Sismos, temblores y políticas

Caracol

Sismos, temblores y política

Por Cinna Lomnitz

El 15 de junio pasado se produjo un sismo de magnitud 6.9 a 60 km. de profundidad bajo la ciudad de Tehuacán, Puebla. El sismo se sintió en una amplia región del centro de México y causó graves daños y una veintena de muertos en la ciudad de Puebla. Más de cincuenta iglesias coloniales sufrieron daños graves, sobre todo en sus torres y cúpulas.

El temblor fue muy similar al del 24 de octubre de 1980, que afectó a la ciudad de Huajuapan en la Mixteca Alta. Esta vez, debido a la mayor cercanía del epicentro a la ciudad de Puebla, los daños fueron superiores. En todos los casos hubo una correlación estrecha entre el daño y la presencia de subsuelo blando. La distancia epicentral a la Ciudad de México fue de más de 200 km. y la energía fue 100 veces menor que la del sismo de 1985; por ello casi no se registraron daños en el Distrito Federal.

Los sismos de 60 o más kilómetros de profundidad se llaman “intermedios”, y son mucho menos frecuentes que los de profundidad “normal” (o sea. de 5 a 60 km.). Se sienten diferente. Debido a su mayor profundidad, “iluminan” o afectan un área más extensa y en forma más pareja. Sin embargo, su origen tectónico es el mismo: la placa de Cocos se hunde bajo la de Norteamérica. Sólo que la placa de Cocos es más profunda bajo Tehuacán, que se encuentra tierra adentro, que bajo la costa de Guerrero. Como la placa desciende oblicuamente, la profundidad aumenta con la distancia a la costa. Desde luego, una explicación tan escueta no agota lo que se sabe y, sobre todo, lo que aún se ignora acerca de estos apasionantes fenómenos. ¿De dónde proviene la enorme energía de los sismos? El temblor de Tehuacán tuvo una energía equivalente a 278 millones de KWH, pero el sismo de 1985 lo sobrepasó en un factor de 100. Menos de una semana más tarde, el 21 de junio, se produjo un sismo de magnitud 5.7 en el estado de Guerrero, a pocos kilómetros de la Presa de Infiernillo, con una profundidad focal de unos 40 km. Pese a ser mucho menor en magnitud, ese sismo también se sintió fuertemente en la Ciudad de México, quizá por su profundidad focal superior a la normal. Por fortuna, estos temblores no alcanzaron una magnitud mayor pero estuvieron a punto de causar daños mucho más graves. En México, las catástrofes naturales drenan recursos por miles de millones de dólares cada año. En 1999, por ejemplo, se predice un número superior al normal de ciclones y tormentas tropicales, especialmente en la costa del Caribe. Nuestra infraestructura turística es muy vulnerable a este tipo de fenómenos naturales y sería importante prepararnos para reaccionar en forma adecuada y oportuna.

Las exhalaciones del volcán Popocatépetl contribuyen a la contaminación atmosférica de las ciudades de México y Puebla. Las filosas partículas de polvo volcánico se anidan en los bronquios. Contienen compuestos tóxicos de azufre y una pequeña cantidad de elementos radioactivos. Los efectos sobre la salud se observan a diario, pero la población no porta mascarillas en los días de mayor infición; ni siquiera los niños lo hacen. Es importante conocer el peligro para actuar. No todo es contar “imecas”.

Un 60% del agua potable que se consume en el Valle de México se extrae del subsuelo. No es posible usar toda la capacidad del sistema de drenaje profundo porque las filtraciones en ese sistema son tan extensas que se nos iría toda el agua que bebemos. Pero, históricamente, el Valle de México ha sido vulnerable tanto a las inundaciones como a las sequías. Estamos entre la espada de la falta de agua y la pared del exceso de ella.

Los que estamos trabajando en el problema de los desastres tenemos informaciones que no llegan a los niveles de decisión. En China se consideraba que las catástrofes naturales son como enemigos al acecho, que atacan de improviso. El general Sun Tzu. quien vivió hace 2,500 años, resumió así lo que había aprendido acerca del arte militar:

Los antiguos generales se hacían invencibles y acechaban el momento de vulnerabilidad del enemigo. Ser invencible depende de uno; ser vulnerable, del contrario. Por lo tanto, el arte de la guerra consiste en volverse invencible, ya que nadie puede asegurar que el enemigo será vulnerable. Aunque sepas cómo vencerlo, no es segura la victoria. Ser invencible depende de la defensa, pero la victoria es fruto del ataque.

Somos excesivamente vulnerables a las catástrofes, y no podremos vencerlas a menos de hacernos invencibles.

Historia de dos movimientos

La democracia del alicate y la cachiporra, que no de la hoz y el martillo, funcionó en el conflicto de la UNAM. Funcionó mal. Los estudiantes huelguistas y sus aliados no supieron parar a tiempo. No calibraron el sentir popular y se les pasó el momento para convertir sus éxitos iniciales en avances duraderos.

Mi colega el doctor Carlos Imaz, experto en movimientos estudiantiles, fue entrevistado por Reforma el día de la concentración del rector en la Plaza de Santo Domingo y admitió que desconocía la naturaleza política del movimiento huelguístico y la identidad de sus líderes, y que apenas estaba tratando de entender de qué se trataba. Me parece significativo y en cierto modo melancólico que los paristas nunca hubieran logrado explicar claramente sus objetivos ni a la comunidad universitaria ni a sus simpatizantes. Esto, desde luego, refleja la educación de veinte centavos que nosotros les hemos brindado.

Recuerdo el movimiento pro libertad de expresión en Berkeley (1964); fue el primer movimiento estudiantil moderno. Su líder, Mario Savio, era un brillante orador y un ocurrente estratega, casi un genio. “Nunca cometeremos el error de ser prepotentes o de intimidar”, dijo. “No hay que cerrar la Ciudad Universitaria: si no están los universitarios ahí, ¿a quién vamos a convencer?”. Cuando la primera patrulla ingresó a la Ciudad Universitaria para aprehender a los líderes huelguistas, los estudiantes se acostaron en el suelo en torno al vehículo y lo inmovilizaron durante más de doce horas. Savio instaló un micrófono en el techo de la patrulla y desde allí arengó a los estudiantes, toda la noche y toda la mañana siguiente. Los compañeros que se encontraban esposados dentro del vehículo fueron alimentados con hamburguesas y se les proporcionó un frasco especial para que pudieran hacer sus necesidades. En ningún momento se pretendió interrumpir las clases, ni perjudicar a profesores o a alumnos: la huelga consistió en oponer resistencia pasiva ante las actitudes autoritarias del rector y nada más.

La policía intentó arrestar, uno a uno, a los muchachos y muchachas que habían ocupado la rectoría: los tuvieron que sacar cargando. Apenas sacaban a uno y otro ocupaba su lugar. El motivo de la rebelión había sido claramente explicado: se trataba de revocar la prohibición de instalar puestos de propaganda política en terrenos de la universidad. Los estudiantes de entonces sufrían una tutela agobiante e irracional: en la universidad no eran ciudadanos libres. Los obligaban a vestir traje y corbata. A la sombra del movimiento de 1964 surgieron los pintorescos puestos de Sather Gate donde nació el feminismo militante, la oposición a la Guerra de Vietnam, el movimiento cristiano estudiantil. la renovación artística y musical, los conciertos de rock y la moda. Los estudiantes de entonces son los que hoy manejan la sociedad de Estados Unidos, y constituyen la generación más innovadora de su historia.

… Y los de acá

Frente al desconcierto evidente de rectoría, el movimiento estudiantil de 1999 rápidamente adquirió credibilidad. Era cada vez mas plausible que la UNAM tenía que cambiar, y que no valía la pena regresar a una “normalidad” que parecía hecha para preservar los intereses de una burocracia voraz e inepta.

Pero a diferencia del movimiento de Berkeley y del de 1968, este movimiento nunca llegó a enarbolar banderas que valieran la pena: educación de calidad para todos, por ejemplo, o libertad de estudio —para hacer juego a la libertad de cátedra, que protege solamente al maestro—. En vez de ello, los huelguistas adoptaron las consignas de la rectoría, solo que al revés. Su pliego petitorio era legalista, quijotesco y formal. No proponía ningún cambio fundamental en la educación sino más bien un regreso al mundo de 1970. Los asesores del rector finalmente cayeron en la cuenta que nada perdían con ceder. Los estudiantes rebeldes carecían de ideas, no querían cambios, no tenían ambiciones. Su sueño era poder decir a sus nietos que su abuelito detuvo el tránsito y bailó en el Periférico por quince minutos. Cuando el rector cedió, ellos nunca vieron la jugada. Cayeron en su propia trampa y endurecieron sus posiciones —igual que Milosevic.

¿Qué podemos aprender de esta historia? Por una parte, que la UNAM no es Chiapas y que los universitarios no somos lacandones. Los huelguistas nunca se sentaron a pensar que nuestra universidad es una institución de clase media, creada para garantizar la movilidad social de una clase social que a nada teme tanto como al desorden y la violencia. Mario Savio, el hombre que hizo posible el cambio cultural y político más radical de la segunda mitad del siglo, lo sabía. Se rasuraba y se cortaba el pelo, vestía bien y no asustaba a los padres de familia. Su impacto se debía a su programa político. Por otra parte, este personaje genial nunca se recibió y acabó como humilde cantinero en Nueva York —pero esa es otra historia.

Ciencia y sabiduría

Hace un par de siglos, a los científicos se les conocía como “sabios”. Albert Einstein fue el último científico que cultivó esa imagen. Opinaba sobre política, religión y todo lo que se le ocurría, y hasta acertaba de vez en cuando. Los científicos ya no pretendemos ser sabios, y es mejor así. En efecto, la sabiduría ha caído en descrédito. Decía William Blake en 1790 que “el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”; pero los científicos no tenemos tiempo ni paciencia para los excesos. Los gobernantes son los que deben contribuir a la sabiduría: nosotros apenas proporcionamos la información. México tiene buenos científicos, pero no los busquemos entre los asesores de quienes dirigen los destinos de este país. Por eso el futuro está prendido con alfileres.   n

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

Después de la Guerra

La hora de Europa

Después de la guerra

Por Ludolfo Paramio

Luego de que la OTAN bombardeó Yugoslavia, y de que Estados Unidos tomó el control de los ataques, la imagen de Europa se presenta débil v servil, sin nadie capa: de asumir el liderazgo.

Casi  lo único en que todo el mundo coincide, sea cual sea su opinión sobre la guerra de Kosovo, es en el lamentable papel que ha representado Europa. Quienes se oponían a la intervención dicen que ha sido una imposición de Washington a la que una Europa débil y servil no ha sabido resistirse. Pero quienes eran partidarios de recurrir a la fuerza para frenar a Milosevic están convencidos de que los bombardeos han llegado a ser necesarios por las vacilaciones y divisiones de la política exterior europea: Milosevic no habría proseguido su peligroso juego, tras la paz en Bosnia, si una Europa unida y coherente le hubiera sabido poner límites claros.

Esta segunda posición tiene un punto débil: parte de que Milosevic es un actor racional, que valora los pros y los contras de sus acciones y decide de la forma más adecuada a sus intereses. Me parece que es Galbraith quien, en sus Anales de un liberal impenitente, revela que los dirigentes

del III Reich se habían pasado el último año de la guerra en un mundo fantasmagórico de cocaína y alcohol, por lo que podría ser inadecuado tratar de explicar sus decisiones en este tiempo como fruto de estrategias racionales. A Milosevic se le ignoran gustos similares, pero no es seguro que esté bien informado: a juzgar por sus entrevistas, parecía estar seriamente convencido de que podría convencer a la opinión pública occidental de que los albano-kosovares huían de los bombardeos de la OTAN, y no del ejército y los paramilitares serbios.

Ahora bien, aunque haya razones fundadas para sospechar que Milosevic es un orate, también las hay para creer que la debilidad y confusión de los gobiernos de la Unión Europea pueden haberle inducido a mantener su macabra estrategia de limpieza étnica y victimismo. No sólo lo ve así un extenso sector de la opinión pública europea, sino que también entre los dirigentes de la Unión se ha extendido esa convicción. Una de las consecuencias, de gran importancia simbólica y ojalá que práctica, ha sido el nombramiento del primer Señor Pesc, hermética expresión que designa al representante europeo para cuestiones de Política Exterior y Seguridad Común, figura prevista ya en el Tratado de Amsterdam pero que no se había concretado aún.

Cuentan que Henry Kissinger, cuando le preguntaban si Europa estaba de acuerdo con las actuaciones del Departamento de Estado, preguntaba a su vez a qué teléfono tenía que llamar para consultar a Europa, aludiendo a la inexistencia de un interlocutor único y a las contradicciones entre las políticas exteriores de los diferentes gobiernos. Si repitiera ahora su sarcástica pregunta, al eminente memorialista (que tan mal recuerda sus relaciones con Pinochet en los años de gloria, por cierto) habría que darle el número de Javier Solana, que dejará en el otoño la secretaría general de la Alianza para ocupar el nuevo cargo de Señor Pesc.

En un primer sentido, entonces, la guerra de Kosovo puede haber servido para dar un nuevo paso en la construcción institucional de la Unión Europea. Una vez más con retraso, y cuando ya se ha pagado un alto precio por la falta de iniciativa y de coherencia desde que comenzó el fraccionamiento de Yugoslavia. Conviene no olvidar, sin embargo, que una singularidad del proceso de construcción de la Unión es su capacidad para seguir adelante y avanzar sobre sus propios errores y ocasiones perdidas. No es fácil saber si hay que hablar de fatalidad en ese ir siempre por detrás de los acontecimientos, o si se deben subrayar en cambio la tenacidad en los avances y los inesperados saltos adelante, como la unión monetaria, logrados con especial voluntarismo.

¿En qué puede cambiar Europa con la figura del Señor Pesc? Quienes aborrecen de Washington quizás esperen una Europa capaz de frenar sus iniciativas, pero la apuesta es otra: una Europa capaz de tener iniciativas. Javier Solana ha demostrado como secretario general de la Alianza una muy notable capacidad para anudar consensos, que será sin duda la primera exigencia de su nuevo puesto, y ha demostrado además ser capaz de afrontar decisiones duras, de alto riesgo y personalmente difíciles. Contará también con una posición de peso institucional (la de secretario general del Consejo de Ministros de la Unión), pero para alcanzar la ambiciosa meta de una política exterior y de seguridad común Europa necesitará algo más: liderazgo.

En este aspecto las circunstancias no son favorables. Entre los actuales gobernantes europeos no hay ninguno que tenga un proyecto definido sobre el futuro de Europa, o si lo hay no sabe transmitirlo. Blair, que ha logrado inicialmente un fuerte liderazgo en el Reino Unido en torno a su proyecto de reformas políticas y sociales, no puede asumir un papel equivalente en Europa por dos razones. La primera, muy obvia, es que Gran Bretaña no está en el euro, lo que en aspectos cruciales convierte a Blair en un outsider. La segunda, menos evidente, es que después de Thatcher la economía y la sociedad británicas están muy alejadas del modelo continental, y las propuestas de su Tercera Vía son de difícil adaptación en el resto de Europa.

Quizá por ello ha lanzado, antes de las elecciones europeas de junio, una declaración conjunta con el canciller Schroder, tratando de presentarla como un manifiesto aceptable por todo el socialismo europeo. La inconcreción del texto, sin embargo, revela la dificultad para pasar de la filosofía a los hechos. Schroder puede estar de acuerdo con Blair en la necesidad de flexibilizar la economía alemana, y en particular de reducir los costes sociales del trabajo, pero la situación de la que él parte es enormemente distinta de la británica: cualquier latinoamericano o europeo del Sur puede verse acometido de un ataque súbito de neoliberalismo al ser informado de los derechos adquiridos de los trabajadores alemanes. No es fácil por tanto que se pueda llegar a un consenso en la izquierda europea con el mensaje minimalista de “sí a la economía de mercado, no a una sociedad de mercado”: a la hora de la verdad los ciudadanos se juegan sus euros, y el juego no es necesariamente el mismo en cada país.

La derecha está aún peor que la izquierda, porque tras la salida de Kohl de la cancillería alemana no existe ningún europeísta de talla en sus filas. Pero paradójicamente se ha convertido en la primera fuerza en el Parlamento Europeo, por el voto de castigo en Alemania a la socialdemocracia y la apatía frente a temas europeos del electorado laborista británico (los conservadores han logrado un avance espectacular que puede tener la consecuencia inesperada de romper el partido, si su dirección pretende cerrar sus divisiones internas decantándose por una posición netamente antieuropea). Así que no parece que del Parlamento pueda venir la iniciativa política necesaria para avanzar en la línea de una voz única en política internacional.

Mientras se escribe esta nota se está formando la nueva Comisión presidida por Romano Prodi, y la impresión que se extiende por momentos es la de que no va a lograr la autonomía que Prodi pretendía. Eso no es necesariamente malo, porque puede llevar a la búsqueda de un trabajo en común entre la Comisión y el Parlamento (con nuevos poderes en esta legislatura) que refuerce a ambas instituciones. No cabe pensar, sin embargo, que a corto plazo existan condiciones para que puedan imponer un juego cooperativo a los países miembros, por encima de sus dinámicas particularistas. Quizá sólo quepa pensar en un milagro de san Keynes: el proyecto de reconstrucción de Kosovo (y tal vez de Serbia) podría relanzar a las economías europeas (en un equivalente forzado de las inversiones del plan Delors, que los gobiernos europeos no se atrevieron a financiar) y sacar a la economía alemana, en particular, de su atonía actual. Cuando hay dinero, ya se sabe, los políticos se muestran más imaginativos. n

Ludolfo Paramio. Politólogo. Ha colaborado en nexos anteriores.

Las desiluciones del capitalismo globalizado Falso Amanecer

LAS DESILUSIONES DEL CAPITALISMO GLOBALIZADO

FALSO AMANECER

POR JOHN GRAY

En la primavera de 1998 John Gray publicó Falso amanecer, un libro que define al capitalismo globalizado como profundamente inestable. Los hechos le han dado la razón. No sólo previo la crisis asiática sino algo que aún está por llegar: un colapso en el sistema económico internacional. Este texto es un postscript a Falso amanecer y ofrece algunos escenarios para el futuro y algunas recomendaciones para evitar lo que a todas luces parece un apocalipsis, tal y como está constituido, el capitalismo global sufre de una inestabilidad inherente. El libre mercado a un nivel mundial no muestra más capacidad de regularse a sí mismo de lo que mostraban los libres mercados nacionales del pasado. Con apenas una década de existencia este proceso contiene ya desequilibrios peligrosos. A menos de que sea reformada radi­calmente. la economía mundial corre el riesgo de caerse en pe­dazos en medio de una repetición —con tintes a la vez de farsa y de tragedia— de las guerras de mercado, las devaluaciones com­petitivas. los colapsos económicos y las agitaciones políticas de los años treinta.

Los partidos predominantes en todos los países sostienen que no hay alternativa ante el libre mercado mundial. Este libro lanza un reto a esa filosofía económica. Cuando Falso amanecer fue publicado en Gran Bretaña en la primavera de 1998 recibió ataques desde todas las posiciones del espectro político. Su de­claración esencial: “el capitalismo globalizado es, en su forma actual, profundamente inestable”, se consideró en extremo pesi­mista. Por no decir apocalíptica. Menos de un año después, esta afirmación ha sido ampliamente vindicada.

La recepción de Falso amanecer confirmó una de sus tesis centrales: la opinión contemporánea —en política, en los me­dios y en los negocios— se ha apartado tanto de enfrentar reali­dades humanas, que ya no puede distinguir la utopía de la reali­dad. Como resultado, la opinión contemporánea no está prepara­da para el regreso de la historia, con sus conflictos familiares e insolubles, sus decisiones trágicas y sus ilusiones arruinadas, fe­nómenos de los que ahora so­mos testigos.

En el breve periodo desde la publicación del libro, suce­sos han corroborado sus análi­sis. Incluso la opinión oficial está comenzando a sospechar que los problemas económicos en Asia no son dificultades lo­cales en países remotos. Den­tro de poco esta opinión oficial tendrá que enfrentar el hecho de que lo que ha querido ver como una crisis del capitalis­mo asiático es, en realidad, una crisis en rápido desarrollo del capitalismo global. Ya no pue­de haber muchas dudas de que nos acercamos a un trastorno mayor en el sistema económi­co internacional. Es fácil apos­tar a que dentro de pocos años será difícil encontrar a una sola persona que admita haber apo­yado el régimen global al que hoy la opinión establecida insiste en plantear como inmutable.

Falso amanecer argumenta que un libre mercado global no es una ley de hierro de desarrollo histórico, sino un proyecto políti­co. Las graves fallas de este proyecto ya han causado mucho sufri­miento innecesario. Y no obstante, una economía global modela­da en los libres mercados angloamericanos es el objetivo declara­do del Fondo Monetario Internacional y organizaciones transnacionales similares. Los mercados globales son máquinas de destrucción creativa. Como los mercados del pasado, no avan­zan en olas lisas y graduales. Progresan a través de ciclos de auge y quiebras, manías especulativas y crisis financieras. Como el ca­pitalismo en el pasado, el capitalismo global logra hoy su prodi­giosa productividad destruyendo viejas industrias, oficios tradi­cionales y modos de vida. Pero en una escala mundial.

Joseph Schumpeter entendió el capitalismo mejor que nin­gún otro economista del siglo XX. Percibió que el capitalismo no trabaja para preservar la cohesión social. También que, deja­do a sus propias reglas, el capitalismo podía destruir la civiliza­ción liberal. Por eso aceptó que el capitalismo debía de ser do­mado. La intervención gubernamental era necesaria para recon­ciliar el dinamismo del sistema capitalista con la estabilidad so­cial. Lo mismo es cierto para los mercados globales de hoy.

Los que hoy creen en el laissez faire mundial hacen eco de Schumpeter sin comprenderlo. Creen que al promover prosperi­dad, los libres mercados logran el avance de los valores libera­les. No se han dado cuenta de que un libre mercado global en­gendra nuevas variedades de nacionalismo y fundamentalismo, incluso aunque produzca nuevas élites. Al erosionar los cimien­tos de las sociedades burguesas y al imponer una inestabilidad brutal en los países en vías de desarrollo, el capitalismo globalizado está poniendo en peligro a la civilización liberal. También está dificultando la coexistencia pacífica de diferentes civilizaciones.

El laissez faire global se ha convertido en una amenaza para la paz entre los Estados. El sistema económico internacional de ahora no cuenta con instituciones efectivas para conservar la ri­queza del medio ambiente. Hay el riesgo de que en el futuro los Estados soberanos se enfrasquen en una lucha por el control de los disminuidos recursos naturales de la tierra. En el próximo siglo, a las rivalidades ideológicas entre los Estados pueden se­guir guerras malthusianas provocadas por la escasez.

La crisis asiática es un signo de que los libres mercados globales son ingobernables. Una burbuja de proporciones histó­ricas que puede estallar en Estados Unidos; una deflación atrin­cherada en Japón y emergente en China; la depresión en Indonesia y en varios países asiáticos más pequeños; la crisis financiera y económica y un probable cambio de régimen en Rusia; ninguno de estos procesos augura estabilidad. Muestran lo inestable de la economía mundial entera.

En este nuevo postscript mostraré cómo los recientes suce­sos ilustran y corroboran el argumento de Falso amanecer. Ofre­ceré después algunos escenarios para el futuro y consideracio­nes sobre lo que podría hacerse.

¿La crisis actual de Asia prefigura el fin de los modelos asiá­ticos capitalistas, como ha concluido de manera muy rápida la sabiduría convencional de los países occidentales?

¿Japón podrá preservar su cultura económica característica? ¿Puede la Unión Europea, recién equipada con una moneda única, aislarse del cho­que del mercado global? ¿Puede el capitalismo alemán renovar­se a sí mismo? ¿En qué se convertirá el compromiso de Estados Unidos con el libre mercado, cuando la economía de burbuja propia de ese país haya estallado?

Estas son algunas de las preguntas que me gustaría señalar, sugeridas por los hechos ocurridos desde la primera publicación de este libro. Antes de hacerlo, sería útil revisar su argumento central, estructurado a partir de ocho hilos fundamentales.

El argumento de Falso amanecer

El libre mercado no es —como supone hoy la filosofía eco­nómica— el estado natural que toman las cosas, cuando la polí­tica no interfiere en los intercambios del mercado. En cualquier amplia y larga perspectiva histórica el libre mercado es una rara desviación de breve existencia. Los mercados regulados consti­tuyen la norma, y surgen espontáneamente en la vida de cada sociedad. El libre mercado es una construcción del poder estatal. La idea de que el libre mercado y el mínimo de intervención gubernamental van juntos, que era parte del stock que manejaba la Nueva Derecha, es la verdad inversa. Dado que la tendencia natural de la sociedad es a restringir los mercados, los libres mer­cados sólo pueden crearse por el poder de un Estado centraliza­do. Los libres mercados son las criaturas de los gobiernos fuer­tes y no pueden existir sin ellos. Este es el primer argumento de Falso amanecer.

El argumento se ilustra bien con la breve historia del laissez faire en el siglo XIX. El libre mercado fue construido en Inglate­rra, a mediados de la época victoriana y en circunstancias excepcionalmente propicias. A diferencia de otros países europeos, Inglaterra contaba ya entonces con una larga tradición de indivi­dualismo. Durante siglos, las pequeñas granjas fueron la base de su economía. Pero sólo cuando el parlamento utilizó sus poderes para enmendar o destruir los antiguos derechos de propiedad y crear nuevos —mediante leyes que permitieron la privatización de la mayor parte de las tierras comunales del país— nació un capitalismo agrario de grandes haciendas.

El laissez faire surgió en Inglaterra mediante la conjunción de circunstancias históricas favorables y el poder sin freno de un parlamento en el cual no estaba representada la mayoría del pue­blo inglés. A mediados del siglo XIX, mediante las leyes de pro­tección, la ley de los pobres y la abrogación de la ley del maíz, la tierra, el trabajo y el pan se volvieron mercancías como otras cualquiera: el libre mercado se había convertido en la institución central de la economía.

Pero el libre mercado duró apenas una generación en Ingla­terra. (Algunos historiadores han llegado hasta la hiperbólica afir­mación de que nunca existió una era de laissez faire). A partir de 1870, su desaparición fue legislada gradualmente. Ya para la Pri­mera Guerra mundial, los mercados habían tenido una amplia re-regulación en interés de la salud pública y la eficiencia eco­nómica, y el gobierno estaba muy activo proporcionando toda una variedad de servicios esenciales, sobre todo educación. Gran Bretaña mantuvo un tipo de capitalismo altamente individualis­ta, y el libre comercio sobrevivió hasta la catástrofe de la Gran Depresión, pero ya se había reafirmado el control político sobre la economía. El libre mercado fue visto como un exceso doctri­nario o bien como un mero anacronismo, hasta que la Nueva Derecha lo revivió en los años ochenta.

La Nueva Derecha fue capaz de alterar de manera irreversi­ble la vida política y económica de los países donde ganó poder, pero no pudo lograr la hegemonía a la que aspiraba. En Gran Bretaña. Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda, junto con otros países como México. Chile y la República Checa, gobier­nos con fuerte influencia de las ideas del libre mercado fueron capaces de desmantelar muchas de sus herencias corporativas o colectivistas. Pero en todos los casos las coaliciones iniciales que hicieron políticamente posibles las políticas del libre merca­do, fueron socavadas por los efectos a mediano plazo de estas mismas políticas.

Liquidar las viviendas de interés social —una de las po­líticas thatcherianas clave— fue un éxito mientras los pre­cios de las casas estaban al alza. Cuando los precios caye­ron abruptamente y millones quedaron atrapados por las pér­didas, la medida se volvió un estorbo político. Privatizar bie­nes públicos y liberar el mer­cado sólo fueron medidas po­líticamente ventajosas mien­tras una economía de auge es­condió su impacto más profun­do: agravar la inseguridad eco­nómica. Cuando el revés eco­nómico hizo palpable ese efec­to, los gobiernos de la Nueva Derecha comenzaron a vivir en un tiempo prestado.

En la mayoría de los paí­ses, la izquierda moderada ha resultado ser la beneficiaría política de las reformas de la economía neoliberal. Tanto a finales del siglo XIX como a fina­les del siglo XX. los efectos destructivos del libre mercado lo convirtieron en una experiencia políticamente insostenible.

Esta circunstancia lleva al segundo elemento de Falso ama­necer: la democracia y el libre mercado son competidores más que socios. “El capitalismo democrático” —el vacuo grito de guerra de los conservadores en todas partes— designa (u oculta) una relación profundamente problemática. El acompañante nor­mal de los libres mercados no es el gobierno democrático esta­ble, sino la política volátil de la inseguridad económica.

Ahora y en el pasado, en prácticamente todas las socieda­des, el mercado ha sido restringido para impedirle frustrar de manera demasiado severa necesidades humanas esenciales de estabilidad y seguridad. En contextos modernos recientes, al li­bre mercado normalmente lo moderan gobiernos democráticos.

El marchitamiento del libre mercado en su más pura forma victoriana coincidió con la ampliación de las franquicias. Así como el laissez faire inglés perdió terreno con el avance de la democracia, así en la mayoría de los países los excesos de los años ochenta ya han sido moderados —bajo la presión de la com­petencia democrática— por los gobiernos sucesivos. No obstan­te, a nivel global el libre mercado sigue sin freno.

Un proyecto histórico, el de reconciliar la economía de mer­cado con el gobierno democrático, ha entrado en lo que parecie­ra su retirada final. La socialdemocracia europea existe como un número de regímenes presentes. Pero los gobiernos socialdemócratas carecen de capacidad de nivelar la vida económica que ejercieron durante su periodo exitoso de postguerra. Los merca­dos vinculados en la globalidad no autorizarán préstamos fuer­tes para las socialdemocracias. Las políticas keynesianas no son efectivas en las economías abiertas, de las cuales el capital pue­de fugarse a voluntad. La movilidad mundial de la producción permite a las empresas ubicarse allí donde la reglamentación y los impuestos resulten menos onerosos.

Los gobiernos socialdemócratas no tienen ya recursos para perseguir sus objetivos por medios socialdemócratas. Como re­sultado, en la mayoría de los países europeos continentales, el desempleo masivo es un problema sin solución visible. En algu­nos casos, como sucedió en Noruega con las ganancias producto del petróleo —caídas del cielo—, ciertas circunstancias especia­les han revigorizado a los regímenes socialdemócratas. Pero en términos generales, la contradicción entre socialdemocracia y libre mercado global parece irreconciliable.

Existen hoy pocas instituciones efectivas para gobernar la eco­nomía global, y ninguna que sea ni remotamente democrática. Lograr una relación humana y equilibrada entre el gobierno y la economía de mercado sigue siendo una aspiración lejana.

Tercero: el socialismo como sistema económico se ha de­rrumbado de manera irrecuperable. Tanto en términos humanos como económicos, el legado de la planeación central socialista ha sido ruinosa. La Unión Soviética no fue un régimen que al­canzó un progreso rápido a un muy alto y lamentable costo hu­mano. Fue un Estado totalitario que asesinó o destruyó la vida de millones de personas y devastó el medio ambiente. Excepto en su enorme sector militar y en algunas áreas de la salud públi­ca, la Unión Soviética tuvo muy escasos logros genuinos en lo económico y lo social. Y puede que en la China maoísta, la pér­dida de vidas por las hambrunas inducidas por el Estado, y por los terrores y por la destrucción del medio ambiente natural, haya sido mayor que en la URSS.

Sin importar qué traiga el próximo siglo, el colapso del so­cialismo parece irreversible. Para el futuro que podemos prever, no habrá dos sistemas económicos en el mundo, sino sólo capitalismos variados.

Cuarto: aunque el derrumbe del socialismo fue bienvenido por los países occidentales, especialmente por Estados Unidos, considerándolo el triunfo del libre mercado capitalista, a esto no ha seguido, en la mayoría de los antiguos países comunistas, la adopción de ningún modelo económico occidental.

Tanto en Rusia como en China, la desaparición del comu­nismo ha revivido estilos nativos de capitalismo, en ambos ca­sos deformado por su herencia comunista. La economía rusa está dominada por una especie de sindicalismo criminal. Los oríge­nes más próximos de este peculiar sistema económico se encuen­tran en la economía soviética ilegal, pero tiene algunos puntos de semejanza con el capitalismo mezclado de las vastas empre­sas controladas por el Estado y las empresas salvajes que flore­cieron en las últimas décadas del zarismo. El capitalismo en China tiene mucho en común con el estilo que la diáspora china practi­ca alrededor del mundo, de modo notable en el papel crucial que juegan las relaciones familiares en los negocios, pero esta forma de capitalismo se halla también invadida por la corrupción y por la comercialización de las instituciones —incluyendo la mili­tar— heredadas de la era comunista.

La opinión convencional ve en el colapso del comunismo una victoria para “Occidente”. Pero, de hecho, el socialismo mar- xista era una ideología prototípica de Occidente. Por encima del largo camino de la historia, la desintegración del marxismo so­cialista en Rusia y China representa una derrota para todos los modelos occidentales de modernización. El derrumbe de la planeación central en la Unión Soviética y su desmantelamiento en China, marca el fin de un experimento de modernización a marchas forzadas, cuyo modelo de modernidad era la fábrica capitalista del siglo XIX.

En quinto lugar. Falso amanecer argumenta que el marxis­mo-leninismo y el racionalismo económico del libre mercado tienen mucho en común, aun cuando sostienen diferentes siste­mas económicos.

Tanto el marxismo-leninismo como el racionalismo econó­mico del libre mercado adoptan una actitud prometeica hacia la naturaleza y exhiben una muy escasa simpatía por las víctimas del progreso económico. Los dos son variables del proyecto de la Ilustración: suplantar la diversidad histórica de las culturas humanas por una única civilización universal. Un libre mercado global es el producto de ese ideal de la Ilustración en una de sus últimas formas —quizá la última.

Una parte importante del debate actual confunde la globalización —un proceso histórico que durante siglos ha esta­do en curso— con el efímero proyecto político de un libre mer­cado de amplitud mundial. Entendida con propiedad, la globalización se refiere a la interconexión creciente de la vida económica y cultural entre las partes distantes del mundo. Este es un rasgo cuyos inicios podrían fecharse —en un análisis re­trospectivo— en pleno siglo XVI, en la proyección del poder europeo hacia otras partes del mundo a través de las políticas imperialistas.

Hoy el motor principal de este proceso es la rápida difusión de las nuevas tecnologías de la información capaces de abolir las distancias. Los pensadores convencionales se imaginan que la globalización tiende a crear una civilización universal mediante la propagación de los valores y las prácticas de Occidente. Parti­cularmente del Occidente anglosajón.

De hecho, el desarrollo de la economía mundial ha ido sobre todo en otra dirección. La globalización de hoy difiere de la eco­nomía internacional abierta, establecida bajo los auspicios de los imperios europeos en las cuatro o cinco décadas anteriores a la Primera Guerra mundial. En el mercado global, ningún poder occidental tiene una supremacía equivalente a la británica o a la de otros poderes europeos de aquella época. De hecho, a la larga la banalización de las nuevas tecnologías en el mundo erosiona el poder y los valores occidentales. La propagación de las tecno­logías nucleares en los regímenes anti-occidentales es sólo un síntoma de una tendencia más vasta.

El mercado global no proyecta el libre mercado angloameri­cano hacia el mundo, sino que más bien pone en circulación a todos los tipos de capitalismo —para no hablar de las variedades del libre mercado—. La anarquía de los mercados globales des­truye las viejas formas del capitalismo y promueve nuevas varie­dades. Siempre sujetando el todo a una incesante inestabilidad.

El ideal de la Ilustración de crear una civilización universal en ningún lado es más fuerte que en Estados Unidos, donde se identifica con la aceptación universal de los valores y las institu­ciones de Occidente, entendido “Occidente” como los valores an­gloamericanos.’ La idea de que Estados Unidos es un modelo uni­versal ha sido, por largo tiempo, un rasgo de la civilización estadunidense. Durante los años ochenta, La Derecha tuvo la ha­bilidad de reivindicar la idea de una misión nacional al servicio de la ideología del libre mercado. Hoy el alcance mundial del poder corporativo estadunidense y el ideal de la civilización universal se han filtrado en todo discurso público norteamericano.

Sin embargo, el deseo de los Estados Unidos de erigirse en modelo para el mundo no es aceptado por ningún otro país. El costo del éxito de la economía norteamericana incluye niveles de división social —crimen, encarcelamiento, conflictos racia­les y étnicos, rupturas familiares y comunitarias— que ninguna cultura europea o asiática estaría dispuesta a tolerar.

La concepción de Estados Unidos como líder de un bloque en expansión de naciones occidentales es casi lo contrario de la verdad. En las circunstancias actuales, “el Occidente” es una ca­tegoría que dejó de tener un sentido definitivo, excepto en los Estados Unidos, donde habla por una resistencia atávica a las realidades inalterables del multiculturalismo.

Cada vez más Estados Unidos toma posiciones contra otras sociedades “occidentales” en muchas de sus políticas inter­nas y de relaciones exteriores. En el extremo de sus divisio­nes y en la militancia comprometida con el libre mercado, Estados Unidos es un caso singular. Aunque siguen compar­tiendo intereses vitales, Europa y Estados Unidos se dibujan como proyectos muy separados en lo referente a su cultura y a sus valores. En retrospectiva, el periodo de cooperación cer­cana que se extiende de la Segunda Guerra mundial hasta el momento inmediato que siguió a la Guerra fría podría muy bien parecer como una desviación en las relaciones de los Es­tados Unidos con Europa.

El largo patrón histórico en el cual la civilización norteame­ricana se ha visto a sí misma como sui generis, y teniendo poco en común con el Viejo Mundo, se está reafirmando. La apropia­ción por parte de la tendencia neo-conservadora de esa fe norte­americana que les permite concebirse como un modelo univer­sal, pareciera —en una curiosa ironía— acelerar el proceso por el cual Estados Unidos deja de ser un país europeo “occidental”.

La fusión del “ser de excepción” norteamericano con la ideo­logía del libre mercado es el sexto elemento de Falso amanecer.

El libre mercado global es un proyecto estadunidense. En algu­nos contextos las compañías norteamericanas han sido sus beneficiarías, ya que el libre mercado alcanzó economías que hasta entonces habían sido protegidas. Pero esto no significa que el laissezfaire global es una mera racionalización de los intereses corporativos norteamericanos.

Un libre mercado global no tiene ganador en el largo plazo. Ya no hace más en beneficio de la economía estadunidense de lo que haga por cualquier otra. Más aún, en el caso de una vasta dislocación de los mercados mundiales, la economía norteame­ricana quedaría más expuesta que las otras.

El laissezfaire global no es una conspiración de la Norteamérica corporativa. Es una tragedia —una de las va­rias ocurridas en el siglo XX— en la cual una ideología arro­gante encalla al enfrentar nece­sidades humanas en cuya com­prensión fracasó.

Entre las necesidades hu­manas tratadas con negligencia por el libre mercado figuran la necesidad de seguridad y la de identidad social, que sí estaban contempladas por las estructu­ras vocacionales de la sociedad burguesa. Como consecuencia, ha surgido una contradicción entre las condiciones previas establecidas por una civiliza­ción burguesa intacta y los im­perativos del capitalismo glo­bal. Este es el séptimo elemen­to: las inseguridades crónicas del capitalismo moderno de los últimos tiempos, especialmen­te en las variantes más virulentas de libre mercado, corroen al­gunas de las instituciones y los valores centrales de la vida bur­guesa.

La más notable de estas instituciones sociales sería la de hacer una carrera. En las sociedades burguesas tradicionales, la mayoría de los integrantes de la clase media podía tener la razonable expectativa de invertir los años de su vida producti­va ejerciendo una vocación única. Ahora muy pocos pueden llevar a puerto semejante esperanza. El efecto más profundo de la inseguridad económica no es el de multiplicar el número de trabajos que cada uno de nosotros deberá ejercer durante su vida productiva. Es el de hacer redundante la idea misma de hacer una carrera.

En la vida de la mayoría trabajadora, una carrera a la vieja usanza, cuando llegar a la madurez profesional marcaba el cami­no del ciclo de vida normal, es ya apenas un recuerdo. Como resultado, los contrastes familiares entre la vida de la clase me­dia y la de la clase obrera se han reducido en la realidad. La tendencia de postguerra al embourgeoisment se revierte y la cla­se obrera está sufriendo un proceso de reproletarización.

La de-bourgeoisification puede haber llegado más lejos en la sociedad estadunidense, pero la inseguridad económica au­menta en casi todas las economías del mundo. Esto es en parte un efecto lateral de los mercados globales, cuyas obras imitan la Ley Gresham (la cual afirma que el dinero malo tiende a expul­sar de la circulación al dinero bueno) y hacen de las variedades del capitalismo con responsabilidad social, estilos cada vez más difíciles de sostener. La movilidad de los capitales y de la pro­ducción al nivel mundial promueve una “carrera hacia la cum­bre”, en la cual las economías capitalistas más humanas están obligadas a flexibilizar su reglamentación, recortar impuestos y retirar apoyos de bienestar social. En esta nueva forma de rivali­dad, todas las variedades del capitalismo que compitieron du­rante el periodo de postguerra están en plena mutación y meta­morfosis.

El octavo elemento de Falso amanecer considera lo que po­dría hacerse para enderezar el rumbo. Estados Unidos carece del poder hegemónico necesario para hacer de un libre mercado uni­versal una realidad, ni siquiera por un corto plazo. Pero cierta­mente tiene el poder de veto ante una propuesta de reforma de la economía mundial. Mientras Estados Unidos permanezca entre­gado al “consenso de Washington” en lo que se refiere al laissez faire global, no podrá existir una reforma de los mercados mun­diales. Planteamientos como el “impuesto Tobin” —un impues­to a nivel mundial en las transacciones especulativas de divisas, llamado así por el economista norteamericano que lo propuso— permanecerán en calidad de letra muerta.

En ausencia de una reforma, la economía del mundo tenderá a fragmentarse conforme su desequilibrio se haga cada vez más insoportable. Las guerras de mercados harán más difícil la co­operación internacional. La economía mundial se fracturará en bloques, cada uno de ellos entregado a su lucha para obtener la hegemonía regional.

“El Gran Juego”, en el cual se enfrentaron los poderes del mundo hace un siglo por el control del petróleo en Asia, puede muy bien reproducirse en el siglo que viene. Cuando los Estados rivalicen por el control de los escasos recursos naturales, será más difícil evitar los conflictos militares. Los regímenes autori­tarios débiles buscarán crecer mediante las aventuras bélicas. Slobodan Milosevic, el líder neo-comunista de lo que resta de Yugoslavia, puede servir de prototipo para los demagogos auto­ritarios de muchos otros países.

Mientras el laissez faire global se resquebraja, una anarquía internacional cada vez más profunda es el prospecto humano más probable.

La depresión asiática y la burbuja de la economía norteamericana: ¿El principio del fin del laissez-faire global?

En los países occidentales la crisis asiática se ha percibido como la prueba de que el libre mercado es la única clase de capi­talismo que puede sobrevivir en una economía global. Algunos niegan que en fases más tempranas del desarrollo económico los capitalismos asiáticos pudieron obtener logros notables; pero casi todos coinciden en que hoy estos sistemas son obsoletos. El con­senso alega que los problemas asiáticos son la prueba de que no hay alternativa ante el capitalismo norteamericano en ningún lugar del mundo.

Con certeza, hace sólo unos cuantos años varios de estos mismos analistas elogiaban el capitalismo asiático como un ejem­plo que los demás países debían imitar. Ese episodio de la opi­nión occidental está ahora olvidado. El triunfo del libre mercado será igualmente transitorio y su olvido llegará con la misma ra­pidez.

Incursionamos en uno de esos tiempos de discontinuidad histórica, en el cual los paradigmas políticos y teóricos en curso se abandonan abruptamente. El triunfo de las ideas keynesianas después de la Segunda Guerra mundial fue uno de estos momen­tos. La depresión asiática pareciera destinada a ser, para la ideo­logía del libre mercado, lo que la Gran Depresión y la Segunda Guerra mundial fueron para la ortodoxia fiscal y económica de los años treinta.

Ni los observadores occidentales ni los constructores de po­líticas han percibido la gravedad de la crisis asiática en ningún punto de su curso. Una y otra vez, las organizaciones transnacionales aferradas al proyecto de un mercado global úni­co han sido confundidas por los acontecimientos. Comenzando por su insistencia en que los problemas de Asia del este se halla­ban principalmente en sus instituciones financieras y tenían es­casas repercusiones económicas. Cuando esta interpretación no pudo sostenerse más, argumentaron que Asia experimentaba una recesión producto de sus problemas estructurales.

Esa óptica revisada cayó también lejos de la escala de la crisis. Para la segunda mitad de 1998, los bancos occidentales pronosticaban que durante el año el producto nacional bruto des­cendería 20% en Indonesia, más de 11% en Tailandia, y 7.5% en Corea del Sur.2 El desempleo en Indonesia se calculaba en más de 20 millones, con por lo menos la mitad de la población con­denada a la pobreza antes del fin del año.

Declives de estas magnitudes en la actividad económica no significan normalmente la proximidad de la recesión. Más co­múnmente indican que la depresión ya está en curso.

La escala de la depresión acumulada en Asia comienza a percibirse; pero sus causas y sus implicaciones para la economía mundial todavía no se han entendido.

La depresión asiática es la primera demostración histórica de que una movilidad irrestricta de capital global puede tener consecuencias desastrosas para la estabilidad económica. El ca­pital escurridizo salió de los mercados durante la noche; pero los efectos de su partida en las economías reales más afectadas se harán sentir por décadas o generaciones. Las cicatrices po­líticas y económicas de las cri­sis económicas infringidas por los movimientos del capital especulativo serán de larga du­ración.

Los movimientos asiáticos de divisas a fines de los años noventa no serán registrados en la historia como fluctuaciones financieras transitorias cuyos efectos se aminoraron con ra­pidez. Se reconocerán más bien como los signos tempranos de una crisis global. Es prueba del analfabetismo histórico de la opinión pública occidental, el hecho de que espera que las convulsiones económicas y so­ciales en Asia del este —en una escala que los países de Occi­dente no han conocido desde los años treinta— ocurrirán sin cambios de gobierno y régimen comparables a aquellos expe­rimentados en Europa durante los años de entreguerras. El resul­tado predecible de la crisis económica asiática es un prolongado periodo de inestabilidad política en la región. Con la depresión asiática en aumento, revivirán movimientos de nacionalismo anti­occidental. Observaremos súbitos cambios de régimen y el re­surgimiento de viejos conflictos étnicos. Vastos movimientos de población y renovados experimentos de dictaduras autoritarias: todo esto transformará el paisaje político asiático. En estos pro­cesos, la idea occidental del libre mercado jugará un papel muy pequeño o inexistente.

La crisis asiática no muestra que el capitalismo angloameri­cano es ahora —aunque fuera por default, ante el desorden de todos los otros modelos— el único sistema económico viable. Esta es una interpretación que parece creíble sólo por la ignoran­cia de la historia y el continuo racismo occidental. Lo que mues­tra es que todos los capitalismos están circulando.

Hoy las economías asiáticas son como todas las otras: están en continua mutación, con consecuencias imprevisibles para la cohesión social y la estabilidad política. Las economías de libre mercado no están más aisladas de estos cambios que las otras. Lejos de que signifique el triunfo universal del libre mercado, la crisis de Asia es el preludio a un tiempo de dislocación mayor del capitalismo global.

Este es un proceso para el cual la opinión actual está muy poco preparada, sobre todo en Estados Unidos. La percepción norteamericana de la crisis asiática incluye algunas curiosas con­tradicciones. Las dificultades económicas en Asia del este han sido bienvenidas en los Estados Unidos como un signo de que el capitalismo asiático está en su crisis ter­minal. Si así fuera se daría un cambio mundial histórico de vasta magnitud y larga duración. La economía asiática en­frenta problemas fuertes y a veces insolubles; pero no se encuentra en una fase de declive destinada a terminar en los brazos del libre mercado. El capitalismo asiático expresa los estilos de vida fami­liar, las estructuras sociales y la historia política y religiosa de los países asiáti­cos. No son sistemas que puedan ser transformados por la voluntad de regula­dores transnacionales, sino instituciones sociales y culturales subterráneas cuyas prácticas están llenas de historia local y sabiduría tradicional.

Sólo los observadores ciegos de la historia que dan forma a las políticas del Fondo Monetario Internacional podrían imaginar que los países asiáticos se des­pojarán de estas herencias. Si la historia es nuestra guía podemos estar seguros de que el capitalismo asiá­tico emergerá de la actual crisis alterado de manera impredecible —según sus propias reglas— y no como una imitación de algún modelo occidental. Pero incluso si los capitalismos asiáti­cos convergieran con los de “Occidente”, sería en un proceso traumático de cambio cultural y político que abarcaría genera­ciones.

Hasta hace poco, la opinión norteamericana confiaba como siempre —a lo largo de esta prolongada metamorfosis— en que todo se debía a los problemas habituales en negocios. Esperaba que el impacto del colapso económico asiático en los Estados Uni­dos sería leve o incluso positivo. Al mismo tiempo los creadores de políticas norteamericanos reconocían —o insistían— que. en el marco de los mercados globales, los cambios importantes en cualquier economía impactan la vida económica mundial.

Estas expectativas que no embonan articulaban una visión muy inestable del mundo. Estados Unidos se creía el motor de la globalización. Al mismo tiempo suponía que de algún modo es­taba aislado de sus desórdenes. No pudo entender que cuando el capitalismo se ha hecho global, es inevitable que las inesta­bilidades que le son propias serán también globales.

Cuando vieron hacia el pasado, los profetas norteamerica­nos del “Nuevo paradigma” reconocieron que el capitalismo es necesariamente, y al tiempo, destructivo y creativo. Su producti­vidad inigualada se ha logrado destrozando industrias existentes y trastornando formas establecidas de vida social. Cuando mira­ron hacia el presente y hacia el futuro, se las ingeniaron para pasar por encima de estos hechos desagradables. Esperaban —o por lo menos prometían— la prodigiosa productividad del capi­talismo sin el dolor y el caos que siem­pre lo han acompañado.

Esta disonancia cognitiva entre lo que esperaba la opinión estadunidense y lo que registra la historia, produjo un sen­timiento irreal de confianza, que no pudo ser destruido fácilmente por ninguna de las muestras de vulnerabilidad de la eco­nomía norteamericana.

El auge de las reservas norteameri­canas del mercado no tan sólo ocurrió —o ni siquiera principalmente— como un resultado de la reestructuración eco­nómica. Sin duda los avances estadu­nidenses en tecnología de la información le dieron a la economía una gran ventaja competitiva. De manera similar, las bru­tales reducciones de tamaño y las recu­rrentes reestructuraciones corporativas de principios de los años noventa ofre­cieron sin duda a los negocios estadu­nidenses ventajas significativas. Hasta ahí, el auge norteamericano reflejaba ganancias reales en térmi­nos de eficiencia económica.

Las evaluaciones que se iban por los cielos en Wall Street tuvieron otro soporte crucial. Se convirtieron en el reflejo de la confianza norteamericana, que aseguraba al país haber obtenido una victoria histórica y geo-estratégica. El colapso del comunis­mo, la aparente debilidad económica europea y la fragilidad en Asia —cambios rápidos en menos de una década— les parecie­ron a muchos norteamericanos como la vindicación del “credo estadunidense”.

A fines de los noventa, la opinión pública de los Estados Uni­dos confiaba en la propagación —rápida e irreversible— de los valores norteamericanos por todo el mundo. La noción fantasiosa de que los ciclos en los negocios se habían vuelto obsoletos, se volvió una ortodoxia. La perspectiva de un “regreso de la histo­ria” que los observadores europeos y asiáticos veían como una certeza, no se tomó en cuenta, o se desechó. El largo auge estadunidense se ha convertido en una burbuja especulativa infla­da por un ánimo efímero y superficial de arrogancia nacional.

La burbuja pudo pincharse en cualquier momento. En parte descansaba en suposiciones sobre la hegemonía militar de Esta­dos Unidos, que los eventos en Asia ya contradijeron. Una com­petencia de armas nucleares en el subcontinente indio no es en sí una amenaza directa contra la seguridad norteamericana; pero la rivalidad nuclear entre India y Pakistán disminuye los esfuerzos encabezados por Estados Unidos para detener la proliferación nuclear. Se construye de esa manera un mundo más peligroso.

No hay duda de que Estados Unidos utilizó toda su influen­cia para evitar una escalada de armas nucleares en Asia del sur. Tampoco hay duda de que fracasó. En su esfuerzo por detener la propagación de armas nucleares, Estados Unidos se ha visto for­zado a confrontar un hecho desagradable: la globalización no refuerza el poder norteamericano sino que tiende más bien a limitarlo. Estados Unidos mantiene su posición de primer poder militar del mundo, pero tiene un muy reducido control sobre la difusión de las tecnologías de las que depende ahora la eficien­cia militar.

El poder económico norteamericano es igualmente limita­do. La devaluación competitiva de la divisa China sería un de­sastre para Asia del este y un retroceso mayor para los Estados Unidos. Ahondaría la deflación en la región y provocaría una violenta reacción proteccionista en el congreso norteamericano. El efecto en Wall Street sería seguramente traumático. Hay un predominante interés norteamericano en anticiparse a semejante proceso. Sin embargo, es muy poco lo que Estados Unidos pue­da hacer para evitarlo.

Algunas veces China recibe elogios de los gobiernos occi­dentales como un refugio de estabilidad en medio de la crisis asiática. Si hasta el momento resulta cierto, es porque China hasta cierto punto ha permanecido fuera del libre mercado global. El gobierno chino ha conservado un control considerable sobre su economía. Los gobiernos occidentales que elogian a China han ignorado el hecho de que su relativa estabilidad es el producto de su consistente y arraigado desdén hacia la opinión y los con­sejos occidentales.

Las políticas económicas en China serán determinadas so­bre todo por factores políticos internos. Para los creadores de las reglas en China, ningún aliciente que el gobierno norteamerica­no pudiera ofrecer tendría la capacidad de aligerar la amenaza que les representa el incremento del desempleo. China está ac­tualmente a la mitad del más vasto y rápido movimiento “del campo hacia la ciudad” de su historia. El desempleo excede ya a los 100 millones de personas, una cifra que sin duda necesita revisarse, dada la recesión provocada por la política que permi­tió a muchas empresas estatales declararse en bancarrota. La es­trategia del gobierno chino es re-contratar a muchos de estos trabajadores en industrias de exportación. Hay signos ominosos de que la deflación se ha apoderado de secciones de la economía China. En estas circunstancias, impedir un aumento mayor en el índice de desempleo es un imperativo predominante de sobre­vivencia política.

La opinión occidental confía en que el actual régimen chino vadeará la depresión en Asia sin serias dificultades. Es muy dudoso que los líderes chinos compartan esta opinión. Han sido testigos de la descompo­sición del régimen totalitario que al parecer era inamovible en Rusia. Observaron un régi­men similar, autoritario y afian­zado, venirse abajo en Indonesia en cosa de meses a consecuencia de la crisis eco­nómica. Tienen muy pocas ilu­siones de que lo mismo no pu­diera ocurrir en China.

A diferencia de la mayo­ría de los gobiernos occidenta­les, los guías chinos tienen un sentido de la historia. Los chi­nos saben que si sobreviven a la depresión que devoró a sus vecinos, esto representará uno de los hechos más notables de la historia en términos de habi­lidad del Estado. Utilizarán cualquier expediente para per­manecer en el poder. La devaluación competitiva de la divisa es una entre muchas estrategias desesperadas a las cuales recurrirá el gobierno cuando se empeoren las condiciones económicas y aumente el malestar político y social. Es razonable anticipar epi­sodios futuros como el de la plaza Tiananmen.

Una espiral devaluatoria en Asia del este es sólo uno de los varios acontecimientos que podrían provocar una crisis sistémica en la economía mundial. El colapso del rublo ruso como conse­cuencia de la devaluación de agosto de 1998 podría tener el mis­mo efecto. El resultado de un segundo colapso de la economía rusa provocaría más un cambio de régimen que un cambio de gobierno. El impacto que un cambio así de régimen tendría en el “Occidente”, que ha tomado al movimiento de Rusia hacia la de­mocracia como un proceso irreversible, sería profundo. Mal pre­parados para una renovación del despotismo ruso, que ahora es una probabilidad, los gobiernos occidentales verán cualquier de­sarrollo en esta dirección como un peligro para el sistema interna­cional. Igualmente, es probable que cualquier nuevo régimen ruso estaría dispuesto a explotar los intentos chapuceros de los gobier­nos occidentales y las organizaciones transnacionales de instalar el capitalismo en Rusia, para alimentar los sentimientos anti-occidentales. Entre las incalculables consecuencias de un cambio de régimen en Rusia hay una certeza: la cooperación económica in­ternacional será aún más complicada que en el pasado.

El colapso económico y otro cambio de régimen en Rusia; una mayor deflación y debilitamiento del sistema financiero en Japón, llevando esto a una repatriación de inversiones japonesas que están en bonos del gobierno de Estados Unidos; crisis finan­cieras en Brasil o en Argentina; una quiebra en Wall Street: cual­quiera de los eventos mencionados o la suma de ellos, junto con otros que son imprevisibles, en las circunstancias actuales po­drían funcionar como el detonador de una dislocación económi­ca global. Si uno de estos hechos ocurriera, la primera conse­cuencia sería un rápido ascenso del sentimiento proteccionista en Estados Unidos, comenzando por el congreso.

El norteamericano promedio no está en buena posición para soportar prolongados retrocesos de la economía. El desmantelamiento del sistema federal de ayuda social hace del aumento del desempleo un fenómeno insoportable. Si más de 100 millo­nes de inversionistas de fondos comunes pierden porciones im­portantes de sus recursos en un cataclismo del mercado, el apo­yo popular se inclinaría hacia el proteccionismo de manera irre­sistible.

Es un lugar común de la historia económica que los países sin sistemas de ayuda al bienestar social son más propensos a echar mano del proteccionismo cuando se deteriora la economía internacional. Este es un patrón histórico de conducta y segura­mente tendrá lugar si se agudiza la depresión asiática.

En este momento, la deuda personal y la bancarrota tienen niveles históricos en Estados Unidos. Para muchos norteameri­canos el grado actual de consumo ha llegado a depender no sólo de que las reservas de mercado permanezcan altas, sino de que sigan creciendo. Cuando no sea así, esta gente se sentirá —y serᗠmucho más pobre. A la perenne psicología de la especu­lación de las masas debe agregarse el ingrediente crucial del triunfalismo geopolítico. En esta atmósfera enfebrecida, un aterrizaje suave es casi una imposibilidad. La arrogancia presenta un mar­gen de error del veinte por ciento.

Un revés en las reservas de mercado en Estados Unidos como el que ocurrió en Japón al final de los años ochenta —donde el mercado cayó más de tres tercios—dejaría empobrecidos a sec­tores enteros de la clase media estadunidense. La súbita desapa­rición de grandes cantidades de riqueza generada por las reser­vas de mercado, revelaría —bajo la luz más cruda— la inseguri­dad de la clase media. El impacto de una quiebra en los que ya son pobres sería aún más grave. Dentro de ese escenario no es fantasioso imaginar la re-emergencia de grupos como los norte­americanos pobres y nómadas, cuyas vidas reducidas a lo ele­mental fueron descritas en los años treinta por John Steinbeck.

Las ramificaciones políticas de un vasto retroceso en la eco­nomía norteamericana no pueden ser previstas de antemano. Pero sabemos que el compromiso estadunidense por el libre mercado no será de larga duración. En todo caso, este fenómeno es una desviación en la historia más larga de Estados Unidos, en la cual el proteccionismo ha sido un tema recurrente.

Sería equivocado interpretar el consenso político neo-con­servador de las últimas décadas como la opinión establecida del público norteamericano. El rápido ascenso y la también rápida caída de un ala de la derecha radical republicana a principios de los años noventa, muestran la volatilidad del electorado norte­americano, lo mismo que su madurez.

Un retroceso económico agudo, profundo o prolongado, pon­dría a prueba, hasta el grado de la destrucción, el sostén de las bondades del libre mercado en la vida política estadunidense. Su abrupto reemplazo por el nacionalismo económico norteamerica­no sería un irónico viraje de los acontecimientos, dada la devo­ción mesiánica hacia los libres mercados universales mostrada por los creadores de política estadunidense en los años recientes.3

No busco dar una receta sobre cómo debería ser reformada la economía estadunidense. Aun en el caso de que yo fuera compe­tente para hacerlo esta es una tarea que corresponde a los norte­americanos. El argumento de Falso amanecer es que ningún tipo de capitalismo es universalmente deseable. Cada cultura debería ser libre para elegir su propio estilo y para buscar un modus viven- di con las variedades de capitalismo desarrolladas por los otros.

Estados Unidos se equivocaría si intentara emular las prác­ticas singulares del capitalismo europeo o asiático. De la misma manera en que es un error imponerles sus propias prácticas. La reforma económica deberá guiarse por los valores propios de cada cultura. En el caso de Estados Unidos, esos valores son hoy más individualistas que aquellos de las sociedades asiáticas o europeas. No sostengo que Estados Unidos debería buscar la im­portación de prácticas que han sido exitosas en culturas radical­mente distintas.

La tarea en Estados Unidos podría no ser la de trazar alter­nativas para el libre mercado, sino más bien la de convertirlo en un sistema más amable con las necesidades humanas vitales. (Paradójicamente, es probable que un punto en cualquier agenda de reforma para Estados Unidos corra el riesgo de ser la exten­sión del libre mercado hacia un área prohibida: la enorme eco­nomía subterránea de la droga). Es seguro que cualquier caída fuerte en el mercado provocará un brote de nacionalismo econó­mico estadunidense, lo cual haría imposible la clase de reformas económicas, delicadas y sutiles, que se requieren actualmente.

A fines de 1997, antes de que se publicara la primera edición de Falso amanecer, escribí: “Cuando los defensores radicales del libre mercado festinan las dificultades económicas de los países asiáticos, no hacen más que exhibirse —y no es la primera vez— como miopes y arrogantes. Sin duda algunas economías asiáticas necesitan reformas de largo alcance. Pero la crisis financiera en Asia no augura la propagación universal del libre mercado. En cambio, puede ser el preludio de una crisis deflacionaria global, en cuyo curso Estados Unidos dé marcha atrás en su actual postura de apoyo al libre comer­cio y a los mercados no regula­dos, que en este momento in­tentan imponer en Asia y en el mundo”.4 Este es un pronósti­co que no veo razón alguna para alterar.

¿Japón podría preservar una cultura económica propia?

Japón es la única superpotencia económica asiática y en el futuro previsible mantendrá su posición. Como el primer país asiático que se industrializó y el acreedor más grande del mundo, tiene ventajas que no comparte con ninguna otra eco­nomía asiática. Sus altos nive­les educativos y sus enormes reservas de capital lo convierten en un país mejor equipado —quizá mejor aún que cualquier país oc­cidental— para la economía basada en el conocimiento que se impondrá en el siglo que viene. Y, sin embargo, enfrenta una crisis financiera y económica que pone en juego la existencia misma de una economía japonesa distintiva.

Sin una solución para los problemas económicos japoneses, la crisis asiática sólo puede empeorar. En ese caso, la economía mundial corre el riesgo de seguir a Japón en su declive hacia la deflación y la depresión. En este momento Japón enfrenta la caída de la ventaja competitiva de sus precios y la reducción de su actividad económica en una escala similar a la que enfrentaron Estados Unidos y otros países en los años treinta. A menos que la depresión sea superada en Japón, las perspectivas de que el resto de Asia y el mundo logren evitarla son muy frágiles.

Las recetas occidentales para los problemas económicos ja­poneses son una mezcla incongruente. Hoy, como en el pasado, las organizaciones transnacionales insisten en que Japón debe reestructurar sus instituciones financieras y económicas de acuer­do a los modelos occidentales, y más exactamente, estadu­nidenses. La solución a los problemas económicos japoneses es la norteamericanización indiscriminada. En la lógica de este aná­lisis de las circunstancias asiáticas. Japón resolverá sus dificul­tades económicas sólo a condición de que deje de ser japonés. En ocasiones esta idea se expone sin rodeos. Como señaló, aprobatoriamente, el escritor de una revista neo-conservadora norteamericana: “Estados Unidos tiene el EMI para realizar el trabajo del Comodoro Perry.”5

El resultado de una política así de occidentalización forza­da, no sería sólo el de extinguir una cultura única e irremplazable. Se destruiría también la cohesión social que ha corrido pareja con los extraordinarios logros económicos japoneses del último medio siglo, y sin resolver la crisis deflacionaria que Japón en­frenta en este momento.

Los gobiernos occidentales exigen que Japón —y al parecer sólo Japón, entre las economías industriales avanzadas— adopte políticas keynesianas. El consenso occidental afirma que Japón debe cortar impuestos, expandir los empleos públicos y admi­nistrar vastos déficit presupuestales. Al mismo tiempo, las orga­nizaciones transnacionales occidentales piden que Japón desman­tele el mercado laboral que aseguró el completo acceso al em­pleo de los últimos cincuenta años. Si Japón accediera a estas solicitudes, el resultado sólo podría ser la importación de los insolubles dilemas de las sociedades occidentales sin resolver ninguno de los problemas propios del país.

Las políticas keynesianas del tipo que los países occidenta­les actualmente intentan imponer hoy a Japón, no serán efecti­vas para aminorar el avance de la deflación. En primer lugar estas políticas no toman en cuenta la propensión cultural de los japoneses a incrementar sus ahorros en tiempos de incertidumbre. En las actuales circunstancias, el dinero liberado por la re­ducción de impuestos no circulará en consumo, sino que simple­mente se sumará a los ahorros existentes. La extendida inseguri­dad económica ha aumentado ya los ahorros en Japón muy por encima de los niveles que normalmente se consideran altos. Aun­que se creyera que las reducciones de impuestos serán perma­nentes, sólo generarán un índice aún más elevado de ahorro.

Si el ingreso liberado por la reducción de impuestos en Ja­pón se invierte productivamente, es muy probable que esta in­versión se realice en el exterior. Y el déficit de financiamiento tampoco tendrá el efecto deseado en la economía. Cuando el capital es globalmente móvil, no hay seguridad de que mayores préstamos públicos tengan como efecto estimular la actividad económica interna. Como reconoció Keynes, las políticas de fi­nanzas deficitarias son efectivas sólo cuando se aplican en eco­nomías cerradas. Cuando hay un libre movimiento de capitales, es débil el efecto nivelador de tales políticas. Como resultado, Japón se encuentra en una trampa de liquidez de la que no pue­den salvarlo las políticas keynesianas. Al parecer los gobiernos occidentales no se dan cuenta de que el régimen de libre movi­miento del capital y desregulación financiera —con los cuales han estado presionado a Japón por décadas— anulan el efecto de las políticas keynesianas que hoy buscan imponerle.

Para Japón, acceder a las demandas occidentales de desregular su mercado laboral sólo empeoraría las cosas. Si se aplica de manera consistente, la desregulación del mercado la­boral japonés a partir de cualquier modelo occidental —particu­larmente el de Estados Unidos— doblaría, quizás hasta triplicaría el desempleo. Esta es por supuesto la intención. Pero el resulta­do sería aumentar la sensación de inseguridad entre la población trabajadora que en consecuencia reforzaría la propensión japo­nesa al ahorro. De esta manera echaría abajo el propósito de re­ducir impuestos, que es estimular el gasto.

Quizá la única manera en que el gobierno japonés podría estimular el gasto sería mediante el diseño de una inflación que haga del ahorro un asunto no rentable. Pero en otros países los ahorradores han respondido a la inflación ahorrando más, aun­que pierdan dinero. No está claro por qué los ahorradores japo­neses serían distintos. En cualquier caso, el resultado inevitable de esta política sería un colapso del yen. porque provocaría en otros países asiáticos una respuesta del tipo: “donde las dan las toman”, sobre todo en China. Esta es una consecuencia temida, más que cualquier otra, por los gobiernos occidentales.

Los creadores de la política occidental no han entendido que la flexibilidad que buscan imponer en los mercados laborales japoneses va a contrapelo de las políticas keynesianas, a las que quieren obligar al gobierno japonés. Tampoco parecen percibir esto: las políticas que de modo más probable serían las más efec­tivas para estimular la demanda en Japón, lo harían al costo de desencadenar en Asia una devaluación competitiva y, por consi­guiente, el proteccionismo en Estados Unidos y Europa.

El aumento del desempleo que plantea producir la desregulación del mercado laboral, sería en Japón un trastorno social mucho más disruptivo de lo que ha sido en los países occi­dentales. Tendrá lugar en un país que no cuenta con un Estado benefactor. La experiencia de los países occidentales muestra que esto no puede construirse de la noche a la mañana.

Si Japón importa los niveles occidentales de desempleo masivo estará obligado a establecer un Estado benefactor al estilo oc­cidental. Pero los gobiernos occidentales están reduciendo al Es­tado benefactor sobre la base de que ha creado una subclase antisocial. Una vez más, se le pide a Japón que importe proble­mas que ninguna sociedad occidental está cerca de resolver.

Ya sea que Japón instale o no un Estado benefactor al estilo occidental, el aumento del desempleo sólo puede resultar en un aumento de la desigualdad económica. Con la insistencia de que Japón abandone el pleno empleo, las organizaciones transnacionales están pidiendo que el país renuncie a una de las variedades más igualitarias del capitalismo, que hasta ahora ha logrado preservar la paz social.

En contraste con los estilos capitalistas occidentales donde predominan los inversionistas de capital, el capitalismo japonés deriva su legitimidad social y política del que genera empleo. Algunas políticas instaladas por el gobierno japonés bajo la pre­sión constante de las organizaciones transnacionales de orienta­ción occidental, quizá ya hicieron insostenible ese estilo carac­terístico del capitalismo japonés.

El big-bang de 1998, en el que fueron desreguladas sus ins­tituciones financieras, fue un paso fatídico para Japón. La desregulación financiera es incompatible con la preservación del capitalismo japonés; un capitalismo guiado por el empleo.

Cuando evalúen el desempeño de las compañías japonesas, los bancos extranjeros aplicarán criterios de los accionistas, en lugar del criterio de preservación del empleo que es esencial al orden japonés. En las “joint-ventures” que incluyan firmas japonesas y occidentales, habrá una presión unilateral para que se apliquen los estándares angloamericanos de éxito y productividad. Con el tiempo, si la desregulación financiera procede según lo previsto, la intrincada red de bancos y compañías que en Japón sostienen la política del pleno empleo, corre el riesgo de desaparecer.

El efecto a largo plazo de estas presiones será el de que Ja­pón importa el desempleo al estilo occidental. Este proceso mar­caría el fin del contrato social no escrito que ha sido la conten­ción de los conflictos sociales e industriales desde los años cin­cuenta. A menos que ese contrato se renueve en una forma novedosa y sostenible, la cohesión singular de la sociedad japo­nesa comenzará a fracturarse. Japón podría seguir a otros países asiáticos en el camino de la inestabilidad política. Llegado ese punto, aunque ahora nos parezca remoto, no podría descartarse un viraje súbito y radical hacia una dirección nacionalista.

Cualquier solución de los problemas económicos japoneses debía consistir en una reforma de la cultura económica nativa más que un intento de desmantelarla. La falla en la que abundan las recetas occidentales para la economía japonesa consiste en no, asumir que Japón es, o será tarde o temprano, un país occiden­tal. No hay nada en la historia japonesa que sostenga tal expec­tativa. La historia japonesa muestra varios momentos de cam­bios abruptos en las políticas nacionales; pero ninguno de ellos ha incluido la renuncia a su cultura nativa. La modernización japonesa durante el periodo Meiji fue exitosa en gran parte porque era de creación doméstica. De manera similar, hoy la modernización económica tendrá éxito en Japón sólo si no es una política de occidentalización forzada.

Los votantes japoneses no aceptarán ninguna reforma de la economía que arriesgue la cohesión so­cial. ¿Podrá flexibilizarse el mercado la­boral japonés sin aumentar considerable­mente la inseguridad en el empleo? ¿De­bería Japón imitar otras sociedades in­dustriales avanzadas, en la búsqueda de reemprender el crecimiento económico? ¿O el mismo crecimiento económico de­bería ser redefinido en términos de cre­cimiento, pero en calidad de bienes, ser­vicios y estilos de vida? Estas son algu­nas de las preguntas que serán plantea­das y respondidas en Japón en los próxi­mos años. Pero estas preguntas no inclu­yen una solución para la crisis en curso.

El prospecto de que se agudice la deflación japonesa y que desate una depre­sión global, ya dejó de ser una posibilidad remota o hipotética. Es real y se halla al alcance de la mano. El peligro de la situa­ción actual surge de un hecho concreto: los gobiernos occidentales le piden con urgen­cia a Japón que adopte políticas que no van a librarlo de la deflación, pero que en cam­bio harán pedazos el contrato social que ha preservado la cohesión social y la estabilidad política desde la Segunda Guerra mundial.

La presión occidental para desregular los mercados ha deja­do abiertas pocas opciones para el gobierno japonés, y ninguna que no implique graves riesgos para la economía mundial.

¿Existe un futuro para las economías europeas de mercado social?

Una crisis sistémica en las instituciones globalizadas de financiamiento podría descarrilar los comienzos del euro. Pero si sobrevive a esa crisis, una divisa única le dará a la Unión Eu­ropea una presencia en los mercados mundiales que nunca antes ha tenido. Hasta ahora, la discusión se ha enfocado en los obstá­culos internos para su realización más que en sus implicaciones para la economía global. 6 Sin embargo, estas últimas son potencialmente profundas.

Una moneda única no le permite a la Unión Europea aislar­se de los mercados mundiales; pero sí crear un poder económico capaz de negociar en términos de igualdad con Estados Unidos. Si todos los actuales miembros de la UE se integran de manera definitiva al proyecto, la zona del euro será la más vasta econo­mía del mundo. El euro tendrá entonces la capacidad de disputar al dólar estadunidense el sitio de la di­visa dominante. Si el euro se establece como una moneda confiable, un colap­so del dólar se vuelve más que una pro­babilidad. Si sigue adelante, el euro trae­rá el tiempo en el que Estados Unidos ya no será capaz de prosperar como el deudor más grande del mundo. Con el tiempo, quizá bastante rápido, seguirá de modo inexorable un cambio en el equi­librio del poder económico mundial.

Es cierto que áun no están puestas las condiciones internas para el éxito de la nueva divisa. Bajo un régimen de tasa de interés única, algunos países y regiones languidecerán mientras otros prosperan. En la Unión Europea no existen las con­diciones que han permitido a Estados Uni­dos adaptarse a estas divergencias. En el presente, Europa carece de una movilidad laboral extendida en el continente y no tie­ne mecanismos fiscales para evitar los grandes charcos de desempleo que brotan en las regiones deprimidas de Europa.

Con el euro en operación, las instituciones europeas estarán obligadas a remediar estas fallas. Se verán obligadas a desarro­llar políticas que le permitan a la economía responder de modo más flexible a los imperativos y constreñimientos de un régimen de moneda única. Pero tendrán que reconocer que Europa no es —ni será nunca— Estados Unidos. La movilidad laboral estadunidense es imposible, y por lo demás indeseable, en un continente conformado desde hace mucho por diversas comuni­dades históricas. Ni, me aventuro a sugerir, habrá nunca un esta­do europeo que tenga los poderes del gobierno federal de Esta­dos Unidos. Las instituciones europeas seguirán evolucionando, pero permanecerán híbridas. Europa seguirá siendo gobernada por un equilibrio cambiante de poderes entre los gobiernos na­cionales y las instituciones transnacionales.

Los capitalismos europeos seguirán difiriendo a fondo de los libres mercados estadunidenses. Ningún país europeo —ni siquie­ra el Reino Unido— está dispuesto a tolerar los niveles de aban­dono social que el libre mercado produce en Estados Unidos por el libre mercado. Los límites entre el Estado y la sociedad civil seguirán siendo —como han sido en el pasado— permeables y negociables. La memoria histórica y los vínculos con el lugar de origen impedirán la movilidad en masa del modelo estadunidense. Por todas estas razones, el libre mercado no desplazará los mercados sociales en los países de Europa continental.

Sin embargo, los mercados sociales europeos no pueden sobrevivir en su for­ma actual. Para empezar, el desempleo se está dando en niveles insostenibles de manera indefinida (más de un 11% en toda la Unión Europea). Cuando la po­blación en su conjunto está envejecien­do, las implicaciones fiscales del desem­pleo a esa escala son graves. Los proble­mas fiscales del desempleo masivo no son, sin embargo, su principal peligro.

El desempleo masivo ha agravado la exclusión social y la alienación polí­tica por toda Europa. La mayoría de los países de Europa continental tiene influ­yentes partidos de la derecha radical. En Francia y en Austria, en parte por el apo­yo que reciben de grupos sociales ex­cluidos, los partidos de la derecha radi­cal dictan los términos del comercio po­lítico para moderar a los partidos. En es­tos países europeos, el terreno central de la política no está ya definido por los valores liberales sino por los partidos antiliberales.

En los primeros años de la divisa común, el peligro que en­frentan las instituciones europeas es que en el imaginario de los ciudadanos serán identificadas con el desempleo masivo. Los electores que perciban de esta manera a las instituciones euro­peas serán explotados fácilmente por los partidos de derecha. No es probable que en los próximos años la derecha radical ocu­pe el gobierno nacional en ningún país de la Unión Europea. Pero puede condicionar a fondo el ambiente en el cual las admi­nistraciones de centro formen sus políticas.

En esa Europa más amplia de la cual forma parte la Unión Europea, los partidos de la derecha radical pueden obtener mucho más poder. Los Estados pueden ser balcanizados fácilmente donde son débiles. Los Estados que tienen minorías significativas bien pueden ser víctimas del nacionalismo étnico. Los eventos en algu­nas partes de la Europa post-comunista son un elocuente recorda­torio de que Europa no ha agotado su capacidad de desorden.7

En un libre mercado global, los grupos sociales que han sido excluidos de la participación económica regresan para acechar la vida política como apoyadores de los movimientos extremistas. Zygmunt Bauman describió muy bien este proceso: “Una parte integral del proceso de globalización es la progresiva segrega­ción espacial, la separación y la exclusión. Las tendencias neo- tribales y fundamentalistas, que reflejan y articulan la experien­cia de la gente al recibir los coletazos de la globalización, son hijos tan legítimos de la globalización como la extensamente celebrada “hibridización de la top culture: la cul­tura en la cima globalizada”.8

Los socialdemócratas creen que los mercados sociales europeos pueden ser renovados dentro del marco del laissez faire global.9 Pero la movilidad del ca­pital a escala mundial vuelve ineficaces las políticas keynesianas, las políticas a las que recurrían en el pasado los regí­menes socialdemócratas para lograr ple­no empleo.10 El libre comercio global vuelve más difícil para el capitalismo socialmente responsable imponer los costos de regulación e impuestos. Mien­tras prevalezcan estas condiciones, los mercados sociales europeos estarán bajo la presión continua de las fuerzas del mercado global. La exclusión social y la alienación política serán peligros constantes.

Lo anterior no significa que el mo­delo de capitalismo propio del Rhin esté destinado a desaparecer. Por el contrario, el capitalismo alemán ha surgido del trauma de la unificación como la fuerza económi­ca dominante en Europa. La pregunta para el modelo del Rhin es si puede continuar subordinando los intereses de los accionistas a aquellos de los socios accionistas. Mientras las reglas del laissez faire global no se cuestionen, la respuesta será que no puede.

Los mercados globales caerán encima, inexorablemente, de los precios de las acciones de aquellas compañías que intenten lo anterior. Incluso en una Europa unificada por su moneda, el mercado social alemán no puede mantenerse como hoy. Ni en Alemania ni en ningún otro país de Europa continental sería po­sible la convergencia entre los mercados sociales y los libres mercados anglosajones. Sin embargo, es muy probable que den­tro de una generación los mercados sociales europeos sean ya irreconocibles.

La moneda única no puede aislar a Europa de las presiones competitivas —cada vez más intensas— que surgen de procesos globalizatorios que vienen de siglos. Mucho después de que el laissez faire global haya pasado a la historia, Europa todavía necesitará encontrar su sitio en un mundo alterado de modo irre­versible por la industrialización.

La moneda única tampoco puede proteger a Europa de las consecuencias del colapso económico en los países vecinos. Si Rusia se hunde en el caos después del colapso del rublo, puede que no sea inmanejable el impacto económico directo sobre los países de la Unión Europea. El impacto político y social sería con­siderable. ¿Cómo podrán países como Polonia enfrentar el riesgo de amplios movimientos de población cruzando sus fronteras al este? ¿Cómo afectaría una crisis de refugiados a tan gran escala la estrategia de la Unión Europea de ampliarse hacia el este?

La moneda única será de poca ayuda para Europa al ocupar­se de semejantes problemas. Pero le da una poderosa ventaja a la Unión Europea para responder a la crisis más vasta del laissez faire global. Si el mercado mundial comienza a caerse en peda­zos bajo presiones que ya no pueda contener, Europa será el más grande bloque económico. Su tamaño y su riqueza le permitirán presionar a favor de las reformas que limiten la movilidad del capital. Si el euro sobrevive al torbellino de los años por venir, su posición de pivote fortalecerá la voz de Europa pidiendo la regulación del comercio especulativo en las divisas. Incluso en el caso de una depresión global como aquella de los años treinta, los efectos sobre Europa podrían ser menos severos que en Esta­dos Unidos o en los países de Asia.

El libre mercado nunca tuvo en Europa la posición de man­do que ha ejercido algunas veces en los países de habla inglesa. No es inconcebible que la Unión Europea tomara el liderazgo en la construcción de un nuevo marco para la economía mundial al despertar del colapso del laissez faire global.

¿Qué puede hacerse?

Hasta ahora, aún no hay consenso de que la economía mun­dial está en crisis. Las organizaciones transnacionales y los par­tidos políticos más importantes insisten en que la depresión asiá­tica puede contenerse. No se ha entendido la necesidad de una reforma radical de la economía mundial. Esta continua falta de entendimiento asegura pesimismo ante el futuro.

La crisis asiática no se ha entendido porque, según la visión del mundo que prevalece actualmente, esa crisis no podía ocu­rrir. En esta visión del mundo, los libres flujos de capital pro­mueven la máxima eficiencia económica. La promueven aún cuando —como sucedió en Indonesia— su efecto es el de arrui­nar toda una economía. En la visión del mundo que domina en nuestros tiempos, la eficiencia económica se ha desconectado del bienestar humano.

Es necesario un cambio básico en la filosofía económica. Las libertades del mercado no son fines en sí mismos. Son expedien­tes, mecanismos ideados por seres humanos para servir a propósi­tos humanos.11 Los mercados están hechos para servir al hombre y no el hombre para servir a los mercados. En el libre mercado glo­bal los instrumentos de la vida económica se han emancipado peligrosamente del control social y de la gobernancia política.

Entre las organizaciones transnacionales hay signos de que el fundamentalismo del libre mercado comienza a cuestionarse. A veces se critica el dogma de que el capital debe tener una movili­dad sin restricciones, y de posturas similares a las del “consenso de Washington”. Sin embargo, el libre mercado anglosajón per­manece como el modelo para las reformas económicas en todas partes. La idea de que la economía mundial debe ser organizada como un solo mercado universal no ha sido aún desafiada.

La explicación última del poder del libre mercado no puede encontrarse en una teoría económica. Es una utopía recurrente de la civilización occidental. El libre mercado mundial encarna el ideal de la Ilustración de crear una civilización universal. Eso explica su popularidad —sobre todo en Estados Unidos, y de ahí su particular peligrosidad.

