Un recuerdo de Cebrián

UN RECUERDO DE CEBRIÁN

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

Fundador director del diario español El País, ensayista, novelista y empresario.

Juan Luis Cebrián es uno de los artífices de la democracia en España. Este recuerdo de los días fundadores, los días del último estertor del franquismo, viene cargado de reconocimientos.

Quien vaya al sitio electrónico de la Real Academia Española leerá en la casilla correspondiente a Juan Luis Cebrián, las siguientes palabras:

Excmo. Sr.Juan Luis Cebrián. Madrid 3O de octubre de 1944. Electo el 19 de noviembre de 1996, tomó posesión el 18 de mayo de 1997. Periodista.

Un periodista extraño, a no dudar. Un periodista que ha fundado diarios, que maneja empresas, escribe novelas y ensayo, y es el autor del más accesible estudio escrito en español sobre la forma como la era de internet cambiará nuestras vidas. Cebrián fue el director fundador del diario El País que dirigió entre 1976 y 1988. En la actualidad es cabeza ejecutiva del grupo PRISA, la primera empresa de comunicación española, que edita El País, es dueña de la cadena radiofónica SER, de la empresa de televisión Sogecable y del grupo editorial Santillana, que incluye, entre otras, la editorial Alfaguara.

Al ocupar su puesto como académico de número de la Real Academia Española, Cebrián hizo un discurso sobre Gaspar Melchor de Jovellanos, el liberal moderado que en medio de la crisis final del imperio español, a principios del siglo XIX, imaginó la posibilidad de una España monárquica y democrática.

Hay una lógica histórica y humana en esa elección. Como Jovellanos, Juan Luis Cebrián representa una visión y un empeño en la modernidad cabal de España.

No quiero presentarlo a ustedes con un elogio sino con un recuerdo. Recuerdo haberlo visto en su despacho de director de El país en el año de 1980. La ETA había matado a un ingeniero Ryan, había la crisis del gobierno de Adolfo Suárez, el ambiente político estaba eléctrico y tenso, cargado de presagios. Al mismo tiempo, Madrid rebosaba de vitalidad y optimismo en medio de una apertura extraordinaria de las ideas y las costumbres. Yo estaba exultante, un tanto ebrio también por el contacto con la naciente democracia española.

Encontré a Cebrián en su despacho un tanto escéptico, sombrío incluso, mirando demasiadas nubes en el horizonte. Para mí, en cambio, al cabo un turista inflamado por la buena vida madrileña, la exuberancia democrática española era un hecho irreversible. Mi única prueba era el lujo diario de cruzar al kiosco de periódicos y escoger entre la riquísima variedad de impresos, un ejemplar del diario El país para sumergirme en su inteligencia, en su vigor y su rigor, página tras página. Era como leer un libro cada día, el libro de la vida que pasa. Según yo, una sociedad capaz de producir las cosas que se encontraban en cualquier kiosco de periódico de Madrid; en particular, una sociedad capaz de producir un diario como El país, no podía sino producir también su propio éxito como sociedad moderna.

Los peores presagios de Cebrián se cumplieron poco después, el 23 de febrero de 1981, cuando la España esperpéntica militar tuvo un último estertor por conducto de un coronel Tejero que tomó el Congreso. Mis mejores presagios se cumplieron también ese día: El país hizo una edición especial nocturna repudiando frontalmente el hecho. Fue el único diario que se echó a la calle tomando partido abierto y beligerante por una causa que en esas horas era incierta: la causa de la democracia española. La edición de El país fue una bandera y una banderilla en aquel momento crítico de España. Ayudó decisivamente a abortar en la opinión pública el golpe de Estado que se malparía en algunos cuarteles. La modernidad de España encarnada en El país derrotó ese día la tentación restauracionista del pasado. El rey Juan Carlos aislaba y sometía su autoridad a los golpistas, mostrando al final del siglo XX que era posible lo que Jovellanos había soñado a principios del XIX: una España monárquica y democrática.

Es difícil ahora para los propios españoles medir cuánto cambió España en los últimos veinticinco años. Para recordar a las nuevas generaciones que hubo una época no muy lejana en que los libros eran sometidos a censura y podía irse a la cárcel por una manifestación callejera, Cebrián ha escrito su novela más reciente, primera de una trilogía: La agonía del dragón. Hay en esa novela un pasaje que quiero leerles porque muestra mejor que ningún elogio los poderes literarios de Cebrián. Muestra también, mejor que ningún análisis, lo que ha significado la modernidad para España, lo que era su atraso.

Es una descripción del Madrid que los ojos juveniles de Cebrián alcanzaron a ver a principios de los sesentas en las céntricas calles de aquella ciudad, hoy toda prosperidad y buen gusto. El pasaje se refiere a los ordenamientos urbanos que firmaba con mano militar, como antes sentencias de muerte, el entonces encargado de la gobernación de la capital, más tarde primer ministro del régimen franquista, Carlos Arias Navarro. Escribe Cebrián:

Una de las primeras y más célebres medida de Arias Navarro fue la eliminación de las vaquerías del casco urbano. Alberto cuando niño, en su camino al colegio …pasaba por delante de uno de esos establecimientos, cuyos portales hediondos expandían su tufo en varios metros a la redonda. Una docena de pobres reses estabuladas, la mayoría tísicas, pacían aburridamente la paja en los pesebres de la trastienda, detrás de un mostrador en el que el patrón… y su hija …despachaban la leche ayudándose de unas medidas de cinc y vertiéndolas, con expresión jubilosa, en las jarras de los clientes. Adulteraban el líquido con agua o con orina de los animales… de modo que era imprescindible cocer la leche a diario, en las casas, para evitar infecciones. Los pucheros fabricaban una abundante nata, espesa y amarillenta, que flotaba sobre el líquido recién hervido…. Semejantes ritos, mantenidos durante décadas, resultaban normales… en los barrios burgueses del Madrid de los cincuenta, lo mismo que la llegada del carro de la basura… Como el municipio no tenía posibles para hacerse cargo de la recogida, una flota de maltrechas galeras arrastradas por asnos, mulillas, yeguas cojitrancas y algún otro percherón tan viejo que las costillas se le marcaban bajo la piel despeluchada, invadía las áreas señoriales de la ciudad a primeras horas de la mañana. Desplegados sobre el pescante de los carromatos, los gitanillos que los conducían hacían sonar una bocina de mano, o mejor aún una campana, a cuyo tañer mucamas encofiadas, amas de clase media en batas boatiné y jubilados con zapatillas de fieltro a cuadros, salían de sus inmuebles, provistos de unos papeles malolientes y espesos, medio apañados en papel periódico del día anterior, que contenían los desechos domésticos de la jornada. Estos se iban apilando de cualquier manera, sobre las plataformas de los vehículos. dejando escapar una monda aquí, una raspa allá, bañados en apestosos jugos cuya fermentación temprana incitaba a la náusea. Si en cuestión de hedores competían con las vaquerías urbanas, en cuanto a suciedad lo hacían con las carboneras encargadas de suministrar leña, antracita y cisco para las calefacciones y los confortables braseros que hacían más llevadero el invierno de la meseta. A las ocho y media de la mañana, cuando Alberto emprendía su breve paseo a la escuela, los carros iniciaban el regreso hacia los vertederos del suburbio, donde sus dueños descargarían y seleccionarían aquellos despojos, tarea que realizaban a pocos metros de las chabolas que les daban cobijo. Con las primeras horas del día, los vehículos comenzaban a remontar, alineados, las calles de Goya o de Alcalá. Las ruedas de madera, protegidas por un aro metálico, hacían crepitar chispas en su contacto con los adoquines, al tiempo que producían un martilleo rítmico, de admirable sonoridad. Algunas gitanas, cuya belleza resplandecía entre el tizne de sus facciones y las greñas mal sujetas por vistosos pañuelos, presidían el cortejo encaramadas sobre los montones de mierda, canturreando aires flamencos, tiesas como faraonas. Ni el cansino deambular de los jumentos, ni la abundancia de moscas e insectos que pululaban en torno a la mercancía, eran capaces de disipar la imagen de aquellas reinas de la miseria, transportadas en ella como en carroza, a las que un día, pensaba Alberto, visitará el hada buena para convertir los pollinos en alazanes y los carros en suntuosos cajetines, demostrando por fin que Cenicienta no poseía la piel blanca ni facciones occidentales.

El hada buena llegó a España bajo la forma de la modernidad, la apertura al mundo y la democracia. Juan Luis Cebrián fue uno de sus artífices, n

Héctor Aguilar Camín. Escritor. México. La ceniza y la semilla es su más reciente libro.

Fiesta de disfraces

FIESTA DE DISFRACES

POR SOLEDAD LOAEZA

Carta desde Londres

Al invierno londinense le sientan muy bien los sombreros r las boinas de toda especie; también el recuerdo de la firma del armisticio de 1918 y basta el de Margaret Tatcher; tan temida, tan admirada la Navidad llegó a los escaparates londinenses la última semana de octubre. Una semana después quedó instalada en los postes de luz de las anchas avenidas que llevan a la fuente de Picadilly y desde entonces pinos naturales y artificiales de todas las tallas inundan la ciudad. Pocos de colores, escarcha de papel metálico, estrellas de distintos tamaños, magos, sirenas, princesas y bailarinas orientales se disputan un espacio en las vitrinas del primer piso de Londres. La ausencia de Santa Claus casi no se siente, pero es un indicador de la transformación cultural que ha experimentado esta ciudad que ahora prefiere festejar Belem con el genio de la lámpara. El conjunto es por momentos espectacular, aunque es una lástima que aquí como en todo el mundo las regresiones infantiles ocurran casi de manera inevitable en el marco de Disneylandia. No se escapan del temible alcance del pato Donald el cambio de guardia en Buckingham, los ritos de la monarquía y hasta la familia real que cada día se ve más pequeñita y aislada en el departamento para turistas.

Hasta ahora la mejor parte de los festejos son los sombreros que aparecen con el pretexto ele un consistente mal clima. Predominan las gorras beisboleras, porque en tiempo de lluvia la visera pasa de ser marquesina y sombrilla a resguardo contra la lluvia. Pero la pasión de las inglesas por el sombrero se impone y por las calles circula una amplia variedad de boinas de lana y angora, gorras de estambre, sombreros de fieltro y de terciopelo, muchos son imitación de piel de animal, pero los hay de todos los colores. La Navidad empieza tapándose la cabeza para disfrazarse con orejas de gato, de conejo, crestas de gallo, picos de bufón y de dinosaurio, trenzas vikingas y pompones. El sombrero esconde mucho, pero es una identidad, además fija las fronteras de un espacio vital portátil. En esto al menos su superioridad frente al paraguas es absoluta, porque es estrictamente individual y no hay riesgo de invasión.

Dos meses de sombrero y de fiestas navideñas es mucho tiempo, sobre todo porque hay que llenarlos con compras y visitas familiares, actividades intensas pero que dejan muchos vacíos. Tal vez eso explica que, al igual que en todo el mundo occidental, en Londres sea tradición que en esta época del año aumenten los porcentajes de depresiones y suicidios. Hay quien propone que una ley limite el tiempo navideño a lo que dura una misa de gallo.

Adiós a las armas… ¿británicas?

Una nota solemne en los inicios de la temporada sonó a las 11.00 a.m. del día 11 del mes 11, respetando la exacta cronología de la firma del armisticio que se firmó en 1918 entre los aliados y los representantes de un nuevo gobierno alemán, para poner fin a la Primera Guerra mundial. F.1 Primer Ministro encabezó en el centro de Londres dos minutos de silencio en los que la vida de la ciudad se detuvo para conmemorar a los caídos en las guerras británicas del siglo XX. Cada año la British Legión organiza una magna colecta para los minusválidos y las viudas de guerra, y miles de amapolas de papel rojo brotan en los abrigos de los londinenses para recordar a los caídos. Los actos han perdido los tonos traumáticos de un conflicto en que la flor de la juventud inglesa cayó en los campos de Flandes, se perdieron millones de vidas, otros más quedaron dañados sin remedio, y el Imperio británico inició la desenfadada caminata que ha llevado al Reino Unido a la cola de Europa. Sin embargo, bandas militares y desfiles aparte, la conmemoración sigue siendo muy emotiva.

Para rendir homenaje a la historia del sangriento siglo XX europeo la ceremonia incluye ahora a los muertos, heridos, héroes y sobrevivientes de todas sus guerras. En el desfile marcharon estandartes y excombatientes de los regimientos que participaron en Gallipolli, se sumaron los de Dunkerke y Normandía, pero también de las Malvinas y la guerra del Golfo, Bosnia y Kosovo, aunque las últimas no tienen la fuerza moral que asiste al recuerdo de la participación británica en las dos guerras mundiales. No obstante, de estas experiencias lo que se cultiva no es la venganza, ni el orgullo nacional o la rivalidad entre los poderosos, sino la generosidad que suponía la defensa de un mundo de ideas o de gente. Este empeño por ver de las guerras la experiencia generosa permitió que este año desfilaran también los descendientes de algunos de los 300 desertores que fueron fusilados entre 1916 y 1918. La prensa se apresuró a subrayar que si bien su número era superior al de los alemanes había sido muy inferior al que registraron los franceses.

Hoy en día nadie puede imaginar una guerra entre los europeos, a no ser de nervios, o de declaraciones de prensa, y en cuanto a bombardeos sólo puede uno pensar en los de noticias. Sin embargo, la seguridad militar y la defensa son temas de amarga controversia y de lucha política. En la última semana de noviembre Tony Blair tuvo que responder al furioso ataque de la baronesa Thatcher que criticó con suprema agresividad su decisión de apoyar la formación de una Fuerza Europea de Reacción Rápida. Según ella comprometer 20,000 efectivos militares en una organización de esa naturaleza era tan absurda como la idea de crear una moneda europea.

En sus palabras: “es una muestra de locura monumental que pone en riesgo nuestra seguridad sólo para satisfacer la vanidad política (del primer ministro)”. La pérdida de soberanía es de nuevo el punto de discordia, pues mientras el gobierno asegura que no ha renunciado a su libertad de decisión y a la relación militar privilegiada con Estados Unidos y a la OTAN, los conservadores lo acusan de manipular la verdad y ocultar la probable desaparición del glorioso ejército británico en las entrañas de la insaciable Europa.

Según Blair la información sobre este asunto había sido caricaturizada, y responsabilizó al tabloide de derecha, The Sun, de provocar un escándalo. Insistió en que nadie habla de un ejército europeo, sino que se trata de una contribución a operaciones de intervención humanitaria y de mantenimiento de la paz, y además señaló que están ajustándose a compromisos adquiridos por el gobierno de John Major en 1996. Hasta ahora el tema no ha alcanzado a la opinión pública, a pesar del Sun, que es más conocido por su página 3 —del estilo de las páginas centrales de nuestro Ovaciones— que por la calidad de sus editoriales; pero tal vez los conservadores quieran hacer del supuesto ejército europeo el tema de la campaña electoral, entre otras razones porque su potencial emotivo es tan grande o mayor que el de la libra, sobre todo por la importancia que han tenido las guerras en la construcción de una memoria colectiva. Sin embargo, defender la moneda y la bandera será insuficiente ante el efecto del Acta Europea de Derechos Humanos, que entró en vigor hace unos meses y que fue descrita por la prensa como el cambio legislativo más importante de los últimos 350 años. A partir de octubre quedó incorporada en la legislación británica la ley europea, de manera que ambas tendrán que ser interpretadas de manera consistente.

El aniversario de Maggie

El furibundo ataque de Margaret Thatcher contra Blair fue su manera de celebrar el décimo aniversario de su salida de 10 Downing Street. La experiencia de la era sigue presente en los espíritus. El Guardian levantó una encuesta con la pregunta “¿dónde estabas cuando se anunció la renuncia de Margaret Thatcher?”. Y como ocurre con los grandes aconte- cimientos históricos, todos los encuestados recordaron con precisión si habían llorado o brindado con éxtasis… Para algunos es una referencia vital, para otros un trauma y la evaluación de los gobiernos thatcherianos sigue siendo tan divisiva como lo fueron sus decisiones. Entre el odio y el amor que despierta Thatcher no hay términos medios ni indiferencia. Algunos insisten, y no precisamente sus amigos, que quienes trabajaban con ella también estaban enamorados de ella. Lo cual sería más una prueba de perversidad que del atractivo de la primer ministro, o simplemente vendría a confirmar el dictum de Heniy Kissinger de que no hay afrodisiaco tan efectivo como el poder. Lo que es innegable es que Thatcher es una obsesión. Hace unos meses una organización de caridad subastó una de sus bolsas de mano (rígida, cuadrada y chiquita como ella) por decenas de miles de libras. Contentísima la Thatcher nos informó que tenía más como ésa.

Su bolsa de mano fue conocida en sus tiempos como un indispensable instrumento de trabajo que agitaba amenazante ante los ojos de los ministros en cuyas miradas asomaba alguna pequeña duda. Lo curioso es que en lugar de que Thatcher sea vista como un ejemplo de las virtudes de buen gobierno de las mujeres, tiende a ser evaluada a partir de los prejuicios más arcaicos en torno a ellas. Un exministro, Alan Clark, cuyos diarios acaban de publicarse, describe una discusión con Thatcher como el típico ejemplo de una “discusión con una mujer sin secuencia racional, plagada de ejemplos de libre asociación, digresiones y cambios de carril”. Ajá.

Pues con todo y eso se quedó en el poder once años.   n

Soledad Loaeza Politóloga. Su más reciente libro es El Partido Acción Nacional: La larga marcha: 1939-1994.

E-commerce

CYBERNEXOS

E-COMMERCE

POR PABLO ALVAREZ ICAZA LONGORIA

A finales de los ochenta, los académicos y políticos estadunidenses veían alarmados cómo Japón había desplazado a Estados Unidos del liderazgo económico. Después de un largo proceso de desarrollo industrial, las empresas niponas se colocaban como líderes en el sector automotriz, de semiconductores, industria electrónica y de computadoras. La respuesta de Estados Unidos a principios de los noventa, con el desarrollo de la tecnología de la información, la microelectrónica y la biotecnología, volvió a poner en alto a su economía, incluso recuperando el liderazgo en un espectro muy amplio de sectores.

Risaburo Nezu, Director de Ciencia, Tecnología e Industria de la Organización para la Cooperación del Desarrollo Económico (OCDE), en E-Commerce: A Revolution With Power, plantea una serie de preguntas que vale la pena responder. ¿Por qué en un mundo globalizado, donde hay libre movimiento de mercancías, inversión y gente, no se ha dado un proceso de convergencia entre países desarrollados —como en el caso de Estados Unidos, Reino Unido y Canadᗠfrente a Japón y los tres grandes de la Europa continental, Alemania, Francia e Italia? ¿Es la nueva economía algo real o sólo una moda publicitaria?

La OCDE muestra los datos duros y afirma que los economistas del Consejo de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) han destacado que la Tecnología de la Información (IT) contribuyó con más del 20% al crecimiento económico de 1996 a 1999 (de 1.1% a 4.9%). Lo que resulta más concluyente son las cifras de productividad: mientras que entre 1973 y 1995 la productividad creció 1.4% en promedio, después de 1995 se ha duplicado a 2.9%. La aceleración ha continuado si consideramos los datos del primer y segundo trimestre de 2000 (3.9 y 5.2%, respectivamente).

La evidencia más contundente de la Nueva Economía es el contraste entre el largo ciclo económico actual de 114 meses de extensión y los ciclos de negocios previos, en los que una elevada productividad iba aparejada con

un fuerte crecimiento económico en los años iniciales de la recuperación, para después decaer al llegar a su madurez. En cambio, en esta ocasión el ciclo económico comenzó en 1991 y, a pesar de su larga duración, la productividad está aún en un crecimiento acelerado. A su vez, ha sido destacado el efecto de la IT en los sectores tradicionales de la industria y en la competitividad nacional.

Sin embargo, el estudio de la OCDE no destaca un aspecto crítico, puesto que los efectos indirectos aún no se amplían al resto de la economía. La producción industrial en Estados Unidos es dirigida por la nueva economía, y el desempeño de las industrias de computadoras, comunicación y semiconductores se diferencia del resto de las manufacturas. La gráfica de Standard &Poor’s/DRI es muy elocuente. Incluso, en lo que respecta al primer semestre de 2000, la Fed señaló que el crecimiento industrial fue del 7%; excluyendo a esas tres ramas fue de 1%. Esto lleva a la posibilidad de que: a) las nuevas tecnologías se esparzan hacia las industrias tradicionales y el crecimiento se vuelva más homogéneo; b) se mantenga la fuerte disparidad entre los dos sectores, concentrándose los beneficios del progreso tecnológico; c) la divergencia entre los dos sectores, el dinámico y el estancado, se vuelva insostenible. En este sentido, las relaciones económicas interindustriales tan desiguales hacen que el hilo se rompa por lo más delgado. La imposibilidad de seguir creciendo exponencialmente causa el desplome del mercado accionario de Alta Tecnología (Nasdaq), provocando un crack semejante al del 29, pero con otras industrias de punta muy diferentes a las de entonces.

Por lo que respecta a la primera interrogante planteada al principio, cabe señalar que el traslado de procesos productivos intensivos de mano de obra a países como México, le han permitido a los corporativos estadunidenses estar en el mejor de los mundos posibles. Por un lado, reducir costos dadas las impresionantes diferencias de salarios con su vecino del sur; y por otro, al centralizar la matriz en los servicios de alta tecnología con mayor valor agregado y mantener los procesos estratégicos de producción bajo su control, permite ofrecer los trabajos más especializados dentro de sus fronteras. A su vez, la alta dirección permite escoger las mejores opciones de localización de los procesos productivos, manteniendo un fuerte control del know-how. Esta tesis permite entender claramente el proceso de reindustrialización de la economía mexicana ocurrido entre 1994 en base a dos indicadores: la participación del valor agregado bruto manufacturero en el total y el porcentaje de las exportaciones de las maquiladoras (In-bond industryj en las exportaciones totales.

En 1994, año en que entra en operación el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, la participación del valor agregado bruto manufacturero en el total era del 18.9%, mientras que en 1999 ya era del 21.4%. Por lo que hace a las exportaciones de las maquiladoras, los porcentajes correspondientes fueron de 43.1% y 46.8%.

El movimiento hacia el comercio electrónico ocurre con demasiada lentitud en las viejas superpotencias industriales porque hay una fuerte resistencia en algunos países a abandonar las prácticas tradicionales de los negocios y de las relaciones industriales. Incluso, algunos dirigentes se muestran escépticos de que la nueva economía sea real. En cuanto a los economistas, esto se ve de manera más evidente en corrientes más conservadoras, como los monetaristas, que ven con mucho temor cómo se han alterado ciertos parámetros de estabilidad. Por ejemplo, se ha desafiado abiertamente la teoría del NAIRU (non- acceleration inflation rate of unemploeyment) que establecía que la economía de Estados Unidos no podía registrar una tasa más baja del 5.5% sin generar inflación. El corolario de esta tesis es que el límite de crecimiento era del 2.75% para Estados Unidos. Hoy se acepta que el límite de velocidad es del 4% y ya no es tan claro que exista una relación inversa entre crecimiento e inflación.

En cuanto al desarrollo económico, la brecha entre los países sub-desarrollados y los países desarrollados se ampliará cada vez más en el siglo XXI si los primeros no logran desarrollar las nuevas economías —el comercio electrónico, las telecomunicaciones—. Las naciones más pobres estarán condenadas no sólo a especializarse en procesos productivos intensivos en mano de obra, sino, lo que pudiera ser más grave, quedar marginados de la globalización de la economía al no interactuar con los países más avanzados. Algo similar a lo que ya sucede en algunas comunidades indígenas de México.  n

Pablo Alvarez Icaza Longoria Director de Análisis Económico de Bursamétrica Management.

Isla negra

CARACOL

ISLA NEGRA

POR CINNA LOMNITZ

Pablo Neruda, un poeta solitario y excéntrico, se convirtió en figura pública y ganó el Premio Nobel. Hoy es el héroe cultural de Chile y su anterior residencia en la tierra ha sido convertida en una especie de parque temático. En ocasión de mi primera visita a Chile en veinte años quise visitar la casona de Isla Negra, ya que conocí a Neruda allí hace muchos años.

No se llamaba ni Pablo ni Neruda. Cuando lo visité en 1959, su casa frente al mar era muy famosa por la acumulación de souvenirs acarreados desde todos los rincones del globo: botellas, máscaras, caracoles, mariposas, equípales mexicanos, veleros embotellados. Con la ayuda de estos artefactos escénicos, sin olvidar su impresionante colección de mascarones de proa, el escritor se había forjado una personalidad mágica y un tanto ficticia, ya que escondía más de lo que revelaba acerca de su verdadera identidad. Su lema literario fue “Simple como un anillo “, pero un anillo no es simple. Es lo más personal entre las pertenencias de un ser humano.

Dentro de la casa todo estaba igual, o casi, a como él lo dejó. No hay rastros de saqueo militar. Tampoco existe ya nada que recuerde la militancia del ilustre inquilino —ni hoces ni martillos, ni condecoraciones de Stalin—. La guía va recitando anécdotas aprendidas de memoria. Así, se nos enseña el comedor con su lugar reservado en la mesa para “el capitán” de este barco siempre a punto de zarpar. No nos dejan ver la cocina, porque Neruda dizque no permitía que nadie pisara un lugar tan sagrado; en cambio, se nos invita a inspeccionar el excusado, ya que ahí se encuentra su colección de fotografías eróticas del siglo XIX.

Todo esto podrá parecer un patético monumento a la egolatría. Sin embargo, hasta los visitantes que no lo conocieron se sienten emocionados e intrigados. Es que Neruda, en vida y especialmente después de muerto, juega con nosotros a las escondidas. Su amor a la mistificación sigue siendo irrefrenable. Hoy Isla Negra es un lugar enigmático y divertido para el visitante casual; pero es que hay tanto que esconde, que no está allí. Desde luego, no están sus libros. Neruda fue un escritor prolífico y tozudo, que trabajaba asiduamente y corregía sus páginas una y otra vez. En Isla Negra no se encuentra una pluma, ni nada que recuerde el oficio de escribir.

Tampoco está el gran retrato de su última esposa, una de las mejores obras de caballete de Diego Rivera. Muestra a una Matilde joven y muy sexy, de pelo suelto, y en el contorno de su cabellera se divisa el perfil de Neruda. El cuadro fue pintado en el estudio de San Ángel que el pintor facilitaba para que sirviera de escondite a los amores secretos de Pablo y Matilde.

Finalmente, nada recuerda a Delia, la compañera traicionada. Su sucesora se ocupó de borrar todo rastro de su existencia. Delia se vengó sobreviviéndolos a todos: a Neruda, a Matilde, a Diego, a Stalin, a la dictadura chilena y hasta a la Revolución soviética.

Hoy este poeta singular duerme junto a Matilde Urrutia bajo una sábana de piedra, en un promontorio en forma de barco enfilando su proa a las olas y a la eternidad. Ningún prócer de América ha merecido un monumento mortuorio tan espectacular. Pero el oleaje sigue estrellándose contra el misterio de Isla Negra.

El mar y la ciencia

La ciencia nació del mar. Los pueblos creadores de grandes religiones fueron siempre terrícolas; en cambio, los pueblos marineros y exploradores del océano, desde los griegos hasta los americanos, fueron grandes científicos.

América Latina, continente bañado por dos enormes océanos, acaso está predestinado para ser cuna de científicos. Sin embargo, este destino aún no se ha cumplido, acaso por la aversión al mar de sus actuales pobladores. Neruda, poeta marítimo por excelencia, no tuvo yate. Ni siquiera poseía una lancha, y en todo caso no pudo haberla usado ya que Isla Negra se encuentra frente al mar abierto y carece de facilidades portuarias. Existe la impresión de que para este poeta el mar era lugar de naufragios: un sitio sombrío y aterrador.

Esta actitud no es excepcional ni mucho menos. España fue tierra de grandes navegantes y descubridores sólo entre 1492 y la abdicación de Carlos V. Fue también su gran época científica. Cuando España finalmente se enfrentó a Inglaterra perdió el dominio de los mares y del mundo, y lo perdió precisamente en el ámbito de la ciencia y la tecnología. Fue la Royal Society de Londres, y no la Real Academia de Madrid, la que reconoció oportunamente que la invención de un instrumento de navegación que permitiera determinar la longitud geográfica en alta mar convertiría a sus poseedores en dueños de la historia. La Royal Society publicó la primera convocatoria científica del mundo, ofreciendo un premio especial de doscientas libras a “quién hallare la longitud”. El artesano inglés Stephenson fue el ganador, con su invento del cronómetro marino.

Así el avance de la inteligencia humana quedó indisolublemente ligado al mar. Los griegos, en la antigüedad, ya habían vivido en contacto estrecho con el océano. Homero no se cansaba de alabar el “mar color de vino” y las hazañas del aventurero y proto-científico Ulises. Los grandes pensadores griegos fueron expertos marineros. Hoy en Estados Unidos muchos científicos prefieren trabajar en universidades que poseen facilidades de acceso al mar, o a los grandes lagos. Hasta en ciudades del interior, como Houston, muchos colegas viven a orillas de canales que se comunican con el Golfo de México. Tienen su yate estacionado en la parte trasera de la casa.

En cambio, el principal instituto de investigaciones oceanográficas de nuestro país está en la capital, a 350 kilómetros al interior. ¿Cómo pueden vivir los investigadores tan lejos del objeto de su estudio y de su predilección? He visitado otra escuela de ciencias marinas, ésa sí construida a orillas del mar. Está muy bien instalada pero no tiene muelle propio. Los edificios dan la espalda al mar, o sea, al conocimiento.

La ciencia es una gran aventura, y el miedo al mar significa en algún nivel miedo al conocimiento. Es una metáfora nada más, pero las metáforas suelen gobernar el destino de las naciones. En América Latina nos hemos dedicado por muchos años al descubrimiento y a la conquista de territorios, pero el efecto sobre el desarrollo científico no parece haber sido el mismo que el descubrimiento de los mares. La curiosidad natural por explorar el mundo se expresa tan bien de un modo como del otro, pero resulta que existen motivos de lucro material (fiebre del oro, ansia de poder) que suelen dominarlo todo en el caso de la expansión territorial. Los exploradores marítimos suelen ser menos interesados. Ni Leif Eriksson, ni Colón o Magallanes fueron hacendados o terratenientes.

El joven Charles Darwin era hijo de una familia acomodada y nunca tuvo necesidad de ganarse la vida. Cuando se le ofreció la oportunidad de ocupar un puesto honorario como naturalista a bordo de la pequeña e incómoda fragata Beagle, no dudó y aceptó de inmediato. Ello determino su vocación; Darwin originalmente había pensado hacer estudios en teología. No era un marinero experimentado: todo lo contrario, se mareaba con facilidad y nunca logró sobreponerse a esta debilidad. El viaje del Beagle duró cinco años y no le reportó beneficio alguno: al contrario, Darwin le quedó debiendo 21 libras al editor por la primera edición de su diario de viaje. Pero su curiosidad era más fuerte. Dice en el prefacio: “Fue gracias al deseo del capitán FitzRoy de contar con algún científico a bordo, y a su ofrecimiento de renunciar a una parte de sus propias comodidades materiales, que ofrecí voluntariamente mis servicios que fueron aceptados por el Almirantazgo gracias a la recomendación favorable del hidrógrafo de la Armada, capitán Beaufort”. La enfermedad de Chagas, que contrajo en Argentina, impidió que Darwin jamás volviera a embarcarse en alta mar, pero afortunadamente el estudio de sus colecciones del Beagle le bastó para formular la teoría de la evolución. Si Inglaterra no hubiese sido una potencia marina, que enviaba expediciones con el solo objetivo de explorar el mundo, Darwin jamás hubiera sido un científico.

La navaja de Occam

El teólogo franciscano Guillermo Occam (1300-1350), más conocido como Occam, fue un discípulo de John Duns Scott y rival de las doctrinas de Tomás de Aquino. Sus reflexiones sobre epistemología dan prioridad al conocimiento concreto sobre las ideas abstractas. Se le recuerda por haber enunciado un principio ampliamente conocido entre los científicos anglosajones: la navaja de Occam. Curiosamente, dicho principio no ha tenido la misma aceptación en la ciencia alemana o latina. Es casi desconocido en México.

Afirma Occam que si se tienen varias explicaciones plausibles acerca de un mismo fenómeno, hay que preferir aquella que ofrece un mínimo de dificultades lógicas o conceptuales. Fue la primera vez que se planteaba un medio práctico de decidir o “cortar con navaja” los pleitos que se presentaban cuando la ciencia aún carecía de argumentos decisivos a favor o en contra de una determinada teoría. Supongamos, por ejemplo, que observo las gotas de lluvia en mi parabrisas y constato que algunas gotas corren hacia abajo y otras hacia arriba. ¿Por qué sucede esto? Podría suponerse que unas son atraídas por la gravedad y otras por alguna fuerza que no se ve a primera vista.

Así, se podría suponer que se trata de la acción de ángeles o demonios. Pero ¿cuál sería el motivo que los induciría a actuar de esta manera? ¿Acaso los ángeles, por el hecho de volar, se oponen a la gravedad? ¿O será más bien que los diablos, por el puro gusto de contradecir al Hacedor, se dedican a hacer travesuras para confundirnos? Tales explicaciones podrán parecer jaladas de los cabellos, pero se tomaban muy en serio en tiempos de Occam.

Existe una explicación más sencilla: la presión del aire. Debido a la inclinación del parabrisas, el flujo horizontal del aire adquiere una componente hacia arriba y arrastra algunas gotitas. Pero ¿de dónde viene esta corriente de aire? ¿No será que mi coche está en movimiento?

Se ve que la navaja de Occam funciona como un instrumento quirúrgico ya que no sólo elimina las teorías muy complicadas o carentes de lógica sino que sirve para plantearse preguntas nuevas, relevantes para entender y cambiar el mundo. De aquí surge la ciencia experimental y también la tecnología. La idea de atribuir el efecto a seres sobrenaturales es un callejón sin salida: creer o no creer. Esto no lleva a nada. En cambio, la idea de la corriente de aire nos induce a seguir observando el fenómeno mismo con más detenimiento. Miremos bien: si las gotas se desplazan hacia arriba sólo cuando el carro está caminando a una cierta velocidad mínima, hemos aprendido algo de aerodinámica. Si se quiere, se puede seguir adelante. Podemos graficar la velocidad crítica del automóvil contra la inclinación del parabrisas y construir una fórmula para la resistencia del aire.

Hasta hoy, son los pueblos marineros los que usan la navaja de Occam para dirimir sus dificultades. Ven el mundo en forma concreta y no se pierden en especulaciones sobre hombrecillos verdes venidos de Marte. En cambio, los pueblos continentales siguen arrastrando sus conflictos ideológicos insolubles: idealismo contra materialismo, socialismo contra fascismo, tu religión contra la mía. Nunca piensan en términos de lo simple y evidente contra lo complejo y recóndito; de lo contrario, usarían más frecuentemente la buena navaja de Occam.   n

Cinna Lomnitz Geofísico. Investigador de la UNAM.

De Bogotá a San Andrés. Las migraciones de la persuasión cultural

VIDA PÚBLICA.

DE BOGOTÁ A SAN ANDRÉS

LAS MIGRACIONES DE LA PERSUASIÓN CULTURAL

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

En los primeros días de diciembre el presidente Fox envió al Congreso una propuesta de reforma constitucional que reconoce la autonomía de los pueblos indígenas mexicanos. Colombia ya transitó ese camino. México debe mirarse en ese espejo para identificar los riesgos que se cifran en medidas simbólicas y legalistas.

La solución del conflicto en Chiapas parece estar vinculado de manera indefectible a una reforma constitucional que reconozca los derechos culturales de los indígenas mexicanos. El debate, estancado por años, ha ignorado otros casos que podrían ser iluminadores. El ensimismamiento no ha ayudado a la discusión. A una caricatura se ha opuesto otra de signo contrario. Paz o balcanización. Muchos creen, siguiendo al EZLN, que los Acuerdos de San Andrés y la iniciativa de reforma de la COCOPA son la piedra toral de la paz en Chiapas. ¡Si tan sólo el gobierno cumpliera! Los derechos indígenas son un mantra que repiten sin cesar desde hace cuatro años. En el otro campo se encuentran quienes ven en las autonomías étnicas una amenaza a la integridad nacional. Agitan el espantapájaros de Yugoslavia a la menor provocación. Lo cierto es que ninguna de estas interpretaciones es acertada. Para comprobarlo es útil echar un vistazo al sur del continente. Desde hace más de un lustro Colombia (1991) y Bolivia (1994) realizaron reformas constitucionales muy similares a la propuesta por la COCOPA en 1996. El caso de Colombia en especial es un espejo donde podemos observar nuestros posibles futuros. Veamos.

En 1991 una asamblea constituyente creó una nueva Carta Magna que reemplazó la de 1886. A principios de la década pasada la violencia en Colombia había alcanzado niveles intolerables: cada 24 minutos se cometía un asesinato, cada 7 horas tenía lugar un secuestro y cada 12 horas ocurría un atentado terrorista. El Estado colombiano no ostentaba el monopolio de la violencia. La guerra contra el narcotráfico y la guerrilla puso en evidencia la corrupción, ineptitud e impotencia del gobierno de ese país. La insatisfacción de la ciudadanía adquirió proporciones monumentales y condujo a una aguda crisis de legitimidad. Como afirma Donna Lee Van Cott: “el Estado no era capaz ya de proteger a los ciudadanos de la violencia de los actores no estatales, de la violencia extraconstitucional de los militares contra la población civil, ni de las organizaciones ligadas o toleradas por el Estado”.1 El diagnóstico de la crisis no fue original: el problema estaba en el desfase entre las instituciones políticas, centralizadas y represoras, y la realidad del país, caracterizada por una población dispersa y heterogénea. En la peor tradición del ilusionismo decimonónico, los colombianos llegaron a la conclusión de que una nueva constitución sería la solución a todos sus males seculares. Así, la Asamblea Constituyente de 1991 tuvo como una de sus metas prioritarias la paz. En este sentido, debía ser un foro para la reconciliación entre el “país político” y el “país real”. Se trataba, en pocas palabras, de una medida desesperada que buscaba recuperar para el Estado colombiano la legitimidad política perdida.

Nada nuevo había en ello. Durante buena parte del siglo XIX liberales y conservadores cifraron sus esperanzas de regeneración nacional en nuevas y mejores constituciones. No consideraron los agudos problemas de atraso económico, pobreza, fragmentación política, etcétera, que asolaban a esas naciones, y que estaban más allá del poder de los legisladores. En el marco de las transiciones a la democracia de la última década en América Latina, varios países han vuelto a esa venerable práctica de querer tapar el sol con un dedo, usualmente con los mismos resultados de entonces. En el caso de la Asamblea Constituyente colombiana, el problema se agravó porque sólo uno de los grupos guerrilleros activos —el M-19— aceptó desmovilizarse para participar en ella (no lo hicieron las FARC ni el ELN). La abstención para elegir a los delegados fue del 74% del electorado. Aunque la cuestión étnica no era la más importante en la agenda —el asunto de la reforma del poder judicial y la administración de justicia lo eran más— eventualmente llegó a ser incluida. Conformar a Colombia como una nación multicultural sería una de las medidas que acercarían el país “legal” al “real”. En el caos de la sociedad mestiza, los pueblos indígenas fueron idealizados. Los delegados indígenas se convirtieron en un símbolo de tolerancia, pluralismo y reconciliación. Encarnaron una identidad nacional recién descubierta y la convicción de que los agravios pasados podían ser resarcidos.2 Los indígenas son mencionados no menos de veinte veces en el texto de la Constitución. El discurso de reivindicación étnica fue muy eficaz. En sus intervenciones en el pleno los delegados adujeron una y otra vez que el camino hacia la unidad e identidad nacionales, el consenso y la reconciliación pasaba por el reconocimiento y la protección de la diversidad étnica y cultural. De esta forma lograron que la inclusión de un capítulo de derechos especiales fuera vista como un requisito necesario en el proceso de reconciliar a los colombianos.

Dicho reconocimiento contribuía, además, a establecer una democracia participativa. En efecto, los constituyentes colombianos incluyeron en su texto plebiscitos, referendums, consultas populares, asambleas abiertas, el poder de iniciativa legislativa y la revocación de mandatos para los representantes municipales, departamentales y nacionales (con la excepción del Presidente). De acuerdo con un asesor del entonces presidente Gaviria, “proteger los derechos de grupos étnicos marginalizados lleva la democracia a las bases e incorpora a los sectores más excluidos en el sistema”. En Colombia una minoría de la población (el 2.7%) es indígena. Para la sociedad no india, el reconocimiento a los indígenas fue visto como una forma indirecta de fortalecer a un Estado históricamente débil. El reconocer los usos y costumbres extendería de manera dramática el Estado de derecho a áreas tradicionalmente dominadas por autoridades extralegales. Así, se legitimó una especie de sucedanía, en la cual el gobierno tenía la ilusión de que adquiría mayor poder al reconocer que no tenía poder. Detrás de la propuesta se encontraba el fracaso secular del Estado para establecer a lo largo de una unidad territorial un mismo código de derechos. Lo nuevo era que renunciaba a hacerlo. De esta forma, la necesidad se convirtió en virtud multicultural.

La movilización de las organizaciones indígenas y una exitosa campaña en los medios garantizaron que las iniciativas fueran aprobadas. Además, los delegados indígenas amenazaron con no firmar la nueva Constitución si sus derechos territoriales no eran incluidos en el texto. En Colombia ocurrió de manera muy expedita lo que en México muchos neoindigenistas esperan aún. Se crearon territorios indígenas especiales en los cuales se ejercerían diversas formas de autogobierno. Para asegurar que los artículos fueran aprobados, la redacción fue deliberadamente vaga. Las leyes reglamentarias se encargarían de precisar su significado y alcance. Fue, como afirma Van Cott, “una victoria hueca, ya que la falta de consenso en este asunto impediría la implementación plena de los derechos territoriales indígenas”.3 Empero, los constituyentes, muy orondos, promulgaron su ley fundamental.

¿Qué ocurrió? Para empezar, las duras realidades económicas, sociales y políticas no desaparecieron. El narco-terrorismo y la actividad guerrillera aumentaron al tiempo que la pobreza se agudizaba. La recesión económica no cedió. Las políticas monetaristas de ajuste seguidas por el gobierno de Gaviria fueron perfectamente compatibles con la retórica multicultural de la flamante constitución. Los congresos ordinarios se encargaron de que los aspavientos participatorios no fueran más que eso; a través de leyes y otras medidas restringieron el uso de los muchos mecanismos de participación directa de los ciudadanos. La inconsistencia entre el entramado de una democracia representativa y dichos recursos se hizo evidente.4 A los ciudadanos sólo se les permitió participar en la implementación de políticas que ellos no decidían. Los legisladores adujeron, no sin razón, que el uso indiscriminado de esas medidas produciría inestabilidad política. Tampoco hubo por parte de la sociedad un deseo claro por participar debido al bien establecido clientelismo.

En lo que respecta a las reformas indígenas, el panorama no fue muy diferente. A pesar de que los 81 grupos étnicos de Colombia ocupan una cuarta parte del territorio de ese país, no se produjo la tan temida balcanización a resultas de la Constitución de 1991. Esos temores son infundados. Las dinámicas puestas en marcha, no menos preocupantes, son otras. Por primera vez en la historia de Colombia la Constitución reconoció la naturaleza colectiva e inalienable de los “resguardos”, las históricas repúblicas de indios. Se afirmó el derecho a la autonomía y se reconocieron los derechos jurisdiccionales preconstitucionales de los indígenas sobre sus territorios. También se establecieron transferencias del Estado a los resguardos. El artículo 246 estableció que “las autoridades de los pueblos indígenas pueden ejercer funciones judiciales en sus áreas territoriales de acuerdo con sus propias normas y procedimientos, que no deben ser contrarios a la Constitución y a las leyes de la República. La ley establecerá las formas de coordinación de esta jurisdicción especial con el sistema judicial nacional”. El artículo 239 permitía que varios resguardos se fusionaran para formar amplias entidades territoriales autónomas o ETIs. De esta forma, los delegados crearon en el papel un nuevo piso de gobierno.

Las similitudes entre las disposiciones —y la vaguedad— de la Constitución colombiana de 1991 y el proyecto de reforma de la COCOPA de 1996 son notables. La figura de las ETIs se recrea en la fracción IX del artículo 115: “Se respetará el ejercicio de la libre determinación de los pueblos indígenas en cada uno de los ámbitos y niveles en que hagan valer su autonomía, pudiendo abarcar uno o más pueblos indígenas, de acuerdo a las circunstancias particulares y específicas de cada entidad federativa. Las comunidades indígenas como entidades de derecho público y los municipios que reconozcan su pertenencia a un pueblo indígena, tendrán la facultad de asociarse libremente a fin de coordinar sus acciones. Las autoridades competentes realizarán la transferencia ordenada y paulatina de recursos, para que ellos mismos administren los fondos públicos que se les asignen”. Lo mismo va para el reconocimiento de usos y costumbres. La iniciativa mexicana, en la fracción II del artículo 4, dice: “Aplicar sus sistemas normativos en la regulación y solución de conflictos internos, respetando las garantías individuales, los derechos humanos y, en particular, la dignidad e integridad de las mujeres; sus procedimientos, juicios y decisiones serán convalidados por las autoridades jurisdiccionales del Estado”. El condicionamiento es más específico aquí, pero el sentido es el mismo de la reserva de la Constitución de 1991, “que no deben ser contrarios a la Constitución y a las leyes de la República”.

En Colombia pronto se hizo evidente que la retórica se avenía mal a las realidades administrativas y políticas de un país pobre, fragmentado y desigual. Las ETIs nunca se han materializado, no sólo debido a que afectan poderosos intereses creados sino a la dificultad de coordinación administrativa que implican. De la misma manera, la coordinación de los sistemas normativos indígenas con el derecho positivo no fue sencilla. Para que los tribunales pudieran convalidar las decisiones tomadas por usos y costumbres el gobierno colombiano comisionó un estudio de los sistemas normativos de 20 etnias. Varios antropólogos criticaron el proyecto por imponerle a las tradiciones indígenas, orales y fluidas, categorías y conceptos occidentales. Argumentaron que el derecho positivo y el consuetudinario ni siquiera compartían un mismo objetivo. Los usos y costumbres buscan reconciliar a las partes en conflicto para preservar la armonía del grupo, mientras que el derecho occidental persigue el castigo de los infractores.

