La nueva amenaza global

LA NUEVA AMENAZA GLOBAL

Nada tan serio como un hombre dispuesto a morir por su causa. El martes negro del 11 de septiembre recordó esa vieja verdad al mundo. Las grandes ciudades del planeta son vulnerables a la acción de grupos terroristas decididos a morir matando. La modalidad de guerra santa que sacudió a Norteamérica tiene recursos suficientes para desafiar cualquier región del globo.

Los servicios de inteligencia no pudieron impedir la catástrofe, porque nadie esperaba un golpe de esas dimensiones y porque la red de prevención no sólo es inadecuada, sino acaso imposible de adecuar. Ese tipo de atentados sólo podría prevenirse sometiendo a la sociedad a controles incompatibles con la esencia misma de la vida democrática.

La causa del terror puede inducir catástrofes en cualquier sitio, pero no es una causa popular. Las organizaciones capaces de grandes atentados se cuentan con los dedos de una mano. Los gobiernos que las protegen dentro de su territorio, también.

Ambos existen, de hecho, porque no han sido considerados hasta ahora un verdadero riesgo, político o militar, para la seguridad del mundo desarrollado. Parecían extravagancias islámicas, asiáticas, levantinas, africanas: una periferia deleznable con la que era posible convivir, aun si costaba atentados a embajadas y barcos estadunidenses en África o el Golfo Pérsico. No eran parte del mundo, sino un submundo tolerado, periférico, marginal.

El odio marginal del submundo golpeó sin embargo el corazón de la modernidad de Occidente. El daño inflingido en un escenario inaceptable ha sido suficiente para cambiar de manera radical la estrategia del mundo desarrollado, con Estados Unidos a la cabeza, respecto del terrorismo internacional.

Ese terrorismo demostró tener una capacidad de destrucción equivalente a la de bombardear Nueva York y el Pentágono. Ha pasado, por ello, de la periferia tolerada al primer plano de la agenda de la seguridad mundial. Lo hace de la mano del estupor, la ira, la urgencia de venganza y represalia de la única potencia militar del mundo unipolar que sucedió a la guerra fría.

Estados Unidos tiene por fin el enemigo y la causa que necesitaba para funcionar como una potencia con misión, el enemigo que había buscado inútilmente en el narcotráfico, los daños ecológicos o el sida, la causa que había inspirado sus cruzadas por la democracia, los derechos humanos, el libre mercado.

La magnitud del atentado en pérdida de vidas, destrucción de bienes y drama mediático, facilita los acuerdos internacionales para actuar contra la nueva amenaza global. El mapa del terrorismo es ya el escenario de una “guerra en marcha”, la “tercera guerra mundial”, una versión planetaria de la vieja “guerra de la pulga” donde enormes ejércitos modernos luchan contra pequeñas bandas invisibles. El mundo globalizado contra la globalización del terror.

Los principios que regirán esa guerra fueron trazados el mismo 11 de septiembre por el presidente de Estados Unidos: no habrá distinción entre los terroristas individuales y los países que les sirven de refugio. Los países que sigan protegiendo gaipos terroristas en su territorio se volverán blancos potenciales del poderío militar americano y sus aliados. En primer sitio, Afganistán. Pero hacen fila por sus propios méritos Irak, Libia, Sudán, Argelia…

El temor a la guerra directa disminuirá seguramente los santuarios territoriales del terrorismo mundial. También sus refugios financieros. Sin bases de refugio estables, las posibilidades de supervivencia de estos grupos deberían disminuir al punto de la inexistencia.

Los riesgos de la estrategia son conocidos. La guerra convencional contra Estados protectores de terroristas podría encender a escala mundial conflictos tan sangrientos y resistentes al arreglo como el de israelitas y palestinos. Por su parte, la asfixia territorial de las organizaciones terroristas pudiera dar paso a un nomadismo del terror más suicida y peligroso.

Desde el punto de vista político, la “primera guerra del siglo XXI” ha tomado la forma de una cruzada mundial contra el terrorismo. La lucha contra el terrorismo se eleva por fin, afortunadamente al estatus de un valor universal, semejante al de la consagración en las últimas décadas de la democracia y los derechos humanos.

La lógica del proceso conduce directamente al problema del intervencionismo internacional en países o regiones que suponen un riesgo para la seguridad del mundo. También, al tema de la internacionalización de la justicia. Los Estados que en algún momento han apoyado a grupos terroristas internacionales serán forzados a tomar posiciones del lado de la cruzada antiterrorista. Entre ellas, dar facilidades para que fuerzas internacionales participen en la persecución de esos grupos.

En la fase de lanzamiento de la “nueva guerra americana”, como empezó a llamarla CNN a los pocos días del atentado, hay poco espacio para la reflexión sobre las causas estructurales de la nueva amenaza global. Menos aún sobre la responsabilidad de Estados Unidos y el mundo desarrollado en la siembra del odio que viene de esa periferia soliviantada, agraviada al punto de hacerle creer justa una guerra santa de sacrificios bárbaros y medios inhumanos.

Conviene no abusar de las palabras. La “tercera guerra mundial” no incluye a todo el mundo ni será una guerra en estricto sentido. Será sobre todo una operación policiaca de nivel planetario, conducida por Estados Unidos, que incluirá represalias unilaterales contra países y regiones cuya capacidad de respuesta es poca o nula.

Conviene también ser claro en las definiciones frente a este conflicto. Entre lo que representan los terroristas y lo que representan las ciudades americanas atacadas, no hay nada que elegir. Con todas las omisiones y responsabilidades históricas que quieran atribuirse a sus gobiernos, en la cruzada que se inicia, los valores de la modernidad, la libertad y la democracia están del lado de los agredidos. Los de la intolerancia, el odio, la locura religiosa y el suicidio colectivo del lado de los agresores.

Si la “tercera guerra mundial” ha de librarse entre lo que representan las Torres Gemelas, de Nueva York, hoy desaparecidas, y lo que representan los usos y costumbres del régimen talibán. que da cobijo territorial a Bin Laclen, hay que manifestarse por lo primero. Pero Afganistán no debe ser arrasado. La civilización no puede imponerse con los instrumentos de la barbarie, n

Vecinos cercanos de nuevo tipo

VECINOS CERCANOS DE NUEVO TIPO

Cuando el presidente Bush regrese de la guerra contra el terrorismo, quién sabe donde habrá quedado su “prioridad mexicana” de antes del 11 de septiembre. El azar ha roto lo que parecía una prometedora burbuja de acercamiento, comprensión y apertura entre los gobiernos de ambos países.

Ha roto sobre todo la posibilidad de que el mayor aliado de esa apertura, el propio presidente Bush, dedique a ella el tiempo que necesita su desarrollo. Abrirse a México no es la causa más popular que pueda encontrarse en los medios políticos estadunidenses. El presidente Bush parecía dispuesto a pagar costos por ella.

En vez de esa oleada de buena voluntad, la agenda de la guerra contra el terrorismo pondrá sobre el gobierno de México presiones de difícil resolución y alto costo. La primera de ellas, una expectativa de incondicionalidad en el camino de represalia que elija Washington.

El canciller Jorge G. Castañeda empezó a darle la cara a esa expectativa cuando declaró, al día siguiente de los atentados, que no era el momento de “regatear apoyos a Estados Unidos”. Repitió la posición días después en su comparecencia ante el Congreso.

Empezó a pagar de inmediato algunos costos con el recelo habitual de una opinión pública que sigue midiendo la soberanía mexicana por las diferencias que el gobierno tiene con las posiciones de Estados Unidos. El organillo nacionalista parece decir: entre más se coincida con el vecino del Norte, menos soberanía.

Apoyar acciones bélicas directas de Washington será una necesidad estratégica y un costo de opinión pública interna para el gobierno de México. Lo mismo puede esperarse de la solicitud estadunidense de apoyo para presentar iniciativas en foros multilaterales, como la ONU y la OEA.

¿Está dispuesto el gobierno de México a apoyar acciones internacionales de intervención con uso de la fuerza para combatir el terrorismo? No habrá mucho espacio a las medias tintas, ni a las declaraciones sin consecuencias. No es el momento para discursos antigringos de consumo interno, ni para retóricas vacías de no intervencionismo en el exterior.

El Consejo de Seguridad de la ONU, al que México lucha por ingresar, será un foro clave de iniciativas de Washington para legitimar el uso de la fuerza y la intervención internacional. Es difícil imaginar para México muchos espacios de maniobra frente a la presión americana en ese Consejo.

La cooperación en materia de vigilancia y control de la frontera norte será también materia de adecuaciones difíciles. La ineficiencia mexicana en la materia y la porosidad de sus instrumentos se harán evidentes ante la exigencia de una vigilancia efectiva de nuestras propias fronteras terrestres, marítimas y aéreas.

No es remota la posibilidad de que Estados Unidos solicite su propio puesto de inspección, por ejemplo, en aeropuertos mexicanos, además de acciones y compromisos más estrictos por parte de México, para el control migratorio de terceros países, asunto que puede ser parte de la estrategia general de la guerra contra el terrorismo.

La capacidad de respuesta mexicana en esa materia es limitada. No hay efectivo control y vigilancia de fronteras, asunto que hace al país sumamente vulnerable a la presión de un vecino agraviado, en son de guerra.

Lo mismo puede anticiparse respecto de las tareas de inteligencia: mayor integración con las agencias de Washington, oferta de más recursos, mayores compromisos de apoyo a la cruzada antiterrorista. Una lógica vertiginosa de convergencia.

No es posible descartar presiones para una ofensiva contra grupos radicales violentos mexicanos, como el EPR, o contra terroristas de otros países que residen en suelo mexicano, como algunos miembros de ETA.

El nacionalismo mexicano de viejo y de nuevo cuño tendrá en estas jornadas pruebas de fuego y fuegos verdaderos. La globalización no respetará nuestras fronteras. Puede anticiparse un horizonte de presiones inaceptables. Haciendo de la necesidad virtud, México podría adelantarse a las presiones y aprovechar el momento para arreglar el triste cuadro institucional que impide tener un control verdadero de nuestro territorio, y un aparato de inteligencia y seguridad del tamaño de un país como México.

Creemos que México debe ser un aliado claro de Estados Unidos en su estrategia internacional y un colaborador soberano en esa estrategia dentro de su propio territorio, lo que quiere decir actuar con sus propios instrumentos, por imperfectos que sean, sin aceptar intromisiones pero honrando el compromiso de mejorar a fondo la seguridad del país y sus fronteras.

Una alianza clara, definida, soberana con la estrategia internacional estadunidense, podría abrir rendijas inesperadas a la negociación de la agenda bilateral sepultada, junto con tantas otras cosas, por el derrumbe de las Torres Gemelas. n

lll La cuenta del Imperio

III. LA CUENTA DEL IMPERIO

En medio del luto y de la ira, se abrió paso la memoria. Voces no complacientes recordaron al pueblo estadunidense que el atentado salvaje sobre sus ciudades, no tenía una justificación pero tenía una historia. La impía recordación empezó en casa. Tres grandes escritores norteamericanos, que son a la literatura de ese país lo que las torres gemelas a Nueva York, pintaron su raya incómoda en medio de la consternación americana.

Susan Sontag, cuyo texto completo publicamos en esta edición, preguntó lo impreguntable:

¿Dónde se reconoce que este no fue un ataque “cobarde” contra la “civilización”, o la “libertad”, o “humanismo” o el “mundo libre”, sino un ataque contra Estados Unidos, la única y autoproclamada superpotencia en el mundo, un ataque que se llevó a cabo a consecuencia de las políticas, los intereses y las acciones dirigidos por Estados Unidos? ¿Cuántos norteamericanos son conscientes de los bombardeos en curso contra Irak?

Dijo Norman Mailer:

[Los estadunidenses deberían] aprender de una vez por qué tantas personas detestan a su país. [Lo juzgan] su represor cultural y estético… Hasta que Estados Unidos entienda el daño que causa insistiendo en imponer el american way of life a todos los países estaremos en problemas… Seremos la nación más odiada de la tierra.

Gore Vidal admitió:

Durante varias décadas ha existido una implacable satanización del mundo árabe en los medios de Estados Unidos. Soy un estadunidense leal y no puedo decirles por qué sucedió eso, ya que lo usual entre nosotros no es preguntarnos por qué sino echarle la culpa a otros de nuestras faltas.

Otros grandes autores hicieron también su ejercicio de memoria. “Decir que quien siembra vientos cosecha tempestades no basta para suplir el inmenso dolor de la muerte de los inocentes en Nueva York y Washington”, escribió Carlos Fuentes, pero recordó después los sufrimientos impuestos a sociedades enteras por la política imperial de los Estados Unidos, la ceguera rayana en la oligofrenia de los gobiernos norteamericanos que alimentaron con leche a las víboras que luego les respondieron con veneno. Sadam Hussein es un producto de la diplomacia norteamericana para limitar y cercar a los ayatolas triunfantes e intolerantes de Irán. Osama Bin Laden es un producto de la diplomacia norteamericana para contrarrestar la presencia soviética en Afganistán. De Castillo Armas en Guatemala a Pinochet en Chile, fue la diplomacia norteamericana la que implantó a las más sanguinarias dictaduras de la América Latina. Y en Vietnam, aunque se enfrentaron ejércitos, la población civil fue la víctima más numerosa y fatal del enfrentamiento, hasta convertir la excepción de ayer —Guernica, Coventry, Dresden— en la regla de hoy: las principales y a veces las únicas víctimas de los conflictos actuales son civiles inocentes.

La lista del dolor de José Saramago pasó muy pronto de los escombros de las Torres Gemelas a los del Hiroshima y Nagasaki:

El horror aparecerá a cada instante, al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta eso mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda de un millón de muertos, de aquel Vietnam cocido a Napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki.

Mario Vargas Llosa no dejó de señalar la responsabilidad del mundo desarrollado en la construcción de gobiernos a los que ahora Estados Unidos señala, con razón, como cómplices del terrorismo:

Las culturas que no han conocido la libertad todavía (la mayor parte de las existentes, no lo olvidemos) es porque no han podido aún emanciparse de la servidumbre a que tiene en ellas sometida a la mayoría de la población una élite autoritaria, represora, de militares y clérigos parásitos y rapaces, con la que, por desgracia, muy a menudo, los gobiernos occidentales han hecho pactos indignos por razones estratégicas de corto alcance o por intereses económicos.

En el “Islam contra el Islam”, que publicamos completo en este número de Nexos, Jean Daniel, el lúcido maestro de Le Nouvel Obsevateur, recordó también el otro lado de la tragedia, apenas legible en la gran prensa americana: Estados Unidos se apoyó en los elementos más corruptos de Arabia Saudita, Pakistán, Afganistán y de ciertas sociedades musulmanas de África —como en Kenya y en Angola durante la Guerra Fría— con el pretexto de que toda alianza que pudiera hacer fracasar al expansionismo soviético era buena… Se trata de uno de los errores más perniciosos de la democracia. Error cometido por los imperios coloniales que han desacreditado los valores de Occidente al tomar como aliados a gobiernos o movimientos que deshonraban su propia civilización. Estados Unidos y el resto de occidente, cualesquiera que sean sus intereses petroleros o de otro tipo, están obligados, de aquí en adelante, a revisar amplia y severamente sus alianzas. Es necesario, sobre todo, que se abstengan de considerar que son la encarnación del bien en lucha contra enemigos que representarían, sin más el mal.

Análisis más críticos aún pudieron leerse en la prensa europea en la mirada especializada de otros conocedores del mundo árabe. Gilíes Kepel. profesor del Instituto de Estudios Políticos de París y autor de La Yijad. Expansión y declive del islamismo, resumió:

Las imágenes del 11 de septiembre… se inscriben al término de una larga serie que ha golpeado los espíritus en el mundo musulmán desde el estallido de la segunda intifada: manifestaciones palestinas, represión israelí con los medios sofisticados de la guerra electrónica; después, atentados suicidas palestinos; después, años de bombardeos sobre Irak. La matanza de Estados Unidos mezcla los dos registros: es un atentado suicida que tiene la potencia devastadora de la guerra electrónica, destinada a señalar al universo que occidente ya no tiene el monopolio de la destrucción masiva y que se le puede golpear en su territorio.

Faisal Bodi, especialista en asuntos musulmanes, escribió en Guardian Unlimited:

¿Por qué los Estados Unidos han sido el blanco sistemático de los ataques islámicos: las barracas de los marinos norteamericanos en Beirut en 1983, el World Trade Center en 1993, los bombardeos de al-Khobar en 1996, la bomba al portaviones U. S. Cole en el 2000? ¿Por qué? ¿Qué hace que los Estados Unidos sean un imán para los militantes musulmanes? [...] Aunque los ataques sobre construcciones civiles pueden sugerir otra cosa, la democracia no fue el blanco buscado el 11 de septiembre, tampoco la libertad. Dentro de Estados Unidos el World Trade Center, el Pentágono, Campo David, y el Capitolio, son símbolos del prestigio y el poder global de los Estados Unidos, del triunfo de la democracia. Fuera de Estados Unidos, en el mundo musulmán, son vistos popularmente como símbolos del terror y la opresión…

Robert Fisk, uno de los pocos periodistas occidentales que ha entrevistado a Osama Bin Laden, constata y define:

Toda la historia moderna del Medio Oriente —el colapso del Imperio Otomano, la declaración de Balfour las mentiras de Lawrence de Arabia, la rebelión árabe, cuatro guerras árabe- israelíes y los treinta y cuatro años de brutal ocupación israel: de tierras árabes— todo ha sido borrado en unas horas poi quienes, diciendo representar una población aplastada y humillada, han contragolpeado con crueldad perversa y terrorífica de pueblo condenado. [...] Esta no es la guerra de la democracia contra el terror.!…] Esto tiene que ver también con los misiles norteamericanos cayendo sobre hogares palestinos, con los helicópteros norteamericanos disparando misiles contra una ambulancia libanesa en 1996, con bombardeos americanos contra una aldea llamada Qana o con una milicia libanesa — pagada y uniformada por Israel, el aliado americano— asolando, violando y matando en campamentos de refugiados palestinos.

Recuerda Faisal Bodi:

Washington derramó miles de millones de dólares para sostener regímenes totalitarios en Egipto, Jordania, Arabia Saudita y Argelia, entre otros, para asegurar que sus pueblos no pudieran ejercer su voluntad colectiva. La quinta flota de lo: Estados Unidos navega amenazadoramente por el Golfo Pérsico como una advertencia a los disidentes de que Estados Unido; usará la fuerza para proteger a sus gobernantes asociados y el flujo de petróleo que corre de la península a Occidente. La presencia de soldados estadunidenses en Arabia Saudita es una afrenta para la sensibilidad musulmana sobre sus lugares santos.

Manuel Castells, especialista español de tantas cosas apunta a la madre de todos los agravios:

La identidad humillada y el menosprecio cultural y religioso de Islam por los poderes occidentales, conducen a la resistencia, al llamamiento a la guerra santa. Y esta resistencia se concreta en la oposición a la existencia de Israel y se alimenta de la prepotencia israelí en su opresión del pueblo palestino. Por tanto, es en esa identidad islámica (no árabe) exacerbada y en el proyecto de defensa-imposición de estos valores en todo el mundo, empezando por los países musulmanes, en donde se encuentra el quid de la cuestión.

Abunda Faisal Bodi:

Es el apoyo indiscriminado de Estados Unidos a Israel lo que más enoja a los palestinos. Campo David no iba a ser un blanco casual de los ataques del 11 de septiembre. El lugar del primer acuerdo de paz entre un estado musulmán e Israel en 1978, es visto por muchos todavía como una capitulación y una venta de los palestinos. La ayuda oficial de Estados Unidos a Israel este año llega a seis mil millones de dólares que no hay que repagar. En la semana del atentado a Nueva York, Israel anunció que iba a ejercer la opción de cincuenta más F16 para mantener su superioridad sobre todos sus vecinos árabes. Que el blanco de la ira sea sólo Estados Unidos y no otros países occidentales, indica que para los militantes es excusable el silencio sobre la opresión de los palestinos, pero no perdonan la complicidad directa en ella.

La ira oscurece las equivocaciones históricas y las injusticias que están detrás de los atentados del martes negro, dice Robert Fisk. Los actos de terror parecerán en efecto injustificados si no entendemos cuánto ha llegado a odiarse a Estados Unidos en el lugar del nacimiento de tres grandes religiones.[. . .] Pregúntese a los árabes qué les parecen las miles de muertes inocentes del martes negro, y ellos responderán, como cualquier gente decente, que es un crimen sin nombre. Pero preguntarán por qué no usamos esas mismas palabras para describir las sanciones que han destruido las vidas de quizá medio millón de niños en Irak, por qué no nos agravia la muerte de diecisiete mil quinientos civiles asesinados en la invasión de Israel a Líbano en 1982.[...] Estados Unidos ha respaldado las guerras de Israel por tantos años que pensó que no le costarían. Ya no. [...] Hace ocho años ayudé a hacer una serie de televisión que trataba de explicar por qué tantos musulmanes habían llegado a odiar a occidente. [La noche del 11 de septiembre] recordé a algunos musulmanes de aquella serie cuyas familias habían sido muertos por bombas y armas de factura estadunidense. Decían que nadie podía ayudarlos salvo Dios. Teología contra tecnología, la bomba suicida contra el poder nuclear. Ahora sabemos lo que eso significa.

Añade Faisal Bodi:

Desde 1991, las sanciones guiadas por Estados Unidos contra Irak y los efectos del uranio usado que dejan las bombas han matado un millón de niños. No se sabe si los atacantes del 11 de septiembre querían suspender los vuelos aéreos en Estados Unidos, pero al menos por un día lograron imponerle a la zona las condiciones de no volar que están vigentes sobre Irak desde el levantamiento palestino que empezó en septiembre del año pasado. Helicópteros Apache estadunidenses y rifles M16 también de factura americana han sido responsables del asesinato de setecientos palestinos y veinticinco mil heridos más. Como CNN no está ahí para registrar cada cráneo aplastado y cada cuerpo calcinado, el público de occidente sigue sin conocer el terrorismo de Estados Unidos.

Vijay Prashad. profesor asociado y director del programa de Estudios Internacionales de Trinity College. en Hartford. Connecticut recordó que la guerra de Estados Unidos con el terrorismo islámico no empezó el 11 de septiembre del 2001, sino medio siglo atrás cuando los Estados Unidos se hicieron cargo de la banda de naciones que se agrupan entre Libia y Afganistán, la mayor parte de ellas ricas en petróleo, muy importantes, por lo mismo, para el capitalismo global. La Segunda Guerra Mundial había devastado a Europa. El mandato civilizatorio asumido hasta entonces sobre aquella región por Francia e Inglaterra llegó a su fin. Estados Unidos se vio obligado a asumir el peso del hombre blanco. lo hizo con entusiasmo, en servicio, entre otras cuestiones estratégicas, de las Siete Hermanas, las mayores corporaciones petroleras del mundo, empresas transnacionales con base en estados Unidos. Las alianzas derechistas de la región contaron con la simpatía de Estados Unidos y las alianzas izquierdistas miraron hacia la URSS. Estados Unidos participó en la destrucción de la izquierda en África del Norte y en Asia Occidental, empezando por la destrucción del partido comunista egipcio, el más grande en la zona, siguiendo con la promoción de Saddam Hussein para arrasar al vigoroso partido comunista irakí terminando con el financiero saudita Osama Bin Laden. uno de cuyos propósitos fue acabar con el régimen comunista afgano.

Para lograr esto último Estados Unidos financió a las fuerzas que se oponían al régimen establecido en Afganistán en 1978 con el apoyo militar soviético. Estados Unidos respaldó sin mayores condiciones a los combatientes afganos antisoviéticos y a los militantes islámicos radicales árabes y pakistaníes. Los llamó a todos freedom fighters. Como un poderoso instrumento en la movilización de esta alianza Estados Unidos favoreció el uso de la yijad o guerra santa, es decir, la declaración de guerra religiosa contra el adversario político al que se condena a muerte por infiel.

Escribe Gilíes Kepel:

Durante catorce siglos de historia de las sociedades musulmanas. los doctores de la ley o ulemas. los únicos habilitados en principio, para proclamar e identificar su blanco, utilizaron la yijad con mucha prudencia y parsimonia. En efecto, al legitimar el recurso a la violencia, la yijad corre el riesgo de alterar el orden público y las jerarquías de la sociedad, de extender el desorden y la sedición (fitna) y. si no está estrictamente enmarcada y limitada, puede volverse contra quienes la han proclamado. Es una arma de doble filo. Al apremiar a los ulemas más conservadores a publicar fatwas (decisiones jurídicas basadas en los textos sagrados) declarando la yijad contra los soviéticos. Estados Unidos y sus aliados abrieron la caja de Pandora. Porque el mismo razonamiento aplicado y puesto en marcha contra “los impíos” rusos que ocupaban Kabul, tierra del Islam, se volverá contra los “impíos” americanos que profanaron con su presencia militar la “tierra sagrada” de Arabia Saudita desde la Guerra del Golfo 1990-91.

Todo aquel manejo de extrañas alianzas era sólo la extensión afgana de una política exterior de equilibrios pragmáticos cuyo símbolo mundial fue en los años setentas Henry Kissinger. Kissinger había llevado al nivel de la teoría política lo que las grandes potencias de todos los tiempos habían hecho en la práctica sin necesidad de teóricos. Vijay Prashad:

Estados Unidos debía cerrar filas con cualquier líder político decidido a resistir al socialismo y a garantizar la vigencia de los dictados del capitalismo internacional, lo cual lo convertía en un factor de estabilidad. La galería de títeres de esta política incluye una larga lista de validos de la CIA: Noriega en Panamá, Marcos en Filipinas, Pinochet en Chile. Suharto en Indonesia, el Sha en Irán, los varios jeques en el Golfo Pérsico.

En Afganistán todo fue ganancia para el mundo libre. La guerra santa afgana dirigió hacia Moscú la atención y el encono del mundo musulmán, alejándolo del antiamericanismo que había sido la marca de fábrica de la revolución islámica de jomeini. Gilíes Kepel:

Concentrado en torno a Peshawar, el movimiento islámico más extremista combatió al comunismo. El golpe dado al imperio del mal no costó caro: la factura de la yijad ascendía a unos seiscientos millones de dólares al año para Washington y otro tanto para las monarquías petroleras del mundo árabe. Ningún boy americano perdió la vida: la guerra la hicieron islámicos barbudos, celebrados entonces como freedom fighters. combatientes del mundo libre, que vengaron. a través de un intermediario, a Vietnam, sin oprimir a los contribuyentes ni enlutar a las familias de los soldados.

El 15 de febrero de 1989 el Ejército Rojo soviético abandonó Afganistán. Pocos meses después también abandonó la historia, con la caída del muro de Berlín. Los antiguos alineamientos del mundo árabe perdieron su brújula. Desaparecido el enemigo central aparecieron los adversarios cercanos. Irak invadió Kuwait. Estados Unidos bombardeó Irak y “recuperó” Kuwait. La guerra contra Irak quebró la alianza entre Estados Unidos, las monarquías petroleras árabes y los combatientes de la guerra santa, quienes sintieron violado el suelo del Islam. Ahí empezó la hora de los estudiantes funda- mentalistas árabes, los talibanes, palabra que quiere decir literalmente, “los estudiantes de la religión”. Los seguidores de la yijad, dice Kepel, tomaron partido contra la coalición internacional. Pero la lógica de los servicios de información quiso que se mantuviera el contacto con los militantes, muchos de los cuales fueron invitados a residir en Norteamérica, para arengar a los estudiantes musulmanes en las universidades, recoger fondos para la yijad afgana, etc., y que formaron relevos y redes. En este contexto ya tuvo lugar un primer atentado contra las Torres Gemelas donde un coche bomba explotó en el estacionamiento subterráneo el 26 de febrero de 1993.

Fue un aviso serio, al menos si se escucha lo que dijo entonces uno de los responsables del atentado. Cuenta Norman Mailer:

Un funcionario del FBI que trasladó al responsable intelectual acusado del bombazo. Tamzi Ahmed Yousef, le dijo posteriormente a Benjamin Weiser del diario The Times que mientras su helicóptero volaba a lo largo del East River en Nueva York, le quitó la venda de los ojos al convicto y le señaló por la ventana hacia las Torres Gemelas: ‘Mira allá abajo’, le dijo. ‘Todavía están de pie’. ‘No estarían si hubiera tenido suficiente dinero y explosivos’, contestó el señor Yousef.

Explica Gilíes Kepel:

A partir de 1994, los servicios secretos paquistaníes animaron a estos ‘estudiantes afganos’, educados en las madrasas paquistaníes, a tomar el poder para poner fin a la anarquía en que los mujaidines habían sumergido al país. Cuando se apoderaron de Kabul, en 1996, los talibanes favorecieron el proyecto del gasoducto de una compañía petrolífera norteamericana que uniría, a través de su país, Turkmenistán y Pakistán. Al final, el proyecto no vio la luz pero en el verano de 1996, Osama Bin Laden volvió a Afganistán. Huido de Arabia, que debía despojarle de su ciudadanía, y refugiado en un primer momento en el Sudán de Hassan el Turabi, había hecho que se acogiera o permitiera el paso a partidarios de la yijad sospechosos de partir después hacia los nuevos frentes: Somalia, Egipto, Bosnia, Argelia: había puesto en marcha una red que favorecía numerosos relevos, humanos y financieros, en el mudo entero, sobre todo en Londonistán (Londres + Afganistán). A su regreso a Afganistán, pasó a una nueva etapa, al declarar desde entonces los blancos de su nueva yijad, pero sin atribuirse los atentados que se le imputaban, como tampoco ha reivindicado la masacre del 11 de septiembre en Nueva York. El 26 de agosto de 1996, difundió una declaración de guerra santa contra los norteamericanos que ocupan la tierra de los dos lugares sagrados (La Meca y Medina), destinada a proporcionar una justificación religiosa a sus acciones futuras. El texto contenía una crítica radical del régimen saudita, adherido a la alianza sionista-cruzada’ y acogía las reivindicaciones de los ‘grandes comerciantes locales’ oprimidos por la dinastía, la clase social a la que él mismo pertenece. Es hijo del mayor empresario de BTP de Arabia, beneficiario de la concesión exclusiva de las obras de la gran Mezquita de La Meca, que le ha valido al holding familiar un prestigio inmenso, contratos extraordinarios, en numerosos países musulmanes y acceso a todas partes.

El sociólogo frances Alan Touraine recoge una paradoja esencial del proceso que termina en las Torres Gemelas:

En el momento mismo en que los mejores analistas ven cómo se debilita el islamismo político en muchos países, pasamos de este islamismo político al islamismo guerrero que acaba de ponerse de manifiesto. El cambio principal de uno a otro es que los enemigos de Estados Unidos son cada vez menos visibles a la vez que se fortalecen las situaciones extremas o nacen las vocaciones de kamikaze. [. ..] Los movimientos religiosos se habían ampliado, primero, como campaña nacionalista, después como movimiento político para el que la toma del poder era más importante que la afirmación religiosa. Pero el éxito económico de Estados Unidos había debilitado esos movimientos, la burguesía árabe había pasado poco a poco al bando de la economía globalizada, dejando sin clase en la que apoyarse y sin dirigentes a las masas desarraigadas de las ciudades. Al renunciar a tomar el poder en la mayor parte de los países musulmanes, el movimiento islamista no tiene otra elección que entre su autodescomposición y la violencia.

En febrero de 1998, Bin Laden y otros aliados extremistas crearon un Frente Islámico Internacional. Estaba dirigido a combatir a los judíos y a los “cruzados” —es decir, los Estados Unidos, que en la visión de Bin Laden habían emprendido una nueva cruzada contra la tierra santa al invadir Kuwait. El Frente Islámico Internacional exhortaba a matar a los norteamericanos y sus aliados civiles y militares en todas los países donde fuera posible. ¿Quiénes eran los convocados por Bin Laden en aquel Frente? Aquellos contracruzados, explica Gilíes Kepel, proceden de biografías de ‘mártires’ caídos en Bosnia y después en Chechenia. (…] Surgen perfiles de jóvenes activistas de los que un gran número son originarios de la península arábiga, han realizado estudios superiores y pertenecen a ambientes acomodados y abandonan una vida fácil por la dureza de la yihad. Se hacen eco de esos kamikazes del 11 de septiembre, muchos de los cuales son estudiantes procedentes de la península.

A mediados de septiembre del año 2001, mientras preparaba la ofensiva contra Afganistán. Estados Unidos regresaba, veinte años después, al punto de partida. La yijad activada por ellos contra los soviéticos, se volvía ahora contra los símbolos del poder y el prestigio norteamericanos. Concluye Kepel:

El 11 de septiembre de 2001, la yijad llegada de Afganistán, se volvió a cerrar como una trampa en el corazón de Estados Unidos. Después de haber vencido al Ejército Rojo y radicalizado con resultados variables, la lucha política en muchos estados musulmanes se ha convertido hoy en día en una temible maquinaria terrorista capaz de hacer que el mundo se tambalee.

Dice un diplomático inglés que la diferencia entre Estados Unidos y los imperios históricos del mundo (Roma, España, Inglaterra) es que el imperio americano tiene buena conciencia: quiere ser temido y quiere ser querido. Es el imperio menos consciente de sí mismo que ha producido la historia: un imperio provinciano. Ninguna nación ha tenido tanto poder planetario, tanta influencia civilizatoria. tanto poder militar incuestionado, como Estados Unidos después de su triunfo en la Guerra Fría, al final y al principio del siglo XX. Los imperios son fuentes de civilización y fuentes de discordia. Tienen aliados y tienen enemigos. Producen devoción y engendran odios. El odio engendrado en el mundo islámico responde a una lógica política y militar, más que una fatalidad religiosa y étnica. Es el resultado de una historia, no de una teología. La cuenta del imperio norteamericano en el mundo árabe es resultado de la política de Washington hacia esa parte del mundo. Puede irse desacumulando con el mismo instrumento: una política hacia el mundo árabe que corrija los errores de la anterior.

Fuentes:

Susan Sontag: “Ataques terroristas”. Nexos 286, octubre 2001. La declaración de Mailer en La Jornada. 17 de septiembre, 2001.

Gore Vidal: “Martes negro”. La Jornada, 19 de septiembre, 2001. Carlos Fuentes: “Nueva realidad, nueva legalidad”. Reforma. martes 18 de septiembre, 2001.

Mario Vargas Llosa: “La lucha final”. El País, 16 de septiembre, 2001.

Jean Daniel: “El Islam contra el Islam”. Nexos 286, octubre 2001.

José Saramago: “El factor Dios’ “. El País, martes 18 de septiembre. 2001.

Gilíes Kepel: “La trampa de la yijad afgana”. El País, 18 de septiembre, 2001.

Alain Touraine: “La hegemonía de EU” y la guerra islamista’. Faisal Bodi: “Symbols of Opression”. Guardian Unlimited, 12 de septiembre, 2001.

Robert Fisk: “The Wickedness and Awesome Cruely ed of a Crushed and Humiliated People”. The lndependent, 12 de septiembre, 2001

Vijay Prashad: “War Against the Planet”. Counterpunch, 15 de septiembre, 2001

Gilíes Kepel: “La trampa de la yijad afgana”. El País. 18 de septiembre. 2001.

Norman Mailer: “El enemigo sin Estado”. Cambio. 16 de septiembre, 2001. n

Contribución a un diálogo de sordos

DEBATE EN NEXOS

CONTRIBUCIÓN A UN DIÁLOGO DE SORDOS

POR ROBERTO BLANCARTE

En Nexos 282 (junio de 2001) publicamos el ensayo de Roberto Blancarte “Iglesia y Estado: Las dos espadas” que al mes siguiente provocó una respuesta de Rodrigo Guerra López. En septiembre Jean Meyer se sumó al debate sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado y tomó distancia de varios de los argumentos de Roberto Blancarte. Ofrecemos la respuesta de éste último. Asimismo, presentamos la opinión de Claudio López Guerra sobre el voto de los migrantes mexicanos en el extranjero, un eco del artículo de José Woldenberg (“Doce cambios deseables”) publicado en nuestra edición de julio de 2001.

Querido Jean Meyer:

Dada la falta de espacio, como en mi divorcio, nada más me voy a defender.

¡A mí que me esculquen

Quizá nunca te lo comenté, pero hace algunos meses, cuando reseñé tu más reciente libro para el suplemento Hoja por hoja, me sucedió lo mismo que con el artículo que tú criticas: los editores simple y sencillamente cambiaron el título y le pusieron el que se les antojó o pareció más llamativo. En el caso del suplemento, a pesar de que yo traté de reseñar claramente tu posición respecto a don Samuel Ruiz, en la que deslindabas de manera nítida su participación en la guerrilla del EZLN, el editor lo tituló: “El comandante Sam”. Imagino tu decepción y desazón con ese desinformativo título, pero supongo que sabrás que no fue obra de quien hizo la reseña, ya que el contenido no daba elementos para ello. Lo mismo sucedió con mi artículo para Nexos: ¿cuáles dos espadas?, pensé igual que tú, cuando abrí la revista y vi el cambio de título. De hecho, me parece que, en la medida que a lo largo del artículo en ningún momento yo mencioné las famosas “dos espadas”, tú intuiste que algo así pudo haber pasado; de otra manera no se entiende tu crítica a mí y a “los editores de Nexos”. En todo caso, me deslindo, pinto mi raya y hago mía tu crítica.

De leyendas negras y blancas, en la ausencia de grises

Otra cosa son tus apreciaciones restantes. Yo en ningún momento digo o sugiero que la Iglesia católica es la fuente de las desgracias de México. Si lees con atención lo que escribí, entenderás que mi intención no es volver al debate maniqueo y, espero superado, de si la Iglesia católica fue buena o mala. Ya sabemos que fue las dos cosas. No, mi estimado Jean, lo que yo dije fue que “la principal crítica que se le puede hacer a la Carta Pastoral es la ausencia de un espíritu de autocrítica de la jerarquía católica, sobre todo respecto al papel y responsabilidad de la Iglesia en los sucesos históricos y en la situación actual del país”. Eso no es lo mismo, estarás de acuerdo conmigo, que afirmar que la Iglesia católica es la fuente de las desgracias de México. Y es muy distinto, porque la Carta Pastoral es un documento que pretende ofrecer una nueva visión del papel del cristianismo en la historia del país y presenta en consecuencia su propia interpretación de la historia, de la cultura y de la identidad nacional. Mi crítica es que, al hacerlo, cae en el mismo error que pretende combatir, es decir en el de una visión histórica que niega al otro. Es todo.

En cuanto a si debo poner en duda mis modelos, déjame decirte que eso es lo que hago de manera permanente y te consta. Si acepté organizar la XXVI Conferencia Internacional de la Sociedad Internacional de Sociología de las Religiones, este año en Ixtapan de la Sal (en la que tú me hiciste el honor de participar), fue únicamente para poder impulsar la revisión de muchos paradigmas establecidos de la sociología de la religión. En mi último artículo publicado en International Sociology (4° trimestre de 2000) precisamente lo que hago es pedir una revisión del propio paradigma de la modernidad. No tienes por qué saberlo, ya que no eres sociólogo, pero si hay un modelo que en las dos últimas décadas fue analizado, criticado, cuestionado y reubicado es el de la secularización. La literatura al respecto es extensa.

No es lo mismo la madre de Charles Boy que…

Tienes mucha razón y comparto la visión del sociólogo norteamericano que citas, respecto a la evolución y variedad del cristianismo, pero yo no estoy hablando del cristianismo; estoy haciendo referencia al episcopado católico (que no es lo mismo, como ya lo señaló en su tiempo Ernest Renán) y, en el caso mexicano, a su visión anclada en el pasado.

Dices que conoces a unos pocos obispos, a unos diez y que me asombraría conocer su “modernidad”. Déjame decirte que no conozco a diez; los conozco a casi todos y creo que bastante bien. Cuando fui coordinador de asesores en la otrora Subsecretaría de Asuntos Religiosos visité casi todas las regiones pastorales y en muchos casos a las diócesis una por una. Conversamos con prácticamente todos los obispos del país. Antes de eso ya había tratado a muchos de ellos y a muchos otros miembros de la Curia romana, cuando estuve trabajando en la embajada de México ante la Santa Sede. Y previamente me pasé estudiándolos más de seis años, entre otros, en el seminario del maestro Emile Poulat sobre sociología histórica del catolicismo, mientras hacía mi tesis de doctorado sobre la posición de los obispos ante las cuestiones sociales y políticas de México. Tengo, por lo tanto, alrededor de veinte años analizando sus documentos y viendo de cerca sus acciones y francamente no me perecen muy modernas. ¿O a ti te parece que sus posiciones sobre el aborto, sus pretensiones sobre la educación pública o sobre la mujer son muy modernas? Permíteme decirte que el episcopado católico rechaza de tal manera la modernidad que se ha encontrado muy cómodo con el concepto de “posmodernidad”. Pero te voy a dar un ejemplo más concreto de qué tan “moderno” es nuestro episcopado: en una reunión relativamente reciente entre funcionarios y obispos, uno de ellos, no el más conservador y sí con cierta representatividad, ¡¡¡propuso que el gobierno le regresara a la Iglesia los bienes que le fueron confiscados en el siglo XIX!!! Si eso no es estar anclado en el pasado, entonces no sé qué es. Y no digo más sobre el asunto porque hay una ética que me impide revelar cuestiones relativamente confidenciales.

Así que hablemos del siglo XIX y quién es decimonónico. De entrada te digo que los primeros en utilizar el término, de manera peyorativa, fueron algunos obispos, para acusar a los defensores del liberalismo de anticuados. Lo que yo hice fue demostrarles lo paradójico de esa acusación, proveniente de una institución que basa su pensamiento social en una visión integral-intransigente que viene de ese siglo (la Rerum novarumn es de 1891) y que en muchos sentidos no ha superado. En el fondo, tú, ellos y yo lo sabemos, es un debate absurdo. ,;De qué me van a acusar por leer a los clásicos griegos?

Yo ya casi ni sueño

No sé de dónde lo sacas, pero no sueño con una religión reducida al fuero interno o individual. El ABC de la sociología de la religión te dice que todas las religiones tienen un proyecto social, incluso aquellas que pretenden escapar de este mundo. Eso es lo que yo enseño a mis alumnos y lo que he publicado en múltiples ocasiones. Tampoco me molesta en lo más mínimo, ni el episcopado (ya aclaré en mi respuesta a Rodrigo Guerra que me considero amigo de muchos de ellos), ni lo que tú llamas “ambigüedad básica” de todas las iglesias. Por el contrario, frente a las interpretaciones politológicas, que ven a las instituciones religiosas únicamente como grupos de poder, siempre he buscado mostrar la especificidad de las mismas. Es el chiste de la sociología de la religión. Así que no olvido que las Iglesias, a la vez que influyen a la sociedad, son influidas por ésta. A lo mejor al que se le olvidó fue a ti, porque esa era una de las tesis principales de mi libro Historia de la Iglesia católica en México, que tú me ayudaste a publicar y me hiciste el honor de presentar.

Dicho lo anterior, te aclaro que, como tú lo dijiste, no tomo a mal tu interpelación, aunque lamento tantos malentendidos. Pero, sobre todo, lamento que no hayas tenido el tiempo de analizar el sentido de mi crítica y los puntos que realmente son interesantes en este debate. En otras palabras, poco importa si a mí me caen bien o no los obispos. Lo importante es analizar la propuesta de Nación del episcopado mexicano (porque sí hay una cosa que se llama Conferencia del Episcopado Mexicano y hay una Carta Pastoral votada prácticamente por unanimidad), en la medida que éste no sólo en efecto ya no quiere estar reducido a la sacristía, sino que además pretende influir en las políticas públicas del país.

Me hubiera gustado por lo tanto conocer tu opinión como historiador sobre el tema de la modernidad barroca vs, modernidad ilustrada, o sobre la famosa subjetividad cultural de la Nación o sobre la estructura identitaria que propone el episcopado en su Carta. Creo que tu experiencia como investigador te permitiría encontrar, mejor que yo lo hice, la clave interpretativa de la propuesta de los obispos. Quizás estás de acuerdo con ellos en que “desde 1531 vivimos un fenómeno de mestizaje y de reconciliación nacional” y otras frases por el estilo que nos convierten a todos en guadalupanos de nacimiento. Pero, francamente, lo dudo, conociendo tu espíritu crítico. Así que, en lugar de seguir con equívocos y malentendidos, te propongo que leas y analices con detenimiento la Carta Pastoral del episcopado y luego leas y analices con cuidado mis propias críticas. Estoy seguro que ese trabajo (eso sí, ineludible), aunado a tu inteligencia, de la que yo mismo me enorgullezco, nos permitirá iniciar una verdadera reflexión y un serio así como crucial debate en la materia.   n

La alianza perdida

LA ALIANZA PERDIDA

El primer informe de gobierno del presidente Fox hizo evidente que no ha avanzado gran cosa en la negociación de sus reformas fundamentales con el Congreso. Eso pone en cuestión la hora en que empezará su gobierno: el gobierno que él quiere hacer, no el que le imponen las circunstancias.

Se acentúa nuestra impresión de que el presidente Fox ha perdido meses claves para la construcción de ese gobierno. Los perdió no concentrando sus energías y sus iniciativas claves de reforma —la fiscal, la eléctrica, la reforma del Estado— en la negociación con el Congreso, con su propio partido y con la otra fuerza donde podía encontrar apoyo: el PRI.

El presidente se fue a usar su popularidad en los medios para presionar al Congreso. Se fue después al tour mediático de la ley indígena, que lo puso en relaciones tirantes con su propio partido y con el Congreso.

Quiso entonces volver a donde había empezado, a la negociación con el Congreso y los partidos, lo cual le había permitido obtener por unanimidad la aprobación del presupuesto federal en diciembre del año pasado.

Le urgía la aprobación de la reforma fiscal, pero cuando regresó al círculo de negociación de donde nunca debió haberse salido, su iniciativa de reforma estaba ya derrotada y no tenía donde apoyarse para revivirla.

Entretanto, no había presentado su propia iniciativa de reforma eléctrica ni su propuesta de reforma del Estado. Llegó al Primer Informe con las manos vacías de futuro. Y se notó.

Se tiene la impresión de que el gobierno está otra vez a principio del camino. Ha caminado en círculos.

En nuestra opinión hay una pieza política faltante que el gobierno parece desconocer ya que no se aplica con rigor a reponerla.

Esa pieza es la alianza que permitió gobernar este país desde que el régimen de partido hegemónico (el PRI) hizo crisis y perdió la mayoría calificada en el Congreso. Es decir, desde las elecciones de 1988.

La alianza no es otra que la del PRI y el PAN. Cualquiera puede probar su consistencia revisando las votaciones en el Congreso a partir de 1988. Ninguna legislación de alguna importancia, ninguna reforma constitucional emprendida desde entonces ha sido posible sin esa alianza. (Véase el transparente análisis de María Amparo Casar en la materia: Legislatura sin mayoría: Cómo ra el score. Nexos 265, enero de 2000.)

Aquella alianza fue posible, entre otras cosas, por una razón: los presidentes priistas tenían control de su partido. A partir de él podían negociar con el PAN. darle garantías y respetar sus ganancias, a cambio de apoyo legislativo del PAN a los proyectos del gobierno.

Era indispensable tener control del PRI. porque todo lo que el PAN ganaba. lo ganaba a costillas del PRI. Polvo de aquellos lodos es la malquerencia de los priistas con sus expresidentes. La decisión del PRD de no negociar ni hacia adelante ni hacia atrás lo mantuvo todos esos años al margen de la alianza gobernante, como un invitado incómodo pero marginal.

La situación sigue más o menos igual. El PRD no negocia para construir gobernabilidad. Autoexcluido el PRD. la única otra fuerza con que el gobierno panista puede hacer una alianza de gobierno es el PRI.

El presidente Fox no controla lo suficiente a su partido para dar garantías v respetar las ganancias del PRI. Tampoco parece estar muy convencido de que ha de gobernar con ese aliado. Consecuencia: no ha constando la alianza que le permita avanzar en su proyecto de gobierno y darle un horizonte claro de gobernabilidad al país.

La aparición de la cruzada americana contra el terrorismo internacional, las presiones y oportunidades que esa situación ofrece para México, puede ser ocasión de un cierto acuerdo de unidad nacional, que le permita al país sortear con menos turbulencia y mayor fortaleza las dificultades que se avecinan.

La Segunda Guerra mundial fue paradójicamente ocasión de certidumbre, desarrollo y fortaleza política interna para México. La cruzada de nuestro socio v vecino contra el terrorismo internacional puede ofrecer una oportunidad semejante.

Sólo la unidad política interna permitirá a México negociar con su vecino del norte, justamente agraviado, una estrategia de solidaridad internacional sin regateos v soberanía nacional sin concesiones. n

El consumidor oculto

EL CONSUMIDOR OCULTO

La más peligrosa baja de los atentados del 11 de septiembre pudo haber sido la confianza del consumidor americano. Sobre la incertidumbre y la recesión de las mayores economías del mundo, escribíamos aquí mismo:

Un ánimo crepuscular en las masas anónimas de compradores puede inducirlos a no consumir previendo malos tiempos futuros. Sería una conducta racional, dados los malos augurios que pueblan el horizonte, pero provocaría los malos tiempos que se quieren evitar. Por el contrario. un ánimo locuaz, imprevisor y consumista podría contener la amenaza recesiva. Sería una conducta irracional cuyos frutos racionales serían estabilidad y crecimiento. (“Freud y la ciencia económica”. Nexos, agosto 2001).

Los atentados del 11 de septiembre sacaron literalmente a los consumidores del mercado, de los espacios públicos, de sus compras habituales. Los sumieron justamente en el estado mental de confusión e incertidumbre que necesitaban para cerrarse sobre sí mismos y ser cautos, estar deprimidos, tener miedo, no gastar.

El consumo directo representa dos tercios del producto interno bruto de Estados Unidos. Un consumidor deprimido, sin confianza en su bolsillo, es decir, en su futuro, equivale a un bombardeo masivo de la economía que es el motor del crecimiento mundial.

“La incertidumbre hace que la gente busque información y suspenda su juicio”, explicó a The New York Tímese 1 director de estudios del consumo en la Universidad de Michigan, Richard T. Curtin. “Eso afectará al principio la conducta de los compradores. La gente va a tener miedo de los lugares públicos por un tiempo, dejará de ir a los centros comerciales y a las agencias de venta de coches, lo cual provocará un declive en el gasto de consumo”.

Las compañías aseguradoras calculan las pérdidas materiales del atentado en 30 o 40 mil millones de dólares. La pérdida de la confianza del consumidor podría significar para la economía mundial una recesión de costos infinitamente mayores, por el simple hecho de que su motor clave, el consumidor americano, deje de gastar.

Tendría que estar loco ese personaje anónimo y multitudinario para, luego de lo sucedido, no suspender el optimismo básico frente al futuro que implica gastar. El economista en jefe de J. P. Morgan Chase. James Glassman. Anticipo “Vamos a estar sacudidos y en duelo por algunas semanas y eso quiere decir mercados volátiles y menos consumo”.

La Universidad de Michigan mide el índice de confianza del consumidor.

Después de la invasión de Iraq a Kuwait, en el verano de 1990, el índice cayó 13 puntos, hasta 76.4 y siguió cayendo mientras Estados Unidos se preparaba para entrar a la guerra. Después de la guerra del Pérsico, la economía y el índice empezaron a subir, y se mantuvieron arriba toda la década de los noventas.

Después del bombardeo a un edificio de oficinas federales en Oklahoma, en la primavera de 1995, el índice cayó 3 puntos en un mes, hasta 89.8, y se recuperó el mes siguiente.

El mes pasado, antes de los atentados de Nueva York y Washington, el índice había caído a 83.6, el lugar más bajo desde 1993.

Los ejércitos económicos de Norteamérica, empezando por la Reserva Federal, se aprestan a librar su propia guerra contra su mayor enemigo interno: la depresión del consumidor, la pérdida de confianza en su bolsillo.

Según algunos, nada devolverá la confianza a los consumidores tan decisivamente como una acción de represalia contundente por los atentados. Según otros, la propia Reserva y el gobierno tienen que dar señales claras de estímulo al gasto y confianza en la economía para jalar tras ellos al consumidor titubeante.

La Reserva ha bajado sistemáticamente las tasas de interés para estimular el consumo y el Congreso ha aprobado 40,000 millones de dólares de gasto al presidente Bush, la mitad para las víctimas del atentado y la otra mitad para gastos militares de emergencia.

Por el largo plazo, como siempre, no hay problema. Los historiadores y los economistas recuerdan que después del ataque a Pearl Harbor hubo una caída inicial del mercado de valores pero después, al movilizarse políticamente el país hacia la guerra, se configuró un acuerdo nacional de inversión y gasto que disparó la economía.

La guerra del Golfo Pérsico ayudó a romper la recesión de 1990-91 y abrió la década de mayor crecimiento sostenido de la historia americana.

Algo semejante esperan los observadores, transcurrido el estupor y el luto, de la moral de guerra estadunidense por el martes negro: activismo, decisión, acuerdo público. La tragedia “pondrá a Estados Unidos y al mundo civilizado en actitud desafiante”, dice Glassman, “y de eso saldrán buenas cosas”.

Por lo pronto, los mexicanos podemos anticipar que el último trimestre del año no será el de la recuperación esperada sino, probablemente, el de la evaporación del pequeño crecimiento previsto para nuestra economía.

Fuentes: The New York Times: “A Tragedy Adds More Confusion to the Outlook for U. S. Economy”, por Louis Uchitelle, 12 septiembre, 2001; “A Gradual Slowdown Suddenly Becomes a Wrenching Halt”, por David Leonhardt y Louis Uchitelle, 16 de septiembre, 2001. n

V Fantasía y la fuga de la seguridad

V. FANTASÍA Y LA FUGA DE LA SEGURIDAD

Detener el cambio político no es el remedio… Nunca podremos regresar a la supuesta inocencia y belleza de la sociedad cerrada. Nuestro sueño del cielo no puede realizarse en la tierra. En cuanto empezamos a depender de nuestra razón y a usar nuestros poderes críticos, en cuanto sentimos el llamado de las responsabilidades personales y, con ellas, la responsabilidad de ayudar al avance del conocimiento, no podemos volver al estado de sometimiento implícito de la magia tribal. Para los que han comido del árbol del conocimiento, el paraíso está perdido.

Karl Popper

Ese día falló el sofisticado sistema de seguridad estadunidense. También saltó por los aires la idea que lo sustentaba. El sistema y la idea no pudieron proteger la vida de los miles de ciudadanos que ese martes por la mañana hacían sus vidas de siempre.

Ningún general pudo haber dado la orden de abatir un jet lleno de civiles debido a que la intención de quienes los secuestraron no se conoció sino cuando ya era muy tarde.

