Cultura y vida cotidiana

CULTA Y VIDA COTIDIANA

  Impuestos a los creadores

El tema de la vida cultural mexicana en el mes de enero fue la carga fiscal que enfrentarán los creadores con el paquete de impuestos que aprobaron los legisladores la madrugada del primero de enero de 2002. La Sociedad General de Escritores Mexicanos (Sogem) organizó a sus agremiados para protestar por el impuesto del 35% correspondiente a la ley del ISR. Esta medida termina con la exención fiscal de que gozaban los creadores. El rechazo casi unánime ha puesto en el horizonte público al menos dos temas: ¿es un privilegio no pagar impuestos, o se trata de una excepción necesaria, incluso urgente? (Impuesto, privilegio y excepción.

   La excepción cultural francesa

Un intenso debate ocurre en Francia. El motivo, la Ley de Excepción Cultural para el cine francés que logró Jacques Lang durante la presidencia de François Miterrand. Algunos de los puntos centrales de la discusión podrían escucharse como un sugerente eco para pensar en el caso mexicano. (La Ley de Excepción Francesa)

 The Times Literary Supplement

 cumple cien años

Un suplemento cultural dedicado a la crítica literaria ha cumplido un siglo. Los más notables escritores del siglo XX colaboraron en sus páginas aceptando, incluso defendiendo, el tradicional anonimato de sus reseñas (El País, 17 de enero, 2002). (Un siglo de crítica.

Inventos para escritores

Y hablando del Times Literary Supplement, en su edición de diciembre 28 de 2001 incluye una lista de innovaciones e inventos de los que han dependido —antes de los procesadores de palabras y lo que siguió— todos los lectores y escritores. Por ejemplo, la invención del papel se atribuye al chino Ts’ai Lun, alrededor del año 105 d. C. Johann Gutenberg (1397-1468) inventó los tipos móviles. La primera novela es El asno de oro (siglo II) de Apuleyo. El primer libro que vendió un millón de ejemplares es La cabana del tío Tom de Harriet Beecher Stowe. Debemos el lápiz a Nicolás Jacques Conté (1795), la pluma fuente a Lewis Waterman (1884), y el bolígrafo a Lazlo y Georg Biro (1935). Su oponente, la goma de borrar, fue desarrollada por Joseph Priestley en 1770. Muchos se adjudicaron la invención de la máquina de escribir, pero debemos darle el crédito a Christopher Latham Sholes (1819-90). En 1806, Ralph Wedgwood produjo un útil compañero de la máquina de escribir: el papel carbón (o “papel carbonatado”). Alguien llevó más allá el papel carbón, pero muchos años después: en 1938 Chester Carlson inventó la fotocopia o, como él la bautizó, “xerografía”.

Julián Barnés

“Cuando era más joven había cantidad de cosas que fingía querer, o suponía que quería, sencillamente porque otras personas deseaban lo mismo. No pretendo ser más viejo y más sabio —bueno, sólo un poco—, pero actualmente sé lo que quiero y no pierdo el tiempo con lo que no quiero”. (Subrayados a Amor, etcétera de Julián Barnes.

Una crítica del olvido

Si existe un arte de la memoria, ¿no debería existir un arte del olvido? Este es el tema de Leteo. Arte y crítica del olvido, de Harald Weinrich (1927). El libro de Weinrich rastrea la relación entre la memoria y el olvido en la cultura occidental. El resultado es un ensayo histórico, filosófico y literario sobre la forma en que la cultura de Occidente ha bebido de las aguas de Leteo, el río del olvido.

  El futuro de la lectura

El historiador de la lectura Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) ha publicado un libro de ensayos, En el bosque del espejo (Norma, 2001). Entrevistado en el suplemento Babelia del diario El País, Manguel reflexiona sobre el futuro de la lectura y del libro electrónico. También sobre el futuro del libro y de la lectura, la revista española Letra Internacional ha publicado una reseña de George Steiner acerca de, precisamente, Una historia de la lectura de Alberto Manguel: “Carta de amor a la lectura”. (El futuro de la lectura.

Arrufat y un aguafiesta

El mundo editorial hispanoamericano por fin le ha hecho justicia al gran escritor cubano Antón Arrufat. Sudamericana ha reeditado su novela La caja está cerrada y Alfaguara publicó su última novela, un delicioso juguete platónico (La noche del Aguafiestas por Rafael Rojas. Ver p. 97.)

Bares y miedo

Después del 11 de septiembre, durante los meses de octubre, noviembre y diciembre (informa la revista Time, diciembre 17, 2001), el número de pasajeros en las aerolíneas de Estados Unidos cayó hasta un 28%. Pero en el mismo periodo, los bares de los aeropuertos aumentaron sus ventas en un 8%.

Hacia la Copa del Mundo

Y hablando de bares, el globo ya se plantea a qué horas, dónde y cuándo se van a ver los partidos de la copa del mundo en Corea y Japón. Por ejemplo, en Inglaterra el gobierno y las empresas están aterradas porque el horario de transmisión de los juegos será a las 6 a.m. hora de Inglaterra; los pubs abrirán a esa hora y los empleados saldrán de ahí borrachos hacia sus trabajos. ¿Y en México? (La Copa y las copas, por Johannes Burgos.

Kapuscinski en ÁFRICA

El primer libro que le dio popularidad a Ryszard Kapuscinski fue precisamente La guerra del futbol, desatada en las eliminatorias previas al Mundial México 70 entre dos países que por cierto no estarán en el Mundial de Corea y Japón: Honduras y El Salvador. El último libro de Kapuscinski, Ebano, es, literalmente un viaje magistral por África. (Carlos Tello Díaz. Ver p. 99.)

Archivo de Niels Bohr

La revista Prospect (enero, 2001) se pregunta y comenta: “¿Fue tan sólo el silencio de un científico lo que se interpuso entre Hitler y las armas nucleares? Este enigma no fue resuelto por la obra de teatro de Michael Frayn, Copenhagen (1998), basada en la misteriosa conversación que Werner Heisenberg tuvo con Niels Bohr en 1941. ¿Acordaron en que dejarían a oscuras a Hitler?”. En enero, como parte del centenario del nacimiento de Heisenberg, la familia de Bohr anunció que haría públicos algunos detalles de aquel encuentro. Los interesados deben estar pendientes del website con el Archivo de Niels Bohr: www.nbi.dk/nba.

Un becario

El poeta Robert Creeley, asociado con la generación beat, ha tenido en Estados Unidos la beca Guggenheim (más de una vez), la Fullbright (lo mismo), la beca Rockefeller, la Levinson, la Reader ‘s Digest, la del National Endowment for the Arts y varias otras. Y ahora la Fundación Lannan acaba de darle un reconocimiento por la obra de toda una vida. Creeley obtuvo, nada más, 200,000 dólares.

Grabados de Sergio Hernández

La probada calidad y versatilidad de los artistas oaxaqueños vuelve a aparecer en una colección de grabados de Sergio Hernández, en una colección reunida bajo el título Tatuajes. (Los tatuajes de Sergio Hernández, por Germaine Gómez Haro. Ver p. 103).

Volver a la diferencia sexual

VOLVER A LA DIFERENCIA SEXUAL

POR MARTA LAMAS

Por muchos años, la abrumadora mayoría de las feministas ha evadido el tema del determinismo biológico, adoptando con entusiasmo la perspectiva de género. El reto de hoy, dice Marta Lamas en este ensayo infaltable para comprender las relaciones entre mujeres y hombres, es hacer una lectura distinta de lo biológico. El género debe ser un punto de partida y no de llega. Por paradójico que suene: para que la diferencia sexual no se traduzca en desigualdad económica, social y política, es necesario volver a la diferencia sexual.

Jean Starobinski decía que la cuestión de la igualdad tiene dos dimensiones: se trata de una interrogación filosófica relacionada con la representación que nosotros nos hacemos de la naturaleza humana y al mismo tiempo implica una reflexión sobre el modelo de sociedad justa que nos proponemos. En esas dos dimensiones, la filosófica y la socio política, radica justamente la posibilidad de enmarcar la cuestión de la igualdad entre los sexos, puesto que la diferencia sexual cancela totalmente la posibilidad de equiparar a mujeres y hombres como idénticos.

Precisamente sobre esta pequeña gran diferencia —la sexual— se han construido las argumentaciones sobre la inferioridad de las mujeres y se han tejido las prácticas y creencias que constituyen nuestro entramado cultural. Interpretada como “fundamento cósmico” (Maurice Godelier) de la subordinación femenina, la diferencia sexual se ha usado como el ejemplo de que las mujeres y los hombres tenemos, “por naturaleza”, destinos diferenciados, habilidades distintas, necesidades dispares, aspiraciones diferentes. Como parece que los seres humanos no podemos aceptar la diferencia sin jerarquizarla, el cuerpo de hombre y el cuerpo de mujer se han convertido en un dato de la valencia del poder. Así, la desigualdad social, política y económica de las mujeres en relación con los hombres se ha justificado como resultado inevitable de la asimetría sexual.

Al cuestionar la “explicación” tradicional de que las diferencias biológicas entre los sexos originan a su vez todas las demás disparidades, el feminismo plantea en cambio que la simbolización de la diferencia sexual es lo determinante. La forma en que la sociedad simboliza a los sexos es lo que la lleva a formular cierto ordenamiento, supuestamente en correspondencia con el papel reproductivo de cada uno, aunque en cuestiones donde lo reproductivo no cuenta. Con la “perspectiva de género” el feminismo instaura un cambio en el encuadre de las ciencias sociales e introduce una nueva forma de ver la tradición intelectual occidental.

Pero la exigencia feminista es contradictoria: obliga a reconocer la diferencia sexual en lo abstracto al mismo tiempo que se aleja de la investigación sobre la diferencia sexual concreta. Así, en el campo discursivo muestra las fisuras de la idea de un sujeto supuestamente neutro, pero lingüísticamente masculino —el Hombre— y señala que esa abstracción de un sujeto universal, base de las epistemologías occidentales, además de generar un conocimiento claramente endocéntrico, legitima ciertos mecanismos de dominio y exclusión. Simultáneamente, rehuye las discusiones de las neurociencias sobre varias diferencias entre mujeres y hombres, y denuncia como deterninismo biológico cualquier intento de explorar peculiaridades hormonales en cada sexo.

La fuerza moral del imperativo igualitario feminista ha hecho que, en pocos años, la explicación hegemónica sobre el origen de las desigualdades entre mujeres y hombres se traslade del sexo al género. Ahora bien, este tránsito no ha sido fácil. Ha costado que se valore la magnitud del entramado del género, pues en la forma de pensarnos, en la construcción de nuestro conocimiento, utilizamos categorías y conceptos teñidos por el género. Nuestra conciencia está habitada por el discurso social sobre el género, que estructura “la percepción y la organización concreta y simbólica de toda la vida social” (Pierre Bourdieu).

Inexorablemente entretejido con una forma de ser, constitutiva del proceso simbólico de cada cultura, el género opera como el habitus que postula Bourdieu: un conjunto de relaciones históricas “depositadas” en las personas en forma de esquemas mentales y corporales de percepción, apreciación y acción resultantes de la institución de lo social en los cuerpos. Por ello adquiere su plena significación al ser pensado como matriz cultural.

A lo largo de treinta años el concepto de género—sin duda alguna la contribución teórica más significativa del feminismo contemporáneo— se ha convertido en un recurso estratégico para des naturalizar las concepciones ideológicas sobre las mujeres y los hombres y, por ende, sobre sus roles laborales y políticos, eróticos y afectivos. Además, esta categoría ha adquirido un valor extra-académico y se utiliza en política para de construir los mandatos culturales que reproducen y proponen papeles estereotipados para las mujeres y los hombres.

Pero, al menos en América Latina, el género se ha ido conceptual izando a la vez como “las mujeres”, como una identidad y como un conjunto de prácticas, creencias, representaciones y prescripciones sociales. Además de tal ambigüedad, el término género está siendo reificado y la poderosa movilización crítica que despertó ha quedado frenada por una “explicación” tautológicamente reiterativa: todo lo que ocurre entre mujeres y hombres es producto del género. La paulatina transformación del concepto género de una categoría analítica en una fuerza causal (Mari Hawkesworth), con la cual se intenta explicar todo, se perfila como un obstáculo sustantivo para la comprensión no sólo de las complejas relaciones entre las mujeres y los hombres, sino del proceso mismo de constitución del sujeto. Esta rectificación ha obturado el pensamiento crítico en muchos centros de investigación feminista donde, encima de todo, la “perspectiva de género” se ha vuelto un fetiche.

Toda rectificación es un olvido, dijeron hace tiempo Adorno y Horkheimer. ¿Qué se olvida con la codificación del género? La diferencia sexual, diferencia excepcional cuyo contenido psíquico excede a la definición anatómica literal: es al mismo tiempo sexo/sustancia y sexo/significación. En dicho olvido se aposentan errores reduccionistas, como el de sostener que todo es construcción cultural, y se esquivan las referencias tanto a la biología como al inconsciente. De esta rectificación del género deriva una peligrosa simplificación de los varios conflictos que traspasan a los seres humanos.

Hoy, arriesgarse a pensar qué implica esa diferencia insondable conduce a cruzar un umbral: incorporar al paradigma del género —para el cual el sujeto no está dado, sino que es construido en sistemas de significados y representaciones culturales— el hecho incontrovertible de que también el sujeto está encarnado en un cuerpo sexuado: en un cuerpo que es carne, mente e inconsciente.

En la tradición occidental, la diferencia sexual es un límite más allá del cual el pensamiento no ha podido ir (Robert Connell); también ha sido definida como el “tope último del pensamiento, en el que se fundamenta una oposición conceptual esencial” (Françoise Héritier). Estas prevenciones expresan, además, la gran resistencia a reconocer determinaciones percibidas como inmodificables, ligada al devastador recuerdo de las prácticas fascistas. De ahí el miedo a aceptar la existencia de una diferencia inmutable entre mujeres y hombres: como los seres humanos tenemos dificultades enormes para pensar la diferencia sin interpretarla como un principio de jerarquizaciones, la asociamos con la persistente discriminación. Una tarea del pensamiento crítico feminista es la de forjar una nueva noción de igualdad a partir de la aceptación de la diferencia.

Reconstruir el mundo y las relaciones de poder entre los sexos introduciendo la diferencia sexual en el discurso y en la ley no significa entender la diferencia como una afirmación “ontológica”, como si existiera una verdad absoluta de la mujer, opuesta a la del hombre (María Luisa Boccia); sólo significa aceptar su peso y su especificidad. Claro que asumir la duplicidad del sujeto desde este punto de vista es una perspectiva que puede resbalar a equívocos inquietantes, como el de afirmar, por ejemplo, que el pensamiento de hombres y mujeres es diferente porque es sexuado. La apuesta es, por lo tanto, doble: hay que reconocer que los comportamientos sociales masculinos y femeninos no dependen en forma esencialista de los hechos biológicos pero también hay que otorgar el peso debido a la compleja estructura de la especie humana: el cuerpo, en su condición de carne, mente e inconsciente.1

La incapacidad (¿resistencia?) para aceptar que existe un sustrato biológico y para comprender que hay una realidad psíquica lleva a pensar que las diferencias entre masculinidad y feminidad son sólo el resultado de factores sociales. Y aunque esto empieza a ser criticado por un sector lúcido del feminismo, sus estragos reduccionistas reverberan en las propuestas políticas del movimiento feminista. Para la mayoría de las especialistas en género, la diferencia sexual se reduce a las diferencias anatómicas del sexo, y no se contemplan ni otros datos biomédicos ni los conceptos psicoanalíticos de pulsión, deseo e inconsciente. Aunque las disparidades más aceptadas son las más obvias, las del sistema reproductivo, es un hecho que hay diferencias entre los sexos en tejidos no reproductivos. En los últimos años, ha habido un crecimiento exponencial de las neurociencias, que ha develado que muchas funciones fisiológicas están influidas directa o indirectamente por el sexo.

Centrarse sólo en lo cultural, y no explorar las diferencias determinantes en el nivel biológico como tampoco tomar en cuenta los nexos de los registros lacanianos de lo real, lo simbólico y lo imaginario, tiene el inconveniente de que se acaba por considerar las relaciones sociales de un modo muy simplista. ¡Qué lejos se está de comprender la subjetividad socializada, esa formulación de Bourdieu que quiere decir que las estructuras psíquicas de las personas toman forma en la actividad de la sociedad!

La diferencia sexual es —todavía hoy— algo ininteligible, cercana a eso que el psicoanálisis llama lo real. Entendido lacanianamente, lo real es aquello que no se puede describir, lo que escapa a la simbolización, eso para lo cual no hay palabras. Para acercarnos a comprender qué es lo real de un cuerpo sexuado es necesaria la información proveniente de la investigación de las neurociencias y también la del psicoanálisis.

El voluntarismo inherente a las posturas constructivistas ha llevado a creer que el principio de igualdad social puede modificar el estatuto de lo psíquico. Esto es de una ingenuidad irritante. El ámbito psíquico y el ámbito social operan bajo premisas distintas, aunque los seres humanos sean la bisagra entre los dos. El inconsciente es un proceso mental encarnado en el cuerpo, y que escapa a la voluntad de las personas, como el sueño. Estructurado como un lenguaje, es biología y cultura, o sea, sexo y simbolización. Reconocer que no se puede hacer de lo social un factor determinante de lo psíquico, no induce a renunciar a transformar lo social. La posibilidad de incidir políticamente se reafirma justamente cuando se subraya la diferencia entre lo psíquico (con su raigambre biológica) y lo social.

La aspiración igualitaria del feminismo se fundamenta en una intuición: un horizonte de relación entre mujeres y hombres de una fecundidad desconocida (Luce Irigaray); fecundidad entendida como creación de un nuevo pensamiento, de otro lenguaje, de otra forma de vida, de arte y de política, que entierre, de una vez y para siempre, discriminaciones absurdas. Esta utopía, donde resplandece la riqueza de la diferencia sexual, requiere como paso previo imprescindible una reflexión más fina sobre la diferencia sexual. Pensar las consecuencias de la división de los sujetos básicamente en dos sexos,2 sin reafirmar modelos esencialistas o deterministas, supone no sólo alejarse del cómo do camino trazado por ciertas certezas ideológicas, donde el concepto género ocupa un lugar políticamente correcto, sino incursionar en un sendero muy rájffcizado por el feminismo: el del sexo (como biología).

Considerar “la naturaleza”, o sea, la biología, como la razón de la subordinación de las mujeres parece enfrentarnos con algo arcaico e inmodificable. Evelyne Sullerot| señala que “la profunda reticencia —la mayor parte de las veces cabe hablar sin exageración de rechazo vehemente— ante la idea de hablar de genética sexual y, por lo tanto, de anclaje del sexo en lo ‘dado’, lo ‘innato’ más profundo, procede de un miedo comprensible a que tal conocimiento tenga como frutos sociales la detención del proceso de igualación de los sexos”. Por eso la abrumadora mayoría de las feministas, cobijándose en su rechazo al determinismo biológico, ha preferido evadir el tema y ha adoptado entusiastamente la perspectiva de género. Tal parece que pensaran: si biología es destino, no hay posibilidad de igualdad. Hoy el reto es hacer una lectura distinta de lo biológico, sin que la aceptación de la diferencia sexual impida la igualdad social.

Hay quienes profetizan que las diferencias bioquímicas básicas en las células guardan el “secreto” de la diferencia sexual. Si bien dudo de una explicación exclusivamente biologista, que no incorpore a su vez elementos de lo psíquico y lo social, lo que sí creo es que el sexo importa y que la investigación biomédica, en especial el campo de la neurofisiología, está ofreciendo informaciones que presagian develar misterios de la diferencia sexual.

Indiscutiblemente la investigación, la reflexión y el debate alrededor del género han conducido a poner en jaque ideas esencialistas sobre lo que es ser mujer o ser hombre. Sin embargo, la diferencia sexual constituye algo más que la potente referencia sobre la cual simbolizamos y construimos cultura. ¿Por qué no examinar cuestiones que ya no pueden ser soslayadas y que marcan la conducta diferenciada de los hombres y las mujeres? El rechazo al criminal determinismo biológico del siglo pasado no debería cerrarnos la posibilidad de revisar la nueva información biomédica desde una perspectiva libertaria. Nada que sea realmente esclarecedor puede ser amenazante. Como señala Heritier, el desciframiento de las cosas “oscuras” puede ser el desciframiento de nuestro porvenir.

En la difícil aventura de buscar explicaciones cada vez más certeras no podemos olvidar que el objetivo de introducir el concepto de género tuvo un claro aliento político: acabar con los códigos patriarcales heredados de la ética y la política. Para reivindicar el postulado de que la obtención de igualdad no implica la eliminación de la diferencia de la misma manera que la aceptación de la diferencia no supone excluir la igualdad, hay que quebrar el pensamiento dicotómico. Así como no se trata de oponer igualdad y diferencia (Joan W. Scott), tampoco hay que contraponer cuerpo y mente, ni hombre y mujer. Más bien habría que tratar de encontrar los invisibles puentes que vinculan complejas interacciones humanas, donde lo biológico, lo psíquico y lo social se entrelazan.

La diferencia sexual es, y seguirá siendo por algún tiempo, un abismo perturbador entre las mujeres y los hombres. Pero la aparente irresolubilidad de ciertas cuestiones no debe ser la causa de que la razón se apegue a suposiciones dogmáticas o se abandone a un escepticismo sin esperanzas (Jean Copjec). Al contrario, lo incomprensible y lo desconocido son acicates intelectuales que nos impulsan a responder por nuestros sueños. El feminismo ha soñado que la diferencia sexual no se traduzca en desigualdad social, económica, política. Para sustentar ese sueño hay que redefinir nuestra búsqueda intelectual. Y esto requiere no sólo ejercer el irrenunciable vaivén dialéctico que Marx recomendaba (probar, contrastar, redefinir), sino tomar al género como un punto de partida, y no de llegada. Ahora bien, no se puede aclarar lo que se decide ignorar. Por eso, hay que insistir, de vuelta, en la diferencia sexual.

Bibliografía citada:

Theodor W. Adorno y Max Horkheimer: Sociológica. Taurus, Madrid, 1978.

María Luisa Boccia: “Equívocos y diferencias de importancia”, en debate feminista, núm. 2. México, septiembre, 1990. Pierre Bourdieu y Loíc J. D. Wacquant: Respuestas. Por una antropología reflexiva. Grijalbo. México, 1995.

Pierre Bourdieu: Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Anagrama, Barcelona, 1997.

Pierre Bourdieu: La dominación masculina. Anagrama, Barcelona, 2000.

Robert W. Connell: Gender and Power. Stanford University Press, Stanford, 1987.

Jean Copjec: “Sex and the Euthanasia of Reason”, Joan Copjec comp., Supposing the Subject. Verso, Londres, 1994. Anne Fausto Sterling: “The Five Sexes. Why Male and Female are ñor e^nough”. en The Sciences, marzo-abril, 1993 Sigmund Freud: “El aparato psíquico y el mundo exterior”, en Esquema del psicoanálisis (1940[1938]), volumen XXIII de las Obras Completas. Amorrortu editores, Buenos Aires, 1980. Maurice Godelier: La producción de grandes hombres. Poder y dominación masculina entre los baruya de Nueva Guinea. Editorial Akal, Madrid, 1986.

Mary Hawkesworth: “Confounding Gender”, SIGNS: Journal of Women in Culture and Society, vol. 22, núm. 3, 1997 (hay traducción al español en debate feminista, núm. 20, octubre 1999). Frangoise Héritier: Masculino/Femenino. El pensamiento de la diferencia. Ariel, Madrid, 1996.

Luce Irigaray: Ethique de la différence sexuelle. Les éditions de minuit. París. 1984.

Joan W. Scott: “Igualdad versus diferencia: los usos de la teoría post-estructuralista”. en debate feminista, núm. 5. marzo 1992. Evelyne Sullerot: El hecho femenino. ¿Qué es ser mujer?. Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1976. n

1 Obviamente el inconsciente es parte de la mente, pero insisto en distinguirlo para resaltar su condición de fuera de la voluntad humana. Freud mismo decía: “Los fenómenos que nosotros elaboramos no pertenecen sólo a la psicología: tienen también un lado orgánico-biológico, y. en consonancia con ello, en nuestros empeños en torno de la edificación del psicoanálisis hemos hecho también sustantivos hallazgos biológicos y no pudimos evitar nuevos supuestos en esa materia”. Ver bibliografía.

2 Aunque no debemos  olvidar, como bien señala  Fausto Sterling, la existencia de intersexos y hermafroditas, en términos estadísticos los dos sexos básicos son cuantitativa y cualitativamente relevantes

3 Does sex matter? es el subtítulo de la publicación del Committee on Understanding the Biology of Sex and Gender Differences, del Instituto de Medicina de Estados Unidos, dependiente de la Academia de Ciencias. Integrado por 16 personalidades científicas (entre ellas la feminista Anne Fausto-Sterling), tuvo el objetivo de evaluar las comprensiones científicas vigentes a la interrogante de si el sexo importaba. Ver bibliografía final.

La memoria femenina

LA MEMORIA FEMENINA

POR NÉLIDA PIÑÓN

A lo largo de los años, la escritora brasileña Nélida Piñón se ha enfrentado al desafío, como muchas otras, de crear un lenguaje autónomo, y a la vez de ajustarse a un lenguaje común a todos, rescatado del universo masculino, para conferirle su pensamiento múltiple de mujer. Esa tarea es hija directa de una memoria presente en todas las épocas.

Me gusta servir a la literatura con memoria y cuerpo de mujer. Custodiada por tiempos inmemoriales, me esfuerzo por buscar, entre tantas memorias, precisamente la memoria femenina. Trato de saber con qué material, con qué tejido se fabricó esa memoria que, finalmente, ha estado en todas partes y en todas las épocas, desde la creación del mundo; esa memoria que, habiendo participado intensamente en la invención del lenguaje, lo enriqueció con el misterio peculiar de su emoción, de una emoción marcada por el perenne mutismo histórico y que, muda y prácticamente afásica, acumulaba la realidad sin tregua.

Esa memoria femenina también estuvo presente en la Biblia. Se resintió con aquel Dios hebreo que, al rechazar a la mujer como interlocutora activa, le infligió una intensa aflicción histórica. Se trata de una tristeza cuyo origen, contrario al que le atribuye la tesis freudiana de la nostalgia fálica que padece la mujer, reside en el hecho de haber sido marginada tantas veces de los sucesos bíblicos, como cuando Sara, cómplice esencial de Abraham, se ve apartada por Dios y por su marido de la Sagrada Alianza.

Esa memoria de mujer estuvo en Troya, donde conoció al sagaz Ulises y presintió que el regreso del héroe a Itaca y a los brazos de Penélope se consumada en medio de la adversidad y al cabo de azarosas aventuras. Esa memoria, bajo el pretexto del amor, se albergó en la tienda de Julio César y junto a ella el soldado romano se despojó del manto del poder y de la ambigüedad, para disfrutar por algunos momentos de su mortalidad.

Esa memoria arcaica lloró junto a Casandra, cuyas profecías, condenadas al descrédito por un Apolo enamorado y rechazado, jamás fueron acatadas; profecías que, por su carácter trágico, aún hoy en día marcan percances en la travesía femenina. ¿Cómo olvidar a una Casandra que, tras sucesivos fracasos, se resigna finalmente a entrar al palacio de Micenas acompañada por Agamenón, a quien fuera dada como botín de guerra, sabiendo que ambos serían ejecutados por la vengativa Clitemnestra y por su amante, Egisto?

Esa memoria, cercana a los dioses y a los oráculos de una Grecia mítica, archivó los testimonios de un mundo milenario y desordenado que, a la vera del caos, osaba transgredir constantemente, y que observó, perpleja, la marcha inexorable de aquellas heterodoxias incipientes. Se inquietó ante las puertas del oráculo de Delfos. ¿Cómo aceptar la consigna ”conócete a ti mismo”, inscrita a la entrada del famoso templo, si por su condición de mujer le estaba vedada cualquier manifestación pública de duda y de interrogación? Allí, en el centro de irradiación de los enigmas, se enfrentaría con Pitón, a quien Apolo, ansioso de hablar con los hombres, encomienda la revelación del futuro; es la voz femenina que acarreará para la humanidad el peso de sus enigmas y que, tentada a competir con el dios, quizá le alterase las palabras, engendrando otras en lugar de las que él dictaba.

Aun en esta época oscura y fascinante, esa memoria conoció a la contradictoria Artemisa y sorprendió a la ambigua diosa, educadora, bárbara y cazadora al mismo tiempo, en su santuario. En este recinto recóndito educaba a las niñas que le eran entregadas y las devolvía, años después, a la urbe, al gineceo, al mundo de los hombres, ya domesticadas y dispuestas a renunciar a la rebeldía y a la insubordinación. Era una Artemisa quien, con autoridad avasalladora, ordenaba que las doncellas fueran rapadas en la noche de bodas para que, merced a este acto de sumisión civilizadora, las jóvenes parecieran feas y despreciables ante los ojos de sus cónyuges. Estos, por su parte, ostentaban esa noche espléndidas cabelleras como símbolo de poder y belleza.

Esa memoria femenina también holló el suelo sagrado, frecuentó templos, se apoderó del discurso con el que se reverenciaba a los innumerables dioses y, vestida de blanco, encabezó el cortejo de los misterios de Eleusis hasta que un día fue expulsada de las ceremonias religiosas. Humillada, recorrió sucesivamente todas las latitudes y fue nómada cuando la humanidad aún descubría la tierra. Conoció, especialmente, los espacios de la casa y, confinada entre las paredes de la sala, la cocina y la alcoba, recogió diariamente, gracias a su empeño individual, las sobras de la historia que hasta ella llegaban.

Sometida a este largo destierro social, fue convirtiéndose en una matriz generadora de intriga narrativa, en un depositario poderoso de la metáfora y del discurso oral, y cuanto más se encerraba esa memoria entre los confines de lo privado, más echaba mano de los recursos de lo simbólico. Es como si la mujer hubiera sido concebida expresamente para tener naturaleza simbólica, para ser alguien que, al no poder participar activamente de una vida cotidiana vasta y compleja, se convertiría a lo largo de la historia en una especie con identidad poética y difícil de descifrar.

En el lenguaje propio del entorno doméstico, único lugar donde se desplegaba su crisis existencial, se atribuía al sexo femenino un uso abusivo de alusiones, insinuaciones, sugerencias y palabras incompletas, así como una incapacidad para pronunciar un discurso directo y contundente. Por esta razón fue acusada de evasiva, astuta y siempre dispuesta a la tergiversación, perfil que los griegos clásicos consagraron al asociar la astucia metis con una figura femenina. De esta astucia, por su carácter político, dependía la mujer para hacer frente al opresivo predominio masculino. No le sobraban en aquellos tiempos, por lo menos, los recursos del arte de memorizar, de atesorar los conocimientos existentes. La mujer no aprendería a la manera de los aedos homéricos, poetas de la memoria, a conservar con riqueza de detalles la narrativa de Homero, ni tampoco obraría como los incas que en la distante América, celosos cultores de una memoria que no debía desvanecerse, crearon la casta de los amautas con la finalidad de conservar, por medio de la memoria, la realidad y la historia de su imperio.

Así pues, sin poder escribir y tener acceso a la cultura normativa, sólo le quedó a la mujer inventar la realidad que le faltaba y engendrar lo que desconocía o lo que a medias le llegaba. ¡Con qué placer secreto agregó a las aventuras que a su morada llegaban y de las que fuera excluida, otras de las que deseaba ser protagonista!

Era. Por  cierto, un ejercicio fecundo pero frustrante, merced al cual fue componiendo paulatinamente la urdimbre básica de su memoria interior. Lentamente fue acogiendo en su psique, individual y colectiva, su versión de lo cotidiano y familiar, de una vida cotidiana íntima y modesta que trascendía la de índole social reservada al estamento masculino. Entretanto, al inclinarnos ante la génesis de esta memoria o de todas las otras, fatalmente nos proyectamos hacia los tiempos inaugurales, hacia un periodo en el que la agonía y la incertidumbre humanas engendraron dioses, leyendas y mitos como forma de sobrellevar el tupido misterio en el que todos estaban inmersos.

En este marco mitológico aparece Mnemosina, ilustre diosa del panteón griego a quien se le concedió el don de la memoria, el poder de sembrar entre los mortales la memoria predestinada a no olvidar nada. A pesar de ser diosa, su condición de mujer vinculaba la memoria con el universo femenino y le permitía a la mujer, privada de tantos derechos, tener la convicción de que disfrutaba plenamente de las prerrogativas inherentes de la memoria. a despecho del exilio social que sufría.

Mnemosina encarna esta era en que se fundó la imaginería humana y, además de retener los sucesos humanos, heredó de su hermano Cronos el sentido del tiempo. Es él quien le enseña los beneficios y los estragos del tránsito imperceptible del tiempo por la vida de los mortales y es a quien cabe, entre tantas funciones, consignar nacimientos, muertes y el paso de las estaciones y, especialmente, marcar el avance de la edad, que se convierte así en la antecámara donde se aguardan las señales de la muerte.

Con estas instrucciones, la diosa viaja por los intersticios del tiempo y de la historia y nos muestra los acontecimientos que inauguraron el mundo. Engendra nueve hijas, llamadas musas, dotadas de la notable virtud de inspirar la senda del arte. En medio de esta constelación de coincidencias, de una simetría casi insustentable, convierte a su nieto Orfeo en el poeta de los cantos órficos y quizá le enseña el trato poético con una dialéctica libre, dialéctica que, trivial por nacimiento, reluce cuando adquiere brillo y vestimentas diáfanas y se torna aderezo poético aplicado a los hechos humanos.

Junto con Orfeo, Mnemosina crea el oficio de traspasar la línea del horizonte y fuerza el enlace de la memoria con la invención, con lo cual se acredita la mentira del arte. Impulsa la epopeya de la aventura humana que dio origen a la versión deductiva y poética de un mundo cotidiano donde cobran relieve el caos humano, la lógica de lo imposible y la farsa del heroísmo y el ridículo, para que, aún cautivos todos de este mundo en desorden, aspiremos a perpetuar la veta inextinguible de la narrativa.

Empero, con la derrota de ciertos mitos y la aparición de otros símbolos, Mnemosina se hunde en la memoria ancestral y se pierde en las tinieblas de la historia. Arrastra consigo a la mujer y entierra su memoria en la clandestinidad, como si, refugiada dentro de los límites del domicilio, pudiese sencillamente borrar su pasado ancestral. Esta memoria, a pesar de su aparente pasividad, ironizó en algún lugar de su ser las sucesivas civilizaciones que osaron dispensar a lo largo de su formación sus valiosos atributos.

Por otra parte, cabe reconocer que en la propia cultura literaria donde la mujer ha sido relegada a la condición de personaje, de sujeto de una historia concebida por la imaginación masculina, esta misma memoria femenina se encuentra implantada en la médula de las obras escritas. Ello obedece a que narradores y rapsodas siempre dependieron de la diligencia narrativa, del auxilio y de la perseverancia descriptiva de la mujer para internarse en el alma ajena y traducir su misterio literario. Esto ha determinado que, pese a tantos obstáculos, en los libros que la mujer nunca escribió también se encuentre esta memoria que los narradores masculinos usurparon, al mismo tiempo que impedían a la mujer dejar constancia poética de su existencia.

Los hombres, al ungirse intérpretes únicos de la memoria colectiva, necesitaron nutrirse de la red de intrigas, diálogos amorosos y confesiones en el lecho de muerte que sólo podía brindarles la mujer plañidera, madre y amante. Necesitaron, sí, apropiarse del material precioso guardado en el corazón femenino, corazón cómplice de todas las alegrías universales, de todos los dolores, de todas las emociones, de todo lo que configura la galería de los sentimientos humanos, porque sabían que estaban alojados en la mujer como adheridos a la vida y que sin ellos no se escribe una obra de arte.

Es una memoria que, incidentemente, ayudó a Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes y Camoes a escribir sus obras. Con ello la mujer adquiere el derecho de reclamar, ante la comunidad civilizadora, la coautoría de sus obras y a proclamar, en nombre del legado ofrecido a la humanidad, que ella es también la otra cara de Homero, de Dante, de Shakespeare, de Cervantes y de Camoes.

Con todo, la memoria contemporánea rehabilita a la mujer y la obliga a conjurar el silencio y la fatalidad histórica. Sola, ante el texto, ahora se apoya en la propia psique engendrada por su trayectoria particular y se ve obligada a armonizar su biografía con su geografía corporal. En mi caso, soy una narradora que se proclama hija del lenguaje con el que habla, piensa, escribe, calla y describe, y de la imaginación que articula un mundo suplementario para acondicionarlo a la realidad heredada.

A lo largo de los años me enfrenté al desafío, siempre renovado, de crear un lenguaje autónomo, esencial e irrenunciable, que debía brotar de mi visión fantasiosa, y de ajustarme a otro lenguaje, común a todos, rescatado del universo masculino, para conferirle, después de un silencio milenario, una versión en armonía con la intimidad de mi corazón y de mi pensamiento múltiple de mujer. Debía crear un lenguaje amplificador de una semántica privada, mi propia representación teatral, sin por ello desechar la arqueología de la memoria, aquella superficie arcaica a ella adherida.

Siempre tuve conciencia de haber heredado los trazos de civilizaciones dispersas que trato de comprender aunque sean distantes de mi origen. Al visitarlas, valiéndome de tantos subterfugios, siento que me abro a un tiempo que abarca más de cinco mil años en la simple búsqueda de un placer arraigado en el hecho de que existo y narro. Siempre que relato emprendo un viaje a mi centro, sin saber en qué mapa se encuentra, quién me guia para llegar allí con el espíritu inventivo y la imaginación intactos. Es una peregrinación solitaria que me tienta a liberar la memoria y la imaginación, quizás a entrelazarme con Mnemosina.

Dueña, entonces, de un cuerpo y de una memoria, emprendo la aventura de la creación y me autorizo a concebir, en 1982, La República de los sueños, en especial a Eulalia, que representa una noción particular de la memoria. Gallega de origen, nace en un país minoritario que resistió las presiones del imperialismo español, que le imponía la derogación de la lengua gallega y la adopción del castellano como idioma cotidiano. En aquel pequeño feudo, donde siempre se rindió culto a la memoria, los gallegos conservaron a lo largo de esos siglos adversos leyendas, lengua e identidad.

Al casarse en 1923 con Madruga, inmigrante ambicioso que había llegado a Brasil a la edad de trece años, le acompaña a este país y, a partir de la frase “Eulalia comenzó a morir el martes”, con la cual empieza la novela, la acción narrativa cobra fuerza gracias a un intenso filón evocador.

Cuando Eulalia se decide a morir en aquel febrero de 1980, inaugura de forma emblemática en el libro el ciclo de recuerdos, definiendo una agenda narrativa que se irradia por los desvanes de la obra y por conducto de la cual se relatará un Brasil de la imaginación. Ese cometido, compartido por los demás personajes, determina la creación de un país singular y todos asumen, quizá, la obligación moral de inventar un país colectivo, abarcador, difícil, polifacético, hecho a la imagen del delirio individual.

Esta galería de seres novelescos crea este país hipotético al servicio del arte, de un arte que excava en sus recursos para hacer inventario de este caudal existencial de la memoria, para que se establezca, en la novela, la fusión entre invención y memoria. Es un acuerdo estético que somete esta alianza a las prerrogativas inexorables del tiempo. En el transcurso de este proceso, Eulalia, orientada desde la infancia a ponerse al servicio de esta memoria ética, cívica, religiosa y familiar, gira sin rigor simétrico en torno a ese epicentro evocador. En el eje de su repertorio se destaca el legado de Don Miguel, su padre, a quien Eulalia debió dejar en esa Galicia remota.

Ese padre, miembro de la pequeña nobleza rural que reverencia la historia de la élite gallega, le inculca a su hija una noción de dignidad arraigada en la conservación de las leyendas y los mitos de Galicia, donde lo sobrenatural, fruto de la imaginación gallega, se manifiesta en favor de los intereses humanos. A modo de ejemplo se presenta la figura simbólica de las brujas, que en aquella tierra casi feudal se conocen como “cariñosas”.

Eulalia desembarca en América con su maleta cargada de mitos y retratos familiares que habrán de acompañarla siempre y se consagra de inmediato a la tarea de recordar a Dios, con quien había establecido desde la infancia una relación apasionada, inextinguible y constante. Bajo la perspectiva del pasado, Eulalia sospecha que su Dios es ajeno a las reglas de la memoria humana, que, fragmentada, caótica e infiel, está indistintamente al servicio del bien y del mal. Está convencida de que para Dios la sustancia humana, mezcla de sueño y de amarga realidad, no es esencial. En su obra, lo divino no obedece a las leyes de la narrativa porque mientras los hombres, en su afán de sobrevivir, construyen historias que legitiman su existencia, Dios, despreciando las normas que ordenan la narración, prevé con cierta anticipación el futuro de los personajes. A medida que la memoria de Dios abarca el universo con su sapiencia, aumenta el descreimiento de Eulalia en los recursos del hombre. En una rara confidencia dice a su nieta Breta, futura escritora de la familia, que sólo Dios sabe narrar y asume el compromiso estético de afirmar que las narraciones de los hombres nacen bajo el estigma del fracaso.

Si acaso Dios se interesara más por las peripecias humanas y menos por la salvación moral del hombre, ¿cómo se aventuraría éste, cuya memoria reverbera ante la mentira y el olvido, a practicar un acto que imita a Dios? ¿O a demostrar, a cada paso, que es incapaz de reproducir el pensamiento de Dios en su imaginación? Y si ese mismo hombre no supiera registrar, en el arte y en su vida, su historia personal conflictiva, inarmónica, heterogénea, ambigua y cruel, ¿qué valor tendría la conservación de semejante embrollo? Ese principio, de por sí devastador, se contradice a lo largo de la narración. De ahí que, mientras Madruga entrega a su nieta Breta su legado gallego en forma de historias, Eulalia, a las puertas de la muerte y sin recurrir a la elocuencia de su marido, acostumbrado a dramatizar lo cotidiano, reparte sus escasos bienes entre Odete, la empleada, y los hijos.

Regala a Odete la pulsera que recibió de Madruga en Vigo, en su noche de bodas, como símbolo de la relación profunda y conmovedora que ha existido entre las dos mujeres a lo largo de cuarenta años. Ese adorno que la acompañó desde Galicia debía anclar en el corazón secreto de Odete, con quien viviera una extraña simbiosis civilizadora, al punto de haber asimilado el tono de Odete y de haber adquirido ésta el acento gallego de su patrona.

También al servicio de una historia nacida de la memoria, a la que aparentemente repudia, Eulalia inventa para sí y para sus hijos el sistema de las cajas de recuerdos que están guardadas en el armario y que el marido le obsequiaba a medida que nacían los hijos. Madruga jamás, a lo largo de los años, quiso averiguar para qué servían las cajas; nunca trató de abrirlas o de enterarse de su contenido. Se mantuvo a distancia de Eulalia, quien, durante las décadas siguientes, las llenaba con criterio aleatorio y arbitrario. Como guardiana de la memoria de los hijos, elige los objetos que han de almacenarse en esas cajas. Se introduce en la memoria de cada hijo, infiltrándose en la vida elegida por cada uno, y así le destina a uno un billete, a otro una flor, un retrato, invadiendo sus psiques lentamente.

Mientras que Madruga entregará a sus hijos una fortuna, las cajas constituyen el patrimonio de Eulalia. La memoria es la única herencia que aviva el espíritu. ¿De qué otra cosa carecen sus hijos, sino de la religión de la memoria? Ese martes, sabiendo plenamente que se va a morir, Eulalia se viste de seda y cumple los solemnes ritos de introducción de la muerte. Pero como ésta demora casi diez días en visitarla, la novela va en busca de su dimensión real, que es una dimensión de la memoria. Cuando llega el momento decisivo, convoca a los hijos. Estos se sienten asustados y amenazados por aquellas cajas, pero Eulalia siente alivio al entregarles su destino junto con ellas, porque ya no tendrá que dirigir la vida de sus vástagos.

Después del velorio sobreviene la sorpresa cuando se abre la caja de Eulalia, que sólo contiene una página en blanco, como si con ella Eulalia quisiera criticar disimuladamente a quienes registran la desfachatez humana sin desfallecer, predicando a la vez el olvido, la pérdida de fe en los despojos humanos y la infinita incapacidad humana para narrar. Su fe ha sido absorbida del Eclesiastés, cuyas páginas atribuladas invitan al hombre a borrar su propia historia con el fin de suprimir su vanidad, pues el propio acto de recordar conlleva la arrogancia de competir con un Dios calificado para narrar y que, como guardián de la memoria de Eulalia, inscribiera su rúbrica invisible en esa página en blanco.

Después de su muerte, el legado de Eulalia es un debate interminable sobre la memoria, una memoria femenina presente en todas las circunstancias humanas y cuya voz, silenciosa durante tantos años, ahora desafía al arte, proyecta luz sobre nuevos misterios y enigmas y, al final, hace que resplandezca la realidad. Es una memoria que ha ocupado durante milenios la psique femenina y que constituye un tesoro ansioso de ser, finalmente, revisitado y revelado. n

El presupuesto

EL PRESUPUESTO

POR JOSÉ WOLDENBERG

El presupuesto es:

•  Obligación constitucional,

•  Definición del ejercicio, el control y la evaluación del gasto público.

•  modelado en principio por la ley de ingresos,

•  Espacio para definir prioridades,

•  Palanca que condiciona y potencia la gestión gubernamental,

•  Momento estelar de la política,

•  Expresión de una nueva correlación de fuerzas,

•  Tarea prioritaria de la Cámara de Diputados,

•  Película dramática de fin de año,

•  Faja,

•  Pastel de una fiesta sobre poblada,

•  Tela que reclama de un sastre con visión,

•  Fruto auténtico de la negociación,

•  Lágrimas y risas,

•  Condición de orden,

•  Asignación y reasignación de recursos,

•  Posibilidad de crecer o de achicarse,

•  Pleito con sentido,

•  Viejo adagio, “con dinero baila el perro”,

•  Oportunidad de racionalidad,

•  Imprescindible para el desarrollo de programas,

•  Eslabón de transparencia,

•  Bueno para parafrasear. “nunca tantos dependieron tanto de tan poco”,

•  Generador de enconos,

•  Digno de auténtico estudio,

•  Estepa,

•  Guiso de diversos cocineros,

•  Ceremonia compleja y sin vetos,

•  Intento de armonizar lo distinto y aun lo contradictorio,

•  Cerdo que se convierte en jabalí, caballo en camello,

•  Expresión del fin de una época,

•  Marchas forzadas en San Lázaro,

•  Armadura defensiva,

•  sujeto de recortes, si las previsiones no se cumplen,

•  Vitamina para algunos,

•  Laxante para otros,

•  Látigo y freno,

•  Intento de abuso por más de uno,

•  Reglamentación de adquisiciones y obras,

•  Normas para la inversión pública,

•  Subsidios y transferencias,

•  Sólido, líquido. gaseoso y espumoso,

•  $1,463,334,300,000.00,

•  Matrícula de quehaceres,

•  Oponible y opinable, por definición,

•  Canasta navideña,

•  Producto de filtros de todo tipo,

•  Pieza reina cada diciembre,

•  Quebranto y júbilo,

•  Recetario ineludible,

•  Apócope de Presupuesto de Egresos de la Federación. n

¿De qué hablamos cuando hablamos de Isabel Allende?