En Colombia se mostró que el hacer compatibles ambos sistemas normativos implicaba mucho más que una simple “coordinación” legal. Había un abismo entre ellos. Por ejemplo, los juristas occidentales tienden a distorsionar los usos y costumbres y a “negar el carácter legal de la cultura indígena y sus prácticas” porque éstas no cuentan con tribunales, códigos escritos y jueces profesionales. O bien, incorporan bajo el rubro de “ley” todas las conductas, estructuras y normas relacionadas con el control social que no son asimilables a una definición occidental de derecho. Entre los indígenas, a menudo “el valor supremo de la armonía grupal llega al extremo de expulsar o ejecutar a los miembros de la comunidad cuyo comportamiento se considera lo suficientemente disruptivo para la armonía del grupo, usualmente cuando esfuerzos previos para negociar una solución han fracasado… En tales casos, los usos y costumbres pueden violar principios comunes a la tradición occidental, liberal, de derecho positivo en lo concerniente a los derechos de las minorías y hasta pueden castigar conductas no consideradas ilegales por el Estado”.5 Esta posibilidad, como se verá, no es meramente hipotética. En muchos sistemas normativos autóctonos los mecanismos de autogobierno, las formas de control social y la administración de justicia se encuentran imbricados. Mientras que las leyes nacionales aplican a individuos, las comunidades indígenas por lo general aplican sanciones a la unidad social a la cual pertenece el infractor. Familias enteras pueden sufrir multas o incluso expulsión. De la misma forma, en las comunidades indígenas las penas no son preexistentes y los castigos corporales, el trabajo forzado y la pérdida de los derechos comunitarios son comunes, mientras que el encarcelamiento es poco usual. Más grave aún, “muchas comunidades indígenas castigan el homicidio y la brujería con la pena de muerte, la cual es ilegal en Colombia”.6

Estos obstáculos impidieron que los colombianos lograran ponerse de acuerdo en una definición aceptada de “coordinación”. Debido a ello la ley reglamentaria del artículo 246 no existe. En el debate mexicano a menudo se aduce que aquellas partes de los usos y costumbres que contravengan las garantías individuales simplemente no serán reconocidos. Como el caso de Colombia demuestra, el problema es más serio. ¿Por qué no siguieron los colombianos este camino? Porque, para ser consistentes, el condicionar el reconocimiento de los sistemas normativos dejaría sin sentido el principio de la autonomía, elevado a rango constitucional. El juez Carlos Gaviria Díaz, presidente de la Corte Constitucional de Colombia —una de las instituciones inauguradas por la Carta de 1991— hizo explícito que el someter a la jurisdicción indígena a esta limitante “sería absurdo, puesto que anularía el significado de la autonomía contemplada en el artículo 246 al implicar que los indígenas deben conformarse a todos los procedimientos del Código Penal colombiano, incluyendo la creación de leyes escritas preexistentes”.7

En ausencia de una ley reglamentaria que normara la convalidación de los usos y costumbres, la Corte Constitucional decidió usurpar la función legislativa y, a partir de tres juicios de tutela —similares al amparo mexicano—, generó una confusa jurisprudencia que se convirtió en el parámetro de coordinación. De acuerdo con la Corte, las tradiciones culturales deben ser respetadas en el grado en que éstas hayan sido preservadas, y las decisiones y sanciones impuestas por los tribunales indígenas no deben violar derechos humanos fundamentales según la Constitución o el derecho internacional. La Corte también estableció la supremacía de los usos y costumbres sobre aquellas leyes que no protejan un derecho constitucional del mismo rango que el derecho a la diversidad étnica y cultural. El parámetro para interpretar a la jurisdicción indígena debía ser obtener el máximo de autonomía para la comunidad y la reducción de las restricciones a aquellas que estrictamente fueran necesarias para salvaguardar intereses de mayor rango constitucional, como la seguridad nacional, el derecho a la vida, la prohibición de la esclavitud y la tortura. La protección de estos intereses debía tomar la forma menos destructiva para la autonomía indígena.

Los riesgos de tratar de conciliar imperativos antitéticos pueden observarse claramente en el papel que la Corte Constitucional ha desempeñado en Colombia. En esencia, relativizó el significado de los derechos humanos. Y, de esa forma, hizo más difícil su defensa. En una decisión de 1996, la Corte aprobó el uso del cepo como forma de castigo. El Tribunal constitucional argumentó que el cepo, aunque doloroso, no produce daños permanentes al infractor y se usa por un periodo breve de tiempo. No representa un tratamiento “cruel e inhumano”. También se dispensó a los usos y costumbres del requisito de que las mismas sanciones se aplicaran a casos similares. En otra decisión, la Corte extendió el ámbito territorial de la jurisdicción indígena a una “jurisdicción personal” en aquellos casos en los que el juez considere que la alienación de un acusado indígena así lo amerite.

El caso más instructivo es el de Francisco Gambuel, un indígena guambiano. habitante de la comunidad Páez.8 En 1997 Gambuel promovió un juicio de tutela en contra del cabildo de Jambaló, Cauca. El departamento de Cauca se encuentra en la zona de más alta concentración indígena en Colombia, la cuna del movimiento étnico. Es un área de intenso conflicto agrario, en donde varios grupos guerrilleros le disputan a los narcotraficantes, a grupos paramilitares, y a las autoridades, el control político. El cabildo de Jambaló expulsó a Gambuel y a otros seis indígenas de la comunidad, los privó de sus derechos étnicos y los sentenció a sufrir varios azotes. Los reos habían sido encontrados culpables de ser “actores intelectuales” del asesinato del alcalde del pueblo. Aunque las guerrillas locales se atribuyeron el homicidio, los siete indígenas fueron condenados porque habían hecho declaraciones públicas que vinculaban al alcalde con los grupos para- militares. Así, se supone, “inspiraron” a un sector indígena del Ejército de Liberación Nacional (ELN) a matarlo. Un tribunal ordinario falló a favor de Gambuel y sus asociados, argumentando que el cabildo le había negado a los acusados la oportunidad de defenderse, que los jueces en este caso fueron parciales y que los azotes eran una forma de tortura, y por tanto estaban prohibidos por las leyes internacionales.

Ante la apelación del cabildo, un tribunal de segunda instancia ratificó la decisión, y añadió que aunque los azotes no producían un daño físico permanente, violaban los derechos constitucionales de los reos. El caso atrajo la atención internacional cuando Amnistía Internacional acusó al cabildo de practicar la tortura. Más aún, Gambuel y el alcalde asesinado pertenecían a facciones políticas opuestas en el movimiento indígena y habían sido rivales en las elecciones municipales. Gambuel y sus seguidores adujeron que eran víctimas de una persecución lanzada por sus enemigos en el cabildo. El 15 de octubre de 1997 la Corte Constitucional ratificó tanto la determinación de culpa, como la sentencia del cabildo. En su decisión, el juez Gaviria concurrió con las autoridades indígenas en que la intención “de los azotes no es causar sufrimiento excesivo sino más bien representa la purificación ritual del transgresor y la restauración de la armonía a la comunidad. El grado de sufrimiento físico es insuficiente para que sea considerado tortura”.9 Así quedó bien establecido el precedente de que las penas corporales eran lícitas. Según el juez Gaviria, sólo un grado superlativo de autonomía aseguraría la “supervivencia” ele la cultura.

Como afirma Van Cott, “la Corte no sólo falló que el castigo corporal y las expulsiones eran constitucionales, sino que en el caso de Jambaló aplicó su decisión a una comunidad cuyo grado de asimilación cultural era alto en comparación con comunidades más aisladas y menos educadas. Ello parecería facilitarle a las autoridades indígenas el trabajo de probar su ‘pureza’ cultural. La decisión también se añade a las inconsistencias de la Corte Constitucional en el desarrollo y aplicación del régimen de derechos étnicos de la constitución”.10 En otros casos, el Tribunal ha defendido la libertad de credo de indígenas protestantes, pero les ha prohibido hacer proselitismo en la comunidad y ha mandado que sus templos se sitúen fuera de sus límites.

Así, la Corte ha fluctuado entre “una interpretación que busca un consenso en normas mínimas universales y la restricción de la jurisdicción indígenas a una esfera de derechos aceptados universalmente y otra que reconoce una esfera intangible de diversidad étnica cuya naturaleza integral impide esa restricción”.11 En un país donde la violación a los derechos humanos es cosa de todos los días es difícil no considerar el papel de esa Corte Constitucional como contrario al establecimiento de normas universales de tolerancia y respeto a los derechos fundamentales de los individuos. Las mismas organizaciones indígenas que utilizaron hábilmente las convenciones internacionales de derechos humanos, y el Convenio 169 de la OIT, para promover el reconocimiento de su autonomía ahora rechazaban su aplicación en el ámbito de sus comunidades. No hay hipérbole en esta aseveración. En varios países de América Latina existe un número significativo de comunidades indígenas que utilizan los castigos físicos o la muerte como sanciones. En otros casos, es una costumbre abandonar o matar a mellizos, niñas, o bebés nacidos con deformaciones congénitas, así como a ancianos o personas muy enfermas, pues son vistos como cargas para la comunidad. En otras más es una práctica común que los hombres tomen por esposas a adolescentes al momento de su primera menstruación.12 En Bolivia ciertas comunidades expulsan a miembros que son considerados brujos. Si regresan, son muertos a balazos y quemados. En 1991 una pareja fue asesinada y quemada en la comunidad guaraní de Izozgog, en el departamento de Santa Cruz. La comunidad entera asumió la responsabilidad de los homicidios. En México, recordemos los linchamientos ocurridos en Huejutla, Hidalgo, en 1998.

Si el caso colombiano es el “intento más ambicioso de cualquier país de América Latina de implementar un régimen de pluralismo legal”, haríamos bien en tomarlo muy en serio. El caso es relevante en más de un sentido. Los constituyentes colombianos creyeron que sus reformas constitucionales ciarían legitimidad a las instituciones democráticas y que ello aumentaría el empadronamiento y disminuiría el abstencionismo. Creyeron que la Constitución era la llave de la paz y la reconciliación. Esperaban que la descentralización municipal por sí sola mejoraría la eficiencia y la disponibilidad de los servicios públicos y aliviaría la pobreza en las zonas rurales. Se equivocaron en todo ello. En Colombia la abstención aumentó a partir de 1991. Las mujeres siguen subrepresentadas. La reforma no alteró la política económica ni tampoco tocó a las fuerzas armadas. Entre 1988 y 1996 la desigualdad aumentó de manera constante. El porcentaje de pobres creció ligeramente. La descentralización municipal fracasó en sus objetivos de reducir la pobreza y mejorar la provisión de servicios públicos debido a la escasa capacidad institucional de los gobiernos locales y regionales. De hecho, el problema se exacerbó porque en algunos sitios la descentralización aumentó el poder de los caciques, de los grupos paramilitares, de la guerrilla y de los narcotraficantes. La ola de violencia que azota a ese país no ha disminuido. En 1997 la UNICEF calculó que en Colombia había más personas desplazadas que en Ruanda, el Congo y Burundi juntos. Desde 1991 cientos de líderes indígenas han sido asesinados. En 1997, el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU estableció una oficina permanente en Colombia, un privilegio que ese año sólo compartió con Yugoslavia. Las amenazas contra el personal de Amnistía Internacional hicieron que esa organización abandonara Colombia en 1998.

En este contexto, las reformas que reconocieron la autonomía étnica y los usos y costumbres no ayudaron sino que agravaron una situación de por sí crítica. Hay mucho que aprender del caso colombiano. Es, en buena medida, un ejemplo que nos alerta sobre los riesgos de cifrar el progreso del país en medidas simbólicas y legalistas que ignoran las causas profundas de los problemas que nos aquejan. También es un ejemplo de una regresión autoritaria disfrazada de vanguardia progresista. Colombia indica el camino que no debemos tomar en la encrucijada civilizacional en la que se halla México. No es la primera vez en la historia que ese país se presenta como un modelo constitucional. En 1823 el ecuatoriano Vicente Rocafuerte publicó un influyente ensayo (Elsistema colombiano, popular, efectivo y representativo es el que más conviene a la América independiente) que cantaba las loas de la Constitución de Cúcuta, promulgada en 1821. Esa Carta, pensaba Rocafuerte, era la medida para todas las demás naciones hispanoamericanas. El ensayo fue un referente para los constituyentes mexicanos de 1823-24. Hoy, sin embargo, podemos afirmar que el sistema colombiano, ”republicano, unitario, descentralizado, democrático, participatorio y pluralista”, no es el que conviene a México. Me parece que, de estar vivo, a Rocafuerte tampoco le habría gustado esa constitución.                n

José Antonio Aguilar Rivera

Profesor-investigador del CIDE. Su último libro es Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville.

1 Véase el excelente libro de Donna Lee Van Cott: The Friendly Liquida- tion of the Past. The Politics of Diversity in Latín America. University of Pittsburgh Press, Pittsburgh, 2000. pp. 48-49.

2 Ibid., p. 72.

3 Ibid., p. 77.

4 Ibid., p. 100.

5 Donna Lee Van Cott: “A political analysis of legal pluralism in Boli- via and Colombia”, en Journal of Latín American Studies, vol. 32, núm. 1, p. 214.

6 Ibid., p. 215.

7 Carlos Gaviria Díaz: “Alcances, contenidos y limitaciones de la Jurisdicción Especial Indígena”, en Del olvido surgimos para traer nuevas esperanzas. La jurisdicción especial indígena. Bogotá, 1997, p. 165. Citado por Van Cott. “A political analysis”, p. 216.

8 Reproduzco el caso según lo analiza Van Cott: Ib id., p. 220.

9 Ibid., p. 221.

10 Ibid.

11 Ibid.

12 Ibid., p. 222.

Nexos en la FIL

PALOMAR

NEXOS EN LA FIL

El 26 de noviembre a las 18:00 horas se presentó al público el Comité Editorial Internacional de la revista Nexos en la Feria Internacional del Libro en la ciudad de Guadalajara. La presentación corrió a cargo de Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Nélida Piñón, Julián Ríos, Rafael Pérez Gay y Luis Miguel Aguilar. El acto sirvió también para presentar nuestro número de diciembre anticipadamente; número, por cierto, que incluía ya muestras de la riqueza que aportarán a Nexos, como colaboradores y surtidores de proyectos y textos, los miembros de nuestro Comité Internacional. Otras muestras van incluidas en el número que el lector tiene entre las manos. Nexos vuelve a celebrar la formación de este Comité Editorial Internacional que se reflejará activamente en nuestras páginas.

Lamento

En Nexos lamentamos la muerte de Susana Sontag, gran experta en la cultura latinoamericana, esposa de nuestro amigo y miembro del Comité Editorial Internacional. Tomás Eloy Martínez.

Susan Sontag

Fue un gran honor recibir en Nexos la noticia, a mediados del pasado mes de noviembre, de que un miembro de nuestro Comité Editorial Internacional, Susan Sontag, obtuvo el National Book Award por su novela In America (Farrar, Strauss and Giroux, 2000). La misma Sontag ha sintetizado el argumento de su novela y la ficción y no ficción de la misma: “La historia de In America está inspirada por la emigración hacia Estados Unidos en 1876 de Helena Modrzejewska, la actriz más célebre de Polonia, acompañada por su esposo el Conde Karol Chlapowski; su hijo de quince años de edad, Rudolf; el joven periodista y futuro autor de Quo Vadis, Henryk Sienkiewicz, y unos cuantos amigos; su breve estancia en Anaheim, California, y la subsecuente y triunfante carrera de Modrzejewska en los escenarios teatrales de Estados Unidos bajo el nombre de Helena Modjeska. Inspirada por… no menos y no más. La mayoría de los personajes en la novela son inventados, y quienes no lo son se apartan de modos radicales de sus modelos de la vida real”. De Susan Sontag publicamos en julio del año pasado su ensayo sobre “W. G. Sebald. Un narrador del futuro”. Desde estas páginas enviamos la mayor de las felicitaciones a Susan Sontag, por el premio literario más importante en Estados Unidos.

Aguilar Camín

Desde fines de noviembre circula en librerías el ensayo político México. La ceniza y la semilla de Héctor Aguilar Camín, ex director de la revista Nexos y conductor del programa televisivo Zona Abierta. Un buen libro empieza siempre en el epígrafe. El de Aguilar Camín en México. La ceniza y la semilla, no es la excepción. Está tomado de las Confesiones de un hijo del siglo, de Alfred de Musset: “En ese tiempo, tres elementos se repartían la vida al alcance de los hombres jóvenes: a sus espaldas un pasado destruido para siempre, pero agitándose todavía sobre sus despojos, con todos los fusiles de los siglos del absolutismo; frente a sus ojos, la aurora de un larguísimo horizonte, los primeros celajes del porvenir; y entre estos dos mundos… algo semejante al océano que separa al Viejo Mundo de la joven América, algo informe, vacilante… En pocas palabras, el siglo presente, que separa el pasado del futuro, que no es ni éste ni aquél aun pareciéndose a los dos, y en el cual uno no sabe, al caminar, si va pisando semillas o cenizas”. Felicitamos por su libro a Aguilar Camín y por la obtención de la Orden Educativa y Cultural Gabriela Mistral, otorgada por el gobierno de Chile.

Rubem Fonseca

La editorial Cal y arena publicó La Cofradía de los Espadas, el más reciente libro de cuentos de Rubem Fonseca, miembro también de nuestro Comité Editorial Internacional. Fonseca nos ha hecho llegar su última novela, O Doente Molliére (El enfermo Molliére), un memorable thriller histórico y un precioso ejercicio de reconstrucción e invención literarias. El lector de Nexos podrá esperar próximamente un adelanto de este libro en nuestras páginas.

Carlos Fuentes Lemus: Valor que sobrevive

CARLOS FUENTES LEMUS: VALOR QUE SOBREVIVE

POR ANGELES MASTRETTA

Siempre me cautivaron su delgadez y su asombro, puestos a competir con su fortaleza interior y su aparente escepticismo. Carlos Fuentes Lemus fue desde niño un ser excepcional y extravagante. Una criatura tímida que al mismo tiempo vivía de su valor para enfrentar la vida como una catástrofe y un milagro. Un muchacho delgado de ojos tibios, cuyo arrojo lo llevó a viajar solo, como cualquier adolescente, en vez de cobijarse en el temor y el pretexto que podría haberle dado el abismo de una enfermedad que no lo dejó nunca. Jamás lo escuché hablar de sus malestares. Supuse, con admiración, que había aprendido a vivir con ellos como quien convive con su estatura o su color de ojos. Sin embargo, supe desde la primera tarde en que deslizó sobre mí una de esas miradas inclementes que a diario dejaba caer sobre sí mismo, que no sólo no era fácil su carga, sino que la llevaba como quien conoce la fatalidad y sin embargo la desafía.

“Viveré mañana? No lo sé decir, pero no me iré de aquí sin resistencia”, escribió en las primeras dos líneas del libro tejido con su poesía, en torno al cual nos reunimos hoy, como quien busca una plegaria laica. Leí este libro con una renovada y creciente fascinación por el muchacho al que vi crecer, metido en sus botas viejas y sus decrépitos pantalones de mezclilla, actuando a diario como el hombre que nos dejó escrito: “Sea bienvenido el misterio”. “Mi temor no tiene tiempo de pensar su propio terror / y la belleza me embarga toda entera”.

Este temible y querido Carlos era él mismo como su poesía, estaba tramándola mientras nos miraba ir y venir como si supiéramos siempre a dónde vamos. “Yo sólo sé que lo que me ha pasado a mí / le ha pasado peor a otro hombre”, nos dejó dicho por si pensábamos compadecerlo. “Hay demasiadas maneras de morir”. “He estado viviendo / en mi cabeza pero / allí he vivido en paz”.

Al principio, Carlos fue para mí, además del hijo de mis amigos, un amigo por conquistar. Parecía inaccesible y difícil. Hablaba poco. En una mezcla de inglés fluido y español taciturno. Era una fortaleza en chamarra de cuero y cuerpo frágil, que sonreía como quien abre la clave de una incógnita. Una incógnita que no fue necesario descifrar para ir queriendo. “Love me tender, quiéreme de verdad”, parecía decir junto con ese héroe de mis tiempos y de su privadísimo tiempo que fue Elvis Presley.

—¿Qué te atrae tanto de Elvis? —le pregunté cuando lo visitamos en Houston, unos días de los muchos en que peleaba contra la muerte como un guerrero, y vi cerca de su cama, junto a su insomnio estoico, acompañándolo como otro enigma, una pequeña réplica de Presley vestido para cantar en público.

Me dio una de esas respuestas huidizas y breves que podía llegar a dar. Una respuesta que entendí como un largo discurso peguntándome cómo podía preguntarle semejante idiotez. Luego extendió una mano hasta mi mano, la estrechó, me miró con la suavidad y el cariño que ya nunca perdimos. Ahora, en su libro, encontré con deleite la precisa explicación de aquella corta respuesta. “Elvis juzgado / culpable de separarse de / la humanidad / y vivir en un sueño”.

De qué modo fue valiente Carlos, y cómo supo serlo sin jamás ostentar su esfuerzo, ni pedir otro cobijo en quienes lo quisieron, que no fuera complicidad, humor, cercanía, respeto a su disgusto por la carne y su gusto por la comida asíatica, por el cine, por el mar o las mujeres. “No, no es hasta donde alcance la vista, sino hasta donde el mundo te deje verlo”.

Sorprendente esta mirada de Carlos, sin un atisbo de piedad por sí mismo, sin hacerse tonto ni una palabra. “Aunque no hay razón para ello / pronto me encerrará la tierra”. “Muere feliz / es la mejor manera de irse”.

Yo supe que él escribía poemas porque, alguna vez, lo vi pasear un legajo de papeles llenos con su letra desordenada. Pero confieso que pensé que sus versos, como los de otros jóvenes, eran una necesidad, aunque no obligatoriamente una luz. Así que leerlos no sólo me ha conmovido a cada tanto, sino que me produjo admiración por su temprana lucidez, regocijo con su talento y orgullo de haber conocido al luchador incansable, al hombre generoso con la vida y al niño sabio que fue. Este muchacho incapaz de irrumpir, de avasallar. Este muchacho que veía con displicencia la vanidad y con desconfianza la gloria, se preguntó: “¿Cómo alcanzar tanto deseo?”, mientras urdía, desde el silencio, un libro que contara lo que no quiso pregonar, porque se lo impedían su sencillez y su ética implacable, mezcla constante de ironía y severidad. “¿Por qué aprendo a aceptar el dolor como un adulto”.

“Mucha muerte me ha hecho reír”.

“Dignidad es saber que algo peor / le ha sucedido a hombres mejores que tú”.

“Ten la dignidad y la grandeza de perdonarlo todo”.

“Te pido que no te dejes sorprender / asaltándome, con tu fresco corazón en mi mano”.

Esto último escribió Carlos en uno de los poemas que su padre y traductor decidió poner bajo el título “Amores”. Y eso exactamente es lo que uno quisiera pedirle mientras lee su libro y lo añora, siempre menos que su intrépida madre, cuando él pone, como si nada, su fresco corazón en nuestra mano. Y nos dice: “Yo no sé mirar a una mujer / a cualquier mujer, / sin saber que posee tesoros sin cuento / Para ser contados. Para contar”.

Quién sabe qué cosas le contarían a Carlos las mujeres. Pero lo que yo aprendí es que sabía oírlas. Se parecía poco a los hombres comunes. Casi no hablaba de sí mismo, no le interesaba predominar, ni que el tiempo se rigiera según su tiempo. Escuchaba sin interrumpir y sabía mirar con elocuencia. De ahí su pasión por la pintura y su fervor por Van Gogh, de quien dijo algo que también podríamos decir de él: consiguió entender “la hora mágica / del perfecto espíritu / del tiempo / que todos merecemos”.

Carlos supo merecer su tiempo. Cada instante de su tiempo se lo ganó a la vida sin quejas y sin alarde. Dándose curiosidad para leer a Keats y a Nietzche, para andar en amor con las ciudades, para entender a Janis Joplin, hermanarse con Wilde, con el jazz y con quienes quisieron acompañarlo en su credo y escoger con él los fragmentos internos de su sol.

Tengo, junto con otros, la certidumbre de que conocer a Carlos Fuentes Lemus fue un privilegio y una lección de vida que para nuestro bien nos concedió el inexorable destino. Su libro de poemas La palabra sobrevive es un libro estremecedor que a muchos se nos volverá entrañable. Es un libro que lastima y acompaña. Un libro que contagia la rigurosa devoción por la vida y sus milagros de su autor, un libro hermoso, desolado y valiente como el inolvidable ser humano que lo escribió.    n

Angeles Mastretta Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

Mi amigo Conrado

ESCRITOR EN SU TINTA

MI AMIGO CONRADO

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Cormo tantos cubanos, mi amigo Conrado pensó siempre que para qué tanto socialismo si lo que realmente importa en la vida es el sociolismo, palabra mágica que también quiere decir amigo y hermano, y que aplicó siempre conmigo, allá en La Habana de los ochenta, sacándome de mil embrollos y consiguiéndome todo aquello que en Cuba jamás nadie puede encontrar.

—Eso no existe. Alfredo —solía decirme, pero sólo para agregar inmediatamente después—: No existe, mi socio, pero yo te lo consigo.

Y Conrado encontraba una aguja en un pajar, en menos de lo que canta un gallo.

Cubanísimo y patriota cien por ciento, Conrado ama la vida tanto como a La China, su esposa, y a sus hijos Michel y Giselle, que nunca supe de dónde sacaron esos nombres, ya que La China es bastante china y algo más, pero nada francés, y él tremendo guajiro. Conrado, el hombre más dotado del mundo para enderezar entuertos, arreglar cuanto automóvil, motocicleta, reloj, encendedor —o lo que sea— malogrados o inservibles aparecen en su camino, el más grande encantador de serpientes burocráticas, en fin, el mayor desobstaculizador del mundo, es un hombre grande y fuerte y luce un bigote “Pancho Villa” que en su momento hizo temblar al propio Pinochet, de visita en Cuba allá por los sesenta, muy militarote él, cuando derramó a propósito un vaso de ron sobre el único pantalón limpio de mi socio y éste se lo mando lavar y planchar express y con sus propias manos, ante las barbas del propio Fidel. También el Comandante se achicó ante mi socio una noche en que yo creí que me lo mandaban al paredón y todo. Fue por un asunto de ropa, también. ¡Dios mío! ¡Para qué le dijo Fidel a mi socio que no andaba lo suficiente bien trajeado para aquella ocasión jet set, en casa de un ministro del régimen, nada menos! Conrado se puso de pie. con ese bigote suyo con más pelos que la entera barbazón del Comandante, y que, según afirma él mismo, ufanísimo, llevó al propio Sartre a escribir que “Un hombre sin bigote es como un huevo sin sal” (Conrado ignora el resto de la obra sartreana, de pe a pa, lo cual no impide que Sartre siga siendo su socio, y un genio, por siempre jamás). ¡Para qué le dijo nada Fidel, Dios mío!

Conrado le espetó que ni él ni su China ni sus hijos Michel y Giselle le debían absolutamente nada a la revolución, que su casa se la había constando sólita su alma, con sangre, sudor, ron y puros de fabricación casera, que él de socialismo nada y de sociolismo todo, ídem que de patriotismo, y remató con una frase que a mí literalmente me lanzó en busca de García Márquez, tan generoso siempre para interceder ante el Comandante en casos de vida o muerte. Pero el gran Gabo, que hasta hace un instante había estado ahí, sin duda había puesto los pies en polvorosa para no tener que asistir a lo que sólo podía desembocar en un fusilamiento inmediato. Y confieso que también yo estuve a punto de picármelas detrás suyo, pero la verdad es que la frase de mi socio había sido tan acertada que valía la pena exponerse a lo que fuera para seguir oyendo el eco. Y hasta el día de hoy sigo oyendo al bigote machísimo de Conrado decir:

—¿Sabe usted lo que es tener fe en la revolución. Comandante? ¡Coño! Tener fe en la revolución es tener un pariente o un socio en el extranjero.

Increíblemente, Troya no ardió aquella noche y yo creo que esto se debió a que hasta el propio Fidel se quedó paralizado ante el coraje del pueblo cubano, encarnado esa noche por un simple guajiro llamado Conrado. Lo cierto es que al día siguiente el gran Conrado ya estaba haciendo otra vez de las suyas, y siempre para ayudarme a mí. Recuerdo,

por ejemplo, aquella urgente llamada que necesité hacer a Madrid y que jamás habría entrado, pues era total la inoperancia y vagancia de la operadora del hotel en que me alojaba. Sin embargo, a mi socio le tomó un instante enamorar a aquella mujer, de teléfono a teléfono, con argumentos tan sencillos como una promesa de matrimonio, aunque, eso sí, hecha con toda la gracia y salero y bigote del mundo. En un instante entró la llamada y pude por fin comunicarme con Madrid, pero ahí no terminó todo. Yo acababa de colgar cuando Conrado volvió a levantar el auricular, esta vez para sugerirle a la operadora una serie de lugares paradisiacos para la inminente luna de miel, para hacérselos vivir, literalmente, con la dulzura de sus palabras de amor bañadas en daiquirís y echaditas en una hamaca bajo el sol y la luna del Caribe, al mismo tiempo, ¿o no, mi amo!, todo a cambio de un favorcito má, y es que tú, mi negra, me pases la cuenta de esta llamada a La Casa de las Américas, porque aquí mi socio peruano… Con un millón de dólares yo no habría conseguido absolutamente nada.

Pero en la vida suceden cosas increíbles, absolutamente inimaginables, y en el fondo profundamente lógicas. Y es así que en 1992 invité a Conrado a Madrid y mi socio, de ser el hombre con mayores recursos para enfrentarlo y arreglarlo todo en este valle de lágrimas, o más bien en ése, pues me estoy refiriendo a Cuba, pasó a ser un niño, un niño con antojos de niño y alma también de niño.

—¿Qué te provoca hacer hoy, Conrado? —le preguntaba yo, cada mañana, a este hermano que tanto y tanto me había ayudado en Cuba, en lo más nimio y en lo más importante.

—Hermano —me respondía él—, llévame a ver embotellamientos.

Y casi todas las tardes tenía que llevarlo yo a la Gran Vía, más o menos entre las 5 y las 7. Era lógico. El hombre estaba acostumbrado a los automóviles cincuentones y desvencijados que circulan por las calles de La Habana y realmente era feliz contemplando todo tipo de vehículos de último modelo. Y a la mañana siguiente quedaba fascinado porque le conseguía una motocicleta para que la manejara con un casco en la cabeza. Una motocicleta nueva y con casco. Un casco con una motocicleta nueva.

Conrado en el país de las maravillas.

Y maravillado viajó por Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, metiéndose a la gente al bolsillo con su simpatía natural y su sobrenatural deslumbramiento. Dicho sea de paso, arregló todo lo que hubiese que arreglar en todas las casas por donde fue pasando. Lo que en España se llama un manitas, un bricoleur hecho y derecho, como debe serlo todo cubano que vive o ha vivido en la Cuba de Fidel.

El niño Conrado fue tan regalado que, al final de su estadía en España, había acumulado 67 kilos de exceso de equipaje. Me partía el alma que llegara el día de su regreso a La Habana y tuviera que dejar tantas cosas indispensables para él y su familia. Pero esto no lo inquietaba en absoluto: claro, iba a regresar en un vuelo de Cubana de Aviación y en el aeropuerto el personal de tierra era todo cubano. Verlo llegar a Barajas, verlo acercarse al mostrador de su línea aérea y verlo recuperar su edad adulta fueron cosa de un instante. El inmenso equipaje de mi socio se bañó en daiquirís y gardenias, en palabras dulces y sonrisas de envidiable coquetería, y fue facturado íntegro y gratis. Mi socio había renacido y más bien era el socio madrileño el que ahora contemplaba todo aquello con ojos de menor de edad.

Pero mi socio siempre me volverá a sorprender, siempre me hará reír de nuevo, y siempre será capaz de conmoverme, de tocarme el llanto y la risa con las cosas esas de su inconmensurable cubanidad a toda prueba. La última ha sido el feroz atropello del que fue víctima mientras, una noche, buscaba comida para llevar a casa, en su motocicleta antediluviana, aquel cachivache de moto con sidecar que él conservó siempre impecable y que guardaba como su gran capital, ante una emergencia. Un turista italiano, absolutamente borracho, lo arrasó. Han sido meses de hospital, de ayudas de amigos, de socios inquietos y envíos de los productos más increíbles, pero indispensables para su recuperación.

Pero no voy a esto, porque hoy Conrado galopa de nuevo y hasta ha regresado a España, estando yo ya en el Perú. A lo que voy es a una llamada que le hice para saber si aquel turista italiano había tenido al menos el gesto de visitarlo en el hospital y ofrecerle una ayuda, en los días siguientes al accidente, en los momentos graves, duros y dolorosos. Yo sabía que el italiano había salido ileso de un automóvil alquilado y que iba en compañía de una formidable jinetera de raza negra total y bellísimos e inmensos ojos azules. Yo sabía incluso que el italiano se había prendado de esa mujer y deseaba llevársela con él a Roma.

—Pero bueno, Conrado, ¿pero ese hombre te visitó?, ¿te ayudó?, ¿te indemnizó?

—El trató, mi hermano. Sí, sí quiso ayudarme. Pero yo no podía aceptarle. Ese hombre a mí me daba mucha pena, ¿sabes, mi socio? ¿Tú te imaginas lo cara que le iba a salir esa hembra, allá en Italia, así tan negra y escultural y con esos ojazos azules? ¿La cantidad de cuernos que le iba a poner…? No, mi hermano, no hubiera sido correcto de mi parte… Ese hombre necesitaba mucho mucho dinero, mi socio. Porque tú no te imaginas la calidad de prostituta que el pobre se estaba llevando pa’Italia…

Todo esto lo decía una persona a la que le quedaban pocos huesos sin yeso, de pies a cabeza. Ah… Mi hermano… Mi socio… Mi amigo Conrado.     n

Alfredo Bryce Echenique Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

El mexicano ante los impuestos

EL MEXICANO ANTE LOS IMPUESTOS

POR MARÍA AMPARO CASAR Y JORGE BUENDÍA

Como muestra este artículo, fruto de una encuesta de opinión y de un arduo trabajo interpretativo, la mayoría de los determinantes de la cultura del no pago están presentes en México: un bajo nivel de cultura fiscal, conocimiento de mecanismos de evasión, opinión negativa sobre el sistema tributario, baja probabilidad de castigo y ausencia de estrategias de presión social. Ante los impuestos, los mexicanos actúan con absoluta irresponsabilidad.

Todo Estado debe allegarse de los recursos necesarios para cumplir con las tareas que la sociedad le asigna. Sin ellos, el Estado no estaría en posibilidad de brindar a sus ciudadanos seguridad, justicia y bienestar social. No obstante, entregar parte de la riqueza generada por nuestro trabajo es una obligación que disgusta. Pagar impuestos es una obligación que provoca resistencia. Por ello, los gobiernos deben idear medidas —de convicción y coerción— para que los contribuyentes cumplan con sus obligaciones.

El éxito de estas medidas puede evaluarse a través del tamaño de la base de contribuyentes, el nivel de recaudación y los grados de evasión. Por desgracia, México figura entre los países con peores indicadores en cada uno de estos rubros. Nuestra base de contribuyentes efectivos (los que realmente pagan impuestos) es muy reducida. Los ingresos tributarios como porcentaje del PIB alcanzan tan sólo el 9% y la evasión fiscal consigna niveles alarmantes.

Explicar la baja capacidad recaudatoria del Estado mexicano es una tarea tan importante como compleja.

De inicio, se pueden identificar los principales factores que inciden en la inclinación de los ciudadanos a cumplir con sus obligaciones tributarias e intentar responder a una pregunta central: ¿por qué se evaden las obligaciones tributarias? Para ello hemos recurrido a la elaboración de una encuesta de opinión que se enmarca dentro del proyecto de Opinión Pública y Política Tributaria en México cuyos resultados preliminares son la base de este artículo.1

En principio, pueden identificarse cuatro determinantes básicos de la evasión fiscal:

1) El conocimiento de la población sobre sus obligaciones tributarias.

2) La percepción del régimen tributario que incluye tanto la opinión sobre los impuestos como las ideas respecto a la vinculación entre impuestos y gasto público.

3) Las percepciones sobre el fraude y la evasión fiscal, esto es, sobre el riesgo y el castigo que lleva aparejado el no cumplimiento de las obligaciones tributarias.

4) La imagen sobre el manejo de los recursos públicos.

Aun cuando el desconocimiento de la ley no exime de la responsabilidad de cumplirla, se constata que la ignorancia sobre las obligaciones tributarias puede llevar al incumplimiento involuntario. Si no se sabe que hay que pagar impuestos y cómo pagarlos, se provoca una evasión involuntaria. Los mexicanos, en general, están conscientes de la obligación de pagar impuestos. Sorprendentemente, la encuesta reveló que la mayoría de quienes respondieron (70%) sabe qué es y para qué sirve el Registro Federal de Contribuyentes y declaró que fue fácil su obtención.

La “vía” mediante la cual se pagan los impuestos muestra un escenario más complejo. De la población que paga impuestos (60% de los encuestados), la mayoría (49%) lo hace a través de la empresa o el patrón, 14% lo hace personalmente y el 22% con ayuda (contador, amigo, familiar o SHCP).

Para analizar con mayor detalle la cultura tributaria de la población, se diseñó un índice de “sofisticación” a partir de interrogantes de carácter factual. Este índice se construyó con base en las respuestas correctas que los encuestados dieron a diecisiete reactivos que pueden agruparse en los siguientes rubros:

a) Impuestos que cobra el gobierno.

b) Porcentaje de IVA.

c) Productos que pagan IVA.

d) Autoridad responsable de aprobar los impuestos.

Los resultados no son muy alentadores: seis de cada diez mexicanos se ubican entre los niveles más bajos de sofisticación fiscal. Sin embargo, el problema se concentra en ciertos sectores. Los segmentos de la población que registran menores niveles de sofisticación tributaria son las mujeres, los adultos jóvenes, las personas de menor ingreso y, desde luego, quienes no pagan impuestos.

Con respecto al conocimiento de impuestos específicos, los que tienen mayor reconocimiento son: IVA (79%), Predial (69%) e ISR (42%). De seguro los altos porcentajes para el IVA y el predial se explican por la cercanía del ciudadano a estos impuestos. El resto, salvo la tenencia de vehículos (34%), recibe niveles de reconocimiento insignificantes.

La mayoría de la población sabe a cuánto asciende el porcentaje de IVA (69%). Sin embargo, hay un nivel alto de desconocimiento respecto a los productos que están sujetos a este impuesto. Por ejemplo, 65% de los encuestados contestó que tanto libros, revistas y periódicos, como medicinas, están sujetos al cobro del IVA. En el caso de las medicinas, el gobierno paga un doble costo: no recabar este impuesto y el que proviene de que la población piensa que el gobierno cobra el IVA sobre un producto tan sensible como los medicamentos.

Por último, sorprendió que la mayoría (más del 60%) de la población identificara correctamente al órgano responsable de aprobar los impuestos: el Congreso.

Estudios llevados a cabo en otros países han demostrado que las opiniones de los ciudadanos sobre el sistema tributario inciden de manera importante en los niveles de recaudación y evasión impositivos. Tres tipos de percepción parecen cruciales: las opiniones sobre la equidad del sistema tributario, sobre la función de los impuestos y sobre la mayor o menor popularidad de los mismos.

La percepción de que el sistema es equitativo y de que los impuestos desempeñan una función importante en la sociedad lleva a mayores niveles de cumplimiento. La medición de la popularidad de los impuestos tiene implicaciones importantes para la toma de decisiones con respecto a la política tributaria.

Las respuestas relativas a la justicia o equidad del sistema tributario se combinan para dar una imagen negativa del sistema. La mayoría de la población piensa que el sistema de impuestos es injusto o inequitativo por una de las razones siguientes:

•  Se paga demasiado en impuestos.- 63-3% (de los encuestados).

•  Se cree que el sistema beneficia a los que más tienen: 72%

• Se paga más en impuestos que lo que se recibe en servicios: 57%.

Con respecto a la función de los impuestos, se buscó conocer la opinión de los encuestados sobre el papel de los impuestos y la responsabilidad del Estado en el bienestar de la población.

La población está dividida: hay un importante segmento individualista (46%) que señala que la persona misma es la responsable de su bienestar, mientras que una proporción parecida (40%) responsabiliza al gobierno.

Al respecto es interesante observar que aquellos que piensan que el bienestar es responsabilidad propia son los que pagan impuestos, los de mayores ingresos, los más jóvenes y los hombres. Esta percepción es importante porque en la medida en que uno cree que el Estado es el responsable del bienestar, justifica una mayor participación del mismo en la provisión de bienes y servicios y, también, exige mayor responsabilidad. Igualmente, si la función redistributiva del Estado es cuestionada, su legitimidad para extraer recursos de los sectores más pudientes se ve disminuida.

Con respecto a la función de los impuestos, la mayoría de la población está consciente del uso que se les da y sus respuestas reflejan una actitud relativamente positiva al respecto. El 59% considera que los impuestos son necesarios para que el Estado pueda prestar los servicios públicos y sólo el 11.5% que son un medio para distribuir mejor la riqueza.

Estas opiniones sobre el objetivo prioritario de los impuestos está reforzada por el parecer de los encuestados sobre cuáles deben ser las prioridades del gasto. La siguiente gráfica revela que ocho de cada diez mexicanos señala que su primera prioridad es el gasto social (educación, combate a la pobreza y servicios médicos).

Cabe señalar que sólo el 17% señaló a la seguridad pública como el servicio más importante que debe proporcionar el gobierno. El énfasis en el gasto social se confirma con la siguiente gráfica. Prácticamente toda la población está de acuerdo en que se gaste en educación, servicios médicos y ayuda a los pobres; y hay un rotundo rechazo al financiamiento de los partidos políticos.

Las prioridades de gasto varían sustantivamente de acuerdo con el nivel de sofisticación e ingreso. El status como contribuyente no modifica las opiniones. Sin embargo, conforme aumenta la sofisticación “tributaria” aumenta la demanda por el gasto en educación y disminuye la preferencia por el gasto en combate a la pobreza y los servicios médicos. La demanda por programas contra la pobreza, como era de esperar, es menor entre las personas de mayor solvencia. Por su parte, la educación es la demanda fundamental para los estratos medios, pero no hay diferencia a este respecto entre los más pobres y los de mayor ingreso.

Con referencia al segundo aspecto de la función redistributiva (redistribución de la riqueza federal), la mayoría (6l%) de la población tiende a pensar que los estados más pobres deben recibir más dinero que el que pagan en impuestos. En cuanto que los más sofisticados y la gente de mayores ingresos tienden a posturas menos redistributivas. Este segmento demanda trato equitativo para los estados sin importar su nivel de pobreza.

Por último, también se buscó medir la opinión de los encuestados sobre algunos impuestos específicos o lo que denominamos “popularidad” de los impuestos. Este es un asunto controvertido y se percibe cierta inconsistencia entre la población, pues por una parte considera que paga demasiado en impuestos y, por la otra, declara que prefiere pagar más impuestos y recibir más servicios.

El IVA, que es el impuesto con mayor nivel de reconocimiento entre la población, es uno de los más impopulares. En tanto, el Impuesto Sobre la Renta aparece como menos “impopular”. A la pregunta de ¿qué le molestaría más que subiera: el IVA o el ISR?, la mayoría (67%) responde que el IVA, mientras que sólo el 22% opina que le molestaría más un aumento en el ISR. La explicación de este fenómeno está en la cercanía del impuesto al contribuyente. El IVA lo paga el consumidor directamente mientras que en el caso del ISR, el 70% de la población o no lo paga o le es retenido por la empresa o el patrón.

Del resto de los impuestos, el más impopular, a pesar de que recibe un muy bajo nivel de reconocimiento (20% de conocimiento espontáneo y 52% con recordación), es el de la gasolina. El 71% de los encuestados declaró que el impuesto a la gasolina es el que más le molestaría que se incrementara.

La explicación parece recaer en dos factores. Primero, México es un país con abundante riqueza petrolera y la población no encuentra razón para que su precio sea alto. Segundo, se cree que el aumento en la gasolina provoca un incremento generalizado en los precios de otros productos.

La respuesta a la pregunta de qué impuestos le molestaría más que aumentaran, permite un margen amplio en el caso del tabaco y en el de las bebidas alcohólicas. Estos dos impuestos son de los menos conocidos por la población y sus incrementos le molestan menos.

Sin lugar a dudas la solución óptima para aumentar los ingresos tributarios del gobierno es ampliar la base de los que pagan impuestos. De las opciones para lograr este objetivo, ésta fue la más mencionada. Sólo un 13% consideró que podrían subirse un poco todos los impuestos y un 8% respondió que todos los productos pagaran IVA.

El incumplimiento de las obligaciones fiscales tiene diferentes aristas. Para esta encuesta, se consideró que un individuo incumple con sus obligaciones fiscales en los siguientes casos: no hace su declaración, “esconde” ingresos, presenta deducciones que no corresponden e incurre en conductas como no pedir factura para evitar el pago del IVA.

Para investigar este fenómeno se llevaron a cabo tres mediciones:

a) Conocimiento de mecanismos de evasión.

b) Elementos de cultura cívica y presión social (actitudes personales, percepción de honestidad de los demás, opinión sobre la equidad).

c) Percepción sobre el riesgo y el castigo.

Conocimiento de los mecanismos de evasión. Se identificaron tres de las formas más recurrentes para evadir al fisco: no declarar impuestos, presentar gastos personales como si fueran de trabajo y subreportar el ingreso percibido.

Alrededor de 85% de la población mencionó estar al tanto de al menos un mecanismo de evasión de impuestos

Las formas de evasión más mencionadas fueron “no declarar impuestos” y “presentar gastos personales como de trabajo” (23% cada una), seguidas por “no reportar todo el ingreso recibido” (21%). Aunque la encuesta no permite medir si quienes respondieron han utilizado una u otra forma de evasión, sí puede constatarse que entre la población de mayores ingresos “presentar gastos personales como de trabajo” y “aumentar los gastos a deducir” son las prácticas más reportadas.

Por su parte, el 62% de la población declara que prefiere obtener factura de la compra de un producto aunque tenga que pagar IVA.

Sin embargo, la tasa de respuesta disminuye sensiblemente si la pregunta se dirige a las personas de menores ingresos. Dada su situación económica, este grupo es más receptivo a la posibilidad de “ahorrarse” el pago del IVA (aunque también pudiera ser que las personas de menores ingresos, a diferencia de los individuos más acomodados, realizan sus compras en establecimientos donde es factible evitar el pago del IVA).

