse en formas imprevistas, llamadas actividades cooperativas o emergentes. Es como si todas las partículas se pusieran de acuerdo para comportarse de alguna extraña manera. El universo, la Tierra, la sociedad son ejemplos de sistemas complejos.

¿Qué ocurrió el 11 de septiembre de 2001? Durante varios años la economía había estado sobrecalentándose. Poco antes del ataque terrorista había comenzado a decaer. El ataque mismo produjo un cambio repentino a escala mundial, fuera de toda proporción con su causa visible. Es como si los elementos del sistema social buscaran de repente una nueva forma de organización. En física esto se conoce como un cambio de estado.

Los cambios emergentes suelen ser muy importantes. Un líquido se congela o se vaporiza. Un universo estalla. Un edificio alto se derrumba. Se produce un sismo. Nace una nueva estrella.

Los filósofos de la antigüedad no tenían más remedio que hablar en paradojas, pero hoy podemos diseñar modelos matemáticos que reproducen el comportamiento de muchos sistemas complejos. Aún no se ha llegado a predecir la evolución de grandes sistemas caóticos como las sociedades o los mercados. Pero algunos sistemas geofísicos ya admiten una predicción limitada, para periodos de 24 a 72 horas, como en el caso del tiempo. Para los sismos, eso aún no es posible.

Ahora, si los americanos no pudieron prever el peligro de un ataque terrorista el 11 de septiembre de 2001, ¿seremos nosotros capaces de discernir otros peligros? Esta pregunta, y la respuesta que podamos darle, en cierra el futuro de la humanidad.

En La tempestad, Miranda —una princesa sin saberlo— vivía en una isla desierta con su padre, el mago Próspero. Jamás había visto otro ser humano. Viene la tempestad que arroja a la playa a unos cuantos náufragos, y todo cambia. El amor, en la persona del príncipe Fernando, resuelve el conflicto con el apoyo de la magia paterna. Hoy, en vez de magia, tenemos la ciencia. La tempestad ya ocurrió; ya llegó el 11 de septiembre a nuestras playas. Para un final feliz, qué falta nos hace Miranda.

TEXCOCO Y EL 11 DE SEPTIEMBRE

Un nuevo aeropuerto, en la era post 11 de septiembre, arriesga convertirse en un elefante blanco a menos que tenga la potencialidad de constituirse en un nodo (hub) para la aviación mundial. Pero el futuro económico de nuestra región latinoamericana, México incluido, no se ve tan brillante como para prever un volumen de miles de pasajeros internacionales cambiando de vuelos diariamente en la ciudad de México. Madrid ya se hizo cargo del tráfico aéreo europeo hacia América Latina, del mismo modo que Los Angeles y Dallas para los pasajeros de Norteamérica y del Oriente. ¿Qué destinos podemos ofrecer?

En la nueva modalidad del tráfico aéreo, los que mandan son los consorcios como el Star Alliance, conglomerados de quince o más líneas aéreas. Estos consorcios negocian plataformas exclusivas con los aeropuertos a cambio de volumen de pasajeros, como lo acaba de hacer la Star Alliance con el aeropuerto de París. Hay aeropuertos otrora prósperos, como el de Bruselas, donde ya no se paran ni las moscas. El de México es un aeropuerto con un volumen considerable de pasajeros nacionales, pero ese problema se soluciona con una tercera pista. El volumen de pasaje internacional no está creciendo, y no justifica de ninguna manera la construcción de un nuevo aeropuerto de miles de millones de dólares.

En la era post 11 de septiembre, un aeropuerto-nodo no es rentable a menos que el 40% de su costo de operación anual provenga de los ingresos por concepto de locales comerciales. Para decirlo de otro modo: el nuevo aeropuerto tendría que convertirse en centro comercial de lujo. Al no existir un volumen suficiente de pasajeros en tránsito que compren sus relojes Mercier, sus whiskies de lujo, sus cognacs y sus mascadas francesas en las boutiques del aeropuerto, el público comprador tendría que provenir de Texcoco o de San Salvador Ateneo, lo que parece dudoso.

Pero ¿no bastará con el volumen de pasajeros que aporta el turismo? Uno de los resultados tangibles del 11 de septiembre ha sido la aversión del turista a los destinos conflictivos y violentos. Por su elevada criminalidad, la Ciudad de la Esperanza atrae cada vez menos turistas y los gobiernos locales han hecho poco para revertir esta tendencia. Los muchachos de Ateneo dieron al traste con las aspiraciones turísticas. El turismo internacional se concentra en la riviera Maya. Habría que ampliar y mejorar el aeropuerto de Cancún, no el de la ciudad de México.

