El tapado: un caudillo siempre alternativo

EL TAPADO: UN CAUDILLO SIEMPRE ALTERNATIVO

POR MIGUEL GONZÁLEZ COMPEÁN

Pocas cosas han estado siempre presentes en la vida política de México desde la independencia hasta nuestros días, salvo una: los caudillos o líderes iluminados, aparentemente incuestionables. Si existiese otra constante, sería la idea de que la democracia, mientras no sea directa y visible, como para saber qué o quién vota por quién, no existe (actitud muy rural, por cierto). Valiente disyuntiva: o liderazgos apabullantes o democracia directa, no representativa y, por tanto, descarnada, de suma cero, ligada a intereses directamente vinculados con las circunscripciones electorales e incapaz de desarrollar instituciones. Se prefirió el liderazgo incuestionable.

Durante el siglo XIX la falta de una construcción institucional sólida y la imposibilidad de lograr acuerdos en lo fundamental redundó en el secuestro permanente de las instituciones por figuras carismáticas. Asombrosa y lamentablemente, el Congreso de la Unión en ese periodo nunca logró acuerdos, ni tuvo la voluntad para permitir la construcción y al mismo tiempo dar instituciones que en la práctica política pudieran contener y arreglar el conflicto entre los distintos actores de la época La dispersión endémica de entonces, que se olvida con frecuencia, se veía soslayada por la aparición de caudillos e hizo que finalmente perdiéramos la mitad del territorio. Porfirio Díaz con talento y fuerza logró revertir las buenas voluntades de una constitución, la de 1857, para imponer la construcción de un proyecto, por primera vez nacional. Desde entonces y hasta la fecha, el liderazgo, entendido como imposición benevolente, ha jugado un papel fundamental respecto de lo que se entiende como “hacer política en México”.

El PRI lo ha sabido desde su nacimiento. La política, con razón, no se da en el vacío, sino en el contexto de una historia, una geografía y un juego de expectativas de todos. El dedazo era, de alguna manera, la creación artificial de un líder y el reconocimiento necesario para la continuación de un proyecto. Así, Estado y partido parecían uno mismo y el liderazgo de aquél una manera y una razón para seguir adelante.

La sociedad mexicana ha cambiado. Notoriamente, es imposible sostener por más tiempo la complicidad de un partido con sus malos elementos. La sensación de que no existen procedimientos internos para escoger al mejor también es ya una idea generalizada. Aparentemente se acabó el dedazo y tendremos que acostumbrarnos a la ausencia de los referentes y de una cultura política anudada a las prácticas funcionales de antaño. Las bases del control, la lealtad y sus mecanismos de reciprocidad se han modificado; las prácticas que tenían al dinero como elemento meramente accesorio estarán presentes de ahora en adelante; los presidentes y líderes tendrán que aprender a manifestarse por sus preferencias, y a perder y ganar con sobriedad. No sólo eso.

Tendremos que entender cabalmente que, por la manera en la que se han dado las cosas, es posible que el procedimiento “democrático” de selección del candidato o, para ser más certero, de todos los candidatos de todos los partidos, sigue teniendo un problema de fondo: en todos los casos nunca sabremos a ciencia cierta, en la coyuntura actual, si el procedimiento está hecho para sacar al mejor hombre o para legitimar una decisión presionada y engendrada por la opinión pública. Ahí queda.    n

Miguel González Compeán. Licenciado en Derecho por la UNAM. Maestro en Economía por la Universidad de Londres.

Anti-elegía por el tapado

ANTI-ELEGÍA POR EL TAPADO

POR JORGE JAVIER ROMERO

Personaje del mundo mítico de la época clásica del régimen postrevolucionario, el tapado, invento de caricaturista, se convirtió en una categoría de la política mexicana. Encapuchado con cierto aspecto de fantasma de cuento, el tapado ha representado durante años todo lo críptico de un arreglo político donde las decisiones se tomaban lejos de los reflectores, sin taquígrafos, en las soledades de palacio, sin que hubiera contestación ni protesta.

Las reglas que rigieron el mecanismo que le permitía al presidente designar a su sucesor —siempre en su papel de fiel de la balanza, que le obligaba a tomar en cuenta los equilibrios políticos indispensables para evitar rupturas mayores o desacuerdos peligrosos— nacieron en el momento de la sucesión de Cárdenas. cuando la polarización que había provocado su política de reformas ató de manos al presidente tanto para convertirse en un nuevo caudillo como para que inclinara su decisión a favor del personaje más afín a su política. La práctica, llena de resabios del porfiriato y del maximato, se convirtió en la piedra angular de la estabilidad del régimen: garantizaba la circulación política, evitaba que el juego se abriera demasiado y permitía el mantenimiento de los equilibrios básicos entre todos los sectores incluidos en la coalición que ejercía de manera monopólica el poder.

Nunca fue un mecanismo perfecto: en 1940, primera vez que operó, Andreu Almazán rompió y se convirtió en un reto mayor: en 1952, el general Henríquez tensó de nuevo la cuerda y jugó con la posibilidad de la insurrección y, finalmente, en 1988 la ruptura de Cárdenas el pequeño lo llevó a su límite, aunque el artilugio todavía tuvo la fuerza inercial suficiente como para funcionar en 1994, cuando la máquina hubo de ser forzada para utilizarla dos veces, después de lo cual quedó inservible.

Pero aun en las ocasiones, las más, en que funcionó adecuadamente, la máquina sucesoria siempre dejó damnificados, heridos, ofendidos. Claro que las reglas del juego permitían que los derrotados volvieran a jugar en la siguiente ronda (todos menos la cabeza de un grupo: los precandidatos fracasados nunca volverían a tener la oportunidad de competir como protagonistas; cuando mucho, les quedaría reservado algún papel de estrella invitada una o dos representaciones después de aquella en la que fueron primas donas), pero los derrotados tenían que pasar una temporada a la sombra, lamiéndose las heridas en sus cuarteles de invierno hasta que el sol volviera a alumbrarles.

El tablero del juego tenía como centro las altas esferas de la administración pública: ahí, gracias a los recursos que cada parcela burocrática proveía, los jugadores movían sus piezas, alimentaban sus clientelas, formaban sus estados mayores, ponían trampas a sus adversarios y le hacían la corte al gran elector—el señor del gran poder— colocado en el centro, en el pedestal que le permitía evaluar el juego, descalificar jugadores antes de la batalla final e incluso echarle alguna mano a su favorito. Un juego con los dados cargados que, en la periferia, tenía en vilo a múltiples apostadores que hacían su juego a la sombra de su preferido, el cual los podría llevar a la gloria o al infierno o. más modestamente, a conservar la chamba o a ascender en ella.

Se valía usar los recursos públicos para causas privadas, sobornar periodistas, meter zancadillas al contrario, intrigar. Todo con tal de avanzar casillas y acercarse a la meta; eso sí: sin que se notaran mucho las ansias de triunfo, sin jugadas espectaculares, en la penumbra, debajo de la mesa. La danza de los vampiros que evitaban el sol abrasador, que, de tocarlos, los convertiría en polvo. Juego siniestro, autoritario, corrompido, cuyos resultados llegaron a los excesos vividos: la embriaguez del poder absoluto que se sabe finito, pero que se ejerce hasta el exceso del autohomenaje; porque entre todos los jugadores, el del pedestal era el más perverso: juez y parte, podía modificar muchas de las reglas a su antojo, meter nuevos jugadores a la mitad de la ronda y ensañarse con el engaño cruel cargado de humor negro.

La competencia era ineficiente. Los ciudadanos eran convidados de piedra; las clientelas y las corporaciones, meros peones y alfiles a los que les tocaban migajas en el reparto del botín. El erario público, un premio a conquistar. La eficiencia en la gestión pública, mera estrategia para congraciarse y ganar puntos. La moral, una planta con frutos en forma de baya.

A la muerte del tapado, ni una lágrima: representación festiva de una forma vertical y autoritaria de relación entre el poder y la sociedad, cargada de corrupción, no puede decirse en su favor nada más que fue un juego que garantizó la estabilidad de un entramado institucional ineficiente, donde ha primado la ilegalidad y la iniquidad.

Los jugadores que se cayeron del viejo tablero vociferan hoy sin ataduras, exhiben sin pudor sus vergüenzas sin que nuevas reglas generen un nuevo juego, más inteligente, más refinado, menos sucio y, sobre todo, más eficiente en sus resultados distributivos. El tapado ha muerto. Amén.           n

Jorge Javier Romero. Profesor de la UAM- Xochimilco.

La cultura del tapadismo

LA CULTURA DEL TAPADISMO

POR LUIS SALAZAR C.

Cuando el general Lázaro Cárdenas decidió no repetir las trágicas experiencias de Obregón y de Calles, asumiendo que su tarea como titular de un presidencialismo extremo terminaba con la designación de su sucesor, concluyó la fundación de uno de los sistemas políticos más estables del siglo XX. Un sistema capaz de cumplir puntualmente todas las reglas formales de una democracia liberal moderna, manteniendo sin embargo un monopolio absoluto de la distribución de prácticamente todos los cargos públicos. Un sistema que.  contando con un amplio consenso popular, pudo darse el lujo de realizar comicios sistemáticos en todos los niveles, controlando de antemano sus resultados. Un sistema autoritario pero no dictatorial, cuya hegemonía indisputada se sostenía en su impresionante capacidad de incluir y reconocer los intereses y las aspiraciones de la mayor parte de la población mexicana. Un sistema que promovió y cobijó una vertiginosa transformación económica y cultural de la sociedad, que en pocas décadas pasó de ser rural, analfabeta y oligárquica, para volverse urbana y escolarizada, sin dejar de ser profundamente desigual y fragmentada. Un sistema, en fin, que hizo posible la convivencia de dos almas políticas conflictivas: el alma populista, redentora y justiciera, y el alma modernizadora, mercantilista y proempresarial.

La piedra angular de ese sistema fue la concentración y centralización del poder en manos del que no sólo fue entonces Jefe de Estado, de gobierno y del partido prácticamente único, sino también el Gran Elector, el poseedor del único voto que por cerca de cincuenta años importó en la República para el acceso a los cargos “de elección popular” y para el acceso a la propia presidencia. Paradójicamente, el único límite efectivo de ese poder casi absoluto fue también su expresión máxima: la designación de su sucesor. Con ella, el presidente en turno alcanzaba la cúspide de su autoridad y de su poder, pero sólo para nombrar a su Némesis, es decir, a aquel que, para sustituirlo, tendría que matarlo políticamente, por las buenas o por las malas, como personaje público. Como si los fantasmas ominosos de la reelección y del maximato exigieran para conjurarse de este sacrificio simbólico en la pirámide autoritaria y ostentosa del poder.

La ignominiosa tradición del tapado fue la criatura más conspicua de este mecanismo, de estas “reglas no escritas”, que abrogaron por tanto tiempo el poder del voto ciudadano. Bajo esta tradición la competencia y el conflicto políticos no desaparecieron, pero sí se hicieron clandestinos, tenebrosos y profundamente inmorales. “El que se mueve no sale en la foto”, dijo ese profeta del sistema que fue Fidel Velázquez. Lo que quería decir: lo primero que tienen que hacer los que aspiran al cargo es pretender que no aspiran al cargo, que sólo desean servir incondicionalmente a su señor presidente. De manera que tienen que ser capaces de hacer méritos sin poner en evidencia que están haciendo méritos; que tienen que ser serviles, pero sin que se ponga de manifiesto que lo son en demasía; que tienen que combatir a sus adversarios en esa carrera, pero sin provocarle problemas a su señor y sin que éste sienta que le quieren hacer sombra; que tienen en fin el apoyo y la confianza del presidente, pero que no presumen demasiado de tenerlo.

Esta tradición moralmente impresentable funcionó, hay que reconocerlo, como mecanismo de relojería por casi treinta años. Incluso tuvo sus momentos cómicos y divertidos, que hicieron las delicias de la opinión pública de la época. Las anécdotas sobre presuntos tapados que trataban denodadamente de interpretar las más nimias señales del señor presidente; las angustias de los que, junto al teléfono (no había celulares entonces), esperaban “la llamada”; la terrible necesidad de sonreír y aplaudir con entusiasmo al afortunado, al que no mucho antes habían tratado de ponerle todo tipo de obstáculos y zancadillas. También es más que probable que los presidentes hayan disfrutado ampliamente de esos momentos de poder casi infinito, prolongando y agudizando la ansiedad de los presuntos tapados, jugando a hacerles creer que todos tenían alguna posibilidad… La “tapadología” (mezcla de brujería y charlatanería) se volvió disciplina obligada de periodistas y analistas, que tenían que hacer gala de conocer por cualquier vía y de antemano quién sería el bueno. Y no faltaron intelectuales célebres que sin mucho pudor apostaran su futuro político al perverso juego del tapado y que hicieran el mayor de los ridículos.

Como suele ocurrir, la farsa terminó en tragedia, y el cínico juego perdió todo su encanto aparente con el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Aunque el desgaste y el desprestigio de esas reglas no escritas eran más que evidentes, el espejismo de una popularidad indiscutible hizo pensar a Salinas que aún era posible y necesario seguirlas, incluso con más desfachatez que su antecesor. Ni siquiera hubo pasarela o intento alguno de dar apariencia democrática a la designación del candidato: como en los viejos tiempos, el lanzamiento se hizo desde el Olimpo, por un presidente que creyó haber derrotado a todas las fuerzas que habían sufrido los impactos de su activismo reformista, sin ser capaz de aquilatar la precariedad de sus victorias.

Pero si Aburto con su criminal acción mató también, sin quererlo ni saberlo, a la tradición del tapadismo, la cultura política que la alimentó está lejos de haberse extinguido. Con su pertinaz fe en las virtudes de la competencia, el presidente Zedillo supuso que basta tomar una “sana distancia” de su partido para que éste, mágicamente, se convirtiera en un verdadero partido político, por el mero efecto de las nuevas leyes e instituciones electorales. No entendió o no quiso entender que el reclamo de las bases priistas no era que no hubiera línea, sino que existiera una línea capaz de restaurar sus perdidos privilegios de partido casi único. No entendió la necesidad, o no quiso arrostrar los riesgos, de una verdadera reforma de esa maquinaria inmensa, que le permitiera tener reglas y liderazgos propios. Prefirió, en cambio, cortarse (pero sólo parcialmente) el dedo, abriendo la posibilidad de que el candidato surja de unas rijosas elecciones preliminares, pero reservándose la designación de la dirigencia priista.

A destiempo y sin reglas claras, nadie sabe cómo terminará esta incongruente iniciativa. El tapadismo tradicional sin duda es cosa del pasado. Pero es más que probable que su espíritu permanezca con nosotros, contaminando y pervirtiendo por mucho tiempo a nuestra débil y triste democracia.  n

Luis Salazar C. Filósofo. Profesor e investigador de la UAM.

Hegel y el tapado

HEGEL Y EL TAPADO

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

El fin del tapado: el 7 de noviembre, los priistas y quienes deseen acompañarlos votarán por su candidato a la presidencia de la República y el célebre mecanismo de la designación en solitario de su sucesor por parte del presidente en turno habrá pasado a mejor vida. El ganador deberá su triunfo al “sistema” o al dinero y sus publicistas, pero ya no al habitante de Los Pinos. Culmina así la espiral hegeliana echada a andar por Calles después del asesinato de Obregón: lo real, que es la Revolución, el nuevo Estado, el caudillo-el jefe máximo-el Presidente, con mayúsculas, es racional y, por fuerza, legal. Luego, se pasa a otro anillo donde la cosa empieza a ponerse grave: quien está en el turno del poder decide lo que es racional que se vuelve real a punta de decretos o úkazes y legal por mayoría absoluta, también decretada de antemano. El ciclo termina en estos años de vuelco del mundo, de crisis, ajuste y cambio económico y político; la espiral se congela en una ecuación vacía: todo lo presidencial es racional y real y tiene, en cualquier circunstancia, que ser legal.

Si alguna coherencia o funcionalidad histórica tuvo la ruta abierta al término de los años veinte se perdió en esta ecuación carcomida, y el mito de la Revolución y su Estado “hegemónico” se volvió mitomanía. Hoy vivimos sus últimos momentos, pero nadie puede garantizar que llegaremos sin más al reino de la libertad y que la modernidad política se imponga al fin, con sus códigos de transparencia y competencia, apertura y efectiva y terrenal legalidad. Antes tendrá que haber jornadas duras de consiente construcción institucional, basada en el acuerdo más que en el dominio, en la voluntad compartida más que en una supuesta hegemonía nunca puesta a la prueba del concurso ciudadano.

Legitimidad y eficacia son una pareja difícil cuya armonía no se logra nunca de manera definitiva. Es un litigio estructural de las sociedades modernas que el país, después de la revolución, quiso superar con la transmutación del hombre fuerte en institución arbitral indiscutida, donde los que circulan por obligación son los hombres. La continuación de la saga iniciada por Calles, enriquecida por Cárdenas y usufructuada hasta el abuso por Alemán, quiso ser el “tapadismo” con su funesta secuela de enrarecimiento mental en las alturas.

A partir de los años cincuenta todo se volvió rito impostado y ceremonia fatua, arcanos inventados, aunque insistentemente presentados como inescrutables laberintos del poder, para terminar en una gran celebración de la política simulada.

Las cúpulas dirigentes del Estado a quienes se otorgó este caduco legado no pudieron cruzar a tiempo el rubicón del cambio político democrático, y sobrevino el encono, la división, el enfrentamiento elitista sin cauce ni perspectiva. Por su parte, la opacidad y la turbiedad que acompañaron siempre al sistema autoritario se atrincheraron, para tratar de mantener su poder a como diese lugar. Sin embargo, la hora sonó también para ellos y aquellas costumbres aceptadas del poder devinieron casamatas de los anillos corporativos y los complejos burocrático-empresariales, cuyas figuras acechan el cambio político para atacar cuando menos se le espera. Este es el contexto actual, en el que la política y el delito volvieron, de la mano, por sus fueros.

Se acaba la racionalidad auto otorgada, pero el país entra en los territorios oscuros de una competencia que es más bien lucha loca, sin reglas firmes, por el poder, o lo que quede de él. La democracia alcanzada no parece suficiente ni como linimento para que los gladiadores alivien las heridas.

La apuesta del PRI por la modernidad política es bienvenida, como lo son los responsos del tapado en fecha fija y con métodos democráticos (más o menos).

El apego a lo que de ley para la democracia tenemos (más o menos) también es de reconocerse. Pero nada de eso suple la capacidad para convocar y acordar, poner límites a la disputa y darle al país la salida civil y civilizada que reclama. Eso lo hacían el presidente y el partido, hasta que vino el tapadismo y todo quedó en manos de un hombre solo (más o menos). Su eficacia empezó a depender de sus prestidigitaciones, de su habilidad para “engañar con la verdad” y demás inventos de la clase política para consolarse de su lamentable impotencia. Todo terminó con el plomo y la sangre en marzo de 1994, en Lomas Taurinas.

El tapado se va, pero la cargada y el gusto por lo vertical y lo inconsulto, el cultivo asiduo del secreto burocrático llevado a lo grotesco, vienen de lejos y quieren quedarse. Aparte de los espacios minados del día después del 7 de noviembre, que tienen que ver con la unidad y la disciplina internas del PRI, el país tendrá que caminar sobre profundas minas de arena a todo lo largo del año entrante, antes y después del 2 de julio y seguramente luego de que el ganador forme su gobierno. Aquí está el verdadero reto, la herencia amarga del presidencialismo que produjo el tapadismo, su etapa del declive y los rendimientos negativos.

No serán el presidente que llegue, ni su nueva corte, los que nos lleven a iniciar con bien la nueva política. Sin el acuerdo fundamental, del que emanan las instituciones que ordenan y rigen, la democracia alcanzada se verá condenada a moverse en círculos, en triste reverencia a lo que el país, sin duda, dejó atrás. El presente puede ser continuo, para morir de hastío.  n

San Pedro Mártir, DF, 15 de octubre de 1999

Rolando Cordera Campos. Economista. Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM.

El ornitorrinco paradójico

SERPIENTES Y ESCALERAS

EL ORNITORRINCO PARADÓJICO

POR LUIS GONZÁLEZ DE ALBA

Este es el texto que Luis González de Alba leyó durante la presentación de El antiguo régimen y la transición en México de Jesús Silva-Herzog Márquez, un libro que descubre nuevos ángulos de nuestra realidad política y que se niega a confirmar las doctrinas de siempre.

Me disculpo ante el autor y el auditorio por haber aceptado presentar una obra sobre materias que no son mi especialidad: mi alejamiento de las ciencias sociales ha sido completo por años, suponiendo que alguna vez estuve cerca por mi carrera.

Pero el libro me atrapó y decidí venir a contar una historia que podría interesarles, ya que nunca he sabido analizar un libro.

Durante años creí que mi generación, la llamada del 68, había aplastado a la siguiente. Es cierto que hemos estado en la renovación de la prensa y de la política, en las nuevas instituciones nacionales y en el abandono de la vieja piel, hoy ya un recuerdo. Pero también el lenguaje vacío de la izquierda, los sindicatos universitarios a cual más corruptos, los ancestros del PRD y luego este partido con sus autofraudes; la prensa sectaria de hoy. más abominable que la de ayer porque hoy el servilismo ha dejado de ser exigencia del poder; la idea de que Cuautémoc1 Cárdenas sería un magnífico Presidente de la República: todo eso está en los saldos de mi generación. Así como vi mi granito, no de arena sino de buen concreto, personal y minúsculo, pero grano al fin, en el Muro de Berlín, me ha pesado hasta la responsabilidad directa, individual, con mis más cercanos compañeros de política estudiantil, de haber cambiado el nombre del auditorio Justo Sierra por “Che” Guevara.

Como el rey David, he pensado en cubrirme la cabeza de ceniza y hacer penitencia en el desierto. Si algún recuerdo me sonroja es mi comentario a quien hace catorce años era el gobernador priista de Michoacán, llegado a casa de un amigo común: “Oiga, Cuautémoc, ¿y usted nunca ha pensado en lanzarse a la Presidencia de la República? Muchos en la izquierda votaríamos por usted, aunque debiéramos votar por el PRI, pues estamos cansados de votar cruzando los dedos para que nuestro candidato no gane”. Así, rogando perder, algunos habíamos votado disciplinadamente por Amoldo Martínez Verdugo o por Heberto Castillo. Fuimos a las urnas con la convicción de que el riesgo era cero, pero con el sentimiento de culpa de quien hace una mala acción aunque sepa que no va a tener consecuencias.

El mal ejemplo había cundido al mismo tiempo que lo más rescatable de nuestra obra. Mis alumnos hacían huelga contra la idea de sustituir los exámenes arbitrarios que improvisamos los maestros, por exámenes diseñados en cada departamento y se admiraban de que yo no apoyara su “movimiento estudiantil”. Tenía llamadas: ¿pero cómo puedes estar contra los estudiantes? Al parecer habíamos convencido a México, no sólo de la urgente reforma política, sino también de que los estudiantes siempre expresan lo mejor, la conciencia social más pura, destilada de cualquier interés mezquino. “Son idealistas porque aún no han caído en compromisos”, dice alguien a quienes ustedes leen con veneración.

Otro de mis amigos y colegas inventó la sociedad civil con la que hoy cualquiera se da baños de pureza. Decidí dedicarme a investigar sobre la física cuántica, los quarks, la constante de Planck, los quasares y las más lejanas galaxias. Ese fue el convento a donde huí, perseguido por la turba en la noche de los muertos vivientes, de nuestros frankesteines y otros horrores que deambulan todavía en este atardecer espeluznante con el que muere nuestro antiguo régimen.

El amanecer de la razón

Y de pronto hasta el convento llegaron voces con todas las edades y las tesituras, pensando con libertad, analizando, replanteando las ideas intocables. Un día ya no fueron pocas voces, sino el claro anuncio de un amanecer de la razón, del fin de la receta para responder, la catástrofe de los libros sagrados. Una de esas voces, entre las de la generación que creí perdida, es la de Jesús Silva-Herzog Márquez, quien nos entrega en su libro El antiguo régimen y la transición en México, más que una recopilación de sus trabajos previos, una reelaboración de ideas bosquejadas previamente y transformadas en ensayos donde la reflexión emancipada produce hallazgos notables, de ésos ante los que uno murmura: ¿pero cómo no se me había ocurrido antes?

Me entusiasmaron, sobre todo, aspectos que quizá resulten los menos atractivos a lectores interesados en el momento político y son más cercanos a mis intereses. Por ejemplo, el señalamiento de que fue la invención de una categoría, el empleo de la palabra autoritarismo, lo que abrió la ventana al análisis del caso político mexicano, siempre visto como inanalizable por único. “Como México no hay dos, y basta”. Pero los humanos somos seres categorizantes: sólo podemos entender lo que haya pasado por el proceso inconsciente de la categorización. Un buen ejemplo son las artes, pues un artista necesita ser definido por la crítica como primer paso del proceso de análisis. Cuando esto no se logra, siempre hay un sentimiento de desazón. Tomemos por caso a Eric Satie. Nadie sabe de dónde salió este músico de las Gymopedias, dónde ponerlo, qué hacer con él.

No menos atractivo es que el autor no caiga en la diatriba contra el régimen, que por fácil abunda, y se proponga comprender. entender. Nos presenta una primera fase, al término de la Revolución, donde la estructuración del nuevo Estado pasa por la vieja manía mexicana de considerarnos víctimas. Dice: “Apenas exagero si digo que el alimento del nacionalismo mexicano ha sido la derrota”. No estoy de acuerdo con el autor en el matiz, pues estoy seguro de que no exagera en absoluto. De esa fuente de lágrimas amargas y en el rincón de una cantina donde oímos la canción que pedimos, nace el nacionalismo, y de éste se construye un régimen autoritario en lo político y poco competitivo en lo económico, señala el autor.

Sobre una cita de Jorge Cuesta en las páginas 20 y 21. los mexicanos podríamos pasar largas horas añadiendo anécdotas. Dice: “El nacionalismo mexicano se ha caracterizado por su falta de originalidad, o, en otras palabras, lo más extranjero, lo más falsamente mexicano que se ha producido en nuestro arte y nuestra literatura, son las obras nacionalistas. Como una ironía del destino, encontramos que en el momento en que más ‘nacionales’ hemos sido es cuando nos hemos falsificado más”.

Pensemos únicamente en que las peores caricaturas de lo mexicano las hacemos los mexicanos. En ningún mercado de artesanías falta el campesino sentado, dormido, semicubierto por un sombrerote y recostado donde es imposible recostarse: en un cacto espinoso. Nuestros artesanos los hacen de barro, de ónix, de cobre y hasta de plata. Son mexicanos quienes se plantan esos sombreros enormes hasta la risa que llevan a los partidos de futbol contra selecciones extranjeras y que nadie en el país usa ni ha usado jamás. Y qué decir de los sombreros de “charro” color guinda, verde, morado o fucsia, completamente cubiertos, hasta el ridículo, de lazos y adornos dorados y baratos, y que venden a los turistas todos nuestros aeropuertos. Peor aún: ya hay mariachis nuevos que se los ponen, suponiendo que son sombreros de charro.

Los que pedimos ideas

Lo que algunos lectores pedimos a los analistas de nuestro momento político es que nos descubran nuevos ángulos, no que nos confirmen en nuestras propias doctrinas. Y el tercer Silva-Herzog no se limita a recuperar el anecdotario de las maldades del régimen, que son muchas y ya las sabemos de sobra. Trata, además, de alcanzar una explicación. Así es como nos dice que fue la vitalidad del sistema circulatorio propio del régimen inventado por Calles, la gran movilidad política garantizada por el PRI y sus ancestros, lo que nos dio setenta años de priismo con pocos sobresaltos.

Los mítines y las asambleas atribuyen a la represión la sobrevivencia del régimen y obtienen así más aplausos del respetable de los que obtendrá Jesús Silva-Herzog con su idea de que es la capacidad para repartir parcelas de poder lo que generó la aceptación social del PRI: una diputación local, un empleo en la subsecretaría, hasta una licencia de inspector: había para todos y cualquiera podía llegar a Presidente de la República. Sólo se le exigía disciplina, hacer cola ordenadamente. Aunque luego, señala el autor, si el PRI fue durante décadas un partido mimado, eso mismo lo atrofió como partido. Otra idea interesante.

En este aspecto, me permitiría señalar que de esa atrofia parece recuperarse milagrosamente el PRI. De una parte, con sus propias siglas, como acabamos de ver en la aplastante victoria ante la alianza PAN- PRD y otros partidos en las elecciones por la gubernatura de Coahuila. Y de otra parte, con cambio de siglas, porque es un hecho que Zacatecas, Tlaxcala, Baja California, Nayarit y Aguascalientes, están gobernados por priistas, aunque las cuentas alegres del perredismo los enlisten en triunfos del sol azteca o de sus alianzas. Y por qué no decirlo, también el Distrito Federal. Estos gobernadores se formaron en el PRI, con las relaciones, mañas, usos y costumbres, alianzas, métodos y trapacerías del PRI. Luego son del PRI aunque hayan llegado al poder al azar de otros colores.

Lo cierto es que la gente votó en esos estados no por el PRD. sino por una persona que también habría ganado, y con más votos, si la lanza el PRI. Pero de que conservan las mañas ni quien lo dude. Ya lo decía en la cárcel el Pino: “Una vez boy scout, siempre boy scout”. El lo decía para molestar a los exmiembros del Partido Comunista que se habían rebelado contra la dirección y señalar que ni eso los cambiaba. Pero el refrán se le aplica hoy a su jefe: vean a Cuautémoc Cárdenas brincoteando gozosamente en las arcas abiertas del Distrito Federal, como buen priista. para promover con millonarios anuncios de televisión su deteriorada imagen, y vean cómo retrasó su renuncia para no sacar la chequera personal a la hora de pagarle a Televisa y Televisión Azteca.

Como dijo La Crónica: cuatro lecciones deja la derrota de la alianza PAN-PRD en Coahuila, menciono dos: 1) las alianzas sólo triunfan cuando llevan un candidato salido del PRI. y 4) sólo el PRI puede destruir al PRI. Así es: el PRI sólo ha perdido en donde ha ganado un expriista, incluido el Distrito Federal.

Las investigaciones y lecturas con las que Jesús Silva-Herzog articula sus ensayos encuentran en ocasiones diamantes de tantos quilates como éste: “En el gobierno una sola fuerza política debe sobresalir: la del presidente de la república, que debe ser el único representante de los sentimientos democráticos del pueblo”. Adivine el lector quién lo dijo: Gustavo Díaz Ordaz, Fidel Castro, Benito Mussolini. Frío, frío. Fue el presidente Lázaro Cárdenas, en completo olvido de la representación directa con la que el voto popular inviste a nuestros diputados y senadores, ya no digamos a los gobernadores de estados libres y soberanos. ¿Y quién afirmó: “Ayer encarné la voluntad de la nación?”. Diríamos por aclamación que Luis XIV y nos equivocaríamos rotundamente. Fue hace dos años Porfirio Muñoz Ledo con su mansedumbre acostumbrada.

Estos son los detalles que ponen sal en las páginas de Silva-Herzog y vuelven su libro una lectura atractiva. Aunque debo admitir que soy mal lector: divido los libros en los que me aburren y abandono, y los que me atrapan. Hace muchos años que dejé de leer por disciplina y de avergonzarme por no conocer la última novedad.

Tenemos pues, en El antiguo régimen y la transición en México una rica recopilación de temas para ayudarnos a comprender el México que comienza a vivir su democracia: la prensa frenética y desenfrenada con su tributo a la emotividad; la fantasía del gobierno directo y el tiempo de los charlatanes que dicen lo que el auditorio quiere oír, el ornitorrinco del viejo sistema, la transición sin cabezas. Uno concluye esta lectura no más enojado, sino con nuevas herramientas para organizar la aparente confusión de los hechos diarios. Lo cual no puede afirmarse de quienes se han convertido en burlones profesionales y expertos en arrancar aplausos con sus viejos juegos de palabras y eternos retruécanos.

Ah, los editores, ah…

No quiero dejar de mencionar la edición de Planeta al libro de Jesús Silva- Herzog Márquez, por pasmosamente mala. De una parte, las numerosas citas del autor, cuando van incorporadas al texto, como las que he leído, son todas muy apreciables y están en donde deben ir. Pero las notas al pie de página, y casi una en cada página. entorpecen la lectura e impiden que las ideas fluyan del autor a su lector. Sobre todo las absolutamente prescindibles en las que el autor reconoce cierto parentesco, a veces remoto, de una idea suya con lo expresado por otro analista; éstas debieron ir al final del libro, para consulta exclusiva del especialista interesado en profundizar el tema.

Una manía resulta particularmente irritante en los editores, y es la de escribir Partido acción nacional, Partido de la revolución democrática, Partido revolucionario institucional, con mayúscula exclusivamente en “Partido” y minúscula en las demás partes del nombre. No se trata de erratas, como puede uno creer en las primeras páginas, sino de una manía tipográfica que distrae, enoja, interrumpe, pone de mal humor y tienta a abandonar la lectura. Sobre todo cuando vemos que también Suprema corte de justicia lleva minúsculas en “corte” y “justicia”. Anda, y yo con estos pelos.

Algunos descuidos editoriales llegan a cambiar el sentido completo de una frase, por ejemplo donde se lee: “Es hasta el sexenio de Lázaro Cárdenas, cuando el partido oficial controla todos los espacios de la representación y el presidente es el líder incuestionable del partido”. Esto significa que después del presidente Cárdenas el partido oficial dejó de controlar y etcétera. Resulta obvio que la idea es la contraria y que falta un “no”: “No es hasta el sexenio de Lázaro Cárdenas, cuando el partido oficial controla todos los espacios…”. Es la diferencia que hay entre “está abierto hasta las cinco” y “no está abierto hasta las cinco”. En el primer caso, cierran a las cinco; en el segundo, abren.

En la nomenclatura técnica de los seres vivos, los nombres se escriben con mayúscula en el género y minúscula en la especie. Pero Ornithorhyncus paradoxus está escrito con dos mayúsculas en plena portada y con dos minúsculas en el interior. No se trata de un caso excepcional, ni de mala suerte de un libro, pues Las Preguntas de la vida, de Savater, con sello de Ariel pero reimpresión mexicana de Planeta, lleno de empastelamientos de párrafos enteros que hacen de su lectura un laberinto, se me quedó convertido en un montón de hojas sueltas. Al terminar la lectura, ya no había libro.    n

Luis González de Alba. Escritor. Colaborador de La Crónica. Su más reciente libro es Cielo de invierno.

1 Escribo “Cuautémoc” sin la ridícula e inútil h intermedia. Espero hacer escuela.

¿Hacia el aburrimiento?

¿HACIA EL ABURRIMIENTO?

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

Me parece que fue Alejandro Solyenitzin el que escribió que “lo que está demasiado claro no es interesante”. Alguna razón debió tener el gran ruso para afirmar semejante cosa y parecen ayudarlo en su aseveración todos los pensadores y escritores que. después de Guillermo de Ockham y probablemente en contra de éste, han consagrado esfuerzo y medio a encontrar un problema para cada solución. De modo análogo, quienes en México practicaron, sufrieron, gozaron, analizaron o sucumbieron al “tapadismo” se inscriben entre los que hicieron válido el aserto del barbado y medio místico Nobel, autor de tantas obras literarias. herejías de anteayer, profecías de ayer y paradigmas de hoy.

Las liturgias sucesorias monárquicas son ginecológicamente evidentes. El heredero sólo permanece oculto a los ojos de los súbditos los nueve o menos meses que permanece en el vientre de su madre. Hoy. con tomografías. ecografías. resonancias magnéticas y otras maravillas, el ocultamiento dura menos y. gracias a la genética, hasta puede saberse si quien llevará mañana la corona será cojo, rubio, miope o idiota. En los regímenes parlamentados, se sabe que quien llega a ser jefe de la oposición podrá ser jefe del gobierno y, como tiene que estar a la vista de todos en su carácter de legislador durante todo el tiempo que dure en el poder su adversario, el público va midiéndole el agua a los camotes y aprendiendo a qué habrá de atenerse cuando el destapado ascienda a primer ministro. En los regímenes presidenciales —como el norteamericano o el francés— los aspirantes a sucesores más bien batallan por destaparse y a ningún encapuchado le toca el premio mayor de la lotería política nacional. Para decirlo en términos locales: el que allí quiere salir en la foto no para de moverse y el que mejor se menea es el que mayores probabilidades tiene de cruzarse la banda sobre el pecho: Mitterrand, sin capucha, se agitó varios decenios hasta que llegó al Elíseo.

Aquí, en México, las cosas han sido en estos ámbitos —como en tantos otros— sumamente peculiares. Tanto, que inventamos la palabra “tapado” y sus derivados “tapadismo”, “tapadología”, “tapadografía” y similares. El dueño del gran poder solía jugar un curioso deporte durante casi seis años: el de esconder sus preferencias y ocultar a su preferido. Se lo ocultaba a todos, incluso al elegido. Y en esa oscuridad organizaba un espectáculo de sombras chinas que, por oscuro, resultaba interesante.

El climax se producía en las postrimerías del sexenio. Obligaba así a los potenciales herederos a esconder sus defectos o a mostrar sus virtudes, a moderar sus ansias; los probaba: los medía.

Como la elección del presidente siguiente no iba a depender de los electores, el titular del Ejecutivo Federal —heredero de tantos traidores y de tantos traicionados, de tantos asesinos y de tantos asesinados, de tantos madrugadores y de tantos madrugados— evitaba así que se conspirara contra él y que alguien pudiera —por la seguridad de la cargada inmediata que acompañaría a la obviedad del poder preasignado— llegar a ser más fuerte que él, antes de que los seis años inexorables concluyeran. Además, el procedimiento era también una cuidadosa edificación de la propia sobrevivencia del testador más allá de su muerte política. El que se la debía no lo iba a guillotinar, lo que constituía una versión posrtevolucionaria de la porfiriana paz de los sepulcros: muerto, pero tranquilo.

Pero ese gran lío llamado tapado comenzó a descomponerse desde que un expresidente fue a dar como embajador a las islas Fidji, a fines de los setenta. Esto, por lo que toca a la urdimbre de lealtades o complicidades que mantenía el mar priista sin tempestades. Por lo que atañe a las playas de ese océano de la tranquilidad, las arenas empezaron a tornarse movedizas y a ceñir al mar desde que, en 1989, un candidato del PAN llegó a la gubernatura de Baja California.

La marea convulsionó al PRI, enclave histórico del tapadismo, hace unos meses. Lo que está sucediendo en aguas tricolores por estos días impele a pensar que una época llega a término. Todavía no resultó muy claro si uno de los cuatro aspirantes a suceder a don Ernesto Zedillo Ponce de León fue tapado. (La verdad es que si el PRI puede montar un circo del tamaño que los suspicaces imaginan hasta merecería seguir gobernando). Tal vez por esa semioscuridad el espectáculo aún nos resulta interesante. Si dentro de unas semanas o meses podemos concluir que el viejo procedimiento murió en 1999, con el siglo, dentro de seis años las cosas serán tal vez menos interesantes, pero más claras. O lo que es lo mismo, más democráticas. ¿Se nos volverán aburridas?       n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Es autor del libro Disiento.

Fuimos es mucha gente

PUERTO LIBRE

POR ANGELES MASTRETTA

FUIMOS ES MUCHA GENTE

Me encanta María Luisa Mendoza. Me ha encantado siempre.

Guardo con nitidez la primera tarde en que la vi, viva como un ensalmo, enredada en sus perros y su lengua implacable. Fui a entrevistarla porque acababa de publicar Con él, conmigo, con nosotros tres y me recibió como si me conociera de siempre, me habló de sí misma, de sus sueños y sus derrotas, de todo lo que no sabía hacer, de lo que no consigue, de lo que le cuesta trabajo enhebrar, del mundo y sus desfalcos, de la literatura, de su pasión por Proust, de cómo el día anterior se había muerto en sus brazos uno de sus personajes. Fue generosa conmigo y ella misma no sabe cuánto me enseñó con su actitud.

Me deslumbró entonces, que tenía yo veinticinco años y me sigue fascinando ahora que tengo el doble. Es una mujer como un tesoro de energía, de coraje, de gusto por las palabras y el modo en que suenan, acompañan, significan, recuerdan.

Por eso me alegra y privilegia estar hoy aquí, para acompañarla en la presentación de Fuimos es mucha gente. Me alegra y privilegia tanto como me alegró primero saber que ella estaba trabajando en este libro, porque sé de la condición beatífica que concede el estar escribiendo; y después leerlo, porque algunos libros nos acercan a las alegres beatitudes de su autor.

Fuimos es mucha gente, la novela que hoy nos reúne, es un libro que se lee con una sonrisa a cada tanto y a gusto siempre. Al terminar de leerla le agradecí a la China que me hubiera regalado esa sensación de tarde después de la lluvia, esa certeza que nos deja toda gran novela: qué triste es la vida, se dice uno y, al mismo tiempo, qué audaz, qué maravillosa.

Tengo hoy en la noche el privilegio y la fortuna de estar aquí, acompañando a la China, como escritora, más bravia y desmesurada que nunca. Digo esto porque me gusta recordar que la China tiene una bien ganada fama de periodista bravia como una luz de bengala.

Repito, nunca sobra repetir lo que uno siente, es un privilegio estar aquí para hablar con ustedes de esta novela. Sin embargo, no voy a contarles de qué trata este libro, porque no podría yo hacerles peor maldad a ustedes y al libro. Los libros no se cuentan, se recomiendan, se bendicen. Fuimos es mucha gente, la novela con que esta mujer extraordinaria nos demuestra qué tamaño de escritora tiene adentro, es un libro de todas las maneras recomendable.

¿Por qué? Vamos a ver. Si para abrirla me bastó que Fuimos es mucha gente fuera de María Luisa Mendoza, no me hubiera bastado para quedarme con ella. Pero sucede que la novela tiene varias de las mejores virtudes de un buen libro. Voy a mencionar algunas.

El texto es inteligente. Pero además es demesurado y arbitrario. La narradora nos hace cómplices de su voz. Nos pide que la acompañemos a un viaje de regreso a su infancia, a su juventud, a las de sus primos y sus amigos. Al trozo de mundo que la convirtió en la mujer que es, en la mujer enfrentada al espejo preguntándose por qué duele tanto envejecer.

La narradora nos engaña. Lo que la hace muy buena, porque de eso justamente se trata la buena literatura, de engañar con la verdad que más nos duele o nos alegra.

La narradora juega con nosotros. Nos dice a veces yo no soy la China y a veces soy la China. Una vez fui la niña que vio a la niña que vivió esta historia y sé todo, pero no lo sé todo. Siempre soy la narradora, desde afuera, porque soy también la escritora, la que crea y recrea la realidad para hacerla perfecta y creíble como debe ser la realidad en los libros. Porque mentira que los libros están para contar cosas increíbles. Las cosas increíbles nos las cuenta la vida. El trabajo de los escritores es justo el contrario, el trabajo de los escritores es ajustar la realidad de modo que otros la crean posible.

El libro es un libro valiente. Y es valiente en varios sentidos. Es valiente porque arriesga en el tono narrativo, porque busca con avidez, con lujuria la palabra precisa, la clave imprescindible. Es valiente porque el personaje central, la niña y la mujer en que ella se convierte, son valientes. Es valiente porque la narradora incorpora cosas de su vida que con toda claridad le duelen y las revela, se las revela: para volver a sentirlas y así resolverlas frente a otros. Porque puede leerse entre líneas, con las líneas, que la escritora se buscó y dio consigo misma a solas y varios años antes de escribir este libro. Por más que al escribirlo haya vuelto sobre esta búsqueda.

El libro nos fascina. Y por eso mismo obliga a devorarlo.

Es fascinante porque nos hace el continuo y sabio regalo de la ironía. No hay buen libro sin sentido del humor, entendiendo por sentido del humor no la habilidad para hacer chistes, eso es fácil, sino la destreza para encontrar el modo de reirse con la vida y de la vida tantas veces como nos sea posible, que ya con que sea corta tenemos suficiente desgracia.

El libro es conmovedor porque dosifica, pero no evita la obligación de provocarnos el llanto cuando no queda más remedio. Es un libro desencantado. No un melodrama. Y por eso también es sabio y alegre.

El libro es justo, porque una vez más como todo buen libro es un libro que guarda un misterio y que lo revela cuando es debido y sólo a quienes quieren descifrarlo.

Es un libro clásico, porque como los libros clásicos es un libro que cuenta una historia que cuenta otra historia que cuenta otra historia que no por azar sino por destino vuelve a la primera historia. Y eso le da razón de ser y densidad.

Es un libro honrado porque no traiciona a su autora. Muchas veces, mientras la leía, cerré las ojos y se me apareció: María Luisa Mendoza firme, sagaz, provocadora y con una estrella en la frente.

Una de esas cosas con que nuestro oficio recompensa a quienes quieren practicarlo con alegría, es dar con escritores en los que uno puede reconocer al escritor, a la escritora que querría ser. Eso me pasó otra vez durante la lectura de esta novela barroca, pero cuerda de tan enloquecida, que apenas terminó de escribir María Luisa Mendoza. Muchas gracias, China. Gracias por el libro, gracias por invitarme, por confiar en que vendría a pesar de la conflagración que me tuvo en cama, incapaz de ordenar un pensamiento tras otro, hasta ayer mismo. Bienvenidas sean siempre tus historias, tus fantasías, tu ángel de la guarda, tú, toda entera.      n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía.

Este texto fue leído el lunes 11 de octubre durante la presentación del libro Fuimos es mucha gente de María Luisa Mendoza, publicado por Alfaguara.

Parábola de las peras y las manzanas

LOS EDITORES

ENTRADA EN MATERIA

ENCUESTAS

PARÁBOLA DE LAS PERAS Y LAS MANZANAS

Las encuestas son un punto de referencia clave en todo proceso electoral. Los candidatos diseñan sus mensajes y estrategias de campaña con base en ellas, los periódicos las difunden a ocho columnas mientras que los analistas políticos no dejan de citarlas. Esta situación es cuantitativa y cualitativamente diferente a la que existía hace diez años. La irrupción de las encuestas en nuestra vida política no es fortuita: han aparecido de la mano de la creciente competitividad electoral en nuestro país. A diferencia del pasado, ahora hay incertidumbre en torno al resultado electoral. Sin esta incertidumbre, las encuestas electorales no tienen razón de ser.

La cercanía de la elección presidencial y la inminente elección primaria del PRI han generado una cauda de encuestas nunca antes vista. Dicha abundancia es saludable: fomenta la transparencia del proceso electoral y, quizá más importante, obliga a los candidatos a tomar en cuenta los intereses y las opiniones de la ciudadanía en su intento por lograr la victoria.

Por desgracia, el auge de las encuestas también tiene un lado oscuro. Su éxito, paradójicamente, las ha convertido en muchos casos en instrumento de propaganda política. Quienes van adelante en las preferencias buscan legitimar su triunfo de antemano; quienes están en desventaja no se tientan el corazón para encargar “encuestas a la medida” que los ubiquen en primer lugar. Y, como de todos es sabido, la demanda genera la oferta: súbitamente aparecen “empresas” encuestadoras que inundan las mesas de redacción de periódicos y medios electrónicos con boletines de prensa en los que se anuncia el triunfo de tal o cual partido. Muchas de estas empresas tienen una existencia fugaz, circunscrita a algún proceso electoral en particular. En otras ocasiones, la excepción sin duda, estas empresas se constituyen en parte integral del mercado de encuestadores.

El incremento en la cantidad e importancia de las encuestas debería ir acompañado de una mayor responsabilidad en la generación y difusión de sus resultados. Esto, desgraciadamente, no siempre ha sido el caso. Si bien los expertos del mundo de las encuestas pueden distinguir una encuesta seria de una “encuesta a la medida”, la mayoría de los ciudadanos no puede hacerlo. El resultado: información contradictoria que genera incredulidad, suspicacias y falsas expectativas. Ello, adicionalmente, debilita la percepción de las encuestas como un instrumento válido para medir y conocer las preferencias ciudadanas.

La confusión e incredulidad que rodean a las encuestas no siempre tiene como origen la lucha propagandística entre los partidos y sus candidatos. La manera en que los medios de comunicación reportan las encuestas contribuye de manera importante a ello. Cuántas veces los espectaculares encabezados —o el análisis mismo— de una nota sobre preferencias electorales no corresponden a los resultados de la encuesta.

En un buen número de casos la información contradictoria que parecen ofrecer distintas encuestas no es tal. Se trata del viejo caso de comparar peras con manzanas. Si comparamos una encuesta realizada en viviendas con una encuesta telefónica de seguro encontraremos diferencias; lo mismo ocurre al comparar una encuesta nacional con una en zonas urbanas o entre una encuesta de 300 entrevistas con una de 2,000. De esto, sin embargo, no se enteran los lectores. La mejor muestra de ello la tuvimos con el muy publicitado debate entre los aspirantes priistas. En al menos una decena de encuestas los resultados eran divergentes, más allá del margen de error estadístico. Lo que el lector desprevenido no sabe es que algunas de ellas fueron levantadas entre la comunidad empresarial, otras en el DF, otras entre un público selecto y otras más, en fin. entre transeúntes.

El papel de los medios de comunicación es vital. Los medios deben proporcionar al lector de manera clara y destacada el alcance y validez de los resultados que se presentan. Esto implica explicar en forma simple y llana la información metodológica básica de la encuesta (cobertura, método de muestreo, tipo de entrevista, lugar de realización de la entrevista, margen de error) y no simplemente, si acaso, ponerla en letras ilegibles y lenguaje incomprensible en un rincón del texto.

Los medios, por otro lado, deben ser cautelosos ante los resultados de empresas encuestadoras cuya reputación desconozcan o cuya metodología sea dudosa. Sería recomendable que ninguna encuesta realizada en la calle se difundiera a través de los medios de comunicación masiva de nuestro país. Este tipo de encuesta, al no ser probabilística, no cumple con los estándares profesionales mínimos.

El gran reto del mercado de las encuestas en México es que efectivamente funcione, es decir, las empresas especializadas en “encuestas a la medida” deberían desaparecer dada la poca confiabilidad de sus resultados y su falta de ética profesional. Mientras los partidos y sus candidatos continúen ordenando encuestas con fines propagandísticos seguirán proliferando las malas encuestas. Existe una solución: que los medios de comunicación les cierren sus puertas y las “encuestas a la medida” pierdan su razón de ser.                      n

El muerto y sus pasos

LA MUERTE DEL TAPADO

EL MUERTO Y SUS PASOS

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

El Tapado es una de las figuras más emblemáticas de la cultura política mexicana del siglo XX. También es, gracias a la imaginación de Abel Quezada, que lo volvió parte de nuestro paisaje humorístico, una metáfora del mecanismo secreto de la transmisión del poder. El México del Tapado es un México que se despide: es el México sin competencia electoral y el de los triunfos absolutos del partido hegemónico.

Para celebrar sus funerales, Nexos invitó a 13 autores. Bajo su mirada aparece un nuevo panorama: el de la voluntad democrática de los electores, que ha sustituido a la voluntad presidencialista.

El resultado nos deja un atractivo diagnóstico de cómo han cambiado las reglas de la transmisión del poder en México.

Sintió las pisadas habituales del perro trepándose a la cama por la madrugada, pero el perro había muerto dos años atrás…

A muchos mexicanos les pasa con El Tapado lo que al posible personaje de este cuento de horror: sienten sus pasos en el ágora como si estuviera vivo, pero El Tapado ha muerto hace ya algunos años, de muerte histórica, de muerte política y de muerte institucional.

La institución del Tapadismo, que Abel Quezada bautizó y volvió parte de nuestro humor y nuestro paisaje político, fue la solución peculiarmente mexicana al problema mayor de toda organización política. Ese problema es cómo se transmite el poder. Si no hay reglas aceptadas para ello —cualesquiera que sean, monárquicas o democráticas, oligárquicas o plebiscitarias— todo proceso de sucesión o transmisión del poder terminará en discordia, acabará dirimiéndose por la fuerza, reduciendo la política a su mínima y más radical expresión, que es la de la guerra y la violencia.

Durante décadas, en un país que no era una monarquía ni una democracia, que arrastraba una historia de rebeliones fatales en momentos de renovación de los poderes públicos, el tapadismo resolvió el problema central de la política mediante una combinación extraordinaria de factores.

En primer lugar, la vigencia de un régimen presidencialista cuya única limitación seria era que su titular no podía reelegirse. Debía por lo mismo encargarse del problema de quién habría de sucederlo. Entregar esa decisión a la voluntad democrática de los electores parecería una solución obvia, pero ese presidente sin contrapesos gobernaba un sistema político de partido tan hegemónico que la competencia de otros partidos era apenas visible. Quien salía candidato del partido hegemónico a cualquier puesto era elegido inexorablemente. Lo decisivo en la transmisión del poder no era entonces quién resultaba elegido en las elecciones formales sino quién era el candidato del partido hegemónico.

La solución a tamaño problema de hegemonía habría sido, desde luego, someter al partido oficial a unas competidas elecciones internas, decisión que va bien y hasta es obvia en la lógica del juego democrático, pero es del todo contraria a la lógica del poder que, si puede elegir, prefiere concentrar a repartir. Los presidentes de aquel sistema de partido hegemónico optaron lógicamente por concentrar las facultades que les ofrecía la historia en lugar de dispersarlas, y extendieron poco a poco sobre los territorios del partido hegemónico su propia hegemonía indesafiable, personal e institucional.

Fue así como los presidentes de aquel sistema de partido hegemónico se convirtieron en los grandes administradores del futuro, del triunfo y de la derrota políticas. Fueron los grandes electores / designadores de los políticos que habrían de ser candidatos del partido hegemónico y por ese solo hecho, a inmediata continuación, los triunfadores en las urnas. Porque el tercer ingrediente del coctel es que en aquella república las leyes obligaban a celebrar elecciones abiertas y los gobernantes, nacidos de una revolución violenta, habían respetado sin embargo, puntualmente, aquel ritual de sociedad democrática. Se celebraban pues las elecciones religiosamente, con estricto apego a los calendarios previstos y los términos constitucionales de ejercicio de los cargos de elección popular.

Naturalmente, la organización de las elecciones era también una de las actividades hegemónicas del gobierno. En un país sin competencia de partidos políticos, no podía haber competencia electoral y, apenas, ciudadanos concurrentes. Para que las elecciones pudieran ser tenía que organizarías el gobierno y para que la ciudadanía acudiera masivamente a votar tenía que inventar sus votos el gobierno.

Así, la vida política de aquel régimen era en todo un simulacro salvo en la cuestión de fondo a resolver: transmitía el poder sin dar espacio a la discordia. Lo hacía mediante el método que Abel Quezada, genial observador y creador de la realidad pública de México, bautizó gozosamente como tapadismo.

Por analogía con las peleas de gallos en las que hay desafíos pactados contra gallos que no se conocen, porque el gallero los mantiene “tapados” hasta antes de soltarlos al combate, se habló en México de los futuros presidentes como los “tapados”. Nadie podía saber quién sería el próximo presidente porque el presidente en turno lo mantenía “tapado” hasta que ordenaba al partido hegemónico el nombre del candidato presidencial para el siguiente periodo de gobierno.

El presidente en turno jugaba a las adivinanzas con la sociedad y con el sistema político sobre quién ocuparía su lugar. Todas las ambiciones y los grupos políticos giraban en torno a su veredicto, buscando ser los elegidos, en una danza de falsas lealtades, simulaciones verdaderas, estrategias soterradas y cortesanías que alcanzaban el rango de iluminaciones históricas. Si alguien quiere conocer los intríngulis, la picaresca y la densidad humana y adivinatoria de ese proceso, no tiene más que acudir al libro de Jorge Castañeda, La herencia, que es una arqueología viva de las sucesiones presidenciales de 1970, 1976, 1982, 1988 y 1994.

Todo eso se ha ido aunque haya quienes, de tan largo el hábito, sigan oyendo sus pasos en la azotea. El simulacro democrático ha llegado a su fin en México. Las elecciones son competidas y reales. Los votantes son reales. La incertidumbre sobre quién ganará es una incertidumbre democrática, no una adivinanza cortesana sobre la ocurrencia que tendrá el presidente en cuanto a la identidad de su sucesor.

¿Cuándo murió el Tapadismo?

En sentido amplio cuando la competencia electoral de la oposición hizo imprevisible o discutible el triunfo del candidato oficial en las urnas. Esto es, en las elecciones de 1988. Tapadismo competido, impugnado y debatido en su triunfo no es tapadismo, pierde su única virtud entre todos sus defectos: transmitir el poder sin conflictos mayores.

En un sentido estricto, acaso el año de desaparición final del tapadismo sea éste que corre. 1999. el año en que el presidente renunció expresamente a decidir por sí y ante sí quién sería el candidato del partido oficial.

El partido oficial, por su parte, hace ya más de una década que no es el partido hegemónico, sino sólo, acaso, el mayoritario —con una mayoría inferior a la mayoría absoluta—. Las elecciones primarias del PRI que se definen este mes de noviembre bien podrían valer como las exequias públicas del viejo cadáver de El Tapado.

No es posible encontrar otra cosa que ventajas democráticas en ese entierro final. Todo en los ritos de El Tapado era indefendible salvo su resultado: eficacia en la transmisión del poder sin discordias. Hay todo que celebrar en los nuevos ritos democráticos de México, pero no ha probado todavía su eficacia en lo fundamental que es transmitir el poder a satisfacción de todos, inaugurar una nueva época de gobernabilidad y certidumbre. De ahí quizá los pasos del muerto que todavía se escuchan en nuestras azoteas.  n

Héctor Aguilar Camín. Escritor. Su más reciente libro es El resplandor de la madera (Alfaguara).

El tapado postmoderno

EL TAPADO POSTMODERNO

POR RICARDO RAPHAEL DE LA MADRID

La consigna es que en el partido ya no va a haber tapados”. Esta frase es tan vieja como el mismísimo PRI. ¿Se habrá finalmente cumplido la consigna en 1999? Durante la primera parte de la década de los setenta, Jorge Ibargüengoitia escribió: “el proceso empieza con un periodo interno de escogimiento. ¿Dónde se hace esto? Yo creo que en las alturas. Después se brinca al otro extremo del partido, al escalón más bajo: los organismos. Ahí se ‘adhieren’ a alguien —supongo que a alguno de los escogidos — y lo proponen como precandidato. Más tarde el comité ejecutivo ‘ausculta’, y decide ‘hacia dónde se inclinan las mayorías’”.

Todo pareciera indicar que, en efecto, el método de “escogimiento” ha sufrido algunos cambios visibles desde que Ibargüengoitia publicara esta nota en E.xcélsior.1 Explorando el reciente proceso de selección de candidato a la presidencia del PRI, uno puede observar que, por lo pronto, existen huellas, rastros, olores pues, de algo parecido al periodo de escogimiento. Sin embargo, a diferencia del pasado, en esta ocasión sólo se escogió a uno. Los otros tres, forzando un poquito la puerta, se colaron al banquete. ¿Dónde se escogió? Yo, como Ibargüengoitia, también creo que en 1999 se hizo en las alturas.

En el salto al otro extremo del partido, a los organismos, es donde las cosas empiezan a cambiar: ya los sectores no se adhieren públicamente, así no más. Ahora, de menos, lo hacen pudorosamente en silencio. Es decir, nada más piensan la adhesión, pero no la gritan a los cuatro vientos. Hacia finales del siglo, los organismos se volvieron más civilizados, menos montoneros; le entraron a los humores democráticos y se permitieron escuchar las propuestas que, desde luego el escogido, pero también los otros, ofrecen al militante priista. Sin embargo, el cambio más dramático estriba en que ahora el comité ejecutivo ya no ausculta. Para saber hacia dónde se inclinan las mayorías hoy se precisaron unas carísimas pero poderosamente legitimadoras elecciones primarias.

No cabe duda que esta evolución del tapadismo conlleva riesgos. ¿Qué tal si uno de los no-escogidos le gana la carrera al escogido? ¿Que tal si uno de los primeros se revela rebelde y le echa a perder la fiesta al segundo y. de paso, al de las alturas? En la realidad, todo indica que es precisamente por esta incierta ruta donde se han metido los priistas. Al grito de “esta vez no hay tapado”, “me corto el dedo” y “¿quién dijo que no se puede?” Roberto Madrazo reacciona haciendo todo eso que en el diseño de esta versión postmoderna del tapadismo no previeron los jerarcas priistas.

Con una sobredosis, un tanto cuanto vulgar de testosterona. Madrazo se ha valido de todas las ventajas de un juego que —de dientes para afuera— se presentó como abierto: atacar al gobierno del presidente, acusar de mentiroso al escogido, venderse multimillonariamente como si fuera una nueva pasta de dientes y utilizar su apellido a diestra y siniestra, como si en el nombre del padre estuvieran contenidos todos los elementos necesarios para derrumbar al viejo régimen.

No obstante, aquellos que permanecen fieles a la regla “yo me disciplino, tú te disciplinas” (que tan lúcidamente fuera descubierta por Ibargüengoitia), dicen que el escogido está a salvo de ser el primero de esta rara estirpe que no triunfa en la historia del tapadismo. Y, en efecto, la maquinaria priista pareciera tener tantos años de vuelo que ahora —en su versión rediviva— es decir, bajo un nuevo modelo altamente tecnologizado, puede llegar a su destino gracias al control remoto. ¿Para qué se necesitan dedos y dedazos, si hoy bastan las yemas para mandar una poderosa señal que sintonice a todo el aparato en un mismo canal?

Basten diez o quince gobernadores con las antenas colocadas en el lugar correcto, y una treintena más de operadores regionales al acecho de un buen cargo en el futuro, para que el piloto automático de la sucesión ofrezca resultados muy similares a los que en el pasado produjera la ruidosa y cínica maquinaria priista. ¿Quién dijo que la historia del tapadismo mexicano no podía, como todo, también entrar en una dinámica de modernidad democrática? El reciente proceso nos demuestra que había una tipología del tapadismo que no había sido estudiada: la del tapado demócrata. Una suerte de escogido desde las alturas que, pasando por la prueba de unas elecciones primarias, es capaz de llegar—gracias al uso del rayo láser— al mismo lugar donde sus colegas del pasado, sin tanto esfuerzo ni aspaviento, estaban destinados.  n

Ricardo Raphael de la Madrid. Politólogo. Colaborador de las revistas Epoca y Voz y voto.

‘”El PRI para distraídos: yo me disciplino, tú te disciplinas”, en Instrucciones para vivir en México. Joaquín Mortiz, 1990.

La picaresca del tapado

LA PICARESCA DEL TAPADO

POR ARNALDO CÓRDOVA

La del tapado es una auténtica leyenda negra de la política mexicana de los últimos casi cuarenta años que nadie puede tratar en serio ni diagnosticar en la vía de análisis con una determinada certeza o, siquiera, con un mínimo de información adecuada. El tapadismo, más que un dato duro, identificable o definible de la realidad política, es casi un albur, un chisme de la picaresca política mexicana que, más que llevar a conseguir un conocimiento seguro de la realidad, lo único que hace es revelar el grado de abyección y de esquizofrenia que hemos padecido en México en lo tocante a su quehacer político.

El fenómeno se generó durante los años sesenta como una derivación, ni más ni menos, de la morbosidad que despertaba el secreto en el que se designaba a los candidatos presidenciales del PRI, de lo que ningún mortal podía saber nada y del que los pocos que se interesaban en la política hacían motivo para echar adivinanzas. ¡Quién sabe quién fue el genio que inventó el mito! Puede haber sido una creación colectiva; en todo caso, fueron los caricaturistas de la época, en primer término don Abel Quezada, quienes contribuyeron en mayor medida a su popularización. El hecho es que cundió como una inundación.

El mito del tapado no agregó nada al conocimiento de la realidad. Más bien contribuyó a hacerla más oscura y viscosa de lo que ya era, y hasta misteriosa o irreconocible. En su visión más elemental, por supuesto, implicaba que el presidente en turno decidía, desde el principio (un principio que nadie podía explicar cuándo se daba, si desde que tomaba el poder, a los tres años de su gobierno, o cuando comenzaba el fin del sexenio en el quinto año), quién sería su sucesor. Implicaba también que las elecciones, como en gran medida ocurría, eran sólo una farsa que tenían el único objeto de dar legitimidad al agraciado. En el fondo, sugería que todo lo que sucedía en la política sucesoria no era más que una parafernalia inútil y adormecedora de la conciencia popular férreamente copada por el oficialismo.

El entretenimiento más popular, en efecto, en los marcos de un Estado profundamente antidemocrático, corporativista y populista, era el de adivinar, entre los “posibles”, quién era el que el presidente había ya designado como su sucesor. Aello se agregó otro pequeño mito distorsionador y encubridor de la realidad: el del dedazo, complementario y sin ningún sustento real para poder entenderlo. El dedazo era el primer acto (el presidente decidía, “en la soledad de su despacho”, quién sería el sucesor); el tapadismo era el segundo acto y jugaba el papel de una especie de parodia democrática en la lucha por el poder que no tenía más fin que el de calmar las turbulencias internas y poner coto a las ambiciones personales o de grupo y, a final de cuentas, disciplinar a todos en la misma decisión (de nuevo, ya tomada de antemano).

Todo eso no era más que un ilusionismo malsano y enfermizo con el que los grupos gobernantes manipulaban de principio a fin la opinión popular y reforzaban la imagen pública de los ungidos. Servía, además y sobre todo, para ocultar las pugnas internas del oficialismo que se dirimían con toda clase de malas y buenas artes y, muchas veces, daba lugar a pequeñas rupturas u obligados ostracismos en que caían quienes no seguían, al pie de la letra, ese barbarismo político que se ha llamado “reglas no escritas” y que. para los propios interesados, siempre ha sido muy difícil de seguir y, más todavía, de acatar. Tapadismo y dedazo resumían la política de la simulación total, ésa en la que el exterior era totalmente falso (para consumo de la sociedad subyugada) y el interior era totalmente críptico, oculto y secreto. En suma, la prepotencia irresponsable e impune del régimen político.

Hace treinta años, me permití sugerir que las cosas no eran como suponían el tapadismo y el dedazo. Es verdad que las turbulencias en la selección de los futuros presidentes permanecían siempre en lo oscuro y que en los avernos del régimen autoritario se daban luchas de intereses que siempre dejaban en el camino un montón de víctimas y, en ocasiones, de victimarios que hacían el papel de chivos expiatorios y que, de todo ello, casi nadie se enteraba. Del misterio y del secreto se hacía fortuna y los grupos gobernantes estaban siempre en grado de engañar a la sociedad entera. Que la lucha interna existía y era, las más de las veces, encarnizada, todo mundo lo podía adivinar. La cuestión era: ¿por qué todo terminaba como si nada hubiera pasado y aparecía como un arreglo de cuentas en el que no figuraban ni vencedores ni vencidos?

Para mí había una respuesta plausible: ni el presidente era el dueño absoluto del poder de designar a su sucesor ni los grupos del poder eran tan sumisos que no pudieran hacer valer sus privilegios en esa siempre confusa correlación de fuerzas internas sobre las que el mismo primer mandatario jamás podía imponerse sin apelaciones y con las que, por necesidad, debía negociar y encontrar un arreglo que a todos satisficiera. Ni los mismos dictadores pueden dejar de negociar sus decisiones con quienes les siguen. Eso no tiene nada que ver con la democracia, pero sí y en todo momento con una distribución del poder que supone soportes y adhesiones que le dan legitimidad interna y solidez frente a la sociedad. Me imaginé la figura del presidente como un negociador que debe decidir sobre intereses reales que encarnan en cada grupo y en individuos ligados al poder. El presidente no podía más que ser un arbitro y que, en esa condición, ejercía el poder y éste consistía, esencialmente, en su arbitraje sobre los intereses tan disímbolos y a veces encontrados que debía representar.

En esa hipótesis, que hasta ahora no me ha fallado en mis análisis, el tapadismo y el dedazo siempre me han parecido una morralla demagógica que no explica nada ni sugiere línea alguna de conocimiento de nuestra realidad política nacional, incluso en aquellos tiempos ya periclitados de absolutismo presidencial.    n

Arnaldo Córdova. Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Es autor, entre otros libros, de La revolución en crisis. La aventura del maximato.

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

1.   Parroquias en México que llevan el nombre de San Francisco: 116

2.   Empleados que tienen acceso a Internet en la compañía Xerox: 40.000

3.   Empleados de esa compañía que este año han sido despedidos por consultar páginas pornográficas en Internet: 20

4.   Porcentaje de estadunidenses que, al morir, son cremados: 24

5.   Muertos de sida por cada cien mil habitantes en Estados Unidos: 4.6

6.   Nuevos casos de sífilis reportados en EU el año anterior: 7,000

7.   Muertes anuales por rabia en el mundo: 50,000

8.   Enfermedades infecciosas o parasitarias que pueden transmitirse de los animales vertebrados al ser humano: 150

9.   Porcentaje del total de invidentes que habitan en China: 18

10. Mujeres en el mundo que mueren al año debido a una inadecuada atención durante el embarazo: 600.000

11. Indocumentados colombianos en Venezuela: 1,500,000

12. Porcentaje de colombianos que son pesimistas respecto al proceso de paz: 69

13. Millones de dólares que la industria turística gay genera al año en Francia: 17,000

14. Toneladas de plutonio que han sido producidas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: 1,200

15. Toneladas de plutonio almacenadas en Rusia: 162

16. Tratados internacionales que el Senado de EU ha ratificado desde 1789: 1,523

17. Tratados internacionales que ese Senado no ha ratificado desde entonces: 20

18. Porcentaje de edificios públicos en el DF que carecen de accesos adecuados para discapacitados: 95

19. Recompensa que ofrece el gobierno de EU a quien proporcione datos para capturar a Ramón Arellano Félix: 2,000,000

20. Porcentaje de los billetes que circulan en Milán, Italia, y presentan rastros de cocaína: 80

Fuentes: 1 Reforma: 10 de octubre de 1999; 2-3. The Daily Yomiurí: 8 de octubre de 1999; 4. USA Today: 11 de octubre de 1999; 5. The hipan Times: 8 de octubre de 1999; 6. The .tapan Times: 9 de octubre de 1999: 7-9. Organización Mundial de la Salud: 10. La Jornada: 13 de octubre de 1999; 11-12. Proceso: 17 de octubre de 1999; 13. The Japan Times: 8 de octubre de 1999; 14-15. Reforma: 10 de octubre de 1999; 16-17. El País: 15 de octubre de 1999; 18. La Jornada: 16 de octubre de 1999; 19. Reforma: 10 de octubre de 1999; 20. La Crónica: 24 de octubre de 1999.

¿Qué son?

4,800 Giros mercantiles conflictivos en el DF.

15,000 Costo mínimo en dólares de un óvulo de una modelo en las páginas de Internet.

380 Ciudades chinas donde se distribuye la pasta dental Colgate.

40 Porcentaje de estadunidenses que cree en el fin del mundo tal como lo describe el Nuevo Testamento.

300 Empresas suizas en poder de la mafia rusa.

2.5 Millones de botellas de agua que cada hora se consumen en Estados Unidos.

Roberto Pliego. Escritor. Es Jefe de Edición de la revista nexos.

El despertar del nihilismo

Este ensayo puede leerse como una revisión y crítica de las posturas contemporáneas del nihilismo, a partir de una visión religiosa del mundo. En palabras de Michael Novak: “durante tres siglos, la modernidad ha sido muy fructífera en descubrimientos prácticos; un ejemplo de ello son las magníficas instituciones que sustentan las libertades política y económica. Pero se ha equivocado profundamente en la filosofía que sustenta la vida. Una era que se equivoca en lo que a Dios se refiere, seguramente habrá de equivocarse en lo que al hombre concierne”.


Cuatro lecciones del siglo XX que nos preparan para el siglo XXI

Cuanto más nos aproximamos al final del siglo XX más nos debemos una reflexión de lo que ha acontecido en él. Este siglo ha sido el más sangriento de la historia. Hace escasos cincuenta años desde esta abadía de Westminster, venerada y moralmente amenazada, se oía el prolongado ulular de bombas que caían. En un momento no elegido por ellas y de manera imprevisible les fue brutalmente arrebatada la vida a más de 100 millones de personas en Europa. Uno de los primeros ganadores del Premio Templeton, Alexander Solyenitsin, ha reconocido que, además de los muertos de la guerra, 66 millones de prisioneros perecieron en los campos de concentración soviéticos. Añádanse a esa suma los millones de muertes oficiales acaecidas en Asia, Africa y demás continentes a partir de 1900.

Nada garantiza que el siglo XXI no vaya a ser más sangriento aún. No obstante, de las cenizas de nuestro siglo el mundo ha aprendido cuatro lecciones dolorosas. La primera de ellas es que aun bajo las condiciones del nihilismo, ser fiel a la verdad es mejor que acobardarse ante ella. Es de la fidelidad a la verdad de donde emerge la libertad interior.

La segunda lección es que la afirmación de Stalin, Mussolini y Hitler, de que la dictadura es más vigorosa que la “democracia decadente”, carecía de sentido. Condujo a los campos de concentración.

La tercera es que la proclama de que el socialismo es moralmente superior al capitalismo y favorece a los pobres también carecía de sentido. Pavimentó el camino de la servidumbre.

La cuarta es que el relativismo vulgar debilita de tal forma la cultura de la libertad que es posible que las instituciones libres no logren sobrevivir en el siglo XXI.

Primera lección: La verdad cuenta

Durante tres siglos, la modernidad ha sido muy fructífera en descubrimientos prácticos; un ejemplo de ello son las magníficas instituciones que sustentan las libertades política y económica.

Pero se ha equivocado profundamente en la filosofía que sustenta la vida. Una era que se equivoca en lo que a Dios se refiere, seguramente habrá de equivocarse en lo que al hombre concierne.

Como Hegel señaló en una ocasión, la historia es como la tabla del carnicero, Homo homini lupus. “Solitaria, pobre, sórdida. brutal y limitada”. Muchos inquisidores desilusionados, al presenciar cómo millones de cuerpos se tiraban, como si fuesen costales de huesos, han afirmado, comprensiblemente en este siglo, que Dios ha muerto. Pensemos cuán irrazonable es que desde que se inició el siglo miles de niños aterrorizados hayan pasado largas noches llorando de amargura.

Y, no obstante, de esta prolongada noche que ha durado un siglo, ha surgido de las entrañas mismas del nihilismo una primera lección fundamental, y es que: la verdad cuenta. Aun para quienes la existencia de Dios sea incierta, la verdad es diferente a la mentira.

Los verdugos podrán torturarnos la mente e incluso reducirnos a calidad de vegetal, pero mientras conservemos la capacidad de decir “sí” o “no”, tal y como la verdad lo requiere, no podrán adueñarse de nosotros.

Más aún, como la literatura de las prisiones del siglo XX lo atestigua (en demasía abundante, desgraciadamente), la verdad no es tan sólo un compromiso pragmático, como desearían hacernos creer los verdugos por medios seductores: “es algo tan sencillo”, afirman ellos, “tan sólo tiene usted que decir sí, firmar aquí, y habremos terminado. Después puede olvidarlo todo. ¿Qué daño puede ocasionarle esto? Hemos tenido el poder durante setenta años y siempre lo tendremos. ¿Por qué no es usted más práctico? Acepte la realidad: es tan fácil como espantar a una mosca. ¿Quién lo va a saber jamás? Firme aquí y ya”.

Con todo, han sido millones los que, en tales circunstancias, han sabido que lo que estaba en juego era su identidad como mujeres y como hombres libres o, para ser más precisos, su salvación. Convoquemos a los testigos de esa interminable lista de honor de nuestro siglo: Irina Ratushinskaya. Raoul Wallenberg, Andrei Sajarov. Maximilian Kolbe, Vladimir Bukovski, Vaclav Havel, Anatole Scharanski, Pavel Bratinka, Tomas Halik, Mihailo Mihailov, Armando Valladares…

Obedecer a la verdad es ser libre. En situaciones extremas nada resulta tan claro para la mente torturada; nada tan esencial para la sobrevivencia del autorrespeto; nada tan importante para saber que se sigue siendo un ser humano digno y valioso (que no se es cómplice de nadie, que no se es parte de las maquinaciones de nadie y que se está dispuesto a morir en la lucha contra el reino de la mentira). Nada es tan satisfactorio como serle fiel a la verdad. La dignidad humana está fincada en la lealtad a la verdad.

No hay nada de misterioso en ello. A menudo, la gente sencilla lo ve con mayor claridad que los letrados. La reflexión que Alexander Solyenitsin hace en su discurso al recibir el Premio Nobel en 1970 sostiene que una sola verdad es más poderosa que todas las armas del mundo. Que a pesar de lo oscuro que parecía ser esa época en que el comunismo avanzaba por doquier, la verdad prevalecería contra la mentira, y que aquellos que fueran fieles a la verdad vencerían a la tiranía. Sus predicciones eran correctas: la verdad sí prevaleció sobre las armas. Somos testigos de la historia y por tanto es nuestra obligación enseñarles esto a nuestros hijos.

Lo que aprendieron los prisioneros de nuestra época, Dostoievski entre ellos, es que nosotros los humanos no poseemos la verdad. La verdad no es algo subjetivo que forjemos o elijamos o confeccionemos conforme a la moda de hoy o del pragmatismo del mañana: simplemente la obedecemos. No la poseemos, ella nos posee. La verdad se adueña de nosotros. La verdad es mucho más grande y profunda que nosotros, la verdad nos lleva a donde sea su voluntad. No nos corresponde dominarla.

Y aun así, incluso en la prisión, la verdad es ama y señora en cuya presencia un hombre libre se mantiene erguido. La obediencia a la verdad no humilla a nadie, por el contrario, lo ennoblece. La obediencia a la verdad es una luz que ilumina los pasos en el camino a la libertad. La obediencia a la verdad propicia que el hombre se percate de que es partícipe de algo más grande que él mismo, que mide sus imperfecciones y debilidades.

La verdad es la luz de Dios que ilumina nuestro interior, es una forma humilde de búsqueda incansable. En lo más recóndito de nuestro ser. aun en la infancia, existe un impulso incontenible de cuestionar. Ese impulso ilimitado es la presencia dinámica de Dios en nosotros, la semilla de nuestra insatisfacción con todo aquello que no sea infinito.

El gran rechazo de la era moderna a decirle “sí” a Dios se basa en una deficiencia del intelecto y de la imaginación. El error de la modernidad es haber imaginado a Dios como diferente a la verdad; alienado de nosotros, “allá afuera”, como un objeto fantasmal en el espacio lejano, y que servirle es perder nuestra autonomía. La modernidad ha imaginado a Dios como una versión fantasmagórica de los tiranos de carne y hueso que hemos visto en el siglo XX.

Con tan sólo observar a los verdaderos tiranos de nuestro tiempo, con botas altas, cabello grasoso, soberbios, que disfrutaban torturando a inocentes, es suficiente romper esa falsa identidad. Los tiranos quizá se creían semejantes a Dios, pero fue una idiotez hacerles creer que Dios era semejante ellos.

Muchos de los que se rebelaron contra los tiranos de nuestra era subvirtieron el nihilismo: en la nada encontraron la luz interior. A esa luz le llamaron Dios. Algunos entablaron comunicación con ella, cuya fuente, lo sabían, no estaba en ellos mismos. Fue una conversación sin palabras: comunión. En ese diálogo. Dios y Verdad eran uno. En el siglo XX. las cárceles y las cámaras de tortura han mostrado ser mejores recintos para encontrar a Dios que las universidades.

Segunda y tercera lecciones prácticas

Por tanto, hasta hace poco, la modernidad estuvo equivocada en su relación con la verdad y por consecuencia con Dios y con la humanidad. Pero a pesar de eso, la modernidad, para crédito propio y porque se lo concedió la Providencia, ha hecho tres grandes descubrimientos de carácter institucional. Los pensadores modernos fueron los primeros en encontrar los principios prácticos de la sociedad libre hasta entonces desconocidos por los antiguos y los medievales. Sociedad libre en su forma de gobierno, libre en su economía y libre en los ámbitos de la conciencia y de la investigación. Los grandes logros modernos en esos tres campos han sido eminentemente prácticos: cómo hacer que las instituciones libres funcionen lo mejor posible y mejor que los antiguos regímenes.

Sin embargo, a pesar de esos beneficios prácticos, la modernidad destruyó los únicos fundamentos filosóficos en los que puede sustentarse la sociedad libre. Se supuso que la era de la Ilustración iba a ponerle fin a las disputas sectarias, pero no fue así. Dentro de la propia escuela de pensamiento, los fundamentos de la sociedad libre parecerían estar seguros. Pero en cuanto se mira al exterior, se escuchan los gritos de ásperas voces. La Ilustración no fue capaz de desarrollar argumentos inteligentes para mejorar la moral pública, y éstos se quedaron en un nivel infantil.

Es preciso recordar que el siglo XX no sólo fue el más sangriento, sino también el más ideológico. La ideología es el sustituto ateo de la fe. Carente de fe, a nuestra era le han sobrado las ideologías conflictivas. Durante nueve décadas de este siglo, ejércitos no del todo ignorantes, se han confrontado en la oscuridad. Los dos grandes principios prácticos de la sociedad libre: el principio político y el económico fueron mortalmente impugnados por los ejércitos ideológicos.

A pesar de los libros y de las canciones que aparecieron en la década de los treinta: El final de una era, Las luces se apagan en todo el mundo, La decadencia de Occidente, a pesar de la presunción de los dictadores de que “en tres semanas Inglaterra tendrá el cuello tan retorcido como el de un pollo”, las democracias decadentes dieron prueba de poseer la voluntad, la audacia y la energía suficientes para derrocar el principio de la dictadura. Lo derrocaron de tal manera que hoy en cualquier parte del mundo difícilmente se atrevería un dictador a sostener que la dictadura es la forma ideal de gobierno. A la mayoría de ellos se les permite afirmar, con escasa convicción, que en el caso concreto de su país, la dictadura es lo más conveniente. Mienten.

Para la gente pobre, los principios de la democracia (el Estado de derecho, el gobierno limitado, las verificaciones y el rendimiento de cuentas) son mejores que los de la dictadura. Sólo así la gente puede gozar de la libertad civil necesaria para garantizar su dignidad y su autodominio. La democracia es la primera gran lección práctica de nuestro tiempo y aprenderla tuvo un precio demasiado alto.

