Noches carcelarias

NOCHES CARCELARIAS

POR ROBERTO PLIEGO

La cárcel no admite comodidades; de hecho, se encarga justamente de esa de privar a los reclusos de toda referencia exterior, de hacerles sentir con severidad que el mundo a su alrededor, un mundo donde la vista no descansa, sólo debe sugerir mortificaciones. Ni hablar. ¿De qué vale pisar el freno cuando el exceso de velocidad ya te condujo hasta ahí? El problema agregado es que al mirar las cárceles del Distrito Federal se obtiene una imagen perversa de la justicia: el castigo excede al castigo para transformarse en una monstruosa maquinaria diseñada para aniquilar cualquier atributo humano.

Pongamos el caso del Reclusorio Norte. Más de ocho mil reclusos permanecen ahí esta mañana. Se supone, sin embargo, que su capacidad instalada es suficiente para poco más de la mitad. Supongamos que la sobrepoblación sólo agrega un inconveniente a la hora de acostarse. ¿Y el agua? Una de las tantas muertes pequeñas que concede el Reclusorio Norte se cumple con la escasez de agua. No hay agua para beber, ni para el aseo, ni para la letrina. Tres mil reclusos deben abastecerse de las tomas en los patios o aventurarse en dormitorios ajenos, andar sigilosamente a cuatro patas por lugares donde la verdadera muerte llega por descontado. Y luego se viene la hora de la comida: a un recipiente grande le toca una porción grande; los recipientes pequeños se portan a su medida.

Lo que elegantemente se llama “instalaciones sanitarias” se encuentra fuera de lugar, como propiedad e interés de reos cuyos dormitorios gozan de lujos mayores. Pero lo más insoportable es la oscuridad. A falta de luz eléctrica los internos tienden cables que se cuelgan de la fuente central. Lo hacen por necedad; al final siempre se reconocen a oscuras. Ni siquiera hay luz en los pasillos de los dormitorios. De ahí que la verdadera sensación de estar indefenso y a la intemperie llegue con la noche.

Las golpizas llegan de noche. No descienden de ningún sueño poético, no pertenecen a ninguna pesadilla ni son parientes de una musa insomne. Omar, un interno del Reclusorio Oriente, lo supo a la hora en que cuatro reclusos ingresaron a su dormitorio y le hablaron de la venganza, una señora sin dientes ni piyama. Lo golpearon hasta dejarlo sin alma.

El médico Rubén Madrid Carranza recibió a Omar a las 7:20 y certificó hinchazón y moretones en pómulos y mentón, y tumoraciones en ambas regiones parietales. La terminología médica (equimosis, edematización, hematomas) proviene de un mundo raro: oculta tanto como expone. Un cuadro así nos arroja un rostro deformado por la violencia y el dolor. En mi tierra eso recibe el nombre de una tremenda madriza. Omar no fue sometido a una exploración de rayos X para determinar la probabilidad de alteración neurológica pero a cambio recibió dos analgésicos.

Los oficios del médico Rubén Madrid Carranza rindieron tan poco alivio que Omar fue a dar con Irma Reyes García, adscrita al servicio médico. Sabemos que ella no tomó registro alguno; sabemos, también, que, a pesar de que Omar presentaba un cuadro convulsivo, no hubo valoración. Su diagnóstico calificó al recluso como “neurológicamente estable”, y más bien con ganas de pasarla en el servicio médico para evitar otra golpiza. Sabemos todo esto porque Omar fue remitido con la psiquiatra Susana Leonor Bravo Goyes, quien ordenó radiografías de tórax (una falla técnica se interpuso en ese camino) y prescribió Epanin, un anticonvulsivo de acción simple.

De noche también te ocurre alejar a las cucarachas que quieren meterse a tus oídos. De noche te obligan a correr desnudo por el patio y luego a olvidar tus derechos humanos. Lo peor llega de noche. Lo peor de la noche carcelaria es que en vez de los Rolling Stones escuchas a Vicente Fernández. Lo peor de la noche es que no te pide cita. Omar murió por estulticia y negligencia médica. No le dieron una tomografía ni el efecto salvador de una inyección intramuscular.

El artículo 137 del Reglamento de Reclusorios Centros de Readaptación Social del Distrito Federal brilla con luz propia: “El orden y la disciplina se mantendrán con firmeza en las instituciones de reclusión, sin imponer más restricciones a los internos que las indispensables para lograr su convivencia. su adecuado tratamiento, la preservación de la segundad en los establecimientos y su eficaz funcionamiento. El manual correspondiente determinará las medidas generales de custodia a fin de que se conserve el orden y se garantice la seguridad en los establecimientos”. Uno lee “conservar el orden y garantizar la seguridad” y obtiene una visión perfecta. Es un alivio comprobar que las buenas intenciones aún se mantienen sobrias.

Aunque no para Martín García González, preso en el dormitorio 10 de máxima seguridad del Reclusorio Sur. Uno escucha “máxima seguridad” y vuelve a obtener una visión perfecta: nada ni nadie sale o entra. Pese a esto el recluso Juan Filorio Monroy ingresó al dormitorio 10 para asestarle 39 puñaladas al cuerpo intoxicado de mariguana de Martín. Había bebido el equivalente a siete botellas de cerveza; se había asegurado de comprobar la eficacia de su cuchillo de alta montaña, una pieza de 30 centímetros de longitud; pero no había eludido a los tres custodios que. vistos a contraluz, ofrecían la imagen alineada de la complicidad. Martín intentó defenderse y lanzó gritos de auxilio. No obtuvo respuesta. Volvió a gritar. Nada, sólo el viento frío de la agonía desoladora. Filonio volvió a su celda y se cambió de ropa. Luego regresó al dormitorio 10 para certificar la muerte de Martín. Sus botas relucientes eran su atributo más desdeñoso.

Lo primero es no comerse nada. O lo que en el argot carcelario significa: no tomar ventaja, no pasar por encima del orgullo ajeno. Lo segundo es evitar a toda costa el ingreso al Centro de Observación y Clasificación; ahí sólo hay sitio para los delatores.

Ignacio Alfredo Pérez Cruz precipitó su ruina cuando cayó en el olvido de ambas cosas. Primero se comió al personal de custodia, denunciándolo por abusos; violando esa regla de sobrevivencia se dio de bruces con la segunda. La madrugada del 19 de noviembre de 1996, los custodios Guillermo Flores Castillo y Ricardo Morales Andrew confiaron en la única respuesta que conocían, la más apropiada a su mundo de represalias, y trasladaron a Ignacio al Centro de Observación y Clasificación, donde lo golpearon una y otra vez. Lo pusieron de espaldas y le cubrieron la cabeza con una bolsa de yute: lo golpearon en los testículos y el abdomen; lo patearon en todas direcciones, lo hicieron hasta que les dio la gana. Iban por turnos, en efecto. Resultado: escoriaciones en el rostro, el antebrazo izquierdo, el abdomen y ambas piernas: edema escrotal derecho e izquierdo, doloroso a la palpitación, con huellas de sangrado transpeneal, con datos francos de orquiepididimitis postraumática. Una lesión de tal naturaleza pone en peligro la función de los testículos. Interrogados por visitadores de la Comisión, los custodios justificaron su conducta con este frase de miedo:

—Lo hicimos porque se había comido algo.                       n

Roberto Pliego Escritor. Es autor de La estrella de Jorge Campos.

Endiablado cuerpo

ESCRITOR EN SU TINTA

ENDIABLADO CUERPO

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Se  entiende la timidez que generalmente exhiben los feos y los gordos. El cuerpo es su peor propagandista. Pero no es fácil entender la extrema severidad de los guapos. Si el cuerpo es su mejor propagandista, ¿por qué no se les ve más alegres y rumbosos? ¿Por qué razón las chicas más bellas pasean por las calles con la expresión más avinagrada y ofendida, como si alguien estuviera pisándoles constantemente el juanete? ¿Por qué las mujeres más atractivas y los hombres más aplaudidos se comportan en público —en especial ante la cámara de un fotógrafo de moda— como si el mundo entero los estuviera ofendiendo? Cierto es que en las pantallas televisivas la belleza aparece siempre sonriente. Sí. pero sólo en estas pantallas. La televisión siempre está vendiendo algo, y un vendedor sin sonrisa es un mal vendedor. En cambio, en la calle los guapos y las bellas adoptan sin excepción un rictus ulceroso. Ahí están: caminando con expresión augusta, con el mentón alto, los ojos negándose a mirar la general vulgaridad del entorno. Obsérvenlos: los bellos cuerpos se desplazan en las pasarelas de la moda con la exagerada seriedad que antaño se observaba en los desfiles militares. Extraño mundo el de hoy; justo cuando los militares empiezan a tomarse sus cosas con cierta relajación, con menos pedantería, aparecen los guerreros de la belleza, adoptando poses de extrema seriedad. ¿Acaso existe hoy día algo que sea tomado más en serio que los cuerpos perfectos?

Pero el cuerpo, ¿qué es? El amigo más íntimo, aunque también el peor enemigo: procura dolor siempre que le ofrecemos placer. El es quien reclama suculentas comidas, pero no para calmar el hambre, sino para satisfacer los caprichos de las papilas gustativas. Después, naturalmente, lo pagará decorando la cintura con preciosos “michelines” o poblando las venas con la silenciosa serpiente del colesterol. El cuerpo se acostumbra fácilmente a nuestra benevolencia: si lo agasajamos con un buen whisky malta se acostumbrará al regalo y acabará reclamando que se repita constantemente para después celebrar nuestra generosidad arruinando el hígado o destrozando las neuronas. El cuerpo reclama el tabaco para asfaltar los pulmones.

Exige higiene diaria para convertir la piel en un desierto. Pide ejercicio físico y devuelve cansancio. Solicita descanso y reintegra flaccidez. Compañero desagradecido y, por ende, inevitable, el endiablado cuerpo cambia sin cesar de opinión y encuentra siempre la mejor manera de portarse como un granuja.

Incluso las modelos más envidiadas (o estos Adonis de la televisión que en los últimos años muestran el pecho sin pelo a la menor ocasión), incluso ellas y ellos, tan admirados, tan severos, tienen por enemigo a su propio cuerpo. El deseado músculo y el muslo delicioso no son sino consecuencia de una implacable tortura: inagotables horas de gimnasia y crueles regímenes dietéticos a base de yogur desnatado y odiosas hojas de lechuga. Los “cuerpos yogur” son fruto de una tiranía (paradoja: hay que ser un esclavo o esclava para ser el rey o la reina de la belleza canónica). Ello no implica que sean libres y felices los del biotipo contrario: frente al espejo el fondón y la fondona son insultados por su propio cuerpo con sonora impertinencia. El cuerpo es un camarada impresentable: lo necesitas el día en que no funciona el ascensor y te responde con ahogos, arritmias y súbitas rendiciones; lo tratas a cuerpo de rey y te responde con fétidas manifestaciones gaseosas; lo cuidas con amor de madre y te sale más caro que el teléfono del hijo adolescente.

La historia acostumbra repartir elogios entre los que castigan su cuerpo. Durante largo tiempo, gozaron de prestigio los tipos austeros, los sacrificados, los reprimidos, los atletas, los abstemios y las vírgenes. Sólo durante unos pocos años (de mayo de 1968 hasta la aparición del sida) triunfó la ética contraria: la del jolgorio y el desmadre corporal. En aquellos años locos y felices, tan vertiginosos como solares (con razón suele decirse: “alguien que recuerda qué hizo en los sesenta, definitivamente nunca estuvo en los sesenta”), la bestia triunfó sobre el bozal. Con el sida, el miedo obligó a volver la vista atrás, aunque ya no era posible regresar a la mojigatería. De ahí las sorprendentes alianzas actuales: la represión y el exhibicionismo forman parte del mismo panorama. Nos torturamos para modular el cuerpo, para adaptarnos a unos rígidos cánones de belleza. Y lentamente el cuerpo envejece como un oscuro y fanatizado objeto de un deseo insatisfecho. Entronizamos los cuerpos, los televisamos, los publicitamos.

 Y, sin embargo, son ídolos muy poco abrazados. Son ídolos para ser mirados e imitados. O para ser envidiados. Y adorados y esclavizados. Todo al mismo tiempo. Pero esos cuerpos raramente son estrujados, casi nunca producen gozo. Miro o soy mirado, luego existo, n

Alfredo Bryce Echenique Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

Los indígenas y la izquierda

LOS INDÍGENAS Y LA IZQUIERDA

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

Quienes ayer eran fervientes nacionalistas, admiradores de los murales de Rivera y Orozco, ahora se inclinan sin pensarlo dos veces ante la nueva deidad de la Diferencia. Muchos han abrazado la diversidad cultural por default. La izquierda, afirma el teórico político Maurizio Viroli, ha permitido que la derecha monopolice el lenguaje del patriotismo. ¿Es posible una identidad nacional mexicana después de la raza cósmica? El patriotismo cívico podría tal vez ser la respuesta. Para el patriotismo ciudadano la obligación hacia nuestro país es la obligación de defender la libertad común. Estas obligaciones, cree Viroli, pueden definirse con suficiente precisión: “debemos luchar contra cualquiera que intente imponer un interés particular sobre el interés común, debemos oponernos a la discriminación y a la exclusión, pero no estamos obligados a imponer sobre otros una homogeneidad cultural, étnica o religiosa”. Este podría ser un programa para la izquierda mexicana de no ser porque ésta ha optado precisamente por el camino contrario.

El patriotismo cívico no exige pureza étnica —la de la nación mestiza— ni tampoco religiosa —la de la nación católica—. Es, por ello, capaz de incluir en su seno a la diversidad cultural. Sin embargo, sí requiere que todos los ciudadanos aprecien la libertad común y que la defiendan. Y para que haya libertad común es necesario que los ciudadanos tengan derechos y obligaciones comunes. Que se rijan por las mismas leyes. La piedra toral de este régimen es la igualdad jurídica, porque ella permite que la patria se conciba en términos políticos y no culturales. “Desetnifica”, por así decirlo, el bien común. La separación de las comunidades indígenas en unidades políticas de autogobierno crearía derechos y obligaciones diferentes y por eso trabajaría en contra de la formación de este patriotismo cívico que podría reemplazar al quebrado nacionalismo mexicano. El amor al país propio no debe entenderse como el apego a la unidad cultural, étnica o religiosa de un pueblo, sino como el amor a la libertad común y a las instituciones que ayudan a mantenerla. Esas instituciones tienen una historia particular y la lucha por mantenerlas tiene su épica, sus mitos y sus héroes. Eso tenía en mente Daniel Cosío Villegas cuando ensalzaba a la República Restaurada y a la Constitución de 1857. La “cultura” que requiere este tipo de patriotismo es aquella que se nutre de la práctica de la ciudadanía. Y ésta es una ciudadanía política basada en la igualdad jurídica.

Aun desde un punto de vista puramente estratégico la alianza entre el exclusivismo étnico y la izquierda es una mala idea. La postura del PRD en la cuestión chiapaneca no le ha beneficiado en lo absoluto: sólo ha llevado agua al molino del EZLN. Sería muy difícil encontrar razones de realpolitik para justificar esa posición. Para terminar, regreso al principio. En México el discurso que conscientemente dice combatir al racismo inconscientemente lo perpetúa. La amnesia ha hecho presa en nosotros. El camino para construir una nación más justa y más libre existe, pero para verlo primero debemos recobrar la memoria.

—Nexos 248. Agosto 1998.

Los indígenas: El retorno imposible

LOS INDÍGENAS: EL RETORNO IMPOSIBLE

POR LOURDES ARIZPE

La rivalidad étnica es el conflicto más antiguo de la historia humana. Nació en la prehistoria en el momento en que ciertos rasgos culturales identificaban a un grupo con derecho a cazar, pescar o recolectar en un territorio. Significa que la creación cultural sólo se vuelve conflictiva cuando es utilizada como símbolo en la lucha de dos grupos por recursos limitados. El impulso del conflicto proviene, pues, en una gran mayoría de los casos, de la lucha por el poder y no de las diferencias culturales o étnicas.

A través de la historia resulta imposible separar el ingrediente político del cultural, étnico o religioso en las guerras y rebeliones. Se dice, por ejemplo, que el conflicto en Irlanda del Norte es de índole religioso. Pero es un hecho que los católicos han quedado excluidos y marginados de la estructura ocupacional industrial y del acceso a capitales.

Para quienes todavía ven en el pluralismo cultural un obstáculo al desarrollo habría que mencionar que la unidad cultural no es una condición necesaria y mucho menos suficiente, de la industrialización, según lo muestra la historia. Basta con la alianza o hegemonía, incluso temporal, de las clases dominantes. La unificación de países como Alemania e Italia es muy reciente. Ninguno de estos países industrializados —Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Japón— son uniculturales. Ni se parecen, tampoco, sus culturas. En la etapa postindustrial de hecho la presencia de minorías étnicas es favorable a la reproducción capitalista. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, los negros, portorriqueños, chícanos y mexicanos cumplen una función de mano de obra barata. Asimismo, los trabajadores inmigrantes en países europeos, quienes por su debilidad política producto de su extranjerismo, se ven obligados a aceptar sueldos bajos que permiten la reproducción de esas economías.

La aparente homogeneidad social en países industrializados más bien puede explicarse por la tendencia a que se apacigüen los conflictos culturales en tiempos de prosperidad. Al parecer, cuando hay mucho que repartir alcanza hasta para los marginales. Así ocurrió en tiempos de los imperios español e inglés. En cambio, ahora sus minorías culturales respectivas reclaman con impaciencia la autonomía e incluso el control de sus recursos naturales.

En América Latina se cita con frecuencia la diversidad cultural y étnica como una de las causas que impiden la formación de naciones. Ciertamente, no se puede ser muy exitoso cuando se intenta imponer por la fuerza una hegemonía hispanista criolla a un país en que la mayoría son quechuas y aymaras como ocurre en el Perú.

Tampoco puede hablarse de una nación mexicana mientras 8 millones de ciudadanos indomexicanos hayan quedado de facto excluidos de ella en virtud de un artículo constitucional no escrito que prohibe la libertad de cultura. Su marginación se manifiesta en el hecho de que no han tenido nunca representación política, ni han recibido la cobertura de servicios sociales del Estado, ni sus cuantiosas inversiones, ni han tenido presencia social ni cultural sino en virtud de su diferencia, su folclor. La discriminación hacia ellos se basa en que manifiestan una cultura “india” o “indígena”. De hecho se trata de 56 lenguas distintas y de innumerables variantes locales y regionales. Pero, además, estas culturas ya no son indias en el sentido de que hayan retenidas intactas las costumbres prehispánicas. Al contrario, han cambiado al igual que las culturas campesinas mestizas. Se trata más bien de culturas indomexicanas, que llevan impresas muchas de las formas sincréticas de la cultura nacional. No son, pues, culturas estáticas, que busquen un retorno a lo atávico. El retorno es ya imposible. Se trata de culturas auténticamente populares, llenas de vitalidad y de creación, base de sustento de lo que podría ser una vida cultural nacional creativa y abierta a lo universal.

—Nexos 25. Enero de 1980.

La segunda caída. Una historia de los próximos dos siglos

LA SEGUNDA CAÍDA. UNA HISTORIA DE LOS PRÓXIMOS DOS SIGLOS

POR ANATOL LIEVEN

A la vuelta del segundo milenio, la humanidad parecía instalada en un camino ascendente. ¿Cómo es que todo se fue al traste en justos 200 años? El texto que sigue es un memo sobre la caída del homo sapiens, entre los años 2000-2200 de la Era Cristiana, escrito por un miembro de la tripulación de la tercera misión colonizadora interestelar en el año 2759 de la Era Cristiana, como un registro y como una advertencia.

Ahora él empieza sus guerras contra Dios; Al dar la medianoche. Dios será el ganador. —W. B. Yeats, “Las cuatro edades del hombre”.

Mientras más alto suben, más duro caen, dijo un poeta hace tiempo; y el capitalismo liberal ascendió tan alto y cayó tan duro que partió en dos a la humanidad. La civilización en la Tierra está arruinada; la civilización en los planetas también da muestras de haber perdido su humanidad. Quizás el mayor signo de humanidad entre los inmortales que se encuentran en los satélites y las estaciones espaciales (aparte de nuestro cultivo de los tradicionales vicios aristocráticos), sea nuestro lamento interminable por lo que pudo haber sido si la humanidad se hubiera comportado de manera un poco más sabia, si sus líderes hubieran visto un poco más allá, si el sistema, como un todo, se hubiera restringido más en sus ambiciones devoradoras.

Pero esto no tiene sentido. Muchos sistemas sociales se han fundado en restricciones deliberadas, desde la abstinencia que practicaban los cazadores-recolectores para suprimir sus tasas de natalidad, al Japón de Tokogawa que abandonó el uso de armas de fuego para preservar el orden samurai. Pero, por su propia naturaleza, el capitalismo liberal no podía conocer límites en el avance tecnológico, y apenas conocía unos cuantos límites en conducta social.

Y sí hubo alguna oportunidad de poner tales frenos, tal oportunidad fue minada por la combinación del capitalismo y la democracia. La sociedad humana en la última, y más capitalista de sus formas, se ubicó en la misma franja de sociedades previas —como los aborígenes de Tazmania o los anglosajones después de la caída de Roma— que experimentaron una gran regresión tecnológica y cultural. En el caso de los sajones, tal regresión fue voluntaria. Pudieron imitar a los francos e irse a vivir a las ciudades romanas, pero no quisieron. La regresión del capitalismo no fue, sin embargo, voluntaria. Y, porque al inicio de este milenio el capitalismo era el mundo, se llevó al mundo consigo. No hubo bizantinos o árabes que preservaran la civilización.

Todo sistema cultural, económico y político creado alguna vez por la humanidad, tarde o temprano se encontraba con un desafío al que no podía superar, y que llevaba a la creación de algo nuevo. (La alternativa es la atrofia, que es lo que ahora enfrentamos los inmortales, conforme nuestras vidas se extienden más allá de la capacidad humana para el amor, la lealtad, incluso para las reacciones humanas básicas.) La mayoría de los sistemas fueron derrotados por los defectos de sus propias fuerzas. Para el sistema capitalista, el haber aceptado restricciones severas a la creación de la riqueza, lo mismo que para disminuir las diferencias sociales y los cambios climáticos, habría sido desafiar a su propia naturaleza. Para el capitalismo habría sido tan imposible hacer esto como lo habría para el sistema confuciano en China aceptar el capitalismo liberal de occidente en el siglo 19.

En cualquier caso, no fueron ni el desastre climático, ni el avance del cambio tecnológico, ni la sobrepoblación. ni las revueltas sociales lo que acabó con el capitalismo —y con la humanidad previa a esa caída—. Lo que destruyó el sistema fue la perspectiva de un cambio en la naturaleza de la humanidad misma: la transformación de las más ricas de las elites humanas en lo que es, en efecto, una nueva especie. Y este fue un don que muy pocos seres humanos de cualquier época habrían rechazado: el don glorioso, letal, de la vida. Fue el logro de este don lo que trajo aquello que se conoce como “la segunda caída” (a partir del mito fundador judeo-cristiano).

Hay una creencia entre aquellos inmortales que aún conservan cierto interés por nuestros antecedentes humanos, según la cual todo esto pudo evitarse mediante el comunismo o alguna otra forma de colectivismo surgida de las ideologías de los siglos 19 y 20. A mi ver, esto es profundamente erróneo. La única cosa que pudo preservar a la humanidad anterior a la caída habría sido un rechazo fundamental del materialismo consumista. El comunismo era sólo otra versión, mucho menos exitosa, del materialismo “moderno”.

Gracias a la alta proporción de la gente más rica del mundo que vivía en Estados Unidos en el tiempo de la caída, la mayoría de nosotros los inmortales descendemos de humanos que vivían en esa región; sólo los americanos combinaron la riqueza y la tecnología para escapar del pozo de la gravedad hacia la seguridad de los orbiteros. Tanto por este motivo como porque los Estados Unidos estuvieron en el centro de la civilización humana a lo largo de este periodo, es natural que gran parte de nuestro análisis de la catástrofe se enfoque en la naturaleza de los Estados Unidos, y en el modo en que este país ejerció su poder desde el final de la segunda guerra mundial en 1945 hasta las más grandes guerras del medio oriente que empezaron en 2032.

Si algún país en la historia parecía tener el derecho de sentirse complacido consigo mismo, ese país era Estados Unidos al inicio del milenio. Ese país había jugado el papel central en la derrota de los grandes males políticos del siglo 20, y la adopción de su modelo político y económico trajo un mayor bienestar material a amplias partes de la humanidad. Detrás estaba la derrota en Vietnam; sólo hasta décadas futuras vendría la derrota en el medio oriente. Desde entonces este periodo nos ha parecido como algo cínico, codicioso y egoísta a extremos intolerables; pero las elites occidentales fueron más bien altruistas en comparación con otros periodos.

Sin embargo, los primeros signos de que había problemas aparecían ya a finales del siglo 20. Había crecientes diferencias económicas, sobre todo en Estados Unidos, donde la mayor parte de la nueva riqueza fue a un sector ínfimo de la población. Los esfuerzos cada vez más grandes que necesitaban hacer las familias de clase media para mantener sus ingresos condujeron a la movilización progresiva de toda la fuerza de trabajo femenina y a la erosión de la familia, el único bloque fundamental de construcción social desarrollado por el homo sapiens. Sobre todo —fue la primera sombra de la caída— había una crisis en aumento en los servicios de salud, ya fueran públicos o privados, conforme los fondos eran absorbidos por tratamientos cada vez más costosos, de manera especial por el elevado número de viejos y por la batalla contra los virus mutantes.

Todo esto se fue dando muy lentamente; muy lentamente, y de pronto a una terrible velocidad, de modo que a unos cuantos años del fin aún parecía que un “rally democrático” mezclado con la nueva tecnología podía rescatar al sistema. En las primeras décadas del nuevo milenio, la tenacidad del sistema era visible por las crisis a las que se sobreponía. La crisis financiera asiática de fines de los mil novecientos noventas echó a andar el proceso que eventualmente condujo a la desintegración de Indonesia y a las muertes de 6 millones de personas, pero no fue más que un hipo en el occidente. (Quizá no se recuerde qué era un hipo: era un ligero desorden digestivo de la humanidad previa a la caída.)

La “gran corrección” del 2007 fue más seria. En sí mismo, el crash del mercado accionario causado por el hundimiento de las acciones en internet y software fue sólo una corrección tardía, con limitados efectos directos en las economías occidentales. Barrió con la mayor cantidad de compañías en este sector, pero —igual que con los ferrocarriles en los mil ochocientos setentas o los automóviles en los mil novecientos treintas— todo el desarrollo tecnológico siguió adelante, sin ser afectado.

De modo indirecto, sin embargo, los efectos del crash fueron considerables. El desempleo en aumento contribuyó a una nueva oleada de proteccionismo estadunidense, y las tensiones en Taiwán y la desintegración de Corea del Norte volvieron un hecho el que tal proteccionismo se dirigiría particularmente contra China. Las compañías chinas que atendían a su mercado interno habían sufrido severamente por su apertura a la competencia occidental; ahora, aquellas compañías que se concentraban en exportar a los Estados Unidos empezaron a colapsarse. Esto mutiló el apoyo político interno hacia la liberalización y alimentó una nueva oleada de nacionalismo anti-americano.

Mientras tanto, el orden conducido por Estados Unidos en el medio oriente empezó a desmoronarse, conforme el crecimiento de la población imponía cada vez más tensiones sobre los suministros de agua y la existencia de empleos, al tiempo que la caída en la demanda por el petróleo reducía los ingresos. Las condiciones impuestas por Israel sobre el nuevo estado palestino eran tan severas como para hacerlo inviable. Los levantamientos por todas partes llevaron al colapso de ese estado en el 2019, con una nueva ocupación militar israelí y una nueva oleada de asentamientos judíos. Esto a su vez condujo a nuevos ataques terroristas en los Estados Unidos. No fue sino hasta 30 años después que un grupo terrorista musulmán tuvo éxito en llevar a cabo un ataque de veras catastrófico en los Estados Unidos; pero incluso la limitada atrocidad sarina ocurrida en Nueva York en el 2027, y al parecer planeada desde Afganistán, fue suficiente para traer una intervención militar de Estados Unidos en ese país.

La operación posterior fue sorpresivamente exitosa, aunque el uso de mecanismos robóticos, si bien redujo el número de víctimas estadunidenses, produjo también varios horrores y vergonzosas confusiones. Luego de que miles de animales que pertenecían a tribus amigas fueron barridos por los robots cuando las bestias se acercaban a posiciones militares estadunidenses, los robots fueron reprogramados para que atacaran solamente bípedos. Esto sin embargo condujo a la destrucción del cuartel general del General Talcott, cuando una fuerza de mujadines traspasaron el perímetro disfrazados de cabras.

Aunque espectaculares, las guerras en el medio oriente, y el terrorismo que engendraron, fueron en realidad meros epifenómenos. Como una gran hinchazón detrás de ellas, estaba la crisis verdadera surgida de la naturaleza del nuevo orden mundial, liberal, capitalista y pseudodemocrático. Este orden, y sobre todo la nueva universalidad mediática, mostraron a todo el mundo los estilos de vida de las clases más altas estadunidenses, lo cual condujo a personas, que antes estaban satisfechas con muy poco, a un frenesí de ambición y ansias de adquirir. El efecto de mostrar tales estilos de vida sin ser capaz de ofrecerlos era algo ya visto en los guetos negros de los Estados Unidos durante las últimas décadas del siglo 20; ahora este patrón se repitió por todo el mundo.

Mientras tanto, gracias a la tecnología las elites se habían liberado de todo lazo hacia cualquier sociedad en particular. De hecho, durante estas décadas, la idea alguna vez poderosa de “ciudadanía nacional” se vació poco a poco de todo significado real (un proceso al que exacerbó la inmigración masiva sin asimilación). Las nuevas elites ya no necesitaban a las masas ni como soldados ni como trabajadores, y durante muchas décadas no parecieron amenazadas por sus protestas débiles e incipientes, de modo que no tenían ninguna necesidad de contribuir al “bien común” —justo en el tiempo en que la nueva tecnología hizo de la evasión fiscal algo muy simple de realizar—. Cuando una sociedad en particular se revolvía o desintegraba, sus elites simplemente se cambiaban a una de las grandes metrópolis occidentales donde una gran parte de su riqueza estaba ya resguardada. Mientras tanto, la desproporción entre los castigos legales para los crímenes de la elite y los de las masas regresaron a niveles del siglo 19 o 18, minando la creencia en la idea de una justicia común y objetiva.

Las crisis alimentarias, causadas por una mezcla de sobrepoblación y devastación ecológica, fueron contenidas por el desarrollo de nuevas cosechas genéticas —aunque con reveses enormes causados por el surgimiento de plagas universales y hongos—. Conforme la población global se estabilizó en 11.5 mil millones alrededor del año 2050, surgieron esperanzas de que la mezcla de nueva tecnología, estándares de vida más altos y la ausencia de guerra entre los grandes poderes, había ganado en efecto la carrera contra la crisis.

Y así pudo ocurrir, de no ser por el calentamiento global. Excepto en el sur de Asia, los efectos físicos de esto no fueron tan grandes como suponían los pronósticos. Algunos países incluso se fortalecieron con el desafío, conforme en los Estados Unidos la amenaza común condujo a nuevos sentimientos de solidaridad y propósitos comunes, y en China el estado neo- confuciano redescubrió su antigua raison d’etreen la batalla contra los ríos.

El subcontinente indio, sin embargo, estaba casi condenado, ocurriera lo que ocurriera. Cuando Pakistán se colapso en una revolución como resultado de la intervención estadunidense en Afganistán (como culminación del efecto de la sequía), la India también quedó desestabilizada, y las relaciones internas entre hindúes y musulmanes se deterioraron. El fracaso continuo para lograr el despegue económico minó el apoyo para todos los grandes partidos políticos. Conforme la elite se recluía detrás de muros de seguridad, la clase media en el norte de la India se entregaba a un consolador fascismo religioso, lo mismo que un número inmenso de migrantes rurales, expulsados de sus granjas por las secas del Ganges y el Brahamaputra.

La antigua India era tan tolerante del desorden y el desgobierno que pudo seguir tambaleándose durante años. Pero conforme los campesinos de Uttar Pradesh y Bihar fueron arrojados a las ciudades a causa de la sequía, hicieron su ataque directo contra los bengalíes y los bangladeshis que a su vez se apartaban del delta por el aumento de los niveles del mar. Hacia los años dos mil ochentas, unos 600 millones de personas habían dejado sus casas, el estado bangladeshi se había colapsado, y el estado hindú se había vuelto un fantasma. En las últimas elecciones democráticas de la India (descritas por una revista llamada The Economist como “la prueba convincente de que son exageradas las preocupaciones sobre el futuro de la democracia y el mercado libre en los países emergentes”) las milicias Yadav de Bihar “votaron” utilizando como boletas electorales las narices y las orejas de los bengalíes. Conforme los refugiados aparecían aquí y allá, generando un conflicto étnico o religioso tras otro, el subcontinente entró en el Manthan-yug, el Tiempo de la Batidora. A principios del siglo 23 la población había disminuido tanto que llegó a una octava parte de los 2.2 mil millones que habían vivido ahí a mediados del siglo 21.

La debacle hindú (y otras debacles en áreas pobres del mundo) significó esto: al tiempo en que los países occidentales desviaban cada vez más de sus recursos a la construcción de sus propias defensas contra las inundaciones, tuvieron igualmente que levantar nuevas defensas contra la ola humana de migrantes. Las defensas contra las inundaciones fueron bastante exitosas: de las principales ciudades estadunidenses, sólo Miami y Nueva Orleans debieron evacuarse por completo. Sin embargo, los efectos de la inmigración, y las medidas que se tomaron contra ella, empeoraron las relaciones étnicas a todo lo largo del mundo desarrollado. El mayor descontento no se dio entre las resentidas minorías étnicas de Europa, ni entre las clases más bajas de los Estados Unidos, sino entre los restos de las clases medias bajas, blancas, que vieron su seguridad amenazada por migrantes mejor educados que llegaron del subcontinente indio.

Los contornos del colapso eventual de la democracia estadunidense fueron por tanto visibles un siglo, o más, antes de la caída. En un principio, las nuevas demandas en la batalla contra las inundaciones dieron pie a otras tendencias, al revivir habilidades y virtudes tradicionales. Pero tales virtudes habían sido muy golpeadas por tantas décadas de hedonismo. Y la profundización de las crisis económicas y ecológicas hacia el fin de siglo coincidieron con el invento de la adicción más poderosa conocida alguna vez por la humanidad: la realidad virtual, mejor conocida en ese tiempo como los “feelies”, nombre sacado de una obra futurista hecha a principios del siglo 20.* (Mi abuelo, Anatol Lieven II, fue una de las primeras víctimas de esta tecnología en los años dos mil cuarentas. Se murió por no comer, a la edad de 85, con una mirada de vacío beatífico sobre su cara, mientras estaba pegado a un programa que le daba la impresión de que él era un ruso de la nobleza en la corte de Catalina la Grande.)

A la larga, esta tecnología acabó por transformar las vidas tanto de la humanidad posterior a la caída como de los inmortales. Se convirtió en el núcleo de la mayoría de los futuros empeños artísticos, y rescató a muchos de ellos del estado moribundo en que habían caído durante el siglo 20. Realidades virtuales como la recreación de escenas naturales de la América precolombina (desarrolladas por el “El Loco Tom” Goltz, el jefe militar chamán de Montana, entre los años 2277- 2294), dio alivio al sufrimiento de generaciones de estadunidenses después de la caída.

Más importante aún fue el papel de la realidad virtual en facilitar el camino para la teoría de la transmigración y sus vastagos tecnológicos en el siglo 25. La capacidad para proyectar la inteligencia y la personalidad humanas en los cuerpos de otras creaturas empezó a cerrar la grieta en la conciencia que se había abierto en el amanecer de la inteligencia humana. Bajo la forma de tecno- chamanismo, ayudó también a crear una nueva religión con las más antiguas de todas las raíces humanas.

Todo esto, sin embargo, estaba en el futuro. Hacia los años dos mil ochentas, fueron tan severos los efectos económicos de la extendida adicción a los feelies, y tan perversos algunos de los programas en oferta, que se intentó una prohibición de amplio espectro. (La combinación de las experiencias en la oferta y los avances en afrodisiacos químicos condujo a que esta era fuera bautizada como la era Priápica.) El equipo electrónico requerido para los feelies indicaba que la prohibición sobre ellos tendría más éxito que cualquiera de los intentos previos de Estados Unidos en prohibir placeres dañinos: la prohibición del alcohol en los años mil novecientos veintes y de los narcóticos hasta los años dos mil sesentas. Pero por ese motivo, los efectos de la prohibición en términos de resentimiento social y violencia fueron incluso más grandes que las guerras de gangsters de los mil novecientos veintes o las batallas por las drogas de fines del siglo 20 y principios del siglo 21. La policía clausuró los feeliódromos públicos, pero no tuvo la fuerza suficiente para incursionar en las casas de los ricos —quienes, en todo caso, podían pagar para que se hiciera una excepción con ellos—. Las masas se sintieron privadas de esta maravillosa forma de escapismo, al tiempo en que el empeoramiento de sus condiciones económicas les daba más cosas de las cuales escapar.

El resultado fue la oleada de disturbios y pogroms, que empezaron en el año 2087, donde las turbas destrozaron y saquearon los suburbios de los ricos. Típicamente, tales turbas estaban integradas tanto por extremistas religiosos que buscaban destruir a “los tentáculos del diablo”, como ellos llamaban a los feelies, como por elementos con un objetivo mucho más simple, que era saquear los feelies para su propio uso. La novedad fue que en estos disturbios se unieron blancos y negros, lo mismo que cristianos y musulmanes —estos últimos habían sido objeto de pogroms salvajes en los años dos mil cuarentas, después de los ataques biológicos terroristas hechos por el grupo Habbibulá—. Disturbios similares ocurrieron en muchos otros países.

La crueldad grotesca exhibida por muchos de los alborotadores puede explicarse en parte por la influencia de los mismos feelies. muchos de los cuales remitían a los peores aspectos de los entretenimientos populares en la Roma imperial. Esto fue sólo la última etapa en un largo proceso de la degeneración moral de la cultura popular, que empezó con el desarrollo de la difusión televisiva en los años mil novecientos cincuentas. La eroticidad, la pornografía y, en los extremos, la violencia sádica, ya habían hecho grandes avances mediante la popularidad del film y el video en el siglo 20.

Más importante en el rumbo que tomó la violencia fue una mezcla de penuria económica, caída del estatus social y desplazamiento social y sicológico. Esto fue una reminiscencia de los factores que ayudaron a que se dieran el comunismo y el fascismo en el siglo 20; pero a los viejos patrones de anomia se añadió la disolución general de las familias durante la era Priápica, que condujo a sentimientos de aislamiento y soledad que ninguna sociedad podía soportar por mucho tiempo. Así, la revuelta religiosa que echó abajo el sistema de Estados Unidos en el año 2146 fue precedida un año antes por el Gran Viento, un tornado que destruyó a Omaha y que de modo inevitable fue visto por los creyentes como algo que representaba la ira de Dios.

Los disturbios por los feelies a fines del siglo 21 fueron los primeros golpes internos en el trastorno que llevó a la caída. Pero la causa más importante de la caída fue la ingeniería genética. La irrupción de la “inmortalidad” no fue tan repentina como a veces se piensa. La precedieron décadas de cambios económicos, sociales y médicos que crearon una inmensa brecha entre entre las elites y las masas en los países desarrollados, y entre los países desarrollados y el resto. En muchas partes del mundo, la “democracia” había sido siempre una impostura. Para finales del siglo 21 esto fue también cierto y en general para los países desarrollados, o al menos así se percibía.

Así que en el año 2110, en vísperas de la caída, una mezcla de avances en tecnología médica y genética aseguró que el promedio de vida esperable entre el cinco por ciento más rico de la población estadunidense se había elevado a los 127 años (en Inglaterra, el 2.3 por ciento de la población tenía expectativas de vida de más de 120 años; en Brasil, la cifra era de un 0.9 por ciento; en Egipto, de 0.6 por ciento). La concentración del dinero en salud y en extensión de vida significó también que un 65 por ciento de los 10,000 americanos más ricos eran ahora ejecutivos, doctores y científicos en los terrenos de la salud y la ingeniería genética.

La vasta y más grande expectativa de vida de los ricos no se debió simplemente a su capacidad para pagar tratamientos costosos contra el envejecimiento, sino a su capacidad para aislarse ellos mismos de las muchas plagas nuevas y de los mutados viejos virus y bacterias, resistentes a los medicamentos, que ahora atormentaban a todo el mundo. En particular, la expansión de estos virus fue a dar en que los hospitales públicos (o privados con seguros financieros baratos) estaban sujetos a convertirse en trampas mortales.

Hacia los años dos mil setentas, las enfermedades surgidas en los hospitales y resistentes a los medicamentos habían regresado la mortalidad infantil en Europa a los niveles que tenía en el año de 1850. El nivel general de salud estaba aún por encima de sus niveles anteriores al siglo 20, y en las partes menos desarrolladas del mundo la mayoría de la gente aceptó sus nuevos sufrimientos con el mismo fatalismo con el que había soportado a sus viejos sufrimientos. Pero en los países desarrollados, las masas, y sobre todo las clases medias, veían a los servicios de salud garantizados por el estado como su derecho democrático; se habían vuelto parte de la “economía moral” sobre la cual descansaba el sistema democrático capitalista.

La tensión sobre los servicios de salud pública fue hasta cierto punto compensada por el enorme avance hecho para desarrollar medicinas preventivas baratas contra enfermedades comunes como el cáncer y las enfermedades del corazón. No menos importante, el promedio de expectativa de vida del 80 por ciento de la población estadunidense se había estabilizado en unos 65 años, un poco más que sólo la mitad de la extensión de vida de los ricos. En China, el promedio de expectativa de vida para la masa de la población era de 55 años; en Brasil era de 47. Para este tiempo no se podía disponer de cifras confiables al respecto en países del subcontinente indio y la África sub-sahareana. Estos descensos se habían prefigurado más de un siglo antes, en el descenso en picada de los índices de natalidad rusos luego del colapso de la Unión Soviética y la quiebra de su sistema público de salud (cuando la expectativa de vida para la población masculina cayó de 66 a 59 años). La nostalgia de los rusos y de otros pueblos, antes soviéticos, por sus beneficios perdidos fue una de las razones por las cuales —a pesar de la recuperación económica a principios del siglo 21— el nuevo orden capitalista nunca, en realidad, se estabilizó, ya fuera bajo una forma democrática o autoritaria.

En el año 2112 la Corporación Clinton anunció que sus laboratorios habían logrado la Total Regeneración del Cuerpo (TRC) —algo que parecía ser la inmortal i- dad. Lo que en principio fue desechado como una maniobra publicitaria para una extensión menor de tratamientos ya existentes, fue luego un hecho aceptado por la mayoría de los científicos durante los siguientes cinco años—. Este proceso casi se había logrado en los años dos mil treintas, pero la investigación fue interrumpida luego de que los primeros experimentos en humanos condujeron a cánceres horripilantes. (Por supuesto, como sabemos ahora, nada ni remotamente cercano a la “inmortalidad” es de veras posible para el cuerpo o la mente del homo sapiens. Las regeneraciones repetidas cada 50, o cada cincuenta y tantos años, destruyen eventual- mente la integridad de todo el sistema, y después de unos 300 años —en muchos casos antes— se presenta toda una variedad de degeneraciones. Más aun. como lo sabemos por la gran mayoría de los inmortales que vivieron sus primeras décadas en el planeta Tierra en el siglo 21, la educación inadecuada y la mera imaginación conducen de modo eventual al socavamiento de la resistencia física y psicológica a causa de un ennui terminal. El primer ejemplo que se registra de esta condición fue el caso del antes petrolero millonario texano, Walter Hackenfurz, que cayó en cretinismo incurable en el segundo orbitero de Marte en el año 2372. luego de ver el mismo juego de béisbol unas 16,000 veces.)

De modo predecible, la primera acción de los gobiernos en todo el mundo fue el de imponer estrictas prohibiciones a la TRC; de modo igualmente predecible, estas prohibiciones fueron violadas de inmediato, empezando por los ricos más viejos que se aproximaban al final de sus trechos de vida. Debido a que la TRC fue sólo una extensión (con una diferencia importante) de aproximaciones ya existentes, era muy difícil evitarla sin desmantelar a toda la tecnología de extensión de vida a la que las elites mundiales estaban ahora firmemente agarradas. Conforme se regó la especie de que había quienes evadían a las prohibiciones en este terreno, la inquietud de las masas creció.

Los electorados en los países desarrollados comenzaron a insistir en que la “inmortalidad” debía ofrecerse a todos, y los gobiernos empezaron a acceder al poder haciendo de esto su programa. En algunos cuantos estados como Suiza y Suecia, con un esfuerzo titánico de solidaridad social y unidad nacional, pudo lograrse algo al respecto. Pero incluso en estos casos, tal cosa no fue cierta para un inmenso número de inmigrantes; y en Estonia, un intento de excluir a la muy sufrida minoría rusa dio paso a la tercera y última revolución en la Rusia misma.

Los movimientos religiosos en todo el mundo empezaron a movilizar a sus seguidores en defensa de la humanidad que se acogía al orden divino; y como se hizo evidente que la mayoría tendría que vivir y morir como humanos, les gustara o no, sus integrantes crecieron muchísimo. Los extremistas cristianos lanzaron una andanada mortal de ataques contra las clínicas de regeneración, siguiendo el patrón establecido por los Compañeros de la Imagen Divina en el medio oriente, los Auto-Sacrificadores de Japón y los Humanistas de- Francia. En el año 2146 una gran multitud de fundamentalistas cristianos, al grito de “Larga vida a la muerte”, se abalanzó sobre el Capitolio en Washington, dando como resultado que la mayoría ele las instituciones se mudara a Boulder, Colorado.

Mientras tanto, el azote simultáneo ele la desintegración ecológica, social y económica, y la promesa occidental ele regeneración, habían puesto en marcha a inmensas poblaciones. En el año 2149. la guerra irrumpió en los Balcanes cuando el ejército turco intentó acceder por las armas a los beneficios médicos estadunidenses. En el año 2152, luego de que un numero calculado en 90,000 mexicanos y centroamericanos fueron asesinados por minas y rifles automáticos en la frontera ele Estados Unidos y México, estas defensas cedieron, al quedar casi literalmente sepultadas bajo los cadáveres. El sur de los Estados Unidos se disolvió en la anarquía. (Los principales estudios-feelie de Hollywood se salieron a tiempo, y se mudaron a Bournemouth, en Inglaterra. El clima del sur de Inglaterra era entonces tropical, antes ele c|ue los cambios en las corrientes del Golfo sumieran a la Europa occidental en temperaturas canadienses.)

Enfrentados a la necesidad de una movilización total de la nación, los ejecutivos estadunidenses intentaron lanzar una nueva prohibición a las regeneraciones, pero fue rechazada por el senado de Estados Unidos, cuyos miembros estaban ya envejeciendo. Al día siguiente, la 82ava división aérea disolvió el Congreso y poco después en ese mismo año reemplazaron al último presidente de Estados Unidos, Mee Mee Bush IV, con un consejo militar. Otras unidades entraron al pleito, y Estados Unidos se deslizó rápidamente en un torbellino de clanes militares rivales, desde los Mormones de Utah hasta los Bautistas Bush de Alabama y la Legión Tebana de San Francisco.

Igual que sus equivalentes en otras partes del mundo, la mayoría de éstos se dedicaron con feroz determinación a destruir las clínicas regenerativas y a exterminar a sus beneficiarios, fácilmente identificables por la apariencia de cuero, con un débil color naranja, de su piel. También se abocaron a destruir cualquier sociedad que hubiera tenido éxito en lograr que la regeneración fuera algo ampliamente disponible. Japón fue devastado por un ataque nuclear de los Bautistas estadunidenses en el año 2178, y la consiguiente respuesta japonesa, aunque limitada, bastó para reducir a Norteamérica a un estado de barbarie del cual nunca ha vuelto a recuperarse.

La rediviva convención de que los gobernantes debían ser sacrificados ritualmente, o darse muerte ellos mismos, como culminación de sus cargos públicos, fue comenzada por el Emperador de Japón en el año 2145. Tal cosa no estimuló la búsqueda de talento administrativo. Más aún, el conocimiento de la muerte inminente dio en que los gobernantes, no de modo antinatural, desarrollaron un deseo cada vez mayor de pasársela bien mientras estaban en el cargo. Se cree que Boris Williams, el dictador de Boston, llegó a tener 150 concubinas humanas y unas 500 concubinas electrónicas y “cyborg” antes de morir en el año 2386.

Puede parecer sorprendente el que, con instrumentos de control de masas del siglo 22 a su disposición, las elites del mundo permitieran que las expulsaran y coartaran de la inmortalidad de esta manera —aunque algunos miembros de ellas pelearon duro por la inmortalidad—. Uno de los mejores programas de control de multitudes fue lanzado por las corporaciones cibernéticas del noroeste del Pacífico, que bombardeaba multitudes con manipuladores electrónicos, que emitían ondas cerebrales pacificadoras y derivadas de musicales del siglo 20 como, notablemente, The Soitnd ofMusic. Esto salvó de manera temporal a las elites corporativas locales, pero redujo a 11 millones de personas a un estado de imbecilidad. En Texas, el cártel petrolero roció a las multitudes con un gas afrodisiaco para el sistema nervioso, mientras el cielo era cubierto de gigantescos hologramas pornográficos.

Al final, sin embargo, las defensas terrestres de los inmortales fueron socavadas por dos factores principales. El primero puede cifrarse en el viejo dicho: “¿Quién vigilará a los vigilantes?”. Se demostró que era imposible extender la promesa de regeneración a a la mayor parte de los policías, soldados y Guardias Nacionales en los Estados Unidos, ya no se diga en países más pobres, y tarde o temprano acabaron por rebelarse contra sus amos. Más importante fue que por lo menos algunos de los inmortales no necesitaron hacerles frente y pelear —de otro modo, no estaríamos aquí—. Viendo lo que se venía, muchos grupos corporativos y académicos y muchos liderazgos nacionales se habían asegurado de que la regeneración fuera una oferta para las tripulaciones de los principales satélites y bases planetarias y lunares, y de las naves espaciales que les servían. Conforme se intensificó el caos en la Tierra, la gente que podía comprar o sabía comandar una nave espacial huía del pozo de gravedad nimbo a otros mundos.

Los inmortales tenemos una tendencia —enraizada, en parte, en la culpa— a ver la historia humana anterior a la caída simplemente como una crónica de codicia, miopía y locura. Haríamos mejor en tomar, para nuestra aproximación al homo sapiens y su caída, las palabras de un líder negro del siglo 20, WEB Du Bois, sobre el mundo del viejo sur estadunidense que se vino abajo en la primera guerra civil de los Estados Unidos: “Es algo muy difícil vivir asediado por el fantasma de un sueño que no es real; ver la amplia visión del imperio extinguirse en verdaderas cenizas y basura; sentir el tormento que sienten los conquistados, y no obstante saber que pese a todo el Mal que cayó en un día oscuro, se dio fin a algo que merecía vivir, algo que fue asesinado y que en justicia no se había resuelto a morir; saber que con lo Bueno que triunfó, triunfó algo de lo Malo, algo sórdido y amenazante, algo inferior a lo más anchuroso y mejor. Todo esto es de una amargura…”.

Debimos recordar esto conforme nos separamos de nuestro sistema solar rumbo a la libertad y nimbo a nuevos mundos. Porque si en alguna etapa de nuestros viajes nos encontramos con una civilización ajena y más alta, entonces —igual que nuestros ancestros de la era capitalista— nosotros también nos enfrentaremos con un desafío al cual nuestro sistema de vida es incapaz de responder. Quizá se trate de un desafío glorioso en muchos sentidos, un desafío transformador y liberador para algunos, pero también una catástrofe para muchos y el fin de todo lo que hemos conocido. Entonces también nos haremos eco de las palabras del Profeta, repetidas en la última encíclica del Papa católico en Roma, mientras las llamas de la hoguera lo rodeaban en el año 2153: “Un Fin ha llegado, el Fin ha llegado, vino por vosotros, mirad: ha llegado. La mañana ha llegado a vosotros, oh vosotros los que moráis en la tierra”. n

Traducción de Luis Miguel Aguilar

Anatol Lieven. Sénior Associate del Carnegie Endowment for International Peace en la ciudad de Washington. Este artículo apareció por primera vez en la revista Prospect, www.prospect.magazine.co.uk

* El autor se refiere a Brave New World ( Un mundo feliz), la novela de Aldous Huxley publicada en 1932. (N. del T.)

La pluralidad étnica

LA PLURALIDAD ÉTNICA

POR GUILLERMO BONFIL

El reconocimiento del pluralismo étnico requiere mucho más que el respeto al sufragio. Se trata, ante todo, de admitir que los pueblos indios de México son entidades políticas que deben ser reconocidas jurídicamente como integrantes del Estado nacional. Este reconocimiento es un paso inevitable en cualquier proyecto democrático, porque es un requisito para que los pueblos indios ejerzan el derecho a conducir sus propios asuntos internos y desarrollar su cultura propia. La afirmación de la autonomía interna es una condición necesaria, aunque no suficiente, para restituir a los pueblos indios la libertad de conducir su propio destino, que les fue arrebatada desde la invasión europea y les ha sido negada en el México independiente, y para crear las condiciones que hagan posible su auténtica participación ciudadana, que no puede darse al margen de su cultura propia. No cabe imaginar un México democrático sin que se respeten por ley y en la práctica los derechos colectivos de los pueblos indios y esto exige su reconocimiento como entidades políticas constitutivas del Estado.

En el campo de la justicia social se plantea una doble demanda. La primera deriva del hecho de que los pueblos indios ocupan, sean cuales sean los indicadores que se empleen para el diagnóstico, el escalón más bajo de la sociedad mexicana. Son el sector de nuestra población más empobrecido y presentan los índices de carencias más intolerablemente altos. En el reparto de la riqueza y de las oportunidades sociales la diferencia es escandalosamente abismal entre los pueblos indios y los grupos más favorecidos del país. La demanda de justicia económica es inaplazable, como lo es la de la justicia a secas, porque muchas normas y procedimientos para impartirla no tienen vigencia real en la vida cotidiana de las regiones indias. Hay, pues, el imperativo de un trato justo hacia los pueblos indios, que implica la supresión de las muchas formas en que se les explota, se les discrimina y se les margina. Pero hay otra demanda complementaria, que remite claramente al derecho a la diferencia cultural: además de tener un acceso justo a las oportunidades y los bienes que ofrece y posee la sociedad mexicana, los pueblos indios reclaman mayores oportunidades y posibilidades en el marco de su propia cultura: se trata de poder estudiar biología en la universidad, pero también de que existan las condiciones para desarrollar los conocimientos sobre la naturaleza que forman parte de la propia tradición cultural india; se trata de poder adquirir dominio sobre nuevas tecnologías, pero también de crear otras a partir de las que se poseen como legado histórico. Sólo por esta doble vía puede alcanzarse una relación justa con los pueblos indios, sin caer en el error de confundir desigualdad con diferencia: se trata de eliminar la desigualdad al mismo tiempo que se defiende el derecho a la diferencia.

—Nexos 131- Noviembre de 1988.

El slalom gigante de Hans Magnus Enzensberger

EL SLALOM GIGANTE DE HANS MAGNUS ENZENSBERGER

POR JORGE HERRALDE

La obra de Hans Magnus Enzensberger avanza con rigor y elegancia por la pista de la ideas. Macla se le escapa: ni el Partido Comunista Cubano, ni las fantasías apocalípticas, ni la xenofobia en Europa, ni las fallas de Occidente, ni la ironía, ni la belleza. Jorge Herralde. su editor en lengua española, entrega un acercamiento a esa potencia analítica y creadora, reflejo preciso de la aridez intelectual.

La  lectura de una colección de deslumbrantes ensayos de un tal Hans Magnus Enzensberger llamados Culture et mise en condition —publicados, si mal no recuerdo, en la colección “Les Lettres Nouvelles” de Maurice Nadeau— me dejó deslumhrado. Unos análisis agudísimos y rotundamente pioneros sobre la manipulación de las conciencias, la desmitificación de la industria cultural, los mecanismos de la gran prensa burguesa pretendidamente objetiva, la sacudida cultural del libro de bolsillo, las complicadas relaciones entre poesía y política…

Foco después, en mi visita oficial, como futuro editor, a Carlos Barral a principios de 1968, en el legendario despacho de las oficinas de Seix Barral en la calle Mallorca, me comentó su exceso de contratos, de títulos ‘traspasables”: de Merleau-Ponty (“filósofo mediterráneo”), del sociólogo sueco Gunnar Myrdal, y en especial el problema que le planteaba un libro del ensayista y poeta Hans Magnus Enzensberger, a quien Carlos conocía de los tiempos de los Premios Formentor. El libro en cuestión, editado por Suhrkamp, Einzelheiten (o sea Culture et mise en conditionj, había querido traducirlo Gabriel Ferrater, también amigo de Enzensberger de la misma época —alfiles deslumbrantes, ambos, del equipo de intelectuales que flanqueaban a los respectivos editores en los debates de los Premios—, quien, después de una copiosa correspondencia durante años, no había entregado ni una cuartilla, y naturalmente la situación estaba bastante envenenada. Para evitar más problemas con el autor, con el traductor y con Suhrkamp, Carlos me propuso que lo publicara yo; acepté de inmediato, entusiasmado. Encargué la traducción a Nico Ancochea y en mayo del 69 publiqué Einzelheiten. convertido en Detalles, como primer título de la ahora tan veterana colección Argumentos.