Cultura cívica y presión social. La cultura cívica del mexicano tiene valores muy bajos en las mediciones internacionales. El país suele ser caracterizado como con bajo apego a la ley entre las autoridades y entre la población. Así lo constatamos en materia tributaria. Para ello se elaboró lo que llamamos un índice de cultura cívico-fiscal construido a partir de las opiniones sobre la evasión, cuyo propósito es medir las actitudes del ciudadano hacia:

•  el sistema tributario: equitativo/no equitativo,

• el prójimo: honestidad/deshonestidad “del otro”,

•  el acto de evadir: delito menor/mayor,

•  la extensión y cantidad del fraude,

•  la responsabilidad ciudadana,

El primer resultado es que los mexicanos presentan niveles muy bajos de cultura cívico-fiscal. La mayoría de la población (60%) se ubica en el nivel bajo y sólo el 9% puede considerarse como portador de una alta cultura cívico-fiscal. No se observan sesgos significativos en el grado de cultura cívico-fiscal a partir de edad, ingreso, género e incluso nivel de sofisticación (sólo se encontró una propensión marginal de las personas con menos cultura cívica a concentrarse en el estrato de menor ingreso).

La mayoría de los encuestados piensa que los mexicanos son “poco conscientes y poco responsables de sus deberes”. Esta percepción refuerza las conductas de evasión pues la presión social como determinante de la conducta deja de operar. Sin embargo, es necesario reconocer que se detectó un elemento positivo de presión social. A la pregunta de si pagar impuestos es engañar al resto de los ciudadanos, casi el 70% estuvo total o parcialmente de acuerdo.

Un segundo factor entre los determinantes de la evasión fiscal es la percepción sobre la extensión del fenómeno. A mayores niveles de esta percepción, mayor la propensión y probabilidad de que un individuo incurra en actos de evasión. Esto ocurre así porque deja de operar la “presión social” como incentivo para cumplir con las obligaciones. También es una señal de que los evasores no son castigados. En México, la gran mayoría de la población (82%) —al margen del status como contribuyente, nivel de ingreso o identificación partidista— opina que el fraude fiscal está muy extendido entre la población.

Un dato positivo es que el 57% mencionó el fraude fiscal como uno de los tres delitos más graves. Por encima del fraude fiscal quedaron “robo a mano armada” y dar “mordida a funcionarios públicos”. Por abajo quedaron la compra de artículos robados, pasarse un alto y tirar basura en la calle. Esto indica que el fraude fiscal recibe un reconocimiento adecuado como delito.

Riesgo y castigo. Si los contribuyentes perciben que la probabilidad de ser descubierto, la posibilidad de ser castigado y la magnitud del castigo son bajas, y las de evadir la justicia altas, entonces estamos frente a poderosos incentivos para incumplir nuestras obligaciones tributarias.

Es muy probable que la razón fundamental por la que mucha gente paga impuestos es porque no tienen otra alternativa ya que su ingreso proviene básicamente de su salario y le es descontado en automático. La mayoría (80%) de los encuestados está de acuerdo con esta afirmación. Sin embargo, cuando los ciudadanos son libres para elegir, dos de las razones fundamentales para el pago o evasión de impuestos son la probabilidad de ser descubierto en caso de incurrir en un acto fraudulento y el miedo al castigo.

Buena parte de la población (53%) cree que la gente paga impuestos por miedo a ser descubierta. Pero, en este sentido, habría que contrastar esta opinión con la percepción generalizada de qué tan probable es que eso ocurra. Entre la población encuestada, el 51% considera que es “muy probable” o “probable” que te descubran. Permanece, sin embargo, un 49% que no percibe como grande el riesgo de que lo descubran. El temor a ser descubierto aumenta con la sofisticación del individuo. Destaca que los jóvenes son quienes creen menos probable que se descubra la evasión fiscal. Un agravante dentro del rubro “riesgo y castigo” es que la población considera que el gobierno se esfuerza poco o muy poco contra el fraude (62.1%) y que no logra reducirlo (67.1%).

Con respecto al castigo, la población considera que es y debería ser severo. Puede tomarse la “privación de la libertad” (cárcel) como un castigo severo. Un 48% de la población cree que es probable que si el gobierno descubre la evasión, el culpable sea castigado con cárcel. Mientras que sólo el 28% piensa que el castigo usual a los que mienten en su declaración (por una cantidad grande) es la cárcel. Aproximadamente la misma proporción piensa que es el castigo adecuado.

Los hallazgos reportados sugieren que cuando se diseña una política que trata de fomentar mayor cumplimiento debe evitarse el énfasis en que muchas personas no pagan impuestos porque la percepción de la honestidad de los demás es una variable que lleva al incumplimiento. Por otra parte, parece imperativo inducir la percepción de que la probabilidad de detectar la evasión es alta y el castigo efectivo.

Entre las formas de aumentar el cobro figuran incrementar la severidad de los castigos y aumentar la probabilidad de detección (más auditorías dirigidas a los probables evasores). No obstante, quienes toman decisiones se dividen con respecto a si las políticas de fomento al pago deben ser dirigidas a pequeños grupos o a grandes segmentos y a que sean de bajo perfil o de gran impacto publicitario.

Entre los determinantes del cumplimiento de las obligaciones tributarias figura la percepción de los ciudadanos sobre cómo administra el gobierno los recursos provenientes de los impuestos. La hipótesis aquí es que percepciones negativas con respecto al desempeño del gobierno tienden a actuar como justificantes al no pago o incumplimiento de obligaciones tributarias.

La opinión de la mayoría de la población con respecto al manejo y utilización de los impuestos por parte del gobierno es negativa, al margen de su status como contribuyente, nivel de ingreso, edad o género. El 47% opina que el gobierno gasta demasiado y sólo el 12% declara que el gobierno administra bien o muy bien el dinero que recauda. La ciudadanía piensa que bajo circunstancias en las que el gobierno no cumple con sus obligaciones básicas es válido no cumplir con las propias.

¿Bajo cuál o cuáles de las siguientes circunstancias usted cree que es válido no pagar impuestos o pagar menos impuestos de lo que corresponde a uno?

Como confirma la encuesta, en México están presentes la mayoría de los determinantes de la cultura del no pago: un bajo nivel de cultura fiscal, conocimiento de mecanismos de evasión, opinión negativa sobre el sistema tributario, baja probabilidad de castigo y ausencia de mecanismos de presión social.

El problema de la evasión fiscal no es sólo un asunto técnico. Por ejemplo, la percepción sobre el papel redistributivo del Estado, elemento central de toda ideología, influye en la aceptación ciudadana de la carga tributada. Del mismo modo, la eficiencia gubernamental en la provisión de servicios básicos es otro elemento que considera la ciudadanía. El problema es de cooperación: los mexicanos perciben que el Estado no está cumpliendo con sus funciones básicas y, en represalia, se justifica la evasión fiscal. A mediano y largo plazo, sin embargo, tanto el Estado como la ciudadanía pierden. La debilidad fiscal del Estado incide en la cobertura y calidad de los servicios que provee, lastimando los intereses de la población que, entonces, retira aún más su apoyo al gobierno y al sistema político que lo sustenta. Obvia decir que eso hace aún más difícil incrementar la recaudación fiscal. Es, por llamarlo así, el círculo vicioso de la relación Estado-ciudadano en materia fiscal.

La percepción de la ineficiencia gubernamental influye también en la percepción ciudadana sobre la capacidad del Estado para detectar y castigar a los evasores. El principio elemental de todo sistema tributario, “se castiga a quien no cumple con sus obligaciones”, no se ve como una amenaza creíble. De ahí que muchos individuos o empresas estén dispuestos a correr el bajo riesgo de evadir impuestos.

No obstante, hay áreas potencialmente promisorias. Es abrumadora la proporción de mexicanos que demanda que el gasto gubernamental sea de índole social. Si ante la opinión pública se logra vincular el gasto social con el pago de impuestos, si mejora la calidad de los servicios, o si se administra de mejor manera el erario público, entonces la gestión gubernamental será vista con buenos ojos. Ello incidirá en la disposición ciudadana a cubrir sus impuestos. Así, el primer paso para romper este círculo vicioso en materia fiscal está en manos gubernamentales. La ciudadanía está a la espera.             n

Jorge Buendía. Politólogo. María Amparo Casar Politóloga.

1 El diseño del cuestionario y análisis de la encuesta estuvo a cargo de los autores. El trabajo de campo lo realizó la empresa CONSULTA. La encuesta —domiciliaria y probabilística— fue levantada del 13 al 21 de noviembre de 1999 e incluyó 1496 entrevistas. La población objetivo estuvo constituida por ciudadanos residentes en localidades mayores de 15,000 habitantes y se utilizó un esquema de muestreo estratificado (6 estratos socioeconómicos) con sobrerrepresentación de los dos estratos de mayores ingresos.

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

31

1.   Porcentaje de latinoamericanos que cree en la vida después de la muerte.

13

2.   Porcentaje de latinoamericanos que cree que al morir se irá al cielo.

75

3. Porcentaje de latinoamericanas que piensan diariamente en su peso.

84

4. Porcentaje de la población mundial que aprueba la adopción. 900

5. Toneladas de chile que se consumen al día en el DF.

3,000,000

Pastillas de Viagra que España ha consumido en los últimos dos años.

6.  Lugar que ocupa Turquía como máximo productor de chile verde.

4,586

7.   Taxis que circulaban en el DF en la década de los cuarentas.

103,982

8.   Taxis que circulan actualmente en el DF.

59

9. Porcentaje de jóvenes estadunidenses que aseguran recibir mejor información de la red que de los periódicos. 16

10. Porcentaje de estadunidenses que han reducido su tiempo de lectura de la prensa para dedicarlo a la red.

Revistas que surgieron el año anterior en Estados Unidos.

70

Porcentaje de los juguetes comercializados en el mundo que provienen de China.

Roberto Pliego Escritor. Es subdirector editorial de la revista nexos.

11. Lugar que ocupa la cirrosis entre las principales causas de muerte en México. 23,000 12. Mexicanos que mueren al año por cirrosis. 12

13- Reuniones sociales que los estadunidenses tenían al año a mediados de los setentas. 5

14. Reuniones sociales que los estadunidenses tenían al año a mediados de los noventas.

68.3

15. Semanas que una familia estadunidense trabajó en 1969.

2,216

Pacientes holandeses a quienes se les practicó la eutanasia en 1999.

82.6

16. Semanas que una familia estadunidense trabajó en 1999. 2

17. Porcentaje de minusválidos en el mundo que gozan de servicios de readaptación.

0.9

18.   Matemáticos en México por cadacien mil habitantes. 10

19.   Matemáticos en Japón por cadacien mil habitantes.

53

20. Porcentaje de jóvenes mexicanos que se declara insatisfecho con su nivel de estudios.

Fuentes: 1 -4. Reforma: 25 de noviembre de 2000: 5-6. Milenio: 11 de diciembre de 2000; 7-8. La Jornada: 16 de diciembre de 2000; 9-10. Milenio: 11 de diciembre de 2000; 11-12. Reforma: 25 de noviembre de 2000; 13-16. £/país: 7 de noviembre de 2000. 17. La Crónica: 2 de diciembre de 2000; 18-19. La Crónica: 10 de diciembre de 2000; 20. Milenio: 1 de diciembre de 2000.

La transición democrática

LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA

POR JOSÉ WOLDENBERG

La transición democrática fue:

•  cambio gradual,

•  ajuste político de un país que no cabía bajo el manto de un solo partido,

•  etapa histórica,

•  conflicto y negociación,

•  desencuentros electorales y reformas ídem,

•  acicateada por la necesidad,

•   forjadora de un sistema de partidos,

•  mutación del sistema electoral,

•  fruto y motor del paso de un sistema de representación monocolor a otro plural.

•   promovida y promotora de ciudadanía,

•  ajonjolí de todos los moles,

•  enunciado indescifrable,

•  plato en mesas redondas,

•  emulación,

•  ordenada, legal, institucional, pacífica (en lo fundamental),

•  inasible, para muchos,

•   asumida con resignación o con júbilo,

•   increíble para escépticos y malhumorados,

•  bien vista internacionalmente,

•  multiplicadora de derechos,

•   reformadora de las relaciones políticas,

•  inventora de pesos y contrapesos,

•  un parpadeo (para los que un día no “creían” en ella y al otro la declararon concluida),

•  desesperadamente lenta para los impacientes,

•  extremadamente rápida para los conservadores,

•  ficción para los maximalistas,

•  ardid para los policías sociales,

•  engaño para los especialistas en conspiraciones,

•  vivida con gusto y optimismo por millones de personas,

•  asumida como causa por militantes de signo variado,

•  impulsada por la omnipresente e inasible sociedad civil,

•  usufructuada y modelada por los partidos,

•  reseñada por legiones,

•  amada y vilipendiada,

•  mecánica imparable,

•  bola de nieve que se convierte en alud,

•  buena nueva,

•  lo que vimos y vivimos,

•  obra común,

•  construcción de un cauce para la diversidad,

•  expresión y recreación ampliada de la pluralidad,

•  competencia y convivencia,

•  cruce de caminos,

•  dique contra la violencia,

•  supremacía de la política,

•  reformas recurrentes con agenda ampliada,

•   electoral, pero mucho más que eso,

•  cambio cultural,

•  fábrica de nuevos cambios políticos,

•  trampolín y barranco,

•  fosa común y trapecio,

•  nuestro pasado reciente.

José Woldenberg Consejero Presidente del IFF.. Acaba de aparecer su libro La mecánica del cambio político en México.

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

37

1. Relaciones sexuales que un japonés tiene al año. 96

2. Relaciones sexuales que un mexicano tiene al año.

132

3. Relaciones sexuales que un estadunidense tiene al año. 2

4. Porcentaje de la población mexicana que utiliza condón. 17.4

5. Minutos que un mexicano le dedica a una relación sexual.

10

Porcentaje de obras de arte que son robadas en el mundo y que luego son recuperadas.

17

6. Porcentaje de mexicanos que estarían dispuestos a compartir a su pareja en una orgía.

35

7. Porcentaje de mexicanas que han sido infieles al menos en una ocasión. 42

8.     Porcentaje de mexicanas que sienten culpa al engañar a su pareja.

25

9- Porcentaje de británicos que prefieren navegar en Internet que tener una relación sexual.

Funcionarios que realizarán el censo poblacional en China.

Años que tiene el inventor de Napster, un servidor de contenidos musicales.

10. Franceses, de cada diez, que prefieren navegar en Internet que ver un partido de futbol. 15

11. Porcentaje de niñas estadunidenses de raza blanca que a los 8 años ya desarrollaron senos y vello púbico. 50

12. Porcentaje de niñas estadunidenses de raza negra que a los 8 años ya desarrollaron senos y vello púbico.50,000 13. Automóviles que cruzan diariamente por b garita de Tijuana.

Obras de arte y bienes culturales en Italia que fueron robados entre 1979 y 1999.

50

14. Porcentaje del mercado textil y del vestido en México que proviene del contrabando. 20,000,000 15. Personas en el mundo que cada año contraen hepatitis por agujas infectadas. 90

16. Porcentaje de niñas estadunidenses entre 12 y 15 años que se conectan a Internet. 84

17. Porcentaje de jóvenes estadunidenses que prefieren consultar la red que una biblioteca.

5

18. Porcentaje de las ventas mundiales que se realizan por Internet.

Roberto Pliego. Escritor. Es subdirector editorial de la revista nexos.

Fuentes: 1-4. La Jornada: 18 de octubre de 2000; 5-8. Max: octubre-noviembre de 2000; 9-10. Etcétera: noviembre de 2000; 11-12. Time: 30 de octubre de 2000; 13-14. Reforma: 26 de octubre de 2000; 15. Time: 30 de octubre de 2000. 16-18. Milenio: 27 octubre de 2000.

Divagario. El expediente Y

DIVAGARIO

El expediente Y.

Entre Venezuela y Brasil, en medio de la selva amazónica, viven en pequeñas comunidades dispersas, los yanomami. El estudio de su tribu se ha convertido en uno de los capítulos más polémicos en la historia de la antropología. De hecho, ellos son el grupo más estudiado. Este otoño se publicó un nuevo libro sobre su pasado reciente: Darkness in El Dorado. Patrick Tierney reabrió el expediente de los yanomami y su indagación concluye en una crítica a los antropólogos que han estudiado las comunidades indígenas de América Latina.

No hace mucho que comenzó la discusión sobre la imposibilidad de lograr una completa objetividad en las investigaciones antropológicas. Basado en el principio de incertidumbre de la física, algunos antropólogos han hablado del efecto del observador. La simple presencia de una grabadora, de un observador ajeno a la comunidad, altera la información obtenida. Es imposible pensar que al interactuar dos grupos tan distintos como antropólogos e indígenas no habrá malinterpretaciones o modificaciones importantes de la denominada “identidad cultural”.

Ya hace algún tiempo, el ensayo de Derek Freeman sobre Margaret Mead en Samoa advirtió que no es extraño que los investigadores proyecten sus propias ideas o fantasías a la hora de interpretar la realidad de las comunidades indígenas. Ahora, Patrick Tierney vuelve al caso de los yanomami para recordarnos los daños que provocan los antropólogos y periodistas cuando tratan de estudiar a las comunidades “tal como son” (como si fuera posible), libres de toda influencia exterior.

Tierney asegura que dos antropólogos, Jacques Lizot y Chagnon, alteraron el comportamiento de los grupos yanomami para que se adecuaran a sus hipótesis; en lugar de limitarse a analizar, intervinieron en las comunidades hasta conseguir que la realidad se adecuara a sus teorías. Darkness in El Dorado denuncia el trabajo de ambos antropólogos y ofrece una crónica completa de cómo realizaron sus investigaciones obligando a la comunidad a actuar de manera que concordara con sus intereses o sus ideas sobre el comportamiento de los indios. Chagnon pensaba que ellos eran la tribu más violenta. Y Lizot estaba convencido de que conocían y practicaban una sexualidad polimorfa, libre de toda represión sexual. Además Tierney ataca a varias cadenas de televisión que visitaron la zona para hacer documentales y pudieron transportar una nueva cámara de televisión hasta el corazón de la selva, pero fueron incapaces de llevar al hospital a una indígena porque nadie debía modificar la cultura autóctona con métodos de curación occidentales o porque debía respetarse el culto tradicional de la muerte.

—José Carlos Castañeda

La reforma del Estado, Again

LA REFORMA DEL ESTADO, AGAIN

POR RICARDO RAPHAEL DE LA MADRID

La reforma del Estado no va. por una u otra cosa este asunto se suma a nuestros muchos pendientes

A pesar de las consultas. de las opiniones calificadas y de tanto, esa reforma se  invoca pero no se Ileva a cabo.

Un torrente de nuevos actores y nuevos intereses entran en tropel para ocupar las principales recámaras del Estado. En contraflujo, otros tantos abandonan los lujosos recintos para acomodarse, resignados, a su nueva realidad. La alternancia en la silla presidencial está operando como una suerte de transplante de corazón que transforma las formas para acceder y. sobre todo, para salir del poder. Nada menos importante que eso pero, digámoslo con modestia, tampoco nada más: la cabeza y las arrugas en la piel continúan todavía ahí. También las extremidades, las entrañas y cada uno de los músculos. Pensarlo de otra manera sería tan ingenuo como peligroso.

Y sin embargo —se les mira y se les escucha por todas partes— hay quienes piensan que la entrada de nueva sangre al corazón resolverá mágicamente todas las taras de la política mexicana. Aun si el futuro gobierno estuviera integrado por individuos recién desempacados, provenientes de la mejor de las fábricas de la raza humana, aun si se tratara de administradores virtuosos hasta la perfección, dispuestos todos a dar mesiánicamente la vida por la transformación del país, este hecho, por sí mismo, no tendría mayores repercusiones si su llegada no se tradujera en una verdadera reforma a las reglas que modelan a la sociedad.

Parafraseando la afortunada cita que de Spinoza utilizara Luis Salazar en el número anterior (Nexos 275). el buen gobierno de los asuntos públicos no podrá depender de la buena fe o la buena voluntad de nuestros futuros gobernantes, sino de la profunda transformación a las reglas que organizan y administran a la sociedad. En todo caso, la reforma a las instituciones es el mejor antídoto para cuando los viciosos regresen o los impolutos se vean tentados por las perversiones del poder.

El conjunto de reformas a la organización de la sociedad se ha bautizado. quizá de manera petulante, desde hace ya más de una década, como la Reforma del Estado. Ella se centra en tres grandes coordenadas: la relación entre los órganos del poder; la relación de éstos con la sociedad; y la consolidación de una cultura de la legalidad.

En el México postrevolucionario, las relaciones entre los órganos de gobierno, y en particular entre los poderes ejecutivo y legislativo, han estado marcadas por dos grandes tendencias: subordinación y escasa colaboración. Durante la mayor parte de este siglo los niveles de cooperación entre ambos poderes se vieron determinados —en lo fundamental— por la subordinación del Congreso de la Unión al poder ejecutivo. El poder legislativo tuvo un pálido desempeño como contrapeso real de poder frente al presidente, inhabilitándolo para jugar el papel de un verdadero órgano de control.

La otra tendencia que empezó a manifestarse a partir de 1997, en que por primera vez ningún partido lograra la mayoría absoluta, fue la de la escasa colaboración entre ambos poderes, situación que por momentos rozó los linderos de la parálisis que tanto ha preocupado a los críticos del sistema presidencial. La imposibilidad de llegar a acuerdos legislativos en materias como la electoral, la fiscal o la financiera condujo a más de un analista a considerar que nuestro país se movía hacia un sistema democrático poco eficaz. Rotos los mecanismos de subordinación del ejecutivo sobre el legislativo, quedó sobre la mesa el tema de la ausencia de un nuevo marco normativo adecuado que facilitara los acuerdos entre poderes: es decir, que transformara el modelo de negociación para premiarla y limitar las diferencias.

En este contexto aparece como indispensable discutir aquellas reformas que. tanto en ambos órganos de gobierno como en el espacio de convergencia de los poderes, pudieran volver su relación más armónica en su responsabilidad co-sobe- rana; responsabilidad que, según sea la materia a tratar, puede ser de colaboración, control o complementariedad. Bajo esta perspectiva, destacan entre los temas a tratar las reglas para la elaboración del presupuesto. la ratificación del gabinete presidencial, la profesionalización de los funcionarios públicos, la sustitución presidencial, las facultades de investigación del poder legislativo y la reelección, entre muchos otros.

Por otra parte, uno de los fenómenos más relevantes de cualquier transición es la emergencia de una sociedad que busca organizarse alrededor de causas específicas para influir en el espacio de lo público. La presencia de una sociedad autónomamente organizada, sobra decirlo, constituye un piso fundamental para la consolidación de la democracia. Se trata, en efecto, del surgimiento de los que otros autores han llamado poderes intermediarios entre el Estado y los individuos que coexisten un una misma sociedad.

En México, la colaboración entre la sociedad civil organizada y los órganos de poder está lejos de ser homogénea y mucho menos institucional. Son muy recientes las experiencias donde las áreas del ejecutivo encargadas de formular las políticas públicas asumen el compromiso de consultar con los organismos de la sociedad interesada en temas específicos. De manera similar, tampoco en el Congreso existe la práctica generalizada de consultar y elaborar las iniciativas de ley en conjunto con las organizaciones de la sociedad. A este fenómeno se suma la falta de transparencia —la rendición de cuentas de cara a la sociedad— en el manejo de los dineros públicos, tanto como la pérdida de confianza que de ello se deriva en la relación Estado-sociedad.

Hoy se vuelve relevante un ejercicio real de institucionalización y regulación de los espacios de negociación y acuerdo entre los órganos de poder y las organizaciones de la sociedad. Ello permitiría, por una parte, que los órganos del poder pudieran tomar decisiones más cercanas a los intereses de la sociedad y, al mismo tiempo, que los poderes públicos tuvieran un mayor margen de maniobra para movilizar voluntades alrededor de temas que son de importancia. En otras palabras. le permitiría al Estado echar raíces sólidas en la sociedad que alimentaran la toma de decisiones, a la vez que articularan robustamente las acciones colectivas convergentes entre el Estado y la sociedad. Siguiendo esta reflexión es que temas como los Consejos Económicos y Sociales, el Tribunal de Cuentas, la Comisión contra la Discriminación, el Consejo Constitucional, la Procuraduría Social o el reordenamiento de los Tribunales Administrativos se vuelven cruciales, entre muchos otros, a la hora de pensar la consolidación de nuestra democracia.

Finalmente, a lo largo de la historia mexicana el Estado de derecho y la ley han sido —perdón por decirlo así— una suerte de oscuro objeto del deseo. A la vez, una frontera inalcanzable y la descripción del mundo que quisiéramos vivir. Más un cumplido que un precepto que irremediablemente se cumple. Nos hemos vuelto tan respetuosos con la ley que preferimos tenerla a distancia. Esta extraña relación con la ley es, sin lugar a dudas, nuestra principal deuda con el proceso civilizatorio mexicano. Dos razones emergen poderosas para explicar este fenómeno. Por una parte, el hecho de que todas nuestras constituciones hayan sido producto de una victoria militar y, por lo tanto, en su elaboración hayan estado excluidos los derrotados. Hoy que, por la vía pacífica, damos paso a la construcción de un país democrático podríamos aspirar a construir una relación donde la sociedad reconozca que la vigencia de leyes y de la propia Constitución son producto legítimo de una deliberación amplia y plural.

La inestabilidad del texto constitucional ofrece pocas certidumbres a la ciudadanía, que toma distancia frente a la propia Constitución. Se ha tratado de un texto volátil percibido como manipulable —o puesto al modo— de cada administración. Bajo el sistema actual que permite un alto grado de reforma encontramos que el texto de 1917 ha sido modificado en 372 veces. Si durante los últimos veinte años un estudioso del derecho hubiera deseado contar con una edición actualizada de la Constitución habría requerido comprar treinta y nueve ediciones distintas.

Ambos criterios, la percepción de la Constitución como una imposición de los vencedores y la inestabilidad del texto constitucional, nos acercan a la comprensión del fenómeno referido aquí como falta de apego a la legalidad por la ciudadanía. Estas reflexiones nos llevan a la ambición justificada de endurecer los mecanismos de reforma constitucional, al mismo tiempo que se busque, expresamente, promover que las reformas a la Constitución, en caso de ser necesarias, gocen de plena legitimidad entre la ciudadanía y, por tanto, sus objetivos y contenidos sean ampliamente socializados.

Entre otras, éstas han sido las principales reflexiones que se han vertido en la llamada mesa de estudios para la Reforma del Estado instalada en el mes de agosto por el presidente electo y encabezada por Porfirio Muñoz Ledo. En ella participaron más de cien especialistas, militantes y dirigentes de partidos, así como legisladores. Si bien desde el principio se criticó la composición de la mesa, no cabe duda que la riqueza de la discusión y el entusiasmo que el momento político despertó entre los participantes, ha derivado en un ejercicio muy enriquecedor de reflexión. Las conclusiones fueron ya presentadas al poder legislativo y al ejecutivo con la intención de servir de guía para la tarea de quienes cuentan con la facultad de iniciar leyes. El documento es un texto esencialmente indicativo; una agenda de temas y propuestas. Desde luego que, por su naturaleza, tiene la debilidad de convertirse en un listado de buenas intenciones archivable en el último de los cajones de los destinatarios. Un ejercicio más de los cientos que se han producido durante estos años de transición, sin mayor peso que el que el papel periódico ha capturado en la discusión.

El problema medular de las propuestas elaboradas tiene que ver con el importante número de reformas constitucionales que parecieran necesarias para consolidar la llamada Reforma del Estado. Sin que la cifra sea precisa, en efecto, se habla de un aproximado de 130 reformas constitucionales. No se necesita demasiada visión política para entender que una transformación de esta envergadura derivaría en una nueva constitución. Tema que más de algún protagonista de la historia no pudo soslayar durante las discusiones, ofreciéndole material valiosísimo a todos aquellos que vieron, desde el principio, con sospecha la mesa de estudios. De ahí que varios de sus participantes prefirieran evitar hablar de la cuestión, más por cautela que por convicción, ya que tanto los partidos como los legisladores son, en efecto, los únicos que podrían afrontar el asunto de la nueva constitución sin desbordar los ánimos.

Observando la distancia que todavía existe entre los distintos partidos que conforman la mayoría, tanto en el Congreso federal como en los congresos locales, y considerando que aún es la lógica de corto plazo la que priva en los partidos a la hora de construir los acuerdos, se antoja muy poco probable que los actores relevantes sean capaces de comprometerse con una reforma de tal envergadura. A esta situación se suma la actitud que el equipo de transición ha transmitido durante los últimos meses: influir en el proceso de cambio, fundamentalmente, a través de la administración pública. En otras palabras, campea en el ánimo foxista una desconfianza pronunciada hacia los partidos y el Congreso que, de principio, bloquea toda posibilidad de consolidar un acuerdo mayor que lleve a buen término las reformas necesarias.

Se puede afirmar que si bien los trabajos de la mesa de estudios para la Reforma del Estado resultaron de altísima calidad, el siguiente tramo para consolidarla se antoja más que accidentado. Difícilmente los partidos se tomarán en serio la tarea por venir, mientras que la administración entrante andará muy ocupada en conquistar los cuartos de palacio para volver eficiente a la administración pública. Ya otros presidentes han postergado el tema de la Reforma del Estado. Lo más probable es que Vicente Fox tampoco sea la excepción, n

Ricardo Raphael de la Madrid Politòlogo. Profesor del CIDE.

Aventuras póstumas de Manchado de Assis

AVENTURAS PÓSTUMAS DE MACHADO DE ASSIS

POR JULIÁN RÍOS

Lo que trataré de referir fue obra de un instante, como diría Don Casmurro, a lo sumo de escasos minutos, cuando acababan de dar las dos de la tarde del penúltimo viernes de marzo de un año bisiesto, 1996, en el Salón del Libro de París, sitio y hora poco propicios a visiones y fantasmagorías. Empecé parafraseando al tortuoso Don Casmurro; pero ahora quisiera invocar a otro personaje inmortal del escritor brasileño Joaquim María Machado de Assis (1839-1908), me refiero a Brás Cubas, el creador del emplasto contra la melancolía y de las memorias póstumas que llevan su nombre, que además murió a las dos de la tarde de un viernes. Para rematar o relativizar todos estos pormenores temporales me gustaría colocar entre paréntesis como epígrafe desplazado de estas digresiones, bajo el título dicho, la siguiente máxima mínima extraída del capítulo 119 de las Memorias póstumas de Brás Cubas:

(“Matamos el tiempo; el tiempo nos entierra”.)

En la fosa común, me permitiría añadir.

Pero no aplazo más lo que iba a empezar a referir y vuelvo a aquel Salón del Libro de París, al pabellón central llamado hiperbólicamente América, donde atrajo mi atención un anciano caballero, menudo y frágil, vestido gravemente a la antigua, de terno oscuro y con pincetiez, o quevedos, que también curioseaba de mesa en mesa, hojeando libros y más libros norteamericanos, sin soltar el Times que llevaba plegado bajo el brazo. Su cabeza tenía un aura espectral o algo de negativo fotográfico, con el pelo y la barba blancas y su cara oscura. Se me ocurrió, puesto que el invitado de honor de ese Salón eran los Estados Unidos, que a lo mejor ese caballero salía de alguna escenificación de una obra de Henry James o, acaso, visto su color de piel, de La cabaña del tío Tom.

Me pareció que el anciano torcía el gesto al hojear un libróte de bolsillo de cubiertas chillonas, uno de esos best-sellers tan elefantiásicos que se pueden llamar con toda propiedad King-size, y luego empezó a mover la cabeza no sé si desaprobadoramente o presa de algún malestar. El fulgor de sus anteojos, y de sus ojos en blanco, al echar hacia atrás la cabeza, lanzar el libraco por los aires y un gritito anhelante, como un silbido.

Creí reconocerlo momentos antes, y exclamé Maítre o quizá Mestre, no recuerdo si en francés o en portugués, y él, a través de una suerte de “ventriloquismo cerebral” — según la expresiva fórmula de Brás Cubas— venía a remachar tartamudeando ligeramente: “Maistre, Xavier de”.

¿Una ilusión auditiva? ¿Mera ilustración?

Claro, Xavier de Maistre, el autor de Viaje alrededor de mi cuarto, era uno de los maestros de la forma libre, con Sterne, que reconoce Brás Cubas en el prólogo de sus Memorias.

En tiempos, algunos críticos, tan cortos de vista como de alcances, tildaron a Machado de Assis de plagiario de Sterne, sin alcanzar a ver que era un continuador de Sterne, y que Sterne a su vez venía de Cervantes y de Rabelais, y que éstos a través de múltiples meandros y Menandros continuaban la antigua tradición de la sátira menipea…

A partir de Don Quijote de la Mancha y de sus herederos al otro lado de la Mancha, del canal de la Mancha —Fielding y Sterne principalmente— , Machado de Assis va a continuar la exploración de la página: espacio lleno de posibilidades insospechadas. La forma en que Machado fragmenta la novela, su arte nuevo de capitular, diríamos, acelerando o retardando la narración, variando sus ritmos, constituye uno de los aspectos más innovadores de su obra de madurez, a partir de las Memorias póstumas de Brás Cubas. Machado de Assis ha seguido también la estrategia cervantina de utilizar los capítulos como reclamos para atraer al curioso lector. Véase, por ejemplo, el capítulo IX. de la Segunda Parte de Don Quijote. “Donde se cuenta lo que en él se verá”, o el capítulo 70, de esa Segunda Parte, que lleva por título “Que sigue al sesenta y nueve…”, al que responde en eco el capítulo 140 de las Memorias póstumas titulado “Que explica el anterior”.

Sterne y Fielding le enseñarán a acortar los capítulos, a cortar la tela del relato verdaderamente lato y bordar la obra dando bordadas sin perder el hilo del discurso ni la aguja de marear…

En el capítulo 22 de las Memorias póstumas, Machado de Assis hace la defensa de los capítulos cortos: “Capítulos largos cuadran mejor a lectores pesados”, dice. “Poco texto, margen ancho”, propone, previendo quizá a los lectores perezosos de la era del zapping, sin duda recordando las lecciones del arte de dividir en capítulos de Fielding, en Joseph Andrews, a propósito de los espacios blancos de reposo entre capítulo y capítulo.

También en varios capítulos de Quincas Borba, su libro más entrecortado, pues tiene 201 capítulos, y no muchas más páginas, se refiere Machado al arte del capítulo.

Esta reticulación y división prismática de la narración que es, como dije, uno de los aspectos más innovadores e inventivos de Machado, le permitió incorporar en la novela una serie de formas simples y elementos heteróclitos, aforismos, diálogos, epitafios, cuentos, crónicas, ensayos, diversos juegos tipográficos…

Esta disposición gráfica reproducía en cierto modo la fragmentación de las páginas de los periódicos. Tal vez Machado supo ver, como su coetáneo Mallarmé, que sus contemporáneos apenas sabían leer, salvo en los periódicos.

Esta fragmentación narrativa le parecerá a algún critico como una suerte de defecto congènito, verdadera plasmación gráfica de la tartamudez del autor. En fin, el estilo explicado por la patología…

La prosa engañosamente rápida de Machado se adelantó a su tiempo y no encontró continuadores en su país hasta la llegada de los modernistas, en los años veinte, en especial con Oswald de Andrade y la prosa telegráfica y los microcapítulos de sus Memorias Sentimentáis de Joâo Mi ramar y de Serafim Ponte Grande.

Esta fragmentación del texto, con sus volteretas volterianas y revueltas de tornillo sin fin, desternillantes, facilitan la versatilidad y la asociación ilegal de ideas como principio rector de la narración. Hay un constante mariposeo irreverente de la prosa, entre las idas y venidas de las ideas. Fijas, no obstante, a veces. La mariposa es el animal emblemático del autor de Crisálidas y de Falenas. Machado de Assis, que confesó su amor particular a las mariposas y se deleitaba con las de su jardín, comparó alguna vez a sus ideas con ellas. Se podría hablar también del maleficio de las mariposas negras en las Memorias póstumas, que son la transposición irónica y luctuosa del sentimiento de compasión cósmico que late en Tristram Sbandy, en el célebre episodio en que el tío Toby perdona la vida a una mosca. Brás Cubas acabará matando a la mariposa inoportuna, que será pasto de las hormigas, perpetuando así el ciclo de la vida.

En realidad podría componerse un palimpsesto de insectos en la obra de Machado de Assis. Capítulo especial merecerían —para seguir con las metamorfosis— los gusanos. O larvas.

Brás Cubas dedica sus Memorias póstumas al gusano que primero royó las frías carnes de su cadáver. Corpus escrito, al postre. En realidad este gusano ha de ser el lector, verdadero gusano de biblioteca, que es el que tiene que hincarle el diente a la novela, asimilarla, y no debe ser como los gusanos que dialogan en otro capítulo de Don Casmurro y no saben absolutamente nada de los textos que roen…

¿Lector voraz en lugar de veraz? ¿Que no sabe realmente a qué sabe lo que devora?

El lector, cuando no se pliega al ritmo del texto, a los zig-zags y eses del estilo, se transforma en “el defecto del libro”, como explica Brás Cubas en el capítulo -71 de sus Memorias. Lee. por ejemplo, demasiado de prisa un texto en el que hay que andar casi siempre con pies de plomo. El narrador establece con el lector un diálogo que es a la vez un duelo, para fijar el sentido y sinsentido de una realidad que a veces parece espejismo, simulacro, o un teatro de sombras.

¿Sombras, dije ?

Y pensar, apariencia o aparición engañosa, que había estado a punto de hacer salir al circunspecto anciano de alguna mojiganga yanqui…

A los palacios de Venecia subí y a las cabañas del Sur bajé, tan sólo en cuestión de segundos, pero la última hipótesis me parecería especialmente desafortunada porque sin duda el mestizo Machado de Assis desdeñaría desde el punto de vista literario esas obras antiesclavistas de tesis, esclavas del sentimentalismo fácil y de las peores muletillas del folletín de época.

Se ha comentado a veces la falta de compromiso, en la obra de Machado, con las luchas políticas y sociales de su tiempo, y en particular con las abolicionistas.

No, apenas aparecen negros y mulatos en la obra del mestizo Machado. La procesión y el proceso de liberación iba por dentro, en las profundidades de una obra que aún no hemos acabado de sondear y que, sin embargo, sigue viva y actuando mientras muchas obras de su época, de época, entonces de tanta actualidad, nos parecerían simplemente trasnochadas.

Tampoco hay color local en la obra de Machado y sin embargo ésta refleja admirablemente, a veces en el espejo deformante de su acerada-azorada ironía, la sociedad urbana brasileña de su época. La naturaleza que le interesaba fundamentalmente era la humana.

También a veces la crítica ataca a Machado por no ser políticamente correcto, como diríamos hoy, y complacerse en novelar existencias de parásitos y miembros de clases privilegiadas, seres mediocres la mayoría de ellos. Brás Cubas, por ejemplo, reconoce, con el desparpajo que le da su condición de difunto: “Tal vez espanta al lector la franqueza con que expongo y realzo mi mediocridad” Pero lo extraordinario es que en esas mediocridades nada áureas, en esos hombres sin cualidades, en esas vidas de los que no sirven para nada, acaba reconociéndose el lector de un modo u otro.

Machado de Assis es de esos novelistas modernos que crean una nueva zona franca en la ficción, un territorio donde el juicio moral queda en suspenso, para utilizar la fórmula de Kundera. Las sentencias de la novela primero, frase a frase, y los veredictos de los doctos después… A veces se olvida que con los buenos sentimientos se suele hacer mala literatura. Y a propósito de la moral de la literatura, Roger Caillois citaba a un gran escritor ruso. no recuerda si Turgeniev o Chejov. que decía que lo suyo era pintar ladrones de caballos sin tener que recordar que el latrocinio era un acto reprobable. Lo último correspondía a los magistrados

En cualquier caso los críticos suelen ser más fácilmente jueces que los novelistas.

Me gustaría dar otra vuelta de tuerca a esta digresión más o menos moralizante y volver a los palacios de la ficción de Henry James, que mencioné hace un momento. No consta —y es improbable— que Machado de Assis leyera a su coetáneo James. Sus mundos de ficción y sus estilos son muy diferentes. Y. sin embargo. ambos publicaron por las mismas fechas —en 1900 y 1901. respectivamente— dos novelas supremamente ambiguas, Don Cas mu tro y La fuente sagrada. Acaso las dos novelas más ambiguas del siglo XX. de toda nuestra ambigua edad.

¿Es el narrador de La fuente sagrada el descubridor de una extraña suerte de vampirismo gracias a su empirismo y dotes de observación o es una mera víctima de sus propios delirios y obsesiones?

¿El adulterio de Capitu, la belleza morena de “ojos de resaca”, o si se prefiere, de “ojos de gitana oblicua y disimulada”, ocurre sólo en la mente obsesiva de su marido Bento, el futuro Don Casmurro?

Machado de Assis, habilidoso alienista, inventó un curioso test y texto proyectivo. ¿Es Don Casmurro la novela de Bentu. o la más hipotética de su esposa Capitu?

Recapitulemos antes de capitular… No sólo variará la respuesta con los lectores, sino con las lecturas y relecturas. Machado de Assis no podría decir —a la manera de su admirado Flaubert— Capitu soy yo, o Don Casmurro… Ese papel —de juez y parte— le corresponde al hipócrita lector.

Entre lo que se dice y lo que se sugiere se abre una vasta tierra de nadie —o de todos— de la ambigüedad, en donde se sitúan algunas de las mejores historias de Machado. Pienso ahora, por ejemplo, en uno de sus cuentos mejores. Misa de Callo, una conversación entre un muchacho de l7 años y una mujer malcasada de 30 que es un prodigio de sutileza y que brinda múltiples lecturas.

Cuando el anciano del Salón del Libro aún sostenía el pesado best-seller, pensé que tal vez estaba decepcionado al comprobar que un pabellón de libros llamado América no incluía a la literatura de Brasil. Debería apresurarme a informarle de que no se podía juzgar la literatura norteamericana actual por el ejemplar que tenía en las manos. Hay en esa literatura obras verdaderamente ejemplares, en la mejor tradición cervantina, e incluso algunos novelistas actuales e inventivos, como John Barth o Robert Coover, habían mostrado su aprecio por un libro como Memorias postumas de Brás

Cubas. Traducido en los Estados Unidos (apropiadamente, si recordamos que Brás Cubas es un filósofo de los epitafios) bajo el título de “Epitafio de un pequeño triunfador”. Pero él, Machado de Assis, no era un triunfador pequeño en ese país tan grande. Varios títulos suyos estaban traducidos en ese país que tan poco traduce y sus tres obras maestras, Don Casmurro, las Memorias postumas y Quincas Borba estaban disponibles en las librerías norteamericanas desde hace tiempo. Este último, Quincas Borba, bajo el título justamente cínico de ¿Filósofo o perro?

Y en otro stand de ese salón, no lejos de allí, se podían encontrar casi todos sus libros traducidos al francés. Menos suerte, en cambio, tiene en las librerías de España, donde hay menos traducciones y éstas son a veces difíciles de encontrar. Cosas de España, que diría Brás Cubas. Y, sin embargo, fue al español, en 1902, la primera traducción de una obra de Machado: Memorias póstumas de Brás Cubas.

Es notorio que Machado de Assis fue un viajero inmóvil, en los libros y a través de los relatos de los amigos, que no se movió de su Río de Janeiro natal, salvo en dos o tres ocasiones, para ir brevemente a las cercanas Nova Friburgo y Petrópolis.

¿Ver París después de morir? Los Campos Elíseos y el Monte Parnaso… Sobre todo cuando el autor ya es inmortal.

(Por partida doble, ya que en 1897 fue elegido primer presidente de la Academia Brasileira de Letras.)

Más en serio y sin mitologizar, conjeturemos que un viajero mental puede tener también sus razones sentimentales.

En julio de 1899 se imprimía en París la primera edición brasileña de Don Casmurro. aunque no vería la luz en Brasil hasta marzo de 1900.

Pero caigo en la cuenta de que he dejado al grave lector del Salón del Libro casi en el aire, a punto de venirse al suelo fulminado por la epilepsia.

Epilepsia no era palabra que gustase al epiléptico Machado.

No por eufemismo, sino por pudor. “El mal que me acompaña”, lo llamó, en una de las raras ocasiones en la que se refirió a su enfermedad.

En la primera edición de las Memorias póstumas, el difunto Brás Cubas ve a su antigua amante Virgilia contemplándolo de cuerpo presente, apenada, aunque Bras matiza, “no digo que se dejara rodar por el suelo, epiléptica”. A partir de la segunda edición, sustituye “epiléptica” por “convulsa”.

Convulso, pues, estaba el anciano caballero tirado en el suelo, rodeado de gente y de libros.

Que no se muerda la lengua…

Creí reconocer a la dama que le auxiliaba arrodillada en el suelo.

No era Carolina Augusta Xavier de Nováis, la fiel y maternal esposa portuguesa que le hizo feliz y lo animó en su carrera de funcionario y en sus tareas menos plácidas de escritor durante treinta y cinco años de matrimonio.

Era la bella lectora rubia que salía de un óleo titulado precisamente La mujer que sostiene un libro, del que Machado se prendara, en 1895, y que gracias a la generosidad de algunos amigos conservará desde entonces en su casa de Cosme Velho y en un curioso soneto circular.

En uno de los pasajes más extraordinarios de toda la obra de Machado de Assis, el capítulo de “El Delirio” de las Memorias póstumas, Brás Cubas sufre una serie de metamorfosis, más sorprendentes aún que las de Alicia en el país de las maravillas. En realidad Machado de Assis y su contemporáneo Lewis Carroll hubieran tenido mucho que decirse, aun tartamudeando, a propósito de delirios y de metamorfosis.

Los lentes de Machado le iban perfectamente a un colega ruso, 21 años más joven, Antón Chejov, que miraba el espectáculo del mundo —y de la locura humana— con parecida ironía. El alienista (1881) de Machado de Assis y La sala n° ó (1892) de Chejov son dos cuentos de manicomios en cierto modo complementarios que prefiguran a Kafka. En el sórdido hospital de provincias del cuento del doctor Chejov, un médico idealista que se interesa verdaderamente por los enfermos mentales de la sala n° 6, Andrei Efimich, será tenido por loco y encerrado con ellos. Un impresionable Lenin de 22 años, al acabar la lectura de La sala n° 6, fue presa de la angustia y no pudo permanecer un momento más en la habitación. Tuvo que salir porque —según sus propias palabras— : “Tenía la impresión de estar encerrado en la Sala n° 6…”. Fue lástima que Lenin no pudiera leer además El alienista-, le habría permitido entrever el universo concentracionario.