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE ISABEL ALLENDE?

POR ALBERTO FUGUET

Isabel Allende, como todos sabemos, vende sus libros y los vende muy bien. Además, le escribe a las mujeres y las mujeres la leen. Sin embargo, pocos la consideran una escritora. ¿Qué tan justificada es la descalificación de su obra?

Frente a mí, al lado de mi edición de bolsillo de Afrodita, hay una pequeña nota de prensa que recorté de la última edición dominical del diario El Mercurio de Santiago. En tres párrafos, la nota despacha, con la fuerza de un combo, a Isabel Allende, sin duda la escritora más exitosa (en términos de ventas y traducciones) que Chile ha producido a lo largo de su historia. La nota crucifica a Isabel Allende. Esto es raro. Que la autora de Eva Luna sea destripada en el suplemento político y de reportajes del diario más importante del país es curioso y, diría, francamente anómalo. Esto porque, sumando y restando, en Chile no se ataca a Isabel Allende, simplemente se le omite.

Literariamente, Isabel Allende no existe. No aparece en el mapa de los conquistadores de las letras ni tiene una silla afelpada en el panteón académico. Allende es, a lo más, un tema de espectáculos (“Cecilia Roth protagonizará nuevo filme basado en libro de Allende”, “Oprah Winfrey bendice Hija de la Fortuna”) o, con suerte, un ítem que más parece digno de la sección de negocios (“Las razones del éxito comercial de Isabel Allende en Estados Unidos”).

La nota de El Mercurio, por ejemplo, se titula “Marketing y precisiones”, y sostiene que “más allá de sus méritos como novelista”, la novelista ha recurrido “al marketing para promover sus obras”. Esto es indisputable, sin duda, y se puede aplicar, por cierto, cuán más, cuán menos, a todo autor de mediados del siglo XX que ha publicado algún libro. Los únicos literatos libres de este supuesto pecado son aquellos que, por razones de mercado, y no propias, permanecen rigurosamente inéditos.

Sigo leyendo la insidiosa nota. El Mercurio argumenta que la prolífica autora se inició presentándose “como hija de Salvador Allende”. Esto no es tan así, aunque la confusión sí ocurrió, más que nada en la prensa europea. Lo que pasa es que, insólitamente, Salvador Allende tuvo una hija, hoy diputada del gobierno de la Concertación, de nombre Isabel Allende Bussi. Mientras que, para otra persona, esta confusión podría ser francamente desagradable, en su caso rinde beneficios. Pero si de Salvador Allende se trata, donde sí hubo un manejo deliberado fue en las contratapas de sus primeras novelas que la señalaban como su sobrina.

Esto es y no es cierto. El lazo entre su padre y Salvador Allende era de cercanía sanguínea, eso es innegable, aunque poco más que eso. Para ser más preciso: su padre fue primo del presidente. Isabel Allende es, por lo tanto, sobrina en algún grado de Allende. Una sobrina, digamos, lejana. Algunos dirán que ese lazo no es lo suficientemente cercano para andar ventilándolo por ahí, por mucho que el presidente la hubiera querido mucho. Eso, dicen sus críticos, es marketing. Sin duda lo es. Y del mejor tipo.

Como ven, con este tipo de cosas, cuando uno habla de Isabel Allende uno habla de cualquier cosa menos del contenido de sus libros. Regreso, en todo caso, a la nota que gatillo este artículo. Lo que termina de revolverle el estómago al anónimo escriba de El Mercurio es un aviso de la Agencia para los Refugiados de la ONU que apareció en los diarios y revistas más importantes del mundo con ocasión de sus cincuenta años apoyando a refugiados del mundo entero. Isabel Allende posa y da la cara como una refugiada que salió adelante y que alcanzó el éxito. El éxito, sin duda, lo alcanzó (y hay que sacarle el sombrero que no se la tragó). Lo que está menos claro es si fue refugiada. En términos legales, no lo fue. “Una refugiada es una persona que a consecuencia de guerras, revoluciones o persecuciones políticas, se ve obligada a buscar refugio fuera de su país”, afirma la nota mercurial. “Isabel Allende no vive ninguna de esas situaciones, salvo que habita en Estados Unidos por estar casada con un estadunidense”. Esta frase final está de más, por cierto, pero es innegable que sentirse refugiada es una cosa y otra, muy distinta, es serlo.

Es justamente este tipo de cosas lo que molesta a la derecha chilena. Todos leyeron La casa de los espíritus cuando apareció y a todos les fascinó excepto por “la parte final que estaba llena de política”, como opinó, años atrás, mi propia abuela que, dicho sea de paso, nunca ha volado ni se ha contactado con espíritus. Al otro lado del espectro político, curiosamente, la Allende tampoco logra gran adhesión. No figura en los medios ni en el ambiente de la intelligentsia. Isabel Allende, a pesar de ser de izquierda, no siempre es políticamente correcta, lo suyo es considerado baja-baja cultura y, por cierto, vende. Vende como pan caliente. Como si eso no bastara, está el detalle de que es mujer y, para peor, le gusta serlo. Para rematarla: le escribe a la mujer y las mujeres la leen.

Dos

Desde la perspectiva cultural hispanoamericana, entonces, Isabel Allende no es considerada una escritora. Al menos, no una escritora “seria”. Me acuerdo, por ejemplo, de un número especial de un suplemento literario que nombraba los cincuenta escritores chilenos más importantes del siglo XX. Isabel Allende no figuró entre ellos. Yo creo que sí merece estarlo. Por ser ella quien es. primero que nada. Isabel Allende merece estar en los anales por haber logrado lo que logró: esas cifras, esa cantidad de lectores y todo aquello que es, entre comillas, “extra- literario”. Literariamente, su aporte es, quizá, más discutible pero no por eso menos ineludible. Allende narra bien, sospechosamente bien, apresuradamente bien. Es prácticamente imposible comenzar un libro suyo y no terminarlo. Lo difícil es recordarlo. Tienden a evanecerse. Al final de La hija de la fortuna, por ejemplo, uno termina sintiéndose levemente estafado o, para ser sincero, un tanto culposo. Me lo devoré y, sin embargo, nunca me lo creí. Todo en Isabel Allende es ficción, todo es relato, todo es fantasía. No intenta transformar sus mentiras en verdad; su meta es sacarnos de la desidia y subyugarnos con sus historias. Here we are now, entertain us, cantó Kurt Cobain. Isabel Allende, en efecto, nos entretiene. Su manera de contar es, sin duda, allendiano. Es, a estas alturas, una marca registrada y, más que un mundo, ha perfeccionado un estilo que funciona incluso cuando nada más se sostiene.

Pero lo más importante de Isabel Allende es haber escrito La casa de los espíritus, su primera novela. No me atrevo a tildarlo de clásico, pero casi. Es una novela clave de los ochentas que surgió dentro del alicaído panorama literario latinoamericano de post- boom. Más allá de los reparos que uno puede hacerle (desde luego está el factor casi-plagio a García Márquez), la verdad es que ese libro fue, para mí al menos, vital. No me cambió la vida pero, mientras lo leía, me la hizo más gozosa. Sentí que la historia de Chile se había transformado en una película. En una película de Hollywood. Y quizás eso sea Isabel Allende: la gran guionista hollywoodense latinoamericana, criada en el back-lot de la Universal por un par de inmigrantes ilegales. Su fórmula siempre tiene una, la heroína fuerte y arriesgada, la idea de la vida como una aventura y una acción descontrolada. En las novelas de la Allende pasan y pasan cosas. Demasiadas, quizá. Tantas que se anulan y se olvidan.

Isabel Allende, en ese sentido, es la heredera nata del melodramático Pedro Camacho, el hombre de los radioteatros de La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa. Y si bien es femenina. no es feminista. No hay frases militantes que lleven a una secretaria abandonada a subrayar la novela como si el texto fuera de auto-ayuda. Sus mujeres buscan hombres y desean ser salvadas por un príncipe azul, más allá de que, al final, opten por otra cosa o se conformen con su destino.

No hay duda de que el género que Isabel Allende ha literarizado, e hispanizado, es el del best-seller histórico. Para Roben Castillo, profesor de literatura de Haverherst College, Isabel Allende cuenta con algunos talentos claves como eligir muy bien los temas.

Liga relatos de amor con temas de la memoria y los efectos de la violencia política, con lo que todo el mundo se puede identificar. El realismo mágico de ella está muy ligada a la historia, a diferencia de García Márquez que es más abstracto. Enmarca la gran narrativa histórica en un microcosmos familiar, que es otra forma de acercarse al público. Su óptica feminista es profunda, donde las mujeres son protagonistas y pararrayos de todo lo que pasa. Con todos esos aciertos no es difícil entender su éxito. Lo que ocurre es que en América Latina no la estudian con seriedad.

Tres

A fines de los ochentas Isabel Allende comenzó a internacionalizarse. No me refiero a nivel de traducciones sino a nivel mental. Primero optó por zafarse temáticamente de su país natal, algo que pocos autores han intentado y, aun menos, han conseguido. Eva Luna fue, en ese sentido, una novela decisiva escrita desde y hacia el Caribe. El escritor Luis Sepúlveda destacó en su compatriota algo que él mismo ha conseguido: “Cuando Isabel puso el punto final de Eva Luna, logró tatuarse un símbolo que honra su epidermis: dejó de ser chilena, peruana o venezolana, y pasó a ser intensamente latinoamericana”.

Yo agregaría que pasó a ser intensamente norteamericana. En efecto, lo que la ha alejado definitivamente de toda posibilidad de ingresar al panorama literario hispanoamericano es que, rápidamente, pasó de ser una autora chilena a una latinoamericana. Antes que alguien pudiera entender el cambio, Allende dio otra vuelta de carnero y se transformó lisa y llanamente en la primera autora norteamericana que escribe en español.

El hecho de que Isabel Allende no exista dentro del círculo del mundo cultural hispanoamericano se puede explicar recurriendo a mil motivos (snobismo, machismo, envidia, conservadurismo literario, etc.) pero, sobre todo, se debe a que no es, y acaso nunca fue, local. El plan infinito, una novela sobre un norteamericano que crece rodeado de inmigrantes latinos durante los sesentas, fue un experimento, algo así como su novela cross-over, pero la novela (¿novela?) que lo cambió todo fue Paula, sin duda su mejor texto, y, sin lugar a dudas, su primera creación made in USA.

Paula, una memoria de no-ficción, escrita a raíz de la enfermedad y posterior muerte de su hija, no sólo se adelantó al fenómeno del memoir confesional y la literary non-fiction en Estados Unidos, sino que se alejó años luz de cualquier tipo de memoria escrita por un autor latinoamericano en vida. Sólo los llamados diarios (Antes que anochezca de Reinaldo Arenas, por ejemplo) han tenido tal concentración de confesiones personales y cúmulo de detalles. Uno puede alabar libros como el extraordinario El pez en el agua, de Vargas Llosa, o Persona non grata, de Jorge Edwards, pero a la hora de la emoción pura, y de la desnudez más feroz, Paula los supera lejos. Allende abre sus heridas y lo hace en público, algo que, en América Latina, no se acostumbra. Ni en la vida privada, ni en la pública, ni menos aún en la literaria. Para eso, mal que mal, existe la ficción: para disfrazar la realidad.

Es probable que, de estar en Chile, Isabel Allende hubiera escrito con otro tono, hubiera omitido detalles y, a lo más, hubiera puesto a Paula de protagonista y no a ella misma. Paula es la autobiografía de Isabel Allende hasta ese instante (1993) y la persona que surge de esas páginas es irresistiblemente literaria. Se vuelve un personaje de tomo y lomo. Uno se entera, por ejemplo, de sus amores e infidelidades, del abuso sexual de que fue víctima, de sus gustos y mañas. Pero, más que nada, aparece como exótica, algo que, en rigor, quizá lo sea. Paula sentó la base del mito y, así, a través de entrevistas, su página web, su libro de conversaciones con la argentina Celia Correas Zapata y libros como Afrodita, uno se entera que inicia un nuevo libro cada 8 de enero, que los hijos de su marido son drogadictos, que tiene algo de sexto sentido, que ciertos platos calientan la sangre, que le escribe todos los días una carta a su madre y que Willy, su marido, es un amante legendario.

Antes que Willie cerrara la puerta y quedáramos solos y nos abrazáramos, primero con cautela y luego con una pasión extraña que nos sacudió como un relámpago, yo ya intuía que ésa no era una aventura intrascendente. Esa noche nos amamos con serenidad y lentitud, aprendiendo los mapas y los caminos como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo para ese viaje, hablando bajito en esa mescolanza de inglés y español que desde siempre fue nuestro propio esperanto… no pensé en mi propio deseo, mi cuerpo se movía sin ansiedad, sin buscar el orgasmo, con la tranquila confianza de que todo iba bien. Me sorprendí con los ojos llenos de lágrimas, ablandada por ese afecto súbito, acariciándolo agradecida y en calma.

Dudo que en las próximas memorias de García Márquez, Gabo escriba cosas semejantes. Sería poco probable porque si bien el éxito del Premio Nobel en Estados Unidos es notable, García Márquez tiene poco de cosmopolita (basta leer sus Doce cuentos peregrinos) y es, sobre todo, un autor latinoamericano. Isabel Allende traspasó, para bien o mal, esa barrera.

La portada original de Paula, en España, por ejemplo, fue una gran foto de Paula. El editor de Isabel Allende en Chile consideró que esa portada era muy fuerte, de poco gusto. Se sentía lucrando con una tragedia. Inventó una nueva portada: Isabel Allende, de espalda, escribiendo a mano, en un escritorio, mirando un retrato, pequeñito, de Paula. Eso le pareció de mejor gusto, más chileno. Me acuerdo que, cuando me contaron esa anécdota, pensé que, en ese momento, Isabel Allende dejó de ser local. Había sido capaz de escribir un libro que ningún autor consagrado se hubiera atrevido a escribir. El tiempo me dio la razón. Hija de la fortuna puede ser muchas cosas, pero una cosa no es: una novela latinoamericana. O, al menos, el tipo de novela latinoamericana a la que estábamos acostumbrados. Quizás ese sea, entre otros factores, la raíz de su inconmensurable éxito, n

Impuestos: Oportunidad perdida

IMPUESTOS: OPORTUNIDAD PERDIDA

Entrada ya la noche del 31 de diciembre del año 2001 los legisladores aprobaron por consenso —la democracia mexicana es repelente a las mayorías simples, esa es una de sus debilidades mentales— el debatido proyecto de reforma fiscal. La negociación fue ardua, el resultado controvertido y confuso.

La reforma fiscal aprobada implica la derrota total de la iniciativa foxista cuyo eje rector se basaba en la homologación del IVA en medicinas y alimentos y que perseguía simplificar y aumentar el cobro de impuestos gravando al consumo en general. A cambio, los legisladores decidieron sustentar sus enmiendas en el Impuesto Sobre la Renta, que baja su tope máximo de 40 a 35% y se reducirá gradualmente hasta llegar a 32% en el 2005. Sobre las rodillas, en los últimos momentos, los legisladores añadieron una serie de impuestos especiales: 10% a la telefonía celular —excepto la modalidad de prepago hasta 200 pesos—, a los radio-localizadores ya la TV de paga; 20% a la fructosa con la que se producen casi todos los refrescos y bebidas endulzadas para apoyar a la debilitada industria azucarera nacional; 5% adicional a los cigarros, con lo que la tasa queda en 105%, mayores impuestos a bebidas alcohólicas de mayor precio y 5% de aumento en el IVA a una serie de artículos suntuarios entre los que destacan el salmón, el caviar, las angulas, los equipos de cómputo con valor mayor a 25,000 pesos, los monitores de pantalla plana, las cuotas de membresía para restaurantes, centros nocturnos y bares de acceso restringido.

El paquete fiscal modificó también el sistema del “crédito al salario”: una reducción en las retenciones al salario que era absorbida por el fisco. Ahora los patrones deberán pagarla. Suprimió la exención al pago de impuestos para autores literarios, periodistas y creadores. Finalmente se legisló que los estados de la federación podrán establecer dos impuestos: 1) sobre los ingresos de las personas físicas con actividad empresarial o profesional independiente: hasta el 2% sobre ventas para pequeños contribuyentes y hasta el 5% sobre utilidades para los demás; 2) un impuesto máximo de 3% a las ventas y los servicios al público en general.

El proceso alumbró una inesperada alianza del partido en el gobierno, el PAN, con el partido de la izquierda, el PRD, que logró imponer sus criterios en el espíritu final de la reforma final: quitarle a los ricos, no gravar el consumo general con el IVA, sólo el consumo suntuario, y poner el acento de la reforma en los ingresos personales con el Impuesto Sobre la Renta.

El PRI no cedió a los cabildeos panistas. El gobierno se dijo, sotto voce, traicionado por ese partido que habría comprometido su palabra en la reforma. Transcurrido el proceso, el PRI apoyó el camello resultante.

Al apartar de la reforma el tema del IVA para todos, acabando sobre todo la exención en medicinas y alimentos, se perdió una oportunidad mayor de modernizar el sistema de tributación mexicano cerrándole las grietas de evasión y elución fiscal que propicia la existencia de cadenas de exención legal. Cuadro final: un gobierno derrotado, un Congreso celoso de sus atribuciones, una reforma que no satisfizo a nadie, aunque trajo a las arcas públicas algo del dinero buscado, una oportunidad perdida en la modernización del sistema tributario mexicano. n

El futuro de la lectura

EL FUTURO DE LA LECTURA

Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948), autor de una incitante y erudita Una historia de la lectura (Norma, 1999), acaba de publicar un nuevo libro: En el bosque del espejo (Norma, 2001). Entrevistado por Babelia, suplemento cultural de El País (enero, 2002), Manguel expresó lo siguiente sobre el futuro de la lectura: “Cuando leíamos en una tablilla de arcilla, lo primero que teníamos que hacer era retener de memoria una cara para leer la otra. Al leer en rollo tuvimos que aprender a leer en secuencia. En el códex, aprendimos la libertad de pasar de la página catorce a la cincuenta. La electrónica nos ha dado una forma de lectura casi contraria a la lectura misma. La lectura como acto consiste en ir hacia lo profundo, y en ir lentamente, tomando tiempo para que las memorias de la lectura se sucedan unas a otras. La electrónica propone una lectura de superficie y una lectura casi instantánea. La publicidad del e-mail decía: “La comunicación es más rápida que el pensamiento”. Como si quisiéramos una comunicación más rápida que el pensamiento. Ahora tenemos esa posibilidad de lectura, pero una forma no reemplaza a la otra. Ciertos libros serán publicados electrónicamente —enciclopedias, libros científicos—. pero otros se seguirán leyendo en papel porque, incluso cuando existen electrónicamente, la gente los imprime para leerlos. Las distintas formas de lectura convivirán, simplemente”.

Si las opiniones se sucedieran como se pasan las páginas de un libro, la opinión de Manguel se encontraría con la del crítico cultural George Steiner en una reseña de, precisamente, Una historia de la lectura de Manguel aparecida originalmente en el TLS y republicada en la revista Letra Internacional (otoño, 2001). Del libro de Manguel afirma Steiner, con la suficiencia de un gran crítico, lo siguiente: “Sigue siendo en el sentido etimológico, y en el mejor sentido de la palabra, un aficionado: un amante más que un especialista o un técnico experto”. Y de la lectura, después de leer la historia de Manguel, dice Steiner: “¿Tiene futuro la lectura tal y como la conocemos? La revolución de Gutenberg aceleró la producción de textos escritos, los volvió más baratos y los multiplicó hasta el infinito. Pero no transformó, esencialmente, la naturaleza de las relaciones entre escritor, lector y libro. De otra parte, la revolución electrónica actualmente en marcha va a generar mutaciones en todos y cada uno de los aspectos de la escritura y de la literatura —en la propia estructura del significado (…) Las niñas y los niños que desde los teclados de sus computadoras descubren o hacen por accidente hallazgos en lógica, en fractales, quizá no provienen de la lectura ni de la escritura en un ‘sentido libresco’. ¿Son iletrados esos niños?”. n

Impuesto, privilegio y excepción

IMPUESTO, PRIVILEGIO Y EXCEPCIÓN

Durante todo el mes de enero, la vida cultural mexicana concentró su atención en la miscelánea fiscal aprobada por los legisladores a todo vapor la madrugada del primero de enero de 2002. El asunto: el fin de la exención del pago de impuesto a los creadores. Si las gestiones de la Sociedad General de Escritores Mexicanos frente al Congreso no prosperan en su intento para evitar el pago del Impuesto sobre la Renta, a partir de este año los creadores tendrán que cumplir con las mismas obligaciones fiscales que los médicos, los abogados, los dentistas. Las compañías de ballet o de teatro recibirán el mismo trato fiscal que cualquier empresa. Los autores tendrán que pagar mensualmente el 35% de ISR y cubrir el IVA por las actividades empresariales que realicen. Estarán obligados a cumplir con los nuevos gravámenes fiscales que la Ley del ISR impone a cualquier empresa, y también pagarán la retención del 10% del ISR y el 10% de IVA cuando presten servicios profesionales.

El asunto ha develado varios temas de los cuales suele hablarse poco en la vida cultural mexicana. Ventilarlos y debatir sobre ellos es un acto de salud pública y de vocación reflexiva, no muy frecuentes, por cierto, en nuestro medio: ¿es un privilegio que los creadores no paguen impuestos mientras que el resto de los ciudadanos cumplen con sus obligaciones fiscales? ¿Se deben aplicar a la creación artística e intelectual las mismas leyes mercantiles? ¿Debe existir en México un diseño jurídico que, como el francés para su industria cinematográfica, constituya una ley de excepción cultural? ¿Significa la nueva legislación un golpe de muerte a las pequeñas editoriales mexicanas?

En su contribución al foro de protesta organizado por la Sogem el 8 de enero, Carlos Monsiváis escribió lo siguiente: “Aclaro mi posición: no considero admisibles los privilegios fiscales y creo en las obligaciones ciudadanas al respecto. Sobre esto no tengo dudas. Añado: nunca he dejado de pagar impuestos, y eso mismo han hecho todos los escritores, académicos, artistas plásticos, músicos, bailarines y teatristas de que tengo noticia y que, previsiblemente, multiplican sus trabajos (…) El rechazo al apresuramiento y la incomprensión de los legisladores no es, por tanto, reclamo de superioridad alguna. No somos superiores a ningún gremio, simplemente distintos (…) Pero el constituir un gremio más y no demandar privilegios, no significa admitir que la exención de impuestos del trabajo literario e intelectual haya sido un privilegio; es más bien un estímulo, algo distinto porque el privilegio indica el reconocimiento de una aristocracia (y sin revista Hola de por medio), la excelencia reconocida o promovida de unos cuantos, y el estímulo señala una obligación del Estado: promover un quehacer indispensable en la República. Considero inexacto o francamente falso que, como se ha dicho, el impuesto dinamite la identidad nacional o atente contra la creación artística y desanime a los escritores (…) A partir de determinados ingresos (monto a fijarse responsablemente por los legisladores, previa consulta con los organismos gremiales) se deben pagar impuestos y muy seriamente”. (Reforma, 9 de enero, 2002.)

La posición de Monsiváis resulta ser la más clara y equilibrada entre la gritería de la protesta. Entre los argumentos en contra del pago del ISR se ha mencionado en los medios uno más contundente: 75 años después de la muerte del autor, su obra pasará a formar parte del dominio público. Esta patriótica forma del despojo debió, al menos, ser considerada como un elemento más para respaldar la exención del pago de impuestos a los creadores. Si el Estado impulsara ese estímulo, como lo llama Monsiváis, enseñaría algo que no ha querido ni podido mostrar el gobierno de Vicente Fox: el compromiso, como un valor especial, con la creación y el conocimiento, con la Ilustración a través de algo que no está necesariamente sujeto a las leyes del mercado, aunque lo esté. Un análisis más serio y riguroso por parte de los legisladores habría demostrado que conocen mínimamente el entramado del conocimiento, al final creación intelectual, que ha hecho posible que ellos ocupen un asiento en el Congreso. Las cámaras fueron una creación intelectual, no las inventó un recaudador de impuestos. n

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

10,000 Actores y actrices empleados en la industria porno en Estados Unidos.12,000

Actores y actrices empleados en la industria porno en el resto del mundo.2 13,000 Películas porno que se filman al año en Estados Unidos.3 1,500

Películas porno que se filman al año en Europa.4 200

Sex shops en España.5

9,000,000

Personas en todo el mundo que cumplen años el mismo día.12

17

Porcentaje de los principales acuíferos de México que están sobreexplotados. 14 1,700 Metros cúbicos de agua de los que un habitante del norte de México dispone al año.15

4,233

Metros cúbicos de agua de los que un habitante de Europa dispone al año 16 850

Operaciones diarias de vuelo en el aeropuerto de la ciudad de México 17

100

Kilos de caviar que se venden anualmente en México 18

190,000,000

Entradas al cine vendidas en Francia durante 2001.19 160

Películas francesas que se estrenaron durante 2001.20 250

Librerías argentinas que cerraron entre 2000 y 2001 21 50

Porcentaje del consumo mexicano de tequila que ocurre en bares.22 21.7

Porcentaje de la tierra rural en México que pertenece a mujeres.25

36,000

Pares de botas fabricados por la empresa Botas Fox durante 2001.13

338

Jets privados en México.” 130

Jets privados en Gran Bretaña.8 2

Lugar que México ocupa como el país con la flota aérea ejecutiva más grande del mundo.9 537

Compañías de internet en Estados Unidos que desaparecieron en 2001.10

100,925

Especialistas en internet que están desempleados en Estados Unidos.”

5,000

Estudiantes de árabe en Estados Unidos.6

Fuentes: 1-5 .El País: 20 de enero de 2002; 6. Milenio semanal: 21 de enero de 2002; 7-9. Loft: enero-febrero de 2002; 10 11 Reforma: 21 de enero de 2002, 12 Lofl. enero febrero de 2002; 13. La Crónica: 22 de enero de 2002: 14-16. Milenio semanal: 14 de enero de 2002; 17. Reforma: 21 de enero de 2002; 18 La Jornada: 17 de enero de 2002: 19-20. El País: 14 de enero de 2002; 21. La Jornada: 14 de enero de 2002; 22. Reforma: 9 de enero de 2002; 23. La Jornada: 22 de enero de 2002.

Dios como personaje

“Si dices algo de Dios, y entiendes lo que estás diciendo, entonces lo que dices debe ser falso”, aseguraba, siempre apasionado, mi amigo Arturo Fregoso.

Y, bueno, es exagerado: se abre, tradicionalmente, la vía negativa (o vía de la remoción) para hablar de Dios entendiendo lo que se dice. “Dios no tiene seis años”, por ejemplo, es proposición verdadera. Es decir, puedes afirmar lo que Dios no es, y, por inferencia algo obtienes, pero nebuloso, difícil de asir mentalmente.

Dios

A Dios se lo puede amar, pero no entender, la mente humana no da para tanto. Nosotros los cristianos lo que sabemos de Dios lo sabemos vía Jesucristo, en él está la versión representable de Dios. Sin él estaríamos en completa oscuridad.

Así pues, el libro de Jack Miles que se llama God A Biography (Biografía de Dios), arranca con una imposibilidad: biografía es narración de sucesos desarrollados en el tiempo, y Dios, según la vía negativa, no está en el tiempo, es eterno. En Dios no hay cambios ni desarrollos ni secuencias. Luego no hay nada que narrar y, ergo, no puede haber ninguna biografía.

El libro tiene, sin embargo, 431 páginas (notas incluidas). ¿Qué hace entonces su autor? Que Jack Miles, un ex jesuita que vive, casado y con una hija, en California sabe cosas, no puede dudarse: estudió en el Colegio Pontificio Gregoriano de Roma, en la Universidad Hebrea de Jerusalén y tiene un doctorado en Lenguas del Cercano Oriente de Harvard. Pero ¿cómo aplica lo que sabe a una imposible biografía de Dios?

De esta manera: no hace la biografía de Dios considerado persona divina, de la que, la verdad, directamente no sabemos ni podemos saber nada, sino de cierto personaje literario famoso que cobra vida en un libro, el Antiguo Testamento.

Pero, ¿se puede hacer eso? ¿Qué clase de personaje literario es Dios? Hablemos de personajes. ¿Cuántos hijos tuvo Lady Macbeth? Algunos críticos han sostenido que, puesto que el dato no figura en la pieza de Shakespeare, esta pregunta es vana especulación y no tiene ningún sentido. Esto es, del personaje Macbeth tendríamos que restringirnos a la letra de lo dicho por Shakespeare. Pero otros críticos estiman que para entender y disfrutar una obra de Shakespeare tenemos que sentir que sus personajes están, de algún modo, dotados de vida propia, que su existencia late, por decirlo así, también fuera de escena, y que, entonces, toda especulación acerca de ellos puede ofrecer resultados. Por ejemplo, ¿qué tan gordo estaba Hamlet, o era Don Quijote, como asegura Unamuno, calvo?

Esta segunda posibilidad, ciertamente más cálida y atractiva, es la que explora Jack Miles en su muy erudita indagación. No es, pues, un libro teológico, sino literario. Su asunto es exponer la naturaleza del personaje tal como se desenvuelve cronológicamente en los libros del Antiguo Testamento. En Dios no hay desarrollo, pero en el personaje literario hay algunas mutaciones y de ellas habla Miles.

Ilustremos sólo un punto.

“¿Dónde estás?”, pregunta Dios a Adán. Estamos entrando, a la mitad del asunto, a uno de los pasajes insuperables, magistrales de la Biblia, fundamental en la antropología judeocristiana, la narración de la Tentación y Caída de los primeros humanos.

Cuando formula esta pregunta el personaje, Dios, “se paseaba por el jardín al fresco del día”. “¿Dónde estás?”. Y al fin Adán da la cara y responde: “te he oído en el jardín, y temeroso porque estaba desnudo, me escondí”. “¿Y quién te ha hecho saber que estabas desnudo?”, vuelve a preguntar Yavé Dios.

Ahora, ¿por qué Dios, considerado personaje, interroga a Adán?, ¿no sabe lo que sucedió? Lo sabe, pero de inmediato de nuevo pregunta: “¿es que has comido del árbol que te prohibí comer?”. Si ya sabe, ¿por qué Yavé interroga?

Esta es cuestión literaria: es la manera como se presenta con fuerza en la narración que Adán ha sido dotado de libertad de elección. Adán hace lo que quiere, y Yavé observa desde lejos.

De todas las cosas creadas Adán es la única hecha “a imagen y semejanza” de Dios. Tradicionalmente se entenderá esto como que Adán, igual que Yavé, está dotado de razón, que puede pensar, entender. Es, pues, una especie de espejo de Dios.

He aquí, pues, al personaje Dios: crea al humano libre y dotado de razón y lo primero que hace el humano es una desobediencia. ¿Sabía Dios que eso iba a suceder? ¿Se enojó Yavé con Adán? ¿Se dolió de su falta? No sabemos. ¿Cómo penetrar en el personaje Dios?

El asunto es complicado. Observemos, sin embargo, que sin esa culpa no habría habido historia humana y, entre otras cosas, no estaría ahora formulando estas preguntas ni escribiendo estas líneas que ahora lees. Muy en especial, dice la doctrina, Cristo, nuevo Adán, no habría Encarnado. Y por eso se dice que la desobediencia de Adán es felix culpa (culpa feliz).

Cuando Adán explica culposo al Señor lo de Eva y la serpiente, tan elegante desde el punto de vista literario e iconográfico, tan misterioso desde el lado de la antropología, Yavé Dios en respuesta habla en verso y compone el primer poema que aparece en la Biblia. Un poema poderoso que termina con estos conocidos versos:

Con el sudor de tu rostro comerás el pan
Hasta que vuelvas a la tierra,
Pues de ella has sido tomado;
Ya que eres polvo, al polvo volverás.

La sentencia ha sido dictada. Viene luego un pasaje impenetrable de la Biblia: “Díjose Yavé Dios: he aquí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida y comiendo de él, viva para siempre. Y le arrojó Yavé Dios del jardín de Edén, a labrar la tierra de que había sido tomado”.

Y bien, ¿qué es ese plural, “uno de nosotros”, qué árbol es ése, y por qué habla Dios como temeroso de que se pueda hacer algo que ni él mismo puede deshacer? No intentemos ya contestar estas preguntas.

Todo está, a fin de cuentas, en cómo se lee un escrito. Mircea Eliade, experto en mitos, leyó en unas vacaciones Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne y dice de ella entusiasmado: “cómo han podido psicólogos y críticos literarios haber ignorado por tanto tiempo este excepcional documento, este inexhaustible tesoro de imágenes y arquetipos”, porque ve en la novela un prototipo ortodoxo de viaje de iniciación al inframundo. Cuando yo la leí, de niño, no advertí nada de esto, y, sin embargo, a mi modo, la disfruté.

En ese caso la profundidad está en Eliade, el lector, pero hay otros libros, como el “Génesis”, primero de los libros del Antiguo Testamento, que, por decirlo así, ponen por delante las dificultades de interpretación, y no se precisa la malicia y el olfato de un Mircea Eliade para captar que ahí hay aguas profundas y complejidad de significados. Para aficionados a este tipo de escritos la trabajosa biografía que ha intentado Jack Miles será, sin duda, no sólo lección y compañía, sino fuente de regocijo. n

(Núm. 300, diciembre de 2002)

Educación

EDUCACIÓN

POR GUSTAVO MERINO JUÁREZ

El sistema educativo mexicano ha logrado grandes avances en las últimas décadas. Ha garantizado el acceso casi universal a la educación primaria, aumentado la cobertura de secundaria y mejorado los indicadores de desempeño educativo. Sin embargo, enfrenta desafíos considerables que requieren atención urgente. En este ensayo se esbozan tres grandes retos: combatir la desigualdad educativa, profundizar en la descentralización y promover un gasto más eficaz.

Combatir la desigualdad educativa

Si bien hay un avance muy importante en el acceso a la escuela, México enfrenta un grave problema de desigualdad en la calidad y oportunidades educativas. Esto se observa muy claramente entre la población rural y urbana, lo cual también refleja diferencias en el ingreso de la población. En ambas zonas hay amplio acceso a la escuela primaria, pero sólo el 67% de los que habitan en zonas aírales logran terminar la primaria mientras que lo hace el 90% de los habitantes de zonas urbanas. Entre los jóvenes de veinte años de edad la proporción de aquellos en el decil más alto de ingreso que concluyó la educación media es casi siete veces mayor que entre aquellos en los cuatro deciles de menor ingreso. La desigualdad educativa en México excede la de algunos países latinoamericanos. Mientras que en nuestro país el coeficiente de Gini educativo es 0.46, en Argentina es 0.23, en Chile 0.26 y en Colombia 0.38.¹

El entorno socioeconómico explica parte de la deserción y el bajo aprovechamiento escolar. Pero la calidad de la escuela y la docencia también inciden en el desarrollo escolar de los niños; las escuelas a las que tienen acceso los pobres tienden a ser de menor calidad. No es extraño, sobre todo en zonas rurales, que los maestros se ausenten por periodos prolongados, tengan menor escolaridad y carezcan de capacitación especializada para educar alumnos que enfrentan condiciones adversas. Además, muchas escuelas carecen de material docente o incluso de infraestructura básica: sanitarios y bibliotecas.

Una escuela de buena calidad y un docente con la preparación adecuada pueden subsanar muchas de las deficiencias derivadas de un entorno socioeconómico adverso. Los programas compensatorios como PROGRESA representan un paso en la dirección correcta al condicionar la ayuda financiera a la asistencia escolar y al ofrecer servicios complementarios de salud y nutrición. Sin embargo, se requiere elevar la calidad de la escuela para que los educandos en zonas marginadas puedan alcanzar un desempeño escolar similar al de sus pares que enfrentan condiciones más propicias.

Profundizar la descentralización

Con la “federalización” o descentralización de la educación básica, iniciada en 1992, se transfirió a los estados la operación del sistema federal de educación básica, incluyendo los docentes, las escuelas y demás activos, bajo el principio de que los estados conocen mejor las necesidades educativas de sus habitantes y pueden responder de manera más eficaz a éstas que el gobierno federal. Se esperaba también un incremento en el financiamiento estatal para la educación.

Pero el análisis de la respuesta estatal a la descentralización revela que ésta ha sido mixta y por lo general débil.²

No es que los estados carezcan de interés en promover cambios. La mayoría cuenta ya con una ley de educación; muchos han llevado a cabo reformas administrativas y han desarrollado programas de capacitación y becas o han promovido el uso de la informática. Aunque dicho esfuerzo sea loable, no se trata de reformas significativas a la provisión de la educación pública estatal, que redunden en mejoras sustanciales en la calidad y cobertura de la educación básica. Para ello hubiera sido necesario profundizar en tres áreas: el financiamiento, la integración de los sistemas federal y estatal y las relaciones laborales con el SNTE.

La transferencia de funciones educativas no fue acompañada por una nueva distribución de fondos federales entre estados, que redujera la gran desigualdad en el financiamiento federal por alumno y en el esfuerzo educativo con recursos propios entre las entidades. El incremento en los recursos públicos destinados para la educación proviene de la federación y de unos cuantos estados, y se utiliza principalmente para cubrir los costos corrientes derivados de la descentralización más que en inversión en programas e infraestructura educativa. Asimismo, la dependencia fiscal que enfrentan los estados respecto de la federación, y la estructura del financiamiento educativo basado principalmente en transferencias federales del ramo 33, desincentivan o hacen imposible un incremento sostenido de los recursos educativos estatales y perpetúan la desigualdad en el financiamiento público por alumno. Debe hacerse una revisión del federalismo fiscal más allá de las cuestiones educativas.

Se ha avanzado muy lentamente en una verdadera integración entre el ex sistema federal y el estatal en los estados que contaban con este último. En casi una tercera parte de los estados persiste la separación administrativa entre el sistema estatal y el organismo encargado del sistema federal, y aun en aquellos en que ambos sistemas quedan bajo una Secretaría de Educación se dan casos en que se mantiene una separación administrativa de facto o de jure. La dificultad para lograr la integración refleja problemas laborales derivados de la estructura seccional del sindicato de maestros y genera obstáculos para llevar a cabo acciones de política sencillas como reubicar maestros entre escuelas y regiones. La persistente centralización de las negociaciones laborales obstaculiza que se consideren las condiciones educativas y fiscales de los estados, que son los patrones de los maestros.

Promover un gasto educativo más eficaz Se dice que los problemas del sector educativo se solucionarían incrementando el gasto y se cita el objetivo casi místico de alcanzar el 8% del PIB. Con más recursos podrían mejorarse los programas y la infraestructura y aumentar los salarios de los docentes. Cabe preguntar, entonces, si las mejoras en el servicio serían conmensurables al incremento de los recursos. La respuesta es probablemente negativa.

Antes que gastar más habría que gastar mejor. Cerca del 90% del gasto educativo, al menos en educación básica, se destina a pago de salarios de docentes y administradores, dejando poco para la inversión, la investigación y la innovación. No es que los docentes ganen demasiado, sería deseable que las percepciones fueran mayores para estimular un mejor desempeño y atraer a personas cada vez con mejor preparación. El problema radica en que bajo las reglas actuales se premia más el servicio al sindicato y la antigüedad que el desempeño frente al grupo y la preparación académica, y se crean barreras a la movilidad de los docentes.

Se requiere una revisión curricular y de técnicas pedagógicas. Frecuentemente se pone énfasis en medidas muy costosas cuya contribución al desempeño escolar es pequeña, como lo indica la experiencia internacional. Ejemplo de ello es el uso de las tecnologías de información y la política de mantener una baja relación de alumnos por maestro. En cambio, hay medidas de bajo costo que han contribuido de manera significativa a la educación de los alumnos, como la disponibilidad y uso constante de libros de texto en clase y en casa.3

La asignación relativa del gasto entre niveles debe también ser materia de revisión, ya que la rentabilidad social de la educación tiende a ser mayor en la educación básica y media superior que en la educación superior, en donde los beneficios los captura principalmente el educando a través de mayores salarios. Por ello se requiere una revisión detallada del gasto y buscar mecanismos que incrementen la inversión privada y el uso de créditos, sin que ello deje fuera a ningún joven calificado y dispuesto a estudiar por falta de recursos.

1 El Índice de Gini va de 0 a 1; entre más se acerque a 0, mayor es la equidad. Se usa comúnmente para medir la equidad en la distribución del ingreso y el coeficiente respectivo para México es de 0.55. Las cifras aquí presentadas se tomaron de Fernando Reimers.

2 Para una discusión más profunda ver Gustavo Merino: Federalism and the Policy Process: Using Basic Education as a Taste Case of Public Sector Descentralization in México. Ph. D. Thesis.

Harvard University, 1999.

3 Ver Erik Hanushek: Making Schools Work Improving Performance and Controlling Costs. Brookings, Washington D. C., 1994. n

Numeralia

Porcentaje de la población de 15 años        

o más con educación primaria incompleta: 18.3%                  

Porcentaje de la población de 15 años        

o más con educación primaria completa: 19.4%

Porcentaje de la población de 15 años

o más con educación secundaria completa: 19.2%

Porcentaje de la población de 15 años        

o más con escolaridad mayor a secundaria: 27.4%                

Eficiencia terminal primaria:_______ 84.5%

Eficiencia terminal secundaria:_____ 75.7%

Deserción primaria:________________ 2.3%

Deserción secundaria:____________     8.5%

Gasto público en educación (federal+estatal)

como porcentaje del PIB: 4.64%

Gasto público federal como porcentaje del PIB:           3.89%

Gasto público estatal como porcentaje del PIB:           0.74%

Brecha educativa (primaria):a  1.5

Brecha educativa (secundaria):a               6.8

2 La brecha educativa se mide como el porcentaje de personas de veinte años del decil más alto que completó el ciclo educativo en cuestión como proporción del porcentaje de personas de los 4 deciles de menor ingreso que concluyeron el mismo ciclo. Reimers (2000).

FUENTES:

Vicente Fox: Primer Informe de Gobierno. SEP: Informe de labores 1999-2000.

Fernando Reimers: “Educational Opportunity and Policy in Latin America”, en Fernando Reimers (ed.): Unequal

Schools, Unequal Chances. Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 2000.

Subrayados

SUBRAYADOS

Descanso de caminantes de Adolfo Bioy Casares (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2001).

•  …el diagonal maltrato que recibe.

•  Un resfrío de vez en cuando es una blessing in disguise, que nos permite acercarnos a la literatura y pensar de cerca lo que tenemos entre manos. Las ventajas de un lumbago, si las hay, parecen más misteriosas.

•  Para no cometer dos veces el mismo error. Tardé quince años, del 28 al 43, en aprender a escribir. Ahora me piden que hable. Les pediré por favor que me esperen quince años.

•  Opinión de un estudiante: “La literatura es muy larga”.

•  …Hernández realmente se encolumna junto a los más deleznables cachafaces de nuestra literatura política.

•  En un film de Woody Alien una poetisa recita, ante un amigo, su último poema. El hombre la felicita, le asegura que el poema es maravilloso, pero que se le ha deslizado en él un pequeño error: la mariposa no se convierte en gusano, sino al revés. La poetisa se pregunta con tristeza por qué ella no podrá escribir sin errores… Realmente esa mujer me parece la encarnación de todos los que escribimos. Sin ir más lejos, en “Un viaje inesperado”, dije: “Un viejo coronel de la Nación”. No pasó una semana (después de la publicación) sin descubrir que los coroneles (de caballería, infantería, artillería, etcétera) dejan el arma para convertirse en generales. Es decir, no hay coroneles de la Nación, sino generales de la Nación.

•  Parece que un señor conocido como el Negro Elía dijo:

—Cuando una mujer me gusta, invariablemente me dicen que se acostó con medio Buenos Aires e invariablemente yo me quedo en la otra mitad.

•  (En este país) Todo mundo es patriota y si alguien duda del resultado de la patriada es un traidor.

•  Pobres perros, para el amor tan dispuestos y tan resignadamente frustrados.

•   “Contraditio in adjecto. Contradicción entre un término y lo que se le agrega (por ej., entre un sustantivo y su adjetivo)”. El probo peronista, el lúcido radical.

•  Yo prefiero la sociedad de las mujeres; son más filosóficas (“tal libro, tal film me gustó por…”); los hombres son más históricos (“gané en tres sets”; “vendí tantos pesos”).

•  Una noche difícil, como las de Buzzati, seguida de malestares y mareos que me acompañaron una semana, hasta que me resfrié… Una amiga me dijo: “Dios existe únicamente para no dejar que nadie levante cabeza”.

•  En este país, un hombre lúcido declaró que ganan las elecciones sus adversarios porque en el gobierno, después de dos o tres años, nadie se salva del descrédito. Justificadamente, lo que es peor.

•  No lo negaré: tiene sus inconvenientes la bigamia. El mayor, sin duda, es que lleva tiempo. Por eso el famoso chiste del viejito encierra una irrebatible verdad. Cuando le preguntaron cómo hacía para dejar satisfechas a tantas mujeres, contestó: “Me compré una bicicleta”.

• A un indio americano, condenado a muerte por los españoles, un fraile le preguntó si no quería aceptar la verdadera religión e ir al cielo. El indio preguntó: “¿Los cristianos van al cielo?”. Cuando el fraile le contestó afirmativamente, el indio dijo: “Entonces no quiero ir”.

•  Chesterton dijo: “De neuróticos y de locos se ocupa ahora la psiquiatría; antes, la hagiografía. Creo que en eso hay decadencia”.

•  Wilde dijo que la Historia del mundo es una sucesión de noticias de policía.

•  (Cortázar) sus convicciones políticas corresponden a confusos impulsos comunicados por un patético tango intelectual.

•  El presidente de la Sociedad de Escritores, un poeta, dijo: “El escritor trata de capturar su identidad”. Seguramente para no caer en un estilo prosaico no dijo que trata de saber quién es.

•  Esa entrevista que te piden insistentemente, que perturbará el ritmo de tu trabajo, no es tan preciosa para quien la pide; te digo más, no lograrás una gratitud ni te reconocerán un mérito que te libre de futuras entrevistas; al contrario, establecerás un precedente que las volverá inevitables.

•  Agosto de 1984. En una pared de la peluquería hay fotografías de algunos clientes. La mía está al lado de la de Fernando de la Rúa. El peluquero me dice: “Es un gran muchacho De la Rúa. Para presidente yo lo voto sin vacilar. Para presidente de un club mediocre, no grande como Boca o River; un club de barrio”.

•  Historia de Eleuterio. Eleuterio B. vivía en Córdoba, con su mujer. Una vez fue al almacén, a comprar algo; no volvió a la casa, sino después de diez años (que pasó en el Paraguay, con una china). Cuando volvió no dio explicaciones ni se las pidieron. Al poco tiempo compró una enorme jaula de alambre tejido, como las de pájaros, de algunos zoológicos y la llevó a la casa. Introdujo en ella una cama, un ropero, un escritorio, una silla y pasó la vida en la jaula. Los criados la llamaban “el cuarto del señor”.