En la contraportada utilicé una frase del informe de lectura, muy positivo, que Manuel Sacristán había hecho para Seix Barral: en los ensayos del volumen, estudios en detalle, “se encuentra un tema general subyacente:la importancia del caso particular como revelador de la totalidad concreta de la vida social”. Y también, de mi cosecha, inventé un posible subtítulo para el libro: ‘ Del sarcasmo considerado como una de las Bellas Artes”.

Después publiqué un par de textos breves en la colección Cuadernos Anagrama, Elementos para una teoría de los medios de comunicación (1972), que se convirtió en una especie de manual imprescindible para los profesores y alumnos izquierdosos de las escuelas de periodismo, y Para una crítica de la ecología política (1974).

El interrogatorio de La Habana (1973), compuesto por cuatro textos, fue un libro que “fabricamos” con el autor para Anagrama. Uno, sobre el llamado “turismo revolucionario”: “las delegaciones” de visitantes, convenientemente pilotados, a los países del socialismo real; otro, una apología del padre Las Casas y sus análisis del colonialismo. Los otros dos eran sobre temas cubanos: en el que daba título al volumen, tras la fallida invasión de la Bahía de Cochinos, Enzensberger extractaba las confesiones de los prisioneros, configurando así, con las palabras de otros —un método que practica a menudo—, un “autorretrato de la contrarrevolución”, mientras que en “Imagen de un partido: antecedentes, estructura e ideología del Partido Comunista de Cuba” el autor llevaba a cabo un muy polémico análisis de dicho partido, que levantó ronchas en el aparato castrista.

Ya había estallado el “caso Padilla” y el cónsul de Cuba en Barcelona, amigo mío y amigo de tantos amigos, tras esa “traición” me retiró dicha amistad y la tradicional invitación a tomar mojitos cuando la Feria de Muestras, un ritual para todos los amigos de Cuba. Unos años después hicimos las paces, tras muchas copas y bromas acerca del visible pistolón del cónsul, en una cena organizada con tal fin en casa del cineasta Manuel Esteban y Magda Oliver, con Octavi Pellissa, Carlos Durán y algún otro amigo de toda confianza cubana.

Enzensberger nos ha obsequiado también con una utilización distinta, un nuevo mode d’emploi, de la erudición histórica en sus Conversaciones con Marx y Engels (1974), un trabajo de investigación realizado durante años, en el que el autor daba la palabra a los contemporáneos de Marx y Engels. A partir de un habilísimo, intencionado y nada ingenuo montaje, los textos formaban una biografía polifónica, rematada en contrapunto por un astuto apéndice: las opiniones que los opinantes les habían merecido a los dos colosos. El resultado en general era demoledor: una relación de elogios escasos e injurias muchas. En el libro aparecía también un episodio que había estado bastante o muy tapado hasta el momento: la hija que Marx tuvo de su criada y que para evitar escándalos había endosado al fiel Engels.

En cuanto a Europa, Europa (1989). fue un proyecto atípico y osado, muy propio de Magnus. La idea era viajar a un país europeo y, tras unas semanas de investigación en el terreno —aparte de la documentación previa—, publicar una serie de reportajes sobre el país en cuestión, pero no sólo en la prensa alemana, con lo que el riesgo sería menor, sino en un periódico de gran tirada de dicho país: éste era el punto importante, el hecho diferencial. Como me comentó Enzensberger, es el trabajo que un extranjero, o sea un no especialista, escribe para ser juzgado por los especialistas en el tema: los nativos. Es obvia la osadía de tal procedimiento que un aficionado al folklore podría calificar de gesto torero, de saltar al ruedo, un “dejarme solo” de indudable riesgo. En El País leyeron los textos italianos y me pidieron que hiciera el contacto con el autor para un reportaje sobre España, a quien naturalmente le gustó mucho la idea, y allí se publicaron —antes de su recopilación en Europa, Europa—, con la previsible polémica levantada por tal experimento, de la que dan fe las cartas al director que suscitaron los reportajes. Es significativo que las cartas más airadas procedieran de la zona más crispada, el País Vasco.

Migajas políticas (1984) y Mediocridad y delirio (1991) eran dos variadas compilaciones de ensayos. En Migajas políticas figuran temas como la lucha por la vivienda; las fantasías del fin del mundo; el malestar en la escuela; el catastrófico estado del Tercer Mundo; el eurocentrismo y la ingobernabilidad; todo ello desde una perspectiva irónica tous azimuts. En Mediocridad y delirio el abanico también es amplio: la situación de la crítica literaria o, mejor dicho, su desaparición; la figura del analfabeto secundario; la televisión como medio de comunicación cero; una investigación sobre dos instituciones tan clave como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional; el dinero negro como engrase en las campañas políticas. Para concluir, un diagnóstico sobre la medianía y el delirio en la sociedad actual, tan “inquietantemente satisfecha y demencialmente normal. Hay que temerla”. Dos textos breves —La gran migración (1992) y Perspectivas de la guerra civil(1994)— se adentran en campo minado y podrían conformar un díptico. En el primero se aborda la xenofobia en Europa, y el segundo versa sobre el autismo de la violencia y la tendencia a la autodestrucción como denominador común de todas ¡as guerras civiles. Temas incómodos, ingredientes ideales, pues, para la “dieta Enzensberger” (Luis Meana dixit), que pone al descubierto las contradicciones cínicas del establishment.

Haciendo alguna de las escasísimas excepciones en la editorial —las otras son los Sonetos de amor de Shakespeare, traducidos por Agustín García Calvo, y Cien poemas apatridas de Erich Fried, ganador del Premio Internacional de los Editores, que fue publicado simultáneamente en Europa por siete sellos editoriales, aparte de un par de libritos de poemas y dibujos de Tim Burton y Roald Dahl —edité dos libros de poemas de Enzensberger, ambos de traducción complicada.

Uno fue Mausoleo (1979), “37 baladas sobre la historia del progreso”, según rezaba el subtítulo. Tras rebotar en varios traductores, finalmente acabó en las cuidadosas y beneméritas (y un tanto lentas) manos de Kim Vilar, que había regresado a España después de un largo exilio de años en Alemania Oriental, donde había estudiado teatro y colaborado con el Berliner Ensemble. Una versión magnífica de un apasionante friso en forma de elaboradísimas microbiografías, trufadas de collages, dedicadas a una minoría radical que ha marcado las contradicciones del progreso, de Gutenberg a Chopin, de Darwin al Che.

O como Maquiavelo, “incomprendido como todo genio”: “Niccoló, canalla, poeta, oportunista, clásico, verdugo: Eres el puro retrato del pasado y por eso elogio el que pintaste Compadre Niccoló, te juro que no lo olvido, y por ser mil veces Tus mentiras verdad, maldigo otras tantas tu mano torcida”.

O Charles Fourier:

“Colón, Newton, Descartes y yo. ¿Oís bien? Voilá le fou! gritan los chiquillos por el parque del Palais Royal. Pero cuidado, no se confundan: no es un “crítico de la sociedad”, Es su enemigo declarado. Fábula rasa, o La ruptura absoluta”.

O un epitafio, magistral, conmovedor, de Bakunin: “Por doquier ceniza de cigarro, periódicos, cucharas de té. Chivatos Pululan ante la casa. Caos, cochambre por doquier.

El tiempo pasa. Y sigue en Europa oliendo a policía. Y porque nunca y en parte alguna, Bakunin, no ha habido, ni hay, ni habrá monumento a Bakunin, te lo ruego, Bakunin: vuelve, vuelve, vuelve otra vez”.

El otro libro de poemas fue El hundimiento del Titanio (1986), metáfora también de los crujidos del progreso. Kim Vilar no estaba disponible y empecé la ronda de traductores con resultados negativos. El tiempo iba pasando y al final Magnus sugirió una solución de emergencia: que su amigo Heberto Padilla lo tradujera de la edición norteamericana, que había sido minuciosamente revisada por el autor, y el propio Magnus repasaría luego la versión de Padilla. Así se hizo y la traducción suena muy bien.

También otra publicación de un género atípico en Anagrama fue El filántropo (1985), una pieza teatral basada en la figura de un personaje que, naturalmente, interesa muchísimo a nuestro autor: Diderot, el creador de la figura del intelectual.

Y por último, dos recuperaciones: Política y delito (1987), que había publicado antes Seix Barral, un espléndido conjunto de nueve ensayos, en los que Enzensberger se adentra en la oscura dependencia entre asesinato y política, y en los que figuran Al Capone y los gangsters de Chicago, el dictador dominicano Léonidas Trujillo (en quien se ha basado para La fiesta del chivo Mario Vargas Llosa, tan amigo de Magnus), los escándalos y crímenes de la dolce vita romana, y los “soñadores del absoluto” conspirando para derrotar al zar de todas las Rusias. La segunda, muy perseguida por mí, fue El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Durruti (1999), un extraordinario montaje de textos sobre el mítico libertario. Un libro imposible de publicar en su día en España, lo que me fastidió de sobremanera; mi buen amigo Juan Grijalbo lo editó en México y tras la muerte de Franco también en España. Sin embargo seguí al acecho, y cuando los derechos de Grijalbo quedaron cancelados, volví a la carga y pudo publicarse en Anagrama. Enzensberger narró la vida de Durruti basándose sólo en documentos (discursos, tracts, reportajes, memorias, entrevistas con testigos oculares supervivientes): una “novela de Durruti”, así la llama el autor, “contradictoria”, siempre vinculada a las “centelleantes incertidumbres” de la tradición oral, en la que la Historia aparece como “ficción colectiva”. En una entrevista en Barcelona, Enzensberger afirmó: “Fue un trabajo apasionante porque me permitió hablar con un tipo de personas que en el mundo actual ya no serían reales, porque la pureza de aquella gente ya no existe”, y calificó esta etapa del anarquismo español como “una de las aventuras más fascinantes del siglo XX”.

Cuando con Luis Goytisolo, primer cómplice en el proyecto, empezamos a pasar lista de posibles miembros del primer jurado del Premio Anagrama de Ensayo, además de los “barceloneses” Mario Vargas Llosa y Salvador Clotas, a principios de los setentas, invitamos a Juan Benet, quien aparte de Volverás a Región y Una meditación había publicado en Revista de Occidente una admirable colección de ensayos.

Otro invitado, que también aceptó, fue Enzensberger, muy amigo de José Agustín Goytisolo, traductor de Vallejo y Neruda, que viajaba asiduamente a Cuba, y que también visitaba con frecuencia España debido al rodaje de un documental sobre Durruti. Durante el rodaje, clandestino, Enzensberger, asistido por un jovencísimo periodista, Ángel Montoto, enviaba cada día el material rodado a Alemania, así que cuando hubo chivatazo y problemas con la policía, las cintas estaban a buen recaudo. Enzensberger participó activamente como jurado durante los primeros años. Más tarde, ya con el tiempo más ocupado, sólo le enviábamos originales ya muy descremados aquellos años en que sabíamos que la temática le podía interesar, como en el caso de Usos amorosos de la postguerra española de Carmen Martín Gaite, La Escuela de Barcelona de Carmen Riera y, en 1990. El arte de la manipulación política de Josep M. Colomer, último año en que participó en las deliberaciones.

También visitó Barcelona, en los primeros setentas, precedido de una carta de Magnus —para quien, según sus palabras, era más que un hermano—, el chileno Gastón Salvatore, líder estudiantil de la izquierda extraparlamentaria, luego autor teatral. Estaba buscando contactos para una investigación sobre el ejército franquista o la guardia civil, no recuerdo bien, un proyecto que parecía no sólo singularmente arriesgado, sino también bastante imposible, y que no sé dónde desembocó. Unos cuantos amigos, entonces independientes de izquierdas, habíamos formado un grupo de debate, el Cercle 76—en el que estaban Castellet. Barral, Clotas, Bohigas y otros—, y habíamos tenido un encuentro informativo con Jordi Busquets y otros dos oficiales “úmedos”, es decir militares de la clandestina UMD. Le di a Gastón, para que los contactara, el teléfono del abogado Ramón Viladás, también del Cercle 76, y fundador en su día de la editorial Ruedo Ibérico, y no supe más del asunto. Durante largas temporadas Magnus y Gastón, codirectores del mensual Transatlantik, compartieron vivienda en Venecia, con lo que a Magnus el español y el italiano, tan próximos, se le encabalgaban en la conversación, un misto aleatorio.

Recuerdo que en uno de los viajes visitamos la Fundación Miró, el magnífico edificio de Sert, cuyo primer director fue Francesc Vicens, a su regreso a España tras los avatares y expulsión del partido comunista al igual que sus amigos Claudín y Semprún. Las explicaciones de la visita guiada por el muy sabio Francesc Vicens fueron tan minuciosas que Magnus me dijo en un aparte: “Ha sido como una visita para ciegos”.

Aunque no todo era cultura y debates ideológicos, obvio es decirlo, sino también cenas y copas en Bocac- cio. Le llamaron la atención tres fiestas. En uno de sus primerísimos viajes a Barcelona, a finales de los sesentas, preparando el documental sobre Durruti, coincidió con una sonada función del Living Theater en el Romea; luego José Agustín Goytisolo los llevó a todos, y a Magnus, a casa de Ricardo Bofill, gran juerga, todos a calzón quitado, en el sentido más expreso; un contraste notable con sus experiencias previas en la España franquista. Una de las veces que vino de jurado, lo llevamos a un gran baile en el Ritz que Carmen Balcells, en plena forma, había organizado para el lanzamiento de Gramática parda de Juan García Hortelano, que acababa de publicar Argos-Vergara; sorprendido y feliz ante una fiestaza de tal envergadura por motivos literarios, Magnus bailó unos cuantos valses con un estilo algo envarado pero voluntarioso. En otra ocasión, cuando hacía los reportajes para el libro Europa, Europa, tuvo lugar la fiesta del Cervantes, el 23 de abril, y lo llevamos al Palacio de la Zarzuela: atónito también ante una recepción real, con Juan Carlos, Sofía y las infantas departiendo tan campantes con la “infame turba”, algunos escritores, editores y similares, con elevado grado de alcohol. Impensable una “promiscuidad” similar en Alemania, comentó.

Otra de sus acompañantes y su pareja durante tiempo fue una principessa, simpática, rápida, muy guapa, que colaboraba en Quotidiano dei Lavoratori. una publicación de la extrema izquierda italiana. Unos pocos años después la vi en la Feria de Frankfurt, acababa de publicar en Garzanti un libro, Harem, sobre el mundo musulmán que le había interesado siempre (su familia tenía un castillo sarraceno en Sicilia). El editor, Livio Garzanti, paseaba orgulloso por Frankfurt junto a la espectacular princesa. Magnus también vino una vez a Barcelona con su actual pareja, con la que vive en Munich desde hace ya bastantes años y le ha hecho de nuevo muy feliz papá.

Además de sus propios libros cabe destacar en Magnus otras facetas. Así en los sesentas fundó Kursbuch, la revista teórica de la izquierda (extraparlamentaria) alemana, y en los ochentas, junto con Salvatore, Transatlantik, en la que se perseguía una nueva forma de reportajes, trabajada y rigurosa pero a la vez amena, legible y estimulante. También fundó hace años una espléndida colección, Die Andere Bibliotbek, albergada primero en Greno Verlag y luego en Eichborn. En la selección de textos —de diversos géneros y épocas— figuran desde “clásicos” como Herzen hasta descubrimientos como Christoph Ransmayer y sobre todo W. G. Sebald. Singularidades: ediciones cuidadísimas en tapa dura, tipografía de plomo ancien régime, todos los libros tienen el mismo precio y no se reeditan jamás en dicha colección.

Como tantos intelectuales de los radicales años sesentas, Enzensberger ha variado notoriamente sus posiciones políticas. Se esté o no de acuerdo con algunas de sus opiniones, en todos los escritos resplandece su extraordinaria agudeza, la mirada inesperada, el horror al tópico (o mejor, la imposibilidad de pensarlo), el regate seco e inapelable, la paradoja súbitamente luminosa. Posiblemente pocos intelectuales contemporáneos pueden rivalizar con él. Y desde luego, para el catálogo de Anagrama y para mí como lector, pocos, si es que alguno, pueden comparársele.

Durante bastantes años tuvimos una correspondencia bastante nutrida y fluida. También visitó Barcelona a menudo (y yo jamás he visitado Munich, donde reside, pese a su insistencia y para mi vergüenza). Durante años se me consideró algo así como cónsul general de Enzensberger en España y me llamaban continuamente para cursarle alguna invitación, hasta que un día me dijo que se concentraba en su obra, evitaba dispersiones (que no le dieran más la lata, ése era el mensaje). Así que dejé de ser correo transmisor. Sólo le insistí para la fiesta de los 25 años de Anagrama en Barcelona, a la que asistió, vivaracho y, como todos, al final bastante borrachín en los jardines del Hotel Juan Carlos.

Un penúltimo episodio: un buen amigo me llamó hace un tiempo diciéndome que tenía muchísimas posibilidades de que le concedieran en España un prestigioso premio de periodismo; que le sondeara para saber si tenía algún inconveniente. Llamé a Magnus y me dijo que se sentía muy halagado por el historial del premio, pero que le resultaba imposible aceptarlo: justamente acababa de publicar un artículo cuya tesis era que él y los de su generación deberían renunciar a copar todos los premios y dejar el campo libre a generaciones más jóvenes… Así se lo comuniqué a mi amigo y. siguiendo instrucciones, pasé el artículo a El País.

Y una última información. Las versiones de García Lorca en Alemania eran, según criterio general, muy insatisfactorias, pero el traductor tenía un contrato férreo que bloqueaba los derechos. La editorial Suhrkamp empezó una serie de largas y dificultosas negociaciones para vencer esta barrera. Magnus apoyó tal iniciativa realizando una nueva traducción de La casa de Bernarda Alba que se publicó en edición no venal: una demostración elocuente del “secuestro” lorquiano. No hace mucho, Suhrkamp ha empezado, finalmente, las nuevas y necesarias traducciones de García Lorca.

Magnus cumplió los 70 en otoño de 1999 colmado de homenajes, pero tan vivaz y ontológicamente joven como siempre. El mismo año publicamos su última colección de ensayos. Zigzag, un libro excelente empezando por el título, una fórmula-broche de su démarche. de su slalom, su slalom gigante por la pista de las ideas. Vielen Dank. Magnus. n

Jorge Herralde. Editor y escritor. Dirige la editorial Anagrama.

La profecía de la memoria

LA PROFECÍA DE LA MEMORIA

POR ARNOLDO KRAUS

Los  cementerios han sido siempre sitios de reflexión. Ahí. las tumbas, los entierros, los pinos callados, los amortajadores y la tierra que cubre las sepulturas son venas hinchadas que devienen introspección. Pasear por ellos suele acomodar piezas sueltas, pavimentar encuentros con el alterego y remover los escombros del alma que confrontan recuerdos, vivencias y, en muchas ocasiones, culpas. La razón es simple. El lenguaje de los muertos nunca acaba: escucharlos es un ejercicio que depara infinitos caminos y un arte que puede exaltar los rincones del eros. Estar con los muertos es otra forma de estar con los vivos, con uno mismo, con el athos —morada—, con el daimon —destino— y con el pasado.

En el rito judío los cadáveres son cubiertos exclusivamente con una sábana: los féretros aíslan el cuerpo y el alma de la tierra e impiden que el ser humano regrese a la Tierra. Si bien la idea ancestral “polvo eres y en polvo te convertirás” devuelve al ser humano a sus dimensiones reales, y a su infinita pequeñez, no garantiza ni olvido, ni silencio. Quizá por eso, cuando los muertos y los epitafios inscritos en las lápidas hablan, las historias de los vivos adquieren otros tintes.

Tu nombre en el silencio fue el epitafio y homenaje póstumo que rendía la doctora Ida Pavelling a un médico judío asesinado durante la dictadura nazi. Tu nombre en el silencio rescataba la memoria y expiaba las culpas de uno de los personajes centrales de las múltiples historias y de los infinitos encuentros y desencuentros que circulan por las páginas del libro de Pérez Gay. Ese epitafio —tomado del poeta Rainer María Rilke— pretendía hacer de la muerte del galeno un fenómeno atemporal. Pérez Gay lo dice mejor: “la idea de la muerte como una maduración interior, esa muerte que deja de ser anónima y se convierte en una creación espiritual. La certeza de que cada uno tenía, o debía tener, una muerte propia”.

En el cementerio de St. Annen, a donde transportó los restos del doctor León Halévy, Pavelling depositó amor, confrontó culpas y vidas no resueltas. Los demonios del tiempo nunca le permitieron separar ni su deseo, ni su impulso existencial, ni su historia, de la imagen del amado asesinado. Los lastres, los desamores y los rincones de la memoria que azotan siempre la conciencia de quien pervive las masacres y las muertes inoportunas y preñadas de sinrazón, se adosan a la piel y petrifican las posibilidades del mañana. La historia de Pavelling y Halévy es el recuento de un amor que no finalizó con el fallecimiento del segundo, pues la presencia, otrora amorosa, otrora obsesiva de la pasión perdida, zumo vital y a la vez mortal, demacró la vida de Pavelling y la de sus allegados.

“Cómo has podido dejar tu nombre en el silencio” son las líneas de Rilke con las que Pavelling clausura una historia e inaugura otras: la de un joven mexicano y la de dos estudiantes latinoamericanos que acuden al Berlín de los sesentas en la búsqueda del conocimiento universitario. A un Berlín convulso y vivo. en donde la memoria de la guerra era la memoria del presente, en donde el sabor del conocer se mezclaba con el furor de la inconformidad, con el ascenso de las guerrillas, con el surgimiento de una nueva Cuba, con las rebeliones estudiantiles en Europa y las masacres perpetradas en México. A una ciudad, en donde los ojos del autor cuentan e inventan las pasiones del mundo universitario. A ese Berlín, cuya fisonomía se ha ido para siempre. y en donde los sinsabores reales y los episodios irreales penetran y son la vida de tres estudiantes latinoamericanos, uno de ellos. Cardona, el mexicano, yerno escucha de la Pavelling.

El libro entreteje numerosas historias, ocupa tiempos largos, con junta incontables citas v escombra en las vidas y decir es de numerosos miembros de la comunidad intelectual y política. Ese entramado tiene la magia de transportar la imaginación del lector a través de una narración y un movimiento perpetuo, que entre historias y ficciones salta de un episodio a otro, para luego regresar y retomar el hilo, sin perder nunca ni la continuidad, ni la fluidez. La tensión nunca disminuye, pues la urdimbre, a pesar de estar repleta de información política, literaria e histórica, es tersa, y sumerge al lector en tina espiral ascendente de anécdotas muy ricas que construyen un mosaico asombroso y que continuamente plantean la siguiente disyuntiva: ¿qué tanto es ficción y qué tanto es realidad? Mientras avanza la lectura, el vértigo de las escenas posee la magia de convertir la ficción en realidad y la realidad en ficción.

En ese mapa, el de la Europa de la posguerra, de los amores dolorosos, de las distancias con el México materno, y sumidos en el mare magnum de discusiones filosóficas y reyertas políticas, emerge la figura del poeta Paul Celan —”No busques en mis labios tu boca/ ni en la puerta al extraño/ ni en el ojo la lágrima”—. la imagen del diabólico Goebbels —”el poeta encarnaba todo lo que los nazis combatían”—, la del padre Camilo Torres asesinado por el ejército colombiano— “la única manera de llorarlo está en seguir adelante en todos los caminos de la lucha”, expresa el estudiante colombiano—, la de Ludwig Wittgenstein —”los límites de mi lenguaje significan los límites del mundo”—, la de Alvaro Mutis —”no es posible que un hombre cuente la verdad sobre él mismo o deje de comunicar al lector la verdad sobre él mismo”—, la del pintor ruso alemán Alexei von Jawlensky, cuyo cuadro adornaba la sala de la doctora Pavelling —”un rostro no es nunca un solo rostro, es todo el universo”— y una miríada de pasajes y citas que enriquecen la obra y siembran un escenario en donde la novela deviene historia y la historia deviene literatura. Recorrer esos caminos es repasar algunas de las vicisitudes filosóficas e históricas del siglo XX.

Sugiere Pérez Gay que “el destino tiene dos maneras de herirnos: puede negarse a nuestros deseos, pero también puede cumplirlos”. Y ¿qué es el destino?, ¿acaso existe el destino? En el corpus de Tu Hombre en el silencio, los pasos, las aventuras y desventuras de los tres estudiantes, el asesinato de uno de ellos —el brasileño—, la perseverancia política y moral del colombiano en pos de un mundo mejor a través del socialismo y los vaivenes amorosos del mexicano Ernesto Cardona resultan en un tinglado que introduce al lector en un sin fin de caminos e historias independientes, que se mezclan continuamente. Hacia el final, esos caminos atan vidas y tiempo. Cuando Heráclito afirma que “el ethos es para el hombre su daimon’, nos dice que destino y libertad son bienes continuos y recíprocos, y que, de mil maneras, se retroalimentan. En el libro las moradas internas de sus personajes y el sino de sus vidas retratan las caras de la sociedad germana y el pensar latinoamericano.

Casi tres décadas después de haber iniciado su periplo alemán Cardona acude a un coloquio internacional en Berlín intitulado “Los años ochenta: la década perdida para América Latina”. Su óptica del mundo y de las calles de su Berlín habían cambiado para siempre. Ese Berlín que ya no era suyo, pues, al igual que su recuerdo y al igual que algunas pérdidas que ahora también eran parte de su vida, todo se había modificado. En efecto, nada era igual: las calles, el pueblo de estudiantes, la casa de la familia Pavelling, las personas, eran otros. El Berlín de antaño se había transmutado a! igual que la historia de Cardona.

En ese nuevo Berlín, el de la Alemania reunificada, Cardona camina y finaliza en el cementerio St. Annen, donde había sido enterrado León Halévy. Ahí, cargando el paso de su memoria, de unas calles que no reconocían su paso, de unos edificios cuyos ladrillos nuevos sepultaban viejos recuerdos, de un jardín que había desaparecido y cuyas vidas jamás serían recuperadas, de un supermercado antes lleno, ahora inexistente, y de un auditorio, antaño eco de sabiduría y diálogo y hoy derruido, recomo las tumbas de sus difuntos. En ellas depositó flores, melancolía, reclamos, su alma y, después de treinta y dos años, leyó de nuevo el epitafio sobre la tumba de Halévy: “Cómo has podido dejar tu nombre en el silencio”. Escribe Pérez Gay que entonces Cardona “entendió la profecía de la memoria: supo que entonces todos dejamos nuestro nombre en el silencio, y que Nuno y Dutschke —el primero, uno de los estudiantes latinos, el segundo, joven comunista alemán— ya no podrían envejecer, el peso de los años ya no caería sobre ellos como caía sobre él, estaban detenidos en el Berlín de su vida y sus sueños, y tendrían para siempre veintiocho años”.

En los cementerios la paz de las tumbas, el aparente silencio de los muertos y el aroma de los recuerdos, pueden, paradójicamente, mitigar las angustias de los vivos. Las tumbas y sus muertos son un ejercicio desolador, pero también edificador: las palabras del vivo son tan puras como las memorias de los —sus— muertos. Quizá por eso Edmond Jabés, amigo de Celan en París, y quien fue una de las últimas personas que oyó su voz antes de que el poeta se suicidara, escribió: “La muerte, desde siempre, ha sido discreto confidente del judío; el humilde azogue en que gracias a la claridad de una vela, todas las noches, desde el mismo lugar, ha escrutado su rostro”.   n

Arnoldo Kraus. Colaborador de La Jornada.

Brillat-Savarin

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

BRILLAT-SAVARIN

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

Su nombre es famoso. Su único libro es una obra cumbre de la civilización a la que aún pertenecemos, y se ha vendido de manera continua desde su primera edición en 1825. Algunos de sus aforismos —Dime qué comes y te diré quién eres, y Aporta más a la felicidad de la raza humana la invención de un nuevo platillo que el descubrimiento de una estrella— son tan parte de la cultura que ya nadie se acuerda que fue él quien los formuló. Para sus auténticos herederos, que son todos aquellos que comen o guisan con la convicción de que el buen alimento es un placer trascendental, su texto debería de ser libro de cabecera. Y sin embargo la obra de Jean Anthelme Brillat-Savarin la conocen pocos, porque le puso un título —La fisiología del gusto— digno de un ladrillo teórico, un ejercicio ele pedantería. ¡Qué desgracia para todos los que se han perdido su lectura!

Brillat-Savarin nació en 1755 en el seno de una próspera familia burguesa. Generoso, entusiasta, bien instruido a la manera de su ciase, dotado de una gran modestia y al mismo tiempo de una pequeña vanidad encantadora y coqueta (sobre todo cuando presume, con una serie de seudoanglicismos y palabrejas medio españolas, de su dominio de los idiomas), nuestro héroe tuvo una vida tan accidentada como cualquier otra en tiempos de la Revolución francesa. Monarquista liberal, se auto-exilió en Suiza y posteriormente en Estados Unidos hasta que con la muerte de Robespierre le dieron ganas de volver a Francia. Se estableció en París, donde trabajó y fue conocido hasta el final de sus días no como autor sino como un cumplido juez del Tribunal de Casación.

Poco antes de morir decidió pagarse él mismo la edición de una serie de textos que había ido elaborando a lo largo de varios lustros. Antes había escrito y publicado algunas monografías sobre arqueología y administración pública, entre otros temas, pero ni él ni ninguno de sus muchos amigos consideraban que eso le mereciera el título de “autor”. (En cambio todos sabían de su amor por la comida, y respetaban su exigencia de que, cuando hablara del tema, se dirigieran a él como “profesor”.) Con su gran modestia, afirmó que al armar en forma de libro una colección de meditaciones, anécdotas y ensayos sobre la alimentación “me he dado una satisfacción propia. He mencionado a varios de mis amigos, quienes difícilmente esperaban tal cosa; he vuelto a algunos recuerdos agradables, y renovado otros que estaba a punto de olvidar; y me he permitido algunas humoradas”. Con su pequeña vanidad, le colocó al todo ese título fatal, que intentaba reflejar la pasión francesa por desmenuzar y categorizar todos los aspectos de la experiencia humana. A Brillat-Savarin le ha de haber parecido un título digno de una gran obra, y del intelectual que aspiraba a ser.

No vivió para enterarse de que su libro causó inmediato deleite y asombro. En un siglo constreñido aún por las formas y las pretensiones aristocráticas, Brillat-Savarin escribió con total correspondencia entre intención y efecto, con amplio dominio del idioma y, sobre todo, con una sencillez que parece milagrosamente espontánea (aunque no dudo que haya pasado noches desveladas rehaciendo y puliendo sus ensayos). Leyéndolo, Balzac proclamó que “ningún escritor francés, desde el siglo XVI y si exceptuamos a La Bruyere y La Rochefoucauld, ha dado a la frase tanto relieve ni tanto vigor”.

Es bueno saber todo lo anterior, pero no nos prepara para la experiencia de leer a Brillat-Savarin, pues recogerse en un sillón con su libro y una tasa de té y galletitas, o con una buena copa de vino, es sentarse en el mejor banquete al lado del gordo más conversón, ocurrente, glotón, afable y candoroso que uno pudiera desear como compañero de mesa. Es feliz de estar a nuestro lado. Es feliz de recordar que una tarde le sirvieron a su prima, Madame Recamier, un omelette tan perfecto que esa misma noche a lo largo de toda la cena no pudo hablar de otra cosa. Es feliz de contemplar a una parisina sentada a la buena mesa (“brillan sus ojos, sus labios están suaves y húmedos, su conversación es grata y todos sus gestos son graciosos”). De hecho, el libro entero —no muy largo— es una divagación meditabunda sobre la suerte que ha tenido el ser humano (“capaz de experimentar el deleite sólo pasajeramente”) de haberse topado con el fuego y una sartén.

De sus aforismos me quedo con el que, según yo, se parece más a su entrañable autor: El universo no es nada sin la vida, y todo lo que vive come. Pero no es menos sabio el que inspiró el título de esta columna: El placer de la mesa es para todas las edades, clases, naciones y épocas; puede combinarse con todos los demás placeres, y subsiste hasta el final, para consolarnos de la pérdida de los otros.

II

(N. de la t.) A la hora de pensar en qué fragmento del libro valdría la pena presentarle a un lector que no lo hubiera leído nunca, dudé interminablemente entre su loa a las mujeres gourmandes (solterón, nuestro autor sin embargo adoraba al sexo opuesto), y el pequeño diálogo con que empieza el libro. Opté finalmente por el segundo, puesto que es la presentación de sí mismo que Brillat- Savarin quiso hacer para sus lectores. Vale la pena aclarar que el término de gastronomía apenas comenzaba a circular por aquel entonces, y que las palabras gourmand y gourmanderie están tan profundamente arraigadas en la esencia de la cultura francesa que no pueden tener traducción exacta. Las he dejado en cursivas, pero sugiero que al leerlas los lectores piensen en una especie de glotonería instruida.

Diálogo entre el autor y su amigo

(Terminados los primeros saludos) El amigo: Esta mañana durante el desayuno mi mujer y yo sabiamente hemos decidido que usted debe publicar sus meditaciones gastronómicas cuanto antes. El autor. Lo que la mujer manda, Dios lo quiere. En esas ocho palabras se encuentra el mandamiento parisiense. Pero yo mismo no soy parisino. Y además, siendo soltero… El amigo: ¡Válgame! Si los solteros están hasta más sujetos a esta regla que nosotros, y a veces para nuestra gran desventaja. Pero en este caso ni el celibato podrá salvarlo: mi mujer está convencida de que está en todo su derecho de darle órdenes con respecto al libro, puesto que fue en nuestra casa de campo que usted escribió las primeras páginas.

El autor. Conoces bien, querido doctor, mi deferencia frente a las damas. Más de una vez has alabado mi sumisión frente a sus órdenes. Eres incluso de aquellos que dicen que yo sería excelente marido. Y sin embargo, no voy a publicar el libro. El amigo: ¿Y por qué? El autor. Porque, comprometido como estoy con una vida de estudios serios, temo que los que no conocerán mi libro más que por su título crean que no me ocupo más que de perifollerías. El amigo: ¡Terror pánico! ¿Treinta y seis años de servicio ininterrumpido no son suficientes para afirmar la reputación contraria? Por otra parte, mi mujer y yo creemos que todo el mundo deseará leerlo. El autor. ¿De veras? El amigo-. Los eruditos lo leerán para aprender más, y para completar por sí mismos el entendimiento de aquellas cosas que usted apenas ha señalado.

El autor. Eso podría muy bien suceder.

El amigo: Las mujeres lo leerán, porque se daran cuenta que… El autor. Querido amigo, estoy viejo, hasta me he vuelto sabio: Miserere mei.

El amigo: Los gourmands lo leerán porque usted les hace justicia, y les ha asignado por fin el lugar que se merecen en la sociedad. El autor. En eso sí tienes razón. ¡Es inconcebible que hayan pasado tanto tiempo en el anonimato estos queridos gourmands! Siento por ellos como si fuera su padre; ¡son tan simpáticos! ¡Les brillan tanto los ojos!

El amigo: Ahora sí que he logrado atraparlo. Ya mismo lo voy a llevar con un editor. Que es más: le cuento que ya le he contado su secreto a más de uno.

El autor. No te arriesgues a tanto, porque yo a mi vez hablaré de ti, ¿y quién sabe cuántas cosas podría decir?

El amigo: ¿Qué podría decir? No crea que me intimida.

El autor. No diré que nuestra patria común se vanagloria de haberte visto nacer: que a los veinticuatro años ya

habías publicado una obra fundamental que con el tiempo se ha vuelto clásica; que merecidamente gozas de la confianza general; que tu presencia es tal que inspira confianza en los enfermos; que tu habilidad los asombra; que tu sensibilidad los consuela; eso lo sabe todo el mundo. Más revelaré a todo París (poniéndome de pie), diré a Francia toda {arreciando la voz), al universo entero, el único defecto que tienes. El amigo: (en tono serio) ¿Y cuál sería, por favor?

El autor. Un defecto crónico, que con todo y mis advertencias no has logrado corregir.

El amigo: (con gran espanto) Dígalo ya: ¡es excesivo este tormento! El autor. Comes demasiado rápido. (Aquí el amigo toma su sombrero y sale de escena, sonriente, bastante seguro de que con sus prédicas ha logrado un converso.) n

Alma Guillermoprieto Escritora. Su más reciente libro es Los años en que no fuimos felices.

La izquierda y la ilusión zapatista

LA IZQUIERDA Y LA ILUSIÓN ZAPATISTA

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

El  discurso del EZLN Y, como el de la izquierda mexicana, pasa por la exaltación de las diferencias. Esa obsesión le impide formular la pregunta adecuada:¿cómo crear mayorías? José Antonio Aguilar Rivera desarma el “nativísimo esencialisla” “del EZLN y llama a la izquierda mexicana a luchar por la igualdad Marcos no es progresista ni revolucionario; tampoco de izquierda, sino romántico y conservador.

En  1935 Jorge Cuesta publicó un notable ensayo, cuyo extravagante título era “Marx no era inteligente, ni científico, ni revolucionario; tampoco socialista, sino contrarrevolucionario y místico”. La diatriba ponía en tela de juicio los dogmas de fe de la izquierda comunista. El marxismo no era una teoría científica, sino una religión. Para Cuesta, “Marx es la reacción; su genio y su grandeza son el genio y la grandeza de la reacción. Anticientífico, irracionalista, subjetivista, antropomórfico, individualista, místico, teológico y dogmático, su pensamiento no podría haber sido, sin la menor duda, sino la más portentosa suma de todas las virtudes reaccionarias”.1 Las verdaderas facultades de Marx no eran ideológicas sino “místicas y dramáticas”. Más allá de la provocación, lo excepcional aquí es la resistencia de Cuesta a la tiranía de la mayoría. A menudo la izquierda está dispuesta a claudicar del pensamiento crítico en aras de causas que despiertan su entusiasmo. Gustosa aplaca el intelecto y sacude la matraca. Me parece que presenciamos un capítulo más de esa especie de seducción colectiva que con frecuencia aflige al pensamiento progresista.

¿Es el programa del EZLN de izquierda? La pregunta se antoja absurda. La respuesta es obvia: por supuesto que el subcomandante Marcos y los indígenas del EZ son de izquierda. Más aún, son la esperanza de la izquierda no india para renovarse en el páramo de la globalización y el capitalismo desenfrenado. Marcos mismo ha afirmado: “optimistamente pensamos que lo que va a ocurrir [la marcha] será un estímulo para los movimientos de izquierda, muy socavados por el triunfo de la derecha el 2 de julio… la movilización puede ser importante para reactivar la izquierda. No la guía ni mucho menos, pero sí un punto importante para ayudar a reconstituir tanto la izquierda parlamentaria como la no parlamentaria”. La rebelión zapatista y su programa de reivindicación de los derechos y la cultura indígenas ha unido y revitalizado a las fuerzas progresistas de México… y el mundo. Cualquier otra respuesta sería tan disparatada como el aserto de Cuesta sobre Marx. Me parece que el propio Marcos se ha encargado de disipar la duda. No en los miles de comunicados y arengas que han sido minuciosamente recopilados en ocho años, sino en sólo tres líneas. El 8 de enero el sub le dijo a Carlos Monsiváis: “No somos iguales, como no son iguales un homosexual y una lesbiana. No luchamos por la igualdad, en el sentido que todos somos iguales y para todos parejo. Hay diferencias y sobre ellas se tiene que construir la nación”. Este discurso —por más que se diga progresista— simplemente no es de izquierda.

¿Cómo puede ser el “derecho a la diferencia” la principal demanda de la izquierda en un país donde la mitad de la población vive en la pobreza? ¿Es en realidad de izquierdas? Norberto Bobbio sostiene en Derecha e izquierda: “el criterio más recurrentemente adoptado para distinguir la derecha de la izquierda es el de la diferente actitud que asumen los hombres que viven en sociedad frente al ideal de la igualdad”.2

Afirmar que la izquierda es igualitaria no quiere decir que sea “igualitarista” a ultranza. No se trata de que exista igualdad de todos en todo. Los individuos son iguales “si se consideran como género y se les compara con un género distinto como el de los otros animales… son desiguales entre ellos si se les considera uti singuli, o sea, tomándolos uno por uno”. Por supuesto que un homosexual y una lesbiana no son iguales en este sentido. Sin embargo, el componente igualitario de la izquierda es crítico: “se puede, pues, llamar correctamente igualitarios a aquellos que, aunque no ignorando que los hombres son tan iguales como desiguales, aprecian mayormente y consideran más importante para una buena convivencia lo que los asemeja; no igualitarios, en cambio, a aquellos que partiendo del mismo juicio de hecho, aprecian y consideran más importante, para conseguir una buena convivencia, su diversidad. (…] Es precisamente el contraste entre estas últimas elecciones lo que logra, en mi opinión, mejor que cualquier otro criterio, señalar las dos opuestas alineaciones a las que ya nos hemos acostumbrado a llamar izquierda y derecha. Por un lado están los que consideran que los hombres son más iguales que desiguales, por otra los que consideran que son más desiguales que iguales” (las cursivas son mías).3

“La derecha”, continúa Bobbio, “está más dispuesta a aceptar lo que es natural, y aquella segunda naturaleza que es la costumbre, la tradición, la fuerza del pasado”. La izquierda, en cambio, parte de la convicción de que “la mayor parte de las desigualdades que lo indignan, y querría hacer desaparecer, son sociales y, como tales, eliminables”. En sociedades culturalmente diversas, donde existen diferentes costumbres, lenguas, religiones, “el contraste entre igualitarios y no igualitarios se revela en el mayor o menor relieve otorgado a estas diferencias para justificar una mayor o menor igualdad de tratamiento”. Aquí no cabe duda: “igualitario es quien tiende a atenuar las diferencias; no igualitario, quien tiende a reforzarlas”. La izquierda históricamente ha tendido a exaltar más lo que convierte a los hombres en iguales respecto a lo que los convierte en desiguales. La ideología del EZ, en palabras de su vocero, tiende precisamente a exaltar las diferencias y a minimizar las semejanzas esenciales. Suplantar a la igualdad por la Diferencia como valor sólo empobrece nuestro vocabulario ético. Como afirma Bobbio: “la categoría de lo ‘distinto’ no tiene ninguna autonomía analítica respecto al tema de la justicia por la simple razón de que no sólo las mujeres son distintas a los hombres, sino que cada mujer y cada hombre son distintos entre sí. La diversidad se hace relevante cuando está en la base de una discriminación injusta. Pero que la discriminación sea injusta, no depende del hecho de la diversidad sino del reconocimiento de la inexistencia de buenas razones para un tratamiento desigual”.4Hasta hace poco pensábamos que las distinciones étnicas, de religión, de lengua no eran criterios válidos para discriminar a las personas. El discurso neoindigenista busca hacerlas otra vez relevantes. Su lucha es, paradójicamente, por la discriminación. Y esta ideología es, por ello, reaccionaria.

El predicamento —extravío— de la izquierda no es exclusivo de México. El discurso zapatista se encadena con corrientes que en otras latitudes han adoptado posiciones similares. Se pregunta Todd Gitlin: “¿qué es la Izquierda sin comunalidad?”. Lo novedoso, afirma, es que el conjunto de reconocimientos grupales consuma mucha de la energía de aquello que pasa por izquierda. La estrategia de exaltar la Diferencia es tan miope para la izquierda en México como lo es en otros países. En lugar de pensar cómo formar mayorías, recluta grupos minoritarios creyendo que éstos se amalgamarán por arte de magia. La idealización de la “cultura de la resistencia” sólo agudiza este problema. El regodeo con lo marginal impide las alianzas y la conformación de una alternativa política moderna. El EZ esboza una crítica al poder, pero no tiene su propia visión de él. Las banderas de la izquierda deberían ser la búsqueda de la igualdad y la lucha contra el poder arbitrario. Como afirma Gitlin, la obsesión con la diferencia impide que nos formulemos las preguntas adecuadas.5 Hay quienes creen que sin el sacudimiento del 1 de enero de 1994 seguiríamos padeciendo el régimen del PRI. Sin embargo, la “toma de conciencia sobre la cuestión indígena” que se le atribuye al EZ tiene muchos rasgos de nativismo esencialista. Y ello difícilmente ayudará al desarrollo democrático de México.

Sobre Marx, Cuesta afirmaba: “se puede reconocer la mediocridad de su entendimiento; pero no se le puede leer con indiferencia. Se puede detestar el carácter espeso, nebuloso y atormentado de su estilo; pero no se le puede leer sin pasión: por mucho que la razón se le resista, Marx arrebata y cautiva. No es posible desconocer la inmensa fuerza sugestiva, los extraordinarios poderes mágicos de su espíritu, el imperio de la fascinación que ejerce; pero no puede menos que observarse que, en la crítica científica y en la doctrina revolucionaria, esa clase de talento no conduce sino a la superchería y al charlatanismo”. Algo parecido podría decirse del sub. Ante Julio Scherer y las cámaras de televisión, Marcos reconoció no ser revolucionario, sino “rebelde social”. También, al asumirse como militar, se caracterizó como irracional. Los militares, dijo, “son irracionales y absurdos porque buscan convencer con la violencia”. En el discurso del líder guerrillero hay una continuidad con el régimen autoritario mexicano pocas veces señalada. La ideología de Marcos, al igual que la de la Revolución Mexicana, prescinde de la ortodoxia. Es flexible, oportunista y no tiene mucho respeto por las ideas. Apela al sentimentalismo y a la Historia mítica —¿mística?— de bronce. Busca convencer conmoviendo. Puede sustentar de igual forma los más diversos programas políticos: la guerra, la paz, el show. Durante décadas, esa flexibilidad fue la fortaleza del PRI, como lo es hoy del EZLN. Las paradojas de Marcos no están muy lejanas de las contradicciones de los políticos que gobernaron el país por más de setenta años. “Ni de izquierda, ni de derecha, sino todo lo contrario”. Hay mucho echeverrismo en el gobierno de Vicente Fox. También, en las arengas del sub, quien ha instaurado su estilo personal de revolucionar. Ha puesto al día la quebrada retórica de la Revolución Mexicana inyectándole una buena dosis de relajo. En ese sentido es un restaurador. Nada edificante hay en todo esto.

Según Marcos, “este debe ser el siglo de las diferencias, y sobre esas no sólo se pueden reconstruir naciones sino realidades, el mundo. Y de ahí nos vamos a soñar, no nos apena”. Creo que tiene razón; espero que se equivoque. n

José Antonio Aguilar Rivera

Profesor-investigador del CIDE. Su último libro es Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville.

1 Jorge Cuesta: “Marx no era inteligente, ni científico, ni revolucionario; tampoco socialista, sino contrarrevolucionario y místico”, febrero 25, marzo 6, 18 y 25 de 1935, reproducido en Ensayos políticos, UNAM, México, 1990. pp. 50-73.

2 Norberto Bobbio: Derecha e izquierda.

Taurus, Madrid. 1998, p. 135.

3 Ibid., p. 146.

4 Ibid., p. 126.

5 Todd Gitlin: The Twilight of Common Dreams. Henry Holt and Company, New York. 1995. Recientemente Brian Barry ha formulado una crítica similar. Véase: Brian Barry: Culture and Equality. An Egalitarian Critique of Multculturalism. Harvard University Press. Cambridge, 2001.

¿Son las mujeres superiores a los hombres?

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¿SON LAS MUJERES SUPERIORES A LOS HOMBRES?

En su edición febrero 1-marzo 15 de 2001, la revista colombiana El malpensante, entre muchas otras, aduce las razones siguientes por las cuales las mujeres son superiores a los hombres:

•  Abandonaron el Titanic primero.

•  Pueden espantar a su jefe (aunque sólo si es hombre) con extrañas excusas de enfermedades ginecológicas.

•  Usan la ropa de su pareja, se ven adorables y sensuales. Si un hombre usa la ropa de su pareja, parece un completo idiota: o se trata de algo más dramático.

•  Las mujeres pueden ser fans de sus artistas favoritos. Un hombre fan es un acosador sexual.

•  Cuando bailan, no parecen una rana en una licuadora.

•  Pueden abrazar a sus amigas sin que la gente piense que son homosexuales.

•  Pueden abrazar a sus amigas sin que “ellas” mismas piensen que son homosexuales.

•  Sólo ellas saben la verdad acerca de la importancia del tamaño.

•  Si no ganan suficiente dinero, pueden culpar a sus jefes.

•  No tienen el problema de quedarse con la duda de si el orgasmo fue real.

•  Tienen la habilidad de vestirse ellas mismas.

•  Pueden hablar con personas del sexo opuesto sin imaginárselas desnudas.

Pues bien, la redacción de Nexos ha decidido sumar estas razones:

•   No tienen problemas futbolísticos (a menos que sean la mamá del futbolista).

•   Cuando se emborrachan es porque se les subió (o se les bajó) la presión.

•  (Remember Soraya Jiménez, la levantadora mexicana de pesas que obtuvo la medalla de oro en la Olimpiada de Sidney 2000): las mujeres pueden soportar, encima de ellas, una cosa estúpida que incluso les dobla el peso.

•  No creen que pueden roncar.

•  Pueden emitir punes venidos de zonas memorables, estratégicas.

•  Hay jueces y juezas; pero una de Ellas es La Justicia.

•  Les llevan serenata.

•  No hay tal cosa como “El brindis de la (mujer) bohemia”.

•  Sus prejuicios son mucho más livianos y poéticos que los de la otra mitad de la humanidad.

•   Sus ropas interiores son (a diferencia de los calzoncillos, sobre el piso, masculinos) mejores.

•  Se duermen, y punto.

Una defensa de la traición

La traición, escribió Montaigne, es un vicio, ordinario. Para Francisco Martín Moreno, cuyo reciente libro Las grandes traiciones de México goza de un gran éxito de ventas, la traición es moral y políticamente condenable. Jesús Silva-Herzog Márquez opina en sentido contrario. Sin traición no hay gobernantes, sólo mártires o tiranos.

José Vasconcelos, a pesar de sus pasiones, era un solemne. Por eso decía muy sentencioso que había libros que debían leerse de pie. Yo no he leído ningún libro parado ni he sentido en momento alguno el impulso de ponerme en posición marcial con la lectura de un libro. A decir verdad, si de acomodos corporales se trata, prefiero los libros que dejan leerse desde una cama a los libros que exigen ser leídos frente a un escritorio, con lápiz en mano para forzar la concentración. Pero creo que lo que define la experiencia literaria es la disposición de la mente más que la colocación de las piernas. Hay libros que uno lee como deslizándose en un tobogán. Libros frente a los cuales uno llega a soltar amarras y dejarse llevar río abajo en el flujo de las letras. Pero hay otros libros que uno lee como salmón. Libros que invitan a la resistencia, libros que nos llaman a nadar contra sus letras, sus ideas, su tono. Advierto que no encuentro razón alguna para preferir los libros que me hacen tobogán a los que me convierten en salmón. De hecho, entre los libros que más aprecio están estos últimos: letras con las que me peleo. Pienso en ese patético monstruo sentimental que fue Jean Jacques Rousseau. No hay una letra de este demócrata exaltado que no me produzca el impulso de saltar con un “pero”. Y, al mismo tiempo, siento la necesidad de regresar una y otra vez a su lectura.

De ahí nace el disfrute del reciente libro de Francisco Martín Moreno Las grandes traiciones de México, que ha tenido un gran éxito de ventas. Me interesa porque me desafía, porque menea la silla desde la que veo la historia, porque cuestiona mis intuiciones, porque pone a prueba la imagen que tengo de la política y quizás hasta del hombre. Martín Moreno aborda un tema fascinante, el asunto principal de la política: la cuestión de la lealtad y su revés, la traición. Lo hace, por cierto, desde un mirador que se ubica en el extremo opuesto a mi ventana. Reconstruye el tema de la traición en clave épica. Yo quisiera entenderla como un giro moralmente ambiguo dentro de la conversación política.

No  hay duda de que la traición excita pasiones. Pocos insultos tan punzantes como “traidor”. Nadie tan despreciable como él, nadie tan abominable, tan monstruoso, tan inhumano, tan indigno. ¿Por qué tanto encono contra el personaje? Porque, según Judith Shklar, la traición enciende un temor primigenio: el temor a ser abandonado y a ser entregado a los enemigos. Porque rompe un juramento de lealtad, el traidor merece el castigo de los dioses. Quizás es el cuento de Hansel y Gretel el que mejor describe ese miedo originario que está en el subsuelo de nuestro odio.

Erase una vez un pobre leñador que vivía en una humilde cabaña junto a un bosque en compañía de sus dos hijos y la madrastra de éstos. Se trataba de un niño y una niña, el primero llamado Hansel y la segunda Gretel, y la madrastra se ocupaba poco de ellos. La familia apenas tenía qué comer, pues aquel año la cosecha había sido muy mala, por lo que el leñador no siempre lograba procurar a los suyos el pan de cada día. Una noche en que el pobre no podía pegar ojo y se agitaba suspirando en la cama, dijo a su mujer:

—¿Qué será de nosotros? ¿Qué daremos de comer a los niños, cuando ningún dinero nos queda?

—Desembaracémonos de ellos —respondió la madrastra, que no quería nada a los dos pequeños. Mañana, al amanecer, los conduciremos a lo más espeso del bosque, encenderemos un fuego para que se calienten y les daremos un trocito de pan; después nos iremos a nuestro trabajo y los dejaremos solos de modo que no puedan encontrar el camino de vuelta a casa.

—¡Nunca haré tal cosa! —respondió llorando el leñador—. ¿Crees que iba a ser tan duro de corazón que abandonase a mis hijos en el bosque? Las fieras no tardarían en destrozarlos.

—Necio, más que necio! —exclamó la mujer—. Nos moriremos todos de hambre. Ya puedes ir preparando los ataúdes… Y siguió insistiendo, hasta que al final el hombre no tuvo más remedio que acceder a lo que ella quería.

De ahí viene la peste del traidor, nos dice Shklar. La traición despierta el primer terror. Poco tiempo después del abandono Hansel y Gretel estaban en casa de la bruja. Si es cierto lo que dice Elias Canetti en el pórtico de Masa y poder y el primer temor del hombre es ser tocado por lo desconocido, hay un temor paralelo que es igualmente intenso: el miedo a ser abandonado por lo conocido; el dejar de ser tocado por lo querido. El traidor nos abandona y nos entrega al enemigo. Por eso los traidores deben sufrir eternamente en el pozo del infierno. A los traidores, nos recuerda Francisco Martín Moreno, no hay que castigarlos solamente, no hay que expulsarlos de la ciudad, no basta con encerrarlos en un calabozo. No, a los traidores hay que torturarlos lenta y placenteramente, a los traidores hay que cortarles la cabeza, mutilarles el cuerpo, exhibir sus restos en la plaza pública hasta que se pudran y se los coman los perros y los buitres. Son traidores, lo peor de la raza humana.

Me resisto a seguir este retrato del traidor como un perverso simple. Me convence una visión muy distinta, la del sabio Montaigne que en su ensayo sobre los caníbales ubicó la traición dentro de la categoría de nuestros vicios ordinarios. “La traición, la deslealtad, la crueldad, la tiranía son nuestros vicios ordinarios”. La traición, sugiere Montaigne, es un acto común que hay que analizar sin pretensiones moralistas. Eso trató de hacer el padre del ensayo con estos vicios habituales. Lo que me interesa subrayar en defensa del traidor es que su conducta es, por definición, moralmente ambigua. La traición no es simple deslealtad; la traición es un desplazamiento de lealtades. Nunca es llana una situación social. Por eso es debido hablar de complejos conflictos de lealtad que mueven a la traición de algo o de alguien: mi amigo o mis ideas, mi partido o mis convicciones, mi esposa o mi amante, mi iglesia o mi patria. El traidor suele ser leal a algo.

El amor y el Estado atraen traiciones porque ambos aspiran a la lealtad. Pensemos en la odiada razón de Estado, una terrible forma de la traición. Leo a Judith Shklar:

En su forma más sencilla (la razón de Estado), es la doctrina de que los gobernantes no deben seguir sus inclinaciones o sus lealtades personales, sino tan sólo los intereses fríamente calculados de aquellos a los que gobiernan. (…) La pura razón de Estado sólo puede existir cuando un actor político tenga una elección que hacer entre la traición personal y la pública, y no sólo cada vez que algún principio moral público entre en juego en las relaciones de estados. El conflicto ha de ser entre dos tipos de razonamiento dentro de un solo espíritu. No es una lección de política, sino de lealtades personales o impersonales, una de las cuales será traicionada.

