El consumo

Valdría recordar que el consumo es producto de una sociedad que se atiene a sus variantes políticas, económicas y culturales, desde sus mínimos a sus máximos niveles. Esto es, el consumo visto como un fenómeno natural del comportamiento humano. El consumismo, como un exceso del desarrollo social y sus múltiples apetitos. La sociedad de consumo puede estar dentro y fuera de lo que es real, de lo que es posible y de lo que es necesario. El querer ser rebasa, generalmente, los límites de lo que se puede ser, acaso porque nuestros gustos son más fuertes que nuestras razones. El consumidor suele actuar al margen del código elemental de sus necesidades.

Si la desigualdad de los gustos es inseparable de la desigualdad de los caracteres humanos, no lo es menos de sus necesidades, sean éstas primarias o secundarias, trátese de diferencias de régimen alimenticio o de estilos existenciales. Sócrates se consideraba muy rico por ser hombre de pocas necesidades. Platón creía que ni siquiera un dios podía imponerse a la necesidad. Según Aristóteles, la necesidad nunca puede ser persuadida con argumentos. Algunos poetas, como Salvador Díaz Mirón, prefieren la indispensabilidad de lo superfluo. Lo necesario puede ser para muchos una dictadura, una limitación, un castigo imaginativo.

Bien sabemos que la civilización propende a multiplicar las necesidades al transformarlas en deseos; los deseos, vinculados a gustos y los gustos a placeres. En esa fina línea que va de lo posible a lo imaginado, desde la necesidad en su origen fisiológico y el deseo en su origen psicológico. Un nihilista reconocido, como Nietzsche, no vaciló en señalar que interpretamos el mundo a través de nuestros deseos, confesando: “Entre los requisitos que se dan entre los hombres más libres figura el de desear más”. Sin duda, el hombre nace con los dientes afilados del deseo, como si el deseo fuera —y lo es— uno de los motores principales de la vida.

Sin la relación de la necesidad-deseo sería difícil entender las motivaciones humanas que han parido y sostienen a la sociedad de consumo, con todas sus categorías y contradicciones. Una necesidad satisfecha genera la siguiente. Del pan solo, al pan con mermelada; del par de zapatos negros, al par de zapatos marrones; del piso pequeño a otro más amplio; del radio al televisor; de un paseo por Chapultepec a un viaje a Acapulco… Lo suficiente se vuelve poco. Nadie puede asegurar que se tenga lo suficiente para siempre y. muchas veces, cómo definirlo. Fue Karl Marx el que dijo: “La primera necesidad satisfecha condena a nuevas necesidades”. Y Karl Kraus el que ha recordado: “Consumimos y vivimos de forma que el medio consume el fin”. Vivimos un tiempo en el que hasta el sol se ha convertido en artículo de consumo.

Bajo estos enfoques esenciales, habría que contemplar la sociedad de consumo como un fruto legítimo del progreso y del ideal de bienestar. Aspiración válida a un nivel de vida mejor, estímulo de hábitos de higiene y previsiones saludables. Y. en cierto modo, seducción por la diversidad contra la monotonía de la uniformidad. La uniformidad es antisocial. Lo que es distinto al consumismo: la economía convertida en cosa desde la ley suprema de la mercancía. La pasión de comprar, al servicio del egoísmo colectivo: la ambición de poseer, como glotonería del tener.

Con el dinero como religión, templo de los dinerómanos, el lucro como dios.

La sociedad de consumo debiera comprenderse como una aspiración de bienes abundantes, lejos de la subsistencia, que es la del subconsumo. En el lado opuesto, el consumismo no es la alternativa mejor. Convierte la sociedad en saciedad. La sociedad corrompida. que temía Rousseau. n

 

Eulalio Ferrer Rodríguez. Escritor y publicista. Su más reciente libro es Páginas del exilio.

El gen

EL GEN

POR LOUIS LEVINE

De los muchos descubrimientos de este siglo que afectan nuestra salud y bienestar, los más importantes han sido aquellos que involucran a los genes. Esto incluye no sólo a los genes del ser humano, sino también a los de animales, plantas, bacterias y virus. A través de nuestro conocimiento de los genes y de su funcionamiento hemos podido incrementar nuestro suministro de alimentos, producir medicinas, prevenir y hasta tener la perspectiva de curar ciertas enfermedades a través de la terapia genética.

Mirando el siglo XX en restrospectiva, parece profético que en 1900 la ciencia genética surgiera como resultado de una comprensión general del patrón de transmisión de rasgos de una generación a la siguiente. La existencia de factores, más tarde llamados genes, que determinan las diversas características de un organismo fue descubierta en 1866 por el monje agustino Gregor Mendel, basado en sus experimentos con guisantes. De cualquier forma, no fue sino hasta 1900 que su trabajo fue repetido y sus descubrimientos confirmados. A principios de este siglo se vio un incesante incremento de las investigaciones con gran variedad de organismos. Los estudios estaban orientados a asociar genes específicos con ciertos rasgos particulares, a descubrir las variantes, llamadas alíeles, que un gen puede tener, y determinar el punto específico en un cromosoma en particular en el que cierto gen se encuentra. Mientras avanzaban las investigaciones se descubrió que los genes de un organismo constituyen una base de datos que mantiene la información necesaria para la formación del organismo con todas sus características. En el caso de los seres humanos, éstos incluyen la capacidad mental y el comportamiento emocional. También los factores ambientales como la comida, las enfermedades contagiosas o las drogas pueden afectar la forma final de los rasgos. Sin embargo, nuestros genes conceden una “copia fotostática” que especifica los límites potenciales de cada una de nuestras características. Además, y por desgracia, nuestros genes pueden causar disfunciones corporales que resultan en ciertas enfermedades como la diabetes, la alta presión sanguínea y el cáncer.

Mientras que el estudio de las acciones de los genes progresaba, una segunda línea de investigación se dirigió hacia el descubrimiento de la naturaleza química del gen. De estudios que fueron reportados en 1871 por el químico Friedrich Miescher, se sabe que los cromosomas consisten en proteínas y ADN (ácido desoxirribonucleico). Sin embargo, no fue hasta la década de 1940 que los experimentos utilizando principalmente bacterias y virus revelaron que era el ADN y no las proteínas lo que conforma los genes de los organismos. En 1953, James Watson y Francis Crick formularon su ahora famoso modelo de la estructura del ADN. El ADN consiste en dos cadenas paralelas conectadas. Cada cadena está hecha de series interconectadas de componentes químicos más pequeños llamados nucleótidos, de los cuales hay cuatro tipos: adenina (A), guanina (G), timina (T) y citosina (C). La secuencia de estos cuatro tipos de nucleótidos,. en una multitud de combinaciones, da como resultado los genes de un organismo.

Una vez que se comprendió la naturaleza química del gen fue posible pensar en formas de manipular genes individuales para el beneficio de los seres humanos. Esta idea se convirtió en fuerza conductora para el mejoramiento de la salud y la supervivencia humana con el descubrimiento de una forma de transferir los genes de un organismo a otro. En 1964, el microbiólogo Werner Arber encontró que las bacterias tienen un grupo especial de enzimas, llamadas enzimas de restricción, en sus células. Estas enzimas son capaces de recortar una sección del ADN de un cromosoma. El segmento separado puede entonces insertarse en el ADN de otro organismo que ha sido tratado de manera similar con la enzima de restricción. El segmento añadido de ADN puede provenir de un miembro de la misma especie o de otra y puede contener uno o más genes. Cualquier gen transferido continúa funcionando en su nueva posición de la misma manera que lo hacía en el organismo de origen. A un organismo que lleva un gen de una especie diferente se le conoce como organismo transgénico.

La técnica descrita ha sido utilizada para producir medicinas como insulina para diabéticos, hormona del crecimiento para individuos con problemas de atrofia física, e interferon para combatir infecciones virales. En estos casos, un gen humano normal para cada uno de estas proteínas es transferido al ADN de una bacteria separada. Cada una de estas bacterias se divide para formar estirpes cuyos miembros producen el compuesto químico particular de manera barata y abundante.

Otra técnica para la transferencia de genes involucra la inyección de un gen, obtenido a través del uso de una enzima de restricción, directamente en un huevo fertilizado de un animal de granja. Si es un gen humano y se incorpora en uno de los cromosomas animales, el animal producirá la proteína humana en sus tejidos. Además, el animal puede ser criado para producir una estirpe que lleva el gen humano. Utilizando este procedimiento, ahora disponemos de ciertas proteínas de varias fuentes animales: la leche de ovejas transgénicas, alpha-1-antitrypsin. que ayuda a combatir el enfisema; la leche de cabras transgénicas, activador de tejido plasminogen, que disuelve los fatales coágulos sanguíneos internos, y la leche lactoferrina de vacas transgénicas, que tiene capacidades antibacteriales.

El campo de la agricultura también se ha beneficiado de la tecnología de la transferencia de genes. La producción alimentaria para una población mundial en incesante incremento (6,000 millones en el año 2000 y 8,000 millones en el 2025) es amenazada por insectos devoradores de cosechas. Existe, sin embargo, una especie de bacteria, bacillus thuringiensis, que produce ciertos componentes químicos llamados toxinas que matan a los insectos que las ingieren. Ha sido posible transferir los genes productores de toxinas de la bacteria al maíz, al trigo, y a otras plantas comestibles. Las plantas transgénicas producen las toxinas en sus tejidos y en consecuencia matan a cualquier insecto que se alimenta de ellas. Se ha observado que estas toxinas son seguras para los humanos y la fauna silvestre.

En la medicina, el uso más creativo del ADN ha sido como droga terapéutica contra los microorganismos infecciosos. Una cadena nucleica muy corta y químicamente modificada puede sintetizarse artificialmente de manera que se combina con una sección específica del ADN del organismo. Bajo estas condiciones, el material hereditario del organismo no se puede duplicar y, como resultado, el organismo no puede multiplicarse. Esto reduce severamente el daño que podría causar la infección. Se ha elaborado una droga del ADN contra el citomegalovirus, que causa una infección ocular que puede llevar a la ceguera. El 20% de los enfermos de sida padece este tipo de infección.

El último uso médico del ADN es la terapia genética que tiene como meta la utilización de la transferencia de genes para curar una gran gama de enfermedades hereditarias o adquiridas hasta ahora incurables. Lo que ha demorado el progreso de la terapia genética es la necesidad de encontrar mecanismos eficientes (vectores) para obtener genes terapéuticos dentro de los tejidos y los órganos específicos atacados por la enfermedad. Los vectores utilizados más comúnmente son los virus en los que los genes que causan la enfermedad son reemblazados con un gen humano benéfico. A pesar de que personas con enfermedades tales como la fibrosis cística, la hipercolesterolemia y la melanoma han reducido la severidad de sus males por procedimientos de la terapia genética, ninguna ha sido aún curado por completo.

Al anticipar el próximo siglo, nos preguntamos: ¿cuál será el impacto futuro de los genes para el bienestar humano? Mientras continúan los estudios de la relación de los genes con las características humanas nos sentimos seguros de que lograremos una mayor apreciación de las funciones relativas que la herencia y el ambiente tienen en determinar nuestros rasgos físicos, mentales y emocionales. Esto ayudará a comprendernos mejor y nos dará la información necesaria para proveer cualquier ambiente especial que se requiera para realizar nuestras capacidades potenciales. El incremento en la producción alimentaria deberá continuar mientras adaptamos nuestra tecnología de la transferencia de genes no sólo para lograr un número creciente de plantas, sino también de animales. Por último, en el campo de la medicina podemos prever una creciente capacidad para curar y, más importante, para prevenir las enfermedades. No debe sorprender que el principal mecanismo del progreso para el bienestar humano en el siglo XXI sigan siendo los genes. n

Traducción de Jaime Ramírez Garrido

Louis Levine. Profesor de Genética en el City College de Nueva York.

El Estado Nación

EL ESTADO-NACIÓN

POR JORGE JAVIER ROMERO

Habría  que empezar por el principio: ¿qué es una nación? La pregunta parece trivial, pero no carece de sentido, porque la palabra nación tiene dos significados: en su sentido más amplio, nos refiere al conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno. Digo que este es su sentido más amplio, porque esta definición política de nación no es excluyente: bajo un mismo gobierno pueden convivir múltiples expresiones culturales aunque a lo largo de la historia moderna, esa que comienza en el siglo XVI, precisamente con el nacimiento de los Estados llamados nacionales, más que convivencia lo que se ha dado ha sido el sometimiento de unas identidades culturales por otras.

La historia de los Estados nacionales es la historia de la construcción de monopolios ejercidos por organizaciones con ventaja comparativa en la violencia sobre un territorio determinado. Los grandes Estados, en su mayoría, no nacieron a partir de la preexistencia de una comunidad cultural que se unifica políticamente, sino de la capacidad de cierta maquinaria militar para imponerse sobre sus competidoras. De ahí que, bajo un mismo dominio político, las más de las veces acabaran conviviendo, o sometidas, distintas naciones en la definición cultural, tal vez más restringida, del término, esa que se refiere a un conjunto de personas de un mismo origen étnico y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una religión y una tradición común.

La identidad cultural tiene una enorme utilidad militar, como lo demuestra cualquier historia patriótica; las guerras que llevaron a la construcción de las maquinarias estatales modernas tuvieron una justificación étnica, religiosa o lingüística, pero pocas veces las fronteras político-militares coincidieron con las fronteras culturales, sobre todo porque las segundas no eran en modo alguno precisas. La construcción de las identidades nacionales uniformes dentro del marco de las fronteras establecidas por el dominio militar tuvo mucho de artificial, de legendario, cuando no de impuesto. La identidad hegemónica, que en más de un caso se abrió paso asfixiando a la diversidad cultural, fue casi siempre la continuación cultural de la conquista militar.

El hecho es que la idea de nación ha sido uno de los elementos claves para construir la legitimidad —el dominio aceptado— del Estado: la existencia de un pueblo con destino común determina la existencia de una nación; la existencia de una nación justifica el nacimiento de un Estado. Sin embargo, si es la preexistencia de la comunidad cultural la que le da su razón de ser al Estado, entonces la soberanía sólo puede ser ejercida por la expresión de la voluntad general, por lo que el poder absoluto de los monarcas acaba por ser injustificable. La construcción ideológica de la nación —en el sentido amplio— está preñada de democracia.

Pero si la idea de pueblo con destino común fue clave para incubar a la democracia moderna, también lo ha sido para el surgimiento de los nacionalismos excluyentes: la historia del siglo XX ha estado marcada por los efectos devastadores de la ideología nacionalista, del experimento atroz del nazismo a la guerras étnicas de los Balcanes, sin que se pueda olvidar la crueldad asesina de ETA en nombre de una nación inventada apenas a finales del siglo XIX por el delirio racista de un sastre de pueblo.

La idea de nación excluye, en la misma medida que el Estado que la prohijó tiene que eliminar a sus competidores. ¿Qué quedará de todo esto en el siglo que está por empezar y que se anuncia marcado por la globalización?

Si del siglo XVI a la mitad del XX las grandes maquinarias militares permitieron el dominio de los imperios sobre comunidades culturales diversas, y si los Estados nacionales proliferaron a partir del fin de la Primera Guerra mundial, hoy parece anunciarse una era de estructuras supra-nacionales marcadas por la convivencia democrática de culturas diversas. Sin embargo, no se pueden echar las campanas del optimismo al vuelo sin mirar con detenimiento lo que en realidad ha ocurrido en las últimas décadas: aun cuando los Estados nacionales territorialmente definidos han sufrido un declive, se ha tratado de un proceso desigual, particularmente restringido al poder y al alcance de los Estados nacionales dominantes. La sociedad global europea alcanzó su pináculo hacia el final del siglo XIX y principios del XX y la hegemonía norteamericana ha sido, sobre todo, una cuestión de las décadas inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra mundial. Pero sus respectivos declives no pueden ser tomados como indicador del declive del sistema estatal en sí mismo.

Lo que se ha visto durante los últimos años es, por el contrario, el nacimiento de nuevos Estados nacionales; la descomposición de la URSS, el estallido de Yugoslavia o la pacífica partición de la antigua Checoslovaquia son los ejemplos más notables que muestran cómo la idea del Estado nación, el nacionalismo, la aspiración a la independencia territorial y el deseo de establecer, recuperar o mantener la soberanía gozan de vitalidad en el mundo contemporáneo.

Además, la globalización en el ámbito de la información y las comunicaciones, lejos de crear una percepción de la existencia de valores, intereses y propósitos comunes al género humano, ha servido para reforzar la impresión del significado de la identidad y la diferencia. En el mundo globalizado los movimientos reivindicativos de identidades culturales particulares no han disminuido; por el contrario, lo que ha ocurrido en las últimas décadas es que a la par de la aparición de entidades de poder supranacionales, las reivindicaciones culturales de carácter local o regional se han reactivado, a la vez que se han hecho evidentes las contradicciones ideológicas y de intereses que existen a todo lo largo del planeta. La revitalización de los fundamentalismos religiosos no es un dato menor en este escenario mundial.

Una consecuencia de todo lo anterior es que en los foros internacionales se han abierto paso las visiones no occidentales de los derechos, la autoridad y la legitimidad. Los significados de muchos de los elementos claves del sistema internacional se hayan sujetos a profundos conflictos de interpretación. Los intentos por crear un nuevo derecho cosmopolita para la conducta y la cooperación internacionales, inspirado en la carta de las Naciones Unidas, no ha tenido éxito en términos generales. Por ello, más que un final de la era de los Estados nacionales, si algo marca a la globalización es el declive de los Estados hegemónicos, declive que está lejos de ser completo.

A pesar de algunos augurios, el mundo globalizado es un mundo de Estados nacionales independientes y en competencia. Con todas sus nuevas limitaciones, existe un espacio amplio para la acción estatal autónoma, aunque la autarquía sea ya imposible y los márgenes para la reivindicación de la soberanía como pretexto de dictaduras y autoritarismos sean cada vez más estrechos. El sueño del mundo sin fronteras, cosmopolita, próspero e igualitario, aunque culturalmente diverso, parece aún muy lejano. n 

Jorge Javier Romero. Profesor de la UAM Xochimilco.

La novela

LA  NOVELA

POR ARTURO FONTAINE TALAVERA

Un  mero bestseller ayuda a matar el tiempo. Una novela de veras, sea o no un bestseller, da tiempo. Con un mero bestseller se olvida uno de la espera, de la lata, de lo que nos preocupa. Nos saca de nosotros, ojalá. Y ésa es su gracia, la del olvido. Una buena novela, en cambio, adelgaza la sensibilidad y permite imaginar el mundo tal como lo ven otros, los personajes. Al mismo tiempo, nos hace vernos. Por eso se queda en nuestro recuerdo. Seguimos imaginando las buenas escenas de una novela.Y ésa es su gracia, entonces, la de la memoria.

Quizá la literatura sea más verdadera que la filosofía. Porque la filosofía de alguna manera apuesta a que al final las piezas calzan, aunque sea en el absurdo. El novelista intuye que ni siquiera esto último da cuenta y, simplemente, cuenta. Aunque tal vez esto no deba afirmarse así, como si fuese una tesis filosófica. Habría que experimentarlo al interior de una novela. Lo que ocurre no alcanza su plena realidad. Ser novelista es estar atento al punto de vista del otro, sentir la pluralidad de modos que tiene la vida. El escritor está en su ficción con la víctima y el victimario. (Como persona, por supuesto, puede y debe tomar partido). El novelista en cuanto tal no juzga, no condena. Comprende. Y entonces, salva.

Los escritores de ayer, de hoy, de mañana, los escritores que valen la pena construyen algo así como lentes de microscopio que permiten descubrir mundos ignorados y que, sin embargo, estaban ahí, bajo nuestras narices. Una buena novela puede cambiar una vida. No de golpe, no como quien descubre un gurú y se convierte en otro de un viernes a un lunes. No. Más bien como una gotera que va horadando el viejo yo y haciendo aparecer otro.

Justamente porque las buenas novelas se graban, su cincel sigue trabajando adentro de nosotros. Hace años que no leo una página de querer  y paz. Y sin embargo me encuentro pensando de repente, sin querer, en sus personajes y las situaciones por las que pasaron. Las personas que amamos siguen volviendo a la mente aunque hayan muerto hace años. Así los personajes de las buenas novelas se resisten a morir, y nos visitan cuando menos lo esperamos.

Lo mismo pasa con los personajes del teatro. Hamlet, el rey Lear, o la pareja de Romeo y Julieta, una vez que se conocen, se quedan y reaparecen. Por ejemplo, en Shakespeare apasionado, la película de John Madden premiada el año pasado. Es un film liviano, simpático y divertido. El script de Stoppard y Norman juega con Romeo y Julieta. De alguna manera es una historia para esa historia. A la vez, Viola (Gwyneth Paltrow) a ratos es Rosalinda, la muchacha de la comedia As Yon Like It que se hace pasar por un joven.

A los directores de cine les gusta, a veces, hacer películas a partir de novelas. A menudo el que las leyó y disfrutó, sale desencantado. ¿Por qué? Porque la película que se pasó el lector mientras leía, es distinta. El lector no es un espectador sentado en la butaca, mirando un film hecho por otro. Tampoco un auditor en la sala de conciertos.

El lector de novelas es como el primer violinista de la orquesta. La novela es su partitura. El es el director que inventa su film a partir del script que es la novela. A menudo esa película no se aviene para nada con la que ha hecho otro señor igual a él, sólo que capaz de llevarla a la pantalla grande o chica. Por eso sale incómodo: lo que él imaginó no se parece a lo que vio.

Me ocurrió cuando vi hace algún tiempo Retrato de una dama. Nunca me imaginé así a los personajes. Sentí que me querían confundir haciéndolos aparecer diferentes de como yo sabía que eran y habían sido siempre.

Como encontrarse con un antiguo amor y darse cuenta de que ya no tiene nada que ver con la que era, la que no podíamos sino amar. ¿Qué fue de ella? ¿Dónde está? Y los antiguos amantes se miran tratando de encontrar en algún rincón de la mirada, en algún movimiento de la mano o de la sonrisa, esa pieza que permita armar todo el rompecabezas. Y no se encuentra. Porque lo que falta no está sino en el ojo del que mira. La muerte del amor llega cuando se ha olvidado una cierta manera de imaginar a la persona amada, de sentir su vida y la mía. El amor es una forma que toma la imaginación. Esto porque en el amor siempre hay algo de interpretación. Querer es, en parte, querer interpretar a otro.

Lo mismo con los personajes de una novela: queremos interpretarlos. Por eso el lector, mientras imagina, crea junto con el escritor y la novela empieza a existir. Hasta entonces era como una partitura que guarda sus sonidos y armonías, esperando que un músico quiera darle vida, n

Arturo Fontaine. Escritor. Cuando éramos inmortales es su última novela.

La riqueza

LA RIQUEZA

Los mexicanos nos hemos pasado décadas debatiendo las causas de la pobreza, pero hemos avanzado muy poco en su solución. Se ha escrito una infinidad de estudios, tratados y propuestas para enfrentar el problema, pero ese esfuerzo no ha arrojado ni siquiera un consenso sobre cuáles son sus causas ni mucho menos cómo combatirlo. Aunque sin duda hay que enfrentar el problema de la pobreza que aqueja a una enorme porción de la población del país, también hay que reconocer que todo el esfuerzo conceptual y práctico invertido hasta la fecha ha sido en buena medida irrelevante porque lo que en verdad importa no son las causas de la pobreza, sino las causas de la riqueza.

Entender y enfrentar la pobreza es una necesidad evidente, pero no nos lleva demasiado lejos. Todos esos esfuerzos serían mucho más productivos si se orientaran a entender las causas de la riqueza y a crear las condiciones para que ésta sea posible. De hecho, llevamos siglos haciendo sumamente onerosa la creación de riqueza y prácticamente imposible su distribución; hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para preservar todo lo que genera pobreza en lugar de avanzar en su contra. Es tiempo de volcar la vista hacia la otra cara de la misma moneda.

La concepción de la riqueza ha cambiado a lo largo del tiempo. Los diccionarios tienden a ofrecer una definición estática de la misma, generalmente referida a la posesión o abundancia de bienes o “cosas preciosas”. La historia española del siglo XVI en adelante es paradigmática de esa definición: las colonias españolas en América contribuyeron para que aquella nación amasara enormes fortunas en la forma de lingotes de plata y otros minerales que, sin embargo, acabaron por esfumarse. Un par de siglos después, España, el imperio más rico en más de un milenio, estaba prácticamente quebrada. Algo semejante se puede decir de todas las naciones que poseen diversas riquezas naturales, como el petróleo. Como bien ilustra nuestra realidad actual, el hecho de que un país posea abundantes bienes naturales no implica necesariamente bienestar para su población. La riqueza de un pueblo es producto de su trabajo, de su capacidad para transformar recursos en capital, y éste en producción de bienes, servicios y satisfactores diversos. Dicho en otros términos, la verdadera riqueza de una nación consiste en el acervo de activos productivos capaces de convertir insumos varios (como pueden ser el petróleo, el oro, una determinada ubicación geográfica, la cultura o las ideas) en satisfactores para la población. Mientras más eficiente es esa transformación, más rica es una nación.

El caso de Japón rompe con todos los esquemas tradicionales de generación de riqueza: se trata de una nación pobre en recursos, pero extraordinariamente rica en capacidad para transformar recursos diversos en riqueza. La riqueza de esa nación asiática no se deriva de la posesión de grandes yacimientos minerales, sino de la extraordinaria productividad de su gente. Utilizando la tecnología con gran habilidad, la economía japonesa logró producir muchos más bienes con menos recursos que la mayoría de sus competidores; de esta manera, al producir más eficientemente, su población pudo obtener ingresos más elevados sin que ello afectara el nivel general de precios de la economía. Algo semejante ha ocurrido en los países europeos, en Canadá, en Estados Unidos y, en general, en todos los países que identificamos como “ricos”. Muy pocos pondrían en esa lista a los países que poseen grandes yacimientos de petróleo o de otros minerales pero cuya población es mayoritariamente pobre.

No es casualidad que los países ricos sean los que crean riqueza a partir del trabajo o del desarrollo de alguna idea. Esas naciones tienen una estructura social, política, institucional y económica que hace posible la generación de riqueza. Las escuelas se dedican a formar personas con habilidades básicas en el lenguaje y en las matemáticas, y a desarrollar individuos capaces de comprender instrucciones complejas. La economía está estructurada de tal forma que los empresarios cuentan con un marco de certidumbre para poder desarrollar su actividad; las instituciones financieras operan dentro de un entorno de predictibilidad, lo que les permite realizar su función, a sabiendas de que sus usuarios son legalmente responsables. Las estructuras institucionales y legales permiten resolver conflictos y hacer cumplir los contratos. En suma, los países ricos no lo son por casualidad: su riqueza se deriva de la existencia de una infraestructura social, institucional y económica que permite —y, de hecho, fomenta— la creación de riqueza.

En México, la estructura institucional está saturada de impedimentos para que se desarrollen nuevas empresas; las autoridades tienden a premiar (y, de hecho, a proteger) a las empresas existentes respecto a nuevos competidores, todo lo cual hace sumamente difícil la creación de riqueza. Y ahí donde la riqueza se crea, su distribución resulta sumamente difícil y la calidad de la educación no favorece el incremento constante de la productividad, lo que limita severamente el potencial de crecimiento de los salarios reales. En suma, México es una nación pobre porque contamos con una infraestructura pobre. La riqueza comenzará a generarse y a fluir el día en que nos dediquemos por fin a romper los impedimentos que nos hemos autoimpuesto.  n

Luis Rubio Politólogo, director del CIDAC. Su más reciente libro es Tres ensayos. Fobaproa, privatización y TLC.

Morir sabiendo

MORIR SABIENDO

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

Quien quería  saber  algo sobre su vida y su muerte consultaba antes a magos y gitanas.

Hubo un ministro de Hacienda mexicano que en los años cincuentas del siglo anterior fue a la India a escuchar a un nigromante al que acudían príncipes y actores, brahmanes y mandatarios, mujeres dudosas y hombres melancólicos de todos los lugares de la tierra.

El vidente, ciego y manco, leía la vida y la muerte, pidiendo como único pago de entrada que el invitado aceptara la doble adivinación de la fecha de su nacimiento y la del fin de sus días. Luego, le contaba los hechos que le esperaban adelante.

El ministro de Hacienda volvió decepcionado del vidente porque falló desde el prólogo, diciendo mal su fecha de llegada al mundo, a partir de lo cual todas las buenas cosas que el ministro escuchó del adivino, entre ellas que habría mujer joven y fortuna nueva, no entraron en su ánimo.

De vuelta al país natal, el ministro visitó a su madre anciana, moribunda de los años, y le contó su decepción. Cuando le dijo la fecha errónea de su llegada al mundo que el vidente había inventado, su madre palideció.

— Es la fecha correcta en que naciste —le dijo—. Te registramos meses después en otro sitio, porque tu padre te quería nativo de su ciudad. La fecha fue cambiada por error del escribiente.

El ministro se llamaba Ramón Beteta. Los diccionarios dicen que nació en 1901 y murió en 1965. Desconozco lo que hizo el último año cierto y anticipado de su vida. Nadie supo, aparte de él, si la fecha en que el mundo se apartó de sus ojos fue la que le dijo el nigromante.

Los augurios de la vida y la muerte han cambiado desde entonces. Leí hace algún tiempo un reporte sobre el dilema ético del cáncer de mama. Es un mal que puede diagnosticarse con certeza décadas antes del primer síntoma. Puede saberse desde el parto si la bebé que apenas toca el mundo teje ya dentro de sí un cáncer de mama para su edad adulta. El daño remite a un futuro lejano pero inexorable, que puede preverse pero no curarse con anticipación.

El dilema ético de los médicos es si deben decirlo a los padres. La advertencia no alivia nada, es una condena diferida. Los padres que la reciben, empiezan a cargar el dilema de los médicos: ¿deben decirlo a sus hijas? ¿Deben prepararlas para el mal que vendrá o dejarlas vivir inconscientes, como todos, de la muerte que crece silenciosamente en ellas?

Hay mejores y peores salidas prácticas al dilema. Padres optimistas harán discreto caso de la profecía y esperarán la solución ansiada de la ciencia. Padres melancólicos vivirán bajo la sombra del destino anunciado como bajo una sentencia que se paga día a día. El momento inquietante del dilema, sin embargo, es saber. quitar por un momento la certeza de libertad y campo abierto que constituye por su mayor parte la ilusión de estar vivos, el hecho de no saber sino aproximada y ciegamente el límite de nuestra vida, la forma y hora de nuestra muerte.

La ciencia completará la profecía. Podrá decir a todo el que nace, desde que nace, el tiempo de su vida y la causa de su muerte. Podrá también limpiar la cadena genética de las debilidades hereditarias, de modo que los seres humanos puedan vivir ciento treinta años.

Anticipando esas vidas largas, se sugiere ya que la causa principal de muerte en el planeta llegará a ser el suicidio: la decisión voluntaria de no seguir viviendo porque la vida ha colmado todas las esperanzas o inflingido todas las penas que un ser humano puede tener.

Se sufre, decía Borges, porque la vida es demasiado corta o demasiado larga. Salvo accidentes, guerras, catástrofes y homicidios, que siempre habrá, la vida demasiado larga será en el mundo que asoma la rara peste existencial del hombre. Pero aun en ese mundo, donde se morirá libremente, por propia decisión, y cada uno será por fin el soberano de su propia muerte, saber la hora precisa del propio tránsito parece, contra la esencia misma de la vida, que es negar locamente el propio fin, saber a tropezones cómo vivimos, pero ignorar gozosamente, la hipocondría incluida, cuándo y cómo hemos de morir,   n

Héctor Aguilar Camín Escritor. Su más reciente libro es El resplandor de la madera.

Los intelectuales

LOS INTELECTUALES

Entre los muchos males que se atribuyen al creciente dominio de la imagen en nuestra cultura, algunos autores ponen especial hincapié en el desvanecimiento de los intelectuales de la vida pública. Este desvanecimiento tendría, al parecer, dos caras. Por una parte, se estaría perdiendo el sentido de responsabilidad social de las personas ilustradas, esa conciencia del privilegio que conlleva una preparación intelectual y cultural, y de la obligación de ponerla al servicio de los intereses colectivos. Por otra parte, el papel de los intelectuales como creadores de opinión lo estarían asumiendo las nuevas estrellas de los medios: los actores de telenovela, los conductores de televisión, las figuras del rock o del rap.

Para que el razonamiento funcione es preciso partir de la segunda premisa y darla por cierta. Un filósofo atormentado por el rumbo desencaminado de nuestra sociedad puede tener aún la tentación de transmitir a la opinión sus preocupaciones, pero, una vez que se hace evidente que no puede competir con el mensaje embrutecedor y trivializante de los medios audiovisuales, optará por refugiarse en sus reflexiones solitarias, se convertirá en un especialista académico o en un autor que escribe sólo para una minoría. A esto lo llamaba Alasdair Maclntyre, en un libro bellamente pesimista (Tras la virtud, 1984), elegir la senda de san Benito.

Claro que pueden pasar cosas aún más extrañas. Ahí está el caso del profesor Sartori, que inició en 1988 una campaña personal contra los efectos corrosivos para la democracia de la cultura de la imagen, con la inesperada consecuencia de que su apocalíptico ensayo sobre la videopolítica (Homo videns, 1997) le ha convertido

en una estrella mediática. Y este caso es simplemente paradójico, pero no faltan intelectuales que, tras descubrir la superior fuerza de los medios frente a la palabra escrita, han cambiado deliberadamente de campo tratando de gozar de sus quince minutos de popularidad en la televisión o el cine, y en todo caso de obtener el nivel de ingresos de quienes triunfan en estos medios, generalmente superior al de los académicos y docentes.

Pero en esta visión del problema existen varios equívocos. El primero es la creencia, más bien infundada, de que en algún momento existió una edad dorada en la que los intelectuales tenían conciencia de su responsabilidad social y capacidad, además, para influir significativamente en la opinión pública. Todo depende, claro, de a quiénes o, mejor dicho, a cuántos, definamos como intelectuales. En sociedades fuertemente desiguales en el plano cultural, con altos niveles de analfabetismo, es probable que las personas ilustradas tengan influencia en la opinión pública, pero estas personas, en su inmensa mayoría, serán lo que Gramsci llamaba pequeños intelectuales: maestros, curas, médicos, escribanos. Puede que entre ellos, a su vez, tengan gran influencia los grandes intelectuales, escritores, ensayistas o filósofos. Pero las opiniones de éstos sólo llegarán a la mayoría a través del filtro de los pequeños intelectuales.

Es fácil comprender que la clase trabajadora manual, como tal clase, nunca conoció directamente la obra de Marx. Una minoría leyó sus textos de divulgación y una mayoría conocía de su existencia a través de pequeños intelectuales, obreros autodidactas o personas de clase media que se aproximaban por una razón u otra al movimiento obrero. A fin de cuentas, la influencia de los grandes intelectuales en la opinión de la mayoría se producía a través de una serie de filtros estratificados, potencialmente tan deformantes como puedan serlo los actuales medios audiovisuales. ¿Qué es lo que ha cambiado, entonces?

Lo que ha cambiado es el papel de la palabra escrita. Para divulgar a Marx era necesario leerle, ya que sólo una reducida minoría podía estar en contacto personal con él. Incluso la mayor parte de los contactos personales se producían por escrito, a través de cartas. Ahora, en cambio, miles o millones de personas pueden escuchar a un intelectual exponer sus ideas por radio o televisión. Se dirá que el medio impide que comprendan en profundidad sus razonamientos, pero no hay muchas razones para creer que quienes leían o escuchaban intervenciones públicas de los grandes intelectuales de antaño estaban en mejores condiciones de partida.

Cualquier profesor universitario es consciente de que los estudiantes sólo comienzan a comprender realmente sus clases cuando llevan algunas semanas siguiéndolas, cuando han leído algunos de sus textos y. sobre todo, cuando comienzan a conocer al propio profesor. Mientras tanto pueden haber decidido si les resulta simpático o no, si explica mejor o peor y, todo lo más, si resulta convincente. No es muy distinto el problema de los ciudadanos cuando escuchan a un político o a un intelectual por los medios audiovisuales, y sin embargo bastantes estudios sugieren que la gente vota razonablemente —en función de sus creencias e intereses— y que no se deja engañar tan fácilmente como creen los profetas del apocalipsis mediático.

En este punto cabe la sospecha, entonces, de que las quejas sobre la desaparición de la función de los intelectuales van dirigidas más bien a la democratización de la información que han traído los medios audiovisuales. Se puede negar que esta democratización se haya producido en el plano cultural, pero no hay duda de que ahora las opiniones pueden llegar más fácilmente o con mayor rapidez a las mayorías. En cuanto a la capacidad de las estrellas de los medios para formar opinión, parece bastante discutible que tengan un papel autónomo: pueden ser muy capaces de deformar el mensaje de otros —como entrevistadores, moderadores o conductores de informativos— pero rara vez consiguen influencia para sus propias opiniones.

Surge entonces una terrible sospecha: ¿y si el debate sobre el desvanecimiento de los intelectuales fuera fruto del resentimiento de los aspirantes a serlo? Es lo que sugiere la propia descripción idealizada que hacen del pasado de esa figura. El problema es que hoy la inmediatez de la comunicación impide a un intelectual convertirse en figura influyente en la opinión si no logra atraer la atención de los medios: debe competir por tanto en un terreno nuevo. No le basta con escribir libros o artículos en la prensa, sino que sus libros deben obtener una gran venta o sus artículos ser objeto de comentarios y controversia. En otro caso, sus opiniones sólo llegarán a un número minoritario de personas, frente a las de aquellos que obtengan la atención de los medios audiovisuales.

Pero ¿acaso no ha sido siempre así? Zola no era precisamente un desconocido cuando escribió su “Yo acuso”. Y probablemente Francia estaba llena entonces de personas convencidas de que Zola no merecía su éxito literario, o de que sus opiniones eran superficiales y necias. ¿Por qué debería ser más ofensivo el éxito como condición para recibir atención de los medios audiovisuales en la actualidad que el éxito literario o periodístico a secas de épocas anteriores? Cabe una segunda sospecha: la figura del intelectual, en su concepción tradicional, es un sacerdocio que no le permite mezclarse con los mortales. Lo irritante del intelectual mediático no es su éxito de público ni su popularidad, sino que comparta la atención de los medios con cantantes, actrices, políticos y presuntos delincuentes.

Pero quizá la clave final del llanto por la desaparición de los intelectuales esté en que el gran intelectual, como el sacerdote, eran antaño figuras vitalicias. Y ahora, los aspirantes a grandes intelectuales saben muy bien que, de lograr el éxito, sólo lo tendrán durante quince minutos. Puede que después se sigan vendiendo sus libros, que los diarios sigan contando con su firma, pero la gloria mediática, su consagración por los medios audiovisuales como intelectuales del momento, es ahora irremediablemente un fenómeno efímero. Y eso puede ser muy doloroso si lo que se busca, en medio de protestas de responsabilidad social, es ante todo una forma rebuscada y duradera de glamour.  n

Ludolfo Paramio Politólogo y periodista. Colaborador del diario La Crónica.

La memoria y el olvido

LA MEMORIA Y  EL OLVIDO

POR SOLEDAD LOAEZA

El siglo XX tuvo dos demonios tutelares: Marcel Proust y Sigmund Freud. A su sombra la reconstrucción del pasado dejó de ser un asunto de historiadores y se impuso como una experiencia estética individualizada y como un medio curativo, compuesto a la medida exacta de la patología personal. En la glorificación del individuo la memoria se transformó en un ejercicio de egocentrismo y el olvido en un instrumento de autocomplacencia. En la literatura el intimismo sustituyó a la imaginación, pero en la industria editorial en general, el mimo del ego dio toneladas de frutos: diarios, confesiones. historias verdaderas y autobiografías precoces todas —o casi todas—. montañas de libros de autoayuda; los saboreos proustianos se volvieron parte de la vida cotidiana, con toda naturalidad el gansito ocupó el lugar de la magdalena, y la Vulgata freudiana llenó el vacío que dejaron los diez mandamientos.

Un signo de los nuevos tiempos es el fin del imperio de Proust y de Freud. Su principal y victorioso adversario, la tecnología, amenaza seriamente a la memoria y parece ser el poderoso aliado del olvido. La comunicación electrónica ha acortado las distancias y los tiempos: la televisión y la computadora nos entregan mensajes e imágenes desde los puntos más remotos de la geografía y de manera instantánea, conversamos y jugamos cartas con islandeses y brasileños a los que nunca hemos visto, pero les entregamos nuestros secretos con la libertad que asegura el anonimato, también porque sabemos que nos olvidarán. La cantidad de información que recibimos cotidianamente y la velocidad con que viaja son un desafío para nuestra capacidad de retención y de concentración. Imágenes y palabras en estos medios son como una raya en el agua: difícilmente recordamos el tema de un programa, la idea central de un artículo, el nombre de nuestro correspondiente en alguna parte de la red. El recuerdo vago de la reacción que pueden habernos provocado es lo único que queda, y no por mucho tiempo. Nuestra memoria fragmentada parece un mundo hilado con parches y remiendos, que los historiadores del futuro mirarán desilusionados ante su pobre coherencia.

Hasta aquí parecería que memoria y olvido se contraponen, son conceptos enemigos que se excluyen mutuamente. No obstante, la una no puede existir sin el otro: si Proust y Freud nos enseñaron a recordar hay que decir que también nos enseñaron a olvidar. En realidad memoria y olvido son nociones gemelas, que se complementan, y a pesar de que estuvieron dominados por la práctica individualizada, también fueron la piedra de toque de intensas experiencias colectivas. En la primera mitad del siglo pasado provocaron dos guerras: el olvido, la de 1914-1918; la memoria, la guerra de 1939-1945. Tal vez por esta razón al término de la última, ante la enormidad de lo ocurrido, se pensó que la reconciliación, el restablecimiento de la confianza y la civilidad entre vecinos, y en sociedades y países divididos por el conflicto, el enfrentamiento y las mutuas traiciones, demandaba correr un velo sobre el pasado reciente, hacer a un lado las heridas con la esperanza de que, al no hablar de ellas, sanarían de manera espontánea. Los franceses lo hicieron con el colaboracionismo: quienes habían combatido al lado del general De Gaulle y de la resistencia estuvieron dispuestos a cerrar los ojos sobre el pasado de quienes habían colaborado, se impuso la raison d’Etat. Con la ayuda del cloroformo de la recuperación económica los alemanes se sumergieron en una amnesia colectiva, y durante décadas recordaron de los nazis solamente la obra carretera. Bien puede reprochárseles lo que para muchos era una insoportable hipocresía. Sin embargo, la política de Francisco Franco de mantener viva la memoria de la guerra civil española y fresca la intensidad de los antagonismos era igualmente chocante, como lo son todavía los letreros que en el Alcázar de Toledo le recuerdan al visitante “los crímenes de los rojos”. A pesar del rechazo que esta política de la memoria provoca, vale la pena preguntarse si el olvido —por fingido que fuera— no era un mejor camino hacia la reconciliación. No es fácil responder a las preguntas de cómo vive uno con las monstruosidades o los errores del pasado. ¿Cuál es la mejor fórmula para reconstruir sociedades —o vidas personales— desgarradas por el conflicto, el odio y el prejuicio? ¿Cómo se restablece una relación civilizada con el enemigo que torturó o asesinó al hijo, al marido, al amigo? ¿Cómo se reconcilia uno con el propio silencio ante los gritos del vecino que en la mitad de la noche fue secuestrado por desconocidos, bien conocidos?