Finalmente, el manejo del conflicto no ha pasado desapercibido entre los inversionistas y será difícil obtener el capital para financiar un nuevo aeropuerto. Ahí sigue el CGH dispuesto a intervenir en Tizayuca o donde sea. Es verdad que el CGH le hizo un favor al gobierno al desbaratar un proyecto que era poco viable y económicamente ruinoso, pero ese mismo grupo logró arruinar a las universidades públicas en este país. En fin, ¿habrá quién le pregunte a los científicos? Se diría que la política post 11 de septiembre no va muy bien encaminada.

Notas breves

La política científica mexicana se está poniendo en marcha con lentitud. Se ha detectado una falta general de ideas nuevas. En otras partes del mundo, el 11 de septiembre afortunadamente ha producido hombres con ideas:

• Entró el nuevo director de la NASA, después de años en que ya nos habíamos acostumbrado a Dan Goldin. También hay un nuevo director en Livermore, el doctor Michael Anastasio, un veterano de 21 años como investigador. Según informa Anastasio, la National Ignition Facility, un laboratorio de investigación de armas nucleares avanzadas que costará más de 3,500 millones de dólares, estará funcionando en 2003.

•    En el National Institutes of Health hay también nuevas caras. Después de dos años de interinato hay director general; es el doctor Elias Zerhouni, una conocida figura de Johns Hopkins. En cuanto al nuevo Instituto Nacional de Bio-Ingeniería e Imágenes Biomédicas (NIBIB), su primer director será el doctor Roderic Pettigrew, un experto en imágenes tridimensionales del corazón, proveniente del Centro de Resonancia Magnética de Emory.

•   Las licenciaturas en física comienzan a recuperarse en Estados Unidos, después de declinar de 5,000 al año en 1984 a menos de 3,700. Repuntan en un 7% a partir del año 2000. Apenas un 21% de las licenciaturas en física se otorgan a mujeres. De casi 2,000 maestros universitarios en física sólo 131 son mujeres (cinco de ellas latinas). Y hay cinco hombres latinos.

•  Según el director de seguridad del Organismo de Energía Atómica (IAEA), en Viena, Abel González, dos terroristas fueron arrestados en Rusia por espionaje nuclear. En Colombia hubo un robo de uranio enriquecido que afortunadamente se recuperó: pero en el caso de la cápsula de Cesio-137 que fue robada en Brasil hace unos años, hay 250 víctimas de radiación.

•  El gobierno de Noruega confirma que a partir del año próximo se establecerá anualmente el Premio Abel de Matemáticas, con un monto comparable al de los premios Nobel.  n

El incendio de los curas

EL INCENDIO DE LOS CURAS

POR LUIS GONZÁLEZ Y GONZÁLEZ

La independencia fue en sus inicios una insurrección muy sangrienta conducida por los señores curas y, en menor escala, por los abogados y militares. En un abrir y cerrar de ojos, los pastores y sus rebaños, con palos, piedras, machetes y pocas armas de fuego, pusieron a la Nueva España, a punto de convertirse en México, en una situación lamentable, de desastre, pero con olor a incienso.

 Los mexicanos, especialmente los que llevan el título de historiadores, tienen la obligación de recordar, año con año, por el mes de septiembre, a los protagonistas y los sucesos heroicos de las guerras de Independencia o, en otras palabras, del periodo que va de 1808 a 1821. Entonces se puso fin a la obra negra de la construcción de México y a partir de aquel decenio se puso manos a la obra de hacer de la patria una república con tres poderes, de los cuales dos debían ser elegidos por la mayoría de los mexicanos.

A través de casi trescientos años que van de las hazañas del caballero Hernán Cortés a las desdichas del cura de Dolores, don Miguel Hidalgo, se construyó a ciencia y paciencia una patria con cinco elementos constitutivos: territorio vasto, rugoso y biodiverso; población mestiza producto del chacoteo amoroso entre indios, españoles y negros: religión católica impartida por frailes y jesuítas; idioma español suavizado, y conciencia nacional o patriotismo vigoroso que va a infundir en la cúpula de los novohispanos el anhelo de separar su patria de la monarquía española y de ponerle el nombre de México.