Una traición es el desenlace de una disyuntiva de lealtades. Y es por eso que me parece extraño que se pretenda retratar a México como un país de traidores. Que lo fuera, no dice mucho del país, porque a cada paso la historia demanda de los hombres lealtades en rivalidad. En un bellísimo libro reciente, el gran pensador polaco Leszek Kolakowski subraya la ambigüedad de la traición.2 En política nunca puede trazarse fácilmente una línea que separe el bien del mal, en política se escoge siempre entre males, en política el bien absoluto no existe. El traidor absoluto es una invención de los inquisidores. Ya lo decía Talleyrand, que mucho sabía del tema: la traición es un mero asunto de fechas. Un héroe es un traidor oportuno.

Quiero poner un ejemplo de mi resistencia frente al impulso moralizante de los caza traidores. En el capítulo sobre la traición de los mexicanos a México en tiempos de la invasión norteamericana de 1847, Martín Moreno escribe lo siguiente: ¿Qué hicieron los capitalinos cuando vieron desfilar a los contingentes poblanos al lado del invasor? Simplemente los ofendieron, les lanzaron chiflidos y alguno que otro epíteto que en nada lastimó el pudor de los traidores. Los hubiéramos querido ver saltando por encima de sus cabalgaduras, cuchillo en mano, para degollar a estos apóstatas. Hubiera sido muy gratificante saber que les hubieran disparado a quemarropa tiros en pleno rostro o que los hubieran derribado para patearlos hasta hacerlos estallar por dentro. Uno a uno se les debería haber colgado de las fornidas ramas de los ahuehuetes del bosque de Chapultepec. Uno a uno deberían haber perecido fusilados de espaldas a un paredón improvisado asestándoles, acto seguido, varios tiros de gracia para dejar clara constancia de los alcances y de la irrevocabilidad del castigo. La chusma, los léperos en masa, la alta sociedad, la baja, la mediana, toda la sociedad debería haber dado cuenta de estos traidores en lugar de enróstrales el malestar mediante el lanzamiento de un par de cáscaras de naranjas que, además, erraron el blanco.

En otras palabras, los mexicanos no solamente son traidores sino que tienen pésima puntería. Me sorprende la crueldad con la que Francisco Martín Moreno quiere dar castigo ejemplar a los perversos. Me asusta este patriotismo vengador frente a lo que se considera una deslealtad imperdonable. Pienso que la actuación de los mexicanos frente a la desgracia de 1847 es más compleja histórica y, sobre todo, moralmente. Llamar traidores a estos mexicanos que observaron pasivamente el desfile de los invasores me parece un abuso moralista. Recuerdo aquí lo que decía Mariano Otero, en diciembre de aquel año.

Parece por demás inútil el que los escritores extranjeros se calienten la cabeza, buscando en la afeminación o degradación de la raza mexicana, ese indiferentismo que ha manifestado esta nación en la guerra actual, así como es ridículo el que los mexicanos se empeñen ahora en hacerse inculpaciones unos a otros por lo que ha sucedido. Nosotros, por nuestra parte, creemos que todo está explicado en estas breves palabras: en México no hay ni ha podido haber eso que se llama espíritu nacional, porque no hay nación. En efecto, si una nación no puede llamarse tal, sino cuando tiene en sí misma todos los elementos para hacer su felicidad y bienestar en el interior, y ser respetada en el exterior, México no puede propiamente llamarse una nación. (…) Una nación no es otra cosa que una gran familia, y para que ésta sea fuerte y poderosa, es necesario que todos sus individuos estén íntimamente unidos con los vínculos del interés y de las demás afecciones del corazón. En México no es posible esa unión, y basta para convencerse de ello, echar una rápida ojeada sobre las diversas clases que componen esta desgraciada sociedad.

No es asunto de traidores. Es la fragilidad social, económica, cultural del lazo nacional lo que explica nuestra mala puntería. Lo dice muy claramente Judith Shklar, “cuando no hay un consenso acerca del régimen legítimo, la traición es sicológicamente difusa”. ¿Cómo exigir lealtad en una sociedad que no encuentra materialmente razones para la fraternidad imaginaria de la nación?

Diría entonces que la traición siempre tiene sus razones, que no es siempre mala y agregaría que es, en ocasiones, políticamente provechosa. Invito ahora a dos autores que han hecho un brillante elogio de la traición que comparto. Las autocracias se alimentan de héroes, la democracia vive gracias a los traidores, dicen los franceses Denis Jeambar e Yves Roucaute.3 Los cito:

No traicionar es perecer: es desconocer el tiempo, los espasmos de la sociedad, las mutaciones de la historia. (…) El déspota, hijo de la traición, aterrado por las conmociones de la vida, se apresura a proscribirla y, con ella, a todo el movimiento de la libertad. (…) La traición es la expresión política —en el marco de las normas que se da la democracia— de la flexibilidad, la adaptabilidad, el antidogmatismo.

¿Cómo puede construirse una democracia, preguntan los autores, si no se hace desde la traición? El desplazamiento de la lealtad originaria es el origen del consenso. España es un país democrático hoy porque tuvo la bendición de contar con grandes traidores: Juan Carlos traicionó al franquismo, Felipe González abandonó el marxismo, Santiago Carrillo traicionó el proyecto republicano. De ser leales a su causa, la democracia española no habría tenido ese feliz parto. “Gobernar es traicionar”. Y si no es traicionar, gobernar es inmolarse o devastar. El gobernante que no es capaz de traicionar es porque está dispuesto a ser mártir o tirano.      n

Jesús Silva-Herzog Márquez Analista político.

1 “Las ambigüedades de la traición”, en Vicios ordinarios. Fondo de Cultura Económica, México, 1990, p. 260.

2 Freedom. Fame. Lying and Betra- yal. Essays in Everyday Life. West- view Press, Boulder Colorado, 1999.

3 Elogio de la traición. Sobre el arte de gobernar por medio de la negación. Gedisa. Barcelona, 1990.

(Sara)Magos y expertos

CARACOL

(SARA)MAGOS Y EXPERTOS

POR CINNA LOMNITZ

Usted llega a San Salvador después de un sismo terrible. Usted es sismólogo y no cree en los expertos —mucho menos en los magos—. Sabe que el desastre no es el sismo, sino las estructuras. Estructuras de fierro o de lodo; estructuras políticas y mentales. Llegamos a San Salvador y no vimos casas caídas ni edificios colapsados. En la gran ciudad había que buscar las grietas, las fisuras. Sin embargo, las pérdidas alcanzaron a más de la mitad del producto nacional bruto.

Nos subimos a un helicóptero de la Fuerza Aérea Salvadoreña, un viejo Huey —que así les decían los americanos que los usaban en Vietnam— y el ingeniero que nos atendió amablemente durante nuestra estadía nos enseñó su pais. Es un país hermoso, como son nuestros países desde el aire. Aterrizamos en Pueblitos de 600 a 2,000 habitantes donde se habían caído las casas. Aldeas cafetaleras en la cumbre de los cerros o simplemente aldeas en cerros, sin medios visibles de comunicación o de subsistencia. No estoy hablando del Valle Central con sus grandes volcanes, sus verdes llanuras y su agricultura comercial. Las casas de estos pueblos eran de bahareque, un entramado de caña o de palos sobre el que se avienta barro. El bahareque no es mala construcción; es artesanal y tradicional. El problema es que los palos se pudren al nivel del piso, y el sismo tira las casas con facilidad. Allá en El Salvador llueve muchísimo. Las casas de tabique no se caen, pero vaya uno a comprar tabiques con lo que le pagan por cortar café. Apenas alcanza para la ropa que uno trae puesta.

En Comasagua, pueblo de una sola calle larga, se cayó un 30% de las casas. Allá nos encontramos a un destacamento del ejército venezolano que había fincado sus tiendas en las afueras del pueblo. Jóvenes soldados, muchachas y muchachos, prestaban servicios médicos a la población. Con una sonrisa. Las señoras y los niños formaban largas colas ante la tienda del dentista. Me fui caminando con una señora que iba con su niñita a que le sacaran una muela. Me dijo que los soldados extranjeros los atendían bien, que eran amables y que no hacían diferencia entre damnificados y gente del pueblo. Que “tenían muy buena medicina”. Su comadre se había aliviado con ellos y “no sintió nada” en el parto. El sismo sirvió para que tuviera su primera atención médica.

El Salvador viene saliendo de doce años de una guerra civil atroz. Los cambios estructurales forzados consiguieron hundir al país en la miseria y en el atraso más espantoso. El ingeniero nos contó que había llegado mucho auxilio de todas partes pero que él prefería tratar con nosotros, porque hablábamos el mismo idioma. No se refería al español solamente. Nuestra ventaja consistía en eso: sabemos lo que se siente. Somos expertos en desastres. El Salvador se parece a México en que falta personal calificado para hacer frente a los cataclismos que se ciernen sobre nuestros pobres países a razón de diez o quince por año.

Les expliqué a los colegas salvadoreños que México no tiene programa de asistencia técnica internacional. Nuestra maltrecha UNAM tiene un programa de postgrado en Ciencias de la Tierra y podría recibir a una veintena de estudiantes salvadoreños para preparar un grupo de competencia técnica en la prevención de desastres: sismos, erupciones volcánicas, inundaciones y deslaves. Tal programa tendría sentido siempre que los egresados pudieran encontrar empleos dignamente remunerados en su país. En otras palabras, no basta perfeccionar los talentos, hay que trasplantarlos a un terreno fértil. La creación de un instituto o centro de investigación de alto nivel en Ciencias de la Tierra, que es lo que América Central necesita, es una tarea que podremos enfrentar con éxito siempre que existan los recursos para ello. Un tercer país, como Alemania o Japón, podría ayudarnos a tender la mano a estos hermanos.

Cambios estructurales

En sus treinta años de existencia, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) ha sobrevivido a cinco sexenios y a otros tantos programas científicos de los presidentes en turno. Esto en sí ya representa un logro significativo para cualquier organismo, sobre todo cuando se trata de un esfuerzo modesto en términos de fondos. Se calcula que México gasta apenas el 0.34% del producto interno bruto en investigación, más o menos lo mismo que hace seis años. De ello, una fracción corresponde al Conacyt. La meta señalada en el programa sexenal era de 0.7%.

Desde sus inicios en 1971, el Conacyt ha otorgado 100,000 becas y anualmente da 800 apoyos de investigación a científicos nacionales. La comunidad científica mexicana ha crecido muchísimo: el Sistema Nacional de Investigadores, creado en 1984, ya tiene más de 7,000 miembros. Cierto, es muy poco para un país moderno, sobre todo si se toma en cuenta que 1,300 de esos miembros son candidatos. Además, es necesario pensar en los costos para el país. El Conacyt envía a muchos jóvenes mexicanos a estudiar en el extranjero, pero el programa de becas carece de un seguimiento sistemático o consistente. Se estima que siete de cada diez becarios que regresan del exterior han tenido problemas para integrarse al mercado de trabajo. Muchos acaban laborando en lo que se ofrezca, y su actividad tiene poco que ver con el objetivo de la beca. No son pocos los que se quedan en el extranjero, sobre todo en Estados Unidos —que no es precisamente un país en vías de desarrollo.

Los expertos en educación internacional insisten en señalar que la “circulación de talentos” (ya no se dice fuga de cerebros) es dizque sana y genera ingresos a nivel global. Es buena para la economía mundial. Los talentos van adonde mejor les pagan y eso genera ingresos. Pero se olvidan de agregar que la educación de los talentos la pagó la nación de origen y no la de destino. Un doctorado en el extranjero le cuesta al país más de 300,000 dólares. Conclusión: los países de escasos recursos ayudan a los que más tienen, pagándoles la formación de personal de alto nivel. En cuanto al programa mexicano de repatriación de científicos que se encuentran laborando en el extranjero, nunca se ha informado quiénes son los repatriados y qué han aportado al país. El Conacyt reporta un total de 1,647 científicos repatriados en el último sexenio, y otorga apoyos a razón de 235,000 pesos por repatriado. Parece poco probable que un científico activo que trabaja en Estados Unidos se deje tentar por una oferta tan modesta, cuando el promedio de los apoyos de investigación a científicos nacionales ya rebasa los 700,000 pesos por proyecto.

No debe extrañar que el esfuerzo de repatriación no pueda competir con la fuerza de atracción que ejerce la demanda externa sobre el capital intelectual mexicano. Sería por arte de magia. Existen organismos americanos especializados en detectar, localizar e importar talentos baratos y de alta calidad; uno de ellos tiene filiales en Hungría, Macao, India, México y Rusia. Esto no es ilegal: emigrar es un derecho humano, y estos organismos sienten que ayudan a nuestros becarios a ejercer sus derechos. Tampoco faltan universidades locales que funcionen como agencias de colocaciones en colaboración con estos negreros del nuevo milenio. La situación podrá parecemos injusta pero es probablemente inevitable. Se habla de la ley de San Mateo: al que tiene le será dado, y al que no tiene le será quitado hasta lo que tiene. Gracias a esta ley del (sub)- desarrollo, México paga caro un sistema educativo brutalmente inferior al de nuestros vecinos, quienes se cobran a lo chino por dejarnos usar sus estupendas instituciones universitarias.

El mago Saramago

En su reciente visita a México, el mago Saramago nos ha dado otra muestra de su pensamiento travieso y juguetón. Las declaraciones del Premio Nobel portugués no se contentan con cuestionar el rumbo que ha tomado la sociedad (muchos estamos de acuerdo con tal cuestionamiento), sino que rezuman hostilidad contra los que nos dedicamos a la ciencia y a la tecnología.

Para Saramago la democracia es una trampa y la ciencia es un invento de los dueños de supermercados y centros comerciales. El hombre superior debe escupir las leyes del mercado y armarse de ignorancia purificadora en aras de la victoria de las razas ancestrales y de las profesiones artesanales. Pero el torno del alfarero es tecnología. La palanca es tecnología. El pesebre de Belén era tecnología y la pipa de Marcos es tecnología. La imprenta es tecnología y los anteojos de Saramago son también tecnología. Lástima del desperdicio de óptica moderna: su dueño no es capaz de ver que la tecnología es lo que nos hace humanos.

Esta columna de actualidad científica tiene que ocuparse de vez en cuando, a regañadientes, de la anticiencia. ¿Por qué renace a cada paso, hasta en las mejores mentes, esta ideología reaccionaria? ¿Por qué atrae a Saramago el idealizar al hombre de las cavernas? La ciencia moderna no nació de ningún complot neoliberal. Arquímedes no conoció los centros comerciales. La ciencia es anterior al Fondo Monetario Internacional.

Cuando visité por primera vez Estados Unidos yo también pensaba que la técnica deshumanizaba al hombre, pero tenía apenas veinticinco años y no sabía en qué consiste ser hombre. Saramago es un hombre maduro y no le cabe en la mente la verdadera naturaleza de la revolución tecnológica que está presenciando. Desconoce sus raíces, ignora su futuro. Dice el escritor, parafraseando a Hegel: “No se debe descartar a los seres humanos por el hecho de que ya no sirven. Es necesario colocar el bienestar del ser humano como prioridad absoluta sobre el desarrollo tecnológico moderno”. Los descartados son los artesanos del siglo XVIII desplazados por la industrialización, que fueron obligados a convertir “la totalidad de su tiempo concretizado en su trabajo y la totalidad de su producción.

su actividad y realidad, su personalidad, en propiedad de otro” (Hegel, 1821). Pero ni Hegel ni su discípulo Marx cometieron el error de echar la culpa al desarrollo tecnológico.

Quisiera ser más elocuente; en tales momentos, uno se da cuenta de sus limitaciones. Saramago, hombre de ideas, ojalá no desprecies las ideas que dieron origen al desarrollo científico y tecnológico moderno. Amigo, eso no estaría bien.

Cambio estructural

El nuevo director general del Conacyt, Jaime Parada Avila, asumió su cargo en medio de grandes expectativas. Se trata de un funcionario joven, que ha tenido cargos en la industria y conoce el ambiente del sector privado. Además, es egresado de la UNAM. Explica el ingeniero Parada, a propósito de la estampida de talentos: “Vamos a darle un nuevo enfoque al programa de becas, para que a su regreso los becarios lleguen a trabajar en las áreas para que fueron capacitados. Haremos compromisos institucionales para crear las condiciones laborales y de infraestructura para aprovecharlos”.

Es el problema del huevo y la gallina. Para que nuestros becarios se queden en el país es necesario crear plazas, y estas plazas no se crearán por arte de magia. Sólo serán creadas por mentes jóvenes. La UNAM no ha abierto nuevas plazas en seis años y se nota: el congelamiento ha sido la causa de los estragos que vemos. En la Ciudad de México no se han creado nuevas universidades públicas en un cuarto de siglo, y se nota. ¿Podrá una nueva universidad del DF. creada al vapor y a espaldas de los jóvenes científicos, atraer talentos nuevos? Entre todas las instituciones mexicanas que se dedican a empollarlos, una de las que absorben menos talentos nuevos es el propio Conacyt.

El cambio estructural que anuncian las autoridades no significa nada a menos que nos propongamos construir una economía que pueda medirse con la de Estados Unidos o Canadá. Vamos a crear universidades más competitivas y menos burocráticas, empresas que compitan entre ellas para ofrecer carreras estimulantes y condiciones atrayentes a los talentos que regresan al país. La materia prima abunda; hay muchos jóvenes con talento. Es preciso desarrollar ese talento. Pero ahí está el detalle: para desarrollarlo se necesita… talento.   n

Cinna Lomnitz Geofísico. Investigador de la UNAM.

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

84,531 dólares

Sueldo anual de un profesor con doctorado en EU.1

76,556 dólares Sueldo anual de una profesora con el mismo rango académico.2

38

Porcentaje de empresas estadunidenses que son propiedad de mujeres.3

17

Porcentaje de españolas que sufren acoso sexual en su trabajo.4

1

Asesinatos, de cada tres cometidos en Polonia, que ocurren en la familia.5

50,000

Adoradores de Satanás en Polonia.6

400,000 Prostitutas en Alemania.7

18

Porcentaje de alemanes mayores de quince años que tienen contacto regular con prostitutas.8

 8

Hijos por mujer en Nigeria.9

1.1

Hijos por mujer en Bulgaria.10

 20

Porcentaje de mujeres que sufren dolores intensos provocados por sus zapatos.11

200,000

Perros vagabundos en Bucarest, Rumania.12

3,800 Vendedores de billetes de lotería en la Ciudad de México.13

800,000 Estudiantes extranjeros en el Reino Unido.14

1,200 Estudiantes mexicanos en el Reino Unido.15

278,000

Reses sacrificadas en el Reino Unido luego de la expansión de la fiebre aftosa.16

1,061 Rastros en México.17

75

Porcentaje de empresas-internet lanzadas a la bolsa desde 1995 que hoy cotizan por debajo de su valor de salida.18

22

Mexicanas que mueren diariamente por cáncer de mama.19

16,000

Niños víctimas de explotación sexual en México.20

 250,000

Niños víctimas de explotación sexual en Estados Unidos.21

55,000

Jóvenes europeos que en 1999 murieron por causas relacionadas con el consumo de alcohol.22

2

Porcentaje de jóvenes checos que nunca han probado alcohol.23

35

Porcentaje de jóvenes daneses entre 15 y 16 años que beben con frecuencia.24

Fuentes: 1-5. Reforma: 4 de marzo de 2001; 6. Crónica: 4 de marzo de 2001; 7-8. Milenio: 26 de febrero de 2001; 9-10. Crónica: 28 de febrero de 2001; 11. Crónica: 10 de marzo de 2001; 12. La Jornada: 2 de marzo de 2001; 13. La Jornada: 4 de marzo de 2001; 14-15. Crónica: 4 de marzo de 2001; 16-18. Milenio: 20 de marzo de 2001; 19. Milenio: 10 de marzo de 2001; 20-21. La Jornada: 2 de marzo de 2001; 22-24. Time: marzo 5 de 2001.

Roberto Pliego Escritor. Es subdirector editorial de la revista nexos.

Esclavitud

A MEDIA CALLE

ESCLAVITUD

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Uno de los precios que esta sociedad está pagando para incorporarse a la corriente del desarrollo moderno, a eso que vagamente se llama globalización y que tiene su apóstoles y sus detractores y, sobre todo, cuenta con la profunda ignorancia o impotencia que buena parte de la población tiene o siente hacia los asuntos sociales, es la marginación, la vida tremendamente difícil en ghettos a que se ven condenadas las personas que no nacen en un lugar mínimamente próspero

La problemática integración social de los emigrantes en los países de llegada es ahora mismo uno de los mayores indicativos del malestar social que han generado las reglas económicas mundiales que rigen en Europa y en España.

Han surgido aquí y allá mafias dedicadas a comprar –literalmente- las vidas de quienes desean emprender un nuevo camino en un país, imaginan, con muchas más posibilidades que el suyo. Hace muy poco aparecía en los periódicos españoles la noticia del desmantelamiento de una banda dedicada a la compra de adolescentes. La deuda que adquirían con los jefes de la mafia debían saldarla con el dinero obtenido mediante la prostitución a la que inmediatamente se les condenaba. Una vez en España, a los jóvenes se les hacía firmar el siguiente acuerdo, que ha sido posteriormente publicado en toda la prensa nacional: «Prometo pagar la suma de 40,000 dólares a mi tía Iveve y yo declaro que yo no voy a fallar las normas y que no contaré nada a la policía hasta que esta cantidad sea pagada. Si fallo normas a mi tía Iveve, tienen el derecho de matarme a mí y a mi familia en Nigeria. Mi vida es equivalente a la suma que debo a mi madame. Declaro que este acuerdo es explicado a mí en mi dialecto y que lo comprendo perfectamente y que este documento va a ser destruido cuando pague la suma total”.

Este increíble documento iba acompañado de la foto de la joven que, al firmarlo, entregaba su vida a la banda de su terrible madame. Quizás éste sea un caso extremo, porque no creo que la mayoría de los inmigrantes que han llegado a España de forma ilegal y previo pago a determinados cabecillas hayan llegado a firmar ningún papel con un compromiso tan expreso y tan tremendo. Pero no es la primera vez que descubre dedicada y rentable negocio de la prostitución juvenil mediante la treta de comprar desde dentro de España jóvenes mujeres de países sin expectativas de trabajo. La explotación de estas desdichadas jóvenes que muerden el anzuelo empujadas sin duda por el sueño de una vida mejor no puede ser más perversa. Las jóvenes pierden el dinero ahorrado no se sabe cómo, pero bien podemos dar por supuesto que con enormes esfuerzos, esfuerzos, quizá, de toda la familia de la joven, y por si eso fuera poco, se las codena a la prostitución en un régimen de esclavitud.

Pero el engaño no termina nunca porque, según se ha deducido tras la detención de esta banda, la de madame Iveve, las jóvenes, una vez que habían saldado su deuda, esos nada despreciables 40,000 dólares, no quedaban en libertad. ¡Cómo si la libertad fuera tan fácil!, ¡cómo si una vez dentro del callejón fuera tan sencillo salir de él! Las jóvenes no quedaban liberadas, sino que eran vendidas a otra banda que volvía a emplear con ella el mismo o parecido procedimiento. Y si alguna se quejaba, otra vez las amenazas, otra vez la muerte de ellas y de sus familias a cambio de la suya esclavizada.

Vidas de pesadilla que se desarrollan en nuestra moderna sociedad. Callejones sórdidos de los barrios periféricos, estrechos caminos en los parques oscuros. Si ya resulta intolerable que unas personas se aprovechen de otras con semejante descaro, con tan manifiesta falta de escrúpulos, resulta tremendamente penoso, doloroso, imaginar el estado de ánimo de estas jóvenes condenadas a vender sus cuerpos en callejones y parques: esa es la vida que han comprado. Una vida donde la palabra “dignidad” no tiene cabida.

¿Y si una de estas jóvenes recién llegadas a la casa de la madame, con la cabeza aún llena de los sueños que la empujaron a abandonar a su familia y su país y a pagar por el viaje una alta suma de dinero, se hubiera negado a firmar el despreciable contrato? ¿Cabía la posibilidad de negarse?, ¿de qué forma se podía hacer que una joven díscola entrara en razón? La pesadilla es interminable.

Me pregunto qué será de estas jóvenes ahora que la banda que las compró y que las explotaba ha sido detenida. Por lo que pude saber el día en que leí la noticia, a las jóvenes que no tenían aún permiso de residencia en España se les había abierto un expediente para proceder a su expulsión. Otras mujeres tenían ya permiso de residencia. No sé el futuro que les aguarda a éstas, pero el de las otras podemos imaginarlo: regreso a su país en calidad de delincuentes. ¿Es esto lo que se merecen estas jóvenes tan malévolamente engañadas, tan despiadadamente explotadas? ¿Este es el concepto de justicia que tiene nuestra moderna sociedad?

¿Es que no puede destinarse una pequeña partida del presupuesto a la creación de centros de acogida a los que pueden acudir las personas que de repente se encuentran en la calle, en el desamparo más absoluto? Y, ya en estos centros, ayudarles a rehacer sus vidas. Si desean volver con los suyos, de acuerdo, pero si aún les queda un resto de esperanza, que se les dé todo el apoyo posible. No sería tan difícil. No se trata de tanto dinero. Por fortuna, no estamos hablando de un caso habitual. Se trata de querer hacerlo. De que exista en esta sociedad la voluntad de ayudar a las personas con dificultades, en especial, a los inmigrantes. No basta con escandalizarse, hay que buscar soluciones razonables, soluciones que profundicen en la naturaleza de los casos. ¿Dónde está nuestra sensibilidad?

Nos horrorizamos con las desgracias ajenas y no vemos lo que ocurre delante de nuestros propios ojos.

Busco a partir de ese día más noticias de este asunto en los periódicos, pero ya no han vuelto a aparecer. Cada día tiene su noticia. El mundo gira. Todo ocurre muy deprisa. El periodismo ha ido derivando hacia la superficialidad. Se dan muchas noticias, se presentan como grandes espectáculos, pero todo pasa, otro espectáculo se impone. Naturalmente, ante tanto caudal de noticias, y tantas catastróficas, nos sentimos impotentes, nos decimos que es muy poco lo que podemos hacer.

Quizá, sólo ir más despacio, reflexionar, indagar por debajo de la superficie. Rastreemos estas noticias, pidamos explicaciones a nuestros gobernantes sobre sus métodos, examinemos sus leyes. Porque, entre tanto, si no lo hacemos, estamos dejando que ocurra a nuestro lado lo que nos horroriza que ocurra lejos de casa. Lo que jamás desearíamos que nos sucediera ni en la peor de las pesadillas. No hemos nacido para ser esclavos. Una lluvia de indignidad cae sobre nosotros cuando comprendemos que aún existe la esclavitud. Ojalá fuéramos capaces de detener ese aguacero, detenerlo para siempre.   n

Soledad Puértolas. Escritora. Entre sus libros, Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.

Democracia indígena

DEMOCRACIA INDÍGENA

POR FERNANDO BENÍTEZ

Somos culpables de la gran miseria de los campesinos y de la miseria de los indios, los más pobres de los campesinos. Indio fue por siglos un término peyorativo y lo sigue siendo. Da dolor ver a un tarahumara pedir limosna en la ciudad de Chihuahua mientras los talamontes se hacen millonarios, da dolor tropezar en los caminos del Mayab con ebrios perdidos, tirados como muertos en los caminos, da dolor entrar en las cavernas donde los mixtéeos tejen sombreros, da dolor asistir a un ritual de embriaguez colectiva escenificado por los indios de Chiapas, da dolor presenciar cómo invaden sus tierras los mestizos de la sierra, da dolor verse asaltado en las calles por las Marías llevando su niñito a la espalda, da dolor pensar en el potencial de los niños indios condenados a un porvenir indigente, da dolor que abandonen sus parcelas sin agua y emigren a las ciudades y pierdan sus valores, da dolor comprobar cómo destruimos su alma encantada, da dolor su degradación de siglos y allí están echándonos en cara su humillación y sus harapos.

México pierde con ellos su magia y su misterio. Nos desacralizamos. Esta herida abierta desde el siglo XVI sangra todavía, somos inconscientes del etnocidio. ¿Cómo hablar de igualdad, de libertad, de dignidad del hombre? Y luego protestamos cuando los sudafricanos esclavizan a los negros y los israelitas a los palestinos.

¿De qué sirvieron Fray Bartolomé de las Casas, los doce primeros franciscanos, el obispo Zumárraga, fundador del Colegio de Tlatelolco, o Don Vasco de Quiroga que trajo a nuestro país la Utopía de Tomás Moro, Lodo un programa de humanismo que los gobiernos nunca han retomado?

—Nexos 133 Enero de 1989.

Todos somos visionarios

ESCRITOR EN SU TINTA

TODOS SOMOS VISIONARIOS

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Y en el colmo de su interrogatorio, el taxista le preguntó:

—  ¿Y no cree usted, señor, que los peruanos le debemos a Montesinos todo lo que vamos sabiendo sobre la corrupción?

— …(sólo una creciente jaqueca)

—  ¿No cree usted que, gracias a Montesinos y a sus vladivideos, los peruanos nos vamos a enterar por fin de quiénes son los verdaderos corrompidos de este país?

El pasajero pensaba en su padre, muerto décadas atrás, y le imploraba que desde el más allá le enviara una respuesta pertinente, un educado ‘cállese la boca”, un “basta ya. por favor”, más algo de frase feliz, por favor, padre, una mezcla de retórica de manual de Carreño, buenos modales en la mesa y gol de media cancha. Y es que su padre había tenido la inmensa suerte de ser un tímido muy superior a él. un tímido lleno de mecanismos de defensa y de agresividad adelantada, un silencioso que jamás permitió que una presencia extraña invadiera con sus preguntas u opiniones, ese ruido que aterra y maltrata, esa punzada que lastima intimidades, las amplísimas aguas territoriales sobre las que su proverbial parquedad y su flema anglosajona ejercieron una siempre ampliable jurisdicción. El aplastado pasajero recordaba una infancia feliz, a la sombra de frases como ésta:

— ¡Muy buenas tardes tenga usted, don Rafael! —le dijo un día a su padre, uno de esos peluqueros solícitos y sonrientes y siempre muy amablemente para servirlo a usted. Un fígaro, entendámonos. Y un gran añadidor, por supuesto—: Y ya me dirá usted, don Rafael, ¡cómo exactamente quiere usted que le corte esta vez el cabello al caballero!

—Como siempre: sin hablarme, oiga usted.

El pasajero —la mano puesta ahora sobre un agudo dolor de cabeza— estaba viendo a su padre, allá en el otro mundo. Nunca cambiaría, salvo por ese pelo tan blanco y tan largo, larguísimo como el de aquellos bippies que sin duda habría odiado, si Dios, en su infinita misericordia, no lo recoge antes. Y es que Dios se lo había llevado a la Gloria muy a histórico tiempo y momento, y, según podía comprobar el abrumado pasajero, entre otras recompensas a su callada y ejemplar travesía por este valle de lágrimas, le había concedido además toda una vida eterna sin peluquerías ni fígaros ni nada.

—Montesinos, señor, terminará habiendo servido para algo. ¿O no le parece a usted? ¿Visionó usted los videos de ayer?

Por la avenida Aviación, que además ha resultado ser elástica y se estira como película de horror, a medida que los ojos del taxista se agrandan en un retrovisor de pesadilla, en esta interminable temporada de voyeurismo que vivimos los peruanos, puñado a puñado de dólares, Montesinos mediante, el pasajero agoniza. Tal vez sus últimas palabras sean: “el mundo al revés”. No serán, en todo caso, un gol de media cancha.

Los peruanos hemos inventado —o asumido como propia— la palabra visionar, que debe venir de aperturar, que 110 debe venir de idioma alguno. A los peruanos parece no importarnos los crímenes cometidos por la dupla Fujimori-Monte- sinos, un exhibicionista y un voyeur; todos los atentados contra los derechos humanos, el miedo y el rebajamiento psicológico y moral, la degradación psíquica y física a la que durante diez años sometieron a un país entero. Montesinos nos legó el verbo visionar, que más parece un contagio, una epidemia, una excrecencia de su alma.

Yo visiono, tu visionas, el taxista visiona. Y el pasajero que nunca llegó a destino, por la más interminable avenida del mundo, jamás pensó que el alcance de esta palabra sería para él de necesidad mortal. Le parecía mal, muy mal, sí, que los peruanos hubieran hecho del televisor el centro de todas sus reflexiones, en un país donde la televisión había alcanzado por momentos una estolidez vladividesca. Le parecía pésimo que el verbo visionar viniera de aperturar, que no venía de ninguna parte y no llevaba tampoco a lugar alguno. Le parecía…

Pero cuando el taxista llegó al colmo de los colmos de su interrogatorio y la avenida Aviación y el retrovisor ya lo eran todo y sintió que el país entero era un vladivideo, los goles de media cancha y las frases felices que solía imaginar su padre quedaron atrás para siempre jamás.   n

Alfredo Bryce Echenique. Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

Más leve que el aire

MÁS LEVE QUE EL AIRE

POR HANS MAGNUS ENZENSBERGER

Los lectores seguramente conocen los volúmenes de poesía Mausoleo y El hundimiento del Titanic del escritor alemán Hans Magnus Enzensberger, que ha publicado en Nexos anteriores. Aquí ofrecemos estos poemas inéditos en español.

Más leve que el aire

Los poemas no pesan demasiado. Mientras la pelota de tenis asciende Es más leve, creo yo, Que el aire.

Que el helio desde luego.

Que la sugestión, ese sarpullido

en nuestro cerebro,

que el fuego de San Telmo también

y los números naturales.

Todos pesan tanto como nada, para no hablar de los trascendentales, sus elegantes primos, aunque son innumerables.

Hasta donde sé, todo esto vale también para la corona radiante del imán, que no podemos ver,

para la aureola de los santos y, sin excepción, para todos los sonidos de los valses.

Más leve que el aire, como la olvidada desdicha

Almanaque

El hígado es mudo.

Leve es el polvo. El árbol no es tonto. Los dioses son sordos.

El hombre, poco correcto

Y no muy inteligente, Se complica demasiado

Y se da lástima.

El poder es obsceno. Se alegra la rabia. Las nubes son bellas, Dormir hace bien.

Se hace lo que se puede. Se muere. No se trata de eso. No tiene sentido.

La Tierra es vieja. Es caliente el regazo. Los muertos están fríos. La nada es enorme.

y el humo azul

del indiscutible último cigarrillo, es el yo naturalmente,

hasta donde sé. asciende el olor de la víctima del fuego, el favorecido de los dioses hacia el cielo. El Zeppelin también

Mucho se queda, sin duda, en vilo.

El peso más leve es quizá Lo que queda de nosotros cuando estamos bajo la tierra.

Hong Kong 1997

¿Han visto a los constructores de esta ciudad, esos acróbatas analfabetas, que trepan por los bambúes hacia el cielo? ¿Han comprado los pantalones más baratos del mundo y han dormido en las camas más costosas? ¿Han tosido con el humo del templo, han aspirado los diluvios del perfume que asciende de las cloacas? ¿Han escuchado el cencerro en el infierno

de los video juegos Y los alaridos en la bolsa de valores? ¿Han visto cómo los turistas se frotan los ojos

agotados por las compras, camarones rosas gigantes, detrás de los vidrios ahumados de sus autobuses?

No, esta ciudad en la que florecen cien flores,

no puede existir. Es un delirio,

una alucinación, una falsificación,

una víctima de la ciencia ficción, un milagro en ruinas.

Síntomas de abstinencia

He desertado con gusto. Estrategia o costumbre amada— para esto no se necesita, en serio, llegar a los setenta.

A los quince me pareció muy oportuno evitar ciertas exigencias delirantes. Por ese entonces me dije:

Un poco de distancia no puede hacerme daño. La retirada, afirman los especialistas.

es también un arte.

Los ataques contra ejércitos enteros.

—para el individuo con muy pocas expectativas—

sólo en casos de emergencia.

Otros lo ven de otra forma.

Se lanzan con gusto al frente.

se colocan en trincheras perdidas

insultando a voz en cuello.

No siempre es fácil decir

lo que es mejor. Yo. en todo caso,

prefiero retirarme, cuando debe ser,

hasta de mí mismo, si es necesario.

Poética de la mentira

Este poema comienza con las palabras:

retiro todo lo dicho, o más bien,

con otras palabras, dicho de otro modo,

mejor dicho: me retracto de todo

lo que he dicho hasta ahora, por ejemplo,

la frase que comienza con las palabras:

“me retracto de todo

lo que he dicho hasta ahora, por ejemplo, esa frase que comienza con las palabras…” y así sucesivamente.

¿Qué quieres decir

cuando dices y así sucesivamente “?

¿Y tú qué quieres decir

cuando me preguntas:

“¿qué quieres decir?”,

y así sucesivamente.

¿Todavía se permite preguntar, o no?

Quiero decir lo siguiente:

Si éste y éste de vez en vez

Han dicho esto y lo otro.

Ha querido decir que esto y esto

significa en este contexto:

Este poema comienza con las palabras:

“Me retracto de todo”.

¡Dilo otra vez!

¡No grites así’

En primero, yo no grito.

y en segundo, me parece

como si este poema no tuviera fin.

mientras uno de nosotros afirme:

“Me retracto de todo

lo que he dicho”.

Entonces me retracto de todo

lo (que he dicho.

Pero esto sólo vale desde luego

para este poema Ya estás mintiendo otra vez. No te das cuenta que la frase

“Ya estás mintiendo otra vez” significa algo muy diferente que cuando digo:

“Ahora miento otra vez” Nadie ha dicho eso. Estás mintiendo otra vez.

Visita

¿Qué desea? Soy el samaritano del lavado en seco. ¿Dónde está su identificación?

Oiga, yo no lo mandé llamar. Soy la salvación Que no necesita identificarse.

Está usted temblando ¿De qué tiene miedo? ¿Qué es ese ruido?

Es sólo un gancho de la ropa que ha caído al suelo. ¿Qué es ese olor?

Gases por mala carburación. Bálsamo.

Bálsamo para sus heridas.

Eso no era un gancho de ropa.

Eso no son gases por mala carburación.

Yo soy el destructor de sabandijas,

los primeros auxilios,

los santos óleos.

Quiero justicia.

No soy la autoridad competente.

Quiero venganza.

Yo la ejecuto.

No quiero hablar más.

Eso será lo mejor

Yo soy el que usted busca,

La tranquilidad misma.

Los límites de la imaginación

Es demasiado exigir que entiendas

por qué 9 a la 17 potencia es igual a 17:

que llegues a saber lo que el otro siente

cuando le duele una muela:

que pienses en las víctimas del terremoto,

cuando tú estás ahoraahoraahora en la cama

con tu novia, y nada más.

Analfabeta de la miseria,

mientras tienes dinero,

y como eres un pobre diablo

no te imaginas las severas preocupaciones

de los millonarios. Eterno nacional de tu país,

exiliado en tu propio nido,

incapaz de tomar parte en nada.

Querida primera persona del singular,

prodigio de la falta de imaginación,

intenta imaginarte,

cómo es el sabor del virus que se anida en tus pulmones cómo te ve el gato o algún Dios.

Imagínate, pequeñísimo guijarro,

cómo te hundes en el agua

y por encima de ti se cierra,

terso y sin huella,

el espejo del mundo.

Pero eso no puedes imaginártelo.

Confesión

De nuevo me sorprendo a mí mismo

—una costumbre más dulce

que la rabia, más peligrosa que fumar—,

admirando:

Al hombre que vive de dos huevos,

uno en la mañana pasado por agua,

el otro revuelto en la tarde

y más —dice él— no necesita;

Al chino que solo y su alma

estrena su jardín de lotos

en la frontera con Bohemia;

al lector que día y noche

corrige frases sin remedio;

a la esposa que se ha hecho seis liftings-,

al asaltabancos, al discjockey,

al político en su comité ejecutivo

y al vagabundo con sus bolsas rellenas de papel.

Todos son incansables, sin razón,

entregados como el topo incesante

y la hormiga discreta

en su trabajo enigmático.

Cada vez me resultan más difíciles

el odio, la envidia y el desprecio,

esos jóvenes sentimientos.

Un signo de debilidad.

Me gusta mi vicio original.

Sí, los admiro casi a todos,

perdedores, irresistibles,

cuando escarban y avanzan a tientas.               n

Traducción del alemán de José María Pérez Gay

Los pueblos indios y el derecho a la autonomía

LOS PUEBLOS INDIOS Y EL DERECHO A LA AUTONOMÍA

POR LUIS VILLORO

Los derechos humanos individuales comprenden el derecho a la autonomía de la persona. Pero las personas no son individuos sin atributos, incluyen la conciencia de la propia identidad como miembros de una colectividad, y ésta no puede darse más que en un contexto cultural. Autonomía de la persona es la capacidad de elegir conforme a sus propios fines y valores y de ejercitar esa elección. Y los fines y valores están delimitados por el marco de una cultura determinada. Las creencias básicas, que determinan las razones válidas, los fines elegibles y los valores realizables pueden variar de una cultura a otra. Por lo tanto el reconocimiento de la autonomía de las personas implica el de las comunidades culturales a las que pertenecen. El “derecho de los pueblos” sólo puede contarse entre los derechos humanos fundamentales, en la medida en que el “pueblo” sea una condición para la autonomía de las personas; en esa medida, sólo puede referirse a la comunidad cultural en cuyo marco se da cualquier elección autónoma; en esa medida, también, el “derecho de los pueblos” no contradice los derechos del individuo sino, por el contrario, los refuerza.

Según esta concepción, ¿qué debe comprender un “derecho de los pueblos” para ser considerado entre los derechos humanos fundamentales? Debe incluir, desde luego, los derechos individuales. Además, cuando la asociación política se establece entre sujetos pertenecientes a una misma cultura, comprende el respeto a la autonomía de esa comunidad cultural. Es el caso de muchas naciones y nacionalidades. El derecho internacional debe reconocer la autonomía de las naciones, entre los derechos humanos fundamentales, como condición de la autonomía de los sujetos que las integran. Pero cuando los asociados en un mismo Estado pertenecen a comunidades culturales diferentes, debe comprender el derecho a la autonomía de dichas comunidades. Incluir, por lo tanto, el reconocimiento jurídico de la capacidad de cada pueblo para mantener y desarrollar su cultura, como marco en que se hace posible la autonomía de las personas: derecho al uso de su lengua, de su sistema simbólico, de sus formas de vida, derecho a la transmisión de su cultura mediante la educación, derecho a decidir de sus propias instituciones sociales y políticas. Comprendería también el control de sus recursos dentro del territorio que ocupa, porque, como ha señalado Guillermo Bonfil, la capacidad de mantener una cultura no sería posible sin el control de sus medios de vida. El ejercicio de esos derechos tiene, naturalmente, un límite: el que establezca el convenio político al que voluntariamente se llegue. Así, si una comunidad cultural acepta voluntariamente convivir con otras en el seno de un Estado nacional multicultural, el ejercicio de su autonomía estará limitado por la legislación de ese Estado, pero ésta será entonces una limitación que ella misma se habrá dado. El derecho de los pueblos no consagra el mantenimiento, sin condiciones, de tal o cual cultura específica, sino el reconocimiento de su facultad de elegir sin coacción formas de vida e instituciones, cambiándolas o limitándolas según sus propios criterios.

El derecho de autodeterminación no corresponde a cualquier comunidad minoritaria dentro del Estado nacional, sino sólo a aquellas que cumplen cabalmente con las características de un “pueblo”, que antes señalamos: 1) que tengan una cultura diferente a la de la cultura nacional hegemónica; lo cual se comprueba con la persistencia y uso de su lengua, de su sistema de creencias y valores básicos, de sus instituciones sociales y políticas, etc.; 2) que sean conscientes de su propia identidad y manifiesten la voluntad de conservarla; 3) que ocupen un territorio delimitado que consideran como propio. Esta noción es aplicable a las etnias o conjuntos emparentados de etnias, implantados desde siglos en un territorio limitado, que se identifican con una cultura de añejas raíces, que conservan sus propias organizaciones sociales y manifiestan la voluntad de compartir un destino común. No es aplicable, en cambio, a las etnias dispersas en varios territorios, mezcladas con otras, o a las que hayan perdido sus propias instituciones, olvidado sus formas de vida y carezcan de la voluntad de mantener un proyecto histórico común.

—Nexos 197. Mayo de 1994.

Esplendores y miserias de los indios en México

ESPLENDORES Y MISERIAS DE LOS INDIOS EN MÉXICO

La cuestión indígena está al día. No es un hecho atribuible al levantamiento del EZLN el 1 de enero de 1994; tampoco es un hecho atribuible a los discursos edificantes sobre “el despertar ” de México a la miseria y a la realidad opresiva de los indios en México. En efecto, buena parte de la sociedad mexicana tiene la certeza de que sin la intervención del EZLN no habría más que olvido e indiferencia. Como muchas otras cosas, la cuestión indígena ostenta la novedad del pasado: incluye nuevos razonamientos y arrastra consigo viejas polémicas. Una de ellas, quizá la que más desvela a este país, se ocupa de la pertinencia, o impertinencia, constitucional de las autonomías. Según parece, no se trata de hacer prevalecer un ideal de igualdad compleja sino una estrategia de diferencia simple. O como escribe Arturo Warman en el ensayo que aquí ofrecemos: La diversidad y pluralidad de la vida indígena, su riqueza, no se refleja en los actuales debates y propuestas, que la simplifican y reducen. Por otra parte, la desigualdad y la discriminación que condena a los indígenas tampoco se reflejan con la fuerza y la urgencia que merecen. Se discuten y confrontan abstracciones, ideologías, que no recogen la realidad, experiencia y aspiraciones indígenas. Es esa mi mayor preocupación: un debate ideológico polarizado que se vincula débilmente con la realidad indígena”.

Ofrecemos también una selección de momentos indigenistas publicados en nuestras páginas desde 1980 hasta nuestros días. Sus nueve protagonistas componen un mural cuyos matices nos resultan a la vez polémicos y ejemplares. No sostienen, parodiando al Cándido de Voltaire, que todo está bien cuando está mal, ni que todo está mal cuando está bien. Sostienen la presunción de que los hechos del presente mexicano guardan y exhiben la novedad del pasado.

La poesía es cuero

LA POESÍA ES CUERO

POR JENNIFER CLEMENT

Montara caballo, jugar una partida de pókar. la tradición raquera y la carne asada, el cuero mismo, como aquí refiere Jennifer Clement. son poesía. En el mundo de los cowboys, esas cosas anteceden incluso a la poesía, finales del mes de enero de los últimos 17 años, ganaderos, labriegos, poetas, músicos, talabarteros y devotos del oeste se han reunido en Elko, Nevada, durante una semana de diálogo cowboy, de cantos y bailes, de botas y enormes sombreros, de anécdotas y mucha carne asada, de pláticas sobre la cultura estanciera, la tradición vaquera y, en especial, sobre la poesía. Ocho mil personas acudieron el año pasado. Quien quiera puede asistir a este encuentro; no obstante, si alguien desea participar como poeta deberá demostrar, antes de proponer sus versos y en presencia de un comité de selección, que es un “verdadero cowboy?’. Lo cual significa que es más importante saber montar a caballo o jugar una partida de pókar, que escribir un soneto. Muchos de los primeros cowboys descendían de anglosajones, celtas y gaélicos arraigados en las islas Británicas. Esto contribuyó a que en su inconfundible jerga los cowboys crearan poemas y canciones en la tradición de la balada antigua. Los orígenes de la poesía cowboy se remontan, también, a los cuenteros irlandeses, la marinería escocesa, el pastoreo del ganado, el adiestramiento ecuestre moro y español, las tradiciones europeas de caballería y a alguna influencia africana y de la América indígena. De hecho, durante el otoño de 1995, cuatro poetas cowboys realizaron un recorrido por Gran Bretaña y por el País de Gales con motivo del año de la Literatura y la Creación en el Reino Unido. Durante su breve viaje de dos semanas, los poetas Paul Zarzyski. Randy Rieman, Rod McQuery y Sue Wallis descubrieron, entre la gente de campo, numerosos ejemplos de raíces en común en cuanto a la poesía, la música y la literatura. Sus cuatro principales puntos de interés fueron: 1) identificar las tradiciones literarias paralelas (musicalizadas o no) en torno a las labores relacionadas con animales corpulentos, ganado y caballos; 2) identificar a poetas y cantantes vivos cuya obra se origina en esas tradiciones; 3) identificar en archivos y bibliotecas material histórico que pudiera proveer un contexto; y 4) identificar socios potenciales, en términos de organizaciones, instituciones e individuales. Gracias a este proyecto, mucha gente del Reino Unido, incluyendo a estudiosos de Irlanda y Escocia, han asistido al Encuentro de Poesía Cowboy, en Elko, Nevada.

Es singular la forma en que los cowboys se refieren a su poesía. No esperemos que un cowboy hable sobre el valor de un poema. En cambio, es probable que, por ejemplo, comente después de escuchar un poema sobre las vacas: “¡Yo también saqué adelante esas crías!”.

Durante uno de los Encuentros de Cowboys de Texas, Barney Nelson, uno de sus fundadores, leyó una carta en la que decía: “La poesía cowboyes la POESÍA”, no es “entretenimiento sano para la familia”, o “bufonadas”. “Es tan seria como la muerte, tan graciosa como el sexo, tan fácil y difícil de entender como a Shakespeare”.

Para los que no saben lo que es la poesía cowboy, transcribimos aquí un poema de Barney Nelson, quien lo dice directamente:

A los cowboys:

La poesía es cuero.

Poesía es cuando los caballos

corcovean sin ningún

motivo y no cuando debieran hacerlo.

Poesía es una verja que se balancea,

el pasto a la mitad del camino,

quitarse las polainas al final

de un caluroso día.

Poesía es limpiar las latas

de conservas antes de arrojarlas a la basura.

Poesía es el primer ternerillo

y la última vaca tuerta y lisiada.

La poesía NO son chistes

rimados, fanfarronadas,

política, o historias tristes

sobre la pérdida del

caballo o de la novia, o sobre

el pókar —aunque puede serlo.

A las mujeres del campo y a las cougirls:

Poesía es enojarse, tener miedo

o estar triste por un amigo

borracho, pero nunca sentirse avergonzado.

Poesía es el reptar

de una serpiente en la sala.

Poesía es sentirse a salvo

en el bar Crystal.

Poesía es escuchar el sonido

de unas botas en el piso

del restorán, saber que se dirigen

hacia ti para estar a tu lado.  n

Traducción de Guillermo Sánchez Arreóla

Jennifer Clement. Poeta y novelista. Entre sus últimos libros, La viuda de Basquiat y El próximo extraño.

Del indigenismo

DEL INDIGENISMO

POR LUIS GONZÁLEZ DE ALBA

Todo es falso en el indigenismo. Todo. Hasta el nombre. Somos indígenas mexicanos todos los nacidos en este país, independientemente de que tengamos bigote y barba abundante o no, manos grandes o chicas; ojos rasgados hacia arriba, como pintados por Diego Rivera, o rectos y hasta caídos hacia abajo; pómulos anchos y asiáticos, o convexos, corte de cara largo o redondo, piel morena o clara, ojos cafés o azules, pelo negro o rubio. Se es indígena de Francia por nacer allá. Umberto Eco es indígena de Italia, Aznar es indígena de España y Carlos Tello es indígena de México.

Quienes dicen “indígena” quieren suavizar el término “indio”, pues esa expresión ya causa inquietud en el mundo de eufemismos en que vivimos. De pronto desaparecieron los coches usados, ya sólo se anuncian “autos seminuevos”; no hay ciegos, sino invidentes; no existen los cojos, los mancos ni mucho menos los inválidos: se volvieron primero discapacitados y finalmente minusválidos; los negros son “personas de color”, como si no tuviera todo el mundo algún color; los abortos son “interrupciones del embarazo”, y por supuesto los indios se volvieron “indígenas”, tomando en exclusiva una definición que pertenece a todo nativo de un lugar.

El indigenismo, definido como esa convicción de que el indio nos necesita a los no indios, de que un Bartolomé de las Casas palpita en nuestros corazones redentoristas, tiene dos caras que no por contradictorias van menos juntas.

Por una parte se exalta todo lo indio: nos dice que ya quisiéramos para nosotros la cercanía india con la naturaleza, su medicina sin efectos secundarios y procedente de la madre tierra, su alimentación alta en fibra, sus métodos de cultivo respetuosos porque no emplean maquinaria agresiva ni agentes químicos (y la quema y roza con la que acaban la selva se justifica porque son pobres). Ya quisiéramos hasta su magnífica democracia: directa y de mano levantada en asamblea comunitaria, todos frente a todos. Pero luego, por otra parte, nos dicen que “hemos abandonado a nuestros indios” porque carecen de todo aquello que a nosotros nos separa de la naturaleza: piso de cemento, buenas cosechas gracias a los fertilizantes e insecticidas químicos, grandes hospitales donde se aplican medicamentos artificiales, además de procedimientos invasivos tan ajenos a los usos y costumbres de la medicina india. Los admiradores de la vida india se recetan, para ellos, una vida muy distinta a esa dorada cercanía india con la naturaleza (con excepción de las camisas bordadas que sí usan y tan barato pagan): una medicina agresiva, alimentos altos en colesterol; grasas perjudiciales como la mantequilla, la crema y las mayonesas; autos contaminantes, y una democracia que sea todo menos directa, donde esté asegurado el anonimato del votante y argumentamos que es la única manera en que nosotros podemos ejercer el voto sin presiones, lo cual, claro está, no vale para los indios porque ellos deben seguir sus “usos y costumbres”. Imaginemos los gritos del PRD y su prensa satélite si un sindicato priista exigiera a sus miembros votar en asamblea por voto abierto. Sólo cuando se trata de indios pensamos que votar frente al cacique (y en su contra) se llama “democracia directa”, y que es buena costumbre porque es india y sigue los “usos y costumbres” indios. Ah, los eternos eufemismos y los círculos viciosos del pensamiento.

—Nexos 258. Junio de 1999.

Sin estación de llegada

BARÓMETRO

SIN ESTACIÓN DE LLEGADA

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

“Es  tiempo de la palabra y de guardar el machete”, dijo Marcos en el Congreso Nacional Indígena. Cinco mil indígenas de 62 etnias del país escucharon al jefe guerrillero, “el tercer personaje de la historia, junto con Vasco de Quiroga y Lázaro Cárdenas del Río, en recibir el bastón de Tata’ de la comunidad purépecha”. “Vamos”, añadió el subcomandante, a hablar con el que hace las leyes, es tiempo del puente” (Fernando Gutiérrez Pérez y Rafael Victorio, Excélsior, 04/03/01, p. 1).

Luego de la lectura del documento del EZLN los líderes purépechas y otros comandantes zapatistas reiteraron: lo que está en juego, lo que tendrá que llevar a grandes definiciones a la sociedad nacional en su conjunto, son unos derechos, largamente soslayados, de los indios de México que hoy insisten en verse y reclaman ser vistos como pueblos (Véanse los reportes de Rosa Rojas y Matilde Pérez, así como la crónica de Hermann Bellinghausen, La Jornada, 04/03/01, pp. 3, 6 y 7).

Si estos pueblos portan o no una forma de democracia que ahora algunos postulan como ejemplar es y será, sin duda, materia para mucha discusión y reflexión. Sobre todo ahora, cuando los códigos políticos y jurídicos de la democracia representativa emergen y se despliegan a todo lo largo del cuerpo político nacional, para bien y para mal. Piénsese si no en la catarata de “juicios políticos” iniciados por partidos y legisladores, o las visitas mañaneras a la Suprema Corte por políticos y gobernantes. De la peor manera, si se quiere, los nidos se vuelven técnicos pero es por las vías legales, antes tan desdeñadas, como el litigio político interminable busca cauce y solución.

No es esto, desde luego, algo que pueda demostrarse con facilidad, aludiendo a metáforas ilusorias sobre la organización comunitaria y sus maravillas. Pero la cuestión no está hoy ahí, en la un tanto mítica superioridad de la cultura ancestral que habría quedado en reserva, allá en las profundidades, bajo el cuidado de las etnias sobrevivientes a 500 años de expoliación y cambio radical de estructuras económicas y mentales.

Lo que ha sido puesto en el centro por la movilización zapatista es más bien el espinoso conflicto que la diversidad cultural convertida en discurso y movilización política por los pobres de los pobres, le plantea a un país cuyas mayorías sociales han más bien invertido esfuerzos y sacrificios en busca de un desarrollo moderno, donde las diferencias sean articuladas por un eje único, de progreso material y unidad lingüística entendidos como plataformas fundamentales para trabar una relación productiva con el resto del mundo. Qué tienen que hacer en este empeño, que va para dos siglos prácticamente ininterrumpidos, el discurso de la pluralidad cultural y étnica, el reclamo de derechos que se consideran actuales pero que han sido, desde esta perspectiva, largamente sofocados, debería ser el tuétano de la reflexión nacional, política, económica y cultural, sobre la cuestión indígena, pero no lo ha sido.

Y nadie puede asegurar, en los comienzos de este marzo super loco, que lo vaya a ser cuando el Congreso abra sus puertas y los legisladores decidan vérselas en serio con lo planteado por los zapatistas y ahora por el Congreso Nacional Indígena, así como por el propio presidente Fox, que a su vez ha convocado al EZLN a incorporarse a la reforma del Estado. La ligereza con que desde los flancos pro-zapatistas, pero también desde la presidencia de la República, se ha visto el embrollado asunto de la legislación indígena revela algo más que frivolidad o urgencia. Más bien parece que ninguno de los principales protagonistas políticos de la cuestión quiere hacerse cargo de las dificultades enormes que siempre implica volver código jurídico una realidad compleja y nada estable, como es la que plantea el reclamo indígena en clave zapatista.