El alienista del cuento de Machado, el doctor Simáo Bacamarte, logra construir un manicomio en el pueblo de Itaguaí, la Casa Verde, que crece y se amplia desmesuradamente, hasta servir al fin de refugio y prisión al enajenado alienista, entregado “al estudio y cura de sí mismo”. El cuento de Machado de Assis viene de las sátiras de Swift y va hacia Borges. Por cierto, entre los reclusos variopintos de la Casa Verde, figura un Borges, “persona estimable”, se indica.

El mundo será la Casa Verde, aventuré, y lo razonable es regresar cuanto antes al Salón del Libro de París.

El espejeo de unos lentes antiguos quizá facilitó el espejismo, por un instante.

El lector que aún se agitaba en el suelo, convulso, había vuelto a ser joven y ningún parecido guardaba ya con el autor brasileño Machado de Assis, en el que yo había pensado de inmediato, echando a mariposear unas cuantas ideas e imágenes, sin prever aún, en ese Salón del Libro, qué rumbo tomarían unas digresiones tituladas “Aventuras póstumas de Machado de Assis “.

En el último capítulo de las Memorias póstumas, el de las negativas, Brás Cubas hace balance de su existencia, y después de una retahila de noes, “No alcancé la celebridad del emplasto, no fui ministro”, etc., acaba con este balance positivo: “No tuve hijos, no transmití a ninguna criatura el legado de nuestra miseria”.

Machado de Assis tampoco tuvo hijos de la carne; pero, en cambio, transmitió a una serie de escritores de diferentes países y nacionalidades su legado: la conciencia de nuestra tragicómica miseria humana. Ahí empiezan verdaderamente las aventuras póstumas de Machado de Assis. n

Julián Ríos Escritor. Entre sus libros. Solo a dos voces.

De la “querida” al mando a distancia

ESCRITOR EN SU TINTA

DE LA  ” QUERIDA ” AL MANDO A DISTANCIA

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Una persona que haya vivido cien años habrá tenido razón para sorprenderse. No sólo por el progreso material —ya en aquella célebre zarzuela, La verbena de la paloma, se dice: “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”—, sino aún más debido al cambio o, mejor dicho, revolución que se ha producido en las costumbres.

La primera y más evidente de las transformaciones del siglo que acaba de irse tiene lugar en la familia. La centuria anterior es patriarcal, aunque lleva en sí los gérmenes del cambio. En las familias “bien”, como se decía, las mujeres no trabajaban, las chicas no estudiaban. Fue por entonces cuando la universidad empezó a permitir que se matricularan las mujeres para cursar estudios. Las campesinas y las mujeres de los barrios llamados “populares” de las ciudades trabajaron siempre. Pero, además, una mujer tenía que luchar con la doble dificultad de su lucha profesional y la que se añadía por el hecho de ser mujer.

El padre tenía sobre la familia poder absoluto, aunque no pocas veces fuera la mujer la que le mandaba lo que él tenía que mandar. A los hijos se les daba una libertad vigilada; a las hijas, ni vigiladas siquiera. En décadas tan avanzadas como los cincuenta y sesenta, las hijas de familia tenían la obligación de estar en casa a las nueve de la noche, so pena de ser castigadas. El hermano tenía que vigilar a la hermana, y llamarle la atención, o pegarle si llegaba el caso, a cualquier aventado que se hubiera propasado con ella. Lo que, por supuesto, no era en absoluto obstáculo para que él se propasara con la hermana de otros.

Los hombres mandaban mucho, pero el gobierno de la casa era el reino de la mujer. El padre y los hijos hombres no participaban de los trabajos domésticos, como no fuera hacer un agujero en la pared para colgar un cuadro. Eran huéspedes de lujo. La madre, no el padre —ahora se turnan los dos en esto— era la encargada de ayudar a los niños a hacer los deberes. Ella los resondraba, si era necesario, y, si no obedecían, siempre le quedaba el recurso de amenazar con decírselo al padre. Se bromeaba mucho en base a un hecho sin duda real y bastante común. Un estudiante provinciano que telegrafiaba a su madre desde la capital: “Desaprobado en matemáticas. Prepara a papá”. La madre le contestaba: “Papá preparado. Prepárate tú”.

En las clases más acomodadas, era frecuente tener “querida”, una institución muy propia de las primeras décadas del siglo XX (la casa chica), sin consecuencia alguna. Hoy, muy pocas mujeres aceptarían esa situación. Le pedirían a su “querido” el divorcio o la separación de la mujer legítima. En la época, se contentaban con que les pasaran una pequeña mensualidad o les pusieran un negocito. Las esposas conocían las debilidades de sus maridos y las consentían. Mi abuelo me contaba una historia muy de la Lima de entonces, la que extrañaba tanto Chabuca Granda, maldecía más Sebastián Salazar Bondy, y que nunca he sabido muy bien si ya se fue del todo o no. La esposa de un muy querido y sumamente respetable amigo suyo (tanto que sospecho que era él mismo), descubrió que su marido tenía una querida. Se lo reprochó, pero él le dijo que no la tenía porque lo (y la) deseaba, sino porque no tener querida estaba muy mal visto entre las personas de su categoría, y que había buscado una para no ser menos que su competidor en el mundo de los negocios. La esposa se convenció, y cuando, una noche de estreno en el teatro Municipal, tuvo oportunidad de ver a la querida del competidor y a la del marido, le dijo a éste: “Pues, ¿sabes lo que te digo. Me gusta más la nuestra”.

En la sociedad patriarcal aún se estilaba que los caballeros se batieran a duelo, reliquia decimonónica, para dirimir las cuestiones de honor o incluso las diferencias políticas. A medida que avanzó la centuria, esta costumbre pasó a la historia, aunque no las causas que las motivaban, que hoy resuelve la justicia (?), sin que falten los que, tal vez añorantes de los duelos de otro tiempo, siguen tomándosela por su mano, cabeza y pie, o siguen el ejemplo de los vascos cuando se dicen entre ellos: “Yo no sé para qué discutimos tanto, José Mari, si esto lo podemos decidir a hostias”.

La cortesía de aquella época era mucho más ceremoniosa que la de hoy. Hace un siglo se besaba la mano de los padres y se les hablaba de usted. En general, dentro de la familia, el tuteo se ha terminado imponiendo. La costumbre de besar la mano a las damas es cosa del pasado, aunque de vez en cuando se ve un caballero “inactual” que lo hace. Ahora el beso se da en la cara y sirve de saludo, sustituyendo, casi, el apretón de manos.

El tiempo de los patriarcas ha ido pasando progresivamente. La autoridad familiar es ahora compartida. La estudiosa catalana María José Rague-Arias, describe así la cuestión femenina: “Las mujeres, en el siglo XX, hemos entrado a la normalidad estadística; el camino es todavía largo, pero quizás hayamos ya iniciado ese largo tramo que precede a una igualmente larga meta final que pueda llevarnos al deseable objetivo que es la igualdad de todos los diferentes y variados seres humanos de nuestro planeta. Sería una clara y visible huella del feminismo en el siglo XX”.

La mujer ya no necesita hablar por boca del hombre, como tantas veces sucedía, para hacerse escuchar. No es que no siga existiendo el machismo, pero empieza a ser residual. Según las últimas estadísticas, el único mando que el hombre conserva —y esto no es del todo seguro— es el del televisor, también llamado mando a distancia,   n

Alfredo Bryce Echenique Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

Por qué ir al cine solo

Al cine hay que ir solo y no bien o mal acompañado, como se expone en este artículo que concede ocho buenas razones. La compañía se disfruta mejor, y podríamos comprobarlo, en otras actividades.

“¿Estás  loco?”. “Pero ¿por qué vas solo?”. “La próxima vez avísame y yo voy contigo”. “¡Qué deprimente!”. “¿Para eso te casaste conmigo?”. “¿No tienes amigos o qué?”. “La verdad, eres un poco raro”. Todas estas son réplicas típicas a una persona que confiesa que ha ido al cine solo. A estos pronunciamientos los acompañan miradas de lástima, palmaditas en la espalda y, en general, muestras de solidaridad. Ante esta realidad el “confesado solitario” tiende a retraerse y no dar respuesta a los pronunciamientos de afecto y preocupación. Incluso, en ocasiones, miente: “es que me dejaron plantado; iba a venir con Perico López y siempre no pudo”; “se enfermó doña Chole, la nana de mi novia”. Cualquier explicación es mejor que aceptar la soledad voluntaria en el cine. Sin embargo, los que han ido al cine solos y lo han disfrutado saben muy bien que existen buenas razones para seguirlo haciendo. Es tiempo ya de dar respuestas firmes y contundentes ante la “tiranía de la opinión pública” que condena este hecho como de una excentricidad melancólica y rara.

Si uno está dispuesto a ir al cine únicamente acompañado, corre el riesgo de perderse algunas películas y, en el extremo, de nunca asistir. Invariablemente uno se encuentra un individuo que no vio la gran película de la temporada porque no encontró con quién ir al cine. El personaje en cuestión se siente excluido de las conversaciones sobre la mirada lejana y poderosa del gladiador, los tatuajes sugerentes de B. Monkey o las historias tan terriblemente urbanas del Distrito Federal en la última película mexicana de mayor pedigrí. Sin embargo, es mejor sentirse excluido de la conversación que “dar el brazo a torcer” e ir al cine solo. Lo paradójico es que esta persona está condenada a ver, probablemente sola, las películas en video, lo cual, se sabe, no es ni remotamente un sustituto de la pantalla grande.

cine-solo

Ir solo al cine permite el escape fácil. Es decir, en cualquier momento del día, a la hora de la comida, por ejemplo, o después de la interminable junta con un contador de apellido Pontones, tiene uno la inaplazable urgencia de, como decía el eslogan de una cadena de cines norteamericanos, “sentarse, relajarse y disfrutar del espectáculo”. En cambio, si uno no puede ir al cine más que acompañado, empieza la búsqueda desgastante por encontrar a un cómplice. El primero no puede ir sino hasta el próximo 2 de octubre, después de las ocho de la noche. El segundo ya le había prometido a su novia Cuca que verían esa película juntos. El tercero es muy responsable y tiene que entregar los datos para una junta, al parecer, de importancia máxima para la seguridad nacional. En fin, todo esto lleva a la primera ley del grupo cinéfilo: a diferencia de las fugas de un campo de prisioneros de la Segunda Guerra Mundial, “en bola’no hay escape al cine”.

No hay duda de que la mejor película es la que uno quiere ver por lo que, en el cine, la satisfacción llega con la soledad. Cuando, en contraparte, se va al cine acompañado hay que negociar y consensuar la selección con resultados, en la mayoría de los casos, perversos. Al ir un grupo de amigos al cine, surge la pregunta obligada de “¿qué vamos a ver?”. Sin embargo, a esta pregunta se le contesta con otra: “¿cuál no hemos visto?”. Este segundo cuestionamiento es el origen de la perversión. ¿Por qué? Porque la película que nadie ha visto es precisamente la que nadie ha querido ver por ser malísima. No obstante, es preferible ver este “churro” todos juntos que cada uno, por su lado, ver una película estupenda. El argumento subyacente es que el objetivo de ir al cine no es ver una película buena sino estar, en la oscuridad y en silencio, juntos. Todo esto lleva a la segunda ley del grupo cinéfilo: “a mayor número de personas en el grupo, mayor la necesidad de consenso y, por tanto, mayoría probabilidad de una mala selección”. En este sentido, aun en el ambiente festivo demócrata que hoy priva en el país, hay que aceptar que, para escoger películas, la democracia simple y sencillamente no funciona. Por el contrario, cuando uno va solo, la decisión es totalitaria y uno ve lo que se le viene en gana y punto.

Más aún, hay un segundo elemento en la selección colectiva con resultados potencialmente perversos. Se deriva de la tercera ley del grupo cinéfilo: “a mayor número de personas en el grupo, mayor la probabilidad de la existencia de un individuo con un gusto pésimo (v. gr. el que adora a Van Damme’) quien, utilizando la toma de decisión democrática, puede llegar a convencer al grupo de ver un espectáculo atroz” (utilizando comparaciones falaces como que “Van Damme es lo mismo, o mejor, que Bruce Willis”, lo cual, huelga decirlo, es una gran aberración).

Incluso hay otro elemento perverso en la decisión colectiva. Se trata de la locación del cine. Esto se debe a la cuarta ley: “a mayor el número de personas, mayor la probabilidad de tener que ir al cine más cercano o al cine que le gusta al grupo, sea cual sea la película o películas que allí se ofrecen”. No falta el de Santa Fe que no quiere ir a Altavista o el del Estadio Azteca que prefiere el nuevo centro comercial en periférico sur. Nadie, nunca, quiere ir al cine Plaza. En esta época de centros comerciales, nadie sabe, ni quiere saber, en dónde queda el cine Plaza. En cambio, una persona sola selecciona la película que quiere ver y está dispuesto a cruzar la ciudad entera para disfrutarla. Para bien de la comunidad hoy existen múltiples cines con asientos cómodos, sonido de calidad, copias no rayadas de las películas y con buenas pantallas. Atrás quedaron los tiempos en que sólo había tres cines buenos.

También existen una serie de razones que justifican más la soledad que el acompañamiento y que tienen que ver con la logística misma de asistir al evento. Para empezar, hay una quinta ley del grupo cinéfilo: “a mayor número de individuos en el grupo, menoría probabilidad de encontrar boletos para la película deseada en los horarios más atractivos”. Es claro que, cuando se va solo al cine, siempre se consigue un boleto. En una encuesta realizada a cinéfilos solitarios se comprobó que nadie se ha quedado sin entrar a la película y horarios seleccionados. A la hora de la hora, el muchachito vendedor de boletos con gafete de bienvenida y que anuncia su nombre sin apellido “se apiada” y encuentra, misteriosamente, un boleto en la computadora. En sus adentros, este joven adolescente piensa que el “pobre diablo” merece un boleto por ir al cine “solito”. De hecho, esta evidencia demuestra que dentro de las computadoras vendedoras de boletos de cine hay reservadas ciertas entradas para los cinéfilos solitarios. De ahí que nunca se quede uno sin entrar a la función cuando va solo al cine.

Otra ventaja es que uno siempre encuentra un lugar justo donde se quiere sentar. Esto deriva de la sexta ley del grupo cinéfilo: “a mayor número de personas en el grupo, peor el lugar”. La gente no sólo está dispuesta a ver la película mala que nadie ha visto, sino que está empecinada en verla desde el único lugar en donde hay cinco asientos juntos, es decir, en la parte izquierda de la primera fila. Pero eso sí, todos se desnucan juntos. Ahora, en el caso de que el cine esté vacío, debido, evidentemente, a que la película es mala, viene la segunda negociación democrática: “¿en dónde nos sentamos?”. Al margen de que a algunos les gusta adelante, a otros en medio y a otros atrás, eventualmente hay argumentos apabullantes y tramposos: “es que se me olvidaron los lentes y no voy a ver nada”. ¡Ajá, como este individuo cegatón no trajo sus gafas, entonces todo el grupo debe terminar con tortícolis, pero eso sí, todos!. En cambio, cuando uno va solo, lleno o vacío el cine, uno siempre se sienta donde más le acomoda: donde mejor ve, donde puede estirar la pierna, lejos del niño llorón o cerca de la pareja cachonda, según las preferencias de cada uno.

Hay una séptima ley del grupo cinéfilo: “a mayor el número de personas, mayor la probabilidad de interrupciones y distracciones”. Es decir, la gente quiere compartir los chismes y las golosinas con sus compañeros y los despistados que se les explique constantemente lo que está pasando. Incluso el “dormilón” comparte sus ronquidos. Todo se vuelve parte de la dinámica del grupo que no permite la intimidad necesaria del espectador con la película.

Es difícil “meterse” a la historia si las palomitas van y vienen, si se oye el cuchicheo de la última aventura sexual de la prima Paty o si hay que contestar la pregunta ensayo de por qué el malo es tan malo. Uno disfruta más la experiencia de la pantalla grande cuando se “sumerge” en ella. Por eso se apaga la luz, se olvida uno de que es martes, que viene de la oficina y que va directo a la cena de micro-ondas de la casa. Se olvida para pasar un buen rato con Meg, Tom, Cameron o Harrison y no con Pancho, la “güera”, el “pollo” (siempre hay un “pollo”) o la mismísima prima Paty.

Pero la posible intromisión no sólo se da durante la película. De hecho, la más frecuente es después de ésta. Mientras uno va saliendo del cine, lentamente y con pasos de “gallo-gallina”, la gente tiene la absoluta obligación de comenzar a opinar, a hacerse oír, a decir algo gracioso, descalifica- torio o. peor aún, algo “inteligente” sobre la película, la trama de la película, los personajes o la fotografía. Que si la película es malísima pero tiene un “mensaje profundo”. Que si al galán se le veían chuecos los dientes. Que si al Chivo ya lo habían nominado al Oscar y es el primo de Sandra. ;Ah, la soledad bendita que permite salir a toda velocidad o esperarse hasta el final para ahorrarse los dolorosos comentarios! En contraste, al ir acompañado uno tiene que escucharlos, replicarlos y poner una buena cara en todo este proceso. En suma, aplica la octava ley: “a mayor el número de personas. mayor la probabilidad de tener que escuchar necedades al final de la película’.

Cabe destacar un asunto relevante. Las razones para ir al cine solitariamente aplican al contexto actual. En el pasado, no tan lejano, el cine, como la plaza, era un lugar de reunión comunitaria. Quizá la película que mejor captura esta época es Cinema Paradiso. La gente del pintoresco pueblecito siciliano se reunía en el cine para platicar, jugar, “ligar” o incluso supervisar las buenas maneras de la grey. Era parte de la vida comunitaria del pueblo. Sin embargo, este mundo —para bien o para mal— ya no existe y, hoy por hoy, se va al cine a disfrutar del maravilloso espectáculo que es el cine en sí.

En suma, en la actual época posmoderna hay una gran serie de actividades que vale la pena hacerse acompañado: una buena cena, una “cascarita”, una emocionante noche de póquer, tomarse un saludable vinito o criticar al gobierno en turno. Sin embargo, cuando se trata de ir al cine, más vale solo que bien o mal acompañado, n

 

Javier Tello Díaz y Leo Zuckermann Han colaborado en nexos anteriores.

1 Para un argumento de por qué no ir a una película de este actor, vale la pena visitar su altar cibernético en www.shef.ac.uk/uni/union/susoc/cass/homes/pm/ pm933303/vandamme.html.

Sin velocidad de crucero

BARÓMETRO

SIN VELOCIDAD DE CRUCERO

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

En el presente continuo, que diría Norbert Lechner, no hay nunca fecha para el balance, los saldos, el recuento de lo hecho. Mucho menos para revisar y calificar el sentido y el ritmo de lo andado. Sólo hay ilusión en un futuro que, ineluctable, llegará y una condición obligada para el diálogo: que no hay vuelta atrás y que, como alguna vez dijo Deng Tsiao Ping, “lo pasado, pisado”.

En la economía política, sin embargo, no hay peor consejera que la amnesia, más aún si ésta es una actitud conscientemente adoptada. Entonces, de lo que se trata es de una manipulación política por la peor de las vías, la de la conciencia y la sensibilidad sociales.

Algo hay de esto en la Dinamarca de nuestro fin de siglo y ciclo. La reflexión sobre el trayecto económico adoptado, por ejemplo, sobre sus costos y las opciones que se tenían enfrente, es sistemáticamente dejada de lado, apabullada en un inicio por la emergencia y, ahora, por una celebración sobre lo logrado que bien puede mostrarse efímera en poco tiempo. E igual ocurre con nuestra flamante democracia. Toda pregunta sobre el sistema que la sostiene, sobre los actores que le dan vida y aliento, sale sobrando ante los votos que contaron y se contaron el 2 de julio. Del gobierno de las cosas, que otro se haga cargo.

No es ésta una aportación doméstica a la cultura de la globalización. sino más bien una importación apresurada de las modas y los modos que ha impuesto la política estadunidense al discurrir internacional, sobre todo cuando lo que está en juego es la evaluación más o menos de fondo de las estrategias maestras del cambio estructural buscado y, en nuestro caso, conseguido apenas a medias. No se trata sólo de economía: ahí está Kosovo o la Guerra del Golfo para hablarnos de los usos no de la historia, sino del olvido.

El problema para nosotros es que en aquel lado del hemisferio lo mucho acumulado en capital fijo y humano, junto con la densa red institucional creada a lo largo de la historia y en especial en la Era de Roosevelt, permiten esta suerte de desprecio de la historia de que hacen gala los políticos y los financieros del nuevo imperio global, entre otras cosas porque siempre hay quienes se encargan de recordar lo ocurrido y tratan de darle a ese registro un sentido estratégico, de política y políticas.

Nada o poco de eso se hace hoy entre nosotros. A pesar del vuelco formidable que ha tenido lugar en la estructura económica, así como en la política, con la derrota y el probable desplome del PRI, la idea de que el presente será futuro sin mayor trámite va de la mano con el mito de que el país podrá crecer indefinidamente sin dosis significativas de inversión y gasto públicos en infraestructura y capital humano, ingeniería institucional y expansión cultural e intelectual.

Sabemos o intuimos que se trata de un mito, pero hay que admitir que se está frente a un mito poderoso, estrechamente vinculado a la magia del presente perpetuo, que es también la del mercado perfecto, y que ha desembocado en mil y una posposiciones de temas fundamentales: la organización del trabajo público, la recuperación de la capacidad estatal de hacer sus estudios y visiones de futuro, la capacitación de sus cuadros y, desde luego, la reforma del fisco. La guerrilla burocrática de las semanas pasadas, junto con la ingeniosa solución encontrada por los abogados de la Secretaría de Hacienda, dan cuenta puntual, no sólo anecdótica, del tamaño a que puede llegar esta práctica estatal de poner bajo la alfombra polvo y desechos, pero también enigmas y dilemas que nadie puede afrontar sino el propio Estado.

El cuento es largo, pero aquí puede dejársele. Viene al caso, porque tendremos presidente constitucional el día primero, cuando Nexos de diciembre vea la calle, y se antoja reclamar que del presidente para abajo, de las Cámaras a los lados y a todo lo largo del cuerpo político nacional, se inicie en México un ejercicio que la urgencia o la penuria, el entusiasmo o la angustia, han impedido hacer en todos estos duros lustros de cambio fulgurante de estructuras y relaciones de poder, cultura y estilos de vida, moda y lujuria (pace Gil Gamés).

El presidente Fox quizá no presente el día primero su Plan Nacional de Desarrollo, como lo ofreció, porque tiempo legal le queda para hacerlo y porque, así se vea esto como un mero formalismo en la nueva época, la ley manda que la planeación mexicana sea participativa y de esto no ha habido todavía ni simulacro, como antaño. Expondrá, sí, sus ideas sobre el gobierno que piensa hacer y reiterará objetivos, quizá más meditados que antes, tanto en el perfil de la administración pública como en el del desarrollo económico y social que busca. Lo que faltará, porque no depende exclusivamente de él, ni de sus asesores y acompañantes, es esa reflexión ambiciosa sobre lo que el país ha hecho en estos complicados tiempos que llevaron al fin del sistema político postrevolucionario, de la economía protegida y subsidiada, de las relaciones mil que dieron cuerpo a una sociedad vinculada corporativamente y gobernada de forma autoritaria pero no dictatorial.

Todo esto constituye la agenda obligada de partidos y Congreso, de intelectuales y academias, de empresarios o sindicalistas, si les quedan tiempo y ganas, no para volver a México una clase permanente de historia patria, sino para montar la mesa donde el proyecto nacional del nuevo siglo ha de tejerse y acordarse. Confiar esta tarea a un mercado virtual o a un sistema político que todavía se piensa a sí mismo como un casino o un palenque puede resultar tan destructivo o más que esperar de las alturas, de Dios o del Presidente, la buena ventura. El que uno sea ahora el copiloto del otro no nos llevará a una buena velocidad de crucero.

Los libros sobre la mesa

A mitad de su lectura, recomiendo con entusiasmo el enorme tour de forcé de John Gray sobre la globalización y las utopías del mercado libre mundial. Partiendo de Polanyi y su Gran transformación, Gray ilumina magistralmente el actual vuelco del mundo, sus mitos y supercherías, pero también los caminos y proyectos que en efecto quedaron atrás, como consecuencia de lo ocurrido y por ocurrir. False Dawn (The New Press, N. Y. 1998) es un texto de lectura obligada en este tiempo donde, entre nosotros, el cambio hacia donde sea sigue siendo la divisa dominante.

La CEPAL y el Fondo de Cultura Económica presentaron el 6 y el 7 de noviembre, en las instalaciones del segundo, una colección de trabajos destinada a evaluar el impacto de las reformas económicas en América Latina y el Caribe. Los trabajos, apoyados por el gobierno de los Países Bajos, fueron coordinados por la economista Bárbara Stallings, estudian nueve países, entre ellos México, y en sendos volúmenes se examinan también la inversión, la productividad y la tecnología, el empleo y la distribución del ingreso en la región. La colección ofrece también una excelente síntesis debida a la coordinadora general del proyecto y a Wilson Peres, también experto de la CEPAL. En total, 14 libros que constituyen una formidable plataforma para un debate y una reflexión que, para decir lo menos, ha escaseado en estos años de apuros, penurias, ajustes e ilusiones en la magia del cambio sin adjetivos. El libro sobre México. coordinado y coescrito por Fernando Clavijo, dará mucho de qué hablar y discutir. Sin tapujos, pero con notable rigor, Clavijo y colaboradores pasan revista cuidadosa a lo ocurrido en los principales renglones de la reforma, así como en sus expresiones en la vida social, el empleo, las regiones, la política social y la distribución del ingreso. No es libro de quejas o lamentos, ni de apocalipsis a la orden, pero tampoco de complacencias y actos de fe. n

San Pedro Mártir, 6 de noviembre de 2000.

Rolando Cordera Campos Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

Las dos orillas, el otro continente

LAS DOS ORILLAS, EL OTRO CONTINENTE

En este número damos una orgullosa y entusiasta bienvenida al Comité Editorial Internacional cuyos miembros serán tanto colaboradores como surtidores activos de materiales y proyectos para Nexos. Sus nombres son obras que contienen otras obras, y dicen también por una rotación de mundos que convocan a otros mundos Bienvenidos sean a Nexos, y en orden alfabético, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo. Rubem Fonseca. Claudio Magris. Tomás Eloy Martínez. Nélida Piñón. Julián Ríos. Rüdiger Safranski, Guy Scarpeta. Susan Sontag. Saludamos en ellos a un grupo sin fronteras culturales, en fuga hacia el pasado y con una red al futuro. Pocos como ellos llevan años expresando esta certeza que ahora llamamos global: casi nunca somos del país en que nacemos. Las tradiciones son intolerables cerradas en sí mismas, nuestro tiempo es insuficiente y las patrias irrenunciables son únicamente las patrias de los textos que hacemos nuestros. Todos los miembros de nuestro comité han contribuido a la mejor de las herencias que ha podido ofrecer el siglo XX. Esta herencia no es política, ni económica, ni social; al contrario. Esta herencia es absolutamente cultural y habla no sólo por nuestro acceso a la plenitud sino, incluso, por nuestra sobrevivencia: por fortuna, ninguna sangre es limpia. La impureza cultural es lo mejor que le ha ocurrido a este siglo; nuestra identidad, nuestra libertad, está en la mezcla, y los miembros de nuestro comité son claros combatientes de ese legado.

Como muchas otras cosas, debemos a Carlos Fuentes poner este comité bajo la advocación de Las dos orillas. Xo sólo se refiere a Europa y América, a un intercambio transatlántico sino a una aventura transcultural y cuyos participantes hacen llegar a la mesa la afluencia de los otros continentes. O mejor: entre las dos orillas declaramos formalmente instalado el otro continente, el de la invención y la identidad estrictamente literarias, el continente imaginario de los cruces y los nexos culturales; el continente de todos, el continente perdido y recobrado, y perdido y otra vez recobrable para el tiempo que empieza. En fin y en efecto un otro continente, una Atlántida literaria y cultural ya muy parecida a la que previo Séneca en su Medea. a la hora en que se alzan nuevas ciudades con la destrucción de sus viejos muros, los hombres de la India vagan por las costas del mar Caspio, el rostro de Persia sale al encuentro de los cielos occidentales, y alrededor del mundo no hay ya “tierra lejana”.

Vemos esta aventura de Nexos como un viaje a la Atlántida del texto. Le falta un emblema. Propongamos uno. Para empezar, como ha dicho el mismo Carlos Fuentes, todos somos hijos de don Quijote. Y. añadiríamos, don Quijote es también el hijo del futuro. Y como el futuro es un sueño, se me ocurre para este otro continente, enmedio de un Atlántico imaginario, traer un sueño, una alucinación dirigida del poeta inglés William Wordsworth en el libro quinto de The Prelude, ahí el poeta vio con claridad cómo, por ejemplo y en efecto, don Quijote va montado en un camello.

 Luis Miguel Aguilar

El abuelo del siglo

PUERTO LIBRE

EL ABUELO DEL SIGLO

POR ANGELES MASTRETTA

Ahora  sí se nos está acabando el siglo XX. Nunca pensé que pensarlo podría dar tanta tristeza. Mi abuelo mexicano tenía siete años cuando empezó el 1900. Murió a los ochenta y cuatro, con la misma paz y la misma alcurnia con que supo conducirse a lo largo del siglo. Le había tocado ver cambiar el mundo con tal rapidez que una parte de su vida y sus emociones dependía del gozo que daban a sus ojos los descubrimientos sucediéndose como milagros. Al principio del siglo, los científicos creían que todo lo que podía saberse de física se sabía ya. Sin embargo, en el intento por descifrar una de las escasas y pequeñas incógnitas que le quedaban a tal ciencia, surgió la teoría de la relatividad y el genio de Einstein como una luz de bengala. A mi abuelo lo deslumbraba el siglo XX. Tenía razones. Cuando él era niño no había en Puebla sino carros jalados por caballos y medicina de analgésicos lentos. Para mi abuelo las aspirinas y los automóviles, ya no se digan los aviones, la televisión y los tocadiscos de alta fidelidad, eran un lujo que gozaba en lugar de un asunto del demonio, como lo vieron por la época tantos otros viejos. Quizá por eso. el siglo pasó por él manteniendo su espíritu inquieto y su confianza en los humanos tan brillantes como en su primera juventud. No tenía miedo: ni a los cambios, ni al elocuente futuro, ni al soberbio pasado. Con su misma pasión por los descubrimientos, la imaginería de los seres humanos, la precisa elocuencia de las palabras, quisiera yo envejecer como quien se hace joven.

Cuando apareció la primera máquina de escribir eléctrica, mi abuelo fue a comprarla como si se hubiera propuesto ser novelista. Y cuando supo que habían llegado al mercado las televisiones a color, fue por una y el domingo se bebió la corrida de toros, luminosa y vehemente, como debió estarse viendo en la barrera de la Plaza México, ese diciembre. Nunca se preguntó si había congruencia entre su arrebato por los hallazgos de la modernidad y su entrega a la ancestral locura de matar toros entre aplausos. Aún ahora, cuando pienso en Islero, el toro que acribilló a Manolete, me estremezco con el fervor de mi abuelo y no sé cómo deshacerme de la propensión a celebrar los delirios de la fiesta brava que me heredó su eterna idolatría por los toreros. Muchas veces, cuando le pido a la computadora que me dé entrada al internet y sin más abro unas cartas entrañables, imagino el gozo que tal milagro hubiera provocado en mi abuelo, y en su nombre le hago una reverencia al mundo cibernético en que llegué a los cincuenta.

Cuando mi abuelo cumplió dieciséis años, su papá, que era otro ávido del mundanal ruido, tuvo a bien mandarlo a Chicago a estudiar para dentista. Ahí lavó trastes y ventanas, mientras entendía inglés y lo aceptaban en la universidad. Luego aprendió lo que los últimos adelantos de la medicina les enseñaban a los dentistas y siete años más tarde regresó a ganarse la vida recorriendo la sierra de Puebla en busca de la no muy difícil clientela que vivía encaramada entre cerros y nubes, lejos de cualquier adelanto, más aún de las manos prodigiosas y los delicados utensilios de un dentista que, por primera vez, no era también un peluquero. Un dentista que usaba guantes y los domingos practicaba el salto de garrocha en el mismísimo parque de Teziutlán por el que solía pasearse la joven de bordado sutil y francés aprendido en el colegio del Sagrado Corazón que cayó presa de sus perfúmenes y su extravagancia, la primera tarde en que se cruzó con sus ojos.

Mi abuela tenía la mirada azul aguamarina, la nariz con la punta hacia arriba y el dedo meñique entrenado para sobresalir. Quizá fue la única debilidad por lo antiguo que estremeció a mi abuelo durante toda su vida. Esa especie de alhaja del XIX que decía a Amado Nervo ruborizándose. Memoriosa y beligerante, se casó con el dentista a pesar de las contrariedades que provocó en su madre y la desazón que puso en su padre. A ninguna de sus hermanas le fue mejor que a ella. “¿Quién hubiera podido dar con un hombre más guapo?”, se preguntaba desde su silla de ruedas, el día en que cumplieron cincuenta años de casados. Le tenía devoción. Y sólo quiso amenazarlo con abandono un día en que él, inmerso como siempre en las buenaventuras del futuro, aceptó, como pago de una deuda, la verde franja frente al mar de unos terrenos en la entonces inhabitable bahía de Acapulco.

“Si no cobras en dinero, me voy con tus cinco hijos”, dijo la abuela. “Y en vez de dejarla ir con su ignorancia a cuestas, perdí el negocio del siglo”, le contaba el abuelo a la niña estupefacta que era yo a los siete años. Caminábamos por la Dos Norte en busca de una tienda en la que comprar el mercurio con el que él hacía las amalgamas, tras regalarme una pequeña esfera de espejo que uno podía romper en decenas de pequeñísimas esferas y volver a reunir y volver a romper, en un juego sin tregua, ni tedio.

El abuelo no creía en Dios y por lo mismo tampoco lo intimidaba el diablo. Sin embargo, no hacía proselitismo para contagiarnos su falta de fe y dejó a su señora esposa disponer en el ánimo y las creencias de toda la familia. De ahí que todos fuéramos católicos y dedicáramos parte de las misas a rogar que el Espíritu Santo bajara sobre su desorientado corazón. Siempre pensé que debía tener motivos para dejarnos creer en la Divina Providencia, de cuyo cauce él vivía desprendido. Y cuando poco después de su muerte, a mí me abandonó la dulce fe en que me crecieron, y supe para siempre de la congoja que es vivir sin el diario sustento de la protección divina, entendí que sólo había caridad y resguardo en sus silencios y su juego: “¿De dónde sacan ustedes que es más respetuoso comulgar en ayunas y después aplastar al cuerpo de Cristo con el chocolate y los tamales, en vez de comer bien primero y luego comulgar como quien le pone la cereza al pastel o acuesta al niño en una cuna blanda?”.

“No oigas las irreverencias de tu Tito”, pedía mi abuela. “Sergio, eres un insensato”, le decía.

“Nunca he pretendido otra cosa”, contestaba el abuelo como quien encuentra un elogio.

Era un sueño ese abuelo. Nos sentaba alrededor de la mesa del desayuno y hacía concursos de todo. Ninguno tan frecuente como el que premiaba a quien consiguiera batir por más tiempo la mezcla de azúcar y café soluble que iba volviéndose blanca entre más durara la paciencia de quien la movía.

“La paciencia es un arte. Apréndanla que premia siempre”.

Y había que tener paciencia para esperarlo toda la jornada en el consultorio, con tal de oír por la noche, camino de su casa, un cuento del “Caballito alas de oro”.

El día en que vimos llegar el primer hombre a la impávida luna, lo pasamos oyendo el recuerdo de sus viajes en tren, en carretela, en barco, en autos a los que había que darles cuerda y aviones que parecían de papel Luego, frente a la televisión, su silencio reverencial fue de tal modo elocuente que nadie se atrevió a interrumpirlo.

“Hemos pisado la luna, que era sólo para soñarla. iQué maravilla!”, celebró. Después fue hasta el jardín en busca de una caja con hormigas caminando sobre la arena que había traído del campo esa mañana.

“Habría que dejarlas pasearse por un pedazo de queso, y preguntarles qué sienten”.

Siempre fue un atleta y hasta el final conservó los brazos fuertes y los hombros erguidos. Tenía un andar fácil y una curiosidad sin rivales. Nadie como él para oír penas de amores y convertirlas en olvido. El recuerdo de sus abrazos largos aún me alegra en mitad de una tarde, muchos años después de haberlo visto cabalgar entre palmeras, seguro de que no tenía ochenta años, mientras se empeñaba en hacerme entender que lo importante es la llama, no el bien amado.

“La gente siempre irá y vendrá como le parezca. Tú quédate contigo. En paz y sin agravios. Verás que viene mejor de lo que se va”.

Nos vio crecer como quien nos veía irnos. Sin alterarse ni exigir más presencia de la que íbamos dándole.

“Son como veleros, los nietos. Nada más les pega el aire y desaparecen”.

Volvíamos a conversar en el cuarto azul que mi abuela convirtió en su recinto y al que el abuelo entraba y salía incapaz de quedarse quieto mucho tiempo.

“Juéguenle una canasta a su Mané mientras voy a hacer unos negocitos”, pedía liberándose del ajedrez. Mi abuela llevaba veinte años paralítica y no recuerdo haberle oído una queja. Pero su valor será recuento de otro día. Hoy trato del abuelo y he de decir que tampoco me acuerdo de haberle oído una queja. Lo cual resulta otro prodigio, si uno piensa que la mayoría de los hombres se ponen de muerte cuando a su mujer le da gripa.

Acostumbrados a desgranar nuestras obsesiones en presencia del abuelo que no entendía de juicios    y prejuicios, quién sabe cómo, durante aquella célebre canasta, sembramos en Mané, como desde niña se llamó a sí misma nuestra abuela, una duda ineludible.

“Sergio”, le preguntó al verlo entrar. “¿Qué es un orgasmo?”.

“María Luisa querida, ¿no te lo dijeron las monjas? El orgasmo es un órgano alemán que tocaban los protestantes”.

“Mmn”, dijo la abuela. “Canasta de sietes”. Y el juego siguió como si nada.

“¿Ustedes por qué le andan hablando de tecnicismos a Mané?”, preguntó el abuelo. “Que no sepa el nombre del órgano no quiere decir que no lo haya tocado bien. Estén tranquilas”.

“Nunca he tocado el órgano. No las engañes”, dijo Mané.

“No las engaño, María Luisa. Ten por seguro que las desengaño. Creen que son las primeras en vivir. Y no. O quizá sí. Pensándolo bien, uno siempre es el primero en vivir. No estoy yo para decirlo, pero me siento el primer hombre que llega a viejo y padece nostalgia. Entre otras cosas, del órgano alemán. Así que a encontrarlo niñas, que hay menos tiempo y menos vida de lo que piensan”.

Cuánta razón tenía, me digo ahora que ando siempre litigando con los minutos, pidiéndole a la noche que no me toque el sueño, buscando como quien borda estar en paz conmigo, con el año 2000, con mis amores. Y cuánta suerte tuve yo de verlo tantos años, preso en la vida como en un enigma espléndido, dispuesto siempre al gozo de estar vivo por encima de cualquier contrariedad, cualquier milagro, cualquier abismo, cualquier luna, n

Angeles Mastretta Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

Bit or not to bit

BIT OR NOT TO BIT

POR GABRIEL GRINBERG

Hace  más o menos treinta años me tocó disfrutar de una rara situación. Por algún motivo todos los teléfonos de mi barrio quedaron interconectados y no se podían hacer llamadas hacia números de otra central. Cuando levantaba el auricular entraba en una conversación colectiva, donde lo más divertido era desconocer al otro. Ahora que comienzo a recordar, me doy cuenta de que ésta es la primera crónica de una experiencia en red y, también, el primer chat con voz en el mundo.

Coincidió con los meses de vacaciones escolares en los que todos teníamos tiempo; se crearon nuevos vínculos, amistades y nacieron amores que de otra manera no se hubiesen gestado. También se disolvieron las barreras geográficas ya que en el barrio estaban los que vivían de uno y otro lado de las vías del ferrocarril. Pero la compañía de teléfonos arregló el cortocircuito en sus equipos, y el juego concluyó. Como no era la época de las nuevas tecnologías de información, sino todo lo contrario —por la escasez de líneas telefónicas—, la diversión no tenía muchas posibilidades. A nadie se le ocurrió entonces pensar en una plataforma comercial a partir de esa red telefónica, abierta las 24 horas, para con sólo levantar el auricular generar un mercado de productos y servicios. Este fue un accidente que, sin reunir las condiciones históricas y tecnológicas, nació destinado a perecer.

Eso sucedió hace treinta años. Hoy se llama economía interconectada, y desencadenó una serie de oportunidades a una escala nunca vista y generadora de transformaciones culturales. Esta nueva cultura económica global se caracteriza por la descentralización de la propiedad y del patrimonio, por la agrupación del conocimiento que sustituye a la del capital, por un énfasis en una sociedad abierta y. lo más importante, por un aumento de la confianza en los valores económicos como base para la toma de decisiones.

Si bien la sociedad no es quien determina la tecnología, puede sofocar su desarrollo, especialmente cuando interviene el Estado. También puede ocurrir lo contrario: a partir de una iniciativa gubernamental puede comenzar un proceso de modernización tecnológico que cambie el futuro económico.

Existen varios antecedentes históricos. En el siglo XIV. China estuvo a punto de producir la primera revolución industrial. Existían las condiciones tecnológicas. Sin embargo. las dinastías .Ming y Qing ahogaron ese proceso. Otro caso fue el de Japón: llegó a tener modernas embarcaciones de hasta 700 toneladas para el transporte marítimo pero en 1635 la construcción de barcos de más de 50 toneladas se prohibió y todos los puertos, con excepción de Xagasaki. fueron cerrados a los extranjeros. En 1873 se creó el primer departamento independiente de ingeniería eléctrica en la Universidad Imperial de Ingeniería de Tokio de donde surgieron los talentos que fundaron las empresas Toshiba y NEC.

Cada vez se habla más de la nueva economía. ¿Pero cuál es el impacto que tiene en los sectores productivos y en los países? Un cambio en el rol del poder económico presupone que pudo crear nuevos procesos y nuevos productos como consecuencia de una hazaña tecnológica. El despegue de la industria japonesa entre los sesenta y los ochenta se explica por la aplicación del know how gerencial que permitió bajar costos y conseguir precios competitivos en la industria electrónica.

En los noventa. Estados Unidos inició una etapa de crecimiento explicada por la introducción de las nuevas tecnologías de información. Según el Federal Reserve Board el aporte de las nuevas tecnologías de la información permitió el crecimiento del PIB del 1.1 al 4.9% entre 1996 y 1999. En contraste, durante el mismo periodo Japón y las principales economías europeas mostraron tasas de crecimiento más modestas.

La tasa de productividad de la economía estadunidense también modificó su tendencia. Entre 1973 y 1995 se mantuvo en un promedio de 1.4%; después de 1995 subió al 2.9% y el último dato del 2000 la ubica en el 5.4 por ciento.

El comportamiento de la economía de Estados Unidos respecto a la de Japón y Europa es que las nuevas tecnologías de la información se absorben de manera distinta en países donde los mercados laborales son flexibles y en aquellos donde hay regulaciones. Un dato que ayuda a sostener esta afirmación es el comportamiento del mercado laboral americano. Mientras Estados Unidos logró la tasa de desocupación más baja de las últimas décadas, las economías europeas aún siguen buscando instrumentos para generar más empleo      n

Un mal cálculo

En la mayoría de los chips estadunidenses las líneas están separadas entre sí por 1/10 de pulgada que equivale a aproximadamente a 0.25-mm. El Ministerio de Electrónica de la exURSS. encargado de copiar los chips estadunidenses, ordenó redondear esa medida de espaciado métrico a 0.25 mm. De este modo los chips soviéticos parecían iguales a sus equivalentes estadunidenses pero no encajaban en los soportes occidentales. El error se descubrió demasiado tarde al punto que la línea de ensamblaje de semiconductores no pudo producir chips del tamaño utilizado en Occidente por lo que la URSS no logró abastecer su mercado ni incorporarse al mercado internacional de la microelectrónica. Hace falta más que esto para explicar por qué se derrumbó el régimen soviético.

Gabriel Grinberg Periodista.

Vidas que suman nada

VIDAS QUE SUMAN NADA

POR ARTURO FONTAINE

¿Qué sucede con Edipo en el destierro, habiendo perdido su reino, a sus dioses y a sí mismo? Edipo en Colono es la obra que montó el Teatro Nacional de Grecia y que se ha presentado en varias ciudades de América. Arturo Fontaine nos lleva a través de esta clásica tragedia griega.

Pero la obra no termina ahí. Lo que sigue es averiguar qué pasa con Edipo a continuación. No se suicida. Y eso es clave. Yocasta sí. Edipo se ciega, pero no se suicida. Padeciendo doblemente, por lo que le ocurre y por “las dagas de la memoria”, despierta la mayor compasión. Un suicidio habría sido menos doloroso. Edipo seguirá sufriendo el mayor dolor. Y podrá soportarlo. Es una suerte de purificación o de castigo mayor que la misma muerte. “Mis sufrimientos son míos y sólo yo puedo sobrellevarlos”. ¿Castigo? Es inocente, Edipo. Más bien lo que quiere decir es: sólo yo puedo aceptarlos, sólo yo puedo asumir la verdad de lo que me tocó ser.

Quisiera tocar a Creonte, pero él se aparta. Nadie quiere el roce del impoluto. Piensa en sus hijas, en lo mucho que costará que alguien se case con ellas. De pronto, las oye llorar. Están entonces ahí, Creonte las ha traído. En la versión del Teatro Nacional Griego, dirigida por Vassilis Papavassiliou que se presentó recién en Santiago, una de ellas, Antígona, se le abraza y no, en cambio, Ismene. El estira su mano libre y ese brazo blanco queda esperando en el aire. Después de unos instantes que se hacen eternos, Ismene también corre y se le une. Abrazado a sus hijas quisiera darles consejos, dice, pero son demasiado pequeñas y les recomienda rezar.

Creonte ordena que se separe de ellas. Edipo se resiste. En esta versión sobria y, a ratos, estoica no lo apartan los guardias. Es él quien recapacita y las empuja hacia Creonte, arrancándolas de sí en un acto de desprendimiento que desgarra. Luego avanza muy, muy lentamente hacia el palacio. Antes de entrar gira y se muestra por última vez vacilante, perdido, desamparado como nadie.