La globalización —la propagación por el mundo de nuevas tecnologías capaces de abolir la distancia— no confiere univer­salidad a los valores occidentales. Hace irreversible a un mundo plural. La interconexión creciente entre las economías mundia­les no significa el crecimiento de una sola civilización económi­ca. Significa que habrá que encontrar un modus vivendi entre culturas económicas que seguirán siendo diferentes.

La tarea de las organizaciones transnacionales debería ser la de confección de un marco regulatorio donde puedan florecer diversas economías de mercado. Por el momento, estas organi­zaciones hacen lo contrario. Buscan forzar un traspaso revolu­cionario sobre las divergentes culturas económicas del mundo. La historia aporta al hecho esperanzas de que el laissez faire global pueda reformarse fácilmente. Fueron necesarios el desas­tre de la Gran Depresión y la experiencia de la Segunda Guerra mundial para que los gobiernos occidentales pudieran sacudirse el dominio de una versión previa de las ortodoxias del libre mer­cado. No podemos esperar que surjan alternativas factibles al laissez faire global, hasta que haya una crisis económica de al­cances más importantes de las que hemos experimentado hasta ahora. Con toda probabilidad, la depresión asiática se expandirá a la mayor parte del mundo antes de que se haga a un lado la filosofía económica que sostiene al libre mercado global.12

Sin un cambio fundamental en las políticas de Estados Uni­dos, todas las propuestas de reforma para los mercados globales nacerán muertas. En el presente, Estados Unidos combina una insistencia absolutista en su propia soberanía nacional con un reclamo universalista de jurisdicción mundial. Tal modo de aproximarse a las cosas es totalmente impropio para el mundo plural que la globalización ha creado.

El resultado práctico de la política estadunidense sólo puede llevar a que otros poderes actuarán unilateralmente, cuando la inestabilidad del mercado global sea ya intolerable. En ese pun­to, el edificio mal construido del laissez faire global comenzará a derrumbarse.

El libre mercado global es un proyecto que estaba destinado a fracasar. En esto, como en muchas otras cosas, se parece a ese otro experimento de una ingeniería social utópica: el socialismo marxista. Ambos estaban convencidos de que la meta del pro­greso humano debe ser una civilización única. Cada uno negaba que una economía moderna pudiera presentarse en muchas va­riedades bien distintas. Cada uno estaba dispuesto a pagar un alto costo en términos de sufrimiento humano para imponer su visión única del mundo. Cada uno se ha envarado ante las nece­sidades humanas vitales.

Si tomamos a la historia como nuestra guía, podemos espe­rar que el libre mercado global pertenecerá en breve a un pasado irrecuperable. Como otras utopías del siglo XX, el laissez faire global —junto con sus víctimas— será tragado por el hoyo de la memoria histórica.     n

John Gray. Profesor de Política en la Universidad de Oxford. Colaborador de The Guardian y el Times Literary Supplement. Es autor de Enlightement’s Wake y biógrafo de Isaiah Berlin.

Traducción de María Teresa Priego

1 No todos los pensadores de la Ilustración entendieron la idea de una civilización universal en términos eurocéntricos. Para una discusión de este punto, el paradigma del pensamiento ilustrado, ver mi libro Voltaire and Enlightenment. Orion. Londres. 1998.

2 Cifras citadas por Larry Elliot a partir de las estimaciones de Dresdner Kleinwort Benson en “Fairytale turns to horror story”. Guardian, lunes 20 de julio de 1998. p. 19.

3 Para un análisis ilustrativo de las políticas de inseguridad en los Esta­dos Unidos, ver Richard C. Longworth: Global Squeeze: The Coming Crisis for First World Nations. Contemporary Books, Chicago. 1998, capítulo 4.

4 “Forget tigers, keep an eye on China”, en Guardian, 17 de diciembre de 1997, p. 17.

5 Sebastian Mallaby: “Asia’s mirror: From Commodore Perry to the IMF”, en The National Interest, número 52. verano 1998, p. 21.

6 Para una discusión seria, ver C. Fred Bergsten: Weak Dollar. Strong Euro? The International Impact of EMU. Centro para la Reforma Eu­ropea. Londres. 1998.

7 Ver M. Hunter: “Nationalism Unleashed: Le Pen Moves East”, en Transitions. Vol. 5, num. 7, julio 1998, pp. 18-28.

8 Zygmunt Bauman: Globalization: The Human Consequences. Polity Press. Cambridge, 1998, pag. 3.

9 Para una postura adecuada de esta visión socialdemócrata, ver Frank Vadenbroucke: Globalization. Inequality and Social Democracy. Insti­tuto para la Investigación de las Políticas Públicas. Londres, 1998.

l0 Para un estudio más extenso de la socialdemocracia, ver mi mono­grafía: After Social Democracy. Demos, Londres, 1996, reimpreso en mi libro Endgames: Questions in Late Modern Political Thought. Polity Press, Cambridge, 1997, capítulo 2.

11 Para una exploración filosófica útil del mercado y del bienestar hu­mano. ver John O’ Neill: The Market: Ethics, Knowledge and Politics. Routledge. Londres y Nueva York. 1998.

12 Para una crítica incisiva de las filosofías del progreso económico en el libre mercado, ver Richard Bronk: Progress and the Invisible Hand. Little. Brown and Co.. Londres. 1998.

Esos cristianos de Oriente

Parabólica

Esos cristianos de Oriente

Por Carlos Castillo Peraza

Los reflectores de todo el mundo comenzaron a ¡luminar los rostros severos, ajados, barbados y coronados con extrañas tocas de los dignatarios de las olvidadas iglesias cristianas “de Oriente”, desde el momento en que los regímenes del “socialismo real” sufrieron las primeras fracturas, prólogos de sus ulteriores derrumbes. Los conflictos que desde hace algunos años sacuden y ensangrientan los Balcanes —y que tuvieron su expresión más espectacular en Serbia y Kosovo hace apenas unas semanas— han llevado de nuevo a los medios de información europeos el tema de esas agrupaciones religiosas. La conocida psicoanalista Julia Kristeva, por ejemplo, se ocupó del asunto en el diario parisiense Le Monde. Por su lado, Giorgio Ieranó abordó el tópico en el semanario italiano Panorama. Durante los últimos días de junio, la muerte de Gareguin I,”katolikós de todos los armenios”, acaecida en Erevan, atrajo la atención del cotidiano madrileño El País. Este mismo periódico publicó, a principios de julio, una interesante entrevista con el patriarca Pavle, máximo dirigente de la iglesia ortodoxa serbia, en la que los lectores pudimos enterarnos de que el viejo prelado —85 años de edad— advierte del riesgo de guerra civil en su país “si Milosevic no dimite”.

Se acusa a tales iglesias de mezclar indebidamente nación con religión y, de este modo, ser las promotoras de las crisis que han ensangrentado la región balcánica. También de ser cultoras de una teología sacrificial que impulsa a sus creyentes a inmolarse incluso bajo las bombas de la OTAN. Se recuerda a algunos de los desquiciados personajes de Dostoievski. entre místicos, locos y suicidas. Se evoca el colaboracionismo de algunos personajes clericales con los regímenes totalitarios que mantuvieron sometidos más de medio siglo a millones de seres humanos…

Tal vez resulte útil recordar algunos datos, para entender mejor y más allá de las imágenes deformadas o pintorescas de popes, monjes, iconostasis, cruces dobles, incensarios, ermitaños, estilitas, vagabundos, starets, lámparas de aceite, patriarcas enjoyados, cúpulas doradas y jóvenes ensotanados tan rubios como bizcos, de dónde vienen, qué son, cuántos son y dónde están los “cristianos orientales”. No está de más evocar que entre ellos hay dos que han hecho ruta notable en la política internacional contemporánea: Butros Ghali, excanciller egipcio de confesión cristiana copta, que llegó a Secretario General de las Naciones Unidas, y Tarik Aziz, iraquí bautizado en el cristianismo caldeo, omnipresente junto a Sadam Husein y alguna vez ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Bagdad.

Los “cristianos orientales” vienen de lejos en el tiempo. Son descendientes de las comunidades cristianas que, dentro del imperio romano, mantuvieron el uso de la lengua griega, y de las que fueron fundadas cerca o un poco más allá de los confines orientales de aquél, poco sometidas al poder de Roma y poco afectadas por el desplome del poderío imperial. En su ámbito se dieron las disputas en torno de la naturaleza de Cristo: si era sólo Dios, si era sólo hombre, si era tan Dios como hombre, y cada pleito tuvo nombre de teólogo o de obispo: Arrio, Nestorio, Clemente, Gregorio, Severo, Dióscoro…

En Egipto y Etiopía quedaron y permanecen los coptos; en Irak y en Siria, los caldeos; en la India, a partir de una comunidad de emigrantes sirios que se atribuyen haber sido evangelizados por el apóstol Tomás, los malabares o sirio-malabares; en Siria, Líbano y Jordania, los maronitas; también en Siria, los jacobitas; la iglesia apostólica de Armenia, en la región y país de este nombre, acosada por persas y otomanos. Cada disputa tuvo sus facetas teológicas, sus enredos políticos y a veces hasta sus masacres, e ocasiones con cruzados y en tiempos sin éstos e incluso contra éstos. Como signos de puntuación de esta compleja historia pueden salpicarse los nombres de las ciudades donde se formalizó el debate en concilios: Nicea (325), Constantinopla (381), Efeso (431), Calcedonia (451), Dvin (506)… El emperador Justiniano, en el siglo VI, fijó en su cébre código jurídico los cauces de organización para los cristianos. Los dividió en cinco patriarcados —se les conoció como la pentarquía— cuyas capitales o sedes serían Roma, Constantinopla (la Bizancio de los bizantinos). Alejandría. Antioquía y Jerusalén.

Bizantinos fueron y de Tesalónica salieron con el ánimo de evangelizar a los pueblos vecinos del Danubio, dos frailes: Cirilo y Metodio. Su éxito fue doble: como predicadores y como fundadores de la escritura en aquellas regiones. Al nombre del primero se debe el del alfabeto que desde el siglo IX y hasta hoy usan los eslavos: el cirílico. Su labor de alfabetización y cristianización tuvo un foco difusor: Bulgaria. De allí el cristianismo saltó a Kiev, donde el príncipe Vladimiro decidió hacer del Estado ruso una nación cristiana en el siglo X. De Grecia —del famoso Monte Athos— vino la espiritualidad monástica que impregnó al cristianismo ruso, rumano, serbio, moldavo, georgiano… En 1589 nació el patriarcado número seis: Moscú. De mujeres y hombres de estas tierras están hechas las iglesias cristianas orientales llamadas “ortodoxas”.

Las iglesias ortodoxas cuentan hoy con 200 millones de bautizados, desigualmente repartidos entre 15 iglesias “autocéfalas”, es decir, que se gobierna cada una a ella misma, y no tienen un jefe de todas, un “Papa”. Se ostentan como “patriarcados” y tienen sus respectivas sedes en Constantinopla (primada honorífica), Alejandría (Egipto), Antioquía (residencia en Damasco), Jerusalén. Moscú. Georgia, Serbia, Rumania, Bulgaria, Chipre. Grecia, Albania y Polonia. Los dos faltantes tienen que ver con la antigua Checoeslovaquia (ahora dividida en dos países) y con la emigración ortodoxa: el último patriarcado tiene su sede en Washington y atiende a los “ortodoxos” de toda América, mayoritariamente asentados en Estados Unidos y en Canadá.

Para los cristianos ortodoxos, los separatistas y separados son los católicos romanos, a quienes llaman —cuando el ecumenismo no atempera los ánimos de los unos y los otros—, “cismáticos”. Sus ritos difieren de los occidentales. Se bautizan por inmersión, como Cristo en el Jordán. El pan que utilizan para la consagración de la misa tiene levadura. Admiten el divorcio hasta por tres veces. El celibato de los clérigos no es norma absoluta, aunque sí lo es para los obispos. Los monjes no se cortan la barba ni los cabellos. Su fiesta más subrayada es la Pascua, no la Navidad. María es la madre de Dios, pero no creen en la inmaculada concepción. Les son extrañas las “indulgencias” católicas y el rigorismo moral protestante. Desconfían del racionalismo teológico. Mantienen un gran sentido del misterio: por eso los sacerdotes celebran la liturgia separados de los fieles por un cancel lleno de imágenes —iconostasis, frontera entre el mundo visible y el invisible—, y aquéllos sólo escuchan las plegarias y los cánticos en los que participan respondiendo a los ministros del culto.

Mantienen, en consecuencia, lo corporal —muchas imágenes para ver, mucho incienso para oler, muchas lámparas para iluminar, muchos coros para escuchar: nunca han sido iconoclastas— y lo espiritual-misterioso-místico que llega a veces a excesos en su ascetismo: en el siglo XVII, algunos monjes se prendieron fuego para protestar contra las reformas a los ritos. Sin embargo, desmesuras aparte, esta mezcla de sensorialidad y espiritualidad sigue fascinando a muchos: el escritor Bruce Chatwin, muerto en 1989 apenas de cuarenta años, fue un converso que solicitó funerales de rito ortodoxo y pidió ser sepultado en el Monte Athos. Para sus fieles, la iglesia ortodoxa —escribe Ieranó— “tiene como tarea conducir a los hombres a la comunión con Dios y no la de combatir el hambre en el mundo ni ser una organización humanitaria”.

En relación con las acusaciones de vincularse demasiado al poder político —el “césaropapismo”—, habría que recordar que, por sus conflictos con los católicos occidentales durante las cruzadas, los ortodoxos llegaron a preferir “el turbante del turco a la tiara del Papa”; que en el Monte Athos hay un monumento a los monjes quemados vivos por el emperador Miguel VIII por oponerse a un acuerdo con Roma; que sólo a partir de la desintegración del imperio turco dio inicio en los Balcanes el furor religioso-nacionalista y que éste tiene más que ver con el pensamiento occidental inspirado en Herder, que con la teología ortodoxa.

Ieranó recuerda, con un dejo de ironía, que en 1833 y contra la voluntad del patriarca griego, Grecia constituyó su iglesia nacional autocéfala. “El jefe de esta iglesia nacional, el campeón de la simbiosis entre patria y religión, era el rey: se llamaba Otto von Wittelsbach, había venido de Bavaria y era. detalle inolvidable, un católico”.                                       n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Autor de Disiento.

El Clima

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

 EL CLIMA

GASTRONOMÍA

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

En recuerdo de Galo Gómez

La antigua necesidad de comer lo que está de temporada la suplieron los supermercados con su surtido globalizado y peren­ne. Quién sabe de dónde sacarán el cuitlacoche en marzo, pero cuitlacoche hay, y duraznos en diciembre también. Y aunque en México no ha llegado ni como turista un solo salmón vivo ja­más, ya podemos comer pescado color de rosa aquí también, y todo el año. Y sin embargo sabe mejor el cuitlacoche en julio, y el salmón en su lugar.

No se trata solamente de la frescura de los ingredientes: el clima en sí, y los rituales de cada temporada, le dan tanto sabor al guiso como la sal.

Es verano en París, y en estos días de calor abrasante sólo se le ocurre pedir el foie gras del menú al más despistado turista. Es invierno en Santiago de Chile, y los comelones se debaten: ¿un congrio frito con papas y un buen vino tinto en el boliche de la esquina para hacerle contrapunto al frío? ¿O será mejor entre­garse de plano al espíritu de la helada llovizna? En ese caso toca embufandarse e irse a instalar en un puesto del mercado Central para regalarse con una docena de ostras fresquísimas y un vino blanco bien frío.

Así, sabiamente, el mismo paladar pide combinar los place­res de la mesa con el clima. El foie gras exige el invierno —la neblina, las luces festivas en los aparadores, las agudezas del apetito acicateado por la primera helada— para entregarnos su lento, mantecoso esplendor. En Madrid un gazpacho sí hace el verano, pero sin el verano—sin la opulenta madurez del jitomate, el complicado perfume del ajo nuevo, la frescura recién estrena­da del cohombro— esta gloria helada sabe a cáscaras rescatadas de la basura del día. Quien pida una sopa de cebolla gratinada en los calores del agosto francés es un pervertido. Quien deje de pedirla en noviembre también. (Esa otra manera que practican

los chilenos de convivir con las estaciones yéndose a comer os­tras frías en pleno invierno tiene que ver no con la perversión sino con la poesía y el chamanismo: comer unas ostras presenta­das en su cama de hielo es entrar en comunión con la temperatu­ra. el color y el exacto sabor del mar Pacífico invernal; beber vino blanco ligero y helado es convertirse en lluvia.)

En México tenemos solamente dos estaciones —lluvia y se­cas— y ahora, en San Cristóbal de las Casas, donde me encuen­tro, llueve. Llueve con magníficos efectos teatrales —relámpa­gos, nubarrones— y con frío. Es una lluvia que inspira a inven­tar chimeneas, chales y sopas, y fue precisamente al lado de una chimenea chisporroteante, envuelta en un chal, oyendo al cielo derrumbarse del otro lado de la ventana, que me sirvieron una sopa tan reconfortante, tan perfectamente calibrada a la tempe­ratura y al ambiente, que dan ganas de que llueva todo el año para poder seguirla disfrutando. Es la clásica sopa de pan coleta, o sancristobalense. Según doña Asunción Trejo, que fue quien la preparó, a pesar de que es sencilla se sirve en los cumpleaños y los domingos. Es costumbre por estos lados servirla junto con un mole, pero así como me la ofrecieron en una cena, sin más acompañamiento que un vino, me pareció inmejorable.

Para prepararla igual que Doña Asunción habría que conse­guir un poco de manteca de cerdo, un buen caldo de guajolote y bolillo del mejor (esto último es clave, porque si no, uno acaba cenando sopa de algodón mojado, pero últimamente yo sólo en­cuentro buen bolillo en provincia). Claro que también harán fal­ta el aguacero, la chimenea, y hasta un dolor de estómago como el que yo traía, para sentir cómo se esfuma a la segunda cuchara­da. Con esto entramos de nuevo en el tema del clima y los ingre­dientes. Pero ya se sabe que las más de las veces leemos una receta para saborear no el guiso, sino la fantasía.

sopa de pan de doña asunción (para cuatro personas)

• Tres bolillos rebanados en rodajas gruesas y bien tostadas.

• Tres huevos duros, cortados en rodajas.

• Dos zanahorias grandes, peladas y rebanadas al sesgo.

• 100 gramos de chícharo pelado y limpio.

• 100 gramos de ejote, limpio y rebanado finito, al sesgo.

• 250 gramos de jitomate picado.

• Media cebolla picada.

• Dos cucharadas de manteca de puerco.

• Un litro de caldo de guajolote, que habrá hervido a fuego lento quince minutos con:

• Una rajita de canela.

• Una ramita de orégano del jardín.

• Una pizca de tomillo.

• Una pizca de pimienta negra.

• Dos cucharaditas rasas de azúcar.

• Se cuecen las verduras, de preferencia al vapor, hasta que que­den tiernas.

• Se sofríe el jitomate con la cebolla en la manteca y se alistan los demás ingredientes de manera que todo esté al hervor a la hora de ensamblar la sopa.

• Se colocan las rodajas de pan tostado en capas en el fondo de una cacerola de unos treinta a cuarenta centímetros de diámetro. Deben quedar de tres a cuatro capas de pan. (Mientras más grue­sa sea la cacerola, mejor, para que conserve el calor de la sopa.)

• Se distribuye la verdura cocida encima del pan y se colocan al final las rodajas de huevo.

• Se vierte encima el sofrito de cebolla y jitomate y se baña todo con el caldo hirviendo. Se sirve inmediatamente. Se me ocurre que en el DF, donde hace menos frío, no estaría mal tener ya en la mesa una ensalada de lechuga, jitomate y aguacate.    n

Alma Guillermoprieto. Escritora. Entre sus libros. Samba (Knopf. 1990) y The Heart that Bleeds (Knopf, 1994)

El Fin de la Ideologia

SOCIAL-DEMOCRACIA

¿EL FIN DE LA IDEOLOGÍA?

POR MARÍA AMPARO CASAR

Los gobiernos social-demócratas de Alemania y Gran Bretaña ofrecen una alternativa política conocida como Tercera Vía.

¿Qué tan novedosa es?

Después de un largo periodo de go­biernos conservadores en Europa y en Es­tados Unidos y de reformas neoliberales en América Latina, los partidos de corte socialdemócrata han retomado el liderazgo. En el último lustro del siglo XX quedaron atrás las casi dos décadas del predominio de los gobiernos identificados con el neo- liberalismo, thatcherismo o reaganomics. Gran parte de los países de Europa occi­dental —una excepción importante es Es­paña— están hoy gobernados por partidos que comulgan con el credo tradicionalmente adoptado por la social-democracia. Con la llegada al poder de Tony Blair y de G. Schroeder se ha dado un esfuerzo sistemá­tico por presentar como una nueva alter­nativa lo que el primero denomina la Ter­cera Vía y el segundo el Nuevo Centro (Die Nene Mitte). Ambos gobernantes se han hecho cargo de la cruzada para convencer al resto del mundo de las bondades de sus planteamientos.

Como parte de este esfuerzo, el mes pasado apareció en los principales diarios de Europa una declaración conjunta firma­da por el Primer Ministro Británico Tony Blair y el Canciller alemán Schroeder. Su propósito: convocar al resto de los socialdemócratas a unirse al ímpetu modernizador y a trabajar para construir el éxito de la social-democracia en el siglo XXI.

Estos gobernantes tienen un doble reto. El primero es no alienar a sus propios mi­litantes y votantes tradicionales al alejarse de los principios y políticas que hasta hace poco habían sostenido. Ahora mismo, Tony Blair sufre el embate de parte de un buen número de parlamentarios laboristas que le exigen corregir el rumbo, volver a virar hacia la izquierda y no concertar una alian­za con los liberal-demócratas. El segundo —de mucha mayor envergadura— es de­mostrar que su proyecto es, al mismo tiem­po, distinto, viable y sostenible.

Capitalismo con rostro humano, subsidiariedad del Estado, nueva izquier­da o nuevo centro, matrimonio entre capi­talismo y socialismo son todas etiquetas nuevas y no tan nuevas para denominar a esos valores que la social-democracia con­cibe como permanentes y que desearía no sacrificar: justicia social, libertad e igual­dad de oportunidades, solidaridad y respon­sabilidad. Pero ¿cómo combinarlos con una filosofía de mercado? ¿Cómo liberarse de la camisa de fuerza que supone adscribirse a una ideología determinada? ¿De qué se trata esta nueva propuesta?

Blair y Schroeder parten de una pre­misa: “las debilidades del mercado se han sobrestimado y sus fortalezas se han sub­estimado”. A partir de ella y, desde luego, del reconocimiento de los cambios en la economía internacional, se embarcan en una fuerte autocrítica de algunos de los principios y políticas tradicionalmente pro­movidas por la social-democracia. Estas políticas y principios que hoy se descubren erradas o desatinadas, son precisamente aquellas con las que acostumbrábamos identificar a la social-democracia.

En el campo de los principios, la autocrítica apunta en dos sentidos. Por una parte va dirigida al reconocimiento de que a menudo “se olvidó la importancia de premiar el esfuerzo y la responsabilidad”; de que se asociaron con “el conformismo y la mediocridad” más que con “la creati­vidad, la diversidad y la excelencia”. Por la otra, a que frecuentemente “los dere­chos se elevaron por encima de las res­ponsabilidades”. La propia autocrítica se­ñala el camino a seguir: revalorar al indi­viduo en sus capacidades y responsabili­dades.

En el ámbito de las políticas, también se registra un viraje importante. Aunque a diferencia del socialismo la social-demo­cracia no perseguía la estatización absolu­ta y la planificación central, durante los años sesenta y setenta favorecieron la ex­pansión del Estado y el gasto deficitario. Los objetivos de crecimiento y pleno em­pleo se traducían en políticas basadas en el manejo de la demanda agregada. En el tras- fondo de las políticas se revelaba una con­fianza básica en que el Estado no sólo de­bía sino podía intervenir de manera exitosa para asegurar el crecimiento, el desarrollo y la distribución más equitativa de los re­cursos.

Sin abandonar estos propósitos, los go­biernos social-demócratas de hoy recono­cen que la intervención del Estado debe restringirse, el papel del empresario ampliarse, el gasto público medirse no por su monto sino por su efectividad. El prin­cipio no es gastar más sino mejor, donde mejor significa, además de servicios pú­blicos de calidad, permitir la expansión de las capacidades del individuo.

La conexión entre ambos campos, el de los principios y el de las políticas, es evidente y de importantes consecuencias. El ejemplo más claro lo proporcionan ellos mismos. La creencia generalizada de que el Estado debía hacerse cargo de las im­perfecciones del mercado llevó a su expan­sión desproporcionada y a distorsionar el balance entre lo individual y lo colectivo. A su vez, esto llevó a que valores como “el logro personal, el espíritu empresarial, la responsabilidad individual y el espíritu comunitario” quedaran subordinados a “salvaguardas sociales universales”.

Los propósitos manifiestos de la de­claración de Blair y Schroeder son, en rea­lidad, aspiraciones universales. Son los mismos a los que cualquier gobierno de cualquier filiación se adhiere: promover la prosperidad, el empleo, la educación, el avance tecnológico, la igualdad de oportu­nidades y la cohesión del cuerpo social.

Sin embargo, las vías que se proponen para alcanzarlos tienen un mayor aire de familia con las propuestas de sus antece­sores neoliberales que con su antigua tra­dición: inversión en capital humano, reduc­ción de la burocracia en el sector público, alentar el espíritu empresarial, fuerza de trabajo calificada, flexibilidad del merca­do laboral y de capitales, expansión de las oportunidades laborales, apertura comer­cial, política impositiva que incentive la in­versión, reducción de los costos laborales no salariales, desregulación, finanzas pú­blicas sanas.

Las reflexiones anteriores no consti­tuyen una crítica a la modernización de la social-democracia europea sino el recono­cimiento de que, como lo apuntan el pro­pio Blair y Schroeder, “la gente quiere po­líticos que aborden los problemas sin preconcepciones ideológicas y que, apli­cando sus valores y principios, busquen so­luciones prácticas a través de políticas ho­nestas, bien diseñadas y pragmáticas”. ¿Constituye esto el fin de la ideología?   n

María Amparo Casar. Directora de la División de Estudios Políticos del CIDE.

La Imaginacion Historica de Hector Mauleon

RETRATOS CON PAISAJE

LA IMAGINACIÓN HISTÓRICA DE HÉCTOR DE MAULEÓN

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

La perfecta espiral (Cal y arena, 1999) es un libro de cuentos concebido por un perfeccionista en el entramado y el lenguaje. Es, también, un tributo a la inteligencia literaria.

Me declaré entusiasta de la prosa de Héctor de Mauleón antes de conocer sus cuentos, por sus reportajes, ensayos o re­latos históricos publicados en Crónica. Creo que es el mayor, si no el único cronista que ha aparecido en México durante los años noventa.

Como se sabe, ese género misceláneo llamado “crónica”, que logró su veranillo literario a finales de los años setenta, se deshilachó muy pronto en textos irrespon­sables, sentimentales o ideológicos, a cau­sa de los lamentos y furias periodísticos que atronaron la prensa nacional a partir del temblor de 1985 y de las enconadas anda­nadas partidarias entre priistas y expriistas. Llegó a ser punto menos que ilegible.

De Mauleón se inventó, quién sabe cómo, un canon diferente: revaloró la eru­dición, la tenaz investigación hemerográfica; el cronista ya no sólo agarraba y ha­blaba al vuelo de sus ocurrencias, sino que sabía mucho de su asunto. Soslayó el len­guaje coloquialista arrebatado, instantáneo, casi automático, que se había vuelto epi­demia entre los cronistas, en favor de una prosa estricta y templada, pero dueña de una libre naturalidad. Y se retiró un poco de las unánimes llagas contemporáneas, tan venalmente explotadas por la codicia de los partidos políticos, para recuperar, como cronista, momentos intensos del pasado mexicano. Ha de tener en los cajones de su escritorio material suficiente para varios excelentes libros de crónica.

Ahora sabemos que se trataba de las crónicas de un cuentista. Un narrador per­feccionista en el entramado y el lenguaje de cuentos fantásticos, a ratos casi mate­máticos, con juegos de espacio y tiempo, en los que el pasado invariablemente se une con el presente a través de los pasadizos secretos del amor, el misterio, el terror. Son verdaderas invenciones: artefactos meticu­losamente fabricados para abolir el mundo concreto, algo superficial, y poblarlo de enigmas intensos.

La inteligencia sonríe en ellos con pro­sa impecable, y las emociones profundi­zan su estremecimiento sin efusiones, con una admirable economía de recursos. Una prosa sin reiteraciones ni énfasis: sabe lo­grar grandes efectos con pocas palabras. Y una ambiciosa modestia: más que innovar, ha retomado la tradición del cuento fan­tástico de Borges. Bioy Casares y Cortázar (no menos olvidada que superficialmente celebrada), con sus exigencias intelectua­les y estéticas.

Un edificio decó de departamentos en la Colonia Condesa, con su monumental escalera en espiral, se convierte en una trampa para repetir un pasado atroz, con las atmósferas de tragedia y horror que parecen no haberse desvanecido de sus muros. Sé que no se debe atribuir al autor los hechos ni dichos de sus personajes, pero me imaginé a De Mauleón por rasgos que comparte con el protagonista: el periodis­mo, la incontinente nostalgia del pasado. Ahí andaba por la espiral de los suicidas, a punto de caer en el pozo macabro de un pasado sangriento. Lo vi con chamarra y a colores, subiendo. Pero en mitad de la es­calera se encontró con otra “perfecta espi­ral”. Alguien, muy parecido a él, pero en blanco y negro, con elegante traje de 1953, escapaba de un crimen de alcoba. Se trata­ba del actor David Silva, quien, azorado, imaginó que regresaba, cuarenta y tantos años después, disfrazado de periodista blasé, a confesar en un cuento en clave un crimen que creía perfecto. “¡Maldita sea, exclamó David Silva; yo que tantos héroes rudos he sido, voy a terminar de literato!”. No sé bien si, después de este enfrenta- miento, De Mauleón y David Silva intercambiaron identidades, o si cada cual pudo escapar con la propia por su particu­lar pasadizo del tiempo.

Los personajes masculinos de este li­bro suelen ser tristones, solitarios, escépticos, y se esfuerzan por hablar y compor­tarse de un modo algo arisco. Humphrey Bogart. A ratos “huyen del futuro y de la profesión” y de sus desaseados departa­mentos de soltero, a través de fiestas ácidas donde los tiempos se sobreponen, como la delirante Susana Ferrán (acaso bisnieta de la Aura de Fuentes), a su vez fugitiva del presente, revestida y difuminada con el vestuario teatral del pasado.

De Mauleón escoge personajes-ante- na, que atraen las “corrientes secretas” de historias antiguas que parecen fluir a su lado, y de las que se vuelven observadores o víctimas intensos durante los momentos-antena de soledad o de tristeza amorosa. El problema del Hombre Hueco es que se ve acechado por todo tipo de extempo­ráneos contenidos espantosos, fantasmas que lo espían para habitarlo al menor des­cuido.

Como lo obsesiona el pasado colonial, al que a ratos idealiza como cronista, y el siglo XIX, se vuelve un compañero incó­modo para visitar museos. Si alguien lo acompañara a ver. por ejemplo, la famosa imagen del Puente de Roldán, podría ver­se en la misteriosa situación de salir solo del museo: De Mauleón se habría incorpo­rado a la litografía, en plena acequia, a lo mejor como marchante de rábanos en una trajinera —habrá que comprobar si lleva una C tatuada en la planta de un pie—, por obra y gracia de “un humo que iba atrave­sando el tiempo”.

Realmente espero que De Mauleón haya salido íntegro de sus visitas al Museo de Antropología; no sea que los turistas ja­poneses vayan a fotografiar a un Héctor de Mauleón sacrificado por Huitzilopochtli. y estemos aquí departiendo, muy quitados de la pena, con el auténtico y terrible Cópil, origen del sanguinario imperio azteca, cuyo corazón produjo las tunas del escudo na­cional.

Lo que sé de cierto es que en uno de los cuentos que más me gustan, “Ciudad dormida”, la terrorífica escena de la No­che Triste reaparece en la tierna imagina­ción de unos niños de primaria que asisten a dos espectáculos insólitos: la excavación intensiva de la ciudad para realizar las obras del metro y una manifestación reprimida. Supongo que habla de 1971. Las entrañas de la ciudad azteca al descubierto y la vio­lencia desatada reinstauran el caos de la conquista de México en la imaginación febril de los niños, tan estudiosos de su Historia Patria. Esta visita a los sótanos prehispánicos o de la conquista no me pa­rece en modo alguno inferior a las céle­bres de Fuentes con el Chac Mool, de Ele­na Garro con su moderna dama enamora­da de un nativazo tenochca y de José Emi­lio Pacheco con sus aztecas en la madru­gada de los túneles del metro.

En este cuento de Héctor de Mauleón el juego de tiempo y espacio es doblemente efectivo, pues no se trata sólo de un hábil trueque de simetrías, sino de una verosímil obsesión infantil. Celebro en especial que los niños, al saber que en la Noche Triste los españoles huyeron por la calzada de Tacuba, los imaginen corriendo, ensangren­tados y empavorecidos, frente al Cine Tlacopan; que los aztecas melenudos, seminudistas y decorados con tan raros aba­lorios, les parezcan hippies; y que traten de calmar las iras del Conquistador, fantasma escondido en un cuarto de trebejos de la es­cuela, con pertinentes ofrendas de chicles, supongo de marca Adams —menta, yerbabuena, canela, violeta y tutifruti.

Otro de los mejores textos de La per­fecta espiral, “El norte ignoto” (“El norte era como el mar”), asombra por su prosa de cronista de Indias, totalmente verosímil; de modo que el lector se deja llevar por entero a los primeros tiempos del virreinato, y cae de bulto en el pozo del tiempo histórico sólo para encontrarse de repente entrampado por un juego fantásti­co, con villistas y todo. Ese norte desértico que se traga a los aventureros, lo mismo a los conquistadores de las Ciudades de Oro que a los revolucionarios, une los tiempos en una común metáfora de la desolación, la sed, el hambre, la muerte de consunción bajo el solazo arenoso y seco.

Si Héctor de Mauleón ha enriquecido el periodismo, la crónica, con su rigor ver­bal y su imaginación de cuentista, ha po­blado de historia, en reciprocidad, sus re­latos fantásticos. Se diría que sus tramas son otra manera de disfrutar su pasión de historiador. Pero una maldición suele cernirse sobre los historiadores: la codicia de las antigüedades, el coleccionismo. Al­gunos de sus personajes lo sufren.

De repente tienen en el armario el ver­dadero espejo de Tezcatlipoca, abierto a las premoniciones y a los fantasmas fatídicos; o un espejo ciego, que no devuelve la ima­gen. hasta que alguien descubra su terrible secreto; o un espejo especializado en el pasado, en el que Don Porfirio no ha re­nunciado ni perecido jamás.

A veces la Historia Patria le queda chica. En un texto poco conocido. “Tres días y un cenicero”, Juan José Arreóla en­cuentra una estatua de Venus, dudosamen­te grecorromana, en una laguna de Zapotlán, cuando sus personajes pueblerinos apellidados Pato andan cazando patos; la lúbrica diosa arma todo un lío municipal. Un personaje de Héctor de Mauleón en­cuentra una estatua babilónica en un tianguis, con un libro árabe, y habremos de compadecer a su pobre esposa, cuando descubre que su casa empieza a impreg­narse de una atmósfera espesa de arcaica lubricidad sagrada y prostibularia. La pa­sión por la historia no es impune. No pro­duce solamente conocimientos escuetos; efectivamente filtra, por los intersticios del texto o de la imagen, ideas y pulsiones se­cretas, tan terroríficas o abominables para nuestra civilización, como podrían serlo el condón, el hot dog, el chili con carne, la tele o la bomba atómica para Alejandro Magno.

Pobre señora: ¡que su esposo, con la coartada de historiador, se encierre a piedra y lodo en su estudio para rendir no se sabe qué comprometedores cultos a Astarté, la diosa de la prostitución tumultuaria!

En otro cuento la obsesión por la his­toria llega al paroxismo. El suicidio de un historiador del teatro frivolo de principios de siglo lleva a uno de sus amigos a eri­girse, a su vez, en historiador del difunto —un historiador del historiador—, para descubrir que los documentos y fotos de una coplera de ochenta años atrás, cobra­ron mayor realidad para el estudioso de las divas que la vida presente. El estudioso no dudó, ayudado por una cita de Sófocles, para alcanzar el pasado en la muerte, que los colecciona todos. ¿Y ella? ¿No habrá viajado ochenta años para encontrarlo? ¿No se habrán cruzado fatídicamente, sin ver­se, en el camino?

En otras ocasiones el autor, más cau­to, queda en el umbral de la fantasía. Una mujer aprensiva viaja en metro, temiendo perderse en no sé qué mundos paralelos dentro de los túneles, pero al menos esa tarde no cae en ellos: tan sólo siente, con escalofrío, su posibilidad. Un nieto asiste, de niño, al amor del abuelo por una difun­ta; el llamado de la novia esquelética se­guirá resonando en sus sueños de adulto.

La perfecta espiral es un libro que no sólo respeta, sino reta a la inteligencia del lector. Todos sus cuentos son antologables.  n

Año 2000. ¿Escenarios automáticos?

Año 2000 ¿Escenarios automáticos?

Por Jorge Buendía Laredo

Las recientes elecciones en Nayarit y el Estado de México se han instalado en la mente de algunos analistas como paradigmas que guiarán la elección del 2000. ¿Cuánto de probable hay en eso?

Las pasadas elecciones para gobernador en los estados de México y Nayarit se han constituido en punto de referencia para imaginar algunos escenarios posibles de la próxima elección presidencial. Algunos, incluso, han llegado a plantear que, dependiendo de la estrategia de la oposición, el 3 de julio del 2000 estaremos frente al caso nayarita (victoria de una coalición opositora) o al caso mexiquense (victoria del PRI). ¿Qué lecciones se pueden desprender de ambos comicios con miras a la elección presidencial?

1.- El PRI triunfa en virtud del desmedido uso de recursos públicos y privados. Su victoria es ilegítima e inaceptable.

El rechazo opositor al triunfo priista en el Estado de México muestra la fragilidad que puede tener en nuestro país el método electoral como sistema para decidir quién gobierna. Si el procedimiento es válido únicamente en función de los resultados (derrota del PRI o victoria del PRI con amplio margen de ventaja) no se vislumbra un panorama positivo para la próxima elección presidencial. Incluso si el PRI pierde, puede utilizar las mismas tácticas de la oposición y no reconocer al triunfador. Por otro lado, la justificación panista de que los votos del PRI no son falsos pero sí ilegítimos es preocupante: rompe el principio básico de toda democracia, “un hombre, un voto”. En la lógica del argumento panista hay un tipo de votos, o de individuos, que valen más que otros, lo cual tiene un aire de democracia censitaria en el más puro estilo de los siglos XVIII y XIX.

El eje central del reclamo panista se basa en la convicción de que la victoria del PRI se debió a la existencia de una amplia estructura clientelista. Al margen de la veracidad de esa afirmación, cabe recordar que los fenómenos clientelistas ocurren en diversas partes del mundo, incluyendo democracias, como producto de la desigualdad social. Los partidos mexicanos y sus gobiernos no han sido ajenos a estas prácticas (recordemos el programa “Jalemos Parejo” en Chihuahua o la leche Betty en el DF). Una debilidad del argumento clientelista es su incapacidad para explicar por qué, ante la presencia de estructuras de control político similares, el ganador de los comicios varía de una elección a otra. Si el clientelismo es tan efectivo, ¿por qué Cárdenas ganó en el Estado de México en la elección presidencial de 1988, particularmente si todo mundo parece coincidir en que en esa elección el PRI utilizó todos los recursos a su favor?

El argumento clientelista es profundamente paternalista: el votante está indefenso ante el gobierno y los partidos. La mejor respuesta a esta posición la dio el mismo PAN en la elección para gobernador de Veracruz en 1998. Reconociendo la autonomía y libertad de decisión de los individuos, el PAN propuso: “toma lo que te dan pero vota por el PAN”. Dicha libertad de decisión se le niega ahora al votante mexiquense.

¿Se puede minimizar la posibilidad de un conflicto postelectoral en el año 2000? Si el comportamiento opositor es similar al observado en los comicios de este 4 de julio, dicho escenario dependerá del resultado de la elección. El margen de victoria, sin embargo, parece ampliado: los siete puntos de ventaja del PRI en el Estado de México n parecen suficientes. Ni un sistema electoral de segunda vuelta puede hacerle frente a esta situación.

Las constantes impugnaciones de los partidos ponen de manifiesto el alto costo que les significa perder una elección. La naturaleza mayoritaria del sistema electoral mexicano, “el ganador se lleva todo”, incrementa los costos propios de toda derrota electoral. En varios sistemas parlamentarios de Europa continental se minimiza el costo de la derrota al otorgar algunos puestos públicos a los partidos perdedores con mayor número de votos. En un sistema presidencial, o para el caso a nivel gubernatura, es difícil introducir este tipo de esquemas. Sin embargo, algunas reformas institucionales podrían disminuir el costo de perder una elección. Una de ellas es reducir los periodos de gobierno de seis a cuatro años. Para los partidos y los políticos perdedores, esperar seis años para volver a competir por el mismo puesto de elección puede ser demasiado.1

2.- Nayarit es un ejemplo de que una gran coalición opositora es posible y, además, llevará a la derrota del PRI en el año 2000.

Esta opinión está muy extendida entre los partidos de oposición, particularmente en aquellos que buscan conformar una gran alianza. Sin embargo, Nayarit no es un buen ejemplo para sustentar esa opinión. En primer lugar, el candidato de la coalición PAN-PRD-PT-PRS (Antonio Echevarría) es una persona ajena a esos partidos y con un notable y reciente pasado priista. Ello facilitó que PAN y PRD pudieran llegar a un acuerdo, es decir, al postular a un “candidato externo” ninguno de los dos grandes partidos opositores consideró que estaba cediendo ante el otro.2 Además, ni el PAN ni el PRD contaban con una figura local de relieve que le disputara la nominación a Echevarría. Por ende, tanto PAN como PRD percibieron que la coalición opositora en Nayarit no era un juego de suma-cero donde lo que uno ganaba lo perdía el otro.

A nivel nacional la situación parece ser otra. Vicente Fox por el PAN y Cuauhtémoc Cárdenas por el PRD quieren la presidencia y cuentan con una fuerza electoral considerable que respalda sus aspiraciones. Y no parece existir un procedimiento aceptado por ambas partes para decidir quién encabezará la coalición: Cárdenas y el PRD demandan elecciones primarias mientras que Fox y el PAN las rechazan y proponen el uso de encuestas. El desacuerdo sobre el método de selección encubre en realidad la negativa de las partes a conformar una gran coalición. PAN y PRD, al igual que Fox y Cárdenas, se niegan a declinar en favor del otro. En estas circunstancias, la pregunta relevante es: ¿a cambio de qué el PAN o el PRD cederán la candidatura a la presidencia de la República?

Si la existencia de un candidato “externo” en Nayarit favoreció la creación de una gran coalición opositora, también disminuyó los “costos ideológicos” de votar por ella. Las élites políticas pierden de vista muchas veces que son los electores quienes deciden quién gana y quién pierde una elección. En el caso de Nayarit, a los simpatizantes panistas no se les exigió que apoyaran a un candidato perredista o a un perredista que votara por un panista. (Además, el hecho de que el candidato de la coalición fuera un ex-priista le permitió a la coalición disputarle al PRI su clientela tradicional.)

La experiencia nayarita no se repite a nivel nacional: los costos ideológicos de votar por Fox o Cárdenas son altos para los simpatizantes del PRD y el PAN. Varias encuestas demuestran que un buen número de simpatizantes panistas preferiría votar por el PRI que por Cuauhtémoc Cárdenas (el fenómeno se repite en menor medida con los simpatizantes perredistas y Fox). Por lo anterior es un mito creer que la fuerza electoral de una coalición PAN-PRD es igual a la suma de sus partes. No sólo un buen número de votantes tradicionales de estos partidos prefiere al PRI por encima de la otra fuerza opositora, sino que los votos que el PAN y el PRD han obtenido en comicios anteriores incluye a un buen número de personas sin afiliación partidista. Estos votantes no están atados a partido alguno (los llamados independientes) y pueden inclinarse por el PRI y así decidir el resultado de la elección.

El supuesto de que los simpatizantes del PRD, de ser necesario, votarán por el PAN y no por el PRI tampoco se sustenta en la reciente elección del estado de México: la coalición PRD-PT perdió aproximadamente catorce puntos en relación a la votación que ambos partidos obtuvieron en las elecciones federales de 1997 (de 36 a 22%). Estos votos no terminaron únicamente en las arcas panistas ya que el PRI se llevó cerca de la mitad de los votos perdidos por el PRD.1

Sin duda una gran coalición opositora en el año 2000 puede maximizar la probabilidad de una derrota del PRI, pero su constitución es improbable en este momento. Además, la eventual victoria de la coalición está lejos de ser automática.   n

Jorge Buendía Laredo. Investigador del CIDE. Candidato a doctor en Ciencia Política por la Universidad de Chicago.

1 La misma lógica aplica en las elecciones primarias. Los precandidatos perdedores tienen mayores incentivos a permanecer dentro de un partido si el periodo de espera es relativamente corto.

2 En Coahuila el PRD ha decidido apoyar al candidato panista. El PAN obtuvo 38% en las elecciones municipales de 1996 y el PRD únicamente 8%. No es mucho lo que ha “cedido” el PRD en Coahuila al sumarse a una coalición encabezada por el PAN.

3 En sentido estricto, para determinar por quién votaron en 1999 los votantes perredistas de 1997 se requiere de 1) encuestas que permitan comparar a nivel individual el voto en 1997 y el voto en 1999 o. preferentemente, 2) un modelo de transición de votantes elaborado a partir de resultados oficiales.

¿Volviendo al futuro?

El desarrollo estabilizador

¿Volviendo al futuro?

Por Eduardo Turrent Díaz

A partir del libro El desarrollo estabilizador: Reflexiones sobre una época, de Antonio Ortiz Mena, este artículo destaca los dones de una política económica que estimuló con eficacia la inversión productiva y el empleo.

La del  llamado “desarrollo estabilizador” —que se extiende de 1958 a 1970— fue una época de veras sobresaliente en la historia económica de México. El producto interno creció a una tasa real mayor al 6% anual con crecimiento también rápido y sostenido de los salarios reales. El análisis de esos logros no sólo puede ser materia de interés para el historiador anticuario; el estudio de la política económica de esa época es de gran importancia para el presente y el futuro, en especial para los individuos de acción y para los responsables de conducir las políticas públicas. De él se desprende un recetario de estrategias para avanzar en objetivos que todos compartimos hoy: elevar los salarios, aumentar los ingresos de la población, en especial de la población rural; crear mayor empleo y lograr que la producción avance con mayor rapidez que la explosión demográfica.

¿Cómo se procedió para que la economía nacional tuviese en ese periodo un desempeño tan notable? ¿Quién fue el principal promotor de esos éxitos y en qué fincó su actuación? Y más importante: ¿qué enseñanzas pueden derivarse del desarrollo estabilizador para fines de diseño y aplicación de las políticas económicas actuales y del futuro? El principal artífice de ese “milagro mexicano” fue Antonio Ortiz Mena, secretario de Hacienda en los sexenios de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz.

Hábil, laborioso, buen político, magnífico administrador y negociador, economista, financiero y abogado muy conocedor de las leyes y del derecho, todo eso fue Antonio Ortiz Mena. Sus principales méritos pueden resumirse como sigue: 1) Eligió y recomendó las políticas adecuadas para cumplir con el mandato que se le asignó al iniciar su encomienda: crecimiento del producto por arriba de la tasa de expansión demográfica e incremento continuo de los salarios reales. 2) Supo persuadir a los presidentes a quienes sirvió —López Mateos y Díaz Ordaz— de que sólo con esas políticas podía lograrse que el auge fuese perdurable. 3) Fue un operador político muy diestro y sagaz, y un instrumentador muy eficaz de las medidas que, muchas veces, él mismo sugirió.

Se imagina tarea fácil discurrir y recomendar las políticas “apropiadas”; no lo era tanto en esa época de tan intensa efervescencia doctrinal y hasta ideológica. Al igual que Rodrigo Gómez —director del Banco de México de 1952 a 1970—, Ortiz Mena nunca se dejó marear por las modas intelectuales y por las falsas “nuevas teorías” que anunciaban el descubrimiento de panaceas económicas milagrosas.

Contrario a lo que han pretendido algunos de sus críticos, Ortiz Mena nunca estuvo obsedido por la idea de la estabilidad monetaria y cambiaria. Nunca consideró al control de la inflación y a la fijeza del tipo de cambio como objetivos per-se. Más bien los consideró como lo que son: objetivos intermedios para conseguir las metas últimas: procurar un crecimiento sostenido y sostenible del producto per cápita y del salario real.

Ortiz Mena sabía que no existe la disyuntiva entre crecer sin inflación y crecer con inflación. Tolerar políticas conducentes a la inflación o practicarlas deliberadamente lleva tarde o temprano al estancamiento y a la crisis. De hecho, eso fue lo que sucedió durante la “docena trágica” de 1970 a 1982. De 1983 a la fecha todo ha sido un intento por restaurar la perdida estabilidad sin conseguirlo plenamente. Así de difícil es estabilizar una economía cuando se sale de ese estado.

Ortiz Mena habla de dos precondiciones para evitar la inflación: primera, mantener finanzas públicas sanas; segunda, procurar una actuación congruente con ese fin por parte del banco central. Por sus consecuencias directas sobre la inflación, a lo que más temió Ortiz Mena fue al financiamiento del déficit público mediante el crédito primario del banco central.

La finalidad última del desarrollo estabilizador fue estimular la inversión productiva y el empleo. Parte de ese esfuerzo se manifestó en el esmero con el que se cuidó la confianza. El fenómeno económico, solía decir Daniel Cosío Villegas, depende de las reacciones individuales de millones de consumidores y de productores. Carece de sentido empujar esas reacciones en un sentido desestabilizador, si las políticas que se proponen no son viables.

En fin, el cuidado de la estabilidad monetaria, de la estabilidad cambiaría y de la confianza vino acompañado de políticas compatibles en materia de salarios, de promoción de las exportaciones, de estímulo al ahorro y al desarrollo del sistema financiero, de reforma fiscal, de promoción del sector agrícola —ya que en ese tiempo el grueso de los ingresos de divisas provenía de las exportaciones de ese sector—. del turismo y del desarrollo de las fronteras. De muy particular relevancia fueron los esfuerzos para alentar el surgimiento de empresarios mexicanos y de empresas mexicanas.

La del desarrollo estabilizador es una historia de éxito en un campo —el económico— en el que desde hace casi dos decenios México no ha podido salir de un hoyo. La posteridad y la distancia han venido a validar las ideas económicas de Ortiz Mena y la pertinencia de las políticas económicas que se aplicaron —con la salvedad de la política comercial proteccionista que se heredó de los regímenes precedentes— durante su gestión como secretario de Hacienda.

En el legado del desarrollo estabilizador está el catálogo de las políticas económicas a seguir para que una economía crezca con rapidez y ese crecimiento pueda sostenerse. En este último punto reside la diferencia fundamental con las políticas expansionistas que se aplicaron en los siguientes dos sexenios. Aparte de lo ya dicho, en ese legado destaca la importancia de propugnar para que el Estado actúe más como promotor que como propietario o empresario, de vigilar con rigor la asignación de los escasos recursos invertibles —ya sean de origen nacional o externo— hacia fines productivos. Muy consciente estuvo siempre Ortiz Mena de decir no al desperdicio y a la dilapidación, algo que no se escuchó durante los doce años posteriores.

A todo lo anterior se refiere el libro de Antonio Ortiz Mena de reciente publicación (El desarrollo estabilizador: reflexiones sobre una época, FCE, 1998). Aunque la obra tiene sus defectos —una estructura demasiado rígida, lenguaje árido tipo memorándum, algunas contradicciones e imprecisiones—, el pormenor de lo ocurrido en el desarrollo estabilizador se recoge ahí con acierto. Vale la pena leerlo y conservarlo no sólo como un doloroso recuerdo de lo que fue y no pudo continuar, sino como el catálogo de las políticas que pueden ofrecerle a los mexicanos un futuro más halagüeño.    n

Eduardo Turrent Díaz. Maestro en Economía por El Colegio de México.

El Pasaporte de Vladimir Nabokov

El 21 de abril de 1999 se cumplieron cien años del nacimiento de Vladimir Nabokov. A partir de tres de sus novelas, escritas antes del periodo estadunidense, esta aproximación le rinde homenaje.

Podría decirse: Vladimir Nabokov nació el 23 de abril de 1899, en San Petersburgo, la ciudad que el poeta Joseph Brodsky atestiguó como el único lugar en Rusia donde los pensamientos se alejan con libertad del mundo real.

¿O sería mejor?: según el calendario juliano, que administró el tiempo ruso has­ta 1917, Vladimir Nabokov nació el 10 de abril de 1899, en San Petersburgo, la ciu­dad que por entonces había llegado al mi­llón y medio de habitantes. Desde la infan­cia estuvo expuesto a “los confortables pro­ductos de la civilización anglosajona”. De modo que su bañera plegable era inglesa y también el jabón. Eran ingleses los paste­les de fruta, los rompecabezas y las pelo­tas de tenis. Pero nada de eso habría tenido sentido sin el abecedario. Nabokov apren­dió a leer en inglés antes de leer en ruso.

También podría decirse: su destino extraordinario, no menos común que el destino amargo de millones de rusos, co­menzó a fraguarse, como notaría Joseph Brodsky a propósito de la parálisis de San Petersburgo, el día en que “llegó un tren a la estación de Finlandia y un hombrecillo se apeó del vagón y trepó a lo alto de un vehículo blindado”.

Y   más adelante: Vladimir Nabokov co­noció a Vera Evseievna Slónim en 1923, en Berlín, en un baile de disfraces. Los dos pertenecían al círculo de la intelectualidad rusa en el exilio, una clase compacta que respondía con nostalgia al ambiente iluso­rio que los recibió sin aspavientos, sabien­do que ya eran una especie en extinción. Se casaron en 1925. ¿O sería mejor?: su relación fue de lo menos corriente. Desde el principio, Vera entendió muy bien que Nabokov no consentía más hechizo que la literatura. Uno debe agradecerle que haya rescatado el manuscrito de Lolita de entre las llamas y sentirse confortado por su risa secreta en la comisura de los labios; uno debe sentirse a su merced cuando sabe que Nabokov se habría extraviado en Berlín o en París, que no guardaban reminiscencia alguna del único lugar donde los pensamien­tos se alejan con libertad del mundo real.

Y podría decirse: huyó de la psicosis del siglo XX. En 1919 abandonó la Rusia leninista, en 1933 la Alemania de los cris­tales rotos, en 1940 el París a merced de Hitler, y en 1961 a los Estados Unidos de los encantos mecánicos. Pasó casi veinte años entre la rutina académica en la Uni­versidad de Cornell y la verdadera vida, suspendida en una habitación cerrada y ante una mesa de trabajo provista de tarjetas a rayas Bristol y lápices bien afilados con borrador en la punta. En 1961 los Nabokov se trasladaron a Montreaux, Suiza, al Palace Hotel. Se fueron —como escribió Martin Amis— “a ordenar la ouvre, a revi­sar las traducciones de las primeras obras y a tomar las debidas precauciones para poner a salvo las últimas obras”.

Pero, para ser franco, nada de esto im­porta. Cuando uno se acerca a Nabokov debe tener presente una de sus advertencias más felices: el contexto, en el mejor de los casos, es una patraña sociológica; en el peor, es un esperpento psicoanalítico. Nabokov no está en la cháchara biográfica. Así que lo anterior sirve de muy poco.

Para llegar a la orilla donde se en­cuentra Nabokov es necesario renunciar por completo a la barbaridad de establecer vínculos forzosos entre su vida y su obra. Si uno elige el camino de la biografía co­rre el peligro serio de perderse. Así nada funciona. La obra de Nabokov es uno de los sitios más inusuales del mundo. Y eso significa que debemos prepararnos para las formas menos corrientes de placer y para las formas menos convencionales de escritura.

Nabokov es un caso aparte. No sólo evitó el mal indiscreto de la fama pública sino que utilizó una parte de sus energías en transformar su vida en una historia sin rastros, oculta a la mirada impertinente de los extraños. Las pocas entrevistas que con­cedió sólo producen un desconcierto ma­yor. Nunca se sabe cuándo habla en serio.

De forma inevitable, sus lectores esta­mos obligados a imitar el mismo destino que le hace muecas al narrador de La ver­dadera vida de Sebastian Knight, obligán­dolo a seguir pistas falsas y a tropezar con evanescencias fantasmales que desapare­cen al momento en que comienzan a co­brar aspecto material. La verdadera vida de Sebastian Knight, publicada en 1941, significa el primer esfuerzo de Nabokov por sortear esa zona de peligro que repre­sentaba el idioma inglés. La novela deja al descubierto la inutilidad de toda empresa biográfica. Nada suena más sencillo que su argumento. El narrador, un hombre de treintaiún años que intenta no poner nada de sí mismo en sus palabras, se lanza a es­cribir la biografía del escritor ruso Sebastian Knight (1899-1936), exiliado, hijo adoptivo del idioma inglés y autor de cinco novelas. El narrador, conviene regis­trar, declara ser el hermanastro de Sebastian Knight y desde el inicio renuncia a tratar al autor al margen de sus libros. Lo evi­dente resulta ser lo que permanece oculto. ¿Quién fue Sebastian Knigth? No lo sabe­mos. Su vida nos llega a través de recuer­dos ajenos embadurnados con los tintes del amor fatuo, la indiferencia, la traición, el rechazo y el olvido en su acepción domésti­ca. Y lo poco que sabemos apenas ofrece un cuadro mediocre. A final de cuentas nos queda el contraste entre una vida que traba­ja por parecer interesante y un vigoroso es­tilo literario cuya fortaleza nos llega a tra­vés de lo que no hemos visto, de lo que no hemos escuchado, de lo que quizás estuvo y ya no está. Buscando a Sebastian Knight, el narrador erige un canon crítico que de­clara su aversión al bien y al mal obvios. A fuerza de buscar, el narrador se da de bru­ces con los libros de Sebastian Knight, la materia más tenaz y consistente.

Ahí está la verdadera vida y así se manifiesta. Y lo hace de golpe, declarando su odio a los ardides de la imitación ciega y primeriza. El narrador se revela como un detective torpe, que no obtiene sino frag­mentos de su personaje, y a la vez —o en sentido contrario— como un lector que despliega una infatigable actividad capaz de penetrar en los mecanismos por los cua­les los mundos de Sebastian Knight se po­nen en movimiento. ¿Quién es entonces Sebastian Knight? No el niño que conoce a su madre en el Hotel d’Europe, no el jo­ven estudiante en Cambridge, no el hom­bre que corre el albur de disolverse en las mujeres de otros, no un cuerpo habitado por los murciélagos de la enfermedad, sino aquel que escribe:

Una vez recordé a un hombre de negocios, con quien había almorzado semanas antes, que la mujer que nos había alcanzado los som­breros tenía algodones en las orejas. El hom­bre pareció sorprendido y dijo que no había visto a ninguna mujer… Una persona que no ve el labio leporino de un conductor de taxi porque tiene prisa de llegar a alguna parte es un monomaniaco. Muchas veces me he sen­tido como sentado entre ciegos y locos, al pensar que era el único en la multitud que se daba cuenta de que la chocolatera estaba li­geramente coja.

Cada vez que representa el triunfo del detalle sobre el espíritu de lo general, el pensamiento de Nabokov alcanza registros de refinada alegría. Con su desprecio por el sentido común, su debilidad por las minucias y lo que él mismo llamó “las no­tas al pie de página del libro de la vida”, batalló por mostrar que el genio literario no se prueba en el momento en que se lan­za al interior de una casa en llamas para rescatar al hijo de dos desconocidos, sino en los cinco segundos de más que arriesga para buscar, encontrar y cargar con el niño… y también con su juguete favorito.

Adelanto uno de sus rasgos más exce­sivos: el gran modelo de lector respaldado por Nabokov está obligado a saber, como ningún otro, de qué manera el novelista urdió su trama de hilo fino, y cómo esa tra­ma se fue convirtiendo en una trama de acero y cristal. El lector-narrador de La ver­dadera vida de Sebastian Knight exhibe ese don: comienza interponiendo una barrera entre sus emociones sencillas y el análisis racional, y termina empleando su imagi­nación de modo impersonal, sin renunciar por un instante a los placeres que obtiene cuando penetra la trama de acero y cristal.

En su carrera de ensayista o teórico, Nabokov alentó la difícil estrategia de in­dicar el modo en que debían leerse sus li­bros. En primer lugar, como objetos que aman la forma y sus visiones. En segundo lugar, como mecanismos que detestan la mirada interrogante del psicoanálisis, esa rama de las ciencias ocultas que jamás ha sentido pudor al proclamar que las obras de arte le deben sus mejores momentos a los garabatos que un embrión ha dejado impreso en el vientre de su madre. ¿Quie­ren conocer a Nabokov en corto? Vayan a los prólogos en inglés de sus novelas ru­sas. ¿Qué hay ahí? Rutas de lectura. No tomes ese camino, dice, no te detengas a cortar flores en el bosque, dice, no me leas para obtener algo a cambio. En su prólogo a El ojo, escribió: “Mis libros no sólo cuen­tan con la bendición de una ausencia abso­luta de significación social, sino que ade­más están hechos a prueba de mitos: los freudianos revolotean ávidamente en tor­no a ellos, se acercan con oviductos ardien­tes, se detienen, husmean y retroceden”. No se trata de simples maniobras. En vista de que Nabokov atrajo a una buena cantidad de monstruos humanos a la órbita de sus novelas, y en vista de que huyó de las mo­das de su época, los lugares y los persona­jes provenientes del lugar común siempre le parecieron encarnaciones del crimen or­ganizado. La rubia californiana es lo uni­versal. Eso quiere decir que desempeña su papel en este universo, con su trabajo en una agencia de modelos, sus pantaloncitos cor­tos y su anorexia. ¿Pero que papel desem­peñarían aquellos que no encajan en eso?

Antes de que La verdadera vida de Sebastian Knight viera la luz, Nabokov había escrito ocho novelas en ruso: Mashenka (1924); Rey, Dama, Valet (1928); La defensa (1930); El ojo (1930); Cámara oscura (1933); Desesperación (1934); Invitado a una decapitación (1935); La dádiva (1937) y El hechicero (1939). Ninguna de ellas fue publicada en su país de origen. Estaban prohibidas por razones políticas. Fueron escritas en la Ale­mania histérica de Weimar y bajo un cielo francés en rojo y negro. Es una lástima, pero obtuvieron una recompensa muy po­bre de sus lectores, unas cuantas personas inteligentes que alimentaban la esperanza de que en algún día cercano volverían “to­dos a vivir en una Rusia hospitalaria, arre­pentida y floreciente”. No es difícil com­prender por qué Nabokov prosperó en su idioma original desde 1924 hasta 1940, cuando huyó a las tierras pasteurizadas de Estados Unidos.

A la luz de sus años en el Nuevo Mun­do, los años rusos se imponen a nuestra mirada como un periodo en el que la facultad retrospectiva alcanza un desarrollo casi patológico. Pero eso en virtud de que trataba de ser un escritor ruso, dueño de una fantástica libertad capaz de hacer po­sible su sueño de invención pura, y no por­que se sintiera víctima del bolchevismo y por lo tanto intérprete de la emigración. Los nervios de aquellos relatos y aquellas no­velas reaccionan al impulso de inventar Rusia y, con más paciencia, y sin guardar el secreto, Europa Occidental.

Que yo sepa, nadie, a excepción de Nabokov, ha ensayado una historia tan ra­dical de nomadismo, de metamorfosis lin­güística. A su lado podrían mencionarse, con evidente justicia, a Heinrich Heine, Joseph Conrad, Ezra Pound y Samuel Beckett, e incluso a Oscar Wilde, que com­puso su Salomé en francés. Sin embargo, lo que debemos entender, lo que debe que­dar claro, es que, de todos ellos, sólo Nabokov sufrió el desprendimiento de su lengua original como un destierro. Pasó de una lengua a otra sin haber elegido esa ca­pitulación. Es difícil cambiar de casa a los cuarenta. A esa edad, Nabokov entendió que la esperanza de volver a una Rusia hospitalaria, arrepentida y floreciente no tenía ya nada que ver con los padecimien­tos de la novela, su paisaje interior y los esfuerzos de sus lectores y personajes. De hecho, una de sus mayores proezas consis­tió en emplear cuarenta años de su vida en crear el fermento que le resultaba más fa­miliar a su mundo individual y, después de caer en desgracia, concentrarse en la len­gua inglesa y revelar a qué grado lo que resta de vida nunca debe parecer insustan­cial. Hacia 1957, escribió: “Mi tragedia privada, que no puede ni debe, en verdad, interesar a nadie, es que he debido aban­donar mi idioma natural, mi libre, rica, in­finitamente libre lengua rusa por un inglés mediocre, desprovisto de todos esos apa­ratos —el espejo falaz, el telón de tercio­pelo negro, las asociaciones y transiciones implícitas— que el ilusionista nativo, agi­tando las colas de su frac, puede emplear mágicamente para trascender a su manera la herencia común”.

El tren se ha puesto en movimiento: viajamos a Berlín en un compartimiento de segunda clase, a través de cuyas ventani­llas miramos pasar los planos inmóviles de nuestras magras pasiones. Los pasajeros son un mero reflejo; posan para el ojo. como imágenes invertidas de Madame Bovary. ¿A quién vemos?: a un joven in­capaz de mantener su estilo provinciano a pelo, a una mujer de labios rojos con la dis­posición de carácter exacta para tragarse al mundo en un bostezo, y a un hombre elegante, con algunos años encima pero en perfecto estado de salud, la clase de ejem­plar que no le vuelve la espalda a sus pa­rientes pobres. Son Franz, Martha y Dreyer. Franz es sobrino de Dreyer, aunque lo igno­ra. De hecho, viaja a Berlín para emplearse en los almacenes de su tío. Se le ve a la pri­mera: es un tipo con ambiciones, que sueña con llegar arriba. Franz no tiene la menor intención, las mínimas ganas.de vivir en una pensión barata el resto de sus días. Martha es la esposa de Dreyer. Lucha por alejarse del tipo común: aborrece las fresas y la “de­cadente perversión” de hacer el amor por la tarde. Sabe algo… y muy grande: a su vida le hace falta la sal del adulterio. Dreyer… Dreyer… bueno… el sólo ama a su perro.

Dejemos ahora que las maquinaciones fantásticas de Nabokov pongan a estas cria­turas en movimiento. De una cosa pode­mos estar seguros: de personajes anticua­dos sólo puede esperarse acciones anticua­das. Sí, desde luego. Franz, el pusilánime, debe someterse al patrón más o menos con­temporáneo de Martha y encargarse de su durazno erótico mientras observa cómo sus nuevos privilegios apenas se equiparan a los de un perro fiel. Martha, por su parte, debe seducir a Franz, hacerlo caminar en cuatro patas hasta las sábanas odiadas, ino­cularle distraídamente el virus del crimen y luego lanzarlo de su casa con un beso en la mejilla. En cuanto a Dreyer, bueno, tie­ne tantas cosas en qué pensar, tantos nego­cios en puerta… Un hombre así no recono­ce al viento que sopla cargado de malos presagios. De modo que Dreyer debe ig­norar el futuro que su mujer y su pariente pobre le han preparado. Un hombre bueno tiene derecho a dormir tranquilo, a ignorar la amenaza de una muerte por inmersión.

Suena conocido, ¿verdad? En el pai­saje novelesco de Nabokov la admiración se consuma por necesidad en la parodia. Escribir es volver la mirada al pasado, de­sarrollar sus potencias ocultas, expresar la manera en la que el tiempo se pone en movimiento e inicia su fuga. ¿Cómo resol­ver, en términos literarios, el movimiento de atrás hacia adelante? Es decir, que tono debería alcanzar una versión de Madame Bovary en pleno siglo XX? Si el estilo es el hombre, entonces el siglo XX está obligado a tratar con ironía a sus antepasados. La iro­nía, en efecto, es el estilo del siglo XX.

Rey, Dama, Valet es la segunda nove­la rusa de Nabokov. Fue publicada en Ber­lín, en 1928. al amparo de una editorial de inmigrantes, cuatro años despúes de Mashenka. Su tejido expone a un escritor completamente seguro de sí mismo, due­ño ya de un arte de la composición que consiste en tratar a los personajes como si fueran galeotes encadenados. En aquel en­tonces Nabokov presentía, o sabía, quizá con demasiada claridad, que la creación literaria responde a un sueño de control puro, en el que cada movimiento responde a una intención concebida de antemano. Un análisis en cámara lenta muestra a sus no­velas como mecanismos elaborados luego de largos ejercicios de cavilación. Franz, Martha y Dreyer.  al igual que todas las cria­turas de Nabokov, son objetos de madera viviente que creen actuar con entera liber­tad, ignorantes de la destreza con la que el maestro manipula el tablero. Forzados a representar su papel, a servir como criados para ganarse la vida, se mueven de una a otra casilla, como piezas de ajedrez en una partida que intercambia una serie genuina de aciertos.

El arte de Nabokov gira en torno al deseo de convertir a la literatura en un juego de habilidad tan fría como el ajedrez, un juego casi imposible de dominar, suje­to a demostrar por qué las cosas deben ocu­rrir de cierta manera. Nabokov mueve al jugador… y el jugador mueve a la pieza. Pero éste la mueve siguiendo las instruc­ciones de ese dios para quien la creación representa una prueba de autoridad. Pero ¿quién es su rival? ¿A quién enfrenta? ¿Quién responde a sus movimientos al otro lado de la mesa?

En el prefacio a la edición en inglés de La defensa, que debió esperar treinta y cinco años para abandonar su patria origi­nal en ruso, Nabokov establece que la secuencia de movimientos en su novela “nos recuerda —o debería recordarnos— cier­tos problemas de ajedrez cuya solución no consiste en hacer jaque mate en determi­nado número de jugadas, sino en el deno­minado análisis retrospectivo, en el cual se requiere que un jugador demuestre me­diante el estudio desde el principio de la posición esquemática que las negras no podían haberse enrocado en su última ju­gada o que debían haber tomado al paso un peón blanco”. Son las relaciones entre escritor y lector lo que cuenta en este pá­rrafo, no los mecanismos abstractos del ajedrez, y esas relaciones son tensas, diná­micas y niveladas. La brillantez de la lec­tura (“el análisis retrospectivo”) responde a la brillantez de la escritura, como el ju­gador responde a la posición de su rival reconstruyendo su juego, dominando la técnica de mantenerse a distancia.

Resulta esclarecedor comparar una partida de ajedrez con la relación de igual­dad que un escritor presupone frente a su lector. Semejante analogía es el principio básico de la concepción “nabokoviana” de un lector ideal que no se conforme con dominar los movimientos, ensayar tres o cuatro aperturas y adquirir algo de análisis de juego, sino que sea capaz de ganarle a doce computadoras a la vez. Al pensar en Nabokov, resulta inevitable pensar en Gary Kasparov. Tienen un estilo similar. Son perfeccionistas: examinan todas las posi­bilidades a su alcance. Tienen los nervios a punto de congelación: formulan una es­trategia insólita e implacable. Son podero­sos: se crecen ante el castigo. Aman la  complejidad. Quienes se han enfrentado a Kasparov han terminado en neuróticos anó­nimos, reponiéndose de su baja autoestima, o, de plano, alentando historias del tipo “esa voluntad y ese deseo corrían hacía mí como un fuego sobre el tablero”. En 1984, cuan­do Karpov enfrentó a Kasparov, había per­dido diez kilos hasta la partida cuarenta y seis. Y aún no le llegaba lo peor. ¿Pueden ahora imaginar lo que significa leer a Nabokov? Quiero decir: ¿leerlo con la mis­ma energía electrizante con la que leyó a sus autores, y que dejó impresa en sus cur­sos de literatura rusa y europea? Su lector debe tomar en cuenta que su contrincante le pone trampas a cada paso. No juega lim­pio. Tiende emboscadas, manda señales equívocas y hace mofa del perdedor. Uno corre el riesgo de caer fulminado y, aún peor, de convertirse en lector celebratorio de Stephen King. n

Roberto Pliego. Escritor. Jefe de edición de nexos.

Dolarizar la Economia

UNIÓN MONETARIA

¿DOLARIZAR LA ECONOMÍA?

POR JULIO LÓPEZ GALLARDO Y PABLO RUIZ NÁPOLES

Cada ve: son más fuertes los reclamos de algunos sectores empresariales por dolarizar la economía mexicana.

¿Qué hay detrás de eso?: el deseo de reducir la capacidad de acción del Estado.

Desde hace algún tiempo han co­brado fuerza propuestas dirigidas al gobier­no provenientes sobre todo de los líderes del empresariado privado, para que sea mo­dificado el actual sistema monetario del país y se “dolarice” la economía. Es decir, se propone formalizar el uso del dólar como moneda de curso legal en México, aduciéndose, entre otras cosas, que buena parte de las transacciones en el país ya es­tán dolarizadas.

Existen tres mecanismos posibles para formalizar la dolarización, que no son exac­tamente iguales pero que podrían conside­rarse equivalentes: 1) la fijación del tipo de cambio del dólar uno a uno con el peso (con un nuevo peso) y la libre circulación del dólar en el territorio nacional; 2) la des­aparición del peso y la adopción formal del dólar como moneda de curso legal en el territorio nacional; y 3) una combinación de las modalidades anteriores, que impli­que la existencia y el uso de la moneda na­cional para ciertas transacciones. A cual­quiera de estas modalidades se le conoce como “patrón dólar puro”, porque implica el respaldo del circulante sólo con dólares estadunidenses.

Autoridades monetarias mexicanas y estadunidenses, así como algunos expertos de la OECD y economistas académicos, han rechazado la conveniencia para México —y para América Latina en general— de la dolarización de la economía en el momento actual. Sin embargo, en ningún caso se han dado a conocer los argumentos sobre los mecanismos y beneficios que tendría la dolarización, como tampoco de sus efectos adversos.

La unión monetaria, de la cual la dolarización es una forma extrema, signifi­ca básicamente dos cosas. En primer térmi­no, representa un compromiso explícito de la autoridad económica de cambiar a una tasa fija, predeterminada, la moneda local, que es el dinero emitido por el banco cen­tral, por una moneda internacional (en este caso el dólar estadunidense) que funge como moneda de reserva. Este compromiso no se hace extensivo a los depósitos bancarios ni a ningún otro pasivo financiero no moneta­rio. Así, por ejemplo, si una persona tiene una cuenta de cheques y quiere convertirla a dólares, primero tiene que convertirla a billetes o monedas. Lo mismo ocurre, a fortiori, para la conversión de un depósito a plazo en la moneda de reserva.

En segundo término, la unión moneta­ria implica el requerimiento explícito de que al menos una proporción mayoritaria de los pasivos (obligaciones) monetarios emitidos por el banco central estén respaldados por dólares, por oro, o por otro tipo de activo internacional de alta liquidez y muy bajo riesgo. En el caso de la dolarización, y ésta es la característica distintiva de la misma, la totalidad de esos pasivos estarían respalda­dos por dólares estadunidenses.

La paridad fija predeterminada de la moneda local con el dólar es la que otorga un gran atractivo a la propuesta para que México dolarice su economía. Un motivo que parece animar la propuesta es la incertidumbre que genera la variabilidad del tipo de cambio en el sector privado, en espe­cial en quienes realizan cotidianamente operaciones de exportación o de importa­ción, o que tienen deudas en dólares. Esta incertidumbre dificulta la toma de decisio­nes sobre inversión, producción o fijación de precios.

Un factor importante que acentúa la incertidumbre es la especulación deriva­da de la libre movilidad de capitales de corto plazo, sobre todo los que van y vie­nen de Estados Unidos, que pueden ser, y han sido, altamente desestabilizadores. De hecho, los movimientos especulativos de capital constituyen el factor inmediato más importante (aunque no la causa últi­ma) que ha provocado el desplome del peso frente al dólar. Otro elemento, en ese sentido, son los cambios en la política de tipo de cambio.

En una economía abierta como la mexicana, con un alto porcentaje de comer­cio exterior respecto al producto interno, con libre movilidad de capitales, con una frontera tan amplia con Estados Unidos y una dependencia de más de 80% respecto a él en todos los rubros (exportación, im­portación, maquiladoras, inversión extran­jera, deuda externa, turismo, etc.), el im­pacto y el costo de la variabilidad del tipo de cambio de la moneda son muy grandes.

Por ello es explicable la búsqueda de un tipo de cambio fijo.

Sin embargo, reconociendo la inesta­bilidad de los precios locales respecto a los externos y lo que ello significa en térmi­nos de sobrevaluación de la moneda, es poco probable que un gobierno como el actual establezca un tipo de cambio fijo. Quienes hoy proponen dolarizar las tran­sacciones consideran que una medida equi­valente puede ser la adopción de una mo­neda común con los Estados Unidos. Esto se ve reforzado por la existencia y funcio­namiento de un tratado de libre comercio con Estados Unidos, que incluye la libre movilidad de capitales. Es decir, se busca una unión monetaria con Estados Unidos, como un paso adelante en la integración económica.

Una característica de la dolarización de la economía es que implica que todos los pasivos (obligaciones) moneta­rios emitidos por el banco central están res­paldados por dólares. Para entender los al­cances de esta característica conviene re­cordar que la base monetaria, o dinero emitido por el banco central, se crea en la medida que aumentan las reservas interna­cionales (las divisas) o crecen los créditos del banco central al gobierno o a los ban­cos comerciales. Así, la adopción de una unión monetaria implica que sólo la pri­mera fuente de creación de base monetaria sigue operando. En el caso de México, si fuera un país exportador neto, el exceso de sus exportaciones sobre sus importacio­nes serviría, al igual que en el caso del patrón oro, para estimular la creación de dinero y con ello la actividad económica en general. Como México es importador neto debería financiar el saldo comercial negativo con préstamos o inversiones ex­ternas para mantener reservas en cantida­des suficientes para cubrir el circulante y el crédito.

Los partidarios de la dolarización afir­man que, precisamente porque ésta limita la capacidad de que el banco central preste al gobierno, inmuniza la economía frente a las crisis así como frente a los excesos que pueden conducir a una crisis. Ambas afirmaciones son falsas.

En primer término, una recesión inter­nacional que provoque una caída de nues­tras ventas externas, y por tanto una decli­nación de nuestros ingresos de divisas, ge­nerará una pérdida de reservas internacio­nales que, a su vez, contraerá la base mo­netaria y el crédito. Lo mismo sucederá si los bancos o los acreedores internaciona­les deciden reducir sus préstamos a Méxi­co. En ambos casos, la caída del crédito interno provocará una recesión, o una cri­sis, en la economía nacional.

En segundo lugar, la banca y los acree­dores internacionales pueden contribuir a generar un auge espurio si traen capitales al país más allá de lo prudente. También los bancos nacionales pueden generar por sí mismos un auge irracional si conceden créditos en un monto desmedido, ya que ellos, a diferencia del gobierno, sí pueden expandir el crédito. De hecho, nada impe­diría que por esta vía los bancos estimulen un auge excesivo que conduzca a una cri­sis. Si uno tuviera confianza en el compor­tamiento de los bancos privados, podría pensar que ellos actuarán siempre con la suficiente moderación. Pero en nuestro país los bancos no se caracterizan precisamen­te por su prudencia. Uno de los factores que condujo a la crisis de fines de 1994 fue precisamente la ligereza con que ac­tuaron antes de esa fecha.

Precisamente porque cualquier econo­mía puede estar sujeta a choques que pro­voquen una crisis, o a excesos que hacen más frágil la situación de las unidades eco­nómicas, se reconoce en general la necesi­dad de que el Estado cuente con herramien­tas que le permitan evitar o moderar los efectos de unos y otros. Las más impor­tantes de estas herramientas son la política monetaria, que permite ampliar o recortar la liquidez de la economía para estimular o desestimular el gasto privado, y la políti­ca fiscal, que actúa inyectando o sustrayen­do directamente poder de compra y deman­da. El problema es que en una unión mo­netaria, o en una economía dolarizada, di­chos instrumentos se diluyen hasta casi des­aparecer.

El punto central de la dolarización, o de la unión monetaria, es que la política monetaria sigue pasivamente el curso de la situación de la balanza de pagos. El tipo de cambio no podría funcionar como me­canismo de ajuste de la balanza de pagos, porque en cualquier modalidad sería fijo. En contraste, el mecanismo de ajuste ex­terno por la vía monetaria sería automáti­co, mediante la disminución o el aumento del crédito interno, y los cambios de la tasa de interés, dependiendo de los vaivenes de la balanza de pagos y de la situación inter­nacional. La política monetaria del país sería enteramente dependiente de lo que ocurre a escala internacional, y muy en especial de la política económica que siga Estados Unidos, así como de su evolución económica.

No sólo estaría limitada la política monetaria, también la política fiscal (en­tendiendo por ella tanto la política de gas­to público, corriente y de inversión, como la política impositiva); bajo un esquema de unión monetaria se vería fuertemente res­tringida y su eficacia quedaría seriamente limitada. Si, por ejemplo, el gobierno de­sea elevar su gasto para compensar una caída del gasto privado, deberá obtener los recursos de los particulares aumentando los impuestos, o bien emitiendo deuda que los particulares adquieran; pero en ningún caso puede financiar ese gasto con créditos del banco central.

Dadas las dificultades de modificar los impuestos, especialmente en el corto pla­zo, resultan obvias las limitaciones que ten­dría el gobierno para aplicar políticas fis­cales expansivas. Además, puesto que para obtener recursos de los particulares por medio de la emisión de bonos será preciso pagar tasas de interés más elevadas que las que rigen en el momento, el costo para el fisco de las políticas de gasto aumentará, en tanto que se estará premiando con rédi­tos mayores a aquellos que pueden prestar esos fondos al gobierno, que son los secto­res más adinerados de la población. Por último, aunque no en importancia, la efi­cacia de las políticas fiscales expansivas se reduce porque ellas tendrán que ir acom­pañadas con intereses más elevados, que tenderán a desestimular y reducir el gasto privado.

Sin duda, además de las políticas mo­netaria y fiscal, la política social se vería igualmente limitada en el caso de una dolarización de la economía. En un país en el que los rezagos sociales son tan gran­des. la política social es de primera impor­tancia.

La dolarización de la economía no es la única vía para estabilizar los precios. En vista de que los movimientos especulati­vos de capital contribuyen a una mayor volatilidad del tipo de cambio, podría introducirse algún tipo de control a esos movimientos especulativos. Combinada con una política que garantice un equili­brio básico de la balanza de pagos, esta medida podría ser muy efectiva.

Digamos, de paso, que tanto el equili­brio externo como los controles son igual­mente importantes. Los puros controles no bastarían, porque si existe un desequilibrio externo importante más temprano que tarde se descubrirán mecanismos que permitirán eludirlos, y que harán posible que se fuguen los capitales y se reduzcan las reservas in­ternacionales. Pero tampoco basta con man­tener el equilibrio externo. Una especula­ción masiva contra la moneda nacional pue­de ocurrir a partir de rumores, o de efectos de contagio debidos a crisis o dificultades en otros países, o de intentos de desestabili­zar la economía nacional. Y la especulación puede jugar un papel decisivo.

Habría que agregar que el control de capitales no necesita ser extremo, no tiene por qué ir contra la iniciativa privada, ni requiere una enorme maquinaria adminis­trativa. De hecho, en Chile existieron has­ta hace muy poco medidas de control so­bre los flujos de capital especulativos, que resultaron sumamente eficaces. Recorde­mos también que esta medida, que para muchos podría parecer demasiado radical, ha sido propuesta recientemente por el se­gundo hombre del Banco Mundial, el des­tacado economista estadunidense, y hasta hace poco jefe del Comité de Asesores Eco­nómicos del presidente Clinton, Joseph Stiglitz.