¿Cómo puede defender un país a sus ciudadanos de asesinos inadvertidos, anónimos, sin rostro, sin domicilio ni actividad fija, que carecen de objetivos manifiestos pero que están dispuestos a morir y matar en aviones comerciales transformados en bombas mortales?

El director de la CIA, George Tenet, y Robert Mueller, flamante director del FBI —que asumió el cargo una semana antes del atentado— deberán informar a los estadunidenses, algún día, por qué falló el sistema de seguridad antiterrorista, que le cuesta al país entre 10 y 12,000 millones de dólares (30,000 millones al año dedica Estados Unidos a todo sus sistema de inteligencia nacional) y qué harán para garantizar que no vuelva a fallar.

En 1995 el presidente Clinton firmó una orden secreta autorizando a la CIA a realizar operaciones encubiertas contra Osama Bin Laden. Desde entonces, se han analizado todas sus palabras y sus movimientos han sido rastreados con la esperanza, vana hasta el fatídico martes once, de capturarlo. Tampoco funcionó la recompensa de 5 millones de dólares para la persona que lo entregue, vivo o muerto, oferta que se difundió en millones de cajas de cerillos en las que aparecía la foto de Osama.

La CIA no es del todo incompetente. En 1995 por ejemplo, detuvo una conspiración que pretendía hacer estallar una docena de aviones comerciales en Asia. Cinco terroristas de origen islámico fueron capturados. También impidieron la realización de un plan, atribuido a Bin Laden y su gente, de atentar con bombas contra los festejos del milenio en la ciudad de Nueva York. Lo cierto, dice The Economist, es que los espías del mundo libre cargan con una desventaja fundamental. Están obligados a impedir todas las conspiraciones terroristas. A los terroristas en cambio, les basta con dar un solo golpe para diseminar el miedo en millones de corazones.

Desde mayo pasado, el vicepresidente de Estados Unidos. Dick Cheney. encabeza una comisión para reformar completamente el sistema de seguridad del país, que cuenta con más de cincuenta instituciones, entre federales, estatales y locales, encargadas de prevenir ataques terroristas. Su propósito es centralizar estas operaciones, hacer acopio de más y mejor información, conseguir más financiamiento, y otorgarle a la CIA un papel más relevante.

Un sistema integral de seguridad no depende únicamente de los servicios de inteligencia. Por ejemplo, es preciso estar preparados para el súbito estallido de enfermedades contagiosas, para tratar a miles de víctimas de ataques con armas químicas o biológicas, para hacer transfusiones masivas de sangre, para desalojar ciudades con rapidez o instalar poderosos equipos de comunicación alternativa. En 1998 Bill Clinton ordenó realizar planes de contingencia contra posibles asaltos en ciento veinte grandes ciudades americanas. Fue Nueva York la que más minuciosamente se preparó para estos eventuales desastres. La horrible ironía es que la oficina de emergencia desde donde se dirigirían estos planes estaba en las Torres Gemelas.

Tanto los aparatos de inteligencia, como los civiles, esperaban ataques terroristas con armas químicas o biológicas. Jamás se consideró la posibilidad de que los agresores utilizarían objetos cotidianos como armas letales. Todo lo adelantado en materia de seguridad antiterrorista deberá modificarse a la luz de lo ocurrido.

El dedo de los estadunidenses apunta, irremediablemente, hacia las instituciones encargadas de la seguridad nacional cuya misión central es defender la vida, ya no se diga la libertad o la democracia, de los ciudadanos. El secretario de Estado, Colin Powell. dijo a CNN:

Estamos investigando todo: cómo hace su trabajo la CIA. cómo hacen su trabajo el FBI y el Departamento de Justicia, si hay leyes que deban ser cambiadas, y si hay nuevas leyes que deban ser aprobadas para mejorar nuestra capacidad para tratar con este tipo de amenazas. [. . ].1 Todo está bajo revisión.

UN SISTEMA CON OSCURAS FANTASÍAS

Permiso para matar

Uno de los asuntos que se revisan es la orden que expidió el presidente Gerald Ford en 1976 y que prohibe a funcionarios gubernamentales involucrarse directamente o conspirar en asesinatos políticos. El mandato resultó de una serie de comparecencias públicas que demostraron la participación de personas que trabajaban para el gobierno de Estados Unidos, en este tipo de asesinatos. Para muchos expertos en inteligencia y contraterrorismo, esta prohibición es insensata en tiempos de terrorismo. Dice Graham:

Si tratar con terroristas significa que debernos contar con autorización para asesinar gente antes de que ellos nos asesinen a nosotros, entonces sí debemos liberar esa restricción.

El Presidente Bush puede modificar esta orden en cualquier momento, sin la intervención del poder legislativo.

Permiso para contratar al submundo

Otra falla que se atribuye a la CIA es no haber advertido de los atentados. Según sus críticos, la Agencia se confió en la información proporcionada por sus embajadas y círculos diplomáticos. y no en la de sus agentes locales encubiertos. Esto se debe en parte, a que en 1995 se impuso una normatividad que impide reclutar agentes sin antes revisar sus antecedentes para asegurarse de que jamás atentó contra los derechos humanos de terceros. Una vez hecho este trámite, la institución otorga el permiso correspondiente a los “case-officers”, los agentes que operan en terreno, para que procedan a reclutar al nuevo agente. Esta regla fue impuesta después de conocerse que la CIA había reclutado a guatemaltecos vinculados a torturas y asesinatos. El presidente Bush criticó esta restricción pocos días después del atentado: “Debemos liberar el sistema de inteligencia de algunas de sus restricciones”. dijo. El espionaje, agregó, “es un negocio sucio, y uno debe tratar con un montón de gente infame”.

Cheney secundó al presidente en el programa Meet the Press. Dijo:

Si se va a trabajar únicamente con tipos certificadamente buenos y oficialmente aprobados, no será posible descubrir qué están haciendo los tipos malos. [...] El negocio allá afuera es ruin, horrible, peligroso y sucio, y esa es la arena donde debemos operar.

Permiso para quitar libertades

Horas después de la catástrofe, encarnó en la población la idea de que los terroristas cometieron el atentado gracias a que Estados Unidos era una nación libre y abierta al mundo. El argumento conducía a la urgencia de restringir ciertas libertades individuales en aras de una mayor seguridad.

Quienes abogan por estas restricciones son los que criticaron al FBI. la CIA y a la National Security Agency —los tres pilares institucionales del antiterrorismo— por no haber infiltrado a la comunidad islámica dentro de Estados Unidos con suficientes informantes. No lo hicieron por temor a violar las libertades individuales de esos ciudadanos. La NSA por ejemplo, editorializa The New York. Times.

se encuentra impedida por ley y por un decreto presidencial para monitorear las comunicaciones dentro de Estados Unidos. Para poder hacerlo necesita una autorización que sólo puede entregar una Corte Federal especial, ante la cual debe probar que el sospechoso es agente de un poder extranjero, y que está involucrado en actividades terroristas, de espionaje o sabotaje.

El director del Departamento de Justicia tiene preparada una propuesta de ley que permitiría a las agencias de seguridad intervenir líneas telefónicas de sospechosos sin autorización previa del poder judicial. El Secretario de Transportes dijo que los viajeros deberán prepararse para un incremento exponencial de la seguridad en terminales terrestres, aéreas y marítimas, y que habrá retrasos de todo tipo debido a revisiones muy cuidadosas. Un ex Director del FBI deliraba invocado cando a Burke y su concepto de “orderly liberty”. Los medios de comunicación desataron debates en torno a las libertades, los excesos, las censuras y autocensuras del periodismo en tiempos de guerra.

Virginia Sloan directora ejecutiva de una empresa de abogados en Washington, se percató de que los terroristas habían cumplido su objetivo cuando dos días después del atentado entregó su coche al valet parking frente al restaurante donde iba a cenar: “Revisaron la cajuela, el motor y el interior de mi choche. ¿Como americanos podemos tolerar esta situación? No lo creo”.

Un día después de los ataques, el Senado de Estados Unidos aprobó un mandato para ampliar las circunstancias bajo las cuales las procuradurías de justicia pueden intervenir a empresas que proveen servicios de internet para tomar información de todos los usuarios de correo electrónico. También hay planes para instalar un carnet nacional de identidad con fotografía y huellas digitales que pueda ser leído por scanners instalados en cualquier parte de las ciudades. Cualquiera podría ser detenido por la policía para demostrar que no puede seguir caminando tranquilamente por la calle, dice una activista de derechos civiles. “Los pobres y las personas de color serán los más afectados por esta medida”.

Después del atentado en Oklahoma se autorizó la creación de una nueva corte judicial que le permite al Servicio de Inmigración y Naturalización del Estado deportar a sospechosos de terrorismo sin informarle al acusado de las pruebas que hay en su contra. Según la revista Time se estaría considerando la posibilidad de establecer tribunales militares. Los sospechosos de terrorismo podrían ser juzgados sin las restricciones legales, propias de la justicia en ese país.

El diario El País reportó la existencia de iniciativas para restringir o condicionar las transacciones bancarias a partir de un proyecto de ley denominado “Conozca a su cliente”. En caso de aprobarse, este proyecto “obligaría a los bancos a confeccionar un perfil de cada uno de sus clientes (basándose en la nacionalidad, procedencia y regularidad de los ingresos, gastos y demás) y a controlar todas las transacciones”. Finalmente, hay temores fundados por parte de quienes promueven las libertades ciudadanas, de que los tribunales someterán sus criterios y sus sentencias a las consignas del poder ejecutivo y militar, como ha ocurrido siempre en momentos críticos para Estados Unidos.

En los meses que siguen, es muy posible que se aprueben leyes y se emitan decretos que disminuyan las restricciones de las dependencias dedicadas a la procuración de justicia. y a limitar ciertas libertades ciudadanas. Todo bajo el supuesto de que estas medidas permitirán corregir las fallas del sistema nacional de seguridad.

LOS LIBERTARIOS CONTRAATACAN

Varios periódicos, intelectuales y ONG’s de corte liberal y conservador advirtieron a la Casa Blanca de los peligros que significa disminuir las restricciones que limitan la penetración gubernamental en el ámbito de la vida privada de los ciudadanos. “No habrá un buen servicio a la nación si en Washington se descartan estas restricciones, cuidadosamente colocadas para proteger el carácter y los principios de la democracia americana”, concluye el New York Times.

Jeffrey Rosen, uno de los editores de The New Republic admite que “si la pérdida de alguna de nuestras libertades nos volviera más seguros, entonces estos argumentos exigirían una consideración muy seria”. Pero no cree en ese predicamento porque “la triste experiencia en Europa y en Estados Unidos sugiere que este no es el caso: al galvanizar los actos terroristas, se incrementa de manera avasalladora la vigilancia doméstica, modificando el carácter de la vida cívica, sin impedir futuros ataques terroristas”. Rosen aboga por enfocar las energías del país en acciones contra los culpables, en vez de transformar la vida de los inocentes: “el apoyo popular al incremento de la vigilancia doméstica hará que los inocentes paguen por los crímenes de los culpables”. Rosen concluye:

Nuestras libertades constitucionales enfrentan la prueba más seria en varias generaciones. No nos podemos defender de bombas suicidas rindiendo nuestras libertades. Hacerlo significaría asegurar la victoria del fanatismo.

David Cole, un abogado de la universidad de Georgetown afirma: “no hay evidencia alguna de que las restricciones que tienen el FBI, la CIA u otras instituciones federales ayudaron a los secuestradores a evadir su detección”. Wayne LaPierre. jefe ejecutivo de la influyente, poderosísima, y muy conservadora Asociación Nacional del Rifle dijo no creer “que se pueda hacer más fuerte al país haciendo a la gente menos libre”.

Hay algo, estructural tal vez, que no está funcionando en Estados Unidos. Ese algo tiene que ver con algunas ideas que sostienen su sistema de seguridad interior. Hay fugas en su sistema de principios y valores democráticos. Es fantasía pura pretender corregir los errores del sistema de seguridad, si no se atienden las ideas que inspiran su concepción de la misma.

UN SISTEMA CON FUGAS EVITABLES

Satélites espías contra Comala

Otra explicación posible de las fallas del sistema de seguridad norteamericano es que tanto la Casa Blanca como el Congreso subestimaron la necesidad de contar con informantes confiables en el extranjero y privilegiaron su confianza en sistemas técnicos de acopio de información que son extremadamente caros, como los satélites espías. Un editorial del New York Times señala:

Estas tecnologías, que pueden interceptar millones de llamadas telefónicas intercontinentales y que pueden mostrar las placas de un automóvil desde más de 200 millas en el espacio, han ayudado al país, sin duda. Pero no pueden informarle al Presidente qué le dijo Osama Bin Laden ayer a sus camaradas en una destartalada casa de barro instalada en las montañas de Afganistán.

El fracaso de la imaginación

Todo sistema de seguridad se construye sobre dos preguntas: ¿qué es lo que se quiere asegurar? y ¿cuáles son las amenazas, reales y potenciales, de lo que se quiere proteger?

Estados Unidos sabe, desde hace años, que una de sus principales amenazas es el terrorismo, cuyo propósito ha sido atacar con una alta carga simbólica y con gran cantidad de muertos. Los planes de seguridad estadunidenses fueron víctimas de la imaginación de sus planificadores que supusieron ataques terroristas en su contra de un modo simétrico a la defensa que ya tenían o planeaban tener. Prueba de ello es la ingenua defensa del sistema de seguridad estadunidense que hizo Douglas Faith, un alto funcionario del Pentágono. Según Faith es injusto criticar la defensa con misiles porque no fueron diseñados para prevenir los avionazos contra las Torres Gemelas.

De acuerdo con William Pfaff la comunidad de instituciones militares, civiles y políticas de seguridad, levantó complejos sistemas de defensa en base a supuestos escenarios de ataque que no corresponden a la realidad. Esto fue así porque quienes planearon la defensa, lo hicieron desde el estigma cultural estadunidense: el ethos ingenieril (engineering ethos) de esa sociedad, y las orejeras mentales del Pentágono, incapaz de mirar más allá, o acá, de la tecnología de punta.

Se concentraron en crear mecanismos de defensa para repeler ataques con armas de destrucción masiva. La discusión se centró casi exclusivamente en ataques con misiles, armas nucleares artesanales y en agentes químicos y biológicos

Nadie pensó que los utensilios de la vida cotidiana pueden ser también armas. En este caso, cuatro aviones comerciales. Mañana podrían ser los sistemas de tuberías ó el cableado eléctrico que recorre las ciudades.

Contra toda defensa

La conclusión es estremecedora: los ataques seguirán ocurriendo, irremediablemente, mientras sigan volando aviones comerciales y existan trenes, metros, sistemas de drenaje, gasoductos, presas y demás instalaciones útiles, indispensables para la sociedad moderna. La amenaza del terrorismo seguirá mientras la gente asista a su trabajo y los negocios y los mercados continúen funcionando.

Estados Unidos necesita defenderse de una manera más elaborada; hay mucho que corregir. Pero si el Pentágono, la CIA, el FBI, el NSA y el resto del aparato de seguridad nacional fue incapaz de prevenir el ataque aquel martes negro, serán igualmente incapaces de prevenir que se repita bajo alguna otra versión.

Hay medidas de seguridad comunes y corrientes que se deben adoptar o mejorar, pero la naturaleza del ataque perpetrado desde las funciones más ordinarias de la sociedad, significa que no existe ningún sistema de defensa definitivo. La historia del terrorismo en el siglo XIX y XX así lo demuestra.

La seguridad y el mercado

Otro ejemplo de la dramática falla conceptual a la que nos referimos es el que ofreció Paul Krugman, del New York Times. Los aeropuertos de Estados Unidos, dijo Krugman. dependen de personal de seguridad que recibe alrededor de 6 dólares la hora, menos de lo que le pagarían trabajando en un expendio de comida chatarra. “Estos guardianes de nuestras vidas sólo reciben unas cuantas horas de capacitación, y más del 90 por ciento de los que revisan nuestros maletas permanecen en ese trabajo menos de seis meses. En Europa, el personal que revisa el equipaje de mano de los pasajeros, recibe alrededor de 15 dólares la hora, más beneficios, aparte de una larga y permanente capacitación”.

¿Raíz de la diferencia? La seguridad en los aeropuertos europeos es financiada por el gobierno o el propio aeropuerto. En Estados Unidos, la seguridad de los aeropuertos corre por cuenta de las líneas aéreas: no es de sorprender que gasten lo menos posible en estos asuntos. Concluye Krugman:

No culpemos a las líneas aéreas. La culpa es nuestra por depender de compañías privadas para que hagan un trabajo que corresponde al dominio público. Y es que hay algunas cosas, que no involucran a los soldados, en las que el gobierno debe gastar dinero. Nada garantiza que el gobierno sea mejor guardián de los aeropuertos que las líneas aéreas. Lo que sí resulta claro, en todo caso, es que una de las principales misiones de un gobierno es salvaguardar la vida de sus gobernados. Es el gobierno el que cuenta con la experiencia y los instrumentos para realizar esta labor.

El ejemplo de Krugman evidencia que la filosofía política que domina a Estados Unidos induce distorsiones muy graves en materia de seguridad. La desconfianza diríase constitucional de los estadunidenses frente al gobierno, los ha llevado a confiar excesivamente en la empresa privada: su concepto de libertad raya con lo extremo, al grado de que ésta es identificada casi exclusivamente con el libre mercado.

Cuando Colin Powel dice “todo está bajo revisión” entendemos que todo significa el aparato de seguridad nacional. Lo que falta es someter al escrutinio público aquellos valores que han hecho grande a esa nación, pero que no garantizan su grandeza a perpetuidad, porque fueron esos valores los que construyeron el sistema de seguridad que colapso el martes 11 de septiembre.

HACIA UNA SEGURIDAD PARA LAS PERSONAS

Todo lo anterior por lo que toca a la seguridad nacional estadunidense. Los ataques del 11 de septiembre fueron también una llamada de atención sobre la seguridad del mundo. Los cimientos que sacudieron los atentados no son de cemento ni de metal. Lo que realmente se estremeció fueron los supuestos, las prácticas y las políticas sobre las que descansa el sistema internacional de seguridad: fronteras inviolables, soberanía nacional, defensa del Estado-Nación, y conceptos como la libertad, la democracia, la civilización. El ex presidente español Felipe González trazó un par de coordenadas al respecto:

El orden internacional post muro de Berlín, en términos de seguridad (…) no está definido – mucho menos articulado – porque ni siquiera están identificadas las verdaderas amenazas. [...] Imagino el 89 como el final del siglo XX. pero este salvaje atentado nos pone ante los desafíos del siglo XXI. En el periodo intermedio hay que reconocer que hemos sido poco conscientes de los cambios que se estaban produciendo y de sus implicaciones.

Tal vez llegó la hora de identificar la amenaza central contra la cual las naciones deberán levantar nuevos sistemas de seguridad. El “periodo intermedio” al que se refiere Felipe González dio a luz una misión que hasta ahora deambulaba por el mundo sin rumbo fijo: “defender la vida de los ciudadanos comunes y corrientes”. El ex canciller canadiense Lloyd Axworthy escribió:

La seguridad, que alguna vez fue medida por el tamaño del ejército de un país, se transforma ahora en la necesidad de proteger a las personas de los riesgos que significa vivir en una comunidad global, donde nadie es inmune. Las amenazas a esta seguridad provienen cada vez menos de las fuerzas armadas y cada vez más del crimen internacional, el tráfico de drogas, el extremismo político, los traficantes de armas, los caciques de la guerra, o los pequeños tiranos… Son peligros comunes ante los cuales ningún país ha construido sistemas de seguridad y defensa confiables. Estas personas utilizan herramientas modernas de organización, de recolección de información y saben cómo explotar la tecnología de información global. Están bien financiadas. a veces con más recursos que las fuerzas con las que se deben enfrentar. Son hábiles para el sabotaje y la infiltración. Y sus blancos son personas comunes y corrientes. Son el submundo, el lado oscuro de la globalización

Algunos de estos grupos, incluso dentro de Estados Unidos, como lo demostró el atentado en Oklahoma, se consideran en guerra con ese país. Son pocos, es cierto, y sus guaridas también. Pero, como apunta Martin Walcott. cuentan en su haber con una mortal combinación de audacia suicida, reclutamiento de jóvenes alienados, medios modernos de destrucción y la desatención de gobiernos incapaces de controlar a terroristas o que fingen ignorarlos por razones políticas. A ello se agrega la cobertura ofrecida por las diásporas que circulan de manera anónima v sin dejar rastros en Estados Unidos y Europa.

La existencia de ese tipo de terrorismo no es una novedad. Ha estado en la agenda internacional desde hace varios años, pero la actitud prevaleciente en los países ha sido administrar las amenazas con medidas de seguridad interior, como el control de pasos fronterizos, o con respuestas militares convencionales, mediante “bombardeos quirúrgicos”. El multilateralismo efectivo no ha sido hasta hoy prioridad de nadie.

GANANCIAS EN LA PESADILLA

En medio de la pesadilla es posible rescatar algunas consecuencias prometedoras. 1. No deja de ser un principio de solución futura el reconocimiento universal de que los sistemas de seguridad no funcionan, y que hay que reformarlos a fondo. 2. El impacto mediático produjo un rechazo masivo al terrorismo.

3. Puede atisbarse ya en el horizonte la creación de una coalición de naciones para combatir el terrorismo: una oportunidad para dar respuestas colectivas a problemas globales. La coalición tendrá la oportunidad real de construir un sistema planetario de inteligencia, coordinación policial, control de pasaportes, supervisión de viajes. Se podrían unir esfuerzos para interrumpir los circuitos financieros y de tráfico de armas de grupos terroristas y narcotraficantes, rastrearlos y perseguirlos a través de las fronteras nacionales, detenerlos y llevarlos a juicio ante cortes internacionales, y castigar con efectivas medidas multilaterales a los países que les dan cobijo.

LA MEJOR DEFENSA: LA POLÍTICA

La conclusión inmediata que casi todos sacaron de estos atentados, es que provienen del conflicto palestino-israelí. Es razonable pensar que así es, aunque falten las evidencias. Por más de treinta años, Estados Unidos se ha negado a hacer un esfuerzo genuinamente imparcial para encontrar una solución al conflicto. Opina Martin Walcott:

La mejor defensa de Estados Unidos contra el terrorismo es la existencia de gobiernos y sociedades más o menos satisfechas con una política imparcial de este país en temas que les son importantes. Esto es especialmente cierto para el mundo musulmán, no sólo por la política estadunidense en el conflicto árabe- israelí, sino también porque muchos musulmanes perciben el peso de Estados Unidos y de Occidente como una afrenta contra sí mismos. La rabia es un capital que personas como Bin Laden saben explotar. ¿Podría acaso un arreglo entre palestinos e israelíes acabar con el terrorismo musulmán? Tal vez no, pero no cabe duda de que sería un gran paso en esa dirección.

Añade William Pfaff:

La lección final y más profunda de los eventos vividos en septiembre es la más difícil de aceptar para el gobierno – para este gobierno en particular. Y es que la única defensa real contra los ataques externos es un esfuerzo serio, continuo y valiente, para encontrar soluciones políticas para los conflictos nacionales e ideológicos en los que está involucrado Estados Unidos.

LOS RIESGOS INHERENTES

Dicho todo esto, hay algo que agregar sobre los riesgos inherentes a la seguridad en toda sociedad democrática, que garantiza las libertades de sus ciudadanos, y abre sus puertas a nacionalidades, culturas, religiones de todo el mundo. No es posible cerrarla, cancelar sus fundamentos para perseguir una seguridad total, de cualquier manera inalcanzable. Entre los escombros de las Torres Gemelas, hay que esforzarse por escuchar las palabras de Karl Popper sobre los riesgos de una sociedad abierta:

Si empezamos suprimiendo la razón y la verdad, terminaremos en la más brutal y violenta destrucción de todo lo humano. No hay vuelta a un armonioso estado de naturaleza. Si volvemos atrás, debemos recorrer todo el camino: debemos regresar a las bestias… Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces sólo hay un camino, el camino de la sociedad abierta. Debemos ir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inseguro, usando la razón a nuestro alcance para planear lo mejor que podamos la seguridad y la libertad.

Fuentes:

Lloyd Axworthy: “Make sense, not war”. The Globe an Mail, 17 de septiembre, 2001.

Felipe González: “Globalización del terror”. El País, 15 de septiembre, 2001.

William Pfaff: “Attacks show that political courage is the only real defense”. Herald Tribune, 12 de septiembre, 2001. Martin Woollacott: “The best defence is justice”. Guardian Unlimited Special Report, 12 de septiembre. 2001 John Diamond and Neftali Bendavis: “U. S. intelligence unprepared for attack scenario”. Chicago Tribune, 12 de septiembre, 2001.

Peter Slevin: “For the FBI, a chance for redemption”. The Washington Post, 17 de septiembre, 2001. David Held: “Violencia y justicia en una era mundial”. El País, 19 de septiembre, 2001.

Erik González: “Grupos estadunidenses alzan la voz contra el poder excesivo que tendrán las guerras de espionaje”. El País, 19 de septiembre, 2001.

Jeffrey Rosen: “Terrorism and freedom. then and now. Law and order”. The New Republic, 13 de septiembre. 2001. Paul Krugman: “Paying the price”. The New York Times, 16 de septiembre, 2001.

J. F. O. McAllister: “Why the spooks screwed up”. Time. Walter Pincus and Dan Eggen: “New powers for surveillance”. The Washington Post. 17 de septiembre, 2001. Richard Lacayo: “Terrorizing ourselves”. Time, 16 de septiembre, 2001.

“Intelligence an terrorism”. The New York Times, 17 de septiembre, 2001.

“Global insecurity”. The Economist, 12 de septiembre. 2001. “Intelligence an Terrorism”. The New York Times. 17 de septiembre, 2001. n

IV Terror y civilización

IV. TERROR Y CIVILIZACIÓN

Una soga en la celda

El día de agosto de 1966 en que Sayyid Qotb apareció ahorcado en la celda de una de las cárceles del Egipto de Nasser, el mundo musulmán cambió para siempre. La soga en el cuello de Quotb era un extremo de la misma cuerda con que el Islam apretaría el equilibrio político del planeta. Quien decidió la muerte de Quotb en la sombra de la prisión, había desatado una tempestad de consecuencias incalculables. Los agentes nasserianos no sólo habían asesinado al representante mayor del Islam moderno; el crimen, apenas registrado por la prensa internacional, había liberado las fuerzas políticas incontrolables de los diversos nacionalismos islámicos. Desde entonces, la compleja red política y religiosa del islamismo atraparía en su tejido a los últimos treinta convulsos años del siglo XX. Una celda, una soga y un hombre sabio, como en un cuento de las Mil y una noches, liberaron los poderes islámicos de la nueva utopía movilizadora de los años setenta del siglo XX. Desde entonces, el mundo occidental viviría como una amenaza el fuego milenario de tres palabras sagradas: Alá, Mahoma y El Corán.

La teoría del estado isalámico de Qotb se unía esencialmente con la del paquistaní Mawdudi (1903-1979) y con la del iraní Jomeini (1902-1989). Los dos primeros de gran influencia en el mundo sunita y el segundo fundamental entre el Islam chiíta. Los tres perseguían la creación de un Estado islámico. Los tres, también, atrajeron a la juventud escolarizada y a amplios sectores populares, pero sólo Jomeini supo imantar a los intelectuales radicales y a la elite religiosa. Sólo en Irán ocurrió la revolución islámica.

Si es verdad que la historia no avanza en línea recta, sino muchas veces en raras elipsis o rayos tangenciales, la mañana del martes 11 de septiembre, esta trama política cumplió trágica y criminalmente una parte de su pasado en los atentados de Nueva York y Washington. En una entrevista concedida al periódico francés Le Figaro, André Glucksmann expresó:

Hay que pensar el horror del 11 de septiembre en la larga duración secular de la guerra moderna. El ataque contra civiles es una fuerte tendencia —80% de los muertos de la Gran Guerra fueron soldados, 50% en la Segunda Guerra Mundial, y desde 1945, el 90% de las víctimas de los conflictos bélicos son civiles, es decir, niños, mujeres y hombres desarmados—. Paralelamente, la demolición de objetivos simbólicos, excepcional en el pasado (la catedral de Reims en 1914) se ha vuelto una regla (el ejército de Milocevic desde 1991 tenía como objetivo las tres cruces: hospitales iglesias y cementerios). Pensemos en la biblioteca de Sarajevo incendiada a cañonazos y en los Budas dinamitados. Toda la suciedad del siglo XX cae sobre Manhattan para inaugurar el siglo XXI.

LA SORPRESA ISLÁMICA

El vasto y profundo estudio de Gilles Kepel, La Yijad, ha resumido así veinticinco años de ascenso y declive islámicos:

La era islamista se inició después de la guerra árabe-israelí de 1973, con la victoria de Arabia Saudí y de los demás estados exportadores de petróleo, cuyo precio dio un salto de proporciones inusitadas. La primera fase, de oscilación, se selló con la revolución islámica de 1979. De la misma manera que el Irán de Jomeini iba a encarnar el polo radical, galvanizando a las masas y movilizando a los desheredados contra un orden injusto, la dinastía saudí, guardiana de los Santos Lugares de la Meca y Medina, puso su fabulosa riqueza al servicio de una concepción conservadora de las relaciones sociales. Exaltó el rigor moral y financió en su nombre la difusión mundial de todos los grupos o partidos que iban a adherirse a ella. De entrada, pues, el movimiento islamista es doble, y en ese punto reside la dificultad de su interpretación. En él encontramos a la juventud urbana pobre, seguida de la explosión demográfica del Tercer Mundo, del éxodo rural masivo y que, por primera vez en su historia, tiene acceso a la alfabetización. También forman parte de este grupo la burguesía y las clases medias piadosas. En ellas había médicos, ingenieros, y hombres de negocios que fueron a trabajar a los países petroleros conservadores. Rápidamente enriquecidos, se les mantuvo apartados de la esfera pública. Todos estos grupos sociales, separados de sus ambiciones y con una visión del mundo diferente, en el espacio de una generación encontraron en el lenguaje político islamista la expresión común de sus frustraciones diversas y la proyección trascendente de distintas expectativas. El discurso estuvo en boca de jóvenes intelectuales, recién salidos en su mayoría de facultades científicas y técnicas, inspirados por los ideólogos de los años sesenta.

En el año de 1971. durante una fastuosa celebración occidental en un paraje del Medio Oriente, Persépolis, a la que asistió el jetset del mundo entero, se decidió el futuro inmediato del Islam. El sha de Irán, Mohamed Reza Palevi celebraba, ante la aristocracia internacional, los dos mil quinientos años de la monarquía iraní. Nadie imaginaba que en ese momento culminate de la historia de Irán, un anciano con turbante, exiliado en la ciudad santa chiíta de Nadjaf, había decidido iniciar una revolución. Ocho años más tarde, Jomeini tomaría el poder a sangre y fuego. Sus aliados estratégicos habían sido los clérigos que el sha de Irán había segregado de su gobierno. En el año de 1979, el ayatola había cambiado radicalmente el rostro del islamismo. En los años ochenta, el mundo, asombrado, asistía a una nueva revolución.

Desde entonces la escena del Medio Oriente se caracterizó por la lucha encarnizada entre la monarquía saudi y el nuevo, utópico, agresivo Irán de Jomeini. La historia de estos años islámicos podría concentrarse en una de las leyes de la política: en los aliados del presente hay que buscar a los adversarios del futuro. En 1980, Sadam Hussein, impulsado por las monarquías del Golfo y la conveniencia de Occidente, inició una guerra en contra de Jomeini. Jefe de un partido laico, Hussein despojó a Jomeini de la utopía. La religión fue un arma política letal en la escalada guerrera que se desarrollaba desde Bagdad. A través del Hezbolá (Partido de Dios) libanés, Teherán recurrió al terrorismo, al secuestro de rehenes occidentales. Pero el principal terreno de este conflicto, explica Kepel, fue Afganistán.

UNA ANTIGUA DEUDA

Las Torres Gemelas del World Trade Center se derrumbaban entre el humo y las llamas a las diez y cinco de la mañana del 11 de septiembre del año 2001, veinte minutos después del primero de los dos impactos de dos aviones de pasajeros de American y United Airlines sobre el World Trade Center de Manhattan, en Nueva York. Uno envolvió en llamas los últimos treinta pisos de la torre, el otro destruyó la pane alta del edificio, desde el piso sesenta hasta el ciento cuatro. Los impactos de los aviones rompieron la estructura de la fachada y, probablemente, parte del núcleo.

El fuego y las altas temperaturas vencieron la resistencia de la estructura que permanecía aún en pie. La parte dañada del edificio no soportó el peso de los pisos superiores y la enorme construcción se derrumbó como el fuelle de un acordeón del horror. La vida en el mundo se hundió en la conmoción y la ira. Estados Unidos había sufrido el peor ataque de la historia. En Washington, el Pentágono ardía bajo el fuego ocasionado por un tercer avión de la línea American Airlines proyectado sobre el centro neurálgico del sistema de defensa de los Estados Unidos, a bordo del avión viajaban 64 pasajeros y 7 tripulantes.

Al día siguiente de la tragedia, entre el asombro y el estupor, el departamento de Estado norteamericano, el FBI y la CIA señalaron a Osama Bin Laden como el sospechoso número uno de los atentados terroristas. Agentes norteamericanos dispuestos en Medio Oriente aseguraron que días atrás había circulado un videocaset en diversos países. En la cinta aparece Bin Laden comunicándole a sus seguidores este mensaje: “A todos los Mujah: sus hermanos en Palestina esperan por ustedes. Es hora de penetrar en Estados Unidos e Israel y pegarles donde más les duele”.

Cinco días después del ataque, la revista Time informó que en la misma cinta, Bin Laden terminaba con esta plegaria: “Las piezas de los cuerpos infieles volaron como partículas en el polvo. Si las han visto con sus propios ojos, su corazón se habrá llenado de alegría”. El video mostraba a cientos de seguidores de Bin Laden enmascarados, ondeando banderas y entonando canciones árabes.

El servicio de inteligencia norteamericano sabía de lo que hablaba. El millonario saudi Bin Laden se había refugiado en Afganistán desde 1996, perseguido y acusado de diversos actos terroristas como el de las Torres Gemelas de 1993- Osama había vuelto al corazón negro que lo vio surgir como líder de la yijad. El objetivo de la Guerra Santa afgana, financiada por los poderosos países petroleros y la CIA. era derrotar a la Unión Soviética que había invadido Kabul en diciembre de 1979 y. al mismo tiempo, alejar a los militantes radicales de todo el mundo de la lucha contra el Gran Satán norteamericano a la que incitaba Jomeini.

La primera guerra del tercer milenio ha puesto frente a frente dos viejos conocidos y antiguos socios pero, sobre todo, a dos extremos civilizatorios: los altiplanos desérticos de Asia, la extrema pobreza afgana donde el agua corriente y la electricidad suelen ser un milagro, y el esplendor de Manhattan, la prosperidad norteamericana, la modernidad de las Torres Gemelas como emblema del poder financiero.

Explica Kepel: “Los responsables norteamericanos y los regímenes aliados creyeron que podrían hacer de los partidarios de la yijad un simple instrumento de su política y desembarazarse de ellos después de usarlos, subestimando el proceso que ya estaba en marcha en los camos de Peshawar durante los diez años que duró la guerra contra la URSS. Este ambiente aislado, alimentado por una violencia extrema, arrastrado al terrorismo antirruso bajo supervisión norteamericana, se había persuadido tranquilamente de que la derrota de la superpotencia soviética se debía a la yijad, y que podría reproducir esa experiencia en el futuro contra todos los demás regímenes impíos’ del planeta”.

AL FINAL DE LOS TIEMPOS

Cientos de miles de afganos avanzan hacia la nada. Abandonan sus pueblos y casas ante la amenaza de la guerra. Antes de los atentados contra Nueva York y Washington, un millón de afganos desplazados deambulaba sin rumbo por su propio país. Son los más afortunados, la mayoría no tiene ni la fuerza ni los recursos para abandonar Afganistán. La idea de una frontera significa para ellos una lejana posibilidad de salvación. Los gobiernos de Irán y Pakistán se han declarado incapaces de recibir esa avalancha de la desesperación.

En su editorial del 18 de septiembre, el diario alemán Frankfurter Allgemeine llamó la atención sobre una figura central en esta historia, Mohamed Omar:

Resulta sorprendente lo poco que sabemos del hombre que al frente de sus talibanes, controla más del 90 por ciento del territorio de Afganistán: Mohamed Omar, el “Comandante Supremo de los Creyentes”, como lo llaman sus seguidores, es un hombre tuerto cuya aura divina nadie pone en duda. En abril de 1996, Omar descubrió en la Ciudad de Kandahar, una túnica que tenía siglos abandonada en un viejo armario: sus seguidores afirman que se trata de la túnica del profeta Mahoma. El vertiginoso ascenso de Omar sólo puede explicarse desde la perspectiva de la guerra civil que durante decenios ha devastado a su país. Omar nació en 1958, en el seno de una familia pobre, cerca de Singesar, un pueblo del sur de Afganistán. Se formó en las madrasas, las escuelas que enseñan las ciencias religiosas y jurídicas del Islam. Después de la invasión soviética en su país, Mohamed Omar luchó en las filas de los mujaidines, los combatientes de la yijad. la guerra santa. Resultó varias veces herido de los combates contra las tropas soviéticas, perdió un ojo en una explosión. Cuando los mujaidines, divididos por sus conflictos políticos, secuestraban y violaban mujeres, Omar y sus seguidores intervinieron poniendo orden y castigo contra el caos y la violencia. En poco tiempo, Omar se coinvirtió en un héroe. Desde entonces su grupo se autonombró los Talibán, plural en persa de taleb. que designa a los estudiantes de una escuela religiosa, en particular jóvenes afganos procedentes de las madrasas deobandis. las escuelas de ulemas del subcontinente hindú. Osama Bin Laden comparte con ellos el fervor islámico. Se dice que Bin Laden casó con una hija de Mohamed Omar.

Como si hubiera sido tocado por una maldición de El Corán, los últimos veinticinco años de Afganistán cuentan la historia de la destrucción. La población afgana, la tercera más pobre del planeta, ha sufrido los bombardeos, la muerte y el hambre durante la guerra invasora de la Unión Soviética; más tarde, los afganos han sido víctimas de los excesos de sus propios guerrilleros mujaidines y del fanatismo devastador Talibán que los gobierna. Ahora huyen de una coalición internacional que persigue a un monstruo sublevado en su territorio. Afganistán ha sido un laboratorio en el que se ha ensayado con éxito la destrucción de todo un país, la guerra como forma de vida. Glucskmann recordó esto en Le Figaro:

Aquel que vive días apacibles, si no felices, vive el pensamiento de la no-guerra. Cada quien se construye un loft mental prohibiéndose pensar en las amenazas verdaderas: la desdicha es ajena, la enfermedad es para otros. Tanto el europeo como el estadunidense parecen salir de la escena chejoviana de El Jardín de los cerezos: se habla, se ama, se detesta entre nosotros, se lleva una vida “refinada”, mientras afuera las hachas asestan sus pesados golpes. Desde hace una década critiqué las teorías de la guerra sin muertos y del fin de la historia, que también hicieron estragos en la comunidad europea. Al salir de la Guerra Fría reivindiqué un décimoprimer mandamiento: no cerrar jamás los ojos ante la inhumanidad violenta del siglo. Ella golpea ubicua, tanto en Nueva York como en Kigali.

LA ÓRBITA DE BIN LADEN

La vida de Bin Laden ha cumplido una elipsis constante en el Medio Oriente: universitario destacado, empresario exitoso, fiel a los poderes proféticos de Mahoma, seguidor ortodoxo de los cinco pilares del Islam, protector de los santos lugares, convencido de los poderes de la Guerra Santa y enemigo a muerte del Gran Satán norteamericano. La órbita de esa elipsis se desvió en el año de 1980.

En plena guerra contra el Ejército Rojo, Bin Laden viajó a Peshawar. En ese año se entrevistó con los líderes islamistas y su vida cambió para siempre. Hasta 1982 recogió fondos para la yijad afgana y se convirtió en un militante activo en Arabia Saudita. Bin Laden acompañó a su antiguo profesor Abdalah Azzam en la creación de la Oficina de Servicios con quien se dedicó a atraer y organizar a los miles de voluntarios que llegaron a Afganistán. Envuelto en su leyenda de millonario y combatiente feroz, hombre generoso y sencillo, Osama Bin Laden estableció sus propios campos en el año de 1986. Dos años después creó una base de datos de los yijadistas y otros voluntarios que pasaban por sus campos de entrenamiento. Este es el origen de la estructura de su ejército. una red informativa conocida como Al Qaida (la Base de datos).

Diez años más tarde, el Departamento de Estado norteamericano consideraría esa lista computarizada como una red secreta de terroristas. Efectivamente lo era. Una años después. en 1994, Arabia Saudita le retiró el pasaporte. Durante la Guerra del Golfo, Bin Laden rompió con el sistema saudi y se instaló en Sudán, que recibió a miles de yijadistas de Afganistán. Entre tanto, el empresario Bin Laden favoreció a miles de yijadistas para que salieran de Pakistán, les pagó los boletos para viajar, las estancias en distintos países y los empleó en sus empresas.

La próxima estación fue Yemen y el primer frente contra Estados Unidos, Somalia. Después de la guerra civil que dividió a este país, una coalición internacional, Restore Hope, capitaneada por Estados Unidos, irrumpió en Somalia. Antiguos yijadistas afganos participaron en los combates. En octubre de 1993 murieron 18 soldados norteamericanos y el departamento de estado le imputó los muertos a la organización de Bin Laden. En el verano de 1996. Osama Ben Laden regresó a Afganistán y en junio de ese año se le acusó del atentado al campo militar estadunidense de Al Khobar, en Arabia Saudita, en el que murieron 19 efectivos de la armada norteamericana. Bin Laden no lo reivindicó, pero tres meses después difundió un mensaje de la yijad: “Expulsen a los politeístas de la península arábiga”. En las páginas de ese manifiesto desaparecía el financiero inteligente y el luchador implacable para mostrar al Bin Laden ideólogo. A partir de ese momento, su misión era “reconquistar, como el Profeta refugiado en Medina en el año cero de la Hégira antes de regresar a La Meca, y liberar la Tierra del Islam de la ocupación”. El refugio afgano aisló su movimiento. La última puerta hacia liberación era entonces la internacionalización de la yijad.

En febrero de 1998 Bin Laden creó el Frente Islámico Internacional contra los Judíos y los Cruzados. La yijad se transformaba al emitir una fatwa ordenando que “todo musulmán que esté en condiciones de hacerlo tiene el deber personal de matar a los americanos y sus aliados, civiles o militares, en cualquier país donde sea posible”. En agosto de aquel año, dos explosiones simultáneas devastaron las embajadas de Estados Unidos en Nairobi, Kenia, y en Dar es-Salaam, Tanzania. La primera causó 213 muertos y más de 4,500 heridos: la segunda, once muertos y 85 heridos. Separada de su base social, aislada y perseguida, la corriente islamista ultra se movía hacia el terrorismo apoyado en justificaciones religiosas. La nueva guerra había comenzado.

LA SOMBRA DE DIOS

Rara celebridad del nuevo milenio, Bin Laden logró uno de sus proyectos: la fama mundial. Pocos hombres en la historia de la humanidad podrían sentirse orgullosos de haber burlado la seguridad de los más sofisticados sistemas de la inteligencia militar norteamericana, que gasta al respecto 30 mil millones de dólares al año. El nombre de Osama Bin Laden se volvió noticia en el mundo cuando la revista Time le dio su portada, lo llamó “padre del terrorismo internacional” y el gobierno norteamericano ofreció cinco millones de dólares por su cabeza. Por lo demás, un insulto para un hombre de trescientos millones dólares y un ejército de miles de filipinos, sirios, jordanos y afganos dispuestos a dar la vida por su guía. Nadie ha podido cobrar la recompensa. En dos ocasiones Bin Laden se enfrentó a agentes internacionales. En la refriega murieron ocho agentes y dos hombres de su escolta mientras el guerrillero millonario se evadía en la penumbra, Robert Fisk. reportero de la fuente árabe del diario inglés The Independent, lo entrevistó en varias ocasiones, la última de ellas en el año de 1997. una noche glacial afgana, en la oscuridad de un campo guerrillero. Fisk recuerda lo que le dijo el guerrillero aquella noche en las montañas afganas:

Creemos que Dios se sirvió de nuestra Guerra Santa en Afganistán para destruir a la armada rusa de la Unión Soviética. Lo hicimos desde las cimas de la montaña en la que está usted sentado. Ahora le pedimos a Dios que se sirva de nosotros una vez más para hacer lo mismo con América, para convertirla en la sombra de sí misma. Creemos que el combate con América es mucho más simple que la guerra contra la Unión Soviética. Algunos de nuestros mujaidines que combatieron aquí en Afganistán participaron en la operaciones de Somalia. Aquellos combates nos convencieron de que América es un tigre de papel.

A Fisk no le impresionó la trillada figura del tigre de papel, sino la idea fija, obsesiva, de convertir a los Estados Unidos en una sombra, la sombra de su presente en el mundo. En el recuento de sus entrevistas con Osama, Robert Fisk recupera la estampa de un hombre tocado por Alá: “Durante un ataque contra una base ofensiva rusa cercana a Ismabalad, una bala de mortero cayó a mis pies. Durante unos segundos sentí una gran calma, una serenidad que sólo pude atribuirle a Dios”. Por desgracia para Estados Unidos, el obús no explotó. “En la zona montañosa donde pasé la noche”, cuenta Fisk, “a mis espaldas se elevaba un grueso refugio antiaéreo de ocho metros de alto por ocho de largo. Se extendía treinta metros al fondo y se perdía en la oscuridad. El material de construcción provenía de las empresas de Bin Laden. A la mañana siguiente los hombres de Osama partían a numerosos campos de entrenamiento construidos originalmente por la CIA. Se trataba de campos creados por los Estados Unidos”.

LA CIVILIZACIÓN ATACADA

En su edición del 12 de septiembre, el periódico El País publicó un editorial profundo y mesurado. El País recogía en esas líneas un asunto que se difundía rápidamente en el mundo entero, una condena que impregnaba el aire enrarecido por los atentados: el choque de civilizaciones:

Se trata del mayor ataque nunca padecido por Estados Unidos en territorio propio, pero por encima de todo es una agresión integral contra su sistema político, contra la democracia y la libertad de mercado. En definitiva, contra todos los que compartimos unos mismos principios democráticos que tanto costó conseguir en nuestro país (…) Incluso si el ataque viniese del mundo islamista, no cabe demonizarlo como un todo por el acto violento de unos pocos. Es preciso desterrar la idea de que estamos ante una prueba brutal del choque de civilizaciones que pronosticaba Huntington, cuando la sociedad estadunidense, pese a todos sus problemas esencialmente pluralista y multicultural. Alejar esa tentación es parte de la complejidad de una sociedad avanzada y plural, una característica con la que no hay que limitarse a convivir, sino de la que cabe sacar fuerza”.

El 13 de septiembre, el periódico alemán Suddeutscbe reflexionaba así sobre el futuro inmediato:

Nunca antes habíamos vivido una guerra minimalista: un mínimo de armas, un máximo de logística: un mínimo de hardware, un máximo de software. Y nunca antes el Dios de la guerra se había hecho tan pequeño como para meterse en los resquicios de la vida civil y desplegar una destrucción tan grande.

En el fondo, el diario alemán nos recordaba que las civilizaciones, los Estados, los gobiernos, las sociedades y la guerra misma, están integradas por personas. Algo de este sentido común quiso recuperar el escritor inglés tan McEwan en su crónica de los atentados publicada al día siguiente por el diario The Guardian:

Un esposo duerme en San Francisco mientras su mujer le llama desde el World Trade Center. La torre estaba en llamas, no había escapatoria y ella le llamó desde su teléfono celular. Dejó su último mensaje para él en la máquina contestadora. Un canal de televisión transmitió el mensaje para nosotros. Escuchamos a la esposa decirle entre sollozos que no había salida. El edificio estaba envuelto en fuego y en humo, no había forma de alcanzar las escaleras. Hablaba para despedirse. Sólo había algo más que decir, esas dos palabras que ni todo el arte terrible, ni las peores canciones y películas, ni las más seductoras mentiras pueden abaratar: te amo.

FUENTES

André Glucksmann: “Golpear fuerte. Dar en el blanco corrrecto”. Le Figaro, 14 de septiembre, 2001. Gilíes Kepel: La yijad. Expansión y declive del islamismo. Península, Atalaya, 2001.

“El peor ataque de la historia”. El País, 12 de septiembre, 2001.

“La inteligencia norteamericana apunta a las redes de Bin Laden”. The Washington Post, 12 de septiembre, 2001. “El hombre más buscado del mundo”. Time, 16 de septiembre, 2001.

“Señales de humo”. The New Republic, 17 de septiembre, 2001.

“Osama Bin Laden”. Le Monde, 18 de septiembre 2001. Gilíes Kepel. La trampa de la yihad afgana”. El País. 18 de septiembre, 2001.

“Cientos de miles de afganos huyen de Kabul”. El País. 19 de septiembre, 2001.

“Líder Religioso”. Frankfurter Allgemeine. 18 de septiembre. 2001.

“Ataque a nuestra civilización”. El País, 12 de septiembre, 2001. “Editorial”. Suddeutscbe Zeitung, 13 de septiembre, 2001. Ian McEwan: “Amor fue lo único que antepusieron a la muerte”, The Guardian, 15 de septiembre, 2001. n

Una reforma inadmisible

UNA REFORMA INADMISIBLE

POR CLAUDIO LÓPEZ GUERRA

“Son mexicanos con plenos derechos, deben ejercer su voto”. Esta afirmación, en apariencia irrebatible, arma fundamental de quienes defienden el voto de los mexicanos residentes en el extranjero, se encuentra plagada de contradicciones, como no pocas veces ocurre cuando las ideas se apropian irreflexivamente. No discutiré en términos jurídicos ni logísticos, pues me parece que en esos términos queda poco por discutir. Pero aún está irresuelto el problema normativo, no lo que dice o facilita la ley, sino lo que debería decir: ¿qué principios justifican la inclusión de los emigrantes en la elección de las autoridades que van a gobernar, no a ellos, que viven en otro país, sino a quienes no somos emigrantes y nos quedamos en México? Si admitimos otros términos en el debate, como deberes —no sólo derechos—, las soluciones obvias se extinguen en la complejidad de un concepto: ciudadanía. Analizando críticamente la relación entre derechos y obligaciones, expondré por qué el voto de los mexicanos residentes en el extranjero es insostenible desde una perspectiva democrática.

Desde la antigüedad clásica hasta nuestros días, en oposición al poder arbitrario ejercido por un igual sobre sus semejantes, la democracia se afirma esencialmente en un principio: el autogobierno colectivo, que consiste en gobernar y ser gobernado. En una democracia, sin duda, es un derecho del ciudadano participar en el establecimiento de las leyes, pero debe obligarse a ellas también. El problema de la inclusión es determinar quiénes han de tomar las decisiones públicas —ser ciudadanos— y por qué.

Robert A. Dahl ha llamado “principio categórico de inclusión” a la más perfecta y radical sentencia sobre la ciudadanía en un régimen democrático: todo aquel sometido a las decisiones colectivas debe tener derecho a participar en ellas, todo miembro debe ser ciudadano. Y al definir de esta forma la inclusión ideal, inevitablemente queda integrado, cual reflejo invertido, un principio categórico de la exclusión: quien no vaya a estar gobernado por las reglas no puede participar en su proceso, pues de lo contrario ejercería un mando ilegítimo sobre otros, gobernaría sin ser gobernado. Pues éste sería el resultado, justamente, si se concediera el voto a los mexicanos emigrantes, y me refiero, es importante aclarar, sólo a quienes residen permanentemente fuera del país (por supuesto, habría que fijar un límite entre lo pasajero y lo perentorio, tecnicismo que por el momento es irrelevante).

Supongamos que un estado de la República Mexicana, como Yucatán, de pronto ignora la Constitución, empieza a regirse por otras normas y alcanza la independencia una vez más pero al mismo tiempo reclama participar en las elecciones federales de México porque los yucatecos son de origen mexicano. Es absurdo, cualquiera objetaría lo mismo: ¿con qué derecho van a elegir a nuestros congresistas y funcionarios si éstos no los van a gobernar?, ¿qué los autoriza a fijar las políticas —económicas, educativas, laborales, etc.— y demás decisiones que nosotros, no ellos, vamos a padecer? Pues bien, no otros dilemas genera el tema del sufragio de los mexicanos residentes en el extranjero.

Los derechos no son instantáneos. Primero debe haber una autoridad responsable de garantizarlos, cuya obligación proviene de la ley acordada y respetada por los individuos; segundo, es imprescindible estar bajo la jurisdicción de esa autoridad para que los derechos puedan gozarse; y tercero, no hay derechos sin obligaciones. Este es el fondo, la razón más importante para negar el voto a los mexicanos residentes fuera del país.

Aunque es un error suponer que por cada derecho hay una obligación correlativa equilibrando la balanza, también es verdad que ningún derecho en general, incluyendo el sufragio, podría existir sin el cumplimiento, en conjunto, de varias obligaciones. Henry Shue, una autoridad en la materia, ha identificado tres categorías: deberes para prevenir el quebranto de los derechos ajenos —autolimitación personal— deberes para proteger contra su eventual violación, y deberes para proveer los derechos a lo desposeídos: “Es imposible que un derecho básico —por muy ‘negativo’ (sin acción requerida para su ejercicio) que parezca— se garantice totalmente a menos que se cumplan los tres tipos de obligaciones. Por ejemplo, el derecho que parece más ‘negativo’, la libertad, necesita la acción positiva de la sociedad para ser protegido y para ser restaurado cuando fallan tanto la prevención como la protección”.1

En un gobierno de iguales no puede haber ciudadanías incompletas: derechos sin obligaciones, obligaciones sin derechos, sólo unos derechos, sólo unas obligaciones. Por esto, otorgar el voto a los mexicanos residentes en el extranjero es una medida doblemente irresponsable. En primer lugar, si el argumento es que son ciudadanos con plenos derechos, entonces ¿por qué sólo se ha planteado la extensión del sufragio? ¿Y los demás derechos? Si somos consecuentes, no sólo tendríamos que enviarles casillas electorales, sino también escuelas, clínicas de salud, “viviendas dignas y decorosas”, servicios públicos y, entre otros haberes, tribunales para la administración de justicia conforme a las garantías procesales mexicanas. Este problema se agudiza con la sinrazón de la propuesta actual: es totalmente inconsecuente otorgar el derecho al voto solamente para la lección presidencial y no del Congreso. O se tienen todos los derechos. íntegramente. o no se tiene ninguno. Y en segundo término, no es posible tener sólo derechos. Para que la igualdad política se mantenga, y vaya que éste es un objetivo axial de la democracia, la misma ley debe regir para todos, emigrantes y no emigrantes, lo cual es sencillamente imposible, a pesar de la existencia del derecho internacional.