Sófocles vivió noventa años plenos. Presenció el auge y la declinación de Atenas, desde la victoria de Salamina sobre los persas hasta los últimos días de la Guerra del Peloponeso. Era un hombre acomodado, cuyo padre tenía una industria de armas. Desempeñó importantes cargos públicos. Fue, por ejemplo, general con Pericles y tesorero de los tributos coloniales. Era un respetuoso de la religión y conservador en política. (Se cree que participó en el golpe oligárquico del 411). Era amigo, de Sócrates, de Pericles, de Herodoto… Fue el dramaturgo más prestigiado y popular de su tiempo.

El poeta Frínicus, poco después de su muerte escribió: “Feliz Sófocles, que vivió una larga vida y murió un hombre feliz, un hombre diestro. Murió bien, habiendo escrito muchas tragedias hermosas sin haber sufrido”.

Nada explica la incalculable grandeza de su obra.

Habría que entender qué significa la palabra “madre” en el complejo de Edipo de Freud. Ese cuerpo femenino deseado por el niño, ¿es lo que propiamente llamará después “madre”? ¿No es inocente su deseo como el de Edipo por la reina de Tebas?

Pero la explicación psicoanalítica no aclara por qué esta versión del mito nos conmueve tanto más que otras. Homero aludió a él y Esquilo escribió una tragedia con el mismo tema sin dejar huellas comparables. Freud advierte este límite. ¿Qué es lo que le permite a un escritor particular hacer que ciertas fantasías particulares de pronto valgan para los demás? Freud da pistas interesantísimas, sin duda, pero advierte que en última instancia hay aquí un secreto impenetrable. El talento individual, la comprensión cabal del mérito artístico de una obra específica, se escapan. “La esencia de la operación artística nos es inaccesible a través del psicoanálisis”, dice Freud a propósito de Leonardo.

El espectáculo original estaba pensado para un público amplio en un teatro al aire libre, lo que restringe las posibilidades expresivas. Además los actores llevaban máscaras por lo que el rostro quedaba fijo. La puesta en escena del Teatro Nacional de Grecia que se presentó recién en Santiago (y antes en Nueva York y México) bajo la dirección de Vassilis Papavassiliou, inauguró el Coliseo romano como teatro el 19 de junio. Después viajó a Atenas, al Epidauros y sus catorce mil personas. En una sala de teatro moderna se espera otra cosa del mismo drama. Papavassiliou no usa máscaras y ha hecho una traducción a un griego moderno y coloquial. Esto permite que miles de griegos de hoy, que no entienden la lengua clásica, sigan la obra como en el siglo V. Nosotros, leemos los subtítulos. Pero, claro, dado eso habría sido mejor estar oyendo los versos originales de Sófocles.

Según Stephanos Kyriakidis, (Creonte) lo que más vale de este montaje es el papel de la palabra. La actuación contenida y depurada, ajena a cualquier efectismo, le cede el protagonismo, y esa es la esencia del teatro clásico. Aunque él prefiere el texto original: “Deja interrogantes”, dice, “que la traducción simplifica. Es más condensado”.

Estamos en los camerinos y la extenuante función acaba de terminar. A su lado, sonríe el pastor que ha revelado a Edipo su identidad. Pasa delante Tiresias refregándose distraídamente la cara para sacarse el maquillaje blanco con el que llamó a Edipo “ciego que ahora ve, mendigo que ahora es rico”. Edipo, al verlo, ha bajado la vista como si el resplandor del ciego lo cegara. Pero ahora es inevitable empezar a imaginar su otra historia. Se está transformando en alguien que  podría ser un empleado de banco. Es el momento del “gran teatro del mundo” de Calderón.

Los actores viven en dos historias, la del escenario y, por cierto, la otra. Edipo y Yocasta están al interior de una historia —él es hijo de Pólibo y Mérope, reyes de Corinto, y ella, su mujer—. Hasta que la situación se da vuelta y se encuentran en otra historia en la que ella aparece como su madre y ese anciano de la encrucijada de tres caminos, como su padre. Para Edipo descubrir quién es significa darse cuenta de que pertenece a otra trama o argumento. La trama a la que él cree pertenecer esconde otra que calza como su reverso. Ha vivido entre seres enmascarados.

Como la historia era conocida, Sófocles puede, haciendo pie en ello, lograr que el público vibre con la asimetría entre la ignorancia de los actores y el conocimiento de los espectadores. Cuanto dicen o hacen estos personajes adquiere entonces otro sentido, se vuelve angustiante, irónico y …trágico. Estamos en la posición de los dioses. Y desde allí la vida humana resulta extrañamente conmovedora. Esto es muy griego: los dioses se enamoran de los seres humanos, cuyas generaciones se suceden y suceden y cuyas vidas no importan nada. Tal vez haya más misterio en la alegría y la desgracia de los mortales que en la felicidad inevitable de los dioses, grandes espectadores del drama humano que se desenvuelve, quizá, para ellos.

“Muchas interpretaciones de Edipo enfatizan el papel del destino entendido como predestinación, un poco al estilo calvinista. Este montaje quisiera poner el acento en otro aspecto”. Me lo dice Pedro Vicuña, el actor y poeta chileno que estudió en Grecia (fue compañero de escuela de algunos de los de la compañía) y actuó en comedias de Aristófanes. En esta ocasión oficia de intérprete. “Edipo ha perdido contacto son su pueblo”, dice Creonte (Kyriadis). Ese vacío de poder “lo llenará Creonte en consonancia con el pueblo. Es una pieza republicana por el coro”.

El coro, como recomienda Aristóteles, es uno de los actores. En esto parece que Nietzche tenía razón: el coro es la esencia de la tragedia. La música de Dimitris Kamarotos recuerda a veces la de los coros gregorianos. Los murmullos. quejidos, disonancias se funden en un ritual más bien monocorde. Por su música y movimientos, el coro expresa una fuerza ancestral y enigmática. Sin duda es lo que está más cerca del misterio y de la antigua liturgia de Dionisio.

Los parlamentos están a menudo recortados para que se entienda lo que cada uno, con voces disímiles y particularísimas, quiere decir. Los personajes principales actúan en gran medida para ellos. Es el factor democrático, participativo. Edipo se inclina para escuchar a éste o aquél. Por su consejo y presión refrena Edipo su violencia contra Creonte a quien cree confabulado con Tiresias para derribarlo.

Se incorporan algunos elementos simbólicos y contemporáneos como unas largas varas plateadas que llevan los coristas a partir de cierto momento. Esta versión no es forzadamente histórica o arcaizante. Tampoco hay aquí ningún intento brusco por hacer contemporáneo el drama o intervenir para poner evidencia que el montaje es de hoy y no del siglo V a. C. (lo que sabemos, por supuesto, y no resulta fácil hacer con tino).

Hegel asegura que el coro es “el suelo fecundo en el cual crecen y se elevan los personajes”. En Sófocles las intervenciones del coro decantan la escena precedente. No son intercalaciones ajenas a la trama. Al contrario, permiten un respiro y hacen que lo que recién ha sucedido cale más hondo. El coro está junto con los personajes que llevan “el señorial manto trágico”, como dice Horacio, y siente con ellos sus alegrías y desdichas, siguiendo paso a paso sus vicisitudes. Somos nosotros, entonces. Y su papel es el de la compasión humana.

La obra se estructura como una investigación judicial. Edipo es el fiscal en un juicio oral. A base de testimonios terminará descubriendo que el delincuente que busca es él mismo. Dice Aristóteles que la tragedia no “representa las características de una personalidad sino de una acción”. Y agrega que “aunque su personalidad hace a los hombres lo que son, sus acciones y experiencias son lo que los hacen felices o lo contrario de ello”.

Edipo es rápido, inteligente, resuelto, veraz, irascible y valiente. Como ateniense del siglo V, está habituado a juicios públicos con interrogatorios exigentes. No es un hombre primitivo, de la época del mito, como lo concibió Passolini. El Edipo de Passolini no tiene la personalidad del fiscal y el film no aprovecha bien la dinámica del juicio oral.

El Edipo de Sófocles cae en su propia trampa por su coraje intelectual. Lo pierde ese imperativo kantiano, supere aude, ese “atrévete a saber”. O, más próximo a Edipo, ese “conócete a ti mismo”, la máxima de Apolo que adopta Sócrates. Yocasta se opone: “Ojalá nunca descubras quién eres”. Pero Edipo sigue adelante. Su desmesura es inocente. Sobrestima sus fuerzas, pero ¿tenía opción?

Entonces el segundo mensajero (Themis Panou) avanza lento hacia el público y como inmovilizado. Su compostura atribulada pero todavía bajo control (es un sirviente del palacio) contrasta con los horrores que va relatando. La obra aquí llega por los oídos. Teatro en su fuente, como literatura oral. Su voz es extraña. El único movimiento es brusco y tremendo: imita la forma violenta en que se ciega Edipo con los alfileres de los broches del vestido de Yocasta, cómo se rasgó los párpados después de descolgar a esa mujer ahorcada y de abrazar a la esposa, que antes lo entregó para ser muerto, que antes fue su madre. Ese cuerpo será lo último que él vea.

Un instante después aparecerá con los huecos de los ojos chorreando sangre. Es quizás el momento más impresionante de la historia del teatro. Sobrecoge con una mezcla de horror y compasión. En esta interpretación avanza a tientas sujeto a una soga gruesa que lo sostiene, pero que también evoca la atadura de la bestia, del animal.

Comí con Edipo esa noche, acabada la función. Es rara la sensación de estar al lado del parricida que se acostaba con su madre. Uno tiene la impresión de que el tipo puede hacerte cualquier cosa. Yo miraba mis machas a la parmesana y las suyas que se echaba a la boca con indudable avidez, y se me venían a la mente puras historias trágicas. Pensaba en Atreo que le sirvió a su hermano Tiestes un plato delicioso que devoró en un santiamén sin imaginar que eran sus propios hijos asados.

“Desde que quise ser actor mi sueño era llegar a hacer Edipo en el Epidauros”, me dice. Se queda callado con la copa en la mano: “Y volveré a hacerlo más adelante y mejor”. Me dice: “vivimos en la oscuridad. Por eso Edipo se ciega”. Me dice: “El idioma se ha creado para mentir, pero también para salvarnos…”. Y se larga a reír.

Grigoris Valtinos es un tipo alegre, alto, saludable y jovial. Como tantos griegos, podría ser italiano. Ha hecho muchísimos papeles clásicos y contemporáneos. Su Edipo es muy cotidiano (demasiado, dicen algunos); no tiene ese tono grandilocuente y solemne tan habitual en el teatro clásico. Durante gran parte de la obra es un rey satisfecho de sí mismo y que se siente en control de los acontecimientos. Me dice: “Un actor debe pensar dos cosas a la vez; lo que dice esa línea y su lado oscuro. De ahí arranca el gesto”. Me dice: “Edipo somos todos. Al final los dioses se ríen…”. Marcia Cobarrubias, la embajadora en Atenas, cita un proverbio griego: “cuando los hombres hacen sus proyectos, los dioses se ríen”. Edipo se echa un buen trago de Chardonnay chileno y agrega: “Lo más terrible lo dice Yocasta: más te valiera no haber nacido. ¡La madre!”.

Yocasta asegura que ningún humano puede desentrañar el futuro. Y de inmediato, llena de alegre optimismo, prueba el punto: el oráculo predijo que Layo sería muerto por su hijo y ocurre que lo asesinó un grupo de bandidos en un cruce de tres caminos.

“¿Dijiste cruce de tres caminos?”.

Le ha entrado la duda. Y es esa sospecha la que Edipo quiere aclarar escrupulosamente. Nadie lo obliga a esa indagación salvo su propia conciencia escrupulosa. Porque sabe que esa sospecha, de resultar cierta, destruye su vida, pero salva a Tebas de la peste. Quiere estar seguro, absolutamente seguro de su inocencia. Edipo, confundido pero certero, sigue su averiguación. Yocasta está cada vez más reticente. Ha querido apaciguar el ánimo de Edipo. Pero su demostración de la falsedad de las profecías se está convirtiendo en prueba de su verdad. Así, Edipo se entera de que eran cinco, de que uno de ellos huyó, está vivo y puede ser interrogado.

En una conversación que logra ser íntima, pese a que el escenario no ha cambiado, Edipo se saca la corona y le cuenta a Yocasta sus temores, lo que le dijo el oráculo. Huyendo entonces de sus padres al llegar a un cruce de tres caminos vio venir un coche… ¿Y si ese viejo era Layo? El coro propone llamar al testigo. Edipo acepta esperanzado. Hay que corroborar la exactitud de la versión de Yocasta: ella habló de “bandidos”. El sabe que los mató solo.

Yocasta: las profecías no valen nada. La prueba es que su hijo murió antes de poder matar al padre. Entran al palacio. Pero antes él la ha mirado como si fuera una extraña. El coro canta a las leyes que ningún hombre creó y cuya memoria es imperecedera. “En ellas hay un dios poderoso y que no envejece”.

¿Cuál es el conflicto medular en Edipo Rey? Hegel  sostiene que el conflicto es trágico si chocan dos derechos morales contradictorios y de validez semejante. Los personajes han de estar consumidos por su pasión moral de manera exclusiva, de tal modo que eso los defina y constituya. Por ello, en general, no pueden sino morir. En Antígona, por ejemplo, chocan los deberes de familia y “la razón de Estado”, el deber de enterrar al hermano y el deber del gobernante que ha de castigar la subversión. ¿Y aquí? Es cierto que Edipo cometió una falta grave: la ira homicida en ese cruce fatal de tres caminos. Pero, claro, no hay proporción.

El conflicto, pienso, se da entre intención y resultado de la acción. Lo que nos conmueve es ese contraste. Las últimas palabras son de Creonte: censuran a Edipo por su afán de manejarlo todo. El verbo que usa (kratein) indica conducción, dirección, poder, dominio. Edipo representa la inteligencia inquisitiva, el coraje del que busca averiguar la verdad aunque duela, pero también la voluntad de dominio y control. Se topa con que el resultado último de su acción escapa a su voluntad.

¿Pero cómo es posible ser responsable si las consecuencias de nuestros actos están fuera de nuestro control? Conciencia individual entonces versus resultados, voluntad de verdad y logro e ironía del destino: ese es el contraste que da forma al argumento.

El contraste se da a su vez en otro plano, entre el azar y el misterio. Yocasta siente que el mundo está regido por el azar.

“¿A qué debiera temer un hombre?

“Todo sucede por casualidad, la casualidad conduce nuestras vidas”.

Y deja caer esas dos líneas que estremecerán a Freud y con él al siglo XX: “Muchos hombres antes que tú, se han acostado en sueños con sus madres”… Pero hay que tomar estas cosas como sombras, dice. Y si nadie puede anticipar qué ocurrirá el día de mañana, es preferible vivir al día y sin preocupaciones.

Pero si el mundo no está regido por la fortuna o la casualidad, como quiere la escéptica Yocasta, lo que ocurre es que su logos nos es impenetrable. El nudo no es un absurdo sino que un misterio. A ese misterio los griegos llamaban lo divino. Es lo que el coro siente amenazado y quiere rescatar.

¿Y Edipo?

Años más tarde, cuenta el Edipo en Colona, llegará al lugar sagrado de las hijas vengadoras de la tierra que protegen las leyes e interdicciones elementales. Ahora con Edipo serán buenas. El viejo muere reconciliado con su suerte y bendecido por los dioses.

“Resignación”, dirá, “esa es la gran enseñanza que dejan mis padecimientos”…

Lo que captura al público es la manera en que Edipo va juntando a pedazos la terrible información que lo incrimina. Los trozos que faltan hacen que se acumule la tensión. Edipo va mal interpretando la evidencia. leyéndola de modo que conserve la esperanza. Los últimos tramos serán una vertiginosa carrera hacia la verdad.

La reversión (peripeteia), es decir, el giro desde la felicidad a la desgracia, y el reconocimiento (anagnorisis), o la transformación de la ignorancia en conocimiento, coinciden. Aristóteles lo celebra: “Un reconocimiento es más efectivo cuando coincide con la reversión, como ocurre en el Edipo”.

El descubrimiento se produce en dos diálogos rápidos, de frases cortas. tensas, apretadas. En ambos hay tres personas en escena, innovación que introdujo Sófocles. (Antes sólo había dos). El celo del investigador es alimentado por su propia inocencia, que necesita comprobar.

Primero, Edipo está con Yocasta y el mensajero de Corinto trae dos buenas noticias: su anciano padre acaba de morir y el pueblo lo quiere proclamar rey. (Su confusión en este montaje resulta cómica, lo que me pareció dudoso). Pero Edipo, por el vaticinio, teme volver donde su madre. Entonces viene un triple desencuentro. El mensajero cree dar una tercera buena noticia: le consta que Edipo no es hijo de los reyes de Corinto. Se los regaló él mismo después de recibirlo de un pastor en el Monte Citareón. Y la prueba está ahí, en la marca de los tobillos. Para Yocasta esta es una revelación aterradora. Se vuelve “más una leona que una reina”, me dice Pedro Vicuña.

De espaldas al público y a quien, ya sabe, es su hijo, inclinada y cubriéndose el rostro, Yocasta madre (Tzeni Gaitanopoulou) intenta convencerlo de que no siga investigando. La voz le sale de las entrañas. Será la última vez que la veamos. En cambio, el vencedor de la Esfinge habla de coraje. Confía en encontrar un origen esclavo que incluso lo enorgullece si lo libra de la profecía.

Ahora carea a los dos viejos pastores. De nuevo cada uno de los tres —el fatídico número tres de Edipo— sigue su propia línea hasta cruzarse a la hora terrible de la verdad. El mensajero todavía piensa que su noticia es buena, sólo necesita recordarle al pastor que él fue quién se lo regaló; el pastor quiere callar pues sabe la verdad; y Edipo cree estar averiguando un origen que lo salva. Bajo tormento, el viejo esclavo y pastor reconoce que lo recibió de Yocasta, que tenía órdenes de matarlo y que, sin embargo, no lo hizo, desobedeció. ¿Por qué?, Edipo quiere saber por qué. Y él contesta: “Por compasión”. Entonces Edipo, en un momento de inesperada e intensa paz, le acaricia el rostro como si ese viejo esclavo recién azotado y torturado fuera su verdadero padre.

El coro:

“Ay, generaciones de mortales cuyas vidas suman nada”, n

Arturo Fontaine. Escritor. Cuando éramos inmortales (Alfaguara) es su última novela.

La palabra desde el dolor

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SERPIENTES Y ESCALERAS

LA PALABRA DESDE EL DOLOR

POR JUAN MASOLIVER RODENAS

La obra poética de Carlos Fuentes Lemus estalla en el libro La palabra sobrevive, y nos habla no de la muerte, sino desde la muerte. En este texto, Juan Masoliver realiza una detallada lectura ele este libro emotivo y desgarrador.

La palabra sobrevive se abre con un poema de José Emilio Pacheco, “A la memoria de Carlos Fuentes Lemus”; le sigue un prólogo de Juan Goytisolo y el libro se cierra con un epílogo de Julián Ríos, “El lugar exacto de Carlos Fuentes Lemus”. Tres textos de naturaleza muy distinta, escritos por tres personas muy cercanas al joven artista y que coinciden en algo fundamental. Para el poeta mexicano “estas son las palabras que dejó / para hablarnos / no de la muerte, sino desde la muerte”. Para Juan Goytisolo. nos encontramos ante “unos versos bellos, abruptos, sin la menor condescendencia hacia sí mismo, embebidos de un dolor soterrado y perturbador”, en los que se advierte “la temprana lucidez tocante a su destino”. Para Julián Ríos, si Rilke se hace en sus Cartas a un joven poeta una pregunta fundamental, “¿morirías si te prohibiesen escribir?”, en Fuentes Lemus “tu destino trágico dio la vuelta a la pregunta: ¿escribirías si te prohibiesen vivir? Y la contestaste, durante trece años, con tus poemas”.

Lo que estremece de este libro que surge simultáneamente como una necesidad ética, estética y vital, no es tanto la obsesión por la muerte, que comparte con tantos poetas y que, paradójicamente, es propia de la juventud, como el conocimiento de la muerte: la vida vivida desde el interior de la muerte, la muerte vivida desde el interior de la vida. Desde la sensibilidad de un artista precoz, fotógrafo, pintor, dibujante y cineasta, que se identifica con otros artistas con los que siente que comparte un mismo destino.

Lo interesante es que los temas tratados están íntima e intensamente unidos, inmersos en la temporalidad y en una enfermiza sensibilidad narcisista unas veces tamizada por la pronta autocrítica, otras distanciada por la reflexión y las más de las veces dominada por un dramatismo estremecedor, por un desolador sentimiento de soledad, por una cólera desgarradora en su impotencia o por una conmovedora delicadeza lírica. Ya la infancia está marcada por la revelación de la muerte, de forma muy especial en el poema “Adulto”. Y uno de los poemas más estremecedores, si no el más estremecedor, es “Corazón de gorrión”, escrito a los trece años, y en el que aparece ya el conflicto entre la inocencia mancillada, la celebración del dolor y la revelación de la muerte. Lo realmente perturbadores que nos encontramos ante una poesía en la que conviven el niño y el adulto. Ello explica su peculiar relación con la familia, con las mujeres y con los artistas mitificados con los que comparte un mismo destino. Y esta perturbación se acentúa porque surge desde la soledad, como si el mundo que nos describe no naciese del exterior sino de su interior, creado por la imaginación como una necesidad que es siempre de naturaleza conflictiva, propia de alguien que ha madura- do precozmente y que al mismo tiempo permanece patéticamente inmaduro. Esta poesía surge, pues, del centro más profundo del yo solitario. Ningún poeta moderno en lengua española ha estado tan cerca de la sensibilidad leopardina como Fuentes Lemus. Alma solitaria encerrada en su cuarto y que ve el mundo desde una ventana, aunque a veces ni siquiera se atreve a hacerlo. De este interior surgen las fantasías destructivas, el odio, el horror, la locura, la ternura, la tristeza, la desesperación, el rechazo y la necesidad de los padres. la relación conflictiva con mujeres que muchas veces son producto de la imaginación, cuerpos que son el cuerpo del propio poeta. El nihilismo por un lado, la solidaridad y la rebeldía por el otro, la imaginación solitaria y la imaginación de la libertad le llevan a identificarse con una serie de artistas, como Van Gogh, Dylan Thomas, Jack Kerouac, Bob Dylan, Elvis Presley y Janis Joplin. Otra cara de su poesía es la de la desesperada exaltación hedonista y la de la rebeldía.

Abundan los poemas con tono de canción, cercanas a Bob Dylan y los Beatles, a la cultura de las drogas y a las imágenes psicodélicas. Gustos de un solitario que parece refugiarse en una época que no ha conocido directamente y que vive como un mito. Los poemas en torno a la muerte son mucho más poderosos que los de carácter contracultural. En los mejores poemas hay una autenticidad que no nace solamente de una necesidad humana, sino de una sensibilidad artística. Así lo han entendido Juan Goytisolo en su prólogo y Julián Ríos en un texto críticamente iluminador. Cuesta entender por qué no hay una introducción aclaratoria del responsable de la edición y es menos comprensible todavía que no se incluya el original en inglés, n

Juan Masoliver Rodenas Escritor

La educación y otros desastres

CARACOL

LA EDUCACIÓN Y OTROS DESASTRES

POR CINNA LOMNITZ

Cuando dicen que hay reglas, hay reglas Y cuando dicen que no las hay, no las hay.

Las reglas existen por sí mismas, Y si digo que no las hay, soy libre.

Gao Xingjián

En los asuntos humanos suele observarse que hay problemas sencillos con soluciones complicadas, mientras que los problemas complicados o no tienen salida o la tienen tan simple que su resolución escapa a la perspicacia de los intelectuales. La educación superior es un problema complicado, ya que posee facetas políticas, históricas, económicas, sociales y hasta policiacas increíblemente enmarañadas. Con tan avasalladora problemática, se manejan dos clases de soluciones. Una consiste en pensar a lo grande: enormes multidiversidades que se ocupan de todo, menos de educar. Estas mega-instituciones realizan una gran diversidad de tareas aparentemente inconexas: promueven aleaciones que a nadie interesa utilizar, mantienen tiendas de abarrotes donde nadie quiere comprar, organizan conciertos de rock que no se escuchan de tan fuerte que tocan, y contribuyen a la corrupción profesional del deporte. El otro modelo es el de las escuelas por correspondencia, o por internet. La disyuntiva es desalentadora. Al cronista H. L. Mencken le inspiró una insolente propuesta de reforma: “Quemar los edificios y ahorcar a los profesores”.

La que actualmente detenta el trofeo de “mejor universidad de Estados Unidos” ha sobrevivido 75 años en abierto desafío a ambos modelos. Este año, por ejemplo, su tradicional curso de “La Tierra y el Ambiente” atrajo el número sin precedente de 180 alumnos. Tan apabullante concurrencia representaba los dos tercios del total de estudiantes de nuevo ingreso para ese año en toda la institución. El curso de introducción a las Ciencias de la Tierra se conoce como “Ge 1″ y vaya si lo recuerdo; cuando me tocó cursarlo, allá por 1952, estaba a cargo del recordado profesor Bob Sharp. Hoy la clase se dicta en el flamante Auditorio Bob Sharp, y su titular es Dave Stevenson.

Dice Stevenson: “Llevo cuatro años dictando este curso. Es uno de los dos cursos de tronco común para estudiantes de nuevo ingreso (el otro se llama El Cambiante Universo). Como cualquier curso, el mío se basa en una preparación esmerada de cada clase; la programación es coherente y fluida, hay buenas presentaciones interactivas y ejercicios bien pensados. Lo esencial son los proyectos y el trabajo de campo. Claro, con tantos estudiantes tenemos que dividirnos en grupos para salir en sucesivos fines de semana. porque no puede uno pensar cuando hay tanta gente. Este año salimos a los Llanos de Carrizo, en California, y cartografiamos la Falla de San Andrés y el desplazamiento de nueve metros que originó el gran sismo de 1857. El diseño de este ejercicio estuvo a cargo del profesor Kerry Sieh, quien es el experto mundial en la materia; la preparación se debió a la doctora Martha House. Además se ofrecieron unos quince temas de proyecto, a cargo de otros tantos miembros de nuestra Facultad de Ciencias Geológicas. Estos trabajos van a contar como examen, con un 25% del puntaje final. En cada proyecto participa un pequeño grupo de estudiantes. Algunos trabajan con datos del módulo espacial Galileo o del Surveyor de Marte, otros elaboran espectros infrarrojos de minerales en el laboratorio del doctor Rossman y así sucesivamente. Para ser franco, creo que una buena parte del grupo aprovecha bien el curso, pues les sirve de educación general aunque luego sigan en otra facultad. Algunos hasta se quedan con nosotros”.

El California Institute of Technology (así se llama esa universidad) tiene apenas 1.000 alumnos de licenciatura y otros tantos en el posgrado. Tiene facultades de física, química, biología, astronomía, ciencias de la tierra, ciencias sociales e ingeniería. Su personal académico es mucho más reducido que el nuestro, pero es mejor pagado y produce tantos doctorados como la UNAM. Educar es primero.

El salmo 73

Fue el último de los pensadores. Ernst Jünger (1895-1998) fue entomólogo, soldado, poeta, psicólogo, enamorado, místico contemplativo y, sobre todo, muy alemán. En 1940, siendo capitán de infantería en el frente francés, publicó sus diarios de campaña. Fue un gran éxito de librería. Jünger era inmensa-mente popular por sus escritos y admirado por su valentía personal: fue el soldado más condecorado en la historia de Alemania.

El 29 de marzo de 1940 escribió: “Hoy cumplo 45 años y el sol amaneció brillando en la alameda. Como todos los días, el primero en llegar fue Rehm el ordenanza, quien me felicitó y colocó flores y naranjas en la mesa. Me vestí y fui a la ventana abierta, a leer el salmo 73. Luego de desayunar bajé a los álamos y el corneta tocó la bienvenida”. Durante un año nadie reparó en este pasaje, hasta que finalmente a un funcionario del Ministerio de Propaganda se le ocurrió abrir la Biblia para buscar el salmo 73- Con gran consternación leyó: “Entregaron tu santuario al fuego, lo profanaron y arrasaron el tabernáculo; y decían en su corazón: ¡vamos a destruirlo por completo, pegad fuego a todas las sinagogas de Dios en el país!… Levántate Dios, defiende tu causa, recuerda que el insensato no hace más que insultarte. No te olvides del griterío de tus enemigos, porque ya creció mucho el tumulto de quienes se levantaron contra ti”.

El capitán Jünger se negó a quitar la mención del salmo 73, y el libro fue prohibido. Después de la guerra, los diarios de campaña fueron reeditados con el título de Radiaciones, pero se encontró que contenían muchos pasajes políticamente incorrectos. El libro fue atacado y el autor nunca recibió el Premio Nobel que merecía.

¿En qué consistió la intifada personal de Jünger? Lo que más me llama la atención en estos notables diarios es su obsesión por la ciencia. A cada momento, se escapaba de la vida militar para buscar insectos por los campos. Cedía al llamado secreto de lo que llamaba la “sutil cacería”, actividad que le resultaba necesaria e indispensable para conservar la serenidad. Así Jünger se convirtió en el experto mundial en coleópteros europeos. A su tesón científico se deben incontables descubrimientos de especies nuevas.

Al releer estos diarios, sin embargo, pienso que su verdadera vocación era la de educador. Acaso esto no es obvio, puesto que Jünger nunca fue profesor y no apreciaba mayormente la vida universitaria. Era un hombre de acción y de reflexión. Pero su objetivo era pedagógico en el más elevado sentido de la palabra. Lo confiesa al final de su prefacio a Radiaciones-, “Llevar un diario”, dice, “con el ordenamiento de hechos y de pensamientos que comporta. es parte de la tarea que se ha propuesto el autor. Cuando los técnicos administran el Estado y lo modifican a su antojo, se encuentran amenazados de confiscación no sólo las reflexiones literarias o metafísicas sino hasta el gusto de vivir”.

La irlandización de México

¿Qué hacer con los ex-gobernantes? Siempre nos aterra la eventualidad de que regresen. Por otra parte, si fueran menos malos podríamos aprovechar su experiencia en vez de tener que mandarlos a Irlanda.

Hablando de Irlanda, en nuestra ciudad capital empiezan a proliferar las catástrofes. En el reciente coloquio sobre riesgos geológicos del DF organizado por el Instituto de Ingeniería de la UNAM no se habló de otra cosa. Unos culpan al Popo y otros a los jueces y sus amparos. El hecho es que hay una mayor incidencia, no sólo de incendios de giros negros sino de sismos, deslaves, erupciones volcánicas e inundaciones que afligen a nuestra sucursal del Edén. Nadie sabe qué hacer. El gobierno de la ciudad se cura en salud con despliegues de roscas de Reyes kilométricas y de torneos de ajedrez masivos, todo con tal de estampar el nombre de México en el Book of records. Es de suponer que el nuevo Jefe de Gobierno continuará con la misma tradición y convertirá el Zócalo en un  pubirlandés, con todo y juego de dardos. Es la política del Guinness con el dedo.

En cuanto a los desastres naturales. la inacción de las autoridades no es culpa de la actual administración. Se remonta a varios sexenios pasados y el resultado es el clásico bomberazo. Las acciones preventivas, cuando se han intentado (como la alarma sísmica), sirven para taparle el ojo al Camacho.

Hablando en serio, los datos que se dieron a conocer en el coloquio fueron alarmantes. El hundimiento de la Ciudad de México continúa a un ritmo promedio de 30 centímetros anuales. Eso no es extraño, puesto que más del 60% del agua potable se extrae del subsuelo. Al contrario, tendrá que bombearse más agua ya que el fluido no da abasto —y está cada vez más contaminado—. ¿No habría que aprovechar las lluvias, en vez de tirar el agua al drenaje?

En cuanto al volcán Popocatépetl, si sigue humeando nos va a envenenar a todos con ácido sulfúrico y partículas finísimas de polvo, que preocupan con razón al Premio Nobel Mario Molina. Por fortuna, la UNAM y el DF acaban de crear el Servicio Geológico Metropolitano, para estudiar y prevenir los deslaves. Son tan peligrosos como los de Río de Janeiro, con la diferencia de que allá existe un servicio geológico urbano desde hace veinte años.

En cuanto a los temblores, el arma secreta de la Defensa Civil consiste en crear una “cultura del desastre” entre la ciudadanía. En el futuro, si la gente se muere en los sismos será por inculta. No se ha hecho una evaluación independiente del riesgo sísmico en la capital, como la que practicara el doctor Gerhard Berz antes del sismo de 1985 (acertó con un error de menos de 5%). Hoy se cuenta con un buen programa mexicano de cómputo que calcula el riesgo sísmico para el uso de las empresas de seguros. Pero no se publican los resultados.

Hay que empezar a construir con tecnologías nuevas, incluyendo el uso de amortiguadores para evitar la resonancia en edificios de siete a dieciocho pisos de alto. ¿Es posible una ciudad sin riesgo sísmico? Si lo es. tenemos derecho de saberlo. De lo contrario, el próximo sismo nuevamente nos atrapará.

La solución no consiste en contratar más inspectores, ni en multiplicar los reglamentos. Lo único que se logra con eso es aumentar la  corrupción. Los desastres se combaten a la irlandesa, cumpliendo con hechos además de con palabras. Mary Robinson, la expresidenta de ese país, lo entendió y no tuvo necesidad de venir a refugiarse a México. Hoy es alta comisionada de derechos humanos de Naciones Unidas, n

Cinna Lomnitz Geofísico Investigador de la UNAM.

Plagio

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A MEDIA CALLE

PLAGIO

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Lo que no es tradición es plagio, se suele decir. En España. una famosa presentadora de televisión ha publicado un libro que, según se ha demostrado después, es. en buena parte, plagio de otros. La editorial lo ha retirado del mercado y la autora ha expresado su malestar por el asunto, atribuyendo la trampa a un colaborador suyo que, en el último momento, le ayudó a terminar la novela en el plazo convenido.

Se ha levantado bastante polvareda y todos se han lanzado a fabricar hipótesis sobre el caso. ¿Es habitual?, ¿existen, como se denominan, los negros, esos escritores malamente pagados que el autor contrata y que realizan casi o todo el trabajo? Que existen, eso nadie lo duda. La pregunta es si este caso es singular o si lo que ha sucedido, un obvio y burdo plagio, es moneda corriente en la fabricación de los bestsellers. No somos tan inocentes, desde luego, como para imaginar que libros que tratan de cuestiones históricas complejas en un tono muy asequible para un lector de cultura mediana hayan sido escritos por un único autor. La documentación, imaginamos, ha sido llevada a cabo por otras personas, porque no parece muy verosímil que un autor sepa tanto de todo. Un año publica una novela ambientada en el viejo Egipto y otro en los avatares del comercio veneciano a través de los siglos. ¿Tienen una enciclopedia en la cabeza estos autores?

El autor precavido tiene que tener negros de toda su confianza y debería pagarlos bien. Lo que acaba de suceder en España indica que la famosa presentadora de televisión no escogió bien a sus negros o no los pagó bien.

Pero no es tan fácil dar con el plagio, como lo demuestran los experimentos que algunos francotiradores han realizado. Alan Sokal, profesor de física de la Universidad de Nueva York, publicó en 1996 un artículo deliberadamente disparatado en la revista Social Text. Lo tituló “Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformadora ele la gravedad cuántica”. Pero el título no escandalizó a nadie, porque hay títulos de artículos más abstrusos y largos. Sokal. cuando vio el artículo publicado, confesó el engaño que había tramado y el asunto levantó cierto escándalo. Los científicos no son tan meticulosos. Los responsables de la prestigiosa revista no leen todos los artículos que publican. La irresponsabilidad quedó ele manifiesto.

Hace poco, un profesor de Barcelona realizó un experimento parecido. Envió varios artículos a diferentes congresos internacionales relacionados con la docencia y la investigación. Sus textos, escritos en alemán y firmados con nombres supuestos, fueron aprobados, publicados e incluso pagados. Si alguien los hubiera leído, se habría encontrado con frases sorprendentes, que no tenían nada que ver con el asunto. Sorprendentes y provocativas. El profesor, tras hacer público su experimento, manifestó que no era tan extraño que ningún miembro de los comités de los diferentes congresos a los que había enviado las falsas ponencias fuera capaz de leer en alemán, lo que resultaba más asombroso es que a nadie le había llamado la atención el cauce que el imaginario profesor había empleado: el conocidísimo buscador de Internet Yahoo. En suma, lo que se puso en evidencia fue la falta de rigor con que se organizan congresos de nivel internacional, congresos que aspiran a emanar seguridad, a infundir respeto.

Lo más llamativo de estos casos es que nadie descubrió la trampa. Fueron experimentos que realizaron dos personas por su propia iniciativa y hay que suponer que, si los hicieron, era porque sus experiencias les decían que no es oro todo lo que reluce y que deambulan por el mundo impostores de todas clases. Recuerdo haber escuchado durante mi infancia que tal o cual persona se había adjudicado un título nobiliario y, siempre que tenía que firmar algo, añadía el título inventado en grandes caracteres. Y, por supuesto, estaba también impreso en sus tarjetas de visita. Con el tiempo, la gente llegó a olvidar el engaño y todos lo llamaban “El conde”.

¿No habrá otros condes, duques, marqueses y grandes de España, como él, todos falsos? ¿Es que este caso que yo recuerdo es el único ejemplo de apropiación o invención de un título nobiliario?

Imaginemos que una persona quiere poner en evidencia las frívolas costumbres sociales, y se hace pasar por duque, es un suponer, y entra a formar parte del grupo que acude siempre a las reuniones reales y de alto abolengo. Es el duque por excelencia, el punto de referencia de todos. Y una noche, en una magnífica velada, lo descubre. Todos estaban hablando de la pureza de la sangre y de la superioridad del grupo de los nobles sobre el resto de los mortales, porque hay que nacer aristócrata y, ya se sabe, cuna y figura, hasta la sepultura. El falso duque, admirado hasta el momento por todos, se declara hijo de un minero y una lavandera. Su sangre es roja como una sencilla amapola.

No creo que a nadie se le haya ocurrido abochornar de esta manera al grupo de los nobles, pero estoy segura de que en ese selecto grupo se ha colocado más de un duque o condesa falsos.

Es muy fácil colarse. Sólo se necesita una aplastante seguridad, un sólido descaro. Me pregunto, entonces, si el primer caso de impostura y plagio que se ha detectado en el grupo de los escritores de bestsellers es en realidad el primero, y toda la lógica del mundo me dice que no. Hay falsos por todas partes, falsos duques, falsos científicos, falsos universitarios, falsos estudiantes, falsos autores de libros. No es tan fácil descubrirlos. Por desconfiado que sea el ser humano, tiende a creerse lo que le dicen, sobre todo, tiende a creer lo que está escrito en letra impresa. La letra impresa tiene un poder extraordinario, impone, parece portadora de verdades. Con razón, los espíritus fantásticos de todos los tiempos han mirado con tanto recelo a la letra impresa. Se han elaborado listas de libros prohibidos, se han quemado libros. El libro es una bomba en potencia. Las palabras impresas se introducen en la mente del lector y allí adquieren una extraña fuerza.

Los libros de caballería volvieron loco a don Quijote, si es que aceptamos que estaba loco. Las novelas románticas llenaron la mente de peligrosas fantasías a Emma Bovary. El poder del texto se basa en que requiere, para existir, la atención del lector, su capacidad de invención y de creación. El lector crea el texto que lee.

Es difícil detectar el plagio, a no ser que sea extraordinariamente obvio. Tengo para mí que ha habido toda una serie de plagios en la fabricación de bestsellers y el que ahora en España ha levantado el escándalo no puede ser el primero. En mi condición de fabuladora, déjenme imaginar a un personaje que quiere denunciar este tipo de plagios, de forma que copia párrafos de una novela y de otra, consigue publicar y obtiene un éxito arrollador. En la cima del éxito hace la declaración: el texto no es mío. Todo en él es plagio. Podemos dar a este personaje la condición de autor de la novela o la condición de negro, el colaborador que escribe la novela que el autor firma. Ambos casos resultarían verosímiles.

No es eso lo que ha sucedido en este escándalo. Pero aunque no haya sido así, eso es lo que se ha demostrado: la existencia del plagio y, si somos consecuentes, la existencia de muchos plagios ni detectados ni denunciados, n

Soledad Puértolas. Escritora. Entre sus libros, Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.

Cómo medir el cambio

CÓMO MEDIR EL CAMBIO

POR SERGIO RAMÍREZ ROBLES

¿Como medir una promete?  ¿Como determinar el camino ? Ante estas interrogantes, Sergio Ramirez Robles responde que un cambio implica modificaciones radicales, importantes y durables. Un cambio verdadero se con firma a través del tiempo.

En la elección presidencial de 1981 Francia experimentó un enorme cambio en los equilibrios electorales existentes desde la instauración de la V República. A este cambio electoral siguieron, sobre todo entre 1981 y 1984, importantes transformaciones que por su amplitud, dimensión y durabilidad marcaron desde entonces la vida pública francesa. En Francia hoy queda claro que un resultado electoral trajo grandes cambios en el orden predominante hasta el día de la elección. La pregunta que tendrían que responder los franceses es ¿cómo pueden estar tan seguros de que las cosas cambiaron? La respuesta afirmativa. aunque parezca raro, no es producto de una exitosa campaña de comunicación que convenció a los franceses y al mundo de que el orden establecido había sido modificado. La respuesta parece ser más sencilla: los cambios operados en este periodo no sólo tuvieron verdadero impacto en la sociedad sino que además son perfectamente identificables y mesurables.

El 2 de julio vivimos en México un proceso electoral en el cual Vicente Fox, enarbolando la bandera del “cambio”, logró modificar los comportamientos electorales de todo un país. Aun en los lugares en los que el voto priista era inmodificable la campaña del “cambio ya” penetró de manera consistente. El reto del presidente Fox es que, al igual que los franceses, los mexicanos podamos responder clara y contundentemente que el “cambio” sí llegó al país. Para esto, desde un principio resulta importante definir los indicadores que nos permitirán medir el cambio.

Existe un “cambio” cuando con motivo de un resultado electoral y las subsecuentes acciones de gobierno se observan modificaciones radicales, importantes y durables en las preferencias electorales, en el sistema de partidos, en el sistema político, en las políticas públicas y en la relación entre las élites políticas y los electores. El análisis de estas cinco áreas puede resultar eficaz siempre y cuando no concierna a un solo actor, no se circunscriba a un solo gobierno y no trate de un solo tema.

Lo primero que tendríamos que determinar es si hay un “cambio electoral”, caracterizado por la transformación durable de las tendencias de votación en varias elecciones dando como resultado un nuevo periodo de estabilidad en las preferencias electorales. Sin embargo, para poder medir el cambio de la percepción ciudadana que modifica el reparto de sufragios en una elección tendríamos que clasificarlos según dos criterios principales: ¿el cambio en la percepción es durable o coyuntural?, ¿es de estructura o es de nivel?

Un cambio durable es el que se confirma en elecciones sucesivas, mientras que el cambio coyuntural es el que desaparece a la siguiente elección. Un cambio de estructura atañe de manera relativamente homogénea a todas las unidades geográficas o a todos los grupos sociales, mientras que el cambio de nivel es aquel que se observa de manera específica sólo en algunas zonas geográficas o en algunos grupos sociales. Es decir, si durante el mandato de Vicente Fox vemos que el PAN o el foxismo se expande nacionalmente y se convierte en hegemónico podremos decir que el resultado del 2 de julio constituyó un “cambio electoral” ya que la alternancia en los estados y municipios es ya un escenario de relativa normalidad; si el PRI regresa en tres años podremos decir que el cambio fue meramente coyuntural.

En lo que respecta al “cambio en el sistema de partidos”, éste es consecuencia directa del cambio electoral ya que el sistema de partidos es, sin duda alguna, la conexión entre el cuerpo electoral y el poder. Un cambio en las preferencias electorales tiene, entonces, un fuerte impacto en el sistema de partidos pues supone una modificación de los elementos fundamentales de ese sistema, como son las oposiciones entre los partidos producto de las diferentes concepciones de la acción pública.

Un cambio de preferencias electorales puede tener diversos tipos de consecuencias sobre el sistema de partidos: puede haber un cambio en las alianzas de los partidos, puede haber un cambio en los partidos mismos con motivo de la creación de nuevos partidos o por la transformación de las relaciones entre las estructuras de militantes que los conforman causadas por la acción gubernamental que ponga en juego nuevos incentivos para dichas estructuras.

Será importante observar si como resultado del 2 de julio el PRI o el PRD sufren modificaciones internas que lleven a algunos de sus militantes a la formación de nuevos institutos políticos o sí con motivo de las nuevas acciones de gobierno los sectores del PRI o las organizaciones del PRD pactan con el nuevo gobierno para seguir disfrutando de sus privilegios y con ello debilitarse de manera importante.

Más allá de los cambios en el sistema de partidos los cambios en las preferencias electorales tienen, la mayoría de las veces, consecuencias importantes en el funcionamiento de las instituciones, es decir, en el “sistema político”. Los cambios electorales son el inicio de una ruptura en la que un nuevo sistema de partidos reemplaza a otro aun si los actores siguen siendo los mismos, lo cual no sólo se refleja en la modificación del funcionamiento y el papel de las instituciones sino sobre todo en un cambio en las reglas del juego político.

Es decir, podemos afirmar que hubo “cambio en el sistema político” si con motivo del triunfo de Vicente Fox observamos que el poder legislativo, el ejecutivo, el judicial y los gobiernos de los estados federados cambian su manera de actuar en la arena pública al margen de si hay o no cambios en la Constitución.

En lo que corresponde al “cambio en las políticas públicas” podemos afirmar que en tiempos ordinarios hay un lazo relativamente débil entre las políticas públicas y el voto de los electores, en el sentido de que los votos influyen poco en las decisiones de los gobiernos una vez electos, además de que los electores lo perciben claramente y por lo regular consideran que la política es incapaz de cambiar las políticas públicas. Esto resulta explicable por muchas razones, pero sobre todo por la homogeneidad cultural de las élites políticas, las inercias y las reglas que estructuran las relaciones entre las estructuras administrativas y los actores políticos.

Sin embargo, cuando se produce un cambio electoral el contexto resulta mucho más favorable para que los electores influyan sobre las políticas públicas, por cuatro razones principales:

a)  En la mayoría de las veces el cambio electoral es producto de amplios movimientos sociales que favorecen una renovación de los actores políticos, sobre todo en los países en los que el que gana, gana todo, y el que pierde, pierde todo.

b) El clima de enfrentamiento político que se vive en las campañas que producen el cambio electoral favorece a que los ganadores se sientan portadores de un verdadero mandato ciudadano para cambiar las cosas.

c) La administración pública es influida por el nuevo clima político, sin dejar de lado que también en ella habrá renovación de personal.

d) Muchas veces los cambios electorales son producto de crisis económicas o de descontentos con el manejo de las finanzas públicas, lo que favorece la creación de políticas diametralmente opuestas a las del régimen que deja el poder.