La segunda gran lección práctica de nuestro siglo se refiere a la futilidad del socialismo como principio económico. Durante ciento cincuenta años, la lucha sobre los principios económicos fundamentales se libró asimétricamente. Centenares de libros exponían con todo detalle las maravillas de la ideología socialista, criticaban apasionadamente los defectos de la práctica capitalista, y con gran alarde trazaban la inminente transición del capitalismo al socialismo. Cuando se presentó el momento de hacer la transición necesaria del socialismo al capitalismo no existía un solo libro que trazara el camino. Resulta difícil creer que tantos intelectuales que se consideraban “científicos” se hayan equivocado sobre lo que ellos mismos señalaron como un momento culminante de la historia. El relato de cómo aconteció esto tendrá que volver a contarse algún día.

Como el Papa Juan Pablo II lo señaló recientemente en la encíclica Centesimus Annus, ese relato se vincula con la devaluación, por parte de los intelectuales, de la persona humana. Ningún sistema que menosprecie la iniciativa y la creatividad de toda mujer y de todo hombre, hechos a imagen de su Creador, es propicio para el ser humano. El primer día que la bandera de Rusia se agitó contra el cielo azul y sobre el ayuntamiento de San Petersburgo, donde la bandera roja había ondeado durante siete décadas, un artista ruso me dijo: “la próxima vez que quieran realizar un experimento parecido al del socialismo deberán hacer pruebas con animales primero, pues a los hombres les resulta demasiado doloroso”.

En verdad, cuando la cortina de hierro cayó y se desenmascaró la Gran Mentira, fue plenamente evidente que en el corazón mismo del “socialismo existente real” los pobres vivían en condiciones tercermundistas; que la mayor parte de la población se hallaba en la miseria: que tanto la voluntad de trabajar como la creatividad económica habían sido sofocadas desde la cuna; que la inteligencia económica se vio cegada por la absurda necesidad de fijar arbitrariamente el precio de alrededor de 22 millones de bienes y servicios; que el Estado omnívoro se había tragado casi por completo a la sociedad civil; que la sociedad de “camaradas” había conducido a millones de individuos al aislamiento interno más privativo, desconfiado y alienado de la Tierra; que esta Cultura de la Mentira había sido fuente de odio de millones de personas y que los vastos campos de cultivo así como el agua de ríos y lagos habían sido saqueados.

Nuestro siglo nos ha enseñado tres grandes lecciones, aun cuando el costo de su aprendizaje haya sido monstruoso. Primero, que la verdad cuenta. Segundo, que pese a todos sus defectos evidentes la democracia es mejor que la dictadura para proteger a los individuos y a las minorías. Tercero, que no obstante todas sus deficiencias, e incluso a pesar de sus imperfecciones, el capitalismo favorece a los pobres más que ninguno de sus dos grandes rivales: el socialismo y el Estado tercermunundista tradicional.

Basta observar en qué dirección emigran los pobres del mundo. Los pobres, a los que mi muy querida familia pertenecía, lo saben mejor que los intelectuales. Ellos buscan oportunidades y libertad, buscan sistemas que les permitan ser económicamente creativos tal como Dios lo dispuso.

Estas tres lecciones nos ofrecen razones para estar optimistas. Si tienen éxito los nuevos experimentos sobre democracia y capitalismo, a lo largo de esa enorme planicie que se proyecta como una flecha hacia el Este que atraviesa Alemania, Polonia, Ucrania, Bielorrusia y las estepas rusas, es muy probable que el siglo XXI sea el más próspero y el más libre de la historia del mundo.

Tal vez China también, si logra convertirse en una democracia con Estado de derecho y continúa su apertura hacia el capitalismo, probablemente podrá otorgarle a sus más de mil millones de ciudadanos una libertad sin precedentes.

En toda América Latina existe la posibilidad de que el suelo fértil de la libertad produzca frutos nuevos en educación, energía creativa y prosperidad para todos.

El siglo XXI podría llegar a ser el siglo más creativo de la historia, al conducir a todos los pueblos del mundo hacia el fresco y saludable abrigo de la libertad. Podría ser maravilloso.

Pero, desgraciadamente, es mucho más probable que el siglo XXI se asemeje al siglo XX: atormentado, sanguinario, bárbaro. Falta sin embargo una cuarta lección.

Cuarta lección: La ecología de la libertad

Durante el siglo XX, la sociedad libre tuvo que luchar por su vida. La imperiosa necesidad de asegurar una forma de gobierno y una economía libres distrajeron la atención del peligro cultural en el que la libertad estaba cayendo a pasos acelerados.

Muchas personas sofisticadas se complacen en afirmar que son cínicas y que la nuestra es la era del cinismo. Se adulan a sí mismas: no es que no crean en nada, sino que creen en cualquier cosa. La nuestra no es una era de incredulidad. Es una era de credulidad arrogante. Pensemos en todos los que realmente creyeron en las fantasías del fascismo. Pensemos en cuántos prometieron mantenerse fieles al socialismo. Pensemos en cuántos, hoy, creen en el progresivo calentamiento de nuestro planeta; pensemos en cuántos creen en una inminente era glacial…y ¡pensemos en cuántos creen en ambas cosas! Lo que nunca le falta a nuestros intelectuales es en qué creer apasionadamente.

Uno de los principios que muchas almas fogosas de nuestro tiempo difunden con vehemencia es, por ejemplo, el relativismo vulgar, el “nihilismo con rostro feliz”. Para ellos no existe la verdad, sólo opiniones: mi opinión, su opinión. Esas personas no creen en el poder del intelecto. Al no poder aprehender la realidad por medio del intelecto, sólo quedan los gustos y la voluntad. Esas personas se refugian en la fantasía de la voluntad.

Esto es conceder a Mussolini y a Hitler, postuma y casualmente, lo que ellos no pudieron defender con la poderosa fuerza de las armas. Con ello, asimismo, pasan por alto la primera gran lección que se rescató de los escombros de la Segunda Guerra mundial: aquellos que renuncian al intelecto allanan el camino que conduce al fascismo. El totalitarismo, según la definición de Mussolini, es la feroce volontá. Es el ansia de poder desenfrenado sin respeto alguno a la verdad. Renunciar a las exigencias de la verdad equivale a entregarle la Tierra a los criminales. Es burlarse de quienes padecieron en defensa de la verdad a manos de los verdugos.

El relativismo vulgar es un gas invisible, inodoro y letal que está contaminando en la actualidad todas las sociedades libres del planeta. Es un gas que ataca el sistema nervioso central de la moral. Esta amenaza, la más peligrosa de la sociedad libre, hoy, no es política ni económica, es la cultura venenosa y corruptora del relativismo. La gente lo sabe, pero los intelectuales no. Si lo supieran ya estarían dando la señal de alarma.

La libertad no puede desarrollarse ni sobrevivir en cualquier entorno. En la historia de la humanidad las sociedades libres han sido muy escasas. La ecología de la libertad es más frágil que la biosfera de la Tierra. La libertad requiere hábitos limpios y sanos, familias íntegras, una vida decorosa para todos y el respeto sin miedo de un ser humano por otro. La libertad necesita crecer en bosques perennes: pequeños actos virtuosos, lealtades entretejidas, amores intensos y compromisos permanentes. La libertad necesita instituciones específicas y éstas, a su vez, necesitan personas con buenos hábitos.

Consideremos lo siguiente: existen dos tipos de libertad. Uno de ellos es precrítico, emotivo, caprichoso, propio de los niños; el otro es crítico, sobrio, reflexivo, responsable y propio de los adultos. Alexis de Tocqueville fue el primero en reflexionar sobre este aspecto dual de la libertad en su obra Democracy in America, y Lord Acton, en Cambridge, por su parte, lo planteó así: la libertad no es hacer lo que se quiere, sino hacer lo que se debe. Los seres humanos son las únicas criaturas sobre la Tierra que no obedecen ciegamente y por instinto las leyes de su naturaleza, sino que son libres de elegir obedecerlas por voluntad propia. Sólo los seres humanos gozamos de la libertad de hacer lo que debemos o no hacer.

Este segundo tipo de libertad, crítica y adulta, es la parte medular de la sociedad libre. Es la libertad de autodominio, es la que atempera las propias pasiones, el fanatismo, la ignorancia y el autoengaño. Es la libertad del autogobierno de la vida personal de cada uno. Y por la que como James Madison señaló: ¿podrá un pueblo incapaz de autogobernarse en su vida privada, hacerlo en la vida pública?, si no pueden autogobernar sus propias pasiones, ¿cómo podrán gobernar las instituciones de la República?

¿Es posible una sociedad libre formada por ciudadanos que mienten, se estafan unos a otros, no cumplen con sus responsabilidades, no son confiables, eluden las dificultades, burlan la ley y prefieren vivir como siervos o esclavos, mientras se les dé comida y diversión?

La libertad requiere ejercitar la conciencia y practicar aquellas virtudes que, como lo señaló Winston Churchill en sus discursos en la Cámara de los Comunes durante la guerra, se han practicado desde muy atrás en estas islas: brazos robustos y serviciales, corazones bien dispuestos, valor, cortesía, ingenuidad, respeto por la elección individual y paciencia para escuchar dos versiones de una misma historia.

En los últimos cien años la pregunta de los amantes de la libertad era si podríamos defendernos de los ataques del exterior, confiando tan sólo en las virtudes de nuestro pueblo (de manera semejante a como esta noble ciudad, Londres, se defendió durante la Batalla de Bretaña). La pregunta de los próximos cien años es si podremos sobrevivir a los dobles e insidiosos ataques del interior, de aquellos que socavan las virtudes de nuestro pueblo, realizando por adelantado la tarea del Padre de la Mentira y proclamando que “La verdad no existe”. “La verdad es esclavitud”. Cree en lo que a ti te parezca correcto. Existen tantas verdades como individuos. Obedece a tus sentimientos. Haz lo que te plazca. Entra en contacto contigo mismo. Haz sólo lo que te dé placer”.

Así es como hablan los que están preparando las cárceles del siglo XXI. Aquellos que socavan la idea de la verdad hacen el trabajo de los tiranos.

Los que objetan la anterior advertencia alegan que “aceptar la idea de verdad moral equivale a aceptar un control autoritario”. ¡Pobres de los que afirman tal cosa! Entre el relativismo moral y el control político existe una tercera alternativa, bien conocida por el sentido común de los pueblos angloparlantes: se le llama autocontrol. No deseamos un gobierno que ejerza coerción sobre la libre conciencia de los individuos; por el contrario, queremos individuos que se autogobiernen para restringir y frenar al gobierno inmoral. Queremos autogobierno, autodominio, autocontrol.

Si a un pueblo que cuenta con 100 millones de ciudadanos lo resguardan 100 millones de policías internos, es decir, 100 millones de conciencias que se autogobiernan, entonces el número de policías se reduciría al mínimo. Por el contrario, para una sociedad que carece de policías internos, todos los policías del mundo no serían suficientes para convertirla en una sociedad civil. El autocontrol no es autoritarismo: sino, más bien, la alternativa de este último.

¿Qué debemos hacer?

Charles Péguy escribió en una ocasión: “La revolución es moral o no lo es en absoluto”. Esta es, asimismo, la ley de la sociedad libre: o fortalece su cultura moral o morirá. Así como los pulmones necesitan aire, así la libertad necesita de la virtud.

Así como este planeta verdiazul llamado Tierra tiene su propia ecología, así la libertad tiene la suya propia. Las luchas más profundas e importantes del siglo XXI se librarán en el entorno cultural, se debatirá sobre los hábitos que son indispensables para preservar la libertad. ¿Qué hábitos debemos inculcar a nuestros jóvenes? ¿Qué hábitos debemos procurar en nosotros mismos y cuáles debemos erradicar? ¿Cómo necesitamos vivir para que la libertad sobreviva y, más aún, para darle un sentido a toda la sangre y a todas las lágrimas que se han vertido para alcanzarla?

¿Acaso no nos avergüenza la cultura que hemos creado, sus deleznables crímenes, la carencia de virtud, de cortesía, y el profundo deterioro de la más elemental decencia, a pesar de la espléndida riqueza que ha generado la economía libre y de las libertades individuales otorgadas por los gobiernos libres?

¿Será posible que todos los sufrimientos padecidos por nuestros antepasados en nombre de la libertad hayan sido soportados sólo para esto, para ser lo que ahora somos?

El nihilismo no construye ciudades. Las grandes culturas emergen de una aspiración elevada, del Eros de la verdad, del amor, de la justicia y del realismo que proyectan hacia el firmamento arcos como los de esta abadía de Westminster.

Debemos aprender una vez más cómo enseñar las virtudes de los nobles griegos y romanos; los Mandamientos que Dios confió a los hebreos; las virtudes que Jesús introdujo en el mundo, incluso en las conciencias seculares, como son la gentileza, la amabilidad, la compasión y la igualdad de todos en el amor de nuestro Padre. Debemos honrar de nuevo a los héroes, grandes o modestos, que durante siglos han sido paradigma de las virtudes propias de nuestros pueblos. Debemos aprender nuevamente cómo hablar de virtud, de carácter y de nobleza de alma.

La libertad, en sí, requiere virtudes especiales; virtudes que rara vez se dan en sociedades gobernadas tonta y simplistamente. Los pueblos que se autogobiernan necesitan virtudes especiales: reflexión pausada, ponderada y desapasionada; elección cuidadosa y responsable, capaz de asumir sus consecuencias. En el autogobierno, los ciudadanos son soberanos; por tanto, deben aprender a ejercer las virtudes de los soberanos.

La economía libre también exige mayores virtudes que las economías del socialismo o las economías tradicionales del Tercer Mundo: requiere personas activas, con iniciativa propia, hombres y mujeres emprendedores y osados. Requiere voluntad para postergar los placeres del presente en aras de recompensas futuras que disfrutarán principalmente otras generaciones. Requiere visión, intuición e inventiva. Su dinamismo radica en la creatividad humana que nos fue dada por nuestro Creador. Quien nos hizo a Su imagen y semejanza.

La sociedad plural asimismo apela a niveles más elevados de civilidad, tolerancia y discusión pública razonada, que los que necesitaran los ciudadanos de épocas menos complejas.

Mantener en pie las sociedades libres en cualquiera de sus tres aspectos: económico, político o cultural implica una lucha permanente. De estos tres puntos, la lucha cultural, durante tanto tiempo descuidada, es aquella de cuyos resultados dependerá en mayor medida el destino de las sociedades libres en el siglo XXI. Tendremos que aprender nuevamente a pensar sobre estos temas y a debatirlos en público, con la civilidad y seriedad moral que ameritan ya que la supervivencia de la libertad dependerá principalmente del resultado de ese debate. La sociedad libre, o es moral o no lo es en absoluto.

Conclusión

Nadie nos prometió nunca que las sociedades libres durarían para siempre, por el contrario, un frío repaso de la historia nos muestra que la sumisión a la tiranía es la condición más frecuente de la especie humana, que las sociedades libres han sido escasas y que no han gozado de larga vida. Podría suceder que las sociedades libres como la nuestra, que han surgido tardíamente en el largo proceso de la evolución humana, crucen a través de la oscuridad del Tiempo, como pequeños y brillantes cometas para luego arder, convertirse en cenizas y por último desaparecer.

Nada hay en el vasto universo, tan bello como la persona humana. Sólo ésta ha sido formada a imagen y semejanza de Dios. Ese Dios que aman los hombres con el amor más poderoso. Es este Dios el que nos guía rectos y libres hacia El; este Dios Quien, en palabras de Dante, es El Amor que mueve al Sol y a todas las estrellas.

 

Michael Novak
Filósofo inglés. Este texto es el discurso pronunciado durante la ceremonia de recepción del Premio Templeton en la abadía de Westminster.

Anatole France: los ángeles y los pingüinos

ANATOLE FRANCE: LOS ÁNGELES Y LOS PINGÜINOS

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

Una revisita a Anatole France le sirve a José Joaquín Blanco para tratar sobre los libros que despiertan un interés excesivo, y tal vez: caprichoso, en su tiempo.

Las enciclopedias, las historias de la literatura y las listas de premios prestigiosos, como el Nobel, están llenas de nombres de autores a quienes ya casi nadie lee. Poco a poco, sin dar razones, se les formó un limbo a su alrededor. Revisitemos a uno de esos autores fantasmas, Anatole France (1844-1924), en dos de los libros que lo hicieron muy importante en su tiempo: La rebelión de los ángeles y La isla de los pingüinos (se encuentran en unas Obras escogidas de Aguilar, colección Premios Nobel.)

Los ángeles

Con mayor voracidad y tino que nuestros juaristas, los revolucionarios franceses expropiaron los bienes del clero, muchos de los cuales pasaron a manos privadas. Así una Biblioteca de Babel, de 360,000 volúmenes, especializada en teología y títulos bíblicos, procedente de un convento benedictino, llegó a poder de una familia burguesa, que la conservaba con gran orgullo en el segundo piso de un palacio cercano al templo de Saint-Sulpice, donde por cierto un pintoruco estaba restaurando rajaduras, manchas y desprendimientos de unos murales con feroces ángeles adolescentes —casi delincuentes juveniles— pintados por Delacroix.

Bibliotecario él mismo durante buena parte de su vida, Anatole France describe con ternura y autosarcasmo la obcecación del pobre bibliotecario, quien había inventado una clasificación criptográfica imposible, a fin de que nadie localizara jamás un libro; y miraba con una desesperación cercana al odio al influyente que lograra permiso para consultar alguno.

De repente, por arte de magia, como si las cercanías de Saint-Sulpice se hubiesen llenado de duendes chocarreros, empiezan a desordenarse los libros por la noche; a salir de sus estantes y amontonarse en mesas, a cambiar de habitación, a irse unos días y regresar como si nada, a desaparecer sin más ni más. Puros volúmenes religiosos y filosóficos antiquísimos y pergaminos llenos de ideas peligrosas, de cripto-heresiarcas, que por ningún motivo debían publicarse. Con la total angustia de ese bibliotecario arranca la novela La rebelión de los ángeles (1914).

No se trataba de los trasgos, sino del ángel de la guarda de uno de los hijos de la familia, bastante enamoradizo. Alojado en una casa con tal biblioteca teológica y bíblica, y aburrido ante la monomanía erótica de su protegido, el desprevenido ángel custodio se había puesto a estudiar la religión a fondo, y había descubierto que su

Buen Dios les mentía tanto a los ángeles como a los hombres. Eso de leer mucho no conduce a nada bueno, y menos las lecturas religiosas. De exjesuitas, exmaristas y exsalesianos está lleno el reino de los ateos.

Concluyó que el Buen Dios era apenas un diosecillo tribal ensoberbecido, un demiurgo expansivo y violento, de una minúscula parte del universo; y que había construido todas sus fábulas y teorías sagradas para dominar como un tirano atrabiliario a sus crédulas criaturas, tanto del cielo como de la tierra. El ángel renegó de su status y se volvió hombre, con el fin de preparar una nueva rebelión de los ángeles —no existió sólo una, antiquísima, la de Lucifer; los ángeles, como los hombres, se andan rebelando a cada rato—; de inmediato reconoció a medio centenar de ángeles desertores, humanizados, en las calles, buhardillas y cafetines de París. Al poco tiempo había conjuntado quinientos mil exángeles dispuestos a la revuelta.

Uno había colgado las alas por las piernas de una cupletista (los ángeles conocen caricias secretas que arrebatan a las mujeres); otro por disgusto ante la jerarquía tiránica del Autócrata de los cielos; hubo quienes prefirieron las joyas, el dinero, los negocios, los honores, el arte, las aventuras de este mundo (como andar cambiando de sexo y posición social al gusto). Alguno, para sumarse a los exiliados anarquistas que tramaban revoluciones para todos los países desde los cafés de París, y con tal propósito confeccionaban bombas perfectas. Otros más, por fastidio: sólo para evitar la presencia de los serviles serafines, querubines y tronos (los mayores mandones del cielo); dominaciones, virtudes y potestades (segundo rango); principados. arcángeles y angelillos del común. (No contaban los puttoni, o cupiditos, alados angelillos-bebé “de pajarera”). “Llueven ángeles sobre París”.

No cabe duda que en las primeras décadas del siglo los alborotos, motines y subversiones no eran cosa exclusiva de la tierra: México. Sarajevo, Moscú, las trincheras franco-prusianas. El plan consistía en revolucionar primero toda la tierra, y lanzarse luego contra la Jerusalén Celeste: un exángel, convertido en el principal banquero de París, les financió la empresa, con el fin de hacer un negocio fabuloso si la rebelión triunfaba.

A diferencia de otros libros narrativos de France, La rebelión de los ángeles es una verdadera novela en toda forma: trama. episodios, personajes diestramente construidos. Con audacia y habilidad entremezcla la más ardua metafísica con las aventuras galantes (incluyendo duelos y elaborados adulterios) del fin de siècle. No se necesita ser un “anticuado” anticlerical furibundo para divertirse con ella de principio a fin: está llena de gracia terrenal y contemporánea.

De hecho, sus ángeles rebeldes, que todos los días anunciaban la próxima caída final de Jehová, se parecen pintorescamente a los políticos y periodistas de su época, tanto liberales como conservadores, que todos los días anunciaban la próxima caída final de la Tercera República Francesa. Y tenían proyectos modernísimos: vencerían al Buen Dios mediante el humano invento de la electricidad, ya que la primera gran lucha entre las cohortes de Satanás y las de San Miguel se había decidido alevosamente por un invento que Jehová tenía oculto, y exhibió a última hora: el rayo. Ahora lo combatirían con rayos artificiales, “electróforos”. (No diré de la resolución de La rebelión de los ángeles sino que es inaudita, verdaderamente genial; y que en veinte siglos de cristianismo jamás ha imaginado nadie un Lucifer más digno y entrañable.)

En mitad de la novela. France se permite un lujo de prosista virtuoso: retar a Bossuet. y compone (“Relato del jardinero”) todo un “sermón” anticristiano deslumbrante (unas treinta páginas): la otra versión de la rebeldía de Satán, y de cómo fueron los primeros ángeles caídos quienes, erigidos en dioses del paganismo (o asumiendo formas humanas y semihumanas gratas a la populosa mitología universal, especialmente la griega), crearon toda la civilización y la felicidad humanas sobre la tierra: lo mismo el fuego, el arado, el vestido, la escritura, las armas y las letras, que las ciencias y las artes; tanto en Egipto, Babilonia y Grecia, cuanto en las menos conocidas regiones del mundo, hasta que llegó la “religión del sufrimiento” del Crucificado, con la evangelizada máquina guerrera romana, destruyendo el civilizado y dorado paganismo de los ángeles caídos, a sangre y fuego.

Hubo otra especie de rebelión de los ángeles en el Renacimiento, cuando se desenterró gran cantidad de dioses paganos en mármol y parecían renacer los filósofos grecorromanos, que Jehová combatió primero con la Reforma y luego con la Contrarreforma. Una tercera, acaso, con los enciclopedistas y los revolucionarios de 1789. Pero la última batalla no había sido librada, y algún día, gracias a los ángeles caídos o desertores, perecería la “religión del miedo” del demiurgo tiránico de Israel y prevalecerían los demonios tolerantes, demócratas y amigos de la alegría.

Los pingüinos

Había una vez un santo muy tonto, llamado Mael; fundaba en Francia docenas de monasterios y abadías que se le convertían incorregiblemente en prostíbulos. Trató de buscar fortuna como misionero en lejanas regiones del mundo. Tomó un barco, lo condujo a la deriva y llegó al Artico. Como era muy viejo, medio ciego y medio sordo, se puso a bautizar a los pingüinos.

Se armó entonces el gran alboroto en el Empíreo —mezcla de las discusiones de Bizancio y los concilios católicos con las grescas olímpicas de familia de Zeus—, sobre si tal bautismo era o no válido. Intervinieron en la discusión celestial todos los Padres de la Iglesia, los teólogos, los santos. Nunca, desde Voltaire, sufrió algún papa un cólico miserere semejante, ante tan devastadora chacota de los principios más sagrados del catolicismo. Ya le vendría otro, con Las cuevas del Vaticano (Gide).

Entrampado en las propias liturgia y teología “infalibles” de su Iglesia, no le quedó al Buen Dios sino dar por bueno el bautismo de los pingüinos. Tuvo además, en su suprema benevolencia, que convertirlos en hombres, pues no se veía bien una cofradía de católicos oficiales con picos, patotas y aletas. Pero asimismo hubo que conferirles algo parecido al pecado original, del que como animales carecían, de modo que les dejó cierto plumón a manera de vello en el cuerpo, muslos cortos y un especie de miopía, por lo que, aunque hombres, siguieron llevando el nombre de pingüinos

En seguida el santo Mael amarró la isla ártica, Pingüinia, con su estola sacerdotal, y la arrastró por todos los mares hasta Francia. para que los antiguos pingüinos vivieran en la tierra predilecta, y menos congelada, de la Iglesia Católica. Tal es el arranque de la novela La isla de los pingüinos (1908).

Toda la historia humana les fue permitida a los pingüinos evangelizados. Se trata de una sátira de la civilización europea, especialmente la francesa. Cómo de tribu de exanimales desnudos se convirtieron en agricultores, pescadores, ciudadanos. Por medio de qué violencias y despojos se afianzaron sus primeras instituciones “nobles”, como la propiedad, las jerarquías sociales, los impuestos, la Iglesia y el Estado. Y tuvieron su Dragón (aunque de utilería, pero ellos no lo advirtieron) y su Virgen Vencedora del Dragón (una alegrona chamaca promiscua, disfrazada de virgen), los cuales devinieron el mito fundador y sagrado de la Isla de los Pingüinos. La “virgen” se volvió su Santa Patraña, y el Dragón el origen de sus dinastías monárquicas.

Anatole France fue un narrador tardío. Quemó su juventud en sueños de poesía parnasiana y de erudición bibliográfica. Y a cada rato se le nota. Desperdicia las escenas de luchas religiosas y dinásticas, las matanzas, las epidemias, los enloquecimientos místicos en majestuosos conventos y catedrales, la alquimia, las cruzadas, los templarios y tantos otros episodios de la Edad Media y el Renacimiento para su irónica anti-historia de Europa; y se deja llevar por sus obsesiones de hombre de libros.

Discute mucho, a propósito de la Edad Media y del Renacimiento de los pingüinos, la pintura “primitiva” (Fra Angélico, por ejemplo), “prerrafelita”; y va a visitar a Virgilio en los fantasmales Campos Elíseos, para que desmienta todo lo que los cristianos, torciendo sus textos, le han hecho decir como “profeta pagano”, involuntario, de la Iglesia. El lector secularizado actual, que apenas recuerda alguna anécdota de la Virgen de Guadalupe y de San Martín de Porres, olvida que está leyendo una novela o una farsa, y se aburre con tan profunda teología. El feroz arranque jacobino inicial se ha entibiado, como diría Gide.

Sin duda los lectores de 1908 disfrutaron a carcajada batiente los diversos capítulos sobre “Los tiempos modernos” de Pingüinia. Da la impresión de una farsa política de títeres sobre algún país latino americano, más que una burla en forma de la “progresista” Francia (digo, sin Le Pen). Pero por algo ella fue la maestra de las guerras de religión, del surgimiento del populoso ejército y de la populosa burocracia como nueva nobleza; de las interminables conjuras de republicanos contra monárquicos, y viceversa, y de los sindicatos que se dedicaban sobre todo a combatir… a otros sindicatos; de las ineficaces y conjuradoras cámaras de diputados; de la prensa políticamente sensacionalista, de la política en “salones” de dudosas condesas, de los golpes de Estado, de la demagogia bajo cualquier signo para atraerse a los peones, salchichoneros, obreros y artesanos.

Los capítulos de “Los tiempos modernos” resultan así más caóticos, socialmente injustos e intelectualmente oscuros que los antiguos en Pingüinia, con sus nuevas armas ideológicas, militares e industriales. Por ahí aparece algo de la Revolución, de los regímenes parlamentarios, de los abades en conjura, de las asonadas en plaza pública, del ideal de dioses de la guerra como Napoleón y de la codicia hacia los países y mercados ajenos. Pudo ocurrir igualmente en Honduras.

La irreverencia en clave contra la propia historia francesa moderna, sin embargo, alegró a una sociedad cansada de cien años de “heroísmos” políticos y militares, y de nuevas dinastías, si ya no siempre monárquicas, al menos militares, parlamentarias, bancarias, presidenciales. El caso Dreyfus —santo y seña de la generación de France— ocurre con la simplonería y la vulgaridad de un títere que le da un mazazo a otro para robarle la cartera. Su irreverencia resultó bienvenida: es la traducción de la Suprema Historia Patria en un jolgorio de cabaret o de polichinelas.

Algo se entrevé ya de la embrollada política francesa que se acercaba a la Primera Guerra mundial y, curiosamente, de la “americanización” de Francia. Se les reprochó a los ancianos Voltaire y Dorothy Parker que vivieran tantos años en un mundo del que tenían tan baja opinión. Algo así ocurre con La isla de los pingüinos: tan dedicada a burlarse de las supersticiones y mitos, instituciones y prestigios franceses, culmina en una especie de pánico porque Francia ¡estaba dejando de serlo!, al menos como Anatole France la conocía. Ve un país frangíais de trusts, de rascacielos, de automóviles desaforados, de industrias multitudinarias, de salvajes clubes anarquistas. No puede señalar (aunque ganas no le falten) “que todo pasado fue mejor”, pues se ha burlado demasiado del pasado de Francia. Simplemente sugiere que a pesar de tanto ajetreo político, militar, social, científico, técnico, la sociedad no ha mejorado.

Cuesta trabajo reconocer que La isla de los pingüinos, a pesar de su soberbio arranque y de algunas bromas ocasionales, haya provocado tanto interés y admiración en su tiempo. En parte, porque triunfó su mensaje político: la sociedad europea contemporánea no se parece mucho a la que se critica en esta novela, al menos en la dimensión caricaturesca con que la pinta. Sus ogros parecen algo bobos, y sus mayores crímenes se exhiben como exageraciones de película cómica barata. Pero sigue sucediendo al pie de la letra en México, por ejemplo.

Y en parte, porque su mensaje de democracia, tolerancia, racionalidad, justicia social parece haberse cumplido ahí, al menos parcialmente. Anatole France, siempre escéptico y pesimista, no esperaba eso en vísperas de una guerra contra Alemania, que muchos intelectuales y políticos creían perdida de antemano, como en 1870. De ahí. tal vez, su desaliento final. France aguardaba, pronto, el desastre. A un siglo de distancia tenemos entre las manos el rescoldo de un libro que fue incendio.

La isla de los pingüinos no es propiamente una novela, sino un conjunto de desasidas escenas históricas humorísticas (la mejor y más larga: la batalla del caso Dreyfus.) Por desgracia, la magnífica invención de los pingüinos-hombres, que da título al libro y sugiere tantas esperanzas swiftianas, no va más allá de los primeros capítulos.         n

José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente libro es Pastor y ninfa.

La academia y los chilangos

DIVAGARIO

LA ACADEMIA Y LOS CHILANGOS

En el pequeño revuelo que se ha armado ante el hecho de que la Real Academia de la Lengua Española incluyó en su diccionario la entrada “chilango” para referirse a los habitantes del Distrito Federal, lo notable es la ausencia del “chilango” y su origen. Las palabras de la Academia no dicen mucho (“chilango” es voz coloquial para el habitante de la ciudad de México), y las quejas de los defeños por la incorrección política de la Academia (“chilango” es peyorativo, y ofende) tampoco dicen mucho. Una consideración antes de ir al origen: como otros términos descalificatorios incluso más ofensivos —nigger, naco, etcétera—, los descalificados suelen retomarlo, cambiarle la valencia, y utilizarlo a favor. En el DF hay gente orgullosamente chilanga. Hay chilenos que llevan años avecindados en México y que se identifican como “chilengos”. Hay una canción homenaje de Jaime López que se llama “Chilanga Banda” que ha sido un éxito, para empezar, entre los propios chilangos y sin que nadie se llame a ofensa. Ahora bien: la entrada de la Academia está incompleta sin el rastreo del origen de la palabra. Quien lo descubrió con precisión fue Leopoldo Zamora Plowes en Quince Uñas y Casanova Aventureros, en una de las prolijas notas al pie de esa novela (notas que son, por cierto y por momentos, más interesantes y ricas que la novela misma). Explica Zamora Plowes: “(En el siglo XIX) a los criollos de tierra a dentro los veracruzanos los llamaban ‘huachinangos’, por ser descoloridos o blancos como ese pescado. El uso lo fue corrompiendo la palabra a ‘chinango’ y de ahí a ‘chilango’ “. Por lo demás, en la ciudad de México hoy es sólo una minoría la que podría considerarse ciento por ciento “huachinanga”. Casi todos somos chilangos impuros, al grado mayoritario de decir: ‘Mi familia y yo llevamos medio siglo en la ciudad de México, y todavía no nos hemos encontrado a un chilango’ “.

El mundo feliz según Sloterdijk

Ningún tema tan polémico en nuestra entrada al siglo XXI como la investigación genética y sus consecuencias. Dos tendencias paralelas serán seña de identidad de la nueva época: en un extremo, el progreso de la biotecnología; en el otro, el desarrollo de la conciencia ecológica. La discusión empezó ya en el ámbito de la ética, y se extiende a otros territorios, como el de las leyes. El fondo de la cuestión radica en preguntarse acerca de los límites que deben imponerse a los avances tecnológicos. Desde que la física descubrió las posibilidades del uso de la energía nuclear no se había planteado una disputa semejante entre la ciencia y la moral. Con la genética, el dilema será ¿qué debe hacerse y qué no?, ¿dónde están los límites?

El expediente de esta discusión se acaba de reabrir en Alemania. El nudo de ciego es el porvenir del humanismo moderno y la pregunta por el sentido y el valor de lo humano. El filósofo Peter Sloterdijk planteó, en su ensayo “Reglas para el parque humano. Una carta de respuesta sobre el humanismo”, una fuerte crítica del principal valor de la Ilustración, la educación. Desde su perspectiva, el humanismo fracasó en su proyecto de mejorar al ser humano. A partir del nuevo siglo todo nuevo anhelo de cambio debe comenzar a pensarse desde la “política de intervención genética”, filosofía y ciencia reunidas en un esfuerzo por transformar la estructura genética humana. Ninguna propuesta pudo ser más provocadora en un país como Alemania, con su pasado nazi, donde se acusó a Sloterdijk de usar la retórica fascista. La réplica no se hizo esperar.

En una entrevista reciente, Günter Grass dijo: “he leído la conferencia de Sloterdijk y me parece una estupidez”. Y Jürgen Habermas advirtió que Sloterdijk trata de hacerse pasar por un inocente bioético pero en realidad sugiere una nueva selección génetica. En medio de esta polémica, uno no puede sino recordar a Kant, el maestro de los modernos: “con la madera torcida del género humano nada derecho se ha hecho nunca”.

En Mi siglo, la nueva novela de Grass, el capítulo dedicado a 1997 trata sobre el experimento genético de la oveja Dolly. No sin ironía, a la manera de una carta, se lee: “Lo que nos hace falta, estimado señor, es una bioética de base científica que, al ser más eficaz que las ideas morales superadas, mantega por una parte dentro de sus límites la extendida costumbre de difundir miedos, y por otra tenga autoridad para proyectar un nuevo orden social para las generaciones clonadas venideras, que en un día no muy lejano crecerán junto a la generación humana tradicional y ya gastada, porque esa convivencia difícilmente se desarrollará de una forma totalmente libre de conflictos. Será también tarea de los bioéticos regular el crecimiento de la población mundial, reducirlo en la práctica. Otra vez estamos en una encrucijada. Sólo habrá que preguntarse qué parte del patrimonio genético debe fomentarse en el sentido de la bioética y cuál puede o debe eliminarse. Todo ello requiere soluciones y planificación a largo plazo. Por favor, nada de programas inmediatos, aunque la ciencia, como es sabido, no se deje detener”.

Hey, Sabina

Joaquín Sabina está de regreso con un disco más narrativo que nunca. No es que lo “melodioso” le venga mal sino que el traje de contar historias siempre ha estado a su medida. Y sobre todo ahora, que arrastra una voz de tres cajetillas de cigarros al día, más de cantante de cuarto de hotel que de auditorios. 19 días y 500 noches muestra a un Sabina instalado en un lugar fijo, el de los bares a medianoche, los amantes idiotas, los asesinos sin pena y sin gloria, las escaleras del olvido y los sueños de día; es decir, en el lugar que el mismo Sabina nombró, ha fatigado y del que no se ha ido. El resultado es un disco cuyas letras remiten a letras de discos anteriores. Uno escucha, por ejemplo, “¿Dónde está la canción que me hiciste / cuando eras poeta?” y piensa de inmediato en “El pobre aprendiz de pintor”; o “lo nuestro duró / lo que duran dos peces de hielo” y “es mejor no invertir en quimeras” salta al oído. No es que Sabina se haya quedado sin baterías sino que las canciones que escribió hace quince o nueve años empezaron a crecer, se volvieron grande- citas, y exigieron ser contadas desde el punto aquel donde las habíamos dejado. No pasa con todas, por supuesto, sólo con las más queridas, o las menos cariñosas, que es lo mismo. Las otras, las que tienen un aire tibio de novedad. seguro continuarán en otro disco, pedirán una cerveza y nos contarán lo que ha sido de ellas desde la última vez en que nos vimos.    n

Libros de Cocina II

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

GASTRONOMÍA

LIBROS DE COCINA II

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

Qué distancia enorme la que media entre un bolillo y su representación escrita! Toda la imaginación humana no alcanza a abarcar ese abismo. La palabra impresa no es retrato, no es imagen, no es glifo. Es tan abstracta que sólo cobra existencia en lo más recóndito de la mente, pero acontece que allí el signo se despliega, se abre y queda flotando como una flor marina. Y allí, en ese océano íntimo, es sólo nuestra.

Será por eso que cuando me acerco al altero cada vez más ingobernable de mis libros de cocina, resuelta a hacer entre ellos una limpia implacable, no soy capaz de deshacerme de uno solo. Este no sirve para nada, pienso, tomando el recetario de un amigo que incluye instrucciones para calcular la sal que se le ha de echar al agua para hervir el espagueti. Pero el librito se queda. Sigue conmigo también una recopilación de recetas de las damas cuáqueras de la comunidad estadunidense de Ginebra. Suiza, que vino a dar a mis manos no sé por qué, y que incluye simplezas que detesto, como el albondigón y las colecitas de bruselas con crema. Ni siquiera soy capaz de deshacerme del libro editado por una enlatadora conocida, que nos incita a elaborar un manchamanteles con una lata de piña y otra de peras y unos cubitos de consomé.

Supongo que estos textos infelices reposarán tranquilos en el silencio de mis estantes hasta que el tiempo acabe. Son feos. estorban, son malos, y sin embargo saber que están ahí, hojearlos de vez en cuando, me ayuda a pensar, a generar ¡deas y a rechazarlas, a reavivar el hambre, a seducir la imaginación, a leer.

Son millones los libros de cocina que se venden cada año, a pesar de todos los pronósticos que aseguran que los postmodernos premilenarios pronto relegaremos los libros a los anaqueles del anticuario. El fenómeno tiene algo que ver con esa industria del soft porn culinario que consiste en encuadernar unas cuantas recetas inútiles junto con una colección de fotos que muestran en audaz acercamiento las intimidades de un platón de langostinos y las delicuescencias de un helado de vainilla rodeado de fresas. Pero en las librerías vuelan también los recetarios modestos que nos ofrecen cincuenta maneras de cocinar sin aceite, o todas las recetas del pan. Y sucede que son muchos los libros de comida que contienen puro texto, como las memorias de cocina de Ruth Reichl —la crítica de cocina del New York Times—, o las de Diana Kennedy, de próxima aparición en español, que también se venden, justamente, como pan.

No sólo del pan vivimos los seres humanos sino muy principalmente de la esperanza, y de nuestra esperanza viven los libros de cocina: que la mayoría no sirvan para cocinar, que le dediquemos cada vez menos tiempo a la cocina, o que sobren recetas y falte vida es lo de menos. Hasta el recetario más hojeado y deshojado que poseo tiene apenas unas cuantas recetas que ya probé, y muchísimas más que sé que voy a prepar un día más próspero, más calmado o más feliz. Esas son las que más me importan.

Del libro The Union Square Cafe Cookhook, por ejemplo, saqué una vez la polenta cremosa batida con queso mascarpone y adornada con nueces doradas en mantequilla, que es uno de los platillos cumbres del restaurante neoyorquino del mismo nombre. Sueño con probar sus variaciones sobre el puré de papa (con albahaca, con poro frito, con hinojo), y el estofado de cola de res al vino tinto.

De uno de los mejores libros para recetas de pan, How to Bake, de Nick Malgieri, preparé una vez una tarta salada de pollo con verduras que quiero volver a cenar una y mil veces. Algún día prepararé, del capítulo de las tartas dulces, el pay de flan de plátano coronado con crema chantilly a la canela. Entre todos, el libro más adornado con dedazos de maicena y manchas Roscharch de mantequilla es The Cake Bihle, de Rose Levy Beranbaum. Hago sus cheeseeakes de chocolate, al limón y con cerezas, y sus pasteles de almendra, de calabacita, de chocolate y de naranja, una y otra vez. Sé que algún día alcanzaré la gloria de su genoise con betún de mantequilla y albaricoque encerrado en una jaula de almíbar.

Ni desprecio tampoco los recetarios sencillos que salen de vez en cuando de alguna dependencia oficial: estoy pensando en el folleto 100 recetas de pescado 100, que editó hace años la Secretaría de Pesca, con información muy útil y hasta con prólogo de la China Mendoza. Allí encontré una receta para chiles rellenos de pescado digno de la mejor fonda de las de antes. El chef Ricardo Muñoz Zurita es el autor de un libro editado por la UNAM que merece muchos lectores más: Los chiles rellenos en México. Sueño con alcanzar el nivel de técnica y paciencia que un día me permita combinar una de sus pasiones con una de las mías, para ensayar la receta de chiles rellenos de tamal de mole. Y ya que aterrizamos en el tema, cuando termine un aprendizaje esporádico que estoy haciendo del arte tamalera lo conmemoraré con la receta para flores de calabaza rellenas de nixtamal y camarón —tamales volteados al revés— que aparece en La cocina del maíz, un libro bellísimo que, además, se presta para cocinar muy bien.

¿Ven cómo este simple enumerado hecho con los únicos ingredientes de tinta y papel, este burdo encadenamiento de apenas unas cuantas palabras, que ni huele ni sabe a comida, ni se puede morder, ni tiene más arte en su elaboración que el índice de un recetario cualquiera, ya logró que dejaran de pensar en las elecciones del 2000, la guerra en Chechenia, la relación entre la calvicie y el estrés? Maravillas de la palabra impresa, magia eterna de los libros.           n

Alma Guillermoprieto. Escritora. Acaba de aparecer su libro Años en que no fuimos felices (Plaza y Janés).

El narcoespejo colombiano

VIDA PÚBLICA

LOS PASOS DE LA MAFIA

EL NARCOESPEJO COLOMBIANO

POR ANTONIO MONTAÑA

¿Qué estragos ha causado el narcotráfico en la vida pública colombiana? Demasiados, como lo muestra esta historia de las relaciones entre las altas jerarquías políticas y los bajos fondos del comercio de drogas.

Mucho se habla ahora de la colombianización de México aludiendo a la capacidad de un negocio que genera más ganancias a sus gestores anualmente que la suma de las cuatro transnacionales más importantes del mundo, para corromper y desestabilizar los mecanismos políticos e institucionales de una nación.

En Colombia los dineros de la mafia no sólo lograron llevar al poder a un presidente sino corroer todo un sistema y desordenar una economía que fue hasta hace muy poco una de las más estables de América. En este panorama, como vistos en espejo se anotan los rasgos de hechos que comienzan a hacerse evidentes en México. La corrupción de la clase política y del sector financiero, el uso del terror o el dinero para influir sobre el sistema judicial, la venta de conciencias de mandos del ejército nacional y de la policía ya no son casos excepcionales en este país, como tampoco el crecimiento del consumo por efectos del aumento de la producción y de los pactos entre la mafia y sus sistemas de mercadeo.

El dinero generado por el comercio de estupefacientes fue, ha sido y será el arma eficaz para debilitar las instituciones. Y el ansia de poder de los políticos, financistas e intermediarios, el medio de cultivo adecuado.

El comercio de la droga ha sido más destructivo para Colombia que para el mundo que recibe la droga como un paliativo para enfrentar las angustias del día. No hay una perspectiva bajo la cual puedan mirarse soluciones aplicables ni rápidas ni de mediano o largo plazo. Igual que la hidra, los intereses que genera el negocio, los comportamientos que establece y sus consecuencias, no pueden ser cortadas de un tajo porque se reproducen de nueva manera.

La única solución parece ser la del aspecto contradictorio: la legalización. Restado el valor agregado por la ilegalidad, la cocaína dejará de ser un negocio que da para todo y que por lo mismo termina por destruirlo todo.

La narcotización

El cáñamo índico (canabis indica) llegó al Nuevo Mundo traído por los marinos durante el siglo XVI. Y no para fumarlo, aun cuando es posible que algunos conocieran el hasich, sino como materia prima para la confección de los cables que requerían los usos marineros. Las fibras americanas, incluyendo las del agave, carecían de la resistencia de las de cáñamo. En Colombia lo sembraron cerca de Santa Marta, puerto en el Caribe, pero nunca la industrializaron. Pasados casi tres siglos la mariguana, en estado silvestre, hecha al medio, se reprodujo en varias especies y a nadie preocupaba. Sus virtudes psicotrópicas se conocían y se fumaba en los bajos fondos sin que se le considerara delito. Durante el siglo XIX y hasta mediados del XX, la medicina popular y aun la tradicional la recomendaban para aliviar molestias bronquiales y dolores reumáticos.

En 1960, ante la demanda de un mercado estadunidense que no alcanzaban a abastecer ni México ni la producción local, la golden (especie dorada de la zona en donde fue sembrada originalmente) ingresó al mercado norteamericano y reinó en él hasta cuando la “sin semilla” californiana y la de Durango recuperaron el espacio perdido. Las fortunas generadas por el negocio y los contactos generados entre grupos delincuenciales generarían una nueva organización que, cambiando el producto, transformaría la historia de Colombia y seguramente la de otras muchas naciones, incluyendo México.

La cocaína

La flota de avionetas utilizada para el transporte de la yerba a su destino final, o de embarque, a finales de los años sesenta, se utilizó para transportar la hoja de coca producida en Perú y Bolivia para someterla a proceso en laboratorios preparados en Colombia, de donde se exportaría. Los insumos necesarios para la producción del clorhidrato se conseguían sin dificultad, casi en cualquier farmacia: éter, un carbonato liviano y permanganato de potasio. La pasta de coca, hoja triturada con gasolina como disolvente, se transportaba en tambos. El costo de producir un kilo de clorhidrato con 99% de pureza era de 12 dólares en laboratorio. En las calles de Nueva York valía 10,000 dólares.

El mercado norteamericano para cocaína estaba abierto desde antes de los años treinta, cuando el consumo estuvo restringido a grupos sociales altos. La gran proveedora fue la casa Merk, que compraba la coca al gobierno boliviano para utilizarla como base para anestésicos y en polvo para uso farmacéutico. Infinidad de productos, incluso la bebida Coca Cola, la incluyen. Igual sucedía con los opiáceos. El estallido de la guerra privó a los usuarios de la materia prima. La urgente necesidad de anestésicos que la guerra había creado hizo que el Rey del estaño, don Antenor Patino, tuviera la idea de montar un gran laboratorio en México —ilegal, claro estᗠy lo montó en Chihuahua con pista de aterrizaje y todo —disfrazado de liofilizadora de café—. Abastecía así al gobierno estadunidense y a los clientes de la “Babilonia moderna”: Hollywood. Treinta años después la cocaína boliviana, procesada ahora por las mafias, con un precio relativamente moderado en comparación a las otras drogas fuertes, se colocó como droga de “gente exclusiva”. La cocaína “sin cortar” —es decir, mezclada con cal, o con otros elementos químicos—, daba un margen de ganancia de 1000 por 1. Mezclada, la cocaína quintuplicaba muchas veces el rédito del distribuido.

La cadena de corrupción

En los primeros años setenta la producción no era aún importante. Como la detención de un cargamento impedía ganancias colosales, los traficantes decidieron pagar comisiones a quienes facilitaban el transporte y la entrega del producto, y contrataron gatilleros para eliminar a quienes trababan los negocios. Así, en pocos meses, la mafia colombiana desplazó a la cubana del sur de Estados Unidos y pactó con la de origen italiano para asumir el mercado más rico: el del norte y especialmente el de Nueva York. En Colombia los primeros en recibir comisiones fueron la policía encargada de puertos, los aduaneros, los agentes de seguridad y los cuerpos de investigación. Cuando Pablo Escobar fue aprehendido con 40 kilos de cocaína entre el recambio del automóvil, el juez que conoció el caso lo absolvió “por falta de pruebas”. Los agentes que lo habían aprehendido poco tiempo después murieron asesinados. Cuando un fiscal ordenó la reapertura del caso y expidió orden de consignación contra Escobar por sospechas, sufrió la misma suerte que los agentes. La nueva investigación contra Escobar no dio resultado alguno. Fue exculpado.

El siguiente paso se dio muy pronto. El resultado fue la corrupción del personal de mayor influencia: funcionarios encargados de conceder permisos de vuelos, adquisición de avionetas y políticos regionales elegidos con su apoyo. El dinero se movía ahora entre los jueces que conocían los casos y las denuncias. Y entre los políticos. Toda la familia de un senador elegido concluyó en 1974 procesada en Estados Unidos por importación de coca. Se salvó una mujer: la esposa de un militar que ocuparía años después el Ministerio de Defensa ostentando el más alto grado militar de la República.

El dinero del negocio llega a raudales. Dos cárteles, el de Cali y el de Medellín, y algunos cárteles independientes, lo gastaban e invertían a manos llenas y con ostentación. Todo el país conocía los nombres de los grandes capos y reconocía a los demás por sus modales y símbolos de status. Los llamaba “mágicos” y la sociedad los aceptaba con indiferencia, sin ocuparse del origen de sus dineros. Cuando, en un caso excepcional, el Club Colombia de Cali le negó el ingreso como socio a uno de ellos, éste ordenó construir en sus propios terrenos un réplica de las instalaciones del Club. Escobar adquiría prestigio popular regalando barrios enteros en un programa que la misma regencia de la ciudad apoyaba: “Medellín sin tugurios”. Y seguido por toda la clase política, inauguraba semanalmente iluminaciones en campos de fútbol que había donado a los municipios. El transporte en los helicópteros y aviones de su flotilla para el candidato y su comitiva, fue aportado como contribución política a la campaña de López Michelsen gracias a las gestiones de Ernesto Samper, quien sería posteriormente presidente de la República y ocupaba entonces el cargo de jefe de campaña. Escobar sería elegido representante a la Cámara y como tal se posesionó. Ejerció algunos meses hasta que pasó a la clandestinidad acusado de ser autor intelectual del crimen del ministro de Justicia durante la administración Betancur, lo cual no quiere decir que saliera de la política. En el Senado quedó instalada una mayoría suficiente para torpedear una legislación antidrogas y con fuerza para apoyar nombramientos y elaborar leyes que protegieran personas y negocios de la mafia.

El cártel de Cali que hasta entonces se había dedicado a lavar dinero creando empresas de comunicaciones, salud, obras públicas, construcción, etcétera, ingresó también a la política de otra manera: comprando con muy altas cifras mensuales los servicios de políticos de alto bordo e influencia: ministros del despacho, procuradores de la República, contralores, gobernadores y parlamentarios. Cuando la administración del presidente Gaviria convocó una constituyente, los dos cárteles sumados tuvieron la mayoría necesaria para impedir que se aprobara la extradición y dificultar cualquier reforma que pudiera lesionar los intereses del narcotráfico y capaz de colocar sus fichas en las administraciones de departamentos y entidades públicas.

El flujo del dinero lavado (el gran jefe del Cártel de Cali, quien no tenía en su haber ninguna acusación o había sido exculpado por los jueces, presidió el Banco de los Trabajadores en Colombia y manejaba cuatro más en Panamá. Miami, Ecuador e Islas Caimán) se incorporó rápidamente a la economía formal. Los ingresos de los cárteles se calcularon en 1980 en 3,800 millones de dólares, de los cuales un 25% reingresaba al país lavado y se invertía en sus empresas. Hasta la crisis del 82, causada por una fuga de esos capitales y la captura de un cargamento que desató una crisis en un grupo financiero y en todo el sistema, la moneda colombiana fue moneda dura: el dinero “caliente” sustentaba la economía nacional.

Los procesos de lavado

Los métodos de transporte y el lavado de dólares requirieron esfuerzos de imaginación: a medida que el negocio crecía y se ampliaban los mercados, el flujo de efectivo ahogaba ocasionalmente a los distribuidores de droga. La pestilencia de un depósito en un barrio de Los Angeles obligó a la policía a una investigación. No encontraron el cadáver que creyeron oculto, sino 2 millones de dólares en billetes pequeños, pudriéndose. Ese dinero se enviaba ocupando el lugar de motores en los electrodomésticos, en cajas y equipaje de doble fondo y cuanto recurso ingenioso hubiera. La compra de bienes raíces en los Estados Unidos ayudaba a contener flujos de efectivo. Pero las restricciones limitaban la rapidez de las transacciones. Allí entraron a colaborar nuevos delincuentes, esta vez de cuello blanco: banqueros de prestigio y financieros de ocasión se integraron al negocio. Hijos y nietos del expresidente de la República Mariano Ospina Pérez formaron una compañía capaz de lavar 70 millones de dólares mensuales. Y no eran los únicos personajes influyentes que construían fortunas al lado de la mafia. El contrabando fue la gran salida. El Cártel de Medellín adquirió un puerto en Panamá y otro en Aruba. Los barcos hacían el viaje de ida con droga que se repartía desde Nicaragua y toda Centroamérica, hacia las rutas de Europa y Estados Unidos, y regresaban cargados de contrabando, especialmente licores, cigarros, electrodomésticos y armas. Por cada una de las 200 millones de cajetillas de Marlboro vendida de contrabando en Colombia, el cártel lavaba un dólar. El contrabando, como es lógico, enriquecía dos sectores: el de los autores directos y el de sus cómplices: las altas, medianas y bajas autoridades militares, navales y aduaneras que lo permitían. Con el visto bueno de los gobiernos en pleno centro de todas las ciudades implorantes, grandes bodegas repletas de tiendas se encargaron y encargan de vender la mercancía. Los “sanadresitos”, como se les llama, fueron puntales decisivos para que Samper Pizano llegara a la presidencia. Fue su defensor de oficio durante toda su carrera.

Las inversiones de los cárteles fueron diversas. La compra de bienes raíces fue un empeño común. Grandes haciendas pasaron a sus manos y regiones enteras a su dominio. Con el doble propósito de ganancia y protección, dirigida por exoficiales del ejército y la policía, nacieron grandes compañías de seguridad: verdaderos ejércitos armados con el visto bueno de las autoridades. El Cártel de Cali diversificó más sus inversiones. Logró adquirir y mantener una cadena radial de 45 emisoras con la anuencia del Ministerio de Comunicaciones, manejar otra enorme de farmacias, laboratorios médicos y veterinarios, fábricas de pintura, que de paso le servían para la importación de insumos necesarios para la producción de la cocaína (éter): adquirió también constructoras y manufactureras. Las industrias del cártel suministraban elementos de todo orden a las empresas del Estado. Una de ellas estuvo a punto de redondear un negocio de blindaje para protección de vehículos del ejército. En síntesis, el dinero de la mafia irrigó toda la economía colombiana durante muchos años con la tácita complacencia oficial y privada.

Soluciones para el transporte

Al comienzo la droga se había llevado en avionetas norteamericanas o de propiedad de los narcos (Señores del Cielo siempre hubo), pero el sistema norteamericano de radares que había comenzado a poner en peligro los despachos, y la vigilancia en los aeropuertos —pese a que tenían islas propias en las Bahamas para despegar desde allí con los embarques y el aumento de la demanda—, obligó a ampliar el cupo de los vuelos: en lugar de avionetas se usaron DC6, DC8 y jets medianos. Para envíos pequeños se acudió a “mulas”, personas que tragan hasta medio kilo de droga empacada entre condones que con regular frecuencia los jugos intestinales logran atacar con la consiguiente muerte del “cargado” por intoxicación masiva. Se cargó normalmente la cocaína entre los despachos de flores, langostinos, verduras: convertida en almidón que endurecía cuellos de camisas, mezclada con limadura de hierro o disuelta entre líquidos. Se la lanzó al mar provista de pequeñas boyas que recogían lancheros. Se la envió en los aviones de pasajeros, escondida entre alimentos; en barcos de insignia, como la goleta Gloria, un velero de la armada. Se la detectó empacada entre las sillas del avión presidencial y en los de la Fuerza Aérea que llegaban a Miami por piezas de recambio. Llegó a Nicaragua en vuelos contratados por la DEA para ser intercambiada por armas para los grupos antisandinistas (el propósito—explicaron luego—era dizque obtener prueba de la presencia de Escobar en un vuelo que llevaba media tonelada). Se utilizaron submarinos de bolsillo y buques nodriza para descargarla en San Francisco. Cuando la demanda y la producción crecieron, los cárteles negociaron la distribución para el sur de los Estados Unidos con los cárteles mexicanos. En algunos casos pagan los servicios en ” especie”: un porcentaje de lo entregado a los centros de distribución con la condición de que surta únicamente al mercado local.

El Estado de la coca

La producción de hoja de coca boliviana y peruana resultaba insuficiente y su transporte era complicado, gracias al relativo éxito de los programas de sustitución de cultivos y la orden, cumplida en buena parte, del gobierno peruano de derribar las avionetas que sobrevolaban sin autorización su territorio (localizadas por el avanzado sistema de radares y avión radar suministrados por Estados Unidos). Por eso desde los primeros años de la década de los ochenta se inició la siembra masiva de coca en las selvas y llanuras de la Orinoquia y Amazonia colombiana, donde se establecerían también los laboratorios para su transformación en clorhidrato. Las cosechas boliviana y peruana se desplazaron hacia laboratorios en la Amazonia brasileña y peruana, desde donde se abastece el mercado europeo. La ausencia de presencia del Estado colombiano en las gigantescas extensiones favoreció el negocio. Muy pronto, sin embargo, un nuevo Estado lo reemplazaría: las FARC, fuerzas guerrilleras que dominan el territorio como suyo.

El grupo de oficiales corruptos del ejército colombiano que había venido recibiendo coimas (sobornos) por hacerse de la vista gorda ante el paso de los insumos, y la presencia de aeronaves y pistas fue desplazado por la organización guerrillera que cobra derecho de aterrizaje y despegue y un impuesto por gramo producido en los laboratorios. Se calcula que las FARC reciben 500 millones de dólares por ese concepto y el de prestar el servicio de vigilancia y defensa de las 120,000 hectáreas de cultivos y del incontable de número de laboratorios. Más de una docena de helicópteros y aviones dedicados a la fumigación de los cultivos de coca han sido derribados cuando cumplían su tarea.

Pero no sólo la región de la Orinoquia y la Amazonia son aptas para la producción de la hoja de coca. Lo son vastas regiones en el centro, noroccidente y nororiente: las selvas del Catatumbo, el Magdalena Medio, Darién, Abiibe, etcétera. Ahí los narcos son dueños de enormes propiedades o luchan por dominar aquellas que están bajo control guerrillero para incorporarlas a la producción de coca o amapola. Ejércitos adiestrados por técnicos extranjeros o por exoficiales del ejército y dotados de armamento sofisticado operan bajo la protección tácita de las brigadas oficiales con las cuales comparten un enemigo común, la guerrilla. Los paramilitares o autodefensas, como se les conoce, cuentan, además, con el auxilio de ganaderos y grandes agricultores amenazados por la subversión y se han apoderado ya de grandes extensiones territoriales, desplazando a la población civil para reemplazarla por sus propios trabajadores. En una sola región colindante con Venezuela, los paramilitares (Paras) asesinaron en el mes de septiembre de este año a 78 personas consideradas “auxiliares de la guerrilla”. La guerra civil colombiana —no declarada pero evidente y en la cual destaca la presencia de los intereses relacionados con el narcotráfico— ha producido en los últimos diez años más de 200,000 muertos y l ,450,000 desplazados. n

Antonio Montaña. Escritor y periodista colombiano.

La memoria del escritor. Una conversación con Günter Grass

Günter Grass (Danzig, 1927) acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura. No debería sorprendernos. El premio es el reconocimiento a una obra preocupada por el peso del pasado y animada por el deseo de mantenerlo vivo en la memoria colectiva. Esta preocupación alcanza sus grandes momentos en El tambor de hojalata (1959), El gato y el ratón (1961), Años de perro (1963) y El rodaballo (1977). Son novelas monumentales, de estructuras variadas, llenas de espectaculares mecanismos narrativos y ricas en conflictos. Como punto de arranque o de fusión con la obra de Günter Grass, ofrecemos una versión de la entrevista realizada por la periodista Silvia Lemus, poco después de la caída del Muro de Berlín, cuando Alemania miró de nuevo al fantasma de la unificación.


Crecí en un departamento muy pequeño, de dos habitaciones. Era muy difícil encontrar un lugar silencioso. Ahí aprendí a leer cuando era muy joven, tapándome los oídos, concentrado en el libro; leyendo todo lo que podía conseguir, como historias de aventuras. Muy temprano leí a Dostoievski sin entender nada, pero fascinado por el libro. Si mal no recuerdo, de toda mi vida, fue en mi niñez cuando leí con mayor concentración, y ya no pude detener. Seguí leyendo y leyendo, y también escribiendo.

En sus novelas siempre les dice a sus compatriotas lo que no quieren escuchar. ¿Cómo reacciona ante su rechazo?

En los años sesenta, cuando salió El tambor de hojalata, las facciones oficiales y conservadoras intentaron prohibir su lectura a los jóvenes, pero sin éxito. Lo tomé con calma. Ahora veo que personasl alrededor de los cincuenta se me acercan con los primeros ejemplares que firmé en los sesenta o a sus hijos con el libro que su padre o de su abuelo. Una de las sensaciones maravillosas que puede tener un escritor es cuando después de cuatro décadas todavía encuentra lectores jóvenes de la siguiente generación. Creo que una de las razones es que, como escritor, siempre traté de escribir sobre los tiempos pasados, pero también de escribir desde el presente y observando el futuro. Y estos tres tiempos, pasado, presente, futuro, juntos en la literatura. Puede ser una razón por la que mucha gente joven se interese en el próximo libro.

En las novelas.

No sólo en las novelas. Sé que fuera de Alemania soy conocido por mis novelas, pero comencé en la poesía y aún la escribo. Cuando tuvimos el terrible movimiento ultraderechista en Alemania, mi respuesta fue un pequeño libro con sonetos sobre esta situación en una forma fuerte y barroca. Así también en la poesía, la reacción fue en pro y en contra desde el principio.

Usted es un hombre renacentista que escribe novelas, poesía, ensayos y obras de teatro, pero también dibuja.

Hay una relación entre la escritura y el dibujo. Me gusta escribir de una manera visual para que los lectores puedan ver lo que sucede y no sólo el fondo o el paisaje. Mientras escribo hago dibujos, grabados, relacionados con el manuscrito, pero no son sus ilustraciones. Esto sucede libro con libro y periodo con periodo.

¿Qué fue primero, escribir o dibujar?

Creo que al principio eran los dibujos, antes de que supiera leer o escribir. Mi madre me cuenta que cuando era un bebé me gustaba manchar todo con los dedos sucios en las paredes y en todos lados. Fueron mis primeros dibujos y hoy sigo dibujando.

¿Qué le proporcionaba más placer cuando era un poco más grande, escribir o dibujar? En la adolescencia…

Con el dibujo los resultados son más rápidos. Se puede ver, destruir y volver a empezar. Escribir prosa es un largo proceso, con periodos de comenzar y comenzar de nuevo sin ver los resultados. Es mucho más complicado, más abstracto. Las palabras hay que imaginarlas después al igual que en la literatura.

¿Es algo natural, le sale con fluidez?

Algunas veces ayuda interrumpir la escritura, ir a otro cuarto, hacer un dibujo o continuar con un grabado y luego regresar a mi escritura. Por esta razón las puertas de estos dos cuartos siempre están abiertas, para poder cambiar de uno a otro.

¿Cómo es su proceso de escritura? Observé que tiene manuscritos en cuadernos. ¿Escribe primero a mano?

Sí. Después de un largo tiempo de preparación escribo el primer manuscrito a mano en cuadernos grandes, generalmente con dibujos intercalados y, cuando casi he terminado y el final queda abierto, dejo la escritura a mano y comienzo la segunda versión en una vieja máquina de escribir a dos dedos, muy lentamente. Después, casi siempre es necesario hacer otra versión también en la máquina, pero necesito esta conexión con la escritura a mano del principio; así tengo la posibilidad , cuando trabajo en la tercera versión, de regresar a la primera, que es espontánea y fragmentaria, y me doy cuenta que la tercera versión es demasiado perfecta y muy cerrada, así que la vuelvo más abierta y entre las tres versiones siempre hay una conexión.

También noto que tiene que escribir de pie, ¿no usa silla?

Trabajo todos los días muchas horas y estando sentado no tengo respiro. Me es necesario levantarme y caminar, dar una vuelta. Mientras escribo hablo en voz alta, digo la frase, la mantengo en mi boca y la cambio por otra, y de repente, sé que ya la puedo escribir. Es un proceso de caminar, estar de pie, decirlo en voz alta y por fin el proceso de escritura.

¿Este proceso era igual al principio o lo ha ido desarrollando?

Creo que viene de mi primera profesión, la escultura, que siempre se hacía de pie. Era necesario rodear la escultura y ver cómo era desde todos los puntos de vista. Esta técnica de escritura procede de mis primeras experiencias como trabajador de piedra, ver el objeto desde todos los puntos y ser un trabajador “a distancia”.

¿Cómo ocurre el proceso de sus libros en su mente? ¿Cómo se desarrollan?

Al principio tengo muchos planes de construcción. Cuando uno de estos planes está terminado, está realmente terminado, tengo que comenzar uno nuevo, y de plan en plan se hace más clara la transformación del material en bruto, material épico en bruto, hacia la ficción literaria. Y entonces hago a un lado todos esos planes y busco la primera oración, o mientras hago esos planes busco la primera oración, porque en la primera oración debe estar todo, en una palabra o frase debe hallarse el lema de toda la novela. También quiero dejar claro quién está contando la historia, cuándo y en qué lugar. Si esto no funciona entonces uno tiene que explicarlo después. Se necesita una buena primera frase, como en Moby Dick de Melville: “Llámame Ismael”. Es un principio ya clásico, un ejemplo maravilloso para un escritor. Con ese tono en la novela continúo contando la historia, luego me doy cuenta de que la novela me está ocupando, y no sólo a mí sino a todo lo que me rodea. Esto es difícil; no sóla para mí, tal vez para mi esposa, porque yo no hablo de otra cosa. Lo intento, así parece, pero ella sabe que no estoy escuchando cuando tengo cara de estar escuchando. La novela lo va ocupando todo, incluso los sueños, de la mañana a la tarde, y así sucede por años hasta que la novela se termina.

¿Es un escritor rápido o lento?

Los dos, rápido y lento. El proceso de escritura, la primera, segunda y tercera versión es rápido, pero todo junto me lleva mucho tiempo. Tal vez para El tambor de hojalata fueron cuatro años. El rodaballo cinco años, Años de perro tres años.

¿Cuántos libros ha publicado?

Poesía, teatro y novela; deben ser cerca de veinte.

¿Quiénes fueron los primeros escritores que más lo impresionaron?

Crecí durante la época nazi. De jóvenes somos muy tontos y era difícil averiguar las cosas. Tuve mucha suerte de que entre los libros que un tío tenía, y no sabía qué libro tan peligroso tenía entre sus libros, había uno de Erich Maria Remarque. Sin novedad en el frente, sobre la Primera Guerra mundial, fue mi primer contacto con un libro lleno de realidad, de brutalidad, sobre la situación inhumana durante los tiempos de guerra. Fue un antídoto de mucha ayuda contra el veneno de la literatura nazi de ese tiempo. Leía la otra versión de Ernst Jünger y a otros escritores que siempre glorificaban la guerra y creían en el heroísmo, y el libro de Remarque sobre la Primera Guerra mundial fue un antídoto que me ayudo mucho. Después de la guerra, cuando tenía dieciocho, diecinueve años, había mucho por descubrir, literatura norteamericana, francesa. Leer a Kafka, a Hemingway, Thomas Wolfe fue muy importante para mi. Pero aquellos que realmente me impresionaron fueron primero Orwell y, luego dentro de una situación política, un libro de un escritor polaco, Czeslav Milosz, un libro que trataba sobre biografías de polacos intelecutales durante el  tiempo en que empezaban las ideologías, el fascismo, el comunismo, el chauvinismo, y de cómo la gente puede cambiar de opinión.

Cuando era joven se estaba dando la lucha, al principio de los cincuenta, entre Camus y Sartre, y todo el mundo estaba interesado. Me veía obligado a tomar partido y lo hice del lado de Camus. Recibí la influencia, aún hoy, de uno de los libros filosóficos de Camus, El mito de Sísifo. Sísifo era un hombre que lograba cargar una piedra hasta la cima de un monte; la piedra rodaba y el tenía que comenzar de nuevo, pero se sentía afortunado con su piedra. Decía: “Dios, yo pelearé contigo siempre, acepto que me castigues, pero soy feliz con mi piedra, es lo único que tengo, por favor, déjame mi piedra, soy un hombre afortunado”. Esta es una realista posición política. No hay un fin; no hay un objetivo revolucionario como tuvo el comunismo o el fascismo. Esta es aún mi posición.

¿Cómo ingresa a la política, a través de la literatura?

Al principio sólo estaba interesado en cuestiones estéticas, artísticas, pero después me llevó algún tiempo descubrir lo que realmente había ocurrido en Alemania. Qué quiere decir vivir en un país que comenzó quemando libros y después quemando seres humanos. Creo que no debemos olvidarlo en Alemanoa. No hablo del mundo, no me gusta hablar como si nuestros problemas tuvieran que ser los problemas de otros. Hay otros países con otra historia, pero en Alemania tenemos que hablar de nosotros y pensar de vuelta. Cuando llegué de París, donde viví algunos años y escribí mi primera novela, era 1960. Al año siguiente se construyó el Muro de Berlínm y Willy Brandt, el alcalde de Berlín occidental, había sido primero candidato para la cancillería, y había una campaña en su contra oporque había emigrado durante la guerra. Se oían terribles discursos en su contra. Creí y aún creo que una de las posibilidades de un escritor es ayudar a un hombre que es acusado con mentiras y confrontado con difamación, porque para alguien que está en el centro del asunto es muy difícil defenderse. Esta fue la razón por la que desde principios de los sesenta trabaje con Willy Brandt, escribiendo frases y discursos. Cuatro años después hice mi primera campaña para ayudar a los socialdemócratas, y también en 1969 y a principios de los setenta. Era una nueva Alemania, con los escritores viviéndola como un lugar de escritura, viajando por el interior, en las provincias, manifestándose, haciendo discursos políticos. Creo que fue necesario y ayudó. Ahora necesitamos hacer lo mismo, pero ya la tradición se ha perdido. No fue tiempo perdido, fue la posibilidad  de ver una parte de la sociedad, que no puedo ver como escritor. La clase trabajadora que se confrontó con los problemas sociales. Las pequeñas ciudades. Uno que viaja como escritor a dar conferencias tiene siempre el mismo público de clase media-alta, gente educada, interesada en la literatura. Durante aquellas campañas electorales aprendí mucho.

¿Siente que es, de algún modo, una conciencia para su sociedad?

No, eso no me gusta, porque no se puede delegar la conciencia de una sociedad a una persona. Si esto se hace, no es bueno para el pobre hombre que tiene que cargar con esa conciencia de la sociedad y es muy malo para la sociedad. Soy parte de la sociedad, tal vez una parte que se manifiesta. He intentado ser, junto con otras personas, la memoria de nuestra sociedad, porque sé que a la sociedad le gusta olvidad, a todas las sociedades, en especial a la alemana, pero creo que una cosa buena de la literatura alemana de postguerra, no sólo de la mía, también la de Heinrich Böll, Sigfried Lenz, Martin Waltzer, Hans Magnus Enzensberger y otros de mi generación, es que conservan la memoria, recordando y volviendo a recordar hasta nuestros días. En estos días hay mucha gente joven del ala derecha sin ningún conocimiento, mal guiados por políticos en el gobierno en contra de los emigrantes.

¿Cuándo comenzó esa decisión de decirle a la gente que no olvidara lo que había ocurrido en su país? ¿Cuántos años tenía cuando supo que tenía que hacerlo?

Fue con El tambor de hojalata. Tenía veinticinco o veintiséis años. Antes escribí poesía, sobre todo en el comienzo, como todo escritor muy influído y epigónico. Esta fue la razón por la que me cabié a Berlín en 1953; estaba en una ciudad dividida, fuera de la guerra pero dividida por dos sistemas políticos diferentes. En 1953, la ciudad aún estaba destruída, con terrenos baldíos, y eso significa que tuve que enfrentarme a la realidad. Fue también un cambio en mi escritura. Mis primeros poemas impresos, en mi primer volumen de poesía, publicados en 1956, fueron el primer paso hacia la realidad. Era capaz de escribir una novela. Hay muchas razones para escribir una novela. Una de ellas era mostrar que el periodo del nazismo en Alemania no era un misterio, que no había ocurrido de noche, que sucedía, y yo intenté describir cómo funcionaba en las clases bajas, en la clase de los pequeños burgueses y los trabajadores, cómo carecían de interés político, cómo cambiaban de parecer y se iban de la izquierda al fascismo y al nazismo.  Y ese fue el comienzo.

Tengo algo más que decir, porque siempre se da una respuesta a una pregunta, pero sólo di las razones políticas. Hubo algo más: después de la guerra había una tesis de que el idioma alemán había sido destruído por el nazismo y sin duda había quedado muy dañado. Pero los escritores de mi generación, me incluyo, pensamos que no era posible castigar al idioma, porque había existido un periodo de nazismo. Pensamos que el idioma alemán era mucho más antiguo; es un idioma fuerte, difícil, hermoso y tenemos que usarlo; no podemos decir que ahora debemos tocar el piano sólo con una mano, debemos usar las dos manos y los pies. Esto lo intenté por primera vez con El tambor de hojalata, regresando a la tradición de los tiempos barrocos, un periodo muy rico. Mi maestro de escritura fue Alfred Döblin con Berlín Alexanderplatz, una novela maravillosa. Esto y mi intento político de abrir la mentalidad de la gente fue la base de El tambor de hojalata.

El tambor de hojalata, La ratesa, Años de perro son sus novelas que se desarrollan en Dantzig, su ciudad natal. ¿Cómo fueron aquellos días juveniles en Dantzig?

Dantzig era hasta 1939, cuando comenzó la guerra, una ciudad libre, era el resultado de la Primera Guerra mundial. Estaba rodeeada por Polonia de un lado, y de Alemania y Prusia Oriental por el otro. Una ciudad libre, protegida por el Volkerbund, pero siempre en peligro; el desarrollo que teníamos en Alemania era un poco tardío y m´ás lento en Dantzig. El crecimiento del partido nazi, las peleas callejeras entre comunistas y socialdemócratas contra los nazis; una guerra interminable entre los socialdemócratas y el comunismo. Este fue el ambiente de mi juventud.

El otro ambiente fue de la ciudad del Mar Báltico llena de historia, de la época hanseática, de la Edad Media, con catedrales góticas y aquellos ladrillos rojos que se ven alrededor del Mar Báltico como en Suecia, Dinamarca y Alemania hasta el Báltico de Riga y otras ciudades. Este antecedente de ciudad vieja de la Edad Media con toda su historia, con sus comerciantes de mentalidad abierta relacionados, en la época hanseática, con Londres, Bruselas, Brujas, Novgorod y otros lugares. Creo que antes de que nos convirtiéramos en naciones de Europa éramos mucho más europeos, no había nacionalismo no conciencia nacionalista. Desde mi punto de vista, este tipo de relación económica de la época hanseática es mucho más moderno que nuestro intento actual de unir Europa económicamente. Este fue el otro ambiente de mi juventud. Más tarde esta ciudad, mi lugar natal, se perdió, se volvió polaca después de la guerra, y la gente alemana, también mis padres, fueron obligados a dejar la ciudad. Fue muy difícil para ellos. Eran como 10 millones de refugiados y exiliados del mundo occidental. Fue una manera de perder con la victoria. Y ellos lo vieron primero: nosotros somos los vencedores de la Guerra Fría. Pero perdieron porque se agotaron sus ideas. Su única idea, creen que es una idea, es económica.

Tengo la sensación de que el mundo capitalista ya no es capaz de recordar sus primeros objetivos, que no eran negocios. El capitalismo y el socialismo son dos ideas del periodo europeo de la Ilustración, ideas muy jóvenes del siglo XVIII, que siempre estuvieron juntas o en conflicto o relacionadas. Ahora con el colapso del comunismo, que no es lo mismo que el socialismo (éste es una idea europea que ún existe en la parte occidental como un movimiento fuerte y democrático), ahora el mundo capitalista tiene la sensación de que somos los vencedores y que dominamos todo, aunque seamos incapaces de hacerlo, pues el mundo vive un terrible desorden. Se puede decir que cada día comienza una pequeña guerra que va creciendo, luego desaparece y vuelve a aparecer.

El asunto es que falta una idea moderna de nuestro mundo. Y nuestro mundo está en malas condiciones, por varias razones, también ecológicas. Necesitamos una idea constructiva, moderna y democrática pero no la veo. El mundo capitalista sólo está interesado en ganar mucho dinero de la manera más rápida. Esto está destruyendo la vieja estructura del capitalismo, lo que quiere decir que el mundo capitalista es del mismo estilo que antes el mundo comunista:: cree en las mentiras de su propia propaganda que están destruyendo su propio sistema. El resultado lo vemos en Yugoslavia, en Georgia, en la región del Cáucaso, en todo el mundo. Al así llamado Tercer Mundo lo hace a un lado; si no tiene petróleo, no le itneresa. Cada vez hay más guerras civiles, crece el fundamentalismo en todo el mundo, en Rusia, en el mundo islámico y católico, en Europa del Este, y esta es una mezcla terrible que también incluye una especide de renacimiento del fascismo, aunque no como antes, sino mezclado. En Rusia, por ejemplo, se mezclan estalinismo, fascismo y clericalismo. Las cosas han retrocedido hasta el siglo XIX. No es un buen panorama.

¿Qué es lo que buscan los seres humanos?

No puedo generalizar. He viajado a Asia y a otros países. Vi y reconocí que hay otras culturas, con otra manera de entender a la democracia. Nosotros no podemos obligar a otras personas a buscar la misma democracia que creemos tener —tal vez sí la tenemos—, pero nuestra democracia en Alemania está en peligro, y no hay razón para que estemos enseñándole a la gente en Asia y en Sudamérica cuál es el camino hacia la democracia.

La idea de la gente es vivir en paz en una pequeña unidad junto con otras pequeñas unidades y aquí comienzan las dificultades. Lo que podemos intentar aceptar y también mostrar a otras personas es que tuvimos un periodo de Ilustración en Europa que en su fase temprana promovía la tolerancia. Esta tolerancia debería ser la base para la convivencia.

¿Tenemos que aprender a convivir?

Sí.

¿En tantos siglos no hemos aprendido?

Sí hemos aprendido pero ahora el movimiento retrocede al siglo XIX, a un nacionalismo de segunda mano, y eso significa que será más difícil enseñar y aprender a tolerar.

¿Por qué es tan difícil quererse?

No es necesario quererse los unos a los otros, pero sí tolerarse. Cuando se habla de amor también se habla de odio, las dos cosas van juntas. El amor es maravilloso, algunas veces; prefiero hablar nada más de tolerancia. Tal vez no me gusta la cocina de unas personas o su manera de comportarse, o sus creencias, pero las tolero y espero que me toleren a mí si no les gusta mi cocina o mi comportamiento o en lo que creo o en lo que no. No es necesario que nos amomos los unos a los otros.

¿Es anticuado?

No, es una relación entre dos personas, tal vez, o varias, pero sabemos por experiencia que es difícil mantener el amor encendido. Si siempre se le enseña a la gente que tienen que quererse los unos a los otros, también se les enseña el reverso del amor, que es el odio. Yo prefiero algo tal vez más aburrido: vivir al margen del amor y el odio. La tolerancia no es muy democrática, pero si realmente queremos continuar en este planeta que peligra, tenemos que tolerar. Tolerar a la naturaleza, y eso significa que tenemos que hacer muchas cosas para cambiar la contaminación de la atmósfera. Cuando digo “tolerancia” no sólo me refiero a una relación entre personas, sino también a tolerancia hacia la naturaleza.

¿La literatura también es poder?

A largo plazo, sí. Regreso a este maravilloso y extraño periodo de la Ilustración en Europa, el tiempo de Voltaire en Francia y Lessing en Alemania. Muchos de aquellos libros fueron prohibidos por la censura, pero la literatura tiene largo aliento y muchos años después los libros regresaron, cambiaron la mentalidad. Nuestro pensamiento aún está influido  por ese periodo, en buena y mala manera. Desde esta perspectiva, la literatura y la palabra tienen un poder, pero un poder que puede ser bueno o malo, y muchas veces mezclado, difícil de discernir.

¿Qué podríamos esperar de la Alemania unificada y de su papel en la Comunidad Económica Europea?

Debemos entender a Alemania por su pasado cultural. En los siglos XVII y XVIII Alemania era muy diferente a Francia. Después de la Guerra de Treinta Años, estaba dividida en más de trescientos cincuenta pequeños y no tan pequeños Estados. Aún tenemos lugares, los Estados Bundeslander (de la República) como Baviera o Westfalia, que son muy diferentes. Lo mismo pasa entre Wurttemberg en el sudoeste y Sajonia del otro lado, o entre Sajonia y Mecklemburgo en el noroeste. Tienen otros dialectos, otro pasado cultural, a veces otra historia. Una ciudad como Dresden, en Sajonia, en otros tiempos estaba mucho más orientada hacia Praga, Viena, Cracovia y Polonia que hacia Berlín, la ciudad más grande y más cercana, porque Berlín significaba Prusia y quería decir peligro. Hubo muchas guerras entre Sajonia y Prusia. Los sajones eran las primeras víctimas en cada guerra que tuvieron los prusianos con Austria. Tenemos que reconocer esta historia. Creo que sería mucho mejor para Alemania existir como una unión de ocoho o nueve Estados conectados, trabajando juntos. Sería mucho mejor para los alemanes y para nuestros vecinos que concentrar a dieciocho millones de alemanes, como antes en el siglo XIX, sólo que ahora con el antecedente de las tres guerras.