En breve: “si la ciudadanía se invoca en defensa de los derechos, las obligaciones correspondientes de la ciudadanía no pueden ser ignoradas”.2 Esta sentencia de T. H. Marshall corroe todas las bases para otorgar el voto a los mexicanos residentes en el extranjero, y permite refutar tres argumentos frecuentes:

1. Los emigrantes son exiliados, gente que abandona el país contra su voluntad por la falta de oportunidades, por la injusticia, y tienen derecho a reemplazara los responsables por medio del voto. Quien vive fuera del país, por la razón que sea, no puede ejercer la ciudadanía en igualdad de circunstancias. Ninguna relación guardan las causas del éxodo con el problema de la inclusión democrática. Tan débil es el planteamiento que, según su lógica, quienes emigran por razones distintas a la necesidad económica no tendrían derecho a votar, y el reclamo unívoco de quienes viven en el exterior se fragmenta irreparablemente.

2. Una gran cantidad de divisas entran al país cada año gracias a los envíos de los emigrantes, con lo cual contribuyen al crecimiento de la economía nacional y al bienestar de la hacienda pública. Si el criterio para tener derecho al voto es crematístico, entonces la democracia es un producto de muy escaso valor. Según este razonamiento también deberían votar los empresarios extranjeros que invierten fortunas en México, aunque vivan en Nueva York o en Tokio. ¿Y qué hay de quienes no mandan ni un peso porque emigran con todo y familia? ¿También podrían votar? ¿Cuánto dinero es suficiente? En una democracia nadie puede comprar el derecho a decidir por otros.

3. Aunque vivan en otro país, los emigrantes siguen siendo mexicanos y conservan fuertes vínculos sentimentales con la patria; se preocupan por el devenir de la nación. No he propuesto que se les prive de ser ciudadanos si deciden volver, más que no ejerzan sus derechos u obligaciones parcialmente, en ventaja o desventaja con respecto a los que no residen fuera. Por otra parte, el vínculo moral y sentimental con la patria es insuficiente: cualquiera puede proclamarse “ciudadano del mundo” por tener sentimientos auténticamente humanitarios, pero todos nos burlaríamos incansablemente de él si por ello reclamara su derecho a votar en todo el planeta.

Para terminar con un giro positivo, haré explícita una conclusión que se deriva de las premisas que he sostenido: después de un tiempo razonable, toda persona residente en un país, sometida a sus leyes, debe poder exigir sin restricciones arbitrarias el acceso a todos los derechos y todas las obligaciones. Debemos concebir la pertenencia en términos de la interacción humana bajo un conjunto de reglas con igual peso para todos, sin importar de dónde son tus padres o en qué lugar naciste. La ciudadanía ya no debe estar sujeta al criterio brutal de la casta, o a la supuesta unidad cultural, sino al principio de la vida en común. En breve, hay que fundar una ciudadanía democrática purificada de alcurnias. Que gobiernen, sin importar su origen o condición, los afectados por las reglas. Todos los demás quedan fuera incluyendo los emigrantes.  n

1Henry Shue: “Basic Rights”, en Robert E. Goodin y Philip Pettit (eds.), Contemporary Polítical Pbilosopby (An Anthotogy). Black- well Publishers.    UK. 1997. p. 347

2 T. H. Marshall: Class, Citizenshipand Social Development. University of Chicago Press, Chicago. 1964. p. 123.

Fox en Estados Unidos

FOX EN ESTADOS UNIDOS

POR ALEJANDRO CRUZ

Con su reciente viaje a Estados Unidos, el presidente Fox logró centrar la agenda bilateral en el tema de la migración. ¿La población tiene la certeza de que convenció al Congreso estadunidense para que confíe en México?

En términos de la opinión pública mexicana, la gira de Vicente Fox a Estados Unidos a principios de septiembre deja una impresión favorable, pero sin reflejar el entusiasmo oficial y de algunos medios. Según se desprende de una encuesta nacional telefónica,1 la desconfianza de muchos mexicanos hacia las intenciones estadunidenses permea las opiniones sobre los vínculos binacionales y alimenta el escepticismo sobre las metas que el gobierno mexicano puede alcanzar. A falta de logros concretos, el esfuerzo de la administración Fox por mostrar el provecho de su gira con base en la imagen de capacidad para imponer la agenda a Washington no resulta tan redituable, pues la medición del éxito para la gente se basa en la consecución de objetivos que todavía no cristalizan.

La política exterior siempre ha sido uno de los ámbitos mejor calificados de los gobiernos mexicanos de los últimos tiempos. A Fox se le evalúa bien en ese renglón. al igual que ocurría con sus antecesores. Aun sin conocerse resultados concretos, la población respalda que los mandatarios mexicanos procuren relaciones amistosas con otras naciones y busquen atraer beneficios para el país. Para la población con teléfono, la gira de Fox a la Unión Americana fue positiva y en la que el mandatario mexicano actuó bien (excelente/ buena, 72%). Esta visita mantiene la aceptación popular de la política exterior actual, pero no le da un impulso particular, pues ya era bien calificada.

En realidad, el evento que modificó sustantivamente las percepciones sobre el trato entre las dos naciones lo constituyó la visita del presidente Bush a Fox en febrero. Como efecto de ese encuentro, el porcentaje de personas que opinó que la relación bilateral era buena o excelente dio un salto importante al pasar de 52% dos años antes a 64%, nivel que no se alcanzó en el sexenio anterior. Pasado el impacto, ese porcentaje bajó a 44% en mayo y casi no varió con la gira de Fox en septiembre (excelente/ buena, 47%).

La mayor limitación gubernamental para transmitir una imagen de éxito en su trato con Estados Unidos es la desconfianza extendida entre la población hacia las iniciativas de Washington en relación con nuestro país. Un ejemplo nítido es la división de opiniones que existe sobre si se debe confiar o no en el interés de Bush para lograr mejor cercanía con México. Asimismo, de los aspectos torales de la relación actual, en ninguno la población externa una fuerte esperanza en que se logre un resultado favorable para México. Cuando menos dos tercios de la población están poco o nada seguros de que se alcance la legalización de los indocumentados mexicanos, la libre circulación de trabajadores en las fronteras, el respeto de los derechos humanos de los migrantes, el libre tránsito de camiones mexicanos en Estados Unidos o, sobre todo, la suspensión de la certificación antidrogas.

Es común que muchos mexicanos desconfíen de las buenas intenciones del gobierno y los políticos norteamericanos hacia México, pues se siente que sólo ven por sus intereses. Como resultado, se matizan las percepciones sobre lo que pueden hacer las autoridades mexicanas con sus contrapartes estadunidenses. La imagen en México de los líderes norteamericanos contrarresta el propósito del gobierno mexicano de presentar los acontecimientos de la visita como hechos sin precedentes por la capacidad del presidente Fox para fijar las prioridades a tratar. Así frente al esfuerzo gubernamental y de varios medios de comunicación por resaltar la acogida que tuvo Fox en el Congreso, algo más de la mitad de la población enterada de la gira no cree que Fox haya convencido a los legisladores de Estados Unidos para que tengan confianza en México.

Tampoco se percibió esa actitud exigente e independiente del presidente que se subrayó en la prensa: por el contrario. una sólida mayoría (61%) piensa que fue cauteloso ante el mandatario y los legisladores norteamericanos, aunque su petición de lograr un acuerdo migratorio en cuatro meses sí se sintió atrevida (64%).

Al margen de la falta de compromisos concretos, la política exterior de Fox ha conseguido centrar la agenda bilateral principalmente en el tema de la migración, un problema más manejable y con aristas más vendibles que otros temas. La relevancia dada por los medios a la cuestión del tráfico de indocumentados ha ayudado al gobierno foxista en ese propósito de fijar la agenda. Mientras en 1999 el 33% veía en la migración ilegal el principal problema de México con Estados Unidos, ahora es el 57% el que opina así. Además, le ha beneficiado la menor notoriedad que ha tenido el narcotráfico.

En las futuras giras de Fox a Estados Unidos es previsible que siga logrando el visto bueno de la población, que gusta que sus mandatarios le den presencia al país en el extranjero. Sin embargo, para que en la población mexicana quede una huella más apreciada de esas visitas internacionales, sobre todo al país que se ve con más recelo, pero del que más provecho se puede obtener, se necesita algo más que aplausos en el Capitolio. n

1 Los resultados que se muestran provienen de una encuesta nacional realizada el 10 de septiembre de 2001 en población con teléfono en su vivienda. que forma parte del Sistema de Recolección Continua de Información de Opinión Pública desarrollado por BGC Ulises Beltrán y Asocs., SC. Los datos históricos anteriores a diciembre de 2000 se encuentran en el archivo del CIDE: Estudios de opinión pública de la Presidencia de la República. 1988-1994y 1994-2000.

Violencia y progreso

VIOLENCIA Y PROGRESO

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

Los atentados del 11 de septiembre han caído como un balde de agua hirviendo en medio de una fase particularmente optimista de la evolución de Occidente. Nos han recordado a todos que, hoy como ayer, la violencia nace junto a la prosperidad, el terror junto al progreso.

Antes del Martes Negro, las gigantescas novedades del milenio que empieza y el optimismo asociado a ellas, la promesa de una Nueva Civilización, hacían resonar en Occidente, con ímpetus renovados, aquella sensibilidad que según Alexis de Tocqueville empezó a propagarse en los espíritus ilustrados y ociosos de Europa a partir del siglo XVII.

El centro de esa sensibilidad fue la idea de que el hombre y la sociedad no eran imperfectos por naturaleza, sino que podían mejorarse. Y mejorarse además, indefinidamente, tal como lo mostraba el avance de la ciencia. A la creencia de que todo puede mejorarse sin límite le llamamos desde entonces progreso, una de las nociones más potentes, más optimistas y más productoras de desilusión que hayan cruzado por la mente humana.

El germen del espíritu del progreso es la inconformidad con lo existente, la pasión moral del cambio. Si el progreso es cierto, siempre podremos estar mejor. Siempre debemos estar, por tanto, inconformes con lo que existe. El ánimo invariable de reforma y revolución bajo el que ha vivido el mundo moderno, es consecuencia de aquel germen poderoso, hijo legítimo aunque no siempre razonable de la razón.

El culto del cambio y la mejora tomó la cabeza de Occidente con los filósofos de la Ilustración. Desde entonces, a cada gran oleada de fe en la religión laica del progreso siguieron cambios mayúsculos, conmociones inesperadas y también grandes catástrofes. El culto de la razón vio triunfar sus ideales mezclados en las aguas sangrientas de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas. El imperio de la razón revolucionaria engendró monstruos, la pasión por la justicia impuso el terror, la libertad se disolvió en tiranía, la modernidad técnica cambió el hacha carnicera del verdugo por la cuchilla aséptica de la guillotina.

Europa tardó un siglo en acomodar los esqueletos de la primera gran salida al mundo de la razón ilustrada y las pasiones prácticas del progreso. En las últimas décadas del siglo XIX, Occidente volvió a decirse, con ecuanimidad positivista y optimismo liberal, que el mundo podía ordenarse científicamente, en un horizonte racional de progreso y bienestar.

Eran tiempos propicios a la nueva fe. Había casi una necesidad física de ella. Luego de las guerras napoleónicas, Europa había vivido la revolución del 48, la guerra francoprusiana, la Comuna de París. Al otro lado del Atlántico, las independencias hispanoamericanas habían abierto un siglo de turbulencia y esperpento para sus nacientes repúblicas. Estados Unidos tuvo una guerra civil que inauguró al menos dos modalidades mortíferas de la guerra moderna: un armamento devastador que destruye a distancia y el arrasamiento de la retaguardia de los ejércitos que no respetó ciudades, campos, fábricas ni población civil.

Al terminar el siglo XIX la ilusión de una época de paz y progreso unió a los espíritus en una nueva esperanza civilizatoria, un credo universal de armonía política, económica y moral, confirmado a cada paso por extraordinarios descubrimientos científicos que disparaban la productividad, hacían más confortable la vida y multiplicaban los bienes.

Aquel siglo XIX reformista, humanista, científico, recogió del futuro muchos de los bienes que esperaba pero también una lección de humanidad trágica cuyos escenarios fueron las trincheras de la guerra del 14, con sus veinte millones de muertos, y sus secuelas, aún más letales: la revolución bolchevique, los fascismos italiano y japonés, el nazismo, los ciento cincuenta millones de muertos de la Segunda Guerra mundial —cien en el frente oriental, cincuenta en el frente europeo—, Los sueños decimonónicos del progreso perdieron su fulgor en el arco sombrío que va de las trincheras de Verdún a los campos de concentración nazi.

La barbarie guerrera del siglo XX machacó por mucho tiempo el prestigio de la idea misma de progreso. Los cementerios del siglo eran demasiado extensos, universales, sistemáticos, para tolerar la idea de que la humanidad había mejorado o podía mejorar. Ningún descubrimiento científico, ninguna mejora técnica de la calidad de la vida, podía compensar el horror del holocausto, la pesadilla del Gulag, las minas de Hiroshima y Nagasaki.

La piel helada de la Guerra Fría mantuvo congelado el entusiasmo hasta el fin del siglo. Entre otras cosas, porque la sangría siguió. Cifras recientes señalan que, durante la Guerra Fría, distintas guerras regionales añadieron treinta y seis millones de muertos a las conflagraciones anteriores. Malas cifras, sin duda, para validar cualquier noción optimista de progreso.

Y sin embargo es un hecho histórico contundente que a partir de la Ilustración, a partir de aquel momento en que algunos espíritus ociosos e ilustrados concibieron que el hombre y la sociedad podían y debían mejorar indefinidamente, el género humano experimentó, junto a tantas sangrías sin precedente, progresos que tampoco tienen comparación.

Al terminar la conmoción napoleónica, en 1820, el ingreso per cápita de Europa era algo menos que mil dólares. En los siguientes ochenta años, al empezar el siglo XX, había crecido hasta los 2,500 dólares. Un siglo después, en el año 2000, luego de la devastación terrible de sus guerras, o a pesar de ellas, el ingreso per cápita de Europa rondaba los 20,000 dólares promedio. Grandes mejoras, se diría, en medio de tanta muerte.

El más carnicero de los siglos de la historia conocida, el siglo XX, trajo al planeta más vida humana que ningún otro. Por el progreso científico, el crecimiento económico y la universalización de la medicina, nacieron en ese siglo algo más de 4,000 millones de seres humanos, varias veces más que en toda la historia precedente. La vida promedio de la humanidad ganó 40 años, pasando de 35 en 1900 a 75 en el año 2000.

La cantidad de dolor que han ahorrado los anestésicos inventados este siglo apenas puede exagerarse. La cantidad de muertes que la medicina moderna, las vacunas y los antibióticos han impedido supera por varios ceros las que arrebataron las armas inventadas en otros tantos laboratorios de ciencia avanzada y tecnología de punta.

El fin de la Guerra Fría hizo desaparecer la mayor amenaza que pendía sobre las cabezas de todos bajo la posibilidad de una hecatombe nuclear. La caída del muro de Berlín apartó las sombras, permitió mirar con nuevo optimismo el futuro. Para ese momento, la ciencia, la técnica, el comercio, no sólo habían transformado el mundo. Habían desatado una verdadera revolución del conocimiento y de la vida práctica, una sucesión de descubrimientos y cambios suficientes para sostener que estamos en el inicio de un nuevo paradigma de progreso.

A semejanza de las postrimerías del siglo XIX, los enormes cambios científicos de fines del siglo XX sembraron una nueva ola de fe y optimismo, un regreso de la promesa ilimitada de la ciencia, una mejoría asombrosa de los instrumentos prácticos de la vida civilizada.

Como en el siglo XVIII, antes de la Revolución Francesa, como al final del siglo XIX, antes de las grandes guerras del siglo XX, al empezar el siglo XXI decimos otra vez: todo es posible, la ciencia y la técnica mejoran nuestra vida, iluminan nuestro futuro con bienes sin precedentes y maravillas sin término. Algo prometedor y sin fronteras ha empezado, un estallido de modernidad que llamamos nueva civilización.

La cara luminosa del progreso volvió por sus fueros, el mundo volvió a abrirse ante nosotros como una opción más o menos segura de riqueza, bienestar, mejora, corrección, ampliación celebración de la vida. La evidencia del progreso es abrumadora, en efecto. Pero los ataques terroristas del 11 de septiembre han vuelto a prevenirnos contra la tentación de asociar el progreso de la técnica y la ciencia con el de la libertad y la perfección moral del hombre.

La ilusión de confundir el progreso técnico con el progreso humano es particularmente tentadora, porque las fronteras de la ciencia nos muestran hoy la posibilidad de corregir la mismísima condición humana. Hay o está por haber drogas capaces de romper las jaulas de hierro de la esquizofrenia y el autismo, hasta ahora impenetrables. Los diarios del mundo informaron en julio del año 2001 del nacimiento del primer bebé vacunado genéticamente contra las proclividades al cáncer. Es imaginable un mundo en que la manipulación genética aparte de nuestro organismo las debilidades hereditarias y agregue fortalezas hasta hoy inexistentes, de modo que entre las debilidades que se quitan y las fortalezas que se agregan pueda arañarse la inmortalidad.

El progreso técnico, la generalización del bienestar, la generación ilimitada de riqueza mediante el avance de la productividad son un hecho. No hay ninguna razón para pensar que esa carrera habrá de detenerse. Pero hoy, como ayer, es más claro el impacto del progreso científico en la mejoría de la vida cotidiana que en el de la civilización de las pasiones. Hoy, como ayer, junto a los surtidores del progreso, viven los pozos de la barbarie. No parecen erradicables ninguno de los hechos duros de la vida: la guerra, la injusticia, la violencia, la muerte. Lo han sabido pensadores de todas las edades.

Tzu Kung, discípulo de Confucio, preguntó a su maestro Lao-Tzu: “Dices que no debe haber gobierno. Pero si no hay gobierno.

 ¿cómo se purificará el corazón de los hombres?”. El maestro contestó. “Lo único que no debemos hacer es entrometernos con el corazón de los hombres. El hombre es como una fuente; si la tocas, se enturbia; si pretendes inmovilizarla, su chorro será más alto. Puede ser tan ardiente como el fuego más ardiente; tan frío, como el hielo mismo. Tan rápido que. en un cerrar de ojos, puede darle la vuelta al mundo: en reposo, es como el lecho de un estanque: activo, es poderoso como el cielo. Un caballo salvaje que nadie doma: eso es el hombre”.

En el parágrafo 4 del Tratado político escribió Banich Spinoza: “Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas. Y por eso he contemplado los afectos humanos como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria, la misericordia y las demás afecciones del alma, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades que le pertenecen como el calor, el frío, la tempestad, el trueno y otras cosas por el estilo a la naturaleza del aire”.

En una célebre carta a Einstein, Freud exploró el porqué de la guerra. Los instintos de los hombres no pertenecen más que a dos categorías: o bien son aquellos que tienden a conservar y a unir —los denominamos eróticos, completamente en el sentido del Simposio platónico, o sexuales, ampliando deliberadamente el concepto popular de sexualidad— o bien son los instintos que tienden a destruir y a a matar: los comprendemos en los términos “instintos de agresión” o “de destrucción”. No se trata más que de una transfiguración, universalmente conocida de amor y odio, quizá relacionada primordialmente con aquella otra, entre atracción y repulsión. No nos apresuremos a introducir los conceptos estimativos de “bueno” y “malo”. Uno cualquiera de estos instintos es tan imprescindible como el otro, y de su acción conjunta y antagónica surgen las manifestaciones de la vida. Parece que nunca puede actuar aisladamente un instinto perteneciente a una de esas especies, pues siempre parece ligado… con cierto componente originario del otro. Así, el instinto de conservación, sin duda es de índole erótica, pero precisa de la agresión para cumplir su propósito. Análogamente, el instinto de amor objetal necesita un complemento del instinto de posesión para lograr apoderarse de su objeto. La dificultad de aislar en sus manifestaciones ambas clases de instintos es la que durante tanto tiempo nos impidió reconocer su existencia.

La mirada moral tiene dos ojos. Un ojo mira las bestialidades, el leopardo rasgando al cervatillo, la furia de los ciclones, el hedor de la guerra, la gratuidad de la sangre y el dolor. El otro ojo mira las bellezas del mundo: la frescura del amanecer, la liviandad del cervatillo, el salto del jaguar, el poder de la vida y la sobrevivencia. El ojo que mira la miseria tiende a ignorar al que mira la belleza, pero los dos dicen la verdad aunque sus verdades no puedan sumarse y estar juntas en nuestra conciencia. Nuestra caja registradora no puede mezclar esas cosas, las suma aparte. La mirada del progreso tiende a ver sólo la mitad luminosa, pero la luz no puede existir sin un lado de sombra. Como lo ha revelado Norbert Elias, bajo la paz cordial de nuestros modales de mesa acecha el guerrero domesticado soñando un cuchillo sangriento.

Recuerdo un relato de Antonio Tabucchi en que las ballenas hablan asombradas de esos animales extraños que vienen a cazarlas, feroces verdugos sin motivo de ferocidad, que miran por la noche con fija mirada el camino de la luna sobre el agua y cantan tristísimamente antes de dormir para levantarse al día siguiente llenos de ira en busca de las ballenas que nada les han hecho. n

Células: Madres hay una sola

El cultivo de células madre está en el centro del debate científico. ¿Hay motivos razonables para ir en contra de ello?

celulas-madre

Entre las ciencias hay una noble por excelencia, que es la teología. De ella se han ocupado las mentes más ilustres del mundo: los ejemplos de Tomás de Aquino, de Isaac Newton y de Albert Einstein vienen a la memoria. Pero en materia de teología “ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento” (San Pablo). No voy a aventurarme en este terreno, sino que intentaré presentar la reflexión de un científico que busca la conciliación en una controversia que nos atañe a todos.

El crecimiento de la ciencia en los últimos cincuenta años ha sido fenomenal y asombroso. Si Dios no ha dado este crecimiento, ¿quién, y ¿quiénes somos nosotros para disputar su validez? Los que convivimos con gatos sabemos que suelen ser más inteligentes que sus dueños, ya que entienden lo que se les dice siempre que se les hable de buen modo. Yo pregunto: ¿no tendremos siquiera la inteligencia de un gato para entender lo que Dios nos quiere significar con los avances de la ciencia?

Esto viene a colación por el actual embrollo de las células madre. Una célula madre es un tejido primitivo que puede convertirse en cualquier cosa: un riñón, una nariz o un cerebro. Como diría López Obrador, nada humano le es ajeno. Esa plasticidad o universalidad de las células madre les permite convertirse en el elemento indispensable para reparar los destrozos de la edad, o los amagos de la enfermedad en el cuerpo humano. ¿Tiene usted Alzheimer? Las células madre han de servir de refacción para reponer sus células nerviosas destruidas. ¿Su problema es la diabetes? No pierda la esperanza: las células madre se transformarán en refacciones del páncreas, o en lo que sea. Un infarto cardiaco deja el corazón humano más maltrecho que una telenovela; el tejido muerto del miocardio es imposible de revivir. Vienen las células madre y lo reconstruyen, para que pueda seguir latiendo.

Entonces, ¿por qué no usar células madre? Primero, porque todo eso todavía no es realidad. Para que lo sea, se necesita mucha investigación, y la investigación requiere inversión. En segundo lugar, las células madre se encuentran en los tejidos embrionarios no diferenciados, es decir, en embriones humanos de cinco a siete días de edad. Ya es posible hacer cultivos de estas células y, en efecto, el doctor James Thompson fue el primero en lograr su crecimiento fuera del cuerpo humano. Utilizó células sobrantes que abundan en las clínicas de fertilidad y que los clientes nunca habrían de retirar o utilizar. Un óvulo no es un feto. Tampoco lo es un espermatozoide. Se trata de tejidos vivos, como las muelas o los apéndices extraídos; pero no son individuos. Expulsar o extraer del cuerpo humano un gameto no fecundado no es lo mismo que hacerse un aborto. Donar óvulos o donar esperma con el objeto de ayudar al prójimo no es pecado. De ninguna manera equivale a arrancar un ser humano del seno materno antes de tiempo.

Pero ¿no bastará que un tejido vivo pueda cultivarse en el laboratorio para que sea una persona? El Instituto Jones en Virgina ha crecido células madre in vitro, mezclando óvulos con esperma. Se produce un blastocito, una pelotita microscópica sin cara ni identidad: no es un ser humano ni llegará a serlo. Un ser humano se forma en el seno materno y no nace de una probeta.

Pero, se dirá, estamos matando un ser humano en potencia. A eso voy. Una cosa es matar una célula (no es el caso aquí), y otra es cultivarla y utilizarla para que viva un ser humano. No es lo mismo destruir el grano que sembrarlo. Aquí es donde la teología podría sacarnos de apuros. Mi fiel Diccionario guadalupano no me da orientación para el caso, ya que no hay artículo correspondiente a “matar” o “vida”, y tengo que acudir a las fuentes. La doctrina de Jesucristo es como siempre, impecable en su transparencia:

Oísteis que fue dicho a los antepasados: No matarás; el que matare será reo de condenación. Mas Yo os digo; todo aquel que se encoleriza contra su hermano merece la condenación (San Mateo 5:21, traducción de monseñor Straubinger.)

El Señor radicaliza la letra de la ley hebrea y la vivifica, realzando su sentido social y humano. Lo que prohíbe es la agresión, ya que toda agresión es un asesinato en ciernes. Además, nos previene contra una interpretación demasiado rígida y textual de la ley: “Cuidad de no practicar vuestra justicia a la vista de los hombres… como hacen los hipócritas en las sinagogas”. En caso de duda, nos manda acudir a dos preceptos supremos: amar a Dios, y amar al prójimo como a ti mismo, ya que: “De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas” (San Mateo, 22:39). Esto incluye, desde luego, al sexto mandamiento.

Pero ¿acaso es lícito, sin quebrantar dichos mandamientos, matar una mosca, sacrificar una res, defenderse de un asaltante? ¿Cómo sabemos que no hay contradicción? La solución es bien simple. El sexto mandamiento dice textualmente “Lo tirtzaj”, que significa “no mates intencionalmente y alevosamente a una persona”. Existe otro verbo, harog, que equivale a nuestro vocablo “matar”. Matar una mosca, entonces, no es un crimen, aunque yo esté convencido de que los descendientes de esa mosca puedan evolucionar hasta convertirse un día en seres humanos.

No existe garantía alguna de que la investigación científica con células madre resuelva el problema del cáncer o de otras enfermedades hoy incurables; pero la posibilidad de ayudar a nuestros semejantes seguramente debe primar por sobre otras consideraciones cuando estas células no son seres humanos en potencia ni son el fruto de uniones conyugales. El uso de células madre debe reglamentarse para prevenir abusos, pero no parece existir razón moral alguna para prohibir su uso.

Lo nuevo, por definición, no tiene precedentes. No siempre es posible descalificar una innovación con argumentos basados en precedentes, y debemos cuidarnos de juzgar a un innovador cuando su intención es recta. No despreciemos lo nuevo, ya que muchas veces representa la voluntad del Creador.

Todo lo nuevo también tiene su riesgo. En una entrevista de 1950, se le preguntó a Einstein si no era exagerado afirmar que “hoy el destino de la humanidad está en juego”. Einstein contestó: “El destino de la humanidad siempre está en juego”.

La química y la fertilidad

Hace diez mil años el hombre inventó una de las tecnologías más cruciales para el porvenir de la raza humana. Los primeros agricultores del Cercano Oriente se dieron cuenta de que sus campos se agotaban, y empezaron a sembrar lentejas y chícharos entre los cereales. En Asia plantaron la soya junto al arroz, en América el frijol con el maíz, y en África el cacahuate. Esto funciona bien porque las leguminosas proporcionan nitrógeno al suelo, a través de las bacterias que viven entre sus raíces y que son capaces de fijar el nitrógeno del aire. Así, los humanos han empleado el nitrógeno miles de años antes de descubrirlo; no hubieran podido desarrollar la agricultura sin él.

El nitrógeno es un elemento muy abundante. En la atmósfera hay un millón de toneladas de nitrógeno por cada ser humano. El problema es que es inaccesible, porque las tres valencias que unen cada par de átomos de nitrógeno entre sí son casi imposibles de romper.

Al principio, los agricultores buscaban nuevas fuentes de nitrógeno y las encontraron en el abono animal. En París, a principios del siglo XIX, juntaban un millón de toneladas anuales de excremento de caballo para los terrenos que abastecían los mercados de verduras. En China las tres cuartas partes de los campos se abonaban con desechos de origen humano. La población crecía y crecía, y el abono no daba abasto.

En 1850 se descubrió el guano, que formaba montañas de excreciones depositadas por las aves en islas frente a las costas del Perú. Los grandes veleros hacían fila para llevarse el tesoro blanco a Europa. Veinte millones de toneladas emprendieron el camino por el Cabo de Hornos, hasta que el guano empezó a agotarse hacia 1870. Entonces se descubrió el salitre chileno, un nitrato de sodio fósil. Las empresas salitreras inglesas financiaron la Guerra del Pacífico para lograr el acceso a los recursos salitreros bolivianos. El mundo consumió principalmente salitre chileno hasta después de 1920.

El 2 de julio de 1909, el químico alemán Fritz Haber logró sintetizar el amoniaco para la empresa BASF, mediante la catálisis del hidrógeno con el nitrógeno del aire. Junto con sus colegas, logró producir casi medio litro de amoniaco en cinco horas. A los pocos años ya se producían veinte toneladas diarias. En la Primera Guerra mundial, Alemania quedó aislada y se reemplazó el nitrato chileno con el producto sintético. El ácido nítrico se usaba para producir nitroglicerina y otros explosivos nitrogenados. Más adelante, el doctor Haber fue exiliado por Hitler, y murió en el destierro, pero actualmente se producen dos millones de toneladas semanales de amoniaco con su procedimiento, lo que representa el 99% del abono nitrogenado inorgánico consumido por la agricultura mundial. La producción de salitre chileno quedó arruinada hace años ya que el proceso de Haber se volvió cada vez más eficiente, de modo que hoy utiliza apenas un sesentavo del consumo mundial de combustible. China es el mayor productor del mundo de nitrato sintético.

Mientras, las grandes empresas químicas alemanas que iniciaron la síntesis del amoniaco se diversificaron y se fusionaron con otras empresas que habían desarrollado los colorantes sintéticos, como Bayer, AGFA, Hoechst, Geigy. Hoy son grandes empresas farmacéuticas por una razón histórica: fueron sustancias nitrogenadas y sulfonadas emparentadas con las anilinas las que primero se emplearon con éxito para combatir las infecciones. El Prontosil, o “sulfa”, empleado con éxito a partir de 1936, era un derivado de una anilina de color rojo. A partir de 1925 las empresas alemanas se unieron para formar una de las primeras grandes trasnacionales, la I. G. Farben, empresa que eventualmente ayudaría a Hitler a aguantar la guerra unos pocos años más, gracias a la producción de hule sintético y gasolina artificial. Sin embargo, pese a los esfuerzos de los investigadores en biotecnología, entre ellos los mexicanos, hasta hoy no se ha logrado producir cereales capaces de fijar nitrógeno sin la intervención de los abonos. Y siguen los milagros y las barbaridades de la química.   n

Carpe Diem. Una paciente crónica

ESCRITURAS

CARPE DIEM. UNA PACIENTE CRÓNICA

POR ARNOLDO KRAUS

¿Qué textura adquiere el tiempo en el caso de una paciente crónica? Estas páginas, un homenaje al deseo de vivir, ofrecen más que una respuesta.

Recuerdo a una mujer joven cuya vida cronológica apenas rebasaba la tercera década. Su vida enferma, en cambio, sumaba más de la mitad de su existencia. El padecimiento se llamaba vida y su vida eran sus dolores. Inseparable y paradójico vínculo: era necesario vivir para poder estar enfermo

Los dolores, en su habitat, se convirtieron en ingredientes indispensables para entender la vida desde la óptica “del hoy”. Hay pesares y hay- patologías que aguzan sentimientos y profundizan adentros: su presencia hace del presente un tiempo total. Cuando se instalan algunas enfermedades, muchas percepciones se modifican. La del tiempo es una de ellas.

El mal de Maritza, su enfermedad, sería de aquellos que poco a poco merman el movimiento, disminuyen las fuerzas, la capacidad de valerse por sí mismo; su padecimiento era de esos que hacen que todos los objetos cercanos sean lejanos, que lo fácil sea complicado, que convierte el ritual del baño, cepillarse o beber, en sufrimiento y dependencia. Con el tiempo, incluso alimentarse fue difícil; sin embargo, sin esa compañía, la vida, no podía seguir su curso. Su afección hermanaba existencia y resignación. La enfermedad incorporaba a la cotidianidad lo que para algunos dolientes es normal: medicamentos visitas al doctor, exámenes de laboratorio, dependencia de otros para realizar actividades simples, y una parafernalia de aditamentos indispensables para continuar. Sobrevivía gracias a esas ataduras que le permitían vivir.

Enfermedad y existencia eran espejos. Espejos en donde la figura se deformaba poco a poco. Ora una arruga nueva, ora un guiño distinto, ora una mueca que denotaba sorpresa. El avance de la patología hacía que el listado médico y los tipos de asistencia fuesen, además, imprescindibles, no sólo para seguir viviendo sino para no seguir muriendo.

Los primeros años del mal no minaron grandemente el deseo de vivir ni la capacidad de disfrutar. Conforme pasaron los años y debido al avance de la enfermedad —dolor, disminución en el movimiento— y ante el fracaso de diversas terapias y múltiples opiniones médicas en tres o cuatro países —la paciente era esposa de un “alto funcionario”—. al mal físico se agregaron, poco a poco, tristeza, depresión, ansiedad, desesperanza. Medicamentos nuevos, cirugías reparadoras y hospitalizaciones, mitigaban el problema sólo transitoriamente. Escucharla bastaba para comprender que la palabra esperanza pertenece al lenguaje de los enfermos. En Maritza, la ilusión era inmanente a su tragedia, pero lo era también a la certidumbre del tiempo presente y la posibilidad de ser feliz incluso dentro de la miseria de la enfermedad. El currículo e historia clínica de Maritza eran complejos. En ellos se leía: Nací sana. Enfermé a los quince años. Las articulaciones se hincharon y poco a poco se deformaron. A los veinte me operaron la rodilla izquierda. A los veinticinco la cadera derecha. A los treinta me sometí a terapias experimentales. A esa edad había visitado ocho hospitales y pisado una veintena de consultorios. Un año después ya no salía de cama y las horas en que el dolor me acompañaba rebasaban los momentos sin él. El dolor dejó de ser un fantasma: tenía cara, piel, movimiento, olor. Comer empezó a ser difícil: hablar, ¿para qué?; dormir, complicado, pues los cojines y los colchones poco a poco dejaron de adaptarse a mi cuerpo. Leer, ver televisión, o pensar, eran un lujo innecesario, pues mi mente pensaba hacia delante: ¿cuál será el problema siguiente? La enfermedad, cuando el dolor no era agotador, era como una espina enterrada: al secarla, todo se olvidaba. Y así sucedía. Me fui acostumbrando a mis males y acomodándome a aquellos sitios que podía gozar. Tanto de mi cuerpo, como de la vida, como de todo aquello que pudiera ser placentero. Los minutos adquirieron sentido y lo hermoso se hizo más hermoso. El dolor se convirtió en un nuevo apellido. La noción del hoy fue envolviendo mi vida. Me quedé con la idea del hoy y con la ventana que me permitía mirar hacia fuera y saberme viva. A través de ella veía y me veía todos los días. Esos eran mis compañeros perennes: una ventana y la idea del tiempo resumida a la existencia de un día.

Una ventana y hoy: en ellas vivo, en ellas me sumo, en ellas me cobijo, con ellas hablo, en ellas muero. Las ventanas no sirven sólo para permitir el paso de la luz y para aislar el ruido: son una vía para saber quiénes somos y para comprender cómo camina la vida. Afuera habitaba un todo mientras que en mí mucho se derruía, poco a poco, inexorablemente. Consustancial a la existencia pernoctaba el dolor. En medio yo habitaba. De mí dependía el balance. Cuando alejaba mi vista de la ventana y la depositaba en mí, comprendía que no existían los adhesivos suficientes para unir pie y alma, deseo y fuerza. Sin embargo, estaba viva. Viva es la palabra: lo que mis ojos palpaban lo escuchaba mi corazón. Y así se lo decía a quienes se acercaban a mí: vierto mi existencia en los brazos infinitos de cada día. En ellos, en los días, soy.

La enfermedad me había fragmentado, me había carcomido. Había modificado mi nombre. Mi imagen de mujer era la de las fotos que ilustran los textos de medicina: la incapacidad había sido retratada como tributo al conocimiento y ejemplo de lo que resulta cuando las células dañadas superan los avances médicos. Suicidarme empezó a ser una opción. Un camino, ni bueno ni malo: tan sólo una posibilidad. Mis aliados eran la ventana y las lecciones emanadas de esos largos momentos que llamamos hoy. Los enemigos eran el peso de la enfermedad y la soledad.

Antes de cumplir treinta años, Maritza se había convertido en una enferma crónica. Apellidarse crónico es un problema serio: conlleva las etiquetas irrescatable, para siempre, olvido, dependencia, “caso difícil”, abandono, desesperanza, depresión, y otra serie de adjetivos que fracturan la vida en una serie de fragmentos cuyas aristas son difíciles de unir. Las patologías crónicas pueden semejarse al peor de los rompecabezas; aquel cuyas piezas son tan absolutamente dismétricas que al empalmarlas son idénticas. Apellidarse crónico, es, en algunos sentidos, peor que morir. En la cronicidad, se está; en la muerte, ya no se está. Para algunos dolientes, asir el hoy da sentido a ser, a estar a pesar de sufrir males crónicos. En muchos aspectos, lo crónico es un retrato del día. En estas personas, existe una línea en algunas ocasiones tenue, en otras invisible, entre el deseo de vivir y la necesidad de morir. Deseo y necesidad son términos distintos en la salud pero confusos en la enfermedad: el sufrimiento no es el mejor aliado de la objetividad. Schopenhauer decía que “el consuelo más efectivo en cada desgracia y en cada aflicción es observar a aquellos que son más desafortunados que nosotros. Todos somos capaces de hacer eso”. En Maritza, esa idea era piel. Su alegría por lo pequeño, por lo efímero, por lo imperceptible, eran admirables.

Las enfermedades crónicas son excelentes lectoras de las caras del tiempo. El tiempo adquiere otros significados. Nadie repara más en el momento, en el amanecer y en el paso de las horas que los enfermos. ¿Tiene valor el tiempo? Llegada la muerte no. En vida, quizá sí. Depende de la importancia que se dé a los actos y el respeto que se tenga hacia uno mismo y hacia los otros. Somos, sin saberlo, tiempo. En los sótanos de la conciencia, aquellos que solemos evadir, la naturaleza diseñó unos espacios en los cuales los meses y los años adquieren sentido. Espacios que se abren y visitan, sobre todo, cuando reparar en la vida adquiere importancia o prisa. Esos subsuelos se abren y hablan, por ejemplo, cuando el alter ego amanece abrazándonos, cuando los sueños irrumpen la protección de los silencios o cuando el abandono ajeno o propio es grande. Escuchar o no, permanecer o cambiar, depende de uno. Y uno, finalmente es todo: sus sótanos, sus hoy, sus dolores, sus deseos, el pavimento para atrapar o esquivar el eros.

En Desmemoria, Alejandra Pizarnik escribe, “recuerdo con todas mis vidas por qué olvido”. Pizarnik se suicidó. Su tiempo finalizó antes que su vida: su pulsión de vida —¿o de muerte?— determinó el momento de parar. Algunos enfermos crónicos, antes que la vida duela demasiado, escriben diferente, “olvido que duele / borro el sufrimiento / hoy la luz amaneció en mí”. Eso saben los enfermos crónicos: los significados del tiempo adquieren otras dimensiones. distintas, intransferibles, reales ante sus ojos. ¿Y qué son los ojos de los enfermos?

La mirada de la cronicidad lastima, es inatrapable. Las coplas del poeta, imperecederamente enfermo de amor, que no es sino otra forma de cronicidad, quedan plasmadas en la oda “Gracias G”:

Hoy contigo es ayer.

Eso dijimos:

Nunca puedo morir

Antes de hoy.

Y, en otra visión “del hoy”, el mismo poeta, en la copla “Hueco”, escribió:

Hoy no es hoy.

Hoy es el mismo tiempo

Que robo de tus latidos

Uno, dos, todos.

Hoy soy tú.

Aprehender el tiempo no es imposible. Requiere apretar las manecillas que marcan las horas. Exige ver con más de dos ojos —los que se tengan en la piel— el movimiento del minutero y saber que sesenta segundos duran más que un minuto. Las caras proteicas de Cronos, vivas, inquietas, inmensas, encuentran sus mejores rasgos en los hoy de los enfermos. El carpe diem de Horacio es el tegumento de los rostros de los quebrantos. En la oda XI del Libro Primero, A Leuconoe, escribe:

Suceda los que suceda, ya Júpiter te conceda aún muchos inviernos, ya que éste que ahora fatiga el mar Tirreno entre las rocas, indique el último año de tu existencia: se juicioso, filtra tus vinos, y mide tus largas esperanzas con el breve espacio de la vida. Mientras nosotros hablamos, el tiempo envidioso huye. Coge este día y fíate lo menos posible en el siguiente.

A través de la ventana, absorbiendo los instantes que penetraban de afuera hacia dentro, deteniendo el tiempo del aire y el movimiento de la luna, jugando el juego de los niños que saltan en las calles, observando el correr de los autos y atrapando los ruidos de la vida, la mirada de Maritza estrujaba el tiempo entre sus dedos. El tiempo, en sus manos, era tangible. Filósofos y físicos no saben del tiempo: deberían ver a través de la ventana.

En Maritza, la mirada eran los ojos de las manos y de los pies, el sabor de las bocas, el movimiento del alma, el deseo de la vida transtornada. Sus ojos veían lo que su cuerpo inmóvil pensaba. Su cuerpo yermo imaginaba lo que su mirada capturaba. Sus ojos observaban lo que su idea de mundo hubiese sido. Atisbaban el erotismo donde la mirada no llegaba. El tiempo Maritza era un tiempo atemporal, en donde el paso del hoy borraba la carga del pasado y enajenaba la idea del futuro. Carpe diem, en boca de los enfermos, es un ejercicio que pesca el presente como el rincón de lo posible, de vida.

“Goza este día, y cógele presto sin detenerte” es el carpe diem del viejo Horacio, era la idea del ser, del estar y del valor de “mientras nosotros hablamos, el tiempo envidioso huye”. El tiempo de Horacio era quizá más lento, quizá menos demandante, quizá menos apabullante. Esos viejos relojes tenían más horas. Veinte siglos atrás las miradas eran distintas, más profundas, más vitales. A través de los ojos, las palabras eran muchas veces innecesarias. ¿Qué quiso decir Nietszche cuando afirmó que “la existencia parece lo bastante santa en sí misma como para justificar de sobra una inmensidad de sufrimiento”? En voz de las miradas profundas de los enfermos, en voz de quien escruta la vida a través de la patología y sus limitaciones, la idea del presente y del tiempo palpable adquieren otra dimensión: aquella en la que la alegría y la posibilidad de ser van unidas al hoy.

Los enfermos crónicos suelen tener lenguaje propio y expectativas distintas a los sanos. Ante una miríada de circunstancias, sus respuestas pueden ser disímbolas, pues, entre otras realidades, se acomodan poco a poco a “su vida” y a sus certezas, construyendo para ellos mismos una nueva y propia realidad, en donde palabras como alegría, olfato, deseo, sabor o futuro, adquieren otros tintes y otros sabores, para muchos suficientes para vivir, para otros suficientes para fenecer. Esa concepción de la vida, esa concepción del hoy, suele ser personal e intransferible. Hoy es otra dimensión. En ocasiones más viva, en ocasiones letal. Las ventanas lo saben todo: todo ven, todo transcurre, todo es posible.

Cuando visitaba a Maritza en el hospital, siempre estaba en la misma posición. Acostada de perfil, en la cama, ocupando sólo un pequeño espacio pues la enfermedad había reducido su altura. La sábana apenas arrugada era testigo de que el movimiento, en Maritza, era entelequia. La habitación estaba siempre poblada del mismo silencio y acompañada de la misma luz. Sus ojos miraban a través de la ventana y su cara, sin arrugas, como si fuese casi niña, reflejaba lo que afuera sucedía. Respondía a mis preguntas con desgano, sin fuerza, con voz débil, entrecortada. Sin esperanza, podría decirse. Todo en ella era fragilidad o todo en ella era endeble. Siempre miraba a través de la ventana. Sus días y sus historias eran lo que sucedía en el otro lado de la ventana. Eso era su vida: una ventana amplia, en la que las cortinas habían desaparecido. En muchos aspectos ella era la ventana y la ventana era ella. Sin embargo, existía un espacio hedónico en donde ella construía y transmitía placer a partir de su idea del tiempo y de la alegría que surge cuando éste, el carpe diem, se incorporaba a su vida. Los idilios entre el tiempo y algunos enfermos han sido plasmados en las letras.

—¿Qué observas? —pregunté.

—Cómo corre la vida, cómo no se detiene el tiempo.

—¿Ves cosas distintas?

—Veo todo lo que puede suceder en un espacio, en un mismo sitio. En un rincón que es mi mundo y que empieza hoy y termina hoy. Quisiera verterme en la vida como las hojas que suben por la pared. Mi alegría o mi tristeza se limita al presente. Aunque asalta la idea del suicidio hoy la detengo. El suicidio no me curaría; mataría los vínculos de mi ser con el hoy, la posibilidad de alegrarme ante lo pequeño. La ventana impide el paso de la muerte.

A Maritza no le importaban las fechas. El goce o la aflicción, el alborozo o la melancolía, se limitaban a las hojas del calendario. Cada hoja arrancada no era más que un nuevo inicio. El mundo y la enfermedad pueden mucho pero no todo: los enfermos crónicos son un legado de vivencias cuyas riquezas son fuente de construcción. Eso se aprende de ellos: los dolores y sus interpretaciones se pueden convertir en escuela. Al avivarse los sentimientos el sentido de incontables sucesos adquiere otros rostros. Lo ínfimo es importante, el tiempo nos vive, lo superfluo no existe, lo vano adquiere otro nombre. Uno es el sentido y en uno florece o no el impulso de sembrar. La muerte y la enfermedad son, en efecto, amenazas, pero, mientras se vive, nada puede la muerte.

Ernesto Sábato, nonagenario, escribió: “Hay días en que me invade la tristeza de morir y, como si pudiera ser la muerte la engañada, me atrinchero en mi estudio y me pongo a pintar con frenesí, confiado en que ella no me arrebatará la vida mientras haya una obra sin terminar entre mis manos. Como si la muerte pudiese entender mis razones, y yo hacer de Penélope para detenerla”. Es cierto, la vejez, al igual que algunas enfermedades, es una forma de cronicidad. Para los viejos o los dolientes, sumirse en las venas de las células devastadas o en la memoria de los años transcurridos es una posibilidad. Evadirlas por medio del suicidio es una vía. Afrontarlos por medio de pinceles o atesorando la vida en cada momento, carpe diem, es otro camino.

¿Será cierto que en los animales la inconsciencia del tiempo y de la muerte los haga más felices?

Maritza sabía a qué hora abrían el puesto de periódicos, quién era el primer cliente del bolero clavado en el sitio de siempre, quiénes eran probablemente infieles —los que hablaban temprano, a la misma hora— y qué médicos usaban bata y quiénes no. Sabía, asimismo, el color de los pájaros, qué taxista se rasuraba diario y quién no, las placas de los coches que depositaban enfermos e incluso cuándo rotaban los agentes de tránsito. Escenario y coreografía le pertenecían a Maritza, o, lo que es lo mismo, era dueña del hoy.

Séneca, en Cartas a Lucilio comenta:

No hemos de preocuparnos de vivir largos años, sino de vivirlos satisfactoriamente, porque vivir mucho tiempo depende del destino; vivir satisfactoriamente, de tu alma. La vida es larga si es plena; y se hace plena cuando el alma ha recuperado la posesión de su bien propio y ha transferido a sí el dominio de sí misma.

Vivir el presente no debe ser un oficio o una costumbre. Debería ser una obligación en la que la suma, tiempo, personas, carpe diem alegría y todos aquellos pequeños detalles que conforman y dan color a la vida, sean mayor que el perímetro de la Tierra. Vivirlo pleno aun a costas de arriesgar todo es buena forma de transitar por el destino. Después del presente y de la vida sólo espera la muerte. Cuando ésta llega, ya nada importa pues dejamos de estar, de ser, Epicuro dixit.

Es más importante temerle al presente que temerle a la muerte: el tiempo primero —hoy— depende de uno, el tiempo infinito es omnisciente y ajeno a nuestra voluntad. La idea del mañana de la inmortalidad, es bella y hedónica pero inasible. El oficio del presente se leía en las lecturas que de la vida hacían los ojos incesantes de Maritza: “Me abro en las vidas de los otros mientras me transporto en los vientos del aire. Soy parte del juego de los vivos mientras respiro a través de la ventana. Soy parte de la Tierra y de la vida mientras hoy sea hoy”.n

El Islam contra el Islam

EL ISLAM CONTRA EL ISLAM

POR JEAN DANIEL

Traducción de Alberto Román

I. EL FANTASMA EL CHOQUE DE LAS CIVILIZACIONES

La guerra, la guerra, la guerra…, a fuerza de hablar de ella, uno termina por hacerla. Con el temor de que el lirismo de las promesas conduzca a una conducta irresponsable, numerosas personalidades estadunidenses y europeas acaban de adoptar una posición clara: rechazan considerar los atentados del 11 de septiembre contra Estados Unidos como el adelanto de una primera guerra del tercer milenio que enfrentaría al Islam con Occidente. Los gobiernos de la mayor parte de los países árabes y musulmanes y las principales autoridades religiosas del Islam, por su parte, han confirmado el rechazo —el mismo de Henry Kissinger y Colin Powell en Estados Unidos, de Hubert Védrine y Alain Richard en Francia— a referirse a un eventual “choque de civilizaciones”.

Este rechazo no es inocente. Tampoco lo es esta frase que se repite tanto por estos días. El fantasma de ese choque de civilizaciones asedia el comienzo del siglo XXI. La frase proviene del título del libro de un universitario estadunidense, Samuel P. Huntington. El autor se reclamó heredero de grandes antropólogos como Oswald Spengler y Arnold J. Toynbee, de los cuales no tiene ni por asomo la misma autoridad. No obstante, sus tesis alimentan regularmente las reflexiones de los geopolíticos y las especulaciones de algunos estrategas en Washington. Recordemos: Huntington sostiene que luego de las convulsiones nacionalistas provocadas por el fin de los imperios, convulsiones que corresponden a la tradición de los conflictos de soberanía y vecindad del siglo XIX, de aquí en adelante seremos testigos de un gigantesco enfrentamiento entre las seis grandes civilizaciones que se reparten el planeta. Occidente se convertiría así en el blanco común y privilegiado, como consecuencia de su comportamiento hegemónico, del refinamiento materialista de su desarrollo y de su tentación, colonialista en el pasado y en la actualidad humanitaria, de intervenir en los asuntos de otras culturas y corromperlas. ¿Resurrección de la lucha de clases a escala internacional? ¿Revuelta de un Tercer Mundo pobre contra un Occidente rico? De ninguna manera. El choque de las civilizaciones sucedería sólo en razón de la incompatibilidad de sus respectivos valores. Si se le objeta, como yo lo hice, que el gran desafío del siglo XXI, por el hecho mismo de la globalización, es conciliar la universalidad de los valores con la diversidad de las culturas, Huntington replica: “No hay valores universales”. Según él, las naciones o sociedades del globo no tienen la misma concepción del nacimiento, de la educación, del amor, del sufrimiento, del matrimonio y de la muerte. Las razones para vivir no son las mismas. Conclusión: hay que abstenerse de pretender imponer a los otros nuestros valores, los de la democracia, los derechos del hombre o la liberación de la mujer. Ahora lo urgente es construir una solidaridad occidental capaz de disuadir agresiones inevitables. De tal forma, el gesto de los pilotos que lanzaron sus aviones contra las torres del World Trade Center y contra el Pentágono, provocando más de cinco mil civiles muertos e hiriendo el orgullo norteamericano, formaría parte de una estrategia antioccidental. Los inspiradores del terrorismo islamista no pueden estar sorprendidos por una tesis que los expresa con tanta comprensión. Después de todo, la gran mayoría de los musulmanes ha condenado, sin lugar a duda, los atentados contra los civiles, pero los soldados de las guerras santas combaten siempre en nombre de una incompatibilidad de las civilizaciones.

II. POR QUÉ ESTAS TESIS TAN SEDUCTORAS SON PELIGROSAS

Sin duda puede decirse que el ascenso de los extremismos religiosos es la característica más destacada de estos últimos veinte años. El fracaso de las grandes ideologías laicas que prometían el progreso material y la liberación moral procuró al extremismo lo que se puede llamar una audiencia de contragolpe: una alternativa espiritualista a los materialismos del capitalismo y del marxismo ateo. Dicho esto, hay que añadir contra Huntington las tres objeciones esenciales siguientes:

1) Jamás los conflictos entre fieles de una misma religión —luego entonces de una misma civilización— han sido tan numerosos y mortíferos. La guerra entre Irak e Irán (1980- 1988), que enfrentó a musulmanes entre sí, provocó entre 500.000 y “50.000 muertos, de acuerdo con el Instituto Estratégico de Londres. Ha sido, por lo tanto, uno de los más grandes conflictos de la segunda mitad del siglo XX. entre la guerra de Corea y la de Ruanda. Ahora bien, en cada bando los imanes bendecían a los adolescentes que se despachaban con destino a esa carnicería.

2) Por lo que atañe al Islam, hay que distinguir entre el fundamentalismo que invita, como lo han hecho todos los profetas y los fundadores de órdenes, al despertar religioso por un retorno ascético a las fuentes originales, y el integrismo, que instrumentaliza este despertar y se apoya sobre interpretaciones intolerantes de los textos sagrados para imponer con violencia una concepción rigorista de la vida cotidiana y los derechos de la mujer.