De algo hay que estar seguros desde ahora: no será con salmos por la democracia genérica, sin sustantivos ni adjetivos, como se podrá sortear el tema de las autonomías y los derechos, que inevitablemente nos remiten a los recursos materiales y la propiedad y el uso de la tierra. La primera gran prueba la tendremos cuando las cámaras aborden las iniciativas sobre derechos y cultura indígenas: para empezar, recordemos que se trata de tres iniciativas; luego, admitamos que junto con la expresa flexibilidad de los zapatistas, cuyos voceros han dicho que están dispuestos a discutir la iniciativa- COCOPA, están otras voces que en el CNI han insistido en que no puede quitársele “ni una coma”, insistencia que parecen haber hecho suya no sólo los fundamentalistas de siempre, sino algunos legisladores domiciliados en la célebre comisión de concordia que, de tanto andar, parece haberse vuelto a sus ojos un órgano soberano, que para algunos de sus miembros tiene incluso capacidad para legislar por sí misma, determinar las reglas de operación del Congreso en su conjunto, etc.

La democracia tan esperada y cacareada tendrá que probarse ahí, en sus recintos por excelencia que son las cámaras legislativas federales y después en los congresos locales. Pero, a su vez, los portaestandartes de la causa indígena, junto con sus exégetas, algunos de plano inesperados por lo insólito de su reduccionismo, tendrán que demostrar que en efecto se puede colaborar y dejar atrás la era de la imposición y del desprecio. Si autonomía y derechos especiales de los pueblos no quiere decir patria partida, tendrán que encontrarse los modos y las veredas, el verbo y la prudencia jurídica y política, que en verdad nos permitan caminar juntos, por caminos que no se bifurquen a la primera vuelta.

Pueblos indios, derecho histórico, cultura ancestral, se dan una y otra vez contra la pared ignominiosa de largas y duras décadas de pulverización de las comunidades, de abandono económico y social, de migración brutal, más que para mejorar, como decían los clásicos, para sobrevivir. Aquí, las declaraciones estruendosas deberían sustituirse por un cuidadoso trabajo de mapeo municipal y de los distritos electorales locales y federales, que llevara pronto, pero con seguridad, a darle piso a una representación y un auto-gobierno indígenas efectivos, legítimos, con real disposición y energía integradoras y no aislacionistas.

Se hace camino al andar, pero hay que reconocer que éste, al que nos invitan el gobierno y los zapatistas, ahora acompañados por otros grupos y organizaciones étnicas, de dentro y fuera de México, es empinado y sinuoso, de terracería y sin una clara estación de llegada. Habrá que asumir, sin resignación ni cinismo, que el México de hoy y del mañana previsible no puede sino ser el país de las múltiples velocidades, lo opuesto del sueño ingenuo de la modernización a marchas forzadas, pero cada vez más parecido al trayecto que empieza a trazar la Europa unificada.

Los libros sobre la mesa

El Informe de la Comisión Económica para América Latina, Equidad, Desarrollo y Ciudadanía, presentado por su secretario ejecutivo, José Antonio Ocampo, en el XXVIII Periodo de Sesiones, realizado en México en abril del año pasado, ha sido editado en tres volúmenes por la editorial Alfaomega, bajo el mismo título general (Equidad, desarrollo y ciudadanía. CEPAL y Alfa mega, Colombia, 2000). El primer volumen da cuenta de la “visión global”, el segundo de la “agenda social” y el tercero de la “agenda económica”. Se trata de textos de lectura obligatoria para quienes busquen ir más allá, sin soslayar las complejidades y desafíos del cambio económico y social de las últimas décadas, del “pensamiento único” que quisieron imponer como Biblia los misioneros del Consenso de Washington, ahora reconvertido en serie interminable de reformas de segunda, tercera generaciones. Quizá, como sugiere la CEPAL en estos importantes libros, llegó la hora de “reformar” las reformas. Volveremos sobre ello, porque la “fantasía organizada”, como la llamara Celso Furtado, parece haber tomado un nuevo ímpetu (Lafantasía organizada. Eudeba, Tercer Mundo Editores, Colombia, 1991).   n

San Pedro Mártir.

5 de marzo de 2001

Rolando Cordera Campos Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

El congreso indígena

EL CONGRESO INDÍGENA

POR JOSÉ DEL VAL

l. noción de autonomía puede rastrearse históricamente. Hay que tener en cuenta que con respecto a los pueblos indígenas es una noción bastante reciente. Hace 20 ó 25 años, un centro de investigación y difusión, el Indian Law Resort Center, inició la discusión sobre autonomía, pero haciendo referencia a las reservas estadunidenses y canadienses. El centro invitó a muchos líderes intelectuales de América Latina y el concepto de autonomía se explayó —vamos a decirlo así—, se derramó por todo el continente como una posibilidad de gobierno propio.

En nuestros países, que se caracterizan por la antidemocracia, por la incapacidad de los sujetos para establecer condiciones políticas, económicas y sociales de desarrollo propio, la gente quiere rancho propio.

La noción de autonomía no implica una superación de una democracia que alcanza un nivel mayor, donde se reconocen los derechos de los grupos culturales, sino que surge precisamente de la incapacidad de la democracia para plasmarse plenamente. De ahí la necesidad de crear espacios privilegiados. En una sociedad democrática, los pueblos indígenas podrían redefinir su espacio y su estrategia sin tener que apelar a la autonomía.

Me preocupa mucho el término de autonomía, en la medida que trata de borrar la noción de municipio libre y supone que los estados de la Federación operan mal. En vez de cambiar el municipio y los estados de la Federación, debemos crear una estrategia nueva. Lo que haría la autonomía es irrumpir en la Constitución con un modelo de organización que no corresponde con la realidad y que no podrá superar los problemas. En el caso de la noción de región autónoma pluriétnica, dejará a los indios en plena minoría en muchísimos espacios.

Nos enfrentamos a la necesidad de definir procesos para la reconstitución de los pueblos indígenas. Esa es nuestra realidad. Si la Constitución no reconoce que necesitamos instrumentos para generar un proceso y cree dar por supuesto lo que ya es, estaremos haciendo un flaco favor a los pueblos indígenas y un flaco favor al país.

—Nexos 227. Noviembre de 1996.

Escribir lo que se lee

ESCRIBIR LO QUE SE LEE

POR FEDERICO REYES HEROLES

Tu nombre en el silencio, la más reciente novela de José María Pérez Ciar, es hija y continuadora de la mejor tradición literaria: la (que fortalece el lenguaje, piensa y desafía a Ia cultura, nombra lo innombrable y crea una visión de mundo Las lecturas de Federico Reyes Heróles y Amoldo Kraus que aquí presentamos la celebran retribuyendo ta inteligencia con inteligencia y la pasión con pasión.

Al decir de Hermann Broch, la misión de la novela es descubrir “lo que sólo una novela puede descubrir”. El autor vienés es radical al respecto: “esa es la única razón de ser de la novela”. Hay, en esa lectura, una especificidad, un territorio al que sólo tiene acceso la novela y que no puede ser abordado por otras expresiones humanas. Si el novelista respeta su oficio y al género, si se arroja a explorar esos territorios indómitos, de verdad aportará algo a la creación. Por el contrario, si permanece en los mismos senderos por los que caminan otras artes, al final del día tendrá que reconocer que, como novelista, se perdió en el camino y, algo aún más grave, su traición a la novela. “La novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral”, nos dice Vargas Llosa y termina su sentencia afirmando: “El conocimiento es la única moral de la novela”. Conocer y no simplemente regodearse con las formas, con las estructuras, con los sonidos, con el embrujo de las palabras, esa es la misión. Conocer lo que sólo la novela puede conocer. El rasero es terrible. Cuántas novelas hemos leído que no aportan nada al conocimiento, que están allí para llenar un hueco y matar el tedio, siempre a partir de la repetición de lo que ya sabemos. Pocas son las novelas que asumen una misión cognoscitiva. Las más cruzan el firmamento veloces para salir a perderse en el olvido. Pocas, insisto, logran una presencia que sirva como referente de nuestros pasos en el mundo.

Quizás entonces lo primero que habría que preguntarse es si la novela de José María Pérez Gay se propuso conocer. Mi respuesta sería afirmativa. Ese espléndido título que es Tu nombre en el silencio es una indagación del porqué de un quiebre en una vida concreta, en una relación de pareja, amorosa, erótica. Es algo muy sencillo, en apariencia, que sin embargo explica un momento crucial que troquela toda una vida. Explicar a cabalidad, o intentarlo por lo menos, algunos instantes que son capaces de desnudar una biografía es un reto mayor. Son esos momentos de lucidez global e intransferible por otra vía que no sea la novela, los que justifican el esfuerzo creativo. Tu nombre en el silencio se propone conocer, que no resolver, un dilema que escapa a la falsa moral de los comunes que condenan sin escuchar y que resulta inasible para los arquetipos que guían la vida de millones. Pero para conocer a fondo ese detalle personalísimo el autor tiene que ir a otro nivel que es el de una generación que escuchaba a Petula Clark cantando “Downtown”, que creció en la Guerra Fría, en esa tensión latente que avisaba lo peor. Conocer a esa generación lo obliga a hablar de cómo fueron los centros de estudio que la formaron, hablar de los jesuítas que los educaron, de la hipocresía que imperaba por todas partes, hablar de cómo se miraban las relaciones matrimoniales de sus padres en donde los segundos y terceros y cuartos frentes eran lo cotidiano, también de las madres calladas, abnegadas, que dejaron a la vida írseles entre las manos, destilando, eso sí, rencor y resentimiento. Pero, de nuevo, como en círculos concéntricos, esa generación creció en un país que tiene nombre y puede ser México, pero también Brasil o Colombia. El autor tiene entonces que descubrir las coordenadas no de la patria oficial que se les quiso imponer, sino de la matria, ese pecho que está en el inconsciente y que los amamantó, los nutrió con esa energía oculta, disfrazada, silente, pero de gran poder que moldea el cerebro. Para ello, de nuevo en ascenso como en espiral, Pérez Gay tiene que hablar de un continente que nos abraza sin preguntar. No es lo mismo los latinos que los africanos o los europeos, allí hay una misión de conocimiento.

Pero claro, conocer, conocerse, es comparar y compararse. Coincidencias y diferencias en la mejor tradición hegeliana tienen que construir el primer mapa para la expedición. Sólo en la indagación profunda de ellas es que llegaremos a conocernos de verdad. Los ejercicios cognoscitivos han dado comienzo. Pérez Gay construye un laboratorio literario. Hay expresamente una misión de conocimiento. Pero entremos al laboratorio, recorramos sus pasillos, sus áreas de seguridad y de riesgo.

Para comenzar, el autor recurre a una de las más ricas vetas de la literatura. Me refiero a la idea del viaje: de La llíada a Los pasos perdidos de. Carpentier. El viaje como rompimiento necesario. Nada más lejano a la idea de viaje que la administración del mismo. Me voy tal día y regreso un mes o un año o dos o tres después. El viaje verdadero supone perder el control de la situación, estar a la deriva en un paréntesis vital. El viaje es una ruptura liberadora pues acaba con los amarres, con los anclajes de la vida cotidiana, de las costumbres, acaba con ese continuum esclavizante. ¿Y cuándo termina el viaje? Pues precisamente cuando deja de ser ruptura y se convierte en una nueva esclavitud. Esa es la primera propuesta del laboratorio de Pérez Gay.

Pero hay más. El viaje le permitirá a uno de sus personajes principales, un mexicano, entrar al rico territorio de la lejanía. Esa lejanía que no puede ser eliminada ni por los Boings 747, ni por las largas distancias, ni por la comunicación instantánea de los satélites y el Internet. Es una lejanía que ha sido una de las grandes intrigas literarias pues a través de ella conquistamos la cima del desprendimiento, del verse también a lo lejos. Aldoux Huxley, entre otros, lo propone como uno de los grandes momentos, quizás el culminante, de los otros viajes provocados por la droga. El viaje se convierte en el lugar de encuentro de muchos elementos que habrán de mezclarse. La probeta se inclina y cae Colombia con Rojas Pinilla y todo el horror de la dictadura. Poco después se le agrega Brasil con Goulart, con los militares y el golpe en la memoria. Cada uno habla de su historia particular y también de la compartida. Los contiene la Universidad Libre de Berlín y la coincidencia nace de una beca prolongada. El escenario no podía ser más atractivo por difícil. Se trata del Berlín de la posguerra, el Berlín dividido y sangrante, el Berlín que ve levantar el Muro, el Berlín del Check Point Charlie, el Berlín del Studen- tendorf que mira a Postdam en el recuerdo. Cada vez más lejos está la exuberancia brasileña o la latente tensión étnica y de clase colombiana, o la colonia Condesa de la Ciudad de México. Claro, estos estudiantes tienen un lenguaje común que va de los Rolling Stones cantando “Ican’t get no satisfaction” a Roben Mitchum y Shirley McLaine en Dos buscando un destino.

El andamiaje para el experimento se levanta poco a poco. El lector no es advertido pomposamente de la complejidad narrativa por la que se le conduce. No hay fanfarrias que anuncien una revolución de las estructuras. La prosa fluye como si se tratase del mismo tejido que tan bien conocemos: una novela lineal, sin enredos cronológicos ni polifonías elaboradas. Pero quizás allí surge una de las mayores propuestas literarias de Tu nombre en el silencio. “¿Cuál es la historia?”, me preguntaba una intrigada comensal tergiversando el idioma. ¿”Cuál es la trama” hubiera sido la pregunta correcta? José María Pérez Gay nos narra la historia de un amor, sí es cierto, pero no es ella la que construye el hilo conductor inevitable. Es también la historia de su país en el encierro y el autoritarismo culminando con el 68. Sí, es cierto, pero no sería preciso presentar la novela de esa forma. ¿Cuál es entonces la trama? En la mejor tradición de la mejor narrativa alemana —José María Pérez Gay es quizás el mexicano que mejor la conoce—. Tu nombre en el silencio camina por el sendero de Alfred Dóblin, de Broch, de Musil, de Thomas Mann. Otro es el camino. Con todas las abismales diferencias entre ellos, sus grandes obras son historias en que la trama tiende a perder importancia hasta desaparecer por momentos. Esa es parte del reto. La tensión dramática, ese riel que obliga artificialmente al lector a seguir adelante en busca del desenlace, es sustituida, lentamente, por episodios que se suceden y que tienen un contenido por sí mismos. La interconexión entre unos y otros está allí, pero es mucho más sutil y delicada. Lo que en apariencia es periférico termina por ser central. ¿Cuál es la trama de En busca del tiempo perdido! No que no exista un relato con coherencia temporal, por supuesto que está allí, es simplemente que resulta irrelevante frente a las fantásticas disquisiciones que nos llevan a descubrir territorios de la sensibilidad humana que son exclusivos de la novela. Recordemos la advertencia de Broch Tomemos el caso de Thomas Mann en La montaña mágica. Lo primero que asalta a la memoria son aquellas riquísimas argumentaciones, discusiones, entre Hans Castorp y Joachim, sus digresiones sobre el tiempo, sobre la libertad, etcétera, no necesitan trama. La vida en el hospital para tuberculosos, la cotidianeidad y la cura posible están allí para permitir lo otro: esa exposición del tejido subjetivo, esa exploración de la conciencia de los dogmas de fe, de las costumbres, de los miedos y las pasiones. El diálogo se convierte, en ese sentido, en el instrumento esencial de narración. José María Pérez Gay introduce, además, a un actor permanente. Me refiero al alimento del intelecto y, por qué no decirlo, en última instancia del espíritu, del alma tan de moda ahora. Qué música se escucha y qué marcas ha dejado ésta, qué cine apasiona, pero sobre todo, a quién se ha leído. El desfile comienza y es variado, nutrido, lleno de colores. Aparecen los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola: “Ver con la vista de la imaginación los grandes fuegos y las ánimas como cuernos ígneos”; “Oír con orejas llantos, alaridos”. Pero después viene la teoría del Estado y Cari Schmitt y Mannheim y Lukacs y Adorno y Karl Jaspers o los fantásticos mandamientos postumos de Nietzsche: “No debes admirar ni odiar a los pueblos. No debes dedicarte a la política. No debes ser millonario ni mendigo. Debes evadir a los poderosos y a los influyentes”. Parafraseando a Feuerbach en versión idealista: se es lo que se lee.

La prosa de Pérez Gay tiene momentos luminosos de construcción poética. ¿Podía ser de otra forma? No en balde ha empleado mucho tiempo de su vida en la puntual pero viva traducción de grandes prosistas: Canetti, Kraus, Mussil; o de ensayistas como Enzensberger. Pero también poesía: de Goethe a Paul Celan en una bella edición reciente.

Pero esas apariciones poéticas que son administradas con cautela, que dan probadas sistemáticas de fina melancolía, no impiden, por ejemplo, el humor que por fortuna es un estado inevitable en el trayecto del alma. Me brinca en la memoria un pasaje fantástico donde un toro mecánico, dirigido a control remoto, hace su aparición en la arena. El éxito del experimento lleva a la vana ilusión empresarial de la compañía Toros en Inglés, S. A. de C. V. Todo va viento en popa hasta que un día el metálico animal parece cobrar vida. Incontrolable y furioso embiste a una mesa de holandeses que vuelan por los aires. El erotismo también hace acto de presencia. Ello es no sólo necesario sino inevitable. La vida intelectual, las huellas de Sartre y Camus fomentan esa llama: por eso había que hablar de las piernas de Karín, aquella mujer de 25 años, alta, de pelo castaño y ojos claros. Sus piernas perfectas provocaban el asombro y la ilusión, peor aún o mejor aún, incitaron con jueces gozosos más que severos un concurso sobre la belleza de esas extremidades de 94 centímetros de la cadera a los pies que enloquecía a más de uno.

Pero Tu nombre en el silencio no es sólo un recorrido por un mosaico de recuerdos personales. Se trata de una travesía bien organizada por los túneles de la cultura política que marcó una época. ¿Dónde quedó la lucha de clases? ¿Cómo se miraba el maoísmo desde Colombia? ¿Cómo se entendió al llamado sujeto histórico desde dentro, en particular desde las organizaciones estudiantiles? ¿Qué hacer con Stalin? Rudi Dutschke llamado Red Rud o Revolutionary Rudi. líder del ala izquierda de la Federación de Estudiantes Alemanes Socialistas, es el eje conductor de una discusión que muta mostrando sus debilidades y retruécanos. La revolución está allí como referente cada vez más lejano para el estudiante mexicano, como ambición insuperable de sus compañeros de viaje. La muerte de Martin Luther King. Lindon B. Johnson, Vietnam aparecen para recordar los cambios internacionales. Central es la terrible llaga del 68. A 14,000 kilómetros de distancia Cardona lee ese traumático suceso. ¿Guerra popular prolongada, propuesta revolucionaria, de qué carambas estamos hablando? Herbert Marcuse, Regis Debray y Günther Grass, deambulan por la conciencia de muchos estudiantes. El asalto al cuartel Moneada, la exaltación de lo propio frente a lo lejano, los espejismos de la pujanza juvenil. Del otro lado Díaz Ordaz como conductor visible de una pesada maquinaria política. ¿Quién gobernaba a quién? ¿El duro presidente con desplantes despóticos o la implacable oruga del tanque autoritario? Allí, por fortuna, algo, mucho se quebró y de los pedazos siguen saliendo reflexiones. José María Pérez Gay relata además, desde la atalaya de la literatura, una historia contemporánea de uno de los países centrales en el siglo XX: Alemania. Los lugares simbólicos de inicio y terminación son claros: el suicidio del poeta Heinrich von Kleist en 1811, quien se hizo acompañar hacia la muerte de Henriette Vogel. hasta la llegada de Willy Brandt a la Cancillería de la República Federal Alemana en 1969- En medio está el nazismo como fantasma que sigue amenazando y recordándonos su existencia con furtivas apariciones.

Se trata del rostro visible de una mentalidad autoritaria que desaparecería el epitafio del poeta suicida por las dudas de su origen ario.

Terminemos. El tiempo obliga. En el tintero se quedan temas como la percepción de la ciudad, de Berlín y su arquitectura o de la plástica europea con Kokotschka, Otto Dix, Kirchner a la cabeza. Pistas interesantes hay muchas: la evolución de un amasiato en libertad, sin presiones, si es que algo así existe. Pero quizás una aproximación así empequeñezca la dimensión de esta novela. Tu nombre en el silencio tiene para mí una valía excepcional que de tan evidente pasa desapercibida. En un momento donde el predominio, el imperio de los mercados ha hecho de la literatura un entretenimiento de sala de espera, en un momento en que lo light que comenzó por el tabaco y se cruzó a los refrescos, las mayonesas e invadió también la literatura, justo ahora José María Pérez Gay nos entrega una novela en todos sentidos de peso completo. Recupera así la pretensión que un novelista que se respete debe siempre llevar con él. La novela es un ejercicio totalizador. Cada una de las pequeñas, múltiples e incontables partes de la vida juegan un papel. La comida, el vestido, la ciudad, los olores, las lecturas, los rasgos físicos, la arquitectura, la luminosidad del cielo, lo abrazador de un verano o lo penetrante de un invierno, todo juega en la conciencia del ser humano. La parcialización, la elección es siempre inevitable, contar todo es en verdad imposible. Pero mutilar por voluntad, por facilismo, por comodidad, por interés comercial es envilecer la novela. ¿Cuántos ejemplares se van a vender de Tu nombre en el silenció? No lo sé, espero que muchos, pero no debe importarnos demasiado.

La popularidad puede ser una característica pero no debe situarse como objetivo primordial. Esta entrega de José María Pérez Gay es otro peldaño importantísimo que muestra su solidez literaria y nos muestra sus obsesiones, sus fantasmas diría Sábato, pues el cónsul de La extraña costumbre de estar lejos sigue caminando como cuando en la página 109 Alfonso nos confiesa su urgencia de estar lejos, o cuando Ida Pavelin se regocija por encontrarse, por fin, a sí misma en pleno abandono o cuando Cardona le declara a Erika que se dedicará a su ausencia.

Pero está también la otra entrega de José María Pérez Gay, la que habla de su oficio, de su amor por la literatura, por las letras. Allí están los primeros aforismos de Canetti publicados hace quizá veinte años o más, cuando nadie en México los conocía o sus impactantes artículos alertándonos sobre Pol Pot, o sus múltiples esfuerzos pedagógicos para introducir la literatura alemana, todo en paralelo a sus cátedras, sus conferencias y sus desempeños diplomáticos o como gran promotor de una televisión cultural de calidad. Esa otra entrega nos garantiza, a sus lectores, que esté donde esté nuestro cónsul, que seguramente será muy pronto embajador espiritual, no habrá traición al oficio. Nuestro orgullo por el espléndido escritor mexicano sólo es derrotado por el orgullo de ser su amigo.

Gracias, Chema. ¿Cuándo sale la otra? .                n

Federico Reyes Heroles. Analista político. Director de Este País.

Los indios de México

LOS INDIOS DE MÉXICO

POR ARTURO WARMAN

Vale la pena pasar revista, aunque sea a vuelo de pájaro y con cifras agregadas, a la presencia y ubicación de los indígenas en el territorio mexicano para reflexionar sobre leyes y reformas para consagrar derechos y obligaciones.

Alrededor del 7.8% de los mexicanos hablan una lengua indígena; en el año 2000 sumaron 7.6 millones de personas. Su proporción no se ha modificado de manera importante desde 1970, aunque desde entonces los hablantes de lenguas indígenas se duplicaron en números absolutos.

El concepto hablante de una lengua indígena puede inducir al error. No hay una lengua indígena, hay muchas. En el Conteo de Población de 1995 se registraron hablantes de 61 idiomas indígenas. No se trata de dialectos, son idiomas plenos, ininteligibles entre sí, que pertenecen a diversas familias y troncos lingüísticos. por lo que pueden quedar tan o más lejos de lo que están el ruso o el noruego respecto al español. Muchas de esas lenguas tienen dialectos, variedades internas que no impiden la comprensión aunque la dificulten; no sabemos con precisión cuántos son.

Es enorme la variación entre el número de hablantes de las lenguas indígenas. En sus extremos contrastan el náhuatl, la más extendida, con más de 1,500,000 hablantes, y el aguatero con menos de 50. Un poco más de la mitad de quienes se comunican con lenguas indígenas utilizan sólo cuatro idiomas: náhuatl, maya, zapoteco y mixteco. Únicamente 15 idiomas indígenas se hablan por más de 100,000 personas y se utilizan por cerca del 90% de quienes dominan idiomas originarios; 19 lenguas se utilizan por grupos con más de 10.000 y menos de 100,000 hablantes: 27 idiomas se hablan por menos de 10.000 personas, entre ellos 21 que se conocen y utilizan por menos de 1000.

Las lenguas son construcciones milenarias que contienen sabiduría, literatura, sistemas de conocimiento y clasificación originales, asociaciones y matices irrepetibles para las percepciones o sentimientos: son auténticos tesoros de la humanidad. Aunque todos los idiomas tienen la misma capacidad de comunicar pocos cuentan con el soporte para ser instrumentos eficaces de educación y comunicación en un mundo cada vez más integrado. Con el español, idioma con enormes acervos escritos y que hablan unos 400 millones de personas en el mundo, podemos formarnos con suficiencia y hasta con excelencia; aun así, requerimos de otras lenguas en áreas especializadas. No sucede lo mismo con las lenguas indígenas, idiomas predominantemente orales, que apenas participan en la educación básica con propósitos pedagógicos en las lenguas más importantes por el número de hablantes. Esas restricciones podrían superarse para algunas lenguas en el largo plazo pero permanecerán en el mediano.

La mayoría de los hablantes de lenguas indígenas, el 83-2%, utiliza también el español en diverso grado para una comunicación más eficaz fuera de su entorno directo. Sin embargo, permanecen cerca de 1,250,000 de personas que sólo dominan su lengua indígena materna. En Chiapas son cerca de 400,000; 250,000 en Oaxaca y más de 100,000 en Guerrero, Puebla o Veracruz.1 Las lenguas con mayor proporción de monolingües —amuzgo, tzeltal, tzotzil, chol y chatino— no son de las que tienen más hablantes ni están más extendidas en el territorio. Estos idiomas también presentan una tasa de crecimiento más elevada que la del promedio de las lenguas indígenas. Conforman casos más cerrados de resistencia lingüística y acaso también cultural.

Los hablantes de lenguas indígenas no se distribuyen uniformemente en el territorio nacional. En ninguna entidad son mayoría. En nueve de ellas representan una proporción superior al 10% de la población total e inferior al 38%, el máximo que alcanzan en Yucatán y Oaxaca. En sólo dos de esas entidades, Oaxaca y Chiapas, los hablantes de lenguas indígenas superan 1,000,000 de personas sin rebasar 1,300,000. En otros tres de esos nueve estados —Veracruz, Puebla y Yucatán—, los hablantes de idiomas indígenas sumaron entre 600,000 y 700,000 personas en el año 2000. En Guerrero e Hidalgo fueron alrededor de 400,000 en cada uno. En San Luis Potosí y en Quintana Roo sumaron entre 200,000 y 250,000. En esas nueve entidades radican casi las tres cuartas partes de los hablantes de lenguas indígenas en México. Si se agregan Michoacán, Estado de México y el Distrito Federal, donde viven 800,000 hablantes de lenguas indígenas, aunque su proporción sea apenas del 3.1% de su población total, en esas doce entidades radica el 84% de los hablantes de lenguas indígenas.

En las otras veinte entidades la proporción promedio de hablantes de lenguas indígenas es del 1.8% de su población total, aunque en ocho estados queda por debajo del 1%. Este dato tiene significación adicional si se recuerda que cualquier iniciativa de reforma constitucional requiere de su aprobación por cuando menos dieciséis legislaturas estatales. La percepción de la presencia indígena y sus restricciones se modifica y matiza con las proporciones y distancias, con la frecuencia de la interacción y con el objeto o tipo de contacto. La mayoría de los mexicanos no tiene conocimientos directos ni información suficiente sobre sus compatriotas indígenas.

En el año 2000 el 60% de los hablantes de lenguas indígenas vivía en localidades rurales con menos de 2,500 habitantes. Esa proporción contrasta con el promedio nacional, en el que sólo el 25.3% de la población radica en localidades de ese tamaño. Otro 20% de los hablantes de idiomas indígenas vive en localidades entre 2,500 y 15,000 habitantes, muy cerca de la tierra y de la condición rural; de todos los mexicanos sólo el 13-7% radica en localidades de esas dimensiones. Sumados, los hablantes de lenguas indígenas que viven en localidades rurales o predominantemente agrarias representan al 80% del total. En las ciudades con entre 15,000 y 100,000 habitantes viven el 13.7% de los mexicanos pero apenas el 7% de los hablantes de lenguas indígenas. En las grandes ciudades con más de 100,000 habitantes radica el 47.3% de los mexicanos pero sólo el 13.1% de los que hablan una lengua indígena.

El estrecho vínculo entre los indígenas y la tierra se consolidó por la reforma agraria mexicana, de la que fueron sujetos preferentes. En los 800 municipios en que más del 30% de la población es indígena, según la estimación del Instituto Nacional Indigenista, existen 6,295 ejidos y comunidades con 1,000,074 sujetos individuales que representan el 30.5% del total nacional de ejidatarios y comuneros que consigna el censo de 1991.

Si cerramos más aún la mira para evitar interpretaciones complacientes, permanece la sobrerrepresentación de los indígenas entre los dueños de la propiedad social. En los 550 municipios en que el INI estima que es indígena más del 70% de la población, lo que casi seguramente se traduce en que también lo son sus ejidatarios y comuneros, hay 3,849 núcleos agrarios con 728,000 sujetos individuales, que representan el 20.7% de todos los ejidatarios y comuneros del país. Incluso con esta estimación muy conservadora la proporción de indígenas con titularidad sobre la propiedad social de la tierra supera a la proporción de indígenas que viven en localidades con menos de 15,000 habitantes, que es del 16%. No queda duda de que en la distribución de la propiedad social los indígenas están sobrerrepresentados. Así debería ser, esa fue precisamente la razón y el sentido de la reforma agraria mexicana.

Además, se estima que cerca de 400,000 campesinos indígenas son propietarios particulares de tierras privadas. En algunas regiones indígenas la propiedad privada es predominante. Así sucede en las sierras del estado de Puebla, en la Cañada de Oaxaca y en la sierra de Zongolica en Veracruz, entre otras de menor extensión e importancia.

En materia de propiedad de la tierra no puede documentarse discriminación en contra de los indígenas, aunque en algunos casos, como en Chiapas, es evidente el retraso en la atención del problema agrario. Por el contrario, hubo excesos como los reconocimientos de las enormes comunidades indígenas que no consiguieron consolidar su control sobre la tierra. En cambio, puede reconocerse omisión histórica en la regularización y ordenamiento de la propiedad indígena, de tal forma que los conflictos agrarios se concentran en ella. El minifundio, la relación entre la extensión de la tierra y sus formas de explotación que se traduce en que la producción y su valor sean insuficientes para cubrir las necesidades básicas de la familia productora, es predominante entre los campesinos indígenas, como lo es en todo el campo mexicano. Sin embargo, entre los indígenas, que se dedican en mayor proporción al trabajo de la tierra, las restricciones del minifundio se expresan con mayor fuerza estadística como pobreza extrema.

Para superar o moderar los severos límites de la actividad agraria, algunas comunidades y regiones indígenas recurren a la emigración temporal o permanente. De las zonas indígenas de Oaxaca, Guerrero y Puebla salen considerables contingentes que se incorporan cada año a los circuitos de trabajo agrícola migratorio que recogen y empacan los productos hortícolas y otros cultivos comerciales. Hay pocas condiciones de trabajo más severas que las que padecen esos trabajadores itinerantes, que tratan de ahorrar sus ingresos laborales para incorporarlos a los presupuestos familiares en sus lugares de origen. A veces esos circuitos dan origen a asentamientos indígenas permanentes como los mixtécos en Baja California y el suroeste de Estados Unidos. Otras veces la emigración indígena a las ciudades es permanente. Así se explica que el área metropolitana de la Ciudad de México contenga la mayor concentración de indígenas del país, probablemente más de 300,000, provenientes de muchas partes y hablantes de casi todas las lenguas indígenas de México. También es probable que la segunda concentración más numerosa de indígenas mexicanos en una ciudad suceda en Los Angeles, Estados Unidos.

En algunas regiones indígenas, notablemente en Chiapas, el recurso a la emigración fuera del estado casi no se utiliza. Hasta hace unos años se pensaba que en Chiapas todavía estaba abierta una frontera de colonización agraria, que dio origen a migraciones internas hacia la selva. Esa corriente de colonización ya afectó y amenaza a las más importantes reservas naturales de selvas tropicales del estado y del país. La frontera de la colonización agraria en Chiapas ya está cerrada, acaso demasiado tarde, aunque permanezcan conflictos derivados de su ocupación. En otras regiones indígenas que eran ejemplos de conservación armónica de la naturaleza, la presión sobre la tierra generó desequilibrios y enfrentamientos, que amenazan no sólo a los recursos naturales sino también la permanencia de sus ocupantes indígenas. Los desastres naturales provocados por inundaciones y deslaves en los últimos años ilustran los riesgos.

Los indígenas mexicanos no viven aislados, nunca lo han hecho. Su interacción con grupos no indígenas es frecuente e intensa, es definitiva aunque no sea simétrica o equitativa. La convivencia en el mismo espacio es una de las expresiones más notables de esa interacción. No hay regiones o comarcas en que sólo radiquen indígenas aunque sean la mayoría. En todas ellas hay localidades predominantemente mestizas o “ladinas” en las que también viven indígenas. Lo contrario también es cierto y general: en las comunidades indígenas viven mestizos que con frecuencia tienen comercios y profesiones que no desempeñan los indígenas.

Son pocos y excepcionales los casos en que los indígenas que hablan la misma lengua convivan sólo con mestizos o ladinos en el mismo espacio. Así sucede con los mayas de la península de Yucatán, que no tienen contacto ni vecindad con ningún otro grupo indígena. Se conforma así una zona indígena continua en la que se habla la misma lengua y el español. Aunque fragmentados en cuatro regiones geográficas distintas, lo mismo sucede con los purépechas de Michoacán y con muchos otros grupos pequeños como los seris de Sonora o los kikapú de Coahuila. Las zonas indígenas en que se habla una única lengua originaria y el espacio físico y social se comparte sólo con los mestizos, las regiones bilingües acaso incluyen a no más del 20% del total de los hablantes de lenguas indígenas.

Otra proporción similar del 20% de los hablantes de lenguas originarias vive en ciudades de más de 15,000 habitantes. Conforman minorías. Es frecuente que en la misma ciudad radiquen minorías que hablan diversas lenguas indígenas y que no tienen interacción entre ellas. El uso del español es casi universal en ese contexto.

La mayoría de los hablantes de lenguas indígenas, acaso alrededor del 60%, vive en zonas plurilingües, imbricada no sólo con población mestiza sino también con uno o más grupos indígenas que hablan idiomas diferentes y son portadores de tradiciones culturales diversas. El doctor Gonzalo Aguirre Beltrán reconoció estas formaciones y las nombró “regiones de refugio”. Organizadas por una ciudad “primada” predominantemente mestiza, que concentra riqueza, servicios, mercado y oficinas públicas, que además es sede del poder político regional, un gran número de comunidades predominantemente indígenas depende de ese centro regional y conforma un sistema social y de dominio integrado. A veces esas regiones son tan amplias y complejas que contienen a varios subcentros comarcanos que cumplen de manera secundaria y derivada las funciones de la ciudad primada que preside sobre toda la región.

En estas regiones conviven hablantes de diversas lenguas indígenas no emparentadas. Aunque es posible distinguir patrones de concentración en el espacio para los hablantes de una misma lengua, éstos son difusos y con frecuencia están fragmentados por la irrupción de localidades de otra lengua o de mestizos. Incluso dentro de una misma localidad la pluralidad lingüística está presente en barrios y vecindarios de los que utilizan el mismo idioma. El bilingüismo en dos idiomas originarios es frecuente, además del que se da con el español. Muchas localidades en que se habla predominantemente un idioma indígena no tienen vecindad con otras que utilicen el mismo idioma. Los mercados y santuarios de las regiones de refugio son centros de reunión cosmopolitas en las que se hablan hasta cuatro o cinco lenguas y los vecinos de sus localidades se identifican por el traje, algún detalle o el estilo. Las relaciones de los componentes de la pluralidad étnica en las regiones de refugio son por lo general civilizadas pero no son simétricas ni equitativas. Hay una estratificación interna, generalmente presidida por los mestizos, en que las distintas comunidades ocupan posiciones más altas o bajas por distintas razones, entre ellas el idioma que utilizan. Para muchas comunidades, sus opresores directos son indígenas de otros grupos. En algunas zonas, diversos conflictos étnicos, religiosos, agrarios, comerciales o laborales, suspenden o destierran la convivencia civilizada y se instala la violencia endémica. No es muy frecuente, por eso es notable.

La idea del territorio como el espacio continuo y amplio que se ocupa con nitidez por gente con el mismo origen, que comparten la misma lengua y cultura, no se presenta en México. La imbricación o fragmentación de los grupos lingüísticos lo previene. La territorialidad se reduce y complica, se aplica acaso en los ejidos y en las localidades, pero también se enriquece con nociones de intercambio y especialización en el aprovechamiento de la tierra que desembocan en convivencia tolerante o en su opuesto: el conflicto agrario, en los que las fronteras étnicas no son su principal causa. Sabemos poco sobre la territorialidad indígena, apenas lo suficiente para asegurar que no se pueden trasladar modelos ajenos que se desarrollaron en otras circunstancias y contextos, en otras historias diferentes.

La fragmentación y discontinuidad en el espacio de las lenguas indígenas las ilustra con nitidez el náhuatl, el idioma originario más extendido. En cada uno de cinco estados diferentes el náhuatl se habla por más de 100,000 personas y en otros cuatro se habla por más de 20,000. Se forman bolsas o demarcaciones discontinuas en que se habla náhuatl, sin vecindad con otras hablantes de la misma lengua. Algunas bolsas son grandes y muy numerosos sus hablantes, otras son pequeñas y están aisladas. En prácticamente todas estas bolsas el náhuatl no es lengua indígena exclusiva y comparte espacio con otras lenguas muy diversas. La fragmentación de las lenguas originarias en el espacio, pero al mismo tiempo su interacción en regiones multilingües, caracteriza con mayor frecuencia al universo de los indígenas.

La formación de las regiones de refugio fue un proceso prolongado, que a partir de tendencias prehispánicas se consolidó en la etapa colonial con sus grandes movimientos de población. Entonces ser indígena no sólo era una distinción cultural y una posición social, era una categoría jurídica con restricciones y obligaciones definidas por la ley. En esa etapa surgieron muchas de las instituciones indígenas que persisten para favorecer la resistencia cultural y la permanencia de sus grupos portadores. Son instituciones de una sociedad parcial y sometida que promueven fuertes lazos de cohesión y solidaridad, de defensa frente a la opresión, pero que al mismo tiempo dependen de instituciones externas para funcionar. Hay instituciones indígenas, como el sistema de cargos o de autoridades tradicionales, estrechamente vinculadas con la estructura y sacerdotes de la iglesia católica, la única religión permitida en la época colonial y de hecho hasta el fin del siglo XIX. La conversión de los indígenas a otras religiones cristianas a un ritmo más alto del que se da en la población nacional durante la segunda mitad del siglo XX sugiere crisis y ruptura en algunas instituciones de origen colonial. Otros procesos también sugieren la transformación plural y diversa de muchas de las instituciones convencionalmente asociadas a las lenguas y culturas indígenas.

Frente a la enorme riqueza y diversidad que presentan los grupos indígenas de México hay procesos que si bien no son generales ni absolutos, sí son abrumadores. La mayoría de los indígenas resiente la pobreza extrema. Recibe menos educación y servicios públicos que el resto de los mexicanos. Accede con dificultad a la jurisdicción del estado y la falta de respeto a sus derechos humanos no es excepcional. Ocupa la posición social más baja y es víctima de discriminación, injusticia y maltrato. Resiente prejuicios que lastiman su dignidad. En las regiones en que vive la mayoría sufre de opresión. Su representación política es casi inexistente, inferior a su número y presencia y, sobre todo, a la justicia de muchas de sus demandas. Los indígenas están lejos de alcanzar la efectiva igualdad frente a la ley que la Constitución ordena y más aún de la igualdad de oportunidades a la que como sociedad aspiramos.

La desigualdad y discriminación que afectan a los indígenas no tienen su origen en las leyes vigentes, mucho menos en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Muchos de los hechos que los afrentan son ilegales o simplemente suceden al margen de la ley, con la omisión de las autoridades encargadas de aplicarla. Son inercias de procesos seculares que sirven a intereses particulares frente a la indiferencia de la opinión pública, de los partidos políticos y de muchas instituciones y servidores públicos. La corrección de esas inercias estructurales es un proceso complejo y prolongado, ajeno a los resultados inmediatos, a las proclamas y a los triunfos personales. Requiere de esfuerzos sostenidos por instituciones sólidas y eficaces con el respaldo de la sociedad y la participación democrática de los mexicanos indígenas. No se pueden esperar milagros ni ocurrencias para revertir creencias y prácticas profundamente inscritas en las estructuras de la sociedad.

Ha surgido una corriente poderosa que plantea la reforma constitucional para solucionar los problemas que

afectan a los indígenas mexicanos, que mucho debe al impacto en la opinión del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Esta propuesta generosa tiene mucho de pensamiento mágico, de conjuro que supone que la reforma a las leyes por sí misma transforma la realidad. Además, este supuesto deposita en las autoridades públicas toda la acción necesaria para hacer cumplir la ley: transfiere la responsabilidad de la sociedad a su gobierno. Coinciden voluntarismo y estatismo en el fácil pero incierto recurso de reformar la Constitución para clausurar el tema de preocupación.

Dentro de esta corriente destaca la posición que propone consagrar a los pueblos indígenas como sujetos de derechos adicionales en materia social, económica, política. cultural y territorial, como expresión de su libre determinación y autonomía. Esa postura adoptó los acuerdos de San Andrés y la propuesta de reforma constitucional de la Comisión de Concordia y Pacificación, Cocopa, del Congreso de la Unión. Asumida por el EZLN, esa posición se ha situado como eje del debate.

El concepto de pueblo no tiene una definición rigurosa en las ciencias sociales ni en la tradición jurídica o legislativa. En distintas constituciones nacionales, entre ellas la mexicana, el término pueblo se refiere al sujeto histórico que tras una larga gesta conquistó la independencia respecto a algún poder colonial y formó un Estado soberano. Los firmantes de los Acuerdos de San Andrés, y creo que la mayoría de los mexicanos incluyendo a los indígenas, rechazan enfáticamente esa posibilidad de independencia y sostienen que la libre determinación y la autonomía de los pueblos deben darse en el marco de unidad del Estado mexicano. Por una parte se desecha el contenido de pueblo como germen de independencia y soberanía; por la otra se colocan los conceptos de libre determinación y autonomía en una zona confusa y conflictiva.

México suscribió con la aprobación de la Cámara de Senadores el Convenio 169 sobre pueblos indígenas y tribales, de 1989 de la Organización Internacional del Trabajo de las Naciones Unidas. Este convenio, que tiene fuerza de ley en México, ofrece una definición para pueblos indígenas:

Este convenio se aplica a los pueblos indígenas en países independientes, considerados indígenas por el hecho de descender de poblaciones que habitaban en el país o en una región geográfica a la que pertenece el país en la época de la conquista o la colonización o del establecimiento de las actuales fronteras estatales y que, cualquiera que sea su situación jurídica, conservan todas sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas. La conciencia de su identidad indígena o tribal deberá considerarse un criterio fundamental para determinar los grupos a los que se aplican las disposiciones del presente Convenio. La utilización del término “pueblos” en este Convenio no deberá interpretarse en el sentido de que tenga implicación alguna en lo que atañe a los derechos que pueda conferirse a dicho término en el derecho internacional.

Ese texto del Convenio 169 no aclara mucho para definir a los pueblos indígenas de México como sujetos de derecho. Es ambiguo e impreciso. Puede aplicarse el concepto de pueblo al conjunto de todos los que hablan una lengua originaria o sólo a los que hablan un mismo idioma indígena; también a los que hablan una lengua indígena en una región delimitada o a quienes en la misma comparten el idioma, o hasta se puede aplicar a los integrantes de cada comunidad particular y pequeña que conservan instituciones homogéneas. Todas estas aplicaciones y muchas más podrían incorporarse a esta definición en el caso mexicano. No es un problema banal, se traduce en que se otorgan derechos a un sujeto indeterminado, puede que a nadie, aunque muchos los pretendan y persigan.

La conciencia de la identidad indígena no es menos problemática. En el cuestionario ampliado que se aplicó en la muestra censal del año 2000, el 6.1% de los mexicanos se declaró indígena. Un poco más de 1,100,000 de los 5,300,000 millones de personas que se consideraron indígenas no domina una lengua originaria. Por lo contrario, 2,000,000 de hablantes de idiomas nativos no se asumieron como indígenas en lo que a su identidad se refiere. Fue la primera vez que se preguntó sobre identidad indígena en un censo; obviamente es necesario profundizar en el tema, pero ha quedado constancia de la diversidad y elusividad de ese criterio fundamental para reconocer a los pueblos indígenas en los términos del Convenio 169 de la OIT.

La postura que propone que sean los pueblos los sujetos de derecho no se ha pronunciado respecto a qué se debe entender con precisión bajo ese concepto, lo que hace muy difícil, si no es que imposible, analizar los alcances de los derechos mencionados. De manera implícita pero frecuente se postula que conforman un pueblo todos los que hablan un mismo idioma. La idea es plausible si se refiere sólo a derechos lingüísticos y acaso culturales, pero es aberrante cuando comprende derechos políticos o territoriales en virtud de la fragmentación en el espacio de los hablantes de la misma lengua. Sería absurdo, injusto e impracticable otorgar a todos los que hablan un mismo idioma originario el derecho al disfrute colectivo de los recursos naturales de un territorio compartido, fragmentado, separado por enormes distancias y diversidad ecológica, que además está legal y tradicionalmente ocupado y apropiado por sujetos precisos de derecho. Si a ese complejo mosaico territorial agregamos además la idea propuesta de que el territorio comprende la totalidad del habitat que los pueblos indígenas usan y ocupan sin considerar su movilidad y diversidad laboral, se podrían incluir las tierras de las ciudades o en las que trabajan los trabajadores agrícolas migratorios, lo que desembocaría en contradicciones que cancelan los derechos que se propone consagrar.

Los pueblos indígenas, interpretados como la totalidad de los hablantes de una misma lengua, no tienen representación orgánica ni existen instituciones o autoridades que los representen; carecen de la instancia que pueda ejercer los derechos otorgados. Algunos esfuerzos previos para lograr esta representación orgánica, como los “Consejos Supremos” impulsados por el INI, fracasaron en su intento, incluso después de haber reducido el ámbito de cada lengua a cada una de las regiones de refugio. Había un consejo supremo náhuatl de la Montaña de Guerrero y otro de Las Huastecas en Veracruz, entre otros, pero ni así obtuvieron representación ni legitimidad aunque lograran privilegios para los representantes que se perpetuaban en el cargo. Si los pueblos así interpretados carecen de representación orgánica, no pueden contar con tradiciones o usos y costumbres para escoger a sus autoridades y representantes que no existen. Esa interpretación de pueblo tampoco podría convertirse en un tribunal que aplicara sistemas normativos no codificados, que son locales y casuísticos, que se basan en el conocimiento personal de las circunstancias y que varían en las diferentes regiones. El pueblo postulado como la totalidad de los hablantes de una misma lengua es una abstracción sin expresión en la realidad.

Se ha argumentado que efectivamente los pueblos así concebidos no tienen existencia pero que la intención de la reforma constitucional sería reconstituirlos, recrearlos para que en el futuro asuman su autonomía. La idea de reconstitución supone que esa unidad existió en el pasado, lo que no siempre corresponde con los conocimientos históricos. Esa reconstitución, que ni siquiera sabemos si es una aspiración de los hablantes de una misma lengua, no puede establecerse como una función y obligación de un Estado moderno y democrático en beneficio exclusivo de una parte de la población. Su función se limita a brindar respeto a las diferencias, a todas sin que importe su origen, y a brindar las garantías para que se puedan expresar en el marco de la ley y de respeto a los derechos humanos. La reconstitución de la unidad cultural que expresa una lengua es una tarea que corresponde fundamentalmente a sus hablantes. Al Estado le corresponde exclusivamente respaldar esa iniciativa legítima, compatible con la definición pluricultural de la nación mexicana que fue consagrada constitucionalmente en 1992.

La representación orgánica de los indígenas en México existe y se expresa en el nivel de las comunidades. En muchas de ellas pero no en todas funcionan las autoridades tradicionales: ancianos, fiscales o mayordomos, que ejercen poder e influencia, median en conflictos y excepcionalmente imponen penas por transgresiones. En otras comunidades funciona la asamblea, constituida de manera diversa. Las autoridades comunitarias coexisten y comparten poder con otras autoridades de nuevo cuño, como la asamblea y el comisariado ejidal, la asociación de padres de familia o la junta de electrificación, entre otras muchas. No existe un modelo general en la organización y representación de las comunidades, hay diversidad y pluralidad. También hay una demanda democrática entre los indígenas mexicanos.

Las organizaciones extracomunales o regionales, que no son generales ni frecuentes, se integran por la asociación de organizaciones locales o comunales. Estas organizaciones regionales o de segundo piso —uniones de ejidos o de productores, acopiadoras y comercializadoras u organizaciones culturales— se rigen por sus propios estatutos, son de nuevo cuño, no siempre agrupan a los hablantes de la misma lengua y no recurren a los métodos tradicionales para nombrar a sus representantes y dirigentes. Con frecuencia se enlazan con iglesias, organizaciones no gubernamentales y hasta con organizaciones políticas externas para obtener apoyos para sus objetivos, que casi siempre son limitados y especializados. Las organizaciones indígenas extracomunales se construyen desde abajo con la asociación de individuos, ejidos y excepcionalmente comunidades, en su sentido de localidades predominantemente indígenas.

No son representaciones étnicas ni agrupaciones de los hablantes de una misma lengua, son organizaciones regionales indígenas para balancear desigualdades y asimetrías. Se insertan en el espacio de regulación del intercambio, del apoyo gubernamental y del poder en donde las autoridades comunales tropiezan con limitaciones en su interacción con fuerzas externas.

Hay casos, sobre todo en el estado de Oaxaca, en que coinciden comunidad y municipio, donde se integran autoridades tradicionales y otras con diferente origen y propósito. La coincidencia no es universal, pero cuando sucede los indígenas tienen autoridades propias. Contar con autoridades propias y buen gobierno es legítima y obvia aspiración democrática con la que es casi imposible no coincidir con entusiasmo. El problema que confrontamos es que en el confuso debate sobre pueblos y reconocimiento de derechos históricos, autoridades propias se confunde con autoridades tradicionales y con usos y costumbres para escogerlas. Esta confusión opone y confronta a las autoridades tradicionales con las constitucionalmente establecidas. La oposición no es del todo real y en muchos casos las autoridades tradicionales se integran eficazmente con las representativas por el reconocimiento de ámbitos de competencia diferentes en una misma arena de poder. La confrontación es ideológica. Hay quienes suponen que las instituciones y métodos tradicionales son intrínsecamente mejores, legítimos y auténticamente representativos. En sentido contrario, también hay quienes suponen que lo tradicional es un simple encubrimiento para lo arcaico, conservador, caciquil y corporativo. Hay buenos argumentos y dosis de prejuicios en ambos bandos pero el debate puntual y detallado entre ellos no se está dando, está sometido por la discusión entre abstracciones y entelequias, entre fundamentalismos que desechan la experiencia.

La diversidad y pluralidad de la vida indígena, su riqueza, no se refleja en los actuales debates y propuestas, que la simplifican y reducen. Por otra parte, la desigualdad y la discriminación que condena a los indígenas tampoco se reflejan con la fuerza y la urgencia que merecen. Se discuten y confrontan abstracciones, ideologías, que no recogen la realidad, experiencia y aspiraciones indígenas.

Es esa mi mayor preocupación: un debate ideológico polarizado que se vincula débilmente con la realidad indígena. Discutimos alrededor de territorios étnicos que no pueden delimitarse pero que si se consagran pueden producir enfrentamientos. Planteamos el reconocimiento de derechos para pueblos imaginarios mientras postergamos la oportunidad de fortalecer y ampliar la representación indígena para elegir autoridades propias y mejores a partir de sus comunidades y de la asociación entre ellas. Se ha enfatizado la dimensión política de la autonomía a costa de sus dimensiones social y cultural, incrementando la distancia con las preocupaciones inmediatas de los indígenas. El acceso a la plena jurisdicción del Estado con respeto a las tradiciones indígenas está empantanado en una discusión estéril entre usos y costumbres o sistemas normativos. La lucha contra la discriminación y la violación de los derechos humanos parece secundaria frente al regateo de espacios de poder y de cargos burocráticos. Se han puesto los derechos indígenas como baluartes de una guerra, aunque sea virtual, y se usan como municiones que se disparan y gastan. Constantemente se repite que hay que legislar para obtener la paz que deseamos los mexicanos. Pero la reforma a la Constitución no debe ni puede omitir la justicia como su propósito. Si lo olvidamos las reformas pueden ser intrascendentes y banales o promotoras de conflicto y rupturas. En ambos extremos se corre el riesgo de incrementar la segregación y perpetuar la pobreza de los indígenas y, con ellas, la de todos los mexicanos.   n

Arturo Warman Antropólogo. Es autor de Historia de un bastardo: Maíz y capitalismo.

1 Las cifras utilizadas proceden de los censos de población realizados por el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática y publicados por ese instituto. En particular se recurrió a los datos del XII Censo General de Población y Vivienda 2000, en sus volúmenes de Tabulados de la Muestra Censal. Como todavía no se cuenta con los datos definitivos, algunas de las proporciones utilizadas podrán presentar diferencias menores con los resultados finales. Los Indicadores Socioeconómicos de los Pueblos Indígenas de México, elaborados y publicados por el Instituto Nacional Indigenista, se utilizaron para complementar cualitativamente la información censal. Las obras de Gonzalo Aguirre Beltrán, Regiones de refugio (Instituto Indigenista Interamericano, 1967), y de Guillermo Bonfil, México profundo (Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 1987), son esenciales en la formación de los conceptos del inconcluso debate actual.

Desear al vuelo

PUERTO LIBRE

DESEAR AL VUELO

POR ANGELES MASTRETTA

Una semana después de que la nieve cayó hasta las faldas de los volcanes, cubriendo las llanuras que los rodean cerca de la Ciudad de México, la primavera irrumpió con su escándalo de pájaros desde la madrugada, cielos clarísimos, estrellas tempraneras y una luna inmensa como nuestro deseo de que la vida fuera siempre así.

La primera de esas tardes, me fui a caminar con la puesta del sol a mis espaldas, colándose entre los edificios más altos, tiñéndolos de naranja y lila como si algo quisiera decirles.

Camino en el único territorio que esta ciudad me presta para mirar el horizonte. Un horizonte corto, interrumpido por los tres hoteles que de lejos parecen custodiar el hechizo de una gran bandera. El único horizonte cercano y por eso el más entrañable que he podido encontrar en esta ciudad.

El segundo lago de Chapultepec cobija en estos días jacarandas como incendios de flores, patos que nadan exhibiendo tras ellos la hilera de sus hijos, peces cada vez más grandes que a ratos sacan sus bocas abriendo en el agua pequeñas lentejuelas. Cobija también una gran fuente cuyo chorro no se cansa de intentar el cielo, y los fines de semana cobija cientos de familias presas de la misma nostalgia de campo que a tantísimos nos perturba en estas épocas. Una nostalgia que se alarga en el día y que deja hasta el anochecer a los más entusiastas bobeando frente a sus hijos en triciclo, llamando a gritos a sus perros enfebrecidos por amores inútiles, caminando despacio entre los árboles, comprando baratijas en los puestos cada vez más feos que crecen cada semana, tirando basura sin tregua en botes que nunca alcanzan, persiguiéndose en patines o mejor que nada: besándose hasta imaginar el absoluto.

Así, besándose, vi esa tarde a una muchacha febril, prendida del abrazo de un hombre joven, temblando. Y entonces, sin más, como sin más se recuerda, evoqué a Márgara. Tenía la misma piel morena y el mismo rubor encendiéndole las mejillas y una chispa parecida en los ojos oscuros.

Márgara llegó a trabajar a la casa en que mi madre crecía cinco hijos menores de ocho de años, cuando yo tenía siete y medio. Ella apenas había cumplido los dieciséis, ahora sé que también era una niña, pero entonces la vi fuerte y grande como no imaginé que yo podría ser en ocho años más. Venía de un pueblo llamado Quecholac a unas dos horas por carretera. Era hija de la mezcla radiante que habían hecho un mexicano de purísima cepa náhuatl y una mexicana nieta de alguno de los soldados que llegaron con Maximiliano y que tras la derrota se quedaron a ganar un cobijo entre los brazos de un deseo más cercano que Francia. Márgara tenía la nariz respingada de una bretona, la boca grande y la dentadura eterna de quienes han comido maíz por generaciones. Yo la veía distinta y preciosa. Era además inteligente y ávida. Aprendió a guisar en poco tiempo y era rapidísima para levantar un desorden, barrer un tiradero, lavar el patio, tender las camas. Se volvió de la familia y como de la familia la quise aunque sólo de lejos la pude acompañar en sus dichas y, peor aún en la única desdicha que fue incapaz de ocultar.