Bismarck pudo unificar Alemania por la fuerza con terribles resultados, con la Primera Guerra mundial y hasta el colapso de Alemania en 1945. Tenemos que recordar que antes de que Bismarck subiera al poder, y tuviera éxito con la unificación, Alemania tenía otros planes de convivencia en una pluralidad, una pluralidad de diferentes culturas y de diferentes maneras de comprender a la misma Alemania. Olvidamos esta otra posibilidad para Alemania cuando tuvimos la posibilidad de la unificación.

Tenemos que recordar que habrá muca más relación entre Baden-Wurttemberg en el sudoeste de Alemania y una parte del este de Francia y Suiza; ésta es, económica y culturalmente, una parte de la Eurpa sin fronteras y lo mismo, como ya dije, entre una parte de Sajonia y los checos, los eslovacos y los polacos, en todos los sentidos. El rey de Sajonia fue por años también rey de Polonia, un rey terrible, pero rey de ambas. De modo que Dresden está mucho más conectada con la cultura centroeuropea de Praga, Viena, Cracovia y Budapest.

Los ciclos del petróleo

CÓMO ATINARLE AL PRECIO

LOS CICLOS DEL PETRÓLEO

POR ANTONIO GERSHENSON

A fines de 1998 y principios de 1999 los precios del petróleo alcanzaron uno de sus puntos más bajos. En los últimos meses esta situación ha experimentado un cambio notable. ¿Cómo podríamos explicar este viraje?

Es común que las previsiones de organismos del sector energético se basen en modelos lineales. Con esta expresión nos referimos a que si los precios están bajando, las previsiones en cuestión apuestan a que seguirán bajando; y si está subiendo, a que seguirán subiendo. Por ejemplo, durante los años de los altos precios petroleros eran comunes las previsiones de que éstos seguirían subiendo. En México, el entonces director general de Pemex Jorge Díaz Serrano decía que los precios seguirían subiendo hasta el año 2000. En otros países se vieron ejemplos similares.

Por otro lado, en los últimos años, con los precios relativamente bajos y especialmente en 1998 y principios de 1999, en los planos nacional e internacional, abundaron las previsiones de que seguirían nuevas bajas del precio o que, por lo menos, los precios se mantendrían bajos. La realidad, a partir de mediados de febrero de 1999, mostró lo contrario con un ascenso de meses y que supera cualquier precio de 1998.

¿Por qué fue previsible este viraje?¿De dónde saqué las siguientes afirmaciones, publicadas en La Jornada el 6 y el 13 de diciembre de 1998?

A medida que pasa más tiempo con bajos precios del petróleo, y a medida que éstos bajan más, la presión hacia un acuerdo de países exportadores de esta mezcla de hidrocarburos aumenta. No hay un acuerdo pero por varios lados es evidente que se está buscando que lo haya… Lo que vemos en la realidad de plazos más largos no es un desarrollo lineal, que va a seguir con más de lo mismo. Los precios tienen un comportamiento cíclico… La actual guerrita puede durar más o menos semanas, pero su resultado no puede ser otro que un nuevo acuerdo.

Los precios petroleros pueden, durante periodos cortos, tener un comportamiento, si no lineal, sí de aumento o reducción sostenida conforme a una tendencia determinada. Pero si consideramos plazos más largos, el comportamiento es más bien cíclico. Hay periodos y ascenso de los precios, alternados con periodos de baja de los mismos. Esto no es sólo resultado de la observación de lo que ha sucedido: responde a leyes económicas que muchos no han considerado. Vamos a hablar de ellas.

Cuando los precios del petróleo crudo están relativamente altos, esto atrae la inversión al sector de la producción de petróleo. Al cabo de un tiempo —las inversiones tardan en madurar, especialmente si está de por medio explorar nuevas zonas, construir nueva infraestructura, etc.—, esto se traduce en un aumento en la producción. Al cabo de un tiempo adicional este último aumento va saturando el mercado y eso tiende a bajar los precios. Cuando la baja de precios llega a cierto nivel, la inversión deja de fluir hacia la actividad petrolera, y luego empieza a alejarse de ella en busca de otras áreas de inversión. Al cabo de un tiempo adicional, esta baja en la inversión se traduce, a medida que se agotan campos y pozos petroleros, en una baja de la producción. En un momento dado, incluso se cierran pozos por incosteabilidad. Todo esto, al cabo de un tiempo más, se traduce en escasez, vuelve a subir el precio y tenemos un ciclo que puede representarse con el siguiente esquema.

Este ciclo se refiere a la producción del crudo, a su oferta. Los plazos que lo definen son de varios años. La exploración del crudo requiere de varias etapas: primero estudios del terreno y luego perforaciones para poder determinar las características del yacimiento o del pozo si es que lo hay. Luego, el desarrollo de un yacimiento. A la par. se requieren medios para transportar y , en no pocos casos, procesar el crudo aunque sea en una primera fase. Son años durante los cuales se requiere una inversión sostenida.

El ritmo de la baja en la producción tiene que ver en buena medida con el ritmo natural de declinamiento de los pozos y de los yacimientos. Cuando se deja de invertir en nuevos pozos que sustituyan e incluso superen los efectos de la declinación, se produce una baja gradual de la producción de crudo.

Se produce también otro ciclo entre precios y producción, sin que medie un periodo de inversión fuerte con sus efectos. Cuando se dan precios altos, se activan más equipos de perforación o se toman otras medidas para producir más, esto aumenta la oferta y tiende, en un tiempo no tan largo como el del otro ciclo, a reducir precios; entonces se desactivan equipos de perforación o se toman otras medidas para reducir gasto y por lo tanto producción, y de ahí vienen una menor oferta y mayores precios.

Al mismo tiempo sucede algo similar con la demanda: cuando los precios son bajos la demanda aumenta, porque es más atractivo consumir crudo que otros energéticos y porque un aumento en el consumo general de energía, que permitirá ampliar otras actividades económicas, no tiene un costo muy alto. Pero el aumento de la demanda, en un tiempo, se traduce en escasez, especialmente frente a la producción decreciente en los términos del párrafo anterior. La escasez contribuye al aumento de precios, y éstos tienden a reducir la demanda, hasta que se completa el ciclo. Tenemos entonces dos ciclos, sobrepuestos entre sí, y que pueden dar lugar a un sólo ciclo de cambios en los precios del crudo (ver cuadro inferior).

Estos ciclos pueden presentarse en diferentes formas, según el periodo de tiempo que estemos considerando. Hay periodos, largos en comparación, en los que el nivel de la oferta, de la producción, es determinante, y los niveles de la demanda, si bien juegan su papel, están en buena medida determinados por los niveles de la producción a través de los precios. Es el caso del periodo de precios altos del petróleo que se dio entre fines de 1973 y principios de 1986. Los niveles de la oferta mundial, fuertemente influidos por los acuerdos de la OPEP, determinaban este nivel alto de precios, que a su vez influía mucho en el comportamiento de la demanda.

En otros periodos, en cambio, es el nivel de la demanda el que representa el papel principal. Este ha sido el caso desde 1986 hasta principios de 1999. Si la demanda es más sólida, esto facilita los acuerdos entre los productores y su defensa de los precios petroleros; pero cuando la demanda se debilita, los productores se pelean entre sí, compiten entre sí por lo que queda del mercado, y los precios bajan. El caso extremo en este sentido es la influencia de los precios petroleros sobre el ritmo de aumento de la economía de los países consumidores. Los bajos precios del crudo favorecen mayores ritmos de desarrollo, y los precios altos tienden a reducirlos. A su vez, el mayor ritmo de desarrollo económico tiende a favorecer aumentos de precios del crudo, y viceversa. Como no son la única causa, esta relación no da lugar a un ciclo claramente definido.

Al primer caso, en el que la producción es el elemento determinante de los precios, a menudo se le denomina mercado de vendedores. Al segundo caso, con la demanda como elemento determinante, se le llama mercado de compradores. Podemos ubicar esos casos con la gráfica superior, con los precios promedio anual del crudo Arabe Ligero. Tenemos periodos de mercado de compradores hasta fines de 1973 y desde principios de 1986. Entre las dos fechas tenemos mercado de vendedores y se aprecia el ciclo del que hablamos primero.

Es importante que usemos precios reales, es decir, precios constantes en poder de compra. Como el dólar tiene un poder de compra directo en Estados Unidos, nos basamos, para definir este poder de compra, en el índice de precios al consumidor en ese país.

Finalmente, se debe considerar que en la industria petrolera no hay un solo costo sino, por lo menos, tres distintos. Se ha llamado costo de producción al costo total de largo plazo. Este incluye desde la localización de yacimientos y la construcción de la infraestructura necesaria para extraer el crudo y llevarlo a sus puntos de destino, hasta los trabajos que culminan con su almacenamiento o embarque.

Pero si ya se tienen reservas probadas, infraestructura e instalaciones de producción, se define otro costo, llamado costo de reproducción. Es el necesario para mantener el nivel de producción y el nivel de reservas. Esto implica un número limitado de perforaciones exploratorias y de perforaciones de desarrollo. Es claro que éste es más bajo que el anterior.

Por último, se puede hablar de un costo de operación, que se basa en dejar que el crudo siga fluyendo, sin perforar nuevos pozos. La producción y las reservas irán disminuyendo gradualmente. Los costos serán menores que en los otros dos casos. Con el siguiente esquema, podemos apreciar lo que puede suceder con fluctuaciones importantes en los precios del crudo durante un largo plazo.

Durante el lapso de tiempo A, al estar la curva de precios por abajo del costo de producción, no permite la entrada de productores o de nuevas regiones, pero sí el sostenimiento de los productores o campos existentes. En cambio, durante el lapso B los altos precios del crudo permiten la entrada en producción de nuevos productores o regiones petroleras. Esta situación ya no se da durante el periodo C, en el que se dan condiciones similares a las de A. Luego, durante el tiempo D ya sólo alcanza para sostener la operación, y la producción y las reservas probadas empezarán a declinar. Durante el periodo E, se empezarán a cerrar pozos por incosteabilidad, al estar el precio del crudo por abajo del costo de operación.

Estos costos son muy diferentes de un lugar al otro. Por ejemplo, en el estado de Texas u otros de los Estados Unidos con yacimientos ya muy explotados los costos son muy altos y en los anteriores meses de bajos precios se cerraron bastantes pozos. En el otro extremo, los costos en el Golfo Pérsico son los más bajos, y la producción en esa zona se puede sostener aunque bajen los precios, no así nuevas inversiones importantes.

En cuanto al periodo reciente, podemos identificar un ciclo demanda-precios y producción-precios, en la gráfica que aquí se presenta.

Podemos distinguir un ciclo de aproximadamente cuatro años de duración, con sus precios máximos en el invierno de 1992 y en el de 1996. Los precios más bajos fueron en el invierno de 1994 y en el de 1998. Hay notables fluctuaciones en torno a estos ciclos, debidas a causas de corto plazo.

Sin embargo, esas fluctuaciones de corto plazo afectan a quienes especulan en los mercados petroleros. Para México, lo más importante es el precio promedio anual, del que se deriva una parte importante del ingreso de divisas del país. Y cuando consumidores mexicanos se han visto afectados por aumentos bruscos en los precios de la energía, ha sido precisamente en las partes de precios altos, como vemos hasta cierto punto previsibles. Y como en esos mismos momentos es cuando es mayor nuestro ingreso por exportaciones de crudo, una pequeña parte de ese ingreso se puede destinar a aliviar la situación de los afectados por esas alzas bruscas en los precios de la energía.

Tenemos por delante, entonces, un periodo de precios bajos comparados con los de 1980 o incluso 1985, pero no tan bajos como los de 1998. Podemos estar seguros de que el ingreso petrolero de México en 1999 será muy superior a la previsión oficial basada en 9.25 dólares por barril, y en el año 2000 el precio será también mucho mayor a los 11.50 dólares oficialmente previstos. Será importante discutir el destino de esos recursos de modo que contribuyan a resolver los problemas de la industria petrolera y del país.

Hay otra cuestión que hay que tener presente: ¿cuándo acaba este periodo de mercado de compradores, con precios petroleros relativamente bajos? La respuesta depende de muchos factores. Podemos comparar la actual situación con la de fines de 1973, cuando se dio la anterior transición en este sentido.

Una condición es el porcentaje de las exportaciones que concentra el grupo de países exportadores de petróleo que se ha podido poner de acuerdo en medidas conjuntas para la defensa del precio del petróleo. En estos días rebasa el 75% de las exportaciones mundiales, con la incorporación de Noruega y Rusia. El porcentaje que tenía la OPEP en 1980 era similar, aunque en 1973 se acercaba al 90%. Otro elemento es la tendencia declinante de la producción de países que no están en el acuerdo. Podemos considerar que marchamos hacia un nuevo periodo de mercado de vendedores, sobre todo porque los trece años de precios bajos han deprimido la inversión petrolera a nivel mundial y porque las nuevas tecnologías, que aportan reservas adicionales de crudo, proporcionan en su mayoría petróleo de muy alto costo.

Un nuevo periodo así no puede ser una repetición del anterior. Por un lado, los precios no se deprimieron a niveles tan exagerados como los de 1970. Tampoco duró tanto el periodo de precios bajos. Por otro, la experiencia contó y hay prácticamente un consenso entre los productores en el sentido de que precios demasiado elevados equivalen a estimular la entrada de nuevos productores y una nueva saturación del mercado. Podemos esperar que se aproveche la ventaja de quienes ya producen y que los precios no rebasen los costos totales de producción de largo plazo. Se pueden lograr precios mejores que los que hemos tenido, sin llegar a los de 1979 a 1985. La mayor ganancia sería, sin embargo, el logro de precios más estables, que sólo lo pueden ser dentro de una franja intermedia: si los precios son muy bajos generarán presiones al alza y, siendo demasiado altos, las presiones serán cada vez más hacia la baja.

El ingreso petrolero adicional debe ser aprovechado para una reforma fiscal a Pemex que acerque su régimen al de una empresa normal. Debe ser aprovechado, lo mismo que la limitación en los volúmenes exportable, para instalar por lo menos un nuevo tren de refinación en Salina Cruz para abastecer la zona del Pacífico de nuestro país, para completar la modernización de las refinerías y para producir y procesar más gas natural. Como no podemos exportar más crudo, la forma de mejorar la balanza de divisas es importar menos refinados y gas. El ingreso petrolero también debe ser aprovechado para explorar nuevas zonas, como las aguas profundas contiguas a los yacimientos de la Sonda de Campeche, ahora que se comprobó el nivel de decaimiento de los principales yacimientos explotados. En 1998 se inició este proceso, pero sólo en puntos cercanos a la frontera norte, dándole más importancia a la competencia fronteriza con Estados Unidos, que de todos modos se pierde cuando la gasolina de este lado de la frontera es mucho más cara. Hay que priorizar el abasto al interior del país, para un desarrollo propio más sólido y para depender menos de las importaciones.

Hay una gran contradicción entre el acuerdo entre exportadores de petróleo, que por supuesto niega que lo mejor sea dejar las cosas al libre mercado, y toda la ideología oficial obsoleta que pregona que se le rinda culto. En especial, la gran diferencia entre la prisa por recortar el presupuesto de 1998, tres veces, y luego el de 1999 desde la Cámara de Diputados, pretextando bajas eternas y catastróficas en el precio del petróleo, y la enorme resistencia a devolver siquiera parte de lo sustraído a Pemex y al país con el aumento de los precios. que ya en la segunda semana de mayo de 1999 rebasaron los niveles que había cuando se entregó al Congreso el presupuesto original de 1998, choca con lo que muestran los hechos. La realidad se está imponiendo sobre la ideología, y será importante que haya una alternativa en todos los terrenos.   n

Antonio Gershenson. Es colaborador del diario La Jornada.

 

Puebla: los nuevos muros de agua

RETRATO DE LA SIERRA CON DESASTRE

PUEBLA: LOS NUEVOS MUROS DE AGUA

POR BEATRIZ GUTIÉRREZ MUELLER

La Sierra Norte de Puebla padece los efectos del desastre causado por una intensa temporada de lluvias. El paisaje, como revela esta crónica, ofrece miles de héctareas de cultivo perdidas, hambre, desolación y cientos de historias que, de no estar al alcance de los ojos, parecerían inverosímiles.

Viejo campesino está de pie —aún— y mira hacia el horizonte. Se acompaña sólo de un bastón. El único testigo es otro hombre que cruza por ese valle rodeado de montañas, en

Tapayula. El campesino sigue mirando al vacío. Pisa su parcela devastada, la que agonizó en el lodo. Sigue de pie, con la mirada perdida en lontananza, guarecido bajo un sombrero y un plástico. El otro hombre, de la ciudad, se le aproxima. Se miran sin decirse nada. Se dan la mano. El silencio dura una eternidad. Cada quien sigue su camino.

La desazón la han dado las lluvias, pero la tragedia está en los ojos, desde que nacieron.

Gregorio, totonaco, vive en un pueblo de Tepango de

Rodríguez. Ha caminado cuatro horas hasta Jilotzingo, donde no hay paso —por la interserrana— hasta Zacatlán. Es la frontera obligada. Va a comprar maíz, muy escaso. Dice que le pide a Dios “que me ayude”. Dios “es grande y poderoso. Dios me ha mandado y ahora que me ayude”.

—¿Y para qué lo trajo Dios? Pues para trabajar, para trabajar. Para adorarlo por él…

-¿Y.?

—A sufrir… Como estamos viendo ahora, trabajamos pero no alcanza. A ver por nuestros hijos también.

La ayuda es abundante. Trailers y camiones circulan por toda carretera que se aproxime a la zona de desastre. La presidencia municipal de Zacatlán, centro regional de abasto, se ha convertido en una gran bodega: las cajas y paquetes de ayuda suben y bajan.

Hasta ahí llegan de comunidades cercanas. O lejanas. Horas y horas de camino entre lodazales, peñascos y barrancas.

Otro hombre, por su cuenta, ha acopiado ropa. Se estaciona frente a la presidencia municipal en su Ram Charger azul. Abre bolsas que pretende repartir y una marabunta de hombres y mujeres campesinos se hace en derredor suyo. Trepadas unas hasta en las llantas, arrebatan al de junto. Comienzan los jaloneos. El sofocado repartidor sube al techo de su Ram Charger. Pide orden pero el llamado es inaudito. Lanza al aire lo que le queda en las bolsas, y lo que cae lo toman mujeres desesperadas. Unos perros flacuchos olisquean sin parabién. Los perros van a dar a un bote de basura donde sacan platos de unisel con restos de frijoles.

Las parroquias dan albergue y reciben la ayuda de Cáritas. El movimiento en los pueblos es insuficiente para abastecer a miles de hambrientos. Gente va y viene, trabaja para acarrear bultos de maíz o de azúcar.

En Aquixtla, la carretera se desplomó. Una centena de hombres ha formado una cadena que recorre una vereda hechiza como alternativa, para hacer llegar gasolina, agua, frijoles. Hasta cajas de Corn Flakes. Los tanques de gas se trasladan por el vacío que el tramo carretero desaparecido dejó por las lluvias, a través de una polea. Ahí van los cilindros, viajando como en teleférico. Del otro lado compran los que tienen.

En el atrio de la iglesia de San Juan Bautista, unos damnificados rodean al sacerdote. El abasto que llega, parte. Cuando arriban las cajas de ayuda, se hace sonar una campana. Los habitantes que vienen del rumbo de Tetela de Ocampo, a pie o a tramos en camioneta (las que se quedaron de ese lado), acuden al llamado. Y a cargar. A lomo de burro.

La tierra de antiguos evangelizadores franciscanos está desolada. El párroco José Adolfo Chávez, ahí en el atrio, prende un Marlboro. La neblina está en el ambiente y el frío cala. Llueve. Todo está triste. Alguien comienza a tararear “fumando espero…” y se detiene.

—¿Y qué espero?

Los contertulios se miran. El silencio ahonda.

—Yo no sé qué espero —dice uno.

—Yo tampoco —tercia otro.

Pero no muy lejos de ahí, miles de bocas esperan: caminos destrozados, casas destruidas; no hay luz. Las historias son inverosímiles para aquel hombre de ciudad, el que miraba al campesino en ese paraje. Pero están ahí y se cuentan: trece personas que quisieron guarecerse de los deslaves como en Camocuautla fueron a encerrarse en el templo y ahí quedaron sepultados. Un padre corría en Ahuacatlán buscando deseperadamente refugio para su familia y su bebé se le escurrió de los brazos. El crío cayó por un despeñadero.

Y así siguen: decenas de pueblos desaparecieron bajo el lodo, cientos de campesinos emigran al municipio más cercano para comer. Una mujer totonaca sólo salvó un paraguas. Un niño duerme en un albergue y ha preguntado por sus padres y tíos que no sabe que están muertos. Un grupo de indígenas que llevaba abastos desde Zacapoaxtla fue asaltado a medio camino; uno de ellos murió a machetazos. En Tepango de Rodríguez, en el segundo viaje por helicóptero, dos militares tuvieron que bajar a contener a una horda de hambrientos que se golpeaba por quedarse con una despensa.

Miles de hectáres perdidas, muerte, hambre: destrucción de viviendas, escuelas, casas de salud. Así esta el futuro para los hombres y mujeres de la Sierra Norte de Puebla que no recuerdan, “hasta hace como cuarenta años, que fue cuando Dios se enojó tanto”.   n

Beatriz Gutiérrez Mueller. Periodista. Reportera del noticiero de radio poblano Revista 105.

DATOS PARA EL DILUVIO

• La sierra de Puebla se divide en dos zonas: sierra norte y sierra nororiental.

• Las ciudades más importantes de la sierra norte: Huauchinango, Zacatlán y Chignahuapan.

• Las ciudades más importantes de la sierra nororiental: Zacapoaxtla, Cuetzalan del Progreso. Teziutlán y Tlatlauquitepec.

• Número de habitantes en la región serrana: 1,016,071.

• Número de municipios: 63.

• Municipios de “alta” o “muy alta” marginalidad: 90%.

• Población indígena: 30%.

• Grupos indígenas: totonacos y nahoas, fundamentalmente.

• Número de localidades: 2,493.

• Localidades de menos de mil habitantes en la sierra nororiental: 90%.

• Localidades de menos de mil habitantes en la sierra norte: 80%.

• Población sin agua en la sierra: 33%.

• Población sin drenaje: 62%.

• Población sin electricidad: 19%.

• Analfabetismo: 28%.

• Médicos por cada cien mil habitantes: 51.3

Fuente: Plan Estatal de Desarrollo 1999-2005

Una alianza en el tintero

¿LOS PARTIDOS, POR ENCIMA DEL PAÍS?

UNA ALIANZA EN EL TINTERO

POR MARÍA MARVÁN LABORDE

¿Por que fracasó la Alianza por México? El artículo siguiente responde a esta cuestión y de paso examina el estado que guarda nuestro sistema de partidos.

Este artículo pretende ofrecer una explicación que nos lleve a entender por qué la Alianza por México no funcionó. Hablaremos de los principales puntos de acuerdo y el único desacuerdo entre el PAN y el PRD. de la formación del Consejo Ciudadano que buscaba ofrecer una solución para salvar esa diferencia. Nos detendremos en el proceso de trabajo del Consejo Ciudadano. los resultados de sus esfuerzos y las causas que podrían explicar el desenlace de las cosas. Se hará una crítica al método en sí mismo. El análisis de esta coyuntura nos revela la situación que actualmente guarda el sistema de partidos en el país.

Durante algunos meses los principales partidos de oposición en México se reunieron para explorar las posibilidades de hacer una gran alianza opositora cuyo objetivo sería proponer nuevos acuerdos de gobernabilidad para después del 2000 y con ello completar el proceso de transformación del régimen político mexicano. El Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (COF1PE) impone a los partidos que quieran hacer una coalición condiciones sumamente restrictivas. Entre las más importantes hay que mencionar al menos dos: se exige unidad en todas las candidaturas y se les pide que renuncien a las prerrogativas económicas de todos los partidos excepto del más grande. No obstante, los partidos ya habían logrado acuerdos muy importantes en su plataforma y proyecto político. Su objetivo central era iniciar un proceso de reestructuración política profundo y definitivo que trascendía con mucho el objetivo limitado de formar una alianza “para sacar al PRI de Los Pinos”. No obstante lo valioso de sus acuerdos, lo que llenó las noticias fue el único desacuerdo: quién debería encabezar la Alianza.

En términos generales había dos propuestas para la selección del candidato a la presidencia. El PAN proponía hacer encuestas y el PRD hacer una elección abierta a toda la población para que de manera explícita los ciudadanos dieran activamente su voto a un candidato. La diferencia se hizo irreductible e incrementó la desconfianza entre ambos. Los dos siempre estuvieron convencidos de que el método propuesto por el otro le aseguraba el triunfo al candidato que proponía su propio partido. Los partidos invitaron a un grupo de ciudadanos que no fueran parte de ningún partido y que propusieran un método distinto en el que ambos pudiesen coincidir.

El Consejo Ciudadano se formó en dos etapas. En la primera se invitaron a seis personas que empezaron a trabajar desde el 20 de agosto: los partidos completaron el grupo hasta el lunes 13 de septiembre. En una breve reunión los partidos nos expusieron sus posturas. Amalia García dijo claramente: el PRD no iría a una coalición a través de una encuesta. Diego Fernández de Cevallos aclaró que el PAN no participaría en una elección abierta. Desde el principio hubo el sentimiento de que estábamos trabajando bajo una gran presión de tiempo. Organizar la elección era una tarea compleja que debería tener resultados a finales de noviembre. Después de esa reunión y antes de proponer el método tuvimos tres sesiones de trabajo, cada una duró aproximadamente 6 horas. Después de haberlo propuesto tuvimos otras tres sesiones de duración muy parecida, en las que participó Acción Nacional.

Quienes fueron convocados con anterioridad habían preparado un documento básico. El Consejo siempre trabajó con base en este proyecto. Siempre se partió del supuesto de que dicho documento contaba, al menos en sus términos generales, con la aprobación de los partidos. La propuesta central consistía en hacer un plebiscito bajo las siguientes condiciones: sería un ejercicio ciudadano, organizado por y para los ciudadanos. De acuerdo con los consejeros que primero formaron el grupo, el PAN había aceptado, al menos en esencia, el ejercicio, porque los resultados de dicho plebiscito no tendrían carácter vinculante para ninguno de los partidos participantes. El PRD estaba satisfecho porque tendría derecho de participar todo aquel que tuviese credencial de elector. El Consejo nunca habló con los partidos para corroborar que todos estábamos en un mismo entendido. Allí comenzaron los desencuentros. Siempre hubo un desnivel entre quienes llegaron el 20 de agosto y quienes nos integramos después. El liderazgo quedó en sus manos.

Las discusiones del Consejo nunca se apartaron un ápice de las definiciones que imponía ese primer documento. A pesar de que se presentaron otras propuestas, éstas nunca fueron escuchadas porque el Consejo consideró que no había tiempo ni para discutirlas, mucho menos para implementarlas. La propuesta final fue sustancialmente igual, se cambió el nombre de plebiscito por el de “Consulta”. Esta se realizaría a partir del trabajo voluntario de 40,000 ciudadanos, no miembros de partidos, que se harían responsables de todo el proceso. Se instalarían 12,000 casillas agrupadas en 2,500 centros de votación. Se agregaron, como complementarias, las encuestas. De manera simultánea se harían cuatro encuestas, tres previas a la elección y una de salida (exit-poll). El Consejo Ciudadano siempre se concibió a sí mismo como fedatario del proceso y no como autoridad electoral. Al final del ejercicio se le entregarían a los partidos los resultados de las cuatro encuestas y de la Consulta para que cada uno de ellos “actuara en consecuencia”.

Ni los partidos, ni el Consejo Ciudadano pudimos romper con el falso dilema de las encuestas o la elección. De manera bastante simple se sobrepusieron ambos, como si por el hecho de coexistir pudiera resolverse el rechazo que claramente habían manifestado ambos partidos. Si bien el PAN podría tener razón al pensar que una elección sin ley, sin autoridad y sin padrón era de suyo incontrolable, también el PRD tenía razón al plantear que escoger candidatos por medio de una encuesta no compromete a los ciudadanos a asumir los resultados. La elección de un candidato es un acto político y por tanto un acto que debe ser público; una encuesta es, sin lugar a dudas, un acto privado del que, en el mejor de los casos, más tarde se publican sus resultados. Si algún día hubo posibilidades reales de que la alianza cristalizara, éstas se hubiesen incrementado de manera sustancial si hubiéramos logrado, el Consejo y los partidos, romper el falso dilema entre elección primaria abierta y encuestas.

La propuesta fue rechazada de manera tajante por el PAN. Los argumentos esgrimidos fueron exactamente los mismos que los que oímos aquella noche del 13 de septiembre. No irían a una elección abierta porque consideraban incontrolable el proceso. Si nosotros le llamábamos a lo propuesto “consulta” para ellos el cambio de nomenclatura era irrelevante; en términos prácticos era una elección con urnas, votos y votantes, donde lo único que cerrábamos era el número de ciudadanos al que se podría atender. No consideraron que pudiéramos tener los medios necesarios para garantizar que el ejercicio podría ser llevado a buen término.

El Consejo fue más celoso de su autonomía que de su papel de mediador. Una y otra vez se consideró que hablar con los partidos y tratar de acercar posturas pondría en riesgo la independencia del organismo. Constantemente se argumentó que, de hacerlo, acabaríamos entrampados en sus propias diferencias e inutilizaríamos nuestro propio trabajo. A la luz de los resultados, la propuesta presentada y la forma en que se manejó la relación con los partidos fueron el detonante que abrió la puerta de escape para dejar en libertad a quienes se sentían atrapados en una negociación que estaba asfixiando a los candidatos.

La falta de experiencia que en México tenemos en elecciones primarias nos ha impedido entender las características especiales que éstas deberían tener. Los partidos sostienen que el carácter democrático está en la invitación abierta a toda la población. El método propuesto suponía, implícitamente, que un solo voto de diferencia era suficiente para determinar un ganador. En Estados Unidos, único país que hace sistemáticamente elecciones primarias, sólo tienen derecho a votar los simpatizantes de un partido que se han registrado previamente; es decir, en la elección del candidato republicano sólo votan republicanos. En México no tenemos un padrón confiable de miembros de los partidos y menos uno de simpatizantes. Es por ello que el PRI se vio obligado a hacer una primaria en la que todo aquel que tenga credencial para votar pueda hacerlo. El absurdo es de tal magnitud que si el día 7 de noviembre Cuauhtémoc Cárdenas o Vicente Fox se presentan a votar nadie se los puede impedir.

El método sugerido por el Consejo Ciudadano se sustentaba en tres falacias que lo debilitaban profundamente, y al final lo hicieron insostenible. La primera fue sostener que la diferencia esencial entre una elección y una consulta es que el resultado de la segunda no es vinculante y el de la primera sí. Si bien es cierto que jurídicamente carecíamos de instrumentos legales que obligaran al perdedor a asumir los resultados de la consulta y que al final del ejercicio ambos partidos, con sus respectivos candidatos, quedaban en absoluta libertad de acatar o no los resultados de la misma esto es políticamente insostenible. Una vez hecha la consulta los resultados de la misma se imponían por sí mismos; las encuestas serían sólo un punto de referencia. Cualquiera que después de la consulta rompiera la alianza estaría traicionando la voluntad ciudadana y por tanto su candidatura habría quedado vulnerada. El costo político era tan alto que la vinculación existía de facto.

La segunda falacia consistía en sostener que la experiencia exitosa de algunos organismos ciudadanos para organizar consultas nos permitía asegurar que en esta ocasión tampoco tendríamos ningún problema. Este argumento pasa por alto una distinción fundamental: las consultas exitosas sólo han sido una forma de hacer público un descontento más o menos generalizado. En ninguna de las ocasiones previas había un premio mayor que entregar a quien resultara el vencedor. Las consultas habían sido organizadas exitosamente porque eran un instrumento de presión del cual, en el peor de los casos, el gobierno ni siquiera estaba en la obligación de dar acuse de recibo. Esta consulta era un juego político de suma cero: habría un ganador que se quedaba con todo y para el segundo lugar no había nada. La naturaleza competitiva de la elección debería habernos hecho sospechar y prever la posibilidad de que los intereses propios o ajenos podrían desvirtuar el proceso hasta el punto de echarlo a perder.

La tercera falacia era asegurar que desde el momento en que esta consulta era organizada por y para ciudadanos en la que los partidos no tendrían que comprometerse, ni siquiera a acatar los resultados finales, eso se constituía en garantía de limpieza y pulcritud en el proceso. Creo que estamos llegando a los límites de la contradicción superpuesta entre la perversidad de los partidos políticos y la pureza inmaculada de los ciudadanos que no pertenecen a ningún partido político.

Es cierto que una de las deficiencias graves de la política en nuestro país es la ausencia de ciudadanos. Sin duda alguna nadie escapa de la herencia anticiudadana heredada de nuestro pasado corporativista. No obstante, es imposible sostener que el proceso de construcción de una ciudadanía fuerte pueda darse por contradicción y por exclusión de los partidos. Es urgente una sociedad civil fuerte que haga contrapeso a los partidos. Este es el único remedio que puede proteger al ciudadano de una partidocracia aplastante; sin embargo, la sociedad no puede ganar fuerza a partir de antagonizar con los partidos y hacer de éstos sus rivales, menos aún cuando el discurso con el que justifica sus posturas es excluyeme e intolerante. Hoy se asume al ciudadano como naturalmente “bueno” y se entiende que los partidos son los “malos”.

Hechas todas estas reflexiones, faltaría por resolver el punto medular que dio origen a este artículo: ¿por qué no cristalizó la Alianza por México? Considero dos razones fundamentales: en primer lugar, porque nunca hubo un acuerdo político entre los partidos participantes en el que demostraran que estaban dispuestos a perderlo todo por ganar el país. Todos los partidos tenían, de manera individual, mucho que perder; todos disfrutan de mayores o menores cuotas de poder, controlan un cierto número de puestos políticos, y gozan de los beneficios de tener financiamiento público. Los partidos, todos, apostaron a sostener el status quo.

En segundo lugar, los dos principales candidatos entre quienes se centró siempre la disputa para encabezar la alianza iban ya demasiado adelantados en la contienda. De formas distintas los dos iniciaron en julio de 1997 su trabajo político con miras a la candidatura del 2000. Desde que Cárdenas ganó el Distrito Federal, todos sabíamos que éste era un escalón para llegar a su tercera candidatura a la presidencia. Fox así lo anunció abiertamente. Ambos trabajaron desde entonces para fortalecer su candidatura. tanto dentro como al margen de sus propios partidos. Si analizamos sus discursos y acciones nunca demostraron entusiasmo por los esfuerzos aliancistas que algunos miembros de sus respectivos partidos hacían. A decir verdad, una vez cancelada la posibilidad, ambos se tranquilizaron.

Quizás en este análisis también habría que tomar en cuenta el papel que jugó el factor tiempo. La rigidez impuesta por el COFIPE para el registro legal de una coalición, junto con la fecha en la que el PR1 fijó su elección primaria, complicaron todavía más el proceso. Ambos candidatos hubiesen querido decidir hasta saber el resultado y las consecuencias que la elección primaria del PRI traerá consigo.

Uno de los logros demostrables de la transformación política que ha tenido lugar en México en los últimos años es, sin duda alguna, la libertad de prensa que hoy refleja y estimula una multiplicidad de discursos que hasta hace poco eran impensables. Sin embargo, la proliferación de sujetos con capacidad de hablar no ha generado en México una nueva forma de hacer política. Hemos reconocido la pluralidad, el derecho a ser diferentes, pero lejos estamos todavía de reconocer la necesidad del otro. Los partidos no confían entre sí. tampoco creen en los ciudadanos y la fortaleza de la sociedad civil. Los ciudadanos temen al burócrata, al tecnócrata y al político. Existen hoy muchos monólogos incapaces de hablar un lenguaje común. Partimos siempre de un supuesto: el político miente, y esto provoca un grave problema de comunicación: como nunca se puede confiar en el otro, nunca oigo lo que me dice: supongo lo que quiere decirme. La subjetividad de su lenguaje difícilmente coincide con la subjetividad de mi percepción. Habremos de reconocer que cuando los partidos discutieron seriamente la perspectiva de la alianza se generó, por primera vez en mucho tiempo, no sólo cierta capacidad de encuentro: por un instante tuvimos la posibilidad de mirar hacia un futuro que necesariamente incluía a los demás.

El análisis de la situación en la que viven los partidos políticos mexicanos, su forma de actuar, decidir e incidir en la vida política, nos obligan a establecer una analogía con la IV República Francesa. Existen en México tres partidos políticos con fuerzas más o menos equilibradas, con un acuerdo político estable (recordemos que los tripiés son naturalmente estables) pero absolutamente disfuncional. La IV República fue mantenida por la incapacidad de los partidos a renunciar a los beneficios que les otorgaba la conservación del status quo. En Francia la destrucción que había dejado la guerra era tan evidente que nadie se atrevía a negarla. A pesar de que hoy en México es palpable la debilidad del Estado, la falta de entendimiento social que carece de estructuras que le permitan procesar constructivamente el disenso para garantizar gobernabilidad, todavía nos resistimos a reconocer la gravedad de la situación en que estamos. Para romper con el impasse francés se requirieron once años, el conflicto de Argelia y la fortaleza de Charles de Gaulle. ¿Qué necesitaremos en México para avanzar de manera definitiva en la construcción de una república democrática que al mismo tiempo rompa con el presidencialismo autoritario y la comodidad de los partidos instalados, todos y cada uno de ellos, en un acuerdo rentable y conveniente para su futuro inmediato?

María Marván Laborde. Profesora- Investigadora de la Universidad de Guadalajara y Miembro del Consejo Ciudadano.

Yo vi a Elvis entrar al PRI

YO VI A ELVIS ENTRAR AL PRI

POR SOLEDAD LOAEZA

Por  la fantasía pública circulan héroes y villanos que nunca mueren, que no queremos dejar morir porque en vida su presencia fue determinante para nuestra comprensión del mundo, fueron poderosos referentes de una época, encarnaron un momento de gloria, y les atribuimos capacidades tan extraordinarias que su desaparición como simples mortales es sencillamente impensable. Aceptar su ausencia nos produce un inquietante desconcierto. A casi cuarenta y cinco años de muerto dicen que Pedro Infante canta en Ciudad Satélite; a Elvis Presley periódicamente se le descubre comiendo hamburguesas en un MacDonald’s del sur de Estados Unidos; durante décadas los argentinos discutieron el inminente regreso de Carlos Gardel; todavía en los años ochenta muchos alemanes creían que Hitler vivía escondido en Paraguay. Así le ocurre hoy en México al tapado. Muchos dicen que lo han visto, otros sostienen que han hablado con él y no son pocos los que afirman con toda seriedad que está a punto de volver, para no mencionar a las señoras que lo han invitado a cenar.

Pero todo sugiere que lo que mantiene vivo al tapado no son los mecanismos del poder, sino una inconfesable nostalgia por un pasado más estable que el presente, y el miedo. A lo largo de la mayor parte de la historia del partido oficial siempre hubo un tapado, que era el candidato más o menos natural del presidente en turno a sucederlo, su colaborador más cercano, el hombre de sus confianzas. Plutarco Elias Calles lo fue de Alvaro Obregón. Lázaro Cárdenas del jefe máximo. Calles; en su momento Cárdenas le dio un esquinazo a Francisco J. Mújica y designó a Avila Camacho; y así se desarrolló la sucesión presidencial hasta que Mario Aburto mató a Luis Donaldo Colosio y Carlos Salinas de Gortari tuvo que recurrir a un emergente. Es explicable que nos resistamos a creer que las cosas ya no pasan así. porque si este mecanismo consagrado por los hábitos y las costumbres políticas mexicanas ya no funciona, entonces nos encontramos ante la aterradora posibilidad de que entren en acción procesos despersonalizados y relativamente impredecibles; por ejemplo, la voluntad de los priistas que votarán en las elecciones primarias del 7 de noviembre.

El tapado, como toda celebridad, era un personaje controvertido que despertaba reacciones contradictorias. Antes de que el autoritarismo mexicano fuera visto como un fracaso o un engaño, en la época dorada de los milagros, muchos afirmaban que como el presidente en turno era el hombre mejor informado del país era también el más indicado para decidir quién debía gobernarlo después de él. Y se quedaban tan contentos. La pobretona teoría del péndulo —seriamente sostenida por muy serios analistas políticos—. según la cual a un presidente de derecha le seguía uno de izquierda, llevaba sin tropiezos a la conclusión de que el dedazo y el tapado eran grandes aportaciones del ingenio político mexicano para escapar a la inestabilidad endémica que sufrían otros países latinoamericanos, porque cada seis años la sabiduría presidencial con tino restablecía los equilibrios que su gestión podía haber trastocado. Dentro de este esquema Miguel Alemán tendría que haber sido un líder pujante de la izquierda, o en todo caso, su sucesor, Adolfo Ruiz Cortines. No pocos presidentes se beneficiaron de esta visión pueril: Adolfo López Mateos pudo integrarse sin grandes dificultades a la iconografía de la izquierda oficial —a pesar de su gestión en la Secretaría del Trabajo durante las huelgas obreras de finales de los cincuenta y del asesinato de Rubén Jaramillo—; al igual que Luis Echeverría, quien como sucesor del presidente derechista por antonomasia, Gustavo Díaz Ordaz, con toda naturalidad fue aceptado en las filas de la extrema izquierda dentro de la constitución.

Dedazo y tapado eran parte de la magia del presidencialismo, y recibían la gracia de ese bautismo: si el tapado era designado por el poderoso y bien informado señor presidente, entonces tenía que ser el mejor de todos. El último acto de la omnisciencia presidencial era dejarnos en buenas manos. Este malabarismo seudoanalítico tenía la virtud de introducir algunas seguridades en el mundo incierto de la política. En el destape, al beneficiado —quienquiera que fuera— se le descubrían enormes cualidades que hasta entonces habían permanecido ocultas, porque así era de astuto o discreto. Pero además el misterio que precedía a la designación también jugaba a su favor porque las expectativas y especulaciones a su propósito alimentaban nuestra febril imaginación, y tratando de adivinar las razones del supremo le colgábamos a los posibles tapados toda suerte de virtudes, como si fuera el árbol de Navidad lleno de luces y brillos. Conforme avanzaba el tiempo y cuando por fin se hacía público el nombre del beneficiado, aliviados aceptábamos que era sin lugar a dudas el mejor de todos. Y nunca, nunca nos decepcionó. Cada seis años esperábamos con renovada avidez y optimismo la vuelta del tapado. Hasta que nos enteramos de que Díaz Ordaz se había arrepentido profundamente de haberse inclinado por un colaborador que había sabido callar sus limitaciones.

A partir de entonces todo se descompuso. López Portillo dice que se equivocó; De la Madrid también se mira compungido, y Salinas debe darse topes contra la pared todas las noches. Con Ernesto Zedillo las cosas por fin han cambiado, simplemente porque el poder del presidente ya no es el mismo que en el pasado. Ahora los únicos que hablan de presidencialismo son las oposiciones, que hacen campaña contra un sistema político que ha dejado de existir en los últimos quince años, pero en cuya transformación no logran encontrar un discurso opositor convicente.

Así, por ejemplo, se empeñan en hablar de tapadismo, aunque la XVI Asamblea del PRI y sus famosos candados hayan limitado efectivamente la libertad del presidente para elegir al candidato de su partido —el cual, por otra parte, no será forzosamente triunfador en las elecciones del año 2000—. También insisten en hablar de tapados, para distraer la atención de los caudillos que son sus candidatos naturales, y cuya designación pudo haber sido tan antidemocrática como en el pasado lo era la de los sucesores del presidente. El problema es que las campañas de los precandidatos priistas han destapado a los cuatro aspirantes y por lo menos algo sabemos de cómo es o puede ser cada uno de ellos. No hay duda: el tapado está muerto.

Insistir en que el tapado vive —transfigurado en candidato oficial— es una estratagema de las oposiciones para desacreditar de entrada al candidato del PRI, quienquiera que sea, incluso antes de que lo voten los priistas —y los no priistas que se están organizando para votar por el precandidato que consideran más débil—. Pero su denuncia resuena con dulzura en el alma nostálgica de los mexicanos que en el fondo esperan algunas certidumbres después de seis años o más de sorpresas desagradables. Las encuestas que periódicamente se dan a conocer en los medios indican que con el tiempo aumenta el porcentaje de votantes indecisos. ¡Oh, incertidumbre cruel! En cambio, cuando había tapado ya todos sabíamos de entrada quién era el mejor de todos, por eso todavía lo buscamos por donde se encuentre.  n

Soledad Loaeza. Politóloga. Profesora-investigadora de El Colegio de México. Es autora del libro El Partido Acción Nacional: La larga marcha. 1939-1994.

Michael Novak: Nihilismo y sociedad libre

MICHAEL NOVAK: NIHILISMO Y SOCIEDAD LIBRE

POR RODRIGO GUERRA LÓPEZ

La obra de Michael Novak se mueve entre la filosofía de la economía y el humanismo de corle neoconservador. Uno y otro ámbito, como se sigue de este ensayo introductorio de Rodrigo (hierra López, no se excluyen. Al contrario: se sintetizan en uno de los principales postulados de Novak —y  uno de los más polémicos—, según el cual el capitalismo tiene raíces ético-religiosas.

La obra y el pensamiento de Michael Novak han estado presentes en los países de lengua española desde los inicios de los años ochenta.1 Fundamentalmente Novak se ha dado a conocer como un autor que realiza un esfuerzo por demostrar las raíces ético-religiosas del capitalismo y desde ahí ofrece una comprensión de la economía de mercado como precondición para el ejercicio de la democracia.

Las investigaciones de Novak han colaborado a hacer manifiesta la necesidad de precisar que un modelo “capitalista democrático” debe reconocerse como una realidad compleja en la que conviven dinámicamente una economía de mercado basada en incentivos, una política respetuosa de los derechos de la persona y promotora de la participación democrática, y un sistema de instituciones culturales inspiradas en el ideal de la libertad y la justicia para todos.2

Novak ha sido uno de los teóricos del capitalismo que han enunciado llanamente las censuras más importantes a este sistema. A cada una de ellas les ha respondido con rigor especulativo y fundamentación práctico-empírica.3 De esta manera, Novak dialoga con quienes de modo permanente denuncian con unilateralidad las causas estructurales de la pobreza sin investigar con igual profundidad las causas estructurales del desarrollo y la riqueza. De este diálogo parece brotar una conciencia profunda sobre la necesidad de articular una economía de mercado no sólo basada en ciertas normas de orden práctico sino también en hombres y mujeres que con virtudes y habilidades puedan desarrollarse libremente de acuerdo a las exigencias de su dignidad y del reto concreto que tienen que enfrentar a través de su acción. Esto mismo invita a Novak a no conformarse con la crítica de los modelos disfuncionales sino a pensar proacti vamente al momento de generar diagnósticos sobre la situación económica de un pueblo.4

La labor de Michael Novak como filósofo de la economía no ha estado exenta de debates y discusiones importantes. En España ha sido fuertemente criticado por José María Mardones desde una posición que abiertamente simpatiza con la filosofía de Jürgen Habermas.5 En Latinoamérica, Novak ha sido desafiado por la enérgica posición del teólogo de la liberación Hugo Assman y del sociólogo F. J. Hinkelammert.6

El desafío que hombres como José María Mardones han lanzado a Michael Novak no es despreciable: si bien es cierto que la religión es un factor fundante de la dinámica cultural de cualquier sociedad, el peligro de instrumentalización de la fe para legitimar un sistema es una posibilidad real. Esta advertencia pareciera oportuna debido a la no despreciable tendencia mundial al fundamentalismo nacionalista y religioso. Mardones señala con agudeza que pareciera existir una sobre-simplificación de los “éxitos” del capitalismo democrático en las obras de Novak que contrasta fuertemente con los problemas de implementación de este tipo de modelos en algunos países tanto desarrollados como subdesarrollados.

Por otra parte, conviene reconocer que en ambientes antaño cercanos al intento de utilizar mediaciones socioanalíticas marxistas para la aplicación de las consecuencias sociales de la fe cristiana, ha aumentado la conciencia de que es correcta la denuncia novakiana respecto de la insuficiencia de la Teología de la Liberación en materia de generación de riqueza.

A través de estas tomas de posición aparece el talante polémico del pensamiento de Novak. Más aún la crítica muestra al menos que es precisa una revisión más analítica de la propuesta novakiana desde la experiencia de pobreza y limitación que viven nuestros pueblos en las economías de mercado latinoamericanas.

Ahora bien, las reflexiones de Novak no terminan con su discurso ético-económico. Una faceta menos conocida y no por ello menos rica y provocadora de Michael Novak es su reflexión sobre el diagnóstico cultural de la sociedad contemporánea. A través de este diagnóstico el autor enfrenta un difícil tema que se encuentra en la raíz de algunas de las propuestas más importantes dentro de la controversia modernidad-postmodernidad. Según Novak el nihilismo reinante es el verdadero peligro para una sociedad que aspire a la libertad y que desee evitar un retorno a posiciones que supongan que el Estado ha de solventar todas las necesidades humanas, o lo que es peor, un Estado que pretenda sofocar lo humano a través de la sola voluntad de poder. Por ello, desde este punto de vista el nihilismo es el clima cultural que coloca en riesgo a la democracia contemporánea.

Un texto privilegiado para comprender sinópticamente este punto de vista es el discurso que Michael Novak pronunció en la Abadía de Westminster el 5 de mayo de 1994 al momento de recibir el premio Templeton por sus contribuciones al avance de la religión: Awakening from Nihilism. In Preparation for the 21 Century-Four Lessons from the 20.7 A través de una breve reflexión Novak expone su opinión respecto de las principales lecciones que la época contemporánea deja para nosotros y para las futuras generaciones.

Un neoconservador ante la postmodernidad

Con Awakening from Nihilism, Novak se introduce en una discusión que nos recuerda de alguna manera a Theodor W.

Adorno en su obra Dialéctica Negativa:8 el horror de los campos de exterminio del siglo veinte es tan grande que no pueden no tener un significado filosófico. Los campos de exterminio son el símbolo de una humillación del hombre que requiere ser comprendida en profundidad si se desea que “Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”.9

La negación de lo humano por parte del poder muestra la dimensión metafísica de la crisis cultural contemporánea: si en el hombre no hay más que materia, si el hombre es sólo un medio, si sólo es un instrumento, entonces es preciso que el poder lo administre como mejor le plazca. Sin embargo, la lucha por afirmar la vida y la dignidad humana (la “fidelidad a la verdad” diría Novak) aún en medio de los campos de exterminio vence culturalmente a quien los organiza y los promueve. El nihilismo antropológico de los totalitarismos queda anulado cuando un hombre, por insignificante que sea su historia (a los ojos del poder), afirma con un gesto, con una decisión, con una palabra que el valor de sí mismo y de cualquier otro no puede destruirse aún cuando se aplaste su vida física.

La posición de Novak nos invita a reconsiderar que la caída del llamado “socialismo real” si bien tuvo una componente técnico-económica y técnico-política que es imposible ocultar, no puede ser interpretada solamente de esta manera. Un supuesto triunfo del capitalismo sobre el socialismo dentro de una misma matriz cultural basada en una antropología donde el ser humano es esencialmente objeto del poder (del “Estado” o del “mercado”, poco importa) a lo único que apunta es a presagiar la disolución del capitalismo por las mismas razones profundas que generaron la crisis de los países del Este. De ahí que sea indispensable afirmar que solo recuperando una idea del hombre donde éste sea afirmado por sí mismo (persona est affirmanda propter seipsam) como un sujeto inteligente y libre llamado a trascender, pueda ser posible articular una sociedad en que se preserven las libertades y los derechos de todos.

No basta afirmar “valores” (hoy tan de moda), no basta proclamar retóricamente “derechos”. Es necesario anclar valores, derechos y libertades en la verdad objetiva que porta cada persona. Aún cuando queden muchas discusiones en la mesa, vuelve a proponerse que la condición material del hombre no agota todo lo que el hombre es, no agota todo lo que el hombre aspira y no agota todo lo que el hombre demanda.

Finalmente, el diagnóstico de Novak sobre el nihilismo como problema cultural coincide con el realizado por Romano Guardini en su ensayo de 1948 El Salvador en el mito, en la revelación y en la política:10 la modernidad ha terminado sustancialmente, el verdadero asunto está en mirar la época que está surgiendo, la época postmoderna.

Novak coincide también con la interpretación que los postmodernos más recientes dan de sí mismos. Gianni Vattimo dice a este respecto: “la cuestión del nihilismo no me parece, por lo menos en principio, un problema historiográfico (…) El nihilismo está en acción y no se puede hacer un balance de él, pero se puede y se debe tratar de comprender en qué punto está, en qué nos incumbe y a cuáles decisiones y actitudes nos llam”11 Añade Vattimo: “puesto que la noción de verdad ya no subsiste y el fundamento ya no obra, pues no hay ningún fundamento para creer en el fundamento, ni por lo tanto creer en el hecho de que el pensamiento deba fundar (…) Manifiéstase así claramente que hay que buscar un camino diferente. Este es el momento que se puede llamar el nacimiento de la posmodernidad en filosofía, un hecho del cual, así como de la muerte de dios anunciada en el aforismo 125 de La gaya ciencia, no hemos todavía terminado de medir las significaciones y las consecuencias”.12

Michael Novak, al proponer que es necesario “despertar del nihilismo”, enfrenta la propuesta postmoderna y con ello provoca al lector a revisar los supuestos sobre los que implícitamente muchas sociedades se han comenzado a articular: la razón (racionalista) ha fracasado, es necesario afirmar la sin-razón, lo caótico, lo híbrido, lo totalmente relativo, la voluntad-de-poder, las realidades fragmentarias, el derecho a no-pensar, la pluralidad de las historias, la levedad del ser…

Tal vez lo que hemos extrañado en el discurso de Novak sobre el nihilismo (y también en algunas de sus obras) es una más clara referencia al camino cultural que es necesario seguir para recomponer una situación como la antes descrita y denunciada. Si bien es cierto que la interpretación de Michael Novak sobre la vitalidad de la experiencia norteamericana puede ayudarnos a descubrir que existe un cierto ethos no-nihilista en algunas expresiones del capitalismo de aquel país que ha colaborado al fortalecimiento de las instituciones-clave de una sociedad libre y democrática, es preciso también explicitar cómo nace este ethos, cómo puede desarrollarse, cómo puede depurarse de las continuas deficiencias que brotan de nuestra también deficiente condición humana. Este método no es ajeno a una adecuada “teoría crítica” que permita juzgar tanto los modelos como las realizaciones empíricas de la sociedad libre y democrática que todos deseamos construir. Una “teoría crítica” que tenga como parámetro para la interpretación y para su oferta normativa una visión pluridimensional y analógica de la realidad en general y del hombre en particular. De esta manera podría corregirse la falta de crítica respecto del propio sistema que se le achaca a Novak.

Algunas obras que aportan en nuestra opinión los materiales mínimos para un esfuerzo de esta naturaleza son los trabajos de Karol Wojtyla, de Luigi Giussani, de Rocco Buttiglione, de Mauricio Beuchot, de Pedro Morandé y de Alberto Athié.13 A través de ellas y con distintos enfoques se subraya una hipótesis que eventualmente deberá de ser verificada: son posibles una interpretación y una crítica de la sociedad que permitan fortalecer la dinámica de un sujeto cultural que proponga de nuevo la vitalidad del ethos de las naciones frente a los proyectos que han privilegiado a la racionalidad instrumental por encima de la dignidad y de los valores de las personas y de sus tradiciones. Con ello, propuestas como la de Novak encontrarían un sujeto adecuado que permitiría que una legítima denuncia de los riesgos del nihilismo estuviese acompañada de un movimiento crítico que construyera creativa y libremente nuevas alternativas sociales y culturales.

De esta manera, el diagnóstico cultural de Michael Novak hoy por hoy es como un aporte dentro de los esfuerzos no- ilustrados y no-postmodernos para evaluar la difícil y compleja crisis que marca el final del segundo milenio de nuestra era. Estos esfuerzos, sin duda, habrán de continuar mientras se mantenga el empeño a favor de la edificación de una sociedad libre que supere los retos que imponen el nihilismo y sus múltiples rostros. Este empeño no es estéril ni vano. La esperanza intrahistórica que es preciso poseer en el intento de avanzar como sociedad se sostiene precisamente en la certeza de que nuestra convivencia puede ser más humana y digna si todos —con todo y nuestras diferencias— trabajamos a favor de una vida más justa, libre y responsable.        n

Rodrigo Guerra López. Candidato a Doctor en Filosofía por la Internationale Akademie für Philosphie im Fürstenstum

Liechtenstein Es Director del Departamento de Estudios de la Comisión Episcopal de Pastoral Social de la Conferencia del Episcopado Mexicano.

1 Michael Novak: El espíritu del capitalismo democrático. Tres Tiempos. 1983; ¿En verdad liberará?, Diana. 1982; Visión renovada de la sociedad democrática. Centro de Estudios en Economía y Educación. 1984; Personas libres y el bien común, Diana. 1992; Este hemisferio de libertad. Filosofía de las Amérícas, Diana. 1994.

2 Visión renovada de la sociedad democrática, p. 20.

3 Ibid, capítulos III y IV.

4 Ibidem.

5 Cf. José María Mardones: Capitalismo y religión. La religión política neoconservadora. Sal Terrae, Santander, 1991.

6 Cf. H. Assmann-F. J. Hinkelammert: A idolatría do mercado. Ensaio

sobre economía e teología. Vozes, Petrópolis. 1989.

7 Publicado como capitulo central de Michael Novak: Awakening from nihilism. Crisis Books, 1995.

8 Cf. T. W. Adorno: Dialéctica negativa, trd. José María Ripalda. Taurus,

Madrid, 1990: principalmente el capítulo intitulado “Meditación sobre la Metafísica”, pp. 361-405.

9 Ibid, p. 365.

10 Ibid.

11 G. Vattimo: El fin de la modernidad. Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna. Pianeta-Agostini. 1994. p. 23.

12 Ibidd, pp. 147-148.

13 Karol Wojtyla: “The Problem of the Constitution of Culture through Human Praxis”, en Person and Community. Selected essays. Peter Lang, 1993, pp. 263-275; L. Giussani: El sentido religioso. Encuentro. 1998; R. Buttiglione: La crisis de las ideologías y la tercera vía. Promanuscrito, en www.ife.org.mx; M. Beuchot: Filosofía, neobarroco y multiculturalismo. Itaca. 1999; P. Morandé: Cultura y modernización en América latina. Ensayo sociológico acerca de la crisis del desarrollismo y de su superación. Encuentro. 1987: A. Athié: El Tratado de Libre Comercio a la luz de la opción cultural propuesta por la doctrina social de la iglesia. IMDOSOC. 1994.

Refuerzos

REFUERZOS

Mal haría el presidente de la FIFA Joseph Blatter, siempre atento al negocio, en no abrir la posibilidad de que los equipos que asistirán en Brasil al primer Mundial de Clubes el próximo mes de enero se refuercen con cinco elementos por equipo, de modo que cada equipo integre algo así como una semiselección y suba el nivel del espectáculo. La única condición sería que tales refuerzos fueran parte de la liga nacional en la que participa cada club. No sabemos a quiénes convocarían de refuerzos, para ese Mundial, equipos participantes como el Manchester o el Real Madrid, equipos a los que no sólo les sobran jugadores world-class sino cuyas tradiciones de rivalidad con otros clubes de sus mismas ligas les impiden, por principio, reforzarse con lo mejor. Pongamos: el Manchester ni por caso, o sólo a costa de una larga negociación y mil de perdones para sus fans, podría invitar a Bergkamp o a Overmars del Arsenal, o a Owen del Liverpool, por ser archienemigos del Manchester en la Premier League. El Real Madrid, ni pensaren invitar a Rivaldo o Cluivert, ambos de su respectivo archienemigo, el Barcelona de la Liga Española. (Respecto a los equipos brasileños, el Vasco da Gama sí podría invitar a Romario del Flamengo, puesto que no es el Fluminense, archienemigo del Flamengo, y el Corinthians sí podría invitar a Ronaldinho del Gremio, puesto que el Gremio no es el archienemigo del Corinthians: el Palmeiras.)

Todo esto apunta a un interés específico: la participación del Necaxa en ese Mundial de Clubes como representante del fútbol mexicano (por haber vencido en la zona Concacaf). Ya dijo Enrique Borja, su presidente, que en caso de que la FIFA admita refuerzos el Necaxa reclutaría sólo a jugadores que hayan jugado alguna vez en ese equipo. Sin mencionarlo, Borja piensa de seguro en Luis Hernández y Cuauhtémoc Blanco. Debía pensarlo mejor y extender la posible convocatoria a jugadores que no han sido necaxistas pero que juegan en México: Claudio Suárez, Dulio Davino. Ramón Ramírez. Saturnino Cardozo. Antonio Mohammed, incluso los porteros Jorge Campos o Comizzo o Siboldi. O los atlistas Zepeda y Osorno. Abrir la franja para que el Necaxa reforzado sea la mejor representación posible del futbol mexicano en el Mundial de Clubes. Por lo demás, el Necaxa se ganó ese sitio contra todas las mareas. Y en el incierto enero del 2000 habrá por lo menos una certeza: en ese mes todos los mexicanos nos uniremos a los 18 aficionados al Necaxa que hay en todo el mundo.

—Johannes Burgos

A dolarizarse

ECONOMÍA MEXICANA

A DOLARIZARSE

POR CARLOS MARTÍNEZ ULLOA

Quiérase o no, la economía mexicana tiene ya un alto grado de dolarización. Este hecho lleva a la necesidad de buscar la certeza monetaria que la globalidad exige para eliminar riesgos e incertidumbres.

La configuración del mundo actual está siendo influida por dos grandes tendencias, en apariencia contradictorias, aunque no necesariamente excluyentes. Por un lado existen países que intentan redefinirse sobre la base de fundamentalismos religiosos o esfuerzos de mera subsistencia, intenciones éstas que resultan en ocasiones tan carentes de viabilidad como la solicitud del presidente de Yugoslavia de unirse formalmente a Rusia o bien la de activistas como Paul Chou, quien promueve que Taiwán se convierta en el Estado 51 de la Unión Americana. Por otra parte, sin anuncios oficiales o pronunciamientos oficiosos, la economía mundial se reagrupa entre aquellos países y sectores que pertenecen y operan en la globalidad, y los que se rezagan y explican únicamente en contextos localistas.

Sin necesidad de formulismos puntuales, la parte eficiente y moderna de los países encuentra cada día mayores posibilidades de integración comercial y social con sus similares de otras regiones, al margen de consideraciones adyacentes. Esto produce una identidad de propósitos e ideologías que de seguro terminará por modificar dramáticamente la configuración geográfica y política del mundo, en el siglo y milenio por inaugurarse. Estas tendencias son las que están caracterizando, definiendo e impulsando la dinámica del cambio, aun a costa del atraso de sectores tradicionales, por lo que conceptos anteriormente tan arraigados como nacionalismo y soberanía están ahora sujetos a un permanente escrutinio y redefinición, lo que permite afirmar que la globalización es ya una realidad ineludible.

De acuerdo con George Soros, el sistema capitalista global izado define su esencia en la “interdependencia de los mercados de capital, a través del libre movimiento de los flujos financieros, al acecho de mayores beneficios y de una supuesta eficiente distribución de ahorros e inversiones a escala mundial”.1 A pesar de que estos principios han probado tener consecuencias no siempre positivas para los países emergentes, la tesis sostiene que las grandes fluctuaciones bursátiles, crediticias, financieras y. por lo tanto, en los registros de crecimiento, “son aberraciones pasajeras que no deben tener impacto permanente en los fundamentos económicos”.2 En tal virtud, en las últimas crisis de Asia y Latinoamérica, una vez que se concedió el tiempo suficiente para que los desequiciarlos libros fundamentales se eliminaran, la normalidad económica se ha ido restableciendo paulatinamente. Aquí la mecánica consistió en liberar precios y restringir salarios y crecimiento hasta lograr la eliminación de los déficit presupuestales y de la balanza comercial y externa, y así incentivar un nuevo ciclo de inversión y desarrollo.

A pesar de los esfuerzos por encontrar una tercera vía con rostro más humano, aún se carece de una definición concreta para esta alternativa y la globalidad es hoy el único camino transitable para lograr la supervivencia económica de los pueblos. De ahí que países como China o Cuba, últimos bastiones del comunismo, dediquen sus mejores ánimos a promover aquellos sectores que producen y generan divisas, no obstante los sacrificios que se impongan como contraparte al resto de la población.

México no ha sido la excepción dentro de estas tendencias y es precisamente como parte de ellas que se inserta y explica el debate acerca de la dolarización de la economía, sus formas y alternativas, ventajas e impedimentos, sobre todo a medida en que se confirma la inevitable dependencia comercial y financiera con Estados Unidos, se acercan las elecciones presidenciales en un clima no precisamente carente de tensiones y en cuyo marco el gobierno utiliza conceptos como el del blindaje financiero para reconocer que, en efecto, le preocupa la transición democrática y los efectos que pudiera tener en la estabilidad económica y financiera.

Hay grupos económicos importantes en el país que sostienen que, en la medida en que la globalización avanza, la integración monetaria se convierte en un proceso inevitable, si bien aceptando que llevará tiempo lograrlo. Para ponderar la veracidad de esta afirmación, a continuación se revisan algunos de los principales inconvenientes para adoptar o tratar de acelerar la implantación formal de esta propuesta.

Se manejan tres opciones para participar monetariamente en la globalidad: aceptar una junta o caja de conversión monetaria, respaldando la circulación de la moneda local con una garantía total en divisas: la selección del dólar como moneda de curso legal; y la unificación monetaria con Estados Unidos y Canadá, en razón de ser socios del TLC, marco natural para el establecimiento del acuerdo respectivo.

La primera y segunda alternativas podrían entenderse como etapas sucesivas de una misma, ya que básicamente resultan equivalentes. La tercera, la más conveniente para México, se juzga quimérica en la práctica, en función del papel hegemónico de Estados Unidos, su moneda, su economía y su política, en la globalidad. Aún entre los países de la Unión Europea, las exportaciones se cotizan en dólares, por lo que para que Estados Unidos participe en una unión monetaria seguro lo condicionaría a que se estableciera una única moneda global que se basara precisamente en el dólar norteamericano, ya que ésta es aún la principal moneda internacional de reserva. Por ello, para México las opciones reales se reducen a dos: la adopción de una junta monetaria y su eventual evolución a la libre circulación del dólar norteamericano. o alcanzar las condiciones suficientes y necesarias para que ésta última sea la meta desde el inicio. La diferencia es pues de grado y no de fondo.

Prevalecen razones válidas que impiden adoptar por decreto la propuesta aquí analizada.3 Hay otras, por el contrario, que pudieran perder significación si es que ésta se estudia con una perspectiva histórica, dinámica y moderna. De hecho, varios de sus detractores actuales ven a la dolarización como inevitable en el largo plazo. La diferencia sería entonces la de los tiempos para satisfacer los requisitos y los costos de alcanzar y observar las precondiciones.

Es evidente que la economía mexicana tiene ya en la actualidad un importante grado de dolarización: no sólo las importaciones y las exportaciones representan cada una alrededor del 35% del PIB, sino que, además, el dinamismo de las mismas y la obtención de las tasas de crecimiento necesarias para alcanzar la meta indispensable de creación de empleos dependen fundamentalmente de que la inversión extranjera directa continúe considerando a México como destino estratégico en el ámbito mundial y de que los mercados internacionales de deuda no se cierren para el país, en relación al importante esfuerzo de renovaciones anuales que hay que realizar. De aquí que si la viabilidad misma del país está condicionada al acceso del gobierno y los particulares a las fuentes de recursos externos, habría que buscar que se opere cuanto antes con la certeza monetaria que la globalidad exige para satisfacer las demandas por estos recursos. Sólo así se eliminarían riesgos e incertidumbres que tanto incomodan a los mercados e inhiben no sólo a los inversionistas extranjeros sino también a los locales. Hay pues una relación ineludible entre una moneda estable y el crecimiento económico. Paralelamente, parecería ocioso suponer que la aplicación aislada de esta medida resulte condición suficiente para garantizar el flujo necesario de capitales del exterior, un menor nivel en las tasas de interés y de inflación, un mayor crecimiento económico o la inmunidad respecto al impacto de las crisis internacionales. Las incertidumbres que aquejan al mundo globalizado persistirían; sin embargo, se eliminaría la cambiaría, que por sí misma tanto ha afectado la estabilidad macroeconómica mexicana en las últimas décadas.

Por lo que se refiere a los mayores inconvenientes que con frecuencia se mencionan para la adopción de esta medida, esencialmente se señala que no se cuenta con el nivel de reservas internacionales adecuado; que los márgenes de maniobra de la política económica se angostan ya que se renuncia a la capacidad de reaccionar y hacer uso de la política monetaria y fiscal para enfrentar choques externos; que la emisión de moneda es una actividad lucrativa para el gobierno que se perdería; que el tipo de cambio ya no podría funcionar como ajuste de los desequilibrios de la balanza comercial; y que el Banco Central quedaría imposibilitado para actuar como prestamista de última instancia.

En lo tocante al nivel inadecuado de reservas para soportar y garantizar la conversión total de pesos por dólares, éste se podría alcanzar a través de apoyos internacionales y créditos externos por montos suficientes. De hecho, es una solución ya pretendida por el anunciado blindaje financiero aunque de manera velada. Con el tiempo propicio, la planeación correcta y una negociación audaz, junto con la decisión de comprar dólares en el mercado en montos consecuentes con una política cambiaría más realista, tal objeción podría ser superada. No hay que olvidar, además, que los depósitos de los mexicanos en el exterior alcanzan cifras cuantiosas, parte importante de los cuales podrían retornar al país una vez eliminadas las incertidumbres cambiarías. Dichos recursos, captados a costos razonables, podrían coadyuvar a satisfacer esta limitante.

La emisión de moneda por los gobiernos se cita a menudo como otro impedimento, si bien de menor importancia. Normalmente el costo de imprimir el billete de más baja denominación (veinte pesos) es del 1.5% de su valor nominal, con lo que resulta una utilidad considerable; sin embargo, cuando se compara con el PIB o el total de ingresos gubernamentales, esta cifra no representa porcentajes cuantiosos, por lo que los impuestos generados por la mayor actividad económica producto de la estabilidad cambiaría fácilmente excederían las pérdidas por la eliminación del monedaje o señoritaje.

Como crítica de fondo se argumenta que con la dolarización se pierde la soberanía monetaria, la capacidad para reaccionar ante choques externos y la posibilidad de usar el tipo de cambio para eliminar al desequilibrio de la balanza comercial, medidas que representan la posibilidad de que las autoridades actúen para remediar o corregir desequilibrios en el sentido keynesiano. Por ello se aduce como mejor alternativa adoptar una política de cambio flexible (flotación sucia), aunada a una política fiscal disciplinada y un manejo monetario responsable.

No obstante que en este planteamiento se establecen ya contradicciones (con el manejo económico responsable se debería excluir la posibilidad de adoptar una política expansiva para contrarrestar recesiones impuestas desde el exterior), la mera revisión de las estadísticas producidas por los distintos gobiernos en las tres últimas décadas indica que el manejo responsable es precisamente el gran ausente de la política nacional, a pesar de haber sido una plataforma electoral y propósito manifiesto común de estas administraciones. Paralelamente se aduce que a Argentina, quien optó por una junta monetaria en 1991. este esquema no le ha colmado sus expectativas.

Convendría insistir en que la dolarización o su equivalente no es vacuna contra todos los males. Si Estados Unidos. Japón y Europa, principales motores del mundo globalizado, entraran al mismo tiempo en una profunda recesión, no existiría país que lo resistiera. Sin embargo, sí implica menores riesgos monetarios y por lo tanto mejores oportunidades de crecimiento. Para avalarlo, retómense los datos de la economía argentina desde la implantación de su junta monetaria: en el periodo 1992-98 su PIB creció 5.3% en promedio, contra 3% en México; las tasas de interés fueron del 8.3%, en comparación al 24.2% en México; y la inflación fue del 4.5% anual en el periodo considerado, por 20.2% en México. Así, en la ponderación de riesgos y beneficios hay un balance que favorece la rendición de la independencia monetaria argentina, en función de una mayor redituabilidad de sus registros macroeconómicos.

No hay país que pueda subsistir en el aislamiento económico, y para integrarse productivamente a la globalidad es necesario contar con bajos niveles de inflación y no mantener desequilibrios estructurales fundamentales. Estas han resultado ser precondiciones insalvables para atraer las inversiones externas necesarias para crecer o bien para obtener los apoyos con los cuales superar las dificultades transitorias que inevitable y esporádicamente enfrentan los países emergentes. Por ello, las posibilidades de poder aplicar políticas monetarias y fiscales expansivas como medio para neutralizar los choques externos y estimular el crecimiento, son prácticamente nulas, dentro de este contexto de la globalidad. La revisión de cómo se han ido superando las crisis asiática y latinoamericana recientes confirma que la única opción real de las políticas económicas gubernamentales es de tipo recesivo y no expansivo, como se reclama, hasta en tanto se restablecen los equilibrios macroeconómicos básicos. De lo contrario, los apoyos financieros internacionales, vitales en estos casos, simplemente se desvanecen o cohiben, como en Rusia. En cuanto a que la adopción de la medida aquí propuesta excluye la oportunidad del acceso a la ventanilla de la liquidez de emergencia, habría que reiterar que desde hace ya varias décadas, por razones geográficas, económicas, tecnológicas, políticas y sociales, comentadas ya en artículos anteriores,4 la suerte de la economía y la sociedad mexicanas se mueve en tándem con la de Estados Unidos. La estabilidad social y el crecimiento económico de México benefician a la estabilidad y crecimiento de aquel país. No es extraño entonces que, en las recientes crisis mexicanas, hayan sido la Tesorería estadunidense, el FMI, la comunidad internacional, el Banco Mundial y el BID quienes actuaron con efectividad, precisamente como prestamistas de última instancia.

Finalmente, existen dos eventos premonitorios que habría que vigilar dentro de este contexto: en los últimos meses los mercados internacionales de capital se han venido cerrando paulatinamente para empresas mexicanas estratégicas de tamaño medio. Ante la insuficiencia de oportunidades de capitalización o de crédito externo o doméstico, AHMSA, Bufete Industrial, Tribasa, Dina, Serfin, etcétera, han tenido que acogerse a la suspensión de pagos para poder subsistir. Lo que esto implica, es que la economía mexicana se está abriendo cada vez más a la inversión extranjera directa por falta de opciones de financiamiento. Esta limitante se atenuaría en la medida en que circulara el dólar y los bancos mexicanos pudieran captar y prestar en dicha moneda. Así, si se argumenta que con la dolarización se pierde soberanía monetaria, la realidad es que la soberanía económica en su conjunto es la que está en entredicho por causa de la inexistencia de un vigoroso mercado de dinero y capital, y de una intermediación financiera activa y comprometida. Por otra parte, el hecho de que nuevamente entre el 31 de diciembre de 1994 y el 30 de junio de 1999 el índice de inflación se haya elevado en 185%, mientras que el valor del peso se ha ajustado tan sólo en 87.4%, pronostica una vez más turbulencias cambiarías en el horizonte del cambio sexenal.

Las crisis monetarias recurrentes han tenido el efecto de que en cada ocasión en que se producen, generan tal nivel de insolvencia en las empresas domésticas, incluso en las modernas y eficientes, que su única alternativa resulta ser adquiridas a precios de liquidación por inversionistas foráneos. Por ello sería dramático que una nueva crisis económica fuera el detonante para considerar, entonces sí, a la dolarización como la mejor opción para evitar su recurrencia. Si el gobierno aceptó ya el concepto del blindaje financiero para garantizar la estabilidad cambiaría, cabría preguntarse si con esta medida, inadecuada en su concepción, no se evitará adoptar una solución que resulte suficiente y definitiva.    n

Septiembre de 1999 México, DF.

Martínez Ulloa. Director General de INGEFIN Internacional S. C.

1 George Soros: La crisis deI capitalismo global. Plaza Janés, 1999.

2 Ibid.

3 Véase D. Ibarra y J. C. Moreno: Régimen cambiarlo: Un debate actual. Comercio Exterior. abril de 1999.

4 Carlos Martínez Ulloa: “La dolarización en perspectiva”, en Nexos, junio de 1999; y “Tendencias futuras de la economía”. Nexos, marzo de 1999.

A mejor vida

A MEJOR VIDA

POR MARÍA AMPARO CASAR

Significaría el triunfo de Francisco Labastida la resurrección del tapadismo antes que su propia muerte? Muchos así lo consideran.

El proceso de democratización interna del PRI, en particular el método adoptado para seleccionar el candidato, está sufriendo los mismos avatares que la democracia en el país. Mientras que algunos argumentamos que la posibilidad de la alternancia basta para situarnos entre los países calificados como democracias electorales, muchos otros, quizá la mayoría, sostienen que sólo la derrota del PRI en las elecciones presidenciales sería prueba suficiente del tránsito a la democracia.

Exactamente lo mismo ocurre con las llamadas elecciones primarias abiertas que ha organizado, con muchos tropiezos y algunos descuidos innecesarios, el Revolucionario Institucional. Labastida es percibido como el candidato oficial y su triunfo, de ocurrir, querrá presentarse como prueba irrefutable de que ni en el PRI ni en el país han realmente cambiado algunas prácticas políticas. Entre ellas, la del tapadismo.

La construcción de Labastida como candidato oficial, del sistema o del presidente, tiene múltiples orígenes. A ella han contribuido los medios, los adversarios de dentro y de fuera y, hay que decirlo, los propios errores del propio aspirante y de la alta burocracia partidista. La afirmación anterior no es gratuita. Cada uno de los que han contribuido han tenido incentivos para hacerlo. Los medios “necesitan” crear noticias; los adversarios de dentro necesitan a quién echarle la culpa de su posible fracaso, la oposición busca minar la credibilidad del PRI y, si es posible, colaborar a su fractura. Por su parte, Labastida no ha dejado de prestarles ayuda con decisiones tales como la integración de su equipo y el nombramiento de Esteban Moctezuma como su jefe de campaña.

No es claro que la evidencia sea suficiente para calificar a Labastida de candidato oficial. Pero aunque lo fuera, la añeja y desgastada práctica del tapadismo ha sido desterrada porque, simplemente, las condiciones para su operación han perdido vigencia. Tal práctica suponía como condición indispensable el control absoluto sobre el resultado no sólo del proceso de selección del candidato sino, también, el control absoluto sobre quién sería el futuro presidente. Ni uno ni otro están presentes.

Por voluntad o necesidad, el presidente Zedillo dejó de ser el “gran elector” en lo que respecta a la selección de candidatos. Sus poderes partidistas, aunque desde luego no han desaparecido, se han visto seriamente mermados. El presidente enfrenta hoy restricciones externas e internas que no puede dejar de tomar en cuenta si su pretensión es mantener al PRI bien posicionado en la estructura de la distribución del poder político en México. La raíz de estas restricciones no es sino la competencia. que con todas las imperfecciones que se quiera, ha sentado sus reales en la política mexicana. A diferencia del pasado, hoy es necesario seleccionar a candidatos con posibilidad de competir y de ganar. Además, el presidente, más que nunca, se ve obligado a tomar en cuenta las estructuras de poder internas —locales y federales— so pena de que. al interior del PRI. se produzca el conflicto y, eventualmente, la fractura.

Por si estas restricciones no fueran suficientes, el PRI resolvió inaugurar el método de las elecciones primarias internas para el candidato presidencial. ¿Hasta dónde controla el presidente Zedillo el proceso de selección interna? Es difícil saberlo con precisión. Sería ingenuo pensar que el líder nato del partido no tiene preferencias y actuará en consecuencia. Pero también sabemos que enfrenta limitaciones. El método para la selección del candidato presidencial se monta en la experiencia inaugurada en este sexenio de las elecciones primarias para gobernador. Muchas lecciones nos han dejado estos ejercicios. Una de ellas es que el “candidato oficial” muchas veces ha sido derrotado en las urnas de las primarias. Ahí están los casos de Puebla. Tamaulipas o Guerrero, estados en los que los candidatos oficiales —del gobernador o del centro— no lograron obtener la candidatura. No hay razones para afirmar que las cosas serán distintas a nivel federal. Con las nuevas reglas elaboradas por el PRI y aceptadas por los contendientes, la decisión no está en manos de un individuo sino de todos aquellos electores que decidan ir a votar por el candidato de su preferencia. Las condiciones de la competencia han sido relativamente equitativas y esperamos que la jornada electoral sea limpia. De no ser así, será el propio partido el que pierda el capital político que está acumulando como producto de haber abierto su proceso de selección.

Si las anteriores condiciones no fueran suficientes para despojar de validez a la idea y práctica del tapadismo. consideremos también la desaparición del control sobre los resultados electorales de la elección presidencial constitucional. Otra institución que en México ha pasado a mejor vida es la del “pase automático electoral”, esto es, la de la traducción instantánea de selección a elección. Hoy en día ser candidato para un puesto de elección popular no garantiza obtener la curul, la gubernatura o la presidencia municipal. Tampoco la Presidencia de la República. Sin la certidumbre de ser el seguro ganador, el concepto del “tapado” acaba por perder su significado.

A estas alturas creer o no en el fin del tapadismo parece más una cuestión de fe. Las percepciones políticas tienden a prevalecer aún por encima de los hechos, y los prejuicios son más difíciles de transformar que la propia realidad. Ante los incrédulos, el PRI está pagando la cuenta de años de centralismo, concentración del poder, autoritarismo y prácticas fraudulentas. Ante los optimistas, no hay otra forma de cambiar que luchando contra la rémora del pasado e imponiendo nuevas prácticas.     n

María Amparo Casar. Directora de la División de Estudios Políticos del CIDE.

El tapado rompió el secreto

EL TAPADO ROMPIÓ EL SECRETO

POR ALEJANDRA MORENO TOSCANO

En realidad, la figura del Tapado dejó de existir con la importación del modelo francés del tiersé o carrera de caballos. Se impuso entonces una apuesta virtual sobre el futuro que no duró. Lo que ahora parece es que estamos dejando la virtualidad y entrando a la realidad real. Dejar atrás la política virtual no es malo, es complicado. Quien comienza esa ruptura es el Tapado y la muerte del Tapado sería el triunfo de la opinión pública.