3) Se puede decir en consecuencia que las primeras víctimas, las más numerosas, del terrorismo islamista son los propios musulmanes: cien mil muertos en Argelia, diez veces más de lo que el terrorismo integrista le ha causado a Occidente. Desde comienzos de septiembre ha habido doscientos muertos en Argelia, muchos más de los que ha habido en Israel-Palestina desde el arranque de la Intifada. También hay que decir que todo intento de meter automáticamente en un mismo saco a terroristas, funda- mentalistas y la multitud de musulmanes, no sólo es una generalización neorracista sino también un absurdo sociológico. Sí hay algunos valores universales que permiten a los hombres del planeta vivir juntos. Las diferencias de concepción, por ejemplo, sobre la rapidez de la emancipación femenina, recorren las sociedades musulmanas mucho más de lo que las oponen de manera colectiva a Occidente. De todas formas es cierto que los militantes de la universalidad del Islam deben lograr en cada oportunidad estar por arriba de los terroristas de la singularidad islamista. En esto consiste, por lo demás, la apuesta de una tragedia que los argelinos ya conocían antes que los estadunidenses.

III. ¿COMO APOYAR EL ANTIINTEGRISMO DE LAS SOCIEDADES MUSULMANAS?

De lo anterior resulta que si Huntington se perdió completamente en el análisis, sin embargo puede tener razón en sus consecuencias. Nosotros debemos ayudar a los musulmanes, a cualquier precio, a combatir a sus terroristas integristas. Pero hay que saber a quién se ayuda. Aún se recuerda que Estados Unidos se apoyó en los elementos más corruptos de Arabia Saudita. Pakistán. Afganistán y de ciertas sociedades musulmanas de África —como en Kenya y en Angola durante la Guerra Fría— con el pretexto de que toda alianza que pudiera hacer fracasar al expansionismo soviético era buena. Nadie, ni siquiera en Washington, puede negarlo. Algunos justifican esa conducta recordando la prioridad de la amenaza soviética sobre cualquier otra consideración, prioridad de aquellos mismos que en la actualidad critican a Estados Unidos.

Sea lo que sea. se trata de uno de los errores más perniciosos de la democracia. Error cometido por los imperios coloniales que han desacreditado los valores de Occidente al tomar como aliados a gobiernos o movimientos que deshonraban su propia civilización. Estados Unidos y el resto de Occidente, cualesquiera que sean sus intereses petroleros o de otro tipo, están obligados, de aquí en adelante, a revisar amplia y severamente sus alianzas. Es necesario, sobre todo, que se abstengan de considerar que son la encarnación del Bien en lucha contra enemigos que representarían, sin más el Mal.

IV. ¿CUÁL ES EL VINCULO CON ISRAEL Y EL MEDIO ORIENTE?

La violencia del enjuiciamiento que los distintos integrismos emplazan contra lo que ellos llaman Occidente apareció mucho antes del nacimiento del Estado hebreo. Existen todas las posibilidades para que sobreviva a la constitución de un Estado palestino viable y soberano. Tanto más que el Islam se encuentra en plena expansión en el Medio Oriente árabe, cada vez más abandonado por cristianos en constante emigración. Esto no quiere decir que una paz en Medio Oriente no haría desaparecer, o en todo caso disminuiría, la indignación permanente que provoca entre los árabes y los musulmanes el apoyo que consideran incondicional de Estados Unidos para con el Estado hebreo.

Lo que hay que llamar la ocupación israelita se remonta al año de 1967, cuando Israel se rehusó a obedecer las resoluciones de la ONU al ocupar o anexarse ciertos territorios conquistados. Nació entonces una resistencia entre las filas de los palestinos que por primera vez veían una posibilidad de tomar en las manos los destinos de su país, luego de haber sido ocupados por los turcos, los británicos y los jordanos. La resistencia palestina tuvo durante cierto tiempo una dimensión internacionalista y occidental-izquierdista. Desde Líbano, sometidos tanto a sus leyes como a las de los sirios, varios líderes palestinos de origen cristiano y de obediencia marxista quisieron instaurar un guevarismo árabe y provocar, según la expresión del Che.

“diez o veinte Vietnam” en el mundo árabe-musulmán. Por aquel entonces, la ideología palestina no era en absoluto antioccidental. La resistencia se transformó después de la caída del muro de Berlín, el retorno del despertar religioso y los acuerdos de Oslo. Todos los ultrarreligiosos se coaligaron contra esos acuerdos y no se puede olvidar que el asesino de Ytzhak Rabin fue un judío ultraortodoxo.

V. COLIN POWELL CONTRA LOS SUYOS

Por otra parte, el secretario de Estado estadunidense ha recalcado que la lucha contra el terrorismo sólo hacía más urgente un encuentro entre Shimon Peres y Yasir Arafat, así como negociaciones políticas que permitieran el fin de un enfrentamiento que le hace el juego a todos los terroristas antioccidentales. Si Sharon continuaba oponiéndose, él excluiría a Israel de la coalición antiterrorista. Colin Powell tiene con qué comprender que la lucha contra el terrorismo pasa por una justicia igual para todos, por un rechazo de ofrecer una coartada a todos aquellos que, lo mismo en Argelia que en Chechenia o Israel, creen tener las manos libres luego de la indignación suscitada por los atentados de Nueva York y Washington. Así que Powell ha dado a entender con claridad que Sharon se equivocaba al tratar a Arafat de “Bin Laden” (aun si el primer ministro israelí debe su elección a la pusilanimidad de Arafat). Colin Powell tiene buenos motivos para entender porque hizo con el padre del actual presidente estadunidense la guerra del Golfo, y ambos, junto con el secretario de Estado James Baker, obligaron a los israelitas a abstenerse de todo acto de guerra contra Irak. Dicho lo anterior, Estados Unidos ha conservado en Medio Oriente su función de árbitro. La competencia que se desarrolló entre el presidente de la República de Israel y el presidente de la Autoridad Palestina para donar sangre en beneficio de las víctimas de los atentados contra las torres del World Trade Center y el Pentágono, destacó la necesidad que los dos enemigos del Medio Oriente tenían del Gran Satán occidental.

¿Por qué? La respuesta viene tanto de los israelitas como de los palestinos, al decir, después de los bárbaros desastres del terrorismo: “¡Por fin saben los estadunidenses de qué se trata!”.

VI. LA IMAGEN DE ESTADOS UNIDOS

Estados Unidos obtuvo el aislamiento total de Afganistán. Esta es ya una gran victoria. Por deseoso que esté de abandonar su estrategia de la “guerra sin muertos” y su negativa de emplear tropas de tierra, en el momento en que escribo esto parece rehusarse a un ataque masivo y ciego que no tendría por objetivo más que satisfacer la necesidad de represalias de la opinión pública. Pero de todas maneras necesita cortar algunas cabezas, destruir algunos grupos, obtener información bastante precisa sobre reductos territoriales en los que se concentrarían enemigos fáciles de eliminar. ¿En qué condiciones sale la gran nación norteamericana de esta prueba? En primer lugar ha despertado solidaridades que, a pesar de que en algunos casos son interesadas y están alimentadas por el miedo, no por ello dejan de ser impresionantes. Victoria por doble partida. Pues si la potencia americana puede intimidar a algunos, el terrorismo islamista parece inquietar a todo el mundo. George W. Bush se ganó de manera inesperada el mismo apoyo unánime con que las Naciones Unidas beneficiaron a su padre durante la guerra del Golfo en 1991. Por otro lado, y sobre todo, en esta patria del capitalismo en la que los valores de la competencia parecían triunfar definitivamente sobre los valores de la solidaridad, el pueblo estadunidense dio prueba de una dignidad, de un sentido cívico y, para decirlo de una vez, de un patriotismo de una rara calidad que hacen que uno se interrogue sobre el supuesto materialismo de la civilización estadunidense.

En Nueva York, esa ciudad cosmopolita en la cual se yuxtaponen, con frecuencia sin mezclarse, tantas comunidades distintas, un célebre ensayista estadunidense se preguntaba: “¿Qué puede impulsarnos a querer vivir juntos?”. La respuesta está dada. En Estados Unidos existe ese “patriotismo constitucional” que el filósofo alemán Habermas desea con todas sus fuerzas para su propio país. Es decir, un respeto devoto y unificador por la única cosa que tienen en común: su constitución. Por dura, cruel, implacable que sea la lucha por la vida, para los pobres, los excluidos, las minorías, los estadunidenses parecen estar orgullosos de su democracia. Esto no disminuye en nada la crítica justa que uno enfila sin pausa a la idea arrogante que ellos mismos se hacen de su potencia, pero corrige singularmente la mirada que uno posa sobre los estadunidenses, la mirada que uno continuará posando si las represalias que están obligados a infligir, caen bajo los golpes de los reproches que el mundo entero ha hecho a los terroristas. n

Entre la redención y el horror

ENTRE LA REDENCIÓN Y EL HORROR

POR MARTÍN HOPENHAYN

Los acontecimientos del martes 11 sólo tienen precedente en la imaginería reciente de películas como El día de la independencia o Impacto profundo, o en las profecías remotas de Nostradamus que anuncian a dos hermanos gemelos, desgarrados por el caos en la ciudad de York, en el noveno mes del nuevo siglo. En el caso de las películas, los grandes emblemas arquitectónicos del imperio norteamericano son arrasados por una ola gigante o las armas incontrarrestables de un invasor del espacio. En el caso de las profecías, por una fuerza celestial, a saber, el “gran rey del terror llegado desde el cielo”. Se ve que la imaginería había reservado a fuerzas no humanas la voluntad y capacidad de meterse en el corazón del gran poder sobre la tierra (el financiero y el político-militar), tomarlo por asalto y tocarlo en su icono más sagrado o su defensa más íntima.

Esta imaginería se hizo carne con una sola diferencia: los autores son seres humanos. Tramaron cuidadosamente una operación altamente sofisticada, burlaron los controles de la mayor inteligencia militar del mundo, no escatimaron sacrificios propios y ajenos, ni fueron disuadidos por el esperable repudio mundial, las eventuales represalias militares, los efectos devastadores sobre su propio pueblo en el corto y mediano plazo, ni las consecuencias más diversas que podría provocar la operación prevista. Más aún, tales consecuencias debieron ser parte del objetivo buscado.

¿Qué rasgos, valores y visiones de mundo hacen que algunas personas sacrifiquen sus vidas en una acción que arrasa además con varios miles de vidas inocentes y provoca un escenario mundial tan incierto como temible? Personas que al parecer comparten un mundo soñado, un ideal de justicia y, sobre todo, una absoluta vocación de servicio ante un líder y un profeta, cuyos designios interpretan del tal modo que da por resultado este tipo de acciones.

Pienso, por tanto, si la acción terrorista del martes se nutre, en última instancia, del discurso salvacionista en las religiones milenaristas o de ciertas formas perversas de entender los caminos que prometen esa redención total. Y dada la magnitud de esa promesa: ¿estarían dispuestos a destapar sus frascos de bacterias en Los Angeles, Chicago o Filadelfia con tal de pavimentar el camino a la bienaventuranza eterna y el reino del profeta en la tierra?

Con esto no pretendo negar el valor positivo de las religiones, ni tampoco plantear que la idea de paraíso o bienaventuranza eterna conduce necesariamente a este tipo de disposiciones. El riesgo está más bien en el trecho que va de la creencia a los creyentes, o del texto sagrado a su interpretación contingente. Y ese trecho está plagado de incertidumbres. Ninguna garantía respecto de sus consecuencias, que bien pueden columpiarse entre la redención y el horror Tampoco quiero soslayar otras tantas razones que podrían concurrir en tomar los acontecimientos del martes como consecuencia histórica: consecuencia de una política externa norteamericana que ha violado sin arrugarse la soberanía e integridad de otros pueblos: del sometimiento prolongado de naciones enteras a la hegemonía política, militar y financiera del norte: de conflictos religiosos postergados o soslayados y de grupos que claman por mayor visibilidad en el diálogo global: de la unilateralidad en la construcción del mundo por parte de los grandes medios informativos; y de un estilo de globalización que agudiza contrastes sociales y divide el globo entre conectados y excluidos. Todo lo cual puede ayudar a entender lo que ocurrió el martes. Pero nunca a justificarlo, n

Guia de perplejos

 

 

Todas estas inmovilidades, cambios lentos, cambios largos de los valores mexicanos fueron detectados en el capítulo “México” de la Encuesta Mundial de Valores (EMV), que se lleva a cabo en 65 países sobre el cambio político, económico y cultural. En México la EMV se ha hecho cuatro veces: en 1981, 1990, 1995 y 2000. La última fue hecha y publicada en su versión periodística por los departamentos de investigación de los diarios Reforma, El Norte, Mural y Palabra con la colaboración de El debate de Sinaloa. La realización y la coordinación editorial estuvieron a cargo de Rossana Fuentes Berain. La coordinación de la investigación fue de Alejandro Moreno, María Antonieta Mancillas, Roberto Gutiérrez.   n

VI Posdata es la guerra

VI. POSDATA: ES LA GUERRA

Durante los años de la Guerra Fría, los mismos que alentaron la carrera nuclear, una contienda entre Estados Unidos y la Unión Soviética aseguraba, cuando menos, la destrucción total de Washington y Nueva York. Por más “racional” o “quirúrgica” que fuera, una acción de tales dimensiones traería consigo un escenario de nubes en llamas y un cielo donde palpitaban las señales indescriptibles de una gran catástrofe. Nadie habría tenido ojos para dar testimonio de esa realidad cuya duración era menor a un latido. Nadie habría tenido oportunidad alguna para cobrar la factura de la violencia. La imaginación sólo existiría en el antes, no en el después.

Con el atentado a las Torres Gemelas, la amenaza de la destrucción de Estados Unidos, o de sus estandartes militares, políticos y económicos, ha cambiado de forma. El oso de Moscú, demasiado irritable como para pulsar, sin miramientos, el botón que haría estallar el hongo, hizo mutis hace doce años y el protagonismo ha recaído en un enemigo casi invisible, ubicuo, capaz de acciones fuera de guión. Los grandes momentos de pánico en la década de los ochentas iban acompañados por palabras como “megatones”, “lluvia invernal”, “pruebas de erosión”, “objetivos de localización imprecisa”, “inevitabilidad terminal”, “proyectiles inteligentes”, “Destrucción Mutua Garantizada”. Luego del 11 de septiembre, la maquinaria militar de Estados Unidos ha encendido sus motores ante la materialización del terror en su propia casa, con treinta fanáticos armados de pequeñas navajas y con la voluntad de morir a cambio del asesinato de más de 6,500 civiles. La primera guerra de este siglo no se ha iniciado con un arma de pulso electromagnético sino con un instrumento que nada le debe a la tecnología: la pulsión del martirio en nombre de la guerra santa.

La ciencia militar no tiene preferencias de ninguna índole. Se limita a seguir tres principios básicos: neutralizar, atacar, triunfar. ¿Y qué hay de nuevo? Estados Unidos consiguió motivos y sacó fuerzas del ataque a su población civil. Tras la inaceptable revelación de que podía ocurrirle cualquier cosa, Estados Unidos se puso inmediatamente en manos de la ciencia militar. “Mi mensaje es para todos los que quieren vestir uniforme en este momento”, dijo el presidente George Bush cuatro días después de los ataques. “No hay lugar para una sola batalla sino para una serie de actos decisivos contra los grupos terroristas, y contra quienes los protegen y apoyan. Planeamos una campaña extensa y sostenida para proteger nuestro país y erradicar el demonio del terrorismo”.

Podría pensarse que no hay nada más terrible que una guerra prolongada, pero es evidente que el presidente Bush logró concebir algo aún más terrible: la guerra contra el demonio. Esto sitúa las cosas en el reino de los mitos: el Bien contra el Mal, Luke Skywalker contra Darth Vader. En 1983. cuando Ronald Reagan impuso la Iniciativa de Defensa Estratégica como una prioridad del más “alto relieve moral”, su discurso también se llenó de imágenes apocalípticas y maniqueísmo. “Quizá seamos la generación que contemple Armagedón”, dijo con la cabeza hasta el fondo del apocalipsis. Dieciocho años después el presidente Bush recogió sus palabras y declaró: “Esta es la guerra del siglo XXI de la que serán testigos”.

El 11 de septiembre Estados Unidos obtuvo la pérdida de su inocencia largamente pospuesta. A la mañana siguiente, la única superpotencia en pie identificó a sus adversarios: “todas las mujeres y todos los hombres furiosos que andan por ahí”. Son palabras de Thomas Friedman, columnista del New York Times, que no perdió un segundo en aclarar que la mayoría proviene del Tercer Mundo y la órbita musulmana.

La diferencia es un término común en la historia de los conflictos nacionales y mundiales. Dice Friedman: “No comparten nuestros valores, se sienten agraviados por la influencia que Estados Unidos ejerce en su vida, su política y sus hijos, para no mencionar el apoyo a Israel, y suelen culparnos por la impotencia de sus Estados para abrazar la modernidad”. Luego de atravesar ese sustrato inferior de su argumentación, Friedman nos conduce hasta la certeza de que no hay nada peor a desoír la sabiduría de Occidente que utilizar los contenidos de Occidente —Internet, las fórmulas globalizadoras, las tecnologías de punta—, para atacar a Estados Unidos. “La jihad on line”. O peor aún: “la superioridad” de Estados Unidos al servicio de bárbaros furiosos. La guerra en curso enarbola esta clase de insignias. Y exige mucho más que vínculos nacionales: quiere aliados, a todo el mundo, si es posible.

Las consideraciones de Friedman, sin embargo, extienden la responsabilidad del ataque a las Torres Gemelas a un hecho de grandes repercusiones políticas y nula presencia mediática: la omisión. “En junio escribí una columna en la que dije que unas pocas amenazas por celular de Osama Bin Laden habían logrado que el presidente Bush retirara al FBI de Yemen, a un contingente de soldados estadunidenses de Jordania y a la Quinta Flota de su base en el Golfo Pérsico. Esta retirada fue percibida en toda la región, pero no mereció ningún titular en ningún diario importante de Estados Unidos. Eso debió alentar a los terroristas”.

La supremacía militar de Estados Unidos aconseja bombardear a los terroristas, dice Friedman pero no es suficiente, pues “otra generación brotará después de ellos y tomará su lugar”. Una visión desde el flanco musulmán ofrece mayores posibilidades de victoria. ¿Quiénes realmente pueden frenarlos y deslegitimarlos? Las mismas sociedades y comunidades de Egipto, Arabia Saudita, Pakistán, Argelia y Jordania. “Necesitamos fortalecer a los buenos de esta guerra civil librada entre los antiguos y los modernos musulmanes», concluye Friedman. “Y eso requiere una estrategia social, política y económica tan avanzada y generosa como la militar”.

Se supone que para eso están los amigos, sobre todo aquellos que, aunque peligrosos o ambiguos, no se llevan con el Talibán. Sigamos a Michael Elliot: Moscú detesta al Talibán por su ayuda a los rebeldes chechenios y por desestabilizar Tajikistán; China está preocupada porque los separatistas musulmanes Uighur son entrenados en campamentos afganos; India está desesperada por detener a los simpatizantes de Bin Laden que van hacia Cachemira; Irán, una nación de musulmanes shiítas lo desprecia por su fidelidad a la doctrina sunni.

Ante el argumento de que los países donde prospera el terrorismo deben infiltrar a los grupos de alto riesgo, la idea de apoyar a ramas reformistas del islamismo, contrarias al tradicionalismo ultraconservador y a los anacronismos religiosos, cobra más fuerza que nunca. También cobra fuerza, entre varios sectores de la inteligencia occidental, combatir la tentación vengadora de confundir al Islam con el fundamentalismo y a todo el mundo musulmán con la violencia terrorista. Incluso, la primera guerra del siglo XXI ha reafirmado los pactos de colaboración entre Rusia y Estados Unidos. Casi al mismo tiempo de que el presidente Bush invocó la guerra contra el demonio, veinticinco mil soldados rusos se desplazaron a la frontera con Afganistán. Yuri Shamarov, quien durante cinco años comandó un regimiento en la guerra que la Unión Soviética libró contra los afganos armados y entrenados por la CIA, le regaló a la agencia Reuters, y de paso a la clase militar estadunidense, un consejo breve a cuenta de diez años de fracasos contra la guerrilla talibán: “Ni lo intenten”. Por donde se mire, la intervención en Afganistán amplía todo riesgo calculado. “Si los americanos van a la guerra, sentiré piedad por esos muchachos, por sus madres, por sus hermanos y hermanas. Será diez veces peor que en Vietnam. En comparación a ello, Vietnam será un día de campo”. De hecho, como dice el coronel Shamarov, Afganistán no es un rival a modo. Las montañas sobreviven a cualquier cosa; soplarán vientos de guerra y las montañas no se inclinarán ante ellos. Los paracaidistas no pueden tomar los campamentos. No hay nada que aviones y tanques puedan hacer.

No es la única señal. De hecho, la experiencia de algunos coroneles y generales soviéticos, veteranos de la guerra en Afganistán, se ha puesto al servicio de los objetivos estadunidenses; el despliegue de 620,000 soldados y oficiales del Ejército Rojo, la muerte de 15,000 efectivos y una derrota no sólo de proporciones militares parecen demasiadas razones para tomarla en su justa medida. Una serie de entrevistas y conversaciones a cargo de Pilar Bonet y Rodrigo Fernández captura esa experiencia que hasta hoy sigue oculta en las sombras.

¿De qué tipo de auxilio se trata? ¿Hacia dónde va? Si atendemos a una operación terrestre en Afganistán encontraremos, por ejemplo, que el tono del coronel Boris Gramov, actual gobernador de la provincia de Moscú, es el siguiente: “Deben tener en cuenta que por cada soldado en combate necesitarán, como mínimo, tres o cuatro hombres para operaciones de abasto de alimentos y cartuchos, y para proteger las vías de acceso”. ¿Cuál es el mayor peligro? La inexperiencia en terreno desconocido. Habla el coronel Yevgueni Zelemov: “Los soldados soviéticos, que al principio no estaban preparados para el combate en lugares montañosos, fueron sustituidos por otros, entrenados especialmente en sitios escarpados de la Unión Soviética; se creó un sistema de bases militares, el mando estaba bien preparado y sabía qué hacer”. Aun así, los soviéticos volvieron derrotados a casa. El riesgo tiene también un lado cuantitativo. Por cada combatiente afgano en terreno montañoso se necesita la fuerza de veinte hombres. Pensemos únicamente en los 6,500 efectivos sirviendo a Osama Bin Laden; multipliquemos esa cifra por veinte.

Y luego hay que considerar la dificultad de desplazar tropas. El general de aviación Alexander Rutskoi, que realizó 456 vuelos de combate y en dos ocasiones se salvó por un pelo de morir por el fuego de la artillería afgana, sólo advierte:

 “Luchar contra semejante pueblo es muy difícil. Si entran en Afganistán, los norteamericanos tendrán más problemas que los soviéticos. Al fin y al cabo la URSS tenía frontera con Afganistán, por lo que le era más fácil abastecer a las tropas y organizar su reemplazo”. De modo que todas las advertencias conducen al punto inicial: por tierra, ni lo intenten.

Entonces, ¿qué queda por hacer? Primero, una operación de espionaje para localizar a Bin Laden; al mismo tiempo, Estados Unidos debe cortar las fuentes financieras y de abasto de armas y víveres. O bien: dejarle el trabajo a la Alianza del Norte, la guerrilla opositora en lucha contra los talibanes, apoyarla con dinero, instructores y aviones. En pocas palabras, y según la buena disposición rusa, repetir la estrategia que Estados Unidos puso en marcha contra la presencia de la Unión Soviética en Afganistán, cuando apoyó con dinero, instructores y rifles kaleshnikov a los rebeldes talibanes.

Y, claro, los afganos saben pelear. Su armamento, dicen Molly Moore y Kamban Khan, es un amasijo de viejos rifles y tanques soviéticos y un moderno arsenal, patrocinado por Bin Laden y algunos benefactores saudiárabes, que incluye rifles automáticos, morteros, proyectiles de largo alcance y aviones de combate. Nada del otro mundo. Aunque, a decir verdad, el arsenal más mortífero del Talibán proviene de una larga historia de resistencia feroz contra los invasores. Además, no hay duda de que algunos de los jerarcas talibanes pertenecieron al dream team de la CIA.

No hay novatos en la ciencia militar. El general Wesley K. Clark, que fue Comandante Supremo de las fuerzas aliadas en Europa de la OTAN, no ha perdido el tiempo y ha imaginado una estrategia en la que sólo hay cabida para el sacrificio. Sus argumentos avanzan por los desfiladeros de la eficacia y el triunfo a toda costa. En el mapa de Asia Central hay demasiados puntos rojos mostrando los inconvenientes, el mal carácter de los vecinos y un terreno a la medida para resistir ataques similares a los realizados contra Irak y Bosnia. El general Clark da el tono: “La tecnología es importante — visores nocturnos, instrumentos diminutos para captar conversaciones e identificar personas— pero lo más delicado es la firme determinación de arriesgar la integridad de nuestro personal”. El caso es que Estados Unidos debe prepararse para un número escandaloso de bajas en servicio. El caso es que la población estadunidense debe pagar un impuesto de guerra a cambio de una posible victoria. ¿Y cuál es el monto? Olvidar a los muchachos muertos en la guerra de Vietnam. “De todos los obstáculos que encaran los generales, no hay otro más difícil”. Pero, a fin de cuentas, ¿qué carro quiere tirar el general Wesley Clark? “Vamos a necesitar más fuerzas de operaciones especiales y no tanto material de artillería: más fuerzas operativas autónomas y menos personal logístico no especializado. Debemos desplazarnos de forma rápida y ligera. empleando un tiempo mínimo para planificación y despliegue. y sin dejar apenas huellas. Necesitaremos comunicaciones ultraligeras con baterías eléctricas de larga duración y armas pequeñas de gran efectividad en el cuerpo a cuerpo y en el largo alcance. Debemos empaquetar nuestro material en bultos muy pequeños y con gran movilidad. Si queremos una gran potencia de fuego, debemos ejercitarla desde el aire más que transportarla”.

¿Y qué ocurre del otro lado? El columnista afgano Tamin Ansary da una respuesta sin miramientos y lo hace a su vez con una pregunta: ¿por qué los afganos toleran al Talibán? Porque están muertos de hambre, cansados, heridos, incapacitados, sufriendo. No hay economía ni alimentos. Hace unos años, el número de huérfanos rebasaba el medio millón. Las viudas se estiman en millones. Los campos están sembrados de minas antipersonales, las granjas fueron destruidas por los soviéticos. (Las minas juegan un papel explosivo. En 1993 el Departamento de Estado norteamericano señaló que “las minas pueden ser el elemento de contaminación más tóxico y generalizado que enfrenta la humanidad”. Sin embargo, Estados Unidos continúa vendiendo minas a un precio de tres dólares por cabeza, nada, o mucho, comparado con la inversión necesaria para desmontar a una de ellas: de trescientos a mil dólares).

¿Hacen falta más razones para dar cuenta de la renuncia a derrocar al Talibán? ¿Sufrimiento? ¿Casas destruidas? ¿Escuelas sepultadas? ¿Hospitales borrados del mapa? ¿Nula infraestructura? Demasiado tarde, dice Tamin Ansary: Afganistán ya fue destruido. Sólo hay comida para el Talibán. sólo el Talibán conoce el camino para huir de Afganistán. “Ven a dónde voy. Flirteamos con una guerra mundial entre el Islam y Occidente. Y supongo: es el programa de Osama Bin Laden, es exactamente lo que quiere. Lean sus discursos y declaraciones. Ahí está todo. En verdad cree que el Islam golpeará a Occidente. Puede sonar ridículo pero su figura destaca si polariza a esos dos mundos”. La opinión pública no parece estar al tanto. Las víctimas de Afganistán serán la gente común, igual que en la guerra contra la Unión Soviética, cuando las muertes civiles llegaron al millón.

La verdad lisa y llana es que, como escribe Manuel Castells, no debemos identificar a la guerra en curso como un choque de civilizaciones, ni como un choque de religiones, ni como el choque de locomotoras entre países pobres y el modelo neoliberal. “Estamos ante una guerra definida en términos más precisos: es la guerra de las redes fundamentalistas islámicas terroristas contra las instituciones políticas y económicas de los países ricos y poderosos, en particular de Estados Unidos, pero también de Europa Occidental, países estrechamente vinculados en su economía, en sus formas de democracia y en su alianza militar”. Como telón de fondo está la dinámica opresiva de Israel hacia los palestinos y el menosprecio de Occidente por la identidad cultural y religiosa del islamismo. Y, más al fondo, la existencia de Afganistán como encarnación suprema de los afanes islámicos por imponer sus valores a todo el mundo. Se ha iniciado la más difícil de las guerras, dice Castells, “la guerra contra una red global capaz de rearticularse constantemente y de añadir nuevos elementos conforme otros vayan siendo destruidos, porque se alimenta del fanatismo religioso y de la desesperación social de millones de musulmanes”.

Es la guerra, no es ninguna revelación, es la guerra. ¿Qué es lo único capaz de provocar una guerra? Un acto de guerra. ¿Cómo se enfrenta a un adversario en guerra? Con la guerra. Se supone que en asuntos de guerra no hay elección. Interrogando a los años de la amenaza nuclear se impone un concepto cuyas radiaciones alcanzan a cualquier época en son de guerra. El sinergismo supone que, ante la concurrencia de dos males, un tercero sobrepasa la intención de sus creadores. El sinergismo multiplica las calamidades. La vida no necesita más del talento básico para la vida. La vida combate contra sí misma hasta que no queda nada por combatir. Y, como dice Saul Bellow: en los tiempos modernos nadie tiene idea de lo que viene después.

FUENTES

Elaine Sciolino: “Bush warns that coming conflict will not be short”. The New York Times, 16 de septiembre, 2001. Thomas Friedmann: “La Tercera Guerra mundial”. El Clarín, 13 de septiembre, 2001.

Tamin Ansary: The Nation. 15 de septiembre, 2001.

“En la guerra civil del Islam, reforcemos a los buenos”. El País, 20

de septiembre, 2001.

Molly Moore, Kamran Khan: “Afghanistan: A nightmate battle- field”. The Washington Post, 17 de septiembre, 2001. Michael Elliott: “We’re at war”. Time, 16 de septiembre, 2001. Pilar Bonet, Rodrigo Fernández: “El consejo de los generales rusos”. El País, 23 de septiembre, 2001.

Wesley K. Clark: “How to fight the new war”. Time, 16 de septiembre, 2001.

Manuel Castells: “La guerra red”. El País, 18 de septiembre, 2001.   n

Los capítulos “El luto y la ira”, “La cuenta del imperio”, “Terror y civilización”, “Fantasía y fuga de la seguridad”, “Posdata: Es la guerra” son el resultado de la investigación y el trabajo de consulta de Luis Miguel Aguilar. Héctor Aguilar Camín, Rafael Pérez Gay, Andrés Hofmann, Roberto Pliego.

La selección en el premundial

CALEIDOSCOPIO

LA SELECCIÓN EN EL PREMUNDIAL

 POR JOSÉ WOLDENBERG

La  selección de fútbol de México en el premundial es:

•  para paladares fuertes y nervios bien templados,

•  sube y baja,

•  esperanza menguante y luego creciente,

•  pasmo del Ojitos Meza,

•  relevo de Aguirre al borde del precipicio,

•  resultados de pena ajena (empate con Trinidad y Tobago y derrota contra Costa Rica en el Azteca),

• emociones fuertes,

•  un equipo más de la zona de Concacaf,

•  icono amado, venerado (por lo pronto),

•  centro de todas las iras (si pasa lo peor),

•  Estadio Azteca como laboratorio de Elias Canetti,

•  “afición condenada a la infelicidad”, según el clásico Rafael Pérez Gay,

•  problema irresuelto,

•  lista de los mejores,

•  martillo en las sienes,

•  Conejo. Márquez, García Aspe. Cabrito y Cuauhtémoc,

• silencio y silbatina en la derrota,

• gritos y euforia en el triunfo,

• tema prioritario en los medios,

•  cuatro ganados, un empate, tres perdidos,

•  nada del otro mundo,

• zurcido invisible,

•  ex gigante de la zona, aunque mi memoria no da para recordar aquella época ida,

•  1.625 goles anotados por partido,

•  1.125 goles recibidos por partido,

•  tránsito de la hegemonía a un auténtico sistema de partidos,

•  plegaria para que Jamaica nos haga el favor con Estados Unidos o Trinidad y Tobago con Honduras (se ve en chino),

•  dime con quién andas y te diré quién eres,

•  inmortal o pasto para el olvido,

•  devoción por la patria,

•  generadora de cambios de nacionalidad.

•  retablo en el que se deposita la fe,

• coagulador de masas,

•  neblina en verano,

•  prueba de masoquismo,

•  lo último que muere, como la esperanza,

• corrido recurrente,

•  ombligo de la existencia,

•  “equipo de todos”,

•  “sí se puede”,

•  sueño para llegar a Japón y Corea, el primer mundial en Asia,

• vuelo rasante,

• despegue tardío y con dificultades.

• y sin embargo se mueve,

• ¿callejón sin salida?,

•  problema crónico con el gol,

•  penitencia laica,

•  arsenal de taras,

•  falta de imaginación,

•  lo mejor que tenemos.  n

Un integrismo mexicano

UN INTEGRISMO MEXICANO

POR JESÚS SILVA-HERZOG MÁRQUEZ

La actualidad de Andrés Molina Enríquez está en su feroz antiliberalismo. Su defensa del mestizaje, sin embargo, cae, como caen los indigenistas de boy, en la trampa de la identidad Agustín Basave nos invita a leer hoy a Andrés Molina Enríquez (Andrés Molina Enríquez: Con la Revolución a cuestas. Introducción y selección de Agustín Basave. FCE. 2001). Está convencido de que el encuentro con la obra de Molina Enríquez tiene mucho que aportarnos. Nadie podría negar la importancia del autor de Los grandes problemas nacionales en la formación del pensamiento político del siglo XX. Fue, sin duda, un crítico social de fuerza explosiva, el mayor defensor del mestizaje, la cabeza detrás del artículo 27 constitucional. Pero pensar que tiene mucho que aportar al pensamiento político del nuevo siglo es otra cosa. No deja de ser interesante esta idea de la actualidad del pensamiento de este sociólogo porfiriano porque se trata de un intelectual racista, de un enérgico defensor del autoritarismo y un admirador de las virtudes de la corrupción. ¿Cuál podría ser la vigencia de Andrés Molina Enríquez en este tiempo en que se cantan loas a la democracia y la transparencia? Desde luego, no los enredos de su estilo ni sus pretensiones científicas. Molina Enríquez es un escritor farragoso que une las antipatías de su vanidad a las abyecciones de su servilismo.

Luis Cabrera llegó a decir en la Cámara de Diputados que sólo quienes no sentían entusiasmo por las cuestiones agrarias y los que buscaban exclusivamente citas de filósofos franceses podían criticar el estilo de Molina Enríquez. Pero por mucho amor que se profese por los asuntos de la propiedad de la tierra o por mucho nacionalismo filosófico que se padezca, resulta francamente difícil digerir, ya no digamos disfrutar, textos como éste:

Fuerzas sociales de origen plenamente orgánico que estudiaremos en otra ocasión establecen las afinidades y atracciones mutuas que determinan entre todas las unidades de una zona lo que hemos llamado la cohesión social, que determina a su vez con todas, la formación de un conjunto en que nacen y se establecen esas relaciones de armonía que hacen de todo un organismo y que forman el objeto preciso de la sociología; relaciones de armonía que, por lo demás, se encuentran en todo lo creado, lo mismo en la distribución de los órganos minúsculos de los microorganismos que en la distribución de los sistemas siderales, como que rige a todo lo que existe en el universo la ley de la gravitación, y a virtud de las relaciones que determinan el conjunto social, se establece una diferenciación de funciones que permite a muchas unidades, según vimos en otro lugar, alejarse del centro general de sustentación, con arreglo a la fuerza productora de ese centro de sustentación, a la cohesión social que une a todas las unidades, y a los medios de comunicación y de transporte que las unidades viajeras se pueden proporcionar. La dilatación, pues, de un grupo por las unidades de él que se alejan.

En un párrafo que condensa el tono de su tinta combaten la soberbia intelectual y la zalamería política.

De tiempo atrás nos envanecemos de haber penetrado los secretos y de haber encontrado los resortes de la política personal del señor general Díaz, a que debemos la paz presente, llevando nuestra audacia hasta creer que nadie ha penetrado más a fondo los mencionados secretos ni ha determinado mejor los expresados resortes; también es que nadie como nosotros lleva años de estudiar, por observación directa, nuestra sociología patria, y en ella, como es natural, la inspirada, feliz y afortunada política de nuestro actual presidente. Breve recuento de la genialidad de don Porfirio y de su único intérprete verdadero: yo.

La ranciedad de Molina Enríquez está también en las pretensiones de su cientificismo. Debajo de las ilusiones de dura ciencia social, el autor de Los grandes problemas nacionales exhibe su encantamiento por el horizonte mágico del que habla Karl Popper, ese mundo encantado que es incapaz de diferenciar los hechos de las normas. La patria, esa obsesión de Molina Enríquez, no es más que un complejo orgánico, evolución de agregados celulares más simples. Un intrincado fenómeno de combustión social. De ahí viene el lance imperativo de su obra. Hombre del positivismo, está convencido de que su saber extiende al territorio humano los avances de las ciencias físicas. Si busca cimentar científicamente la nacionalidad, no duda en remontarse a los primeros intercambios químicos, como embonando una cadena de fierros indestructibles.

En el proceso fisicoquímico de la vida, las faenas interiores que por efecto de la combustión vital se desarrollan en cada uno de los organismos, fuerzas que en conjunto llamó Haeckel fuerza formatriz interna, tienen que luchar con las fuerzas exteriores o ambientes que se les oponen al paso, y son: la gravedad, la presión atmosférica, el clima, etcétera, y la acción de las primeras y la resistencia de las segundas determinan en su equilibrio lo que pudiéramos llamar la arquitectura de los organismos. De esa arquitectura a la edificación de la nacionalidad no hay más que unos cuantos pasos.

Se ha visto en Molina Enríquez a un profeta. Anita Brenner dijo que fue el Rousseau mexicano, mientras que Luis Cabrera decía que era el José María Luis Mora de la revolución agrarista. David Brading lo llamó incluso el profeta del PRI. Molina Enríquez tiene esta aura porque clavó la mirada muy dentro de la cuestión agraria. Para que México fuera de los mexicanos tendría que producirse una “habilísima y sesuda política agraria” como pedía Carlos Pereyra. Buen republicano, Molina entiende que nacionalidad y propiedad están estrechamente ligados Sostiene, por ejemplo, que deben abolirse las leyes de la herencia que perpetúan la desigualdad. Al terminar con las leyes de herencia, las tierras circularían, se desarrollaría el espíritu asociativo, aumentaría el valor del trabajo y del capital, dividiría la propiedad territorial, mejoraría la ciencia y florecería el amor. En fin, “la miseria se circunscribiría a los perezosos, a los viciosos y a los absolutamente incapaces, los que rápidamente serían eliminados”.

La de Molina Enriquez fue, sin duda, la inteligencia que dio razones al artículo 27 de la Constitución de Querétaro, el más revolucionario de los párrafos constitucionales. Lo curioso en la formulación de esta norma con nombre de calle es que Molina Enriquez fue auténticamente reaccionario. Se inspiró en el viejo pasado para proyectar jurídicamente la nueva ordenación de la propiedad. En efecto, como reconoce en La revolución agraria, el molde jurídico del artículo 27 fue una bula papal. Gracias a la Bula Iner Coeteris, los reyes obtuvieron del papa una donación de la Santa Sede. “Por tal razón los reyes de España se tuvieron como propietarios personales de las tierras comprendidas dentro de su porción de América, considerándolos dentro de su patrimonio, a título de propiedad privada individual. Los propios Reyes de España eran, pues, los dueños directos de todas las tierras y aguas que en América les correspondían”. El artículo 27 hizo renacer esta noción, simplemente colocando a la nación en el sitio que antes ocupaba la corona española. “La nación, como en otro tiempo los Reyes de España, tiene sobre todas las tierras y aguas comprendidas dentro de los límites del territorio nacional, un derecho de origen, un derecho primordial, y de él se derivan todos los que hayan podido tener en lo pasado y puedan tener en lo sucesivo, los particulares a título de propiedad privada”.

Pero en esa contribución constitucional puede estar su impacto, no su actualidad. La vigencia de Molina Enriquez proviene de la contundencia de su antiliberalismo. Si alguien escribiera un libro que trasladara a México el análisis de Stephen Holmes sobre los grandes antiliberales de Occidente, Molina Enriquez ocuparía definitivamente un lugar prominente en la galería.1

No encuentro la piedra dura del antiliberalismo de Molina en su concepción de la propiedad. Buena parte del pensamiento liberal ha fundado racionalmente restricciones a la propiedad privada. Piénsese tan sólo en John Stuart Mill. La raíz del antiliberalismo molina-enriquista está en su noción de identidad, su idea de la ley y del orden político.

Agustín Basave abraza a Molina

Enriquez porque lo considera la figura máxima de la mestizofilia. El sufijo es incorrecto: más que filia debemos hablar de una latría por lo mestizo. Andrés Molina Enriquez es el fundador de la mestizolatría. El mestizaje no es, para el hombre nacido en Jilotepec. una fusión de razas: es parto de una raza superior. De ahí su arraigado racismo.

Los mestizos son el elemento étnico más interesante de nuestro compuesto social. En ellos sí existen la unidad de origen, la unidad de religión, la unidad de tipo, la unidad de lengua y la unidad de deseos, de propósitos y de aspiraciones…. Entre todas las unidades orgánicas del elemento mestizo, existe de hecho la comunidad de sentimientos, de actos y de ideas, propia de los miembros de una familia. Los mestizos todo lo hacen por sí solos y todo lo esperan de su propio esfuerzo.

Clara idolatría de una raza. Lo que en Marx es el privilegio ontológico de la clase obrera, en Molina Enriquez es el privilegio ontológico del mestizo.

De la raza se desprenden todos los fenómenos históricos. Molina Enriquez ubica ahí la causa fundante de todos los hechos de nuestra vida social y cree que la unificación étnica es la vía del progreso nacional. Traza, de este modo, una clara agenda antipluralista: la formación de la patria depende de un trabajo de ardua unificación. La diversidad de razas habrá de terminar en la victoria de la raza mestiza, el cristianismo católico habrá de establecerse como religión nacional, los volúmenes y la coloratura de los cuerpos tendrán que ir coincidiendo poco a poco hasta formar un tipo morfológico auténticamente nacional. Deberán unificarse los deseos, los propósitos y las aspiraciones de los mexicanos. Si —escribe en Los grandes problemas nacionales— los indígenas son pasivos, y los criollos frívolos, es necesario “refundir en el carácter mestizo el indígena y el criollo y formar con toda la población, una verdadera nacionalidad fuerte y poderosa, que tenga una sola vida y una sola alma”. Una sola vida y una sola alma para México, ¡qué mejor manera de definir un integrismo mexicano!

De ese integrismo proviene también un nacionalismo que extiende sus órdenes hasta los territorios del gusto. Deberá elegirse lo mexicano en el arte.

Si nuestros pintores, en lugar de pintar tipos exóticos como grisetas parisienses, manolas sevillanas y odaliscas turcas, indudablemente mal observadas, si lo son efectivamente, o evidentemente mal interpretadas, si son vistas desde aquí, para que sólo interesen a los pocos que pueden haberlas visto o saber bien cómo son, pintaran nuestros tipos propios, es seguro que contribuirían a fijar bien los rasgos hermosos de nuestro tipo general.

Los deberes patrióticos del arte. El suyo es un nacionalismo censor, coactivo: hay que prohibir a nuestros productores la imitación extranjera y hay que legislar los cantos de nuestros poetas para que no se contaminen de lo ajeno. Para ser mexicano, hay que huir siempre de la perniciosa influencia extranjera.

Lo importante para Molina Enríquez es seguir, corno hubiera querido Rousseau, la voz imperativa de nuestra naturaleza. Debemos escuchar esa voz que se despierta desde los más diminutos intercambios bioquímicos y desemboca en un orden quizá muy autoritario pero, desde luego, muy nuestro. Molina Enríquez es nuestro sociólogo de la autenticidad, para decirlo en las palabras de Charles Taylor. Lo importante es vivir nuestra vida. México debe vivir una vida mexicana, es decir, mestiza. Si México no vive mexicanamente perderá el sentido verdadero de su existencia. Advertencia, por cierto, poco dulce porque el ser mexicano no está resuelto sino que está en proceso de formación, a juicio de don Andrés. De ahí la necesidad de una buena dictadura que mezcle felizmente los materiales de nuestras razas enfrentadas.

La teoría política de Molina Enríquez sostiene que es indispensable que el elemento mestizo continúe en posesión exclusiva del poder porque es el más fuerte, el más numeroso y el más patriota. La patria de los criollos no es la patria mexicana. La de los indios, tampoco. Por eso su admiración a Porfirio Díaz, al que no solamente ve como un estadista genial sino como un hermosísimo mestizo. El guapo dictador era un político de verdad, es decir, sabía que con las leyes no se gobierna. El talento de Díaz fue adaptar la política virreinal a las circunstancias del presente: concentró todo el poder en sus manos y dio forma amistosa a su dominio. “Las fibras que desde las unidades más humildes se enredan y tuercen en ese sistema hasta la personalidad del señor general Díaz, que es el nudo a que convergen todas, es la amistad personal: amistad que, como todos los afectos que llevan en conjunto ese nombre, da derecho a exigir del amigo todo lo que el amigo puede conceder”. México era el amigo de un hombre glorioso, admirado, temible. No la ley, sino la fidelidad personal, era el cemento de la obligación política. La corrupción, esa fraternidad contra institucional, se elevaba como principio fundante del Estado. Díaz habrá sido buen amigo de sus amigos pero fue también implacable enemigo de sus enemigos. “Y cuando se ha tratado de castigar ha sido implacable. En sus manos ha tenido la muerte todas sus formas, la cárcel todas su crueldades, el castigo material todos sus horrores, y el castigo moral, ya sea persecución, destitución, abandono, severidad, indiferencia, desprecio y olvido, ha tenido todos sus matices”. Esta es la dictadura que Molina Enríquez admiraba: un despotismo corrupto y represivo. Un poder libre de cualquier incomodidad legal.

La actualidad de Molina Enríquez está ahí: en su feroz antiliberalismo. Podrá disfrazarse con las prendas de la reivindicación social y las credenciales del enlace cultural. Pero, a fin de cuentas su defensa filosófica, moral, estética del mestizo sigue atrapada en la trampa en la que caen los indigenistas de hoy y en la que cayeron los nacionalistas de antes: la trampa de la identidad, la trampa de la autenticidad. Defendiendo el principio étnico como base de la política sepulta definitivamente el principio de ciudadanía. n

1En The Anatomy of Antiliberalism (Harvard University Press. 1993). Stephen Holmes analiza el pensamiento de De Maistre. Schmitt, Straus, Mclntyre, Lasch y Unger.

Preguntas, preguntas, preguntas

PREGUNTAS, PREGUNTAS, PREGUNTAS

POR JUAN GOYTISOLO

Tras la visión reiterada, diez, veinte, cien veces, en el televisor de las imágenes oníricas, pero atrozmente reales de lo acaecido en Manhattan no puedo opinar sobre la magnitud del horror ni expresar mis sentimientos heridos de neoyorquino —pues Nueva York forma parte de mi vida intelectual y afectiva y la he pateado más y mejor que Madrid o Barcelona—, sino formular y formularme a mí mismo una serie interminable de preguntas.

La nueva era abierta por el ataque minuciosamente programado del martes 11 de septiembre, ¿será la mera repetición a escala mundial de una espiral de “castigos ejemplares” y réplicas suicidas en la que nadie, absolutamente nadie, podrá sentirse a salvo o conducirá a una reflexión global sobre nuestra civilización y sus lacras?

La ignorancia de la clase política y del ciudadano medio estadunidense tocante a los problemas del mundo allende sus fronteras, ¿cederá paso a un esfuerzo sostenido y coherente por entender aquellos, más allá de la distinción maniquea —perfectamente simétrica a la de los autores del repugnante atentado— entre las fuerzas del Bien y el imperio del Mal?

¿Es razonable persistir a la luz de lo ocurrido en la doctrina unilateral y voluntarista de Bush, basada en el dogma de América como única depositaria de la seguridad mundial —y no sujeta por tanto a las leyes y convenciones internacionales— en vez de buscar una acción coordinada en el ámbito político, social, económico y militar con todos los Estados democráticos enfrentados también a la amenaza de los fanáticos del ultranacionalismo y del fundamentalismo religioso?

El indispensable análisis de los extravíos perversos del nacionalismo (como los que provocaron las recientes guerras en los Balcanes) y de los credos religiosos (.de todos los credos religiosos y no sólo el musulmán), ¿puede obviar la existencia de otro, tan o más amenazador, como el de la tecnociencia al servicio de las poderosas industrias armamentistas?

¿Se puede invocar, como el presidente Bush la defensa legítima de la civilización, la libertad y la democracia contra quienes siembran el terror y la muerte cuando el mismo Bush se niega a ratificar el acuerdo para la prohibición de las mortíferas minas antipersona, fomenta la busca de nuevas formas de guerra bacteriológica y destina la parte del león de su colosal presupuesto militar a la creación del escudo antimisiles —la famosa guerra de las galaxias— que tras la carnicería organizada y perpetrada a partir del territorio norteamericano sin que la CIA, FBI y demás organismos de seguridad se enteraran, resulta tan ilusorio como un espejismo?

La indispensable identificación y castigo de los asesinos y todos sus cómplices ¿ha de limitarse a una pura venganza, a millares de ojos por millares de ojos, o será el primer paso en el camino hacia un mundo más justo y seguro —más seguro por ser más justo—, hacia un nuevo orden internacional fundado en el respeto a los valores de la diversidad y tolerancia y la lucha contra la pobreza, la inequidad y el racismo?

El trauma creado por la monstruosa matanza del World Trade Center, ¿va a desembocar en una militarización de nuestras sociedades —en una especie de golpe militar suave— o bien, como sería deseable, en un refuerzo de los valores cívicos destinados a poner coto al terror enfrentándose con las causas políticas, sociales y económicas que lo alimentan?

El conocimiento brutal del dolor y de la propia vulnerabilidad ¿ayudarán al gran pueblo norteamericano a comprender mejor el dolor, la frustración y el desvalimiento de los pueblos víctimas del hambre, la opresión, el subdesarrollo o de un apartheid que no osa decir su nombre?

¿Es lícito y decente aprovecharse del horror creado por los atentados a Nueva York y Washington y el consenso de todos los demócratas del mundo en actuar de forma decisiva e implacable contra sus responsables para justificar una vuelta de tuerca más en la asfixia del pueblo palestino y el aplastamiento por el muy demócrata Vladimir Putin de “la hidra chechena”?

¿Se puede combatir eficazmente al fanatismo terrorista recurriendo a un lenguaje ofensivo y discriminatorio contra vastas comunidades humanas—musulmana, árabe, palestina, etcétera— y trazando comparaciones letales entre un patético e impotente Yasir Arafat y Osama Bin Laden?

El castigo impuesto desde hace diez años al inocente pueblo de Irak —desnutrición, miseria, alta mortalidad infantil— por los crímenes y aventuras bélicas de su dictador —un dictador al que nunca eligió, del que fue su primera víctima y que para colmo sigue en su puesto— ¿va a repetirse contra otros pueblos sospechosos de albergar terroristas en virtud de la fatal ecuación musulmán = islamista? La distinción entre vasco, abertzale y etarra ¿no debería inducirnos a afinar los conceptos con respecto al Islam y los árabes?

En la coalición de países defensores de la libertad y democracia justamente reclamada por Bush para acabar con el terror que hoy sacude a la sociedad norteamericana, ¿caben Estados supuestamente moderados —a menos que ser moderado equivalga a ser un buen socio económico— como Arabia Saudí. en donde la condición de la mujer no es mejor que en Afganistán, y cuya teocracia no sólo apoya al régimen talibán sino que difunde por el mundo, gracias a la renta petrolera y al control de los Santos Lugares del Islam, una versión fundamentalista de éste, por obra de imanes wahabíes de la índole del que se distinguió en Marbella por su manual de suaves consejos correctivos a las esposas desobedientes?

¿Se puede seguir guardando silencio y mirar al otro lado ante el brutal sistema de apartheid en Gaza y Cisjordania, la política de tierra quemada de Sharon. la humillación y acoso del pueblo palestino reducido en guetos infames sin comprender que ese estado de cosas prolonga sine die al conflicto y convierte a decenas de millones de jóvenes sin esperanza de futuro ni de vida decente en candidatos a la inmolación en criminales atentados suicidas? La mejor manera de derrotar al terrorismo anti-israelí ¿no sería la de eliminar las razones objetivas que favorecen la conversión de un joven en un kamikaze terrorista?

La palabra terrorismo aplicada a realidades muy distintas ¿no permite todo tipo de comparaciones oportunistas como las de Piqué entre ETA y los radicales palestinos y las de Putin entre aquella y los independentistas chechenos? Desmemoriados como somos, volvamos la vista atrás: ¿no recurrieron al arma del terror los nacionalistas argelinos durante su lucha por la independencia y los fundadores del Estado de Israel hasta el día en que plasmaron su proyecto de Hogar nacional judío? Pisamos arenas movedizas y todas las precauciones que tomemos en el empleo del lenguaje serán siempre pocas.

Llegado el momento de la necesaria respuesta militar a los autores y cómplices de la horrible matanza de Manhattan, ¿podemos confiar en que aquellos han sido correctamente identificados y no se golpeará a ciegas a Estados, poblaciones y personas ajenas a los hechos?

El previsible efecto de contagio de unas imágenes de destrucción captadas en el mundo entero, ¿suscitará una emulación en el horror entre todas las redes mañosas, grupos y grupúsculos capaces de procurarse armas letales para chantajear y destruir otras ciudades y símbolos de nuestra frágil y definitivamente vulnerable Aldea Global?

En el momento en el que la realidad del apocalipsis empequeñece los guiones de ciencia-ficción de Hollywood y sus escribas, ¿no sería oportuno evocar la visión negra y sarcástica de Karl Kraus en Los últimos días de la humanidad y programar desde ahora, para los próximos siglos o quizá décadas, una evacuación general de nuestro planeta —¡o al menos de sus clases acomodadas!— a otro astro más seguro y acogedor? n

Ataques teroristas

I. MIRADAS

ATAQUES TERRORISTAS

POR SUSAN SONTAG

Traduccion de Luis Miguel Aguilar

Algunos impresos de México han dado a conocer este texto de Sontag de una manera parcial y espuria o adulterada por las agencias noticiosas. Nexos publica aquí, en exclusiva, la única versión autorizada de Susan Sontag para México. La misma autora nos ha pedido titular el texto tal y como aparece aquí.