Sería conveniente que los representan­tes del sector empresarial explicaran por qué, si de lo que se trata es de la estabili­dad de la moneda frente al dólar, no pro­pone mejor un cierto grado de control que evite los movimientos de capital especula­tivos.

Insistimos, la consecuencia última de establecer una unión monetaria es abolir cualquier posibilidad de aplicar políticas monetarias activas, en tanto que se dificul­tan y limitan las políticas fiscales.

Un impacto político importante de una dolarización formal ocurriría en primer lu­gar en el terreno de la política económica. Los distintos objetivos, metas e instrumen­tos nacionales tendrían que adecuarse a los correspondientes a Estados Unidos.

En definitiva, la propuesta de dolarizar las transacciones implica una ofensiva a fondo en contra de la intervención del Es­tado en la economía. Hay corrientes del pensamiento económico que consideran esto último no un problema sino una vir­tud. Pero para aquellos que creemos que las economías de mercado no cuentan con mecanismos automáticos que garanticen un desenvolvimiento fluido, o que permitan corregir los choques negativos de manera rápida y sin grandes costos, la reducción de la capacidad de acción del Estado en materia económica representa un grave y peligroso inconveniente.

Es muy cierto que las propuestas de despojar al Estado de sus instrumentos de acción tradicionales encuentran en Méxi­co un terreno abonado por la misma pre­potencia e ineptitud estatal y por la corrup­ción de la alta burocracia pública. Pero el remedio no está en arrojar el agua de la bañera con todo y niño, sino en democrati­zar el Estado, en fijar claramente las nor­mas a que debe adecuarse su acción, y en hacer a los funcionarios responsables ante la sociedad y ante la ley.  n

Julio López Gallardo y Pablo Ruiz Nápoles. Profesores de la Facultad de Economía de la UNAM.

En la Luna

EN LA LUNA

POR JOSÉ CARLOS CASTAÑEDA

Celebramos el 30 aniversario de la llegada del hombre a la luna. Entonces Neil Armstrong y Buz: Aldrin descendieron del módulo lunar y caminaron en el mar de la tranquilidad. Pero, como sabemos, no fueron los primeros en llegar.

La luna no sólo es el satélite de la Tierra, donde reina una hermosa y magní­fica desolación, como dijo Buzz Aldrin des­pués de recorrer 300,000 kilómetros para poder caminar en su superficie desierta. El 20 de julio de 1969, un martes, Neil Armstrong y Buzz Aldrin bajaron por la escalerilla del Eagle en un lugar llamado el Mar de la tranquilidad, pero no se con­virtieron en los primeros astronautas que exploraban el paisaje lunar. Varios escrito­res los precedieron. La luna es una de las provincias imaginarias del universo litera­rio. Está poblada por relatos fantásticos y esperanzas malogradas. Ningún astrónomo podrá comprobar que los viajes de los precursores no ocurrieron: por ejemplo, hay quienes piensan que la trama de Julio Verne ayudó a dar con el sitio preciso para el des­pegue de los cohetes.

El cuerpo celeste que los científicos es­tudian no coincide con la órbita de la lite­ratura fantástica. Para Luciano de Samosata hacen falta siete días para llegar a la luna. Verdad es que el Apolo 11 tardó cuatro en alunizar. Según la descripción de Luciano, en una tempestad en el mar comenzó la navegación hacia la luna. Julio Verne ima­ginó un proyectil disparado por un gran ca­ñón y, como después también haría la Nasa, escogió Cabo Cañaveral para situar el lan­zamiento. En cambio, Cyrano de Bergerac se embadurna un ungüento de médula de buey, porque la luna acostumbra sorber la médula de los animales. Y así atrae el  elip­se de sus movimientos.

Hubo también escritores que enseña­ban a dudar de la luna y sus espejismos. Shakespeare sospechaba de ella porque es inconstante y cambia a cada mes en su ór­bita circular. Y Baltasar Gracián compara al hombre con la luna, para exhibir las hu­manas levedades que nada tienen de divi­nas y mucho padecen por su inestabilidad terrícola: “El sol es el claro espejo de Dios y de sus divinos atributos, la luna lo es del hombre y de sus humanas imperfecciones: ya crece, ya mengua; ya nace, ya muere; ya está en su lleno, ya en su nada, nunca permaneciendo en un estado: no tiene luz de sí, particípala del sol, eclípsala la tierra cuando se le interpone; muestra más sus manchas cuando está más luzida; es la ín­fima de los planetas en el puesto y en el ser, puede más en la tierra que en el cielo: de modo que es mudable, defectuosa, man­chada. inferior, pobre, triste, y todo se le origina de la vecindad con la tierra”.

Quizás el imaginario viaje a la luna y la conquista espacial de los astronautas es una muestra de cómo la realidad altera los sueños cuando los cumple. Como quería Buzz al describir la desolación lunar, un lugar imaginario, una vez conquistado por la realidad, se diluye en la desilusión. Aca­so porque las ilusiones no se realizan; se canjean por decepción.   n

José Carlos Castañeda. Escritor. Editor de nexos.

Amor, tu palabra impresa

Amor, tu palabra impresa

Por Carlos Fuentes

El 5 de mayo de 1999, en Puerto Vallaría, murió Carlos Fuentes Lemus. Presentamos su último poema, escrito horas antes de su muerte. Lo acompañamos con dos de sus últimos dibujos.

Me sacaste de todo esto. Porque a ti ningún delirio te deforma. Pero un delirio tampoco deforma una pintura de Van Gogh. Vincent es la certeza de que el sol va a salir. Es la certeza de la luna y las estrellas. El hecho científico no excluye la belleza; nos pide, casi, que llamemos a su puerta. Los placebos de la alegría y el bienestar sólo son ingredientes añadidos. Andan solos. No son tú. Son raíces pudriéndose como alimentos de la vanidad, jamás de la divinidad. Y sin embargo lo repetimos todo, una y otra vez.

Mira: estoy abriendo todas las avenidas de mis sensaciones. Si las preservo enlatadas. me hieren en carne viva. Mi humor ha de ser fijado en la púrpura más honda y oprimida.

Hay amor más cariñoso que este simple estar aquí?

Ella reaccionó como yo supe que lo haría. Juzgó. Condenó su mente a la inexistencia. Las flores que tanto buscamos estaban prensadas bajo la puerta del baño. Interrumpí. Dije la verdad y empecé a llorar. Apenas pude balbucear que no podría, jamás podría, vivir sin ella.

Pero aquí, ¿quién sabe algo sobre el amor? Coloco suavemente mi mano en la suya. Me excito. Durante los primeros momentos estoy solo. O me detengo en el descanso de la escalera, fuera de su apartamento. Trato, simplemente, de esconder lo más que puedo. Nada, ninguna conexión con lo conectado, lo exhibido o lo pensado. Sólo quiero que todos desciendan del autobús, nuestros sentimientos no son visibles para el resto de los pasajeros, los cubrimos con el muy práctico anorak…

Amor: tu palabra impresa es roca dura y fría. Pero cuando no existes, creces. Trato de tocarte y te desvaneces.

Maldita y bella mujer, agotada por el júbilo. La gravedad te posee con el tiempo. Te abrazo cerca del patio exterior, allí te beso. Tu sangre mestiza, verdadera, posee todos los elementos, es sangre mineral y persistente que me impide pensar “duraremos para siempre” (en la parte trasera del auto, con los ojos cerrados, con las puntas de nuestros dedos descubriendo el lugar exacto).  n

Puerto Vallaría, madrugada del 5 de mayo de 1999, horas antes de morir.

Traducción del inglés de Carlos Fuentes

Contra los sexenios

HISTORIA PATRIA

CONTRA LOS SEXENIOS

POR ALEJANDRA MORENO TOSCANO

Dividir el tiempo mexicano en sexenios ha hecho creernos que la historia es fruto de los aciertos o desaciertos de un individuo, el presidente en turno. Contar así la historia es negar las luchas políticas que se ocultan tras de ella.

El tiempo se divide para entender, no para confundir. Por eso se habla de pe­riodos o de épocas. Los sucesos se enca­denan estableciendo un “antes de” y un “después de”. Definir esos límites desata batallas ideológicas porque cada corte tem­poral es una forma de interpretar.

En la China antigua, por ejemplo, la historia de las dinastías se contaba más o menos así: el gran emperador y primer so­berano fue bendecido con gran vitalidad y fortuna. Su vida fue tan fecunda que tuvo varios posibles sucesores. Sin embargo, su selección falló y a partir de ese momento comenzó la marcha inexorable del declive y la decadencia. Los abusos se multiplica­ron, el pueblo sufrió y se perdió la energía. Hubo intentos de restauración que lleva­ron a la ruina y a la anarquía, hasta que las fuerzas del universo (y la fortuna) abrie­ron paso a quien es hoy el segundo sobera­no. Nuestro actual señor tiene gran vitalidad y fortuna. Es tan fecundo que tiene varios posibles sucesores… Y así seguía la narración hasta el fin de la dinastía.

Esta historia viene a cuento porque la revisión del siglo XX mexicano enseña que dividir la historia por sexenios nos ha he­cho caer en la misma explicación del error individual que desata catástrofes que más tarde un atribulado sucesor conjura hasta que otra vez lo abandona la fortuna. Es una his­toria por etapas explicada como si fueran las edades del hombre. La sucesión inexo­rable que lleva del nacimiento a la madu­rez, a la decadencia y al pleito por la heren­cia se quiere ofrecer como explicación.

Contada así, la historia no sirve para nada. Es un eco tardío de la narración bí­blica donde a Adán le siguió Noé, después Abraham, luego David. Una construcción cronológica así sólo funciona cuando se busca fundamentar o legitimar un linaje. Esa forma arcaica de hacer historia frag­menta el pasado, borra las relaciones entre la política y la cultura, entre la sociedad y la naturaleza. Nada pasa. Nada tiene peso específico real. No hay coyunturas ni de­cisiones, ni luchas ideológicas, ni intere­ses que se confrontan. El desencadena­miento y la lucha de intereses opuestos se esconde.

El siglo XX mexicano no se puede en­tender sacado del contexto de lo que suce­dió en el mundo. ¿Acaso no hubo relación entre la caída del régimen de Díaz y el cam­bio de época que derrumbó monarquías con la Primera Guerra mundial? Los aconteci­mientos que se vivieron en Mexico entre 1917 y 1924 están conectados con las rup­turas que envolvieron al mundo después de Freud, Einstein y Lenin. No es posible ex­plicar los acontecimientos de 1929-1947 sin considerar la turbulencia ideológico- política que asoció a Hitler con Musolini y sentó a negociar a Stalin y a Churchill. La República española y la entrada de Esta­dos Unidos a la Segunda Guerra mundial afectaron profundamente el destino de México. ¿Podríamos entender la historia de los trabajadores mexicanos sin el Nuevo Trato que se pactó en Estados Unidos? Los mecanismos para financiar el desarrollo establecidos en los años cuarenta para la reconstrucción del mundo han escrito uno de los capítulos de nuestra historia que to­davía no hemos leído.

El crecimiento de los años 1945-1964 no fue sólo nuestro, sino parte del gran cre­cimiento de la posguerra. La Guerra Fría y los movimientos de liberación nacional imprimieron su huella en la ambigüedad del discurso político mexicano que tuvo que combinar una condena a las “ideas exóticas” con la exaltación del nacionalis­mo revolucionario. La crisis mundial de 1976-1982 tuvo efectos tardíos entre no­sotros por la coyuntura favorable del alza de los precios del petróleo, pero terminó arrastrándonos. ¿Cómo podríamos dejar de analizar las implicaciones que tuvo para nuestro país, la gran transformación cien­tífica y tecnológica de las dos últimas dé­cadas? En la época de los transgénicos, ¿qué pasará con el maíz y con el campo? En el mundo real de nuestros días, ¿cuáles son los márgenes que puede aprovechar un país como el nuestro?

En el siglo XX cambiaron la demogra­fía, la estructuración de la sociedad, el des­tino de las migraciones, las condiciones de salud, las enfermedades, los derechos hu­manos, los derechos políticos, el papel de las mujeres. Se creyó en el progreso y se descreyó. Hubo cine, motores de combus­tión interna, aereonáutica, cemento, peni­cilina, DDT, transmisión electrónica, mani­pulación genética. Cambió nuestra percep­ción del mundo y nuestra capacidad de pro­ducir. Pasamos de los Wichester 73 a los bombardeos aéreos piloteados a distancia. Cualquiera de nosotros que tenga memo­ria de lo que vio hace treinta o cincuenta años sabe hasta qué punto son distintas las condiciones de vida en las ciudades y en el campo. Nuestra generación ha sido testigo de lo que pasó con los ríos, los bosques y las selvas, no sólo en México sino en el mundo. En ese contexto de cambios pro­fundos es donde debemos ubicar lo que ha cambiado y no ha cambiado en nuestra vida política para medir su profundidad, su no­vedad. su realidad, su lógica y su sentido.

Por eso es lamentable que sigamos contando la historia de México por sexenios, porque es una forma simple de enmascarar la realidad. Porque nos man­tiene atrapados en el voluntarismo más atroz, dependientes de una sola voluntad política que todo lo resuelve, lo decide, lo dificulta, lo permite, lo prohibe, lo que es una manera demasiado simple de ver las cosas. Porque crea una ilusión de continui­dad política falsa y construye un Estado imaginario capaz de sobrevivir a cualquier crisis, de componerse y recomponerse y re­surgir siempre idéntico a sí mismo. Contar la historia por sexenios es la mejor manera de esconder la lucha política real.

La historia de un solo actor termina siendo un catálogo de días, una agenda sin propósito. No da lugar a otros aconteci­mientos ni deja escuchar otras voces, ni permite que uno se entere de los proble­mas de otros. El resultado de esa forma de pensar el pasado ha sido empobrecer el debate sobre el presente y anular la re­flexión sobre el futuro. Refuerza también una cultura autoritaria que no sabe resol­ver desacuerdos pero sí los condena. Es una manera de pensar que apoya la idea de que las figuras individuales tienen más peso que las normas y los valores.

Contar la historia por sexenios nos ha llevado al conformismo y a la confusión. Hemos aprendido una historia artificial, inexistente, que no nos ayuda a entender la realidad. Lo peor de todo es que nos ha hecho perder la visión de largo plazo y la idea de país con futuro. Por eso conviene revisar, volver a leer, repensar lo que ha sido el siglo XX para nosotros.      n

 Alejandra Moreno Toscano. Historiadora

Carlos Fuentes Lemus in Memorian

CARLOS FUENTES LEMUS: IN MEMORIAN

POR CRISTINA ROS

Era un chico especial, muy especial. Tenía una de las memorias más privilegiadas que, con tan sólo 26 años, uno haya podido conocer. Carlos Fuentes Lemus, hijo del inmenso escritor mexicano Carlos Fuentes y de la periodista Silvia Lemus, era dema­siado joven para llevarse de este mundo tantos conocimientos acumulados. Era una enciclopedia de cine, de múscia —viajaba tras Bob Dylan siempre que podía—, de literatura y de todos los movimientos culturales que han conformado este siglo. Era una enciclopedia, pero una enciclopedia con mucho y muy bien formado criterio.

Le recordamos en Mallorca, el pasado verano, los últimos veranos, rivalizando con su padre en un juego memorístico en el que ambos se regocijaban y del que los privilegiados espectadores salíamos enriquecidos. Hay que saber mucho para estar a la altura, e incluso a veces superar en conocimientos a Carlos Fuentes padre.

Le recordamos en la Isla, mostrándonos la primerísima edición del libro, aún no presentado, que padre e hijo acababan de realizar. En Retratos en el tiempo, el hijo era la imagen; el padre, la palabra. Y cada una de las fotografías tomadas por Carlos Fuentes Jr. decían tanto de él como de los personajes que había retratado. Fugaces, silenciosos y tremendamente expresivos, al mismo tiempo. Eran las imágenes toma­das por quien, en muchos casos, era todavía un adolescente que había madurado muy rápido.

Le recordamos hablándonos en voz siempre bajísima, la mirada perdida, de su próxima película, de una exposición de fotografías en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Y le recordamos, hace ya un par de veranos, pintando en Santanyí, en uno de los talleres que cede a artistas Margarita Nigorra. Algunas de sus obras todavía están aquí. Le recordamos y nos duele su muerte. Para sus padres, un sentido abrazo.    n

La Impropiedad de la propiedad

México rural

La impropiedad de la propiedad

Por José Antonio Aguilar Rivera

El estado que guarda la tenencia de la tierra en un poblado cercano a Tepoztlán ilustra muy bien la ausencia del Estado en varias zonas rurales del país. Esa ausencia inhibe el desarrollo y el crecimiento económico.

Santiago Tepetlapa es un pueblecillo de calles empedradas y escasos habitantes; una especie de suburbio rural de Tepoztlán, en el estado de Morelos. Hace algunos meses tuve la ocurrencia, provocada por la belleza escabrosa del Tepozteco, de hacerme de un pequeño terreno en la zona. Tepoztlán se ha convertido en algo así como una meca new age, donde conviven hippies, turistas extranjeros, yuppies de fin de semana, campesinos, activistas políticos, brujos, antropólogos, escritores y otros artistas. Es desde tiempos inmemoriales un santuario prehispánico, un sitio donde la energía cósmica se concentra y todos parecen disfrutar del discreto encanto místico de Tepoztlán. Sin embargo, el pueblo se ha convertido, a decir de los lugareños, en un lugar imposible los fines de semana. El tráfico sigue a los tránsfugas urbanos y circular por sus calles es una verdadera hazaña. Santiago, a pocos kilómetros de Tepoztlán —y a la vera del camino libre a Yautepec— es, por el momento, un remanso de relativa paz. O por lo menos eso creí.

Morelos, por su conflictiva historia agraria, ofrece un muestrario de los fracasos del Estado nacional mexicano. Ahí, el Estado se insinúa, pero no aparece, juega a las escondidillas, deja ver de pronto su rostro para inmediatamente volverlo a ocultar tras el velo de sus debilidades seculares. En el México rural el Estado ni gobierna, ni regula, ni protege ni ofrece certezas a los particulares. La tenencia de la tierra, los derechos de propiedad, son un problema que el Estado arrastra como un pesado fardo. Como en otras partes del país, la propiedad en Santiago es de jacto y no de derecho. Muy pocas propiedades cuentan con escrituras públicas. En efecto, la propiedad está regulada, imperfectamente, de manera informal. Las escrituras y los contratos de compra-venta privados son, en la mayoría de los casos, lo único que ampara a los propietarios. El programa de regularización estatal de la propiedad, que opera desde hace varios decenios, es lento e insuficiente. Los notarios son de por sí costosos y los incentivos para escriturar son pocos. No es pues una sorpresa que las transgresiones a derechos de propiedad precariamente establecidos sean a menudo respondidas con la fuerza y no con la ley. Puesto que algunos alegan que toda la zona es “originalmente” comunal, la Secretaría de la Reforma Agraria simplemente se ha negado a expedir certificados que den fe que una propiedad determinada no era ejidal. Sin tal constancia la escrituración de una propiedad es imposible. Si el Estado mexicano ha sido incapaz de regularizar la propiedad y darle certeza a los particulares expidiendo títulos públicos, en cambio no ha tenido empacho en recolectar impuestos prediales. En efecto, entre los documentos que a menudo acreditan la “posesión” —que no la legítima propiedad— de una parcela a menudo se encuentran… ¡registros catastrales y recibos de pago de impuestos prediales! Ello habla de la precariedad fiscal que el país ha experimentado desde siempre. En el siglo XIX el gobierno sacaba dinero de donde podía —las aduanas y los préstamos extranjeros— para abastecer las siempre vacías arcas públicas. También habla de un desequilibrio histórico entre las obligaciones y los derechos del gobierno y de los ciudadanos respectivamente. A cambio de pagar impuestos el Estado no ha regularizado la propiedad de los ciudadanos —un servicio público—, dándoles así certeza, sino que simplemente ha tolerado, por conveniencia propia, una situación irregular: el dominio de facto que ejercían, y ejercen, los particulares sobre sus propiedades. Ha perpetuado así la incertidumbre sobre los derechos y se ha reservado un espacio ilegítimo de discrecionalidad. En México se ha podido, históricamente, pagar impuestos prediales sobre propiedades virtuales. Después es natural que los individuos puedan alegar —como ocurre hoy— que puesto que han pagado impuestos el Estado ha reconocido implícitamente sus derechos. Así, al margen de las leyes existe otro sistema informal que es el que en realidad regula la tenencia de la tierra. Como se hizo evidente hace unos años, cuando algunos inversionistas intentaron construir en Tepoztlán un club de golf, ese sistema informal no siempre es compatible con la ley.

Quien quiera disfrutar de la vista del Tepozteco debe resignarse a no tener sus derechos de propiedad asegurados. Se podría aducir que el arreglo social alternativo funciona y, puesto que es comunitario, es legítimo. Sólo los admiradores bobalicones de los usos y costumbres pueden ignorar los numerosos problemas que genera un sistema de tal naturaleza. Para empezar, este tipo de arreglos en realidad no son sustitutos de los servicios que debería proveer el Estado: no son en verdad servicios públicos, sino privados. El acceso a ellos es selectivo y discrecional. Por ejemplo, en Santiago no existe drenaje público ni provisión de agua potable. El primer problema lo ha resuelto la gente construyendo fosas sépticas, el segundo lo solucionó de manera comunitaria y privada. El pueblo construyó un sistema de agua potable por su cuenta. Sólo aquellos vecinos que participaron en la tarea, con trabajo físico y dinero, tienen derecho a conectarse a la red privada. Hasta aquí, bien. Los de “fuera”, sin embargo, están obviamente excluidos de este servicio. Pero no sólo los “chilangos” tienen problemas. ¿Qué ocurre si un vecino que originalmente no participó en la construcción desea conectarse a la red? En Santiago no se puede pagar un “impuesto” de conexión al Comité; no hay una cuota establecida ni tampoco existe una regla general y pública de acceso. Esta persona debe encontrar a algún otro vecino que pueda o quiera “cederle” o venderle su derecho a conectarse. Un “fuereño” no puede simplemente acudir al Comité a solicitar el servicio de agua. Debe encontrar a alguien dispuesto a prestarle su nombre y tramitarlo indirectamente. O hágale como quiera. Después de todo, las pipas de agua son de quien las puede pagar.

No es verdad que estos arreglos son internamente armoniosos; las pugnas intercomunitarias e intrafamiliares son usuales y puesto que no hay un tercero neutral para adjudicar los conflictos —el Estado— lo único que queda son formas muy imperfectas de arbitraje interno. Por cierto, la mayoría de los terrenos circundantes a Santiago pertenecen a pequeños propietarios virtuales. Y todos velan celosamente por sus parcelas. La idea de la propiedad individual no es ahí extraña, por el contrario, es el supuesto sobre el que se basan la mayoría de las relaciones sociales. En resumidas cuentas, la ausencia del Estado dificulta el desarrollo y el crecimiento económico de la región. También preserva para regocijo de los añorantes citadinos un supuesto paraíso bucólico de premodernidad, simpleza y “autenticidad” comunitaria. A pesar de todo, y tal vez porque soy muy necio, decidí recorrer el camino de Santiago. Me convencieron los ciruelos que, creo, me pertenecen y que en verano producen innumerables frutos dulces y jugosos. Si tengo suerte, algún día construiré una casita desde donde pueda ver el Tepozteco. Con más suerte tendré agua para beber. Mientras tanto, esperaré a que las ciruelas maduren.  n

José Antonio Aguilar Rivera. Investigador de la División de Estudios Políticos del CIDE. Acaba de aparecer su libro Tocquevitle en México.

Barómetro

Barómetro

Por Rolando Cordera Campos

Julio se abrió con panoramas ominosos para el intercambio político mexicano. Los partidos dejaron por un momento su celebración de la ocurrencia, pero no para emprender el camino de la reflexión y el debate programático, sino para visitar la invectiva directa emparentada con la calumnia a secas. La temporada de lluvias está en plena actividad, pero la pradera de la política sucesoria se seca peligrosamente. En el PRI se desgarran las vestiduras por topes y montos financieros, pero sus legisladores cierran filas contra nuevas reformas electorales, uno de cuyos puntos era precisamente la regulación de las precampañas. La temperatura sube dentro del otrora invencible, y nadie puede hoy vaticinar con claridad ni los resultados finales de sus peculiares primarias, ni la calidad política del proceso. ¿Lo cohesionará la competencia, como lo esperan el presidente Zedillo y sus colaboradores? ¿Lo desgarrará el remolino aperturista, como profetizan los observadores memoriosos? Son, si se quiere, dos extremos, pero el priismo realmente existente parece fatalmente destinado a moverse cerca de ellos de forma intermitente, con las implicaciones que ello tiene sobre la incertidumbre general de un sistema político que no acaba de afirmarse en sus novedades y promesas.

Lo más grave, sin embargo, no son las turbulencias internas del PRI. Al calor de la decepción que parece haber causado en las filas panistas la negativa priista de legislar de nuevo en materia electoral, algunos de sus personeros más renombrados incurrieron en la acusación grave e infundada sobre supuestos vínculos del PRI con el narcotráfico. No puede verse a ésta como una acusación más, propia del acaloramiento o la frustración ante el incumplimiento de lo que se suponía era una agenda pactada. Si se da carta de naturalización a ese tipo de cargos, que se hacen en el debate parlamentario y no ante los tribunales, lo que se logra no es una revancha o el desprestigio del adversario, sino el desgaste corrosivo del sistema en su conjunto.

Para el panismo debería ser claro ya que “el sistema” no es más el PRI- gobierno, sino una entidad más compleja de la que el PAN forma parte, a pesar de sus imperfecciones estructurales y de las conductas absurdas de sus obligados e inseparables compañeros de juego. De continuar por la brecha abierta en los inicios de este mes, no sólo será lodo lo que lloverá sobre nosotros en la campaña presidencial, puede ser otra cosa lo que caiga sobre los partidos que se disputarán un poder legitimado por la justa electoral abierta, pero deslegitimado en lo más profundo y esencial de cualquier sistema político: la confianza mínima de los ciudadanos en sus delegados o representantes. Por ahí no hay ruta para el avance gradualista y el cogobierno, estrategia que tan buenos resultados ha traído para el PAN por lo menos desde 1988.

La UNAM sigue en el tobogán de un desgaste que puede probarse histórico. Se dejó por años sin atender en serio el sistema educativo superior del país, y las presiones elementales pero inclementes de la demografía y el cambio social y cultural hicieron el resto: una universidad que parece sin rumbo y, lo peor, sin palancas para apoyar una iniciativa de autorreforma y renovación efectiva. Mucho habrá que reflexionar I sobre la sociología que la huelga puso Ia flote. También sobre las espectaculares debilidades de gobierno y comunicación de la Universidad más importante del país. Pero ni la sociología ni el análisis político o de sistemas pueden servir para justificar lo injustificable: el someter a una institución fundamental para el conocimiento y la cultura nacionales a un tratamiento de fuerza como el aplicado por los  huelguistas y sus desconcertantes aliados en los sectores dirigentes del PRD, y en los márgenes de la academia.

Ayuda de memoria

El presidente Zedillo buscó de nuevo el debate sobre la economía y su conducción, pero lo hizo otra vez de mala manera y sus correcciones posteriores no sirvieron para darle curso a una discusión que, sin duda, es necesario que México lleve a cabo. Ni gobernar ni debatir por discurso son vías factibles hoy. Lo que se requiere es de instituciones menores y mayores que den curso a la deliberación a la vez que ofrezcan a quienes participan en ella la posibilidad de que su intervención tenga consecuencias políticas e intelectuales gratificantes. Por ahora no hay eso ni en el Congreso, ni en los órganos del Ejecutivo, y lo malo es que tampoco la prensa o la academia se muestran en condiciones de propiciar ejercicios retóricos como los que el país requiere. No se trata sólo de dar lecciones, desde o al poder, según se quiera, sino sobre todo de propiciar un clima de real intercambio de críticas y propuestas, sometido siempre al rigor y la exigencia intelectuales. Hay con qué, ni duda cabe, lo que está más escaso que nunca es el compromiso elemental con el valor de las ideas.

Los libros sobre la mesa

Son muchos esta vez los que reclaman su lectura. Se trata, adelantaría, de textos obligados del año y del verano, si es que éste se presta para por lo menos imaginar que, como en el resto del mundo, en este altiplano mojado también se tienen vacaciones. Carlos Monsiváis y Julio Scherer pusieron a circular (Nuevo Siglo, Aguilar) su Parte de guerra, que arranca con las revelaciones del archivo del general García Barragán, secretario de la Defensa del gobierno de Díaz Ordaz. A partir de los textos del “Tigre”, tan bien guardados como su memoria y la de su hijo Javier, Monsiváis ofrece una nueva, espléndida, versión de su propia memoria de aquellos días de guardar, que siguen estando entre nosotros como un asfixiante presente no resuelto. Jesús Silva Herzog Márquez (Planeta /Joaquín Mortiz) evalúa con severidad e impaciencia el estado de la democracia en México en El antiguo régimen y la transición en México, y pone sobre la mesa del debate de hoy temas centrales que la ingeniería política tan de moda ha preferido dejar para después, quizá cuando las aguas vuelvan a su hipotético cauce. Hacer esto último ha contribuido más bien a que las corrientes dejadas sueltas por el fin del régimen se desborden y amenacen con inundar los valles donde debía aterrizar la transición. Desde Tijuana, editado por el ITESO y el Colegio de la Frontera Norte, José Manuel Valenzuela da otra vuelta de tuerca a su incansable y prometedora obsesión “transfronteriza” (?) con la cultura nacional y los discursos que han hecho posible (¿y harían?) los proyectos de nación: Impecable y diamantina. Guillermo Palacios, historiador del Colegio de México, donde ahora es investigador, reconstruye y disecta, con detalle y profundidad que le dan enorme actualidad a su obra, los proyectos y las prácticas dirigidos a la construcción de imaginarios, conciencias políticas y sociales, políticas y revoluciones culturales, para los campesinos e indígenas que hicieron la Revolución, y que formaron parte de la invención y afirmación del Estado revolucionario en los primeros años de la decisiva década del treinta. La pluma y el arado (El Colegio de México / Centro de Investigación y Docencia Económica) es historia seria y en serio.  n

San Pedro Mártir, DF. 12 de julio de 1999

Rolando Cordera Campos. Economista. Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. Es director de Nexos TV.

Una nada más

Varios: 1 hit wonders. Columbia

¿Que es un one hit wonder? Sencillo: es aquel artista o agrupación que por sólo una vez en su vida colocó un éxito en la radio y después… pasó a la historia. Este primer volumen de una serie de ocho compila, con absoluto rigor arqueológico, dieciocho canciones que todo el mundo conoce, aunque nadie reconoce a sus intérpretes o compositores. Se trata de todo un catálogo en homenaje al más absoluto de los anonimatos.

Varios: No Boundaries. Epic

Con ustedes, el disco bienintencionado de la temporada. Busca recabar fondos para la fundación Doctors Without Bordéis / Médecins Sans Frontières cuya tarea consiste en resurtir las vitrinas farmacéuticas del Kosovo y, de paso, contribuir a instaurar la práctica de la tolerancia y el respeto a las minorías. Un buen cover de Pearl Jam. una poderosa canción de Neil Young y hasta la colombiana Shakira desfilan por este compacto cargado de bondad. Hasta que la próxima guerra comience.

—Eduardo Limón

El arte de callar

Ciudad de libros

 El arte de callar

Abate Dinouart

Sirueia. Madrid, 1999. 120 pp.

Parece un contrasentido que el siglo XVIII.  el siglo de la conversación como arte y de la retórica dispuesta para servir como arma mortal, haya visto nacer y prosperar un manual del buen callar. El desconcierto disminuye y termina por anularse cuando caemos en la cuenta de que el silencio tenía entonces altos grados de significación. Callar es apelar a otro lenguaje: el de los gestos, el de la impasibilidad corporal o el de la arrogancia de la mirada. En el siglo de los salones y la cortesía no podía ser de otro modo: hasta el callar se sometía a las leyes de la retórica.

La lectura de El arte de callar (1771) del Abate Dinouart debe atenerse a estas consideraciones. El libro no fue escrito para guardar silencio sino para utilizar el silencio como una forma decantada de los usos múltiples de la palabra. Y aún más: debe leerse como el libro de un clérigo harto de la charlatanería y de las voces necias que contradicen uno de los máximos sentidos de la escritura: decir mucho con poco.

Es obvio que estamos ante un moralista en el mejor de los sentidos. Del Abate Dinouart sabemos que nació en 1716 y que murió en 1786, que sus contemporáneos lo apreciaron por sus traducciones del latín, por su oficio de editor y aun de plagiario, y que le interesaban tanto las mujeres que llegó a escribir El triunfo del sexo (1749).  por el cual fue excomulgado. Es obvio que ese moralista sólo invoca al silenio cuando las palabras no significan nada. Por eso escribe: “Si todo el mundo escribe y se vuelve autor, ¿qué haremos con todo ese ingenio y todos esos libros que nos exceden, inundan y sumergen superabun- dantemente?”. Se entiende que al Abate Dinouart le molestaba la sobrepoblación de lo escrito. No puede con ella. De hecho, la juzga como una práctica enemiga de la verdadera elocuencia. Es una lástima que haya vivido hace dos siglos. No leyó a Chejov ni a Carver.  dos maestros del arte de sugerir y de las cosas indispensables pero nunca dichas. Sus conceptos del tipo “Se escribe sobre temas que uno mismo debe prohibirse cuando no se tiene esa misión, aunque se posea el talento necesario para hablar de ellos” deberían servir de guía a nuestra época. El silencio no es una renuncia, es cálculo, medida, una ética que asegura el control sobre las palabras.

—Isaac Martínez

Capitalismo global. ¿Última llamada?

Vida pública

Capitalismo global

¿Última llamada?

Por George Soros

La economía mundial se encuentra amenazada. La causa: el mismo sistema capitalista global cuyos mercados financieros son esencialmente inestables. O se regulan los mercados, dice Soros, o todo se viene abajo.

Una aguda crisis financiera y política está sacudiendo al mundo. Si no se controla, esta crisis conducirá a la desintegración del sistema capitalista global. Es una crisis que transformará permanentemente la actitud del mundo hacia el capitalismo y el libre mercado. Ya ha trastornado a varios de los regímenes políticos más antiguos del mundo y que parecían  inamovibles. Sus efectos sobre las relaciones entre las naciones industrializadas y los países en vías de desarrollo parecen permanentes y profundos.

Esta situación surgió de un modo inesperado, casi de la nada. Incluso aquellos que ya preveían una crisis asiática —mi empresa Soros Fund Management fue la primera en advertir la inevitable devaluación del baht tailandés en 1997, el detonador de la reacción en cadena global— nunca imaginaron su envergadura ni su poder destructivo.

Lo que hace de esta crisis algo tan inquietante en términos de política y tan peligrosa para el sistema capitalista global es que el sistema en sí mismo es su causa principal. Es decir, el origen de esta crisis se encuentra en el mecanismo que define la esencia del sistema capitalista globalizado: libres y competitivos mercados de capital que mantienen capital privado en movimiento constante a lo largo y ancho del planeta, al acecho de mayores beneficios y de, supuestamente, la distribución más eficiente de las inversiones y los ahorros a escala mundial.

En un principio, la crisis asiática fue atribuida a diversas debilidades fortuitas en países y mercados específicos. La mayoría de los economistas se concentraron al inicio en estimaciones equivocadas sobre las políticas que trajeron como consecuencia divisas sobrevaluadas y la excesiva confianza en préstamos realizados en divisas extranjeras. A medida que se expandía la crisis, resultó evidente que dichas estimaciones económicas erróneas eran un síntoma de problemas socio-políticos más profundos. Los analistas políticos culparon a los acuerdos socio-políticos ahora descritos de modo peyorativo como “capitalismo de compadrazgo”, pero antes ensalzado  como “capitalismo de Confucio” o “modelo asiático”. Hay algo de verdad en dichos reclamos. La mayoría de los gobiernos asiáticos cometieron graves errores políticos, en algunos casos fomentados por simples inversionistas internacionales y por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Ambos permitieron el incontrolado apogeo de la inversión y de la propiedad y mantuvieron sus divisas unidas al dólar durante demasiado tiempo. En general, el modelo asiático fue una forma de régimen capitalista distorsionada e inmadura.

Sin embargo, a medida que la crisis continuaba en desarrollo, parecía que su diseminación no sólo podía atribuirse a simples errores macroeconómicos o a características asiáticas específicas. ¿Por qué, después de todo, ha contagiado a Europa del Este, Latinoamérica y Rusia, e incluso afecta ya a las economías industrializadas y a los eficientes mercados financieros de Europa y Estados Unidos?

La conclusión ineludible es que la crisis es un síntoma de las patologías inherentes al sistema global. Los mercados financieros internacionales han servido como algo más que sólo un mecanismo de transmisión pasivo del contagio global: han sido en sí mismos la causa principal de la epidemia económica.

Resulta cierto que la operación de mercados financieros libres era en sí misma la causa fundamental de la crisis actual: de ahí que sea inevitable una reconsideración radical del papel dominante que los mercados financieros deregulados desempeñan en el mundo. A falta de reformas urgentes, esta reconsideración podría producir serios contragolpes en contra del sistema capitalista global, sobre todo en los países en vías de desarrollo o en su periferia.

El punto esencial es que el sistema capitalista global se caracteriza no sólo por el libre comercio global sino más específicamente por el libre flujo de capital. El sistema puede percibirse como un gigantesco aparato circulatorio que lleva capital hacia los mercados financieros y hacia las instituciones del centro y después lo bombea hacia la periferia, ya sea directamente, en forma de créditos e inversiones de cartera, o indirectamente, a través de corporaciones multinacionales.

Hasta la crisis tailandesa, el centro  absorbía y bombeaba dinero con vigor, los mercados financieros crecían en tamaño e importancia y los países de la periferia obtenían una vasta provisión de capital que provenía del centro con sólo abrir sus mercados de capital. Hubo un auge global por el que los mercados emergentes se vieron especialmente beneficiados. En cierto momento de 1994 más de la mitad de la afluencia total de capital a fondos mutuos en Estados Unidos se dirigió a fondos de mercados emergentes. La crisis asiática cambió de rumbo y hubo fuga de capitales en mercados emergentes como Corea y Rusia. En un principio, este cambio benefició a los mercados financieros del centro pero, desde el desmoronamiento ruso en agosto de 1998, los sistemas bancarios y financieros del centro también sufrieron consecuencias adversas. Como resultado, la economía mundial en su conjunto se encuentra ahora amenazada.

Con la creciente comprensión de que la causa subyacente de esta amenaza es la inestabilidad inherente a los mercados financieros desregulados, la ideología del capitalismo mundial enfrenta un desafío histórico. Los mercados financieros desempeñan una función muy distinta a la que se les había asignado en la teoría económica y en la doctrina predominante del capitalismo de libre mercado. De acuerdo con la ideología del fundamentalismo de libre mercado que ha invadido al mundo desde que Ronald Reagan y Margaret Thatcher la promovieron a principios de la década de los ochenta, los mercados competitivos no se equivocan, o al menos producen resultados que no pueden mejorarse a través de la intervención de instituciones y políticas ajenas al mercado. Se supone que los mercados financieros brindan prosperidad y estabilidad y lo hacen en mayor medida si se encuentran libres de interferencias gubernamentales en sus operaciones y no tienen restricción alguna sobre su alcance global.

La crisis actual ha mostrado que esta ideología del fundamentalismo de mercado es incorrecta. La ideología de libre mercado asegura que las fluctuaciones en las acciones y los flujos de crédito son aberraciones pasajeras que pueden no tener impacto permanente en los fundamentos económicos. Si se dejan por sí solos, se supone que los mercados financieros pueden actuar a largo plazo como un péndulo, siempre oscilando en dos sentidos para buscar el equilibrio; aunque podría demostrarse que incluso la noción de equilibrio es falsa. Los mercados financieros son inherentemente inestables y siempre lo serán: se dan a los excesos, y cuando una secuencia de apogeo y depresión va más allá de un cierto límite, transforma los fundamentos económicos que, a su vez, no pueden volver al lugar donde se encontraban al comienzo. En lugar de actuar como un péndulo, los mercados financieros pueden actuar como una bola demoledora que oscila de un país a otro y destruye todo lo que se cruza en su camino.

La crisis actual ofrece líderes que proponen lo que podría ser la última oportunidad para reconocer que los mercados financieros son inherentemente inestables antes de que la bola demoledora se dirija a los mismos cimientos del sistema de capitalización global. Así, pues, ¿qué debe hacerse?

Muchas de las ya discutidas soluciones a la crisis actual están diseñadas para mejorar la eficiencia de los mercados financieros e imponer mayor disciplina de mercado utilizando medios como la desregulación, la privatización y la transparencia, entre otros; aunque imponer disciplina de mercado implica imponer inestabilidad. Los mercados financieros desprecian un futuro que es eventual, según la tendencia que prevalece en los mercados, y la interacción reflexiva que hay entre las expectativas y los resultados produce rendimientos inestables. Conviene la disciplina de mercado, pero necesita complementarse con otro tipo de disciplina: es necesario contar con políticas públicas para estabilizar los flujos de finanzas internacionales requeridas por el sistema capitalista global y para mantener bajo control la inestabilidad inherente a los mercados financieros.

Dentro de los países capitalistas más importantes ya existen fuertes marcos de intervención del Estado como protección en contra de la inestabilidad financiera. Los Estados Unidos cuentan con la Junta de la Reserva Federal y otras autoridades financieras cuyos mandatos se enfocan a la prevención de una crisis en sus mercados financieros internos y, si es necesario, actúan como un prestamista de última instancia.

Estas autoridades han tenido cierto éxito. Confío en que son capaces de cumplir con sus responsabilidades. De hecho, en la segunda fase de la crisis actual y a medida que los problemas de la periferia han comenzado a salpicar al centro y presagian la grave inestabilidad financiera de los mercados estadunidenses, dichos mecanismos de estabilización se han aplicado con mucha fuerza. La Junta de la Reserva Federal ha flexibilizado con urgencia la política monetaria y ha dejado claro que continuará emitiendo moneda si así lo requiere la estabilidad financiera, y lo que resulta aún más controversial: la Junta ha presionado al sector privado para organizar un bote salvavidas para la Gestión de Capital a Largo Plazo, un fondo de protección al que la Junta le demostró todo su apoyo al declarar que es demasiado grande para fallar.

El problema es que los mecanismos internacionales para la gestión de crisis son excesivamente inadecuados. La mayoría de los líderes en Europa y Estados Unidos se preocupan por la manera en que sus países podrían protegerse del contagio financiero global. Pero el problema a escala global es mucho más amplio e históricamente más importante. Aunque las economías de Occidente y sus sistemas bancarios sobrevivan a la presente crisis sin sufrir demasiados daños, los de la periferia ya se han visto muy afectados.

La elección a la que se enfrenta el mundo hoy en día es la manera de regular los mercados financieros globales en el ámbito internacional para asegurar que desempeñan su función como un aparato circulatorio global o dejar que cada Estado proteja sus propios intereses. Este último rumbo de seguro provocaría el eventual colapso del capitalismo global. Los Estados soberanos actúan como válvula en este sistema. Quizá no resistan la afluencia de capital, pero resistirán el flujo saliente, una vez que lo consideren permanente. Malasia nos ha mostrado el camino. La rápida diseminación de controles de cambio de divisas está inevitablemente acompañada por una disminución de las inversiones internacionales y un retorno a las estrategias económicas egocentristas en la periferia. La separación económica de los mercados mundiales podría acompañarse con el rompimiento del compromiso político y la represión interna (una vez más, Malasia es un claro ejemplo). En resumen, el sistema capitalista global se desintegraría.

Es necesario mirar más allá de la transparencia, la regulación y otros mecanismos que mejoran la eficiencia de los mercados libres. El flujo de capital, y sobre todo el de capital privado, del centro hacia la periferia debe reactivarse y estabilizarse.

Al buscar soluciones a la crisis actual se deben evitar dos falacias comunes. La primera es buscar soluciones una vez que el problema no tiene arreglo. Las reformas diseñadas para mejorar la arquitectura financiera global a largo plazo pueden ser convenientes, pero no harán nada para ayudar a las afligidas economías actuales. De hecho, puede ser lo contrario: una mayor transparencia y requisitos más estrictos pueden desalentar los flujos de capital a corto plazo, pues las austeras políticas financieras impuestas por el FMI para restablecer el saneamiento a largo plazo de economías afectadas tienden a empeorar la situación a corto plazo.

La segunda falacia consiste en aferrarse a la desilusión del fundamentalismo de mercado, que dicta que si los mercados fueran más transparentes, más competitivos y en general más “perfectos”, sus problemas se resolverían automáticamente. La crisis actual no sólo se resolverá con las fuerzas del mercado.

Los esfuerzos de emergencia para estabilizar la economía mundial deben enfocarse en dos objetivos: suspender el flujo inverso de capital de la periferia del sistema capitalista global hacia el centro y asegurar la fidelidad política de los países de la periferia hacia el sistema.

El presidente Bill Clinton y el secretario de la Tesorería Robert Rubin hablaron en septiembre de 1998 acerca de la necesidad de establecer un fondo que permitiera a los países periféricos seguir políticas económicas de saneamiento para recuperar el acceso a los mercados de capital internacionales. A pesar de que ninguno de los dos lo dijo públicamente, creo que tenían en mente el financiamiento a través de una nueva emisión de Special Drawing Rights (SDRs), un activo de reserva internacional creado por el FMI para complementar los activos de los países miembros.

A pesar de que su propuesta no recibió mucho apoyo en la reunión anual del FMI en octubre de 1998, creo que eso es exactamente lo que se necesita. Los préstamos podrían estar disponibles para países como Brasil. Corea y Tailandia y tendrían un efecto de alivio inmediato sobre los mercados financieros internacionales. Además, dicho mecanismo enviaría una poderosa señal ya que podría recompensar a aquellos países que hacen su mayor esfuerzo para acatar las reglas del juego del sistema capitalista global, más que sucumbir, como lo hizo Malasia, a la tentación de separarse. Los programas del FMI en países como Corea y Tailandia han sido incapaces de producir los resultados deseados debido a que no han incluido ningún esquema para revivir la afluencia de capital privado a dichos países o para la reducción de su deuda externa. Un esquema de reducción de deuda podría limpiar la superficie y permitir recuperarse a sus economías domésticas, aunque esto forzaría a los acreedores internacionales a aceptar y a cancelar el préstamo.

El problema es que los acreedores no querrían y no podrían hacer nuevos préstamos, haciendo imposible la recuperación financiera en estos países sin encontrar una fuente alternativa de crédito internacional. Es aquí en donde podría surgir un esquema de aseguramiento internacional de crédito. Reduciría significativamente los costos del préstamo y permitiría a los países involucrados financiar una mayor cantidad de actividad doméstica. Al hacerlo, dicho mecanismo no sólo ayudaría a reactivar a los países involucrados sino también a la economía mundial. Esto alentaría a los países a seguir las reglas del juego del sistema capitalista global y desalentaría deserciones como la de Malasia.

La propuesta actual de Clinton no se ha tomado muy en serio ya que los bancos centrales europeos se oponen a la emisión de SDRs. Su oposición surge de consideraciones doctrinarias. Ningún tipo de creación de moneda debe impulsar la inflación, pero al utilizar SDRs como garantía no habría una nueva moneda creada y las garantías sólo se aplicarían en caso de que no se pagara.

Después de las elecciones alemanas la mayoría de los gobiernos europeos son de centro-izquierda. Estos gobiernos se muestran más receptivos a un esquema de garantía de préstamos que sus bancos centrales, en especial cuando la recuperación de importantes mercados de exportación depende de ello. Japón también apoyaría dicho esquema siempre y cuando éste cubriera Asia y Latinoamérica.

A pesar de que yo respaldo de manera firme la propuesta de Clinton, me atrevería a ir más allá. Ya en 1998, propuse la creación de una Corporación Internacional Aseguradora de Crédito. Mi propuesta, sin embargo, fue prematura ya que el flujo de capital inverso aún no se había convertido en una tendencia firme. Además, a la crisis de liquidez coreana a finales de 1997 le siguió una recuperación temporal de los mercados que duró hasta abril de 1998. Mi propuesta no cayó en tierra fértil, pero ahora es el momento.

Con mecanismos de aseguramiento de crédito gestionado por el FMI podría constituirse la piedra angular de la “nueva arquitectura” que los líderes y los expertos en la materia mencionan en la actualidad. La nueva institución, que se convertiría en parte permanente del FMI, garantizaría explícitamente, hasta ciertos límites, los préstamos hechos por prestamistas privados a los países. Si un país no paga, el FMI pagaría a los acreedores internacionales y entonces diseñaría un plan de pago con el país deudor. Los países prestatarios estarían obligados a proporcionar información acerca de todos los préstamos públicos y privados, asegurados o no. Esta información permitiría establecer a las autoridades un nivel máximo de cantidades a asegurar.

Hasta dicho tope, los países involucrados tendrían acceso a los mercados de capital internacionales a tasas preferenciales más una módica cuota. Más allá de estos límites, los acreedores se estarían arriesgando. Los niveles máximos se establecerían tomando en cuenta las políticas macroeconómicas que existen en cada país, así como otras condiciones económicas generales de cada país y en el mundo. De hecho, la nueva institución funcionaría como un tipo de banco central internacional que intentaría eliminar los excesos en cualquier dirección y contaría con una poderosa herramienta.

El problema más espinoso que surgió con esta propuesta es la manera en que las garantías de crédito asignadas a un país se distribuirán entre los prestatarios del mismo ya que permitir tomar esta decisión al Estado sería una invitación al abuso. Las garantías deberán canalizarse a través de bancos autorizados que puedan competir con otros. Los bancos deberán estar supervisados estrechamente y tendrán prohibido involucrarse en otro giro de negocios que diera pie a créditos no asegurados y a conflictos de intereses. En resumen, los bancos internacionales deberían estar tan estrechamente regulados como estuvieron los bancos de Estados Unidos después de la quiebra del sistema bancario estadunidense en 1933. Tomaría tiempo organizar el sistema bancario e introducir las regulaciones apropiadas, pero el simple anuncio de la existencia de tal esquema calmaría los mercados financieros y daría tiempo para la cuidadosa elaboración de los detalles.

El plan de aseguramiento de crédito ayudaría a los países periféricos y al sistema bancario occidental a prever crisis inmediatas. Con algunos incentivos para los prestamistas que ya están marcados por pérdidas recientes y otras amenazantes, sería de gran ayuda restablecer la afluencia de fondos de los mercados financieros hacia los países periféricos. Pero el aseguramiento del crédito también reforzaría toda la arquitectura financiera global y mejoraría la estabilidad financiera a largo plazo. Hoy en día el FMI no ejerce mucha influencia sobre los asuntos internos de sus países miembros excepto en tiempos de crisis, cuando uno de ellos se dirige a él para pedir ayuda. El Fondo enviaría a su personal a realizar una visita y consultar a los líderes del país, pero no contaría ni con autoridad ni con las herramientas para crear políticas económicas en tiempos normales. Su misión es la gestión de crisis, no la prevención. Al dar a la nueva agencia una función permanente de supervisión de los países participantes, el esquema de aseguramiento de crédito ayudaría a eliminar los excesos en los flujos de capital internacionales.

El aseguramiento de crédito también ayudaría a contrarrestar la perversa función del FMI en la expansión no asegurada de crédito internacional. Los programas del FMI han servido para reflotar a los prestamistas, que además los alientan a actuar de modo irresponsable y a crear una mayor fuente de inestabilidad en el sistema financiero internacional. Este defecto de la arquitectura actual se describe como “azar moral”. El azar moral es el resultado de la asimetría en la manera en que el FMI trata a los prestamistas y a los prestatarios. Impone condiciones a los prestatarios (los países) pero no a los prestamistas (las instituciones financieras); el dinero que presta permite a los países deudores satisfacer sus obligaciones, y los bancos asisten indirectamente para que recuperen sus préstamos no asegurados. Esta asimetría se desarrolló durante la crisis internacional de la década de los ochenta que se hizo evidente en la crisis mexicana de 1995. En ese caso, los prestamistas extranjeros resultaron ilesos a pesar de que las tasas de interés que el gobierno mexicano les pagó antes de la crisis implicaban un alto grado de riesgo. Cuando México no pudo pagar, el Ministerio de Hacienda de los Estados Unidos y el FMI intervinieron y sacaron a los inversionistas del apuro. La asimetría y el azar moral en las operaciones del FMI podría corregirse a través de garantías de crédito. En lugar de reflotar a los prestamistas extranjeros de México en 1995, el FMI habría llevado a los inversionistas hasta niveles de aseguramiento, y después hubiera permitido a la deuda no asegurada convertirse en bonos a largo plazo y cancelarlos. Si esto hubiera sido así, los prestamistas y los inversionistas, incluyéndome a mí, habrían sido mucho más cautelosos al momento de invertir en Rusia y Ucrania.

Algunos se preguntan si sería posible que el FMI, sin hablar de cualquier otra institución nueva, desempeñará las complejas funciones que propongo. ¿Establecería los límites correctos sobre los préstamos internacionales asegurados y sería capaz de supervisar al aparato circulatorio global? Una institución nueva también cometería errores, pero los mercados podrían ofrecer una valiosa retroalimentación y los errores podrían corregirse. Después de todo, es así como operan los bancos centrales y, en general, hacen un buen trabajo. Es mucho más cuestionable preguntar si dicho esquema es factible políticamente. Ya existe una gran oposición hacia el FMI de parte de fundamentalistas de mercado que están en contra de cualquier intervención en el mercado, en especial si ésta proviene de una organización internacional. Si los bancos y los participantes en los mercados financieros que generalmente se benefician del azar moral y la asimetría dejan de apoyar al FMI, sería muy poco probable que el FMI sobreviviera aun en su inadecuado formato actual.

La reforma constructiva requerirá que los gobiernos, parlamentos y participantes en el mercado reconozcan que está en juego la supervivencia del sistema, y que este juego es mucho más importante que cualquier ganancia a corto plazo que puedan obtener a través de la explotación de las imperfecciones del existente sistema desregulado. La pregunta es si este cambio de mentalidad tendrá lugar antes o después de que el sistema capitalista global se haya desmoronado.  n

George Soros. Presidente del Soros Found Managment y autor de La crisis del capitalismo global.

Traducción de María Luisa Pérez Castillo

Estudios culturales

Divagario

Estudios culturales

Nadie sabe si los “estudios culturales” son una muy atendible novedad ensayística de fin de siglo, o si son mero onanismo académico de post- demannianos y post-derridosos en las universidades norteamericanas. Ofrecemos al lector algunos títulos recientes, firmados por diversos autores, de estudios culturales:

• Ecología del miedo. Los Angeles y la imaginación del desastre.

• Vínculos de puerco. Los cerdos, los estercoleros y la mortalidad en la cultura estadunidense.

• El campo de batalla del deseo. La lucha por el auto-control en los Estados Unidos modernos.

• Cuando el besuqueo tuvo que detenerse (una colección de ensayos que va desde los Expedientes X a una demostración de que la Guerra del Golfo ocurrió en verdad).

• Merde. Excursiones hacia la coprología científica, cultural y socio-histórica

Entre estos títulos destacan dos, del mismo autor, Sander L. Gilman: Creando belleza para curar el alma. Raza y psicología en la formación de la cirugía estética y Haciendo del cuerpo algo hermoso. Una historia cultural de la cirugía estética. Por estos libros (reseñados en el Times Litterary Supplement de julio 9, 1999) nos enteramos de que la cirugía de nariz puede rastrearse por lo menos desde el siglo XVI, donde un famoso médico italiano, Tagliacozzi, hacía injertos del brazo del paciente para mejorar, sobre todo, narices estragadas por la sífilis. Sin embargo, la primera cirugía de la cara se hizo en 1901, y se lleva el crédito el cirujano Eugen Hollander (no sabemos su nacionalidad) que le estiró la cara a una mujer aristócrata a sugerencia de ella misma. Y la primera remoción de las bolsas de los ojos se debe a un médico Charles Miller, de Chicago, en 1906. El desprendido Gilman nos informa que en 1996, un millón novecientos mil norteamericanos se habían hecho algún tipo de cirugía estética. Y que desde 1970, un millón de mujeres argentinas se han hecho operaciones para aumentarse el busto. Y que en las mujeres brasileñas, en cambio, es más común la operación para reducirse el busto. ¿Y en México? ¿Tendrá el INEGI datos al respecto?

Andy Warhol: latas de sopa y billetes

En 1962, en los Angeles, la Ferus Gallery realizó una exposición polémica. Irving Blum colgó su colección particular de 36 cuadros de latas de sopa Campbell’s. Años después, en una entrevista, Andy Warhol esclareció el secreto de las latas de sopa Campbell’s y su extraña manía por la repetición. Pintaba latas: “porque solía comerlas. Acostumbraba tomar el mismo almuerzo todos los días durante veinte años, lo mismo una y otra vez. Alguien dijo que la vida me había dominado; esta idea me gusta”. En otra ocasión, confesó por qué pintaba billetes: “Era una de aquellas veladas en las que pedía propuestas a diez o quince personas, hasta que una amiga me hizo la pregunta apropiada: ‘¿qué es lo que más te gusta?’. Así comencé a pintar dinero”. A principios de agosto, en el Museo de Bellas Artes se inaugura una exposición retrospectiva de Andy Warhol. El pop llega al palacio.

Un género casi olvidado

¿Qué tienen en común Aristóteles, Borges, la biblioteca del Templo de Haeinsa en Corea, dos tablillas pictográficas de Tell Brak en Siria, la escuela islámica del siglo XVI, Alejandría, San Agustín, Tom Swayer, Alberto Durero, Italo Calvino y Calimaco? Estos personajes y estos lugares comparten uno de los actos más antiguos del género humano: la lectura. Se trata del libro de Alberto Manguel (1948), Una historia de la lectura (editorial Norma, 1999). El futuro del ensayo vuelve a su pasado. Acaso no sería un exceso parafrasear aquí a Bioy Casares y afirmar que en el segundo piso de un decaído castillo, hacia marzo de 1571, Miguel de Montaigne inventó el ensayo del siglo XXI. Desde esa primavera, la nota personal, la sombra del autor mezclándose con el tema, caracteriza para siempre al género. Las modas literarias, la arrogancia de los críticos y la pedantería del conocimiento especializado se olvidaron de la esencia del género. En Manguel, el ensayo regresa a su origen, o a su futuro: ese lugar donde se reúnen el autor capaz de exponer con erudición creativa, el cronista, el narrador y el comentarista. Alberto Manguel recorre una variedad de posibilidades ensayísticas: la recontrucción personal, la investigación histórica, el compendio de conocimientos, el diario de viaje, todos en busca de una historia de la lectura, de ese hecho misterioso, quizás inexplicable, mediante el cual el hombre afirmó su alma narrativa. La libertad literaria de Manguel recuerda a otro escritor extraordinario, A. Alvarez, y en especial a su libro La noche. Una exploración sobre la noche y el lenguaje nocturno. Una historia de la lectura puede leerse como una colección de ensayos fantásticos o como uno de los estudios más serios sobre la lectura y sus alrededores. De entre lo mejor de las novedades editoriales de la temporada.

Chéjov regresa

Según Roger Grenier en su libro Mira la nieve que cae. Impresiones sobre Chéjov (Gallimard, 1992), en el año de 1883, Chéjov escribió 77 cuentos; en 1884, 50; en 1885, 85 y en 1886, 98. Por otro lado, sus biógrafos han registrado 588 novelas cortas, o relatos largos. En ese tiempo, cuando trabajaba en Les temps nouveaux, Chéjov corregía, cortaba, reescribía los textos de otros. Decía que ese trabajo lo divertía, que constituía una magnífica gimnasia.

Esta numeralia chejoviana viene a cuento pues acaba de aparecer en España un tomo extraordinario de cuentos y novelas cortas de Antón Chéjov, Obras selectas (Austral, 1999). El tomo de más de mil páginas, cuya selección y prólogo corrió a cargo de la escritora Soledad Puértolas, recoge una buena cantidad de la producción de Chéjov entre los años de 1883 y 1899. En ese tiempo, a Chéjov le hacían falta dinero y lectores, en una carta escrita en 1883, le confesó a su primo, George Chéjov, que se había convertido en un comerciante que vendía artículos, piezas narrativas, libros y consejos médicos. También le explicaba a su primo que la celebridad número uno de Rusia era Tolstoi; la segunda podía ser Tchaikovsky. En cuanto a él, creía que había llegado con muchos trabajos a ocupar el lugar número 877. n

El usted y el tu

Gratis

El usted y el tu

El director general de un banco se preocupa por un joven director estrella, que después de un periodo de trabajar a la par de él, sin detenerse nunca a almorzar, se empieza a ausentar al mediodía.

Llama al detective privado del banco y le dice:

—Siga a López un día entero, no vaya a ser que ande en algo vidrioso.

El detective cumple con el cometido, vuelve e informa:

—López sale normalmente al mediodía, toma su auto, va a su casa a almorzar, luego le hace el amor a su mujer, se fuma uno de sus excelentes cigarros y vuelve a trabajar.

—Ah, bueno, menos mal, no hay nada malo en todo eso.

—¿Puedo tutearlo, señor? —pregunta el detective.

—Sí, cómo no —responde sorprendido el director.

—Repito: López sale normalmente al mediodía, toma tu auto, va a tu casa a almorzar, luego le hace el amor a tu mujer, se fuma uno de tus excelentes cigarros y vuelve a trabajar.

(Con un agradecimiento especial a Gilberto Calderón)

¿Y después de la transición?

¿Y después de la transición?

Por Alberto Begné

En los últimos años el debate político en México se ha centrado en el proceso de cambio a un régimen democrático, caracterizado entre otras cosas por partidos competitivos y elecciones libres. El país ya pasó esa prueba; la transición quedó atrás. ¿Qué sigue? Consolidar la democracia fortaleciendo a las instituciones, acabando con la ineficacia burocrática, la corrupción y la impunidad y reforzando las garantías de legalidad propias de un Estado de derecho.

La transición mexicana a la democracia llegó a su fin. El viejo régimen, el régimen del presidencialismo sin fronteras, el régimen del partido sin competencia y elecciones sin garantías, el régimen sin crítica y escrutinio público, el régimen del Estado grande y la sociedad pequeña, ha quedado en el pasado. En su lugar empieza a cobrar forma una presidencia acotada por las fronteras constitucionales, se ha levantado un sistema de partidos competitivo, se celebran elecciones libres, se despliega la libertad de expresión y emerge una sociedad más organizada y participativa, cuyos derechos marcan cada día más los límites del Estado. El problema es que las transiciones a la democracia no entrañan necesariamente su eficacia y su consolidación: una cosa es arribar a la democracia y otra es construir un entramado institucional sólido y funcional que asegure la estabilidad del régimen democrático.

Que la transición concluyó es un hecho sobre el cual no se quiere polemizar con estas líneas: los partidos políticos compiten, ganan y pierden elecciones; los ciudadanos votan y sus votos deciden; la incertidumbre sobre el resultado de las elecciones se ha instalado y domina el ambiente preelectoral, lo mismo en los comicios para la integración de los ayuntamientos que en las contiendas para la renovación de los poderes locales y federales; los medios de comunicación ejercen la crítica sin restricciones y una gran diversidad de voces se expresan con libertad; todos los cargos políticos están incluidos en el juego democrático, se disputan en las urnas. ¿No es esto la democracia? Si se atiende a los criterios de calificación democrática de los más destacados estudiosos de los procesos de cambio político, México pasa la prueba. Juan Linz, por ejemplo, sintetiza su criterio al respecto en las siguientes condiciones: libertades políticas individuales, sistema de partidos competitivo, elecciones libres, inclusión de todos los cargos políticos efectivos en el proceso democrático y sufragio universal.1 Así que ahora la cuestión es otra: después de la transición… ¿qué?

El problema reside en que la joven democracia mexicana gira sobre el eje de un entramado institucional débil, obsoleto y atrofiado. La herencia institucional del régimen anterior arrastra muchísimos pasivos: instituciones resquebrajadas por el peso ilimitado del poder presidencial, procedimientos y mecanismos constitucionales oxidados por la falta de uso. Grandes espacios de discrecionalidad, ineficiencias burocráticas, corrupción e impunidad, inercias centralizadoras, y costumbres, prácticas y arreglos al margen de la ley. No es que no haya activos. Lo que ocurre es que el balance arroja unos saldos francamente raquíticos, desde luego insuficientes para sostener una democracia estable. El reto hoy, en efecto, consiste en construir o fortalecer, según sea el caso, los cimientos necesarios para asegurar la estabilidad de la construcción democrática. ¿Por dónde empezar?

Las experiencias de este siglo muestran casos de transiciones exitosas junto con otros en los que un cambio político democrático no condujo a la construcción de una democracia estable, sino, por el contrario, a situaciones de aguda inestabilidad o a procesos involutivos de corte autoritario. ¿Qué factores permitieron el éxito de las transiciones que culminaron en democracias estables o. en sentido inverso, qué factores determinaron la inestabilidad o el derrumbe de las construcciones democráticas en los casos fallidos? Por encima de las características de cada país, la diferencia entre los casos donde la democracia se consolidó y los casos donde acabó por desplomarse ha residido sobre todo en la eficacia de los gobiernos democráticos.

No es casual que el caso paradigmático de las transiciones recientes, España, tenga en su haber una experiencia democrática fallida: la República fundada en 1931 y aplastada en 1939, luego de tres años de una cruenta guerra civil. De la experiencia se aprende, y en la España de los treinta, sin descontar otros factores, el derrumbe de la democracia se debió en gran medida a la inestabilidad e ineficacia de los sucesivos gobiernos democráticos. Por ello el reciente proceso español de transición y consolidación democrática puso el acento en las exigencias de estabilidad y eficacia de la democracia, con un éxito tan rotundo como envidiable.

La clave estuvo en el diseño del régimen constitucional. Fue una obra casi perfecta. La construcción democrática española fue posible gracias a dos actitudes que a primera vista pueden parecer contradictorias, la imaginación y la autorrestricción de las partes, pero que en la práctica arrojaron una fórmula muy afortunada. La imaginación, porque frente a las arraigadas y singulares exigencias del regionalismo y del multiculturalismo del Estado español, los constituyentes fueron capaces de realizar un diseño original que asegurara un equilibrio entre la diversidad y la unidad necesarias. Y la autorrestricción, porque frente a viejos agravios y viejas posiciones, la republicana, por un lado, y la anticomunista, por el otro, los actores políticos tuvieron la inteligencia de desechar los maximalismos y, en cambio, poner el acento en la articulación de los consensos mínimos. Parafraseando la voz de la rebeldía universal de los sesenta, se podría decir que con su transición los españoles llevaron no sólo la imaginación al poder, sino también la sensatez y la responsabilidad.

En México el debate sobre la eficacia y la estabilidad de la democracia ha sido muy débil, parcial y sesgado, apenas visible. Esto se explica básicamente por dos razones. La primera, porque durante décadas la estabilidad y la eficacia de los gobiernos se dieron por sentadas, al grado que llegaron a asumirse como condiciones naturales, invariables; el régimen surgido en 1929 fue muchas cosas, pero en esencia, luego de sus primeros años, no fue inestable e ineficaz. La segunda, porque hasta hace pocos años no había una real competencia entre partidos ni había elecciones libres; en síntesis, porque no había democracia. Hoy la estabilidad y la eficacia han dejado de ser una certeza, un supuesto dado, y la democracia, superando resistencias y dificultades, ha acabado por emerger. El país cambió. Así que el nuevo debate no sólo ha adquirido pertinencia, sino que se ha vuelto vital, impostergable.

El eje del debate en los últimos años, en efecto, ha sido el de la transición: el proceso de cambio a un régimen democrático con partidos competitivos y elecciones libres. En este proceso el núcleo del cambio lo han constituido las reformas electorales, cuyos resultados, aunque con más lentitud de la deseada, ya están a la vista. Fuera de aspectos instrumentales y procedimentales que requieren simplificarse y perfeccionarse, sobre todo en la organización de los procesos electorales y en la regulación y fiscalización de los recursos de los partidos (pero ¿qué sistema electoral no enfrenta exigencias de actualización y perfeccionamiento?), lo cierto es que ya se cuenta con el marco normativo e institucional necesario para garantizar un sistema de partidos competitivo y elecciones libres.

El salto ha sido enorme. Sus efectos sobre el mapa de la distribución del poder político constatan sus alcances. Como nos informan María Amparo Casar y Ricardo Raphael (Nexos / julio de 1998, página 42), mientras en 1982, de un total de 3,479 cargos de elección popular, incluyendo la Presidencia, el Congreso, las gubernaturas, los congresos locales y las presidencias municipales, el PRI ocupaba el 91%, para 1997 ya sólo contaba con el 54%. Actualmente, más del 40% de los municipios son gobernados por algún partido distinto del PRI; de las treintaidós entidades federativas, el PAN gobierna seis y el PRD cuatro, entre las cuales está la capital de la República; y en el ámbito federal el PRI no cuenta ya con su histórica mayoría en la Cámara de Diputados.

México es otro. Sin embargo, en muchos círculos políticos e intelectuales persiste la idea de que la transición continúa, o bien porque asocian su culminación con la imagen del gran momento fundacional, ligado a su vez con la derrota del PRI en elecciones presidenciales y, en el extremo, con su aniquilamiento, o bien porque la duración del proceso de cambio político los ha hecho rehenes del discurso de la transición como quien se hace rehén de sus rutinas hasta configurar con ellas un modus vivendi, mientras el país reclama el debate, los acuerdos y las decisiones necesarios para garantizar la eficacia y la estabilidad de nuestra incipiente democracia, así como el diseño, la elaboración y la ejecución de políticas públicas de largo aliento, montadas y legitimadas sobre la base de consensos mínimos entre los actores políticos.

Esta persistencia del discurso de la transición genera dos efectos muy negativos. Por un lado, condiciona el debate político e intelectual acerca de la consolidación de la democracia a la llegada del día esperado, al despertar democrático que deje atrás la larga noche del viejo régimen, cuando, frágil y todo, la democracia que se ha podido construir precisamente lo que requiere son el debate y los acuerdos que conduzcan a su eficacia y estabilidad. Y, por otro lado, al aplazar la negociación y los acuerdos que permitan fijar las condiciones para la consolidación de la vida democrática, acentúa los riesgos que entraña una democracia frágil, amenazada lo mismo por la inseguridad y la violencia criminal que se han adueñado de las calles, que por la incapacidad de definir y desarrollar políticas públicas que respondan a las demandas de la sociedad.

El espacio para un debate constructivo se ha reducido de tal modo y los obstáculos para la negociación y los acuerdos políticos se han elevado tanto que, fuera de la solución de las exigencias más inmediatas, la democracia mexicana en su breve vida no ha hecho mucho más que girar sobre el eje de los asuntos relativos a la competencia electoral, como dando vueltas a la noria. Y lo peor es que la ruta hacia las elecciones del 2000, lejos de prometer condiciones propicias para romper el círculo vicioso, anuncia la multiplicación de los obstáculos para un debate serio y para la construcción de consensos mínimos en torno a la gobernabilidad en democracia. ¿Cuáles deberían ser los ejes del debate y los consensos? Veo tres ejes fundamentales. El primero se refiere al diseño político-institucional del régimen democrático. El segundo se refiere a la legalidad. Y el tercero a las definiciones estratégicas sobre las políticas públicas del Estado.

Si la estabilidad y la eficacia del régimen postrevolucionario tuvieron como soportes el extraordinario poder presidencial y la imbricada red de arreglos políticos y prácticas clientelares al margen de la ley que, en forma arbitraria, lo mismo premiaban que castigaban, resulta evidente que en las definiciones para la sustitución de esos dos viejos soportes reside la clave para construir la estabilidad y la eficacia democráticas. Se podrá decir, con razón, que la competencia electoral y sus efectos en la composición de los órganos de representación política han acotado y seguirán acotando el poder presidencial, hasta ceñirlo del todo a sus límites constitucionales; eso está muy bien, y sin duda es un efecto virtuoso de la vida democrática, pero no resuelve la condición de la eficacia en democracia. Se podrá decir también con buenos argumentos, que la pluralidad y la alternancia en el ejercicio del poder, al destruir el dominio exclusivo de un partido sobre el aparato estatal y someter al poder político al control y escrutinio públicos, están deshilando y acabarán por deshilar completamente la red de prebendas y complicidades que han hecho de la legalidad y la ilegalidad una cuestión de privilegios políticos o económicos; sin duda la pluralidad y la alternancia pueden acabar por desmontar los arreglos del viejo régimen, pero eso no resuelve la exigencia de fincar un Estado de Derecho efectivo, donde la aplicación de las leyes y el acceso a la justicia aseguren la eficacia del ordenamiento jurídico.

Respecto al diseño institucional para la democracia no hay demasiadas opciones. La clave está en la relación entre el sistema electoral, el sistema de partidos y la forma de gobierno. No es necesario abundar aquí acerca de los efectos de los sistemas electorales sobre los sistemas de partidos; sin dejar de considerar las prevenciones de Sartori sobre los alcances y los límites de las reglas en este sentido, podemos compartir que el efecto reductor de los sistemas de mayoría tiende a producir un sistema bipartidista y que la ausencia o la disminución de dicho efecto en los sistemas proporcionales permite la formación de un sistema multipartidista. Tampoco hace falta una extensa disertación para reconocer que el multipartidismo y el presidencialismo constituyen una combinación por lo menos problemática.

Por lo pronto, con un sistema presidencial sin modificaciones o ajustes en los procedimientos y mecanismos constitucionales para la relación entre el Ejecutivo y el Congreso, el país se dirige a una elecciones federales en las que participarán once partidos políticos, lo que hace más que probable una acentuada fragmentación del Congreso. El riesgo para la gobernabilidad es muy grande. Y aunque la discusión sobre el sistema electoral, el sistema de partidos y la forma de gobierno es muy compleja, lo único que no debe hacerse es seguir postergándola. Está claro que no habrá condiciones antes de las elecciones para acordar y realizar reformas de esa envergadura. pero por lo menos debería iniciarse un debate serio al respecto, sobre todo si se considera que no habría nada más absurdo que pasar de un presidencialismo ilimitado a un presidencialismo inválido.

Acerca de la eficacia del ordenamiento jurídico la discusión pasa por dos exigencias medulares. La primera se refiere a la relación entre los poderes y, en efecto, al control sobre la constitucionalidad y la legalidad de los actos de autoridad, tanto en el ámbito federal como en los ámbitos locales. Las reformas sobre la organización y las atribuciones del Poder Judicial Federal de diciembre de 1994 marcaron el inicio de un proceso de cambio decisivo para dotar de mayor eficacia a la Suprema Corte y a los jueces federales en su función de control, al ampliar su esfera de competencia para la defensa de la Constitución. Pero en el ámbito local el rezago es enorme. En este sentido, la segunda exigencia se refiere al acceso a la justicia, sobre todo en materia del orden común. Mientras no se realicen las reformas orgánicas y procesales necesarias, y se dote a las personas de escasos recursos de los instrumentos y apoyos que requieren para la representación efectiva de sus derechos e intereses frente a la jurisdicción, la procuración y la impartición de justicia en México seguirán no sólo reflejando sino también acentuando la desigualdad social. Sin esas bases, sin las garantías de legalidad propias del Estado de derecho, la construcción democrática no puede ser sino una construcción frágil. Esta es una exigencia impostergable.

Por último, no puede dejar de subrayarse la exigencia de avanzar en la negociación y los acuerdos que conduzcan a las definiciones estratégicas que la democracia mexicana requiere para alcanzar su estabilidad. Sin políticas públicas estratégicas que, legitimadas por los actores políticos, brinden certidumbre en un horizonte de largo plazo, la efectividad democrática para responder a las demandas de la sociedad seguirá siendo muy limitada. La agenda para el consenso en este sentido debería al menos comprender cinco temas: política fiscal, política social, política exterior, política ambiental y seguridad pública. La relación no pretende ser exhaustiva. Simplemente trata de sugerir los temas cuya definición estratégica resulta vital para la eficacia y la estabilidad democráticas.

En suma, la consolidación de la democracia en México plantea problemas y retos muy complejos. Pero, en esencia, se resumen en la exigencia de hacer lo necesario para contar con un entramado institucional que asegure su estabilidad. ¿Cuál es la ruta para hacer de la transición a la democracia y de su consolidación una secuencia completa? Esa es una cuestión que requere tanta imaginación como responsabilidad política. Hay que ponerse a trabajar. n

Alberto Begné. Consultor privado. Profesor del CIDE y del ITAM. Ganador del Certamen de ensayo político Carlos Pereyra en 1996.

1.Juan J. Linz: La quiebra de las democracias. Alianza Universidad, 1993.

Como Medir la Desigualdad

¿CÓMO MEDIR LA DESIGUALDAD?

POR GENARO AGUILAR GUTIÉRREZ

El futuro inmediato de la política social en México exige determinar, con precisión, quiénes son los grupos más vulnerables de la población, para reconocer las causas de la desigualdad y la pobreza.

En los números 256 a 258 de Nexos podemos encontrar una interesante polé­mica entre el expresidente Carlos Salinas y el escritor Jorge G. Castañeda sobre los rumbos del modelo económico, la evolu­ción de la pobreza en el sexenio pasado y la política social en dicho periodo.

En junio de 1999, (Nexos 258) el ex­presidente sugiere “…debatir de manera se­ria y ordenada (…) y no perder energías y talento en malabarismos estadísticos…”. En un país en que existen serias deficiencias en las encuestas de ingresos (por ejemplo, falta de representatividad regional y esta­tal o por género, grupos de edad, y sector de actividad); y el análisis estadístico so­bre la desigualdad y la pobreza es poco ri­guroso, ciertamente, se corre el riesgo de que personas no autorizadas utilicen cifras a diestra y siniestra. Una ensa­lada china es una ensalada chi­na. Pero si surgen investigacio­nes novedosas, que superen cier­tos problemas metodológicos, también es importante señalar la inconsistencia de los estudios anteriores y, en todo caso, mos­trar hasta dónde las debilidades en el diagnóstico pueden ser su­peradas.

No es del todo preciso afir­mar, a partir de los datos agrega­dos de las Encuestas Nacionales de Ingresos y Gastos de los Ho­gares del INEGI, que la desigual­dad o la pobreza siguió un deter­minado rumbo. Cuando se estu­dia desigualdad y pobreza se sabe que trabajar con datos individua­les de ingreso (esto es con las informaciones persona a perso­na) y con datos agregados, hace una gran diferencia. Las conse­cuencias, con fines de política social, de ana­lizar la pobreza a partir de una u otra base de datos pueden ser impresionantes. Estu­diar la evolución de la distribución a partir de datos agregados de ingreso puede ocul­tar un empeoramiento en la desigualdad y en la pobreza, simplemente, porque cual­quier medida de desigualdad calculada con datos agregados de ingreso tiende a subes­timar sistemáticamente la desigualdad y, en consecuencia, la pobreza (los índices de po­breza de Sen y de Foster Greer y Thorbecke requieren, para su cuantificación, de una estimación del grado de desigualdad en la distribución del ingreso entre los pobres). Este es un hecho comprobado estadística y matemáticamente. Empíricamente, el reto es determinar de qué magnitud es la subesti­mación de dicha desigualdad cuando no se dispone de datos individuales de ingreso. Nosotros hicimos las dos cosas: calcular la desigualdad partir de datos agregados (como todos los especialistas lo hacen en México) y con datos individuales (como no se había hecho, hasta ahora, por regiones y por esta­dos en México) y el estudio abarcó el perio­do 1984 a 1996.

Antes de presentar nuestros resultados, otra acotación. En México los estudiosos han estimado la desigualdad en la distribu­ción del ingreso entre los hogares. Dos ho­gares con el mismo ingreso total (por ejem­plo 5,000 pesos) son clasificados, por los analistas, como integrantes del mismo es­trato social. Dichos estudiosos se han olvi­dado que un hogar puede tener 10 integran­tes y otro 1 y que, por lo tanto, dichos hoga­res tienen ingresos per capita muy diferen­tes. Si consideramos que dentro de las fa­milias hay un intenso proceso de redistri­bución del ingreso, se verifica que el nivel de consumo (y bienestar) de una persona no es determinado por su ingreso personal, sino por el ingreso per capita de la familia a la cual pertenece. Debemos recordar que, de acuerdo con los ideales democráticos, cada persona tiene derecho, individualmente, al bienestar. Por estas razones, en nuestra te­sis de doctorado (por cierto, defendida a fi­nes del año pasado en la tierra del profesor Mangabeira Unger) estudiamos la distribu­ción del ingreso familiar per capita, con datos individuales de ingreso, para todo el país, para ocho regiones económicas y para todos los estados de México, considerando, aún. las variantes de zonas urbanas y rura­les dentro de las regiones y estados.

Medianamente corregidas algunas inconsistencias propias de una encuesta de baja calidad estadística, el primer resulta­do es que el número total de pobres en México pasó de 61.8 millones de personas en 1989 a 66.2 millones en 1994, un au­mento, en términos absolutos, de 7.1% en el total de pobres. Lo que disminuyó, entre 1989 y 1994. fue la proporción de pobres: en 1989 el 77.8% de la población era po­bre, en 1994 del total de la población mexi­cana el 73.3% era pobre, una reducción de 4.5%, en términos relativos. La insuficien­cia de ingreso (que mide el porcentaje de ingreso adicional que una persona requie­re para salir de la pobreza) pasó de 57.4 a 57.2, una reducción de 0.3%, esta diferen­cia no es significativa desde el punto de vista estadístico. Es decir, los pobres no se hicieron más pobres.

Con fines de política social, sin em­bargo, no son estas cifras agregadas, sino los cambios regionales observados lo más importante. En este periodo se presentó un cambio regional estructural en la pobreza, mientras que en la región centro de Méxi­co el número de pobres creció ligeramente al pasar de 19 a 20 millones de personas, en el Distrito Federal disminuyó en aproxi­madamente 15%, pero en el golfo de Méxi­co aumentó el número de pobres en 2 mi­llones de personas. ¿Qué pasó en la región golfo de México? ¿por qué ahí el número de pobres creció de manera tan expresiva? La reingeniería para el futuro inmediato de la política social en México exige respon­der a estas preguntas.

Por último, debemos reconocer, para hacer justicia a la verdad, que graves desequilibrios económicos que deterioran la distribución del ingreso y aumentan la po­breza fueron, efectivamente, frenados y combatidos directamente en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Más importante que su política social fue, sin duda, el abati­miento de la inflación. Este factor contribu­yó, más que ningún otro, a frenar el ritmo de crecimiento de la pobreza entre 1989 y 1994. De hecho, el aumento de la pobreza estuvo fuertemente impulsado, entre 1984 y 1989, por el ritmo de crecimiento de los precios, que deterioraba, incesantemente, el poder adquisitivo de la población y que gol­peaba más duramente a quien menos tenía. Esto es un hecho: combatir la inflación dis­minuiría, automáticamente, las presiones hacia el incremento en el número de pobres.

El futuro inmediato de la política so­cial en México exige determinar, con toda precisión, los grupos más vulnerables de la población y las causas de la desigualdad y de la pobreza. Las estimaciones agregadas sobre el número de pobres en México de poco sirven para instrumentar acciones es­pecíficas de combate a la pobreza extrema. Nuestro análisis, con los datos de la última encuesta de ingresos totalmente procesados por regiones y estados se encuentra a dispo­sición del lector interesado.        n

Genaro Aguilar Gutiérrez. Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Estadual de Campinas. Säo Paulo. Premio Jesús Silva-Herzog en investigación económica, 1998.