El Tapado no se originó desde el poder público. Fue un ejercicio de contrapoder. Convirtió en discusión colectiva lo que se había mantenido hasta entonces en secreto. En un país donde hacer política quería decir “que nadie se moviera”, “que nadie expresara sus opiniones” para que el “engranaje” marchara sin estorbos ni interrupciones y se cumpliera el ritual de la continuidad política sin reelecciones, el Tapado fue una transgresión.

Lo que en su tiempo rompió la invención del Tapado fue la distancia que separaba al “círculo pequeño” donde se incubaba la decisión, del círculo más amplio que sólo se enteraba de sus consecuencias.

El cartón de caricaturas montado con pequeñas escenas que exponían al público las angustias y la conjetura, la ambigüedad de la insinuación, y al final la confirmación del nombre del candidato, no sólo informó sino creó un lenguaje común y acrecentó el interés de la sociedad en el proceso político.

Hacer visible una realidad (tapándola, paradójicamente con su simpática capucha), desató el interés por externar una opinión. En las discusiones privadas, en las intensas sobremesas de aquellos años, no había tapados. Se analizaban los nombres, las razones probables, la decisión posible. Se daban argumentos que jamás se leían en letra impresa. Nadie que tuviera información suficiente se sentía sorprendido cuando se destapaba al Tapado. Esa discusión “privada” es la que se ha vuelto “pública”. Por la vía del ingenio la sociedad reclamó su derecho a opinar. Como si dijera: “sobre ese asunto me toca a mí decidir”, comenzó a desmantelar el artefacto de la disciplina del silencio.

Como siempre sucede con los fenómenos de la opinión pública, no tardó el poder público en apropiarse de la figura del Tapado. Tomó entonces su formalidad persuasiva. Se volvió el medio de anticipar a la opinión pública, ya sin ingenio, la decisión de la autoridad. Subrayó la forma para no dejar que se viera el fondo.

Ahora que la discusión sobre quién será el próximo gobernante rebasó al círculo íntimo del poder público; ahora que el conjunto social ya no puede ser asimilado, como antes, a un solo partido; ahora que las “campañas” dejen de ser internas dentro de los partidos, habrá de comenzar la primera competencia no virtual de la política que hayamos conocido.           n

Alejandra Moreno Toscano. Historiadora.

Ratones transgénicos

CARACOL

RATONES TRANSGÉNICOS

POR CINNA LOMNITZ

Los planes más deliberados de ratones y de hombres pueden fallar.

Proverbio inglés

De hombres…

El 22 de septiembre, el gobierno finalmente aclaró su actitud acerca del futuro de la Universidad Nacional. El procurador Madrazo criticó la posición de la rectoría, que caracterizó irónicamente como de que “hay que utilizar a la fuerza pública para resolver el conflicto, como si los universitarios fueran delincuentes”. Afirmó que es necesario buscar una solución “que no solamente levante el paro, sino que solucione una controversia que ha habido por lo menos en el último tercio del siglo de la UNAM”. Ese mismo día. el secretario de Educación. Miguel Limón Rojas, expresó que la UNAM necesita demostrar que sí tiene capacidad de autogobernarse y de encontrar “nuevos caminos de superación”.

¿Qué quisieron decir? El idioma mexicano difiere profundamente del español peninsular o sudamericano. En América del Sur se usa el verbo cantinflear para describir la acción de quien habla sin decir nada, a la manera de ciertos políticos de viejo cuño. Para los habitantes de aquellas meridionales latitudes, el inmortal personaje cómico que es Cantinflas no representa un tipo popular que a lo mejor allá no existe, sino una sátira del hábito de parlotear sin ton ni son. Pero la realidad es todo lo contrario. Cantinflas dice mucho con pocas palabras, como el procurador y el ministro, aun cuando disfraza su mensaje con parlamentos brillantes y cargados de ingenio y de tinte irónico.

Lo que parece decir el gobierno es que la UNAM no será clausurada. Los paristas son sus herramientas para efectuar los cambios que el gobierno ha estado reclamando desde la crisis de 1982. ¿En qué consisten esos cambios? Paradójicamente, en implementar todo lo que los paristas dicen combatir: acotar la economía de la UNAM. introducir el concepto de la educación superior como un servicio al sector productivo y no como un derecho al ciudadano, inyectar el criterio de “menos fondos y más transparencia”, mejorar la infraestructura de la investigación y controlar de cerca a quienes la estamos usando. Sobre todo, se piensa erigir en criterio básico, tanto para la educación superior y la investigación científica, el principio de utilidad: “el usuario paga”.

El cambio es congruente con lo que está sucediendo en todo el mundo, en especial con los países anglosajones (Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Nueva Zelanda, etc.), donde tales cambios ya se han puesto en marcha en la mayor parte de las instituciones de educación superior que dependen de los gobiernos. La experiencia ha sido mixta. Por una parte, la investigación se ha beneficiado de una modernización de la infraestructura (edificios, laboratorios, equipos) y de una actitud más agresiva que favorece a la ciencia aplicada. Por otro lado, ha habido una invasión de mercadotecnia en los institutos, y la burocracia ha proliferado en el sentido de que hay más papeleo y que el gobierno se mete a controlar a los investigadores. Las instituciones que han salido adelante son aquellas que han logrado una sana proporción de tres a uno entre la investigación y las labores de consultoría.

El caso de México es diferente, ya que la UNAM posee una organización interna muy anticuada, del siglo XIX. y que se quiere brincar al siglo XXI. La actual forma de gobierno de la UNAM no reside en un senado académico democrático constituido por los profesores e investigadores titulares de tiempo completo, sino en un rectorado autoritario y en un consejo universitario manipulado e impotente. Esta clase de organización ya estaba rebasada en 1968 y hoy es totalmente obsoleta. ¿Conviene dar el salto a una forma de organización gerencial, en la cual el rector será un funcionario ejecutivo contratado por la asamblea de profesores? ¿No será un cambio muy brusco? Tales son las lecturas y dudas que se desprenden del análisis de las declaraciones del gobierno mexicano.

…Y ratones

La ciencia es otro lenguaje aparte. Hay quienes lo encontramos significativo mientras que otros lo ven como un cantinfleo pretencioso o fastidioso. En un arranque de mal humor, el filósofo Feyerabend llegó a acusarnos de hacer “propaganda científica”, es decir, de hablar en difícil exprofeso con el objeto de tratar de convencer al público de que la ciencia moderna es terriblemente complicada y abstrusa, cuando en realidad “materias como la medicina o la física solo parecen difíciles por lo mal que se enseñan”.

Está bien; los saberes se han enseñado mal, muy mal, y no por último en la UNAM. De otro modo no se explica que Rectoría y el Consejo General de Huelga no hubieran encontrado un lenguaje común para ponerse de acuerdo, en vez de sacarse tarjetas rojas a granel como si fueran árbitros en vez de jugadores. Se antoja mandar a ambos equipos a las regaderas. ¿No se dan cuenta cuando el público ya se quiere ir?

Hablando en serio, y volviendo al lenguaje científico, es evidente que se trata de algo más que propaganda. Veamos la actual controversia en torno a los roedores transgénicos. El biólogo molecular Joe Tsien, de la Universidad de Princeton, insertó en el ADN de un embrión de ratón el gen que produce n-metil- d-aspartato, una sustancia que promueve la sinapsis de las neuronas, con lo cual Tsien y sus colegas lograron producir en el laboratorio una cepa de ratones que ya no perdían la memoria con la edad. Los ratones comunes suelen ser muy desmemoriados, y con el tiempo se olvidan de todo; en cambio, los “ratones inteligentes” aprendían a explorar su entorno y a evitar objetos que producían choques eléctricos y otras genialidades por el estilo, en menos tiempo que los ratones normales. Hasta se acordaban de los errores cometidos y los evitaban, virtud que no nos vendría mal en la UNAM.

En cosa de minutos, la prensa se apoderó de la noticia de los ratones transgénicos y profetizó que la inteligencia ya se podrá manipular a voluntad. Las clínicas proveerían servicios genéticos accesibles —en dólares— que permitirían a algunos papás adinerados engendrar genios a voluntad. En el futuro, según los me dios, bastará que la enfermera de turno inserte el gen de la inteligencia en el embrión del bebé contra una “módica suma de dinero”. Inmediatamente se armó un pleito por los valores éticos. En efecto, no parece justo que el dueño de una transnacional pueda prohijar a un batallón de genios que le dirijan sus múltiples empresas, mientras que al canchanchán de los mandados le alcanzará el dinero apenas para procrear a un pobre igual a él.

Por supuesto, todo resultó una mala interpretación del lenguaje científico… y acaso del mexicano. Pues los servicios transgénicos sí van a existir, pero servirán para corregir defectos congénitos en el bebé y no para fabricar réplicas de Einstein o de sor Juana. Para ser inteligentes no basta tener buenos genes. Los tiene el rector y los tiene el Moch, y hay que ver el embrollo en el que han metido a nuestra educación superior.

No somos exclusivamente la suma de nuestros genes. Entonces, ¿qué somos? Somos, y muy significativamente, el producto de nuestro entorno. Muchos genios en potencia se han desperdiciado en México porque nos falta la voluntad política para forjar un buen sistema educativo.

La educación es la clave de la inteligencia, y la inteligencia es la clave del éxito a nivel personal, nacional, e institucional. Un humilde maestro de secundaria, en Hungría, produjo a cinco genios, dos de ellos premios Nobel. No los engendró él, por supuesto, pero igual los formó. Ya lo dice la sabiduría popular: “todos somos del mismo barro, pero no es lo mismo bacín que jarro.”

Metáforas y paradojas

Asistí a una conferencia internacional sobre tecnología, política e innovación en Austin. Participaron 325 delegados de 34 países. incluyendo al director general del Conacyt y al rector del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, quien se lució con un estupendo enlace audiovisual en tiempo real en Austin y en Nuevo León.

Esto podrá sonar a metáfora pero es estrictamente la verdad. El presidente municipal de Austin, la pequeña capital del estado de Texas, comentó en la inauguración que en diez años su ciudad se había transformado de agrícola y petrolera en productora de alta tecnología. A manera de demostración, un joven que lo siguió en el uso de la palabra resultó ser el gerente de la conocida empresa local Dell Computers. Este multimillonario llegó sin corbata y fue ovacionado por la concurrencia. Nos describió cómo él y otros tres estudiantes habían iniciado la empresa en un dormitorio de la universidad local. En el actual contexto económico, advirtió, ya no dan abasto los recursos intelectuales de Estados Unidos para impulsar el desarrollo técnico mundial. Utilizar el internet ya no es cuestión de juegos electrónicos y ni siquiera de vender computadoras, sino de detectar a jóvenes con talento en donde quiera que estén.

La Universidad de Texas en Austin comparte este enfoque y lo demuestra a través de su Instituto de Creatividad y Capital (IC2), que asesora a las empresas necesitadas de talento. Gracias a tan dinámica institución, los genios empezaron a fluir a Austin desde Corea, Macao, Hungría, Portugal y otros lugares del mundo donde IC: tiene socios —como Monterrey.

El muchachote que hoy dirige los destinos de la Dell Computers acabó proponiéndonos una nueva paradoja, que en cierto modo puede ser un paradigma de la posmodernidad. “Hay trillones de dólares flotando en el mercado mundial”, exclamó. “Hay para todos. ¿Tienen idea de por qué somos tan pocos quienes hemos logrado conseguirlo? Pues resulta que para tener acceso a esos millones, de plano hay que olvidarse del dinero. Lo importante es divertirse creando lealtades y logrando que florezca la inteligencia. El resto llega por añadidura”.

Sin embargo, en la Universidad de Texas cunde el desconcierto. Quedan poquísimos investigadores en geofísica teórica; los demás están trabajando en proyectos aplicados con financiamiento industrial. Ya son cada vez menos los estudiantes que persiguen una carrera científica —salvo la computación—. El mayor laboratorio de investigaciones petroleras de California ha cerrado sus puertas para siempre. La Universidad de Nevada piensa reducir su antigua Escuela de Minería al tamaño de un modesto centro de investigación. Esa es la realidad. No hay estudiantes.

El gigantesco avance científico de los años 1950-1990 parece haber perdido impulso. Pero no es así: es todo lo contrario. En cuatro décadas se ha duplicado la inversión en investigación y desarrollo por parte de las empresas americanas. La economía global crece a un ritmo acelerado. El avance de la ciencia mundial es incontenible porque cada dólar invertido en investigación genera entre 25% y 100% más valor que el mismo dólar invertido en maquinaria industrial.

¿Cómo entender tamaña paradoja? Lo que parece estar sucediendo es una polarización de la inteligencia humana. Franklin afirmaba que el avance científico era producto de un 10% de inspiración y un 90% de sudor, pero hoy las proporciones se han invertido. No voy a subestimar la educación virtual que imparte el Tec de Monterrey a miles de estudiantes de México y América Latina: eso está bien, es estupendo, pero no sirve para crear los ratoncitos transgénicos que necesitamos. Para eso se requiere el contacto diario y directo con la frontera de la ciencia, que sí lo podemos lograr en una nueva UNAM.    n

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

Escalas mayores

ESCALAS MAYORES

LAMB: FEAR OF FOURS

MERCURY RECORDS

Superando con creces el famoso trauma del segundo álbum, el dueto de Manchester presenta su segundo trabajo discográfico equipado, igual que su anterior grabación, con una sanísima dosis de jungle.

En la música de una agrupación como Lamb es posible distinguir algo más que una simple amalgama de efectos rítmicos: música realizada sobre partitura de cuatro cuartos (algunos músicos populares contemporáneos todavía saben lo que eso es, y además lo emplean), una gran variedad de escalas imaginativas y el doble bajeo constante y acompasado de Jon Thorne, pilar en la experimentación con ese instrumento. ¿Hasta qué punto podemos comparar Fear of Fours con el mítico Earthling de Bowie? ¿Hasta qué punto la genialidad de uno se disipa en la potencia rejuvenecedora de los otros, aderezando su asumida influencia con el equilibrio que da saberse contemporáneo de otras bandas harto originales en aquello de la creación desenfrenada como lo es Massive Attack?

Eduardo Limón

Culpar al árbitro

CULPAR AL ÁRBITRO

Quejarse del árbitro es parte del futbol. Como las patadas o los accidentes. Pero estas cosas no son el centro del futbol. En los últimos tiempos hemos visto en México que los jugadores, directivos y comentaristas tienen quejas semanales sobre los árbitros, y hemos visto cómo los árbitros se han vuelto más importantes que el fútbol. Ahora las principales cadenas televisivas, en sus programas de comentario y resumen futbolísticos, incluyen a silbantes retirados para que opinen sobre las jugadas y dictaminen sobre el arbitraje. Los “telearbitrajes” pueden ser entretenidos, pero no sirven para mejorar el futbol mexicano.

Los árbitros tampoco sirven para mejorar el fútbol mexicano. (Aunque, contra la opinión general, no son tan malos.) Lo que sirve para mejorar el futbol mexicano es jugar mejor fútbol cada vez. En México, desde el llano, padecemos esa proclividad a culpar al árbitro de todo. Desde el llano nuestros niños aprenden que el árbitro es un “vendido” si el propio equipo pierde. Ahora los comentaristas han inventado que la actuación de un árbitro es mala si sus pifias arbitrales “se reflejan en el marcador”. Se instaló ya una cultura de la queja arbitral. En cambio, habría que preguntarse menos por las veces en que el árbitro “se refleja en el marcador” y más por las veces en que los mismos jugadores lo hacen o dejan de hacerlo.

Desde el futbol profesional debe empezar a instalarse una cultura que atienda menos al árbitro y más al propio juego. Más atención al rival, incluso para engañarlo, y menos al árbitro, incluso para dejar de engañarlo con clavados y faules fingidos. No le pedimos al futbolista mexicano que no reclame alguna decisión; tampoco la rectitud hacia los árbitros que los jugadores tienen, por ejemplo, en la liga inglesa, donde se dio el caso de que el centrodelantero del Liverpool, Fowler. durante un partido le dijo al árbitro que diera marcha atrás: el penalty que había marcado a su favor no merecía marcarse, puesto que la defensa rival no había tocado a Fowler en su caída dentro del área. Si no se puede tanto —en México, y no sólo en México, habrían acusado a Fowler de imbécil por “honesto”—, por lo menos lograr que la participación del jugador “no cuente” con el árbitro. Por lo menos, que a la hora de perder los futbolistas dejen de culpar al árbitro. Una cultura futbolística que empezara por este ABC: para ganar, tienes que ganarle no sólo al rival sino al público (a veces, a tu propio público). Y muy especialmente: tienes que ganarle al árbitro. Y sobre todo: tienes que ganarte a ti mismo. Sin melindres ni excusas. A la hora de una derrota y de hacer las cuentas ante esa derrota, las propias fallas, las propias puñaladas futbolísticas —incluso por no estar concentrado en el juego, por ocuparse más de lo que hace o deja de hacer el árbitro— siempre habrán sido más abundantes que las puñaladas arbitrales.

—Johannes Burgos

Corrupción y violencia policial

AMÉRICA LATINA

CORRUPCIÓN Y VIOLENCIA POLICIAL

POR ERNESTO LÓPEZ-PORTILLO VARGAS

Al observar a los cuerpos policiacos de América Latina se impone una conclusión más que preocupante: no están sometidos a un control democrático: de hecho, su estructura revela la existencia de un Estado en el que las garantías tienen poca vigencia.

El descrédito de la policía mexicana y los conflictos cotidianos que genera no constituyen un caso aislado en América Latina. Por el contrario, existen datos concretos sobre la corrupción y violencia de la policía en otros países de la región, que confirman la calificación que le ha dado la Organización de Estados Americanos, como la institución que más viola los derechos humanos y goza de mayor impunidad. La policía en América Latina vive la corrupción y la violencia como características de su comportamiento institucional, es decir, como respuestas de tipo estructural; derivan de un proceso histórico de manipulación política que, desde sus orígenes, asignó a los aparatos de seguridad la misión de proteger al Estado. Esto nos permitiría afirmar que las instituciones policiales a lo largo de la región no se han desarrollado en el marco de una experiencia democrática.

Los problemas de la policía en cada país de América Latina presentan importantes diferencias de grado y evidentes particularidades; al mismo tiempo, se detectan conflictos similares que permiten hablar de un continuo constituido por la debilidad o carencia de controles democráticos sobre las instituciones policiales.

Veamos los siguientes ejemplos. Buenos Aires atraviesa por un grado de desconfianza hacia la policía que llega al 85% de los ciudadanos;’ por su parte, en la Ciudad de México 75% de la gente piensa que la policía esta asociada a la delincuencia,2 y en Sao Paulo un dicho popular dice que es mejor morir que ser testigo de un asesinato, ya que las masacres usualmente son obra de la propia policía y en general quedan impunes.3

Es probable que la violencia de la policía militar en Brasil no tenga igual en el resto del hemisferio. La “chacina”, que significa masacre en portugués, es la palabra que se usa en Brasil para referirse a las masacres por droga. Según información disponible, en la primera mitad de 1998 se contaban 165 personas muertas en casi 50 masacres, “definidas por la ley brasileña como homicidios con tres o más víctimas. La gran mayoría de las masacres (ocurrió) en las favelas de Río (de Janeiro) y en los barrios periféricos de Sao Paulo”. Las causas de las chacinas “generalmente se encuentran en la competencia por las áreas de distribución de drogas”. En cuanto a los grupos de exterminio que se encargan de las chacinas, “estadísticamente se ha demostrado que (…) en su mayoría están compuestos por policías militares”, y cuando así sucede, la justicia esclarece sólo 1 de cada 20 crímenes”.4 Recientes investigaciones empíricas están demostrando cómo, durante ese periodo (1964 a 1985), la policía brasileña construyó un “código moral” propio, en donde, por ejemplo, la práctica de la tortura llegó a ser reconocida como el recurso de un buen elemento que ha actuado “cumpliendo con su deber, guiado por el autocontrol y la racionalidad”.5 Por otra parte, Perú muestra también elementos preocupantes en cuanto a su Policía Nacional.6 Ella está sometida por mandato constitucional al fuero militar. Sus grados son equivalentes a los de las Fuerzas Armadas y pertenece el Ministerio del Interior, controlado por el propio ejército. Más aún, se sabe que la policía peruana vive un proceso de búsqueda constante de asimilación hacia el ejército, mientras que éste, por su parte, pretende precisamente lo contrario, para mantenerla “debilitada y subordinada”.

La Policía Nacional del Perú parece moverse en contra de los contenidos más básicos de un proyecto policial democrático. Primero, se acerca al régimen militar, en lugar de trabajar para fortalecer su carácter civil; segundo, busca financiamiento y con ello compromisos de tipo privado, en lugar de garantizar el carácter público de los recursos que la sostienen y, tercero, no establece nuevas medidas de control que hagan partícipe a la sociedad civil.

La manera de pensar y comportarse de los policías en América Latina revela tanto el carácter global del problema como la agudización del mismo. Las siguientes cuatro declaraciones, que corresponden a un policía mexicano, uno argentino y dos brasileños, en ese orden, demuestran lo antes dicho.

Primera. “Hay que ser vivos, el chiste de un buen policía es que no lo descubran cuando hace sus movidas, si se trata de recibir lana del automovilista, éste debe irse agradecido porque lo dejaste ir, si atracas a alguien, hay que hacerlo en la noche y procurar que la víctima esté con copas y que no vea el número de la patrulla; si está en sus ‘cinco’ hay que usar el spray directo a los ojos, de sorpresa, para que no te identifique; si eres listo y no descuidas esto, llegas rápido a oficial, pues juntas tu feria y poco a poco compras los grados” (cargos).7

Segunda: “Cuando era comisario inspector, le descargué una pistola 45 a un tipo en pleno centro de Quilmes, a media tarde; con la calle repleta de gente, le bajé un cargador de 45. Todavía no se cómo no maté a ninguno de los que pasaban. Y ya era un tipo grande, eh, jefe de la Brigada de Investigaciones. Pero me apretaron en la calle con una 9 mm. para robarme, me pedían las llaves del auto y me puse loco. Hay momentos en que uno pierde el equilibrio.8

Tercera: “Había ciertos hombres en la policía, en mi equipo —yo conocía a uno— que cuando detenían a un delincuente sentían placer al matarlo. No era en defensa propia y ni siquiera podíamos decir: eliminemos a este tipo porque es malo. No, realmente querían matar —cuando una o dos balas eran suficientes para matar a alguien, terminaban tirando cinco cartuchos”.9

Ultima declaración: “Y, mire, hay dos tipos de torturadores. Está (quien) tortura teniendo presente el bien común y está el torturador —y la mayoría son de este segundo tipo— que quiere encontrar pruebas para extorsionar (a las familias por dinero)”.10

En el caso mexicano, ascender en la jerarquía policial es un asunto que se resuelve con dinero; en el argentino, es tolerada la posibilidad de que el empleo de la violencia esté fuera de control. En el primer ejemplo brasileño, la policía se vive como un vehículo para el empleo de la violencia.

y en el segundo se observa que la tortura es una práctica ordinaria que, en la percepción del policía, puede ser legítima, ya que supuestamente es un medio al servicio del bien común.

El ejemplo argentino no termina ahí; el policía que declara que “hay momentos en que uno pierde el equilibrio”, se convierte luego en jefe de la policía de Buenos Aires y es reconocido por el gobernador como el mejor policía en la historia de la institución. Se revela que la violencia de la policía argentina es consecuencia directa de políticas institucionales que la generan. Así sucede en cuanto al caso de la obligación que tiene de portar armas en todo momento, y de utilizarlas en cualquier circunstancia que considere pertinente. Le llaman “estado policial”, y significa que el individuo debe entender que es policía las 24 horas del día, esté o no en servicio, e incluso después del retiro. Una vez más el resultado se repite y la violencia crece: “para el periodo julio 1995 / agosto 1996, el 42% de las muertes por brutalidad policial en manos de policías federales han sido cometidas por agentes (fuera de servicio o retirados) y el 50% de los agentes muertos, en el mismo periodo, no estaban cumpliendo ninguna función específica”11

Los diagnósticos muestran que la policía en Argentina está fuertemente subordinada a los intereses políticos de los ministerios de gobierno, federal y locales, pero al mismo tiempo se desarrolla “con una fuerte dosis de poder institucional autónomo”.12 A pesar de que la ley habla de cuerpos civiles, tiene una estructura organizativa militarizada. jerarquías rígidas y “sistemas de control interno corporativos y poco transparentes”. Como sucede en muchas otras policías en el mundo, el contenido ideológico militar y represivo que nutre sus funciones provoca que perciban al delincuente como un “enemigo peligroso con quien debe librarse una guerra permanente”. Esta manera de entender al delincuente sirve para emplear la violencia policial en contra no sólo de quienes atentan contra la vida o el patrimonio, sino de igual manera contra disidentes políticos o defensores de derechos humanos, jóvenes en general, indocumentados, migrantes pobres de países vecinos, homosexuales, trabajadores informales de la calle, etc.13

La misma fuente afirma que “la mayor parte de los casos de brutalidad son perpetrados por suboficiales con escasa instrucción”. pero lo más grave es que la falta de instrucción formal es sustituida por la enseñanza de prácticas informales, como la tortura misma, que se convierte en parte de los “procedimientos privilegiados para solucionar casos cuando la presión política o los intereses sectoriales así lo demandan”.

Los anteriores son ejemplos de una situación que se repite a lo largo de América Latina. La región no parece haber consolidado el control democrático sobre sus instituciones policiales, y ello puede verse como evidencia de la debilidad estructural que los Estados correspondientes padecen, expresada en la no vigencia de un régimen democrático de garantías. Esto quiere decir que el rezago en la democratización de la policía es consecuencia del rezago en la democratización tanto del gobierno que la administra como de la sociedad en su conjunto. Visto desde otra perspectiva, la manera como la policía actúa es una respuesta a demandas específicas que gobierno y sociedad le imponen. Si esas demandas no cambian, la respuesta tampoco lo hará. Si a la policía no se le propone una experiencia democrática, la policía no encontrará razón para promoverla.

En América Latina pueden encontrarse ejemplos de esfuerzos por insertar a las instituciones policiales en mecanismos de control democrático eficaces, que buscan abrir paso al desarrollo de actividades que ordenen una creciente colaboración frente a la delincuencia, desde una perspectiva de aprovechamiento del espacio público para beneficio de todos. Es revelador que muchas veces esas actividades correspondan a organizaciones no gubernamentales, que asumen la responsabilidad de impulsar directamente el cambio en el comportamiento policial y en ocasiones en el sistema de justicia penal en su conjunto. Es decir, desde la sociedad se crea una demanda distinta hacia el aparato de gobierno, lo que inicia un complejo proceso de cambio en la respuesta que éste ofrece. Ello conlleva una responsabilidad directa y medular en la sociedad civil, que la ubica en una relación horizontal frente al aparato de gobierno. Horizontal significa que uno y otro asumen compromisos dirigidos a un mismo fin. El paternalismo es rebasado por la corresponsabilidad.

En algunos países de América Latina las propuestas democráticas de reforma policial recuperan a la sociedad civil como protagonista activadora del proceso, y rebasan con ello la tradicional y autoritaria tendencia de encargar el diseño del modelo policial única y exclusivamente a la cúpula que lo administra. Desafortunadamente esa clase de iniciativas aún no es familiar en México. Seguimos aplazando la democratización de la policía. No llega el debate abierto sobre las propuestas que se formulan desde el gobierno. No se crean contrapesos frente a las presiones internas y externas que empujan al endurecimiento del aparato represivo. La urgencia no deja espacio a la reflexión. El discurso oficial de la emergencia seduce, y entonces entre nosotros se impone la idea de que el mejor policía es el que está mejor armado. El contrasentido avanza, la democracia retrocede.    n

Ernesto López-Portillo Vargas. Asesor de la Comisión de Seguridad Pública en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Consultor y articulista. Parte de este texto fue expuesto en la conferencia que el autor impartió en la Escuela de Policía de Cataluña, España, el 3 de junio de 1999.

1 Boletín Informativo, Martín Abregú (coord.): Policía y sociedad democrática. Centro de Estudios legales y Sociales. Buenos Aires; Elizabeth Sussekind (coord.): Viva Río-ISER, Río de Janieiro; Centro de Estudios del Desarrollo, Andrea Palma (coord.), Santiago; e Instituto de Defensa Legal, Manuel Piqueras (coord.), Lima, 1999. Número 2. p. 5.

2 Luis González Plascencia: La inseguridad subjetiva en la Ciudad de México: Estudio exploratorio acerca de la actitud de los capitalinos frente a la seguridad pública en el Distrito Federal. Fundación Rafael Preciado Hernández. México, DF. marzo de 1999.

3 Boletín Informativo: Policía y sociedad democrática. Número 1. p. 18.

4 ibidem.

5 Martha Huggins y Haritos-Fatourus: “Conciencia torturada: secretos y moralidad en la violencia policial brasileña” en Justicia en la calle. Ensayos sobre la policía en América Latina. Konrad Adenauer Stiftung: Instituto de Investigaciones sobre España y América Latina; Centro Interdisciplinario de Estudios sobre Desarrollo Latinoamericano. Medellín, 1996. pp. 324 y 348.

6 Cfr. Gino Costa: La Propuesta de Nueva Ley

Orgánica de la Policía Nacional del Perú: Novedades y Limitaciones en Control Democrático en el Mantenimiento de la Seguridad Interior. Hugo Früling (ed.), Centro de Estudios del Desarrollo. Santiago de Chile, 1998.

7Robert Shmid: “La corrupción de la Policía

Preventiva del Distrito Federal de México” en Justicia en la calle… Op. cit. p. 318.

8 Alicia Oliveira y Sofía Tiscomia: Estructura y prácticas de las policías en la Argentina. Las redes de la ilegalidad en control democrático en el mantenimiento de la seguridad interior. Hugo Früling (ed.), Centro de Estudios del Desarrollo. Santiago de Chile, 1998. p. 166.

9 Martha Huggis y Mika Haritos-Fatourus: “Conciencia torturada: secretos y moralidad en la violencia policial brasileña” en Justicia en la calle. Ensayos sobre la policía en América Latina. Op. cit. p. 342.

10 Ibidem. p 336

11 Alicia Oliveira y Sofía Tiscornia: Op. cit. p. 166.

12 Ibidem. p. 158.

13 Ibidem. p. 160.

Del mito a la poesía

DEL MITO A LA POESÍA

POR SILVIA TOMASA RIVERA

EL DILUVIO

No les bastó, ser los preferidos de Dios.

Los únicos que recibieron su apoyo

a la hora del desastre.

No les bastó talar un bosque entero

y construir la barca de la salvación; porque a decir verdad, nada le basta

al hombre.

Cuando al final han encontrado la luz

regresan al oscuro. Y es ahí donde pierden; donde son venadeados

por lámparas divinas en el pasillo estrecho de su vanidad.

Así eran ellos, los que estuvieron cerca

de nuestros litorales, a orillas de este mar, que un día se alzó sobre el horizonte de la noche sepultándolo todo.

Dejando un olor implacable de muerte transferida.

La grieta de humedad en la memoria de aquellos que los vieron alejarse

rumbo a un cielo nublado que prometía abrirse

como el mar en la tierra, tragándose de un sorbo

cualquier advenimiento de conciencia.

Fue una limpia de agua

pasada por el fuego y todo volvió a ser como la pureza del principio.

“En cada siglo la humanidad se muere” Atrás quedaron los cuerpos hundidos en el fango, atrás quedó la maldad multiplicada.

Al frente había un paisaje sin árboles quemados un ángel para cada hombre nuevo una mujer para cada hombre.

Pero había que vivir

sin la amenaza de la perfección, y ya estaban cansados

de los tiempos divinos.

Fueron ellos, los hombres nuevos que enturbiaron el cielo. Porque asaron sin permiso de Dios la carne podrida de los animales que murieron la noche del diluvio.

Es por eso que ahora

la estamos padeciendo

porque Dios ha perdido la confianza

y no quiere mirar hacia la tierra.

Ya no hace gente nueva, sólo nosotros quedamos como ejemplo.

Ustedes y yo.

Leyenda nahua del centro y sur de Veracruz donde se narra el castigo que recibieron los hombres por haberse comido los peces muertos del diluvio, que enterrados en la arena despedían un hedor que llegaba a los altos cielos y molestaba a los dioses.

La política distinta

AGRUPACIONES POLÍTICAS NACIONALES

LA POLÍTICA DISTINTA

POR JAVIER OLIVA POSADA

En México existen 41 APN. Su tarea es la de promover la cultura política, las prácticas democráticas y una opinión ciudadana informada. ¿Qué influencia tienen sobre los partidos políticos?

Una de las principales características de la democracia contemporánea es la diversidad.1 Sea en sus formas de organixación, sea en sus fórmulas de participación, lo cierto es que la complejidad del tejido y relaciones en la sociedad fomentan la presencia de intereses que en la mayor parte de las ocasiones a los partidos políticos les parecen problemas “específicos” o “locales”.

En fechas recientes el crecimiento en calidad y cantidad de las organizaciones en México denota precisamente que hay un notable interés por participar desde perspectivas que no sólo conciernen a los partidos políticos sino a expectativas concretas. En ese sentido es interesante observar qué perfil tienen los nuevos partidos políticos y, desde luego, conocer sus orígenes.

En todos los casos se trata de dirigencias que vienen de otras experiencias partidistas o bien de renovaciones dentro de una misma organización que perdió el registro. Así, el PARM y el PAS, o bien los casos del PCD, Convergencia, PSN y PDS, ilustran que como ciudadanos nos encontramos ante experiencias de ruptura en la clase política formada por los partidos políticos o, como señala Manuel García Pelayo,2 ante la consolidación del estado de partidos. En cambio, por lo que hace a las Agrupaciones Políticas Nacionales, es otro el perfil y la finalidad.

Han habido reflexiones en torno a lo innecesario de tantos partidos políticos para el caso de nuestro país. En cambio, poco evaluado ha sido el hecho de que la posibilidad de hacer política desde una organización no partidista o desde una Organización No Gubernamental nos proporciona un material muy amplio para entender las tendencias de la sociedad mexicana. Por un lado, la formulación del nombre de la propia APN indica el porqué de su existencia. Sólo por citar tres ejemplos: Mujeres y punto; Iniciativa XXI; Asamblea Nacional Indígena Plural por la Autonomía.

Por el otro, el puente jurídico tendido desde el IFE para diversificar la participación provocará que los partidos políticos desarrollen una estrategia de vinculación con las APN en la búsqueda como candidatos externos o como evidencia de pluralidad de las estructuras formales de los partidos. En cualquiera de los casos la flexibilidad de los contenidos ideológicos de los propios partidos deberá precisarse y ampliarse. Precisarse para encontrar el destinatario concreto de sus mensajes u oferta electoral; ampliarse para establecer lazos de contacto con la ciudadanía organizada. Así, los dos niveles de interlocución, el tradicional o el dirigido al ciudadano en general, y el nuevo, cuyo sentido se elaborará en la medida en que el partido político exprese claramente una postura satisfactoria ante los motivos que dan vida a la APN; estos serán los dos ejes de acción que los partidos políticos en México requerirán en este fin y principio de siglo.

Así las cosas, en una aparente contradicción, la diversidad organizativa mueve en el terreno de la oferta ideológica a especificar y expresar compromisos. Sobre todo si se considera que, de acuerdo con la legislación, las APN son agentes que promueven la cultura política, las prácticas democráticas y una opinión ciudadana informada. Nos encontramos ante una instancia que de acuerdo con sus dimensiones incide de forma directa en el problema y diseño de la agenda nacional. Contar con un mínimo de 7,000 asociados en por lo menos 10 estados de la República, así como integrar en documentos públicos las formas de inscripción son, entre otros, los requisitos, destacando que, además del financiamiento público, las APN tienen como principal función cívica fortalecer la vida pública y deliberativa en el país.

Es precisamente a partir de la deliberación de donde toma su fuerza la dinámica institucional de la democracia que estamos construyendo en México. Pues mientras las posturas expresadas por los partidos políticos responden lógicamente a sus visiones integrales, las APN las circunscriben a un tema específico. Y no sólo en nuestro país, sino en varias partes del mundo. notablemente en las democracias europeas, han modificado sus estructuras de discurso y argumentación ante la pulverización de intereses y aspiraciones del electorado. Pese a que no es materia de estas reflexiones, hacia allá se encamina la intensa polémica sobre lo que es y no es el “centro” ideológico.

Dentro de los retos para las APN en su contribución a la democracia y sus instituciones destaca el que se refiere a su viabilidad. o lo que sería el establecimiento de los límites de sus relaciones con los partidos políticos. Resulta difícil negar el hecho de que uno de los resultados más evidentes de la participación es la diversificación de los intereses ciudadanos; la individualización acompañada de organización antecede a la riqueza argumentativa y de fomento a la tolerancia. En una visión de largo alcance, la APN representa la opción de hacer de la política una actividad complementaria y no profesional, a diferencia de lo que sucede con los cuadros políticos profesionales de los partidos en donde la actividad sustancial es el desarrollo en, desde y para la organización. De tal suerte que los componentes y recursos humanos de las APN requieren, en la mayor parte de los casos, atención exclusiva de sus dirigencias. Y esa es. entre otras, una importante distinción respecto a las ONG, además del cumplimiento de los ordenamientos jurídicos.

En efecto, mientras que la ONG mantiene en la razón de sus orígenes las causa de su lucha, la APN, de cobertura nacional. indica el largo aliento de sus proyectos, señaladamente, la cultura política y actitudes democráticas. Por ello, los análisis sobre las implicaciones y la influencia que tendrán las APN están por realizarse. De acuerdo con datos proporcionados por el IFE, hasta agosto de 1999 son 41 las APN que tendrán y sostendrán tratos con partidos políticos, sea como observadores, aliados o espectadores de primer orden.

En proporción al establecimiento de derechos,3 y en concordancia a las bases de la responsabilidad, también las obligaciones de las APN tendrán en sus manos el impulso a una forma distinta de hacer y pensar la política. Ni como contendientes ni con la finalidad de la conquista del poder, tarea propia y natural de los partidos políticos, habrán de ilustrar la viabilidad de una alternativa para el fomento a la participación. Es en la tarea de la cultura democrática donde tienen un amplio campo de trabajo. Es el momento de poner en práctica lo que en el origen mismo de la organización se pretende inhibir: la intolerancia y la exclusión. n

Javier Oliva Posada. Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

1Adrián Przeworski: Democracia sustentable, Paidós, 1998, pp. 43-60.

2 El estado de partidos, Alianza, 1996, pp. 73- 84.

3 T. Janoski: Citizenship and Civil Society, Cambridge, 1998. pp. 52-74.

Memoria del pauperismo: Alexis de Tocqueville

MEMORIA DEL PAUPERISMO

POR ALEXIS DE TOCQUEVILLE

Puesto que los pobres tienen un derecho absoluto a la ayuda de la sociedad y tienen una administración pública organizada para proveería en todos lados, uno puede observar en un país protestante el renacimiento inmediato y la generalización de los abusos que sus reformadores correctamente reprochaban a algunos países católicos. El hombre, como todos los seres organizados socialmente, tiene una pasión natural por el ocio. Hay, sin embargo, dos incentivos para trabajar: (a necesidad de subsistir y eí deseo de mejorar las condiciones de vida.

Nos gustaría que el precio del auxilio fuese el trabajo. Pero, en primer lugar,¿hay siempre trabajo púbíico disponible? ¿Se encuentra igualmente distribuido en todo el país de tal forma que nunca se vea en un distrito mucho trabajo que hacer y pocas personas para hacerlo y en otro poco trabajo y muchos indigentes para realizarlo ?

El pobre que exige limosnas en nombre de la ley se encuentra, por tanto, en una posición aun mas humillante que eí indigente que solicita la misericordia de sus semejantes en el nombre de Él quien considera a todos los hombres desde el mismo punto de vista y somete a ricos y a pobres a las mismas leyes. Pero esto no es todo: la entrega individual de limosnas establecía valiosos lazos entre ricos y pobres.

Mientras que en el resto de la nación la educación se difunde, la moral mejora, los gustos se vuelven más refinados y los modales más pulidos, el indigente se mantiene inmóvil o, más bien, va Hacia atrás. Podría decirse que está regresando al barbarismo. En medio de las maravillas de la civilización, sus ideas e inclinaciones parecen emular a las de un hombre salvaje.

En 1833 viaje por la Gran Bretaña. Otros se asombraron por la imponente prosperidad del país. Por mi parte reflexioné sobre la secreta intranquilidad que era patente en todos sus Habitantes. Tensé que una gran miseria se escondía bajo la brillante máscara de prosperidad que Europa admira. Esta idea me llevó a poner particular atención al pauperismo, esa horrible y enorme úlcera en un cuerpo sano y vigoroso.

En la ley actual los ingleses han reafirmado el principio introducido hace doscientos años por Isabel Tal como hizo esa monarca, le han impuesto a la sociedad la obligación de alimentar a los pobres. Eso es suficiente. Todos los abusos que he intentado describir están contenidos en ella, justo como el roble más grande está contenido en la bellota que un niño puede ocultar en su mano. Sólo necesita tiempo para desarrollarse y crecer.

     Existen dos tipos de obras de beneficencia. Uno lleva a cada individuo, de acuerdo a sus medios, a aliviar los males que ve a su alrededor. Este tipo es tan viejo como el mundo mismo y comenzó con el infortunio humano. El cristianismo hizo de él una virtud divina y lo llamó caridad. El otro, menos instintivo, más razonado, menos emotivo y a menudo más poderoso, lleva a la sociedad a preocuparse por los infortunios de sus miembros y está dispuesto a aliviar sistemáticamente sus sufrimientos. Este tipo nace del protestantismo y sólo se ha desarrollado en sociedades modernas. El primer tipo es una virtud pública: elude a la acción social. El segundo, por el contrario, es producido y regulado por la sociedad. Por tanto, debemos ocuparnos de él especialmente.

A primera vista no hay idea que parezca más hermosa y grande que la caridad pública. La sociedad continuamente se examina, tienta sus heridas y se propone curarlas. Al mismo tiempo que le asegura al rico el disfrute de su riqueza, la sociedad le garantiza a los pobres el no sufrir miseria extrema. Le pide a algunos que den de sus excedentes para que otros puedan tener las necesidades básicas. Esta es ciertamente una imagen conmovedora y edificante.

¡Cómo ocurre que la experiencia destruye algunas de estas bellas ilusiones! Inglaterra es el único país en Europa que ha sistematizado y puesto en práctica las teorías de la caridad pública a gran escala. Cuando ocurrió la revolución religiosa de Enrique VIII, que cambió la faz de Inglaterra, casi todas las fundaciones caritativas del reino fueron suprimidas. Puesto que su riqueza pasó al poder de los nobles y no fue en lo absoluto repartida entre la gente común, los pobres siguieron siendo tan numerosos como antes mientras que los medios para procurarlos fueron parcialmente destruidos. Por tanto, el número de pobres creció desmesuradamente e Isabel, la hija de Enrique, conmovida por la espantosa miseria de la gente, quiso sustituir la menguada caridad a causa de la supresión de los conventos por un impuesto anual recolectado por los gobiernos locales.

Una ley promulgada en el año 43 del reinado de Isabel dispuso que en cada parroquia se escogerían supervisores de los pobres y que éstos tendrían el derecho de gravar a los habitantes para alimentar a los indigentes incapacitados y para proveer trabajo a los demás.

Con el paso del tiempo Inglaterra fue llevada a adoptar el principio de la caridad legal. El pauperismo aumentó en Inglaterra más rápidamente que en ningún otro lugar. Algunas causas generales y otras particulares produjeron este desafortunado resultado. Eos ingleses han rebasado a las otras naciones de Europa en civilización. Todas las observaciones que hice antes son aplicables a ellos; pero hay otras que se refieren solamente a ese país.1

La clase industrial inglesa no sólo provee las necesidades y placeres del pueblo inglés sino también las de una gran parte de la humanidad. Su prosperidad o su miseria por tanto, dependen no sólo de lo que pase en la Gran Bretaña sino, en cierta forma, de cualquier evento que ocurra bajo el sol. Cuando un habitante de las Indias reduce su gasto o disminuye su consumo es el manufacturero inglés el que sufre las consecuencias. Inglaterra es por eso el país del mundo donde el trabajador agrícola se ve atraído con más fuerza al trabajo industrial y donde se encuentra más expuesto a las vicisitudes de la fortuna. En el siglo pasado ocurrió un evento que, al contemplar el desarrollo del resto del mundo, puede ser considerado fenomenal. En los últimos cien años la propiedad ha estado fragmentándose en todo el mundo conocido: pero en Inglaterra se sigue concentrando. Los predios medianos se diluyen en vastos dominios. La agricultura a gran escala sustituye al pequeño cultivo. Uno podría hacer algunas observaciones interesantes al respecto, pero ello me distraería del tema que he elegido. Mencionar el hecho basta. El resultado es que cuando el trabajador agrícola, movido por el interés, abandona el azadón y se va a la industria, a pesar de sí mismo, la aglomeración de los latifundios lo mueve también en esa misma dirección. Hablando comparativamente, se requiere de un número infinitamente menor de trabajadores para trabajar una gran propiedad que un campo pequeño. La tierra le falla al campesino y la industria lo llama doblemente. De los veinticinco millones que habitan en la Gran Bretaña no más de nueve millones de ellos se encuentran empleados en la agricultura. Catorce millones, o cerca de dos tercios, se ganan precariamente la vida en el comercio y la industria.” Por ello el pauperismo estaba destinado a crecer más rápidamente en Inglaterra que en otros países cuyo estado de civilización pudo ser igual al de los ingleses. Una vez admitido el principio de la caridad legal. Inglaterra no ha sido capaz de deshacerse de él. En doscientos años la legislación inglesa ha sido poco más que el desarrollo extendido de las leyes isabelinas. Casi dos y medio siglos han pasado desde que el principio de la caridad legal fue abrazado por nuestros vecinos y uno puede juzgar ya las fatales consecuencias que siguieron a la adopción de este principio. Examinémoslas de manera sucesiva.

Puesto que los pobres tienen un derecho absoluto a la ayuda de la sociedad y tienen una administración pública organizada para proveerla en todos lados, uno puede observar en un país protestante el renacimiento inmediato y la generalización de los abusos que sus reformadores correctamente reprochaban a algunos países católicos. El

hombre, como todos los seres organizados socialmente, tiene una pasión natural por el ocio. Hay, sin embargo, dos incentivos para trabajar: la necesidad de subsistir y el deseo de mejorar las condiciones de vida. La experiencia ha probado que la mayoría de los hombres sólo puede ser motivada a trabajar suficientemente por el primero de estos incentivos. El segundo es efectivo sólo en una pequeña minoría.2 Pues bien, una institución caritativa, abierta indiscriminadamente a todos los que tengan necesidad, o una ley que le dé a todos los pobres derecho a la ayuda pública, sin importar el origen de la pobreza, debilita o destruye el primer estímulo y sólo deja intacto el segundo. El campesino inglés, como el español, si no siente el deseo profundo de mejorar la situación en la que ha nacido y de elevarse por encima de su miseria (un frágil deseo que en la mayoría de los hombres es fácilmente destruido), no tiene interés en trabajar, o si lo hace no tiene interés en ahorrar. Por lo tanto permanece ocioso o despilfarra inconscientemente los frutos de su trabajo. Ambos países, a causa de distintos patrones causales, llegan al mismo resultado; los más generosos, los más activos, la parte más industriosa de la nación destina sus recursos a proveer los medios de subsistencia de quienes no hacen nada o hacen un mal uso de su trabajo.

Ciertamente nos hallamos lejos de aquella teoría hermosa y seductora que he expuesto arriba. ¿Es posible escapar a las consecuencias fatales de un buen principio? Por mi parte, las considero inevitables. Aquí alguien podría contradecirme: “usted asume que, cualesquier que fuere su causa, la miseria será aliviada: añade que la ayuda pública eximirá a los pobres de la obligación de trabajar. Ello da por hecho un supuesto dudoso. ¿Qué le impide a la sociedad investigar las causas de la necesidad antes de proveer ayuda? ¿Por qué no podría imponerse el trabajo como una condición a aquellos indigentes capaces de hacerlo que imploren la misericordia pública?” Contesto que algunas leyes inglesas han puesto en práctica las ideas de estos paliativos, pero, entendiblemente, han fracasado.

Nada es tan difícil como distinguir los matices que separan a la fortuna inmerecida de la adversidad producida por el vicio. ¡Cuántas miserias no son simultáneamente el resultado de ambas causas! ¡Qué profundo conocimiento debe tenerse del carácter de cada hombre y de las circunstancias que ha vivido! ¿Dónde se encontrará al magistrado que tenga la conciencia, el tiempo, el talento y los medios para dedicarse a tal indagación? ¿Quién osaría dejar morir de hambre a un hombre pobre que se muere por culpa propia? ¿Quién escucharía sus lamentaciones y reflexionaría acerca de sus vicios? Hasta el interés personal cede ante la vista de las miserias de otros. ¿Saldría triunfante el interés público? Y si el corazón del supervisor fuese insensible a tales emociones —que aunque sean equivocadas siguen siendo poderosas—, ¿permanecería indiferente ante el miedo? ¿Quién, al ser juez de la alegría o el sufrimiento, de la vida o la muerte, de un gran segmento de la población —de su parte más disoluta, más turbulenta, más cruda—, quién no se encogería ante el ejercicio de tan terrible poder? Y si alguno de estos seres intrépidos pudiera ser hallado, ¿cuántos de ellos habría? En cualquier caso, tales funciones pueden ejercerse sólo en un territorio restringido. Muchas de ellas deben ser delegadas para ser ejecutadas. Los ingleses se han visto obligados a designar supervisores en cada parroquia. ¿Qué consecuencia inevitable se sigue de esto? Se confirma la existencia de la pobreza, pero sus causas permanecen inciertas: lo primero es un hecho patente, lo segundo se comprueba a través de un siempre discutible proceso de razonamiento. Puesto que la ayuda pública sólo es indirectamente dañina a la sociedad, mientras que el rehusarla lastima inmediatamente a los pobres y al supervisor mismo, la decisión de éste no está en duda. Las leyes podrán declarar que sólo la pobreza inocente será aliviada, pero en la práctica se aliviará a toda la pobreza. Presentaré argumentos plausibles, igualmente basados en la experiencia, para apoyar este segundo punto.

Nos gustaría que el precio del auxilio fuese el trabajo. Pero, en primer lugar, ¿hay siempre trabajo público disponible? ¿Se encuentra igualmente distribuido en todo el país de tal forma que nunca se vea en un distrito mucho trabajo que hacer y pocas personas para hacerlo y en otro poco trabajo y muchos indigentes para realizarlo? Si ésta es una dificultad presente en todos los tiempos, ¿no se vuelve insalvable cuando, a consecuencia del progresivo desarrollo de la civilización, del crecimiento demográfico y del efecto de las mismas Leyes de Pobres, la proporción de indigentes —como en Inglaterra— alcanza una sexta, algunos dicen que una cuarta parte, de la población?

Pero aun suponiendo que siempre hubiera trabajo que hacer, ¿quién tomaría la responsabilidad de determinar su urgencia, de supervisar su ejecución, de fijar su precio? Ese hombre —el supervisor—, además de las cualidades de un gran magistrado, también deberá, por tanto, poseer los talentos, la energía, el conocimiento especializado, de un buen empresario industrial. Hallaría en el sentimiento del deber lo que el autointerés no podría crear: el valor para obligar a la parte más inactiva y viciosa de la población a realizar un esfuerzo sostenido y productivo. ¿Sería sabio engañarnos? Presionado por las necesidades de los pobres, el supervisor instauraría trabajos ad hoc o, incluso (como es casi siempre el caso en Inglaterra), pagaría salarios sin demandar trabajo a cambio. Las leyes deben ser hechas para los hombres y no para un mundo perfecto que no puede ser mantenido por la naturaleza humana, ni para modelos que esa naturaleza produce de manera muy esporádica.

Cualquier medida que establezca la caridad legal de manera permanente y que le dé una forma administrativa crea una clase ociosa y perezosa que vive a expensas de la industrial y trabajadora. Esta es su consecuencia inevitable si no su resultado inmediato. Reproduce todos los vicios de sistema monástico sin los altos ideales morales y religiosos que a menudo acompañaban a éste. Una ley de ese tipo es una mala semilla plantada en la estructura legal. Las circunstancias, como en América, pueden impedir que la simiente se desarrolle rápidamente pero no pueden destruirla, y si la generación actual escapa a su influencia devorará el bienestar de las venideras.

Si uno observa de cerca las condiciones de aquellas poblaciones donde esa legislación ha estado largamente en práctica fácilmente descubre que los efectos no son menos desafortunados en la moral que en la prosperidad pública, y que deprava al hombre incluso más de lo que lo empobrece.

No hay nada, hablando en términos generales, que eleve y sostenga más al espíritu humano que la idea de los derechos. Hay algo grande y viril en la idea de los derechos que le quita a cualquier petición su carácter suplicante y que coloca al que lo demanda en el mismo nivel del que lo concede. Pero el derecho de los pobres a obtener la ayuda de la sociedad es único en que en lugar de elevar el corazón del hombre que lo ejerce, lo rebaja. En países donde las leyes no permiten tal oportunidad el hombre pobre, al recurrir a la caridad individual, reconoce, es cierto, su condición de inferioridad con relación al resto de sus prójimos, pero lo reconoce de manera secreta y temporal. Desde el momento en que el nombre de un indigente es inscrito en la lista de pobres de su parroquia puede, ciertamente, demandar alivio, pero cuál es el logro de este derecho si no una declaración notarizada de miseria, debilidad o mala conducta de quien lo recibe. Los derechos comunes son conferidos a los hombres en virtud de alguna ventaja personal adquirida por ellos sobre sus semejantes. Este otro tipo se concede en razón de una inferioridad reconocida. El primero es una clara manifestación de superioridad; el segundo hace pública la inferioridad y la legaliza. Mientras más amplios y más seguros sean los derechos ordinarios confieren mayor honor; mientras más extendido y permanente sea el derecho al alivio, más degrada.

El pobre que exige limosnas en nombre de la ley se encuentra, por tanto, en una posición aún más humillante que el indigente que solicita la misericordia de sus semejantes en el nombre de El. quien considera a todos los hombres desde el mismo punto de vista y somete a ricos y a pobres a las mismas leyes. Pero esto no es todo: la entrega individual de limosnas establecía valiosos lazos entre ricos y pobres. El acto en sí involucra al que da con el que recibe. Este último, mantenido por una ayuda a la que no tenía derecho, y que no esperaba obtener, siente gratitud. Se establece un lazo moral entre esas dos clases cuyos intereses y pasiones a menudo conspiran para separarlas y, aunque divididas por las circunstancias, se reconcilian de buena gana. Esto no ocurre con la caridad legal, que conserva las limosnas, pero desaparece su moral. La ley despoja a los ricos de una parte de sus excedentes sin consultarles y por ello ven al hombre pobre sólo como un extraño avaricioso que ha sido invitado por el legislador a compartir de su riqueza. El hombre pobre, por su lado, no siente gratitud alguna por un beneficio que nadie puede rehusarle y que de todas formas no puede dejarlo satisfecho. La limosna pública garantiza la existencia, pero no la hace más feliz ni más cómoda que la privada. La limosna, por tanto, no elimina la riqueza o la pobreza de la sociedad. Una clase aún ve al mundo con temor y repugnancia, mientras que la otra considera su infortunio con desdicha y envidia. Lejos de unir a estas dos naciones rivales —ricos y pobres— que han existido desde el comienzo del mundo en un solo pueblo, rompe el único eslabón que pudiera haber entre ellas. Coloca a cada una bajo una bandera distinta, las agrupa y, al ponerlas cara a cara, las prepara para el combate.

He dicho que el resultado inevitable de la caridad pública es perpetuar el ocio en la mayoría de los pobres y garantizar su holganza a expensas de aquellos que trabajan. Si la ociosidad de los ricos, una holganza hereditaria, ganada por obras o servicios prestados, un ocio provisto de consideración pública, mantenido por la complacencia psicológica, inspirado por los placeres intelectuales, moralizado a fuerza de ejercicios mentales, si esta holganza, digo, ha producido tantos vicios, ¿qué será del ocio degradado, ganado por la bajeza, merecido por la mala conducta y disfrutado por la ignominia? Es tolerable sólo en tanto el alma sea capaz de someterse a esta corrupción y degradación. ¿Qué puede esperarse de un hombre que no puede mejorar su situación, puesto que ha perdido el respeto de sus semejantes, que es una precondición de todo progreso, cuya suerte no podría ser peor, ya que reducido a la satisfacción de sus más urgentes necesidades, está seguro de que siempre serán satisfechas? ¿Qué caminos se le dejan a la conciencia o a la actividad humana en un ser tan limitado que vive sin esperanza y sin temor? Ve al futuro de la misma forma que un animal. Absorto en el presente y en los innobles y pasajeros placeres que éste ofrece, su naturaleza embrutecida no se percata de los determinantes de su destino.

Lean todos los libros escritos en Inglaterra sobre el pauperismo, estudien las pesquisas ordenadas por el Parlamento británico, miren las discusiones que han tenido lugar en las cámaras de los Lores y los Comunes sobre este difícil asunto. La cosa se reduce a un sólo llamado ensordecedor: ¡la degradada condición en que han caído las clases más bajas! El número de hijos ilegítimos y de criminales crece rápida y continuamente, el número de la población indigente no tiene límites y el espíritu de previsión y de ahorro es cada vez más ajeno a los pobres. Mientras que en el resto de la nación la educación se difunde, la moral mejora, los gustos se vuelven más refinados y los modales más pulidos, el indigente se mantiene inmóvil o, más bien, va hacia atrás. Podría decirse que está regresando al barbarismo. En medio de las maravillas de la civilización, sus ideas e inclinaciones parecen emular a las de un hombre salvaje.4

La caridad legal afecta la libertad del pobre tanto como su moral. Esto se prueba fácilmente. Cuando los gobiernos locales están rigurosamente obligados a auxiliar al indigente, le deben ayuda solamente al pobre que reside en su jurisdicción. Esta es la única forma justa de repartir la carga que resulta de la ley y de hacerla proporcional a los medios de quienes deben soportarla. Puesto que la caridad individual es casi desconocida en un país donde existe la ayuda pública organizada, cualquiera cuyos infortunios o vicios lo vuelvan incapaz de ganarse la vida está condenado, bajo amenaza de muerte, a permanecer en el lugar de su nacimiento. Si se va, se mueve por territorio enemigo. El interés privado de la parroquia, infinitamente más activo y poderoso que la policía nacional mejor organizada, se percata de su llegada, lo sigue a cada paso y, si deseara establecer una nueva residencia, informa a la autoridad pública que se encarga de escoltarlo hasta la frontera. A través de sus Leyes de Pobres, los ingleses han inmovilizado a una sexta parte de su población. La han atado a la tierra como el campesinado medieval. En aquel entonces el hombre estaba obligado contra su voluntad a permanecer en la tierra donde había nacido. La caridad legal elimina hasta el deseo de mudarse. Esa es la única diferencia entre ambos sistemas. Los ingleses han ido más allá. Han cosechado consecuencias todavía más desastrosas del principio de la beneficencia pública. Las parroquias inglesas están tan dominadas por el temor de que una persona indigente pueda ser puesta en su nómina y adquirir residencia, que cuando un extranjero, cuyas ropas no indiquen claramente riqueza, se instala temporalmente entre ellos, o cuando una súbita desgracia lo golpea, las autoridades municipales inmediatamente le piden una fianza contra la posibilidad de indigencia, y si el extranjero no puede proveer esta garantía se le exige marcharse. Así, la caridad legal no sólo ha despojado a los pobres ingleses de su libertad de movimiento sino también a aquellos amenazados por la pobreza.

No sé de ninguna otra forma de completar este triste retrato más que reproduciendo el siguiente fragmento de mis notas sobre Inglaterra. En 1833 viajé por la Gran Bretaña. Otros se asombraron por la imponente prosperidad del país. Por mi parte reflexioné sobre la secreta intranquilidad que era patente en todos sus habitantes. Pensé que una gran miseria se escondía bajo la brillante máscara de prosperidad que Europa admira. Esta idea me llevó a poner particular atención al pauperismo, esa horrible y enorme úlcera en un cuerpo sano y vigoroso.

Me quedaba en la casa de un gran propietario en el sur de Inglaterra cuando los jueces de paz se reunían para fallar sobre las reclamaciones de los pobres contra la parroquia, o de las parroquias contra los pobres. Mi anfitrión era un juez de paz y regularmente lo acompañaba a la corte. Encuentro en mis notas de viaje este retrato de la primera sesión que presencié. Ofrece un resumen breve y conciso y aclara todo lo antes dicho. Lo reproduzco escrupulosamente para ofrecer una imagen exacta.

El primer individuo que comparece ante los jueces de paz es un viejo. Su cara es honesta y ruda, lleva puesta una peluca y viste excelentes ropas negras. Parece un propietario.

Sin embargo, se aproxima al estrado y protesta apasionadamente contra la injusticia de la administración parroquial. Este hombre es pobre, y la parte de la caridad pública que recibe ha sido injustamente disminuida. El caso es puesto en receso hasta escuchar a los administradores parroquiales.

Después de este hombre sano y petulante viene una mujer embarazada cuyas ropas son testigo de pobreza reciente y que lleva las marcas del sufrimiento en sus rasgos ajados. Explica que cierto tiempo atrás su marido partió a un viaje por altamar y que desde entonces no ha recibido de él ni noticias ni ayuda. Pide caridad pública, pero el supervisor de los pobres se muestra renuente a dársela. El suegro de esta mujer es un mercader acomodado. Vive en la misma ciudad donde sesiona la corte y se espera que en la ausencia de su hijo se haga responsable del sustento de su nuera. Los jueces de paz llaman a este hombre, pero éste se rehúsa a cumplir los deberes impuestos por la naturaleza, que no la ley. Los jueces insisten. Tratan de provocar remordimiento o compasión en el alma egoísta de este hombre. Sus esfuerzos fallan y se ordena a la parroquia proporcionar la ayuda solicitada.

Después de esta pobre mujer abandonada vienen cinco o seis hombres vigorosos. Están en la flor de su juventud, su talante es resuelto y casi insultante. Ponen una queja contra el administrador de la aldea que se rehúsa a darles trabajo o, en su ausencia, dinero. Los administradores responden que en ese momento la parroquia no lleva a cabo ninguna obra pública y que la ayuda gratuita no es necesaria, dicen, porque los quejosos podrían fácilmente encontrar trabajo con individuos privados si así lo deseasen.

Lord X (Radnor), con quien había ido. me dice: “usted recién ha visto en un microcosmos parte de los numerosos abusos producidos por las Leyes de Pobres. Aquel viejo que vino al principio muy probablemente tenga los medios para vivir, pero cree que tiene el derecho a pedir que lo mantengan cómodamente y no se sonroja al pedir caridad pública, la cual ha perdido del todo su carácter humillante y afrentoso a los ojos de la gente. Aquella joven, que parecía honesta y desafortunada, ciertamente sería ayudada por su suegro si las Leyes de Pobres no existieran; pero el interés acalla el gemido de vergüenza dentro de él y por ello descarga en el público una deuda que sólo él debería cargar. Por lo que respecta a la gente joven que compareció al final, los conozco, viven en mi pueblo. Son ciudadanos muy peligrosos y ciertamente malos sujetos. Rápidamente despilfarran en tabernas el dinero que ganan porque saben que se les proporcionará auxilio. Como ve, apelan a nosotros a la primera dificultad causada por sus propios errores”.

La audiencia continúa. Una joven comparece ante la corte, seguida del supervisor de los pobres de su parroquia. Se aproxima a la barra sin vacilar; su vista altiva sin señas de vergüenza. El supervisor la acusa de llevar en su vientre el producto de un encuentro ilegítimo. Ella abiertamente lo admite. Puesto que la mujer es indigente y, en el caso de que el padre permaneciera anónimo, el niño ilegítimo se convertiría, al igual que la madre, en una carga pública, el supervisor la exhorta a decir el nombre del padre. La corte la obliga a responder bajo juramento. Ella nombra a un vecino campesino. Este, que se encuentra entre el público, de manera muy renuente admite la exactitud de lo dicho y los jueces de paz lo sentencian a mantener al niño. El padre y la madre se retiran y el incidente no produce emoción alguna en un público acostumbrado a tales escenas.

Después de esta joven viene otra voluntariamente. Se acerca a los jueces con la misma indiferencia desvergonzada de la primera. Se declara preñada y nombra al padre del nonato. Ese hombre está ausente. La corte difiere el ^ caso para que el susodicho sea requerido.

Lord X me dice: “Aquí están otra vez los dañinos ^ efectos de las mismas leyes. La consecuencia más directa ^ de las Leyes de Pobres es hacer al público responsable ~ del sostenimiento de niños abandonados que son los más ^ necesitados de los indigentes. De ahí nace el deseo de la ^ parroquia de liberarse de la obligación de mantener niños ilegítimos cuyos padres estarían en condiciones de hacerlo. De aquí también provienen las demandas de paternidad instigadas por las parroquias. El peso de probar la acusación recae en las mujeres. ¿Qué otro tipo de prueba puede uno pensar que es posible proporcionar en tal caso? Al obligar a las parroquias a hacerse responsables de los infantes ilegítimos, y al permitir las demandas de paternidad para aliviar este peso asfixiante, hemos facilitado, cuanto hemos podido, la mala conducta de las mujeres de la clase baja. Un embarazo ilegítimo casi siempre mejorará su condición. Si el padre del niño es rico, pueden descargar en él la responsabilidad de criar al fruto de su equivocación común. Si éste es pobre, le delegan esa responsabilidad a la sociedad. De cualquier forma, el alivio proporcionado excede los gastos ocasionados por el infante. Así que prosperan de sus vicios y a menudo ocurre que una mujer que ha sido madre en varias ocasiones logra un matrimonio más ventajoso que la joven virgen que sólo tiene virtudes que ofrecer. Tienen una dote de infamia”.

Repito que no quise cambiar nada de esta entrada de mi diario. La he reproducido tal cual, porque me pareció que proporcionaba las impresiones que deseaba comunicarle al lector con veracidad y sencillez.

Desde mi viaje a Inglaterra las Leyes de Pobres han sido modificadas. Muchos ingleses se halagan pensando que estos cambios ejercerán una gran influencia en el futuro de los indigentes, en su moral y en su número. Me gustaría compartir estas esperanzas, pero no puedo. En la ley actual los ingleses han reafirmado el principio introducido hace doscientos años por Isabel. Tal como hizo esa monarca, le han impuesto a la sociedad la obligación de alimentar a los pobres. Eso es suficiente. Todos los abusos que he intentado describir están contenidos en ella, justo como el roble más grande está contenido en la bellota que un niño puede ocultar en su mano. Sólo necesita tiempo para desarrollarse y crecer. Querer una ley permanente que de manera uniforme alivie la pobreza sin que al mismo tiempo aumente la población indigente y sin que

incremente también la holganza con sus necesidades y el ocio con sus vicios, es plantar una bellota y luego asombrarse cuando aparece un retoño, seguido de hojas, flores y frutos que a su debido tiempo producirán, de las entrañas de la tierra, un bosque completo.

Ciertamente estoy muy lejos de querer poner a la más natural, bella y santa de las virtudes en el banquillo de los acusados. Pero pienso que no existe principio alguno, por bueno que sea, cuyas consecuencias sean todas buenas. Creo que la beneficencia debe ser una virtud viril y razonada. no una inclinación débil e irreflexiva. Es necesario hacer lo que sea más útil para el que recibe, no lo que le plazca al dador; hacer lo que mejor sirva al bienestar de la mayoría, no lo que rescate a unos cuantos. Sólo puedo concebir a la beneficencia de esta manera. Cualquier otra es también un instinto sublime, pero ya no me parece digna del nombre virtud.

Admito que al regular el auxilio personas caritativas en asociación podrían infundirle a la filantropía individual más actividad y poder. Reconozco no sólo la utilidad sino la necesidad de la caridad pública aplicada a males inevitables tales como la indefensión de la infancia, la decrepitud de la vejez, la enfermedad, la locura. Hasta admito su utilidad temporal en tiempos de calamidad pública que a veces Dios permite se le salga de la mano, proclamando así su enojo a la nación. Las limosnas estatales son entonces tan espontáneas, imprevistas y temporales como el mal mismo. Incluso entiendo a la caridad pública que abre escuelas gratuitas para los niños de los pobres y le da a la inteligencia los medios para solventar las necesidades básicas a través del trabajo.

Pero estoy profundamente convencido de que cualquier sistema administrativo permanente, cuyo objetivo sea el procurar las necesidades de los pobres, producirá más miserias de las que curará y depravará a la población que busca ayudar y reconfortar. Y. en tiempo, reducirá a los ricos a la condición de señores feudales de los pobres, secará los recursos del ahorro, detendrá la acumulación de capital, retardará el desarrollo del comercio, entumecerá la industria y la actividad humanas y terminará produciendo una violenta revolución en el Estado, cuando el número de aquellos que reciben limosnas se haya vuelto tan grande como el de quienes dan y el indigente, incapaz ya de tomar los medios para proveer sus necesidades del mermado rico, halle más fácil el despojarlo de todas sus propiedades de un solo golpe que pedir su ayuda.

Resumamos en unas cuantas palabras. El movimiento progresivo de la civilización moderna gradualmente incrementará el número y la proporción de quienes se ven obligados a recurrir a la caridad. ¿Qué remedio puede aplicarse a tales males? Lo primero que viene a la mente son las limosnas legales —limosnas en todas las formas— a veces incondicionales, algunas veces ocultas bajo el disfraz de un salario. En algunas ocasiones son accidentales y temporales, mientras que en otras son regulares y permanentes. Pero una intensa investigación rápidamente prueba que este remedio, que parece natural y efectivo, es un expediente muy peligroso. Proporciona sólo un falso y momentáneo apaciguamiento al sufrimiento individual y, como quiera que sea usado, inflama las llagas de la sociedad. Nos vemos reducidos a la caridad individual. Esta sólo puede producir resultados útiles. Su misma debilidad es una garantía contra las consecuencias peligrosas. Alivia muchas miserias y no produce ninguna. Pero la caridad individual parece muy débil ante el progresivo desarrollo de las clases industriales y todos los males que la civilización produce junto con sus bienes inestimables. La caridad era suficiente en la Edad Media, cuando el entusiasmo religioso le proporcionaba enorme energía y cuando su tarea era menos difícil. ¿Podría ser suficiente hoy cuando la carga es pesada y cuando sus fuerzas han sido mermadas? La caridad individual es un agente poderoso que no debe menospreciarse, pero sería imprudente confiar en ella. Es sólo un medio y no puede ser el único. Entonces, ¿qué debe hacerse? ¿Hacia dónde debemos mirar? ¿Cómo podemos mitigar aquello que podemos prever, pero no curar?

Hasta aquí he empleado el enfoque financiero para analizar a la pobreza. ¿Pero, es éste el único enfoque? Después de haber considerado el aliviar los males, ¿no sería útil tratar de prevenirlos? ¿Hay alguna manera de prevenir el rápido desplazamiento de población, de tal forma que los hombres no dejen la tierra y se integren a la industria antes de que ésta pueda responder fácilmente a sus necesidades? ¿Puede el total de la riqueza nacional seguir aumentando sin que una parte de los que la producen maldiga la prosperidad que genera? ¿Es imposible establecer una relación más exacta y constante entre la producción y el consumo de bienes manufacturados? ¿Puede ayudarse a las clases trabajadoras para que acumulen ahorros que les permitan soportar, sin morir de hambre, un vuelco de la fortuna en tiempos de calamidad industrial?

En este punto mi horizonte se expande por todos lados. Mi objeto de estudio crece. Veo abrirse un sendero que no puedo seguir en este momento. La presente Memoria, demasiado breve, ya excede los límites que me había puesto. Las medidas con las cuales se podría combatir el pauperismo de manera preventiva serán el objeto de un segundo trabajo que espero respetuosamente presentar a la Sociedad Académica de Cherburgo.   n

En Francia la clase industrial aún constituye sólo un cuarto de la población (n. de Tocqueville).

1 Tocqueville se refiere a la primera parte de la Memoria.

2 Es notable que aunque Tocqueville utilizara en la primera parte de la Memoria la noción de Rousseau del estado de naturaleza. y siguiera la argumentación del Discurso sobre el origen de la desigualdad, en este párrafo ignora flagrantemente una de las características intrínsecas, según Rousseau, al hombre en estado de naturaleza: la perfectibilidad. Es la conjunción de la perfectibilidad y de la otra característica originaria del hombre natural —la pasión— la que produce el surgimiento de la razón. Véase: Jean Jacques Rousseau (Roger D. Masters. ed.): The First andSecondDiscourses, New York. St. Martin’s Press. 1964. pp. 77-182.

4 Evidentemente Tocqueville no compartía la imagen bucólica de Rousseau sobre el salvaje feliz. Estaba de acuerdo con Voltaire que pensaba que la civilización era un bien y no una depravación.

Estado y violencia. En esta esquina, la ley

LOS EDITORES

ENTRADA EN MATERIA

ESTADO Y VIOLENCIA

En esta esquina, la ley

El lunes 13 de septiembre los diarios nos entregaron una nueva versión de la vieja historia del vengador anónimo. Las imágenes fotográficas mostraban en primer plano dos hombres de mediana edad con las sogas al cuello y, al fondo, a un grupo de personas a punto de presenciar un linchamiento. La escena era brutal. y lo era más porque forma parte de un expediente en el que la justicia ya no supone la aplicación de la ley sino una expresión de cómo, ante la impunidad, ciertos ciudadanos se asumen como jueces arbitrarios que dictan penas y castigos. Escenas como ésta han dejado de ser extraordinarias para convertirse en ejemplos habituales de lo que significa el uso de la violencia de los particulares, eso que los antiguos llamaban venganza, un proceso infinito e interminable, que surge en un punto cualquiera de una comunidad y tiende a extenderse e invadir el conjunto del cuerpo social. Cuando se piensa en la venganza como una posibilidad, las instituciones judiciales son desplazadas por la Ley del Taitón. En este clima inquisitorial los medios de comunicación juegan un papel importante. En lugar de contener el ánimo vengativo, algunos han levantado tribunales para dictar condenas sin pruebas confiables, sólo con el procedimiento de las ocho columnas.

Dostoievski escribió la historia de un joven estudiante que se creía por encima de toda ley. Para probarlo y probarse como alguien más allá de la prohibición, decide asesinar a una vieja usurera. El joven estudiante se llama Raskolnikov y, en virtud de su aparente superioridad, cree que todo le está permitido.

¿Dónde queda la justicia cuando una comunidad escucha la voz de Raskolnikov, decide tomar la ley en sus manos y linchar a un presunto criminal? ¿Dónde queda? En manos de la espiral de la venganza.

En La violencia y lo sagrado, René Girard planteó que el sistema judicial busca “preservar la seguridad del grupo poniendo frenos a la venganza. Lo que se evita es la reciprocidad vengativa, por eso se elude al responsable directo de la agresión, de otra forma nunca se saldría del círculo vicioso de la represalia. En esta bifurcación podrían distinguirse las formas de convivencia denominadas primitivas, de lo que algunos llaman ‘civilización’ “. El orden impuesto por un procedimiento judicial constituye un mecanismo gracias al cual la fuerza deja de ser patrimonio de los particulares y se convierte en un instrumento de la sociedad para mediar y regular los conflictos entre los individuos. En pocas palabras, acabar con la violencia de los particulares significa construir, cumplir y hacer cumplir la ley.

En México la ley no ha tenido un funcionamiento normativo; ha sido más un ideal, un proyecto o, peor, un marco para la negociación. No ha impuesto un código de conducta. En las ciudades, miles de vendedores públicos han convertido la calle, un espacio público, en propiedad privada. Un pequeño grupo de estudiantes ha decidido tomar la UNAM y despojar a la comunidad universitaria de sus instalaciones, bloqueando las posibilidades del diálogo y la solución del conflicto durante ya cinco meses. Cuando un delincuente no es castigado, el delito se multiplica. En México, de cada diez delitos que se cometen sólo uno llega a ser castigado. Cuando el Estado ya no puede hacer cumplir la ley, y no ejerce su derecho legítimo al uso de la fuerza, el aumento del crimen no es la única amenaza a la convivencia, también se cultivan las posibilidades de que el miedo y la inseguridad se intercambien por agresividad y sed de venganza.

Durante dos décadas, la atención del debate político se centró en la limpieza en el proceso electoral. Ese esfuerzo logró uno de sus objetivos mayores: la construcción del IFE, una institución transparente que logró recuperar la confianza en el voto; sin duda, la credibilidad del instituto electoral era el nudo ciego de la democracia mexicana. Si queremos conservar los avances de la transición política y entrar en una época de normalidad democrática, la prioridad de hoy consiste en dedicar nuestros esfuerzos al problema del Estado de derecho y a la aplicación de la justicia.      n

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

1.   Porcentaje de hogares mexicanos que cuentan con dos televisores: 39

2.   Horas al día que los mexicanos dedican a ver televisión: 4

3.   Millones de niños mexicanos que ven televisión y al mismo tiempo hacen la tarea: 9

4.   Horas al año que un niño mexicano dedica a la televisión: 1,460

5.   Horas al año que un niño mexicano dedica a la escuela: 1,000

6.   Porcentaje de las computadoras en México que se consideran “antiguas”: 35

7.   Toneladas de cocaína que el Cártel de Juárez introdujo a Chicago y Nueva York en los últimos tres años: 350

8.   Porcentaje de víctimas de algún delito en el DF que piensan que las autoridades no solucionan nada: 39

9.   Porcentaje de víctimas de algún delito en el DF que confían en la policía judicial: 4

10. Clínicas de control de peso en México: 5,000

11. “Especialistas” a cargo de esas clínicas que carecen de capacitación: 4,000

12. Lugar que ocupa México, según The Heritage Foundation, como país con libertad económica: 90

13. Departamentos que pueden ser rehabilitados en el área Centro-Alameda de la Ciudad de México: 3,000

14. Mexicanos en Nueva York: 300,000

15. Porcentaje de esos mexicanos que provienen de Puebla: 80

16. Empleados civiles de la ONU que han sido asesinados en los últimos siete años: 180

17. Nuevos fumadores al día en EU: 3,000

18. Millones de dólares que ofrece el gobierno estadunidense por el terrorista afgano Osama bin Laden: 5

19. Precio en dólares por nr en una zona residencial de Moscú: 2,000

20. Montes de Piedad en Moscú: 80

Fuentes: 1-2. La Jornada: 22 de septiembre de 1999: 3. Reforma: 25 de septiembre de 1999: 4-5. Unomásuno: 8 de septiembre de 1999: 6. La Ci ‘ónica: 7 de septiembre de 1999: 7-9. Reforma’. 14 de septiembre de 1999: 10-11. La Jornada’. 13 de septiembre de 1999: 12. La Jornada: 11 de septiembre de 1999: 13-15. Expansión: 15 de septiembre de 1999: 16. La Crónica: 20 de septiembre de 1999: 17. Reforma: 23 de septiembre de 1999; 18. Time: 6 de septiembre de 1999; 19-20. Proceso: 29 de agosto de 1999

¿Qué son?

35,000 Ejemplares que una cucaracha procrea al año.

90 Palabras que componen el título del segundo CD de la cantante de pop Fiona Apple.

244 Criaderos de avestruz registrados por la Secretaría del Medio Ambiente.

180 Pacientes ingleses tratados con tejido animal.

10 Velocidad promedio a la que circularán los autos en el DF el año 2,010.

5 Aspirantes de cada cien que llenan los requisitos para trabajar como meseras en los restaurantes Angus.

Roberto Pliego. Escritor. Es Jefe de Edición de la revista nexos.

El muro como pretexto

IZQUIERDA EUROPEA

EL MURO COMO PRETEXTO

POR LUDOLFO PARAMIO

Este mes de octubre se cumplen diez años de la caída del Muro de Berlín. ¿La caída explica la pérdida de identidad de la izquierda europea?

Diez años después, la caída del Muro de Berlín es más una fórmula ritual que un auténtico recuerdo: no es fácil reproducir en los textos políticos o en los análisis de los politólogos el torrente de emociones que entonces se desencadenaron, la sensación de que allí se estaba acabando un mundo y comenzaba otro. De hecho, cuando la caída del Muro aparece en los textos de la izquierda lo hace para explicar problemas políticos actuales, y puede que los jóvenes que se aventuren a leer esos textos (si los hay) entiendan que para los sobrevivientes de aquellos acontecimientos se trató de una gran desgracia.

Y es que en parte fue así. Incluso quienes se alegraron sinceramente ante el derrumbe de aquel mundo ignominioso que el Muro representaba lo hicieron a menudo en nombre de unas esperanzas claramente ilusorias, confiando en que sería posible el nacimiento de verdaderas democracias socialistas: la combinación de la protección social y los derechos colectivos del socialismo real con las libertades y derechos individuales considerados normales por los ciudadanos de Europa occidental. No fue así, y sería sorprendente que hubiera sido así: se trataba de regímenes en quiebra técnica, con industrias obsoletas y economías incapaces de financiar sus propios sistemas públicos.

Pero resultaba muy duro aceptar que la caída del Muro no significaba la superación de las deformaciones del socialismo real, sino el final del espejismo. Reconocer que el intento abierto con la revolución de Octubre era desde su nacimiento un intento fallido significaba renunciar a una lógica que daba sentido a casi toda la izquierda de la época, a los esquemas que han marcado no sólo a las viejas guardias, sino también a sus sucesores, la que fuera orgullosa generación del 68. Había dos principios fundamentales: la izquierda no podía limitarse a gestionar el capitalismo ni podía pactar con el imperialismo. Ambos principios los había transgredido la socialdemocracia, y por ello debía ser repudiada. Cuando los herederos del 68 se fueron incorporando a la corriente principal de la izquierda europea, a través de partidos socialdemócratas, su primera apuesta fue endurecer el lenguaje y la ideología de éstos: había llegado la hora de romper con el capitalismo.

Este endurecimiento, en algunos casos, aseguró la impotencia política de la socialdemocracia durante años: el caso del laborismo británico es ejemplar, aunque también fueran grandes sus particularidades, la decadencia de su industria y la personalidad de una inesperada adversaria a la que los viejos conservadores habían decidido dar una oportunidad de quemarse mientras buscaban con calma un liderazgo más sensato, más pragmático (muchos no tuvieron posibilidad de arrepentirse, y fueron jubilados, junto con el partido que habían conocido, por la implacable dama). Pero en otros tuvo oportunidad de chocar, desde las responsabilidades del gobierno, con las realidades del mercado, y de un mercado particularmente hostil a causa de la crisis y de la globalización financiera.