Para esta arredrada, triste estadunidense, y neoyorquina, al parecer Estados Unidos no ha estado nunca tan lejos de reconocer la realidad como ante la monstruosa dosis de realidad del martes 11 de septiembre. La desconexión entre lo que ocurrió y la manera en que podría entenderse, y las moralinas sandias y las engañifas descaradas que buscaron vendernos como merolicos prácticamente todos nuestros personajes públicos (una excepción: el alcalde Giuliani) y los comentaristas de televisión (una excepción: Peter Jennings) es algo sobrecogedor, deprimente. Las voces autorizadas para seguir un evento así al parecer se habían unido en una campaña para atontar aún más al público.

¿Dónde se reconoce que éste no fue un ataque “cobarde” contra la “civilización” o la “libertad” o el “humanismo” o “el mundo libre”, sino un ataque contra Estados Unidos, la único y autoproclamada superpotencia en el mundo, y un ataque que se llevó a cabo a consecuencia de las políticas y los intereses y las acciones dirigidos por Estados Unidos? ¿Cuántos norteamericanos son conscientes de los bombardeos en curso contra Irak? Y si la palabra “cobarde” se va a usar, sería más apto aplicarla a aquellos que matan a cuenta del desquite, y desde lo alto del cielo, que a aquellos dispuestos a morirse ellos mismos para matar a otros. En materia de valor (la única virtud moralmente neutral): puede decirse cualquier cosa de los perpetradores de la carnicería del martes, pero no que eran cobardes.

Nuestros líderes se inclinan a convencernos de que todo está bien. Que Estados Unidos no tiene miedo. Que nuestro espíritu es inquebrantable. “Ellos” serán encontrados y tendrán su castigo (quienesquiera que sean “ellos”). Tenemos a un presidente robótico que nos asegura que el país aún está erguido. Un amplio espectro de personajes públicos que se oponen decididamente a las políticas que la administración Bush sigue en el extranjero, al parecer se sienten en libertad de no decir otra cosa sino que ellos están, junto con todo el pueblo norteamericano, unidos y sin temor detrás del presidente Bush. Los comentaristas nos informan que los centros de aflicción están operando. Por supuesto, no se nos muestra ninguna de las imágenes horrendas de lo que le ocurrió a la gente que trabajaba en el World Trade Center y en el Pentágono. Eso podría desalentarnos. No fue sino hasta el jueves que los funcionarios públicos (de nuevo, con la excepción del alcalde Giuliani) se atrevieron a dar algunos cálculos de las vidas que se perdieron.

Se nos ha dicho que todo está, o estará, bien, aunque este fue un día que vivirá en la infamia y que Estados Unidos ya se encuentra en guerra. Pero no todo está bien. Y esto no fue Pearl Harbor. Se necesita pensar mucho, y quizás es algo que se está haciendo en Washington y en otras partes, sobre el fracaso colosal de la inteligencia y la contra-inteligencia estadunidenses, sobre el futuro de la política estadunidense, más que nada en el Medio Oriente, y sobre lo que debe constituir un programa sensato de defensa militar en este país. Pero es claro que nuestros líderes —aquellos en cargos públicos, aquellos que aspiran a cargos públicos, aquellos que alguna vez tuvieron cargos públicos—, con la complicidad voluntaria de los principales medios, han decidido que al público no debe pedírsele que soporte mucho de la carga de la realidad. Nos parecían despreciables las perognilladas autocelebratorias, con aplauso unánime, de los congresos del Partido Soviético. La unanimidad de la retórica mojigata, de la retórica oculta-realidades lanzada a chorros por casi todos los funcionarios estadunidenses y los comentaristas de los medios en estos últimos días es algo indigno de una democracia madura.

Nuestros líderes nos han hecho saber que ellos consideran que su tarea es manipulativa: construcción de confianza y manejo de la aflicción. La política, la política de una democracia —que causa desacuerdos, que promueve la franqueza— ha sido reemplazada por la psicoterapia. Lamentémonos conjuntamente, sin duda alguna. Pero no nos atontemos conjuntamente. Unos cuantos restos de conciencia histórica pueden ayudarnos a entender lo que ha ocurrido, y lo que puede seguir ocurriendo. “Nuestro país es fuerte”, se nos dice una y otra vez. Yo soy alguien que no encuentra esto del todo consolador. ¿Quién puede dudar que Estados Unidos es fuerte? Pero no es todo lo que Estados Unidos debe ser. n

Traducción de Luis Miguel Aguilar

©Susan Sontag 2001

La paz caliente

LA PAZ CALIENTE

 POR CARLOS FUENTES

La catástrofe criminal desatada sobre Nueva York y Washington puede, como el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg, considerarse desde tantos puntos de vista como observadores la observen.

Hay, por principio de cuentas, el hecho mismo, el crimen, la muerte de miles de inocentes. Nada nuevo en la historia, cuerpo de cicatrices que sólo en los últimos cien años, se llaman Verdún y el Mame, Guernica y Caventry, Auschwitz y el Gulag, Hiroshima y Shabrila, el ESMA y la DINA, Tlatelolco y el Río Mozote.

La diferencia es que antes las masacres resultaban de enfrenamientos entre ejércitos nacionales identificables o eran atribuibles a crímenes de Estados perfectamente identificables también. Incluso, se vio a terroristas de antaño convertirse en respetados hombres de Estado, como Menachem Beguin. activista del grupo de terror israelí Irgun Zvai Leumi.

Y también fueron llamados terroristas héroes de la independencia nacional como George Washington por Inglaterra, Miguel Hidalgo por España y, mucho más cerca, Nelson Mandela por el actual vicepresidente de los Estados Unidos, Richard Cheney, quien en su momento apoyó el encarcelamiento del líder sudafricano y le atribuyó actos de terror comparables a los que hoy lamentamos todos.

Pero la diferencia persiste: el terrorista actual no tiene rostro, no tiene nombre. Es un fantasma que un día se entrena como mecánico, aprende a manejar un Boeing, sube con un cortapapeles a un vuelo comercial y cambia la historia del mundo.

De la guerra fría entre dos superpotencias, piadosamente celebrada en Berlín al caer el muro en 1989, hemos pasado a la paz caliente. El nuevo alineamiento de fuerzas no fue el que con optimismo, se previo entonces: un mundo “multipolar” en el que todos, norteamericanos, europeos, asiáticos, africanos y hasta latinoamericanos, contribuiríamos, liberados de cincuenta años de maniqueísmo, a construir lo que Bush padre llamó entonces “el nuevo orden internacional”.

Hoy, en la era de Bush junior, ese sueño se ha desvanecido. Vivimos en un mundo unipolar, dominado por un solo poder, los Estados Unidos de América, un país que goza de legítimos apoyos por su orden democrático, su potencia económica, su creatividad científica y cultural. Pero, también, un país que carga con la cauda de una memoria histórica que, por algo, ellos desean olvidar, pero otros no. El mundo, como el personaje de Borges, desempeña el papel de Funes el Memorioso. Ningún acto de arbitrariedad y fuerza de los Estados Unidos de América es olvidado por nuestro Funes colectivo. Guatemala. Chile. El Salvador. Honduras, Nicaragua, Panamá. Granada, la Operación Condor. la Operación Irán- Contras, sólo para limitarnos a la América Latina y al pasado medio siglo. Nosotros. Funes latosos, tábanos del recuerdo. Ellos, los Estados Unidos de Amnesia.

Ninguna memoria justifica la terrible violencia del 11 de septiembre. Pero la razón misma nos dice que no será la represalia el camino para evitar futuros onces de septiembre. Es explicable el inmenso dolor y la rabia profunda que embarga. no sólo a los norteamericanos, sino a todo ciudadano del mundo que execra de la violencia. La muerte de los inocentes. El dolor de los sobrevivientes… Pero añadir represalia a la represalia (pues los kamikazes actuaron contra lo que ellos consideran agravios norteamericanos) es caer en la primitiva Ley de Hammurabi: ojo por ojo. diente por diente. Pueden pagar justos por pecadores, en este caso, el miserable, encajonado pueblo de Afganistán, santuario de Osama bin Laden desde que los Estados Unidos armaron y alentaron a quien hoy es presentado como el villano de la película. Se trataba, entonces, de apoyar a Bin Laden en su guerrilla contra la ocupación soviética de Afganistán. El presidente Ronald Reagan llegó a comparar al criminal de hoy con los padres fundadores de los Estados Unidos” y a sus guerrilleros los denominó “luchadores por la libertad”. Así se voltean los hechos contra la ceguera maniquea de los poderosos.

¿Poderosos los Estados Unidos de América? .Poderoso un país que puede ser asaltado por veinte kamikazes sin rostro?

¿Inteligente un país cuya Agencia Central de Inteligencia no pudo prever o detectar una amenaza que apareció tan clara como la mañana de septiembre? ¿Investigativa una Oficina Federal de Investigaciones que no fue capaz de investigar un proyecto fraguado, por lo visto, desde hace mucho tiempo, con toda minucia y apoyos indispensables? Lo preocupante de una política de guerra como la anunciada por el presidente Bush es que persiste en el error, prosigue por un camino que sólo le granjea enemigos a los Estados Unidos y le pone piedras al otro camino posible, el que la Administración Bush ciegamente, ha abandonado.

En nueve meses, el gobierno de Bush ha acumulado agravio sobre agravio, error sobre error. Ha ofendido a la comunidad internacional denunciando el Tratado de Kyoto contra la emisión de gases, sin ofrecer nada en cambio. Ha ofendido a su propia opinión interna abriendo reservas naturales, sobre todo en Alaska a la explotación ecocida. Ha ofendido, de vuelta, a la comunidad internacional rechazando el Tribunal de Roma y los pasos encaminados a crear un orden penal contra criminales de guerra y violadores de los derechos humanos. Y, delirantemente, ha apostado todas sus fichas de defensa a un escudo antimisiles que, como lo vimos el 11 de septiembre, le vale, en términos mexicanos, “una pura chingada” a veinte terroristas dispuestos a volar bajo y matar alto.

Esta lista de errores y agravios —de ninguna manera exhaustiva— indica el camino que los Estados Unidos de América deberían retomar si quieren asegurar una era de paz y eliminar, en su raíz, al terrorismo. Es el camino de la cooperación económica internacional para sacar de la miseria a la mitad —cuando menos— del género humano que vive con noventa dólares o menos al mes. Es prestarle el apoyo máximo a los programas mundiales de salud, educación, comunicaciones. Es apoyar los procesos de paz en los puntos calientes del globo. Pilatos Bush. al lavarse las manos de la crisis en el Medio Oriente, le ha dado luz verde a Ariel Sharon para extinguir lo que queda de la nación palestina y a Yasir Arafat lo ha desnudado en toda su impotencia. Es sumarse al esfuerzo jurídico por la codificación de los derechos humanos, los crímenes de guerra y la protección del medio ambiente.

Es abandonar una política de cinismo transparente, cuyos intereses ya resultan inocultables. El vicepresidente Richard Cheney, presidente de facto, es el antiguo ejecutivo en jefe de la más poderosa empresa de refacción petrolera del mundo, la Haliburton. No hay que ser Galileo para entender alrededor de cuál sol giran sus intereses y los de otros funcionarios íntimamente ligados a grandes corporaciones. Y si el ex gobernador Bush fue el más celoso clérigo de la pena de muerte en su estado nativo, Texas, por nada del mundo quiere que la legislación penal internacional se extienda a criminales de guerra norteamericanos, responsables de delitos contra la humanidad en Vietnam, Chile, Uruguay, Argentina, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Irak y los Balcanes.

Esta es la lección y la elección de la tragedia del 11 de septiembre, un día que llenó de luto a la humanidad. Los Estados Unidos de América, su enorme poder, su imaginación política, sus reservas democráticas, deben dirigirse, para acabar con el terrorismo, a acabar con el hambre, la enfermedad, la ignorancia y la injusticia en ese mundo que ellos se han arrogado como superpotencia.

Una mañana luminosa de la agonía veraniega del año 2001, los Estados Unidos asistieron a la muerte de un sueño de poder ilimitado e irresponsable. Ahora les toca asumir las responsabilidades de un mundo limitado y responsable. Como es poco probable que Bush y Compañía entiendan esto, habrá que esperar a las elecciones legislativas dentro de dos años y a las presidenciales en 2004 para saber si el elector del norte sabe proponer y elegir a sus mejores hombres y mujeres y no a los peores.

¿Dónde estás, Bill Clinton, cuando más falta haces? n

Hacia una economía para los excluidos

HACIA UNA ECONOMÍA PARA LOS EXCLUIDOS

POR CARLOS M. JARQUE

La discriminación racial y social hacia los grupos indígenas va de la mano de la pobreza en América Latina. ¿Cómo revertir esa tendencia? El ensayo que ofrecemos, una versión editada de las páginas leídas durante el Diálogo de Alto Nivel sobre Inclusión Social realizado por el BID el 18 de junio de 2001, contribuye a poner en marcha una economía en favor de los excluidos.

Por muchos años, un tema relevante ha sido cuantificar y caracterizar las condiciones de la población indígena y analizar los grados de discriminación. Tradicionalmente, se empieza por caracterizar a esta población, al cuantificar a los hablantes de lengua indígena. Pero se piensa que este enfoque subestima a la población indígena y que es importante aproximarse a conceptos más amplios de pertenencia étnica.

En México, por ejemplo, en el Censo de Población del 2000 se utilizaron nuevos procedimientos. Los resultados fueron sorprendentes: el Censo cuantificó a 7.3 millones de hablantes de lenguas indígenas, un dato consistente con ejercicios censales previos y con la evolución demográfica. La sorpresa vino al incorporar la pregunta de pertenencia étnica. Al preguntar si la persona se identificaba como indígena o perteneciente a un grupo indígena, el número fue menor (la respuesta fue del orden de 5 millones de personas). Cuando se identificó esta forma de “auto-exclusión” se preguntó la razón. Una de las razones para no identificarse como indígena, a pesar de hablar una lengua indígena, fue el temor a la discriminación, a que “como indígena no se consigue chamba”, y a una apreciación de que los “indígenas tienen menores oportunidades”.

Las entidades con mayor porcentaje de población indígena tienen los menores índices de desarrollo humano (ver gráfica 1). Los indígenas tienen menos oportunidades. Estados como Oaxaca y Chiapas tienen índices que el DF y Nuevo León tenían en 1960. Así. las entidades indígenas tienen una brecha cronológica en el desarrollo. Las diferencias a nivel municipal son aún mayores: más de medio siglo.

En el contexto actual se reconoce que:

•  La riqueza cultural es un recurso esencial de los países. De hecho, en América Latina nuestra naturaleza mestiza es un gran activo regional.

• Se reconoce que la diversidad étnica es un derecho político. Hay el reconocimiento político, en muchas de las constituciones de nuestros países, como naciones multiétnicas y pluriculturales.

• También se reconoce el respeto a los derechos humanos como un imperativo moral. Por ejemplo, se han firmado amplias declaraciones y convenciones para la eliminación de la discriminación racial.

• También hay consenso de que el desarrollo con equidad es un mandato ético.

Cada uno de estos elementos es razón suficiente para justificar los esfuerzos en materia de inclusión social. Pero, además, podemos señalar que estos esfuerzos también tienen una enorme racionalidad económica.

En la gráfica 2 observamos, dentro de la población adulta, diferencias grandes en los años promedio de escolaridad entre la población indígena y no indígena: o entre los “pretos-pardos” y los blancos, en el caso de Brasil. Para los países analizados, la brecha es de tres años o más de educación promedio. En Bolivia o Guatemala, la diferencia es de más del doble, y en Perú y Brasil de cerca del 60%   Las diferencias en el nivel educativo tienen incidencia en los niveles de productividad y. desde luego, en los niveles salariales. La gráfica 3 indica el porcentaje en el cual los salarios de los no indígenas o blancos superan a los otros grupos. Los niveles indican diferencias del 70% hasta casi el 100% (ver en la gráfica las barras de datos “no ajustados”). Pero aun al ajustar estos datos por nivel educativo (esto es, comparan-do niveles educativos similares), los porcentajes varían entre el 30% para el caso de Bolivia al 50% para el caso de Perú. Esta es una diferencia asociada a diversos factores entre ellos elementos de discriminación en los mercados laborales.

En estudios efectuados por funcionarios del BID se midió el impacto en los niveles de pobreza al eliminar la discriminación. Es decir, se analizó qué pasaría a los niveles de pobreza si los grupos excluidos recibieran ingresos no- discriminatorios en el mercado de trabajo. En general, se obtendrían ganancias importantes. Por ejemplo, si los grupos discriminados mantuvieran el mismo nivel educativo y de productividad, pero pudieran trabajar en un mercado laboral no discriminatorio, la reducción en los niveles de pobreza sería del 10 al 20%. En el caso de Bolivia la pobreza bajaría de 87% a 80%; en Brasil, de 61% a 49%; en Guatemala de 83% a 73%; y en Perú de 68% a 55%.

Al analizar qué pasaría si los pueblos indígenas y los “pretos y pardos” tuvieran la misma inserción en el mercado laboral y el mismo nivel educativo y de productividad que los no-excluidos, se concluyó que habrían mayores reducciones en la pobreza e incrementos importantes en el PIB. En el caso de Bolivia el PIB se incrementaría en 36%; en Brasil, 13%; en Guatemala, 14%; y en Perú, 4%. Lo importante, más que la precisión cuantitativa o econométrica de los estudios, es que las ganancias son relevantes en materia de justicia social, de reducción de la pobreza y de incremento en la capacidad productiva.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) lleva adelante amplias actividades para promover la reducción de la pobreza y la promoción de la equidad, y el crecimiento ambientalmente sustentable. Para lograrlo, el trabajo se enfoca en las áreas prioritarias identificadas en la estrategia institucional, que comprende la reforma de los sectores sociales, la modernización del Estado, la integración y la promoción de la competitividad. Dentro de éstas áreas, y en particular en la reforma de los sectores sociales, merecen atención prioritaria los temas de la educación y del trabajo.

Uno de los objetivos del BID es apoyar la expansión de la educación de calidad y promover la reducción de las inequidades educativas. Además del trabajo de ampliación de coberturas, también se apoyan los aspectos cualitativos de la educación, con reformas curriculares, para lograr una nueva generación de programas y de alumnos dentro del marco de naciones multiculturales y pluriétnicas.

En el caso de los mercados de trabajo, hay esfuerzos en varios ámbitos. Por un lado, en capacitación y servicios de intermediación, para que los sectores excluidos dispongan de mejores oportunidades para encontrar empleo y puedan competir mejor. Hay varios ejemplos: un programa de alfabetización y capacitación laboral para indígenas adultos en Panamá, así como un proyecto importante de vinculación y capacitación laboral de grupos étnicos excluidos en México.

También se está elaborando una estrategia de mercados de trabajo, que enfatiza la necesidad de insertar los grupos excluidos como una herramienta fundamental para reducir la inequidad. Los ejes principales de esta estrategia de mercados laborales, además de las tareas de capacitación, son reformar o ampliar el marco regulatorio, establecer sistemas de mediación de conflictos laborales, y mejorar los sistemas de justicia laboral con el objeto de juzgar y sancionar actos discriminatorios en los lugares de trabajo.

La agenda para erradicar la discriminación y promover la inclusión social es muy amplia. En la región se requiere invertir en educación y en oportunidades productivas, pero también necesitamos avanzar en otros campos para que las inversiones reditúen en beneficios esperados.

•  Requerimos mayor respeto a los derechos y garantías individuales y colectivas.

•  Estrategias que garanticen el acceso a la justicia y a un sistema legal que fomente la equidad.

•  Mejores políticas públicas (presupuestos más adecuados, mejores programas, mayor evaluación, programas más focalizados).

• Mejores esquemas de descentralización.

• Estrategias y programas que contemplen y respeten los elementos socio-culturales de los grupos atendidos.

•  Acciones que fomenten la participación política de los excluidos.

• Y también requerimos invertir en promoción cultural para que. en paralelo a todo lo anterior, se preserve un valioso patrimonio cultural, que nos une y nos identifica.

La Conferencia Mundial de la ONU contra la discriminación, el racismo y la xenofobia debe mirarse como una ocasión propicia para impulsar las acciones que permitan avanzar en este importante aspecto que tiene una amplia incidencia para el disfrute de las libertades esenciales de toda persona. n

Vida pública. Hechos y tendencias de México

PALOMAR.

VIDA PÚBLICA

HECHOS Y TENDENCIAS DE MÉXICO

MARTES NEGRO

 El ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y al edificio del Pentágono en Washington del martes 11 de septiembre del año 2001 mostró el lado más oscuro posible de la globalización: la globalización del terrorismo y la violencia (La nueva amenaza global. Ver p. 6). Ofrecemos en este número un recuento analítico de la respuesta de la prensa mundial al hecho. (El terror y el imperio.)

EN PIE DE GUERRA

Encuestas del Wall Street Journal, NBC y The New York Times mostraron a los estadunidenses unidos a su gobierno y en pie de guerra. Una semana después de la tragedia, 8 de cada 10 encuestados daban su apoyo a la forma en que el presidente Bush habia manejado la crisis; 7 de cada 10 dijeron que esperaban la captura o la muerte de Osama Bin Laden y manifestaron su acuerdo con que el ejército o las agencias de seguridad fueran autorizados a planear y realizar asesinatos antiterroristas; 85 de cada 100 dijeron que apoyaban acciones militares de su país en otras partes del mundo; 70 de cada 100 dijeron que apoyaban esas acciones aun si traían consigo la pérdida de vidas de gente inocente; 78 de cada 100 dijeron estar de acuerdo en la intervención de comunicaciones por Internet; 71 de cada 100 manifestaron temor de que hubiera actos de violencia terrorista cerca de su casa o su trabajo; 65 de cada 100 manifestaron su creencia de que la represalia estadunidense provocaría nuevos actos terroristas en su país.

CONTRACCIÓN ECONÓMICA

Las primeras previsiones sobre el impacto económico del martes negro señalan que convertirá el desaceleramiento de la economía estadunidense en una contracción de hasta el 1% del producto interno bruto. La confianza en el futuro de los consumidores ha sido dañada y tardará en recuperarse. (El consumidor oculto.)

EL VIAJE

El martes 11 de septiembre cambió radicalmente la agenda de las relaciones de Estados Unidos con el mundo. México padecerá impactos en varios frentes. El primero es su desplazamiento de los primeros lugares de atención donde lo había situado la voluntad política del presidente Bush. Tendrá que negociar ahora como aliado, no sólo como vecino, lo cual augura presiones mayores. Acaso, también, oportunidades nuevas. (Vecinos cercanos de nuevo tipo. Ver p. 8.) Entre el 4 y el 7 de septiembre, el presidente mexicano Vicente Fox había tenido una visita extraordinariamente exitosa y prometedora a los Estados Unidos. Su viaje puso en la agenda bilateral novedades de largo aliento para la relación de los dos países. (La guerra y México.)

EL INFORME

Días antes de su viaje al Norte, el presidente Fox tuvo una jornada pobre en el acto que solía ser carroza triunfal de presidentes. Su informe del 1 de septiembre ante el Congreso mostró a un presidente sin resultados. El orador no se montó en su mayor logro: haber conducido sin catástrofes una histórica alternancia política en el poder. Mostró en cambio las manos vacías en materia de la alianza política que podría darle viabilidad a su proyecto de gobierno. (La alianza perdida.)

EXPROPIACIÓN

Antes de viajar a los Estados Unidos, dos días después de su informe, el gobierno de Fox anunció una “expropiación” de empresas azucareras que recordó viejas prácticas ruinosas de gobiernos priistas: estatizar empresas quebradas que no aumentan la riqueza sino la deuda pública.

2002

El Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP) presentó su pronóstico para el año 2002. Según el CEESP la economía crecerá sólo 3.5%, el dólar tendrá un valor de 10 pesos, la inflación será del 4% y el rendimiento de cetes 7.36 %. Todo, antes del martes funerario de Nueva York y Washington. Después del martes negro, el Banco de México dijo que la recuperación económica del país empezará hasta el segundo semestre del 2002.

HUELGA, FUGA, RIESGO

Luego de una huelga que terminó con un aumento salarial del 10%. la compañía Volkswagen anunció su decisión de invertir mil quinientos millones de dólares… fuera de México.

El triunfo salarial condujo a una fuga de inversión. También refrendó una tendencia a aumentos salariales por encima de la productividad, lo cual, como apuntamos aquí en entregas pasadas, no es sostenible en el largo plazo. Peor aún: puede ser una bomba de tiempo para la salud estructural de la economía. (Ver “Mala mezcla: peso al cielo, salario al alza, productividad al suelo”, Nexos 285, septiembre de 2001.) n

Sobre los viajes al “espacio exterior”

SOBRE LOS VIAJES AL “ESPACIO EXTERIOR”

POR ELÍSEO DIEGO

Puesto a revisar mis papeles, por si hubiese cometido injusticia con alguna de mis criaturas, descubro este cuadernillo con el título que está arriba.

Confieso una sincera admiración por escritores como H. G. Wells y C. S. Lewis, y por supuesto Ray Bradbury, que han escrito obras de las llamadas de “ciencia ficción”.

Con la “ciencia ficción” ocurre lo que con la niñita de cierta rima no sé si inglesa o norteamericana, y que en una apresurada traducción diría así:

Había una vez una niñita

que tenía un ricito

justo en el medio de la frente.

Cuando era buena

era muy, pero muy buena,

y cuando era mala

era horrenda.

Mucho me impresionó hace tiempo la primera de una trilogía de novelas escritas por C. S Lewis y que tiene por título Ouit of the Silent Planet—publicadas en Cuba como Fuera del planeta silencioso—. Supongo que fue su recuerdo, junto con las vistas de la Luna tomadas por los astronautas norteamericanos, lo que me llevó a escribir los versos del cuadernillo.

Ya la Luna no sería más la que veían o imaginaban nuestros abuelos. ¿Cómo sería, entonces, el mundo que se abriría a los ojos de nuestros descendientes?

Vana especulación, lo confieso. Pero, por ello mismo, fascinante.

ASCENSIÓN

Vamos allá donde hay espacio sobrado para ser.

La transparente bóveda libre se abre a la aventura y el peso del aliento se desvanece entre la luz.

Arriba, más arriba que el orgullo pueril en los alambres y la inocencia de las nubes. Vértigos da el azul sin límites y en éxtasis comienzas a caer.

MADRE TIERRA

Atrás, por fin, está la madre Tierra en su conmovedora pequeñez: por fin la vemos toda: sus orillas nos caben en los ojos: es apenas como una linda bola nada más.

Y hay algo en ella de azorada, de vieja que se turba como si fuese de saber que la vemos así, que nos da lástima que se nos pueda, un día, morir.

ASCUA

A Ray Bradbury

Todo se aviene, ves, a un punto de oro: el mar color de bronce,

el bosque oscuro y el unicornio y leviatán fundidos en un copo de fuego,

un ascua pura en medio del abismo.

Cómo pueden los astronautas regresar un día desde lo enorme

a la minucia innumerable de la hierba.

Quién sabrá el camino al tiempo del rocío.

A TRAVÉS DEL ESPEJO

El unicornio acecha por la hendija minúscula de Alderabán, sus grandes ojos líquidos velados de inquietud. Un bosque profundo y simple está a su espalda

donde crece la dicha en el silencio como la flor de la verdad.

Remotollama el fénix.

Con el casco de limpia plata el unicornio pone en fuga a las sombras adentro del cristal.

Pero en el fondo brilla un instante el áureo punto del cuerno, en una trémula anunciación.

HACIA LOS ASTROS

Y bien: quieras que no muy pronto habrá un nuevo paisaje,

un horizonte cuyo círculo inmenso se acomoda mal a los ojos de los hombres. Hosco,

secreto, ajeno, ya impaciente por regresar a su intocada primera soledad.

Y una nostalgia

mayor que todas crecerá para colmarlo entero, para ir

de un fin al otro del abismo como si fuese la primera vez.

CONSTELACIONES

Desde lo oscuro, desde el otro lugar que la mirada inventa,

nuevas distancias con distintas ascuas vivientes abrirán abismos idénticos: el cielo

estará arriba, como siempre: pronto verás cuajarse en los carbunclos

el ávido contorno del Arquero y el lomo puro de una Bestia que huye sin fin: pero su forma

será como no sueñas: increada por ti, tendrá el Asombro parte en la eterna fiesta;

y más allá, esquiva su sonrisa ambigua, la noche virgen velará su rostro. n

El refugio

EL REFUGIO

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Con delicadeza y pasión por el detalle, Soledad Puértolas nos lleva de la mano hasta el país de la infancia, el mismo en donde siempre hallamos refugio.

Cuántas veces nos habremos despertado de madrugada con la vaga inquietud de no saber quiénes somos o qué hacemos aquí o sobre qué soportes, si los tenemos, apoyamos la existencia? Interrogantes así surgen en esas horas imprecisas, en las que debiéramos estar dormidos y confiados, y que, contraviniendo toda indicación y toda norma, nos arrojan a un territorio vacío y más o menos angustioso.

Quizás en ese momento nos lancemos hacia atrás, buceando en los recuerdos en busca de algo a lo que asirnos, de unas señales que nos proporcionen alivio, seguridad. ¿Qué nos daba seguridad en la infancia?, ¿en qué empezamos a basar esa identidad que traza nuestros límites en el mundo y que a veces nos parece tan etérea? Cierro los ojos y veo fugaces escenas en las que el alma respira confiada. La llegada a casa después de haber pasado largas, inacabables horas en el colegio, desprenderme del pesado uniforme de lana azul marino —¡y del opresor cuello blanco, primero, de hilo almidonado, y luego, aún peor, de plástico!— y, en la cocina, abrir la caja de latón de las galletas de nata y entregarme a su sabor exquisito e inconfundible. Y, si es que están recién hechas, aún no se han metido en la caja, sino que llenan las repisas de mármol. ¿Qué me da este placer además del mismo placer que me dan las galletas? Estoy en casa. Sin duda, eso es lo importante. En casa al fin, lejos del viejo caserón del colegio, lejos del silencio que hay que guardar por los pasillos, lejos del miedo de no saber la lección con la exactitud necesaria, lejos de las miradas fiscalizadoras de las monjas y también de las impertinencias de alguna compañera de clase, lejos de la incomprensión, del vasto trazado de las vidas ajenas, misteriosas, desconocidas todas, colmadas de sensaciones que no me pertenecen, que apenas puedo atisbar. Lejos de la hostilidad.

No sólo estoy al fin en casa, sino en la cocina, tan cerca del cuarto donde duermo, porque ni el comedor ni el cuarto de estar son territorios plenamente míos. En ese lado de la casa, mandan mis padres, ahora invisibles. Es cierto que aquí tampoco mando yo, pero me conozco el terreno palmo a palmo y estos olores son los que envuelven mi vida. En este refugio, en la cocina de mi casa, estoy a salvo de toda hostilidad, de toda incomprensión. Aquí no hay peligro. Se diría que he sufrido mucho, que he pasado muchísimo miedo, casi pánico, pero todo se olvida de repente, todo se vuelve ligero y luminoso. El día ha sido largo y oscuro, abstruso, indescifrable, agotador. Aún lo sé, pero ya lo estoy olvidando, me estoy alejando del día interminable, y las horas de la noche que me separan de un día semejante parecen eternas, afortunadamente eternas. Eterno es este ahora en la cocina frente a la caja de latón de las galletas de nata, eterno es este sabor familiar, este ancla.

¿Cuántos refugios como éste de la cocina del piso de mis padres en Zaragoza ha habido en mi infancia? Hubiera querido tener muchos, que la vida fuese desfilando por una inacabable sucesión de refugios. Pero son escenas fugaces, momentos plenos que la memoria escoge y detiene, ejercitada en la voluntad de retener el tiempo que huye llevándose consigo tesoros que habían sido celosamente guardados.

Esos tesoros eran los verdaderos refugios

Esos tesoros constituían la única base firme en que podía apoyarse esa extraña y temblorosa amalgama que recorría mi cuerpo. El espíritu, el alma, la personalidad, lo que yo empezaba a ser sin saber aún lo que quería ni lo que me gustaba. Había terrores y deslumbramientos, pero la voluntad avanzaba poco a poco, guiándose como podía en la penumbra, atisbando débiles focos de luz aquí y allá. Era un túnel, un agujero negro que había que imaginar, esperar y confiar, tenía una salida. Las personas de más edad habían pasado ya por esto, todos pasábamos por esto.

Supongo que no todos hemos sentido lo mismo de la misma manera, pero tengo que suponer, también, que estas sensaciones, en mayor o menor grado de intensidad, han sido conocidas por todos. Al lado de la felicidad y de las alegrías de la infancia, envueltas todas en el halo resplandeciente de la inocencia o, en todo caso, de la ignorancia, estaba esta confusión oscura, indeterminada, este no saber quién era, en el fondo de los fondos, la persona que estaba ahí, dando sus primeros pasos por la vida, observándolo todo desde alguna parte, ¿desde dónde?

En los refugios, esa persona o ese ser confuso que aún no era verdadera persona se sentía bien, dejaba de pensar y preocuparse. Los refugios son para eso, para olvidarse de las armas y de los enemigos, y también, sin duda, de los amigos, que tantas inquietudes y desasosiegos causan. Este tormento de los amigos debió producir, cuando se descubrió por primera vez mayor perplejidad que el dolor o la ira que causan las hostilidades declaradas de los enemigos. Las contradictorias y complejísimas emociones que despierta en el corazón una persona amada son, quizá, por encima de todo, una gran sorpresa.

Y con todas esas sorpresas, temores, alegrías y sueños, el ser que aún no era persona buscaba calma en el refugio, buscaba seguridad y guardaba pequeños tesoros. Porque las galletas de nata de la caja de latón se terminaban. Se volvían a hacer, pero se terminaban. Alguien, la cocinera, las ponía allí. Alguien iba guardando la nata y la mezclaba después con el azúcar. Ese tesoro no era mío. Lo disfrutaba luego, cuando me lo ofrecían. Debí de intuir en seguida que había que tener un tesoro propio, algo que me hubiera buscado sólo yo. Pequeñas, mínimas cosas. No sé qué eran esas cosas, objetos que nadie quería y que no significaban nada para nadie. ¿Botones de nácar?, ¿una pitillera lacada, rota?, ¿piedras?, ¿azulejos? En una caja de latón algo oxidada, hurtada en la cocina, una caja mucho menor que la caja de las galletas de nata, se guardaban esas cosas preciosas, el tesoro que sólo era tesoro para mí. que existía porque existían los otros y sus complejas amenazas, los odios, los amores, las indiferencias.

Leyendo la novela de Ana María Matute. Olvidado Rey Gudu, una de las novelas más hermosas que he leído últimamente, me encontré con aquella caja de latón de la infancia convertida ahora en cofre de la princesa Tontina. A Tontina, el cofre se le cae al suelo y sus tesoros se desparraman, expuestos a los ojos de todos. El desamparo de Tontina es abismal. Los ojos ajenos arrojan una luz espantosa sobre el tesoro de Tontina, ¿en esto consistía el tesoro?, ¿en estas baratijas? Desvelado el secreto, la vergüenza ocupa el lugar que ha quedado vacío. Aparece la cautela, la intuición de la múltiples maniobras en que consiste la vida.

Pero aquel cofre, aquella caja de latón algo oxidada, aquel momento del día pasado en la cocina, de regreso del colegio, nos han servido de mucho y aún nos sirven. Al recordarlos, vuelve el presentimiento de que, en medio de las hostilidades, los amores, la incomprensión y lejanía del mundo, somos ese ser que se busca a sí mismo y que a veces alberga la esperanza de poderse sentir en concordia con el mundo, y nos invade así el deseo y la fuerza de la vida.  n

Deep Blue al detalle

CIBERNEXOS

DEEP BLUE AL DETALLE

POR GABRIEL GRINBERG

Después de Napster

Los llaman “parásitos”. Su forma de actuar sería capaz de poner loco de contento al economista de la Universidad de Chicago Milton Friedman, a quien le gustaba repetir que “nada es gratis” y al que incluso lo que le parece un regalo casi nunca lo es. Ambas ideas son absolutamente aplicables al análisis del caso del software KaZaA, uno de los programas del momento en materia de intercambio de música (y de otro tipo de archivos) que. en apenas unos meses, ya cautivó a más de cinco millones de usuarios. ,;En qué consiste el problema? En que, cuando se instala en la computadora, el soft de KaZaA. que se baja gratis de Internet, trae consigo cinco “bocaditos” envenenados, llamados Newnet. Webhancer. Cydoor, OnFlow y Ezula. ¿Qué son exactamente?

 Se trata de un puñado de breves publicidades “insistentes” (plug-ins) que, sin pedir permiso, se instalan en el disco duro e interfieren durante la navegación del usuario en Internet. ¿De qué forma? Desplegando banners que, además de vender, se ocupan de comunicar los hábitos online del usuario a los avisadores que pagaron por ello.

ARTE AMATEUR

Internet está siendo copada por una ola de arte tridimensional desarrollado por aficionados en sus computadoras hogareñas con programas que valen entre doscientos y varios miles de dólares. Muchos de sus creadores se inspiran en las imágenes de los videojuegos y/o en las películas de Hollywood generadas por computadora.

Los responsables de la ola de arte tridimensional amateur y profesional que está copando la red empiezan a conocerse entre ellos, a compartir ideas, consejos y demos en sitios como Renderosity (www.renderosity.com) o Poser Forum Online (www.poserforum.net). Sus creaciones presentan dragones y doncellas, androides y aliens. héroes y heroínas, vestidos y no tanto. Y aunque también hay imágenes de otro perfil (como paisajes y naturalezas muertas tridimensionales, surrealistas e hiperrealistas), en general el trabajo está rodeado por una atmósfera extraña que resulta fascinante, oscura y amenazadora. Durante muchos años cualquier cosa que estuviera un poco más allá de las imágenes rudimentarias generadas por computadora estaba fuera de presupuesto y lejos del alcance de los usuarios hogareños. Pero, mientras tanto, la tecnología tridimensional seguía evolucionando y se convertía en el lenguaje visual dominante de las multimillonarias industrias de los videojuegos y los juegos para computadora. Hoy, además de servir como un mercado y un espacio de exhibición para las creaciones tridimensionales, los sitios de arte digital también ofrecen grupos de discusión y chats en los que se cruzan opiniones sobre el uso de las computadoras para fines artísticos.

PC ES DEEP BLUE

Hace algunos años, IBM y Gary Kasparov llevaron a cabo el primer enfrentamiento público entre una supercomputadora y un campeón mundial de ajedrez. Y ganó la máquina. Ahora, la misma empresa informó que uno de sus nuevos softwares, destinado a la compra-venta de acciones, compitió en la Bolsa con un grupo de personas “con cierto conocimiento” del tema y ganó un 7% más.

Los términos de la competencia fueron claros: la mitad de cada equipo estaba conformada por operadores que debían vender títulos al precio más alto, y la otra mitad por compradores que debían adquirir al precio más ventajoso. También había un límite de tiempo y una cantidad prefijada de dinero disponibles.

Así fue que, con todo bien pensado para recrear las condiciones típicas de cualquier mercado accionario, el software, que reúne a seis pequeños “agentes inteligentes”, tuvo mejores resultados que sus pares de carne y hueso. “Las operaciones realizadas por los robots fueron extremadamente simples, pero éste no es más que el primer paso hacia su utilización masiva en los mercados financieros. Pensamos que, en el futuro, ellos serán los encargados de afrontar la locura de la compra-venta, mientras que los seres humanos tendrán a cargo un papel más sofisticado”, declaró, con falsa modestia, Jeffrey Kephart, del centro de investigación que IBM tiene en Nueva York. Los robots, que reaccionan con cierto grado de autonomía fueron programados para desplegar una serie de tácticas, como, por ejemplo, realizar ofertas sucesivas y cada vez más elevadas para recaudar el máximo posible, aprovechando sus algoritmos para calcular las posibilidades de éxito de cada negociación.

La prueba, que se dio a conocer en el último número de la revista New Scientist, imagina un futuro en el que, para este tipo de operaciones, las máquinas reemplazarán ampliamente a los hombres. “El impacto económico que puede tener la introducción de los robots en este sector podría medirse en millones de dólares al año”, prevé Kephart. Y esos miles de millones podrían optimizar la relación entre oferta y demanda. “No los concebimos pensando en derrotar a los seres humanos, así que el éxito fue una sorpresa agradable, incluso para mí”, explica Dave Cliff, uno de los padres del programa. De todas maneras, varios expertos en el trading de acciones invitan a la cautela, ya que, para empezar, los seis humanos derrotados no eran profesionales bursátiles sino ciudadanos normales con “cierto conocimiento” de la Bolsa. Y, por otra parte, la dinámica de la Bolsa es distinta a la del ajedrez, donde al menos el resultado final es claro. Por lo tanto, según ellos, antes de festejar, sería mejor preparar una revancha contra operadores más experimentados.

TÉCNICOS, PARA QUÉ

La mayoría son indios y chinos. La ley en Estados Unidos dice que, si se quedan sin trabajo, tienen diez días de gracia. Después se quedan sin visa y deben irse. Por eso, para muchos de los cientos de miles de técnicos que llegaron a Estados Unidos con el boom de la nueva economía, la crisis del sector podría tener peores consecuencias que la desocupación. Sanjiv Eebenzer, de 28 años, llegó a Estados Unidos seducido por un sueldo diez veces mayor de lo que ganaba en la India: 42,000 dólares anuales. Pero lo despidieron y tuvo que regresar a su país: “Me encantan los Estados Unidos, pero no me pasa lo mismo con su mercado de trabajo. Llegué en el momento equivocado”. Su destino, y el de tantos otros inmigrantes, inspira ironías amargas. Hace un año, en el Silicon Valley, la sigla B2B era la abreviatura de business-to-business (de negocio a negocio) y definía al comercio electrónico entre empresas. Hoy corresponde a Back-to-Bombay (de vuelta a Bombay) y es la otra cara de una política de inmigración hecha a la medida de los empresarios: generosa en años de crecimiento. durísima en recesión.

INTERNET NO ES SOLEDAD

Hace tres años, el profesor Robert Kraut, de la Carnegie Mellon University, publicó un trabajo sobre el impacto social de Internet. Según su evaluación, muchos usuarios frecuentes sufrían de soledad y depresión y decían que sus redes sociales se habían reducido. Sin embargo, ahora un nuevo estudio del mismo investigador, y una nueva y larga serie de evaluaciones del mismo tema, sostienen todo lo contrario.

En 1998, las conclusiones del profesor Robert Kraut sobre el impacto de Internet en los usuarios frecuentes descolocaron a gran parte de los especialistas en tecnología y sociedad. ¿Es posible que la red, una supuesta herramienta de conectividad y comunidad, haga sentir más aislados y solos a sus usuarios?, se preguntaron, entonces, los investigadores. Ahora, tres años después de su primer diagnóstico, y mucho antes de que sus colegas llegaran a consensuar una respuesta tajante. Kraut ha vuelto a sacudirlos: su nuevo estudio, aún inédito, contradice en más de un aspecto a su primera y polémica investigación. Ahora Kraut informa que, luego de seguir durante tres años la evolución de los sujetos evaluados en el muestreo inicial, está en condiciones de afirmar que los síntomas de depresión disminuyeron y que la soledad ya no parece estar tan significativamente asociada al uso de Internet. “Los efectos negativos se disiparon”, puntualizaron Kraut y su equipo en las conclusiones del trabajo que será publicado en la próxima edición del Journal of Social Issues.

NUEVA ECONOMÍA Y PRODUCTIVIDAD

A pesar de la fuerte desaceleración económica que experimenta Estados Unidos, la nueva economía no sólo parece estar sobreviviendo sino que, además, está ayudando a mejorar los indicadores generales. Cada vez son más los que piensan que la crisis no es tal, sino que, tal vez, la e-conomy simplemente no fue lo que sus devotos preveían. A pesar de la falta de crecimiento económico en el segundo trimestre del año, las compañías de la nueva economía lograron sumar eficiencia a la economía de Estados Unidos. Es que, además de contribuir significativamente a la reducción de salarios de la mayoría de los trabajadores, la tecnología también colaboró para que la economía norteamericana se recuperara de la casi crónica caída de la productividad, que comenzó a experimentar a mediados de la década del setenta. La productividad es considerada una de las estadísticas oficiales más importantes, ya que indica la velocidad a la que puede crecer la economía. Cuando crece, también lo hacen las ganancias corporativas y las de los trabajadores, y sin acelerar la inflación. Generalmente, la productividad aumenta en los periodos de expansión económica, durante los que las compañías intentan generar mayor cantidad de productos para satisfacer una también creciente demanda. n

A oscuras en minoría

A OSCURAS EN MINORÍA

POR ANGELES MASTRETTA

Cómo atreverse a decir algo más que lo expresado con el silencio en que tantos nos quedamos tras lo sucedido en Nueva York? Han pasado muchos días desde el 11 de septiembre y yo no puedo, ni quiero, desprender de ese espanto ninguna tesis. Menos aún la de que tal desgracia es el simple regreso del arma que los estadunidenses han lanzado sobre otros. Conozco muchos habitantes de la entrañable ciudad que puede ser Nueva York, no sólo para quienes ahí tienen sus casas, sino para tantos de los que vivimos fuera de ella. De mis amigos en esa ciudad, que parece tan hostil como puede ser generosa, no he recibido sino cercanía, confianza, puertas abiertas a su vida y sus certezas, oídos cómplices, voces que no querría perder, menos en una desgracia como ésta.

Tengo por la ciudad misma la proclividad de quienes, tras temerle, fueron conquistados por el aire de sus calles, la prisa de sus tardes, el caos de sus noches, el sin fin de luces, ruidos y almas de apariencia indiferente, entre las cuales miles están enfrentado ahora la desgracia no sólo con valor, sino con generosidad.

Yo ni quiero ni podría mirar este asunto con la objetividad de un analista geopolítico. Sin embargo, no puedo permitirme que este espacio se ocupe de otras cosas, ironice con una de mis habituales vicisitudes o juegue con los aciertos y equívocos del azar, como me gustaría que fuera mi costumbre. Por eso he pensado en cederles este lugar a las palabras de otros, palabras que no son públicas ni pretenden serlo, que me han llegado por el correo electrónico, desde la ciudad marcada por la pesadumbre y el espanto.

Van aquí sólo algunas de las respuestas a un mensaje mío preguntando cómo estaban y pidiéndoles que escribieran en cuanto les fuera posible.

11 de septiembre, siete de la tarde.

Thomas Colchie: mi agente, además de cien atributos y mejores quehaceres. Como datos fundamentales vaya que nunca lo he visto ni gritar ni carcajearse por nada, que sólo representa escritores a los que puede querer, y que no es ni el más remoto defensor o practicante de los hábitos y pensamientos más comunes al pueblo americano. Jamás lo he visto usar una corbata y posee la más vieja y extravagante mochila portafolios de la cual alguien pueda considerarse poseedor. En un lugar así de cálido, guarda sus emociones.

Querida Angeles:

Es consolador ver tu voz en la pantalla. Tu comprensión y la de quienes puedan estar cerca significan mucho para nosotros ahora, y sé que durante mucho tiempo van a necesitarse.

No he podido llamar fuera de aquí ni siquiera cerca de esta área. Gracias por escribir. Yo todavía no alcanzo a pensar o saber qué pensar. La hija de mi hermana trabajaba en una de las torres, pero después de la primera explosión pudo salir y salvar su vida. Aún no he conseguido hablar con ella, pero sé que está segura. Creo que la mayoría de los editores estarán a salvo a pesar de que sus oficinas quedan muy cerca. Hasta mañana podré saber algo de ellos. Abrazo, Thomas.

11 de septiembre, 9 de la noche.

Howard Gardner es un hombre con el que tengo una amistad tan larga, intensa y predilecta como puede resultar extraño el hecho de que nos hayamos visto sólo cinco veces en quince años de escribirnos con frecuencia, aun en la para tantos remota época del correo aéreo. Lo conocí en Italia, ya él era célebre como lo sigue siendo, y sabio, quizá como lo fue siempre. Trabaja en una universidad de abolengo y viaja por el mundo hablando de la misma obsesión a la cual dedica su vida: el cerebro y sus recónditos vericuetos. Tiene cuatro hijos, tres con su primera mujer y uno con la segunda. Sabe cinco palabras en español y acostumbra escribir en un inglés tan sofisticado que me resulta siempre comprensible por la cantidad nada común de latinismos.

Gracias, gracias. Por fin sé que nosotros estamos bien, para decirlo de algún modo, pero apenas he logrado el descanso tras conseguir por teléfono a cada uno de mis hijos. Sin duda todos nosotros conocemos gente que ha muerto o está desaparecida, pero las víctimas aún no han sido identificadas. Los Estados Unidos van a responder, lo sé y espero desde muy adentro que sea una respuesta correcta y moderada, nunca extrema.

Sé que tú conoces bien Nueva York, y estoy seguro de que las imágenes en la televisión te perturbaron y entristecieron tanto como a mis hijos y a mí.

De verdad agradezco tu aflicción por nosotros y te mando un abrazo grande.

12 de septiembre, él mismo.

Me gustaría saber cuál crees que deba ser la respuesta de los Estados Unidos a este ataque. Porque yo veo el gran problema de que hay muchos destinatarios de tal respuesta.

No sólo Bin Laden o sus apoyadores y compañeros de viaje, sino el mundo. No sólo nuestros aliados, sino tantos países neutrales con distintos grados de antipatía por los EU. Por supuesto, los ciudadanos de este país, entre los que se incluye el vicepresidente Cheney y la Secretaría de la Defensa con sus líderes, pero también otros, quizá minoría, pero menos maniqueos o individualistas, empeñados en pensar en el mundo todo…

Más tarde, él mismo.

Gracias por tu respuesta…. yo estoy de acuerdo. Creo que dado que el terrible hecho involucró a tantos inocentes, el peor error será agraviar, agredir, a más inocentes en busca de resarcirnos. Aunque temo que muchos norteamericanos ni siquiera piensan en los no norteamericanos como seres humanos. ¿Quién, alguna vez, oyó hablar del Talibán? Bush había estado fuera del país muy pocas ocasiones en su vida, antes de convertirse en presidente, y el 80% de los miembros elegidos para el Congreso en 1994 ¡no tenían pasaporte! SOMOS UNA NACIÓN MUY PROVINCIANA.

Así que de verdad temo que tú y yo representamos a una pequeña minoría. Mi esposa (que es una persona de lo más pacífica) y mi mejor amigo, estuvieron ayer sentados a la mesa de nuestra cena diciendo de qué modo nosotros debemos exterminar el terrorismo, aun si tenemos que ir a la guerra. Como si pudiera desaparecerse al terrorismo. Lo único que uno puede hacer es aislarlo y conseguir que resulte menos atractivo suicidarse que trabajar por algo noble.

Gracias por tu cercanía. Como siempre. Howard Gardner.

Y por fin, hasta el día siguiente, Julie Grau: otro personaje extraordinario. Editora obsesiva, muy bonita, inmensa compañía de cualquier pena, incluso cada uno de los pequeños disgustos de una gira solitaria que parecía eterna. Trabajadora sin límites, en las buenas y en las malas habitante del Village. tan neoyorkina como su apresurada vida diaria y los restoranes minimalistas, tan universal como los mejores neoyorkinos, capaz de enamorarse cada vez con una firmeza y una contundencia adolescentes.

Muy querida: Se diría que yo estoy bien, mi familia está bien, para nuestra fortuna no hemos perdido ningún amor Pero es imposible no estar dolida con todo esto. Especialmente viviendo, y más cerca aún, trabajando, en el mismísimo centro, donde todo resulta como una extraña y devastada zona de guerra. Hay “revisiones de frontera” en las que uno tiene que enseñar su identificación y demostrar que ahí reside. El servicio telefónico está suspendido, las tiendas, las librerías, mi mundo entre polvo y minas. Todo se ve tan espantosamente triste y sin esperanza. Los paisajes, te aseguro, son peores de lo que pueden verse en la televisión. Y la gente, ¿qué te digo? Nunca imaginé que yo tendría fuerzas para caminar por donde hay tantos seres muriendo. Tantos familiares con la fe puesta en su propio milagro a los que uno mira desde la certeza de que aquí no parecen caber los milagros. Ahora me voy a dejarles comida a los voluntarios. Como sabes, también te quiero muchísimo, Julie.

Desolador. Y sin embargo, lleno de prudencia, falto de rencores.

No puedo cerrar, sin un texto que también me llegó por el correo, gracias a Raúl Trejo. Es la carta pública de los padres de un desaparecido.

Orlando Rodríguez: jefe del departamento de Sociología en la Universidad de Fordham en Nueva York, y Phyllis, su esposa, ambos padres de Greg Rodríguez, un joven que trabajaba en el piso 108 de una de las torres. El viernes 14 de septiembre el doctor Rodríguez y su esposa escribieron una breve carta.

No en nombre de nuestro hijo.

Nuestro hijo Greg se encuentra entre los muchos desaparecidos en el ataque al World Trade Center.

Desde que comenzamos a escuchar las noticias hemos compartido momentos de pena, consuelo, esperanza, desesperación. recuerdos con su esposa, las dos familias, nuestros amigos y vecinos, sus colegas y todas las atribuladas familias que hallamos a diario en el Hotel Pier.

Vemos nuestro dolor y nuestra ira reflejados en toda la gente que encontramos. No podemos poner atención al flujo de noticias acerca de este desastre. Pero hemos leído lo suficiente para percibir que nuestro gobierno se está orientando en la dirección de la venganza violenta, con la perspectiva de hijos, hijas, padres, amigos muriendo y sufriendo en tierras distantes y alimentando nuevos agravios en contra nuestra.

Ese no es el camino a seguir. Eso no vengará la muerte de nuestro hijo. No en nombre de nuestro hijo.

Nuestro hijo fue víctima de una ideología inhumana. Nuestras acciones no deben servir al mismo propósito. Déjennos sufrir. Déjennos reflexionar y rezar. Déjennos pensar en una respuesta racional que traiga auténtica paz y justicia a nuestro mundo.

Pero no nos dejen como una nación que se suma a la inhumanidad de nuestros tiempos.

Phyllis y Orlando Rodríguez.

No sé qué tanta influencia consiga tener esta minoría estadunidense que está contra el ataque a otros inocentes, contra la guerra como el único y mejor modo de saciar el afán de encontrar venganza. La presencia de esta valiosa minoría la registran las estadísticas publicadas por el New York Times como un 22%. Sin embargo, aunque ahora estén en minoría y a oscuras, cada uno de ellos es extraordinario y representa lo mejor de su país. n

El terror y el Imperio

EL TERROR Y EL IMPERIO

El lector ya sabe de sobra a qué se referirá el mundo con la fecha 11 de septiembre de 2001. Para Nexos era imposible no alterar sus planes editoriales después de esa fecha. Cambiamos de número sobre la marcha y el resultado es una memoria múltiple titulada El terror y el imperio.