Nacionalistas vs neoliberales

Nacionalistas vs. neoliberales

Por José Ramón López-Portillo

Este artículo abarca treinta años de historia económica en México, la de la transición del nacionalismo al neoliberalismo. ¿Cómo ocurrió esta transición, en qué marco institucional, bajo qué circunstancias, y qué trajo consigo? Su propósito es el de subrayar las deficiencias de la estrategia neoliberal y la necesidad de un nuevo rumbo económico a partir de los reclamos irreversibles de la globalización.

En los años ochenta, profundas transformaciones políticas, ideológicas y económicas a nivel mundial, tales como la crisis global del capitalismo keynesiano y el fracaso de los sistemas comunistas, generaron corrientes internacionales hacia ideas y políticas neoliberales que se presentaron como aparente panacea política y económica universal. Estas corrientes han sido absorbidas e institucionalizadas globalmente, entre otras formas, a través de mecanismos de condicionalidad financiera. En México estos procesos y presiones se unieron a factores internos para inducir tanto el tránsito del nacionalismo económico al neoliberalismo como el debilitamiento del sistema político tradicional con la intención de establecer un régimen más democrático. Sin embargo, las características institucionales específicas de México condicionaron la manera en que se tradujeron y adaptaron dichas presiones y factores. La implantación de reformas y de políticas neoliberales requirió necesariamente de la autoridad central del régimen1 político tradicional. No obstante, tanto la globalización como la dinámica misma de las reformas minaron crecientemente la capacidad del régimen para reproducirse, hasta volverlo inefectivo para mantener el control social y la seguridad pública. Fuentes alternativas de poder y autoridad, surgidas de la globalización, han inhibido los mecanismos compensatorios y la capacidad del Estado mexicano para promover el desarrollo, la cohesión y la justicia social. Este proceso ha mostrado que, si bien el nacionalismo económico y sus variantes no pueden reimplantarse en México, tampoco es viable no corregir las insuficiencias neoliberales, entre otras cosas porque se entorpecería la consolidación hacia una democracia libre, transparente y equitativa.

En los años setenta la estrategia de desarrollo, basada en la sustitución de importaciones y volcada hacia adentro, manifestaba ya signos de agotamiento, con menores tasas de crecimiento económico, de la productividad y del empleo. Promover un crecimiento sostenido requería de reformas fiscales, financieras y comerciales importantes, que tanto el presidente Luis Echeverría como José López-Portillo pudieron posponer. El acceso al crédito externo masivo, el abultamiento del déficit fiscal y el descubrimiento y explotación del petróleo, facilitaron el aplazamiento de esas reformas necesarias pero políticamente riesgosas.

A pesar de ello, un amplio consenso prevaleció durante esos años entre sectores internacionales y nacionales, a favor de una industrialización basada en el endeudamiento externo y, luego, en los crecientes ingresos petroleros, pues producirían un rápido y sostenido crecimiento económico dirigido por el Estado. El clima intelectual de los años setenta auspiciaba soluciones nacionalistas que, además, prometían mayor autonomía del exterior, justicia social y democratización. Eso contrastaba positivamente con experimentos autoritarios represivos e inequitativos por parte de los Chicago Boys, lo que llevó a la distinción entre “progresistas” y “reaccionarios”. En este contexto, Echeverría buscó traducir las lecciones políticas de la grave crisis de legitimidad derivada del movimiento estudiantil de 1968 y de las pobres condiciones de vida de la mayoría de los mexicanos, en un nuevo modelo político y económico: “apertura democrática” y “desarrollo compartido”. Buscó incrementar el papel del Estado con el propósito de alentar el crecimiento económico, modernizar la economía y generar activamente el empleo y propiciar procesos de redistribución del ingreso mediante programas sociales. Este es un ejemplo de un viraje de política derivado de una crisis: la del desarrollo estabilizador y la de un sistema político autoritario y rígido denunciado en 1968. Sin embargo, este viraje generó rápidamente contradicciones internas que enajenaron al sector privado; tensaron las relaciones con Estados Unidos; no evitaron la violencia de parte del Estado, ni el terrorismo y la guerrilla; e impidieron corregir las desigualdades sociales de manera sostenible.

El problema del financiamiento del desarrollo llevó a dos intentos frustrados de reforma fiscal en 1970 y 1972, debido principalmente a la resistencia de los grupos empresariales más poderosos. Esta política enfrentó a Echeverría con el sector privado. Por principio, las autoridades financieras apoyaban estas reformas, aunque no el ánimo y objetivos de un gasto público creciente, que defendía un grupo de tecnócratas neo-keynesia- nos recientemente reclutados por el gobierno como parte de la distensión política. El aplazamiento de las reformas fiscales llevó a la necesidad de financiar la estrategia con un déficit fiscal y deuda externa e interna crecientes. Ello, en parte, fue posible porque los préstamos internacionales eran accesibles de manera creciente (auspiciados por los euro y los petrodólares en mayor circulación). Contrariamente a su propia filosofía y estrategia, la estructura fiscal prevaleciente y el bajo nivel de gravamen desanimaron la redistribución del ingreso y transfirieron ineficientemente recursos al sector privado. Las controvertidas políticas y la frustración de Echeverría llevaron a la efervescencia política: una agresiva retórica  anti-empresarial por parte del gobierno y una agria reacción del sector privado.

Las resultantes fricciones dentro del gabinete, entre los que apoyaban el expansionismo fiscal y los que defendían la restricción monetaria, produjeron un proceso de freno-arranque que perduró hasta 1977. En el contexto de esta disputa Echeverría declaró que la política económica se decidía en Los Pinos, involucrando a la presidencia directa y personalmente en el manejo de las instituciones y políticas económicas clave. Esta decisión politizó de inmediato la formulación y conducción de la política económica y la incluyó como componente principal en las luchas por la sucesión presidencial, fenómeno que se confirmó con la selección de López-Portillo —entonces secretario de Hacienda— como candidato presidencial. De allí en adelante el manejo de la política económica y el compromiso con un modelo económico u otro, se establecieron en el centro de las luchas sucesorias y de la selección del candidato presidencial, como lo prueban las designaciones de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. Esta situación se comienza a superar hasta 1999. cuando los pre-candidatos del PR1 y de los partidos de oposición —con más experiencia política que económica— reflejan la preocupación creciente por la estabilidad política y social del país, y por fórmulas que corrijan las deficiencias graves del neoliberalismo.

El punto muerto entre las dos facciones que evolucionaron de aquellas disputas de los años setenta fue heredado por el gobierno de López-Portillo, quien incluso lo formalizó en su reforma administrativa, que redistribuyó los poderes discrecionales de la SHCP (Secretaría de Hacienda y Crédito Público) y creó un gabinete económico que representó ambas corrientes de política. López-Portillo buscó resolver la disputa institucionalizando la planeación, para ligarla a las necesidades y condiciones del país, y no a las luchas ideológicas. No obstante, estas disputas persistieron hasta que en 1982 los nacionalistas fueron desplazados del gobierno.

La marea de incertidumbre política, polarización de la sociedad y pánico financiero de 1976, llevó a López-Portillo a adoptar, en sus primeros años, una actitud más conciliadora con el sector privado y con Estados Unidos, y a seguir el programa de estabilización negociado con el FMI (Fondo Monetario Internacional) y el gobierno de Estados Unidos. En 1977, el logro de cierta estabilidad y los promisorios ingresos petroleros restablecieron la confianza. Esto y la errática actitud del FMI llevaron al abandono del programa de estabilización, bajo el optimismo general de los nacionalistas y de los liberales. La disputa se centró entonces en sintonizar el sistema de economía mixta —que favorecía a la empresa nacional y al mercado interno, y restringía los intereses económicos externos—. Los nacionalistas buscaron restablecer, bajo los auspicios del Estado, las condiciones de un rápido crecimiento económico y la generación de empleos, que consideraban un elemento indispensable para mantener la gobernabilidad del país y una redistribución perdurable del ingreso. Muchos creyeron que los experimentos estatistas eran razonables y viables bajo las favorables condiciones internacionales, y que un sector público más poderoso implicaba un Estado más fuerte y una garantía de desarrollo económico más justo. La estrategia seguida fue respaldada por amplios programas sociales y por la reforma política de 1977, que formalizó una apertura sustancial en la estructura autoritaria y en el sistema electoral, en contraste con experimentos de liberalización económica de la época en otros países, que estaban acompañados de esquemas autoritarios. Por lo menos, en esta medida, puede argumentarse que un mayor nacionalismo económico podía ir acompañado de liberalización política, lo que pone en perspectiva el supuesto binomio liberalización económica y política, que el neoliberalismo aduce.

La cantidad de divisas disponibles en un típico auge exportador basado en materias primas dio la impresión de poder “administrar la abundancia” y manejar cada vez más productivamente la deuda externa. El segundo choque petrolero de 1979 fue interpretado como una característica de largo plazo de la economía internacional, mientras que las crecientes tasas de interés lo fueron como un fenómeno pasajero. Aunque la variante keynesiana del capitalismo estaba en crisis en el ámbito mundial, las circunstancias económicas internacionales eran propicias para nuevos experimentos nacionalistas en aquellos países con acceso abundante a divisas y crédito externo. Todo esto fortaleció la postura de los nacionalistas, quienes se vieron cada vez menos interesados en la reforma fiscal, en controles externos de divisas y en impedir el relajamiento de los controles a las importaciones.

El vigor del nacionalismo económico se reflejó también en el debate acalorado dentro y fuera del gabinete en torno a la entrada al GATT (Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio) que comprometía al país a seguir políticas no-nacionalistas. El GATT parecía la forma más fácil de superar problemas bilaterales crónicos con los Estados Unidos. López-Portillo había ya participado en reuniones del GATT desde 1974 a instancias de Miguel de la Madrid y Héctor Hernández, e incluso desde 1978 había tenido varias reuniones con Henry Kissinger y David Rockefeller, entre otros, con miras al establecimiento de un tratado de libre comercio de América del Norte. La neutralidad de López-Portillo en torno a este asunto se rompió cuando se convenció de que la entrada al GATT no era condición indispensable para superar la dinámica negativa del proteccionismo y para asegurar una relación más equitativa con Estados Unidos. Las consultas nacionales evidenciaron los graves problemas políticos y sociales colaterales de tal decisión. Una opción menos ambiciosa y políticamente más manejable fue la de consolidar una relación más sana con Estados Unidos a partir de “acuerdos bilaterales de buena fe”. (Sin embargo, López-Portillo sabía que, a la larga, era inevitable la entrada al GATT. Tan es así que el hecho de que De la Madrid favoreciera la entrada al GATT no fue obstáculo para su designación como candidato presidencial.) Contrariamente al cálculo de López-Portillo, el aplazamiento de la entrada al GATT generó por parte de Estados Unidos un clima creciente de restricciones a importaciones mexicanas, y condiciones de acceso a mercados de capital más vinculadas a crecientes exportaciones petroleras, menos favorables para México. La eventual entrada al GATT y el consecuente cambio de rumbo en la política económica fueron resultado de la profunda crisis de los ochenta y ejemplo de una estrategia favorecida por el grupo que llegó al poder, pero que tuvo que esperar hasta 1985 para alcanzarla, cuando las condiciones nacionales e internacionales fueron propicias.

La convicción de que México debía consolidar su autonomía y diversificar sus relaciones internacionales fue otra expresión del nacionalismo de los años setenta y principio de los ochenta, y provocó el acoso de los Estados Unidos y de la derecha mexicana. En esa misma época se desplegó una política exterior más agresiva que la de años anteriores en foros internacionales, en la defensa de causas tercermundistas, en el Diálogo Norte-Sur y una injerencia mayor en la política de la región centroamericana y caribeña. Esto rápidamente entró en conflicto con los intereses norteamericanos dentro de las disputas Este-Oeste. A principios de los ochenta, el gobierno de México incluso creyó que Estados Unidos atentaba contra la estabilidad económica y política del país, con miras a debilitar su posición internacional y desprestigiar a los nacionalistas. Así, las relaciones entre los dos países se tensaron en un contexto de menor autonomía económica para México, pues, irónicamente, el auge petrolero había intensificado la integración económica con Estados Unidos a partir de una mayor dependencia comercial, tecnológica y financiera, que se extremó a partir de la crisis de la deuda.

Hasta 1981 la gran mayoría de los modelos de predicción económica, públicos, privados, nacionales y extranjeros sostenían que México continuaría con un crecimiento económico y de empleos elevado y con tasas de inflación y de déficit en cuenta corriente manejables. Estas perspectivas se agregaban a logros ya significativos en estas esferas, que reaseguraban al gobierno sobre la viabilidad de sus políticas. Incluso la tesis doctoral de Ernesto Zedillo argumentaba que en esas circunstancias México se encontraba sub-endeudado. El panorama cambió; con tasas de crecimiento económico en promedio sólo ligeramente positivas entre 1982 y 1988, la relación deuda externa a exportaciones totales pusieron al país peligrosamente por encima de los parámetros de “endeudamiento severo”. Con el Plan Brady de 1989 esta relación disminuyó y México pasó de estar “moderadamente endeudado” a principios de los noventa a “menos endeudado” hacia 1997. En efecto, hasta mediados de 1981 la rápida acumulación de deuda externa no causaba alarma, porque el Producto Interno Bruto y las exportaciones totales crecían aun más rápido, reduciendo la relación deuda-exportación y deuda-PIB. Muy pocos previeron que las tasas de interés subirían y se mantendrían muy altas por un periodo largo, más arriba que la tasa de crecimiento de las exportaciones. Tarde o temprano se secaría el acceso a nuevo crédito externo y las deudas tendrían que pagarse generando superávit comercial. El proceso que llevó a revertir el flujo de recursos financieros fue el resultado de una serie de errores y excesos entendibles de parte de ambos, acreedores y deudores. En particular, en 1981 los acreedores internacionales que estaban dispuestos a prestar en abundancia fallaron en entender y reaccionar oportunamente a las contradictorias políticas fiscal y monetarias de Volcker y la administración de Reagan,2 por una parte, y de López-Portillo por la otra.

En octubre de 1980 un grupo representativo de banqueros se entrevistó con López-Portillo para manifestarle su preocupación por la incipiente sobrevaluación del peso y por las políticas expansionistas que podrían empeorar la situación. En las reuniones de gabinete siguientes la SHCP y Banxico (Banco de México) defendieron la importancia de una libre movilidad del tipo de cambio, conscientes de que llevaría a una probable devaluación, pero seguros de que evitaría desequilibrios futuros en la balanza de pagos. Por otra parte, la SPP (Secretaría de Programación y Presupuesto), la STPS (Secretaría del Trabajo y Previsión Social) y otros asesores sugirieron alternativamente acelerar la tasa diaria de depreciación del peso. Finalmente, SEPAFIN (Secretaría de Patrimonio y Fomento Industrial) y otros asesores argumentaron contra estas opciones. Según ellos, elevarían el costo de importaciones esenciales, impondrían mayor presión sobre la inflación y no mejorarían la balanza de pagos (en vista de que las exportaciones eran mayoritariamente petroleras y de que las exportaciones no-petroleras no se verían promovidas en virtud de su alta demanda interna). Se argumentó también que los ingresos petroleros y el acceso al crédito mantendrían las reservas internacionales a un nivel suficiente para enfrentar especulaciones repentinas. Por ello, López-Portillo se convenció de que la devaluación podría desatar una reacción en cadena que acabaría con el crecimiento y la generación de empleos. A posteriori, se puede explicar por qué, al no alterarse el curso seguido, se acumularon desequilibrios que finalmente resultaron inmanejables. Cuando los precios del petróleo cayeron a mediados de 1981, muchos supieron que habían sobrestimado la viabilidad del rápido crecimiento mexicano en condiciones internacionales propicias. Aun así, acciones correctivas oportunas fueron suprimidas debido a interpretaciones y recomendaciones contradictorias dentro del gabinete económico, en parte en virtud de las luchas internas por la sucesión presidencial. Este y otros factores llevaron a la necesidad y, luego, al fracaso del primer programa de ajuste de 1981, tras la caída de los precios del petróleo, y obedecieron a un manejo disparatado y en parte manipulado de las cifras macroeconómicas por parte del gabinete, y a una resistencia por parte de dependencias y empresas públicas a controlar sus gastos e inversiones. Esto impidió recortes oportunos al gasto público y a las importaciones, medidas que entonces hubieran hecho manejables los desequilibrios, lo que extremó los problemas de balanza de pagos, la necesidad de recurrir masivamente al endeudamiento de corto plazo en la segunda mitad de 1981 y el aumento del déficit público muy por encima del autorizado. En su desconcierto, los nacionalistas ejercieron presión contra soluciones ortodoxas y de apertura comercial, mientras que las autoridades monetarias introdujeron medidas restrictivas. La indecisión del gobierno llevó a la economía al peor de ambos mundos: expansión fiscal, sobrevaluación de la moneda, restricción monetaria, apertura comercial y libre movilidad del capital. Para 1982 era demasiado tarde para prevenir la creciente fuga de capitales y lidiar con la cerrazón del crédito externo, lo que llevó a un pánico financiero global y a la crisis de la deuda. julio de 1982. una vez que De la Madrid había sido electo, pero antes de tomar el poder, el sistema político mexicano se encontraba en su punto más vulnerable ante presiones externas. La confrontación con los banqueros llevó a una lucha por el predominio ideológico y económico, en parte, debido a su creciente anti-estatismo y prácticas especulativas. Se rompió el tradicional acuerdo entre el Estado y el sector privado de dirimir sus controversias en negociaciones privadas, y en un intento de recuperar el control político y económico el gobierno nacionalizó la banca. El gobierno buscó evitar así que el país se volviera ingobernable, sumido como estaba en un pánico financiero, con una especulación incontrolable y en riesgo de un rápido deterioro de la estabilidad social y política. Fue el último recurso de los nacionalistas para combatir prácticas especulativas estructurales, concentración masiva del poder económico en las manos de conglomerados financiero-industriales y la ineficiencia del sistema de sobreprotección de agentes rentistas privados. Además, fue la reacción gubernamental ante la embestida de parte del gobierno norteamericano, que intentaba darle un sesgo político e ideológico a la crisis financiera en México.3

Sin embargo, la nacionalización representó un cambio no planeado ni previsto en la política económica derivado de una crisis. Para López-Portillo la nacionalización significaba evitar el colapso del sistema político y bancario, atemperar los procesos especulativos incontrolables que, en su opinión, estaban desangrando al país, y asegurar la gobernabilidad futura de México. A posteriori se evidenció que era un viraje insostenible, pues consistió en medidas tomadas en circunstancias políticamente contradictorias y en un contexto internacional donde las nacionalizaciones estaban ya desprestigiadas como fórmulas de rescate económico o financiero. De la Madrid no apoyó la medida y tampoco intentó llevar a cabo sus propósitos, y la comunidad financiera internacional la rechazó al menos en términos ideológicos. A pesar de manifestaciones iniciales de apoyo popular y de medios de comunicación, incluso internacionales, pronto se persuadió a la opinión pública de que la nacionalización había sido producto de decisiones autoritarias para encubrir la mala administración económica. Esto reforzó la creencia, entre empresarios privados y clases medias afectadas, de que el sistema dominado por el PRI no era confiable y que continuaría tomando decisiones arbitrarias y demagógicas, a menos que fuera detenido y domesticado por la sociedad civil e intereses privados.

El proceso de toma de decisiones podría haber continuado oscilando entre tendencias nacionalistas y liberales, si no hubiera sido por el golpe al sistema, precipitado por la caída económica internacional de 1981-82 y la crisis de la deuda y de fin de sexenio que la acompañó. Estas eran las peores condiciones para argumentar en favor de una política económica nacionalista alternativa. Los acreedores internacionales, previamente descoordinados y relativamente ignorantes de su exposición financiera conjunta en países en desarrollo, rápidamente formaron un frente unificado. A partir de él, lidiaron con los países deudores, caso por caso, para dividirlos y evitar así soluciones generalizadas. El FMI y el Banco Mundial fueron investidos con la confianza y la autoridad para manejar la crisis de la deuda, y adquirieron nuevos mecanismos de presión para que naciones deudoras honraran los plazos de sus deudas e implantaran los ajustes económicos necesarios.

La exageración de las metas estatistas a principios de los ochenta probó ser desastrosa en un contexto internacional y empresarial que no contenía más las condiciones propicias para un rápido crecimiento en México. Esto contribuyó no sólo al debilitamiento del papel del Estado y del presidencialismo, sino a la exclusión de los nacionalistas del gobierno. La fuerte impresión de éxito económico bajo el modelo nacionalista en los tardíos setenta, se colapso totalmente, y dio a los liberales, y luego a los neoliberales, la oportunidad de tomar el poder, rompiéndose así el empate que prevaleció durante los años setenta. La dura crítica que marcó el final del sexenio lopez-portillista eclipsó la respuesta nacionalista contra los remedios ortodoxos y desacreditó sus propuestas. México se convirtió en escaparate contra el estatismo y el populismo. La opinión pública en general, el empresariado y las clases medias en particular, jugaron un papel preponderante en la consolidación de una base política para la reforma económica y la reestructuración del papel económico del Estado, bajo el convencimiento de que la inversión privada era en principio más eficiente que la pública. Las acciones de revancha de parte de aquellos que habían sido denunciados por el gobierno de López-Portillo hicieron prácticamente imposible evaluar con objetividad qué había pasado, y la complejidad de la situación. Aun los análisis académicos estuvieron cargados con consideraciones ideológicas y ataques personales. El rápido deterioro de las circunstancias económicas internacionales generó la fuerte impresión de que sería prácticamente imposible que México abordara la crisis de balanza de pagos y de liquidez mediante controles de cambio y de importaciones, y mayor intervención del Estado. Como resultado, De la Madrid pudo seleccionar su gabinete a partir de un sector reducido del espectro ideológico y político, principalmente entrenado en el sector financiero, e incluir a tecnócratas conservadores graduados de universidades privadas y extranjeras. El apoyo en la teoría económica neoclásica y en políticas ortodoxas ayudó a mantener un mayor grado de disciplina y rigor que en el pasado, a pesar de que también hubo episodios de graves disputas internas, engaños y manipulación de información, bajo la misma lógica del sistema político-burocrático.

El gobierno parecía estar convencido de que la única forma para superar la crisis y pagar la deuda era a partir de medidas drásticas de estabilización y ciertas reformas económicas, en tanto que contribuyeran a esa estabilización. Este es el caso de la retoma del proceso de apertura comercial, que se utilizó en combinación con una fuerte subvaluación de la moneda para atemperar las presiones inflacionarias. El objetivo principal de la política económica alternó erráticamente varias veces durante el sexenio de De la Madrid y dentro de la limitación del pago de la deuda, entre controlar la inflación y promover algún grado de crecimiento económico. Durante todo el tiempo, el gobierno mantuvo la efímera expectativa, auspiciada por el FMI y el Banco Mundial, de que sus acciones disciplinadas para pagar la deuda, reducir el déficit fiscal y abrir la economía atraerían, gradualmente, recursos financieros frescos y generarían las condiciones para renegociar positivamente la deuda y restablecer el crecimiento. Ante la incertidumbre, la mayoría de las organizaciones privadas expresaron su preocupación por el deterioro de la situación económica y demandaron una privatización y racionalización más rápida del sector público, menores controles sobre precios y mayor dependencia de las fuerzas del mercado. La fragilidad económica y política y la fuerte presión externa condujeron a un proceso de aprendizaje penoso y por partes, en el cual la apertura económica real fue forzada de manera abrupta por una serie de crisis, más que adoptada por diseño.

México quedó con pocas opciones. Entró al GATT —a pesar de la reiterada oposición de trabajadores, grupos de productores privados e intelectuales— como prerrequisito para reabrir el acceso a recursos financieros internacionales y establecer una relación comercial más estable con Estados Unidos y otros socios comerciales, quienes no habían ofrecido nada a cambio de la apertura comercial unilateral de México. Si bien De la Madrid estaba ya convencido de la necesidad de entrar al GATT, pensaba que a la estabilización debía preceder un esfuerzo serio de reforma económica y liberalización comercial. En 1986, el gobierno tenía poco que perder si entraba al GATT. en virtud del grado de apertura alcanzado, en buena parte, como efecto colateral de la necesidad de estabilizar los precios. Esta vez la presión ejercida por los Estados Unidos y la condicionalidad externa hacían difícil rechazar al GATT. De manera similar, los gestos iniciales de privatización de las empresas públicas estuvieron motivados por la presión externa, pero también por la necesidad de restaurar una relación armoniosa con el sector privado, y reducir el gasto y aumentar el ingreso público. Pero fue hasta el gobierno de Carlos Salinas que se dieron pasos sustanciales en este sentido.

El costo principal de la abrupta apertura comercial y la liberalización financiera recayó principalmente sobre la masa de la población: hubo una pérdida de más del 409c en los salarios reales. A pesar de protestas y críticas, los trabajadores fueron forzados a escoger entre perder sus empleos o bajar el nivel de sus ingresos. A la vez, perdieron el respaldo del gobierno para movimientos que obstruyeran el proceso de estabilización económica. De hecho, el número de huelgas no aumentó y las organizaciones de trabajadores perdieron su fuerza política dentro y fuera del PRI. Esto dejó a los nacionalistas con una base social y política erosionada a partir de la cual lanzar sus ataques y promover sus políticas. Muchos fueron “reciclados” dentro del gobierno y otros fueron forzados a unirse a la oposición. El embudo político se estrechó.

Tan importante como los eventos de 1982 para inducir el cambio. la crisis de 1986 llevó a una segunda fase de reformas económicas mucho más ambiciosas. La situación económica rápidamente se deterioró en 1985-86. Varios factores contribuyeron a ello: la deficiente implantación de los ajustes de 1983-84 bajo el PIRE (Programa Inmediato de Recuperación Económica), el clima internacional hostil, la persistente crisis de la deuda, los costosos terremotos de septiembre de 1985 y el colapso de los precios del petróleo de 1986. La profundidad de la crisis golpeó a la opinión pública y convenció a muchos y, sobre todo al gobierno, de que algo más radical debía intentarse. Tras casi cuatro años de medidas ortodoxas de estabilización, el gobierno enfrentó críticas severas que subrayaban que sus políticas no sólo habían sido deficientes, sino que sólo prometían sumir al país en un agujero más profundo. Un virtual consenso nacional surgió en torno a que mayor austeridad, con el mero propósito de pagar la deuda a cualquier costo, era inadmisible (“no más de lo mismo”) y que “la condición para pagar era crecer”. Una presidencia cada vez más agobiada necesitaba un plan para señalar su determinación de asegurar cierto grado de crecimiento económico, alivio social y relajamiento de las restricciones externas. Sobre esta base y en vista de la errática historia del proceso de decisiones económicas en México, muchos esperaban una reversión de la marcha en 1986, que rompiera con la estrategia de estabilización y apertura económica. De hecho, las autoridades coquetearon brevemente con la idea de un cartel de deudores, pero tras cierta indefinición, en vez de relajar el ímpetu de las reformas quedó claro que, esta vez, se intensificarían. La decisión de profundizar en las reformas neoliberales fue facilitada por el relativo aislamiento de la élite política a presiones sociales, la condicionalidad externa y la dimensión de la crisis.

Aunque la crisis de 1982 fue un golpe profundo contra el nacionalismo económico, la crisis de 1986 fue la determinante del viraje de México hacia el neoliberalismo. Las presiones de Washington se intensificaron. A pesar de protestas internas generalizadas, el gobierno no se desvió de su convicción de aplicar restricciones fiscales y monetarias adicionales y profundizar sus reformas económicas. Sin embargo, el fracaso de las pasadas políticas de estabilización tenía que pagarse de alguna forma. Esto llevó a severos conflictos y manejos de información y análisis contrapuestos dentro del gabinete, en especial entre posiciones ortodoxas y neoliberales. Complicados por el proceso de la sucesión presidencial, estos conflictos adquirieron una dimensión política importante, que finalmente llevó a la renuncia de Silva-Herzog a mediados de 1986. De nueva cuenta se rompió aquí un nuevo empate entre la SHCP, la SECOFI (Secretaría de Comercio y Fomento Industrial), la SEMIP (Secretaría de Energía. Minas e Industria Paraestatal) y las otras agrupaciones clave, principalmente la SPP y Banxico. que abogaban por una liberalización y privatización más radical y rápida. El cambio en las políticas de estabilización del FMI y el Banco Mundial hacia “paquetes de liberalización” y el consentimiento de poderosos grupos privados nacionales, alentaron al gobierno a acelerar sus reformas. Mientras tanto, el fracaso global de lidiar con la crisis de la deuda mediante recetas de mayor austeridad y la creciente impaciencia de los deudores latinoamericanos rompieron el atolladero con las autoridades financieras internacionales. El Plan Baker prometió conceder la renegociación de la deuda y recursos financieros frescos a cambio de la liberalización económica. Un FMI y un Banco Mundial reforzados jugaron un papel clave en la imposición de condiciones sobre acuerdos financieros para tales propósitos. Sin embargo, el FMI y el Banco Mundial tuvieron que responder a las características específicas de cada país, con la finalidad de que sus estrategias funcionaran. Este fue precisamente el caso de México en 1986 cuando, tras el fracaso de los intentos de estabilización pasados, México logró persuadir al FMI de basar sus evaluaciones y metas de ajuste fiscal sobre el déficit fiscal primario —y no sobre el financiero— que reflejaba mejor los esfuerzos fiscales realizados.

En parte, como reacción a esta nueva condicionalidad, la apertura económica se aceleró. México era un caso probeta y tenía el imperativo de controlar la inflación, prevenir abusos en los precios en sectores económicos sobre- protegidos e inducir una mayor eficiencia económica. La condicionalidad impuesta por la comunidad financiera internacional fue, sin duda, el factor más poderoso para impulsar el rápido cambio hacia políticas neoliberales desde mediados de los años ochenta. No obstante. México no siguió ciegamente los dictados de las autoridades financieras internacionales, ni tampoco aplicó las ideas de Friedman, Hayek, Reagan o Thatcher en sentido estricto. Las reformas resultantes tuvieron que adaptarse a factores institucionales e históricos, y no sólo fueron la respuesta a un voluntarismo o al dogmatismo externo o interno.

A pesar de la fe del gobierno en su nueva estrategia, inscrita en el PAC (Programa de Acción y Crecimiento) y en el auge de la bolsa promovido por el gobierno, el intento excesivamente ambicioso de abordar demasiados objetivos al mismo tiempo llevó a un fracaso macroeconómico y a una aguda devaluación a finales de 1987, justo al inicio de las campañas políticas presidenciales. Los nacionalistas, en la oposición, lanzaron un nuevo desafío al gobierno, mientras éste trataba de ofrecer algún alivio a trabajadores y campesinos, y retener desesperadamente la confianza de los inversionistas privados. En materia de semanas, el gobierno se vio forzado a recurrir a acuerdos tripartitas tradicionales —trabajadores-campesinos, empresarios y sector público— con la finalidad de implantar una nueva ronda de ajustes económicos que, de nuevo, recayeron principalmente sobre trabajadores y campesinos. El resultante Programa de Solidaridad Económica. anteriormente no previsto, es un ejemplo conspicuo de cómo el control político central y la herencia institucional prevalecieron al mediar las presiones para el cambio, condicionadas por la sobrevivencia política y la necesidad de reproducir la estructura de poder del Estado. De hecho, se tuvo que recurrir continuamente a medidas de control estatal de precios y factores clave, tales como el tipo de cambio, los precios de productos y servicios ofrecidos por el Estado y el salario de los trabajadores, para auspiciar las condiciones de estabilidad económica y social que permitieran profundizar las reformas económicas neoliberales, con miras a que estas reformas contribuyeran a su vez a la estabilidad económica futura.

Le tomó a Estados Unidos hasta 1988 darse cuenta de la importancia de una relación más integral y viable con México. La actitud y políticas de Estados Unidos cambiaron de modo significativo durante los años ochenta; primero con el susto de 1982 y el intento de destruir el estatismo y el populismo; luego con la crisis de 1986, cuando extremaron sus presiones para que México adoptara el neoliberalismo y un sistema más democrático, de preferencia basado en un bipartidismo de derecha. Finalmente, en 1988 un nuevo susto surgió del inesperado éxito electoral de Cuauhtémoc Cárdenas y, por tanto, de lo que percibían como nuevas versiones de estatismo y socialismo. Todo esto persuadió a Estados Unidos a ofrecer una relación económica más estable y viable a través del Plan Brady y luego del TLC. Por otra parte, el hecho de que cada vez más mexicanos fueran receptivos a los reclamos e ideales norteamericanos contribuyó a auspiciar la implantación de más políticas similares a la de los Estados Unidos. Pero el mecanismo más efectivo fue el sistema de control central de México y el ascenso al poder de un grupo de reformadores completamente comprometido con las reformas. Esto ofreció a los Estados Unidos un punto focal confiable sobre el cual ejercer presión, llevar a cabo negociaciones y tomar decisiones en un contexto de estabilidad política. El apoyo norteamericano ayudó así a reforzar la reproducción del sistema.

Con la selección de Carlos Salinas como candidato presidencial en 1987, un nuevo grupo dominante de tecnócratas neoliberales se hizo cargo de la toma de decisiones económicas. Atacó las estrategias proteccionistas, el populismo, el estatismo, así como algunos preceptos del monetarismo ortodoxo, especialmente en su forma de lidiar con la inflación inercial. Pero, a pesar de que el neoliberalismo rechaza en teoría el intervencionismo estatal, se tuvo que echar mano del viejo sistema centralizado para filtrar las ideas y prácticas neoliberales con miras a implantarlas. Esto contrasta con la pretensión de que el neoliberalismo y la naturaleza radical de sus reformas están ligados inexorablemente a la liberalización política. Salinas lo planteó en términos de que no se puede tener una economía abierta y un sistema político cerrado. La explicación más recurrida era que al desmantelar los controles económicos del Estado (subsidios, tarifas, regulaciones, cuotas, etc.) se eliminarían los medios de manipulación social y los intereses mismos del régimen político por mantener su hegemonía económica. Sin embargo, la coherencia de acciones que llevaron al establecimiento de un proyecto neoliberal a la mexicana, ha exigido echar mano tanto de las viejas prácticas y mecanismos del autoritarismo, como de nuevos procedimientos que reproducen el paternalismo estatal y el neo-populismo. El conflicto entre el esquema neoliberal y las formas de pensamiento y prácticas del México postrevolucionario. llevaron a la necesidad de improvisar la formulación y ejecución de las reformas.

En el proceso de aprendizaje y adaptación de políticas orientadas hacia el mercado, y a diferencia de otros países. México mantuvo un control central de la toma de decisiones y un sentido general de dirección de su política. Aunque el colapso de las estrategias nacionalistas de los setenta puso una gran presión sobre la centralización de la toma de decisiones, el gobierno continuó recurriendo a la autoridad del tradicional sistema político con miras a implantar reformas neoliberales. Más aún. el grupo burocrático-político comprometido con la liberalización de la economía monopolizó los medios de la movilidad burocrática y la intermediación política en los años ochenta, con la finalidad de permanecer en el poder y desplazar a otras corrientes políticas. No es de sorprender, por tanto, que el proceso de democratización continuara siendo convenientemente manipulado, mientras que a casi dos décadas de distancia la culpa por las dificultades estructurales que enfrenta el país se le siguen imputando a los nacionalistas y a sus políticas.

Estas y otras características políticas e institucionales distinguen a México de otros ejemplos de transformaciones neoliberales. Varios países entraron a un precipitado proceso de democratización que inhibió las oportunidades de cooperación y el establecimiento de una coalición mayoritaria en favor del cambio. Otros mantuvieron un control autoritario para implantar dichas transformaciones. Las experiencias divergentes de Brasil, Rusia y China y del sudeste asiático sirven para ilustrar el punto.

La centralización del poder de decisión habilitó al gobierno para filtrar y seleccionar aquellos elementos ideológicos, institucionales y de política que creía eran pertinentes para México y para la sobrevivencia del régimen. Esto previno la aplicación de un neoliberalismo ortodoxo y sus reclamos de un Estado minimalista y de una total dependencia de las fuerzas del mercado. (De manera similar, en los años setenta la manera peculiar en que México medió las presiones ideológicas y políticas, internas y externas para el cambio, filtró las ideas y políticas neo-marxistas, de la teoría de la dependencia y neo-keynesianas, y las adaptó a las necesidades de sobrevivencia y reproducción del Estado mexicano.) En forma piramidal —de arriba a abajo— el gobierno siguió tratando de racionalizar sacrificios y acciones pasadas, desde mediados de los ochenta, buscando articularlos dentro de una nueva filosofía económica para México. Desde entonces ha seguido prometiendo cumplir, de manera más exitosa que el llamado “nacionalismo revolucionario”, con los objetivos de un crecimiento económico sostenido, diversificado y estable; mayor competitividad internacional y estabilidad de la balanza de pagos; y mayor equidad social a partir de una suficiente generación de empleos, mayor productividad de la mano de obra y programas sociales auspiciados por el Estado.

De hecho, el gobierno de Carlos Salinas pudo llevar a cabo un conjunto de reformas —algunas necesarias desde los años setenta—, en parte, gracias a que las articuló como legítimas dentro de ese espíritu y las ligó a soluciones no-neoliberales, adaptadas con la finalidad de hacer que las políticas orientadas hacia el mercado funcionaran en México. Su “liberalismo social” y los elementos “neo-populistas” (como lo propone Dennise Dresser), como el PRONASOL (Programa Nacional de Solidaridad), potenciaron el presidencialismo y la capacidad de instrumentación de las reformas en el contexto mexicano. El gobierno buscó activamente separar la estrategia económica seguida en México de la terminología e implicaciones del neoliberalismo promovido por el “Consenso de Washington”. Para ello contó con el apoyo externo a partir del Plan Brady y luego con las negociaciones para el TLC (Tratado de Libre Comercio) y la entrada a la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). Las creencias, valores, explicaciones y expectativas neoliberales se reprodujeron y empotraron en importantes segmentos de la sociedad y en su conducta, lo que facilitó la consolidación de las reformas. Los logros se manifestaron pronto en un auge de los mercados financieros, de la actividad comercial y exportadora, de un crecimiento económico moderado y, sobre todo, a partir del dominio de la inflación.

Un aspecto que facilitó la implantación del neoliberalismo fue el avance en las reformas electorales que. tras la muerte de Luis Donaldo Colosio, permitieron eventualmente garantizar una victoria a Ernesto Zedillo en 1994.

La mayor fiscalización y el creciente escrutinio de las decisiones presidenciales y las acciones gubernamentales por parte de la prensa nacional y extranjera, y la admisión de observadores internacionales —sobre todo a partir y en virtud del TLC y la entrada a la OCDE— han limitado sucesivamente ciertos excesos del autoritarismo y del presidencialismo. No obstante, persistió también un conjunto de factores que contribuyeron a las victorias electorales del PRI. tales como el endoso de buena parte de los medios de comunicación, recursos partidistas mayores, campañas sobre el “voto miedo”, maniobras para reducir la inflación a un mínimo insostenible, y la persistencia de la opinión de que “más vale malo por conocido que bueno por conocer”. La resistencia a la democratización ha sido en parte producto del pragmatismo político, de la necesidad del Estado de mantener la gobernabilidad sobre una población heterogénea, compleja, desigual, con un pasado violento y bajo la presión de Estados Unidos en virtud de su inmensa frontera con México. Por otra parte, los avances hacia la democratización han sido motivados por la pérdida de legitimidad y efectividad del régimen-PRI y su deterioro electoral desde 1988. que han fortalecido a la oposición y exigido un acomodo entre las necesidades de relegitimación del pensamiento, las acciones y los candidatos priistas, y mantener cierto grado de control y expectativas políticas certeras en torno al modelo económico a seguir. (El temor de muchos consistió en que una crisis económica grave que llegara a quebrar finalmente al régimen-PRI no tendría como resultado, necesariamente, una democracia transparente y funcional.)

Particularmente destructiva es la inestabilidad de los mercados globales de capital y la virtual imposibilidad de gobernar el capital a partir de acciones nacionales —como lo atestiguan las crisis de las economías asiáticas y las mexicanas en las últimas décadas—. El debilitamiento del Estado mexicano por la globalización, el desmantelamiento gradual de su poder económico a partir de la introducción de reformas neoliberales, y la erosión del régimen-PRI en cuanto instituciones políticas con autoridad política centralizada, han generado peligrosos vacíos de poder. Es posible, como algunos optimistas especulan, que surjan nuevas formas descentralizadas de regulación de los mercados a partir de una democracia cosmopolita, basada en una densa red internacional y nacional de instituciones sólidas y de actividades políticas libres, transparentes y representativas de los intereses de la sociedad. Pero también es probable, como observadores más cautelosos concluyen, que los vacíos de poder sean llenados por factores indeseables ya presentes y más poderosos y organizados; por ejemplo, una combinación entre crimen organizado, redes de empresas nacionales y transnacionales poderosas respaldadas por Estados Unidos y un neo-caudillismo autoritario.

A pesar de la feroz crítica contra su antecesor y, en contraste con otras profundas crisis, como en 1968-1970, 1976, 1982, 1987-88, Ernesto Zedillo no hizo modificaciones significativas al modelo económico salinista, aunque tuvo mayor espacio para continuar avanzando en la liberalización política, en virtud de que las reformas económicas principales que requerían del sistema de control centralizado de toma de decisiones y conducción socio-política ya habían sido realizadas. Incluso, cuando la crisis económica de 1994-95 se extremaba, no tuvo que recurrir a los procedimientos del viejo autoritarismo para contener lo que parecía un descontento popular tendiente a ser incontenible. Los escándalos en torno al salinismo y las medidas tomadas por el gobierno al respecto, desprestigiaron en parte las reformas y el modelo, pero distrajeron la atención y absorbieron parte de las reacciones por el descontento, de manera parecida a lo ocurrido a partir de 1982 contra López-Portillo. En contraste con el gobierno de De la Madrid, el de Zedillo no cambio de estrategia, ni de grupo, ni tuvo que adicionar ningún elemento cualitativamente distinto. Se sentó sobre un modelo que había perdido su fuerza creativa inicial, aunque no su viabilidad en vista del apoyo y condicionalidad extema, buscando mantener la estabilidad macro- económica a toda costa.

En su fase creativa, la introducción de medidas neoliberales —libre comercio, TLC, privatización, eliminación del ejido y aun el reinicio de las relaciones con la iglesia— tuvo que presentarse y compensarse con planteamientos ideológicos y programas sociales aceptables para un Congreso y una población escépticos. El “liberalismo social” fue ofrecido y promovido como justificación ideológica del modelo neoliberal y como marco del PRONASOL, que había introducido elementos definitivamente no-neoliberales. Se presentó como una estrategia preocupada por la justicia social, no por la justicia individual, como lo postula el neoliberalismo ortodoxo. El punto es que tanto el liberalismo social, como el PRONASOL y luego PROCAMPO y los sucesivos programas sociales, son un reconocimiento a priori de las deficiencias del mercado y del neoliberalismo para abatir la pobreza extrema, permitir una distribución más equitativa del ingreso, alcanzar un mayor bienestar social, y garantizar la seguridad pública y la gobernabilidad. Un reconocimiento en esas mismas líneas ha surgido gradualmente en el ámbito internacional, en particular porque la “globalización de la pobreza”, la dificultad de lograr un crecimiento sostenido y los crecientes problemas de gobernabilidad y violencia como resultado del desmantelamiento del Estado, son endémicos a muchos países en desarrollo.

Los logros de las estrategias neoliberales permanecen sometidos a críticas abiertas, como lo prueba el surgimiento zapatista en Chiapas en enero de 1994 o la consiguiente emergencia financiera que llevó a un paquete crediticio orquestado por la administración de Clinton. A pesar de la promisoria recuperación macroeconómica a principios de los años noventa, ninguna solución creíble ha sido encontrada a finales de esta década para atacar el creciente problema del subempieo y del desempleo, de las graves disparidades e injusticias sociales y de un crecimiento económico sostenido que permita elevar la productividad en general, y de manera más equilibrada entre las diversas regiones del país. Los desequilibrios en las cuentas externas de México han aumentado, a pesar de los efectos innegables y sustanciales que la liberalización comercial ha traído sobre el tamaño creciente del sector externo y la capacidad exportadora manufacturera del país. Ello ha obedecido en parte a que la propensión a importar ha crecido con mayor rapidez que la de exportar, y las compras del exterior aumentan dos veces y media más aceleradamente, en términos reales, que el producto nacional. El crecimiento de las exportaciones no ha podido generar suficientes divisas para cubrir el déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos, siquiera derivado de un crecimiento moderado. Y un crecimiento moderado que, a pesar de ser mayor que el crecimiento poblacional, no ha podido generar suficientes empleos. Esta cadena continúa, pues al no haberse generado empleos y remuneraciones suficientes basados en el aumento de la productividad, los beneficios del desarrollo no han podido ser distribuidos equitativamente. Más aún, las imperfecciones y rigideces del mercado interno de bienes y servicios y de trabajo, sus estructuras oligopólicas, sus deficiencias institucionales y la baja productividad, especialmente en la producción de bienes no comercializables, han contribuido a limitar un crecimiento alto con baja inflación. Por su parte, la necesidad de mantener la inflación baja a la par de la de los principales socios comerciales, ha requerido de un esfuerzo constante por restringir la demanda, principalmente a través de altas tasas de interés y un bajo gasto público, que no puede crecer sanamente porque su base fiscal, y los ingresos públicos en general, se han ido reduciendo, en parte por factores internacionales como el precio del petróleo.

Esto ha llevado a costos socioeconómicos significantes. En particular, el PIB por cabeza ha continuado decreciendo para la gran mayoría de la población, acompañado de mayor pobreza extrema. Con el propósito de ser viable, la transformación neoliberal de México debería haber mostrado ya sus ventajas en términos socioeconómicos y políticos. Está claro que estrategias pasadas, como el nacionalismo económico y sus variantes liberales, populistas y estatistas, no pueden ser reimplantados en México. Sin embargo, un proceso electoral más limpio en el 2000, más centrado en el debate de los problemas nacionales que en el de la personalidad de los candidatos, podría forzar los compromisos políticos y económicos hacia consideraciones de un crecimiento económico mayor, generación de empleos sostenibles, educación y capacitación, lucha contra la pobreza extrema y la degradación ambiental y la seguridad pública. Todo esto en la medida en que los candados impuestos por la globalización y por los propios acuerdos comerciales y financieros de México lo permitan en la práctica, y en la medida en que se genere suficiente apoyo social.

En efecto, el Plan Brady, el TLC y el rescate financiero de México por la administración de Clinton representan sellos de aprobación de las reformas económicas llevadas a cabo y del compromiso con el neoliberalismo. En tanto producto de la globalización, el TLC ha sido también el sello que garantiza que las reformas económicas y del Estado se encierren dentro de un marco fiscal, monetario y comercial que no puede ser ya controlado exclusivamente por México. El Tratado abrió una nueva era donde México, de manera institucional —no circunstancial—, cuenta con menor autonomía y control sobre el manejo de su política económica, donde es más dependiente del apoyo de los Estados Unidos y donde no existen todavía garantías ni tendencias claras hacia un crecimiento económico sostenido. El desmantelamiento abrupto de toda práctica proteccionista, la liberalización y desregulación financiera, la contracción y las limitaciones estructurales del gasto e inversión públicas y la eliminación de la política industrial, dejaron al gobierno con dos instrumentos principales para evitar desequilibrios externos: el manejo del tipo de cambio y de las tasas de interés. En el pasado, los intentos por eliminar la inflación y cubrir el déficit creciente en la cuenta corriente, a través de la apreciación y fijación del tipo de cambio real, y de mayores tasas de interés para atraer capitales externos, llevaron a situaciones insostenibles y a crisis severas, como la de 1994-95. Se dañó seriamente al sistema bancario, se afectó la competitividad de los productores nacionales de bienes y servicios comercializables y se eliminó buena parte de las empresas medianas y pequeñas, cuyas deudas se volvieron impagables y las carteras vencidas de los bancos inmanejables. La resultante debilidad estructural del sistema bancario y la pérdida en la producción y el empleo la ha pagado México con creces. El objetivo de defender el tipo de cambio a toda costa ha llevado a fórmulas tan diversas como el control de cambios, alzas estratosféricas en las tasas de interés, o intentos por dolarizar la economía. Todas han fracasado en países con economías abiertas. Quizá lo más efectivo ha sido el experimento chileno de gravar o limitar de manera temporal la entrada de capitales de corto plazo.

Por otra parte, el desmantelamiento abrupto del papel económico del Estado y el rompimiento de los mecanismos tradicionales de negociación y de distribución del poder, a partir del debilitamiento de las características institucionales del sistema político, han mermado la base de la estabilidad y de la gobernabilidad en su forma tradicional. La creciente inseguridad pública, la violencia y propagación de organizaciones criminales están vinculadas no sólo a la pobreza y a la desigualdad sino a los vacíos de poder y de control social abandonados por el régimen-PRI. Se ha creado un nuevo arreglo de fuerzas y relaciones, a partir de la pérdida del respeto al orden que había prevalecido de manera continua por décadas. La ineficiencia y corrupción de los órganos de seguridad pública no era un problema desastroso cuando había un orden social estable. Sin embargo, con el desmantelamiento de ese orden, la descomposición de la seguridad pública ha magnificado enormemente sus vicios y deficiencias.

En años recientes se han profundizado las divisiones en el PRI y en los partidos de oposición, incapaces de administrar las diferencias internas y promover aquellas tendencias con máximas posibilidades de éxito y que permitan mantener la unión. El PRI se ha visto inducido a un cambio gradual en sus procedimientos de selección internos, para evitar una división mayor y optimizar su cohesión y éxito electoral. Pero cierto control de las condiciones y conducción del proceso de elecciones primarias le puede resultar esencial para mantener la unidad y la disciplina. El nuevo ímpetu en los procesos democráticos y en un sistema partidista más abierto y activo, puede llevar al país a fortalecer sus instituciones y a lograr una mayor fiscalización y transparencia en los actos de gobierno. No obstante, la viabilidad de estos procesos depende de cambios y aprendizaje graduales. El riesgo de la anarquía o de un nuevo caudillismo está siempre presente, o bien un estado de inestabilidad permanente, donde gobiernos débiles sean incapaces de aprovechar las oportunidades y ventajas con que cuenta México.

A pesar de que la racionalización y la transformación de ideas y políticas económicas en México coincidieron a grandes rasgos con la convergencia global hacia soluciones neoliberales, sería equivocado ver estos cambios en México como meros reflejos de desarrollos en el ámbito mundial, o como la consolidación de un orden económico y político superior que llegó para quedarse. La forma peculiar en la que los arreglos institucionales en México modificaron las presiones externas e internas, ideológicas y políticas para el cambio, determinaron cuáles factores y elementos fueron aplicados a México en un momento determinado.

La impresión de que todo está influido desde afuera requiere, por tanto, de una calificación extensiva. Como he intentado mostrar, la forma y la intensidad con la que factores internacionales y nacionales influyeron en la formulación de políticas, el cambio de políticas y la oportunidad de las decisiones, varió significativamente a lo largo de la historia reciente de México, imposibilitando una respuesta simple a estas cuestiones. Lo que sí queda claro es que las instituciones mexicanas internalizaron esas fuerzas externas y las adaptaron a las circunstancias nacionales y a la necesidad de sobrevivencia y reproducción del Estado. Para el año 2000 se requerirá de un esfuerzo superior para convertir esas fuerzas en aquello que el gobierno y el pueblo de México puedan aprovechar como auténtica y legítima solución mexicana. El proceso de reconciliación de reformas necesarias y la internacionalización del mundo, con la re-legitimación de un sistema político mexicano renovado, es el reto para el año 2000. n

José Ramón López Portillo. Doctoren Filosofía Política por la Universidad de Oxford.

1 Por régimen se entiende el conjunto de principios, implícitos o explícitos, normas, reglas y procesos de toma de decisiones que caracterizan a un sistema político, en torno a los cuales convergen las expectativas de quienes actúan dentro de él.

2 El gobierno norteamericano introdujo recortes impositivos, medidas de contracción monetaria, y mayores gastos, en particular, ligados al expansionismo militar. Esto forzó el aumento de la deuda pública federal y, por consiguiente, de las tasas de interés.

3 Como lo reporta, entre otros. Joseph Kraft en The Mexican Resene.

Rostros Mayas

ROSTROS MAYAS

Las figurillas mayas no eran ni con mucho tan tec­nológicamente complejas como las chinas. No esta­ban horneadas a alta temperatura ni tampoco eran vidriadas. Además, casi todas eran más pequeñas que las chinas. Sin embargo y a pesar de toda la fama de que gozan las figurillas de la dinastía Tang, recuerdo haber percibido una vitalidad en las piezas mayas de la que carecían las chinas. Las obras mayas eran re­presentaciones de personajes individuales, con ex­presiones reconocibles en sus rostros. Sus cuerpos habían sido capturados en el momento de llevar a cabo diferentes acciones y los artistas que las habían hecho habían puesto gran atención en mostrar hasta el más pequeño detalle de sus ropas. Estas piezas tenían una impactante energía vital y, de algún modo, abrían una ventana hacia el modo en que se vivía en la sociedad maya de hace mil trescientos años.

Si bien se ha publicado poco acerca de la tradición de las figurillas de Palenque, yo he podido consta­tar que los habitantes de este sitio utilizaban figurillas en sus rituales religiosos, tanto en cere­monias públicas en los templos, como en ceremo­nias privadas en los hogares. Pudiera ser, inclusive, que los niños jugaran con algunas de estas figurillas, aunque yo sospecho más bien que éstas tenían la misma función que actualmente tienen las figuras de los santos en los poblados mayas. La mayoría de las cabezas de las figurillas que he visto represen­tan personas modeladas con un gusto exquisito, pero también he visto cabezas de dioses, héroes, nawales y muchas otras criaturas que aparecen en la narrativa de las vasijas policromas en las ciudades del Petén. Dado que muchas figurillas provienen de ofrendas enterra­das y de tumbas, podría ser que los habitantes de Palenque y de otras ciudades del área occidental de la zona maya, tales como Jonuta y Comalcalco, utilizaran estas figurillas para construir escenas narrativas tridimensionales que registraran los acon­tecimientos de sus vidas cotidianas, así como los de las historias de nawales y dio­ses que constituían el aspecto medular de su religión.

—Linda Schele

No tocar tierra

No tocar tierra

Isaac Martínez

Alessandro Baricco escribió Novecento sin atender a ningún límite. Quiero decir que su sentido original provenía de las convenciones escénicas del monólogo teatral pero que ese sentido estalló también en la forma de la novela corta o el relato largo. Esta ambigüedad, esta soltura de movimientos, le permite desenvolverse en dos planos distintos.

Mar y tierra: no se habla de más en Novecento. Se habla de uno y de otra como lugares por verse, como lugares donde encarna el deseo. Pero, sobre todo, se habla del mar. Y no como referencia geográfica sino como símbolo de la libertad que inspira y encarna la música. El mar era la casa de Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento, huérfano, sin patria ni existencia documemental. Novecento jamás había tocado tierra. Nació en el Virginian, un transatlántico que recorría las rutas entre Europa y América, y desde entonces había permanecido ahí. Pero Novecento era más que un hombre que no había pisado tierra: era un pianista de otro mundo que tocaba una música inexistente. “Sabía escuchar. Y sabía leer. No los libros, eso lo sabe hacer cualquiera, sabía leer a la gente. Los signos que la gente lleva encima: lugares, ruidos, olores, su tierra, su historia… Toda escrita encima. Leía y, con infinita atención, catalogaba, clasificaba, ordenaba… Cada día añadía un pequeño retazo a aquel inmenso mapa que estaba dibujándose en la cabeza, inmenso, el mapa del mundo, del mundo entero, de una punta a la otra, ciudades enormes y esquinas de barco, largos ríos, charcos, aviones, leones, un mapa fantástico. Después viajaba por su superficie de maravilla, mientras sus dedos se deslizaban sobre las teclas, acariciando las curvas de un ragtime”.

Modesto, apenas interesado en contar una buena historia —la de un pariente lejano del Cósimo de Italo Calvino—, Novecento debe leerse y escucharse en voz alta. Es un libro musical, tenue, de ritmos melancólicos, y eso lo sitúa a varios centímetros del suelo.

—Isaac Martínez

El lado oscuro de Adolfo Bioy Casares

El lado oscuro de Adolfo Bioy Casares

Por José Joaquín Blanco

La obra de Bioy Casares parece condenada a leerse en relación a Borges. Basta mirar el lado oscuro de sus libros para salir de este engaño. En realidad, como escribe José Joaquín Blanco, su sensibilidad ha estado más cerca de influir a sus contemporáneos.

Dos de las mayores venturas que le ocurrieron a Adolfo Bioy Casares parecen conjurarse para oscurecer buena parte de su obra: su colaboración con Borges —el Biorges que por ahí dicen—, sobre todo bajo el seudónimo Bustos Domecq, y el temprano logro de la obra maestra: La invención de Morel, de 1940.

Sin rencor ni protestas sufrió durante décadas el destino de sólo aparecer como un dato lateral de Borges, y como autor de una curiosa metáfora sobre el cine (v.gr: la Literatura hispanoamericana de Anderson Imbert). Sólo después de la muerte de Borges empezó a recibir mayor atención del público y de la crítica como un autor vasto y diferente del anfibio Bustos (“Sobre Bustos no hay nada escrito”: Borges), capaz de mundos y virtudes independientes de la impecable fantasía de Morel, por lo demás incesantemente reimaginada (sin la perfección ni la emoción de Bioy) por otros autores. Gore Vidal en Myra Breckinridge / Myron y Woody Alien en Zelig y La rosa púrpura del Cairo soñaron, tal vez sin conocer la novela de Bioy, un mundo virtual de celuloide, una película viva a la cual incorporarse.

Díscolo husmeador de “plagios”, Anderson Imbert señala como origen del aparato de Morel “El vampiro”, de Horacio Quiroga, y “XYZ” de Clemente Palma. De paso, semejante hispanoamericólogo —autor de un directorio telefónico, más bien— acusa a Bioy tanto de intelectual: “Los cuentos de La trama celeste son tan intelectuales que las ideas no toman la precaución de disimularse”; cuanto ¡de escribir mal!: “el estilo es descuidado como en una charla”. Al diablo con los hispanoamericólogos.

Mientras haya mundos virtuales, y estamos apenas en el umbral de las computadoras personales, el CD-ROM y el Internet, existirá una obsesión por La invención de Morel. Las travesuras de crítica cultural y de lucubración detectivesca (Seis problemas para don Isidro Parodi) de Bustos Domecq, con su bizarro estilo de expresiones oximorónicas e ironías desaforadas (que no “trepidan” para hablar de “enanos gigantescos”), tienen asegurado un sitio único en el repertorio de la prosa castellana más inteligente y audaz: por su excentricidad, por la sabiduría crítica expresada en jubilosas extrapolaciones, collages de las barbaridades del habla culterana, y reducciones al absurdo de la estupidez y las supersticiones del pensamiento de su tiempo.

Pero hay otros Bioy. El inventor de tramas fantásticas no menos asombrosas que las de Borges (“La sierva ajena”, la del enano hiperbólico; “Bajo el agua”, con el hombre que se convierte en salmón; “Otra esperanza”, o el aprovechamiento industrial del dolor humano), pero muy diferentes en atmósferas y tonos. No existe en Bioy el radicalismo conceptista en la prosa, sino una aspiración coloquial, incluso una veneración por el lenguaje de las barriadas.

A ratos, como en las novelas El sueño de los héroes y Diario de la guerra del cerdo, encontramos una prosa más cercana a la de Roberto Arlt (El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas) y a la del Cortázar en la parte bonaerense de Rayuela, que a la sucinta y esencial de Ficciones. Parece que el propio Borges siguió a Bioy en la sencillez de sus cuentos tardíos, a partir de El informe de Brodie: más coloquialismo, menos prosa labrada; más rumbos cotidianos que librescos.

Los cuentos de Bioy suelen hablar de un hombre solo o soltero, algo dandy, que viaja a islas, estancias, playas, hospitales, ciudades extrañas o centros vacacionales, donde ocurren hechos fantásticos y policiacos que involucran a alguna mujer deliciosa. No se concibe la narrativa de Adolfo Bioy Casares sin mujeres deliciosas. “El sexo, con amor o sin amor, es cojonudo”, declaró a un periodista. Coincide con Tennessee Williams, quien afirmó que no podía escribir un cuento o una obra de teatro si no sentía una poderosa atracción física hacia alguno de sus personajes.

Bioy comparte los mareos librescos e intelectuales de su gran amigo, pero se permite escapadas románticas y sexuales. O simples escapadas por el mero azar deportivo de curiosear en el mundo. Existe incluso cierta fascinación por la vulgaridad y la tontería de un mundo cotidiano sin demasiadas aspiraciones o enrarecimientos metafísicos.

Quizá la mejor crítica sobre Bioy sea una frase de Julio Cortázar: “Me gustaría ser Adolfo Bioy Casares”. Todo mundo quisiera serlo. Se trata de un hombre feliz para quien el mundo es bueno, a pesar de todo. Siempre sonríe, como Voltaire. Le gustan la comida (sin gula), el vino (sin embriaguez), los deportes (sin comentaristas de radio ni de televisión), las eternas charlas de mujeres sobre bailes de disfraces (abomina del lugar común de los dominós); las disputas apasionadas de los compadritos sobre el fútbol, el box y el tango.

Afirma, polémicamente, al fin y al cabo exboxeador amateur, que el box es todo un ejercicio intelectual; los boxeadores como aristotelazos empíricos, instantáneos y físicos, en la gran lógica orgánica del ring… El mundo físico brilla intensamente en Bioy Casares. Borges abominaba de los boxeadores imbéciles. “¡Qué lástima que Borges se haya muerto, de otra manera lo catequizábamos ahora mismo sobre el box!”.

Interrogado sobre qué libros se llevaría a una isla desierta, propuso sin vacilaciones: Voltaire. “¿Sólo Voltaire?” “Bueno, se trata de 75 tomos”. En efecto, algo asoma de Cándido y Zadig en sus historias: el conte que entremezcla el relato y la parábola, el humor y la aventura, la realidad y la teoría, el relato y el aforismo.

Su humor busca solazarse en los aspectos banales, frívolos o tontos del mundo. más que corroerlos. Aprueba la realidad, de la que saca el mayor provecho posible. El mundo es un caos, pero hay que cultivar jardines. No sólo aspira al heroísmo literario, sino a ser un “héroe de las mujeres”, a las que pincha a cada rato con “misóginas” ironías eficaces, para mejor intrigarlas y seducirlas. “Ya sabemos que el héroe de los hombres no es el héroe de las mujeres”. Tiene Bioy sus donjuanismos como prosista.

En su estilo priva el conversador sobre el orfebre, sin omitirlo. Bromas amistosas, más que las endiabladamente lógicas de Borges. Esconde la cultura, a la que Borges lleva al primer plano, y ostenta la vida cotidiana, las charlas de pasatiempo entre amigos, la estrategia para ganarse a las mujeres; las escenas, dramas y comedias de días citadinos donde parece que no pasa nada, hasta que ocurren el amor, el crimen o los increíbles sucesos fantásticos. En cierta medida Borges aspiró también a ello, pero lateralmente, y no sin percibir a través de la realidad obsesivas dimensiones cerebrales o metafísicas, en “Hombre de la esquina rosada”, “La intrusa”, “Emma Zunz” o “El sud”.

Nunca podrá hablarse de Bioy sin aludir a Borges y a la temprana obra maestra La invención de Morel. Desde hace unos años, sin embargo, el resto oscuro de su obra ha ganado presencia. Alguna vez dijo Bioy que prefería, entre todas sus obras, El sueño de los héroes, una novela sobre las andanzas alcohólicas de mecánicos, peluqueros, magos, choferes, pepenadores y pequeños comerciantes de Buenos Aires durante los tres días de carnaval. Su trama es una gran broma: el mayor misterio del hombre está en descubrir lo que hizo cuando andaba perdido de borracho, y olvidó al día siguiente. Y algún juego con el tiempo que se me antoja demasiado elaborado; me quedo con la sobresaltada intriga del crudo sobre su “otro yo” borrachísimo.

Prefiero sus cuentos de dandy, exiliado en sitios extraños durante las vacaciones, donde se le revelan el misterio, el espanto y el amor, y paladea el infinito sin dejar de mordisquear y acariciar el mundo finito, sus alimentos terrestres (“Lo que más me gusta es la papa”. “Pero preparada ¿de qué manera?”.

“La papa sola”. “¿Siquiera con un poco de aceite de oliva?”. “No, sin aceite de oliva: la papa sola es cojonuda”); sus episodios llanos, con un humor que logra menos la sátira que la sonrisa, el simple buen humor de las conversaciones gratas. ¡Qué literatura tan amistosa!

El hombre tranquilo y moderado, invariablemente cortés, deportista y Don Juan, que también fue Adolfo Bioy Casares, aporta en sus obras menos conocidas una ligereza, un gusto de vivir, una adecuación de la literatura al mundo real, que rara vez conocieron tanto Borges como Biorges, en Historias de amor, Historias fantásticas, Historias desaforadas, El lado de la sombra, Historia prodigiosa, La trama celeste, El héroe de las mujeres, Una muñeca rusa…

A pesar del acoso periodístico, se negó a hablar mal de su amigo, salvo en dos aspectos: resulta que Borges, quien le declamaba al mar: “Soy Borges, tu nadador, tu amigo”, no sabía mucha natación, apenas si lograba flotar de pechito. El nadador del mar, menos clamoroso pero efectivo, era Bioy. Y que Borges se comportaba con tal irremediable torpeza frente a la realidad, que invariablemente se enamoraba de manera equivocada de las damas erróneas: siempre le iba mal en amores. (Bioy hizo gestos agrios, pero silentes y decorosos, frente al enlace de última hora de Borges con María Kodama.) Este hombre templado, de “proporción áurea”, sufrió el horror al final de su larga vida, que lo acercó al suicidio: el remordimiento por no haber sido mejor esposo de Silvina Ocampo y la muerte violenta de su hija, en un accidente. Fue durante décadas el mayor y más leal defensor de la obra de Elena Garro, su amante de algunos meses en París, a mediados de siglo.

A ratos encuentro a Bioy Casares más cortazariano que borgiano (más juego, más realidad exterior, más caos, más erotismo; más habla común que lenguaje literario). Tal vez, con mayor justicia, habría que empezar a ver ciertos aspectos bioyescos en Cortázar y Borges; y a hablar no sólo de los presuntos borgismos y cortazarismos de Bioy, sino también de las influencias de éste en la obra de sus dos amigos y colegas (entre nosotros —algunas obras de Bioy se publicaron originalmente en México—, en Arreola y Elena Garro). Borges y Cortázar lo mencionaron repetidamente como su maestro. Ninguno de los tres es inferior a los otros. No erijamos estatuas exclusivas: cuando el genio se da, se da en maceta. (Esos argentinos, siempre tan maradónicos: Borges-Bioy-Cortázar.)    n

Fuentes: La obras de Bioy han sido publicadas por Emecé, Alianza Editorial y Tusquets. Cf. Rodolfo Braceli: Borges-Bioy. Confesiones, confesiones, Buenos Aires, Sudamericana, 1997. Enrique Anderson Imbert: La literatura hispanoamericana, México, FCE, 1964, t. II

José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente libro es Pastor y ninfa.

Universidad pública: Muerte lenta

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Universidad pública: Muerte lenta

La universidad pública mexicana está amenazada de muerte. Sin embargo, los amagos que recibe no provienen, contra lo que los tópicos repiten, de la oscura ideología neoliberal de los gobernantes que supuestamente la querrían liquidar para beneficiar a los comerciantes de la educación. No, sus enemigos son otros, más difíciles de combatir, emboscados dentro de ella misma: son los lastres de un diseño institucional anticuado y deficiente y las inercias de un crecimiento desordenado y desmedido.

No se trata sólo de la UNAM. Es cierto que la revuelta que se desató a raíz de la reforma al reglamento de pagos promovida por el rector Barnés ha sido el último síntoma de un síndrome que parece congénito e incurable, pero el mal aqueja, en mayor o menor medida, a todo el sistema de educación superior de este país.

La UNAM es el espejo que refleja todas las deficiencias y malformaciones de un sistema educativo que fue el mayor orgullo del régimen postrevolucionario y hoy es la prueba máxima de su fracaso histórico: la educación se pensó como el mecanismo privilegiado para impulsar la igualdad pero, a la vuelta de los años, acabó convertida en una formalidad sin contenidos, en una más de las ficciones aceptadas sobre las que se asentó la legitimidad hoy perdida.

A imagen y semejanza de la universidad nacional, las universidades de los estados pulularon a partir del medio siglo. Pensadas como palancas para el desarrollo, más que a formar profesionales se dedicaron a dar empleo y a generar expectativas de ascenso social entre los jóvenes, casi siempre en un marco de control corporativo a través de organizaciones estudiantiles de carácter mafioso.

Sin rigor académico, sin criterios precisos para el ingreso, la promoción y la permanencia del personal docente, sin políticas de investigación, sin mecanismos de selección medianamente rigurosos para la admisión de los alumnos, sin exigencias mínimas para la formación de hábitos de estudio, la mayor parte de las carreras ofrecidas son incapaces de formar los profesionistas que requieren las exigencias competitivas del mercado globalizado.

No sin cierta autocomplacencia se dirá que, con todo, existen nichos de excelencia en la UNAM, en la UAM y en otras universidades públicas. Flaco consuelo cuando lo que se mira en perspectiva son unas universidades incapaces de formar para el mercado de trabajo, incompetentes frente a la expansión de la matrícula en los centros privados y que, por tanto, no cumplen con su objetivo básico de ser mecanismos de igualdad social.

¿De qué sirve que todos los que quieran puedan tener acceso a la educación superior si ésta es de mala calidad y prácticamente ninguna empresa va a absorber a los egresados así formados? ¿Es posible que algún día unas universidades laxas y permisivas sean el vehículo para que el país supere su proverbial dependencia en investigación científica y en desarrollo tecnológico?

Si la universidad pública no es capaz de cumplir con las dos funciones básicas que le corresponden: la de garantizar una educación superior de calidad a todo aquel que demuestre capacidad para ello, al margen de su situación socioeconómica, y la de la innovación tecnológica para el desarrollo, entonces su sentido mismo está en entredicho.

Pero la universidad está entrampada: cualquier intento de reforma institucional se ve frenado por los intereses que medran dentro de ella. En esas condiciones, cualquier inyección de recursos se desperdiciaría.

Y así aparece el tema del financiamiento. Fuera del dogmatismo que obnubila cualquier juicio sensato, parece más que razonable que en un país con las apreturas fiscales de éste los estudiantes que puedan hacerlo se corresponsabilicen en alguna medida con el financiamiento de su educación. Cuando por la vía de los impuestos a las arcas estatales sólo ingresa alrededor del 14% del PIB, es simplemente demagógico hablar de gratuidad total de la educación superior. Pero aun si México tuviera una captación fiscal de niveles europeos (arriba del 40% del PIB), habría que discutir seriamente si el subsidio se debe asignar sin criterios estrictos, criterios para el desempeño académico que lleven a superar la idea de que en la UNAM basta con inscribirse y no morirse para obtener un título.

El tema de la universidad pública es ya un tema prioritario de la agenda nacional. Sólo cuando los actores políticos dejen de esconder la cabeza y se hagan cargo de que son necesarios nuevos consensos para superar la catástrofe en la que se encuentra todo el sistema educativo, se podrán vislumbrar soluciones. Habrá que legislar para salvar a la universidad pública y frenar la privatización que, de hecho, hoy vive. Sólo los que pueden pagarla tienen acceso a la formación profesional de calidad.  n

Cosas de un Nuevo Mundo

Parabólica

Cosas de un nuevo mundo

Por Carlos Castillo Peraza

Noam Chomsky planteó la cuestión en The New York Review of Books y Jean Daniel retomó las ideas del famoso lingüista en Le Nouvel Observateur. Se trata del asunto de Kosovo, de la “limpieza étnica” practicada allí —y en otros sitios—, de la decisión de la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) que ha hecho llover metralla sobre territorio serbio, de derechos humanos, de soberanía nacional y de tantos otros temas que salieron a relucir por obra y desgracia de una guerra absurdamente anunciada como “sin muertos”.

Chomsky advierte una dificultad radical en este problema: hay una contradicción o al menos una tensión entre las normas del orden mundial asentadas en la Carta de las Naciones Unidas y los derechos proclamados en la Declaración de los Derechos del Hombre. Aquella prohíbe cualquier vulneración por la fuerza de la soberanía de los Estados, en tanto que ésta garantiza los derechos de las personas y las minorías frente a los Estados opresores. Vaya bronca teórica y enredo práctico.

Y hay más: el cambio cultural que hace que hoy encontremos insoportable lo que antes tolerábamos, es decir, que en nombre del respeto a la “soberanía nacional” se permita a un tirano hacer y deshacer a su arbitrario antojo lo que se le venga en gana contra quienes habitan el territorio sobre el que impera. Los europeos tienen memoria de lo que permitieron hacer a Hitler y a Stalin por cobardía, pacifismo timorato o razón de Estado. Lo que desde hace algunos años ha venido siendo conocido en materia de atrocidades los empuja a no cometer los errores de ayer, ni a dejar que crezcan monstruos asesinos de minorías.

De cualquier modo, escribe Jean Daniel, estas discusiones “se han vuelto la pasión —y también tal vez el honor— de este fin de siglo por otra parte tan bárbaro”.

Otros caminos

Pero no sólo se dan, en tales días postreros, casos como los que sacuden la conciencia en los Balcanes. Ahí está, por citar uno distinto y distante, el de Canadá, donde el 1 de abril nació un nuevo territorio autónomo que viene a sumarse a las diez provincias y a otros dos territorios ya existentes (Yukon y Northwest). Se trata de Nunavut.

¿Qué quiere decir esa palabra? Significa “nuestra tierra” en la lengua de los inuit, esto es, de aquellos hombres a los que solemos llamar “esquimales”, entre los cuales realizó labores de evangelización un jesuita español de apellido Llorente, al parecer hermano de otro jesuita que, en Cuba, fue maestro de Fidel Castro. Nunavut mide la friolera de 10 millones de kilómetros cuadrados, lo que significa que ocupa una superficie cinco veces mayor que la de México y equivale a una quinta parte de Canadá. Viven allí únicamente 25 mil personas, de las cuales 21,250 son esquimales. También hay inuits —unos 130,000 en total— en Alaska (EU), en Groenlandia, en Rusia y en la península de Labrador.

La lucha por la autonomía comenzó en 1971. La encabezó John Amagoalik —según el semanario italiano Panorama —y pasó por tres referencia: uno en 1982, otro en 1992 y otro más en 1995. El primero separó a Nunavut de los territorios del Northwest, el segundo determinó las fronteras y el tercero hizo de Iqaluit la capital. Esta se encuentra a dos mil kilómetros de Ottawa y casi junto al Círculo Polar Artico, en la isla de Baffin. Cuenta con 4,500 habitantes. Creció en torno de una antigua base aérea norteamericana.

El problema que más preocupa al nuevo gobierno autónomo es el del alcoholismo de los inuit. Le sigue el del desempleo. Es evidente que Nunavut no tiene por qué preocuparse de la sobrepoblación: hay 80 kilómetros cuadrados para cada uno de sus habitantes. En México hay 0.02 km2 para cada uno de nosotros, es decir, cada esquimal se puede pasear solo por cuatro mil veces más tierra que un mexicano. El ingreso medio anual por familia esquimal es de 31,471 dólares, lo que equivale a 310 mil pesos, es decir, cada familia recibe unos 26 mil pesos mensuales.

¿Alguien quisiera, en México, volverse esquimal? Por dinero, tal vez muchos. Queda el frío: los esquimales no van a Montreal, gélida ciudad canadiense en la provincia francófona de Quebec, “porque hace demasiado calor”. Y es que, en Nunavut, el mercurio del termómetro, en invierno, jamás va más allá de los 30 grados bajo cero. Claro, no hay Milosevics ni bombas inteligentes. Lo que, para los días que corren, no es cosa menor. Se aceptan voluntarios.

Líos chilenos

En el país de Gabriela Mistral, en cambio, los mapuches andan en pie de guerra. Su batalla es contra las empresas madereras que intentan sentar sus reales en las regiones VII, VIII y IX de aquel país hermano. Mapuche, dice Giorgio Oldrini también en Panorama, quiere decir “pueblo de la tierra” y es precisamente la tierra el nudo de la cuestión. La lucha es contra la industria del papel que se ha hecho de miles de hectáreas para la siembra, cuidado y tala de pinos y chopos, sustitutos de las tradicionales araucarias.

Está, además, el incómodo caso de Pinochet, detenido en Inglaterra por obra y gracia de un juez español, que ha hecho correr tinta, furor y lágrimas a lo largo y lo ancho de aquel país andino, y de los otros dos, europeos. Otro hecho que enfrenta derechos humanos y soberanías nacionales. Como el de Serbia.

Y, para que el fin de siglo no llegue sólo con problemas como los mencionados, he aquí el caso del famoso grupo folklórico chileno de los Inti Illimani, viejo emblema musical de los fervorosos, izquierdosos, tercermundosos y guerrillerosos años setenta. He aquí que, después de 15 años de exilio en Europa, donde lucharon a punta de melodías pero a distancia contra la dictadura de Pinochet, los Inti Illimani regresaron en 1988 a Chile. Los ingresos no compensaron la euforia del retorno triunfal a la patria redemocratizada. Así que, erques, charangos, bombos, ruanas, años y canas a cuestas, los músicos volvieron a Europa, donde los cantos revolucionarios siguen siendo de lo más neoliberalmente productivos. L’Unitá —diario del que fuera Partido Comunista Italiano— no vio con buenos ojos el regreso:

“ya no son los clásicos de aquella época”, dijo.

Pero los revolucionarios tercer- mundistas de antaño ya entendieron lo bien que viven los revolucionarios primermundistas hogaño. Y también tienen derecho a que la revolución enriquecida les haga justicia. ¿O no? ¿Por qué sólo los comunistas europeos tendrían derecho a buenos ingresos? Y, ¿por qué la riqueza europea no iba a mojar las guitarras de la pobre América Latina y los bolsillos de los cantores de su desgracia? ¿No es fascinante que en la misma Europa traten mal a Pinochet y bien a los Inti Illimani? ¿O que el general quiera volver a su país reconvertido a la democracia y quienes lucharon por ésta prefieran salir de allí?

¡Ah, el viejo topo de la historia y las astucias de la razón! ¿Habrá nacido Hegel en Santiago de Chile?

Obras de Simone Weil

En Le Nouvel Observateur, Jacques Julliard da cuenta de la aparición de las Obras de Simone Weil, editadas por Gallimard. Seis volúmenes, de los 17 que formarán el todo final, ya vieron la luz. Y es notable que esa enorme producción haya sido la de una mujer que murió a los 34 años de edad. El libro al que se refiere Julliard es una selección de textos de la llamada “virgen roja”, filósofa, obrera, católica, pacifista, socialista, miliciana anarquista en España, sindicalista que asumió las penalidades de los trabajadores más cruelmente explotados en su Francia natal. Su miopía descomunal, que la llevó a quemarse un pie, la salvó de morir aniquilada junto con la columna Durruti, en plena guerra civil española. Ni este compromiso radical la hizo sentirse eximida de señalar los crímenes de los republicanos, junto a quienes combatía fusil en mano.

Julliard termina su recensión con estas frases: “Todos los espíritus tranquilos de su época verían en ella a una histérica y a una loca. Seguramente por aquello de ‘escándalo para los judíos y demencia para los paganos’ de que hablara el Apóstol”. Pero fue ella—en 1933— quien formuló la más lúcida crítica al troskismo, al estalinismo y al nazismo, en los años en que nadie había visto el huevo de la serpiente totalitaria que se incubaba en aquellos nidos. Además, anticipó los excesos de la tecnocracia y su futuro de “pilar de la opresión moderna”, junto con la fuerza pura y el dinero.

Simone, de sangre judía y convicción cristiana, profeta de una imposible carta “de los deberes para con el ser humano”, murió en 1943.   n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Autor de Disiento.

Salomón y los estudiantes

Caracol

Salomón y los estudiantes

Por Cinna Lomnitz

Relatan las Escrituras que el rey Salomón era una excelente persona pero que a veces era un poco lento de ingenio. Un día que halló gracia en los ojos del Señor, el Hacedor ofreció concederle un solo y único deseo. Salomón, ni corto ni perezoso, suplicó:

—¡Quisiera ser el hombre más sabio que jamás existió sobre la faz de la tierra!

—¡Concedido! —tronó Dios. En ese instante Salomón se transformó en el hombre más sabio en todo el universo… Y en el mismo momento, se dio cuenta de que se había equivocado de petición. ¡Debió haberexigido un millón de dólares! (palabra de Dios).

Huelga y sabiduría

No hay relación alguna entre esta anécdota y la huelga en la UNAM, aparte de que ambos problemas son insolubles. Pero ya que estamos en plan de prédica, no resisto la tentación de relatarles otro hecho notable que acaeció en el reinado de Salomón. Dos damas de las que dieron su fama a la Avenida Insurgentes comparecieron ante el rey reclamando un mismo bebé. Cada una decía que el bebé era suyo, y no había modo de convencerlas de lo contrario. Por desgracia, el laboratorio de DNA estaba recientemente clausurado por falta de apoyo económico del Conacyt.

El buen rey, después de pensarlo un rato y recordando sus orígenes de Alvarado, increpó a las dos mamás con las encendidas palabras:

—Partidle la ídem a este jijo de su madre y dadle una mitad a cada una.

Al escuchar tamaño veredicto, una de las mujeres exclamó:

—Señor rey, por piedad, entrégale el bebé a ésta y aquí muere. Bye, ahí nos vemos.

La otra dama chilló:

—¿Ah, sí, canija? ¡Respondiéndole así al señor rey! Muy bien, ¡que no sea ni tuyo ni mío y que me lo partan ya, y aquí mismo.

Entonces el rey respondió disgustado:

—Entregadle a aquella su hijo, y no lo matéis: ni modo, ella es su verdadera madre.

Todos reclaman a la UNAM como propia. Tanto el rector como los huelguistas aseguran que se desviven maternalmente por cuidar sus intereses. Por eso, ¡que la parta un rayo!

Pero no todos somos así. Los investigadores, en cuanto supimos de la amenaza de huelga, pusimos el grito en el cielo: “No le vayan a hacer esto a la universidad: ¿qué voy a hacer para atender mis sismografos?”, “¿quién va a vigilar el Popo?”, “¿quién va a cuidar mis huevos de tortuga?”, “¿dónde vamos a poner la centrifugadora para los sueros, y qué va a pasar con mis plantas, con mis galaxias, con mis cultivos?”. Tanta alharaca metimos que algún Salomón que entre bambalinas dirigía a los huelguistas decidió no clausurar los institutos de investigación científica. No hubo interrupción forzada de nuestras actividades académicas ni despojo de nuestros espacios de trabajo. En honor a la verdad, tuvimos acceso a nuestros cubículos y laboratorios en todo momento. Uno de los ingresos a Ciudad Universitaria se mantuvo abierto para que pudiéramos ingresar con nuestros carros. Algunos colegas de malas pulgas les echaron el coche encima a los muchachos y sin embargo ellos nos trataron en forma eficiente y respetuosa.

¿Por qué no hubo la misma preocupación por garantizar las otras funciones de la universidad? En las facultades se discutió acalorada y exhaustivamente a favor y en contra del nuevo Reglamento General de Pagos, y se votó a favor o en contra de la huelga. Pero nadie gritó: “Por favor, muchachos, ¿qué estamos haciendo? Mis estudiantes van a perder el semestre”.

Así la batalla se decidió a favor de los ratones de laboratorio. Fueron defendidos más apasionadamente y más generosamente que los estudiantes. Por eso el resultado fue justo. Se cerraron las facultades y no los institutos.