•  Apuntes del hospital

—No se aceptan visitas, para que las conversaciones no molesten. Las conversaciones de médicos, enfermeras, personal de limpieza, no molestan. Los portazos, tampoco. La luz eléctrica encendida de pronto, menos aún. —El humo del cigarrillo de los médicos no perjudica la salud de nadie.

•  Lo único seguro es haber escrito. Para el que sigue escribiendo, el día llega en el que deja ver que es un idiota.

•  29 enero 1987. Tortícolis, que ojalá sea tortícolis.

•  Para alguna gente, la cultura es una superstición del siglo XLX.

•   Comprobación. Desde hace cincuenta y siete años soy escritor y esta es la primera vez que escribo la palabra inmanente. Algún político de ésos, que está en los primeros palotes, la empleó en innumerables ocasiones.

•  No andaba tan mal Xul (del Solar) cuando dijo que habría que inventar un signo ortográfico para sugerir el carácter irónico de un párrafo. Propuso la diéresis, para sugerir que algo no era auténtico: escritor, pensador, filósofo.

•  En este país vivimos al servicio de los servicios públicos.

•  En el jockey. Me señala a un individuo muy horrible y me dice: “Nunca trabajó ni pudo entender por qué la gente se afana trabajando. Ahora la realidad le da la razón. Los otros días me dijo: ‘Todos éstos, que van corriendo a la City, ¿sabés a qué van? Van a quebrar’ “.

•  No pierde inoportunidad. n

El Héroe es un Hobbit

EL HÉROE ES UN HOBBIT

POR W. H. AUDEN

Hace diecisiete años (1937) apareció, sin ninguna fanfarria, un libro titulado The Hobbit, el cual, en mi opinión, es una de las mejores historias para niños de este siglo. En The Fellowship of the Ring, que es el primer volumen de una trilogía, J. R. R. Tolkien continúa la imaginativa historia del mundo imaginario al que nos introdujo en su libro previo, pero de una manera adecuada para adultos, para aquellos, es decir, entre las edades de 12 y 70. Para cualquiera al que le guste el género al que pertenece, la Búsqueda Heroica, no puedo imaginarme un regalo de Navidad más maravilloso. Todas las Búsquedas tienen que ver con algún Objeto de luminosidad, las Aguas de la Vida, el Grial, el Tesoro enterrado, etc.; normalmente se trata de un buen Objeto y la tarea del Héroe es encontrarlo o rescatarlo del Enemigo, pero el Anillo de la historia de Mr. Tolkien fue hecho por el Enemigo y es tan peligroso que incluso los buenos no pueden usarlo sin corromperse.

El Enemigo creía que el anillo se había perdido para siempre, pero acaba de descubrir que de modo providencial ha ido a dar a las manos del Héroe y dedica todos sus poderes demoniacos a recuperarlo, puesto que le dará el dominio del mundo. La única manera de asegurar la derrota del Enemigo es destruir el Anillo, pero esto sólo puede hacerse de una manera y en un lugar que yace en el corazón de un mundo agreste. La tarea del Héroe es por tanto llevar el Anillo al lugar donde debe ser destruido sin que el Enemigo lo atrape.

El héroe, Frodo Baggins, pertenece a una raza de seres llamados hobbits, que sólo llegan a medir tres pies de altura; tienen pies peludos y prefieren vivir en casas subterráneas, pero en su pensamiento y en su sensibilidad se parecen mucho a aquellos rústicos arcádicos que habitan tantas historias británicas de detectives. Creo que a algunos lectores el capítulo que abre puede parecerles un poco esquivo, pero no deben dejarse hacer a un lado porque, una vez que la historia se echa a andar, esta reticencia inicial desaparece.

Por más de mil años los hobbit han tenido una existencia feliz en una fértil comarca llamada el Shire, indiferente al mundo externo. En realidad este mundo externo es más bien siniestro; los pueblos están en ruinas, los caminos rotos, los campos fértiles se han vuelto desérticos, merodean bestias salvajes y seres malignos, y viajar es difícil y peligroso. Sumados a los Hobbits, están los Elfos que son sabios y buenos, los Duendes que son habilidosos y buenos del todo, y los Hombres, algunos guerreros, algunos magos, que son buenos o malos. La encarnación presente del Enemigo es Sauron, Señor de Barad-Dur, la Torre Oscura en la Tierra de Mordor. Lo ayudan los Orcos, los lobos y otras hórridas creaturas y, claro, los Hombres a los que su poder atrae o domina. El paisaje, el clima y la atmósfera son del norte, reminiscentes de las sagas de Islandia.

La primera cosa que uno pide es que la aventura sea variada e incitante; al respecto la inventiva de Mr. Tolkien no decae y, en el nivel primitivo de querer saber qué sigue, The Fellowship of the Ring es por lo menos tan bueno como Los treinta y nueve escalones. De cualquier mundo imaginario el lector exige que parezca real, y el estándar de realismo que hoy se exige es mucho más estricto que en el tiempo, digamos, de Malory. Mr. Tolkien tiene la fortuna de poseer un don sorprendente para nombrar y un ojo exacto hasta la maravilla para la descripción; para cuando uno ha acabado su libro uno conoce las historias de los Hobbits, los Elfos, los Duendes y el paisaje que habitan tan bien como uno conoce su propia infancia.

Por último, si uno va a tomar con seriedad un relato de este tipo, uno debe sentir que, sin importar qué tan superficialmente distinto pueda ser el mundo en que vivimos en lo que respecta a sus personajes y eventos, el relato sin embargo sostiene un espejo ante la única naturaleza que conocemos: la nuestra; en esto, también, Mr. Tolkien ha acertado de un modo soberbio, y lo que ocurrió en el año 1418 en el Shire, en la Tercera Edad de la Tierra Media, no sólo es fascinante en el año 1954 d. C. sino que es también una advertencia y una inspiración. Ninguna obra de ficción que yo haya leído en los últimos cinco años me ha dado más alegría que The Fellowship of the Ring. n

La política

LA POLÍTICA

POR JOSÉ WOLDENBERG

La política es, según Bernard Crick (En defensa de la política. Tusquets. IFE. 2001. Primera edición, 1962):

•  La actividad mediante la cual se concilian intereses divergentes,

•  Aceptación de limitaciones,

•  Instrumento para garantizar una estabilidad y un orden razonables,

•  Algo de mucho mayor alcance que una doctrina en particular,

•  “ciencia de las ciencias”, según Aristóteles,

•  La que establece unas prioridades y un orden en las demandas antagónicas sobre los recursos siempre escasos de la comunidad,

•  Antípoda de los aglutinantes espirituales, intangibles y externos,

•  Lo que mantiene unida y preserva a una comunidad,

•  Creadora de civilización,

•  Palanca para lograr objetivos específicos,

•  Fórmula capaz de mantener cohesionada una comunidad compleja,

•  Lo que no puede mantenerse por la sola tradición o por un poder arbitrario,

• Reformar para preservar, según Burke,

•  Una actividad —no una cosa—, que necesita vida,

•  Una actividad compleja, puesto que no se reduce a la aspiración de un ideal, ya que entonces los ideales de los demás podrían verse amenazados,

•  Relacionarse con otros,

•  ofrecer cauce y forma a la resolución de los conflictos de intereses, personalidad o de circunstancia,

•  Como la sexualidad, una actividad impredecible,

•  Como en la sexualidad, productora de éxito y fracaso, tragedia y gozo, pasión y prudencia,

•  Irrenunciable, salvo con un alto prejuicio para nosotros mismos,

•  Lo que pone en orden el pluralismo y la variedad,

•  Salvación contra la anarquía, como el sexo lo es contra la misoginia y el celibato,

•  Como el amor, las únicas formas posibles de contención entre personas libres,

•  Ancla para la supervivencia (si uno no sobrevive nunca podrá saber si hizo una elección acertada, Hobbes),

•  Posible sólo con tolerancia y diversidad y a querer o no requiere de un cierto orden establecido,

•  Como la diplomacia, la necesidad de actuar con prudencia, para conciliar.

•  Imposible, donde el gobierno no es viable,

•  Lo que hace posible la gobernación,

•  Solución al problema del orden que prefiere la conciliación a la violencia,

•  Actividad que permite que los distintos tipos de poderes dentro de una comunidad establezcan un nivel razonable de tolerancia y apoyos mutuos,

•  Auto justificante, con la única condición de ser eficaz,

•   Única opción legítima, cuando su cauce se encuentra abierto,

•  Condición de libertad,

•  Rechazo de los medios coercitivos, como preeminentes para resolver conflictos,

•  una simple cuestión de prudencia,

•  Lo que posibilita la existencia de los principios políticos diferentes,

•  Imposible en Estados totalitarios,

•  Enemiga de las ideologías cerradas,

•  Llave para resolver conflictos,

•  El intento más consistente por atajar la violencia. n

Sociedad civil

SOCIEDAD CIVIL

POR EDUARDO GUERRERO GUTIÉRREZ

Antes que nada, una definición que quizá podría gozar de aceptación general. Con la frase “sociedad civil” me refiero a un conjunto de asociaciones voluntarias relativamente autónomas del gobierno. Como participantes de la sociedad civil, los individuos pueden perseguir una amplísima gama de objetivos, entre los que no se cuentan la obtención de cargos públicos (políticos o administrativos) ni el establecimiento de actividades lucrativas. Otro rasgo medular: entre los medios para alcanzar sus propósitos las organizaciones civiles no contemplan las acciones violentas. Por último, las asociaciones que conforman la sociedad civil no reciben fondos del erario público para financiar sus actividades.

Aunque quizás esta sobria definición de sociedad civil podría disfrutar del acuerdo de un gran número de analistas, en la literatura académica sobre el tema se sostienen tres grandes debates. El primer debate tiene lugar entre quienes consideran que la sociedad civil es una arena para la salvaguarda de los derechos individuales y la defensa de las libertades frente a las acciones arbitrarias de las autoridades públicas, y entre quienes consideran que la sociedad civil debe suplir las deficiencias del Estado en el desempeño de algunas de sus tareas y, en ocasiones, apoyarlo en el cumplimiento de sus responsabilidades constitucionales. El segundo debate lo sostienen aquellos que alegan, por un lado, que alianzas coyunturales con partidos políticos pueden permitir a las asociaciones civiles cumplir más eficazmente con sus propósitos, y los que consideran, por otro lado, que tales alianzas implicarían la “desmovilización” de la sociedad civil.

Finalmente, en un tercer debate encontramos a quienes consideran que la existencia de una sociedad civil “responsable” implica también la presencia de un gran número de ciudadanos con “virtudes cívicas” (es decir, iniciativa para participar, tolerancia, espíritu comunitario y autocontrol) y a quienes piensan, en contraste, que una sociedad civil que persiga el bien común no requiere de individuos con tales virtudes, sino de un tejido plural que suponga controles recíprocos entre las asociaciones e impida, con ello, la acumulación de influencia en unas cuantas.

Utilizaré la definición de sociedad civil que propuse inicialmente para enumerar las asociaciones u organizaciones civiles que componen la sociedad civil mexicana. Según los criterios que establece tal definición, nuestra sociedad civil incluye todas aquellas asociaciones reconocidas legalmente como Organizaciones No Gubernamentales (ONG). También comprende a los sindicatos llamados independientes (es decir, aquellos que como el Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social están agrupados en la Unión Nacional de Trabajadores) y las asociaciones, cámaras y confederaciones empresariales en las que la membrecía sea voluntaria (por ejemplo, la Confederación Patronal de la República Mexicana o la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros). Por último, nuestra sociedad civil también abarca las organizaciones civiles de inspiración religiosa (por ejemplo, el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez o las Comunidades Eclesiásticas de Base).

No forman parte de la sociedad civil mexicana todos aquellos sindicatos que formaron o forman parte todavía de la estructura corporativa del PRI —agrupados casi todos ellos en el Congreso del Trabajo, como es el caso de la Confederación de Trabajadores de México—. Ni forman parte de nuestra sociedad civil los partidos políticos o las llamadas Agrupaciones Políticas Nacionales pues ambas instancias reciben financiamiento público. Tampoco puede considerarse parte de la sociedad civil a ningún grupo armado que utilice o amenace utilizar la violencia para alcanzar sus fines. De aquí que las acciones de las guerrillas de los sesentas o setentas no puedan considerarse “expresiones de la sociedad civil”, ni formen parte de la sociedad civil el Ejército Zapatista de Liberación Nacional o las organizaciones que lo financian y protegen. Por último, no forman parte de la sociedad civil todas aquellas “organizaciones sociales” creadas a iniciativa de agencias gubernamentales (como, por ejemplo, la Secretaría de Desarrollo Social) que están financiadas total o parcialmente por estas mismas agencias para que participen en la implementación de algunos programas públicos.

Conviene abundar brevemente sobre el comportamiento que ha registrado en los últimos años uno de sus sectores más dinámicos: aquel compuesto por las ONG.1 Estas organizaciones realizan sobre todo actividades de asistencia y promoción social, de defensa de los derechos humanos y de protección a la ecología. Según datos del Diario Oficial en 1999, el mayor número de ONG’s registradas ante la Secretaría de Hacienda y Crédito Público se localiza en el Distrito Federal con 1,352 organizaciones. Le siguen, muy de lejos, Jalisco con 322, Nuevo León con 268 y el Estado de México con 222.

Las entidades federativas que en 1999 tenían el menor número de ONG’s registradas eran Campeche, Nayarit, Zacatecas, Tlaxcala y Durango —en estas cinco entidades sumaban apenas 78 las ONG’s con registro—. Por último, según el Centro Mexicano para la Filantropía (Cemefi), las entidades que registraron las más altas tasas promedio de crecimiento anual de ONG entre 1995 y 2000 fueron Nuevo León, Campeche y Quintana Roo; las tasas más bajas pertenecen a Colima, Hidalgo y Michoacán —cabe destacar que en ninguna entidad federativa el número de ONG’s decreció de 1995 a 2000.

¿Existe alguna relación entre esta nueva presencia que han adquirido las ONG en algunos estados de la República y el avance de la democracia en el ámbito local? Uno de los pocos análisis empíricos sistemáticos que se han realizado recientemente indica que las asociaciones civiles no han tenido un impacto favorable en la democracia local y que incluso podrían haberla llegado a obstruir.2 ¿Por qué el aumento de las ONG no parece haber robustecido la democracia local?

Las ONG no sólo aparecen y tienden a multiplicarse como consecuencia del fortalecimiento de un régimen de libertades y del afianzamiento de la competencia política; las ONG también son proclives a brotar a gran escala en contextos sociales de gran atraso donde las denuncias de violaciones a los derechos civiles son pan de cada día y las demandas de asistencia social son muchas y apremiantes. Este amplio segmento de ONG’s que trabajan en entidades atrasadas participa frecuentemente en sistemas clientelares. En estos sistemas las ONG intercambian con el gobierno, los partidos o los ciudadanos, bienes y servicios con criterios particularistas. En tales casos, lejos de desatar dinámicas de cambio político o social, las ONG contribuyen a perpetuar el statu quo. Un segundo punto a mencionar. es que el intenso activismo que despliegan las ONG en contra de algunas decisiones gubernamentales impide frecuentemente la entrada en vigor de políticas públicas de corte reformista, lo que termina por minar la vigencia y eficacia de las instituciones democráticas. n

1 Los datos que presento a continuación provienen de El almanaque mexicano, editado por Sergio Aguayo. Hechos Confiables/Grijalbo. México, 2000, pp. 310-311. Los datos que suministra El almanaque provienen del Diario Oficial (1999), la Secretaría de Gobernación (1994) y el Centro Mexicano para la Filantropía (1995-1996, 2000).

2 Alfonso Hernández Valdez: “Las causas estructurales de la democracia en México, 1989-1998″, en Política y gobierno, vol. VII. núm. 1. primer semestre de 2000. pp. 101-144. Hernández Valdez creó un índice para medir el grado de democracia local, que incluye variables relativas al número de partidos representado en el electorado estatal, el número de partidos representado en las legislaturas estatales, la alternancia de los partidos en los ejecutivos estatales y la extensión de las libertades y otros derechos civiles en los estados. Como indicador del concepto “asociación civíca” Hernández escogió el número de ONG’s por cada 100.000 habitantes.

Numeralia

ONG’s en el Distrito Federal (2000): 1,930 ONG’s en Nayarit (2000): 21

Crecimiento de ONG’s en Nuevo León entre 1995 y 2000: 1,893%.

Crecimiento de ONG’s en Campeche entre 1995 y 2000: 1,600%.

Crecimiento de ONG’s en Colima entre 1995 y 2000: 104%.

Crecimiento de ONG’s en Jalisco entre 1995 y 2000: 114%.

Fuente: Centro Mexicano de Filantropía (1995-1996, 2000); El almanaque mexicano, editado por Sergio Aguayo. Hechos Confiables/Grijalbo. México, 2000, pp. 310-311.

Desigualdad

INSOMNIOS MEXICANOS

DESIGUALDAD

POR MIGUEL SZÉKELY

México ya no es sólo un país de profundas desigualdades sociales, como se ha afirmado incontables veces. México es más bien un país de grandes abismos.1 Basta con salir a la calle cualquier día y parar en un semáforo para palparlo. Niños de la calle que jamás podrán soñar ni siquiera con la mitad de las oportunidades que tendrán aquellos que sí pueden ir a la escuela; jóvenes cuya única esperanza es contar, en algún momento de su vida, con un empleo que les permita vivir dignamente y sin la incertidumbre de saber dónde van a despertar mañana; adultos que en el transcurso de décadas no verán el dinero que pasa por las manos de un profesionista en un mes.

Muchos mexicanos ni siquiera esperan ver algún progreso durante su generación. Su sueño es que alguno de sus hijos o nietos tengan en el futuro alguna oportunidad de estudiar y puedan dejar de pasarse la vida cuidando y limpiando la propiedad ajena.

Lo grave de esta situación es que las diferencias sociales en nuestro país no se deben, en la gran mayoría de los casos, a que algunos prefieran trabajar menos o a que sean menos capaces o hábiles. Se debe, simplemente, a que el entorno económico en el que vivimos privilegia en oportunidades y opciones a aquellos que nacieron en una situación social más favorable. Es un problema histórico de raíz que se reproduce generación con generación.

Según las encuestas de hogares —la fuente de información más completa en materia de ingresos de la población—, prácticamente no ha habido progreso distributivo en México durante el último cuarto de siglo.2 Por ejemplo, en 1977 el 10% más pobre a nivel nacional concentraba un 0.97% del ingreso total, mientras que en el año 2000 la proporción fue de 1.2%. En cambio, las personas ubicadas en el 10% más rico a nivel nacional concentraba el 42.9% del total en 1977, y el 42.41% en el 2000.

Las tendencias indican que entre 1977 y 1984 hubo un progreso considerable en materia distributiva (en 1984 el 10% más pobre concentró el 1.6% del ingreso total), pero la desigualdad aumentó durante el resto de la década de los ochentas.3 Si bien durante los noventas no hay evidencia de que la situación haya empeorado, ciertamente tampoco se notó mejoría. De acuerdo al índice de Gini, que mide la concentración de los ingresos tomando el valor de 1 cuando una sola persona concentra todos los recursos, y de 0 cuando la distribución es perfectamente equitativa, la desigualdad entre 1992 y el año 2000 pasó de 53.4 a 53.7 puntos; es decir, se mantuvo prácticamente constante.

Con estas tendencias se llega al año 2000 a un grado de polarización en el que la persona promedio ubicada en el 10% más rico de la población recibía un ingreso 34 veces mayor al que recibía una persona en el 10% más pobre. Más aún, el 10% más rico concentra el 42% del ingreso total, cifra equivalente al ingreso total del 80% de la población de menores ingresos. Por otro lado, mientras que la mitad de los perceptores de ingreso recibe menos de dos salarios mínimos, sólo el 3.68% recibe más de 10.

A nivel regional también se presentan grandes abismos. Cálculos en base a información sobre PIB estatal del INEGI de 1999 (el año más reciente) revelan que aun con tasas de crecimiento como las de 1999, una de las mayores registradas en dos décadas, al estado de Chiapas le tomaría cincuenta años alcanzar los niveles de PIB per cápita del Distrito Federal.

Pero las grandes desigualdades no se reducen solamente a la dimensión de los ingresos. Por ejemplo, en materia de educación, mientras que la población económicamente activa (PEA) promedio ubicada en el 10% más pobre de la población tiene apenas cuatro años de educación formal, la PEA en el 10% más rico a nivel nacional tiene más de 13 años de educación. Las desigualdades educativas entre los estados de la república son también enormes. En promedio, la población económicamente activa del estado de Oaxaca tiene 5.3 años de educación, dato similar al promedio nacional de Nicaragua, el país con menor escolaridad de América Latina; en contraste, en el Distrito Federal el promedio es de 10.5 años, prácticamente el promedio registrado en el país latinoamericano con mayor educación en la región (Argentina).

Los indicadores de salud son igualmente alarmantes. Mientras que la tasa de mortalidad en menores de un año en el estado de Guerrero se ubicó en 52 por cada 1,000 nacidos vivos en el 2000, en Nuevo León se ubicó en 14. Las brechas regionales expresadas en un desigual desarrollo y una desigual probabilidad de morir también se observan en la población de 15 a 59 años. En algunos estados como Nuevo León, Baja California Sur y Quintana Roo este grupo poblacional presenta una probabilidad de morir semejante a la de algunos países europeos o a la de Estados Unidos; por otro lado, en las zonas rurales de Guerrero, Puebla y Oaxaca la probabilidad de morir es similar a la de El Salvador, Nicaragua y Honduras. Más aún: mientras que sólo 2.6% de todos los hogares que se ubican en el 10% más pobre de la población tienen acceso al IMSS, ISSSTE, servicios de salud privados u otros servicios médicos, el 93-8% de los hogares en el 10% más rico tiene acceso a algunos de estos servicios.

En cuanto a servicios básicos para la vivienda, en el estado de Guerrero más de una tercera parte de la población carece de drenaje o servicio sanitario, en tanto que en el Distrito Federal y en Nuevo León la proporción es menor a 2%. El 12% de las viviendas en Oaxaca y Chiapas carece de energía eléctrica, mientras que en el Distrito Federal y en Nuevo León existe prácticamente cobertura total. En Guerrero, Veracruz y Oaxaca, una cuarta parte de la población carece de agua entubada, contrario a Aguascalientes, en donde el 98.7% de las viviendas tiene acceso a ella. En Chiapas, Guerrero y Oaxaca, alrededor de 60% de las viviendas presentan indicios de hacinamiento. En Chihuahua y en el Distrito Federal la proporción es de alrededor de 36%. Las disparidades a lo largo de la distribución del ingreso son también preocupantes. Entre los hogares que se ubican en el 10% más pobre de la población a nivel nacional, una tercera parte tiene piso de tierra, 25.7% carece de agua entubada, la mitad no tiene drenaje y el 15.22% carece de energía eléctrica. En contraste, las proporciones para los hogares ubicados en el 10% más rico de la población son 1.87, 2.45, 3.18 y 0.82%, respectivamente.

Podríamos continuar con la lista, y la conclusión sería la misma. México es un país de grandes abismos sociales.

 ¿Persistirán estos abismos? ¿Hay algo qué hacer? Afortunadamente sí. Pero la solución implica cambios importantes en el funcionamiento del sistema económico para atacar el problema de raíz. Y esto no puede hacerse de la noche a la mañana. n

1 El autor agradece a Mabel Andalón y Andrés Montes por su ayuda en el procesamiento de la información utilizada en este artículo. Las opiniones expresadas son atribuibles únicamente al autor, y no reflejan necesariamente el punto de vista de la Presidencia de la República.

2 Realizamos aquí una comparación entre la encuesta de 1977 y la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares del 2000 del INEGI. Tomamos la encuesta de 1977 como punto de referencia debido a que es la encuesta que se considera más confiable para la década de los setenta, mientras que la de 2000 es la más reciente. Cabe recalcar que aunque las encuestas de hogares son la mejor fuente de información sobre los ingresos totales de la población, tienen sus limitaciones. Quizá la más relevante desde el punto de vista de la desigualdad, es que este tipo de encuestas generalmente excluyen a los individuos de mayores ingresos. Por ejemplo, en la encuesta del 2000 el preceptor con el máximo ingreso a nivel nacional reportó un ingreso de 275,469 pesos mensuales. Según un artículo del periódico Reforma (en base a una encuesta de Intergamma) del 1 de octubre del 2001, la compensación total promedio de los directores de 100 empresas instaladas en la zona metropolitana del DF asciende a 355,000 pesos mensuales netos. Esto da una idea del grado de subestimación de los ingresos altos en las encuestas de hogares.

3 Véase M. Székely: “The Economics of Poverty, Inequality and Wealth Accumulation in México”, Macmillan, 1998.

2002 En tiempo de blues

2002 EN TIEMPO DE BLUES

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

VERÓNICA RASCÓN, IN MEMORIAM

El año habrá terminado cuando este Nexos aparezca, y es probable que el país cuente entonces con un presupuesto de egresos, raquítico sin duda, pero presupuesto al fin. Lo que no tendrá México al iniciar el segundo año del gobierno del cambio son certezas sobre la posibilidad de saltar de una vez la cerca ignominiosa del crecimiento a ras del suelo y del desarrollo social bajo el piso. La posposición material sigue al mando y los años de penuria a que alguna vez convocó el presidente De la Madrid, “para evitar que el país se nos vaya de las manos”, se volvieron ya casi dos décadas.

La recesión seguirá su curso, hasta que los motores externos vuelvan a encenderse, pero sus daños principales en la subsistencia y el empleo, así como en el ánimo de la gente de a pie, irán más allá del inicio de la esperada recuperación que vendrá del norte. Aceptar esta situación como destino es lo peor que le puede pasar a una sociedad cuya demografía básica reclama como nunca de un dinamismo económico y social sostenido y veloz… como el que no hemos tenido en los últimos tres lustros del siglo que se fue.

La recuperación vendrá, pero sólo en lo económico y quién sabe cuándo y cómo. En la política se habrá impuesto el cálculo ramplón del “no hagan olas”, que emana del retraso de ideas y falta de compromiso con la política moderna en que viven los partidos y amplían y celebran los medios informativos sin la mayor consideración. Lo dominante de este inicio del año 2 del cambio serán las campañas internas en los tres grandes, donde lo único que parece estar en disputa hasta el momento son las prerrogativas que distribuye el IFE, más que proyectos alternativos para el país que los reclama. A la pobreza social que se afianza como cultura nacional habrá que añadir la pobreza mental que se apodera de una política que ha confundido democracia con juego de salón entre unas élites autoproclamadas y, lo peor, cada día más autocomplacientes.

Hay que esperar, sin embargo, que al calor de estas contiendas dentro de los partidos se haga un poco de luz para el final del túnel. En el PAN, el desafío de Carlos Medina puede servir para iluminar lo que hasta hoy es pura penumbra y especulación: el carácter y los alcances de la coalición que llevó a Vicente Fox a la presidencia de la República el 2 de julio de 2000. Quiénes son y qué quieren, dónde están, si es que es el caso, en los poco conocidos territorios del partido de Gómez Morín; si, en efecto, el PAN mantiene como eje esa tradición y pensamiento o pasó sin avisar a ser otra entidad, son, entre otros, temas y enigmas que la confrontación planteada por Medina, dentro de su partido y, desde luego, en su fracción legislativa en el Senado, podrán ser dirimidos a la luz pública.

Los “amigos” de Fox no se han reconvertido para ser los “amigos” del presidente. O, al menos, eso se deduce de las mil y una evidencias de que en Los Pinos no se práctica el boxeo político de sombra que solía llevarse a cabo en el reposo y la discreción de la Casa Presidencial fuera de horarios. La campaña por la presidencia del partido algo nos dirá sobre unas coordenadas políticas y un mapa de ambiciones futuras que los liderazgos de las figuras aparentemente tradicionales de Fernández de Cevallos y Calderón en el Congreso, junto con la opaca presidencia de Bravo Mena, han mantenido en la sombra. Para no traer a cuento lo que amenaza volverse un clásico mexicano: la insana distancia entre el presidente Fox y el partido que lo llevó al poder y que, renuente a ser un partido del poder, no ha podido volverse partido en el poder y de poder.

En el PRI parece estarse ante la carrera avasalladora de un solo hombre, pero aquí puede ocurrir que las apariencias engañen. Si la forma es fondo, como decía el clásico, la presidencia “montonera” de Madrazo podría ser la última de la formación política que acompañó al presidencialismo postrevolucionario. Madrazo tiene cuadros, dinero (mucho, al parecer), energía y ganas, pero no ha mostrado reservas ni recursos para darle a su partido perfil moderno y mirada histórica. La rebelión de los cuadros medios, que algunos llaman “las bases”, permitió comprobar que hay priismo para rato, pero esto no asegura que vaya a haber un PRI capaz de contenerlo y darle cauce, ideología, programa en vivo.

El liderazgo y la vocación de Estado más bien parecen estar en otros foros que, por increíble que parezca, son los foros de donde, por estatuto, no podrían salir los dirigentes del partido, salvo en esta ocasión, debido a un transitorio de la generosidad fraguado en la madrugada por el ex-gobernador tabasqueño. Quizá, sólo quizá, una puja por esta presidencia que hoy se imagina resuelta, traería también luz sobre la coalición que encabeza Madrazo, así como sobre las posibilidades reales del PRI de dejar de ser tumulto en busca de cabeza, para volverse simplemente partido de la democracia azteca.

Del PRD habrá que ocuparse luego. El regodeo de sus dirigentes con el mote de “partido de tribus” que les ha impuesto la prensa pero con su concurso entusiasta, apunta hacia un partido en perpetua adolescencia, siempre a la espera de que su fundador y líder moral disponga o sugiera oblicuamente. El partido de la izquierda política organizada tendrá que lidiar con esa ecuación que puede darle empuje y fe, pero que le impide ser moderno y democrático, no digamos social-demócrata.

La economía política de la depresión

Este es el cuadro que espera a México al despuntar 2002. En economía, lo sabemos y sufrimos, la golondrina de Zedillo no hizo verano y en política económica lo que sobresale es un empeñoso conservadurismo y una búsqueda frenética de lo que no existe en este mundo: una gobernabilidad estática y una evolución económica sin riesgos.

De lo social dan ganas de decir que es mejor no hacer caso. No habrá reposo para los que salen en busca de empleo cuando apenas se asoman a la edad adulta, porque nuestro sistema educativo no está pensado, mucho menos diseñado, para formar adultos en la cultura o la ciencia. Son sólo unos cuantos, en términos relativos aunque ya sean millones, los que tienen acceso a la educación superior y muchos menos son los que estando en ella pueden disfrutar de acervos, capacidades, ofertas culturales. En su mayoría, los estudiantes que entran y se mantienen en el sistema público superior no hacen otra cosa que arreglárselas para sobrevivir, a la espera de mejores tiempos, para ellos o sus padres que viven en la incertidumbre laboral y la certeza del salario magro.

La insatisfacción como modo de vida, junto con la incertidumbre respecto del porvenir, se han arraigado en las mentalidades proletarias y clasemedieras del México de la alternancia y la apertura al mundo, mientras otras élites, también autoproclamadas pero más bien afirmadas en su posición por la fortuna, el privilegio o la herencia, siguen su ruta de fuga, que es la forma más segura de vivir su propia revuelta contra una circunstancia indeseable cuyas imágenes a muchos repugna. Pero no los llevan a la vergüenza o la reflexión.

Este es el horizonte que en 2002 se afirmará para los mexicanos que se ilusionaron con el inicio del círculo virtuoso entre desarrollo, estabilidad y democracia, de que presumió el presidente Zedillo al fin de su mandato y que el presidente Fox prometió llevar hasta la luna. Poco duró el gusto y lo más probable, por lamentable que pueda parecer, es que no se nos ofrezca pronto otra probadita. Antes, inevitablemente, el país real que no es sólo el del crimen o el abuso, tendrá que afrontar pruebas a título de suficiencia, porque prefirió hacerlas a un lado en el periodo ordinario, víctima de un ensueño recurrente que ya terminó y que, en verdad, no debería retornar.

Dejar atrás el tiempo de las ilusiones, es condición obligada para entrar en el momento de la maduración y el aprendizaje, después de tanta y tan desperdiciada experiencia. Como alguna vez propuso algún clásico de la economía del desarrollo, una medida del atraso es la vocación para no aprender a tiempo y para repetir, hasta con entusiasmo, los errores pasados.

El mayor de estos errores en nuestra historia reciente, fue imaginar que el petróleo nos daría la posibilidad de un rodeo, o de inventar sobre la marcha una “nueva” economía sin tomarse la molestia de superar y corregir las fallas de la vieja que nos había introducido a la crisis. La providencia se mostró pronto como maldición, en patético homenaje al poeta que hizo del diablo un notario.

Luego vino más, sólo en apariencia de signo contrario. La invención del mercado como todo poderoso y generoso demiurgo de, otra vez, una “nueva” economía, nos dejó en medio del camino, no sin antes pasar su elevada tarifa de pobreza y desigualdad, que con el desempleo de 1995 consolidó el bizarro dualismo laboral en que se debaten los mexicanos postmodernos de la democracia y la globalización a la americana. Al final se pecó por el mismo lado: el de la esperanza y la ilusión en fuerzas y bondades metanacionales, también meta constitucionales, hasta extraterrestres, que nos evitarían caer en una revisión a fondo, sin concesiones, de nuestras incapacidades y fallas, para poner a punto y en alto contraste lo que hubiere sobrevivido de las destrezas y energías forjadas al calor del siglo y el ciclo de la Revolución.

Del Estado providencial al mercado milagroso, nos tomó veinte años, que sí son algo y hasta demasiado. Los saldos no son alentadores y si bien tenemos hoy la posibilidad de soñar con el autogobierno y el orden construido por los ciudadanos comunes, gracias a la democracia, la verdad es que el inventario de lo no hecho o hecho mal es abrumador y acalambra al más pintado.

El desencanto puede marcar el principio de la sobriedad y del uso de un ingenio maduro, reacio a la política de la ocurrencia y refractario al montón que se pretende política popular o de masas. Sin pasar por esa prueba, no habrá democracia que produzca y dé cohesión, ni tendrá México una evolución social y política que le permita presentarse seriamente ante el mundo como nación habitable.

Pero no hay que olvidarlo: más que el primer año del gobierno del cambio, estamos hablando del año 16 de la “gran transformación” que se volvió ingeniería social utópica y destructiva. Arbol con pocos frutos y muchos de ellos amargos. Tomemos nota del tiempo.

Este blues termina aquí, recordando a Harrison y sus muchas noches de días difíciles. Quizás, sólo quizás, “a touch of poetry” es lo que haga más falta. Auguri para todos.

San Pedro Mártir, 6 de diciembre 2001. n

Financiamiento

FINANCIAMIENTO

POR FAUSTO HERNÁNDEZ TRILLO

Durante la última década del siglo pasado México reformó su economía para generar las condiciones de un crecimiento sostenido; condiciones que, se argumentaba, con el paso del tiempo repercutirían positivamente en el bienestar general de la población. Esto es aún motivo de debate por los resultados mixtos no sólo en el país sino en el resto de América Latina. Los organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo, en su reporte de 1997, reconocen que si bien el camino es el correcto, existieron ciertas fallas, siendo la principal un diseño institucional y un marco legal inadecuados a las circunstancias. Una parte fundamental de dicha reforma fue la liberalización financiera. Esto permitiría el desarrollo financiero, elemento identificado como fuente de crecimiento económico.

Se llevaron a cabo una serie de medidas, entre las que destacan la remoción de límites sobre la tasa de interés, que serían determinadas por el mercado; la eliminación de las reservas requeridas, sustituidas con un coeficiente de liquidez que se removió posteriormente; la reprivatización de la banca y la promoción del mercado bursátil.

La visión positiva sobre la liberalización financiera y su impacto sobre el crecimiento económico fue empañada considerablemente hacia finales de 1994, cuando el país enfrentó una severa crisis, cuya explicación está fuertemente asociada a la forma en que se llevó el proceso de liberalización financiera. Los indicadores sugieren que la banca falló en su misión de financiar el desarrollo económico debido a una gama de factores, que están más allá del alcance del presente comentario.1 Una famosa frase, acuñada por el economista Díaz-Alejandro mucho antes de la crisis financiera, describe nuestro proceso de liberalización financiera: “Adiós represión financiera, buenos días crisis financiera”.

 En ese artículo de 1983 (publicado hasta 1985) se argumenta que los hacedores de política deben tener cautela y diferenciar un mercado de “carne” (sic) de uno financiero, pues existen diferencias importantes entre ambos, y advertía que. de no hacerlo, a la larga se tendría que rescatar a la banca. Años más tarde así sucedió en México.

Las lecciones generales de nuestra crisis son básicamente dos. Primero, antes de liberalizar el sector financiero es importante fortalecer el marco institucional y legal bajo el que opera el sistema; y, segundo, que la regulación prudencial y la supervisión bancada son importantes ya que los procesos de liberalización financiera, por naturaleza, incrementan la fragilidad bancaria.

Durante la administración zedillista la política del sector se dirigió hacia la corrección de estos dos puntos, no sin antes llevar a cabo un controvertido rescate financiero de la banca. Entre otras cosas, se modificaron algunas leyes entre las que destacan la Ley de Garantías y de Quiebras; se emitieron disposiciones prudenciales acordes a los estándares internacionales, y la banca central inició un proceso de construcción de credibilidad antiinflacionaria, cuyas mejores batallas todavían están por librarse. Si bien la banca comienza a mostrar signos de recuperación, todavía se requiere de una mayor fortaleza y de una muestra sostenida de estabilidad de precios en niveles bajos —de aquí la importancia de la reputación del Banco de México.

El motor del crecimiento durante los últimos cuatro años de la administración zedillista fue el sector exportador, financiado principalmente por la banca internacional. Para ese sector específico tal forma de financiamiento fue y es barata ya que, al vender en dólares, no enfrenta riesgo cambiario. Por su parte, la reducida actividad económica de los otros sectores fue financiada, nos dice la Encuesta de Micronegocios de 1998, con créditos de proveedores y, sorprendentemente, crédito familiar (es decir, proveniente de amigos o parientes). Por último, el gobierno federal pospuso la creación de la infraestructura necesaria para el desarrollo del país, debido principalmente a un rescate bancario, que nos guste o no pesará sobre las finanzas públicas durante al menos los siguientes diez años, y la incapacidad de elevar la recaudación fiscal.

La agenda para el financiamiento del desarrollo debe incluir, entre otras cosas, el fortalecimiento de la banca para reactivar el crédito (con estabilidad sostenida de precios como condición necesaria); el diseño de programas alternativos de financiamiento para incluir a los sectores tradicionalmente olvidados por la banca, y el fortalecimiento de los ingresos públicos.

Conviene resaltar los últimos dos puntos. Los programas de financiamiento popular deben diseñarse con sumo cuidado para que realmente alcancen a la población a la que se quiere llegar y que no generen en el largo plazo problemas de daño moral. Este tipo de programas suele politizarse y generar conductas irresponsables. Es necesario evitarlo.

Si bien estos programas han sido exitosos en otras regiones del mundo como Bangladesh, Indonesia y Bolivia, incluso ahí su impacto es significativo cuando se les evalúa de manera global, debido a numerosos factores como la dependencia de recursos externos y la profundidad misma de los programas; además, estos programas no han sido parte de una estrategia integral de combate a la pobreza. Es importante profesionalizarlos, especialmente en México.

Por otro lado, el desarrollo del país requiere de una infraestructura sólida en vías de comunicación y energía. Se ha mostrado que existe una relación alta entre tal solidez y el abatimiento de la pobreza. Las zonas con una infraestructura adecuada, en general, son menos pobres que las que carecen de ella. El gasto social es un concepto más amplio que el que se le ha asignado tradicionalmente en México. Amartya Sen, Premio Nobel de Economía, ha mostrado que el gasto social juega un papel fundamental en la reducción de la pobreza; sin éste, es difícil ganarle la batalla. El desarrollo requiere de inversión pública en capital físico y humano, acorde a las necesidades regionales del país. Los niveles de gasto en estos rubros deben incrementarse y reubicarse geográficamente para satisfacer las necesidades del país. Sin embargo, los ingresos tributarios del país se encuentran dentro de los más bajos del mundo, incluso comparados con países de Centroamérica. De aquí que la reforma fiscal integral sea una necesidad imperiosa para el desarrollo de México. No obstante, el país hereda una serie de pasivos contingentes (Fobaproa, seguridad social privada y pública, federal y estatal, Pidiregas, etc.) que ascienden, en promedio, a 2% anual del PIB durante los siguientes diez años, y que obstacularizarán el financiamiento de necesidades claves para el país. Sin duda esto le ha reducido grados de negociación al ejecutivo para aprobar la reforma fiscal. A pesar de ello, es importante que el país incremente la recaudación tributaria. Por desgracia, la actual administración no ha sido capaz de transmitirle esta necesidad a la población. En “la transición” también se desperdició un momentum político que no volverá a presentarse, de acuerdo a la hipótesis de gobierno débil (weak government hypothesis). La reforma debe, entre otras cosas, eliminar los privilegios fiscales de que gozan ciertos sectores e incluir mecanismos para hacer más eficiente y equitativo el gasto público, características que no se han alcanzado en México.

El financiamiento del desarrollo mexicano requiere, por un lado, de un sistema financiero sólido que actúe bajo la cobija de una economía estable; y, por otro, una reforma fiscal integral que garantice los recursos para satisfacer las necesidades del país, entre las que más destaca el combate la pobreza. n

1Ver Fausto Hernández Trillo y Alejandro Villagómez Amezcua: “El TLC y el sector financiero: Una evaluación preliminar”. en Arturo Borja y Judith Mariscal: Para evaluar el TLCAN. Porrúa Editores. México, 200

Numeralia

1. Cual es el porcentaje del PIB al que asciende finalmente el Fobaproa?

Deuda del IPAB como % del PIB: 14.72% en 1999 14.26% en el 2000 13.58% en el 2001

Fuente: IPAB.

2. Tamaño del mercado accionario como porcentaje del PIB de México y Estados Unidos:

Diciembre 2000, valor de capitalización

(no incluye sociedades de inversión ni mutual funds):

México: 22.15%

(valor de capitalización = 1,203,021 millones pesos) Estados Unidos: 114.1%

(Market capitalization =11,442,400 millones dólares)

3.  Tamaño del sector bancario total como porcentaje del PIB en México y Estados Unidos?

México: Captación 19.1% del PIB Estados Unidos: 53-1% del PIB

Fuente: INEGI, finanzas públicas e indicadores monetarios y bursátiles.

4.  Monto del programa de micro-changarros, en total y como porcentaje del PIB:

2001: 234.42 millones de pesos (0.0042% del PIB)

Fuente: Secretaría de Economía, “Acuerdo por el que se determinan las reglas de operación e indicadores de evaluación y de gestión para la asignación del subsidio destinado a la operación del fondo de apoyo a la micro, pequeña y mediana empresa para el ejercicio fiscal del año 2001″.

5. Recaudación tributaria

México: 10.2% del PIB Estados Unidos: 22.02% del PIB Suecia: 52.2% del PIB El Salvador: 16.8% del PIB

Fuente: SHCP.

Federalismo

FEDERALISMO

POR ALBERTO DÍAZ CAYEROS

El principal problema del federalismo mexicano radica en el déficit de representación y rendimiento de cuentas generado por la centralización fiscal. Los gobiernos estatales y municipales en México realizan sus funciones sin que sus ciudadanos aporten necesariamente los recursos que hacen posible dicho gasto. No existe una correspondencia entre los gastos en las comunidades, municipios y estados, y lo que sus ciudadanos están dispuestos a pagar por los servicios del gobierno. Las contribuciones fiscales son percibidas como un tributo al lejano poder del centro. El gasto compensatorio, destinado a las regiones más pobres y marginadas, es entendido como una generosa dádiva federal, no como una decisión cohesionadora de un pacto social firmado por todos los mexicanos.

El federalismo mexicano es quizás el más centralizado del mundo. Aunque en la última década hubo un acelerado proceso de descentralización del gasto, en el cual la responsabilidad por la provisión de servicios de educación, salud, infraestructura básica, y otros, han sido devueltos a los estados y municipios, la autoridad tributaria —entendida como la capacidad de cobrar impuestos a los ciudadanos— se encuentra más concentrada en México que en cualquier otro país federal, con la excepción de Venezuela. Según datos del Banco Mundial, los gobiernos subnacionales de México recaudan el 21% de los ingresos públicos. En Brasil, Alemania y Estados Unidos los gobiernos subnacionales controlan cerca de un tercio de la recaudación; en India y Suiza alrededor del 36%; en Rusia, Canadá y Argentina más del 40%; y en China (que nominalmente no es federal, aunque sí lo es en la práctica) el 50%.

La concentración tributaria del gobierno federal en México es todavía mayor de lo que estos datos sugieren, pues las participaciones fiscales (los ingresos que el gobierno federal recauda y transfiere a estados y municipios dentro del Sistema Nacional de Coordinación Fiscal) se contabilizan como recaudación de estados y municipios, cuando estrictamente dichos fondos son transferencias federales. Así, los gobiernos estatales y municipales en México recaudan, por sí solos, menos del 5% de los ingresos gubernamentales, lo cual los coloca por debajo de casi todas las federaciones en el mundo, y de un gran número de países unitarios (incluyendo Bolivia, Chile y Nicaragua).

La centralización fiscal resultó de la abdicación de la potestad tributaria por parte de estados y municipios, que bajo el argumento de evitar la doble tributación permitió al gobierno federal eliminar gradualmente la concurrencia fiscal en múltiples impuestos desde los años treinta, culminando con la creación del Sistema Nacional de Coordinación Fiscal y la introducción del Impuesto al Valor Agregado en 1980. El sistema vigente no fue impuesto por el centro, sino que fue aceptado voluntariamente por los gobiernos estatales en un intercambio: la autoridad fiscal fue cedida a cambio de transferencias financieras (las participaciones fiscales). Sin ningún esfuerzo fiscal de su parte, el gobierno federal aseguró a los gobiernos subnacionales que contarían con recursos mayores que los que antes recaudaban.

Recaudar impuestos es siempre impopular. Cualquier gobierno desearía poder gastar sin tener que recaudar los fondos para financiar ese gasto. En un sistema autoritario los impuestos son extraídos de los súbditos sin otra opción. El “terrorismo fiscal” o la extracción de recursos de fuentes “naturales” como el petróleo son típicas maneras de recaudar cuando no hay democracia. En un sistema democrático el reto del gobierno es encontrar un balance entre el gasto que los ciudadanos demandan y el que los ciudadanos aporten en forma transparente, los dineros que pagan de manera cuasi-voluntaria —porque perciben que los impuestos son justos y se utilizan correctamente.