Esta memoria se divide en VI partes. “Miradas” recoge artículos exclusivos para México sobre el 11 de septiembre y sus alrededores. La parte II, “El luto y la ira”, es una crónica del impacto de los ataques en Estados y sus consecuencias inmediatas. La tercera parte forma un coro de voces en cascada que habla por “La cuenta del imperio”. La cuarta parte es su reverso narrativo: “Terror y civilización” nos da el mapa del fundamentalismo islámico y sus cauces mortales. La parte V, “Fuga y fantasía de la seguridad”, es a un tiempo el recuento y el diagnóstico minucioso sobre “un fracaso de la imaginación”: el de los cuerpos de inteligencia en Estados Unidos y su replanteamiento para el futuro. La parte VI, como el número todo y como el mundo después del 11 de septiembre, desemboca en un mar incierto que apenas se abre al cierre de nuestra edición: “Posdata: Es la guerra”.

En esta “melancólica ocasión”, como gustaba de adjetivar Edward Gibbon ante las atrocidades humanas y los continuos golpes de la historia, hemos decidido ilustrar este número con imágenes de un Nueva York anterior, incluso, a las Torres Gemelas, empezando por el cartón de Abel Quezada que acompaña al lector en esta misma página.

Del terror a la dureza

DEL TERROR A LA DUREZA

POR ROLANDO CORDERA

Cuando no se tiene con qué entender lo que pasa, la metáfora sufre. Así ocurre hoy ante el terror, que nos lleva a declarar con precipitación iniciadas las hostilidades del siglo XXI en una guerra sin enemigo al frente, o a desenterrar las más vetustas e ineficaces teorías de las clases y sus luchas para no hacernos cargo plenamente de la solidaridad a que obligan el horror y el dolor entre los que se debate el pueblo norteamericano (que tiene nombres y apellidos, como lo dice Raúl Trejo al transmitirnos un estrujante relato del escritor del New York Times. Anthony Lewis). En medio, arrinconadas, quedan la razón como posibilidad liberadora y la paz como construcción humana, carentes ambas hoy de soportes suficientes para convocar a lo mejor del espíritu que nos dejó la “era de los extremos” para ponerse a trabajar por un mundo realmente distinto al que nos legó el siglo de los horrores y las maravillas.

Después del acto criminal ignominioso, el perfil del milenio aparece cargado de dureza y renuencia a la reflexión. Es la hora de los hombres probos, que no entienden de otra cosa que del orden y la disciplina, la obediencia y el régimen que todos han de aceptar sin chistar porque eso es lo que conviene.

Atrás quedaron las fantasías del Mundo Feliz de los globalizadores que soñaron un futuro único para la especie, y por delante se tiene al Brave New World de un orden mundial sustentado en la firmeza y el rigor de los intérpretes de la libertad restringida. Se presenta a esta última como obligadamente sometida a los criterios de la razón instrumental que cuadricula los pasos de la inteligencia destinada a la vigilancia y el control de personas, comunidades, naciones enteras, en aras de la seguridad nacional e internacional tal y como ésta se interpreta por los magos del cálculo de las probabilidades, que suelen fallar pero que no se arredran. De la razón histórica para qué acordarse.

La dureza del orden que viene puede ser, sin embargo, la perspectiva menos mala. La otra, que cultivan los guerreros y machos de siempre y de todos lados, nos remite a la destrucción salvaje aunque aséptica por ignorada, a la reproducción masiva del odio y el rencor, la desazón y el abandono, donde se nutren las fantasías demenciales de los terroristas y se refuerzan los racismos y las tentaciones totalitarias.

Sólo una opinión ilustrada y firme, como la que puede desarrollarse en Europa y podría germinar aquí, en este vapuleado extremo occidente, será capaz de salir al paso de la avidez de guerra y venganza, pero también de afirmación imperial y de expansión de los negocios, que se apodera con los días de la política del poder americana. Antes, sin embargo, tendremos que vivir con escenarios extremos, listos para volverse realidad y envolver al mundo en nuevas y terribles jornadas de autodestrucción y negro narcisismo.

Asumir la dureza con que iniciará la construcción del nuevo orden es obligado si se quiere conservar la lucidez y volverla fuerza productiva de la política nacional e internacional. Pero confundir esta necesidad de asumir tal perspectiva con la sumisión al interés inmediato que pueda privar en Estados Unidos o servir designios de facción o partido, es el primer paso para abrir dentro del país un momento de discordia que puede llevarnos muy lejos y muy pronto por el camino de la desintegración mental y espiritual de una democracia que apenas avizora sus primeras pruebas de fuego y de Dios.

Poner en el centro el evangelio de los derechos del hombre y el ciudadano, volver el credo de los derechos civiles una ética laica y pública que nos dé a todos puntos mínimos de apoyo para navegar a través de la tormenta desatada por el terror criminal, parecería ser la agenda elemental de la que se quiere ver como una nueva era mexicana. Si a ese esfuerzo reflexivo y de compromiso con una ciudadanía que no nos caerá del cielo y que hay que inventar y construir piedra a piedra, podemos unir también un mínimo de solidaridad, que le permita a México ir dejando atrás el abismo actual de miseria y desesperanza en que se debate la mitad de su población, entonces habremos adquirido la autoridad moral requerida para reclamar lugar y voz en la construcción de ese nuevo orden que surgirá de las cenizas y el temor profundo, y que por eso no tiene más derrotero inicial que la angostura de sus primeros senderos. Ampliarlos tendrá que ser tarea terrenal, de destreza y responsabilidad, que ahora tiene que ir más allá de la política para ser responsabilidad con los prójimos que la globalización ha vuelto vecinos de todos, hasta para matar y ser matados. n

El estado puro del odio

EL ESTADO PURO DEL ODIO

POR JOSÉ MIGUEL OVIEDO

La ciudad de Filadelfia, donde vivo, queda a dos horas por bus (una hora y cuarenta minutos por tren) de Nueva York. Cuando uno emprende el viaje, cruza casi de inmediato el puente sobre el río Delaware que separa los estados de Pensilvania y el de Nueva Jersey; luego, recorre un buen trecho de éste último en dirección noreste. Cuando la carretera se convierte en un laberinto de concreto y hierro, con múltiples pistas a desnivel, los pasajeros saben que Nueva York está ya cerca. Tras detenerse por unos minutos ante las cabinas de peaje, el vehículo hace un amplio giro, casi una vuelta en redondo, y uno ve por un rato las altas torres gemelas del World Trade Center, en la parte sur de Manhattan, antes de atravesar el largo túnel Lincoln bajo el río Hudson. Desde el martes 11, esas torres rectangulares ya no existen más: fueron destruidas en el peor ataque terrorista que haya ocurrido en nuestro tiempo, matando e hiriendo a miles. Peor que eso: ha herido de muerte la idea de que nuestra civilización había alcanzado un punto que hacía imposible la regresión total a la barbarie y al salvajismo más primitivos.

No hay palabras capaces de describir el horror, el pánico y el caos de las escenas provocadas por el simultáneo ataque de aviones comerciales secuestrados y piloteados por terroristas suicidas contra objetivos en Nueva York y Washington D. C. Mi intención no es referirme aquí a la violencia de hechos que han sido diseminados por todo el mundo a través de imborrables imágenes de la televisión y por recuentos en otros medios informativos. Lo que me interesa es reflexionar sobre lo que significan esos hechos en este momento histórico y en nuestro futuro inmediato.

En primer lugar, lo más aterrador de lo ocurrido es que por primera vez aviones llenos de pasajeros fueron utilizados como instrumentos de ataques suicidas, lo cual pone un gigantesco signo de interrogación sobre la aviación mundial. Ha quedado demostrado que los actuales sistemas de seguridad son inoperantes y obsoletos: los terroristas no tienen mayor dificultad en burlarlos. Quizá muchos pasajeros hayan comprobado, como yo, que en ciertos aeropuertos, el mismo llavero y la misma cantidad de monedas en el bolsillo que activa el sistema de control en un aeropuerto, no son registrados por el de otro; es decir, la seguridad es errática o dudosa, y los terroristas lo saben. Somos blancos del todo vulnerables.

En segundo lugar, es también evidente que los billones de dólares que Estados Unidos y otros países gastan en servicios de inteligencia no sirven realmente de mucho: el enemigo los supera en astucia y estrategia, y es capaz de planear en secreto algo de tan extrema complejidad como el reciente ataque. No hay manera de disimular la sobrecogedora verdad de que el atentado fue un éxito total. Que un puñado de hombres armados tomen el control de cuatro aviones —que partieron de tres distintos aeropuertos con una diferencia de apenas doce minutos— supone una extraordinaria coordinación en todos los niveles. Su acción puso de rodillas a la potencia más grande del mundo, paralizó el corazón de sus finanzas, su poder político y militar. Veinticuatro horas después, Nueva York seguía siendo una ciudad en estado de emergencia, semiparalizada y con daños incalculables por reparar.

En tercer lugar —y este es el terrible dilema que Estados Unidos y el resto del mundo encaran—, el atentado es de tal magnitud que resulta casi inevitable (salvo que ocurra un milagro) que no haya una reacción militar en gran escala. El presidente Bush ya ha declarado que su país ha sido víctima de un “acto de guerra”, lo que es un modo de preparar a la opinión pública para lo que seguramente va a venir. No discuto ese derecho (o, más bien, el impulso natural por la retribución), pero quiero llamar la atención sobre el hecho de que Estados Unidos no ha sufrido el ataque de un país, sino de una organización clandestina diseminada en diversos países árabes. Para llevar a fondo su cometido militar, Estados Unidos tendría que bombardear, invadir y quizá destruir a más de uno de esos países. Esta perspectiva debe alegrar muchísimo a los que perpetraron el ataque porque quieren convencer a todos que el único modo de combatir a sus enemigos es el exterminio total. El negocio del terrorismo es el odio indiscriminado, y la guerra que se libre contra ellos es el mejor modo de confirmarlo. Un conflicto así envolvería al mundo entero, con graves consecuencias para todos, amigos, enemigos o meros testigos. Me parece también que lo ocurrido es el corolario de acontecimientos recientes: los largos meses de violencia y tensión no resuelta entre judíos y palestinos (dirigidos por líderes poco flexibles y sin mucha imaginación) y el clima de frustración en el que acabó la reunión mundial sobre racismo. El pueblo árabe se siente incomprendido y postergado por lo que considera insensibilidad de los países de Occidente y por el incondicional apoyo de Esados Unidos a Israel. A ese resentimiento se suma el factor del fanatismo religioso, que ofrece la única salida “heroica” a los que sacrifican sus vidas en nombre de la santidad de su causa y aspiran a una recompensa celestial tras la muerte.

Para mí, este es el aspecto más abyecto de todo: el uso político de la religión para justificar el asesinato de inocentes. El terrorismo, la guerrilla y la violencia insensata —de Cisjordania a la región vasca, de Irlanda del Norte a Colombia, del Talibán a Sendero Luminoso— se presenta ahora como la única alternativa en un mundo que ha elegido librar la lucha política como una implacable forma de delincuencia global. Pese a nuestras computadoras y otros avances tecnológicos, hemos vuelto —vergonzosamente— a la época de las cavernas, adorando al nuevo dios: el odio en estado de absoluta pureza. n

ll El luto y la ira

II. EL LUTO Y LA IRA

En un momento de La tierra baldía, el poema de la devastación íntima y mundial que abrió el siglo XX, el poeta T.S. Eliot puso:

Torres cayendo

Jersualem Atenas Alejandría

Viena Londres

Irreales

El comienzo del siglo XXI agregará Nueva York al fragmento de Eliot. Y pensar que otro artista de vanguardia también a principios del siglo pasado, el arquitecto Le Corbusier, fue tirado a loco cuando propuso para Manhattan la construcción de un “rascacielos horizontal”, con sesenta pisos para oficinas pero lo más plano posible, de modo que pudiera culminar con “una plataforma armada contra los bombardeos aéreos” porque “la mejor arquitectura moderna es aquella preparada para la peor de las catástrofes”. Y pensar también que el arquitecto del World Trade Center en los setentas, Minuro Yamasaki, estaba enfermo del mal de altura. Un crítico dice que esto se muestra en su obra y que, como el magnate en la maravillosa película de Akira Kurosawa, Lo alto y lo bajo, en el doble rascacielos del World Trade Center Yamasaki había proyectado sus propias pesadillas “sobre todos nosotros”.

A las 10:30 de la mañana del 11 de septiembre el Lower Manhattan se había vuelto una Pompeya bajo el impacto de un ataque terrorista que estrelló dos aviones contra las Torres Gemelas del World Trade Center. En Washington, un tercer avión se había precipitado contra el Pentágono. Durante un buen tiempo nadie supo del presidente George Bush mientras su avión daba vueltas a la mitad del país en busca de seguridad. Para todos los estadunidenses, lo inimaginable se había vuelto cierto. Los desastres se acumularon más allá de la posible absorción emocional.

“¡¿Qué?!”, preguntó el conductor de la ABC Peter Jennings cuando le dijeron que una de las Torres Gemelas se había derrumbado. El escritor Ian McEwan describió:

Lo que nos espantaba era lo que no podíamos ver. Veíamos los rascacielos, el avión ladeándose, el impacto horrendo, la acumulación de polvo cubriendo las calles. Pero sólo nos quedaba a la imaginación el terror humano dentro del avión bajo los pasillos y los lobbies de los elevadores de los edificios golpeados, o abajo en las calles mientras las torres se colapsaban sobre los rescatistas y las multitudes de la mañana. Los testigos oculares nos decían que los oficinistas saltaban desde alturas tremendas, pero no podíamos verlos. Los gritos, el heroísmo y el pánico razonable, la búsqueda a tientas de teléfonos portátiles: era nuestra distancia de todo esto lo que lo volvía tan horroroso. No sangre, no gritos. Los griegos, en sus tragedias, excluían del escenario estos momentos donde ocurre lo peor, lo dejaban fuera de la escena. De ahí la palabra: obsceno. Esto era una obscenidad. Estábamos mirando la muerte a una escala increíble, pero no veíamos morir a nadie. La pesadilla estaba en la vorágine de la propia imaginación. El horror estaba a la distancia.

“Era algo horrendo”, dijo Dave Kansas, un neoyorquino que vive en un departamento de Broadway. “La gente estaba cayendo de los edificios desde muy alto. La gente empezó a gritar”. Rick Nessel trabaja en el piso veinte de una oficina que está a una cuadra de las Torres Gemelas. Dice: “Estaba sentado en mi escritorio cuando oí la explosión. Al principio pensé que habían explotado los ductos del aire acondicionado, o algo así. Luego oí a la gente que se acercaba a las ventanas. Vimos caer cosas y pensamos que eran restos de materiales pero no era así. Eran cuerpos”. Michael Specter, reportero de The New Yorker, escribió:

A las 10:27, yo estaba en el West Broadway cuando se vino abajo la segunda torre. Lo que vi fue una explosión inmensa. Pedazos de vidrio y páneles de acero volaban por el resplandor del cielo. Era, en cierto modo, deslumbrante. He cubierto como reportero varias situaciones de refugiados. He visto a heridos de guerra y a gente sin casa huir de Chechenia luego de días de bombardeos rusos, caminar millas por terrenos áridos con todas sus pertenencias amarradas a la espalda. Nunca pensé que vería algo así en los Estados Unidos. Pero eso era exactamente lo que ocurría: un éxodo gigantesco de hombres en camisas con iniciales bordadas y mujeres con zapatos de tacón alto caminando rápidamente West Broadway arriba. Había miles de nosotros y. de pronto, no se oía ninguna voz. Había sólo sirenas, helicópteros, el humo y el sonido ocasional del llanto.

Los que no gritaban o lloraban o corrían, se sentaban en las banquetas, enmudecidos, con las caras y sus trajes de negocios bañados de polvo. “Es una crisis. Deben ayudar. No hay nada más que hacer” le dijo a Associated Press la donadora de sangre Jessica McBlath, de 19 años. Doctores, enfermeras y policías bajaron del Noreste para ayudar. Una tienda de deportes se volvió un centro de refugiados, donde se pasaban camisetas para ayudar a respirar a las víctimas entre el polvo luego del colapso del World Trade Center. Se vio a un teniente de policía implorar a la gente que abandonara la segunda de las Torres Gemelas lo más rápido posible. Salvó a muchos pero, al parecer, él no se salvó. La frialdad proverbial de Nueva York y su “rampante individualismo” también se habían venido abajo, desencadenando el tipo de espíritu comunitario que da fama a los pueblos pequeños en todo Estados Unidos. Ahora en Nueva York los extraños platicaban unos con otros, intercambiando noticias y conmiseraciones. Todos comenzaban a saber de algún conocido que había muerto o que no aparecía.

LECCIONES DE FRAGILIDAD

Empezaron las labores de rescate, cada vez más peligrosas. El Lower Manhattan era un bosque de hierros afilados donde los voluntarios y los bomberos cavaban sin descanso. Los doctores en el hospital de St. Vincent cuentan del bombero que tuvo que cargar la cabeza decapitada de su capitán. Los perros rastreadores estaban abrumados; había demasiada carne que oler. Uno de ellos salió con un desgarrado osito de peluche en la boca. Los rescatistas encontraron los cuerpos de los pasajeros de los aviones amarrados en sus asientos, una sobrecargo con las manos atadas. Los doctores se lamentaban de que no había más sobrevivientes que atender. Todo era una morgue. Lo único que podían hacer era lavar el cascajo de los ojos de los rescatistas. Cada vez que la alarma sonaba, anunciando que otro edificio fracturado estaba a punto de desplomarse, los doctores tenían que mover la morgue. Hasta los rescatistas debían ser rescatados de las cuevas de los derrumbes, los escombros cambiantes, el aire fétido. Cuando las lluvias llegaron la noche del jueves, el peligro meramente se incrementó, mientras las cenizas se volvían caldos y los fuegos serpenteaban y escupían. El resto de la ciudad tenía una rara quietud, extrañando algo, como cuando a uno le quitan un diente y con la lengua sigue buscándoselo en el hoyo. Las torres del Worl Trade Center eran tan grandes que tenían su propio código postal; ¿ahora será retirado ese número, como se retira el de un héroe del béisbol ido de pronto? Entre los grupos de familias que vagaban de un hospital a otro —¿No vio a mi esposa, una mujer con seis meses de embarazo, en el piso 94?— , un hombre llevaba una postal de las Torres Gemelas, con un mensaje escrito: “Están perdidos. No encuentro a estos dos grandes hermanos de Nueva York”. “Aquellas eran mis montañas locales”, dijo otro neoyorquino.

El editor de una revista caminaba con un policía mientras a su alrededor caían miles de pedazos de papel que habían salido volando del World Trade Center. El editor comenzó a capturarlos con las manos y de vez en cuando se agachaba para recoger alguno. Había restos de e-mails y calendarios de escritorio y notas de Post-it. El editor trató de llenarse los bolsillos con estos papeles, pero no le cupieron todos. El policía lo vio y comenzó también a capturar papeles. Cuando llegaron al carro del editor habían acumulado tantos que tuvieron que ponerlos en la parte trasera. En su casa, el editor comenzó a leerlos. La mayoría de los papeles estaban chamuscados, pero obtuvo algunos indicios sobre un hombre llamado Andrew en la suite 101 que recibió un paquete de FedEx de Stanford el 6 de agosto y otro hombre, llamado Philip, que trabajaba en Kidder Peabody y envió un paquete, también el 6 de agosto, a General Electric por 8.83 dólares. Había parte de una novela con las iniciales “S. P.” escritas en la portadilla; la lectora había subrayado un pasaje que decía: “Había una cosa de la que ella estaba segura. Ella iba a volverse una editora”. Había un hombre llamado David que escribía largos e-mails con frases como “retención de segmento específico/recuperar” y “las entregas fueron reprioritarizadas”, y una mujer que había enviado un e-mail que sólo decía: “Nos vemos a las dos. Te ama S”. Después de leerlos, el editor los acomodó cuidadosamente en una pila y los guardó en el fondo de un armario. Luego subió las escaleras del edificio para sumarse a los otros inquilinos que se habían reunido en la azotea para ver el cielo vacío.

“Desde un punto privilegiado de Brooklyn Heights”, refiere el escritor Ian McEwan, “vimos cómo el Lower Manhattan desaparecía en el polvo. Nueva York, y por tanto todas las ciudades, parecían frágiles y vulnerables. La tecnología que nos traía estas escenas nos tenía conectados estrechamente, en una dependencia mutua y febril. Nuestro modo de vida, centralizado y dependiente de las máquinas, nos había hecho frágiles. Nuestra civilización, parecía de pronto, nuestro modo de vida, es fácil de echar abajo cuando hay recursos suficientes y crueles intenciones. Ningún sistema de defensa con misiles puede protegernos”. En efecto, observa el editorial del New York Times. “Si un vuelo lleno de conmutadores puede convertirse en un misil de guerra, ya todo es peligroso. Si cuatro aviones pueden ser tomados simultáneamente por secuestradores suicidas, ya nunca podremos estar muy seguros de que las malas intenciones puedan atajarse, sin importar qué tan ominosas o irracionales sean. Casi todos tuvimos la ocasión de preguntarnos alguna vez cómo hacían los civiles de países en guerra, sometidos a ataques, para formarse una idea de cómo era la vida antes de los ataques. Ahora lo sabemos”.

Concluye Ian McEwan.

Ayer por la tarde, durante un periodo inconmensurable, parecido al sueño, la apariencia era de una guerra total, y del imperio más poderoso del mundo en ruinas. Aquella sensación de rechazo que acompaña todas las catástrofes se desvanecía: seguramente esto no está ocurriendo. Un parpadeo y veré que no es cierto. Como millones, quizá como miles de millones alrededor del mundo, sabíamos que estábamos viviendo un tiempo que nunca podríamos olvidar. Sabíamos también, aunque era demasiado pronto para preguntarnos cómo o por qué que el mundo nunca sería el mismo. Sólo sabíamos que sería peor.

Y, concluyó el editorial del New York Times, “con un mundo de consuelo por hacer”.

EL ENEMIGO SIN BANDERA

A la parálisis nacional, a un tiempo física y psicológica, en Estados Unidos siguió la reacción de mucha gente luchando por entender a un enemigo que no conocían. “No me espanta entrar en una guerra. Es la naturaleza de la guerra lo que me espanta. No vamos contra un país sino contra un grupo”, dijo un empleado. Un mecánico de autos opinó: “Por lo menos cuando peleábamos contra los japoneses y los alemanes, ellos daban la cara. Mostraban su bandera. Estos otros se esconden”. La reportera Nancy Gibbs escribe:

Las veladoras se volvieron armas de guerra. Nuestros enemigos habían vuelto contra nosotros a los objetos más familiares. Así, mientras el Presidente y sus generales planeaban una respuesta, para el resto de nosotros que no somos soldados y que no tenemos misiles, tuvimos veladoras, y las prendimos el viernes por la noche en un acto de luto, y en un acto de guerra. Esto es porque no peleamos con un enemigo sino con dos: uno invisible, y el otro adentro. El terror a tal escala busca acabar con el modo en que vivimos —hacer que nos encojamos cuando pasa una sirena, saltar cuando se cierra una puerta y pensar dos veces si de veras debemos tomar un avión. Si desfallecemos, ellos ganan, aunque no planten otra bomba. Así, después de la indefensión primera —¿Qué puedo hacer? Ya doné sangre— la gente empezó a darse cuenta de que lo que debían hacer era exactamente, con tanta precisión como fuera posible, lo que habrían hecho si nada de esto hubiera ocurrido”.

Una encuesta de Time y CNN llevada a cabo dos días después de los ataques mostró que el 34% de los estadunidenses cambiará algún aspecto de sus vidas en respuesta a las tragedias. Pero, mientras eso quiere decir que más del 60% no lo hará, algunos se preguntan qué tan honestos fueron algunos en sus respuestas. “La gente”, dice el Time, “ha dicho en tono alto que ningún terrorista hará que los estadunidenses alteren el modo en que viven. Y mientras tales bravuconadas nos han servido bien en el pasado, esta vez tal cosa sólo puede quitarnos el valor para admitir lo muy espantados que estamos. Hacerlo sería un paso vital para recuperarnos”.

Al pánico siguió la rabia; al luto, la ira. En algunas ciudades de Estados Unidos el patriotismo se volvió xenofobia. Mostrar la bandera estadunidense —algo que incluso los neoyorquinos suelen hacer menos, “Nueva York no es como todo Estados Unidos”— se volvió un signo importante de desafío. Las setenta banderas en la entrada principal del aeropuerto internacional de Miami que representan a las naciones a las que el aeropuerto les da servicio, fueron arriadas para dejar tan sólo la bandera estadunidense a media asta. En Queens, un Donkiri Donuts y una tienda de dulces se volvieron el blanco de un boicot por e-mails por no haber colgado banderas estadunidenses. En muchos estadunidenses cundieron rápido las demandas de una respuesta a puño cerrado de la administración Bush. Pero mientras más lo hablaban, la ira de muchos estadunidenses más se perdía en las sombras que rodeaban al enemigo.

—Lo primero en que pensé fue Pearl Harbor —dijo Hal Freeman un agente de seguridad en un edificio de Los Angeles—. Es un llamado a despertar para los Estados Unidos. Es algo que hemos necesitado por largo tiempo. Personalmente, yo los mataría a todos. Y que Dios escoja.

Al preguntársele a quiénes mataría, respondió: —Ahí está el problema. No sabemos quién lo hizo. No hay pruebas. ¿Qué vamos a hacer?

En un supermercado de Michigan, un viejo en mangas de camisa daba su opinión a todo el que lo oyera:

—Bush no hará nada por esto —decía—. Nosotros nos encargaremos. Un avión y una bomba atómica. Una bomba atómica. Con eso basta.

El cajero, inclinado sobre la caja registradora para darle a un niño el pegote de una carita feliz, se incorporó y se volvió hacia el hombre para preguntarle:

—Sí, pero ¿a quién le lanzamos la bomba?

“ES QUE ME LLAMO OSAMA”

La xenofobia se dirigió sobre todo contra los musulmanes que viven en Estados Unidos. A mujeres musulmanas con mascadas en la cabeza se les advirtió que no salieran de sus casas. Las mezquitas y las escuelas musulmanas en los Angeles fueron cerradas.

Yasser Ahmed gerente de una tienda de dulces y golosinas en Broadway, dijo que como unas diez gentes habían entrado a la tienda para gritarle: “¡Ustedes lo hicieron!” y otras acusaciones. El mismo 11 de septiembre, en Dearborn. Michigan, donde uno de casi cada tres residentes es árabe-estadunidense, Osama Siblani. el dueño del Arab American News dijo que él y sus colegas habían recibido llamadas telefónicas hostiles, incluida una amenaza de muerte. Alguien que llamó, dijo: “¿Está Osama Siblani?”, refiere Siblani, sentándose en su escritorio con una gran botella azul de Mylanta que había llevado consigo porque sabía la iba a necesitar puesto que su padecimiento de úlcera volvería. ” ‘Soy yo’, dije y me dijeron del otro lado: Ruégale a Dios que no hayan sido los árabes’ ” porque de otro modo pagaría las consecuencias. Muchos taxistas árabes y (estos con turbante) hindúes y pakistaníes desplegaban en sus taxis la bandera de Estados Unidos. A un taxista egipcio se le preguntó por qué había quitado su tarjeta de identificación de la parte delantera del taxi. “Es que me llamo Osama”. confesó.

En todo Estados Unidos, musulmanes prominentes dijeron que habían recibido llamadas de hombres y mujeres preocupados en sus comunidades. Mohamad el-Behairy. un profesor universitario retirado en Buffalo. dice que recibió la llamada de alguien que le preguntó: “¿Nos van a mandar a campos de concentración como a los japoneses?”. El le respondió que no se preocupara, que algo como el confinamiento de japoneses-estadunidenses en la Segunda Guerra mundial era impensable. Y Behairy dijo que les recordó a todos los que llamaron que la destrucción “era una situación trágica que debía ser condenada por cualquiera que tuviera un ápice de decencia”.

Un editorial de The Wall Street Journal apuntó:

Nos dio gusto ver que algunos líderes árabes denunciaron los ataques de ayer. El egipcio Hosni Mubarak lo llamó “algo horrible e inimaginable”. Hasta Yasser Arafat envió sus condolencias. Pero estos líderes necesitan entender que sus sociedades de modo esmerado nutren e inculcan resentimientos y odios contra Estados Unidos y el mundo no-árabe. En su último número, la revista Commentan incluye un artículo con el título “Cómo se construye un bombardero suicida”, escrito por el periodista italiano Fiamma Nírenstein. .Algunas cosas que incluye: Al Abram. el periódico líder patrocinado por el gobierno en Egipto, ha publicado una serie sobre cómo los judíos usan la sangre de los gentiles en la matzah (pan sin levadura). En Gaza y en el Orilla Oeste, los textos escolares elogian a un joven que se vuelve un shayid, un mártir por Palestina y el Islam. Una canción que es un hit en Palestina y Egipto se titula “Yo odio a Israel”. Estas actitudes populares y estas políticas de estado, y no algunos locos solitarios, son la amenaza de la que ayer vimos sus frutos. En Gaza, las multitudes celebraron.

Charles Krauthammer toca la misma tecla en el Time.

“¿Qué televisión de occidente divulgaría, como lo hace la televisión palestina, una canción con la letra “Qué agradable es el olor de los mártires cuya sangre enriqueció la tierra, la sangre que derrama un cuerpo fresco?”. El detalle más escalofriante de los bombardeos de los cuarteles de marines en Beirut, en 1983. es que en sus últimos segundos de vida el bombardero suicida estaba sonriendo. Bassamat al-farah. se le llama. La sonrisa de la alegría. A los bombarderos suicidas se les enseña que tienen garantizada una admisión inmediata en el paraíso, donde los espera el placer de 72 vírgenes de ojos negros.

Un escritor neoyorquino, que desde hace 19 años vive en Israel, estaba en Nueva York en una gira de autor. Sentado en un restaurant de Manhattan a las 9 de la mañana del 11 de septiembre, leía en la prensa todo lo relacionado con el bombardero suicida que en Nahariya había dejado tres muertos y unos 100 heridos. Su hija de 16 años había pasado el fin de semana con un amigo en la frontera con Líbano; en la estación de Nahariya había abordado el tren a Tel Aviv poco antes de lo ocurrido. Ahora, en Nueva York, poco después de las 9 de la mañana, el jefe de meseros se acercó discretamente, mesa por mesa, para decirles a los clientes que un avión acababa de estrellarse contra el World Trade Center. A diferencia de como la gente se habría comportado en Israel, el escritor vio que todos seguían platicando. Más aún. al salir a la Quinta Avenida, aunque veía ya escenas “israelíes” familiares, y aunque había miles de gentes impactadas por los ataques, había quienes aún hacían bromas y se reían. “Yo he estado en muchas escenas de ataques terroristas en Israel, pero tal desvergüenza era nueva para mí. Lo mismo que ver a un joven merolico vendiendo radios de transistores” mientras las Torres Gemelas humeaban. Ante los ataques contra las Torres Gemelas y poco después de ellos, el escritor confiesa: “Tuve este terrible, inevitable pensamiento israelí: quizá ahora entenderán. Quizá ahora dejarán de moralizarnos sobre por qué matar terroristas y dejarán de condonar el rechazo palestino. Quizá ahora entenderán por qué no podemos ‘compartir’ Jerusalem con Yasser Arafat, y de que aquí no sólo se trata de un conflicto entre el poderoso Israel y la indefensa Palestina sino entre el mundo árabe y el solitario estado, no musulmán, en la región. Quizá ya no nos sentiríamos solos hasta la desesperación”.

No sólo para este escritor: para muchos líderes judíos en Nueva York el sonido de las sirenas y el pánico que siguió recordaban en mucho los bombardeos suicidas que hacía poco habían paralizado a Israel. Desde las ventanas del edificio de las Comunidades Judías Unidas, el grupo que coordina a las ligas judías de caridad, podían verse las Torres Gemelas. Cuando el segundo avión dio contra la segunda torre, algunos directivos gritaron y rompieron en lágrimas, dijo Gail Hyman, vicepresidenta de asuntos públicos. Y añadió que mientras evacuaban su propio edificio, comentó uno de los isaraelíes en los grupos de seguridad: “Es algo horrible de decir, pero esto profundizará el entendimiento de lo que viven los israelíes un día sí y un día no”.

Pero otros líderes judíos, como Abraham Foxman de la Liga Anti-Difamación, no se sentían muy a gusto con la idea de que el terrorismo llegado a los Estados Unidos haría que los estadunidenses sintieran más compasión por los israelíes. “Por un lado nos acerca, pero es un precio muy alto para darse cuenta de lo que tenemos en común como pueblos. La gente entenderá, pero ¿a qué precio? No vale la pena”. Incluso recordó el momento adverso de la crisis del petróleo en los años setentas: “Un evento como este causa entre los judíos-estadunidenses la angustia de que el resto del país concluirá que la alianza de Estados Unidos con Israel implica un precio demasiado alto”.

El 13 de septiembre el articulista David Hill llamó la atención en Internet sobre una curiosa columna de Ann Coulter en el web-site de The Jewish World Review. Ann Coulter es una comentarista de extrema derecha mejor conocida por sus ataques anti-Bill y Hillary. La columna se titulaba “Esto es la guerra” y terminaba así: “Debemos invadir sus países (se refiere a los terroristas), matar a sus líderes y convertirlos al cristianismo. No tuvimos remilgos en sólo localizar y castigar a Hitler y a sus oficiales más importantes. También bombardeamos las ciudades alemanas: matamos civiles. Así es la guerra. Y esta es una guerra”. David Hill comenta: “Hoy en la noche (13 de septiembre), fui a buscar la columna y ya no estaba. La habían reemplazado con la columna de la semana ‘pasada’. ¿Es de suponerse que la Jewish World Review recibió algunas quejas por aquello de ‘convertirlos al cristianismo’, y entonces sacaron toda la columna?”.

LOS FRUTOS DE LA IRA

Varios frutos de la ira fueron registrados por los articulistas Alexander Cockburn y Jefrey St. Clair en la publicación Counterpunch. Comentan:

El deseo de venganza es febril, atizado por políticos de izquierda y derecha, los talk-shows y las páginas editoriales de los periódicos. Los ataques de revancha contra civiles en Afganistán, Irak y otros países del Medio Oriente se ponen en primer término no como una trágica consecuencia de la guerra, sino como una especie de justicia perversa. Los líderes del Congreso llaman a una declaración de guerra, sin siquiera identificar al destinatario. Los estrategas militares de laptop en las páginas editoriales del país intentan aniquilarse entre sí en términos de quién tiene más megatones a la hora de planear contraataques, y más de uno sugiere que la única respuesta apropiada es un ataque nuclear. Todo esto en un día de luto y reflexión.

Citamos, a continuación, algunos de estos frutos de la ira.

• Este país ya está en guerra. Y en un entorno así. la disidencia política interna es inmoral sin una declaración previa de solidaridad nacional, sin una toma de partido.

Peter Beinart, editor en jefe de The New Republic

 •OLVIDEN LA JUSTICIA: ¡QUEREMOS REVANCHA!Nada de haraganeos… La justicia no debe ser prioritaria a la venganza… debíamos convertir su país (el del enemigo) en un desierto brillante.

New York Post

•Hay que bombardearlos y al carajo. Si hay daños colaterales, que los haya. Ellos consideraron que nuestros civiles eran sacrificables.

Senador Zell Miller, Georgia

• Debíamos darles a los talibanes. que protegen a este monstruo (Osama Bin haden), no más de 24 horas para que salgan de Kabul los civiles inocentes y empezar entonces el proceso de renovación urbana con bombardeos desde grandes alturas. Luego deberíamos internarnos ahí. cazara la rata del desierto y ejecutarlos a él y a sus seguidores en el acto. Y si Saddam Hussein anda por ahí de mirón, pues a él también.

Steve Duleavy. NY Post.

•Junto con los funerales, los lamentos y el sacudimiento de la inteligencia llega un reconocimiento triste de que Estados Unidos está en guerra y que esta vez nuestra tierra es uno de los campos de batalla. El próximo ataque probablemente no será un jet secuestrado, para lo cual tardamos mucho en prepararnos. Lo más probable es que sea un misil nuclear comprado por los terroristas o un barril de gérmenes mortíferos descargado en el depósito de agua de una ciudad. Lo cual nos pone ante la pregunta más pertinente:

¿Qué vamos a hacer para proteger nuestros cielos, para desarrollar una inmunidad innata y vacunas multivalentes. y para llevarle la guerra al enemigo? Ahora nos toca a nosotros.

-Editorial del Philadelphia Daily News

•La gente que planeó los bombardeos del martes combinó una maldad world-class con una genialidad world-class para crear un efecto devastador. Y a menos de que estemos preparados para poner a nuestras mejores mentes a combatirlos en un Proyecto Manhattan Tercera Guerra Mundial de una manera igual de desafiante, de inconvencional e irremisible, estamos en problemas. Porque al tiempo en que esta puede haber sido la primera gran batalla de la Tercera Guerra Mundial, puede ser la última que utilice sólo armas convencionales, no-nucleares.

Thomas Friedman. New York Times

•Pronto será obvio que unas cuantas organizaciones terroristas son capaces de llevara cabo un ataque masivo y coordinado. Debemos poner los recursos necesarios en un esfuerzo global para perseguirlos y capturarlos o matarlos.

Será visible que esas organizaciones no pudieron operar sin la ayuda de algunos gobiernos, gobiernos con un largo record de hostilidad hacia los Estados Unidos y un record igual de largo de ayuda al terrorismo. De inmediato deberíamos empezar a construir nuestras fuerzas militares convencionales, prepararnos para lo que de modo rápido e inevitable escalará hasta volverse confrontación, muy posiblemente guerra, contra uno o más de esos poderes. El Congreso, de hecho, de modo inmediato debía declarar la guerra. No tiene que decir contra qué país. Puede declarar la guerra contra aquellos que llevaron a cabo el ataque de ayer y contra cualquier nación que pudiera haberlos ayudado. Una declaración de guerra no sería mero simbolismo. Sería un signo de voluntad v determinación para encargarse de que este conflicto llegue a una conclusión satisfactoria sin importar cuánto tiempo se lleve o qué tan difícil sea el reto.

Robert Kagan, Washington Post

Por último y por su parte, los fundamentalistas cristianos Jerry Falwell y Pat Robertson dijeron que tenían gran culpa en lo ocurrido las asociaciones estadunidenses por las libertades civiles, los paganos, los partidarios y las partidarias del aborto, los gays y las lesbianas. Era así porque habían enfurecido a Dios: no sólo porque entre ellos han matado a 40 millones de bebés no natos sino porque habían predicado allende los mares y durante años, su odio contra Estados Unidos, de modo que por gran culpa de ellos había veneno en los oídos y las mentes de todo el mundo árabe.

EL FIN DE LA “INOCENCIA AMERICANA”

Entre el luto y la ira, la pregunta central que se hacen los estadunidenses es, según el articulista John Carlin, “¿Por qué a nosotros? ¿Quién nos podría odiar tanto?”. Varios otros articulistas junto con Carlin se preguntan si, después de Pearl Harbor, Vietnam, la muerte de Kennedy, este es de veras el largamente anunciado, siempre pospuesto, fin de la inocencia americana. Carlin parece resumir este fin: “Todo ha cambiado para siempre. La visión que han tenido los americanos de ellos mismos, y de su relación con el resto del planeta —y hasta posiblemente con dios— ha sido permanentemente modificada”.

Si el “fin de la inocencia” es lento, el futuro es vertiginoso. Es decir: ocurre antes de lo previsto. Durante los días posteriores al ataque terrorista contra las Torres Gemelas, se repitió que, si ni la CIA ni el FBI ni el Pentágono pudieron evitarlo, menos hubo quien lo previera —ni siquiera Nostradamus, al demostrarse que sus profecías al respecto en Internet estaban amañadas por bromistas—. Sin embargo, el Senior Associate del Carnegie Endowment for International Peace. radicado en la ciudad de Washington, lo vio con claridad hace unos meses. Anatol Lieven, de modo juguetón, puso los acontecimientos muchos años después, pero el sentido de su juguete futurista era bordar la sensación de la inminencia, y describir un presente a la vuelta de la esquina. Escribió Lieven:

Las condiciones impuestas por Israel sobre el nuevo estado palestino eran tan severas como para hacerlo inviable. Los levantamientos por todas partes llevaron al colapso de ese estado en el 2019. con una nueva ocupación militar israelí y una nueva oleada de asentamientos judíos. Esto a su vez condujo a nuevos ataques terroristas en los Estados Unidos. No fue sino hasta treinta años después que un grupo terrorista musulmán tuvo éxito en llevar a cabo un ataque de veras catastrófico en los Estados Unidos; pero incluso la limitada atrocidad sarina ocurrida en Nueva York en el 2027, y al parecer planeada desde Afganistán, fue suficiente para traer una intervención militar de Estados Unidos en ese país.

En todo caso, más allá de la exactitud profética. lo que vio Lieven es lo que vería después, con perplejidad, el editorial del New York Times del 12 de septiembre: que Estados Unidos estaba a punto de vivir, de hecho ya vivía, en “el otro lado de la grieta de la historia”.

Pero el pasado es también vertiginoso y vuelve a ocurrir, por lo mismo, antes de lo previsto. El mayor profeta para nuestros días y años inmediatos parece ser un historiador inglés del siglo XVIII. Edward Gibbon. Desde el pasado. Gibbon no cesa venir hacia nosotros para predecirnos lo que vendrá, lo que viene siempre en momentos como este, de imperio y terror: “El triunfo de la religión y de la barbarie”. Luego del luto y la ira estadunidenses, se esperan las peores cosas. Y no es la menos peor entre ellas el cumpl miento de la frase de otro hombre de razón, también di siglo XVIII, o tan longevo que abarcó otro siglo, al nacer e 1657 y morir en 1757. Vivió cien años. “Odio la guerra”, dij el escritor y científico francés Fontenelle: “Echa a perder I conversación”.

FUENTES:

T. S. Eliot: Selected Poems. Faber and Faber, Londres, 1973. Roberto Silvesti: “New York sotto l’attacco di Hollywood”, Manifestó, septiembre 12, 2001.

Jeffrey St. Clair: “Don’t Rebuild the Twin Towers’ Counterpunch. septiembre 16, 2001.

“An Unfathomable Attack”, editorial, The New York Times, sep tiembre 12, 2001.

Caryn James: “Live Images Make Viewers Witnesses to He rror”, The New York Times, septiembre 12. 2001. Ian McEwan: “Beyond Belief’, The Guardian, septiembre 1- 2001.

Peter Slevin y Barton Gellman: “Death Grips the Heart c Lower Manhattan”. Herald Tribune, septiembre 12, 2001. Michael Specter: “The Twisted Sky”, The New Yorher, septiembre U 2001.

Civility Amid Chaos”, editorial, The Wall Street Journal, sep tiembre 12, 2001.

Waiting and Praying”, The Economist. septiembre 20, 2001. Nancy Gibbs: “Mourning in America”, Time, septiembre 16, 2001 David Grann: “Scrapped”. The New Republic, septiembre 13, 2001 Blaine Harden: “Physical and Psychological Paralisis of the Nation”, The New York Times, septiembre 12, 2001. Jeffrey Kluger: “Attack on the Spirit”, Time, septiembre 16, 2001 Andrea Colombo: “La rabbia e il pánico”, II Manifestó, sep tiembre 14, 2001.

Laurie Goodstein: “In U. S., Echoes of Rift of Muslims anc Jews”, The New York Times, septiembre 12, 2001. “A Terrorist Pearl Harbor”, The Walt Street Journal, septiem bre 12, 2001.

Charles Krauthammer: “The Greater the Evil, the More I Disarms”, Time, septiembre 16, 2001.

Yossi Klein Halevi: “Homecoming”, The New Republic. sep tiembre 12, 2001.

Alexander Cockburn y Jeffrey St. Clair: “Aftershocks” Counterpunch, septiembre 14, 2001.

John Carlin: “El americano herido”. El País, septiembre 12, 2001 Tonijudt: “Burst”, The New Republic, septiembre 12, 2001. Joanna Weiss: “Beyond Belief Tragedv Gives Nostradamus’; Words New Weight —Whether He Wrote Them or Not…” The Boston Globe. septiembre 18, 2001. Anatol Lieven: “La segunda caída. Una historia de los próxi mos dos siglos”, Nexos 280, abril de 2001. Edward Gibbon: The Decline and Eall of the Román Empire Penguin Press, 1981.

W. H. Auden: A Certain World. A CommonplaceBook. The Viking Press, New York, 1974. n

Selva de asfalto

SELVA DE ASFALTO

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Lima inspira los sentimientos más encontrados. ¿Será porque ahí lo nacional y lo cosmopolita, lo tradicional y lo moderno conviven sin problema alguno?

En Lima no he aprendido nada sobre la felicidad del reino”, dijo el célebre viajero, historiador y geógrafo Alexander von Humboldt, acerca de la capital del Perú. Y muchos visitantes y estudiosos más, provenientes de diversos países europeos, coincidieron en hablar de Lima como ciudad frívola, perezosa, falsamente beata y aristocratizante como ninguna. Hasta que, recién a mediados del siglo XX, Sebastián Salazar Bondy, un limeño herido por Lima, tuvo por fin el coraje de romper “el pacto infame de hablar a media voz”, que otro intelectual como él, Manuel González Prada, había mencionado como una de las lacras de la peruanidad, y publicó su célebre Lima la horrible, una colección de ensayos en la que la capital del Perú y sus habitantes quedaban muy mal parados desde un punto de vista ético, y no estético, como el título del libro parecía sugerir.

Sebastián Salazar Bondy arremetió contra “la siesta colonial” y contra aquel tradicionalismo que, a través de sus más populares cantantes y comediantes, continuaba bañándose en la nostalgia de una vida virreinal e ignorando de plano los inmensos cambios que desde hacía lustros venían produciéndose en el Perú con la masiva llegada de campesinos indios que, al enfrentarse a su manera a la gran urbe, iban terminando para siempre con el sueño de una república aristocrática, moderna y costeña, occidental y cristiana, que cohabitaba —mas no convivía— con la república andina, eternamente inmóvil y callada en las alturas andinas, arcaica y servil.

A partir de los años sesenta empezó a hablarse de un nuevo limeño, “el cholo emergente”, dejando por primera vez de lado el aspecto peyorativo de la palabra “cholo” (solía pensarse: “cholo de mierda), como mestizo de indio y blanco, domesticable y despreciable, también, en una sociedad profundamente clasista y racista. El “cholo emergente” ya no era un vago, un pobre diablo, sino un hombre que, con su propio esfuerzo, lograba abrirse paso en la selva de asfalto en que se iba convirtiendo Lima, que incluso imponía sus usos y costumbres y el desorden de un proceso de urbanización que muy pronto sobrepasó a los municipios y al propio Estado, pero que, como individuo o como grupo social, no llegaba al enfrentamiento ni a la ruptura frontal con ellos ni con los tradicionales valores criollos. Lo suyo era, por consiguiente, el paso de indio a cholo y a limeño empeñoso.

Muy distinto es lo que ocurre en los últimos veinte años, cuando empieza a producirse el paso de indio a cholo y a “achorado”. Existe ya en el vocabulario de las ciencias sociales peruanas el verbo “achorarse”, que es saber vivir o sobrevivir la ley de la selva hecha vida cotidiana. Todos agredimos y engañamos y maltratamos a todos (el tráfico de Lima es un perfecto ejemplo de agresión permanente y multidireccional) en una inagotable pugna entre débiles y poderosos, en un mundo en el que lo criollo, lo andino y lo globalizado participan con igual violencia en la guerra permanente de la segregación racial y urbana.

El sociólogo y escritor peruano Eduardo Arroyo escribe:1

Ingresamos a un nuevo milenio con un paisaje social y urbano en el que se evidencian lo criollo, lo andino y lo globalizado. Lima tiene una enorme extensión (…), una fuerte segregación racial y urbana y múltiples personalidades que complican el proceso de configuración de la identidad urbana del limeño actual. Muchos, lejos de identificarse con su ciudad en su conjunto, se suelen sentir más unidos a su barrio o simplemente a su cuadra o a su esquina.

Pese a que la globalización ya es experiencia común de todo habitante del planeta, nuestras clases dominantes viven aún la esquizofrenia de combinar costumbres propias de la modernización (motocross, surfing. jogging. carrera de caballos, veleros) con usos feudales (crianza de caballos de paso, pelea de gallos, toros).

Y a esto hay que añadirle una miseria que se agudiza día a día y que crea zonas conflictivas cada vez más numerosas por la vecindad continua de una descomunal urbe moderna que arroja su riqueza a los cuatro vientos, de la misma manera en que uno puede abrir la ventana de un carísimo palacete miamero y toparse con la mugre amontonada y pestilente. Todo convive o, más bien, todo choca con todo. Lo moderno de un gran banco o elegantísimo hotel está siempre cerca de costumbres tan andinas como pueden ser los gratuitos trabajos comunales o el juicio popular e inmediato al delincuente sorprendido con las manos en la masa en la esquina, calle o barrio al que se pertenece.

En fin, como bien señala Eduardo Arroyo: “Estamos pues, hoy como nunca, ante la presencia de actores sociales que se afirman con beligerancia y con suficiente creatividad e iniciativa para estamparle su firma a la ciudad. La globalización se afirma sin arrasar para nada con la identidad nacional. Es más, hoy Lima es a la vez más nacional y más cosmopolita, más tradicional y más moderna, más globalizada y más plebeya”.  n

1 El Dominical. Semanario de actualidad cultural de El Comercio. N° 101. Lima, 14 de enero de 2001.

La batalla por la definición de la nación

LA BATALLA POR LA DEFINICIÓN DE NACIÓN

POR ROBERTO BLANCARTE

Con estos amigos…

No me gustan (aunque les encuentre sentido) los debates que se prolongan a lo largo de varios números de una revista; las respuestas y contra-réplicas que se extienden durante meses, de autores y comentaristas. Me parece que para seguirlos realmente se tiene que contar con un apoyo técnico y tiempo que ya casi nadie tiene. De cualquier manera, por no dejar y por corresponder a la cortesía de mi amigo Rodrigo Guerra López, quien se tomó la molestia de comentar mi artículo, escribo lo siguiente:

Quiero aclarar en primer lugar que —aunque muchos no lo crean— le tengo un particular aprecio a los actuales dirigentes y miembros del episcopado católico mexicano, con quienes he tenido siempre una buena relación. Por lo tanto, mi crítica pretende ser positiva y constructiva, lo que no implica por supuesto que deje de ser dura y hasta mordaz. Un conocido arzobispo me platicó en una ocasión que cuando fue distinguido con tal responsabilidad, un amigo suyo le dijo tres verdades: “1) desde ahora vas a comer muy bien; 2) nadie te va a decir la verdad y; 3) cuando te la digan, no te va a gustar”. Así que mi crítica pretende ser la de ese amigo que ya sabe que su crítica no va a gustar, pero que espera que de algo sirva para hacer reflexionar a los miembros del episcopado. Claro que habrá quien dirá que con estos amigos… ¿quién necesita enemigos?

Crítica, no reseña

Dice Rodrigo Guerra que su intención era exponer algunas de las principales deficiencias de mi crítica y que “no percibimos [y al hablar en plural, no se si se refiere a los obispos, a sus dirigentes, o al equipo del Departamento de Estudios de la Comisión Episcopal de Pastoral Social] que Blancarte descubra el eje vertebrador de toda la argumentación que provee toda la Carta Pastoral: que el cristianismo tiene el derecho a existir como acontecimiento”. Señala también que “un análisis científico riguroso debe metodológicamente identificar con precisión la clave de interpretación que el propio texto autopropone”. Ante esto, no puedo responder más que con dos puntualizaciones breves, por las propias necesidades de este comentario: cuando un texto se publica, nadie controla su lectura y no puede haber una sola interpretación del mismo; queda en las manos del lector y se convierte en algo que escapa del control de quien lo escribió. Supongo que éste es con mayor razón el caso de un texto escrito por un cuerpo colectivo como es el episcopado católico mexicano. En segundo lugar, mi objetivo no era hacer una reseña del documento pastoral, sino un análisis crítico de la concepción contenida en el mismo acerca de la historia del país y en consecuencia de su visión de la nación, la identidad y el Estado. Por lo tanto, me interesaba únicamente identificar la clave de interpretación que el texto propone en ese sentido. Entiendo, por lo demás, cuál es el objetivo de una carta pastoral y el sentido de la misma. No se requiere ser especialista en la materia para darse cuenta de ello.

Neo-integralismo católico

De todas maneras, el meollo del asunto está en otro lado. Y el problema es que esto “huele” a integralismo (no dije integrismo) católico.1 Rodrigo Guerra (o el episcopado; son de esas cosas que nunca quedan claras) insiste en su comentario acerca del problema de la “subjetividad cultural fundamental” de la nación. Reconoce que la idea de modernidad de los dirigentes católicos se inscribe más en lo barroco que en lo ilustrado y aventura incluso la hipótesis de que la “falta de apertura de la Iglesia en México y en América Latina a los valores civiles de la modernidad… se debe más a la contaminación de la mentalidad ilustrada dentro de la propia comunidad eclesial que hizo olvidar la identidad barroca y el poder cultural y emancipador que poseen la fe y la metafísica del ser”. En pocas palabras, el problema de la Iglesia es haber incorporado elementos de esta modernidad (ilustrada, si se quiere). La conclusión lógica sería: rechacemos esta modernidad y volvamos a nuestro pensamiento propio; atrincherémonos en nuestros principios. Si esto no es integralismo católico, entonces no se qué es.

Las consecuencias prácticas de esta posición se muestran de manera clara en la definición de identidad nacional que Rodrigo Guerra-el episcopado católico desarrollan en la carta pastoral. Dicen así: “Dicho de otro modo, la hybris mexicana logró una estabilización básica al momento en que indígenas y españoles reconocieron que sus múltiples diferencias y desavenencias podían reinterpretarse, y eventualmente reconciliarse, a la luz de una maternidad más grande que ellas… Por ello podemos decir que aun para el no-creyente es un fenómeno sociológica e históricamente identificable, que a partir de 1531 un fenómeno de mestizaje y de reconciliación nacional comenzó —con dificultades— a producirse en nuestra tierra”. En otras palabras, se pretende con esta afirmación establecer a partir de un hecho confesional y no reconocido por todos los mexicanos (la aparición de la Virgen a Juan Diego), el mito fundacional de la Nación. ¿Por qué —me pregunto— habrían de identificar los no creyentes y los evangélicos y los testigos de Jehová y los mormones mexicanos (unos doce millones de habitantes de este país), el inicio del mestizaje en 1531 y no en 1519, cuando los españoles comenzaron a tener hijos con las indias? ¿Cuándo los indígenas y los españoles decidieron reconocer que sus múltiples diferencias y desavenencias podían reinterpretarse y reconciliarse a la luz de la Virgen de Guadalupe? ¿Qué no ha habido 500 años de explotación y de resistencia?