Habrá “cambio en las políticas públicas” si observáramos que las acciones del gobierno de Fox se alejan de los mandatos del mercado y se acercan más a lo social, o sí comenzamos a darnos cuenta de la cancelación definitiva de la corrupción en la administración pública además de un giro hacia la eficiencia y la productividad.

Sobre los cambios que una elección produce en la relación entre las élites políticas y los electores podemos decir que está comprobado que la participación electoral aumenta en elecciones consideradas decisivas. De igual manera está comprobado que una vez que los electores consideran que las cosas ya se estabilizaron baja considerablemente la participación. F.1 aumento o la disminución de la participación electoral depende de la aplicación de los métodos que la élite política de cada país está acostumbrada a utilizar para obtener el triunfo.

Habrá un “cambio en la relación entre las élites políticas y los electores” si observamos de manera clara que los mecanismos caciquiles y corporativos que han caracterizado la actividad política en México se ven superados por la participación libre de los ciudadanos en procesos electorales.

Sin embargo, me queda muy claro que esto no será producto automático del resultado del 2 de julio. Algo así sólo ocurrirá si la administración de Fox es capaz de instrumentar las políticas públicas que otorguen a los mexicanos más desprotegidos un piso mínimo de bienestar que les haga creer que no dejarán de comer por ejercer su libertad política y electoral.

Aunque estoy convencido de que la evaluación permanente de estas cinco áreas nos puede llevar a saber si el tan anhelado “cambio” llegó a nuestro país, puede haber otros indicadores más precisos, o bien algún otro método de evaluación más adecuado. Lo que considero fundamental es que sin importar la metodología usada, a partir del lo. de diciembre todos los mexicanos tenemos por una parte la obligación de supervisar la instrumentación del “cambio” y. por otra, el derecho a ser informados de manera científica de los avances y las modificaciones que el gobierno de Fox logre con la aplicación de su programa de gobierno,  n

Sergio Ramírez Robles Maestro en Administración Pública por el Instituto Internacional de Administración Pública de París.

Ciudad de libros. ¿Y Yugoslavia?

CIUDAD DE LIBROS

¿Y YUGOSLAVIA?

Mira Milosevich: Los tristes y los héroes. Historias de nacionalistas serbios Espasa. Madrid, 2000. 316 pp.

En  los últimos años el paisaje de la antigua Yugoslavia ha vuelto a cubrirse de sangre. Las víctimas y los verdugos están por todas partes: entre las comunidades cristianas y musulmanas de Bosnia; bajo las ruinas míticas de Kosovo, en las calles de Belgrado donde aún resuenan las voces nostálgicas por la Gran Serbia, en Croacia la bella. La causa de tanto espanto ha sido ese procedimiento brutal y exterminador llamado “limpieza étnica”. ¿Qué debió ocurrir para que los Balcanes fueran presa del furor violento que sólo se complace en la extinción de lo ajeno, de todo aquello que se revela diferente? Los tristes y los héroes ofrece algo más que una respuesta. De hecho, ofrece comprensión e inteligencia. Ellas nos conducen hacia una tierra convulsa que le debe la violencia y los crímenes al nacionalismo étnico. En su nombre, como demuestra Mira Milosevich, los criminales de guerra se vuelven estrellas de la televisión, las bandas paramilitares sirven a los más sucios intereses del Estado, los partidos políticos se comportan como una pandilla de borrachos y el gobierno serbio encumbra a los impostores que hablan de justicia y actúan con una pistola en la mano. “¿Cómo definir”, escribe Mira Milosevich, “los crímenes cometidos por paramilitares entrenados y educados para cometerlos? (…) Con independencia de sus convicciones personales, actúan en nombre de un nacionalismo étnico. La sola referencia a ese ideal de pureza les proporciona una coartada moral”.

Libro triste, libro que no puede desentenderse de la melancolía. Los tristes y los héroes nos lleva por siglos de historia en los Balcanes. El horror viene de muy lejos. Se ha ido alimentando de las torpezas de sus políticos y de la crueldad de sus caudillos. No parece avisorarse el perdón, sólo la locura sin freno del nacionalismo en su acepción más monstruosa, n

—Isaac Martínez

Mujeres en el siglo

MUJERES EN EL SIGLO

POR CARLOS FUENTES

Carlos Fuentes. Juan Goytisolo, Rubem Fonseca. Claudio Magrís. Tomás Eloy Martínez, Sélida Piñón. Julián Ríos. Rüdiger Safra i ¡ski. Guy Scarpeta y Susan Sontag acaban de incorporarse al Comité Editorial Internacional de Nexos. En ellos admiramos la potencia creadora, la inteligencia que estalla sin cortapisas, sus obras que reinventan el pasado, enriquecen el presente e imaginan el futuro. Los textos de Carlos Fuentes. Juan Goytisolo y Julián Ríos que aquí ofrecemos, son fruto de este esfuerzo primigenio que es nuestro Comité Editorial Internacional. Los saludamos con admiración y agradecemos por los lugares que han creado en honor de la vitalidad del pensamiento y la belleza.

Creo en mujeres concretas. Con sexo. Con nombre. Con biografía. Con experiencia. Con destino. La filósofa judía alemana Edith Stein (1891-1942), discípula de Edmundo Husserl, en 1933 entró en el Carmelo, se convirtió en Sor Benedicta de la Cruz y nunca renunció, sin embargo, a sus raíces hebreas. Alegó que el antisemitismo era un Cristicidio y cuando en 1933 el Papa Pío XI dijo textualmente, “La Iglesia ora por el pueblo judío, portador de la Revelación hasta la llegada de Cristo”, Edith Stein se siente con derecho a pedirle a su sucesor, Pío XII —Eugenio Pacelli— una encíclica para proteger a los judíos. “Es- piritualmente, todos somos judíos”, le dice la monja hebrea al pontífice pro-germano. No obtiene respuesta. Pío XII no protegerá a los judíos y Edith Stein será arrebatada a la protección de la Iglesia y deportada por los nazis, a pesar de ser monja, al primer campo de concentración, Dachau. ¿Quién puede ignorar estos hechos y hablar del destino de las mujeres en la historia, nuestra historia? Edith Stein murió en Auschwitz en 1942. Antes, había dicho: “La razón nos divide. La fe nos une”, en su libro La ciencia de la cruz. Yo supe de Edith Stein y la leí muy joven, a los diecinueve años, gracias al malogrado filósofo mexicano Jorge Portilla, un devoto de esta mujer y pensadora mártir. Pero “mártir” quiere decir, etimológicamente, “testigo”.

Anna Ajmátova (1889-1966) fue, con la sola posible excepción de Ossip Mandelstram, el/la poeta rusa más grande del siglo XX. Los hombres la amaron pero no la comprendieron. Todos lo admitían: Anna era más orgullosa y más inteligente que ellos. Detrás de su fragilidad aparente había una férrea voluntad. Fragilidad y voluntad le dieron alas a su maravillosa poesía, acaso condensada en un poema que funde en un solo reconocimiento terreno y eterno al escritor y al lector: “Nuestro tiempo en la tierra es pasajero / La ronda prevista es restrictiva / Pero el lector —el amigo constante del poeta— / es devoto y duradero”. Esta inmensa fe en la poesía fue la grandeza pero también la cadena de Anna Ajmátova. Resuelta a seguir su camino libre fuera de las restricciones de Zhdnanov y el “realismo socialista”, fue calumniada y perseguida por Stalin. El sagaz dictador vio en Ajmátova un fuerza doble, peligrosa, intolerable: ser mujer y ser poeta. Disputarle una parcela de gloria al poder. “Yo tomo de la derecha y de la izquierda… Y todo del silencio de la noche”, escribió, advirtiendo, para que el tirano no se engañase, que el coro de la poesía siempre está “en la otra orilla del infierno”. En 1935, su poesía es prohibida por el régimen, se le tilda de “puta” y “contrarrevolucionaria”. Sus poemas sólo permanecen en la memoria de quienes los leyeron a tiempo. Pero la Guerra le devuelve popularidad y honores: su voz resuena con los tonos más profundos de la tradición literaria rusa y de la resistencia de su pueblo. Es consagrada. Demasiado consagrada. Sus poemas y conferencias en defensa de la ciudad sitiada. Leningrado. le otorgan popularidad, ovaciones, premios. Pero ella sabe que “como un vampiro, el verdugo siempre encontrará una víctima, sin la cual no puede vivir”. El verdugo espera en la sombra. Al terminar la guerra. Stalin se pregunta si esta mujer independiente y genial no merece, cuanto antes, perder la ilusión de que, por haber contribuido a la victoria, ha ganado su libertad. Ordena que se le despoje de libertad y gloria. Pierde su apartamento, sus ingresos como escritora. Vive en la miseria, el frío, el hambre. Subsiste gracias a la caridad de sus amigos. Y para acabar de una vez por todas con cualquier pretensión de que la libertad creativa no tiene un altísimo precio, su hijo es enviado a un campo de concentración. Liberado en 1956. el hijo y la madre ya no se reconocen. No tienen nada que decirse. El hijo traslada a la madre al rencor de su propio sufrimiento. “Mis contemporáneos y yo podemos contarnos” —dice Ajmátova en su gran Poema sin un Héroe— “cómo vivimos en miedo inconsciente. Cómo criamos hijos para el verdugo, hijos para la prisión y la cámara de torturas…”. Con razón dice que “rara vez visito a la memoria y cuando lo hago me siento siempre sorprendida”. Es mejor pegar el oído a la hiedra y convencerse de que “algo pequeño ha decidido vivir”. Cuando murió Ajmátova. la fila de dolientes afuera de la Casa del Escritor en Moscú se extendió a lo largo de varias cuadras. Este es su testamento: “Ni siquiera hoy conocemos bien a bien el mágico coro de poetas que son nuestros, ni siquiera hoy entendemos que la lengua rusa es joven y flexible, ni siquiera hoy sabemos que apenas hemos empezado a escribir poesía, que la amamos y creemos en ella…”. Dicen que siempre caminó con paso firme y sereno. Dicen que jamás se dejó vencer por los intentos de humillarla.

La filósofa judía francesa (1909-1943) fue discípula de Alain y su mandato de re-pensarlo todo a partir de la lectura, cada año, de un filósofo y un poeta, v. g.. Platón y Homero. Alain decía ser ni comunista ni socialista. “Pertenezco a la eterna izquierda, la que nunca ejerce el poder que por esencia se inclina al abuso”.

Pero Simone Weil no sólo lo re-pensó todo. Quiso convertir su pensamiento en acción, ponerlo a prueba en la calle, en la fábrica, en el campo de batalla. Como estudiante, es conocida como La Virgen Roja y su manera de ser de izquierda es entrar a trabajar a una fábrica. luego luchar contra el fascismo en España, luego rechazar el “patriotismo de la Iglesia” y las voces católicas de Francia que dicen: “Mejor Hitler que el Frente Popular”. Pero Simone Weil también rechaza el comunismo soviético después de conocer las purgas de Stalin. Esta es su convicción: “Dentro de poco, se reconocerá a los revolucionarios auténticos porque serán los únicos que no hablarán de revolución. Nada en el presente merece ese nombre”. Mientras más echa raíces en la tierra del trabajo y la política, más atraída se siente —entre la gravedad y la gracia— por Dios. Será, sin embargo, una cristiana fuera de la Iglesia, a la que ve como una estructura dogmática y burocrática. Ella quiere estar con Dios y actuar libremente. Y estará con Dios porque está convencida de que “lo único que creó Dios fue el amor y los medios para el amor”. Dios existe —dice Simone Weil— porque mi amor no es ilusorio. Por ello se siente dueña de su libre arbitrio. De su libertad depende su aceptación o rechazo de Dios. El 15 de abril de 19-43. Simone Weil muere de inanición en un hospital inglés. Se le prohibió unirse a la Resistencia en Francia. Entonces ella se negó a comer más que la ración diaria de un prisionero en un campo, a pesar de que la minaba la tuberculosis. He creído toda mi vida en Simone Weil, desde que leí su maravilloso ensayo La lliada, poema del poder y me aprendí de memoria las lecciones que Simone deriva de Homero: “Nada está a salvo del destino. Nunca admires al poder, ni odies al enemigo, ni desprecies al que sufre”.

Carlos Fuentes. Escritor. Su más reciente libro es Los años con Laura Díaz.

Adquisiciones verbales para fin de siglo

JOHANNES BURGOS

ADQUISICIONES VERBALES PARA FIN DE SIGLO

El fin de siglo nos deja algunas adquisiciones verbales de los comentaristas futbolísticos. Registramos algunos para eterna memoria.

•  Un equipo bien plantado en la cancha.

•  Proponer el partido.

•  No hacer la lectura adecuada del partido.

•  Vamos a ver de qué está hecho este equipo.

•  Un equipo que gusta de salir jugando.

•  Equipos que vienen a encerrarse.

•  La escasa cuota de rematadores en el área no logra inquietar al arco rival.

•  Buscar la salida con dos carrileros.

•  Tirado atrás de la línea de la pelota.

•  Ha realizado el gasto del partido.

•  No concretar las oportunidades.

•  Habilitado como media punta.

•  Achicó el arquero a primer palo.

•  No hizo sentir su presencia en la zona de definición.

•  Hacer pesar la condición de local.

•  Estar bien mentalizado para el encuentro.

•  Oportunidades que se quedaron en los postes.

•  Falta el elemento desequilibrante.

•  Arrastra la marca.

•  El arquero trató de achicar con el Cristo.

•  Un extremo derecho engañoso.

•  Problemas con los abductores, pubitis. contractura muscular.

•  No hay quien tome la manija, la batuta del partido.

•  El dispositivo táctico.

•  Un virtual agregarse al ataque.

•  Fue allá a meterse con el silbante.

•  Intento de imponerse por la mínima diferencia

•  Carencia de argumentos ofensivos.

•  Una de esas jugadas que quedan en la retina.

•  Le pegó de tres dedos.

•  No tuvo la desfachatez para encarar.

—Por el registro: Johannes Burgos

Lo que no debe perderse

LO QUE NO DEBE PERDERSE

Para escritores:

•  James Atlas Bellow

Random House

(Una biografía de Saúl Bellow)

•  J. M. Coetzee Desgracia Mondadori

(El amor y el racismo)

•  Tahar Ben Jelloun

Los náufragos del amor

Alfaguara

(¿La vida lejos?)

•  William Boyd Armadillo Alfaguara

(¿Nadie escapa al azar?)

•Virgilio Piftera La carne de René Tusquets

(¿El silicio o la carne?)

Para politólogos y filósofos:

• John Rawls

Lectures on the History of Moral Philosophy Harvard

(Un curso de ética)

•  Eric A. Posner

Law and Social Norms Harvard

(¿Por qué no se cumple la ley?)

•  John Gray

The Faces of Liberalism

The New Press

(¿A dónde va el liberalismo?)

•  Jean François Revel La gran mascarada Taurus

(¿Y el socialismo?)

•  Sidney Hook

John Dewey. semblanza intelectual Introducción: Richard Rorty Paidós

(¿Quién fue uno de los fundadores del pragmatismo?)

•  Serge Gruzinski Pensamiento mestizo Paidós

(¿Qué es la cultura mestiza?)

Para cronistas:

•   Enrique Vila-Matas Desde la ciudad nerviosa Alfaguara

(Ensayos sobre cine y literatura)

•  Ryszard Kapuscinski Ebano

Anagrama

(En el corazón de las tinieblas)

Recibiendo a Fox

VIDA PÚBLICA.

RECIBIENDO A FOX

POR LUIS SALAZAR C.

El gobierno del presidente Fox nace bajo la estrella de la incertidumbre, Sus intereses no están  a la vista. Sus propuestas se diluyen en un clima de confusión que supone riesgos enormes para el pais. En palabras  de Luis Salazar: preocupa que el futuro no tenga certezas.

Dicen algunos teóricos recientes de la democracia que ésta se caracteriza por la incertidumbre acerca de los resultados. Con ello quieren poner de manifiesto que las reglas del juego de esta forma de gobierno requieren que todos los actores estén dispuestos a aceptar un veredicto, el de las urnas, que a pesar de encuestas y consultas previas es siempre contingente, azaroso y variable. Por eso la democracia moderna es incompatible con cualquier visión providencial o con cualquier filosofía determinista de la historia. En otras palabras, esta democracia exige asumir que la historia la hacen los seres humanos, los dirigentes políticos pero también los ciudadanos de a pie, con sus acciones y decisiones imprevisibles; y asumir, por consecuencia, las responsabilidades diferenciadas que de ello se derivan. En este sentido, la democracia puede ser vista también como un duro proceso de aprendizaje, que obliga a todos a abandonar su condición de menores que necesitan de tutores (hombres providenciales, caudillos y partidos de vanguardia científicamente acorazados) y a hacerse cargo de las consecuencias de sus decisiones y de sus acciones.

Pero si la incertidumbre sobre los resultados es condición esencial de un régimen democrático, un exceso de incertidumbres, esto es, situaciones en las que no sólo se desconoce quién puede ganar y quién perder sino lo que los ganadores y perdedores pretenden hacer después de las elecciones, y en las que incluso es incierta la identidad y los intereses de los propios actores, parece suponer enormes riesgos para ese régimen y para la sociedad que lo padece. De ahí que las democracias relativamente funcionales hayan requerido acuerdos básicos, compromisos fundamentales que. sin menoscabo de la pluralidad social y política existente, establezcan algunos límites para la incertidumbre. Pero a su vez, tales acuerdos necesitan de actores colectivos relativamente cohesionados y consolidados, que no dependan del capricho y la arbitrariedad de sus dirigentes ni de los estados de ánimo variables de sus seguidores. Y necesitan, además y sobre todo, de un Estado y unas leyes previsibles en su funcionamiento general, que tampoco dependan de la sola voluntad noble o perversa de sus operadores.

Bajo estas premisas sólo puede ser preocupante la magnitud de las incertidumbres que se acumulan en torno a la futura gestión del gobierno encabezado por Vicente Fox. A pocas semanas de la toma de posesión y en medio de la confusión generada por un aberrante y larguísimo interregno, simplemente ignoramos no sólo la conformación del nuevo equipo de gobierno sino las líneas básicas que, más allá de objetivos tan vagos como compartibles, se propone seguir el nuevo presidente. En su denodado esfuerzo por quedar bien con todos, Fox se ha dedicado a hacer promesas desmesuradas que pasan por alto la gravedad de los problemas que pretende resolver y las limitaciones que su gobierno tendrá en razón de los propios resultados electorales, lo que se agrava con un “equipo de transición” que en ocasiones semeja un extraño y desafinado coro en el que cada quien canta su propia tonada.

Pero la incertidumbre sobre el gobierno entrante palidece ante las incertidumbres que genera el futuro del PRI y, en menor grado, del PRD. En el caso del primero, sólo es posible esperar una gradual descomposición más o menos escandalosa. cuyos primeros síntomas (los comicios de Tabasco, la rebelión de los burócratas, los conflictos intrasindicales) nos permiten apenas avizorar lo que será una feroz lucha por los enormes recursos de poder que quedaron en manos de ese “partido”. Más que un actor se trata de las siglas bajo las que se expresa una miríada de intereses y visiones incompatibles entre sí, y hoy sólo unidas por el rencor (hacia quienes consideran culpables de habe’r perdido) y el miedo (a perder los recursos que aún conservan). Hasta ahora, todo parece indicar que la gran mayoría de los priistas busca redescubrir su unidad y su fuerza en discursos y en consignas restauradores de un populismo y un nacionalismo tan obsoletos como amenazadores. Liberados del yugo “neoliberal” o “modernizador” que les impusieron las últimas administraciones, no parecen tener otro destino que el de perredizarse, convirtiéndose en permanentes boicoteadores y extorsionadores del próximo gobierno.

En lo que toca al PRD, tampoco es claro su futuro en la medida en que ha visto derrotado su proyecto fundacional, es decir, llevar al ingeniero Cárdenas a la presidencia y sacar al PRI del poder. Sin duda seremos testigos de pugnas sordas entre las distintas corrientes que tratarán de hacerse de los reducidos pero considerables recursos con los que todavía cuenta ese partido, pugnas que se confundirán con las desarrolladas en el PRI y que quizá conducirán a la formación de nuevos referentes político-electorales. En cambio, es bastante previsible que sus discursos y sus estrategias seguirán siendo esencialmente contestatarias y negativas, totalmente ajenas a la búsqueda de negociaciones y acuerdos públicos con el nuevo gobierno (sin menoscabo de realizar negociaciones y acuerdos mafiosos con quien se deje).

Con actores políticos tan frágiles como carentes de vocación pública, y con unas instituciones estatales plagadas de ineficiencias y corruptelas, el nuevo gobierno requerirá de grandes dosis de inteligencia e imaginación política, lo mismo que de mucha paciencia, para lograr los acuerdos y apoyos ya n digamos para realizar las grandes reformas prometidas (la fiscal para empezar) sino al menos para mantener niveles de gobernabilidad mínimos. Y la mayor incertidumbre tiene que ver con la pregunta de si, además de las capacidades mercadológicas hasta ahora demostradas, Fox y su equipo podrán contar con esos recursos. Después de todo, cambiar un régimen político es un desafío mucho más grande y complejo que ganar unas elecciones, n

Luis Salazar C. Filósofo. Profesor e investigador de la UAM.

Reformar la sociedad

REFORMAR LA SOCIEDAD

POR ADRIÁN ACOSTA SILVA

Para cambiar una sociedad primero hay que cambiar a los ciudadanos. Se habla de reformarlo todo.y parece que se olvida lo más importante.

Adrián Acosta Silva plantea una reforma que no empieza afuera, en las instituciones, sino adentro.

La hipercentralidad que ha ocupado la política en los últimos años en la esfera pública de la sociedad mexicana generó, entre otras cosas importantes, la transición de un régimen semiautoritario (o semidemocrático, según se le quiera ver), hacia uno que todo mundo (o casi) comienza a reconocer como democrático. Al calor de varias reformas electorales, de procesos electorales y postelectorales municipales, estatales y federales crecientemente disputados y en ocasiones conflictivos, de tortuosas negociaciones y acuerdos entre los principales actores políticos, de esfuerzos sostenidos orientados a la creación de un sistema multipartidista competitivo y representativo, muchos ciudadanos vimos cómo la política perdía el charm y el misterio que le rodeaba en los tiempos de la larga hegemonía priista para descubrir en ella una suerte de espejo trizado de las debilidades, fortalezas y ambigüedades de la propia sociedad mexicana. En estos años intensos la política dejó de ser el reino de las tenebras, las “cajas negras” y los ritos iniciáticos para convertirse en un espectáculo público, donde el derecho de admisión y de observación dejó de ser el privilegio de unos cuantos, y las disputas y los escándalos políticos adquirieron cada vez más un cierto aire de familia con el de talk-shows que hoy se observan en la televisión abierta en los horarios “familiares”, y cada vez menos parecen formar parte del viejo arte de la persuasión, la negociación y el acuerdo, características “clásicas” (o virtudes) de las propiedades cohesivas y civilizatorias de la política.

Esa hipercentralidad de la política condujo también, entre otras cosas, a colocar en el centro de la atención pública cuestiones tan importantes como la reforma de la economía y la reforma del Estado, y hasta hoy han colocado en perspectiva la necesidad de impulsar una nueva generación de reformas estructurales, institucionales y hasta constitucionales para consolidar los cambios o para inducir nuevas transformaciones, según ha anunciado con insistencia Vicente Fox y muchos de los miembros de su equipo. Sin embargo, un tema opacado y hasta olvidado en el ámbito de la esfera pública construida en la larga transición mexicana ha sido el de la reforma de la sociedad, es decir, el de la transformación de muchas de las condiciones, prácticas, hábitos, costumbres, reglas e instituciones formales e informales que dominan la vida cotidiana de los hombres y las mujeres que habitan nuestros pueblos y ciudades.

Esta dimensión profunda de la vida pública mexicana es, sin duda, la más árida, compleja y conflictiva dimensión de los cambios que requiere, en una perspectiva progresista y democratizadora, una reforma de la sociedad. Acostumbrados durante muchos años al alegre ejercicio de simulaciones, irresponsabilidades y negligencias, capaces de hacer pasar por legal y legítimas muchas monedas falsas, los mexicanos nos hemos acostumbrado a ver como normal hechos como el que. en promedio, en Guadalajara cuatro personas mueran atropelladas cada mes por los choferes del transporte público, a que un diputado perredista agreda a ciudadanos y policías en plena vía pública y a que haga sus desfiguros amparado, como los viejos priistas, en el poder de la charola, a que los curas sigan sermoneando a los ciudadanos frente a los medios, o a que un grupo de enmascarados en Chiapas siga publicando en algunos diarios, acompañados de largos y aburridísimos comunicados. las historias de un tal “Durito”. Esos comportamientos, entre muchos otros, han terminado por corroer los límites siempre imprecisos entre lo legal y lo real, lo deseable y lo posible, lo aceptable y lo inaceptable, lo razonable y la irracionalidad, todas ellas dicotomías productoras de abundantes paradojas y monedas falsas en nuestra vida pública.

Si la democracia contemporánea, liberal y representativa, tiene como principios básicos el equilibrio entre el ejercicio de las libertades y de los derechos políticos con la búsqueda de la igualdad y la justicia, las condiciones sociales que permiten su consolidación efectiva y duradera tiene que ver con la construcción de reglas de convivencia que incentiven la participación y la responsabilidad de los ciudadanos. Si bien la democracia es, entre otras cosas, una fórmula política que permite a los gobernados mantener un razonable grado de control “vertical” sobre sus gobernantes, la democracia también implica que las relaciones “horizontales” entre los ciudadanos estén basadas en esa flor exótica y delicada que es la confianza, es decir, en la certeza de que habrá comportamientos estables y precisos de mí y de los otros, en el ejercicio de las responsabilidades y derechos que cumplimos todos los días en la vida pública.

Como señala agudamente el brillante antropólogo brasileño Roberto DaMatta en un artículo reciente, “no se puede reformar bien al Estado dejando de lado a la sociedad”.1 Un nuevo diseño institucional de la arquitectura estatal, de sus límites, poderes y capacidades es necesario para reorganizar la función del gobierno en una sociedad de tantas carencias y desigualdades como la mexicana o la brasileña, y para ello se pueden crear nuevas leyes e instituciones formales, pero es igualmente indispensable reformar también aquellas reglas, normas y códigos formales o implícitos que amparan la irresponsabilidad, la negligencia y la demagogia que dañan cotidianamente las relaciones entre los ciudadanos, y que están inscritas solamente, como decía Tocqueville, en su corazón. Esa reforma de la sociedad, compleja y delicada, es la que aparece como parte de la agenda implícita que requiere la consolidación de la democracia en México,     n

Adrián Acosta Silva. Profesor- investigador de la Universidad de Guadalajara.

1.Roberto DaMatta: “Lo social y lo estatal desafiando al milenio”, en Nueva Sociedad, 168, julio-agosto, 2000, Caracas.

Los promiscuos y los glóbulos

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Los promiscuos y los glóbulos

Este artículo apareció en la revista Science (noviembre de 2000)

Hablando de vacunas, varios intentos son siempre mejor que uno para fortalecer la inmunidad. Cuando se trata de sexo y del sistema inmunológico, se aplica la misma regla. Una investigación realizada por Charles Nunn, John Gittleman y Janis Antonovics de la Universidad de Virginia en Charlottesville muestra que diversos tipos de monos que acostumbran tener diferentes “parejas”, adquieren un mayor número de glóbulos blancos —y quizá diferentes respuestas inmunológicas— que aquellos que son monógamos.

El doctor Nunn y sus colegas han estado “husmeando” en los expedientes médicos y en las vidas sexuales de más de 40 especies diferentes de monos. Y han encontrado variaciones en la concentración de linfocitos y monocitos —dos tipos clave de glóbulos blancos del sistema inmunológico— en la sangre de los animales analizados. Pero ¿por qué? Animales que están enfermos tienen con frecuencia mayor cantidad de glóbulos blancos, ya que los necesitan para combatir la infección, pero los de la investigación realizada en Virginia venían todos del zoológico, y estaban en perfectas condiciones de salud.

El único factor que parece responder a los diferentes niveles de glóbulos blancos es la promiscuidad en la actividad sexual. En las especies donde las hembras tienen relaciones con más de una pareja existe un mayor número de glóbulos que en aquellas donde se practica la monogamia. (A este respecto, la concentración de glóbulos blancos humanos es consistente con la idea de que la mayoría de la gente es monógama.)

El doctor Antonovics reconoce que la explicación a esto es la amenaza de las enfermedades transmitidas sexualmente. Las ventajas de no sufrir de esterilidad o de muerte provocada por el herpes o por el virus de inmunodeficiencia —versión del virus del sida en monos— sobrelleva el costo que tiene el cuerpo para mantener un buen sistema inmunológico. Sin embargo, el grupo de Virginia tiene que demostrar aún que el simple hecho de tener más glóbulos blancos da a animales promiscuos una ventaja en el combate a las infecciones.

Existen otras explicaciones. Andrew Read, un biólogo de la Universidad de Edimburgo, se pregunta si diferentes niveles de hormonas sexuales en animales promiscuos y monógamos, y no la exposición a enfermedades transmitidas sexualmente, son los responsables. Un trabajo futuro del grupo de Virginia puede encaminarnos hacia nuevas conclusiones.

— Traducción de Sally Avigdor

El nuevo congreso

CALEIDOSCOPIO

EL NUEVO CONGRESO

POR JOSÉ WOLDENBERG

El nuevo Congreso es:

•   Parte del Supremo Poder de la Federación, como manda la Constitución,

•  Bicameral. desde el siglo pasado,

•  Auténtico poder legislativo,

•  Plural, por decisión de los votantes,

•  Representante de la nación, a querer o no,

•  contrapeso incrementado del poder ejecutivo,

•   Coliseo de 500 diputados y 128 senadores,

•  Estratégico para eso que se llama gobernabilidad.

•  Espacio de polémica y acuerdo,

•  Zona sin mayorías calificadas y ni siquiera absolutas,

•  Ring que requiere de puentes eficientes de comunicación,

•   Multicolor (seis partidos en la Cámara de Senadores y ocho en la de Diputados),

•   Expresión de los nuevos ventarrones,

•   Reto y palanca para la sustenta- bilidad democrática.

•  Trampolín, para algunos,

•  Central, dado el mapa de la representación política nacional,

•  Aula, donde más de uno tendrá un curso intensivo de capacitación,

•  Reproductor de las más añejas fórmulas retóricas,

•la verdadera posibilidad de innovar,

•  Freno para las ocurrencias o multiplicador de las mismas,

•  Portador de un déficit de profesionalismo,

•  Selva de intereses cruzados,

•  Renovable, dentro de tres y seis años,

•  Legítimo y legal, por su origen,

•  figura con mala imagen pública, – fábrica ¿eficiente? de leyes,

•  Olla en constante ebullición,

•   Ruleta de la suerte para los suplentes,

•  Enjambre de comisiones,

•  Eventual juego de ping pong (entre las Cámaras),

•  Millonario en facultades, aunque no lo crean,

•  Fiscalizador supremo,

•  Instituto para aprender a sumar, por necesidad,

•  Hyde Park, en no pocas ocasiones,

•  Muro de lamentaciones,

•  Juego de espejos,

•  Hasta tribunal,

•  Procesador de una compleja agenda,

•  Motor o dique del cambio,

•  Cada vez más visible,

•  Frágil kayac, para navegar en aguas turbulentas,

•  Máquina para tejer… acuerdos,

•  Mundo de fracciones,

•  Estructura de absorción de choques,

•  Disciplina y eventuales revueltas,

•  Coctelera versátil,

•  Destapador o tapón,

•  Copiloto y en ocasiones piloto,

•  poder, poder,     n

José Woldenberg Consejero Presidente del IFE. Acaba de aparecer su libro La mecánica del cambio político en México.

El Isherwood perdido

RETRATOS CON PAISAJE

EL ISHERWOOD PERDIDO

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

El narrador inglés Christopher Isherwood (1904-1986) es conocido internacionalmente por dos grandes obras que alcanzaron trascendencia mundial: Adiós a Berlín (1939, traducida al castellano por Jaime Gil de Biedma) y Christopher y los suyos (Christopher and his Kind, 1976).

La primera, que dio lugar a la exitosa película musical Caharet, narra el mundo de excepción moral del Berlín inmediatamente anterior al triunfo del nazismo; la segunda, un libro autobiográfico, expone con una fresca y natural sinceridad, sin mayores pretensiones sicológicas o filosóficas pero con una respiración libertaria inimitable, la forma moderna de vida de un puñado de personajes homosexuales voluntariosos, entrañables, cómicos: ni reprimidos ni idealizados.

Ambas expusieron finalmente al autor como un héroe, casi un mito, de la contracultura o de la cultura occidental avanzada para grandes sectores del público mundial. Fue el patriarca de la contracultura y de los beatniks (la mitología del vagabundo y del azaroso momento presente; la reflexión y la iluminación orientales), del “camp” (inventado en su novela El mundo al atardecer, donde lo encontró Susan Sontag), del liberacionismo gay y de la prosa antimandarinesca pero con insuperable afinación estética.

Isherwood, sin embargo, se propuso ante todo un destino y una labor de artista, como su íntimo camarada el poeta W. H. Auden. Fue un revolucionario del arte narrativo, al que despojó de tramoyas y grandilocuencias artificiosas, en busca de un relato aparentemente llano y contenido, algo humorístico (“campy”), antiheroico y anticomplaciente.

Para Isherwood el mayor vicio del arte residía en el fraude moral o estético (lo falsificado, lo hipócrita, lo prefabricado, lo pretencioso, lo snob). Por ejemplo, define a la Victoria Ocampo de Sur. What a bullying oíd cunt! Y opina que “el cristianismo de izquierda es una de las peores formas de izquierda y de cristianismo”. Casi todas sus opiniones literarias, políticas o religiosas resultarán escandalosas para el letrado convencional.

Con tales miras escapó como de la peste del Establishment literario inglés, de parnasos y academias, y sin miedo alguno al aislamiento o al ostracismo (que tanto aterran a los carreristas literarios), ensayó una vida relativamente anónima de aventurero mundial, que finalmente ancló en California. Novelas como Lo último de Mr. Norris, Violeta del Prater, Encuentro junto al río, Andanzas, Un hombre solo (Mr. Norris Changes Trains, Prater Violet, A Meeting by the River; Down there on a Visit, A Single Man) lo sitúan como uno de los mejores narradores del siglo, dueño (en opinión de Graham Greene) de “una legibilidad inevitable”.

No sólo buscaba un nuevo estilo, sino una nueva vida: en sus novelas aprovecha la revolución sicoanalítica y el pensamiento asistemático para construir una nueva moralidad e incluso una nueva sacralidad humanas. Aprovechó también para ello la tradición hindú del “vedanta” y la meditación oriental. Y ejerció una tenaz defensa de todos los aspectos lúdicos de la existencia.

A ratos, siempre campy, desecha y se burla de los monumentos o dictámenes más solemnes de la cultura occidental, y confiere una asombrosa seriedad a la conversación de un desconocido en un restorán o a ciertos aspectos de charlatanería popular, como los rumores de fantasmas y aparecidos entre los modernísimos suburbios del sur de California.

Un escritor encarnizadamente anti-mandarín. fascinado con el destino del vagabundo anónimo y con el desprecio a los prestigios culturales (farsas, imposturas, falsificaciones), reivindicador de la vida callejera e incluso de la cultura comercial (pero reelaborada por una ironía “camp”), a quien ahora, a quince años de su muerte, resulta desde luego curioso ver coronado por una obra tan vasta y sólida como la de los mayores pontífices europeos: unos veinticinco volúmenes, algunos bastante gruesos.

Todos ellos (hasta su única novela relativamente fallida, El mundo al atardecer, The World in the Evening) dotados de una clara vocación moral o antimoral: una nueva moralidad moderna, y de un nuevo estilo rigurosamente artístico, pero a la vez desconfiado de las imposturas del arte convencional.

Hace poco apareció el primer (imponente) volumen de sus Diaries, 1939-1960, que comentamos y del que tradujimos algunos pasajes en Nexos. Seguramente veremos pronto varios tomos de su correspondencia. Acaba de publicarse un libro inconcluso, que el autor abandonó en 1971: The Lost Years. A Memoir, 1945-1951 (Londres, Chatto & Windus, 2000).

Se trata de un relato autobiográfico de los años de mayor depresión e improductividad de Isherwood, quien ante la explosión de la Segunda Guerra mundial abandonó sus certezas y esperanzas, incluso su país, y buscó una nueva vida a la deriva en los Estados Unidos, como un desasido, dropout o huérfano social. Anheló la fraternidad de la filantropía hacia los emigrados de la guerra, las iluminaciones hindúes del “vedanta” y las libertades, frecuentemente irónicas, de la sociedad y la cultura modernísimas de los Estados Unidos (sobrevivió en buena medida como maquilador de guiones cinematográficos para Hollywood).

Está escrito en el conocido estilo llano e irónico de los grandes libros de Isherwood: un autor, “Yo” (él mismo en el tiempo de escribir, muchos años después), narra antidramática y antilíricamente la modesta pero voluntariosa y enérgica vida cotidiana de un puñado de personajes azarosos, seductores, algo vagabundos, que acompañan a su personaje Christopher (él mismo en el momento de la acción).

En 1971, auxiliado por sus diarios, cartas, entrevistas y otros documentos, recuerda quién fue y con quiénes vivió entre 1945 y 1951 Narra la angustia de la guerra y de la amenaza nuclear, de los hombres desasidos, fuera de los roles familiares, profesionales o políticos impuestos por la sociedad “productiva y correcta”, y las aventuras de todos ellos para gozar sus días terrenales con hambre de autenticidad y de plenitud.

Abundan, desde luego, las escenas eróticas homosexuales, descritas con una frescura y un gozo, una recuperada inocencia, una vocación libérrima de juego, como no se vio en otro autor de su tiempo y como seguramente no conocerá esta humanidad-de-los-tiempos-del-sida en varias décadas. No necesitó recurrir a los laberintos y mascaradas de Proust, a los silencios obligados de Forster, a las arduas construcciones éticas y estéticas de Gide ni a la epilepsia teatral de los santos “malditos” de Genet: habló con ironía y naturalidad inusitadas de hombres y muchachos en un mundo a su medida.

Opino que en ningún autor moderno respiran y se mueven tan a sus anchas los personajes  homosexuales como en los libros narrativos o autobiográficos de Isherwood. Más que un liberador, es un liberado: su enseñanza es el espectáculo gozoso e irónico (“campy”) de su libertad, ganada a pulso sobre el terreno, por los caminos más azarosos y anónimos.

En otro lugar he estudiado con amplitud la obra de Isherwood (Sentido contrario. Universidad Autónoma de Puebla. 1993). Ahora celebro este libro perdido sobre sus “años perdidos”. No contiene mayores revelaciones que las ofrecidas en sus novelas, tomos autobiográficos y diarios, pero ofrece dones extraños.

El primero: el taller del autobiógrafo. Al contar su vida minuciosa en aquellos años desarrolló el estilo, la perspectiva, el tono que daría a Christopher y los suyos. No sorprende que haya abandonado este volumen: se sintió, de pronto, completamente armado para intentar de inmediato uno más ambicioso.

El otro don es el de un libro íntimo de sinceridad abrumadora, ilimitada, mayor tal vez que la del Gide más libre. Así, recuerda aquellos años particulares día a día. amigo por amigo, amante por amante, acostón por acostón, borrachera por borrachera, peripecia por peripecia. No son las meras notas rápidas de su diario, de cualquier modo espléndidas: sino un relato introspectivo, estructurado, producto de una reflexión intensa.

Aunque no faltan a la cita Stravinsky. la Garbo ni Chaplin, entre sus amigos célebres, escasea el namedropping: Isherwood no vivía en parnasos, sino en la aventura de su rincón californiano. y concede al más anónimo de los marineros el mismo estudio artístico y mental que a los Grandes Nombres, en sus menudos episodios de flirting. kissing. licking. urestling, belly-rubbing, sucking. rimming, fucking. being fucked. etcétera. donde alzan para sí mismos y sus amigos una parca mitología vitalista. No sorprende encontrar explícitos y frecuentes homenajes a Whitman y D. H. Lawrence.

La búsqueda de autenticidad, la conquista de la libertad y la alegría, la reivindicación de cada minuto terrenal. el trabajo reflexivo (auxiliado tanto por el sicoanálisis como por la meditación indostana), convierten a este libro “perdido” de Isherwood en un par de sus admirables títulos conocidos.

Y en él se aquilata, quizá más detalladamente que en los otros, su lucha de artista por la independencia personal, tanto en el sentido del pensamiento como en el del estilo: de esa estética al mismo tiempo concisa y profunda, irónica y emotiva. anticultural pero rigurosamente encaminada hacia un trabajo creativo sin atavismos ni falsificaciones, capaz de dotar de un nuevo valor a los más extraños y minuciosos cristales de la vida tal-cual-corre. siempre fugitiva de los engaños de la tramoya, los dramatismos o los magisterios prefabricados de la literatura convencional.

Ciertamente fortalece la mitología entretejida en toda su vasta obra: la vida como aventura de plenitud y autoconocimiento de hombres modernos, libres, dueños radicales de cada cristal de su presente y de su destino en sus mundos específicos, a los que con garras y dientes defienden de todo tipo de coerciones y mistificaciones, n

José Joaquín Blanco Escritor. Su más reciente libro es Poemas y elegías

La portería

LA PORTERÍA

POR CLAUDIO MAGRIS

TRADUCCIÓN DE MARÍA TERESA MENESES

Bajo  del autobús, aferrándose del pasamanos hasta que su pie palpó, no sin cierta vacilación, el asfalto. La mano titubeó un instante para decidirse a sujetar el reluciente aluminio, retirándola apenas a tiempo antes de que la puerta se volviera a cerrar. Resultaba agradable tocar aquel metal, por lo menos donde aún estaba fresco, no donde tantas manos húmedas y sudadas lo habían dejado caliente. Era por esto que se había bajado con más lentitud del autobús, no porque le diese dificultad hacerlo. Miró a su alrededor con sospecha. Todavía le rondaba esa estúpida idea en la cabeza, que su hijo o la nuera lo hubieran seguido. Porque ellos, además, a esa hora estaban ocupados. ¡Y podría ser que ya hasta lo supieran! De cualquier manera, le daba gusto no ver ninguna cara conocida. La calle corría hacia el mar, recta y árida. La claridad, allá al fondo, era lívida, el sol bajo y blanco le molestaba los ojos. Se restregó los párpados, como Mitzi Matzi cuando se le enroscaba sobre las rodillas, en el sillón del estudio, y levantaba el hocico hacia la lámpara sobre su escritorio, que quedaba muy cerca.

No le gustaban las calles perpendiculares al mar, que desembocaban en la gran luz ; prefería, en la geometría de la ciudad, las calles paralelas al malecón, protegidas por las altas casas entre las que se gozaba de más sombra y el anochecer caía más rápido. Toda la ciudad, desde que la había visto por primera vez asomándose sobre la loma del Carso, le parecía demasiado abierta sobre la gran extensión del agua. También los triestinos tuvieron que haberse dado cuenta de esto, si habían construido ese retículo de calles rectilíneas, una celosía que protegía del golfo y de su vastedad; además, muchos de ellos habían llegado del corazón del continente, como él, que lo había hecho de Moravia, aunque mucho tiempo antes.

Cuando él se encontraba frente al mar, se le dibujaba una incómoda sonrisa que le levantaba imperceptiblemente el labio superior y que le descubría un poco demasiado los dientes, igual que a Roll, el bulldog que había tenido durante muchos años y al que, según sus nietos, había terminado por parecérsele. El mar, al fondo de aquellas calles, cada vez le parecía más grande: algunas veces le parecía verlo subir, sumergir las aceras y crecer. Lo sentía susurrar, un fragor que venía de lejos, de un oscuro surco de enormes olas blancas.

A veces, por juego, antes de salir programaba mentalmente su recorrido a modo de evitar en lo posible la visión de aquel azul sin fin; imaginaba un plan de ataque sobre un tablero de ajedrez gigante, dar vuelta en la esquina en el momento justo, esquivar de flanco, hacer la jugada del caballo. Los planes de ataque, lo sabía bien, eran una estrategia de retirada, audaces operaciones para garantizarse un mayor margen de posibilidades defensivas. Toda la vejez, además, era una avanzada para retroceder; uno se adentra en territorio desconocido para sustraerse de la realidad que avasalla por todas partes, punzante e invasora. Incluso sus ganancias, cada vez más miserables con el pasar de los años, habían construido un dique contra la dificultad de las cosas; desde los dineros que había ganado cuando llegó a Trieste desde Hansdorf —ahora todos decían Hanusovice— viajando a la buena de Dios, incluso algunos trechos recorriéndolos a pie, trabajando aquí y allá a cambio de la comida y un lugar para dormir. El edificio de la pequeña —pero no mucho— agencia de transportes, que hasta hace unos meses antes había sido suya, era. también, una tranquilizante barricada.

“¡Usted puede darme órdenes a mí, pero no a los empleados, ni siquiera a las mujeres que hacen la limpieza!”, le había dicho el licenciado Dürer. mirándolo incisivo por detrás de sus anteojos, que brillaban pequeños y malignos. Desde que se había dado el traspaso de propiedad a la sociedad suiza, el licenciado Dürer, el nuevo administrador delegado, se preocupaba de recordarle, al verlo llegar todavía con mucha frecuencia a la oficina, que él era ya tan sólo presidente honorario y, como tal, podía disponer del sillón y de los periódicos, pero no del personal. “Diríjase a mí, para mí será un placer poder atenderlo, pero, por favor, no le pida nada a nuestros empleados. Yo sigo estando con mucho gusto a sus órdenes…”. Y el licenciado Diirer sonreía con una actitud de haber llegado a un acuerdo, orgulloso de haber resuelto con una frase una posible injerencia engorrosa.

El sol ya estaba en lo alto, las calles comenzaban a animarse. En el aleteo de las palomas se escuchaba el chillido de algunas gaviotas; alzó la cabeza y por un instante su mirada se topó con la maligna del pájaro. Cada vez había más gaviotas en la ciudad, se alzaban en vuelo desde los escollos de la ribera y se precipitaban contra las casas, las calles, los jardines. ¡Qué idiota el Dürer ese! Convencido de que él todavía iba a la oficina tan sólo por el deseo de dar órdenes. Pero él seguía yendo a la oficina por costumbre, porque había ido durante años, tal v como había renovado su abono en el Teatro Verdi sin que hubiese disminuido su indiferencia por las óperas, que le parecían todas casi iguales. Ni siquiera creía que lavarse los dientes servía para algo, tan es verdad que los dentistas seguían ganando un montón de dinero no obstante el gran consumo de dentífricos, pero él siempre se los había lavado.