El principal problema del federalismo mexicano es que los gobiernos estatales y municipales gastan como si fueran gobiernos autoritarios: destinando los recursos a quienes más capacidad de presión tienen, sin tomar en cuenta qué desean los ciudadanos que pagan, pues éstos seguramente viven en otro estado o municipio. Todo sistema federal está caracterizado por transferencias entre regiones: ninguna jurisdicción política se financia al 100% con fondos propios. Sin embargo, los beneficios del federalismo sólo se hacen posibles cuando, en el margen, las nuevas decisiones de gasto se pagan con impuestos que son financiadas con nuevos impuestos o ampliaciones de la base fiscal logradas localmente. Sólo entonces se cumple (en el margen) lo que se conoce como el principio de beneficio. En México el Sistema de Coordinación Fiscal actualmente vigente rompe la conexión entre ingresos tributarios y gastos realizados localmente.

Los incentivos políticos son tales que pocos actores están dispuestos a cambiar el status quo. La creación de un sistema con tan elevada concentración tributaria sólo fue posible gracias a la dependencia política de los gobernadores, presidentes municipales, diputados locales y federales y los senadores en un sistema jerárquico creado por la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI). El PRI controlaba centralmente las posibilidades de avance en las carreras políticas, y al mismo tiempo protegía a los miembros del partido de los retos de la competencia democrática. El presidente, como líder del partido, utilizó todo el poder y los recursos de la esfera federal para subyugar a las fuerzas locales. Esas fuerzas no desaparecieron del todo, y con la democratización una de las demandas más inmediatas ha sido la descentralización.

Con la pluralidad política, no sólo en las asambleas representativas como el Senado y la Cámara de Diputados, sino en cada uno de los estados y municipios, uno esperaría que se revirtiera el proceso de centralización tributaria. Sin embargo, los gobiernos locales se han acostumbrado a un esquema fiscal en el que no se premia su esfuerzo, y la culpa por los elevados impuestos, o la falta de recursos financieros, siempre se puede desplazar a otro nivel de gobierno. Como gobernantes, esta es una posición muy cómoda.

Esto sólo podrá cambiar cuando los beneficios del federalismo se vuelvan más patentes no sólo para los gobiernos sino para los ciudadanos. Primero, los gobiernos locales necesitan libertad para experimentar y ejercer su gasto como ellos lo consideren más adecuado y pertinente. Segundo, se debe avanzar en propuestas de descentralización de la autoridad tributaria que aseguren una cantidad considerable de recursos, no simplemente mejorías marginales. Tercero, los foros de representación del federalismo —en particular el Senado— deben convertirse en espacios de decisión del futuro del pacto federal. Por último, se debe consensar un nuevo pacto social federal sobre la base de la ciudadanía: el significado último del federalismo no debe ser la protección de esferas de acción exclusivas para cada ámbito de gobierno, sino la garantía de que cada ciudadano mexicano tendrá las mismas oportunidades y libertades, no importa en qué lugar del territorio nacional se encuentre.

Numeralia

1.  Pesos ejercidos por el gobierno federal de cada peso del gasto gubernamental en 1980: 9 de cada 10. En 2000: 5 de cada 10.

2.  Pesos recaudados por el gobierno federal de cada peso de recaudación gubernamental en 1980: 2 de cada 10. En 2000: 2 de cada 10. En 1900: 4 de cada 10.

3.  Porcentaje de los ingresos públicos estatales que provienen de impuestos recaudados localmente en el estado de Oaxaca: 3. En Nuevo León: 22.

4.   Participaciones federales netas por habitante recibidas por el gobierno del estado de Tabasco en 1999: 2,836 pesos; por el gobierno del estado de Oaxaca: 692 pesos.

5.  Fondo de Aportaciones para la Educación Básica (Ramo 33) por habitante recibido por el estado de Baja California Sur: 1,963 pesos; por el Estado de México: 649 pesos.

6.    Ingresos propios (principalmente predial y derechos de agua) recaudados por los municipios de Chiapas por habitante: 18 pesos; en Quintana Roo: 301 pesos.

Fuentes:

1.  Banco Mundial: World Development Report 1999- 2000. Entering the 21st Century. Oxford University Press, 1999, y VI Informe de Gobierno.

2.  Banco Mundial y Alberto Díaz-Cayeros: Political Responses to Regional Inequality: Taxation and Distribution in Mexico. Ph D., dissertation. Duke University, 1997. 3-6: Díaz Cayeros: “Federalismo Fiscal”, en Luis Rubio [et al.]: La disputa por los recursos. Reforma fiscal, federalismo y política social. Miguel Angel Porrúa, Centro de Investigación para el Desarrollo, A. C., México, 2001.

Auden: Tolkien y el Señor de los Anillos

AUDEN: TOLKIEN Y EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) vuelve a ponerse de moda. Su primer revival ocurrió en los años sesentas, cuando el movimiento hippie y en general la juventud estadunidense pegaban en las paredes de sus cuartos mapas de Middle Earth, el lugar imaginario donde ocurre la obra de Tolkien. Y al respecto, en diciembre de 2001 asistimos al estreno mundial de la película The Fellowship of the Ring (La comunidad del anillo en español), primera parte de la trilogía The Lord of the Rings de Tolkien. Acaba de aparecer una biografía de Tolkien (Tolkien de Michael White, Little Brown, Londres, 2001) por la cual sabemos que este autor, también lingüista y académico de Oxford, desechó el único automóvil que tuvo, detestaba la televisión y le fruncía el ceño a todo lo que fuera arte moderno. Quién sabe qué habría dicho Tolkien de saber que las tres películas basadas en su trilogía (500,000 palabras de extensión) costaron 300 millones de dólares.

Ofrecemos al lector la mejor reseña escrita en su momento —y quizás en todo momento posterior, hasta hoy— del primer libro de la trilogía de Tolkien. Se publicó el 31 de octubre de 1954 en The New York Times y fue escrita por el poeta W. H. Auden. n

Pobreza

POBREZA

POR RODOLFO DE LA TORRE

La magnitud de la pobreza en México es un asunto a debate. Ninguna afirmación tajante sobre ella es posible. Sin embargo, a partir de la información calculada por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), que considera como pobre a quien percibe menos de 120 dólares por mes en las zonas urbanas y menos de 78 en las rurales, alrededor del 40% de los hogares en México es pobre. En las zonas rurales la pobreza tiene una mayor extensión y es de mayor profundidad que en las zonas urbanas; sin embargo, es en estas últimas donde las situaciones de crisis económica tienen un mayor impacto sobre el fenómeno. Mientras que en el campo cerca de 30% de las personas ni siquiera pueden alcanzar sus requerimientos alimenticios, en las ciudades sólo un 12% se encuentra en tal situación. Pero tras la crisis de 1995 la pobreza extrema y la moderada aumentaron en mayor medida en las zonas urbanas.

Geográficamente, la pobreza se concentra en la región centro-sur del país. Cerca del 30% de ella se encuentra en los estados de Veracruz, México y Puebla, pero la de mayor intensidad se localiza en Oaxaca, Guerrero y Chiapas. En las zonas rurales, el mayor número de pobres corresponde a jornaleros sin tierra, mientras que los más pobres están dentro de los grupos indígenas. En las urbanas, el mayor número de personas pobres corresponde a hogares con jefes de familia varones, alfabetizados, autoempleados, en el sector formal y en actividades manufactureras, mientras que los más pobres se encuentran entre hogares con jefes de familia varones, con primaria incompleta, autoempleados, pertenecientes al sector informal y al de la construcción.

Debido a que la pobreza se reduce aproximadamente en un punto porcentual por cada punto de incremento del ingreso promedio, es factible que para el año 2001 la pobreza se haya reducido a niveles similares a los de 1994, revirtiéndose los efectos de la crisis de 1995, si bien queda aún por establecer el efecto final del estancamiento del 2001.

Aunque la pobreza no es un fenómeno nuevo en México, durante los últimos 15 años, en el periodo de reformas económicas que acercaron la economía a un sistema de mercado, ésta se ha mantenido en niveles elevados. Una de las razones ha sido el funcionamiento del mercado de trabajo. Se estima que cerca de un 30% de la pobreza se debe a los bajos niveles educativos y las desigualdades que genera. Mientras que el 10% de la población de menores ingresos apenas alcanza los dos años de escolaridad, el 10% más rico supera los doce años. Bajos niveles educativos se asocian a menores oportunidades de obtener un empleo productivo. Adicionalmente, la baja escolaridad genera una menor participación en el mercado de trabajo, particularmente para las mujeres. Así, la tasa de participación de las mujeres con primaria incompleta apenas alcanza el 39%, mientras que la correspondiente a aquellas con educación superior rebasa el 77%. A lo anterior se agrega la reducción en la demanda de trabajo no calificado respecto al trabajo calificado. Durante el periodo de reformas, mientras que el trabajo no calificado prácticamente no aumentó su productividad, los rendimientos derivados de la educación aumentaron casi en un 66%. El aumento en los rendimientos educativos se dio fundamentalmente para aquellos que ya poseían educación superior. De esta forma, la baja escolaridad, la menor participación en el mercado laboral y la reducción en los rendimientos por el trabajo han contribuido a acentuar el problema de la pobreza.

La reducción en la demanda por trabajo de baja calificación ha provenido fundamentalmente del cambio tecnológico incorporado a raíz de la apertura comercial. Las nuevas formas de organización productiva y los conocimientos incorporados en el capital físico introducido al país han desplazado la contratación de trabajo no calificado en favor del trabajo calificado. Adicionalmente, los sectores más dinámicos de la economía son ahora intensivos en el uso de capital físico y humano.

 Bajos niveles de escolaridad inciden en la pobreza no sólo a través de los ingresos laborales. Padres con bajos niveles de educación suelen tener un mayor número de hijos e invertir poco en su preparación. Además, los incorporan a actividades laborales a edades tempranas, con lo que se genera una elevada deserción escolar. Finalmente, los menores niveles de escolaridad también se asocian a inapropiados hábitos de salud e higiene, lo que incide en la persistencia de enfermedades, sobre todo gastrointestinales. La falta de capital humano genera pobreza, que impide a su vez mantener y acumular capital humano.

La pobreza no es sólo atribuible a las carencias educativas. La falta de capital físico, particularmente de infraestructura para la provisión de servicios básicos, también la explica. Cerca del 20% de la población pobre no cuenta con agua potable. 33% no tiene drenaje y 6% no tiene electricidad. A la carencia de capital físico se agrega la falta de disponibilidad de crédito y servicios financieros en general. Mientras que el ahorro se concentra en el 30% de la población más rica, el acceso al crédito y los servicios financieros corresponde a una población todavía más reducida.

Ante este panorama, es de destacar que el gasto público dedicado al combate a la pobreza ha representado cerca de un punto porcentual del PIB, cifra insuficiente para las dimensiones del problema. Sin embargo, este nivel se explica parcialmente por las restricciones que enfrenta el gasto social. Mientras que el gasto social se encuentra alrededor del 10% del PIB, también cercana a esta cifra es la recaudación fiscal. De esta forma, un mayor gasto social basado en recursos relativamente ciertos y estables requeriría la revisión del sistema impositivo. Pero la explicación fundamental del bajo nivel del gasto contra la pobreza corresponde a la decisión de asignar sólo 10% del gasto social específicamente a los grupos más pobres.

Más importante que el nivel del gasto social ha sido su asignación entre diversos grupos. Por ejemplo, menos del 38% del gasto educativo es dedicado al 40% de la población más pobre. El problema es particularmente grave en la asignación del gasto en educación superior, pues menos del 1% se dedica al 20% más pobre, mientras que el 20% más rico se beneficia del 58%.

En lo que corresponde al gasto contra la pobreza, cerca del 47% se dedica a inversión en infraestructura, 43% a capital humano y 10% a la creación de oportunidades de ingresos. Pese a que el gasto en creación de infraestructura se encuentra descentralizado y su asignación sujeta a fórmulas que se supone lo dirigen a las zonas más pobres, aún se encuentra inadecuadamente focalizado, pues los criterios de distribución geográfica no incorporan de manera apropiada la carencia de servicios públicos en la identificación de la pobreza y los municipios no necesariamente realizan acciones consistentes con las de otros órdenes de gobierno. Por su parte, la creación de oportunidades de ingresos, representada fundamentalmente por el Programa de Empleo Temporal, aún no demuestra su efectividad en la canalización de los recursos. Un problema general a estas políticas es que no se ha realizado una evaluación apropiada de ellas y es imposible determinar sus verdaderos resultados.

La situación es distinta para la inversión en capital humano. Dentro de este rubro se encuentra el Programa de Educación Salud y Educación. PROGRESA, que proporciona una transferencia monetaria a los hogares condicionada a que los padres mantengan a sus hijos en el sistema escolar y acudan a recibir servicios de salud. Dentro de este esquema se ha llevado a cabo una detallada evaluación de su impacto: la presencia del programa ha significado hasta un 42% de menor pobreza en las comunidades atendidas.

La política futura de combate a la pobreza debe retomar las lecciones aportadas por PROGRESA y mantener, corregir y extraer dicho programa. Pero no puede detenerse ahí. Los recursos dedicados al combate a la pobreza son insuficientes y deben ser ajustados; es necesario mejorar los mecanismos de asignación del gasto para infraestructura, reconociendo el impacto que las crisis económicas han tenido en la pobreza urbana. Finalmente, deben establecerse mecanismos para aprovechar las redes de cooperación comunitarias existentes en los grupos más pobres para mejorar las políticas que los atienden. El capital social entre los pobres tendría, entre otras cosas, usos productivos para la provisión de servicios financieros de escaso interés para la banca tradicional.

Si bien la presente administración ha dado indicios de querer avanzar por nuevas vías en el diseño de la política de combate a la pobreza, las restricciones presupuéstales y operativas le han impedido realizar innovaciones sustanciales. El Programa de las 250 Microrregiones tan sólo ha sido una agrupación de programas previos sin mayores recursos. La nueva política social está por definirse. n

Numeralia

•  De acuerdo a la CEPAL, 38% de los hogares mexicanos eran pobres en 1998.

•  30% de la pobreza se encuentra en los estados de México, Veracruz y Puebla.

•  La pobreza se reduce en poco más de un punto porcentual por cada aumento de 1% del ingreso medio.

•  30% de la pobreza es atribuible a los bajos y desiguales niveles educativos.

•La presencia de PROGRESA ha reducido hasta en un 42% la pobreza en las localidades en que opera respecto al resto

 

El territorio

México cuenta con un acervo de recursos naturales de una enorme importancia regional y global, además de ser reconocido como uno de los pocos países “mega-biodiversos” en el mundo. Sin embargo, la senda de nuestro desarrollo se basa en un doble proceso de deterioro que contribuye a la degradación de sus recursos. A pesar de logros sustanciales en la esfera económica a lo largo del siglo XX, un grupo considerable de mexicanos ha vivido atrapado y en un estado de extrema pobreza, por el cual el disfrute del desarrollo ha sido la rara excepción mientras que la brecha que lo separa de sus compatriotas (y por tanto el deterioro de su calidad de vida en relación a éstos) ha sido la indignante y dolorosa regla. El proceso de deterioro se ha manifestado como degradación y agotamiento de los recursos naturales, lo que no sólo afecta al medio ambiente físico sino también a la viabilidad del desarrollo. La deforestación, la erosión de los suelos, la pérdida de la biodiversidad, la vulnerabilidad ante los cada vez más frecuentes desastres naturales y la contaminación y sus secuelas en la salud humana y económica dan cuenta de los costos de nuestro modelo de desarrollo, influido por la idea implícita de que los bienes y servicios ambientales son ilimitados, gratuitos y permanentes.

Sin duda el deterioro ambiental en México es grave. El incremento de emisiones y las consecuentes concentraciones de contaminantes es particularmente ostensible en las zonas metropolitanas de las ciudades de México, Guadalajara y Monterrey, catalogadas dentro de las quince ciudades más contaminadas del mundo. Las concentraciones impactan considerablemente al medio ambiente y producen trastornos como la exacerbación del efecto invernadero (México se clasifica entre los quince países con mayores emisiones de gases de efecto invernadero) y el consiguiente cambio climático (se estima que para finales del siglo la temperatura de la Tierra podría incrementarse hasta en 3.5°C, desencadenando graves efectos, como la desaparición de algunas zonas costeras bajas en algunos países).

Por otra parte, las principales fuentes de abastecimiento de agua potable (alrededor de 94 de nuestros acuíferos) están sobreexplotadas y al menos 40 núcleos urbanos enfrentan hoy serios problemas para asegurar el suministro de agua potable. Sorprende que. por ejemplo, en la ciudad de México se consuman 74m de agua por segundo, lo que equivale a llenar seis veces por día el Estadio Azteca.1 Sin embargo, no sólo preocupa la aguda escasez actual, sino la posibilidad real de un colapso en su suministro en un plazo no muy lejano. Esta amenaza real ha otorgado a la "Cruzada por el agua y los bosques" su status de asunto de seguridad nacional.

En las últimas tres décadas México ha perdido más del 30% de sus áreas verdes (equivalentes al territorio de Tlaxcala y el DF), mientras que cerca del 75% del territorio sufre de erosión2 y la tasa de deforestación nacional de 1.2% anual duplica el promedio mundial.3 Cada año se pierden cerca de 600,000 hectáreas de bosques y selvas, lo que ha derivado en la desaparición de miles de especies, algunas de ellas endémicas.4 Por otra parte, se estima que año con año la contaminación del agua, aire y suelo ocasiona daños a la salud de los mexicanos por un monto equivalente a 2,000 millones de dólares.5

Una parte del deterioro ambiental se explica por errores de acción u omisión por parte del Estado. La omisión puede tener su origen, entre otras cosas, en la incapacidad de reconocer explícitamente los costos económicos de la degradación y el agotamiento de los recursos naturales. Ante esta incapacidad, el peso que el tema ocupa en la agenda de políticas públicas es pequeño frente a su magnitud real. En gran medida, dicha incapacidad obedece al hecho de que los servicios ambientales raramente están incorporados al sistema común de valoración: el económico. Desde siempre, estos bienes y servicios se han considerado productos de acceso libre e ilimitado, lo que fomenta conductas individuales depredadoras: lo que no cuesta, ni se valora ni se cuida.

El acercamiento económico a la situación ambiental puede proporcionar una forma más tangible de comprender la magnitud y el alcance de sus problemas. Desde siempre, el pago de intereses de la deuda externa ha sido señalado no sólo como el gran obstáculo al desarrollo sino como una enorme sangría al país. Si tan sólo comparáramos el monto del servicio de ésta con lo que incurrimos por concepto de costos totales ambientales (incluyendo costos de agotamiento y costos de degradación), ubicaríamos el problema ambiental en su justa magnitud. Como puede observarse, los costos ambientales por agotamiento y degradación superan por mucho (en más de cuatro veces) el escandaloso pago de intereses por concepto de la deuda externa. Así, entre 1985 y 1999 la economía del país experimentó una pérdida promedio del PIB del orden de 2.03% por costos de agotamiento y del 9.15% por costos de degradación. Esto da un total de 11.18% del producto, lo que proyectado a precios de 1999 resulta en un monto equivalente a 47,850 millones de dólares anuales.6 Es urgente frenar la tendencia actual y, en la medida de lo posible, revertir el proceso.

A menudo no sólo es la inacción del Estado lo que perpetúa el problema, sino las políticas que éste lleva a cabo. En particular, las señales que distorsionan algunos precios clave. Piénsese en los subsidios a la energía que, al alentar su consumo, exacerban el problema de las emisiones contaminantes. Piénsese también en las bajas tarifas del agua y en la relación que ello tiene con el agotamiento de sus fuentes.

Otro motivo de la degradación del ambiente y el agotamiento de los recursos es el desinterés de la gente, causado por la insuficiente definición de los derechos de propiedad que permite una situación de acceso abierto y su consecuente sobreexplotación. En ocasiones tanto los derechos de propiedad como las obligaciones de los ciudadanos están establecidos para no dañar el ambiente. El problema en estos casos sería la incapacidad del Estado para hacer respetar los derechos y las obligaciones de manera efectiva.

Otro aspecto del deterioro es que los daños son a menudo regresivos en términos del ingreso; es decir, por estar más expuestos a dichos daños, los grupos de menores ingresos reciben un impacto económico y en salud desproporcionado. Otra cara de la moneda es que con frecuencia los beneficios globales que las comunidades con acervos naturales producen (por lo general comunidades marginadas o comunidades indígenas) no se reconocen ni se premian. Tal es el caso de la cobertura forestal que actúa como productor de oxígeno, receptáculo de C02 y que cumple su función de detener la erosión y recargar los mantos freáticos. Esta situación va ligada con la ausencia de asignación de valor económico a los recursos; si no hay estímulos monetarios para la conservación, la gente no encuentra ningún beneficio en cuidar el medio ambiente, pero sí en las actividades alternas que compiten con éste, como quemar los bosques para sembrar maíz.

En este contexto, un desarrollo sostenible significa una adecuación entre los objetivos del desarrollo económico, los de bienestar social y la defensa de la naturaleza. El gobierno debe jugar un papel activo en la defensa del medio ambiente, a través de políticas públicas sólidas y costo efectivas. La política ambiental mexicana debe partir de la correlación entre los distintos problemas ambientales y aspirar al planteamiento de una política ambiental integrada, logrando una unión sectorial. También debe atacarse la ausencia de cultura ecológica en la sociedad mexicana, producto de décadas de un aprendizaje para el que los recursos naturales eran inagotables y que sólo en la medida en que fueran explotados generarían valor.

A pesar de todo no podemos ignorar los avances en la materia. La participación de la sociedad mexicana se ha vuelto cada vez más comprometida y consciente. Se han logrado consensos importantes como la aprobación de reformas constitucionales que incluyen la garantía de un medio ambiente adecuado para su desarrollo y bienestar, y el reconocimiento de la rectoría del Estado en el desarrollo nacional para garantizar que éste sea integral y sostenible. Las empresas y los ciudadanos han comenzado a asumir una actitud más responsable con respecto al impacto de sus actividades, de manera que el principio “el que contamina, paga” finalmente está dejando de ser teoría para convertirse en incipiente praxis, gracias a los programas instrumentados. Asimismo se han puesto en marcha proyectos para determinar el inventario de los recursos naturales cuantificables, y del estado de deterioro en el que se encuentran. La Contabilidad Económico-Ambiental (CEA), en la que México es vanguardia mundial, es hasta ahora la propuesta más avanzada para vincular, en un esquema cuantitativo coherente y de manera explícita, los hechos económicos con el medio ambiente y los recursos naturales, contribuyendo a hacer operativos los conceptos de crecimiento y desarrollo sostenible.7

Entre otras, la ignorancia, la falta de voluntad política, las omisiones, la voracidad del desarrollo cortoplacista y la resistencia de grupos de interés han sido las grandes causas depredadoras de la naturaleza. El reto más importante estará en ganar las conciencias de los ciudadanos y establecer reglas y políticas de sentido común para mantener la naturaleza de forma sustentable. No sólo es un imperativo moral sino económico, puesto que representa la base de nuestros recursos para el desarrollo. Está en nuestras manos cambiar el rumbo del deterioro, y lograr que esta vez tal cambio sí sea para siempre.

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Alejandro Guevara.


1 Leal, 1996.

2 SARH, 1988

3 FAO, 1991.

4 INEGI, SEMARNAP, 1999.

5 Margulis, 1991.

6 Cifra estimada con base en el Informe sobre el Desarrollo Mundial, Banco Mundial.

7 SCEEM, 1993-1997.

Democracia

DEMOCRACIA

POR JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ

Vivíamos mejor contra el PRI. O, por lo menos, vivíamos con mayores certezas. Había un mapa mucho más claro del país que teníamos y del país que queríamos. Quién sabe qué tan confiable era ese plano de la realidad, pero era una guía que ofrecía sólidas seguridades a los actores del poder. Adam Michnik, el admirable periodista polaco, ha encontrado una especie de nube melancólica que envuelve el postparto de la democracia. El comunismo era como una congeladora. Muchas tensiones ideológicas, valores en conflicto, emociones candentes quedaron cubiertas por un grueso ladrillo de hielo. El comunismo cayó y empezó el deshielo de los conflictos suspendidos. Terminó de súbito ese absolutismo moral que marcó a los grupos que lucharon contra la dictadura. “El absolutismo moral es una gran fortaleza para los individuos y los grupos que luchan contra la dictadura; pero es una debilidad para los individuos y los grupos que actúan en un mundo en el que los procedimientos democráticos se están construyendo entre las ruinas de la dictadura totalitaria. Ya no hay espacio para utopías de un mundo justo, armónico y perfecto o para el absolutismo moral. Ambos se tornan anacrónicos o hipócritas; ambos amenazan el orden democrático. Porque el mundo democrático es un mundo crónicamente imperfecto”.1 De ahí que, como dice Michnik, instalarse en la tierra de la democracia es habituarse a su coloratura grisácea. Gray is beautiful.

En los viejos tiempos de la transición mexicana hubo desde luego quienes tropezaron con ese absolutismo moral del que habla Michnik: los cruzados contra el imperio del mal que entendían que la historia verdadera nacería en el momento de su victoria. Pero más que de absolutismo moral, deberíamos hablar en México del simplismo político que presidió la lucha contra el autoritarismo. Lo que describe el fundador de la Gazeta Wyborcza pensando en Polonia es válido para México en el sentido de que estamos saliendo de un brutal proceso de simplificación y apenas descubrimos lo que hervía debajo de la hielera. Simple era el régimen, clara era la ruta, sencillo y hermoso el destino. Es posible que ese reduccionismo fuera útil durante algún tiempo. Es cierto que no hay política sin simplificaciones. Pero aquellas ya no empujan sino atascan. Cuando se ha llegado a la otra ribera el equipaje del puente estorba.

Que todavía no hemos llegado a la ribera de la democracia es la bandera de quienes quieren aferrarse a sus simplismos. Trivializan el cambio recuperando las polvosas adjetivaciones de antaño. Que estamos en una simple democracia electoral; que apenas se ha dado la alternancia entre partidos; que no han cambiado las políticas y por lo tanto no se ha modificado el régimen; que todo en el fondo sigue igual. Si hay alguna evidencia de que hemos llegado al sitio de la democracia es la ruptura definitiva del cuerpo del poder. Claude Lefort ha detectado que esa es la tijera fundacional de la democracia: la que corta en pedazos el cuerpo de la soberanía. El lazo que unía la palabra de Uno a la ley se ha roto; el espejo que hacía de la representación popular el reflejo de la voluntad presidencial se ha hecho pedazos, el embudo que concentraba los poderes y las demandas ya no existe; el saber se separa de los intereses del soberano; el poder ha perdido dueño. En ese orden simbólico radica la vigencia de la democracia mexicana. Ahí nace la exigencia de pensar después de la transición.

Seguramente el primer estorbo de la democracia mexicana es la nostalgia del cuerpo. Precisamente ese ha sido el objetivo explícito del comunitarismo: re-ligar la comunidad. Ha pretendido revivir el cuerpo cercenado con el ojo puesto en la identidad indígena. Más allá de los fríos procedimientos institucionales, hay que abrirle espacio a la decisión comunitaria que ha sobrevivido al embate de los siglos. Que la generosidad del nosotros supere las codicias del cada quien. La pena por el cuerpo perdido tiene aires religiosos; se envuelve en mitos de origen, sueños de fraternidad y antiquísimos resentimientos. Ofrece en realidad un proyecto de opresión colectiva que muy poco tiene que ver con las pinturas de los románticos. Pero esta nostalgia del cuerpo va más allá del discurso indigenista. La ilusión frentista es el modo moderno de reincorporación del poder en un organismo vivo, coherente y predecible. Dentro del gobierno y fuera de él se sueña con un poder que supere las parcialidades y se asuma como instancia que trascienda la mezquina parcialidad. Gobierno de transición, gobierno de Unidad Nacional, Acuerdo Nacional son los nombres con los que se ha bautizado esta nostalgia. Es la nostalgia del Uno, la melancolía del cuerpo.

Es que los actores políticos no han asumido la dignidad de su parcialidad. Siguen cultivando el antiguo discurso de la perversión de los fragmentos. Como un curioso relevo de la reciente fiebre de los antagonismos, hoy encontramos el predominio de la política hiperconsensual. Antes se satanizaba el acuerdo; hoy es diablo el disenso. Izquierda y derecha repiten la antidemocrática idea de que la legitimidad de las leyes proviene del consenso que logran. Sólo será válida entonces una decisión si es que ésta es suscrita por todos los interesados. Así, este afán consensualista, este temor de ofender a la minoría, hace de la democracia un régimen taponado por sus propias exigencias. El Magno Pacto Opositor ha engendrado al Magno Gobierno Patriótico. Sería bueno haber aprendido algo: la inoperancia de la primera ilusión adelantaba el desatino de la segunda. Pero pocos están dispuestos a asumirse como trozos. Por alguna severa distorsión intelectual, por alguna aflicción integrista, se ha pensado que la democracia conllevaría a la superación de las parcialidades. Todo lo contrario: el pluralismo es la primacía de la parcialidad.

Asumir la disolución del cuerpo político es valorar la centralidad de los procedimientos. Para cuidar a la democracia el ensayista italiano Roberto Esposito ha pedido que la salvemos de la mitificación. Entendámosla simplemente como técnica: como forma, procedimiento, método.2 No la sacralicemos. Entendamos que es, apenas, un mecanismo para tomar decisiones. De ahí que debamos tomar en serio las instituciones: cauces estables para resolver conflictos. Mucho se ha hablado de la reforma institucional pero poco se ha dicho. Buena parte de lo discutido no es más que ensayo para un ballet de vanidades. ¿Quién será el padre de la Nueva República? Hay que colocar la discusión en otra mesa: en el bastidor del reformismo, no en el lienzo de las refundaciones. Por eso, más allá de las pretensiones escénicas de la Reforma del Estado, hay que pensar en las estructuras de la maquinaria democrática en clave de gobernabilidad. Esto es, también en clave de gobernabilidad. Es que la inercia nos engaña sugiriendo que el deficiente institucional de México tiene una simple raíz autoritaria. Empezamos así a revisar el tejido de las reglas desde el reflejo antipresidencialista. Tratamos de someter a controles al poder que antes fue centro del abuso pero que hoy no es más que un poder entre poderes. Muchos siguen hablando del presidencialismo como si su defecto en México fuera la omnipotencia. Habrá que considerar el peligro opuesto que ya se perfila como insinuación: su debilidad. Vale recordar a Benjamin Constant: ningún diseño constitucional prudente puede partir de las antipatías: una constitución no es un acto hostil, dijo con buena razón. Habría que agregar, por supuesto, que no es tampoco un acto de mansedumbre: es equilibrio entre poderes y restricciones. Por eso hay que pensar la reforma institucional lejos del primitivo antipresidencialismo de los tiempos transicionales. Es que, si pensábamos que habíamos institucionalizado el autoritarismo, en realidad lo que se institucionalizó fue la torpeza. Desempolvar las instituciones mexicanas pide desempolvar nuestras ideas.

Pero las máquinas, por bien diseñadas que estén, no se mueven solas. No sólo de ingeniería vive la democracia. Luego del diseño viene la operación del vehículo. Pensar que todo está resuelto con la reconstrucción de las instituciones es caer en una ingenuidad tan grande como la de aquellos mexicanos que, a principios de nuestra vida independiente, pensaban que la felicidad del país dependía exclusivamente del descubrimiento de la feliz constitución. Las reglas cuentan, claro. Pero no es lo único que cuenta. Por eso una reflexión sobre el futuro democrático de México requiere detenerse en el problema de los actores y sus acciones. Pensemos tan sólo en los partidos. Ninguno de los tres relevantes puede seguir siendo lo que era. Cada uno tendrá que sumergirse en una profunda reflexión sobre sus correas de identidad, sus reglas internas, sus ideas, sus estrategias. Resulta claro que la calidad de la democracia mexicana será, en muy buena medida, la calidad de sus partidos.

Frente a lo que Tocqueville llamaba la naturaleza de la democracia, se cultivaba el arte de la democracia: las prácticas de la imaginación que lograban extraer frutos de la democracia al tiempo que conseguían moderar sus pasiones.3 No puede olvidarse, pues, el arte de una democracia necesitada de demócratas. Cuando hablo de esta necesidad, no me refiero a la exigencia de angelización de los actores. Si por algo existe la democracia es justamente por la ausencia de los ángeles en la historia. En efecto, como se escribió en alguna página de Los federalistas, no hay mayor denuncia de la naturaleza humana que la fatalidad del gobierno. Los demócratas que hacen falta no son, pues, los demócratas de la virtud sino los de los resultados. Políticos capaces de acuerdo y disenso; abiertos a la negociación y dispuestos, en consecuencia, a ser incoherentes; políticos capacitados para el tanteo y la experimentación y cerrados definitivamente al fanatismo de la consistencia ideológica; políticos con el talento de volver productivo el régimen de los vetos y la capacidad para administrar las frustraciones que genera el pluralismo. Políticos que logren pasar de la democracia de la convicción a la democracia de la responsabilidad. Demócratas que sean auténticos partidarios del gris. n

1 Lettersfrom Freedom. Post-Cold War Realities and Perspectives. University of California Press, 1998.

2 Confines de lo político. Editorial Trotta. Madrid, 1997.

3 Sigo aquí la lectura que Pierre Mannet hace de la noción de democracia de Alexis de Tocqueville.

México en el mundo

MÉXICO EN EL MUNDO

POR ANTONIO ORTIZ MENA L. N.

 México ha sufrido cambios notables durante las ultimas décadas. Estos cambios comenzaron por lo económico, con las medidas tomadas durante los ochentas para buscar la estabilidad macroeconómica y poner en marcha la reforma estructural. Una economía cerrada y con alta participación del sector público dio lugar a otra relativamente abierta.

En lo político, los cambios han sido más recientes y graduales, pero no por ello menos significativos. En su conjunto, estos cambios han representado avances y retrocesos y, sobre todo, han derivado en grandes retos.

Quizás el contextualizar estos retos nos ayude a comprenderlos de mejor manera. Por eso nos preguntamos cómo se encuentra México comparado con otras naciones en lo político, económico y social a inicios del siglo XXI. Al tener un panorama de la situación que México guarda en relación con otros países, podremos comenzar a responder a preguntas sobre los efectos de la situación en un ámbito en torno a otros ámbitos.

Ofrezco algunas cifras que dan cuenta de ello. Se han seleccionado nueve países con los cuales comparar a México. Ellos incluyen países desarrollados y en vías de desarrollo, pequeños y grandes (por su economía, territorio y población) de varios continentes. He aquí lo que se encontró, comenzando por asuntos económicos.

México es grande. Por lo menos en cuanto a su territorio, ocupa el lugar número catorce a escala mundial. Por lo que se refiere al tamaño de su economía y su participación en los flujos de comercio mundial ocupa lugares similares (15 y 12, respectivamente). De los otros países en la lista, hay cierta correspondencia entre el tamaño geográfico de los países y el tamaño de su economía (en particular, existe una correlación de aproximadamente un 62%).

En otros rubros, México está muy por arriba de lo que pudiera esperarse, sin que esto tenga connotaciones positivas. Tiene la 3a mayor deuda externa (pública y privada), rebasada sólo por la de Brasil, de entre los países de la lista. Afortunadamente el servicio de la misma, en términos de exportaciones de bienes y servicios, no es tan oneroso como para otros países que tienen una deuda mucho menor en términos absolutos. El importante papel que México desempeña en la economía internacional a través de su actividad comercial tiene su contraparte en el peso relativamente reducido del servicio de la deuda externa.

Otro rubro que merece destacarse es el ingreso de inversión extranjera directa. Si bien Estados Unidos es el país que, por mucho, recibe mayor inversión extranjera, vemos que en el caso de México la cantidad no es desdeñable. Pero también se puede apreciar que Brasil, un país que no tiene una red de acuerdos comerciales tan importante como la de México, en 1999 recibió casi el triple que México. ¿Acaso otros factores, como el tamaño del mercado interno, pesan más que los acuerdos internacionales para determinar estos flujos? Esto no pareciera ser el caso, pues Chile, país con mercado pequeño y también con una importante red de tratados comerciales internacionales, recibió casi el mismo monto de inversión extranjera directa (IED) que México. En todo caso, pudiéramos aventurar la opinión de que en este rubro el desempeño de México no ha estado a la altura de su potencial.

Un indicador no estrictamente económico, pero resultado de la actividad económica, es el referente a la deforestación. En este rubro, México ocupa un altísimo lugar (número 4) en el ámbito mundial, lo cual debe levantar señales de alarma si se trata de una tendencia a largo plazo y no de un hecho aislado.

Finalmente, quisiera detenerme en el indicador que pudiera parecer el más controvertido, y acaso también el más interesante. Se trata del Índice de Globalización. Mucho se ha debatido sobre la globalización, acerca de su naturaleza, causas y supuestos efectos. Sin embargo, pocos se han tomado la molestia de conceptualizarla claramente, y medirla. El índice del Cuadro 1 comprende elementos económicos (la interacción comercial y financiera con el exterior), sociales (como el número de viajeros al extranjero y llamadas telefónicas internacionales), y tecnológicos (como el acceso al Internet). Sin duda, se trata de elementos hasta cierta medida arbitrarios, y de un índice perfectible. No obstante, resulta notorio (y quizás inesperado) que de la selección de cincuenta países que se utilizaron para medir el grado de globalización, México ocupa el lugar número 41. Es decir, de conformidad con el índice, México es uno de los países menos globalizados. De los países de la lista para los cuales hay información, sólo China se considera menos globalizado que México. Pareciera que quienes arguyen que la globalización ha tenido efectos devastadores (o muy positivos) para México, tendrán que buscar a otro responsable como causante de esos supuestos efectos. Pero dejemos a la globalización de lado, por sólo un momento, y veamos cómo se encuentra México en algunos rubros sociales.

Por lo que se refiere a población, México ocupa el lugar número 11 en el ámbito mundial, ligeramente por arriba del lugar que ocupa en cuanto a su dimensión física y el relativo al tamaño de su economía. Sin embargo, el ingreso per cápita es magro, y el país ocupa un bajísimo lugar número 60 en el ámbito mundial. Esta cifra nos revela que en términos per cápita hay muy poca riqueza en México.

En lo referente a la distribución de esta riqueza, la situación es aún menos alentadora. La medida que se tomó se refiere al número de veces que el decil (10%) de población con mayores ingresos rebasa al ingreso que detenta el decil de la población con menores ingresos. Una distribución perfectamente equitativa arrojaría una relación de 1:1; esto quiere decir que cada decil de la población tiene el mismo ingreso que cada uno de los demás deciles. Pero resulta que el 10% más rico de la población tiene un ingreso unas 26 veces mayor que el del 10% de la población más pobre. Brasil y, en segundo término, Chile, tienen también una distribución del ingreso sumamente desigual, con lo cual esto pareciera ser un fenómeno latinoamericano. Como parámetro podemos ver el caso español, en donde la relación es de sólo 9:1.

Una tercera medida nos muestra no la cantidad de riqueza que hay para repartir o cómo está repartida, sino la calidad de vida de los mexicanos. Se trata del Índice de Desarrollo Humano (IDH) que calcula y divulga el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y comprende el nivel de ingreso, pero también la esperanza de vida y los índices de alfabetismo, pues estos rubros están a su vez relacionados con diversos aspectos de la calidad de vida. En el cuadro 2 se reporta el lugar que ocupan los países de la lista según la clasificación del índice, y podemos ver que México ocupa el lugar 51, superado por los países desarrollados de la lista, pero también por Argentina y Chile.

Si bien en varios rubros puramente económicos México destaca positivamente, esto no sucede en los aspectos sociales y, de hecho, quizá sorprenda más bien el pésimo desempeño de México en este sentido.

El Cuadro 3 contiene información correspondiente a aspectos políticos. Las primeras dos columnas reportan la calificación de los países (no así su clasificación ordinal, como en la mayoría de los casos anteriores) en torno a derechos políticos y civiles, de conformidad con un índice desarrollado por Freedom House, que tiene una escala del 1 al 7, en donde las cifras menores representan mayores niveles de libertad. Así, México tiene una calificación promedio de 2.5, lo que significa que es un país “libre”, pero se encuentra en el límite inferior de la categoría. De los países de la lista, sólo se consideran “libres”, además de México, a Argentina, Chile, España y Estados Unidos, por lo cual puede decirse que México se encuentra en una situación favorable, aunque con mucho espacio para mejoría.

Esto no es así en cuanto a corrupción y libertad económica, pues en ambos casos los indicadores no son favorables para México (desde el supuesto, claro está, de que se considere a un alto índice de corrupción y pocas libertades económicas como algo negativo). Por lo que se refiere a corrupción, se utilizó el Índice de Percepción de Corrupción (IPC) desarrollado por Transparency International. Las cifras que aparecen se refieren a la clasificación ordinal de los países, en orden de menor a mayor corrupción. Tenemos que México está en el lugar 51 (de 91 países que se clasificaron), y por ello se considera más corrupto que Brasil, Chile, España, y Estados Unidos. Hay serios problemas de corrupción en México.

Para medir la libertad económica se utilizó un índice desarrollado por la Fundación Heritage, con un rango del 1 al 5, en donde las cifras menores representan mayores niveles de libertad económica. Las cifras que se reportan en el Cuadro 3 se refieren a la clasificación ordinal de los 161 países en el estudio de la Heritage. México ocupa un lugar relativamente bajo en la lista, y se encuentra en el límite inferior de los que se consideran países “parcialmente libres”. Tenemos, entonces, a un país en el que hay libertades políticas y cívicas, pero también altísimos niveles de corrupción y poca libertad económica.

¿Cómo resumir la situación en la que, desde una perspectiva comparada, se encuentra México en lo económico, social y político? La situación dependerá de las medidas que se utilicen y de la interpretación que se haga de ellas, pero a partir de la lista de países e indicadores que se seleccionaron para esta nota podemos decir que México es un país grande por su tamaño geográfico, población, economía y participación en el comercio internacional; sumamente depredador en cuanto a sus recursos forestales; y con una deuda externa muy considerable pero con peso relativamente bajo en cuanto a su servicio se refiere. Recibe cantidades importantes de IED. pero no la esperada de acuerdo con el tamaño de su mercado interno y la importancia de su red de acuerdos comerciales. A pesar de esa red de tratados y de su importante papel como potencia comercial, es un país muy poco “globalizado”.

En lo social, es un país pobre, sumamente desigual, y con muy baja calidad de vida. En lo político, es un país libre desde la perspectiva de derechos políticos y civiles, pero no así en cuanto a lo económico, y padece serios problemas de corrupción.

Los datos arrojan una serie de claroscuros y la tarea por delante es establecer la índole de la interrelación entre las variables. ¿La libertad económica y civil derivará, en el mediano y largo plazo, en una distribución más equitativa del ingreso y en un uso más cuidadoso de los recursos naturales? ¿El bajo nivel de globalización es responsable de que haya una distribución desigual del ingreso o, por el contrario, pudiéramos esperar que en la medida en que aumente la globalización lo hará también la desigualdad del ingreso? Estas son tan sólo algunas de las preguntas, y tareas, pendientes.

Cuadro 1

Tamaño, se refiere a la dimensión geográfica. Fuente: The Economist, The Pocket World in Figures. Profile Books Ltd, Londres, 2001, p. 12. Los datos que se presentan en The Pocket World in Figures se refieren a 1998, a menos que se indique otra cosa. La clasificación derivada de esta fuente comprende una muestra de 171 países. El signo “+” que sigue a algunas de las cifras presentadas indica que la clasificación del país está en un lugar por debajo de la muestra que se reporta. Por ejemplo, el “60+” que tiene Uganda en cuanto a tamaño, significa que dicho país no aparece dentro de la lista de 60 países que reporta The Economist, y el “46″ que obtiene China en lo referente a su deuda externa significa que China no está entre los 46 países más endeudados. Se sigue este esquema de clasificación para los rubros de tamaño, deuda total, servicio de deuda, comercio de bienes, deforestación, población y PIB per cápita.

PIB (producto interno bruto). Fuente: Op cit., p. 22.

Deuda: incluye la deuda externa pública y privada. Fuente: Ibidem, p. 36.

Servicio de Deuda: se refiere al costo del servicio de la deuda externa (pública y privada) en términos de las exportaciones de bienes y servicios. Fuente: Ibid., p. 37.

Comercio. Se refiere a las exportaciones de bienes y no incluye las de servicios. Fuente: Ibid., p. 30.

IED. Se refiere al ingreso de inversión extranjera directa para el año de 1999. No se refiere a la IED acumulada y no comprende el rubro de inversión en cartera. Fuente: UNCTAD, World Investment Report. Organización de las Naciones Unidas, Nueva York, 2000. Deforestación: la clasificación se refiere a la tasa promedio anual de deforestación, medida en kilómetros cuadrados, para el periodo 1990-1995. Fuente: The Economist, The Pocket World in Figures.

Globalización. se presenta el promedio del Indice de Globalización desarrollado por A. T. Kearney. La clasificación se desprende de una muestra de 50 países que representan al 80% de la población y 95% del PIB mundiales. Fuente: “Measuring Globalization”, en Foreign Policy, enero-febrero 2001, p. 56-65 (el artículo se encuentra disponible en Internet: http://www.foreignpolicy.com/issue_janfeb_2001/atkearney.html).

Cuadro 2

Población. Fuente: The Economist, The Pocket World in Figures. Profile Books Ltd, Londres, 2001, p. 14. PIB per cápita. Fuente: Op., cit.

Distribución del ingreso. Fuente: The World Bank, World Develpoment Report 2000/2001. Oxford University Press, Nueva York, 2000.

Indice de desarrollo humano: presenta una visión más completa acerca del bienestar que las cifras acerca del PIB per cápita. Comprende no sólo la variable sobre niveles de ingreso, sino también las referentes a esperanza de vida y alfabetismo. Cabe destacar que es un índice promedio, por lo cual no captura diferencias en el bienestar de los países, y sólo permite hacer comparaciones entre países. El índice tiene un rango de 0 a 1, en donde el 1 indica el más alto grado de desarrollo humano. Los valores de 0 a 0.5 indican un bajo nivel de desarrollo humano, los que se ubican entre 0.51 y 0.8 indican un nivel de desarrollo humano medio, y aquellos mayores a 0.81 indican un alto nivel de desarrollo humano. En el reporte de 2001, los parteaguas en cuanto a clasificación ordinal de los países son: 162-127, desarrollo humano bajo, 126-49 desarrollo humano de nivel medio, y 48-1 desarrollo humano alto. El índice lo calcula y publica el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Las cifras que se presentan se tomaron del Informe Sobre Desarrollo Humano 2001 del PNUD, disponible vía Internet en: http://www.undp.org/hdr2001/spanish/.

 Cuadro 3

Derechos políticos y derechos civiles. La encuesta anual de libertad por país realizada por Freedom House revela la condición de libertad a partir de una escala de siete valores en cuanto a derechos políticos y derechos civiles, donde 1 representa el mayor grado de libertad y 7 el menor. Del promedio de ambas calificaciones se obtiene la condición de libertad del país, en donde: “L”=libre (1.0 a 2.5); “PL”=parcialmente libre (3.0 a 5.5); y “NL”=no libre (5.5 a 7.0). La información metodológica completa está disponible en: http://www.freedomhouse.org/research/freeworld/2001/methodOiOgy.htm. Corrupción. Se trata del Índice de Percepciones de Corrupción (IPC) desarrollado por Transparency International, que recaba información de encuestas sobre corrupción en 91 países, en las que participan empresarios, académicos y analistas de riesgo. La escala del IPC tiene un rango del 1 (otorgado al mayor grado de corrupción) al 10 (otorgado al menor grado de corrupción). La información metodológica detallada está disponible en: http://www.transparency.org/documents/cpi/2001/c- pi2001.es.html.