¿Acaso no vio Rodrigo la marcha del EZLN a la capital? Desde esa perspectiva, el problema de los indígenas en México se resuelve con que todos vayamos a la Basílica del Tepeyac.

Juárez nunca fue priista

Los comentarios de Rodrigo me confirman que, desafortunadamente, él y/o los obispos siguen sin entender ni al liberalismo mexicano ni al Estado laico. Afirma que éstos no brotaron del ethos popular de nuestra nación” y que ambos “son expresiones de las teorías políticas de grupos que aprovechando reclamos sociales profundos e innegables, construyeron un proyecto, un partido y un Estado autoritario por todos conocido y por muchos deplorado”. En suma, en otra expresión clara de integralismo católico, se critica al liberalismo como el origen de todos los males de la nación. En el caso de México, la mejor manera de hacer esto es identificando al liberalismo con el PRI y con el Estado autoritario. ¿Pues cuando se afilió Benito Juárez al PRI? Rodrigo Guerra aclara que eso no es estar en contra del Estado laico per se. “Esto significa lamentarse de que en nombre del Estado laico se hayan impulsado explícitamente políticas públicas que negaron material o formalmente el derecho humano a la libertad religiosa”. Me pregunto: si ya se sabe que eso no es el Estado laico, ¿qué sentido tiene criticarlo al lamentarse acerca de las políticas públicas erróneas que se han llevado a cabo en su nombre? Sería como si nos lamentáramos de las veces que el cristianismo ha sido utilizado para realizar atrocidades, en lugar de definir su verdadera esencia.

Ahora bien, si en algo estoy de acuerdo con Rodrigo Guerra es en el origen y fondo de nuestro desacuerdo, que es más bien del desacuerdo entre episcopado católico y liberales sobre la subjetividad cultural fundamental de la soberanía. En efecto, la esencia del Estado laico es que constituye “un régimen social de convivencia, cuyas instituciones políticas están legitimadas principalmente por la soberanía popular y ya no por elementos religiosos”.2 Esto significa que la voluntad popular es la norma suprema para definir el entramado socio-político del país. La Iglesia católica niega el concepto de soberanía popular porque sostiene que las leyes humanas no pueden estar por encima de las leyes divinas. Como dijo Juan Pablo II, “una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”. Desde esa perspectiva, la Iglesia católica rechaza, por ejemplo, cualquier legislación que despenalice el aborto, aun si ésta ha sido aprobada por una mayoría absoluta en el Congreso de cualquier Estado. Desde esa misma óptica, el derecho positivo sólo es válido si está acorde con la ley divina. ¿Y quién dice si esto sucede? Pues la dirigencia religiosa; en este caso el episcopado católico. Los obispos se constituirían con esta lógica en una especie de Tribunal Superior de Justicia de la Federación, que dictaminaría cuándo una ley es o no válida.

Obviamente, ésta no puede ser la lógica de un Estado liberal constitucionalista. En la medida que existe una sociedad plural, ninguna religión puede imponerle su particular visión doctrinal o norma moral al resto de los ciudadanos. Por lo tanto, se requiere de un Estado laico que genere un espacio público de convivencia social y que, en el respeto de los derechos de las minorías existentes en esa pluralidad, haga efectiva la voluntad popular. Por eso no puede haber otra forma de soberanía que la expresada por la voluntad popular.

Y por eso la subjetividad cultural fundamental de la nación, en el caso de México, no puede ser ni católica, ni evangélica, ni mormona, ni judía. La subjetividad es plural y por eso el Estado es laico; porque es una expresión de la soberanía cultural de la nación, que es plural. El Estado no está por encima de ella; es una expresión de la misma. Y, hasta ahora, la mejor manera que el pueblo, los hombres y sus culturas han encontrado para dirimir sus diferencias se llama voluntad y soberanía popular. Por eso, no hallo contradicción en afirmar que el sujeto propio de la soberanía reside en los órganos representativos del pueblo y que este sujeto, como sostiene Guerra retomando a Juan Pablo II, son “el pueblo, las personas y sus culturas”. En otras palabras, no es hegelianismo (autor a quien, por lo demás, nunca entendí): el Estado no es fuente y dador de derechos; es el pueblo el que se da y se quita a sí mismo.

El fantasma de Plutarco

Lo anterior me remite al mismo punto que quise subrayar en mi análisis crítico de la carta pastoral del episcopado católico. Me parece que el episcopado y/o sus asesores siguen anclados en una visión integralista del liberalismo y del Estado laico mexicano y que mientras no la superen, difícilmente se podrá alcanzar un diálogo que supere el clericalismo y el anticlericalismo. Un diálogo que entienda al Estado laico, no como un Estado antirreligioso o anticlerical, sino como un Estado imparcial en materia religiosa, pero no neutral. ya que está allí para defender una serie de valores de todos los mexicanos (al margen de sus creencias religiosas), como la pluralidad, la democracia, la tolerancia, la igualdad y. por supuesto, la soberanía popular. Ya es hora, pues, de que el episcopado católico se sacuda el fantasma de Calles. n

1Me refiero aquí a los trabajos de Émile Poulat acerca de la “integralidad” católica, definida como un proyecto social alternativo, que se niega a ser reducido al ámbito espiritual y que rechaza tanto el liberalismo como el socialismo, como producto de la modernidad

2 Tengo el placer de autocitarme en el libro colectivo Laicidad y valores en un Estado democrático (El Colegio de México-Segob, 2000), p. 124.

Iturbide: La primera traición

ITURBIDE: LA PRIMERA TRAICIÓN

POR RAFAEL ROJAS

Las historias nacionales son variaciones sobre eso que Borges llamó “el tema del traidor y del héroe”. Cada patria cuenta, por lo menos, con dos panteones, el de los santos y el de los herejes, el de los soldados y el de los desertores. El traidor, como Lucifer, no es un antagonista originario, sino un ángel caído. Los enemigos, como se sabe, ni siquiera cuentan con su panteón, ya que son cadáveres extramuros, sepultados fuera del camposanto de la patria. Son muy pocos, sin embargo, los personajes históricos que logran desafiar esta pesadilla binaria, tan propia de la imaginación paulina. En el siglo XIX mexicano sólo hay tres biografías políticas que oscilan, emblemáticamente, entre el heroísmo y la traición: la de Iturbide, la de Santa Anna y la de Díaz. Los tres, como Fergus Kilpatrick, el extraño mártir irlandés que concibió Jorge Luis Borges, fueron mitad héroes, mitad traidores.

Agustín de Iturbide es el primer traidor de la historia moderna de México. Lo es no sólo porque el Congreso de la primera República Federal así lo decretara, un 28 de abril de 1824, sino porque su origen era el de un ilustrado criollo michoacano —Calleja y Venegas, en tanto realistas peninsulares, fueron enemigos, no traidores— y porque fue el caudillo que, acaso sin desearlo plenamente, consumó la independencia de la nación mexicana. Debido a la falta de una buena biografía, poco se sabe de la vida de Iturbide antes del Plan de Iguala. Casi todas las noticias, amén de su vaguedad, confirman, sin embargo, cierta tendencia al vaivén político. Al parecer, el joven Iturbide apoyó el golpe de Estado de Gabriel de Yermo contra el virrey Iturbide en 1808, pero al año siguiente estuvo implicado en la conspiración autonomista de Valladolid; combatió con tenacidad a Hidalgo y a Morelos, mientras leía la literatura ilustrada francesa y española que alebrestaba a los insurgentes; participó en la antiliberal conjura de la Profesa en 1820 y unos meses después proponía a Guerrero un pacto separatista sobre bases gaditanas.

A pesar de una notable reputación como coronel y brigadier contrainsurgente, forjada con crueldad y malversación, la gran hazaña de Iturbide no fue una batalla, ni mucho menos una férrea dictadura. Fue un pacto: el Plan de Iguala. Con todo y la proverbial cursilería neoclásica de don Agustín en sus discursos y proclamas —siempre más contenida, por cierto, que la de un Santa Anna o un Bustamante—, el texto del Plan de Iguala es mejor literatura política que el de la Constitución de 1824. La mínima filosofía de la historia que se plasma ahí parece una adaptación de Gibbon por el abate de Pradt, repujada con el providencialismo de Humboldt: si todas las naciones europeas fueron hijas del imperio romano que, al crecer, se independizaron y adoptaron formas imperiales, las nuevas naciones de Hispanoamérica son hijas de la monarquía española que deberán convertirse en nuevos imperios americanos. El estado naciente será, por tanto, una monarquía constitucional moderada, responderá al nombre de Imperio de la América Septentrional y estará encabezado por el propio Fernando VII o algún príncipe de la casa borbónica.

El entusiasmo que suscitó esta fórmula fue tal que reconcilió a los adversarios de una guerra de diez años y hasta ganó el apoyo del último virrey de la Nueva España, Juan O’Donojú. La entrada del Ejército Trigarante a la ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821, es la consagración del héroe. Justo ahí comienza la saga del traidor ¿Cuál fue, pues, la traición de Iturbide? Una en tres actos: la aceptación de la corona imperial en mayo de 1821, tras la algazara de Pío Marcha, la disolución del Congreso Constituyente en octubre y el fatídico desembarco por Soto de la Marina, en julio de 1824, que le costó la vida. La eficacia simbólica del imperio, como reconoció Alamán, dependía de su ambigüedad, es decir, de que el trono se mantuviera vacío en espera de un príncipe con sangre real. Si Iturbide hubiera permanecido como Regente, liberando la presión de las provincias a través del Congreso y refrenando la ambición con su eficaz melancolía, tal vez no habría acabado en Padilla, ejecutado por un pelotón de federalistas tamaulipecos.

La mirada serena del tiempo nos persuade de que la “traición” de Iturbide no fue más que una serie de errores políticos. Sobre todo el último: la travesía de Londres a Tamaulipas. Acompañado por su esposa. Ana María Huarte, dos hijos, un sobrino, dos sacerdotes, su ayudante polaco, un editor inglés y una imprenta, Iturbide, como demostrara Bulnes, no regresaba para levantarse en armas contra la República Federal, sino para reinsertarse en la vida política de la nación que él, como pocos, ayudó a independizar. Este trágico final y la condición híbrida de héroe-traidor hicieron de su tumba un lugar mítico, una cripta sin paz, un sepulcro tan perturbado como el de los propios caudillos del santoral nacionalista.

El general Manuel Mier y Terán, atormentado por la independencia de Texas, se suicidó en 1832, en Padilla, dejando caer el cuerpo sobre su espada. Al año siguiente, Santa Anna ordenó que los restos de Iturbide se trasladaran a la Ciudad de México, donde serían honrados. La orden se cumplió en 1838, siendo presidente Anastasio Bustamante, iturbidista de primera y última hora, quien decretó que las cenizas del caudillo se depositaran en la capilla de San Felipe de Jesús en la Catedral de la Ciudad de México. En 1853, el propio Bustamante, desencantado de un México independiente que se precipitaba en la tiranía de Santa Anna, pidió, como último deseo, que su corazón fuese enterrado junto a las cenizas de Iturbide en la cripta de la Catedral.

A partir de 1857, los liberales profundizaron esa satanización, iniciada por los yorkinos de los años veinte, que atribuía a Iturbide el rol de un anti-Hidalgo. Si el cura de Dolores era el Padre de la Independencia, su Alteza Serenísima Agustín I era el Padrastro. En 1917, los revolucionarios dieron otra vuelta de tuerca al mito del primer traidor a la patria. Al cumplirse el centenario de la consumación de la Independencia, en 1921, siendo presidente Alvaro Obregón, la Cámara de Diputados federal aprobó, por 77 votos contra 5, que el nombre de Agustín de Iturbide, grabado en letras de oro, fuera desprendido de uno de los muros de la sala de sesiones.

Hoy la leyenda negra de Iturbide, aunque atenuada, sigue viva. Los libros de William Spence Robertson y Timothy E. Anna, más que las apologías de Rafael Heliodoro Valle y Alfonso Trueba, han erosionado, al menos entre historiadores, la nefasta costumbre de colocar al Emperador en la galería de mexicanos infames. Pero el mito persiste en la imaginación patriótica ad usum. Como en el cuento de Borges, que podría transcurrir “en algún país oprimido y tenaz, algún estado sudamericano o balcánico”, la “ejecución del traidor”, con las armas de la memoria, sigue siendo “un instrumento para la emancipación de la patria”. Iturbide murió gritando al pelotón de fusilamiento: “¡No soy traidor, no!”, n

¿Juárez o Madero? Las exclusiones del liberalismo

 La historia oficial mexicana nace seguramente desde el liberalismo triunfante, y con Porfirio Díaz y Justo Sierra: la reconstrucción de la historia mexicana ha sido terriblemente excluyente. Me parece muy saludable que haya posiciones críticas con Benito Juárez, que se exhiban todos sus abusos políticos, su profundísimo autoritarismo; también muy legítimo y saludable para el país la reconstrucción conservadora de la historia mexicana. Por ejemplo, el redescubrimiento de Lucas Alamán. esa figura siniestra según la historia oficial y que es uno de los grandes sabios de la historia de México. El liberalismo en el siglo XIX trata de ocultar la larga era virreinal.

La historia patria niega esta etapa lo mismo que a toda la vertiente católica del pensamiento mexicano. El país ha negado en términos oficiales esa tradición y la ha empujado a una especie de ghetto. Es importantísimo que exista esa presencia cultural, ideológica, de la tradición católica, casi proscrita de los espacios oficiales.

—Jesús Silva-Herzog Márquez

JUAREZ Y LA IZQUIERDA

La identidad de la izquierda con Juárez es por el laicismo, pero si vieran más a fondo quedaría el hecho de que fue duro con su propio origen indígena y en más de una ocasión no tuvo empacho en darle golpes durísimos a levantamientos populares. Eso la izquierda no puede verlo bien.

—Lorenzo Meyer

ACTUALIDAD DE MADERO

Yo no veo muchas pistas en Madero para la democracia mexicana de hoy. Creo que en el sentido democrático de Madero hay un simplismo extraordinario: la idea muy elemental de que el asunto es simplemente el sufragio efectivo más la no reelección, y que las instituciones simplemente se pongan a andar. La sucesión presidencial fue un libro pertinente, pero es un libro muy elemental sobre política. Yo no encontraría ahí ninguna referencia sobre las complejidades que México enfrenta hoy en materia democrática: las complejidades de la gobernabilidad, de las reformas institucionales, de los poderes reales.

—Jesús Silva-Herzog Márquez

En Madero sí hay algunas pistas recuperables, como su insistencia en las leyes. Madero es un hombre que cree en el Estado de derecho, en la fuerza de las leyes y en la aplicación de la ley. En ese sentido tiene incluso un parecido con Juárez.

—Soledad Loaeza

MADERO EL CAUDILLO

Madero hace algo que pocas veces se logra: siendo una persona de las clases altas, en cosa de muy poco tiempo obtiene el contacto y el empuje suficiente en las clases bajas como para que éstas lo sigan en una aventura arriesgadísima: enfrentar a un poder que acababa de celebrar su 1910, el centenario de la Independencia, con una gran auto- celebración. El quiere ver el imperio de la ley y acabar con el poder personal de Díaz, pero ¿cómo es posible que en tan poco tiempo haya logrado un contacto con una masa así? Juárez nunca lo tuvo; ni los conservadores, para el caso. Esto no habla de ingenuidad, quizá, sino de sabiduría política.

—Lorenzo Meyer

MADERO. EL INGENUO

La ingenuidad de Madero no está en la audacia, que quizás era irresponsabilidad, como muchas veces le hicieron notar su papá, su abuelo, sus parientes; la ingenuidad de Madero se dio después, una vez que ya era gobernante. Hay un Madero líder de la revolución, y luego hay un Madero presidente, y ese Madero presidente sí es un hombre de una extraordinaria ingenuidad. Basta ver su incapacidad para percibir la malicia en Victoriano Huerta, el peso del antiguo régimen sobre su presencia en el poder.

—Soledad Loaeza

LA HISTORIA PATRIA POR HACER La historia patria tiene una función, la ha tenido en México igual que en Francia y Estados Unido y en todas partes. En México fue un vehículo para transmitir actitudes cívicas; ahora estamos en un momento en que se puede enseñar civismo, la importancia de las instituciones democráticas, el pluralismo político, la libertad, las libertades civiles. Y por otro lado podemos reconstruir nuestra historia en toda su riqueza, no expulsar a unos para recuperar a otros.

—Soledad Loaeza

La revisión de la historia debe hacerse constantemente; nunca acabaremos de releer la historia. A mí lo único que me inquieta es que haya un reemplazo de la historia hecha por los priistas y tengamos una historia hecha por los panistas. Lo que deberíamos tener es una historia patria en donde pudieran justamente convivir las distintas posibilidades históricas de México.

—Jesús Silva-Herzog Márquez      n

Santa Anna: El villano

SANTA ANNA: EL VILLANO

POR JOSEFINA VÁZQUEZ

Desde el enfrentamiento de la Reforma, el juicio que se otorgó a los protagonistas de nuestra historia empezó a depender del partidarismo político, a excepción de Antonio López de Santa Anna que fue útil para justificar errores y pérdidas de toda una época, tanto para liberales como para conservadores. Además de que los juicios adolecen de imprecisiones, pasan por alto sus servicios durante la guerra con Estados Unidos. Hay que puntualizar que no detentó el poder once veces, sino que fue tres veces presidente electo (1833, 1843 y 1847), una vez presidente provisional (marzo-junio de 1839) y dos veces dictador (1841- 1843 y 1853-1855). Se olvida que en 1844 fue desaforado por el legislativo y el judicial y que, dados sus múltiples retiros a su hacienda, gobernó menos tiempo que Anastasio Bustamante. Aparece también como el chaquetero por antonomasia, aunque fue un mal del tiempo, tanto que el venerado Valentín Gómez Farías fue iturbidista, monarquista, federalista, escocés, imparcial, sanscoulote y puro, mismo que no dudó en hacer mancuerna con Santa Anna dos veces y en coquetear con el archirreaccionario Paredes en 1845. Pero es justo recordar que el Estado y la Nación no se habían consolidado, ni existían verdaderos partidos y las circunstancias eran siempre cambiantes.

Santa Anna vió la primera luz en Jalapa en 1794, hijo de un notario de buen pasar. Inquieto y fantasioso entró a la carrera de las armas: cadete en 1810, subteniente en 1812, teniente en 1813 y capitán en 1816, sirvió en las huestes del atrabiliario Joaquín de Arredondo nueve meses en Texas y en la persecución de Francisco Xavier Mina. En 1821 jura el Plan de Iguala, toma Alvarado, participa en la toma de Perote y entra en Veracruz en octubre, servicios por los que asciende a general de brigada a los 26 años. El Emperador le concede la comandancia del puerto sin colmar sus aspiraciones, tanto que se rumora que corteja a una tía de Iturbide para entrar en la familia real. El hecho es que en diciembre de 1822 desconoce a Iturbide en el Plan de Veracruz. Su escaso eco no obsta para que las logias masónicas aprovechen el malestar para enterrar al Imperio. Esto casi conduce a la fragmentación del territorio, que salva el acuerdo federal. Se le enjuicia por sus iniciativas federalistas en San Luis y se le nombra comandante en Yucatán, como especie de exilio.

Pero Santa Anna conquista a los yucatecos que lo nombran gobernador. Intenta independizar Cuba pero, como a ello se oponen Estados Unidos e Inglaterra, se le retira y vuelve a su tierra para reaparecer a fines de 1827 entre los que exigen la violación de la elección para darle la presidencia a Vicente Guerrero. En 1829 se moviliza contra las tropas que pretenden reconquistar México y junto a Mier y Terán vence a Barradas, hazaña por la que asciende a general de división y obtiene el título de benemérito. Su verdadera presencia política la inicia en 1832 con otro plan de Veracruz que provoca una verdadera revolución contra el gobierno de Bustamante, y que le asegura la presidencia en 1833, aunque casi todo el primer año gobierna el vicepresidente Farías, que impulsa la reforma. Santa Anna aprueba la que afecta a la Iglesia y una ley que exilia a todo aquel sospechoso de oposición, pero es Farías quien la aplica. Los obispos rechazan los decretos que atentan contra “las potestades espirituales” de la Iglesia, y el Congreso los condena al destierro. Las injustas proscripciones y el temor a quedar sin sus pastores, provoca protestas populares. Es el intento de reformar al ejército el que hace reasumir el poder a Santa Anna, que suspende varias reformas. Nombra un gabinete liberal moderado y para 1835 se vuelve a retirar a su hacienda.

El desafío de Zacatecas, Coahuila y Texas a un decreto federal lo hace volver en 1835. Sin combate, ocupa Zacatecas y después emprende la expedición a Texas que busca independizarse con apoyo norteamericano. El triunfo acompaña a los mexicanos, pero sorprendidos en San Jacinto, cae prisionero el general-presidente, y su segundo consolida el desastre obedeciendo sus órdenes. Con grilletes, permanece en prisión siete meses y a su regreso se le repudia universalmente. El ataque francés al puerto en 1838 y la pérdida de una pierna en una escaramuza, lo rehabilitan y hasta se le nombra presidente interino en 1839- Como no logra la presidencia en propiedad, vuelve a su hacienda.

La lastimosa situación del país lleva a los comerciantes extranjeros a impulsar el cambio, y en septiembre de 1841 una junta de generales establece la Dictadura. Los moderados la aceptan para que se convoque un Congreso Constituyente, que termina por disolverse. Una Junta de Notables redacta las Bases Orgánicas y convoca a elecciones. Santa Anna es electo presidente, pero acostumbrado a la dictadura, entra en conflicto con el Congreso que lo desafora en diciembre de 1844. Preso en Perote, se le exilia a Cuba. En plena guerra con Estados Unidos, simula aceptar una oferta del presidente norteamericano para cruzar el bloqueo y regresa, llamado por Farías y los radicales. Marcha de inmediato a San Luis a organizar la defensa, pero hostigado por la prensa se lanza a enfrentar a Taylor en Saltillo. La batalla de la Angostura produce las mejores horas de la defensa mexicana, pero se convierte en derrota, al ordenar Santa Anna la retirada por falta de agua y de alimentos.

Mientras tanto se rebelan los polkos en la capital contra el conflictivo Farías, lo que obliga a Santa Anna a asumir el poder para resolver el problema. Después marcha a Veracruz a detener a Scott. que ha desembarcado. Todo fracasa. Sin recursos y sin apoyo de la mayoría de los estados. Santa Anna trata de ganar tiempo, tal vez en espera de un milagro que no llega. Ante la incapacidad de defender la ciudad, ordena el retiro de las tropas y renuncia al ejecutivo. Todavía intenta organizar un ejército, pero ante la hostilidad general se autoexilia.

En el Tratado de Guadalupe se pierde el Septentrión, pero se salva la nación. Los moderados logran restablecer cierto orden, que vuelve a romperse en 1852. Por acuerdo de todos los grupos, se llama a Santa Anna, quien en abril de 1853 asume la dictadura, con Alamán de eminencia gris. La muerte de don Lucas, en junio, deja la dictadura en manos de un Santa Anna más irresponsable y frívolo, que la convierte en una cadena de errores: destierros políticos, venta forzada de la Mesilla, derroches e impuestos intolerables. La revolución de Ayutla termina por hacerlo huir en agosto de 1855.

Varias veces intenta volver con liberales o conservadores. La ilusión por recuperar el poder lo hace caer en un engaño en el que pierde hasta la camisa. Así cuando Sebastián Lerdo de Tejada autoriza su vuelta en 1874, sus últimos días son de estrecheces y olvido. A su muerte en junio de 1876, ya nadie lo recuerda, al punto de que apenas merece una breve nota en la prensa. Hoy en día, en lugar de ser blanco de tanta inquina. Santa Anna merecería un acercamiento menos visceral y más documentado.   n

¿Historia… ¡Y Patria!?

¿HISTORIA…¡Y PATRIA!?

POR MAURICIO TENORIO TRILLO

Mistificar y desmistificar van en tándem, lo uno atrás de lo otro en más o menos armonía, como cuando se mistifica, o a su tiempo se desmitifica, un himen o el aguacate letal, el comido en la “muina”. Si de patrias e historia se trata, la mistificación es muy evidente, la desmitificación necesaria y bienvenida. Lo que no está claro es si lo último es posible, y cuándo.

I.

Primero una historia. José de Jesús González fue un destacado oftalmólogo en el Guanajuato de la década de 1920. Un buen día, el hombre se dedicó a estudiar los versos de Juan Valle, un poeta guanajuatense de mediados del siglo XIX, hermano del presbítero Ramón Valle, a su vez autor del libro Cuentos color de historia. Dice el doctor González que el poeta Juan Valle quedó ciego a los cuatro años.

Es verdad que de los cielos La luz contemplé.

Mas también por mi desgracia Presto ciego me quedé, Todo lo que había visto Sintiendo doble no ver.

El doctor González se asombra ante las descripciones de Juan Valle: mujeres, paisajes y colores, o la narración de la presa de la Olla que, no obstante el detalle de las descripciones, contenía errores topográficos, pues los recuerdos visuales del poeta se transformaron con los años, por las narraciones escuchadas de otros y por las historias dichas y re-dichas una y otra vez.

Explicaba el doctor González que en el poeta Juan Valle las imágenes que quedan en la mente en verdad no permanecen en la memoria como fotografías, sino que se dosifican, pierden o ganan algo continuamente. El doctor compara los recuerdos poéticos del poeta Valle con sus propias añoranzas, pues tenía lo suyo de poeta el señor doctor. Relata así el caso de un joven paciente que volvió a contar con el sentido de la vista después de mucho tiempo de no ver. “¿Recuerdas cómo es un lápiz o un libro o un reloj o cualquier otro objeto?”, le inquiría el científico; el paciente contestaba afirmativamente y describía de memoria los objetos requeridos. Pero al presentarle los objetos en concreto, el joven decía: “no lo veo… sí, sí lo veo…. Pero no sé cómo lo veo, no puedo conocerlo”. El doctor entonces le pedía que lo tocara e “inmediatamente lo reconocía y lo nombraba”.

De todo esto el doctor González sacaba en conclusión que “el olvido no es un vacío, sino un laboratorio”. Y añadía: “ya he dicho que las imágenes tienen vida propia; ahora bien, su vitalidad se intensifica durante los aparentes olvidos, en un principio los recuerdos pierden mucho. Después cada vez menos, hasta que llega un momento en que las pérdidas son insensibles, en que el recuerdo se vuelve estable; es que se ha sintetizado”. Cuanto más tiempo pasa, mayor y más perfecta es la síntesis del recuerdo. Por ello, nos anuncia este doctor que era más poeta que galeno, el “sueño es el imperio de las imágenes”, ahí los recuerdos se encuentran “libres de sus rivales, las percepciones”. Se sigue, pues, que las imágenes recientes “son como la cantera en bruto, que necesita ser labrada para transformarse en las columnas, los pedestales, los capiteles, etcétera, que entrarán en el soberbio edificio imaginativo”. Finalmente, el doctor González concluye: “Desgraciadamente, toda nuestra educación poco experimental y casi completamente palabresca, produce en los que vemos el mismo resultado que observamos en Juan Valle: dar a las palabras, en nuestra vida psíquica, el lugar que casi exclusivamente debieran tener los datos suministrados por la experiencia ¡Cuántas y cuántas palabras usamos que aunque no despiertan en nuestra mente una idea clara, son susceptibles de provocarnos intensa emoción!”.

Esta historia, además de parecerme bella, resume para mí varias ansiedades sobre la escritura de la historia en nuestros días. Porque, dicho a palo seco, la memoria histórica es ciega; casi nunca nos fue posible ver el pasado, el importante el de los orígenes o momentos esenciales. Nuestros recuerdos históricos, empalmados y mal pegados por décadas de escritura y educación histórica, se transforman al entrar en contacto con el presente y con los vislumbres del futuro, al igual que las imágenes de Juan Valle que nunca eran en verdad recuerdos ni solamente invenciones. Nuestras historias, las de todo habitante del siglo XXI, son patrias porque son ciegas, son memorias sintetizadas por más o menos la minucia de dos siglos de tratar de fijar el rostro de un héroe, los asegunes de una batalla, la identidad “real” de un pueblo. Pero si bien ciegas, por patrias nuestras historias son verdaderas. mejor dicho, tan reales como pudieron haber sido pues no hay mayor realidad histórica que sea a la vez tan etérea y frágil pero tan visible y aparentemente irrenunciable: las naciones. Los paisajes de Juan Valle eran los de un ciego pero eran ciertos, precisos aunque errados, y tan reales como el atardecer cayendo sobre la presa de la Olla.

El estudio del doctor González también nos recuerda que el olvido “no es un vacío, sino un laboratorio”. Igual la historia, porque es también y esencialmente olvido, y porque la patria es, o debiera ser vista, no como un ente mítico fijo y final, sino como el laboratorio amorfo y momentáneo de consecuencias impredecibles.

Mas otra cosa ilustra el estudio del doctor González y es que para las memorias lo reciente es quién sabe. “Hoy es siempre todavía”, decía Machado sin querer hacer teoría de la historia. Todo en historia es un “ya veremos”, pero existen de “ya veremos” a “ya veremos”. Un todavía tan soberano como el cada día es como los recuerdos frescos y no “sintetizados” de Juan Valle estudiados por el doctor González. Un todavía efímero, como una coyuntura política o un cambio de gobierno, es anatema para la historia. Hay que tener sangre fría para leer y escribir historia sin dejar libres los ímpetus de nuestra conciencia de presente que ora quieren re-escribir todo el pasado porque hoy se nos calienta la atmósfera y la paciencia u ora quieren concluir en el presente, por decir, que hemos superado la era moderna y que el fin de la historia está próximo o ya pasó.

Las lecciones que ilustra el trabajo del doctor González me parecen hoy relevantes porque la cosa de las historias y de las patrias anda medio “sacada de onda”, para utilizar un mexicanísimo nunca más ad hoc. Si reconocemos la ceguera que es la historia, el peso del olvido y del presente, lo efímero

y experimental de cualquier historia y de cualquier patria, entonces, historias y patrias hoy?

II.

Preguntarse el cómo o el porqué de las patrias es caer en el porqué de la historia; y preguntarse lo otro —¿por qué historia?— es acabar en “por la patria”. Total, no hay calida. Nadie va a añadir algo nuevo al asunto de por qué la historia, y cada que trato de entender por qué necesitamos de algo así como un pasado contado, re-narrado, discutido, codificado y escrito, caigo en las perogrulladas de que si la identidad, la nación, los pueblos o. inclusive, la verdad y la justicia. No creo satisfactorias estas respuestas, aún busco otras, pero, en tanto, la historia se me aparece imprescindible pero sin un claro por qué. Pero es historia patria, no hay gran cosa más, no obstante lo post-esto y lo otro que nos creamos. “La historia como tal no tiene resultado”, escribía a fines de la década de 1940 Karl Löwith “nunca ha habido y nunca habrá una solución inmanente del problema de la historia, porque la experiencia histórica del hombre es de fracaso continuo”. Que la patria sea el resultado más rotundo de la historia, su razón de ser. es prueba de lo mismo: de la insolubilidad del dilema de la historia; por ello la patria hoy puede ser vista como un fracaso, ya porque nunca se terminó, ya porque al ser terminada produjo innumerables injusticias y despropósitos. Y la patria puede también ser considerada positivamente, pero la insolubilidad optimista de esas historias está en el fracaso de un patriotismo que disfraza los conflictos, injusticias y arbitrariedades de la patria —ejemplo emblemático, la historiografía estadunidense.

Si se me concede que la historia es porque es, y que es generalmente patria, nacional, se concederá que existe, que es inevitable e importante por su relación —aunque yo no entienda bien a bien por qué tiene que ser asi— con tres nociones de pesada trascendencia moderna: Estado (orden, paz), identidad (personal, colectiva) y justicia (bondad y maldad). Porque la historia ha sido la maestra de la v ida. Ya en 1865. el político e historiador chiapaneco Manuel Larráinzar (Algunas ideas sobre la historia y manera de escribir la de México) veía que no podía ser de otra manera para México: la historia es un cuadro animado de la vida de las naciones, “un legado de experiencia que va pasando de generación en generación, enlazándolas unas con otras por el recuerdo de los hechos; es la maestra imparcial y el espejo de la verdad”.

Pero en vista de que es importante, hoy la escritura de la historia enfrenta una suerte de confusión como la del paciente del doctor González que veía las cosas pero no las veía. La disciplina académica de la historia está huérfana de una buena y sólida casa donde habitar. No voy a disertar largo al respecto, bastante se ha dicho ya. Sólo digo que se le ha caído la casa hecha de la certeza científica —que la historia era ciencia objetiva, verdad empírica absoluta, datos que hablan por sí mismos—. No se puede ni teórica ni prácticamente escribir historia al morar en esta vieja casa, y no por lo que nos han enseñado los debates historiográficos más recientes, sino por los siglos que llevamos de discutir las nociones de tiempo, espacio, ley, orden, causalidad, verdad. Aunque, hay que decirlo, la caída de esta casa tampoco ha significado el fin de las patrias. Irónicamente, las historias que encontraron que la verdad científica era la patria que creaban, no se han desintegrado porque se les haya descubierto no científicas, porque lo que sí lograron estas historias es ser y hacer patria.

Empero, a esta casa vieja y derruida siempre volvemos los historiadores, cada que pisamos un archivo, cada que nos perdemos en el lúdico goce de seguir todos los pormenores de una pista que quizá no nos lleve más que a descubrir oscuridades de esas que sólo los historiadores disfrutamos.

La otra casa que se le cayó a la historia es más reciente y parecía fuerte como una catedral, era la propia idea de nación. Y aquí la cosa es realmente de locos: por un lado no contamos con otro tipo de historias que las historias nacionales más o menos nacionalistas; por otro, somos los historiadores los que hemos estado mostrando nuestra propia complicidad en la fabricación del artificio “nación” y nuestro ambición de superar esta conchabanza; algunos hemos trabajado por historias más allá de la nación, otros han criticado los engranes del nacionalismo mexicano o sus insostenibles mitos, pero… nuestra lucha hacemos pero todavía habitamos las ruinas de la casa que nosotros mismos ayudamos a poner en entredicho. Aún moramos ahí, pero ya no se vive tan bien en esa casa, ahí todo “nosotros” es impugnable, toda identidad nos parece un truco, y sin embargo ahí estamos echándole leña al fuego de algún nosotros, de alguna identidad.

Como los historiadores habitamos irremediablemente estas ruinas, ahora nos da por ser, sin la imaginación y erudición de quienes nos antecedieron, los forja-patrias de la verdadera patria, la deconstruida o reconstruida como india, multicultural, democrática o plural. Los historiadores profesionales nos vanagloriamos de poseer el desencanto teórico suficiente para declarar finiquitado el negocio de la historia patria. Y algunos trabajan por pasados diferentes para nacionalismos alternativos, los de la otra, la verdadera nación que está ahí esperando ser desenterrada. Pero la cantaleta de un pasado plural y multicultural es a la vez una obviedad y una meta difícil de alcanzar. Porque el pasado siempre es ajeno, siempre plural, caótico y múltiple, no es necesario hacerlo tal; pero cuando se vuelve pasado nacional o patrio, el pasado abandona mucho de su pluralismo y caos. Luchar por incluir unos u otros grupos en nuestras historias patrias es, primero, lo que la historia patria viene haciendo desde su nacimiento, y, segundo, no hay más: la historia es ese discutir constante por la nación y por la historia. De William Prescott a Richard Hofstadter, o de Francisco Xavier Clavijero a Daniel Cosío Villegas, la historia patria no está esencialmente en lo contado sino en la lucha por contar una u otra historia, siempre por la patria. Puede ser que para quien aprende historia, la patria está en lo que aprende; para quien escribe historia, la patria está en poder discutirla y nunca escribirla, siempre re-escribirla.

La casa que está muy “caída” es la que la historia habitaba con gran comodidad; llamémosla historia social por no reducirla al marxismo como explicación total del pasado, presente y futuro. En la casa de la historia social no sólo los actores y las metodologías eran bastante claras sino que era también diáfana la tarea del historiador. Ni las historias patrias del siglo XIX, ni las historias racistas y científicas de principios del siglo XX, crearon, como la historia marxista, personajes tan malévolamente malos y buenos tan buenos, y ningún tipo de historia hizo del historiador un Mesías tan útil y tan claramente del lado bueno de la verdad, la lógica y el corazón. El marxismo o la historia social que de él derivó, ya es hora de concluir, tocó el centro de lo que Löwith llamó el “significado en la historia”, el sufrimiento: “la interpretación de la historia es, en el último análisis, un intento por entender el significado de la historia como el significado del sufrimiento producido por la acción histórica”.

En fin, por maltrechas que estén estas casas, nadie puede negar que eran grandes moradas, no sólo académicas, sino intelectuales, sociales y hasta existenciales. Ante las ruinas que ven, la historia supuestamente post-patriótica, meridianamente académica, habita en chozas improvisadas al alcance de los iniciados, habitaciones precarias que no obstante son presentadas como residencias señoriales y definitivas de los que lo han visto y lo han vivido todo, de los que saben el post-el tras-el neo-de cualquier idea, tiempo o espacio. Aunque no valga la pena detenerse en esta historia de conventillo, de vecindad, vale decirse que se clama no patriótica, por tanto se asume solución al dilema de historia y patria. Pero esta historia, llamémosla la del despiste, es frecuentemente nacional —sobre un país y para la historiografía de un país aunque esté hecha en otro— y es, tanto como la historiografía patriótica del XIX o la marxista de la década de 1920 o 1960, una eterna búsqueda de justificación moral para el oficio de historiador profesional que trabaja por los meros buenos de la historia; son historias fascinadas por la búsqueda de identidades reales y prístinas, por métodos y estilos a-metodológicos, anti-estéticos porque, no vaya usted a creer otra cosa, un historiador posmoderno, globalifóbico verde, poscolonialista, subalterno y genderconscious no va a reparar en la necedad de datos, menos de muchos, ni del estilo, si es patente que los hechos son el patrimonio del empiricismo globalizante, colonialista, blanco, liberal y burgués, y que la preocupación por el estilo es prueba irrebatible de elitismo.

Si hoy hay casas donde ni la historia ni la patria, como conceptos, viven con comodidad, hay chozas académicas donde memoria y olvido son lo que decía el doctor González que no eran, a saber, vacío. Pero estas chozas son la salida fácil de hoy, ahí habitamos muchos. Hay que tener cuidado.

III

¿Qué queda por hacerse para las patrias y las historias? Queda primero seguir tras las preguntas que venimos cargando desde siempre —¿por qué la historia?— y queda saber que cualquier casa es, por un lado, una morada provisional y, por otro, ruinas donde viviremos de seguido; queda no desconocer que el olvido es el laboratorio nuestro tanto como la memoria. Más allá de lo que los mismos historiadores ya hemos ayudado a mostrar como quimeras precarias (nación, identidad, bondad y maldad), queda seguir documentando el concubinato in- soluble entre historia y patria al mismo tiempo que expiamos nuestras culpas, hasta el límite de nuestras capacidades, en este escribir sólo historias patrias y patrias que son puros cuentos. Queda, también, algo que siempre hemos hecho montados en el prurito de la verdad científica, la militancia ideológica o la conveniencia personal: asumir el compromiso de escribir la patria que queremos, pero esta vez hagámoslo no porque sea la real, verdadera, santa o auténtica, sino porque es la que consideramos, aunque provisional e inseguramente, aceptable.

Más en específico, para México, los tiempos nos dictan un extraño volver a las ruinas de nuestro oficio de historiadores; nos invitan a taconear con gusto los escombros de la fe en la investigación empírica y en la rigurosidad, o a pisar los añicos de la obligación para con la pluma, la cual siempre fue social y personal. Quiero decir, el reconocer la ceguera que es la historia y sus límites, nos hace difícil el habitar las viejas casas, y ya resulta imposible, al menos para mí, dormir en cualquier choza de modas académicas. Pero estas dificultades nos recuerdan que todo post-pensar, post-narrar. tras-narrar. neo-decir o sintetizar requiere de un antes de investigación y conocimiento, por más incompleto, erróneo o imperfecto que sea. Nos podemos quedar sin nada que revisar, superar o rechazar pues la investigación básica se agota, esa que saca a la luz nuevos datos, sucesos, nombres, fechas, inspiraciones, motivos, lecturas, números… novedades que son de consecuencias insospechadas. Esto no es proponer un regreso a un empiricismo ramplón, sino que es. con recato, tener en mente pero en pausa las grandes preguntas para seguir con las pequeñas donde podemos encontrar al menos más datos que post-escribir. e inclusive, por qué no, pequeñas grandes ideas, nuevas cronologías, nuevos lentes que nos vuelvan la patria familiar ajena. He aquí, pues, algo que queda por seguirse haciendo: modesta y seria investigación, ensayo de ideas, inspiraciones, sugerencias, en los archivos, en las bibliotecas… ¡en el aula! (la verdadera cuna de las patrias y las historias). De esto nunca tendremos suficiente, siempre hace falta, al menos en tanto no vislumbramos un escenario sin historia y sin naciones.

El problema es doble: ¿cómo escribir algo más que naciones si vivimos sumergidos en la ignorancia nacional (o sabiduría, usted dirá)? Por otro lado, si ya no hay una clara justificación ética para la historia, ¿que más nos queda —pragmáticamente— que la noción de comunidad nacional para rescatar alguna idea de justicia, igualdad, ayuda? No se me mal interprete, no creo en los nacionalismos buenos, y trabajo por una historia no nacional, pero… ¿qué más hay? El dilema no es, o no es más esencialmente, la nación sí o no, la patria verdadera o la falsa, sino cuál nación es la que consideramos el escenario correcto para seguir discutiendo historias patrias y por qué. No hay patria que surja natural y lógicamente del pasado; no hay historia que no derive de un proyecto de nación. Aquí habitan todas las elucubraciones del historiador.

Otra labor queda que es muy vieja y que cada vez que la menciono me gano más enemigos. Pero no dejo de creerlo, acaso por necio pero también porque he escudriñado el desarrollo de la historia no sólo en México sino en varios países de América y en España. La rigurosidad de la investigación mezclada con una u otra forma de elocuencia narrativa, con una ecléctica y militante visión teórica, es la casa más segura para la historia en nuestros tiempos. Una historia bien escrita, no sólo para historiadores, bien investigada, no garantiza una historia no nacionalista, nueva o liberadora, pero ofrece posibilidades para ello. El historiador no es sólo un escritor sino ante todo un traductor de lenguajes del pasado y de los propios lenguajes especializados en historias leíbles en lengua franca.

Los amigos me objetan lo que llaman mi defensa del estilo y mi elitismo, porque con mi visión de una historia rigurosa caigo en el conservadurismo más chabacano, y con mi apología de la elocuencia decanto en el elitismo de afirmar que no cualquiera puede ser historiador. Acaso yo sea eso un reaccionario elitista, pero no crean, ando en busca de convencerme de lo contrario, pero no más no veo cómo. Me encantaría clamar que la solución a la ecuación historia y patria está en una u otra moda académica o en olvidarse por completo de la patria o de la historia, pero no me da ni el oficio ni la cabeza para tanto.

Con mis reflexiones, pues, no avanzo mucho en la solución de este dilema de las historias y las patrias. Pero tampoco creo que esto sea particularmente necesario hoy porque el presente obligue a repensarlo todo. A ojos de historiador, es difícilmente creíble eso de las hibrideces, globalizaciones. de las neo y las post-cosas. Yo digo como el doctor González, que esas muletillas del actual lenguaje político y cultural “son como la cantera en bruto, que necesita ser labrada para transformarse en las columnas, los pedestales, los capiteles, etcétera que entrarán en el soberbio edificio imaginativo”. Nada de eso es nuevo y no veo que vivamos en un escenario que haya rebasado los pilares del por qué hacemos y decimos historias como patrias y al revés. Menos en México, donde aún nos preocupa, como hace cien años, vender imágenes de la nación creíbles y comprables por el exterior, aún somos forjadores diáfanos de patria, inclusive cuando nos declaramos antinacionalistas, donde todavía nos afanamos en tener una verdadera nación o una verdadera cultura nacional. ¿Que la globalidad “todo lo iguala”? Por favor, la historia y las patrias son tales porque siempre han sido globales: hoy lo global es simplemente lo que ayer era civilizado, divino, eléctrico, nuclear o cibernético. Que un partido político como el PAN haya llegado al poder al inaugurar un juego democrático pocas veces existente en los dos siglos que tiene México de existir, es un cambio sin duda importante; pero creer que este nuevo e imperfecto juego de democracia significa un lenguaje diferente en el cual se ha de re-escribir toda la historia, sería creer que el descubrimiento de un nuevo satélite de Júpiter re-escribe la historia del universo.

Si algo puedo decir, es que todavía no se ven muchos cambios en México, y menos para la escritura de la historia: los archivos siguen siendo manejados con el desdén, nacionalismo y autoritarismo de siempre, la relación de los intelectuales con el poder es a la que estamos acostumbrados, no hay cambio alguno en la educación que la continuación del ocaso, no hay siquiera otra idea de imagen nacional que la que es para venta —mezcla errática de siesta, fiesta, día de muertos, Tenochtitlán, Frida Khalo, Sor Juana, Diego y un chisguete de Octavio Paz, todo ello combinado con la fe en que son los intelectuales mexicanos los que mejor conocen y poseen esa mezcla divina.

Ojalá me equivoque, pero el presente no es como para repensar por completo la historia o la patria, sino para seguir literalmente, picando piedra en el oficio de lector de papeles viejos, de contador de historias.

Sí hay cosas que ya tienen tiempo ante nuestros ojos, y que deberían habernos hecho reconsiderar nuestra idea de historia y patria. Pero no son fenómenos muy novedosos y. por inmensos que sean, ni tocándolos con las manos, como el paciente del doctor González, podríamos aún nombrarlos. Por ejemplo, la patria se nos evapora en las manos porque ya somos millones de mexicanos que compramos la imagen de México, no somos esa imagen, ni la hacemos. Piénsese en Tijuana o Los Angeles. Otro ejemplo: ya hemos probado historiográficamente lo efímero y huidizo de las identidades, pero seguimos en el “conócete a ti mismo”, vamos sin dudas a la cacería del México profundo. En México, esto es especialmente cierto: “hoy es siempre todavía”.

Creo que si ha de redefinirse la vocación de historiador para hoy, tendrá que ser la que Eugenio d’Ors definió para sí mismo, la “vocación de abismo”. Yo, como el doctor González, estoy fascinado por los laberintos de la memoria y el olvido, y como él creo que el olvido es el laboratorio del que no escapamos, ni en Estados Unidos, ni en Argentina, ni en México. Seguro que hay presentes diferentes que pudieran dictar las narraciones de pasados aún inéditos, pero eso ha sido la historia, eso han sido las patrias, desde que el mundo es un hervidero de Estados nacionales. En esencia, no hay historia que no sea patria y no hay patria que no sea, al menos míticamente, histórica. La historia es “vocación de abismo”, no es más que un caer constante en los enigmas de las identidades colectivas, un irresistible querer precipitarse en un “nosotros”, un don para lanzarse al vacío con la convicción de que no se va en caída libre, que así es la historia, pero siempre cienos de que es puro cuento: vamos a la deriva. Pero también es la aptitud para nunca tocar fondo, para antes de estrellarse redescribir la historia como si fuera apenas el inicio del despeñadero.

Referencias mínimas:

Son toneladas lo que se ha escrito a este respecto. La bibliografía detallada y anotada que yo conozco, así como una elaboración personal más puntual, puede encontrarse en Mauricio Tenorio: Argucias de la historia (Paidós. 1999): el ensayo del doctor González (“La memoria y la imaginación visuales de un poeta ciego desde la primera infancia”) se encuentra en el tomo 48 (1927) de las Memorias y Revista de la Sociedad Científica Antonio Alzate, el libro de Löwith que cito es Meaning in History(The University of Chicago, 1949): el trabajo de Manuel Larráinzar está en la indispensable recolección y estudio del pensamiento historiográfico mexicano hecha por Juan A. Ortega y Medina: Polémica y ensayos mexicanos en torno a la historia (UNAM, 1970). Estas líneas están muy marcadas por el diálogo con Philippe Burrin. Partha Chatterjee, Navid Kermani. David Shulman, Velcheru Rao, Wang Hui y Sanjay Subrahmanyam, diálogo que a lo largo de este año fue posible gracias a los auspicios del Wissens- chaftskolleg zu Berlin. Agradezco al Kolleg y a mis entrañables interlocutores.    n

Alberto Manguel: Subrayados

ALBERTO MANGUEL:

SUBRAYADOS

Acaba de llegar a México el libro de Alberto Manguel, gran degustador de escrituras, Una historia de la lectura (Norma, Bogotá, 1999). De ahí extrajimos los siguientes subrayados:

•  El códice era una invención pagana; según Suetonio, Julio César fue el primero que, para enviar despachos a sus tropas, plegó un rollo en páginas como un cuaderno. Los primeros cristianos adoptaron el códice porque lo encontraron sumamente práctico para llevar, escondidos entre la ropa, textos prohibidos por las autoridades romanas. Las páginas se podían numerar, lo que permitía al lector acceder con mayor facilidad a las secciones; y varios textos distintos, como las Epístolas de Pablo, podían encuadernarse fácilmente en un volumen de tamaño conveniente.

•   Una vez que la lectura silenciosa se convirtió en la norma en los escritorios, la comunicación entre escribas se hizo por señas: si un copista necesitaba un libro nuevo para continuar su trabajo, fingía pasar páginas imaginarias; si, más concretamente, necesitaba un salterio, se llevaba las manos a la cabeza en forma de corona (en referencia al rey David, autor de los Salmos); un leccionario se indicaba retirando cera imaginaria de unas velas; un misal, con el signo de la cruz; una obra pagana, rascándose el cuerpo como lo haría un perro.

•  A Rabí Leví Yitzhak de Berdichev, uno de los grandes maestros hasídicos del siglo XVIII, le preguntaron por qué faltaba la primera página de cada uno de los tratados del Talmud babilónico, lo que obligaba al lector a empezar la lectura en la página dos. “Debido a que, por muchas páginas que lea el estudioso”, contestó el rabino, “nunca debe olvidar que no ha alcanzado aún la mismísima primera página.”

•   Tal vez, puesto que Kafka se daba cuenta de que si, para un lector, todo texto debe ser inconcluso (o abandonado, como sugirió Paul Valéry), si de hecho un texto puede leerse únicamente porque es inconcluso, dejando un lugar en blanco para el trabajo del lector, Kafka quería para sus escritos la inmortalidad que generaciones de lectores han concedido a los volúmenes que ardieron en la biblioteca de Alejandría, a las ochenta y tres obras perdidas de Esquilo, a los libros desaparecidos de Tito Livio, al primer borrador de La revolución francesa de Carlyle, que la criada de un amigo echó accidentalmente al fuego, al segundo volumen de Las almas muertas de Gogol, que un pope fanático condenó a las llamas. Quizá por esa misma razón Kafka nunca terminó muchos de sus escritos: Falta la última página de El castillo porque K, el protagonista, nunca debe alcanzarla, de manera que el lector pueda continuar para siempre a través de los infinitos niveles del texto.

•  Los trabajadores que emigraron a los Estados Unidos llevaron consigo, entre otras cosas, la institución del lector: una ilustración del American Practical Magazineáe 1873 muestra a uno de esos lectores, con gafas y sombrero de ala ancha, sentado con las piernas cruzadas y un libro en las manos mientras una hilera de cigarreros (todos varones) en chaleco y mangas de camisa se dedican a enrollar puros, totalmente absortos, al parecer, en lo que están haciendo.

El material para aquellas lecturas, acordado de antemano por los trabajadores (que, como en los días de El Fígaro, pagaban al lector de su bolsillo), abarcaba desde opúsculos políticos y libros de historia a novelas y co lecciones de poesía tanto modernas como clásicas. Tenían sus libros preferidos: El Conde de Montecristo, por ejemplo, llegó a ser tan popular que un grupo de obreros escribió a Dumas, poco antes de su muerte en 1870, pidiéndole que les permitiera dar el nombre de su personaje a uno de los tipos de cigarros. El novelista francés accedió. n

El llano de siempre, las llamas de ahora

EL LLANO DE SIEMPRE, LAS LLAMAS DE AHORA

Hay una profunda crisis en el campo mexicano. Desde hace más de tres décadas la producción agropecuaria ha crecido más lentamente que la población. Como resultado, la cuarta parte de los mexicanos que vive en el campo produce menos del 6% de la riqueza nacional. El 90% de los productores rurales, 4 millones de productores pobres, generan menos de la mitad de ese 6%.

Desde el comienzo del actual gobierno. la producción agropecuaria ha caído, según datos oficiales, un 5.5% el primer trimestre, y un 4.3% en el segundo, comparado con el mismo periodo del año 2000. El campo está descapitalizado. El precio de sus insumos (semillas, fertilizantes, maquinaria, combustible, energía) ha crecido 500% en la última década. Los precios de los productos agrícolas (trigo, arroz, frijol, maíz) tienen rezagos de hasta 50%.

Un problema de ese tamaño no pasa desapercibido ni con los ojos bien cerrados. Protestas, escándalos y hartazgos han puesto en circulación una vez más la vieja historia de la crisis del campo. Esa historia no empieza con Emiliano Zapata en 1910, sino con Luis Echeverría en los años setentas.

Entre 1970 y 1990, el problema del campo mexicano trató de resolverse con subsidios selectivos: precios elevados para ciertos productos, crédito barato y agua cara que no había que pagar, fertilizantes y semillas de precio accesible pero de baja calidad, y hasta compra y fábricas de tractores. Los subsidios crecieron exponencialmente, junto con las burocracias que los dispensaban.

En la feria de los subsidios, los pobres del campo recibían acaso una salpicadura y los problemas estructurales del sector permanecían estacionarios o se agravaban hasta la crisis recurrente. Entre 1992 y 1994 se tomaron algunas medidas para cambiar las reglas de la producción rural. La reforma al artículo 27 constitucional dio seguridad a la propiedad agraria para que las inversiones arraigaran a la gente en la tierra y frenaran su nomadismo en busca de los subsidios selectivos. La apertura comercial del tratado de libre comercio con Norteamérica depositó en el mercado los alicientes que el Estado había tratado infructuosamente de asumir.

Procampo otorgó subsidios compensatorios a los productores rurales. Por primera vez los pobres del campo fueron sujetos directos del apoyo público. Los productores comerciales más grandes quedaron protegidos por un esquema provisional de compensación para llevarlos a invertir y hacerse competitivos.