Ciertas cosas sencillamente no se discutían; si dejaba de lavarse los dientes o de ir al teatro, toda la sociedad podía trastocarse. Y él se sentía muy a gusto en esa sociedad. No la amaba, esto sí que no, pero la respetaba. por lo bien organizada que estaba, con las cédulas los títulos los dividendos los matrimonios los teatros y los cepillos de dientes. Todo servía, todo ayudaba a mantener lejos las cosas. El mar. por ejemplo, quedaba inmediatamente atrás de La Bolsa, del otro lado, vasto y con sus olas blancas, pero bajo las columnas y el frontispicio neoclásico de La Bolsa no se le veía ni se le escuchaba, y todo estaba quieto. Estaba bien repetir las cosas. Por esto, Clara, su nuera, se equivocaba con esa manía suya de cambiar constantemente las cortinas o las lámparas; comenzaba con estas cosas, pero luego ya no se sabía hasta dónde iba a parar.

Usted puede mandarme a mí. ¡Suizo idiota! A partir de ese día no había vuelto a poner un pie en su antigua oficina y ni siquiera le había dicho nada, total, el tipo ese no hubiera entendido. Si había algo que siempre había detestado, era dar órdenes. Era tan feliz, cuando, durante el viaje de Hansdorf a Trieste, sin pasar ninguna frontera porque todavía existía el imperio —-y resultaba inconcebible que un día pudiera dejar de existir—, pasaba la noche en alguna granja, preguntando si había algún trabajo qué hacer y le decían que cortara un poco de leña o que recogiera las hojas secas. Le daban una hoz o una hacha, se quitaba la chaqueta y se ponía a trabajar. La leña caía por tierra con ruidos sordos, las virutas saltaban por aquí y por allá, había un buen olor y. aunque era invierno y él estaba en mangas de camisa, no sentía el frío. Luego le daban unas cuantas monedas y se marchaba de allí, el mundo era hermoso y grande.

Cuando pasaba la noche en un henil se dormía de inmediato. Siempre le había gustado dormir, la vida era tan honesta como para desperdiciarla; una hora de un feliz no hacer nada, por cada dos horas de trabajos pesados y malos entendidos, no era un mal contrato. En la mañana, cuando andaba de v iaje, se levantaba muy temprano, incluso más temprano que ahora; durante algún tiempo la oscuridad prolongaba esa nada feliz, luego salía. La hierba estaba congelada, todavía estando en el umbral de la puerta se bebía un huevo fresco, luego se echaba el saco a las espaldas y se marchaba. Le retornaban a la mente las canciones de los afiladores y de los zapateros remendones de Moravia. Canciones alemanas; los alemanes sabían obedecer y cantar, que era la misma cosa, decir que sí.

Más tarde había sido difícil no dar órdenes, cuando había adquirido y luego agrandado el negocio de ferretería, la compañía constructora o la de transportes, abierto filiales y nombrado jefes de oficina y directores, invertido cada vez más dinero en iniciativas cada vez más grandes. Pero incluso allí, con un poco de astucia, lo había logrado. Al principio se asesoró con un funcionario bancario, dejando que él le aconsejara sobre qué títulos comprar o vender, qué especulaciones arriesgar, y dejándole creer que él ya había tomado sus resoluciones y que él sólo necesitaba de algunas informaciones complementarias; la misma cosa, pero en mayor escala, le aconteció después con los administradores y los consejeros de sus compañías. Había sido suficiente con un poco de habilidad, a fin de que no se percataran que eran ellos los que decidían, es decir, los que ordenaban. Y ellos no se habían dado cuenta de esto, todos llenos de respeto y de deferencia —casi de aprehensión, a juzgar por sus caras tensas— esperando que él recibiera y ejecutara sus órdenes.

Una regla, si era válida, valía siempre. La vida no sabía de excepciones, sus leyes eran iguales para todos, como la de la gravedad. También con su matrimonio había sido así. En casa siempre había sido Anna la que decidía todo y él había sido feliz. Anna era hermosa, con sus ojos negros y sus hombros bronceados, y cuando se volteaba hacía él y levantaba la boca para un beso, no había que ponerlo en discusión. El siempre había dicho que sí, tanto en la mesa como en la cama: aun ciertos juegos los había inventado e impuesto ella pero no se había dado cuenta, devota como era, y había continuado tiranizándolo y estableciendo, despótica e ignorante, las mudanzas, las vacaciones, la escuela de los hijos, siempre convencida de secundar su voluntad. Desde hace mucho tiempo Anna ya no estaba y desde entonces todo se había vuelto opaco; se acordaba muy bien del amor, también de pequeños detalles, pero como si fuese algo impersonal, que igualmente pudo haberle sucedido a otro. Y cada vez, con mayor frecuencia, se sentía en la cara esa sonrisa que le descubría los dientes, que casi era un tic.

Dio vuelta en la esquina de la antigua vía teresiana, ya estaba cerca. Un perro levantaba la pata contra el muro, el hilo del líquido descendía serpentino y se desvanecía entre las piedras, el color amarillento le gustaba. Después de la muerte de Anna, tuvo que ajustar cuentas con órdenes y prohibiciones explícitas. Chiara, por ejemplo, no quería que Mitzi Matzi se subiera sobre los sillones, porque dejaba pelos por todos lados, y hacerse de la vista gorda con esa prescripción había requerido de una táctica compleja, elaborada cautelosamente durante largo tiempo, al final coronada por el éxito pero siempre con la necesidad de vigilarla. En la familia lo amaban y él también los amaba. El beso de

Chiara en su mejilla le recordaba ciertas mañanas entre los bosques moravos, con el sol puro recién nacido y el viento ligero sobre el rostro. Marco, su hijo, se quedaba con gusto a conversar con él, también Paola, su hija que vivía en Zurich, le llamaba por teléfono y le escribía con frecuencia, sus dos nietos le preguntaban muchas cosas.

El estaba contento, aunque hubiera preferido escuchar más que hablar; cuando le preguntaban de la Moravia de antes de la Gran Guerra, le parecía que tenía muchas cosas que decir, pero luego se le morían en la boca y entonces fingía que había perdido el hilo de la conversación, a su edad tenía todo el derecho a hacerlo, así lo dejaban en paz. Amaba a sus nietecitos, pero Hansdorf, con su aserradero oloroso a madera y resina y el burcák, el vino nuevo recién vendimiado, que llegaba de los viñedos del sur, era mucho más cercano. De todas maneras la casa era grande; se podía estar a solas y dejar solos a los otros, su hijo, su nuera, sus nietos, sin ser una carga.

También ellos lo dejaban en paz, no lo rodeaban con esas extremadas limitaciones que hacen de casi todo anciano un prisionero. Nadie le había preguntado por qué, desde hace unas semanas, salía tan temprano y permanecía afuera tanto tiempo. Quizás habían pensado que muchos viejos eran madrugadores. Ni siquiera cuando no regresaba a la hora de la comida —aunque hubiera podido hacerlo, contaba con dos horas de descanso, los sindicatos habían hecho progresos— y les llamaba por teléfono, tartamudeando, y les decía que tenía cierto compromiso o invitación, sin que ellos le chistaran nada. Cierto, quizá ya sabían todo, era posible, probable; y fingían que todavía no sabían nada. Mejor así. Y más bien tenía que darse prisa si es que ya lo habían descubierto, para ponerse en regla de una manera conveniente.

Trató de pensar en las maneras más oportunas de averiguar, sin comprometerse, qué era lo que sabían. Si se percataba que habían descubierto todo y habían decidido no hacer nada al respecto, se aprovecharía de esto para quedarse fuera de casa hasta en la noche, excepto sábado y domingo, para no exagerar. El cuartito adyacente a la guardiola era pequeño, pero era más que suficiente. Debía ser bellísimo despertarse allí adentro, solo, con los inquilinos aún dormidos en sus departamentos y el portón cerrado, y escuchar, provenientes de la calle, los primeros ruidos de la mañana, que en su casa no podían subir hasta él, hasta su recámara en el cuarto piso que se asomaba a un patio interior, casi siempre vacío.

Apretó el paso, porque iba casi retrasado y los inquilinos con justa razón hubieran protestado si la portería y el portón no estaba abiertos de acuerdo al horario. Pero ya había llegado, y a tiempo, El edificio de cinco pisos, escuálido y desmayado, debía ser de los años cuarenta. Cuando lo compró ya no se ocupaba personalmente de su pequeña compañía inmobiliaria. El administrador actual se llamaba Repetti. Trató en vano de afocar su cara, ni siquiera recordaba haberse visto con él.

Abrió el portón, volvió a meterse la llave en su chaqueta, sacó otra y abrió la guardiola. Buenos días ingeniero, le dijo al hombre que salía y que le respondió distraídamente. Dentro de poco bajaría la señora Weber con sus dos perros; tenía que estar atento a que no los dejara correr por las escaleras y hacer sus necesidades en el rellano, si no, los demás le volverían a reclamar. Realmente era maleducada y apenas y se dignaba a responderle el saludo a un portero. Además tenía que llevarle el paquete al abogado del tercer piso, el correo lo había llevado la tarde anterior, cuando el bufete ya estaba cerrado, y se lo habían dejado a él, que también había firmado el recibo.

No entraba dentro de sus deberes contractuales, pero dado que en el buzón del correo la placa de los Nigris pendía mal puesta, ladeada, tomó un desarmador y la atornilló con paciencia, hasta que nuevamente la vio sólida en su sitio. Llegó un vendedor ambulante, un negro que vendía anteojos y encendedores; él le compró un par de lentes de sol, le preguntó de dónde venía y luego le inquirió algo sobre el Senegal, pero no le permitió subir las escaleras, porque el reglamento lo prohibía.

La puerta del ascensor estaba toda descascarada, realmente indecorosa. No estaba muy seguro de estar autorizado, pero decidió escribirle a la administración, solicitando que la volvieran a pintar y aprovechando para señalar que los inquilinos del segundo piso nuevamente se habían quejado del alboroto que armaron en la noche los del departamento que quedaba arriba de ellos, con otra de esas fiestas con música a todo volumen.

Tomó el papel y comenzó a escribir. Sería Repetti quien leyera la carta. Quién sabe hasta cuándo seguiría sin darse cuenta —o fingiendo no darse cuenta— de nada, a no ligar su nombre con el del invisible propietario de la compañía inmobiliaria. La única que todavía era suya; las otras, de varios tipos, las había liquidado. Esa y, por lo tanto, el edificio que formaba parte de ella, le pertenecía a él. Giuseppe, más bien, Joseph Della Quercia antes Eichholzer. hijo de Karl. que en Hansdorf herraba caballos, nieto no se sabía de quién, ex-presidente de varias cosas, aunque no sabía decir bien a bien de cuáles.

Quizá también Repetti. al igual que su hijo y su nuera, sabía todo, lo cual no era grave. Quizás hasta lo habían empleado sólo porque de inmediato se habían dado cuenta que se trataba de él, cuando dos o tres meses antes, por casualidad, habían escuchado que en esa casa había puesto vacante de portero y que no podían encontrar a uno. envió su solicitud, se presentó en la oficina del administrador y. luego de un breve diálogo, fue aceptado. En efecto, no era demasiado viejo, era despierto y, en resumen, con buena salud; ya no se podía encontrar a nadie y mucho menos a un joven dispuesto a trabajar como portero y. por lo tanto, no resultaba extraño contratar a alguien ya anciano. Aun si lo habían contratado porque se habían dado cuenta que era él —cosa que no resultaba fácil, considerando las distancias que mediaban entre las oficinas que se ocupaban de los pequeños asuntos cotidianos y la sala del consejo de administración—, mucho mejor. El mismo. además, había decidido que si lo rechazaban, de alguna manera hubiera hecho valer su autoridad; los hubiera obligado a darle ese trabajo, con sus tareas y prestaciones.

Terminó de escribir la carta y fue a meterla en el buzón que estaba justamente frente a la casa, al otro lado de la acera. Quién sabe quién decidiría personalmente repintar o no la puerta; se trataba de un gasto modesto, que no necesitaba de autorizaciones de alto nivel. De todas maneras, una vez más no sería él quien decidiría, aun si el dinero, finalmente, lo pondría él. Pero, con aquel fulano allí, a él no le quedaba nada que hacer, cada vez menos. Cada día se iba alejando más de ese individuo, de ese abstracto de sí mismo que a veces le parecía un simple homónimo y que seguía, cada tanto, en su bufete, firmando actas mecánicamente —sólo las de una cierta importancia— que le ponían enfrente; se lo quitaba de encima lentamente, como si se quitara un traje de ceremonia y lo colgara adentro del armario. ¿Era eso envejecer? En realidad le parecía que el que envejecía era otro, echándose siempre más años y cosas a las espaldas, como un perchero que cada vez está más cargado, y de irse volviendo cada vez más ligero, más ágil.

Todo volvía a ser fácil y leve, desde que ya no era necesario mandar. Durante mucho tiempo, en cambio, lo había sido; años y años trabajosos e interminables, quizá desde el primer momento en el que había llegado a la ciudad, dejándo atrás para siempre Moravia y sus bosques. Luego, de golpe, esa necesidad había desaparecido y el mundo se había transformado en un globo de colores, que no pesaba y que en cualquier momento uno podía dejar que se marchara por su cuenta. Había sucedido hace poco, hace unos meses, quizás hace un año o más; resultaba difícil decir desde cuándo, pero no tenía importancia. Ya había dejado de calcular el tiempo, a veces confundía los meses con las semanas, así como ciertas mañanas, luego de pasar una noche en parte insomne, ya no sabía si había dormido unos minutos o un par de horas.

No hubiera podido decir con exactitud cuándo, pero sí sabía por qué esa necesidad de ordenar, de ganar dinero, de triunfar había llegado a su fin. En Hansdorf, cuando en ciertas noches el cielo se alejaba, las sombras morían entre la hierba silenciosa y el mundo, de repente, era inmenso y gélido, se podía llorar con el rostro escondido contra la espalda de su madre. En la ciudad, entre los edificios decorosos y las naves que entraban en el puerto, no se podía llorar y para echar fuera ese nudo que se sentía en la garganta, ese extravío del niño perdido en la hostilidad de las cosas y de los hombres igualmente prestos para herir, no quedaba más que levantar imperiosamente la voz, hablar más fuerte y más duro que los otros, subirse a los carritos chocadores de la feria, que en las primeras ocasiones que se hacía daba miedo, y plantarse frente al volante, dándoles sus buenos golpes y mandando fuera de la pista a los que se le vinieran encima. Ese extravío, en el fondo del corazón, siempre estaba presente, pero la chequera era una buena coraza y hasta el smoking, el distintivo en el ojal y el rango honorable que otorgaba el trabajo constituían una tranquilizante armadura, aunque pesada.

Luego, una mañana, al levantarse, ese extravío taciturno ya no estaba, se había ido como se aleja un pájaro de un tupido y oscuro follaje. Quizás había ido a posarse en el hombro del otro, de aquel que todavía firmaba decisiones importantes, aunque entendiéndolas cada vez menos. El, de improviso, se había encontrado libre, tan sólo curioso y ya no fastidiado de las cosas; sacándose de los bolsillos las piedras que había recogido en tantos años y corría por los prados, como en Hansdorf, sin miedo ni necesidad de nada, ahora el mundo era un perro que ya no podía morderlo, y ahora se ponía a correr y a jugar con él.

Volvió a cruzar el portón. El asfalto ya quemaba, sería un día bochornoso, pero en el portón había una frescura recóndita. Traspasarlo era como atravesar una cascada, pasarse a la otra parte; el silencio de las escaleras era el fragor incesante de una gran agua que caía y cubría los ruidos del mundo allá afuera, hasta que poco a poco ya no se escuchaba ni siquiera aquel fragor, porque el oído se había habituado. También las voces de su hijo, de su nuera, incluso las de sus nietos se alejaban, se desvanecían.

Un gran ficus le daba sombra a los escalones, oscura jungla resplandeciente en la sombra. Un gato patinó por los escalones, ¡a saber cómo había entrado!, y él lo empujó hacia afuera con delicadeza, porque el reglamento de la casa no permitía animales callejeros. Un geranio se inflamaba en la ventana, encendido por el sol que lanzaba dardos en el patio. También las placas de los buzones del correo brillaban. Dentro de poco llegaría el cartero y, como siempre, se quejaría de que su cuñado se había aposentado en su casa y ya no quería irse. Metió un libro en un cajón, y de otro sacó una fotografía del día de su boda y dos tarjetas postales de Hansdorf y se quedó mirándolas por un rato. El cartero había llegado y él fue a su encuentro. El sol había cambiado de posición, ya no fustigaba al geranio sino al vidrio de la ventana, la franja brillante se reflejaba en el muro y lo cortaba como con un golpe de sable. Cuando un poco de aire movía la ventana entrecerrada, la franja se batía en duelo sobre el muro con mandobles fulmíneos.

“Va a llover esta noche”, dijo el cartero, “mire qué neblina cada vez más oscura, con qué bochorno tan sofocante, pero del mar se está levantando un gran viento, que se llevará todo, ya hacía falta”. El sonreía, levantando un poco el labio que le develaba los dientes, n

Claudio Magris Escritor. Entre sus libros, El Danubio y Conjeturas sobre un sable

W. D. Snodgrass

FOLIO  DE NEXOS

W. D. SNODGRASS

En  1959 ocurrió un hecho decisivo en la poesía norteamericana: W. D. Snodgrass publicó su primer libro de poemas, Heart’s Needle —”La aguja” (o “la brújula”) del corazón”— que el año siguiente obtuvo el premio Pulitzer. Heart’s Needle es una serie de 30 poemas con un tema intocado hasta entonces por la poesía del siglo XX: la pérdida de los hijos en un divorcio. A falta de otro nombre, la crítica norteamericana bautizó como “Poesía Confesional” a la corriente que inauguró Snodgrass y que fueron adoptando poetas como Roben Lowell, Sylvia Plath, Anne Sexton y John Berryman. Como en sus libros siguientes, After Experience (1967) y Remains (publicado con pseudónimo en 1970; publicado con el nombre del autor hasta 1985, después de la muerte de sus padres), los poemas que integran Heart’s Needle son de una dolorosa claridad y de una maestría formal acaso intransferible a otro idioma; no el menor de los obstáculos para quien intente traducir a Snodgrass es la naturalidad con que la rima fluye por toda su poesía. Heart ‘s Needle comienza con un epígrafe memorable, vertido al inglés por Snodgrass de un romance medieval irlandés, La locura de Suibhne. Dice: Cuando (Suibhne) no podía ya volver a las ropas finas y a la buena comida, a sus casas y a su gente, Loingseachan le dijo: “Tu padre ha muerto”. “Me da mucha pena oír esto”, dijo. “Tu madre está muerta”, dijo entonces el joven. “Toda piedad para mi se ha ido del mundo”. “Tu hermana, también, está muerta”. “El tibio sol yace en todas las fosas”, dijo él; “una hermana ama aunque no la amen”. “Suibhne, tu hija está muerta”. “Y una bija única es la brujula del corazón”. “Y, Suibhne, tu pequeñito, el que te decía Papá’ —está muerto”. “Ay”, dijo Suibhne, “esa es la gota que echa a un hombre por tierra “. Se cayó del tejo; Loingseacban lo rodeó con sus brazos y le esposó las manos.

En 1977 Snodgrass publicó uno de los grandes libros de la poesía norteamericana del siglo XX: The Fuehrer Bunker. A Cycle of Poems in Progress, cuyo ciclo completo se publicó en 1995. El libro tiene ocho partes, transcurre entre el lo. de abril y el lo. de mayo de 1945, y está compuesto por una serie de monólogos, con diversas formas poéticas, en los que van apareciendo Hitler, sus colaboradores y sus personajes más cercanos. Este Bunker libró una batalla sólo ganada, bien a bien, hasta hace unos cuantos años: desde su aparición, Snodgrass empezó a recibir acusaciones absurdas de pronazismo. Fue atacado en varias publicaciones y excluido de las antologías. En 1978 el jurado del premio National Book Critics Circle Award cambia su decisión de premiar The Fuehrer Bunkery concede el premio a Day by Day, de Robert Lowell, que acababa de morir. Y poco antes de morir, el mismo Lowell le escribió a Snodgrass: “Tu Hitler no deja de rondarme. Como yo mismo he intentado unas piezas cortas sobre Hitler, lo que emprendiste me habría parecido imposible. Debías estar muy orgulloso”. Hoy The Fuehrer Bunker permanece simplemente como un alto momento de fuerza dramática y precisión poética.

Entre los últimos libros de W. D. Snodgrass están Each in His Season (1993) y Selected Translations (1998), que obtuvo el premio Harold Morton London, de la Academia de Poetas Norteamericanos, por el mejor libro de traducción. En México, la editorial Aldus publicó en 1999 una edición bilingüe de La aguja del corazón, a cargo de Dana Gelinas.

El texto de Snodgrass que aquí publicamos, “Mi padre”, viene incluido en su libro After-images: Autobiographical Sketches, publicado en 1999.

—Luis Miguel Aguilar

El cierre ciclónico

EL CIERRE CICLÓNICO

Divisa del “nuevo periodismo”: “No dejes que ningún hecho interfiera en la efectividad de tu llamado a ocho columnas”.

“EL MUNDO DE LA POLÍTICA SIEMPRE TIENE VEINTE AÑOS DE RETRASO EN RELACIÓN CON EL MUNDO DEL PENSAMIENTO”.

—-John Jay Chapman

Al cierre ciclónico encontramos en el último número de la revista Granta un texto de Roy Hattersley, quien fue Deputy Leader del Partido Laborista Británico de 1983 a 1992. El texto de Hattersley se titula “En busca de la Tercera Vía”. Es un ensayo escrito en forma de pesquisa detectivesca. Concluye así: “Fue Pat Moynihan quien me metió en la cabeza la idea de buscar la Tercera Vía. Por eso, cuando lo vi en Washington en abril de este año, le dije los problemas con que había topado en mi búsqueda. Moynihan no podía pensar en nada que no fuera una conferencia que había dado en la Universidad de Virginia y en un libro que acababa de publicar sobre la pasión por la secrecía del gobierno de Estados Unidos. Al terminar nuestro lunch, le puse una mano cautelosa sobre su brazo y le pregunté directamente: ‘¿Y la Tercera Vía?’. Me miró sin ocultar su asombro. ‘Se acabó’, dijo. ‘Liquidada’. Creo que dijo ‘liquidada’ siete veces. Luego me preguntó: ‘¿Ya leíste el libro de Donald Wilhelm?’. Antes de que yo admitiera mi ignorancia, me dijo: ‘Se llama La Cuarta Vid. No sugerí que averiguáramos nada sobre ella”.

Al cierre ciclónico damos la versión de “La canción del samurai” del poeta norteamericano Robert Pinsky, incluido en el libro The Best American Poetry 2000.

Cuando no tuve techo hice de la audacia mi techo. Cuando no tuve cena mis ojos cenaron. Cuando no tuve ojos, escuché. Cuando no tuve oídos, pensé. Cuando no tuve pensamiento, esperé. Cuando no tuve padre hice del cuidado un padre. Cuando no tuve madre, abracé el orden. Cuando no tuve amigo hice del silencio un amigo. Cuando no tuve enemigo, opuse mi cuerpo. Cuando no tuve templo hice de mi voz mi templo. No tengo sacerdote, mi lengua es mi coro. Cuando no tengo sustento la fortuna es mi sustento. Cuando no tenga nada, la muerte será mi fortuna. La necesidad es mi táctica, el distanciamiento es mi estrategia. Cuando no tuve amante, cortejé al sueño, n

Llegaron las lluvias

LLEGARON LAS LLUVIAS

POR SOLEDAD LOAEZA

Inglaterra enciende el foco de alarma. Mientras lluvias torrenciales invaden las calles de Londres, miles de mujeres se debaten entre una virginidad poco valorada y una maternidad que no tiene cabida entre profesionistas que viven el narcisismo finisecular.

El Monzón llegó al sur de Inglaterra y a finales de octubre espectaculares tormentas e inundaciones provocaron situaciones de emergencia. En la madrugada del 30 soplaron vientos ululantes y cayó una lluvia torrencial. Londres amaneció en el caos: calles del centro anegadas, líneas del metro interrumpidas, estaciones de tren que parecían canales venecianos, árboles partidos por la mitad y más vientos que volteaban los paraguas al revés. El tráfico se congestionó, hubo calles desviadas, todo tipo de cancelaciones y retrasos de trenes por vías encharcadas o coladeras tapadas con las hojas amarillas, doradas y anaranjadas que cubrían las calles, mientras que para llegar a la escuela o a trabajar, multitudes se empujaban en los corredores del metro en busca de combinaciones ingeniosas entre las líneas disponibles y las estaciones que funcionaban. Los andenes estaban repletos de gente y cuando llegaba el tren, con enorme paciencia, los pasajeros nos apretábamos cortés y resignadamente, sin mirarnos a los ojos, pero nadie quería quedarse y tampoco se atrevía a decirle a otro que se quedara. De manera que los trenes iban al tope. Ni siquiera se podía leer , darle la vuelta a la página de un libro era imposible, ni hablar del periódico. Un trayecto que normalmente toma quince minutos pudo convertirse en una laberíntica travesía de más de una hora. Hubo quien de plano no pudo ir a trabajar, sobre todo entre quienes viven en los suburbios; muchas tiendas, escuelas y oficinas no abrieron; se suspendieron clases, conferencias, exposiciones, inauguraciones. Todo el que llegó adonde debía llegar, llegó tarde.

Desde 1703 no se veía un fenómeno semejante; aunque en 1947 el país sufrió inundaciones comparables y en 1987 hubo una gran tormenta en Londres que, como en esta ocasión, derribó numerosos árboles, incluso algunos que tenían más de ochenta años. Sin embargo, lo de ahora ha sido excepcional, pero los meteorólogos y geólogos dicen que no lo será en el futuro, porque atribuyen el fenómeno a los cambios cataclísmicos en el clima del planeta. Según ellos todo esto es efecto del calentamiento global, la temperatura en Europa desde 1900 se ha elevado 0.8°C, y la década de los noventa fue la más calurosa del siglo. La mayoría de los glaciares alpinos está a un grado por debajo del nivel de congelamiento, la talla de los glaciares de todo el mundo es la más pequeña que han tenido en miles de años y la superficie de hielo del polo norte es mucho menos gruesa hoy que hace un cuarto de siglo. De ocurrir los cambios que preven en unos años, la industria turística de Inglaterra podría competir con la de Cancún.

En Londres los cambios climatológicos pusieron al descubierto las debilidades de una infraestructura urbana en la que no ha habido inversiones importantes desde hace más de cincuenta años. El deterioro también podría atribuirse a la política thatcheriana que suprimió todos los subsidios al transporte público. El estado de desastre del sistema había sido expuesto semanas antes por un aparatoso accidente en una de las redes ferroviarias que había sido privatizada, a la cual se le retiró la concesión apenas unas semanas antes de los vientos, y muchos de los problemas que acarreó la tormenta del 30 de octubre en el metro estaban presentes desde antes. Además de que este sistema de transporte que utilizan diariamente millones de londinenses y de personas que viven en los suburbios es el más caro de su tipo en Europa (un boleto de distancia media cuesta el equivalente de cerca de 2.50 dólares), el deterioro es evidente, sobre todo en las líneas más antiguas: las escaleras mecánicas no funcionan, secciones enteras permanecen cerradas por semanas porque están en reparación, los trenes no llegan, o se detienen misteriosamente en la mitad de un túnel durante 2 ó 3 minutos, luego se pasan de largo estaciones en las que debían detenerse.

Los laboristas de Blair proponían la privatización del metro como la única solución para salvar al venerable; pero la propuesta, que muchos rechazan dentro del propio partido, fue uno de los motivos para que Ken Livingstone lanzara su candidatura independiente a la alcaldía de Londres. Ahora, la mala experiencia de los ferrocarriles abona la causa de los antiprivatizadores, porque es prueba de que un empresario privado limita sus inversiones para registrar un máximo de ganancias. Ante la opinión pública la responsabilidad del desastre de finales de octubre es del gobierno de Tony Blair; Livingstone, en cambio, gana en popularidad y para demostrar que puede sacar adelante al metro sin necesidad de privatizarlo ha contratado a Robert Kiley que salvó al metro de Nueva York, sin importarle que uno de los primeros blancos de su ofensiva restauradora pueda ser el sindicato, como lo fue en su experiencia anterior.

La virginidad es cool

El Reino Unido encabeza la lista europea de embarazos precoces con 90,000 anuales en menores de 19 años. Uno de cada cuatro adolescentes británicos ha practicado el sexo antes de los 15 años, sin embargo, muestran una ignorancia enternecedora en algunos aspectos centrales de la vida sexual: por ejemplo, 40% de los escolares entre 14 y 16 años creen que la píldora protege contra las enfermedades venéreas. El año pasado un niño de 11 años embarazó a su novia tres años mayor que él. Hoy es un padre confundido, pero tiene una sola certeza: los cursos de educación sexual le hicieron mucho daño porque despertaron su curiosidad; hasta entonces había sido un niño inocente y feliz. Por consiguiente, está decidido a asegurarse de que su hijo crea hasta los 29 años que los niños vienen de París.

El gobierno ha lanzado una campaña con el propósito de retrasar el primer encuentro sexual promoviendo la preservación de la virginidad hasta los 18 años, pero mientras a las niñas recomienda abstinencia, a los niños aconseja el uso de condones. “It’s OK to be a virgin” y “Es cool decir que no” son algunos de los lemas que han aparecido en periódicos y revistas. El presupuesto obvio de esta propaganda es que la pérdida de la virginidad fue una moda de los sesenta que ha durado demasiado. Es hora de que cambie. Bueno, y ¿qué pasa con las urgidas que perdieron la azucena precozmente en los cincuenta y en los cuarenta, y las de más antes? Las razones del sexo precoz son múltiples y contradictorias: es un asunto hormonal, es un tema de conducta, tiene que ver con el bombardeo cotidiano de los medios y la publicidad, con demasiada información, con poca información, con hogares destruidos, con la represión familiar, con riesgos, desafíos, confianza excesiva o ausencia total de. No se sabe. El problema es tan importante que una de las historias centrales de Eastenders, una gran telenovela de la BBC que lleva en pantalla casi dos décadas, es la de una madre adolescente que lleva dos semanas en el hospital después de dar a luz un bebé al que no quiere ni tocar. En cada escena llora amargamente porque ya no podrá ir a la escuela, tendrá que trabajar de mesera —como la cuarta parte de las protagonistas de la telenovela— o irse a la provincia. Lo que más le aterra es que su mamá se entere… Bueno, se trata de una telenovela.

El reflejo más claro de estas contradicciones es Britney Spears, uno de los iconos pop más poderosos del momento. Esta atractivísima adolescente encarna la eterna dicotomía cultural virgen/prostituta que durante siglos ha alimentado las fantasías masculinas. Britney es una Lolita semi corrompida, estrella de porno fresa, que hace de los clips de Madonna cuadros plásticos del Día de las Madres, y cuyas canciones sugieren la misma prisa por irse a la cama que los Rolling Stones. Pero en las entrevistas Britney ha dicho que será virgen hasta que se case, despertando todavía más fantasías masculinas. Pero la pregunta es si Britney es un ejemplo para la juventud. Los suspicaces creen que es necesario saberlo porque piensan que ha sido reclutada por el gobierno para apoyar su campaña contra los embarazos adolescentes y el sexo en patines.

La maternidad es out

Los planificadores demográficos tendrán que confiar en otras mores para frenar la pérdida precoz de la virginidad. Mientras miles de adolescentes—en general pobres y sin educación— se encaminan con los ojos vendados por el camino de la maternidad, otros miles de mujeres profesionistas la retrasan año con año. La verdad es que no hay muchos incentivos para tener hijos. Las mujeres educadas que tienen hoy entre 25 y 35 años, un buen empleo y un alto ingreso no tienen en cambio ningún interés en sacrificar todo esto por un bebé, al menos no por ahora. Además de que no están dispuestas a sacrificar su trabajo, ni un salario alto, tampoco les interesa perder un nivel de vida que les permite viajar cómodamente, vacacionar en lugares exclusivos, tener un coche elegantísimo o un departamento de lujo, en el que apenas duermen el fin de semana si acaso coinciden con su partner. (En Inglaterra nadie habla de marido, esposa o compañero/a, sino que se refieren al neutral partner, un socio. Una palabra que si bien mantiene la neutralidad respecto al arreglo familiar, evoca una relación contractual cuyo uso generalizado sorprende dado el rechazo, también generalizado, al contrato que es el matrimonio.) ¿Mi reino por un bebé? Ni hablar.

Un fiel reflejo del narcicismo finisecular es esta actitud entre las profesionistas británicas. Muchas no quieren tener hijos por temor a arruinar una figura que mantienen con muchos ejercicios y dietas. Según una encuesta sólo Una de cada cien británicas está satisfecha con su cuerpo y 85% admite que la talla de la ropa es una preocupación de todos los días. Tres cuartas partes de las mujeres cree que estaría mejor si perdiera cinco kilos y una de diez confiesa que está constantemente a dieta. La mayoría de ellas está deprimidísima porque no tiene cintura. El peso les afecta tanto que les ha echado a perder la existencia. Si el gobierno quiere detener los embarazos precoces lo único que tiene que hacer es distribuir cintas métricas para que las adolescentes midan cada día las posibles consecuencias de la pérdida de la virginidad.

Las brigadas de ultramar

Los oficios más nobles, más tradicionales están en crisis. Es ahora cuando las excolonias vienen en ayuda de la metrópoli. El Reino Unido registra en los últimos años una peligrosa escasez de maestros, enfermeras, bomberos y policías. Las tasas de reclutamiento de estos cuerpos indispensables para el buen funcionamiento de la sociedad han caído a niveles peligrosos. La respuesta a esta situación crítica la ha encontrado en Australia. Canadá, Nueva Zelanda y la India desde donde están llegando auténticas brigadas de emergencia para cubrir los vacíos críticos en escuelas, hospitales y comisarías.

La situación no es exclusiva de este país. En España, ante la inminente formación de un ejército profesional que no podrá contar más con el apoyo del desaparecido servicio militar, se ha anunciado que se promoverá en América Latina el enganche de reclutas. En los próximos años Gila podría ser boliviano, n

Soledad Loaeza Politóloga. Su más reciente libro es El Partido Acción Nacional: La larga marcha. 1939-1994

DF: Se solicitan políticos

DF: SE SOLICITAN POLÍTICOS

POR RODRIGO MORALES

¿Cuál es el futuro del DF? Rodrigo Morales examina aquí la falta de compromiso de un gobierno cuya prioridad ha sido siempre el voto y no el ejercicio del poder. Los años siguen pasando, las mejorías no se ven por ningún lado, y el DF no tiene aún quién atienda sus reclamos y necesidades.

La reforma política del DF ha vivido atrapada en engaños. Una sucesión de coartadas la han tenido cautiva en discusiones tan frecuentes como estériles para resolver la gobernabilidad de la ciudad. Hace más de treinta años que el tema está presente, y no ha podido culminar en una negociación satisfactoria. Al principio el eje que parecía articular de mejor modo las demandas políticas de los capitalinos era el de la reposición de los derechos político-electorales, los cuales tuvimos truncados durante casi sesenta años. La fórmula parecía sencilla: los habitantes de la capital recuperaríamos la ciudadanía en cuanto pudiéramos elegir a nuestros gobernantes. Ciertamente, hace algún tiempo que sufragamos para elegir a nuestras autoridades y eso no parece haber alterado la demanda de una reforma política. Es más, acaso estamos peor que antes si atendemos a la operatividad del arreglo institucional que nos rige.

Tras la demanda del voto, se ocultó el tipo de ciudad que queríamos. Ante la ausencia de una imagen clara sobre las complejidades del gobierno, lo que prevaleció fue aferrarse al reclamo del voto. La elección resuelve las formas de acceso al poder, pero dice muy poco de cómo se ejerce. Hoy la ciudad de México padece la ausencia de un buen arreglo para ejercer el gobierno reclamado por la pluralidad del 2 de julio. No tenemos los engranes óptimos para hacer eficiente la acción de gobierno.

Existen al menos tres hipótesis que nos pueden ayudar a entender el arreglo institucional del DF. Su reforma ha sido siempre marginada de los grandes arreglos. Si bien siempre ha formado parte de la agenda de los actores políticos nacionales, en los hechos hemos sido testigos de cómo los temas político-electorales a nivel federal, e incluso aquellos que le dan viabilidad al equilibrio de poderes, se han desahogado puntualmente, mientras que el asunto del DF sigue pendiente. Pareciera que su solución siempre se fuga hacia delante.

Dos ejemplos ilustran el tipo de cálculos que se han aplicado para el DF: desde la reforma constitucional de 1996 se sabía que los jefes delegacionales serían electos en el 2000, y sin embargo el entramado legal que rige las relaciones entre el jefe de gobierno, la asamblea y las nuevas figuras delegacionales, no tuvo cambio alguno. Si bien en el 98 hubo un intento por crear una suerte de cabildos que fueran un contrapeso al ejecutivo delegacional, no pasó de ser sólo un intento. El affaire en torno al bosque de Chapultepec es apenas una mínima expresión de los desarreglos posibles.

El otro caso emblemático del cálculo político de los reformadores del DF es la cláusula de gobernabilidad para integrar la Asamblea Legislativa; dicho precepto estaba presente en la Constitución cuando se le hicieron las grandes reformas electorales de 1996; en el 2000, sigue vigente. Recordemos la interpretación que de la norma hizo el Tribunal Electoral del Poder Judicial, y la incertidumbre que dicho precepto generó entre los principales actores de la ciudad. Los votos han sido siempre la prioridad de los partidos políticos, mientras que la reflexión sobre las formas de ejercer el gobierno del DF siempre es postergada.

Las discusiones en torno al futuro del DF han estado atrapadas en un falso debate. Pareciera que lo más importante ha sido cómo bautizar el arreglo (estado 32, municipios metropolitanos, etc.) en lugar de acceder a un planteamiento que articule las inquietudes de los actores políticos. En el añejo debate que destaca las particularidades constitucionales del territorio de la ciudad de México se han consumido las energías de los reformadores. Grandes y graves temas han sido revisados y reformados por el Constituyente Permanente, sin embargo no parece llegarle la hora al DF. Mientras se subrayen las dificultades tan insuperables como la historia, y las particularidades que son tan específicas como inasibles, difícilmente llegaremos a buen puerto.

La dinámica de la negociación política, la historia concreta de las administraciones, llevan a pensar que la ciudad de México no cuenta con una clase política que esté verdaderamente involucrada con ella. La combinación fatal de las disminuidas atribuciones que tiene el gobierno local, la subsistencia de un acuerdo cuyas definiciones centrales siguen descansando en lo  fundamental en el Congreso de la Unión, junto con el hecho de que las administraciones han concebido a la ciudad de México como un trampolín —o acaso una aduana que hay que transitar para llegar a la política verdadera— han hecho que en la ciudad de México, a diferencia de lo que ocurre en casi todo el resto del país, no se cuente con una clase política lo suficientemente fuerte y articulada como para que impulse las transformaciones que necesita.

Habría que incluir la actualización de cálculos políticos de los actores de la ciudad, producto del reacomodo de fuerzas a nivel federal. junto con las alineaciones particulares que tanto en el gabinete federal como en el local se produzcan, pero por el momento basta resaltar estos antecedentes y anticipar un buen deseo. Ojalá darle racionalidad a la acción de gobierno sea más relevante en la mesa de las negociaciones. que simplemente calcular los votos.      n

Rodrigo Morales Politòlogo.

Soltando amarras

SOLTANDO AMARRAS

POR JORGE JAVIER ROMERO

El PRI perdió y Vicente Fox subió a la presidencia. Pero ¿el nuevo capitán sabe cómo y hacia dónde conducir el barco? Jorge Javier Romero responde con preocupación ante un proyecto de gobierno cuyo lastre es mayor que su definición.

La nave del nuevo gobierno ha zarpado, pero tal vez el lastre que lleva sea excesivo. Por un lado, todas las esperanzas, que también pueden ser una carga; por el otro, todas las inercias, las viejas maneras de hacer las cosas, las instituciones intactas del antiguo régimen. ¿Será el capitán lo suficientemente hábil para evitar que el barco se vaya a garete? Los temores se agudizan cuando no se ve que el nuevo presidente tenga un propósito fijo. Más bien parece que pretende gobernar saliéndole al paso a los problemas y que su proyecto de reformas carece de hilo conductor.

Arriba del barco, además, van todos los que piensan que se trata de la hora cero, los que creyeron que apoyar a Fox tenía sentido porque el gran objetivo era derrotar al PRI y que con ese solo hecho todo cambiaría. Efectivamente, con el PRI fuera de la presidencia mucho cambia; el régimen de la revolución hecha gobierno ha muerto, pero ¿nada será igual? Es posible que los optimistas sean pronto los más desilusionados, porque las maneras de hacer las cosas en política se reproducen autónomamente y sin reforma real en las reglas difícilmente vamos a ver los grandes cambios prometidos. Los nudos de la vieja red se han desatado. Las razones de la disciplina se han esfumado, la piedra angular del antiguo orden político se ha caído. ¿Y el nuevo orden? Apenas si se le ven los cimientos. A ver si ahora, cuando tiene que empezar a funcionar, al tiempo que se avanza en su construcción, no le caen encima a la nueva estructura los escombros de la vieja.

El nuevo gobierno arranca y tiene que funcionar con una administración pública astrosa y que, además, está formada por funcionarios que durante años han sido disciplinados y silenciosos, pero que ahora no tienen ninguna razón para seguir quietos. La escandalosa protesta por el asunto del bono sexenal apenas es un síntoma de un síndrome que puede ser agudo. El PRI se vio lento y no avanzó ante su inminente pérdida del poder, en la construcción de una administración pública profesional que modernizara al Estado, pero que a la vez fuera garantía de seguridad en el empleo de miles de burócratas que pertenecían a sus redes de clientelas y que ahora entrarán a competir en desventaja con las redes de la coalición triunfadora. Puede ser que lo visto en el motín de octubre y noviembre no sea nada comparado con lo que vendrá.

Las reformas urgen, pero para que se den no va a bastar la voluntad política del presidente. Hace falta tejer fino para que se den los acuerdos, pero se ven pocos alicientes para que los partidos cooperen en el Congreso. Es posible que la tan llevada y traída reforma del Estado se vuelva a empantanar en una Cámara de Diputados donde las oposiciones —PRI y PRD— no encuentren razones suficientes para pactar, de manera que las iniciativas de cambio —si es que finalmente las hay— salgan adelante.

La idea de pluralidad que ha manejado Fox para integrar su gabinete es ficticia, porque no se basa en compromisos claros entre distintas fuerzas, sino en relaciones estrictamente personales. Por más que el nuevo presidente se pretenda neutral, detrás de él está una coalición de derecha. no la gran coalición de transición que muchos han creído ver.

Los intereses que representa el nuevo gobierno no se han hecho del todo explícitos por la polvareda levantada al derrumbarse el PRI. Sin embargo, tanto en la acción de gobierno como en las reformas institucionales que proponga, poco a poco se irá viendo quién ganó realmente el 2 de julio pasado. Eso es normal en una democracia. Lo que todavía no es normal es la democracia misma. Demasiados vacíos, muchas incertidumbres. La transición mexicana dejó muchos pendientes que ahora pesarán sobre el proceso de consolidación de la nueva normalidad política. Los viejos actores seguirán aferrados a las prácticas que durante años les garantizaron sus privilegios o. una vez libres del yugo corporativo, se volverán levantiscos, escandalosos. Los mecanismos que las obligaban a pactar se han quebrado pero no existen nuevos espacios para la concertación social. Será, por tanto, tiempo de pulsos, de gestos iracundos. de amagos. Sin cauces nuevos, de nuevo sólo queda la figura del presidente como gran concertado a lo mejor, después del gran cambio. nada nuevo nazca: sólo el poder personal, y no las instituciones, garantizará la estabilidad.

Las amarras se han soltado, la nave va. aunque algo escorada y bajo un cielo plomizo con barruntos de tormenta,   n

Jorge Javier Romero. Politòlogo. Profesor de la UAM-Xochimilco.

Mi padre: Un sketch autobiográfico

Incluso físicamente, mis padres parecían no encajar. Mi madre era pequeña, achaparrada, y con algo de patito feo. Incluso en fotos de la infancia con su familia se ve plana, resentida y opacada por Flee, su hermana mayor. El buen ver y la vivacidad de Flee la habían llevado a círculos más altos (y, quedaba implícito, de modo más rápido); mi madre nunca la perdonó.

Mi padre era alto, delgado y, hasta donde podría esperarse de un contador, con porte; se parecía de un modo notable a Fred Astaire. Admirado por las mujeres. gustado por la mayoría de los hombres —no los menos, sus empleados— tenía mucha gracia social. Había sido un buen atleta, un prodigio local del ajedrez, de modo reputable se había abierto paso en Pittsburgh jugando billar de apuesta, y era ya un exitoso hombre de negocios. Hasta poco antes de su muerte parecía diez o quince años menor de lo que era. A la mediana edad, tuvo que mandar a buscar su acta de nacimiento; había mentido sobre su edad durante tanto tiempo que ya ni siquiera él la sabía.

Creo que fue un niño enfermizo; contrajo una de las enfermedades, hoy raras, de la infancia, quizá difteria. De no ser porque era verano, nos dijo su madre, él habría muerto. El se había aferrado a la reja con picos en su patio, dijo ella, para que la tos no lo derribara. Su recuperación debió ser notable. En su adolescencia trabajó en el camión repartidor de hielo —que aún existía cuando yo era niño, y que llevaba inmensos bloques de cristal a cada vecindario mientras nosotros los niños seguíamos su parte trasera para recoger los pedazos y trozos sueltos de hielo que dejaba caer—. Los hieleros eran fuertes y curtidos. No sólo cargaban bloques de hielo de trescientas libras, tenían que pelear para obtener los primeros bloques recién cortados en la fábrica de hielo. Me han dicho que mi padre se sabía varias llaves de lucha libre y que con mucha destreza podía derribar a un hombre con mayor peso del suyo. En todo caso, él había sobresalido a la hora de pelear el hielo y no tenía cicatrices que mostrar por eso. Se había roto la nariz dos veces, pero sólo cuando de las pesadas y negras tenazas para el hielo se zafaba un bloque que él estaba cargando y le caía en la cara. Esto le costó severos dolores en los senos nasales y varias operaciones para quitar cartílago y huesos rotos, pero nunca afectó su apariencia.