En la segunda mitad del siglo XVIII, nobles, mineros, comerciantes, eclesiásticos, milites de alcurnia, juristas y otros notables dieron en pensar que la Nueva España no sólo era distinta a la vieja, sino superior. La nueva poseía un territorio varias veces más extenso que el español, una enorme producción de oro y plata, una variedad de vegetales y bestias nunca antes vista, una situación geográfica crucial, unos habitantes plenos de virtud e inteligencia y, como si todo fuera poco, el especial favor divino, como lo demostraba el hecho de que México tuviera como embajadora celestial a la Virgen de Guadalupe, la madre de Dios.

Naturalmente la idea exagerada de la riqueza del territorio, de las aptitudes de los mexicanos y de la preferencia divina por la Nueva España o México, hacía de este país “el mejor de todos” los del mundo y apoyaba el ideal de la Independencia. El ahora tan odiado virrey Calleja llegó a decir en carta a sus superiores: “Aun los europeos (que viven en la Nueva España) están convencidos de las ventajas que les resultarán (a los mexicanos) de un gobierno independiente”.

En cuanto se presentó la oportunidad de sacudirse la tutela española, a la que hoy se le dice yugo español, se produjeron las explosiones o sacudidas económicas, sociales, políticas y religiosas a las que la historiografía actual les ha puesto el nombre de Revolución Mexicana de Independencia.

De la enmarañada lucha de trece años por la independencia, los oradores del orden político se desgañitan hablando del grito de Dolores, del recorrido belicoso por el centro del país del cura Miguel Hidalgo, de la hazaña del Pipila, de las proezas del cura José María Morelos y de aquel guerrillero de los breñales del sur que abrazó Iturbide y que alguna vez dijo: “la patria es primero”. Los historiadores con título analizan minuciosamente el movimiento precursor de la lucha independentista, los personajes y los hechos más ruidosos de la rebelión de los curas y los frailes y el acuerdo final de todos los contendientes que culminó en la entrada triunfal del ejército trigarante a México el 27 de septiembre de 1821. Todavía falta mucho por averiguar de la vida cotidiana, del desplome económico, de los desajustes sociales y de otros sucesos de aquellos turbulentos años.

Como lo enseñan en las dos escuelas, la privada y la pública, los deseos de hacer vida independiente de España y de mantener incólumes las costumbres católicas afloraron o tuvieron oportunidad de manifestarse con motivo de la entrada al territorio español del mandamás de Francia, del chaparro Napoleón Bonaparte, que puso en lugar del rey de España a su hermanito Pepe Botella, afecto, como lo indica su apodo, a los refrescos embriagantes.

Tanto a los españoles residentes en la Nueva España como a los nativos de ésta les sobresaltó la metichez de las tropas napoleónicas en el imperio español, a unos porque les quitaba el palo y el mando y a otros porque les daba la causa para sustraerse del gobierno de la península. Después de muchos dimes y diretes y algunos jaloneos entre gachupines y criollos, aquéllos se quedaban con la torta, lo que condujo a una insurrección muy sangrienta conducida por los señores curas y, en menor escala, por los abogados y militares.

Como sabemos los mexicanos desde la más tierna infancia, Miguel Hidalgo y Costilla, cura de Dolores, dio el grito de Independencia el 16 de septiembre de 1810 y obtuvo de inmediato dos frutos: el levantamiento de sus ovejas y las insurrecciones de muchos párrocos en distintas partes del país. En un abrir y cerrar de ojos, los pastores y sus rebaños, con palos, piedras, machetes y pocas armas de fuego, pusieron a la Nueva España, a punto de convertirse en México, en una situación lamentable, de desastre, pero con olor a incienso.

Los relatos históricos en boga suelen olvidar las insurrecciones de Juan Bustamante, cura de Tianguistengo, José Pablo Calvillo, cura de Huajúcar, Hipólito, cura de Coalcomán, y Marcos Castellanos, cura de La Palma, el que puso en pie de lucha a mis antepasados en el occidente de Michoacán. También suelen olvidarse de otros jefes rebeldes de sotana como José María Cos, cura de San Martín Texmelucan, Sabino Crespo, cura de Río Hondo, Manuel Correa, cura de Nopala, el padre Chinguirito, cura de no sé dónde, José María Fernández del Campo, cura de Huatusco, Mariano de Fuentes, cura de Maltrata, José García Carrasquedo, cura de Undameo y canónigo de Valladolid, Remigio González, cura de San Miguel el Grande, Joaquín Gutiérrez, cura de Huayacocotla, Manuel de Herrero, cura de Huamostitlán, Santiago Herrera, cura de Uruapan. Antonio Labarrieta, cura de Guanajuato, Antonio Marías, cura de La Piedad, Francisco Severo Maldonado, cura de Mascota, José Martínez, cura de Actopan, Mariano Matamoros, cura de Songolica.