A partir de los años sesenta el olvido a secas como vía de reconciliación fue descartado, porque el requisito de la memoria que supuestamente había rechazado, en realidad había sido remplazado por versiones pervertidas del pasado, por reconstrucciones falsas de la historia. Después de la publicación del libro de Alexander Solyenitzin. Un día en ¡a vida de Iván Denisovitch, la recuperación de la memoria colectiva se convirtió en un derecho para derrotar el olvido que se había maquinado contra el pasado de los vencidos. En 1990 uno de los primeros actos de liberación en Checoslovaquia fue una amplia exposición de fotografías, filmaciones y grabaciones de la Primavera de Praga de 1968, que los checos veían y escuchaban por primera vez, con sorpresa, admiración y emociones todavía más profundas en relación con ellos mismos.

El sentido de reconciliación que antes tuvo el olvido era mucho más claro que el que se atribuye hoy en día a la recuperación de la memoria colectiva, que en más de un caso está impulsada por el resentimiento y la venganza antes que por la intención de reconstruir un tejido social profundamente dañado por los conflictos del pasado. En este mismo sentido las comisiones de la verdad que se han formado en muchos países no prometen reconciliación, sino que se proponen hacer justicia y en el camino pueden reanimar las heridas, retrasan la cicatrización. No obstante, las víctimas no estarán dispuestas a reconciliarse con el pasado y sus enemigos, a menos de que reciban algún tipo de retribución por el sufrimiento que se les infringió. Entre reconciliación y justicia parece haber un abismo insalvable.

La memoria y el olvido tiene cada uno su lugar en la reconciliación, y ésta no es simplemente un objetivo político, es un valor en sí misma. Para lograrla es preciso encontrar la justa medida para una y otro, recuperar las áreas grises que se forman entre ambos; de esta manera puede identificarse el justo medio para que la memoria no anule nuestra existencia en el presente y el olvido no destruya nuestra identidad. Dice Milán Kundera que en el presente caminamos, decidimos y actuamos en la niebla, y que sólo cuando miramos hacia atrás las imágenes son claras; vista de esa manera la historia debe ser comprendida antes que juzgada.   n

Soledad Loaeza Politóloga. Su más reciente libro es El Partido Acción Nacional: La larga marcha. 1939-1994.

Liturgia y revolución

LITURGIA Y REVOLUCIÓN

POR ADOLFO GILLY

“La paz sea contigo”. El sacerdote acaba de consagrar el vino, ahora sangre verdadera de Cristo, y los fieles se dan la mano unos a otros diciendo cada vez: “La paz sea contigo”. Yo, que estaba nomás mirando los oros del altar del templo de San Francisco en Tlaxcala, me vuelvo hacia mi vecino, nos damos la mano y nos decimos: “La paz sea contigo”. El sacerdote concluyó la misa como la había comenzado: de espaldas a las imágenes del altar y viendo hacia nosotros en la profundidad del templo.

Volví a otros mundos, al del niño que era yo al final de los treinta y al mundo de antes de la Segunda Guerra. Vi al sacerdote de entonces, que oficiaba la misa dándonos la espalda, alzaba el cáliz hacia las imágenes del altar, consagraba el pan y el vino mientras nosotros mirábamos el ofrecimiento sin darnos la mano ni decirnos palabra. Eramos como testigos de un misterio que transcurría entre el sacerdote y la divinidad y no entre ésta y nosotros a través del sacerdote. Más era un acto de autoridad que uno de mediación.

Regresé a San Francisco en Tlaxcala. El lugar nuestro en la misa había cambiado desde aquel niño hasta hoy. Al salir de la iglesia al cielo azul de la ciudad del altiplano, pensé: “hizo falta un siglo de guerras y revoluciones para que este antiquísimo ritual de la Iglesia Católica cambiara, el sacerdote mirara hacia el lado de acá. nos hablara en nuestra lengua y los fieles se dieran la mano deseándose la paz unos a otros”.

Me dirán que la inferencia es subjetiva y arbitraria; que no fueron las revoluciones sino la modernidad, la influencia o la competencia del rito protestante, el Concilio Vaticano II o la voluntad de Dios; que no se vale saltar así a apresuradas conclusiones.

Estoy dispuesto a escuchar e incluso a aceptar cada objeción. Y, sin embargo, sigo anclado en la imagen del siglo XX como aquel cuyas transformaciones se anunciaron no en el fruto más que maduro de la Belle Epoque sino en las semillas agrias de ese fruto, las guerras y las revoluciones; el siglo que creció en el conflicto de los años treinta entre éstas y sus gemelos monstruos antagónicos: nazismo, stalinismo. fascismo, falangismo; el siglo que floreció, después del tránsito atroz de la Segunda Guerra, en la saga universal de las revoluciones coloniales y nacionales asiáticas, islámicas, africanas y latinoamericanas, las que disolvieron los imperios y prepararon en las metrópolis la gran ruptura del 68 cuya figura mítica, el Che Guevara, venía del mundo de esas revoluciones. Otras dominaciones bullían dentro de todas ellas. Pero nadie pudo restaurar las viejas dominaciones que deshicieron y los mundos anteriores que abolieron.

La nueva dominación universal, apenas en sus inicios, se llama globalización financiera. Es la de la subordinación del conocimiento al capital, y por fuerza es mundial porque, a diferencia del trabajo, al conocimiento no se le pueden imponer fronteras nacionales y el no imponérselas es, precisamente, una condición para su subsunción al actual capital sin fronteras (pero no sin el monopolio concentrado en pocos de la violencia última, la que como efecto demostración se ejerce en la guerra del Golfo y en la de Yugoslavia o en el bloqueo de Cuba).

Esta nueva dominación dice haber abolido las revoluciones y haber vuelto obsoleta su idea misma. Quiero pensar sin embargo a esta segunda Belle Epoque como el fruto final del siglo XX; el que en esta fiesta universal del lujo extremo y la miseria inenarrable despide ese olor penetrante y un poco dulzón de los frutos cuando están a punto de pasar; el que contiene, como el precedente tránsito entre siglos, las semillas agrias de las rebeliones y de la barbarie.

En la otra Belle Epoque, la reacción del lujo contra las revueltas era tratar como criminal toda miseria que no se doblara al temor y a la beneficencia. El siglo XX entero fue la feroz respuesta. No es diferente la actitud del insolente lujo de esta segunda bella época.

“Para Marx las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero tal vez las cosas sean diferentes. Tal vez las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, jala el freno de emergencia”, escribía Walter Benjamín.

Lo que estamos viviendo también puede ser visto como una nueva fase histórica del despojo universal de los bienes comunes, de la privatización de lo que era de todos, de la redistribución mundial de la renta de la tierra y del plusvalor del trabajo vivo. O, en términos más abstractos, estamos ante una nueva y mucho más concentrada forma de la dominación del trabajo pasado y cristalizado —en instrumentos de producción y en conocimiento subsumido al capital— sobre el trabajo presente y vivo, sobre esta sustancia que constituye la vida de nosotros, los seres humanos dispersos por el mundo.

A este proceso sobresaltado pero ininterrumpido de despojo y sufrimientos en un extremo y de concentración de las riquezas y del lujo en el otro, unos lo llaman progreso, otros modernización. Contra esa forma del progreso se han alzado, una y otra vez, las rebeliones y las revoluciones. Una vez estalladas, ambas traen consigo para todos, dominados y dominadores, penurias y sufrimientos no imaginados de antemano por ninguno. y menos que nadie por los que, pasados los límites de lo soportable (por elásticos que estos límites puedan llegar a ser), violentamente se rebelan.

¿Está inmunizada esta nueva forma del progreso contra esas rebeliones? ¿Puede ella ahora cumplir sus promesas —viejas promesas vanas de las sucesivas encarnaciones del capital— de que una vez acumulada suficiente riqueza en las alturas ésta comenzará a derramarse por sí misma sobre los despojados, los desposeídos y los humillados? Las leyes por las cuales vive el capital no es el reparto y la redistribución, sino la competencia, el despojo, la concentración y la guerra. No es cuestión de maldad, sino de naturaleza. La ley por la cual siguen viviendo los despojados —y porque ellos siguen viviendo puede con su trabajo reproducirse el capital— es la resistencia. Cuando aquellas leyes de vida del capital rebasan sus propios límites, esta otra ley de vida de los humanos, la resistencia, se ve empujada también a rebasar los suyos y a estallar en revuelta, rebelión o revolución contra el orden dominante en el cual aquellas leyes se condensan.

Después de la derrota de la Comuna de París, la Belle Epoque creyó no sólo haber terminado con la revolución sino también haber absorbido o disuelto sus sujetos y sus razones. Desde 1905 en Rusia y 1910 en México, el siglo que venía dijo que no. Quién sabe qué dirá el siglo venidero.

Un libro de fines del siglo XX (Richard Poulin y Pierre Salama, editores: L ‘insoutenable misère du monde. Editions Vent de l’Ouest, Quebec, 1998), se abre con esta constatación de hecho: “La humanidad está confrontada a una insoportable barbarie. Alrededor de un cuarto de su población vive en estado de pobreza extrema mientras la producción de riqueza ha llegado a cimas jamás igualadas. Desde hace alrededor de veinticinco años, algunos países viven una disminución de la pobreza, y otros, mucho más numerosos, su agravamiento. Pero en todas partes, sobre todo desde la liberalización económica, hay un sensible crecimiento de las desigualdades”.

No se trata sólo de polarización de riqueza y pobreza. La combinación dinámica entre empobrecimiento, enriquecimiento, despojo, inseguridad sobre el mañana, migraciones y desigualdad, y la percepción cotidiana de este campo de fuerzas en tensión variable concentrada durante la vida de una sola generación, es lo que puede definir la aceleración en las conciencias de movimientos de exasperación y desesperación.

Hay una diferencia entre pobreza ancestral y empobrecimiento durante una generación. Esa diferencia condensa la rabia, la ira y la protesta en los territorios de la economía moral, tal como los definen E. P. Thompson y James C. Scott, y en las cuatro palabras “con que protesta el pueblo desde siempre: esto no es justo”, recuerda Cezslaw Milosz.

Buena parte de las mediciones y definiciones institucionales de la pobreza y del discurso sobre la pobreza son hoy una proyección de la subjetividad (y de los temores) de las instituciones mismas. Estos discursos, “ya sean inspirados por la moral y la piedad, la voluntad de progreso y de modernización, o la preocupación por el orden y el control, generalmente encubren el hecho de que la pobreza es ante todo un sistema de relaciones sociales que ellos contribuyen a reproducir”, escribe Blandine Destrenau en el mismo volumen.

La insoportable miseria del mundo no es sólo un hecho absoluto, sino también relativo. En relación al tiempo pasado, se llama empobrecimiento en una o dos generaciones. En relación al tiempo presente, se llama desigualdad creciente en ese mismo lapso. En ambas relaciones, México ocupa un lugar de primera línea: con Brasil, Guatemala, Chile y Panamá, está entre los países más desiguales de América Latina, aquellos donde el quintil más rico recibe 60% o más de la riqueza social; los dos quintiles intermedios el 30% y los dos quintiles inferiores (es decir, el 40% de la población) alcanzan a recibir sólo el 10% de esas riquezas, anota Pierre Salama en su contribución al libro antes citado. Esta miseria es insoportable porque no es un hecho de la naturaleza sino un agravio de la sociedad.

De la pobreza en sí misma no nacen las rebeliones. De la percepción por las generaciones vivas de esa combinación rápida y atroz de empobrecimiento y desigualdad, puede en veces que sí, si esas generaciones se ven acorraladas y privadas de medios para resistirla. De donde nunca nacen, en cambio, es de las conspiraciones a través de las cuales las quieren explicar las mentes policiales, del mismo modo como las guerras no son engendradas por los ejércitos ni las huelgas por los sindicatos.

En sus notas de 1940 “Sobre el concepto de historia”, Walter Benjamín reprocha a la socialdemocracia haber “asignado a la clase trabajadora el papel de libertador de las generaciones futuras”. Cortaba así. dice, “tanto su fuerza de odiar como su disposición al sacrificio: pues lo que nutre esa fuerza, lo que preserva esa disposición, es la imagen de los antepasados oprimidos y no la visión de una posteridad liberada “.

De esas corrientes imaginarias entre generaciones sigue nutriéndose lo que en México se ha llamado una cultura de la rebelión. No hay razón evidente para pensar que. en esta segunda Belle Epuque, se hayan cegado los vasos comunicantes que, en el anterior tránsito entre siglos, la trasvasaron por debajo del tiempo del progreso y la paz de don Porfirio. No quieren ser estas líneas una predicción, tarea de la política, sino una reflexión, oficio de la historia.

Hace ya mucho, en Italia, me refirieron un dicho de Giuseppe Di Vittorio que tardé años en comprender. Di Vittorio era el gran jefe sindical italiano de la segunda posguerra, reformista para unos, reformador para otros. En una ocasión le preguntaron qué habían por fin aportado el Partido Comunista, sus ideas y sus luchas a los trabajadores italianos. Di Vittorio respondió: “Les enseñó a no quitarse el sombrero cuando están ante el patrón”. Cambio de modales, abolición de deferencias. No sucedió sin que antes Italia viviera dos guerras, diversas rebeliones campesinas, muchas fábricas ocupadas por las huelgas, el trabajo de una antigua y refinada cultura intelectual, y esa revolución que fue la insurrección nacional de la Liberación y la caída del fascismo,  n

Adolfo Gilly. Historiador. Entre sus libros. El cardenismo: Una utopía mexicana.

El dolor

EL DOLOR

POR ELISEO ALBERTO

Caballeros, la bicicleta, caray, era amarilla, de 24 pulgadas, marca Niágara, y traía guardafangos plateados, un sillín de cuero y un maletín con todo lo necesario para enfrentar una emergencia: desarmadores, pinzas, tubitos de pegamento, lija y tres parches de goma. El espejo del timón, perfectamente atornillado al manubrio, le daba un aire de motoneta que sin duda despertaría en muchos un agobiante sentimiento de envidia. “Cómo es que papá prefiere su Chevrolet a una bicicleta”, pensé al estirar la catalina. Ese jueves, a mis nueve o diez años de edad, yo me consideraba la persona más afortunada del planeta, así que, como lo era, decidí pasar mil veces por delante del portal de Ofelia, una niña a la que varios amigos amábamos en silencio. Ella vivía a unos cuatro kilómetros de mi casa, en el reparto Capri —un sitio magnífico, asfaltado y lleno de subidas y bajadas espectaculares, tan espectaculares que estaba seguro de que allí alcanzaría velocidades temerarias—. Me fui sin avisar. Papá trabajaba en su estudio. Lo vi, los espejuelos en la punta de la nariz, concentrado en algún escrito. Mamá nos había dicho que no lo molestáramos. Además, los propietarios de una Niágara amarilla de 24 pulgadas y espejo retrovisor somos así. unos tipos muy duros. Cuando regresé, bien entrada la tarde, papá no estaba. Tampoco Tobi, el perro de mi hermana. Ni mis hermanos Rapi y Fefé. Ni María la cocinera, aunque María a lo mejor andaba cerca porque los frijoles humeaban en la cazuela. Almorcé a vuelo de pájaro y me fui a limpiar la bicicleta. Esa mañana había llovido y las ruedas se enfangaron en los charcos. ¿Que cómo eran? ¿Las ruedas? Negras y con banda blanca. Ya comenzaba a inquietarme cuando escuché los ladridos de Tobi. Bajé las escaleras corriendo y en la puerta del comedor di de pecho contra mi padre. Sudaba. Una mancha le oscurecía la camisa, seguramente azul. Su camisa apestaba. A lentejas. Me apretó las costillas. No sabía que era tan fuerte. Las tenazas de los brazos me exprimían los omóplatos. Me traqueteaba la espalda. Tosí Volví a toser.

Yo le daba a la altura de su tetilla, así que por primera vez pude escuchar cuánto bombeaba su corazón. La suma de tantas sensaciones nuevas me hizo comprender que papá estaba muerto de miedo. Había dolor en sus ojos, siempre chiquitos, ahora desorbitados, y dolor en la comisura de los labios y dolor en las troneras de la nariz y dolor en las manos heladas y dolor en la barbilla (que sonaba al temblar, traca-taca- traca-taca), y dolor en la voz cuando, desde el fondo de las tripas, a puro coraje, dijo: “¡Hijo!”. Vi, junto al Chevrolet, a mis dos hermanos. Y a María la cocinera. El perro daba saltos de tirabuzón. Caía el sol, y mi Niágara de 24 pulgadas proyectaba una sombra amarilla y larga, tan larga que alfombraba un cantero de rosas enanas y los cuernos del manubrio se reflejaban, taurinos, sobre el cemento de la cisterna. Entonces me contaron, caray. Tremendo lío, caballeros. Verán. Como a los treinta minutos de haberme marchado sin avisar, un anónimo bromista, seguramente envidioso, le había dicho a papá por teléfono que yo acababa de ser atropellado por una guagua de la Ruta 89 en la entrada del reparto Capri y que. según rumores no confirmados, estaba muriéndome como un peno en un hospital cercano. Colgó. “Se oía nervioso”, me explicó papá. Por más de cinco horas, me buscaron en policlínicas, casas de socorro, salas de urgencia, puestos de la Cruz Roja, sanatorios, clínicas mutualistas, cuarteles de policía, morgues y nubes del cielo, sin resultado. Ese jueves supe que el dolor es sordo, mudo, manco y ciego: que todo y todos en esta vida, incluso los enamorados de la propia vida, debemos pagar una cuota de dolor, y que ningún otro sentimiento se le parece, como ninguna otra palabra le encaja por sinónimo, pues no es lo mismo dolor que calvario, molestia, daño, suplicio, tormento, desazón, tortura, martirio, pesar o congoja. No. Sería muy fácil. Demasiado simple, en el peor sentido del vocablo. El dolor es la sal, ese punto amargo que condimenta las emociones más intensas, desde la felicidad que nos abriga hasta la desesperanza que nos desnuda: “¡Hijo!”, dijo: “Te quiero”. Sudaba. Olía a lentejas. Mis hermanos se acercaron. Fefé abrazó a papá. Rapi abrazó a Fefé. Mamá no estaba, aunque a veces la incorporo en el recuerdo y cierra el nudo de cinco hebras humanas, como debió ser sólo que mamá se sentía muy enferma y por esos meses se había ido a vivir con su hermano, el médico. No sé si le dijeron, para que no se asustara: su diabetes era y es emocional. He olvidado muchos días perfectos, armoniosos, apuesto que alborotados por el gozo de la inocencia, pero no hay tarde que no me duela aquel abrazo. Seguramente el papel de mi cigarro se retuerce de dolor cuando el fuego lo consume, y a la candelilla le duele si después la apago: al árbol ¿le duele cuando lo dobla la ventolera?: sí, y al viento le duelen las aspas del molino, y al molino, tal vez, la imperfección de una rueda dentada, y a la roca del arrecife le duele que las olas la golpeen como la golpean, qué brutas, pero al mar también le duele cuando el rayo lo atraviesa desde la superficie hasta los cofres de piratas, y al relámpago le duele estallar, desbaratarse, y a la noche que amanezca y al rocío el dedo del sol y a la hormiga mis viejos tenis si, al caminar, la pellizco. No recuerdo qué fue de mi Niágara amarilla, 24 pulgadas, guardafangos plateados, ¿me la robaron’; nunca he vuelto a saber de Ofelia (¿se llamaba Ofelia o Norma’, total, se exilió allá por el 63 sin decirme adiós, querido mío, te escribo, palabra que te escribo); cómo habrá cambiado todo que ya no vivo en La Habana y papá murió hace seis años en México, en una calle del Distrito Federal llamada Amores. Esa vez fueron inútiles los abrazos: se le había cansado el corazón. Y ahora ciertas noches, qué cosa, caballeros, mi cuerpo huele a lentejas y me alegra oír, aunque duela, caray, ladrar a Tobi.  n

Elíseo Alberto. Escritor. Su más reciente libro es La fábula de José.

El ciudadano

EL CIUDADANO

POR ALBERTO BEGNÉ GUERRA

El ciudadano tiene derechos y la forma de hacerlos valer frente al poder político. El ciudadano es parte activa, dueño de su libertad, dentro y fuera de la cosa pública. El ciudadano no tiene más límites que los de sus propios derechos y libertades por la sencilla razón de que son también — y por ello son su límite— los derechos y las libertades de los otros. Y habría que añadir, más modernamente, que el ciudadano es el ser político que en condiciones de igualdad con sus conciudadanos se sujeta a las leyes de una comunidad porque ha participado, directa o indirectamente, en su producción. Si todo esto o algo parecido es el ciudadano y con ese lente se mira nuestra historia, no queda sino decir que el pasado mexicano ha sido prehistórico y el presente una obra en construcción: el inicio, aún incipiente, de un nuevo tiempo histórico.

La idea del ciudadano como una idea con vocación e influencia universal está inspirada tanto por los intereses de la burguesía liberal como por los principios del derecho natural laico: de allí que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, con más fuerza y abundancia que la Declaración de los Derechos de Virginia de 1776. haya asociado en definitiva la noción del ser ciudadano con los derechos del individuo, dotando a éstos de los atributos, nada insignificantes, de ser naturales e imprescriptibles. “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos” (artículo l2). “El principio de toda soberanía reside esencialmente en la nación. Ningún cuerpo, ningún individuo, puede ejercer autoridad que no emane expresamente de ella” (artículo 3°). “La libertad consiste en poder hacer todo lo que no dañe a los demás” (artículo 4°). “La ley es la expresión de la voluntad general” (artículo 6fi). “Ningún hombre puede ser inquietado por sus opiniones, ni siquiera religiosas” (artículo 10). “Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de él, a no ser que la necesidad pública, legalmente constituida, lo exija con toda evidencia y bajo la condición de una justa y previa indemnización” (artículo 17).

El catálogo de derechos nos es familiar porque el constitucionalismo de nuestros días, liberal y garantista como es, tiene en la Declaración de 1789 su matriz. Los derechos de la persona y del ciudadano, dotados de instrumentos para su defensa, marcan el límite del poder público. La idea del ciudadano así concebida se habría de completar más tarde con la extensión del principio de igualdad y, sobre todo, con las demandas en favor de la universalización del sufragio. La Constitución francesa de 1791 aún contenía la distinción entre ciudadanos activos y pasivos, y en ese sentido no reconocía la igualdad civil ni a los mulatos ni a los esclavos. La inspiración burguesa de este ordenamiento y de la propia Declaración era inocultable. Pero ello no impidió que el gran cambio en la concepción de la cosa pública y los derechos individuales del ciudadano alcanzara la dimensión y la fuerza propias de una verdadera revolución universal.

Sobre esas bases, la evolución de la representación política y las crecientes demandas en favor de la extensión del sufragio marcaron las grandes tendencias de la lucha por hacer del ciudadano ya no sólo el titular de derechos frente al poder público, sino también el hacedor indiscutible, la única fuente de legitimidad, de dicho poder: el ciudadano ya no sólo era en oposición al poder político, sino pasó a ser el poder político mismo. Y aunque los principios del derecho natural persisten en buena parte de las concepciones modernas del ser ciudadano, cuyos fundamentos residen en la afirmación de la existencia de derechos inherentes de la persona, previos y superiores al ordenamiento jurídico y al poder del Estado, el iuspositivismo democrático acabó por hacer prescindible la asociación del concepto de ciudadanía con el derecho natural. Hoy el constitucionalismo es inseparable del sentido garantista (la protección de los derechos fundamentales de la persona) y democrático (la legitimidad electoral del poder público) de las constituciones modernas, al margen de la concepción, iusnaturalista o iuspositivista, del texto constitucional; es decir, al margen de que reconozca u otorgue los derechos de la persona y el ciudadano.

La Constitución mexicana no está fuera de la tradición del constitucionalismo moderno. Por el contrario, es esencialmente garantista y democrática: prevé los derechos fundamentales de la persona y el ciudadano, establece los mecanismos para hacerlos valer, contiene un catálogo completo de libertades políticas y expresa que el único fundamento del poder público es el sufragio libre. Pero, en la práctica, la construcción de diques efectivos para contener al poder público y garantizar frente a él los derechos individuales, así como la edificación de instituciones que doten de eficacia a los principios democráticos para la integración de los órganos de representación popular, han sido obras accidentadas, inconclusa la primera y aun vulnerable la segunda.

El principio del gobierno de las leyes y su intención de subordinar el poder al derecho han sido una y otra vez pasados por alto, mancillados hasta el cansancio; la igualdad de derechos y la capacidad de hacerlos valer en condiciones de equidad, ha sido aplastada invariablemente por los privilegios y la discriminación inherentes a una sociedad tan hondamente desigual; las libertades políticas de los individuos tuvieron como límite, desde 1917 hasta tiempos recientes, no las libertades y los derechos de los otros, sino la complacencia o el malestar, siempre arbitrario, del poder político; y el voto no fue durante décadas más que el ritual oficial de un régimen que no admitía la competencia y la alternancia.

Muchas cosas han cambiado en los últimos años. La sociedad mexicana dejó de ser la pretendida masa uniforme de los años gloriosos del corporativismo oficial. La calidad del ciudadano se reivindica frente al avasallador peso de la calidad de lo nacional, y la utilización del nacionalismo, tan recurrente en la retórica revolucionaria, para anular al ciudadano, ha perdido gran parte de su fuerza. A la par de la pluralidad y la competencia democrática por la preferencia de la mayoría, la figura del individuo y la noción de las minorías emergen con el reclamo, cada vez más eficaz, de que sus derechos sean respetados. La suerte de los derechos y las libertades de los ciudadanos frente al poder público empieza a cambiar. Pero persiste la profunda desigualdad ante la ley y la incapacidad real para millones de ciudadanos, más allá de las declaraciones formales del ordenamiento jurídico, de hacer valer sus derechos. El ser ciudadano no puede reducirse a los derechos políticos, menos aún al ejercicio del voto. Porque además y antes de ser democrático, el constitucionalismo que concibe y universaliza la calidad ciudadana es garantista: el ciudadano, para serlo de verdad, debe tener garantizados todos su derechos frente al poder público, entre los cuales el derecho de acceder a la justicia es imprescindible.

Resulta inevitable volver, para concluir, sobre la dualidad que nos escinde: el país de leyes y de ciudadanos, y el país sin ley y sin ciudadanos. La ciudadanía por construir no sólo debe ser completa, sino también, y sobre todo, universal. Mientras no sea así, el mundo de los ciudadanos activos, para recordar la expresión de la Constitución francesa de 1791, seguirá siendo un mundo frágil, siempre amenazado por la rebelión enfurecida o silenciosa, revolucionaria o delictiva, de los ciudadanos pasivos.  n

Alberto Begné Consultor privado. Profesor del CIDE y el ITAM.

Los impuestos

LOS IMPUESTOS

POR CARLOS ELIZONDO MAYER- SERRA

Nos  pasa a muchos. Por alguna razón accesible sólo a Freud, a los académicos se nos va el sueño estudiando algún problema social. De ahí concluimos que la clave del universo se encuentra en el objeto de nuestros desvelos.

Por supuesto, en mi caso estoy convencido de que la importancia de mi objeto de estudio está fundada en la más rigurosa evidencia. A mi juicio, para entender la fragilidad del Estado mexicano y, finalmente, la del país se requiere estudiar la históricamente frágil salud de las finanzas públicas.

La crisis de la primera mitad del siglo XIX se explica por la incapacidad del naciente Estado de hacerse de un flujo de recursos estables y poder luego generar los bienes públicos necesarios para el desarrollo. En lugar de cobrar impuestos regulares, el gobierno se endeudaba, confiscaba, se declaraba en mora, exprimía a la iglesia o a quien tuviera algún recurso disponible. En lugar de hacer caminos, escuelas y juzgados, el gobierno se la pasaba apagando revoluciones de soldados quejosos por falta de paga, y para quienes tomar el poder era la ocasión para hacerse de algo de dinero.

Los éxitos de crecimiento económico con estabilidad del país, los dos más largos el del porfiriato y el del desarrollo estabilizador, han coincidido con momentos de balance presupuestal. Ciertamente, estabilidad no basada en una gran capacidad recaudatoria, sino en la contención del gasto, como fue sobre todo el caso del porfiriato, donde no se invertía ni en educar a una población en más de un 70% analfabeta.

Con todo, peor nos fue cuando decidimos gastar sin tener los recursos, endeudándonos e imprimiendo dinero. Aun cargamos los excesos de los doce años de populismo financiero (1970- 1982). Estos años explican en buena medida el estancamiento del sexenio de Miguel de la Madrid. De igual forma cargaremos los excesos de crédito privado, con una banca mal regulada, con devaluación de por medio, que lleva a esa piedra en el zapato que es la deuda del IPAB. La astringencia presupuestal de las últimas décadas explica en mucho las demandas sociales desbordadas que no puede procesar adecuadamente nuestra naciente democracia.

La democracia nace en Inglaterra para decidir cuántos impuestos pagar. La expansión del sufragio en Europa lleva a una mayor capacidad tributaria que permite ampliar las oportunidades de bienestar y generar los bienes públicos en los que se sustenta el crecimiento.

Por desgracia, nuestro país no ha sido capaz de entrar al círculo virtuoso propio de aquellas sociedades donde una alta capacidad recaudatoria financia un gasto público bien ejercido en beneficio de amplios sectores sociales.

¿Podrá nuestra democracia ampliar en este nuevo siglo los ingresos públicos y gastar adecuadamente estos recursos?

Todos los candidatos a la presidencia prometen una reforma fiscal. Saben que requieren incrementar notablemente los ingresos públicos. Sin embargo, estas promesas son muy ambiguas, para que nadie se sienta aludido como futuro pagador de más impuestos. Ya en el poder veremos si el nuevo gobierno puede cumplir sus vagas promesas de incrementar los recursos tributarios, única forma de financiar todas esas otras promesas que también han hecho. En función de cómo se resuelva este dilema veremos en el nuevo milenio dos posibles escenarios.

Primero, el más negativo, desgraciadamente se dibuja ya. Los más ricos vivirán en complejos urbanos donde, a cambio de una cuota, obtendrán privadamente seguridad y otros bienes, usualmente públicos en democracias establecidas, como instalaciones deportivas y jardines. Esto sin mencionar el pago al contado de servicios de salud y educación, tan subsidiados por el Estado en otras latitudes, como forma de proveer un bien esencial para la competencia en términos equitativos a todos los futuros ciudadanos. Sin estos bienes públicos la sociedad se romperá aún más. Quienes podrían contribuir al financiamiento de bienes para todos con sus impuestos, se refugiarán en sus espacios de privilegio, y nos moveremos a niveles de tensión y violencia social muy superiores a los de fines del siglo XX. Aun para estos privilegiadas, el bienestar será menor que en el segundo escenario.

Segundo, la sociedad logra construir un Estado capaz de gravar mejor para proveer con estabilidad los bienes públicos que hacen posible la vida civilizada. Se va así construyendo un México donde grupos amplios tienen condiciones equitativas para la compleja competencia de un mundo globalizado.

Ciertamente los impuestos son sólo la expresión más evidente de los sacrificios para poder vivir en sociedad. Pero la capacidad de una sociedad de pagar montos elevados de impuestos y gastarlos adecuadamente en los bienes públicos que sorprenden a quienes viajan a Europa o Estados Unidos son sólo un aspecto de un principio más general para vivir bien en comunidad: recordar y hacerse cargo de que el otro existe.

En un viaje reciente caminaba por uno de esos agradables parques del Primer Mundo. Un señor paseaba a su perro, que se detuvo a obrar. Inmediatamente el dueño sacó una bolsa de plástico, tomó el excremento y lo depositó en la basura. Recordé una visita reciente a casa de un amigo en uno de estos pulcros y seguros edificios de departamentos aislados del mundo, cada vez más comunes en México. Claro, no había estacionamiento para visitas. En la banqueta había toneladas de excremento de perro. Me imagine a la servidumbre paseando a los perros del conjunto de departamentos de la zona. Invertir en pagar impuestos o hacer el esfuerzo por recoger excrementos de perro es el precio a pagar para no tener que vivir pisando distintos tipos de suciedad,        n

Carlos Elizondo-Mayer Serra Profesor-investigador del CIDE desde 1991 y su Director General desde 1995.

El insomnio

SERPIENTES Y ESCALERAS

EL INSOMNIO

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Uno lee o escucha, constantemente, en la prensa escrita o audiovisual, que el insomnio es la enfermedad de nuestro tiempo, y que sobre todo en las grandes ciudades la gente vive irritada y nerviosa porque duerme poco y mal. Sin embargo, consolarse con esta información es caer de lleno en el conocido refrán “mal de muchos, consuelo de tontos”. Y esto se debe —en mi opinión, al menos— a que el insomnio es algo tan personal que incluso puede ser tomado como un exceso de individualismo, como una forma única de reaccionar ante algunos usos y costumbres de la sodedad en que se vive. Y me atrevería a decir, también, que hay tantas variantes del insomnio como personas insomnes. Conotí, por ejemplo, a un dudadano inglés que me confesó que, al igual que el humor británico, su insomnio era un producto de la riqueza del suelo de Inglaterra, del muy fuerte individualismo de sus compatriotas —claro que del suyo también—, y del mal clima de su país.

Aquella vez estuve a punto de decirme, a manera de conclusión, “que cada loco con su tema” y que, definitivamente, todo aquel que no está enamorado de su insomnio no es un insomne que se respeta, que a lo más es un insomne gregario. Luego leí las Memorias de ese gran espectador comprometido con la realidad francesa y mundial que fue Raymond Aron, amigo y enemigo eterno de Jean Paul Sartre, otro pensador como Aron, pero que jamás fúe insomne por la sencilla razón de que siempre le bastaron las cuatro horas de sueño que durmió toda su vida. Raymond Aron ha sido, sin lugar a dudas, el insomne más sui igeneris del que hasta hoy se haya tenido noticia. Quien se acerque a su extraordinario libro de memorias tendrá cabal prueba de ello.

En efecto, el gran maestro y periodista francés confesaba que lo único que podía interrumpir su muy asumido y perenne insomnio era un bombardeo. Y en ese mismo libro de memorias nos da más de un ejemplo de cómo, mientras se bombardeaba una dudad entera y la población huía despavorida o corría a ocultarse en los refugios, él permanecía en su dormitorio, bien arropado en su cama y durmiendo a pierna suelta. Y Aron no sólo durmió de maravilla cuando los nazis bombardearon París, durante la Segunda Guerra mundial, sino que literalmente se apuntó al bombardeo de Londres, también por los nazis, para someterse a una buena cura de sueño.

Es cieno que todos recurrimos a los somníferos cuando queremos frenar un insomnio (y no siempre lo logramos, claro está), pero también lo es que, sólo quienes creemos firmemente en soluciones tan extremas a un insomnio personal como las que menciona Raymond Aron, somos capaces de encontrar el sueño recurriendo a procedimientos que poco o nada tienen que ver con los habituales. Yo, por ejemplo, cada vez que sufro de un insomnio tan atroz como incontenible, recuno a los cambios geográficos de cualquier tipo, y no sólo a aquellos que nos llevan al borde del mar, aunque sí creo que todos los insomnes podríamos parafrasear un viejo estribillo caribeño en torno a lo deliciosa que es la vida en una playa, y canturrear: “En el mar la vida es más sabrosa / En el mar se duerme mucho más”. Pero yo no siempre recuno al mar, y soy capaz de dormir deliciosamente en lo alto de una montaña y alejadísimo de cualquier litoral, a condición de que lleve conmigo los mismos libros que antes no lograba leer por falta de sueño y las mismas cuartillas que antes no lograba emborronar a ninguna hora del día o de la noche porque un insomnio no es sólo nocturno y oficial: también es diurno, y, digamas, tan extraoficial como brutal,  n

Alfredo Bryce Echenique. Escritor Su más reciente libro es Guía triste de París.

El conocimiento

EL CONOCIMIENTO

POR LUIS GONZÁLEZ DE ALBA

¿Cómo podemos estar 100% seguros de que una prueba matemática no tiene error alguno? Elaborando una escrupulosa serie de requisitos que, una vez cumplidos, certifique la verdad. Es como fabricar un comprobador de verdades. Muchos científicos y filósofos se han hecho esa pregunta. Descartes intentó responderla con sus Reglas para la conducción de la mente.

David Hilbert planteó en 1900, al Congreso Internacional de Matemáticos, una lista de problemas sin resolver. El décimo de tales problemas era precisamente ¿podemos construir un procedimiento matemático mecánico que permita la comprobación de cualquier enunciado matemático? A los procedimientos matemáticos mecánicos los llamamos algoritmos. Consisten en una receta que cualquiera pueda seguir: sume éste por aquél, divida entre tanto y reste aquello es un algoritmo un tanto vago, pero más o menos esa forma tienen aun los más sofisticados.

Bertrand Russell, con Alfred Whitehead, se propuso resolver el asunto planteado por Hilbert y hacer por la aritmética lo que Euclides había hecho por la geometría. Axiomatizarla. Esto significa que, con unos pocos enunciados y reglas para trabajar esos enunciados, se podría establecer un método para asegurar que toda operación aritmética fuera certificadamente correcta. La tarea resultaba monumental. Publicaron los primeros tomos bajo el nombre Principia Mathematica.

Un joven matemático, Kurt Gódel, entonces desconocido, respondió en 1931 con unas pocas páginas donde probaba que, para todo conjunto de enunciados elegido, siempre habría una expresión para la que no se podría decidir si era verdadera o falsa. Dicho de otra forma: si quiero certificar la verdad de una afirmación la paso por un mecanismo comprobador. Este mecanismo está constituido de reglas como “haga esto”, “verifique aquello”. Bien, sean cuales sean las reglas que escoja, siempre podré encontrar un enunciado para el que mi máquina comprobadora no pueda responder si es verdadero o es falso. Y eso para cualquier conjunto inicial que elija.

En el caso particular de la aritmética, que era el intento de formalización iniciado por Russell, respondía Gódel: ningún formalismo de la propia aritmética podrá evitar que alguna expresión aritmética resulte incomprobable. Otra forma de decirlo: siempre encontraré por lo menos una expresión para la cual ninguna sucesión de reglas constituya una prueba.

O con la conclusión más general de Nagel y Newman: “Dado un determinado problema, podría constniirse una máquina que lo resolviese; pero no puede constniirse una máquina que resuelva todos los problemas” (El teorema ele Gódel p-123). Y en esta limitación queda incluido el cerebro humano.

Pero, con todo, hay algo que lo distingue de las computadoras más sofisticadas, y es lo señalado por Penrose: toda computadora sólo puede resolver problemas que se puedan exponer como una sucesión de pasos, esto es como un algoritmo. No otra cosa son los programas de computación, sino pasos. Pero hemos visto, en los ejemplos extremas citados, y en la actividad mental de las personas comunes, que el cerebro no sigue algoritmos y puede alcanzar súbitos accesos a una idea sin seguir reglas como las exigidas por la comprobación mecánica.

Para decirlo con palabras de Frege, figura esencial en la matematización de la lógica a principios del siglo XX: “Es posible, por supuesto, operar con números mecánicamente, así como es posible hablar como un perico: pero eso difícilmente merece el nombre de pensamiento” (P. Yourgrau, Gódel meets Einstein, p. 125).

Veamos dos problemas y su distinta solución por humanos y por computadoras que plantea Roger Penrose en The Large, the Small and the Human Mind (pp. 106-107). En un caso pedimos lo siguiente: “encuentra un número que no sea la suma de tres números al cuadrado”. Un humano debe calcular todas las combinaciones con los primeros números. Dependiendo de su habilidad y entrenamiento dará con la primera solución: 7. Eso lo hace una computadora en fracciones de segundo. Para ello le basta con seguir un programa de computación, una serie de procedimientos, en fin, un algoritmo.

Ahora pedimos: “encuentra un número impar que sea la suma de dos pares”. La computadora seguirá un algoritmo, algo así como “toma el primer número impar, divídelo entre 2, comprueba si ambos son pares. ¿No son’ Sigue con el siguiente impar. ¿Sí? Stop.

La computadora no llegará al stop nunca y seguirá rev isando por los siglos de los siglos números cada vez más inmensos. Una persona sabe de inmediato que la tarea es inútil: la suma de dos pares siempre es un par.

Inaprensibílidad de la conciencia

Si bien la descripción del cerebro es cada vez más minuciosa y conocemos mejor cada vía seguida por, digamos, tina percepción visual, la integración de esta imagen visual en el cerebro no es suficiente para explicar la conciencia. Si lo fuera, comenta jocosamente Penrose, entonces una cámara de video funcionando frente a un espejo tendría conciencia, pues está formando en su interior una imagen de sí misma. La conciencia sigue eludiendo el nivel anatómico. Así lo perfeccionemos hasta conocer cada fibra cerebral, nos deja con la misma pregunta: ¿cuál es la diferencia con una cámara que se ve a sí misma? Y la cámara, sin duda alguna, la conocemos hasta sus menores detalles. Por supuesto, hay niveles explicativos para los que la respuesta neurofisiológica es suficiente: los pulsos enviados para realizar la digestión, el control automático de la respiración y del latido cardiaco, la marcha, los reflejos. Todo esto se puede programar en una computadora y de hecho se hace en las salas de cirugía. Pero, “la formación de juicios, que afirmo es la impronta de la conciencia, es ella misma, algo sobre lo que la gente de AI (inteligencia artificial) no tendría ninguna idea de como programar en una computadora” (R. Penrose,  mente nueva del emperador, p. 486). Por ejemplo, Gerald Edelman tiene algunas sugerencias acerca de cómo el cerebro podría trabajar, sugerencias que según él son no- computacionales. ¿Qué es lo que hace? Tiene una computadora que simula todas estas sugerencias. Luego, si hay una computadora que supuestamente las simula, entonces son computables (R. Penrose. TheLarge, theSmalland tbeHuman Mind, p. 126-127).