Por ahí de los dieciocho, se enamoró de Juan. Un hombre de piel de aceituna y ojos furtivos que sin embargo sabía mirarla como si la rehiciera. Juan pasaba por ella todas las tardes y la acompañaba a comprar unos panes para la cena. Volvían después de un rato de pasear por el parque frente a la panadería y si mi madre no estaba en la casa, se quedaban en la calle, cerca de la puerta, recargados en un árbol, besándose como si hubieran encontrado el absoluto.

Poquito antes de que la autoridad volviera, Márgara entraba como una gloria, cantando a veces, otras sonriendo para sí, caminando igual que si volara, llena de una inspiración que las monjas de mi escuela hubieran creído propia del Espíritu Santo.

Así estuvo unos tres años, noviando con Juan todas las tardes y todos los domingos de cielo intenso o de horizontes nublados. Juan era todo y todos. Era los luceros de su presente y el único futuro con luceros que hubiera querido imaginar. Ella iba por la vida con él entre los ojos y nada le pesaba y ningún trabajo le aburría. Dueña de todas estas luces, Márgara era para mí la representación más plena de la sencilla y ardua felicidad.

Hasta que una noche, en vez de entrar cantando o en vuelo sobre sus talones o con la sonrisa como una bandera, entró hecha un vendaval de lágrimas. Nadie se atrevió a preguntarle qué había pasado. Su llanto parecía parte de un ritual inexorable y tan íntimo que intentar calmarlo hubiera sido un sacrilegio. La dejamos llorar varios días. Desde el amanecer y hasta la noche. Una semana detrás de la otra hasta que estuvo perfectamente claro que Juan no pensaba volver y que todo aquel llanto era por eso.

—Me quería llevar nomás así— dijo por fin Márgara una mañana. —Sin casamiento, sin iglesia, sin ley y sin nada. Nomás así.

Mi madre dijo y pensó que Márgara había hecho bien en no aceptar. Tras ella, a todo el mundo le pareció correcto y encomiable el valor con que Márgara se había negado a irse con Juan “nomás así”. Enamorada desde los pies hasta la frente clara, desde el delantal hasta las trenzas brillantes y los labios incendiados, no quiso irse con él. Sujeto su corazón y sus deseos a la ciega obediencia de unas leyes cuyo respeto le hubiera parecido la prueba más palpable (¿la única prueba?) de que tanto abrazarla y tan intenso besarla quería decir que sólo a ella quería Juan y sólo en ella pensaba mirarse el resto de la vida. No quiso irse con él, se sintió traicionada cuando lo oyó decir que no se casarían, que con arrejuntarse estaba bien, que con qué dinero tanta fiesta, que para qué un jolgorio entre ellos que no fuera la prolongación de ese que ya traían de tanto tiempo.

Nada jamás le devolvió ni el aire ni las luces con que había ido por la vida. Se volvió ensimismada y brusca. Trabajaba con la misma eficacia, pero sin entusiasmo. Iba al pan como autómata. Una tarde mi hermano menor se le escapó ya desvestido frente a la tina en que lo bañaría y corrió huyendo del agua y quizá de la pena que la embargaba. Cuando ella volvió en sí alcanzó la desnudez del niño en mitad de la calle, para escándalo y comidilla del vecindario. Márgara ya no era Márgara por más que se empeñó en disimularlo, en no mentar a Juan ni para maldecirlo, en reirse más fuerte que nunca, en cantar alto “Diciembre me gustó pa’que te vayas” cada vez que una Navidad se cerraba de nuevo sobre su desesperanza. Todavía años después, recuerdo que una tarde volví a verla llorar mientras trapeaba la cocina. Pasó el tiempo. Yo cumplí los dieciséis que ella tenía cuando llegó y cumplí dos más y cuando yo tenía dieciocho y ella casi veintisiete, al volver de una de aquellas tardes que mi amiga de siempre y yo gastábamos soñando con encontrar un alma como la nuestra, la vi dentro de un taxi estacionado a unas dos cuadras de mi casa, besándose como un remolino con un hombre que yo encontré gordo, viejo y feo.

Márgara la del recuerdo incólume, besándose con un espanto de señor, cuyo único mérito era tener un taxi. Márgara entrando a las diez de la noche retobona y escurridiza. Márgara entre enojada y desafiante yéndose de buenas a primeras, así sin más con un hombre que encima de feo resultó casado. ¿Quién me lo iba a decir? Y todo eso regida por la única ley que acató tras perder a Juan. La más cruel, endemoniada y duradera de las leyes: la ley del desencanto.

No he podido nunca recordarla sin un dejo de tristeza y agradecimiento. Pensando en la sonrisa que se dejó una noche entre el árbol y la puerta de mi casa, me hice de la certeza, quizá tardía, pero crucial, de que hay que irse nomás así, desde la primera vez y siempre que la vida nos lo proponga. Porque no hay ley. ni mandamiento que valga e! abandono de un deseo como aquel. n

Angeles Mastretta. Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

Los indios o la geometría de la violencia

LOS INDIOS O LA GEOMETRÍA DE LA VIOLENCIA

POR ADOLFO SÁNCHEZ REBOLLEDO

La cuestión indígena está relacionada con el gran tema central: la reforma agraria, que no sólo significa el reparto de las tierras, o el reconocimiento de la organización campesina tanto para la representación corporativa como para fines productivos, sino, además, abolir el entramado institucional que devora la capacidad de gestión autónoma de los indígenas, el reconocimiento de su lengua y, en general, la aceptación plena del universo cultural de las etnias como un componente básico de la institu- cionalidad, la cultura y la identidad nacional.

Puede ser que la simultaneidad de los asesinatos de Sebastián Pérez, en Bochil, Chiapas, de Elpidio Domínguez en Santa Fe, Michoacán, o los cometidos en las personas de un indígena tarahumara o del asesor de los Tatamandones de

Jicayán, respondan a una misma lógica caciquil que tiene que ver con la visión nacional de tales grupos, con una geometría de la violencia en la que el enfrentamiento da la medida de la resistencia de los nuevos gobernantes.

Pero el hecho es que la historia individual de cada uno de los líderes muertos resume toda la historia de las vejaciones a las etnias, pero también, de un modo tangible y esperanzador, el despertar de su renacimiento.

El ascenso de la lucha de los indios de México, estimulada en los últimos tiempos por la actividad política, es ya un movimiento profundo, interconectado por uno y mil lazos, visibles o no, que tiende a la autoorganización. Se trata, al mismo tiempo, de la expresión más notoria de una masiva movilización que tiene como objetivo escapar al estado de miseria y abandono al que han sido conducidos, pero que hoy en las condiciones actuales, sólo puede expresarse como un movimiento social cada vez más político de salvación contra el etnicidio, por la vigencia de los derechos humanos. Movimiento que por el solo hecho de existir, pone en entredicho valores ideológicos supuestamente inamovibles, concernientes a la relación entre diversidad e identidad dentro de la nacionalidad y que afectan la definición misma del concepto de nación. Y la remite a la dimensión social no resuelta, a la libertad democrática para hacer valer una cultura propia.

—Nexos 134. Febrero 1989-

La marcha zapatista

CALEIDOSCOPIO

LA MARCHA ZAPATISTA

POR JOSÉ WOLDENBERG

La marcha zapatista es (fue):

•   expresión de un reclamo,

•   ruptura de un cerco que ya no lo era,

•   muestra de que los caminos para la política pública y pacífica están abiertos,

•    intento por tejer una nueva red de relaciones,

•    oportunidad de re-po-si-cio-na- mien-to, como ahora se dice,

•   llamado de atención,

•   poderoso imán,

•   panal para las abejas de los medios,

•   reto a la capacidad de absorción y procesamiento de las instituciones públicas,

•   derrota de la vía armada,

•   reveladora del “problema indio”,

•   multicolor,

•   juego de imágenes,

•   desencadenadora de reacciones múltiples y encontradas,

•   ¿preámbulo de la negociación?,

•   excusa para conciertos, tianguis, mercados, promociones,

•   el acontecimiento político mediático del mes,

•   dique contra el olvido y la discriminación.

•   materia prima de reportajes gráficos y de los otros,

•   fuente de cursilerías a la moda,

•   hipnótica capacidad de convocatoria sobre simpatizantes y curiosos,

•   introducción al complejo y espinoso tema de la legislación sobre derechos y cultura indígena,

•   fiesta, para unos,

•   terror, para otros,

•   vía a través de la cual un ejército deja de serlo,

•   oportunidad para reiniciar la construcción de la paz,

•   exigencia para evitar que la polarización del país continúe,

•   el otro México,

•   nueva trinchera,

•   rollos y planteamientos,

•   ocurrencias y diagnósticos,

•   tema hegemónico,

•   frente cohesionado de cara a un Congreso dividido,

•   laberinto para el raiting, donde se encuentra a un Presidente más que preocupado por el tema,

•   luz y sonido,

•    catalizadora de mutaciones y realineamientos,

•   paradójica, unos “comandantes

guerrilleros” escoltados por la policía federal,

•  surrealista e hiperrealista,

•   ¿catapulta para estancarse o trascender los Acuerdos de San Andrés?,

•   embarazosa para la ortodoxia de todos los flancos,

•   hervidero de esperanzas, sueños, delirios y pesadillas.

•   lluvia de comunicados,

•  tempestad de micro-ensayos.

•  espectáculo,

•   negocio de los vendedores de iconos y chucherías,

•  conciencia de la abismal desigualdad,

•   saturación por repetición,

•   fiesta para la orquesta,

•   juerga con tensión,

•   una de las múltiples formas que adquiere la política política. n

5 de marzo de 2001

José Woldenberg. Consejero. Presidente del IFE. Entre sus libros. La mecánica del cambio político en México.

Frívolos y cursis

FRÍVOLOS Y CURSIS

POR LUIS SALAZAR

México enfrenta serias dificultades el crecimiento económico está amenazado por la recesión en Estados Unidos, la inseguridad pública avanza a gran velocidad, el sistema educativo se desmorona. Mientras tanto, dice Luis Salazar: nuestros políticos pugnan por concebir la mejor ocurrencia, la mejor frase de novela rosa, y por mostrar sus buenas intenciones.

Con  la alternancia producida por los sufragios del 2 de julio del año 2000, México ha dejado atrás el singular sistema de partido prácticamente único y ha entrado en el nuevo siglo estrenando un orden político democrático cuya difícil construcción se prolongó durante cerca de tres décadas. Contra lo que muchos preconizaron, este nuevo orden no surgió de un desplome institucional ni de una ruptura revolucionaria, sino de una larga serie de reformas negociadas que hizo posible la superación gradual pero irreversible de los privilegios y ventajas que, en la práctica, impedían que las elecciones fueran otra cosa que la convalidación de las decisiones y designaciones tomadas por el presidente en turno y que por ende, cancelaban el derecho fundamental de los ciudadanos: el de elegir libremente a sus gobernantes. Después de la derrota del PRI, después de la alternancia al nivel del poder ejecutivo federal, ya no hay buenos argumentos para negar que en el país existe democracia, aun si se trata de una democracia que pone de manifiesto enormes rezagos institucionales, legales y sociales, es decir, de una democracia débil fuertemente lastrada por las herencias de un largo ciclo autoritario que no pudo ni supo afrontar exitosamente los retos de la desigualdad y del subdesarrollo.

La peculiar manera en que se desarrolló la transición política mexicana. el hecho de que nunca se haya logrado construir un horizonte común para todos sus actores, lo mismo que la ausencia de un contexto de exigencia intelectual que la acompañara y le diera claridad, son factores que tampoco ayudan a generar certidumbre sobre el futuro inmediato de este orden democrático. Son más bien obvias las dificultades de los partidos políticos para sintonizarse con los cambios e incluso para mantener un mínimo de cohesión y disciplina. Carente de lo que le daba identidad y proyecto, es decir, del poder presidencial, el PRI parece empeñado en autodestruirse como fuerza política buscando su futuro en la reivindicación de sus peores y más obsoletas tradiciones “revolucionarias”, defendiendo causas y personajes que sólo pueden agravar su desprestigio. También el PRD ya sin la bandera antipriista, vive una intensa lucha interna oscilando entre la política de desplantes ridículos de Manuel López Obrador y los coqueteos con la guerrilla neozapatista. Mientras el PAN abrumado por una victoria que no acaba de reconocer (y con razón I propia, tampoco termina de precisar sus relaciones con un gobierno que sólo parece orientarse por encuestas de popularidad y que hasta ahora sigue eludiendo tomar decisiones difíciles.

Así. mientras los retos ligados a un crecimiento económico amenazado por la recesión norteamericana, a una inseguridad pública creciente, a una penuria fiscal incontenible, a un sistema de educación descompuesto y a una debilidad institucional abrumadora, continúan agudizándose, nuestros políticos sólo parecen preocupados por evitar cualquier debate y cualquier toma de posición serios, prefiriendo atenerse a declaraciones tan cursis como frívolas sobre el horario de verano y sus nefastas consecuencias, o sobre la marcha neozapatista y sus supuestos objetivos pacifistas, o sobre la nueva cultura laboral en la que empresarios y trabajadores superarán sus conflictos bajo el manto de la virgen de Guadalupe. Todo ocurre como si se tratara no de intereses y visiones políticas en conflicto, sino de un concurso de buenas intenciones, de frases sentimentales, de ocurrencias dirigidas a quedar bien con un público al que obviamente se considera carente de todo juicio y de toda racionalidad. n

Luis Salazar. Filósofo. Profesor-investigador de la UAM. Entre sus libros. Sobre las ruinas.

Marcos después del Zócalo

PALOMAR.

MARCOS DESPUÉS DEL ZÓCALO

POR RAÚL TREJO DELARBRE

Marcos y los 23 comandantes del EZLN ocuparon el Zócalo. Fue una ocupación de paso, antecedida por una entrevista para la televisión y ciertas señales de apertura. Las dudas, sin embargo, continúan presentes La interrogante centraI de estos días es saber hacia dónde Va en realidad Marcos.

“Llegamos y aquí estamos”. No dijo “ya ganamos”, ni ofreció horizontes sobre la lucha que sigue. Enclaustrado en el pasamontañas que empeoraba el calor de 27 grados y después de cruzar la ciudad bajo el sol dominguero, el subcomandante Marcos se encontraba en el momento culminante de su larga marcha. Una década y media preparando la guerrilla y siete años con dos meses manteniéndose en armas desembocaban, al menos por lo pronto, en esa incursión al Zócalo.

Ni el entusiasmo de sus incondicionales, ni el desconcierto de los medios, ni siquiera la previsible indumentaria que forma parte de una mitología que quizás ahora comience a declinar, sorprendieron en ese mitin al mediodía del 11 de marzo. Pero para quienes lo escucharon (que no son necesariamente aquellos que lo vitorearon) el discurso de Marcos fue apagado, repleto de la retórica enervada que enaltece la pobreza de los indios como si fuesen los únicos pobres de México. Fue un discurso de escasa miga política: ni un balance de lo que hasta ahora ha sido el zapatismo, ni el horizonte que se le abría con esa llegada al Zócalo.

“Aquí estamos”, repitió el dirigente del EZLN para regocijo de quienes acudieron dispuestos a aplaudir cada gesto, silencio o monosílabo. Hallarse allí era el asunto central, el medio convertido en fin. No se trataba de recapitular los años en la selva y la Internet, ni de otear los nuevos tiempos del país. Simplemente era el momento: “Llegamos y aquí estamos”.

Pues sí. Vinieron, los vieron y se quedaron. Varios días después de la entrada al Zócalo nadie sabía, ni siquiera ellos, cuánto tiempo habrían de permanecer en la ciudad de México Marcos y los 23 comandantes. La víspera de aquel mitin aseguró que se quedaría todo lo que hiciera falta hasta que el Congreso aprobase la Ley de Derechos y Cultura Indígenas cuya defensa ha sido el objetivo principal de la presencia de los zapatistas en la capital del país.

En ese interés puede identificarse el gran viraje que, para muchos, ha experimentado el Ejército Zapatista que se alzó en armas contra el Estado mexicano y ahora invierte todas sus energías y capital político en la aprobación de una ley. Si ese es el afán del EZLN, en efecto ha tenido un cambio muy drástico. Marcos ya no habla de revolución sino de rebelión social. Asegura que ni a él ni a su grupo les interesa ser parte del poder, pero advierte y busca usufructuar la influencia que su movimiento tiene sobre quienes sí ejercen el poder.

Está por verse, de cualquier manera, de qué dimensiones es el giro de la sublevación en la selva a la circunspección de la vida política institucional en la que ahora ha querido intervenir el EZLN. Marcos dijo que para iniciar negociaciones con el gobierno exigía el cumplimiento de tres “señales”: la liberación de militantes zapatistas encarcelados por diversos motivos, la salida del Ejército Mexicano de la zona de influencia del EZLN y la aprobación de la iniciativa que los legisladores y la Comisión de Concordia y Pacificación elaboraron en 1996. Esas tres demandas no son la negociación sino el requisito que Marcos estableció para comenzarla.

Varias docenas de presos fueron excarcelados especialmente por decisión del gobierno de Chiapas y el presidente de la República ordenó el repliegue del ejército de la mayor parte de las posiciones que tenía en esa región. La aprobación de la Ley Indígena no era tan sencilla. En el proyecto de la Cocopa hay aspectos discutibles como el relativo a las autonomías de los pueblos indios, y poco después de la marcha al Zócalo el EZLN mudaba el activismo de las semanas anteriores por el juego de regateos y presiones con el gobierno y el Congreso para impulsar esa iniciativa.

Seguramente en esos días iniciales de la negociación (que comenzó. como suele ocurrir en estos procesos. por establecer las reglas de la negociación misma) los zapatistas echaron de menos el fragor de la caravana hasta la ciudad de México y la soledad de la selva. El subcomandante parecía irritado al enfrentarse con cartabones distintos a la emergencia y el ultimátum, prácticas que hasta ahora le habían sido tan eficaces. La política institucional es distinta, aunque jamás está exenta de presiones.

Allí se encontraba una de las pruebas más importantes para la nueva vocación que Marcos dijo sostener. Si el contexto que busca ya no es el de la rebelión armada sino el abrigo democrático, antes que nada tendría que reconocer la existencia de intereses distintos a los suyos. Negociar es reconocer al otro. Pactar implica admitir que no sólo nuestros afanes prevalezcan. La aptitud para aceptar ese entorno diverso y exigente se advierte en la tolerancia de la que se sea capaz. Y Marcos, al menos hasta su llegada al Zócalo, fue todo menos tolerante.

La misma divisa que el zapatismo ha enarbolado recientemente, la reivindicación de los indios, junto con todo el significado justiciero que tiene, ha llegado a ser profundamente antidemocrática. La alabanza de quienes tienen “el color de la tierra” es retóricamente atractiva pero encierra el riesgo de un racismo heterodoxo aunque tan excluyente como cualquier otro.

Esa vertiente de su discurso no es nueva en Marcos. Antes ensalzó a los “hombres verdaderos” como si quienes no descienden de las tradiciones indígenas no fuesen ni lo uno ni lo otro. El afán por proponer la superioridad de los indios respecto del resto de la sociedad busca aprovechar los sentimientos de culpa de mucha gente dentro y fuera de México, pero es una actitud notablemente autoritaria. Si uno de los rasgos del proceso civilizatorio tanto en la cultura como en los valores sociales radica en el reconocimiento de la igualdad, lo mismo para ejercer que para recibir derechos, el alegato de los hombres verdaderos y del color de los escogidos constituye una involución cultural y política. Sea cual sea nuestro color, origen étnico o preferencia de cualquier índole, todos tenemos los mismos derechos. El tema de la igualdad para todos los efectos habrá de ser uno de los más importantes en la reflexión mexicana de estos tiempos.

Marcos reivindica a los desamparados pero con un discurso autoritario. Quiere influir en la política institucional aunque todavía con estilos de la política insurreccional. Esgrime y padece el pasamontañas como signo de una identidad mediáticamente intensa sin reconocer que la nueva política se hace sin máscaras. Quizá supere esas contradicciones. Quizás esté realmente dispuesto a cambiar la selva por un nuevo destino. Tiempo al tiempo. Por lo pronto, el subcomandante ha transitado vertiginosamente del festejo en la muchedumbre a la realidad del regateo político. Llegó al Zócalo pero esa, como todas las plazas, es sitio de paso. Al Zócalo nadie llega para quedarse allí. El dilema de Marcos, ahora, es saber a dónde quiere arribar. n

Raúl Trejo Delarbre Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM Director de Etcétera.

Políticas públicas: Lecciones de orquesta

POLÍTICAS PÚBLICAS:

LECCIONES DE ORQUESTA

POR ANDRÉS ROEMER

Los servidores públicos deben tener autonomía de gestión, flexibilidad y confianza para experimentar y ser creativos. Pero a la vez deben ser evaluados de manera efectiva y cumplir ante la sociedad con resultados viables y de largo plazo. Como detalla Andrés Roemer; una organización burocrática persigue el mismo bien coherente que una orquesta.

Una de las grandes lecciones de la ciencia de las políticas públicas es el valor que se le otorga a la conformación del conocimiento colectivo y al significado del diálogo interdisciplinario.

El progreso intelectual nace de dicha premisa: aprender del otro, conjugar experiencias y descubrir de nosotros mismos a partir de nuevas metodologías y procesos. Así con la música y las políticas públicas.

El interesado en la música, o cualquier individuo que haya tenido la experiencia de presenciar una orquesta y/u otro conjunto musical de gran tamaño podrá darse cuenta que está frente a una organización compleja en acción, similar en muchas aristas, a la de una organización burocrática.

Una orquesta consiste en diversos miembros que realizan una tarea muy específica, la ejecución de instrumentos musicales, que usan procedimientos estándares organizacionales dentro de una jerarquía implícita (director, jefe de sección, atrilista entre otros) bajo una dirección ejecutiva y de liderazgo (el director), y que producen un “bien” coherente (la música). Las orquestas deben superar los mismos tipos de problemas genéricos que enfrentan las organizaciones burocráticas en general.

Hay que motivar a los ejecutantes para que produzcan y den lo mejor de cada uno, y hay que inducir a cada uno de los miembros de la organización a tocar en conjunto, respetando las jurisdicciones de los demás pero a la vez sumando los esfuerzos de los mismos.

Dennis Young, Michael O’Hare y Douglas North enfocan cuatro problemas clásicos de la administración organizacional: 1) el problema del “gorrón” y el tema de la productividad o, más específicamente, el asegurar el desarrollo pleno de los miembros de una organización; 2) la definición correcta de responsabilidades (derechos y obligaciones) de unidades o individuos; 3) la coordinación y el control de diversas funciones, y 4) el fomento a la innovación técnica y al estímulo a la creatividad.

El “gorrón” es el tipo de oportunista que consigue un beneficio sin contribuir al costo de crearlo. El individuo que “hace como que si ya pagó” la parte de su cuenta en un restaurante pero que de hecho no la ha pagado. Otro caso es el de la seguridad nacional. Aunque todos los mexicanos se beneficien con una seguridad nacional mejorada, las acciones de un solo individuo en apoyo a la seguridad nacional tienen normalmente un efecto infinitesimal. Por consiguiente, existen individuos que tratan de actuar de manera “oportunista” en relación con los esfuerzos de los demás, sin contribuir en nada con el pago o producción de un bien y que al mismo tiempo se benefician con las acciones de las otras personas.

El principio del oportunista parte de una premisa: los individuos tienen intereses puramente personales, diferentes de los de otros miembros del grupo con quienes comparten un interés común. Como cada individuo contribuye sólo en pequeña escala a la acción colectiva de un grupo, el retiro de dicha contribución no se considerará importante para el éxito o fracaso esperado de la empresa en su conjunto (v. g. orquesta). Si la meta común tiene características públicas, especialmente la de la imposibilidad de exclusión, el problema del gorrón obstruirá seriamente a otros individuos en una acción colectiva.

El problema del gorrón enfatiza la imposibilidad de organizar grandes grupos de individuos para la realización de bienes colectivos. Sin duda, un gran número de dependencias burocráticas puede encontrarse con el problema de los oportunistas. Lo importante es el grado relativo más que el absoluto de la figura del oportunista; ello determina el poder relativo del grupo. El problema del gorrón parecería trivial en algunos contextos y decisivo en otros; es instructivo diferenciar entre estos contextos con la finalidad de fortalecer los diseños gubernamentales existentes.

Es poco probable que un tubista sea un gorrón. ¿Por qué? Porque en una orquesta hay sólo dos o tres tubas y cada una de ellas tiene un papel muy importante, imposible o difícil de cubrirse una o con otra. Si se queda dormido el tubista, deja de tocar un pasaje, o lo hace mal, no hay duda que esto se notará. La lección organizacional de todo ello es que el problema del gorrón es menos proclive para aquellos trabajos que son visibles, individualizados y de alto impacto.

En los trabajos visibles, individualizados y de alto impacto, en caso de que existiese un gorrón, esto sería más grave que en los trabajos donde la responsabilidad se comparte entre más elementos. En el primer caso cada elemento tiene una alta responsabilidad y cualquier falta que cometa deteriorará de manera notoria el trabajo del conjunto; en el segundo caso, la responsabilidad de cada elemento se diluye y cualquier error de un elemento es menos grave. Es allí donde el oportunista se aprovecha para no cumplir con su responsabilidad.

Esto no significa que en verdad no tenga importancia que uno o varios elementos del grupo sean oportunistas. Al igual que en cualquier ámbito de trabajo, una orquesta es buena cuando absolutamente todos sus elementos son buenos y ejecutan “a la perfección” la parte que les corresponde.

De hecho, cualquier persona que haya asistido a conciertos presentados por amateurs en las escuelas sabe que algunos maestros de música llegan a decirle a algún alumno (los que son ejecutantes deficientes o cantantes desafinados) que hagan la “mueca como que si estuvieran cantando” (mi caso). ¿Qué tan fácil es entonces para un violinista “flojo” fingir estar tocando y así no poner nada de su parte? Seguramente el director no podrá vigilar por sí solo a cada uno de los músicos.

Pero problemas de oportunismo no parecen ser endémicos a los conjuntos musicales. ¿Por qué? Una razón es que si hubiera un problema grave de oportunismo, esto se reflejaría en un sonido deficiente del conjunto en general e induciría a los responsables del conjunto a investigar y eliminar a los oportunistas.

Otra razón está en el mecanismo de los conjuntos musicales para asignar posiciones y conceder prestigio a los músicos. Me refiero al sistema de “competencia” según el cual un músico en, digamos, quinta posición de la sección de violines puede, por méritos propios como ejecutante, mejorar su posición en la orquesta y llegar a ser jefe de sección o, incluso, solista. Este movimiento interno es positivo para el resultado artístico del grupo.

Las lecciones organizacionales obvias son: la competencia interna puede usarse para superar los problemas del oportunista, y la competencia externa proporciona a la administración central el motivo para eliminar la deficiencia o la ineficacia.

Las orquestas necesitan coordinar de manera muy precisa la acción de varios “departamentos”, representados por las diversas secciones instrumentales. Además, los conjuntos deben hacerlo con cierta estructura jerárquica. Los mecanismos usados por los conjuntos musicales para lograr coordinación son aplicaciones relativas también a la práctica burocrática convencional: la dirección central, un ápice de mando delegado y el uso de procedimientos estándares de operación.

Tanto en los ensayos como en el concierto, la dirección central está en manos del director de orquesta, quien dirige con la batuta y utiliza un lenguaje de movimientos y gestos. Bajo el director, cada sección instrumental puede también tener un jefe, quien ocupa la primera posición y quien, por instrucciones del director, puede tomar decisiones respecto a cuestiones técnicas y de ejecución para los músicos de su sección.

La ciencia de la política pública define que cada estructura organizacional distinta afecta los incentivos y el comportamiento de cada individuo y del grupo en su conjunto. Una unidad importante de análisis para el caso de las orquestas es el examen de la relación entre responsabilidades (la manera como se definen los derechos de propiedad) e instituciones (entendidas éstas como vínculos conductuales y las responsabilidades establecidas entre los miembros de la organización y la institución). La estructura particular de cómo se definen las funciones y responsabilidades en una organización influye sobre la asignación y utilización de los bienes y servicios, en formas específicas y predecibles.

Las asignaciones de las competencias le especifican a cada persona las normas de comportamiento respecto a objetos que debe observar en su interacción con otras personas o, en su defecto, cargar con los costos del incumplimiento. La definición “quién hace qué cosa, y en qué territorio” posee un valor económico y debe ser respetado.

El sistema de derechos de propiedad y de responsabilidades dentro de una unidad burocrática (o musical) ofrece un mecanismo para decidir cómo pueden ser usados los recursos y los tiempos.

El sistema de roles, funciones y responsabilidades determina cómo los beneficios y los daños de una decisión se asignan entre quien decide y el resto de los individuos; el sistema contribuye a definir la estructura de costos y las recompensas, así como a establecer expectativas para que los individuos retengan derechos diferentes al uso de tiempos, espacios, programas y recursos dentro de una organización.

En la práctica, el conjunto de derechos se reparte de tal forma que diferentes individuos posean de manera concurrente, en función de “razones de ser y actuar”, el uso de un recurso específico.

Por ejemplo, ¿cuáles son las condiciones en las que resulta deseable un director? Los cuartetos de cuerdas funcionan sin tener jefe independiente, al igual que los conjuntos de metales de doce o más instrumentos, aunque en estos casos uno de los ejecutantes puede asumir el doble papel de ejecutante y director.

¿Qué papel juega la cantidad de participantes al determinar hasta qué punto se requiere un director? ¿Qué tanto afecta la diversidad de la instrumentación para determinar ese punto? La necesidad de un director no depende de que la partitura tenga o no instrucciones detalladas ni de la calidad de la música. Depende del tamaño del grupo (de los costos de transacción para lograr una comunicación eficaz). En un cuarteto hay sólo un instrumento de cada voz y por lo tanto cada uno participa como solista. En una orquesta puede haber quince violines que toquen lo mismo, para lo que se requiere de un director que unifique la interpretación de todos ellos. Las lecciones de orquesta y de otros conjuntos podrían ser de ayuda para aclarar las fuerzas y debilidades de arreglos institucionales alternativos.

Un diseño organizacional eficiente implica, entre otros retos, lograr “un óptimo” de equilibrio entre la habilidad de fomentar “creatividad e innovación”, ya sea en los procesos o en los productos, y el control establecido por las normas e instituciones formales e informales.

Por un lado, los servidores públicos deben tener al mismo tiempo autonomía de gestión, flexibilidad y confianza para experimentar y ser creativos. Pero, simultáneamente, deben ser evaluados de manera efectiva y cumplir ante la sociedad con resultados viables y de largo plazo. Es decir, los servidores públicos están obligados a proporcionar servicios de manera justa y, en cierta medida, uniforme, pero a la vez innovadora y eficiente. Pensemos ahora en la música de jazz. En ella se fomentan la expresión creativa e improvisación entre los miembros, se “relajan los controles”. Las partituras pueden reducirse a una forma mínima, especie de “apuntador”, o tal vez eliminarse por completo; y se puede prescindir del director. Los miembros del conjunto improvisan en forma secuencial; generan nuevos arreglos musicales y nuevas frases, incluso nuevos estilos.

Un liderazgo que estimule la creatividad, ofrezca flexibilidad en los controles y motive la innovación, parecería contradecirse con los principios de coordinación que exigen las estructuras organizacionales modernas. Pero, una vez más, la organización en los conjuntos musicales ofrece lecciones a la ciencia de las políticas públicas.

Al parecer, la innovación surgiría como la antítesis de una coordinación eficaz. Sin embargo, la misma modalidad innovadora requiere un grado sutil de coordinación. Una sesión de jazz no está sin controles; si así fuera, no produciría más que “ruido”. ¿Cuáles son los mecanismos sutiles de control que permiten coordinación e innovación? ¿Qué tan ampliamente pueden aplicarse tales mecanismos? Las sesiones de jazz tienen reglas de procedimiento, como las secuencias reconocidas durante las cuales se permite que los músicos asuman el papel de solistas. Tales sesiones requieren también participantes de mucha experiencia, con una disciplina profesional, y que hayan asimilado las reglas de construcción musical.

Un elemento adicional es la función de la autoridad delegada versus la del líder dentro de las organizaciones. Una autoridad delegada no es necesariamente un líder. La autoridad delegada o impuesta puede transformarse en líder cuando, al margen de la asignación jerárquica que le fue conferida, logra mover y estimular los elementos innovadores y las mejores actitudes.

El director debe ser respetado y tener una autoridad legítima y “enérgica” al definir la interpretación y conducción del objetivo que se pretende; pero a la vez debe motivar y dirigir a su grupo con eficacia y coordinación, convirtiéndose con ello en un líder legítimo.

En este escenario nos encontramos ante un caso “ejemplar” de gobernabilidad. Una vez existente un acuerdo (un contrato social) donde se cede autoridad y confianza, al director se le debe dar la oportunidad y el “beneficio de la duda” sobre la conducción, tiempos y movimientos para permitirle llegar a su cometido y, posteriormente, evaluar su desempeño.

Por último, una anécdota en referencia a la remuneración de aquel que conlleva liderazgo, creatividad y autoridad en el manejo institucional. El pianista Rubinstein fue contratado para dar unos conciertos en el Carnegie Hall. No se sabe cuánto cobraba por concierto. Pero se dice que el director de la sala de conciertos, cuando supo la cifra de lo que pedía el pianista, le dijo:

—Es mucho dinero. Usted pretende ganar en dos horas tanto como gana en dos meses el presidente de los Estados Unidos.

—Yo no pretendo nada ni deseo ganar nada; ni tan siquiera deseo tocar aquí. Y si ustedes creen que el presidente está mal pagado, contrátele como pianista y páguele a él lo que yo le pido para mí. n

Andrés Roemer. Doctor en Políticas Públicas. Su último libro es Economía del crimen (Editorial Limusa. 2001).

Otra vez los indios

OTRA VEZ LOS INDIOS

POR GONZALO AGUIRRE BELTRÁN

La fuerte cohesión de los pueblos étnicos, tomados en el engranaje de la expansión capitalista durante el proceso colonial, les permitió subsistir. Al adaptarse a los requerimientos de la dominación extranjera permanecieron tenazmente unidos a la vida de comunidad. Su segregación en repúblicas de indios no debilitó la solidaridad de grupo, el esprit de corps, sino que la reforzó. Sólo aquellos indios que forzosa o voluntariamente fueron substraídos a la seguridad de la república, sufrieron el condicionamiento que viene aparejado a las relaciones de producción capitalista y así pudieron romper los lazos que los ligaban a la comunidad. Pero los indios destribalizados nunca fueron más del 10% del total, a fines de la época colonial; el 90% restante eran indios de república.

Cuando el liberalismo promovió la independencia de México nuestros libertadores se propusieron crear una nación con los componentes de la población sin distinción de castas o clases, y en un rasgo de idealismo romántico declararon a los indios ciudadanos libres y con iguales derechos frente al Estado que el resto de los mexicanos. Los indios no fueron consultados y por supuesto rechazaron una igualdad ante la ley que rompía la cohesión comunal al propalar la propiedad privada y la individuación de la persona, el individualismo. En la empresa, como bien dice Bonfil, no tuvo cabida el indio. Este defendió su organización colonial a la escala de comunidad y resistió con éxito su integración a la escala nacional. Durante la Revolución de 1910 las comunidades indias permanecieron alejadas de la lucha hasta donde les fue posible, y al finalizar ésta presentaron igual resistencia a un cambio de escala y a la liberación del proceso de individuación. Los revolucionarios más radicales —los anarco-magonistas— pensaron que la organización comunal india facilitaría el pase a una organización comunal socialista, pero el fracaso no se dejó esperar, ya que no tomaron en cuenta que las formas de individuación étnicas son diametralmente distintas de las formas de individuación socialista.

Frente al idealismo romántico de los liberales, que rompía la cohesión comunal al propalar la propiedad privada, los indios defendieron sus formas de organización social, y rechazaron exitosamente su integración a la escala nacional.

Hoy, Bonfil, los ideólogos indios y las organizaciones indias representadas en Utopía y Revolución, pretenden sustanciar una organización política pan-india, supra-étnica, que quiere hacerse presente a escala internacional. Parecen no otorgarle valor a la escala en que operan las comunidades indias que dicen representar, ni a las características de la individuación que en ellas prevalece. Hablan de dar un salto que salve el peldaño de la integración que hizo llegar a la cultura occidental al capitalismo y al socialismo. Se engañan por las semejanzas aparentes que creen encontrar entre el comunismo de la comunidad india y el de la comunidad socialista ácrata. Esta trascendió el capitalismo del cual deriva; aquella persiste en no alcanzarlo. Si el indio ha de salir algún día de su escala actual y si ha de tomar el lugar que le corresponde en la lucha de clases, no será mediante utopía y revolución, sino necesariamente a través de su integración de un sistema capitalista o socialista que supere sus limitaciones. En las circunstancias actuales no veo otra manera —a no ser la de aislarlos en las cárceles de las reservaciones para que permanezcan incontaminados— de lograr la descolonización del indio y su liberación. Una organización política pan-india de carácter supra-étnico y supra- nacional no se alcanza sin una previa integración que haga posible la liberación del indio de las ligas que lo mantienen atado a la cohesión comunal.

—Nexos 48. Diciembre de 1981.

El misterio de Guadalupe

CARACOL

EL MISTERIO DE GUADALUPE

POR CINNA LOMNITZ

En este país todos somos guadalupanos. En apariencia, es poco lo que tiene que ver con la ciencia mexicana, que es el tema sempiterno de esta columna. Sin embargo, resulta que los tres autores críticos más destacados sobre Guadalupe, Jacques Lafaye, Richard Nebel y Stafford Poole, no son ni mexicanos ni guadalupanos. Y sus investigaciones son altamente profesionales y de calidad científica reconocida.

Veamos las credenciales de nuestros autores de importación. El doctor Nebel es un respetado académico de la Academia Mexicana de Historia y su libro (Santa María Tonantzin Virgen de Guadalupe. Continuidad y transformación religiosa en México. Fondo de Cultura Económica, México, 1995) está basado en su tesis de teólogo católico en una prestigiosa universidad alemana. Cuenta con la presentación del abad de Guadalupe, monseñor Guillermo Schulenburg, que describe la historia de las apariciones como “una hermosa tradición catequética mariológica”, o sea que su verdad histórica no viene al caso. Stafford Poole es un monje lazarista muy erudito cuyo libro (Our Lady of Guadalupe: The Origins and Sources of a Mexican National Symbol, 1531-1797. University of Arizona Press, 1995) se describe en la contratapa como “historia revisionista por excelencia”. Finalmente, Jacques Lafaye es un distinguido historiador francés; su obra (Quetzalcóatl y Guadalupe. Fondo de Cultura Económica, 1977) compara a la Virgen de Guadalupe con el mito de Quetzalcóatl y está respaldada con un prólogo de quince páginas de Octavio Paz.

Frente a tan brillantes antecedentes lo más sensato sería imitar a Sócrates. Cuando se le preguntó si creía en la verdad de los mitos respondió, según Platón: “Hombre, estoy muy ocupado. Acepto lo que creen los demás y me dedico a cosas más serias”. Hoy esta respuesta me valdría el desprecio justificado de la comunidad intelectual. Convicciones religiosas aparte, la mayoría de los científicos pensamos que el origen de nuestras creencias es un tema serio de investigación, tan respetable como el origen de la vida o del universo. La ciencia tiene que ver con todas las formas de conocimiento. Isaac Newton fue teólogo y astrónomo a la vez.

La controversia guadalupana

Los tres autores coinciden en afirmar que “la primera descripción conocida” de las apariciones fue publicada hasta 1648 y que “la devoción se extendió rápidamente” a partir de esta fecha, especialmente entre los criollos (Poole). Esta interpretación da por sentado que no había noticias fidedignas de las apariciones de 1531 a 1648. Así, el culto de Guadalupe podría ser una devoción criolla del siglo XVII y su autoría bien podría recaer en el padre Miguel Sánchez,1 en el cura vicario de Guadalupe Luis Lazo de la Vega2 o en cualquiera de sus contemporáneos. Dice Stafford Poole, y los demás críticos parecen concordar con él, que “en historia el argumento del silencio no suele ser concluyeme, pero sí puede ser muy sólido cuando las fuentes lógicamente debieron haber dicho algo”.

En efecto, parece muy extraño que ni el padre Zumárraga, primer obispo de México y un importante actor en el drama del Tepeyac, ni otros cronistas de la época como Bernardino de Sahagún, se refieran a los eventos de 1531. Pero hubo un motivo importante para que estos padres franciscanos trataran de acallar los hechos. El 6 de septiembre de 1556, menos de 25 años después de las apariciones del Tepeyac y 93 años antes de Lazo de la Vega, el arzobispo Alonso de Montúfar, sucesor de Zumárraga, subió al pulpito de la Catedral para declararse guadalupano. Ensalzó los milagros realizados por la imagen de la Virgen, especialmente entre los españoles. Con notable temeridad, intentó reivindicar el culto guadalupano para los españoles ya que, según él, los indígenas no adoraban a la Virgen con la devoción debida. No cabe duda, entonces, que en 1556 existía un culto guadalupano arraigado y muy activo. Tal culto no hizo más que extenderse. Poole insiste, sin embargo, en que “hay evidencia de que la devoción indígena a la Virgen morena, tal y como existe hoy, data del siglo dieciocho”.

Esto es asombroso, pero no es todo. El 8 de septiembre de 1556, dos días después del sermón de Montúfar, se produjo una respuesta airada. El provincial de la orden franciscana, fray Francisco de Bustamante, un predicador famoso en Nueva España, atacó públicamente al arzobispo desde el púlpito de la Capilla de los Naturales, en el Convento de San Francisco en la Ciudad de México. Lo acusó de promover una “superstición” indígena y una “idolatría” perjudicial a la salud espiritual de los naturales. No pasaron veinticuatro horas sin que el arzobispo a su vez mandara investigar al franciscano. Se trataba de una diligencia administrativa interna de la Iglesia, pero por fortuna se conservaron las actas que representan un testimonio irrefutable acerca de la existencia de un grave conflicto eclesiástico en torno al culto de Guadalupe.

Resulta que pese a la evidente popularidad del culto guadalupano entre indígenas y españoles, los franciscanos persistían en denigrarlo. La orden franciscana, punta de lanza de la cristianización de las Indias, había quedado a cargo de las parroquias de indios conversos y percibía directamente los diezmos de estas llamadas “doctrinas”. Los ingresos eran la fuente del enorme poder que detentaba la Orden en América. El arzobispo Montúfar, a diferencia de su predecesor, no era franciscano. Desde Madrid traía el encargo de imponer la autoridad de la diócesis sobre las comunidades indígenas, a lo que se oponían violentamente los franciscanos. Ambas partes intentaban utilizar el culto del Tepeyac para sus fines.

Tres testigos, Juan de Salazar, Francisco de Salazar y Alvar Gómez de León, dieron fe del arraigo que había adquirido la devoción entre los españoles. Vale la pena leer sus descripciones acerca de las muchedumbres que visitaban el santuario: las damas de alcurnia caminaban descalzas con su bastón de peregrino, y la gente se arrastraba de rodillas por el piso de la capilla. Tampoco faltaron las críticas de testigos franciscanos, pero éstas se referían a temas como el nombre de la Virgen (según ellos debería llamarse “de Tepeyac” para no confundirla con la Guadalupana de España), y la autenticidad de la imagen misma. El padre Bustamante había afirmado en su sermón que la imagen era obra del joven artista indígena Marcos Cipac, quien la habría pintado apenas el año anterior. Sin embargo, la imagen era conocida de todos desde años atrás.

En resumen, los franciscanos se oponían al culto de Guadalupe. ¿Por qué? En parte, porque no habían previsto la fuerza que adquiriría este movimiento carismático indigenista en tan pocos años. Uno de los testigos califica al arzobispo Montúfar de “ingenuo” por sucumbir a las argucias de los indígenas, apoyando con dinero la ermita del Tepeyac. “Esto puede propiciar un alzamiento de indios”, advertía. Pero el arzobispo Zumárraga había apoyado la devoción de Guadalupe en un principio, si bien luego el culto se escapó a su control.

Más de un franciscano pensó que Zumárraga había caído en la trampa del demonio. El arzobispo trató de reparar su error e incluyó en su Catecismo3 una frase enigmática que negaba (contrariamente a la doctrina de la Iglesia) la existencia de milagros post-bíblicos. Era de origen vasco, siendo que muchos conquistadores eran extremeños y devotos de la Virgen de Guadalupe de Extremadura, incluyendo al propio Hernán Cortés. Parecía obra del mismísimo chamuco haberle puesto el nombre de “Guadalupe” a la virgen para facilitar su aceptación entre los colonos españoles. Eso parecía una impostura, ya que por otra parte la Virgen había elegido como su mensajero predilecto a un indígena ignorante, el macehual Juan Diego, pudiendo fijarse en algún extremeño, o en Zumárraga, hombre instruido y devoto que había sido, entre otras cosas, miembro del Santo Oficio. Por lo pronto, los franciscanos decidieron formar una valla de silencio en torno al nuevo culto.

El éxito del culto guadalupano no sólo resultaba humillante para los franciscanos sino que lastimaba sus sentimientos paternalistas hacia la comunidad indígena. ¿Quién sino ellos eran los defensores legítimos del indio? ¿Qué necesidad había de la intervención de Guadalupe? Sin embargo, fracasaron. Fracasó el padre Las Casas con su heroica y apasionada defensa de los indígenas, y Bustamante también fracasó. Los franciscanos lo habían enviado a Madrid para defender —inútilmente— los diezmos y privilegios de la Orden. Murió en España en 1562, derrotado y amargado.

Una interpretación

Desde esa época, la Virgen ha derrotado a cuantos adversarios se oponían a su reinado. El silencio de quienes “lógicamente” debieron haber dicho algo se explica mediante la lógica superior del interés político. Entonces, ¿en qué queda la teoría que atribuye el culto de Guadalupe a una combinación de sincretismo religioso, oportunismo eclesiástico y nacionalismo criollo?

Hay una idea persistente que mezcla el guadalupanismo con un posible culto a la deidad mexica Tonantzin en el cerro del Tepeyac; pero no tiene sustento arqueológico ni filológico. “Tonantzin” significa nuestra madrecita (to=nuestra, nana= madre, tzin, diminutivo de cariño); es apelativo de la Virgen María usado por los propios catequizadores españoles. Pero hay más. Una conjunción de sincretismo, oportunismo y nacionalismo nunca podría producir una obra maestra de la literatura universal. Mal conocido y peor traducido, el Nican Mopohua es una obra cumbre de la literatura nahua del siglo XVI. Quizá fue redactado entre 1540 y 1560 por un hijo de la nobleza indígena en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, fundado por Bernardino de Sahagún. El estilo literario no es tardío, mal que le pese al padre Poole; ahí figura la palabra tilmatli (y muchas otras voces de principios de la Conquista), cuando para 1649 Lazo de la Vega tuvo que explicar a sus feligreses indígenas qué era una tilma.

El héroe de esta obra anónima, Juan Diego, aparece como un personaje de carne y hueso, con sus méritos y sus defectos. Su intento fallido de rodear el cerro del Tepeyac para no ser visto por la Virgen revela una picardía no exenta de humor, que poco se esperaría de un santo imaginario. Además, el trato familiar de la Virgen con Juan Diego constituye un recurso literario delicioso e inédito, que nada tiene que ver con la tradición mariológica. La Virgen lo llama “mi xocoyotzin”, que es el apelativo cariñoso del hijo menor de una familia mexicana, y él la llama “mi jefecita”. Hay también pasajes únicos por su belleza en toda la literatura religiosa: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y bajo mi resguardo? ¿No soy yo fuente de tu dicha? No estás en el hueco de mi rebozo y de mis brazos? ¿Qué más puedes necesitar?”.

El argumento del silencio

Hasta 1900 un 95% de la población de México no sabía leer y escribir. La mayoría no hablaba español. En tales circunstancias, exigir una documentación escrita como prueba concluyente de veracidad histórica representa una arrogancia científica y una forma de discriminación social. Como mínimo, cabe valorar las tradiciones orales con el mismo respeto que se suele otorgar a los documentos escritos.

El contenido ideológico del culto de Guadalupe rebasa con mucho el de una devoción local o una “convergencia cultural”, o aun de un símbolo nacional. Más allá de los siglos, Guadalupe apunta a un México libre y unido, no dividido entre colonizadores y colonizados. En el Nican Mopohua. ella se revela a Juan Diego como “vuestra madre solícita, tuya y de todos los que viven en esta tierra”.   n

Cinna Lomnitz Geofísico. Investigador de la UNAM.

1 Miguel Sánchez: Imagen de la Virgen María, Madre de Dios de Guadalupe. Vda. Bernardo Calderón. México, 1648.

2 Luis Lazo de la Vega: Huey tlamahuifoltica omonexiti in ilhuicac tlatocacihuapilli Santa Maria totlaconantzin Guadalupe. Juan Ruiz, México, 1649.

3 Regla christiana breve. Impressa por mandado del reverendissimo Señor don frayJuan de Cunarraga primer obispo de México. México, 1547.

Alcances constitucionalistas

BARÓMETRO

ALCANCES CONSTITUCIONALISTAS

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

Cuando este febrero loco concluya, también lo habrá hecho el loco intercambio inicial sobre la Constitución demolida, reformada, acongojada, a que llevó el importante discurso del presidente Fox en las efemérides del 5 de febrero. Como antaño, en tiempos del viejo régimen, los aniversarios luctuosos o los cumpleaños cívicos sirven hoy para armar la gallera y presumir de que sí se puede…. gobernar por discurso. Luego, parecen pensar nuestros próceres de las reformas audaces y sin fin. que venga la realidad y levante los platos rotos y los manteles sucios.

En marzo llegará esa dichosa cuanto inclemente realidad y pondrá a los de la mutación milagrosa del Estado en situación. La economía estadunidense estará probablemente en circunstancias más difíciles que antes, si no es que en plena recesión, y los hoyos fiscales de siempre que las escrituras diabólicas del petróleo permiten tapar de vez en vez. habrán reaparecido. Los famosos equilibrios fiscales del doctor Zedillo mostrarán su cara infame, de equilibrios precarios y basados en el hambre de la infraestructura y los servicios básicos, mientras que los privatizadores aprovecharán la oportunidad para insistir en la venta de garaje, de CFE a PEMEX, como expiación y remedio para tanto faltante estructural no asumido a tiempo.

Será esta realidad implacable la que pondrá en su sitio a tanto constitucionalista de ocasión que surgió en febrero al calor del discurso presidencial. Lo hará también la que portarán, si es que la gira ocurre, los zapatistas y los miles de indios que se aprestan a recibirlos en ciudades y poblados. El presidente puede estar convencido de que la iniciativa de la COCOPA, ahora también suya, es la buena, pero la realidad múltiple, cultural y económica, política y de poder, que encarnan los grupos étnicos que arroparán al zapatismo trashumante, no debería ser óbice para reflexionar más en detalle sobre las obvias y graves insuficiencias de la célebre iniciativa.

Dar un paso en falso, para hacer efectiva la bravata del cuarto de hora, puede desencadenar más de un conflicto en materia de propiedad, tierras, agua, riqueza, en fin. que ni ésta ni la nueva Constitución podrán absorber productivamente. Lo que se debe esperar del Congreso, al que por cierto se debe la COCOPA, es una deliberación rigurosa y visionaria sobre el problema más antiguo y no resuelto de nuestra sociedad nacional. Ahí, es claro, se dan la mano todos los demonios que quitan el sueño al estamento mestizo y criollo, pero no hay exorcista instantáneo que pueda con ellos, mucho menos una legislación al vapor que encontró su justificación política en la inepcia del gobierno anterior, o en los anises de un dicharachero mexiquense, pero que no basta para “hacer” constitución como ahora se pretende.

En marzo habrá terminado también el festival neo-polko que prohijó el discurso del 5 de febrero. No es la Constitución mexicana la única en el mundo que recoge cientos de reformas. También la admirada Constitución de Estados Unidos ha sido modificada en cerca o más de 500 ocasiones, pero en aquel caso por la vía de la interpretación de la Suprema Corte, como corresponde a la tradición y la doctrina jurídica de aquel país, que no son las nuestras pero no por ello son mejores. Así lo enseñó con claridad y contundencia Diego Valadés, director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, en el coloquio sabatino que anima por radio el conducatore presidente. El desprecio de moda por la Constitución mexicana fue hecho a un lado por Valadés en rápidas cuanto certeras reacciones frente a algunos despropósitos vertidos el sábado 10 de febrero. Ojalá y el internet de la Presidencia haya recogido sus dichos. Y, por respeto al derecho nonato a la información, los de todos los demás. Aquí sí que el que sabe, sabe. Y el que no, que aprenda.

La marcha federal

¿La marcha o la mancha? En Yucatán se juegan el Estado de derecho y el pacto federal, advirtieron casi al alimón el presidente Fox y su secretario de Gobernación. Sin duda, el desafío planteado por Cervera es mayor y hubiese requerido un mayor ejercicio en la negociación, discreta y no, entre los poderes involucrados. Esperemos que el gobernador saliente no pase a mayores y que este marzo todo o casi todo se haya desinflado. La burbuja creada por una legislación omisa y poco o nada previsora, pero inflada al máximo por las manipulaciones y triquiñuelas del infatigable aspirante a rey de todos los mayas, pone al país frente a algunas de sus mayores insuficiencias institucionales, que le impiden seguir presumiendo como niño sobre su mayoría de edad democrática.

Las atribuciones y alcances de los nuevos órganos del Estado para administrar la democracia deben ser revisados y, si es el caso, ampliados pero sobre todo precisados al máximo posible, a la luz de un federalismo que hoy sirve para todo propósito. Pero debajo de esto, que urge, lo importante es saber si los partidos políticos están ya dispuestos a cumplir el compromiso elemental y fundador de toda democracia. Este compromiso no es con la limpieza electoral, o con el reparto nunca informado y mucho menos consultado, de asientos en los consejos o las magistraturas, sino con la legalidad que poco a poco, irremediablemente poco a poco, va produciendo la democracia en su despliegue plural e institucional en las cámaras.

Uno de los primeros ejemplos de esa legalidad emergente es el Código Electoral, que ahora, en la desesperación y la miopía vuelta glaucoma, el PRI desafía por la vía directa y no constitucional. Es esto lo que la crisis yucateca, y antes la tabasqueña, trajo a la superficie de una democracia que ya llegó pero que no acaba de instalarse y amenaza una y otra vez con echar la casa por la ventana (o como dijo alguna vez el poeta Becerra, la ventana por la casa).

Ayuda de memoria

Lateralmente, aunque quizá no tanto, otro flanco gris del despertar democrático se asomó en Yucatán, pero lo había hecho antes en la capital de la República a pocos días de iniciado el nuevo gobierno. Se trata de los poderes que en España llamaban “fácticos” pero que ahora parecen buscar un estatuto propio, de excepción tal vez, pero con una temporalidad sin fecha de término.

Los empresarios se sienten capaces de guiar al nuevo gobierno en materia de políticas públicas, en una versión un tanto bizarra de la “democracia funcional” que según algunos estudiosos de su época buscaba instaurar Lázaro Cárdenas (Frank Branderburg: The Making of Modern México).

En Yucatán dieron un paso más en su discurso, ahora en la práctica, y buscaron hacer las veces de (no tan) amables componedores del entuerto cerveriano que, sin duda, los afecta ya en sus negocios o en sus expectativas. La aspiración a “guiar” va desde luego más allá de las atribuciones de las cámaras de industria y comercio, que Cárdenas veía como necesarios y útiles mecanismos

de consulta y hasta de deliberación. Y la de ser árbitros en la política desde luego nos advierte de debilidades reales o percibidas, que son obligada parte de la realidad política, en las instituciones y las agencias por excelencia de toda democracia, las leyes, los partidos y demás.

Terminado el gran acuerdo que condensaba el presidencialismo económico, construida a empellones una costumbre sustituta en materia de relaciones entre el Estado y la empresa (los pactos de estabilización), la cuestión se ha trocado en una especie de térra ignota que para algunos, sin embargo, sí es de alguien, tiene dueño, que reclama aquello de “primero en tiempo, primero en derecho”. Si alguien preconizó el fin del régimen, en especial en sus arreglos de economía política, fueron en efecto los hombres de la empresa, desde Monterrey de modo ininterrumpido desde los veintes y treintas del siglo pasado, pero también desde el Valle de Anáhuac, de los sesenta en adelante con Sánchez Navarro a la cabeza.

La democracia, sin embargo, es impertinente sobre todo en este asunto, a pesar de que para muchos ideólogos de última hora sea precisamente lo contrario y haya traído consigo la hora de gobernar para los propietarios. En la igualdad de todos ante las leyes anida un fermento que pone en entredicho las pretensiones empresariales de una república sólo para su santo. La idea de la planificación, consagrada todavía en esta Constitución en sus artículos 25 y 26, puede parecer inadecuada y hasta obsoleta, pero no estaría de más echarle una buena discutida, precisamente a la luz de la práctica novísima del poder patronal.