Se recuerda mucho y con cariño a José María Morelos y Pavón, cura de Carácuaro y Nocupétaro, valiente entre los valientes. Siguen en la sombra el padre Chocolate, Manuel Muñoz, Nicolás de Nava, domiciliario de la diócesis de Guadalajara, el mercedario Luciano Navarrete, José de Ocio, cura de Sahuayo, José Manuel Ordoño, cura de San Mateo de Piñas, José Mariano Ortega, cura de San Andrés Huitlapan, Antonio Pérez Alamillo, cura de Otumba, Antonio Joaquín Pérez Martínez, catedrático de teología en la ciudad de Puebla. José María Sánchez de la Vega, cura de Tlacotepec, el sabelotodo de Manuel Sánchez de Tagle, José María Semper, cura del mineral de Catorce, José Rafael Tárelo, cura de San Salvador, el mal afamado cura José Antonio Torres, José Antonio Valdivieso, cura de Ocuituco y, para terminar, Lorenzo Velasco de la Vara.

A la lista anterior deben agregarse un centenar de frailes, en su mayoría franciscanos, que en forma personal emprendieron sus guerrillas. Durante cinco años que van del 10 al 15, una buena parte de la superficie social de la Nueva España o México estuvo cubierta de volcanes atizados por hombres de sotana y zayal, por curas y frailes.

Todavía no se apagaban todas las lumbres prendidas en su mayor parte por clérigos cuando apareció el sol de la Independencia encendido por todos los sectores cupulares de aquella sociedad mexicana: jefes del ejército, caudillos insurgentes aún en pie de lucha, altos funcionarios del gobierno colonial, jerarcas eclesiásticos, mineros y mercaderes poderosos, doctores en derecho y algún otro personaje.

El feroz general Agustín de Iturbide concibió el Plan de las Tres Garantías (religión, unión e independencia) más conocido con el nombre de Plan de Iguala. Iturbide, el antiguo terror de los insurgentes, convenció a Guerrero. Bravo, Rayón, Victoria y otros, mediante intermediarios, cartas y abrazos como el de Acatempan que aceptaran su Plan de Iguala. También obtuvo la colaboración del virrey y de los milites españoles Negrete y Filisola.

Engatusada la elite, el general Agustín de Iturbide, al frente del ejército de las tres garantías, hizo una vistosa entrada a la capital el 27 de septiembre de 1821. En todo el país, los poetas, oradores y periodistas entraron en júbilo. Iturbide reunió a todos los partidos políticos en una Junta Provisional Gubernativa. Allí todos entraron en pugna. Allí empezó de nuevo la pugna. Allí se inició el desbarajuste de la vida mexicana independiente y la intromisión, mediante consejos y palos, del país que se había adelantado a México en el modo de vivir sin los caprichos de los reyes, sin la tutela de los europeos. Unos optaban por una monarquía criolla y otros por la república, unos por las pompas regias y otros por la sencillez republicana, unos por zutanito y otros por fulanito en la cumbre del poder   n

Cintio Vitier: Imágenes y orígenes de su obra

CINTIO VITIER: IMÁGENES Y ORÍGENES DE SU OBRA

POR SANDRA CALVO

Iniciada en los años treinta, la obra de Vitier es una obra orgánica, consecuente consigo misma, con su sensibilidad, con su ideología.

El Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo llega por segunda ocasión a las costas de “la isla infinita” y hace pausa en un destinatario cubano que se destaca por su amplia expresión literaria como uno de los mayores representantes en la literatura latinoamericana del siglo XX: Cintio Vitier. Poeta, ensayista, novelista, católico, martiano, abogado, profesor investigador literario en la biblioteca nacional José Maní, excelente traductor (Iluminaciones de Rimbaud), Premio Nacional de Literatura en 1988, director del Centro de Estudios Maníanos y actual miembro del partido socialista cubano, Vitier considera la poesía como algo indispensable para los pueblos: “La poesía quiere extática penetrar siempre lo que no es absolutamente poesía, continúa o se propaga: pero la poesía que escribimos no puede serlo absolutamente, y tiene que resolver ese discurso, ese enlace de su tamaño diferente con su tamaño indiferente, a la manera de la generación. La memoria entonces actúa como principio germinativo, es decir mediador; la memoria es lo nupcial del hombre cuando éste descubre que posee un centro dinámico capaz de penetrar otros centros, otros éxtasis, pero también descubre que lo rodea y constituye como exigencia una extensión indiferente, una sucesión universal por cuya boca será devorado si no encuentra la forma de proporcionar su crecimiento, de relacionarlo en una activa reducción amorosa”.

Algunos de los temas en los que más ha insistido el escritor insular: la extrañeza del mundo, el misterio de la mirada y la memoria, el paso de lo onírico a la sequedad del espíritu, el imposible como hogar.

Vitier fue uno de los poetas del grupo Orígenes (44-56), que tuvo su centro inolvidable en Lezama. Hoy es considerado una de las principales voces cubanas que han impulsado el pensamiento y la narrativa latinoamericana. Bajo la vigilancia de Juan Ramón Jiménez, publicó su primer libro. Su escritura se acercó cada vez más a dos poetas objetivamente irreconciliables: José Lezama Lima y César Vallejo. De Lezama rescató la sustancia insular y la creación que desplazaba; y del poeta peruano, la imponente realidad carnal y poética de su sufrimiento. Ambos le abrieron la virtud de su propia libertad con una violencia y rapidez inolvidables (“Sedienta cita” y “Experiencia de la poesía”, ensayo al que se remite como exégesis de ese proceso). La escritura de Vitier crece por círculos concéntricos y nunca se le escapa el peligro que ello entraña.

¿Cómo explicar la resurrección de sus libros y del mismo Vitier en el ámbito cultural de hoy? Iniciada en los años treinta, la obra de Vitier es una obra orgánica, consecuente consigo misma, con su sensibilidad, con su ideología. Lo cubano en la poesía es uno de los libros mayores de Cuba, un libro de fundación dicen muchos (el propio Lezama). Sin embargo, hace cuarenta años se le tachó de libro infortunado, “hecho a base de lugares comunes, de mezcla de adjetivo y sustantivo, y también de flagrantes puntos de ciego” (V. Piñera). Cabe hacer un pequeño paréntesis y mencionar que la revolución cubana (que actualmente defiende diciendo que a partir de la revolución pudo finalmente ver el rostro de la patria y que el comandante ha ido ganando en sabiduría y en calidad humana y que no imagina Cuba sin Fidel ya que la realidad se encargará de eso) en algún momento consideró a Vitier como un intelectual católico, que representaba una especie de amenaza a los valores socialistas ya que rescataba la revolución desde una perspectiva de una ética nacionalista cubana (esto puede verse en el libro Ese sol del mundo moral, para una historia de la eticidad cubana).

Vitier es un ingenuo para algunos, un oportunista para otros y un escritor mediocre para algunos más. Muchos escritores no conocen su obra y no les interesa conocerla. Para otros es comparable con Carpentier, y otros tantos lo consideran un clásico vivo de la literatura hispanoamericana del siglo XX y destacan su prosa ensayística. El jurado que le ha otorgado el Premio Juan Rulfo (José Oviedo, peruano, Julio Ortega y Noé Jitrik, argentinos, Ambrosio Fornet, cubano, y los mexicanos Vicente Quirarte y Beatriz Espejo) lo calificó “fiel a la poesía, con una trayectoria intelectual y vital consagrada al acto creador y al estudio de los vínculos secretos entre la literatura e identidad cultural”. Como sea, la obra de Vitier tiene un peso específico en las letras latinoamericanas: La luz del imposible, Testimonios, Antología poética, Experiencia de la poesía, Lo cubano en la poesía, Temas martianos, Resistencia y libertad, 50 años de poesía cubana, De peña pobre, Poetas románticos cubanos, Rajando la leña está, Los papeles de Foresto Finalé, José Marti: obra literaria, Cuentos soñados, n

Los curas can al cine

LOS CURAS VAN AL CINE

POR ANDRÉS MAXIMILIANO CRUZ

El crimen del padre Amaro pone en evidencia la mezquindad y la corrupción de la que no pueden escapar ni los servidores de Dios.