Libertad económica. Se refiere al Indice de Libertad Económica desarrollado por la Fundación Heritage. El índice es el promedio no ponderado de 50 variables divididas en diez grandes rubros (política de comercio exterior, política fiscal, intervención del gobierno en la economía, política monetaria, inversión extranjera y flujos de capital, regulación bancaria y financiera, precios y salarios, derechos de propiedad, regulación económica y actividades de mercado negro). El índice tiene un rango de 1 a 5, en donde una calificación de 1 representa el mayor grado de libertad económica y 5 el menor. Heritage divide a las calificaciones en cuatro rubros: los países que obtienen una calificación de 2.5 o menor se consideran “libres”, los que tienen de 2 a 2.95 son “parcialmente libres”, los que tienen de 3 a 3.95 son “parcialmente reprimidos”, y aquellos con calificaciones entre 4 y 5 son países “reprimidos”. La lista completa de resultados por rubro aparece en: hnp://database.townhall.com/heritage/index/indexoffreedom.cfm. La metodología se explica de manera detallada en: http://www.heritage.org/index/2001/chapters/chap4.html. n

 

 

Elecciones

ELECCIONES

POR ALEJANDRO POIRÉ

A primera vista, las raíces del mandato electoral del presidente Fox parecerían simples y contundentes. El actual gobierno se interpreta a sí mismo como principal artífice y encargado de llevar adelante el cambio político en México. Sin duda, la sabiduría convencional le atribuye ese sentido a los millones de votos que de un silencioso vuelco cambiaron la historia política en nuestro fin de siglo. Tanto el propio nombre de la alianza electoral foxista como la campaña insurgente que orquestó, y la respuesta de un priismo abrumado, basaban sus argumentos en la necesidad del cambio. Las ofertas políticas diferían sobre todo en la profundidad necesaria del mismo y en las habilidades con que se contaba para lograrlo. En esta lectura, ya casi tradicional, el triunfo se lo llevó quien mejor pudo cristalizar ese deseo de cambio generalizado, y lo que presenciamos ahora es un Ejecutivo atribulado por la dificultad para llevarlo a cabo en un ambiente institucional y partidista poco propenso a los grandes golpes de timón. Bajo este escenario el ímpetu gubernamental por la concreción de un amplio pacto político fundado en una ambiciosa reforma del Estado se calcula como elemento indispensable de un gobierno de transición que carece de los elementos constitucionales para lograrla por sí solo. Sin dicho acuerdo político nacional ni las indispensables mayorías disciplinadas en el Congreso —que le permitan cristalizar la reforma— Vicente Fox habrá incumplido la encomienda central de su presidencia.

La premisa central del argumento anterior reside en una de varias posibles interpretaciones del mandato electoral. Por fortuna, la ciencia política contemporánea ofrece instrumentos para indagar con suficiente rigor sobre el sentido de dicho mandato, alejándonos de un estéril debate fundado en interpretaciones casuísticas y, muchas veces, de fundamento normativo. La evidencia que se desprende de las opiniones y el comportamiento de los electores mexicanos durante la campaña electoral del año 2000 es elocuente en varios sentidos.1 El mandato de 2000, por histórico, poderoso y quijotesco que a muchos parezca, resulta más bien conservador y ambiguo. Es la desapasionada y anticlimática exigencia de un gobierno mejor. Mejor en su combate a la corrupción. Mejor en su protección de las personas y sus bienes. Mejor en su manejo de la economía. No es, en otras palabras, un mandato de amplia transformación.

Detrás de las decisiones electorales de 2000 se encuentra el aprendizaje de un electorado que ha sufrido la reciente historia económica de México. A pesar de que Ernesto Zedillo logró la conquista del objetivo más preciado de su presidencia, rompiendo el ciclo de crisis sexenales, para el electorado mexicano tal hazaña llegó muy tarde y valió muy poco. El carácter pírrico de esta victoria está subrayado por el hecho de que tres de cada cuatro electores estaban convencidos de que habría una crisis de fin de sexenio. Más aún, la mitad de los electores que aprobaban la gestión de Zedillo y consideraban que la economía nacional había mejorado, esperaba dicha crisis y desoía los alegatos de estabilidad. El electorado perdonó a Zedillo el error de diciembre, pero nunca olvidó sus costos. El efecto electoral de este proceso fue devastador: Fox ganaría alrededor de 43 votos por 39 de Labastida entre cada 100 electores que se mostraban satisfechos con Zedillo y con la economía, pero escépticos ante la oferta de estabilidad.

Sin duda, la mercadotecnia jugó su parte y los atributos de los distintos candidatos tuvieron un peso importante en la decisión electoral. Pero por encima de una noción omnipotente y superficial de la magia de la imagen, las cualidades relacionadas con su posible desempeño público fueron las que en verdad importaron. Así, la máxima novedad del 2000 residió en que los votantes percibieron al candidato del PRI y al del PAN como casi igualmente competentes en materia económica, borrando la histórica ventaja del priismo que en 1994 resultó incluso objeto central de su estrategia electoral.

El único tema con respecto al cual el electorado envió un mensaje específico y claro —contrario a la postura percibida del candidato triunfador— fue el de la privatización de la industria eléctrica. El compromiso foxista de no priva- tizar la Comisión Federal de Electricidad y la Compañía de Luz y Fuerza a unos días del triunfo apaciguó el disgusto de los electores con la aparente preferencia del presidente electo, y dejó intacta la herencia de la empresa pública en el sector energético.

Los partidos políticos jugaron un papel central como promotores y orientadores de la intención electoral. En efecto, la identificación con alguno de los partidos mayoritarios se significa como el más confiable elemento de predicción de la conducta electoral de un ciudadano; el PRD y el PAN gozan de la mayor lealtad de sus simpatizantes; el PRI sufre mucho por la herida que la primaria presidencial generó en su base.2 Sin embargo, no puede decirse que la del 2000 fue la elección que consolidó un nuevo sistema de partidos en el electorado. A pesar de que sólo el 29% de los electores se considera independiente de lazos de identificación con alguno de los tres grandes partidos, el tejido de dichos lazos aparece sumamente poroso. A pesar de las relaciones de los partidos con grupos organizados de todos los estratos y sectores de la sociedad, en el momento electoral éstas pesan poco y las coaliciones que se forman atraviesan casi todas las categorías sociales.

Nada más alejado había de las intenciones del electorado mexicano del 2000 que la profundización de la reforma política. Cierto es que el electorado del PRI resulta más conservador en este tema que el del PAN y mucho más que el del PRD, pero esta relativa congruencia no debe oscurecer el hecho de que la demanda por una reforma política no tuvo influencia alguna en la decisión electoral del 2000.3 Por ello es imposible argumentar que el contenido del mandato del cambio es de carácter político. Desde el punto de vista del votante, la transición democrática había ya dado sus frutos institucionales más importantes desde antes de la elección. Mandato del cambio si; pero simplemente del cambio de gobierno, no de régimen político.

El juicio electoral del 2000 trajo consigo el mandato vago y minimalista de un electorado que exige un gobierno mejor, al tiempo que se desentiende de los medios para lograrlo. Es el mandato de una ciudadanía cuya identificación partidista no se basa en la pertenencia a grupos sociales determinados ni en preferencias específicas de política pública. La combinación de estos ingredientes ofrece amplias oportunidades de irresponsabilidad política, de parte del gobierno y de los partidos de oposición. Sin mandato claro el primero, y sin intereses identificables que los presionen los segundos, la élite política emprende el camino de la vida democrática en un marco de ausencia casi total de vinculación con la sociedad.

Y no debemos suponer que ello cambie en el corto plazo, a menos que los miembros de los partidos se vean obligados a rendir cuentas de sus actos ante el mismo electorado que los llevó en un principio a su cargo público. De esta forma, y poco a poco, aflorará la especialización de los representantes en los temas de mayor importancia para su demarcación, inaugurando la retroalimentación política que anuncia debates más concretos y mandatos más claros.

La voz de los votos ya es audible, pero no ha dejado de ser un grito poco articulado. Lo que urge ahora es darle más contenido a nuestro debate político, y un sentido más claro al mandato electoral. Para el sufragio efectivo, sí reelección. n

1 Todos los hallazgos reportados en este texto provienen del texto “The Issues. the Vote and the Mandate for Change”. de Beatriz Magaloni y Alejandro Poiré, capítulo por aparecer en un libro editado por Jorge I. Domínguez y Chapell Lawson.

2Federico Estévez y Alejandro Poiré: “Early Campaign Dynamics in the 2000 Mexican Presidential Election”, en Documentos de Investigación en Ciencia Política, ITAM, 2001-01, reportan que electores priistas que no votaron por Labastida en la elección primaria mostraban la misma probabilidad de votar por él en la presidencial que un elector independiente.

3Magaloni y Poiré: Op. cit., tabla 9.

Numeralia

1)  Porcentaje del electorado que en febrero de 2000 consideraba a la política como el problema más importante del país: 10.1%

2)  Porcentaje de la población que en febrero de 2000 consideraba a la economía como el problema más importante del país: 51.5%

3)  Porcentaje del electorado que en junio de 2000 esperaba una crisis económica de fin de sexenio: 76.4%

4)  Porcentaje del electorado, entre aquellos que se mostraban satisfechos con el desempeño de Ernesto Zedillo, que en junio de 2000 esperaba una crisis económica de fin de sexenio: 69.1%

Fuentes:

Estudio de Panel México 2000, realizado bajo los auspicios de la National Science Foundation (SES-9905703) y el periódico Reforma.

México y Estados Unidos: Socios contra el terrorismo

MÉXICO Y ESTADOS UNIDOS: SOCIOS CONTRA EL TERRORISMO

POR COLIN POWELL

Como un eco a nuestro número anterior (El socio americano. Nexos 288) ofrecemos este texto en exclusiva para Nexos, donde Colín Powell abunda en el compromiso mutuo de México y Estados Unidos para hacer un frente común contra el terrorismo.

Cuando los presidentes Vicente Fox y George W. Bush se reunieron en Washington en septiembre pasado, destacaron un nuevo dina mismo en la relación entre nuestros dos países. F.1 tipo de dinamismo que genera nuevos conceptos, abre nuevas posibilidades y avanza dejando tras de sí los antagonismos del pasado al dirigirse a nuevas sendas de cooperación. Las conversaciones entre ambos mandatarios tuvieron lugar tan sólo una semana antes de los ataques terroristas que mataron a alrededor de 3,300 personas inocentes, oriundas de 80 países, incluyendo 17 dudada nos mexicanos.

Desde la perspectiva tanto del presidente Bush como la mía, nuestra relación con México es ahora aún más importante de lo que era antes del 11 de septiembre. Antes de los ataques terroristas, los Estados Unidos valoraban a México como su vecino y socio a la luz del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, y veíamos a México como una fuerza renovada hacia la democracia en el continente. Ahora vemos también a México como un aliado en la lucha global contra el terrorismo.

De hecho, cada contribución mexicana a la campaña mundial contra el terrorismo demuestra la seriedad de México en cuanto a desempeñar un papel más prominente en el escenario internacional, así como su disposición de hacer frente a los retos globales de nuestro tiempo.

En la primeras décadas del siglo XXI.  las libertades democráticas y económicas pueden combinarse con los avances tecnológicos para sacar a decenas de millones de personas de la pobreza y llevarlos a la senda del desarrollo. Sin embargo, para realizar el gran potencial de esta era. las naciones del mundo deben unirse contra los muchos peligros a que hacen frente —el terrorismo no es ciertamente el menor de ellos.

No hay duda de que cuando los terroristas atacaron el 11 de septiembre, su blanco no era sólo los Estados Unidos, sino también la visión del futuro que compartimos con las personas que habitan este continente y en todo el mundo, quienes sostienen y promueven las libertades democráticas y económicas. Se trata de un futuro de mayor respeto por los derechos humanos, de tolerancia étnica, del imperio de la ley y de gobiernos que rindan cuentas, de mercados abiertos y del comercio que promueve el desarrollo, de estabilidad y paz. En resumen, un futuro en el que los terroristas no puedan prosperar.

La amenaza del terrorismo es global, multifacética y decidida. Ia respuesta de la comunidad internacional debe ser, por consiguiente, de igual forma amplia, multidimensional y con determinación plena. Así que la coalición global que el presidente Bush ha conjuntado debe estar presta a llevar a cabo una larga y ardua campaña medida en años de lucha y conducida con todos los mecanismos al alcance de los Estados: políticas, diplomáticas, legales, económicas, financieras, de inteligencia y, cuando sea apropiado, también militares.

La presión internacional contra las redes del terrorismo en todo el mundo debe sostenerse mucho después de que la justicia se haya ocupado de Osama Bin Laden y de que el régimen talibán haya sido expulsado del poder en Afganistán. Los países deben seguir compartiendo datos e informes de inteligencia y cooperando en acciones contra la criminalidad con el fin de cortar las líneas financieras que mantienen a los terroristas y de impedir su movilidad a través de las fronteras internacionales.

En esta campaña global contra el terrorismo, ningún país puede darse el lujo de mantenerse al margen. No hay márgenes en este tipo de guerra. Los terroristas no respetan límite alguno, ni geográfico ni moral. Las líneas de combate están en todas partes. El presidente Fox y los demás líderes de nuestro continente comprenden esto perfectamente. También reconocen que el terrorismo no sólo asesina a personas inocentes, sino que también amenaza las instituciones democráticas y socava las economías de los países.

Los ataques terroristas del 11 de septiembre han tenido un efecto importante en el comercio bilateral entre México y los Estados Unidos, al igual que en nuestras economías estrechamente entrelazadas. Los ataques detuvieron el lento crecimiento económico que nuestras dos naciones habían experimentado el año pasado. No obstante, mi gobierno tiene la determinación de trabajar junto con México para asegurar que las salvaguardas que ambos países adopten contra el terrorismo no impidan el flujo vital de personas, bienes y servicios a través de nuestra frontera común. Estamos más decididos que nunca a trabajar con México y encontrar soluciones a cuestiones difíciles como las de migración, aduanas y de visas —soluciones que van a proteger y a beneficiar a los ciudadanos de ambas naciones.

Los Estados Unidos acoge las medidas importantes que México ha tomado a nivel nacional para congelar los activos financieros de los terroristas, para fortalecer la seguridad en sus fronteras norte y sur, para destacar la cooperación en la lucha contra la criminalidad y para compartir datos de inteligencia.

A nivel regional, México se sumó al consenso cuando la Organización de Estados Americanos (OEA) hizo el compromiso de solidarizarse y determinó que se tomaran medidas concretas contra el terrorismo. El haber invocado el Tratado de Río fue un paso clave inmediatamente después del 11 de septiembre, pues señaló que nuestro continente se mantiene hombro con hombro contra el terrorismo. Dentro de la OEA.  la Comisión Interamericana contra el Terrorismo está desarrollando medidas adicionales que deben tomar los Estados miembros de la organización. La delegación mexicana desempeña un papel de liderazgo en la elaboración de una Convención Interamericana Contra el Terrorismo que sea tanto visionaria como práctica.

En el entorno mundial. México pronto formará parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en un momento en que será crucial un fuerte liderazgo con respecto a una amplia gama de asuntos importantes, que van desde erradicar el terrorismo hasta evitar conflictos armados, manejando diversas crisis y contrarrestando la proliferación de armas de destrucción masiva. Teniendo en cuenta su mayor perfil internacional, lo que México haga tendrá mayores consecuencias que nunca antes.

El periodo posterior a la Guerra Fría comenzó con la caída de la Unión Soviética. Los ataques terroristas del 11 de septiembre impulsaron al mundo a una era posterior a la que se tuvo después de la Guerra Fría —una era que aún está por definirse—. Sin embargo, una cosa es cierta: no debemos permitir que el terrorismo y otras amenazas internacionales la definan. Esta era debe estar conformada, por el contrario, por las oportunidades que juntos aprovechemos para construir un continente y un mundo de democracia, prosperidad y seguridad. n

Población

POBLACIÓN

POR MANUEL ORDORICA MELLADO

El 12 de octubre de 1999 el planeta llegó a 6,000 millones de personas. Los primeros 1,000 millones de habitantes se alcanzaron en 1850, los siguientes 1,000 millones llegaron menos de un siglo más tarde, en 1930. Los siguientes 1,000 millones se registraron en 1960. El ritmo de crecimiento demográfico se mantuvo acelerado y los siguientes 1,000 millones se alcanzaron en 1974. En 1987 la población del mundo se estimó en 5,000 millones de personas. En el 2001 somos 6,100 millones de habitantes en el planeta. En menos de un siglo, en el año 2075, de seguir las tendencias demográficas, tendremos que construir otro mundo similar al de 1987, para albergar una población de 10,000 millones de habitantes. Todo lo que se ha construido a lo largo de la historia de la humanidad tendrá que volver a realizarse en menos de una centuria.

En este contexto, ¿cuál ha sido la evolución de la población de México? Según datos del XII Censo General de Población y Vivienda, En el año 2000 México contaba con una población de 97.4 millones de personas. Este hecho coloca a México como el undécimo país más poblado del mundo. La tasa de crecimiento demográfico pasó de 3.4% anual en 1970 a 1.5% en el año 2000. No obstante esta importante disminución, la tasa de crecimiento demográfico actual es aún elevada; significa que, de mantener ese ritmo, la población se duplicaría en periodos de 46 años. Se terminaron los tiempos en que México duplicaba su población cada veinte años. La disminución del crecimiento demográfico se ha presentado, en mayor medida, en las zonas urbanas y en los estratos de población medios y altos.

Entre 1960 y el año 2000 se observaron importantes cambios en la tasa global de fecundidad. Hacia finales del decenio de los sesenta el número promedio de hijos por mujer, al terminar su vida fértil, era de siete. Para el año 2000 se estimó que la fecundidad total había caído a 2.4 hijos por mujer. El descenso de la fecundidad no es homogéneo en todos los grupos. La fecundidad es diferencial según la escolaridad y el lugar de residencia. Las encuestas nacionales sobre fecundidad muestran que las mujeres en las áreas metropolitanas tienen menos hijos que las de localidades menores a 20,000 habitantes. A mayor escolaridad menor fecundidad: la educación es el mejor método anticonceptivo.

Por lo que respecta a la mortalidad, se ha producido un descenso importante. La esperanza de vida al nacer aumentó de 59 años en 1960 a 75 años en la actualidad. No obstante, todavía nos encontramos lejos de niveles de mortalidad como Japón, donde al nacer se cuenta con una esperanza de vida de 80 años. Las cifras nacionales esconden las diferencias que hay en los estados. Las entidades federativas con un mayor grado de marginalidad tienen al nacer una esperanza de vida menor que aquellas que cuentan con una marginalidad menor La mortalidad infantil, considerada como un indicador del desarrollo, ha presentado una disminución continua: pasó de 132 defunciones de niños menores de un año por cada 1,000 nacidos vivos en 1950 a 25 por 1,000 en el año 2000. Las encuestas de fecundidad muestran también que en las localidades de menos de 2,500 habitantes la mortalidad infantil es varias veces mayor a la de las principales áreas metropolitanas.

La migración ha jugado un papel importante en el crecimiento de la población. Los habitantes se han concentrado principalmente en el centro del país, integrado por trece entidades federativas: Aguascalientes, Colima, Distrito Federal, Estado de México, Guanajuato, Hidalgo, Jalisco, Michoacán. Morelos, Puebla. Querétaro, Tlaxcala y Vera- cruz; seis de cada diez personas radican en ellas, ocupando casi el 20% del territorio.

La población se ha concentrado en cuatro zonas metropolitanas. En la zona metropolitana de la ciudad de México, la mayor concentración del país, se registraron 17.8 millones de habitantes para el año 2000, casi la quinta parte de la población total. Por lo que se refiere a la migración internacional a Estados Unidos, ésta se ha intensificado en los últimos años. En el vecino país del norte viven alrededor de 8 millones de mexicanos, que se dirigen allá con la expectativa de tener mejores condiciones de vida para ellos y sus familiares. No obstante, este complejo fenómeno implica la pérdida de un importante capital humano. Se estima que para el periodo 1990-1995 el flujo neto anual fue de aproximadamente 300,000 personas.

En el inicio del siglo XX la natalidad y la mortalidad eran elevadas. La esperanza de vida al nacer era de alrededor de 30 años. Un elevado porcentaje de niños que nacían en esta época no conocían a sus padres y abuelos, como resultado de la reducida esperanza de vida. Debido a que la fecundidad y la mortalidad infantiles eran elevadas, los niños no llegaban a conocer a muchos de sus hermanos. Las personas se casaban a edades jóvenes y por la elevada mortalidad las uniones conyugales terminaban pronto.

¿Qué efectos se presentarán en la composición por edades de la población mexicana? La disminución de la fecundidad traerá importantes efectos en la estructura por edades. Se presentará una disminución en términos relativos y absolutos de la población en edad escolar y preescolar y un aumento porcentual en la población en edad activa y avanzada. Mientras dicho descenso tiene un efecto directo sobre la población —que demandará escuelas y atención a la salud materno-infantil—, ese impacto es más lento y tarda más tiempo en afectar la estructura y el número de la población en edades activas, ya que esa población está presente en el momento actual, porque ya ha nacido.

Son previsibles los escenarios demográficos del futuro y las demandas y presiones de orden social que van a generarse. La observación de las tendencias que sigue la población y sus posibles modificaciones brinda los elementos necesarios para apreciar la magnitud de los esfuerzos que se requieren en educación, salud, empleo, vivienda y nutrición. El análisis comprende el periodo 2000-2050. Según estimaciones y proyecciones del Consejo Nacional de Población, en el supuesto de que el ritmo de crecimiento demográfico descendiera de 1.5% en el año 2000 a 0.5% anual en el 2025 y a -0.2% en el 2050, la población total para el año 2025 ascendería a 125.5 millones de personas y a 131.6 millones de mexicanos en el 2050. Los efectos de la disminución serían los siguientes: la población en edad preescolar y escolar (0-14) pasará de 33 millones en el 2000 a 25.4 millones en el 2025, y a 19.2 millones en el 2050. Por lo que se refiere a la población en edades activas (15 a 64 años), el volumen de población pasará de 61.8 millones en el 2000 a 86.2 en el 2025, y a 79.9 millones en el 2050. La población en edad de jubilación (65 y más) pasará de 4.8 millones en el 2000 a 13.9 millones en el 2025, y a 32.4 millones en el 2050. ¿Qué significado tienen estas cifras? Significan que muchos de los que demanden empleo en el 2025 ya han nacido o están por nacer. La población en las edades avanzadas del 2025 se habrá multiplicado por tres con respecto a la población de estas edades en el 2000. Este hecho, en cambio, no se presentará en el grupo de edades de 0 a 14 años, ya que este grupo se reducirá entre el 2000 y el 2025. La disminución en el ritmo de crecimiento de la población dará como resultado que las políticas de bienestar social en determinados sectores, como los de la educación y la salud, al disminuir la presión tendrán la posibilidad de trascender de una política de prestación de servicios, atada por el problema cuantitativo, a una política en donde lo cualitativo sea el eje central que conduzca la planeación del desarrollo. Es importante destacar, por ejemplo, que el ritmo de formación de profesores en los primeros niveles de educación deberá reducirse, en virtud de que podría ocurrir lo siguiente: tener maestros que no tengan alumnos.

Si bien es necesaria, la regulación de la tasa de crecimiento no es suficiente para adecuar los procesos demográficos con los del desarrollo. Es urgente, además, regular los movimientos migratorios, estimulando la permanencia de la población en sus lugares de origen o la reorientación de las migraciones hacia ciudades de tamaño intermedio, hacia zonas con recursos naturales y productivos, a través de la creación de fuentes de empleo. La regulación de los movimientos migratorios y la disminución del crecimiento demográfico harán posible que se reduzca la población de las zonas metropolitanas.

Tendrán que hacerse todavía importantes esfuerzos para intensificar la salud reproductiva en el marco de los programas sociales, sobre todo en las zonas marginales y áreas rurales que muestran un lento descenso de la natalidad y una mortalidad elevada. Es imperativo que los servicios de salud y planificación familiar sean extendidos y fortalecidos, de manera que se ejercite un principio humano fundamental: el derecho de las personas para decidir sobre su procreación. Estos esfuerzos deben enmarcarse en los programas de orden económico y social tendientes a mejorar las condiciones de vida. Al mismo tiempo, deberán crearse las condiciones que eleven la calidad de vida en aquellas zonas que expulsan población.

Las acciones tendrán mejor aceptación y mejores posibilidades de éxito si se sustentan en la participación ciudadana. Esta sólo podrá lograrse mediante la consolidación de los programas de educación y comunicación en la ciudadanía. La educación es fundamental en el cambio demográfico del futuro y es el mejor anticonceptivo. Estos programas pueden ser la base de otros orientados a reducir la mortalidad y la morbilidad infantiles, a regular la fecundidad a través de programas de salud reproductiva y a racionalizar la distribución espacial de la población.

¿Cómo será la fecundidad y la mortalidad al finalizar el primer cuarto del siglo XXI? El número promedio de hijos por mujer al final de su vida fértil será de 1.7 en el 2025: la población se encontrará por debajo del reemplazo. El aumento en la esperanza de vida hasta los 80 años en el 2025 permitirá que la mayoría de los niños que nazcan en esa época tengan vivos a sus padres, abuelos y aun a sus bisabuelos. Un niño podrá convivir con su padre por cinco a seis décadas, cuando a principios del siglo XX sólo convivía una o dos. Será común observar a tres o hasta cuatro generaciones vivas al mismo tiempo.

México deberá enfrentar dos problemas demográficos fundamentales en el tercer milenio que iniciamos: el del envejecimiento de la población y el del rápido incremento de la población en edades de trabajar. Al mismo tiempo, habrá que reducir las diferencias en los indicadores poblacionales. De no ser así continuaremos teniendo dos Méxicos con patrones demográficos diferentes: uno con niveles de fecundidad y mortalidad como los observados en los países desarrollados y recibiendo migrantes de áreas pobres, y otro con niveles de mortalidad y fecundidad elevados, como los observados en los países más atrasados del planeta, y expulsando a un gran número de personas, muchas de ellas con elevada calificación. n

W. G. Sebald. 1994-2001

W. G. SEBALD. 1944-2001

Sebald nació en el año de 1944, en una “familia posfascista alemana”, en Wertach, un pueblo en la región alpina de Baviera. En Alemania su obra es todavía poco conocida, pero en el Reino Unido, Francia y España se había convertido ya en un autor de culto. Los emigrados, Los anillos de Saturno, Vértigo y su más reciente obra, Austerlitz, mostraron a un autor de gran intensidad narrativa en parte desprendida de un género anfibio que oscila entre el relato, la evocación autobiográfica, la crónica interior y el ensayo personal. En México, Nexos presentó a Sebald en el mes de junio del año 2000, cuando aún era un desconocido en el medio cultural, a través de un ensayo de Susan Sontag, “Sebald: el viajero y su lamento”. Recordemos a Sontag: “¿Es todavía posible la grandeza literaria? Ante la decadencia implacable de la ambición literaria, la convergente ascensión del desgano, la verborrea y la crueldad insensible como asuntos normativos de la ficción, ¿qué sería en la actualidad un programa literario centrado en la nobleza? La obra de W. G. Sebald es una de las pocas respuestas disponibles a los lectores (…), ahí estaba un escritor magistral, maduro, inclusive otoñal en su persona y en sus temas. Su lenguaje era maravilloso: delicado, denso, inmerso en la materia de las cosas; y aunque de esto hubiera amplios antecedentes en lengua inglesa, lo que resultaba ajeno y a la vez más persuasivo era la autoridad extraordinaria de la voz de Sebald: su gravedad, sinuosidad, precisión, su libertad frente a toda cohibición debilitadora o toda ironía gratuita”. n

Impuestos

IMPUESTOS

POR CARLOS ELIZONDO MAYER-SERRA

Es ya casi un lugar común que el Estado mexicano es un pésimo recaudador. A pesar de innumerables cambios en las leyes tributarias en los últimos veinte años, en el año 2000 el gobierno federal recaudó, a través de impuestos, sólo el 10.7% del PIB, mientras que sus ingresos totales llegaron a sólo 16% (ver cuadro 1). Las finanzas públicas, además, continúan siendo altamente dependientes del petróleo (ver cuadro 2). Comparados con los países de la OECD, ocupamos el último lugar y frente a América Latina somos uno de los peores cobradores de impuestos (ver gráfica 1). Esta poca capacidad de recaudación, aunada a severos compromisos financieros del pasado, lleva a un gasto público federal disponible muy bajo (ver gráfica 2), salvo para un neoliberal furioso, para quien tan pocos impuestos cobrados debieran llevar a un gran crecimiento de la economía dado que la sociedad, desde esta perspectiva, siempre gasta mejor que el gobierno. Esta baja provisión de bienes públicos, de calidad además muy deficiente, puede llevar a cuellos de botella importantes en el crecimiento futuro y a poner en riesgo la estabilidad política.

Es un Estado que, al no obtener mayores recursos de la sociedad, provee pocos bienes públicos, y ni siquiera de la calidad adecuada. Asimismo, permite que la desigualdad se reproduzca ad eternum, más aún en mercados globales como los que enfrentamos. Un ejemplo: los mercados abiertos premian con mayores ingresos a los sectores más educados. En México la educación superior, de calidad muy desigual, sólo llega a 19.7% de la población objetivo.1 Incluso la educación básica no es de la calidad adecuada. Ante los problemas que presenta la mayoría de las escuelas primarias públicas, una alternativa para los padres de familia con recursos suficientes ha sido comprar educación primaria, aunque esto tampoco garantiza una buena calidad.2

Desde infraestructura a seguridad pública, las carencias en el país son severas y minan las posibilidades de un crecimiento sostenido y mejor repartido. En un contexto de aguda desigualdad y carencias lacerantes, fortalecer la democracia es casi heroico. El diagnóstico no es complicado. Encontrar los impuestos ideales para un país como el nuestro, abierto y con una frontera amplia con Estados Unidos, tampoco es tan complejo. Sin embargo, ponernos de acuerdo en una reforma fiscal capaz de recaudar más y desarrollar un mejor aparato burocrático recaudatorio resulta un problema mayúsculo en la actual distribución del poder. De no resolverse este desequilibrio entre lo que el Estado puede recaudar de la sociedad y lo que ésta demanda y requiere de bienes públicos, comprometeremos seriamente las posibilidades de crecimiento y de estabilidad política.

Otro lugar común, compartido por esa sabiduría colectiva impregnada de corrección política, es que vivimos un sofocante centralismo fiscal. La Federación monopoliza las facultades recaudatorias y regresa migajas a las empobrecidas entidades federativas y a los municipios. Aunque cierto hace unos años, este lugar común es, a principios del siglo XXI, falso y peligroso. Falso, porque en los últimos años la descentralización del gasto ha sido importante (ver cuadro 3), aunque una parte del mismo aún esté atado a lineamientos federales, como es el caso del destinado a educación. Falso, también, porque las entidades federativas y los municipios cuentan con facultades tributarias que usan poco, acostumbrados a pedirle a la Federación. Basta como ejemplo de facultades subutilizadas la baja recaudación por impuesto predial (ver gráfica 3).

Antes, durante los años del presidencialismo todopoderoso, un gobernador hábil podía encontrar un alto funcionario federal dispuesto a ayudarlo con los muchos fondos discrecionales concentrados en el ejecutivo, sin tener que meterse en la engorrosa tarea de cobrarles impuestos a sus ciudadanos. Ahora, el espacio de presión es el Congreso. En las semanas finales del debate en torno al Presupuesto de Egresos en la Cámara, el partido de oposición en turno (antes el PAN, ahora el PRI, siempre el PRD aunque poco dispuesto a negociar) da su voto a cambio de más gasto a los niveles de gobierno que favorezca a los suyos, por definición no el gobierno federal, espacio en el que gobierna su enemigo. Antes, esto llevó a orientar un mayor gasto a los municipios, los más poblados gobernados por el PAN (ver cuadro 4), ahora, seguramente, a los gobiernos de los estados, sobre todo los más pobres, en general aquellos que gobierna el PRI.

 Este lugar común es peligroso porque de continuar esta tendencia la Federación se quedará con muy poco margen de maniobra para pagar las innumerables contingencias pendientes; para enfrentar las tareas que requieren de una visión de conjunto; para salvaguardar la integridad nacional; y para poder impulsar la necesaria compensación regional en un país tan desequilibrado. La historia de México es tristemente rica en amplios periodos de caos donde la federación era de una gran pobreza frente a las entidades federativas. Marcello Carmagnani ha analizado cómo durante el siglo XIX las entidades federativas tenían la mayoría de las facultades tributarias. Por ley tenían que participar (con el llamado contingente) a la Federación. Casi nunca lo hacían y la Federación quedaba dependiente de los ingresos por comercio exterior, recaudados en aduanas fáciles de controlar por extranjeros con deudas o con ambiciones sobre el país.3 En palabras de Carmagnani: “La distinción constitucional entre ingresos federales y estatales condujo a definir implícitamente a la federación como un estado tendencialmente sin territorio”.4

 El actual desequilibrio entre Federación y entidades federativas genera un desbalance adicional. En general, el gasto público en México es poco transparente y la rendición de cuentas incompleta. Esto en parte explica la poca disposición del ciudadano para aceptar mayores impuestos. Sin embargo, en la medida de que quien cobra —la Federación— no ejerce un porcentaje importante y creciente del gasto, se genera una tensión todavía mayor. El causante no ve dónde se van sus impuestos, asume se roban o se desperdician, y lo que recibe, a través de gasto estatal o municipal, no parece provenir de sus impuestos y no exige, por tanto, una mejor rendición de cuentas.

Es de esperar que en la negociación presupuestal de cada año veremos las protestas de las entidades federativas por una mayor tajada de los impuestos y nuevas facultades tributarias. Lo primero parece difícil de aumentar. Lo segundo es más que deseable, aunque no a costa de debilitar a la Federación. Cabe señalar, sin embargo, que ya en el pasado se buscó dotarles de la posibilidad de ampliar sus facultades tributarias, con un impuesto al consumo de hasta 2 puntos adicional al IVA, pero el Congreso, con el apoyo de la mayoría de los gobernadores, lo rechazó. Siempre es mejor sólo tomar el dinero y no dedicarse a cobrarlo.

Cómo se resuelva el desequilibrio resultante de un Estado débil, en términos impositivos, frente a la sociedad permitirá tener o no un país más justo, más capaz de proveer los bienes públicos necesarios para crecer sostenidamente; más estable y democrático. Cómo se resuelva el desequilibrio entre Federación y entidades federativas y municipios permitirá o no seguir teniendo un país con cierta unidad nacional. n

1 Datos para el ciclo escolar 2000-20001. La población objetivo se refiere a la población entre 20 y 24 años. La educación superior incluye normal y licenciatura universitaria y tecnológica. Véase Conapo: Pronósticos de población, 1995-2050. Presidencia de la República, “Anexo estadístico” del Primer Informe de Gobierno de Vicente Fox Quesada. México, 2001.

2 Para el ciclo 2000-2001 sólo el 8% de los estudiantes de primaria van a escuelas privadas, de las cuales un porcentaje difícil de calcular es de calidad adecuada. Ver Presidencia de la República: Op. cit.

3 Ver Marcelo Carmagnani: “Finanzas y Estado en México, 1820-1880″, en Luis Jaúregui y José Antonio Serrano (coords.): Las finanzas públicas en los siglos XVIII- XIX. Instituto Mora-Colegio de Michoacán-Colegio de México-UNAM. México, 1998.

4Ibid.

 

 

 

Juan José Arreola (1918-2001)

JUAN JOSÉ ARREOLA (1918-2001)

No deja de ser curioso que una obra tan completa y autosuficiente como la de Arreola sea en realidad una reunión de momentos que, como diría Borges, el tiempo y no el autor recogió. Los libros de Arreola, Varia invención (1949), Confabulario (1952), Bestiario (1959), Confabulario total (1962) y Palindroma (1971), se hicieron solos, por así decirlo. Sin una obsesión unitaria, más allá del mismo texto que tenía en las manos, Arrepoa fue escribiendo sus prosas como quien hace cuadros aislados que luego formarán un conjunto autónomo. Hay algo que le confiere a la obra de Arreola su secreta unidad: la destreza verbal. Incluso el único libro de Arreola concebido como tal, La feria, de 1963, es una falsa novela en el mejor de los sentidos: una sucesión de fragmentos, logrados en sí mismos, quedan al cabo la vida cotidiana en un pueblo mexicano. Arreola escribió cada texto como si fuera el último; así, cuando recogió el último de sus textos en Palindroma, a la obra de Arreola no le sobró ni le faltó más.

Arreola es en efecto un maestro del cuento corto, si cuento podemos llamar a esos textos que mezclan el apunte aforístico con la revelación poética, el ejercicio del ensayo en un mosaico y el clímax súbito de la narración la cita erudita y la llaneza, ciertamente artesanal, de una prosa que pide su continua frecuentación, más allá de la primera y asombrosa lectura. Julio Torri sería el único antecedente de esta prosa en México; pero la obra de Arreola supo apropiarse de varios maestros universales, expertos también en la mezcla de géneros literarios, del relato, el ensayo y la poesía: Marcel Schwob y Franz Kafka, Jorge Luis Borges y De Bertrand, Giovanni Papini y Charles Baudelaire. Hay también el Arreola que encuentra la lengua española como una creación colectiva del uso popular; el Arreola que aprendió a gustar de las palabras de esta lengua desde su infancia en Jalisco. Hay un Arreola del simbolismo y un Arreola del refranero; el Arreola que escribe “Esa te conviene: la dama de pensamientos”, y el Arreola que escribe: “Los dos eran buenos y los dos se dieron en la madre”.

La literatura mexicana le debe a Arreola varios de los textos más imprescindibles de su narrativa, o de sus poemas, o de sus ensayos. Una zona de la obra de Arreola tiene que ver con la literatura fantástica, pero sobre todo con la ironía final de toda vida cargada de tintes melancólicos. Arreola se describió a sí mismo como un romántico, pero incluso en esa misma descripción había la naturaleza del escéptico. Vale decir, Arreola fue también un humorista. Quedan para las antologías sus cuentos “El guardagujas”, “El prodigioso miligramo”, “Baby horse power”, “El parto de los montes”, “Corrido”, “De balística”, y “Una mujer amaestrada”. Arreola no incurrió en la repetición, no escribió una línea que no necesitara escribir; estas son ahora las dos certezas que hacen de su obra algo necesario e irrepetible. n

Crecimiento

CRECIMIENTO

POR GERARDO ESQUIVEL

Entre 1940 y 1981 el producto interno bruto per cápita en México creció a una tasa anual de 3-2%. De 1981 a la fecha ese mismo indicador registró un crecimiento de poco menos de 0.5% al año. Es evidente que el crecimiento económico en México durante las últimas dos décadas se ha reducido en forma significativa. Sin embargo, para poder apreciar mejor lo que esto representa considere la siguiente implicación de este resultado: si la economía mexicana creciera en forma constante a la tasa del primer periodo, un mexicano promedio podría duplicar su nivel de vida en tan sólo 22 años; por otra parte, si la economía creciera a la tasa promedio de los últimos veinte años, un mexicano promedio podría duplicar su nivel de vida en ¡146 años!

El ejemplo anterior ilustra no sólo la dramática reducción en el crecimiento económico de México en los últimos años, sino que también muestra las repercusiones de un cambio en unos cuantos puntos porcentuales en la tasa de crecimiento de un país. Por eso, al hablar de crecimiento económico se debe tener presente que una diferencia de 1 o 2 puntos porcentuales de crecimiento sostenido no es trivial y que, por el contrario, esto puede representar una diferencia muy significativa en el nivel de vida de los habitantes de un país.

El principal desafío económico al que se enfrentará México en los próximos años será el de ofrecer perspectivas de mejoramiento económico a todos los mexicanos y, en particular, al gran número de mexicanos jóvenes que han pasado la mayor parte de su vida bajo situaciones de crisis recurrentes y de bajo crecimiento económico. El problema, sin embargo, es que el crecimiento económico no es algo que se logre fácilmente. Como ahora lo sabemos, no basta con anunciar enfáticamente que el crecimiento económico es un objetivo prioritario del gobierno. El presidente Fox ganó las elecciones prometiendo no sólo un cambio de régimen político; ofreció también que la economía crecería a tasas anuales de 7%. Esta promesa implicaba un crecimiento anual del ingreso per cápita superior al 5% y una duplicación en el nivel de vida promedio de los mexicanos en poco menos de trece años. Los resultados difícilmente podrían ser más desalentadores: la tasa de crecimiento del PIB en este año será apenas positiva, por lo que el ingreso per cápita de los mexicanos disminuirá en términos reales.

El problema de las múltiples promesas de crecimiento económico que se han hecho en el pasado (y que se seguirán haciendo en el futuro), es que quienes las hacen quizá no tienen una idea muy clara de qué factores contribuyen a lograr un crecimiento económico sostenido. Afortunadamente, en años recientes ha habido un auge en el estudio teórico y empírico de este tema y los economistas han aprendido bastante sobre cuáles son los factores que propician o impiden el crecimiento económico de un país. Los resultados de estos estudios son muy robustos y en ellos se han identificado una serie de factores económicos (como la inversión en capital físico y humano) e institucionales (por ejemplo, el respeto a los derechos de propiedad) como los principales determinantes del crecimiento económico de un país.1 Por tanto, es natural pensar que las perspectivas de crecimiento en México dependen en buena medida de lo que ocurra con estas variables. En ese sentido, las perspectivas de crecimiento son mixtas. Varios factores señalan que se ha avanzado en reformas estructurales que garantizan un entorno favorable para el ahorro y la inversión. Este es el caso, por ejemplo, de la reducción y el control de la inflación, y del establecimiento de acuerdos comerciales con varios países; esto garantiza que las políticas de apertura y liberalización económica se mantendrán en el futuro.

Sin embargo, a pesar de los avances en la macroeconomía, en algunas áreas estructurales la situación es menos prometedora. El aspecto más preocupante para México es quizás el relativo a la formación de capital humano. Hay dos temas a considerar: la composición y orientación de la formación de la fuerza laboral y el bajo nivel educativo de la fuerza laboral en México. Con respecto al primer punto, se ha vuelto un lugar común decir que en el país hay demasiados licenciados y muy pocos técnicos. Esto ha llevado incluso a retirar los apoyos económicos a carreras que se consideran saturadas y a promover la inscripción en áreas científicas o técnicas. Sin embargo, si bien es cierto que la proporción de estudiantes que se dedican a áreas científicas o técnicas en México es relativamente baja, el verdadero problema no consiste en la composición u orientación de la fuerza laboral. El problema de México reside en que una proporción muy baja de su población joven realiza estudios a nivel superior. La tasa de matriculación en este nivel ilustra la magnitud del rezago en México en la formación de capital humano. En 1980 el 14% de la población joven en México estaba inscrita en alguna institución de educación superior. En ese año, dicho indicador era exactamente igual al promedio de toda América Latina y era ligeramente inferior al de países como Tailandia y Corea (15% en ambos casos). Para 1997 (último año con información comparable), el porcentaje de matriculación en educación superior en México era de apenas 16%, mientras que en América Latina ya era de 20%, en Tailandia era de 21% y en Corea alcanzaba ya un sorprendente 68%. No es casual que países como Tailandia y Corea, con una fuerza laboral más capacitada, hayan crecido a tasas muy superiores a las que ha logrado México en los últimos años.

Recuperar la senda de crecimiento económico en México es imperativo para mejorar los indicadores de bienestar de la población mexicana. Es indispensable mantener y profundizar aquellas reformas estructurales que propician un entorno favorable para el ahorro y la inversión. Es importante identificar los verdaderos cuellos de botella que podrían impedir la recuperación económica de largo plazo. Uno de esos aspectos es el relativo a la formación de capital humano. Sin una fuerza laboral calificada, difícilmente lograremos que los beneficios del comercio o la inversión se materialicen en bienestar para la mayoría de la población. Desafortunadamente, las políticas actuales no siempre han identificado correctamente estos aspectos y se han concentrado en temas secundarios. Sin una adecuada y oportuna identificación de los factores que podrían limitar el crecimiento económico sostenido, difícilmente podremos crecer, ya no digamos al 7% anual, ni siquiera a tasas de 4% o 5% al año. Aunque, claro, siempre es posible pensar que el futuro económico de México es realmente promisorio y que yo simplemente estoy apanicado porque soy un timorato y pesimista. Ojalá que así sea. n

1 Véase, por ejemplo, Robert J. Barro: Determinants of Economic Growth: A Cross-country Perspective. MIT Press, 1997.

Numeralia

1)  Tasa de crecimiento promedio anual del PIB per cápita en México entre 1940 y 1981: 3.2%

2)  Tasa de crecimiento promedio anual del PIB per cápita en México entre 1981 y 2000: 0.5%

3)  Años que se requerirían para duplicar el ingreso per cápita en México si la economía crece al 7% anual: 13

4)  Años que se requerirían para duplicar el ingreso per cápita en México si la economía crece al 3-5% anual: 35

5)  PIB per cápita en México en 1980 (como porcentaje del PIB per cápita de Corea): 152%

6)  PIB per cápita en México en 1999 (como porcentaje del PIB per cápita de Corea): 53%

Fuentes: 1-2: INEGI.

3-4: Cálculos propios. Suponiendo que la población crece al 1.5% anual.

5-6: Banco Mundial: World Development Indicators. Datos en dólares.

Indígenas

INDÍGENAS

POR GUILLERMO TREJO

Aunque a los indígenas en México se les suele asociar con formas de vida y organización social congeladas en el tiempo, el hecho es que en la segunda mitad del siglo XX el México indígena experimentó uno de los procesos de cambio social más vertiginosos desde la Colonia. Para entender este proceso de cambio y su impacto en la conformación de la naciente democracia mexicana es fundamental analizar el surgimiento de los indígenas como actor político organizado y las diversas formas de participación política que han seguido en los últimos años. Diversos estudios han dado cuenta de la participación de los indígenas en la transición electoral del país. Sin embargo, es poco lo que sabemos sobre la estrategia más recurrente de participación política de los indígenas mexicanos: la protesta social. Este ensayo presenta un retrato dinámico de la ola de protesta indígena que inicia en el país a mediados de los años setentas y que continúa hasta nuestros días. El propósito es analizar las formas indígenas de disidencia social y las sorprendentes transformaciones de las demandas públicas y de las identidades colectivas de los indígenas organizados en años recientes.