Y es precisamente esa formación de juicios, esa capacidad para distinguir o intuir verdad de falsedad, belleza de fealdad, lo que constituye la impronta de la conciencia para Penrose. Que la formación de juicios no sigue algoritmo alguno se comprueba en la propia experiencia del trabajo matemático. Una vez que hemos encontrado un algoritmo, el problema está resuelto. Pero el trabajo inicial, la búsqueda del método conecto para llegar a una solución válida, es una expresión no algorítmica de la conciencia. “¿Cómo sabemos si. para el problema a resolver, debemos multiplicar o dividir los números?

Para ello necesitamos pensar y hacer un juicio consciente” (Idem). Esto es. únicamente por una elección consciente, no algorítmica y por tanto no computable, puedo saber que el algoritmo (el prccedimiento) elegido, para una solución particular, es el conecto.

Seguimos entonces sin saber cómo juzgan los matemáticos que han alcanzado una verdad, cómo están seguros de una prueba. Pero el hecho es que la verdad matemática se construye a partir de elementos sencillos. Cuando se presenta, se hace evidente para todos.

Debemos “ver” la verdad de un argumento matemático para estar convencidos de su validez. Esta “visión” es la esencia misma de la conciencia. Debe estar presente donde quiera que percibimos directamente la verdad matemática. Cuando nos convencemos de la validez del teorema de Gódel no sólo lo ‘Vemos”, sino que al hacerlo revelamos la naturaleza no algorítmica del propio proceso de la visión (R. Penrose. La mente nueva del emperador, p. 493).

Así es como el descubrimiento matemático consistiría en un ensanchamiento del contacto con el mundo platónico de los conceptos matemáticos… Estos están allí, como está el Monte Everest. Sólo hay que “verlos” con un contacto directo, un camino que se establece entre el mundo físico y el mundo platónico.

Cuando el niño abstrae, de diversas cantidades de objetos, la noción de “número natural”, esto es, atando ya “cinco” no debe ir seguido de un sustantivo, “cinco pelotas”, sino que ha adquirido un significado abstracto, el niño ha realizado una tarea que no consigue ninguna supercomputadora.

Lo que Gódel nos dice es que ningún sistema de reglas de computación puede caracterizar las propiedades de los números naturales. A pesar del hecho de que no hay manera computable de caracterizar los números naturales, cualquier niño sabe qué son [...] Comprender lo que los números naturales son es un buen ejemplo de contacto platónico (R. Penrose. TheLarge, theSmall and the Human Mind. p. 116).

¿Cómo ocune ese contacto? Polkinghome, otro físico (y ahora sacerdote y teólogo), propone que lo mental y lo físico se encuentran en una interfase, que es la conciencia (J. Polkinghome: The Quantum World, p.65). Esta interfase tiene características cuánticas que Penrose describe. Para seguirlo habría que comenzar por explicar al lector la superposición cuántica de estados y el curioso caso del gato de Schródinger. Eso me llevó 200 cuartillas, comenzando por Planck. Pronto estará en librerías el libro de donde tomé estos párrafos,    n

Luis González de Alba Escritor. Este texto forma parte de El burro de Sancho y el gato de Schródinger. de próxima aparición en Paidós.

La ciencia

CARACOL

LA CIENCIA

POR CINNA LOMNITZ

Bueno, ni tan nuevo. No es la primera vez que los científicos intentamos proyectarnos hacia el futuro en un siglo que comienza. En 1900 le tocó esa tarea a David Hilbert (1862-1943), un brillante matemático alemán. A los 38 años de edad lo invitaron a inaugurar el Congreso Internacional de París, con un tema muy similar al que encabeza estas líneas.

Hilbert no supo cómo hacer justicia al compromiso. Su primera idea fue intentar una defensa de las matemáticas puras, con el objeto de polemizar contra el famoso matemático aplicado Henri Poincaré. Pero evidentemente que París no era el lugar más adecuado para que un alemán atacara a Poincaré.

Hilbert era un científico normal, diríamos ahora. No era un niño prodigio. Carecía de buena memoria y su educación formal se retrasó en dos años debido a su escaso rendimiento escolar. Finalmente descubrió las matemáticas y se hizo célebre a los 26 años con su solución del Problema de Gordan. Fue profesor en Göttingen pero prefería trabajar en su casa. Su mujer decía a los visitantes: “Si buscan a mi esposo, vayan al jardín. El señor profesor ha de estar frente al pizarrón, o en las ramas de algún árbol”.

Hay muchas anécdotas sabrosas sobre Hilbert. El era en cierto modo un hombre del futuro. Le gustaba la bicicleta, el baile y la conversación con mujeres bonitas. Había sido compañero de escuela de la gran artista y luchadora social Käthe Kollwitz. Cuando a la Kollwitz se le consideró para una distinción, le pidieron su opinión a Hilbert y éste la recomendó en los siguientes términos: “Las cosas que dibuja son horribles pero fue la primera que se quitó el corsé para bailar”.

Volviendo a la conferencia de 1900. el científico decidió que no iba a tratar de adivinar el futuro. Hilbert era lo bastante sensato para entender que la ciencia estaba apenas en sus comienzos. Entonces intituló su conferencia, “Problemas matemáticos”, y planteó sus famosos 23 problemas, que constituían (según él) los principales desafíos del momento en el campo de las matemáticas. Se trataba de todo un programa de investigación. La mayoría de las 23 tareas que Hilbert le planteó al siglo nuevo han sido resueltas, pero algunas quedaron para el siglo XXI. Entre ellas se encuentra el ” Problema 8″ en teoría de los números, que hoy se conoce como la Conjetura de Hilbert.

Tareas para el siglo XXI

Como en 1900, la ciencia del año 2000 sigue siendo una aventura impredecible. Sucede lo inesperado, igual que entonces. El “Problema 3″ de Hilbert Ríe resuelto por su estudiante Max Dehn, de 22 años, el mismo año de 1900. En 1915 Hilbert descubrió la Teoría General de la Relatividad al margen de Einstein, pero el hombre del siglo no fue él sino Einstein. Finalmente, en 1930 Kurt  Gódel publicó el famoso teorema que enterró definitivamente el programa idealista de Hilbert, al demostrar que era imposible concebir un sistema matemático completo y consistente en sí mismo.

¿Cuáles son los principales problemas de la ciencia en el siglo XXI? En mi opinión, estos problemas han de ser más complejos y difíciles que los 23 problemas propuestos por Hilbert. Por ejemplo, la cura del cáncer y del SIDA. Los expertos piensan que el camino más lógico podría ser las vacunas y que quizá pueda controlarse el avance de ambas temibles enfermedades para el 2025. Ello dependerá de factores sociopolíticos, tales como el desarrollo o el rezago del Tercer Mundo y especialmente de los países asiáticos.

Para el 2025 también es posible que se logre controlar el embate de los desastres naturales. Estados Unidos gasta 1,000,000,000 de dólares por semana en auxilio a la población por inundacion, ciclones, sequías y sismos. Se trata esencialmente de bomberazos. El número de víctimas viene aumentando desde mediados del siglo pasado. Las causas son conocidas, y los remedios también. Nuevamente, será cuestión de factores sociopolíticos.

El problema ambiental tiene que ver con todo eso. Existe la posibilidad de una extinción del género humano después de cien siglos de depredación creciente del ambiente natural; sabemos que otras especies se han extinguido y continúan extinguiéndose por no haber aprendido a adaptarse a su propia proliferación. Los expertos piensan que la población mundial tiende a estabilizarse, pero llegará a los 10,000 millones de habitantes para el 2100. ¿Habrá voluntad política para actuar a tiempo? Una vez más, el problema es económico y social.

¿Se nos acabara el petróleo? Bueno, según los científicos, parece que la respuesta es no. Tendremos gasolina para rato, al menos hasta el 2100. Es parte del problema ambiental. Para México es también parte de la solución. Siempre que tengamos voluntad política para emplear nuestro petróleo en beneficio del desarrollo económico, social y sobre todo educativo de la población.

Uno de los principales cuellos de botella, y lo estamos viendo todos los días, es el escaso desarrollo de las viejas ciencias sociales en un mundo nuevo. La sociedad, que es el objeto de estudio de dichas ciencias, está cambiando más rápidamente que los marcos teóricos y las herramientas conceptuales disponibles. Se piensa que estamos evolucionando hacia una sociedad global homogenizada, sin cultura definida y con una pobre calidad de vida. Pero estos síntomas podrían indicar muchos caminos evolutivos diferentes, y parece no existir un programa coherente de investigación al respecto. Los movimientos alternativos o de protesta se caracterizan por su irracionalidad y su confusión programática. En estos momentos hay expertos que piensan que podríamos estar perdiendo la batalla contra los múltiples problemas que plantea el cambio social.

La reacción tendrá que venir del lado de la informática. Actualmente se dispone de métodos sociométricos capaces de monitorear las preferencias de la población en materia de programas televisivos, productos de consumo y comportamiento electoral. Estos avances hacen posible una mayor manipulación social, pero también implican la posibilidad de entender mejor el funcionamiento de las sociedades humanas. Es lo que sucedió antes con las ciencias físicas, cuando el hombre aprendió a usar la energía del agua y del carbón y a reemplazar la mano del artesano por palancas. ¿Estamos en los comienzos de una nueva ciencia social experimental?

Hablando de cómputo, es evidente que apenas estamos en los comienzos de un desarrollo que podría culminar en el curso del siglo XXI. Hoy cualquier cerebro humano supera ampliamente a la mejor computadora en términos de versatilidad y rendimiento, pero esta ventaja podría acabarse en un plazo relativamente breve, digamos en el 2025. El uso de las drogas, sobre todo en las sociedades industriales avanzadas, podría interpretarse como un intento de superar las barreras de la actividad cerebral y sensorial. Es probable que la ciencia del futuro nos depare estimulantes cerebrales mucho más poderosos que las actuales drogas ilegales. Su uso será reglamentado y legalizado, un poco como el soma en la famosa novela de Aldous Huxley. Si la economía camina a base de la innovación, como afirman los expertos, resulta lógico que la producción social de ideas y productos se llegue a estimular y controlar por medios científicos.

Actualmente ya existen instituciones como IC2 (Institute of Creativity and Capital, en la Universidad de Texas), que manejan el talento como una materia prima explotable y transferible. El comercio de la creatividad es un negocio de proporciones globales. En tiempos de Hilbert existían las envidias y los celos profesionales entre los científicos; había tenor por los copiones que proliferaban en los pasillos y que podían proclamar como propios los descubrimientos ajenos. Hoy esta situación subsiste apenas en unos cuantos países subdesarollados. En el resto del mundo, el descubrimiento se comercializa antes que el colega de junto pueda enterarse de qué se trata. La solución está en la colaboración competitiva de grupos de cerebros que se estimulan mutuamente, más allá de las fronteras nacionales o culturales.

Hoy existen programas de cómputo tales como Mathematica que realizan la labor de miles de científicos como Hilbert en cosa de segundos. Más importante aún es la existencia de redes de usuarios de estos programas, que se comunican a través de Internet y se ayudan mutuamente a responder sus dificultades en forma espontánea o deportiva, sin esperar recompensa personal de ningún tipo. Es la cara del futuro que asoma.

La ciencia del mundo nuevo será una ciencia altamente competitiva, es verdad; pero será también una gigantesca empresa de colaboración entre miles de cerebros altamente motivados. En México nos corresponde crear la base educativa para que no nos quedemos a la orilla en estos importantes desarrollos futuros. n.

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

La izquierda y derecha

IZQUIERDA Y DERECHA

POR MARÍA AMPARO CASAR

Los referentes “derecha” e “izquierda” han vivido entre nosotros, con mayor o menor intensidad, por más de dos siglos. ¿Sobrevivirán uno más?; y si lo hacen, ¿cómo? ¿Como referentes irreconciliables?, ¿como sistemas cerrados? o, más bien, a la usanza de Bobbio, como las actitudes que asumen los hombres que viven en sociedad frente al ideal de la igualdad. Es difícil saber cómo, pero menos difícil especular sobre su permanencia.

A pesar del deterioro y hasta la pérdida de significado de las etiquetas políticas más utilizadas en los dos últimos siglos, seguramente no las abandonaremos. Veremos sin duda el refinamiento de sus referentes o incluso su redefinición pero no su desaparición como valores y proyectos políticos. Izquierda y Derecha ya han desaparecido como posiciones abstractas e inflexibles, como dogmas. Estos últimos se adaptan mal a la diversidad. Permanecerán, sin embargo, como brújulas que orientan la acción política.

En las dos últimas décadas, diversos sucesos contribuyeron a avivar el debate sobre la viabilidad de mantener estas categorías y lo que hasta el momento han representado. En el campo de las ideas puede mencionarse, entre otros, los influyentes libros de Daniel Bell. El fin de la ideología, y Fukuyama, El fin de la Historia y el Ultimo Hombre, que predican la convergencia ideológica y la extinción de los rivales del capitalismo y la democracia. En el campo de la política están el fin de la guerra fría y el mundo bipolar, la caída del muro de Berlín y el avance irrefrenable de la globalización. La importancia de estos eventos no debe ser subestimada pues, finalmente, con ellos ha desaparecido no sólo un importantísimo referente de la izquierda sino también el único modelo económico alternativo al capitalismo que, al menos por algún tiempo, logró implantarse en algunas naciones.

No podemos, entonces, cerrar los ojos al éxito y a la creciente hegemonía del consenso liberal. Un consenso que en aras de la brevedad puede definirse como la combinación de la economía de libre mercado con la instauración de gobiernos limitados. Dicho de otra forma, lentamente parece haberse universalizado la idea de que la boleta electoral es el mecanismo correctivo de la política y el mercado el mecanismo correctivo de la economía (Elster). Pero tampoco llegaremos a ningún lado si exageramos la convergencia ideológica.

En primer término, no podemos olvidar que tan sólo una minoría de la población mundial se rige por las instituciones —democracia y mercado— que se derivan de este consenso. Más importante aún, muy pocos se benefician de sus frutos. En segundo lugar, aun cuando el consenso liberal haya ganado terreno, lo ha hecho como modelo general para ordenar las coordenadas o principios básicos que informan las relaciones económicas y políticas. Estas, sin embargo, seguirán admitiendo modalidades particulares que permitirán a las sociedades y a los partidos ofrecer alternativas lo suficientemente diferenciadas como para poder seguir refiriéndonos a ellas como de derecha o izquierda. Quizá, incluso, el próximo siglo sea uno de creciente comunidad de propósitos pero es dudoso que la comunión involucre los mismos medios para alcanzarlos.

En todos los países por igual, independientemente de su grado de desarrollo económico, de su sistema político o de su cultura, constatamos núcleos de resistencia y una búsqueda incesante por encontrar alternativas al status quo, cualquiera que éste sea. En este terreno, la izquierda tendrá frente a sí mayores retos. Es ella quien ha tenido que aceptar y adoptar, no sin ponerles su sello propio, algunos de los principios que antaño combatió: las fuerzas del mercado, la restricción del Estado de bienestar, los incentivos a la competencia, las privatizaciones. Pero lo ha hecho de manera exitosa. Muestra de ello es la recomposición de los partidos de izquierda en Europa y América Latina, sus triunfos electorales y la conquista de mayores espacios de representación y de gobierno. Si la convergencia nos hubiese alcanzado, no presenciaríamos tan feroces debates ni tan reñidas contiendas entre partidos, grupos, líderes y naciones.

Finalmente, permanecerán amplias esferas de la vida social sujetas a la acción política de los hombres, que no estarán reguladas por los principios básicos del consenso liberal y que se irán definiendo por la vía de la confrontación de ideas e intereses.

No hay indicaciones palpables ni de que el hombre vaya a dejar atrás el pensamiento dicotómico ni tampoco que la política vaya a perder la intensidad que proviene de la defensa apasionada de valores —objetivos— y medios —políticas— para alcanzarlos. Como en tantas otras áreas de la actividad humana, en la política se avanza a través de la confrontación de ideas y de la competencia. Seguiremos buscando y obteniendo acuerdos que permiten la convivencia social. Pero, por paradójico que parezca, los acuerdos no eliminan los contrarios, los suponen. Como ha ocurrido siempre, seguiremos buscando la reconciliación pero también, como siempre, los contrarios se resistirán a la síntesis.

Hablar de derecha e izquierda es hablar de política y si algo hay consustancial a la política es la competencia. Para que haya competencia tiene que haber ofertas. Estas consisten de opciones diferenciadas que permiten a los individuos manifestar sus preferencias sobre rumbos, metas y medios para alcanzarlas. La inventiva humana, al igual que los intereses encontrados, son cosechas que, afortunadamente, nunca se acaban,       n

María Amparo Casar. Directora de la División de Estudios Políticos del CIDE.

Las drogas

LAS DROGAS

POR LUIS ASTORGA

Una de las fantasías favoritas de los fundamentalistas antidrogas actuales es la erradicación de los cultivos ilícitos, es decir cortar de raíz, hacer desaparecer de la faz de la tierra las “plantas del mal”, y por lo tanto sus derivados. La historia, las propiedades farmacológicas de esas plantas y su significado cultural los tiene sin cuidado. Los consumidores, dirían, ignoran lo que les conviene. Prefieren los “paraísos artificiales” a las maravillas de la vida cotidiana. Hay que vigilarlos y castigarlos: no se les puede dejar solos.

Los seres humanos son criaturas muy tercas: desde que se tiene noticia de la vida en sociedad el uso de sustancias psicoactivas ha formado parte de ésta. La constante antropológica no ha sido siempre del agrado de todo el mundo. La intolerancia a través del tiempo parece haber causado más víctimas que los excesos en el consumo. Ha habido momentos en que los controles sociales no han satisfecho la voluntad de dominio de quienes han tenido el poder para imponer sus gustos, su visión del mundo, sus intereses, su moral, sobre otros grupos sociales e incluso países enteros y áreas del planeta. Hay sin duda que tener una fe de cruzado para pensar que los seres humanos dejarán algún día de experimentar con la naturaleza con el objeto de conocer otras modalidades de la percepción.

El siglo XX ha sido escenario de una de las batallas más largas e inútiles en contra de inclinaciones milenarias que se han generalizado y reproducido en proporción directa a las prohibiciones sobre ellas. Se ha tratado sin éxito de homologar medidas aplicables a situaciones y experiencias distintas. Se ha pretendido implantar un patrón universal de medida, con la fuerza que da la hegemonía política, económica y militar en el ámbito planetario, cuyas desviaciones son o pueden ser castigadas con medidas prácticas o simbólicas. Y a cada nueva aceptación de esa voluntad de poder supranacional, le corresponde una menor capacidad de respuesta autónoma y alternativa para romper la lógica implacable y perversa del sometimiento y de la guerra sin fin.

En nombre del bien de la sociedad se han desarrollado nuevos agentes sociales y otros han visto reforzadas sus funciones. Los traficantes de fármacos ilícitos son uno de los grupos sociales cuya formación y consolidación han sido de las más aceleradas. Son causa y efecto de la mundialización del mercado de las drogas. Son criaturas de la prohibición. Sin ésta no hay mercado negro ni traficantes, sólo comerciantes legítimos. La prohibición los refuerza, les da sentido y los hace permanentes. Quienes han sido nombrados legalmente para hacer cumplir la ley no tienen interés en que desaparezcan pues ello disminuye sus áreas de influencia y de poder, incluso una parte importante de sus fuentes de ingresos, a través de la extorsión, el alquiler de servicios, o el sometimiento según la relación de fuerzas entre los traficantes, las corporaciones coactivas y el poder político. En cuanto a los gobernantes, aquellos cuyas inclinaciones éticas, fuerza institucional y capacidad de control se combinan adecuadamente pueden aprovechar en beneficio propio o en el de los intereses que representan los enormes flujos de efectivo que les llegan por pago de protección. El negocio de las drogas ilícitas también lo es para quienes lo combaten desde la legalidad.

Los usos sociales de los fármacos ilícitos, el conocimiento científico acerca de ellos y la política caminan por senderos distintos. No se ha logrado la comunicación ni la comprensión entre estos campos. Las políticas prohibicionistas han sido insensibles para modificar las condiciones de posibilidad de un negocio lucrativo que ellas mismas contribuyeron a crear. Si el cultivo, tráfico y consumo de fármacos ilegales a escala planetaria, le rentabilidad diferencial del negocio, la violencia asociada al mismo, y la corrupción de autoridades, se han incrementado en proporción directa al reforzamiento de las políticas prohibicionistas durante el siglo XX, particularmente en los últimos cuarenta años, se esperaría de los gobernantes un reconocimiento de sus errores después de tanto tiempo de fracasos, y una búsqueda conjunta de alternativas que tendrían que ser necesaria y cualitativamente distintas a las experimentadas. Pero como en estos asuntos y otros más, la historia ha mostrado que los gobiernos nacionales no se mandan solos y obedecen en mayor o menor medida a políticas generadas en otros países de los cuales dependen a veces hasta para pensar en soluciones a problemas locales. Es así como la lógica de la guerra sin fin hace necesaria la intervención de instituciones que habían servido de apoyo, pero que se convierten en centrales por el desgaste e ineficacia de aquellas destinadas anteriormente y de manera prioritaria a su combate institucional. Los ejércitos adquieren mayor relevancia y se modifican necesariamente las relaciones de poder en los Estados nacionales.

En sus inicios, la política antidrogas comenzó siendo principalmente una cruzada moral, jurídica y policiaca. En la actualidad, sin abandonar esas características de origen, el desarrollo del mercado ilegal a escala planetaria, impulsado por la propia política prohibicionista, y la visión e intereses de la potencia mundial hegemónica. la han convertido en una guerra geopolítica, económica y militar. De seguir esa tendencia, y no hay elementos para pensar en escenarios diferentes a corto plazo, la intervención  cada vez mayor de esa potencia en los asuntos internos de los Estados, con el pretexto de la guerra a las drogas, enviará al baúl de los recuerdos las tesis acerca de la soberanía y aumentará la subordinación de los sistemas jurídicos, las instituciones policiacas y los ejércitos de aquellos países aliados en la cruzada. Y cuando esto suceda, los traficantes, sus fortunas, la corrupción de representantes del Estado, y los consumidores todavía estarán allí, y muy probablemente en mayor número y con nuevos gustos y preferencias.  n

Luis Astorga Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Es autor de El siglo de las drogas.

La vejez

LA VEJEZ

POR ROBERTO R. KRETSCHMER

Extraña ironía la de pedirle a un pediatra unas líneas sobre el tema de la vejez, ahora que está por terminar el viejo milenio, motivo de gran algarabía, que ínter alia puso de manifiesto el lamentable estado de los conocimientos aritméticos de la humanidad. ¿Será que como suele uno estar “en la línea de salida” de los recién nacidos, también se supone que sabe uno algo del final de la loca carrera que comienza? Difícilmente. Por eso me adentré en el jardín de los aforismos, y fui cortando algunas flores. No necesariamente las más bellas —aunque las hay bellas— sino las que más se fueron plegando a mi creciente reflexión sobre la vejez. Si bien estrictamente hablando envejecemos desde el momento en que nacemos (o desde que nos conciben), biológica e intelectualmente la vida no es un tobogán, es mas bien un arco, una curva que en muchos, que no en todos los aspectos, alcanza su plenitud entre los veinte y los cuarenta años de edad, periodo en el que. cualitativa y cuantitativamente, lo que se puede hacer, lo que se debe hacer, lo que se quiere hacer y lo que se logra hacer, parece alcanzar su mejor equilibrio; para luego desbordarse en creativa, complaciente y disfrutable, o bien frustrada y oprobiosa decadencia. Con razón dice Schopenhauer que “los primeros cuarenta años de la vida proveen el texto, los siguientes treinta años aportan el comentario”.

¿Qué es y cuándo comienza la vejez? Como con otras preguntas claves del ser humano, no precisamos de una respuesta clara. De hecho la traemos tiránicamente dentro de nosotros mismos, y en algún momento aflora para hacerse evidente. Es muy curioso cómo se nos revela de repente, y ya decía Trotsky que “la vejez es lo más inesperado que le ocurre al hombre en su vida”. James Watson uno de los descubridores del ácido desoxirri bonucleico (ADN)— dijo que “a los veinticinco años ya era demasiado viejo para ser inusual”, y el banquero B. Baruch definía la vejez como “alguien quince años mayor que uno”. La vida no le permitió a Mozart, Pergolesi, Schubert. Arriaga y Mendelssohn llegar a viejos, pero parecen no haberlo necesitado para ser enormemente creativos; y Goethe, Tagore, Sinan y Bruckner siguieron siéndolo, espléndi -dámente, como septua-octagenarios. Para la enorme mayoría de la humanidad, sin embargo, la vejez comienza —poesía más, poesía menos cuando:

…estás viejo, gris y lleno de sueño, y cabeceando frente a la chimenea… tomas este libro y lo lees lentamente, recordando la suave mirada que alguna vez tuvieron tus ojos… cuántos no amaron tus momentos de alegre gracia, amaron tu belleza con amor falso o verdadero… pero alguien sí amó tu alma peregrina y las tristezas de tu cambiante semblante (W.B. Yeats).

Obviamente ya los astutos griegos conocían la vejez. El grueso de la población antigua moría más joven que ahora, por lo que los ancianos, entonces posiblemente más excepcionales que ahora, llamaban más la atención, y Aristófanes decía que “los ancianos tienen doble niñez”. Quizá desde entonces fue creciendo la leyenda de que la sabiduría viene con la vejez. Crecen los conocimientos, crecen las dudas. “Los viejos, desde tiempo inmemorial, han convencido a los jóvenes que ellos —los viejos— son los más sabios, y para cuando los jóvenes descubren el embuste, ya se hicieron viejos ellos también, y como les beneficia, mantienen la impostura” (S. Maugham). A lo mejor, con T. S. Elliot debiéramos decir: “no me hablen de la sabiduría de los viejos, sino de sus locuras”: pues como dijera Hemingway:”los viejos no se hacen más sabios… sólo se hacen más cautelosos”. Los consejos de los viejos “son como rayos de sol en invierno, alumbran pero no calientan. ¿Cómo querer persuadir a! adolescente que el amor es fugaz?” (A. Maurois). Por eso se rebela Dylan ‘I homas y dice que “fui más viejo antes… ahora soy más joven”. Sabiamente reflexiona Santayana que “joven que no llora es un salvaje, y viejo que no ríe es un tonto”. Lapidariamente agrega W. Osler “que se debe ser moralmente sano a los treinta, mentalmente rico a los cuarenta y espiritualmente pleno a los cincuenta o no lo será uno nunca”. Si no, con Juvenal “habrá que tenerle mas miedo a la vejez que a la muerte, pues el drama de la vejez no es ser viejo sino haber sido joven” (Oscar Wilde).

Curiosamente “todos queremos vivir más, pero no queremos llegar a viejos” (J. Swift), y “poca gente, muy poca gente, sabe ser viejo” (Rochefoucault); de ahí que Goethe y Amiel dijeran que “la suprema sabiduría es saber envejecer”. En consecuencia, como “no hay remedio para el nacer y la muerte, disfrutemos del intervalo” (Santayana). Ahora resulta que la muerte —la celular al menos— está genéticamente programada (la macabra danza de los genes pro y antiapoptóticos, nombre, este último, que hace referencia al término griego de las hojas secas que caen al suelo).

Todos merecemos una razonable medida de felicidad en la vida. Con sano hedonismo la perseguimos con mayor o menor éxito. ¿Alguien tiene la receta aplicable a todos? “Tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar”, suena conmovedoramente simple, a la vez que sorprendentemente profunda (Chalmers). Para lograr esta triada, los niños ni lo piensan pues les viene con feliz naturalidad; los adolescentes y los adultos rebosan de proposiciones —bendito desorden—, pero los viejos deben proponérsela o sucumbir. Pero terminemos aquí con que “me estoy haciendo viejo nada más de aprender cosas” (Sócrates), n

Amo sobre todo…viejos amigos, viejas melodías, viejos modales, viejos vinos.

(Goldsmith)

Roberto R. Kretschmer Pediatra.

Ha colaborado en nexos anteriores.

Padres e hijos

PADRES E HIJOS

POR JUAN VILLORO

A Inés

     La escena comienza en el cunero de un hospital. La familia contempla a los recién nacidos. Todos los bebés se parecen a Sir Winston Churchill, pero los parientes distinguen que el tuyo tiene las cejas de la tía Cata y el mentón del abuelo Jacinto. Te estremece que la genética dibuje a través de las generaciones. El juego de los parecidos continúa hasta que una amable enfermera explica que están viendo al bebé equivocado. El bueno es el de la derecha. De inmediato, los parientes reconocen las cejas del abuelo Jacinto y el mentón de la tía Cata.

Los partos llegan con horribles leyendas destinadas a tranquilizar a la mujer que se siente dichosa y feísima. Alguien habla de la abuela mitológica que dio a luz once veces sin dejar de condimentar la sopa. Bastan dos generaciones para que el pasado parezca una edad rústica donde la gente mordía trapos en vez de tomar analgésicos. En apariencia, estas historias pretenden demostrar lo natural que era la vida cuando se podía parir sin abandonar la cocina. Pero su verdadero cometido es más sutil: la abuela que perpetúa la especie sin tregua ni higiene es más monstruosa que heroica. La sencillez de entonces resulta aberrante en tiempos de pañales desechables. ¡Nada reconforta tanto como saber que tuviste un bebé contemporáneo, digno de ungüentos con moderna fecha de caducidad! Si un familiar sabe de historia, la supremacía de la época puede reforzarse con escabrosas anécdotas de Esparta o del cenote sagrado de los mayas.

Al regresar al cuarto 306 encuentras a tu mujer rodeada de gente que no conoces. “Son los Garabato, tus tíos de Celaya”, explica tu madre, que viene detrás de ti. La llegada de la bebé renueva tus vínculos estrechos con gente borrosa, que usa ropas raras, te dice “Pelusa” y recuerda que tapaste un excusado con cáscaras de mandarina en 1961. Si el Papa de turno tiene una salud endeble, hay tema de conversación. Los jacobinos y los beatos de la familia discuten con fervor de vaticanólogos sobre el futuro pontífice (que chance sea mexicano).

¡Qué insospechadas reservas de sobrinietos. primos segundos y ex esposas del abuelo que hay en tu familia! Luego vienen los amigos, divididos en dos bandos, los que ya se apiadan de las ojeras que te saldrán con tanto biberón de madrugada y los que aprovechan el contundente hecho biológico para ir a la cafetería, encender un trémulo cigarro junto al letrero de NO FUMAR y decir: “si con Mari Chuy he tenido un 8 en el sexo…”. Toda frase que comience así en un mundo regido por el sistema decimal es peligrosa. Tu cercanía a los pañales y los olores primigenios te acredita como escucha de confesiones fisiológicas. Chacho dice que recuerda la fecha de su último vómito. Piensas que es un perverso hasta que recuerdas tu último vómito, al salir del Bar Oruga. El crecimiento de tu prole parece ser inversamente proporcional a la descomposición familiar de tus conocidos. Una amiga confía en ti lo suficiente para enseñarte sus análisis de orina y decir que está casi-casi segura de que se embarazó de Pepe. Luego te pide que olvides la tarde en que la viste en Wings con el Tamal.

A pesar del cansancio y las advertencias de enfermeras y revistas femeninas acerca de la depresión post-partum. tu compañera insiste en ser lúcida. Si te pide algo, te aclara dónde está. Luego pregunta: “¿hay alguna cuestión genética que haga que las mujeres encuentren las cosas más rápido que los hombres?”. “Seguramente”, contestas y piensas en el Punto G y te da depresión post-partum.

Entonces llega tu hijastro y te dice con su sabiduría de siete años: “no te pongas tenso”. Te lleva a la cafetería a impartir una lección de darwinismo: “siempre voy a estar contigo porque los demás padrastros son como los dinosaurios: ya se extinguieron”. Te conviertes en el irremplazable sobreviviente de una especie que se seca las lágrimas con una servilleta. Quieres desviar la conversación: “¿qué animal volador había en la época jurásica, además del pterodáctilo?”. Una vez más, tu hijastro demuestra ser más listo: “el mosco”, responde. Entonces. Julio Ferrán, que te considera un insensible porque no lloraste cuando Alberto Onofre se fracturó la tibia y el peroné antes del Mundial de ’70. descubre tus ojos enrojecidos. La evolución de las especies te ha llevado a eso: eres alguien que llora con los dinosaurios. Una amiga se preocupa y promete llevarte flores; dices que no las admiten en el hospital y quedas como un premoderno: ella habla de flores de Bach. Más tarde.

Nico te proporciona una noticia del pasado eterno: la bebé nació en uno de los cinco días aciagos de los aztecas. O sea que no basta con saber que es Piscis y su Marte está en Aries. Bastante tienes con los recién nacidos que contemplas como novios por venir.

La pareja se encierra a hacer una lista de sus temores y complejos. La mujer sólo está preocupada de una cosa: el hombre tan fecundamente dotado para esa lista.

Es posible que en el futuro la genética permita que las vacas den leche materna y los adelantos de la realidad virtual, que los Garabato te visiten sin salir de Celaya. Por el momento, la ciencia es algo que todo lo confunde: el ultrasonido prometió un niño y las chambritas son como el cielo de Zacatecas al que le cantó López Velarde. “En el 2000 el sexo ya no tiene colores: tuviste un diablo con vestido azul”, te dice alguien para preocuparte o tranquilizarte.

Durante semanas, el encierro doméstico te convierte en un personaje de El beso de la mujer araña para quien el cine son las películas que le cuentan. Antes del parto, viste un último estreno: Belleza americana, el retrato de una familia disfuncional que órbita en torno a una frase: “hay tanta belleza en el mundo”.

En tu computadora encuentras un mensaje de David Ojeda: pide que pongas la mano abierta en la frente de tu hija, signo de la buena fortuna. Estás a punto de hablar de las tradiciones que llegan por e-mail, cuando tu mujer se anticipa. Sus dedos cifran el origen y el porvenir, la forma en que las estrellas tocan la frente de los hombres,   n

Juan Villoro. Escritor. Su libro La casa pierde lo hizo merecedor al Premio Xavier Villaurrutia.

La guerra

LA GUERRA

POR SERGIO RAMÍREZ

Siento  que el siglo XXI se quedará lejos de las utopías que siempre han proclamado la paz como una de las aspiraciones últimas de la humanidad, y que a pesar del fin de la era bipolar en la que llegamos a vivir bajo la amenaza de una conflagración nuclear, padeceremos en el futuro dos clases de guerras: aquellas donde el primer mundo puede aplicar sus iniciativas tecnológicas en la búsqueda de establecer el nuevo concepto de “guerras limpias”, guerras de destrucción selectiva y bajísimos costos humanos para los dueños de los nuevos instrumentos bélicos, que serán cada vez más sofisticados; y las “guerras sucias” que tendrán siempre por escenario las zonas calientes del tercer mundo, o aquellas capaces de ser calentadas de manera artificial, o por obra de los nacionalismos excluyentes, los fundamentalismos religiosos, los conflictos tribales y las disputas territoriales.

Sobre las guerras limpias ya hemos tenido suficientes ejemplos para adivinar el curso de su perfección tecnológica, tanto en Irak como en Kosovo: las bombas capaces de preservar toda la infraestructura de una ciudad o una instalación bajo ataque, exterminando nada más a los seres humanos, y las bombas capaces de destruir todo sin afectar a los seres humanos, fabricadas con bloques de concreto que no producen ninguna onda expansiva, con lo que, no habiendo nada nuevo bajo el sol, se reviven como instrumentos de destrucción las viejas catapultas que aún vemos en las películas, sólo que disparadas desde alturas estratosféricas.

Serán unas guerras de agresores invisibles y sobreprotegidos, el rayo letal lanzado desde los satélites o desde los aviones de plásticos sustitutos del metal, con lo que el viejo concepto de luchas de infantería libradas en los lodazales y las trincheras anegadas en sangre de la Primera Guerra mundial, entre nubes tóxicas de gas mostaza empujadas por el viento, quedará en las páginas de las enciclopedias cibernéticas como una referencia lejana. Las guerras del futuro, libradas por las grandes potencias, se parecerán más a los juegos electrónicos, donde la muerte masiva puede ser producida apretando la tecla de enter en una lap-top operada por un general de cinco estrellas.

La ausencia de culpa frente a la exterminación masiva afectará también, por lo tanto, la vieja ética que castiga más el descuartizamiento cuerpo a cuerpo, el que se ve y se toca, que la acción punitiva lejana, sin víctimas visibles, muertes mucho más fáciles de expiar en la conciencia al ser reducidas en las cifras de las computadoras a extinción de puntos de calor. Serán unas guerras limpias, sin escenarios de batalla ni desperdicios, sin hospitales de sangre ni campos de prisioneros, y limpias también para efectos de la conciencia limpia. Ya están siendo y lo serán cada vez más, guerras de pronta solución, o de solución programada en cuanto a costos económicos o costos de conciencia.

Pero son también guerras que se presentan ya como espectáculos de televisión para que la familia las disfrute en casa, guerras que se abren con fanfarrias de superproducción de novedosos efectos especiales, y pueden pasar por igual como guerras reales o como guerras virtuales frente a los ojos del televidente de veladas tranquilas en días de semana o domingos de encierro, la lata de cerveza en la mano, dueño cada quien de un show del que puede disfrutar como abonado a una programación de guerras colosales servidas a domicilio.

Y están, por otro lado, las guerras sucias, que son las guerras nuestras, y que lejos de las rápidas soluciones tecnológicas que deparan las guerras limpias, tenderán siempre a empantanarse como guerras sin solución, de insidiosa recurrencia, y que al contrario de las guerras limpias no están destinadas a llegar como espectáculos de primera magnitud a las pantallas de los televidentes, salvo cuando las carnicerías adquieran carácter masivo.

Son las guerras libradas con perspectivas de eternidad y rodeadas de olvido en escenarios de bambalinas en harapos, por causas que ya apenas se adivinan, como en Angola, o las carnicerías entre etíopes y eritreos en las que mueren tantos seres humanos como en las hambrunas provocadas en esos mismos territorios por las interminables sequías, los buitres en vigilia de niños que agonizan famélicos, como lo hemos visto en fotografías premiadas, o que meten el pico en las entrañas de los soldados despanzurrados al lado de los restos retorcidos de un carro blindado en el ardiente sopor del desierto; las guerras de éxodos y exterminio libradas en los viejos territorios coloniales del Congo entre ejércitos tribales conducidos por caudillos disfrazados de mariscales franceses o generales británicos, siempre dándose golpes de Estado unos a otros.

O las guerras donde los nacionalismos son exacerbados por el fanatismo religioso, el más feroz de los fundamentalismos que ha atravesado la frontera del siglo XX, capaz de desatar genocidios en Bosnia- Herzegovina. o en Afganistán, y las guerras entre superpotencias nucleares descalzas y en harapos, como la que libran asomándose de vez en cuando a las primeras planas la India y Pakistán, o las otras, la de Chechenia. en que una superpotencia en escombros, como Rusia, se lanza a la conquista despiadada de un pequeño reducto nacionalista.

Y aun otra guerra nuestra, la guerra civil de Colombia, un país dinamitado cada día en cámara lenta y sin banda de sonido, librada por una guerrilla de comandantes ya ancianos, con casi medio siglo de vida militar, que han envejecido en la selva y encabezan sin embargo un nutrido ejército de campesinos jóvenes, no sólo contra una fuerza armada experta en organizar concursos de belleza, sino también contra un ejército paramilitar, la única fuerza mercenaria en el mundo que emite proclamas patrióticas, mientras el ejército en las sombras del narcotráfico los atraviesa a todos como un hilo de puntada maligna, y el gobierno que es entre todas las fuerzas en conflicto, y después de décadas de conflicto, la más débil de todas, una guerra que es el espejo más turbio donde podemos vernos.

Para no olvidar las que siempre tendremos en América Latina, si no cambia nuestra suerte de atraso, provocadas por conflictos fronterizos de inspiración patriotera, un pedazo de selva virgen o un pico helado y desnudo de una cordillera, guerras recurrentes nuestras guerras sucias, que estallarán como fuegos fatuos en la oquedad del paisaje, y de las que no han sido capaces de librarnos nuestras mejores utopías de paz transportadas con ruido de viejas bielas de uno a otro siglo,  n

Managua, febrero de 2000.

Sergio Ramírez. Escritor nicaragüense. Su más reciente libro es Adiós, muchachos.

La fama

LA FAMA

En el libro XII, versos 39 a 63 de las Metamorfosis de Ovidio, libro escrito hace unos dos mil años, se encuentra el siguiente pasaje.)

El centro del mundo se encuentra En el sitio preciso

Donde se juntan las tres regiones del universo: Cielo, tierra, mar. Desde ese punto es posible

Ver todo lo que ocurre. No importa Qué tan lejos ocurra. Desde ahí todas las voces Entran a saco en los oídos porque saben Que siempre hay oídos dispuestos a escuchar.

Ahí vive la Fama.

Qué manera de escoger una residencia: En la parte más alta de la ciudad

Y con todo el terreno para ella.

Curiosa casa es la casa de la Fama: No tiene puertas ni ventanas; simplemente. Es toda ella un mundo de puertas y ventanas

Y agujeros y resquicios incontables.

De noche y día está abierta la casa de la Fama. Añadir que está construida de metal resonante. El metal repite las palabras que recibe, Vibra, y repite las palabras que recibe.

No se puede llamar, propiamente, rincones A los rincones que propiamente abundan En la casa de la Fama: en los rincones abundan El reposo y el silencio. No así en la casa de la Fama.

No pensemos por esto que hay escándalo En la casa de la Fama. Tampoco hay gritos.

No: son murmullos, susurros, murmullos Como los murmullos y susurros

Del mar, si uno los oye desde lejos, de muy lejos: Voces cortas, como los truenos cuando ya No truenan porque Júpiter se aburrió De hacer que choquen las nubes negras.

Una multitud llena patios y pasillos En la casa de la Fama. Una ajetreada plebe Entra y sale, y entra y sale; y por todas partes Se oyen palabras confusas: hay falsos

Comentarios mezclados con verdades En la casa de la Fama. Estas palabras son Pasto de la conversación, y la conversación Es pasto de más palabras y más conversación.

Curiosas conversaciones y palabras se dan En la casa de la Fama. Sobre todo aquellas Que sitúan los hechos en un lugar distinto

Y crecen la mentira y lo inexacto, hasta que

Un nuevo charlador añade algo distinto En la casa de la Fama, para oídos Ociosos. Y en el oído ocioso crecen, Ya distintos, la mentira y lo inexacto.

Curiosos habitantes tienen casa En la casa de la Fama. Son la Credulidad, La Afirmación Temeraria, la Alegría Infundada, los Temores Soterrados.

También la Sedición, que sólo pide una mecha En la casa de la Fama. Y las Murmuraciones Que empiezan en murmullos y acaban En más murmullos y en más Murmuraciones.