Mucha tinta ha corrido desde que salieron al aire los primeros rumores sobre la película El crimen del padre Amaro, proyectada en 400 salas nacionales desde el 16 de agosto pasado. El hecho de que no se haya censurado su exhibición es una buena noticia, sobre todo si pensamos que 30 servidores de alto rango del Gobierno Federal pertenecen a distintas agrupaciones ligadas a las mayores órdenes religiosas con presencia en México como el Opus Dei, los Legionarios de Cristo, la Compañía de Jesús y, en menor medida, las Comunidades Eclesiales de Base, algunas inspiradas en la Teología de la Liberación —teología encarnada en la película por uno de los curas acusado de proteger a las guerrillas que defienden a los campesinos de las huestes de un campo del narcotráfico.

Lo cierto es que la controversia le ahorró a las distribuidoras el dinero destinado a la publicidad en los medios. Podría decirse que el clero vendió la película. El público ha aceptado el proyecto de Carlos Carrera, director que cuenta con un Premio en el Festival de Cannes y cinco largometrajes entre los que destacan La mujer de Benjamín (1991) y Sin remitente (1995). El Episcopado mexicano, Pro Vida, cardenales, obispos, juventudes católicas publicitaron, exigieron censura y fracasaron. Una de cal por las que van de arena.

Con guión del escritor Vicente Leñero, guionista de otra película sobre la que hubo algún intento de censura, La ley de Herodes (1999), El crimen del padre Amaro es una adaptación al México actual de la novela decimonónica del portugués Ega de Queiroz. Que una historia ponga en evidencia la mezquindad y corrupción de la que no pueden escapar ni los servidores de Dios, no es algo novedoso. Tampoco lo es en México, donde varias películas fueron enlatadas o censuradas por presentar a sacerdotes en líos de faldas, como miércoles de ceniza de Luis G. Basurto, La viuda negra de Alfredo Ripstein o Debiera haber obispas de Rafael Solana.

Contrariando incluso al obispo de León con respecto a la postura de la Conferencia del Episcopado Mexicano, el secretario ejecutivo de la institución afirmó que la película no atentaba contra la Iglesia católica. Se trataba, en cambio, de “una llamada de atención para reforzar los procesos de formación y selección en los seminarios”. Efectivamente, el padre Amaro, insulso y deshonesto, se ha repetido en los seminarios y las iglesias. Ese cura infantil que, al empujar al aborto y a la muerte a la mujer que podía brindarle lo único concebido por él con amor y entereza, cambió su dignidad por un sosiego de conciencia que lo condenaría de por vida a la impostura de las sotanas.   n

Vida pública. Hechos y tendencias

PALOMAR

VIDA PÚBLICA

HECHOS

La Independencia, PATRIOTAS… FUE UN DESASTRE

La historia patria induce en los mexicanos orgullo por cosas que no son para presumir. La Independencia es una de ellas. Fue hecha a destiempo, con violencias innecesarias que no condujeron al fin buscado. En cierto sentido, la Independencia fue el primer repertorio acabado de equivocaciones nacionales. (Delirios de la Independencia. Ver pp. 27-58.)

El imperio desmedido

Una de las cosas que el México independiente no pudo contener fue la expansión de su vecino, la conversión de las aisladas colonias británicas de la costa este de América del Norte en el potente país llamado Estados Unidos. Estados Unidos llegó al siglo XXI como la potencia indesafiable. El 11 de septiembre mostró su vulnerabilidad. Tocó también el núcleo de su arrogancia, pecado inevitable del poder sin contrapeso, y multiplicó dos viejas tentaciones americanas: el unilateralismo, la decisión de actuar solo en los conflictos del mundo, y el aislacionismo, la decisión de no depender de nadie. (El imperio desmedido. Ver pp. 61-81.)

AluviÓn papal

El Papa Juan Pablo II vino por quinta vez a México. Canonizó a un santo inexistente y cerró con broche de oro un periodo de ascenso político de la Iglesia mexicana que parece incontenible. (La revolución conservadora de Juan Pablo II, ver p. 8, y La fabricación de Juan Diego, ver p. 10.)