La dinámica de los saberes

Los estudiantes son nuestra responsabilidad indeclinable, y en eso radica la fuerza moral de la universidad. Si no supimos defenderlos, si no nos esforzamos en escucharlos, comprenderlos y orientarlos, perdimos el derecho a educarlos. Tanto el rector como su principal contrincante del PRD, Carlos Imaz, son vástagos de la emigración española. Son gente republicana, de recios instintos de izquierda. A Barnés le indignaba el hecho de que los ricos pagaran veinte centavos al año por la educación superior de sus hijos cuando hay tantas carencias en este país. Y estaba dispuesto a arriesgar la carrera de muchos estudiantes por este principio de justicia social. Imaz fue más lejos: jugó el futuro de la universidad por el albur de que veinte centavos era demasiado dinero. Se trataba del principio de la gratuidad de la educación.

¿Eso es izquierda? Nuestros estudiantes deben aprender de este triste episodio que las personas siempre valen más que los principios. La política es el arte de lograr lo posible: no es un juego en el éter inefable de las ideas.

Todos sabemos que en California la educación superior es gratuita. ¿Por qué allá sí y aquí no? Pues porque perdimos California en Guadalupe Hidalgo, y los gringos luego luego descubrieron el oro, que siempre había estado allí pero que no habíamos tenido la imaginación ni la capacidad —vale decir, la educación—para encontrar y explotar. Santa Anna, el Milosevic mexicano, prefirió sus principios. Eso pasó hace ciento cincuenta años. Los que quieran educación gratuita se irán al Valle de Santa Clara a rascar lechugas. Santa Anna decidió que no íbamos a ser ricos.

La UNAM no andaba tan mal, pero alguien decidió que no merecíamos una educación superior decente. Se ha dicho que veinte centavos valen precisamente eso: la quinta parte de un peso. La docencia que se impartía en la UNAM estaba devaluada. Nada se resolvía con subir las cuotas a mil pesos, o con bajarlas a cero. Era lo mismo. Yo veo a nuestros estudiantes, con su inmenso idealismo y deseo de progresar, y me pregunto con tristeza qué será de ellos en unos diez años. Imagino que muchos, acaso la mayoría, acabarán en los barrios chicanos de Los Angeles o de Chicago. Allá recordarán con melancolía la gloriosa huelga de 1999 y la educacion de veinte centavos que les dimos en la UNAM.

…Y en la otra esquina del ring

En Washington, ya pasado el juicio por desafuero a Clinton, el Congreso se puso a chambear. Y aprobaron unos incrementos sólidos aunque modestos en ciencia y tecnología para inaugurar el nuevo milenio. Se autorizó un presupuesto de 78,200 millones de dólares para el año 2000, lo que viene a ser un incremento menor que el de la inflación. La mitad de este presupuesto está destinada a la investigación en defensa nacional. La National Science Foundation (NSF), cuyas funciones incluyen otorgar apoyos a los investigadores en las universidades y a los institutos de investigación básica, recibirá el 3.6% del total. Eso constituye un buen aumento pero es apenas la sexta parte de la NASA, o la octava parte de los Institutos Nacionales de Salud.

Hasta aquí la situación no parece tan diferente a la de México. Pero veamos un poco cómo se reparte el dinero dentro de esas grandes instituciones de Estados Unidos. Lo primero que notamos es que el gasto administrativo es mínimo. No pinta. Está incluido en cada uno de los programas respectivos. El desglose, para la National Science Foundation, resulta ser casi al revés de lo que pasa en el Conacyt. Así, el rubro correspondiente a las geociencias es de 485.5 millones de dólares, que representa un 12.3% del total de la NSF. Luego vienen las ciencias e ingenierías de la información y cómputo, con 422.5 millones de dólares. Sumando física, química y astronomía se llega a 428.1 millones de dólares, menos de lo correspondiente a ciencias de la tierra. En México, en cambio, geociencias y medio ambiente están en el último (décimo) lugar del Conacyt.

Tales prioridades no son nuevas. Vienen siendo dictadas por las preocupaciones de la sociedad. En Mexico, la riqueza del subsuelo está hipotecada y no hay incentivos para buscarla y aprovecharla. Nos estamos acabando nuestros ecosistemas y ni sabemos qué fumarolas ponzoñosas se respiran en nuestras ciudades. Tal parece que el medio ambiente nos tiene sin cuidado.

Sin embargo, hay estrategas americanos de la ciencia que esperaban un apoyo aún más generoso del gobierno de Clinton. El doctor Neil Lane, asesor científico de la Casa Blanca, admitió que “las noticias no son muy buenas este año”. Es que hubo recortes, si bien se produjeron principalmente en el presupuesto de la defensa; de todos modos, algunos esperaban un apoyo más generoso en vista del financiamiento de emergencia que apenas se había logrado el año pasado. Pero esta vez el propio gobierno americano fue el que impuso unos candados, los caps, para gastos del gobierno federal. No se permitió que se tocaran los excedentes en el presupuesto de ingresos hasta no aprobarse la nueva ley de seguro social, o sea, hasta después de 2001.

Para el año 2000, el principal programa nuevo será el programa presidencial de computo llamado IT2, que costará 366 millones de dólares para ese año. Un 60% de este programa será dedicado a investigación sobre cómputo en las universidades.

En una reciente reunión del Consejo Consultivo de Ciencias, que asesora al Presidente de la República, me permití expresar preocupación porque nuestro sistema de ciencia y tecnología está concentrado de manera preponderante en la UNAM. Y la UNAM está prendida con alfileres.   n

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

Pop Corn: Disparos en escena

Pop corn: Disparos en escena

Por Martha Bátiz Zuk

Dos éxitos teatrales muy claros preceden la puesta en escena de Pop Corn. Cronológicamente hablando, habría que mencionar primero Arte, de Yazmina Reza, dirigida por Mario Espinosa, que el año pasado concluyó una larga y exitosa temporada en el teatro Helénico. En segundo lugar quedaría Moliere, el mejor texto dramático que ha escrito Sabina Berman, una coproducción de Argos Teatro y la Compañía Nacional, que desde hace varios meses agota las localidades del teatro Julio Castillo cada fin de semana. Pop Corn, de Ben Elton, es una comedia inglesa que nada tiene que ver con Arte o con Moliere salvo que, para hacerla realidad en nuestro país, se conjuntaron con habilidad los talentos que ya habían probado las mieles del triunfo innegable en las dos obras ya mencionadas. Mario Espinosa asumió la dirección de Pop Corn, y Argos Teatro —encabezada por el siempre activo Enrique Singer— pasó a formar parte de la empresa productora Argos Becker Jinich para llevar a cabo un montaje más que digno en el totalmente remodelado teatro Lídice, antes San Jerónimo.

El elenco está encabezado por Fernando Ciangherotti (Bruce Delamitri), Juan Manuel Bernal (Wayne Hudson), Roberto Medina (Karl Brezner), Cecilia Suárez (Scout) y Ludwika Paleta (Velvet Delamitri). Actúan también Surya Macgrégor (Farah Delamitri), Arleta Jeziorska (Brooke Daniels), Dora García (Selena) y René Lovo (Bill). La acción se divide en dos actos y la trama intenta mostrar la manera en que los norteamericanos fracasan al enfrentarse a la violencia que ellos mismos generan, condenan, alaban y  premian. Bruce (Ciangherotti) es una especie de Quentin Tarantino que de pronto ve su casa invadida por Wayne (Bernal) y Scout (Suárez), los llamados “asesinos American Express”. Las situaciones que se suscitan a partir del enfrentamiento entre el cineasta y su familia y estos seres que parecen haber brincado a la realidad desde alguno de sus guiones, son divertidas y emocionantes (pero, a diferencia de lo que ocurre en otras obras, mencionar aquí algún ejemplo arruinaría por completo la sorpresa de quien no ha ido a verla).

En el texto se cuestiona sin freno quién debe asumir la culpa por la existencia de personas como Wayne y Scout; quién debe hacerse responsable por la violencia que impera en el país: aquellos que la producen y la comercializan, o aquellos que la consumen con avidez. Todos los personajes —la obra en sí— se convierten entonces en una especie de perro inmenso que gira en torno a sí mismo persiguiéndose la cola hasta que la muerde y se desangra. Y son fiel reflejo de lo que ocurre en la sociedad estadunidense.

Las actuaciones son de alta calidad en general (a pesar de que Juan Manuel Bernal sobreactúa), pero yo destacaría a Cecilia Suárez: Scout tiene contrastes muy bien manejados, y los trabajos corporal y vocal son espléndidos. Logra una auténtica caracterización interna y externa del personaje.

El texto es ágil y la hábil dirección de Mario Espinosa mantiene la tensión y la vertiginosidad en crescendo hasta que en el segundo acto uno está completamente a merced de los acontecimientos. La traducción de Otto Minera es muy buena y precisa, y la escenografía de Gabriel Pascal, como siempre, resulta visualmente atractiva e idónea para las necesidades del texto. Todo esto le augura a Pop Corn una larga permanencia en nuestra cartelera (aunque, por cierto, Ludwika Paleta está embarazada: cuando sea evidente, abandonará la obra, de modo que le recomiendo que asista a verla cuanto antes, porque siempre es preferible ver las obras de teatro con su elenco original)  .n

Martha Bátiz Zuk. Actriz y escritora.

El salinismo

El salinismo

Por Jorge G. Castañeda

En el número de junio de 1999, Nexos abrió un espacio para el debate y la reflexión: el Foro de nexos. En aquella entrega el expresidente Carlos Salinas respondió a los cuestionamientos que Jorge G. Castañeda le hizo en el número de mayo de 1999 (Nexos 257). En esta ocasión, Jorge G. Castañeda ahonda en la polémica y hace un diagnóstico del periodo salinista. José Antonio Crespo reflexiona sobre la disputa de dos proyectos de nación que han permeado la vida política del país. Luis Rubio pasa lista a las reformas pendientes para la modernización, y Sergio Sarmiento escribe la crónica de la visita de Carlos Salinas a México.

El salinismo

Por Jorge G. Castañeda

No estoy seguro de que yo sea la persona más indicada para polemizar en estas páginas con Carlos Salinas. Creo que el debate de fondo de Salinas es con Ernesto Zedillo, sobre el “error de diciembre”, y con aquellos mexicanos que se dejaron convencer por sus promesas y hechizos.

Pero el exmandatario optó por conferirme el dudoso privilegio de ser su interlocutor en esta polémica, al responder de manera selectiva y estridente a mi breve nota sobre su contribución inicial al debate en Nexos. Incluí en ese comentario un par de observaciones parentéticas, relativas a dos temas recurrentes en sus escritos recientes, que suscitaron una airada pero insustancial respuesta del expresidente. Al no recibir mis comentarios la publicidad que sí despertó la respuesta desde Dublin —publicada en Reforma debido a un error “mecánico” de la oficina de Salinas en México— me permito reiterarlos en forma sucinta, antes de pasar a la discusión de fondo, que Salinas eludió tanto en su primera intervención como en su réplica.

En primer lugar, consideré que las estadísticas esgrimidas por Salinas en defensa de su administración no eran concluyen- tes, por cuatro razones:

a)      Sus fuentes no son las que dice.1

b)       Sus cifras no son las que dice; otras fuentes dan otras cifras. Mencioné dos discrepancias citando dos fuentes distintas: una consultoría económica privada mexicana, de nombre GEA, fundada en 1991 por Jesús Reyes Heroles González Garza, de cuyo informe mensual de octubre de 1998 extraje los números sobre distribución del ingreso en los sucesivos sexenios;2 y estimaciones del staff del Banco Mundial, basadas en las encuestas del INEGI, donde obtuve las cifras no corregidas de pobreza en México y que muestran tanto las grandes divergencias que existen entre distintas fuentes, en diferentes momentos, como las alzas y bajas de la pobreza medida de esa manera, cuando se toma en cuenta un periodo largo, y no sólo un par de años.

c) Sus conclusiones no se derivan de sus premisas. De las mismas cifras propuestas por Salinas, expertos en la materia —funcionarios del BID y del Banco Mundial, que nunca disimularon su acuerdo o afinidad con muchas de las políticas económicas de Salinas— sacan otras conclusiones. Arriban a conclusiones opuestas a las de Salinas, revisando las mismas cifras.3

d) Su sexenio no es tampoco el que dice. Sólo evadiendo cualquier responsabilidad por la crisis de diciembre de 1994 y por la consiguiente debacle económica de 1995 puede Salinas omitir los números de aquel año terrible en el balance de su propio sexenio. Sólo si se considera que la dramática caída del empleo y de los ingresos en 1995, y la pérdida en muchos casos irreparable de ahorros, casas, automóviles, tierras y viabilidad como sujetos de crédito fueron totalmente ajenos a Salinas, se puede evitar incorporar los números de 1995 al balance sexenal. Las cifras del sexenio definido en el sentido estricto sólo reflejan la gran farra salinista, cuya cruda se pagó, con creces, a partir de 1995, y hasta la fecha. El que el régimen zedillista recule ante cualquier debate con el expresidente en esta materia —como durante la reciente visita de Salinas a México—, que pudiera demostrar la responsabilidad de Salinas en la catástrofe de 1995, sólo subraya la continuidad entre las dos administraciones.

Por cierto, el propio Salinas hizo exactamente lo contrario de lo que dice ahora en 1983, cuando como secretario de Programación y Presupuesto de Miguel de la Madrid le achacó los pésimos números del primer año del sexenio a José López Portillo. El único parangón de la renuencia de Salinas por cargar su parte de la culpa del desastre reside en la persistente negativa zedillista en asumir la suya.4

Segundo, en lo tocante a la nomenklatura, comenté que se trataba de un clásico eufemismo de la política mexicana. Como le respondió un mal citado Alan Riding a Salinas en Proceso una semana después de la polémica de marras, la nomenklatura de Salinas son los “emisarios del pasado” de Luis Echeverría, es decir, enemigos nunca nombrados, nunca acusados, nunca revelados, para no entorpecer una cercanía pasada o futura. Salinas no los puede identificar, porque entonces tendría que explicar por qué sus posibles candidatos políticos a la nomenklatura, como Fernando Gutiérrez Barrios, fungieron como su secretario de Gobernación durante cuatro años, después de haber apoyado su candidatura en 1987; por qué candidatos político-empresariales del círculo mencionado, como Carlos Hank González, pertenecieron durante seis años al gabinete salinista; o cómo empresarios protegidos y subsidiados durante medio siglo, como Roberto González del Grupo Maseca, mantienen una estrecha relación personal con la familia Salinas desde hace varias décadas.

Ya el lector de estos ires y venires polémicos dispone de los razonamientos de ambos autores; puede formarse una opinión sin necesidad de mayores elementos. No tiene mucho sentido seguir con esta parte de la discusión.

Quise centrar mi argumentación de fondo en algo que también retomó Salinas, pero sólo para perseverar en su incomprensible afán de desacreditar a un interlocutor que él mismo escogió. Me refiero al problema trascendente de la relación entre democracia y reforma económica, meollo de mi primera intervención en este debate y, por cierto, tema central de la crítica al sexenio salinista durante sus mejores (o peores) años. Mi tesis constante, invariable, desde el ensayo “Mexico at the Brink” publicado en noviembre de 1985 en Foreign Affairs,5 y hasta la fecha, era que en ausencia de una democratización de fondo del sistema político del país las reformas económicas —necesarias, sin duda— se viciarían de entrada, siendo “capturadas” por las poderosísimas élites mexicanas. Sin democracia, sin una transformación del movimiento obrero y de la política social —a su vez sólo posibles gracias a la democratización—, sin una reafirmación de la política exterior mexicana y de su concomitante erguidez frente a Estados Unidos, no sólo quedarían truncas e ineficaces las reformas económicas sino que incluso podrían volverse contraproducentes.

Este punto de vista prospectivo, compartido por muchos desde antes del inicio del sexenio salinista, pasó a ser factual y casi consensual en pleno salinismo, aunque divergían las conclusiones y las posturas éticas derivadas del diagnóstico. Lorenzo Meyer, si mal no recuerdo, acuñó la afortunada y lapidaria fórmula de la perestroika sin glasnost, para lamentar la evolución del régimen; otros críticos se limitaron a comprobar la ausencia de una reforma política que acompañara al proceso de apertura económica. La persistencia del fraude electoral y el advenimiento de las “concertacesiones”, la naturaleza limitada, casi caricatural, de la reforma electoral de 1989, la persecución y el hostigamiento al PRD y a los críticos en general, la presión y manipulación sobre los medios, la corrupción creciente, fueron rasgos rápidamente detectados por tirios y troyanos.

Unos —los más— adoptaron la actitud que en mi artículo anterior comparé a la del cliente del restorán chino: escoger el platillo apetitoso —básicamente las reformas económicas— y dejar a un lado lo insípido o amargo: el autoritarismo, la corrupción, la arrogancia. Otros —los menos— insistimos en que los dos capítulos eran indisociables, y que la ausencia de apertura política y transparencia contaminaba irremediablemente lo económico, distorsionando su contenido, sus consecuencias y su rumbo. Hasta el propio Salinas reconoció, en la famosa entrevista de New Perspectives Quarterly —citada en mi artículo anterior—, que decidió conscientemente postergar la reforma política mientras realizaba las económicas, ya que de lo contrario correría la trágica suerte de Mijail Gorbachev. Igual la corrió, y sin siquiera poder reivindicarse como el gran democratizador de su país.

No obstante, nunca quedaron claras para muchos sectores las razones por las cuales algunos pensábamos que la transformación del sistema político no era únicamente un agregado a lo económico, sino que incidía de manera sustancial y decisiva en la orientación misma de lo económico. Muchos mexicanos de buena fe pensaron que, en efecto, era deseable eliminar el fraude electoral, o la corrupción, pero que la persistencia de ambas pestes no era óbice para reconocer y aplaudir las privatizaciones, la consolidación de la apertura comercial, las reformas constitucionales a los artículos 27 y 130, e incluso el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Para esos mexicanos hubiera sido preferible que se gestaran y se consumaran todas estas reformas en un contexto democrático, que implicara una verdadera rendición de cuentas, pero creían que revestían un valor intrínseco tal que las deficiencias del entorno político no podían pervertirlas. Ante esto, no era fácil convencerlos de lo contrario: a saber, que la democratización era indispensable para no viciar dichas transformaciones y que, en su ausencia, podían resultar fatales para el país.

Fatales por varios motivos, algunos de los cuales se pueden explicar en abstracto, y otros de modo más claro a través de los resultados. En primer término, la existencia de una oposición poderosa, no distraída por combates interminables, municipio por municipio y estado por estado, contra el constante fraude electoral salinista; de un Congreso fortalecido, fiscalizador y plural; de medios masivos de comunicación independientes y críticos; de instancias autónomas dentro del Estado, y de una sociedad civil vigorosa—sindicatos, asociaciones, grupos de consumidores, etc.— le hubiera impuesto un ritmo más pausado al proceso de reformas económicas. Ni todo se habría logrado de un golpe, ni habría salido todo al antojo del régimen salinista. No es casual que de los países donde se pusieron en práctica diversos procesos de reforma—exceptuando, por supuesto, las economías socialistas, no asimilables a la mexicana— sólo en Inglaterra y Nueva Zelanda se llevaron a cabo a tambor batiente y sin modificaciones o contratiempos. En cambio, dos de los procesos más acelerados y radicales de transformación —el de México y el de Chile— tuvieron lugar en un contexto de autoritarismo variable pero indiscutible.

Al darse de manera más lenta la aplicación de las reformas, aumentan las probabilidades —que no la certeza— de evitar errores, excesos y precipitaciones. La construcción europea, por ejemplo, se ha demorado casi medio siglo (empieza a finales de los años cuarenta con el Euratom y la confederación europea del carbón y del acero), ciertamente en ocasiones conduciendo a sus arquitectos a la desesperación debido a su ritmo aletargado. Por último, la lentitud permite resistir a la tentación de la moda: impulsar reformas seductoras a primera vista, pero perniciosas a la larga. Sin duda, a ello se debe el que casi ningún país europeo haya caído en el error de privatizar el seguro médico o las pensiones, como sí ocurrió en Chile y luego en varios países latinoamericanos, bajo el embrujo de José Piñera y la férula de Augusto Pinochet.

En segundo lugar, la vigencia de una institucionalidad democrática permite —aunque no asegura— que los sectores más débiles y castigados de la sociedad, que suelen ser también los más afectados en el corto plazo por las reformas a través de despidos, recortes de subsidios, desposesión de activos, etc., cuenten con mayores posibilidades de luchar por diversas salvaguardas, excepciones o mecanismos de protección. No es gratuito que en los países desarrollados, pero también en muchas naciones democráticas de América Latina, distintos sectores —obreros, pensionados, desempleados, campesinos sin tierra, estudiantes, etc.— han aprovechado los múltiples resquicios de la democracia para conseguir plazos de protección o ablandamiento de las reformas. Claro: estos mecanismos retrasan y complican la aplicación de las reformas, e incluso en algunos casos —ver las huelgas francesas del invierno de 1996— pueden impedirla. Pero también las corrigen, las rectifican, las mejoran o, cuando no corresponden al interés nacional, las anulan. En cambio, la ausencia de democracia, en un país como el nuestro, dominado por élites tan apabullantes y concentradoras de poder y riqueza, garantiza la captura de los beneficios de las reformas por esas élites, y la exclusión de los mismos de la vasta mayoría de la población, impotente y desprovista de derechos y mecanismos de representación.

Tercero, el debate nacional, que suele producirse a propósito de grandes cambios en sociedades dotadas de instituciones para dirimir conflictos y forjar consensos, tiende a obligar a definir secuencias y estrategias, y a construir esquemas más ricos y provechosos. Esos debates permiten asimismo detectar a tiempo los riesgos: por ejemplo, proceder a una privatización a ultranza sin contar con el marco regulatorio adecuado para ordenar a las nuevas empresas privadas, y sin la capacidad fiscalizadora e investigativa necesaria para realizar la transferencia masiva de activos públicos a manos privadas en condiciones de transparencia, limpieza y probidad. O, de la misma manera, un debate de esa naturaleza abre las puertas al diseño de políticas compensatorias para acotar los efectos dañinos de ciertas transformaciones (por ejemplo, la protección en Estados Unidos a los damnificados del TLC; por ejemplo, las medidas de apoyo a vinicultores franceses e italianos con la entrada de España al Mercado Común Europeo), o para elaborar una estrategia militar de largo plazo, de fomento al empleo, o a ciertos sectores clave de una economía, de un país, o de una sociedad (por ejemplo, la industria aeronáutica europea; por ejemplo, la construcción de la infraestructura española o el ingreso de España a la OTAN; por ejemplo, la actual tentativa norteamericana de permitir la inversión de los fondos de retiro públicos en la Bolsa de Valores.) Al revés, la ausencia de mecanismos democráticos funcionales para dirimir conflictos y construir acuerdos, en condiciones de un autoritarismo ya inviable, conduce a la parálisis estatal. Por ello, sin duda, la tarea institucional más apremiante hoy en México reside en el diseño y edificación de nuevos mecanismos para resolver controversias y crear convergencias sobre temas tan diversos como las cuotas de la UNAM, el financiamiento de la infraestructura, la inseguridad, la paz en Chiapas, los derechos indígenas, la segunda vuelta, la política social, etc.

Finalmente, la vinculación de la política económica con la democracia se refleja en lo que ahora el Banco Mundial y otros llaman ownership, o “corresponsabilidad” y que significa en realidad el sentimiento de identificación o asimilación de una sociedad con determinadas reformas o cambios en la economía o la organización social. Se trata del perenne dilema de lograr que reformas o cambios no necesariamente populares o generadores de beneficios inmediatos sean considerados por los habitantes de un país o de una región como propios y libremente consentidos, y no como impuestos por otros. El diseño y la construcción de los citados mecanismos de resolución de conflictos en una sociedad carente de una larga tradición democrática, y la consiguiente capacidad de fraguar consensos, constituye un componente esencial del ownership. Es cierto que esta faceta del tema es más complicada; así, la imposición brutal de las reformas en Chile no obstó para que al regreso de la democracia, los chilenos hayan conservado lo esencial de las reformas (tal vez por impotencia o temor, tal vez por convicción) aunque les impusieron una serie de correcciones importantes. De cualquier modo, la mejor manera de lograr la continuidad de determinadas políticas es su arraigo en el imaginario popular y su origen y consolidación mediante decisiones democráticas o consentidas. Y sobre todo, es lo único que permite construir ciertos consensos básicos en sociedades escasamente cohesionadas y fuertemente fragmentadas desde tiempos inmemoriales.

Ahora, en abstracto, todo eso suena bien pero le2jano. La clave consiste en elucidar si estas tesis eran o no aplicables al México de Carlos Salinas, e incluso al México actual. Sin poder agotar aquí la discusión ni abarcar la totalidad de los capítulos pertinentes, podemos citar algunos ejemplos evidentes de vinculación de democracia y reformas económicas durante el sexenio salmista, que claramente muestran cómo aquella es consustancial a éstas. Se trata del problema de las privatizaciones, de la apertura comercial y el empleo, y de la reforma fiscal.

Un primer balance estrictamente microeconómico de las privatizaciones salinistas es ya posible. Más allá de si el proceso de venta de empresas estatales fue bueno o malo para el país en su conjunto, disponemos ya de suficientes elementos para saber si dichas empresas o servicios se vendieron a quienes debieron ser vendidas, o no. Con muy contadas excepciones, como lo ha señalado en Nexos, pero por distintas razones a éstas, Luis Rubio —un ferviente partidario de la desincorporación en general—, las privatizaciones salinistas arrojan resultados mediocres. La lista de quiebras, quebrantos, re-nacionalizaciones, rescates y fraudes es larga de verdad: las carreteras, Mexicana de Aviación, Altos Hornos de México, Banpaís, Banca Unión, Banco del Atlántico, ahora tal vez Inverlat y Serfín, Televisión Azteca, los ingenios azucareros, la parte de Nacional Hotelera comprada por Sidek, Agro-nitrogenados (Fer- timex-Pajaritos), Saemsa (los aviones de Pemex vendidos a Protexa), por sólo mencionar a las más importantes. Todo ello sin entrar siquiera al tema de Fobaproa y la increíble hazaña de invertir más dinero para salvar a los bancos privatizados que lo que el gobierno recibió por venderlos; y sin hablar del Fobaproa de Nafinsa (Fiderca) y de las Uniones de Crédito. Sólo Telmex, Las Truchas (por ahora), algunas minas, los puertos y una que otra industria mediana han sobrevivido a la hecatombe posterior al frenesí privatizador.

Huelga decir que no se hubiera evitado automáticamente el cúmulo de desastres por el mero hecho de disponer de un marco regulatorio adecuado, de no hacer las cosas a la carrera, de contar con entes fiscalizadores e investigativos ex ante eficientes y honestos, y de mecanismos anticorrupción sólidos y eficaces. Tampoco es cierto que cada privatización fallida se debe a las mismas causas: en algunos casos el problema efectivamente fue la corrupción y el amiguismo; en otros, errores honestos de cálculo; en otros las prisas y las ansias excesivas por recaudar mayores fondos para el erario y, finalmente, la simple ignorancia. Pero nadie puede alegar hoy que venderle siderúrgicas a boticarios, televisoras a comerciantes de enseres domésticos, bancos a bolseros o líneas aéreas a salchicheros no tuvo nada que ver con los resultados a la vista. Tampoco se puede sostener que era innecesario preguntar de dónde provenía el dinero que ofrecían los compradores potenciales por distintas empresas, o que algún ente regulador consciente hubiera permitido que un postor recibiera un préstamo de 30 millones de dólares del hermano del presidente justo después de ganar la licitación sin por lo menos formular algunas interrogantes al respecto. Un régimen democrático quizá no hubiera evitado la crisis de 1994, ni el Fobaproa o los rescates carreteros y las otras quiebras. Pero tampoco habría dado lo mismo. Entre esos dos extremos, el hacer las cosas de otra manera hubiera dado otros resultados. La mejor prueba: las dificultades actuales con la energía eléctrica y la petroquímica muestran que en condiciones de democracia todo es más difícil, más lento, más vigilado, y a la larga más sano para el país en su conjunto, sea cual sea el desenlace.

Segundo tema: el empleo, la apertura y el sector exportador. Cuando se consumó la política de liberalización comercial, se pronunció aquella frase memorable del entonces secretario de Comercio y Fomento Industrial: “La mejor política industrial es ninguna política industrial”. En otras palabras, dejar todo al mercado es lo ideal. Hoy sabemos que las cosas no salieron como se esperaba y se deseaba: las exportaciones se han incrementado indudablemente (aunque no en las proporciones cacareadas por el gobierno: sin las ventas brutas del sector maquilador los índices de crecimiento son menos espectaculares), pero el empleo neto en el sector manufacturero no crece. Si el objetivo de la apertura y del TLC era crear más y mejores empleos para los mexicanos, hasta ahora en el sector manufacturero por lo menos no es así. De acuerdo con las cifras del INEGI, con un índice 1993= 100, en marzo de 1999 el empleo permanecía en 98.7%, es decir, en términos absolutos, 1.3% por debajo del penúltimo año salinista. 6 Si recordamos que en México la población global crece casi a un 2%, y la población en edad de trabajar a más del 3% anual, podemos concluir que de 1993 para acá la situación del empleo manufacturero —donde se ubica el sector exportador más dinámico, incluyendo las maquiladoras— no ha mejorado. Tampoco hay que celebrar en exceso el año base del índice: en 1993, con un índice 1980=100. el empleo manufacturero se hallaba en 85%; 7 por otra parte, de 1993 a la fecha las remuneraciones en el sector manufacturero tampoco se han recuperado en términos reales.

¿Qué tiene que ver esto con la democracia? Algo muy sencillo y a la vez muy complejo. Además del persistente estancamiento del mercado interno en general y de la demanda de bienes manufacturados en particular, las razones por las cuales no crece el empleo en el sector manufacturero a pesar del boom exportador es el altísimo contenido importado de nuestras exportaciones, y la ausencia de cadenas o eslabones hacia atrás (backward linkages) del sector exportador. Estos factores a su vez provienen, en parte, de la carencia de una política de fomento a proveedores, de sustitución de insumos para la industria de exportación, de falta de estrategia de construcción de cadenas industriales, etc. Y esa deficiencia en alguna medida se explica por la precipitación con la que se consumó la apertura, por la deriva ideológica y la postración de nuestras autoridades ante la moda liberalizadora y el anti-estatismo, para quedar bien, y por la simple ignorancia por parte de los muy contados individuos que tomaban las decisiones. Hoy sabemos que este tipo de expansión no repercute en incrementos netos significativos en el empleo, y que no hay política social que valga en condiciones generalizadas de desempleo, subempleo o empleo informal. ¿Hubieran resultado de otra manera las cosas en presencia de un grande debate nacional, con una oposición bien informada y bien preparada, con una disidencia priista no aterrorizada por la represión y la intimidación salinistas, con medios de información y grupos académicos participando con vigor e independencia?

Creo que sí, tal y como ha sucedido en muchas otras partes. ¿La democracia garantiza que todo va a salir bien? Evidentemente no, pero ayuda, y permite evitar las terribles exageraciones, simplificaciones y descuidos en los que incurrió el régimen de Salinas.

Por último, el problema fiscal, que sirve como contra-ejemplo o ejercicio contrafactual en esta demostración. Desde hace varios años en algunos casos, y más recientemente en otros, académicos ubicados en sitios tan disímbolos del espectro político e ideológico como Héctor Aguilar Camín, Carlos Elizondo Mayer- Serra, Roberto Mangabeira Unger y yo mismo hemos insistido en la necesidad de elevar los ingresos fiscales del Estado mexicano. Aunque Salinas y sus funcionarios hacendarios se vanagloriaron de haber incrementado la captación tributaria durante el sexenio sin aumentar los impuestos, el hecho es que la carga tributaria como proporción del Producto Interno Bruto prácticamente no se modificó durante esos años. En 1988, el último año del sexenio de Miguel de la Madrid, la proporción de ingresos del gobierno federal sobre el PIB (incluyendo la aportación de Pemex) fue de 15.60%; en 1991, a la mitad del sexenio de Salinas, alcanzó 15.58%; en 1994,9 el último año de Salinas, permaneció en 15.50%. 9

Por cierto, en el sexenio actual la situación no ha mejorado: la proporción correspondiente a 1998 es de 14.25%. Las cifras equivalentes en otros países de América Latina son muy superiores; y en Estados Unidos o Europa occidental son del doble al triple. La mediocridad y persistencia de las cifras mexicanas contrastan con el ejemplo español, tan caro al propio Salinas y a muchos de nuestros empresarios new age: entre 1982, cuando llegó al gobierno español Felipe González, y 1996, cuando terminan sus cuatro periodos, la carga tributaria como proporción del PIB pasa de 25% a 39%.

En otras palabras, el principal indicador del efecto redistributivo de la democracia representativa no se alteró en esos años, justamente por la falta de democracia. El sesgo re- distributivo de la democracia es bien conocido: más allá de las eternas discusiones sobre la juiciosidad macroeconómica de elevar los impuestos o no, el hecho es que en países de larga tradición democrática como los europeos, la necesidad de obtener votos, de lidiar con partidos obreros y de proporcionar servicios diversos a millones de votantes obligó a conseguir recursos de unos —los sectores más pudientes de la sociedad— para transferirlos a otros —los más desfavorecidos—. Pero esto no se dio por causalidad, sino como resultado precisamente de la vigencia de los mecanismos democráticos; al revés, la ausencia de dichos mecanismos explica cómo, a pesar de la magnitud y la intensidad de las reformas realizadas durante el sexenio salinista. la solvencia del Estado mexicano y la carga tributaria no variaron.

Lógicamente: las mismas élites que capturaron las ganancias de las reformas jamás van a pugnar por una mayor carga tributaria y redistributiva; sólo lo harán, en su caso, las mayorías desfavorecidos y excluidas. Ante una exigencia democrática. no dudo que muchos de nuestros empresarios pueden aceptar cambios en este sentido, pero pedirles que los encabecen es iluso. Sin democracia no hay reforma fiscal posible que no desemboque en menores ingresos para el Estado. Y sin elevar paulatina pero firmemente la carga fiscal a niveles cercanos al 25% del PIB —la mitad del promedio europeo y muy por debajo de Estados Unidos, Canadá o Japón— será imposible construir el tipo de sociedad cohesionada y solidaria a la que aspiramos todos los mexicanos.

Durante el sexenio de Carlos Salinas no sólo no variaron los principales indicadores pertinentes. Pero incrementarlos en el futuro cercano —y se trata quizá de la reforma más importante de todas las que están pendientes— sólo será factible si se consagra un gran acuerdo nacional libremente consentido y democráticamente concebido, de que conviene hacerlo;, acuerdo difícil de concebir hoy, justamente, debido a la falta de mecanismos para fraguarlo, falta motivada por la tardía e insuficiente democratización, postergada entre otros por el régimen de Salinas. Los sectores acaudalados del país, y las clases medias mexicanas —por definición quienes tendrán que pagar más— sólo aceptarán hacerlo bajos condiciones muy precisas de uso, justicia y transparencia. Esas condiciones no son susceptibles de ser creadas en ausencia de mecanismos democráticos audaces e imaginativos, que abarquen diferentes gravámenes —al consumo, por herencia, al predial, a las plusvalías en bolsa, al patrimonio y al ingreso de los estratos superiores de las personas físicas—, así como formas innovadoras de etiquetación de recursos, y de vigilancia de la utilización de dichos recursos.

Así, un debate nacional de estrategias, una capacidad investigativa acrecentada y un marco regulatorio severo y estable para hipotéticas privatizaciones futuras (sobre todo aquellas tan delicadas como la energía eléctrica, la petroquímica y los aeropuertos); una discusión de sustancia sobre el empleo y la aparente desvinculación de mediano plazo entre el crecimiento de las exportaciones y del empleo neto; y el principio de la construcción de un consenso entre élites y clases medias para iniciar la enorme tarea redistributiva mexicana a través del refinanciamiento del Estado mexicano, son tres de las asignaturas dejadas pendientes por el autoritarismo salinista y por la continuidad zedillista. Obviamente hay muchas más, y evidentemente la democracia no constituye un ingrediente desprovisto de desventajas en la cocción de esos consensos, ni mucho menos una panacea. Pero ya sabemos a dónde conduce su ausencia: a debacles como la de 1995 y a la completa subordinación de la política económica a los intereses políticos de un grupo en el poder. He allí la verdadera explicación de los Tesobonos, de la sobrevaluación del tipo de cambio, de la explosión del crédito y del aumento desmedido del dinero en circulación, y de la “cortina de humo” inventada por Carlos Salinas durante su última visita a México. La borrachera del 94 explica la cruda del 95, y no al revés.

A tal grado fue grave y pertinente para la política económica la falta de democratización que cinco años después las mencionadas tareas siguen no solo inconclusas, sino prácticamente en ciernes. Qué mejor prueba de la relación entre democracia y reforma económica, entre perestroika y glasnost, entre el todo y las partes, entre las diversas opciones de la carta del restorán chino, que esta terrible omisión salinista. He aquí un primer veredicto en el juicio histórico del sexenio de Carlos Salinas y, también, un primer paso hacia la rectificación del cúmulo de errores y fechorías del salinismo.  n

1 Las cifras que Salinas atribuye al BID son en realidad del Banco de México; las que cita de la CEPAL son generadas por instancias gubernamentales mexicanas y entregadas a la CEPAL. En los Anuarios Estadísticos en América Latina y el Caribe publicados cada año por la CEPAL figura al principio una sección de 15 páginas sobre fuentes; para el apartado 11 (condiciones sociales) y México, la fuente utilizada por el organismo con sede en Santiago es en todos los casos el INEGI o los Censos de Población y Vivienda. En cuanto al Informe sobre la Magnitud y Evolución de la Pobreza en México 1984-1992, publicado en octubre de 1993, es un documento conjunto CEPAL-INEGI y se basa en las encuestas de Ingresos y Gastos “realizados por el INEGI”, en 1984, 1989 y 1992. Ver ONU-CEPAL-INEGI, Magnitud y Evolución de la Pobreza en México 1984-1992, Informe Metodológico p. 12. Conviene agregar que la asociación CEPAL-INEGI para este estudio provocó dudas y críticas dentro del organismo regional, al comprometer a la CEPAL en una operación política. Huelga decir también que sorprende la paradoja: el más anti-cepalino de los presidentes mexicanos escudándose detrás del organismo santiaguiño. La conclusión salta a la vista: si Salinas insiste tanto en invocar a una fuente externa y engañosa es porque él mismo cree que las fuentes reales e internas carecen de la credibilidad de las primeras.

2 AI comparar lo comparable, a saber, los coeficientes Gini derivados de las Encuestas de Ingreso-Gasto de los Hogares de 1963, 1968,1975, 1977, 1984, 1989, 1992, 1994 y 1996 (y no las encuestas propiamente tales). GEA concluye que la modificación más importante del coeficiente Gini hacia una mejor distribución del ingreso, de 0.45% a 0.38%, aconteció entre 1977 y 1984, es decir, aproximadamente durante los años correspondientes al sexenio de José López Portillo. Lo cual no es sorprendente, ya que fueron también los años de mayor crecimiento económico, el cual, así como en el caso del sexenio salinista, pero a propósito de un crecimiento muy inferior, pagamos carísimo después.

3  En toda la discusión sobre la pobreza y la desigualdad en México, las estimaciones y cifras de Nora Lustig son consideradas las más prudentes y optimistas. Nora Lustig nunca ha disfrazado su acuerdo con algunas de las posturas de Salinas, en particular con el Tratado de Libre Comercio. A pesar de ello, no concuerda con la conclusión de Salinas sobre la pobreza. Otros autores, tan prestigiados y competentes como Nora Lustig, pero más pesimistas, como Julio Boltvinik, proporcionan cifras y conclusiones sobre la pobreza y la desigualdad mucho más desoladoras, y llegan a conclusiones mucho más condenatorias sobre la evolución de la pobreza bajo el régimen de Salinas.

4 Según el informe más reciente de la misma CEPAL. que reitera que sus cifras provienen de las encuestas “gubernamentales” de Ingreso- Gasto de los hogares, la pobreza en México pasó de afectar a 34% de los hogares mexicanos a mediados de los ochenta, a 39% en 1989. a 36% en 1994 (la reducción de la que se jacta Salinas, que en realidad sólo recupera la mitad de lo perdido durante los ochenta) para volver a subir a43% para 1996, con motivo del colapso de 1995. ¿De qué sirvió la supuesta mejora salinista, si dos años después se perdió lo ganado, más otro tanto? CEPAL: Panorama Social de 1999, citado en Reforma, 17 de junio de 1999, p. 2.

5 “Mexico at the Brink”, en Foreign Affairs. Invierno. 1985. páginas 287-303, y en particular las páginas no citadas por Salinas. 288-294.

6 INEGI: “Encuesta nacional de empleo”, citado en Reforma, 1 de junio de 1999, sección de Negocios, p. 4.

7 Así, tomando un índice de 100=1980, en junio de 1993 el empleo manufacturero en México se hallaba en 77.9, es decir. 22% por debajo de 1980. El punto más alto del sexenio salinista fue en diciembre de 1990. Con un índice de 87.5. Conviene destacar que el año base de los cálculos actuales, 1993, fue un año de virtual recesión económica en México; de modo que los magros resultados seis años después son incluso más mediocres. Ver Banamex: Examen de la Situación Ecónomica de México, marzo 1994 y diciembre de 1992, p. 159 y 614 respectivamente.

8 Por ejemplo, las ventas al mayoreo de vehículos automotores durante los primeros cinco meses de 1999 sumaron 228,745 unidades, de acuerdo con las cifras de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz o una cifra analizada de entre 500,000 y 550,000 unidades (ver Reforma, 16 de junio de 1999. sección Negocios, primera plana). En 1981, el último año del “milagro mexicano”, las ventas internas totales sumaron 561,249. En otras palabras, diecisiete años después y con casi 30 millones de mexicanos adicionales, la demanda interna de vehículos es inferior a la de entonces.

9 Carlos Elizondo Mayer-Serra: “La fragilidad tributaria del Estado mexicano: una explicación política”, en El mercado de valores, julio de 1999.

Jorge G. Castañeda. Crítico y analista de política internacional. Es autor, entre otros libros, de Límites en la amistad México-EU y La utopía desarmada.

La Revolución Moral

La Revolución Moral

Por Gilberto Guevara Niebla

El nuevo programa Formación Cívica y Ética lanzado por la SEP al inicio de este año representa una revolución pedagógica. Su propósito es formar ciudadanos con una auténtica formación ética.

Muchas personas coinciden en señalar que el verdadero sustrato de nuestros males se encuentra en la moral y que el deterioro de la moralidad, aunque se origina por la acción de muchos factores, se relaciona fundamentalmente con deficiencias educativas: en concreto, con una prolongada negligencia de la escuela frente a la formación ética y cívica de los alumnos.

Sorprende descubrir que a través del siglo nuestro sistema educativo eliminó la moral del curriculum de la educación básica y que, incluso por largos periodos, se descuidó el civismo. Es verdad que la escuela de la Revolución mexicana siempre procuró afirmar en los niños el patriotismo y un compromiso moral con las clases desposeídas, pero nunca a lo largo del siglo la pedagogía oficial se propuso objetivos explícitos y concretos en el plano de la formación de la personalidad moral.

Durante décadas la escuela mexicana se desarrolló sobre una doble y contradictoria vertiente: a) concebía el curriculum como una estructura meramente cognoscitiva y b) se proponía metas vagas, imprecisas, en materia de formación ética. La fe en que el conocimiento, por sí mismo, era suficiente para educar a los niños, provenía del positivismo.

Desde Augusto Comte hasta Gabino Barreda los positivistas pregonaron a la ciencia como única guía de la vida del hombre, único conocimiento, única moral y única religión posibles. Este concepto fue heredado, a veces soterradamente y, otras no tanto, por los pedagogos revolucionarios que defendieron el principio de la “educación científica” como norma educativa suficiente.

La herencia positivista perduró y jugó un papel decisivo para afirmar un curriculum rigurosamente intelectual. Incluso el civismo, cuyo fin explícito era “formar” al ciudadano, perdió toda articulación con la formación ética de la persona y se redujo, a veces, a cargas informativas irrelevantes y tediosas que se acompañaban con rituales patrióticos que, aunque tenían el propósito de afianzar la identidad nacional, contaban con una eficacia pedagógica que era y sigue siendo dudosa.

Hoy sabemos, gracias a investigaciones como las de Jean Piaget y Lawrence Kohlberg, que los métodos heterónomos, que se proponen desarrollar valores en los alumnos mediante la coacción externa, es decir, a través de inculcar o adoctrinar, son los menos eficaces y, con frecuencia, generan efectos contraproducentes. Hechos como el súbito fracaso de los setenta años de adoctrinamiento comunista en la URSS confirman fehacientemente esta tesis (¿Pero acaso no le ha ocurrido a México algo semejante al revelarse recientemente, tras muchas décadas de rituales nacionalistas revolucionarios, una sociedad embobada por el mercantilismo, el consumo y admiradora del patrón cultural estadunidense?).

Formar la personalidad moral con base en la autonomía del alumno y en valores como la responsabilidad, la libertad, la justicia, la igualdad, la tolerancia, el respeto a los derechos humanos, el respeto a las leyes, el amor a la Patria y la democracia es el fin que se propone el nuevo programa “Formación Cívica y Etica” lanzado por la SEP al inicio de este año.

Se trata, auténticamente, de una revolución en el plano de la educación nacional pues, por primera vez, las autoridades se proponen formar a los nuevos ciudadanos con una base pedagógica que ancla en la ética. Es decir, por primera vez, de forma abierta, el tema de los valores se incluye en el curriculum. Este hecho no es insignificante y, por el contrario, constituye una de las acciones más sobresalientes en materia de educación del actual gobierno.

El programa “Formación Cívica y Etica” se aplicará en los tres grados de secundaria y buscará promover activamente los valores de la democracia. Su enfoque es esencialmente formativo; en otras palabras, se propone superar la tradición discursiva y retórica que hasta hoy ha caracterizado la enseñanza del civismo. Los contenidos son modernos: en primer grado se aborda el análisis de la naturaleza humana y la identidad personal; en segundo, se plantea acercar al alumno a la solución de problemas sociales mediante la participación y hacerlos reflexionar sobre las formas de convivencia y organización social; finalmente, en el tercer grado se busca que los jóvenes conozcan las leyes y las consecuencias concretas que trae consigo su transgresión pero, además, el curso habrá de centrarse en los valores de la democracia.

Es sumamente interesante, por otro lado, el sentido práctico que se le quiere imprimir a la materia. En las pautas pedagógicas y didácticas se contempla, por ejemplo, relacionar los temas tratados con la vida de los propios estudiantes; desarrollar investigaciones; vincular, cuando sea pertinente, los contenidos con la legislación y con las instituciones; promover en el aula actitudes de apertura y respeto; impulsar la equidad de género; desarrollar en el alumnado las capacidades de comunicación, diálogo, expresión y crítica, etc.

Temas como el análisis del efecto de los medios de comunicación de masas serán tratados en clase. Este repertorio de elementos pedagógicos constituye un auténtico desafío a la pedagogía tradicional y convoca a los actores de la vida escolar a revisar, en profundidad, sus ideas y prácticas. De hecho, estamos ante una revolución, una revolución escolar que nace de un cambio de paradigmas pedagógicos; es verdad que este cambio, apenas se ha anunciado (con el lanzamiento del programa), pero creo que todos debemos pugnar para que esta revolución llegue a sus últimas consecuencias.   n

Gilberto Guevara Niebla. Director de la revista Educación 2001.

Chapa, el fiscal desaforado

Chapa, el fiscal desaforado

Por Carlos Marín

Relato de un policía que se pasó la vida buscando un trabajo estelar; que por una recomendación fortuita y desatinada fue investido de poderes para encabezar las más apetecibles indagaciones a que puede aspirar un genuino investigador; que saltó a la fama como súbito descubridor de complots; que instruyó causas judiciales por igual contra un modesto lavacoches y contra el más poderoso hermano de un expresidente de México; que compró falsos testimonios con dinero de la Nación; que implicó en homicidios políticos al más exquisito cuerpo de élite del ejército; que azuzó a la sociedad para Ia reinstauración de hogueras inquisitoriales; que dio crédito a una hechicera y recurrió a la siembra de un cadáver; que fue cesado y en su desplome arrastró a un prominente político de oposición; un relato acerca de Pablo Chapa Bezanilla, el insólito subprocurador especial que contribuyó de manera sustantiva a la descomposición del sistema jurídico y cuya más consistente averiguación previa resultó ser la de los presuntos deslices amorosos de su propia esposa.

Discípulo de Polo Uscanga durante veinticinco años en la Dirección de Averiguaciones Previas de la Procuraduría del Distrito Federal, doctorado en la correspondiente de la Procuraduría

General de la República durante el salinato, Pablo Chapa Bezanilla se fogueó en la sordidez de la burocracia policiaca. Su nombre comenzó a brillar a principios de 1995, cuando se reveló como el sabueso que México esperaba: un fiscal temerario, decidido a perseguir personajes que hasta entonces vivían a salvo de procesos judiciales.

Chapa resultó ser un imaginativo cultivador de todo tipo de engendros, algunos de las cuales florecen hasta hoy, y otros se pudrieron sin rendir frutos. A diferencia de sus predecesores Miguel Montes y Olga Islas, que tuvieron a su cargo solamente el caso

Colosio, a Chapa se le otorgaron poderes más excepcionales aún, al resposabilizarlo de las averiguaciones de los asesinatos del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu. Acababa de conocer sus oficinas cuando logró uno de sus primeros injertos: la idea de que todo lo hecho y dicho antes de él en materia de los homicidios políticos mayores del país eran embustes. Con dispensa de trámite, aclaró de un día para otro los asesinatos del candidato a la Presidencia de la República y del secretario del Partido Revolucionario Institucional.

De ser una entidad independiente que rendía cuentas al presidente de la República, la Subprocuraduría Especial pasó a ser un instrumento autónomo del nuevo procurador general, Antonio Lozano Gracia, quien hizo suyas, desde un principio, las fabricaciones de Chapa Bezanilla. El presidente Zedillo mantuvo la mancuerna durante poco más de dos años y se deshizo de ella sólo hasta cuando fue evidente que la credibilidad en su gobierno se había despeñado hasta el fondo de la burla pública.

Fábrica de desastres

Terminada su gestión al frente de la Dirección General de Averiguaciones Previas en 1994, el horizonte de Pablo Chapa estaba fuera del presupuesto. Pero una paradoja jugó en su favor. Lo tenía en mente un reconocido litigante, Juan Velasquez, abogado del expresidente José López Portillo y del exjefe de policía, Arturo El Negro Durazo; representante ante la Subprocuraduría Especial, en el ocaso del gobierno salinista, de Diana Laura Rojas viuda de Colosio, y amigo y abogado de Raúl Salinas de Gortari.

En diciembre de 1994, el procurador Lozano Gracia le ofreció a Velasquez el cargo de subprocurador para que se hiciera cargo de las investigaciones de los tres homicidios relevantes. Juan Velasquez recuerda que debido a su “incapacidad absoluta para investigar” declinó la invitación. Lozano le pidió que cuando menos le propusiera a alguien. “En mi mayor y más absurda insensatez, le recomendé a Pablo Chapa Bezanilla”. Chapa fue nombrado subprocurador especial en diciembre de 1994. Antes de que terminara ese mes llevó sus conclusiones al Presidente. Y empezado el año comenzó implantar su grotesco sistema de procuración de justicia.

Habían transcurrido apenas unas semanas del colapso económico nacional con que se inauguró el gobierno zedillista cuando el subprocurador especial hizo un elemental corte de caja: el caso Posadas no permitía replanteamiento alguno. Por más que insistiera la grey jalisciense en su búsqueda de un mártir, era imposible sustentar la hipótesis de un atentado exprofeso. Era claro que el prelado fue muerto por andar en un coche grand marquis, como solía hacerlo el narcotraficante y verdadero blanco de la emboscada, Joaquín El Chapo Guzmán.

Los otros asesinatos presentaban prometedores elementos y vacíos para ser capitalizados por un fabricante de complots. El caso Colosio se había amorcillado en la sentencia contra el autor material de los disparos, Mario Aburto, y la absolución de tres falsos cómplices: Tranquilino Sánchez Venegas y los Mayoral padre e hijo, y las murmuraciones acerca de que se había tratado de un crimen de Estado. El caso Ruiz Massieu había enriquecido la población de la cárcel de Almoloya con el asesino material y un puñado de confabulados, pero subsistía el misterio sobre el organizador del atentado, el diputado federal Manuel Muñoz Rocha, desaparecido el día siguiente al del crimen. La temprana hipótesis de que hubiese sido asesinado también, proclamada por su esposa, dejaba la puerta abierta a una averiguación que condujera a otros autores intelectuales.

Chapa resolvió los dos casos. El asesinato de Colosio, dijo, era resultado de una conspiración, en la que habían participado al menos dos tiradores. En lo que respecta al homicidio de José Francisco Ruiz Massieu, el autor intelectual no era Manuel Muñoz Rocha, sino Raúl Salinas de Gortari. Dados los alcances de sus afirmaciones, Chapa tuvo que someterlas a la consideración del presidente Ernesto Zedillo. El Presidente sugirió que se obtuviera el punto de vista de la Suprema Corte de Justicia. Y la Suprema Corte de Justicia ¡apoyó la versión de Chapa!

A partir de ese momento, la gestión de Pablo Chapa en la Subprocuraduría Especial se significó por el entreveramiento de los dos casos y ganó la atención pública, también en dos senderos: aparentes “éxitos” que se le revirtieron como rotundos descalabros y la consecuente pérdida del puesto. En todo momento, el subprocurador especial contó con el respaldo de su jefe Lozano; del jefe de su jefe, Ernesto Zedillo; de la judicatura y de los legisladores de las comisiones encargadas de los casos Colosio y Ruiz Massieu. De hecho, Pablo Chapa trabajó apoyado por los tres poderes de la Unión. A partir de Pablo Chapa, el linchamiento político se incorporó a la técnica de la indagación pericial. Y la atención pública, que se había centrado en la devaluación del peso y los bolsillos lánguidos, se desvió de manera radical. La política se volvió nota roja, la nota roja amaneció en las primeras planas y los procesos penales empezaron a litigarse en la prensa, donde se inventaron y definieron culpables, aun antes de que fueran integradas las averiguaciones.

La invención de Cortés

Othón Cortés Vázquez nació en Salina Cruz, Oaxaca, pero vivía en Tijuana, dedicado a lo que le pidieran en las oficinas del PRI: hoy una lavada de coche, al rato un mandado, a veces que la hiciera de chofer. Además de las propinas. Othón obtuvo su credencial de militante, con la firma, ni más ni menos, que de Luis Donaldo Colosio. A partir de 1988, cuando Colosio iba a Tijuana, a Cortés lo asignaban de chofer. Viajaron en distintas ocasiones y el diputado federal primero, luego senador y dirigente nacional del PRI, le regaló el sobrenombre de El Oaxaquita.

—Cuando llegaba el licenciado —recuerda Othón Cortés—, yo me preparaba bien. Si, por ejemplo, íbamos a Mexicali, que es tan caluroso, checaba el aceite y las llantas del carro, y siempre me aseguraba de llevar unos tehuacanes, dos o tres cervecitas americanas y, desde luego, la hielera con su hielito, para que el licenciado fuera bien.

Eran recorridos de uno, dos y tres días:

—En el aeropuerto de Mexicali lo recogía, íbamos a Tecate, a Tijuana, a Ensenada, a San Crispín… Eran viajecitos largos, en los que él me miraba hacer mi trabajo de chofer y yo iba contento, escuchando su plática con los del PRI de allá. El en lo suyo y yo contento, haciendo mi trabajo. Así lo conocí. De pronto, en tramitos largos, me decía: “Párese tantito”. Me paraba a la orilla de la carretera, orinábamos, y a seguir el recorrido. Cuando se iba, le decía a su gente: “Dejen ahí para los viáticos de este muchacho”. O algunas veces, por qué no decirlo, me decía: “Toma, Oaxaquita, ten para tu refresco”, dice Othón Cortés que le decía Colosio.

—¿Cuánto le daba?

—Pues lo suficiente. Me regalaba un dinerito porque él sabía que eran dos, tres días de andar pegado. Y a la hora del descanso, descansaba yo en una habitación. El siempre decía: “También habitación para él”. O sea, para mí. Y esto sucedía en cualquier hotel a que llegara, porque él no permitía que durmiera uno en el carro, sino que hubiera una habitación para uno, y que uno comiera bien. Por eso me dio tanto gusto cuando el licenciado era ya candidato a la Presidencia ir a verlo, como fui, a Lomas Taurinas. Nadie me lo pidió, fue mi puro gusto.

El 23 de marzo de 1994, Othón andaba de fiesta entre los miles que se apiñaron en Lomas Taurinas para ver y escuchar al que supusieron a punto de ser presidente de la República. Othón se hizo de una platea de privilegio, a unos cuantos metros del candidato. Y al finalizar el mitin, se apresuró para ir por la izquierda, casi pegado a Colosio cuando éste caminaba rumbo a la salida de la explanada. De repente, de su lado derecho, escuchó tronidos “como de cuetitos” y vio que la gente se abría en torno de un Colosio derrumbado, boca arriba, “saliéndole sangre por todos lados”.

Mientras llevaban al herido hacia una camioneta, Othón se trepó a una Suburban que enfiló rumbo al Hospital General. Al llegar, se plantó en la puerta principal y se arrogó la responsabilidad de cuidar que no entraran curiosos. Decidió meterse y permaneció allí hasta la madrugada, cuando fue sacado el cuerpo de Colosio. La autopsia determinó que el disparo en la cabeza pasó por la base del cerebro. Colosio murió de manera instantánea. La segunda bala entró y salió arriba del ombligo, sin causar mayor estrago, unos centímetros abajo de las tetillas.

Al día siguiente, por solicitud de un militante priista llamado Leonel Ramírez, Othón condujo un auto rentado hacia el aeropuerto. Junto a él se sentó el general Domiro García Reyes, quien había tenido a su cargo la seguridad de Colosio. Othón no conocía personalmente al militar que viajaba a su lado, silencioso, sumido en la perplejidad. Pero tenían un vínculo lejano. Un primo de Othón, Francisco Barajas Vázquez, se había casado en Salina Cruz con Norma García, sobrina de Domiro. Ir al mitin, caminar junto a Colosio, acudir al hospital y manejar el carro en que viajó su ignorado pariente político, le costó la cárcel a Othón y un ofensivo asedio al general Domiro por parte de Chapa, quien se obsesionó con la idea de involucrarlo en una conspiración para asesinar al candidato que tuvo a su cuidado.

Testigos de segunda vuelta

Once meses después del homicidio de Colosio, en Tijuana, a las ocho de la mañana del 24 de febrero de 1995, Othón iba caminando con su esposa Juana y con sus hijos Leslie Yesenia y Jonatan Alberto. De repente, una parvada de agentes federales cayó sobre la familia y secuestró a El Oaxaquita. Fue encapuchado con su propia chamarra y golpeado en los oídos para que se declarara culpable de haber hecho el segundo disparo sobre Colosio. Ante su resistencia, casi fue ahogado con los tradicionales tehuacanes. Esa misma noche el procurador Lozano aseguró que la Subprocuraduría Especial había descubierto un “segundo video” en que aparecía el segundo tirador. El nuevo asesino, dijo Lozano, estaba ya en manos de la PGR y era trasladado a la ciudad de México. El desencanto cundió al exhibirse el nuevo video. Se trataba del mismo de siempre, tomado por un policía judicial federal, difundido el 25 de marzo de 1994 y atribuido por Televisa a “camarógrafos argentinos”. Es el video en que se ve a Colosio pasar bajo unos cables, se escucha La culebra, se ve asomar la mano con el revólver y el disparo a la cabeza.

De acuerdo con las indagaciones de Chapa, tres testigos identificaron plenamente a Othón Cortés como segundo tirador. Los tres habían declarado ante el Ministerio Público el año anterior sin llegar a ese resultado. El primer testigo, Jorge Romero, dijo haber observado a alguien parecido a Othón Cortés en el momento en que “va frenando el paso del candidato, al apuntarle con el arma a la altura de las costillas”. Romero era dirigente de la Central Campesina Independiente en Rosarito, Baja California. Aparece en el video portando un sombrero blanco y gafas oscuras, al costado izquierdo de Luis Donaldo Colosio, adelante de Othón Cortés Vázquez. Según Pablo Chapa, fue Romero quien puso a la Subprocuraduría Especial en la pista del “segundo tirador”. Con posterioridad a estos sucesos, Romero fue acusado y cayó preso por invasión de tierras.

El segundo testigo, Jorge Amaral Muñoz, vio a Othón producir “el disparo al cuerpo del candidato como un fogonazo”, arrojar el arma después y hacerse a un lado. Autopromovido como Mensajero de la Paz, a partir de una paloma que moldeó y fue colocada en Lomas Taurinas, el sujeto hizo la más directa y tardía imputación en contra de Othón Cortés. En el video de su declaración ministerial ante Chapa Bezanilla, cuando se le pregunta quién hizo el segundo disparo, Amaral se revela aleccionado: responde que vio al que aparecía en una foto marcada, que puso ante él la Subprocuraduría Especial: Othón Cortés Vázquez.

El tercer testigo, María Belem Mackliz Romero, dijo haber visto una manga negra de la que salía una mano con el arma, al frente de Luis Donaldo Colosio. Once meses atrás, en su primera declaración, había dicho que la manga era de un saco, pero ahora dijo que se había confundido y que lo negro era la chamarra de piel de Cortés Vázquez que le mostraban los agentes de Pablo Chapa. María Belem era una antigua gestora en colonias proletarias en Tijuana. Su negocio era encabezar, mediante pagos anticipados, peticiones de vivienda de interés social.

Chapa Bezanilla apuntaló las declaraciones de sus tres testigos con 27 videos y 180 fotos “que acreditan: la ubicación de Othón Cortés Vázquez cerca del candidato, por el lado izquierdo, y el momento en que mueve la cabeza dando la señal al autor material para que produzca el primer disparo”. Como se evidencia en el video, ese movimiento de cabeza lo hizo Othón mirando hacia atrás y no hacia un lado, donde estaba Mario Aburto Martínez. Su mano derecha estaba en ese instante sobre el hombro izquierdo del general Domiro García Reyes, en medio de una multitud que se movía difícilmente. Con la mano izquierda Othón no pudo disparar porque es derecho. En el momento en que según Chapa se hizo el segundo disparo, la cabeza de Othón estaba casi recargada en el pecho de Mario Luis Fuentes, encargado a la sazón de la correspondencia de Colosio. O Fuentes, ante sus propias narices,

no vio disparar a Cortés, o Fuentes encajaba en la nómina de presuntos cómplices del homicidio de Colosio.

El 25 de febrero, un día después de su detención en Tijuana, Othón Cortés fue encerrado en la celda número 20 del núcleo de máxima seguridad, en Almoloya de Juárez, estado de México. En el extremo opuesto a donde Othón fue enclaustrado se encontraba su improbable cómplice, Mario Aburto Martínez. Once meses después, Othón fue encontrado inocente y liberado.

Infraestructura de un soborno

Tres días después del ingreso de Othón al penal, el 28 de febrero de 1995, Chapa “resolvió” el segundo crimen político pendiente. En otra sorprendente y veloz averiguación, detuvo y recluyó en Almoloya a Raúl Salinas de Gortari, acusado de ser el autor intelectual del homicidio de José Francisco Ruiz Massieu. El 28 de febrero de 1995 y hasta el 14 de abril de 1999, la celda número 5 de Almoloya se convirtió en la casa de Raúl Salinas, el todopoderoso y visible hermano del expresidente Carlos Salinas de Gortari.

Pocos días antes de la aprehensión del hermano mayor de los Salinas, el 13, 15 y 18 de febrero, funcionarios de la Subprocuraduría Especial habían visitado a Fernando Rodríguez González, confeso y sentenciado por haber organizado el asesinato de Ruiz Massieu. Lo había hecho, según consta en las diligencias, por instrucciones del prófugo Manuel Muñoz Rocha. El propio Rodríguez González contó lo sucedido en la segunda de esas visitas, la del 15 de febrero:

Aparecen Cortés, Cuervo y Pablo Chapa Bezanilla (…) Me conducen de mi estancia número cinco de la zona de máxima seguridad a las oficinas de la subdirección técnica. Cortés, haciendo honor a su apellido, me presenta a Pablo Chapa Bezanilla. No me fue difícil reconocerlo porque lo había visto ya en televisión. De entrada me dice: “No le demos vueltas al asunto, sabemos perfectamente que el asesino, que el autor intelectual del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. es Raúl Salinas de Gortari. así es que dime lo que sepas”.

Transcurridos cinco días de las visitas de Chapa, el 20 de febrero, Fernando Rodríguez acusó ministerialmente a Raúl SaIinas de haber ordenado a Manuel Muñoz Rocha el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. Ocho días más tarde, el presunto autor material del homicidio fue apresado en la casa de su hermana Adriana, en la colonia Las Aguilas Un amigo lo había hecho venir: su abogado Juan Velasquez. Entre enero y febrero de 1995 (“no recuerdo con exactitud qué día”, dice Velasquez), Chapa invitó a Velasquez a platicar en la Subprocuraduría Especial, en Insurgentes Sur. Confiado, Velasquez, por cuya recomendación Chapa estaba en ese cargo, supo y entendió los apremios del subprocurador para que Raúl Salinas ratificara una inicua declaración ministerial que había rendido en los meses anteriores. Velasquez prometió cumplir la petición de hacer venir y comparecer a su cliente. Ignoraba que Chapa hizo videograbar el encuentro. Esa conversación ocurrió antes de que Chapa Bezanilla obtuviera la declaración de Fernando Rodríguez González acusando a Raúl Salinas. Así, antes de integrar una verdadera averiguación previa, Chapa Bezanilla estaba ya montando e escenario para la captura del Salinas descarriado.

El día de la aprehensión de Raúl Salinas de Gortari, Gabriela, hija del homicida Fernando Rodríguez González, recibió de la PGR medio millón de dólares, con la autorización de Antonio Lozano Gracia y con cargo al Fondo de Investigaciones Especiales de la institución. La muchacha firmó el recibo 93989 por 500,000 dólares, el cual fue extendido por Ernesto Guerrero González, entonces director general de Control de Bienes Asegurados de la Procuraduría. Con la declaración inculpatoria de Rodríguez González en la bolsa y con Salinas de Gortari encarcelado, Chapa pidió anular el aseguramiento de las cuentas bancarias de Fernando Rodríguez González y la liberación de tres vehículos. Rodríguez González no ha podido disfrutar de ese dinero. Nunca lo ha visto, y no tanto por vivir encarcelado sino porque su hija Gabriela se apropió de todos sus bienes y cuentas bancarias, entre ellos el medio millón de dólares. Rodríguez González, un mitómano convenenciero que con desparpajo y cinismo jamás ha negado que organizó cada detalle del complot, mereció de Chapa Bezanilla una prebenda adicional: fue trasladado del penal de Almoloya de Juárez al Reclusorio Sur. Y la PGR sufragó también los honorarios del abogado defensor de Fernando, Víctor Manuel Buendía Cabrera.

Instruyendo al acusador

De las entrevistas de Chapa y Rodríguez González existe al menos una videograbación, la correspondiente al 18 de febrero de 1995. En esa cinta, Chapa Bezanilla le describe a Rodríguez González la fisonomía y los gestos de Jorge Stergios, el exfuncionario de la Procuraduría General de la República que, según la acusación de Chapa, torturó a Fernando y a sus hermanos para convencerlos de que no acusaran a Raúl Salinas como autor intelectual del homicidio. Ante una mesa rectangular, cubierta por un paño verde, el subprocurador, de pantalón oscuro y camisa azul claro, aparece sentado ante una máquina Olympia. A su izquierda, en la cabecera, el exsecretario de Manuel Muñoz Rocha, Fernando Rodríguez González, con el uniforme beige reglamentario y una gruesa chamarra de cuello de peluche. El video capta la parte final de una conversación.

Fernando Rodríguez González: ¿Cómo es Stergios?

Pablo Chapa Bezanilla: Es uno de barba, flaco, moreno —y pregunta a alguien—, ¿medio calvo? Alguien fuera de cuadro: No, no lo es tanto.

PCHB: Pelo escaso —se asoman apenas sus manos, sobre todo la izquierda, abriéndose y cerrándose—. Está siempre haciendo así, luego así, ¿nunca lo has visto?

FRG: ¿Por qué, trae una mano mal?

PCHB (Sigue de pie, a veces aparece su perfil y no deja de abrir y cerrar las manos): ¡No! Tiene un callo verde ya de tanto hacer el ojete así, es un tic nervioso; ese cabrón siempre está haciendo así…

FRG: ¡Ah!, yo creí que lo de la mano…

PCHB: ¡No, no! —vuelve a sentarse, se ríe, sigue moviendo la mano izquierda—. Ya después de que deja de hacer eso se descuida. Tiene un callo verde de estar así cuando se pone nervioso. Siempre está así Jorge Stergios.

FRG: Bueno, aquí el bueno de la película, entonces, pues ya salió. Es Mario Ruiz Massieu…

PCHB: Por supuesto. No, si ya…

FRG: El tiene que… Mario es el que tiene que corroborar exactamente lo que yo estoy diciendo.

PCHB: Tengo instrucciones del procurador, del presidente: citarlo a declarar el lunes.

FRG: ¿Tan rápido?

PCHB: Así es, sí, ¿cómo ve? y si no lo traigo, lo rapto por medio de la Policía Judicial. Ahora el ojete yo creo que ya tiene miedo. ¿Y sabe qué dice la prensa ora? Que él nunca, él nunca, que desmiente haber dicho que acusaba a Hank González y a María de los Angeles Moreno.

FRG: Psss, si lo dijo en televisión…

PCHB: ¿No lo dijo? —se levanta de nuevo.

FRG: Todo mundo lo vio.

PCHB (En off): ¿Cómo ve, don Fernando? Pinche gente… Bueno, otra cosa. Este… Que empiece el doctor, ¿no?

La toma se abre y aparece un sujeto robusto, con bigote, a la izquierda de Fernando Rodríguez González, sentado frente a donde estaba Pablo Chapa. Según el dictamen psicológico entregado por escrito en el Juzgado Tercero, se trata del perito médico psiquiatra Mario Castillo García, quien informa a Rodríguez González:

—Bien, el objetivo es constatar el estado mental que presenta en el momento de rendir su declaración. Entonces, definitivamente, pues tendremos que hacer una serie de preguntas…

FRG: ¡ Ah! No estaba grabando ahorita, ¿verdad? Yo dije: ya está grabando. Voz de Pablo Chapa, fuera de cuadro: En Almoloya de Juárez, con el señor Femando Rodríguez González…

En los últimos segundos del video, el psiquiatra le pregunta a Fernando las semejanzas que hay entre alcohol y madera, entre un delfín y un águila, a lo que Rodríguez González responde a lo primero que son vegetales y a lo segundo que son del reino animal. Concluye el examen:

Doctor: ¿Recuerda usted la dirección que le di hace un momento?

FRG: Artículo 123, número 47, interior seis, México uno. Distrito Federal. Doctor: ¡Maravilloso! Bien, pues por mi parte es todo. Pablo Chapa Bezanilla (permanecía sentado ante la máquina Olympia), abriendo los brazos: ¡Perfecto!

Mentiras y recompensas

En junio de 1995, durante su primer juicio de extradición, a propósito de la afirmación de Mario Ruiz Massieu en el sentido de que Chapa había participado en distintas diligencias del asesinato de su hermano José Francisco, la Procuraduría General de la República sostuvo que Pablo Chapa Bezanilla, durante las diligencias practicadas en octubre y noviembre de 1994, y hasta el 15 de diciembre de aquel año, había permanecido al margen del caso Ruiz Massieu. El subprocurador especial aseguró en una carta pública: “Como director general de Averiguaciones Previas, ni siquiera se me permitió en algún momento colaborar en esa investigación y, mucho menos, jamás recibí informes de ésta”. Refiriéndose a sí mismo en tercera persona, escribió:

Pablo Chapa Bezanilla conoció la averiguación previa iniciada con motivo del homicidio de José Francisco Ruiz Massieu hasta que el Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos lo nombró subprocurador especial, el pasado 16 de diciembre de 1994.

En el último párrafo, abonó su calidad de servidor público y apeló a “la historia” para juzgar los dichos de Ruiz Massieu y su actuación en las semanas inmediatas al crimen:

Es fácil decir palabras sin soporte alguno y atribuirle hechos falsos a personas comprometidas con su país y con su institución, pero lo cierto es que los hechos hablan por sí solos y la historia se encargará de juzgarlos.

La realidad es que Chapa Bezanilla había participado en diligencias clave del caso desde el 28 de septiembre de 1994, día en que fue asesinado el secretario general del PRI. Comenzó a involucrarse en las pesquisas desde la mañana del miércoles en que fue ultimado José Francisco Ruiz Massieu. Fue él, por ejemplo, quien aseguró el arma con que disparó Daniel Aguilar Treviño, el homicida material de Ruiz Massieu. Como director general de Averiguaciones Previas de la PGR, era lógico que participara en las indagaciones de las que posteriormente intentó deslindarse. A los pocos días de ocurrido el homicidio, Chapa chapaleaba en todo tipo de diligencias ministeriales.

No obstante todo ello, Chapa afirmó en su carta: “Como director general de Averiguaciones Previas, ni siquiera se me permitió en algún momento colaborar en esa investigación y, mucho menos, jamás recibí informes de ésta”. A estas alturas de su espectacular actuación, Chapa se ganó del periodista Raymundo Riva Palacio una definición exacta: El inspector Clouseau.

Al doctor Manuel Espinoza Milo, con quien fue a refugiarse el prófugo Manuel Muñoz Rocha en Pachuca y quien trajo al exdiputado a México (el último que lo vio), Chapa ordenó le devolvieran el automóvil que había sido asegurado por la PGR en cuanto inculpó a Raúl Salinas. A María Eugenia Ramírez Arauz, la esposa de Fernando Rodríguez González, la mudaron de Almoloya a la cárcel de Tepepan, también después de haber apoyado a Fernando en el señalamiento contra Salinas.

A María Bernal, la exnovia de Raúl Salinas, le ofrecieron dinero tanto Chapa Bezanilla como el coordinador del caso, José Cortés Osorio, según ella misma contó unos dos meses antes de inculpar a su exnovio también. El hecho consta en una carta manuscrita de María, cuya autenticidad reconoció en diligencias judiciales, así como en las grabaciones de sonido y de video de conversaciones con Enrique Salinas de Gortari y Paulina Castañón de Salinas, en las que quiso chantajearlos.

La lista de timadores incluye a un excuidador de la casa de Raúl, Noé Hernández Neri, de quien Chapa obtuvo la afirmación de una supuesta conversación de Muñoz Rocha con Raúl. Noé declaró que la llamada se verificó la noche del día del crimen pero existe el recibo de teléfono del doctor Espinoza Milo (desde su casa en Pachuca, se marcó, efectivamente, un número de la casa de Raúl Salinas), en la que consta que la llamada fue diurna. A Hernández Neri se le premió incorporándolo a la escolta del procurador Lozano Gracia.

En lo que se refiere a los testimonios acerca de un automóvil que estuvo en una casa de la calle Explanada, en Lomas de Chapultepec, el mismo en que el doctor Espinoza Milo trajo a la capital, desde Pachuca, a Muñoz Rocha, “para entrevistarse con Raúl”, sobresalen algunos testimonios. El primero de ellos es de Agustina Cruz Santos, sirvienta de un amigo de Raúl Salinas. Diego Ormedilla. Agustina trabajó poco más de un mes en la casa de Explanada. Chapa consiguió que afirmara que un día vio allí el jetta de Espinoza Milo. Agustina describió el automóvil  con lujo de exactitud, dando el número de las placas y hasta la forma de los tapones de las llantas. Ella misma fue incapaz de describir las características generales del vehículo de su patrón. Diego Ormedilla, con quien había trabajado más tiempo.

Existen también las declaraciones de dos exayudantes de Raúl Salinas, ambos miembros del Estado Mayor Presidencial que sostienen que el automóvil de la casa de Explanada era en realidad un tsuru de María Bernal. Agustina Cruz Santos proporcionó domicilio falso y no se pudo identificar en las primeras diligencias en el juzgado. En las siguientes se identificó como trabajadora al servicio del Estado, con credenciales del ISSSTE, distintas en número y una con fotografía y otra sin ella. En las dos ocasiones y en distintos juzgados, a la defensa se le negó la posibilidad de ver las credenciales. Fernando Gutiérrez Domínguez, subdirector de Recursos Humanos del ISSSTE, certificó que una de las credenciales de Agustina —la número 6700/95— figura en el “expediente N. 116378 del C. De la Garza Benítez Alfonso”. La otra —folio 16 402— “no existe ni se cuenta con antecedentes”.

Pablo Chapa hizo de los aleccionamientos, las inducciones y el soborno un método habitual de “indagación”, a fin de obtener declaraciones a su gusto.

El Estado Mayor Presidencial bajo sospecha

Desde que consiguió encarcelar a Othón Cortés y a Raúl Salinas, Pablo Chapa Bezanilla quiso hallar un vínculo sólido entre los crímenes de Colosio y Ruiz Massieu. A falta de nuevos elementos consistentes, el tesonero subprocurador halló un punto de confluencia en el Estado Mayor Presidencial. El general Domiro García Reyes, subjefe de ese cuerpo del ejército, se había hecho cargo de la seguridad del candidato Luis Donaldo Colosio. Tenía en su curriculum haber desempeñado esa tarea durante la primera visita a México del Papa Juan Pablo II.

Nunca fue sencillo para Domiro García Reyes proteger al futuro presidente. Necesitado de apoyo popular y dado a los baños de pueblo, a veces simples remojones en mítines escuálidos, Luis Donaldo Colosio aceptaba solamente, y con fastidio, las mínimas previsiones. Chapuzón de masas fue a darse Colosio en su visita a Tijuana. en el mitin de Lomas Taurinas. En el video del crimen puede apreciarse a un Domiro angustiado por seguir de cerca los pasos de su jefe en el tropel de cabras que descendía la polvorienta explanada en que se convirtió aquel 23 de marzo una calle de pobres de un barrio tan pobre como el de Lomas Taurinas. El general comentaría casi dos años después que nunca supuso, realmente, que pudiera ocurrir un atentado. Impotente, en fracciones de segundo escuchó las detonaciones, vio a Colosio desplomado y el pasmo se apoderó de él mientras digería, al paso de los días congelados en esa tarde funesta, su propio destino trastocado para siempre. Un día después del crimen, subió al vehículo en que se trasladó al aeropuerto, para acompañar los restos de Luis Donaldo Colosio. Absorto. El Oaxaquita ignoraba la identidad del conductor, nada sabía tampoco del parentesco político que los unía por conducto de su sobrina Norma y Francisco Barajas Vázquez, el primo de Othón Cortés Vázquez. Othón Cortés desconocía igualmente el vínculo que tenía con el militar. A ninguno de los dos le importó que las cámaras de fotógrafos y camarógrafos asomaran por las ventanillas para inmortalizarlos en los diarios y noticiarios que registraron su arribo al aeropuerto.

En su declaración ministerial, el general García Reyes afirmó haber viajado en la carroza, pero estaba equivocado. Se trataba de uno más de los muchos automóviles de la comitiva que se transformó en cortejo fúnebre. Las imágenes de ese día fueron el soporte en que se apoyó Pablo Chapa para filtrar la versión de que Luis Donaldo Colosio fue víctima de un complot en el que participaron también militares de la institución más exclusiva del ejército.

¿Qué pudo ganar Domiro con la muerte de Colosio? De sí mismo llegó a decir que se sentía como muerto y casi perdió la facultad de sonreir. Pronto empezó a resentir el general García Reyes la embestida de la Subprocuraduría Especial. Casi de manera simultánea, otros oficiales y jefes del estado Mayor Presidencial de Carlos Salinas de Gortari estaban siendo acosados por agentes federales que inquirían sobre los movimientos de Raúl Salinas. A principios de 1996, un mayor retirado del Ejército, Héctor Eustolio Morán Aguilar, sufrió arresto domiciliario. Chapa Bezanilla quería implicarlo, con el general Domiro García Reyes, en el asesinato de Luis Donaldo Colosio. La liga que Chapa estiró para vincular a ambos personajes fue que Morán Aguilar había trabajado también en la logística para la seguridad del Papa. Tanto Domiro García Reyes como Héctor Eustolio, experto en explosivos, pudieron sortear los embates de Chapa. El general brigadier fue reivindicado en el ejército con su ascenso a general de brigada. Actualmente comanda la guarnición de Ojinaga.

La venganza de las viudas de Colosio

Poco menos de dos años después de haber sido asesinado Luis Donaldo Colosio y lejos de demostrar complot alguno en este crimen, Pablo Chapa tenía en Almoloya el irritante fiasco de dos asesinos solitarios: Mario Aburto, confeso y sentenciado, y Othón Cortés, irreductible en su inocencia e inmune a los intentos de la Subprocuraduría Especial por hacerlo “segundo tirador”. Tan imposible para Chapa fue probar la conexión entre Mario Aburto y Othón Cortés, como entre éste y el Estado Mayor Presidencial. Pero la maquinación sugerida por Chapa despertó la imaginación periodística y acuñó en la prensa un par de hipótesis delirantes.

Primera: hubo un plan, desconocido hasta la fecha, para asegurar que Colosio no quedara con vida. Para tal fin, fueron puestos a trabajar dos matones, Mario Aburto y Othón Cortés, ninguno de los cuales conocía al otro. Los dos sicarios acertaron en el instante de sus respectivos disparos.

Segunda hipótesis: hubo un medio atentado. El supersecretario de Salinas de Gortari, José Córdoba Montoya, quería que la campaña de Luis Donaldo Colosio, opacada por las negociaciones de paz en la catedral de San Cristóbal de las Casas, repuntara. ¿Cómo provocar un vuelco de la atención pública y lograr la solidaridad general? Creando una víctima, contratando a un lumpen que disparara “a los pies” del candidato Colosio, lo lesionara poco y lo hiciera crecer en la atención y la comunicación pública. A la hora de la hora (Aburto ha insistido en que alguien lo empujó), el medio sicario del medio atentado disparó un tiro completo a la cabeza de Colosio y lo mató íntegramente porque la bala pasó por el cerebelo de quien Córdoba quería medio ayudar.

Pese a la fantasiosa historia del “segundo tirador”, a Chapa no todo se le volvió ridículo. Particularmene por la detención, a finales de 1995, de Paulina Castañón Ríos Zertuche, la esposa de Raúl Salinas de Gortari, en Suiza, mientras intentaba acceder a unas cajas de seguridad y a una escandalosa cuenta de 83 millones de dólares. La cuenta no chorreaba sangre sino la presunción de tener origen en el narcotráfico. Las identidades falsas del hermano del expresidente vinculadas a esa cuenta y descubiertas en sus casas hacían indiscutible una conducta criminal. No bastaban para explicar esos depósitos los rumores de entonces, confirmados luego por algunos de los implicados, de que se trataba de un “fondo de inversión” creado por los empresarios Roberto González, Carlos Hank Rohn y Carlos Peralta.

La detección y aprehensión de Paulina Castañón fueron obra del Departamento de Justicia de los Estados Unidos y la Procuraduría suiza. Pero Chapa capitalizó al máximo el descubrimiento de aquella riqueza inexplicable para amarrar sus hipótesis criminales del caso Colosio. El inspector Clouseau sembró entonces la versión de lo que habría de conocerse en el medio periodístico como la venganza de las viudas de Colosio.