Lo que sucede en el cielo puede verse

En la casa de la Fama. Y lo que pasa en el mar

Y en la tierra: dondequiera que la Fama Vigile al mundo en la casa de la Fama.

— Versión de Luis Miguel Aguilar

La economía

LA ECONOMÍA

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

La economía de las certezas dictadas por la burocracia estatal quedó atrás y la incertidumbre virtuosa de la competencia se apoderó de los reflejos y registros de la organización productiva, así como de la distribución de sus frutos”: éste podría ser el sumario último del credo económico imperante en la academia, los negocios, el gobierno y los medios de información.

Sería, también, la plataforma más sólida de la esperanza neo-liberal en que sus creencias pueden todavía volverse consenso de los mexicanos que entran al nuevo siglo.

¿Vivimos ya una nueva forma de economía que asegure nuestra supervivencia dinámica, habida cuenta de la demografía realmente existente y de los múltiples rezagos acumulados en estos años de penuria? ¿Puede, esta nueva economía, ofrecerle a los mexicanos del nuevo milenio una existencia satisfactoria, de bienestar y seguridad? Estas y otras cuestiones parecidas deberían formar parte de la agenda de la deliberación pública que la sucesión presidencial hace propicia. Se trata, sin embargo, de una agenda que apenas se asoma, inconclusa, entre otras razones porque, después de casi veinte años de dramático cambio en las estructuras que dan sustento a la economía, el país se debate perplejo entre los signos de una mutación que no parece tener fecha de término y los datos duros, afrentosos podría decirse, de un largo estancamiento productivo al que han acompañado una desigualdad aguda y la extensión de la pobreza social.

Esta situación se ha vuelto el caldo de cultivo fatídico de una degradación de la cultura nacional cuyos saldos apenas hemos empezado a contar. Puede también, en plazos breves, contaminar la política democrática, cuyos blindajes pueden no ser tan sólidos como se los imagina cuando su evaluación se hace sólo en términos electorales.

En Estados Unidos se ha puesto de moda hablar de una economía de la new age, cuya calidad y ritmo dependerían de la incorporación acelerada y sostenida de la tecnología, que es propia de la cibernética industrializada en las computadoras y similares. Se habla también de nuevos y revolucionarios métodos de comunicación entre la producción y el consumo, que volverán redundante buena parte del aparato de distribución conocido. El business to business y el business to customer(B2B y B2C) resumen evoluciones que ya están en curso.

Según esto, el mundo estaría en el umbral de una economía sin ciclos, con una productividad en permanente ascenso y una progresiva mejora de los niveles de vida de los ciudadanos.

La primera muestra de lo anterior sería la larga fase de expansión americana, así como la (re)afirmación del predominio estadunidense en prácticamente todos los planos de la vida internacional. Como se hizo a finales de los años sesenta, y nada menos que por parte de Samuelson y Solow, dos premios Nobel de economía, ahora se vuelve a anunciar la desaparición de las crisis en el horizonte de la evolución capitalista. Las predicciones de los economistas en aquellos años fueron inmediatamente seguidas por largos lustros de turbulencia financiera y recesión económica.

No resulta difícil, por lo pronto, ponerle matices a esta nueva versión del sueño americano. Los temores de que es portador el máximo timonel de su economía y finanzas. Alan Greenspan, sobre la burbuja especulativa que en Wall Street y particularmente en las empresas tecnológicas del NASDAQ se infla todos los días, junto con los enormes desajustes del conjunto financiero internacional, cada vez más alejado de cualquier noción de un orden que tenga que ver con el diseño y la intervención racional, serían argumentos de primera mano para ver con cautela este entusiasmo con la nueva economía que la globalización trae consigo.

Robert Rubin. ex-secretario del Tesoro americano y uno de los reyes magos de la nueva economía, lo expresa así: “toda mi experiencia sugiere que, en el fondo, las condiciones económicas y los mercados se basan en la psicología humana… que la confianza o su ausencia afectan profundamente a los mercados y las economías y que, a su vez, esta confianza a todo lo largo de la historia ha tendido a oscilar de los excesos en una dirección a los excesos en la otra. Quizá, los entusiastas tengan razón y esto ya no sea el caso, por primera vez en la historia humana. Pero la alternativa es también posible. Nuestras acciones deberían reflejar esta posibilidad alternativa” (“What have we learnt?” en The world in 2000. The Economist Publications, 1999 p. 30).

Más abajo, donde se teje la existencia cotidiana del grueso de la sociedad americana, coexisten un empleo creciente y una pésima calidad del trabajo, un frenesí de consumo basado en la deuda y la inversión en la bolsa, con pésimos índices en el nivel y la distribución de los ingresos. El mundo de las Mac Jobs, de la mano con el submundo de los personajes proletarios de Tom Wolfe, de Atlanta a Oakland y vuelta.

Sin embargo, ninguno de estos elementos es suficiente para desdibujar la imagen de una gran transformación planetaria de la economía, cuyos primeros logros pueden apreciarse ya en la potente economía americana. Se puede argumentar que el ciclo y la recesión son inevitables mientras haya competencia entre los capitales, pero no desdeñar los saltos formidables que la ciencia ha dado para fundirse con el modo de producir economía y sociedad, aunque no estén a la vista las sincronías paradisiacas con que sueñan los profetas del new age.

Estamos ante portentos y milagros realizables, que ponen en jaque las maneras acuñadas de entender el trabajo y el ocio, el ingreso y el consumo. Pero, a la vez, también es claro que la cuestión social se ve marcada de nuevo, como durante la gran transformación de los siglos XVIII y el XIX, por la pobreza de las masas, la inseguridad cotidiana y la desazón sistèmica de las mayorías con respecto a su futuro más o menos inmediato.

Sin que podamos esperar, ni apostar, a la importación súbita y masiva de aquellas maravillas, nosotros también vivimos y sufrimos una vasta mutación que exige mirar más allá de lo inmediato. Remitámonos tan sólo a los índices de la exportación no petrolera registrados en los lustros posteriores a 1985, o a lo ocurrido con la producción industrial destinada al mercado exterior, para tener una idea aproximada, no impresionista, de lo fulgurante que ha sido el cambio económico así como su impacto geográfico y regional. Tan sólo en 1988 las exportaciones eran poco menos de 20,000 millones de dólares; el año pasado llegaron a cerca de 140,000 millones de dólares, la mayor parte productos industriales, cuando tan cerca como en 1985, el grueso de los ingresos por exportación se originaba en el petróleo.

Pensemos en la migración sur-norte, en la dinámica del empleo no agrícola en las ciudades de la frontera o cercanas a ella, pero también en lo que ya ocurre en la península de Yucatán, en partes de Oaxaca y hasta en Chiapas, para empezar a imaginar nuevos panoramas de conducta y coexistencia social, los prolegómenos de nuevas formas de entender el país, el mundo y la cultura.

Ahora bien, ¿hay ya materia para una síntesis material y conceptual, que nos acerque a algunas conclusiones respecto de lo nuevo y lo viejo? No todavía, a pesar de lo mucho andado en la construcción de nuevos senderos para la evolución económica y social de México. En primer término, porque lo que impera es la fragilidad del equilibrio económico, que se mantiene a flote a costa de contenciones recurrentes de unas dinámicas que después de casi veinte años de cambio estructural deberían ya ser virtuosas: en la inversión y el consumo, en la iniciativa pública y estatal, pero también en la esfera de los negocios privados, que se ha privilegiado y definido desde la cumbre del poder como la fuente principal, casi única, del crecimiento de la nueva economía.

El crecimiento promedio de los últimos veinte años es expresivo de esta represión sostenida de los tejidos maestros de la dinámica económica. A pesar de las recuperaciones de los últimos tres años, el producto por persona es inferior al de hace casi veinte años, y los salarios no han rebasado el nivel registrado en 1994.

También ilustran lo dicho arriba, el elevado déficit externo que coexiste con crecimientos globales modestos, la elevada dependencia de las exportaciones respecto de las importaciones, así como el que el equilibrio comercial externo se alcance sobre todo gracias a las maquiladoras: se estima que en 1999, el déficit comercial externo de las actividades no maquiladoras llegó a los 18,000 millones de dólares, mientras que la maquila produjo un superávit de poco más de 13,000 millones, llevando el déficit total a tan sólo 5,000 millones de dólares.

La parálisis fiscal del Estado, y su impresentable esclavitud de los precios petroleros, habla en el mismo sentido. Una economía industrial que no es capaz de asegurar su reproducción con base2 en su propia dinámica está siempre sujeta a grandes vaivenes, incapaz de dar buen empleo, sin posibilidades de extender sus logros a un mejoramiento sustentable del ambiente natural y social. Y esto es hoy la industria mexicana, ducha en ganar mercados regionales externos, pero poco diestra para competir dentro del país, no se diga para volar a otras latitudes.

Una economía pública perforada por años de irresponsabilidad fiscal no puede promover nuevas áreas y actividades, ni sostener esfuerzos básicos en la infraestructura y la educación, sin los cuales no hay posibilidad de un desarrollo como el que México requiere. Para no hablar de una auténtica embestida que dure y gane, contra la pobreza extrema y sus enormes periferias, que incluyen ya a capas varias pero significativas de la población urbana. De la distribución del ingreso más vale no hablar por ahora, cuando la riqueza se ha decretado materia intocable, y los derechos de propiedad se vuelven a concebir como privilegios minoritarios, prebendas al audaz o, todavía, dones para el poderoso dentro del Estado.

Vincular cambio productivo con creatividad, así como economía con democracia y equidad, sigue para nosotros en el horizonte. Pero de ello depende que tengamos una economía, nueva o vieja, que ofrezca en serio una vida buena. Nuevas realidades están ya entre nosotros, sin duda, pero más, mucho más, se obstinan en marcar nuestra existencia cotidiana las figuras que llevaron a Humboldt a describirnos como el país de la desigualdad. Triste manera necia de recordar al sabio barón,  n 

 Rolando Cordera Campos. Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

El mestizaje

EL MESTIZAJE

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

Una era de consenso ideológico ha terminado en México. En general, la decadencia de una época es progresiva. No hay cataclismos sino una lenta erosión de las certezas que animaron a la identidad nacional. La extinción masiva de un mundo simbólico es un acontecimiento muy poco frecuente. Cuando un tiempo agoniza, lo hace embargado por la confusión. Son muy raros los momentos en los cuales los participantes en un evento histórico tienen plena conciencia de que ha ocurrido un quiebre irreparable con el pasado.

No es extraño pues que las señales de la crisis ideológica que aqueja a México sean ambiguas. El pasado se aferra al presente. Imágenes como el México mestizo se han vaciado de contenido debido a cambios políticos y económicos. Sin embargo, permanecen con nosotros. Arremedan un vigor que se les ha escapado: son sólo fantasmas. Según el historiador Charles Hale, la historia mexicana en los dos últimos siglos estuvo dominada por dos mitos políticos unificadores: el liberalismo y la revolución.1 Como afirma Hale, ambos mitos fueron bloques constructores del nacionalismo mexicano. Su origen se encuentra en “épocas de consenso ideológico, después de conflictos civiles, levantamientos sociales y heroicas resistencias a la intervención extranjera”. La primera era de consenso ideológico ocurrió en el siglo XIX, después de que los liberales derrotaron al Imperio de Maximiliano. La segunda se dio en los cuarenta, con la consolidación de los gobiernos postrevolucionarios. Como ocurrió en las postrimerías del Porfiriato, “durante los años posteriores a 1940 la reconciliación se volvió un objetivo político primordial. Se honró a Villa, Zapata y Cárdenas con Madero, Carranza y Calles”. Fue así posible conmemorar a los contrarios por igual. Según Hale, los mitos políticos habían tenido algunos efectos positivos en la vida pública mexicana. Fueron capaces de consolidar la idea de que “en términos sociales México es una nación mestiza”, e identificaron al nacionalismo con la tradición liberal. El mito del mestizo, como la historia de bronce, perduraba: “pese a las críticas de antropólogos actuales al absorbente mestizaje y pese al reto impuesto a este mito por la rebelión chiapaneca, no tenemos más que contemplar la historia de Perú o Guatemala para apreciar su papel en la promoción de la unificación social”. Según Hale, los mitos también “previnieron el desarrollo de una tradición alternativa que pudiera convertirse en foco de nacionalismo”.

La épica del mestizo, como encarnación de la nacionalidad, tal vez sea una de las utopías raciales más benignas —o menos malignas— en la historia, pero a fin de cuentas es una idea racialista y por ello muy poco liberal. El efecto unificador tuvo un alto precio: engendró en la sociedad mexicana un racismo soterrado y vergonzante. Y, a pesar de los esfuerzos de incontables integracionistas, dejó a importantes segmentos de la población, como los indígenas, los judíos, etcétera, en un limbo simbólico. La superioridad de lo “blanco” nunca desapareció; simplemente se domesticó y embozó. En México siempre fue claro que algunos eran más mestizos que otros. La mala conciencia es una hija bastarda del mestizaje. Este simboliza nuestra incapacidad para ir más allá de las fronteras étnicas para trascender el pecado de origen de la nación mexicana. De la misma forma, la vinculación entre el liberalismo y el nacionalismo podría ser objeto de críticas similares. Más allá de la patología de los mitos unificadores, lo que les ocurrió es que caducaron.

Desde el punto de vista histórico, la revuelta Zapatista de 1994 abrió un nuevo capítulo en la historia del indigenismo en México. Un bandido familiar en esa saga es el liberalismo decimonónico. “Irremediablemente”, escribe el historiador Enrique Florescano, “el registro de la historia indígena impone a sus relatores la responsabilidad moral de dar cuenta del agravio indígena”. El liberalismo no es sino esa doctrina responsable de los males sufridos por las indígenas de México… y el mundo. El relato, aunque conocido, es moralmente edificante: “desde la segunda mitad del siglo XIX, el nacionalismo proclamado en las esferas de gobierno y en las instituciones del Estado adquiere un cariz intolerante y represivo. Las clases dirigentes, al hacer suyo el modelo europeo de nación, demandaron que las etnias, las comunidades y los grupos tradicionales que coexistían en el país se ajustaran a ese arquetipo. Así, cuando los indígenas o los campesinos no se avinieron a esas demandas, el gobierno descargó todo el peso del Estado sobre ellos y llegó al extremo de aniquilar a los pueblos que opusieron resistencia al proyecto centralista”. Es ya un lugar común desdeñar a los liberales decimonónicos como, en el mejor de los casos, ingenuos, y en el peor, genocidas. El liberalismo parecería estorbarle a la identidad nacional de un país plural y culpable.

El levantamiento del EZLN fue, en esencia, un reto a la concepción de México como una nación uniformemente mestiza. Las demandas del reconocimiento de autonomías étnicas, de usos y costumbres, cuestionan de raíz las bases normativas e históricas de la constitución del país. La inclusión de sujetos colectivos, formados por vínculos no voluntarios entre individuos y dotados de una legitimidad en el pasado remoto, no es una reforma menor: es un reto frontal a la concepción liberal democrática del Estado. La rebelión también fue una muestra de que el indigenismo revolucionario había fracasado en su propósito de asimilación. Los indígenas rebeldes deseaban ser reconocidos como mexicanos no mestizos. No exigían trato igualitario ni el efectivo cumplimiento de las leyes, sino un status diferente dentro de la comunidad nacional. Estas demandas, que iban en contra de los mitos unificadores, fueron recibidas de manera favorable por una gran parte de la sociedad mexicana. Esta aceptación pudo ocurrir porque para 1994 el consenso ideológico ya estaba fracturado. El indigenismo postrevolucionario, de carácter paternalista y autoritario, nunca logró resolver esta tensión. El nuevo indigenismo busca diferenciarse del viejo renunciando al objetivo integracionista. Aunque algunos antropólogos rechazan la dicotomía del México imaginario/ profundo, toman a las comunidades indígenas como “núcleos de identidades vivas” y propugnan por su autonomía y auto- determinación. Se trata de una visión modernizada de las repúblicas de indios y de un régimen legal dual.

Si una época de consenso ideológico ha terminado, el expediente de la refundación de México apenas se ha abierto. No sabemos a ciencia cierta cuál será el nuevo rostro de México. A diario se libra una lucha por definir los nuevos contornos institucionales, filosóficas y simbólicos de la nación. La moneda está en al aire.

Ante las propuestas del multiculturalismo y el neoindigenismo, me parece que debemos dejar atrás de una buena vez el mito del mestizo. Por más benéficos que hayan

1. Charles A. Hale: “Los mitos políticos de la nación mexicana: el liberalismo y la Revolución”, en Historia Mexicana, vol. XLVI. núm. 4 (abril-junio 1997). pp. 821-839.

2.Enrique Florescano: Etnia, Estado y Nación. Aguilar, México, 1997. p. 23.

3.Ibid. p.18.

4. Héctor Díaz Polanco: “El indigenismo simulador”, en La Jornada, 28 de octubre de 1996. En la polémica que sostuvieron Héctor Aguilar Camín y Héctor Díaz Polanco sobre el indigenismo, pudo apreciarse claramente la crisis de este paradigma, sido sus efectos, ya no cumple bien la función unificadora de antaño. Fue una muleta, necesaria tal vez. pero ahora sólo obstaculiza la marcha. Nunca incorporó efectivamente a los indígenas ni a otras minorías nacionales, que fueron relegadas a la categoría de mexicanos inciertos. Sólo el reconocimiento de la igual dignidad humana de todos los miembros de una comunidad nacional, al margen de su raza, religión y sexo, es lo suficientemente amplio para cobijar a la diversidad cultural y étnica que existe en México. El reto consiste en dejar atrás las definiciones raciales de la nación mexicana. Todas. Se trata de profundizar en la ciudadanización y democratización de la sociedad. ¿Qué le daría contenido a la nacionalidad mexicana si no es la imagen de un país uniformemente mestizo? ¿Qué unirá a los desiguales habitantes de regiones disímbolas? La lengua, las memorias compartidas, un propósito común. ¿Cuál sería ese propósito? Evidentemente no hay respuestas obvias. Tal vez un tipo de patriotismo político. Muchos proponen en este momento de crisis ideas exactamente opuestas a éstas. Etnificar la ciudadanía, crear sujetos colectivos de derecho, establecer regímenes legales diferenciados, etc. Nos encontramos en una encrucijada civilizacional. En esta circunstancia el diálogo crítico, vigoroso, de ideas es vital para la vida pública de México. No es a través de la descalificación y el ninguneo (entrañables prácticas del medio intelectual), que hallaremos el camino, sino a través de la polémica firme, pero respetuosa,  n

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Su último libro es Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville.

Lo público y lo privado

LO PÚBLICO Y LO PRIVADO

POR JAIME RAMÍREZ GARRIDO

“Lo  privado y lo público son por esencia dos mundos distintos y el respeto de esta diferencia es la condición sine qua non para que un hombre pueda vivir como un hombre libre”, dice Milán Kundera. Uno de los pendientes de la democratización mexicana es, precisamente, la frontera entre lo público y lo privado y la observancia de esta separación, tanto por el gobierno como por los individuos. Desde los vendedores ambulantes hasta los conflictos de Chiapas o de la UNAM reflejan una privatización de lo público; por otra parte, la publicación de lo privado por la prensa es el otro lado de la moneda. La separación entre ambos mundos es hoy una zona de ambigüedades donde priva el abuso sobre lo público y el desdén hacia lo privado.

Durante mucho tiempo el Estado mexicano partió de que todo le pertenecía y lo privado era estrictamente concesionado. El mejor ejemplo es cómo identificamos la expropiación con la nacionalización; por interés nacional, todo está sujeto a ser tomado, recuperado, por el gobierno. Lo que pertenece al Estado le pertenece a todos y, en última instancia, con su capacidad omnipotente para expropiar y entonces nacionalizar, la propiedad y las instancias privadas son concesiones gubernamentales.

La mitología que propone que la sociedad mexicana está dividida entre el Estado y la sociedad civil ha resultado en el secuestro de los espacios de responsabilidad estatales, que deberían ser públicos, por grupos arropados como sociedad civil.

Alegando que se trata de un espacio público, los vendedores ambulantes se hacen de las banquetas, los microbuses (que ya no son tan micros) se adueñan del carril de la derecha, los vecinos cierran la calle a la circulación; alegando el derecho a lo público, el espacio se privatiza. Esta tendencia tiene expresiones más contundentes en los conflictos de Chiapas y de la UNAM donde un grupo secuestra una causa noble, se arroga la representación de la sociedad y privatiza una causa por la fuerza, sea la educación gratuita o la justicia social para los indios, y “libera” un territorio de la influencia del gobierno, privatizándolo.

El relajamiento del Estado de derecho pone en riesgo todo lo público; si el gobierno no garantiza lo público para todos, pronto, quien no haya tomado algo, privatizándolo para sí, no tendrá nada.

El otro lado de la moneda de este conflicto entre lo público y lo privado está en la publicación de lo privado. La liberalización de la prensa durante el sexenio pasado tuvo como efecto secundario el relajamiento de los criterios editoriales y el adelgazamiento de la franja que podría dividir lo público de lo privado.

Siguiendo la tendencia de Hola! y de los tabloides anglosajones, la prensa mexicana fue cediendo espacio a la intromisión en la vida privada de las personas. Una obviedad, los personajes públicos tienen vida privada, se presenta como un acontecimiento extraordinario.

En su libro Estos años, Julio Scherer García dice:

Me parece que hay alevosía en el periodismo que fotografió desnudas a Jacqueline Kennedy y a la princesa Diana, pero ése también es nuestro oficio. Hombres y mujeres con ascendencia en su tiempo, atraídas multitudes por su personalidad deslumbrante, son dueños de una influencia decisiva sobre millones de personas y han de atenerse a reglas tácitas o vivir expuestos a violentas contrariedades. Si una mujer como Jacqueline. que dictó la moda a la élite de la mitad del mundo, quiere broncearse en el jardín de su casa, que se tienda en bikini o se atenga al riesgo de la fotografía a gran distancia. Un político no tiene vida privada, una estrella del espectáculo tampoco. No hay celebridad que pueda moverse con la ilusión del ejercicio tranquilo de su libertad. Cómo olvidar que a partir de las 12:30 horas del 22 de noviembre de 1963, viuda ante el mundo, la vida de Jacqueline fue escudriñada sin dejar un segundo fuera de la historia. De ella se sabe todo, como todo se sabe de John F. Kennedy. Es el destino de los personajes. Apenas hay refugio en las alturas.

Con los argumentos que siguen a la declaratoria de “alevosía”, la acusación se disuelve en una ética periodística que parte de que nadie que aspire a un cargo público tiene derecho a tener vida privada.

La libertad de expresión e información es un derecho fundamental contra el que no se puede atentar, pero este derecho implica la responsabilidad de ejercerlo sin violar otros derechos fundamentales; uno de ellos, el derecho a la vida privada.

Si comenzamos por tolerar las intromisiones en la vida privada de los hombres públicos, terminaremos por justificar. en aras de una adulterada idea de la libertad de información, a los fascistas y protofascistas para los que no hay división entre lo público y lo privado, a los apóstoles de la antiutopía orwelliana del Big Brother, pues ¿por qué fiscalizar los pecados de la gente famosa y no los de los simples mortales?

Determinar la privación de intimidad esgrimiendo la libertad de prensa es tanto como justificar el robo por motivos de justicia social. La vida privada es fundamental para que exista la libertad individual en la que se funda la libertad de prensa. Los predicadores de una prensa indiscreta emulan al hermano mayor que en su novela 1984 George Orwell atribuyó a un Estado totalitario; ahora son los paladines de una pretendida libertad (como los burócratas de Orwell) quienes predican una suerte de fascismo, pues fascismo es minar los fundamentos de la libertad individual y eliminar las barreras entre la vida pública y la vida privada; y la privatización del sistema de concesiones, realizada por particulares que se arrogan una representación, es el camino abierto a la justicia por propia mano.

George Orwell imaginó en 1984 un mundo en que la tecnología permitía el dominio autoritario de un omnipresente Hermano Mayor que se entrometía en todos los aspectos de la vida, convirtiendo hasta lo más privado en un acto de lealtad o deslealtad pública. Orwell se equivocó. Las nuevas tecnologías, lejos de propiciar el totalitarismo lo han acotado y han aportado mucho a la autonomía del individuo que cada vez requiere menos permisos o medios sujetos a las restricciones o la represión del Estado para poder expresarse.

Sin embargo, el Hermano Mayor se encuentra atomizado en los millones de practicantes en el perverso culto de la revelación de la vida privada, de la comunión con los secretos de los famosos, con los evangelios no autorizados. Miles de reporteros recorren el mundo recopilando conversaciones furtivas entre amantes secretos, imágenes comprometedoras, chismes fieles. Todos los paparazzi perseguirán hasta la muerte a todas las princesas; y si tienen un príncipe azul, o árabe, mejor. Cadenas enteras de televisión rellenaran su programación con videos caseros donde los vecinos más comunes y corrientes correrán la misma suerte que los famosos: la publicación de su vida privada.

En cuanto al resto de los espacios públicos, entre la cultura de las concesiones gubernamentales y la rebelión de los autonombrados representantes de la sociedad civil, todos expropiarán para sí en favor de un supuesto bien público. Cada calle será bandeada, cada lugar de estacionamiento tomado por los botes rellenos de cemento de los vecinos o por las asociaciones de “valetsparkins”, cada metro de banqueta por un vendedor ambulante, cada espacio de decisión colegida suplantado por una asamblea. Y los que nos empeñemos en la necedad de respetar el espacio público seremos los auténticos desposeídos de la tierra,        n

Jaime Ramírez Garrido. Escritor.

La política

LA POLÍTICA

POR LUIS SALAZAR C.

En el siglo XX se realizaron impresionantes experimentos políticos que desembocaron en fracasos tan trágicos como estériles. Millones de seres humanos murieron como víctimas directas o indirectas de tales experimentos. Muchos millones más padecieron sufrimientos sin cuento en nombre de proyectos políticos supuestamente emancipadores y redentores. Durante décadas, tiranos y déspotas de todo tipo (comunistas, fascistas, populistas y dictadores militares) atropellaron impunemente los derechos elementales de los pueblos, justificándose en causas pretendidamente sagradas, en objetivos justicieros, en ideologías maniqueas. Al final, sobre los escombros de sus fracasos sangrientos, triunfó en buena parte del mundo la forma de gobierno que tantos habían tildado de mistificación y de fraude: la democracia representativa de corte liberal. Frente al romanticismo radical, frente a la ilusión de alcanzar la sociedad perfecta a través de la coacción y el adoctrinamiento, frente a la obstinación criminal de los defensores a ultranza de privilegios excluyentes, se impuso finalmente un sistema institucional que requiere, para sobrevivir, de políticas moderadas y de políticos capaces de autocontención. Y que por ende rechaza políticas extremistas, fundamentalistas y milagrosas, lo mismo que políticos iluminados, carismáticos y todopoderosos.

En este sentido, la democratización reciente de muchas sociedades (incluida la mexicana) es hija del desencanto político, es decir, de “las promesas incumplidas de los autoritarismos”. Lo que quizás ayuda a explicar la paradoja expresada en muchas encuestas que, mientras indican un alto grado de aprobación por los sistemas democráticos, manifiestan un enorme descrédito de las instituciones públicas, de los partidos y de los políticos. Un descrédito que sin duda tiene que ver con la voracidad, corrupción e ineficiencia que privan en los Estados apenas democratizados, pero que también es síntoma de un antiautoritarismo genérico, difuso, multiforme, que más bien nos habla de sociedades infantilizadas por las propias experiencias autoritarias. Las democracias incipientes se ven sometidas por ello a exigencias contradictorias: por un lado, de resolver milagrosamente (por decreto) rezagos sociales, económicos y culturales abrumadores; por otro, de no afectar, ni con el pétalo de una rosa, los intereses (y privilegios) inmediatos de sectores sociales ciegos a todo lo que vaya más allá de sus intereses particulares. De este modo ese vago antiautoritarismo se convierte en la coartada perfecta para exigir derechos sin reconocer obligaciones, para reclamar bienes públicos sin asumir sus costos, para demandar soluciones sin considerar ni respetar los compromisos que ellas supondrían.

Por si lo anterior fuera poco, las democracias recientes enfrentan el problema de reconstruir a los Estados nacionales en circunstancias que suponen enormes restricciones generadas por una globalización incontenible y en muchos aspectos socialmente depredadora, por una globalización que plantea desafíos ingentes por cuanto implica un desarrollo sin precedentes de poderes extra políticos que con frecuencia derivan en antipolíticos. Poderes económicos, poderes mediáticos, poderes religiosos, poderes comunitarios, poderes regionales, poderes criminales, que sistemáticamente pretenden capitalizar la debilidad y el desprestigio de las instituciones y actividades políticas en beneficio de intereses no sólo excluyentes sino irresponsables e impunes. En la actualidad, ningún Estado nacional puede ya pretender hacerse cargo por sí solo de los desafíos que conlleva la globalización, pero debiera ser obvio, igualmente, que sin instituciones estatales mínimamente sólidas y eficientes, el proceso globalizador se convierte en sinónimo de descomposición y polarización de las sociedades.

En este horizonte parece urgente un esfuerzo por repensar y reivindicar la dignidad ética de la política democrática y de sus recursos fundamentales: desde el poder como monopolio de la fuerza legítima, hasta los partidos y programas políticos, pasando naturalmente por las instituciones parlamentarias y judiciales. Contra el infantilismo antiautoritario resulta necesario insistir que sin Estado y sin coacción legítima no hay ni puede haber orden ni justicia en la sociedad, sino el simple predominio de la ley del más fuerte, esto es, de los señores de la guerra que necesariamente promueve la debilidad del Estado. Contra el peticionismo irresponsable habrá que recordar que la construcción de una sociedad justa, civilizada y capaz de evitar polarizaciones extremas no puede ser una problema exclusivo de los gobiernos y de sus políticas, sino que exige compromisos, responsabilidades y esfuerzos de todos los sectores sociales.

De las muchas definiciones que se pueden dar de la política, acaso hoy tengamos que subrayar aquella que la entiende como el arte de tomar decisiones difíciles, incluso impopulares; decisiones capaces de trascender los intereses particulares inmediatos en funciones de intereses generales de mediano y largo plazo. En el siglo que termina se pensó que por ello los autoritarismos eran, hasta cierto punto al menos, justificables. Hemos aprendido que se trataba de atajos ilusorios y de soluciones falsas. Pero el fracaso de los sistemas autoritarios difícilmente servirá para consolidar democracias impotentes. Democracias que sólo podrán fortalecerse si asumimos cabalmente la lógica de los pactos y los consensos, y dejamos atrás la lógica de la guerra y de los enemigos mortales. n

Luis Salazar C.  Filósofo.  Profesor e investigador de la UAM.

Los Derechos Humanos

LOS DERECHOS HUMANOS

POR LUIS DE LA BARREDA SOLÓRZANO

En  sólo diez años —periodo brevísimo en la vida de una sociedad—, los avances en materia de derechos humanos en nuestro país son importantes y, en ciertos aspectos, espectaculares, no obstante el discurso marginal que sostiene que nunca habíamos estado peor que ahora o que estamos tan mal como siempre. Es verdad que hay temas en los que no se observan logros considerables respecto del pasado inmediato o, aún peor, se advierten retrocesos —el combate a la pobreza y a la desigualdad social, la seguridad pública, la procuración de justicia, por citar algunos ejemplos—, pero esa no es la situación de los derechos fundamentales.

A diferencia de lo que sucedía apenas hace dos lustros, hoy la tortura ya no es práctica cotidiana en separos policiacos y prisiones sino abuso esporádico, y por primera vez en México hay —por lo menos en el Distrito Federal— presuntos torturadores llevados a juicio y condenas judiciales por ese delito. Se ha cumplido el viejo sueño del sufragio electivo y se respetan ampliamente las libertades de expresión y reunión. Hoy parece impensable que se produjera el asesinato de cientos de personas durante un mitin pacífico, como ocurrió el 2 de octubre de 1968, y quedara impune. Se han combatido con éxito prácticas discriminatorias tales como la exigencia de certificado de no gravidez a mujeres aspirantes a una plaza laboral en dependencias públicas, el requisito de estar libre del virus del Sida para poder desempeñar un trabajo en el que no hay riesgo alguno de contagio y la negativa de atender indigentes en hospitales a cargo del gobierno. Y lo más importante: muchas de las víctimas de abusos de poder ya no adoptan, como lo hacían antaño, una actitud de resignación resentida sino de coraje activo, defendiendo sus derechos conculcados, y saben que su lucha no está de antemano condenada a la derrota. Cuentan para ese combate con la institución del ombudsman, que ha logrado la confianza de quienes han acudido a sus servicios atendiéndolos expedita y eficazmente. En la Ciudad de México, en el 68% de los casos concluidos el quejoso se ha alzado con la victoria frente a la autoridad. Esta mudanza de proceder constituye una profunda revolución cívica absolutamente pacífica. ¿Por qué, entonces, el gatopardismo según el cual, por decirlo con palabras de Gustavo Adolfo Bécquer, todo es “hoy como ayer, mañana como hoy, y siempre igual”? Entre muchas otras, de muy diversa índole, que podrían señalarse, apunto algunas motivaciones psicológicas: a) La tendencia humana a magnificar los males contemporáneos. “La insatisfacción —observa Fernando Savater— es la reacción más general, espontánea y desinteresada que han consignado los humanos respecto a lo que en cada momento histórico constituía su presente”. Borges ironiza al hablar de uno de sus antepasados: “Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir”; b) la creencia de que, si se reconocen triunfos, se cae en la autocomplacencia y, así, se baja la guardia, y c) un problema de gusto. Decía el monje budista Getsudo: “Donde hay una hazaña inmortal, el asno sólo oye truenos”. Empero, el reconocimiento de las victorias reales, además de que constituye una constatación de datos fácticos verídicos, no tiene por qué traducirse en laxitud inhibidora del afán combativo y, en cambio, da ánimos para la lucha en cuanto nos hace ver que muchas lides que parecían imposibles se pueden ir ganando si se actúa con firmeza, tesón, convicción, pasos acertados… y alguna ayuda de los vientos favorables del azar,  n

Luis de la Barreda Solórzano Presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. Acaba de aparecer su libro El alma del ombudsman.

El cerebro

EL CEREBRO

POR BRUNO ESTAÑOL

Al  promediar el siglo XVIII, Julien Offroy de la Mettrie declaró que el hombre era una máquina. En el mismo siglo, su discípulo Pierre Cabanis, fiel seguidor del mecanicismo, concluyó que el cerebro produce al pensamiento como el hígado secreta la bilis. El siglo XIX vio aparecer una muchedumbre de investigadores del cerebro y del sistema nervioso central. Entre ellos a Francis Gall, quien no sólo propuso que el cerebro generaba los pensamientos y sentimientos sino que asignó, en forma arbitraria, un papel para cada área del cerebro. En El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, al narrador Marlowe, antes de zarpar a su espantable viaje por el río Congo, le miden la cabeza con un compás. En la ironía del narrador: “porque el médico quería saber cómo era la forma de la cabeza de un tipo inglés”.

El gran neurofisiólogo inglés, Charles Scott Sherrington, poeta y filósofo, pensó que el cerebro era una máquina, pero una máquina prodigiosa, una máquina encantada. También escribió que el gran reto para entender al cerebro y al sistema nervioso no era simplemente describir y entender los diversos reflejos en forma individual sino la manera en que éstos se integraban en una máquina unificada.

En la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX el cerebro sigue siendo, en gran medida, una térra incógnita. En 1929, Hans Berger descubre la actividad eléctrica del cerebro. Esto lleva al desarrollo de la neurofisiología clínica y al uso del electroencefalograma con fines diagnósticos. La histología del sistema nervioso central había sido estudiada magistralmente por el histólogo español Santiago Ramón y Cajal, quien aplica el método de la impregnación argéntica al tejido cerebral. El método de la impregnación del tejido cerebral con plata había sido descubierto por el italiano Camilo Golgi quien recibe junto con Cajal el Premio Nobel de Fisiología y Medicina. Es en las manos de Cajal que el método demuestra su enorme productividad. Cajal aplica el método de tinción argéntica con tres elementos distintos. Uno, lo aplica a los tejidos de animales lactantes en quienes las conexiones no se han desarrollado completamente; dos, descubre por accidente que la tinción es mejor si se aplica dos veces (método de la doble impregnación argéntica); tres, encuentra que la tinción de plata sólo tiñe algunos de los elementos celulares y no todos, lo que permite estudiar en forma aislada algunas células y prolongaciones celulares. Por último, hace hipótesis que puede comprobar con su técnica. Es decir, hace a un método anatómico un método pensante. A pesar de que Golgi se quejó de que todo lo que hizo Cajal lo hizo sólo porque tuvo su método a la mano, lo cierto es que Golgi no hubiera gando nunca el Premio Nobel si no hubiera sido por el genio de Ramón y Cajal. No todo en la vida depende del método, y afortunadamente en la ciencia todavía hay lugar para la imaginación y la creatividad. El libro Textura del sistema nervioso en el hombre y los vertebrados se constituye así en el único gran logro de la ciencia hispánica. Cajal describe las capas de la corteza cerebral y del cerebelo y la manera en la que se conectan entre sí las diversas partes del sistema nervioso central. En la primera mitad del siglo XX se estudia al cerebro intensamente con el microscopio de luz y aparecen diversas técnicas que permiten conocer las diversas células. Casi todo lo que se conoce del cerebro hasta esas fechas es a través del microscopio de luz. Después vendrá el microscopio electrónico, que aclarará muchas cosas. La neuroanatomía gruesa se conoce ya también bastante. Los neurocirujanos aparecen en la escena particularmente en la figura del neurocirujano Harvey Cushing. A pesar de que el descubrimiento de los rayos X por Roentgen ya tenía bastante tiempo eran notorias las dificultades para ver el cerebro en vida de las personas. Egaz Moniz descubre que es posible ver las arterias del cerebro, la angiografía cerebral, si éstas se inyectan con un medio de contraste yodado. Walter Dandy descubre que si se inyecta aire por una aguja en la región lumbar, se pueden visualizar las cavidades del cerebro. Así transcurren varias decenas de años. Los neurólogos clínicos, mientras tanto, han sistematizado el diagnóstico de diversos padecimientos del cerebro, utilizando sólo la historia clínica y el examen neurològico. Y a fines del siglo XIX aparecen los tratados de Gowers y Oppenheim, y a principios del siglo XX la magna obra semiológica de jules Dejérine. Los neurólogos clínicos se convierten así en virtuosos del diagnóstico. En la época de los setentas aparece una gran revolución en la manera en que el cerebro puede ser estudiado anatómicamente in vivo con el advenimiento de la tomografìa craneal computada. Este estudio todavía utiliza los rayos X pero en la elaboración de la imagen intervienen los modernos métodos de cómputo. Aparecen nuevos métodos de estudio del sistema nervioso incluyendo la neuroquímica y la neurofarmacología. Los métodos de cómputo hacen aparecer la moderna neurofisiologia con sus métodos de promediación. Los neurofisiólogos pueden estudiar una sola neurona con un microelectrodo que permite hacer registros unitarios. Se descubre que las neuronas se comunican entre sí a través de sustancias químicas llamadas neurotransmisores. Se aprende que las neuronas también se comunican entre sí a través de impulsos bioeléctricos mediados por iones. Y se vislumbran los mecanismos del sueño y la vigilia y se descubre un sistema llamado reticular ascendente que interviene en ellos. Se encuentra que las neuronas tienen receptores donde los neurotransmisores actúan. La corteza cerebral es mapeada o cartografiada pero con una idea muy diferente a la de Gall. Se aprende que hay áreas de recepción visual, auditiva y sensorial primarias, rodeadas de áreas secundarias que integran varios sentidos llamadas áreas de asociación. El cerebro izquierdo, aunque anatómicamente idéntico al derecho, se revela profundamente diferente. El hemisferio izquierdo participa fundamentalmente en la decodificación y encodificación del lenguaje y cuando se daña aparece un trastorno del lenguaje denominado afasia. El hemisferio derecho es fundamental para la orientación visual y espacial y cuando se lesiona aparece un trastorno extraño que consiste en que la persona no reconoce como propio el lado izquierdo de su cuerpo ni se fija en el entorno de ese mismo lado. Ya en los años ochenta la revolución tecnológica produce la resonancia magnética, sin duda la revolución más importante para estudiar el sistema nervioso central y otros órganos en los seres humanos in vivo. La resonancia magnética permitirá no sólo ver el cerebro sino también los vasos sanguíneos con métodos no invasivos. Permite ver también mediante la espectroscopia de protones algunos elementos químicos fundamentales del cerebro como el N-acetil-aspartato. La resonancia magnética funcional, ahora en su infancia o adolescencia, nos permite ver la función de diversas áreas de la corteza cerebral. También en la década de los ochentas se inicia el desarrollo de la tomografía de emisión de positrones (PET scan) que también permite ver en la persona viva diversas funciones cerebrales que influyen el flujo sanguíneo cerebral, el consumo de oxígeno y glucosa de ciertas áreas del cerebro y de esa manera inferir el funcionamiento de esa región en particular. La tomografía de emisión de positrones ha ayudado enormemente a entender el funcionamiento de ciertas partes de la corteza cerebral.

Actualmente hay cientos de revistas dedicadas a diversos aspectos de las enfermedades del sistema nervioso, a la fisiología, a la bioquímica, a la farmacología, al sueño, etcétera. Existen varias hipótesis bioquímicas para explicar la depresión y otros trastornos emocionales.

¿Qué hacer con toda esta información? Aunque la información no es infinita, la vida de una persona es obviamente insuficiente para asimilar la información disponible. Aunque sabemos cómo actúan partes diversas de la corteza cerebral no sabemos cómo puede el cerebro funcionar como un todo unificado. La pregunta de Sherrington sobre cómo la máquina puede funcionar como una máquina unificada, como una máquina integrada, todavía está vigente. La visión del hombre que surge de la neurología contemporánea es profundamente mecanicista y no explica diversos aspectos espirituales del hombre. Esto es muy evidente en el trabajo de Jean Pierre Changeux: El hombre neuronal. Estamos cada día más dependientes de la información microscópica y no hay manera de transformarla en información macroscópica, sintética, integrada. También dependemos cada día más de la tecnología y de las máquinas. Los neofrenólogos creen que si algún día aprendemos la función de cada una de las áreas del cerebro eso nos permitirá saber algo más. ¿Pero qué?

El hombre quizá no sea una máquina pero sí depende cada día más de las máquinas. From de Man Machine to the Gadget Man. Como en diversas áreas del conocimiento humano, hay un progreso material muy evidente y un muy escaso o nulo progreso moral y espiritual,          n

Bruno Estañol. Escritor. Entre sus libros, Fata Morgana y El féretro de cristal.