Pero en la medida en que el pragmatismo se imponía el lenguaje se deterioraba, perdía su contenido. A menudo se culpa a la caída del Muro de haber provocado un desarme ideológico en la izquierda, de haberle privado de puntos de referencia. En Europa simplemente no es cierto: sólo algunos partidos comunistas muy cerriles defendían el modelo soviético, aunque fuera en la versión más eficiente que representaba la República Democrática de Alemania, y el resto de la izquierda estaba de acuerdo en que aquellos regímenes debían cambiar profundamente. El problema es que la caída del Muro se produjo en un momento en que la izquierda democrática, tras haber pasado un sarampión ideológico más o menos grave, estaba entregada a gestionar el capitalismo con el que había prometido romper.

Dicho de otra forma: la caída del Muro es el pretexto en el que se refugia a menudo la izquierda europea para explicar una pérdida de identidad que venía de antes, del fracaso de las recetas keynesianas frente a la crisis de los setenta y del giro de 180° que los nuevos socialdemócratas radicales (y en especial los franceses) debieron imprimir a sus políticas tan sólo un año después de haber llegado al gobierno. Si la caída del Muro se hubiera producido durante la primera guerra fría, en los años cincuenta o a comienzos de los sesenta, los viejos socialdemócratas no habrían sufrido crisis alguna. El problema es que se produjo veinticinco años después, cuando el modelo socialdemócrata tenía crecientes problemas, y tras una euforia ideológica que había hecho pensar que ese modelo era poca cosa. La caída del Muro tuvo menos impacto negativo sobre la izquierda democrática europea que llevar una década a la defensiva tratando de proteger un Estado de bienestar que, sólo unos pocos años antes, había denunciado como instrumento de la burguesía para controlar los conflictos sociales, integrar a los trabajadores en el consumismo y arrebatarles la conciencia de clase.

Pero si la crisis del discurso de izquierda, en el socialismo democrático europeo, tiene poco que ver con la caída del Muro y sus secuelas, no se puede decir otro tanto de la crisis personal de muchas personas de izquierda. Porque esos dos principios (contra la burguesía y el imperialismo), que habían estructurado el mundo de sentido de la izquierda, podían no estar presentes ya en el discurso, pero eran los ejes que definían la identidad política de muchos dirigentes (y gentes sencillas) de la izquierda. Significaban que la burguesía era la culpable de los males de un país, y que atacarla era necesario para resolverlos, que Estados Unidos era responsable del mal en el mundo, y que apoyar a sus enemigos era optar por la justicia.

Los socialdemócratas tradicionales habían aprendido pronto que lo que era malo para la burguesía no era necesariamente bueno para el propio país, pero los nuevos, incluso tras los descalabros de los socialistas franceses en 1981, podían aceptar la relación de fuerzas que imponían los mercados, pero seguían sintiendo que había un más allá, una utopía en la que era necesario creer aunque nadie fuera capaz, a diferencia del escrupuloso detallismo de los utopistas clásicos, de concretarla o siquiera esbozarla. La Unión Soviética y los países del Este eran para muchos la referencia (deformada, naturalmente) para pensar esa utopía.

Tras la caída del Muro, los problemas del socialismo democrático siguieron siendo los mismos, pero esa referencia sentimental o ideal que daba sentido a la actividad política de muchas gentes de izquierda, de pronto, dejó de existir. En América Latina, además, el gran referente del socialismo no democrático (suponiendo que semejante entidad pueda existir) comenzó a hacer agua aparatosamente al desaparecer los subsidios (el comercio, en teoría) con la Unión Soviética. Quienes habían señalado gozosos la derrota histórica de la socialdemocracia frente a la ofensiva neoconservadora. descubrieron ahora que el socialismo revolucionario en un solo país estaba en bancarrota.

Demasiadas quiebras sucesivas, pero. hay que subrayarlo, sin relación real con los problemas políticos de la izquierda. Thatcher, desde luego, utilizó los acontecimientos como metáfora del final del socialismo como propuesta política, y, en plena ofensiva ideológica neoliberal, tuvo cierto éxito a corto plazo. Pero ya casi nadie se acuerda de ella, excepto cuando va a visitar a su viejo amigo el general chileno. El neoliberalismo comienza a ser la moda de una década pasada, y los problemas siguen siendo los mismos: cómo volver a crear empleo y financiar los sistemas públicos en economías expuestas a los embates desestabilizadores de los mercados financieros globales.

El problema es que ahora ya no es posible seguir creyendo que esos problemas tienen relación con enemigos externos o internos perfectamente identificares. De vez en cuando se oyen voces que denuncian que la situación actual (en el mundo o en el propio país) es insostenible, que la humanidad, los excluidos o los pobres reclaman un cambio. ¿A quién? El Fondo Monetario Internacional no había recibido nunca tantas críticas como las que le han caído encima tras su patente ineptitud en el manejo de la crisis asiática, y casi todo el mundo cree que es preciso reformarlo, aunque a menudo en sentidos contradictorios. Sin embargo, nadie cree ni por asomo que el Fondo sea el responsable de los males del sistema económico mundial, mucho menos que pudiera resolverlos.

Muchos quieren (querríamos) regular los movimientos de capital a corto plazo mediante algo parecido al impuesto Tobin, pero sólo almas muy simples creen que quien se opone a ello sea el Capital con mayúscula. Se oponen los gobiernos y los burócratas, quizá por excesiva cautela, por las dificultades técnicas, quizá pensando algunos que sus países se pueden beneficiar más de la situación actual, pero no existe ya el enemigo que lo explique todo. El mundo se ha vuelto muy complejo, y los políticos de izquierda con más de cuarenta años tienen dificultades para articular un discurso creíble y movilizador a falta de grandes abstracciones a las que responsabilizar de los problemas inmediatos.

Se ha dicho que el comunismo pasó, pero que siguen vigentes las grandes preguntas que intentaba contestar. Sería más exacto decir que sigue vigente el sentimiento social de injusticia, frustración e impotencia frente a un mundo que no conseguimos dominar racionalmente, que excluye a las mayorías y destroza las vidas de millones de personas. La lógica del chivo expiatorio sigue ahí, respondiendo a una necesidad primordial de sentido frente a unos males que nadie sabe cómo impedir o resolver. Así, con el final de los bloques han pasado a primer plano los enfrentamiento étnicos y religiosos, y, sobre todo, los dirigentes políticos menos escrupulosos han descubierto una verdadera mina en las denuncias contra la vieja clase política. Ahora es posible buscar el apoyo de los grandes empresarios y el reconocimiento de Washington a la vez que se practica la misma demagógica retórica contra los políticos tradicionales. La liberación que para nuestra generación supuso la caída del Muro no es una experiencia que se pueda transmitir, una vacuna frente a la lógica de la frustración y el odio. n

Ludolfo Paramio. Politólogo. Ha colaborado en nexos anteriores.

Inestabilidad y crimen en el nuevo régimen

INESTABILIDAD Y CRIMEN EN EL NUEVO RÉGIMEN

NUESTRAS FLORES DEL MAL

Ofrecemos el ensayo ganador del Certamen Carlos Pereyra 1999. Más que fijar su atención en las causas del crimen y la inestabilidad, se ocupa de los efectos adversos que la inestabilidad sociopolítica y la gubernamental tienen o podrían tener en la salud de nuestra joven democracia. Su argumento central se resuelve en la fórmula según la cual no hay modernización política mientras el crimen y la inestabilidad sigan manteniendo sus privilegios.

Un método que nos permite vislumbrar cuáles serán los grandes retos de nuestra recién nacida democracia en los próximos años, consiste en examinar los principales motivos de descontento entre los mexicanos. ¿Qué nutre nuestro malestar? ¿Qué incita este sentimiento colectivo en el que se mezclan el fastidio, la exasperación y el desánimo?1 Pueden distinguirse, a primera vista, tres grupos de factores. En el ámbito económico los factores de descontento continúan siendo los mismos que desde hace muchos años: desempleo, salarios bajos e inflación. Pero en las esferas social y política el panorama es distinto hoy a como era, digamos, la década pasada. En el ámbito social, un factor que ha generado enorme irritación es el descomunal aumento de la inseguridad pública o del crimen predatorio, como le llamo en estas páginas. Paralelamente, el afianzamiento del crimen organizado en varias entidades del país ha agredido también a la sociedad de diversas formas, además de que ha restado fuerza y autoridad al gobierno.

Por último, en la esfera política, al lado de una exitosa reforma electoral que ha empezado a garantizar la transparencia de los comicios y a promover condiciones de competencia más equitativas, la ciudadanía ha presenciado recientemente una ola de inestabilidad que se ha manifestado de dos maneras. En primer plano, como inestabilidad sociopolítica que ha tomado forma a través de dos eventos típicamente violentos: la guerrilla y el magnicidio. Y, en segundo plano, como inestabilidad gubernamental la cual alude al relevo continuo tanto de gobernadores, quienes ocupan los más altos cargos de elección popular después del Presidente de la República, como de los funcionarios que capitanean los despachos más poderosos del gabinete presidencial.2 Como intentaré explicarlo en las siguientes páginas, ambos tipos de inestabilidad son gravosas para el desarrollo político del país.

Este breve escrito fija pues su atención no en las causas de la inestabilidad y del crimen, temas ambos de enorme complejidad, sino en algunos efectos adversos que estos dos grupos de factores han tenido o podrían tener en la viabilidad de nuestra joven democracia. A diferencia de los efectos del desarrollo económico en el progreso democrático, tema éste al que los analistas regresan una y otra vez, los efectos de la inestabilidad y del crimen en la consolidación democrática han recibido escasa atención de los analistas políticos.

Mi argumento general es que el país no podrá avanzar ni rápido ni lejos en sus objetivos de modernización política mientras el gobierno no enfrente con una estrategia eficaz y de largo aire la inestabilidad y el crimen en sus diversas vertientes. La inestabilidad desvirtúa, entorpece y asedia a la democracia. El crimen, por su parte, corroe sus resortes íntimos, deshonra sus principios y pervierte su práctica. Ahora es un buen momento para reflexionar sobre estos temas, pues estamos cerca de iniciar el último año del gobierno zedillista, año típicamente turbulento en todos los órdenes y en el que el exacerbamiento de la violencia política o la agitación gubernamental no pueden descartarse. Y en una coyuntura de inestabilidad el crimen puede crecer aún más.

Inestabilidad, crimen y democracia: Repaso y aclaraciones

Lo primero que debo señalar es que la tesis central de este artículo no se contrapone a los argumentos de quienes han defendido los efectos positivos de la inestabilidad en la modernización política, o de quienes han caracterizado a la inestabilidad como rasgo inherente a las transiciones democráticas. Lo que sucede, simplemente, es que ambas líneas de análisis se han referido a tipos de inestabilidad que se apartan radicalmente de los analizados en estas páginas. Para no dejar espacio a dudas, quizá convenga ilustrar rápidamente a qué tipo de inestabilidad se refieren este par de interpretaciones.

Por lo que atañe a los beneficios que puede brindar la inestabilidad al desarrollo político, algunos investigadores han explicado que en ocasiones algunos incidentes desestabilizadores de baja intensidad como las protestas y las movilizaciones abren espacios de participación a nuevos grupos en el proceso político.3 En México, por ejemplo, la insurrección de los partidos de oposición y algunos segmentos de la sociedad civil ante el fraude electoral ha sido crucial, desde mediados de los ochenta, para el surgimiento de instituciones que garanticen el respeto al voto. Tales instituciones han contribuido decisivamente en los últimos años a que todos los partidos, incluidos aquellos llamados anteriormente “de oposición”, tengan oportunidades reales de acceder a cualquier cargo de elección popular.4

Además, reza una segunda línea de análisis, la democratización es un proceso inherentemente inestable y, por ende, incierto.5 “Aprecia la incertidumbre y serás democrático”, propone Albert O. Hirschman; “la democracia implica que los intereses de todos los grupos estén sujetos a la incertidumbre”, explica Adam Przeworski; “por definición, la democratización implica inestabilidad, la cual seguirá agudizándose por la progresiva pluralización de las fuerzas políticas”, remata finalmente Peter H. Smith en uno de sus análisis recientes sobre política mexicana.6 Pero la incertidumbre e inestabilidad a las que aluden estas tres sentencias son las que están contempladas bajo el funcionamiento de instituciones democráticas establecidas a priori por consenso. Estas instituciones generan incertidumbre, pues cuando la competencia por el poder se libra bajo reglas democráticas ningún candidato o partido tiene asegurado el triunfo de antemano. Del mismo modo, estas instituciones generan también inestabilidad pues a medida que un régimen competitivo se consolida la alternancia de partidos en cargos de elección popular pasa de ser una hazaña del candidato opositor a ser un fenómeno ordinario. Así pues, de acuerdo a esta línea argumentativa las situaciones de inestabilidad e incertidumbre típicas de la democracia son eventos calculados pues los resultados posibles de las contiendas electorales (u otros tipos de disputas políticas cuyo procesamiento está también claramente reglamentado) son limitados y están previstos—aunque se les considere improbables—. Esta noción de inestabilidad se aparta radicalmente de la utilizada en este ensayo, con la que intento designar acontecimientos no previstos por las reglas democráticas, de oscuro origen y naturaleza frecuentemente ilegal y violenta, que acarrean riesgos no calculados para el orden público, y cuya aparición puede desencadenar caprichosas sucesiones de eventos.

Pero estas conexiones entre democracia y estos tipos de inestabilidad—inestabilidad, repito, limitada—no deben confundirnos. Antes que muchas otras cosas, la democracia es, o pretende ser. un método efectivo para resolver conflictos o, al menos, para atemperarlos mediante su confinación al territorio de la ley. A medida que las reglas democráticas adquieren estabilidad y prestigio, los conflictos políticos son acotados y resueltos con eficacia creciente—y el precio que los actores deben pagar por violar tales reglas aumenta progresivamente—,7 La mera celebración de elecciones, por ejemplo, sirve de válvula de escape a tensiones y contribuye a articular la protesta en un marco institucional.8 Igualmente, la protesta colectiva en espacios públicos—práctica común en las naciones donde las libertades políticas gozan de existencia efectiva— en su doble propósito de manifestar descontento o de transmitir demandas, es otra institución democrática que a menudo termina por disolver focos de irritación social.

Además de fijar mi posición respecto a la compatibilidad que puede existir entre democracia y algunos tipos de inestabilidad, también me parece necesario señalar de pasada los vínculos que pueden aparecer entre las dos variables independientes de este ensayo: inestabilidad y crimen. Esencialmente, la distinción pretende separar dos grupos de fenómenos: los de naturaleza eminentemente política, como la guerrilla, el magnicidio y la inestabilidad en el gabinete y las gubernaturas, y aquellos que, sin dejar de tener implicaciones políticas, se explican en gran medida por factores socioeconómicos, como el crimen predatorio y el crimen organizado. Sin embargo, conviene reconocer de entrada que aunque analíticamente mantengo esta distinción entre inestabilidad y crimen para explorar por separado sus posibles efectos en la democracia, existe entre ambas variables una relación estrecha, a veces de causalidad recíproca, lo cual en una reflexión más rigurosa podría generar problemas metodológicos. Por ejemplo, algunas expresiones de inestabilidad, como el magnicidio y la activación guerrillera, parecen estar ligadas con el crimen organizado. En México, la sospecha de que los dos magnicidios de 1994 hayan sido obra del narcotráfico no ha desaparecido hasta ahora. También la asociación entre guerrilla y crimen organizado, aunque todavía no confirmada, continúa siendo una posibilidad latente. ¿Quién provee de recursos a las guerrillas de Chiapas, Guerrero y Oaxaca? ¿Reciben apoyo de los cárteles de la droga, como sucede en Colombia, o de oligarquías locales enfrentadas con el gobierno federal?

De la misma manera, algunos eventos de inestabilidad gubernamental parecen ser el resultado de acciones del crimen organizado. La renuncia del secretario de Gobernación en 1998, por ejemplo, fue precipitada por una masacre de indígenas en Chiapas ejecutada por grupos paramilitares. En otros casos de inestabilidad gubernamental, las renuncias (o remociones) de algunos gobernadores se debieron en gran medida a que organizaciones ciudadanas denunciaron su presunta complicidad con algunos giros del crimen organizado —especialmente con el narcotráfico—. Por otra parte, el incremento de la inseguridad pública o del crimen predatorio también parece haber contribuido a la volatilidad que presentan varios puestos públicos de la alta burocracia. En fin, inestabilidad y crimen son dos grupos de factores elusivos entre los que las flechas causales pueden apuntar en diversas y sorpresivas direcciones, lo que podría complicar a su vez el análisis que estos factores guardan con la democracia. Impedido para analizar por ahora tales complicaciones, quien escribe considera tentativamente a la inestabilidad y al crimen como dos grupos de fenómenos relativamente independientes uno del otro para sólo concentrarse en la relación que cada uno de ellos puede tener con la democracia.

Por último, conviene definir mínimamente democracia, concepto centra] en este ensayo. Entiendo por democracia un sistema político en el que los ciudadanos seleccionan candidatos a cargos públicos por medio de elecciones competitivas y justas (i.e. los candidatos compiten en condiciones de igualdad). De gran relevancia para los argumentos que presento en las siguientes páginas es concebir también a la democracia como un régimen donde los derechos civiles y las libertades individuales tienen vigencia efectiva. Además, tal forma de gobierno requiere para su conservación y perfeccionamiento de un gobierno eficaz y responsable, de una sociedad civil vigorosa y de una economía sana, capaz de crecer sostenidamente.

Inestabilidad y democracia

Al margen de sus consecuencias, tres de las cuatro expresiones de inestabilidad bajo análisis—la guerrilla, el magnicidio y el continuo relevo de quienes ocupan altos puestos de elección popular— constituyen en sí mismos actos profundamente antidemocráticos. Un magnicidio, por ejemplo, priva a un grupo de ciudadanos de su derecho a ser representados por la autoridad que eligieron.9 Igualmente, la remoción arbitraria de un gobernador estatal o de un presidente municipal les arrebata este mismo derecho a los electores, aunque en este caso no medie la violencia física.10 Finalmente, las guerrillas abanderan la violencia como el método supremo para resolver conflictos y alcanzar fines colectivos, lo cual se opone frontalmente a los principios de civilidad democrática, la cual aboga por el voto, la negociación (aquella que implica concesiones mutuas) y el respeto a la ley como vías pacíficas para resolver disputas y alcanzar el bien común.” Pero además de ser intrínsecamente antidemocrática, la inestabilidad a la que nos hemos referido es indeseable en términos instrumentales. ¿Cómo perjudica la inestabilidad a la democracia? En las siguientes páginas examino brevemente tales consecuencias bajo el siguiente método de exposición: primero señalo condensadamente —en un párrafo— un conjunto de efectos y después mencionó brevemente algunos de los mecanismos con que tales efectos operan. Dado que las consecuencias que menciono son numerosas, los comentarios que las acompañan están lejos de ser exhaustivos. Este mismo esquema de exposición lo utilizo también en la siguiente sección, la dedicada a examinar los efectos del crimen en la democracia.

En primer lugar, la inestabilidad (sociopolítica y gubernamental) entorpece, e incluso puede llegar a paralizar temporalmente, la acción del gobierno lo cual deteriora el ejercicio efectivo de las libertades individuales y los derechos políticos de la ciudadanía, además de disminuir la eficacia de la gestión pública. Cuando eventos desestabilizadores como la guerrilla aten- tan contra la vida de los ciudadanos la inestabilidad se convierte en una precondición para la suspensión indefinida de la democracia. Asimismo, dado que las coyunturas de inestabilidad política son también de debilidad gubernamental, cuando la inestabilidad aparece los feudos regionales y locales—grupos de interés que actúan al margen de las instituciones democráticas— amplían sus márgenes de maniobra. Finalmente, debe señalarse el nocivo influjo que tiene en la conformación de una cultura democrática la aparición de ídolos guerrilleros.

La inestabilidad política nunca ha sido un buen augurio para México. En el siglo XIX dio a los extranjeros una buena justificación para desmembrar el país.12 Su pronta supresión fue el propósito de conservadores y liberales para traer dictadores extranjeros o convertirse, ellos mismos, en dictadores. Hoy, las condiciones políticas del país son diferentes a las que prevalecieron durante la mayor parte del siglo pasado y nuestras recientes olas de inestabilidad no han puesto en riesgo nuestra soberanía política ni la integridad física de la nación. Sin embargo, la inestabilidad política que hemos experimentado en la última década podría revertir varios avances democráticos que nuestro régimen y nuestra cultura política han registrado en los últimos años.

Para empezar debe decirse llanamente que la vigencia de los derechos y libertades que conforman el basamento de cualquier democracia moderna depende, en primera instancia, de un gobierno estable que posea defacto la autoridad política y la capacidad administrativa para hacerlos valer. Tales derechos y libertades son una mera ilusión si el gobierno sufre constantemente dislocaciones por la rotación frecuente de sus cuadros dirigentes, y si permanece asediado además por la guerrilla y el magnicidio. Por lo que toca al primer punto, es decir, a los efectos de la inestabilidad gubernamental, en México la Secretaría de Gobernación y la Procuraduría General de la República, agencias centrales para la vigilancia y protección de tales libertades y derechos, han atravesado recientemente por un periodo de recambio continuo en sus cúpulas dirigentes. Esta inestabilidad ha dificultado que los mandos políticos de ambas organizaciones (el secretario y el procurador) vigilen y controlen eficazmente la formulación e implementación de las políticas públicas por parte de los mandos burocráticos; control que es de suma relevancia porque a menudo las autoridades designadas por el presidente y los cuerpos burocráticos poseen intereses divergentes.

Las frecuentes renuncias de un secretario de Gobernación o de un procurador general pueden agudizar tales divergencias al aumentar la autonomía con que los mandos burocráticos organizan sus unidades, lo que puede llevar a que ambas organizaciones se conviertan en rehenes de intereses particulares.13 Específicamente, la relación jerárquica entre, por una parte, un nuevo secretario o un nuevo procurador general y, por la otra, los altos mandos burocráticos de larga permanencia en sus organizaciones es débil porque estos últimos poseen información crucial para el adecuado funcionamiento de la organización, ventaja que un secretario o un procurador general sólo puede contrarrestar si logra tener también suficiente permanencia en su puesto.14 Por tanto, si la estancia de un conjunto de secretarios o de procuradores generales es corta en promedio, la ventaja de carácter informativo que, frente a ellos, poseen los cuerpos burocráticos es tan amplia que estos últimos pueden incluso llegar a darse el lujo de bloquear iniciativas de reforma propuestas por quienes son formalmente las autoridades más poderosas de la organización. Naturalmente, este mismo fenómeno puede tener también lugar cuando la inestabilidad aparece en las jefaturas de los ejecutivos estatales, como ha sido también el caso de México en los últimos años.

En el caso de la inestabilidad sociopolítica, la guerrilla puede erigirse en un obstáculo infranqueable que impida la celebración de elecciones en los territorios bajo su influencia. En Colombia, la guerrilla no sólo ha atentado violentamente contra la organización de las elecciones por parte del gobierno y los partidos; también se ha dedicado a intimidar a la población para que ni siquiera asista a votar a las casillas. Casos similares de violencia e intimidación también han tenido lugar en México durante los últimos años, particularmente en Chiapas durante las elecciones celebradas en 1997.

Pero quizá la guerrilla daña aún más poderosamente a la democracia cuando desprestigia al gobierno frente a la opinión pública. Un gobierno que goza de escasa credibilidad pública no es capaz de incitar la cooperación entre las partes en conflicto y de obligarlas a encontrar la solución a sus problemas a través de las instituciones que la democracia contempla. Un gobierno incapaz de aplicar la ley uniformemente a lo largo del territorio nacional, un gobierno que cohabita indefinidamente con otras organizaciones armadas que violan sistemáticamente el Estado de derecho, es un gobierno que invita veladamente a que otros grupos disidentes se radicalicen y actúen ilegalmente. Así, pues, la guerrilla ha revivido en México la vía revolucionaria para el cambio político.15 Y cuando la vía revolucionaria empieza a atentar contra vidas humanas, ella se convierte en una precondición para la interrupción indefinida de los regímenes democráticos.16 Por otra parte, un contexto político inestable es un marco propicio para que fuerzas políticas que actúan al margen de los mecanismos democráticos, especialmente los cacicazgos, multipliquen su fuerza mediante la expansión de sus redes clientelares y el afianzamiento de su autonomía.17 Estos poderes, llamados apropiadamente “feudos”, contribuyen a mantener el orden público en algunos estados de la República pero son, al mismo tiempo, obstáculos para la consolidación democrática.18 El riesgo consiste en que los feudos acumulen el poder suficiente para inmovilizar a las autoridades elegidas democráticamente, convertirlas en rehenes de intereses particulares o en simples árbitros de conflictos interfeudales.19 El reto consiste en debilitar estas redes de oligarquías regionales y locales sin generar violencia.20

Por último, cabe destacar el impacto pernicioso que tiene en el establecimiento de una cultura democrática la conversión de cabecillas guerrilleros en ídolos populares. Entonces algunos segmentos de la ciudadanía —especialmente aquellos compuestos por jóvenes— pretenden emular personajes de actitudes radicales, adictos a las armas, devotos de valores absolutos, reacios por tanto a la negociación, y despreciativos de la norma democrática y la virtud cívica. En realidad, el éxito de las guerrillas depende precisamente de que esta conversión tenga lugar, para lo cual despliegan usualmente ambiciosas campañas propagandísticas. Una vez que las guerrillas poseen una imagen favorable entre algunos sectores de la opinión pública nacional e internacional, adquieren una gran capacidad de preservación. Conviene señalar que, aunque las guerrillas no desplieguen por lapsos prolongados actividades belicosas, su persistencia pasiva continúa siendo un lastre para una cultura política en vías de modernización.

En segundo lugar, la inestabilidad sociopolíliea afecta negativamente el crecimiento de la economía, lo cual perjudica la consolidación de un orden democrático y aumenta los riesgos de una regresión autoritaria.

No deja de ser revelador que un reconocido historiador haya estimado que la mayor parte de la diferencia entre la productividad económica de México y la de Estados Unidos en el siglo XIX pueda atribuírsele a la inestabilidad política de México.21 Los efectos negativos de la inestabilidad política (tanto gubernamental como sociopolítica) sobre el comportamiento económico han sido confirmados por varios estudios recientes de economistas connotados. Según estos análisis la inestabilidad reduce la inversión, el ahorro y, en general, la competividad de la economía lo cual desacelera el crecimiento22 y, con ello, termina por debilitar las instituciones democráticas.23 En el caso de los inversionistas, por ejemplo, la inestabilidad infunde un temor doble: primero, que el desorden político afecte directamente la productividad de las empresas y, con ello, la tasa de retorno de las inversiones y, segundo, que los eventos desestabilizadores terminen por generar situaciones en que los derechos de propiedad sean agredidos sistemáticamente. Hay un último efecto de la inestabilidad sociopolítica de trascendencia económica que vale la pena mencionar pues también puede erigirse en barrera que impida lograr avances en la modernización política: en los países más inestables el aparato impositivo es también más débil e ineficiente, por lo que en ellos es común la práctica del señoreaje para financiar el gasto público.24

Crimen y democracia

Conviene mencionar de entrada que al igual que la inestabilidad sociopolítica el crimen también daña la economía al inhibir la inversión.25 Asimismo el crimen organizado comparte con las guerrillas la capacidad de producir ídolos populares que ensalzan la violencia y enaltecen las actitudes maximalistas. Los mecanismos con que operan ambos efectos son similares a los descritos en la sección anterior, donde trato efectos análogos. Con el afán de no ser reiterativo, en esta sección me concentro tan sólo en algunos efectos peculiares del crimen sobre la democracia.

En primer lugar, uno de los efectos más perversos de la inseguridad pública es que erosiona el capital social, componente fundamental para contar con una vigorosa sociedad civil que imprima eficacia a la democracia.

Desde 1990 el crimen predatorio en la Ciudad de México ha presentado tasas muy altas de crecimiento.26 Este aumento de la inseguridad pública en la capital y otras ciudades del país27 puede tener implicaciones siniestras respecto a la especie de democracia que está empezando a forjarse en el país. Una de estas implicaciones sería el desplome repentino de nuestros de por sí bajos niveles de asociacionismo cívico o de capital social. El capital social se refiere a un conjunto de elementos que estimulan la cooperación espontánea entre los individuos, como la confianza y la reciprocidad, para realizar propósitos comunes. Estos elementos son fundamentales para que en una comunidad se generen amplias redes de asociaciones voluntarias, con el consecuente aumento en la capacidad de la sociedad para autoorganizarse, desplegar acciones coordinadas y transmitir sus demandas al gobierno.28 “Sin el hábito de la asociación”, advertía una y otra vez Alexis de Tocqueville a mediados del siglo pasado, “los miembros de una sociedad democrática son impotentes”.

El crimen predatorio en las calles (homicidios, asaltos, secuestros, violaciones y golpizas, entre otros) erosiona la moral pública, al sembrar desconfianza y temor entre los miembros de la comunidad. De aquí que la inseguridad pública fragmente y atomice las comunidades humanas, recluya a las familias en sus hogares y corroa los lazos de unión entre las personas. Los ciudadanos desertan de las reuniones públicas, los centros recreativos y deportivos cierran sus puertas o permanecen despoblados, las juntas de vecinos y las cooperativas se disuelven. Para protegerse los ciudadanos adoptan cierto tipo de conductas dirigidas a mantener una “distancia segura” frente a los demás, lo que se erige en un impedimento insuperable para la sociabilidad. De esta forma, la habilidad de los miembros de una comunidad para asociarse y actuar juntos en favor de intereses comunes decrece. De aquí que la inseguridad pública sea veneno para las democracias en ciernes. Tengámoslo por seguro: la modernización política no fructificará si en lugar de una sociedad civil dinámica contamos con una masa amorfa de ciudadanos temerosos y desconfiados,29 inhábiles para expresar sus preferencias o demandas adecuadamente. Y si la disolución del capital social toma apenas unos pocos años, su generación y acumulación parecen tardar siglos.

En segundo lugar, el crimen organizado ha logrado introducirse en áreas estratégicas del gobierno, lo cual lesiona el Estado de derecho y mina la eficacia de la gestión pública. Otro peligro mayor que representa el crimen organizado para la democracia es que se afiance como el gran donador de recursos a partidos y candidatos para la organización de campañas.

Cuando los grupos de delincuentes no sólo se abocan a cometer un crimen sino que empiezan a vigilar su territorio contra la invasión de otros delincuentes, y logran que los delincuentes que les estorban se alien con ellos y compartan el botín, entonces debemos hablar de crimen organizado.30 En términos más técnicos, el crimen organizado equivale, entonces, a un mercado monopólico y colusivo en el que la mercancía es ilegal.” En México, la mayor parte del crimen organizado se dedica al trafico de narcóticos. Aquí los delincuentes se organizan en “cárteles” que son asociaciones altamente disciplinadas en las que la integridad de la organización tiene preeminencia sobre los intereses de los individuos que las componen —de ahí su gran persistencia.

En México, durante la última década, los carteles de la droga han logrado, en primer lugar, corromper e intimidar a las autoridades públicas situadas en los lugares más prominentes del aparato de procuración de justicia.32 Incluso el ejército, que hasta hace unos pocos años era considerado una de las pocas organizaciones inmunes al poder de los narcotraficantes, ha tenido que sancionar recientemente a oficiales de alto rango por encontrárseles complicidad con ellos. De ahí que hoy sea común escuchar que en México el crimen organizado es promovido desde el gobierno.33 El desafío del narcotráfico es de tan enorme magnitud, y los recursos para enfrentársele con que cuentan el gobierno y la sociedad mexicanas tan nimios, que la Procuraduría General de la República “se ha convertido esencialmente en una agencia de lucha contra el narcotráfico”.34

La lucha contra el tráfico de estupefacientes no sólo ha degradado nuestro aparato de impartición de justicia sino que lo ha distraído, por así decirlo, de sus otras múltiples tareas, lo que ha dado lugar a la aparición de nuevos problemas. Y lo anterior ha sucedido sin que se hayan logrado avances significativos en el abatimiento del mercado ilegal de drogas. Ante la desigualdad financiera y organizativa de los aparatos de seguridad e impartición de justicia, lo máximo que logran las autoridades que rehusan aliarse con los narcotraficantes es establecer pactos de no agresión —práctica común en los estados donde operan las organizaciones más poderosas—. En otros casos se forman sólidas alianzas entre autoridades y criminales gracias a lo cual el tráfico de estupefacientes registra tasas de crecimiento sin precedente.

Por último, el poder financiero del narcotráfico lo convierte en una amenaza no sólo para la estabilidad democrática sino para el correcto funcionamiento de las propias instituciones democráticas. El narcotráfico puede financiar tanto guerrillas como partidos políticos. Y en un momento en que los costos de las campañas aumentan y las fuentes tradicionales de financiamiento están cada vez más vigiladas y controladas, la recurrencia a dineros provenientes del crimen organizado se ha convertido en una tentación poderosa para los partidos políticos. El riesgo de tal situación es obvio: las bandas criminales podrían evitar con su poder financiero resultados políticos que sean altamente adversos para sus intereses. Esto significaría, de acuerdo con Adam Przeworski. recuperar un rasgo esencial de los regímenes autoritarios, pues “alguien” podría alterar el curso de la competencia electoral a su favor.

En tercer lugar, súbitos e intensos ataques por parte del Estado a las diversas formas de crimen organizado pueden dañar a la democracia tanto como el crimen organizado mismo.

No puede dejarse de lado la gran amenaza que representan para la democracia las respuestas autoritarias o violentas de los gobiernos al crimen. Decretos anticrimen como los de Rusia en 1994. que suspendieron algunos derechos civiles y garantías de propiedad, podrían aparecer en México y hacer retroceder a la democracia. No debemos olvidar que, recientemente, un paquete de reformas en seguridad pública enviado al Congreso por el Ejecutivo proponía ampliar excesivamente la discrecionalidad de los jueces y el ministerio público para consignar y procesar a presuntos delincuentes, lo que podría propiciar violaciones a los derechos humanos. Afortunadamente el Senado modificó la iniciativa y limitó las facultades de los jueces y el ministerio público para detener a presuntos delincuentes (en caso de que la simple sospecha fuera el único elemento que mediara para solicitar una orden de aprehensión) o juzgarlos en ausencia.

Los desafíos del nuevo régimen

Para empezar, quiero destacar dos fenómenos que pueden tomar gran fuerza cuando la inestabilidad política y el crimen aparecen juntos por un periodo prolongado en un contexto de consolidación democrática. El primer fenómeno se refiere al profundo desprestigio que sufre la democracia cuando las promesas de contar con una mayor seguridad15 no se cumplen y en su lugar aparecen juntas la inestabilidad y el crimen a gran escala. Esto ha sucedido en Rusia, donde la palabra democracia (demokratiya) ha sido sustituida por otra (bespredel) que designa una situación “sin límites”

—lo cual indica la sensación que tienen los rusos de vivir en una zona de caos—,36 En México, de continuar arremetiendo el crimen como hasta ahora, empezará a afianzarse la convicción popular de que los cambios políticos y económicos de los últimos años han beneficiado únicamente a los criminales.

El segundo fenómeno se refiere a un acontecimiento político al que la frustración con la democracia puede dar lugar. La incertidumbre y el descontento son terreno fértil para el populismo radical. En México no puede descartarse una reversión autoritaria, a partir de la aparición de uno o varios demagogos con talento que aprovechen el malestar social para movilizar apoyo a sus causas. En Rusia Vladimir Zhirinovsky es el ejemplo clásico del demagogo plebiscitario que explota la irritación de varios sectores de la población. En su mensaje acusaba al liberalismo de tendencias anárquicas y prometía revivir viejas leyes, entre ellas la corte marcial y la ejecución inmediata de delincuentes en los lugares donde cometieran el crimen. Aunque por ahora no hay personajes en México que quieran imitar a Zhirinovsky, la situación social apunta a su aparición como una posibilidad latente.

En los siguientes años, el país se dispone a probar la eficacia de un nuevo sistema político caracterizado por el multipartidismo, la división de poderes y un federalismo incipiente. Según el presidente de la República, uno de los principales desafíos del nuevo régimen será “evolucionar a un sistema que logre tener la misma estabilidad que hemos gozado durante sesenta años, en el que esta estabilidad se base en una competencia cabalmente democrática entre varios partidos”.37 Así pues, los partidos políticos están destinados a desempeñar un papel clave para que el nuevo sistema político sea capaz de fortalecer la estabilidad política y debilitar el crimen. Ya ha sido señalado que en situaciones de inestabilidad sociopolítica cobra gran relevancia la actuación de los partidos: si los partidos se involucran en el uso de la violencia, la democracia pierde; pero si los partidos se unen en un frente común que rechace la violencia, la democracia gana.38 Los partidos tienen gran influencia en las acciones de nuestros líderes políticos; ellos pueden contribuir decisivamente a que nuestras autoridades públicas tomen decisiones que nos conduzcan a la nueva estabilidad democrática y al reestablecimiento del orden público. Igualmente, los partidos pueden contribuir a que los temas que demandan mayor atención de las autoridades, como el aumento de la inestabilidad y el crimen, ocupen el lugar central que les corresponde en las agendas de sus candidatos entre quienes serán elegidos nuestros futuros gobernantes. n

Eduardo Guerrero Gutiérrez. Estudió la licenciatura en administración pública en El Colegio de México y la maestría en filosofía política en la Universidad de Delaware. Actualmente cursa el doctorado en ciencia política en la Universidad de Chicago donde realiza una investigación sobre inestabilidad gubernamental en América Latina. El autor agradece las valiosas observaciones que Eunice Hernández Ochoa hizo al escrito y la orientación que le brindó Francisco Abundis Luna sobre tendencias actuales de la opinión pública en México.

1 Que estos son tiempos de profundo malestar entre los mexicanos es una proposición difícil de refutar. Los resultados de una encuesta reciente revelan, entre otras cosas, que la gran mayoría de los mexicanos (85%) considera mala la situación económica del país. Además, en esta misma encuesta, que incluyó 22 países (The Economist, “Angus Reid / Economist Poll”, 2-8 de enero de 1999), México figura en primer lugar como el país más pesimista respecto al futuro de su economía. Otra encuesta nacional realizada en septiembre de 1998 bajo los auspicios de Banamex-Accival reveló que aproximadamente el 87% de los encuestados considera que “la situación social del país marcha en la dirección incorrecta”, el 68% consideró además que “en el aspecto democrático las cosas marchan en la dirección incorrecta” y, finalmente, un 40% consideró que durante lo que queda del sexenio la situación política del país “empeorará”, frente a un 48% que estima que la situación política “mejorará” (véase Este País 94. enero de 1999). Asimismo, según un estudio reciente del Instituto de Investigación Económica y Social Lucas Alamán, el notable crecimiento de la tasa anual de emigración mexicana a Estados Unidos —que en 1998 fue de 72 emigrados por cada 1,000 habitantes— es “una señal inequívoca del malestar general de la sociedad”. Véase la nota “Es índice de malestar, aseguran”, en Reforma. 20 de octubre de 1998.

2 Vale la pena ilustrar la inestabilidad gubernamental con algunas cifras.

En la última década (desde enero de 1989 hasta enero de 1999), México ha tenido seis secretarios de Gobernación y siete procuradores generales de la República, ambas organizaciones centrales para el diseño e implementación de la estrategia de conducción política nacional. En contraste, esa misma cantidad de secretarios de Gobernación y procuradores generales la tuvo México en los treinta años anteriores—desde diciembre de 1958 hasta diciembre de 1988—. Por lo que atañe al relevo de gobernadores cabe señalar que en los últimos diez años veinte gobernadores han abandonado sus cargos antes de que concluya el periodo que les indica la ley. Este número de relevos es aproximadamente el mismo que encontramos en el periodo de 36 años que corre desde diciembre de 1952 hasta noviembre de 1988, cuando veintidós gobernadores no concluyeron su periodo formal. La reciente inestabilidad en las gubernaturas sólo es comparable con la que tuvo lugar en el gobierno de Cárdenas, en un contexto de enfrentamiento de este presidente con Plutarco Elias Calles. Los datos sobre el número de relevos en la Secretaria de Gobernación y en la Procuraduría General de la República están tomados de Armando Ruiz Massieu: El Gabinete de México. Océano, México, 1996. Los datos sobre relevos de gobernadores en el periodo 1989-93 están tomados de Rogelio Hernández Rodríguez: “Inestabilidad política y presidencialismo en México”, en Mexican Studies  / Estudios Mexicanos 10 / I. invierno de 1994. pp. 204-6.

3 Véase Sidney Tarrow: Democracy and Disorder: Protest and Politics in Italy, 1965-75. Clarendon Press, Oxford, 1989, pp. 347-8. Los eventos desestabilizadores a los que Tarrow se refiere son las olas de protesta en espacios públicos, eventos que no están incluidos en el concepto de inestabilidad utilizado en este artículo

4 Debo agregar que aunque este proceso de protestas y movilizaciones (postelectorales frecuentemente) nunca derivó en violencia política generalizada, se registraron varios asesinatos de líderes sociales y activistas políticos afiliados a partidos de oposición (en particular al Partido de la Revolución Democrática) que aún no han sido esclarecidos. La naturaleza política de varios de estos asesinatos fue confirmada por la Comisión Nacional de Derechos Humanos en su reporte de enero de 1994. la cual expidió 67 recomendaciones en las que se involucró a autoridades gubernamentales. Véase Andrew Reding: Democracy and Human Rights in Mexico. World Policy Institute, Washington, 1995 (working papers). Apunto, para terminar, que el 4 de marzo pasado fue asesinado uno de los principales operadores políticos del candidato de la coalición PRD-PT-PRT a la gubernatura de Guerrero. El asesinato ocurrió en un contexto de protesta postelectoral.

5 Quien ha formulado esta interpretación con maestría es Adam Przeworski: “Some Problems in the Study of the Transition to Democracy”, en Transitions from Authoritarian Rule: Comparative Perspectives, editado por Guillermo O’Donnell, Philippe C. Schmitter, y Laurence Whitehead. The Johns Hopkins University Press, Baltimore. 1986, pp. 47-63.

6 Véanse. respectivamente, Albert Hirschman: “La democracia en América Latina”, en Vuelta 116, julio de 1986. pp. 28-30: Adam Przeworski: “Some Problems. .”, pp. 58-9: y Peter H. Smith: “Mexico”, en Robert Chase et al. eds.: Pivotal States: A New Framework for U.S.

Policy in the Developing World. W.W. Norton & Company. New York. 1999, p. 242.

7 Juan J. Linz y Alfred Stepan: Problems of Democratic Transition and Consolidation: Southern Europe. South America, and Post-Communist Europe. The Johns Hopkins University Press, Baltimore, p. 5.

8 Soledad Loaeza: “Liberalización política e incertidumbre en México”, en María Lorena Cook et al. (eds.): Las dimensiones políticas de la reestructuración económica. Cal y Arena. México, 1996.

9 Para M. Delal Baer. la probabilidad de que ocurran magnicidios en los próximos meses ha aumentado. Sus opiniones sobre los propósitos que podrían perseguir algunos grupos políticos con futuros magnicidios se encuentran en su reciente artículo “Mexico’s Coming Backlash”, en Foreign Affairs 78/4, julio-agosto de 1999.

l0 Soledad Loaeza menciona acertadamente que en 1991 -2 la Presidencia de la República se erigió en árbitro supremo de la competencia electoral en Guanajuato, San Luis Potosí y Michoacán, “por lo que canceló el poder del voto”. Ibid., pp. 182-3. Las itálicas son mías.

11 Sobre lo que implica la “civilidad” como principio de una moral

pública véanse mis ensayos “Democracia y la nueva trinidad: libertad igualdad y civilidad”, en José Antonio Aguilar. et al.: Los valores de la democracia. Instituto Federal Electoral. México, 1997, y “Educación para la ciudadanía o la creación de la democracia; lectura de John Stuart Mili”, en Foro Internacional (revista trimestral publicada por El Colegio de Méxicol 34/3, julio-septiembre 1994, pp. 457-506. Para la revisión de un caso en que la sociedad civil se comporta de manera autoritaria véase mi artículo “Sociedad civil: ¿rival de la democracia? Polonia entre 1989 y 1995″, en Política y Gobierno (revista semestral publicada por el Centro de Investigación y Docencia Económicas) 5/2, segundo semestre de 1998. pp. 381-422.

12 Donald F. Stevens: Origins oflnstability in Early Republican México. Duke University Press. Durham. 1991. p. 107.

13 Véase, por ejemplo, el estudio de Ezra N. Suleiman sobre el caso francés en Politics, Power, and Bureucracy in France. Princeton University Press. Princeton. 1974, capítulo 7.

l4 Véase el atractivo artículo de John D. Huber: “How Does Cabinet Instability Affect Political Performance? Portfolio Volatility and Health Care Cost Containment in Parliamentary Democracies”, en American Political Science Review 92/3, septiembre de 1998. pp. 577-91.

15 José Antonio Aguilar: “La rebelión de los 1,800 días”, en Nexos 253, enero de 1999, p. 50.

16 G. Bingham Powell: Contemporary Democracies: Participation, Slability and Viólem e. Harvard University Press, Cambridge. 1982. pp. 168-9.

17 Como bien ha observado José Antonio Aguilar, “los cacicazgos locales no han sido tocados por la liberalización política”. Véase su ensayo “Las razones de la tormenta: Violencia y cambio político en México”, en Nexos, abril de 1996. p. 65.

18 Véase Manuel Camacho: “El poder: Estado o feudos políticos”, en Foro internacional (revista trimestral publicada por El Colegio de México) 14/3, enero de 1974, p. 341.

19 Ibid.

20 Santiago Portilla: “La estabilidad amenazada: institucionalidad y violencia en México”, en De Chiapas a Colosio. Rayuela Editores, México, 1994. p. 204.

21 Véase el artículo de John Coatsworth: “Obstacles to Economic Growth in Nineteenth-Century Mexico”, en American Historical Review 83, 1978, pp. 80-100.

22 Por lo que respecta a la inversión véanse Alberto Alesina. Sule Özler. Nouriel Roubini, y Phillip Swagel: Political Instability and Economic Growth. National Bureau of Economic Research, Cambridge, 1992. (working paper, 4173); Alberto Alesina y Roberto Perotti: Income Distribution. Political Instability, and Investment. National Bureau of Economic Research. Cambridge, 1993 (working paper, 4486); y Robert Barro: “Economic Growth in a Cross Section of Countries”, en Quarterly Journal of Economics 106/2, mayo 1991. pp. 407-33. Por lo que atañe al ahorro véase Yiannis P. Venieris y Dipak K. Gupta: “Income Distribution and Sociopolitical Instability as Determinants of Savings: A Cross-Sectional Model”, en The Journal of Political Economy 94/4. agosto de 1986. pp. 873-83. Por su parte. Dharam Ghai menciona la relevancia de la estabilidad política para la competitividad económica en “Globalization and Competitiveness: Implications for Human Security and Development Thinking”, en Louis Emmerij. ed.: Economic and Social Development into the XXI Century. Inter-American Development Bank y The Johns Hopkins University Press. Washington. 1997, p. 171.

23 Recientemente Adam Przeworski y Fernando Limongi. en su artículo “Modernization. Theories and Facts”, en Worhl Politics 49/2, enero de 1997, pp. 155-83. han confirmado con datos de 135 países que la democracia, una vez que ha sido establecida, tendrá más probabilidades de sobrevivir en la medida que su economía sea más próspera. Al respecto véase también el interesante estudio de Robert Barro: Determinatus of Economic Growth: A Cross Country Empirical Study. MIT Press. Cambridge, 1997. pp. 60-61.

24 EI término “señoreaje” designa aquel ingreso del gobierno que proviene de la mera impresión de billetes, en lugar de la cobranza de impuestos —por sus efectos inflacionarios también se dice que este ingreso ha sido obtenido a través de un “impuesto inflacionario”—. Véase, sobre este punto, el artículo de Alex Cukierman, Sebastian Edwards, y Guido Tabellini: “Seignorage and Political Instability”, en The American Economic Review 82/3, junio de 1992, pp. 537-55.

25 El secretario de Comercio y Fomento Industrial reconoció que la proliferación de secuestros y la inseguridad pública en México han afectado la inversión extranjera. Véase la nota “Admiten que plagios afectan la inversión”, en el diario Reforma. 20 de febrero de 1999.

26 No me voy a detener en cifras, pero el lector interesado puede consultar las recientes aportaciones de Rafael Ruiz Harrell: Criminalidad y mal gobierno. Sansores y Aljure Editores, México, 1998; y del Instituto Mexicano de Estudios de la Criminalidad Organizada, A.C.: Todo lo que debería saber sobre el crimen organizado en México. Océano, México, 1998, que analizan algunos aspectos de la inseguridad pública y la criminalidad de cuello blanco respectivamente. Otra discusión, menos reciente, sobre ambos temas es la de Samuel González Ruiz, et al.: Seguridad pública en México. UNAM, México, 1994. Para tratamientos magistrales sobre varios aspectos teóricos del tema consúltese a James Q. Wilson: Thinking about Crime. Vintage Books, New York, 1985; Robert J. Sampson y John H. Laub: Crime in the Making. Harvard University Press; y James Q. Wilson y Joan Petersilia, eds.: Crime. Institute for Contemporary Studies, San Francisco, 1995.

27 Algunas ciudades son Guadalajara. Tijuana, Cd. Juárez, Culiacán y Matamoros, donde la inseguridad pública camina de la mano con el crimen organizado. Recientemente, el Foro Económico Mundial calificó a México como una de las naciones más afectadas por la inseguridad pública y el crimen organizado entre el grupo de las 59 economías más grandes del mundo. Véase la nota en el diario Reforma, “Califican entre lo peor a México en seguridad”, 14 de julio de 1999.

28 El concepto de “capital social” es de circulación relativamente reciente en las ciencias sociales. James S. Coleman fue quien le dio a la categoría su sentido actual en su Foundations of Social Theory. Harvard University Press. Cambridge, 1990, pp. 300-21. Posteriormente Robert D. Putnam y Francis Fukuyama han utilizado fructíferamente esta categoría en los estudios Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy. Princeton University Press, Princeton. 1993 (escrito por Putnam); Trust: The Social Virtues and the Creation of Prosperity. The Free Press, New York, 1995 (escrito por Fukuyama); y The Great Disruption: Human Nature and the Reconstitution of Social Order. The Free Press, New York, 1999 (escrito por Fukuyama). Una crítica inteligente a varios aspectos de la categoría “capital social” puede encontrarse en Charles Boix y Daniel Posner: Making Social Capital Work: A Review of Robert Putnam’s Making Democracy Work. The Weatherland Center for International Affairs, Harvard University Press, Cambridge, june 1996 (working papers, 96-4).

29 Por ejemplo, apenas 2 de cada 10 habitantes del Distrito Federal tienen confianza en las autoridades policiacas. Véase la encuesta realizada por el diario Reforma, 12 de marzo de 1999.

30 Véase, al respecto. Thomas Schelling: Choice and Consequence. Harvard University Press, Cambridge, pp. 182-3.

31 Diego Gambetta: The Sicilian Mafia: The Business of Prívate Protection. Harvard University Press, Cambridge. 1993, p. 227.

32 Dice al respecto María Celia Toro, “para los traficantes resulta más eficiente comprar protección que utilizar la violencia, pero también es cierto que policías, soldados y periodistas [habría que agregar a los jueces también] han sido intimidados y a veces asesinados por narcotraficantes”.Véase su estudio. México’s “War” on Drugs: Causes and Consequences. Lynne Rienner, Boulder. 1995. p. 56.

33 Instituto Mexicano de Estudios de la Criminalidad Organizada, A.C., Op. cit„ p. 16.

34 Ihid.. p. 58.

35 Giuseppe Di Palma: To Craft Democracies: An Essay on Democratic Transitions. University of California Press, Berkeley, 1990. p. 50-1.

36 Véase Stephen Handelman: Comrade Criminal: Russia’s New Mafiya. Yale University Press, New Haven, 1995, p. 3.

37 Véase “Transición política con estabilidad”, en Diego Achard y Manuel Flores: Gobernabilidad: Un reportaje de América Latina. Fondo de Cultura Económica, México. 1997. p. 147.

38 G. Bingham Powell: Contemporary Democracies…. p. 169.

Memorias del Pauperismo

FOLIO DE NEXOS

MEMORIA DEL PAUPERISMO ALEXIS DE TOCQUEVILLE

POR José Antonio Aguilar Rivera

Al regreso de un viaje por la Gran Bretaña, donde otros se asombraron por la prosperidad, Tocqueville registrò la intraquilidad de los ciudadanos por la miseria oculta bajo esa prosperidad . Memoria del pauperismo es resultado de aquel viaje. En el debate sobre la política social para enfrentar los desafíos de la pobreza, este ensayo tiene actualidad y pertinencia. Ofrecemos también dos textos de José Antonio Aguilar Rivera y Rafael Rojas sobre la actualidad del pensamiento de Tocqueville.

Introducción: Crítica de la caridad

La Memoria del pauperismo es uno de los textos menos conocidos de Alexis de Tocqueville. En 1835. después de la publicación del primer volumen de La democracia en América, y poco antes de su segundo viaje a Inglaterra. Tocqueville dictó una conferencia sobre el pauperismo en la Real Sociedad Académica de Cherburgo. En ella criticaba abiertamente a las políticas emprendidas por el gobierno inglés para aliviar la pobreza. En el debate actual sobre las políticas asistenciales que se libra en Estados Unidos la Memoria de Tocqueville tiene una importancia obvia. Los intelectuales neoconservadores han recurrido a ella para fundamentar sus críticas al Estado de bienestar.1 El uso instrumental en este caso es mañoso, porque saca de su contexto histórico el escrito. El propósito implícito de los conservadores es alistar a Tocqueville en sus filas. Muchos de ellos creen que las políticas asistenciales son antitéticas a la tradición liberal que Tocqueville representa.

De cualquier forma, la utilidad práctica de la exéresis en el pensamiento político no siempre es obvia. Los historiadores intelectuales nos preocupamos por establecer la filiación, y el origen de las ideas. Sin embargo, a menudo se supone que la legitimidad de una propuesta depende de la pureza de su linaje ideológico. Y este es un supuesto muy debatible. Como afirma Stephen Holmes, si bien la perpetuación de orientaciones y compromisos tradicionales puede ser una señal de tenacidad heroica, la “fidelidad a las fuentes” también puede ser un síntoma de esclerosis moral.2 Las discusiones sobre políticas públicas no deben convertirse en juicios testamentarios. ¿Cuál es la importancia actual de la Memoria del pauperismo de Alexis de Tocqueville? ¿Se trata solamente de una curiosidad intelectual?

Este texto fue el resultado del primer viaje de Tocqueville a Inglaterra en 1833 y de su lectura del Curso de economía política (1828) de J.B. Say. El fuerte de Tocqueville, hay que decirlo claramente, no era la economía. Sus dotes visionarias no lograron predecir el futuro desarrollo industrial en Estados Unidos ni otros fenómenos económicos que ya eran evidentes en la primera mitad del siglo XIX. Tal vez este escrito no sea el más afortunado del autor de La democracia en América. Sin embargo, aun en un texto problemático y difícil como éste, el genio tocquevilliano está presente. La Memoria está dividida en dos partes. En la primera Tocqueville sigue el análisis de Rousseau sobre el origen de la sociedad moderna. Según él, la pobreza, al igual que la desigualdad, es una de las consecuencias de la civilización. “Entre los pueblos muy civilizados”, afirmaba, “la falta de muchas cosas provoca la pobreza; en el estado salvaje la pobreza consiste sólo en no hallar qué comer”. El progreso de la civilización no sólo expone a los seres humanos a nuevos infortunios, también lleva a la sociedad a intentar satisfacer necesidades y deseos que ni siquiera son imaginados en sociedades menos avanzadas. Puesto que en las naciones ricas las necesidades aumentan de manera exponencial, es inevitable que el pauperismo, la carencia de satisfactores materiales, también crezca aceleradamente.

Mientras más próspera sea una nación, mayor será —proponía Tocqueville— el número de quienes soliciten la caridad pública. Aquí presentamos la segunda parte de la Memoria, donde el autor plantea y argumenta su tesis central.

Tocqueville presenta un alegato contra la caridad pública entendida como un derecho. Critica los efectos en la vida real de las buenas intenciones de los samaritanos. Sus juicios morales son sumarios: la caridad pública produce más males de los que cura, degrada a los pobres, fomenta la holganza y hace el trabajo menos apetecible. Miel sobre hojuelas para los lectores conservadores contemporáneos. El problema de este análisis es que no es del todo representativo de la posición liberal. Hablar de la “posición” liberal, es cierto, siempre es un asunto espinoso, porque bajo un mismo paraguas ideológico se cobija un espectro muy amplio de opiniones. Lo que sí puede decirse, es que en Locke, Montesquieu, Kant y Mill pueden encontrarse referencias a favor de la caridad pública. Si bien estos argumentos son controversiales, no es descabellado pensar que los liberales no se han opuesto sistemáticamente a ciertas políticas redistributivas para aliviar la pobreza.3

Tocqueville era más sociólogo que teórico: no deducía principios generales de proposiciones abstractas. Lo suyo no era la filosofía analítica. Era, por el contrario, un virtuoso de la observación empírica. Era capaz de encontrar los resortes ocultos que vinculaban a los deseos y los hábitos con la conducta de las personas. Podía leer con pasmosa certeza la lógica causal detrás de los fenómenos sociales. Sin embargo, en el caso del pauperismo la imagen que se le presentaba era borrosa. La incertidumbre aparece en las últimas líneas del ensayo: “En este punto mi horizonte se expande por todos lados. Mi objeto de estudio crece. Veo abrirse un sendero que no puedo seguir en este momento”. Si, como concluía, la caridad privada no era adecuada para las naciones industriales y la pública producía efectos perversos, entonces, ¿qué hacer? Y ahí el ensayo termina de manera abrupta. Tocqueville no tenía respuestas a estas interrogantes. Decidió dejar para después la solución al problema. El texto es, como apunta Himmelfarb, un recuento de paradojas. Aunque Tocqueville prometió abordar el tema de las medidas para prevenir la pobreza en un trabajo posterior, nunca lo publicó.4 Ello tal vez es un indicio de lo insatisfecho que se encontraba con sus propias reflexiones. En el manuscrito inédito que debía ser la segunda parte de la Memoria, Tocqueville trataba de hallar la forma para infundirle a los trabajadores el espíritu y los hábitos del trabajo. Todas las opciones que consideró eran insatisfactorias. La redistribución, las cooperativas, los esquemas para incentivar el ahorro, etc. El texto concluía sin resolver el problema. En realidad, el acertijo que representaba el pauperismo industrial dejó a Tocqueville perplejo. De ahí su renuencia a siquiera terminar este segundo texto.

Las complejas dinámicas de la sociedad industrial escaparon a su ojo avizor Por ejemplo, no logró imaginar la capacidad del industrialismo para mejorar las condiciones de los pobres sin recurrir a la caridad, privada o pública, o a medidas improbables, tales como los montes píos. Tampoco previo la magnitud y las consecuencias de la miseria en sociedades no meramente atrasadas, sino subdesarrolladas. La sociedad de masas, el subempleo, la economía informal, entre otros, son fenómenos modernos. Posiblemente Tocqueville ni en sus peores pesadillas imaginara una ciudad perdida. Inglaterra era, en todo caso, el interludio a la miseria en medio de la afluencia. (Dickens publicó en 1838 OliverTwistJ. La de Tocqueville era, finalmente, una mente del siglo XIX. Como buen aristócrata desconfiaba, o era abiertamente hostil, al industrialismo, al capitalismo, al urbanismo y a la tecnología. Existen también otras razones que tal vez pudieron haber contribuido a que Tocqueville decidiera no abundar en el tema del pauperismo. En 1835, poco después de que dictara la conferencia en Cherburgo, se embarcó en un segundo viaje a Inglaterra e Irlanda. Es posible que lo que viera en este último país le hiciera reconsiderar algunos de los juicios expuestos en la Memoria. “Te reto”, le escribió a su prima desde Dublin, “a imaginarte la miseria de la población de este país. Cada día entramos a casas de lodo cubiertas de paja, que no contienen una sola pieza de mobiliario, a excepción de una olla para cocinar papas”:5 El 11 de julio de 1835 Tocqueville se entrevistó con Thomas Kelly, un abogado irlandés. En su diario consignó la siguiente pregunta: “¿Cree que una Ley de Pobres sería una cosa buena para Irlanda?”. “Así lo creo”, le respondió Kelly. “

¿Pero no cree”, insistió Tocqueville, “en que este sería un remedio peligroso?”. “Sí”, respondió su interlocutor, “pero Irlanda se encuentra en una situación tan excepcional que uno no puede aplicar a este caso teorías generales”.6 Tal vez Tocqueville no había considerado todas las situaciones posibles, como lo demostraba el caso irlandés.

A pesar de sus posibles yerros, la Memoria sobre el pauperismo sigue siendo un texto notable. En él Tocqueville observó y explicó los efectos psicológicos de la beneficencia. Detrás de algunas de sus observaciones hay un realismo sobrio, pero devastador. Tocqueville, es necesario repetirlo, apoyaba sus ideas en observaciones. Estaba en desacuerdo con John Stuart Mili, quien dudaba que la pobreza fuera un acicate para trabajar. Para Mili, la pobreza implicaba inseguridad y la inseguridad tenía un efecto psicológico paralizante y debilitador. No era la penuria, sino el crecimiento económico, lo que estimulaba el esfuerzo. ¿Quién tenía razón? La Memoria no deja este asunto claro. Lo cierto es que la caridad no puede ser un sustituto de la justicia. Tocqueville lo reconocía explícitamente: “es necesario hacer lo que sea más útil para el que recibe, no lo que le plazca al dador; hacer lo que mejor sirva al bienestar de la mayoría, no lo que rescate a unos cuantos”. Tocqueville no se oponía a los programas de ayuda a los huérfanos o discapacitados, ni a la asistencia del Estado en casos de emergencia. Criticaba el subsidio a una clase ociosa que medraba de la caridad pública. En un país como México, donde el seguro de desempleo simplemente no existe, son las familias extendidas las que usualmente se encargan de velar por sus miembros en apuros. El principio que opera aquí no es el de la caridad sino el de la solidaridad familiar. La Memoria sobre el pauperismo es un texto actual, controvertido, enjundioso y, por todo ello, indispensable.     n

—José Antonio Aguilar Rivera

1 Por ejemplo, véase la introducción de una prominente crítica conservadora, Gertrude Himmelfarb, a una traducción al inglés de la Memoria. Alexis de Tocqueville: Memoir on Pauperism, traducida por Seymour Drescher y con una introducción de Gertrude Himmelfarb (Ivan R. Dee. Chicago. 1997).

2 Stephen Holmes: Passions and Constraint. On the Theory of Liberal Democracy. University of Chicago Press, Chicago, 1995.

p. 236.

3 Holmes presenta de manera persuasiva este argumento, véase: “Welfare and the Liberal Conscience”, en Ibid. pp. 236-267.

4 El texto, sin embargo, sí fue escrito. En los archivos de Tocqueville se encuentra un ensayo inédito: “Segundo trabajo sobre el pauperismo. 1837″ . El manuscrito de veintiún páginas fue publicado en las Obras completas. Alexis de Tocqueville: “Second mémoire sur le pauperisme”, en Oeuvres complétes, J.P. Mayer, ed. Gallimard, París,1989. XVI. pp. 140-157.

5 Tocqueville citado por Emmet Larkin, “Introduction”, en Emmet Larkin, traductor y editor: Alexis de Tocqueville’s Journey in Ireland. July-August. 1835. The Catholic University

of America, Washington, 1990, p. 7.

6 Dublin. July 11. 1835. Ibid. 34.

Tocqueville: Lecturas mexicanas

TOCQUEVILLE: LECTURAS MEXICANAS

POR RAFAEL ROJAS

Tocqueville fue, pues, lo rara combinación de un profeta y un arqueólogo. En los Estados Unidos, caso extremo de la modernidad política, no buscó (os orígenes, sino (os efectos de la democracia sobre las leyes, los sentimientos y las costumbres. En francia, país revolucionario por antonomasia, no persiguió las huellas del cambio, sino sus insinuaciones en el ancien regime.

Además de Rey Banquero y Rey Ciudadano, Luis Felipe de Orleans fue el Rey Romántico por excelencia de la Europa moderna. Ni Jorge IV ni Federico Guillermo III aplicaron en sus cortes tanto venero exótico como aquel príncipe que cambió el tricornio por un sombrero de copa y el cetro por un paraguas. Bajo aquella “aristocracia financiera” que, al decir de Marx, edificó la monarquía parlamentaria de julio de 1830, fueron escritas las tres grandes versiones del romanticismo francés: la liberal de Victor

Hugo, la conservadora de Chateaubriand y la socialista de Saint-Simon. Todavía un siglo después, algunos personajes de Proust evocaban el reinado de Luis Felipe como el último suspiro de una nobleza que sería el mejor testigo de su propia ruina durante el Segundo Imperio y la Tercera República.

Fueron años de viaje y dinero, de bolsa y laboratorio. Eugène Delacroix viaja a Marruecos en 1832 y de sus apuntes nacen cuadros exóticos como Las mujeres de Argel y Los fanáticos de Tánger que deslumhran al ministro Thiers, obsesionado desde entonces con la colonización del Norte de África. Según Baudelaire, Delacroix viajó a Marruecos en busca de “las características extremas del Oriente”: el desorden primigenio, la ilegalidad, el rito alucinante, la violencia. A un año de instaurada la monarquía de julio, otro viaje producía una de las pinturas más exactas e inquietantes de la modernidad política: el viaje de Alexis de Tocqueville a los Estados Unidos. Si el de Delacroix había sido un viaje al caos del pasado, el de Tocqueville era un viaje al orden del futuro.

No por trillado, ese areté de “Tocqueville el Profeta” —que difundiera J. P. Mayer en los años cuarenta— implica un sentido banal. Hay, por lo menos, una certidumbre providencial en la famosa frase de la introducción a De la démocratie enAmérique: “querer detener la democracia parecerá entonces luchar contra Dios mismo”. Pero hay algo más; si se quiere, algo que podríamos asociar a cierta metodología profética, a cierta ponderación de eso que John Stuart Mili llamó “lo irresistible”. En sus dos grandes obras, La democracia en América y El antiguo régimen y la revolución, Tocqueville construye hipérboles de un estado social que apenas si insinuaba a mediados del siglo XIX. Habla de un avance irreversible de la igualdad de derechos, que amenaza el refinamiento de las costumbres y el ejercicio de la libertad. Habla, también, de un orden revolucionario que consuma una tendencia a la centralización política y administrativa, cuyas raíces brotan del antiguo régimen. Estas dos ideas hacen de Tocqueville la antípoda de Marx: una revolución es más la muerte que el nacimiento de un mundo; la sociedad democrática, a diferencia del comunismo, no es el futuro perfecto.

Tocqueville fue, pues, la rara combinación de un profeta y un arqueólogo. En los Estados Unidos, caso extremo de la modernidad política, no buscó los orígenes, sino los efectos de la democracia sobre las leyes, los sentimientos y las costumbres. En Francia, país revolucionario por antonomasia, no persiguió las huellas del cambio, sino sus insinuaciones en el ancien régime. Estos desplazamientos condicionaron un estilo ambivalente, matizado, y, sobre todo, una mirada recelosa, aunque nunca cínica, hacia el futuro político de Occidente. En una carta a su amigo John Stuart Mili, del verano de 1835, en la que Tocqueville aceptaba colaborar en la London Review, dicha ambivalencia aparecía como una confesión: “sabéis que no exagero el resultado final de la gran Revolución Democrática que se opera en este momento en el mundo; no la veo con el mismo ojo que los israelitas veían la tierra prometida. Pero, en todo caso, la creo útil y necesaria y a ella marcho resueltamente sin duda, sin entusiasmo y, espero, sin debilidad”. En otra carta de ese mismo año, a su confidente Louis-Paul-Florent de Kergorlay, Tocqueville revelaba sus lecturas tutelares: “hay tres hombres con los cuales vivo: Pascal, Montesquieu, Rousseau”. El respeto por la igualdad era herencia de Rousseau; la pasión por la libertad, legado de Montesquieu; y la pesadumbre ante la vulgaridad del orden democrático, una huella de Pascal.

A Sainte Beuve, siempre implacable con sus contemporáneos, le irritaba que Tocqueville fuera percibido como un segundo Montesquieu. En las Cartas Persas, decía, hay “imaginación en el estilo, expresión por imágenes que ahonda sus rasgos y acuña medallas”; en La democracia en América, “un talento grande, juicioso y honesto, dotado de un alma ansiosa y escrupulosa y servida por un estilo sólido, firme, ingenioso, pero de poco brillo”. Curiosamente, es en el segundo volumen de ese libro, el dedicado a los efectos de la democracia sobre la cultura —que interesó menos a Sainte Beuve, Royer-Collard, Mili y otros liberales de la época— donde el estilo de Tocqueville se afina y destila, exhibiendo las delicadas molestias que abruman al verdadero aristócrata en una sociedad democrática. El materialismo, las pulsiones del bienestar, la búsqueda frenética de la satisfacción de cualquier deseo “corrompen las almas, destiemplan secretamente sus resortes morales” y, sobre todo, producen en la ciudadanía un entramado de “turbación, temor, pesar, trepidación, mediocridad, envidia, compasión, domesticidad, aislamiento”. Incapaz de concederle valor alguno al tejido moral de una república. Tocqueville pensaba que las democracias modernas trastornaban las jerarquías espirituales de Occidente.

Si Tocqueville fue un crítico de esa “separación social” que generaba el orden democrático en los Estados Unidos, ¿por qué su obra ejerció una influencia tan limitada en la historia intelectual de América Latina? Al parecer. otros liberales de la Restauración y la monarquía de julio, como Benjamin Constant y François Guizot. tuvieron más admiradores que el autor de El antiguo régimen y la revolución. La laguna se hace más contrastante aún cuando se piensa en la fuerza que ha tenido, en los dos últimos siglos, un discurso latinoamericanista que reprueba la democracia norteamericana por su raíz utilitaria. Ni Rodó, ni Lugones, ni Darío, ni Martí, ni algunos escritores de la generación siguiente, como Alfonso Reyes. Pedro Henríquez Ureña, Ezequiel Martínez Estrada o José Vasconcelos se inspiraron en Tocqueville para fundamentar su rechazo al pragmatismo puritano de los Estados Unidos. Una explicación posible, aunque arbitraria y mañosa, a dicho desencuentro es que, a diferencia de Tocqueville —aristócrata interesado en la democracia—, aquellos intelectuales, de cuna democrática, soñaban con presidir la aristocracia espiritual de la América española.

En México, por ejemplo, Tocqueville fue leído más como un expositor que como un crítico de la democracia norteamericana. Jesús Reyes Heroles y Charles Hale han destacado su impronta en la defensa del régimen centralista, que hiciera el Ministro de Guerra y Marina José María Tornel en el Constituyente de 1842. a partir del argumento de que el federalismo sólo era adecuado para las condiciones excepcionales de los Estados Unidos, en la sutil propuesta de un “sistema federal con nomenclatura central” de Mariano Otero en aquel mismo Congreso; luego, en la adopción del juicio de amparo, en 1847, que algunos liberales justificaron a través de la descripción del sistema judicial norteamericano de Tocqueville y, por último, en el Constituyente de 1856-57, donde el Dictamen de la Comisión constitucional catologaba de “preciosa” la obra de Tocqueville y la fijaba como referencia básica para concebir la Suprema Corte de Justicia como un poder que lubricara los roces inevitables entre las soberanías estatal y federal. Aquellas eran. pues, lecturas del Tocqueville tratadista. que emerge en el primer volumen de La democracia en América, traducido al español, en 1837, por el jurista cubano Antonio Sánchez de Bustamante. y no lecturas del Tocqueville viajero, observador moral y analista de los síntomas que manifestaba la igualdad en los sentimientos y las costumbres.

No es improbable que la primera lectura cabal de ese Tocqueville filósofo, historiador y sociólogo, en México, sea la de Octavio Paz. De la mano de François Furet, Paz se deslumhró con la idea de que la Revolución Francesa podía ser considerada una última vuelta de tuerca a la política centralista emprendida por Richelieu bajo el reinado de Luis XIII y encontró en los juicios de Tocqueville sobre la moral democrática de los Estados Unidos resonancias de su propia percepción ambivalente de la modernidad. Para el autor de El laberinto de la soledad debió ser impactante la lectura de pasajes como éste: “la democracia separa al hombre de sus contemporáneos, lo arroja para siempre en sí mismo, y, al final, lo encierra enteramente en la soledad de su propia alma”. Aunque mostró interés por algunas observaciones puntuales de La democracia en América, como aquella sobre la torpeza infantil de la política exterior norteamericana, Paz vio en Tocqueville un semblante, una mirada, un rasgo que le resultó familiar y que creyó percibir también Chateaubriand. Ortega y Gasset. Henry Adams y Donoso Cortés: “el don profético del pensamiento reaccionario”.

La frontera con Estados Unidos, la experiencia de una revolución, también precedida por un antiguo régimen con elementos centralistas y corporativos, y una dilatada transición a la democracia hacen de México un país propicio para la lectura de Tocqueville. En este último año del siglo XX. dos jóvenes ensayistas así lo confirman: José Antonio Aguilar Rivera con Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville y Jesús Silva Herzog-Márquez con El antiguo régimen y la transición en México. En una suerte de historia-ficción, Aguilar concibe una escapada imaginaria de Alexis de Tocqueville a México, similar a eso que André Jardin llamó el “interludio canadiense”, en la que los testimonios posibles son reconstruidos dentro de un libro apócrifo. Pero ese volumen virtual de La democracia en México resulta una aventura filosófica en sentido opuesto a La democracia en América: el estudio de los efectos, ya no de la igualdad. sino de la desigualdad sobre las costumbres, los sentimientos, las leyes y las instituciones. Así como Aguilar relee La democracia en América en busca de oblicuas alusiones a México, Silva Herzog-Márquez relee El antiguo régimen y la revolución en busca de una clave narrativa que lo ayude a describir el atrabiliario paso de México a la democracia. Al parecer, una vez más. la clave se halla en esa mirada que fascinó a Paz. que capta el flechazo y no el blanco, el transcurso del cambio y no su principio o su fin; una mirada, en suma, donde se perfilan esos “rasgos confusos que forman la fisonomía indecisa” de nuestro tiempo.     n

8 reglas para un mundo global

INDIVIDUOS, EMPRESAS, NACIONES

8 REGLAS PARA UN MUNDO GLOBAL

POR ADRIÁN ACOSTA SILVA

Lester C. Thurow. autor de El futuro del capitalismo, cu aba de public ar un ensayo necesario (“The Atlantic Monthly. junio de 1999) para entender el nuevo mundo que surge de la  globalización. Adrián Acosta Silva lo ha glosado y comentado para los lectores de nexos.

Cómo usar el conocimiento para construir riqueza? ¿Cómo tienen que reorganizarse las sociedades para generar un enriquecimiento con base en el conocimiento del ambiente? ¿Cómo incubar los empresarios necesarios para impulsar cambios y crear riqueza? ¿Qué habilidades son necesarias? Estas son las cuestiones centrales que Lester C. Thurow aborda en su ensayo Building Wealth.

El autor de un texto clásico de la ciencia económica contemporánea (The Zero- Sum Society. 1980), y de Head to Head: The Coming Economic Battle among Japan, Europe, and America (1992), propone ocho reglas para entender el nuevo mundo que emerge en la globalización, reglas que pueden ser vistas como ocho claves de exploración de algunos de los grandes problemas que han emergido en la economía política del capitalismo de fin del siglo.

1. Nadie se vuelve rico ahorrando dinero. Esta regla apunta a las oportunidades de trabajo e inversión que existen en situaciones de gran desequilibrio. Las innovaciones tecnológicas abren enormes oportunidades para el lanzamiento de nuevos productos o nuevos procesos industriales con elevados niveles de productividad.

Si los laboratorios corporativos de investigación y la electricidad fueron los elementos centrales de la segunda revolución industrial de los años noventa del siglo XIX, en nuestros años noventa la productividad —es decir, la capacidad de producir más con menos— y la inversión en tecnología son los motores centrales de la neorrevolución industrial. Invertir —que significa sacrificar consumo— en capital productivo, genera riqueza en el mercado.

2. Algunas veces empresas exitosas tienden a canibalizarse a sí mismas para salvarse a sí mismas.

Las empresas deben tener la disposición para destruir los viejos tiempos aun si son exitosos. Si ellas no se destruyen a sí mismas, otros las destruirán. Desequilibrio significa tanto grandes acuerdos como buenas oportunidades. Solamente seis de las que eran las veinticinco grandes firmas en 1960 continúan en la lista de 1997. La mayoría ha emergido dentro de otras compañías, pero dos de esas veinticinco han quedado fuera de los negocios. De las doce grandes compañías del siglo XX, once no alcanzarán a ver los comienzos del siglo XXI.

3. Dos rutas, además del cambio tecnológico radical, pueden conducir hacia un elevado crecimiento de altas tasas de rendimiento de las oportunidades: desequilibrios sociológicos y desarrollo desequilibrado.

Los empresarios ven oportunidades sociológicas para cambiar los hábitos humanos. La industria de los cruceros, por ejemplo, encontró la ventaja de un cambio demográfico: el poder adquisitivo de la población de ancianos se ha duplicado en dos décadas. Los setentones de hoy, veinte años antes tuvieron ingresos 40% debajo de los treintañeros; repentinamente, esos setentones tuvieron ingresos efectivos 20% arriba de esos treintañeros. Algunos propietarios de líneas de cruceros se han vuelto mil millonarios por la explotación de esos desequilibrios sociológicos.

El problema con la riqueza generada de esta manera es que los desequilibrios sociológicos normalmente reflejan una transferencia de riqueza ya existente, más que la generación de una nueva riqueza.

En lo que se refiere al “desarrollo desequilibrado”, Thurow señala los ejemplos de Hong Kong y Vancouver como espacios de inversión para los nuevos empresarios. Hong Kong, un año después de la devolución de este territorio de Gran Bretaña a China, es un espacio económico donde los empresarios se hacen ricos explotando las diferencias entre el mundo desarrollado y la pobreza del gran, y ahora abierto, continente chino. Ellos simplemente copiaron lo que se había hecho en el mundo desarrollado y lo replicaron en China. Vancouver inhibe las oportunidades de replicación. Todas las actividades del Primer Mundo ya existían. Para hacerse rico en Vancouver uno necesita avances tecnológicos o nuevos conceptos sociológicos. Para los empresarios chinos, Vancouver es un “desierto económico”.

4. Hacer trabajo capitalista en un ambiente deflacionario es mucho más difícil que hacerlo en un ambiente inflacionario. La globalización está forzando la baja de los precios. La producción se mueve de lugares de altos costos a los de bajos costos, y como resultado los precios están descendiendo. Nombre cualquier producto, calcule cuántos en el mundo podrían producir si cada factor estuviera operando a toda su capacidad, reste qué es lo que el mundo está comprando, y encontrará que el potencial de la producción mundial excede las expectativas del consumo en pollo menos un tercio. Con la seguridad de un exceso en la capacidad de producción, la caída de los precios no es un misterio. Las empresas tienen enormes incentivos para bajar precios en un intento por proteger sus facilidades operando cercanamente a toda su capacidad.

El achicamiento (downsizing) y las fuentes externas (outsourcing) también están jugando un papel en la reducción de precios. Es común que en Estados Unidos las compañías tengan contratos con sus proveedores para acordar reducciones anuales a los precios. Los fabricantes de auto- partes, por ejemplo, tienen firmados convenios con los mejores autoproductores para reducir los precios en un 3% en un año. Las fuentes externas son en gran medida responsables de la dureza de esos contratos, porque eso facilita alcanzarlo con un proveedor externo más que con un proveedor interno. Si un proveedor externo no hace dinero con precios bajos, ese es su problema. Pero si un proveedor interno no hace dinero, la corporación pierde en una de las divisiones de ventas lo que gana en una de las divisiones de compras. No se ven ganancias en las utilidades agregadas.

5. No hay sustitutos institucionales para los empresarios individuales como agentes de cambio.

El capitalismo es un proceso de destrucción creativa. Lo nuevo destruye a lo viejo. Tanto la creación como la destrucción son esenciales para impulsar el avance de la economía. Los empresarios son centrales en el proceso de destrucción creativa; ellos llevan las nuevas tecnologías y los nuevos conceptos a un uso comercial. Ellos son los agentes de cambio del capitalismo.

Los viejos patrones de intereses poderosos deben ser rotos si lo nuevo existe, pero aquellos viejos intereses luchan por regresar. No están dispuestos a desvanecerse silenciosamente en las páginas de la historia. Los empresarios construyeron compañías nacionales que destruyeron compañías locales al final del siglo XIX. y están construyendo las empresas globales que están destruyendo a las compañías nacionales al finalizar el siglo XX.

La sociología casi siempre domina la tecnología. Las ideas son a menudo ignoradas porque la gente no quiere usarlas. El hecho de que algo es posible no significa que vaya a suceder. Una gran persistencia es necesaria para introducir una nueva idea en el mercado. Barcos de vapor de juguete han sido desenterrados en la exploración arqueológica de la antigua Grecia, y los antiguos egipcios tuvieron puertas de templos movidas por vapor, aunque el motor de vapor no surgió como una fuente de poder para la producción económica sino hasta el siglo XVIII. Una correcta sociología le abre un sitio a los nuevos productos revolucionarios que emergen.

6. Ninguna sociedad que valore el orden por encima de todo puede ser creativa; pero sin algún grado de orden, la creatividad desaparece.

Thurow utiliza los ejemplos de China en el siglo XV y la Rusia zarista de la segunda mitad del siglo XIX para mostrar cómo la búsqueda del orden sofocó los avances tecnológicos chinos que bien podrían haber impulsado la primera revolución industrial en el mundo, y cómo, en medio del caos del imperio ruso agonizante, surgieron los más grandes músicos, científicos y escritores rusos de todos los tiempos.