La gráfica 1 ilustra 3,365 actos de protesta social registrados por la prensa nacional en 887 municipios del país con al menos 10% de población indígena, entre 1975 y el 2000. Esta información incluye actos de protesta pacíficos y violentos. La ola de protesta indígena inicia en los años setenta, se consolida en los ochenta y explota en los noventa. En promedio, en los setentas se verificaba un acto de disidencia indígena en algún municipio del país cada once días, en los ochentas cada tres y en los noventas cada dos. Salvo el levantamiento del EZLN en 1994, se trata en su mayoría de actos pacíficos de protesta social: denuncias, marchas, mítines, plantones, huelgas de hambre, invasiones de tierras y tomas de palacios municipales y oficinas gubernamentales. La disidencia indígena se ha concentrado regionalmente con mayor intensidad en un puñado de municipios en Los Altos, Norte y Selva de Chiapas; en el Istmo de Tehuantepec y en las regiones mazateca, mixteca y triqui de Oaxaca; en la región Nahua y en La Montaña de Guerrero; en la Huasteca hidalguense y veracruzana; en la Sierra de Zongolica de Veracruz; y en la Meseta Tarasca de Michoacán. Luego la rebelión zapatista la protesta indígena se ha reconcentrado dramáticamente en Chiapas, Oaxaca y Guerrero.

A diferencia de olas anteriores de disidencia indígena en los siglos XVI, XVIII y XIX, detrás de esta ola que inicia en el último cuarto del siglo XX se encuentran vehículos organizativos y estructuras formales de acción colectiva: cientos de organizaciones indio- campesinas, en su mayoría organizaciones regionales y locales. Entre las organizaciones con más presencia disidente se encuentran la OCEZ, CIOAC, CNPI, ARIC, Xi-Nich, ORCAO, CRIACH y el EZLN en Chiapas; la COCEI, MULT, UCIZONI, UCIRI, UGOCP y UCD en Oaxaca; diversas organizaciones que conforman el CG-500 Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular en Guerrero; la OIPUH y el FDOMEZ en Hidalgo y Veracruz; TINAM, CNPI y el CROISZ en Veracruz; y la UCEZ en Michoacán. Tras una larga historia de escisiones y fracturas, varias de estas organizaciones forman parte de la élite organizativa del Congreso Nacional Indígena.

Muchas de estas organizaciones surgieron de intensos procesos de competencia política y religiosa por el control de las comunidades indígenas entre el Estado, la Iglesia Católica y las iglesias protestantes. Por ejemplo, la exitosa penetración de la Iglesia Presbiteriana en Chiapas entre los años treinta y sesenta del siglo pasado desataría una feroz competencia religiosa entre los misioneros protestantes y la Diócesis de San Cristóbal en los años setenta y ochenta. El éxito de los presbiterianos se fincó en traducir el Evangelio a las lenguas autóctonas y organizar grupos de alfabetización y cooperativas campesinas. Primero los jesuítas y luego la Diócesis reaccionaron imitando y profundizando la estrategia sociocultural de conversión de los protestantes. De este proceso de competencia religiosa surgiría una nueva élite en las comunidades indígenas, densas redes de organización comunitaria y, contrario a las intenciones iniciales de las iglesias, la revaloración de las lenguas y las culturas autóctonas, hasta entonces estigmatizadas. En los años setenta, el Estado reaccionó fuertemente ante la exitosa expansión social de las iglesias y, a través de políticas indigenistas de educación, intentó recrear sus propias élites indígenas y redes comunitarias. De las instituciones y las organizaciones del corporativismo indígena surgirían poderosos caciques locales leales al PRI. pero también líderes que rompieron con el Estado y se unieron al movimiento indígena independiente. Numerosas organizaciones indígenas y campesinas de otras regiones del país fueron producto de dinámicas similares de competencia entre el Estado y las iglesias.

Una de las características más sorprendentes de esta ola de protesta indígena tiene que ver con las transformaciones experimentadas en los últimos 25 años en las demandas y las identidades que las organizaciones han expresado en las plazas públicas. Contrario a la imagen de los indígenas como un actor social con demandas e identidades primordiales, congeladas desde tiempos inmemoriales, la gráfica 2 muestra un menú de demandas fluido y mutante. Muestra, también, un liderazgo indígena estratégico, capaz de transformar la identidad de sus movimientos conforme varían las circunstancias y las oportunidades económicas y políticas.

Como se ilustra en la gráfica 2, la ola de protesta indígena inició con movimientos locales que en las plazas públicas expresaban demandas preferentemente económicas: tierras y apoyos productivos. En aquellos estados donde las élites locales reaccionaron de manera represiva frente a las demandas económicas de los indígenas, se iniciarían espirales de movilización y violencia estatal. No es por ello extraño que entre 1976 y 1993 la demanda mayoritaria de los indígenas organizados fue de naturaleza política: cese a la represión de caciques, terratenientes y de autoridades públicas (policías estatales y municipales); libertad a presos políticos; y la destitución de autoridades municipales.

A principios de los años noventa empezó a cocinarse una de las transformaciones más complejas y trascendentes para las organizaciones indígenas del país: el despertar de la conciencia indígena como demanda e identidad pública. Ante la incapacidad de las élites y las instituciones políticas locales de mediar ante las demandas indígenas y frente al desmantelamiento de la vieja estructura de apoyo agropecuario que culminó con la reforma del artículo 27 constitucional, entre 1987 y 1992 un número creciente de líderes y organizaciones fueron revalorando las demandas y las identidades étnicas frente a las identidades campesinas ya para entonces en quiebra. Se trata de grupos y organizaciones indígenas de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Veracruz y Puebla, asociados a lo que eventualmente sería el PIPI y la ANIPA, que empezaron a adherirse al movimiento internacional en defensa de los derechos indígenas surgido a partir de la promulgación del artículo 169 de la OIT.

Como se observa en la gráfica 2, no es, sin embargo, sino hasta la negociación de los Acuerdos de San Andrés en 1996 y 1997 cuando las demandas étnicas en general y la autonomía indígena en particular se convierten en una de las principales banderas de un movimiento indígena nacional en ciernes. El EZLN es el catalizador de la proyección nacional del discurso etnicista. Si bien la guerrilla zapatista irrumpió en la escena pública con un discurso clasista, propio de las guerrillas marxistas-leninistas, a finales de 1994 inició la principal mutación ideológica que el EZLN ha experimentado hasta ahora. A raíz de la explosiva y exitosa campaña de invasiones de tierras en 1994 en Chiapas y tras la derrota electoral de Amado Avendaño, los zapatistas iniciaron la fundación de municipios autónomos en rebeldía y, entre 1995 y 1996, abrazaron sagazmente el discurso etnicista y autonómico que sus asesores y los miembros del FI- PI y la ANIPA ya habían madurado para entonces. Hay que subrayar, sin embargo, que en ausencia de un proceso previo de revaloración comunitaria de las identidades indígenas —producto involuntario de la competencia entre el Estado y las iglesias—, hubiera sido prácticamente imposible para la comandancia zapatista llevar a cabo este giro identitario.

La caída secular de las demandas económicas en el repertorio disidente indígena no significa que sus grandes rezagos materiales se hayan resuelto. De hecho, las encuestas de opinión realizadas a indígenas en lo individual reportan que las principales demandas siguen siendo económicas. Lo que demuestra la gráfica 2, sin embargo, es que desde la negociación de San Andrés los indígenas organizados empiezan a converger en torno a un mismo objetivo: la redefinición de los canales político-institucionales de asignación de recursos económicos a partir de referentes étnicos. Es decir, para bien o para mal, el objetivo del movimiento indígena organizado ya no es la tierra sino el territorio; ya no exigen recursos para los indígenas sino disputan las reglas para decidir y repartir los recursos que les tocarían como indígenas; ya no exigen la destitución de las autoridades públicas sino que ahora demandan la capacidad de elegir a sus autoridades públicas bajo sus propias reglas.

La experiencia internacional demuestra que cuando un grupo social abraza la bandera étnica la protesta pacífica puede traducirse en violencia colectiva cuando los gobiernos no tienen la flexibilidad para encauzar las nuevas demandas por vías institucionales. Prácticamente todos los regímenes políticos, incluso las democracias, enfrentan enormes dificultades para acomodar las demandas de las minorías étnicas organizadas. Una de las lecciones más importantes que dejan los estudios sobre conflictos étnicos es que cuando los Estados contemporáneos han intentado suprimir las identidades étnicas a cualquier precio, ya sea por métodos pacíficos o violentos, paradójicamente suelen terminar por acelerar la etnificación o incentivar la violencia social. Uno de los grandes retos para la naciente democracia mexicana será encontrar los mecanismos institucionales que ofrezcan verdaderos incentivos a las comunidades y a las organizaciones indígenas para canalizar políticamente sus viejas y nuevas demandas. Veinticinco años de protesta indígena en México no encontrarán un puerto pacífico de llegada hasta que la nueva y compleja configuración identitaria de los indígenas organizados no sea efectivamente canalizada a través de una profunda reforma de las instituciones políticas de la naciente democracia mexicana.  

 

 

 

Campo

CAMPO

POR ALBERTO J. OLVERA

Una de las particularidades de la transición política mexicana ha sido la notable pérdida de visibilidad y la escasa influencia política de los actores sociales populares a lo largo del proceso. Con la excepción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y la atención pública a la causa de los derechos indígenas, no se observó a lo largo de la década de los noventas un protagonismo eficaz de otros movimientos populares. Por el contrario, se atestigua su pérdida de poder, la desaparición o cooptación de líderes y su incapacidad para modificar las políticas públicas. El caso de las organizaciones y movimientos campesinos es el más grave dada la profundidad de la crisis del mundo rural.

La explicación de la actual debilidad política de los sectores populares se remonta a la década de los ochentas, cuando el régimen decidió asumir en todas sus consecuencias el costo del giro hacia una política económica neoliberal. Ello determinó una caída del poder adquisitivo de los salarios de magnitudes históricas, el incremento del desempleo y la rápida disminución de la inversión pública en el campo.

En la década de los noventas esta derrota estratégica coincidió con la emergencia de la arena electoral como espacio central de la lucha política popular, haciendo aún menos visibles las luchas sociales de obreros y campesinos. Las movilizaciones contra el fraude electoral consumieron las energías de buena parte de la élite política y de las organizaciones sociales que antes habían librado grandes batallas en la arena social.

La gran derrota política del movimiento campesino independiente en México se produjo durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, quien llevó a cabo una doble operación política. De un lado, cooptó en las agencias gubernamentales y en la mismísima CNC a un importante sector de los dirigentes de la Unión Nacional de Organizaciones Regionales Campesinas Autónomas (UNORCA) y a algunos líderes regionales de la izquierda social. De otra parte, decidió modificar el artículo 27 constitucional, poner fin al reparto agrario, disminuir aún más la inversión pública en el campo y negociar desventajosamente la inserción de la agricultura mexicana en el contexto del Tratado de Libre Comercio (TLC).

La mayor parte de la antigua dirigencia negociadora de izquierda quedó atrapada en la jugada. Al aceptar en los hechos la política salinista, una generación de líderes campesinos profesionales quedó deslegitimada.

La crisis de 1994-1995 significó un severo golpe al sector de los medianos y pequeños empresarios agrícolas, así como al grupo por lo demás escaso de empresas campesinas colectivas. Su respuesta fue la creación de un movimiento social novedoso: El Barzón. Se trataba en realidad de varias organizaciones regionales independientes que tenían como objetivo común negociar sus impagables deudas con los bancos y evitar la pérdida de su patrimonio. El movimiento tuvo un éxito relativo al obtener la renegociación de una parte de la cartera vencida, pero sus principales dirigentes afectaron la credibilidad del movimiento al incorporarse sin mucha transparencia a los partidos políticos, y los conflictos internos por las áreas de influencia y por las bases sociales condujo a la pérdida progresiva de poder y representatividad de los distintos grupos regionales.

Ernesto Zedillo continuó sistemáticamente con la política neoliberal, cuyos efectos disruptivos se agudizaron en el último tramo de su gobierno por la creciente apreciación del peso. La sobrevaluación volvió imposible que una agricultura subcapitalizada y débilmente integrada compitiera en condiciones razonables contra la creciente competencia externa.

El proceso no causó una crisis social mayúscula porque la respuesta de los campesinos fue la emigración masiva hacia la frontera norte y a Estados Unidos. La gran válvula de escape para la crisis rural ha sido la emigración.

Paradójicamente, en las elecciones del 2000 el voto verde todavía favoreció al PRI a nivel nacional (y lo siguió favoreciendo en las elecciones locales del 2001). La capacidad de manipulación clientelar de la miseria fue el gran activo político del régimen autoritario.

En el 2001 la profundización de la crisis agrícola, expresada esta vez como el colapso de la agricultura comercial en las ramas de frutas tropicales, café, cereales, arroz y caña de azúcar, ha creado las condiciones sociales necesarias para una reanimación de los movimientos sociales en el campo. Las protestas en el país se han multiplicado de norte a sur y de este a oeste. Esta nueva onda expansiva campesina coincide con las protestas a raíz de la aprobación de las insuficientes reformas constitucionales en materia de derechos indígenas.

El nuevo gobierno carece de una estrategia política para el campo y de una política económica sectorial. Para empezar, suspendió el financiamiento oficial que recibían casi todas las organizaciones campesinas del país, oficiales e independientes. El problema político con las viejas estructuras se acentuó aún más con el veto del presidente Fox a la Ley de Desarrollo Rural aprobada por la legislatura federal pasada, que buscaba institucionalizar la intervención estatal en el campo y dejarle un espacio político a las organizaciones corporativas. Pero ningún proyecto propio sustituyó a los del pasado.

En este contexto hay que ubicar las varias iniciativas y los diversos conflictos que hoy se viven en el agro. Del lado del viejo régimen hay que contar la Declaración del Sur, iniciativa de organizaciones campesinas de Oaxaca, que han llamado a crear una articulación nacional campesina e indígena. Dada la magnitud de los recursos invertidos en desplegados y en la creación y activación de redes, debe asumirse un fuerte apoyo económico del gobierno estatal de Oaxaca.

Desde el campo social surge una iniciativa diferente: el Frente Nacional de Defensa de los Productores Agropecuarios. Se trata de campesinos medios y pobres de Sinaloa, Sonora y Chihuahua, que buscan ampliar sus bases sociales al resto del país. Estos campesinos ya hicieron una gran protesta social en su región ante la poca disposición del gobierno para comprar sus cosechas y así contribuir a regular los precios agrícolas. Han bloqueado dos veces los accesos a la aduana del puerto de Veracruz como acto simbólico para protestar contra la importación indiscriminada de productos agrícolas chatarra. El potencial de este movimiento aún está por verse.

La lucha campesina más visible ha sido la de los productores de caña de azúcar, quienes, cansados de no recibir pagos por meses, tomaron durante semanas la sede de la Secretaría de Agricultura y se manifestaron en diversas ciudades del país. El movimiento rebasó rápidamente el control de los viejos líderes corporativos, si bien no condujo a una rebelión abierta contra su organización. La expropiación de 27 ingenios por parte del gobierno, decretada el 3 de septiembre del 2001, es la señal de que por fin el gobierno comprendió la magnitud del problema social que hay en el sector, y que los problemas del campo no pueden entenderse, como pretendía el secretario de Agricultura, como meros conflictos entre particulares.

El gobierno de Fox ha pasado del pasmo a una especie de pavor ante la posibilidad de la generalización de la movilización campesina. Incluso la decisión de dejar sin subsidios a las organizaciones corporativas ha sido revisada de una manera vergonzante. Los grupos clientelares, varios de ellos casi ficticios, que componen el Consejo Agrario Permanente (ante todo la dividida CNC, UNTA, CCC, CAM, CIOAC, CODUC), presionaron al gobierno con una gran manifestación el 9 de agosto del 2001, que fue suficiente para obtener un reconocimiento como “interlocutores únicos de las demandas campesinas” de parte de la Secretaría de la Reforma Agraria, así como nada despreciables 100 millones de pesos para “proyectos productivos”. Se restablece así la vieja relación privilegiada entre grupos corporativos y Estado, que el nuevo gobierno prometió romper. Lo peor de esto es que la medida en nada ayudará al gobierno a contener el vendaval campesino, pues el CAP sólo representa a una burocracia deslegitimada y socialmente aislada.

El reto de los movimientos campesinos es mantener su autonomía, acercarse al movimiento indígena, y crear un polo social capaz de impulsar una consolidación democrática no elitista, es decir, un régimen político en el que los intereses populares se expresen en leyes, compromisos sociales y políticas públicas que permitan resolver los gigantescos déficits en materia de justicia social y de participación ciudadana en la vida pública. Pronto veremos si los nuevos líderes campesinos pueden hacer valer su voz por encima de la de los políticos tradicionales.  n

Estado de derecho

ESTADO DE DERECHO

POR JOSÉ RAMÓN COSSÍO D.

A finales de los años ochenta comenzó a hablarse con cierta insistencia del Estado de derecho. El término no vino, como sería previsible, de los juristas o los politólogos. Los primeros seguían entretenidos en los ejercicios justificatorios que tan buenos dividendos les rindieron; los segundos, o mantenían las viejas explicaciones de la historia política o se adentraban en los —en ese entonces inciertos— caminos de la cuantificación. Quienes en esos años recuperaron la expresión Estado de derecho y comenzaron a insistir en la necesidad de su establecimiento fueron los economistas. Dentro del modelo económico que en ese entonces se estaba construyendo, estimaron necesario contar con un régimen jurídico en el que los derechos de propiedad (en su sentido económico) quedaran completamente garantizados. A su juicio, y probablemente con razón dentro de la lógica de su modelo, la falta de leyes claras y construidas a partir de criterios de eficiencia, tribunales expeditos y autónomos, amplios sistemas de registro, claras posibilidades de ejecución de las resoluciones judiciales, primordialmente, impedirían cualquier posibilidad de desarrollo. Sólo si los derechos estaban claramente asignados y eran fácil y rápidamente ejecutables se podría construir la base que hiciera previsible el funcionamiento del derecho y, con ello, el de la economía. Si, por el contrario, no podía saberse quién era el titular de un derecho, cuál sería la duración de un juicio, cuáles serían los costos de éstos, o cuál sería la posibilidad de llegar a ejecutar un fallo, el propio derecho terminaría distorsionando las transacciones económicas y el funcionamiento mismo de la economía.

El derecho tenía que ser visto en términos instrumentales respecto de la economía. Esta tarea no resultaba del todo sencilla, pues el derecho contaba con una tradición propia en términos de la familia jurídica romanista, o había sido el sustento del régimen desde el que, todavía en ese momento, se ejercía el poder público. La única forma de superar ese obstáculo era mediante el apoderamiento del lenguaje y, todavía con más precisión, de una porción simbólica del lenguaje jurídico. La expresión conveniente fue la de Estado de derecho. La elección no fue trivial o neutra. Por un lado, pretendió traducir una expresión anglosajona de gran importancia (rule of law); por otro, se presentó como una forma jurídica lo suficientemente amplia como para cubrir una gama variada de cuestiones y no reducirse tan sólo a las necesidades económicas. A partir de esa introducción, comenzó a hablarse de la necesidad de establecer en nuestro país “un auténtico Estado de derecho”. Curiosamente, las tareas y los objetivos del mismo se dirigían ante todo a satisfacer las necesidades económicas y, por lo mismo, a reducir el derecho a la posición instrumental aludida. En esa vertiente el derecho perdió su autonomía, por lo que su sentido general y fundamento fueron definidos por los economistas y para la economía.

A partir de esa identificación de nuevo objetivos y nuevos actores “jurídicos” hemos asistido a una serie de modificaciones que han cambiado el sentido y la forma de comprensión de nuestro derecho. Algunas de ellas son adecuadas y han producido, en efecto, una mayor eficacia en el orden jurídico; otras, sin embargo, tomaron en cuenta exclusivamente la racionalidad económica y dejaron de lado la jurídica. Esta última desavenencia ha producido conflictos importantes que se traducen en problemas de regulación y falta de control sobre los agentes económicos o las autoridades públicas. El balance está por hacerse, aunque desde ahora son apreciables algunos efectos virtuosos y otros resultan inadecuados.

En donde sí vale la pena hacer una consideración independiente de los resultados es en lo relativo al apoderamiento del concepto Estado de derecho como mero instrumento en favor del modelo económico. Es cierto que el derecho debe funcionar y funcionar bien para que el desarrollo económico sea viable y se logren más altos índices de crecimiento y una mejor distribución de la riqueza. Pero no puede reducirse el papel del propio concepto. La única posibilidad de comprensión y, posteriormente, de realización, de un concepto tan complejo como el de Estado de derecho pasa por la aceptación de sus múltiples funciones. No es posible suponer que sea reducible a garantizar sólo los derechos de propiedad: debe garantizar cualquier tipo de derecho establecido en el orden jurídico; su función no puede reducirse a buscar el establecimiento de tribunales que sólo garanticen la operación adecuada de las transacciones económicas, sino también el de todos los derechos otorgados; los cambios a las leyes y a los órganos de impartición de justicia no pueden darse sólo para lograr mayor velocidad y eficiencia en las transacciones comerciales o financieras, sino respecto de cualquier tipo de derecho o acción ejercida.

Ante la necesidad de ampliar la óptica del Estado de derecho se dirá que precisamente para lograr todos esos objetivos es que primeramente deben llevarse a cabo las transformaciones en materia económica. Que sólo una vez que haya aumentado el tamaño del pastel, se nos dice, habrá algo que repartir. Aceptar esta solución es, precisamente, el tipo de argumentos que han permitido reducir el Estado de derecho a su mínima y economicista expresión. La única posibilidad de salir de ese empobrecido horizonte es entendiendo que el Estado de derecho significa la eficacia de las normas jurídicas en todas las actividades y respecto de todos los sujetos incluyendo, por supuesto, las relacionadas con la economía.

Abordar de un modo más serio el tema del Estado de derecho significa atender a su complejidad, que pasa por la identificación de sus variados niveles. En primer término, reconociendo la dimensión simbólica de una categoría en la cual se sustenta una forma histórica de ejercicio del poder. No es válido apelar sólo a ejercicios que determinen los costos y los beneficios, sino entender cuáles son los procesos de aceptación y elaboración de una categoría que, prácticamente, nunca ha estado presente en nuestra historia nacional. En segundo término, y a partir de lo anterior, identificar los variados objetivos sociales que quieren cumplirse a través del uso del mismo Estado de derecho para, a partir de ahí, encontrar de qué forma la técnica jurídica puede contribuir a su realización. Es importante destacar que en lo relativo a su diseño y conceptualización, las posibilidades de la técnica jurídica son limitadas y que, por lo mismo, se requiere de un trabajo interdisciplinario. Ante todo, el establecimiento de un Estado de derecho entre nosotros requiere de un enorme esfuerzo de diversos sectores sociales para no quedar reducido, una vez más, a mera ideología. Esa acción colectiva sólo puede tener éxito si comienza con la identificación y exploración de sus elementos, la complejidad de su entorno y los innumerables obstáculos que habrán de librarse para establecerlo. n

Salud

SALUD

POR FELICIA KNAUL Y GUILLERMO SOBERÓN

La salud refleja y promueve las grandes transiciones que vive el país. En términos de esas transiciones podemos identificar los retos y las oportunidades para la salud de la población y para el sistema de salud en el México de hoy.1 La transición demográfica ha sido profunda y rápida. El descenso en la fecundidad es impresionante: de un promedio de seis niños por mujer en edad reproductiva en 1976 a un promedio de 2.4 a principios del siglo actual. La mortalidad descendió de 35 muertes anuales por 1,000 habitantes a principios del siglo pasado, a 4.5 en la actualidad. Esta transición es determinante del envejecimiento de la población, uno de los grandes retos de la salud. Si hoy en día 1 de cada 20 mexicanos tiene 65 años o más, en el año 2050 será 1 de cada 5. Los desafíos se relacionan con el aumento en los costos de la atención a la salud y con el aumento en la demanda de cuidados a largo plazo. Un aspecto adicional es la urbanización y la distribución espacial de la población. La mayor parte de la demanda para atención a la salud se da en los centros urbanos con un aumento en la demanda asociada a enfermedades crónicas y lesiones, a la vez que la atención de la salud de la población rural dispersa es compleja y costosa.

Otra transición es la epidemiológica. La proporción de muertes entre los menores de cinco años ha disminuido mientras la proporción entre los mayores de cincuenta años ha aumentado. Las principales causas de muerte también se han modificado. En 1960, 60% de las muertes se atribuían a enfermedades infecciosas y hoy más de 60% de las muertes se atribuyen a enfermedades no transmisibles y 15% a lesiones.

A esto se suman la desigualdad y la polarización a pesar del gran progreso en materia de salud ejemplificado por el descenso en la mortalidad. En la población marginada, y especialmente en ciertos grupos como la población indígena, se concentran más la enfermedad y la frecuencia de enfermedades del rezago, en gran parte prevenibles y atribuibles a las enfermedades infecciosas, la desnutrición y los problemas de salud reproductiva. Es una relación dual y negativa: hay enfermedades de la pobreza, a la vez que existe pobreza que resulta de la enfermedad. Enfermedad y marginación confluyen en un círculo vicioso y se refuerzan mutuamente. Un reto es cerrar las brechas y reducir la desigualdad en las condiciones de salud. Sin embargo, la distribución actual de los servicios de salud tiende a reforzar el rezago.

Los nacimientos que ocurren en los hospitales generales de los estados más ricos superan el 90%, mientras que en los estados más marginados se encuentran por debajo del 50%. Por eso los programas actuales se enfocan a combatir las enfermedades del rezago con una cobertura universal.

En la esfera política, México está en un proceso en el que la democratización de la salud constituye un elemento fundamental y uno de los ejes del Programa Nacional de Salud 2001-2006. La salud constituye un motor para la transición política. La enfermedad impide la educación y el desarrollo de las personas y, por lo tanto, su capacidad de reconocer y ejercer sus derechos. A su vez, la falta de educación expone a los individuos a la enfermedad creando así un círculo vicioso. Por el contrario, la salud potencia y cataliza una mayor y mejor participación de todo individuo a nivel familiar, comunitario y nacional.

Otra transición con un gran impacto sobre la salud es la condición de la mujer. Si bien la responsabilidad sobre el cuidado de la salud familiar ha recaído tradicionalmente en las mujeres, esto ha empezado a experimentar cambios. La participación laboral de la mujer se ha incrementado en más de 250% desde 1970, y hoy la tasa rebasa el 35%. Simultáneamente, se ha visto un aumento considerable en el nivel de estudios de las mujeres mexicanas, de manera notoria en el nivel universitario y en carreras antes dominadas por los hombres. Es crucial que el cuidado de la salud familiar se vuelva una responsabilidad familiar compartida. Para promover la equidad de género en el cuidado de la salud familiar será importante desarrollar los derechos de hombres y mujeres para obtener licencias de trabajo con el fin de cuidar a familiares enfermos y a recién nacidos. También se requieren políticas que fortalezcan la participación laboral de la mujer; por ejemplo, los horarios ampliados para el servicio médico en instituciones públicas.

Los cambios en el mercado laboral se reflejan muy claramente en la medicina. Más del 50% de los estudiantes de medicina en México son mujeres. No obstante, en el ejercicio de la profesión se siguen reflejando las diferencias de género. Una de las grandes paradojas de la medicina en México es que aproximadamente 25% de las personas que han estudiado medicina no ejercen su profesión, a pesar de que muchos mexicanos carecen de atención médica. El subejercicio es casi seis veces más común entre las médicas. Los desajustes tienen que ver, entre otras cosas, con la incompatibilidad entre los horarios de los médicos y las responsabilidades familiares.

La transición económica conlleva presiones y oportunidades adicionales para el sector salud. La inversión en la salud, como inversión en capital humano, constituye una de las bases fundamentales para lograr una fuerza laboral con las capacidades para enfrentar las demandas del mercado en el contexto de la globalización. A su vez, la transición económica implica cada vez menos oportunidades laborales para las personas sin educación al tiempo que las enfermedades impiden adquirir una educación adecuada. Hoy en día muchas decisiones que se consideraban puramente económicas tienen que ver con la salud. En la industria del turismo, por ejemplo, la erradicación de enfermedades transmisibles es esencial. A su vez, los insumos para la salud constituyen un gran mercado internacional y nacional. El sector salud representa una inversión que equivale en México a 5.6% del PIB, siendo así un importante sector en la economía. Si bien es una inversión inferior a lo requerido para satisfacer las necesidades de la población, y a la vez inferior a lo invertido por otros países similares, sigue siendo una inversión considerable que requiere más equidad y eficiencia. Quienes toman las decisiones económicas tienen que dialogar con el sector salud en ámbitos nunca vistos y eso requiere del desarrollo de nuevas capacidades.

Uno de los grandes retos del sistema de salud en México es la inseguridad financiera. En el Marco para la Evaluación del Desempeño de los Sistemas de Salud de la Organización Mundial para la Salud del 2000, México se encuentra en la posición 144, de entre 191 países, en lo que toca a la protección financiera. No obstante, en otros aspectos del desempeño se encuentra en posiciones sustancialmente mejores. Hay que convertir el sistema nacional de salud en uno que ofrezca aseguramiento público; no sólo al sector formal sino a toda la población. El gasto de bolsillo2 en salud constituye casi 50% del gasto total anual en salud en México, aunque el prepago solidario es la mejor forma de financiar la salud. El gasto de bolsillo rompe con la solidaridad y la eficiencia del financiamiento de la salud. Por otro lado, los patrones del aseguramiento y gasto público en salud tienden a reforzar las inequidades y el rezago epidemiológico. Los estados con alto rezago y alta marginación tienen menores tasas de aseguramiento y menor gasto en salud. En vez de generar una agregación de los riesgos de enfermar y de la capacidad de financiarse, el sistema de salud actual fragmenta ambos.

Los cambios tecnológicos, los logros en la informática y en la comunicación y los avances científicos ofrecen un panorama similar en términos de retos y oportunidades. Por ejemplo, el mundo se encuentra ante la nueva tecnología del genoma humano. Su aplicación podría cerrar o abrir brechas entre países y poblaciones. Es una tecnología costosa que podría ser aplicada, principalmente, a las enfermedades de los países, y de las personas, de mayores ingresos. Para aprovechar la medicina genómica, en beneficio de pobres y ricos, será clave el desarrollo de una base mexicana de conocimiento. A su vez, se requieren subsidios públicos para desarrollar tecnologías adecuadas a las enfermedades del rezago así como para ponerlas al alcance de las poblaciones marginadas.

Las grandes transiciones ofrecen oportunidades para aprovechar los bienes públicos del conocimiento y para superar muchos de los retos en materia de salud que México enfrenta. Sin embargo, para aprovechar las oportunidades de las transiciones y para enfrentar la complejidad de los retos en salud, se requieren cambios fundamentales en el sistema de salud. El sistema actual tiende a fragmentar a la población en asegurados y no asegurados, en pobres y ricos, en sanos y enfermos. Se requiere un sistema nacional de salud verdaderamente nacional y a la vez sistémico, que responda en forma equitativa y eficiente a las necesidades de toda la población. n

1. Las cifras reportadas y parte del análisis de este ensayo provienen del Informe sobre la salud en el mundo 2000 de la Organización Mundial de la Salud, del Programa Nacional de Salud 2001-2006 de la Secretaría de Salud de México, de Economía y salud: propuestas para el avance del sistema de salud en México publicado por la Fundación Mexicana para la Salud y de “The Gender Composition of the Medical Profession in Mexico: Implications for Employment Patterns and Physician Labor Supply” por Felicia Knaul, J. Frenk, A. M. Aguilar: Journal of the American Medical Women’s soc, winter, vol. 55, 2000

2 El término “gasto de bolsillo” hace referencia a los gastos realizados en el momento de recibir los servicios de salud y que no son reembolsables por ningún seguro.

 

 

Valores

VALORES

POR JORGE BUENDÍA LAREDO

A lo largo de nuestra historia hemos cedido, con excesiva frecuencia, a la tentación de imaginarnos como una colectividad homogénea, en detrimento de lo que nos distingue, e incluso, separa. Más aún, en nuestro imaginario, el consenso y no la pluralidad ocupa el podio de honor.

La herencia del consenso tiene rasgos autoritarios ya que, por definición, niega las diferencias, la pluralidad. Los gobiernos post-revolucionarios enfatizaron por ello el nacionalismo mexicano: era el instrumento ideal para inhibir toda oposición, particularmente cuando se concebía al Estado, la Nación y al gobierno como lo mismo.

Es ocioso negar la pluralidad. Las diferencias socioeconómicas, regionales, étnicas y/o políticas, nos asedian por doquier. Estas diferencias a menudo se convierten en valores, opiniones y comportamientos. Hay un sinnúmero de elementos que nos unen, pero también una buena cauda de factores que nos distingue y, a veces, aparta.

Conocer estos acuerdos y desacuerdos es útil para en tendernos mejor como Nación. Los estudios de opinión pública son una valiosa herramienta para identificar consensos y disensos nacionales. Gracias a ellos sabemos que coincidimos en una gran cantidad de temas como la importancia de la familia, el trabajo, el vínculo matrimonial y la religión.1

Si hace medio siglo Octavio Paz sostenía que en México “las ideas y el trabajo cuentan poco” (El laberinto de la soledad, p. 87), hoy una encuesta de Reforma encuentra que para 86% de los entrevistados el trabajo es muy importante en su vida. El país melancólico y triste retratado por Paz tampoco se refleja en los resultados de esta encuesta: nueve de cada diez mexicanos dice ser feliz (56% muy feliz) y ocho de cada diez dice estar satisfecho con su vida (57% muy satisfecho).

Sin embargo, esta uniformidad nacional no se entiende sin su inseparable compañera, la pluralidad. Ellas constituyen los dos ejes que articulan nuestra identidad como Nación.

Nuestra pluralidad se manifiesta, por lo menos, en dos vertientes. Primero, los mexicanos podemos dividirnos en torno a un valor o tema. La encuesta muestra que asuntos como la influencia de la religión en la vida política, o el papel de la mujer en el trabajo y el hogar generan opiniones variadas entre la ciudadanía.

Las ideologías, como es de esperarse, son en buena medida responsables de la pluralidad de valores y opiniones. El papel del Estado en la economía es quizás el tema

1 Encuesta Mundial de Valores, patrocinada por el periódico Reforma y publicada del 9 al 13 de mayo del 2000.que separa, por doquier, a liberales y social-demócratas de conservadores. Los mexicanos tampoco somos ajenos a esta división. El cuadro 1 muestra claramente una población fragmentada en torno a quién es responsable del bienestar ciudadano: el Estado o los individuos mismos. Si bien todos podemos coincidir en elevar el bienestar de los ciudadanos, lo cierto es que diferimos en los medios para lograrlo.

El cuadro 1 ilustra también la segunda vertiente de nuestra pluralidad, y sus orígenes: cómo la desigualdad conduce a diversos grupos o individuos a manifestar posturas distintas o contrapuestas. Las diferencias educativas y de ingreso, principalmente, son los factores que impiden la convergencia. En la medida que educación e ingreso están altamente correlacionados, la desigualdad en ámbitos diversos no sólo se traslapa sino que se refuerza. En el cuadro 1 se aprecia claramente cómo los grupos acomodados y desfavorecidos expresan ideas antagónicas en torno al papel del Estado: aquéllos quieren menos Estado, mientras que éstos demandan una mayor responsabilidad estatal.

Valores centrales al ethos democrático tampoco son ajenos a esta tendencia centrífuga. Tomemos el caso de la tolerancia. La tolerancia es un concepto relativo ya que requiere la aceptación de ideas y valores distintos a los propios, pero, en particular, de ideas y valores contrarios. Uno puede ser tolerante de ciertos grupos e intolerante de otros. La Encuesta Mundial de Valores, por ejemplo, revela que hay mayor tolerancia a personas de una raza distinta que a homosexuales o enfermos de SIDA.

En nuestro país la desigualdad condiciona la tolerancia ante diferentes grupos. Las personas con mayor educación, y en ello nos asemejamos a otros países, tienden a ser más tolerantes. En el cuadro 2 se observa un patrón preocupante:2 las personas con niveles elementales de educación, o sin ella, muestran un alto grado de intolerancia hacia las personas con religión e ideas distintas. Los universitarios, por el contrario, expresan tolerancia. Pareciera que estamos ante la presencia de mundos radicalmente opuestos.

Las rivalidades generadas por la desigualdad son claras, pero hay factores que mitigan sus efectos. Como se señaló anteriormente, hay elementos de unión que contrarrestan el impulso centrífugo de la desigualdad. Pero, además, la relación entre valores y comportamiento no es automática. O, como decimos coloquialmente, “del dicho al hecho, hay mucho trecho”. Y, en muchos casos, lo que importa es el hecho. La tolerancia, por ejemplo, no se pregona, se practica. Más aún, la tolerancia y la protección a las minorías no se sustentan únicamente en la internalización de valores democráticos sino, sobre todo, en las salvaguardas legales y constitucionales. De ahí la centralidad de los arreglos institucionales para promover las prácticas democráticas y enterrar modos y métodos autoritarios.     n

2 Agradezco a Julia Flores su amabilidad al facilitarme los resultados de la investigación que realizó conjuntamente con Yolanda Meyenberg.

Numeralia

1.  Porcentaje de mexicanos que dice que la familia es muy importante en su vida: 97%.

2.  Porcentaje de mexicanos que dice que el trabajo es muy importante en su vida: 86%.

3. Porcentaje de mexicanos felices: 91% (56% muy feliz y 35% bastante feliz).

4. Porcentaje de mexicanos que dice que el gobierno es el responsable del bienestar de cada ciudadano: 40%.

5. Porcentaje de mexicanos que dice que los ciudadanos son los responsables de su propio bienestar: 46%

Fuente:

1, 2 y 3: “Encuesta Mundial de Valores”, Reforma.

4 y 5: J. Buendía y María Amparo Casar: “Opinión pública y política fiscal”.

 

Seguridad social

SEGURIDAD SOCIAL

POR F. ALEJANDRO VILLAGÓMEZ

La seguridad social es una de las funciones más importantes del Estado benefactor en las sociedades modernas. Su papel ha sido fundamental como mecanismo para mantener el ingreso y combatir la pobreza por medio de transferencias a los grupos de población menos favorecidos. El tema de la seguridad social ha regresado a la mesa de las discusiones con fuerza debido a la urgente necesidad de atender a una población que enfrenta serias carencias por nuestras desigualdades económicas. Pero la discusión surge también por los crecientes problemas de funcionamiento y financiamiento que padecen estos esquemas. Tales programas fueron diseñados y aplicados desde hace ya varias décadas; respondían a un conjunto de características demográficas, sociales y económicas particulares que no necesariamente corresponden a las actuales. Los cambios demográficos, por ejemplo, han modificado la pirámide poblacional, aumentando la participación de la población mayor a 65 años, usuarios intensivos de muchos de estos servicios. Actualmente, el modelo de transición epidemiológica es más complejo ya que coexisten problemas viejos, como la desnutrición o las enfermedades infecciosas, con problemas nuevos asociados a una sociedad moderna, las enfermedades no transmisibles. La relación entre población urbana y rural se ha modificado sustancialmente, aumentando la polarización entre centros urbanos muy desarrollados y áreas marginadas que aún enfrentan amplios rezagos. Los esquemas de seguridad social aún vigentes muestran signos de agotamiento, ineficiencias, inequidades y crecientes problemas financieros que cuestionan seriamente su futura viabilidad.

Los beneficios de la seguridad social incluyen servicios de salud, maternidad, seguros por desempleo, accidentes, riesgos de trabajo o retiro, apoyo a la vivienda y otros programas de ayuda al ingreso. Nos concentraremos en los aspectos más relevantes del sistema y de ciertos programas en particular, con el riesgo de dejar fuera otros aspectos.

Una característica del sistema mexicano de seguridad social es su segmentación. En nuestro país no existen programas universales que impliquen beneficios al conjunto de la población, por lo que la cobertura de estos programas no es total. Por ejemplo: los beneficios que otorga el IMSS se dirigen sólo al trabajador en el sector privado formal, incluyendo a sus familiares. En la actualidad los afiliados directos oscilan entre 12 y 13 millones de un potencial estimado en 18 millones. Además, el acceso desigual a estos servicios se ve en la cobertura por regiones, generalmente mayor en áreas urbanas y en estados de mayor desarrollo que en áreas rurales y estados con menores ingresos. Una muestra de la segmentación en estos programas es la existencia del ISSSTE y otros programas como el de las fuerzas armadas (ISSFAM), algunas paraestatales y programas estatales, incluyendo a la propia Secretaría de Salud. Se generan así duplicidades y hay un uso ineficiente de recursos, de por sí escasos. Los beneficios del IMSS no sólo son en el área de salud; también incluyen seguros de riesgos, accidentes y pensiones, por lo que el problema se extiende también a estas áreas.

En la vivienda social encontramos también serios problemas de cobertura y segmentación. Al ser el programa de vivienda que le corresponde típicamente a un trabajador afiliado al IMSS, el INFONAVIT no es accesible a otros trabajadores, digamos, del sector informal. Pero aún más: hasta 1999 este Instituto otorgaba créditos en promedio por año a menos del 2% de los trabajadores inscritos, por lo que el acumulado de créditos otorgados desde su creación hasta 1999 no rebasaba el 20% de los trabajadores afiliados. Junto a este programa hay otros como FOVISSSTE, FOVI. FONHAPO. FIVIDESU y BANOBRAS; de nuevo se enfatizan la segmentación y la posible duplicidad de funciones. En el pasado, la administración de estos programas estuvo plagada de ineficiencias, uso inadecuado de recursos, politización e incluso actos de corrupción: en algunos casos se descapitalizaron, significaron gastos crecientes para el erario público y no cumplieron adecuadamente con sus objetivos.

Los retos de nuestro país en materia de seguridad social son amplios y complejos, y esto requiere adecuar los programas a las necesidades actuales y futuras. En términos económicos, “maximizar servicios, cobertura y calidad considerando recursos públicos limitados”. No es sencillo y no existe el “modelo óptimo” aplicable a todos los casos. Lo claro es que estos nuevos esquemas, al tiempo en que deben satisfacer las necesidades de la población, deben diseñarse de tal forma que eliminen o reduzcan aquello que distorsiona su funcionamiento y que afecta su viabilidad financiera en el largo plazo. Bienestar social, eficiencia y viabilidad financiera son conceptos no necesariamente reñidos si se generan contratos institucionales en los que ninguno de los participantes pierda y la sociedad en su conjunto gane.

Se han realizado ya algunos avances. Uno de los más significativos fue la reforma al sistema de pensiones del IMSS en 1997, que da paso a un sistema de contribuciones definidas, capitalización total y cuentas individuales. Esta reforma reduce problemas de inequidad. además de favorecer su viabilidad financiera. Pero la reforma está aún incompleta y se requieren modificaciones futuras para cumplir con el objetivo de bienestar de los pensionados sin que esto implique un costo fiscal mayor. Algunos aspectos a discutir incluyen el funcionamiento de la sub-cuenta de vivienda, el seguro de invalidez y vida y las comisiones.

Sería deseable la creación de programas únicos con amplia cobertura que eliminen duplicidades. Por ejemplo: la creación de un Instituto Nacional de la Vivienda Popular que agrupe a los programas existentes y ofrezca alternativas particulares a cada grupo de la población o un sistema nacional de salud totalmente integrado. Esto permitiría racionalizar el uso de recursos financieros, humanos y físicos, pero cualquier modificación se inscribe en un complejo proceso de economía política con grupos de interés que saldrían afectados. El reto no es sencillo, pero es necesario y urgente enfrentarlo si quiere alcanzarse el objetivo último de contar con un sistema de seguridad social eficiente, re- distributivo y adecuado. n

Numeralia

Porcentaje de usuarios de servicios de salud (incluye IMSS, ISSSTE, IMSS-Solidaridad, SSA y programas de paraestatales) respecto a población total: En 2000

Nacional 76.2%

       DF 98.5%

Chiapas 77% Puebla 69.4%

Nuevo León 84.4%

Pensionados IMSS e ISSSTE en el 2000

IMSS 1,861,000

ISSSTE 197,000

Gasto público federal en salud en el 2000: 138,095.9 millones de pesos 27.6% en instituciones que cubren a población no asegurada

72.4% en instituciones que cubren a población asegurada Créditos para vivienda popular en 2000: 475,034

52.6% INFONAVIT

9.8% FOVI

4.7% FOVISSSTE

32.9% OTROS ORGANISMOS

Fuente: Primer Informe de Gobierno, 2001, Anexo Estadístico.

El Presidente y el Congreso

EL PRESIDENTE Y EL CONGRESO

POR GABRIEL L. NEGRETTO

¿Posee México las instituciones políticas adecuadas para sustentar el actual proceso de democratización? A juicio del presidente Fox, la respuesta es negativa. El pasado 5 de febrero del 2001 anunció la decisión de su gobierno para impulsar una reforma integral de la Constitución, fundado en la premisa de que el nuevo régimen democrático se halla aún rodeado por muchas instituciones de carácter autoritario. Varias de las reformas sugeridas por el gobierno se orientan a fortalecer la democracia y parecen aceptables en esos términos: ampliar los derechos individuales y grupales de los ciudadanos, garantizar el pluralismo étnico, asegurar la rendición de cuentas de todas las autoridades y mejorar la impartición de justicia. Sin embargo, la propuesta revela la ausencia de un diagnóstico profundo acerca de los obstáculos que crea la Constitución para fundar un régimen democrático moderno que asegure al mismo tiempo el pluralismo representativo y la gobernabilidad.

Un ejemplo acabado de ello es la fórmula de acotar las facultades del Presidente y fortalecer las del Congreso como receta única para reformular el equilibrio de poderes que establece la Constitución vigente. Esta receta, repetida tanto en las conclusiones de la Comisión de Estudios para la Reforma del Estado, como en las propuestas presentadas en los recientes Foros para la Revisión Integral de la Constitución, refleja en forma muy parcial la complejidad del problema. Si nos detenemos a observar los poderes que tiene el presidente en materia de gobierno y administración. es indudablemente cierto que algunos de ellos podrían limitarse. Desde este punto de vista, merece discutirse la propuesta de introducir la ratificación de los secretarios de despacho por el Congreso o crear un servicio civil de carrera que modere la discrecionalidad del Presidente y sus ministros en los nombramientos dentro de la administración. Un razonamiento similar podría utilizarse para reforzar el control del Congreso sobre los nombramientos que hace el Presidente en el ámbito de la justicia o para promover la creación de órganos independientes de vigilancia sobre actos de la administración.

Sin embargo, no queda claro lo que podría significar la fórmula de limitar al Presidente y fortalecer al Congreso en el área de legislación. En materia de producción de leyes, la Constitución mexicana le otorga al Presidente un amplio poder para impedir cambios legislativos pero escaso poder para promoverlos. Por medio de un veto que requiere del voto de las dos terceras partes de cada cámara, el presidente puede oponerse a una decisión conjunta de las mismas con el apoyo de tan sólo una tercera parte de senadores o diputados. Al mismo tiempo, el presidente mexicano puede iniciar leyes pero, a diferencia de muchos de sus pares latinoamericanos y de la mayoría de los jefes de gobierno en regímenes parlamentarios, no dispone de instrumentos legislativos activos para constreñir las opciones de los legisladores o limitar el tiempo de discusión de una ley. En este sentido, por ejemplo, no puede el Presidente enviar leyes de carácter urgente para que de no ser aprobadas en un plazo determinado queden sancionadas de acuerdo a su propuesta, o forzar a que se discuta como prioridad una ley enviada por el gobierno. Una reforma deseable en este sentido, tanto para fortalecer la capacidad de decisión de las mayorías legislativas como para hacer más expeditivo el proceso decisorio, sería reducir el poder de veto del Presidente a cambio de otorgarle, al mismo tiempo, instrumentos más activos para promover cambios legislativos, sobre todo en circunstancias de urgencia.