El derecho y la justicia

EL DERECHO

POR JOSÉ RAMÓN COSSÍO D.

Uno de los temas más antiguos y recurrentes del derecho y de la política es el relativo a las relaciones entre derecho y justicia. El asunto puede verse desde dos puntos de vista. Primeramente, circunscribiendo la relación a los casos en que se aluda a esas expresiones; en segundo lugar, identificando las situaciones en que la relación se presente con independencia del uso a partir de esas expresiones. Si nos atenemos al primer caso, tenemos que en nuestros días no es corriente el enfrentamiento entre derecho y justicia; de ahí que, de ser posible, la identificación del tipo de problemas generales que subyacen a la dualidad apuntada, sería factible atender a problemas vigentes en nuestros días.

Si partimos de la segunda posibilidad, ¿a qué se alude con la contraposición entre derecho y justicia?; con independencia de las formas concretas que esta dualidad haya tenido en el tiempo, su constante parece ser el enfrentamiento entre dos dimensiones de la política y del derecho: por una parte, entre las peculiares manifestaciones jurídicas que se han dado como resultado de las actuaciones humanas; por el otro, entre las formas ideales a través de las cuales se pretendan controlar esas manifestaciones jurídicas. El primer elemento, el derecho positivo, es el resultado de un conjunto de motivaciones, oportunidades, alianzas, posibilidades, etc., realizadas por hombres y mujeres en sociedades determinadas; el segundo, en total contraposición, expresa las formas y contenidos que el derecho debiera comprender para alcanzar una situación considerada como valiosa. El primer caso trata de aquello que es, es decir, del derecho tal y como ha sido creado por los órganos del orden jurídico; el segundo comprende al conjunto de parámetros mediante los cuales es posible juzgar al derecho. Como a lo largo de la historia el primer caso ha sido llamado derecho y el segundo justicia en algunas épocas, lo relevante no es tratar de comprender las relaciones entre esas expresiones sino, como se dijo, atender a las relaciones entre el derecho positivo y los criterios elaborados para determinar su corrección.

La necesidad de plantear esa dualidad parte del hecho de que los órdenes jurídicos son fundamentalmente normativos y su normatividad está construida a partir de ciertos supuestos políticos. Si en un determinado Estado el poder público estaba fundado en una legitimidad divina, los contenidos del orden jurídico correspondiente tenderían a reproducir ese fundamento. Sin embargo, ¿qué acontecía en el momento en el que se supusiera que los contenidos normativos no estaban reproduciendo el fundamento de la legitimidad o que ese fundamento era inadecuado? El primero de estos dos problemas sólo podía plantearse desde un punto de vista interno, de manera que toda posibilidad de crítica se topaba con la normatividad expresada por los órganos del Estado; el segundo problema era impensable desde la misma lógica normativa, por la sencilla razón de que el orden jurídico no podía reconocer un fundamento de legitimidad distinto a aquel que lo sustentaba. La única posibilidad de enfrentarse con esos problemas era construyendo un criterio para contrastar al derecho, por lo que ese criterio no podía provenir del mismo derecho.

Durante muchos siglos ese criterio de valoración se denominó justicia. Como ha quedado expresado, sus funciones eran la delimitación de las prácticas jurídicas o la validación del fundamento de legitimidad de los órdenes jurídicos. Aun cuando la función general era clara, respecto de ella se presentaron las más variadas manifestaciones. En ocasiones, el criterio de valoración era la exacerbación de los mismos supuestos de la legitimidad del orden jurídico, como el caso en que dentro de un orden jurídico fundado en el derecho divino de los reyes, el criterio de justicia consistía en una manifestación religiosa superior. En otras épocas, sin embargo, el criterio de justicia era por completo opuesto al fundamento de legitimidad. En el primero de estos dos casos, el criterio de justicia funcionaba como una vía de control de la práctica jurídica; en el segundo, como un elemento crítico de la legitimidad del régimen mismo.

En lo que hace al fundamento de la justicia, y en consonancia con lo acontecido en todos los renglones sociales, en una primera época fue de carácter religioso, de modo que la valoración del derecho se hacía a partir de categorías de ese tipo. Sin embargo, y con el advenimiento de la fundamentación laica del poder, los contenidos de la justicia se modificaron en ese sentido. Durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, los cultivadores de la filosofía del derecho tradujeron los contenidos religiosos de la justicia en consideraciones de tipo laico, si bien de manera muy irregular.

El último momento de esplendor de las construcciones fundadas en esa expresión (que no de las funciones de control del derecho) se dieron luego de las atrocidades de los regímenes totalitarios fascista, nazi y soviético. Ante la gravedad de los acontecimientos, se echó mano de la expresión y se le quiso fundar en una ontología o una metafísica que no resistieron las acometidas positivistas o analíticas. A partir de entonces, sin embargo, y como subsistía el problema de fondo (contar con un criterio de valoración del derecho y de sus fuentes de legitimidad), se elaboraron formas más refinadas para enfrentarlo, formas que en general dejaron de utilizar la expresión de justicia.

Hoy en día las funciones de control del derecho no se realizan más a partir de la justicia. La posibilidad misma de la valoración se realiza, como se dijo, mediante formas nuevas y más sofisticadas como el constitucionalismo, en particular, o las lecturas morales de los órdenes jurídicos, en general. Estos nuevos discursos han variado respecto de los viejos discursos de la justicia en, al menos, tres aspectos. Primero, y por lo que se refiere a su construcción, se ha considerado que los criterios de control forman parte o se extraen de los propios órdenes jurídicos, lo cual contrasta con la posición que se daba a la justicia en tanto discurso autónomo respecto del derecho. Segundo, y en cuanto a sus fundamentos, los nuevos discursos suelen partir de la revaloración de la dignidad de la persona, a diferencia de sus predecesores que descansaban en fundamentos religiosos o en una supuesta naturaleza de las cosas. Tercero, en lo tocante a sus contenidos, los nuevos discursos de control son fundamentalmente liberales y están construidos analíticamente, mientras que los antiguos eran una mezcla de pervivencias religiosas y de elementos sociales asumidos como materialización de la propia naturaleza de las cosas.

Los discursos de control del derecho de nuestros tiempos siguen cumpliendo las mismas funciones generales que cumplía la justicia, sólo que su forma de realización se ha visto modificada como consecuencia de los tres aspectos señalados en el párrafo anterior. De una parte, y al considerarse que los elementos del discurso no se sobreponen más al derecho sino que de algún modo se extraen de él, buena parte de las operaciones de control se deja en manos de los órganos del Estado competentes para realizar el control normativo, primordialmente el de tipo constitucional. Esta posibilidad plantea un problema de fondo, en tanto que, y a diferencia de la justicia, no se concibe más la dualidad total entre el criterio de revisión y el objeto de control. La solución que se ha dado es curiosa, en tanto que si bien se insiste en que en las órdenes jurídicas se hayan pasitivizado los criterios de control, también se asume que los elementos fundamentales de éstos tienen una entidad diversa de modo tal que no llegan a confundirse o anularse en la mera operación de los órdenes jurídicos. Por otro lado, y al menos en los años recientes y como tendencia hacia los próximos, el contenido de estos discursos de control es fundamentalmente liberal, no en el sentido instrumental que permite la incorporación de formas diversas de representación de la realidad, sino crecientemente de un modo sustantivo que impide agregar los planteamientos de los otros. Por último, y debido a que en nuestra época el fundamento más generalizado del poder es de corte democrático, buena parte de los discursos de control tienen como tarea específica guardar a la saciedad de los excesos de la propia democracia. En otros términos, y asumida la importancia de ese fundamento de legitimidad, se ha buscado el establecimiento de una serie de criterios para que los titulares temporales de los óiganos del Estado no puedan, bajo pretexto democrático, llevar a cabo más tareas que aquellas que permite el criterio de control. Como este criterio se ha insertado en los órdenes jurídicos, resulta factible controlar la democracia a través de las actuaciones ordinarias de los órganos jurídicos (primordialmente los tribunales constitucionales). Sin embargo, y como podría llegar a acontecer que cualquiera de estos órganos sobrepasara los contenidos normativos y con ello a los supuestos de los criterios de control, es necesario mantener un discurso autónomo para esos casos puntuales de emergencia. De esta forma es como las viejas funciones de la justicia se cumplen en nuestro tiempo. n

José Ramón Cossío D. Jefe del Departamento de Derecho del ITAM.

Las religiones

PARABÓLICA

LAS RELIGIONES

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

En el efervescente año de 1968, Harvey Cox escribió y publicó un libro que sacudió al cristianismo y, sobre todo, al catolicismo. Se llamó La ciudad secular y describía el crecimiento exuberante del individualismo y la indiferencia religiosa. Casi un cuarto de siglo después, en 1994, entregó a prensas otra obra sorprendente: El retorno de Dios. La dedicó a analizar el desarrollo tan insólito como explosivo de esos entusiastas grupos espiritualistas de los que un estudioso de la teología mística cristiana, el italiano Divo Barsotti, ha explicado el vertiginoso florecimiento: “Hoy la iglesia católica ya no le habla a nadie, o quizá solamente le habla a los políticos; consigue así páginas en los periódicos, pero luego la gente busca su alimento espiritual en otra parte”.

Desde otra atalaya, Marcel Gauchet escribió en 1985 una obra en la que se refería a nuestro mundo como a un conjunto humano que había perdido el “encanto” o el “encantamiento” y que se dirigiría hacia las afueras de lo religioso, o que expulsaría lo religioso, particularmente de su vida democrática. En 1998, empero, se preguntó qué podría decir el gobierno de los hombres por los hombres mismos, cuando éstos se vieran definitivamente emancipados de los dioses. “Más nos valdría —pareció responder Régis Debray en su ensayo acerca de lo religioso en la aldea global, titulado El arcaísmo posmoderno— enfrentar sin ilusiones la cruel verdad de los ángeles”. Se suma a este extraño y extrañado coro Jean Daniel cuando confiesa su “religiosa incapacidad de creer”, su decisión de “permanecer religioso sin sentir(se) obligado a ser creyente” y la convicción de que su incredulidad “no (le) impone la irreligión”. Vattimo reconoce, desde su “pensamiento débil”, que ya no hay razones para no creer.

Todo sugiere que el presente nos pinta un mañana en el que seguirá estando en el orden del día la frase del ateo Kirilov, de Dostoievski: “Dios me ha atormentado toda mi vida”. Y hay indicios de que el siglo que viene estará marcado por algo muy parecido a un conjunto de religiones sin Dios y sin iglesia, por un hambre de experiencias religiosas personales y comunitarias y tal vez por una eclosión de fundamentalismos belicosos y excluyentes, quizá mitigados poco a poco por los avances democráticos.

La iglesia católica, que es la única comunidad religiosa organizada como institución mundial y, en cuanto tal, la única institución del mundo que llega a su cumpleaños número 2000, se prepara con miras al nuevo siglo pidiendo perdón por sus faltas de dos milenios y urdiendo nexos con las otras religiones del mundo; también renunciando a toda tentación teocrática. No puede imputársele falta de olfato: ya sabe que la posmodernidad rechaza aquel racionalismo de los modernos que expulsó a Dios de la razón y de la historia y descubrió, como lo predijo Chestenon, que el problema no era sacar a Dios de su lugar tradicional, sino saber qué sustituto asignarle. Ya oyó asimismo a Régis Debray hablar del sentimiento de “incompletitud” que agobia al hombre de hoy.

En alguno de los cuatro evangelios, un vocero de los apóstoles le pregunta a Jesús: “Señor, ¿a quién iremos si sólo Tú tienes palabras de vida?”. El siglo que termina liquidó la idea misma y hasta la posibilidad y la razonabilidad de cualquier “señor”. También dejó un visible y espantoso rastro de muerte. Parece que, de aquella interrogación de pescadores galileos, el hombre ilustrado sólo pudo conservar y ahora repite —en el yermo por el que camina con sentimiento de estar totalmente abandonado de que habla Derrida— las palabras “…¿a quién iremos…?”. Y que las iglesias cristianas se aprestan a convencerlo de que la frase del siglo XXI habrá de ser aquella milenaria pregunta pero de nuevo entera, completa, tal y como todavía la pronuncian esos

“desposeídos, tristes, errabundos… marginales, desvalidos de los crepúsculos, andantes sin retorno” a los que cantó Pablo Antonio Cuadra en su Tierra que habla.

La tarea será difícil. Pero estoy convencido de que vale la pena. No sé cómo deba hacerse. Pero si mi amigo Luis González de Alba ya encontró en Mortimer Adler una prueba tolerable de la existencia de Dios, puedo razonablemente abrigar la esperanza de que tal obra tiene futuro       .n

Carlos Castillo Peraza Periodista. Autor de Disiento.

El poder y la autoridad

EL PODER Y LA AUTORIDAD

POR RAFAEL SEGOVIA

Reducido a sus términos más elementales, el poder no ha variado desde Aristóteles a Robert Dahl. Sigue siendo la capacidad que tiene A para obligar a Ba realizar acciones que no quiere hacer. Las formas de utilizarlo, repartirlo y conservarlo, en cambio, se han transformado de manera radical. Son la historia de las sociedades modernas, cómo se originan en Europa y se convierten, a lo largo de más de 25 siglos, para llegar a ser universales.

En el Antiguo Régimen, ya se trate de Francia, de México o de España, el poder se asienta sobre una base inconmovible: puede ser limitado o, al menos, se busca limitarlo, con un éxito que variará a lo largo de los siglos, desde los conflictos entre el Imperio y el Papado hasta la era de las revoluciones, de 1770 a 1799, de los inicios de la Revolución de Independencia de las trece colonias en Norteamérica a la conclusión de la Revolución Francesa. Podríamos detenernos en lo que los ingleses llaman la Revolución Gloriosa de 1688, origen directo del movimiento revolucionario que culminará en la independencia de las 13 colonias y la creación de los Estados Unidos. Quizás, el origen esté ya en El espíritu de las leyes de Montesquieu, primer tratado donde se propone sin equívocos la ruptura de la unidad del poder y la creación de un equilibrio interno. Pero un libro nunca tiene un efecto inmediato sobre la realidad política. Prueba de ello es la notificación enviada por Luis XV a unos parlamentarios franceses en 1766. “Sólo en mi persona reside el poder soberano… sólo a mí pertenece el poder legislativo, sin dependencia ni división… todo el poder público emana de mí… los derechos e intereses de la nación de los que se atreven a hacer un cuerpo separado del monarca descansan sólo en mis manos”. El monarca no podía ser más claro, aunque a esa claridad sólo le quedaban 23 años de duración. Rebeliones y motines se habían dado en toda Europa y en sus posesiones coloniales, aunque nunca se había buscado acabar con el poder del monarca ni con la unidad del poder. Decapitar a Carlos I de Inglaterra no era eliminar ese poder. Se instauró a otro rey en el trono que llevará aún más lejos la concepción del poder real: lo declaró de origen divino. A mediados del XVII Europa vive ya en pleno absolutismo, una idea que durará hasta fechas recientes, al dar un sesgo mínimo y llamarlo totalitarismo.

El XIX va a conocer un conflicto permanente sobre cuál ha de ser el asiento del poder, si el pueblo o el monarca. El cambio es decisivo porque la relación entre las clases, con el nacimiento del proletariado y la afirmación de la burguesía, no dirimirá el pleito con un triunfo decisivo de ninguna de las partes: el poder sería popular —concesión parcial al proletariado— pero representativo, limitado y equilibrado, determinado por la riqueza y el voto. También dependiente del dinero. La gran obsesión de la burguesía decimonónica será, una vez eliminada la nobleza y el privilegio hereditario, establecer una democracia capaz de responder a los intereses del capitalismo naciente, necesitado de un ambiente político conservador y, en las coyunturas política y sociales difíciles, autoritario y represivo. Todo esto en los países centrales e imperiales. Con la europeización del mundo —-Japón abriéndose a la escuadra primero y después al comercio americanos, China recibiendo el marxismo a principios del siglo pasado, la América española y portuguesa independizada pero sometida plenamente a todas las formas del pensamiento europeo—. el mundo entero perderá sus formas tradicionales de ejercicio del poder para vincularse con las formas norteamericanas o europeas, no siempre adecuadas al desarrollo y a la organización social que se pudiera llamar autóctona. La tensión permanente entre el federalismo visto en los Estados Unidos y las virtudes que se atribuían, por un lado, y la necesidad de un centralismo consecuencia de tres siglos de dominación española, la manera de distribuir o concentrar el poder, se resolverá en favor de la segunda opción —centralismo, unidad— rindiendo de paso tributo a un federalismo visto como una forma de ejercer la libertad que se inclinaba ante la vieja fórmula “se acata pero no se cumple”. En este punto, la continuidad entre el Porfirismo y la Revolución Mexicana es absoluta. Por lo demás, nadie lo ha expresado con mayor claridad que Bertrand de Jouvenel: “Las revoluciones o sirven para concentrar el poder o no sirven para nada”.

En el caso mexicano, la máxima de Jouvenel se cumplió al pie de la letra. La creación de nuevos instrumentos de organización social y política como los sindicatos y los partidos, la ampliación y semiprofesionalización de la administración pública, fueron dominadas por un partido centralizado, sometido a una presidencia donde se asentaba un poder casi absoluto, o al menos así considerado por el imaginario colectivo, pues en los hechos el poder más unitario negaría en casi todos los conflictos que debe enfrentar. Las transformaciones demográficas, culturales, las nuevas comunicaciones, la ampliación y modernización de las comunicaciones obligan a reajustes formales entre las clases y la relación de éstas con el poder que. al menos como se manifiesta en el terreno político, sigue luchando por mantener su tendencia natural —la unidad— frente a las fuerzas particulares y por consiguiente disgregadoras.  n

Rafael Segovia. Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Es autor de Lapidaria política.

Los recursos energéticos

LOS RECURSOS ENERGETICOS

POR ANTONIO GERSHENSON

Como fuente de energía, el petróleo caído juega hoy un papel central; pero esto tiende a cambiar por varias razones. La fundamental es que, tratándose de un recurso no renovable, cada vez alcanza y alcanzará menos. No se trata de que dentro de un cierto número de años se acabe de repente y ya; lo que sucede es que no está lejos el año en el que se produzca cada vez menos en el mundo, frente a una demanda creciente.

Quienes no ven muy lejos consideran que la clave de la sustitución del petróleo es el gas natural. Este gas, que en México lo tenemos sobre todo asociado al petróleo crudo en los yacimientos, en otras regiones existe principalmente en mantos que no tienen crudo. Mientras que el petróleo crudo mundial ha pasado, entre 1980 y 1998, del 44.3 al 37.5% de la producción o generación mundial de energía primaria, y el carbón ha bajado del 25.2 al 23.2%, el gas natural ha aumentado del 18.9 al 22.4% en este mismo lapso. Como otras fuentes han crecido, pero cubren proporciones menores del consumo mundial, y como el gas tiene ventajas frente a los combustibles líquidos y sólidos, hay quienes lo consideran como la alternativa óptima en todos los casos.

Por ejemplo, en México, de la poca capacidad instalada para generar electricidad que entró en servicio en 1999 (1.15% de la capacidad anterior, cuando la demanda aumenta 5 ó 6% al año), el 87.8% fue de gas natural. Ha habido también un proceso de conversión de plantas de vapor, de combustóleo a gas natural. De las plantas en proceso de construcción, el 91.4% de la capacidad usará gas natural, lo mismo que el 99.8% de la capacidad adjudicada por licitación. Este conjunto de plantas por entrar en operación, que ya están bien definidas y que son casi 6,000 megawatts, se sumarán a la capacidad instalada del país. Este conjunto representa un 17% de la capacidad existente y, del mismo, el 96.6% depende del gas natural. De estas futuras plantas eléctricas, casi todas las que no consumen gas están fuera de la red interconectada nacional.

¿De dónde va a salir este gas? Ni en el caso de México, ni en el de América del Norte como región, está asegurado el abasto por mucho tiempo. Aun a escala mundial, el gas ayudará a la transición a nuevas fuentes de energía, pero no las puede suplir. En el caso de México, sólo tenemos reservas más abundantes en el norte del país, en la Cuenca de Burgos, y la capacidad productiva de esa zona no alcanza para cubrir la demanda nacional actual, menos aún la de los próximos años, con una expansión desmedida en el uso de ese combustible como la que se promueve. En las regiones marinas, de las que en 1998 se extrajo el 35% de la producción nacional, las reservas probadas alcanzan para seis años de la producción actual. En la región sur, que en el mismo año produjo el 43% del gas natural, las reservas probadas equivalen a once años.

Las importaciones con las que se pretende suplir el faltante sólo pueden venir de los Estados Unidos. La razón reside en que la única forma económicamente viable de transportar el gas natural a ciertas distancias es mediante ductos. Es técnicamente viable su transporte en buquestanque, pero es prohibitivamente caro. Y no basta con el ducto, sino que se necesitan compresoras a lo largo del mismo, para mantener el flujo del gas a presión. De ahí que ni se piense por ahora en ductos que crucen los océanos. Otro problema que se tendría es el de las zanjas submarinas. Por ejemplo, la de la falla noruega ha impedido que el crudo noruego de buena parte del Mar del Norte sea transportado por ducto, y se deban usar buquestanque.

Esto no sólo trae consigo problemas de dependencia en cuanto a un insumo estratégico. Nos trae el problema de que tampoco en la región de América del Norte está asegurado el abasto por un tiempo largo. Las reservas probadas de gas natural en los Estados Unidos equivalen a nueve años de la producción de ese país. Y aunque algo le ayudan las importaciones que realiza de Canadá, las reservas probadas de este último país equivalen a menos del 40% de las estadunidenses, y equivalen a poco menos de once años de la producción actual de ese país.

En conjunto, las reservas probadas de gas natural de América del Norte son sólo el 6% de las mundiales. Los principales montos están en la ex-URSS (40%) y en la zona del Golfo Pérsico (34%), y el destino de sus exportaciones, lo mismo que el de las africanas, es principalmente Europa. Ese recurso, no renovable al igual que el petróleo crudo, permitirá una transición más holgada en esa parte del mundo que en la que nosotros habitamos.

La diversificación de fuentes de energía es un elemento indispensable para que el petróleo y el gas nos duren más tiempo y para que tengamos menos problemas ambientales. En México tenemos excelentes recursos, y medios de aprovecharlos con costos razonables, gracias a los avances tecnológicos en estos campos, en materia de viento, hidroelectricidad y geotermia. Esos recursos no serán suficientes para cubrir por sí solos la demanda, pero ayudarán a una mejor transición. En el caso del viento, los costos para instalar una planta han bajado a la mitad en seis años. Con la hidroelectricidad, las nuevas técnicas que permiten hacer la presa sin necesidad de desviar el río abaten a la mitad los tiempos y los costos.

El otro energético del futuro es el hidrógeno. No hablamos de las reacciones nucleares con ese elemento. Nos referimos a su producción a costos más bajos gracias a nuevas tecnologías, y de dos usos básicos. El primer uso es como combustible. Una de las ventajas del gas natural sobre los combustibles derivados del petróleo es su mayor temperatura de combustión. Esto permite que los procesos industriales se lleven a cabo con más eficiencia. Permite también procesos que no serían posibles con los otros combustibles. Además, contamina menos que los otros combustibles, aunque tampoco es cierto que es limpio, dado que genera óxidos de nitrógeno y bióxido de carbono.

El hidrógeno tiene temperaturas de combustión más altas que las del gas natural. Es más eficiente y permitirá procesos industriales nuevos que este gas no permite. Y al no tener carbón, su residuo de combustión es básicamente vapor de agua. Sí produce óxidos de nitrógeno si arde en contacto con el aire, pero estas emisiones se pueden reducir sustancialmente con convertidores catalíticos y otros dispositivos.

El otro uso del hidrógeno es en celdas de combustible.

En ellas, el hidrógeno genera electricidad directamente, por medios químicos como los de una pila o un acumulador. Se han probado dispositivos en los que el hidrógeno proviene directamente del alcohol etílico, que se produce a partir de la caña, y que es más fácil de envasar y transportar que el hidrógeno en estado gaseoso. Existen prototipos de camiones alimentados con hidrógeno y, en general, cientos de proyectos de investigación y desarrollo tecnológico, sobre todo en Europa. En los Estados Unidos, hace unos meses se dio un salto tecnológico que permite abaratar la producción de hidrógeno notablemente, producción para la que también se han usado otras variantes de celdas de combustible.

El hidrógeno, entonces, a diferencia de otros combustibles que sustituyen al petróleo, sobre todo en aplicaciones de sitio fijo como la generación de electricidad y la producción industrial, tiene desde el principio desarrollos para aplicarse también a unidades móviles. En México es necesario sumarse a ese esfuerzo tecnológico mundial para estar en condiciones de aprovechar lo antes posible sus beneficios,  n

Antonio Gershenson.  Es colaborador del diario La Jornada

Las fronteras

LAS FRONTERAS

POR SERGIO MUÑOZ BATA

La palabra frontera lleva la contradicción por dentro. El término “frontera” se usa lo mismo para designar un lugar remoto que un punto contiguo. La frontera es punto final pero también es el flanco. Lo mismo puede ser punto de entrada que de salida. Es orilla o región, y puede significar avance cuando decimos que cierto asunto o conocimiento ha rebasado “nuevas fronteras”.

Esta contradicción, sin embargo, no es razón suficiente para que en la época de la globalización las fronteras y su corolario natural, el concepto de soberanía, estén bajo acoso. Lo que ha puesto en crisis el concepto tradicional de la frontera que sirvió de sustento al Estado- nación creado en el siglo XV es la construcción de la super carretera informacional en el Internet.

La transformación actual del mundo no significa que las fronteras o sus funciones hayan desaparecido. Como bien explica el profesor Robert Lutz, experto en el tema de la frontera en la globalización, “las fronteras nacionales tienen una función compleja en las relaciones internacionales. Dividen poblaciones, definen la línea divisoria de los sistemas legales, políticos y económicos y delimitan áreas sobre las cuales pueden ejercerse los derechos soberanos”.1

La transformación que experimentan ahora las fronteras obedece en realidad a un cambio en el manejo de las relaciones internacionales entre los países en la época de la globalización. “Los asuntos mundiales se encuentran en un momento en el que las ideas esenciales que gobiernan la política deben cambiar”, dice Philip Bobbitt, un especialista en asuntos estratégicos.2 En este sentido, el viejo paradigma de la política internacional, resumido por el expresidente francés George Pompidou en esta afortunada frase: “La política exterior de un país son las armas con el dinero”,3 ha cambiado. “Durante cinco siglos”, continúa Bobbitt, “han sido necesarios los recursos de un Estado para destruir a otro: sólo los Estados pueden reunir los ingresos necesarios para reclutar los enormes ejércitos y equipar a las divisiones mecanizadas que se requieren para amenazar la sobrevivencia de otros Estados. De hecho, el Estado moderno se creó planteando esas amenazas y enfrentándolas. En un mundo así, cualquier Estado sabía que su enemigo saldría de una clase reducida de adversarios potenciales. Esto ya no es verdad, debido a los avances en las comunicaciones internacionales, en la informática y en las armas de destrucción masiva”.

En efecto, el avance en la computación es más que evidente en la guerra. Los países con tecnologías más avanzadas han encontrado la manera de hacer la guerra violando fronteras sin poner un pie en territorio enemigo. Utilizando proyectiles de largo alcance y aplicando sistemas computarizados de defensa para destruir los del adversario, países como Estados Unidos pueden librar una guerra sin jamás personalizarla.

Al mismo tiempo, todos los países se han vuelto más vulnerables. Ahora cualquier Estado de los denominados “paria” o “pillos” (rogue states) puede comprar misiles de largo alcance y convertirse en una seria amenaza para la seguridad nacional de países como Estados Unidos que gozaban de un virtual monopolio armamentista tecnológicamente avanzado.

En la época de la globalización, además, se vive un nuevo orden económico en constante transformación. El capital se mueve de un país a otro de manera instantánea ignorando las fronteras nacionales y lo mismo puede desestabilizar países que apuntalarlos.

Otro efecto de la popularización de la comunicación computarizada instantánea ha sido el aumento del flujo de la información internacional. Al ampliarse las vías de acceso a la información se ha producido un efecto democratizador. En este sentido, por ejemplo, la causa de la defensa de los derechos humanos ya no se limita a un determinado ámbito nacional. Al internacionalizarla se posibilita que los violadores de los derechos humanos sufran posibles consecuencias internacionales como se ha demostrado en el caso del general chileno Augusto Pinochet.

La defensa del medio ambiente también ha rebasado fronteras. Ahora sabemos que la tala inmoderada en la región amazónica tiene efectos nocivos en todo el mundo y que la contaminación de los ríos se extiende más allá del país donde se origina. La coordinación internacional en la defensa del medio ambiente tiene ahora un carácter casi obligatorio.

La idea de la frontera para delimitar naciones e impedir el libre tránsito de las personas también se ha debilitado en regiones donde han surgido entidades supranacionales semejantes como por ejemplo la Unión Europea.

“Las fronteras significaban conflicto y odio”, dice el periodista polaco Ryszard Kapuscinski,4 “significaban la división de los territorios, la separación de las personas.

El Muro de Berlín era una frontera del miedo, la posibilidad de una guerra. Hoy en día tenemos un nuevo concepto de frontera. En Europa, en Africa, se ha convertido en un lugar de intercambio, de comercio en interacción, de gente que va de un lado a otro”.

Evidentemente, este libre “movimiento de la gente de un lugar a otro” sucede pero únicamente entre iguales. Hace algunos años no había fronteras entre Noruega y Suecia. Hoy, la idea de la frontera invisible se ha extendido a todo el continente europeo y los ciudadanos de los 15 países que forman la Unión Europea pueden transitar libremente de un país a otro.

Este, por desgracia, no es el caso de los inmigrantes africanos, o asiáticos, que llegan a España, Francia, Austria o Alemania. Para ellos, la frontera no sólo no está abierta sino que es hostil. Lo mismo sucede en el continente americano, donde a pesar de la acelerada integración económica y social entre los tres países de Norteamérica todavía no se ha logrado un acuerdo que permita el tránsito libre, ordenado y legal de trabajadores.

Un campesino mexicano que desde Tijuana espera pacientemente a que suceda el cambio de turno de los agentes de migración que custodian el triple muro que separa la frontera entre México y Estados Unidos para cruzarla sabe que una vez que la cruce se coloca en la ilegalidad. Esta diferencia entre el tránsito legal e ilegal entre países evidencia, entre otras cosas, la distancia entre el Primer y el Tercer Mundo. Una distancia que ahora es también producto de la velocidad a la que viaja la información. Y si bien es cieno que “la velocidad y la riqueza avanzan unidas”, la brecha entre los países pobres y los ricos parecería insalvable por lo menos en el corto plazo, salvo en aquellos casos en los que un individuo pobre opte por abandonar su pobreza al abandonar su subdesarrollado y tercermundista país para integrarse a uno plenamente desarrollado y primermundista.

Esta es una tesis provocativa que ha sido desarrollada por varios pensadores. Utilizo aquí, para ejemplificarla, algunas ideas expresadas por Kapuscinski, quien sostiene, palabras más, palabras menos, que después del fracaso de los países socialistas para inventar un sistema que acabara con la desigualdad y la pobreza, involucrarse en una revolución de corte marxista en países como México o Colombia es un anacronismo.

En este sentido, al aceptar como inevitable la desigualdad en sus lugares de origen, los individuos con mayor espíritu empresarial habrían cambiado la revolución por la inmigración. Según Kapuscinski, esta opción se observa con claridad en “la penetración lenta que está transformando Estados Unidos, Canadá y Europa a donde emigran los mexicanos, los polacos y los turcos. Persona a persona, familia por familia, los inmigrantes buscan y encuentran su pequeño nicho en el primer mundo”.

Ahora bien, aun cuando es más que posible que la inmensa mayoría de los inmigrantes no logren completar nunca el ciclo de penetración, sus hijos o los hijos de sus hijos sí lo lograrán. Para Kapuscinski la inmigración es la única esperanza que tienen los pobres del Tercer Mundo porque “ni todas las computadoras del mundo, con todo su acopio de datos, podrían eliminar la pobreza masiva”.

Otra es la opinión de Christopher Evans, autor de una pequeña obra fundamental sobre el micro-milenio.5 Para Evans, la transferencia de tecnología del Primer al Tercer Mundo no sólo es posible sino que ya está sucediendo. Además, dice Evans, los avances en la comunicación electrónica y computarizada han ampliado y abaratado la diseminación de información haciéndola más accesible a los países pobres. Un tercer factor con el que Evans documenta su optimismo es que la revolución computarizada ya ha generado grandes beneficios al Tercer Mundo al hacer asequible la información en áreas como la medicina, el control de las cosechas en agricultura, la planeación económica y la educación.

Negar que los avances tecnológicos de la revolución computarizada han rebasado la noción de frontera sería una necedad. Sostener que las fronteras desaparecerán sería irresponsable. Pensar que los países del Primer Mundo dejarán de erigir fronteras cada vez más altas con el propósito de disminuir el número de inmigrantes que buscan cruzarlas sería ingenuo. Pero creer que los muros detendrán a los inmigrantes es una ilusión. Dudar que la revolución informativa tiene un efecto democratizador que acorta la brecha informacional entre los habitantes del Primer y Tercer Mundo sería torpe. Situado en el justo medio aristotélico, yo pienso que el futuro nos depara más de lo mismo que nos trajo el pasado, es decir, un poquito de todo,  n

1.Robert E. Lutz: Borders and Doing Transnational Business: The United States and México.

2.Philip Bobbitt en un libro de próxima aparición: The Shield of Achilles.

3.Citado en Aspects of the Germán Question de Michael Stürmer.

4. Entrevista al periodista polaco Ryszard Kapuscinski hecha por Nathan Gardels, editor de la Revista New

Perspectives Quaterly. Número especial, 1997.

5The Micro Millenium.

Sergio Muñoz Bata Miembro del consejo editorial de Los Angeles Times. Colaborador de Reforma. El Imparcial y Radio Fórmula.

La reconcilación

LA RECONCILIACIÓN

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

¿Es la envidia el motor del mundo? La envidia, la crueldad, la rivalidad, el odio… Los pesimistas, entre quienes con frecuencia me cuento, dirían casi de inmediato que sí y nos harían volver la vista atrás para hacer el recuento de guerras y agresiones que se han sucedido en la historia de la humanidad y que no han terminado en absoluto. Parece que el mal es inevitable, nos dirían, y el mal muy posiblemente nace de la envidia que en menos de una décima de segundo puede transformarse en odio, en violencia.

Sin embargo, siendo esto cierto y, más aún, encontrándome yo en muchas ocasiones, como acabo de decir, entre el grupo de los pesimistas, no deja de ser, hasta un pesimista lo sabe, una visión parcial e injusta.

Si nos detenemos a considerar los cambios y descubrimientos que han representado una mejora en la existencia de los seres humanos, tendremos que admitir que dichos cambios han podido llevarse a cabo por el sistema de alianzas que los humanos han realizado entre ellos y las alianzas que un grupo de humanos hace con otro.

Si dos personas deciden convivir juntas, ya sea por amor o por necesidad o por las dos cosas o por cualquier otra razón, tarde o temprano tendrán que aprender a aceptarse mutuamente. Tarde o temprano descubrirán que en esa convivencia el desacuerdo, incluso la pelea, la batalla, es parte inevitable, y tarde y temprano comprenderán que es precisamente la reconciliación lo que hace que la convivencia prosiga. Cuando la reconciliación no es posible, la alianza se rompe. La vida vuelve a empezar para cada uno de los componentes de la pareja. La vida sigue, desde luego, la vida sigue siempre y es muy probable que esa nueva vida que inicia cada uno de los miembros de la pareja rota esté basada ya en otros términos. Se cuenta ya con la posibilidad de la reconciliación, se es menos egoísta y posesivo, se aprende a respetar al otro.

Pero en realidad lo más frecuente suele ser que después del estallido de la discusión, de la pelea, se proceda mágicamente a la reconciliación, admitiendo cada uno su parte de error o incomprensión hacia el otro. A grandes batallas, grandes reconciliaciones. No siempre es así, pero muchas veces es así.

¡Ojalá pudiéramos aplicar este esquema a la convivencia de los pueblos, al panorama internacional! ¡Ojalá pudiéramos decir con entera seguridad: a grandes guerras, grandes y fructíferas alianzas: paz, en suma!

¡Pero cuánto más difícil es encontrar la paz, la reconciliación, siempre en el terreno de lo colectivo! En lo colectivo, parece que el sentimiento de venganza ante un agravio hunde sus raíces con asombrosa facilidad, sin que en realidad nadie se explique, del todo, por qué. Por mi parte, creo que la respuesta la da el poder político. Una de las primeras cosas que el político aprende es la manipulación. El poder político necesita crear una entidad, una nación que lo sostenga. Parece que esa lección la aprenden los gobernantes de todas partes del mundo y de todas clases e ideologías. Para crear una nación hay que establecer fronteras y enemigos, hay que construir una historia basada en guerras y rivalidades. El poder político tiene que convencer a sus gobernados de que está ahí para defenderlos, porque de lo contrario cualquiera podría hacerse con el pueblo y arrebatarles eso tan sagrado como indefinible que se llama identidad.

Como no me dedico a la política —lo que no quiere decir que me parezca un asunto baladí, ni mucho menos—, sino a la literatura, todo este discurso me aburre un poco. Me aburre y me irrita, porque está basado en sentimientos defensivos que quizá sean innecesarios y que, como muchas veces comprobamos, son absolutamente dañinos. Esos sentimientos son los que llevan a la guerra, a la crueldad.

Me parece sumamente injusto e incluso insultante que el poder político trate a los gobernados así, como si no tuvieran uso de razón. De hecho, se diría que eso es precisamente lo que se proponen algunos políticos: que sus gobernados no alcancen la razón.

Pero una vez más, en este terreno como en otros, me obligo a ser optimista. porque no nos podemos dar por vencidos, no podemos admitir lo que esa visión de la historia nos oculta. Todo un largo camino de alianzas, de ayudas mutuas, de colaboraciones, de reconciliaciones. Y ese es el camino más interesante y el que quizá, quienes no nos dedicamos a la política, debamos resaltar siempre que tengamos ocasión, porque me temo que si no lo hacemos no lo va hacer nadie.

No se trata de proclamar que vivimos en la aldea de Heidi. A decir verdad, nunca me sentí muy atraída por aquellos prados por los que Heidi, en sus momentos más alegres, revoloteaba. La vida es dura, esta sociedad es dura. El rumbo que al parecer —según dicen los expertos, de forma irreversible e inevitable— ha tomado el mundo no me resulta nada alentador.

Pero yo escribo novelas, otros leen, hacen cine y música, pintan cuadros… No creo que ésta sea la salida y no la ofrezco como tal, porque bien sé que en este mundo todo cabe. Esta sociedad todo lo engulle.

Lo que verdaderamente importa es que sepamos que el rencor y el deseo de venganza, cuando ha movido la historia, lo ha hecho para mal. Y que sólo en reconciliación podemos lograr un mayor conocimiento de lo que somos: seres humanos, todos muy pareados. Esa actitud es la que ha sido el verdadero motor de la humanidad. Esa visión es la que permite calificarnos así: de humanidad,  n

Soledad Puértolas. Escritora. Entre sus libros están Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.

La medicina

LA MEDICINA

POR ADOLFO MARTÍNEZ PALOMO

Gracias  al desarrollo de la medicina científica el promedio de vida en los países ricos aumentó más de treinta años en el transcurso del siglo pasado. Este adelanto espectacular fue el resultado del control de las enfermedades infecciosas, de la vacunación, de la mejora en la salud materno-infantil, de la planificación familiar, del consumo de alimentos más saludables y de la introducción de medidas de seguridad en los sitios de trabajo, así como del reconocimiento del tabaco como peligro para la salud.

Esos progresos en la salud pública se basaron a su vez en la sustitución gradual de dogmas y supersticiones por verdades científicas a lo largo de los siglos. ¿Cuáles han sido los avances fundamentales de la medicina logrados durante el primer milenio? La lista, a cargo de los editores de la revista New England Journal of Medicine, es la siguiente:

a) el esclarecimiento de la estructura, la composición química y las funciones del cuerpo humano,

b) el conocimiento de la estructura fina de la célula,

c) la demostración de las bases de la herencia y de la genética,

d) el descubrimiento de los microorganismos como causa de enfermedad y de los agentes antimicrobianos,

e) el conocimiento del sistema inmunológico,

0 el desarrollo de la imagenología (rayos X, ultrasonido, tomografía, resonancia magnética, etc.),

g) el progreso de la farmacología molecular,

h) la aplicación de la estadística a la medicina.

Este último avance ha sido tal vez el de mayor impacto para la modernización reciente de la medicina; por ello al ser interrogados recientemente sobre el libro que más ha influido en la práctica médica, algunos expertos no han escogido un texto de la especialidad sino… ¡uno de estadística! Con la venia de los editores de la augusta revista mencionada anteriormente, yo añadiría a esta enumeración el descubrimiento de los medicamentos que han revolucionado en las últimas décadas el tratamiento de las enfermedades psiquiátricas.

Si bien nadie en su sano juicio puede adelantar los avances que ocurrirán en el campo de la medicina en las próximas décadas, es posible, sin embargo, realizar predicciones sobre futuros escenarios de la salud. En el caso de México, los augurios de la Organización Mundial de la Salud son optimistas pues consideran que en el año 2025 la esperanza de la vida en nuestro país aumentará a 77 años y la mortalidad infantil disminuirá casi a la mitad de la cifra actual. Sin embargo, en México, como en el resto del mundo, persistirán problemas centrales de la atención médica que tendrán que resolverse en el futuro, como la desigualdad, la insatisfacción y los altos costos.

El reto principal para el futuro de la atención médica es la desigualdad. En nuestros días, en los países más pobres la esperanza de vida al nacer es de sólo 54 años, 20 menos que en los países más ricos. Esta diferencia abismal se reducirá progresivamente, pero aun las predicciones más optimistas consideran que en el año 2020 la brecha entre la salud de los ricos y la de los pobres será de más de 15 años. En las asignaturas pendientes de la medicina moderna están, además, los cuatro millones de niños que todavía mueren anualmente por infecciones que pueden ser prevenidas con vacunas existentes y los ocho millones que fallecen cada año por enfermedades que podrían evitarse con nuevas vacunas. Las desigualdades se presentan entre países, pero también en el interior de cada país. En México, por ejemplo, la diferencia entre la esperanza de vida entre un municipio en Chiapas comparado con otro en Nuevo León es de más de ocho años y la mortalidad infantil es cuatro veces superior en el primero. Estos datos escuetos bastan para considerar que en el panorama futuro de la medicina permanece el tema central de una participación activa del médico en la definición de los cambios sociales por venir.