“Para avanzar y usar el conocimiento una sociedad necesita la correcta combinación de caos y de orden. Demasiado orden (China) no funciona. Demasiado caos (Rusia) no funciona. Aunque no en el extremo. Estados Unidos y Japón son en muchos sentidos similares a Rusia y China. Estados Unidos tiene suficiente caos para ser creativa, pero poco orden para usar sus ideas de la manera más eficiente. Japón tiene más orden de sobra para ser eficiente pero poco caos para ser creativo. Ambos pueden ganar si cada uno se mueve un poco en la dirección del otro. Las sociedades exitosas crean y manejan una tensión entre el orden y el caos sin dejar que ninguno de ellos se les vaya de las manos. Las nuevas ideas son fácilmente frustradas si las sociedades no son receptivas al caos que viene del cambio, pero además las sociedades tienen que mantener un apropiado grado de orden para tomar ventaja de las rupturas creativas”.

7. Una economía exitosa basada en el conocimiento requiere una amplia inversión pública en educación, infraestructura e investigación y desarrollo. Algunos países están deseando invertir en investigación y desarrollo; otros no. La verdadera cantidad a invertir no es evidente. Las cuatro economías más grandes del mundo industrial gastan porcentajes muy similares de su P1B en investigación y desarrollo: Francia y Alemania gastan 2.3%, Japón 2.8%, y los Estados Unidos 2.5%. Pero las similitudes derivan más del deseo de cada uno de no dejar a los otros tres ir a la cabeza que de cualquier prueba de que están gastando la cantidad correcta.

Las tasas privadas de rendimiento en el gasto promedio en l&D (los beneficios financieros que se acumulan en la firma durante el gasto) son cerca de 24%. Pero las tasas de rendimiento social en el gasto en I&D (los beneficios económicos que se derivan hacia toda la sociedad) son cerca del 66% (contados a partir del promedio de ocho estudios diferentes), con un rango de entre 50 y 105% —casi tres veces más alto que las tasas privadas —. Dos de cada tres dólares en beneficios netos generados no se derivan de aquellos pagados para la investigación y el desarrollo. Este resultado, nunca contradicho en la literatura económica, es una evidencia poderosa de que hay enormes externalidades sociales positivas derivadas de la investigación y el desarrollo. Si se dejan solas, las firmas privadas gastarán muy poco porque no pueden capturar todos los beneficios que se generan de sus actividades.

A causa de esta proclividad en el sector privado, el gobierno debe enfocar su gasto en proyectos de largo plazo para el avance del conocimiento básico. Esto es en lo que las firmas privadas no invertirán, pero también es el lugar en donde ocurren las rupturas que se generan en los negocios privados.

8. Lo más desconocido para un individuo en una economía basada en el conocimiento es cómo tener una carrera en un sistema donde no hay carreras. La educación ha sido siempre un alto riesgo de inversión para los individuos. Más del 20% de todos los graduados universitarios terminarán haciendo menos que el promedio de graduados de preparatoria. Invirtieron y esto no redituó. Pero recientemente se ha vuelto un riesgo mayor. ¿Cómo alguien puede planear la inversión necesaria para tener una carrera frente al empequeñecimiento corporativo de las firmas rentables?

En una economía global, si las capacidades son más baratas en algún lugar en el mundo, las compañías se moverán ahí donde los costos de producción sean más bajos. No están ligadas a ningún conjunto particular de trabajadores. Cuando el nuevo conocimiento hace obsoletas las viejas capacidades, las firmas quieren emplear trabajadores que ya tienen el conocimiento. No quieren pagar por el reentrenamiento. En la segunda mitad de esta década las compañías norteamericanas rentables habían despedido más de medio millón de trabajadores cada año, a pesar del boom económico. El viejo ascenso de carrera se ha acabado. El viejo periodo de empleados de por vida se ha ido.

Los salarios reales también han estado bajando para la mayoría de la fuerza de trabajo masculina. Graduados de las preparatorias norteamericanas, estos hombres no tienen, de inicio, el mismo nivel de habilidades que sus contrapartes en el resto del mundo industrializado, ni obtienen la capacitación de la escuela post-secundaria (aprendices, por ejemplo) que la mayoría del resto del mundo da a su fuerza de trabajo con educación secundaria básica. Al mismo tiempo los incrementos salariales, para aquellos que están en el más alto 20% de la fuerza de trabajo, nunca habían sido tan altos. La amplia disparidad en salarios y riqueza no crea problemas para la economía (simplemente produce mayores bienes de lujo y menos bienes para la clase media), pero crea problemas políticos de largo plazo en una democracia. ¿Cómo se puede predicar igualdad política en una economía donde siempre están creciendo las inequidades?

Grandes problemas no resueltos

La tecnología está creando una economía global que suplanta rápidamente nuestras viejas economías nacionales. Los gobiernos nacionales no pueden controlar esta nueva economía. Como resultado, estamos empezando a vivir fundamentalmente en un sistema económico inmanejable.

A los gobiernos nacionales, que solían preocuparse por el manejo y mantenimiento de sus sistemas económicos, se les aparta del negocio lentamente. Los cambios en las finanzas globales abruman a todos pero más a los gobiernos. Los gobiernos han perdido mucha de su influencia en el movimiento de información y capital. Ya no pueden controlar quién cruza sus fronteras, tanto físicas como culturales.

Por otra parte, el poder —o quizá debamos decir la libertad de la supervisión del gobierno— de los negocios globales está creciendo con la capacidad de las compañías para moverse a las localidades más ventajosas y de los países para pujar en la subasta de atractivos proyectos de inversión.

Mientras los gobiernos nacionales se contraen y las corporaciones globales se expanden, surge un segundo gran problema. Casi en cualquier lugar vemos cómo crecen las inequidades económicas entre los países, entre las firmas y entre los individuos.

Los rendimientos al capital están arriba y los rendimientos al trabajo están a la baja. El regreso a las capacidades está arriba, el regreso al trabajo no calificado está a la baja. Las firmas serán jugadores globales o serán nichos de jugadores. La firma nacional de tamaño mediano es una especie en peligro de extinción. Tradicionalmente los gobiernos nacionales han actuado para mantener tales inequidades bajo control. Pero habiendo perdido su capacidad para manejar el sistema, han perdido también su capacidad para restringir las inequidades económicas. Por lo menos mientras estamos empezando a vivir en un mundo con grandes inequidades a mayor escala.

La tercera revolución industrial está volviendo obsoletas las viejas instituciones y los viejos modos de operación, y requiere que el individuo, la firma y la nación cambien. Para los individuos, Thurow tiene aquí un consejo de tres palabras: capacidades, capacidades y capacidades. Los prospectos económicos de aquellos sin capacidades son sombríos. Lo que ahora vemos —la caída real de salarios para aquellos sin capacidades— va a continuar. En la educación las necesidades de fondo de dos tercios de la fuerza de trabajo son particularmente agudas. En una era en la que el músculo gana poco y el cerebro mucho, esta parte de la fuerza de trabajo simplemente tiene que estar mucho mejor educada.

La canibalización es el reto para las viejas firmas de negocios. ¿Pueden estas empresas aprovechar agresivamente las oportunidades abiertas por la tercera revolución industrial, aun cuando esto significa destruir deliberadamente las actividades rentables existentes? La historia es clara: pocos pueden, y aquellos que no, estarán destinados a morir. Para las nuevas firmas las oportunidades económicas nunca han sido mejores.

Las naciones que tienen fuerte inversión en educación, infraestructura y en investigación y desarrollo son las que tenderán a ganar. Necesitamos un presupuesto nacional de inversión de capital que nos recuerde a nosotros mismos cómo estamos gastando nuestros recursos.

Para aquellos con capacidades y una afición por los riesgos, que además desean canibalizar sus viejas actividades y están viviendo en sociedades de alta inversión, los tiempos nunca han sido más favorables.   n

Adrián Acosta Silva. Doctor en Ciencias Sociales. Profesor-investigador de la Universidad de Guadalajara. El autor agradece la colaboración de la maestra Claudia Díaz Pérez, profesora-investigadora de la U. de G.

La vocación de Pickwick

Los Papeles postumos del Club Pickwick son una obra de juventud que le dieron a Dickens una temprana gloria literaria. No podemos hablar de ellos como de una novela. Y. sin embargo, ahí están para hacer cumplir las infinitas posibilidades del universo novelístico.

Quien haya estudiado algo de literatura con un enjundioso profesor posiblemente sepa menos de libros que quien no haya estudiado nada. Dos ejemplos: el estilo literario, se dice, es fruto de la elaboración paciente y demorada, perfeccionista, casi heroica en una obsesión de pulcritud, exactitud y color (“¡Esculpe, lima, cincela!”, etcétera). Balzac. Poe. Chéjov. Maupassant hicieron todo lo contrario en sus grandes épocas, cuando producían varias novelas y docenas de cuentos al año: cientos y hasta miles de cuartillas al vapor.

Se podría argüir, pero esto ya desde la orilla heterodoxa, que se trataba en ocasiones de una perfección acumulada, adquirida después de años de picar piedra como prosistas, del mismo modo que Picasso. Matisse o Rivera se soltaban magníficos dibujos instantáneos, de un solo trazo.

Pasemos al concepto de la Obra. La pedagogía literaria habla de su ardua concepción, de años de planearla o imaginarla, con innumerables apuntes, estudios y ejercicios de investigación. Pero no son raras las obras maestras que han surgido de una borrachera, de una humorada, de un chisme escuchado a un cochero o de un proyecto modesto que, por sí mismo, creció hasta las alturas del mito.

Nuevamente, desde la orilla heterodoxa, se argüiría que “sólo la anécdota” —aunque en narrativa suena raro despreciar tanto la anécdota— fue inmediata: que el autor llevaba años madurando el “mundo interior” que “eclosionó” a través de la trama azarosa.

Sea como fuere, ambas cosas le ocurrieron a Dickens (1812-1870) en la novela —ni siquiera es propiamente una novela— que sus mayores seguidores consideran su obra maestra: Papeles postumos del Club Pickwick (1836-1837), concluida a sus 25 años.

Cuatro novedades culturales o sociales se conjuntaron como astros para producir este libro: la aparición de los clubs y de los sportsmen, que causaron furor en Inglaterra a principios del siglo XIX. Estas novedades inglesas de clase media, opuestas a los salones aristocráticos y a la ambición de los dandies, ya marcarán para siempre los principios de aquel siglo.

Los hombres se reunían en clubs para cualquier cosa, especialmente frivola, de la herbolaria amateur al coleccionismo de extraños guijarros. No fueron las instituciones filantrópicas y políticas en que, un siglo más tarde, las convirtieron los “leones” y rotarios. Simples asociaciones de bebedores en pubs que jugaban a una inofensiva francmasonería cotidiana. Grupos de amigos constituidos en sociedad de alegres compadres (décadas después, con Julio Verne, un club inglés inventaría la apuesta de dar La vuelta al mundo en ochenta días).

Destacaba en los clubs esa novedad masculina: los deportistas de clase media. Ya no las partidas aristocráticas de alta esgrima y caza mayor, sino el tiroteo contra las perdices, la baraja o el criquet. Las otras dos novedades que, como astros zodiacales, propiciaron el nacimiento de Pickwick fueron la litografía y la prensa popular de entretenimiento.

El joven Dickens luchaba contra la pobreza contraída por un entrañable padre derrochador, alegrón, amiguero, bebedor y poco práctico, con recursos diversos, entre los que destacó su papel de “reportero” parlamentario o transcriptor de discursos y discusiones de parlamentarios. Un día, casualmente, pero con seguridad después de haber escuchado las cualidades de bromista oral de Dickens (y de haber leído sus relatos primerizos, llamados modestamente sketches y firmados con el seudónimo Boz). los editores Chapman y Hall le propusieron una chamba común y corriente, para hacerse de unas cuantas libras.

Querían vender litografías cómicas sobre un imaginario club de deportistas, dibujadas por un caricaturista famoso: Seymour. Correspondía al escritor redactar textitos de guasa que acompañaran las láminas jocosas. Al joven Dickens se le ocurrió trabajar al revés: no inventar bromas a partir de dibujos ya hechos, sino escribir los episodios cómicos de un club de deportistas para inspirar al dibujante. Seymour lo aprobó: sintió que así su labor se facilitaba.

Sobre la pluma Dickens cambió el concepto del deportista: aunque no desaparecen las perdices, las barajas, el criquet, las competencias en la comida y bebida (todos los personajes beben todo el tiempo como cosacos, pero ninguno sufre durante las mil páginas una verdadera cruda), las carreras de cocheros, las batallas de basura o legumbres: surge un hombre “viejo” (vetusto sólo para aquellos tiempos, pues no debía contar más de sesenta años), decidido a correr aventuras comunes, cotidianas, en pensiones y fiestas campestres, en ferias y discusiones de políticos o periodistas, para lo cual funda un club integrado por muchachos solteros, ante quienes aparece como un paternal maestro en el arte de disfrutar la vida diaria. Hay algo de prodigiosa chiquillada en todo el libro. Ni el viejo ni los jóvenes aparecen mentalmente como serios adultos. (¿Es un precursor de los cómics, de Popeye? ¿Weller padre e hijo no son abuelos de Popeye padre e hijo?)

Tenemos pues a un sesentón más allá del matrimonio, y a unos jovencillos que todavía no se casan, dedicados al deporte de divertirse por diversos parajes de Inglaterra: el Club Pickwick. Entre los chamacos sobresalen un enamoradizo, un poeta y un deportista. Con toda formalidad, anotan en el momento, o redactan años después, los informes o “memorias” de sus jocosas aventuras, como si se tratara de logias masónicas o de asociaciones eruditas.

Los Papeles postumos del Club Pickwick resultaron una novela extraña, casi una antinovela (pienso un poco en Jacques el fatalista, de Diderot): carecen de trama propiamente dicha, y sus mil páginas pudieron alargarse a diez mil o reducirse a cien. Simplemente ocurre que Pickwick y sus amigos van a tal o cual parte y se enfrentan con algún lío. Tratan de resolverlo en el mejor estilo cómico, con palizas y enredos a ratos extravagantes, y siempre salen más o menos ilesos (aunque magullados) y exultantes de carcajadas. Al final, Dickens apresura el cierre de su relato, no con la muerte del protagonista, como hizo Cervantes, sino con su designio de casar felizmente a sus jóvenes seguidores (ya en tiempo de sentar cabeza), y de retirarse a una bonita casa de campo a terminar con toda tranquilidad su larga y buena vida.

Se ha comparado a Pickwick. un chaparrón calvo y gordito. de lentes, con una mirada inocente tras la que se esconde una sabiduría natural y proverbialmente generosa. un aire perpetuo de asombro ante las peripecias más comunes, y una decidida vocación a buscar la acción, la aventura pueblerina, con Don Quijote (hasta cuenta con su propio Sancho Panza, Sam Weller) y con Falstaff. Y ahí van en grupo cazando líos.

Pero ya no tenemos caballeros andantes ni princesas encantadas, ni a un Príncipe de Gales disfrazado de pelafustán, sino la novedad de lo novelesco del mundo cotidiano: reverendos pastores borrachísimos que predican contra el alcohol, viudas a la tenaz caza de viudos, cómicos de la legua empeñados en seducir solteronas con buena dote; periodistas y políticos fanáticos que se combaten brutalmente por fruslerías, criados gordísimos que siempre se quedan dormidos; toda una galería de alegres bebedores, así como novios y novias muy decentes que deben eludir la severidad de sus familias para finalmente casarse, al cabo de mil laberintos, en medio de la aprobación general.

Y finalmente la gran queja dickensiana —todavía no aparece la saga de los huerfanitos— contra la legislación británica que permitía a una burocracia más que kafkiana (aunque hilarante) encerrar en una cárcel laberíntica e indescriptible a los deudores insolventes. Ahí va a dar el pobre Pickwick, y ahí se queda varios capítulos, cuando su viuda y vieja ama de llaves confunde su caballerosa cortesía con un franco cortejo matrimonial, y lo demanda por daños ante los tribunales, a causa del incumplimiento de esa supuesta promesa de boda. Como libro típicamente inglés, no dejan de aparecer los duendes y los trasgos, con sus fantásticas y hasta tétricas humoradas, aunque el Club Pickwick no evita interpretarlas un poco como visiones de borrachera.

Lo que se pretendía vender eran las litografías caricaturescas de Seymour, quien pronto murió y fue genialmente reemplazado por Hablot Browne (firma Phiz). Aparecían periódicamente los Papeles postumos del Club Pickwick en cuadernillos, y se vendían de modo aislado, episodio por episodio. El primero lanzó un tiraje de 400 ejemplares, pero en unas semanas revolucionó la historia editorial con tirajes de hasta 40,000.

Dickens siempre ha estado en el centro de la polémica, aunque logró un cariño nacional sólo semejante al español por Cervantes. Se le elogie o se le vitupere, es toda una bandera de la identidad inglesa, de lo típicamente inglés.

Los propios británicos se solazan en ennumerar sus defectos: cultura escasa, estilo descuidado y verboso, farragoso y barroco; infinitas reiteraciones, complacencia en la vulgaridad; sentimentalismo desaforado con respecto a niños y damas desdichadas (Huxley); su humanismo sentimental que lo conduce a reformas sociales (sobre el trabajo, la mendicidad, las cárceles, las escuelas-infierno) y hasta a una especie de “hosco socialismo” (Macaulay). “Dickens ha hecho más por mejorar el estado de la clase pobre inglesa que todos los hombres de Estado de Inglaterra” (Daniel Webster).

Otros lo ensalzan como un catálogo perfecto de la realidad y de la utilería del alma inglesa, y elogian su “estilo vulgar”: que haya sido fiel al cockney, o jerga de los londinenses pobres; señalan, además, que nadie anteriormente había acercado tanto la literatura al dibujo de las cosas vulgares o diarias, de modo que su mundo “callejero”, “cantinero” o “corriente” —por ejemplo, los idilios del criado y la cocinera, del cochero y la mesonera; las innumerables escenas de engullidores de jamón y bisteces, empanadas de carne o eructadores de “ron de pina”— representa menos un defecto que un logro de pionero.

Taine lo celebró por encontrar la poesía donde menos se la esperaba, en lo pedestre y lo trivial; Carlyle habló de su “sublimidad a la inversa”. Logró, como Balzac, reunir entre su público al analfabeta y al lector poco ilustrado, por un lado, y a Carlyle y a todos los intelectuales y aristócratas, por el otro. Dickens fue amigo y colaborador entrañable del mejor novelista detectivesco de su siglo, Wilkie Collins (La piedra lunar), un autor refinadísimo y “perversísimo” (drogas, crímenes horripilantes), casi baudelaireano.

Más aun que Balzac. quien siguió rondando a la nobleza, representa la toma absoluta del poder por parte de la clase media en la novela, que había sido reino de duquesas e intrigas palaciegas, y trataría de conservarse así hasta Proust.

Se objeta a ratos en Pickwick que sus “pobres” sean más figuras teatrales que realistas (no aparecen jamás la obscenidad, ni las deformidades, vicios crueles y abscesos de la miseria), bastante ocupados en divertirse de su propia pobreza y en solucionarla instantáneamente con un trago o un bocado baratos, conseguidos a la picaresca: que constituyan más bien títeres de Punch y Judy, o tipos extravagantes, dandies a la inversa, que verdaderos “miserables”.

Pero George Gissing señaló que en esos años, lejanos todavía a la uniformidad física y mental de la burguesísima época victoriana. abundaban los excéntricos y los grotescos. No sólo a los dandies, también a los criados, sepultureros, cocheros y limosneros les gustaba ser incroyables, inventarse personalidades y modos de hablar espectaculares.

Chesterton afirma, en una de sus típicas y convincentes paradojas, que la fidelidad de Dickens a su mundo se prueba con la excentricidad de sus personajes. La normalidad. la uniformidad en las costumbres resulta invento libresco, político o religioso: en la realidad concreta todo hombre es rarísimo. “Precisamente por ser sus libros ricos en extravagancias de la naturaleza humana, es Dickens un cronista de su tiempo y de su generación”. Y culmina: no sólo recreó su realidad, “creó toda una mitología inglesa”.

A quienes lo acusan, por vasto, farragoso y desaliñado, de “ilegible”, hay quien responde (Méndez Herrera): “Porque lo que no le perdonan los que apenas han leído a Dickens es que, en sus tiempos, no hubiera nadie que lo dejara de leer”.

Con un dejo irónico. Borges y Bioy Casares lo acusan de definir sus personajes a partir de sus manías. Los estrictos Thakeray y E. M. Forster lo aporrean: “Sólo sabe crear personajes planos y no redondos”, teorizó el último, tan highbrow a la Bloomsbury; “Admito su genio, pero aborrezco su arte”, matizó el primero, su rival, quien en La feria de las vanidades se empeñó en el arte contrario: la hermoseada celebración de las clases altas de Inglaterra.

Thackeray llegó a más: “Aun cuando Dickens no lo sabe, La pequeña Dorrit es una estupidez”. Medio siglo más tarde señaló George Bernard Shaw: “Debo a La pequeña Dorrit mi vocación de revolucionario”.

Pero ya sabemos que Chesterton, más que nadie, elogia el uso de los colores primarios, de los personajes firmes y de las ideas simples: no todo ha de ser matizada acuarela impresionista. La “complejidad” se simplifica al establecerse como dogma.

Las feministas contemporáneas encuentran que, como en Quevedo, las mujeres en sus novelas son flagrantes crímenes de misoginia. Por ello han conspirado para expulsarlo de las escuelas norteamericanas, como a Mark Twain (éste por su trato pre-Martin Luther King de los personajes negros). Las mujeres del siglo XIX tenían mejor humor y conformaban el más nutrido contingente de los lectores del “misógino” Dickens: eran las primeras en reírse de las peripecias de sus viudas gordas y arpías filantrópicas, de sus enamoradizas delirantes y solteronas maniáticas. ¿Quién se ríe más de una mujer… que otra mujer?

Durante sus cincuenta y ocho años, apenas treinta y tantos como escritor, Dickens se las ingenió para crear más de una docena de obras maestras, que a la vez son banderas de la identidad anglosajona: lo mismo su Cuento de Navidad que Oliver Twist, Tiempos difíciles y Grandes esperanzas, La tienda de antigüedades e Historia de dos ciudades, David Cooperfield y Nicholas Nickleby. Pero hay consenso entre los dickensianos más aguerridos en encumbrar sobre todas a la inaugural: los Papeles postumos del Club Pickwick.

Edmund Wilson elogia todo ese juvenil mundo sonriente que se fue ensombreciendo. sentimentalizando en los libros maduros. Me gustaría añadir que el Dickens maduro trató de dar demasiado sistema (y no sólo literario, sino social y filosófico) a sus libros orgánicos posteriores, mientras el gran Pickwick queda en completa libertad de tales códigos y misiones. En PickM’ick Dickens no se toma tan en serio la literatura (ni la filantropía, ni las reformas sociales): se permite jugar con ella de un modo libérrimo. La travesura pura.

El azorado Pickwick simplemente es un hombre bueno, a quien le gustan el vino, comer bisteces, armar algunos ajetreos finalmente inofensivos (que siempre redundan en un beneficio del prójimo), y buscar la buena vida sencilla —en la que se cree en este libro—; quien no se embrolla sino superficial, episódica y jocosamente la existencia. Pickwick no predica, y sólo llora dos o tres lagrimitas a causa de “la ternura del vino”.

Le fue concedido, casi involuntariamente, un reino de inocencia, de frescura paradisiaca, como rara vez ha conocido la literatura del mundo. Lo que no sólo se advierte en los episodios y personajes, sino en la peculiar, nunca superada, manera de narrar del Dickens de Pickwick. No hay modo de ajar la frescura de la prosa de este libro, aun en traducciones (recomiendo la de Méndez Herrera, en Aguilar). Su humor de chamaco bromista. Su propio pickwi- ckianismo. Su gozo inmediato en un mundo que todavía no ve, o no quiere ver, demasiado tenebroso. Su visión del mundo como un recreo interminable de chiquillos de veinte o sesenta años.

En su totalidad, los Papeles postumos del Club Pickwick son una fiesta meridiana de la lectura, cosa que no se podrá decir de sus epopeyas o parábolas posteriores, de cualquier manera estupendas y que siguen leyéndose tumultuariamente ahora, como hace siglo y medio. No existe en 1999 un narrador más joven ni más original que el Dickens de 1836.

Cuenta Carlyle que un archidiácono, deprimido después de administrar los santos óleos a un moribundo, se reconfortó de la siguiente manera: “Bueno: gracias a

Dios, el próximo número de Pickwick se publicará dentro de diez días, pase lo que pase”.       n         

José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente libro es Pastor y ninfa.

FUENTES: Charles Dickens: Obras selectas. edición, traducción y prólogo de José Méndez Herrera, México, Aguilar. 1973, 3 tomos.

Chesterton. G. K.: “Vida de Dickens”, en Obras completas. Plaza y Janés, 3a. ed., Madrid. 1970. t. IV. Page. Norman (ed): Dickens. A Casebook. The Macmillan Press, Londres, 1979. Wilson. Edmund: “Dickens: the Two Scrooges”. en The Wound and the Bow. Seven Studies in Literature, Farrar Strauss Giroux, Nueva York. 1978.

Focos rojos

CARACOL

FOCOS ROJOS

POR CINNA LOMNITZ

Chuangtse, un pensador chino del siglo III a. C., refiere una anécdota acerca de cierto sabio que gustaba de pasear a orillas del río con su discípulo.

—¡Qué felices están los peces jugueteando en el fondo del agua! —exclamó el maestro.

—Usted, maestro, que no es pez —objetó el discípulo—. ¿cómo sabe que los peces están felices en el fondo del agua?

—Y tú, que no eres yo —repuso el maestro—, ¿cómo sabes que yo no lo sé?

Nuestro conocimiento de la sociedad y del mundo es autorreferencial. No estamos seguros de lo que sabemos, ni sabemos de qué manera lo hemos llegado a saber. Esto viene al caso por las diversas interpretaciones que se escuchan y que se leen acerca del grave conflicto que atraviesa la UNAM. institución que por su tamaño y su historia representa una parte importante del acontecer cultural de México.

Quizá la UNAM no sea una buena universidad, pero a través de más de treinta años que he convivido con ella he llegado a quererla y a identificarme con ella. No importan las barricadas que los huelguistas han erigido en las entradas de la Ciudad Universitaria para impedir el paso de los vehículos. Lo que me preocupa son las barreras mentales que suelen detectarse en lo que dicen los maestros, los estudiantes y los propios huelguistas. Mi interpretación, como en el caso del cuento de Chuangtse. es subjetiva.

El talón de Aquiles de la UNAM es la Escuela Preparatoria. En otras partes del mundo, las universidades no se ven obligadas a regentar sus propias “prepas”. Cuando México ingresó a la OCDE. un exclusivo club de 30 países desarrollados del mundo, los expertos hicieron hincapié en esta anomalía, sin darse cuenta de que el problema era más profundo.

Después del movimiento del 68 surgieron las prepas populares (PP). escuelas espontáneas y militantes no incorporadas a la UNAM que se dedicaron a hostilizar y a infiltrar al monstruo desde la periferia. Algunas facultades como la de Ciencias ya están infiltradas al grado de que los salones frecuentemente están “tomados” por las PP y los maestros tienen que dar su clase donde y como puedan. El personal docente de planta se solidariza mayoritariamente con las PP y resiste todo intento de actualización curricular, de tal modo que el actual plan de estudios del Departamento de Física data de 1967. He participado en el intento más reciente de actualización y pude comprobar que es inútil tratar de introducir un plan de estudios más acorde con los conocimientos actuales. Ua situación de otras facultades es similar, con escasas excepciones.

El abandono de las facultades contrasta con la vitalidad de los institutos y centros de investigación. A ojo de buen cubero, estimo que hasta un 70% de los investigadores son científicos activos, que lograron ingresar al Sistema Nacional de Investigadores y realizan investigación de frontera. Al reorganizarse la UNAM, es probable que la mayoría de estos institutos y centros queden formando parte de una organización viable pero separada de las facultades.

¿Qué hacer con la docencia? El problema no es nuevo. Ya en el siglo XVIII la universidad colonial se había desprestigiado a tal grado que la enseñanza privada (léase jesuítas) atrajo más a los hijos de la nobleza y de la naciente burguesía criolla. Ellos fueron quienes hicieron la independencia, pero los jesuítas resultaron expulsados. Hoy regresan por sus fueros, junto con otras órdenes tanto laicas como religiosas, que son los principales beneficiarios de nuestro desorden educativo. En México, la educación superior hoy se encuentra principalmente en manos de universidades privadas. Sus egresados ocupan las plazas más prominentes en el gobierno, la industria y el comercio.

Polarización educativa

Pero, se dirá, ¿cómo explicar la obcecación de los huelguistas? ¿En qué puede beneficiar a la insurgencia, a la clase media baja, o al país la inminente destrucción de la UNAM?

Una  respuesta es simple. La brutal polarización económica del país ha erosionado a la clase media, cuya base de poder fue originalmente la UNAM. En muy pocos años, la ciase media baja, que anteriormente aspiraba a integrarse a la pequeña burocracia y al magisterio, ha quedado marginada. Nuestros estudiantes de clase media baja son increíblemente pobres; generalmente traen apenas los pocos centavos para el camión. No pueden comprarse un dulce.

Yo soy maestro, no político. A lo sumo, podría considerarme villista. Nunca me ha simpatizado el zapatismo. Es una subcultura subversiva (no rebelde, que es distinto), subcomandada por subintelectuales que se esconden bajo las faldas de madame Mitterrand. México merece y ha tenido mejores revolucionarios.

Pero ¿qué van hacer los muchachos? Están desesperados. Nadie se ocupa de ellos. En sus casas los maltratan, en la calle los asaltan. En la facultad los maestros raramente se aparecen y, cuando lo hacen, se dedican a declamar rancios textos que no tienen relevancia para el México moderno. ¡Y por eso les quieren cobrar!

Las seis demandas que presentan los huelguistas no son arbitrarias. Son coherentes con su objetivo, que es homologar las actuales prepas populares a la UNAM y convertir las facultades en prepas populares. En gran parte, este fin ya ha sido logrado y sólo les falta una rúbrica legal y el acceso al presupuesto.

El problema es de quienes queremos un México fuerte, respetado en el exterior y basado en una cultura de equidad y de igualdad de oportunidades. Hay quienes piensan que los huelguistas nos hacen un favor al destruir la UNAM y al convertir la Ciudad Universitaria en una especie de zoológico para disidentes, una reserva zapatista. Esto permitiría al gobierno controlarlos mucho mejor, pero la idea no me convence. México es una nación viable, que no tiene por qué aceptar una división en un sector moderno y otro marginado.

Unas  prepas populares educan también a su manera, no tan diferente a la de los CCH y preparatorias de la UNAM. Pero producen marginados, no egresados capaces de ingresar al sector moderno de la economía. Son inteligentes, saben polemizar, y conocen los elementos de la propaganda política, pero ¿qué más? ¿Qué clase de futuro les espera?

La agresión contra la universidad se explica porque la única salida que tenemos es la educación. Yo creo que la división de la UNAM en un sector moderno y otro marginado y sin futuro sellaría el destino político de nuestra nación. Es mi visión personal de este turbio río, y de los peces multicolores que andan sueltos en su fondo.

A la ciencia la pintan con cuernos

La Comisión de Educación de Kansas acaba de anunciar que Darwin y el Big Bang ya no van a formar parte del plan de estudios oficial del estado. Tan perniciosas materias, se decidió, ya no serán requisito obligatorio para las personas educadas en ese estado americano.

Una pregunta que se hacen todos es ¿dónde queda Kansas? No es precisamente un estado que se hubiera distinguido por su contribución a la ciencia internacional. Sin embargo, Kansas es el corazón agrícola de Estados Unidos. Es, podríamos decir, el órgano pulsante y vivo que bombea la sangre en las venas y arterias del gigante del norte. Todo lo que sucede en Kansas llegará infaliblemente a México dentro de unos veinte años.

¿Es posible, se dirá, que en el umbral del tercer milenio una comisión oficial determine por mayoría de votos que ya no hace falta el darwinismo? De lo que se trata es de evitar que tan peligrosas doctrinas científicas contaminen las tiernas mentes de la infancia. No vaya a ser que las impresionables criaturas se asusten con el Big Bang. la explosión primigenia que originó las galaxias y que no está en la Biblia. Sin embargo, las heréticas y falsas mitologías de Star Wars pueden verse en cualquier cine.

La Corte Suprema de los Estados Unidos ha dictaminado una y otra vez que es ilegal enseñar el creacionismo en lugar del darwinismo en la educación pública. Ello es contrario al artículo primero de la Constitución americana, que garantiza la libertad de conciencia. Sin embargo, la Biblia es una fuente de conocimiento mucho más antigua y venerable que la ciencia moderna; y Kansas es un estado maravilloso, que cree a pies juntillas en la historia de Adán y Eva, sin olvidarse de la serpiente.

Hay quienes piensan que la cosa no es tan sencilla. Los educadores de Kansas se cuidan mucho de prohibir a Darwin. y tampoco llegan a autorizar la enseñanza de la Biblia en las escuelas. Por otra parte, no hay nada en la obra de Darwin. ni en la de astrofísicos tales como Stephen Hawking, que se oponga a la creación divina. Ni los ayatolas de Irán han condenado esas doctrinas. La Biblia tampoco puede ofender ni al más quisquilloso de los científicos. Muchos filósofos de la ciencia consideran que el método científico no es tan racional como se pretende, ni posee características de universalidad. Feyerabend concluye que la ciencia es una ideología como son también las religiones. Así, la ciencia azteca y la griega funcionaban perfectamente en su medio social, pese a tener bases totalmente diferentes a la ciencia moderna.

Los descubrimientos científicos más importantes fueron hechos por individuos abiertos a todas las ideas, que se atrevieron a desafiar el método científico y que siguieron su propio camino contra viento y marea. Dice Einstein que “los datos experimentales no deben constreñir al científico, en el sentido de obligarlo a afiliarse a algún sistema epistemológico. Cualquier epistemólogo sistemático podrá concluir, si quiere, que se trata de oportunistas inescrupulosos”. En este sentido. Einstein ciertamente fue inescrupuloso y también lo fueron Galileo, Newton y otros genios de la ciencia. Cuando los datos experimentales no se ajustaban a sus ideas, se quedaban con las ideas y el futuro acabó por darles la razón.

Mi colega el profesor Stephen Jay Gould se manifiesta indignado por la decisión de Kansas, que según él pretende ignorar “uno de los triunfos más grandes del descubrimiento humano”. La califica de “episodio más reciente en la larga y triste historia del anti-intelectualismo en Estados Unidos”. ¿Qué diría si supiera que en México se pretende destruir la Universidad Nacional? Nadie es perfecto, Stephen.  n

Cinta Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

Patria y globalización

Notas sobre un recipiente hecho pedazos

El mundo globalizado anuncia el fin del sedentarismo v con ello el del concepto de patria. ¿Qué ha producido este cambio en el hombre actual y en su idea de lo que significa pertenecer a un lugar?


Patria y globalización

La palabra Heimat (patria) forma parte de un núcleo lingüístico cargado atmosféricamente que constituye algo intraducibie, propio de la territorialidad de la lengua alemana. Aun así. aquello que denomina no debería verse como una vía específicamente alemana hacia el ser-en-el-mundo. Todas las lenguas de las culturas altamente desarrolladas son capaces de expresar el concepto de “patria” con sus propios medios, aun cuando el color sonoro de esas expresiones varíe de país en país y de lengua en lengua.

La razón de esa capacidad común podemos encontrarla en experiencias análogas del desarrollo cultural. Así, con conceptos como “tierra”, “pueblo” y “madre patria”, los pueblos que tras la revolución neolítica comenzaron a cultivar la tierra caracterizaban el lado positivo de su sedentarismo. En las diferentes expresiones que daban al espacio con el que se habían familiarizado, los pueblos sedentarios articulaban su simbiosis con un suelo que, a la vez que los alimentaba, era el depositario de sus muertos. En las palabras que expresan las ventajas de tener un espacio de residencia propio, esos pueblos manifiestan su patriotismo agrario. Es también por eso que la palabra alemana Heimat (patria) forma parte de una reserva de signos cuya época de validez principal evidentemente ha terminado: esto es, el vocabulario guía de la sociedad agraria, con su política y su metafísica.

Quien dice patria reclama su derecho de poder florecer, como una planta de segundo orden, por debajo de la vegetación del suelo que habita. El sujeto que se define por su referencia a una patria es como un animal que hubiera hecho suyo el privilegio de las plantas de echar raíces.

Claro está que ese animal con raíces representa una imaginaria forma híbrida que. bajo condiciones históricas distintas, deberá pagar el precio de su imposibilidad biológica. El inicio de ese cambio histórico decisivo lo marcan las grandes doctrinas de la Edad Media asiática y europea, en las cuales el acento de la existencia humana pasó del arraigo nacional al desarraigo y de los usos y costumbres autóctonos a la ética mundial. Desde entonces, las raíces y el lugar de residencia se encuentran bajo reserva espiritual ya que una ética más elevada habrá de volverse contra todo tipo de etnocentrismo, racismo y racinismo (del francés racine: raíz). En ese sentido armonizan el budismo, que enseña el ascetismo del abandono del hogar; el estoicismo, que desea promover un exilio global del alma, y el cristianismo, que propone una ética de la peregrinación.

Resulta fácil comprender que esas elevadas enseñanzas permanezcan por debajo de su nivel cuando son presentadas a los arraigados. Sin embargo, el destino del sujeto definido por su relación con una patria sólo habría de cumplirse hasta en el mundo moderno que, mediante la revolución antiagraria, condujo a la ciudadanización y la movilización de las formas de vida. El fin de la civilización sedentaria inaugura una época de crisis permanente del concepto de patria.

Me gustaría llevar esas observaciones de carácter histórico a la pregunta sobre cómo ha afectado esta transformación la conciencia del hombre actual de los países movilizados, modernos, respecto a sus condiciones de residencia. Es un hecho que el mundo moderno ha creado una nueva política del espacio y una dinámica particular en cuanto a las formas de residencia. En nuestra época, todas las preguntas sobre la identidad social y personal se plantean desde el punto de vista de cómo, en macro-mundos llenos de movimiento y riesgos, puede ser posible establecer formas viables de residencia, o del estar-con-sigo-y-con-los-suyos. Filosóficamente visto, residir significa formar parte de un sistema inmunológico espacial o, en palabras de Hermann Schmitz, es la cultura de los sentimientos en un espacio de desasosiego.

El nerviosismo globalizador actual refleja el hecho de que, además de los Estados nacionales, también las que hasta ahora eran las mejores condiciones políticas posibles de residencia —por decirlo así, la sala y el salón de conferencias de los pueblos democráticos (o quimeras populares)— se han vuelto intercambiables, y en esa sala nacional, aquí y allá, comienza a entrar una corriente muy desagradable. La proeza cultural del Estado nacional moderno fue, como puede apreciarse retrospectivamente, el haberle dado una especie de calor de hogar a la mayoría de sus habitantes; esa suerte de estructura inmunológica, a la vez real e imaginaria que, en el sentido más favorable del término, pudo ser vivida como punto de convergencia entre espacio y sí-mismo, como identidad regional. Esa proeza se realizó de forma más impresionante ahí donde el Estado de poder logró ser controlado de mejor manera y se transformó en un Estado benefactor. Pero justamente ese efecto de calor de hogar político- cultural es lo que se ve afectado por la globalización —con la consecuencia de que incontables habitantes de los Estados nacionales modernos no se sienten estar consigo mismos ni en su casa, y estando consigo mismos tampoco se sienten en su casa.

La construcción inmunológica de la identidad político-étnica ha empezado a tambalearse ostensiblemente. Sobre todo, puede apreciarse de forma cada vez más clara que el vínculo entre espacio y sí-mismo no es tan estable cuando las condiciones cambian, como promulgó el folklore político del territorialismo, desde las culturas agrícolas arcaicas y antiguas hasta el Estado nacional moderno. Cuando la interdependencia entre espacios y sí-mismos se afloja o desaparece, pueden presentarse dos posiciones extremas en las que la estructura del campo social puede registrarse con una exactitud casi experimental, a saber: la de un sí-mismo sin espacio y la de un espacio sin sí-mismo.

Por supuesto, todas las sociedades realmente existentes debieron buscar hasta ahora su modus vivendi entre esos dos polos —de forma ideal, lo más lejos posible de ambos extremos— y es fácil comprender que, también en el futuro, toda comunidad política real tendrá que dar una respuesta al doble imperativo de la determinación por el espacio y la determinación por el sí-mismo.

Lo que más se acerca al primer extremo, el de la desvinculación del sí-mismo del espacio, es seguramente la Diáspora judía de los últimos 2000 años. No sin razón se ha dicho que el pueblo judío es un pueblo sin “fundamento”. Heinrich Heine llevó ese estado de cosas al terreno humorístico cuando dijo que el hogar de los judíos no estaba en ningún país sino en un libro —en aquella Torà que llevaban consigo como una “patria portátil”—. Esa elegante y aguda observación pone al descubierto un hecho de validez general pocas veces notado, a saber, que los grupos “de vida nómada” o “desterritorializados” no construyen su inmunidad simbólica y su coherencia étnica, o lo hacen sólo de modo secundario, en relación a un suelo sustentador, sino que su intercomunicación funge directamente como un “recipiente autógeno”1 en el que los participantes se contienen a sí mismos y se mantienen “en forma” mientras el grupo se desplaza a través de paisajes externos.

En recipientes autógenos, al igual que en comunidades fuertes, se experimenta de forma directa la prioridad que la autorreferencia tiene sobre la territorialidad. Un pueblo sin tierra no puede ser víctima del sofisma que ha engañado a todos los pueblos sedentarios a lo largo de la historia, esto es: que la tierra es el recipiente del pueblo y el propio suelo el principio del que deriva el sentido de su vida y su identidad.

Esa “territorial fallacy” (la falsa conexión entre el territorio y su propietario) es hasta hoy uno de los legados más efectivos y problemáticos de la era sedentaria, ya que en ella se afirma el reflejo básico de todo uso aparentemente legítimo de la violencia, la así llamada “defensa de la patria”. Esta falacia reposa sobre la obsesiva equiparación entre espacio y sí-mismo, la falacia originaria de la razón territorializada. Ese error fatal se ha puesto cada vez más al descubierto desde que una onda de movilidad transnacional, sin precedente en la historia, ha relativizado la ligazón entre pueblos y territorios. La tendencia hacia el sí-mismo multilocal es característica de la Modernidad avanzada —del mismo modo que la tendencia hacia el espacio poliétnico o “desnacional”—. Cuando el discurso de la Modernidad habla de la patria se refiere a un punto de partida del movimiento hacia el espacio terráqueo abierto y no al claustro regional ineluctable de antes.

El antropólogo cultural indo-americano Arjun Appadurai llamó hace poco la atención sobre esas cosas al crear el concepto de “etnoescape”, que permite comprender procesos como la “desespacia- lización” progresiva (desterritorialización) con rasgos étnicos, la constitución de “comunidades imaginarias” fuera de toda referencia a lo nacional, y la participación imaginaria de innumerables individuos en las imágenes de otras formas de vida propias de otras culturas nacionales.2 De ese modo puede describirse de qué manera las formas de residencia modernas vinculan desarraigo y contacto con el suelo. En lo que atañe al judaismo durante su periodo de exilio, resulta claro que su provocación consistió en restregarle a los pueblos del hemisferio occidental la paradoja aparente —en realidad un verdadero escándalo—de un sí-mismo sin espacio existente de facto.

El otro polo, que adquiere cada vez contornos más claros a los ojos contemporáneos, lo constituye el fenómeno de un espacio sin sí-mismo. Las regiones de la Tierra deshabitadas son el primer ejemplo de él: los desiertos blancos (mundo polar), grises (altas montañas), verdes (selvas), amarillos (arena) y azules (océanos). Pero en este contexto, los desiertos externos tienen menos importancia que esos espacios cuasisociales en los que las personas se reúnen sin por ello querer (o poder) establecer un vínculo entre su identidad y la localidad. Eso puede aplicarse a todas las zonas de paso, en estricto y amplio sentido del término. Ya sean localidades destinadas al tránsito, como estaciones, puertos, aeropuertos, calles, plazas y centros comerciales, o se trate de instalaciones diseñadas para una estancia limitada como los centros vacacionales o las ciudades turísticas. plantas fabriles o asilos nocturnos.

Tales espacios pueden poseer su propia atmósfera; sin embargo, su existencia no depende de una población regular o un sí-mismo colectivo que estuviera arraigado a ellos. Lo propio de ellos es no detener a sus visitantes o paseantes. Son tierra de nadie, a veces repleta, a veces vacía. Desiertos de paso que pululan en los centros sin núcleo y en las periferias híbridas de las sociedades contemporáneas.

En dichas sociedades puede reconocerse sin mayor esfuerzo analítico que lo que hasta ahora constituía su normalidad —la vida en condiciones de hacinamiento masivo, ya sea regional o nacional, incluidos los fantasmas y narcisismos etnocéntricos— ha sido alterada de manera decisiva por las tendencias ala globalización. La licencia expedida desde tiempos inmemoriales para confundir país y sí-mismo no puede renovarse infinitamente. Por un lado, las sociedades modernas aflojan sus vínculos con el espacio en tanto las grandes poblaciones se apropian de una movilidad sin precedente en la historia. Por otro lado, aumenta dramáticamente el número de las zonas de paso donde las personas que las frecuentan no pueden establecer una relación de residencia.

De esa forma, las sociedades globalizadas y móviles se acercan simultáneamente tanto al “polo nómada”, al sí-mismo sin espacio, como al polo desértico, al espacio sin sí-mismo —con un terreno intermedio que se va encogiendo sobre las culturas regionales que han florecido y las satisfacciones fieles al espacio.

La crisis formal de la moderna sociedad de masas (que actualmente se discute como crisis de los Estados nacionales) tiene así su origen en la erosión avanzada de las funciones étnico-regionales del contenedor. Lo que anteriormente se entendía. y comprendía, por “pueblo” o “sociedad” en el mayor de los casos no era sino el contenido de un recipiente de gruesas paredes, territorial y sostenido por símbolos. en el que casi siempre se hablaba un único idioma. Es decir, un colectivo que encontraba su autocerteza en un sistema nacional cerrado y oscilaba dentro de sus propias redundacias —lo cual difícilmente podía ser comprendido por los extraños—. Tales comunidades históricas que se situaban en la intersección entre el sí-mismo y el espacio, los así llamados pueblos, se encontraban. debido a sus características de autocontención. la mayoría de las veces sobre un mayor declive entre el interior y el exterior (un estado de cosas que en las culturas prepolíticas solía reflejarse como inocente etnocentrismo y, en el nivel político. como diferencia sustancial entre el interior y el exterior). Pero justamente esa diferencia y ese declive son los que hoy día. y debido a los efectos de la globalización. se nivelan cada vez más. y la situación inmunológica del contenedor nacional se vive cada vez más como algo problemático por los usuarios de condiciones de vida anteriores. Si bien es cierto que casi nadie que haya conocido los privilegios de la liberalidad moderna desea, en aras de las consignas militantes, que vuelva el reinado del Estado nacional, y menos aún el retorno a la autohipnosis totalitaria característica de las formas de vida tribales, para muchos el sentido y riesgo de la tendencia hacia un mundo de paredes delgadas y sociedades mezcladas es incomprensible y, además, se ve con recelo.

Roland Robertson opina, y es cierto, que la globalización es un proceso al que acompaña la protesta (a basically contested process).3 Pero la protesta contra la globalización es. también, la globalización misma —ella forma parte de la reacción inmunológica ineludible e ineluctable de los organismos locales contra la infección provocada por un formato mundial más elevado.

El reto psicopolítico de la era global consiste en no ver el debilitamiento de la inmunidad tradicional y ética del contenedor como pérdida de forma y decadencia —vale decir, como ayuda ambivalente o cínica para la autodestrucción—. Lo que para los postmodernos está realmente en juego son diseños exitosos y condiciones de inmunidad dignas de ser vividas. Y esto es justamente lo que en sociedades de paredes delgadas puede volver a constituirse de múltiples formas —aunque, como siempre, no para todos.

En ese contexto social-sistémico se revela el sentido inmunológico revolucionario de la tendencia actual hacia formas de vida individualistas, a saber: quizá por primera vez en la historia de las formas de vida homínidas y humanas, en las sociedades avanzadas los individuos, en tanto portadores de propiedades inmunológicas, se desprenden de sus cuerpos sociales (hasta ahora esencialmente protectores) y aspiran a desenganchar su felicidad y su desgracia del estar-en-forma de la comuna política. Esa tendencia encuentra su mejor encarnación en la nación piloto del mundo occidental, los Estados Unidos, donde el concepto individualista “pursuit of hapiness”, desde 1776, constituye el fundamento del contrato social. Los efectos centrífugos de esa orientación hacia la felicidad individual fueron compensados mediante energías de la comunidad y la sociedad civil, de tal forma que la prioridad inmunológica tradicional del grupo frente al individuo parecía también haber encarnado en la síntesis de pueblos que constituyen los Estados Unidos.

Pero con el paso del tiempo se han invertido los augurios: en ninguna otra parte, en ninguna población, en ninguna cultura, el individuo se hace cargo, en tan gran medida, de sus necesidades biológicas, psicoétnicas y religiosas en la medida en que la abstinencia en el terreno político va creciendo. Durante las últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos se registró por primera vez una participación por debajo del 50%. Y en las recientes elecciones para la Cámara de Representantes y el Senado, en noviembre de 1998, alrededor de dos de cada tres votantes se abstuvieron de votar —para los expertos el nivel de participación en la votación, de casi un 38%, fue un resultado relativamente bueno.

Ello nos revela una situación en la que la mayoría de los individuos cree poder desolidarizarse del destino de su comunidad política imaginando, con buen fundamento, que, de ahora en adelante, el óptimo inmunológico del individuo no se encuentra (o sólo en contadas excepciones) en el colectivo nacional —parcialmente, quizás en el sistema de solidaridad de su “minoría” o su community—. Donde más claramente lo encuentra es asegurándose de forma privada, sea en el terreno religioso, dietético, gimnástico o de las compañías de seguros.

El axioma del orden inmunológico individualista se propaga en las masas de los individuos centrados en sí mismos como una nueva evidencia vital: que nadie hará por ellos lo que ellos no hagan por sí mismos. Las nuevas técnicas inmunológicas se recomiendan como estrategias existenciales en sociedades constituidas por individuos para los cuales la Larga Marcha hacia la flexibilidad, el debilitamiento de la “relación de objeto” y la licencia general para mantener relaciones de infidelidad o relaciones reversibles entre personas y espacios, haya alcanzado su culminación lógica.

En un mundo así, la antigua sabiduría del emigrante: ubi bene ibi patria, será obligatoria para todos. Y es que la patria como espacio de la buena vida es cada vez menos fácil de encontrar ahí donde, por un accidente de nacimiento, cada quien está. Sin importar donde se esté, la patria debe ser reinventada permanentemente mediante el arte de saber vivir y las alianzas inteligentes.

 

Peter Sloterdijk
Filósofo. Autor, entre otros libros, de Crítica de la razón cínica. Este artículo apareció en Spiegel Spezial (junio de 1999).

Traducción de Salomón Derreza


1Acerca de esta expresión, cf. Peter Sloterdijk: Sphären I. Blasen, Suhrkamp Verlag. Frankfurt a. M., p. 60 ss.

2 Cf. Arjun Appadurai: “Globale ethnische Räume. Bemerkungen und Fragen zur Entwickulng einer transnationalen Anthropologie”, en Perpektiven der Weltgesellschaft, Ulrich Beck (ed.), Suhrkamp Verlag, Frankfurt a. M„ pp. 11-40.

3 Roland Robertson: Globalization: Social Theory and Global Culture. Sage Publications, London. p. 182.

Bruce Chatwin: la corriente ancestral

BRUCE CHATWIN: LA CORRIENTE ANCESTRAL

POR ARTURO FONTAINE TALAVERA

Decir Bruce Chatwin es nombrar al último viajero decimonico del siglo XX. al gran nómada que convirtió a la literatura en desarraigo.

“Verlo era maravilloso”. Hay unas pocas personas en este mundo que tienen una facha que encanta y a la vez subyuga. “El estómago”, dice Susan Sontag. “simplemente se te cae hasta las rodillas, al corazón se le escapa un latido, uno no está preparada para esto. Lo vi en Jack Kennedy. Y Bruce lo tenía. No es sólo belleza, es un resplandor, algo en los ojos. Y funciona con ambos sexos”. Salman Rushdie ha dicho: “De mis contemporáneos era el más erudito y quizá quien tenía la mente más brillante”. Fue llamado un nomade de luxe, un “caballero medieval de leyenda”, “un ángel caído”.

El hombre que alcanzó fama mundial con su libro En la Patagonia (1977) era y no era un cronista de viajes; el autor de Utz (1988) era y no era un novelista; quien concibió Los trazos de la canción (1987) era y no era un ensayista, un antropólogo, un arqueólogo. Lo que sí, era un gran escritor. Y sin duda ninguna. Su prosa es limpia. directa, precisa; sugerente sin dejar de ser confiable.

Andrey Harvey afirmó en The New York Times que “prácticamente cualquier escritor de mi generación en Inglaterra ha querido, en algún momento, ser Bruce Chatwin; ha querido, como él, hablar de Fez y Firdausi, Nigeria y Nuristán, con igual autoridad; ha querido que se hable de él, como se habla de Chatwin, con agria envidia; ha querido, por sobre todo, haber escrito sus libros”. Fue elogiado, entre otros, por Alberto Moravia, Graham Greene, John Updike, V. S. Pritchett, Paul Theroux y V. S. Naipaul.

Era un lector ávido y selectivo. “Uno jamás lo pillaba hablando de Tolkien o de Iris Murdoch”, recuerda Peter Adam, un librero amigo suyo. Le interesaban autores de otra escala: Heniingway, Man- delstam, Borges, Mann, Flaubert, Canetti, Pascal… Sabía cultivar su imagen: “El autor no asistirá a la presentación”, decía el comunicado de la editorial que lanzaba uno de sus libros, “por encontrarse en Siberia”.

” Una de las dos personas más divertidas que he conocido”, asegura Salman Rushdie. Era un imitador inigualable y contando anécdotas se transformaba jugando con su voz y haciendo mímica. Dicen que se transfiguraba al punto de parecer “un caballo enloquecido, con enormes ojos llenos de blanco”.

Conversar con él parece haber sido una experiencia única. Werner Herzog, que filmó Cobra Verde a partir de su novela El virrey de Ouidah (1980), cuenta que cuando se conocieron se quedaron conversando 48 horas interrumpidas sólo para dormir un rato. “Un delirio, un torrente de historias. Cuando pienso ahora en Bruce Chatwin. pienso en el narrador sumo. Es la resonancia de su voz y la profundidad de su visión lo que lo hace uno de los escritores verdaderamente grandes de nuestro tiempo”. Chatwin, como Herzog, era un caminante infatigable. Al morir le dejó como recuerdo una mochila de cuero bien sobado que lo acompañó en todas sus expediciones.

Nin Dutton. que anduvo cuatro días en auto con él por Australia, recuerda que “nunca paró de hablar, y jamás resultó aburrido. nunca, nunca. La sobrexuberanciaera una de sus gracias, por eso tantas mujeres lo adoraban. Las hacía sentirse tres veces más grandes”. Pese a ser en el fondo un solitario, el círculo de sus amistades era muy amplio.

Trabajó desde muy joven en Sotheby’s, la casa de remates, donde hizo una carrera meteórica por su erudición, su infalible buen gusto, su ojo para distinguir un objeto o una pintura auténticos, sus relaciones, su sentido comercial.

Vivió 48 años y publicó seis libros bastante diferentes entre sí. Pero esté el lector caminando acompañado sólo por el viento de la Patagonia, siguiendo los pasos de los aborígenes australianos que cantan sus caminos, conociendo a una pareja de hermanos solterones que no han salido de las montañas de Gales y siguen compartiendo la misma ropa, utensilios y hasta la misma cama que tuvieron de niños, se imagine a un brasileño que comerciando esclavos llega a ser virrey en Ouidah. Africa Occidental. o a un coleccionista de porcelana en la Praga comunista, la verdad es que el protagonista y, a la vez, el personaje más intrigante y misterioso de su obra es siempre Chatwin mismo. La exploración más ardua y compleja y fascinante es, en este caso, explorar al propio, incansable explorador.

Nicholas Shakespeare, con ojo de buen novelista, parece haberlo visto así. Por siete años se dedicó a rehacer los incontables viajes de Chatwin. entrevistando a las personas que él conoció, recogiendo las reacciones a sus escritos, y ha desmenuzado sus diarios y anotaciones. El resultado es una maciza biografía de casi seiscientas páginas (Bruce Chatwin, Han. il!. 1999). amistosa pero franca, y que se lee como una verdadera novela. Eché de menos una breve cronología. Cosa rara en las biografías, permite adentrarse de verdad en la vida y en la obra.

Recientemente la BBC. con motivo de cumplirse diez años de su muerte, le dedicó dos programas especiales, basados en gran parte en esta biografía. A su presentación acudieron personalidades como Salman Rushdie y MarioVargas Llosa.

Llevaba años viajando por la Patagonia sin moverse de Inglaterra. La travesía comienza cuando al niño le cuentan que ese trozo de cuero “con hebras de pelo áspero y rojizo” que hay en la vitrina de la abuela lo trajo su tío Charley, que naufragó en el estrecho de Magallanes y se quedó a vi vir en Punta Arenas. Es, le cuentan, un pedazo de piel de brontosaurio que el tío descubrió conservado en un glaciar. Fue una desilusión enterarse más tarde que ese cuero no pudo pertenecer a brontosaurio alguno, puesto que éstos carecían de pelaje. Pero, claro, quedaba la posibilidad de un milodonte.

El libro comienza con esa historia de la abuela, y termina con Chatwin caminando seis kilómetros desde Puerto Consuelo hasta la cueva del Milodón, recogiendo un cuero que atribuye, con ironía, al propio milodonte. Lo que da forma a este libro, que se asemeja a los apuntes de un viaje, es esta búsqueda. El viaje es una metáfora. El joven héroe sale, como Sigfrido. tras el tesoro que cuida un temible dragón.

Chatwin puso de moda la Patagonia. ¿Qué encontró en esas desolaciones? “El desierto patagónico no es un desierto de arena y pedregullo, sino una llanura cubierta de maleza espinosa y grisácea que emana un olor amargo cuando se la estruja entre los dedos. En contraste con los desiertos de Arabia, no ha inspirado grandes aventuras dramáticas del espíritu, pero tiene. en cambio, su lugar en los anales de la experiencia humana. Charles Darwin halló irresistibles sus cualidades negativas”.

Chatwin cree que Darwin nunca logró explicar por qué “estos desiertos áridos se apoderaron con tanta firmeza de su mente”. En 1870. otro viajero. W. H. Hudson. se hizo la misma pregunta. Concluyó que “quienes vagan por este desierto encuentran en su interior un estado ancestral de calma conocido asimismo por el salvaje más primitivo, equivalente a la Paz del Señor”.

No es esto lo que le sucede a Chatwin. Lo que descubre es, más bien, un mundo de restos y desechos europeos, conservado en esas lejanías como el trozo del animal prehistórico en su glaciar, y rumeando adoloridos sueños no realizados. “A Bruce”, afirma su biógrafo, “le emocionaban más los soñadores y aventureros a quienes sus sueños les habían fallado”.

Quizá la escena más conmovedora y representativa del libro ocurre en Gaimán, un pueblito de la Patagonia argentina. La maestra de escuela le presenta al pianista, “un muchacho delgado y nervioso de cara fatigada y ojos que lagrimeaban a causa del viento. Tenía manos fuertes y coloradas”. Anselmo, de madre alemana y padre italiano que detestaba el piano, quería partir a estudiar a Buenos Aires. Afuera el viento “levantaba nubes de polvo en la calle y doblaba los álamos”. Anselmo sacó del armario “un pequeño busto de Beethoven, lo colocó sobre el piano y empezó a tocar”. Terminada la Patética, que ejecutó de modo impecable, se ofreció para interpretar una mazurca de Chopin, “mi gran favorita”. Entonces guardó el busto de Beethoven y lo reemplazó por uno de Chopin. Y Chatwin dice que mientras tocaba “la mazurca que dictó Chopin sobre su lecho de muerte”, el viento “silbaba en la calle y la música flotaba como fantasma sobre el piano, como hojas sobre una lápida funeraria, y uno podía imaginarse en presencia de un genio”. Ahí está la Patagonia de Chatwin.

El resto son los animales prehistóricos, el cisne de cuello negro (“el mejor pájaro del mundo”, le escribe a su mujer. Elizabeth), la vasta soledad de los parajes.

Pero da también con otra Patagonia: la que nutre la imaginación literaria. Por ejemplo. Chatwin argumenta que Shakespeare construyó su personaje Calibán de La tempestad a partir del relato de los gigantes patagónicos que hizo Pigafetta, el cronista que viajaba con Magallanes. Más aún: propone que el nombre de “patagones”, que les dio Magallanes, proviene del monstruo “Gran Patagón”, a medias animal, a medias humano, de la novela de caballería Primaleón de Grecia. ¿Habrán creído que los tehuelches pertenecían a una especie no humana? “Los primeros viajeros”, dice en Patagonia revisitada, “definitivamente pensaron que la Patagonia era la Tierra del Demonio”.

La imaginación prefigura la experiencia. La realidad no se nos impone directamente. Se nos da siempre anticipada y teñida por la imaginación. Esto es así. Pero Chatwin, como se verá, llevó esta tesis demasiado lejos.

Trazos de la canción (Songlines) es quizás el libro más leído de Chatwin. Esta vez el tesoro está escondido en la Australia profunda, en los ritos de los aborígenes que creían que el canto daba origen a las cosas. Es una idea extraordinaria. Chatwin leyó esto en el libro Cantos de Australia Central, escrito por un ignorado antropólogo, Ted Strehlow, que murió en 1978. Le recordó a Heidegger. Strehlow, que era hijo de un pastor luterano alemán, tuvo una mamá de la tribu aranda. Aprendió la lengua y pasó cerca de treinta años recolectando estas canciones. Aparentemente los propios aborígenes querían que lo hiciera por temor a que se olvidaran o llegaran a cantarse mal. Eso equivaldría a “des-crear la creación”.

“Los patriarcas”, escribe Chatwin. “hicieron camino cantando por todo el mundo. Cantaron los ríos y las cordilleras, las salinas y las dunas de arena. Cazaron, comieron, hicieron el amor, bailaron, mataron: fueran donde fueren, sus pisadas dejaban un reguero de música”. Este mundo de caminantes, de nómades que se mueven siguiendo rutas en un mapa de canciones ancestrales, fascinó al andariego Chatwin al punto de que se convenció de que aquí se escondía un secreto existencial, una antiquísima sabiduría olvidada, válida también para los primeros hebreos, que viven una religión de caminantes del desierto.

“El salmón”, anota, “conoce el sabor de su río ancestral”. Para los aborígenes australianos la tierra está llena de lugares sagrados que no pueden alterarse y a los cuales vuelven. Naturalmente, esto congela los cambios. “Los blancos”, dice, “modificaban constantemente el mundo para acomodarlo a su dudosa visión del futuro. Los aborígenes consagraban todas sus energías mentales a conservar el mundo tal cual era”.

Las aborígenes de esas tribus ríen siempre mucho. Chatwin les pregunta por qué. “La carne”, le contesta una de ellas. “Mascamos carne y no podemos dejar de sonreir”. Y él: “llevo grabada la sonrisa de esa anciana. Esa sonrisa… era como un mensaje de la Edad de Oro. Me había enseñado a rechazar drásticamente todos los argumentos en favor de la perversidad intrínseca humana. La idea de retornar a la simplicidad original no me parecía ni anticientífica ni desconectada de la realidad. El renunciamiento puede dar resultados, incluso a esta altura de la historia”. Es lo que Vargas Llosa ha llamado, en su libro sobre Arguedas, la “utopía arcaica”. Si En la Patagonia Chatwin era irónico y escéptico, en Los trazos de la canción, en su búsqueda del buen salvaje, se vuelve más bien condescendiente.

Lo sorprendente es que la teoría de Strehlow, que Chatwin acoge, está sumamente cuestionada por los especialistas. Por otra parte, los antropólogos y activistas no recibieron de buen grado este énfasis en el nomadismo cuando su batalla política era obtener tierras. Todo indica que Chatwin recreó la tesis de las rutas como canciones y la atribuyó a los aborígenes como si fuera efectivamente su mito. De hecho, nunca queda claro cómo se conecta la música con la geografía concreta.

¿Qué ocurre cuando los caminos se cruzan?, le objeta Salman Rushdie, que lo acompañó parte del viaje por Australia. No hay respuesta. Chatwin, sostiene Rushdie, andaba a la caza de “las historias que el mundo pudiera darle y le daba un comino que fueran verdaderas o falsas; sólo le importaba que fueran buenas historias”. Su tesis “es una chifladura”, pero no importa porque tiene “verdad poética, una validación mística”.

Según su biógrafo el proyecto original era escribir una tesis sobre lo nómades, tomando a los aborígenes australianos como caso paradigmático. Al ver que esto no era factible, decidió escribir un reportaje ficticio. “No que su libro fuera a ser una novela. Todavía quería escribir un libro serio sobre los nómades pero, una vez más, lo que más quería se le escapó”.

Chatwin se encontró con que el tesoro era inalcanzable. Para llegar a penetrar sus misterios era necesaria una iniciación en la que, entre otras cosas, se circuncida a los adolescentes (sin anestesia, por cierto). El cuchillo representa los dientes de un ogro sediento de sangre ante el cual los jóvenes demuestran su virilidad.

El obstáculo que se interpone al héroe me parece sintomático. No sólo por el coraje y el riesgo del dolor y las enfermedades que presupone. La dificultad que encuentra Chatwin va más allá. En el fondo su procedimiento es el de un joven educado en un buen public school inglés: la pregunta. Su curiosidad pasa por ahí. Y ese procedimiento no es el de los aborígenes. El mundo primitivo no es abierto sino cerrado y secreto. La iniciación supone sumisión. El gurú sabe que el conocimiento es poder. Por eso lo oculta y lo traspasa a los fieles, evitando el libre examen. En una sociedad tradicional el diálogo socrático es profundamente subversivo. Se paga con la cicuta.

¿Se puede leer Los trazos de la canción propiamente como ficción? Se puede. Pero no tiene ni de cerca, creo, el interés que alcanza si uno se figura que está leyendo un relato verdadero. La gran mayoría de los lectores lo ha leído como la crónica de un viaje, no como ficción. Desde luego, el libro mismo, que fue un bestseller mundial, en ningún momento se presenta como ficción. ¿Por qué?

Hasta ahora ni a los intelectuales ni al público lector les ha preocupado mayormente este asunto de la veracidad. Sí, claro, a los expertos y a los afectados. Lo que no quita, por supuesto, que mucho del libro de Chatwin esté en el trasfondo de lo que plantean los intelectuales del indigenismo en los sitios más variados. Chatwin creó una ficción que tiene la belleza de los grandes mitos.

¿Importa la distinción entre ficción y no ficción? Pienso que sí. (No es políticamente correcto decir esto). Lanzarse a leer un libro es un contrato tácito. Lo que se pide a la novela no es lo que se pide a una crónica, a un diario de viaje. Chatwin no lo veía así.

Por ejemplo, en Río Pico, Patagonia argentina, encuentra a una doctora rusa que ha perdido ambas piernas. Lee a Man- delstam, a Ajmatova. La verdad es que, según comprobó su biógrafo, la doctora jamás había oído hablar de Mandelstam y Ajmatova. Lee a Conan Doyle y a Agatha Christie. La historia pierde, se destiñe. ¿Y qué si los bustos de Beethoven y Chopin que Anselmo colocaba sobre el piano tampoco existieron?

Un inglés amigo mío, Patrick Vyvyan, leyó en Inglaterra, en la revista Granta, un artículo de Chatwin sobre Chiloé. En una de las islitas un viejísimo pescador le contaba una serie de historias míticas maravillosas. Se las traducía una señora chilena que tenía una casa en la isla. Patrick Vyvyan se fue a Chiloé. Esperaba dar con otros pescadores y recoger otras historias como ésas. Pero se encontró con que en el museo de Ancud había unas estatuillas de concreto que representaban algunas de estas figuras: Trauco, Pincoya. En unas tablillas se leían las mismas y conocidas historias. Vyvyan se fue pensando: “Este tipo nunca habló con un pescador. Leyó estas historias en el museo; y después se fue a su pieza del hotel y las escribió tomándose un whisky”.

Más serio es lo que ocurre con Ernest Hobbes, un estanciero de Tierra del Fuego. Chatwin, alterando un relato de su tío Charley, hace decir a Hobbes que él organizó una cacería de indios. Gente como él ha de haber hecho cosas así. Pero, claro, no es aceptable dañar la reputación de un hombre sin prueba alguna y sin otra excusa que hacer más llevadera la historia.

Cuando una crónica no respeta los hechos, no interesa. Salvo que el lector sea engañado. En ese caso hay fraude. La gracia del reportaje es entretener sin faltar a la verdad. Lo contrario es jugar tenis sin red.

En 1984, Chatwin estaba junto al paleontólogo Bob Brain, que excavaba una cueva cerca de Johanesburgo, Sudáfrica, cuando se produjo un hallazgo de importancia: apareció un pedazo de hueso de antílope quemado, la evidencia más antigua que se conoce del uso del fuego. Esto quiere decir que el hombre usaba el fuego antes de que se extinguiera una fiera, parecida al tigre, llamada dinofelis. El descubrimiento hacía muy plausible la tesis de Brain y que Chatwin admiraba: el hombre, antes que cazador, fue presa. El caso ilustra la intuición de Chatwin para dar, una vez más, con una historia fascinante.

En su interesantísimo artículo “Invasiones nómades” (1972) Chatwin había planteado que “el conflicto entre el nómade y el colono es, por cierto, el mismo que el de Abel, el pastor, y Caín, el agricultor que funda la primera ciudad. Como correspondía a un pueblo beduino, los hebreos se inclinaron por Abel”. El nómade se desplaza con sus rebaños de pastizal en pastizal, según las temporadas. Ese camino circular es su territorio.

Chatwin cree que la agresividad es una consecuencia del encierro, del hogar fijo. No es verdad que la civilización doma la agresividad del salvaje. A pesar de que reconoce que “la guerra… es endémica al nomadismo”, en su mente el nómade es libre, pacífico y mercantil. La guerra es una respuesta defensiva. Sostiene que las “grandes

religiones —judía, cristiana, musulmana. zoroástrica y budista— fueron predicadas por pueblos sedentarios que habían sido nómades”. Más tarde, en Los trazos de la canción, dirá que “los pueblos indolentes y sedentarios, como los antiguos egipcios —con su concepto del viaje de ultratumba— proyectan sobre el otro mundo los viajes que no hicieron en éste”.

¿Y qué si Lorenz tiene razón y hay en el hombre un instinto agresivo primigenio? No sé bien por qué Chatwin. que por cierto vivió en algún momento entre los beduinos del Sahara, vincula este problema con su amor a los nómades. La cosa es que para él es de la mayor significación poder demostrar que la agresividad es esencialmente defensiva. De esto depende la posibilidad de la paz. Y es aquí donde entra a tallar el paleontólogo Bob Brain y el terrible dinofelis.

Se trata de imaginar lo que pudo haber sido la vida humana antes del fuego. Los hombres, cuyos antepasados bajaron de los árboles, se cobijan del frío y de la lluvia en cavernas. Pero adentro el peligro es encontrarse con los ojos de una fiera. Hay que pensar en “seres migratorios que deambulaban en verano hacia las tierras altas y que en invierno se replegaban a los valles, desprovistos de toda defensa que no fuera la que les suministraba su propia fuerza bruta; sin fuego; sin más calor que el de sus cuerpos apretujados entre sí; ciegos por la noche. pero obligados a compartir su vivienda con un felino de ojos brillantes que, de cuando en cuando, debía de salir a cazar a un descarriado”. Este es uno de los mejores momentos de Los trazos de canción.

Se sabe que el leopardo, “una vez que se acostumbra al sabor de la carne humana, no prueba otra”. Entonces viene la pregunta de Brain: ¿y si el dinofelis era un animal de presa especializado en primates? La estructura de su mandíbula y los dientes le permitían comer “todas las partes del esqueleto del primate, excepto el cráneo”. Si es así, es concebible que. de presa, el hombre se haya vuelto cazador de este “carnicero especializado”. Y su arma principal ha de haber sido el fuego. Por eso importaba demostrar que hubo uso del fuego antes de que se extinguiera el dinofelis.

La victoria del hombre sobre el dinofelis es para Chatwin la victoria sobre “Nuestra Bestia”. El dinofelis. sugiere, fue nuestro “archienemigo que nos acechaba, sigilosa y astutamente, en todos los lugares adonde íbamos”. Pero, sobre todo, en la oscuridad en la que él podía ver. El dinofelis era “el Príncipe de las Tinieblas”.

Chatwin escribió este libro en Grecia, cerca del mar. Visitó el Monte Athos, “una ambición que tenía desde niño”. Antes, en Java, donde había estado enfermo, escribió: “La búsqueda de los nómades es una búsqueda de Dios”. Pero en 1972 había anotado: “La religión es una guía de viaje para los sedentarios”.

Elizabeth, una mujer católica de misa semanal, de la que se separó y con quien se reconcilió después, decía que sólo le interesaba la religión “por consideraciones estéticas”. “Toda mi vida”, dijo Bruce, “ha sido una búsqueda de lo milagroso: sin embargo, ante el más leve gustillo por lo sobrenatural, tiendo a ponerme racional y científico”. No obstante, una tarde en que había salido a caminar cerca de un monasterio griego vio entre las rocas, casi en el mar. una cruz de hierro. Escribió: “Tiene que haber un Dios”.

Cuando su enfermedad empezó a consumirlo decía haber contraído un extraño hongo en algún lugar de la China. Chatwin nunca admitió que tenía sida. Tampoco admitió abiertamente su homosexualismo, pese a que su mujer lo sabía. “No quería decepcionar a su padre”, explicaría después su hermano Hugh. Un padre que tenía, según escribió Bruce, “los ojos del hombre que nunca ha conocido el significado de la deshonestidad”, ojos azules que “nunca lo tentaron a nada bajo o falso”.

Se mantuvo joven y atlético hasta que la enfermedad hizo de él un anciano súbito. En Australia, mientras estudiaba a los nómades, todavía tenía tiempo para ir a surfear. Como era su voluntad, su funeral se ciñó al rito ortodoxo y sus cenizas se enterraron al pie de una capilla bizantina del siglo X, en el Peloponeso. El nómade

Bruce Chatwin, después de recorrer los lugares más remotos de los cinco continentes, volvía al viejo cristianismo y a Grecia. “El salmón conoce el sabor de su río ancestral”.   n

Arturo Fontaine. Escritor. Su más reciente libro es Cuando éramos inmortales.

Tocqueville hoy

TOCQUEVILLE HOY

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

No es una coincidencia que Tocqueville sea resucitado en las postrimerías del siglo XX. Hay. en las circunstancias que vieron nacer La democracia en América y el mundo de después del comunismo, una similitud. Ambas épocas —la tercera década del siglo XIX y las últimas dos del XX—comparten una pregunta: ¿es posible la democracia ahí donde no había existido? Tocqueville proporcionaba aliento y cautela a los que pensaban que sociedades libres eran posibles. Es precisamente esta esperanza cautelosa la que hace a Tocqueville vigente. No hay que olvidar que la gran obra tocquevilliana se escribió en el apogeo de la Restauración en Europa: un momento de hegemonía conservadora. Entendiblemente, La democracia en América no fue bien recibida ni por los conservadores ni por los demócratas radicales, para quienes resultaba demasiado tibia. La visión de la historia que ofrece Tocqueville no es ni teleológica ni organicista. No alberga utopías, pero tampoco es determinista. Alexis de Tocqueville no era un idealista; sabía diferenciar lo deseable de lo probable. Para él, la sociedad estaba compuesta por individuos, no por cuerpos estamentales. La psicología individual, no la mística o la autoridad, era el elemento que explicaba el comportamiento social. Por ello, estudió la forma en que se formaban las creencias de las personas. Deseaba entender la manera en que la política, la religión y la economía interactuaban entre sí para producir cierto tipo de fenómenos.

Resulta a primera vista paradójico que Tocqueville, aunque creyera en el poder de las costumbres y de lo que acertadamente llamó “hábitos del corazón”, no haya sido apropiado por la tradición conservadora. Las razones de ello son claras. Tocqueville no celebraba en abstracto la tradición ni los usos y costumbres. En el pasado de naciones como Inglaterra vio las semillas de una sociedad libre, las estructuras de los townships o cabildos, imprescindibles para una sociedad democrática, pues eran las “escuelas” de autogobierno. Sin embargo, descreía de las tradiciones, del aura de inmutabilidad y sacralidad del pasado que eran tan importantes para De Maistre, Burke y otros conservadores. En el imaginario conservador los órdenes políticos inmemoriales están imbuidos de una mística religiosa. Tocqueville, por el contrario, describió los mecanismos causales a través de los cuales se producían determinados fenómenos sociales. Y éstos no tenían nada de metafísicos. Por ello no es una casualidad que Jon Elster, uno de los marxistas analíticos y teórico destacado de la elección racional, haya sido fascinado por el pensamiento tocquevilliano (“cuando leí por primera vez La democracia en América daba saltitos de emoción”, afirmaba en clase). Dos ejemplos de estos mecanismos: los efectos “de contagio” y de “compensación” que se describen en La democracia en América. Lo que los ciudadanos hacen en un ámbito de la vida social tiene consecuencias no deliberadas e imprevistas en otro. Las asociaciones políticas producían un peculiar fermento y agitación, que luego se transmitía a otro tipo de asociaciones no políticas, como las comerciales. El efecto era que en estas últimas aumentaba la inventiva y la actividad. Así, la democracia y la libertad política podían conducir a la prosperidad económica. De la misma forma, aquello que era reprimido en una esfera de la vida social podía resurgir de manera aparentemente imprevista en otra.

La igualdad, la libertad política y el éxito no producen un solo efecto en la sociedad. Inicialmente pueden tener consecuencias benéficas o negativas, pero al paso del tiempo el efecto puede invertirse de manera paradójica. El peligro y el éxito son buenos ejemplos de lo anterior. A veces ocurre que uno se ve salvado por el peligro y perdido por el éxito. Si un peligro es muy pequeño no ocasiona la reacción necesaria para hacerle frente. En cambio, si el peligro es mayor el riesgo nos alerta, nos induce a buscar aliados, surgen líderes y la envidia se olvida. Por contra, el éxito en una empresa tiende a volvernos confiados y descuidados. Después de una victoria la vanidad se instala en nosotros y entonces los antiguos aliados se convierten en rivales. Estos mecanismos son útiles para explicar dinámicas sociales distintas a través del tiempo y el espacio.

Tocqueville no se resignó frente a sociedades sin ciudadanos, donde la lógica política era corporativa y clientelar. Después de todo, viajó a América en busca de esperanzas para Francia. En Estados Unidos la democracia no era una quimera, sino una realidad. El resultado del viaje a América fue una esperanza informada. Descubrió que las costumbres (moeurs) tenían una gran influencia en las leyes, pero no creía que éstas debían acomodarse a las costumbres. Los hábitos, además, no eran inmunes a los cambios en el contexto social y político. Las costumbres eran el resultado de las condiciones sociales —la igualdad— y de las organizaciones políticas —las asociaciones voluntarias—. La libertad —no la resignación— era el antídoto contra los excesos y peligros producidos por la igualdad de condiciones. No hay en Tocqueville fatalidad ni deterninismo, sino un lúcido entendimiento de los mecanismos que producían la democracia o su ausencia. La Historia, como resumen de las condiciones sociales preexistentes, importaba, pero no dejaba inermes a los hombres. Para Tocqueville no había cajas negras: las cosas tenían su razón de ser. Era, después e todo, un hijo de la Ilustración que pensaba que la razón podía transformar la condición humana a través del progreso. El entendimiento racional era una herramienta que podía modificar el mundo, pero no de manera voluntarista. Esta visión.  es cierto, está lejos de la utopía, pero está mucho más lejos de la resignación. La democracia para Francia y otras naciones era posible, pero su instauración sería lenta y dolorosa; sobrevendría no a consecuencia de un acto de fe sino como resultado de un cambio gradual en aquellas condiciones sociales que sustentan y reproducen los usos y las costumbres favorables a la práctica democrática. Tocqueville, a diferencia de los pensadores conservadores de ayer y hoy que se resignan a vivir en un país de ciudadanos imaginarios, creía en el poder transformador de la libertad; en él esta creencia no era un acto de fe sino una conclusión lógica. Tocqueville demostró que el realismo no es necesariamente conservador. Es, más bien, una condición necesaria de la libertad.    n

1968-1999: La UNAM ante dos presidentes

1968-1999: LA UNAM ANTE DOS PRESIDENTES

POR LUIS GONZÁLEZ DE ALBA

El movimiento universitario de 1968 y la huelga que lo acompañó —como escribe Luis González de Alba— no pedían ventajas o privilegios para los estudiantes que por entonces pagaban el equivalente a 800 pesos de hoy. La huelga de la UNAM que estalló hace más de cinco meses no es polvo de aquellos lodos. Y esto porque—a diferencia de hace treintaiún años—nadie la desea y pocos la impusieron.

Desde mediados de abril hasta por lo menos hoy, 2 de septiembre, la UNAM ha estado cerrada. Nadie puede imaginar lo que habrá ocurrido en un mes, el 2 de octubre próximo, en que todos recordamos el aplastamiento a sangre y fuego de aquel movimiento estudiantil de 1968. A diferencia de otros conflictos, en éste la autoridad ha estado ausente por ambas partes. Si por los estudiantes no se conocen líderes más allá de algún personaje chusco, por la autoridad universitaria tampoco ha habido liderazgo. Y en los gobiernos afectados, el perredista de la Ciudad de México y el priista de la República, tampoco hemos visto los ciudadanos medida alguna para imponer la ley que juraron, en sus respectivas tomas de protesta, cumplir y hacer cumplir.

La ley puede no gustarnos —y está claro que a los mexicanos no nos gusta, y por eso tenemos la desgraciada historia patria que cada uno se sabe—. pero sólo eso tenemos ante la injusticia, ya que la justicia por propia mano conduce, invariablemente, a otra ley, ésta más riesgosa porque es la del más fuerte, y no siempre el agraviado es el fuerte y logra hacerse justicia. Se abre entonces la tenebrosa perspectiva en que cada quien debe traer espada presta y puñal bajo la capa. Nadie en sus cabales desea regresar a esa vida ni ser la pistola más rápida del viejo Oeste o del nuevo Distrito Federal. Así que sólo queda el recurso de la ley que todos aceptemos y cumplamos.