La crisis del 95 se llevó casi todo lo hecho. Los recursos públicos se encogieron. Los programas compensatorios, como el Procampo, se achicaron. A las reformas interrumpidas se agrega hoy el conflicto político. El cambio de estilo irrita y la falta de claridad confunde. La incomunicación radicaliza. Muchos actores malheridos reparten manotazos. El encanto mediático no puede suplir a las definiciones ni a las políticas públicas. La política rural brilla por su ausencia.

Un caso dramático es el maíz. Su precio se ha mantenido en 1,200 pesos por tonelada, cuando el precio que permitiría recuperar los costos de producción es de 1,600 pesos.

El precio internacional del café se desplomó y actualmente fluctúa entre los 90 y 100 dólares por cada 100 libras, cuando la media aceptable es de 120 dólares. Por falta de entrega de recursos para un programa emergente, alrededor de un millón y medio de quintales se dejaron de cortar. En consecuencia, las exportaciones del sector cayeron en 200 millones de dólares. Las zonas donde operan las guerrillas rurales del país —Chiapas, Oaxaca y Guerrero— son productoras de café. Si el café deja de ser “rentable” para los campesinos más pobres, su incentivo para adherirse a estos grupos puede crecer.

El arroz enfrenta uno de los precios más bajos de su historia. Se especula ya que en menos de dos años México pasará a ser un importador neto de este cereal. El frijol está amenazado por serios problemas de contrabando.

El sector agrícola no sólo está en crisis por sus pérdidas y su baja productividad. Resiente problemas estructurales igualmente graves.

Primero, la convivencia desigual de una agroindustria exportadora pujante y moderna, y un amplio sector de productores sin técnica ni crédito con los niveles de vida más bajos de toda la población nacional.

Segundo, los campesinos no han recogido ni una migaja de la modernización experimentada por el país en los últimos veinte años. Es el sector que mejor demuestra el lado oscuro de este proceso, para muchos el emblema de que la economía de mercado no funciona. La economía de mercado, tal cual se ha aplicado en México, no ha funcionado para el campesino.

Tercero, en ninguna economía desarrollada se ignora la necesidad de una política de subsidios agrícolas. Estados Unidos y la Unión Europea subordinan sus acuerdos comerciales a ese punto.

En México se dice que los subsidios van contra las “leyes del mercado y la libre competencia” y los pocos subsidios que se otorgan son insuficientes, mal administrados, vinculados muchas veces a prácticas corruptas.

¿Soluciones? No parece haber ninguna inmediata, ni siquiera sexenal. Hay gente de más en el campo. La productividad rural es muy baja. Los programas sociales son limitados y de mala calidad, particularmente en lo básico: educación y salud. Las transferencias de dinero público al campo son insuficientes. La inversión y modernización empresarial necesarias no atienden el rezago. Las inercias políticas y burocráticas persisten.

La democracia transparenta estos problemas. La transparencia los hace inocultables y urgentes. Mejora la visibilidad de los conflictos, dificulta su negociación. Pero el problema es más serio: no hay soluciones reales al campo mexicano que no tarden años en dar frutos. Hace falta un marco general de crecimiento acelerado, claridad estratégica para el campo como política de Estado, cuidado para los recursos naturales ya deteriorados, programas congruentes de largo plazo, manejo político incluyente.

Todas esas cosas escasean en el nuevo gobierno. Empieza a escasear, por lo mismo, la paciencia en el campo de México. Pero la culpa del actual desastre agrario no puede ponerse en las espaldas del nuevo gobierno. Pagan un pato que no mataron. ¿Quién lo mató? El escritor Luis González de Alba ha ensayado una respuesta: “Noventa años de reparto hasta la micro- pulverización. la falta de garantías a la propiedad rural, el desprecio a la inversión. la perpetuación de los usos y costumbres milenarios, la conversión del campesino en carne de mitin y voto regalado. O sea. la Revolución y su ideología”. n

¿Cuáles dos espadas?

DEBATE EN NEXOS

¿CUÁLES DOS ESPADAS?

POR JEAN MEYER

“Iglesia y Estado: Las dos espadas ” (Nexos 282. junio de 2001). de Roberto Mancarte, ha generado un estimulante intercambio de ideas, En nuestro número anterior. Rodrigo Guerra López debatió con él. Ofrecemos ahora una polémica entre Jean Meyer y el mismo Roberto Blancarte sobre la naturaleza de la iglesia católica en México.

Cuidado con los lugares comunes, querido Roberto Blancarte, y editores de Nexos. Creo que a estas alturas los defensores acérrimos que son de la laicidad (y conste que los acompaño en ese combate) se equivocan cuando toman como blanco: “Iglesia y Estado: las dos espadas”, y al titular el artículo de tal modo. Roberto y los editores de Nexos creen que sigue la lucha entre el Sacerdocio y el Imperio, la “querella de las investiduras” o del Patronato; evoca la nada Santa Inquisición, después de la Conquista y antes de las guerras de Independencia, de la Reforma, de la intervención francesa y del Imperio; poco le faltó para ligar la iglesia católica al Porfiriato, a Huerta, a los hacendados y a los petroleros.

No quiero revisar ese catálogo histórico sino decir que Roberto y los editores de Nexos hablan de otra iglesia y de otro Estado, en el fondo parecen creer que la iglesia católica (o quizá todas las Iglesias cristianas y todas las religiones) es la fuente de las desgracias de México. Debo confesar que me sorprende ese brote cultural que bien podría ser una comezón derivada del conflicto masivo que ha caracterizado a la cultura europea en los últimos tres siglos, mejor dicho, a la cultura europea latina (de la cual nuestra América es partícipe) sobre el papel de la religión.

Roberto, deberías poner en duda tus modelos, especialmente el de la secularización tal como lo manejas en tu ensayo; deberías tomar una buena dosis de laicidad para analizar más fríamente a la iglesia católica en México, en América Latina, en el mundo; para no inculparla en asuntos de los cuales no es culpable.

Hace poco leía, de la pluma de un sociólogo norteamericano, una frase que te va a sorprender: “El lugar de los dioses en los asuntos de los mortales es el más inefable y más antiguo objeto de la curiosidad humana. El estudio propio de la humanidad es el hombre. Dios y la relación entre los tres”. Los tres; tres es más rico que dos, el dos de tus dos espadas. El asunto no es sencillo y la contradicción o la unión de los contrarios es la regla. Además, el cristianismo, tanto en el espacio de hoy como en la profundidad del ayer, ha sido y es un tal camaleón y ha tomado encarnaciones tan variadas que es muy difícil empezar a entender su naturaleza presente (es tu trabajo, mi buen sociólogo) o su historia (es el mío y me confieso derrotado). Su cambio permanente contradice tu impresión de que se resiste al cambio, de que es por lo tanto fundamentalísta, anclada en el siglo XIX, incapaz de olvidar nada, incapaz de aprender algo.

No sé dónde tu muy citado Jorge Larrain encontró que esos católicos consideran a la identidad (la de nuestro subcontinente, la de México) como una “esencia fija, inmutable en el tiempo” (tu página 50); me temo que te vuelves fixista y reduccionista cuando afirmas: “la incapacidad del episcopado católico mexicano para entender al mundo moderno (…) Su visión es reducida y decimonónica”. ¿Crees tú realmente que exista un ente monolítico llamado “episcopado”? Conozco a pocos obispos, a unos diez, y te aseguro que cada uno es un mundo y que varios te asombrarían por su “modernidad” (whatever that means).

Cuidado en no volverte decimonónico. amigo Roberto, al soñar con una religión reducida al fuero interno individual. Todas las grandes religiones hoy en día contraatacan dicho modelo; la sociología, todas las ciencias sociales te manifiestan que no existe tal dicotomía público/privado. Tú sabes, mejor que yo, que la religión como toda actividad es muy real y se vuelve “sociológica”, inscrita en la sociedad; el actor colectivo y multitudinario llamado iglesia nos interesa por eso mismo. Por el solo hecho de que da lugar a una actividad específica, la religión entra en relación y en competencia con las otras esferas de actividad, social, política, económica, etcétera. Esa competencia puede ser armoniosa o conflictiva, estéril o fructífera, eso es otro problema, pero no puedes mantener el sueño de ciertos hombres del siglo XIX y del XX de encerrar a “la iglesia” (¿qué es eso?) en sus templos y a los sacerdotes (el obispo es un sacerdote) en sus sacristías.

A lo mejor no te gusta la ambigüedad básica de todas las iglesias: son a la vez comunidad de creyentes e instituciones con relaciones con otras instituciones (el Estado, entre otras) y otras comunidades. Para limitarnos a ese cuerpo de profesionales de la religión, a ese episcopado que te molesta tanto, lo único que intento decirte es que es muy diverso, cambiante y que, según los lugares, según los momentos, tan puede ser factor de concordia, como de discordia. Ni modo, esa ambigüedad, esa tensión es tan vieja como el cristianismo, pero creo que olvidas que, al mismo tiempo, el cristianismo y sus Iglesias, si bien influyen sobre las sociedades que habitan, a la vez se encuentran transformadas por ellas. Por lo tanto tengo una visión mucho más optimista que la tuya cuando repaso los cinco siglos de la historia del cristianismo en lo que fue la Nueva España y luego México. Del futuro no soy profeta; el presente, intento vivirlo con la conciencia de que el cristianismo plural del México de hoy no tiene nada que ver con el del culto imperial, muy poco que ver con la religión nacional y mucho que ver con el de la comunidad voluntaria.

Sé que no tomarás a mal mi interpelación. Nexos me invitó a hacerlo para abrir el diálogo, o la conversación, que es más rica porque seremos más de dos (espadas). Vale.   n

Juárez, El Impasable

El problema no es aquel Juárez, sino el Juárez que nos vienen vendiendo desde hace más de un siglo. Ese Juárez es un milagro de la medicina: siendo sólo un busto, vive y es dañino como la peste. Pobre, huérfano, tiranizado por su tío, víctima de Eolo que aleja el carrizal de la orilla del estanque (lo cual provoca que sus ovejas se desbalaguen), competidor del rubio Maximiliano de Habsburgo, ese Juárez es un triunfador. ¡Y con esa facha!, ¡qué honor!

México no cambia, nunca cambia, sólo se actualiza. A ello se debe que México siga siendo, como decía Humboldt, “el país de la desigualdad”. Por eso Juárez arruina las ventas de los historiadores, porque es casi perfecto, pero en el casi está toda la diferencia: un indio alzado nunca será modelo de nada, un naco entre los nacos, oaxaqueño como un tamal: por cierto, no olvidamos la voz popular:

Benito Juárez

vendía tamales

en los portales

de la Merced.

Pero en la desolemnización de nuestro Benny Goodman quien se lleva orejas, rabo y pata es Manuel “El Loco” Valdés. En un programa de la tele, en los lejanos tiempos de la alta investidura de Echeverría, se echó la puntada de referirse a “Bomberito Juárez” y en consecuencia fue multado. Al día siguiente, enojado como un torero, se refirió a doña “Manguerita” Maza: múltenlo y sáquenlo del aire, dijo el “Tigre”.

Ese Juárez nunca pasa de moda. En la Bolsa corre el rumor, que yo atrapo, de que el nuevo banco se va a llamar “Juárez City Group”, pues ese Juárez le da color local y porque ahora el gobierno le hace los mandados al capital gringo, como el viento al bienamado. Y aquí viene al pelo el tratado McLane-Ocampo que firmó otro Juárez con objeto de darles las nylon a los yanquis en el Tehuantepec. Y luego el Juárez de Veracruz fue salvado por los norteamericanos que ahuyentaron a dos navíos conservadores que se proponían atacar a Benito por atrás, por donde no se vale.

Y más tarde fueron sus guardaespaldas en Paso del Norte, ¿no es cierto?

Hubo otro Juárez que amó el poder y sólo permaneció catorce años en la presidencia porque murió en esa alta investidura (del alemán altten, antigua). Pero no hemos sabido explotar al personaje. Se filmó el bodrio de “El carruaje”; ahora los tiempos exigen a un Juárez de levita negra, en el calor estival del desierto, sudando como negro, y luego se oye la voz de Guillermo Prieto quien dice;

“Su alta investidura ” no padece

porque la gente ya no rece.

pues a diario su axila humedece

con desodorante Krese.

En seguida una voz en off recomienda: “Orale ése. usa Krese”.

Y no se debe confundir al Juárez del conflicto religioso y las leyes de Reforma con el que seria actualmente. Si hoy viviera Benito sería mozo de Mariclaire Acosta, pero mozo ilustrado se entiende, y formaría parte de una ONG consagrada a reunir fondos para la capa, perfectamente bien cortada, del señor arzobispo.

Eso si Juárez no hubiera muerto, como dice el danzón, porque si nunca hubiera nacido Musolini no se llamara Benito y todo cambiara, Hitler de cabo no pasara, ni a los judíos masacrara, ni Berlín se dividiera. Salinas la alta investidura no alcanzara y todo una chulada fuera.

En suma, ese Juárez se parece a los noticiarios de la tele, porque no hay quien se los trague, en tanto que el busto, la gigante cabeza de Juárez es impasable.  n

Noticias de pornointernetlandia

NOTICIAS DE PORNOINTERNETLANDIA

En su edición anterior Nexos dedicó buena parte del número al tema del sexo. Uno de los artículos, escrito por Salomón Derreza, hablaba de Cibersexo y pornocracia, para ocuparse de una zona de Internet, activa en Internet, y dirigida a la pornografía infantil. El asunto es central: el uso de la pornografía, uno de los derechos de los adultos para hacer con su vida privada lo que se les pegue la gana, es en efecto, en una zona terrible, un disparador de criminalidad en la red. Y en el caso del desmantelamiento de una red de pornografía por Internet, una red dedicada a la explotación de la pornografía infantil (The New York Times, agosto 9, 2001), vuelve a sorprender no tanto el hecho de que existan proveedores sino, en efecto, que la oferta sea tan bien recibida, al grado de ratificar que la pornografía es el único negocio redondo en la red.

Luego de una investigación de dos años, la procuraduría general de justicia de Estados Unidos ordenó el arresto de 100 personas involucradas en este comercio. La red de pornografía infantil involucraba a comerciantes de Estados Unidos, Rusia e Indonesia. Sus dueños eran un matrimonio: Thomas y Janice Reedy. La compañía, Landslide Productions Inc., que operaba desde Texas, dejaba muchas ganancias: en un buen mes, obtenía hasta 1 millón 400 mil dólares

Su sitio en la red contaba hasta con 250,000 suscriptores, muchos de ellos fuera de Estados Unidos. n

Carranza: Los dos extremos

CARRANZA: LOS DOS EXTREMOS

POR LUIS BARRÓN

Alto, robusto, tenaz, paciente para escuchar, nacionalista hasta el extremo y obsesionado con el cumplimiento de la ley… O lento, necio, obcecado, autoritario, conservador y capaz de todo con tal de retener el poder. Es entre estos dos extremos que fluctúa nuestra imagen de Venustiano Carranza. Un extremo creado por sus partidarios y por la propaganda del Estado. El otro, inventado por sus opositores políticos y sus enemigos militares, quienes siempre vieron en él al vencedor de Villa y al asesino de Zapata.

Colaborador en el régimen de Díaz como presidente municipal, diputado local, senador y gobernador interino de Coahuila, Carranza sólo se unió a la Revolución cuando le quedó completamente claro que el gran elector no lo apoyaría para ocupar la gubernatura constitucional de su estado natal, y que Bernardo Reyes no volvería para liderar un movimiento reformista dentro del régimen de Porfirio Díaz. Pero convencido de que México tenía que cambiar, Carranza fue quizás el más reformista de los gobernadores maderistas junto con Abraham González, gobernador del vecino estado de Chihuahua.

Ante el golpe y la dictadura huertistas, Carranza se erigió a sí mismo como la única bandera de la legitimidad, y dirigió la lucha en contra de Huerta y del ejército federal para restaurar el régimen constitucional. Pero aun destruyendo al ejército y al poder financiero porfiristas, y regresando a México al orden constitucional, su presidencia (1917-1920) no es considerada, más que por la historia oficial, parte del periodo fundacional del Estado moderno mexicano.

Bajo su liderazgo, un congreso constitucional electo popularmente escribió y promulgó la Constitución de 1917. Durante su presidencia, el poder judicial se reconstituyó y la mayoría de los gobiernos estatales fueron electos, regresando al orden constitucional. Carranza quizás haya sido el presidente más nacionalista que México haya tenido. Jamás cedió ante las presiones de las grandes potencias ni permitió que se inmiscuyeran en los asuntos internos de México. Pero no se pueden negar sus ligas con el antiguo régimen, su simpatía por el gradualismo y su afinidad ideológica —política y social— con el reformismo conservador de Bernardo Reyes —el general más popular dentro del ejército porfirista— alrededor de quien se iniciaría el primer movimiento opositor importante del porfiriato.

Carranza fue una proyección del antiguo régimen a la revolución. Siempre estuvo seguro de que controlar al ejército era esencial para controlar al país, por lo que había que someterlo al poder civil. Estaba convencido de que había que movilizar a los sectores populares que el régimen porfirista había excluido de la política (trabajadores, campesinos, estudiantes, mujeres y jóvenes profesionales), pero sin darles ningún poder real para iniciar el cambio político y social de México. Y quería una presidencia fuerte para lograr estos cambios. De ahí su renuencia a permitir la formación de partidos políticos nacionales, sindicatos independientes, organizaciones campesinas, elecciones libres o una prensa democrática. Se podría decir que Carranza quería un Estado completamente nuevo, un Estado capaz de conservar el orden social que la revolución estaba a punto de destruir.

Carranza, como él mismo lo dijo, no quiso ser un revolucionario. Fue más bien un reformador nacionalista cuyo proyecto, aunque incluiría a sectores que antes habían sido completamente excluidos, fue conservar el orden social como él lo entendía: un país de grandes capitalistas y gente educada que lo guiaría hacia el desarrollo, dejando al Estado la responsabilidad de proteger la soberanía de México, moralizar a la sociedad y proveer la educación de las clases más necesitadas.

Por eso, Carranza organizó un nuevo ejército, un ejército al que nunca dudó en utilizar hasta que sus recursos se acabaron. Venció a la reacción conservadora de Huerta, igual que al radicalismo revolucionario de Villa y Zapata. Y cuando tuvo que enfrentar la escisión de Alvaro Obregón, su general más prestigioso y listo para hacer concesiones al ala más radical de la revolución, no tuvo ni los recursos económicos necesarios, ni el apoyo de Estados Unidos, ni el compromiso ideológico con la revolución para evitar la caída de su régimen. Cuando el ejército se rebeló, cuando la burocracia y el congreso se decidieron a apoyar a Obregón, cuando los campesinos, los trabajadores y las organizaciones civiles permanecieron inmóviles, Carranza finalmente fue derribado, pero dejó sentadas las bases de lo que sería el Estado posrevolucionario mexicano.    n

Vida pública. Hechos y tendecias de México

PALOMAR.

VIDA PÚBLICA

HECHOS Y TENDENCIAS DE MÉXICO

SEPTIEMBRE

Septiembre es mes de rituales cívicos. Empieza con el informe presidencial de cada año y sigue con las fiestas de la Independencia nacional. El ritual informativo del presidente ha perdido teatralidad y peso. El cambio democrático ha desacralizado la figura presidencial y sus actos. El Informe Presidencial sigue siendo, no obstante, buena ocasión para sacar cuentas de la marcha del gobierno y el país. (Primer informe: Cero catástrofes. Ver p. 6). Respecto de los rituales patrios, el cambio ha puesto en marcha una revisión profunda de tradiciones y personajes históricos. El presente democrático del país mira con otros ojos el pasado y saca nuevos balances. A esa cavilación incipiente dedicamos el centro de nuestra revista. (Los cuentos de hadas y la historia patria. Ver p. 31.)

INDEFENSIÓN O LEGALIDAD

El Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN). órgano de inteligencia del Estado mexicano, hizo pública la evaluación que prometió el nuevo gobierno. Según el diagnóstico, la ausencia de un marco jurídico pone a los servicios de inteligencia entre la “indefensión y la ilegalidad”. (Cisen: Indefenso o ilegal. Ver p. 7.)

PRI UNA VICTORIA

El PRI ganó a principios de agosto la gubernatura de Tabasco, su victoria mayor desde la derrota histórica del 2 de julio de 2000. El triunfo refrendó lo que habíamos apuntado en estas páginas: la era de la caída en picada del PRI ha tocado fondo. La picada ha sido costosa. En elecciones posteriores al 2 de julio de 2000, el PRI perdió el dominio sobre tres estados, una legislatura local y 28 municipios. La victoria de Tabasco cortó esa racha pero no resuelve los problemas mayores de ese partido: cómo elegir su dirigencia y qué proponerle al México del siglo XXI.

UN PUESTO IMPOSIBLE

“¿Qué pasó con las habilidades administrativas de Fox?”, se preguntaba la revista Business Week en una edición de mediados de julio. Las habilidades de Fox son las mismas, respondemos nosotros, pero el puesto que tiene ahora está más complicado. Fox se propuso simplificarlo rediseñándolo. No ha dado en el blanco. El fallido rediseño explica en parte la confusión visible en los altos niveles del nuevo gobierno. (Presidencia: Nuevos cables cruzados, Ver p. 7.)

LA LEY INDIGENA

El martes 15 de agosto fue publicada en el Diario Oficial la reforma constitucional sobre derechos indígenas, que adquirió así vigencia plena. El proceso político de la reforma ha sido uno de los más transparentes de la historia constitucional del país. Nunca tantos actores participaron en un cambio legal de ese tamaño. No obstante, la controversia sigue. Se llama a la reforma contrareforma y a su contenido, traición. Las leyes vigentes no son todavía argumento suficiente para aplazar diferencias políticas. Tampoco son la letra muerta de antes. Empiezan a ser letra viva, que incumbe a todos y a todos hace pronunciarse, aunque no todos quieran acatarlas ni todos recuerden el texto de las leyes que los dividen. (Ley indígena: ¿.Alguien recuerda qué se discute? Ver p. 11.)

LA DIFICULTAD DE COBRAR

Quien pierda de vista el debate sobre la reforma fiscal, que aparece y desaparece de los medios, está perdiendo el hilo que guía los pasos del gobierno en el laberinto de sus decisiones. Todos los actores políticos están prendidos de ese cable guía, invisible a ratos, estentóreo en otros, electrificado siempre.

LA DIFICULTAD DE GASTAR

Un ritornelo de la opinión pública es que la desaceleración económica podría ser menos grave si el gobierno hubiera gastado lo que podía gastar. La ineficiencia gubernamental en el ejercicio del gasto ha recortado sin quererlo la inversión pública. Para desmentir ese rumor, algunas secretarías de Estado han empezado a gastar en desplegados de prensa porcentajes mínimos de lo que debían gastarse en la realidad.

En protesta por la venta de Banamex a City Group, reaparecieron las Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo (FARP), poniendo tres bombas junto a sucursales del banco vendido. Días después fueron detenidos miembros de las FARP. reforzando la creencia, común entre observadores, de que el gobierno podría detener a la mayoría de los grupos armados del país y que no lo hace por un extraño cálculo de tolerancia. En el fondo, esos grupos le parecen inofensivos o, al menos, cree tenerlos bajo control.

Las bombas no asustaron a nadie, lo cual no deja de asustar.

EL GRITO DEL CAMPO

Una oleada de protestas campesinas y fraudes empresariales sacudió al campo mexicano en las primeras semanas de agosto. La sacudida mostró un horizonte desolado, con nulas posibilidades de solución en el corto plazo. Es el viejo llano en llamas del mundo rural que inmortalizó Juan Rulfo. arrasado por la modernidad y la acumulación de no soluciones. (El llano de siempre, las llamas de ahora. Ver p. 8.)

TUMBA SIN SOSIEGO

Murió Carlos Hank González, el político que encarnó como ningún otro la mezcla de los negocios públicos con los negocios privados. “El Gran Corruptor” lo llamaron unos el día de su muerte. “Guía formador de nuevas generaciones”, le llamó la esquela del gobierno de su estado. La dirigencia priista brilló por su ausencia en el sepelio. La presidenta de ese partido declaró: “Con su muerte se cierra una etapa del PRI”. Es posible, pero a juzgar por la resonancia de la muerte de Hank, la parte más visible del PRI sigue siendo su pasado.

MIGRANTES

Se anticipa para septiembre, durante la visita del presidente Fox a Los Estados Unidos, una definición estadunidense en materia de migración mexicana. El ambiente de la discusión ha cambiado y para bien, según algunos observadores. Pero el paquete a negociar es el más ambicioso que se haya planteado entre los dos países y la ambición, ya se sabe, suele tropezar con la realidad. (Migrantes: Qué quiere México. Ver p. 12.)

CISEN: Indefenso o ilegal

CISEN:

INDEFENSO O ILEGAL

Por primera vez en la historia del país el director de los servicios de inteligencia del gobierno federal. Eduardo Medina Mora, director del Centro de Investigación y Seguridad (CISEN), presentó a los medios la evaluación de ese organismo, anunciada por el presidente Fox el día de su toma de posesión.

El CISEN es un órgano de la Secretaría de Gobernación dedicado a “establecer y operar un sistema de investigación e información que contribuya a preservar la estabilidad y permanencia del estado mexicano”. No tiene facultades operativas ni policiales. Su labor se limita a analizar y sistematizar información sobre una Agenda Institucional de Riesgos. La Agenda incluye: crimen organizado, subversión y terrorismo, dinámica demográfica, fenómenos fronterizos y migratorios, riesgos ecológicos, globalización de la economía, combate a la corrupción, fortalecimiento institucional. gobernabilidad democrática.

La debilidad mayor del Cisen, según el diagnóstico, es “la ausencia de un marco jurídico apropiado”, lo cual le impidió negarse al espionaje político y “evitar que (esa) información fuese puesta a disposición de instancias o personas a las que no correspondía conocer de los trabajos del Centro”. Peor: gente del CISEN filtró esa información para “satisfacer sus intereses … y dio pauta a que otras informaciones fuesen falsamente atribuidas al Centro”.

Entre las fortalezas del Cisen. Medina Mora destacó la profesionalización. el rigor metodológico y analítico y un servicio civil de carrera. Sobre todo, dijo, “el CISEN es un organismo no penetrado por el narcotráfico o el crimen organizado”.

El compromiso del CISEN para el futuro es volverse “un auténtico órgano de Estado… no un instrumento del régimen y menos aún al servicio de un grupo político”.

La evaluación terminó con tres anuncios. Primero, el refrendo de que desde el primer día del gobierno de Fox, el CISEN no hace espionaje político. Segundo, que dará acceso a la información de sus archivos sobre perseguidos y desaparecidos políticos. Tercero, prepara una Ley de Seguridad Nacional que norme las actividades de inteligencia del Estado.

El documento concluye: “Sin una Ley de esta naturaleza, el Estado deberá debatirse permanentemente entre una situación de indefensión y otra de ilegalidad”.

Es difícil describir mejor el lugar de indefensión de la sociedad y o ilegalidad del gobierno en que se han movido hasta hoy los servicios de inteligencia en México. n

lA Independencia

II. VISIONES Y REVISIONES DE HISTORIA PATRIA.

Ofrecemos las versiones editadas de cuatro de los programas televisivos de Zona abierta, conducidos por Héctor Aguilar Camín dedicados a explorar algunas zonas de nuestra historia patria. De la guerra de Independencia a las conquistas sociales de la mano del general Cárdenas, las visiones de la historia oficial exigen revisiones a conciencia que tomen en cuenta la complejidad de los hechos humanos cuando entran en movimiento. La reflexión y la enseñanza de la historia patria, como se ve, deben alejarse ya de los cuentos de hadas.

LA INDEPENDENCIA

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: El 15, el 16 de septiembre se da una ceremonia digamos canónica del nacionalismo mexicano, de la afirmación de cada año de la patria, de la nacionalidad, de la independencia, del orgullo y de la borrachera. ¿Cuándo empieza este rito que para nosotros es eterno, que no empezó nunca, que no tiene edad, de celebrar la noche del 15 de septiembre?

JEAN MEYER: Parece que lo inició un rubio de barba partida: el emperador Maximiliano, austriaco, a quien se le ocurrió incluso hacer el viaje a Dolores, Hidalgo, para dar el grito. Lo cierto es que Maximiliano hizo mucho para, si no inventar, por lo menos consolidar el festejo de ese aniversario, que en los primeros treinta años de la república independiente no se festejaba de esa manera y, para empezar, probablemente no debió haber sido el 15 de septiembre: aunque los padres de la patria debieron estar muy nerviosos, esa noche no creo que hayan dormido muy bien, y en realidad el grito se hace el 16. Luego, es probable que el 15 sea la fecha escogida por don Porfirio Díaz porque es el día de su cumpleaños, y él en su tiempo hizo coincidir las dos cosas.

ENRIQUE FLORESCANO: La primera polémica sobre el grito se da inmediatamente después de la Independencia. Un cronista como Carlos María de Bustamante. ya en la época en que han muerto Hidalgo y Morelos, decide que hay que festejar al iniciador del movimiento. Entonces Bustamante crea el primer panteón de héroes de la Independencia. Luego viene Iturbide y entonces hay la primera colisión entre las interpretaciones del grito y de quién fue realmente el héroe que inició la liberación del país, quién es el padre de la patria. Ahí viene la disputa que se da inmediatamente en el momento iturbidista. El primer Congreso, el que instituye la república federal, tiene una primera resolución: se inclina por Hidalgo y deturpa a Iturbide, y a la independencia de Iturbide del 21 de septiembre de 1821. Edmundo O’Gorman hizo esa historia de manera magnífica: recorre todas las distintas interpretaciones que se dieron y las primeras mistificaciones. Ahí viene el otro problema: el gobierno que toma las funciones del Estado es el que empieza a declarar oficialmente a los héroes, y luego vienen las reacciones de los distintos movimientos; Santa Anna, desde luego, se levanta en contra de esto y ahí viene una serie de nuevas interpretaciones.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN:

Pero ¿quién es el padre de la patria?

LORENZO MEYER: Junto con Hidalgo, viene un personaje que a mi juicio quizás es más interesante: Morelos. El ya no es criollo, es mestizo, y es el primero que dice: “Nosotros queremos y debemos ser independientes”. En estricto sentido debíamos celebrar a Morelos como el padre de la patria. Es una proposición.

ENRIQUE FLORESCANO: Esta discusión tiene que ver con la disputa entre los liberales y el grupo conservador. Los liberales, que son los triunfadores en la disputa por la nación que se da en la primera mitad del siglo XIX, entran en pugna con el grupo nacionalista indigenista abanderado por Servando Teresa de Mier y también se oponen al grupo pro-hispanista, encabezado por Lucas Alamán. Se trata de una discusión muy intensa sobre el legado que debe sustentar la nación independiente. Los liberales rechazan las propuestas indigenistas e hispanistas y se pronuncia por Morelos, la Constitución de Apatzingán e Hidalgo, a quien atribuyen la liberación de España. Es un pensamiento liberal influido por el liberalismo europeo el que declara: este país desciende de Hidalgo, no del mundo indígena ni del hispánico: venimos, dicen, de Hidalgo, del movimiento de liberación nacional y de la república federal.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: ¿Eso ocurre cuántos años después de los acontecimientos?

ENRIQUE FLORESCANO: Cincuenta años después, con Juárez, con el triunfo de Juárez sobre el imperalismo francés. Entonces se reivindica la idea de la nación como proyecto republicano y como Estado nacional autónomo.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: En 1840, no había tal cosa como ir el 15 de septiembre a dar el grito.

LORENZO MEYER: No, pero sí había una ceremonia, cuando viene la tristísima derrota de 1847. En 1848 hay reuniones en septiembre en donde más de una gente lanza discursos lamentando la inminente destrucción de la patria. Ese mes de septiembre, ya con un país derrotado y sin mucha confianza en sí mismo, lanza la pregunta: ¿qué hacer?, ¿vamos a seguir siendo país o nos vamos a perder?

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Hay un problema que sigue pegado al grito de Independencia, y es el tema de la relación con España. Los liberales dicen: “no queremos el pasado español, queremos el pasado más nacional, más mestizo, más indígena”. Hay a lo largo de todos esos años procesos históricos que convierten a España en una especie de bestia negra para los mexicanos cuando España es realmente su cultura matriz, o por lo menos una de sus culturas matrices. Entonces se da el problema de que durante muchos años en el grito se dice: “Mexicanos, viva México; mueran los gachupines”.

LORENZO MEYER: En los documentos españoles del siglo XX, y de fines del siglo pasado, hay muchas quejas de españoles de a pie y de la delegación española (todavía no era embajada) respecto a que cada 15 de septiembre tienen que resguardarse en sus casas porque están en peligro, porque los apedrean, porque algunas veces los han dejado mal heridos y es un momento terrible para todos ellos. Un poco más de alcohol y en una mina matan al encargado español. Es hasta el porfiriato en que, según la delegación, ya no hay ninguna actitud oficial en contra de los españoles. Pero ¿quién mantiene viva la tradición contraria? Las bases, los mexicanos de abajo siguen apedreando, insultando. Mi madre, que era hija de español, todavía recordaba que allá en San Pedro de las Colonias el 15 de septiembre tenía que refugiarse en la casa porque no era posible salir. Y eso ocurría aún en 1930.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Midamos esta distorsión viendo el plan que funda la Independencia de México, que es el Plan de Iguala. El artículo primero del Plan de Iguala dice que son parte de la nación primero los europeos, es decir, los españoles; luego los criollos, luego los mestizos, y va incluyendo a todos en un plan político fantástico porque, en efecto, reparte para las expectativas de todo mundo. Por eso es que Iturbide puede tomar el poder. Según Lucas Alamán. Iturbide sólo tuvo 56 bajas en campaña. ¿Cómo es que se pasa de este momento de reconocimiento de la diversidad real de la Nueva España que se quiere independizar, al otro momento de la querella contra España? Ha sido una querella costosa en todos sentidos: cultural y sicológicamente. Y desde luego es una de las grandes distorsiones de nuestra historia porque odiamos a los españoles y hablamos español. Algo por lo menos extravagante.

ENRIQUE FLORESCANO: Creo que es la intensidad de las luchas políticas entre liberales y conservadores lo que explica el ataque a España. Entonces los liberales identificaron a los conservadores con España. La lucha interna volvió a revivir la conquista española, los tres siglos de dominación española, y esa pugna convirtió a España y al gobierno virreinal en la página negra de la historia mexicana.

LORENZO MEYER: No niego lo que dice Enrique Florescano pero hay también una alternativa: que en los años mil ochocientos veintes, cuando dos veces se expulsa por decreto a los españoles y se los manda a su tierra, generalmente se trataba de los menos protegidos. Los ricos se quedaron porque compraron. ¿Por qué se expulsa a los otros? Porque el rey Fernando VII tenía esta idea un tanto absurda, pero que mantuvo hasta el día de su muerte, de reconquistar México, y como San Juan de Ulúa estaba en poder de los españoles, y Cuba estaba en poder de los españoles, la idea de que ellos pudieran regresar no le parecía una idea estúpida. El Estado mexicano apenas estaba formándose y tenía un enemigo militar enfrente; por eso se expulsa a los españoles, por ser la quinta columna. Eso no ocurrió en otras partes de América Latina.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Expulsan también a los españoles por la crisis fiscal, para quitarles sus caudales. Hay también ahí un asunto de estabilización económica.

JEAN MEYER: Lorenzo Meyer tiene toda la razón de complementar la dimensión política interna con la responsabilidad, en este caso, del Estado español, que tardó muchísimo en aceptar regularizar las relaciones. Casi podemos decir que creó artificialmente una crisis, que fue después muy difícil de remontar y se hizo recurrente. Todavía cuando ocurrió la intervención francesa, al principio de ella estuvieron los españoles acariciando la idea de una eventual reconquista. El general Prim, si finalmente se portó muy bien, al principio soñaba con ser un nuevo virrey en México.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: A eso venía, y de pronto se da cuenta de que no tiene sentido.

JEAN MEYER: Y de manera inteligente se transforma en amigo de México. Ahora, Prim es muy representativo de esas ambigüedades, porque su esposa era mexicana. Tenía información de primera mano; hubiera podido ser un nuevo conquistador pero, al mismo tiempo, en el sentido biológico era familiar de los mexicanos. Esto se ha mantenido constantemente. Incluso en los años de expulsiones que a veces eran aberrantes, ¿como se iba a expulsar al padre de familia cuyo hijo era diputado mexicano? ¿Expulsar al papá, gachupín, casado con una mujer de León o de Aguascalientes? Son problemas de familia.

LORENZO MEYER: Pero los españoles tienen una culpa fantástica en esto. ¿Cuántas veces el ministro español no se siente ofendido? Y entonces ordena que los buques salgan de Cuba a bombardear Veracruz por haber sido humillado. El problema era que ya no había buques en La Habana, a él se le olvidaba que ya no tenían barcos. Pero si por él hubiera sido, habrían arrasado Veracruz cuando mataron a los españoles en Morelos. Así que cuando Héctor Aguilar Camín dice que los mexicanos tienen esa relación tan mala con España, los españoles también la tienen con México. Pero hay otros casos como el de Francisco Javier Mina, español, que viene a liberar a México. Luego están los curas carlistas —que no son, digamos, santos de mi devoción— que vienen a México a pelear contra los norteamericanos. El padre Jara arma una guerrilla que causó dolores de cabeza al ejército norteamericano por las emboscadas que les ponía. Y a la hora de la intervención francesa hubo militares españoles, liberales, que se alistaron en las tropas mexicanas de Juárez, y hay también guerrilleros españoles luchando contra los franceses.

ENRIQUE FLORESCANO: El asunto que está detrás de todo esto es el trauma de la conquista; ahí comienza a acumularse ese odio, a veces irracional, contra todo lo español, que se centra en la figura de Hernán Cortés.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: El trauma de la conquista es también una cosa construida después de la Independencia. Hubo una pléyade de historiadores que empezaron a decir: “Cortés no, Cuauhtémoc sí; la raíz española no, la raíz indígena sí”. Finalmente acabamos en el “trauma de la conquista”, aunque esas generaciones ya no lo recordaban.

ENRIQUE FLORESCANO: Esa interpretación fue tan fuerte que acabó por contaminar las otras interpretaciones de la historia mexicana. Desde entonces, en lugar de tratar de explicar los acontecimientos por sus propias causas y condiciones internas, era común explicar los males que padecía la nación achacándolos a la herencia española, al pasado colonial.

LORENZO MEYER: Romana Falcón señala que el hecho de tener tal odio a los españoles en Guerrero y en Morelos tiene una relación muy clara con que los encargados de las haciendas azucareras eran españoles que venían de Cuba, y como estaban, digamos, socializados en la relación esclavo-amo, en la mitad del siglo XIX, en el México ya independiente trataban a los mexicanos como esclavos sin que lo fueran. De vez en vez se extralimitaban y terminaban sus días de una manera no esperada. Hubo algo real, verdadero, una actitud de discriminación y brutalidad de los españoles en la vida diaria. De ahí que el trauma de la conquista fuera una verdad cotidiana.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Si tuvieran que escoger una distorsión de esta historia que ustedes conocen, no la de los historiadores profesionales sino la que se enseña en las escuelas y que la gente tiene en la cabeza, ¿cual sería la distorsión mayor?

ENRIQUE FLORESCANO: Quizá la distorsión mayor de la historia mexicana sea la fabricación de héroes y de mitos elaborados por la historiografía oficial. Antes que a los historiadores o a los propios movimientos sociales, debemos nuestros mitos de identidad, los héroes y los símbolos patrios, al gobierno en turno o a sus ideólogos. Desde los tiempos más remotos, pero especialmente bajo el régimen de la Revolución mexicana, el Estado y los órganos del gobierno definieron el panteón de héroes, las fiestas y ceremonias físicas y los mitos de la identidad posrevolucionaria. Se trata de un fenómeno universal pero en nuestro país atraviesa todas la épocas de su historia, desde la antigüedad prehispánica hasta nuestros días. Es un tema que ha suscitado una polémica intensa.

LORENZO MEYER: Yo destacaría una distorsión: la revolución mexicana como un esfuerzo democrático, la revolución como el verdadero momento en que los mexicanos entran a la democracia. Así empezó, y terminó muy pronto. Rápidamente se quitaron los ardores democráticos —como diría Luis González y González—; esos ardores pasaron a mejor vida con Carranza. Luego los presidentes han recurrido a la historia en busca de elementos para reivindicarse. Dijeron un montón de veces que la revolución había sido una revolución popular, democrática, que cumplía los anhelos mexicanos por la libertad. Y al examinar cada uno de los momentos de la revolución y de los resultados políticos hechos ya poder, encontramos que la democracia no anduvo por ahí para nada.

JEAN MEYER: La historia patria, en realidad, no es conocimiento; la historia patria es celebración y me parece correcto. No se puede criticar eso. El problema es que si se trata de una celebración, debería ser una celebración positiva y resulta que hemos levantado, hemos construido una dicotomía: es lo que Luis González llama la historia de bronce, donde a mi derecha están los buenos que van al paraíso de la historia patria y a mi izquierda están las ovejas negras, los malos que van al infierno. Y no hay grises con la idea de que los niños —porque supuestamente se está pensando en los niños— se aburren si les enseñan la historia de otra manera. Los niños son más finos y más inteligentes de lo que pensamos los profesores de historia. En la historia de bronce hay el peligro de tomar la historia y cambiarle la cabecita; se le quita la cabecita al busto, se le pone la otra, y listo. Ni siquiera cambiar la cabeza hace falta, porque ya nadie reconoce al héroe; basta con cambiarle el nombre a la placa que está debajo.

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Los historiadores profesionales perciben muy rápidamente la diferencia entre la versión oficial y la versión piadosa de la historia. La realidad histórica siempre es más complicada y un poco más dura en general que las versiones para consumo de los ciudadanos, pero yo creo que los ciudadanos —y los niños— también perciben las contradicciones muy fuertes en la historia. Estos cuentos de hadas de la historia patria, ¿qué consecuencias tienen a la hora de formar una cultura cívica desde niños?

JEAN MEYER: Tienen tres consecuencias graves. Una es que los niños rápidamente se dan cuenta de que es más complicado y tienen la sospecha de que la historia es mentira, que lo que les están enseñando en la escuela no vale. Dos: tuvimos la tendencia quizá romántica, quizás infantil, de la celebración de los vencidos, de los derrotados. Cuando estábamos hablando del trauma de la conquista, ¿cuál fue el trauma de la conquista, por ejemplo, para los tlaxcaltecas? Si ellos fueron los beneficiarios: sin ellos Hernán Cortés se habría hundido después de la noche triste. Y la tercera y quizá más grave consecuencia: el cultivo o la exaltación irresponsable de la violencia revolucionaria. Al escuchar la alabanza del levantamiento, “el grito”, el joven no sabe la realidad trágica que está escondida detrás de todo eso.

ENRIQUE FLORESCANO: Para reafirmar lo que dice Jean, podría decirse que ni los profesores, ni los historiadores le dan el lugar debido al otro aspecto de la revolución, que es la construcción continua, a largo plazo, de un proyecto histórico. El mito de la violencia revolucionaria empieza con los movimientos de la Independencia y la Reforma. Los ideólogos de la Reforma dijeron: venimos de una revolución, de la revolución de Independencia. Más tarde los impulsores de la Reforma y los revolucionarios de 1910 afirmaron: venimos de la revolución de Independencia, de la revolución de la Reforma y de la Revolución mexicana. Así se fue construyendo la idea de que México fue forjado principalmente por la violencia, por la disrupción. La consecuencia de esta interpretación es que carecemos de una historia de la construcción cotidiana de la nación, la familia, los partidos o las clases sociales. Es decir, ignoramos la formación de las estructuras más importantes de la sociedad. Hemos privilegiado la ruptura violenta y le hemos asignado el papel de partera de la realidad que llamamos México, sin recordar que detrás de esas erupciones, violentas, ocurre el movimiento silencioso de construcción de la realidad cotidiana.

LORENZO MEYER: Yo difiero un poco en relación a lo negro y lo blanco de la historia. Cuando yo era niño, esa historia patria me dio una enorme confianza en México; me dio mucho optimismo la visión simple y sencilla. Había algo bueno en la esencia de la vida, y la historia te podía decir que en el largo plazo las cosas iban a estar bien. El desencanto brutal vino al término de la adolescencia, al darme cuenta no sólo de que la historia patria estaba asentada en unas simplificaciones terribles, cuando no en mentiras, si no la vida en su conjunto, cuando también en la familia ocultaron ciertas cosas de las abejitas y las florecitas y los papas y los santos reyes. Te enfrentas a la corrupción, a que el ejército no es necesariamente glorioso, a que la policía no necesariamente te protege. Pero para un niño de seis, siete, ocho años, meterle todas las complicaciones históricas desde ese momento, ¿no seria también una manera de meterle una inseguridad terrible?

HÉCTOR AGUILAR CAMÍN: Edmundo O’Gorman decía, me recordaba Jean Meyer, que a los niños había que enseñarles una historia a los ocho años y otra a los diecisiete. Lo que pasa es que a los diecisiete se sigue enseñando la misma que a los ocho años. Ahora: si el presente va indicando nuevas maneras de ver la historia, y lo que sucede en el presente le añade significados al pasado, el 2 de julio del 2000 terminó una historia no democrática del país. ¿Cuál puede ser el cambio más importante, de nuestra mirada hacia atrás, debido a este hecho decisivo de nuestro presente más reciente?

JEAN MEYER: Volverá un personaje como Madero. De él nos decían que su único mérito era haber sido el niño que dijo “el rey anda desnudo”; qué bueno que haya muerto como mártir porque en el fondo era un tonto e ingenuo, quien cavó finalmente su propia tumba. Ahora que terminó la transición democrática vamos a ver cómo se retoma un hilo cortado en febrero de 1913. La historia de los veinte últimos años permite recuperar esa continuidad histórica, totalmente borrada por la enormidad del acontecimiento militar violento que fue efectivamente la revolución mexicana. Para el siglo veintiuno. Madero volverá, indiscutiblemente.

LORENZO MEYER: Yo destacaría el hecho de la no violencia. El 2 de julio mostró que existe la posibilidad de transformar a fondo, transformar un régimen sin que tenga que haber una solución catastrófica, sin que termine por venirse abajo el Estado, sin que la sociedad tenga que pagar con miles de muertos. Hasta el 2 de julio nos habíamos quedado con el idea de que si había posibilidades de cambio en el régimen tenía que ser pagado a un precio altísimo y pasar por el bautizo de sangre para que pudiera redimirse una situación política negativa. La violencia ya no queda como la única alternativa.

ENRIQUE FLORESCANO: En los últimos años se ha acentuado la posibilidad de construir una nación plural, acorde con la diversidad social. El nacionalismo revolucionario creó la idea de que el país debería tener un solo sistema político y educativo, una sola identidad y un solo proyecto histórico. Todo esto implicaba una negación de los intereses regionales, locales, étnicos y de grupo. En el proyecto que ahora tenemos por delante se trata de construir una nación que admita su diversidad política, social y cultural. Esto abre la perspectiva de aceptar la nación real; que el Estado se ajuste a la nación, no que la nación diversa se ajuste al Estado monolítico.    n

Inversión requerida

INVERSIÓN REQUERIDA

Según el Consejo Coordinador Empresarial, las inversiones de infraestructura requeridas para los próximos diez años son: electricidad. 4,000 millones de dólares; petróleo, 13,000 millones de dólares; gas natural. 400 millones de dólares; agua. 1,800 millones de dólares; carreteras, 2,200 millones dólares; telecomunicaciones, 2,200 millones de dólares; protección ambiental. 500 millones de dólares, y otros 6.100 millones de dólares en varios rubros más. En total, hablamos de 30,000 millones de dólares. Según un documento preparado para el World Economic Forum, en los próximos seis años deberán hacerse inversiones productivas en la industria, el campo y los servicios por 180,000 millones de dólares, si se quieren registrar crecimientos sostenidos cercanos al 7%

Obregón: La pasión del caudillo

OBREGON: LA PASIÓN DEL CAUDILLO

POR CARMEN COLLADO

La pasión por el poder dio impulso a la existencia misma de Alvaro Obregón. En la vida pública del caudillo sonorense sobresalen dos récords: fue general invicto durante la Revolución y el primer presidente que logró terminar su periodo después de la caída de Porfirio Díaz. No obstante, esa misma pasión que lo sacó de Huatabampo, Sonora, y lo llevó al escenario nacional, lo condujo a la muerte cuando ya era presidente electo y se preparaba para llegar por segunda vez a Palacio Nacional, dejando de lado el antirreeleccionismo que dio bandera a los revolucionarios de 1910. Fue asesinado por el joven católico José León Toral quien, poseído de mesianismo, cambió su vida por la del caudillo, en una inmolación que paradójicamente buscaba poner fin a la persecución religiosa, ignorante de que Obregón había estado negociando calladamente un pacto con el clero que terminaría con la guerra cristera.

Además del innato talento militar que lo llevó a convertirse en el caudillo indiscutido de la Revolución, después de la derrota del poderoso ejército villista el sonorense hizo gala de un pragmatismo político que le permitió hacer pactos con los militares malquistados con Carranza y aliarse con los obreros y los campesinos, al vislumbrar que este era un camino seguro para hacerse de una base de poder político propio, en una periodo en el que la legitimidad no nacía del sufragio sino del binomio conformado por el apoyo de las masas y las armas.

Alvaro Obregón llegó a la presidencia a los 39 años y pese a su aparente juventud su cuerpo mostraba ya las huellas de la guerra; había perdido el brazo derecho durante una de las batallas del Bajío y tenía una salud precaria que, de cuando en cuando, lo obligaba a retirarse de sus funciones. Con todo, conservaba su gran carisma, el gusto por hacer bromas, la prodigiosa memoria, la brillante mirada verde y su gran afición por la comida. Alvaro, el menor de dieciocho hermanos, provenía de una familia de agricultores en decadencia, pero gracias a su tesón, olfato para las oportunidades y a sus relaciones políticas devino próspero empresario agrícola durante su retiro de la vida política entre 1917 y 1919.

En su gobierno inició la reconstrucción del país, regresaron la mayor parte de los exiliados de la Revolución y, gracias a la colaboración de José Vasconcelos al frente de la recién creada Secretaría de Educación Pública, dio impulso a uno de los proyectos educativos y culturales más generosos del siglo XX. Bajo el mecenazgo de Vasconcelos, Diego Rivera y José Clemente Orozco pintaron murales en la Escuela Nacional Preparatoria y el edificio de la SEP, en los que floreció un nacionalismo romántico que presentaba a la Revolución como una gesta popular, creadora de una nueva sociedad mestiza más igualitaria. Era una pintura vanguardista de contenido político radical, inspirada formalmente en el nuevo clasicismo.

Durante los dos y medio primeros años de su gobierno se respiraba optimismo, la mayor parte de los intelectuales del Ateneo y de la Generación de 1915 confiaba en que al fin se harían realidad las promesas de la Revolución. El Estado apenas estaba por consolidarse y los proyectos reformistas caminaban lento. El caudillo tenía que negociar con los poderes locales, con un congreso independiente, aceitando con dádivas la centrífuga maquinaria política del México posrevolucionario. También tenía que buscar acuerdos con los empresarios nacionales, con el clero católico y con los poderosos petroleros extranjeros para consolidar su poder. El reconocimiento de los Estados Unidos, en el verano de 1923. dejó un sabor agridulce, pues se consiguió después de un largo jaloneo, mediante la firma de los acuerdos de Bucareli. El régimen había logrado someter a las empresas petroleras a la soberanía impositiva, pero a cambio reconoció su derecho a continuar explotando los yacimientos mexicanos, dejando en suspenso la aplicación del artículo 27 constitucional.

La sucesión presidencial ocasionó la ruptura del triángulo sonorense. pues Obregón dio su apoyo a la candidatura de Plutarco Elias Calles, ocasionando el levantamiento de Adolfo de la Huerta. Este movimiento fue aplastado sin grandes dificultades, pero seguramente dejó un amargo sabor de boca en el caudillo, sacrificó a su amigo para garantizar sus ambiciones personales. Al tiempo que realizaba jugosos negocios agrícolas y envejecía prematuramente desde Sonora, el ex presidente preparaba su retorno al poder. La pasión que lo acompañaría a lo largo de su vida dejó una oleada de sangre entre sus viejos compañeros de armas y lo llevó a encontrar la muerte el 17 de julio de 1928.    n

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

50,000 millones de dólares

Gasto en publicidad en EU durante 1979.1 200.000 millones de dólares Gasto en publicidad en EU

durante 1998.2

53 millones de dólares Ventas de la empresa de ropa Tommy Hilfiger durante 1991.3

847 millones de dólares Ventas de la empresa de ropa Tommy Hilfiger durante 1998.4

2,750

Tiendas Wal Mart en el mundo hasta 1998.5

42 Grupos armados en México.6

20 Porcentaje de niños en EU que usan Internet y han recibido propuestas sexuales.7

10Porcentaje de esos casos que son reportados a la policía.8

12,000.000 Mujeres que cada año son víctimas de ataques sexuales en el mundo.9 32.000 Mujeres que cada año resultan embarazadas en EU luego de sufrir un ataque sexual.10

26.1 Capacidad actual de almacenamiento de las presas de México.11

12 Porcentaje de la población mexicana que ha tenido alguna aventura amorosa con un compañero de trabajo.12

85 Porcentaje de mexicanos con depresión que acuden a servicios privados.13

83 Capacidad de almacenamiento de las presas de México en 1993.14

141,246 Habitantes del Centro Histórico del DF en 1970.15

71,615 Habitantes del Centro Histórico del DF en la actualidad.16

1,200.000 Personas que transitan diariamente por el Centro Histórico del DF.17

Empresas encuestadoras en México en 1988.18

5,400 dólares Precio de una muñeca de tamaño natural de silicón.19

300 Empresas encuestadoras en México en la actualidad.20

2,400.000

Parejas estadunidenses que sufren de infertilidad.21

15 Porcentaje de la población mundial con problemas de infertilidad.22

138 Variantes en el mundo de las parafilias.23

Roberto Pliego. Escritor. Es subdirector editorial de la revista nexos.

Fuentes: 1-5. Naomi Klein: NoLogo (Paidós. 2001); 6. Unomásuno: 13 de agosto de 2001: 7-8. Agencia AP: 9-10. La Jornada: 13 de agosto de 2001; 11. El Financiero: 14de agosto de 200l;12. Quo: agosto de 2001:13. Reforma: 2 de agosto de 2001; 14. El Financiero: 13 de agosto de 2001: 15-17. La Jornada 13 de agosto de 2001: 18. El Financiero: 17 de agosto de 2001:19. Quo: agosto de 2001; 20. El Financiero: 17 de agosto de 2001; 21-23: Quo: agosto de 2001.