Otro tema central en el futuro de la medicina es la definición de la calidad de la atención médica. Hace cien años, el médico era un profesional altamente estimado por la sociedad, de quien se esperaba muy poco por sus modestas capacidades técnicas. Hoy se tiene gran confianza en su habilidad técnica, pero se reprocha su falta de sensibilidad frente a los múltiples requerimientos del enfermo. Por mucho que avance la medicina todos los seres humanos seguiremos necesitando ayuda y cuidado frente a la enfermedad grave y la muerte. Esa ayuda y esos cuidados seguirán siendo responsabilidad del médico. Por ello, es indispensable eliminar en el futuro la amenaza creciente de la impersonalidad en el trato con el enfermo. Como profesional, el médico debe proteger este flanco vulnerable mediante la conservación consciente de los aspectos humanitarios que han distinguido a la medicina a través de las épocas. Como científico deberá sostener su independencia frente a dogmas y doctrinas. En última instancia, el poder del médico para prevenir y curar la enfermedad se basa no sólo en sus conocimientos, en su ciencia, o en el arte de escuchar las quejas del enfermo, depende también del respeto que le tributen sus pacientes y la sociedad en general. Este es un valor esencial que la medicina futura tiene la obligación de preservar y acrecentar.

Un tercer reto para la medicina del futuro es revertir la elevación progresiva de los costos de la atención médica agravada sobre todo por el alto costo de la tecnología médica, pero también por otros factores como el incremento gradual de los mayores de 65 años en la población mundial. En esta última variable, sólo la investigación en la prevención del cáncer, de las enfermedades cardiovasculares y de los padecimientos degenerativos, entre otros, permitirá desarrollar una medicina más eficaz, en la que la orientación principal no sea el tratamiento sino la prevención de las enfermedades. El énfasis futuro no será la prolongación de la vida a toda costa y a todo precio, sino el desarrollo de medidas para lograr una larga vida, más sana, más exenta de enfermedades y por ello… más libre de médicos.

Hace más de cuatro siglos, al referirse a la medicina, ¿Montaigne dijo: “la ciencia más importante que se practica entre nosotros, responsable de nuestra salud, es lamentablemente la más incierta, la más dudosa y a la que agitan los mayores cambios”. Ya en nuestros días Lewis Thomas sentenció: “el problema de la medicina es simplemente que no sabemos suficiente: somos todavía una profesión fundamentalmente ignorante”. En el futuro, la receta para mejorar seguirá siendo la misma: reducir nuestra ignorancia a través de la investigación,  n

Adolfo Martínez Palomo. Doctor en Ciencias Médicas y Director Genera! del Centro de Investigación y Estudios Avanzados del IPN.

El linaje de la memoria

EL LINAJE DE LA MEMORIA

POR ANDRÉS FÁBREGAS PUIG

La obra del historiador Enrique Florescano es una de las más sólidas en el  ámbito de las ciencias sociales en México. Se trata de un trabajo sistemático de exploración del pasado que ha permitido comprender mejor la sociedad mexicana actual y sus perspectivas. En este libro. Memoria indígena. Florescano continúa indagaciones acerca de temas históricos mexicanos que han formado parte de su trabajo desde, por lo menos, la década de los años sesenta. Se trata, en este libro, de resolver una interrogante: ¿cómo preservaron y transmitieron la memoria histórica los pueblos originales de México? Alrededor de esta pregunta, Florescano ha escrito mucho y bien. Destaco sus aportes más recientes: El nuevo pasado mexicano (1991); Memoria mexicana (1994); El mito de Quetzalcóatl (1995); Et- nia, Estado, Nación (1997).

En el camino de responder las incógnitas acerca de la memoria, Florescano ha bordado un discurso —uno de los más importantes en nuestro medio— que toca aspectos vitales como el de la identidad. No es nuestro propósito examinar aquí la obra hasta ahora publicada de Enrique Flores- cano, lo que nos llevaría a tocar muy variados temas, sino comentar su más reciente contribución: Memoria indígena.

Es una obra que trata del quehacer reflexivo de los pueblos indios de México en tres tiempos: el tiempo antiguo, el tiempo colonial y el tiempo actual. El libro está dividido en ocho capítulos que logran conservar el hilo conductor del análisis: las formas en que la memoria de los indios se construyó a través de estos tres tiempos y cómo ha sido preservada y transmitida. Detrás de estos capítulos existen muchos años de trabajo, de indagación en una gran variedad de fuentes y de estar alerta para renovar constantemente los ojos con los que se ve el pasado y su inclusión en el presente. En esta búsqueda incesante de la memoria indígena, Florescano se sumerge en los mundos de la cosmovisión india para encontrarle su sentido y su mensaje. Y nos dice, desde los primeros renglones de su libro, cuál es uno de los resultados más importantes de su pesquisa: en la cosmovisión india tenemos una teoría de la historia conjugada en dos planos: en el imaginario y en el de un tiempo que es pragmático. Por ello, Florescano inicia su escritura mostrándonos los primeros relatos indios acerca de la creación del cosmos y de los reinos terrestres. La dialéctica entre la imaginación y el pragmatismo está presente como columna que sostiene el pensamiento indio. En el camino de traernos de nuevo los ancestrales relatos cosmogónicos. Florescano nos revela algo muy importante: la unidad de la cultura antigua de los pueblos originales de México, surgida de la propia variedad. El historiador es capaz de descubrir este hecho gracias a una erudición que le permite el ejercicio de la comparación. Por ello, podemos leer un texto congruente que explora el pensamiento maya, el de los nahuas, el de los pueblos mixteco-zapotecos, el de los yaquis, sin olvidar a la llamada cultura madre de Mesoamérica: los olmecas. Además de que la lectura resulta apasionante, el texto de Florescano nos va revelando un secreto: la memoria india se preserva porque es un hecho social total. La dialéctica de la sociedad y la cultura queda al descubierto del lector así como la dialéctica de la propia cultura. Y no es menor el sentido estético del texto sino propósito del historiador hacerlo. Como teoría de la historia, los relatos indios se preocupan por la congruencia y el lenguaje refinado en que deben ser transmitidos. La relación entre imaginación y sentido pragmático guía el relato indígena acerca de la Gran Tollán. la ciudad del esplendor del México antiguo. Teotihuacán es esa ciudad, el lugar en donde se crearon los dioses. Las ciudades míticas son terrestres. Pero su origen está determinado por la voluntad de los dioses. Por eso los mitos y relatos de su génesis son discursos de poder. Las formas de la diferenciación social de una compleja sociedad nos son reveladas por estos mitos y por la habilidad del historiador para diseccionarlos. El poder tiene su origen en los propios dioses. La cosmovisión indígena incluye la explicación de la diferenciación social, los caminos de ésta y su réplica terrestre porque su origen es divino. El ritual escenifica el mito y lo repite, consiguiendo así su preservación y transmisión a través de los años. Estamos ante un medio cultural que intensifica la repetición y la exactitud en ello, cuidando que ninguno de los componentes del mito esté ausente de la escenificación. En parte, eso eran las grandes ciudades del México antiguo: lugares de escenificación de los mitos que apoyaban al poder. Esplendor divino para que en la tierra los linajes que dominan tengan continuidad. Pero la sabiduría, como parte del ejercicio del poder, debe responder a las necesidades más crudas del pueblo. Así. los calendarios preservan la memoria histórica pero también contienen el conocimiento que hace viable una economía del agua. La continuidad de la planta sagrada, el maíz, carne del pueblo mismo, está garantizada por los sabios. El ritual le recuerda esto a los propios sabios. De nuevo. la dialéctica entre la imaginación y el sentido pragmático, vuelve a mostrarse. La continuidad del poder es parte de la continuidad del cosmos. Naturaleza y cultura están vinculadas en esta cosmovisión y no son entidades separadas ni separables. Por ello, la memoria indígena hará énfasis en que el papel de la cultura, humano prodigio, en la naturaleza, es preservar el diálogo con ella. Políticamente, este diálogo pasa por los linajes de los nobles siempre preservados y continuados a través de los matrimonios. El mapa genealógico se convierte en el camino al poder. La complejidad de este hecho es sorprendente y a uno lo sobrecoge pensar en esta estructura exacta que. otra vez. el rito convierte en memoria. No es sorpresa entonces que la memoria escrita de los antiguos mexicanos, los códices, continúe la tarea del relato, enmarcando los hechos de los hombres dentro de los deseos de la divinidad. La intensidad de este ejercicio está bien enfatizada por la prosa de Florescano, convertido en escribiente y pensador en una doble dimensión: la del pasado que devela y la del presente que recibe su discurso. Este impresionante mundo es roto por la conquista y el establecimiento del régimen colonial. Ruptura de un mundo cultural que quizá nunca comprendamos a cabalidad. Digo, en su dolor y angustia. Para los ojos indios el mundo fue destruido. La irrupción de una nueva cosmovisión fue violenta en extremo. Abatió el espíritu indígena. Los sabios murieron y la medicina india, columna vertebral de la cultura, fue relegada. El pueblo se quedó con una gran carga, necesaria para no perecer: guardar la memoria y transmitirla. En este momento, la identidad adquiere el papel de eje de la organización social. Lo primero, lo apremiante. es no olvidar quiénes somos.

A lo largo del lento transcurrir de los días coloniales, los pueblos indios encontraron los intersticios para incluir su mundo dentro del que portaba el conquistador. El panteón cristiano encontró sus pares en el mundo campesino indio. La identidad se tejió virtualmente. en el discurso religioso y en su contraparte pragmática: las organizaciones de los indios. Ha sido una lucha portentosa. Preservar la identidad se convirtió en la prioridad de la vida india mientras iba surgiendo el país mestizo y otros hombres, de otros rumbos, irrumpían en la vida cotidiana. Por eso el conflicto étnico adquirió preeminencia en aquella sociedad colonial de castas. Ser indio y continuar siéndolo significaba la preservación de una particular humanidad: la asentada en estas tierras desde el comienzo de los tiempos. Sólo que ya no era la memoria original la única que debía transmitirse sino también aquella que recogía la tragedia. Las danzas, los relatos, los textiles, la cultura toda, se ha usado como instrumento para lograrlo. Doble lucha: en el terreno del espíritu y en el del poder. En medio de este orbe fue naciendo México, el país que hoy somos, de muchos rostros, de variedad cultural, pero también de honda diferenciación social. Los pueblos indios continúan su existencia. Han tenido que lidiar con lo que el liberalismo pensó para ellos en el siglo pasado, el de la Independencia, y con los proyectos que la Revolución de 1910 puso en marcha con relación a ellos. El indigenismo mexicano surgió como una cruzada para integrar a los pueblos indios. Integrar quería decir “volverlos mexicanos”, como si no lo fuesen. La antropología creó una de las escuelas teóricas más complejas de la disciplina: la teoría de la aculturación propuesta por Gonzalo Aguirre Beltrán. De nuevo, en este contexto, los pueblos indios preservaron su memoria y la siguieron transmitiendo. La siguen transmitiendo. Ha sido una memoria con un dinamismo peculiar, de construcción y reconstrucción para adecuarla a los tiempos concretos. O más exacto: para dar cuenta de los tiempos concretos y transitar por ellos. Continúan los rituales, la música, la medicina, los relatos, en una palabra, el universo de la cultura india, peleando su propio espacio dentro de éste tan complejo tiempo que protagonizamos. Y algo muy importante que debe quedarnos en nuestra propia memoria: los indios de hoy no son los del pasado aunque preserven lazos con su historia profunda. Son hombres y mujeres del México de hoy. Al terminar de leer este libro, de prosa intensa, nos queda la sensación de una obra que atraviesa los tiempos mexicanos, logrando la preservación de la memoria indígena. Y ello constituye un mérito indiscutible de su autor.    n

Andrés Fábregas Puig. Investigador de El Colegio de Jalisco

El efecto mariposa

EL EFECTO MARIPOSA

POR ERIC GOLES

Los especialistas en la teoría del caos sostienen que el aleteo de una mariposa basta para alterar el curso de los hechos naturales y humanos. ¿Eso qué significa?

Libertad, dice Eric Goles, la posibilidad de inventarse a cada momento, el pequeño placer de sentirse una posibilidad entre muchas.

En el comienzo fue el caos, nos informa la mitología. Hoy, con mesurada sorpresa, constato que seguimos en lo mismo. Físicos y matemáticos estudian los sistemas caóticos, entendiendo por tales objetos aquellos hipersensibles, con súbita alegría, a las condiciones iniciales. Basta un cambio infinitesimal en los valores de las variables que controlan estos monstruos para que su comportamiento cambie drásticamente. La disciplina abocada al estudio y clasificación de esta zoología fantástica se denomina teoría del caos.

La metáfora más popular, casi un lugar común para ilustrar este paradigma de fines de milenio, tiene que ver con una humilde mariposa. Acaso la primera se posa en nuestra mano al leer el relato “El ruido del trueno”, del escritor de ciencia ficción Ray Bradbury, quien anticipa las ciencias del caos mediante un viaje en el tiempo para cazar un tiranosaurio. Los organizadores de este singular safari, preocupados por no perturbar el pasado, verificaban que la bestia elegida moriría de todos modos en los segundos posteriores a la caza. Además, se cuidaban de pisar el suelo cretácico (ojo, los tiranosaurios vivieron en el periodo cretácico), manteniéndose sobre una pasarela que no tocaba la superficie. Usted ya adivinó: uno de los cazadores se cae y aplasta una simple mariposa. Al regresar a su tiempo constatan que el país está gobernado por un abominable dictador. Una pequeñísima alteración, la muerte de una mariposa, había cambiado drásticamente el presente.

Volviendo a un pasado más inmediato, constatamos que el meteorólogo Edward Lorenz presenta, en los setenta, tres famosas ecuaciones que modelaban algunos aspectos del clima, mostrando que éste es impredecible. Su trabajo se titulaba “¿Puede el aleteo de una mariposa en Brasil desencadenar un tornado en Texas?”. Desde entonces se habla del “efecto mariposa”. No es extremadamente ocioso estudiar la evolución de la metáfora a través de la combinatoria de estos etéreos aleteos en las referencias científicas: un batir de alas en Pekín desencadena un huracán en Nueva York; mariposeos en Sydney producen una nevada en Dallas; su vuelo en Filipinas acarrea consecuencias catastróficas en California; mariposas en Shanghai y se inunda Manhattan; un vuelo nupcial en la Amazonia y el desastre cae sobre la ciudad de Chicago y… un escueto artículo presentado por Lorenz produce una tempestad de citas en el mundo.

De la avalancha metafórica anteriores lícito inferir que el aleteo de una mariposa en cualquier parte del planeta producirá un efecto devastador preferentemente en Estados Unidos… Cuando el asunto es más bien al revés… una frase de alguna autoridad norteamerica y en nuestros frágiles países- tempestad…

En cine y literatura

Los aleteos no se detienen allí: también aparecen en el cine y la literatura. Es ineludible referirse a los filmes Parque Jurásico y El mundo perdido, donde uno de los personajes es el matemático Iam Malcolm, especialista en caos, quien se encarga de orquestar la catástrofe refiriéndose a esta teoría. Más aún. Malcolm. tratando de conquistar a la bella paleóntologa, la doctora Sattler. reitera la ya manoseada metáfora: una mariposa bate sus alas en Pekín y las condiciones meteorológicas de Nueva York son diferentes. A pesar del impacto de estas sagas y las toneladas de cabritas que certifican su éxito, me inclino por algunas logradas páginas de la novela Respiración artificial, del escritor argentino Ricardo Piglia, que ilustran con sutil maestría las consecuencias del error infinitesimal. Entre las páginas 173 y 213, el autor entrega la palabra a un refugiado polaco que vegeta en la provincia argentina. Este, que en 1938 realizaba estudios doctorales en Inglaterra bajo la dirección de Wittgenstein, solicita en la biblioteca del British Museum una referencia sobre el sofista Hippias. Un error de clasificación pone en sus manos el libro Mi lucha de Hitler. Revisando las notas al pie de página con que el editor trataba de mitigar ese atroz delirio, vislumbra un extraordinario descubrimiento: Kafka y Hitler se habrían frecuentado en un café de Praga. Visita entonces esa ciudad con la intención de corroborar su hallazgo. Allí lo sorprende la invasión nazi. Escapa a Marsella. Aborda un barco arbitrario, desembarca en Buenos Aires, y termina, décadas más tarde, narrando estos avatares en alguna ciudad de Entre Ríos. Destino determinado por una ínfima chambonada en la clasificación de un libro.

Escribimos refiriéndonos a lo escrito, queremos modelamos a partir del verbo y vivir multitud de vidas mediante la lectura. Muchos han aspirado, como el vidente Artau, a ser carne hecha verbo, a estar definitivamente escritos, congelados y aprisionados en un texto ineludible. Lo afirmó, quizá con terror, Pierre Simone de Laplace, apoyándose en el éxito y la rigurosidad de la mecánica newtoniana. Frente a esta pesadilla de marionetas cósmicas, la teoría del caos nos devuelve hoy la condición de ser nada más, ni nada menos, que una posibilidad. Nuestro futuro es impredecible, está abierto. Así, confiado en que esta frase altera el que ya no soy y abre para usted y para mí un misterioso e inexplorado jardín de senderos que se bifurcan, me despido empapado de pura libertad… no sin antes entregarme al pequeño placer, aunque de insospechadas consecuencias, de nacionalizar el aleteo de alguna mariposa, de modo que esa sutil curva en torno a una flor en Punta Arenas impida un violento temporal allá en mi lejana Antofagasta. n

Eric Goles. Miembro de la Academia Chilena de Ciencia. Premio Nacional de Ciencias Exactas en Chile, 1993.

El mal

DIVAGARIO

EL MAL

¿Cómo pensar la libertad? ¿Acaso no es posible imaginar una existencia libre sin caer en el mal? ¿El mal podría ser el costo de la libertad? No hace falta evocar al diablo para comprender la maldad humana, basta con entender el drama de la libertad y el dilema de la elección. El mal no está en otra parte, anida en la conciencia humana, en el conflicto de elegir. La experiencia del mal coincide con la aventura de la libertad.

A la manera de un filósofo de la cultura, Rüdiger Safranski abordó la cuestión fundamental de la ética. El mal o el drama de la libertad: ese es el título de su nuevo ensayo cultural, un género que tiene entre sus mayores autores a Claudio Magris y Herbert Lotmann. Se trata de un tipo de ensayo que combina historia, filosofía, literatura y fragmentos biográficos. Safranski ha publicado tres ensayos biográficos; uno sobre Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, otro sobre el maestro de Alemania Martin Heidegger y uno más en torno a la figura huidiza del escritor de relatos fantásticos E. T. A. Hoffmann.

Para Rüdiger Safranski, el mal no es ningún concepto. “Es más bien un nombre para lo amenazador, algo que sale al paso de la conciencia libre y que puede realizar. Le sale al paso en la naturaleza, allí donde ésta se cierra a la exigencia de sentido, en el caos, en la contingencia, en la entropía, en el devorar y ser devorado, en el vacío exterior, en el espacio cósmico, al igual que en la propia mismidad, en el agujero negro de la existencia. Y la conciencia puede elegir la crueldad, la destucción por sí misma. Los fundamentos para ello son el abismo que se abre en el hombre”.

José Carlos Castañeda.

El abuso de la licuadora

Con la música ya no se sabe. Es cierto, no se sabe con la política, con el sexo y con el pronóstico del tiempo, entre otras cosas. El problema es que. hasta hace algunos años, con la música sí se sabía. Uno llegaba a su tienda de discos y el mundo a su alcance estaba muy bien clasificado. Allá el rock, aquí la salsa, del otro lado lo clásico. Así, he descubierto muy tarde que mi canon se ha roto. Ahora sólo tengo la extrañeza. No entiendo nada. Escucho “lo nuevo” y no entiendo nada.

Una flautista califomiana se mete a un estudio con un percusionista sene- galés. Resultado: el vegetarialounge, una cadena de sonidos aptos para escucharse en uno de esos restaurantes donde las sugerencias del día incluyen baguette de alfalfa, jugo de betabel y compota de piloncillo. ¿Y qué me dicen del metagrounge? Como saben, la música se ajusta como unos levis a los espíritus que tienen desacuerdos con todo lo que ocurre en el mundo. ¿Te opones a la construcción de una presa en el Nilo?. bien, lo tuyo es la música grounge; ¿tienes problemas con el euro, con la manera de fumar de los demás o con tu exceso de franqueza?, entonces corre a comprar lo último en grounge. Lo que muchos ignoran es que el metagrounge ya está entre nosotros. ¿De qué se trata?: de una música que expresa su desacuerdo con absolutamente todo. Los enemigos de que la leche acompañe a los corn flakes tienen pase automático  al metagrounge.

No aspiro a la axiología. Sólo quiero llamar la atención sobre este hecho que ya empieza a competir con Babel y sus consecuencias. Eso de que la música habla un lenguaje universal es moneda falsa; lo de ahora es el uso inconveniente de la licuadora. Mezcle una sonata para violín de Bach, el éxito aquel de Rigo Tovar y el himno de su escuela y algo saldrá. Lo que sea, no importa. De eso se trata.

Roberto Pliego

Magia y hermetismo

Ante el ruido de fondo de las despedidas del siglo, los milenaristas distraen sus ánimos apocalípticos invocando una fascinación por los enigmas ocultistas. La magia, la astrología, el esoterismo y las religiones orientales se han convertido en temas a la carta; cada uno puede hacer su religión o su heterodoxia a la medida; vivimos una suerte de explosión de las “sensibilidades alternativas”. El pensamiento racional ha perdido todo atractivo. Casi nadie piensa en releer a Platón; ahora se leen manuales de budismo y guías de astrología práctica. El último grito de la moda es aprender a “sensibilizarse”. Las librerías se han tapizado con títulos que buscan dejar atrás a la razón moderna y conducen a las “creencias espirituales” más disparatadas que prometen abrir el tercer ojo, cerrando los otros.

Pero no todo es un jardín encantado. Gracias al trabajo de investigadores que se han aventurado en los laberintos del mundo antiguo es posible leer estudios históricos y filosóficos que rastrean los orígenes de la magia y el hermetismo en el Renacimiento. Más allá de las tendencias milenaristas, siguiendo el camino de Eugenio Garin. Ernesto Priani Saisó. doctor en filosofía de la UNAM y profesor del área de Humanismo y Renacimiento, escribió un ensayo filosófico sobre los autores y los dilemas que tocan la dimensión ética de la magia en los tiempos de Marsilio Ficino, Giordano Bruno, Cor- nelio de Agrippa. Pico della Mirandola. Magia y hermetismo no pretende una indagación erudita sobre la magia medieval. busca tender un puente entre el pasado renacentista y el final de nuestro breve siglo XX. Más que una lectura para especialistas es una invitación a repensar las cuestiones éticas que han suscitado este malestar cultural. Priani atiende a una pregunta ética: “¿cómo vivir una existencia sujeta a la elección?”. Según su visión, la ética es una forma de inventar y transformarnos a nosotros mismos, liberándonos de las restricciones que nos atan a una identidad fija o a un modelo a imitar. En estos tiempos de temperamentos propicios al ocultismo, no deberíamos olvidar que la tradición ocultista no es una antología de mensajes de superación personal ni una colección de amuletos y recetas mágicas. La magia y el pensamiento esotérico son una de las corrientes subterráneas del mundo renacentista. Sin duda, existen muchos especialistas que pueden dar cuenta de la historia del pensamiento ético del mago que tiene sus raíces en el gnosticismo y el neoplatonismo hermético.

J. C. C.

Al interior

Llevo años peleándome a ciegas con el lenguaje de los “medios de comunicación”. Para ser franco, lo mío ya es patológico. Al momento en que un editorialista. una reportera de televisión o una conductora de radio se pone ante el micrófono a mí me da por pedir asilo en Japón. Expongo el mayor de mis problemas: una reportera declara con desparpajo: “el día de hoy el secretario fulano declaró que los rumores al interior de su partido no tienen fundamento”. ¿Al interior? ¿Y qué les parece al exterior? Algo así como “tengo un dolor al interior de mi garganta”, o tengo un golpe al exterior de mi rodilla”. Si a mí me dicen: “te invito al interior de mi recámara”, con perdón del mundo exterior pero yo me pongo mi suéter y me voy. Si me dicen: “te invito al interior de ese bar”, yo, como buen culichi, me compró una caguama y me pongo a disertar al exterior de la banqueta.

Al interior de mí mismo, tengo la hipótesis de que ese despropósito verbal nació en la radio. Ahora bien, como nos ha dado por escuchar la radio, el virus de al interior, al revés de otros virus, ha sido inmune al contacto con el exterior. Así que ha pasado al lenguaje escrito. ¿No es más fácil, más cómodo, menos doctoral, un modesto en! “Hay una mosca en mi sopa” y no “hay una mosca al interior de mi sopa”.

Señoras y señores, ciudadanos todos: les ruego, los exhorto, les imploro que dejen de abundar en mi patología. Si quieren decir que tienen hambre no digan que hay recomposiciones al interior de su estómago. Si hablan del amor, no digan que un pájaro late al interior de su pecho. Si hay conflictos en la dirigencia del partido, perdón, si hay conflictos al interior de la dirigencia del partido… En fin. Desde el punto de vista exterior paso por un sujeto apacible. Al interior, no lo soy tanto. Así que, por favor, ya no echen a perder mis mañanas.

R.P.

El gol, al último

EL GOL, AL ÚLTIMO

Un amigo de este redactor, amigo que jugaba al fútbol finamente, decía: “Lo malo de meter el gol es que se acaba la jugada”. Hoy tal cosa, dicha incluso en nivel amateur (no se diga profesional), sería un acto herético. No pasaría ni como broma. Hoy hasta en el  llano lo importante es saber que sólo los goles cuentan. La tendencia mundial es a privilegiar, incluso financieramente, a los matones o matadores del área, que cada vez “matan” menos por un sencillo detalle: cada vez más el mundo tiende a relegar jugadores cuyo asunto es dejar el gol al último puesto que están creando la jugada que permitirá, en más ocasiones, el que caiga un gol. Los jugadores que sólo meten un gol cuando no queda de otra, puesto que se la pasan haciendo posible el gol para otros, parecen un estorbo en los clubes actuales. Los banquean, los sacan del juego a los quince minutos, los castigan con la obligación de defender en sitios de la cancha que no son aquellos donde más pueden rendir (con el pretexto de que “así es el fútbol moderno”): los ponen a mendigar de los otros equiperos un pase a la media cancha para poder luego comenzar una jugada ofensiva. Después los culpan de abulia o “esfuerzo discontinuo”, y a la banca de nuevo. O a otros clubes, a repetir la historia. (Por cierto que Iván de la Peña, en este caso, luego de pasar del Barcelona al Lazio al Olympique de Marsella, será relegado quién sabe a dónde. Si este redactor tuviera un club profesional mexicano, compraría a De la Peña de inmediato.)

La universalizada cultura “del gol”, sin pasar antes por la creación del gol, ha dado —quizá tanto o más que las tácticas defensivas— en un endurecimiento, igualmente global, del fútbol. Nadie atiende a quien bien pase. No hay un solo premio en el mundo futbolístico para quienes den más pases de gol —que son los que suelen, también, fallar menos pases en un partido—. No hay un Botín de Oro para quien hiciera posible al Botín de Oro. (En México no hay un Citlali para el jugador de mayores “asistencias” de gol.) Todo al matador y nada al muletero.

Mientras tanto, algunos irresignados seguiremos buscando, en el llano, en los torneos locales o en los foráneos mediante los canales de paga, a aquellos talentos para quienes lo malo de meter el gol es que se acaba, precisamente, la jugada.

—-Johannes Burgos

Equidad y capacitación

ELECCIONES DEL 2000

EQUIDAD Y CAPACITACIÓN

POR CIRO MURAYAMA Y FABRICE SALAMANCA

Los medios han cambiado para reflejar, por fin, la pluralidad política del país. Por otro lado, los ciudadanos que participan en la organización de la jornada electoral aportan cada vez más calidad y entusiasmo. Este artículo subraya la importancia de ambos fenómenos.

Con el inicio de las campañas políticas comenzó también el monitoreo a noticieros en radio y televisión por parte del Instituto Federal Electoral para conocer la conducta de los medios a lo largo de los 162 días de proselitismo electoral. El IFE,  por licitación pública, designó a la empresa Berumen y Asociados para realizar el monitoreo del cual se conocieron los primeros resultados el 2 de marzo (la información se presentará mes a mes), que abarcan la cobertura noticiosa del 19 de enero al 12 de febrero en 84 canales de televisión y 126 estaciones de radio en todo el país. En el cuadro se presentan los resultados agregados.

Las dos coaliciones y el PRI tienen una presencia equilibrada en las noticias que emiten los medios electrónicos, pero hay otro rasero hacia los tres partidos de reciente registro y que compiten con candidato propio, pues sólo suman el 12.6% en radio y el 18.4% en televisión. Aun así, la comparación de estos resultados con ejercicios similares en elecciones presidenciales previas evidencia un drástico avance en lo que hace a la equidad en el trato a los diversos contendientes, en el reflejo que los medios hacen de la pluralidad política electoral del país. Por ejemplo, en 1994 el 41% del tiempo fue para el PRI; desde entonces, ese partido ha visto caer su presencia en medios, mientras que las opciones opositoras ganan terreno. Y hace doce años, en la campaña de 1988, toda la oposición alcanzó en los principales noticieros el 7.5%’ del tiempo dedicado a noticias electorales, siendo el PAN el partido opositor más cubierto, con el 3.15%, de forma tal que quien entonces resultó menos desfavorecido tuvo una presencia idéntica al que hoy recibe la atención más exigua (Democracia Social).

Por supuesto, todavía hay signos de favoritismo, registrados en mayor medida al nivel de las entidades federativas. En Coahuila, Durango, Hidalgo y Jalisco el PRI acapara más del 50% del tiempo en televisión, pero lo mismo sucede con la Alianza por México en Baja California, Nayarit, Sonora, Tlaxcala y Zacatecas y con la Alianza por el Cambio en Colima y Guerrero. Y hay, también, estados donde el sesgo consiste en una muy baja presencia de alguno de los tres principales candidatos, que no llegan a ocupar ni el 10% del tiempo en TV; eso pasa en Jalisco, Michoacán y Oaxaca contra Fox; Chiapas, Guanajuato, Morelos y Tlaxcala contra Labastida, y Colima, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, Nuevo León y Querétaro contra Cárdenas. En todos estos casos el sesgo no desaparece, pero deja de tener un sentido unívoco. Por lo anterior se puede sugerir que si bien no hay un cambio de cultura política consolidado en el sentido de promover un trato imparcial en los medios locales, la propia pluralidad política en esos niveles de gobierno acota las preferencias hacia una sola opción y termina por equilibrar, también en este capítulo, la contienda electoral.

Por otro lado, vale señalar que el informe se ocupa, asimismo, de la calidad de la cobertura: los noticiarios de televisión están ofreciendo un 95.7% de su información de las campañas sin editorializar, de tal manera que se trata de una presentación políticamente neutral y estrictamente informativa; lo mismo sucede con el 90.2% en las noticias que da la radio.

A diferencia de 1994, el reparto equilibrado en el acceso a medios y al financiamiento público por las tres principales fuerzas electorales permite afirmar que quien resulte ganador en la elección presidencial no deberá su triunfo a la inequidad.

Uno de los elementos más complejos dentro de nuestro barroco sistema electoral es el de la participación de los ciudadanos en la organización de la jornada electoral. La legislación establece que las mesas directivas de casilla se integran con siete funcionarios (un presidente, un secretario, dos escrutadores y tres suplentes generales) y que serán ellos quienes fungirán como receptores del voto de sus conciudadanos. Pero ¿cómo se selecciona a esos miles de personas que integrarán las más de 114,000 mesas directivas de casilla a lo largo y ancho del país?

El proceso de selección conjuga primordialmente dos elementos: el azar y la capacitación. El primero consiste en el sorteo de un mes del calendario (resultó abril), a partir del cual se realiza una insaculación del 10% de la lista nominal de electores en cada una de las secciones de los 300 distritos electorales. El resultado es la selección aleatoria de aproximadamente 6 millones de ciudadanos, a los cuales se les notifica que han salido sorteados para fungir como funcionarios de las mesas directivas de casilla.

Después inicia el proceso de capacitación — a domicilio o en centros establecidos para tal efecto— a cargo de 18,000 personas, contratadas vía concurso por el IFE, encargadas de impartir los cursos y supervisar su ejecución. Finalmente, luego del adiestramiento, los consejos distritales designarán a alrededor de 806.000 ciudadanos —funcionarios de las mesas de casilla— a partir de los resultados de la capacitación, de sus niveles de escolaridad y de un segundo sorteo (en el que se obtiene una letra del alfabeto que será la inicial del apellido paterno, esta vez la “o”).

Con ello, el próximo 2 de julio, ciudadanos de a pie. es decir, vecinos de los electores, serán los encargados de recibir la votación y realizar los cómputos de cada una de las casillas y de cada una de las elecciones.

Como vemos, se trata de un procedimiento abigarrado y de enormes proporciones, cuya culminación exitosa depende, por un lado, de un trabajo eficiente de la autoridad electoral y, en mayor medida, de la participación entusiasta y generosa que grandes contingentes de ciudadanos mexicanos estén dispuestos a aportar. n

Ciro Murayama es economista. Fabrice Salamanca es abogado. Han colaborado en nexos anteriores

1. Arredondo, Fragoso y Trejo: Así se calló el sistema. Universidad de Guadalajara, 1991.

 

Los ingleses pintados por sí mismos

CARTA DE LONDRES

LOS INGLESES PINTADOS POR SÍ MISMOS

POR SOLEDAD LOAEZA

Dos temas animan a esta entrega: cómo se reflejan los ingleses en su propio espejo y cómo ha reaccionado Tony Blair  ante las fracturas de su partido.

El angst inglés

El libro The English. A Portrait of a People ha sido durante más de diez semanas uno de los más vendidos en Gran Bretaña.

Su autor es un ilustrado periodista, Jeremy Paxman, cuyo estilo incisivo puede admirarse en la televisión cuando tortura sin misericordia a las figuras públicas que entrevista. La obra describe a los ingleses de hoy de manera informativa y divertida al mismo tiempo. Afortunadamente no tiene nada que ver con otros libros del mismo tipo que explotan las curiosidades que encierra cualquier alma nacional. Como nunca he visto uno sobre los daneses, los finlandeses o los noruegos, por la abundancia de guías para entender a los franceses, los italianos, los españoles, o los mexicanos yo creía que sólo el alma latina ofrecía curiosidades turísticas. Paxman ha demostrado que los ingleses también tienen laberintos que pueden ser abiertos al público; y ha probado que se puede escribir un libro sobre sí mismo y los suyos, que los hace inteligibles a los demás sin tener que recurrir a la simple explotación del estereotipo. The English es mucho más que un curso rápido del ser inglés para extranjeros.

Para los ingleses el siglo XXI se ha inaugurado con una angustia respecto a su identidad que bien podría ser mexicana. Desde hace algunos años han empezado a hacerse la misma pregunta que dominó el siglo pasado latinoamericano: ¿quiénes somos? El libro de Paxman responde describiendo y desarmando con buen humor estereotipos y actitudes, deteniéndose en las fantasías de los ingleses en relación a sí mismos, y en todo aquello que en el pasado encarnaba el significado de ser inglés pero que ha desaparecido o está en crisis. El puritanismo y la austeridad han dejado de ser considerados cualidades en la sociedad permisiva de hoy; la supremacía comercial y financiera, el Imperio, la homogeneidad religiosa y cultural de la nación han desaparecido; Gales y Escocia tienen cada una su propio parlamento; la única relevancia política de la familia real tiene que ver con sus gastos y el costo que representan para los causantes. Además, como el inglés es un idioma universal tampoco pueden confiarle su identidad, como lo hacen los catalanes y los vascos con el suyo. Peor todavía, la proximidad de Gran Bretaña y el continente es tan grande gracias al chunnel y a la Unión Europea, que hasta la condición de isla está en duda.

El angst laborista

El discurso de Tony Blair en los festejos del centenario del Partido Laborista mezcló autofelicitaciones y advertencias, tanto así que el cumpleaños fue relativamente amargo. El aguafiestas se llama Ken Livingstone, un viejo militante, miembro de la izquierda laborista y con un pasado radical, que ha decidido lanzarse como candidato independiente para alcalde de Londres en la primera elección para ese cargo que tendrá lugar en mayo. En las elecciones primarias fue derrotado por el candidato de Blair, Frank Dobson, en un proceso que habría sonrojado a más de un priista profesional, y que al primer ministro le ha costado muchos puntos de popularidad porque ha dejado al descubierto al fanático del control político que es. Puede ser que la decisión de Livingstone no divida al partido, pero hay grandes probabilidades de que encuentre mucho apoyo en el electorado londinense, con el cual ya era popular, pero ahora la simpatía a su favor ha aumentado porque Blair y el aparato laborista hicieron de él una víctima en el momento en que anunciaron que se irán con todo lo que tienen en contra del indisciplinado. Mala estrategia, como bien sabe el PRI. Además, los votantes están molestos porque sienten que les han impuesto un candidato que es una nulidad. Algunos ven en esta práctica blairiana un peligroso hábito. Por lo pronto Livingstone ya fue suspendido de sus derechos, y los tories han manifestado su satisfacción ante la perspectiva de un electorado dividido que aumenta las probabilidades de triunfo de su propio candidato, el cual en una encuesta reciente del Evening Star obtuvo 16% de las preferencias de voto, mientras que la candidata de los demócratas liberales recibió cerca de 13%. Livingstone, en cambio, tenía 66%. ¿Cuánto le queda a Dobson?

El partido laborista tiene mucho de qué felicitarse. Es cierto, como lo dijo Blair, que sus políticas en el siglo XX tuvieron un impacto civilizatorio, que dejaron una huella definitiva en el perfil político de la democracia británica, a pesar de que de 100 años únicamente 24 estuvieron en el poder, lo cual prueba que también puede gobernarse desde la oposición. En 1945 construyeron un Estado benefactor modelo comprometido con educación y servicios de salud universales, seguridad social y en general programas de bienestar que tenían un efecto redistributivo real. Cuando volvieron al poder en los años sesenta introdujeron una legislación liberal para lidiar con temas de una sociedad moderna: la ampliación de la educación universitaria, el aborto, la pena de muerte, la igualdad salarial entre hombres y mujeres.

Blair hizo un recuento de estas victorias, pero también recordó que las rebeldías internas habían llevado a la derrota en los años veinte, otra vez en 1949, nuevamente en los sesenta y en el desolador y largo invierno de los descontentos de los setenta. Sin embargo, Livingstone no es el portador de la única semilla de la discordia. Su oposición a la privatización parcial del metro, propuesta por el gobierno, expresa las diferencias ideológicas que se agitan en el seno del laborismo, que oponen a reformistas y radicales. Las tensiones entre los dos campos siempre han estado presentes, pero se han resuelto con la intervención de la militancia: ahora, los críticos de Blair en las filas laboristas le reprochan que en su afán de controlar todo ha hecho a un lado a la militancia, de suerte que es posible que la historia se repita a pesar de sus advertencias, porque sus llamados a la unidad caerán en oídos sordos o perfectamente sellados por la ideología.

Así, de manera inesperada los laboristas dieron a los conservadores un bonito regalo, aunque no eran ellos los del cumpleaños. Pero no fue el único. La decisión del ministro del interior. Jack Straw, de permitir al general Pinochet regresar a Chile también fue recibida con inmensa alegría por el partido conservador. Margaret Thatcher expresó la felicidad que le causaba la liberación de su amigo con una explosión de entusiasmo incontenible que quedó registrada para la historia en una aterradora fotografía publicada por el Mirror. Como dijo un comentarista de radio: parecía la hija de Marylin Manson y Courtney Love.   n

Soledad Loaeza. Politóloga. Es autora del libro El Partido Acción Nacional: La larga marcha. 1939-1994.

Josele Cesarman: La estirpe de su luz

PUERTO LIBRE

JOSELE CESARMAN: LA ESTIRPE DE SU LUZ

POR ANGELES MASTRETTA

¿Quién vive en las estancias iluminadas que pinta Josele Cesarman? ¿Quién se cobija en ellas y mira desde ahí los inolvidables y secretos pedazos de mundo que esta mujer traza como quien nos regala el paraíso? ¿Quién camina por entre sus árboles? ¿Quién indaga la índole de sus tristezas, la estirpe de su luz? ¿Quién cuenta de ella y lo que mira? ¿Quién sino ella misma? ¿Quién sino ella con sus ojos esperanzados, es capaz de contarnos el cielo, de entrever el infinito, de mostrarse dividida e ilesa: dentro y fuera, quieta y en movimiento, desolada y en compañía, en la frontera de lo inconcebible, al mismo tiempo en que acomoda, tenaz y memoriosa, las flores sobre una mesa para dos?

Josele pinta mientras indaga, pinta para preguntar cosas, pinta para responder la incandescente línea de sus dudas, pinta para seguir viva. Y lo consigue. De ahí que acercarse a su pintura sea dar con la fina trama de sus pasiones y delirios. Sea, por lo mismo, no sólo asistir a un gozo, sino al sentimiento de que hay tal cosa como una respuesta de luz para muchas de nuestras preguntas.

Invocar las tardes de lluvia, las veredas, el bosque, la reverencia por el agua y la soledad, la nostalgia y las alegrías que transcurren como una conversación en la pintura de Josele Cesarman, siempre es convocar un hechizo y perderse en él. La vida generosa y lenta, sin destino preciso, sin ansia de predominio. sin litigio, con la certeza de que cada detalle, cada cosa que sucede entre nosotros importa y no es prescindible, está con tal contundencia y armonía en los cuadros de Josele Cesarman. que es imposible mirarlos sin desear irse dentro de uno. En vilo, suspensos, para no privarnos de caminar la tierra húmeda y enrojecida que rodea una casa, del placer hospitalario que pueden otorgarnos el sol, la tarde, un lago, la más inaudita ventana y la noche como una demanda y una promesa.

Vivimos, a pesar de nuestros empeños, en un mundo de luz. Y no hay catástrofe, ni pérdida, ni augurio, que pueda librarnos de semejante bendición. Esto me dice la pintura de Josele Cesarman siempre que tengo la fortuna de mirarla. Por eso acudo a ella, para exorcizar las demandas de lo trivial, para hacerle una reverencia a lo inaudito.

¿A dónde vas?, parece preguntarme el paisaje que alumbra la pared de mi comedor. Detente. Toda prisa es absurda, ningún sonido mide lo que el silencio, ninguna demanda importa más que el tiempo como un juego, como un delirio, como un milagro, como un deseo. Así que no corras, no te quejes, mírame y acepta que la vida es pródiga, y que te parece un lujo tenerla.