Con motivo de un aniversario más de aquel 2 de octubre de 1968, con su lluvia de agua, sangre y fuego, reúno y aderezo opiniones ya publicadas (y me disculpo ante el lector que ya las conozca), para destacar que éstos no son, de ninguna manera, polvos de aquellos lodos y, más aún, se colocan en extremos opuestos del panorama político. Veamos.

1968 y 1999

En 1968, el Presidente lo recordará como estudiante del Politécnico, la primera manifestación de aquel movimiento estudiantil fue encabezada por el propio rector de la UNAM, el ingeniero Javier Barros Sierra, acompañado por todo el Consejo Universitario, todos los funcionarios, todos los directores de escuelas y facultades, y de todos, todos, los 100,000 estudiantes que en un turno asisten a clases. No hubo la oposición ni de una sola persona. Se esperaba la asistencia, también, del director general del Politécnico, quien finalmente no llegó. Así comenzó esa huelga.

Las demandas fueron seis y ninguna de ellas pedía ventajas o privilegios para los entonces estudiantes, que pagábamos cuota de 200 pesos, equivalentes en su poder adquisitivo a 800 de ahora. Pedimos:

1.   Deslinde de responsabilidades entre los policías y militares que se habían excedido en su función durante los conflictos previos y posteriores al 26 de julio.

2.   Destitución de dos de sus jefes: Cueto y Mendiolea.

3.   Indemnización a las víctimas de tales abusos de autoridad.

4.   Desaparición del cuerpo de granaderos.

5.   Libertad de los presos políticos.

6.   Derogación del artículo de “disolución social” empleado contra opositores al régimen.

Se sumaron escuelas y universidades, de Chihuahua a Yucatán y de Veracruz a Guerrero. Cada escuela tenía derecho a dos delegados y con ellos se conformó el Consejo Nacional de Huelga (CNH). En sus largas y a veces tormentosas sesiones, nunca hubo no digamos un golpe, ni siquiera una grosería de un delegado contra otro.

La huelga, por tanto, no debió nunca defenderse de los propios alumnos, pues no existió jamás oposición interna en los dos meses de auge, agosto y septiembre. Después del 2 de octubre, algunos líderes no encarcelados pensaron (con razón o sin ella, para el caso no importa) que era necesario levantar la huelga y así lo plantearon en facultades y escuelas. Convencidos de que ya era imprescindible volver a clases, los líderes del CNH realizaron campañas de movilización por el fin de la huelga. Se encontraron con una sorpresa: las asambleas celebradas en auditorios abiertos, con entrada libre y sin restricción alguna al acceso, no aceptaban su propuesta. Los estudiantes del Politécnico y de la UNAM no se resignaban a volver a clases sin, por lo menos, dejar las cosas como estaban: con los mismos presos políticos de antes, pero no con más.

A los dirigentes libres les costó otros dos meses, octubre y noviembre, convencer a sus “bases”, como se decía y se dice, de que debían levantar la huelga. A principios de diciembre se tomó esa determinación en cada asamblea, siempre con tristeza.

¿En el conflicto de 1999, podemos imaginar siquiera elecciones libres y con las escuelas abiertas a todos sus alumnos? La “huelga” no duraría ni cinco minutos. Nadie la desea y pocos la impusieron.

Las demandas de 1999

En 1999, la UNAM no fue cerrada por toda la comunidad, sino por una minoría de algunos centenares —siendo la población de 250,000 alumnos—, minoría que realizó “votaciones” de asamblea como todos sabemos hacer, y cuando hasta así las perdió, cerró la escuela por la fuerza y de madrugada. Los estudiantes que por la tarde habían ganado la asamblea contra la huelga, encontraron por la mañana su escuela cerrada con barricadas hechas con escritorios y mesabancos a estas alturas inservibles. También son seis demandas (buscando a propósito el número cabalístico):

1. No queremos pagar cuotas ni que las pague quien desee hacerlo.

2. No queremos hacer examen de admisión.

3.   Exigimos libertad a los “fósiles” para inscribirse durante 10 ó 15 años consecutivos.

4. No queremos aplicación de la ley a quienes han robado computadoras y valioso equipo, han destruido archivos, quemado documentos de estudio de sus propios compañeros, etcétera.

Estas son las demandas reales. Vergonzosas, como está a la vista. Las otras dos fueron añadidas a posteriori para “imagen”: congreso y democratización siempre suenan bien.

Abril: Los dos sofismas de la gratuidad

La exigencia de gratuidad absoluta para la educación superior está basada en dos sofismas:

1. La Constitución dice que la educación que imparta el Estado será gratuita, por tanto la UNAM debe ser gratuita. Esa lógica implica, como puede verse, que la UNAM no es autónoma, sino parte del Estado.

2. Que cuando un estudiante no paga, la educación es gratuita. Pero no es así. La pagamos todos, incluidos mexicanos más pobres que el estudiante agraciado con la exención de cuotas.

Pero dejemos las sofisticaciones, porque los alumnos de hoy no están dispuestos a escucharlas, como no están dispuestos a pagar a su universidad lo mismo que se gastan en cigarros. El asunto preocupante es otro: es el rector (y era apenas 22 de abril).

El rector

El rector Francisco Barnés de Castro sabe perfectamente que esa misma pretensión, la de cobrar cuotas menos ridiculas que los 20 centavos actuales, con todo y ser justificada, sensata, legal y todos los adjetivos que se deseen, causó los peores problemas a dos antecesores: Carpizo y Sarukhán. En particular Jorge Carpizo conoció la derrota de su conjunto de propuestas ante la prolongada huelga encabezada por quienes hoy son funcionarios del gobierno y tienen por tanto un poder que entonces, como huelguistas contra las cuotas, no sospecharon. Son autoridades, pues, que no es asunto para pasar por alto. Nadie puede imaginar que el rector no tuviera prevista la intransigencia y la huelga. Sólo como entretenimiento jocoso podría hacer la prueba de informar que el aumento será de tan sólo 5 centavos. La huelga seguirá.

Y seguirá por razones que el rector conoce bien:

1.   Las huelgas estudiantiles son divertidas.

2.   El 68 es una epopeya que los hoy estudiantes han literalmente mamado. Desde su infancia oyen hablar con nostalgia a sus padres, tíos (y algún abuelo) de aquellos días. Así que cada generación quiere su 68.

3.   La gran mayoría de los huelguistas consiguen ventajas de inmediato: algunos comen luego de días de ayuno, otros se emborrachan gratis, otros más olvidan por un tiempo las materias tronadas, el semestre que ya tenían perdido.

4. Otros pocos, los que pueden comer en sus casas y llevan buenas calificaciones, padecen el síndrome mexicano que más abunda en estos tiempos: todo cuanto diga la autoridad está mal. Hay en el país una atmósfera de fastidio que ha sido el gran éxito de “Marcos”.

No hay nada nuevo en lo arriba planteado. El rector Barnés sabía que su llamado sería respondido con una inevitable huelga. Era tan predecible que el rector contaba con ella. Ni duda cabe. Lo que no sabemos son sus planes para terminarla.

¿El plan?

Es más probable que el rector tenga en mente un planteamiento como éste:

A. La UNAM no le sirve ya a nadie. Ni al gobierno ni a la iniciativa privada. Es un elefante blanco inútil, estorboso y siempre malhumorado, cuyos arranques de furia, como el actual, son de temer por el gran número de personas involucradas.

B. La UNAM, por tanto, puede abandonarse a la suerte de las hordas que la ocupen porque la masa acabará con el elefante por inanición.

C.  Una vez muerto el animal inútil pero pendenciero, se puede diseñar una universidad eficaz en las instalaciones hoy pintarrajeadas y pegajosas por cochambre de anafres, pero próximamente limpias.

El plan, de ir por allí, no es malo. Dejemos por un momento el asunto de las cuotas, que tampoco sacarán a la UNAM de su postración, y que hasta los huelguistas parecen haber olvidado en el baturrillo de exigencias que incluyen condenas a la OTAN. Lo principal es que se trata de una universidad vieja en sus concepciones. Pongamos el caso de la Facultad de Filosofía y Letras. ¿Se estudia allí el problema de la conciencia para aplicarse a la informática? ¿Sabe alguien qué es una máquina de Turing?

Nada de eso. Leen a Platón, cuando bien les va, y a Marx cuando peor.

Posee además colegios como los siguientes: Letras Italianas, Letras Alemanas, Letras Inglesas, Letras Francesas, Pedagogía, etcétera. Por supuesto se entiende un Colegio de Letras Hispanas. Pero ¿no sería mejor que la joven interesada en Petrarca lo fuera a estudiar a Italia? ¿Las letras de Francia no deben estudiarse allá? ¿Pedagogía no es un posgrado natural de la Facultad de Psicología? El costo de sostener tan estrafalarias carreras es enorme: Filosofía y Letras tiene cientos de profesores con sus vacaciones, sabáticos y demás prestaciones. Como éstas, otras escuelas podrían cerrarse sin que nadie se enterara en el país.

Tales colegios sólo servían (y quizá siga siendo el caso), para que aspirantes a Derecho o Ingeniería que no alcanzaban el puntaje necesario intentaran colarse por carreras de puntaje regalado. Por lo mismo se daba allí una mescolanza inverosímil: una o dos alumnas exquisitas interesadas en sonetos renacentistas y una docena de lúmpenes que deseaban ser grillos del PRI, tinterillos o madrinas de la Judicial, para lo cual debían dar el salto en algún semestre a la Facultad de Derecho. Nunca lo lograban. Les decíamos los dragones por una anécdota concerniente a uno de ellos.

Si ésa es la UNAM con la que desea acabar el rector Barnés de Castro, y la razón por la que buscó la huelga con método infalible, la UNAM lumpen, la de los dragones, bienvenida la huelga.

Mayo: La trampa del diálogo público

Hay expresiones que suenan bien desde antes de pasar por el tamiz de la razón, una es la 30 años prestigiosa “diálogo público”. Habiendo sido el método exigido en 1968 por quienes condujimos aquella huelga nacional de estudiantes, para solucionar las seis y sólo seis demandas planteadas al gobierno de la República (no a la rectoría de la UNAM), pasó a la historia como marca de pureza, sello de garantía contra la transa en las negociaciones.

Pero lo cierto fue que nos tendimos una trampa a nosotros mismos, nos pusimos zancadilla, nos metimos en camisa de once varas. La exigencia de que el diálogo fuera público acabó gravitando contra nosotros mismos y cerrando los atisbos de arreglo, pálidos y balbuceantes, es verdad, pero que negociadores más eficaces habrían sabido atrapar por los pelos y en cambio nosotros, montados en el chivo prieto del diálogo público, tropezamos con nuestra propia demanda.

Barnés en el avispero

Todos sabemos que la UNAM es un avispero y que el palo que más efectivamente lo azuza es el de las cuotas. Por lo mismo, cuando vimos llegar al rector y darle de palos al avispero supusimos que llevaba equipo contra el ineludible ataque de las avispas. Luego, para sorpresa de todos, lo vemos de pronto correteado por el enjambre y tirándose al agua como aquel oso Barney, a quien siempre tal cosa le pasaba. ¿Será posible?, pensamos incrédulos. Su “arma secreta” son los mismos deplorables e inútiles desplegados de apoyo que a nadie importan. ¿No han hecho eso mismo, con tedio plúmbeo, todos los rectores que en la UNAM han sido, ante cualquier conflicto? Ya empleó ése y todos los demás métodos inefectivos.

Por parte de los huelguistas no podía faltar, tampoco, la exigencia de que su pliego petitorio, cuya longitud ni ellos mismos logran establecer, se resolviera por medio de un diálogo público.

El diálogo, como expresión, como palabra, está de moda. Por tanto decir no al diálogo fue la primer barrabasada. No porque de él fueran a salir resultados positivos, pues los huelguistas no lograrán jamás explicar su oposición a que quienes pueden paguen y los que no puedan (o no quieran), no; sino porque el costo político de la negativa fue así pagado sin necesidad. El diálogo es inútil, pero hay que pagar su cuota en tedio porque así lo piden los tiempos.

El no-diálogo

Si es público, no es diálogo, sino competencia entre dirigentes por arrancar los mejores aplausos del honorable público con arengas flamígeras. Pero debe uno ir. Luego, ya allí, dormir la siesta con los ojos abiertos en lo que dos decenas de “representantes”. elegidos en asambleas de treinta personas a nombre de diez mil ausentes, se arrancan la palabra para tener sus quince minutos de fama vinculando las cuotas con los bombardeos a Kosovo. Ya lo verán. Así ocurrió cuando aquel CEU de hace 12 años hizo huelga por la misma causa, encabezado por jóvenes que hoy son maduros funcionarios del gobierno. Entonces el rector Carpizo aceptó el diálogo público. Fue la experiencia más irritante que algunos hayamos atestiguado: una feria de vanidades estudiantiles y de frases huecas rectoriles que se prolongó 16 horas diarias durante semanas. Hasta que el asunto terminó… con negociaciones comunes y corrientes, lejos del micrófono que a tantos fascina.

Otra posibilidad, muy distinta, seria que los 250,000 estudiantes de la UNAM eligieran representantes por escuela y facultad, en elecciones vigiladas, quizá, por el IFE o por notarios públicos que dieran fe del padrón basado en los inscritos.

Junio: Las sinrazones

Que no hay mucho de que hablar es claro. ¿Cómo defender que quien pueda pagar no lo haga? ¿Cómo no sentir vergüenza ante la demanda de que la calificación mínima para obtener el anhelado “pase automático” a las facultades baje del ya ridículo 7.5? ¿Qué razones pueden expresarse a favor de los “fósiles” que necesitan más de los cuatro años reglamentarios para terminar el bachillerato? Si las universidades privadas, donde el semestre cuesta 35,000 pesos, no permiten, ni por aumentar el negocio, la permanencia indefinida de alumnos incapaces de concluir una carrera, ¿qué argumentos pueden darse, en público o en privado, para que quienes pagamos impuestos sostengamos en las aulas diez años a un o una inútil? Una universidad pública debe ser todavía más exigente con sus estudiantes que una privada porque le cuestan al tan mentado pueblo.

No hay razones. Pero sí hay muchas sinrazones no expresables. La principal es el temor al futuro. El estudiante quiere asegurarse, por todos los medios, el título universitario: no exámenes, no cuotas, no límites de tiempo, no a cualquier dificultad. Con eso lo único que han conseguido, y lo han conseguido ya, es que los títulos así obtenidos no valgan nada y tengan el papel con el águila y el zopilote enmarcado, pero no el empleo: ya nadie quiere un economista ni un psicólogo de la UNAM si puede obtener algo mejor. Barnés podría ganarles en radicalidad a los huelguistas y proponer que al nacer todo mexicano lleve el título de licenciado. Así despoblaría la UNAM y se quedaría con los interesados en el conocimiento.

Medicina para los médicos

Para cerrar la UNAM bastan dos personas decididas y enfermas. No es ésta una exageración de articulista enojado, sino un hecho realmente ocurrido en la que fuera la universidad más importante del país y cuando todavía lo era. Un gordo babeante al hablar y un paranoide con ojos desorbitados, Miguel Castro Bustos y Mario Falcón, le tomaron la rectoría a Pablo González Casanova por ocurrencias ya olvidadas. En pocos días, el temor a equivocarse combatiendo a dos futuros nombres de calles, más el oportunismo del sindicato corrupto, la necedad de la ultra estudiantil, el coqueteo de los mismos intelectuales-brújula de siempre, el pasmo de la masa estudiantil, y, más que nada, repito y repito, el temor a equivocarse, a resultar señalado en los años venideros como el traidor que vendió a dos proceres de la república, produjeron una agria ensalada de la que cada quien se sirvió, mientras el par de hampones salía a cenar al Vips de enfrente sin riesgo alguno de ser detenidos. Tan evidente era su alianza con algún oscuro sótano del poder.

En el conflicto actual, el rector ha descubierto que “ningún reglamento es definitivo…”. Semejante obviedad perogrullesca no puede ser sino el anuncio de los siguientes retrocesos en cascada imparable.

De esta manera, la rectoría está enseñando, a los miles de estudiantes contrarios a la huelga, una asignatura cuyo nombre podría ser “Incivismo I”, resumida en una máxima simplona: no eres menos tú que Falcón y Castro Bustos; si deseas que te eleven una calificación reprobatoria, cierra la UNAM ayudado por tus 68-eros y nostálgicos padres. En pocos días obtendrás lacrimosas defensas por lo escaso de tu desayuno (si eres pobre) o por la escasa presencia de tu madre, más dada a salones de belleza y cocteles de caridad (si eres rico). Como todo se puede explicar, todo se puede perdonar y el culpable de la calificación reprobatoria no eres tú, sino, por angas o por mangas, el Sistema. Oh, sí. Lo dicen tus respetables defensores.

Así es como sucesivas autoridades universitarias han enseñado Huelga y han repartido doctorados, togas y birretes en Impunidad. Las autoridades han exhibido que, en el peor de los casos, la situación sigue como estaba antes de la huelga. Nadie está en la cárcel por microscopios perdidos, por actos vandálicos ni por delitos graves cometidos a la sombra de una huelga. Cualquiera lo sabe. Lo han confirmado en estos días los porros cuidados por la policía cardenista mientras destrozaban autobuses del servicio público y comercios, con la única y clara voz del ombudsman Luis de la Barreda, levantándose solitaria para denunciar, tanto los delitos cometidos, como la extraña complicidad de la policía capitalina.

Transición a la democracia estudiantil

Pero las autoridades de la UNAM y los partidos políticos podrían formar ciudadanos defensores de su universidad si enseñaran a los estudiantes de esa universidad a elegir representantes, a respetar votaciones mayoritarias en asambleas correctamente integradas, a realizar plebiscitos y acatar sus resultados. Para cualquiera que haya pasado por una universidad, resulta obvio que estos métodos democráticos nunca han estado al servicio de conseguir la representación estudiantil. En cambio, sería ridículo someter a votación aquello que la universidad enseña, los métodos de calificación o la conformación de los exámenes; pero sí, y con urgencia, una voz estudiantil autentificada por los métodos democráticos que todos los ciudadanos exigimos en sindicatos, partidos y agrupaciones. La voz de los estudiantes debe ser legitimada por medio de una transición a la democracia estudiantil, tal y como unas elecciones limpias legitiman un gobierno y le dan autoridad moral.

Julio: Tomar la medicina

En los tiempos en que el PRI era partido casi único, hubo representación estudiantil elegida en la UNAM; pero tuvo los mismos vicios de la vida política nacional: corrupción, fraude electoral, balaceras para resolver conflictos.

El país es otro, lo decimos todos los días; pero, paradójicamente, la democracia no ha llegado al ámbito estudiantil. Es tiempo de que acabemos con semejante aberración y quienes son siempre los primeros en exigir democracia a los demás se la receten a sí mismos: los estudiantes de las universidades públicas deben tener una representación democráticamente elegida y para ello aplicarse las mismas garantías de limpieza que como ciudadanos demandan. Por ahora, el único segmento de la sociedad al que no han penetrado las ideas que llevan a buscar el voto mayoritario,

a respetar las urnas y aceptar las derrotas es el que alguna vez se proclamó vanguardia de nada menos que de las libertades democráticas: los estudiantes.

Con una representación estudiantil legítima, toda decisión no tomada por las vías democráticas sería simple y llanamente delictiva. Para defender la Universidad de dos o de doscientos estaría la fuerza pública. O las leyes se detienen en los límites de la UNAM, como ha sido el caso hasta ahora. Uos huelguistas de la UNAM declaran que luchan por el pueblo cuando exigen que quienes pueden pagar una cuota de cinco pesos diarios no lo hagan. Pero observemos que si algún problema tiene esa monstruosa universidad es el de estacionamiento: no hay espacio suficiente para los autos de los estudiantes que gastan mucho más de cinco pesos en gasolina o en cigarrillos. Donde algunos vemos una defensa de los ricos que podrían pagar cuotas 20 veces más altas en una universidad privada, los encendidos discursos de los impostores ven una “defensa del pueblo”. No requieren explicarla, no es necesario dar razones. Con el sólo nombre de “estudiantes” y el de “pueblo” se provoca una extraña parálisis de la razón en personas normalmente razonables.

Si el rector hubiera actuado con menos torpeza, se habría limitado a cobrar el estacionamiento… y sacaría mucho más para las becas de los estudiantes pobres. Para cuando este artículo aparezca, si acaso queda alguna piltrafa de aquella gran universidad, podría cobrar el estacionamiento. No hay manera de darle la vuelta y convertir la demanda de “estacionamiento gratuito” en una defensa del pueblo y todo ese bla bla hueco que ha caracterizado a esta huelga.

Agosto: El Presidente pide que le pidan

En la última semana de agosto, el presidente Ernesto Zedillo afirmó (resumo en mis palabras) que no reprimiría ni sería él quien termine un conflicto estudiantil a bazukazos. Nadie le está pidiendo semejante abuso de su autoridad. Pero nos podemos preguntar si quiso decir que cuando a él le tomen el Palacio Nacional algunos de los muchos inconformes, el presidente de la república se irá a despachar a donde pueda. Y cuando vayan y le apedreen las oficinas prestadas, saldrá corriendo y buscará otra oficina en renta. Todo, menos emplear la fuerza pública.

Creo que resulta alarmante, pero los ciudadanos debemos explicarle al Presidente que una cosa es una masacre con soldados disparando contra jóvenes, equivocados o no, pero desarmados; y otra cosa es el uso de la fuerza pública, sin armas de fuego, aunque con los medios necesarios, para sacar a quienes, cumplida su exigencia inicial, la de no pagar cuotas en la UNAM, siguen posesionados de las instalaciones. El robo, el vandalismo y el secuestro de un bien público, no son problemas internos de los universitarios: son problema de la autoridad en quien hemos depositado los ciudadanos el monopolio del uso legítimo de la fuerza. No emplearla en la flagrancia de un delito es también un delito de la autoridad.

El traje nuevo de los demócratas

Un grupo de renombrados intelectuales que no por ello saben escribir en buen castellano, publicaron un llamado lleno de remilgos (y de patadas a la sintaxis). No les ha quedado claro, por lo visto, que el motivo de la huelga, las cuotas, fue eliminado hace meses.

La huelga sigue, abajofirmantes, en primerísimo lugar porque las huelgas estudiantiles son muy divertidas, luego porque ya están jugando a enmascararse con paliacates y pasamontañas, y también porque la huelga está infiltrada por fósiles y porros. También porque hasta la vía propuesta por los profesores eméritos está llena de humillaciones a nombre de una supuesta democracia y no es sino un empalagoso coqueteo con el síndrome de Modigliani que padecen: nadie quiere ser, en el futuro, el malvado que no comprendió a un gran artista. La democracia no cabe donde la quieren meter los huelguistas y sus maestros eméritos: en clases no se puede comer, ni conversar, ni poner a votación la bibliografía o el temario o el examen. Pero no vaya a ser que la historia los condene y buscan palabras melifluas para defender lo indefendible. Condenará de todas formas a los eméritos por coquetos con la tontería rampante, cuando no la mala fe de un pliego petitorio impúdico que no puede tener más respuesta que un NO rotundo.

Nuestros intelectuales no distinguen un lenguaje hueco, lleno de fraseología de mitin, pero desnudo de todo contenido. ¿Cómo puede ser más popular una universidad en la que el dinero del pueblo sirva para mantener tirados entre hermosos jardines a quienes no puedan terminar una preparatoria de ínfimo nivel sino con un infame 6? ¿Tirar el dinero del pueblo en quien repruebe cada semestre indefinidamente? En Cuba, como en los ex países comunistas, la educación es gratuita, pero las exigencias son más altas que en muchas de nuestras universidades privadas.

Es grave que el Presidente no vea sino dos sopas: o masacrar o dejar que “ai” se arreglen. Hay delitos que se persiguen de oficio y la autoridad debe aprender a ejercer el poder que la sociedad le ha concedido sin excederse: detener al ladrón sin acribillarlo, recuperar una casa sin destruirla con bombas. Tanto peca la autoridad que mata al delincuente, como la que lo deja impune.

¿Por qué habría de llamarse “represión” a que. agotadas como están las razones, la policía, sin armas de fuego, acompañada por el presidente de los derechos humanos en el DF, por prensa y observadores, recupere la Ciudad Universitaria, como lo haría. de seguro, cuando un grupo cerrara Palacio Nacional? La ausencia de autoridad llama a hacerse justicia por propia mano, y así ocurrió Acteal; entre los estudiantes en conflicto puede ocurrir otro.

Septiembre: El informe de los molinos

En el V Informe Presidencial, el Presidente descabezó con sinigual valor a varios molinos de viento: “La arbitrariedad no puede suplir a la justicia”… bien dicho, claro que no; el gobierno atenderá los conflictos con “la legalidad, nunca el autoritarismo”. Muy bien, bravo. Pero ¿alguien ha pedido arbitrariedad y autoritarismo? El Presidente emplea el método de algunos opinantes famosos que rompen lanzas contra frases de su propia cosecha atribuyéndolas a seres sin nombre ni lugar en el cosmos.

Lo que no puede esperar el Presidente de la República es que los ciudadanos lo mandatemos por plebiscito para aplicar la ley. El juró aplicarla.

Cuando Ernesto Zedillo era estudiante supo que el rector Barros Sierra citaba a los universitarios a defender su propia universidad la mañana misma en que un bazukazo del ejército había tirado la puerta de la Preparatoria 1. Hoy el bazukazo provino de una minoría con demandas aberrantes que ha hecho muchísimo más daño que tirar una puerta. Hace 31 años la UNAM tenía la completa animadversión de Díaz Ordaz. Tampoco en esta ocasión la Universidad contó con la defensa del Presidente de la República.  n

Luis González de Alba. Escritor y periodista. Su más reciente libro es Los derechos de los malos.

Poemas

SERPIENTES Y ESCALERAS

SAMUEL BECKETT

POEMAS

1937-1939

En diciembre de 1999 se cumplen diez años de la muerte de Samuel Beckett, el escritor y dramaturgo irlandés que adoptó a la lengua francesa como su tierra natal y en secreto juró derrotar a las sombras y a la noche. Para rendirle homenaje, Rafael Pérez Gay ha traducido y descifrado los poemas que Beckett escribió en los periodos 1937-39 y 1947-49, llenos de París, sus gentes y sus calles.

Según relata su biógrata Deirdre Bair. a finales del año de 1933, una noche interminable envolvió la vida de Samuel Beckett (1906- 1989). Los médicos de la familia se habían enfrentado sin éxito a los abscesos, los forúnculos, las gripas y los dolores en las articulaciones que tiraban a Beckett durante varios días en la cama. Geoffrey Thompson, médico de la casa Beckett. estaba convencido de que las erupciones en la piel tenían un origen sicosomático, pero ese síntoma era sólo el principio. A mitad de la noche Beckett se despertaba empapado en sudor, con el corazón desordenado cobrándole todas sus cuentas pendientes. El pánico no era menor que los ahogos y la certidumbre de la muerte. En esos días. Beckett no podía dormir si su hermano Frank no lo acompañaba en el suplicio de una navegación nocturna perdida en tormentas del fin del mundo.

A principios del año 1934. Samuel Beckett debutó en el diván del médico Wilfred Ruprecht Bion y puso su casa en el 48 Paulton Square, cerca del King’s Road, en Chelsea. Mientras algunas revistas publicaban sus más tempranos trabajos de traducción, Beckett se hizo amigo del escritor Tom MacGreevy. Como si las noches hubieran pactado una tregua con sus veintiocho años, con su dimisión del Trinity College, en Dublín, y con sus fracasos literarios, Beckett publicó en mayo de ese año More Pricks Than Kicks. El libro fue prohibido en Irlanda por la alusión sexual del título (¿más pitos que flautas?). Beckett mandó una botella al mar de James Joyce: “Beckett publicó su libro More Pricks Tahn Kicks. No había podido leerlo, pero lo hice en París. Beckett tiene talento…”. Talento y muy pocos lectores: de la edición de mil quinientos ejemplares, el libro vendió quinientos. Entonces Samuel Beckett hizo lo que tenía que hacer: dormir muy poco, entregarse al trago como si fuera un marinero irlandés y dedicarse al periodismo literario para sostenerse en Londres.

A pesar de las noches, los problemas urinarios que le impedían orinar sin dolor y las erupciones en la piel, Beckett se dejó guiar en las tinieblas por un puñado de poemas que terminó ese mismo año, Echo’s Bones, trece poemas más oscuros que la noche, de una erudición inexpugnable en sus referencias secretas y privadas. Si los escritores pudieran dividirse en diurnos y nocturnos, Beckkett sería un representante radical de los segundos, un escritor oscuro, en muchos sentidos purificado por la noche y el fracaso. Esta es la fibra última de Los huesos de Eco. “Da Tagte es”, en alemán en el original, “Entonces amaneció”, cuenta el paso de un hombre perdido entre la noche y el amanecer; “Alba” y “Dortmunder” son destellos en la oscuridad bajo el triunfo de la noche. La otra oscuridad es la poesía misma desprendida de los dos temas más beckettianos de Beckett: la noche y la muerte. “Dortmunder” es el casco de un barco que navega perdido en la noche; “Alba”, en italiano en el original, trata el gran tema de la muerte como despertar: quien muere, amanece. Entre estas dos orillas. Beckett puso en su poema “Malaconda” dos de sus obsesiones centrales: Malaconda y Scarmillon. los diablos del Infierno dantesco.

El libro Los huesos de Eco apareció en noviembre de 1934 en una edición de autor. Beckett le pagó a George Reavey, director de una pequeña editorial, Europa Press, los costos de la edición. El maleficio beckettiano con los editores apenas empezaba. Unos meses atrás, perseguido por las sombras. Beckett se puso a escribir la historia de un joven escritor que vive con una prostituta. El boceto narrativo de este relato se convertiría en su primera novela, Murphy. Beckett había cumplido treinta y tres sesiones con su sicoanalista Ruprecht Bion y se sentía más enfermo que nunca. A las innumerables argucias que la noche utilizaba en su contra. Beckett añadió desórdenes cardiacos y unos dolores en el pecho tan verosímiles que los médicos tuvieron que revisarlo varias veces para concluir que su corazón nervioso latiría más de setenta años. Dominado por la obsesión de convertirse en un escritor irlandés, Beckett le envió al editor inglés Lovat Dickinson el manuscrito inconcluso de Murphy. Fue rechazado de inmediato. Es probable que Murphy haya roto un récord en la historia de la literatura: la novela recibió cuarenta y dos negativas editoriales. Todas las respuestas coincidieron en que la novela era demasido oscura; en realidad, el tema principalísimo de esa historia era uno solo: ¿como iluminar la noche en el mundo de la locura?

En 1937. Beckett rompió su pacto con todas las formas de la noche que había conocido hasta entonces: Irlanda, el idioma inglés, y su madre. Entonces se escapó a París, a escribir en francés para siempre. Veinte años después, los lectores supieron que Murphy era una de las novelas más acabadas de Beckett, una estructura incluso superior a la trilogía francesa Molloy (1951), Malone muere (1952) y El innombrable (1953). La puerta de entrada al idioma francés fue un breve adiós contenido en Poémes, 1937-1939 que más tarde retomaría en Six Poemes, 1947-1949. Ofrezco al lector mis versiones de ese adiós a Irlanda con el que Beckett se adentró en una nueva vida. Los primeros fueron publicados en Les Temps Modernes en 1946 y fueron escritos entre 1937-39. Los Six Poémes se publicaron por vez primera en Transition Forty-Eight en 1948, y en Cahiers de Saisons en 1955; fueron escritos entre los años de 1947 y 1949.

* * *

Vienen

otras y las mismas

con cada una es diferente y lo mismo

con cada una la ausencia de amor es diferente

con cada una la ausencia de amor es la misma

En el año de 1937, París había sido para Beckett una fuga desesperada de las sombras, pero el destino de esa evasión serían las tinieblas de la Segunda Guerra mundial. Este poema ha sido leído como una imagen de amor desdichado, pero en realidad es una declaración de odio a la noche, a las sombras que vienen, otras y las mismas, en ausencia del amor. La noche que hay dentro de la noche es el tema central de la poesía francesa de Samuel Beckett.

Para ella el acto tranquilo los poros sabios el sexo libre la espera no muy lenta los lamentos no muy largos la ausencia al servicio de la presencia algunos jirones de azul en la cabeza los vuelcos del corazón al fin muertos toda la tardía gracia de una lluvia interrumpida al caer una noche de agosto para ella vacía él puro de amor

El 7 de enero de 1938 Beckett salió a tomar un café con sus amigos Alan y Belinda Duncan. Mientras caminaban por la calle de Orleans, un hombre se acercó a pedirles dinero. Ante la negativa de Beckett, el hombre le hundió un puñal en el pecho. Los Duncan pidieron auxilio por las calles oscuras de París mientras el escritor se desangraba. Una mujer les abrió las puertas de su casa. Minutos más tarde, una ambulancia recogía a Beckett entre la vida y la muerte. La mujer, una pianista dedicada a la enseñanza de la música, era Suzanne Deschevaux-Dumesnil. Así conoció Beckett a la mujer con la que compartiría su vida los próximos cuarenta años. “Para ella el acto tranquilo” podría leerse como un poema dedicado a Suzanne en los duros años franceses. Un raro poema de amor.

estar ahí sin mandíbulas ni dientes a donde se va el placer de perder con el apenas inferior de ganar

y Roscelin y esperamos adverbio oh regalo

vacío vacío salvo unos pedazos de canción

mi padre me ha dado un marido

o al arreglar las flores

que moja tanto como quiere

hasta la elegía

de los cascos herrados todavía lejos de Les Halles

o el agua de la chusma apestando los caños

o que moje sin más

porque es así

que pula lo superfluo

y venga

con la boca idiota y la mano hormigueante hasta el fondo del ojo que escucha desde lejos

los tijeretazos plateados

Este es quizás el poema francés más oscuro entre la oscura poesía beckettiana. En su versión al español. Jenaro Talens propone “zuecos herrados aún lejos de Les Halles” y “el agua de los crios echando pestes por las tuberías”. He preferido un traslado más literal: “cascos herrados” y “el agua de la chusma apestando los caños”.

* * * ASCENSIÓN

3. través de la rendija aquel día en el que un niño pródigo a su manera regresa a la familia escucho su voz emocionada comenta la copa mundial de fútbol

siempre demasiado joven

al mismo tiempo por la ventana abierta

los aires sin más

sordamente

el oleaje de los fieles

su sangre salpicó con abundancia

sobre las sábanas sobre las plantas sobre su cuerpo

con dedos repulsivos cerró los párpados

sobre los grandes ojos verdes asombrados

rueda ligera

sobre mi tumba de aire

Con el tema del desdoblamiento, mezcla de sueño y revelación especular, Beckett escribió dos poemas, “Ascensión” y “Anfiteatro de Lutecia”. En el caso de este poema, la voz emocionada del niño que comenta la copa del mundo de 1934 es el personaje central del poema. Al final, “rueda ligera / sobre mi tumba de aire”, alude al mismo sujeto: “la voz rueda ligera”, como quien está encerrado en el exterior. Acaso se podría pensar que “el oleaje de los fieles” se refiere a una manifestación religiosa en Irlanda.

* * *

LA MOSCA

Entre la escena y yo el cristal vacío salvo ella

vientre a tierra ceñida por sus negras tripas

antenas locas alas enredadas

patas curvas boca succionando en el vacío

golpeando en el azul estrellándose contra lo invisible

impotente bajo mi pulgar

trastorna al mar y al cielo serenos

El más pequeño acto puede trastornar el universo. Este es uno de los temas centrales de la obra de Beckett. Una mosca impotente bajo el pulgar puede trastornar al mar y al cielo serenos.

* * *

Música de la indiferencia corazón tiempo aire fuego arena de la silenciosa ruina de amores cubre sus voces y que no me escuche más callarme

Música de la indiferencia: Molloy inmóvil en su habitación, Malone esperando la muerte mientras cuenta distintas historias, El Innombrable que no sabe su nombre pues constantemente se convierte en otra cosa. Bom y Pin gateando en la oscuridad. Todos estos personajes no se escuchan más callarse, y la ruina del amor.

* * *

Bebe solo

bufa quema fornica revienta solo como antes

los ausentes están muertos los presentes apestan saca tus ojos vuélvelos hacia los juncos se enojen o los perezosos no vale la pena está el viento y el insomnio

La poesía francesa de Beckett prefigura al personaje beckettiano desarrollado más tarde en su narrativa: un hombre solo, en la oscuridad de un cuarto se pregunta cómo ha llegado hasta ahí. Se trata de Molloy, de Malone. El Belacqua de Dante, a las puertas del Infierno no espera nada, salvo la memoria.

* * *

De ese modo a pesar

por el buen tiempo y por el malo

encerrado en su casa y en la de otros

como si fuera ayer acordarnos del mamut

el dinoterio los primeros besos

los periodos glaciares no traen nada nuevo

el gran calor del año trece de su era

humo sobre Lisboa Kant fríamente colgado

soñar en generaciones de robles y olvidar al padre

sus ojos si tenía bigote

si era bueno de qué murió

no por esto nos come sin menos apetito

el mal tiempo y el peor encerrado en su casa y en la de otros

En diciembre del año de 1937, Beckett llevó su malera de mala suerte y ambiciones literarias hasta el hotel Liberia. El cariño de sus amigos Brian Coffey, los Duncan y Richard Thomas, le insinuó el contacto fugaz de los paraísos. Este poema es un homenaje a la amistad, aunque no por eso. por la cálida recepción de sus amigos parisinos, “nos come con menos apetito el mal tiempo y el peor”.

* * *

DIEPPE

la última marea el guijarro muerto media vuelta y los pasos hacia las viejas luces

“Dieppe” fue escrito a partir del poema Der Spaziergang, “El Paseo”, uno de los poemas más tardíos de Holderlin firmado por Scardanelli: “Oh, por doquier hermosos bosques / en la verde cuesta pintados, / por donde a veces me encamino con dulce paz recompensado por cada espina de mi pecho, / cuando mi espíritu está en sombras, / pues el arte y el pensamiento / hondos dolores han costado / a mi vida desde el comienzo /(…) voltea, regresa / y dile adiós a todo eso”(traducción de Norberto Silvetti Paz). Desde Dieppe, la ciudad francesa situada frente al Reino Unido, en la playa, Beckett se despide de Irlanda, de Londres, del idioma inglés y de su madre, May. En la versión original de este poema la última línea decía: “hacia las luces de la ciudad”.

* * *

RUEDE VAUGIRARD

A media altura

me detengo y boquiabierto de candor expongo la placa a la luz y a la sombra después retomo mi camino fortalecido por un negativo irrecusable

Algunas interpretaciones francesas han ensayado diversas explicaciones filosóficas para “aclarar” este poema. Me sigue pareciendo más simple, y más complejo: Beckett. o su voz poética,

observa una radiografía después de visitar al médico en el hospital situado en el número 396 de la calle Vaugirard. El hospital ocupó la antigua construcción de una escuela bajo el reinado de Lilis Felipe. En el número 20 de esa calle, estaba el café Tabourey donde se reunían Baudelaire. Leconte de Lisie. Banville y Barbey D’Aurevilly, los simbolistas franceses.

ANFITEATRO DE LUTECIA

desde donde estamos sentados más arriba que las gradas nos veo entrar del lado de la Rue des Arènes, dudar, mirar rápido, después pesadamente venir hacia nosotros a través de la arena sombría, casa vez más feos, tan feos como los otros, pero mudos. Un perrito verde corre por la Rue Monge, ella se detiene, lo sigue con la mirada, el perro atraviesa la arena y desaparece tras el pedestal del sabio Gabriel de Mortillet. Ella se da vuelta, yo ya me he ido, asciendo solo los escalones rústicos, toco con la mano izquierda la rampa rústica, es de cemento. Ella duda, da un paso hacia la salida de la Rue Monge, después me sigue.

me estremezco, soy yo quien se reúne conmigo, ahora miro con otros ojos la arena, los charcos de agua bajo la llovizna, una niña arrastra un aro,

una pareja, quien sabe si unos enamorados, tomados

de la mano, las gradas vacías, las casas altas, el cielo que nos alumbra demasiado tarde. Me doy vuelta, estoy azorado de encontrarme ahí su triste rostro.

Aréne se les llamaba a los antiguos anfiteatros romanos. El desdoblamiento y el sueño en Luteeia, antiguo nombre de París. Es dable pensar que la pareja, las sombras oníricas que se encuentran a sí mismas, son Beckett y Suzanne Deschevaux-Dumesnil. Un sueño, absurdo como todos los sueños: un anfiteatro antiguo, un perro verde, una niña con un aro, una pareja de enamorados, la lluvia y el personaje en medio de todo esto. Se sabe que en la calle Monge, cerca del Square des Arenes, en el número 57, vivió Emile Faguet, en un pequeño departamento, sepultado entre libros y documentos. Charmes, director de la Revue des Deux Mondes cuenta que cuando visitó a Faguet, le asombró la cantidad de artículos y textos que Faguet había escrito sin un destino preciso, sólo por el placer de haberlos escrito, un poco como Beckett a finales de los años treinta. Tanto en el poema “Rué Vaugirard” como en “Anfiteatro de Luteeia”. Beckett se adueña

de París, de sus calles y de su historia.

* * *

hasta en la caverna cielo y suelo y una a una las viejas voces de ultratumba y lentamente la misma luz

que sobre las llanuras de Enna en largas violaciones maceraba desde entonces los capilares y las mismas leyes desde entonces

y lentamente a lo lejos se extinguen Proserpina y Atropos adorable de vacío dudoso todavía la boca de sombra

La boca de sombra es la entrada a la caverna, un tema que Beckett recogió de Platón y Dante y que usó como emblema narrativo en cuentos como “El Expulsado” y “Primer Amor”. Divinidad romana en su origen, Proserpina se identificó después con la Perséfone griega que adquirió un carácter infernal asociado a Libitina, una deidad funeraria. Atropos puede referirse al plural de Atropo (por cierto, una errata en la edición francesa convierte a Atropos en Antropos), conocidas como las Moiras, los espíritus del nacimiento, quienes atribuían al recién nacido el lote que le correspondía. Hesiodo las convierte en hijas de la Noche, aunque aparecen también como hijas de Zeus y Temis y hermanas de las Horas. Sus nombres son Cloto (la que hila), Láquesis (la que asigna los lotes) y Atropo (la inflexible). Si esto es así. este poema es una alegoría del nacimiento, la muerte y el destino predeterminado.

Bueno bueno es un país donde el olvido donde pesa el olvido suavemente sobre mundos sin nombre ahí callan la cabeza la cabeza es muda y se sabe no no se sabe nada muere el canto de las bocas muertas hizo su viaje sobre la arena no hay nada que llorar mi soledad la conozco bueno la conozco mal tengo tiempo eso es lo que me digo tengo tiempo pero qué tiempo hueso ávido el tiempo del perro del cielo que palidece sin cesar mi grano de cielo

del rayo que asciende ocelado temblando de las mieras de los años en tinieblas

quieren que vaya de A a B no puedo

no puedo salir estoy en un país sin huellas

sí sí es una cosa hermosa la que tienen ahí una cosa

muy hermosa qué es no me hagan más preguntas espiral polvo de instantes qué es lo mismo la calma el amor el odio la calma la calma

Es más que probable que este poema se desprenda de los años de la militancia política de Beckett y de un grave periodo de esterilidad literaria. “Combatía a los alemanes que convirtieron la vida de mis amigos en un infierno. Nunca combatí por la nación francesa” , declaró Beckett muchos años después al recordar el año de 1940 y sus noches de trabajo para la Resistencia. Beckett y Suzanne formaban parte del grupo Gloria. En la clandestinidad, su misión era concentrar en su departamento de la rue de Favorites toda la propaganda y la mensajería de la Resistencia para repartirla, traducirla al inglés y darla a conocer fuera de Francia. Entonces Beckett era conocido por los sobrenombres de Sam. o El Irlandés. La Gestapo descubrió su red de comunicación. Suzanne y Beckett se ocultaron en casa de la escritora Nathalie Sarraute. Días después. con identificaciones falsas huyeron a Toulon. Vivieron ocultos en Rousillon. Años más tarde. Charles de Gaulle condecoró a Beckett con la Cruz de Guerra. La cruz más cara de su vida: en Rousillon. Beckett sufrió la depresión nerviosa más grave de su historia clínica, un principio de esquizofrenia desprendido de la novela que intentaba escribir: Watt. “Personalmente lo lamento

todo”, declara Watt en la desesperante espera de Mr. Knott.

* * *

MUERTE DEA. D.

Y ahí estar todavía ahí todavía ahí

apretado a mi vieja tabla carcomida

de días y noches ciegamente triturados

de estar ahí de no huir de huir y estar ahí

inclinado hacia la confesión de un tiempo agonizante

haber sido lo que fue hace lo que hizo

de mí de mi amigo muerto ayer la mirada brillante

los dientes largos anhelante en su barba devorando

la vida de los santos una vida por día de vida

reviviendo en la noche sus negros pecados

muerto ayer mientras que yo vivía

y estar ahí bebiendo más alto que la tormenta

la culpa del tiempo irremisible

agarrado a la vieja madera testigo de partidas

testigo de retornos

El grupo Gloria no sería el último trabajo político de Samuel Beckett. El ministerio de Reconstrucción en Francia le pidió a la unidad irlandesa la instalación de un hospital en Saint-Lo. Beckett se unió al grupo que desembarcaría en Cherburgo. De ese viaje quedaron dos poemas, uno inglés y otro francés: “Saint-Lo”. conocida como ciudad mártir durante la guerra y “Muerte de A. D.”. homenaje, elegía a un médico irlandés que ayudó a la instalación del hospital y que murió en él de tuberculosis.

* * *

Viva muerta mi única estación lirios blancos crisantemos fango de hojas de abril hermosos días grises de escarcha

En el vasto territorio heckettiano todo indica que no hay bien que no se desprenda de una desgracia. Un enigma sin solución recorre la obra de Beckett: las personas y las cosas siempre regresan. En uno de sus mínimos poemas escritos en los años setentas escribió: “lo que los ojos / de bueno / no vieron bien / los dedos dejaron / de bien hilar / agárralo bien / los dedos los ojos

/ vuelve lo bueno / mucho mejor”.

* * *

Soy el curso de arena que se desliza entre el canto y la duna la lluvia de verano llueve sobre mi vida sobre mi vida que huye y me persigue y terminará el día de su comienzo

querido instante te veo

en la cortina de bruma que se aleja

donde no pisaré esos largos umbrales movedizos

y viviré el tiempo de una puerta

que se abre y se cierra

Según la leyenda que el propio Beckett se encargó de acreditar. una noche de marzo de 1946. bajo una tempestad, le puso fin a la oscuridad de sus cuarenta años. Tiempo después, Beckett utilizó el episodio en La última cinta para darle intensidad dramática a la vida destruida de Krapp: “Intelectualmente

un a fio de tristeza y de indigencia profundas, hasta aquella memorable noche de marzo, al pie del muelle, entre vientos desaforados—jamás lo olvidaré—, en que todo se aclaró”. Para Harold Bloom y Richard Ellman esa noche fija en el tiempo el verdadero principio de la obra beckettiana. Es probable que esto haya sido cierto, a partir de entonces Beckett escribió sin pausa y sin descanso sus obras fundamentales. En 1946 escribió Mercier y Camier. su primera novela francesa, empezó Molloy (1951) y terminó una obra de teatro Eleutheria (Libertad). Entre octubre de 1947y enero de 1948 Beckett escribió una nueva obra de teatro. En ese tiempo, se contrató en Editions Minuit, se asoció con Roger Blin y conoció la furia del azar. La obra de teatro que se publicó en 1952 se llamaba Esperando a Godot. Este poema ilustra de modo inmejorable la historia de esa iluminación.

* * *

Qué haría yo sin este mundo sin rostro sin preguntas

donde ser no dura sino un instante donde cada instante

gira en el vacío en el olvido de haber sido

sin esta onda en donde al final

cuerpo y sombra se confunden

qué haría yo sin este silencio abismo de rumores

jadeando furioso hacia la salvación hacia el amor

sin este cielo que se eleva

sobre el polvo de su lastre

qué haría yo haría como ayer como hoy mirando por mi rendija si no estoy solo para errar y alejarme de toda vida en un espacio falso sin voz entre las voces encerradas conmigo

La obra de Beckett y muy especialmente su poesía, proponen esta ecuación: el lenguaje es incapaz de imponer orden y claridad al absurdo del mundo; sin embargo, el lenguaje mismo es la única arma de que disponemos para la interminable búsqueda de un sentido en la realidad. “Qué haría yo sin este mundo sin rostro, sin preguntas”, es la imagen poética de esa ecuación que inquietó a Beckett hasta el día de su muerte, en un asilo para ancianos, en el año de 1989.

Quisiera que mi amor muriera que lloviera sobre el cementerio

y las calles por las que voy llorando a aquella que creyó amarme

Arriesgo una interpretación: “Quisiera que mi amor muriera” es un poema a la madre. Para la señora May Beckett, su hijo siempre fue el origen de innumerables penas y vergüenzas. La señora Beckett nunca entendió la lista de adioses en que su hijo enfermo convirtió su vida: se despidió del Trinity College, de la familia, de su hermano Frank, de Irlanda, de Londres.

* * *

Fuera del cráneo sólo adentro alguna parte alguna vez como cualquier cosa

cráneo último refugio tomado desde fuera como Bocca en el espejo

el ojo a la mínima alarma se abre enorme se resella no hay nada más

así algunas veces como cualquier cosa de la vida no forzosamente

Este poema anuncia el principio de una parte de la narrativa que Beckett escribió hacia el final de su vida, extrañas instrucciones de escena, frases sueltas. “Asíalgunas veces / como cualquier cosa / de la vida no forzosamente” recuerda el pequeño libro Mirlitonnades, 1976-78. Esa última incursión en la poesía está hecha de “poemínimos”, por llamar así a esas pequeñas revelaciones, iluminaciones en la noche. El nombre, mirlitonnade, viene de flauta o pito en francés, pero también de vers de mirliton, versos malos, que se escriben en servilletas. tarjetas sueltas, pedazos de papel. Son sentencias, tonos sin melodía de este tipo: “De frente / lo horrible / hasta hacerlo risible”, o bien: “nada nadie / habrá sido l para nada / tanto sido / nada / nadie”, o este otro: “lo peor / que el corazón conoció / que la cabeza / imaginó / resucítalo / vuelve lo peor I mucho peor”. “Fuera del cráneo sólo adentro” está construido con la tela, o el papel, de mirliton. De este poema se podría decir aquello que Borges declaró en el prólogo a La Cifra: “No quiere decir nada y a la manera de la música dice todo”. Por lo demás, a Beckett no le habría desagradado que toda su poesía llevara el título de Mirlitonnades, 1937-1978.   n

Presentación, traducción y notas de Rafael Pérez Gay

Las leyes del narco

LAS LEYES DEL NARCO

LA PLATA, EL PLOMO Y SAN JUDAS TADEO

POR JULIÁN ANDRADE JARDÍ

La complicidad entre policías y narcotraficantes responde a una consigna básica que así se expresa: “plata y plomo”. Julián Andrade revela algunas de esas complicidades, un círculo perverso donde el dinero sucio siempre termina por imponer su ley.

Estoy convencido de que la leyenda de “la plata o el plomo ‘ no es sino eso, una historia no confirmada que tiene muy poco que ver con la realidad. Las cosas en el mundo de la policía son mucho menos elaboradas y se reducen a “la plata y el plomo”, en un ensamblaje irrompible. Si se acepta dinero del narcotráfico, al final alguien terminará muerto. Así son las reglas. Queda la opción, en efecto, del botín de guerra y el dinero frío.

Muchas fortunas se han forjado con lo que queda de las guerras, con el dinero que acompaña, como un imán, a los narcos en sus propiedades y en sus viajes. Hay reglas básicas, sin embargo. Si el narco muere, la mitad es para la viuda, en un contrato sagrado. Para quien viole el acuerdo, están Los Cobradores, sujetos encargados de mantener el orden y el respeto a ciertas tradiciones.

La tarde que tuve esta revelación fue ante un San Judas Tadeo de tamaño natural, a sus pies una manzana y medio vaso de agua, adornado, todo, con una decena de veladoras.

El santo patrono de policías y narcos se enseñoreaba en un rincón de las oficinas de la PGR en Ciudad Juárez. Chihuahua. Detrás de él, la imagen de un águila daba cuenta de dónde estábamos y a dónde íbamos. La subdelegación se encontraba en la que fuera la casa de un conocido narcotraficante, el Güero Chabelo. Dividida en chalets, la oficina contaba con alberca, en ese tiempo vacía, y con canchas de frontón que hacían las veces de bodega.

Habían matado a un jefe de grupo, en una de las agrestes colonias de la ciudad, en Lomas de Poleo, lugar que años después saltaría a la fama por los crímenes en contra de cientos de mujeres, cuyos cadáveres eran —y aún son— arrojados en ese lugar, a unos metros de la frontera con Texas.

Ahí, en Juárez, las historias son tan duras como sencillas. Días antes, la judicial del estado interrogaba a un joven acusado de homicidio:

—¿Por qué la mataste?

—Por bruja.

—Pero era tu mamá.

—Era puta.

Jesús Roberto Gil quemó a su madre luego de matarla clavándole un desarmador en el cráneo. La autopsia reveló, también, el desgarre total de la vagina.

El tipo de la judicial tenía un balazo en la frente. El polvo del desierto cubría la sangre y la convertía en una especie de pasta, como el pegamento cuando se le echa brillantina, aunque de un color morado, casi negro. Su pistola, una Baretta .9 milímetros, estaba a un lado, con el cartucho cortado (señalarían después los expertos), dando cuenta que la velocidad es asunto de vida o muerte.

—Se quiso comer todo —me dijo un jefe de servicios periciales de la procuraduría del estado.

Horas después y con un trauma que poblaría mis pesadillas durante años, el subdelegado de la policía judicial federal me explicó, ahí, ante San Judas:

—No se mama y se da de topes. Las líneas son frágiles. Combates al narco o estás a su servicio, y no se trata sólo de dinero, porque lana hay por todos lados, sino de lo que uno pacta y a lo que se compromete. Estaba chavo, agarró el dinero, se arrepintió y quiso remediarlo. Así de pinche es este trabajo.

El jefe de grupo tenía una maleta con dólares en su apartamento. En fajos de veinte, las cuentas dieron la cantidad de 20,000. ¿Cuánto vale una vida?

El error era pequeño, comentarían policías de más oficio y de piel a prueba de cualquier resentimiento, el problema era, como siempre, que existen modalidades en la vida que requieren de una precisión milimétrica.

Me llamaba la atención el santo, porque mi tía abuela, de 96 años, tiene una teoría que acaso es la más cercana a la realidad, y para ella Judas Tadeo es un tipo confundido entre el bien y el mal:

—Cuando le rezo le digo que no creo que esté de parte de los malos, que eso son calumnias, pero quién sabe.

La tía, forjada en la dureza de la guerra civil española y el exilio, hermana, además, de militares republicanos, lo dice por la dicotomía que hay entre autoridades y narcotraficantes. La traición no está en asumir cualquiera de los oficios, sino en querer tener ambos.

Quizá la policía se explique en la propia paradoja del santo, en su capacidad de proteger a ambos, de tomarse las cosas con calma y de asumir que el tono gris es el que impera, aunque la publicidad y el discurso quieran otra cosa.

—¿ La ley, comandante? —alcancé a preguntar.

-—No mames, vamos a echar un trago y a tratar de olvidar toda esta porquería —me respondió el Yankee.

Lo yankees son los jefes indiscutidos de la policía federal. Encargados de pactar o no pactar, reparten el dinero y hacen que la institución funcione, en un círculo perverso donde el dinero sucio se impone.

Los jóvenes policías, recién salidos del instituto de capacitación, son enviados a las distintas plazas del país, sin armas y sin dinero. Ahí se acaba el romanticismo, sobre todo cuando los narcos los reciben con dólares, teléfono celular y alojamiento. Uno de ellos era el jefe de grupo con el balazo en la frente. Hay cosas, ni hablar, que no pueden aprenderse en la escuela.

El Yankee, Issac Sánchez Pérez, moriría de un balazo en la nuca en 1996. Investigaba, para la Secodam, la corrupción en la PGR. Nada se sabe, hasta ahora, de los asesinos. El Yankee tenía a su cargo, según se informó, el rastreo de algunas cuentas en dólares, sobre todo en San Diego y en las Islas Caimán.

—En la policía no se puede ser descuidado —me había dicho alguna vez el comandante ante mi pregunta sobre la necesidad de las escoltas—. Recuerda siempre que a estos tipos les gusta la sopa fría.

Dos sicarios le dispararían a quemarropa. La firma, inconfundible: los AK-47. Sin escolta y de espaldas, entraba confiado a su casa, en las cercanías del Instituto de Combate a las Drogas.

El dinero sucio, el de la droga, no se cuenta, se pesa. Toneladas de dólares cambian de manos y circulan por todo el territorio nacional. Es el aceite de una maquinaria pervertida y corrupta.

Alguna vez, un general de los militares más prestigiados del país, comentaría entre divertido y preocupado:

—Recibí la llamada de un encargado de zona, para decir que habían detenido a dos sujetos que traían una cantidad impresionante de dólares. Ordené, de inmediato, que se contara el dinero para dar parte a las autoridades civiles. Eran las diez de la noche. A las doce hablé para saber si ya tenían el dato. Me informaron que no. Me retiré. A la mañana siguiente, como a las diez, pedí el parte, no estaba. Furioso, me comuniqué con el encargado de hacer las cuentas: “¿Qué no saben contar?”, les dije. “General”, me respondieron, “no es pretexto, pero ¿ha intentado usted contar dos millones de dólares?”.

Es la danza del dinero, el capital que dificulta, hasta lo imposible, cualquier intento de depuración. Ese, y no otro, es el esqueleto de la Procuraduría, esa “institución maldita”.

En el aeropuerto de Ciudad Juárez, diez hombres armados, vestidos con uniforme negro, hacen guardia en la escalinata de un avión privado. El Yankee, Hernández Robledo, recibe a su invitado. El Chapo Guzmán lo abraza, se saludan y suben a una camioneta. Una escolta de tres autos más lo sigue para viajar a El Paso. El narco está de vacaciones.

El grupo de inteligencia de la policía estatal informa a la delegación de la PGR. Se inicia la averiguación previa y el comandante es concentrado en la Ciudad de México. La contraloría no avanza y Hernández Robledo es asignado a una plaza codiciada: Cancún.

Cuando el Chapo es detenido, a raíz del crimen del cardenal Posadas, el comandante se da a la fuga, antes, incluso, de que su nombre apareciera en los documentos que contenían, en clave, la nómina del narco. Esa misma tarde,Ciudad Juárez se convierte en un escudo, organizado por la policía, para proteger la huida de colaboradores del cártel de Guadalajara. Decenas de coches con placas de Jalisco están estacionados en el Hotel del Rey. Toda la noche llegaría gente de Jalisco para pasar la frontera. Era el retrato no sólo de la colaboración de la policía judicial con los barones de la droga, sino la evidencia del derrumbe de un emperador.

Detenido el gran jefe, colaboradores y sirvientes optaron por emprender una larga marcha para esperar tiempos mejores. La danza de jefes policiacos involucrados con este narco es impresionante. Uno de ellos, Edgar Antonio García Dávila, sería detenido por su participación en el crimen de Posadas: los hermanos Arrellano le habían ordenado vigilar una de las entradas del aeropuerto, por si las cosas se ponían feas, ya que tenían pensado “levantar al Chapo Guzmán”. Las cosas no sólo se pusieron feas sino tétricas y en 25 segundos la historia del país había sufrido un golpe tremendo, cuando El Tarzán, gatillero del cártel de Tijuana, drogado, decidió rociar de plomo a propios y extraños.

García Dávila moriría, años después, en un enfrentamiento en el municipio de Zapopan. y su hermano Oscar Benjamín García sería detenido por la protección que le daba al encargado del cártel de Cancún, Alcides Ramón Magaña, mejor conocido como El Metro, en una historia que no termina y de la que ya hay varios damnificados, entre ellos el exgobernador de Quintana Roo Mario Villanueva, quien se encuentra prófugo.

En Guadalajara el ejército catea las propiedades de los dos grupos de narcos, asegurando propiedades y armas, incluso el “niñero” de los hijos del Chapo es puesto a disposición de las autoridades.

Hay policías malos, muy malos, casi de cuento o de espectáculo nocturno. Una noche se le informó al delegado de la PGR en Chihuahua que tenía una llamada; la voz, de una mujer consternada, no quería dar razón a alguien que no fuera él en persona.

—Tienen a un empresario secuestrado en un hotel en Parral; lo van a matar si no se hace algo.

Eos datos, escuetos, fueron por lo visto suficientes para desatar la ira del funcionario que organizó un rápido operativo rumbo al pueblo donde murió Francisco Villa.

El hotel de paso era pequeño e inmundo, por lo que fue fácil llegar a la habitación indicada, después de los datos obtenidos con informantes y chismosos, de esos que siempre aparecen en el lugar indicado y que ganan con su conocimiento algunos cientos de pesos.

La escena, macabra: un tipo amarrado en la regadera y tres policías judiciales federales vigilándolo con sólo una distracción: su juego de poker y la música de El Príncipe de la Canción, José José, que salía de un aparato para discos compactos.

Uos oficiales fueron detenidos de inmediato y confesaron que estaban al mando del comandante Crescenciano Liceaga, hombre fogueado en los tiempos de la Operación Cóndor y de la persecución de la guerrilla por las sierras de todo el país.

El delegado se encaminó a donde se hospedaba el comandante y lo detuvo sin mayor problema.

—Es un pinche narco, no es empresario, ya sabe que yo nunca le pego a los buenos.

—El tipo está muy golpeado, ya ni la chingan —le alcanzaron a decir.

—Es de piel delicada, cualquier cosita le queda marcada.

En efecto, el secuestrado tenía fama de ser puchador de droga y contaba con órdenes de aprehensión en su contra, por las que fue remitido al juez. Crescenciano, por su parte, vivió algunos meses en la penitenciaría de Chihuahua, acusado de secuestro y tortura, hasta que por la magia y el dinero pudo abandonarla para ingresar en otra corporación policiaca.

Las historias se pueden mezclar en una sucesión interminable y aún poco explorada de la vida privada de la policía y sus grandes fechorías. Es un mundo que está al acecho, cerca de todos, en la última línea de fuego, donde se ganan y se pierden las guerras.

La ley ahí es otra cosa, sujeta a reglas armadas durante décadas, que tienen muy poco que ver con nuestro marco legal, pero que al mismo tiempo hacen funcionar una maquinaria impresionante de hacer dinero.  n

Julián Andrade Jardí. Subdirector de información del periódico La Crónica de Hoy.

El deterioro de las instituciones

EL DETERIORO DE LAS INSTITUCIONES

POR JORGE CARPIZO

La UNAM vive una pugna entre el concepto de universidad pública con alto rendimiento académico y universidad pública con alto activismo político; la integridad y la confiabilidad del IFE se han puesto en entredicho; el Poder Judicial Federal se sume en una ambigüedad de funciones; La Comisión Nacional de Derechos Humanos no tiene garantizada su plena autonomía. El debilitamiento de esas cuatro instituciones basta para llamarse al desasosiego.

El deterioro de las instituciones

México lleva años de sufrir vendavales morales, políticos, económicos y sociales. En los últimos cinco meses la situación del país se ha deteriorado porque instituciones especialmente importantes han sufrido y sufren embates que las están debilitando y cuyos efectos negativos para el futuro nacional inmediato y a mediano plazo son muy difíciles de pronosticar.

Varias de esas instituciones gozan de mayor prestigio social. Todo parece indicar que se persigue destruir ese prestigio sin que se contemple o se proponga cómo aquellas instituciones van a ser sustituidas o recompuestas.

Aquí menciono cuatro ejemplos de instituciones en erosión. Las conozco porque, de una manera o de otra, estoy o he estado muy ligado a ellas. Contemplo con desasosiego cómo se dan pasos atrás, cómo aspectos positivos que ya se habían ganado se desmoronan y las instituciones pierden credibilidad, prestigio y, en consecuencia, efectividad.

1. La “huelga” en la UNAM que ya lleva más de cuatro meses al cierre de este artículo. En el fondo las propuestas de los paristas y sus padrinos están muy distantes de preocupaciones académicas; lo que les interesa son las formas del gobierno universitario y en este aspecto no hay nada nuevo bajo el sol: sus propuestas ya han sido ensayadas en otras universidades y las llevaron al asambleísmo y al deterioro cuando no a su destrucción académica.

Debilitar académicamente a la universidad pública en un país con las características de México es desgastar la democracia y castrar la movilidad social. ¿De qué sirve estudiar una carrera profesional si no se adquieren —y bien adquiridos— los conocimientos científicos y técnicos que la misma requiere? Entonces ese título constituye un fraude social. Ciertamente, la UNAM ha hecho un gran esfuerzo de actualización y modernización en todos los sentidos, incluidos sus órganos, formas y procedimientos de gobierno.

En ejercicio de su autonomía, el Consejo Universitario ha expedido estatutos y reglamentos que interpretan, precisan y actualizan su Ley Orgánica. Quizá dicho ejercicio no ha sido todo lo dinámico y profundo que hubiera sido deseable; en buena parte no lo ha sido porque la simple propuesta de reformas sirve de pretexto para crear conflictos políticos y no para una buena discusión que alcance consensos para avanzar en la superación académica de la institución.

Ninguna ley es inmutable y no lo puede ser. Entonces por qué la Ley Orgánica de la UNAM de 1945 perdura hasta nuestros días. Las razones son varias pero entre las más importantes se encuentran las siguientes:

a)  Es una ley buena y sabia que superó el asambleísmo de sus antecesoras, y en las crisis —y a veces muy graves— de las últimas cinco décadas ayudó a la estabilidad y a la recuperación de la institución.

b)  Impidió la destrucción académica de la UNAM como por desgracia sí aconteció con muchas universidades públicas de América Latina y de México, con experimentos tales como la llamada “universidad-pueblo”.

c)   La Ley Orgánica se actualiza en forma constante a través de la expedición y revisión de sus estatutos y reglamentos. Desde el aspecto jurídico, y desde los otros también, la UNAM de hoy es muy diferente a la de hace cinco, diez, quince o veinte años. Es una ley que cambia y se actualiza en ejercicio de la autonomía universitaria.

d) La discusión que reiteradamente se ha propuesto sobre ella no es de naturaleza académica ni transcurre en un clima de serenidad y con la fuerza única de las razones y los argumentos, sino que es de naturaleza política: lo que se busca es el cambio en la forma de gobierno como medio para apropiársela y que sirva a otros fines que no le son propios, aunque quizás algunos sean legítimos en el fondo.

La situación en la UNAM es muy preocupante porque quienes están detrás de la “huelga”, y anhelan usufructuarla políticamente, se mueven en un clima muy propicio a sus intereses: el malestar real de muchos estudiantes que sufren las injusticias sociales y quienes carecen de lo indispensable; su miedo ante el futuro por la posibilidad de no conseguir un trabajo digno; su certeza de que no se están preparando profesionalmente en forma adecuada aunque consigan el título; su visión de un país en el cual la corrupción, la impunidad y la desigualdad persisten y se acrecientan.

Véase en la televisión la diferencia entre los “paristas” y los “antiparistas”. Véase la diferencia en sus vestidos, su complexión, su arreglo personal, su misma manera de expresarse y comportarse.

Para mí esas diferencias constituyen sólo una señal más de cómo México está dividiéndose en varios Méxicos. Cuidado. Mucho cuidado.

En otras palabras, desde hace más de tres décadas se enfrentan dos proyectos de universidad que llevan consigo dos proyectos de país. Por un lado se propone una universidad pública con alto nivel académico, rigurosa en los conocimientos, que sea capaz de influir en los cambios sociales por la buena preparación de sus egresados, por la investigación que realiza ligada a los problemas nacionales, por la movilidad social que propicia, por su sentido crítico de la realidad y por su compromiso con el mejoramiento de la nación.

Por otro lado se propone, aunque no se diga expresamente, una universidad en la cual lo académico sea secundario y lo importante sea su activismo político y que sirva como palanca a una nueva estructura social. Es la “universidad-pueblo”, la “uni- versidad-revolucionaria” o la “universidad-partido político”. Los ejemplos sobran en América Latina y en México.

Al escribir estas líneas desconozco cómo terminará el actual conflicto universitario, pero lo que sí me parece indudable es la cauda de activismo político que nos espera y que pretenderá obtener como triunfos “revolucionarios” aspectos académicos, un clima de intranquilidad y desasosiego que es enemigo de la vida académica, el desprestigio social de la UNAM —que será aprovechado por otras instituciones para captar a los mejores alumnos—•, el posible éxodo de buenos académicos, el predominio de los mediocres y resentidos que en tiempos normales no pueden destacar. En suma, el deterioro profundo de la UNAM.

2. La controversia suscitada en el Instituto Federal Electoral (IFE) con motivo de las sanciones que el ex-contralor interno impuso a tres consejeros. Se resuelva como se resuelva la controversia, el IFE se ha deteriorado porque ha sufrido en su confiabilidad y en la honorabilidad de varios de sus integrantes.

Organos como el IFE deben estar lejos de la controversia política y su imparcialidad y objetividad no deben ser cuestionadas porque de ellas depende en gran parte la confiabilidad de las elecciones, sobre todo en un país como México, en el cual su transparencia ha sido el corazón de la disputa política.

El ex-contralor del IFE actuó mal, como mal también ha actuado cuando menos un consejero en este caso. El ex-contralor interno actuó mal porque es muy discutible que tenga facultad para destituir a un consejero, porque desconoció la autoridad que la norma le otorga al presidente del Consejo General y porque apercibió a dos consejeros por opiniones vertidas. Si sus atribuciones hubieran sido ejercidas con estricto apego a la ley, y con prudencia, su decisión hubiera constituido un buen precedente para el IFE y para la nación. Peor aún, varios analistas atribuyen la actuación del ex-contralor a consignas de un partido político o de un grupo recalcitrante a reformas democráticas en ese partido y en México. Es decir, la actuación del ex-contralor pareciera no responder a la preocupación por hacer cumplir la ley sino al objetivo de asestar un golpe político al IFE y a algunos de sus consejeros. Pero tampoco es admisible la conducta de algunos consejeros, que también lesiona al propio IFE y a la mayoría de sus compañeros, que se distinguen por su pulcritud y cuidado en los aspectos económicos.

A los miembros del Consejo General del IFE se les concede una remuneración mensual muy alta, equivalente a la de ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, además de muchas y muy buenas prestaciones. Tienen la obligación de laborar donde sesiona el Consejo General; que decidan no traer a sus familias a la Ciudad de México es una decisión respetable como también lo es su decisión de visitarlas siempre y cuando no descuiden sus funciones. Pero nada puede justificar que los boletos de avión para sus visitas familiares y privadas —cuarenta en un año—, y las cuentas enormes de bebidas alcohólicas, las costeen los contribuyentes. Considérese qué pasaría si lo mismo hiciera un secretario o subsecretario de Estado, un ministro de la Suprema Corte o un magistrado federal; sería un escándalo mayor. Lo mismo puede afirmarse de alquileres de avionetas, helicópteros o vehículos, cuando no se justifican en razón del trabajo desarrollado.

El asunto es que la mujer del César no sólo debe ser honesta sino también parecerlo, y la existencia de un doble criterio o moral: esos actos realizados por el enemigo, el contrario o el antagonista político son condenables, pero efectuados por uno mismo son pecadillos menores que pueden justificarse. Tantos años esperando compartir el pastel que lo menos que se puede esperar es que el trozo sea cuantioso; dependiendo de la laxitud moral del interesado, aumenta el tamaño del pedazo de pastel.

Como sea, el IFE ha salido muy deteriorado. Se encuentra en los mejores intereses de México que llegue con fuerza, prestigio e independencia a los comicios federales del año 2000.

3. Escribo algunos puntos de vista sobre la reforma constitucional al Poder Judicial Federal a través de la cual el pleno de la H. Suprema Corte de Justicia de la Nación retoma, en última instancia, el nombramiento, la adscripción, la promoción y la destitución de magistrados y jueces federales. Al perder su independencia y su autonomía, el Consejo de la Judicatura Federal sólo conserva el nombre pero ya no la naturaleza y las funciones reales que esos consejos tienen en los países en que existen.

Con esa reforma se da marcha atrás en el proyecto de reforzar las funciones jurisdiccionales de nuestro tribunal constitucional para que se dedique casi exclusivamente al examen de aquéllas y, en consecuencia, para que no se preocupe de la mayoría de las funciones administrativas, como sucede, como regla general, con los tribunales constitucionales.

Sin embargo, esas facultades administrativas constituyen el poder, el verdadero control en el Poder Judicial Federal. El pleno de la Suprema Corte, por buenas o por no tan buenas razones, no se había resignado a perderlas; cuando las tuvo se dio un sistema clientelar que dañó el prestigio de la Suprema Corte, del propio Poder Judicial Federal y de la misma función jurisdiccional.

No puedo desconocer que un problema que afectó gravemente al Consejo fue la falta de idoneidad de varios de sus miembros —no es posible generalizar— quienes también se dedicaron a construir su “clientela”. Además existe el rumor de graves casos de corrupción. Si así fuera, es necesario que se aplique la ley con todo rigor. Lo que no es aceptable es el deterioro de las instituciones causado por las conductas irresponsables e ilícitas de algunos de sus integrantes. De aquí la especial importancia que reviste el examen cuidadoso de los candidatos a esos cargos.

Tomada esa decisión política hubiera sido preferible eliminar al Consejo de la Judicatura Federal, ya que sólo sería un membrete costoso y dispendioso para un pueblo que en este año ha disminuido su consumo de harina de maíz.

4. Otra reforma constitucional que recientemente se aprobó fue la que precisa diversos aspectos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y de sus homologas locales. Es asombroso, en los tiempos que transcurren, que los proyectos que se presentaron y que la hubieran herido de muerte, como su intervención en asuntos electorales, no hayan prosperado.

Los aspectos que se modificaron son principalmente los referentes al nombramiento del presidente y los consejeros de la Comisión. Estoy de acuerdo, pero sorprende la propaganda al afirmar que con ello se garantiza la autonomía plena de la CNDH. Por desgracia, no es así. En todo el mundo la autonomía del ombudsman se garantiza por su calidad moral, su preparación, su valentía y la confianza social de que goce. Si se designa a una persona de bajo perfil para no incomodar al gobierno, con todo y reforma, el futuro de la CNDH no será promisorio. Si se designa a una persona ignorante o no comprometida con los derechos humanos, si se designa a alguien temeroso y que quiera quedar bien con todos, si se designa a una buena persona que reparta el presupuesto con generosidad a grupos o individuos, el mejor sistema de designación servirá de poco. O sea: la clave para la efectividad de un ombudsman es su calidad moral y profesional. Lo demás son palabras y demagogia.

Por razones obvias me es difícil juzgar el desempeño de la CNDH en los últimos tres años. Por ello, asiento algunas preguntas que se me han hecho y cuya respuesta dejo al lector: ¿se respetan mejor los derechos humanos ahora que hace tres años?, ¿la sociedad tiene hoy más confianza en la CNDH que entonces?, ¿la presencia social y la credibilidad de la institución es mayor ahora que hace tres años?, ¿la calidad y el número de las recomendaciones han aumentado en ese lapso?

El primero que desea estar equivocado con las apreciaciones expuestas soy yo porque el deterioro de esas cuatro instituciones, y no son las únicas, debilitan a la nación y nos dividen. Parece ser que no queremos aprender las lecciones de nuestra historia: sus épocas más negras y trágicas son aquellas en las que instituciones constitucionales y republicanas se deterioraron y los mexicanos nos dividimos; sobre los intereses del país prevalecieron los de un partido, un grupo o fracción.            n

Jorge Carpizo. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

La serpiente

LA SERPIENTE

POR SILVIA TOMASA RIVERA

Retornar al origen es enfrentarse a un tiempo de tinieblas. Un tiempo en que hombres y animales tatuaban su bondad en la desnudez de la memoria.

Ella era un ángel que amanecía tendida a la albura del sol

expuesta al rapto de las aves rapaces y al paso fuerte de los caminantes.

Hasta que un día con el cuerpo pisoteado en la yerba pidió ayuda a su Dios; y éste le regaló un poco de saliva.

Por alguna razón inexplicable el fluido de Dios se convirtió en veneno y en un duelo de alas y colmillos dejó de ser

el ángel de la tierra.

Desde entonces

no hay un ser racional

que no tema encontrarla

en la bravura de su desconsuelo.

Ella al menor indicio de provocación

se arrastra y se eleva.

Sabe que quieren matarla y está sola:

únicamente tiene por aliados, la saliva de Dios y un refugio blindado en el agujero de la noche.

En este mito, la serpiente pide ayuda a Dios porque no tiene con que defenderse; éste le da un poco de saliva. Gracias a ello, la serpiente obtiene el veneno y desde entonces ha de temerle el hombre como a su enemiga más letal.

Barómetro

BARÓMETRO

CUENTOS PATRIOS

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

Cuando este texto aparezca, lo que en él se reseña probablemente se haya vuelto anécdota, gracias a la mexicana afición por la desmemoria y, tal vez, a que los partidos en sus cónclaves hayan encontrado algún método para dirimir sus respectivas paranoias distinto al puesto en juego a lo largo de agosto y el 1 de septiembre. Anecdótico o no, lo ocurrido en ese tiempo fue una manifestación grave y ominosa de una situación política que no puede declararse superada con cargo a la amnesia, o por el solo hecho de que los dirigentes de los partidos se hayan tomado un café para lamentar lo ocurrido y dejar atrás sus malos entendidos.

Las tormentas del verano se volvieron ciclones y huracanes, y lo mismo ocurrió con las que cruzan el territorio político nacional. De nuevo, como si faltaran elementos para ello, los partidos y otras fuerzas significativas de la nueva política mexicana mostraron la insuficiencia del método democrático, cuando se le concibe simplistamente como un tablero para competir en el que las complejidades y asimetrías del cambio que lo produjo no se toman en cuenta explícitamente por los jugadores y los eventuales arbitros. Sin una dosis fuerte de responsabilidad política y compromiso afirmativo por parte de dichos protagonistas, en especial del presidente de la República y sus inmediatos colaboradores en la secretaría responsable del orden interno y el desarrollo político, así como en su partido y sus respectivas ramas legislativas, el sistema que emerge seguirá dando tumbos y sustos.

El 1 de septiembre, el barómetro político se paralizó ante un tifón de grandes proporciones que siguió a la tormenta tropical priista en contra del IFE. Puede, ciertamente, aducirse que lo acaecido el día primero del mes de la patria es el fruto directo de un diseño que pasó a mejor vida hace un buen tiempo. Sin embargo, más allá de este tipo de consideraciones y las soluciones elementales a que dan lugar, como la de acabar con el informe anual del presidente, es indudable que ritos y ceremonias como ésta, propias del presidencialismo autoritario. deben revisarse a fondo, antes de que ocurra una tragedia de la que todos, en primer término los partidos y sus congresistas, tendríamos que lamentarnos.

No sobra recordar aquí a otros procesos administrativos y políticos, que sin los ribetes espectaculares que acompañan al ritual del día primero, también exigen atención inmediata, porque su capacidad de daño del con junto del sistema de gobierno es mayor. En especial. hay que mencionar las leyes financieras y las que norman el mecanismo de la discusión y la aprobación de presupuestos e impuestos, que hoy viven en un limbo donde reina la improductividad de la que luego se nutren las negociaciones bajo la mesa y la arbitrariedad burocrática.

Pero volvamos al día 1 de septiembre. La tarde de ese día se encontraron todos los fantasmas de la transición y pusieron a la república ante los horrores de un caos que no admite ritual alguno. Este caos posible, que se volvió a avizorar ese día en San Lázaro, es todo menos reformable, como improbable es el imponerle un cauce productivo una vez echado a andar.

En alto contraste, el presidente Zedillo hizo votos por la tolerancia como método de gobierno y eso le valió el aplauso más prolongado y sentido de la ceremonia. Este es el talante que parece dominar los reflejos más generales e inmediatos de la sociedad mexicana que vive el fin del siglo y del ciclo revolucionario, y es ante ese talante que deberían adecuarse los reclamos, sin duda legítimos, por implantar en México el pleno imperio de la ley.

De desestimar esta gana nacional tan extendida, por la paz y contra la represión, no habrá en México Estado de derecho sino en todo caso una nueva edición del derecho del Estado, siempre dependiente de los grupos y las personas que manden en él. La democracia tan ansiada habrá, en una hipótesis como ésta, servido de bien poco.

La tolerancia aplaudida duró poco y mostró la gran fragilidad discursiva del gobierno y su partido. Por lo que consideraron un desacato o una traición a lo acordado en los pasillos de los grupos parlamentarios, los priistas decidieron hacer justicia por propia mano, dieron al traste con el informe y pusieron contra la pared al informante. No hay duda de que fue el presidente Zedillo el más afectado por esta extraña manera con que los priistas buscaron defenderlo de las embestidas del justiciero panista.

El lamentable discurso del presidente en turno del Congreso, el diputado Carlos Medina, precipitó esta especie de fiebre de enfrentamiento y ofuscación que una y otra vez opaca el aliento renovador de que hoy hace tanta gala el PRI. Primero fue en el IFE, ahora en la Cámara de Diputados, mañana quién sabe, pero uno tiene que preguntarse ya por lo que puede pasar en sus elecciones internas y, sobre todo, en los decisivos comicios con que iniciaremos el milenio.

Ojalá y que, como se dijo al inicio, lo sucedido ese día aciago sea en octubre un recuerdo vago y amargo. Pero hay que insistir: en agosto y septiembre, la incertidumbre mayor, la que cuenta a la hora de hacer cuentas, no estuvo en la cancha de la democracia clásica, donde reina el voto secreto y el ciudadano experimenta la intimidad de las urnas, sino en los establos del autoritarismo institucional, que más que negarse a morir no sabe para dónde hacerse en esta hora de tanto y tan desconcertante cambio.

Esta y otras experiencias cercanas permiten insistir: no serán sólo los votos los que limpien y sanen a México de tanta costra y costumbre de un poder que de todos modos se va. Como todo viejo régimen que se respete, y éste vaya que lo hace, el mexicano que produjo la revolución de 1910 todavía tiene cauda y puede arrojar secuelas desastrosas, que vayan contra la consolidación del cambio y obliguen a medidas de emergencia, que pueden distorsionar por mucho tiempo el curso buscado para normalizar la democracia mexicana.