La doble derrota de Atenco

El gobierno federal canceló el proyecto de aeropuerto en Texcoco, aduciendo la falta de acuerdo entre campesinos y la federación. Fue el triunfo último de la resistencia violenta e ilegal de una comunidad de campesinos contra el proyecto legal, pero apoyado en una facultad tiránica del gobierno: la facultad de expropiar. Fue una doble derrota. El gobierno perdió la obra de inversión más importante del sexenio —unos 20,811 millones de pesos—. Los campesinos de la región ganaron la guerra política, pero perdieron la posibilidad de mejorar sustancialmente su nivel de vida.

 EvaluaciÓn educativa

El gobierno anunció la firma de un Compromiso Social por la Calidad de la Educación, cuyo eje es la creación de un instituto de evaluación educativa. Los resultados de esa evaluación serán públicos por primera vez. Hasta ahora, el gobierno evalúa en secreto sus rendimientos educativos.

Vuelve el crecimiento

La economía mexicana volvió a crecer luego de seis trimestres de caídas. En el segundo trimestre del 2002 la economía creció 1.16%. Terminó la recesión. El presidente Fox anunció un crecimiento de 4.5% para el año 2003.

Nuevas mediciones, nuevos pobres

El gobierno dio a conocer los resultados de su medición oficial de la pobreza en México. Cambió la forma de medir y cambiaron las cifras oficiales. Oficialmente hay ahora 54 millones de pobres —había 40 —, y 24.3 millones en estado de pobreza absoluta —había 13. (La nueva medición de la pobreza. Ver p. 11.)

Sorpresa elÉctrica

Finalmente, el Ejecutivo federal envió al Senado una propuesta de reforma energética. No es la iniciativa oficial, sino un documento en el que se detalla lo que el gobierno planteará al Congreso. La sorpresa: el documento no habla sólo de abrir el sector eléctrico, también el petrolero. (El tabú energético. Ver p. 12.)

Desarrollo a paso lento

Naciones Unidas dio a conocer su Informe sobre Desarrollo Humano, donde México ocupa una posición intermedia, sin grandes saltos en sus indicadores. (Ver Guía de perplejos. El desarrollo de la tortuga. Ver p. 14.)

Guía de perplejos: El desarrollo de la tortuga

GUÍA DE PERPLEJOS

EL DESARROLLO DE LA TORTUGA

México no camina para atrás pero tampoco va muy rápido hacia adelante. Se diría que lleva paso de tortuga.

Casi dos años después de que los líderes mundiales establecieron objetivos medibles con miras al desarrollo y a la erradicación de la pobreza para el 2015, la ONU presentó su Informe sobre Desarrollo Humano 2002 (IDH). El Informe señala cuáles países están en camino de lograr aquellos objetivos y cuáles no. México no camina para atrás, pero tampoco va muy rápido hacia adelante. Se diría que lleva paso de tortuga.

El concepto de desarrollo humano mide factores como la libertad humana, la dignidad y el papel de la gente en el desarrollo. El Informe señala que en las décadas de los ochenta y noventa el mundo avanzó, sustancialmente, hacia la apertura de los sistemas políticos y la ampliación de las libertades ciudadanas.

En teoría, el mundo es más democrático que nunca: 140 de 200 países realizan elecciones multipartidistas, y unos 33 regímenes militares fueron derrocados. En la práctica, sólo 82 países son plenamente democráticos, con respeto a los derechos humanos, prensa libre y poder judicial independiente.

Ciudadanos y gobiernos del mundo, señala el Informe, se sienten más sometidos que antes a fuerzas internacionales sobre las cuales apenas tienen control. En 1999, Milenio Gallup Internacional realizó una encuesta entre más de 50,000 personas en 60 países, para preguntarles si su país estaba gobernado por la voluntad del pueblo. Menos de un tercio de las personas dijeron que sí y sólo una persona de cada diez dijo que su gobierno obedecía a la voluntad del pueblo.

La pobreza es uno de los problemas más graves que se observa en el mundo, según el Informe. Dos mil ochocientos millones de personas (2,800 millones) subsisten con menos de dos dólares al día. El 1% de la población más rica del mundo tiene una renta anual equivalente al total de lo que recibe el 57% de la población más pobre.

Para reducir a la mitad el número de personas que subsisten con menos de un dólar al día es preciso un crecimiento anual de 3.7% de renta per cápita en los países en desarrollo. En los últimos diez años sólo 24 países han crecido a ese ritmo, entre ellos China e India, los países en desarrollo con mayor población. En 127 países, con el 34% de la población mundial, el crecimiento ha sido más lento.