Chapa recogió las semillas del resentimiento de los colosistas desdeñados por el gobierno zedillista, las regó con chismes de los cortesanos de Diana Laura Riojas viuda de Colosio y las fertilizó con un caldo de larvas. Un documento conclusivo del caso Colosio, hecho con estos ingredientes, fue sometido a la consideración del presidente de la República. Incluía la petición de una orden “superior” para hurgar en los archivos del Estado Mayor Presidencial y remataba con la reflexión de que era necesario llevar ante el Ministerio Público Federal a Manuel Camacho Solís, José Córdoba Montoya y Carlos Salinas de Gortari, los tres, eventuales responsables del “clima político” en que se produjo el asesinato.

Sorprendido por el informe, Zedillo dispuso que fuese sometido a la consideración del abogado Fernando Gómez Mont, quien concluyó que no había fundamentos sólidos en el informe de Pablo Chapa. El informe se mantuvo secreto pero, a principios de 1996, una indiscreción del secretario particular del procurador Antonio Lozano Gracia hizo saber de su existencia. Algunos legisladores se hicieron eco del informe y lo hicieron suyo ante la prensa. En boletín oficial, la PGR desmintió que se hubiera elaborado un documento de tal naturaleza. El desmentido era una más de las mentiras generadas desde la principal institución mexicana de procuración de justicia.

El entonces coordinador nacional de la corriente priista Democracia 2000, Ramiro de la Rosa, hizo saber a la prensa que “el presidente de la República tiene desde hace cuatro meses (noviembre de 1995) un informe entregado por la PGR, con los resultados de la investigación del caso Colosio, en el cual se acusa al expresidente Carlos Salinas de Gortari y a su asesor José Córdoba Montoya como los responsables intelectuales”.

Aquel informe conclusivo hablaba de la “indisciplina” de Manuel Camacho por no haberse comportado frente al destape de Colosio como los demás priistas. Hablaba también de una “contracampaña” en los medios de información, orientada más hacia Chiapas y el nombramiento de Camacho como comisionado de la paz. Mencionaba las deficiencias del equipo de seguridad, la eventual “sustitución” de Colosio por Camacho y una serie de referencias acerca de disposiciones, imposiciones y presiones de Carlos Salinas de Gortari sobre Colosio y su viuda, Diana Laura.

En abril de 1996, en Querétaro, el procurador Lozano empezó a aceptar la existencia del informe que había negado: “Se trata de informes que se tienen y que corresponden a etapas muy anteriores, donde se hacen consideraciones sobre cómo van las líneas de investigación. Existen muchos informes que tienen que ver con una serie de consideraciones, pero es falso que haya autorizaciones o solicitudes a nadie más. Nosotros somos autónomos y así estamos actuando”.

En la misma semana, según declararon los legisladores perredistas Ramón Sosamontes y Jesús Zambrano, Chapa Bezanilla reconoció en conversaciones privadas la existencia de su informe “ante distintas personas que gozan de nuestra mayor confianza” y admitió que en diciembre se lo congelaron. El 19 de abril, en Guanajuato, Lozano volvió al tema del documento: “Hay cortes frecuentes en donde se analiza qué es lo que ha sucedido y cuáles son las diligencias oportunas o necesarias para continuar con la investigación. Este es un procedimiento normal de esta investigación y de cualquier otra”.

Pablo Chapa fue relevado del caso Colosio por el presidente de la República tan luego como fue liberado Othón Cortés Vázquez, pero la averiguación judicial siguió su curso. El 16 de octubre de 1996, José Córdoba Montoya, ex jefe de la Oficina de la Presidencia, declaró ante el ministerio público. Manuel Camacho Solís, Comisionado para la paz en Chiapas en 1994, hizo su declaración ministerial el 8 de noviembre de 1996. Carlos Salinas de Gortari declaró ante el ministerio público el 27 de noviembre de 1996. Quedó pendiente sólo la declaración de Ernesto Zedillo Ponce de León, coordinador de campaña del candidato del PRI en la hora de su muerte.

La siembra en El Encanto

Hacia finales de 1995, ocho meses antes de que El Oaxaquita fuera exonerado pero cuando ya no se tenían dudas respecto de la inocencia de Othón Cortés en el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el presidente Zedillo solía comentar que la actuación del subprocurador Chapa era como la de “un chivo en cristalería”. En agosto de 1996, al resultar liberado el falso “segundo tirador”, Zedillo sacó a Chapa del caso Colosio. Pero lo mantuvo en la subprocuraduría a cargo de los demás casos, en particular del caso del asesinato de Ruiz Massieu. El subprocurador Lozano no pudo o no quiso captar el mensaje.

“Te va a hundir, Toño”, le comentó el presidente al ordenarle aquel medio cese.

El vaticinio se cumplió. En diciembre de ese año vio en los televisores a Chapa Bezanilla desenterrar el cráneo de un supuesto Manuel Muñoz Rocha en El Encanto, una finca campestre propiedad de Raúl Salinas de Gortari. El hallazgo fue la ruina de Clouseau. Su desenlace significó también el despido de su jefe.

A mediados de 1996, con base en un escrito “anónimo” dirigido a una veterana invasora de terrenos en Iztapalapa, habilitada hechicera, Francisca Zetina Chávez, conocida como La Paca, la Procuraduría General de la República dio crédito a una “línea de investigación” que condujo los pasos de Pablo Chapa al descubrimiento del entierro clandestino. El subprocurador dio crédito cabal a esa señora, cuya carta de presentación era que había trabajado para Raúl Salinas de Gortari como “vidente”. Un día, La Paca se presentó en la Subprocuraduría Especial con un escrito sin firma y un croquis rudimentario. En el texto se afirmaba que su anónimo autor, junto con el exjefe de seguridad de Raúl Salinas, el teniente coronel Antonio Chávez Ramírez, presenció la forma en que Raúl Salinas, en el jardín de su casa, dio muerte a batazos a Manuel Muñoz Rocha. El cuerpo del exdiputado —decía el documento— fue descuartizado allí mismo para evitar su identificación. Después, los restos habían sido enterrados en otra de las casas de Raúl Salinas, El Encanto, en la delegación de Cuajimalpa.

El escrito decía:

Mi estimada Paca:

Consciente de lo que tú sabes, me dirijo a ti, porque cada día veo y comprendo que el país está más sumido en injusticias y como patriota que soy, te autorizo a que des mi relato a esa Procuraduría de la que sé que tu tienes buenas relaciones y personas en quienes puedes confiar.

Por gracia o desgracia mía, me vi involucrado en los acontecimientos de sangre el día 30 de septiembre de 1994, siendo testigo del asesinato del Sr. Manuel Muñoz Rocha, quiero confesar que en esos momentos yo no sabía de quién se trataba, días antes el Mayor Antonio Chávez Ramírez me había dado cita por amistad para presentarme al ingeniero Raúl Salinas de Gortari, pues yo estaba esperanzado en que me iba apoyar mi carrera política.

Me llevó a la casa del Paseo de la Reforma No. 975 en Lomas de Chapultepec, porque ahí se encontraba Raúl Salinas, llegamos como alrededor de las 5 pm. El Mayor abrió el garage con un control remoto y una vez dentro de la casa ¡cual sería mi sorpresa! al ver a dos sujetos, uno de ellos con un bat de beisbol en la mano y el otro en el suelo con la cabeza ensangrentada. El sujeto del bat se me quedó viendo estúpidamente, y miró al Mayor, el Mayor sorprendido me agarró del brazo y nerviosamente me sacó al jardín y me subió a su camioneta de color azul claro y dijo que lo esperara, minutos después salió con el sujeto del bat que ahora identifico como Raúl Salinas de Gortari, llevándolo a su domicilio y regresando con una tercera persona de acento extranjero, y éste se metió a la casa, el Mayor se regresó a la camioneta y me dijo: ¿viste al Patrón? Estaba muy mal. ya se metió en un pedo muy grande, ya le hable de ti y dice que sí te va a dar un puesto alto en política, pero tienes que demostrarle tu fidelidad y guardar silencio de lo que has visto. En esos momentos tuve que aceptar lo que me proponía, porque no era conveniente llevarles la contraria, nos interrumpió el extranjero diciendo al Mayor que lo acompañara.

Toño me pidió que yo estuviera con él pues ya me había comprometido con mi amigo, llegamos hasta donde estaba el cuerpo ensangrentado, cuando confirma el doctor que el cuerpo ya estaba sin vida, Toño le dijo: ¡Has tu trabajo como te dijo el jefe!, despojándolo de sus pertenencias y dejándolo desnudo empezó a mutilar los miembros, cortando carne, escalpándolo, quitando la mandíbula y le cortó los dedos, lo echó a una bolsa como si fuese un carnicero. Yo estaba paralizado de terror, ¿pensaban que era yo tan fuerte como ellos, sin pensar que lo que me mantenía en pie era mi impresión, mi miedo y mi terror de lo que estaba pasando: he visto muchas películas de terror, pero eso era superior a todo lo imaginable. El doctor lo preparó de tal forma para que el proceso de putrefacción fuera más rápido. Por lo que pude entender después de su humor negro diciendo que ni su misma madre lo reconocería, yo pregunté: ¿quién era ese hombre?, respondiéndome el Mayor que era un político traidor.

Te quiero decir que lo metieron en un costal y lo enterraron en la parte de atrás del jardín, y después recogieron todo lo que podía ser evidencia del asesinato. El Mayor estaba preocupado porque el trabajo no se había hecho como Raúl había indicado ya que sus órdenes fueron de incinerarlo. pero el doctor no quiso por lo escandaloso que era cargar el bulto y dijo el doctor asegurándose que su trabajo era perfecto de esa forma.

Después de muchos meses de tratar de olvidar esa pesadilla me encontré a mi amigo Toño, con cierto recelo acepté tomarme unas copas con él, después de esas copas me dijo que me agradecía sinceramente el silencio que había guardado hasta entonces, que tarde que temprano sería recompensado, con risa burlona me contó nuevamente el lugar exacto donde se encuentra enterrado Manuel Muñoz Rocha (Anexo Plano). Tu amigo que te estima.

Los silencios de Chávez

Con base en este documento, Chapa hizo comparecer al teniente coronel Chávez Ramírez, quien había ya declarado ante la autoridad judicial a raíz del encarcelamiento de su ex jefe Raúl Salinas. Esta vez, “de manera espontánea”, motivado por su “mala conciencia”, el coronel confesó haber escondido, por instrucciones de Raúl Salinas, el jetta en que huyó Manuel Muñoz Rocha. Para manejar el coche, se cubrió las manos con unos calcetines. Su declaración ministerial no consigna ninguna alusión al batazo ni al descuartizamiento que según el anónimo había presenciado.

El procurador Antonio Lozano Gracia se sumó al nuevo éxito del Inspector Clouseau. Omitió de nueva cuenta (como lo había hecho cuando fue aprehendido Othón Cortés) datos que pudieran comprometer su versión judicial de los hechos. Chávez Ramírez no sólo dijo que se había prestado a ocultar el automóvil. También describió una serie de extraños movimientos y traslados de Raúl Salinas y Justo Ceja, el secretario particular del expresidente Carlos Salinas. Según Chávez Ramírez. Raúl Salinas y Justo Ceja entraron y salieron de Los Pinos con un tercer sujeto dentro del vehículo, tapado con una frazada. Nunca hubo indagaciones entorno  de Justo Ceja, a propósito de las entradas y salidas subrepticias a Los Pinos. ¿Era Muñoz Rocha el sujeto bajo la frazada? ¿Mataron en la casa presidencial al desaparecido legislador y presunto asesino de José Francisco Ruiz Massieu? ¿No lo habían matado ya, a batazos, en la casa de Raúl Salinas? En una de sus cambiantes declaraciones, Fernando Rodríguez González afirmó que el padre de los Salinas, Raúl Salinas Lozano, y sus hijos, el presidente Carlos, Adriana y Raúl Salinas de Gortari planearon en Los Pinos la muerte de José Francisco Ruiz Massieu y asignaron a Justo Ceja el financiamiento del complot. No hubo investigaciones sobre esto. No hubo tampoco una reconstrucción de hechos en el lugar de los “hechos”: la casa presidencial. ¿Por qué Antonio Lozano Gracia no investigó esta parte, la más sabrosa de la declaración, que Chapa arrancó al teniente coronel Chávez Ramírez? En una segunda declaración, del 25 de octubre de 1996, esta vez en la Procuraduría de Justicia Militar, Chávez Ramírez ratificó sustancialmente lo que había declarado ante Chapa Bezanilla, y no dijo ni se le pidió una palabra sobre el contenido del anónimo. Purgó sentencia de tres meses a tres años en el Campo Militar Número Uno por el delito de encubrimiento.

La tribu de la Paca

Chapa fue a escarbar a El Encanto en busca de la osamenta. Estuvieron presentes en las excavaciones el propio Chapa y agentes de la suprocuraduría especial, los abogados defensores de Raúl Salinas, reporteros de distintos medios y, ataviadas con uniformes de agentes federales, la ex novia de Raúl Salinas, María Bernal, y Francisca Zetina, La Paca. Encontraron efectivamente un cuerpo, la imagen de cuya calavera dio la vuelta a México y al mundo. Sin afirmarlo nunca, la Procuraduría y Chapa sugirieron siempre que los de El Encanto eran los restos del diputado prófugo Manuel Muñoz Rocha. El procurador Lozano Gracia quiso asegurarse de esa identidad enviando muestras a instituciones nacionales y extranjeras para la comparación genética, con cabellos del diputado prófugo aportados por su familia. La calavera, sin embargo, presentaba huellas de una necropsia. El hecho ameritó la intervención de los servicios forenses de la procuraduría capitalina, entonces en manos del actual presidente nacional del PRI, José Antonio González. La defensa de Raúl Salinas, por su parte, contrató para el mismo propósito los servicios de un equipo internacional de especialistas encabezado por William Maples, perito en cuyo haber está la identificación genética de la familia Romanov, en Rusia, del conquistador Pizarra en Perú y de Joseph Merck, “el hombre elefante”, en Inglaterra.

Los peritajes independientes descartaron totalmente la posibilidad de que la osamenta fuera la del diputado prófugo. La investigación volteó entonces los reflectores hacia La Paca y su tribu y se descubrió muy rápido la verdad. El novio de La Paca, Ramiro Aguilar Lucero, había escrito el anónimo. Era un activo miembro del Partido Revolucionario Institucional que inició también su carrera como invasor de predios en Iztapalapa. Por cariño a La Paca, según declaración de ésta, Ramiro escribió aquel anónimo. Por aquel acto de amor cobraron dos millones y medio de pesos que la Procuraduría había establecido para todo el que aportara información clave en el caso. El misterio de la identidad del cadáver exhumado se despejó también .Un yerno de La Paca, Joaquín Rodríguez Cortés, había desenterrado los restos de su propio padre en el panteón de Tláhuac y los había ido a enterrar en El Encanto con la anuencia del cuidador de la finca, Francisco Godínez, ex esposo de la hermana de La Paca.

La miembros de la tribu de La Paca, los “marianos trinitarios del templo de la fe”, como solían llamarse a sí mismos, fueron procesados y sentenciados. Hoy gozan de libertad.

La fuga

Elescándalo de El Encanto determinó el cese del procurador Lozano Gracia y del dinámico Inspector Clouseau, en los primeros días de enero de 1997. Antes de que terminara el mes, Chapa pasó de la condición de fiscal a la de acusado. Al revisar su actuación como subprocurador, la propia PGR lo encontró culpable de los siguientes delitos: desvío de recursos, asociación delictuosa, informes falsos aportados a una autoridad distinta a la judicial, violación a las leyes sobre inhumaciones y exhumaciones, y uso indebido de atribuciones.

Y empezó su persecución.

El 30 de enero de 1997, Chapa citó a su amigo y custodio Raymundo Aldana en su casa de Hidalgo 186, en Tlalpan. Tenía un desayuno a las nueve. Salió veinte minutos antes, vistiendo pants deportivos y dijo a su chofer que se había pospuesto el desayuno hasta las diez y media. Guardaron una petaca deportiva en la cajuela del vehículo. Como a las nueve y media, Chapa pidió a Raymundo se adelantara a La Casita, un departamento que rentaba en la calle de Madero número nueve, también en Tlalpan, desde hacía seis meses, época de una doble vida por los problemas conyugales y la relación que llevaba con Aurora Cervantes Martínez, su jefa de asesores, a quien visitaba en su domicilio de Reforma 2233, en Las Lomas. Chapa alcanzó a Aldana en La Casita y de ahí fue al colegio en el que pretendía inscribir a su hijo. No encontró a la persona que lo iba a atender y fueron al periódico Reforma, donde Chapa tenía un desayuno con el director Ramón Alberto Garza.

Chapa había dicho a Aldana cuando terminó sus funciones en la Procuraduría General de la República:

—Mira, Raymundo, en la caja de seguridad número 384 tengo papeles muy importantes, los cuales quiero que entregues a Ramón Alberto, si a mí me llegara a pasar algo, así me muera por un accidente de tránsito, o por una caída o una piedrita —y le dio un número teléfonico de Monterrey.

De Reforma fueron a la sucursal Banamex, donde Chapa tenía sus cuentas. Al salir de ahí volvieron al colegio y de ahí a la oficina de Chapa en la Zona Rosa, en Florencia 37. Al llegar a la oficina Chapa le pidió a Aldana que fuera al notario a recoger su testamento y el de su esposa.

Con esos documentos en la mano, Chapa fue a ver a su abogado Guillermo Handam, en Sinaloa 153, con quien estuvo dos horas. Se detuvo luego en una caseta a hablar por veinte minutos y luego en otra. Fueron después de regreso al sur. Eran ya las cinco de la tarde. Iban circulando sobre Insurgentes, a la altura de Plaza Inn, cuando Chapa se agachó entre los dos asientos delanteros, diciendo que había mucho tráfico. Pidió a Aldana que diera la vuelta a la izquierda sobre Miguel Angel de Quevedo y, al llegar a la altura de la Librería Gandhi, le ordenó meterse en una calle empedrada. En ese momento recibió una llamada por el radio transmisor, informándole que en su domicilio había varios reporteros. “Cómo chingan la madre”, dijo Chapa. Le informaron después que había dos patrullas en la esquina de su casa.

Se dirigieron al sur por Insurgentes. Eran las cinco y media. Chapa se comunicó con su esposa y le dijo que había comido con el abogado, que le había dicho “que tramitara eso”. Siguieron hacia el sur; Chapa le ordenó al chofer Eloy que se bajara y se dirigiera en taxi a su domicilio para que estuviera al pendiente. Desde ahí le transmitiría la información por el radio. Eloy se bajó en el puente peatonal ubicado sobre Insurgentes, a la altura del IMAN, y Chapa le ordenó a Aldana que tomara el Periférico.

Llamó por celular a Hamdan y le dijo: “Ya tramita eso, porque tengo gente de la del Distrito en mi casa”. Hamdam le dijo que debía salir de la ciudad. Chapa contestó preguntando: “¿Del Distrito, o de la República?”. Dijo a Aldana que fuera a La Casita, le ordenó detenerse una calle antes, ir a la casa y tocar la puerta y mantenerla abierta para que Chapa pudiera meterse. Ya en el departamento le dio a Aldana un cheque por 100,000 pesos para que se lo llevara a Hamdam. Aldana llegó a las oficinas del abogado aproximadamente a las ocho de la noche. Al despedirse para volver donde Chapa, el abogado sacó un billete de un dólar, lo partió en dos, y entregó al custodio una mitad. Si Chapa quería mandar a una persona para mantener el contacto, debía llevar el pedazo del billete, le dijo. Esa sería la contraseña para saber que era una persona enviada por él. Aldana tomó un taxi y regresó a La Casita. Antes de llegar, en una farmacia próxima llamó por teléfono a Chapa, según le había pedido el propio Chapa mediante un mensaje por skytel. Chapa le dijo que checara bien si no había nadie para poder abrirle. No había nadie, Chapa abrió, Aldana supo entonces que iban a ver a una persona en el Sanborn’s de Perisur. Chapa iría  metido en la cajuela y el custodio manejando, para lo cual removieron los asientos traseros, de modo que Chapa pudiera salir por dentro del coche. Partieron poco después de las nueve, Aldana conduciendo y Chapa “preguntándome si lo seguían”. A la altura del Bosque de Tlalpan, Chapa salió de la cajuela, pero se mantuvo agazapado en el asiento trasero, rumbo a Sanborn’s. Al llegar, le ordenó a Aldana que dejara las llaves puestas y encendido el vehículo, “y me fuera en uno de los taxis de sitio”.

Al siguiente día, 31 de enero de 1997, al recordar las órdenes de Chapa Bezanilla, de que si le sucedía algo entregara los documentos que estaban en la caja de seguridad número 384 al señor Ramón Alberto Garza del periódico Reforma, el custodio quiso comprobar la existencia de los mismos para, de ser necesario, dar cumplimiento a esa orden; pero al abrir la caja de seguridad, aproximadamente a las nueve y media de la mañana, como obra en los registros del banco, comprobó que la caja de seguridad se encontraba vacía.

Epílogo

La huida de Chapa del país y su regreso es uno más de sus misterios. En las diligencias ministeriales consta la manera como Pablo Chapa Bezanilla, disfrazado con barba, bigotes, gafas y gorra, escapó de la persecución contra sí mismo que provocaron sus fabricaciones. A la vuelta de unos meses, Clousseau fue descubierto y aprehendido en Madrid. Fue trasladado de la prisión de Carabanchel a Soto del Real el 21 de mayo y confinado en el módulo 7, como “preso de segundo grado”. Optó por eludir el juicio y en octubre de 1997 decidió acceder a retornar al país de manera voluntaria.

En la prisión, Chapa tenía derecho a una visita semanal de cuarenta minutos. El sábado 31 de mayo recibió en prisión la visita de su esposa María Elena Martínez quien, desesperada, le dio cuenta a su marido de las carencias económicas por las que ella y su familia atravesaban. Chapa la puso sobre la pista de dos llaves, los números correspondientes de dos cajas de seguridad y los datos específicos de un banco. El 3 de septiembre María Elena suscitó un movimiento inusual en la sucursal 790 de Banamex, en la avenida Miguel Angel de Quevedo de la Ciudad de México. La señora estaba ejerciendo un poder del tribunal español para acceder al depósito de maravillas. De existir la supuesta información explosiva que Chapa aseguraba tener sobre hechos y personajes de México, debía estar guardada a piedra y lodo. Qué mejor que una bóveda bancaria. A eso del mediodía, funcionarios del banco y de las procuradurías General de la República y de Justicia del Distrito, secretarias, mecanógrafas y peritos en fotografías y filmaciones, fueron videograbados en la expectante y prometedora diligencia ministerial que protagonizaban: estaban a punto de ser abiertas dos cajas de seguridad pertenecientes a Chapa Bezanilla.

Ante el azoro de la señora Martínez y el pasmo de los testigos, se constató que la primera de las cajas estaba vacía. La segunda tampoco tenía el dinero que atemperaría las ingentes necesidades familiares. Había tres alhajas de poca monta, unas grabaciones y cartas íntimas, producto del espionaje al que Pablo Chapa había hecho víctima a su propia esposa.

De la diligencia dio fe el licenciado Jesús Altamirano Quintero, notario público 66. De Pablo Chapa Bezanilla, hoy, casi nadie sabe.    n

Carlos Marín. Periodista. Director General Editorial Adjunto de la revista Milenio.

Proyectos en Disputa

Proyectos en disputa

Por José Antonio Crespo

Dos proyectos de país han sido cuestionados en las últimas décadas en México: el llamado modelo de “sustitución de importaciones”, conocido también como “desarrollo hacia adentro” o, en términos más genéricos (y agregando un componente social y político), el “nacionalismo revolucionario”; el otro se introdujo al país alrededor de 1985, cuando era obvio el agotamiento del anterior, y se conoce como “desarrollo hacia afuera” o, de manera más general, “neoliberalismo”. Ambos han alcanzado sus límites, pues aunque el “neoliberalismo” fue presentado como la solución del país por los presidentes Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, en realidad empezó a hacer agua en sus países de origen (Estados Unidos e Inglaterra) antes de que se estrellara contra la realidad en México, a fines del sexenio de Salinas de Gortari. Las dificultades económicas que han continuado durante el actual sexenio, y los costos políticos que le han implicado al PRI, han provocado que amplios sectores dentro de ese partido condenen y descalifiquen al modelo “neoliberal” seguido en los últimos sexenios, y reivindiquen en cierto grado al viejo “nacionalismo revolucionario”, más cercano a la ideología original del PRI.

De una u otra forma los dos modelos de desarrollo que estuvieron vigentes durante las últimas décadas en nuestro país han sido cuestionados y descalificados por diversos sectores de la sociedad. No sólo ocurre eso en México; también el fracaso del paradigma neoliberal en Europa y Estados Unidos ha dado lugar a un nuevo debate sobre las alternativas que se abren frente al siglo XXI, del cual ha emergido el proyecto denominado, también genéricamente, “la tercera vía”, popularizado por el premier británico Anthony Blair, y basado en los trabajos del sociólogo Anthony Giddens. El nuevo esbozo ha cobrado una inusitada popularidad, pues se presenta como una especie de “punto medio” entre los agotados paradigmas de desarrollo que prevalecieron durante el siglo XX. En realidad, la tercera vía surge como una actualización, una renovación, de la socialdemocracia europea, pero que se aproxima en alguna medida al centro. Giddens explica en parte el surgimiento de esta corriente de pensamiento en Gran Bretaña a partir de que “La mayoría de los países del continente (europeo) no ha experimentado periodos prolongados de gobierno neoliberal como los habidos en el Reino Unido”. Es una reacción tardía, pero vital, del laborismo británico, que se rezagó y fue rebasado ante el empuje del neoliberalismo tatcheriano. Sin embargo, algunos grupos identificados u originarios de la derecha, ante el fracaso del paradigma neoliberal, han empezado a expresarse también en favor de la alternativa que ofrece la tercera vía, al fin menos radical que el socialismo (o estatismo) tradicional; tal es el caso de Felipe Aznar en España, o de George Busch Jr. en Texas.

El especial atractivo de la tercera vía, y la esperanza que despierta, generará seguramente una especie de adhesión masiva, multitudinaria, de partidos y políticos en diversas partes del mundo. Pero ello también dará lugar a una contienda por ganar el espacio que en principio correspondería a esta alternativa en el espectro ideológico, ubicado en el segmento del centro, aunque poco más inclinado a la izquierda. Los partidos contendientes en una justa electoral, intentarán con gran probabilidad adjudicarse la alternativa centrista, con tendencia “tercerista”, al tiempo de “empujar” a sus adversarios a los extremos desprestigiados de izquierda o derecha respectivamente.

En México, pese a que el debate sobre una coalición opositora está poniendo de relieve las diferencias y la distancia ideológica entre los posibles socios electorales —el PAN y el PRD—, durante la contienda presidencial los mismos partidos (y también el PRI) seguramente intentarán ubicarse en el centro del espectro, para así convencer razonablemente de que cada uno de ellos ofrece la alternativa tercerista, con un equilibrio adecuando entre el libre mercado y la intervención estatal en la economía.

Pero antes de que ello ocurra, está a la vista la contienda interna dentro del PRI, en la cual no sólo está enjuego la persona que abanderará al partido tricolor, sino también dos proyectos que, quizá presentados como expresión auténtica o cercana del “tercerismo”, en realidad esconderán alguno de los dos proyectos que se han disputado el partido dominante durante los últimos años: el nacionalismo original del PRI, o el neoliberalismo matizado al que sus exponentes intentarán dar continuidad.

En todo esto hay un aspecto positivo y otro negativo; el propositivo consiste, a mi parecer, en que la lógica “tercerista” que gana terreno en el debate mundial orillará a los diversos partidos mexicanos a buscar el centro, lo cual, por definición, los aleja del radicalismo ideológico y de la confrontación de los extremos—si bien la moderación ideológica no garantiza la moderación estratégica—. El efecto negativo radica en que cuando los partidos busquen el centro los diversos programas y propuestas se confundirán y traslaparán entre sí. En esa medida los electores no encontrarán fácilmente las diferencias en las plataformas de los distintos partidos, por lo cual optarán por decidir su voto a partir de trivialidades o prejuicios: la idea simplificada sobre los partidos basada en su respectiva trayectoria histórica, y las imágenes superficiales de cada uno de ellos; la imagen de sus candidatos al poder Ejecutivo, así sean éstas construidas artificialmente, o igualmente configuradas a través de ideas prefabricadas; la eficacia política y propagandística de las campañas y la mercadotecnia electoral. Esto es lo normal, incluso en las más avanzadas democracias, pero conforme la peculiaridad de los proyectos partidistas se desdibuja, el debate en torno a éstos podría perder toda importancia frente al público elector. Y en México urge discutir seriamente los proyectos alternativos para entrar con pie firme en el siglo XXI.   n

José Antonio Crespo. Profesor del CIDE.

Divagario

Divagario

Borges: Una magia postrera

En un número reciente del Times Literary Supplement (junio 11, 1999), Norman Thomas di Giovanni cuenta algunas de sus experiencias como traductor de Jorge Luis Borges al inglés. El caso de Giovanni es que fue el primer traductor de Borges a quien se le ocurrió ir con el mismo Borges y pedirle que participara en la traducción al inglés. Las traducciones de Di Giovanni fueron, así, co-traducciones. Parte del trabajo de Borges como co- traductor fue explicarle a Di Giovanni algunas referencias demasiado locales para un lector no argentino; pero su trabajo mayor consistió en dar pequeñas lecciones de estilo. En el inglés, Borges cambiaba a activas sus construcciones pasivas en español; y a positivas, las negativas. Una de sus frases en español como “marchaban desde el Sur” se volvió, en inglés, “iban al norte”. Borges lamentó alguna vez que sus primeros traductores hubieran traducido habitación oscura por “oscure habitation”, cuando él se refería a “dark room”. Un traductor llegó a plantearle a Borges sus problemas para encontrar en inglés una palabra equivalente a “El hacedor”. “Eso era extraño”, dijo Borges, “porque yo concebí ese título en inglés. Viene del poeta escocés Dunbar. Mi título en español fue una traducción del inglés (‘The Maker’) desde el principio”.

La última y mejor anécdota que cuenta Di Giovanni da una magia postrera de Borges. Di Giovanni se refiere al dominio que Borges tenía del inglés y su sentido de la prosa en lengua inglesa. Cuenta que para una edición de sus poemas completos en 1964. Borges escogió un epígrafe tomado de las cartas de Stevenson, un pasaje que dice (en inglés): “No quiero presentarme como poeta. Sólo como un hombre dedicado a la literatura: un hombre que habla, no uno que canta… Perdonen esta pequeña apología; pero no me gusta aparecer ante personas que tienen una idea de lo que es cantar y dejarles suponer que yo no sé la diferencia”. Di Giovanni fue a buscar la cita original en el volumen II de las obras de Stevenson del que Borges tomó el epígrafe. Se dio cuenta de que Borges se había metido con el texto de Stevenson. No decía, como el citado por Borges, “Perdonen esta pequeña apología; pero no me gusta aparecer ante personas” etc. Más bien, el texto original decía: “Perdonen esta pequeña apología por mi casa; pero no me gusta aparecer ante personas” y lo que sigue. Cuando Di Giovanni le preguntó por qué había suprimido las palabras “por mi casa”, Borges dijo que esas palabras sonaban tontas y debilitaban el texto. Pero añadió que para la edición en inglés de su poesía, Di Giovanni podría imprimir el epígrafe en cualquiera de las dos versiones.

Unos años después, en Londres, viajando con Borges, Di Giovanni compró una edición de veintiséis volúmenes de la obra de Stevenson. Sintió el impulso de cotejar de nuevo la cita; esta edición se había publicado veinticuatro años después de la que Borges usó, y era una edición corregida. Ahí Di Giovanni encontró que la cita decía: “Perdonen esta pequeña apología por mi musa…”. Era entonces “musa” (“muse”) y no “casa” (“house”). Ocurrió que la carta original de Stevenson estaba, claro, escrita a mano, y el editor previo había leído equivocadamente “muse” como “house”. Borges, sin haber visto el original, había sentido el error. Por cierto que el epígrafe de Stevenson en la última edición de la Obra poética de Borges (Emecé, 1994) no incluye ni “por mi casa” ni “por mi musa”.

Hemingway (1899-1961)

Los litros de tinta que han corrido para alcanzar a la leyenda de Ernest Hemingway (1899-1961) han llegado al centenario de su nacimiento. En su ensayo clásico, En tierra nativa (1840- 1940), Alfred Kasin observó que en 1925, cuando Hemingway publicó sus primeros cuentos, ya era el futuro más garantizado de la colonia literaria norteamericana. Hemingway tenía veintiséis años y la gloria literaria al alcance de la mano. Pero Kasin no cuenta la historia de un éxito, sino una versión del fracaso: un Hemingway sonriente posando como Tarzán, con sus piezas de caza, le disputaba la vida al Hemingway escritor; la parabola de la fortuna que conduce al infierno. Kazin escribió: “En lo técnico y hasta en lo moral, Hemingway ejercería una profunda influencia sobre la literatura de los años treinta. Como estilista y orfebre, su ejemplo fue magnético para los jóvenes que llegaron detrás de él (…) Este es el Dios de Bronce de toda la experiencia literaria de Estados Unidos. Pero en un sentido marca un fin tan claramente como en un tiempo marcó un principio”.

El Dios de Bronce asaltó a la literatura con su leyenda el 12 de julio de 1961. Era una mañana de sol en Ketchum, Idaho. Hemingway se despertó antes que su mujer. Se dirigió a su armario y tomó una escopeta Boss de dos cañones. Caminó hacia la sala y cargó dos cartuchos en la escopeta, la apoyó contra el piso, con los cañones apuntando a su cabeza, y jaló de los dos gatillos. La deflagración le voló la tapa del cráneo. Fue imposible saber si apoyó los cañones contra la cabeza o en la boca.

Ese mismo día, por la tarde, algunos amigos lo recordaron en uno de sus descansos en la Finca Vigía, en Cuba, acercando el fusil Marlincher 256 a su boca. Cuando jalaba el gatillo de la carabina sin balas, Hemingway sonreía: “Esta es la técnica del Hara-Kiri con fusil. El paladares la parte más suave de la cabeza”. No se ha documentado con suficiencia la desintegración psíquica que sufrió Hemingway en ese tiempo, pero su mujer y sus amigos cuentan que padecía prolongadas temporadas de insomnio y delirio de persecución. Aunque la Clínica Mayo de Rochester se rehusó a abrir su expediente, se supo que los médicos pusieron en la portada una frase: “Candidato al suicidio. Vigilancia”. Tampoco se conoce a fondo su relación con el psiquiatra Howard Rome, quien lo dio de alta y lo mandó a su casa el 26 de junio de 1961. “No necesito más psiquiatra que mi Corona portátil #3″, le dijo a su exmujer Martha Gelhorn, antes de pronunciar su frase favorita: “Nadie puede vencer a un hombre que ha sido destruido”.

Michael Ignatieff

Uno de los libros de la temporada es El honor del guerrero. Guerra étnica y conciencia moderna (Taurus, 1999), de Michael Ignatieff (Toronto, 1947) que empieza a circular en las librerías mexicanas. Ignatieff es una de las firmas fuertes de The New Yorker y de The New York Review of Books; entre sus credenciales académicas, Ignatieff presenta un doctorado de historia en Harvard y ha sido fellow del King’s College de Cambridge y de la Ecole de Hautes Etudes de París. A veces un académico y un periodista producen un ensayista, un buen escritor: es el caso de Ignatieff, quien ha pasado por los infiernos del fin de milenio a través de sus guerras étnicas, sus migraciones multitudinarias, sus crueldades sin fin. Entre 1993 y 1997, Ignatieff estuvo en Serbia, Croacia, Bosnia, Ruanda, Burundi, Angola y Afganistán. Ignatieff se pregunta: “¿Qué está pasando para que el mundo parezca tan peligroso y caótico? ¿Quiénes son los nuevos arquitectos de la guerra postmoderna, paramilitares, guerrillas, milicias, señores de la guerra que están desgarrando los estados malogrados de la década de los noventa? La guerra solían perpetrarla los soldados regulares; ahora la hacen los soldados no regulares. Esta puede ser la razón por la que resultan tan salvajes las contiendas postmodernas, de por qué los crímenes de guerra y las atrocidades son actualmente intrínsecas al propio estilo bélico”. Hay en la prosa de Ignatieff algo del impulso de Kapuszinsky y del encuadre analítico de Hans Magnus Enzensberger. Ignatieff recurre con la misma naturalidad a Freud para profundizar en el concepto del malestar en la cultura, que al choque de las civilizaciones de Huntington. En junio, Ignatieff presentó en Madrid El honor del guerrero y la biografía Isaiah Berlin, su vida. Durante la presentación afirmó: “No es que yo sea un periodista, porque a los periodistas les disgusto por demasiado pretencioso. Y tampoco debo ser un académico, porque a los profesores les parezco poco serio y riguroso”.

Diálogos

¿Qué podemos esperar de la filosofía contemporánea? En nuestro tiempo, el pensamiento filosófico se ha convertido en una materia académica que conjuga historia y discurso teórico; sin embargo, para los pensadores griegos, la filosofía no era discurso sino un modo de vida, no era un sistema de pensamiento o una teoría, sino una sabiduría práctica. La pregunta entonces era: ¿cómo vivir?

Circula ya en librerías La sabiduría de los modernos, un libro de ensayos breves escrito a dos voces. Sus autores, Luc Ferry y André Comte-Sponville, han rescatado un estilo clásico: el diálogo filosófico, para abordar a la manera antigua las interrogantes más polémicas de este fin de siglo. Primero cada uno de los autores escribe un ensayo sobre su visión del problema y luego retoma la reflexión en un espacio de diálogo, en el cual las preguntas muestran su pertinencia para pensar el porvenir de la filosofía. Sus temas son: el nuevo humanismo, la neurobiología y la bioética, la acción humanitaria, la religión, la esperanza y la búsqueda del sentido, el fin del arte, el reto de los medios, la política y la ciencia. Como los autores aclaran, no sienten nostalgia por el antiguo ideal de la sabiduría, ni tienen como propósito restablecerlo, en cambio, sí piensan que “la vida es demasiado corta, demasiado preciosa y difícil para que nos resignemos a vivirla de cualquier modo. Y demasiado interesante para que no dediquemos un tiempo a reflexionar y a debatir sobre ella”. n

Reformas pendientes

Reformas pendientes

Por Luis Rubio

EI intercambio entre Jorge Castañeda y el ex presidente Carlos Salinas que se inició a partir de la publicación del más reciente libro del primero, amenaza con desviar la discusión nacional sobre los temas de fondo que verdaderamente demandan la atención de los mexicanos. Lo esencial para México y los mexicanos es reencauzar la vida pública a fin de resolver desde los ancestrales problemas de pobreza hasta los nuevos de falta de legitimidad, desigualdad social y la recesión que afecta a un amplio segmento de la población. No cabe la menor duda de que lo imperativo para el país es sentar bases sólidas para que sea posible construir el desarrollo económico y estructurar un nuevo sistema político, acorde con los tiempos.

Puesto en otros términos, el país requiere definiciones fundamentales en todos sus ámbitos.

En su libro y en artículos subsecuentes, Jorge Castañeda critica las reformas emprendidas por Carlos Salinas, argumentando que éstas fueron inadecuadas, incompletas y, sobre todo, impuestas desde arriba para el beneficio de unos cuantos. En el corazón de su argumento, Castañeda desdeña las reformas salinistas porque no hubo una iniciativa paralela en el sistema político que obligara a transformar las estructuras sociales. Salinas, por su parte, se defiende argumentando que su gobierno se abocó a cambiar algunas de las estructuras más anquilosadas de la economía y del sistema político del país a fin de sentar las bases para un crecimiento de la economía sostenido y de largo plazo.

A casi cinco años del fin del gobierno de Carlos Salinas, la realidad mexicana muestra que muchas de las reformas emprendidas por su gobierno efectivamente sentaron las bases para el fortalecimiento de la economía en el largo plazo. De particular importancia en este rubro es el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, el cual no sólo ha transformado a la planta productiva nacional, sino que también se ha constituido en la mayor fuente de crecimiento económico para el país, al grado en que virtualmente todos los nuevos empleos que se han creado en estos años están vinculados a él. Pero esa misma realidad ha evidenciado que no todas las reformas fueron acertadas y que, como bien afirma Castañeda, la ausencia de transparencia en la toma de decisiones llevó a que se abusara de los procesos de privatización, a que se abrieran oportunidades extraordinarias de corrupción y a que el devenir de los procesos políticos fuera (y siga siendo) abrupto, impredecible y saturado de violencia.

Viendo hacia adelante, lo crucial es aprender las lecciones del pasado, contemplar las ingentes necesidades que evidencia el país para atacarlas y dar pasos firmes hacia su resolución definitiva. Nadie puede dudar de que hay lecciones muy claras del pasado —y otras que arrojan experiencias en otras partes del mundo— que deben ser convertidas en un insumo indispensable.

Aunque la retórica política y electorera con frecuencia oscurece la discusión de los temas de sustancia, hay ciertos factores sobre los cuales parece haber un virtual consenso en el país: a) que la función del gobierno en esta época de globalización es fundamental para hacer posible el desarrollo; b) que los instrumentos centrales para promover el desarrollo económico se encuentran en la infraestructura, en la educación, en los sistemas de salud y en la preservación de los equilibrios macroeconómicos principales; c) que la globalización es un hecho inexorable que tenemos que aprender a explotar en nuestro beneficio; y d) que para que el país progrese necesitamos un gobierno que goce de plena legitimidad y de una capacidad efectiva de gobernar dentro de un Estado de derecho pleno.

Desafortunadamente, el hecho de que haya un virtual consenso sobre un conjunto de objetivos en abstracto, no implica que sea factible articular un consenso sobre las medidas específicas que sería necesario emprender para poder alcanzarlos. El país se encuentra cojo en un sinnúmero de ámbitos que demandan acciones gubernamentales y legislativas urgentes que empiecen a establecer bases firmes para el desarrollo integral y de largo plazo del país. Algunos de esos ámbitos demandan acciones específicas y concretas (como la regulación bancaria, la autonomía del banco central, y la relación entre los estados y la federación y entre los poderes públicos), en tanto que otros exigen modificaciones sustanciales en temas más generales que, con frecuencia, son mucho más trascendentes (como la conformación de un sistema político abierto, participativo y fundamentado íntegramente en la legalidad, tema que debería incluir la reelección de diputados y presidentes municipales, mecanismos de salvaguardar para la aprobación del presupuesto federal, el veto presidencial, etcétera).

Lo que sigue es una carta a Santa Claus. Pretende enumerar un conjunto de temas y ámbitos en los que las reformas o bien quedaron pendientes, o las que se emprendieron acabaron siendo inadecuadas o insuficientes.

• La vida política se caracteriza por dos procesos simultáneos: la gradual erosión del viejo sistema político y la existencia de algunos andamios que buscan sustentar el nacimiento de uno nuevo. Quienes por décadas se beneficiaron del viejo sistema se niegan a reconocer que el país requiere nuevas estructuras e instituciones y hacen hasta lo imposible por impedir que se logre un proceso de cambio gradual hacia un sistema político competitivo. En el camino, los mexicanos observamos con preocupación las confrontaciones, la parálisis y la violencia.

• Sujetar a una sociedad al imperio de la ley no es algo fácil, sobre todo cuando la cultura de la ilegalidad está tan enraizada. Sin embargo, en la medida en que cambie el paradigma de quien esté al frente del gobierno, la legalidad puede comenzar a afianzarse: en lugar de proteger a los antiguos cotos de poder, lo que inevitablemente implica una contradicción con la legalidad, el gobierno tiene que ser el primero en dedicarse a sentar las bases de una sociedad y un sistema político afianzado en el Estado de derecho. Sin un cambio de esta magnitud será imposible resolver el problema de la inseguridad pública.

• La economía se ha bifurcado en dos mundos totalmente independientes: el de las exportaciones, las empresas globales, la productividad y los niveles crecientes de empleo; y el del pasado, el de la vieja industria que nació al amparo del proteccionismo y que se rehusa —o es incapaz— de adaptarse a las nuevas realidades. Los problemas del primer grupo hablan por sí mismos: insuficiencia de mano de obra calificada, ausencia de técnicos e ingenieros en cantidades suficientes, problemas de infraestructura, incertidumbre sobre la disponibilidad futura de electricidad, petroquímicos básicos, etcétera. Los problemas de los mexicanos asociados al segundo grupo son igualmente elocuentes: desempleo, subempleo, falta de oportunidades, deudas impagables, ausencia de capacidad empresarial, falta de inversión, etcétera. Se trata de dos mundos contrastantes que no se vinculan entre sí a pesar de que, seguramente, la salida de la economía del país reside precisamente en encontrar maneras creativas y funcionales de enlazarlas.

• La economía no va a funcionar mientras el sistema financiero siga empantanado en sus viejos problemas: los bancos no son negocio, los mecanismos de otorgamiento de crédito siguen sujetos a los vicios evidenciados a lo largo del debate sobre el Fobaproa, y la estructura legal y regulatoria del sistema en su conjunto es obsoleta. El sistema financiero requiere sujetarse a la competencia del exterior (como ocurre en la industria manufacturera) y a una brutal y desalmada supervisión de las autoridades.

• El resto de la economía requiere una apertura integral. La industria manufacturera lleva casi tres lustros teniendo que competir con la mejor del mundo en la forma de importaciones en el mercado interno, así como a través de sus exportaciones. Sin embargo, su desempeño ha sido impedido y obstaculizado porque otros sectores —particularmente los servicios y los bienes producidos por el gobierno— gozan de una extraordinaria protección, lo que tiene el efecto de hacer menos productiva y menos competitiva al resto de la economía.

• En adición a los problemas específicos que uno pudiese identificar en cada sector y rama de la economía o en cada recoveco del sistema político, nada evidencia tanto nuestros rezagos como el hecho de que la economía comienza a enfrentar impedimentos a su crecimiento por la ausencia de un sistema educativo idóneo a las nuevas exigencias de la era de la información. Además, enfrentamos plazos perentorios, de diez años adicionales, para la apertura a las importaciones de granos básicos como el maíz y el frijol. A la fecha nada se ha hecho para transformar la economía campesina en anticipación a estos cambios vitales. Más allá de los debates relativos a la conveniencia de modificar el régimen cambiario vigente, es imperativo acelerar el paso en los ámbitos fiscal y monetario para lograr una convergencia con las principales economías con las que comerciamos para así efectivamente erradicar las crisis sexenales. La reforma económica y política en el país es un imperativo del que ningún gobierno puede escapar.

Los problemas del país son enormes y los obstáculos a su transformación imponentes. Pero lo que más nos limita no son las tareas concretas que habría que emprender, sino la incapacidad que hemos desarrollado para ponernos de acuerdo. Este es el tema central; lo demás son meras distracciones.  n

Luis Rubio. Politólogo, director del CIDAC. Su último libro es México en el umbral del nuevo siglo

La muerte tuvo permiso

La muerte tuvo permiso

Por Ricardo Raphael de la Madrid

Durante la década pasada, en plena crisis de los ochenta, Ciudad Juárez apareció en el horizonte como un ejemplo de desarrollo. La maquila —negocio dedicado a ensamblar, con mano de obra barata, partesvenidas del otro lado de la frontera— se convirtió en una poderosa locomotora para la creación del empleo. Después de siglos enteros de triste aridez, gracias a Juárez muchas ciudades de la frontera norte se volvieron puentes naturales para introducir al país entero por las veredas de la globalización.

Muy pronto Juárez se transformó sin embargo en un centro de atracción laboral incapaz de ofrecer una vida medianamente aceptable para los miles de migrantes que llegan todos los meses: mujeres y hombres en busca de trabajo y, muchas veces, de una oportunidad para cruzar la frontera y perderse en el sueño que promete la opulenta ciudad del Paso, Texas, esa frontera inevitablemente existencial, siempre dispuesta para la negación, para recordarnos lo que jamás podremos ser.

Acompañando al crecimiento de Juárez vino el narcotráfico, negocio que fácilmente logró obtener carta de residencia con todo el paraíso de impunidad que se requería. Vinieron también el consumo de drogas y la proliferación de los centros nocturnos. El Joe’s Place, el Noa Noa o el Excalibur, entre muchos otros antros, ofrecieron algo de color y sonido a esa ciudad del desierto que nunca ha dejado de ser oscura.

Es precisamente en esta ciudad donde 187 mujeres han sido asesinadas durante los últimos seis años. Juárez es el punto de referencia para ubicar lugares tan siniestros como se han convertido el Lote Bravo, el desierto de Lomas de Poelo, la colonia Anapra o las brechas que se pierden a lo largo de la carretera Juárez-Casas Grandes.

Las muertes en Juárez son prueba de la barbarie perpetrada contra la mujer. Entre las víctimas se encuentran niñas y púberes, trabajadoras de la maquila de entre trece y veinte años, amas de casa, bailarinas, estudiantes y prostitutas. Mujeres solas, muchas de ellas recién llegadas, sin familia ni nadie que pueda reconocer sus cuerpos cuando aparecen mutilados en medio del desierto.

La muchacha que, aún con el pelo mojado y un broche de plástico dorado se decidió a buscar, un sábado por la noche, un sitio donde escapar a la soledad. Aquella que venida de un pueblo, quizá de Zacatecas o Michoacán, se paró frente al espejo imaginándose al galán que la sacaría a bailar una pieza de los Tucanes de Tijuana, fue la misma que la policía encontró en pequeños trozos dentro de una bolsa de plástico enterrada en Lomas de Poelo.

En Juárez no se puede hablar de un solo asesino. Se trata de decenas de ellos. Su actuación simultánea forma parte de un atroz fenómeno sociológico.

Se pueden detectar algunos patrones en los asesinatos; sin embargo, el análisis serio de las muertes en Juárez nos devuelve siempre a un laberinto. A Abdel Latif Sharif —el Egipcio— se le ha acusado de ser el autor material y, una vez en la cárcel, el autor intelectual de una serie de homicidios que compartían las mismas características: los cuerpos de mujer se encontraron con el seno derecho cercenado y el pezón izquierdo arrancado a mordidas.

“Yo también violé a Lucy” —declara Jorge Contreras Jurado (el Grande) de la banda de los Rebeldes—. “El Diablo (Sergio Armendariz, líder de la banda), al ver que yo había terminado (…) se acercó y empezó a estrangularla (…). Después le pregunté por qué la había matado y me contestó: ‘no hay bronca, no tiene parientes aquí’”.

Sin redes familiares, o por lo menos sociales, que legitimen su existencia, ella —Lucy— pierde todo valor. Deja de ser persona. Desaparece. Es el caso de muchas de las mujeres de Juárez, mujeres que, cuando emigran, se vuelven invisibles ante la mirada de ciertos hombres. En el peor de los atrasos civilizatorios, el hombre devalúa a la mujer cuando se encuentra apartada del escenario familiar. Pareciera que sólo el atrevimiento de romper el binomio “mujer-familia” se volviera una especie de condena a muerte.

La perversión ha encontrado en Juárez un lugar donde reproducirse. Otro asesino, éste quizá vinculado con alguna secta religiosa, juega a disfrazar sus cadáveres con ropa de víctimas anteriores. Varios son los casos de padres que, habiendo reconocido la playera rosa o el pantalón de mezclilla en el cuerpo de una víctima, niegan que se trate de su hija desaparecida. Ha sido ahí, en medio del desierto, donde los vecinos han escuchado llantos y gritos de niñas, dos de ellas encontradas sin vida dentro de una cabaña; la más pequeña había sufrido un par de infartos antes de ser asesinada.

187 asesinatos en Ciudad Juárez sólo pueden ser entendidos en el contexto de un lugar sin ley ni autoridad. Para el gobierno de Chihuahua sobran cuerpos y faltan culpables. Una y otra vez se ha tratado de construir una historia plagada de contradicciones. La versión oficial es que El Egipcio, después de haber sido aprehendido por el asesinato de una mujer, contrató a dos bandas: los “Rebeldes” y los “Ruleteros”, para que continuaran sembrando cadáveres y así probar su inocencia. Lo cierto es que Sharif se declara inocente y grita a quien quiera oírlo que lo han utilizado como un chivo expiatorio.

Por su parte, Luis Miguel Hernández, antiguo funcionario de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, renunció el año pasado argumentando que varios miembros de la banda de los “Rebeldes” habían sido maltratados, incomunicados y que se habían prefabricado testigos para vincularlos con Sharif. Mientras tanto, dos mujeres de diecisiete y diecinueve años dicen haber sido torturadas física y mentalmente por la policía para involucrar a los “Rebeldes” con estos asesinatos.

El laberinto continúa. Lo cierto es que la muerte pareciera tener permiso para pasar desapercibida cuando se trata, sobre todo, de mujeres. Esta es una historia de mujeres que perdieron la vida en una ciudad que les prometió futuro y sólo supo sepultarlas. Ellas han sido las víctimas de una transformación social que destruye instituciones y devasta la vida en sociedad. Hasta hoy, nada indica que el horror haya tocado fondo en Ciudad Juárez. Son precisamente ellas, las mujeres de la frontera, quienes nos hablan de un México que entrará al próximo milenio sin haber abandonado la barbarie.  n

Ricardo Raphael de la Madrid. Politólogo. Profesor del CIDE.

Incivilidades. La fogata y los mosaicos

Incivilidades

La fogata y los mosaicos

Por Luis González de Alba

¿Qué tienen en común el transporte público de Guadalajara, la huelga de la UNAM y las colas? La impunidad que acaba por hacer norma el vandalismo y ridicula la conducta respetuosa, civilizada.

La civilización se adquiere lenta y trabajosamente, pero se pierde con facilidad. En Guadalajara hay dos víctimas mortales del transporte colectivo por semana, y tan campantes, tanto choferes como autoridades panistas. En cinco meses, 40 personas han sido aplastadas por los autobuses del servicio público sin que un correctivo drástico ponga fin a la masacre. Cuando el gobierno panista exigió por centésima ocasión un controlador automático de velocidad para impedir al menos el exceso de velocidad, centenares de choferes bloquearon con sus unidades la circulación en todo el centro de la ciudad en protesta contra la medida. Los entrevistados posteriormente por la TV sabían tan indefendible su acción, que negaron haber participado. Al menos tienen vergüenza, dicho sea a su favor.

¿Cuántas personas mueren así en la Ciudad de México? No son noticia porque el índice es bajo, o ya no son noticia por cansancio? ¿Lo sabe Numeralia?

Los individuos y el Estado

La competencia por el pasaje está en el inicio de este círculo vicioso: todos corren porque quien no lo hace pierde el bono que ofrecen los propietarios por número de vueltas, cuando es empleado; y si es propietario de su unidad, con mayor razón se esforzará por rebasar, menos tiempo concederá a la anciana que baja, al hombre que sube: todos le parecen lentos.

Es cuando no hay más solución que la intervención de la ley y la regulación del transporte público por la fuerza, de preferencia convirtiéndolo en un servicio de la ciudad que se ofrece al precio de costo y no un negocio. No hay a la vista nada parecido.

En la naturaleza ocurre algo muy similar en la competencia por la luz del sol: si todas las plantas fueran sensatas y tuvieran algo así como un contrato social rousseauniano para no arrebatarse el sol, ninguna invertiría tanto esfuerzo en crecer. Pero el árbol que crece un poco más por azares genéticos, obtiene ventaja de su tamaño y por tanto vive más y deja más semillas portadoras de la mutación ventajosa. Pero no es el único: cuantos árboles hagan lo mismo tendrán ventaja. Así tenemos la enorme cantidad de árboles gigantescos que se estiran a toda velocidad para que otro no les quite la luz, aunque ellos la quiten a otros.

Un interesante modelo matemático, conocido como el dilema del prisionero, analiza la cooperación y la competencia. Doy únicamente el resultado final: es ventajoso competir siempre y cuando uno esté convencido de que el otro participante va a cooperar. De no ser así, ambos pierden. Dicho de otra forma: conviene brincarse la cola… cuando hay quienes hacen cola. Pero a nadie conviene que la cola se deshaga.

¿Y los mosaicos?

Comenzaba la huelga de 1968, cuando pagábamos 200 pesos de cuota y eso costaban 50 boletos de cine. Pagábamos pues el doble que las cuotas propuestas y ahora convertidas en “aportación voluntaria”. La primera noche alguien llevó una guitarra, otros rompieron algunas ramas secas y encendieron una fogata… en el interior de la Facultad de Filosofía y Letras, al pie de las escaleras. Vimos con alarma que los mosaiquitos —de esos llamados “venecianos”, cuando se pegaban de a uno por uno— se comenzaban a levantar. Apagamos la fogata. Al día siguiente, uno de los huelguistas, cuyo nombre he olvidado, pero iba siempre de traje y corbata, chaleco y paraguas, además de barba de piocha, llevó un albañil para reparar el daño y lo pagó de su bolsillo, pues consideró que no era justo emplear el dinero del “boteo”, recogido de la solidaridad callejera para hacer volantes y pagar manifiestos.

¿Alguien puede imaginar algo semejante en la UNAM del cochambre, el anafre y el sebo?

Pero la impunidad mil veces impune acaba por hacer norma el vandalismo y ridicula hasta la carcajada la conducta respetuosa, civilizada. No es culpa del vándalo, sino de la autoridad que lo consiente. En Jalisco el PAN no debió dialogar con los choferes que ya tenían instalado su control de velocidad, sino con los que paralizaron el centro de la ciudad sin más castigo que miradas de reproche y algún claxonazo con dedicatoria materna. En la UNAM los huelguistas defensores de los ricos fueron los únicos alumnos escuchados por Francisco Barnés, por quien tantos hicimos el papelazo. Izquierda y derecha, oposición y gobernantes: todos compiten por halagar al votante de mañana cumpliéndole sus berrinches de hoy. País de madres sobreprotectoras y de padre-autoridad que oferta toda ley y todo reglamento entre sus hijos descontentadizos, México y su política de compadrazgos provoca fricciones en todos los aspectos de la vida cotidiana y se torna irritante, como todo roce continuo, cuando no insufrible.        n

Luis González de Alba. Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de Los derechos de los malos.

Barómetro

Barómetro

De espectros y resurrecciones

Por Rolando Cordera Campos

Rumbo a la temporada de huracanes y ciclones, en el país se adelantan los barómetros para indicarnos bajas presiones y elevadas, muy elevadas, pasiones. No hay necesidad de exagerar para advertir que en el año político que debe concluir en julio del año próximo, la democracia se pondrá a prueba. No hay petate alguno que esgrimir, porque el espectro autoritario parece hoy más un clochard que un fantasma capaz de recorrer nuestra geografía humana, pero es claro que una democracia como la que hoy tenemos puede quedarse así por años, dando lugar a un Estado harapiento y a un país encogido, sin capacidad real para aprovechar las ventajas y las promesas del cambio hecho a tan alto costo.

Los partidos se devanan los sesos en busca de hombre y de nombre. No de otra manera puede interpretarse tanta y tan vacua insistencia opositora en las alianzas y las coaliciones que, por otro lado, nadie parece querer en serio. Lo cierto es que en todas las coordenadas de la flamante política democrática se admite, en los hechos, la falta alarmante de propuesta, liderazgo, visión capaz de adelantar un proyecto nacional digno de tal nombre.

Los héroes suelen cansarse, pero el cansancio que sufren los de la actual transición no tiene precedente. Antes de la meta ansiada de la normalidad democrática, reconocida por todos, los prohombres de la mudanza política y sus destacamentos se muestran exánimes, piden auxilio presidencial sin dejar por un momento de presumir el fin del presidencialismo y acaban por rendirse a la evidencia cruel e inclemente de su inmadurez como fuerzas dirigentes.

En épocas pretéritas, anteriores al fin del atlantismo que era propio del mundo bipolar, nadie hubiese temido llamar a ésta una situación “pregolpe”, o advertir sobre el inminente peligro de un giro autoritario. Hoy, en los inicios inéditos de la era de Otán, son pocos los que se atreven a vaticinar panoramas de esa suerte. Todo es presente continuo, aunque ahora con batallas humanitarias aéreas y a distancia cibernética.

El rififi priista ha acaparado la atención del personal. Si se le ve bien, esta peculiar precampaña rumbo a las primarias universales de un partido que tampoco puede ya decir su nombre, porque se asusta, más que llevarlo a la escisión final puede abrir paso a una insólita recuperación política y sobre todo electoral. Se trata, sin duda, de una operación hecha en el filo de la navaja, a pesar de las presuntuosas posturas de sus máximos dirigentes, pero recuperación priista puede haber, aun a costa de someter  presiones sobrehumanas a sus tejidos primordiales… los que le queden.

Cómo saldrá el PRI y cómo saldremos los demás mexicanos del ejercicio  no lo sabemos, pero es un hecho que el sexagenario partido que refundo Alemán estará expuesto ante la opinión pública por meses y meses, lo que le permitirá a sus artífices y expertos de la encuesta y la imagen ensayar altos contrastes, reeditar reflejos conservadores en la ciudadanía (más vale malo…, etc.) y hasta sus perplejos militantes tendrán tiempo para adecuarse a los nuevos ritmos de la competencia abierta. El PRI podrá recuperar votos pero no el tiempo perdido, y ahí está una brecha que sólo puede llenar la nueva política que nadie ha sido capaz de siquiera balbucear.

De otras maneras de perder tiempo… y vida

En ocasión del día Mundial del Medio Ambiente, el doctor José Sarukhán lanzó un escueto y ominoso llamado de alerta. El horizonte de una pérdida irreversible de biodiversidad no se aleja, como pasa con todos los horizontes, sino está cada vez más cerca de todos. “En un tiempo no demasiado lejano”, advirtió el ex-rector de la UNAM, “vamos a enfrentar una crisis de tamaño monumental de la que no tenemos idea… Si no actuamos ahora en serio para revertir las tendencias de destrucción habrá un costo inmaterial más allá de cualquier posibilidad económica” (La Crónica de Hoy, 05/06/99, p. 6B). Aquí ya no hablamos del milenio que nunca llega sino de lo que ocurrirá en éste que ya está con nosotros. La severa y grave reflexión del científico debería volverse eje maestro de la política inaugural de la democracia mexicana, entre otras razones porque aquí sí que no hay recuperación con base en argucias de última hora. Para la visión científica de fondo, el tiempo se acaba y de ser así no volverá… al menos para nosotros.

Ayuda de memoria

Después de la paz sepulcral con que se inicia el humanismo a distancia, Europa tendrá mucha tarea: no sólo redefinir su propia concepción del humanismo, que no puede ser la de los axiomas de Clinton y su general Clark, así sean traducidos al europeo por Javier Solana; también, ajustar cuentas con las nociones de seguridad, cooperación y bienestar generalizado, en las que parecía basarse la gran ambición europea, del “Atlántico a los Urales”. ¡ Nada menos! Con tan rápidos y obsecuentes alineamientos al festivo modo americano de entender y jugar con la vida de los demás, el faro de la madurez y la sabiduría europeas quedó un tanto empañado. Y el realismo ramplón de estos tristes meses da para poco, si se toma en serio la magnitud de la aventura que parecía estar a punto de empezar a consumarse con el mercado y la moneda únicos.

La UNAM derrotada: ¿habrá quién la libere y reconstruya? Se va a necesitar de algo más que del clásico ¡goya! para siquiera pretender hacerlo. Esta vez el golpe fue más que en serio. Y quién sabe para qué.

Las economías exitosas del Cono Sur (Argentina y Chile) topan con pared y buscan fondo; y todos, exitosos o no, topamos de nuevo con la gran lección de que esta no es época para recetas o consensos hechos al vapor. Bienvenida la convocatoria unitaria (Consejo Coordinador Empresarial, “Es por México. Un llamado a la unidad”, México. 1999,13pp.) con que Eduardo Bours termina su gestión al frente del CCE. Lo que falta es lo que no nos ha sobrado: disposición para el diálogo y para rechazar el monólogo; asumir de entrada que no hay soluciones óptimas únicas y que las oportunidades, en la economía y el resto de la vida, suponen acuerdos políticos y sociales grandes y pequeños donde la lógica que importa y mueve las voluntades no es unívoca… aunque se tenga que sacrificar en un cierto momento la maximización de los lucros. De la capacidad para hacerlo depende, en gran medida, que los beneficios se sostengan y, al cabo, se agranden.

Los libros sobre la mesa

No hay esta vez ánimo para novedades. Sí para re-lecturas: Polanyi y su Gran Transformación, que el Fondo de Cultura Económica puso en castellano hace unos años, gracias entre otros al empeño de Carlos Bazdresch que a la sazón dirigía El Trimestre Económico. El interés por Polanyi crece en Europa, Canadá y los Estados Unidos, y aquí debería ser libro de cabecera de los que han llegado a vislumbrar que la idea de cambio no alude necesariamente a lo bueno, que lo nuevo puede traer consigo también lo malo, para el individuo y la sociedad. Tocqueville y sus Recuerdos de la Revolución de 1848 (Trotta, Madrid, 1994): basta con mirar alrededor y no olvidar las jornadas de la legislatura “histórica”, o el festival macabro de los huesos y las pacas, o la tormenta mediática desatada sobre todos nosotros por el asesinato de Francisco Stanley, para valorar y revalorar al agudo descubridor de los “hábitos del alma” de la democracia en América.  n

San Pedro Mártir, 10 de junio de 1999

Rolando Cordera Campos. Economista. Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. Es director de Nexos TV.

El pasto y la educación superior

Gratis

El pasto y la educación superior

Ya se sabe. Las universidades e institutos de educación superior pueden tener cuotas altas, cuotas bajas o no tener cuotas, trabajar o no trabajar, investigar o dejar —como quería Unamuno— que investiguen otros o, finalmente, enseñar mucho, poco o no enseñar en absoluto a sus alumnos. Sin embargo, todos esos centros del saber, máximas casas de estudio, sedes donde el espíritu habla, grita, asalta autobuses o eleva barricadas en nombre de la raza, cuentan con un denominador común: tienen prados sembrados con pasto.

De ahí que, en los más famosos claustros académicos de la capital de la República, la sugerencia de no pisar el césped deba aparecer sobre los verdes o amarillentos campos y plantarse de acuerdo con el ethos particular de cada uno de ellos, según el siguiente elenco establecido por métodos de diálogo, consenso y consulta a las bases:

• Universidad Iberoamericana: No pises el pasto, no seas naco.

• Universidad Panamericana: Excomunión reservada al Sumo Pontífice para toda persona que profane el pasto.

• Universidad Anáhuac: Se multará con dos mil dólares o su equivalente en pesos al que dañe el pasto.

• Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey: Cultiva tu propio pasto. Asesoría gratuita.

• Universidad Autónoma Metropolitana: No pises en el pasto.

• Instituto Tecnológico Autónomo de México: Esta institución no siembra pasto: no es productivo.

• Universidad Nacional Autónoma de México: No te fumes el pasto.

• Instituto Politécnico Nacional: No te robes el pasto.

Confesión de Parte

Confesión de parte

Sergio Ramírez

Masatepe, Nicaragua, 1942

Sergio Ramírez participó activamente en una de las experiencias más polémicas del siglo XX: la revolución política en América Latina. Luchó en el Frente Sandinista de Liberación Nacional contra la dictadura de Somoza. Fue uno de los cinco miembros de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional y en 1984fue electo Vicepresidente de la República en la fórmula que encabezó Daniel Ortega. Esa misma fórmula fue derrotada en 1990 por la coalición de la Unión Nacional Opositora (UNO) que llevaba como candidata a Violeta Chamorro. A partir de entonces fue Jefe de la Bancada Sandinista en la Asamblea Nacional. En 1995 renunció al FSLN y fundó el Movimiento Renovador Sandinista (MRS). Su itinerario reúne la crítica intelectual y la militancia. Sin embargo, su vocación política entró en conflicto con su pasión por la escritura. Sus memorias son una prueba de cómo esa disputa escindió la vida de varías generaciones y un retrato fiel de esa educación sentimental que cultivó la esperanza de la utopía y la tentación de la literatura. Entre sus libros destacan Clave de sol Castigo divino y Margarita está linda la mar (por la cual recibió el Premio Alfaguara de Novela en 1998). El texto que presentamos es parte del libro de memorias Adiós, Muchachos, que empezará a circular este mes de julio (El País / Aguilar).

Confesión de parte

Por Sergio Ramírez

Tero de vuelta en San José, todo fue peor para ellos cuando me entregué por completo a la lucha contra Somoza, y más aún cuando volví en 1978 a Managua a pesar de una orden de prisión de la dictadura, y lo que nunca supieron, Sajo una amenaza de muerte de El Chigüín, el delfín de Somoza; una partida que los dejó sumidos a ellos, y a mi mujer, en la peor de (as esperas, porque en Nicaragua todo estaba ya teñido de muerte, que era el color del paisaje en que la gente se movía.

Ahora Sergio va todos los días al gimnasio Hércules, hace pesas, está suscrito a revistas de body building, y es un hombrón de más de seis pies y cien kilos de peso, pero a [os dieciocho, [a edad en que decidió dejar sus estudios de primer año de Ingeniería Civil para irse a la guerra, era un alfeñique de bigote tierno, de (gado como una vara y muy parecido en su contentura a mi padre, flaco hasta su muerte.

Yo me estoy riendo, y nadie que vea esa foto, ni siquiera ahora, podrá saber que a pesar de la risa, que no parece forzada, me llena un estado de tristeza de esos que son como un sofoco, un ahogo, un estado de inmersión en aguas turbias donde no se puede ni bracear, sino quedarse inmóvil esperando a ver (o que viene, la inercia de la fatalidad en la que uno flota a la deriva.

Una tentación, la mía, que era tan fácil de satisfacer, traerlo de vuelta, cómo podía un gobernante dedicarse tranquilo a sus tareas en la revolución si debía vivir pensando que su hijo podían devolvérselo cualquier día muerto, cosa de tomar un teléfono y pedirlo de regreso, a algunos en la cumbre no iba a extrañarles, no habían dejado a sus propios hijos irse a la guerra y más bien sería un alivio para ellos, Y yo tragándome siempre la tentación como un pedazo de pan duro, difícil de masticar.

Y como se acercaba el acto de proclamación de mi candidatura, con el que se abría la campaña, me advirtió que no iba a presentarse conmigo a la tarima. Estaba hastiada, quería que tuviéramos otra vida, la de la gente común que se ve los domingos y el padre no los gasta en caseríos lejanos, llevando, como yo entonces, un mensaje que nadie, o casi nadie, iba a escuchar. Donde todos ellos habían querido verme siempre era en la literatura. ¿Por qué no me dedicaba, de una vez por todas, a escribir?

Mi hijo mayor Sergio nació, igual que sus hermanas, María y Dorel, en San José, Costa Rica, el remanso de la Centroamérica de cementerios clandestinos de los años sesenta, cuando mi mujer Tulita y yo vivimos allí nuestro exilio virtual desde recién casados; nos fuimos todos después a Berlín por dos años espléndidos, gracias a una beca de escritor que me permitió, además, verme todo el cine expresionista alemán en el Cine Arsenal, todo Brecht en el Berliner Ensemble al otro lado del muro, y largas tardes frente a los cuadros de Lukas Kranack en la pinacoteca del Museo de Dahlem, y matinés con entradas de cortesía a los conciertos en la Philarmonie de Von Karajan, años que fueron también de marchas bajo la nieve por toda la Kurfüstendamm hasta Nollendorfsplatz para protestar contra la Junta Militar de Pinochet o contra los coroneles griegos, o para celebrar la revolución de los claveles en Portugal; y por fin volvimos otra vez a Costa Rica, sin más mira en adelante que el derrocamiento de la dictadura de Somoza.

Sergio está al fin escribiendo su tesis, que tiene que ver con el mercado para productos lácteos dietéticos, y cuando este libro se publique ya se habrá graduado de administrador de empresas. Hoy, por ejemplo, ha salido muy de madrugada hacia Camoapa, una de las regiones ganaderas del país, atareado en sus investigaciones. Sigue todavía soltero, aunque conozco sus entretelones sentimentales, porque al fin, después de muchas vueltas y revueltas, somos buenos amigos de confiar el uno en otro; y su ambición ahora es especializarse en análisis de sistemas, tal vez en la Universidad de Comillas en Madrid, o en la de Maryland, una ciencia que no entiendo muy bien, pero que tiene una gran importancia en el mundo moderno, según me explica él, y que en base al alto cálculo matemático sirve para organizar el personal y los abastecimientos, tal como en los ejércitos, pero aplicado a las empresas.

Nació en 1965. Igual que sus dos hermanas vivió los desconciertos de una vida extranjera y errante, porque tenían un país suyo que no conocían, hijos como eran del exilio, y cuando nos fuimos a Berlín, extrañaban San José, y ya en Berlín, hablando entre ellos ya sólo alemán, no querían dejar a sus nuevos amigos del barrio de Wilmersdorf. Pero de vuelta en San José, todo fue peor para ellos cuando me entregué por completo a la lucha contra Somoza, y más aún cuando volví en 1978 a Managua a pesar de una orden de prisión de la dictadura, y lo que nunca supieron, bajo una amenaza de muerte de El Chigüín, el delfín de Somoza; una partida que los dejó sumidos a ellos, y a mi mujer, en la peor de las esperas, porque en Nicaragua todo estaba ya teñido de muerte, que era el color del paisaje en que la gente se movía.

Como he andado exhumando recuerdos, encontré una carpeta con las cartas que mis hijos me mandaban a Managua contándome su rutina de niños, las de Sergio escritas en hojas cuadriculadas arrancadas a los cuadernos

escolares, las de María y Dorel en esos papeles con dibujos impresos en tonos pastel en las guardas, que seguramente habrían traído de Berlín, mariquitas, margaritas y hongos silvestres alternándose entre las palabras glück viel glück (suerte mucha suerte); cartas que leídas de lejos, en un escondrijo, me parecían contener sucesos extraordinarios, como otra vez me lo parece, porque no tienen ninguna pátina encima, nada que el tiempo haya matado, y tiemblan siempre en mis manos como peces vivos fuera de la pecera que había sido hasta entonces nuestra vida.

Después volví a San José, y durante la insurrección final nuestra casa en Los Yoses se volvió centro de conspiración, bodega de abastos, tesorería, cuartel, oficina de relaciones públicas, y refugio, y para ellos esos meses fueron de llegar del colegio y encontrarse con gente que entraba y salía como en un gran mercado, la sala y los corredores atestados de cajones de medicinas, y de líos de uniformes, y sartas de botas, hasta que llegando ya el triunfo de la revolución me vieron otra vez partir una noche sin saber si iba a volver a verlos, y al fin vinieron todos a fincarse en Managua a finales de 1979, extraños, y extrañados, tomando tierra en su país ignorado, ajeno, y tan incierto, donde todo se inventaba, se trastocaba, y se improvisaba, y el futuro era una franja colorida en el cielo distante, entrando a la casa de estancias vacías donde a partir de entonces habríamos de vivir, Sergio siempre retraído y huraño, al contrario de María que se metió pronto en el entusiasmo general y a sus trece años empezó a probar sus dotes de lideresa, y Dorel, de apenas nueve años, contenta de que ahora sí íbamos a estar todos juntos, como no fue, porque ya estaba escrito que se iban a quedar otra vez sin mí, entregado a los horarios sin fin de la revolución.

Llegó la Cruzada Nacional de Alfabetización y los tres quisieron alistarse, pero Dorel no tenía aún edad, y hay una foto suya, de trenzas largas, al lado de Fidel Castro cuando vino a nuestra casa la noche del 19 de julio de 1980, primer aniversario de la revolución; él está hablándole y ella tiene una cara muy triste, el dolor, porque tuvimos que llevarla a las pocas horas al hospital para ser operada de apendicitis; Sergio y María, ya entonces ausentes, se habían ido en los contingentes bulliciosos, vestidos con sus cotonas grises y cargados con sus mochilas de brigadistas hacia los caseríos y las comarcas en lo hondo de la Nicaragua campesina, la Nicaragua de los montes que ellos ignoraban, pero no sólo ellos; que toda la otra Nicaragua de las ciudades ignoraba; y así Sergio alfabetizó en Múan, cerca del río Rama, yendo hacia la costa del Caribe, y vivió en el rancho de adobe y palma de don Pedro y doña María, que fueron también sus alumnos, un lugar adonde sólo se podía entrar a pie, o a lomo de bestia, don Pedro un patriarca obedecido por todos sus familiares, hermanos, sobrinos, primos, y compadres y ahijados, desperdigados por la comarca, y que no fallaron a sus órdenes de venir cada tarde a las clases en su casa donde Sergio había instalado la pizarra en un descampado cerca del fogón.

Y María, enseñando en la comarca de los García, cerca del poblado de Santa Lucía, en Boaco, doña Ofelia la dueña de la casa, y cabeza de otra gran familia, don Pedro también el nombre del marido, que ya muy viejo quería aprender, se aplicaba a sacar punta a los lápices desde temprano, alistaba sus cuadernos para que la niña de catorce años que era mi hija le enseñara frente a la pizarra, pero estaba muy viejo, muy sordo y muy ciego este don Pedro, y ya no pudo con las letras; y a doña Ofelia, María quedó diciéndole, por años, mamá, su otra mamá, los trajo un día a todos desde la montaña para que conocieran el mar que nunca habían visto, ella y sus nueve hijos oyendo con miedo el romper de las olas en una playa del océano Pacífico, temblando de miedo con los pies dentro del agua, su otra mamá en un tiempo en que se podía hablar de amores nuevos como algo natural en una edad de la inocencia que fue como un embrujo, un conjuro, una quimera que empezó a deshacerse tan luego, las noticias que le llegaban a Sergio del otro don Pedro a la hora de la guerra eran cada vez más esporádicas, en su comarca no habría de permanecer nadie, unos secuestrados por la contra, otros alzados a su favor, y este don Pedro, el de Múan, nunca llegamos a saber al lado de qué bando había quedado, él y toda su parentela.

Después fueron, los tres, Sergio, María, Dorel, a cortar café a las haciendas de Matagalpa y Jinotega en las brigadas de la Juventud Sandinista a la que estaban afiliados, ya metido el país en la guerra, y Sergio sirvió también de traductor voluntario a grupos de alemanes que venían a Nicaragua a ayudar en la cosecha, uno de esos grupos encabezados por el Alcalde de Bremen-Haven, Henning Schärf, un gigante al que todo el mundo salía a las puertas a ver pasar; y María, que dejó el Colegio Alemán porque la Juventud Sandinista la necesitaba como organizadora en un colegio nocturno del barrio Acahualinca, en la costa del lago de Managua donde vive la gente junto a las bocas de la cloacas y los basureros, y fue un conflicto con mi mujer que no entendía cómo alguien podía servir a una revolución renunciando a una educación bilingüe; a los quince años se integró al batallón de mujeres “Erlinda López” que tenía su cuartel en el barrio San Judas, y allí hacía oficialía de guardia varias noches a la semana, furiosa de que yo quisiera hacerla vigilar con uno de mis escoltas, ya no soy ninguna niña, papá, y peor, cuando fue movilizada por corto tiempo, más alta ya la guerra, hacia Planes de Bilán, en las montañas de Jinotega, y me puso una carta de despedida que tengo aquí a la vista, diciéndome que se iba a cumplir su deber “a algún lugar de Nicaragua”, dispuesta a dar su sangre, si era preciso. Cartas como ésas yo las escondía de los ojos de mi mujer, pero al fin y al cabo el EPS declaró la guerra un asunto de hombres, y las mujeres, a la retaguardia; y sin embargo volvió con lesmaniasis en un tobillo, una enfermedad conocida como lepra de montaña que se transmite por la orina de un insecto, el chinche, y llega a ulcerar la carne hasta descubrir el hueso.

Y Tulita, que también se iría, por su cuenta, a cortar algodón a la hacienda Punta Ñata, en la península de Cosigüina, dos meses como jefe disciplinaria de una brigada de profesores y alumnos de la Universidad Centroamericana de los jesuitas. Si ella quisiera podría escribir un libro sobre esa temporada en que salían a los plantíos desde la madrugada, les daba el sol de fuego en los surcos y regresaban en filas alicaídas ya en la tarde a pesar los sacos de algodón en las romanas; y las vigilancias para que en las noches no entraran los varones en los galpones de las mujeres, al fin y al cabo era el contingente de una universidad católica, pero iban a verse de todos modos las parejas a los algodonales, o a los acantilados donde revienta abajo el mar en altas espumas y se ven, al otro lado del golfo, las luces de los poblados de El Salvador, y la boda festiva una noche de una pareja de hombres que quería casarse, uno de velo de tela de mosquitero y corona de flores silvestres, y allá ellos, y todos negándose a comer otra cosa que no fuera la ración de los campesinos cortadores, guineos cocidos, bazofia de arroz, una tortilla tiesa, porque era la hora no sólo de luchar por los demás, sino de vivir como vivían los demás.

Ahora Sergio va todos los días al gimnasio Hércules, hace pesas, está suscrito a revistas de body building, y es un hombrón de más de seis pies y cien kilos de peso, pero a los dieciocho, la edad en que decidió dejar sus estudios de primer año de Ingeniería Civil para irse a la guerra, era un alfeñique de bigote tierno, delgado como una vara y muy parecido en su contextura a mi padre, flaco hasta su muerte. Fue una decisión muy propia, nadie se lo hubiera llevado por la fuerza al servicio militar obligatorio estando yo de por medio, y no tengo duda de que para él era, además, una manera de cumplir conmigo que estaba en la cúspide del poder, nadie fuera a decir que yo predicaba la defensa de la revolución y dejaba a buen recaudo a mi hijo; porque estábamos todos los de mi casa, por mucho que no lo discutiéramos; oportunidades de sentarnos a conversar casi no había, metidos hasta el tuétano en una empresa que creíamos, antes que nada, ética.

Era por los días de la campaña electoral de 1984. Hay una foto de Daniel Ortega y mía, los candidatos a Presidente y Vicepresidente, tomada en Managua el 26 de julio durante un acto en la plaza del mercado “Roberto Huembes” en que se despedía al contingente “Julio Buitrago” de la Juventud Sandinista, donde se iba mi hijo. En esa foto estamos apoyados en la baranda de la tarima, riéndonos. Riéndonos porque a uno de los reclutas, en la algarabía que hay abajo, le han estampado un queque en la cara, como en los gags de Buster Keaton. y la foto queda tan bien, la risa es tan natural, que luego se utiliza para los afiches de campaña. Yo me estoy riendo, y nadie que vea esa foto, ni siquiera ahora, podrá saber que a pesar de la risa, que no parece forzada, me llena un estado de tristeza de esos que son como un sofoco, un ahogo, un estado de inmersión en aguas turbias donde no se puede ni bracear, sino quedarse inmóvil esperando a ver lo que viene, la inercia de la fatalidad en la que uno flota a la deriva.

Y esa noche misma se iban los reclutas, sonó en la calle el claxon del camión y Sergio ya estaba en la puerta adonde Tulita y yo corrimos a despedirlo, flaco, más flaco en el uniforme verde olivo, el incipiente bigote en la cara afilada bajo la gorra de trapo, alzando del suelo la gran mochila en la que la madre habría aticuñado a escondidas del hijo cosas de comer, algún jarabe para la tos, una pomada para los hongos de los pies, un folleto de oraciones, y un escapulario cosido dentro de las bolsas del par de camisas de fatiga, y ella le dijo, no lo olvido: “ya sabe, pórtese valiente”, no sé si por decir algo que le impidiera llorar. Subió Sergio a la plataforma del camión donde los compañeros lo apuraban entre gritos festivos como si fueran en excursión, y nos quedamos en la calle desolada hasta que dejó de oírse el motor que se perdía en la noche de Managua, para volver en silencio a la cama que a partir de entonces se volvió tan hostil al sueño.