Con respecto al fortalecimiento de la legislatura en el área de creación de leyes, tampoco se ha considerado la pesada carga que impone sobre el mecanismo de decisiones una asamblea legislativa compuesta por un Senado con distinta representación pero con idénticos poderes que la Cámara de Diputados para aprobar o rechazar una ley. Si bien una de las justificaciones para la existencia de un Senado con poderes equivalentes a los de la Cámara de Diputados es el principio federal, no contradice este principio el mantener poderes equivalentes sólo cuando se trate de materias estrictamente federales, otorgándose preeminencia a la Cámara de Diputados en las restantes áreas de legislación. Una solución similar existe en regímenes parlamentarios, como el alemán o el canadiense, que han adoptado la forma federal de Estado. Desde este punto de vista, una reforma deseable, orientada también a fortalecer a las mayorías legislativas y minimizar costos en la aprobación de leyes, sería reducir los poderes de veto del Senado fuera de los ámbitos de legislación que afecten a los estados. De esta manera, se podría respetar el principio federal sin afectar el principio de la mayoría nacional representada en la Cámara de Diputados, sin entorpecer excesivamente el proceso de sanción de leyes.

Algunas de estas reformas serían objeto de controversia. Es difícil imaginar, por ejemplo, que los senadores acepten graciosamente reducir sus poderes legislativos en pos de incrementar la eficiencia y legitimidad del proceso de toma de decisiones. Por otra parte, no es improbable que tanto diputados como senadores vieran con buenos ojos una limitación a los poderes de veto del Presidente pero seguramente rechazarían la posibilidad de investirlo de un poder más activo para promover cambios en la legislación. No obstante, a esta altura del debate lo importante es proceder a un diagnóstico adecuado de las deficiencias de la actual Constitución y de los principios que deberían regir su reforma. Lo que se pueda o no acordar en la mesa de negociación dependerá de los intereses de las partes, de su poder relativo de negociación y del estado de la opinión pública en la materia.

Esta breve nota sólo pretende retratar un aspecto de la Constitución cuya reforma merece ser sometida, al igual que otros puntos, a un debate político y ciudadano más profundo. La Constitución de 1917 creó un sistema presidencial que, siguiendo el modelo tradicional de frenos y contrapesos, separa el poder ejecutivo del legislativo, incluye un Senado con poderes idénticos a los de la Cámara de Diputados, otorga al ejecutivo un poder de veto que sólo puede superarse por el voto de las dos terceras partes de cada cámara, y que aparte de establecer ciclos electorales no concurrentes para presidente y diputados provee a presidente, senadores y diputados de una base de representación popular lo más diversa posible. Eliminada la existencia de un partido centralizado con capacidad para controlar las elecciones a todos los niveles, esta estructura evita el monopolio del poder e impone formas consensúales de gobierno. Sin embargo, en un contexto de competencia partidaria plural, como el que impera hoy en México, el tradicional modelo de frenos y contrapesos también dificulta la formación de mayorías legislativas coherentes e impone enormes costos en términos de tiempo y recursos materiales para producir cambios legislativos. Estas deficiencias no pueden resolverse bajo la simple consigna de acotar las facultades del ejecutivo y fortalecer al legislativo sin aclarar en que áreas y con que sentido se deben introducir tales cambios. n

Vida pública. Hechos y tendencias de México

VIDA PÚBLICA

HECHOS Y TENDENCIAS

UNA NUEVA MIRADA

En 1978, año de aparición de la revista Nexos, apareció también el libro México hoy, diseñado y escrito por el grupo fundador de Nexos. Fue, en efecto, una pasión fundadora: evaluar continuamente la situación del país, ofrecer una visión de sus problemas en todos los ámbitos.

A lo largo de los años, en distintas ocasiones propicias, Nexos ha ofrecido visiones múltiples del momento que atraviesa México. Reincidimos en esa tradición ofreciendo hoy veinticinco instantáneas de la más reciente generación de observadores de la vida pública, casi todos ellos menores de cuarenta años. Veinticinco instantáneas que quitan el sueño. Veinticinco Insomnios mexicanos.

DESIGUALDAD

Todo ha cambiado en México durante las últimas dos décadas y todo se parece, sin embargo, particularmente en el ámbito de las carencias.

La desigualdad sigue siendo el hecho duro y la tendencia menos variable del país. Apenas hubo cambios en la distribución del ingreso en estos artos.

En 1977, el 10% más pobre de la población recibía el 0.97% del ingreso. En el año 2000, esa décima parte de la población recibía el 1.2%. La décima parte más rica de la población concentraba el 42.9% del ingreso en 1977 y el 42.4% en el año 2000. (Miguel Székely: Desigualdad. Ver p. 18.)

POBREZA

La Comisión Económica para América Latina, Cepal, define como pobre a quien gana menos de 120 dólares por mes en las zonas urbanas y menos de 78 dólares por mes en las rurales. Siguiendo ese criterio puede decirse que el 40% de las familias mexicanas es pobre. Cerca de la quinta parte de esa población no tiene agua potable, la tercera parte no tiene drenaje y el 6% no tiene electricidad. (Rodolfo de la Torre: Pobreza. Ver p. 20.)

POBLACIÓN

Al terminar el año 2000 México era el país once en población en el mundo: 97.4 millones de personas. Su tasa de crecimiento demográfico había caído del 3.4% en 1970 al 1.5% en el año 2000. La esperanza de vida al nacer, que era de 59 años en 1960, es de 75 años en la actualidad. En los años que vienen México dejará de ser un país abrumadoramente joven y empezará a ser un incipiente país de viejos. (Manuel Ordorica Mellado: Población. Ver p. 45.)

CRECIMIENTO

Así las cosas, la gran incógnita del futuro mexicano es cuál será el ritmo de su crecimiento económico. Entre 1940 y 1981 el ingreso por persona promedio creció en México a una tasa anual del 3.2%. Si el crecimiento de las siguientes décadas fuera a ese ritmo, los mexicanos tardarían 22 años en duplicar su nivel de ingresos. Pero entre 1981 y el año 2000, el ingreso per cápita mexicano creció poco menos que un 0.5% al año. Si el crecimiento por venir fuera a ese ritmo, los mexicanos tardarían en duplicar su nivel de vida 147 años. (Gerardo Esquivel: Crecimiento. Ver p. 23.)

FINANCIAMIENTO

El mayor cuello de botella económico para la creación de riqueza es la ausencia de un financiamiento abundante y sano no sólo del crecimiento, sino de la mejoría del capital humano —educación, salud— y de la infraestructura física del país —comunicaciones, energía—. Los dos grandes instrumentos para hacer ambas cosas son la banca comercial y el gasto social del gobierno. Pero en México no hay una banca comercial activa capaz de cubrir las necesidades de inversión de toda la población ni un régimen fiscal que otorgue al gobierno recursos suficientes para invertir en capital humano e infraestructura. (Fausto Hernández Trillo: Financiamiento. Ver p. 24.)

IMPUESTOS

El sistema de financiamiento comercial es un ausente del desarrollo económico de México. También lo es la fuente natural de financiamiento del estado: los impuestos. El gobierno federal recauda el 10.7% de la riqueza nacional y sus ingresos totales llegan al 16%. Es, en esta materia, el país peor financiado entre los miembros de la OCDE y uno de los peores de América Latina. (Carlos Elizondo Mayer Sierra: Impuestos. Ver p. 64.)

EDUCACIÓN

Las dos bajas mayores del mal financiamiento público son la educación y la salud. El tiempo del desarrollo se mide en generaciones. El paso de las generaciones indica que no hay instrumento o inversión más eficiente en ese camino que la educación. La desigualdad es el rasgo más acusado de la educación mexicana. Superior casi en dos veces a la desigualdad educativa de Argentina y Chile. Noventa de cada cien educandos de zonas urbanas logra terminar la primaria. Sólo sesenta y siete de cada cien la termina en zonas rurales. (Gustavo Merino Juárez: Educación. Ver p. 26.)

SALUD

Cuatro transiciones componen la gran transición que vive la salud en México:

1. El paso de una población abrumadoramente joven a una población con grandes porcentajes de viejos. 2. El paso de un dominio de las enfermedades infecciosas a una mayor incidencia de enfermedades no transmisibles, características de una sociedad urbana. 3. La creciente presencia de la mujer en el mercado laboral. 4. La transición económica global que exige una población trabajadora competitiva, cuyos primeras calidades deben ser la educación y la salud. (Felicia Knaul y Guillermo Soberón: Salud. Ver p. 81.)

TERRITORIO

En las últimas tres décadas México ha perdido más del 30% de sus áreas verdes y tres cuartas partes de su territorio sufre erosión. La tasa de deforestación mexicana es el doble de la mundial. Cada año se pierden 600,000 hectáreas de bosques y selvas. Las principales fuentes de abastecimiento de agua están sobreexplotadas y al menos 40 núcleos tienen ya serios problemas para asegurar su abasto de agua potable (Alejandro Guevara: Territorio. Ver p. 43.)

DEMOCRACIA

Nada ha sido tan exitoso en el México de hoy como el cambio democrático. Más exactamente: la implantación de un sistema federal de elecciones libres, garantizadas, equitativas y transparentes. El momento épico de ese cambio fue la alternancia en el poder nacional del 2 de julio. El cambio espectacular en el poder no trajo cambios espectaculares en el país, que aprende hoy la democracia como una tarea por construir más que como una solución alcanzada. (Jesús Silva-Herzog Márquez: Democracia. Ver p. 74 y Alejandro Poiré: Elecciones, p. 47.)

SEGURIDAD PÚBLICA

Las dos grandes asignaturas pendientes de la democracia mexicana son la inseguridad pública y la ilegalidad. De cada cien delitos registrados en México, sólo llegan al juez cuatro consignados como responsables. Tres de cada cuatro averiguaciones previas permanecen archivadas hasta que se prescribe el delito que se persigue con ellas. En 1999, las procuradurías locales alcanzaron a investigar sólo 17% de los delitos que le fueron turnados. En Europa, el 45%. En Japón, el 60%. (Guillermo Zepeda Lecuona: Seguridad pública. Ver p. 37.)

ESTADO DE DERECHO

La ineficacia del sistema de procuración de justicia es la expresión más extrema de la ausencia de un estado de derecho en México. La ley no es norma de conducta de la sociedad mexicana y el diseño institucional del país no pone el acento en garantizar la aplicación de la ley, sino en negociar, diferir, limitar su cumplimiento. La exigencia de un Estado de derecho ha entrado a la discusión pública mexicana por influencia de los economistas, pero va mucho más allá de las garantías que deben tener para una acción eficiente los actores económicos. (José Ramón Cossio: Estado de derecho. Ver p. 59.)

PARTIDOS

El funcionamiento de la vida pública bajo condiciones democráticas muestra huecos institucionales. Hay que ajustar la máquina en movimiento. El sistema de estímulos a la pluralidad de los partidos políticos ordenó las elecciones y facilitó el cambio. Parece ahora premiar, inesperadamente, la fragmentación y la aventura políticas. El financiamiento público al sistema de partidos de México necesita una revisión cuidadosa, astuta y autocrítica. No debe premiar la aventura política ni volver oportunidad de negocio la competencia partidaria. (Alonso Lujambio: Partidos. Ver p. 49.)

FEDERALISMO

El principal problema del federalismo mexicano es la centralización fiscal. Esto quiere decir que los estados y los municipios apenas cobran impuestos. La federación hace todo el trabajo y tiene todo el poder en la materia. Si el federalismo ha de volverse una realidad para los nuevos tiempos, debe empezar por revisar de dónde viene el dinero de la federación y qué debe tocarle a cada uno de sus poderes federados. (Alberto Díaz Cayeras: Federalismo. Ver p. 60.)

EL CONGRESO Y EL PRESIDENTE

Una debilidad institucional de la vida democrática mexicana es la relación del Congreso con el poder ejecutivo. Ha quedado claro que lo que daba su poder al presidencialismo priista no eran sus facultades constitucionales, sino la hegemonía del PRI en las cámaras y su monopolio electoral. Suspendidos éstos, queda un poder ejecutivo de poderes limitados y un Congreso con facultades mayores a las imaginadas. La combinación de ambas cosas hace lento, costoso e incierto el proceso legislativo, que es el nuevo eje de la gobernabilidad democrática del país. (Gabriel L. Negretto: El Presidente y el Congreso, Ver p. 57.)

Valores

La democracia ha hecho evidente la pluralidad política, incluso la fragmentación, de la sociedad mexicana. Nuevos instrumentos de medición de los valores que rigen la conducta de los mexicanos, diluyen lugares comunes largamente aceptados como descriptivos de la índole nacional. (Jorge Buendía Laredo: Valores. Ver p. 40.)

MÉXICO EN EL MUNDO

Puestas juntas todas sus tendencias y comparado con el resto del mundo, México aparece como un país de altos contrastes. Es el país número once en población, el catorce en territorio, el quince en tamaño de la economía. Sin embargo, es el cincuenta y uno en calidad de vida y el sesenta en ingreso

per cápita. El reto parece claro. México tiene que acercar la calidad y la cantidad en todos sus órdenes (Antonio Ortiz Mena: México en el mundo. Ver p. 71.)

EL AÑO EN PUERTA

El año que se abre prolonga tendencias preocupantes. De un lado la recesión económica mundial que afectará el hasta ayer dinámico sector exportador de la economía. De otro lado un proceso político interno de tiempos muy largos y decisiones muy lentas. Respecto de esta última cuestión, Giovanni Sartori ofreció al diario El Universal un abanico de pertinentes y provocativas reflexiones durante su reciente estadía en México. (Sartori: de la presidencia fuerte al gobierno débil). En una excelente entrevista de Ignacio Rodríguez Reyna (21/11/01), el politólogo Giovanni Sartori, viejo conocedor y crítico de los sistemas presidenciales, dijo, entre otras cosas, lo siguiente:

•  En México tenían una constitución material que no era la constitución escrita, era una constitución compuesta por las prácticas, por las reglas no escritas. Eso creó algo que yo llamo “hiperpresidencia”, una presidencia autoritaria, basada en un sistema de partido hegemónico, diseñado para que fuera controlado por el presidente, que tenía manos libres para hacer lo que deseara, sin importar lo que estuviera escrito en la constitución. El podía pasar por encima de todo. Cuando cae el PRI, se pasa de tener un hiperpresidente a un hipopresidente, débil. Es comprensible que ahora quieran una presidencia menos poderosa. Pero esa actitud confunde democracia con gobierno débil.

•  Cuando el sistema pierde todas las articulaciones que preexistían, se rompe. Fox no tiene un partido que esté a su lado, tiene problemas con el partido a través del cual fue elegido. El PAN no tiene mayoría en el Congreso. Y todas las premisas del poder de facto que la fuerte presidencia del pasado ejercía han desaparecido. El presidente ya no tiene las piernas que le hacen falta para gobernar, por decirlo así. Y esto hace que haya un presidente débil porque nada ha reemplazado lo que desapareció. Fox está sentado en la misma vieja silla presidencial, pero las piernas le han sido amputadas… El sistema que tienen (en México) es malo, independientemente de quién ocupe la presidencia.

•   El instrumento esencial que recomiendo para todos los sistemas presidenciales, en este caso México, es lo que los franceses llaman “la guillotina”. La idea es que en cierto momento en que el Congreso y el presidente están discutiendo una legislación, y el Congreso modifica una iniciativa y el presidente no la acepta, éste dice: “Esta es la ley que propongo. No puede ser cambiada”. El Congreso tiene que decir sí o no… en cuarenta y ocho horas o la ley se aprueba automáticamente… Este sería un instrumento básico para un sistema presidencial como México.

•  Lo primero que tienen que hacer los congresistas es hacer las modificaciones constitucionales para establecer su reelección, porque de otra manera no va a ser creíble su posición. Pero un punto central es el abuso del poder absoluto del Congreso… Esto sería una degeneración del Congreso. Si ellos piensan que el nuevo rey, el nuevo Congreso, es soberano, y que los congresistas son los que gobiernan, entonces el sistema está en riesgo de colapsarse… Hay que hacer la reforma constitucional que le dé poder al presidente para lograr que sus propuestas sean aprobadas.

•   Por supuesto, el presidente tiene que negociar. Pero en este momento, el presidente tiene poco poder para negociar. Hay que dar más fuerza al Congreso, sí, pero hay que darle más poder al presidente también… El presidente está obligado a negociar. Pero para que eso ocurra debe tener cartas. Para bailar tango, debe haber dos. n

Aclaración

El material gráfico de nuestro número de diciembre de 2001 (El socio americano) fue elaborado por Roberto Giles.

Seguridad pública

SEGURIDAD PÚBLICA

POR GUILLERMO ZEPEDA LECUONA

De los principales problemas de la sociedad mexicana es la intensa percepción de inseguridad y vulnerabilidad entre los ciudadanos. Este tema se encuentra entre las primeras preocupaciones sociales captadas por las encuestas. Los mexicanos nos sentimos amenazados en nuestra integridad física y patrimonial, y no tenemos confianza en las instituciones encargadas de prevenir y combatir al crimen organizado.

Estas percepciones tienen fundamento en los indicadores estadísticos y en la realidad cotidiana. Durante 1999 se denunciaron en México 1.5 millones de delitos (96% de competencia local y 4% del ámbito federal)1 y se estima que se cometieron en realidad entre 7.8 y 14 millones; es decir, que no se denunciaron entre 80% y 90% de los ilícitos.2 Aunque comienza a registrarse un descenso en el número de denuncias recibidas, aún se está un 56% arriba de los reportes per cápita de principios de la década de los noventas.3

Los principales problemas de la seguridad ciudadana y la justicia penal en México son el elevado nivel de impunidad (96% de los delitos quedan sin sanción), la corrupción y la violación sistemática de derechos de los procesados, víctimas y ofendidos por el delito.

El 96% de impunidad se obtiene de considerar que de cada 100 delitos apenas se denuncian 18; de cada 100 delitos sí denunciados sólo se concluye la investigación 4 en 21 ocasiones; y de cada 100 delitos en los que se concluye la investigación, en 58 casos se logra presentar al presunto responsable ante un juez.5

Por otra parte, los derechos fundamentales de los procesados y de las víctimas de los delitos se ven frecuentemente vulnerados por las instituciones encargadas de aplicar la legislación penal. De las casi 50,000 quejas sobre presuntas violaciones a los derechos humanos recibidas por las comisiones de derechos humanos de las 32 entidades federativas durante 1998, dos terceras partes señalaron como probables responsables a las policías preventivas y judiciales, agentes del ministerio público o centros de readaptación social; en tanto que la mitad de las 996 recomendaciones emitidas por los organismos protectores de derechos humanos fueron dirigidas a procuradurías de justicia y 20% a centros de readaptación social.

A pesar de que las víctimas de los delitos cuentan con derechos recientemente elevados a nivel constitucional, su derecho fundamental de acceso a la justicia y de disponer de un sistema expedito y público de investigación y persecución de los ilícitos no han sido respetados en la práctica cotidiana de las instituciones encargadas de procurar y administrar justicia penal. Los denunciantes deben esperar por horas para presentar su reporte; en caso de que haya detenido se le solicita que “presente” testigos y lleve todas las pruebas hasta el escritorio del ministerio público en el término de 48 horas; posteriormente, ya durante el proceso, hay que seguir sirviendo de asistente kafkiano, trasladándose a las cárceles (en las afueras de las ciudades) para participaren careos o presentar testimonio. Las audiencias se prolongan por horas, se suspenden para iniciar al día siguiente, o bien se postergan para fechas futuras. El tiempo de traslado, los recursos, los permisos laborales y la incertidumbre (y no olvidar los casos de amenazas de los familiares o cómplices del detenido) hacen que pocas víctimas soporten todo el vía crucis y dejen de cooperar, retirándose del proceso. Entonces las procuradurías y juzgados se cruzan de brazos y exclaman extrañados: “¡pero qué poco valor civil!”.

¿Cómo llegamos a estos niveles de impunidad, a esta arbitrariedad y al divorcio entre lo que señala la ley y la ineficacia de las instituciones? El corazón del imperio de la impunidad está en nuestra ineficiente, corrupta y arbitraria procuración de justicia. Ya se ha referido que sólo una de cada cinco averiguaciones previas se concluye, mientras que tres de cada cuatro se archiva indefinidamente. Sólo se cumple en México una de cada cuatro órdenes de aprehensión. Las procuradurías son un cuello de botella en el que queda varado el 80% de las expectativas ciudadanas de justicia depositadas en las denuncias.

Por otra parte, la actuación de las procuradurías se da en la penumbra. Se afirma esto porque durante décadas las procuradurías han acumulado un gran número de atribuciones de las que a nadie rinden cuentas, o bien, cuando existen algunos instrumentos de control, éstos han resultado ineficaces. Por ejemplo, gran parte de los procedimientos de la averiguación previa y otras actuaciones fundamentales de las procuradurías no están regidas por códigos y leyes, sino por normas administrativas como reglamentos, acuerdos y circulares emitidos por las propias procuradurías. Además, en caso de que se considere que durante la averiguación previa existió alguna anomalía sólo existen controles internos, como la queja ante el superior del funcionario. Sólo un juez tiene conocimiento del expediente cuando se inicia un proceso penal o. recientemente, cuando determina que no hay delito que perseguir, lo que ocurre sólo en 12.5% de los casos.” El resto de los expedientes se resuelve ante los funcionarios de las procuradurías y sus amplias (en muchos casos discrecionales) facultades.

Esto es un resabio de la concentración de poder inexpugnable que durante décadas, y en otro entorno social y político, se utilizó como instrumento de control y de aplicación selectiva del derecho penal, pero no puede continuar en una sociedad democrática que aspira a establecer transparencia en el uso del poder público y a fortalecer un Estado de derecho. Ante este entorno institucional no se puede precisar en qué casos la actuación negligente e ineficaz de la procuración de justicia se debe a ineficiencias y exceso de trabajo, y en cuáles se debe al uso indebido, doloso de sus amplias e invulnerables atribuciones.

Debe emprenderse un profundo rediseño institucional que brinde transparencia a la función de investigar, perseguir y sancionar los delitos, y que establezca los mecanismos de control, supervisión y responsabilidad, para garantizar que los instrumentos institucionales y el desempeño de los agentes de las dependencias públicas correspondan y se ajusten a los fines sociales de la justicia penal. Debe terminarse con el falso dilema de que la efectividad de las instituciones de justicia riñe con la integridad de los derechos fundamentales de los ciudadanos. Por ello, debe fortalecerse el respeto a los derechos humanos y las procuradurías deben asumir su función constitucional de relevar a las víctimas de su legítima expectativa de justicia y hacerla valer a nombre y en interés de la sociedad. De otra forma se seguirán incumpliendo esas funciones primordiales del Estado de dar seguridad a sus ciudadanos y hacer cumplir las normas elementales de convivencia social. n

1. Elaborado por CIDAC con información de INEGI, algunos informes de gobierno locales y reportes de procuradurías estatales.

2 En 1998 el Banco Mundial patrocinó una encuesta de victimización que revelaba una cifra negra o de no denuncia de 82%. Recientemente el gobierno federal dio a conocer una encuesta realizada en 2001 que revela que no se reportan 90% de los ilícitos. Las razones más frecuentes por las que se señala que no se denunció son: “porque no sirve de nada”, por desconfianza o por la insignificancia del ilícito.

3 En 1999 se registraron 15.53 denuncias por cada 1,000 habitantes en el ámbito local, en tanto que en 1991 la proporción era de 9.96 reportes por cada 1,000 habitantes. Elaborado con información de INEGI.

4 En poco más de la mitad de los casos concluidos (10.7 de los 21.1 casos de cada 100 en que se concluye la investigación: 51%) se determina que hay un delito que perseguir; en el resto se concluye, entre otras causas, por no ser asunto de la competencia de la procuraduría, o bien perdón del ofendido en casos de delitos que se siguen por querella (daño en las cosas, delitos entre familiares), en los que el perdón puede dar fin al expediente. Por ello el indicador de impunidad sólo considera 51% de las investigaciones concluidas en los que debe consignarse al presunto responsable ante el juez; es decir, en los que las procuradurías están obligadas a continuar el procedimiento. Elaborado con información de base de datos del CIDAC.

5 Estos 58 consignados se integran de la siguiente manera: 23 son atrapados en flagrancia, 17 son detenidos en cumplimiento de una orden de aprehensión (en 1999 se cumplió menos de una de cada cuatro órdenes de aprehensión: 23.1%) y 18 corresponden a presuntos responsables que acuden o son llevados ante el juez por una orden de comparecencia o presentación (delitos menores o no graves). Elaborado con base de datos de CIDAC.

6 Sólo en 10.7% de las averiguaciones previas se determina que hay delito que perseguir y se inicia un proceso penal, consignando el caso ante un juez; mientras que en menos de 2% de los casos se determina que no hay delito que perseguir (el denominado no ejercicio de la acción penal), que desde 1994 es impugnable ante un juez federal. Y si se considera que sólo se denuncian 18 de cada 100 ilícitos, esto significa que el proceso penal y los jueces sólo llegan a conocer 1.9% del total del fenómeno delictivo. Información de la base de datos del CIDAC.

Numeralia

1. Delitos de cada cien en los que el presunto responsable es puesto a disposición de un juez: 4

2. Porcentaje de averiguaciones previas que suelen permanecer en archivo hasta su prescripción: 75

3. Porcentaje de personas consignadas (inculpadas por el ministerio público) ante un juez que son condenadas: 77 (89.8% de los consignados reciben auto de formal prisión o sujeción a proceso, y al final del mismo 85.9% de las sentencias son condenatorias).

4. Porcentaje de delitos denunciados que llegan a conocimiento de un juez: 10.7 (6.2 con detenido y 4.5 sin detenido)

5. Porcentaje del total de delitos (denunciados y no denunciados) que llegan a conocimiento de un juez: 1.9

6. Efectividad-promedio de las procuradurías de justicia del ámbito local de México en la investigación de los delitos durante 1999: 17%

7.Efectividad en la investigación de los delitos en Japón: 60%

8. Efectividad-promedio en la investigación de los delitos en Europa: 45%

1-6. Base de datos del Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC).

7. Conferencia de Rafael Ruiz Harrell en el ITESM Estado de México en abril de 2000.

8. Criminal Justice in Europe: a Comparative Study, editado por Phil Fennell, Christopher Harding, Nico Jörg y Bert Swart. Clarendon Press, Oxford, 1995, 397 pp.

Sindicalismo

SINDICALISMO

POR CLAUDIO JONES

México llegó al siglo XXI inmerso en un proceso de cambio que llama a la reinvención de la política hacia una democracia constitucional plena y de la economía hacia una estructura competitiva que vincule crecientemente a más personas, regiones y empresas de todo tamaño. Pero el cambio en general —y el cambio sindical y laboral, específicamente— no lleva hacia el cumplimiento de los derechos de las personas y/o hacia formas efectivas de organización social y productiva y de representación legítima de intereses. Ni la democratización ni la apertura económica, que avanzan desde hace lustros, llevan automáticamente del corporativismo tradicional que ha subordinado al sindicalismo en pos de relaciones laborales predecibles pero no necesariamente dinámicas ante el cambio que representan “shocks externos” de la estructura económica, hasta un pluralismo dinámico, poblado de sindicatos y gerencias capaces de negociar las condiciones básicas de un desempeño laboral eficiente y justo. Aquel “corporativismo” es más que un movimiento con tendencias oligárquicas. Es y ha sido un sistema de representación de intereses que, junto con un régimen laboral (formal e informal), ha significado más el control sindical-laboral a cambio de prebendas y/o espacios políticos, que un terreno propicio a los cambios profundos en la organización del trabajo en sus dimensiones más relevantes (derechos efectivos, eficiencia, organización efectiva y legítima).

Desde los tiempos del desarrollo estabilizador y hasta mediados de los años setenta se crearon o consolidaron instituciones sociales en nombre de los trabajadores (IMSS, ISSSTE, INFONAVIT) y los salarios reales crecían mientras la economía lo hiciera sostenidamente y con estabilidad. Pero ese pacto fundamentalmente no democrático, sellado por la Ley Federal del Trabajo de 1931 y en el contexto de una economía protegida y de un andamiaje corporativo dominado por la CTM, no necesariamente facilita, tras un cuarto de siglo de precarización laboral y pulverización salarial, cambios institucionales de la agenda sindical-laboral y/o del propio régimen laboral que se desprende del artículo 123, dejando atrás un panorama laboral donde han privado los salarios bajos, la debilidad organizacional y el llamado modelo de circulación de los contratos colectivos.1

En efecto, la inercia del sindicalismo ante sus legados corporativos y autoritarios no es menor en términos políticos y económicos. Tres décadas de cambio sociopolítico presenta sólo parcialmente, en el mejor de los casos, a un actor colectivo que favorece el pluralismo político dentro de sus propias organizaciones sindicales. Aún más, es cuestionable que el trabajo organizado abrace solidariamente, de ordinario, los intereses de otros grupos sociales mucho menos favorecidos de la PEA.2 La vieja vanguardia que representaron los movimientos obreros en Europa y América durante la formación de las sociedades industriales y democráticas no se reproducirá fatalmente en todo tiempo y en todo lugar.3 Los compromisos sociales por la democracia plena y los mercados competitivos no abundan pero sí pueden existir.

Piénsese en las transiciones políticas entendidas como grandes acuerdos estratégicos (típicamente España, 1976- 1978). A menudo se olvida que la democratización no es sólo una cuestión de élites que pactan cambios institucionales o reescriben una constitución sino también de actores sociales que se comprometen, en el contexto de fuerzas sociales vinculadas al sistema de partidos, a respetar un orden democrático en el que los derechos políticos y sociales se cumplen y se establece la base institucional de una economía de mercado que funcione, como España indica en un proceso que antecede, por mucho, a la propia transición política.4 En suma,no sólo las élites sino los actores colectivos llamados clase obrera y empresariado han pactado y pueden pactar, en varias nuevas democracias, por establecer sistemas de reglas que realicen la democracia política, el estado social de derecho y una economía libre y próspera.5 ¿Se podrá en México arribar a grandes acuerdos en esa dirección?

Al menos hasta el año 2000 se ha visto la falta de una negociación de Estado en pos de la democracia y la eficiencia en un ambiente de derechos y libertades elementales. La “nueva cultura laboral”, siendo positiva, no sustituye a un nuevo régimen laboral y sindical. El TLC, aunque se acompañe de un acuerdo en materia laboral y, más importante aún, provea de incentivos clarísimos a la reestructuración productiva, no sustituye los acuerdos por la democracia y el desempeño laboral en los centros de trabajo, o en el nivel nacional o de Estado. Durante una década o más se ha hablado de un nuevo sindicalismo, de la crisis “terminal” del corporativismo obrero o de una reforma laboral en México. Pero no existen los cambios correspondientes a la ley o a la Constitución, más allá de los cambios que se han dado en centros de trabajo específicos, de hecho o en algunos contratos importantes. Tampoco es claro que el grueso de los grandes sindicatos nacionales de industria o de empresa hayan reformado sus estatutos y renovado por tanto sus relaciones efectivas con la membresía. Los prospectos de liberalización sindical serían aún menores si no fuera porque la Suprema Corte ha emitido, de unos años a esta parte, fallos en favor de la libertad de asociación y en contra del monopolio de la representación sindical.

No extraña que, tras varias décadas de un sindicalismo que vive la tensión entre control corporativo y autonomía política (por lo menos desde la insurgencia obrera de 1958), los líderes obreros viejos y emergentes parezcan arrastrar, a un tiempo, la imagen del cambio y de la permanencia, la imagen de un movimiento osificado —cuya crisis terminal ha sido anunciada desde hace años— y de un conjunto emergente de organizaciones en las que de una u otra forma se han abierto paso tanto el pluralismo como un discurso renovador de unos años a esta parte —claramente, la Fesebes.6

El movimiento obrero vive una suerte de transición inacabada frente a los cambios más dramáticos en la organización del trabajo (la flexibilidad, por ejemplo) y la propia liberalización política de los demás actores colectivos del escenario mexicano del siglo XXI. Para algunos analistas el cambio ya se dio con la transformación de la estructura económica sobre todo a partir del TLC, que implicó una “cirugía mayor” al grueso de los contratos colectivos en empresas que han sobrevivido. Según otros más la ley es letra muerta: la mayor parte de una PEA que roza los 40 millones pero donde casi la mitad carece de contratos de trabajo escritos. Los proyectos de reforma laboral que se veían en el horizonte, por lo menos desde 1989, solían plantear una desregulación extrema del trabajo organizado y productivo o se acogían a una suerte de utopía obrerista en la que toda conquista histórica, por ser letra, era realidad. Pero el compromiso social por un acuerdo de cambios institucionales está por darse. Hasta ahora, simplemente es cuestionable que los líderes del movimiento obrero —y no pocas gerencias— desarrollen el arte de la negociación colectiva y/o el acuerdo político en beneficio de sus afiliados, de las empresas y, en el agregado, de la sociedad en su conjunto. n

1 Véase Enrique de la Garza: “La contratación colectiva”, en Arturo Alcalde, Graciela Bensusán y Teresa Rendón (coords.): Trabajo y trabajadores en el México contemporáneo. Miguel Angel Porrúa. México, 2000.

2 Como indican datos del INEGI obtenidos en la Encuesta Nacional de Empleo, todos aquellos que tienen contratos escritos representan más de 11 millones contra casi 24 millones de asalariados en general en 1999; o considérese el segmento de empleados y subempleados con remuneraciones inferiores a dos salarios mínimos, niveles bajos de la productividad del trabajo y ausencia parcial o total de organización de y para el trabajo (casi la mitad de la PEA empleda en el mismo año).

3 Ira Katznelson y Aristide Zolberg: Woking-Class Formation: Nineteenth Century in Western Europe and the United States. Princeton University Press. Princeton, 1986.

4 Véase Adam Przeworski: “Democracy as a contingent out-come of conflicts”, en Jon Elster y Ruñe Slagstad: Constitutionalism and Democracy. Cambridge University Press.

Cambridge, 1993, pp. 59-80. La posibilidad de una configuración histórica para un compromiso de clase dentro de la democratización española parece verosímil frente a la evidencia. Claudio Jones: Social Compromise and Labor Institutions in Spain’ Democratic Consolidation. Manuscrito. Universidad de Columbia. Nueva York, 1997.

5 Nótese, como afirma Adam Przeworski, que los compromisos sociales, en pos de creaciones o cambios constitucionales, quizá se sostengan mejor políticamente cuando se traducen en acuerdos sobre reglas (por ejemplo, representación y contratación libres) que sobre resultados sustantivos (por ejemplo, niveles de empleo y remuneración).

6 Con todo, hoy el movimiento sindical sigue siendo, mayoritariamente, tradicional-corporativo (CT-CTM) y, en cierta medida, autónomo-emergente (el movimiento de la Fesebes-UNT-FAT). En total, quizá concentra entre 3 o 4 millones de personas. Pero es dudoso que existan cada vez más negociaciones colectivas auténticas y fructíferas en todos los flancos del mundo laboral. Véase Arturo Alcalde, Graciela Bensusán y Teresa Rendón: Op. cit.

Numeralia

1. PEA en 1999: 39,751,273

Fuente: INEGI. Encuesta Nacional del Empleo, 1999.

2. Fracción de la PEA que dispone de contrato de trabajo por tiempo indefinido: 11,200,023

Sindicalizados de jurisdicción federal en 1999:

Apartado A: 1,671,165

Apartado B: 3,060,232

Fuente: Arturo Alcalde, Graciela Bensusán y Teresa Rendón (coordinadores). Trabajo y trabajadores en el México contemporáneo. Miguel Angel Porrúa, México, 2000, p. 176.

3. Sindicalizados con respecto a asalariados:

1984: 24%

1996: 16%

Fuente: Arturo Alcalde, Graciela Bensusán y Teresa Rendón (coordinadores): Op. cít.

4. Fracción obrera de la bancada del PRI:

1979: 93 de un total de 296.

2000: 19 de un total de 211.

Fuente: Bensusán y Alcalde, cuadro 2, p. 170.

Hora y veinte. Cultura y vida cotidiana

HORA Y VEINTE

CULTURA Y VIDA COTIDIANA

Juan JosÉ Arreola

El nombre de Juan José Arreola (1918-2001) quedará asociado con el cumplimiento de la mayor ambición de todo escritor: dejar para la memoria unas cuantas páginas perfectas o a las cuales, como habría dicho su maestro Jorge Luis Borges, las generaciones no dejarán caer en el olvido. Durante los años cincuenta, la literatura mexicana experimenta la llegada imperceptible pero definitiva de un autor; más que un autor, de un estilo; más que de un estilo, de una construcción prosística inimitable. El constructor, el artesano de esta obra, como él mismo habría preferido llamarse, tiene un nombre que con los años se hizo familiar como maestro de la palabra, conversador infatigable, actor dentro y fuera de los escenarios, devoto del tenis de mesa y del ajedrez. (Juan José Arreola. 1918-2001. Ver p. 85.)

Auden, Tolkien y El seÑor de los anillos

 En diciembre de 2001 asistimos al estreno mundial de la película The Fellowship of the Ring, primera parte de la trilogía The Lord of the Rings del escritor inglés J. R. R. Tolkien (1892- 1973). Tolkien, también lingüista y académico de Oxford, desechó el único automóvil que tuvo, detestaba la televisión y le fruncía el ceño al arte moderno. Quién sabe qué habría dicho de saber que la película basada en su trilogía de 500,000 palabras costó 300 millones de dólares. Publicamos aquí la mejor reseña posible que apareció en su momento sobre la obra de Tolkien. (Auden: Tolkien y El señor de los anillos.

La muerte de W.G. Sebald

Sebald (1944-2001) murió a los cincuenta y siete años en un accidente de coche en Norwich, Inglaterra. Desde los años sesenta, Sebald emigró de Alemania para establecerse en el Reino Unido, donde trabajaba como catedrático de literatura. Con una cuantas narraciones, Los emigrados, Vértigo, Austerlitz, el escritor alemán había logrado en los últimos años un lugar privilegiado en la literatura europea. (El País, 17 de noviembre de 2001). (Lo personal es universal.

Bioy Casares

 “No lo negaré: tiene sus inconvenientes la bigamia. El mayor, sin duda, es que lleva tiempo. Por eso el famoso chiste del viejito encierra una irrebatible verdad. Cuando le preguntaron cómo hacía para dejar satisfechas a tantas mujeres, contestó: ‘Me compré una bicicleta’ “. (Subrayados a Descanso de caminantes.

Partidos

PARTIDOS

POR ALONSO LUJAMBIO

Una de las grandes preguntas sobre el futuro de la política mexicana tiene que ver, sin duda, con el sistema de partidos (número y tamaño de los partidos). Por lo pronto, los últimos doce años fueron testigos de una mutación radical: dejamos la hegemonía de un partido y pasamos a un sistema competitivo tendencialmente tripartita. ¿Cambiarán las cosas en el futuro? Es imposible contestar este pregunta. Este apunte es una reflexión rápida y preliminar.

Lo primero y más importante tiene que ver con la redistribución de las preferencias ciudadanas. Ciertamente, las elecciones del 2 de julio de 2000 supusieron una novedosa alternancia a nivel federal. El sufragio era crecientemente efectivo desde hacía tiempo, pero la alternancia potenció la percepción de la efectividad del voto. ¿Hasta qué punto este hecho incidirá en la volatilidad de las preferencias ciudadanas y en el debilitamiento de las identificaciones, ya de por sí precarias? Lo cierto es que en los meses posteriores a las elecciones de julio de 2000 la fuerza política triunfadora logró mantener, en luna de miel con el nuevo presidente, un nivel importante de apoyo. La gráfica 1 muestra la evolución de la intención manifiesta de voto por partido, incluyendo indefinidos, entre octubre de 2000 y agosto de 2001. Ahí puede verse cómo entre octubre de 2000 y marzo de 2001 hay una caída del PRI y del PRD a favor no del PAN sino de quienes no definen sus preferencias. Sin embargo, entre marzo y agosto de 2001 el PRI y el PRD se recuperan (el PRI pasa del 15% al 20%, y el PRD del 10% al 12%), pero no a costa del grupo de los indefinidos sino del PAN (que pasa del 40% al 33%). La gráfica 2 muestra la distribución de las preferencias una vez excluido el grupo de los indefinidos. Es probable que el fin de la luna de miel presidencial y la evolución de la economía mexicana hagan que el escenario hacia las elecciones legislativas intermedias de 2003 sea más y más competitivo. Es claro, eso sí, que la alternancia no supuso el colapso de ninguna de las opciones partidarias, y que la democracia mexicana conserva por lo pronto el formato tendencialmente tripartita que mostró el periodo de transición (1988-2000).

La segunda variable que puede influir en la evolución del sistema de partidos se relaciona con el cálculo de las élites políticas respecto de su suerte futura dentro o fuera de los tres grandes partidos. Hace algunos meses rondaba en Insurgentes Norte y en las calles de Monterrey el fantasma del divisionismo y la escisión. Sin embargo, a juzgar por los últimos acontecimientos, el PRI y el PRD parecen conservar un grado razonable de cohesión de cara a sus ya próximos procesos internos de renovación de liderazgos. En democracia se redefinen las estrategias de competencia por el poder. Se abren espacios para realineamientos de la clase política. Pero el sistema de partidos mexicano es suficientemente fuerte para evitar, todavía, la fragmentación, ese escenario del que hay que huir a como dé lugar. Ciertamente, no está presente en el corto plazo el gran incentivo cohesionador que es la elección presidencial a una vuelta (el que se divide… pierde). En la elección intermedia de 2003 se elige a un cuerpo colegiado, de 500 miembros (la Cámara de Diputados), con una fórmula electoral semi-proporcional. Vamos entonces a un juego de suma positiva, no de suma cero, en el que los perdedores no son perdedores absolutos (cada quien se lleva algo si supera el 2%). Con todo, los tres grandes partidos políticos mexicanos son contenedores de memoria colectiva y referentes bien establecidos en el mercado electoral. No es fácil colocar una nueva marca y verla crecer de inmediato. Por otro lado, el costo de la política y el impresionante financiamiento público a los partidos con registro son elementos que cohesionan: la competencia por el poder dentro de los partidos puede —y suele— ser muy adversa, pero el cálculo respecto del costo de salir llama eficazmente a la prudencia.

¿Han sido fragmentadoras del sistema de partidos las elecciones intermedias mexicanas? Hasta cierto punto sí. Después de la elección legislativa de 1985 tuvimos 9 partidos (después de 1982 había 6). Después vino 1991, la siguiente elección intermedia, que arrojó un sistema de 6 partidos (igual que en la elección de 1988). La última intermedia, la de 1997, también aumentó el número de partidos: fueron 5 los partidos con registro después de aquel proceso electoral (y 4 después del proceso de 1994). Después de 2000 tenemos 8 partidos con registro. ¿Veremos en 2003 una fragmentación mayor? Lo dudo, pensando incluso en las 52 organizaciones políticas que han comunicado al IFE su intención de cubrir en los próximos meses todos los requisitos y convertirse en partidos políticos nacionales. El mercado electoral es muy competitivo. Se requiere del 2% para conservar el registro. Las coaliciones no suman automáticamente votos. Es probable que los tres grandes partidos compitan solos, sin formar coaliciones con el resto del sistema de partidos, que se dividiría a su vez en tres grupos: uno, formado por el PT (1994) y el PVEM (1997), que conservan su registro desde hace algunos años y ya han probado su presencia electoral; el segundo, formado por el PSN, el PAS y Convergencia por la Democracia, que obtienen en 2000 su registro junto con el PT y el PRD en la Alianza por México; y, en tercer lugar, los nuevos partidos que logren obtener el registro y formalmente lo tengan hacia agosto de 2002. ¿Habrá en la boleta de 2003 once o doce partidos? Eso y más, según lo determine el proceso que ya está en marcha.

Con todo, tiendo a creer que se va a sostener en 2003 el formato de tendencia tripartidista. Nuestra tendencia al tripartidismo es en buena medida resultado de una suma de bipartidismos locales PRI-PRD y PRI-PAN. La estabilidad de esos bipartidismos locales rigidiza la tendencia tripartidista a nivel nacional. Por la rigidez del sistema de registros, y salvo contadísimas excepciones, los partidos políticos locales —de por sí aves extrañas— no retan a los partidos políticos nacionales. En el DF, en donde sería más fácil que retaran a los partidos nacionales, los partidos políticos locales no existen ni pueden existir.

Hay, sin embargo, un escenario en el que los nuevos partidos y los que están por obtener registro se coaliguen en contra de los partidos del status quo. Ya se observa esta discursividad en alguno de sus líderes. Si no hay grandes coaliciones en 2003 fundadas sólo en el potencial efecto multiplicador del financiamiento público por la vía del factor multiplicador del número de partidos, entonces es posible (no sé aún qué tan probable) que, queriendo lucrar con el desprestigio social de las instituciones, se orquesten, sin partidos grandes, coaliciones de la antipolítica, con varios partidos que basen su discurso en el rechazo a los políticos y a los partidos políticos del establishment. Paradójicamente, la multiplicación del financiamiento público por la vía del factor multiplicador del número de partidos puede ser un boomerang que milite en contra de la legitimidad del sistema de partidos. Si en 2003, y sobre todo después de 2003, tenemos un financiamiento muy superior al ya de por sí elevado de 2000 (300 millones de dólares), entonces el sistema de partidos estará en un problema, y grave.

Así llegamos al reto central del formato tendencialmente tripartita del sistema de partidos mexicano. El sistema se reta por los flancos, en la medida en que se tensan las cuerdas del disenso interno. Pero también se le puede retar desde afuera, sobre todo si ese tripartidismo es incompetente y no genera gobernabilidad y eficacia decisoria a juicio de los ciudadanos. Surgirán alternativas: unos serán partidos (que se sumarán a la difícil tarea de construir la gobernabilidad democrática), y otros serán antipartidos (de discurso más fácil, pero atractivo si hay caldo de cultivo). Haremos bien en recordar cómo el desprestigio de las instituciones y su correspondiente —y populista— discurso antipolítica, han devastado varios sistemas de partidos (notoriamente Venezuela y Perú, pero Colombia y Ecuador se acercan ya a ese extremo). Si los partidos no se perciben representativos, las instituciones representativas pueden colapsarse a la menor provocación.

¿Cuántos partidos para la democracia mexicana? Evidentemente, los que los ciudadanos decidan. Pero cuánto ganamos y ganaremos, en el formato específico que se quiera, si la fragmentación del mercado electoral es moderada y no extrema. La tendencia tripartita apuntada en un régimen presidencial con gobierno dividido produce una peculiar tensión política, que puede resultar a la larga, creo yo, productiva: por un lado, la oposición no quiere cooperar con el partido del presidente para no propiciar otra victoria de dicho partido; pero, por otro lado, esa oposición es potencialmente identificable como causante de la parálisis institucional y del fracaso del gobierno. Todo en buena medida depende de la capacidad de los partidos y de los políticos para explicar su conducta y persuadir a la opinión y a los ciudadanos de cómo han de distribuirse créditos (por lo que hace bien el gobierno) y culpas (por lo que no hace o hace mal). Sólo un formato de fragmentación moderada produce, ahí donde el presidente no tiene mayoría, condiciones para una gobernabilidad responsable.