Quizás hasta se lograría que los denodados cruzados de la libertad y del mercado cayeran en cuenta de que si hay algo inestable y autodestructivo, es un Estado a su servicio exclusivo, o casi.

Algo del malestar contemporáneo de la cultura democrática en la región, pero también en otras latitudes, tiene que ver con la flagrante falta de acceso de los ciudadanos a la cocina de la política económica, una cocina que hasta ahora, después de veinte años de cambio estructural, ha producido un solo guiso y no para el mínimo beneficio o alivio de la mayoría. En estos asuntos, la democracia deja de ser representativa.

Febrero loco y marzo otro poco: esperemos que no sea tanto. Por lo pronto aquí termina este humilde alcance constitucionalista. Ojalá y pronto podamos pasar a la verdadera política “normal”, que es la que le urge a México, la que tiene que ver con las políticas públicas y la deliberación terrenal del ciudadano del común. Aunque todavía nos falta un buen trecho de la otra, que nos remite a los cimientos de la casa, bien maltrechos como están.

Los libros sobre la mesa

El 7 de marzo se presentará La política social de México en la globalización (Universidad Autónoma Metropolitana y Miguel Angel Porrúa). Este libro colectivo, compilado por Diana R. Villarreal González, ofrece un sugerente compendio crítico de los cambios y desajustes de la economía política mexicana en los tiempos del cambio del mundo. Su presentación servirá también para hacer un homenaje postumo a Rosalba Carrasco, coautora del libro y querida amiga y camarada de este corresponsal. (Un abrazo fuerte para Enrique y su hijo).                  n

San Pedro Mártir, febrero 11, 2001.

Rolando Cordera Campos Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

Javier García Galiano

JOSEPH ROTH

1923 en el periódico vienés Arbeiterzeitung de su novela La tela de araña, Joseph Roth temió el devenir de una realidad amenazante en Alemania que terminó por obligarlo a tomar el 31 de enero de 1933 el tren matutino a París, donde moriría en el exilio seis años después. Con él llevaba pocos manuscritos, pero en Francia, que consideraba más familiar para él que Berlín, siguió escribiendo artículos de periódicos y narraciones como Jefe de estación Fallmerayer, El busto del Emperador y La leyenda del santo bebedor.

Durante su estancia en el sur de Francia, de junio de 1934 a junio de 1935, primero en Marsella y luego en Niza, donde con Andrea Manga Bell compartía una casa con Heinrich Mann y Nelly Kroeger, y Hermann y Toni Kesten, escribió El triunfo de la belleza, que se publicó del 6 al 14 de mayo de 1935 en el Paríser Tageszaeitung.

Hermann Kesten ha sostenido que muchos de los personajes de las narraciones de Joseph Roth provienen de la realidad como el doctor Skowronnek, que era su amigo el doctor Josef Löbel, que también interviene en Job, o el malévolo Lakatos, que es asimismo una aparición inquietante en Confesión de un asesino.

—Javier García Galiano

La economía digital

LA ECONOMÍA DIGITAL

POR GABRIEL GRINBERG

En la última edición del Foro Económico Mundial, realizado en Davos, Suiza, se afirmó que el mercado de Internet está despertando. Tres mil empresarios, políticos y expertos debatieron sobre el futuro de la industria informática. Los empresarios expresaron su confianza en la Red debido a su gran capacidad masiva, pero muchos inversionistas observan con escepticismo a las empresas tecnológicas.

En el inestable entorno económico, los inversionistas muestran optimismo después de que la Reserva Federal (Fed) realizó el primer recorte a la tasa de interés el pasado 3 de enero. Las acciones subieron a pesar de que los inversionistas sabían que, a corto plazo, el soporte económico podría hundirse, a medida que la economía continuaba desacelerándose; pero confiaban en que las bajas de las tasas darían resultado, evitando así el abismo económico. Luego vinieron las malas noticias: ventas débiles al por menor, comportamiento flojo en la economía de servicios; para rematar, la mala perspectiva de ventas de Cisco Systems confirmó las malas expectativas.

Después del segundo recorte a la tasa de interés por parte de la Fed, el 31 de enero, la evolución del mercado accionario confundió a los optimistas, al reaccionar a la baja en vez de a la alza. Tras registrar un avance del 12% en enero, el índice Nasdaq perdió casi todo el terreno ganado este año. Los grandes indicadores bursátiles estadunidenses han caído prácticamente a los niveles de inicios de año.

¿Qué significa, entonces, el comentario de Davos? ¿Acaso se trata de otro espejismo? Hay datos que permiten analizar el impacto de la economía digital y la incorporación de la tecnología de la información a los procesos de las empresas. El cuarto reporte del Centro de Investigaciones en Comercio Electrónico de la Universidad de Texas, titulado Indicadores de la Economía de Internet en los Estados Unidos, mide el crecimiento en puestos de trabajo y en ingresos generados por la economía de Internet durante el primer semestre del 2000. De acuerdo con el estudio, la economía digital soporta más de 3 millones de trabajadores en la actualidad, incluyendo 600,000 nuevos puestos. Esto representa cerca de 60,000 trabajadores más de los que emplea la industria de los seguros, así como el doble de las personas empleadas por la industria de bienes raíces.

La tasa de empleo en las empresas vinculadas a la economía digital está creciendo a un ritmo más rápido que la tasa de empleo de la economía en su conjunto —con un ritmo del 10% entre el primer trimestre de 1999 y el primer trimestre de 2000—. Los empleos relacionados con Internet crecieron un 29% durante el mismo periodo. Ambas cifras superan la tasa de crecimiento de los empleos no relacionados con Internet, que aumentó en un 6.9.

Destaca la participación de las empresas punto-com que han sido el rostro de la economía de Internet. Ellas representan una porción relativamente pequeña con el 9.6% de los ingresos del sector.

Se estima que la economía digital generó 830,000 millones de dólares en ingresos durante el 2000, lo que significa un aumento del 58% en comparación con 1999 y un 156% en relación a 1998, cuando la nueva economía generó 323,000 millones de dólares en ingresos.

Los ingresos de la economía de Internet están creciendo a un ritmo dos veces más rápido que su tasa de empleo. En el segundo trimestre del año pasado los ingresos aumentaron un 58.8% en comparación al mismo periodo de 1999, en tanto que la tasa de empleo creció un 22.6 por ciento.

Los ingresos relacionados con Internet constituyen una parte creciente de los ingresos de las empresas, pues representan la quinta parte de los que tienen otro origen. Pero lo importante es que los primeros están creciendo tres veces más rápido que los ingresos corporativos totales. Mientras los ingresos crecieron en 23,000 millones de dólares entre el primer trimestre de 1999 y el primer trimestre de 2000, los ingresos relacionados con Internet crecieron en 68.000 millones de dólares durante el mismo periodo.

Los empleados vinculados a la economía digital se han convertido en trabajadores más productivos. El ingreso por empleado aumentó en un porcentaje estimado en 11.5%, lo que es tina evidencia de las mejoras en productividad generadas por Internet.

Las empresas de la nueva economía generaron 1 de cada 5 dólares de ingresos con Internet. Incluso cuando la economía general experimenta cambios bruscos, las fuerzas de la economía de Internet continúan influyendo en la economía de una forma sin precedentes, generando ahorros tanto para los negocios como para los consumidores. n

Gabriel Grinherg Periodista.

Carta abierta a contra Alan García

CARTA ABIERTA A (CONTRA) ALAN GARCÍA

POR JOSÉ MIGUEL OVIEDO

Alan García —-acusado por corrupción y enriquecimiento ilícito al final de su mandato— busca una vez más la presidencia del Perú. En estas líneas personales José Miguel Oviedo responde a esa ambición y trae a la memoria el legado de hambre y miseria que dejó Alan García.

Señor Alan García:

Por recientes informaciones de la prensa peruana e internacional, me he enterado que usted es uno de los abundantes candidatos a la presidencia del Perú en las elecciones del próximo 8 de abril. Le escribo para hacerle saber que no sólo no votaré por usted, sino que haré todo lo que esté a mi alcance —esta carta abierta es el primer esfuerzo— para impedir que otros peruanos voten por usted. Todos sabemos que sus posibilidades electorales son por ahora remotas, pero prefiero no correr riesgos en el siempre imprevisible escenario político y que usted aparezca como un candidato viable. En las líneas que siguen trataré de explicarle mis razones.

La primera es que yo ya voté por usted en 1985 y mi arrepentimiento y sentimiento de culpa todavía me persiguen. Debo aclararle que nunca tuve (ni tengo ni tendré) simpatía alguna por el Partido Aprista que usted representa: nunca me gustó la autoritaria estructura interna de la organización. que eternizó como único e indiscutido caudillo a su fundador, Víctor Raúl Haya de la Torre: tampoco el estilo fascistoide de sus manifestaciones populares, su retórica y su ideología gaseosas; y sobre todo el tortuoso historial partidario, lleno de componendas y pactos con el diablo hechos en nombre de la sobrevivencia táctica del partido.

Usted, sin embargo, parecía significar una renovación dentro del Apra, con otro lenguaje y otras perspectivas. La misma posibilidad de que, después de más de medio siglo de luchas, persecuciones y frustraciones, su Partido estuviese a las puertas de un triunfo gracias a un joven líder y no del viejo jerarca, me pareció una oportunidad histórica para sellar largos agravios y heridas y comenzar de nuevo, sin rencores ni atavismos. Sopesé todos los pros y contras, y decidí que, si bien usted no era “mi candidato”, representaba el mal menor y voté por esa mínima esperanza. Mi desencanto —y el de muchísimos peruanos— comenzó muy pronto. Aunque sus floridos discursos, sus gestos telegénicos ante las cámaras y sus habilidades como guitarrista le otorgaron un índice de popularidad muy alto —en verdad, nunca antes visto— como presidente, usted mismo se encargó de defraudar a los que habíamos, ingenuamente, depositado en sus manos nuestra confianza. No sólo su gobierno demostró total ineficacia en un momento de aguda crisis, sino que, con una odiosa insensibilidad, usted decidió aprovechar el caos y desgobierno para enriquecerse ilícitamente y hundir al país en el más negro abismo financiero de nuestra historia.

¿Recuerda usted que durante su régimen la inflación llegó a casi el 10,000%, cifra que es casi imposible de concebir? ¿Recuerda usted que en un discurso oficial llegó a legalizar el mercado negro del dólar callejero llamándolo “mercado paralelo” y a declarar que era el que verdaderamente regía? (Usted tal vez no, porque tomó todas las precauciones necesarias para no ser sorprendido sin dólares), pero yo sí, igual que todos los que tuvieron que sufrir sus consecuencias.

Lo peor de todo esto es que, con su irresponsabilidad y cruda ambición de lucro, usted condenó a millones de peruanos al hambre y a la miseria. Muchos, como último recurso, tuvieron que alimentarse —aunque parezca increíble— con lo que encontraban en la basura, con los productos destinados para la crianza de animales o con lo que, en otras épocas, se desechaba en la cocina. La revista Caretas y otras publicaciones en la época tuvieron que recomendar, como prácticas medidas de sobrevivencia, las virtudes alimenticias de las hojas de la zanahoria y de la remolacha.

Esa generación de fantasmas subalimentados son sus auténticos herederos, señor García. Lo que usted hizo equivale a una forma lenta e indirecta de genocidio; ésa es la mayor acusación que le hago. No contento con eso, usted les pide ahora sus votos. ¿No acaba de invocar acaso las necesidades del pueblo peruano, no ha declarado también su deseo de luchar por los pobres? ¿De dónde saca usted tanto descaro? Una de sus estratagemas es la de presentarse como un mártir de la democracia perseguido por Fujimori y forzado al exilio. Es cierto que desde 1992 usted vive en confortable exilio, alternando su residencia entre Bogotá y París, donde tiene un departamento de su propiedad que no es precisamente une chambre pour étudiant. Es cierto también que la corrupción que usted desató, permitió y aprovechó ha sido largamente superada por la del gobierno fujimorista, que ha hecho empalidecer la suya. Pero no se aflija ni se sienta disminuido: en su época usted hizo al respecto todo lo que pudo y si no pudo más es porque no hubo más que usufructuar. Me aterra la idea de que usted, con espíritu deportivo, esté buscando alcanzar un nuevo récord.

Usted ya ha ejercido su derecho de regresar a su país y a participar en las elecciones. Pero hay una condición previa: antes de presentarse a comicios, usted debería presentarse ante la corte que aguarda su retorno para proseguir el juicio por corrupción y enriquecimiento ilícito abierto en su contra, a la cual tendrá que explicar cómo y por qué durante su gobierno las finanzas del país anduvieron tan mal y las suyas tan bien. Usted dirá que lo acuso sin pruebas. Parte de la sutil habilidad con la que usted actuó —según expertos financieros internacionales que examinaron minaron su caso al término de su mandato— está en el esmero y la destreza que usted tuvo para borrar huellas y hacer muy difícil detectar sus movimientos secretos con el dinero público. De eso se trata, precisamente: de justificar lo que pasó con un dinero hoy gastado, evaporado o discretamente invertido. Por eso, tal vez obtenga una sentencia que lo declare inocente y ayude a su candidatura. Recuerde sin embargo que una cosa es ser absuelto por falta de pruebas y otra, muy distinta, ser inocente.

Demuestre —si puede— ante los jueces que la miseria del país y su riqueza personal en esos años tienen el mismo origen divino e inevitable, al que tenemos que reasignarnos. Como dice el refrán, quien no la debe, no la teme. Eso sí, le reitero que, sea cual fuere el resultado judicial, no cuente ni con mi voto, ni con mi absolución, ni con mi silencio.    n

José Miguel Oviedo. Escritor.

El mal gusto

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

EL MAL GUSTO

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

Hace unos cuantos domingos, durante una mañana de insólita calma y en el transcurso de una larga sesión en la regadera, descubrí con gran espanto que me sé completita la letra de “Extraños en la noche”. Como quien va a la clínica para la segunda prueba de tuberculosis, ensayé aterrada las notas de “A mi manera”. Afortunadamente no salió ni la primera estrofa, pero no estoy tranquila: sospecho que cualquier otro domingo, en cualquier otra ducha, abriré la boca y saldrá incontenible el mamarracho entero —desde la onanística introducción (¿se acuerdan?: “El fin se acerca ya, lo esperaré serenamente…”) hasta el desafiante berrido final de la canción que un gringo cruel le endilgó al ya tan maltratado Quixote.

Toca asumir el destino: el mal gusto me ha marcado desde que en la adolescencia le pasaba el trapo a los muebles cantando “Perdón” —éxito de Alberto Vázquez— y después de cada “Si acaso te ofendí” juntaba las manos en gesto suplicante. Fue por esas mismas épocas que aprendí a hacer el lomo a la Coca Cola, iniciándome en la deleitosa afición por la cocina del mal gusto.

¿Una tarde perfecta de aquel entonces? Lomo a la Coca Cola en el menú, seguido de un postre helado de galletas marías con leche endulzada Nestlé y jugo de limón y, después, el sofá para mí sólita, con la novela más reciente de Corín Tellado en el Vanidades, y Javier Solís cantando “Sombras” en el tocadiscos.

El mal gusto es delicioso. Confiésenlo quienes han probado no sólo el lomo adobado en las Aguas Negras del Imperialismo, sino las galletas Ritz con queso filadelfia y media aceituna de adorno, la gelatina de sabores elaborada con ginger ale para que tenga burbujitas. el ceviche preparado con Orange Crush (especialidad de la Costa Chica), y cualquier ambigú fabricado con pan Bimbo descostrado (recuerdo en particular unos rollitos rellenos de pasta de sardina). Las quesadillas sincronizadas también estarían en la lista si no fuera porque ya quedaron incorporadas a otro repertorio, que es el folclórico nacional. Pero cuando primero hicieron furor, hará unos cuarenta años, la combinación de queso tipo Chihuahua, jamón Fud y tortillas de harina cumplía perfectamente con los requisitos del mal gusto culinario: es decir, era un invento fervorosamente clasemediero y con algo de gringo, expresión nítida de la voluntad de zafarnos de nuestra herencia mestiza para entrar corriendo a la modernidad que ofrecían en la tele series hogareñas como “El show de Dick Van Dyke” y “Mi marciano favorito”.

Eran ingrediente clave en la cocina del mal gusto la línea completa de cremas Campbells—tomate, champiñón y, sobre todo, espárragos— preparados como sopa según las instrucciones en la lata, o bien, aprovechados para darle un toque de distinción a los canelones, las crepas (¡crepas!) y la pechuga de pollo. Hay un no-se-qué de resistol en la consistencia de esos platillos que todavía me emociona (más cuando se forman unas costras doraditas en el pyrex), y me hace pedir siempre una segunda porción. Por pura arbitrariedad no acepto la comida de restorán en esta lista del adefesio culinario, pero casi me arrepiento cuando pienso que así no podré incluir el engendro ejemplar que es la pizza hawaiana, ni tampoco los sushi de salmón ahumado con queso filadelfia, que son descendientes directos de los rollitos de pan Bimbo con pasta de sardina.

Para mi desgracia, no conservo la receta del lomo a la Coca Cola (esta columna agradecerá cualquier pista). En cambio sí puedo ofrecer la receta de postre helado de galletas maría que prepara para la familia que tiene a su cargo Marta García Ortiz —excelente cocinera en la vertiente del buen gusto, y que en este otro renglón también se luce.

Media taza de jugo de limón

Media lata de leche Clavel

Una lata de leche condensada azucarada

Una pizca de canela molida

Un rollo de galletas nutrías de 170 gramos

Preparar aproximadamente una hora antes de que se ha de servir. Mezclar perfectamente los primeros cuatro ingredientes en la licuadora. Colocar una capa de galletas en el fondo de un refractario mediano cuadrado. Verter encima la mitad de la mezcla líquida. Repetir con otra capa de galletas y el resto de la mezcla. Colocar en el congelador hasta el momento de servir.

Y no hemos empezado a hablar siquiera de la delicias del Nescafé con leche de lata, que realmente es el mejor acompañamiento posible al pan de dulce de la merienda. n

Alma Guillermoprieto Escritora. Su más reciente libro es Ios años en que no fuimos felices.

Marcos en marcha

MARCOS EN MARCHA

POR JORGE JAVIER ROMERO

Poco más de quince minutos tardó el EZLN en ocupar de nueva cuenta las primeras planas de la atención pública. En pocos días Marcos llegará, a la ciudad de México. ¿Estrategia política, acción por la paz? Jorge Javier Romero se plantea estas interrogantes que sólo se explican cuando vuelve a valer la vieja práctica de negociar con la desobediencia.

Para los apologistas del gobierno de Vicente Fox, y para algunos seguidores acríticos, la actitud del gobierno en torno al conflicto con el EZLN ha sido una estrategia meticulosamente planeada que pretende que la opinión pública note los esfuerzos gubernamentales por lograr la paz y que, en caso de que todo el asunto quede en agua de borrajas, sean el inefable Marcos y su ejército los que paguen los costos de aparecer como intransigentes y necios. Si, por el contrario, se llegara a un acuerdo que condujera a que el EZLN depusiera las armas, entonces Fox habría cumplido con su ofrecimiento de lograr la paz en Chiapas, si no en quince minutos, sí en relativamente poco tiempo. Un triunfo más de la voluntad política.

Será porque soy un malpensado, pero para mí que el asunto se les salió de madre a los estrategas del gobierno. Desde hacía ya muchos meses, pero sobre todo después de la elección del 2 de julio, el asunto del EZLN, si bien estaba enconado, ocupaba apenas algún rincón entre los asuntos que llamaban la atención pública. En Chiapas hubo, por fin, elecciones y el resultado era inmejorable para tomar la iniciativa política, no necesariamente la mediática, e impulsar, juntos, gobierno federal y estatal, un conjunto de reformas —nueva municipalización, que hiciera coincidir en lo posible las comunidades con un espacio de decisión inherentemente autónomo, posibilidad de que los municipios tuvieran sus cartas en las que se consagraran prácticas tradicionales (los famosos usos y costumbres), reforma educativa para impulsar la educación en lenguas indígenas— que dejaran sin sustento ético y político a los insurrectos. A la vez, el gobierno federal pudo haber mandado una iniciativa de derechos indígenas al Congreso que superara el despropósito jurídico del viejo proyecto de la COCOPA. Todo esto sin demasiados reflectores pero con eficacia. Sin embargo, lo que se buscaba era el golpe de efecto, como si los días de la campaña no hubieran quedado atrás.

El hecho es que, por tratar de llamar la atención, la estrategia gubernamental resultó no sólo en el resurgimiento de Marcos, sino de buena parte del movimiento pro EZLN que se había desinflado, sobre todo después de los excesos cometidos durante la huelga de la UNAM por grupos afines. Hasta el repudiado y execrable CGH tuvo un nuevo aire a partir de que la intención del gobierno por atraer las luces hizo que éstas se desviaran hacia los pasamontañas casi olvidados. El subcomandante, especialista en el asunto, supo aprovechar la oportunidad para salir de su aletarga- miento y de inmediato retomó el protagonismo perdido: el gobierno le había puesto un bombón.

Las reacciones —en todo el sentido de la palabra— no se hicieron esperar. Buena parte de los aliados del presidente con botas salieron a mostrar su santa indignación. Los empresarios le llamaron la atención a su valido, el obispo del rictus peroró y el gobernador de Querétaro les recordó a los olvidadizos que eso de la derecha pura y dura existe. La estrategia gubernamental había despertado a los polos y hubo que rectificar para no perder el centro.

Y fueron los tiempos de parar el retiro de tropas en Chiapas, de decir que el gobierno ya había tenido gestos y que ahora le tocaba al EZ, de la campaña para que todo mundo coincidiera en que el bando gubernamental estaba haciendo más que los marquistas, etcétera. Con todo, parece que los grandes estrategas lograron sacar la pata a tiempo y le salieron al paso al asunto.

Mientras todo lo contado ocurría, la izquierda democrática —en la que incluyo sobre todo al PRD, más que nada porque no encuentro otra forma de calificarlo en este momento— se quedaba calladita o, más bien, su voz apenas parecía un susurro que llamaba a que se respetaran los acuerdos de San Andrés, como si eso quisiera realmente decir algo en la práctica. Nada de una visión progresista de la cuestión indígena. que haga coincidir los derechos particulares con la ciudadanía universal; nada más allá de las buenas intenciones que han hablado de autonomía sin decir con qué se come eso, ninguna idea de cómo impulsar el desarrollo y la igualdad de oportunidades entre los pueblos marginados. Nada de nada.

Marcos viene y dice que quiere convencer. Eso sí, sus mínimos son inamovibles: para él no hay más que una razón. Erigido en el paladín único de la causa india, no acepta —por algo es un revolucionario— la existencia de razones distintas, de intereses contrapuestos a los que la política debe armonizar. El Congreso deberá, si es que quiere lograr la paz. aceptar su razón armada, dogmática. Dejémonos de discusiones parlamentarias complejas: aquí nada más hay una voz y una forma unívoca de entender la cuestión de los derechos indígenas.

El EZLN llegará a la ciudad de México. ¿Cómo los recibirá la capital, tan proclive a agasajar a tirios y troyanos? ¿Con guirnaldas como a Maximiliano, o con café con leche de Sanborn’s, como a los auténticos zapatistas? ¿Finalmente darán la cara o seguirán detrás de su mítico pasamontañas, emblema de su clandestinidad revolucionaria? ¿El Congreso los admitirá encapuchados? Mientras todas estas incógnitas se resuelven, el hecho es que la construcción de un orden jurídico democrático y válido para todos se sigue aplazando, mientras que la negociación con la desobediencia sigue siendo la práctica. Ni modo: las inercias son las inercias.                    n

Jorge Javier Romero. Politólogo. Profesor de la UAM-Xochimilco.

Persecución contra Nexos

PALOMAR.

PERSECUCIÓN CONTRA NEXOS

Algunos columnistas y medios impresos han publicado recientemente imputaciones difamatorias contra la revista Nexos. Se trata de una persecución impune contra nuestra marca y nuestro trabajo. Nos alarma el embate contra Nexos: va más allá de un consabido episodio de antiintelectualismo y rencor cultural. Rechazamos por eso, categóricamente, las prácticas ilegales de esos columnistas y esos medios, y las inferencias calumniosas que buscan acribillar la honorabilidad de una publicación con más de 23 años en la vida pública mexicana. En esas imputaciones e inferencias vemos signos ominosos no sólo para Nexos sino para las publicaciones dedicadas a la reflexión y la creación intelectuales. Rechazamos de igual modo el acoso a la vida privada de las personas y al desarrollo lícito de las empresas. Rechazamos la impunidad en todos los ámbitos. Agradecemos en cambio los mensajes solidarios de nuestros lectores, anunciantes y amigos; incluso de nuestros críticos y competidores.

Convocamos a restaurar la racionalidad y la inteligencia en los debates públicos.

En este número publicamos los textos de Héctor Aguilar Camín y Gilberto Guevara Niebla, como respuesta a un medio que ha sido parte de esta persecución contra Nexos.

      México, D.F., 14 de febrero de 2001.

Rafael Pérez Gay Director de Nexos S. A. de C.V.

Luis Miguel Aguilar Director de la revista Nexos

Roberto Pliego Subdirector Editorial

Andres Hofmann Director de Proyectos Especiales

Renuncia a El Universal

RENUNCIA A EL UNIVERSAL

POR GILBERTO GUEVARA NIEBLA

Esta es mi última colaboración en El Universal. Me veo obligado a renunciar pues no hacerlo significaría que apruebo la conducta dolosa que los directivos de este periódico asumieron el viernes pasado al utilizar documentos administrativos —legales e inocuos en su forma y contenido—, para atacar a la revista Nexos y a su anterior director.

Los documentos que hizo públicos El Universal se refieren a estudios sobre educación que yo dirigí hace diez años (en algunos casos más) en los que participaron numerosas —más de cien— personas entre maestros, investigadores e intelectuales destacados. Ninguno de nosotros incurrió en ilegalidad o ilegitimidad alguna y jamás recibimos por ello cantidades de dinero extraordinarias o irregulares.

Estos estudios, en cambio, tuvieron gran importancia para crear las condiciones subjetivas y políticas adecuadas para promover las reformas educativas más importantes de la historia contemporánea de México: me refiero a las que se impulsaron entre 1992 y 1993 y que en el sexenio siguiente fueron continuadas. Dichas reformas incluyeron, entre otros, estos cambios:

1. La descentralización del sistema educativo.

2. La apertura del sistema educativo a la participación de la sociedad y, en particular, de los padres de familia.

3. La modernización de los contenidos y métodos de enseñanza a fin de darle a las prácticas educativas un sustento científico.

4. El reforzamiento y modernización de las escuelas normales y la creación de un sistema hasta entonces inexistente de actualización de profesores.

5. La reorganización de la SEP con el fin de desburocratizarla y hacerla más funcional.

6. La incorporación de la Carrera Magisterial y el establecer aumentos salariales que significaron un cambio de gran importancia en la historia de la profesión (el salario menor del maestro pasó de uno a cinco salarios mínimos).

7. El modernizar el estatus de la escuela privada protegiéndola contra la acción arbitraria de alguna autoridad.

8. El eliminar el jacobinismo implícito en las regulaciones educativas.

9. El incorporar en el artículo tercero constitucional de manera precisa el derecho a la educación de todo niño que viva en nuestro territorio.

10. La creación de un nuevo sistema de producción de libros de texto gratuitos asegurando una alta calidad en ellos.

El que estos estudios hayan sido diseñados no por una dependencia gubernamental sino por una agencia privada (Nexos), les confirió un enorme valor político. Se trataba de una opinión independiente y un trabajo llevado a cabo con honestidad, imparcialidad y transparencia. Sugerir —como se hace en la edición del día viernes 9 de El Universal— que en la realización de estos trabajos hubo manejos inescrupulosos o pretender descalificar a Nexos y a su director de entonces por su realización me parece que es una conducta moralmente inapropiada y que contradice el propio Código de Ética de El Universal.

No puedo irme sin agradecer públicamente las atenciones que siempre recibí en el periódico de Guillermo Fabela, de Oscar Hinojosa y de sus colaboradores.  n

Gilberto Guevara Niebla. Director de Educación 2001.

Una oposición llamada vida

ESCRITOR EN SU TINTA

UNA OPOSICIÓN LLAMADA VIDA

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Cómo fue, cómo transcurrió la vida de Balzac? La comédie húminelo fue todo o casi todo en la vida de este hombre que, en 1821, le confesaba a su hermana sus dos únicas pasiones verdaderas: el amor y la gloria. Y que le escribía: “Y nada ha sido satisfecho aún. Y nada lo será nunca”.

Balzac, que siempre creyó vivir mejor, consagró la mayor parte de su obra a retratar pasiones que, casi siempre, agotan la energía vital y conducen a la muerte. La forma en que lleva hasta el fin el proceso de la pasión (cuerpo y alma mezclados en una misma enfermedad, a menudo física), y la forma en que define esta pasión (realización, rechazo y supresión de la vida, a la vez), lo convierten, antes que Zola, en precursor del freudismo: pulsión de vida y pulsión de muerte totalmente imbricados. En resumen, escribe lo que vive y muere de lo que escribe. León Gozlan, en su libro Balzac en pantuflas, nos da una idea muy precisa de la ambición balzaciana. “Todo lo que escribía, artículos, novelas, dramas, comedias, era sólo el prólogo de lo que pensaba escribir”. Monárquico y convertido al legitimismo por una de sus amantes nobles, la marquesa de Castries también llenó, sin embargo, el interminable registro civil de su obra de inolvidables miserables, del dolor de la miseria y de la barbaridad del hambre. Marx tuvo que reconocer que leyéndolo había aprendido más de la sociedad francesa que leyendo a mil economistas o historiadores.

De amante en amante, de quiebra en quiebra, y de viaje en viaje, es una la mujer que espera y que lo espera, imposiblemente, por supuesto, allá tan lejos como está por entonces Rusia de Francia. Balzac se rompe contra el destino y sus deudas se convierten poco a poco en “deudas tranquilas” y deudas “alarmantes, gritonas”. Entre las primeras, su jardinero, por ejemplo, o aquel guarda al que teme encontrar en sus paseos por el bosque. Se siente amenazado, perseguido, convertido en una liebre en su propio jardín. Y cuando la amada rusa, noble y casada, la célebre señora Hanska le reprocha la escasez de sus cartas, responde: “Eran pocas porque no tenía dinero para el correo”.

Poco tiempo después hace, una vez más, el negocio de su vida: un excelente contrato para la edición de todos sus libros con el título de La comedie húmaine. Viajes a San Petersburgo para ver a la amada, nuevos viajes por Europa para encontrarla en Italia y recibir, de la que él llama “La extranjera”, noticias nada alentadoras pero que en nada frenarán su loca carrera de amor: la señora Hanska prefiere tomar las cosas con calma. Debido a su alta posición social, a su marido, a su inmensa fortuna y a la temida reacción del zar, que difícilmente aprueba las relaciones de sus súbditos con extranjeros (Balzac está dispuesto a hacerse ruso), hay que darle tiempo al tiempo.

Balzac se consuela con horarios de trabajo de un condenado a las galeras, con nuevos reencuentros viajeros con “La extranjera” y, por supuesto, literalmente desvalijando anticuarios en Italia. Otra vez en la mina, los cambios de dirección, los cambios de nombre para huir de los acreedores. De pronto, también, una amante celosa le roba las cartas de la señora Hanska y lo obliga a cantar. Recuperar las cartas le cuesta una fortuna, es decir otra deuda. Pero llega por fin el día en que puede visitar a su amante extranjera en su tierra natal. Lo esperó todo de ese viaje y regresó colmado: ¡cuarenta mil almas a su servicio! ¡Muchas más que en toda su obra! La revolución de 1848 lo espera en París, a su regreso; algo que, digamos, no es de su agrado. Vuelve a Rusia: la señora Hanska se ha liberado, por fin, de su marido, ha conservado parte de su inmensa fortuna, tiene la autorización del zar para reunirse con Balzac…

La madre de Balzac recibe el encargo de arreglar fastuosamente la vivienda de la rué Fortunée, para acoger a la que será finalmente su esposa. Han sido diez años de espera. Como si sintiera que la vida se le escapa, Balzac multiplica sus compras, sus deudas, sus sueños, sus horarios de trabajo. Pero, para esto último, ya no le sirven de mucho aquellos tazones de cafeína. Presenta su candidatura a la Academia, pero es cruelmente postergado por los nombres del duque de Noailles y el conde de Saint Priest. El pobre Balzac, que siempre había suspirado por un título. Y su estado se agrava, pero la perspectiva de su matrimonio le devuelve la felicidad. Y llega el día soñado, el 14 de marzo de 1850. Balzac ha sido acogido por el zar y el matrimonio con una de sus súbditas tiene lugar ese día.

El 21 de marzo están de regreso a París los recién casados. Y lo que debió ser una apoteosis se convierte inmediatamente en una pesadilla. La puerta de la rué Fortunée está cerrada y el mayordomo, que se ha vuelto loco, ha saqueado y destrozado la casa antes de encerrarse en ella. Agotado Balzac se acuesta para no levantarse más. La gangrena, causada por la artritis, una de sus enfermedades, se ha generalizado. Titánicos dolores y una visita de Víctor Hugo. Balzac le susurra: “Todo esto, sin duda, es la factura que el cielo me ha pasado por mi matrimonio”. Muere el 18 de agosto, pocas horas después de otra visita de Víctor Hugo. Este afirma que estuvo largo rato observando su perfil moribundo y que se parecía mucho a Napoleón.

Balzac creó un mundo destinado a sobrevivirle y a darle todo lo que no le dio en vida, a su recuerdo. Los escándalos continuaron. Rodin, a pedido de la Sociedad de Artistas Independientes, esculpe al titán desnudo. Feroz reacción y rechazo estruendoso. Rodin insiste y esculpe nuevamente al titán, esta vez en robe de chambre. Nuevo rechazo. Balzac lo había escrito, un año antes de su matrimonio y de su muerte: “Yo formo parte de esa oposición llamada vida”. “¿Por qué será necesario que las voces de la esperanza se conviertan en este inmenso coro del fracaso?”, se pregunta Gaetan Picón, en su espléndido Balzac par luí meme.   n

Alfredo Bryce Echenique. Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

La balsa y la canoa

CARACOL

LA BALSA Y LA CANOA

POR CINNA LOMNITZ

A orillas del majestuoso Río Santiago, a caballo sobre el ecuador terrestre, viven los remanentes aborígenes de la etnia aguaruna. En otros tiempos habían sido orgullosos cazadores de cabezas de la selva amazónica, de valentía proverbial entre las tribus vecinas. Sus hombres de ingenio eran famosos por su habilidad como oradores y cuentistas. He aquí, tal y como fue grabada por un antropólogo peruano, una interpretación de la historia del origen del pueblo aguaruna, narrada por un artífice ele la literatura oral de apellido Chávez:

Escuchen bien. Los que luego iban a ser los blancos, los cristianos, eran como nosotros. Y nosotros pudimos haber sido como ellos. Pero los blancos cruzaron el río: por eso ahora son lo que son. Nosotros nomás no pudimos, con la canoa, con la canoa.

Nosotros los aguarunas tuvimos miedo. Llegaron los blancos y ¡zas! cruzaron el río con sus balsas. Ellos va no bajan el río en balsa, ya no hacen balsas. Vienen en lanchas a motor. Pero entonces, como ahora, cruzaron sin problemas.

Nosotros también íbamos a ser blancos. Como no cruzamos el río, nos volvimos aguarunas.

No puedo imaginar una explicación más terrible y más profunda para entender las desigualdades entre los humanos. No nacemos blancos ni aguarunas: no somos subdesarrollados ni triunfadores de nacimiento. Pero tampoco elegimos libremente nuestro destino. El miedo nos vuelve lo que somos y nos quita lo que pudimos ser.

En un cierto nivel, todo se reduce a un combate desigual entre tecnologías: balsas contra canoas y cañones contra flechas. Nuestro rezago en el dominio de los conocimientos es el origen de nuestro miedo. Siempre y en todo momento, en la vida hay ríos que cruzar. Siempre hay rezagados que se quedan en la orilla. Las disculpas siempre sobran y todo cambia siempre; hasta los ríos cambian de cauce a veces. Nosotros, en cambio, al no cruzarlos, seguimos siendo los mismos.

El sismo del 13 de enero en El Salvador produjo más de 800 muertos en este bello país hermano que viene saliendo de una atroz guerra civil. Fuimos a ver, y encontramos que la destrucción causada por este sismo de magnitud 7.6 era poca cosa en comparación a la estela de miseria que dejó una década del conflicto armado, cuya causa yace olvidada entre los archivos de la ignominia y de la estupidez. ¿Por qué tendrán que matarse entre hermanos?

Como representantes de la comunidad académica mexicana sólo pudimos ofrecer la hospitalidad de nuestra casa de estudios a los jóvenes salvadoreños que quieran perfeccionarse en las disciplinas científicas y las técnicas que hacen falta para enfrentarse con éxito a las amenazas naturales de este país de sismos y de volcanes. Salvadoreños y mexicanos nos daremos la mano pues enfrentamos las mismas carencias y los mismos peligros.

Balsa contra canoa

La ciencia tiene también sus agua- runas. En la época de Darwin los naturalistas eran lo nuevo. Estaban en la frontera de la ciencia. Los grandes científicos, además de Darwin, eran hombres como Lyell, Lamarck. Cuvier, Linnaeus, el cura Mendel y otros clasificadores del mundo natural. Más tarde, la ciencia cambió. En 1967, a los geofísicos nos tocó cruzar un antiguo remanso del río de la ciencia; inventamos la tectónica de placas y otra vez estuvimos brevemente en la avanzada del saber humano. Pero luego no pasó nada, y finalmente fueron los astrónomos quienes se atrevieron a franquear el río del saber que nos separa de las estrellas. Ellos salieron a conquistar el cosmos y nosotros nos quedamos en la orilla.

¿Por qué existen las ciencias de la Tierra como una disciplina aparte, como si nunca hubiera habido un Galileo? ¿Acaso la Tierra no es otro planeta más? Esta pregunta merece una reflexión. La Tierra no es nuestro hogar por una casualidad; es un planeta diferente, acaso único. Es más: cada región de este planeta nuestro tiene características especiales y diferentes. En nuestra reciente misión a El Salvador observamos que los asentamientos humanos suelen ocupar las cumbres de las cordilleras y lomas y no los valles; ello se debe a razones geológicas que es importante averiguar. Tiene que ver con el riesgo sísmico, y con el riesgo de deslizamientos de tierra que causaron centenas de víctimas en el reciente sismo.

Los científicos de la Tierra tendríamos que volvernos astrofísicos y planetólogos, pero no por ello habremos de negar la cruz de nuestra parroquia que es la geología. Es una disciplina venerable, forjada por auténticos gigantes del pensamiento. En otra oportunidad me gustaría platicar en estas páginas acerca de mis recuerdos personales de hombres geniales como Gutenberg, Richter. Jeffreys y Ewing, grandes geofísicos del siglo XX. No se trata de traicionar su recuerdo sino, al contrario, de hacerles justicia y valorar sus contribuciones. Es posible que las ciencias de la Tierra ya no quepan en la Tierra, y que en este milenio deban franquear el río que las separa de la ciencia moderna; pero la geología clásica aún tiene grandes contribuciones por delante.

La otra orilla

El 28 de julio pasado falleció Abraham País, uno de los últimos físicos teóricos que sobrevivían de la generación que conoció a Einstein. Sus numerosos amigos lo llamaban “Bram”; era alumno de Hendrik Kramers, el misterioso genio holandés. Bram Pais tuvo una brillante carrera en Estados Unidos; mejor dicho, tuvo dos carreras, ya que al jubilarse decidió retirarse a Dinamarca y dedicarse a la historia de la ciencia. Su éxito en ambas carreras fue notable.

Historia y divulgación de la ciencia son dos cosas diferentes. En nuestro país se necesitan ambas vocaciones. Las dificultades son enormes: la ciencia sigue siendo un territorio inaccesible para la inmensa mayoría de los humanos. En una época, se publicaban numerosos artículos y libros de divulgación sobre relatividad, y sin embargo seguimos sin entender, después de casi un siglo, de qué se trata. Pais lo trató de formular de la siguiente manera: “La relatividad elimina la ilusión newtoniana acerca de un espacio y un tiempo absolutos”. Bueno, suena simple pero la idea no es todavía accesible al público culto. ¿Qué podemos decir entonces acerca de entender los adelantos recientes en cosmología, genética o informática?

Bram Pais decidió, sabiamente, explotar al máximo su conocimiento personal tanto de los aportes científicos como de las personalidades de los principales físicos teóricos contemporáneos. Este enfoque evidentemente no estaba al alcance de la mayoría de los mortales, ni científicos ni legos. El profesor Pais lo sabía, y expresaba su escepticismo en cuanto a las eventuales aportaciones de los que somos soldados rasos en el frente científico, citando un pintoresco dicho húngaro: “Algo es algo, dijo el ratón, y se orinó en el mar”.

Por modesto que sea nuestro aporte de roedores de la ciencia, creo sin embargo que podemos contribuir en alguna medida a un mejor conocimiento científico en nuestro país. Volviendo al tema de Bram Pais, lo primero que hizo después de jubilarse fue publicar una excelente biografía de Einstein (Sutil es el Señor, 1982). Luego se dedicó a la labor difícil y compleja de producir dos grandes libros sobre la vida de Niels Bohr. Finalmente, el año pasado apareció El genio de la física, que contiene retratos hablados de 17 físicos famosos. No están todos los que Bram Pais conoció. Por ejemplo, faltan personalidades tales como Heisenberg, Gell-Mann, Feynman, Bethe y Fermi. El criterio de selección, claramente, reflejaba las preferencias personales del autor. Pais, un hombre muy discreto, sólo revela la intimidad de sus amigos —aspectos significativos y desconocidos acerca de la vida de los grandes científicos del siglo que acaba de finalizar—. En su mayoría, ellos sacrificaron por su labor científica una parte importante de su vida personal, a veces deliberadamente. Así, a la edad de l7 años, Kramers anotaba en su diario: “El científico debe sacrificar su individualidad por su vocación”. Lo curioso es que este sacrificio muchas veces realzaba la personalidad de estos investigadores.

A veces el científico llegaba a concentrarse en su objetivo al grado de quedarse solo y aislado. Le sucedió a Einstein y también a Dirac. Bram Pais nos enseña, a través del ejemplo dramático de sus colegas más ilustres, que es necesario interactuar con colegas y estudiantes para alimentar la propia creatividad. No basta que un país tenga especialistas de gran capacidad en cada disciplina: es indispensable además que puedan apoyarse en una comunidad científica libre y activa. El mantenimiento de una comunidad de este tipo requiere la atención y el cuidado incesante de los organismos académicos y de los gobiernos.

La ciencia en México

Una mujer genial, la novelista Shikibu Murasaki (978-1025), pintó a los japoneses como seres rodeados de contradicciones. Refinamiento y brutalidad, elegante melancolía y abandono orgiástico, inteligencia abnegada y pretenciosa obcecación, serenidad y torpeza, paciencia infinita y violencia desesperada, son facetas de la mentalidad de este pueblo prodigioso.

La familia japonesa se caracteriza por una voluntad férrea de sacrificio en aras del futuro de los hijos. Hasta llegaron a quitarle a la madre el derecho de decidir sobre la educación de sus hijos, porque al padre se le consideraba más competitivo y capaz de armarlos para la lucha por la vida. Hasta los cinco años de edad, el niño japonés es libre como una mariposa y se le consiente en todo. La madre lo cuida y aplaude sus caprichos: no debe regañarlo jamás. En cambio, apenas ingresa a la escuela se le obliga a ajustarse a una disciplina rígida y estricta, que a veces parece inhumana.

En México también las familias emprenden toda clase de sacrificios por la educación de sus hijos. La Universidad Nacional fue su principal vehículo de movilidad social, y el medio para transformar sus aspiraciones en realidad. Por eso fue tan nefasta la huelga de 1999 en la UNAM, que sin duda pasará a la historia como una empresa antihistórica y antipopular. La universidad pública ha quedado gravemente debilitada en este país, y eso tiene consecuencias que muchos se resisten a admitir por un temor de causarle daños aún mayores.

Pero siempre es un error rehusarse a enfrentar la realidad. El descenso en la matrícula, sobre todo en la licenciatura (pero también en el posgrado) ha sido dramático y no se ha recuperado todavía. A instancias del rector de la UNAM, el Congreso de la Unión ha concedido un valioso apoyo material a la Universidad, pero eso no basta. La moral de la comunidad sigue a la baja y urge un nuevo impulso académico a la institución.

Y también científico. La comunidad científica mexicana representa una tercera parte de la producción científica de América Latina y una fracción importante de la ciencia mundial. Nuestra comunidad científica nació con la UNAM y se apoya todavía, predominantemente, en esta institución singular. Sin duda se podría pensar en crear una o más universidades de investigación nuevas, a ejemplo de lo que se ha hecho en Brasil: pero me temo que los recursos técnicos y humanos van a tener que venir de algún lado. Probablemente tendrían que provenir de la UNAM. Pero demoler lo existente para construir lo hipotético nunca ha sido una buena idea, n

Cinna Lomnitz Geofísico. Investigador de la UNAM.

Respuesta a El Universal

RESPUESTA A EL UNIVERSAL

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

El Universal me ha pedido una reacción a fotocopias de documentos alusivos a servicios profesionales que la Fundación y la revista Nexos prestaron a la Presidencia de la República entre octubre de 1990 y septiembre de 1993, años en que era yo director de la revista. Dejé de serlo en junio de 1995.

No me fue revelada la fuente que filtró los documentos al periódico, ni el nombre de la persona que los recibió. Es una zona de intercambio poco transparente. Por lo visto, no resiste la prueba de la luz pública. El diario no puede o no quiere revelarla a sus lectores. El Universal respeta en este caso el pacto de anonimato que se le ha ofrecido. Se reserva “su fuente”, incumpliendo con ello la primera de las obligaciones de la profesión periodística: acreditar rigurosamente el origen de la información. Desconozco, pues, igual que los lectores, de dónde provienen los documentos aquí publicados. Tampoco sé al momento de escribir esto quién ha escrito la nota de este asunto, ni el tono ni el sentido que le han dado.

El diario actuó profesionalmente, en cambio, pidiéndome una redacción como parte aludida. Me ha ofrecido publicar este comentario junto con la nota del caso. Atiendo y agradezco su oferta aunque debo decir que no encuentro en la publicación de estos materiales contables de la década pasada, otro sentido que la insinuación maliciosa: el propósito de escandalizar a los lectores con supuestas grandes revelaciones que en el fondo sólo son pequeñas animosidades. Las fotocopias que me ha dejado ver El Universal se refieren a investigaciones sobre la educación en México realizadas por Nexos para la Presidencia de la República en los tiempos en que yo era director de la revista. La revista valía entonces en los puestos ¡8 mil pesos! —8 pesos de hoy—. A todos los documentos publicados aquí les sobran también tres ceros. Donde dice millones, debe leerse miles. El resultado de los estudios fue publicado en su momento con información explícita sobre su origen y su patrocinio, de modo que no hay mayor noticia en ello.

Los estudios fueron los siguientes:

1. Un diagnóstico global del estado de la educación realizado en 1989. Fue publicado en forma de libro bajo el título La catástrofe silenciosa (Fondo de Cultura Económica, 1992).

2. Una Encuesta Nacional de Valores Educativos y un examen nacional de conocimientos a estudiantes de primaria y secundaria, en 1990. Los resultados de este último fueron publicados bajo el título: “México: ¿Un país de reprobados?”, en Nexos número 162, junio de 1991.

El diagnóstico ahí obtenido fue ingrediente central del acuerdo para la modernización educativa del año siguiente y para la inmediata implantación de un programa de becas a estudiantes de bajos recursos para que pudieran seguir sus estudios.

3- Un examen nacional de conocimientos a maestros y una evaluación del estado de las normales, en 1991. Fue publicado bajo el título “El malestar educativo” en Nexos número 170, agosto de 1992.

4. Un estudio comparativo de la educación en seis ciudades de México, Estados y Canadá, en 1993- Fue publicado con el título “Educación comparada: México, Canadá, Estados Unidos” en la revista Educación 2001, número 3, agosto de 1995.

El director de los trabajos por parte de Nexos fue Gilberto Guevara Niebla, hoy por hoy colaborador insustituible de las páginas editoriales de El Universal. El diseño técnico y los levantamientos de las encuestas corrieron a cargo del INEGI. En los archivos del INEGI están los datos completos de las investigaciones, que son propiedad del gobierno federal, no de Nexos.

Los estudios a los que aluden los documentos de El Universal, filtrados por una fuente impublicable, son todo lo contrario de esa fuente. Son trabajos de origen cierto, propósitos claros y abiertos al público para su consulta. Es un hecho que los realizadores de los estudios cobraron por ellos a través de la revista que yo dirigía entonces. Es también un hecho, comprobable en libros, revistas y archivos, que los trabajos fueron terminados a conciencia.

Es también un hecho que son trabajos realizados con absoluto apego a la legalidad y a las prácticas habituales, legítimas en la prestación de cualquier tipo de servicios profesionales o empresariales.

Presentar estas cuentas como un indicio de irregularidad es una forma de acoso al funcionamiento normal de una empresa. El Universal podría entender esto si ocurriera una filtración a otro medio de los cheques y las facturas que por servicios legítimos El Universal ha prestado a la Presidencia de la República o a cualquier otra instancia gubernamental o privada.

Es también un acoso a la intimidad y al ámbito de las relaciones personales del director de una empresa, como si no fuera lícito tener relaciones comerciales con gente con la que se tiene cercanía y confianza. Cercanía y confianza que tenía también, por cierto, y muy lealmente, sin demérito de su independencia, Juan Francisco Ealy Ortiz, Presidente y Director General de El Universal, con el ex presidente Carlos Salinas, en cuya mesa coincidimos, junto con el gran columnista Francisco Cárdenas Cruz, el 1 de diciembre de 1994, día en que Salinas dejó la presidencia y convocó a un ágape cordial a sus amigos.

Adjunto a este comentario ejemplares originales del libro y las revistas que prueban la realización completa y la alta calidad de los trabajos que la revista que entonces yo dirigía contrató con el entonces titular de la Presidencia de la República. Una de la buenas cosas involuntarias que me han sucedido en este episodio de perfiles turbios, es haber regresado a la lectura de aquellos trabajos. Me han sorprendido su calidad y su vigencia. Lo mismo le pasará, creo, a todo el que los visite de buena fe. Invito a El Universal a reproducirlos, completa o parcialmente, resumidos o en fragmentos, para que juzguen sus lectores. Por mi parte, me siento orgulloso de haber acompañado esos estudios como responsable de la revista que dirigía entonces.

Respecto a las fotocopias que aluden a mi relación personal con el entonces presidente Salinas, puedo decir lo siguiente: no oculté nunca mi amistad con Salinas ni mi acuerdo con su proyecto de modernización de México, el cual, creo, sobrevivirá a sus errores n

Héctor Aguilar Camín Escritor. México. La ceniza y la semilla es su más reciente libro.

Matisse: “El estudio rojo”

MATISSE: “EL ESTUDIO ROJO”

POR W. D. SNODGRASS

W. D. Snodgrass es una pieza fundamental de la poesía norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. A su libro Heart’ Needle le debemos la aparición de la llamada ‘poesía confesional”. que adoptaron poetas como Robe/1 Lowelly Sylvia Plath. De W. D. Snodgrass publicamos “Mi padre. Un sketch autobiográfico ” en nuestro número de diciembre de 2000.

No hay nadie aquí.

Pero los objetos: son reales. No es como si él

Se hubiera quitado o se hubiera ido a otra parte:

No hay otro cuarto y no hay

Regreso. Tu pie o tu dedo podrían

Atravesar esto, como en un agua sin reflejos,

Roja con la arcilla, o como dentro del fuego.

Aún asi: los objetos: son reales. Es como si él

Se hubiera quedado inmóvil

En el centro escueto de este piso,

Su mente vuelta hacia una furia concentrada.

Hasta que él se hundió

Como una gran bestia se hunde en las arenas, Lentamente, sin mirar hacia arriba.

Su propio cuarto se lo bebió. Qué más podría generar

Esta terracota rabiosa que atraviesa el piso y las paredes,

Que atraviesa las cómodas, las sillas, la mesa y el reloj,

Hasta que todos los ámbitos de vida Son transformados en energía:

Cruda, definitiva y alegre.

Y  así dio nacimiento a objetos que son reales.

 Con qué lentitud tomaron forma, sus hijos, aquí, Cómo crecieron con solidez y cómo permanecen:

 Las crayolas; esas estatuas; el claro jarrón;

El cenicero donde duerme una muchacha, acurrucándose entre las flores;

Este esbelto frasco de vidrio, verde, de donde brota una parra

Y  cuyas ramas rodean a la otra muchacha parda como una rodilla de ciprés.

Y  luego, las pinturas, surgiendo sobre las paredes: Bañistas, un paisaje; naturaleza muerta con florero;

A la izquierda, una rubia dorada, tendida en magentas con flores dispersas como estrellas;

En el lado opuesto, arriba a la derecha, estas mujeres de terracota,

vivas y en un mundoen que se viven los colores;

Y  enmedio, pero con el anhelo de ir hacia ellos, el marino sobre su silla roja-café,

él de azul oscuro, ensimismado. Estos permanecen, exactos, Dentro del vientre de estas paredes que arden,

Que deben zumbar como la abombada malla eléctrica Bajo la cual, en la feria,

los coches chocadores topan y se dan la vuelta,

Y  hacia la cual, en busca de fuerza, extienden sus varas de hierro:

Como las paredes celestiales de llamas que los viejos magos pudieron ver;

O aquellas etéreas nubes de energía

De donde se forman las constelaciones, Dentro de cuyo amor ellas giran.

 Aquí siguen, reales y últimas. Pero no hay nadie aquí.

—Traducción de Luis Miguel Aguilar

Liderazgo político y reforma económica

LIDERAZGO POLÍTICO Y REFORMA ECONÓMICA

POR JUAN E. PARDINAS

Desde de la mitad de los ochenta, los gobiernos mexicanos emprendieron una serie de reformas que buscaban la apertura comercial y el saneamiento de las finanzas públicas. El provecto se quedó a mitad del camino. Uno de los retos del nuevo gobierno es llevar a buen puerto estas reformas. Como dice Juan E. Pardinas en este ensayo, no puede haber democracia sin un crecimiento económico que ofrezca certidumbres.

Desde mediados de la década de los ochenta, México inició un programa de reformas que buscaba abrir la economía al comercio exterior, sanear las finanzas públicas y alcanzar equilibrios macroeconómicos. A pesar de que los cambios tenían una clara vertiente económica, también contaban con un objetivo político, como lo explica Luis Rubio:

Al lanzar las reformas económicas, los gobiernos de De la Madrid y Salinas tomaron un riesgo atrevido, si bien calculado. Su propósito inmediato había sido resolver la problemática económica para evitar el colapso de la estructura política tradicional. Calculaban o percibían que al colapso económico le seguiría otro en el sistema político. Mantener el statu quo implicaba, por tanto, una reestructuración profunda de la economía. Desde este punto de vista, las reformas económicas fueron profundamente políticas en su naturaleza.1

Este proceso de cambios constituyó la primera generación de reformas a la economía mexicana.2 Si se observa el comportamiento de la inflación o el crecimiento exponencial de las exportaciones en el último lustro, es evidente que las reformas trajeron beneficios para México. Las medidas acarrearon importantes costos sociales en el corto y mediano plazos, mientras que sus dividendos comenzaron a ser evidentes hasta años después de que ocurrieron las primeras transformaciones en la economía. Este desfase temporal entre la puesta en práctica del ajuste y la cosecha de sus primeros frutos, tiene consecuencias directas sobre la percepción social de la reforma económica, ya que la población relaciona a ésta con sus sacrificios iniciales y no con las ventajas de largo plazo.

El principal problema de la economía mexicana en el momento actual es que ese proceso de transformación de la economía se quedó a la mitad del río, sin aprovechar a plenitud las ventajas del libre mercado y sin dispersar los beneficios de la integración entre la mayoría de la población. Es necesario que se prosiga el proceso de reformas para atenuar los impactos sociales de sus antecesoras y maximizar sus beneficios. Las nuevas reformas no deben estar orientadas exclusivamente por imperativos económicos. En una etapa inicial, bajo el contexto de un dramático déficit público, el programa de privatizaciones, por citar un ejemplo, estaba encaminado a elevar los niveles de recaudación fiscal y a desembarazarse de las empresas estatales que implicaban un drenaje constante de recursos. Hoy, con una posición fiscal más sana, se pretende que los sectores bajo control estatal puedan contribuir a un desempeño competitivo de la economía. México aún tiene pendiente encarar el debate sobre la mejor manera de proveer ciertos servicios públicos. Algunos de ellos pueden ser provistos de forma más eficiente por agentes privados.