Un lujo que Josele Cesarman acrecienta con la pasión por pintar que rige sus días, un lujo como es un privilegio acercarse a lo que ven sus ojos y nos regalan su corazón y sus manos.   n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía.

Historia y mitos nacionales

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HISTORIA Y MITOS NACIONALES

POR ERIC J. HOBSBAWM

Este ensayo es el discurso de agradecimiento que Eric J. Hobsbawm pronunció al recibir el Premio por la Reconciliación y el Entendimiento Europeos en Leipzig. Su contenido se ocupa de la responsabilidad del historiador ante la propagación de la barbarie. “La reconciliación y el acercamiento europeos”, dice Hobsbawm, “necesitan historiadores que trabajen por ellos, que los fomenten, precisamente porque en nuestra espantosa centuria el nacionalismo reaccionario y retrógrado se convirtió, en manos de políticos y fanáticos, en un instrumento sumamente peligroso, capaz de acabar con la civilización”.

Me honra que ustedes piensen que, con mis libros, he contribuido a la reconciliación y al entendimiento europeos a pesar de que, como investigador, me he ocupado sólo tangencialmente de Europa. En efecto, como historiador y ser humano he tratado de entender y de hacer entender apenas una parte de nuestra época, casi incomprensible, y he intentado también —con mi obra— dar mi aporte con el fin de que nos acerquemos mutuamente. Porque, ¿cómo podría uno aproximarse a otras personas más allá de las fronteras nacionales y culturales, si no se es capaz de entenderse lingüística e intelectualmente?

La razón por la que una conversación entre nosotros es posible se debe no tanto al hecho de que, a pesar de ser inglés, les hablo a ustedes en alemán —bien es cierto que en un alemán desapacible al oído y rescatado de las profundidades de mi lejana juventud—. sino a que ustedes saben de qué hablo, a que todos nosotros nos encontramos, por así decirlo, dentro de un mismo espacio intelectual. Sin este espacio común, sin las reglas compartidas de un discurso común, sin esa porción de nuestra identidad, compartida por todos los seres humanos, hablaríamos sin entendernos.

¿Cómo podría uno acercarse a otros, comunicarse con ellos, ya sea en Europa o en cualquier otro lugar, si les dijera: “soy por naturaleza kurdo o serbio o negro o mujer o musulmán u homosexual o judío, y si no son como yo, no podrán entenderme? Ustedes simplemente no saben cómo soy. Mi verdad no es la de ustedes”. En nuestra época, caracterizada por la búsqueda de una identidad privativa, se escucha este lenguaje —por desgracia— con demasiada frecuencia, incluso en boca de intelectuales, quienes —se supone— deberían tener más conciencia de lo que pasa. Cuando se propagan verdades que no son claras, no puede haber ni comprensión ni acercamiento sino, en el mejor de los casos, delimitación recíproca. Y para muchos incluso esto no es suficiente.

Sobre todo cuando los que se expresan así son los ideólogos y los políticos nacionalistas. Pero dado que el nacionalismo se legitima a sí mismo y legitima también sus metas políticas invocando el pasado común de la nación que dice representar, deberían encontrarse necesariamente con la oposición —o, por lo menos, con el escepticismo— de los historiadores especializados.

Después de todo, lo que los ideólogos, agitadores, calumniadores y también los asesinos saben del pasado lo han aprendido, en última instancia, de aquellos que lo han estudiado y analizado, de los historiadores. Nos guste o no, en nuestros campos crecen las hierbas de las que no sólo se extrae la droga para el pueblo, sino con las que igualmente se fabrican explosivos. Si no somos capaces de contrarrestar el abuso y la manipulación de la historia y el peligro mortal que, con frecuencia, éstos traen aparejados en nuestros días, ¿no somos parcialmente responsables de lo que ocurra? Al fin y al cabo, en el siglo XIX —una época tan llena de esperanzas— algunos de nuestros predecesores y colegas de profesión pusieron sus plumas conscientemente al servicio de la causa nacional cuando se creía, por ejemplo, en 1848, que las ideas políticas nacionalistas y las liberales formaban un todo unitario, eran dos caras de la misma moneda. Y algunos todavía lo hacen, a pesar de que el concepto de lo “nacional” ha sufrido un fuerte viraje hacia la derecha.

La reconciliación y el acercamiento europeos necesitan historiadores que trabajen por ellos, que los fomenten, precisamente porque en nuestra espantosa centuria el nacionalismo reaccionario y retrógrado se convirtió, en manos de políticos y fanáticos, en un instrumento sumamente peligroso, capaz de acabar con la civilización.

Hace unas semanas estuve en Nápoles participando en un seminario sobre pasado y política en la región del Mediterráneo. Se habían reunido historiadores de Francia, España, Túnez y Marruecos; italianos, croatas, serbios, eslovenos, griegos y turcos discutiendo al pie del Vesubio. Y, sin embargo, ¿qué significado puede tener un seminario académico en el que los historiadores intercambian ideas y opiniones, comparado con las experiencias vividas por los pobladores de esta zona?

Tan sólo nuestro infausto siglo logró ponerle punto final a la convivencia histórica natural de estos pueblos. ¿Dónde están los griegos de Egipto, del Levante, del Asia Menor y de las costas del Mar Negro? Desaparecieron desde la Primera Guerra mundial; fueron desterrados o tuvieron que emigrar de los países y territorios en los que habían vivido desde hacía siglos. ¿Qué ocurrió, a partir de 1941, con los judíos sefardíes que vivían fuera de Israel? Fueron asesinados, desterrados o tuvieron que emigrar de su tierra natal. En Chipre, desde 1974, una frontera vigilada por soldados de las Naciones Unidas separa a los griegos y turcos que vivían en los mismos pueblos. En la década de 1980, el gobierno búlgaro impuso nombres eslavos a sus ciudadanos turcos o los empujó a  la emigración. Desde 1991 ya no existen yugoslavos. Serbios, croatas y bosnios —que antes se casaban entre sí sin hacer ningún tipo de distinciones— ahora se destierran y matan unos a otros. El mismo proceso de secesión étnica y destierro está ocurriendo en estos momento en Kosovo. Oficialmente, en Grecia sólo hay helenos; los macedonios no existen. Hasta no hace mucho, en Turquía no había kurdos sino sólo “turcos de la sierra”. Y, a propósito, ¿dónde están los italianos de allende el mar Adriático, los descendientes de los venecianos? Sólo los historiadores se acuerdan del nombre de la antigua república comercial de Ragusa.

Toda esta barbarie se legitima en razón del pasado, es decir, de la historia o, más exactamente, de la mala historia. Los serbios en Kosovo se remiten a un mito que se remonta a la batalla del Campo de los Mirlos, con respecto a la cual los historiadores serios de Serbia se encogen de hombros. Los griegos —cuya capital, Atenas, a principios del siglo XIX (antes de que un rey bávaro la decorara con edificios neoclásicos) era una pequeña ciudad provinciana sin mayor importancia, cuya población estaba compuesta en un 50% por albaneses— le niegan a la república de Macedonia el derecho a usar su nombre porque no quieren que se empañe la memoria de Alejandro Magno —es decir, las pretensiones de Grecia sobre los territorios de Macedonia ocupados durante la guerra de los Balcanes— con elementos no helénicos.

Como podemos constatar, nosotros tampoco somos inmunes a este tipo de mitos. Es mala historia, más apropiadamente, historia falsa, cuando los políticos occidentales, diplomáticos y periodistas se consuelan arguyendo que los pueblos de los Balcanes siempre se han combatido y aniquilado mutuamente; y también es historia falsa afirmar, como lo hace David Goldhagen, que el genocidio nazi contra los judíos se deriva de un presunto antisemitismo genocida ancestral y hereditario propio de los alemanes. Esto no es verdad. La meta y la función de las venganzas de sangre y los pogromos no fue el genocidio. Es en el siglo XX cuando se inventan el aniquilamiento sistemático de naciones enteras y el nacional-socialismo, el mismo que sólo le concede a un único grupo étnico derechos ciudadanos y derecho a existir. Nosotros los historiadores debemos recordarle al presente que ni hemos vivido ni vivimos una recaída en la antigua barbarie, sino que nos estamos dirigiendo hacia una nueva barbarie.

¿Qué podemos hacer los historiadores con respecto a esta decadencia que hace presa de los seres humanos de aquellas naciones que están frente a frente sin comprenderse y sin buscar el acercamiento y el entendimiento y que —en el mejor de los casos— levantan muros de Berlín visibles e invisibles contra “los otros”? A corto plazo, como historiador, no mucho. Aunque no se nos prohibe nada y nuestros países no nos imponen una historia oficial, lo cierto es que no podemos nada contra aquellos gobiernos y masas que no quieren escucharnos. Es en grado sumo improbable que mi libro sobre naciones y nacionalismos encuentre hoy en Kosovo gran acogida.

La verdadera historia de Irlanda y de Israel está bastante lejos de los mitos nacionales; yo hablaría incluso algunas veces de falsificaciones que, todavía hoy, inducen a la diáspora irlandesa-estadunidense, de una parte, y judeo-estadunidense, de otra, a apoyar al ERI y a los derechistas ultranacionalistas de Jerusalén y Hebrón, respectivamente. Sin embargo, a largo plazo. los historiadores tenemos más posibilidades. Desde la década de 1960 en Irlanda, desde la década de 1980 en Israel, es decir, casi medio siglo después del nacimiento de un Estado independiente. los historiadores académicos de estos dos países se han liberado de los mitos de los movimientos nacionalistas. Quizá pronto le ocurra lo mismo incluso a la arqueología israelí.

Y a pesar de ello, por lo menos así lo espero, los defensores de las ideologías que buscan la destrucción del mundo no podrán dormir tranquilos mientras nosotros ejerzamos nuestra profesión. Porque Ernest Renán había tenido razón cuando escribió, hace más de un siglo: “El olvido histórico, incluso el yerro histórico, constituyen factores sustanciales en la formación de una nación, y —por la misma razón— el avance, el progreso de la historia como ciencia es, con frecuencia, un peligro para la nacionalidad”.

Esta es, creo, una bella tarea para los historiadores: ser un peligro para los mitos nacionales. Entre otras, he tratado de cumplir ésta en mis libros. Y quizás he contribuido así, con mi modesto aporte, a la reconciliación y al entendimiento, aun cuando dude de si se trata de algo que merece ser premiado. Pero es hermoso que ustedes sean de otra opinión. n

Eric J. Hobsbawm. Historiador. Es autor, entre otros libros, de Sobre la Historia y Naciones y nacionalismo desde 1870.

Seguridad pública: De parte de quién

PLATAFORMAS ELECTORALES

SEGURIDAD PÚBLICA: DE PARTE DE QUIÉN

En nuestro número anterior (marzo de 2000) publicamos las posturas v propuestas de las seis fuerzas políticas que contienden por la Presidencia de México en relación al combate al narcotráfico. Esta vez le llegó el turno a la seguridad pública.

Alianza por el Cambio

Postura

•  Derecho elemental de todo ciudadano y deber fundamental del Estado es dar seguridad a sus ciudadanos. En cumplimiento a dicho deber, nuestro compromiso es construir un país seguro, en donde se proteja la vida, la salud, la integridad y los bienes de todos.

Propuestas

• Estamos dispuestos a atacar con firmeza al crimen y resolver con inteligencia sus causas.

• [Lo haremos] aplicando en forma estricta la ley a los delincuentes y promoviendo el aumento de la penalización en los delitos de violación, robo, secuestro, homicidio, delincuencia organizada y en delitos contra la infancia.

•  [Proponemos] reforzar todos los elementos para una mejor procuración de justicia, que tiendan a darle al ministerio público federal un carácter más técnico y no político.

•  [Es necesario] aumentar los recursos destinados a la seguridad pública, y que éstos sean ejercidos, principalmente, por las autoridades responsables de prevenirlos y castigarlos: los municipios y estados.

•  [Proponemos] la modernización de las fuerzas policiacas. Se hará una revisión integral de todo el sistema policiaco del país, a fin de contar con elementos de alta moralidad personal y dotarlos de las herramientas necesarias para que tengan éxito en su misión: tecnología disponible y condiciones de trabajo. Habrá cuerpos de seguridad dignificados y profesionalizados, para lo cual se establecerán programas de reclutamiento, estímulos y reconocimientos, así como un sistema integral de prestaciones y seguridad social. Se elevarán las penas para los policías que traicionen la confianza que la sociedad depositó en ellos.

•  [Reforzaremos] la protección y el apoyo a las víctimas. Seguiremos impulsando la legislación y los programas gubernamentales de apoyo a las víctimas de delitos así como la transparencia de los procesos judiciales.

•  [Creemos necesario concretar] una auténtica readaptación social de los sentenciados. Reordenaremos y mejoraremos nuestro sistema penitenciario. Necesitamos que las cárceles dejen de ser escuelas del crimen y regeneren a los delincuentes. Asimismo, fortaleceremos la Comisión Nacional de Derechos Humanos para que pueda cumplir a cabalidad su misión ampliando sus facultades y respetando su autonomía.

Alianza por México

Postura

• La crisis de seguridad pública que vivimos es consecuencia de la conjunción de la pobreza, el desempleo, la exclusión de la población, la corrupción e ineficiencia de los cuerpos policiacos y del aparato judicial. En el país miles de crímenes y delitos permanecen impunes por ineficiencia  ciencia o corrupción de las autoridades o porque los ciudadanos no tienen confianza en ellas para denunciarlos.

•  Medios y partidos políticos claman por el aumento a las penas impuestas y más efectivos policiales; el uso del ejército en tareas de seguridad pública y la adopción de medidas autoritarias vulneran los derechos humanos y las libertades ciudadanas.

• La seguridad pública debe de ser concebida, planeada y ejecutada de manera integral con medidas para la prevención y persecución del delito. Reformar el sistema judicial, los cuerpos policiacos, el sistema penitenciario y los programas de resocialización de los delincuentes.

•  [Proponemos] reformar la ley que establece las bases de la Coordinación del Sistema Nacional de Seguridad Pública, para suprimir la intervención de las fuerzas armadas del Consejo Nacional de Seguridad Pública.

• En materia de seguridad pública deben normarse los convenios internacionales para garantizar la soberanía nacional, normar el uso de información y las tareas que realicen los integrantes del Consejo Nacional de Seguridad Pública; [proponemos] regular la participación ciudadana en los consejos de coordinación de seguridad pública.

• [Creemos] necesario combatir al crimen organizado, la corrupción y la expansión de la violencia social porque son una amenaza para la democracia, el bienestar social y la seguridad pública. Alejemos a México de convertirse en un narco-Estado y un paraíso del robo de autos, el contrabando y el secuestro, desmantelando las condiciones estructurales de la economía del crimen.

Democracia Social

Postura

•  La seguridad pública es un derecho ciudadano que debe garantizar el Estado.

• La inseguridad pública es resultado del deterioro social expresado en la desigualdad socioeconómica y de oportunidades, así como en la debilidad de las instituciones.

•  Mayor dureza de las penas, así como más policías, han demostrado ser medidas incorrectas o insuficientes para detener la delincuencia. El problema de la inseguridad requiere de un enfoque integral.

Propuestas

• La solución al problema de la seguridad pública no radica en el crecimiento de los cuerpos de seguridad del Estado, ya que en las circunstancias actuales su crecimiento no sólo no garantiza la repetición de las prácticas ilegales que ahora dominan, sino que pone en mayor riesgo a los propios ciudadanos.

•  Nos comprometemos a emprender un profundo proceso de profesionalización de los aparatos de seguridad pública y justicia penal, y a crear mecanismos de control de la eficiencia en la gestión de sus recursos, de manera que se sujeten estrictamente a la ley.

• Pondremos orden en la actuación de las distintas dependencias que tienen como objetivo el combate a la inseguridad pública. En particular, delimitaremos las áreas de actuación de los miembros de la Policía Federal Preventiva y de la Procuraduría General de la República —que adquirirá plena autonomía como órgano de Estado— y las instancias estatales.

• Garantizaremos que el personal de las fuerzas armadas no se ocupe de las actividades de combate al crimen y la delincuencia, ateniéndose a lo estrictamente estipulado por la Constitución.

• Ejecutaremos programas de seguridad pública que partan del nivel vecinal y se extiendan hasta el nivel de las dependencias gubernamentales y policiacas, y no al revés.

PARM

Postura

• Para los regímenes autoritarios es claro que el orden jurídico no es otra cosa que el conjunto de disposiciones legales de las que se valen para justificar el poder que ejercen, en tanto que para los regímenes democráticos es el aparato normativo construido para la protección de los derechos de la sociedad. Es por ello que el Estado de derecho es aquel en el que la ley está por encima de la autoridad.

• El concepto de ingobernabilidad alude precisamente a la concatenación de fenómenos que obstruyen la acción regular de los poderes públicos, tales como la pérdida del consenso social; los efectos desintegradores de la corrupción: la penetración patológica del narcotráfico y del crimen político en el cuerpo de la república; la inseguridad ciudadana, y la pérdida de referentes confiables para todos. Todo ello hace imperante la reconstrucción del Estado de derecho.

Propuestas

•  Para la edificación de un verdadero Estado de derecho eficiente se necesita una transformación a fondo del conjunto de las instituciones y de las prácticas políticas del país, capaz de erradicar el flagelo de la corrupción y la ignominia de la impunidad por el establecimiento de un eficaz control ciudadano de los actos de gobierno.

•  Son muchos los campos en los que debería actuarse para fortalecer el Estado de derecho y ensanchar la base social en que se sustentan los gobiernos nacionales. Desde luego, completar el cambio democrático mediante el robustecimiento de la autoridad civil, la promoción de las organizaciones sociales autónomas y representativas, el logro de una cabal transparencia y la equidad en los procesos electorales, la transformación radical de la impartición de justicia a la que no tienen acceso la inmensa mayoría de los ciudadanos, un genuino equilibrio de poderes que incluye la adopción de formas semi-parlamentarias de gobierno, la reforma de los sistemas de comunicación, la mejora cualitativa de las agendas políticas y de las prioridades de la función pública, la búsqueda de nuevos consensos sociales que privilegien el crecimiento, el empleo, la educación y la distribución del ingreso y el fortalecimiento de las libertades públicas y de los mecanismos de defensa de los derechos humanos.

PCD

Postura

• La seguridad de los ciudadanos es tarea central del ejercicio de gobierno.

Propuestas

• Para enfrentar la complicidad existente entre las autoridades y los delincuentes, el primer paso es fortalecer a la autoridad política para garantizar que la asignación de recursos tenga objetivos precisos y se haga transparente.

PRI

Postura

•  En México no debe tener cabida la inseguridad. Uno de los deberes esenciales del Estado es brindar seguridad pública a la población garantizando su integridad física, familiar y patrimonial.

• Las dificultades socioeconómicas y aun el acelerado aumento poblacional afectan las bases de la convivencia social y fomentan conductas delictivas, por lo que también articularemos políticas para lograr la estabilidad social, el crecimiento económico, la generación de más empleos y la elevación del bienestar de vida que den a la gente mayores oportunidades de vida lícita.

Propuestas

• Promoveremos la adopción de normas y medidas que eliminen la corrupción y la impunidad dentro de la policía estableciendo la carrera policial y otorgando adecuadas remuneraciones.

•  Sancionar sin distinción a cualquier persona o grupo que transgreda la ley. por mínima que sea su falta.

• Analizar la conveniencia de crear una Secretaria de Seguridad Pública como dependencia del gobierno federal u otra instancia administrativa que garantice la aplicación efectiva de las políticas en la materia.

• Propiciar que se permita un ejercicio más amplio de la facultad de atracción del delito hacia la jurisdicción federal.

• Acelerar el mejoramiento tecnológico e informativo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

•  Profesionalizar la función de los servidores encargados de prevenir y castigar los delitos.

•  Consolidar a la Policía Federal Preventiva.

•  Garantizar que los servicios de seguridad privada actúen en el marco de la legalidad.           n

Barómetro

BARÓMETRO

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

Política y delito-2000

Al despuntar marzo, la coyuntura electoral se vio contaminada de nuevo por el delito, y a pesar del discurso triunfalista que a diario se emite desde los órganos electorales y el gobierno las elecciones pueden verse en peligro por el acoso que viene de sus periferias. Las reglas del pluralismo pueden en efecto haberse instalado en el mundo político nacional, pero no necesariamente en los reflejos más profundos de quienes hacen la política y con sus acciones marcar el ritmo y el rumbo de la lucha real por el poder.

No toca a la democracia afrontar los temas de la sociedad desigual y pobre que es México hoy, dicen los de la teoría nueva, pero desde ahí puede la democracia verse minada y corroída no sólo debido a la movilización de masas que naturalmente se gesta, sino por las vertientes sinuosas y opacas de la reproducción ampliada del mundo de la criminalidad que se organiza y corrompe fatalmente la actividad del poder público, local, regional y federal. Y en éstas estamos.

Los acontecimientos criminales se dejaron caer en cascada: ajusticiamientos y asesinatos en Tijuana y Ciudad Juárez, el suicidio del oficial mayor de la PGR, el patrullaje del ejército nacional en Ciudad Juárez, todo formando una cadena siniestra donde las coincidencias son lo de menos, porque lo demás es la acelerada corrosión de la justicia y sus agencias para combatir y prevenir el delito. Nada de esto es política a secas, mucho menos proceso electoral, pero ni la política ni la democracia que se pretende tener en México tendrán presente, para no hablar de futuro, si los políticos y los funcionarios se obstinan en pensar al país como un conjunto de paralelas que no se tocan: aquí las elecciones con sus códigos; allá los remolinos abismales de la sociedad injusta que redobla las distancias entre las clases hasta volverlas olas de odio y temor apenas contenidos; acullá, las funciones elementales del Estado en materia de ley y orden. Todo para cumplir con el librito de texto que ahora repiten sin cesar los nuevos politólogos que confunden la política con el mercado y a éste con el casino. No habrá manera de llevar a buen término la sucesión presidencial del año 2000 si no se atiende ya el inventario que ahora vuelve a resumirse en la contaminación de la política por el delito organizado. Separar la política electoral del ejercicio concreto y cotidiano del poder, remitir las contradicciones actuales a un futuro imaginario que por arte de magia construirá el desenlace tranquilo de la justa presidencial, es resignarse a no tomar en serio el presente, renunciar a lo esencial de la política que tiene que ver con la invención realista del porvenir.

Fox y su juego adelantado

Mientras tanto, Vicente Fox empieza a desplegar una estrategia post- electoral cargada de nubes negras. Al definir sin argumentar mayormente la aritmética de la confianza electoral, imponiendo por adelantado las distancias obligadas de su triunfo o derrota, el abanderado del PAN anuncia sin más un conflicto de proporciones destructivas.

Condicionar la aceptación de la derrota a que el PRI lo supere por diez puntos porcentuales, o afirmar que su victoria será creíble (¿para quién?) si logra superar a su rival por cinco puntos, es darle al proceso electoral un cerrojazo alevoso. Se acaba aquí la legalidad proclamada y presumida por gobierno, partidos y árbitros. Empieza el reinado de la conjetura y la especulación autoritaria. Esta sí que debería ser misión para un IFE capaz de asumirse plenamente como órgano fundamental del Estado y por eso mismo como colegio político amplio, no circunscrito a las deliberaciones cerradas de sus consejeros. Todos sus miembros, desde luego los partidos que a él concurren, deberían tomar cartas en el asunto planteado por el abanderado panista y darle al resto de la ciudadanía una satisfacción a la que el propio Fox debería sumarse. De otra suerte, dejada ahí en el arcón de las ocurrencias, la advertencia del guanajuatense se volverá bomba de tiempo. Y si no, al tiempo.

La UNAM asediada

La UNAM no fue liberada por la Policía Federal Preventiva y vive un sitio interno todos los días. Sin contar con una clara definición estatal sobre su futuro inmediato, los universitarios más bien sobreviven. No hay en su horizonte una ruta abierta sino la perspectiva de irla pasando, a la espera de lo que desde la cumbre, que no está en rectoría o su Consejo Universitario, se ocurra, invente o decida.

No habrá congreso salvador si no hay antes una deliberación descarnada sobre lo ocurrido y lo que se quiere para adelante. Para empezar, el Consejo tendrá que volver sobre los acuerdos adoptados antes del plebiscito y preguntarse si los términos de la interlocución propuesta entonces son los adecuados para abrirle a la institución un efectivo curso de desarrollo y real autogobierno. Por lo pronto, nada de esto sucede ahora.

La resurrección de la UNAM pasa por un concilio que trasciende los muros de la CU. Si los partidos y el gobierno, junto con las organizaciones económicas de la sociedad, no asumen como suyo el tema planteado por el largo conflicto de la UNAM no habrá manera de superar la crisis y lo que se pondrá en juego no es sólo la vida o la muerte de esta institución sino la del conjunto de la universidad pública mexicana. Así lo planteó el rector De la Fuente en los inicios de su gestión, cuando todo era huelga, pero su dicho sigue vigente porque la huelga se mantiene en el silencio y el pasmo de una comunidad bajo sitio que se sabe aislada y se presiente relegada por unos poderes públicos omisos y renuentes a hacerse cargo de sus responsabilidades básicas.

Ayuda de memoria

En Chile Ricardo Lagos asumió la presidencia de la república. Un socialista convicto y confeso vuelve al gobierno, ahora avalado por una mayoría efectiva y una alianza política de amplio espectro, como la que quiso forjar Allende y los criminales le impidieron. Estos últimos siguen ahí, vivos y coleando, y amenazan sin cesar. La desgraciada circunstancia de la vuelta triunfal de Pinochet podría volverse fortuna si los militares deciden que el beneficio debe volverse cuanto antes despedida del dictador, pero nadie puede asegurar hoy que eso va a ocurrir. Por lo pronto, el modelito de la democracia bajo custodia sigue en la patria de Neruda y las anchas avenidas que auguró Allende siguen sin abrirse. Como siguen cerrados los veneros de una equidad social siempre pospuesta por los requisitos de una economía cuyos éxitos no se traducen en bienestar y seguridad de sus mayorías sociales. De política y economía habrá que volver a hablar cuando Lagos ponga en práctica sus proyectos de crecer con igualdad. Los celebrantes de la ” nueva” economía sin ciclos ni Estado tendrán que admitir que el mundo sigue imperfecto y los humanos son falibles irredentos. Ni modo.

Los libros sobre la mesa

Con Memoria indígena (Taurus. 1999) Enrique Florescano eleva el umbral de nuestro conocimiento histórico y cierra, por lo pronto, una intensa y profunda reflexión sobre lo que somos y podemos ser rumbo al nuevo siglo. De Memoria mexicana al Mito de Quetzalcóatl, a Etnia. Estado y Nación, pasando por La bandera mexicana, la producción de este incansable historiador se ha vuelto referencia obligada para todo aquel que intente trazar las coordenadas del futuro mexicano. Nada se puede hacer sin historia y esto es lo que nos da Florescano, bueno y mucho. Termino un pequeño gran libro que hace años me regaló entusiasmado el ahora senador Carlos Payán: En el mismo barco de Peter Sloterdijk (Siruela, 1994). Paleo- política, política clásica, hiperpolítica. De todo esto y más nos habla fulgurante este pensador alemán que pone el pasado por delante del futuro y le da a la globalización tan manoseada un sentido y una profundidad poco frecuentes. De un cambio de edad del mundo tenemos que hablar ahora y tomarlo en serio. Esta es la desafiante convocatoria de este extraordinario tour de forcé por la historia del mundo y de la humanidad. Sobre la mesa queda el Memorial del mañana (Taurus, 1999) de Federico Reyes Heroles, apretado inventario de lo que tenemos pendiente en política y sociedad, pero sobre todo en cultura y república.        n

San Pedro Mártir, 13 de marzo del 2000

Rolando Cordera Campos.

Economista. Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

Al pasado por la historia

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AL PASADO POR LA HISTORIA

POR ANDRÉS LIRA

A propósito de la aparición del libro Memoria indígena (Taurus, 1999), Andrés Lira y Andrés Fábregos Puig hacen el recuento de la trayectoria de Enrique Florescano como investigador de la historia mexicana.

Una preocupación que ha fructificado en artículos y libros es el interés de Enrique Florescano por el pasado indígena. Al repasar la lista de sus impresos, encuentro que su primer trabajo publicado en Historia Mexicana data de 1963; se titula “Tollan-Teotihuacan, Quetzalcóatl y la Toltecayot” (Historia Mexicana, XI 11:2, pp., 193-234) y trata de la relación entre las fuentes históricas documentales, el avance de los estudios arqueológicos y los problemas y posibilidades de interpretación del pasado indígena.

Cuando apareció el texto, Florescano era estudiante de historia en El Colegio de México. Ahí lo conocí al año siguiente, como miembro de la generación que terminaba los estudios de maestría cuando la mía iniciaba el curso propedéutico. Para entonces Florescano era un entusiasta promotor de la historia económica y social a la manera de Braudel. Salió a Francia para hacer el doctorado y cuando regresó como flamante doctor era un convencido de esos temas; hablaba con aleccionante desdén de la vieja historia política, de la historia de acontecimientos y de la historia patriótica a la que enfrentaba una nueva historia nutrida en las perspectivas y en los métodos de las ciencias sociales.

No conocía yo los trabajos de Flores- cano sobre el México prehispánico. Por eso, en 1970, cuando bajo el doloroso efecto del 68 comentábamos Posdata de Octavio Paz, me sorprendió el entusiasmo con el que Florescano se refería a las páginas en que Paz hablaba del Museo Nacional de Antropología, de la disposición de las salas que llevan a la gran sala de la cultura mexica, lo cual interpretaba como expresión arquitectónica de la ideología del régimen empeñado en anular la historia compleja en una imposición monolítica, o algo así, me parece al recordar esas conversaciones. Florescano decía entonces: “de eso ya me ocupé yo, y está en” tal o cual publicación, cosa que entonces no tomé en serio —como tenía que ser tratándose de un compañero de la generación inmediata anterior— y que ahora, al cabo de años y muchas páginas de Enrique Florescano, tengo que asumir seriamente.

Pero no quiero hacerlo sin poner de relieve otras experiencias que dan cuenta de la personalidad del autor. En los años posteriores a su regreso de Francia le escuché tratando de convencernos de múltiples empresas y novedades en el campo de la historiografía; fui testigo de su labor al frente del Departamento de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en cuya dirección sucedió a Wigberto Jiménez Moreno y en donde promovió una verdadera renovación temática y generacional, sin perder la relación con nuestra rica tradición historiográfica y, sobre todo, estimulando la relación del aula universitaria y la investigación realizada por jóvenes, maduros y viejos trabajadores de las ciencias humanas. Desde 1969 sucesivas generaciones de historiadores reconocen en Enrique Florescano al maestro, a la persona que con singular entusiasmo trae a cuento las novedades para cotejarlas con la situación actual de la historiografía mexicana, para animarse y animar a seguir caminos prometedores. No ha dejado de hacerlo en cargos de gran exigencia y alejados del reposo indispensable para la investigación: director del Instituto Nacional de Antropología y luego coordinador de Eventos Históricos Especiales en el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Su cuerda ha sido y es lo relativo a la historia y sus posibilidades, a la historiografía como memoria organizada y sus limitantes políticas.

Familiarizado ya con el temperamento y la forma de actuar de Enrique Florescano, en 1981, cuando se celebró la VI Reunión de Historiadores Mexicanos y norteamericanos en Chicago, conocí sus trabajos sobre la memoria histórica. Florescano me agarró —literalmente— diciéndome que iba a ser su comentarista. “Perfecto”, le dije, “¿donde está el trabajo que tengo que comentar?”. “Son dos trabajos”, me advirtió, “porque todavía no sé en qué mesa me toca, si en la relativa a los siglos XVI a XIX o en la de siglo XX”; así que tuve que leer, rápido y apurado, pensando en que tenía que decir algo inteligente esa misma tarde o al otro día, una ponencia que recorría los testimonios prehispánicos y llegaba, si no mal recuerdo, hasta los albores del porfiriato, y otra que trataba de “Los historiadores, las instituciones y la sociedad en el México contemporáneo” (Los intelectuales y el poder en México. University of California, Los Angeles, 1991, pp. 625-640), que fue el trabajo que finalmente presentó Enrique Florescano en ese Congreso y que no comenté, pues me mandaron a una mesa sobre el liberalismo y los intelectuales mexicanos del siglo XIX.

Como quiera que haya sido, aquella apurada lectura de los dos trabajos de Florescano me convenció de su polivalente y ambiciosa inquietud. “Oye”, le dije al cabo de las setenta y tantas cuartillas que había leído, “te lanzas en grande, desde el tlatoani al licenciado”, porque el énfasis de esos trabajos se hacía en los portadores sociales del conocimiento histórico y en los administradores políticos de la memoria. Supe entonces que Florescano emprendía una ambiciosa exposición de la Memoria mexicana. que alcanzó forma de libro en 1987 y que luego, en 1994, se reeditó. Para llegar a ese libro y sus dos ediciones han mediado otras aventuras intelectuales y editoriales de Florescano, a las que no entro ahora, pues me alejo cada vez más del propósito original: la presentación de Memoria indígena.

Memoria indígena es un libro que sale, literalmente, de Memoria mexicana. Todavía ayer por la tarde, bajo la impresión de la reciente y —lo confieso— precipitada lectura, le comentaba al autor: “decidiste independizar la memoria indígena de la memoria mexicana, ¿verdad?”. “Sí”, me dijo, “como estaba”. “¿Cuándo?”, le pregunté, “si la rescataste en castellano de un interesante conjunto de multitud de testimonios y de historias escritas en castellano y en inglés”.

Pero esa pregunta tendrá que contestarla el lector del libro advirtiendo la erudita y bien dispuesta exposición de Enrique Florescano. Por lo pronto, valdría la pena preguntarnos si la Memoria indígena se enriquece en esta forma independiente, si ha valido la pena la aparición de un nuevo libro. Respondo que sí. Hay una ganancia neta en la fijación temática y en la claridad de la exposición, pues si prácticamente todos los materiales aquí contenidos figuraban en Memoria mexicana, se han logrado mayores precisiones en menos páginas y sobre todo un entendimiento para advertir el curso en la elaboración de las grandes expresiones de la memoria indígena prehispánica. Clarísimos ejemplos son las figuras 18,19 y 20 en las que representa gráficamente, después de haberlas expuesto en prosa, las concepciones de los mitos de la creación del Códice Florentino, del Popol Vuh. y de la Historia de los mexicanos por sus pinturas, y el apéndice 11, al que remite oportuna y repetidamente y en el que compara el desarrollo de la cosmogonía en el mito palenciano (de Palenque), el Códice Viena (testimonios prehis- pánicos), La historia de los mexicanos por sus pinturas (1531), La leyenda de los soles (1558) y el Popol Vuh (1554-1558), ordenando en secciones la creación cosmogónica, la aparición de la vida, de los astros y de los seres humanos, y la fundación y el establecimiento de reinos y dinastías. Una sucesión que caracteriza a esos y a otros testimonios de la cosmovisión indígena y que, nos advierte, puede hallarse en testimonio orales y expresiones diversas de grupos indígenas mesoamericanos aun en la época actual. Lo abona con indicaciones de trabajos contemporáneos de antropólogos-historiadores o, si se quiere, de etnohistoriadores, palabra que, por cierto, no aparece en el texto.

¿Qué ocurre con esas expresiones tan organizadas y cabales del mundo pre- hispánico que dan cuenta de un pasado que puede fecharse en más de 3000 años A. C.? Se ocultan, nos responde, pasan a un plano subterráneo después de la conquista española (“invasión europea”), para ocultarse bajo una superficie hecha de despojos y conflictos, donde la urgencia de sobrevivir y defender lo que queda de pueblos que se organizan como repúblicas de indios es urgencia cotidiana. Los pueblos se ven obligados a conformar testimonios históricos que son, en realidad, verdaderos argumentos para el pleito y que no por serlo dejan de tener toda la raigambre y autenticidad de una memoria que se desgarra y recompone. Algunos de estos interesantísimos documentos rescatan elementos de la gran cosmovisión prehispánica, están ahí trabajados por los cortes de la experiencia de presentes ingratos. La cotidianeidad ordinaria parece privar entonces sobre la trascendental y de largo alcance que se había definido en los grandes testimonios que dan cuenta de épocas anteriores a la llegada de los españoles. El calendario anual que expresa el orden de las posibilidades y las tareas agrícolas se impone sobre el gran calendario multisecular en el que se conforman los cinco soles cosmogónicos; cada localidad, por su parte, recupera, inventándola con las urgencias de los trabajos y los días, su historia y tal es la hechura que se acentúa aún más en el México independiente, en el que a los indígenas no se les da un papel político como protagonistas. La memoria indígena mutilada por el dominio español será en nuestro siglo XIX, además, marginada y está ahí como memoria práctica, más práctica que nunca para sobrevivir y para aflorar como cosmovisión sólo en los momentos en que coincide la sensibilidad de inteligencias privilegiadas que trabajan sobre aquella al parecer extraña realidad del mundo indígena. La realidad indígena se integra a la realidad nacional a precio de desaparecer en el proceso de mestizaje propuesto desde un Vicente Riva Palacio a un José Vasconcelos, pasando por Justo Sierra y, señaladamente, por Andrés Molina Enríquez. Pero la gran visión cosmogónica ha desaparecido de la cotidianeidad y sólo aflorará, como señalamos, al conjuro de la investigación antropológica e histórica contemporánea. Se ha favorecido, como se ve, la visión ideológica y omnicomprensiva de la cosmogonía. Pero si, según nos dice Enrique Florescano en las páginas introductorias, la memoria indígena es más que nada práctica y aplicada a la urgencia de sobrevivir, ¿dónde están los testimonios de saberes pragmáticos, la memoria de realidades menos ideológicas y argumentativas que responden a la cotidianeidad? No hay prácticamente señal de éstas, se pierden en la preferencia por las cuestiones políticas e ideológicas de las que trata nuestro autor. Cierto es que hay llamadas de atención sobre el calendario agrícola y hasta un cuadro muy interesante en las que se exponen (gráfica 37, p. 109) y otras alusiones en las que habla de la necesidad de recuperar distintos niveles de aspectos de la memoria indígena, pero no llega a darnos cuenta de la memoria indígena cotidiana más allá de referencias a los calendarios agrícolas (que, bien vistos, coinciden con los calendarios y la cultura agraria europeos).

¿Sale ganando con la independencia de la Memoria mexicana esta Memoria indígena? Creo que sí, tomando las cosas a beneficio de inventario. Pero en éste hay cosas o logros que se nos antojan mejores en la Memoria mexicana. Por ejemplo, en el fraseo del problema relativo a la Tula histórica y simbólica de la memoria que no puede ni debe confundirse con la Tula geográfica identificada por Wigberto Jiménez Moreno. En la Memoria mexicana hay una visión positiva y optimista (cfr. p. 89) mientras que en la Memoria indígena hay una expresión regañona (p. 171).

Además, creo que con el cercenamiento de la Memoria indígena, al separarla de la mexicana, se perdió un juego vivo que tenía lugar en su inevitable diálogo con la Memoria mexicana. Es, al fin y al cabo, en la Memoria mexicana donde se realiza y donde cobra expresión textual la Memoria indígena, sin desconocer, claro está, otras expresiones que requieren esfuerzo especializado para destacarse, comprenderse y explicarse. Perdió también la Memoria indígena al hacerse el corte a interesantes e indispensables llamadas bibliográficas que sí aparecían en la Memoria mexicana (caso patente es el de las obras de Serge Gruzinski: La colonización del imaginario. Sociedades indígenas y occidentalización en el México español. Siglo XVI-XVIII. FCE, México, 1991; y Roberto Moreno de los Arcos: “Los cinco soles cosmogónicos”, Estudios de cultura náhuatl, Vol. Vll, pp. 183-210).

Advierto que Enrique Florescano privilegia lo remoto, lo más antiguo, para hacérnoslo ver como rescatable en el presente. Hay el privilegio de lo arcaico con ese lamentable desdén por el “pasado inmediato”, cuya apariencia familiar y supuesta cercanía nos hacen despreciarlo con gran perjuicio de la historia, como lo señaló en un bello texto autobiográfico Alfonso Reyes y, sobre todo, para nosotros aquí y ahora hablando de la Memoria indígena, José Miranda en varios textos, entre los que quisiera traer a cuento —una vez más, pues lo he hecho en repetidas ocasiones— “Importancia de los cambios experimentados por los pueblos indígenas mexicanos desde la conquista”, donde el autor sugiere la colaboración de historiadores, antropólogos, etnólogos y de cuanto ser dedicado al conocimiento cabal, transmisible —suprema prueba de la cabalidad del pensamiento— sea capaz de aportar para llegar a esa compleja realidad histórica indígena marginada y oculta por historias en las que andamos y no sabemos ver y compartir por desconocimientos recíprocos y. en nuestro caso, francamente culpables.

Como quiera que sea. Enrique Flores- cano ha señalado bien este problema. Ya que lo hace, quisiéramos verlo desarrollar una Memoria indígena que recupere en plenitud la “multiplicidad de los tiempos sociales, frecuentemente contradictorios y hasta opuestos, donde la unificación jerárquica —como nos lo enseña el sociólogo Georges Gurvitch— representa el gran problema para la sociedad, pues si cada elemento microsocial. cada manifestación del nosotros frente a otros, y las diversas actividades sociales transcurren en tiempos particulares y muchas veces divergentes y opuestos, la sociedad, para existir como tal. no puede vivir si no es intentando la unificación de los tiempos”. (“La multiplicité des temps sociaux”, en La vocation actuelle de la sociologie, tomo II. P.U.F.. París. 1963, p. 327). n

Andrés Lira. Historiador. Este texto fue leído en la presentación de Memoria indígena de Enrique Florescano.

¿Por qué los moviemientos de protesta social arrecian en años electorales?

ACERTIJOS DE LA TRANSICIÓN

¿POR QUÉ LOS MOVIMIENTOS DE PROTESTA SOCIAL

ARRECIAN EN AÑOS ELECTORALES?

POR GUILLERMO TREJO

Suena paradójico, pero el caso es que las urnas convocan no sólo a quienes creen en la vía electoral sino también a quienes la rechazan. ¿Cuál es la respuesta a tal paradoja?