Con todo, la proporción de la población mundial que vive en pobreza extrema descendió del 29% en 1990 al 23% en 1999. En índice de pobreza, México ocupa el lugar 11 entre los países en desarrollo, con 15.9% de la población viviendo con un dólar al día y 37.7% con dos dólares al día.

A la cabeza del desarrollo humano mundial se mantiene Noruega, por encima de Estados Unidos, que está en el sexto lugar. Sierra Leona ocupa el último sitio, el 173- En Asia Oriental muchas economías progresaron notablemente desde 1990, pese a las dificultades financieras, y China es el país que más ha subido, con un avance de 14 puestos. Nueve países de América Latina y el Caribe subieron cinco lugares o más desde 1990, incluidos Chile, Costa Rica y Panamá.

En América Latina, dice el Informe, “las grandes desigualdades de ingresos y la pobreza van unidas directamente a una escasa confianza de la gente en las instituciones políticas, y a una mayor disposición a aceptar un régimen con tintes autoritarios y violaciones de los derechos humanos”.

México ocupa el primer lugar entre los países de desarrollo medio pero es el número 54 de 173 países. En el contexto de América Latina, México es superado por Argentina (lugar 34), Chile (38), Uruguay (40) y Costa Rica (43). El lugar que ocupa México es mejor que en 1999, cuando tenía el lugar 55, y que en 1990, cuando ocupaba la posición 59. El síndrome de la tortuga.                n

Marilyn Monroe

CALEIDOSCOPIO

MARILYN MONROE

POR JOSÉ WOLDENBERG

Marilyn Monroe fue, según Donald Spoto (Marilyn Monroe, Anagrama, 2000):

• niña adoptada, teniendo madre y padre,

• temerosa de la locura ancestral,

• marcada por la tensión psicológica y emocional de su dudosa identidad,

• niña encantadora, soñadora, fantasiosa,

• capaz de ser natural y desinhibida, sin ofender,

• criatura ensimismada, retraída,

• fascinada por Jean Harlow y su estela,

• marcada por el oropel de Hollywood,

• objeto no deseado, durante sus primeros años,

• desconfiada, por necesidad y biografía,

• creadora de invenciones para endulzar la vida,

• apodada ratón en la secundaria,

• atractivo sexual, por supuesto,

• consciente de su capacidad para atraer y fascinar,

• irradiadora de un magnetismo animal,

• adolescente ingenua, en busca de elogios,

• toda su vida, necesitada de agradar, de ser admirada y respetada,

• encantadora y patética (avergonzada de su pasado),

• insegura permanente,

• la chica “Hummm”,

• casada a los 16 años, para evadir el orfanato,

• capaz de separar el sexo del contacto afectivo,

• sus personajes: mujer aventurera, ocurrente, audaz,

• temerosa de ser abandonada, “quería algo, alguien a quien aferrarse”,

• tímida y dulce,

• buena bailarina,

• exhibicionista,

• demasiado crítica consigo misma,

• presencia que alegraba la vista,

• “un sueño que bajaba por la calle” (James Dougherty, su primer marido),

• mujer, con un deseo profundo de ser aceptada,

• rebelde,

• simuladora, en busca de compasión y consuelo,

• fotogénica, modelo natural, “la excitaba el hecho de ser fotografiada”,

• “un rostro con una cualidad luminosa”, “una fragilidad combinada con una vibración sorprendente” (David Cono- ver, su primer fotógrafo),

• tenaz, deseosa de aprender, de ser alguien,

• divertida, sagaz,

• Amanda Dell, Sugar Kane, Elsie Marina, Cherie, Pola Debevoise, y tantas más,

• trabajadora, estudiosa, lectora aplicada,

• utilizada, explotada, por más de uno,

• juguetona, provocativa,

• “una muchacha preciosa… como un gatito perdido” (Lucille Ryman),

• leyenda en vida,

• la señora Miller, la señora DiMaggio,

• sus gestos, sus declaraciones: “sólo quiero ser maravillosa”.

• un largo trayecto para obtener aprobación,

• adicta a las pastillas,

• una proyección colectiva, el ensueño de una generación,

• dependiente crónica en busca de la independencia,

·”una persona cálida, impulsiva, tímida y solitaria, sensible y temerosa al rechazo, aunque siempre deseosa de vivir y anhelando la realización. El sueño de su talento no era un espejismo” (Lee Strasberg).n