Los cambios de segunda generación deben concentrarse en desarrollar las capacidades productivas de la economía mexicana. La primera generación de reformas económicas se concentró en estabilizar la economía; ahora el reto es hacerla crecer mediante innovaciones que involucren temas diversos, que van de la formación de capital humano hasta el funcionamiento del sistema judicial. Los aumentos en la productividad de la economía son el único camino para elevar el poder de compra del salario sin poner en riesgo la estabilidad de precios. La primera etapa de reformas logró reducir el tamaño del gobierno, con el objetivo de hacerlo más eficiente y así concentrarse en tareas públicas indispensables. La nueva serie de reformas debe encaminarse a culminar este proceso con una reconstrucción de la administración pública que permita un mejor desempeño de las instituciones gubernamentales. Sin embargo, la urgencia de fortalecer la capacidad de respuesta del gobierno no puede ser pretexto para aplicar una política fiscal y monetaria poco responsable. No puede impulsarse una nueva serie de cambios en la economía olvidando el precio que pagó la sociedad mexicana por los irresponsables desequilibrios entre el ingreso y el gasto público, durante la década de los setenta y principios de los ochenta.

Las capacidades financieras del gobierno deben ampliarse para enfrentar los problemas más urgentes del país. Una reforma fiscal es necesaria para incrementar la inversión en rubros como la formación de capital humano y el combate a la pobreza. La disminución de los índices de pobreza y la recuperación de los salarios reales por la vía del incremento en la productividad son factores clave para mantener la estabilidad política. La recurrente periodicidad de las crisis económicas y los consecuentes periodos de ajuste han disminuido las facultades del gobierno para responder a las demandas sociales. Sobre este punto Moisés Naím afirma:

El poder y las capacidades de los gobiernos sufren de desventajas desproporcionadas frente al tamaño de sus responsabilidades, mientras que se acumulan las expectativas y frustraciones sociales sobre el desempeño gubernamental.3

El gobierno mexicano es un gobierno pobre con respecto al tamaño de la economía nacional. En el año 2000, el gasto público será equivalente a un 22.5% del PIB, uno de los porcentajes más bajos dentro de la OCDE. En Japón, el gasto público llega al 28.8% del PIB. mientras que en Estados Unidos esta cifra alcanza el 32.7%. En el ámbito federal, estatal o municipal, los servicios públicos en México dejan mucho que desear. Ya sea al tapar un bache, educar a un infante o garantizar la seguridad física y patrimonial de los ciudadanos, el desempeño del gobierno está aún muy lejos de satisfacer nuestras expectativas más elementales. Parte del problema es una administración ineficiente de los dineros públicos, pero la otra cara del asunto es una llana escasez de recursos. Un aumento en las capacidades del gobierno debe considerar que una carga fiscal excesiva sobre los sectores de la economía que generan mayor riqueza puede frenar el crecimiento. El fortalecimiento de las facultades fiscales tiene que mantener el equilibrio entre un gobierno con capacidad de respuesta y una economía con los recursos suficientes para impulsar el crecimiento.

Al terminar el sexenio de Carlos Salinas, los altos niveles de aprobación presidencial se reflejaban en una aceptación sobre las virtudes de las reformas económicas. Las primeras evidencias sobre las ventajas del TLCAN empezaron a mejorar la percepción de la opinión pública a favor del proyecto económico del gobierno. Los sacrificios sociales de las primeras etapas del proceso de estabilización parecían justificadas ante los visos de prosperidad que traía la asociación comercial.

Mientras la economía marchó positivamente, la percepción social sobre las reformas de primera generación fue favorable y, por lo tanto, parecía más asequible la posibilidad de llevar a cabo una nueva etapa de cambios durante el sexenio de Ernesto Zedillo. Sin embargo, el efecto tequila cambió el paisaje, de un impecable cielo azul a una de las tormentas más severas que enfrentó la economía mexicana durante el siglo XX.

A la sombra del error de diciembre y la crisis bancada que le prosiguió se sentó en el sillón de los acusados al proceso de privatización que tuvo lugar durante el sexenio de Carlos Salinas. Bajo los criterios de maximizar la recaudación para las arcas del fisco, la privatización de la banca desdeñó la importancia de tener un sistema financiero eficiente y bien capitalizado. Algo similar ocurrió con la privatización de las carreteras del país; los estudios sobre la viabilidad financiera del proyecto no resultaron acertados y al final el gobierno tuvo que inyectar fondos públicos para rescatar a la empresa concesionaria de caminos. En el caso de los bancos, el costo del rescate fue muy superior al valor de las ganancias fiscales obtenidas por su venta. La privatización telefónica también fue objeto de severas críticas. El cambio del control de la empresa telefónica del gobierno a manos privadas simplemente desarticuló un monopolio estatal para crear uno privado. La idea sobre la privatización estaba fundamentada en maximizar los ingresos fiscales, vendiendo caro las empresas, sin considerar la viabilidad y eficiencia de sectores clave para el desarrollo de la economía nacional como la banca, la telefonía y el sistema de carreteras.

Al observar los resultados de las privatizaciones durante el sexenio de Carlos Salinas, México quedó como un país donde las buenas ideas son mal aplicadas. Para amplios sectores de la opinión pública, el simple concepto de privatización carga con una connotación negativa difícil de borrar. Los errores en el proceso de privatizaciones funcionaron como un lastre político que colaboró al fracaso de las iniciativas de apertura eléctrica y petroquímica durante el sexenio de Ernesto Zedillo.

En Gran Bretaña, por ejemplo, la privatización de empresas públicas gozó de un importante apoyo popular porque amplios sectores de la sociedad obtuvieron beneficios directos de la desincorporación de empresas estatales. Margaret Thatcher fundó las bases de una “sociedad de accionistas” en la que la bursatilización de las empresas públicas y la venta de acciones a pequeños inversionistas distribuyó la propiedad entre amplios sectores de la sociedad. Al iniciar el gobierno de Thatcher en 1979, 3 millones de británicos eran dueños de acciones; para 1991, año de la renuncia de la dama de hierro, la cifra llegó a 11.5 millones de personas participantes en el mercado de valores.

A diferencia de Gran Bretaña, las percepciones públicas en México definen a la privatización como un mecanismo en el que “unos cuantos” reciben la propiedad de un activo que antes “pertenecía a todos”. La privatización no es interpretada como un mecanismo para hacer más competitiva a la economía, sino como la pérdida de un patrimonio, por la cual el gobierno obtiene dudosos beneficios.

Avanzar la agenda de la reforma económica requiere de una enorme habilidad política para lograr que los potenciales enemigos de la propuesta se conviertan en aliados del proyecto o al menos tiendan hacia una postura neutral. Para lograr esto es necesario hacer explícitas las ventajas e intentar que los grupos con capacidad de veto obtengan algún tipo de beneficio en el cambio de propiedad de la empresa. En el caso de la privatización de Telmex, el sindicato se volvió un aliado del proyecto cuando el gobierno le ofreció la compra de un porcentaje minoritario de las acciones de la empresa. A diferencia de su antecesor, Ernesto Zedillo se aisló de los principales interlocutores involucrados en el proceso de reformas e intentó hacer los cambios desde Los Pinos, sin escuchar las posiciones de las partes y cortejar sus consensos.

La falta de atención a las vertientes políticas de la reforma económica originó el fracaso del proyecto de cambios que fue presentado en el Plan Nacional de Desarrollo 1994-2000. La experiencia de ese sexenio puede ser un aprendizaje útil, una especie de manual de cómo no actuar políticamente si se pretende llevar a cabo un complejo proceso de cambios económicos.

EL triunfo de Vicente Fox transformó la estructura tradicional del sistema político mexicano. La novedad de la alternancia en la presidencia de la República ha despertado enormes expectativas sobre los cambios potenciales que depara el porvenir. Al inicio de todo gobierno, el nuevo presidente cuenta con un capital político prácticamente intacto. Sin embargo, la fuerza política con que comienza el gobierno inevitablemente sufrirá un desgaste con el ejercicio cotidiano del poder. Uno de los retos más grandes que puede enfrentar un gobierno con legitimidad democrática es la aplicación de un programa de reformas que acarrean cierto grado de conflicto político.

A diferencia de Ernesto Zedillo, Vicente Fox cuenta con el respaldo político e ideológico de su partido para llevar a cabo la estrategia de reformas. El futuro político del PAN está inevitablemente atado a la suerte del nuevo presidente por lo que será de esperarse un apoyo cohesionado de las bancadas legislativas a las propuestas que surjan de Los Pinos.

Las reglas que organizan la normatividad interna del Congreso presentan incentivos a la disciplina partidista y el voto cohesionado, ya que los coordinadores de las fracciones cuentan con el control de los recursos que permiten premiar o castigar el comportamiento de los legisladores. Asimismo, ante la imposibilidad de reelegirse, el futuro de la carrera política de los diputados y senadores depende de la buena relación de éstos con la dirigencia de sus partidos. Si se llegara a aprobar la reelección en el Congreso, los liderazgos partidistas perderían cierta supremacía sobre sus legisladores, ya que el futuro político de éstos estaría más vinculado a su desempeño frente a la mirada de los ciudadanos. La no reelección sirve como un factor de control y unidad entre legisladores del mismo partido, pero limita la posibilidad de que el Ejecutivo pueda negociar sus propuestas de manera individual con cada senador o diputado.

El equipo encargado del proyecto de reforma económica debe tener una agenda secuencial de cambios de tal manera que se pueda administrar el capital político del gobierno y evitar que se acumulen los conflictos. Una vez que se tenga claro el proceso secuencial de reformas, deben forjarse alianzas políticas y coaliciones legislativas que acompañen el ciclo de reformas. La temporalidad de las reformas y su relación con los calendarios electorales serán consideraciones relevantes para las dinámicas de negociación política.

Con un Congreso fragmentado, las propuestas de reforma deberán ser flexibles para facilitar la formación de coaliciones legislativas. La nueva etapa de cambios enfrentara una importante oposición desde el flanco izquierdo del espectro político mexicano. En varios países de América Latina y Europa, los propios partidos de izquierda entendieron la necesidad de reformar la economía y asumieron como propios los preceptos que de ella se derivan. Sin embargo, el régimen de partidos en México no cuenta aún con una alternativa de izquierda moderna, y menos ideológica, que retome las banderas de la transformación económica. La oposición política al gobierno puede funcionar no sólo como veto al proyecto de reformas, sino que verá en el malestar de los actores sociales una oportunidad de provecho en las urnas. Una coalición política anti-reformas será la plataforma de coaliciones electorales contra el partido en el gobierno.

Los beneficios que genera la reforma se difuminan en amplios sectores de la población por lo que no existen ganadores claros; en cambio, los grupos perdedores son fácilmente identificables y tienen mayor capacidad de movilización política. El ejemplo más nítido de este proceso es la liberalización comercial, donde era prácticamente imposible organizar a los millones de consumidores que serían los principales beneficiarios de la apertura comercial. En cambio, los empresarios que se oponían a la apertura y los sindicatos contaban con métodos muy evidentes para ejercer presiones en contra de la iniciativa. La fácil identificación de los grupos perjudicados permite la formación de coaliciones en contra de la reforma.

El discurso del líder promotor de la reforma se debe basar en la dicotomía entre dos futuros alternativos: un primer escenario que se deriva de la inmovilidad política, que tiende a generar resultados inciertos y decrecientes para la economía, y un horizonte de posibilidades que se abre con la ejecución de las reformas económicas. La primera fase de cambios en la economía provocó una mayor concentración de la riqueza y un aumento en las disparidades del ingreso; ambos fenómenos generaron el “consenso negativo” de que fallaron las transformaciones en la economía. El nuevo consenso debe partir no de que las reformas han fracasado, sino de que sus beneficios están mal aprovechados. El consenso positivo se debe basar en generar una visión de la sociedad a la que es posible acceder, si se llevan a cabo las reformas.*

En las circunstancias actuales será necesario convencer sobre la necesidad de las reformas a pesar de que la economía marcha a buen ritmo y no se asoman los síntomas de una crisis transexenal. Resulta mucho más fácil apresurar un consenso sobre la urgencia de ejecutar cambios en el contexto de una debacle financiera que ante una etapa de aparente estabilidad. En la primera fase de reformas a la economía mexicana, la evidencia de que el rumbo era insostenible le brindó una legitimidad irrefutable al proceso de reformas. La peligrosa tendencia del déficit fiscal y el endeudamiento externo facilitaron las tareas de la desincorporación de empresas, la reducción del gasto público y la promoción de la apertura al exterior.

No es frecuente que un gobierno esté dispuesto a enfrentar los conflictos políticos que conllevan las modificaciones profundas a la economía, si no existen peligros evidentes en caso de no hacer cambios. En 1982, el gobierno del presidente francés François Miterrand se enfrentaba a un crecimiento acelerado en el déficit de las finanzas públicas que podría poner a la economía de su país al borde de una crisis fiscal. Antes de que la situación empeorara, el gobierno socialista decidió dar un giro importante a su política de gasto e inició un recorte de subsidios, a pesar de que la población no reparaba en la urgencia de dichos cambios. Esta virtud de adelantarse a los acontecimientos y girar a tiempo el timón permitió que Miterrand se reeligiera en 1988. Más allá del contexto en que se encuentre la economía, los eventuales problemas para avanzar una agenda de cambios se reducen en la medida en que la opinión pública “interiorice” la necesidad de las reformas. En este sentido son muy relevantes las herramientas simbólicas y de comunicación que utilice el gobierno para promover el consenso social a favor de la reforma.

Durante el verano del año 2000, la mayoría republicana en el Congreso de Estados Unidos aprobó una reducción de impuestos que a juicio del gobierno federal ponía en riesgo la balanza fiscal. En plena campaña electoral, los republicanos buscaron anotarse un punto frente a los votantes al promover una reducción en la carga tributaria. El presidente Bill Clinton decidió vetar la decisión del Congreso en aras de mantener la estabilidad presupuestal. En la conferencia de prensa donde anunció su veto a la iniciativa republicana, Clinton invitó a un grupo de bomberos que en esa época se encontraban luchando contra una epidemia de incendios forestales en el centro de Estados Unidos. Los apaga-fuegos hablaron de la importancia del apoyo de recursos federales para poder realizar su heroico trabajo. El mensaje simbólico de Clinton era que una rebaja en los impuestos pondría en riesgo varios programas de gobierno como el sistema de prevención y combate de incendios. Clinton explicó que gracias a las aportaciones de los contribuyentes estadunidenses, los bomberos habían podido proteger la vida y la propiedad de sus conciudadanos. Al final del día, la iniciativa de los republicanos estaba archivada en el olvido y Clinton había elevado sus niveles de aceptación. Se requiere de un manejo muy sofisticado de la comunicación política para que un presidente se oponga a una reducción de impuestos y aun así mejore los márgenes de aprobación. Más que una anécdota frívola sobre el manejo de los medios de comunicación, la experiencia de Clinton demuestra la importancia de transmitir con claridad las razones de una decisión impopular. Sin embargo, no existen recetas infalibles para convencer a los actores políticos; forjar un consenso sobre la reforma económica implica poner de acuerdo a la sociedad sobre la mejor manera de alcanzar la prosperidad.

El trabajo de convencimiento para persuadir a la opinión pública sobre la urgencia de impulsar el segundo ciclo de reformas requiere de una estrategia política mucho más sofisticada que en los cambios de primera generación. Los beneficios de metas como el control de la inflación son más concretos y fáciles de vender que el equilibrio entre los ingresos y los gastos del gobierno. Moisés Naím señala que por la complejidad de las nuevas reformas no existe un soporte teórico tan evidente como para la primera generación de cambios. Existe más evidencia empírica para demostrar la conveniencia de impulsar la apertura comercial de una economía cerrada que explicar las ventajas de un servicio civil de carrera en la administración pública o de una reforma judicial.

Vicente Fox enfrentará diversos obstáculos si decide hacer efectivo su mandato por el cambio. El alto nivel de expectativas sobre las posibilidades de su gobierno es hoy una fuente de capital político. Pero si los resultados y el desempeño no se ajustan a las expectativas, el apoyo puede tornarse en frustración y voto de castigo. En un incipiente régimen democrático la ineficacia del gobierno deriva en una pérdida de confianza en los partidos políticos como mecanismos de intermediación.

A mediados de los ochenta, la primera secuencia de reformas económicas estuvo motivada en buena parte por la necesidad de preservar el orden político establecido. Ahora el objetivo tampoco es distinto. La construcción de coincidencias entre el gobierno y la oposición. el entendimiento entre diversos actores políticos no sólo haría viable la puesta en marcha de las reformas económicas, sino demostraría la viabilidad práctica de la democracia multipartidista. Un eventual éxito de las reformas, reflejado en un desempeño económico positivo, ayudará a consolidar el sistema democrático que tanto esfuerzo costó construir. El crecimiento económico acelerado y sostenido será el mejor cimiento para mantener la certidumbre de los ciudadanos en las virtudes de la democracia.  n

Juan E. Pardinas Investigador del Centro de Investigación para el Desarrollo. A. C.

1 Luis Rubio: “El TLC en el desarrollo de México”, en Tres Ensayos. Fobaproa, privatización y TLC. Cal y Arena, México 1999, p. 125.

2 Un estudio comprensivo sobre la mecánica de este proceso aparece en Carlos Elizondo y Blanca Heredia: “La instrumentación política de la reforma económica: México 1985-1999″, en Zona Abierta 90/ 91. Madrid, 2000.

3 Moiscs Naím: “Latin America: The Second Stage of Reform”, en The Journal of Democracy, octubre de 1994, pp. 32-48.

4 Joan M. Nelson: “Linkages Between Politics and Economics”, en The Journal of Democracy, octubre de 1994. p. 155.

Una alma helada

UN ALMA HELADA

POR AURELIO ASIAIN

La crítica literaria en México sólo se ha interesado en los aspectos testimoniales de la obra de Luis González de Alba. Cielo de invierno no escapa a esa intención. Aurelio Asiain ensaya otra estrategia, la del lado de la ficción literaria, r consigue traer esta novela de vuelta a sus lectores. Sus páginas, originalmente leídas en voz alta, celebran esa unión del estilo y el temple moral que acompañan siempre a Luis González de Alba.

Ante todo, una advertencia: tengo pocas credenciales para hablar de la novela de Luis González de Alba. Lo que me interesa, como lector profesional y como escritor, es sobre todo la poesía. Las novelas son para mí una forma de entretenimiento, algo que se lee entre las sábanas, o mientras se viaja en tren, o tendido en la arena de una playa. Quiero decir que, mientras sigo las peripecias de los protagonistas y el desarrollo de la trama, no reparo en las estrategias narrativas y, en general, en la técnica del escritor. Entro en una novela como quien se sienta en un cine. Pero me gustó mucho la novela de Luis, un personaje al que además admiro como figura moral y por el que siento una enorme simpatía.

Luis González de Alba es, en el mapa general de la literatura mexicana, lo que Rubén Darío hubiera llamado un raro. Quizá no esté de más recordar que el padre del modernismo hispanoamericano usó el término para describir a una serie de escritores en algún sentido extraños, excéntricos, extravagantes, a veces por su vida y, en general, por su situación ante la tradición literaria central de Occidente. Eran autores que, marginales en ese tronco común, para Darío significaban una especie de faro en la literatura de fines del siglo XIX; autores como el Marqués de Sade y el Conde de Lautréamont, ahora centrales para nosotros, pero en aquella época desconocidos, extraños y a los que incluso se consideraba subversivos, es decir peligrosos. Desde luego. Luis González de Alba no es un desconocido; tampoco es un personaje tenebroso (aunque quizás a algunos así les parezca). Y sin embargo, es un raro; lo es porque ha entrado a la literatura por una puerta lateral, y ello ha impedido que los profesionales lo tomen debidamente en cuenta y sepan situarlo. No saben muy bien qué hacer con él.

Un ejemplo de lo anterior es el primer libro de Luis. Los días y los años. Un lugar común de la crítica mexicana afirma que en nuestro país no se ha escrito todavía la novela del 68, un tema que parece seguir pendiente para ellos. Lo curioso del asunto es que ese primer libro de Luis es una novela, escrita en la cárcel de Lecumberri en los meses siguientes a la matanza de Tlatelolco, por uno de los dirigentes más notorios del movimiento. Es la memoria inmediata de los acontecimientos, una historia colectiva narrada por un sobreviviente. La razón por la que, sin embargo, sigue diciéndose que no hay todavía una novela del 68 es más o menos evidente: el libro es una novela pero adopta la forma de una crónica. El autor, además, corría la paradójica fortuna de estar en prisión y cuando salió de ella fue, en calidad de refugiado político, a Santiago de Chile. Por todo lo cual Los días y los años salió a la calle sin compañía y sin haber sido debidamente presentado en sociedad. Desde entonces, el juicio de los críticos sobre la literatura de Luis González de Alba ha sufrido la misma “falla de origen”, como dicen los locutores de televisión. No terminan de considerarlo un escritor, en parte por la naturaleza de sus obras y en buena parte también, hay que decirlo, por culpa del afectado. Hay en él una visión de la literatura que no es típica de un literato. Uno de sus poemas más recientes es una parodia de uno muy conocido de José Emilio Pacheco que comienza diciendo: “No amo a mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible”. El de Luis dice: “No amo la literatura,/ su fulgor pedante/ es insoportable”. Pero, curiosamente, quien escribe esto último es un señor que ha publicado cinco novelas y varios libros de poesía, ensayo y divulgación científica. No es que niegue su condición de escritor; lo que afirma es que no tiene la superstición de la literatura; que le gustan, e incluso le son indispensables, ciertas obras literarias, por cuestiones vitales, pero que la “religión del arte” y esas cosas le parecen paparruchas. Posición sensata si las hay, pero que ha ocasionado, por un lado, que la crítica no sepa qué hacer con su autor y, por el otro lado, que él se mantenga alejado del mundillo literario. Participa en el mundo editorial, desde luego; participa también, y con fortuna, en el periodismo; pero no se lo ve como un escritor.

Al hablar de los poetas mexicanos, no suele tenérsele en cuenta. En nombre de un supuesto valor testimonial, se desdeña la condición literaria de sus libros. Pensemos, por ejemplo, en Malas compañías. Se trata de una colección de poemas no sólo muy bien construidos, sino que representan una tradición poética cuyo desarrollo ha sido menos vigoroso entre nosotros que en otros países; que proviene de la tradición inglesa (de Browning, de Eliot, de Auden); que en Grecia representa Kavafis, y que en España, donde la aclimató Luis Cernuda, tuvo a fines del franquismo tres o cuatro poetas muy notables, entre ellos Jaime Gil de Biedma. Me refiero a eso que se llama poesía de la experiencia, y no es casual que la mayor parte de los poetas que he mencionado sean homosexuales, pues el eje de esta poesía es la problematización de la experiencia moral. Pero no estamos en Inglaterra ni en Grecia sino en México, y como Malas compañías está conformado casi totalmente por poemas de amor homosexuales, al libro le ha ocurrido más o menos lo mismo que a Los días y los años. La crítica ha visto esos poemas como expresión de cierta sexualidad contemporánea problemática, pero no como poemas en sí mismos. Mala cosa, porque vale la pena leerlos como lo que son: poemas bien hechos, con buen oficio poético.

Otro ejemplo está en la novela recientemente reeditada por la editorial Cal y Arena: Y sigo siendo sola. Es un relato desternillante. Pero además es una novela que prefigura, e incluso parodia de manera anticipada, ciertos desarrollos de la narrativa de Carlos Fuentes; que anuncia la única novela de Guillermo Sheridan. Se trata de una narrativa de orden crítico, en esa vertiente literaria que Sergio Pitol, siguiendo a Mijail Bajtin, llamaría carnavalesca. El relato busca subvertir los valores patrios, ofreciendo una visión de la historia de México, desde el águila y la serpiente hasta nuestros días, en un relato cuyo personaje central va metamorfoseándose, adoptando formas caricaturescas y más bien esperpénticas. Pero esta novela tampoco aparece en los mapas literarios que suelen hacer los críticos cada fin de año y de sexenio. Y ese carácter escurridizo a las jerarquías críticas establecidas que tiene la obra de Luis me simpatiza mucho.

Me temo que con esta nueva novela. Cielo de invierno, va a ocurrir un poco lo mismo: será considerada sobre todo por su valor testimonial. Es decir, se la juzgará como mera derivación de la actividad pública de un hombre con posiciones políticas claras y opiniones sobre lo humano y lo divino muy definidas, un ensayista que gusta de polemizar. Cuando apareció la novela, leí una entrevista larga con Luis González de Alba en el periódico Milenio; en la introducción, el entrevistador decía que Cielo de invierno desde luego iba a escandalizar a los lectores. Sin embargo, mi experiencia de lectura es absolutamente contraria al escándalo. Cielo de invierno me interesó por su clima y por su construcción.

Cuando escuché por primera vez el título, antes de que la novela estuviera publicada, le dije a Luis que sonaba a “Palacio de invierno”, lo cual seguramente venía de su pasado izquierdista. Me equivoqué: la revolución rusa no tiene nada que ver aquí y el título es hermoso y preciso. Obviamente, se trata de una referencia metafórica: el invierno es la estación final, la estación del frío y de la muerte. Pero es también la estación de la transparencia: los cielos de invierno son transparentes y en la novela hay todo el tiempo un clima de final, un clima helado, y a la vez una mirada de lucidez. Cielo de invierno es una novela sin sobresaltos, sin escándalos, que relata una historia no desesperada, sino que transcurre más allá de la desesperación: es una historia de amor contada cuando ya pasó la desesperación. El personaje narrador, que está escribiendo a su vez una novela, encuentra justamente esa impasibilidad del fin; la suya es una novela del encuentro con el vacío, en la que las emociones están contadas, pero no sentidas o no transmitidas, en una especie de vacío emocional.

También hay una especie de vacío en el relato mismo. El narrador hace un viaje a Grecia, lo cual vuelve simbólicas sus fuentes; lleva al viaje diarios y cartas, papeles de amor, y trata de reconstruir, ya no tanto la historia de ese amor, sino el sentido de aquella historia. Por momentos, sin embargo, parece que la historia que trata de desenredar o carece de sentido o tiene sentidos ambiguos y contradictorios. Es un vacío interior. Pero más adelante nos encontramos con que hay otro vacío, al que el narrador alude de forma irónica pero cuya presencia no es descabellado considerar central: es, en términos del budismo zen, el vacío de la sabiduría final y la iluminación; en términos cristianos, el vacío de la paz de los espíritus. (En esto, por cierto, Cielo de invierno se emparienta con las dos últimas novelas de Severo Sarduy, que tratan del mismo tema: hay un narrador que está muy enfermo, evidentemente de sida, aunque creo que la palabra no se menciona en la novela de González de Alba.)

Pero lo más interesante de la novela es la manera como está construida la trama. Consiste de diversos tiempos entrelazados, de distintos tiempos narrativos y de distintos tipos de experiencia, que corren a diversas temperaturas. Un primer tiempo (o tempo, como se dice en música) sería el tiempo helado. Es lo que en química se llama el punto álgido. Actualmente se usa mucho esa expresión con el sentido de punto de efervescencia. Pero el punto álgido es un término químico: significa el punto más frío. Y ese punto álgido, en Cielo de invierno, es el tiempo del reloj. Hay un personaje que está narrando su vida, y que todos los días tiene que tomar una pastilla determinada a las ocho de la mañana, y a las ocho y cuarto tomar otras dos pastillas, y justo antes del desayuno tomar unas cápsulas, y a tal hora desayunar tal cosa y no tal otra: a tal otra comer esto y no aquello. Debe bañarse con el agua a una temperatura determinada, etc. Es una disciplina muy estricta narrada con cierta frialdad. No hay ninguna referencia, al contar toda esta mecánica mental, mecánica de enfermedad, a una enfermedad. No es sino una cuenta ante el minutero, un tic tac que no significa nada: pastilla, pastilla, pastilla, tac, tac, tac; no hay ningún relato, es como la marca del tiempo. Sabemos que ese tiempo marcado es un tiempo que corre hacia el final.

Otro tiempo es el de la trama que forman los acontecimientos cotidianos. Son por un lado los de las costumbres del personaje: bañarse, comprar ropa, tomarse un café en una plaza; pero también hay otros, que ritma otro tipo de reloj: los trámites para obtener un pasaporte, una visa, cambiar moneda. Esos pequeños papeleos de la burocracia que el viajero debe enfrentar son una especie de reloj más o menos ominoso. Por momentos uno esperaría una crónica de desastres cotidianos, y no es así: también en esa historia paralela todo transcurre con cierta ligereza. Por detrás del relato hay un tiempo cotidiano que también es lúdico, pero distante: es el tiempo del personaje que está sentado en la terraza, viendo pasar unos barcos, viendo pasar autos, reconociendo a un viejo antes visto, al empleado de un bar hablando con la gente al cruzarse con ella en el hotel. Es una persona que vive su vida únicamente desde la mirada, como un curioso voyeur desapegado, que ve su propia vida a distancia, con una enorme contención, como si todo pasara detrás de una pantalla.

Hay, finalmente, otro tiempo, que es el pretexto de la novela: el tiempo del relato que el narrador está escribiendo. Pues, además de contarnos toda esta serie de cosas, está contándonos que va a contar una historia, para lo cual lee diarios, cartas, compara recuerdos, etcétera. Lo importante de ese relato fragmentario es que sirve de apoyo, o más bien de suelo con arena movediza, a los demás relatos. Trata de aventuras sexuales, de encuentros y desencuentros amorosos, incluso de desenfrenos. Pero sobre todo trata de la esencia de la virilidad. Este es el relato que podría ser, digamos, el relato caliente de la novela, su zona tórrida. Pero ese relato se le deshace todo el tiempo al personaje narrador. y nunca sabemos exactamente cuál es el sentido de esa novela en la novela, por qué unos personajes actúan de esta manera u otra; por qué unos merecieron una suerte u otra; por qué unos respondieron así y no de forma distinta. Se diría que este relato, que parece írsele de las manos al personaje, parece estar permanentemente conspirando contra los otros relatos. Y, sin embargo, lo admirable en Cielo de invierno es que ese tic-tac de la disciplina, del método, de la pastillita, del pequeño acto en apariencia insignificante o vacío, sí llega hasta el final. En efecto, la novela está describiendo con absoluta impasibilidad un cielo de invierno, en el que nunca truena, nunca cae una tormenta, y sin embargo sabemos que al voltear habremos de contemplar un paisaje absolutamente arruinado.

En esa impasibilidad está la profundidad de la novela, como en el fondo de un pozo al que bajamos por las cuerdas en que se trenzan los distintos tiempos narrativos y las distintas temperaturas de la experiencia. Ese entrelazamiento, hecho con verdadera maestría, es testimonio no sólo de oficio narrativo, sino de sabiduría moral. A mí me gustaría que algún crítico se olvidara de la parte testimonial de la novela, dejara por un momento de lado que los asuntos son amores homosexuales, se fijara en la magnífica construcción y nos mostrara cómo el estilo corresponde a un temple moral. Sólo así se le haría la justicia que yo no le he hecho a Cielo de invierno, una novela tan admirable como escalofriante, un relato límpido y duro, frío y puro, como un alma de hielo.  n

Aurelio Asiain. Escritor. Director de la revista Paréntesis.

La balada de Amado Carrillo

LA BALADA DE AMADO CARRILLO

POR HÉCTOR DE MAULEÓN

Vivir del narco, vivir como narco, eran las únicas cosas que sabía hacer Amado Carrillo. Es la certeza que nos queda después de leer estas páginas intensas que nos muestran los usos y las costumbres de uno de los mitos del narcotráfico en México. Amado Carrillo aparece aquí como lo que fue: el “jefe de jefes”, el Señor que compraba y disponía de voluntades y vidas ajenas.

En junio de 1997, después de poner punto final a sus obras completas, el joyero Tomás Colsa McGregor renunció a la condición de testigo protegido de la PGR y se perdió entre una multitud que recorría el Paseo de la Reforma. Ignoraba que acababa de firmar su sentencia de muerte: dos semanas más tarde fue localizado y ejecutado en la ciudad de México. Sus obras completas eran, en realidad, una larga de serie de declaraciones ministeriales que involucraban a varios políticos en el narcotráfico y revelaban el organigrama del cártel de Juárez, la organización criminal más poderosa del país, luego de la detención en 1996 de Juan García Abrego.

El cadáver de Colsa presentaba las huellas de dos días de tortura indecible: el “sello de la muerte” que la organización comandada por Amado Carrillo solía dejar en sus víctimas. Su ejecución había sido tan brutal, tan sádicamente minuciosa, que de acuerdo con fuentes de la DEA debió ser realizada por un sicario apodado El Manotas, “un enfermo mental que trabajó en el Instituto Nacional para el Combate a las Drogas, que suele ser llamado para hacer el trabajo sucio de los narcotraficantes, y que estrangula a sus víctimas con una bolsa de plástico y un alambre acerado que se desenrolla de un tubo de metal, con el cual corta la sangre y la respiración, y causa síncope nervioso, muchas veces degollando la tráquea”.

Figura secreta en la historia del tráfico de drogas, Colsa había sido un artífice del art narcó, esa estética de relumbrón que caracteriza tanto a policías como a narcotraficantes. De hecho, dominaba el arte de la joyería con tal virtuosismo, que “incluso alcanzó el grado de doctor en esa materia”. Al local que a finales de los años setenta montó en la ciudad de Guadalajara no asistían más que políticos, policías y empresarios, “las únicas personas con suficiente dinero para comprar este tipo de joyas”.

En 1982, sin embargo, su bolsa de trabajo se amplió. Sucedió la tarde en que un sujeto que se hacía llamar Sergio Sánchez Ramos atravesó las puertas de la joyería y encargó la confección de varias piezas, por las que pagó entre doscientos mil y trescientos mil dólares. Sánchez Ramos se llamaba en realidad Gabino Uzueta Zamora y era uno de los jefes más conspicuos del narcotráfico en Jalisco. Le decían El Pico Chulo, pues dominaba como pocos el arte de la conversación. La relación comercial que durante los tres años siguientes entabló con Colsa, terminó por convertirlos en compadres.

Cuando El Pico Chulo fue asesinado en 1985, durante un enfrentamiento con el ejército, Colsa había presenciado varios desembarcos de cocaína realizados en Cancún. y participado en fiestas amenizadas por la banda El Recodo, “que duraban hasta cuatro días”, y a las que asistían los capos principales del tráfico de drogas en México. Su agenda comercial se amplió con una extensa nómina de clientes distinguidos. Narcotraficantes como Manuel Salcido, Rafael Caro Quintero. Pedro Lupercio Serratos y Rafael Aguilar Guajardo, y jefes policiacos como Guillermo González Calderoni, Miguel Silva Caballero y Fernando Ramírez, entre otros.

En 1986, un comandante de la Policía Federal de Caminos, Fernando Ramírez, lo presentó con un hombre que se dijo interesado en adquirir varios lotes de joyas. Se llamaba Amado Carrillo. Y no estaba tan interesado en las joyas: quería, en realidad, contactar a los jefes policiacos con los que Colsa tenía tratos comerciales, “quería que le brindaran protección en el tráfico de drogas”.

Amado Carrillo tenía entonces 32 años de edad y una larga experiencia en el narcotráfico. Solía bromear sobre su nacimiento: “A mí me cortaron el ombligo de un balazo y todavía me huele a pólvora”. Lo cual era cierto: según la biografía realizada por José Alfredo Andrade Bojórges (La historia secreta del narco. Desde Navolato vengo, Oceáno. 1999), el encargado de apadrinar el bautizo de Amado Carrillo —celebrado en Guamuchilito, Sinaloa, en 1954— había sido nada menos que su tío, Ernesto Fonseca Carrillo, Don Neto, quien amenizó el festejo lanzando ráfagas de metralleta al aire “y haciendo que un cantante tocara la canción Bala perdida’ en medio de balazos”.

Cuando Colsa vio por primera vez al capo, la Operación Cóndor había desterrado a los grandes narcotraficantes de Sinaloa, empujándolos a la constitución del cártel de Guadalajara, cuyo titular indiscutible, a la sazón, era Miguel Angel Félix Gallardo. Amado Carrillo figuraba entre las trece cabezas regionales que dirigían la organización, y empezaba a poseer un poder semejante al que tuvieron Rafael Caro Quintero, Manuel Salcido Uzueta, Pablo Acosta Villarreal y Juan José Esparragoza.

El joyero quedó impresionado con el nuevo cliente: le entregó sin dudar los secretos de su agenda, e incluso organizó reuniones a las que asistieron los comandantes Guillermo González Calderoni y Raúl Fuentes, entre otros. De ese modo pudo atestiguar “cómo todos estuvieron de acuerdo en brindarle protección a Amado Carrillo a cambio de recibir cantidades de entre cien a quinientos mil dólares, dependiendo de la cantidad de droga que se lograra pasar”. Las reuniones se prolongaron durante varias semanas. Ninguno de los convocados podía imaginar lo que el capo sinaloense sería capaz de lograr durante los diez años siguientes.

En 1986, sin embargo, muchas cosas habían cambiado para los jefes del cártel. El asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena, ocurrido un año antes, había desatado intensas presiones de parte del gobierno norteamericano. Miguel Angel Félix Gallardo entendió entonces “que alguien tenía que comerse esa podredumbre”, que era necesario realizar una sangría dentro del cártel, y decidió preparar las condiciones para entregar a los gringos una pieza clave: Rafael Caro Quintero, que ocupaba el tercer sitio en la organización.

Lo que Félix Gallardo ignoraba era que ni el escándalo que rodeó la captura de Caro, ni las cinco mil toneladas de marihuana que fueron decomisadas en el rancho El Búfalo, bastarían para poner fin a sus problemas. Un hecho fortuito —desatado cuando la policía descubrió un puñado de armas a través de las ventanas de un inmueble en Puerto Vallarta— provocó ese mismo año la detención de Ernesto Fonseca Carrillo, Don Neto, considerado el número dos del cártel. Por si fuera poco, doscientos agentes federales encabezados por Guillermo González Calderoni ametrallaron un año más tarde, en un rancho de Ojinaga, a Pablo Acosta Villarreal. Aunque parecía que el cártel había quedado deshecho, las circunstancias estaban beneficiando secretamente a una sola persona. Amado Carrillo lo entendió de inmediato. Adoptó el alias de Juan Carlos Barrón Ortiz, constituyó la empresa Taxi Aéreo del Centro Norte —que operaba en Torreón— y adquirió cinco aviones Lear Jet y Cessna con los que, para empezar, introdujo por su cuenta cuatro toneladas de cocaína en los Estados Unidos.

Fue precisamente entonces cuando Colsa lo conoció. Mucho tiempo después, al rendir su declaración ministerial, el joyero recordó la tarde en que se vio obligado, por primera vez, a solicitar la ayuda del narcotraficante. Era el 25 de marzo de 1986. Colsa se encontraba en su casa de Guadalajara, acompañado por Javier García Morales —hijo del político Javier García Paniagua—. De pronto recibió un telefonazo de un capitán del ejército apellidado Vega, quien “le manifestó que se salieran de su domicilio inmediatamente, ya que los iban a matar elementos del Ejército”.

—Tras la muerte de mi compadre El Pico Chulo, Pedro Lupercio Serratos quedó al frente de la plaza de Jalisco —explicó Colsa—. Los mandos militares, sin embargo, creyeron que el que estaba al frente de la plaza era yo, y armaron un operativo para detenerme.

El joyero introdujo cinco millones de dólares en una maleta y se trasladó a la casa que Amado Carrillo tenía en la colonia Country. Mientras el operativo hacía caer a diecinueve personas, el joven capo ponía al joyero en un automóvil “con radio y teléfono para comunicarse en momentos urgentes”, y hacía que los comandantes Fernando Ramírez y Lucio Puente lo escoltarán hasta Zacatecas. Colsa se movió por sí solo a partir de entonces. Finalmente logró abordar un avión rumbo a España, y recaló en Marbella.

“Dedicado a gastarse los cinco millones”, permaneció ahí hasta 1988. Ese año emprendió el regreso y se instaló en Cuernavaca, donde lo detuvo la policía: todavía estaba fresco “el asunto relacionado con el operativo militar”. Aunque se le acumularon cargos por delitos contra la salud en todas sus modalidades, Colsa sólo pasó diez meses en prisión. Un millón de dólares y un ejército de abogados capaces lo sacaron del penal de Puente Grande diez meses más tarde. En la calle lo estaba esperando una mala noticia: Miguel Angel Félix Gallardo, Juan José Esparragoza y Amado Carrillo acababan de ser detenidos.

En 1989, tras un tortuoso historial de ceses y nombramientos —que incluía una comandancia de brigada en la DIPD, bajo las órdenes de Francisco Sahagún Baca—, el ex policía Adrián Carrera Fuentes se convirtió en jefe de seguridad del Reclusorio Oriente. Poco después de tomar posesión de su cargo, fue invitado a un convivio que iba a celebrarse en el Reclusorio Sur, y en el que participarían internos y autoridades de la Dirección General de Centros de Readaptación. Mientras recorría las instalaciones, el jefe de seguridad del reclusorio, Víctor Manuel Patiño Esquivel, quiso presentarlo con “un agricultor muy rico que había ayudado en los gastos del convivio”. El agricultor se llamaba Amado Carrillo y estaba detenido, “al parecer”, por “un delito de portación de arma prohibida”.

Carrera cruzó sólo unas palabras con él. No volvió a recordarlo sino meses después, cuando, recién ascendido a subdirector de la Dirección General de Centros de Readaptación, tuvo que volver al Reclusorio Sur para una visita de rutina.

Entonces el agricultor muy rico logró acercarse hasta él para saludarlo y le pidió, de paso, “que no lo fueran a cambiar de celda, ya que gozaba de algunas comodidades que le eran permitidas por el jefe de seguridad. Víctor Manuel Patiño Esquivel”.

—El cambio de celda no se realizó y Amado me regaló un reloj de oro marca Rólex, de color dorado, con carátula de color negro —recordó Carrera tiempo después, cuando los beneficios del Programa de Protección a Testigos le hicieron recobrar la memoria.

No fue un Rólex, sin embargo, lo único que el funcionario se llevó a su casa al finalizar la tarde: recibió también un Piaget de oro blanco, con que el narcotraficante Miguel Angel Félix Gallardo le agradeció “el haber accedido a que el cambio de celda no se verificara”.

El cártel de Guadalajara recibía en ese tiempo el sobrenombre de cártel de la Noria (por la colonia donde fue construido el Reclusorio Sur): Félix Gallardo había caído en manos de la justicia a principios de 1989; Amado Carrillo, el 27 de junio de ese mismo año, mientras apadrinaba una boda en un rancho de Badiraguato. El encargado de su captura fue nada menos que el general José Gutiérrez Rebollo, quien le aseguró seis aviones y un arsenal de armas de alto poder. De acuerdo con Andrade Bojórquez, el hecho de que lo destinaran al Reclusorio Sur, donde se encontraba el número uno de la organización, Miguel Angel Félix Gallardo, permitió a Carrillo “estar en el centro de las decisiones” y al mismo tiempo evitar la notoriedad, cobijarse en el anonimato que propiciaba la sombra convertida del gran capo.

Esa ausencia de reflectores, así como un soborno de varios millones de dólares que, asegura Andrade Bojorges —abogado que trabajó durante años para la organización de Carrillo y fue “desaparecido” hace unos meses—, fueron a parar a los bolsillos del ex Fiscal de Hierro, Javier Coello Trejo, permitieron que Amado fuera liberado exactamente un año más tarde.

“Ni Miguel Angel Félix Gallardo ni Juan José Esparragoza podían creer lo que estaba pasando —explica Andrade—. Al salir por la puerta principal del Reclusorio Sur, el 9 de junio de 1990, Amado sabía que estaba destinado a ser el amo y señor del narcotráfico”.

Cuando sus propios sobornos le permitieron abandonar el penal de Puente Grande, el joyero Colsa realizó los trámites necesarios para entrevistarse con Amado Carrillo en el Reclusorio Sur. Después de viajar a la ciudad de México, y esperar en una habitación del Hotel Radisson a que la cita le fuera concedida, logró visitar al capo para solicitarle un nuevo favor: dinero para comprar un lote de joyería y retomar las riendas de su negocio. Carrillo estuvo de acuerdo. Le pidió que viajara a Ciudad Juárez y localizara a cierto ex comandante de la Dirección Federal de Seguridad, Rafael Aguilar Guajardo, quien habría de entregarle cien mil dólares. La relación entre El Señor de los Cielos y Aguilar Guajardo se remontaba a 1981, año en que Ernesto Fonseca Carrillo envió a su sobrino a controlar la plaza de Ojinaga, que manejaban Pablo Acosta Villarreal y el jefe policiaco que, desde la Dirección Federal de Seguridad, le brindaba protección: el propio Aguilar Guajardo. Desde entonces, aprovechando la cercanía que tenía con Fernando Gutiérrez Barrios, Aguilar Guajardo protegía las actividades que Amado Carrillo realizaba en la frontera. De acuerdo con la declaración ministerial de Colsa, el ex comandante de la DFS le entregó el dinero sin reparos.

Colsa pudo así viajar a Nueva York y adquirir un lote de joyería que más tarde revendió en trescientos mil dólares al narcotraficante Pedro Lupercio Serratos. En esos años en que los jefes principales del cártel estaban detenidos, una nueva generación de narcotraficantes se disputaba el control de las drogas. Debido a las relaciones comerciales propias de su oficio, Colsa pudo servir como puente entre ellos. Ayudó, por ejemplo, a limar la rivalidad que de tiempo atrás tenían Aguilar Guajardo y Pedro Lupercio Serratos, e incluso agendó una reunión en la que nació “una gran amistad entre ambos jefes”.

La semilla que hizo nacer el cártel de Juárez quedó sembrada durante una fiesta en la que Aguilar Guajardo bautizó al hijo de Lupercio Serratos, y a la que Amado Carrillo —libre ya por falta de méritos— llegó con una escolta formada por cuarenta hombres.

En 1992, el joyero presenció una reunión que los tres jefes del cártel celebraron en un hotel de Cancún, para esperar la llegada de cuatro toneladas de cocaína procedentes de Colombia. Según su declaración, Guillermo González Calderoni, entonces director de Intercepción Aérea de la PGR, simuló un operativo en el aeropuerto para encubrir la descarga y escoltar el traslado de la droga. Afirmó Colsa: “Abordaron tres camionetas Suburban de la PGR, llevando el control del convoy un comandante de apellido Ituarte, con aproximadamente diez agentes federales, teniendo comunicación en todo momento dicho comandante Ituarte, por el radio, con el comandante González Calderoni, quien viajaba en un Cadillac blanco convertible último modelo”.

Mientras esperaban que la cocaína llegara a Ciudad Juárez, Colsa y Lupercio Serratos, acompañados por sus respectivas esposas, pasaron tres días en Manzanillo. Colsa viajó después a Nueva York para comprar joyería, y moverla entre los capos: Amado se interesó en un brillante de 19 kilates, “el cual puede ser montado en anillo y esclava” y adquirió joyas por un total de tres millones de dólares, “los cuáles fueron pagados en efectivo”. Para no quedarse atrás, Lupercio Serratos compró un lote por la misma cantidad: deseaba hacer regalos de Navidad entre sus familiares. Pero como andaba corto de recursos, prometió pagar en febrero siguiente. Por alguna causa, comenzó a retrasar el pago de la deuda. Esto provocó que, durante una comida, Colsa le mentara la madre “y le manifestara que era un ratero”. Lupercio se limitó a encogerse de hombros. Y luego lo amenazó de muerte. Le cumplió la amenaza un mes más tarde, cuando las esposas de ambos habían hecho arreglos en pro de la reconciliación, Colsa fue invitado a comer a un restaurante de Guadalajara que era, al parecer, propiedad del narcotraficante. Lupercio había prometido pagarle en ese sitio los tres millones de dólares. Lo que hizo, en cambio, fue ponerle una emboscada: a una cuadra del restaurante, la camioneta de Colsa fue interceptada por dos automóviles y acribillada con “cuernos de chivo”.

—Pude salir con vida, pero el chofer de la camioneta no —recordaría después el joyero.

Como pudo, emprendió la huida a Ciudad Juárez e imploró la protección de los otros dos jefes del cártel. Aunque éstos “se comunicaron con Lupercio para calmarlo, y decirle que iban a mandar a una persona para que arreglara sus pendejadas”, el joyero advirtió cierta tirantez entre ellos. No supo qué tan grave era el asunto hasta cuatro días más tarde, cuando Amado Carrillo llegó al restaurante El Rodeo en busca de Aguilar Guajardo, y le indicó mediante señas que se acercara. Sentado a ocho metros de distancia, Colsa notó que los jefes discutían acaloradamente. De pronto, Aguilar Guajardo cruzó la cara de Amado Carrillo con una bofetada.

“Amado se dio la vuelta inmediatamente y se retiró con su escolta”, recordó el joyero.

El 12 de abril de 1993, mientras vacacionaba en la ciudad de Cancún, Aguilar Guajardo fue masacrado desde dos automóviles negros, por un comando equipado con armas largas. Unos buzos que presenciaron la balacera le acercaron un tanque de oxígeno. El narcotraficante se sintió reconfortado. Murmuró: “Ya la libré”, pero murió al minuto siguiente.

Amado Carrillo, El Señor de los Cielos, había alcanzado la cima de su gloria.

No sólo Amado Carrillo había progresado. También su viejo conocido, el ex jefe de seguridad del Reclusorio Oriente, Adrián Carrera Fuentes, iba haciendo su propio camino. En 1993, por recomendación de José Francisco Ruiz Massieu, logró que el gobierno de Carlos Salinas de Gortari lo nombrara director de Aprehensiones de la Policía Judicial Federal. El país se hallaba conmocionado por el reciente homicidio del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y el reacomodo que, en medio de la persecución contra Joaquín Guzmán Loera y los hermanos Arellano Félix, estaban atravesando los otros cárteles de México.

La prensa recordaría ese tiempo como “el año del Cártel de Juárez”: el momento en que Amado Carrillo vislumbró como nunca antes la posibilidad de consolidar su imperio. Precisamente por eso, a través de otro viejo conocido, el ex jefe de seguridad del Reclusorio Sur, Víctor Manuel Patiño Esquivel, buscó una entrevista con el funcionario recién nombrado.

En medio de cortes argentinos y botellas X-O, el reencuentro se llevó a cabo en el restaurante Las Espadas, de la calzada de Tlalpan. Carrera Fuentes acudió a la cita sin escolta; Amado Carrillo, acompañado por seis personas que fueron presentadas “como de confianza”. No hubo preámbulos. El Señor de los Cielos solicitó al jefe policiaco que lo apoyara, “brindándole protección para facilitarle las actividades del narcotráfico”.

Carrera se disculpó. “Tenía poco tiempo en la policía” y “no podía tomar decisiones que sólo correspondían al director general de la corporación”.

—Lo mejor es esperar a que los jefes me tengan confianza —le dijo.

—Apóyeme en lo que pueda —insistió Amado, antes de que uno de sus lugartenientes pusiera en manos del funcionario un portafolios con “cien mil dólares americanos”.

Carrera fue ascendido a director general de la Policía Judicial Federal dos meses más tarde y su primer acto oficial consistió en designar como director operativo al hombre por cuyos oficios había contactado a El Señor de los Cielos: el ex custodio Víctor Manuel Patiño Esquivel.

Fue precisamente este colaborador quien se le acercó una noche para decirle que Amado Carrillo deseaba verlo de nuevo. La declaración ministerial de Carrera Fuentes indica que la entrevista “se llevó a cabo en el domicilio de Amado Carrillo, ubicado en la colonia Pedregal de San Angel”.

En esa ocasión, el capo exigió algo más que simple apoyo: deseaba que Carrera Fuentes designara como subdelegados de la PGR a las personas que él le indicaría; deseaba, también, un comando de agentes judiciales “para que lo protegieran y le sirvieran de escolta”. El jefe policiaco volvió a disculparse: no podía hacer nada en el asunto de los subdelegados, “pues carecía de facultades para ello”. Accedió en cambio a proporcionar varios agentes y se comprometió “a no perseguirlo, y a no mandar ningún operativo desde la ciudad de México para dejar que siguiera trabajando”.

Amado Carrillo sonrió complacido. Después “le gritó a una persona a la que llamó El Doctor”, y le ordenó que comprara un Cadillac, “el más lujoso y equipado”, para regalárselo al funcionario.

—¿De qué color quiere el carro? —preguntó El Doctor.

—Guinda —respondió Carrera Fuentes.

El capo volvió a sonreír. Antes de despedirse, puso en manos del funcionario una pequeña maleta. Contenía “trescientos mil dólares americanos”.

El Cadillac llegó al poco tiempo, con los atentos saludos de Amado Carrillo. Un mes más tarde, hubo otra invitación: El Señor de los Cielos esperaba a Carrera Fuentes en un edificio de apartamentos ubicado en Las Lomas. Se lee en la declaración ministerial: “(En aquella ocasión) Amado Carrillo le manifestó al declarante que lo había mandado llamar porque se había enterado de que se encontraba enfermo, a lo cual el declarante manifestó que sí se encontraba un poco enfermo, y fue ante esto que Amado Carrillo manifestó que había traído un médico de Suiza y que dicha persona estaba utilizando un tratamiento muy costoso que servía para regenerar las células y limpiar las arterias, y que era una oportunidad única, porque la otra era ir a Suiza y pagar muchísimos miles de dólares, por lo que deseaba regalarle al de la voz el tratamiento”.

Lo único que Carrera debía hacer era “practicarse unos análisis en algún laboratorio para que, cuando el médico llegara, supiera exactamente qué era lo que tenía que combatir”.

El tratamiento fue aplicado en una habitación del hotel Radisson, reservada a nombre del funcionario. Carrera Fuentes esperó durante un rato en la habitación vacía, hasta que alguien tocó la puerta. “El médico no era suizo, sino mexicano. Iba acompañado por una mujer que dijo ser su esposa (…) Sacaron de unas hieleras unas vacunas y procedieron a aplicar al de la voz como treinta inyecciones, quince en cada glúteo, y le indicaron que el tratamiento era para limpiar el organismo”. Cuando la sesión terminó. Carrera, con los ojos cerrados, guardó reposo durante tres horas, durmió bajo el manto del hombre que para entonces se había convertido en el narcotraficante más poderoso de México. El 24 de noviembre de 1993, un comando de los Arellano Félix intentaría rasguñar aquel manto. Amado Carrillo, al parecer, había filtrado a las autoridades la entrevista que los Arellano estaban sosteniendo con el nuncio apostólico Girolamo Prigione. Y aunque, como se supo después, una decisión política impidió que éstos fueran aprehendidos, los cabecillas del cártel de Tijuana no tardaron en preparar su venganza. El 24 de noviembre mientras Amado Carrillo cenaba con su esposa y sus seis hijos en el restaurante Bali Hali, ubicado en la avenida Insurgentes, el comando enviado desde Tijuana intentó penetrar a sangre y fuego en el restaurante. Carrillo solía desplazarse en medio de un sistema de seguridad aparatoso, pero efectivo. Un doble muro, a cargo de dos células de seguridad compuestas por tres elementos, custodiaba la entrada. Otro doble muro, escoltado por dos automóviles blindados, guardaba la salida. El comando de los Arellano se estrelló contra ellos. El resultado fue un reguero de muertos. Carrillo y su familia escaparon con dificultad. Semanas después, el capo le contó a uno de sus compadres, el piloto aviador Manuel Bitar Tafich:

—Mi hijo Juan estuvo escondido en la azotea del edificio hasta el día siguiente. De no ser porque Ramón Alcides Magaña se portó como un hombre, ninguno de nosotros habría podido salvarse.

Alcides Magaña era uno de los agentes federales comisionados para proteger al capo. Aunque se convirtió desde entonces en “una de sus gentes más cercanas”, nada pudo hacer, años más tarde, cuando las cartas quedaron echadas. Manuel Bitar Tafich solía preguntar a su compadre: —¿Por qué no se retira de todo esto?

Carrillo le respondía: —Yo no sé hacer otra cosa. Y no le veo nada de malo. Es más ingrato el que se roba el dinero en México y se lo lleva a Suiza. Yo, por lo menos, hago que el dinero regrese en los mismos aviones que se llevan la droga.

En una de sus declaraciones ministeriales, el ex director de la Policía Judicial Federal Adrián Carrera Fuentes afirmó que, al menos desde 1993, Carrillo estaba en tratos “con unos generales”. A mediados de 1997, durante un viaje a Chile, Bitar Tafich volvió a preguntarle a su compadre: —¿Y cuándo se retira por fin?

El capo le contestó: —Me siento un poco cansado. Créame que ya lo estoy preparando.

En julio de ese mismo año, el doctor Ramón Pedro López Saucedo ingresó en el Hospital Santa Mónica, de la ciudad de México, a un paciente identificado como Antonio Flores Montes, de 41 años de edad. Iban a aplicarle una cirugía plástica verdaderamente agresiva: cambio de nariz, prótesis de mentón, liposucción de abdomen y tórax, modificación de párpados y cambio de color en los ojos. Todo en una sola sesión.

La operación comenzó a las 9:30 de la mañana y terminó ocho horas más tarde. El paciente fue intervenido por tres médicos “de confianza”, mientras un equipo de seguridad custodiaba la sala de operaciones. Después de pasar un tiempo en recuperación. Flores Montes fue conducido a la habitación 407. A las 23:30, el médico de guardia lo encontró consciente, y reportó sus signos vitales como normales. Al poco tiempo, sin embargo, el paciente se quejó de dolores intensos y demandó que se la administrara un analgésico. Le aplicaron una dosis de Dormicum.