Pasado el susto del informe, el país se apresta para una nueva, aunque al mismo tiempo conocida, encrucijada: la que producen en noviembre y diciembre las urgencias del presupuesto de egresos de la federación y las leyes impositivas. Entonces se abrirá, a través de los enconos y el trato rispido, el mercado de prebendas y promesas que tanto daño ha hecho ya, en muy poco tiempo, a la cultura fiscal mexicana que debería haberse abierto paso con la llegada del pluralismo.

Ayuda de memoria

La huelga universitaria le ha planteado al país dilemas hasta ahora poco transitados sobre equidad y acumulación para el desarrollo. Sin embargo, es menester admitir que nuestra política social sigue dominada por la urgencia que encarnan los millones de compatriotas que han engrosado los contingentes de la pobreza extrema y la que la circunda y se disfraza a veces de pobreza moderada. La compensación y el tan injustamente denostado asistencialismo son indispensables como formas principales de la transferencia precaria que el pobre Estado mexicano apenas puede sostener en el tiempo. Por eso es lamentable que se nos anuncie que unas reglas de operación prácticamente desconocidas. desde luego no discutidas por el Congreso, llevarán al cierre de miles de tiendas del sistema Diconsa, so pretexto de impedir que haya un “dobleteo” en los subsidios para las zonas y la población pobres, en especial las rurales. De proceder este cierre masivo de tiendas, millones de mexicanos pueden ver su miserable abasto básico todavía más reducido. Los que pretenden operar esta “limpieza presupuestaria”, más que aprendices de brujo parecen auténticos incendiarios. Por lo pronto, la alarma ha empezado a cundir entre quienes todavía ven alguna relación entre la acción social del Estado y la seguridad nacional. No deja de ser irónico que el mismo día en que Diódoro Carrasco anuncia una importante iniciativa para la paz en Chiapas, los diarios nos informen de esta decisión sobre Diconsa. Se trata de algo más que de luces ámbar. Los focos están más que en rojo.

Los libros sobre la mesa

Hace unos meses, Océano y el CIDE pusieron a circular un importante libro de José Antonio Crespo: Fronteras democráticas de México. Desde luego, se trata de una reflexión actual sobre la transición pero no historia antigua sino una perspicaz y rigurosa mirada a unas coordenadas de nuestro precario orden político con muy sugerentes referencias comparativas. El trabajo de Crespo contiene advertencias y proyecciones cuya actualidad se despliega a medida que nos acercamos a las fechas mágicas. Chiapas de nuevo, en los hechos y los desechos informativos y las mil y una batallas de y por la información. En Chiapas. la guerra en el papel (Cal y arena, 1999). Marco LevarioTurcott da otra vuelta de tuerca a su incansable e implacable incursión por los senderos nada prístinos de un mercado informático e informativo que hizo de la guerra del año nuevo una guerrilla sin guerra, pero igualmente nociva, destructiva.   n

San Pedro Mártir. DF. Septiembre 7 de 1999.

Rolando Cordera Campos. Economista. Profesor de la Facultad de Economía de la UNAM.

Todas las vidas son posibles

TODAS LAS VIDAS SON POSIBLES

POR JOSÉ CARLOS CASTAÑEDA

La vida que se va de Vicente Leñero es una historia sobre cómo la existencia es un infinito de posibilidades que se liberan en cada relato sobre uno mismo.

¿Qué ha pasado con la novela desde que fue desahuciada? A principios de los noventa. Carlos Fuentes revisó el expediente de la muerte de la novela. Elaboró una autopsia y escribió su diagnóstico en Geografía de la novela, una reflexión sobre la persistencia de una especie literaria que muchos creyeron extinta. ¿Por qué la novela se resiste a una muerte anunciada? Fuentes cree que no debería haber respuesta. La literatura no tiene respuestas. Su razón de ser es un arte de la sospecha. Su mirada proyecta dudas y cultiva el asombro. “Más que una respuesta, la novela es una pregunta crítica acerca del mundo, pero también acerca de ella misma. La novela es, a la vez. arte del cuestionamiento y cuestionamiento del arte. No han inventado las sociedades humanas instrumento mejor o más completo de crítica global, creativa, interna y externa, objetiva y subjetiva, individual y colectiva, que el arte de la novela. Pues la novela es el arte que gana el derecho de criticar al mundo sólo si primero se critica a sí misma”. Los ensayos de Geografía de la novela son una apuesta en favor de la prosa del mundo. No es un examen complaciente. Fuentes ensayó una autocrítica de la novela para aventurarse en las rutas de la narrativa contemporánea. Sus autores son un itinerario y un destino de las diversas tendencias de la escritura actual más allá de toda etiqueta. Su lectura es una búsqueda del estilo, una prueba de gusto y un mapa del presente.

En esta época de renacimiento del estilo prosaico por excelencia. Vicente Leñero regresa a la novela después de mucho tiempo dedicado a la dramaturgia y el periodismo. La vida que se va es una historia sobre la imposibilidad de conocernos a nosotros mismos, o mejor, una serie de relatos unidos bajo la forma de una novela para narrar el inconveniente de ser uno y sólo uno. Si nadie puede saber quién es uno mismo, no es por culpa de la incapacidad para la introspección. La identidad humana no es un absoluto cerrado, la vida es un relato abierto que se reconstruye incesantemente, sin lograr atrapar el flujo de la existencia en un yo inmóvil, estable. Ser uno mismo es una trampa del relato, en cuanto comienza a desmenuzarse la trama de la existencia se transforma en otros yo posibles, abandonados a la deriva de sus deseos y su voluntad. La existencia, enseña Leñero, puede ser leída como una posibilidad, una apertura, que nunca es un destino único, porque existe la voluntad y la elección, que pueden ir contra la corriente de los hechos y romper con el orden de las cosas. Aunque también existen personas que decidieron no elegir y pierden su libertad, como uno de los personajes antagónicos de la protagonista que “se dejaba llevar sin remos, sin timón alguno por la vida, y la corriente se encargaba de escribirle la historia que a ella le competía edificar con su voluntad”.

Cada vez que elegimos estamos ante la opción de ser otro. Y quién puede decir que no somos más aquellos que no elegimos ser. Una suerte de historias en ausencia o un negativo de nuestra identidad elegida.

En La vida que se va, el ajedrez es una metáfora de la existencia como un conjunto infinito de disyuntivas y opciones; uno debe elegir alguna y negarse a todas las otras, abandonando sus otras vidas posibles. La novela recuerda que la vida es un relato sobre nosotros mismos y las razones para elegir la vida que fuimos. No hay vida sin elección, pero sólo en el recuerdo todas las vidas son posibles. En presente, cada decisión aleja y reduce nuestras posibilidades. El rompecabezas de nosotros mismos está hecho con las elecciones fallidas, los deseos frustrados y las pasiones perdidas. También somos todo aquello que quisimos ser y perdimos.

La trama es sencilla. Una anciana elige a un periodista joven para que escriba su biografía. Lo cita una vez a la semana, y en cada ocasión relata una historia diferente sobre su pasado. Pero no diferente por diversa, sino porque se opone a las otras. Cada historia que compone el tejido de la novela es una decisión distinta. “Que hubiera pasado si”, ese es el comienzo de todo relato acerca de nosotros mismos, porque en la duda sobre nuestras decisiones componemos la reflexión sobre nuestro pasado y nuestros actos. Al final de los relatos, el biógrafo-periodista se enfrenta ante ese universo infinito de decisiones que no hacen una vida única sino una multiplicidad de personajes simultáneos como en una partida de ajedrez simultáneo: “relataba yo las varias líneas de experiencias como si correspondieran a Normas diferentes, y no lograba mi verdadero propósito: la imagen de una sola Norma sometida a un haz simultáneo de experiencias”. Norma decide contar su vida, pero su trama se compone de muchas otras vidas. La novela está escrita como un juego de voces falsamente contradictorias, relatos distintos de vidas simultáneas, como si fuese posible vivir todas las vidas posibles. Una novela compuesta por una variedad de narraciones cortas que se contradicen en el tiempo de la memoria pero no en la literatura. Una novela enseña que no hay una verdad única de la vida. Una verdad de la historia y de las memorias se compone en la reconstrucción de los hechos y esa recomposición es narrativa: es literaria. Pues nadie sabrá qué pasó o quiénes somos realmente, porque somos nuestra manera de contarnos cómo somos.     n

Libros de cocina I

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

GASTRONOMÍA

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

LIBROS DE COCINA I

Las abuelas tenían recetarios, y con ese nombre tan al grano se puede pensar que eran libros sencillos que servían para resolver con éxito el menú del día. Puestos al lado de los resplandecientes libros de cocina actuales. que nos llegan atiborrados de fotografías a todo color, y a un precio cada uno que antes alcanzaba para adquirir las obras completas de A. J. Cronin, ciertamente resultan austeros: un título (“Las mejores recetas de las señoritas Pereyra”), un índice (“Fri joles caldudos de doña Chon”. “Frijoles Escoffier”), y un manejo muy libre de la técnica (“poner suficiente frijol a cocer en bastante agua hasta que esté listo”). Nada de fotos, nada de ensayos de etnobiología sobre la cultura del frijol: son, en apariencia. tratados prácticos.

Pero la verdad es que ningún libro que hable de comida es práctico. Práctico es comer pan y cebolla tres veces al día. que con eso se sobrevive sin problemas de peso y con la digestión intacta. Hablar de comida, en cambio, y escribir de ella, así sea para loar las duras virtudes de la vida macrobiótica, es entrar de cabeza y sin remedio al más desbordado ámbito de la fantasía: si como arroz integral con algas marinas hasta que llore de aburrimiento y de tristeza, liberaré mi cuerpo de pecado como los sabios orientales y no moriré jamás.

Todo en la cocina es delirio. Tal vez el sexo inspire tantas meditaciones calenturientas como los guisados, pero no lo creo. Como prueba exhibo un recetario que se vendió mucho en tiempos de mi abuelita. Por sobre todas las cosas, se pretendía sensato, pero el título en sí. “Marichu va a la cocina y recibe con distinción”, ya es una novela, y eso antes de que nos adentremos en los resquicios y escondrijos del texto, donde aparecen, refulgentes como en sueño, los consejos para poner la mesa:

Para vajilla de cristal azul.

“Media Noche”. Mantel de malla drapeado crema. Centro y compoteras, con uvas de tono azuloso. Candelabros de plata con velas azules, ctl tono de la vajilla.

Da cierto pudor leer el índice de recetas, tan transparentes e intensas resultan las ambiciones de la autora, y tan provinciana ella: “Huevos ‘Samoa”‘ (con coco rayado y espinacas); “Huevos ‘Singapore’ ” (con polvo de curry); “Huevos ‘Hotel Plaza’ ” (con mayonesa); “Huauchinango a la ‘Kraft’ ” (con eso mismo); bebidas míticas o cosmopolitas a morir, como el coctel “Adonis”, el “Aviación” y el “Radio”, y un “Eggnog” que. nos explica Marichu entre paréntesis, en realidad es una polla.

No es el gusto —el paladar humano ni las papilas— lo que ha ido cambiando, sino apenas los ingredientes de la fantasía. El libro de Marichu abunda en guisos que no quisiera reproducir jamás; betabeles con anchoas, y sopa de sesos con alcachofas, por ejemplo. Pregunto: ¿será que alguna vez Marichu o alguna de sus lectoras le sirvieron a sus maridos la sopa de alcachofa y sesos? ¿Y que sus maridos se la comieron? ¿Y que les gustó?

De igual manera es difícil encontrar un platillo que se antoje en una recopilación de recetas inglesas de la época del Renacimiento. Este texto dice que las buenas cocineras hemos de preparar una tarta dulce de arenque (¡arenque!) revuelto con pasas, almendras y dátiles. Y son varias las recetas del siglo XIV que exaltan la máxima creación de la cocina inglesa (que en esas épocas, quién lo creyera, se consideraba altamente sofisticada): se trata de un pavo real entero, deshollado y relleno con abundantes especies, que después de rostizado se presentaba a los comensales con todo y patas y pico —y con la piel, y su plumaje intacto, surcido de nuevo al cuerpo—. No lo intentaré.

Los viejos recetarios van recopilando los sueños que entran por la boca. Hay sabores que identificamos con lo conocido, que por lo mismo solemos menospreciar y sin los cuales, sin embargo, no queremos vivir. Estos sabores evocan la fantasía más poderosa que existe, que es la del hogar.

Y hay sabores que vienen sazonados con el prestigio inmenso de lo exótico, que son los que le dan alas a los libros de cocina.

Los dátiles renacentistas se usaban para aderezar hasta los arenques porque venían de los confines más recónditos del mapa, lo mismo que las alcachofas y el queso Kraft de Marichu, y también la muy agria fruta kiwi que se multiplicó en todas las recetas para tartas de frutas publicadas hace diez años. El cisne de hielo que se coloca al centro de la mesa en las fiestas de quinceaños es descendiente directo del pavo real con plumas, y siempre lucen más sus contornos cerca del trópico. La cocina y el hambre de mundo siempre han ido de la mano.

En realidad sospecho que Marichu no puso jamás su mesa con vajilla de cristal azul para presentarle a su marido la sopa de sesos y los huevos “moscovita”. Nunca se exhibió en mesa alguna el pavo real con todas sus plumas. Son figmentos de los autores de libros de cocina, porque la comida lleva inexorablemente a la fantasía, como ésta lleva a la narrativa, y la narrativa a la ficción.

No resisto la tentación de presentar una más de las mesas que Marichu sugiere para convidar a nuestras amigas a tomar el te:

Para vajilla de cristal color ámbar.

“Oriental”. Mantel de malla drapeado crema. En el centro crisantemas amarillas-bronceado. En los candeleros velas verde oscuro. A los lados del centro, dos faisanes bronceados, con las colas en tono verdoso. De aquí a “El pecado de Oyuki” no es más que un paso. n

Alma Guillermoprieto. Escritora. Sus textos sobre México para el New Yorker y el New York Review of Books aparecerán próximamente, en traducción al español, editados por Plaza & Janés.

Ediciones de la ciudad de México

DIVAGARIO

Ediciones de la Ciudad de México

De entre lo más interesante que ha publicado el Instituto de Cultura de la Ciudad de México destacan Colonia Hipódromo de Edgar Tavares López, Tacubaya en la memoria de Araceli García Parra y María Martha Bustamante, Orígenes de nuestra ciudad de Fernando Curiel, Angeles González Gamio, Eduardo Matos, Luis Ortiz Macedo y Vicente Quirarte. Los dos primeros títulos recuerdan por su idea, formato y concepción gráfica, a los libros de Clío, pero sin el diseño y el cuidado de esas ediciones. El tercero es una buena puerta de entrada a la historia de la ciudad. No deja de llamar la atención que tengan que intervenir cuatro enormes instituciones para publicar unos cuantos libros: el Gobierno del Distrito Federal, la Secretaría de Gobernación, el Archivo General de la Nación, el Consejo de la Crónica de la Ciudad de México. Como sea, nunca sobrarán los estudios que indaguen en el pasado mexicano. Por cierto, no se ha hecho aún el análisis de los resultados, casi dos años después de su instalación. de la política cultural del Instituto de Cultura del Distrito Federal. Siempre será más interesante publicar libros que hacer una partida de ajedrez multitudinaria en el Zócalo (¿hay algo más elitista que el ajedrez?), hornear una enorme rosca de Reyes para ofrecerla a los hambrientos en la calle Fray Servando Teresa de Mier, o poner las bardas de los parques para que “la gente” las pinte y se exprese a sus anchas bajo la demagógica idea de que “la ciudad es de todos”.

Peter Sloterdijk

Acaban de aparecer en Alemania los dos primeros tomos de la trilogía que Peter Sloterdijk (1947) llevaba años escribiendo. Esferas. En este estudio monumental de la historia europea, el filósofo alemán añade la cultura, el arte y la literatura a su análisis del espacio y del tiempo en la historia. Filósofo, escritor, ensayista y profesor de filosofía en la Universidad de Viena, Peter Sloterdijk es autor de uno de los libros más exitosos de la filosofía. Crítica de la razón cínica. Formado en la escuela de la fenomenología, del existencialismo y de la teoría crítica, es uno de los ensayistas alemanes más atractivos. El lector podrá encontrar un buen ejemplo del tratamiento filosófico que Sloterdijk ensaya desde hace años en el primer artículo de “Vida pública” de esta edición de nexos.

Caminar con Chatwin

En su ensayo “La formación de un escritor” (1983), Bruce Chatwin le hace decir a su tío que la etimología anglosajona de su apellido paterno (chette- wynde) es “sendero tortuoso”. Más adelante. al rememorar sus primeras impresiones. Chatwin invoca a Sam Turnell. “un solitario de ojos tristes” que le transmitió el amor a las largas caminatas por los páramos. Un párrafo después, un párrafo sonoro y familiar, Chatwin se presenta al lado de su madre yendo de aquí para allá.

No hace falta más para saber cómo se construye la autobiografía de un viajero. En Chatwin todo alude al fuego alrededor del cual se cuentan viejas historias de aventureros, nómadas o exploradores que abandonan el hogar para conocer tierras lejanas y luego regresan para convencer a su auditorio de que lo real es más fantástico que todo lo fantástico. Como muestra el ensayo de Arturo Fontaine que el lector encontrará más adelante, a Chatwin le atraía la inquietud. Y le atraía al grado de que podía estar quieto en su propia habitación. Su impulso migratorio era inseparable de la fascinación por las cosas refractarias al cambio. En efecto, si hemos de ser justos con Chatwin debemos señalar que viajaba por el puro amor a la movilidad concebida como un intento de conservar el mundo como siempre ha sido.

Sobre la guerra

La guerra de Kosovo ha suscitado una polémica intelectual en torno a la intervención militar de la OTAN y el respeto a la soberanía de los Estados. En un “divagario” anterior (julio. 1999) apareció un comentario al reciente libro de Michael Ignatieff, El honor del guerrero, dedicado a examinar una nueva forma de conflicto internacional: a la hora de la globalización y el resurgimiento de los nacionalismos, las guerras étnicas son la cuestión más controvertida.

El debate continúa. En su número 94 (julio-agosto). Claves de Razón Práctica publica un debate epistolar entre Michael Ignatieff y Robert Skidelsky sobre la guerra en Kosovo. A partir de una pregunta provocadora —¿estaba justificada la intervención militar de la OTAN?— se desata un diálogo crítico que es un ejemplo de cómo cambió la realidad geopolítica después de la caída del Muro. En el escenario del mundo global, una de las interrogantes fundamentales para volver a pensar el derecho y las relaciones internacionales radican en saber si Occidente tiene derecho a imponer sus valores en los enfrentamientos culturales que dividen a los pueblos y las naciones. Y esa duda es crítica cuando en una situación política especial se enfrenta el desafío de la intervención militar internacional.

Ignatieff se define como intemacionalista. Cree que no sólo los Estados tienen derechos e inmunidades; también los individuos pueden apelar a las instituciones de derechos humanos de la ONU para defenderse de la violencia. Ante el expediente de la intervención de la OTAN en Kosovo plantea un argumento moral y político: “La intervención militar sólo puede estar justificada en dos casos: primero, cuando la violación de derechos humanos llega al extremo de un intento sistemático de expulsar o exterminar a un número elevado de personas que no tienen medios para defenderse; segundo, cuando dichas violaciones amenazan la paz y la seguridad de los Estados vecinos. Habría que añadir dos condiciones más: primera, han tenido que agotarse todas las alternativas diplomáticas; y segunda, la fuerza sólo está justificada cuando tiene posibilidades reales de surtir efecto”.

Ante el dilema del relativismo cultural y las consecuencias de imponer una moral occidental ajena a la cultura de otros pueblos, Ignatieff piensa que “no vivimos en el mundo moral del relativismo cultural… Todas las naciones aceptan formalmente que la tortura, la violación, las masacres y las deportaciones por la fuerza constituyen una vulneración del derecho internacional humanitario”. Quizás apenas se está construyendo la nueva legalidad para el mundo que viene. Pero no hay duda de que los derechos humanos son imprescindibles y no una idea imperialista de Occidente.    n

Parábola para un Cumpleaños

PUERTO LIBRE

PARÁBOLA PARA UN CUMPLEAÑOS

POR ANGELES MASTRETTA

Me he puesto en la palma de la mano un puñado de avena tostada con azúcar y lo como despacio, mientras trato de no aceptar la carga de melancolía que traen consigo las tardes de lluvia. Este octubre voy a cumplir cincuenta años. Me lo digo pensando que aún podría creer en las hadas y que el mar me conmueve tanto como la primera vez que lo vi. Me lo digo y apremio una sonrisa. Todavía estoy dispuesta a confiar en los desconocidos, todavía despierto en las mañana creyendo que algo nuevo encontraré bajo el sol, todavía les temo a las arrugas y soy capaz de cantar bajo la regadera. Todavía —¿quién lo creyera?— imagino el color que la luna de antier tuvo sobre otras tierras, y sueño con el mes próximo y con el siglo próximo. Así las cosas, cumplir años no será tan grave. Cincuenta, ochenta o cien, cuantos años quiera arroparnos el mundo, hay que estarse en calma, dispuestos a dar las gracias y a pedir más siempre que la vida pretenda voltear a vernos, para saber si aún la queremos.

—No, pelona, todavía no quiero que me lleves —le decía a la muerte mi abuela materna, tras veinte años de silla de ruedas y uno de cáncer. Tenía más de ochenta y conservaba una dosis de inocencia que yo había perdido antes de entrar a la primaria.

Pienso en mi abuela porque a pesar de su apego a la vida, a la edad que yo cumplo en octubre ella había dejado de batallar con muchas de las obligaciones y placeres que las actuales mujeres de cincuenta nos empeñamos en mantener. Tampoco se veía en guerra, estaba dispuesta a cobijar nietos sobre los tersos almohadones que eran sus pechos, comía sin culpa tres largas veces al día y parecía retirada del sexo, las imprudencias, la angustia de las cosas que son para no ser, y por supuesto la obligación de la juventud.

Dice Verónica mi hermana que eso era más sabio, tal vez. Lo cierto es que nosotras ya no podríamos regresar a ser así. Sin embargo, muchas cosas, a veces extraordinarias no sólo por efímeras, tendremos que ir perdiendo sin guardar rencor, sin estropearnos el alma, sin maldecir al tiempo que tanto nos bendice. Tratando de aceptar estas pérdidas, que a veces me cuesta tanto asumir, he dado con el recuerdo de una anécdota llamada, para mi consumo personal, la parábola del avión.

En abril pasado, mi madre, mi hermana, mi hija y yo, hicimos un viaje a Italia, vía Madrid. Tras un vuelo tan arduo como cualquier vuelo que cruce el océano, llegamos a Barajas a las dos de la tarde y corrimos a la sala en que estaba previsto que saliera, a las tres, el avión rumbo a Milán. La inolvidable sala doce. Con toda calma ahí se nos dijo que el vuelo estaba retrasado y que volveríamos a tener noticias en cuarenta minutos. Nos sentamos a esperar conversando y al cabo de los cuarenta minutos una señorita de Iberia volvió a pedirnos que esperáramos cuarenta minutos más. Regresamos a esperar. Fuimos al baño, tomamos café, compramos libros y tras una hora revisamos el pizarrón en el que nuestro vuelo aparecía como demorado y sin horario. Así las cosas nos dedicamos a ir de hora en hora revisando el pizarrón y acudiendo al mostrador de Iberia hasta que pasaron por el aereopuerto y nuestros pies, piernas, ojeras y humores, siete horas de tedio y vueltas. Ya para entonces, de hora en hora, habíamos recorrido todas las tiendas de perfumes, ropa, tarjetas postales y bisuterías varias que caben en el aereopuerto. Volvimos a ver el pizarrón, volvimos a preguntar en el mostrador de la puerta doce, y volvimos a tener como respuesta que preguntáramos en una hora. Así las cosas, nos fuimos a comer y cuando estábamos recién instaladas frente al jamón serrano, por no dejar, miramos la pizarra. Entonces vimos que nuestro vuelo ya tenía hora. Salía en tres minutos. Lo dejamos todo sobre la mesa y corrimos a la puerta doce, tan rápido como corríamos siendo jóvenes. Estaba lejos, pero a no más de cinco minutos. Verónica y yo llegamos jadeantes y entregamos los pases de abordar a una mujer morena, joven y alejada que había tomado posesión de la puerta doce. Ella los revisó despacio y nos dijo sin más:

—El avión a Milán se ha marchao.

—¿Qué? —preguntamos incrédulas y asustadas. Ella fingió otras ocupaciones.

—¿Qué? —volvimos a decir conteniendo los gritos, pero temblando de cansancio y abandono.

—Se ha marchado —dijo de nuevo la mujer sin siquiera pedir una disculpa.

Lo que siguió fue un largo alegato, con manoteo, explicaciones, demandas, y furias de nuestra parte, al que la mujer no hizo sino responder varias veces:

—Pues se ha marchado.

Volvíamos nosotras a no poder creerlo, volvíamos a preguntar si no podíamos correr a la pista, si no podíamos detener el avión que aún se veía desde la ventana, y que dimos en llamar para más confundir las cosas y con gran fiereza el “pinche avión”, si no podíamos lo que fuera, incluso lo inaudito. Y así durante diez, quince, eternos minutos. Hasta que ella, tan impaciente como puede ser una impaciente burócrata de Iberia, nos dijo en el colmo de la contundencia hispánica:

—Señoras, teneis que aceptarlo, entendedlo, el avión se ha marchado, iba completo y se ha marchado. ¡Aceptadlo, aceptadlo ya!

Junto a nosotros había otros quince italianos a los que también había dejado el sobrevendido vuelo, tan enfurecidos y aún más gritones que nosotros. Los abandonamos como líderes del reclamo en castellano y nos miramos con una sensación de fracaso compartido cuyo recuerdo aún me conmueve. Mi hermana detesta darse por vencida.

—Esta pesada tiene razón —dijo apoyándose en un sentido práctico que siempre ha ido adelante del mío—, más nos vale aceptar que el pinche avión se fue y nos dejó. No sólo a nosotros, sino a todos  éstos. Y que ni regresándolo tendríamos lugar adentro.

Me dieron ganas de abrazarla, pero me contuve porque ella no es de las que sobrellevan con desparpajo las efusiones públicas. Así que sin decir palabra dimos vuelta sobre nuestros talones, reconocimos el alto coeficiente emocional de mi hija y nuestra madre, quienes se habían ahorrado la discusión con la azafata y discutían entre ellas si era correcto hacer unas últimas compras para exorcizar la desgracia, y aceptamos la pérdida del vuelo y con él de nuestras maletas, como algo irrevocable. Tomamos el primer taxi que quiso llevarnos a Madrid, que no fue ni remotamente el primero que pasó a nuestro lado y nos fuimos a buscar un hotel cualquiera en el que dormir sin pijamas, sin cepillos de dientes, sin medicinas, sin un pedazo de nuestras almas, y exhaustas.

Sucedió entonces un pequeño, pero hermoso milagro: encontramos dos cuartos en un hotel perfecto, con vista a la hermosa noche, la fuente de Neptuno rodeada de tulipanes amarillos, la cúpula de la iglesia de los Jerónimos y el Museo del Prado. Encontramos una tina de agua caliente, una cena con postre de fresas y pan dorado, unas batas de toalla en las que arroparnos. Y sobrevivimos al desfalco de que el avión se hubiera marchado sin esperarnos, tras ocho horas de esperarlo nosotros.

Así pasa en la vida muchas veces. Aunque nos empeñemos en negarlo, en no aceptar que las cosas no son como querríamos que fueran, como soñamos que fueran, que la piel no nos brille como brillaba, o el reloj no camine tan despacio como en la infancia, o las novelas no acudan como pájaros a la playa, los desfalcos se imponen sin más ley ni más argumento que su contundencia. Y uno tiene que aceptar que el avión se ha marchado y no morirse ni de rabia ni de pena, ni de vejez. Y no dejarse entristecer, al menos no entristecerse para siempre. Todo fuera como esperar otro avión o cumplir cincuenta años. n

Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Ninguna eternidad como la mía.

Legislando con el enemigo

ARREGLOS INSTITUCIONALES

LEGISLANDO CON EL ENEMIGO

POR CARLOS ENRIQUE CASILLAS

La Cámara de Diputados ya es una auténtica arena política. Ahí se perfilan los asuntos clave del país ¿Cómo se ha portado en los artos más recientes?

A dos años de conformada la LVII Legislatura, la más plural y sui generis en la historia reciente del país, parece conveniente hacer un balance sobre los impactos que ha tenido la nueva conformación de fuerza y el papel que el Poder Legislativo ha adquirido en la transformación del sistema político mexicano. Es interesante discutir algunos de los cambios que ha traído el primer gobierno no unificado desde la revolución.

La primera y más importante modificación es, sin duda, el surgimiento de la Cámara de Diputados como auténtica arena institucional para el proceso político. Hasta hace muy poco tiempo el papel del Poder Legislativo en México fue, en el mejor de los casos, el de mero testigo del acontecer político nacional. Diputados y senadores validaban, tal como hacen los testigos de una boda o de un contrato, una decisión tomada de antemano. La discusión legislativa pasaba entonces a segundo plano y los intereses políticos, los proyectos de las carreras, se volvían la materia prima del trabajo de los representantes populares.

La pluralidad de la Cámara de Diputados colocó a este órgano de gobierno en el corazón del debate político. Hoy, al igual que ocurre en todas las democracias modernas, los asuntos clave del país cruzan por el parlamento. Lo mismo el asunto del Fobaproa que la reforma del Estado, lo mismo el tema del paro de la UNAM que el presupuesto de la federación o el asunto de Chiapas se discuten con intensidad en los recintos legislativos. El poder de opinión que antes pertenecía casi en exclusiva al Ejecutivo Federal o a las dirigencias de los partidos políticos, ocupa hoy el espacio que genuinamente le corresponde en una democracia representativa.

Se hace referencia al poder de opinión, porque es evidente que el poder de decisión aún permanece incrustado, en gran medida, en las dirigencias de los partidos políticos. A lo largo de esta legislatura hemos visto, en repetidas ocasiones, cómo los presidentes de los partidos y los líderes de las fracciones parlamentarias imponen los criterios de votación a sus diputados y senadores; esto ha provocado fricciones y amenazas de fractura. Este asunto tiene que ver con la disciplina de partido y con las reglas electorales que la favorecen, y no pretendo discutirlo aquí, pero sí dejar claro que la independencia del legislador mexicano ha iniciado con una suerte de indisciplina en sus opiniones respecto de las directrices de los partidos. Este fenómeno será cada vez más frecuente en nuestro sistema político y tenderá a acentuarse si se concreta, como muchas voces lo piden, que los legisladores puedan ser reelectos para un periodo inmediato.

El cambio es importante porque ha girado el centro de gravedad del acontecer político. Como nunca antes, el Legislativo tiene algo que decir ante lo que ocurre en el país. Se dirá que el poder de opinión siempre estuvo en manos de los diputados y senadores, pero lo importante aquí es que antes podían discutir sobre cualquier tema sin que los ciudadanos tomaran nota de sus opiniones: no eran trascendentes porque no había posibilidades de que influyeran en las decisiones finales. Hoy los legisladores tienen la fuerza para construir issues, para colocar un tema en la decisión nacional. El caso más representativo es sin duda el Fobaproa.

Generar asuntos para la agenda del gobierno resulta un ejercicio rentable para cualquier partido político; lo es, en principio, porque representa una forma de propaganda política gratuita. Es una manera de hacerse presente ante el elector más allá de los tiempos de campaña. Tengo la impresión de que cuando se trata de un partido político en la oposición, este tipo de proselitismo, llamémosle legislativo, es aún más provechoso, porque al tiempo que ese partido denuncia, critica y propone, se convierte al mismo tiempo en la cabeza de un movimiento fresco, listo para ser explotado.

Se dirá también que el poder de opinión del parlamento importa en la medida que los temas discutidos cristalicen en leyes. Es pertinente reflexionar sobre este asunto, ya que uno de los grandes temores que despertó el gobierno dividido en México fue la posibilidad de una parálisis legislativa.

Mientras hace algunos años todos los proyectos de ley enviados por el Ejecutivo Federal transitaban plácidamente y los diputados daban su apoyo las más de la veces, ahora el número de asuntos pendientes ha provocado que varios temas de interés nacional confluyan en el mismo periodo; esto ha vuelto más complicado el trabajo legislativo porque las posiciones políticas tienden a polarizarse. Un dato revelador: a pesar de que 22.37% de las iniciativas que tuvieron como origen la Cámara de Diputados fueron aprobadas, únicamente 11.3% del total de iniciativas presentadas en el recinto de San Lázaro durante los dos primeros años de la actual legislatura se convirtieron en leyes. Del universo total de iniciativas —que suman 372— presentadas en la LVII Legislatura y que tuvieron como origen la Cámara de Diputados, únicamente 5.91% fueron propuestas por el Ejecutivo; el 94.09% restante corrió a cargo de los legisladores de los distintos partidos, de los congresos locales y de la ALDF, así como de las propias comisiones de la Cámara Baja.

Aquí ubicamos otro de los cambios significativos que ha traído el gobierno dividido: los diputados se convierten en los principales promotores de leyes. Se trata de un cambio que ha venido sucediéndose desde hace tiempo, pero la conformación de fuerzas políticas en la actual legislatura fue un incentivo adicional para que un mayor número de legisladores impulsaran propuestas sobre distintas leyes. En la anterior legislatura, la LVI, fueron presentadas 164 iniciativas de ley; de ellas, cerca de una tercera parte (28.66%) fueron proyectos impulsados por el Presidente de la República, en tanto el 71 % restante correspondía a otros actores políticos. Por el contrario, en la legislatura vigente únicamente 1 de cada 20 iniciativas de ley corresponden al Ejecutivo Federal.

Por otra parte, el primer factor que explica el bajo nivel de productividad legislativa es la dinámica propia del trabajo legislativo. Cada iniciativa de ley sigue un largo camino antes de ser aprobada y entrar en vigor, pero esto ha sucedido desde que el Congreso existe; el elemento adicional tiene que ver con el incremento en el número de iniciativas presentadas: en esta legislatura, como ya apuntábamos, para cada tema se han sucedido varias iniciativas. Cada partido político ha querido fijar su posición, establecer sus condiciones para negociar y dejar claras sus prioridades. En el desahogo de cada iniciativa, las comisiones respectivas han realizado un esfuerzo de síntesis, han tenido que sumar cada propuesta y tratar de integrar en un solo dictamen varios proyectos de ley. Por ello encontramos una disparidad entre el número de insumos y el número de productos. Otro factor está en todas las iniciativas que son desechadas, bien porque están contenidas en alguna ley aprobada o bien porque carecieron de respaldo suficiente para convertirse en dictamen.

Con todo, el bajo nivel de productividad legislativa responde a múltiples factores. El más difundido pero no por ello el más verdadero es, desde luego, la falta de experiencia de los diputados para discutir las propuestas en un marco de pluralidad y equilibrio de fuerzas. En este sentido, la inexperiencia y la falta de consenso serían las causas de los incipientes resultados del trabajo legislativo. Pero este razonamiento no nos conduce a ningún lado, o mejor dicho, nos lleva a una explicación casi tautológica de la escasa productividad legislativa: no hay leyes porque no hay acuerdo y no hay acuerdo porque no hay mayoría.

Un elemento que ha gravitado en el bajo nivel de producción legislativa ha sido el papel de contrapeso que ha jugado el partido con más escaños. En efecto, el Partido Revolucionario Institucional, por el número de diputados con que cuenta, tiene capacidad de veto sobre posibles reformas a la Constitución. Esta cualidad le ha permitido funcionar como stopper, para evitar que gran parte de las iniciativas de ley, con las que no estaba de acuerdo. Fueran aprobadas. En otras palabras, todas las propuestas de reforma constitucional han tenido que esperar la generación de un acuerdo entre los principales partidos políticos y esto ha encarecido el costo de cada negociación.

El argumento anterior explica, sólo en parte, “la pobreza productiva” de la actual legislatura. El elemento sustantivo y que tiene que ver con el nuevo papel del Legislativo dentro del gobierno dividido radica en el carácter que han cobrado las iniciativas de ley. Como hemos visto, desde hace tiempo los partidos se han vuelto promotores de iniciativas de ley, pero el cambio fundamental estriba en que antes las iniciativas podían ser entendidas como mecanismos de expresión de las corrientes políticas representadas en el Congreso; los partidos las presentaban para justificar en parte su existencia, y en parte para mostrar a sus electores que estaban desempeñando su trabajo. Hoy, además de esas características, las iniciativas son promovidas también por los partidos de oposición, porque representan instrumentos de negociación política.

Es indudable que la presión sobre un proyecto de ley aumenta cuando no es uno, sino dos o tres, los actores que se pronuncian al respecto. Así, a lo largo de esta legislatura hemos visto cómo tras el envío de una propuesta de ley del Ejecutivo se suceden iniciativas de los partidos opositores e incluso del propio PRI como respuesta; es una manera de decirle al interlocutor principal: “aquí estamos y con esto negociamos”. Este nuevo juego de la democracia es desde luego un arma de doble filo para el propio proceso de fortalecimiento del Legislativo; por un lado lo fortalece al enriquecer el debate, al abrir las opciones de acuerdo; pero, por el otro, puede ser una forma de chantaje político para forzar una negociación entre las élites. En cualquier caso, resulta evidente que las iniciativas tienen un efecto multiplicador que las hace pesar, ya sea por el tema que las ocupa o por los otros temas de la agenda de gobierno con los que se relaciona. De nueva cuenta el Congreso gana terreno como arena de decisión política, pero la eficiencia decae porque cada tema de agenda está vinculado a otros asuntos nacionales. La negociación se vuelve así un juego de actores múltiples y de soluciones simultáneas.

Por último parece conveniente recuperar un tema que flota en el ambiente político y que tiene que ver con la dinámica de nuestro gobierno no unificado: se trata de las coaliciones legislativas. Como se recuerda, al inicio de la presente legislatura la primera manifestación del gobierno de no mayoría fue precisamente la conformación de un bloque opositor en la Cámara de Diputados que se propuso generar una mayoría estable y reivindicar el papel del Legislativo. La historia del bloque dura apenas unos meses, y tras el repaso de las carteras de las comisiones la coalición opositora se fue desdibujando hasta que finalmente, en la aprobación del presupuesto para 1998, desapareció. El tema importa porque tiene que ver con la posibilidad de una alianza electoral opositora para las elecciones del año 2000. Me parece significativo que apenas unas horas después de que la dirigencia del Partido Acción Nacional dio a conocer su decisión de buscar la formación de la alianza, el único precandidato a la presidencia por ese partido aclarara que se trataría de una coalición electoral y no de gobierno; los hechos de esta legislatura respaldan las palabras del exgobernador de Guanajuato.

A lo largo de los dos primeros años de la LVII Legislatura, Acción Nacional ha promovido en la Cámara de Diputados 96 iniciativas de ley; por su parte, el Partido de la Revolución Democrática ha presentado 90 proyectos de legislación; el Partido del Trabajo, que muy probablemente se sumaría a esa alianza electoral, ha presentado 19 iniciativas. Estos datos no dicen mucho, pero si vamos a sus características particulares entenderemos que la naturaleza de una alianza electoral opositora tendría en su base el pragmatismo. El bloque opositor, tal como lo conocimos en 1997, únicamente ha promovido dos iniciativas de ley, la primera referida a la reelección de los legisladores y otra más que propone algunas modificaciones al Cofipe. Por su parte, el PAN y el PRD han impulsado únicamente dos proyectos de ley; el primero en compañía del PT. que implicaba reformas a la Ley del Seguro Social, y el segundo que proponía una Ley Orgánica para el Congreso.

En consecuencia, los casos más destacables donde la dupla PAN-PRD funcionó, fueron para la asignación de las comisiones parlamentarias, para la modificación de la Ley Orgánica del Congreso y para la promoción de reformas al Código Electoral, cuyo objetivo final era flexibilizar los criterios de integración en las coaliciones electorales. En concreto, ningún tema de relevancia para el país, Chiapas. Fobaproa. La entidad de fiscalización, la reforma municipal o la industria eléctrica ha alcanzado el consenso de las dos principales fuerzas opositoras. Con ello no quiero decir que a la hora de la votación no lo hayan hecho de manera semejante, pero significa que las posibilidades de colaboración entre ambos partidos se agotan en el tema del poder.

Ni siquiera el tema del presupuesto ha merecido que los opositores trabajen en conjunto; por qué ha sucedido esto, tiene varias explicaciones. En primer lugar, el arreglo institucional vigente en la Cámara de Diputados no favorece la formación de coaliciones parlamentarias; en segundo lugar está la distancia ideológica y programática que separa a ambos partidos. Y finalmente, está el poder, la lógica pragmática que domina la actividad de los partidos políticos. ¿Es eso lo que nos aguarda?

Carlos Enrique Casillas. Tiene una maestría en Administración y Políticas Públicas por el CIDE. Ganó el Certamen Carlos Pereyra en 1998.

Fuentes: Departamento de Invesigación Legislativa, página Web de la Cámara de Diputados (www.cddhcu.gob.mx) y Diario de Debates de la LVII Legislatura.

* Incluye partidos políticos. Comisiones de la Cámara de Diputados, la ALDF y Congresos Locales.

** Incluye la Legislatura completa (3 años).

*** Solo incluye los 2 primeros años de la Legislatura, hasta el 30 de abril de 1999.

Cámara de Diputados LVII Legislatura, Gaceta Parlamentaria de la Cámara de Diputados.

*Que tuvieron como origen a la Cámara de Diputados.

**Egresos de 1998 y 1999, que son competencia exclusiva de la Cámara de Diputados.

 

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A la mitad de la nada

PARABÓLICA

A LA MITAD DE LA NADA

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

De Boca Iglesia me habló por primera vez uno de mis mejores amigos, aventurero tan generoso cuanto impenitente: Ricardo Gutiérrez López. No recuerdo si supo del lugar cuando le dio la vuelta a la Península de Yucatán en exiguo velero, si se enteró de su existencia durante alguna extenuante gira en bicicleta por la costa del Caribe o si le hablaron del sitio sus compañeros de viaje, pesca y buceo a Chinchorro, banco de coral en el Mar de las Antillas, paraíso de paisajes submarinos y de cardúmenes, 24 kilómetros al norte del litoral quintanarroense. Ricardo me dijo que los más viejos entre los habitantes de Holbox sabían del templo que daba nombre al punto, más allá del Cabo Catoche, y que un día tendríamos que ir a buscarlo. Sin la resistencia física, ni la voluntad férrea ni las destrezas terrestres y marinas de mi amigo, pensé que jamás me atrevería a emprender la odisea.

Pero para eso tiene uno exalumnos. Un grupo de los mejores. que sufrió mis disquisiciones y experimentos durante la segunda mitad de los años setenta en Mérida, me embarcó el verano pasado con rumbo al arrecife de Los Alacranes, extraño oasis de agua transparente y escaso fondo a medio Golfo de México, al norte de Progreso. Yucatán, y casi a la latitud de Tampico, Tamaulipas. Este año, los jóvenes de hace veinte años convertidos en padres de familia decidieron preguntarme antes de organizar la travesía. Pedí Boca Iglesia como destino. Ellos organizaron la expedición. Quisimos que fuera al frente el padre de la idea. Ricardo. No pudo acompañarnos. Me sentí huérfano al salir, por carretera, hacia Chiquilá, puerto de cuyo muelle zarpan los pequeños barcos que atraviesan el estero de Yalahau con destino a Holbox, en la Boca de Conil. Yalahau es un espejo roto de vez en cuando por delfines, tortugas, manatíes y borbotones de agua dulce que viene de las calcáreas entrañas peninsulares.

Salimos de Mérida el penúltimo viernes de agosto a eso de las dos de la tarde. Nos detuvimos a comer en un fonda pueblerina, a la entrada de San Antonio Cámara. Dejamos atrás Tizimín. Entramos en Quintana Roo por Kantunilkín. Dejamos los vehículos en Chiquilá, donde nos pusimos en manos de dos pescadores cuyas lanchas serían domicilio y medio de transporte los días siguientes. Dormimos en Holbox. De aquí zarpamos hacia el Oriente el sábado por la mañana, con las arenas y los manglares a la vista. Atracamos después de dos horas en un refugio de pescadores.  donde conocimos al “Tampico”, un ermitaño de playa, descendiente de españoles, 42 años de edad y tres de soledad al cuidado de una palapa grande, una barcaza llena de hielo, dos gallinas, algunos pollos, un hermoso gallo y un trío de perros. Su choza de láminas de cartón no cuenta con electricidad ni agua dulce. Nos dijo que no resiste ir a la ciudad: lo aterrorizan los automóviles. Apenas si se acuerda de “la Quina”, de Veracruz, de Sisal, de Progreso y de Cancún. Su trashumancia salada —iniciada hace treinta años en el puerto jaibo— parece haber concluido aquí.

Dejamos las mochilas bajo la palapa. Abordamos de nuevo las lanchas. Los fanáticos de la pesca enfilaron mar adentro. Los que queríamos encontrar Boca Iglesia seguimos costeando hasta que don Chicho, veterano de las olas y los esteros, señaló una entrada a la ría. Nos había caído encima la primera lluvia, pero el sol nos secó la poca ropa encima. Estábamos más allá de Catoche, cuyo faro vimos de cerca, deformado por la cortina de agua que vomitaron las nubes. Hugo enrumbó hacia la boca. Entramos a las aguas bajas entre los mangles. Manuel extrajo de su saco plástico los binoculares. De pronto, apareció entre los vidrios y los metales de éstos la espadaña de un templo. Sin campanas. Boca Iglesia.

Bajamos del bote al fango esponjoso de la orilla. Libramos la primera batalla contra los moscos a base de repelentes. Un calor húmedo —el “bochorno” que es la antítesis de la “heladez”, dos términos que sólo entienden los yucatecos— nos ahogó con sus vapores. Caminamos tierra adentro hasta toparnos con un vestigio escrito en piedra y cemento de la presencia del INAH en aquellos lares. Las construcciones añosas dieron su mentís a la agresividad de la selva. Allí estaban, parcialmente destechadas, pero aún enhiestas como a la mitad de la nada. El relato de Ricardo se demostró cierto. Don Chicho nos contó que trabajó en el desmonte de los terrenos aledaños y en la reconstrucción a medias de las edificaciones. Nos dijo que había hasta un pozo. Lo hallamos. Imaginamos a los franciscanos españoles luchando con la vegetación, el clima, los animales y el salitre para alzar allí una misión y emprender su labor civilizadora. Sospechamos que allí cerca debe haber ruinas mayas, pues no habrían encontrado los frailes otra razón para arriesgarse hasta tan lejos si no hubieran estado seguros de encontrar oyentes para sus palabras y cabezas para sus bautismos. Admiramos la fe que los movió a caminar, sufrir, edificar, llamar, aprender la lengua ajena, buscar agua, cargar herramientas y enseres litúrgicos, soportar alimañas y padecer morbos y privaciones.

¿Quiénes fueron los monjes que fincaron aquí? ¿Cómo eran? ¿Qué pensaban? Muy probablemente algunos hijos espirituales de fray Juan Garceto, el franciscano que en 1516 ordenó a sus tropas ensayaladas alejarse ideológica y políticamente de los conquistadores codiciosos para poder sustraer a los indios americanos del “repartimiento” y de la “encomienda”. A él —asegura Mario Cayota en su libro Siembra entre brumas, Utopía franciscana y humanismo renacentista: una alternativa a la conquista— se le ocurrió propiciar el agrupamiento de los nativos en pueblos que, contra las pautas de comportamiento de los europeos, pudieran constituirse en comunidades solidarias y fraternas. No está de más recordar que Vasco de Quiroga, a pesar de ser abogado y luego obispo del clero llamado “secular”, fue hermano de la Tercera Orden o “terciario” de san Francisco.

Los datos disponibles indican que Boca Iglesia —o Boca de la Iglesia, o Boca Nueva— es el ingreso del Caribe a un paso natural y cenagoso que separa a la isla de Holbox de tierra firme y que desemboca sobre la orilla oriental del estero o laguna de Yalahau. Así consta, sobre el poco más o menos, tanto en el Diccionario Porrúa de Historia, Biografía y Geografía de México, cuanto en la muy nueva, cuidada y completa obra Yucatán en el tiempo, fruto de la preocupación cultural del empresario yucateco Raúl Casares G. Cantón y de los afanes de un grupo de investigadores patrocinados por él. El asentamiento colonial data del siglo XVI. pero tuvo lugar en la antigua y maya Ecab. a la que llamó Gran Cairo nada menos que Francisco Hernández de Córdoba. Ya en los mapas del siglo XVIII. templo y construcciones vecinas aparecían como en ruinas. Por estos rumbos se dio el primer mestizaje en el continente: Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, náufragos, fueron arrojados por el mar apátrida y acogidos por los hombres mayas. El primero se horadó narices y orejas, se tatuó y consiguió mujer que le dio hijos y sentido de pertenencia. El segundo, tonsurado, permaneció célibe y se reincorporó a los suyos a la primera oportunidad. La “raza cósmica” germinó por acá.

Las cámaras de fotografía hicieron su trabajo contra el olvido. Muros, cúpula y sacristía enteras, altar, escalinatas y atrio quedaron, luminosos, en las entrañas oscuras de los artefactos ópticos. Vuelta a la lancha. Nos detuvimos en la boca misma, donde se juntan aguas de todos colores sobre lechos blancos de escasa profundidad. Una piscina tibia. A la mano, langostas y cangrejos. En las neveras las cervezas a temperatura polar. Sobre las espaldas, los rayos devastadores de un sol impío. La conversación, un tejido de recuerdos compartidos por el mayor de mis hijos —Carlos, aún azorado por el descubrimiento, los verdes infinitos y las temibles mantarrayas—, como sólo pueden urdirlo quienes compartieron aula, libros, músicas, exámenes, deportes, diversiones, indignaciones, entusiasmos y compromisos, cuando la adolescencia de los escolares evitaba la obsolescencia del maestro. Luis y Manuel evocaron un pasado de papel que los hizo capaces de darse un presente de vida. Todos —Carlos incluido— nos sentimos esperanzados, es decir, dispuestos a recordar el futuro.

Por la noche, en la palapa, los pescados frescos asados a las brasas fueron un placer, pero más tarde los moscos hicieron olvidarlo. Las lluvias impulsaron a los voraces insectos a salir de sus madrigueras y a embestir sin parar a los expedicionarios limosneros de sueño, aprovechando los huecos entre los hilos de las hamacas. Ni los aceites que vinieron de la civilización, ni los humos arcaicos de las cáscaras de coco que puso a quemar el “Tampico” fueron suficientes para ahuyentar a esas diminutas fieras aladas que, si hubieran develado el secreto de la longevidad. probablemente ya habrían aniquilado la vida humana sobre el planeta.

Antes de que rompiera el alba, salimos rumbo a Contoy que es una joya flotante del Caribe. A media mañana, de regreso al refugio, comimos en macum, es decir en caldo picante, los meros que capturaron los adictos al anzuelo. Con la segunda y la tercera tormentas encima navegamos hacia Holbox. a donde llegamos empapados y temblorosos previa escala en Isla de Pájaros, donde el pelícano blanco y el flamenco viven sin zozobras. A la media noche del domingo, todavía húmedos de lluvia, de mar y de arena, llegamos a Mérida.

Boca Iglesia existe. Quienes se lo contaron a Ricardo tenían razón. Allí está, erguida, digna y memoriosa a la mitad de la nada, atalaya del todo.     n

Carlos Castillo Peraza. Periodista. Autor de Disiento.

La sombra

LA SOMBRA

POR SILVIA TOMASA RIVERA

Para Antonella y Julio Glockner*

Tonalli, para los antiguos mexicanos, era una fuerza vital que se constituía en la sombra del hombre.

I

Yo

y mi sombra. Solos por la vereda invocamos al viento. Ella es mi fuerza

y mi verdad.

Juntos somos mi corazón apuntalado frente a la guerra eterna de los días.

Si yo diera un traspié, un mal paso quebrado

en el abismo, ella sería la única alentando su voz, que me dijera, levántate, aún no ha terminado ese ciclo voraz

que te reserva la estrella del naufragio.

II

Sin ella, estoy perdido. La parte que me queda grita en la noche.

¿Cuál de todas las sombras es la mía?

A quién le corresponde vigilar mi cuerpo en las llanuras para que no tropiece con el bosque de ojos que se me viene encima y que pregunta:

¿Es locura la asusencia de la sombra?

La otra parte de mí que nadie entiende: tuya y mía esa fuerza vital que nos mantiene unidos hasta el fondo.

 *Al antropólogo Julio Glockner. doña Pascuala, curandera de la región de los volcanes de Puebla, le diagnosticó pérdida tempo­ral de la sombra a causa de una caída.

Todos ilegales

TODOS ILEGALES

POR RAÚL TREJO DELARBRE

El país de la ilegalidad parece haber alcanzado índices muy altos de sobrepoblación. Son ilegales quienes abusan de la sociedad, quienes toman el camino de la corrupción o quienes dejan de cumplir con la ley. Todos… o casi todos. Esa cultura forma parte de las maneras con las cuales los ciudadanos se relacionan cotidianamente con la vida pública y, de modo paradójico, mantiene relaciones muy estrechas con la cultura de la legalidad.

Hay un México de la legalidad que emerge, se defiende, gana espacios, crece, delante del México ilegal y premoderno que permanece, estorba el desarrollo, pervive. Esos dos Méxicos se traslapan y complementan. No son necesariamente contradictorios. De hecho, han creado una pragmática convivencia.

Forman parte del país en la ilegalidad los entre 4 y 6 millones de trabajadores que participan en la economía informal, las entre 500,000 y 800.000 mujeres que cada año abortan voluntariamente. los propietarios de más de 1,600.000 automóviles de contrabando que circulan sin papeles por las carreteras del país.

Participan de distintas formas de ilegalidad millones de ciudadanos que pagan sobornos para que no les levanten infracciones de tránsito y los policías que reciben esas compensaciones, aquellos que evaden o facilitan trámites administrativos a cambio de una propina y, desde luego, los empleados públicos que se benefician de ese intercambio.

Están fuera de la ley, aunque sea poquito, los consumidores que en vez de pagar toman la luz con “diablitos”, los vecinos que para cuidar su seguridad cierran sin permiso las calles donde viven, el condómino que se niega a entregar la cuota de mantenimiento aunque todos los demás sí pagan. Lo están, claramente, los “evangelistas” de Santo Domingo que falsifican títulos, licencias y actas y quienes todos los días acuden a comprárselos.

Un caso parecido, aunque menos escandaloso, es el de los fonogramas, discos de computadora, videocasetes o juegos electrónicos piratas. Es ilegal venderlos y también usarlos. Pero, bueno, mister Bill Gates no se va a hacer más pobre porque copiemos una versión de Windows 98. Qué tanto es tantito.

Se le puede llamar abuso generalizado, relajamiento del sistema legal, agandalle compartido, o cultura de la ilegalidad. En todo caso, cada quien como puede y cuando puede, casi todos dejamos de cumplir con las reglas.

No pretendemos que los trabajadores que no pagan impuestos, los ciudadanos que dan mordidas o las mujeres que deciden no tener hijos, sean necesariamente equiparables.

Se trata de gente en circunstancias muy diferentes. Unos abusan del resto de la sociedad; los segundos aprovechan el camino fácil de la corrupción; las últimas ejercen una prerrogativa individual que no ha sido cabalmente reconocida por las leyes mexicanas. Pero todos y todas, de una u otra forma, dejan de cumplir con la ley.

En algunos casos, se trata de acciones fuera de la ley porque el marco jurídico es atrasado, insuficiente o incluso contradictorio con los derechos de la gente. Por desidia, convencionalismos o incluso prejuicios, se mantienen ordenamientos que no se cumplen y cuya revisión y actualización ha sido reiteradamente eludida por los legisladores. Ese es el caso de las leyes que prohíben el aborto pero también, en asuntos muy diferentes, de la legislación laboral (que en la práctica suele ser superada por los contratos colectivos) y las leyes para los medios de comunicación (que en algunos casos, si se cumplieran al pie de la letra, implicarían atrabiliarias e inaceptables prácticas de censura).

En otras situaciones, las leyes no son respetadas simplemente porque resulta más sencillo evadirlas. Los requisitos para emprender casi cualquier trámite ante la administración pública, son tan tortuosos que muchos ciudadanos prefieren hacer el sacrificio de pagar un soborno antes que perder más tiempo. Cuando un agente de tránsito saca la libreta de infracciones, el automovilista hace un cálculo instantáneo de costos y beneficios: dar mordida es indebido y hasta vergonzoso, pero pagar la multa le saldrá más caro y le obligará a perder un rato en el banco.

En un tercer conjunto de circunstancias están quienes infringen la ley porque saben que es difícil que se les llegue a sancionar. En esa conducta, coinciden alevosos criminales y sufridos ciudadanos. Se dice que de cada diez delitos que se cometen en México, solamente uno llega a ser castigado. Así que la estimación de oportunidades que hacen el carterista o el violador antes de cometer un delito llega a tener los mismos parámetros: si es uno en diez, suponen, vale la pena correr el riesgo.

La cultura de la ilegalidad, o en ocasiones de la a-legalidad, seguramente existe en todo el mundo, pero en México forma parte de las maneras con las cuales los ciudadanos se relacionan cotidianamente con la vida pública.

Extendida, la ilegalidad no siempre es reconocida. La encuesta sobre valores de la sociedad mexicana que el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM levantó hace cinco años encontró que el 60% de los ciudadanos aseguraba que no estaría dispuesto a dar dinero para ahorrar tiempo en un trámite de gobierno. El 22% respondió que sí y el 16%, que “a veces”.

Ese 38% de mexicanos que se sincera acerca de su disposición a la mordida demuestra gran honestidad, o gran cinismo, según se vea. Significativamente, mientras mayor es la escolaridad o más alto el nivel de ingresos, aumentaba el porcentaje de encuestados que se decían dispuestos a dar mordida en alguna ocasión. Apenas el 28% de los más pobres y el 27% de aquellos con instrucción primaria incompleta, dijeron que sí entregarían sobornos. En cambio, el 47% de quienes ganan más de 5 salarios mínimos y el 55% de quienes tienen estudios universitarios no terminados, declararon que sí. Distribuidos por intención de voto, entre quienes en 1994 dijeron que sufragarían por el PAN. el 50% era más proclive a corromper (o fueron los más veraces en sus respuestas). En cambio, el 43% de los votantes perredistas y solamente el 35% de los simpatizantes priistas. se reconocieron capaces de dar mordida (Los mexicanos de los noventa, IIS UNAM, 1996).

La ilegalidad forma parte de la cultura política y de las prácticas sociales de los mexicanos. No pretendemos que sólo exista en nuestro país pero, en México, es una realidad. Ese es parte del contexto de las actitudes ilegales, o a-legales, en zonas más vistosas de la vida pública. Dirigentes políticos que no respetan los estatutos de sus partidos, líderes sindicales que trafican con las cuotas de sus representados, contratistas que entregan altas comisiones para obtener una obra o una concesión, son expresiones en diferentes grados de esa costumbre que disimula, atenúa o admite el incumplimiento parcial o completo del marco jurídico.

En ese contexto se pueden entender, pero no justificar, el temor, o el franco rechazo, para aplicar la ley en algunos de los más notorios conflictos políticos de los meses recientes. En varios de esos casos, se ha llegado a considerar que cumplir con la ley puede tener costos políticos tan altos que entonces vale la pena diferir su aplicación para no exacerbar los ánimos.

Si muchas de las infracciones a la ley que se han vuelto costumbres arraigadas en nuestra sociedad forman parte de un modus vivendi primitivo pero funcional, en cambio la politización que en algunos casos dificulta el cumplimiento de la ley solamente empeora los conflictos e impide que tengan solución.

El México en la ilegalidad convive con el de las leyes. Formamos parte de ambos, en una práctica pero costosa esquizofrenia. Lo peor es el arraigo que tiene la costumbre de infringir las reglas más elementales.

A punto de entregar esta abatida nota para Nexos, vemos en el noticiero vespertino del canal 13 un reportaje sobre la corrupción en las escuelas. La reportera le acerca el micrófono a un sonriente —por nervioso— muchacho de secundaria.

—¿Tú le has dado dinero a algún maestro para que te pase?

—Sí.

—¿Como cuánto le diste?

—Doscientos.

—¿Y te pasó?

—Sí.

—¿Cuánto te puso?

—Nueve.       n

Raúl Trejo Delarbre. Periodista. Director del semanario etcétera.

La gran alianza

ELECCIONES

LA GRAN ALIANZA

POR JORGE JAVIER ROMERO

¿Qué significaría una alianza entre el PAN y el PRD para las elecciones del 2000? Y, si eso ocurriera, ¿qué costos v beneficios pagarían y obtendrían ambos partidos en caso de vencer al PRI ?

Dice el dicho cantinflesco que en México nunca pasa nada y cuando pasa ya todos sabían que iba a pasar. Con la alianza opositora puede ocurrir algo parecido: cuando se empezó a hablar de ella, difícilmente se vislumbraba la posibilidad de que los caudillos pudieran pactar, pues nadie contaba con que lo que originalmente se antojaba como una trampa demagógica del PRD para deslegitimar al PAN como oposición iba a resultar un cebo muy atractivo para la supuesta presa, que acabó por encerrar al cazador en su propia jaula.

El PAN se encontró de pronto con un manjar: la “opinión pública” manifestó, a través de su verbo encarnado en encuestas, que Vicente Fox —el caudillo con botas que se les impuso como candidato— era, con mucho, quien podía encabezar la alianza.

Cuando las encuestas comenzaron a mostrar que Cuauhtémoc Cárdenas no tenía posibilidad alguna de ser un candidato triunfador, el PAN se volvió sobre su perseguidor y le dijo ¡va! Entonces el PRD tuvo que evaluar y jerarquizó sus objetivos: más allá del peso que en sus prioridades tuviera el elemento ideológico del resentimiento antipriista, en los cálculos de expectativas de los perredistas ha estado presente el hecho de que la intención de voto en su favor ha ido declinando constantemente —cada minuto que pasa del buen gobierno de Cárdenas en la ciudad de México— y, por tanto, las posibilidades de mantener sus posiciones actuales en la Cámara de Diputados y en el Senado eran remotas.

En su intento por revivir el efecto del FDN de 1988 y volver a colocar a su candidato en la contienda, el PRD traía ya el fardo del agonizante Partido del Trabajo y estaba también pactando con Convergencia Democrática, al tiempo que flirteaba con Camacho y su PCD. Sin embargo, si la oferta política encabezada por Cárdenas no remontaba y las encuestas tenían razón, entonces la “coalición de centro-izquierda” tendría que repartir su magro 20% entre sus aliados, a razón de al menos 2% por partido, lo que podría dejar al PRD con apenas el 14% de la votación —si no es que menos—, con las consecuencias que eso acarrearía en lo que toca a los dineros del financiamiento público. Mala cosa.

En cambio, ir a la alianza lo llevaría a pactar en condiciones de igualdad con el PAN, ya que el acuerdo se daría sobre la base de las posiciones de hoy, bastante equilibradas. El costo de los aliados menores se repartiría por igual y no sería tan oneroso para sus finanzas. Esto al margen de que ocurriera o no la derrota del PRI. Y se metió en el berenjenal del que difícilmente podrá salir.

En todo este asunto Cárdenas puede ser el convidado de piedra: sólo si él aceptara que la derrota de su tan odiado PRI bien vale una misa cristera, entonces la alianza sería posible, pero después de la decisión del PAN Cuauhtémoc puede aceptar el trago amargo, sobre todo cuando hay quien lo intenta guiar en su paso a la historia (o a su salida por una puerta falsa, diría el suspicaz). El futuro del tótem está en riesgo: si bien puede ser la cuña del mismo palo que sirva para derribar el árbol podrido que su padre contribuyó a sembrar, puede acabar convertido, en los libros de texto, en el personaje que cedió para abrirle el paso al caudillo populista de derecha que acabó privatizando PEMEX y que se colocó por encima de toda la política para llevar a cabo su plan personal de redención. Porque de Cuauhtémoc como presidente ya nadie se atreve a hablar.

De cualquier modo, el PRD está en un brete complicado, del que no saldrá sin magulladuras. Si va a la alianza, nadie le garantiza que pueda mantener la lealtad de una franja importante de votantes que difícilmente verían representados sus valores en la candidatura de Fox, pero que no votarían por el PRI. Si, en cambio, rompe con la posibilidad de la candidatura común, ya no podrá construir su FDN redivivo y, cuando mucho, irá con el cadáver insepulto del PT a la aventura del tercer fracaso de Cárdenas, en tanto que sectores importantes de sus votantes e incluso algunos de sus cuadros —de esos que siempre encuentran calva a la oportunidad— verán en Fox la utilidad y se embarcarán en la aventura de derrotar al PRI a toda costa. n

Jorge Javier Romero. Politòlogo. Profesor de la UAM-Xochimilco.

Elecciones vecinales en el DF, 1999

•   Comités vecinales elegidos el 4 de julio de 1999: 1,301.

Equivalen a 54.2% de los municipios del país, a 2.6 veces el total de diputados federales y a 19.71 veces el total de diputados de la Asamblea Legislativa.

•   Candidatos a integrantes de los comités vecinales: 42,994 ciudadanos. Equivalen a 10.1 veces el total de candidatos propietarios a diputados federales y senadores en la elección de 1997.

•   Mesas receptoras de votación instaladas el 4 de julio: 10,274.

•   Mesas receptoras de votación previstas para Iztapalapa: 1,968. Equivalen a casi el doble de las casillas instaladas en Nayarit, el mismo 4 de julio (986).

•   Ciudadanos capacitados para recibir la votación: 41,413.

•  Total de boletas impresas: 6,640,220.

•   Votantes el 4 de julio: 574,432.

•   Integrantes de los comités vecinales elegidos el 4 de julio: 13,848.

•   Costos de la elección vecinal: 78 millones de pesos.

•   Costo por mesa receptora de votación instalada: $7,580.91.

—Con un agradecimiento a Eduardo Huchim

Por Roberto Bouzas

Tocar el mundo

TOCAR EL MUNDO

POR MONICA PRIETO

En el Museo del Palacio de Bellas Artes se expone una colección de la obra reciente de Alberto Castro Leñero.

Alberto Castro Leñero se deja llevar por el extraño tiempo de la pintura. Explora pacientemente el interior de las obsesiones. Agrega elementos y hace variaciones. Va y regresa, apropiándose poco a poco de fragmentos del mundo. “Trato de tocar el mundo, tener contacto con él, pero muchas veces no lo puedes hacer de manera directa”. Algunos fragmentos se pierden y sólo puedes recurrir a piezas sueltas. Cada vez más, la realidad se parece a un territorio disperso, roto, donde uno compone y recompone fragmentos, sin jamás lograr integrar el rompecabezas completo. El artista percibe y traduce el caos de los acontecimientos y transforma ese desorden fragmentario de sus experiencias cotidianas en el orden plástico de la composición elegida.”La génesis de los cuadros es la evocación de una imagen emocional y mental. En un momento tengo una idea, una percepción de algo, y eso me mueve a pintar. Es un momento de acierto interno”.

Corpus es el nombre de la nueva exposición pictórica de Alberto Castro Leñero. Está formada por 24 pinturas, la mayoría realizadas en el presente año. En Corpus convergen algunos de los temas y varias de las series que han compuesto la iconografía de la pintura de Alberto Castro Leñero: los desnudos contrapuestos a estructuras geométricas —pintadas o construidas en metal—, las cabezas monumentales y una serie de estructuras-conductos de formas orgánicas. En esas series se concibe el itinerario del pintor.

La exposición abre con los cuadros de figura humana, representaciones de cuerpos arqueados, tensos, que se sostienen en un difícil equilibrio. Pero este cuerpo en torsión es sólo el punto de partida, un primer paso, el detonador de otras formas que conviven y se oponen en un juego de relaciones azarosas entre cuerpo y estructura. A veces, la estructura genera un espacio que se convierte en el lugar donde habita el cuerpo. “Pinto la figura y luego lo que ésta me sugiere. No trato de hacer equivalencias sino evocaciones, logrando una relación no buscada, como una adaptación intuitiva de la forma orgánica”. Así aparecen las estructuras en el cuadro. Esta confrontación entre la figura y las estructuras representa la “contradicción entre lo orgánico y lo tecnológico”. Sin embargo, para Castro Leñero la figura humana es tan sólo uno más de los elementos pictóricos que sirven para darle forma a una pulsión interior. No hay narración, los cuerpos crean perfiles que le atraen y que sugieren nuevas formas y espacios.

Los cuadros de cabezas, el segundo grupo de pinturas de esta exposición, a veces son retratos con diferentes signos y formas sobrepuestas; en otras, la cabeza deja de ser un retrato y es sólo una silueta de forma ovalada, que ordena la composición y circunscribe la pintura. Las cabezas son un retrato hecho con pedazos de la vida: huellas, transformaciones, laberintos.

Una serie de escala más pequeña y formato vertical cierra la exposición. Las figuras de esta etapa son estructuras de formas curvas, redes intestinales o tuberías orgánicas. Para Castro Leñero son “los equivalentes al cuerpo, una especie de transición entre la estructura geometrizada pero hecha orgánica”.

La pintura asalta nuestra mirada. Atrapa nuestra atención con su energía explosiva y la diversidad de recursos que componen la piel del cuadro: marcas de brochas, pinceles y espátulas, esgrafiados, veladuras o espesas capas de pintura, salpicaduras y escurridos de encáustica. La presencia de la materia reafirma la pintura. “En un mundo tan saturado, estás buscando algo qué decir, convocando y evocando. Hay muchas cosas que se pueden hacer, pero yo quiero pintar; en el mundo de las imágenes donde todo es posible hay una competencia salvaje que pareciera rebasar la posibilidad de formas”. La búsqueda consiste en ir hacia el objeto. “Es una cacería”. A diferencia del mundo virtual de las imágenes de los medios, en la pintura el objeto está aquí. “Es el imperio del tacto”.

Según Alberto Castro Leñero vivimos en una aldea fragmentada formada por diferentes ciudades, que es imposible concebir tan sólo en una obra. Para nombrar esa realidad dispersa es preciso pintar varios cuadros, sólo así se configura lo imperceptible. Las series de cuadros buscan reconstruir la fragmentación simultánea del mundo.    n

Monica Prieto. Pintora.

El recetario convergente

ARGENTINA

EL RECETARIO  CONVERGENTE

POR  ROBERTO BOUZA

Argentina se apresta a celebrar elecciones con una vida democrática acostumbrada a la fragmentación, una economía en problemas y un clima de alternancia política en perfecto estado de salud.

En menos de dos meses los argentinos vivirán una experiencia inédita: tendrá lugar la cuarta elección presidencial consecutiva. También es probable que sea la coalición opositora Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación, la que se alce con la victoria trayendo, todo parece indicarlo, una segunda novedad: el cambio no traumático del partido de gobierno. Después de más de quince años de vida democrática ininterrumpida, los argentinos parecen ver este estado de cosas con naturalidad, olvidando su carácter excepcional en una historia republicana apenas centenaria.

Independientemente de quién logre la victoria en octubre, después de las elecciones vendrán tiempos de cambio. Si el justicialismo resulta triunfador el próximo gobierno difícilmente podrá (o deseará) ser una mera continuación de los diez años de Menem. En caso de que gane la Alianza, es seguro que sus dirigentes tratarán de imponer un estilo de liderazgo y acción política distinto al que caracterizó la era del llamado “menemismo”. No está tan claro, sin embargo, cuál será la extensión de esos cambios. El temor de los argentinos de retornar al caos hiperinflacionario de 1989-1990 está aún muy presente y esto impone una fuerte dosis de continuidad a cualquier gobierno, al menos en el plano de las políticas macroeconómicas. Cualquiera que sea la nueva administración tampoco podrá ignorar las notables transformaciones que se produjeron en la economía y en la sociedad argentinas durante la última década.

Carlos Menem dejará el gobierno con un país radicalmente distinto del que encontró en 1989. Las amenazas de ruptura del orden democrático son hoy inexistentes, el Estado ha reducido drásticamente su presencia productiva, los consensos en torno a la responsabilidad fiscal y monetaria alcanzan una extensión sin precedentes, y hasta el régimen de convertibilidad (que combina un tipo de cambio fijo con una política monetaria subordinada a la variación de las reservas internacionales) es aceptado como una restricción fundamental por todas las fuerzas políticas con capacidad de terciar en la disputa electoral.

Argentina también ha cambiado porque sus ciudadanos parecen haberse acostumbrado a convivir en una sociedad mucho más fragmentada, con niveles absolutos de pobreza y marginalidad más extendidos que en cualquier otro momento de la historia contemporánea y con una incidencia de episodios de violencia común infrecuente para una sociedad que se complacía de su relativo igualitarismo.

El próximo gobierno encontrará también una economía en la que ha desaparecido la inflación (durante 1999 la variación del índice de precios al consumidor será negativa, es decir, habrá deflación), en la que no existen restricciones al movimiento de capitales y en la que la protección ha disminuido significativamente. Argentina también se ha convertido en un importante receptor de inversiones extranjeras directas (inicialmente estimuladas por las privatizaciones pero que más tarde adquirieron una dinámica propia), pero no ha superado su fuerte dependencia del ahorro externo. Este año, el déficit en cuenta corriente representará cerca de 4.1% del PIB.

La nueva administración se hará cargo del gobierno en medio de una profunda recesión. Después de default de Rusia en agosto de 1998, la actividad económica ingresó en una fase de desaceleración que se transformó en abierta recesión en los primeros meses de 1999. A ello contribuyeron el deterioro en los precios de los productos básicos, el enrarecimiento del ambiente financiero internacional y la devaluación de la moneda brasileña que deterioró sensiblemente el tipo de cambio real del peso (Brasil es el principal socio comercial de Argentina y absorbe cerca del 30% de las exportaciones totales). Según la mayoría de los pronósticos, durante este año el PIB caerá más de 3% y es incierto de dónde vendrán las fuentes del crecimiento para el próximo.

La recesión también ha agravado la situación fiscal. El desequilibrio del sector público nacional para 1999 superará los 6,500 millones de dólares, equivalentes a alrededor de 2.3% del PIB. No es un déficit exagerado —especialmente en medio de una severa recesión— pero tampoco es fácil financiarlo cuando el grueso de los recursos deben buscarse en los mercados externos. Si bien las necesidades de financiamiento para el corriente año están prácticamente satisfechas, el próximo gobierno iniciará su gestión con la pesada carga de obtener fondos externos por más de 20,000 millones de dólares para cubrir el déficit fiscal y renovar los vencimientos de capital previstos para el próximo año. La falta de perspectivas de una recuperación rápida para el 2000 hace difícil prever una mejora sustantiva en la posición de la cuentas públicas.

Frente a esta situación económica, las distintas fuerzas políticas muestran un recetario notablemente convergente. Paradójicamente, la nota disonante la dio el candidato del partido en el gobierno, el justicialista Eduardo Duhalde, cuando propuso que Argentina debía buscar una solución alternativa para su voluminosa deuda externa, haciendo sudar frío al establishment local e internacional. Pero más allá de la retórica pre-electoral, es improbable que en caso de llegar al gobierno Duhalde abandone los pilares esenciales de la política económica de Menem: convertibilidad monetaria y austeridad fiscal. Tal vez se ponga en práctica algo más de asistencialismo, pero su extensión estará limitada por la restricción de recursos.

La Alianza, por su parte, espera que una mejora en el ambiente internacional, una política más agresiva de defensa de la competencia y de regulación de los servicios públicos privatizados y una reducción en la prima de riesgo producida por el restablecimiento de la confianza después de las elecciones ayuden a sentar las bases para la recuperación económica. La Alianza tampoco prevé el abandono del régimen de convertibilidad o la modificación del sistema cambiario. No es sólo una cuestión de preferencias: el sistema financiero argentino está fuertemente dolarizado (más de la mitad de los depósitos bancarios y una proporción bastante mayor de los préstamos) y una devaluación crearía enormes transferencias de riqueza, además de alterar el precario reinado de las reglas que prevaleció en la materia desde 1991.

Paradójicamente, el único que se atreve a mencionar la posibilidad de una modificación del régimen cambiario, pero sólo en el largo plazo (cinco o diez años), es Domingo Cavallo, líder del partido de centro-derecha Acción por la República, ex ministro de Economía de Carlos Menem y arquitecto del Plan de Convertibilidad en 1991. Cavallo tiene una receta simple para sacar a Argentina de la recesión: “profundizar las reformas” en materia laboral e impositiva. Pero es improbable que con eso alcance. Cavallo tendrá que superar, además, otro obstáculo: no tiene ningún chance en las elecciones de octubre, aunque puede transformarse en una figura influyente si se impone una segunda vuelta.

El principal desafío económico del próximo gobierno será, pues, el de restablecer el crecimiento y mejorar los indicadores sociales en un contexto caracterizado por severas restricciones institucionales y de política. En Argentina la democracia con alternancia goza de buena salud. En lo que por cierto no es un desafío inédito en el actual panorama internacional, ahora se trata de ponerla a funcionar para que la gente viva mejor cada día.   n

 Roberto Bouzas. Investigador de flacso. Es miembro del consejo editorial de nexos.

Lo frito

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

GASTRONOMÍA

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

LO FRITO

Admitamos de entrada que aunque la virtud puede ser exactamente tan deleitosa como el pecado, siempre se antoja menos. Entre madrugar para ir a hacer yoga en la montaña o dormir tarde y desayunar chilaquiles, se necesita un estricto monólogo interior para optar por el placer de lo primero.

Podemos ir admitiendo también que ya casi no quedan pecados en este tenebroso y tolerante fin de siglo. Pero entre los contados tabúes que sobreviven, hay pocos que nos llenan de culpa, horror y deleite tan sincero como esos chilaquiles matutinos, y sus primos culinarios las croquetas, el chorizo, las papas que acompañan las hamburguesas del McDonalds, las donas, los churros, los buñuelos —en fin, todo lo frito—. Quienes acuden al analista sabrán que es cierto: las fijaciones edípicas y los impulsos criminales se reconocen años antes de que se logre decir con calma “a mí lo que me encanta, la verdad, es la manteca de puerco”. Menos mal que al devorar un cuarto de kilo de chicharrón, nos condenamos por un placer de los mejores; lo frito, frito en su propia grasa.

La grasa que se ve y la grasa que se come son pecado nuevo. No es hasta nuestra época que una generosa redondez de formas en las mujeres y un cierto acolchonamiento próspero en los hombres se definen como repulsivos. (No es sino hasta nuestra época que la gordura queda al alcance de los pobres.)

Ni tampoco es vieja la técnica de preparar los alimentos en baño de aceite o de manteca. Los antiguos asaban sus presas; unos cuantos millones de años después aprendieron a hervir y a hornear. Y aunque los griegos freían churros no fue sino hasta el medioevo que la sartén se volvió instrumento común en la cocina, y que los cocineros de la corte experimentaron sistemáticamente con el paradójico milagro de la fritura: pasar un alimento por el doble bautizo de fuego y aceite lo hace pesado al hígado, pero le da alas al paladar. Una papa cocida es deliciosa, pero ni con agua ni con batidora se aligera. En cambio, basta rebanarla y echarla cinco minutos en una tina de aceite ardiendo para que la magia haga efecto; vuelan las rodajas del plato a nuestra boca.

Las mejores papas fritas son las que se cocinan dos veces, primero en agua y luego en aceite (o, en el caso de las decadentes, irresistibles, obscenas y gloriosas pommes soufflées, primero en aceite y luego en aceite). Lo cual nos lleva a ponderar otro

 de los misterios de la fritura: se usa para cocinar un alimento que ya está cocinado, y esta segunda cocción es como vestir de seda a un emperador desnudo. Ejemplo al caso: el pulcro arroz hervido chino, que cuando se pasa por aceite en una cazuela junto con ajo, genjibre y salsa de soya, y se revuelve en seguida con cebollines. Cilantro, camaroncitos y cubitos de omelette y de jamón serrano, merece su nombre de arroz a las siete joyas.

Con menos refinamiento pero igual delicia, freímos el puré de papa y nos da tortitas, y si ya el presupuesto de plano no rinde más, se pueden freir hasta los espaguettis del día anterior, con resultados más o menos tolerables.

Con el mismo principio y otros ingredientes llegamos de nuevo a los chilaquiles, que son la misma apoteosis de la fritud. En Chiapas mis amigos los Espinosa sirven los chilaquiles más perfectos que me ha tocado comer. Tienen muchas virtudes: la salsa es rica, las rebanaditas de cebolla que los adornan no son ni pocas ni —error frecuente— demasiadas; la crema es de la mejor calidad. Se sirven con un trozo de queso fresco y sápido y unos frijoles negros (re-fritos, evidentemente) adornados con los típicos chilitos de la región, fritos también hasta que esponjan. (Nada mejor que lo frito para acompañar lo frito.)

Pero el secreto está en la manera de tratar la tortilla, porque toda la magia de una fritura está en que la manteca o el aceite no se le noten jamás. Las cocineras modernas creemos que esto se logra echando poco aceite al sartén, pero como lo frito es paradójico, las cocineras como las de antes que hay en Chiapas saben que lo que hay que conjugar es bastante aceite (medio litro por lo menos, para flotar sucesivas porciones de cuatro tortillas despedazadas), fuego alto y tiempo breve (con un minuto y medio basta). Si además la tortilla es delgadita, obtendremos unos chilaquiles con consistencia de buñuelo.

Nada mejor que lo frito para acompañar lo frito. Esto lo entiende doña Margarita Poo de Espinosa, que en Tuxtla Gutiérrez acostumbra servir sin el menor recato un desayuno que comienza con chilaquiles, huevos revueltos con ejote, frijoles chinitos, crema, quesillo, salsita, café con leche y panecitos de bautizo y culmina con unas empanadas que se hacen echando a freir dobladas de nixtamal previamente amasado con hojas de chipilín y aceite. ¿Qué tanto es tantito?, dice don Javier Espinosa, ofreciendo la bandeja de plátanos fritos. Y los pecadores del mundo, ya olvidados del yoga, decidimos que, si Dios nos ha puesto en este camino, es para que nos vayan pasando de una vez otra empanadita.  n

Alma Guillermoprieto. Escritora. Entre sus libros, Samba (Knopf. 1990) y The Heart that Bleeds (Knopf, 1994).