Sergio, que hablaba tan poco. Tenía largos periodos melancólicos, y además, yo no era un padre cualquiera sino el padre que vivía siempre ocupado, tan ocupado que una vez mi mujer, con grave ironía, pidió a Juanita Bermúdez, mi asistenta, que la pusiera en la agenda de mis citas diarias y apareció en mi despacho con una lista de los asuntos de los dos que quería tratar conmigo, y otra mujer que no fuera ella seguramente me hubiera dejado hacía ratos, tan desapegada del poder y sus pompas que seguía manejando por las calles de Managua rumbo al mercado su Volvo comprado en 1975 y que no se ha rendido sino hace muy poco, el mismo que había llevado vituallas desde San José a la frontera con Nicaragua para abastecer al Frente Sur, y había traído otras desde Panamá, el carro donde había recogido en Liberia a Idania Fernández herida, el carro ya golpeado por los años y tantos andares forzados, que olía siempre a compras de mercado, a cebollas sobre todo; y Sergio, pues, que hablaba poco, y era tan melancólico, se acercó una tarde de esas, antes de su partida, a la hamaca donde yo leía papeles de gobierno en el corredor, para preguntarme, aterrado de timidez, por qué el candidato a Presidente en esas elecciones no era yo, preguntas como ésa para las que no tenía yo ninguna respuesta, sino evasivas, o una simulación de respuesta, “aquí cada uno tiene su papel en la revolución”, etc., quizá dada de manera hosca para que no hubiera posibilidad de más preguntas de ésas, o de más diálogo con un hijo que era mi único hijo y crecía lejos de mis cuidados, extraño, igual que su madre, a las tramoyas del poder.

Y entonces averiguó Tulita un día de tantos que estaba Sergio en una escuela de entrenamiento en Mulukukú, donde empieza la región selvática del caribe central, cerca del nacimiento del río Grande de Matagalpa, y cada semana se iba con otras madres a visitar a los hijos reclutas en excursiones improbables, porque alguna vez encontraban cerrada la carretera, ya que andaba cerca la contra. o había combates que se oían resonar sobre las copas de los árboles, explosiones de morteros, tableteo de ametralladoras, el golpe en el viento de las aspas de los helicópteros llevando heridos, y después de mucho insistir las dejaban pasar a su propio riesgo, y volvían molidas de los huesos pero felices de haberlos visto, de haberlos tocado. de vigilarlos mientras comían a gusto de las provisiones que les llevaban, la única guerra con madres en el campo de batalla que se ha dado nunca, contándose entre ellas a la vuelta la aventura del viaje entre risas acobardadas. Hasta que regresó Tulita la última vez trayendo de vuelta las provisiones, Sergio ya no estaba.

Había terminado el periodo de preparación militar y fue asignado a la Segunda Compañía del Batallón de Lucha Irregular (BLI) “Santos López”, que estaba operando entonces, mediados de 1985, en Santa Clara, Departamento de Nueva Segovia, cerca de la frontera con Honduras, un batallón, como todos los otros comprometidos en la guerra, minados por las bajas fatales, los heridos, y, sobre todo, las deserciones, y que debían ser permanentemente reforzados. De sus 110 integrantes de plantilla la Segunda Compañía había quedado reducida a 35, me lo recuerda Sergio ahora. Y al amanecer del día siguiente de su llegada a Santa Clara los reclutas fueron subidos a los camiones IFA para ir en persecución de una Fuerza de Tarea de la contra que acababa de emboscar a un contingente del mismo batallón “Santos López” en el camino a Susucayán, y Sergio recuerda en la luz del amanecer el cadáver de uno de los choferes del convoy colgando fuera de la cabina del camión IFA, y un contra muerto, muy cerca, el metal de su M-14 aún caliente, y la sangre fresca en todo el trecho de carretera, sobre las hojas martajadas, sobre la hierba.

Desde allí vino bajando en los meses siguientes, combate tras combate, por Quilalí, Cerro Blanco, El Ojoche, La Rica, hasta San Sebastián de Yalí, un territorio que hervía de contras en lo más crudo de la guerra. Y sus cartas, exhumadas también de mis cajones del pasado, y aquí frente a mí, eran más bien como partes de guerra que me daba, la impedimenta de 40 libras que debía cargar en la marcha, una cinta de PKM, una granada de mortero de 82mm, o una granada de lanzacohete PG-7B, o cuando no, formando parte de una escuadra de apoyo para cargar el AG-17, que llamaban la araña, la mala calidad de las botas, las vacas compradas a los campesinos para ser carneadas, una dieta que era todo el tiempo de carne, sardinas enlatadas, raciones frías búlgaras y estofado soviético con papas que se calentaba en la misma lata, las posiciones tomadas a la hora de un combate en un flanco de montaña, las distancias de tiro, los gritos del enemigo al otro lado de la cañada, ;Piricuacosl, la cadencia de fuego, la duración de los tiroteos, el operador de radio llamando a los helicópteros artillados en apoyo, y los nombres, uno por uno, de los compañeros de su escuadra, los nombres y apodos de los jefes, el Capitán Frank Luis López, jefe del Batallón, Tololate, jefe de la Compañía, y otra vez la marcha, y los combates.

Una de estas noches que nos quedamos platicando en mi estudio, yo aún con la computadora encendida, le digo a Sergio que voy a contar en este libro todo esto de su participación en la guerra, y me dice que no quiere figurar como héroe ni nada parecido, porque no lo fue; hubo otros de sus amigos más arrojados que él, como por ejemplo, Alvaro Fiallos, hijo de Alvaro Fiallos, Viceministro de Reforma Agraria, que participó, además, en muchos más combates, y él, en cambio, en la guerra sólo estuvo unos meses, que me acuerde del problema con su rodilla.

Leyendo aquellas cartas de caligrafía primorosa, y tan precisas, escritas en papel milimetrado, con diagramas, y dibujos, donde no había juicios ni comentarios, no pocas veces dejé que la tentación de traerlo de vuelta se adueñara de mí, la próxima carta suya podría ya no llegarme, lo habrían herido mal, como a Félix Vigil, hijo de Miguel Ernesto Vigil, el Ministro de la Vivienda, que sobrevivió a un balazo en la cabeza, y lleva ahora una placa de platino, o peor, como Roberto Sarria, hijo de El Pollo Sarria, actor de teatro, y de la Silvia Icaza, amigos míos y de mi mujer desde los tiempos de León, muerto en su primer combate.

Roberto, casi un niño, llegó junto con Sergio de la escuela de entrenamiento en Mulukukú a reforzar al BLI “Santos López” en Santa Clara, lo asignaron a la Tercera Compañía que salió a operar también esa misma madrugada, y Sergio sólo supo dos días más tarde que lo habían matado en El Ojoche. Se quedó paralizado, de pie, en medio combate, sin precaución de ponerse a cubierto, y Bernardo Arguello, otro de los íntimos amigos de Sergio, hijo del Presidente de la Corte Suprema de Justicia, Roberto Argüello Hurtado, se lanzó a rescatarlo bajo las balas pero ya estaba muerto, y arrastró el cadáver fuera de la línea de fuego para envolverlo en su capote de lluvia, reprendido por el jefe por aquella osadía imprudente, Bernardo que años después pereció ahogado en el balneario de Poneloya tratando de rescatar a unos visitantes belgas arrastrados por la corriente marina, a los que salvó, pero él, esta vez, se quedó en el intento; y esa muerte de Bernardo volvió a Sergio más melancólico todavía.

Ya habían matado a Alvaro Avilés, otro de sus amigos del alma enlistado en el BLI “Sócrates Sandino”, compañero suyo en el Colegio Centroamérica, hijo del doctor Alvaro Avilés, un ginecólogo de gran nombre, y de Gracielita Cebasco, su esposa peruana, de nuestro mismo barrio. Lo mataron el 21 de abril de 1986, el propio día que Sergio cumple años, y nunca más volvió a celebrar esa fecha. Y después, cuando Sergio ya no estaba en el BLI, todos sus compañeros de pelotón muertos en un asalto a los cuarteles del alto mando de la contra en 1986, en La Lodosa, territorio de Honduras, 27 muertos y un solo sobreviviente, Leiva Tablada, alumno también del Colegio Centroamérica.

Una tentación, la mía, que era tan fácil de satisfacer, traerlo de vuelta, cómo podía un gobernante dedicarse tranquilo a sus tareas en la revolución si debía vivir pensando que su hijo podían devolvérselo cualquier día muerto, cosa de tomar un teléfono y pedirlo de regreso, a algunos en la cumbre no iba a extrañarles, no habían dejado a sus propios hijos irse a la guerra y más bien sería un alivio para ellos. Y yo tragándome siempre la tentación como un pedazo de pan duro, difícil de masticar.

Y volvía a veces Sergio cuando tenía licencia, sin avisar, entraba yo de noche a la casa y ya estaba la luz de su dormitorio encendida, abría la puerta y lo encontraba sentado en la cama, sin camisa, deshaciendo la mochila que descansaba en el piso al lado del fusil Aka, siempre ñaco y cada vez más moreno, la chapa de identificación con su número de soldado colgándole en el cuello; y sin avisar, desaparecía.

Hasta que no pudo más con su rodilla, la inflamación, el dolor en las marchas cargando la impedimenta. Lo había operado en Cuba en 1983 el doctor Alvarez Cambra por una ostiocondritis disecante, tuvo un derrame articular y fue llevado al Hospital de Campaña de Apanás, un milagro su baja, seguramente, de los que Tulita pedía todos los días a San Benito de Palermo; y entonces quedó asignado a las estaciones de radar, primero en Peña Blanca, en la cordillera Isabelia, después en Cosigüina, y por último en El Crucero, ya cerca de Managua, oficio que le aburría terriblemente, y al cabo de los dos años de su servicio se fue a estudiar a Alemania Democrática con una beca, primero en Zwickau, en Sajonia, donde hizo la preparatoria, después en Dresden, donde empezó otra vez la Ingeniería Civil, y por último en Berlín, donde se cambió a la Hochschule für Ekonomie, que llamaban entonces el monasterio rojo, y servía para preparar a los técnicos de la economía planificada, estudios que también abandonó; nunca calzó, no dejaba de sentirse ajeno, extraño, a pesar de que hablaba el alemán como idioma nativo.

Tulita sacó su título de socióloga en la Universidad Centroamericana donde dio clases por un tiempo; María fue electa diputada a la Asamblea Nacional en 1990, y se graduó de psicóloga; ahora estudia una maestría en Administración de Empresas en el INCAE, una institución que funciona en Managua adscrita a la Universidad de Harvard. Dorel se graduó de arquitecta en la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México, y tiene su despacho propio en Managua.

Para comienzos de la campaña electoral de 1996 en que fui candidato presidencial del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), el partido que fundamos en 1995 después de mi ruptura final con el FSLN. Dorel me pidió hablar a solas conmigo, y fuimos a sentarnos una tarde a la Casa del Café, en el mismo barrio Pancasán donde vivo. Escuché por largo rato su apasionada lista de agravios, el último de ellos aquella campaña en la que me había quedado peleando al lado de unos pocos, lleno de deudas, sin oportunidades de ganar, y otra vez, era lo más grueso de sus acusaciones, lejos de mi familia, de su madre, de sus hermanos, de ella misma, y ahora de los nietos. Era como si nunca hubieran podido recuperarme. Y como se acercaba el acto de proclamación de mi candidatura, con el que se abría la campaña, me advirtió que no iba a presentarse conmigo a la tarima. Estaba hastiada, quería que tuviéramos otra vida, la de la gente común que se ve los domingos y el padre no los gasta en caseríos lejanos, llevando, como yo entonces, un mensaje que nadie, o casi nadie, iba a escuchar. Donde todos ellos habían querido verme siempre era en la literatura. ¿Por qué no me dedicaba, de una vez por todas, a escribir?

Era, de verdad, una lucha sin esperanzas, peleando en el flanco de la polarización feroz que otra vez devoraba al país, y donde no habría votos a favor, sino en contra, votos en contra de Daniel Ortega para que no volvieran los sandinistas, y votos en contra de Arnoldo Alemán para que no volvieran los somocistas. Y en mi caso, la gente no hacía mucha diferencia entre Daniel y yo, todavía en las mentes las imágenes de la gigantesca campaña de 1990 cuando, los dos en la misma fórmula, aparecimos sin tregua en los spots de televisión, se repartieron centenares de miles de camisetas con nuestras caras, y estábamos por todas partes, en las vallas de carretera y en los afiches que llenaban los muros; y la gente se preguntaba, además, por qué yo no había dado el paso de salir del FSLN sino cuando ya no estábamos en el poder, algo que no tenía una fácil respuesta. Los antisandinistas tampoco encontraban razones para preferirme a mí, y entre los sandinistas, la imagen de opción de poder se desplazaba cada vez más hacia Daniel, bajo el criterio del voto útil.

Yo no me encresté como otras veces en que discutiendo con mi mujer, o con mis hijos, siempre he tenido la razón a costa de todo, incluida la razón misma, como la vez que le negué a Sergio mi permiso para que se fuera a estudiar a Alemania Federal con una beca que le habían otorgado gracias a sus altas notas de bachillerato en el Colegio Alemán, quizás, antes que nada, porque no quería subirle grados a mi color socialdemócrata frente a los duros en la cúpula del FSLN. Y le acepté a Dorel sus argumentos, y me declaré culpable.

Ya no quise explicarle que aquella campaña, la última de mi vida, iba a tener que hacerla como si fuera a ganar, sacando energía y coraje de donde se pudiera, y así la hice, más de ochocientos kilómetros recorridos a pie; Leonel Arguello, un joven médico salubrista, mi compañero de fórmula, y yo, yendo de puerta en puerta como vendedores ambulantes. Tenía que hacerla porque me había comprometido conmigo mismo y con quienes habían creído en nuestro mensaje y trabajaban por él en todo el país, con las uñas, pagando sus pasajes en camionetas rurales para desplazarse a las comarcas, visitando los barrios en sus bicicletas, pintando ellos mismos las mantas de campaña, gente pobre en su inmensa mayoría, mal pagada o desocupada, sin cálculos, y que estuvieron hasta el final, aunque claro, otros habían desertado sin decir siquiera adiós.

EI día del acto de proclamación en el gimnasio del Colegio La Salle, yo ya no esperaba a Dorel, advertido como estaba por ella, y tampoco a Sergio. Pero subió Sergio los escalones para situarse a mi lado, y al lado de María, y de Tulita, mi mujer, aunque tampoco ella bendecía esta aventura final, pero habíamos estado juntos en todas, dejar mi cargo universitario en Costa Rica para correr el albur de una vida de escritor en Berlín, volver para meterme en una conspiración revolucionaria, entonces de muy pocos conspiradores, enseguida los dos años sin sosiego de la insurrección, y los diez años de abandono en que había pasado mientras a mí me daba la medianoche en la Casa de Gobierno, la derrota de 1990 que había visto como su liberación definitiva después de llorarla conmigo, mi inesperada vida parlamentaria, que era como la vuelta al túnel; y la ruptura amarga con el FSLN, cuando me visitó mi amigo Roberto Argüello Hurtado en mi casa, y me dijo, como quien describe los síntomas invariables de una enfermedad conocida:

—Ahora te van a buscar menos, ahora vas a tener menos amigos.

Tratados entonces como enemigos a muerte por el aparato de poder que aún sobrevivía, Saturno que me alzaba del suelo para meterme entre sus fauces resuelto a devorarme, y no sólo a mí, sino también a María a la que ultrajaban a toda hora por la Radio Ya, la radio de Daniel, como la forma más eficiente de ajustar cuentas conmigo; María que otra vez había estado a mi lado a la hora de fundar un nuevo partido, su manera de expresarme su cariño, así como la de Dorel era negarme su apoyo.

Pero llegó también Dorel quebrantando su juramento, de lejos la vi en las tribunas, y subieron sus hijos, Elianne y Carlos Fer, y Camila, la hija de María, y quedó, otra vez, la foto, una última foto de campaña y una foto de familia bajo la lluvia de serpentinas y entre los globos anaranjados sueltos desde el techo, y las banderas, y los gritos, y la música. Una historia que empieza donde termina.    n

La poesía

El último de los placeres

Gastronomía

La poesía

Por Alma Guillermoprieto

Cantemos ahora loor a nuestros poetas de la cocina, a aquellos honrados herederos de Amado Nervo y Guillermo Prieto que fueron capaces de entender que del hambre al placer no hay más que un paso, que del placer a la lírica sólo es un brinco y que, al mismo tiempo, hacer un buen verso, como hacer un buen caldo, no es cuestión de enchílame otra. Dígalo si no quien se ha devanado los sesos buscando el ritmo preciso, el adjetivo acezante para entonar las urgencias del hambre y no fue nunca capaz de este verso:

A comer pancita,

Con los agachados,

¡Que vengo muy crudo!, ¡ay!

Así cantaba Tin Tan, quien siempre tenía hambre y siempre cantaba. Y que en este largo y retrocante boogie-woogie orquestado con mariachis (Tin Tan y su carnal Marcelo. Vol. 2) se sumergía en el ensueño de un puesto de comida y de su propietaria, que tenía una pancita muy bien calientita, con su callito —¡sabroso!

Y que tenía aún mejores encantos, como por ejemplo ..mole de olla Sazonado con cilantro, Con su rama de epazote, Con su flor de calabaza, Xoconostle y verdolagas. Frijolitos calduditos Con chilito picadito. Tortillitas calientitas, ¡Sacaditas del comal!

Esta estrofa es de la particular predilección del director de esta revista, y quien no lo ha visto entonarla en karaoke con Tin Tan, pulsando un bajo imaginario para marcar el compás del boogie-woogie, no sabe lo que es emoción. Hace algunos años La Maldita Vecindad también la anduvo cantando en algunos conciertos por ahí —aunque nunca la llegó a grabar— pero su versión palidece al lado de la de Luis Miguel Aguilar.

A primera vista parece extraño cantarle a la comida, pero basta contemplar a un niño de pecho canturreando dormido después de una buena cena para entender que lo extraño es guardar silencio. De niña, hubo que entablar sordas luchas conmigo hasta que acepté que debía controlar mis arranques líricos en la mesa. Décadas más tarde, entiendo que mi impulso no era aberrante: si ya existía un refrán admonitorio —el que come y canta, loco se levanta— es que yo no inauguré el pecado. Y si el arte es represión sublimada —transustanciada, mejor— habrá que pensar en los coscorrones que le dieron al que exaltó para siempre el santo olor de la panadería, y al autor de este poema:

Brindo por la buena mano que el mole supo guisar: no me canso de elogiar este plato mexicano.

Ni en el angloamericano y ni aun en París de Francia, pueden tener la jactancia de hacer plato tan sabroso, que a mí me llena de gozo por su sabor y fragancia.

Tampoco Homero deja pasar un festín sin detenerse la carne que se asó en las brasas y la ofrenda del corte más sabroso y gordito que se le hizo a los dioses en medio de tanta guerra y horror. Pero es notable que le canta, de verdad, a la comida, en una ocasión muy diferente. Es cuando Ulises, devuelto finalmente a su pobre, pedregosa, bienamada isla, pero todavía de incógnito ante los pretendientes que le han puesto sitio a su palacio y a su mujer, come por primera vez desde su regreso a Itaca. Ya sabe que Penélope le ha sido fiel, ya viene en camino su hijo para ayudarlo a derrotar a los pretendientes, ya está en su patria y ahora un súbdito leal, el hombre que le ha cuidado su cría de cerdos durante tantos años, le va a dar de cenar:

[Eumeu, su anfitrión] se fue a las pocilgas donde estaban las piaras de puercos, volvió con dos y a ambos los sacrificó, los chamuscó y después de descuartizarlos los ensartó en los asadores; cuando la carne estuvo asada, se la llevó a Odiseo, humeante aún y en los mismos asadores. La espolvoreó toda con granos martajados de cebada, echó en una copa de hiedra vino dulce como la miel [y sentóse frente a Odiseo, invitándole..]

Homero se detiene apenas un par de líneas más de lo que acostumbra para contarnos esta cena pero, como diría otro perenne hambriento, ahí está el detalle. Digan si con esos granitos martajados no queda en feliz hermandad con Prieto, el autodenominado “¡Homero del lépero y la china., el cantor de la alcoba y la cocina!”, y con Tin Tan, que con la boca ya naufragando en saliva exalta el Chicharrón muy picosito, como a mí me va a gustar, chayotitos muy tiernitos en su mole de pipián, Romeritos calientitos, ¡con tortas de camarón!

En hermandad, es decir, con todos los que no sabemos hacer mejor cosa ante una buena mesa que cantar su gloria, aunque sea con nuestra pobre lira desentonada.   n

Alma Guillermoprieto. Escritora. Entre sus libros, Samba (Knopf, 1990) y The Heart that Bleeds (Knopf, 1994).

La Señora de Tal visita el Anyway

La señora de Tal visita el Anyway

Por María Teresa Priego

El Anyway es un bar gay de la colonia Roma, un sitio que afirma la existencia de una sociedad plural y en donde la diversidad exterior pasa necesariamente por la diversidad interior. ¿Qué puede ofrecerle a una pareja común, sancionada por el contrato civil del matrimonio? Con frecuencia me descubro en el papel de la señora de tal. No quiero decir que lo deseo. No quiero decir que mi inconsciente tenebroso y artero me juega trastadas. Quiero decir que vivo en una sociedad que intenta, con una particular tenacidad, codificar la pasión amorosa. Una sociedad que ha inventado un verdadero arsenal de técnicas —como la estricta repartición de roles— para adueñarse de los rituales del amor y domesticarlos. Domesticarlos hasta el punto donde el contrato civil del matrimonio, con todos sus lamentables estereotipos —ese contrato que no es sino “un paso más” en la marcha mucho más larga de una pareja— pareciera colgar un grillete en la relación de dos seres humanos que alguna vez se eligieron libremente. Hipnotizados el uno por el otro. Rebeldes, cachondos, dementes. Unidos a fin de cuentas por una ley que se inventa sólo para dos. El pacto secreto de cada pareja.

De pronto sucede que aquellos que se sintieron solos en el mundo, exiliados y protegidos en la arrogancia amorosa, se miran pasmados a mitad de una cena, convertidos por otro en una remota versión de sí mismos: el licenciado y la señora de tal. El licenciado y su oficio y la señora de tal sin más oficio que el manejo del pico y el piolín que apoya el ascenso profesional del licenciado. El licenciado con un curriculum rico en experiencias y un futuro prometedor y la señora de tal lo más amnésica posible y con un futuro dedicado a las vastas y estremecedoras glorias de la escalada por procuración. Sálvese quien pueda.

Pero el sábado por la noche vamos al Anyway. Conmovida me deslizo (después de una incómoda cateada) a través del umbral prometedor de ese antro gay en la Roma. Doy la espalda a los rostros siniestros de los porteros y me toca la música: “Do you believe in love?”, “I do believe! I do!”, murmuro totalitaria. Extrañísimo pero verdadero.

¿Cuál es la promesa del Anyway para una buga, enemiga del ruido, desdeñosa del baile y además monógama? Soy de clóset, sin duda. Soy de un clóset que no tiene que ver con la orientación sexual, sino con la reductora rigidez de las normas de conducta patentadas para uniformar. Me ataca la claustrofobia en medio de tanta puesta en escena: la mascarada de los ideales intransigentes. El deber ser de la femineidad, de lo masculino, del amor, de la maternidad. El absurdo deber ser del color de una piel. El deber ser de una clase social. La Gran Mascarada que hemos construido los mexicanos. Frustrados, oprimidos, pero persistentes.

La promesa del Anyway consiste antes que nada en esa ruptura brava que implica la homosexualidad. En esa pista simbólica que afirma la existencia de una sociedad diversa y plural que comienza a murmurar su presencia. En el Anyway cabemos todos. Hasta los bugas. Alguien sube a la pista, los bailarines se mueven unos milímetros. Cada quien retoma su espacio.

Gran lección: los espacios son susceptibles de reacomodarse. Ante las puertas del Anyway se detiene el deber ser de los discursos convencionales. Dos personas del sexo masculino bailando juntas son más reales, más humanas y mucho más tangibles que la elaborada ingeniería de todas las frases construidas para negarlas.

Tomo Margaritas. El Anyway está concurridísimo. Salomé, nuestro ídolo y su novio el rudo, alcanzan la pista. Me corrijo: Salomé irrumpe en la pista. Es suya. Es su antro, su pista, su hombre, su noche. Desde nuestra mesa, somos sus admiradores rendidos, fascinados por ese ritmo suyo. Algo sabe Salomé que me conmueve, como si sus brazos, sus piernas, su cintura poseyeran un oscuro y seductor secreto que tiene que ver con la femineidad. Si fuera mi amiga le pediría consejos.

Salomé de día se llama Manolo y es mesero. La noche es su reino. La noche es la página en blanco donde escribe su verdad. Contra todo lo previsto. En las noches de Anyway Salomé se desata. Y me desato yo también sin moverme de mi silla. Me desato porque la lleno de palabras.

¿Existirá alguien sobre la faz de la tierra que se atreviera a venir a explicarle a esta mujer que ella es un hombre? ¿Y que tiene por consiguiente la obligación de enamorarse de una mujer? Qué enorme disparate. De todas maneras, si Salomé entrara en tratos amorosos con una mujer estaría más cerca del lesbianismo que de la heterosexualidad.

¿Qué pasaría si en algunos de esos temblores de tierra intensos, el mito de la pareja heterosexual como la única realidad posible y aceptable se viniera la suelo? Si este monolito de nuestra cultura se derrumbara, arrastraría en su caída mitos fundamentales. Me siento beneficiada de antemano. No existen las recetas. Existen en cambio las elecciones, los pactos particulares. Existen los ritmos individuales luchando por abrirse paso en esa ilusoria homogeneidad que el conservadurismo impone. El discurso conservador arrolla las diferencias. Niega la otredad que lo perturba. Niega que la elección de vida es el resultado de un proceso de búsqueda interior y no de la imposición de reglas previstas de antemano por los pánicos de algunos, que hasta ahora han sabido erigirse como la mayoría. Quizá no lo son.

Manolo y Salomé son la misma persona. Me gustaría leerlo a ocho columnas. El Any way es, en esas noches de sábado, como una bazooka amable que urge llenar de palabras furibundas, de un “ya basta” tan masivo y tan intenso que resultara capaz de resquebrajar ese discurso deshumanizante del “único modo posible de ser”. “Lo personal nunca dejará de ser político”, les digo mareada a mis compañeros de mesa. Una vez más me afilian. Pero yo lo que quiero en la vida es ser como Salomé. Como esa imagen que le invento mirándola bailar. Tomar algún día el poder en una página como ella lo toma en la pista. Reventar la piel de las palabras como ella revienta la piel del género. Segura, conectada a sus fuerzas y a sus fragilidades más remotas. ¿Quién hay —que esté aún en su sano juicio— más escindido que ella? Y sin embargo, vaya que se mueve. El principio del respeto por la diversidad exterior pasa necesariamente por la aceptación de la diversidad interior. Sin que cunda el pánico. Pienso en Genet, en Marguerite Duras, en Violette Leduc y brindo por las tripas, más verdaderas y más exactas que todos los personajes a los que intente responder el portador de las tripas.

El lunes, en algún plano de la realidad, el licenciado se va a trabajar y la señora de tal acompaña a los niños a la escuela. Manolo, con saco y corbata de moño, sirve las mesas. La vida-vida cree que se impone. But anyway, y contra todos los discursos que intenten convencernos de lo contrario, ya sabemos que las mejores peras las ofrece el olmo.  n

María Teresa Priego. Escritora.

La visita

La visita

Por Sergio Sarmiento

La visita de 48 horas del ex presidente Carlos Salinas de Gortari, entre el 12 y el 14 de junio, vino a remover viejas heridas y a abrir nuevos debates. Salinas afirmó que su visita era personal: que había sido motivada por su deseo de visitar a su padre enfermo y de asistir al examen profesional de su hijo Carlos Emiliano. Pero al conceder cuatro entrevistas —dos de televisión y dos de periódico— y organizar una conferencia de prensa, el ex presidente no dejó dudas de que buscaba también lanzar un mensaje a los mexicanos.

Su mensaje en realidad no contenía información nueva. Pero el simple hecho de que Salinas lo ofreciera en México y en las pantallas de la televisión, en la que alcanzó ratings muy altos, le daba una relevancia especial.

Salinas defendió el desempeño de su gobierno y señaló que, al cierre de su administración, se registraban buenas cifras económicas. Por implicación reiteró que la crisis económica había sido un producto del gobierno de Ernesto Zedillo y no del suyo.

El ex mandatario subrayó su convicción de que su hermano Raúl es inocente en el caso del homicidio de José Francisco Ruiz Massieu, aun cuando recalcó que Raúl tiene que dar una explicación a los mexicanos sobre el origen y destino de los recursos multimillonarios acumulados en sus cuentas bancarias que, dijo, él no conoció cuando era presidente.

Salinas señaló también que se retira de la trinchera política, pero que continuará reflexionando sobre las grandes tendencias de la política y la economía en foros intelectuales. Dijo, de hecho, que continúa meditando sobre aquellas medidas que se tomaron en su sexenio y que generaron problemas posteriores.

Además de estos mensajes patentes había otro quizá más importante para el propio Salinas pero menos evidente. El ex presidente ha expresado en varias ocasiones su deseo de radicar en México en algún futuro no especificado, seguramente en el próximo sexenio. Pero hasta hace poco esto parecía imposible.

Las entrevistas y la cobertura de la visita generaron en un principio un alud de llamadas a la radio y la televisión en contra del ex presidente. Pero los cuestionamientos se volvieron menos nutridos con el paso de las horas.

José Cárdenas, en su programa radiofónico en Radio Fórmula, abrió sus teléfonos al público para que expresara, en un simple sí o no, su aprobación o desagrado ante la visita de Salinas. Alrededor de 75% de la gente, dijo, se pronunció en contra de la visita. Este es un porcentaje muy alto para un presidente que durante su gobierno mantuvo uno de los índices de aprobación más importantes de cualquier presidente. Pero no tanto si consideramos el grado de impopularidad que llegó a tener.

En 1996 Salinas registraba índices de aprobación de alrededor de un 2%. Para que tengamos una idea de lo que esto significa, Daniel Arizmendi, el Mochaorejas, registraba una popularidad similar en el momento de su arresto en 1998.

Una encuesta telefónica del periódico Reforma realizada el 13 de junio, el día posterior a la llegada de Salinas, señalaba que el 10% de los entrevistados tenía una opinión positiva del ex presidente, 12 por ciento manifestaban una opinión regular y 71 % mala. El 7% de los entrevistados declaró que no tenía opinión o no contestó. Estas cifras son similares a las que arrojó una encuesta, también telefónica, de TV Azteca los días 14 y 15 de junio.

Mucho se había dicho que Salinas no podía regresar a México porque sería linchado físicamente por la población. De hecho, no deja de ser significativo que la delegada política de Coyoacán, Laura Itzel Castillo, diera a conocer un controvertido desplegado en el que declaraba visitante non grato a Salinas y en el que decía que no distraería personal de seguridad para protegerlo, lo que algunos interpretaron precisamente como una invitación a ese linchamiento.

Sin embargo, Salinas fue objeto de un solo ataque durante su estancia. Al salir de la casa en Coyoacán donde dio las entrevistas de televisión y ofreció la conferencia de prensa, su camioneta fue golpeada y pintarrajeada con aerosol por un grupo de manifestantes. Los informes periodísticos, sin embargo, hablan de un grupo de apenas 8 a 20 manifestantes, muchos de ellos reconocidos militantes perredistas: Jesusa Rodríguez, Superbarrio (aparentemente Marco Rascón, quien había pasado por el lugar minutos antes), Nuria Fernández y otros. No se manifestó así el tipo de linchamiento físico popular que algunos habían previsto.

Salinas pareció tomar por sorpresa a las autoridades federales y a los dirigentes del PRI, inmersos en el proceso de selección del candidato presidencial del año 2000. Sabemos que Salinas informó a las autoridades, al parecer un día antes, que se aprestaba a ingresar a México. El día de las entrevistas y la conferencia de prensa el presidente Zedillo salió, en un viaje que algunos medios caracterizaron como no programado, a la ciudad de Guadalajara. Las primeras declaraciones del presidente del PRI, José Antonio González Fernández, señalaron que el ex presidente tenía todo el derecho a visitar el país si así lo deseaba. Pero tanto el presidente Zedillo como el dirigente del PRI cuestionaron después de la salida de Salinas las críticas veladas que éste hizo a la política económica posterior al cambio de gobierno.

Al final Salinas demostró que todavía genera fuertes emociones entre los mexicanos. El odio en su contra, sin embargo, ya no parece ser tan fuerte como lo era hace apenas algunos años. Aparentemente Salinas podría regresar al país, si así lo quisiera, al terminar el actual sexenio o empezar el siguiente. Pero cualquier intento de retorno a la política, con un índice de impopularidad que llega todavía al 75%, se antoja sumamente improbable.    n

Sergio Sarmiento. Periodista. Colaborador del diario Reforma y conductor del programa La entrevista con Sarmiento de TV Azteca.

Borges en Sur

La revista Sur nació en 1931 bajo la influencia cosmopolita de Victoria Ocampo. Desde entonces, y hasta 1980, Borges colaboró en ella en la forma de artículos, notas y traducciones. Ofrecemos una breve selección de esos textos consagrados a la ficción y a los sueños e imágenes que engendra.

Vindicación de Mark Twain

En el caso particular de Mark Twain, un hecho es indiscutible. Mark Twain sólo es imaginable en América. No sabemos, no podremos nunca saber, lo que América le quitó. Sabemos que le dio Huckleberry Finn y Roughing it y The innocents at home y Tom Sawyer y la vasta ineptitud de la policía que no se fija en el migratorio Elefante Blanco. Reduzcamos a uno todos sus libros y digamos con brevedad: Mark Twain compuso Huckleberry Finn en colaboración con el Mississippi, río americano y barroso. Deplorar esa divina colaboración, hablar de frustraciones y represiones, es como lamentar que la provincia de Buenos Aires falseó de tal manera el genio de Hernández que éste redactó el Martin Fierro. (Noviembre de 1935.)

La biblioteca total

Uno de los hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles. Ha inventado el Infierno, ha inventado la predestinación al Infierno, ha imaginado las ideas platónicas, la quimera, la esfinge, los anormales números transfinitos (donde la parte no es menos copiosa que el todo), las máscaras, los espejos, las óperas, la teratológica Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espectro insoluble, articulados en un solo organismo… Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira. (Agosto de 1939.)

Ensayo de imparcialidad

Quienes abominan de Hitler, suelen abominar también de Alemania. Yo he admirado siempre a Alemania. Mi sangre y el amor de las letras me acercan indisolublemente a Inglaterra; los años y los libros a Francia; a Alemania, una pura inclinación. (Esa inclinación me movió, hacia 1917, a emprender el estudio del alemán, sin otros instrumentos que el Lyrisches Intermezzo de Heine y un lacónico glosario alemán-inglés, a veces fidedigno). No soy, por cierto, de esos germanistas falaces que recomiendan a Alemania lo eterno para negarle toda participación en lo temporal. No estoy seguro de que el hecho de haber producido a Leibniz y a Schopenhauer la incapacite para todo ejercicio político. Nadie pretende que Inglaterra debe elegir entre su Imperio y Shakespeare; nadie que Descartes y Condé son incompatibles en Francia; yo ingenuamente creo que una Alemania poderosa no hubiera entristecido a Novalis ni hubiera sido repudiada por Hólderlin. Yo abomino, precisamente, de Hitler porque no comparte mi fe en el pueblo alemán; porque juzga que para desquitarse de 1918, no hay otra pedagogía que la barbarie, ni mejor estímulo que los campos de concentración. (Octubre de 1939.)

Alfonso Reyes

La vasta biblioteca que Alfonso Reyes ha legado a su patria no es otra cosa que un símbolo imperfecto y visible. No sé si recorrió tantos volúmenes como Saintsbury o Menéndez y Pelayo, pero no será inútil recordar una diferencia que escapa al cómputo de páginas o de líneas. El campo visual de los referidos maestros no excede, en cada caso particular, el área del sujeto que trata; la memoria de Alfonso Reyes, en cambio, era virtualmente infinita y le permitía el descubrimiento de secretas y remotas afinidades, como si todo lo escuchado o leído estuviera presente, en una suerte de mágica eternidad. Esto se advertía, asimismo, en el diálogo. (Mayo-junio de 1960.)

El nacionalismo y Tagore

EI nacionalismo tienta a los hombres no sólo con el oro y con el poder sino con la hermosa aventura, con la abnegada devoción y con la honrosa muerte. Tiene su calendario de verdugos pero también de mártires. Sufrir y atormentar se parecen, así como matar y morir. Quien está listo a ser un mártir puede ser también un verdugo y Torquemada no es otra cosa que el reverso de Cristo. (Mayo-junio de 1961.)

Variación

Doy gracias a la luna por ser la luna, a los peces por ser los peces, a la piedra imán por ser el imán.

Doy gracias por aquel Alonso Quijano que, a fuer de crédulo lector, logró ser don Quijote.

Doy gracias por la torre de Babel, que nos ha dado la diversidad de las lenguas.

Doy gracias por la vasta bondad que inunda como el aire la tierra y por la belleza que acecha.

Doy gracias por aquel viejo asesino, que en una habitación desmantelada de la calle Cabrera, me dio una naranja y me dijo: “No me gusta que la gente salga de mi casa con las manos vacías”. Serían las doce de la noche y no nos vimos más.

Doy gracias por el mar, que nos ha deparado la Odisea.

Doy gracias por un árbol en Santa Fe y por un árbol en Wisconsin.

Doy gracias a De Quincey por haber sido, a despecho del opio o por virtud del opio, De Quincey.

Doy gracias por los labios que no he besado, por las ciudades que no he visto.

Doy gracias a las mujeres que me han dejado o que yo he dejado, lo mismo da.

Doy gracias por el sueño en el que me pierdo, como en aquel abismo en que los astros no conocían su camino.

Doy gracias por aquella señora anciana que, con la voz muy tenue, dijo a quienes rodeaban su agonía “Dejenmé morir tranquila” y después la mala palabra, que por única vez le oímos decir.

Doy gracias por las dos rectas espadas que Mansilla y Borges cambiaron, en la víspera de una de sus batallas.

Doy gracias por la muerte de mi conciencia y por la muerte de mi carne.

Sólo un hombre a quien no le queda otra cosa que el universo pudo haber escrito estas líneas. (Julio-agosto de 1970.)

Un film abrumador

Todos sabemos que una fiesta, un palacio, una gran empresa, un almuerzo de escritores o periodistas, un ambiente cordial de franca y espontánea camaradería, son esencialmente horrorosos; Citizen Kane es el primer film que los muestra con alguna conciencia de esa verdad. La ejecución es digna, en general, del vasto argumento.

Hay fotografías de admirable profundidad, fotografías cuyos últimos planos (como en las telas de los prerrafaelistas) no son menos precisos y puntuales que los primeros. Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como “perduran” ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra. (Agosto de 1941.)     n

América. Pensando el 2050

América

Pensando el 2050

Por Héctor Aguilar Camín

La revista Time invitó a Héctor Aguilar Camín a que imaginara el continente americano en el 2050. Sus predicciones aparecieron publicadas en el mes de mayo y se concentran en un punto: “la mitad del siglo entrante no está muy lejos”.

El futuro es lugar de prodigios y sorpresas. Cuando llegue el momento que imagina este artículo, en el año 2050, tendré ciento tres años. Madonna será sólo un poco más joven que eso y Leonardo de Caprio estará en edad de recordar la época en que finalmente tuvo edad para actuar Rey Lear. La mitad del siglo entrante no está muy lejos. Está tan lejos de hoy como el año en que nací, que me parece un parpadeo. Pero todo habrá dejado de ser para entonces lo que era, lo que es hoy: será radicalmente de otro modo. Al menos para Madonna, para Leonardo y para mí.

La América Latina, del río Grande a la Patagonia, tendrá 600 millones de habitantes y América del Norte otros 600, de los que 160 serán mexicanos. Habrán desaparecido de nuestro hemisferio varias lenguas, algunos países y todas las monedas menos una. El continente será bilingüe y multicultural, tal como tienden a serlo sus ciudades mayores, de Nueva York a Río, de Buenos Aires a Miami, de la Ciudad de México a Los Angeles.

Si las cosas siguen como van, dentro de medio siglo el hemisferio occidental seguirá siendo el lugar de las desigualdades: países ricos y países pobres, élites cosmopolitas y multitudes provincianas. Pero será también el lugar de la mezcla y la migración, el lugar del asalto a las fronteras del bienestar para millones de hombres y mujeres picados por la fiebre del futuro y decididos a buscarlo donde brillan las luces de la prosperidad.

Al pobre paso que lleva, México tardará setenta años en alcanzar el nivel de vida que tienen hoy los Estados Unidos. Para entonces los Estados Unidos estarán por lo menos una vez arriba del nivel de vida que tienen hoy, pero tendrán viviendo en su territorio, como parte de su pobreza y su riqueza, a treinta o cuarenta millones de mexicanos. Y otros tantos de otras nacionalidades latinas. Hacia mediados del siglo entrante, por cada quince personas que trabajen en los Estados Unidos, estarán jubiladas diez. La americana será una sociedad de rentistas viejos, jóvenes adultos y profesionistas de edad madura. Como en sus años de fundación en los de su madurez necesitará del resto del mundo energías jóvenes y ambiciones sin colmar.

Puedo imaginar un gigantesco mercado común, con la cabeza y los hombros en los Estados Unidos, la cintura, las caderas y la mitad de sus consumidores en México, Centroamérica y el Cono Sur. Puedo imaginar sobre ese cuerpo una población en perpetuo movimiento por razones de trabajo, estudios, placer y negocio, una colección de países en los que lo global se habrá vuelto local y lo local, global.

El dólar será la moneda única, la pobreza y la riqueza se medirán por la capacidad de las familias de recibir y procesar información en sus computadoras. El progreso atado a ese nuevo panteísmo que llamamos ecología, habrá resembrado en el continente sus enormes bosques originarios, habrá limpiado sus litorales y sus aguas, y devuelto el equilibrio delirante de sus faunas y floras.

Los libros de papel habrán desaparecido, junto con los autos de gasolina y el cáncer de mama y otros destinos genéticos, borrados al nacer y antes de nacer sus portadores. Mis nietos empezarán a vivir en las primeras décadas del siglo la vida centenaria que yo no tendré, las mujeres serán por fin la mitad y algo más en todos los órdenes del amor y el trabajo, y los viejos de sesenta años estarán a la mitad y no en el último tercio de la vida.

¿Cómo será la vida diaria? Más conectada que nunca a vidas remotas, tan próximas a nosotros como puedan serlo la instantánea comunicación de cuerpo entero por internet y canales de video.

¿Habrá un abismo cada vez mayor entre los privilegiados y los excluidos? Sí. Habrá un abismo de conocimiento y bienestar entre el punto más alto de la riqueza y el punto más bajo de la pobreza. Pero la riqueza total del mundo será mayor y entre el punto más bajo de la pobreza de hoy y el más bajo de la pobreza de mediados del siglo XXI habrá también otro abismo, tan grande cualitativamente como el que pueda haber entre el más grande de los ricos de hoy y el más grande rico de hace cincuenta años.

¿Se recluirán los ricos en comunidades incluso más cerradas y herméticas por temor al crimen? Los ricos inventarán nuevos shangri lahs vedados a las desgracias que no sean de su propia invención, y el mundo seguirá golpeando y asediando sus puertas con los fantasmas de la mendicidad, el odio, la envidia, la adulación y la amenaza.

¿Aumentará una clase media internacional y activa; una clase media cuyos intereses económicos y cuya identidad cultural estarán más conectados con intereses globales que nacionales? Viviremos los tiempos de la primera generación de clases medias americanas nacidas en todas partes del mundo. Usos, modas, gustos, costumbres y noticias serán globales. Pero la patria seguirá siendo irreductiblemente mínima y local, teniendo el sabor de las cosas que comimos en la infancia y el color y la forma de las cosas a las que abrimos los ojos por primera vez.

¿Encontrarán los pobres, mediante alguna forma de reparación política o algún proceso de migración y retorno, un camino para llevar de regreso a casa la estructura social? Los pobres migrarán con su casa a cuestas. El siglo XXI les será favorable porque será un siglo de vastas migraciones y fronteras porosas, de mercados globales, nacionalidades mixtas, residencias múltiples. Una nueva riqueza disponible para los pobres será el achicamiento cultural y tecnológico del mundo. Podrán quemar etapas, cruzar en una generación varias épocas históricas, pasar de la comunidad prehispánica a la aldea global, como pasan hoy los migrantes mixtecos de las montañas de Oaxaca: del mixteco al inglés sin aprender el español, de su pueblo rural a Los Angeles sin detenerse en la Ciudad de México. Todas estas cosas nuevas y portentosas, previsibles y fantásticas pasarán o no. Como enseña la historia, el futuro es lugar de prodigios y sorpresas. Algunas cosas fundamentales podemos sin embargo tener por seguras. Entre ellas, las siguientes:

Las ballenas seguirán refugiándose en las aguas del golfo de California para parir. Las mariposas monarca seguirán plegando sus alas en su santuario de Michoacán. Las mujeres seguirán sufriendo por la frialdad de los hombres y los hombres por la indiferencia de las mujeres. Los novelistas seguirán contando historias de amantes desdichados y familias extraordinarias. Los poetas seguirán viendo a través de la niebla y Mozart sonando a través de los tiempos. El Gran Cañón y los sequoiahs milenarios de California apenas habrán sentido en su epidermis la adición milimétrica del tiempo.            n

Los gatos de Hemingway

Los encargados de la Finca Vigía de las afueras de La Habana, donde Ernst Hemingway vivió y escribió Por quién doblan las campanas, cuentan a los visitantes la historia de los gatos. En el piso intermedio de la torre donde escribía, Hemingway llegó a tener cuarenta gatos. La finca tiene tres lápidas que recuerdan la fecha de partida y los nombres de los tres perros que murieron ahí. No hay nada igual sobre los gatos. Cuando moría alguno, Hemingway se reservaba la tarea de enterrarlos y lo hacía por la noche, a salvo de la mirada de parientes y sirvientes, en lugares que sólo él sabía y que permanecen desconocidos. Entre los gatos hubo uno loco, que atacaba a los demás, hería a las hembras y desollaba a sus rivales machos. Una y otra vez, saltaba sobre los otros, interrumpía sus mansas convivencias o sus ruidosos apareamientos con su furia incesante, caprichosa y salvaje. Conforme creció, se hizo monstruoso, más fuerte y agresivo que ninguno, como un tigre vuelto gato, inconforme con su suerte. En su enésimo hecho de riña y sangre, Hemingway tomó la decisión de sacrificarlo para conservar a los otros. Los sirvientes se ofrecieron como ejecutores. Hemingway los detuvo: “A los míos los mato yo”, dijo y se recluyó en la torre con el gato loco y una botella de whisky. Bebió whisky y acarició al gato, hasta que puso una escopeta sobre su cabeza y disparó. Los sirvientes subieron atraídos por el disparo. Encontraron a Hemingway llorando junto al gato.

ernest-hemingway

Chequeras

Chequeras

Un lugar común cunde entre los futbolati: “los equipos no se hacen con la chequera”. Se dice esto en atención a que los dos finalistas del minicampeonato pasado —o macroliguilla “de verano”—, Atlas y Toluca, fueron equipos que no invirtieron cantidades millonarias en sus jugadores y, sin embargo, obtuvieron resultados tan buenos que ahora hasta tienen jugadores para que otros abran sus chequeras. Esto no es cierto. Los equipos se hacen con la chequera, pero bien hecha, o bien usada, la chequera. Vayamos con el caso del América. El América lleva años sin entender que ya usó la chequera del mejor modo en sus “fuerzas básicas” y que tiene ahí una “cantera” que en nada envidiaría a la de Pumas o a la del Atlas. El problema es que el América no se dedica a “eso”; a ser consecuente con la inversión en su cantera y a sacarle jugo al tiempo debido. (Incluso el juego elemental de no dejar ir a americanistas del club, cuando se han retirado: Alfredo Tena, el caso más visible, quien ahora debía estar de entrenador en el América.) En cambio, el América sigue incurriendo en prácticas que, históricamente, jamás le han redituado: la contratación “del otro” nomás porque “el otro” lo tiene y “en el otro lado” funcionó bien. El fracaso más reciente y notorio es el de Ramón Ramírez. Corren vientos periodísticos según los cuales el América está a punto de “jalarse” a Aguinaga, el jugador del Necaxa. Sería otro error más de chequera o de “antojo del dueño”. El América necesita volver a lo que le ha funcionado históricamente: un par de contrataciones extranjeras de “bajo perfil”, que luego y con el tiempo se hacen estrellas (Reinoso, Hodge, Brailovski, Outes, Baca, Biyik, Kalusha). O bien, intentar un torneo con diez mexicanos surgidos de fuerzas básicas —entre ellos Terrazas, Cuauhtémoc Blanco, Sánchez Yacuta, Ignacio Hierro, Edson Astivia, Lara, Capetillo, y los que vengan— y sacar la chequera sólo para obtener a un gran —o un eficiente— número 10 extranjero que mueva al equipo. El América debería jugar hoy con diez mexicanos “suyos” y un argentino, medio ofensivo, que hoy juega en el River Píate y se llama Marcelo Gallardo.

—Johannes Burgos

Numeralia

Numeralia

Por Roberto Pliego

1.   Conflictos armados en el mundo: 27

2.   Conflictos armados de carácter internacional: 2

3.   Fosas comunes en Kosovo: 100

4.   Yugoslavos que se quedaron sin empleo a raíz de los bombardeos de la OTAN: 600,000

5.   Escuelas destruidas por esos bombardeos: 200

6.   Australianos, de cada cuatro, que tienen acceso a Internet: 1

7.   Africanos, de cada cuatro mil, que tienen acceso a Internet: 1

8.   Pérdidas en dólares provocadas por ataques de virus a computadoras en el primer semestre del año: 7,800,000

9.   Tomas con las que cuenta el Episodio I: La amenaza del fantasma: 2,200

10. Tomas hechas por computadora: 1,950

11. Renta al día en dólares por una habitación en un hotel de Las Vegas en cualquier época del año: 50

12. Renta al día por una habitación en un hotel de Las Vegas para esperar la llegada del año 2000: 2,500

13. Sueldo mensual en dólares del actor Danny De Vito cuando trabajó como peluquero: 600

14. Disminución porcentual del consumo de cigarros en el mundo durante 1998: 2

15. Porcentaje de personas que sufren un infarto y mueren en una hora o menos: 50

16. Países en donde existe la pena de muerte a menores de edad: 1

17. Niños mexicanos que padecen de la vista: 2,300,000

18. Desastres considerados como destructivos en México en lo que va del siglo: 27

19. Abortos que se practican al año en Alemania: 100,000

20. Porcentaje de delincuentes procesados en Perú que fueron policías: 40

Fuentes: 1-3. Milenio: 21 de junio de 1999; 4-5. La Crónica: 11 de junio de 1999; 6-7. Etcétera: 24 de junio de 1999; 8. La Jornada: 19de junio de 1999; 9-10. Etcétera: 24 de junio de 1999; 11-13. Premier: junio de 1999; 14. Etcétera: 24 de junio de 1999; 15. Reforma: 19 de junio de 1999; 16. Milenio: 21 de junio de 1999; 17-18 .Reforma: 19 de junio de 1999; 19. El País: 19 de junio de 1999; 20. La Crónica: 19 de junio de 1999.

¿Qué son?

2,300

Aviones y avionetas que transportan cocaína   986 Especies de murciélagos, dentro del espacio aéreo brasileño.

1,300 Empresas estadunidenses que realizan experimentos en biotecnología.

1 Especies de murciélagos que se alimentan con sangre de mamíferos.

10 Minutos de duración de un concierto del cantante punk G. G. Allin.

40 Millones de puros que se consumen anualmente en España.

Roberto Pliego. Escritor. Es Jefe de Edición de la revista nexos.

Señora transición. Una democracia en busca de actores

Señora transición

Una democracia en busca de actores

Por Luis Salazar C.

La incultura cívica ha reforzado la creencia de que el tránsito a Ia democracia es un proceso aún en marcha. No, dice Luis Salazar.

La democracia ya está aquí; lo que falta son actores políticos.

Quizás habría que decirlo dogmáticamente: las elecciones federales de 1997 marcaron la culminación de nuestro singular tránsito a un régimen democrático. A un régimen, entiéndase bien, sustentado en el sufragio universal, secreto y directo de los ciudadanos, es decir, en el poder de los votantes trabajosamente reivindicados por una serie de reformas que desembocaron en la construcción de unas leyes y unas instituciones capaces de otorgar transparencia, credibilidad y equidad a los comicios y a sus resultados. Por ello, seguir pretendiendo que la transición apenas se inició en aquel año o, peor todavía, que sólo comenzará cuando el PRI sea derrotado (y si es posible exterminado), no pasa de ser un recurso táctico de partidos y fuerzas incapaces de reconocer las verdaderas dificultades que afronta el país y el Estado. Un recurso, además, que revela una concepción pobre y en el fondo autoritaria de la democracia misma, a la que se identifica con el triunfo de los buenos sobre los malos.

Si este infantilismo seudodemocrá- tico encuentra eco en importantes franjas de la opinión pública e incluso del electorado, ello se debe en parte a nuestra incultura cívica y en parte a la más insatisfactoria calidad de esta nuestra incipiente democracia. Como señalara alguna vez Bovero, una cosa es la vigencia de las reglas procedimentales que caracterizan a la democracia como forma de gobierno, y otra, muy diferente, es la calidad y productividad política de los juegos que se desarrollan bajo estas reglas, que depende, en lo fundamental, de la capacidad y representatividad de sus protagonistas fundamentales, es decir, de los partidos y de las organizaciones de la sociedad civil. (Si se me permite la analogía, ni el mejor arbitraje logrará nunca, por sí sólo, que los Tuzos del Pachuca o el Irapuato jueguen como el Milán o el Barcelona. Pero, sin duda, jugarán futbol.)

Que como resultado de una transición regateada y accidentada hoy contemos con un lamentable sistema de partidos lamentables, así como con instituciones estatales desprestigiadas y debilitadas, que nuestra “sociedad civil” se vea dominada por medios, por jerarquías eclesiásticas, y por líderes de opinión francamente impresentables desde la perspectiva de los más elementales valores cívicos, todo ello son cosas que abonan la necesidad urgente de una reforma pactada del Estado mexicano que permita consolidar y dar sustancia y horizonte a nuestra democracia formal, tan difícilmente construida. Pero que ya no tienen que ver realmente con la sustitución de un régimen autoritario por uno democrático, sino con la configuración de una gobernabilidad nueva, cabalmente compatible con una pluralidad y una competitividad electoral que llegaron para quedarse.

Una segunda razón por la que muchos se resisten a aceptar que la transición ha terminado (o incluso ha empezado) es la persistencia en el gobierno de ese extraño animal político que es el PRI. Que a diferencia de sus supuestos congéneres, los partidos de Estado del “socialismo real”, este partido haya sobrevivido hasta ahora al ácido de la competencia electoral libre, es algo que parece avalar la idea de una continuidad del sistema autoritario y conducir a la pretensión de que sólo la derrota nacional y la consecuente extinción del priismo permitirá alcanzar la tan deseada democracia.

Ahora bien, es razonable sostener que la anomalía del PRI como organización partidaria (esto es, que carezca de dirección y reglas propias y que por ende dependa esencialmente del titular del Ejecutivo en turno) condiciona buena parte de nuestra anormalidad democrática, contaminando negativamente nuestro espacio público. Por más que se renueven las formas para designar a sus candidatos, por más que sus triunfos sean legales y legítimos, esa anomalía constitutiva seguirá alimentando nuestra mala conciencia democrática, tanto por las tradiciones indignas que genera como por las fobias delirantes que suscita. De ahí que en abstracto también resulte sumamente deseable la alternancia al nivel del gobierno federal, lo que obligaría al priismo a normalizarse (o morir) y al mismo tiempo forzaría a las oposiciones a madurar (es decir, a dejar de definirse como meras oposiciones al PRI-gobierno).

Pero, por deseable que pueda parecer, esta alternancia ni puede identificarse con el arribo a la democracia ni por supuesto va a resolver los problemas concernientes a la creación de una nueva gobernabilidad democrática. Peor aún, la pobreza organizativa, programática e ideológica de los principales partidos opositores, expresada en el predominio aberrante de unos candidatos convertidos en “hombres providenciales” que sólo ofrecen un antipriismo elemental como propuesta política, y el hecho de que parten de dos lecturas incompatibles de los problemas nacionales, todo ello convierte el proyecto de una coalición opositora en una farsa irresponsable cuyo único sentido real consiste en eludir las dificultades ligadas a su manifiesta debilidad política.

En efecto, el PAN y el PRD se oponen al PRI-gobierno pero por razones básicamente contrapuestas e incompatibles. Cualquier revisión de sus tesis programáticas y de sus posiciones en el Congreso debiera bastar para hacer evidente las dificultades de una coalición fundada exclusivamente en el deseo de sacar al PRI del gobierno federal. Pero esto es curiosamente lo que las direcciones y candidatos de ambos partidos no quieren poner a discusión, contentándose con un aburrido intercambio de acusaciones para convencernos de que, si no hay coalición, es por culpa de los otros. Bajo esta extraña lógica, todo ocurre como si cada partido se dedicara denodadamente a socavar su propia credibilidad ante sus potenciales electores, bajo el entendido de que el desprestigio rampante de los demás será suficiente para llevarlos al triunfo.

El grosero menosprecio con que Cárdenas maltrata a su propio partido (que sólo parece existir para él como mera plataforma para su candidatura eterna), las inverosímiles maniobras de Muñoz Ledo para desprestigiar a cualquier costo al ingeniero, las estridencias huecas de Fox, convencido igualmente de que el PAN sólo debe servir para sus ambiciones, y las disensiones y recelos que amenazan convertir a la selección del candidato priista en un pretexto inmejorable para las escisiones, todo ello coadyuva a generar la sensación en amplios sectores de que la democracia y las elecciones lejos de ser la fiesta cívica en la que los votantes pueden determinar el futuro del país, son más bien los pretextos para una estridente lucha sin principios por el poder. Democracia tenemos, sin duda, pero sin actores democráticos.  n

Luis Salazar C. Filósofo. Profesor e investigador de la UAM.

Inflación. More Money

Inflación

More money

Por León Bendesky

La autoridad monetaria no ha cumplido con sus metas antinflacionarias. Se obstina en una disciplina dineraria que se asienta en una estructura productiva de poco aliento.

El control de la inflación es hoy en México uno de los aspectos más sobresalientes de la política económica. El hecho es que no se logra contener y, sobre todo, abatir sostenidamente el aumento de los precios y que los resultados obtenidos se apartan de modo significativo de las metas fijadas cada año. Esta circunstancia mantiene la incertidumbre entre los agentes económicos y resta credibilidad a los compromisos que adopta la autoridad monetaria. La estabilización sigue siendo, así, una de las condiciones pendientes de la política de ajuste.

En el curso de esta década se observa un escenario general de alta inflación con grandes fluctuaciones. Este proceso ha ocurrido primero en el marco de un régimen de tipo de cambio fijo y. después, con un régimen cambiario flexible. El primero llegó a su límite en 1994 por la acumulación de un abultado déficit externo, una gran expansión del crédito interno y una política de financiamiento público con una emisión excesiva de Tesobonos. El segundo mantiene constante la restricción monetaria como eje de su funcionamiento pero es muy vulnerable a los choques financieros del exterior. Los ajustes que pone en marcha representan altos costos económicos y financieros, asociados con el estrecho vínculo que su operación establece con las tasas de interés, que tienden a mantenerse en niveles muy elevados para contener la depreciación del peso.

El repunte de la inflación en 1998 rompió la tendencia descendente del crecimiento de los precios registrada en los dos años anteriores. La explicación oficial de este comportamiento está en la repercusión negativa de los choques externos: la caída de los precios del petróleo y la reducción de las corrientes de capitales. La respuesta de la política monetaria para absorber los choques significó un acomodo por los dos lados donde puede darse el ajuste, es decir, los precios y las cantidades. Por el lado de los precios, el tipo de cambio promedio tuvo una depreciación de 22% en el año, las tasas de interés de los Cetes a un mes aumentaron 77.8% (tomando los valores promedio trimestrales) y la inflación cerró en 18.6% anual, con lo que se situó 6.6 puntos porcentuales por encima del 12% programado, lo que equivale a una diferencia de 55%. Por el lado de las cantidades, el PIB redujo su tasa de crecimiento real esperada de 5.2% a 4.8%, pero generando una inercia de carácter negativo que, aunada a las frágiles condiciones externas, hace que el gobierno estime que en 1999 la economía crecerá 3%.

Este acomodo entre los precios y el nivel de la actividad económica se propició en el terreno fiscal mediante la aplicación de tres recortes presupuestales en el curso del año. Y en el ámbito monetario se alcanzó con una estricta gestión del dinero y del crédito, lo que significó una serie de ajustes e intervenciones del banco central en el mercado, especialmente por medio de mantener “corto” al sistema bancario y con la imposición de depósitos en el banco central.

La adopción del régimen de tipo de cambio flexible que es, tal vez, la modificación más relevante del esquema general de política económica que se aplica, se enmarca en una constante necesidad de controlar el crecimiento del crédito y de la liquidez en el mercado monetario. Esta condición se agrava en los periodos en que son menores las entradas de capitales y se ejerce una presión devaluatoria. Cuando la economía opera con menos dinero y crédito puede reducirse la tasa de crecimiento de los precios, pero se afecta igualmente la capacidad productiva de la mayor parte de las empresas. La operación de los mercados requiere de dinero y cuando éste es escaso se crea un obstáculo a la producción, se reasignan los recursos de modo que tienden a concentrarse en los agentes más fuertes, y se genera incluso una mayor debilidad institucional al dificultarse las condiciones para la validación de las deudas en el sistema financiero.

 La concepción dominante acerca de los orígenes de la inflación se basa en factores básicamente monetarios. Esto se asocia con la cantidad de dinero en la economía y, debido a los grandes y rápidos flujos internacionales de capitales el, mecanismo de transmisión opera a partir de los choques externos. El dilema que enfrenta la gestión monetaria de la inflación se manifiesta cuando menos en dos cuestiones: a) la gran sensibilidad del tipo de cambio ante los cambios en las corrientes de recursos, y b) la existencia de un canal de transmisión muy directo entre la depreciación del peso y el crecimiento de los precios.

La dificultad para controlar de modo efectivo las presiones inflacionarias tiene que ver con el hecho de que la misma depreciación del peso frente al dólar provoca crecientes expectativas de devaluación. Estas expectativas están latentes en la economía y son el principal signo de una inestabilidad crónica, pero tienden a manifestarse de modo abierto en ciertos periodos, creando episodios de fuerte volatilidad y desequilibrio en los mercados de dinero.

El ajuste puede darse con una fuerte devaluación que “corrige” las expectativas (por ejemplo, el 19 de diciembre de 1994) y crea un escenario de nueva estabilidad pero a un nivel superior de precios (no sólo el tipo de cambio, sino también las tasas de interés y los precios de los bienes y servicios). Ya que la política monetaria se plantea como objetivo principal contener la inflación y ello representa evitar una fuerte devaluación, el banco central pone en marcha medidas de contención del exceso de demanda en el mercado cambiario y de acomodo de las expectativas.

El problema del régimen cambiario está entonces en que la flexibilidad que ahora lo define, funciona en un entorno económico en el que subyace la inestabilidad. Debe advertirse que es crecientemente difícil administrar la política cambiaria cuando el precio del dólar depende de manera esencial del estado de las expectativas. En estas condiciones, la demanda de dólares por el “motivo especulación” domina a la demanda por el “motivo transacción” y, con ello, el equilibrio en el mercado cambiario tiende a ser inestable y la intervención de la política monetaria responde de modo generalmente contraccionista, lo que repercute de manera adversa sobre las condiciones financieras que afectan las decisiones de inversión y consumo.

Es la expectativa de que se mantendrá una cierta estabilidad del tipo de cambio el factor principal que induce a los inversionistas a mantener o aumentar sus tenencias de pesos para aprovechar los rendimientos reales de las tasas de interés. Con ello se establece una relación estrecha, pero en ocasiones perversa, entre la tasa de interés y el tipo de cambio, de modo que la primera tiende a operar como una especie de ancla financiera para estabilizar el valor del peso y reducir las presiones inflacionarias.

Este tipo de comportamiento de las variables financieras y de la inflación conduce a una situación en la que el horizonte para tomar decisiones de los agentes económicos se acorta de manera significativa. El aumento del nivel de la actividad económica para ser sostenido, equilibrado sectorialmente y generalizado entre los distintos estratos de empresas, requiere de la ampliación de dicho horizonte de acción en los mercados.

El banco central es muy explícito en su postura con respecto al proceso que genera el aumento de los precios, y señala que “Los movimientos del tipo de cambio afectan a la inflación por dos vías: a) de manera directa, a través de su impacto sobre el precio de los bienes comerciables y, b) indirectamente, al influir sobre las expectativas de inflación, las cuales afectan a su vez al proceso de determinación de los salarios y modifican, por tanto, otros precios en la economía” (Banxico: Política monetaria. Programa para 1999, p. 22).

Esta cuestión ubica la interpretación y el análisis en el terreno del proceso de la formación de los precios en la economía mexicana. Y es notorio que este asunto sea tan poco atendido, más allá del impacto de la devaluación, no sólo por las autoridades monetarias, sino por los mismos empresarios que resienten de manera importante los efectos de la inflación en el aumento de sus costos de producción, en la reducción de sus ventas y de sus utilidades y en la menor capacidad para pagar sus deudas.

Por una parte, se aprecia que después del ajuste de la paridad con la abrupta devaluación de diciembre de 1994 y tras la inflación de 52% de 1995, se empezaron a corregir los precios de los bienes, y ello operó como una forma de contención del aumento general de los precios. No obstante, la instrumentación del régimen de paridad flexible no ha evitado el rápido crecimiento de las importaciones y la reaparición del déficit comercial. Así, se aprecia que desde finales de 1994 hasta fines de 1998 las importaciones totales como proporción del producto interno bruto pasaron de 21.6% a 30%, mientras que las importaciones no maquiladoras pasaron de 16.8% a 21%.

Este comportamiento no se debe solamente a una cuestión de precios relativos, sino que tiene que ver con un aspecto crónico del modo de funcionamiento de la economía mexicana y que consiste en la dependencia que mantiene la actividad productiva y el patrón de consumo con las importaciones. Dicha característica se agrava ahora con el hecho de que el sector exportador es también altamente importador y ello hace que las exportaciones netas sean reducidas. Estas pautas de comportamiento son de naturaleza estructural y responden a los patrones de integración sectorial y regional, de innovación tecnológica y comercial que se han ido creando en la economía en los últimos dieciocho años.

Cuando aumentan las expectativas de devaluación-inflación se presenta lo que el propio banco central identifica como la “alta correlación histórica” que existe entre la paridad y el crecimiento de los precios. Pero la interpretación de esta correlación la circunscribe básicamente a la presión ejercida por las revisiones salariales. Y es precisamente en este sentido que debe ahondarse en las condiciones institucionales que privan no sólo en el mercado de trabajo, sino igualmente en aquellas de índole estructural que operan en el terreno de la organización industrial y en los mecanismos de fijación de los precios que hacen posible que se transmitan de modo tan directo las expectativas inflacionarias. De igual forma es necesario considerar la manera en que la fijación de los precios administrados por el sector público incide en la inflación y ello significa plantear una política de precios públicos que no los someta a cambios bruscos en periodos de restricción fiscal. Y finalmente está el caso de los productos agrícolas que, si bien están sujetos a los vaivenes del clima, no cuentan con suficientes mecanismos de estabilización que en unas condiciones eviten elevaciones fuertes del índice inflacionario y, en otras, no castiguen a los productores.

La economía es vulnerable a los movimientos del tipo de cambio y al alza de la inflación. Esto pone en evidencia la discrepancia que existe entre las políticas que se aplican para conseguir el equilibrio macroeconómico y el funcionamiento de la actividad productiva. Es aquí donde las políticas sectoriales (tales como las políticas industriales, de financiamiento, de desarrollo tecnológico o de educación y capacitación) y las de impulso al desarrollo regional muestran su relevancia y donde se aprecian vacíos importantes en el modelo de política económica que se aplica.

El esfuerzo antinflacionario está concentrado ahora en las medidas de contención de la liquidez, del crédito y, por lo tanto, de la demanda interna. En ello radica una buena parte de las limitaciones de la política monetaria y fiscal para abatir y mantener baja la tasa de crecimiento de los precios. La contención de la demanda no ha probado ser un instrumento efectivo frente a una inflación persistente, ya que provoca fluctuaciones acentuadas del producto, repercute de manera negativa en la composición del mercado de trabajo, no es eficiente para la asignación de los recursos materiales y financieros e impacta de modo inequitativo a las empresas pequeñas y medianas.

Las políticas monetarias han dejado de operar por el lado del estímulo de la oferta, que sería una forma alternativa de atacar a la inflación. Esta opción requiere modificar las consideraciones vigentes sobre los costos económicos asociados con el doble proceso de crecimiento de la actividad económica y de aumento de los precios. Una política monetaria que se fijara como objetivo la expansión de la base monetaria a una tasa equivalente a la de la expansión del producto potencial más la inflación registrada, no contribuiría, efectivamente, a la reducción de los precios pero podría llevar a que el ritmo de aumento de la oferta de dinero se redujera en el curso del tiempo, a medida que crece el nivel de ocupación y mientras se abate la inflación.

Esto significa un combate a la inflación por el lado de la oferta, es decir, aumentando y no reduciendo el nivel de la actividad económica. Esto requiere que el componente monetario de esta política se complemente con otros de índole estructural, como sería la promoción efectiva del incremento de la productividad agregada de la economía. Para ello existen varios requisitos entre los que destacan aspectos tales como crear las condiciones de maduración de mediano y largo plazo de las inversiones productivas, promover la creación de cadenas productivas, y sanear el sistema financiero de manera que puedan reestablecerse los circuitos de ahorro y crédito. El argumento consiste en encontrar la manera de reducir la vulnerabilidad externa que hoy padece la economía mexicana no sólo a partir de la gestión monetaria, sino generando una mayor fortaleza interna por el lado de la producción mediante un cambio en los esquemas de asignación de los recursos para la elevación de la productividad.

La determinación del valor interno y externo de la moneda es la expresión de su funcionamiento económico y no sólo de los equilibrios agregados que se alcanzan. Por más que el banco central y Hacienda se empeñen en fortalecer la moneda controlando su cantidad, eventualmente resurgen las presiones que reducen su poder de compra. La autoridad monetaria incumple sus metas inflacionarias porque trata de imponer una disciplina eminentemente dineraria sobre una estructura productiva incapaz de ajustarse por medio de una nueva relación de costos, que es finalmente la única manera compatible de operar con un menor crecimiento de los precios.

Este modo de funcionamiento de la economía mexicana es el que hace ineficaz a la política monetaria y fiscal para controlar la inflación. La gestión monetaria no se instaura como un instrumento de política capaz de generar crecimiento con estabilidad de precios y requiere de otras acciones que le permitan cumplir con su función. Mientras persistan las condiciones que frenan la productividad global, que provocan la fragilidad del sector financiero y la inviabilidad del sector de la pequeñas y medianas empresas seguirán presentes los obstáculos que enfrenta la política económica. En estas condiciones, el banco central seguirá siendo el villano, lo que en términos institucionales constituye un grave error económico y político.   n

León Bendesky. Socio-Director de ERI consultores económicos.

Viejo y nuevo apocalipsis

Vida pública

Mercado mundial. Viejo y nuevo apocalipsis

Por Jorge Semprún

A partir de este número el lector encontrará una nueva entrada a la revista Nexos. Vida pública recoge, amplía y afina las dos zonas con que Nexos solía abrir sus páginas: el Cuaderno de Nexos y Cabos sueltos. El Cuaderno de Nexos ha cumplido su función durante más de diez años como un espacio de análisis para la coyuntura política de México y el mundo. Es la hora de ir más allá de esa coyuntura y atender los temas de la vida nacional e internacional con una perspectiva de análisis y filo crítico que ofrezcan al lector materiales más idóneos en un mercado editorial muy competido por la abundancia de publicaciones periódicas. Por su parte, muchos de los materiales de Cabos sueltos —sobre todo traducciones y textos diversos bajo el formato del ensayo breve— tendrán un acomodo natural en las páginas de Vida pública. En Vida pública el lector seguirá contando con los colaboradores habituales que durante estos años hicieron posible el Cuaderno de Nexos.

Esta es una reflexión breve sobre el tema de la amnesia que padece mucha gente que cree, o parece creer, que la mundialización es un proceso, una especie de cataclismo, que caracteriza el momento actual. Quienquiera que haya sido el inventor del término, quienesquiera que sean los especialistas de su divulgación, o los filósofos neoliberales, lo cierto es que se trata de un término y un cataclismo recientes.

Es evidente que detrás hay todo un proceso histórico. No voy a remontarme al descubrimiento de 1492, sino al siglo XIX. Y al hacerlo, me veo obligado a referirme a Marx. Sé que para muchos Marx no es más que un fantasma del pasado. Pero yo creo que hay que ser consciente de dos cosas al mismo tiempo: de que el marxismo revolucionario es un fantasma del pasado, un fantasma sangriento, y de que Marx es un pensador vivo. Hay que intentar restablecer una visión dialéctica, y por lo tanto contradictoria, de la realidad, y aquí quiero citar muy brevemente la frase que creo es la más dialéctica del siglo XX, y que no es obra de un marxista, ni siquiera de Mao, el “Gran Timonel”, sino de un escritor norteamericano decadente. En una novela cuyo tema no es en absoluto la filosofía, Fitzgerald dice, cito de memoria, “lo característico de la auténtica inteligencia es funcionar basándose en dos ideas contradictorias: que las cosas no pueden cambiarse, y, a pesar de ello, estar decido a transformarlas”. Es el optimismo de la voluntad.

Así que es necesario pensar en términos contradictorios. Es decir, la muerte del marxismo y la vitalidad de algunas ideas fundamentales de Marx. Esto también puede resultar útil para adquirir una visión crítica de la sociedad actual. El Manifiesto Comunista data de 1848, así que cumplió ya su 150 aniversario. Si bien es cierto que éste no es un seminario sobre el Manifiesfo Comunista, cabe recordar dos o tres de los textos fundamentales. Uno de ellos es precisamente el elogio, la exposición, y el ditirambo de la mundialización; la exposición de Marx sobre la novedad que supone la industrialización del mundo, la difusión de las técnicas de producción y lo que él llama la estrechez nacional provocada por el establecimiento del mercado mundial.

Podría casi afirmarse que para Marx el mercado mundial sustituye un poco al “espíritu del mundo” de Hegel. No es necesario que nos explayemos sobre este periodo, pero cabe recordar a los extremistas contrarios a la globalización de hoy en día que se trata de la tradición de visión positiva de la globalización, marxista y de izquierdas, cualquiera que sea el matiz. Pero quiero añadir al mismo tiempo el siguiente corolario: para Marx esta visión es positiva, porque para él la mundialización es el paso previo para la revolución. Más adelante volveré a referirme a este aspecto.

Marx dice incluso algo que haría hoy estremecerse a algunos de los partidarios de la excepción cultural, sobre todo cuando la excepción cultural no se considera europea sino nacional; es decir, la excepción cultural, por ejemplo francesa, que se difunde en toda Europa. Marx habla del concepto de literatura mundial, que surgirá en el futuro, y que no significa lengua universal, sino el intercambio de valores literarios universales en las lenguas nacionales. Este concepto tiene aún vigencia y se refleja en la realidad.

Después Marx comienza un proceso de reflexión, y empieza a escribir El Capital, obra que no terminará, como ustedes saben, sino hasta diez años más tarde. Este proceso de reflexión dará lugar a un libro que es un borrador de El Capital y que no se publicó hasta mucho más tarde y en circunstancias que no favorecieron su difusión entre la inteligencia de izquierdas. Se publicó en 1939 y en 1941 en Moscú: Los fundamentos de la crítica de la economía política. Pero no era el momento oportuno para que esta obra pudiese impregnar el pensamiento occidental y mundial. Ni tampoco después, en 1953, tras del muro de Berlín, o mejor dicho, tras del futuro muro de Berlín, en la Alemania del Este. Es decir, no se dieron las condiciones idóneas para que este libro pudiese difundirse y comprenderse.

Marx tiene una visión apocalíptica del tiempo histórico. Y una vez que ha elaborado el concepto de capital, de mercado mundial, de capital en general, que es un concepto con más vigencia hoy en día que en la época de Marx, cree que ya está todo hecho, que la revolución es una realidad. En octubre de 1857 escribe a su antiguo amigo Engels cartas que son una obra de arte de comprensión, solidaridad e intercambio de noticias, una obra de arte de la literatura mundial. Marx escribe a Engels para decirle que “estoy trabajando como un loco para terminar mi libro sobre economía política, para que me dé tiempo de acabarlo antes de que el sistema se derrumbe”. Era en 1857.

Un año más tarde, en diciembre de 1858, en una carta excepcional, Marx hace un poco el balance de su trabajo. Dice: “está claro que la burguesía está experimentando un nuevo renacimiento, un nuevo siglo XVI. Porque ahora el mercado mundial existe de verdad. Con la apertura de California y de Japón al mercado internacional, la mundialización es un hecho. Por eso la revolución es inminente. Y adquirirá inmediatamente un carácter socialista. El único problema, y te pregunto tu opinión al respecto, es ¿cómo podrá resistir la revolución en un rincón del mundo tan pequeño como es Europa?”.

Como ven ustedes, Marx destruye la teoría del socialismo en un solo país un año antes de que sea enunciada. El último trabajo teórico de Stalin, teórico con comillas o sin ellas, según se acepte su calidad de teórico, se llama Problemas económicos del socialismo, y en él se constata la existencia de dos mercados mundiales. No existe un mercado mundial, sino dos. Y es el mercado mundial socialista el que se acabará imponiendo al mercado mundial capitalista. Como ven ustedes, esta teoría está muy lejos de Marx y del mercado mundial.

Sin embargo, dicha visión apocalíptica es la base de la teoría marxista revolucionaria de la crisis. Marx no es el responsable de los gulag. Pero Marx es responsable de la teoría revolucionaria de la crisis que ha resultado nefasta para el movimiento revolucionario y, sobre todo, para el leninismo. Cualesquiera que sean los descubrimientos y los estudios de detalles concretos realizados al respecto por los economistas marxistas, sabemos que se trata de una experiencia del siglo XX que hoy resulta clara. Y hay que decirles a algunos doctrinarios de izquierdas que la crisis final del sistema no va a producirse. Y a los doctrinarios de derechas hay que decirles que la crisis no se acabará nunca. Ni crisis final ni fin de la crisis. La crisis forma parte del propio funcionamiento del sistema capitalista.

Así pues estamos hablando de este libro: Los fundamentos de la crítica de la economía política, que en parte es un producto de esta especulación apocalíptica, y en parte tiene hoy más vigencia que en la época en que Marx escribió el libro.

En este libro hay una veintena de páginas sobre la función de la tecnología que. evidentemente, para Marx no podía traducirse en autopistas de la información ni en microprocesadores; su inteligencia no era tal que pudiera inventar esas cosas, sino que tratan de la función fundamental de la tecnología, de la ciencia y del saber. La productividad y la invención de la plusvalía relativa está vinculada, para Marx, al desarrollo de todo esto en la productividad del trabajo. Estas son las páginas que hoy tienen más vigencia que en la época en que las escribió Marx.

Entonces, ¿cuál es la situación en que nos encontramos? Nuestra situación, y cuando digo “nuestra” me refiero al pensamiento de progreso sin caer en las trampas de la ilusión del progreso; progresista, de izquierdas y no sectario. Un pensamiento de izquierdas que, por supuesto, abarca a la familia socialista y socialdemócrata. ¿Cuál es nuestro problema en la actualidad? El problema es que la crisis no ha tenido lugar, pero sí la revolución. Es decir, nos encontramos en un momento en que las tesis de Marx sobre la mundialización se plasman en la realidad, pero no en su totalidad. Armand Mattelart tiene razón cuando dice que no estamos en absoluto al final, sino al principio del auténtico proceso de globalización. Las tesis fundamentales llegan a la madurez, sin que por ello nos encontremos en la la antesala de la revolución.

Si las épocas históricas se distribuyesen por las habitaciones de una vivienda, no sé cuál de ellas correspondería a la época actual. En todo caso, no sería la antesala. Podría ser la habitación donde se encuentra la capilla ardiente, donde se vela el cadáver de la revolución. Puede que sea ahí donde nos encontramos.

La revolución no ha tenido lugar, y la alternativa es muy simple: o es el sistema, y cuando digo el sistema quiero decir el sistema de producción de mercancías, el sistema capitalista mercantil, el que se está desarrollando en estos momentos; o es la economía de mercados dirigida por sus fuerzas la que resuelve la crisis actual, y la resuelve a su manera, es decir, con una brutalidad inaudita, mediante la exclusión, el desempleo, etc. O bien, en el contexto de la objetividad del proceso, surgen fuerzas que influyen en el sistema.

Creo que a este respecto, Felipe González ha dado ideas y pistas que pueden estudiarse y desarrollarse. La alternativa es que modifiquemos el sistema, sabiendo que la economía de mercado no puede superarse en el momento actual, pero que esta misma economía reproduce a cada instante, cada minuto que pasa, desigualdades, injusticias, monopolización a todos los niveles, no solamente en la economía sino también en la cultura. Es un problema de estrategia, y no sólo de antropología o arqueología. Se trata del problema de la estrategia que debemos elaborar.

Aludo rápidamente a un tercer aspecto: el Estado-nación. Creo que desde el punto de vista cultural, hoy en día es necesario pensar en conjuntos. En nuestro caso, contamos con el conjunto europeo que es una tradición contrastada, una tradición contradictoria, de liberación y de opresión. En la medida en que Europa exporta valores liberatorios, también exporta colonias y opresión.

Tenemos, pues, a Europa, y quisiera que, sin que nos olvidemos de que existen otros conjuntos en el mundo, reflexionáramos un poco en tanto que sudeuropeos sobre lo que puede ser Europa desde el punto de vista cultural.

Sin querer ser pedante, me veo aquí obligado a recordar a un viejo filósofo judío, apartado de las universidades alemanas por Hitler, al que dedicó su primer gran libro, aunque después Hitler hizo borrar su nombre de la dedicatoria porque el autor era judío. En una conferencia celebrada en 1935, este autor hablaba ya de la necesidad de que exista una cierta supranacionalidad. Esa es la palabra clave para que Europa se convierta en un símbolo espiritual que pueda volver a despertar cultural- mente. El libro se escribió en Viena en 1935. Lo editó ese mismo año en Viena y en Praga, al alba de la barbarie generalizada, tres años después de que Hitler llegara al poder. Se trata de cosas muy importantes. Por nuestra parte, deberíamos hacer nuestra la labor que realizaba este viejo filósofo, porque hay un proceso en marcha, el proceso de la construcción de Europa.

En este sentido es necesario ser conscientes de que la Europa cultural es la diversidad, y nunca la excepción cultural de un país que se impone a las demás excepciones culturales. Europa será la diversidad o no será. Desde el punto de vista cultural, es evidente: no existe una lengua única ni un mercado único. Y además hay una cosa que tiene que estar clara: no debemos olvidar nunca, y nuestros amigos intelectuales europeos lo olvidan a veces, según de qué país se trate, que el inglés también es una lengua europea, que no es sólo la lengua del imperio, sino también la lengua de Inglaterra. Es también una lengua europea y, si Europa existe, es porque ha habido un país democrático que se llama Inglaterra que se resistió él solo a todos los totalitarismos desde 1940 a 1941.

Por lo tanto, aunque los ingleses mantienen relaciones conflictivas con Europa, son ellos los que fundaron Europa. Una tarde, durante una cena privada, oí cómo el canciller Kohl se lo recordaba a un inglés muy antieuropeo, “pero si han sido ustedes los que han inventado Europa resistiéndose a Hitler e impidiendo el desembarco de Hitler, son ustedes los que fundaron Europa en 1940″.