Al día siguiente, exactamente a las 6:06, alguien descubrió que Flores Montes había muerto. “Presentaba vidriasis. hipotermia y palidez cadavérica”. Los intentos por resucitarlo fueron inútiles. Ninguno de sus vigilantes, ninguno de sus hombres de confianza, estaba presente. Todos habían abandonado el hospital.

Flores Montes fue velado en una modesta funeraria de la colonia Juárez y despachado en vuelo comercial hacia Culiacán. El féretro aún estaba en el aire cuando una filtración sacudió a los medios de comunicación: la carrera del mayor traficante de drogas en México había terminado.

Durante los cuatro meses siguientes la bolsa de plástico y el alambre acerado de “El Manotas” estuvieron más activos que nunca. Un mero detalle anecdótico que ayudaba a pulir el mito con que culminó el siglo XX mexicano. n

Héctor de Mauleón Escritor. Acaba de aparecer su libro El tiempo repentino.

El triunfo de la belleza

Yo aprecio mucho el conocimiento acerca de los hombres de mi viejo amigo el doctor Skowronnek. Desde hace más de veinticinco años es médico en una célebre estación termal, donde los manantiales milagrosos pueden curar padecimientos de matriz, la esterilidad y la histeria. Así lo asegura, al menos, mi amigo, el doctor Skowronnek. De cualquier manera, habla con el mismo convencimiento del efecto milagroso —más fácil de explicar— que un número considerable de jóvenes fuertes y sedientos de amor suelen obrar sobre las pacientes necesitadas de consuelo de la estación termal en cada temporada. Como ciertas aves migratorias, los jóvenes llegan puntualmente a la “inauguración de la temporada” y compiten con el poder curativo de los famosos manantiales. De todas formas, mi amigo, el doctor Skowronnek, ha tenido, durante un cuarto de siglo, la oportunidad de conocer las enfermedades físicas y mentales de las mujeres. Supongamos que sólo haya atendido a treinta señoras por temporada. Entonces, después de veinticinco años, habría conocido profundamente a no menos de setecientos cincuenta mujeres. Por lo tanto, creo tener razón al apreciar el conocimiento del mundo de mi amigo.

Por eso también a todos los hombres casados que me hablan de las enfermedades (reales o imaginarias) de sus esposas, suelo mandarlos con el doctor Skowronnek, que trata a los hombres, los cuales tienen que padecer a sus esposas más que las mujeres a sus enfermedades, también como pacientes —y esto con toda razón—. Sí, considero a mi amigo el doctor, más como un médico de hombres casados que como un ginecólogo —aun cuando él mismo no quiere saber nada de ello y sostiene que daña su prestigio—. Pero lo conozco y sé que detrás de una forma de bondad de confesor, con la cual revisa a las señoras del corazón y los riñones, oculta la preocupación por los maridos esclavos de las pacientes. Quien ha examinado a tantas mujeres debe sentir al fin y al cabo una solidaridad ferviente con los hombres.

Un día aconsejé a uno de mis conocidos, el ingeniero M., ir a ver al doctor Skowronnek. Primero solo, sin la enferma, de la cual me había hablado con todo detalle. El ingeniero era un joven con apenas dos años de casado, sin hijos. Después de un año de feliz matrimonio —o lo que por eso se entiende— su mujer se había empezado a quejar de dolores en la cabeza, en la espalda, en el cuello, en la nariz, en los ojos, en los pies. Uno no debe generalizar, pero he visto que los ingenieros —-y sobre todo los constructores de puentes como mi amigo— no tienen la más remota idea acerca de la constitución de las mujeres. Puede haber excepciones. Sin embargo, el ingeniero de puentes, del cual hablo, fue asaltado por el pánico que se apodera de todo hombre valeroso cuando ve sufrir o sólo llorar a una mujer. (Es el pánico de los sanos ante los enfermos, de los fuertes ante la impotencia. No hay nada peor que la mezcla de amor, compasión y desasosiego por lo amado y compadecido. Es preferible y más soportable una Jantipa saludable que una Julia enfermiza.) Y por eso aconsejé al ingeniero ir a ver al doctor Skowronnek.

También estuve presente en su encuentro con el doctor —a petición expresa del ingeniero y en contra de lo que yo hubiera querido—. Me encontraba más o menos en la posición de un hombre que detrás de las delgadas paredes de un cuarto de hotel oye a su vecino decir intimidades desagradables —y no puede hacer nada para evitarlo—. Traté de pensar en otra cosa. Pedí que me trajeran periódicos. Sólo la curiosidad profesional del escritor se impuso sobre la discreción personal, y, con oídos profesionales, por decirlo de algún modo, escuché, sin querer escuchar, todo lo que en ese momento y en ese contexto no debió ser contado.

El doctor Skowronnek se quedó callado. Sólo oía. Al final, despidió al ingeniero pidiéndole que enviara a su esposa al consultorio.

El ingeniero se retiró, y como yo no entendía el prolongado silencio de mi amigo, empecé a preocuparme por la mujer del ingeniero y pregunté:

—Dígame, ¿es tan grave lo que nos ha contado de su esposa? ¿Por qué se queda usted callado?

—¡Ni malo ni bueno! —repuso el doctor—. Sólo común. Y si hace algún tiempo no hubiera vivido una historia peculiar, no me hubiera quedado callado. Pero desde que sé de esa historia peculiar, he dejado de compadecerme de los maridos de las mujeres enfermas. A los incurables no se les puede atender. No se puede salvar a quien se quiere matar. Los maridos de determinadas mujeres son suicidas incurables. Y para que me crea, quiero contarle esa historia. Escríbala algún día.

Y el doctor Skowronnek empezó a narrar:

II

Hace muchos años, en la época en la cual todavía era médico general en una ciudad mediana, un día, un joven vino a mi consulta. En ese entonces yo no tenía muchos parientes. Algunos días no se presentaba ninguno. Me quedaba sentado y leía novelas policiales.

Quizás hubiera debido leer libros de medicina, pero mi respeto por las ciencias naturales y los conocimientos de mis colegas célebres era cada vez menor que mi interés por los criminales y la policía. Comprenderá que un médico que tiene poco que hacer, quede fascinado por uno de sus pocos pacientes. Sin embargo, lo dejé en la sala de espera, como hace todo médico desocupado. Sólo después de algunos minutos, lo hice entrar (y puede creerme que en esos minutos yo estaba más impaciente que él). La impaciencia es, como usted sabe, una enfermedad grave; a veces, lleva incluso a la muerte por suicidio. Pues bien, me dominé. Cuando por fin entró, me regodeé en una alegría intensa. Por supuesto, busqué mecánicamente síntomas de una enfermedad reconocible en la apariencia, tanto en su figura y en su cara, como señales de su posible bienestar en su ropa. De inmediato vi que se trataba de un paciente tranquilo. Era evidente que pertenecía no sólo a las buenas, sino a las altas posiciones sociales —y una enfermedad grave, que quizá me hubiera obligado a enviarlo con una eminencia médica, no tenía—. Era saludable, grande, nervudo, guapo, de tez morena; tenía un rostro afilado simpático, ojos claros, un cuello noble, una frente bien abovedada, manos fuertes y largas. Era tímido y seguro de sí al mismo tiempo; es decir, lo que se llama de casta. Lo supuse el funcionario de un ministerio con buenos padres y aptitudes medias, y quizás aquejado de una de esas dolencias, que en la sociedad llaman “galantes”.

«No estaba muy errado. Se trataba de un joven diplomático, adscrito a nuestra embajada en Inglaterra, hijo de un conocido fabricante de municiones; es decir, más rico de lo que hubiera podido pensar y, en efecto, su enfermedad era “galante”. Había ido a verme por azar. No quería llamar al médico de su familia. Por lo tanto, abrió el directorio, marcó con el lápiz un nombre —era el mío— y fue a verme de inmediato. Lo atendí con cuidado y viveza. Me agradó. Le conté anécdotas. Cuando estuvo curado, me confesó que casi lamentaba ya no tener una enfermedad inofensiva mientras duraban sus vacaciones. Lo revisé: por desgracia, estaba rebosante de salud. Le pregunté si, por lo menos, tenía alguna afición. “No”, dijo, “aparte de la música”. La música es, como usted sabe, también mi pasión. Y, en suma, ante todo la música hizo que nos uniéramos, convirtiéndonos más tarde en amigos».

El doctor Skowronnek hizo aquí una pausa. Luego dijo:

—Fuimos buenos amigos hasta su muerte.

—¿Entonces murió joven? ¿E inesperadamente?

—-Joven y despacio y de la más grave y común de todas las enfermedades: murió por una mujer, y, por cierto, por la suya…

III

«Nuestra amistad no se acabó cuando se terminaron sus vacaciones y regresó de nuevo a Londres. Al contrario, la distancia fortaleció nuestra amistad. Intercambiábamos cartas casi todas las semanas. Mi consultorio era miserable; con frecuencia, esperaba a un paciente durante horas mientras leía mis novelas policiales. Un día me escribió, diciéndome debería ir a Inglaterra un par de semanas como su invitado.

«Fui a Londres. Yo no entendía una palabra de inglés, por lo cual estaba obligado a recurrir a la ayuda de mi amigo a cada paso. Usted reconoce a un hombre de la llamada “casta” en que a usted le es imposible sentir gratitud por sus pequeñas y más grandes ayudas, y mucho menos expresársela. Usted nunca, o casi nunca, llega a la situación de decirle a un verdadero caballero: “¡gracias!”. Sí, él sabe sofocarlo, de forma que uno cree que sus pequeños servicios y amabilidades lo favorecen a él mismo y que, en realidad, el desamparo personal lo beneficia. Así sucedía también con mi amigo. Nunca he visto a un anfitrión más distinguido. Su comportamiento se volvió con el tiempo de tal manera, que por momentos me parecía como si tuviera un tipo de sentimiento de culpa frente a mí. Sí, me avergonzaba. Pensaba que por una estúpida vanidad profesional lo había dejado sentado en la sala de espera, cuando fue a verme por primera vez, y un día le confesé que lo había hecho esperar sin razón. No me entendió en absoluto, o hizo como si no me entendiera.

«Quizá —dijo, lo recuerdo con precisión— tenía algo que hacer y ya no lo recuerda. A mí, dicho sea de paso, también me sucede que hago esperar gente aunque esté desocupado por completo. Debo reconcentrarme antes de recibir a un desconocido. Eso es lógico.

«Si yo hubiera pensado antes en su mediana aptitud, con el tiempo hubiera adquirido la certeza de que su acentuada medianía era una modestia distinguida, como sucede con frecuencia en los hombres de casta. No poseía la más mínima ambición. Muchas veces, me permitió enterarme de su actividad profesional. Y siempre vi que su mayor y más natural esfuerzo consistía en no sobresalir sobre los demás, sobre sus colegas. Era lo contrario a un diplomático ambicioso. Conocía bien todas las limitaciones de sus compañeros, pero trataba de no parecer mucho más inteligente que ellos. Ambicioso es el plebeyo. El hombre de verdad noble es anónimo. Hay una fuerza en la nobleza congénita que es mayor que la luz de la fama, el brillo del éxito, el poder de los triunfadores. La ambición es, como lo acabo de decir, una característica de los plebeyos. No tiene tiempo. No puede esperar para conseguir honores, poder, prestigio, fama. El hombre noble, en cambio, tiene tiempo para esperar, sí, incluso para ser postergado.

«Así era mi amigo. A pesar de que yo era mayor, empecé a sentir una forma de veneración hacia él. Lo quería y lo respetaba.

«Una semana antes de mi partida, me confesó que estaba enamorado.

«Ahora bien, es normal que un joven se enamore. Yo mismo, que entonces no era el “astuto” ginecólogo que, como usted sabe, soy ahora, ya me había enamorado algunas veces. Pero como se trataba de mi amigo, me asusté. Sentía que ese hombre distinguido podía quedar a merced de un sentimiento profundo, y que era parte de su naturaleza dotar al objeto que creía amar de las más nobles cualidades, que él mismo poseía. Si el amor, como dice el refrán, ciega a todos los hombres comunes, ¡más aún a los distinguidos y elegidos!

«Entonces, me aterré. Y le dije a mi amigo que quería conocer a su amada.

«”Usted también se enamorará” —respondió con la ingenuidad de quienes están enamorados, que creen que el objeto de su amor es irresistible.

«¡Bien! Por lo tanto, una noche nos vimos los tres.

«Se trataba de una joven de la llamada buena sociedad. ¡Guapa, en verdad! Una virgen rubia, con ojos azul cielo, dientes fuertes, una barbilla algo demasiado larga y fastidiosa, y una figura francamente buena. Tenía, por supuesto, buenas “maneras” —lo que llaman así—. Era, como es obvio, de buena familia.

«También estaba, de seguro, enamorada de mi amigo. ¿Por qué no? Tan enamorada como sólo pueden estarlo las muchachas de buena familia. El amor por un joven de posición y categoría es algo así como el pecado sin riesgo, el vicio sin consecuencias punibles o malignas. Las jóvenes de este tipo no son hambrientas, sólo antojadizas. El hambre, que hay que saciar, trae, tal vez, castigos atroces. El antojo no conlleva daños, sólo placer, y la satisfacción de haber corrido un peligro ligero. Es una diferencia como la que hay entre asistir a una casa de fieras e insistir en meter a un león a su jaula. Es obvio que mi amigo no sabía todo esto. El hecho de que la hija de una de las mejores familias inglesas lo besara en secreto, le parecía suficiente prueba de un profundo amor por él. Para él era como si hubiera recorrido mil leguas por los riesgos de algún desierto sólo para darle un beso. La consideraba valiente, temeraria, dispuesta a sacrificarse y, además, astuta.

«Ahora bien, ¡era muy tonta! Lo es todavía. Lo llevó a la tumba. Se volvió vieja y bastante fea, pero ¡todavía es tonta! Así de injusta es también la naturaleza en su malicia de cegar a los hombres cuando se enamoran: compensa esa injusticia cuando hace que el fulgor de las mujeres, que alguna vez cegó a los hombres, se apague muy pronto, y cuando obliga a las viejas a recurrir con los años a la dudosa ayuda de peluqueros, masajistas y cirujanos para que los pechos, vientres, mejillas y muslos flácidos vuelvan a adquirir una forma más o menos aceptable. Las mujeres otrora hermosas descienden a la tumba como un tipo de figuras de yeso mejoradas. Los hombres, sin embargo, que fueron lo suficientemente sabios para no morir a causa de ellas, son recompensados por la naturaleza: llegan al seno de Dios revestidos con la dignidad de la plata y la dignidad no menor de la fragilidad».

IV

En los mejores círculos, la boda sucede al compromiso matrimonial como el trueno al rayo. Mi amigo se casó poco después de que yo me fuera, estuvo de luna de miel y de regreso pasó por la ciudad y me visitó con su esposa. Ambos eran guapos, ofrecían una presencia agradable, parecían hechos el uno para el otro. Por la noche, los llevé a un local frecuentado por oficiales, funcionarios de cierta categoría, nobles y algunos terratenientes. En una ciudad mediana, voltean a ver a cada cliente, sobre todo a los forasteros que no conocen. Pero la sensación que causó mi amigo cuando entró con su esposa, no fue normal, sino parecida a la sorpresa que suele provocar un fenómeno natural extraordinario en los incautos. Era como un cuento de hadas. Toda conversación cesó de repente. Los meseros se detuvieron en su esmerado trajinar. El capitán se olvidó de hacer una reverencia. Fue una noche calurosa al final del verano. Las ventanas estaban abiertas y el viento suave movía las cortinas rojizas. Pero tuve la impresión de que también esas cortinas habían dejado de moverse. Mis amigos causaron un efecto como de dioses. Mi amigo lo sintió y se apresuró a llegar al primer apartado libre. Sin embargo, su mujer parecía no notar en absoluto ese silencio confuso, sí, casi turbado. Llevaba unos impertinentes, entonces era la moda para algunas personas, sin importar que tuvieran buena o mala vista. Se llevó los impertinentes a los ojos, sólo un momento, por supuesto, una fracción de segundo. De inmediato, los bajó de nuevo. Pero mi amigo se había dado cuenta y debe haberle afectado tanto como a mí, pues tocó instintivamente el brazo de su esposa —fue una exhortación amistosa.

«Cuando estábamos sentados en el apartado, la mujer de mi amigo se llevó algunas veces más los impertinentes a los ojos. Estoy convencido de que no le interesaba lo más mínimo lo que ocurría en aquel salón. Quizás observaba la araña a través de la lente. Pero a mi amigo y a mí nos irritó esa manera de llevarse la lente a los ojos. Se trataba de un movimiento altivo. Unos impertinentes son un objeto altivo, y la mujer más discreta, que se sirve de los suyos, parece arrogante. He conocido mujeres de verdad distinguidas y, de hecho, miopes, que tienen una manera muy peculiar, casi vergonzante, de usar los impertinentes, algo así como su muy particular manera de alzarse la falda. Ahora bien, de seguro la mujer de mi amigo no carecía de esos modales, pero le faltaba la verdadera nobleza, la cual no reside en lo que se hace, sino en lo que se omite. Pero, sobre todo, reside en que se intuye lo que puede “molestar” a los otros, en que se percibe algo a tiempo, aun antes de que suceda.

«La mujer de mi amigo hacía lo contrario. Como si fuera una absoluta pequeñoburguesa de Londres, se burlaba de la mediana elegancia de nuestra ciudad, de la conducta indolente de los oficiales, de la apresurada servicialidad del personal, de los sombreros anticuados de las señoras. Mi amigo sonreía, enamorado y preocupado y avergonzado al mismo tiempo. De vez en cuando, trataba de protegernos. En una ocasión, lo recuerdo, se volvió incluso evidente y dijo algo así: “¡Pero Gwendolin! Tienes una pequeña lengua afilada. ¡Si sigue parloteando así, se la tendrás que enseñar al doctor! ¿No es verdad, doctor?”. Y como sintió que su chiste no había sido de ninguna manera acertado, continuó con seriedad: “La estancia aquí no le agrada a mi mujer. Nos iremos mañana por la noche”.

«Para hacerle notar a mi amigo que había entendido el adocenamiento de su broma, intenté, por decirlo de algún modo, seguir sus intenciones, y dije: “¡Enséñele rápido la lengua a su tío el doctor!”. De inmediato, me extendió su delgada lengüita, casi rojo carmín, y, puede creerme, es mi profesión, por desgracia, he tenido que ver muchos miles de lenguas de mujeres: ahí, ante la vista de esa lengüita, tuve la impresión, quizá demasiado primitiva, pero muy convincente, de que se trataba de una víbora.

«A la mañana siguiente, mi amigo vino a visitarme. “Nos vamos hoy en la noche” —dijo—. “Vengo a despedirme”. —”¿Volveré a ver a su hermosa mujer?”—.”Vaya, por favor, a la estación por la noche. Yo vine aquí para, por decirlo de algún modo, despedirme aparte”.

«Me di cuenta de que no estaba muy contento. Le propuse dar un paseo. Sé que los asuntos callados se dicen con más facilidad cuando uno va caminando que cuando uno está sentado. No se dicen cara a cara. Quien habla, como quien escucha: los dos miran al suelo. A veces, una calle ruidosa libera al pecho humano tanto como el alcohol o también, si lo prefiere, como aquel rincón de la iglesia donde aguarda el usual confesionario. Fuimos, por lo tanto, a pasear. Y entonces me contó que ya durante la luna de miel, había habido algunas discrepancias entre Gwendolin y él. Empezó con la música. Ella adoraba a Wagner. El lo denostaba. Nada puede irritar tanto a un músico de su tipo —y también del mío— como el gusto por Wagner. Los amantes de Wagner son ciertamente melómanos. Pero los melómanos pueden dividirse en dos grupos antagónicos: en los amantes de Mozart y en los partidarios de Wagner. ¿Nota usted que ni siquiera puedo decir: los amantes de Wagner? Digo “partidarios”. Hombres con oídos para trombones y timbales —y hombres con oídos para el cello, el violín y la flauta—. Antes se pondrán de acuerdo dos sordomudos que dos melómanos, de los cuales uno adora a Mozart y el estro a Wagner. Según mi opinión, no pueden para nada. Creo que, en el fondo, son sordos los que adoran a ambos; o, si escuchan, son maestros de capilla.

«Ahora bien, no necesito decirle nada más: ellos se llevaban como Mozart y Wagner. Supe en seguida que ese matrimonio estaba roto. Pero le dije: “Toque a Mozart en su casa, ame usted mucho, acuéstese con su esposa, pronto tendrá un hijo. El embarazo, a veces, cambia el gusto musical. Vaya con Dios”.

«Nos abrazamos entonces. Comprendí que nunca hubiera podido abrazarme en la estación, delante de su esposa.

«Me acerqué al tren, Gwendolin me dio la mano para que se la besara y subió con rapidez. Una sonrisa por diez cruzados en la boca graciosa. (Las mujeres sonríen de forma curiosa, como las pobres prostitutas; es decir, cuando se despiden convencionalmente; así sonríen las muchachas cuando traban una relación).

«Mi amigo hubiera bajado al andén conmigo, pero tuvo miedo, era como si su mujer lo tuviera aferrado a su falda. Sólo se asomó por la ventana, me dio otra vez la mano —y yo me fui mucho antes de la partida del tren».

V

«No conozco las leyes y costumbres internacionales de la diplomacia. Creo, sin embargo, en que un diplomático se case con una mujer del país en el cual representa al suyo propio. Hay excepciones, yo he oído ya de algunas. Mi amigo, en realidad, no pertenecía a ellas. Nuestro embajador de entonces debe haber sido un formalista. Debido a que se había casado con una inglesa, mi amigo tuvo que dejar Londres. Su nuevo destino no fue otro que Belgrado.

«No he mencionado que la esposa de mi amigo era hija única. Usted sabe: los ingleses, ciertamente, viajan mucho por todo el mundo, incluso conocen distintos países mejor que otros europeos, pero no les gusta mandar a sus hijas a lugares inhóspitos. Cualquier país merece una visita más o menos larga; también el menos hospitalario. Su residencia permanente, sin embargo, la mantienen en Inglaterra o, por lo menos, en una de las mejores colonias inglesas. Quizá los suegros de mi amigo no hubieran mostrado oposición si, por ejemplo hubiera sido enviado a la India. Serbia, en cambio, les inspiraba un verdadero horror. También la señora Gwendolin tenía un miedo indecible por Belgrado y se negó a irse ahí, aun cuando mi amigo insistió en que lo acompañara. Los protestantes creyentes, versados en la Biblia, que eran sus suegros, le enseñaron la conocida Palabra de que la mujer debe seguir al marido a todas partes; en vano. Aquello se convirtió en el primer conflicto serio. Mi amigo se fue a Viena. En el Ministerio del Exterior intentó lo imposible para conseguir su traslado a París o, por lo menos, a Madrid. En vano. Como usted sabe, en la vieja Austria hay muchos niños protegidos. París, Madrid, Lisboa estaban ocupados. Además, en Belgrado de verdad se necesitaba un consejero de legación eficiente. Ahí se podía sobresalir. El jefe de negocios del ministerio, el Barón S., sabía apreciar las cualidades de mi amigo y también estaba un poco preocupado por su carrera. En resumen: era imposible. Tuvo que irse a Belgrado.

«Por casualidad —o mejor, no por casualidad, pues no creo en el azar—, en abril de ese año debía asumir por primera vez mi puesto como médico en un balneario. Cerré mi consultorio. Entre veinte médicos generales, quizá verdaderos pobres diablos, como yo mismo, la administración sanitaria me había elegido precisamente a mí. Supe valorar esa suerte. Di la noticia a todo el mundo y, por supuesto, también a mi amigo en Londres. Me escribió diciéndome que era magnífico. Como debía irse a Belgrado alrededor de marzo, su esposa podía quedarse en Londres hasta abril y luego ir a verme, estar toda la temporada bajo mi protección y en agosto viajar a Belgrado. Su suerte, por supuesto, no era la mía.

«¡El pobre! ¡No tenía idea del efecto que tienen los balnearios en ciertas mujeres!

«Sólo lo sabría más tarde».

VI

«La mujer estuvo de acuerdo con el plan. En marzo, mi amigo se iría a Belgrado; en abril, su mujer me alcanzaría en la estación termal. Atendida por mí y fortalecida por los manantiales milagrosos de nuestro balneario, quizá cambiaría lo suficiente su sentido y podría —así lo esperaba mi amigo— seguir sin nostalgia ni pesadumbre a su marido a Belgrado.

«Ahora bien, vea usted, hay pocas mujeres con las cuales se puede concertar algo en firme. ¡No es que no quieran mantener su palabra o tengan la intención de engañar! Su constitución no soporta ningún acuerdo fijo. Cuando están decididas a respetar un acuerdo, su cuerpo se resiste sin que lo quieran ellas mismas. Simplemente se enferman.

«A las pocas mujeres con las cuales se puede concertar algo en firme, no pertenecía la esposa de mi amigo. Más bien era de aquellas que se enferman; es decir, de aquellas cuyos cuerpos se rebelan contra los propósitos rectos —y cayó enferma de verdad justo un día antes de la partida de mi amigo a Belgrado—. No ella misma, entiéndame. Su constitución no se quiso someter a lo irremediable. ¿Qué le hacía falta en realidad? Sólo Dios puede saberlo, El, que creó a Eva. Un ginecólogo muy pocas veces sabe lo que le hace falta a una mujer.

«Empezó por el estómago y la matriz aledaña. Los apresurados médicos de Londres coincidían en que, como era común en esos casos, se trataba de una inflamación intestinal. Mi amigo solicitó y consiguió un aplazamiento de dos días. La mujer fue operada. El ciego, como todo segundo intestino ciego operado, estaba obviamente supurado. El suyo, el mío, también está supurado. Los médicos y mi amigo creyeron que habían salvado a la mujer de un gran peligro de muerte.

«Feliz, como todo el que ama, por la salvación de su objeto amado, mi amigo partió a su nuevo puesto en Belgrado.

«Sin embargo, el pacto subsistió. Como a mediados de abril, la señora Gwendolin llegó a la estación termal. Por supuesto, la recogí en la estación. Se veía como una diosa, una diosa sin intestino ciego, una diosa convaleciente. Sufría y, a la vez, triunfaba, y extraía de su convalecencia todo tipo de fuerza para su triunfo. Es obvio que estuve ocupado alrededor de media hora antes de recoger y acomodar todas sus maletas. Eran cerca de doce. Ropa y vestidos suficientes para pertrechar, más o menos, a veinte mujeres durante dos o tres años. Llevé a la señora Gwendolin al Hotel Imperial y le pedí que fuera a verme al día siguiente a mi consulta.

«Acudió a la cita. La revisé. Recuerdo con precisión ese examen, no sólo porque Gwendolin era la esposa de mi amigo, sino porque era mi primer paciente. El ciego había desaparecido. Se veía la incisión, pero la mujer sostenía que habían “olvidado algo adentro”. Tenía hambre, náuseas, cardialgía, palpitaciones, dolor de estómago, espasmos y una y otra vez hambre.

Síntomas de embarazo, como usted sabe. ¡Pero no! ¡No estaba embarazada! Eso es casi lo único que un ginecólogo puede comprobar con alguna certeza. ¡No estaba embarazada! Después de reflexionar, llegué a la más banal de todas las enfermedades. Esa mujer hermosa, elegante —nada de lo que es humano le es ajeno al hombre—, por desgracia, tenía una solitaria.

«Pero ¿cómo podía decírselo sin ofenderla? Empecé a hablar de parásitos, de los inofensivos, primero; luego de los graves, y describí la solitaria como uno de los enemigos más peligrosos de la belleza femenina. Cuando, por fin, llegué al punto en que ella misma debía considerar su lombriz como muy interesante, comencé con prescripciones, dieta y recetas. Y nunca, desde que se padecen solitarias, fue alguna tomada tan en serio. Para la señora Gwendolin se trataba de una personalidad especial. Todos sus deseos y debilidades se avenían a su influencia. De manera que, por ejemplo, una mañana iba a verme y decía: “¡Cree usted que hoy en la noche me despertó porque quería champagne!”. Se refería, desde luego, al parásito. O en otra ocasión: “Yo quería quedarme en casa, como me lo aconsejó usted, pero no quiso, me produjo náuseas y tuve que salir a bailar”. Y así sucesivamente. Quería a su parásito más que a su marido. Era su seductor, su dador de indulgencia, su héroe. Le daba todo lo que necesitaba una mujer como ella: penas, debilidad, placer, deseo. La hacía bailar, beber, comer; este parásito perdonaba todo lo prohibido. Cargaba en su conciencia todos los pecados que ella cometía. Una semana más tarde, incluso un pecado real.

«¿Reconoce usted que debo ser el único médico del mundo que ha atendido a un parásito así de sinuoso?».

VII

«Una semana después, más o menos, mi amigo me escribió desde Belgrado para que no me olvidara del cumpleaños de su esposa. Se celebraba el primero de mayo, una fecha fácil de recordar. Muy temprano, antes de que comenzara mi consulta, fui a ver a mi protegida al Hotel Imperial con un inmenso ramo de rosas rojas. En realidad hubiera querido dejar las flores abajo, con el ujier. No sé si a usted le suceda lo mismo. De cualquier manera, a muchos hombres les pasa algo parecido; me siento ridículo con flores en la mano. Un hombre que se precie, no debe llevar flores. Pero se trataba de la esposa de mi amigo, mi protegida, mi paciente y cumplía años. Decidí, por lo tanto, tomar el ramo de rosas bajo el brazo y subir al elevador. Pedí ir al primer piso. Vi al mozo de librea tocando la puerta de la señora Gwendolin. Una, dos, tres veces. Sin respuesta. “Quizá la señora está dormida —o bañándose—”, dije. “No”, repuso el mozo de piso, “acabo de traerle champagne con dos vasos”. “¿Tiene visita?”. “Así es”, dijo el mozo, “el doctor de la número treintaidós”. “¿Quién es?”. “Un joven abogado de Budapest, el doctor Jenö Lakatos”.

«Pues bien, sabía lo suficiente. Es cierto que era mi primera temporada en ese balneario, pero no era una inocente ovejita, como se dice entre nosotros, y sabía lo que buscaban los jóvenes abogados de Budapest en los balnearios. En general, por principio, por decirlo así, no tenía nada en contra de ello. Sin embargo, se trataba de la esposa de mi amigo, de la cual era, de alguna manera, responsable. Sí, yo mismo ya me sentía engañado en su lugar. He permanecido soltero, pero sé que no necesitamos casarnos en absoluto, si tenemos amigos casados. Es como si, en cierto modo, uno también contrajera matrimonio con las esposas de todos sus buenos amigos, se divorciara de ellas con sus amigos y fuera engañado con sus amigos por sus mujeres —si. por casualidad, no es uno mismo el que engaña a su amigo.

«Me quedé, por lo tanto, ahí parado, perplejo, en el noble corredor del hotel, enjabelgado de un blanco deslumbrante, sobre una alfombra roja, y miré desconcertado al mozo, que vestía un frac azul, yo con el ramo de flores bajo el brazo, muy ridículo, ¿verdad? Era como si sintiera a las hermosas rosas marchitándose en mi cadera, ya sostenía tinas rosas muertas. Decidí bajar de nuevo. Entonces, de pronto se abrió la puerta. Salió, primero de espaldas, Lakatos de la número 32. De modo que al principio lo vi por detrás. Pero fue más que suficiente. Una pequeña cabecita redonda con brillantes pelos negros engominados: como si la misma naturaleza produjera pelucas. Un gran tronco cuadrado, una especie de cómoda forrada. Bajo la parte del cuerpo que no se nombra, pantalones gris claro, por lo menos seis veces más abultados que la cabeza, zapatos de un amarillo chillón. Ese era Lakatos. A través de la puerta entreabierta lanzaba besitos con la mano hacia la habitación, reía para sí, hacía reverencias. Cerró finalmente la puerta, se volteó y se vio frente al mozo y frente a mí. Su rostro, que sólo se componía de injertos negros, una naricita y un bigotillo negro azabache, parecía de cera, de cera rojiza. No tenía color de piel, sino una forma de maquillaje. Por lo demás, no se desconcertó. Nos sonrió, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y se dirigió a su habitación, la número 32. Con qué gusto le hubiera pegado en la cara con mi imponente ramo de rosas. Así hubiera sabido, por primera y única vez en mi vida, para qué acarreaba, en realidad, llores. Pero debía ir a ver a la señora Gwendolin y felicitarla por su cumpleaños.

«En un ataque de estúpida perplejidad, le dije al mozo: “¡La señora está muy enferma! ¡Tiene un parásito!”.

«”Sí. doctor”, dijo el patán, “se acaba de ir”».

VIII

El doctor Skowronnek hizo una pausa, vio el reloj, pidió un cognac y dijo:

—Veo que lo estoy retrasando mucho. Tenga paciencia. por favor, mi verdadera historia apenas empieza.

Se bebió el cognac y continuó:

«Los hechos que le referí al final ocurrieron en el año de 1910. Usted recuerda aquella época, en la cual hubo tormentas en los Balcanes. Mi amigo no tenía un puesto sencillo en Belgrado. Sus cartas se volvieron cada vez más infrecuentes. Dos o tres veces al año visitaba a sus padres. Sólo lo veía fuera ele mi temporada; es decir, cuando por casualidad venía en invierno —pues yo todavía vivía en aquella ciudad mediana, en la cual había comenzado mi consulta, y sólo en primavera me mudaba a mi estación termal.

«Las visitas de mi amigo eran tan breves que apenas teníamos tiempo para ir a un concierto y mucho menos para que tocáramos algo. Las pocas noches que nos veíamos, preferíamos pasarlas conversando. Pero, durante ese año, ya no hubo una verdadera conversación entre nosotros. La música nos había hecho amigos. Sin música —entonces lo percibí con claridad— se petrificaba el corazón de mi amigo, discreto por naturaleza. Nos sentábamos juntos pero como separados por una pared de hielo. Nuestras miradas se rehuían. Si, a veces, se encontraban por un segundo, era como un roce casi físico, afectuoso, pero fugaz. Si tan sólo supieras…, parecían decir sus ojos. Y los míos preguntaban: “¿qué pasó?”. No había nada que hacer. Nos hacía falta la música. Ella sola había sido el fuego fecundo de nuestra amistad. Mi amigo se avergonzaba —yo lo sabía—. Nada contiene tanto a un hombre distinguido para hablar y contar, como la vergüenza. Cuando un hombre distinguido se apena, se queda en silencio, calla hasta lo más importante —y la vergüenza puede llevarlo a las más vulgares debilidades humanas: la mentira, por ejemplo—. Sí. algunas veces tuve la sensación de que mi amigo mentía. Pero usted me conoce: no soy un moralista. Eso quiere decir que no juzgo a los hombres por sus actos y sus palabras, sino por los motivos de sus actos y sus palabras. Y. por lo tanto, hacía como si tomara sus mentiras por verdades. Sin embargo, él sentía que yo también mentía, como él mismo. Eran conversaciones penosas.

«Su cara había cambiado. Tenía, a pesar de su juventud, sienes ligeramente entrecanas; en lugar de su saludable tez morena, una pálida y amarillenta. Sobre el brillo original de sus hermosos ojos claros, había un velo gris; el velo gris de la mentira. Después de cada nueva visita que me hizo en el transcurso de ese año. me parecía que sus hombros se habían vuelto más esbeltos y decaídos; su espalda, más redonda; sus brazos, más lánguidos. Siempre le preguntaba por su esposa. Entonces, empezaba a hablar ele ellas, a hablar tanto que yo podía pensar con razón que callaba mucho más de lo que hablaba. Era como si un hombre con muchísima ropa, con demasiada ropa y abrigos, quisiera cubrir su desnudez. La señora Gwendolin era —quería creerle a mi amigo— honrada, jovial, fiel, formal y desenvuelta al mismo tiempo, un demonio centellante y un hada bondadosa, un ama de casa y una ágil bailarina, seductora y muy bien enterada, una dama y una muchacha dulce; en resumen: la esposa que podía necesitar un diplomático.

«”¿Y qué hace el parásito?” —preguntaba, a veces, recordando la impertinente respuesta del mozo del Hotel Imperial.

•”Mi esposa está muy sana” —dijo mi amigo.

•No lo dudaba, nunca hubiera dudado lo más mínimo de su salud».

IX

«Entonces llegó la guerra.

«Mi amigo (era teniente en la novena de Dragones) fue llamado a filas el primer día de la movilización. Su regimiento estaba en la frontera rusa. La señora Gwendolin se vino a nuestra ciudad, a casa de los padres de mi amigo, con una carta de recomendación dirigida a mí. En ella, mi amigo me pedía que en la temporada llevara conmigo a su esposa y —lo decía literalmente— “la cuidara”.

«En aquella época, como usted sabe, se creía que sólo habría una campaña militar de unos cuantos meses. Yo sospechaba que duraría años. También sabía que no me sería posible “cuidar” a su mujer. Pero hice como se me pedía. En la temporada, llevé conmigo a la mujer a la estación termal.

«Ahora, por desgracia, de inmediato; es decir, poco después de empezada la temporada, recibí la orden de enrolarme como médico de la reserva territorial. Y confié la custodia de la señora Gwendolin a uno de mis colegas. que debido a un defecto físico —tenía una joroba— estaba exento del servicio militar.

«Sólo dos años después —había trabajado en un hospital de tifo y me había enfermado— puede regresar al país. En la mañana, era médico de la reserva territorial en uniforme y revisaba a soldados enfermos. Por la tarde, atendía a las pocas mujeres enfermas, la mayoría de cuyos maridos estaban en el frente, y cuyo poco decente tratamiento hubiera podido abandonarlo por mis soldados convalecientes. Aquella era una época propicia para las señoras. Un Lakatos, del tipo como el que alguna vez había visto salir de la habitación de la esposa de mi amigo, parecía un huérfano en comparación con los robustos campesinos de Bosnia, Herzegovina, Croacia. Eslovenia. Nunca los manantiales milagrosos de nuestros balnearios tuvieron curativos tan espléndidos como en la época de la guerra, durante la cual nuestros valientes combatientes esperaban su salvación.

«La señora Gwendolin, por supuesto, estaba ahí. Parecía haber olvidado a su patria, su procedencia, la hostil Inglaterra. La muy variada virilidad del ejército austro-húngaro quizás había apagado todo sentimiento por Inglaterra en su hermoso pecho. Se había vuelto una patriota austríaca, ¡no era un milagro! —el amor solo determina el comportamiento de las mujeres.

«Cuando la guerra terminó, regresó mi amigo, todavía enamorado y. como todo hombre enamorado, convencido de que su mujer le había guardado fidelidad. Ahora bien, no necesito decirle que la señora Gwendolin estaba bastante enojada con el fin de la guerra, y quizá también con el regreso de su marido. Le echó los brazos al cuello a su esposo con la destreza que había adquirido a lo largo de la guerra y que mi amigo, desde luego, confundió con la pasión por él.

«Ya no había monarquía austro-húngara. Mi amigo, que en la empequeñecida y transformada Austria hubiera podido continuar su carrera (en el fondo era un diplomático aficionado), abandonó su oficio. Tenía suficiente dinero. También los padres de su esposa eran suficientemente ricos. Y decidió dedicar su vida a la señora Gwendolin».

X

«Viajaron por los países que habían permanecido neutrales. Mi amigo quería, según decía, volver a encontrar Ta vieja paz”. No la halló en ninguna parte. Regresó a casa. La fábrica de su padre ya no podía producir armas y municiones. Todas las armas existentes debieron ser destruidas o entregadas a las potencias vencedoras. Además, un día se enfermó el padre de mi amigo. De cualquier manera, no podían impedir que la fábrica quebrara. Algunos fabricantes de municiones lograron transformar sus plantas: en lugar de granadas y cañones de fusil, produjeron bicicletas, piezas para maquinaria, coches, ruedas, automóviles. Mi amigo también quiso intentarlo. Con el esmero que le era propio, empezó a estudiar a fondo las especialidades industriales. Visitó fábricas en Inglaterra, Alemania y Suiza. Cuando creyó tener suficiente experiencia, regresó solo —había dejado a su esposa con sus padres en Londres—. Era emprendedor, lleno de esperanza. Era casi como si saludara al destino, que lo había arrojado fuera de su noble carrera. De hecho, tenía aptitudes comerciales, instinto para las personas y las cosas. Por supuesto, tocábamos algunas obras juntos e íbamos a conciertos.

«En una ocasión, fue a verme a una hora desacostumbrada. Sabía que solía irme tarde a dormir. Era la una de la mañana. Dejó un portafolios sobre la mesa, se quedó parado frente a mí y preguntó:

“Dígame la verdad, usted lo sabe. ¿Mi mujer es fiel? ¿Me ha engañado? ¿Con frecuencia? ¿Con quién?”.

Una situación incómoda, comprenderá usted. Forma parte de las leyes de caballería no traicionar a una mujer. Además, algunas veces había visto que la ira de los hombres enamorados no se dirige contra la mujer pérfida, sino contra los amigos monitorios que ponen sobre aviso. Hoy, todavía no sé qué deber es más determinante: respetar a la mujer o decirle la verdad a un amigo. En el transcurso de mi larga práctica como ginecólogo me he vuelto, por decirlo de algún modo, más caballeresco; es decir, he adquirido experiencia en el trato deferente a las mujeres. Pero también me he vuelto más cuidadoso en el juicio de ese sexo débil, a cuyas fuerzas nunca nos podremos enfrentar. Era mi mejor y único amigo. Lo miré, no me levanté y dije con sinceridad:

«”Su esposa lo ha engañado muchas veces”.

«Se sentó, volteó el portafolios y vació su contenido sobre mi mesa: pulimentos militares, escarapelas, Edelweiss, botones de metal, espejitos, distintos utensilios como los que los soldados suelen regalarles a las muchachas durante la guerra.

«Por último, también había cartas de amor, pequeñas, grandes, sencillas, distintas tarjetas y el correo azul de la milicia. Mi amigo estaba ahí parado y miraba ese variado montón. Luego se me quedó viendo algún tiempo y preguntó:

«”¿Por qué no me dijo nada?”.

«”No era mi obligación”.

«”¡Ah!” —exclamó de pronto-. “¡No era su obligación! ¡Me pitorreo de su amistad! Escúchelo, ¡me pitorreo de usted!”.

«Recogió todas las baratijas en el portafolios, lo cerró, ya no me miró y salió de mi casa”.

«”Pues he perdido un amigo”, me dije. Peor, mucho peor que cuando se pierde una mujer. Hubiera podido tener dos semanas más, pero a la mañana siguiente me fui a mi estación termal.

«Ahí recibí un agitado telegrama de la señora Gwendolin. También a ella debía decirle la verdad sin demora: no sabía si su marido se había enfermado o por qué ella tenía que ir a verlo tan súbitamente.

«Remití el telegrama a mi amigo, sin más palabras».

XI

«Cuatro semanas después, los dos fueron a verme de improviso. Es decir: primero mi amigo irrumpió en mi habitación. Había ocurrido algo terrible. Lo contó en frases precipitadas: había sucedido una de las escenas acostumbradas. La mujer intentó negarlo. El mencionó y mostró las llamadas “evidencias”. La mujer decidió, con lágrimas, por supuesto, volver a Londres para siempre. Las maletas estaban hechas, el boleto comprado. Una hora antes de la partida del tren, ella fue a su fábrica. El conocido “último adiós”. Obviamente, llevaba flores. Usted no tiene idea de qué tipo de miserable plagio de una mala novela es la vida. O. como verá en seguida, de manuales de medicina. Ella se comportó de manera extraña. Se arrodilló y besó a mi amigo en la punta de los zapatos. El no pudo defenderse. Ella le pegó en la cara. Después, con torpeza, como una muñeca de trapo, se desplomó en el suelo. No la podían levantar. Estaba aferrada a la alfombra, como soldada. Después cayó en espasmos. Fue llevada a su casa, se llamó a los médicos, la llevaron a Viena a ver al corifeo. Su estado es casi invariablemente malo, pero dentro de la enfermedad hay vivos cambios. De pronto, se paraliza un brazo; de pronto, una pierna. En ocasiones, la cabeza tiembla; otras, un párpado. Durante días, no puede comer nada, vomita al ver alimentos. Un par de veces, tuvieron que llevarla en camilla a la iglesia; quería rezar. Está enojada con su marido; según ella, es el causante de sus dolencias.

«Mi pobre amigo, de hecho, se cree culpable. “Yo la destruí”, decía. “¡Mi culpa! ¡Todo lo que ha hecho fue por mi culpa! Estaba sordo y ciego. A las mujeres jóvenes no se les deja solas. ¿Qué podía hacer, noches y días enteros sin mí? ¡Y con qué brutalidad he aclarado las cosas con ella! ¡En realidad, no me ha hecho nada de daño! Sólo mi orgullo estaba herido. Estúpida vanidad masculina humillada. Ningún doctor puede ayudarla. ¡Sólo usted! ¡Perdóneme tocio!”.

«”¡Yo tampoco puedo ayudarla, mi querido, pobre amigo!”, dije. “Sólo ella misma puede ayudarse, si es que quiere. Pero precisamente está enferma porque no quiere ayudarse. En la medicina lo llamamos la fuga en la enfermedad. Se trata, con toda franqueza, de un ejemplo de ese fenómeno patológico. Sólo puede hacerse una cosa: sálvese usted mismo. Interne a su esposa en un buen sanatorio”.

«”¡Nunca!”, exclamó. “Nunca la abandonaré”.

«”¡Bien!”, dije. “Como quiera. Vayamos por su esposa”.

«Me recibió con una sonrisa encantadora y a su marido con una mirada severa. Una actriz genial no hubiera podido hacerlo mejor. Su ojo derecho brillaba hacia mí: el izquierdo emitía un rayo tenebroso contra mi amigo. “Ayer, sus párpados palpitaban todavía. Hoy sólo pudo darme la mano izquierda, pues la derecha estaba tiesa”. “¿Las piernas?”. “Hoy estaban bien”. “¡Levántese!”, ordené en el tono en el cual debía hablarle a los soldados como médico militar. Se paró. “¡Venga al piano! ¡Quiero que tratemos de tocar!”. Caminó hasta el piano. Nos sentamos. Y entonces hice un sacrificio inaudito por mi amigo. Piense: yo. yo toqué… ¿Qué cree que toqué? ¡Wagner! ¿Y qué de Wagner? El coro de los peregrinos. Y su mano derecha se movió. “¡Wagner es un gran maestro!”, dijo cuando terminamos. “Sí, señora.

Como remedio para las mujeres enfermas es insuperable”, repuse.

«”¡Es usted un médico único en el mundo!”, celebró mi amigo. Piense usted: ¡no notó en absoluto que había tocado a Wagner por primera vez en mi vida!

«Tanto puede una mujer, y más aún. A partir de ese momento, sólo me dejó un par de descansos al día; mi amigo, ni uno solo. Estábamos sentados día tras día, noche tras noche, junto a ella; mejor dicho, en torno a ella. En los escasos momentos, en los cuales podía estar solo; o sea, cuando atendía a las otras pacientes, mi amigo no tenía una vida sencilla. Yo sentía que con fervor me esperaba. Al llegar, me abrazaba, se quedaba conmigo largo rato en el recibidor. Yo sabía qué tanto ansiaba estar conmigo a solas, dos horas, una tarde, y sentía latir su corazón, su pobre corazón medroso, el corazón de un esclavo, al cual su dueña puede aguardar amenazante. Cuando entrábamos en la habitación, su esposa preguntaba siempre: “¿Qué hacían tanto tiempo allá afuera? ¡Hace calor! ¡El doctor no lleva abrigo! ¿Qué secreto me esconden? ¿Ay, Dios! ¡Siempre me engañan!”.

«No pude abstenerme de responderle un día: “A todos nos llega la hora…”.

«Se vengó aquel día. Su pie izquierdo se entumeció, se enfrió, y tuve que frotárselo una hora.

«Mi amigo se mantuvo de pie junto a su cabecita y le acariciaba el pelo. No dijimos una palabra.

«Cuando el pie izquierdo casi había vuelto a adquirir calor, le pregunté a mi amigo: “¿Y qué es de su fábrica?”.

«”¿Fábrica? ¿Qué fábrica?”, exclamó la enferma.

“”Cálmate”, decía el marido. “El doctor se refiere a mi fábrica”. “La vendí hace mucho, querido amigo, vivimos de la cuenta del banco”.

«Día a día se repetían ese tipo de escenas. A veces, los tres salíamos a pasear. Entonces la llevábamos, no, la acarreábamos justo en medio. Colgaba de nuestros brazos, una dulce carga. Comíamos, bebíamos y callábamos.

«Una vez, lo recuerdo, fuimos a un salón de baile. Usted sabe que no soy un bailarín apasionado. Odio todo tipo de exhibicionismo, y eso —dicho con sinceridad— es el baile desde el fin de la guerra. Pero como ya en una ocasión, por mi amigo, había tocado a Wagner con su esposa, decidí también bailar con ella. ¡Todo lo que no debe hacer un cirujano! Bueno, bailamos. A mitad del Shimmy, me susurró: “Te amo, doctor, sólo te amo a ti”. Por supuesto, no respondí. Cuando regresamos a la mesa, le dije a mi amigo: “Su esposa acaba de declararme su amor. Soy el único médico al que quiere”.

Un par de días después, la temporada llegaba a su fin, le aconsejé a mi amigo que se fuera con su esposa a Inglaterra, a ver a sus suegros y, si quería, que volvieran el próximo año.

«”El próximo año vendremos sanos”, dijo. Y se fueron».

XII

«Al año siguiente, llegaron de nuevo, pero de ninguna manera sanos. Hablo en plural, pues mi amigo estaba tan enfermo como su mujer. El tifo es menos contagioso que la histeria, debe saberlo. Un demente no es peligroso porque pueda amenazar físicamente a su entorno, sino porque destruye poco a poco la razón de su entorno normal. La locura, en este mundo, es más fuerte que el sentido común, la maldad es más poderosa que la bondad.

«Durante el invierno recibí pocas noticias de mi amigo. Quizá mi consejo había sido malo. En casa de sus padres, la malignidad de la mujer ganó nuevas fuerzas; fue, por decirlo así, una fragua para sus armas. Médicos, hipnotizadores, ensalmadores, magnetizadores, curas, matronas: nada podía ayudarla. Un día, aseguraba que ya no podía mover las piernas. Y significativamente era poco después de la noche en que su marido —con su suegro, además— había ido por primera vez a un banquete desde la aparición de su enfermedad. Ahora bien, las piernas estaban realmente tiesas. Las muletas, las patas de palo, las prótesis son más flexibles. Las inmóviles, inamovibles piernas adelgazaban con rapidez, mientras el tronco engordaba sin cesar. Y como no soportaba a ningún desconocido, por supuesto que su marido, mi amigo, debía llevarla en silla de ruedas.

«Cuando fue a verme de nuevo, había encanecido y envejecido. Pero peor que eso: ese hombre noble tenía la actitud y el aire de un criado. Qué digo; era como un siervo. Como un recluta ante la llamada de su sargento, se ponía firmes cuando lo llamaba su mujer. La voz de ella se había vuelto más ronca y más aguda al mismo tiempo. Como una sierra zumbante cortando el aire. Además, tenía ojos relampagueantes, risueños, joviales, una sonrisa agradable, mejillas sonrosadas que se redondeaban, un hoyuelo en el mentón, que se hacía más grueso. Parecía un ángel tullido de Navidad, sin alas, sobre piernas miserables, flacas, firmes, inmóviles. Sin embargo, mi amigo, como decía, era como un lacayo. Un viejo cochero hubiera tenido aspecto de príncipe junto a él. Mi amigo se arrastraba con hombros encorvados, sobre rodillas flexionadas. Quizá se debía a que tenía que llevar eternamente la silla con su dulce carga por la vida. Sí. golpeado, esa es la palabra exacta, ¡parecía golpeado! Quizás

»Le pregunté cómo le iba en el amor, me refería al amor físico. Pues piense usted: ese hombre debía desnudar a su mujer noche a noche, llevarla a la cama en brazos y, por supuesto, acostarse junto a ella. El pobre temía que esa mujer fuera a engañarlo de nuevo si no la amaba. ¡Sí todavía se entusiasmaba con su belleza! A mí me habló con entusiasmo de su belleza, de la cual yo había visto su tronco engordado y sus piernas flacas.

«Lo que más le molestaba eran sus celos. No podía estar sola ni un momento, rechazaba a las enfermeras por miedo a que su marido pudiera enamorarse de ellas. Pero también estaba celosa de mí, de la recamarera, del mozo, del portero del hotel, del elevadorista. Juntos la acarreábamos a los conciertos, al café, al restaurante, como tiro de borrico, sujetos al cabo de su miserable y rechinante carretilla, jadeando en las tardes de bochorno, a veces, en la lluvia y el viento, sosteniendo un paraguas sobre su sombrero siempre a la moda, las mantas perpetuamente alisadas sobre sus rodillas. Modistas, costureras, cortadoras, revoloteaban, como mariposas en la luz, por el hotel donde vivía. Se detenía cada tercer ventana. Hacía que la metieran en las joyerías, donde se demoraba buscando la alhaja adecuada. Cada mañana llegaba el peluquero. Cada mañana, mi amigo tenía que acomodarla en la tina y, mientras ella jugaba con animales de goma, le leía revistas y estúpidas novelas inglesas de entretenimiento.

«Mi tratamiento ya no servía para nada. Ya no había, como decimos los médicos, “ganas de vivir ” en la mujer. En ella había arraigado demasiado la psicosis. Se reía de mí. Ya no tenía poder sobre ella.

«Nunca logré estar a solas con mi amigo. No nos dejaba solos ni un cuarto de hora. Busqué una salida. Finalmente creí encontrarla: debido a que rechazaba a una enfermera por celos, ¿cómo sería con un cuidador? Conocía a un buen muchacho de nuestro hospital. Hablé con él, estuvo de acuerdo. Lo llevé con la señora Gwendolin. A ella le pareció bien. “Pero no ahora”, dijo, “cuando regresemos; aquí no quiero dejarlos a ustedes dos solos”. En eso quedó. Poco antes del fin de temporada, se fueron a Londres con el joven cuidador.

«Sentía un ligero alivio: quizás ese cuidador podía facilitarle a mi pobre amigo al menos un par de respiros en Londres.

«¡Pero sucedió otra cosa! Apenas dos meses después, recibí una breve carta de mi amigo.

«Yo siempre había tenido razón, me escribió. Ahora, por fin, él lo sabía, pero nunca era demasiado tarde, iba a dejar a su esposa. La había sorprendido, por casualidad. en un abrazo íntimo con el joven cuidador. Pronto escucharía más detalles.

«Pero pasaron dos años. Escribí sin obtener respuesta. Ya no supe nada de mi querido amigo.»

XIII

«Un día viajé a París y fui, más por aburrimiento que por interés, a uno de los muchos centros nocturnos de Montmartre, frente a cuyas puertas montan guardia falsos cosacos tratando de atraer al interior a norteamericanos auténticos. Cansado y casi humillado por mi propia estupidez, me quedé sentado mirando a las parejas que bailaban. De pronto, distinguí a la señora Gwendolin. ¡Era ella, sin duda! Bailaba tina llamada Java del brazo de un gigoló con el pelo negro alisado y engominado. El hombre no podía ser otro que Lakatos. Es decir: Lakatos de Budapest es un tipo, no una personalidad. No tenía que ser necesariamente el viejo Lakatos de la habitación 52.

«De repente, la mirada de la señora Gwendolin cayó sobre mí. Dejó parado a su compañero de baile y vino a mi mesa, jovial, sonriente; una diosa. Me incliné por instinto para ver sus piernas. Piernas sanas, impecables, en medias de seda gris claro.

«”¿Qué? ¿Se sorprende, doctor?” —dijo—. “Me voy a sentar un momento”.

«Se sentó.

«”¿Dónde está su marido?” —pregunté—. “¿Por qué no escribe?”.

«Dos enormes lágrimas resplandecientes aparecieron a la orden, dos guardianes de la tristeza, en el rabillo del ojo.

«”¡Murió!” —dijo—. “Desgraciadamente se suicidó, por una estupidez”.

«De la bolsa sacó un pañuelo y un espejo al mismo tiempo.

«”¿Cuándo?” —pregunté.

«”¡Hace dos años!”.

«”¿Y hace cuánto que está usted sana?”.

«”¡Año y medio!”.

«”¿Y con el que está es su nuevo marido?”.

«”Mi prometido, el señor Lakatos, un húngaro, famoso bailarín, como quizás haya visto”.

«”¡Ay, el parásito!”, pensé y exclamé: “La cuenta!”, y pagué de inmediato y dejé a la mujer sentada y salí sin despedirme de ella.

«Muchas, muchas mujeres pasaron delante de mí. Algunas me sonrieron.

«Sólo sonrían, pensé, sólo sonrían, den vueltas, mézanse, cómprense sombreritos, medias, cositas. ¡Pronto se les acercará la edad! ¡Un añito todavía, dos! Ningún cirujano las podrá ayudar, ningún peluquero. Deformes, afligidas, amargadas, pronto, bajarán a la tumba, y todavía más abajo, al infierno. ¡Sonrían, sólo sonrían!».  n

Traducción de Javier García Galiano