Sin duda, al sistema federal le debemos en buena medida la estabilidad del sistema de partidos, pues como distribuidor del poder ha amortiguado la alternancia a nivel federal y ha posibilitado que la pérdida de la presidencia no convierta al otrora partido hegemónico en perdedor absoluto. Así, el poder del PRI se traslada hacia sus aparatos y gobernadores. Desde 1994, pero especialmente desde 1997, el PRD apuesta ya decididamente por la arena local de la política mexicana. El PAN es desde su origen un partido de vocación federalista. ¿Toda la política partidaria se vuelve, finalmente, local? Con todo, el sistema de partidos mexicano es más sólido y mejor institucionalizado que muchos otros en América Latina. Un sistema de partidos abierto a nuevas opciones, pero con fragmentación moderada. Lo otro, la fragmentación extrema, diluye la responsabilidad e impide la identificación de quienes claramente han de distribuirse créditos y culpas en las urnas. Insisto: hacia el futuro inmediato parece conservarse un sistema abierto con fragmentación moderada. No es mala noticia para México. Los próximos diez años serán más que suficientes para saber qué fue de la democracia tripartidista a la mexicana. n

Numeralia

Financiamiento público de los partidos políticos mexicanos en el año 2000: 3,000,912,254.90

Porcentaje del gasto electoral total que concentró el PRI en 1994: 78.28%

Porcentaje del gasto electoral total que concentró el PRI en 2000: 40.48%

Porcentaje del gasto electoral total que concentró el PAN en 1994: 10.37%

Porcentaje del gasto electoral total que concentró Alianza por el Cambio en 2000: 30.26%

Porcentaje del gasto electoral total que concentró el PRD en 1994: 4.73%

Porcentaje del gasto electoral total que concentró Alianza por México en 2000: 25.46%

Dinero erogado en la campaña electoral 2000 en el rubro de gasto en prensa, radio y televisión: 1,203,362,131.81 Porcentaje del gasto electoral total que concentró en 2000 el rubro de prensa, radio y televisión: 54.05%

 

Un país en veinticinco instantáneas

INSOMNIOS MEXICANOS

UN PAÍS EN VEINTICINCO INSTANTÁNEAS

En los últimos veinte años México experimentó algunas de las transformaciones estructurales más profundas de su historia moderna. El país que existía en 1981 es escasamente reconocible hoy. Entonces no se habían iniciado las dramáticas reformas estructurales en la economía mexicana; el sistema político de ese momento era todavía, para emplear la expresión acuñada por uno de nuestros autores, un ornitorrinco. Hoy, la dimensión humana del cambio es apreciable. Algunos de los artífices políticos, económicos e intelectuales del México del siglo XX se han ido: Fidel Velázquez, Carlos Hank González, Emilio Azcárraga, Octavio Paz, Fernando Benítez. En el 2001 México ya no es idéntico a sí mismo: es el reflejo de un país que apenas empezamos a conocer. Un mexicano de hace veinte años, secuestrado por una máquina del tiempo, traído a la actualidad probablemente se sentiría un extranjero en su tierra. Desde hace años los mexicanos viven entre sacudidas políticas y económicas de enormes proporciones: crisis financieras, asesinatos políticos, cambio de régimen. Y, con todo, hay continuidades. Los males de la suave patria no han desaparecido: la desigualdad, la pobreza y la injusticia. Somos diferentes, pero similares. Las calles de la ciudad de México serían reconocibles para Lucas Alamán. Los baches y el lamentable estado de la cosa pública son un legado perdurable del siglo antepasado. Presas del vértigo, hemos sido incapaces de detenernos para intentar dar cuenta del país que se destruye y construye. Dar cuenta del estado de la nación, de la mezcla de lo nuevo y lo viejo, es una tarea apremiante si no deseamos vivir en la improvisación perenne. ¿Cuáles son los nuevos contornos políticos, económicos y sociales de México en el siglo XXI?

Para responder a esta pregunta convocamos a una nueva generación de analistas y académicos, así como a algunos estudiosos con una larga carrera. Se trata, en su mayoría, de jóvenes en la tercera década de su vida. Sin embargo, son ya el nuevo rostro de las ciencias sociales en México. Ocupan importantes posiciones en la vida pública y académica del país. Los ensayos que presentamos reflejan las últimas interpretaciones en el análisis social. El objetivo es presentar un diagnóstico de México en 25 áreas clave de la vida económica, social y política. Destaca en los textos un énfasis comparativo: los autores trasponen la cortina del nopal para consignar un país que está inmerso en el mundo. Resisten las certezas fáciles del excepcionalismo mexicano: saben que existen otros países con problemas y niveles de desarrollo similares. Muchos de nuestros predicamentos no son únicos.

El conjunto de los textos ofrece un álbum de instantáneas nacionales. Son, a la vez, ejercicios de imaginación social y rigurosos análisis. ¿Cómo se ve el país que retratan estos ensayos? Los autores combinan la perspectiva y la coyuntura. La mayoría de ellos retrocedió dos pasos para observar con cierta distancia su objeto de estudio. Algunos textos ofrecen explicaciones que contradicen a la intuición. Si hace medio siglo Octavio Paz afirmaba en El laberinto de la soledad que en México “las ideas y el trabajo cuentan poco”, hoy las encuestas de opinión encuentran que para el 86% de los entrevistados el trabajo es muy importante. De igual forma, otro autor encuentra que en un índice de globalización (que comprende factores económicos, sociales y tecnológicos), México ocupa el lugar 41 entre 50 países. La supuesta globalización del país bien puede ser un mito. Los lugares comunes de nuestra incipiente democracia también son puestos en tela de juicio. Un autor constata que no existe una relación entre la nueva presencia de las organizaciones no gubernamentales en algunas regiones del país y el avance de la democracia en el ámbito local. Las sorpresas también son recientes. A pesar del entusiasmo producido por el resultado de las elecciones de 2000, en las que el PRI perdió por primera vez la presidencia, un autor encuentra al realizar estudios de opinión retrospectivos que, para los votantes, “la transición democrática había ya dado sus frutos institucionales más importantes desde antes de la elección”. Así, “el juicio electoral del 2000 trajo consigo el mandato vago y minimalista de un electorado que exige un gobierno mejor, al tiempo que se desentiende de los medios para lograrlo”. Se trata de la política “en gris”.

Otros textos documentan nuestros males seculares. Nos ofrecen la medida de nuestro fracaso para proveer satisfactores mínimos a la mayoría de la población. La magnitud del rezago se puede apreciar en los datos sobre crecimiento económico que ofrece un autor. Entre 1940 y 1981, sostiene, el PIB per cápita en México creció a una tasa anual de 3.2%. De 1981 a la fecha, ese mismo indicador registró un crecimiento de poco menos de 0.5% al año. La conclusión que se desprende de estos datos es apabullante: “si la economía mexicana creciera en forma constante a la tasa del primer periodo, un mexicano promedio podría duplicar su nivel de vida en tan sólo 22 años; por otra parte, si la economía creciera a la tasa promedio de los últimos veinte años, un mexicano promedio podría duplicar su nivel de vida en ¡146 años!”. En México, el 40% de los hogares son pobres. En 17 años, de 1984 a la fecha, no hemos logrado reducir de manera significativa el número de personas que viven en la pobreza. A la injusticia se la añade la impunidad. En México, afirma otro autor, el 96% de los delitos cometidos quedan impunes. Y entre el 80% y 90% de los ilícitos no se denuncian.

Tal vez, de los varios cuellos de botella estructurales que quedan consignados en este número, el más doloroso sea la injusticia inveterada. Son los más pobres, los más débiles, los más vulnerables a los riesgos ambientales, económicos, políticos y demográficos. Son los más susceptibles a ser víctimas del crimen y de la enfermedad. Están a la merced del gobierno, las grandes empresas y los monopolios; indefensos frente a los abusos del poder público y privado. El número cierra con una muestra de la tradición mexicana orwelliana, muy acorde al valiente siglo nuevo que apenas despunta.

—José Antonio Aguilar Rivera

El cambio

EL CAMBIO

POR MAURICIO MERINO

Aunque el 2 de octubre no se olvida, a los jóvenes nacidos en el nuevo siglo les cuesta mucho comprender la descarga emotiva que esa consigna genera todavía entre los miembros de la plenitud política. Para los jóvenes, el 2 de octubre no es más que el día de asueto que sustituyó al 20 de noviembre. Sin embargo, ambas fechas simbolizan las grandes esperanzas, y también los grandes tropiezos que poblaron prácticamente todo el siglo XX: el siglo de la revolución y el siglo de la transición. Esos jóvenes han vivido la mayor parte de su vida bajo el régimen parlamentario y sólo algunos tienen vagos recuerdos vividos del plebiscito convocado por el último presidente de la República quien, al cabo de un periodo marcado por el forcejeo político, la incertidumbre económica y las amenazas rebeldes, decidió proponer la anulación del puesto, anunciando el comienzo de una nueva era de cooperación y eficacia democrática: “Dije que acabaría con la presidencia desde Los Pinos, y lo logré”.

Desde entonces han transcurrido tres legislaturas quinquenales con gobiernos formados y desintegrados por el parlamento, no sin dificultades y disputas, pero con resultados que ni la visión más optimista hubiera podido imaginar hace quince años. Los cambios producidos por y desde las instituciones han sido muchos y muy rápidos y, quizá por eso, exitosos. He aquí una de las claves de la hoy llamada mudanza mexicana: cuando los medios apenas comenzaban a construir la crítica a los acuerdos iniciales, ya se habían generado los siguientes. Los politólogos seguimos discutiendo sobre la causa eficiente que empujó a los políticos a dialogar, de manera continua y franca, sin competir antes por la declaración más publicable.

Si la transición estuvo plagada de adjetivos y dominada por los medios, la mudanza se ha caracterizado, en cambio, por la intención explícita de subrayar los acuerdos y las posibilidades de las nuevas reglas. Más que el buen deseo de superar los agravios y las mezquindades que estuvieron a punto de boicotear la democracia, la explicación más plausible de la nueva actitud política está en el sentido de supervivencia: los partidos se hicieron tanto daño que, al cabo de su propio desprestigio, los medios se adueñaron de las decisiones. El colmo fue la crisis de saturación y más tarde de gobernabilidad generada por el éxito del Correo mediático de trámites y servicios que sustituyó a los noticieros de la radio y la televisión con el eslogan: “aquí sí le resolvemos su problema”.

El nacimiento del nuevo régimen político ha contado, es cierto, con el respaldo de la tecnología electoral más avanzada del planeta. A pesar de las protestas y de las dificultades iniciales, el Parlamento finalmente estableció el voto electrónico —basado en las claves personales que otorga el Registro de Electores— que permitió a cada ciudadano votar desde cualquier computadora, incluyendo las terminales colectivas que se instalan por cada kilómetro cuadrado. Esa tecnología ha hecho posible que el Instituto Electoral de México no sólo organice los comicios para todos los cargos de elección sino los plebiscitos que, cada vez con mayor frecuencia, propone el Parlamento para afirmar la legitimidad de sus acuerdos. Así pues, el problema electoral desapareció (casi) por completo de la agenda pública. Y, por fortuna, su lugar fue ocupado por la política social impulsada desde el Parlamento.

He aquí el mayor acierto de la mudanza mexicana: bajo la consigna de que el mercado resuelva los problemas del mercado, y el Estado los de la convivencia —y no al revés, como venía ocurriendo—, el Parlamento ha tomado varias decisiones con resultados admirables. Cada vez más, las políticas (en plural) se han convertido en la mejor aportación de la política (en singular). Pongo tres ejemplos: la política de descentralización total ha permitido a los parlamentos regionales fijar y vigilar prácticamente toda la inversión pública, que ahora es ejercida directamente por los ya más de 5,000 gobiernos locales, incluyendo a los consejos de comunidad indígena. Gracias a esta política, basada en los indicadores de gestión que mes a mes revisa el consejo técnico del Parlamento, México ha logrado situarse ya entre los diez países con mejor índice de desarrollo humano.

Por su parte, la política de profesionalización abierta quebró en definitiva el antiguo modelo burocrático sustentado en lealtades personales e intereses de partido que, además, absorbía grandes cantidades de dinero público, para poder colocar a los amigos. Superadas las huelgas burocráticas de los primeros años, el sector público se ha convertido paulatinamente en un modelo de productividad y sentido de servicio, hasta tal punto que su “sistema de seguimiento social por resultados” fue justamente elogiado durante la última asamblea general de la ONU dedicada al tema.

Finalmente, la política de seguridad sin adjetivos, cuya visión integral fue propuesta por la Suprema Corte de Justicia a petición del Parlamento, ha conseguido una larga lista de logros antes inimaginables, entre los que se destacan la expulsión de las mafias reconvertidas al secuestro, luego de que el Parlamento autorizó y reguló el consumo individual de drogas; el nuevo sistema de policía local y ciudadana, pieza clave del Ministerio de Justicia; y el también innovador sistema carcelario, que despertaría la envidia de Foucault.

Pero quizá nada de esto habría sido posible sin la convocatoria abajo firmada por un vasto grupo de intelectuales, invitando a arraigar la cultura democrática, el respeto por las leyes y el sentido de responsabilidad entre los mexicanos. Hay quien ha comparado este gran movimiento cultural, del que sólo unos cuantos escépticos han querido marginarse, con el que desplegó el régimen revolucionario hace exactamente un siglo. Pero, más allá de las abundantes semejanzas aparentes, como las que se expresan en el auge del muralismo democrático o en el boom de la novela de la transición, lo cierto es que la mudanza no se ha impuesto desde arriba, como decisión política patrocinada por el régimen, sino que ha brotado de la conciencia despertada entre la sociedad. El impulso inicial de los intelectuales no fue más que eso: el comienzo de un cambio cultural que se extendió como fuego entre los mexicanos. Y sin duda, esa transformación ha sido el motor más importante de todos los cambios que ha vivido México en los últimos veinte años. Por todas estas razones, y aunque los jóvenes no logren entenderlo, el 2 de octubre seguirá despertando, a un tiempo, el coraje, la nostalgia y la emoción de los más viejos por el México que ya no es.   n

Política exterior

POLÍTICA EXTERIOR

POR RAFAEL FERNÁNDEZ DE CASTRO

Los tapetes rojos de la capital de Estados Unidos no fueron para los ingleses o los canadienses; fueron para México y su presidente Vicente Fox, a quien le concedieron el honor de ser el primer mandatario extranjero recibido en visita de Estado por el nuevo gobierno, encabezado por George W. Bush. Washington, la ciudad en la que las visitas de mandatarios extranjeros son asuntos cotidianos, fue deslumbrada por Fox y su delegación en la gira que hicieron en septiembre de 2001. Además de las imágenes, como la primera plana del diario The Washington Post en la que aparece una fotografía a color

México votó por el cambio el 2 de julio de 2000. Y entre lo que más cambió durante los primeros nueve meses de presidencia de Fox fue la política exterior. Como anunció Castañeda el día que llegó a Tlatelolco, el nuevo canciller “agitaría las aguas”. El gran activismo que la diplomacia mexicana ha desarrollado bajo el liderazgo de Castañeda presenta tres pilares fundamentales, tomando prestada la terminología europea:

1. Integración con Estados Unidos. Profundizar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en lo que se ha dado por llamar NAFTA Plus. Es decir, mejorar los términos de la integración económica con Estados Unidos y Canadá, incluyendo temas como movilidad laboral, estándares ambientales para América del Norte y aun algunas transferencias de las regiones más prósperas a las menos desarrolladas.

2. Diversificación política con América Latina y política y económica con Europa. Hacia el sur se ha buscado recuperar el terreno perdido con la negociación del TLCAN. Si bien nunca fue aceptado por los gobiernos mexicanos, ese alejamiento sí operaba en la realidad, pues en los países de América Latina hay la percepción de que México les cerró las puertas al mercado más grande del mundo. Como presidente electo, Vicente Fox realizó su primer viaje a Sudamérica y visitó Chile, Argentina y Brasil, los tres países del Grupo de Río, con quienes ha intentado reforzar la coordinación política. Con Colombia se han reiniciado labores de mediación, no sólo entre el gobierno y la guerrilla, sino también haciendo un esfuerzo para acercar al proceso de pacificación colombiana al líder de Venezuela, Hugo Chávez. Con Europa se ha buscado recuperar al menos los niveles de comercio tradicionales que se tenían antes de que México firmara el TLCAN. En este empeño el gobierno de Fox ha contado con un instrumento muy preciado, obra del presidente Ernesto Zedillo: el Tratado de Asociación Económica, Concertación Política y Cooperación.

3.   Aspiración de que México se convierta en una potencia media, desempeñando un papel de líder regional e incluso global. La iniciativa más visible de esta aspiración es la búsqueda de un lugar en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que México ocupará a partir de enero de 2002.

El gran sostén de estos pilares ha sido la legitimidad, el prestigio y la popularidad de Vicente Fox. Jorge Castañeda ha utilizado con efectividad estas características y ha buscado “cobrar” el bono democrático en cada oportunidad. El nuevo activismo de la política exterior mexicana bien puede medirse a partir de los viajes que ha realizado el presidente junto con su equipo de política exterior: Asia, Europa, Centro y Sudamérica, y Estados Unidos en repetidas ocasiones. Asimismo, las visitas a México de mandatarios extranjeros se han multiplicado: George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar son algunos ejemplos.

Los ataques terroristas redefinieron la prioridad de la política exterior de Estados Unidos: disminuir la vulnerabilidad del país a ese tipo de agresiones y formar una coalición internacional para ir tras los agresores. Para la relación México-Estados Unidos esto significa una vuelta a la normalidad; México será importante para Washington pero no la prioridad. La diplomacia mexicana tendrá que volver a operar con discreción y paciencia; habrá que “hacer cola”, pues no seremos los primeros en la lista.

A pesar de que la reacción del presidente Fox y el canciller Castañeda a los ataques fue de solidaridad, para Estados Unidos no pasó inadvertido que en el país vecino del sur muchas reacciones nacionalistas prácticamente justificaron los ataques terroristas, tanto en algunos medios de información como en el Congreso. Es evidente que los medios, en su afán de atacar al canciller Castañeda, han hecho eco de las voces antiestadunidenses.

Si la relación bilateral no se descompone del todo —con un Estados Unidos menos tolerante y un México más nacionalista—, México debe insistir en su propuesta de tres pilares, insistir en que el acuerdo migratorio cobra mayor importancia, ya que se dejó sentir la vigilancia en la frontera en los días posteriores al ataque. En estas condiciones, aumenta exponencialmente la probabilidad de incidentes por abuso de autoridad de la patrulla fronteriza, e incluso por elementos del ejército, contra indocumentados mexicanos. La reacción de un México inflamado por el antiyanquismo sería de enormes proporciones. Los negociadores mexicanos tienen que ser más pragmáticos y entender que desde luego no necesitamos toda la “enchilada”, es decir, el paquete integral que planteó México, sino avances graduales, convenio de trabajadores huéspedes, algunas medidas de regularización, y no quitar el dedo del renglón para instaurar algunas medidas de manejo conjunto de la frontera.

En el nuevo escenario internacional cobra mayor importancia el segundo pilar; el acercamiento político con América Latina y la recuperación de los niveles comerciales y de inversión con Europa se vuelven más importantes. Una supuesta alianza militar con Estados Unidos en la nueva y singular guerra que libra sólo podría ser digerida por el nacionalismo mexicano en el ámbito hemisférico, es decir, dentro del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), justo el que denunció Vicente Fox en el último día de su visita a Washington y, para su mala fortuna, cuatro días antes de los ataques terroristas.

Con el cambio en el ámbito internacional, el tercero es el pilar más delicado de la política exterior de México: la búsqueda de un papel de potencia media regional, e incluso global. El objetivo de lograr un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas le permite a México codearse con la gran potencia, Estados Unidos, y las de segundo nivel, Francia, China y Rusia, para impulsar sus posiciones en los temas “blandos” —derechos humanos, medio ambiente y justicia mundial, entre otros—. En el escenario reinante después del 11 de septiembre, sin embargo, los temas “duros”, los de seguridad, son los que prevalecerán.

En otras ocasiones, como en 1992, México decidió no participar en el Consejo de Seguridad, pues esto podría provocar fricciones innecesarias con Estados Unidos. Sin importar la denuncia de que México sería una comparsa de Estados Unidos al ocupar un asiento en el organismo, y que en el fondo subyace una lucha política y no una posición de Estado, el verdadero peligro sigue siendo el mismo. Medio Oriente será el destino de las decisiones difíciles en el Consejo de Seguridad. Y hoy, como en el pasado, México no tiene en esa región del mundo intereses nacionales en juego. Entonces, ¿para qué insistir en la prominencia mexicana?

Mi primer autor norteamericano

MI PRIMER AUTOR NORTEAMERICANO

POR SALVADOR ELIZONDO

El primer autor norteamericano que leí fue Edgar Allan Poe. Aunque el primer escrito que leí de él, cuando yo tenía trece años, El escarabajo de oro, no lo entendí en esa ocasión, a lo largo de más de cincuenta años mis reencuentros con Poe han sido frecuentes. Recuerdo que cuando ya sabía inglés leí los cuentos y las prosas cortas que pueden considerarse como pequeños poemas en prosa entre los que destaco uno que se me ha quedado en la memoria. The Sphinx, una breve fantasía sobre el paisaje de la bahía de Nueva York. Leí con pasión sus cuentos entre los que nunca se me han olvidado El gato negro. El tonel de amantillado. The Purloined Letter. así como las novelas cortas de Los crímenes de la calle Morgue, entre otras. He leído con avidez su poesía de la que destaco, claro está, The Raven. Hace dos o tres años hice con Víctor Manuel Mendiola la edición trilingüe de este poema con las traducciones de González Martínez y Mallarmé. que incluía mi traducción de The Philosophy of Composition ensayo capital para entender no solamente El cuervo. sino que es también un ensayo capital para entender la poesía moderna ya que influyó fuertemente en la obra de Baudelaire y Mallarmé. De los tres ensayos que Poe escribió sobre poesía, dos me parece que son importantísimos: The Philosophy of Composition y The Poetic Principie en que estudia el efecto que produce el poema, un efecto real pero indefinible. El otro ensayo, Tlje Rationale of Verse, trata de cuestiones de métrica y versificación particulares de la lengua inglesa y no es de interés para nosotros.

De la poesía, como ya he dicho, tengo familiaridad con El cuervo, pero casi toda me gusta. Recuerdo con emoción A Dream Within a Dream. Annabel Lee. Ulalume.

Poe me ha seguido durante toda la vida. Hará unos quince años hice mi última lectura importante de Poe en un libro que recogía una selección de obras de ficción científica de este autor y que me regaló un alumno. Se trata de Eureka, largo ensayo que pocas veces viene en las recopilaciones y que el mismo autor califica de poema en prosa. Se trata de una concepción total del universo y pretende ser un organon en el que se conjugan la filosofía y la ciencia; la astronomía, la termodinámica, la teoría atómica, la relatividad, la evolución, etc., para componer una imagen notable de todas estas cuestiones, algunas de ellas asombrosamente modernas. Eureka influyó poderosamente en el pensamiento de Valéry que le dedica un largo ensayo.

Poe fue el primer autor norteamericano que leí y también el primer escritor que me dio a entender, desde la primera juventud, la idea de la literatura como un proceso deliberado y como un producto de la voluntad y de la sensibilidad conducidas por un imperativo técnico omnipresente. n

Edith Wharton: Una pasión asombrada

EDITH WHARTON: UNA PASIÓN ASOMBRADA

POR ANGELES MASTRETTA

Cuando conocí a Edith Wharton supe que había encontrado una amiga de índole intensa y vocación insaciable, como es insaciable el afán de absoluto. Por eso me alegró tanto conocerla. A Edith Wharton me la presentó, con su generosidad de siempre, Antonio Hass. Yo no la conocía antes de 1986. Mi descubrimiento de la más reciente escritura en español me entretuvo buena parte de la primera juventud. Pero esto último no debería decirlo ahora si quiero aprender alguna vez a seguir uno de los muchos buenos consejos que he recibido de Edith Wharton, lo cito de memoria: uno puede hacer en la vida lo que quiera, siempre y cuando no intente justificarlo. Entonces diré sólo que lamento haber tardado en conocer a esta amiga extraordinaria y ahora cercanísima a pesar de que nació en el remoto 1862, en Nueva York, y murió en 1938 doce años antes de que yo naciera.

Nunca pude abrazarla y sin embargo ella me abraza a cada tanto. A veces de repente, en mitad de una calle cualquiera, mientras ando perdida entre las casas del viejo Nueva York o me entretengo mirando cómo se mueven las dóciles hojas de un árbol que señorea en Central Park, como debió señorear la abuela Mingott en su inmesa y extravagante mansión en mitad del ningún lado que era entonces aquel rumbo. Edith Wharton también me abraza cuando se lo pido. Y se lo pido con frecuencia. Siempre que enfrento de cerca o de lejos la pesadumbre de un amor imposible, la terquedad de unas costumbres aún necias, mi urgencia de ironizar al verlas, la esperanza y la curiosidad por un mundo que siempre nos da sorpresas y mil veces nos deslumbra con lo inesperado.

Amores imposibles. Los de Edith Wharton: todos. El de Ethan Frome por la mujer encendida y jubilosa que irrumpió en su vivir de tedio, el de Charity Royal por un hombre elegante y olvidadizo que representaba y le dio por unos meses, para luego quitárselo de pronto, todo lo que ella no podría tener y todo lo que le hubiera gustado ser; el de Susana Lansing por un sueño, el de la hermosa y ávida joven que vivió su primera vida en La casa de los mirtos, en medio de unas parientes al final idiotas y crueles como era previsible que lo fueran, y murió ambicionando que el mundo resultara menos estrecho y que ella pudiera ser más apta, libre y rica o menos equívoca y más valiente de lo que pudo ser. No se diga la pasión entre el conservador y temeroso, bien casado y trémulo Newland Archer y el aplomo, la belleza, la inteligencia estremecida y bravia de Ellen, condesa Olenska, para su casi perfecta desdicha. Siempre los personajes principales de la Wharton aman el mundo y sus delicias, a veces por encima y a veces en contra de sí mismos. Son siempre desolados y admirables en su infinita ambición de absoluto. No sólo los de sus novelas, sino también los de sus cuentos, los de la preciosa colección guardada en Historias de Nueva York, un libro que perdí en un viaje y cuyo recuerdo, incluso por eso, resulta mágico y revelador. Y no sólo los personajes de sus novelas o los de sus cuentos están cautivos de un amor imposible y liberados por una ambición de absoluto que cultivan en su gusto por la vida, ella misma y su relación con Morton Fullerton, el hombre a quien conoció una tarde en París, y que la hizo escribir en su diario íntimo, una mañana de mayo, a los cuarenta y seis años: “¡Es el amanecer!”. Ella, que era una dama discreta, que se había hecho al ánimo de que su vida emocional fuera como un letargo, acostumbrada desde siempre a solucionar con la cabeza los problemas del corazón, vino a descubrir, así de tarde, aunque nunca sea tarde: el azaroso amor, el peso, las alegrías y la pena de quien encuentra como un tesoro que no existía sino en los cuentos, una pasión, un lujo interior, que deberá esconder.

Sus mejores personajes nacen entonces, los personajes con quienes uno se identifica desde el principio porque de un modo muy claro ella los ama y privilegia, porque ella contó la historia para darles a ellos vida. Sus mejores personajes aman y buscan, de distintos modos, lo mismo: “una sola hora que baste para irradiar una existencia entera”. Por eso sufren siempre. Algunos temen y huyen, otros enfrentan su deseo con un valor al parecer inusitado y sin embargo presente desde la primera vez que irrumpen entre las páginas del libro que motivan. Porque nunca hay detrás de un libro de la Wharton la falta de valor de su personaje más entrañable, y aunque a veces los derrote la desolación provocada por la hostilidad del medio en que viven, siempre, incluso a pesar de la tragedia, hay un profundo sentido de lo ético y de la lealtad a sí mismos, en sus personajes más queridos.

Hay quienes han calificado a Edith Wharton de conservadora, para condenarla, por supuesto. Yo creo que es una mujer que describió a su mundo con lo mejor y lo peor que cabía en él, que supo criticarlo, satirizarlo con maestría y crear personajes no sólo creíbles sino inolvidables, con una fidelidad y un ímpetu propios sólo de quienes lo habían padecido y enfrentado con audacia.

Era, desde muy niña, una lectora insaciable. Y en cuanto empezó a escribir. no sólo una escritora cuyo gusto por las palabras la hacía decir cosas inteligentes y bellas, sino una profesional disciplinada, prolija y ávida hasta el fin de sus días.

Lo que no era Edith Wharton, a pesar incluso de la pena que podía dejar en sus personajes, es un ser triste, derrotado, falto de curiosidad y de imaginación. Todo lo contrario, era una mujer vehemente, aunque educada en la contención y los buenos modales, irrevocablemente marcada por tal educación, capaz de ironizar sobre la frivolidad o la mentira innata en mucho de ella. Era una viajera más audaz que quienes ahora toman uno y otro avión en los aereopuertos de Estados Unidos.

Casada con un hombre al que la unía, escrito por ella, “su buen humor, su gusto por los viajes y los perros”, empeñó alguna vez el dinero de su anualidad de rica para gastarlo en seis meses comprando un velero en el que recorrer las islas griegas. Dado que ahí no iba nadie en esos años más que en su propio velero y corriendo sus propios riesgos, que no fueron pocos. Debo recomendar ahora, además de su ficción, su libro Una mirada atrás, autobiografía en la que escondió su pasión por Fullerton, como no lo hizo en sus novelas, ni en sus cartas, ni en su diario íntimo, pero un libro de muchos modos enriquecedor y lleno de sabiduría. Bastará citar sus palabras previas: “El hábito es necesario, es el hábito de tener hábitos, de convertir una vereda en camino trillado, lo que una debe combatir incesantemente si quiere continuar viva. Pese a la enfermedad, a despecho incluso del enemigo principal que es la pena, una puede continuar viva mucho más allá de la fecha habitual de devastación, si no le teme al cambio, si su curiosidad intelectual es insaciable, si se interesa por las grandes cosas y es feliz con las pequeñas”.

Gran escritora Edith Wharton, recuerdo pocos capaces de crear tal tensión en un diálogo de sólo unas palabras. Compañía generosa, hay en mí ratos de silencio memorables gracias a sus libros, a sus cartas, a su descripción del tiempo como un ensueño capaz de convertir el letargo en pasiones. Además de ingeniosa, rápida, ligera, en el sentido en que lo propone Italo Calvino, Edith Wharton resulta brillante en todos los sentidos. Es de verdad un placer haberla conocido, tener el privilegio de quererla y tratarla con frecuencia. Aun ahora, casi setenta años después de que ella escribió en el principio de sus memorias, a sus setenta años: “La vejez no existe, sólo existe la pena”.    n

La experiencia educativa

LA EXPERIENCIA EDUCATIVA

POR GILBERTO GUEVARA NIEBLA

En los inicios de la construcción del México independiente la experiencia revolucionaria de Estados Unidos inspiró a numerosos liberales mexicanos: esa influencia se manifestó lo mismo en la generación que produjo la Constitución de 1824 como en la que produjo la Constitución de 1857 y abarcó numerosos temas de organización política. Entre 1820 y 1830 brilló Lorenzo de Zavala, destacado admirador de la nación vecina. El modelo del federalista fue la idea venida del norte (aunque conformada también en parte por herencia de las Cortes españolas de Cádiz) que más influencia tuvo en esa época y cristalizó en el modelo de Estado liberal adoptado en México en la segunda mitad del siglo XIX (J. Gamas Torruco: El federalismo mexicano. SEP, México, 1975).

Un hecho indisociable de la herencia federalista fue la afirmación en México, marcadamente en la segunda mitad del siglo, de un sistema educativo cuya base organizativa municipal (Ley de Instrucción de 1865), fue el modelo que sobrevivió hasta 1917. Sin embargo, la gestación de una escuela moderna, alejada del patrón pedagógico medieval, fue un largo y lento proceso. Durante muchos años después de la independencia, la educación para el pueblo siguió siendo pírrica y repitió los modelos coloniales, aunque hubo algunas iniciativas, sobre todo en educación superior, que significaron evidentes rupturas con el pasado (Josefina Zoraida Vázquez: La educación en la historia de México. El Colegio de México, 1992). En el horizonte de la independencia se trataba de formar ciudadanos y no más súbditos. José María Luis Mora tenía cierta claridad al respecto cuando renegaba del “espíritu de cuerpo” heredado de los colonizadores y exigía la formación de mentes libres, alejadas de toda doctrina religiosa. Se trataba de fundar un orden político en donde, como había dicho Jefferson en 1782, los ciudadanos fueran los mejores guardianes de su propia libertad (A. Stapples: Educar- panacea del México independiente. SEP-El Caballito e Instituto Mora).

Pero la tarea no fue fácil, sobre todo por la casi crónica inestabilidad política del país y la imposibilidad en esas condiciones de llevar a cabo una empresa educativa seria. Los bisoños liberales mexicanos buscaron fórmulas pedagógicas para su proyecto en Europa y creyeron encontrarlas, primero, en el modelo del inglés Lancaster; luego, en algunos mentores españoles de tendencia laica; finalmente, en el positivismo francés que introdujo en México en 1867 el célebre maestro Gabino Barreda (1818-1881). A fines del siglo XIX, en el marco de la paz porfiriana, México vivió una Edad de Oro en educación y obras pedagógicas de diverso origen proliferaron en el país. Esa diversificación de influencias fue, probablemente, del desarrollo general de las naciones y del exitoso movimiento pedagógico internacional de la Escuela Nueva.

Así llegaron a México textos de numerosos pedagogos europeos y norteamericanos, entre otros, el alemán Friedrich Froebel y el estadunidense John Dewey. Pero la Revolución mexicana de 1910 clausuró ese auge pedagógico y por su influencia eclipsó la diversidad pedagógica y las decisiones educativas se redujeron a dilemas más simples sobre política educativa. Poco antes del estallido revolucionario, un número impreciso, pero importante, de profesores mexicanos viajó a Estados Unidos a hacer estudios de especialización en sus universidades y a entrenarse dentro de las novedosas corrientes pedagógicas de entonces, como el pragmatismo, cuyos representantes más notables fueron Charles S. Peirce, Williams James y John Dewey. Entre esta carnada de docentes se encontraba don Rafael Ramírez y Moisés Sáenz, pero este vínculo académico se vio restringido por circunstancias inopinadas.

Primero, por el estallido de la Revolución y el surgimiento de vigorosos sentimientos nacionalistas entre la población y, segundo, por la creciente influencia en México y América Latina del movimiento cultural que se conoció como el Arielismo.

En el México revolucionario, el nacionalismo creció como una identidad nacional excluyente y asociada frecuentemente a una referencia negativa respecto a Estados Unidos. El principal trauma colectivo de México había sido —no lo olvidemos— la mutilación de más de la mitad de su territorio por su vecino del norte que se convirtió tempranamente en una potencia expansionista e imperialista. Los agravios de Estados Unidos contra América Latina se multiplicaron y en 1898 los norteamericanos invadieron Cuba, hecho que conmovió hondamente a la intelectualidad latinoamericana.

En este contexto surgió el Arielismo, movimiento que se inició con la publicación en 1900 del ensayo titulado Ariel del uruguayo José Enrique Rodó. El arielismo sostenía que la cultura estaba dividida en dos campos antagónicos: 1) el campo de la cultura anglosajona, materialista, pragmática, todo el tiempo interesada, que tendía a conquistar una posición hegemónica en América Latina a través de las acciones imperialistas de Estados Unidos. Esta modalidad cultural fue representada por Rodó con la imagen de Calibán, esclavo negro de aspecto monstruoso que es personaje en La Tempestad de Shakespeare. 2) El otro campo, que Rodó identificaba como el nuestro (latinoamericano), era la cultura mediterránea, grecolatina, cultura espiritual, libre y desinteresada que Rodó representó, extrapolando, con Ariel, un genio alado, símbolo de la inteligencia libre que asimismo aparece como personaje en La tempestad. La obra de Rodó tuvo honda influencia en los medios ilustrados del sur del continente. En México, el grupo de El Ateneo de la Juventud, grupo que encabezó la cultura nacional de la época, se alineó con el arielismo y tomó la correspondiente distancia respecto a las influencias simbólicas anglosajonas.

En materia educativa, la Revolución mexicana, antes que volver la vista a Estados Unidos, se inspiró en la Revolución rusa. Un elemento común entre los estados mexicano y soviético fue el centralismo: tanto en México como en la URSS se crearon sistemas educativos centralizados y se abandonó el modelo federal inspirado en el liberalismo que carecía de prestigio ante los revolucionarios. La empresa de educación popular de José Vasconcelos (1921) trataba de imitar la obra espectacular que Lunatcharsky estaba llevando a cabo en la URSS en esa misma época. No obstante, en la práctica escolar real de México, la influencia del pedagogo estadunidense John Dewey iba creciendo por su eficacia intrínseca y por la acción brillante de profesores que se habían formado dentro de su escuela. Uno de ellos, Moisés Sáenz, llegaría a ser sucesor de Vasconcelos.

La filosofía personal de José Vasconcelos, el adalid de la reforma educativa mexicana, era platónica y mística; se inspiraba en autores como San Agustín y Plotino. Su preferencia evidente por lo grecolatino no ocultaba su desprecio por la cultura anglosajona (aunque, paradójicamente, admiró numerosos de sus aspectos), de tal modo que observar la creciente influencia de las ideas de Dewey o de las fórmulas socialistas-marxistas-materialistas (pregonadas por figuras como Vicente Lombardo Toledano), lo sacaban de quicio. La crítica vasconceliana a las pedagogías anglosajonas quedó consagrada en la obra De Robinson a Odiseo publicada en España en 1935: se trata esencialmente de una furiosa filípica contra Dewey y contra cualquier idea de educación “activa” o “paidocéntrica”. No obstante este violento rechazo, las ideas de Dewey se afirmaron en la escuela rural mexicana y muchas de sus recomendaciones fueron adoptadas por los maestros rurales (la “parcela escolar” todavía existente es un ejemplo vivo de pedagogía deweyana). John Dewey, en persona, visitó México en 1925 y 1935 y tuvo expresiones muy elogiosas para las realizaciones de la escuela rural de México. El triunfo posterior de las tendencias socialistas —consagrado con la aprobación de la ley educativa de diciembre de 1934— cerraría este ciclo histórico. Algunos grupos socialistas sectarios —el propio Partido Comunista Mexicano—• arremetieron contra la influencia del pragmatismo en educación y la filosofía pedagógica de John Dewey fue anatemizada y perseguida, aunque años después pudo comprobarse que muchas de las críticas anti- Dewey fueron o bien infundadas, o bien injustas.

La Segunda Guerra mundial y la expansión industrial cambiaron las reglas del juego en las relaciones Estados Unidos-México. La guerra transformó además la vida interna de ambos países. En Estados Unidos, se adoptaron crecientemente propuestas pedagógicas que garantizaban mayor eficacia, despolitización y control del proceso educativo y bajo estas nuevas circunstancias autores como Bobbit, Skinner. Tyler y Bloom desplazaron a John Dewey (véase L. A. Cremin: The Transformation of the School. Progres- sirism in American Education 1816- 1957. A Vintage Book, New York. 1964). Por su parte, México abandonó el esquema ideologizado de “educación socialista” y optó por una fórmula de neutralidad (versión de 1945 del artículo tercero) que dejó permanentemente pendiente la precisión de sus métodos educativos. El sistema escolar mexicano se expandió de manera espectacular. pero el debate pedagógico se hizo pobre y fue sustituido por discursos, normas y disposiciones burocráticas. En el marco de la Guerra Fría.

sin embargo, se hizo sentir en México (y en el resto de la región latinoamericana) una nueva forma de influencia educativa de parte de Estados Unidos: el intervencionismo. Recordemos, por ejemplo, iniciativas estadunidenses como el punto IV del Plan Truman (1948), los Cuerpos de Paz (1961) y la Alianza para el Progreso (1964) que fueron denunciados por los intelectuales latinoamericanos como instrumentos de penetración y coerción cultural, o bien como simples medios de espionaje.

Este orden de cosas cambió después de la crisis económica internacional de los años ochenta y de la caída del Muro de Berlín. Las antiguas relaciones Estados Unidos-México, basadas en la desconfianza y el recelo, llegaron a su fin: se abrió entonces un nuevo, insospechado ciclo en donde la cooperación y el intercambio han sido las variables dominantes. Para México, esta nueva época ha sido de democratización y de confianza y apertura cultural hacia Estados Unidos. La experiencia educativa estadunidense está siendo revalorada por los profesores de México. Empero, esta disposición a la cooperación y al intercambio con Estados Unidos se asocia a la expectativa de respeto y reciprocidad de su poderosa contraparte. Pronto, en el futuro inmediato, veremos si esto es posible. n

Educación pública y política de Estado

EDUCACIÓN PÚBLICA Y POLÍTICA DE ESTADO

POR JUAN RAMÓN DE LA FUENTE

Ofrecemos el discurso del rector de ¡a UNAM Juan Ramón de la Fuente ante la Cámara de Diputados, el 11 de septiembre de 2001, durante la sesión conmemorativa del 450 aniversario de la Universidad en México. La razón de ser de estas palabras se funda en la educación como valor fundamental para el ejercicio responsable de la democracia.

La decisión de la LVIII Legislatura de la Cámara de Diputados del Honorable Congreso de la Unión de realizar una Sesión Solemne con motivo de los 450 años de la Fundación de la Universidad en México, constituye un hecho inédito que los universitarios valoramos en toda su dimensión y apreciamos en todo lo que significa. A todas las fracciones parlamentarias les externamos nuestro profundo agradecimiento.

En la Universidad quedaron plasmados los valores de nuestras culturas prehispánicas. los principios de la filosofía aristotélica y del derecho romano, y las esclarecedoras ideas del Renacimiento. Por la Universidad llegaron hacia nosotros los principios renovadores de la Enciclopedia, de la Independencia de Estados Unidos y de la Revolución Francesa.

En la Universidad certificaron sus estudios iniciales los mayores capitanes de nuestra guerra de Independencia; y a pesar de casi un siglo que transcurrió entre luchas intestinas y asaltos extranjeros, la Universidad volvió a surgir con fuerza al mismo tiempo que estalló la Revolución Mexicana.

La Universidad encabeza desde entonces —con las armas aurorales de la educación— los anhelos de democracia, justicia social e igualdad en la libertad de la sociedad mexicana.

En la Universidad, asimismo, se ha inventado o descubierto la mayor parte de los bienes culturales con que México puede ostentarse ante el mundo como país civilizado, poseedor de una historia donde se muestra nuestro afán de progreso en el bienestar y los derechos del ser humano.

En la Universidad se han hecho, de ahí han salido muchos de los mejores de nosotros, los que han egresado de sus aulas dispuestos a conquistar la vida en la honestidad y en el servicio en solidaridad con los más débiles.

Por eso la Universidad, nuestra Universidad, ahora Nacional y Autónoma, ha sido y es, ante todo, un proyecto social de gran envergadura; con sus permanentes luchas por consumarse como fuente del pensamiento libertario y conciencia crítica de la nación, y con el compromiso indeclinable de sostener los ideales de la supremacía del espíritu, de la cultura y de la dignidad humana.

La Universidad ha de seguir formando profesionistas competentes, ha de continuar investigando para conocer cada vez mejor los problemas que nos atañen; ha de persistir fomentando el humanismo y la creación de la cultura y del arte para que se extiendan sus beneficios; y ha de asumir también, acaso con más fuerza, el compromiso de aportar elementos para construir mejores escenarios sociales y orientar, en el ámbito de su competencia, los rumbos del desarrollo nacional. Pero ha de dedicar ante todo, lo mejor de sí misma, a sus estudiantes que son razón de ser.

La nuestra es hoy una Universidad de masas, con todos los problemas y necesidades que esto implica, pero también con todos los beneficios que eso ha significado para el país: es, sin duda, el mejor instrumento de movilidad social que los mexicanos hemos sido capaces de construir a lo largo de nuestra historia. Es una de las instituciones vigentes más antiguas que poseemos y es además única, por la combinación de funciones que desempeña. El reto ahora radica en preservarla y fortalecerla en estos tiempos tan complejos como contradictorios.

Estamos inmersos en la primera gran crisis de la “nueva economía”, aquella que se nos anunciaba sin ciclos, de bonanza sin fin. Pero, además, los factores de la desconfianza se han acentuado por una crisis de seguridad sin precedentes: la globalización de la información, de la economía y de las finanzas, lo es ahora también del terror y la inseguridad.

La idea de que el libre mercado internacional habría de conducirnos necesariamente a un desarrollo con paz y progreso, y que las necesidades colectivas podrían atenderse mejor importando servicios financiados con capital privado, pierde cada vez más credibilidad y los hechos no parecen sustentarla.

Precisamente por eso, son éstos tiempos de volver la mirada hacia nosotros mismos, de trabajar conjuntamente en la solución de nuestros problemas y de fortalecer al Estado mexicano a través de sus instituciones.

Esta Sesión Solemne dedicada a la Universidad es una muestra inobjetable de la importancia que le merecen a esta Honorable Legislatura la educación en México y las instituciones públicas en las que ésta se imparte.

Y es que la educación sigue siendo la única que nos puede conferir soberanía personal y hacernos verdaderamente aptos para el ejercicio responsable de la democracia. La educación, como se ha dicho, es el gran motor que requiere la sociedad mexicana, sobre todo si realmente pretendemos avanzar hacia un futuro más propio, más nuestro, más justo; pero la educación puede ser, además, un eje articulador de muchos de los compromisos nacionales que están enunciados pero que no se han instrumentado.

Urge atender la creciente demanda que tenemos y tendremos en los próximos años en la educación media superior y superior, fortaleciendo sobre todo a las universidades públicas, que son las que cuentan con la mayor infraestructura y las plantas académicas más completas; son las que realmente cargan con el peso de la educación superior en México. Urge consolidar una verdadera política de Estado en materia de educación pública, con criterios explícitos de asignación de recursos, mecanismos de evaluación objetivos y rendición de cuentas transparente, que tome en consideración, además de las funciones docentes, las de investigación y difusión cultural.

A pesar de las grandes limitaciones económicas que tenemos y de la incertidumbre internacional, el presupuesto federal para la educación pública debe ser prioridad nacional y crecer en consecuencia. Es un compromiso ineludible del Estado y una demanda social irrenunciable. De no ser así, mucho me temo que nuestros problemas sociales, lejos de reducirse, crecerán en los próximos años.

Concluyo tomando prestadas las palabras del maestro Justo Sierra, cuya memoria se honra permanentemente en este recinto. “La Universidad tendrá la potencia suficiente para coordinar las líneas del carácter nacional, y mantendrá en alto, para proyectar sus rayos en las tinieblas, el faro del ideal, de un ideal de salud, de verdad, de bondad y de belleza”. n