Es una referencia histórica habitual en él, pero que sigue teniendo vigencia. El inglés es también una lengua europea, no sólo la lengua del caballo de Troya. Y si se quiere, es la lengua de Europa también de cara al mundo entero. Evidentemente, la cuestión es compleja y a veces sorprendente.

Voy a terminar con una paradoja. La paradoja de que la modernidad del siglo XIX, desde el punto de vista cultural, sea la modernidad jacobina-bonapartista. Fue la gran fuerza modernizadora del siglo. Es la invención francesa de la modernidad, a través del jacobinismo o el bonapartismo; en definitiva, a través de la visión del Estado central. Desde el punto de vista cultural, no debemos olvidar nunca que el ministro de Educación Nacional, o como se decía entonces, de Instrucción Pública, pidió en 1932 a los maestros de escuela que erradicaran totalmente la lengua bretona para imponer a todo el mundo el francés como lengua cultural. La palabra erradicar consta en la circular.

Y puede ser que precisamente el arcaísmo auténtico de España, el arcaísmo que después plasmó la dictadura franquista a través de estructuras burocráticas y opresivas, haya sido el que haga posible que hoy en día sea más fácil ser catalán y europeo que bretón y europeo.

Por eso es necesario reflexionar tanto sobre el lado positivo, necesario, de la movilización del capital humano por parte del Estado, como sobre el lado negativo que ha tenido este tipo de modernización. Y además es preciso restablecer, mantener y desarrollar la unidad cultural de Europa a través del respeto de la universalidad de las lenguas. Se puede perfectamente hacer cine europeo, hablar en checo, en eslovaco, en español, en francés y en inglés, sin que por eso se trate necesariamente de un sistema de coproducción, sino de un sistema de creación cultural a partir de valores que son fundamentales tanto política como culturalmente.         n

Jorge Semprún. Escritor. Es autor, entre otros libros, de La escritura o la vida. Esta es una versión inédita y revisada de la intervención (3 y 4 de abril de 1998) de Jorge Semprún en el seminario “Globalización e identidad cultural” organizado por la Comisiónde Progreso Global, que preside Felipe González.

Elogio del seudónimo

Elogio del seudónimo

Por Adolfo Bioy Casares

Tal vez porque no pueda ocultarse en la obra, el ensayista suele ocultarse en el título. El género ha florecido al amparo de seudónimos. Mucha gratitud debemos al Tatler, al Spectator, al Rambler, al Idler, al Adventurer (verdaderos seudónimos colectivos), a Bickerstaff y a Wagstaff, a Lien Chi Altangi, al English Opium Eater. Pero en el mundo en que vivimos la mayor aspiración es la seriedad —la honestidad y la inteligencia se desechan por utópicas— y el empleo del seudónimo ha caído en descrédito. Esto es lamentable. Wilde ha señalado que nunca una persona es menos sincera que al hablar en su propio nombre. Agrega: “Dadle una máscara y dirá la verdad”. Para defender un nombre en la vida debemos empobrecerlo en las letras. Un seudónimo, por transparente que sea, cumple una función liberadora. Y es seudónimo de X; en principio, no hay motivo para suponer que las opiniones y el estilo de Y sean las opiniones y el estilo de X. Cuando firma Y, X ya no es el pequeño dios, infalible e inobjetable, a quien la vanidad reduce a la impotencia; ya no es el pequeño caballero a quien todos ponderamos; ya no es el autor cuidadoso de su prestigio; es un pensamiento sin más amo que la verdad, es un texto solo.

Para regresar al ensayo diré algo más sobre el seudónimo. A través del seudónimo el ensayo se vincula con la novela. Es natural que la persona que inventa un nombre quiera inventar un hombre. Addison y Steele, por ejemplo, al atribuir a los miembros de un imaginario club de amigos los ensayos del Spectator, crearon personajes y urdieron ficciones. Es verdad que hicieron algo más: inventaron nuevos tipos de ficciones.

Adolfo Bioy Casares: “Ensayistas ingleses”, en La otra aventura, Buenos Aires, Emecé, 1983, pp. 68-69.

Limerick

Quisiera ser canfinflero para tener una mina, metérsela con benzinay hacerle un hijo aviador para romper el recor de la aviación argentina.

(Atribuido a Adolfo Bioy Casares).

El poder judicial

Poder judicial

¿Hacia atrás o hacia adelante?

Por Pedro Salazar Ugarte

Hace dos meses la estructura y operación del poder judicial fueron objeto de una reforma profunda. ¿Eso quiere decir que la impartición de justicia ganó terreno?

A finales del mes de abril los tres poderes de la Unión se involucraron en una nueva reforma constitucional en materia de impartición de justicia. El poder judicial por sugerencia, el ejecutivo por iniciativa y el legislativo por competencia consumaron una reforma que tiene importantes consecuencias para el funcionamiento del poder judicial y que contradice los postulados centrales de las modificaciones constitucionales que se llevaron a cabo en 1994.

El presidente Zedillo inició su gobierno alterando la estructura del poder judicial de la Federación. El 1 de enero de 1995 entró en vigor el nuevo marco constitucional para la organización y funcionamiento de dicho poder. El titular del ejecutivo y los miembros del poder legislativo (para mayor precisión el “Constituyente Permanente”) decidieron por cuenta propia recomponer, rediseñar y reintegrar a su par en la división tripartita de poderes. Para empezar, cambiaron de 26 a 11 el número de ministros integrantes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), alteraron la fórmula de su nombramiento (el Presidente de la República perdió la facultad de realizar designaciones directas) y crearon una instancia que reemplazó a la Corte en una tarea que venía realizando desde hace 170 años: administrar al poder judicial.

El flamante Consejo de la Judicatura apareció en escena como el órgano responsable “de la administración, vigilancia y disciplina” y carrera judicial, con excepción del ámbito de la SCJN y del Tribunal Electoral. Con su creación se buscaba fortalecer la independencia de los miembros del poder judicial, profesionalizando su desempeño e introduciendo elementos objetivos para la designación, adscripción y remoción de los jueces y magistrados. Además, se buscaba descargar el trabajo de la Suprema Corte permitiéndole centrar su atención en las tareas propiamente jurisdiccionales que, además, fueron fortalecidas con nuevas figuras de control constitucional: controversias constitucionales y acciones de inconstitucionalidad. Para lograr estos objetivos, la independencia y autonomía del Consejo de la Judicatura aparecían como elementos nodales.

La integración de esta nueva instancia fue un aspecto crucial. Contaría con siete miembros designados para un periodo de cinco años que sólo podrían ser removidos en los términos del Título Cuarto de la Constitución (De las Responsabilidades de los Servidores Públicos). El primer miembro sería el presidente de la SCJN que, al mismo tiempo, lo sería del propio consejo; a continuación se contaría con dos integrantes designados por el Senado de la República; dos más nombrados por el poder ejecutivo, y dos últimos que provendrían del propio poder judicial (un juez de distrito y un magistrado unitario de circuito designados ambos por insaculación). De esta forma la nueva instancia responsable de administrar al poder judicial gozaría de independencia de los otros dos poderes pero también tendría capacidad de decisión y operación al margen de los designios de la Suprema Corte. Se buscaba satisfacer lo que Mario Melgar llama la doble dimensión de independencia de los jueces: interna y externa.

Sin duda las facultades y características de la nueva figura representaron una merma en la capacidad de mando y dirección de la Suprema Corte de Justicia. Después de todo, las relaciones orgánicas y laborales del poder judicial quedaron sujetas a las determinaciones de una instancia con capacidad de decisión y acción propias. En la compleja estructura del poder judicial las líneas de mando quedaron alteradas. Las determinaciones del Consejo de la Judicatura que afectaban a jueces de distrito y magistrados de tribunales unitarios y colegiados eran definitivas e inatacables y sólo podían ser revisadas por la Suprema Corte mediante un recurso administrativo limitado a constatar el respeto a las normas procedimentales. Así las cosas, los nombramientos, adscripciones, cambios de adscripciones y remociones de jueces y magistrados, junto con otros aspectos propios de las funciones de vigilancia y disciplina, quedaron en manos del Consejo de la Judicatura y regulados por la nueva Ley Orgánica del Poder Judicial de la Federación (expedida en mayo de 1995) y por los acuerdos de esta instancia. Hoy sabemos que la fórmula no convenció a los 11 ministros de la Suprema Corte de Justicia.

Después de cuatro años de funcionamiento con el nuevo esquema, los ministros de la Suprema Corte públicamente empujaron a un cambio en la estructura y operación del poder judicial, lo que dio la pauta para la reforma constitucional de los primeros meses de este año. El dato es relevante: la reforma de 1994 fue a iniciativa del poder ejecutivo; en cambio ahora la solicitud surgió de la cabeza del poder judicial. De hecho, la reforma de 1999 altera, e incluso contradice sensiblemente el esquema diseñado por el ejecutivo al inicio del sexenio, lo que permite suponer que las nuevas modificaciones —a pesar de que formalmente fueron propuestas por el presidente Zedillo— tienen su origen en el seno de la Corte. En términos políticos es una muestra de independencia que, al margen del contenido de la reforma, debe valorarse. El legislativo y el ejecutivo procesaron en el ámbito de sus facultades una iniciativa de la propia Corte y no impusieron su visión sobre la vida institucional del poder encargado de la impartición de justicia.

Sin embargo, la imposición vino hacia adentro del poder judicial. La independencia del Consejo de la Judicatura les costó la cabeza a los consejeros y quedó limitada en adelante. Si bien la reforma ajustó algunos aspectos importantes para el pronto desahogo y atención de los asuntos judiciales (por ejemplo, a partir de ahora la SCJN puede remitir a los Tribunales Colegiados los casos “en los que hubiera establecido jurisprudencia, no revistan interés o trascendencia o, en general, sea innecesaria la intervención de la propia Corte”), el corazón de la misma se encuentra en la recomposición y acotamiento del Consejo de la Judicatura. En primer lugar cambió su integración: de los siete consejeros, la presidencia seguirá a cargo del Presidente de la Corte; dos miembros continuarán siendo designados por el Senado; el ejecutivo nombrará sólo a un integrante y los tres restantes serán “designados por el Pleno de la Corte, por mayoría de cuando menos ocho votos, de entre los Magistrados de Circuito y los Jueces de Distrito”. No sólo desapareció la insaculación que, aun cuando no era la fórmula más acertada de nombramiento, tendía a garantizar la independencia interna de los consejeros, sino que la corte se agenció la mayoría de votos en el Consejo de la Judicatura. En vez de buscar un mecanismo por elección, selección objetiva o concurso se optó por un esquema centralizado que concentra las riendas en manos de los ministros.

Además, con la reforma se limitó la capacidad de decisión autónoma del Consejo de la Judicatura. Ahora la Suprema Corte cuenta con atribuciones para solicitar al consejo que adopte acuerdos generales relativos a su propio funcionamiento de la misma instancia de administración. Es decir, la Corte puede instruir que se elaboren “aquellos acuerdos generales que considere necesarios para asegurar un adecuado ejercicio de la función jurisdiccional federal”.Para colmo, la Corte tiene una nueva atribución: la de revisar los acuerdos generales emitidos por el Consejo de la Judicatura y, en su caso, revocarlos con una mayoría de 8 votos. La independencia del Consejo quedó claramente condicionada. Se trata de una facultad de control político que se arropa con una mascarada de control de legalidad. Adicionalmente, los jueces y magistrados rendirán protesta ante el Consejo y también ante la Suprema Corte. Indudablemente, en todos los frentes, la Corte ganó terreno.

Hay un dato que se debe subrayar. La disposición constitucional que garantizaba la estabilidad en el cargo de los consejeros de la judicatura fue pisoteada por la propia reforma constitucional. Seis de los siete miembros del Consejo se vieron obligados a hacer las maletas, porque la reforma ordenó su sustitución. Por más que exista una norma en la Constitución que tiende a garantizar su independencia, los nuevos integrantes del Consejo de la Judicatura deberán pensarlo dos veces antes de enfrentarse a los ministros de la Corte. Ahora saben que, con la complicidad del ejecutivo y del Constituyente Permanente, los once ministros pueden prescindir de sus funciones. No cabe duda que la política puede más que el derecho.

Al igual que se hizo con el Tribunal Electoral en 1996, es imperativo integrar al poder judicial a los tribunales contencioso-administrativos que en diferentes materias (laboral, fiscal, agraria) están flotando en el entramado institucional mexicano. En segunda instancia, urge revisar los mecanismos de control constitucional que permitan a las sentencias en materia de amparo tener efectos derogatorios generales y, de esta forma, facilitar el acceso a la protección de la justicia a millones de mexicanos (derogar la llamada cláusula Otero). Un tercer rubro pendiente es la delimitación de competencias entre el poder judicial federal y los correspondientes poderes en el ámbito de las entidades federativas con el objeto de agilizar y fortalecer la protección de los derechos de los ciudadanos. Por último, valdría la pena revisar los mexicanismos tendientes a garantizar una verdadera carrera judicial que tenga como objetivo primordial la independencia interna y externa de los juzgadores. Tal vez estos temas debieron ser el motivo de la nueva reforma y no los que le dieron origen, cauce y dirección.  n

Pedro Salazar Ugarte. Licenciado en Derecho.

Jorge Luis Borges

Serpientes y escaleras

Jorge Luis Borges y Seamus Heaney

A partir de este número ofrecemos una nueva zona en la revista Nexos. En Serpientes y escaleras el lector encontrará las variedades de la vida cultural en México y el mundo. Esta zona incluirá el ensayo, la crónica, el comentario, la poesía, la revisión crítica, la polémica, los ires, venires y subibajas de la política cultural. En esta primera entrega hacemos un mínimo y anticipado homenaje a Jorge Luis Borges en el centenario de su nacimiento: un diálogo recobrado entre Borges y Seamus Heaney, y algunos fragmentos de Borges en Sur; José Joaquín Blanco lo aborda también, a través de una relectura de Adolfo Bioy Casares en su columna Retratos con paisaje, y del mismo Bioy publicamos un elogio del seudónimo. Ofrecemos dos revisiones, la primera de Gilberto Guevara Niebla sobre la formación ética y cívica en las escuelas mexicanas, y la segunda de Jean François Prud’ homme del libro largamente trabajado de Soledad Loaeza sobre el PAN. El lector encontrará también algunos de los temas habituales de lo que fue La reseña de Nexos, y una nueva sección: Divagario.

Richard Kearney: Su prosa pone de manifiesto una continua obsesión con el mundo de la ficción y de los sueños, un universo de laberintos inconscientes. En ocasiones es algo tan onírico que se vuelve imposible distinguir entre el autor (usted), los personajes de la ficción y el lector (nosotros).

Seamus Heaney: Esta interacción entre la ficción y la realidad parece ocupar un lugar central en su obra. ¿Cómo afecta su obra el mundo de los sueños? ¿Usa conscientemente material onírico?

Borges: Cada mañana, cuando despierto, recuerdo sueños y los grabo o los escribo. A veces me pregunto si estoy dormido o si estoy soñando. ¿Estoy soñando ahora? ¿Quién puede saberlo? Nos soñamos unos a otros todo el tiempo. Berkeley afirmaba que Dios era quien nos soñaba. Tal vez tenía razón… ¡pero cuán tedioso para el pobre Dios! Tener que soñar cada grieta y cada mota de polvo en cada taza de té y cada letra en cada alfabeto y cada pensamiento en cada cabeza. ¡Debe estar exhausto!

Heaney. ¿Su mundo onírico alimenta de manera directa su forma de escribir? ¿Toma prestado y traspone el contenido de sus sueños a la literatura? ¿O se trata acaso de una habilidad narrativa que le da a las imágenes su contorno y su forma?

Borges: El relato ficticio da un orden al desorden del material onírico. Pero no puedo decir si el orden está impuesto o si ya está latente dentro del desorden y tan sólo espera quedar realzado a través de su repetición en la ficción. ¿Inventa el escritor de ficción un orden completamente nuevo ex nihilo? Supongo que si pudiera contestar semejantes preguntas ¡no escribiría ficción en absoluto!

Heaney: ¿Podría darnos algunos ejemplos reales de lo que quiere decir?

Borges: Sí. Le contaré un sueño recurrente que me interesó mucho. Un pequeño sobrino mío, quien solía quedarse conmigo con cierta frecuencia y me contaba sus sueños cada mañana, soñó el siguiente tema recurrente. Estaba perdido en un sueño y luego llegaba a un claro en donde me veía salir de una casa blanca de madera. En ese punto, solía interrumpir su resumen del sueño y preguntarme, “Tío, ¿qué hacías en esa casa?”. “Estaba buscando un libro”, le contestaba. Y se quedaba muy contento con esa respuesta. Como niño, todavía era capaz de deslizarse de la lógica de su sueño a la lógica de mi explicación. Tal vez así funcionen mis propias ficciones…

Heaney. ¿Es entonces el modo más que el material de los sueños lo que principalmente influye e inspira su obra?

Borges: Yo diría que son las dos cosas. He tenido varios sueños recurrentes a lo largo de los años que han dejado su huella en mi ficción de una u otra forma. Los símbolos difieren con frecuencia, pero los patrones y las estructuras siguen siendo los mismos. Por ejemplo, con frecuencia he soñado que estoy atrapado en un cuarto. Trato de salir, pero vuelvo a entrar a un cuarto. ¿Se trata del mismo cuarto?, me pregunto. ¿O acaso escapo a un cuarto exterior? ¿Estoy en Buenos Aires o en Montevideo? ¿En la ciudad o en el campo? Toco la pared para intentar descubrir la verdad sobre mi paradero, para encontrar una respuesta a estas preguntas. Pero ¡ la pared es parte del sueño! De modo que la pregunta, al igual que el que la hace, regresa eternamente a ese cuarto. Este sueño me dio el tema del laberinto que aparece con tanta frecuencia en mis ficciones. También estoy obsesionado con un sueño en donde me veo en un espejo con varias máscaras o rostros que se superponen unos sobre otros; los desprendo de manera sucesiva y me dirijo al rostro que está frente a mí en el espejo; pero no me contesta, no puede oírme o no me escucha, es imposible saberlo.

Heaney. ¿Qué clase de verdad cree que Carl Jung intentaba explorar en su análisis sobre los símbolos y los mitos? ¿Cree que los arquetipos jungianos son explicaciones válidas de lo que experimentamos en el mundo inconsciente de la ficción y de los sueños?

Borges: He leído a Jung con gran interés, pero sin convicción. En el mejor de los casos, fue un escritor imaginativo e inquisitivo. Es más de lo que uno puede decir acerca de Freud… ¡Qué basura!

Kearney: La sugerencia que usted hace aquí de que el psicoanálisis tiene valor como un estimulante imaginativo más que como un método científico me hace recordar la afirmación que usted hace en el sentido de que todo el pensamiento filosófico es “una rama de la literatura fantástica”.

Borges: Sí, creo que la metafísica es un producto de la imaginación al mismo nivel que la poesía. Después de todo, la idea ontológica de Dios es el invento más espléndido de la imaginación.

Kearney: Pero ¿inventamos nosotros a Dios o es Dios quien nos inventa a nosotros? ¿Es divina o humana la imaginación creativa primaria?

Borges: Ah, ésa es la pregunta. Puede ser ambas.

Heaney. ¿Acaso su experiencia infantil de la religión católica alimentó su sensibilidad de alguna forma duradera? Me refiero más a sus ritos y misterios que a sus preceptos teológicos. ¿Existe algo llamado imaginación católica, que podría expresarse en obras literarias como, por ejemplo, en el caso de Dante?

Borges: Para el argentino, ser católico es más una cuestión social que espiritual. Significa que uno se alinea con la clase, el partido o el grupo social correcto. Nunca me interesó este aspecto de la religión. Sólo las mujeres parecían tomar la religión en serio. Cuando era niño, cuando mi madre me llevaba a misa, yo rara vez veía a un hombre en la iglesia. Mi madre tenía una gran fe. Creía en el paraíso; y quizá su creencia significa que ahora ella está allí. Aunque ahora ya no soy un católico practicante y no puedo compartir su fe, sigo entrando en su habitación todos los días a las cuatro de la mañana, la hora en que murió hace cuatro años (¡tenía 99 años y le aterraba cumplir cien años!) para rociar agua bendita y rezar el Padre Nuestro como ella lo pidió. ¿Por qué no? La inmortalidad no es más extraña ni increíble que la muerte. Como mi padre agnóstico solía decir: “Dado que la realidad es lo que es, el producto de nuestra percepción, todo es posible, incluso la Trinidad”. Creo en la ética, que las cosas en nuestro universo son buenas o malas. Pero no puedo creer en un Dios personal. Como lo dice Shaw en Major Barbara: “He dejado atrás a la Desposada del Cielo”. Me siguen fascinando los conceptos metafísicos y alquímicos de lo sagrado. Pero esta fascinación es más estética que teológica.

Kearney: En Tlon, Uqbar y Orbis Tertius, usted dijo que la eterna repetición del caos gradualmente hace surgir o revela un patrón o un orden metafísico. ¿Qué tenía usted en mente?

Borges: Me divertí mucho escribiendo eso. Nunca dejé de reirme, de principio a fin. Todo era una enorme broma metafísica. La idea del eterno regreso es, claro está, una vieja idea de los estoicos. San Agustín condenó esta idea en Civitas Dei, cuando compara la creencia pagana en un orden cíclico del tiempo, la Ciudad de Babilonia, con el concepto lineal, profético y mesiánico del tiempo que se encuentra en la Ciudad de Dios, Jerusalén. Este último concepto ha prevalecido en nuestra cultura occidental desde San Agustín. Sin embargo, creo que puede haber algo de verdad en la vieja idea de que, detrás del aparente desorden del universo y de las palabras que usamos para hablar de nuestro universo, podría surgir un orden oculto… un orden de repetición o coincidencia.

Kearney: Usted escribrió alguna vez que, a pesar de que este orden cíclico no puede demostrarse, sigue siendo para usted “una elegante esperanza”.

Borges: ¿Eso escribí? Eso es bueno, sí, muy bueno. Supongo que en 82 años tengo derecho a haber escrito unas cuantas líneas memorables.. El resto puede “echarse a perder”, como solía decir mi abuela.

Heaney: Usted habló de reir mientras escribe. Sus libros están llenos de diversión y picardía. ¿Escribir siempre ha sido para usted una tarea placentera o ha sido alguna vez una experiencia difícil o dolorosa?

Borges: Sabe, cuando todavía podía ver, me encantaba escribir, cada momento, cada frase. Las palabras eran como juguetes mágicos con los que yo jugaba y movía de toda clase de formas. Desde que perdí la vista a los cincuenta años, no he podido regocijarme con la escritura con esta naturalidad. He tenido que dictarlo todo, volverme un dictador más que un jugador de palabras. Es difícil divertirse con juguetes cuando uno está ciego.

Heaney:. Supongo que la ausencia física de la pluma y el estar encorvado sobre el escritorio hace una gran diferencia…

Borges: Sí, así es. Pero extraño poder leer más que poder escribir. A veces me regalo a mí mismo un pequeño engaño, me rodeo de todo tipo de libros, sobre todo diccionarios, en inglés, español, alemán, italiano, islandés. Se convierten en seres vivos para mí. me susurran cosas en la oscuridad.

Heaney. ¡Sólo un Borges podría practicar semejante acto de ficción! Sus sueños siempre han sido, de una manera bastante evidente, importantes para usted. ¿Diría usted que su capacidad o necesidad de habitar el mundo de la ficción y de los sueños aumentó de alguna manera por haber perdido la vista?

Borges: Desde que me volví ciego lo único que me queda es la alegría de soñar, de imaginar que puedo ver. A veces mis sueños se extienden más allá del sueño y se adentran en mi mundo de vigilia. Con frecuencia, antes de dormir o al despertar, me descubro soñando, balbuciendo frases oscuras e inescrutables. Esta experiencia simplemente confirma mi convicción de que la mente creativa siempre está activa, siempre está más o menos soñando tenuemente. Dormir es como soñar la muerte. De la misma manera en que despertar es como soñar la vida. A veces ya no puedo distinguir cuál es cuál.

Jorge Luis Borges: Como argentino, me siento alejado de la corriente española. Me crié en Argentina teniendo la misma familiaridad con la cultura inglesa y francesa que con la española. Así que supongo que soy doblemente extranjero… pues incluso el español, la lengua en la que escribo precisamente como un extraño, se encuentra al margen de la principal tradición literaria de Europa.

Seamus Heaney: ¿Cree usted que existe algo semejante a una tradición hispanoamericana… aceptando el hecho de que todas las tradiciones deben ser imaginadas antes de aparecer?

Borges: Es cierto que la idea de la tradición implica un acto de fe. Nuestras imaginaciones alteran y reinventan el pasado todo el tiempo. Sin embargo, debo confesar que a mí nunca me convenció mucho la idea de una tradición hispanoamericana. Por ejemplo, cuando viajé a México, me encantó su rica cultura y literatura nativa. Pero sentí que no tenía nada en común con ella. No pude identificarme con su culto al pasado de los indios. Argentina y Uruguay difieren de la mayor parte de los demás países latinoamericanos en el sentido de que poseen una mezcla de las culturas española, italiana y portuguesa que ha dado lugar a un ambiente más europeo. Por ejemplo, la mayor parte de nuestras palabras coloquiales en el español argentino son de origen italiano. Yo mismo desciendo de ancestros portugueses, españoles, judíos e ingleses. Y los ingleses, como nos lo recuerda Lord Tennyson, son una mezcla de muchas razas: “sajones y celtas y daneses somos”. No existe tal cosa como la pureza racial o nacional. Y, aunque así fuera, la imaginación trascendería tal cosa dado que no existe una cultura específicamente argentina que pudiera llamarse “latinoamericana” o “hispanoamericana”. Los únicos verdaderos americanos son los indios. Los demás son europeos. Por lo tanto, me gusta pensar que soy un escritor europeo en el exilio. Ni hispánico ni americano ni hispanoamericano, sino un europeo expatriado.

Heaney: T. S. Eliot habló de “toda la mente de Europa”. ¿Cree haber heredado parte de esta mente a través del tamiz español?

Borges: En el argentino no existe ninguna alianza exclusiva a una sola cultura europea. Como dije, podemos tomar cosas de varias lenguas y literaturas europeas distintas… tal vez adoptar “toda la mente de Europa”, si es que existe algo semejante. Pero precisamente debido a nuestra distancia de Europa también tenemos la libertad cultural o imaginativa para mirar, más allá de Europa, hacia Asia y otras culturas.

Richard Kearney: Como lo hace usted en su propia ficción al invocar con frecuencia las doctrinas místicas del budismo y del Extremo Oriente.

Borges: El hecho de no pertenecer a una cultura “nacional” homogénea tal vez no sea una pobreza sino una riqueza. En este sentido, soy un escritor “internacional” que reside en Buenos Aires. Mis ancestros provinieron de muchas naciones y razas distintas, como lo he mencionado, y pasé gran parte de mi juventud viajando por Europa, en particular por Ginebra, Madrid y Londres. en donde aprendí varias lenguas nuevas, alemán, inglés antiguo y latín. Este aprendizaje multinacional me permite jugar con las palabras como hermosos juguetes, entrar, como lo dijo Browning, en “el gran juego del lenguaje”.

Heaney: Me parece muy interesante que su inmersión en varias lenguas durante su infancia, y sobre todo en el español y el inglés, le haya dado ese sentimiento del lenguaje como un juguete. Sé que mi propia fascinación con las palabras estuvo estrechamente relacionada con el hecho de que aprendiera latín cuando era niño. Y la fatigué. También aprendí mucho de él.

Kearney: ¿Y qué opina de Beckett, tal vez el discípulo literario irlandés más cercano a Joyce? El parece compartir con usted una obsesión con la ficción como un laberinto autoescrutador de la mente, como una parodia eternamente recurrente de sí misma…

Borges: Samuel Beckett es muy aburrido. Vi su obra Esperando a Godot y eso me bastó. Me pareció que era una obra muy pobre. ¿Para qué tomarse la molestia de esperar a Godot si él nunca llega? Qué cosa tan tediosa. Después de eso, ya no tuve deseos de leer sus novelas. n

Traducción de Katia Rheault

Ley de imprenta

Ley de imprenta

Afrentas públicas

Por Raúl Trejo Delarbre

La Ley de Imprenta en México no se acata casi nunca, pero tampoco se reforma ni actualiza. Se trata de una ley promulgada en 1917, suspendida en el limbo de la inutilidad y el miedo a legislar.

La Ley de Imprenta, vigente hoy en día, mantiene los mismos resquemores que la definen desde que fue promulgada por Venustiano Carranza, en abril de 1917. Abandonada en sitios por fortuna inaccesibles en los desvanes del sistema judicial, desconocida por los editores de diarios y revistas, desatendida por casi todos, la Ley de Imprenta obedece a las discordias políticas y a la debilidad de la sociedad cuando todavía no se cumplían dos décadas de este siglo. Acababa de concluir la lucha armada; el país apenas edificaba sus primeras instituciones; tribunales, partidos y prensa eran notablemente débiles cuando no inexistentes: tal era el contexto en el que surgió esa ley. Pero aun cuando se trata de un ordenamiento para una circunstancia en la que ya no vive México, la Ley de Imprenta sigue vigente. No se le acata casi nunca. Pero tampoco se le reforma ni actualiza.

La Ley de Imprenta reconoce una prerrogativa esencial de la sociedad ante la prensa: el derecho de réplica. La rectificación que haga el aludido en un periódico tiene que publicarse al día siguiente de que se ha recibido y “en el mismo lugar y con la misma clase de letra y demás particularidades” con que se hizo el texto cuya corrección se pretende. Esa disposición prácticamente nunca se cumple. Cuando mucho, los diarios aglomeran las rectificaciones en su sección de cartas. De cualquier forma, el principio de equidad entre la prensa y el lector que en tal sentido establece la Ley de Imprenta es interesante.

El segmento más relevante de esa Ley, sin embargo, se dedica a tipificar tres clases de delitos. En primer lugar, se encuentran los ataques a la vida privada, entendidos, entre otras cosas, como “Toda manifestación o expresión maliciosa hecha verbalmente o por señales, en presencia de una o más personas, o por medio de manuscrito, o de la imprenta, del dibujo, litografía, fotografía o de cualquiera otra manera que expuesta o circulando en público, o transmitida por correo, telégrafo, teléfono, radiotelegrafía o por mensaje, o de cualquier otro modo, exponga a una persona al odio, desprecio o ridículo, o pueda causarle demérito en su reputación o en sus intereses”.

Es decir, esa ley no sanciona solamente delitos de prensa. Una mentada de madre en la calle, o un mensaje injurioso a través de la Internet, podrían caber en la anterior definición. Pero para que tales expresiones sean consideradas como delito, es necesario que se compruebe que el afectado ha sido expuesto “al odio, desprecio o ridículo”. Esos delitos, si causan “afrenta ante la opinión pública”, son castigados con prisión de hasta dos años y multa que puede llegar a mil pesos (hay que recordar que las sanciones pecuniarias, como el resto de la Ley, corresponden a parámetros de hace más de ochenta años).

En segundo lugar, están los ataques a la moral. Esos son aquellas manifestaciones que, por los medios anteriormente descritos, “defiendan o disculpen, aconsejen o propaguen públicamente los vicios, faltas o delitos, o se haga la apología de ellos o de sus autores”. También son ataques a la moral las expresiones con las que “se ultraje u ofenda públicamente el pudor, a la decencia o a las buenas costumbres, o se excite a la prostitución o a la práctica de actos licenciosos o impúdicos”.

Con tales preceptos, siempre está abierta la posibilidad de que en la sanción de ese delito prevalezca la opinión subjetiva del juez. Las costumbres pueden ser buenas o no, decentes o indecorosas, según el discernimiento de quien las evalúe. La Ley de Imprenta no ayuda nada cuando establece cuáles son los actos considerados como impúdicos: “todos aquellos que, en el concepto público, estén calificados de contrarios al pudor”.

Los ataques a la moral son castigados con arresto de hasta seis meses y multa que puede llegar a los 500 pesos.

El tercer delito establecido en la Ley de Imprenta es el ataque al orden o a la paz pública. Por tal se entiende, entre otras expresiones, “toda manifestación o exposición maliciosa hecha públicamente por medio de discursos, gritos, cantos, amenazas, manuscritos, o de la imprenta, dibujo, litografía, fotografía, cinematógrafo, grabado o de cualquier otra manera, que tenga por objeto desprestigiar, ridiculizar o destruir las instituciones fundamentales del país; o con los que se injurie a la nación mexicana, o a las entidades políticas que la forman”.

Los ataques al orden o la paz pública son castigados con prisión hasta de un año, si se trata de agravios de carácter general. Sin embargo, si las injurias son contra el Congreso, la Suprema Corte, el Ejército o la Armada, la prisión mínima será de 3 meses y la máxima de dos años. Si el ofendido es el Presidente de la República, la pena es de hasta un año y medio pero además hay una multa de cien a mil pesos. Si se insulta a un secretario de Estado, al Procurador General o a un gobernador, el arresto es de hasta un año y la multa de 50 a 500 pesos.

El tabulador de vituperios incluye multas de hasta 200 pesos con arresto de no más de tres meses a quien injurie a un agente o funcionario público. Es decir, sale más barato insultar al policía de la esquina que a un secretario de Estado y una afrenta al Congreso no cuesta dinero, pero la prisión puede ser hasta de dos años.

La Ley de Imprenta, con preceptos como ésos, es una fuente de represalias potenciales contra la libertad de información y opinión. Si la arcaica concepción que propone como moral pública se cumpliera, muchos diarios y revistas tendrían que dejar de circular, o suprimir expresiones a veces juguetonas, fotografías que llegan a ser gozosamente perturbadoras y hasta ciertos espacios ahora de moda en el Aviso de Ocasión. Si se defendiera la idea de orden público allí establecida, serían censurados muchos comentaristas que hacen de la malicia un estilo o un recurso y, desde luego, serían abrogadas las caricaturas políticas.

Cuando se mencionan esos riesgos, hay quienes responden que la Ley de Imprenta ya no se aplica, así que no existe motivo para temer sus posibles consecuencias. Si es así, ¿entonces por qué sigue estando vigente? ¿No sería mejor derogarla y tener una ley más actual, congruente con el ejercicio de libertades y las necesidades de la sociedad de nuestros días?

Más preocupantes que los riesgos son las lagunas de esa ley. Un ciudadano cuya vida privada ha sido invadida por el fisgoneo de la prensa sólo puede defenderse si demuestra que ha quedado expuesto al “odio, desprecio o ridículo”, situaciones harto difíciles de probar. En la legislación penal se contemplan los delitos de difamación e injurias, pero con exigencias tan tortuosas que los procesos legales por esa causa suelen ser interminables, o intransitables.

La Ley de Imprenta en México no contempla la principal garantía que suelen incluir las legislaciones relacionadas con la prensa en todo el mundo y que es el derecho de los ciudadanos a contar con recursos legales para defenderse de posibles abusos de la prensa. En cambio, contiene disposiciones riesgosas para el ejercicio de las libertades de información y opinión. La solución no es ignorar, ni olvidar a la Ley de Imprenta. Tampoco bastaría con derogarla, porque el trato entre los medios y la sociedad sigue requiriendo de una legislación pero no como la que tenemos ahora.  n

Raúl Trejo Delarbre. Periodista. Director de Etcétera. Es autor de Volver a los medios.

Ciencia Política a l’ancianne

Ciencia política a l’ancienne

Por Jean François Prud’Homme

El libro más reciente de Soledad

Loaeza es un estudio amplio sobre los orígenes y la trayectoria del PAN. Su campo de acción se extiende hasta la misma historia política de México.

El primer aspecto que llama la atención de El Partido Acción Nacional: La larga marcha es la manera en que la reflexión y el análisis se inscriben en otro tiempo: el de la coyuntura del organizador. Esto permite que estemos frente a una obra original que acepta el reto de la interpretación en el largo plazo. Hay allí una exigencia de consistencia que ha sido bien respondida. En el libro encontramos muchas de las ideas y conclusiones que ha formulado antes Soledad Loaeza acerca de Acción Nacional y de la vida política mexicana. Sin embargo, esas ideas y conclusiones han sido reexaminadas y adaptadas para insertarse en un marco de interpretación general del proceso de cambio político mexicano en lo que va del siglo. No esperen encontrar aquí una compilación de artículos ya publicados. El libro tiene un contenido original, rico y denso. El Partido Acción Nacional: La larga marcha es resultado de una también larga y seria trayectoria académica.

Como en todo producto de larga maduración encontramos en la obra ideas de fuerza que le dan coherencia y distinción así como matices y detalles que aportan riqueza y complejidad y que se pueden leer como varios subtextos.

Existen varias tradiciones de análisis en la ciencia política para abordar el tema de los partidos: algunas insisten en los aspectos relativos a la organización, que se haga mediante el estudio de las estructuras o de los procesos; otros privilegian a los hombres, a sus ambiciones y estrategias. En este aspecto el libro de Soledad Loaeza se inscribe más bien en una tradición clásica de inspiración europea que otorga un peso importante a las ideas que reúnen a los individuos en un mismo proyecto político, y a partir de allí estudia otros aspectos de las organizaciones partidistas. Uno piensa en los trabajos del alemán Von Beyme en torno a las familias de partidos o en la obra del francés Georges Lavau en torno al Partido Comunista Francés. Todo ello se combina muy bien con una tradición de la ciencia política mexicana que ha sido desarrollada en esa misma institución. Estamos frente a un sólido libro de ciencia política a l’ancienne y adscribo un sentido positivo a la expresión.

Esa tradición se expresa en la estructura general de cada uno de los capítulos. El análisis cronológico de la historia de Acción Nacional se desarrolla tomando en consideración primero el contexto cultural que nos habla de un Zeitgeist, de las ideas como forjadoras de marcos de interpretación de la realidad y como estímulos para la acción. Después se toma en consideración la coyuntura como expresión del carácter único de la historia y de la política tanto en sus dimensiones internacionales como nacionales —me imagino que hay aquí un guiño de ojo a Raymond Aron—. Luego se examinan las instituciones políticas en su relación de interdependencia con los actores colectivos que mediante ellas interactúan. Y, finalmente, se habla de los hombres, de sus motivos y de su convivencia en el seno de una organización.

Todo ello da por resultado un estudio denso, sólidamente documentado, complejo, que aporta una interpretación novedosa no sólo de Acción Nacional sino también de la historia política moderna del país.

Dada la riqueza del estudio, no voy a dar cuenta de él de manera exhaustiva. Me voy a limitar a mencionar los que me parecen los dos argumentos principales de la autora y algunas ideas que dan cuenta de la originalidad de la obra. El primer argumento es sencillo y bien desarrollado a lo largo del libro: la historia del PAN no puede ser analizada fuera del proceso de modernización del país. Soledad Loaeza nos habla de la “densidad histórica de las instituciones” y coloca en una relación de interdependencia y a veces de reflejo al entramado político institucional —el Estado— y a las organizaciones que en él interactúan. Eso le permitirá llegar a sus conclusiones sobre la institucionalización tardía de Acción Nacional.

El segundo argumento concierne más directamente a la evolución misma de Acción Nacional. Hasta los años ochenta, Acción Nacional ha sido una organización débil que ha dependido en parte de sus alianzas coyunturales con otras organizaciones de vocación más social sin que eso signifique pérdida de identidad; en parte de la dinámica de evolución del sistema político —allí hay algo que tiene que ver con la variable voluntad presidencial— y en parte con el contexto cultural general relacionado a las ideas disponibles en la familia ideológica de Acción Nacional. A pesar de esa situación de heteronomia, Acción Nacional logra constituir un acervo de recursos (ideas, doctrina, organización) que permite su consolidación e institucionalización como partido político en la década de los ochenta. Más allá de esos argumentos, hay otras ideas cuyo desarrollo constituye los subtextos de la obra.

En el capítulo que trata de los orígenes del PAN y que busca sus filiaciones en las ideas de la derecha laica europea del periodo de la entreguerra —especialmente la influencia del gobierno de Miguel Primo de Rivera sobre las concepciones de Manuel Gómez Motín—, aparece en filigrana una reflexión muy interesante sobre la relación entre liberalismo, conservadurismo y democracia representativa en México. El periodo de la entreguerra en el mundo presenta esa característica curiosa de producir modelos de gobierno antagónicos a partir de cuerpos de ideas que muchas veces presentan similitudes parciales y cuyos efectos políticos son difícilmente previsibles en términos de desenlace democrático u autoritario. Soledad Loaeza realiza un interesante trabajo de genealogía de esas ideas y rastrea las paradojas de su destino político. La autora parece sugerir que existe un interesante juego de reversión de los signos sobre todo cuando a partir de los años ochenta se empiezan a releer algunos elementos de la doctrina panista desde una perspectiva liberal democrática. Esas ideas constituyen un terreno fértil para reflexionar sobre el destino político de algunas tradiciones de pensamiento político en el país.

El libro es también una reflexión sobre el proceso de “modernización política” que ha vivido el país a lo largo de casi todo un siglo. Uso la expresión “modernización política” en el sentido que le ha dado una corriente de la ciencia política contemporánea. No en balde Soledad Loaeza reconoce en sus agradecimientos la influencia de politólogos como Dahl, Huntington y Linz. Esas influencias están también presentes en el trabajo y se agregan a las que mencioné anteriormente. La insistencia en el concepto de modernización política permite apreciar cada periodo de la historia de Acción Nacional en su contexto específico.

Hay una voluntad explícita y bien lograda de comprender en coyunturas dadas la acción del PAN y de los otros actores políticos en función de los recursos culturales, sociales y políticos disponibles en el momento. Esa perspectiva evita aplicar al pasado percepciones actuales de la política. Me parece especialmente sano cuando nos referimos al tema de la democracia política: da lugar a explicaciones más complejas y potentes.

Si a lo largo del trabajo el acento está puesto en la dimensión del cambio, hay sin embargo un lugar para la continuidad. El dilema que vivió el PAN a lo largo de su historia entre participación y abstención en el sistema político está presente en todo el libro, sobre todo cuando se trata de explicar los conflictos internos. Es un dilema que ahora vuelve a manifestarse, aunque con menos intensidad, en el diseño de las estrategias legislativas de esa formación política. Lo interesante es que Soledad Loaeza le da dimensiones de tragedia clásica en donde los imperativos de la acción política y los de la moral se enfrentan frecuentemente. Esa tragedia tiene a sus héroes en el sentido también clásico de la palabra: Manuel Gómez Morín, el pragmático, y Efraín González Luna, el doctrinario. Detrás de la complementaridad aparente de la concepción política de esas dos personalidades fundadoras del PAN, yace una tensión latente que se manifestará de modo recurrente en la historia del partido. Es como si ambos hubieran dejado en herencia modelos culturales de identidad partidista que son a la vez condición de sobrevivencia y origen de crisis fuertes. El tema del dilema de la oposición leal no es nuevo: Soledad Loaeza lo había planteado antes. Sin embargo, su aplicación a la definición de modelos de cultura partidista resulta especialmente interesante. Es una pista que se abre a la exploración.

Cuando se construye una perspectiva de análisis, se opera un proceso de selección entre dimensiones y variables: se pone el acento en ciertos aspectos en detrimento de otros. Hay dos elementos que están presentes constantemente en el estudio pero que por momentos desaparecen de las conclusiones parciales.

He mencionado que uno de los argumentos principales se refiere al proceso de institucionalización de la organización: hasta el inicio de los años ochenta, el desarrollo de dicha organización parece marcado por el signo de la heteronomia, es decir que el destino del PAN aparenta depender en gran medida de circunstancias externas a las cuales aludí antes. En los pormenores del análisis de los periodos de cambio en el seno de la organización se menciona el papel de los distintos grupos y de los dirigentes en la elaboración de estrategias de adaptación al nuevo entorno. Sin embargo, no se recupera esa dimensión en las conclusiones parciales. Eso me deja con una pregunta: durante todo ese periodo, ¿cuál fue la posibilidad real de los panistas de influir sobre la sobrevivencia y el destino de su organización?

El libro constituye una magnífica e invaluable fuente de información sobre la relación entre grupos y facciones en el seno del PAN a lo largo de su historia. En su análisis sobre influencia de las ideas en el surgimiento de Acción Nacional, Soledad Loaeza insiste en la concepción secular y moderna en la política preconizada por Gómez Morín. Esto me lleva a preguntarme sobre el papel de las reglas y procedimientos en el mantenimiento de la cohesión interna de Acción Nacional. Llama la atención el hecho de que las crisis y escisiones que se han dado en ese partido nunca hayan permitido la creación de una opción opositora que le hiciera la competencia al propio PAN. ¿Cuál es el papel de las reglas y procedimientos en el mantenimiento de la cohesión interna de ese partido?

Para terminar quisiera mencionar otra gran cualidad del libro que constituye en sí un ejemplo para estudios futuros sobre partidos políticos en México. A lo largo del texto, llama la atención la distancia y objetividad con que Soledad Loaeza aborda su objeto de estudio. El libro está marcado por la voluntad de entender y explicar la historia del Partido Acción Nacional y del sistema político mexicano. Hay sin embargo una preferencia que expresa la autora en sus conclusiones. Y es una preferencia muy sana para quien estudia a los partidos políticos: “los partidos siguen siendo las instituciones más apropiadas para encauzar una relación dinámica y fluida entre el poder y sociedades heterogéneas. La historia del siglo demuestra que puede haber partidos sin democracia, pero que sin partidos no hay democracia”.  n

Jean Francois Prud’homme. Politólogo. Profesor-investigador de El Colegio de México.

Laura Díaz y Carlos Fuentes: La Edad De Sus Tiempos

Puerto libre

Laura Díaz y Carlos Fuentes: La edad de sus tiempos

Por Ángeles Mastretta

Me maravilla Carlos Fuentes. Cada vez más, con cada novela otra vez: vertiginoso y libre, desafiante y apasionado. Por eso me alegra y le agradezco el privilegio de acompañarlo ahora en la lectura de un capítulo de Los años con Laura Díaz, libro extraordinario entre los extraordinarios libros de Fuentes. Libro entrañable, cercano, inteligente, generoso. Libro para dormir abrazándolo. Para llevarlo de un lado a otro y usarlo de talismán, igual que hacíamos, hace ya un cuarto de siglo, las lectoras de Carlos que entonces teníamos veinte años y hoy casi cincuenta. Hubiéramos querido volvernos sus personajes o dar con alguno de ellos a media calle.

¿Cuántos personajes de los creados por la imaginación aventurera y despiadada de Carlos Fuentes se han vuelto parte de la imaginación colectiva en nuestro país?

Mientras leía Los años con Laura Díaz se me aparecían en sueños sus mujeres desbordadas, sus hombres incandescentes. Al terminar de leerlo supe que me pertenecían para siempre, que el siglo de Laura Díaz era con precisión el de cada uno de nosotros, y que el mundo real puede caber como un vértigo en seiscientas páginas desconcertantes y bellas como los milagros.

Las mujeres y los hombres. El paisaje, las casas, los patios, los caminos, el polvo y los amores de cada una de las historias que hacen este libro prodigioso, se acomodan en nuestro ánimo y nuestra memoria como en el fondo de un acantilado. Pero no sólo el polvo y el aire de México, no sólo muchos de sus hombres y mujeres, no sólo su idioma más ruin, su palabra más suave, son los inolvidables personajes de este libro, sino Fuentes mismo, el narrador como testigo incansable, como el más ávido de los escuchas, como el más vehemente de los que hablan, termina por convertirse en uno de sus mejores personajes.

Sucede con muchos de sus libros, pero con éste quizá más que con ninguno. En el fondo mismo de la historia, igual en los detalles y en los guiños, aparece tramado, sin ambages, con toda claridad, el escritor, el hombre Carlos Fuentes con su voz como una espada, como una alegoría, como un ruego: aquí estoy, éste soy yo, esto tengo que decirles porque me duele y me arrebata, de estas urgencias estoy hecho y con estas historias quiero acercarme al mundo para tratar de comprenderlo y mejorarlo.

Es una bendición haber dado con Carlos Fuentes. Es una bendición compartir con él este siglo que Laura Díaz supo vivir con la plenitud y el valor de una diosa.

Casi siempre es mejor leer a un escritor que tratarlo, casi siempre es más fácil quererlo por su palabra escrita que por su voz, casi siempre admiramos de lejos a quienes nos cuesta lidiar de cerca. No es el caso de Fuentes. Tratar y querer a Fuentes, son dos cosas en una. Le agradezco a la vida y no se me ocurre cómo explicarle a él los tamaños de la alegría que es verlo ir por el mundo y por la literatura con el valor y la generosidad suyos.

Me he preguntado: ¿qué cualidades y desvarios, qué pasiones y olvidos convierten al escritor Fuentes en el personaje Fuentes? Y creo que la respuesta no puede generalizarse, que cada quien recibe sus propias claves, cada quien descifra o disfruta el enigma con lo que va encontrando en Carlos.

No puedo olvidar la tarde en que conversando en torno al tiempo, detuvo el gesto de avidez con que acostumbra mirar el mundo y dijo como si hablara consigo mismo:

—Yo lo que temo del tiempo es que no me alcance para escribir todo lo que me falta.

      —¿Pero cuánto te falta? —le pregunté.

—Muchísimo —contestó.

—¿Todavía no te basta con lo que has hecho? —le pregunté pensando en las más de diez mil cuartillas que entonces había puesto por el mundo para contarlo de una manera ferviente, intrépida. inagotable.

Fuentes tiene torcido el dedo índice de la mano derecha porque algo de sí mismo se ha negado a la modernidad implacable de su viajera vida. Así que no sólo ha escrito más de diez mil cuartillas, sino que las ha escrito en una vieja máquina mecánica y con un único dedo.

—Ya no recuerdo lo que he escrito —dijo—. Sólo pienso en lo que me falta escribir.

Yo no imaginaba qué podría faltarle, pero entonces no había escrito ni El naranjo ni Los años con Laura Díaz y parecía tener la certeza de que eso y más le faltaba.

Casi siempre los libros de Fuentes invocan su obsesión por el tiempo, pero yo sólo hasta esa tarde me di cuenta de qué manera carga este hombre con un reloj sobre los hombros.

“El talento se mide en cuartillas” decía Jules Renard para torturarse porque no era prolijo. Fuentes no puede hacerse tal crítica ni de chiste, sin embargo, está seguro de que le falta escribir mucho. No sólo no se le han acabado los temas, como les ha sucedido a otros escritores de su generación desde hace unos veinte años, sino que guarda muchos apretando su corazón. Prueba de eso es este libro que hoy nos reúne, este libro catártico, hermoso, rico, lleno de amores y trifulcas brillantes y nuevos. Este libro como escrito por un joven muy joven, por alguien urgido de contar el mundo todo, como si fuera la primera vez que lo cuenta.

Carlos tiene setenta años, se ve como de cincuenta y es dueño de un cuerpo tan incansable como el de un adolescente.

Así las cosas escribirá unos treinta años más. Lo que asegura por lo menos otras diez mil cuartillas.

¿Cuál de sus personajes ha sido capaz de una fortaleza comparable? No Artemio Cruz, y eso que fue de piedra; ni Aura que en su afán por asir el tiempo es capaz de matar lo que más ama; ni siquiera Ixca Cienfuegos que era eterno. Sí Laura Díaz: incandescente, ávida, luminosa e iluminada por la curiosidad, los amores, la urgencia de rendirle tributos a la vida. Laura Díaz es Carlos Fuentes más que ningún otro de sus personajes.

Los personajes son seres reales o imaginarios que se graban en la esperanza y fecundan los recuerdos de otros.

Para conseguir esto han sabido estar cerca, como están cerca de nosotros los hombres y mujeres que duermen o reviven en los libros.

Yo creo que Carlos Fuentes, junto con Laura Díaz, es el más bravio de sus personajes, creo que su pasión por las palabras es la más intensa de todas las pasiones que ha sabido contarnos Fuentes, creo que ha recorrido con celo y avidez cada círculo de su tiempo, creo que ha logrado quedarse como un lujo en el ímpetu y la memoria de otros.

Fuentes es un hombre que no puede separar su trabajo literario de su intensa aventura personal. Leer, imaginar y revivir Los años con Laura Díaz arraigó en mi ánimo la certeza de la ineludible alianza entre el Fuentes creador y el Fuentes ser humano.

Dijo Cortázar y quiero decir junto con él pensando en Carlos Fuentes:

Sigo tan sediento de absoluto como cuando tenía veinte años, pero la delicada crispación, la delicia ácida y mordiente del acto creador o de la simple contemplación de la belleza, no me parecen ya un premio, un acceso a una realidad absoluta y satisfactoria. Sólo hay una belleza que todavía puede darme ese acceso: aquella que es un fin y no un medio y que lo es porque su creador ha identificado en sí mismo su sentido de la condición humana con su sentido de la condición de artista.

El Carlos Fuentes que trabajó y está completo en Los años con Laura Díaz nos concede esta belleza, nos regala la realidad absoluta y satisfactoria de un escritor que identifica cabalmente su sentido de la condición humana con su sentido de la condición de artista. Es un premio tenerlo con nosotros.  n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía. Este texto fue leído el mes de junio en la ciudad de Chicago para presentar Los años con Laura Díaz de Carlos Fuentes.

Frente Nacional Opositor: En la ruta falsa

Frente Nacional Opositor: En la ruta falsa

Por Gilberto Rincón Gallardo

La formación de una coalición total que una a todas las oposiciones al PRI, y tenga como eje la alianza PRD-PAN, en el marco de la competencia por la sucesión presidencial, es, hoy por hoy, un tema central en el debate político, de cuyo desenlace dependerá buena parte de la conformación del escenario electoral del año 2000, que pondrá en juego la presidencia de la República por primera vez en la historia contemporánea de México.

En el emplazamiento lanzado por el PRD para formar un frente nacional opositor, se insiste en que la única posibilidad de acabar con la larga inercia autoritaria del PRI está en formar una alianza en torno a un candidato con suficiente fuerza como para concitar el mayor apoyo ciudadano posible.

En el PAN y el PRD existen posiciones que abogan por una candidatura común a la contienda presidencial: sin embargo, rápidamente se enfrentan a la enorme dificultad que representa el hecho de que tanto el PAN como el PRD tienen candidaturas consolidadas que reclaman la bandera de una oposición con capacidad de triunfo y ambos, además, son adversarios naturales de orden primordial en la confrontación política nacional. La candidatura de Vicente Fox lleva un camino andado de tres años en esta empresa y ha formado, inclusive, una fuerte estructura orgánica propia. El PRD, por su parte, es un partido que se ha construido durante diez años alrededor de una idea: armar la plataforma que dé sustento a una Presidencia de la República conquistada por Cuauhtémoc Cárdenas.

En esta ruta, el Partido de la Revolución Democrática lanzó la iniciativa de un frente nacional opositor y emplazó al Partido Acción Nacional a algo que más parece una coartada para responsabilizar a ese instituto político por su falta de decisión de liquidar al PRI.

Un día antes de la reunión de Zacatecas, donde se emprendió la marcha a la Constitución del Frente Nacional Opositor, el dirigente nacional del PRD, en referencia al PAN, reiteró en una nota publicada en el periódico Reforma: “si ellos se sienten más obligados consigo mismos que con el pueblo de México, pues es problema de ellos”. Y a renglón seguido dice la nota: “advirtió que en caso de que el PAN se rehuse a ir a una alianza, el PRD convocaría a los disidentes panistas para que se unieran a la coalición”.

¿En qué país se ha visto que la búsqueda sincera de una alianza vaya acompañada de una acusación anticipada de culpa por la cual le caería al convocado el peso de la historia en caso de no aceptar y que, además, junto con la convocatoria vaya la amenaza de dividirlo si opta por la negativa?

El 15 de mayo en Zacatecas asomó el inicio del frente opositor en un acto del PRD acompañado por el Partido del Trabajo y Convergencia Democrática en donde el nuevo estratega del cardenismo de hoy, Ricardo Monreal —según el periódico Reforma del día 16— “advirtió que el candidato de la alianza ya está y lo único que falta es un proceso de elecciones primarias que legitime el abanderamiento de Cárdenas”.

La dirigencia nacional del PRD ha declarado que, para definir su estrategia electoral, sólo está a la espera de la respuesta panista. El PAN, por su parte, ha nombrado una comisión que se encargará, sin poderes de decisión, de recabar información acerca de todas las vías de coalición que sean posibles a fin de dotar al partido con argumento para decidir al respecto. A la fecha de escribir este comentario, Acción Nacional no ha respondido que sí a la coalición. Tampoco ha dicho formalmente que no.

Una respuesta favorable a esta proposición sólo podríamos imaginarla en el caso de un acontecimiento extraordinario que no ha ocurrido. Ahora no se ve nada que indique la probabilidad de que Acción Nacional comience a caminar por esa ruta.

Aunque no existe un impedimento real para la formación de una coalición PAN-PRD, la obligación legal de que las coaliciones actúen como si se tratara de un único partido supone sacrificios impensables tanto en uno como en el otro. El PRD sigue actuando sin concreción alguna, bajo la supuesta sombra de la expectativa de alcanzar el poder presidencial; razón única para animar la decisión a favor de la candidatura común. No obstante, la simple aritmética electoral puede no ser tan suficiente si el propósito fuera visto en su complejidad a partir de la realidad; por ejemplo, un proyecto de alternancia medianamente funcional y con cierta identificación en el rumbo por el que debe caminar el país, para dar a ese proyecto una congruencia elemental.

Una política de alianzas, aquí y ahora, no sólo debería suponer un nuevo reparto del poder, sino también, y sobre todo, una serie de proyectos agregados y compartidos que puedan generar soluciones congruentes para los grandes problemas  socio-económicos del país. El gran dilema para el PRD y el PAN reside, precisamente, en que sus respectivas identidades e historias políticas hacen muy difícil tal identificación, que vaya un punto más allá de la derrota del PRI.

Ciertamente, el PAN y el PRD parten de una certeza básica: las elecciones del año 2000 son una oportunidad inédita para desalojar al PRI del poder. De hecho, todas las expresiones opositoras en su conjunto —anteriores y nuevas— comparten la percepción de una debilidad priista que implica, por primera vez en la historia moderna del país, la posibilidad de que el PRI pierda el poder presidencial. En este sentido, el antipriismo que une al PRD y al PAN es la otra cara del convencimiento de que ha llegado la hora de la alternancia en el Ejecutivo Federal. Cada uno de estos partidos se siente abocado a ser el sucesor que concrete la fase final de la democratización del país.

Existe, además, otro elemento que pesa mucho en esta convocatoria: la posibilidad de que una competencia entre los tres partidos mayores, actuando por separado, conduzca a una nueva victoria del PRI y, por tanto, a la recomposición de su dominio. La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿tal coincidencia en un elemento negativo, el antipriismo, es suficiente para dar lugar a un proyecto de gobierno capaz de generar la fortaleza institucional que el país requiere en la transición democrática mexicana?

El antipriismo que sostiene este proyecto de coalición no es tan homogéneo como pudiera creerse. Aunque, en efecto, el PRD y el PAN buscan la derrota del PRI bajo el efecto del triunfo electoral de cada uno, sus razones son distintas. Y esta diferencia es crucial, porque en ella reside el verdadero límite para cualquier acuerdo político entre ambas formaciones. El PRD echa de menos la política del nacionalismo revolucionario, es decir, el modelo paternalista, corporativo y populista fomentado por el general Cárdenas en los años cuarentas y que llegó a su límite histórico hacia 1982. El PAN.  Por el contrario, ve en ese modelo el mayor riesgo para la modernización y consolidación democrática del país. Las conductas recientes de cada partido respecto del Fobaproa. Los presupuestos federales y, en general, del modelo económico y financiero que debe prevalecer en el país, son el mejor ejemplo de la brecha que existe entre ambos partidos. En este terreno, el PAN ha estado mucho más cerca de las últimas reformas que han abierto el rumbo de la modernización económica emprendida por los últimos tres gobiernos. Del otro lado el PRD nació como antítesis de este rumbo y ha visto su razón de existir en la conversión en su contrario, a costa, muchas veces, de su propia propuesta en positivo. ¿Por qué, entonces, una candidatura común habría de borrar las profundas diferencias de identidad política entre las dos principales fuerzas de las oposiciones? Más aún, ¿por qué habría de construirse una coalición electoral sin una serie indispensable de políticas públicas viables para la nación?

A las puertas del siglo XX, no puede negarse que México requiere una alternancia en el poder presidencial. La liberalización política del país podrá culminarse si, gracias a los recursos democráticos, la inercia autoritaria del PRI llega a su fin. No obstante, una alternancia sin programa sería una alternancia sin rumbo. La búsqueda del poder a toda costa sólo conducirá al sacrificio de la posibilidad de generar tanto las políticas de Estado como los consensos necesarios para enfrentar las grandes desigualdades sociales y el debilitamiento institucional que ya estamos padeciendo.    n

Gilberto Rincón Gallardo. Director de Democracia Social.

Ambiciones imperiales

Ambiciones imperiales

Por Eduardo Limón

La saga de La guerra de las galaxias continúa. La nueva trilogía inicia con La amenaza fantasma. un regreso a los orígenes de la historia, antes del Imperio, antes de Darth Vader. Hace mucho, mucho tiempo, en un cine lejano (el ahora extinto Pedro Armendáriz, o en algún multicinema horroroso de Plaza Universidad), quienes hasta ese momento sólo habíamos tenido acceso al entusiasmante terreno todopoderoso de los efectos especiales y la ciencia ficción —el mejor coctel alborotador de las neuronas infantiles que deben acompañarnos para toda la vida—, gracias a Los Invasores, Perdidos en el espacio y, más adelante, Fuga en el siglo XXIII, atestiguamos, con los ojos bien abiertos, que las cosas en el universo de nuestra psique ya no serían iguales. Había llegado la alucinante mitología de La guerra de las galaxias, y con ella naves creíbles, armas envidiables y el descubrimiento de vidas heroicas en planetas de nombres hoy tan familiares como Tattooine, Alderaan, Endor…

Concebida bajo los auspicios de la mente enfebrecida de un cineasta desconocido (sólo asomaba del anonimato por su cinta producida a guisa de trabajo de tesis THX 11/38), la saga de La guerra de las galaxias contempla tres libros que contienen una tríada de episodios respectivamente, instaurados de lleno en la más pura estructura del género “capa y espada”, que cuentan la gestación, reinado y caída de una institución malévola conocida llanamente con el nombre de El Imperio, que busca el control total de la galaxia. Como en toda narración épica, el pivote contrastante lo da a la historia el grupo de guerreros bondadosos que se unen en su lucha contra El Imperio bajo el nombre de Jedis. Su misión estelar consiste en salvaguardar los principios de La Alianza Galáctica de las oscuras ambiciones imperiales. Hasta aquí, todo es más ó menos claro, pero en algún momento de la escritura a George Lucas se le ocurrió aderezar su historia con la aparición de una serie de eventos y personajes que por sí mismos han merecido ya, por separado, un lugar en la aplastante mercachiflería literaria, ingenieril y juguetera que ha representado, hasta el día de hoy para Lucas Film. Ltd., ingresos que ya superan la friolera de los 4,000 millones de dólares. De manera que tenemos frente a nosotros no sólo tres exitosas películas, sino todo un fenómeno sociólogico. Millones alrededor del planeta acamparán, formando largas filas, frente a los 5.500 cines donde se exhibirá, a partir del 19 de mayo en Estados Unidos, la primer precuela de La guerra de las galaxias: Amenaza fantasma, en funciones con la posibilidad de disfrutar del vanguardista sonido Dolby Digital-Surround EX, que contiene, entre sus deslumbrantes cualidades, una nueva serie de bocinas que, colocadas justo en la parte trasera de la sala, y añadidas a las tradicionales Subwoofer delanteras y laterales. El espectador, ávido de conocer al pequeño Darth Vader y al prototípico C3PO, podrá disfrutar la sensación de ser cruzado por los disparos láser y los barrocos transportes que emplean las criaturas que pueblan esa galaxia tan lejana que llegó para ser atisbada recurrentemente hasta bien entrada la segunda década del siglo XXI.

Ahora llevaremos a nuestros hijos, o a la aspirante a convertirse en su madre, a atestiguar que los efectos especiales siguen cambiando tan rápido como nuevas generaciones de Silycon Graphics crecen en el interior de las computadoras hollywoodenses. Quién sabe si la vida le alcanzará a Lucas; quizás en el verano del 2016 pagaremos por recibir en nuestros monitores de televisión el estreno mundial del noveno y último capítulo de La guerra de las galaxias, donde conoceremos a esa gigantesca nave con vida propia que responde al nombre de Chimera.  n

Etnia vs Nación

Etnia vs. Nación

Por Enrique Florescano

El siglo XIX mexicano testificó la creación del Estado-nación. Fue un tarea que sacrificó la diversidad en nombre de un proyecto unitario más allá de las divisiones y las contradicciones internas. Esta idea —escribe Enrique Florescano en este ensayo que forma parte del libro Memoria indígena, de próxima publicación por editorial Aguilar— apenas comienza a ponerse en duda y trajo, entre muchas consecuencias, “la desvalorización de la historia y la memoria indígenas”.

El Estado que surgió de la guerra de liberación nacional abrió un horizonte al proyectismo político. Al fundarse el Estado se creó simultáneamente un sujeto nuevo de la narración histórica: el país integrado por todas sus partes. Por primera vez, en lugar de un virreinato fragmentado internamente y gobernado por poderes extraños, los mexicanos consideraron el territorio, las diferentes regiones que lo formaban, su diversa población y sus contradictorios pasados como una entidad unitaria. Independientemente de las divisiones y contradicciones internas, el Estado se contempló como una entidad territorial, social y política que tenía un origen, un desarrollo en el tiempo y un futuro comunes. Esta entidad que integraba en sí misma los diversos sectores de la nación se convirtió en el nuevo sujeto de la historia, y su aparición modificó la idea del pasado y la concepción de la nación. Como dice François Xavier Guerra, el verdadero dilema que enfrentaron los estados americanos que surgieron del desmoronamiento del imperio español fue justificar su acceso al rango de naciones. Antes de 1810, la Nueva España y los demás virreinatos americanos tenían un concepto antiguo de nación. La idea de nación que sostenían estos países era la de una sociedad estructurada en reinos y ciudades, en estamentos y corporaciones unidos por vínculos tradicionales hacia la patria, la religión, el rey y las leyes del reino. Es decir, se trataba de una nación forjada por la historia.

Frente a esa vieja idea de nación comenzó a definirse una nueva, fraguada en las Cortes de Cádiz y en las luchas independentistas americanas, y emparentada con la idea de nación formulada por la Revolución francesa. Para esta corriente la nación “está formada por la unión voluntaria de individuos autónomos e iguales. La nación, por lo tanto, es una construcción libre que depende de la unión de las voluntades. Esta construcción puede inspirarse en la historia como una fuente de experiencias, pero no depende en su esencia de ella”. Esta idea de nación adquirió su faz definitiva en la Constitución de Cádiz promulgada el 19 de marzo de 1812 cuando se inscribe la frase: “La soberanía reside esencialmente en la nación”. Es decir, “la soberanía de la nación reemplaza a la del rey”. La nación se “constituye” o, en otras palabras, “comenzaba a existir de una manera nueva”, era “una nueva fundación”.1

La realidad política producida por la Constitución de Cádiz le impuso dos grandes desafíos a los países hispanoamericanos: por un lado crear el Estado y, por otro, asentar sobre estos cimientos el edificio de la nación. “Se ha dicho a veces —afirma Guerra— que en la América hispana el Estado había precedido a la nación. Mejor sería decir que las comunidades políticas antiguas —reinos y ciudades— precedieron tanto al Estado como a la Nación y que la gran tarea del siglo XIX para los triunfadores de las guerras de Independencia será construir primero el Estado y luego, a partir de él, la nación —moderna”.2

La creación del Estado, es decir, del “ordenamiento jurídico que tiene como finalidad general ejercer el poder sobre un determinado territorio y al que están subordinados de manera necesaria los individuos que le pertenecen”,3 requirió casi un siglo para hacerse efectiva y tuvo un costo social alto. Significó el  enfrentamiento con tres fuerzas autónomas enraizadas en el territorio y la sociedad: la Iglesia, los cacicazgos regionales y los pueblos o comunidades indígenas. A estas fuerzas corporativas tradicionales se sumó el inmenso poder político que adquirió el ejército en el transcurso del siglo XIX. El conflicto entre el Estado y los grupos tradicionales que defendían derechos corporativos alcanzó una intensidad extraordinaria porque los representantes del orden antiguo opusieron una resistencia empecinada a los propósitos modernizadores impulsados por el Estado.

Con todo, a fines de ese siglo transido de violencia el Estado había doblegado a los hombres fuertes que antes imponían su ley en territorios dilatados y le había asestado un golpe fatal al poder económico y político de la Iglesia. Por primera vez el Estado logró que sus leyes y mandatos se obedecieran en los rincones más alejados de la República, y puso en pie un ejército moderno que instauró el orden en el territorio nacional. Sin embargo, ese mismo Estado poderoso seguía librando una guerra a sangre y fuego con los pueblos indígenas, principalmente en las tierras regadas por el río Yaqui y en la península de Yucatán. En esta última región, los mayas, animados por un espíritu inquebrantable, habían logrado fundir su antigua religiosidad con los símbolos cristianos y sostenían una guerra salpicada de tintes religiosos que fortaleció su identidad y les permitió mantener sus tierras hasta principios del siglo XX.

La forja de la nación enfrentó obstáculos aún más poderosos, y no sólo por la honda diversidad étnica y el tamaño de la desigualdad económica, política y cultural que dividía a la población. Como lo reconoció Mariano Otero con amargura a mediados de ese siglo, “En México no hay ni ha podido haber eso que se llama espíritu nacional, porque no hay nación”. Otro liberal de la generación de la Reforma, Ignacio Ramírez, argumentaba que detrás de la ilusión de una nación integrada, lo que en verdad había eran “cien naciones que en vano nos esforzamos hoy en confundir en una sola”.4

Richard Sinkin afirma que “el conflicto es un ingrediente propio del proceso de construcción de la nación”, sobre todo porque “implica una lucha entre diferentes valores”. Es decir, además de ser una lucha por el poder y, por tanto, un conflicto entre los grupos y clases que lo ambicionaban para sí, es también una “lucha entre diferentes valores”.5 En efecto, las contrastantes ideas de nación que animaban a las élites dirigentes y a la masa indígena y campesina, llevó a estos sectores al choque sangriento que dividió más al país y produjo una herida social que aún no hemos podido restañar.

En el México de comienzos del siglo XIX los pueblos indios, los mestizos, las castas, los criollos, las ciudades y las corporaciones sostenían ideas contradictorias de nación. Como afirma François Xavier Guerra, desde mediados del siglo había dos ideas de nación que luchaban entre sí. Por un lado estaba la nación compuesta por estamentos y grupos corporativos, cuya unidad se fundaba en las costumbres y tradiciones colectivas instauradas por el propio desarrollo histórico. Esta nación era “el producto de una larga historia, a lo largo de la cual se han forjado sus valores, sus leyes, sus costumbres, es decir, su identidad”.6 Por otro lado estaba la nación moderna, integrada por individuos iguales, que se consideraba soberana.7

El enfrentamiento entre los grupos étnicos tradicionales y la nación se produjo cuando se creó el Estado moderno, el llamado Estado-nación. Al contrario de la nación histórica, el Estado-nación es concebido como una asociación de individuos que se unen libremente para construir un proyecto. En esta concepción la sociedad no es más el complejo tejido de grupos, culturas y tradiciones formado a lo largo de la historia, sino un conglomerado de individuos que se asumen iguales. Luis Villoro observa que esta nueva idea de nación “rompe con la nación tradicional. Un pueblo ficticio de individuos abstractos reemplaza a los pueblos reales; una nación construida, a las naciones históricas”. El Estado-nación, en lugar de aceptar la diversidad de la sociedad real, tiende a uniformarla mediante una legislación general, una administración central y un poder único. La primera exigencia del Estado-nación es entonces desaparecer la sociedad heterogénea y destruir los “cuerpos”, “culturas diferenciadas”, “etnias” y “nacionalidades”.8 Para comprender el efecto decisivo que el Estado-nación tuvo en la creación de una nueva memoria histórica conviene recordar que la “homogeneización de la sociedad se realiza sobre todo en el nivel cultural”. Para construir a la nueva nación se unifica la lengua en primer lugar y enseguida el sistema educativo; luego se uniforma el país bajo un único sistema económico, administrativo y jurídico. Y en el caso de que en el mismo territorio convivan varias culturas y naciones, la cultura de la nación hegemónica sustituye a la multiplicidad de culturas nacionales. Como dice Gellner: “El nacionalismo es esencialmente la imposición de una cultura desarrollada a una sociedad en que hasta entonces la mayoría, y en algunos casos la totalidad de la población, se había regido por culturas primarias”.9

El proyecto de Estado-nación que maduró en México durante la segunda mitad del siglo XIX se impuso como misión prioritaria someter la diversidad de la nación a la unidad del Estado. Los constructores del Estado anhelaban una nación desprendida de las comunidades históricas que habían formado a la nación plural. Puede entonces decirse que en México la “nación moderna no nace de la federación y convenio entre varias naciones históricas previas. Es un salto”. Se origina “en la elección de una forma de asociación inédita y en su imposición a las naciones históricas existentes en un territorio”. “En realidad, la constitución del nuevo Estado es obra de un grupo de criollos y mestizos que se impone a la multiplicidad de etnias y regiones del país, sin consultarlos. Los pueblos indios no son reconocidos en la estructura política y legal de la nueva nación”.10

El triunfo político de los liberales sobre los conservadores aceleró el proyecto de uniformar la diversidad social y las múltiples mentalidades e imaginarios que la expresaban. Los conceptos de patria y nación se redefinen entonces. Patria no es más el minúsculo lugar de origen, sino el territorio comprendido por la República mexicana. Nación no es más el grupo social unido por la lengua, la etnia y un pasado compartido, sino el conjunto de los ciudadanos que conviven en el territorio. En lugar de la nación real dividida en criollos, mestizos, indios y castas, se proclama un Estado integrado por ciudadanos iguales. En contraste con la nación escindida por su historia (el pasado prehispánico separado por la historia del virreinato, y éste por el pasado de la República), aparecen las primeras obras que unen esos pasados excluyentes en un discurso integrado. Era un discurso que partía de la antigüedad prehispánica, continuaba con el virreinato y la guerra de Independencia, seguía con los primeros años de la República y concluía con la época gloriosa de la Reforma.

Las obras históricas y los museos que entonces fueron crea dos se propusieron unificar estos distintos pasados, integrar sus épocas más contradictorias y afirmar una sola identidad. La historia patria se convirtió en el instrumento idóneo para construir una nueva concepción de la identidad nacional, y el museo en un santuario de la historia patria. Esta última vino a ser el eje de un programa educativo que transmitió la idea de una nación integrada, definida por épocas históricas que se sucedían de modo evolutivo, y cohesionada por propósitos y héroes comunes. Se forjó así una conciencia nacional asentada en una identidad imaginada.

El calendario cívico y los monumentos públicos celebraron las fechas fundadoras de la República, la defensa del territorio nacional y a los héroes que ofrendaron la vida por la patria. La pintura, la litografía, el grabado y la fotografía se asociaron con los medios de difusión modernos (el libro y el periódico) para reproducir los variados paisajes y rostros del país unificados bajo el nombre de mexicanos. De este modo, los gobiernos de fines del siglo XIX imprimieron en la población la imagen de un México integrado, de un país sustentado en un pasado antiguo y glorioso, próspero en el presente y proyectado hacia el futuro.11El nuevo canon de esta interpretación de la historia tenía como centro el Estado-nación, y como postulados el patriotismo, la defensa de la integridad de la nación y el culto a los principios y a los héroes fundadores de la República. Era una concepción de la historia cívica y laica, cuyo objetivo principal era la unidad política de la nación.

La configuración de esta imagen de la nación, con su cauda de símbolos y emblemas nacionales, produjo la lista correlativa de los enemigos que se oponían a la nación moderna. En esta lista figuraban de manera prominente los pueblos indígenas. Liberales, conservadores y moderados, los distintos partidos políticos que competían en la arena nacional, coincidieron en señalar a los pueblos indígenas como el mayor fardo que arrastraba la nación y en ellos concentraron sus críticas. El ataque a las tradiciones y valores indígenas produjo como resultado una arremetida general contra las tierras que sustentaban a los pueblos y el nacimiento de una conciencia social intolerante, que se expresó en la exclusión de quienes no compartían los mismos valores.

El señalamiento de los indígenas como enemigos del progreso, o la acusación de que eran culpables del atraso y los fracasos del país, puso en movimiento una campaña insidiosa que terminó por configurar una imagen negativa del indígena. La prensa, los libros, los discursos, la pintura y los medios más diversos difundieron una imagen degradada y salvaje de los indígenas que se generalizó en el siglo y se adentró en las partes más profundas de la conciencia nacional.12

Una consecuencia de esa campaña fue la desvalorización de la historia y la memoria indígenas. El desprecio de los pueblos indígenas produjo como primera reacción una concepción negativa de su memoria histórica. Durante el siglo XIX los testimonios indígenas fueron considerados meras leyendas sin consistencia histórica. Otros autores negaron la existencia de una memoria histórica mesoamericana, principalmente porque sus testimonios no se ajustaban al canon establecido por la tradición occidental. Y quienes aceptaron los códices y textos mesoamericanos como representativos de una tradición propia, jamás pensaron que sus descendientes pudieran haber heredado ese legado. Menos pudieron concebir que los indígenas contemporáneos continuaran recreando la memoria que sustentó la identidad de sus antepasados. Esta visión negativa de la memoria indígena explica que sólo ahora, cuando está por terminar el siglo XX, empecemos a descubrir la complejidad de esa memoria, a reconocer la fuerza que hizo llegar su mensaje recóndito a sus descendientes más distantes, y su poderosa presencia actual, en medio de concepciones de la historia que se obstinan por imponerle una memoria única a la nación plural. n

1Frangois Xavier Guerra: Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas. Fondo de Cultura Económica. México. 1992, pp. 326-327 y 333-337.

2 Ibid.. p. 35.

3 Norberto Bobbio: Estado, gobierno y sociedad. Plaza y Janés. Barcelona, 1987. p. 104.

4 Citado por Charles H. Hale: “La guerra con Estados Unidos y la crisis del pensamiento mexicano”, en Secuencia, revista de historia y ciencias sociales, enero-abril. 1960. Vol. 16. pp. 43-44.

5 Citado por Richard N. Sinkin: The Mexican Reform, 1855-1876: A Study in Liberal Nation Building. University of Texas Press, Austin, 1979, p. 10.

6 Franois Xavier Guerra: Op. cit.. p. 325: véase también Luis Villoro: Estado plural, pluralidad de culturas. Paidós, México. 1998. p. 16.

7 Luis Villoro: Op. cit.

8 Ibid., pp. 26-28.

9 Ernest Gellner: Naciones y nacionalismo. Alianza. Madrid, 1988. p. 82.

10 Luis Villoro: Op. cit, pp. 30-31 y 40-41.

11 Enrique Florescano: Etnia, Estado y Nación. Ensayo sobre las identidades colectivas en México. Aguilar. México, 1997, pp. 448.

12 Ibid., pp. 488-491.

Enrique Florescano. Historiador. Entre sus libros, Memoria mexicana y La bandera mexicana: Breve historia de su formación y simbolismo.

Traducción de Katia Rheault

Alejarse de los extremos

Alejarse de los extremos

Por Jesús Silva-Hérzog Flores

En los tiempos que corren, el tema de la sucesión presidencial ha cobrado una gran actualidad. Sin duda, estamos adelantados y nerviosos en esta nueva etapa de nuestra incipiente democracia. Los dos números anteriores de Nexos han hecho, sin duda, una contribución positiva a este debate necesario. El libro de Jorge Castañeda La herencia. Arqueología de la sucesión presidencial en México es ciertamente una referencia fundamental en esta discusión política, por cierto postergada durante largas décadas.

El número de Nexos correspondiente al mes de abril contiene importantes experiencias de los expresidentes vivos y de aquellos que se mencionan como posibles para participar en los comicios del 2000. A mi juicio fue un gran logro periodístico y el ejemplar correspondiente será conservado como referencia por los lectores. En el número de mayo se solicitaron comentarios críticos a destacados escritores y analistas políticos sobre los planteamientos hechos en el número anterior.

El resultado es igualmente estupendo y representa algo de lo mucho que nos queda por hacer en la discusión pública sobre las grandes cuestiones nacionales. El tono de todos los comentarios a los planteamientos originales es altamente crítico. Y eso es bueno. El hombre político debe saber siempre que lo que diga puede enfrentarse a voces que lo van a juzgar, a veces, con especial ojo crítico. Y eso, repito, es bueno y necesario. En la actualidad, no hay nadie que tenga la verdad en sus manos y la manera de acercarnos a ella —si es que existe— es con actitud flexible, tolerante, abierta, y dispuesta a escuchar a los demás.

Sergio Sarmiento, periodista respetado y respetable, autor de “Jaque Mate”, columna diaria en el Reforma, fue mi crítico. El título de su comentario lo dice todo: “Jesús Silva-Herzog F.: De la tercera vía al lugar común”. Ni modo. Casi un jaque mate. Hace varias semanas, los editores de Nexos me solicitaron la respuesta a tres preguntas sencillas en un espacio breve. Lo cumplí y envié dos cuartillas. La crítica fundamental de Sergio Sarmiento consiste, básicamente, en que mis comentarios “poco ayudan a establecer el nuevo rumbo que tanto necesita nuestro país”. Y tiene razón. Difícilmente se podría hacer en unas cuantas líneas. Creo que no era el propósito, ni mi intención.

Algunos puntos centrales:

1. El proceso de globalización es un hecho real, irreversible y del que no se puede sustraer una nación como la nuestra. Sin embargo, hay que aprovechar las oportunidades que ofrece y reducir sus riesgos, y hacerlo con el reconocimiento de las características propias de cada país participante. Para decirlo en pocas palabras, frente a los dictados de afuera hay que defender lo nuestro. No hacerlo, puede traducirse en un proceso de asimilación.

2. México necesita crecer más para atender mejor nuestras enormes necesidades. Sólo con un mayor crecimiento será posible lo demás. Para ello se requiere volcar el uso de todos los instrumentos de política económica hacia ese objetivo. Hacerlo alejado de actitudes dogmáticas que han estado presentes en los últimos años.

En algo más de 15 años, el crecimiento medio real ha sido insuficiente para elevar el ingreso por habitante y para absorber el aumento de la fuerza de trabajo. El número de pobres es mayor.

3. El clima político que vivimos ha generado un cierto encono social. Todos contra todos. Hay ausencia de acuerdos fundamentales. El lanzamiento de una propuesta se acompaña con la descalificación anticipada de todo aquel que exprese divergencia. Mi llamado a la formación de consensos básicos no es un llamado a la parálisis como interpreta Sergio Sarmiento. Muy por el contrario, es para avanzar con paso más firme.

4. No existe, en ningún lado, que yo sepa, una definición clara de la llamada Tercera Vía, o de la Nueva Opción. A mi modo de entender, es simple y llanamente alejarse de los extremos. Ni una excesiva intervención del Estado en la vida económica, ni tampoco ceder el terreno y pensar que el mercado —el fundamentalismo del mercado— vaya a resolver todos los problemas.

En un país donde casi la mitad de sus habitantes viven en la pobreza y en donde existen enormes disparidades se requiere un gobierno fuerte, democrático, eficiente y honrado.

5. Por último, Sergio Sarmiento señala que vivo de una pensión del Banco de México y que estoy jubilado de todo lo demás. No es así, vivo en plena actividad. Trato de repetir “lugares comunes” con la esperanza de que, de tanto repetirlos, se hagan realidad y no haya necesidad de seguir mencionándolos. n