La doble transformación económica y política experimentada por la mayoría de los países de transición reciente ha venido acompañada de fuertes movimientos de protesta social. En las principales ciudades latinoamericanas y del este europeo y en los pequeños poblados rurales se observan todos los días manifestaciones de protesta social. Son trabajadores al servicio del Estado, pensionados, maestros, estudiantes, campesinos, minorías étnicas, colonos y amas de casa quienes a través de medios pacíficos, otras veces violentos, se manifiestan en las calles y en las montañas. La interpretación predilecta entre sociólogos y analistas es que estas poblaciones son los perdedores netos de las reformas económicas y que, frustrados, se levantan en contra del neoliberalismo y la globalización. Aunque algunos de estos grupos en efecto reaccionan ante las pobres expectativas de vida que tienen por delante en el contexto de economías abiertas y de mercado, éste sería, si acaso, el prefacio de una explicación más compleja sobre la lógica de la protesta social. Detrás de actos disidentes en apariencia irracionales, como las innumerables marchas en las grandes ciudades, las tomas de tierras en el campo, las expulsiones religiosas o los alzamientos guerrilleros existe una racionalidad política de la cual, paradójicamente, las elecciones forman parte sustantiva.

¿Por qué los movimientos de protesta social y las guerrillas tienden a aparecer en años electorales? ¿Por qué si muchos de estos grupos se niegan a participar por la vía electoral, son precisamente las elecciones las que terminan dictando los tiempos de la disidencia social? Si uno de los propósitos centrales de las elecciones en una democracia representativa es evitar que nos matemos los unos a los otros al llegar a decisiones públicas, ¿por qué las urnas sirven también como un imán para el surgimiento de actos violentos de disidencia organizada?

En la mayoría de los países de transición reciente, las instituciones políticas de las democracias emergentes son todavía poco representativas, además de exclu- yentes. Por un lado, existen áreas geográficas de importancia, en el campo y en las ciudades, a las cuales los partidos políticos no han logrado su acceso pleno. Hay grupos enteros excluidos o al margen de los partidos políticos y de la representación nacional. Por otro lado, numerosos segmentos de la población no cuentan con los instrumentos educativos, informativos e institucionales para incentivar la representación efectiva de sus intereses a través de la rendición de cuentas de sus representantes. Las grandes transformaciones económicas y sociales que supone la introducción de mercados competitivos y la apertura comercial se han introducido en países con instituciones políticas democráticamente poco efectivas. Para importantes sectores de la población existen pocos espacios institucionales para luchar en contra de los costos sociales —  unas veces de corto plazo, otras veces permanentes —  asociados a estas profundas transformaciones económicas. En aquellos lugares donde la población está bien organizada, empresarios políticos y líderes sociales disidentes han logrado capitalizar los temores de la población en pos de la protesta social o la rebelión. Cuando las instituciones políticas son excluyentes, los empresarios políticos disidentes buscan vías alternativas de acceso al poder. Como diría Samuel Huntington hace más de tres décadas, las instituciones políticas inflexibles son la cuna de las revoluciones y los levantamientos sociales.

Aunque las instituciones políticas de las democracias emergentes sean relativamente excluyentes e incentiven la búsqueda de canales alternativos de participación social para algunos segmentos de la población, éstas juegan un papel de enorme relevancia estratégica para entender la lógica de la disidencia social. Estudios recientes sobre movilizaciones sociales violentas y no violentas sugieren la existencia de una estrecha relación entre el ciclo electoral y la protesta social y los levantamientos armados. Tres razones parecen ser relevantes: 1) en años electorales los reflectores públicos están encendidos; 2) las elecciones y el cambio de mando generalmente conllevan fracturas y divisiones en la élite gobernante; y 3) un presidente en su último año de gobierno es un gobernante débil.

A lo largo de una justa electoral los reflectores políticos están siempre encendidos. Los movimientos sociales y las guerrillas, a través de la protesta social o de levantamientos armados, logran atraer estos reflectores hacia sus agendas y demandas. De ser exitosos, estos movimientos pueden llegar a monopolizar por tiempos cortos o de manera sistemática la atención de la opinión pública y de los candidatos. En elecciones competidas, la protesta social o los levantamientos proporcionan municiones con frecuencia letales para el cuestionamiento mutuo entre competidores. Para los críticos del partido gobernante, la disidencia social es evidencia de fracaso gubernamental en áreas específicas. Para el partido gobernante, el que un partido o un candidato haga eco de las demandas de los disidentes es motivo para estigmatizarlo como político radical, enemigo de la democracia. Por otro lado, para los empresarios políticos al frente de la disidencia social las elecciones representan una plataforma inigualable para ganar prominencia y visibilidad pública. Los líderes de movimientos sociales y de guerrillas aprovechan la desproporcionada atención que los medios de comunicación le dedican a los candidatos para disputarles las ocho columnas y los editoriales en la radio y la televisión. Son, en algún sentido, free riders que se suben al carrusel electoral.

Las elecciones y el cambio de gobernantes generalmente están acompañados de fisuras y divisiones en la élite en el poder. Cuando la cohesión de la élite gobernante se resquebraja, se abre una ventana de oportunidades para el surgimiento de movimientos de protesta social y de guerrillas. Desde la óptica de los empresarios políticos disidentes, cuando las élites se disputan las candidaturas no sólo se merma la capacidad y coherencia gubernamental, sino también surge la posibilidad de tejer alianzas estratégicas con miembros de la élite gobernante. Desde la óptica de los políticos en búsqueda de las candidaturas, los movimientos de protesta social y las guerrillas también proporcionan municiones para atacar a sus competidores y, en algunos casos, sirven de pretexto para apuntalar sus aptitudes para resolver los conflictos emergentes. Incluso, en algunas ocasiones son los miembros mismos de las élites gobernantes los que proporcionan incentivos para la movilización y la protesta social. En la India, por ejemplo, son los políticos en campaña los que frecuentemente azuzan los motines religiosos entre hindúes y musulmanes como medio para despertar las identidades religiosas que ellos mismos abanderan en sus campañas electorales.

En sistemas presidenciales en los que el ejecutivo no goza del derecho a la reelección. el último año de gobierno es un año de gobiernos débiles. Sin la posibilidad de la reelección, las acciones de gobierno de un presidente generalmente están encauzadas a apuntalar la forma en que trascenderá en la historia de su país. En su último año de gobierno, el horizonte temporal del presidente es muy corto y sus acciones están guiadas por la cautela. Según la teoría de juegos, en un contexto de negociación los actores más débiles son aquellos que combinan horizontes temporales limitados con una alta aversión al riesgo. A diferencia de un presidente saliente, los líderes de movimientos sociales y los guerrilleros suelen tener horizontes temporales muy amplios y son, por antonomasia, adeptos al riesgo. Estas características los convierten, de manera paradójica, en actores relativamente más poderosos que el mismo representante del ejecutivo federal. Para un presidente en su último año de gobierno, utilizar la fuerza pública para enfrentar la protesta social o para suprimir los levantamientos armados puede ser muy costoso en términos de su trascendencia en la historia; para su partido, puede significar un revés electoral de proporciones importantes. Para los líderes de movimientos de disidencia social las elecciones representan el momento de menor riesgo para enfrentar la fuerza pública del Estado y es, a la vez, el momento de mayor visibilidad pública posible.

La evidencia empírica que respalda estas hipótesis es todavía preliminar pero empieza a acumularse. En México, por ejemplo, datos preliminares del estado de Chiapas sugieren una asociación estrecha entre las tomas de tierras por parte de movimientos campesinos independientes y campesinos priistas y el ciclo electoral. En Chiapas. también, datos preliminares apuntan hacia una asociación positiva entre las expulsiones religiosas en los Altos y el ciclo electoral. En San Juan Chamula. por ejemplo, por décadas los caciques indígenas le han garantizado votaciones super- mayoritarias al PRI a cambio de la impunidad ante las expulsiones de evangélicos y católicos que en más de tres décadas ya superan los 35,000 casos. Las expulsiones tienden a aumentar significativamente unos meses antes de las elecciones. Por último, aunque la aparición del EZLN haya coincidido con la entrada del TLC, no es extraño que también haya coincidido con el ciclo electoral. Bajo la misma lógica, los ataques de los grupos paramilitares que han pululado en Chiapas en años recientes también se incrementan en épocas electorales. Más que en otros estados del país, en Chiapas la protesta y la violencia guardan una relación más estrecha con el ciclo electoral, porque en Chiapas las elecciones locales son concurrentes con las nacionales. Esto potencia los incentivos que tienen los grupos disidentes en favor de la movilización.

Las razones de la protesta y los levantamientos sociales son variadas y complejas. Desde el siglo antepasado las explicaciones más socorridas de las movilizaciones sociales apuntan a las frustraciones sociales (Durkheim) y a la explotación (Marx). Hoy en día los estudiosos de los movimientos sociales saben que las frustraciones y la explotación son. si acaso. condiciones necesarias para la disidencia social. De ser condiciones suficientes para la movilización, como lo apunta James Scott. el mundo entero estaría en llamas. La mayoría de los estudios recientes sobre movimientos sociales y rebeliones analizan con detalle tres aspectos: 1) las ventanas de oportunidades políticas bajo las cuales surge la disidencia colectiva (por ejemplo, las elecciones); 2) el surgimiento de las células organizativas en las que se montan los movimientos sociales y las guerrillas; y 3) el papel de los empresarios políticos en la organización de la disidencia y en el framing del discurso disidente.

En nuestro país, donde la denuncia social con frecuencia se confunde con el análisis, la explicación preferida de cualquier movilización social apunta a las frustraciones sociales y a la explotación que generan la pobreza y el neoliberalismo. Si bien reformas económicas como la libera- lización de la tenencia de la tierra ayudan a explicar la predisposición de muchos campesinos a la rebelión, por sí solas no explican aspectos tan elementales de la movilización como el por qué surge donde surge y cuando surge. Para responder a estas preguntas es imperativo analizar aspectos organizativos y de oportunidades políticas que permiten la expresión de estos grupos. Profundizar en el estudio de la relación entre el ciclo electoral y la protesta social nos permitirá no sólo entender los tiempos de la disidencia, sino también las deficiencias de las instituciones políticas de las democracias emergentes. Uno de los grandes retos en estos países es diseñar arreglos institucionales que permitan encauzar las ambiciones de empresarios y organizaciones disidentes por canales institucionales. Solo así las elecciones dejarán de ser un motivo para disentir en las calles y en las montañas y pasarán a ser el instrumento privilegiado para disentir por medios pacíficos e institucionales. n

Guillermo Trejo. Profesor-investigador de la División de Estudios Políticos del CIDE.

La cultura de la protesta

DESOBEDIENCIA CIVIL Y ESTADO DE DERECHO

LA CULTURA DE LA PROTESTA

POR HUMBERTO SCHETTINO

Cada ve: resulta más frecuente observar a grupos de ciudadanos cuya visión de mundo parece autorizarlos para socavar nuestro Estado de derecho. ¿Acaso existe el derecho moral a infringir la ley?

Una característica importante de la transición a la democracia en México, no muy atendida por los analistas, ha sido el aumento de una cultura contestataria que considera que toda violación de la ley es justificada y que quienes la cometen no merecen castigo alguno si lo hacen por “motivos políticos”. Quienes esto sostienen defienden lo que en teoría política se llama, desde que Henry David Thorea u inventó la frase en 1849, “desobediencia civil”. La desobediencia civil consiste, básicamente, en acciones de protesta frente a leyes y decisiones de la autoridad consideradas ilegales o ilegítimas. ¿Bajo qué condiciones es aceptable la desobediencia civil? La mayoría de los teóricos de la desobediencia civil coinciden1 en que ésta es aceptable bajo la existencia de un Estado y/o régimen de gobierno en el que no se respetan los derecho individuales, no se respetan los procedimientos democráticos y la ley o la decisión objeto de la desobediencia civil es claramente injusta, ilegítima o inválida o, por otro lado, atenta contra el interés común o contra el interés legítimo de una minoría. Igualmente, se considera que los criterios que definen una acción de protesta como “desobediencia civil” y que permiten distinguir a este tipo específico de protesta de la “rebelión”, “contestación” o “revolución” (que son más radicales), son los siguientes: se trata de acciones en grupo, tienen por objetivo modificar una ley o una decisión de alguna autoridad formalmente establecida y se trata de acciones pacíficas. La noción de desobediencia civil parte de un par de consideraciones básicas: por un lado, la distinción entre legalidad y legitimidad de la ley y, por el otro, de la idea de que hay deberes y derechos morales que obligan al ciudadano a aceptar sólo aquellas leyes y decisiones que concuerdan con ciertos principios. Estos varían según el caso, pero ejemplos claros son los principios religiosos, la defensa de la vida, la defensa de derechos civiles o sociales y, hoy en día, la defensa de identidades particulares. Es por ello que hace falta insistir en las tres características básicas; si la protesta es individual, deviene “objeción de conciencia” y, si es violenta,2 se convierte en “contestación” y, en casos extremos, en “rebelión” o “revolución”.

Todo este argumento resulta relevante en función de hechos recientes, como el paro en la UNAM, los conflictos en las normales rurales y sus secuelas violentas, así como la protesta de policías que paralizó durante gran parte de un viernes a la Ciudad de México. En los tres casos tenemos actos ilegales, desde el punto de vista estrictamente jurídico, como el cierre de instalaciones universitarias, la destrucción y el ataque a propiedad de la universidad, el secuestro de agentes de policía por todo un pueblo, la expulsión de un grupo de alumnos decidida por otro grupo de alumnos, o el cierre de calles importantes.

En todos estos casos y, con claridad, en el más importante de ellos, el paro en la UNAM, aquellos que llevan a cabo estas acciones sostienen que les asiste el derecho moral (no jurídico) de oponerse a leyes y decisiones que, sin bien son legales (resultado de procesos legalmente válidos), no son legítimas, pues violan o derechos sociales o derechos “constitucionales”. Además, paristas de la UNAM universitarios y normalistas del Mexe, consideran que tales decisiones responden a intereses particulares o extranjeros, y esto hace que sean, de origen, ilegítimas.

Para los actores, como para muchos intelectuales y observadores, todas estas acciones, si bien ilegales, no son ilegítimas, dado el origen de la protesta — que consideran político (defensa de derechos)— y, por eso, aquellos que las han perpetrado no merecen castigo alguno. Dicho en breve, la resistencia contra la opresión justifica este tipo de actos y hace indispensable que la autoridad no actúe o que si lo hace perdone inmediatamente a los infractores de la ley. Esto es lo que quieren decir todos aquellos que insisten en que los jóvenes presos por los acontecimientos de la UNAM y las normales rurales son “presos políticos”; pareciera que el sólo hecho de tener intenciones justas y de violar la ley por “motivos políticos” cancela la vigencia de todo el Estado de derecho o del imperio de la ley.

A todo aquel que, como la mayoría de los mexicanos, haya vivido bajo un régimen autoritario (nuestro caso hasta hace pocos años), no debe escapársele la importancia de incluir, de algún modo, a la desobediencia civil dentro de la cultura política nacional. Incluso aquellos que defienden la legalidad y el orden sobre cualquier otra consideración deben entender que es importante aceptar el derecho, de grupos que se sienten agraviados, de enfrentarse a la autoridad aun por medios ilegales. De hecho, la transición a la democracia en este país está claramente influida por actos de desobediencia civil, tales como el movimiento estudiantil de 68, las huelgas de médicos o las huelgas de hambre de líderes panistas de Chihuahua en los ochenta, por ejemplo. Y, sin embargo, es necesario reconocer que la propia historia del país muestra, también, el peligro de que actos de desobediencia civil se transformen en actos de contestación o en abierta rebelión frente al Estado. Ejemplos claros son el movimiento cris- tero, que inició con actos de desobediencia civil frente a una ley considerada injusta, o la guerrilla urbana de los años setenta que fue resultado, en gran parte, del movimiento estudiantil del 68. En estos casos se puede argumentar que la radicalización de ambos procesos fue resultado de la represión e incompetencia del gobierno. Esta consideración, sin embargo, hace mucho más difícil decidir acerca de la pertinencia de la desobediencia civil en México.

Como señalé al principio, los actos de desobediencia civil se justifican sólo si hay violaciones claras de derechos, libertades, garantías, o si no hay un procedimiento legal para enferentarse, con posibilidades de éxito (de cambiar la ley o la decisión), a la autoridad. Ambos casos eran claramente apropiados en el México dominado por un régimen de partido hegemónico (por llamarlo de alguna manera). Por el contrario, hoy en día es difícil mantener que México sigue teniendo un régimen autoritario, o que el origen de las autoridades es ilegítimo. Por lo menos a partir de la elección de 1994, y claramente a partir de la de 1997, los votos “cuentan y se cuentan”, hay libertad de prensa y las violaciones a derechos fundamentales son resultado más de actividades policiacas que de persecución política. Estos son hechos que cualquiera puede confirmar. Así, resulta por lo menos difícil aceptar que, en todos los casos antes señalados, la desobediencia civil era el único camino a seguir para defender derechos. Si bien es cierto que para muchos de los miembros del CGH y de las normales, así como para miembros y simpatizantes del EZLN que han establecido “municipios autónomos”, sus acciones están plenamente justificadas debido a la ilegitimidad o injusticia de las leyes a las que se oponen, esta calificación de ilegitimidad es discutible. Es decir, no es claro que el gobierno del presidente Zedillo tenga un proyecto secreto para acabar con los pueblos indígenas, o para privatizar a la UNAM, o para excluir de la educación superior a estudiantes de escasos recursos. Tampoco es claro que la educación universitaria gratuita sea un derecho constitucional, que el pase automático sea un derecho “natural” de cualquier estudiante de preparatoria universitaria, o que el régimen de gobierno de la UNAM sea ilegítimo por no ser “democrático”. Todos estos puntos están sujetos a discusión y muchos tenemos opiniones contrarias a las del CGH, el EZLN o los normalistas del Mexe. Y, sin embargo, basados en lo que consideran la absoluta legitimidad de sus aspiraciones, todos estos grupos decidieron violentar la ley, y exigen que no se les castigue por ello.

La pregunta es si podemos establecer un Estado de derecho eficaz, que asegure orden y estabilidad y, al mismo tiempo, mantener esta cultura de protesta, que se considera moralmente autorizada a enfrentar las leyes y decisiones de la autoridad. Es decir, tenemos que preguntarnos si la cultura oposicionista de la desobediencia a la ley por motivos políticos puede seguir siendo justificada, en la extensión con la que se le usa, en una situación en la que ya no hay un régimen autoritario, ha mejorado mucho la defensa de derechos y garantías fundamentales, hay una extensa libertad de prensa y una exigencia compartida por gobernados y gobernantes acerca de la necesidad, ya impostergable, de establecer un Estado de derecho eficaz y de hacer que impere la ley y no la voluntad de una minoría. No hay que olvidar que el concepto que, en teoría política, se opone al derecho de rebelión es el de “obligación política”, que establece como obligación fundamental de todo ciudadano obeceder a gobiernos legítimos y a sus leyes. Hoy en día es cada vez más difícil sostener que el régimen que nos gobierna no es legítimo. Además, los elevados índices de participación electoral de los últimos años muestran que la mayoría de los ciudadanos considera que sí es legítimo. Es probable que resulte muy difícil establecer el Estado de derecho y el imperio de la ley si cualquier grupo de ciudadanos decide que toda ley que no se ajuste a su particular y peculiar visión del mundo es ilegítima y, por lo tanto, tiene derecho moral a infringirla, sin importar las consecuencias y sin recibir castigo alguno. Es quizás oportuno revisar (particularmente de parte de las oposiciones) una cultura contestataria que, ejercida sin límites, es un factor más del socavamiento de nuestro ya de por sí endeble Estado de derecho.  n

Humberto Schettino. Doctoren Filosofía.

1. Sólo como ejemplos, dentro de la numerosa bibliografía acerca de la desobediencia civil, señalo a Norberto Bobbio: “La desobediencia civil”, en El tercero ausente. Cátedra, Madrid, 1989; y Hugo Bedau: “On Civil Disobidience”, en The Journal of Philosophy. Vol. LVIII. No. 21,1961.

2. Es cierto que, durante los años sesenta, para algunos autores la desobediencia civil violenta resultaba justificable, y para ellos el argumento estaba basado en la opresión de que eran víctimas obreros no sólo por el Estado, sino también por corporaciones (empresas). Es decir, el uso de la violencia (entendida aquí como el ataque físico a otras personas y cosas con la intención deliberada de producir algún daño y / o de evitar algún tipo de violencia del Estado o corporaciones) estaba justificado por la opresión. Y, sin embargo, hay que situar esta defensa de la violencia civil como parte de la desobediencia civil, en su justa dimensión. Todo el argumento depende de la”opresión” o, puesto en términos tradicionales, de la “tiranía”. Como ya John Locke señalaba a principios del siglo XVII, los ciudadanos tienen el derecho de rebelarse cuando se enfrentan a gobiernos tiránicos, que no respetan “vida, libertad o propiedades”. La violencia como método de desobediencia civil se justifica, entonces, sólo en casos de vida o muerte. Ver, por ejemplo, Michael Walzer: Obligations, Harvard University Press, Boston, 1970; y Cari Cohén, Civil Disobedience, Columbia University Press, New York. 1971.

Salman Rushdie contra las religiones

SALMAN RUSHDIE CONTRA LAS RELIGIONES

POR JOSÉ CARLOS CASTAÑEDA

El caso Salman Rushdie no es un expediente del delirio fundamentalista. La fatwa lanzada por Jomeini es una ofensiva religiosa contra las libertades modernas, más aún, es una amenaza contra la novela como visión del mundo. Ante la acometida de las religiones, la respuesta de Rushdie es una reivindicación de la ética laica.

Ya Milán Kundera había prevenido sobre la amenaza que Salman Rushdie encarna para las religiones activas en el reino de este mundo. Tras el resurgimiento de los furores religiosos como uno de los fenómenos más enigmáticos y peligrosos del final del siglo XX, el caso Rushdie se ha convertido en un expediente sombrío en el conflicto entre religión y modernidad. Para nadie es una noticia que él es una víctima de la intolerancia y la persecución islamista (por usar la palabra acuñada para describir al actual brazo político del Islam). Cuando el ayatola Jomeini lanzó en su contra la fatwa y lo condenó a muerte, no sólo inició una cacería de brujas que recuerda a la inquisición, también desencadenó una ofensiva contra la sociedad moderna. Por supuesto que no se trata de asunto personal, tampoco de un caso de blasfemia heterodoxa. El affaire Rushdie no es un hecho aislado o un indicio de los delirios fundamentalistas; bajo su sombra reaparece un conflicto entre teocracia y libertades modernas. Rushdie, en realidad, sólo hizo lo que suele hacer desde hace algún tiempo: escribió una novela. No atacó al Islam y tampoco blasfemó. Lo que está bajo sospecha no es sólo un escritor que toca o transgrede temas religiosos, la novela misma como expresión de la cultura moderna está amenazada de muerte. Para el espíritu teocrático, escribir una novela puede ser peor que un ataque directo. Para Kundera, el problema no es el significado de la broma o el recurso de la ironía, sino la novela en sí misma, como visión moderna del mundo: “si se ataca una religión (con una polémica, una blasfemia, una herejía), los guardianes del templo pueden fácilmente defenderla en su propio terreno, con su propio lenguaje; pero, para ellos, la novela es otro planeta; otro universo basado sobre otra ontología; un infernum en el que la verdad única carece de poder y en el que la satánica ambigüedad convierte toda certidumbre en enigma”. La novela irrita no porque blasfeme, se burle o ataque a los valores sagrados, sino porque inyecta humor en la vida y exhibe la relatividad de los valores humanos demasiado humanos. Expone la vulnerabilidad de la existencia y derrota las certidumbres. La novela es un modo de ver el mundo y la condición humana en su ambigüedad.

En Los testamentos traicionados, Kundera examina el caso Rushdie y ante los enemigos de la novela reivindica el humor como un estilo moderno que se basa en la libertad individual y el derecho a reinterpretar la realidad no según los cánones de la fe sino bajo el arte de la ficción. La desdivinización del mundo es una de las tendencias que define la vida moderna. pero este proceso de desencantamiento —como lo llama Max Weber— no es sinónimo de triunfo del ateísmo. La desdivinización designa la ruptura del orden divino y el nacimiento del individuo en su acepción racionalista. El individuo reemplaza a Dios como fundamento de la convivencia social y política. La idea de un orden natural, garantizado por Dios, comienza a perder sentido, y el individuo gana autonomía, mayoría de edad. Desde luego, las creencias religiosas persisten; sin embargo, si las personas conservan su fe, este sentimiento queda anclado en un espacio subjetivo. La fe se refugia en los dominios de lo privado.

El espíritu de la crítica en su sentido moderno es un modo de cuestionar las certidumbres religiosas. Su proyecto crítico, e incluso escéptico. es una tentadora profanación. El nacimiento de la conciencia moderna invita a una profanación del valor de lo sagrado y su cómplice principal es la novela, que inventó el humor para trastocar todo lo que toca en ambiguo y exhibir la ausencia de verdades absolutas. La indagación histórica y psicológica de los mitos y los textos sagrados consiste —según Kundera—en volverlos profanos, profanarlos. “Profano viene del latín: pro- fanum: el lugar fuera del templo. La profanación es, pues, el desplazamiento de lo sagrado fuera del templo, a la esfera de lo exterior a la religión. En la medida que la risa se dispersa invisiblemente en el aire de la novela, la profanación novelesca es la peor de todas. Porque la religión y el humor son incompatibles”. Esta fue la tentación pecaminosa de Rushdie: insuflar humor a una atmósfera ahogada en dogmas irrefutables. Funesto pecado.

Ante las amenazas contra su vida, Salman Rushdie ha defendido el valor de una ética laica en busca de una existencia libre de sacerdotes y rituales religiosos. Para el laico, la forma de responder a las agresiones consiste en apelar a la fuerza del mejor argumento. La represión o la violencia nunca deben ser usadas como medio para derrotar las opiniones opuestas. Más que una crítica de las religiones o de un ataque frontal, su alegato se origina en una pregunta mínima: ¿es posible una moral religiosa? Si la ética se define como un sistema de normas, pueden distinguirse dos tipos de moralidad: una que se basa en la imitación de modelos o ideales de conducta. y otra que estriba en una ética de la autonomía de conciencia.

En octubre de 1999 nació el habitante número seis mil millones: como reacción a ese oleada demográfica, el Fondo de Población de las Naciones Unidas publicó un libro a modo de cartas abiertas dirigidas a ese lector infantil. Salman Rushdie colaboró con una entrega epistolar que se titula “Imagina que el cielo no existe”‘, una clara referencia a una línea de Imagina, la canción setentera de John Lennon. La carta es su alegato ético en contra de las religiones vivas y en favor del laicismo, una suerte de invitación a la ética de la autonomía y refutación de toda tentativa de moral religiosa. El argumento abre con dos preguntas: “¿Cómo llegamos aquí? y ahora que estamos aquí, ¿cómo viviremos?, es decir, ¿cómo vivir?, ¿qué está bien y qué está mal?”. A partir de esas dudas, las ficciones religiosas cultivan una moralidad que “infantiliza nuestro yo ético, al establecer árbitros morales infalibles y unos tentadores inmorales irredimibles por encima de nosotros: los padres eternos, buenos y malos, brillantes y oscuros, del reino sobrenatural”. A la pregunta sobre el origen.  las religiones responden invocando a un Ser distinto, invisible e inefable: un creador omnipotente y omnisciente que los seres humanos, criaturas limitadas, son incapaces de percibir y mucho menos de comprender. Y. muy pronto, todas las historias de la creación se transforman en un conjunto de normas impuestas por sacerdotes que ordenan un comportamiento similar al de un prisionero de dogmas ajenos. Exigen que deben respetarse rituales de culto que gobiernan tu libertad de conciencia. al grado que los denominan el corazón de la cultura o de la identidad. La historia abunda en ejemplos de cómo los aurigas de los dioses terminan ejerciendo la opresión pública. Rushdie piensa que la ética laica es la alternativa de la libertad de pensamiento y de acción. Elegir la falta de fe —escribe al niño seis mil millones— es optar por el pensamiento por encima del dogma. confiar en nuestra humanidad en lugar de en todas esas divinidades peligrosas. Su carta ética invita a abandonar a los sacerdotes y sus mandamientos dogmáticos para liberarnos de los policías de la conciencia que sólo buscan controlar nuestra conducta y limitar nuestras libertades. Aunque, tras la liberación, los individuos encuentren que el mundo es ambiguo, no cuenta con certidumbres ni verdades absolutas, apenas con la libertad de la razón para enfrentar sus temores y sus esperanzas.    n

José Carlos Castañeda. Escritor. Editor de nexos.

Banca de desarrollo: ¿Para qué?

POLÍTICA ECONÓMICA Y SOCIAL

BANCA DE DESARROLLO: ¿PARA QUÉ?

POR ENRIQUE DE LA MADRID

¿Cuál es el papel que debe jugar la banca de desarrollo en México? Debe, como sostiene este artículo, convertirse en instrumento de una nueva política de fomento y en apoyo fuerte de proyectos de inversión viables.

La banca de desarrollo en México enfrenta problemas financieros similares a los de la banca comercial: escaso margen de intermediación, baja o nula rentabilidad y capital insuficiente. Sin embargo, más grave que sus problemas financieros es la falta de definición de su misión y objetivos.

La banca de desarrollo jugó en el pasado un papel muy importante en la construcción de grandes y complejos proyectos de infraestructura (irrigación, carreteras, ferrocarriles, puertos), así como en la promoción del desarrollo industrial, agropecuario y turístico, y en la canalización del crédito a sectores y regiones prioritarias. Asimismo, contribuyó al fortalecimiento del sistema financiero mexicano, y en particular del mercado de capitales.

No obstante, hay quienes hoy cuestionan la necesidad de una banca de desarrollo, argumentando que representa una competencia desleal para la banca comercial: a veces otorga crédito a tasas subsidiadas, distorsionando así los mercados financieros; cuenta con insuficiente capacidad de análisis de crédito, así como con inadecuados procedimientos de recuperación de cartera, que han culminado, según se señala, en procesos de saneamiento financiero con un importante costo fiscal; y muchas de las decisiones de crédito están influidas por presiones políticas.

A estas posturas hay quienes contestan que no es legítimo criticar al instrumento por el mal uso que muchas veces las propias autoridades han hecho del mismo. Por ejemplo, en no pocas ocasiones, por disposición gubernamental, se ha utilizado a la banca de desarrollo para apoyar a empresas públicas con fuertes desequilibrios financieros, así como mecanismo de canalización de subsidios disfrazados de financiamiento. Asimismo, se dice que la banca de desarrollo ha sufrido también de la inestabilidad macroeconómica que ha padecido el país en los últimos años, lo que ha deteriorado su salud financiera.

Para justificar o no la existencia de la banca de desarrollo en México es conveniente hacerlo tomando en consideración el nivel de desarrollo económico y social alcanzado y los retos futuros que enfrentamos. Para ello basta revisar algunos datos. Durante los últimos dieciséis años, el PIB de México tuvo un crecimiento promedio anual de tan sólo 2.2%, mientras que el de la población económicamente activa fue de 3.3%. En pocas palabras, el desempeño de nuestra economía ha sido insuficiente para atender las necesidades de una población creciente y para subsanar los rezagos acumulados, que se han agudizado a raíz de la crisis de 1994, tal como lo muestran las cifras recientes de la CEPAL que revelan que el 43% de los hogares mexicanos viven bajo la línea de pobreza. Otros estudios señalan que en México existen más de 40 millones de pobres y 20 millones de indigentes. Por otra parte, la producción se encuentra fuertemente concentrada debido a la falta de una adecuada integración de las cadenas productivas. En 1995, el 90% de las exportaciones directas del país fueron realizadas por tan sólo el 10% de las empresas, mientras que las micro, pequeñas y medianas empresas, que generan el 98% del empleo del país, no han logrado integrarse con el sector exportador. Asimismo, el crédito al sector productivo ha disminuido en términos reales en los últimos cinco años. Se estima además que en los próximos veinte años la población mexicana será de alrededor de 130 millones, de los cuales 49% serán económicamente activos, lo que implica la creación de 1.25 millones de empleos al año durante ese periodo.

Ante dichos retos México requiere alcanzar un crecimiento del PIB de cuando menos 5% anual. Para ello es necesario contar con condiciones propicias para la inversión y la producción: bajo costo del capital, financiamiento en todos los plazos y para todos los sujetos de crédito, infraestructura física y humana adecuadas, información suficiente sobre los potenciales acreditados, estándares de calidad y productividad a niveles internacionales, suficientes canales de distribución de productos y de abasto de insumos, tecnología moderna, y seguridad jurídica. Para todo esto se requiere que el Estado mexicano, junto con los sectores social y privado, instrumenten una serie de políticas públicas, particularmente de fomento y desarrollo, que incrementen la productividad y competitividad de nuestras empresas y trabajadores a fin de mejorar significativamente los niveles de vida de la población. En este contexto, y dada su posición estratégica, la banca de desarrollo en México debe constituirse en uno de los principales instrumentos de una nueva política de fomento y desarrollo, dentro del marco de la política económica y social del gobierno. En pocas palabras, la banca de desarrollo debe convertirse en promotora del desarrollo económico y social del país. Para ello deberá perseguir los siguientes objetivos: Complementar las actividades de financiamiento de la banca comercial. La banca de desarrollo debe complementar y no competir con las actividades de financiamiento de la banca comercial, supliéndola temporalmente en aquellos sectores y regiones en los cuales no tenga presencia. Para ello debe apoyar la capitalización y financiamiento de los sectores productivos a través de los mecanismos siguientes: otorgamiento de financiamiento a los “sujetos de crédito” en los términos y plazos que lo soliciten: en los casos que se justifique, deberá otorgar crédito a tasas preferenciales para la inversión en activos fijos: diseño de programas de garantías de fácil cobro, a través de los cuales la banca de desarrollo comparta una parte del riesgo del proyecto; creación de incentivos económicos para la banca comercial, con el fin de que participe en el financiamiento de proyectos de baja rentabilidad económica pero de una alta rentabilidad social: y participación en proyectos con capital de riesgo.

Fortalecer la productividad y competitividad de la planta productiva. El crédito es un elemento necesario, pero no suficiente, para el adecuado desarrollo del sector productivo. Es por ello que la banca de desarrollo debe complementar sus actividades crediticias con las de asistencia técnica, a fin de fortalecer las habilidades gerenciales de los empresarios; y facilitar la incorporación de nuevas tecnologías incluyendo el uso de técnicas financieras en la evaluación de proyectos. Asimismo deberá propiciar la creación de alianzas estratégicas, cadenas productivas y conglomerados industriales, al mismo tiempo que fomente el cambio organizacional de los productores. La banca de desarrollo debe fungir no sólo como otorgante de crédito, sino como una verdadera banca de inversión, enfocándose en aquellos proyectos que por su rentabilidad económica y social, así como por su alta generación de empleos, requieran de un apoyo para hacerse realidad.

En las presentes condiciones de excesivo endeudamiento la banca de desarrollo deberá contribuir a abatir los niveles de deuda de las empresas. El excesivo endeudamiento y los altos costos financieros que aún enfrentan un número muy importante de empresas en México han puesto en entredicho su viabilidad, reduciendo con ello la posibilidad de consolidar la reactivación económica así como la generación de nuevos empleos. A fin de apoyar a aquellas empresas que sean operativamente viables y mantener así las fuentes de empleo de numerosos mexicanos, la banca de desarrollo debe instrumentar una serie de programas de reestructuración de adeudos y capitalización de empresas. De esta manera se reduciría el costo fiscal del saneamiento financiero minimizando así los ya de por sí altos costos sociales y económicos que la crisis bancada ha traído consigo.

Convertirse en uno de los principales promotores del cambio estructural. En su atención diaria a los sectores productivos, la banca de desarrollo conoce los infinitos retos que enfrentan las empresas de nuestro país para competir en el contexto nacional e internacional. Esto la coloca en una posición privilegiada, para convertirse en uno de los principales promotores de los cambios estructurales en nuestro país, tanto en materia económica como jurídica.

Modernizar tanto su gestión como su estructura corporativa, a fin de hacer más eficiente su operación y con ello alcanzar sus objetivos. Si bien en teoría la banca de desarrollo goza de autonomía técnica, en la realidad está supeditada a las disposiciones y lineamientos de las autoridades hacendarías, lo cual diluye su responsabilidad en la toma de decisiones. Por otra parte, sus estructuras operativas carecen de flexibilidad y son muchas veces burocráticas. no contando además con los controles internos adecuados para garantizar una gestión eficiente. A fin de que la banca de desarrollo cumpla con las tareas señaladas es necesario precisar con claridad su misión y objetivos estableciendo además los indicadores de gestión contra los cuales deberá evaluarse su desempeño. El éxito de la banca de desarrollo no deberá estar en función de la derrama crediticia sino del número de proyectos viables que apoya, el empleo que genera, la productividad que aumenta y los sectores que desarrolla.  n

Enrique de la Madrid. Maestro en Administración Pública por la Universidad de Harvard.

La democracia en público

LA SOMBRA DEL DEBATE

LA DEMOCRACIA EN PÚBLICO

POR MARÍA AMPARO CASAR

Según se ve, los partidos y sus candidatos aún no asimilan la idea de que es necesario construir una cultura del debate abierto y de cara al público.

Los avances democráticos en México, sobre todo en tiempo de elecciones, debieran ir acompañados de ese ingrediente consustancial a la democracia que es la deliberación. Es precisamente en el ámbito de la deliberación en el que se inscribe esa vieja práctica en el mundo democrático que denominamos debate político y que, en el caso de México, estuvo cancelada o perdió su significado mientras se prolongó el largo monopolio del PRI sobre la arena política. ¿Qué sentido hubiera tenido el debate de cara al público cuando la oferta era única y el “gran elector” también?

Hoy la situación es radicalmente distinta y, sin embargo, los partidos y sus candidatos no parecen asimilar la idea de que es necesario, sobre todo en tiempos electorales pero también cuando un asunto de interés nacional lo requiera, construir una cultura del debate abierto y de cara al público.

En raras ocasiones tenemos la oportunidad de ver a los líderes de los partidos discutir seriamente sobre un determinado curso de acción a seguir; sólo en una ocasión los mexicanos hemos podido ver un debate televisado entre candidatos a la presidencia, en otra, a los candidatos al gobierno de la capital y, muy recientemente, a los contendientes de un mismo partido que lucharon por la nominación de su partido.

Podría argumentarse que, con todo, los avances en la presentación y discusión de las ideas a través de la prensa son enormes. No hay duda de ello. Pero la prensa tiene, al menos, dos limitaciones. Los lectores de periódico son, por desgracia, escasos. Más escasos aún son aquellos que siguen las campañas y la actividad política en los periódicos. Por su parte, las confrontaciones entre candidatos vía la prensa no sólo están mediatizadas por el reportero sino que, por la naturaleza misma de la palabra escrita, el lector debe esperar un tiempo entre la emisión de la postura de un candidato y la reacción del otro u otros.

El debate entre candidatos a la presidencia es sólo una forma más de comunicación política entre adversarios que, en la confrontación de ideas, buscan ganarse una audiencia, una audiencia constituida por el universo de votantes. Aunque no conviene idealizarlos, los debates televisados no enfrentan los mismos obstáculos que la prensa. El público televidente es mucho mayor que el de los periódicos y los debates permiten crear un vínculo directo entre el electorado y los candidatos.

Sus limitaciones son de otro orden. Entre ellas figura de manera preeminente que el tiempo es demasiado limitado para pretender plantear con alguna profundidad las propuestas de gobierno y las diferencias entre ellas.

Pero bien utilizados y cuidando su diseño, los debates pueden prestar a los contrincantes y a los electores un buen servicio. En primer lugar representan el único foro ante la nación entera o ante todo aquel interesado en conocer a los candidatos. En segundo lugar, y a diferencia de otros instrumentos como las campañas publicitarias que aparecen en la televisión, dan a los electores la rara oportunidad de escudriñar “al natural” a los candidatos. Un spot de televisión permite a los candidatos esconderse tras la parafernalia  de un escenario cuidadosamente montado por expertos para enseñar las mejores cualidades del político. Las presentaciones públicas también admiten un grado importante de planeación por parte de asesores y técnicos encargados de elaborar discursos y prever todo tipo de situación para sacar adelante a sus jefes. Esto es muy difícil en el caso de los debates públicos pues, por naturaleza, presentan a los candidatos, por decirlo de alguna manera, “sin haberlos editado”.

Si se lleva a cabo correctamente, el debate ante la nación tiene otras consecuencias importantes en las que no se suele reparar. Tienen un efecto educativo, incluso, civilizatorio. Los debates pueden y deben generar información. Los adversarios, si se deciden a debatir bajo ciertas reglas, mostrarán a la nación que la diversidad ideológica o programática está presente y que no es perniciosa sino positiva. Que las diferencias entre partidos y candidatos pueden discutirse de manera civilizada. Pueden, también, mostrar el carácter de los candidatos. A nadie escapa que entre los factores que explican las preferencias electorales está la personalidad de los que buscan convertirse en líderes. Finalmente, los debates son una muestra de que las ideas se pueden confrontar pacíficamente en la esperanza de que aquellas con más fuerza logren imperar. En suma, que la democracia se trata de ofertas que son ventiladas públicamente con el fin de que los electores resuelvan quién y con qué propuesta debe gobernar.

Los candidatos y equipos de campaña de las elecciones que prometen ser las más competidas y equitativas de nuestra historia se encuentran enfrascados en tan interminables como improductivas discusiones sobre si debe haber o no un debate público. Cada uno está peleando por un formato, tiempo y foro que supone le da mayores ventajas sobre su(s) adversario(s). La experiencia del único debate presidencial en nuestro país (1994) provocó un cambio considerable en las preferencias electorales: Diego Fernández de Cevallos pasó de ocupar el tercer al segundo lugar en la contienda. Este antecedente, de seguro, pervive en la memoria de los estrategas de campaña que temen que el debate influya, de manera determinante, en el resultado final.

A ellos habría que decirles que, ahí donde encontramos una tradición de debatir como práctica política regular en tiempo de elecciones, los estudios de opinión muestran que, al margen del desempeño de los participantes, los votantes potenciales suelen reforzar sus preferencias electorales previas más que modificarlas. Paradójicamente, al querer limitar el número de debates se propicia un incremento en el impacto electoral.

Es necesario insistir. La utilidad de deliberar frente al público sobrepasa el propósito de derrotar al contrincante. Los debates contribuyen a fijar la agenda, proveen a los electores de información valiosa, fijan la imagen de los candidatos, aumentan el interés por las elecciones y, quizá lo más importante, ayudan a consolidar nuestra incipiente democracia. Tienen una función de educación política tanto para los contendientes como para los electores. Esta sólo podrá cumplirse si se diseña un debate o, mejor aún, una serie de debates en los que, además de un formato adecuado, los contrincantes se decidan a abandonar los infundios y acusaciones personales y pasen a una confrontación seria de ideas y trayectorias políticas previas.  n

María Amparo Casar. Directora de la División de Estudios Políticos del CIDE.