Debió ser bueno para la mayoría de los deportes, pero destacaba más en béisbol. Aquí, también, la iniciación fue ardua; cuando se integraba al equipo local los miembros del equipo le rellenaban a uno la boca con tabaco de mascar, hasta que todos acordaban si la cantidad era suficiente, y luego daban un tiempo para sostenerlo en la boca. Era notable la explosión cuando el tiempo expiraba. Mi padre no sólo pasó la prueba, sino que jugaba bien. Pudo llegar a ser profesional como cátcher de no haber sido por su única debilidad, una debilidad fatal. Un cátcher debe dejar su posición en cuclillas y disparar la pelota a la segunda base en un lanzamiento tendido que dejaría sin cabeza al pítcher si éste no lo esquiva a tiempo. Conforme te haces viejo. me decía él, cada uno de estos lanzamientos te roba una semana de lo que te resta de carrera. Pero no había problema; mi padre ni siquiera podía hacerlo cuando era joven. Trató de enseñarme algunas de sus habilidades pero yo resulté una penosa decepción. Amarrado al delantal de mi madre, era una nulidad para la mayoría de los deportes, sobre todo aquellos en los que él era bueno. De modo extraño, resulté un poco mejor para el futbol (que él nunca había jugado); aún recuerdo juegos en los terrenos baldíos donde yo cumplía con lo debido, hasta acabar felizmente adolorido del cuerpo y hasta sangrando. Pero eso no es lo mismo que ser bueno para jugar. Mi tío Stew había sido un buen jugador amateur en torneos de tenis y él también trató de enseñarme. Me encantaba este juego, sobre todo la rectitud deportiva que era de esperar: uno nunca cantaba a su favor puntos dudosos: uno se lo daba al oponente o el punto volvía a jugarse. Tuve mis mejores golpes en ese terreno. Por desgracia, yo perdía incluso contra gente que quizá nunca había visto una raqueta —de hecho, yo perdía sobre todo con ellos—. Contra un buen jugador como Stew, yo parecía casi tan bueno como él. Mi problema real era al que Stew, en broma, culpaba por sus infrecuentes puntos perdidos: todo estaba magnífico, de no ser porque yo no ganaba los puntos suficientes. Cuando yo no podía cantar puntos suficientes en contra de mí mismo, mi desempeño era simplemente pobre.

Mi padre quería un peleador. En cada nuevo vecindario al que nos mudábamos, yo tenía que pelearme con alguien de la nueva pandilla. Durante semanas, yo dejaba que me jalonearan y me vejaran, hasta que por fin nos encerrábamos en algún callejón y nos fajábamos a golpes durante una o dos horas. Para mi sorpresa, gané tantas peleas como las que perdí, aunque en realidad a nadie le importaba eso. Los muchachos sabían que yo no era un peleador, y esto era más aceptable para ellos que para mi padre.

Tampoco sabía jugar billar: yo lo había visto a él dar exhibiciones en carambola de tres bandas y habría dado un pulmón por aprender eso. Hasta la agresión simbólica del ajedrez era demasiado para mí; yo estudiaba sus libros de ajedrez, y me maravillaban Alekhine, Capablanca o Lasker, pero en cuanto nos sentábamos a jugar, mi mente vagaba. El tenía ese don de la energía mental agresiva que le permitía enfocarse en las fortalezas y vulnerabilidades de cada pieza, su lugar en todo el plan de la batalla. El mismo don, sin duda, que le permitía enfocarse en esas columnas con cifras durante todo el día y muchas noches. La falta de ese don me derrotaba abyectamente, aunque yo me propusiera una defensa Nimzovich o un libro de contabilidad.

Y no es que mi padre ganara todos sus combates. Los muchachos del colegio le pueden hacer a uno más daño, a veces, que los hieleros o los jugadores de beisbol. El había ingresado al Geneva College —al cual asistimos posteriormente tanto mi hermana como yo— , la pequeña escuela como a una cuadra de la casa que mi familia compró eventualmente. Era una estricta institución cristiana, regida por la Iglesia Presbiteriana Reformada, una secta escocesa fundamentalista conocida como los Covenanters; no fumaban, no bebían, no bailaban, ni votaban. (Una vez conocí a un Covenanter que me confesó que a veces él salía “y se echaba un voto”.) Con el estricto rigor respecto a tales prohibiciones, de manera extraña podían ser ciegos a cosas como el sexo, las actividades del equipo de futbol, y la brutalidad de las novatadas. Al equipo —alguna vez de veras poderoso, ¡realmente había derrotado a Harvard!— lo formaban tipos toscos, reclutados en los molinos locales y en las minas; ellos estaban detrás de muchas de esas novatadas. Mi padre, quizá demasiado orgulloso de sus éxitos previos, no iba a dejar que lo novatearan —así tuviera que pelearse contra toda la escuela—. Si aquella vez lo atacaron de uno en uno o en montón (durante mis días ahí, la especialidad era atacar en montón), es algo que no sé. Fue a dar al hospital; hubo un escándalo considerable.

Después de eso, sus padres lo mandaron a Tarkio College, en Missouri, donde conoció a mi madre. Con todo, sus problemas en Geneva no lo habían acobardado; mi madre me dijo que una tarde mientras caminaban, varios muchachos que iban en un carro se metieron con ellos. El saltó al carro y bajó a los tripulantes. Cuando sus padres lo trajeron de regreso para que acabara sus estudios en Pittsburgh, mi madre y mi padre se separaron durante un año; pero después de su graduación, se casaron. Sospecho que sus padres buscaron transferir a mi padre a la espera de que el compromiso fuera roto; en un principio no habían aprobado sus amoríos con una muchacha de una zona que ellos creían llena de indios, forajidos y violencia. Con el tiempo, se sobrepusieron a esto; ella, no.

El matrimonio de mis padres debió ser feliz en un principio, mientras fueron jóvenes y pobres. Puedo recordar, de mi primera infancia, cómo mi padre entraba al cuarto y le daba a mi madre una palmada en las nalgas, y me parece recordar abrazos ocasionales que parecían de afecto verdadero, casi apasionados. Pero, para los tiempos que puedo recordar con mayor claridad, ya el frío se había instalado. De vez en cuando, mi padre le dirigía un gesto; al gesto siempre respondía una desaprobación glacial de parte de ella. De ella nunca salió una palabra de reproche, ella nunca dijo por qué estaba enojada; sólo se daba la vuelta, furiosa y en silencio. Guardaba su rencor mejor que nadie que yo haya conocido.

¿Quién sabe si hubo algún incidente específico que disparara este largo silencio ártico? A veces, mi madre insinuaba algunos ultrajes, pero parecían como los “motivos” de Yago para odiar a Otelo. Ella insinuaba que, mientras me estaba pariendo, mi padre se había quedado con Flee en la parte de ahajo de la casa. Mi madre no sugería más que algo de bebida, que quizás estaban poniéndose un poco alegres, que posiblemente bailaron. Me cuesta trabajo imaginar más que eso. Pero, a los ojos de ella, el solo hecho de beber era infierno y perdición. Ella sabía que él bebía con personas asociadas a su negocio —¿de qué otro modo podría él construir su negocio?—. Pero sus convicciones le daban a ella la excusa perfecta para no acompañarlo a comidas y fiestas de negocios, ni para invitar a la casa a sus compañeros de negocios. Eso también le daba a él la excusa perfecta para ausentarse de la casa cada vez que se le antojaba. Y se le antojaba cada vez con mayor frecuencia.

Después de la muerte de mi padre, ella declaró que la secretaria principal de su oficina se había enamorado de él: “¡No se me había ocurrido que ella fuera capaz de ser tan maligna!”, dijo mi madre. Tal vehemencia me sorprendió, sobre todo porque ella había dicho que mi padre había despedido a su secretaria en cuanto lo supo. Yo no creía que fuera maligno amar a alguien, ni siquiera en el caso de que estuvieran comprometidos por fuera; podría ser maligno para ellos responder bajo tales condiciones. Pero ella debió estar más enterada de lo que fingía sobre aquel largo e intenso affair amoroso y el cual, como descubrí después, en realidad sólo había terminado cuando mi padre finalmente se negó a dejar a mi madre y casarse con su secretaria. Aun así, dudo que mi madre supiera esto; lo probable es que, como Yago, su fuerte fueran simplemente el odio y la sospecha. Incluso en caso de que ella lo supiera, yo habría creído que la elección final de mi padre por mi madre pudo haber aliviado algo de la amargura. O. si esa amargura era ya muy profunda, yo habría creído que sería mejor hacer a un lado lo que uno no puede perdonar. Pero en ese tiempo, sabía yo poco sobre el amor y las delicias del rencor duradero.

Al paso del tiempo, mi padre tuvo otros amoríos. Una noche en que mi madre había salido, él llamó a la casa para decir que trabajaría hasta tarde. Cuando dieron las cuatro de la mañana y él aún no había llegado, llamé a la policía tanto en nuestra localidad como en Pittsburgh para ver si había tenido un accidente de tráfico. A punto de amanecer, lo obvio comenzó a ocurrírseme. Francamente, para mí fue un alivio descubrir que él tenía otras mujeres; nadie en su caso habría sustituido con las magras raciones de afecto por parte de mi madre.

Aun así. yo no quería saber los detalles. Tiempo después, una vez que yo estaba de visita de la universidad, me invitó a almorzar en su club en Pittsburgh. Llegó con una mujer que yo nunca había visto: no muy atractiva, pero bien vestida y vivaz. Era una mujer dedicada a los negocios que él conocía desde los días de la escuela y con quien, al parecer, había tenido una relación intermitente durante años. Ella me gustó, pero se me hizo odioso dirigirme a casa y mentirle a mi madre sobre el día que habíamos pasado. Yo quería que él se encargara por su cuenta de cuantos engaños necesitara. Después de todo, por estar lejos con tanta frecuencia (debido en parte a tales amoríos) nos había ayudado muy poco en lidiar con mi madre.

A pesar de tales resentimientos, yo lo prefería a él que a mi madre: simplemente él era más atractivo. Uno diría que el sádico y el masoquista crean su relación a partes iguales; pero es el sádico quien aún tiene el látigo y es difícil gustar de eso. ¿Por qué, entonces, no seguí el ejemplo de mi padre, no hice mías sus enseñanzas, no seguí sus pasos? Sin duda, todos sabíamos desde el principio que mi madre era la más fuerte, la más apta para sobrevivir. Lo admito con desagrado; pero los niños, también, reconocen a los agresores reales, a los detentadores del látigo, y aprenden a identificarse con ellos.

Simone Weil escribió: “Los poderosos de este mundo, si llevan la opresión más allá de cierto punto, inevitablemente se vuelven adorables”. Ella escribía, claro, sobre política, ¿pero quién dice que yo no escribo aquí sobre lo mismo? ¿Dónde si no en la familia aprendemos esos paradigmas sobre los cuales construimos nuestras posteriores estructuras domésticas y políticas? Por supuesto, no augura nada bueno el que, ya sea en el amor o en la política, empecemos nuestras vidas identificándonos con, y adorando lo que, no podemos admirar.

Lo menos que puede decirse es que los muchachos suelen oponerse a sus padres y yo había tenido enfrentamientos tempranos con los míos. A la hora de dormir, cuando éramos pequeños, nuestra madre se sentaba en nuestras camas mientras nos arrodillábamos junto a su regazo para decirle nuestras oraciones. Le decíamos nuestras oraciones “a ella”; la frase no es del todo accidental. Una tarde en que mi madre había ido con las Damas Voluntarias o a una reunión de las DAR (Daughters of American Revolution), mi padre nos preparaba para acostarnos y nos decía a mi hermana y a mí que le dijéramos nuestras oraciones “a él”. Yo quería esperar hasta que mi madre regresara a la casa.

El insistió; yo me negué. “Muy bien, si quieres pelearte”, dijo él, “ya tienes los puños cerrados: ¡éntrale!”. Bajé la vista y noté, sorprendido, que mis puños estaban cerrados; y él quería pelear conmigo de hombre a hombre. Me sorprende el hecho de que no me haya desmayado; estaba tan aterrado que no puedo recordar qué acabé haciendo. Supongo que me rendí y que lo traté, por el momento, como si él fuera la figura deífica de la familia. Pero, como en la mayoría de los casos, era una conversión falsa —y una victoria también falsa—. Si de algo me convenció la necesidad de mi padre por abrumarme, fue de su debilidad.

Contra mi madre, una rebelión así no habría provocado de su parte ninguna exigencia de sometimiento, sino más bien una retirada silenciosa de ella que me tendría, en unas cuantas horas, rogándole que aceptara aquellos ritos de adoración que ya para entonces ella se negaría a aceptar hasta que yo no mostrara una postración total y abyecta. Sólo hasta que yo ponía de manifiesto que este era mi deseo, y no el suyo, mi madre, con desdén, asumía una vez más aquella dominación absoluta que todos demandábamos de ella.

Conforme crecí, poco a poco se hizo claro que los orígenes de nuestros líos eran menos simples de lo que yo había pensado. Si salíamos con mis padres de viaje, en algún sitio, tarde o temprano, nos encontraríamos con uno de esos puestos junto a la carretera que mercaban pilas de pájaros, bolas de cristal, enanos de yeso pintado, flamengos, renos, conejitos. Ella se paseaba, admirada, entre los pasillos de estas monstruosidades. Con mucha frecuencia, sin embargo, aunque ella hubiera expresado su deseo por alguno de estos objetos, decidía no comprarlo: que, en realidad, no lo necesitaba. (¡Como si alguien necesitara tales cosas!) Entonces mi padre la codeaba: “Oh, cómpralo, Helen— podemos pagarlo”—. Esto a veces parecía una cuestión de mera generosidad, ¿entonces por qué luego mi padre se quejaba de esos mismos objetos?

Tiempo después, cuando yo llegaba de visita, mi padre y yo hacíamos largas caminatas por la tarde para hablar de estos asuntos. Con el tiempo, hasta él llegó a admitir que había apoyado, quizá propiciado incluso, mucho de la conducta de mi madre. Era la norma, por supuesto, el urgiría a tomar o hacer las cosas que quería, a pesar de sus rechazos o negativas. Muy pronto nos volvimos adeptos a leer su deseo no expresado, el deseo al que renunciaba, para obligarla a que lo aceptara. Con todo, mi padre era un adulto y, supuestamente, el igual de mi madre. Yo quería que él impusiera un orden sobre la locura creciente alrededor de ellos, aunque el sentido común me decía que no había manera en que ella pudiera ser controlada. Mi madre haría las cosas a su modo —si es que él quería su casa y su familia—. Aun así, mi padre no tenía por qué alentar aquello de lo que él mismo se quejaba. La oposición de mi padre pudo ser de ayuda; en caso de fracasar, la única venganza de ella habría sido más frialdad y desprecio. ¿Cómo podría ser peor de lo que ya era? Pero él era más débil; necesitaba aquellos pocos momentos de aprobación o afecto que su complicidad pudiera comprar. Ella tenía la verdadera invulnerabilidad de aquellos que pueden vivir en el dominio, en la adoración, sin que les afecte.

Como sea, las actitudes de mi padre tenían un lado menos simpático. Tal vez ocurre así con cualquiera que viva con un alcohólico, un adicto, un hipocondriaco: la tentación de obtener ganancias de las faltas de la otra persona debe ser casi abrumadora. Fue sólo muchos años más tarde, cuando yo tuve que enfrentarme con tales compensaciones en mí mismo, que me di cuenta de que mi padre había alentado las injurias de mi madre para colocarse él mismo en el lado bueno. Esa motivación parecía digna, sin embargo, no de él sino de ella.

Con todo, enfrentado a tal locura de dos, era imposible discernir quién de ellos había empezado qué. Y yo aún tenía problemas con los dos. Mi padre había sido de manga ancha para manejar a los niños por medio del dinero— era su dinero, después de todo, y él con frecuencia había iniciado los arreglos financieros—. Estos arreglos me habían mantenido en la escuela, estudiando poesía, durante años. Cuando los problemas surgieron, estos arreglos me sacaron adelante. Aunque era un sobreentendido el hecho de que serían préstamos, cuando traté de pagárselos mis padres actuaron como heridos y se llamaron a la ofensa. Insistieron en comprarme más cosas, poniéndome más en deuda. Yo protesté, sospecho que débilmente, diciéndoles que sería mejor que ahorraran su dinero: algún día yo podría necesitarlo de veras.

Con el tiempo, ese día llegó: mi primer matrimonio se deshizo, yo tenía pagos que hacer, cuentas de abogado, y Paul Engle, mi director en la universidad, sin decírmelo, me había borrado de su lista de becarios. Ahora necesitaba la ayuda de mi padre. Cuando acudí a él, dudó: “¿Y qué tal si no queremos dar nuestro apoyo en algo como ésto? ¿Así nomás: tú sólo dices qué quieres y nosotros pagamos? Después de todo, tú qué has hecho alguna vez por mí?”. Retiré mi pedido,  conseguí un trabajo en un hospital, y entré a terapia psiquiátrica. Este choque, la terapia, y la muerte de mi hermana me llevaron rápidamente a la decisión de que yo debía cortar muchos de mis lazos con la familia.

Aun así, a veces caía de visita y tenía largas pláticas con mi padre. Para ese tiempo, una parte de mí en verdad lo despreciaba: por su debilidad, su fracaso para rescatarnos de la garra de mi madre, y su manera sutil de manipularnos. (Empecé a entender los acuerdos financieros de nuestro país con países más pequeños y débiles; mi padre habría sido un diplomático soberbio). Aun así, aunque yo temía y odiaba a mi madre, supe que no tenía más opción que amarla, así que con él no tenía otra opción que gustar de él, quizás amarlo. Ciertamente quería que estuviera vivo y bien; él, mientras tanto, envejecía rápidamente. La muerte de Bárbara caía sobre él, rondaba como una niebla; finalmente empezó a fijarse en su edad, cercana a los sesenta; comenzaron a aparecer pequeños síntomas que podrían sugerir cáncer.

Su hermano menor, Stew, tuvo un ataque al corazón y murió antes que él. En un año, mi padre me dijo que tanto su doctor, como su abogado y su peluquero habían muerto. “Puedo conseguir otro doctor y otro abogado”, bromeó él, “pero ¿dónde puedo encontrar ahora un corte de pelo decente?”. F.n una de nuestras caminatas, dijo que le habían quitado un pequeño tumor de su sien izquierda, pero que había resultado benigno. “Casi llegué a creer que mis problemas habían terminado”, dijo. Luego añadió: “Pero uno no llega a mi edad sin haber guardado la suficiente cantidad de pildoras para dormir y que ellas se encarguen de los problemas”. Aunque ésta parecía una resolución de admirar, yo no quería que las cosas acabaran así.

Por lo menos una vez le dije abiertamente que yo temía por su vida si seguía viviendo ahí. La enfermedad sería la única salida para él: mi madre sólo podía perdonar a la gente cuando ésta se enfermaba. Era entonces cuando mi madre se encargaba de las personas con todo tipo de cuidados amorosos aunque esas personas nunca se recobrarían. Después de una larga discusión, él me dijo finalmente: “¿Pero no ves que esta es La Casa Snodgrass? ¿Cómo puedo dejarla así nada más?”. Recordé el lamento de Freud cuando vinieron a rescatarlo de la Alemania nazi, y de la réplica: “¿Pero no ve, Doctor, que su país ya lo dejó a usted?”.

No hice la réplica. El descaro de la mentira sugería que funcionaba como una verdadera necesidad y que como tal sería defendida. Pero a mí las mentiras me daban cada vez más furia. Mi furia aumentó mientras mi padre se iba debilitando y el cáncer apareció finalmente. La siguiente vez que lo vi, mi padre tenía el brazo en un cabestrillo; la próxima vez, ya no había cabestrillo. El se estaba dejando enterrar a pedazos, dejaba que mi madre fuera la enfermera para su muerte. Con el tiempo, oí, él iba a perder una pierna, y aún así estaban planeando un gran viaje a Jamaica en cuanto él se “recuperara”. Por supuesto, nunca se recuperó.

Durante años mi furia ante estas mentiras, y ante su fracaso por no tomar las píldoras, continuó. Entonces mi hermano, quien había hecho un mayor contacto con la familia que yo, reveló que justo en el tiempo en que mi padre se había enfermado, ya no había podido manejar su cartera de clientes y había tenido grandes pérdidas. Jugando de un modo cuidadoso su regreso al mercado, él había alargado su vida de modo que pudiera dejarle suficiente dinero a mi madre para que ella pudiera terminar su vida confortablemente. Si él se hubiera tomado las píldoras, nosotros habríamos tenido que cuidarla a ella —y yo era el hijo mayor—. De nuevo, yo había juzgado mal a mi padre.

A veces, se juzgó a sí mismo, y a su vida, de modo áspero. Poco después de comprarse su primer Cadillac, me dijo un chiste. La escena ocurre en el entierro de un famoso magnate. Una inmensa grúa está bajando, en vez de un ataúd, el Cadillac del hombre rico dentro de una tumba abierta. Al volante está sentado el magnate, embalsamado, rodeado de lilas, gladiolas, crisantemos, y botellas no abiertas de champán. A un lado, lejos de los deudos bien vestidos, están sentados dos sepultureros negros. Lino le dice al otro: “Man, ¡eso es lo que yo llamo vivir de veras!”.

Mucho del peor comportamiento de mi madre disminuyó luego de la muerte de mi padre. Su funeral, sin embargo, no fue una de las mejores actuaciones de mi madre. A punto de salir hacia la funeraria, mi madre bajó las escaleras en un traje de lana blanca y una blusa también blanca, manchada. Sin mucho atrevimiento como para decirle que tal atuendo sería el adecuado como para una boda, le pedí que de ser posible se cambiara por algo más apropiado. “Oh, pero Papá siempre quiso tanto el color blanco”, dijo ella. “¡Hago esto en su honor!”. Luego me tomó del brazo para que yo la guiara rumbo a la puerta. En los escalones se detuvo: “Espera, tengo que regresar. No llevo pantaletas. Pero no ¿verdad?, probablemente no es necesario”. Empecé a entender por qué Blake había escrito: La verdad dicha con mala intención Derrota a todas las mentiras inventables. n

Traducciónn de Luis Miguel Aguilar.

Una plusmarquista sexual

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UNA PLUSMARQUISTA SEXUAL

La revista Harper’s (octubre 2000) reproduce una entrevista con una actriz porno de Singapur, Annabel Chong. No es una del montón; se ha distinguido del montón por tener, precisamente, sexo “de a montón”. Se nos informa que en 1995 implantó un récord, como una especie de plusmarquista sexual: tuvo intercambio sexual con 251 hombres en diez horas seguidas. (Desde entonces, ha roto su propio récord dos veces.) Annabel Chong dice en algunas partes de la entrevista:

• (El sexo de “a montón”) es en realidad algo cercano a los deportes, específicamente a los deportes de conjunto. Y el acto en sí mismo es casi como volver a montar un evento histórico: el evento Mesalina. Mesalina era la esposa del emperador Claudio, y decidió retar en un acto de “sexo de a montón” a la prostituta más famosa de Roma. Hizo una convocatoria en una plaza de la ciudad e invitó a “amigos, romanos y gente del campo” para que participaran, y por supuesto que ganó porque era la emperatriz. Claro, esto es según la leyenda-.

• (El sexo de “a montón”) no tiene nada que ver ni con la decadencia ni con la fertilidad. Se trata sólo de números; se trata de comercio. Se trata de información. Me recuerda a los científicos que desarrollan el elemento 120, un elemento que dura unos cuatro segundos. Este elemento en realidad no existe, lo mismo que el “montón” tampoco existe, sino que se desarrolla el elemento por un determinado lapso de tiempo que permite el arranque del experimento. En este sentido, es como la física teórica y el arte conceptual.

• ¿ Cómo tomó la comunidad porno sus incursiones en el “sexo de a montón “?

Mal, les disgusté muchísimo por eso. Algunos hasta pensaron que no debía permitirse. Y lo que me sorprende es que, por esta vez, tanto la industria del porno, como las feministas, como la derecha religiosa coincidieron en que todo el asunto era totalmente atroz. Me gusta la ironía deliciosa que hay en todo esto. Y de hecho, en la Universidad del Sur de California, la universidad a la que asistí, en un boletín cristiano que ahí circula hicieron una lista de las diez peores cosas que habían ocurrido en los noventas, y salí en séptimo lugar, con Bill Clinton en el quinto lugar. “Guau, ¿así que por poco le ganas a Clinton? Sí, por poco.

Carlos Castillo Peraza

PUERTO LIBRE

CARLOS CASTILLO PERAZA

POR ANGELES MASTRETTA

La  infatigable abuela de Carlos Castillo Peraza hizo una tarde de abril frente a su memorioso nieto, la descripción más inaudita de lo que puede ser el principio de una guerra. “Es como rasgar una almohada”, dijo, “las plumas se desparraman y cada una suelta no hace sino revolotear creando un caos, mientras el trapo que las guardaba no vuelve a servir de nada”.

Carlos nos contó ese recuerdo de su infancia cuando el país se conmovió con la aparición de la guerrilla, el asesinato de Colosio y la violencia como un vértigo, durante 1994. Nos había hecho una de esas visitas largas a las que nos acostumbramos de tal modo que no habrá nada con lo que podamos llenar el hueco de sus ausencias. Se había despedido por quinta vez y caminábamos hacia la puerta con unos pasos lentos que no querían separarse. Entonces se acordó de su abuela y la historia nos detuvo otro rato en la acera, preguntándonos por el futuro y llenando nuestras dudas con la esperanza tenaz que Carlos practicaba no sólo como un método de vida, sino como una terca virtud teologal. No era común la esperanza en esos años y quienes se empeñaron en practicarla crearon entonces sectas de locos clandestinos, que confesaban como para sí la clara certeza de que no pasábamos por el fin del mundo.

Ahora asocio esa tarde y las sentencias de su abuela con mi certidumbre de que Carlos supo siempre que trabajar por la justicia y la democracia dentro de nuestro país, debía hacerse con tenacidad, valor y sabiduría, no con aspavientos de guerra, sino con esfuerzos de paz y conciliación.

Se ha hablado mucho del carácter indómito de Carlos. Yo, sin embargo, no le conocí sino maneras suaves. Debe ser porque como público lo traté poco y como periodista haciéndole preguntas impertinentes lo traté nada. Así que cuando oía a otros quejándose de sus modos, me parecía que hablaban de otra persona o, más triste aún, que no le habían encontrado el modo al Carlos inteligente y dispuesto a escuchar, con el que tratábamos sus amigos.

Supe muy pronto que no coincidíamos en muchas de nuestras apreciaciones sobre moral privada, pero también lo supo él y ambos nos cuidamos de no agraviar nuestras convicciones. Sin embargo, podíamos hablar de ellas con el buen humor y la ironía que rigieron nuestras diferencias.

Carlos no lidiaba con resignación la frivolidad ni el juicio banal sobre ningún acontecimiento. Pero estuvo invariablemente dispuesto a oír con respeto las certidumbres ajenas, expresadas en buen castellano y en ardua lógica. Era un gusto escucharlo discurrir, tal vez aún más, cuando uno no pensaba como él ni en el cabo ni en el rabo. Pero escucharlo contar cualquier anécdota, desde las glorias de su tíos hasta los ires y venires de sus empeños políticos, era una verdadera fiesta. De ahí que cuando llegaba, a cualquier hora, casi siempre en la noche, muy tarde, o en la mañana muy temprano, nosotros estuviéramos dispuestos a caer en la trampa de su conversación como un río, desvelándonos o gastándose de un tirón las primeras horas de sol.

Yo lo quise bien desde el principio. Me sobraban razones. La primera fue verlo siempre vivir con audacia y lealtad a la llama doble de su pasión intelectual y política. Aun antes de conocerlo, ya sabía de su inteligencia y sus trabajos. De su empeño en que el país fuera mejor y las ideas, como las palabras, menos maltratadas.

De su trato generoso con las palabras de otros le agradecí su lectura de Arráncame la vida. Cuando la escasa crítica me había hecho el favor de leer el título de la novela y no mirarla más, Carlos utilizó el espacio de su columna política para hablar del libro contando las alegrías que le había dado. Años después lo conocí como quien se reconoce.

Vino a comer a nuestra casa y se dispuso a ser parte de la familia en el mismo momento en que un chile habanero, recién asado en el comal, apareció como un buen hábito sobre la mesa, junto con la sopa caliente. Entonces olvidó la fiebre de su reseña política y cayó en una explicación minuciosa de cómo su madre guisaba el frijol negro y cuánto achiote debía ponerse en las naranjas agrias con que se adereza la cochinita pibil.

Del mismo modo en que él había adoptado el carácter de patriarca yucateco recordando en la casa del ahorcado la perfecta soga con que sazonaba su madre, yo cambié la cara de escritora por el temblor de una recién llegada en busca de aprobar el examen de admisión al honroso paraíso de los buenos hábitos peninsulares. Y cuando llegaron a nuestra mesa la cochinita y los frijoles, lo miré servirse, olfatear con discreción, revolver la cesta en busca de una tortilla y hacerse un taco con la minucia de quien enfrenta una obra de arte.

—Vamos a ver —sentenció prohijando el aire de autoridad en todo que a muchos los impacientaba y a mí me divirtió desde ese día. Probó despacio, levantó las cejas y luego lanzó un suspiro evocador y aprobatorio con el que sin duda pasé el examen.

“¿Qué se cree este hombre?”, quiso decir la teórica feminista encajada en un recodo de las pasiones domésticas que sin remedio heredé de mis ancestras. Pero no dijo nada. Otra parte de mí se dio cuenta de que ese hombre sólo se creía quien era. Y a mí no me costaba ningún esfuerzo concederle la autoridad en buena estirpe yucateca que sin lugar a dudas traía consigo. Me costó más trabajo, quiero reconocerlo, entender que durante mucho tiempo, Carlos al hablar con Héctor y conmigo, hablara en tú en vez de en ustedes, y que ese tú fuera para el señor de la casa todas y cada una de las veces, exceptuando aquellas en que necesitaba un cenicero o más hielo para su whisky o explicar cuánto bacalao quería para su torta, por ahí de la media noche.

Así las cosas, una vez, harta de aquella confusión, me levanté sin más y me fui a dormir sin despedirme, sin deseos de continuar en las conversaciones y segura de que yo no era parte de ellas. Tampoco dije nada. Di por perdido el caso y por terminada una discusión sin iniciar.

Al día siguiente llamó Carlos, con su voz de vocales redondas y pausas entrecortando las sílabas, más acentuada que nunca.

—¿Por qué te fuis-te ano-che sin des-pe-dir? ¿Ah?

—Porque yo hablo en nosotros y tú en macho.

—¿Yo? —preguntó como si lo insultaran.

Entonces me di cuenta de que su actitud era un hábito viejo sobre el que él no había reflexionado. Es más, ni siquiera lo tenía visto. Eso que a mí me agraviaba hasta la médula, no era en él sino un comportamiento inconsciente.

—Las mujeres son parte del tú que les das a tus amigos, son su apéndice —le dije.

—Nunca ha sido así -—me contestó—. Tú sabes que nunca ha sido así.

—Yo qué voy a saber —sentencié agrandando el agravio. Luego le di los pormenores de su habla y le dije que así había sido desde que nos conocimos.

—¿De qué modo quieres que me disculpe? —pidió con la sencillez armoniosa de su tono más cálido.

—¿No haciéndolo más? —sugerí yo.

—Nunca más señora querida. Cuente con eso y acepte mis ruborizadas disculpas —dijo usando ese usted reverencial y cariñoso que desde entonces se quedó entre nosotros como un guiño. Luego agregó despacio:

—Créame que de verdad lo siento mucho.

Me apené de oírlo avergonzado y decidí hacer un chiste lépero y jugar un rato con sus vergüenzas. Nos reímos. Era un gozo reírse con él, contar con él, saberlo en el mundo con su espíritu bravio y su alma inquieta.

De este suave estar cerca, recuerdo con privilegiada alegría los días que pasamos en Mérida en la primavera. Caminamos los parques, anduvimos la noche, cantamos. Acompañados por la delgada sonrisa de su hijo Carlos, fuimos a oír trova la noche de un jueves. Y cantamos hasta quedarnos roncos. Nos divirtió competir en el conocimiento de las canciones más raras y, como si una cualidad le faltara para ser un amigo completo y entrañable, él me ganó sabiéndose hasta el último recoveco las más alambicadas poesías para acompañar penas que han podido escribirse.

Quisiera creer con su fe que no es la mía, en que sólo se adelantó a otra parte, como se adelantaba siempre. Sin embargo, al igual que con todos mis muertos, tendrá que bastarme con la intensidad clara de su presencia en mi memoria. Por eso acudo a ella frente a ustedes, y acudiré tantas veces como lo necesite para andar por el mundo. Por este mundo nuestro que a ratos nos cobija y a ratos nos agravia, pero que en todo momento, como bien lo supo Carlos, nos exige valor para sonreírle y esperanza para desafiarlo. Valor y esperanza que Castillo llevaba en su índole con tanta naturalidad y tal falta de tregua que uno lamenta no haberle robado un poco, antes de que se fuera sin el adiós que aún nos hace falta, n

Angeles Mastretta Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

El fin del verano

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EL FIN DEL VERANO

POR SOLEDAD LOAEZA

El fin del verano en Inglaterra reanimó el espíritu antifrancés y dejó claro que la realeza no saca buenas calificaciones y que el género biográfico sigue siendo uno de los grandes atractivos de Picadilly.

El  verano se terminó en medio de la incontenible rabia de los vacacionistas ingleses que no podían ir al continente o regresar a las islas porque en la última semana de septiembre los camioneros, agricultores y pescadores franceses bloquearon Calais y otros puertos en el norte de Francia en gesto de repudio a los elevados precios del petróleo. El problema se generalizó días después y en octubre los mismos ingleses que antes tronaban contra formas tan incivilizadas de protesta recurrieron a ellas con el mismo propósito. Cuando lo hicieron se les olvidó que apenas un poco antes habían denunciado ante las cámaras de televisión el gusto de los franceses por el drama, la acción directa, la falta de respeto hacia los demás, sus malos modales, su egocentrismo. Nada de esto parecía sorprenderlos, pero gesticulaban furiosos porque —decían— seguro ocurriría de nuevo.

En estas reacciones pude constatar algo de sobra conocido: que detrás de cada fastidio o inconveniente que sufre un inglés siempre hay un francés. No se sabe desde cuándo es así. Estos sentimientos existían ya en el siglo XVI; no hay más que leer a Shakespeare. En su obra patriótica, Enrique V, describe cómo en una sola batalla el ejército francés sufrió 10,000 bajas, entre tropa y oficiales, mientras que a los ingleses atribuye sólo 25 muertos. La imagen no mejoró con el tiempo. Más de un siglo después, ya no eran malos militares, se habían convertido en criminales políticos. Edmund Burke hizo de la guillotina la imagen de marca de los revolucionarios franceses de 1789. El “monstruo” Bonaparte contribuyó alegremente a alimentar las peores ideas que se tenían en Inglaterra a propósito de él y sus compatriotas que —según estas imágenes— no se contentaban con guillotinar a reyes y nobles, sino que además construían un imperio autoritario controlado por un eficaz y aterrador servicio secreto. En Historia de dos ciudades Charles Dickens retoma los elementos de la receta de Burke y retrata una revolución francesa poblada por temibles personajes sedientos de sangre y venganza —sobre todo las crueles militantes que tejen y cortan, como las parcas, los hilos de las vidas de inocentes ciudadanos— que se reúnen en rincones oscuros de París para conspirar contra los aristócratas. También nos da a entender Dickens que éstos en el fondo se lo tenían bien merecido porque eran aristócratas franceses. A finales del siglo XX el gran historiador Simón Schama publicó su espléndido relato de la revolución de 1789, Ciudadanos, y reanimó a los personajes de Burke y Dickens, y con ellos esa vieja idea de la pasión francesa por el drama político. Al iniciarse el XXI, los manifestantes de los puertos de Normandía aportaron datos para mantener la frescura de esas imágenes. Pero en este universo nadie se salva. La sentencia de muerte de un académico aquí es ser considerado un “intelectual francés”.

Buenas y malas notas

El verano también terminó con una nota amable. Los resultados de los exámenes nacionales de preparación preuniversitaria fueron en promedio mejores que en el pasado. Además, las mujeres obtuvieron calificaciones superiores a los hombres, aunque estos últimos ingresan a la universidad en mayor proporción que aquéllas. La reacción general fue: “Hay que revisar los exámenes. Seguro son más fáciles que antes”. Para algunos las buenas notas que obtuvo el príncipe Guillermo son una prueba de que los exámenes han perdido grado de dificultad. Como sea, puso fin al patético récord de la familia Windsor en este terreno: cada uno en su momento, el Príncipe de Gales y sus hermanos Ana y Eduardo, estuvieron en el límite inferior de calificaciones de su generación. La comparación es tan deplorable que se anunció que los resultados de otros miembros de la familia habían pasado a la categoría de secreto de Estado y se darían a conocer al término de los 25 años que establece la ley para la consulta pública de los archivos oficiales.

De trajes a libros

En la calle de Picadilly se cerró una gran tienda de ropa y en el inmenso local de seis pisos se instaló una igualmente inmensa librería, Waterstones, que incluye cafetería y restaurante. Pasearse, visitarla, recorrerla, curiosear entre los anaqueles, abrir libros en exposición, probárselos para ver si a uno le quedan, medir y comparar es una fervorosa ocupación de muchas tardes.

Desde luego hay de todo: literatura, poesía, historia, cocina, moda, viajes, astronomía, geografía, física, biología, medicina, matemáticas, lo que se quiera leer en inglés y publicado mayoritariamente en Gran Bretaña, porque se cuelan algunas editoriales americanas. Cuánto libro. No puedo dejar de pensar en el contador de una célebre institución mexicana de investigación que después de numerosos brindis navideños miró a los investigadores y les propuso imperativo: “Ustedes dejen de escribir libros y pónganse a trabajar”.

En Waterstones de Picadilly la sección “Biografías” ocupa cuarenta grandes libreros que van de la A a la Z. Cada uno tiene siete estantes. Entre 20 y 22 libros de tamaño regular caben en cada uno de ellos. Un cálculo así de inexacto da más de 6,000 volúmenes dedicados a contar la vida, rastrear momentos o registrar reflexiones de una persona de mayor o menor distinción, tomando también en cuenta que no hay más de 3 ejemplares por obra.

Desde las Confesiones de San Agustín hasta las confidencias de Salma Hayek la oferta cubre un amplio panorama que incluye, además de los cuidadosos trabajos de investigadores profesionales, autobiografías, correspondencias, reflexiones, memorias. En algunos casos hay subclasificaciones. Bajo el título de “Vidas ejemplares” están colocadas varias biografías de Juan Pablo II, relatos de refugiados, de huérfanos del Tercer Mundo que se impusieron a la adversidad, de madres del Primer Mundo que se dejaron arrastrar por la adversidad, deportistas accidentados y alcohólicos rehabilitados comparten ávidamente sus experiencias.

Se pasa de manera inevitable por reyes y reinas. Luego, en el sector “Biografías políticas” están las novedades de Konrad Adenauer, Francisco Franco, Lenin, Marx, Gladstone, Lincoln, pero también George Bush, Margaret Thatcher, Mo Molam, John Major, Henry Kissinger (3 volúmenes), Richard Nixon. Bajo “Iconos y celebridades” se puede encontrar el último libro sobre la malograda Diana, que ha resultado ser una auténtica industria, pero también Aristóteles Onassis, y para que a nadie se acuse de parcialidad, María Callas; asimismo tienen ya su libro Harrison Ford, Errol Flynn, Groucho Marx, Glenda Jackson, Dean Martin, Doris Day… ¡Oh Dios! Cuánto árbol caído.

Haciendo Hollywood a un lado, hay que reconocer que la biografía es un género que los británicos dominan con inteligencia, erudición y sensibilidad. Es una gran tradición que nos ha dado la vida del doctor Johnson de James Boswell, los camafeos Victorianos de Lytton Strachey, y más recientemente Michael Holroyd sobre Strachey, Richard Ellman sobre Oscar Wilde y George Bernard Shaw, Claire Tomalin sobre Kate Mansfield y Jane Austen, Frances Spalding y Hermione Lee sobre Virginia Woolf.

En fin, la lista es impresionante y sería interminable. ¿Por qué tienen tanto éxito las biografías, los recuentos personales? Porque ofrecen referencias, tal vez modelos, pero sobre todo raíces. A través de la experiencia de otros, que puede o no ser edificante, nos reconocemos en ellos, en su familia, en sus amigos. Es una manera de vivir otras vidas, desdoblarnos, multiplicarnos; en el peor de los casos es la fórmula ilustrada del voyeurismo del Big Brother, n

Soledad Loaeza Politóloga. Su más reciente libro es El Partido Acción Nacional: La larga marcha: 1939-1994.

Educación para el trabajo

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EDUCACIÓN PARA EL TRABAJO

¿Cómo dar empleo a miles de universitarios que, bajo el título de ” licenciados”, no encuentran dónde desarrollarse profesional mente? ¿Cuál será el futuro de la educación superior en México? Estas son las preguntas planteadas por este ensayo que obtuvo el primer lugar del certamen convocado por el Grupo Modelo.

En  uno de sus ensayos, Gabriel Zaid afirmó: “Los universitarios no somos la salvación de este país, somos uno de sus mayores problemas”. El escritor se refería así a dos fenómenos decisivos de la situación del mercado laboral mexicano: la angustiosa realidad que experimenta la educación superior en México, y la diferencia abismal entre las necesidades de un sector empresarial cada vez más abierto a las innovaciones tecnológicas y organizacionales, y a las de un amplísimo sector de la población que busca insertarse en la compleja y competida maraña de los empleos bien remunerados. El asunto resulta preocupante al observar que, hasta antes de la década de los sesenta, una persona con formación universitaria podía darse el lujo de escoger entre varias opciones de empleo; había, según datos disponibles, más de un puesto por cada egresado de la universidad.

Entre 1980 y 1990 la relación entre el número de empleos profesionales y la cantidad de egresados universitarios fue de sólo 0.27. Es decir, por cada puesto disponible en el país había casi cuatro egresados que lo pretendían. Ello habla de la incapacidad de nuestro sistema productivo para absorber una creciente oferta de trabajo. Acostumbradas a seguir los dictados “revolucionarios” de un sistema político que por mucho tiempo condicionó el funcionamiento de los mercados laborales, las instituciones de educación superior debían proporcionar a la administración pública los profesionales necesarios para la gestión de un aparato estatal que, a su vez, era el motor que impulsaba los andamiajes de la economía. Sin embargo, el problema de tal disparidad entre el sector productivo mexicano y la oferta de fuerza laboral con estudios superiores es tan sólo una de las múltiples variantes que presenta la realidad educativa en México.

En la actualidad, conforme a cifras del INEGI, la “eficiencia terminal” (proporción de alumnos que egresan de la escuela respecto del número que ingresó) en la educación primaria se ubica en 61.9%, contra un 40% en secundaria, lo que significa que mientras que en la primera casi 40 niños de cada 100 abandonan sus estudios antes de concluirlos, en la segunda son 60 de cada 100 los niños que dejan de asistir a clases antes de pasar al siguiente nivel escolar. ¿Qué decir del porcentaje de adultos analfabetos que no prosigue su alfabetización por la urgente necesidad de ganarse la vida? ¿De las mujeres y los niños sin posibilidad alguna de estudios elementales? ¿De la deficiente calidad educativa de las comunidades rurales y de la mayor parte del territorio mexicano? Estas y otras interrogantes son en esencia fragmentos de una escena que no acaba del todo de desplegarse.

Las  condiciones observables en el espectro de la educación en México son en gran parte resultado de una lógica economicista, que cuando se trata de ofrecer servicios educativos se abandona a las ” leyes del mercado” —según las cuales es posible proveer o limitar la prestación de tales servicios sin garantizar las respectivas oportunidades de empleo— o, simplemente, recurre a la ley del bien posicional—emplea “licenciados” para labores que antes no requerían títulos y sí unas cuantas habilidades—, el futuro del sistema educativo y su vinculación con el ámbito productivo depende en mucho de las posturas que se alejen del peticionismo filialista. Así, de lo que se trata, en el fondo, no es de pedirle al incompetente sistema político que genere los cientos de miles de empleos que año con año necesitamos, sino de conformar iniciativas provenientes de la gran masa de desempleados y subempleados que deambulan en el país sin más posibilidad que el recurso del “chambismo”. Allí radica el papel educador de las empresas mexicanas.

Si el desempleo universitario es, antes que un problema de índole económica, una cuestión de deficiencias profesionales —que a su vez tienen origen en el fondo vital del individuo en “vigor de carácter”, según Alfred Marshall en sus Principios de Economía— y en consideraciones de ética, ánimo, temple y coraje, nada mejor que buscar la solución en el espíritu mismo de la empresa como gestión y creación permanente de trabajo. “En cuanto a creadora de riqueza” —señala un informe reciente sobre las tendencias del empleo a nivel mundial— “la persona debe considerarse siempre como trabajando por su cuenta”. Es este el destino que nos espera en los años siguientes: se estima que el 50% de la población económicamente activa de los países más desarrollados laborará bajo un sistema de autoempleo, consecuencia del gradual desmantelamiento de las estructuras gigantescas y burocráticas.

La empresa y los buscadores de empleo —actuales, potenciales— en México deben, frente a semejante perspectiva, plantear su reconfiguración en los siguientes términos:

1.En lo sucesivo, las empresas habrán de procurar su sobrevivencia adoptando estructuras cada vez más planas —que no más delgadas— que les permitan ampliar sus posibilidades de asociación y subcontratación con otras empresas, sin perder su propio potencial de crecimiento productivo.

2.El trabajo —que por naturaleza responde más a necesidades antropológicas que económicas: es un modo de vivir, más que un modo de ganarse la vida— tendrá que ser inestable si se pretende que sea creativo,

lo cual, paradójicamente, proporciona estabilidad ante lo impredecible y errático de las actuales coyunturas.

3.El binomio tradicional de seguridad-lealtad deberá ser sustituido por el de confianza-involucración bajo el cual todo empleado deberá crear su puesto de trabajo reuniendo, conforme al Sistema Dual de Enseñanza alemana, cinco requisitos indispensables: sentido común, sentido de urgencia, sentido de responsabilidad, sentido del humor y sentido trascendente de la vida.

4.En cuanto a la remuneración, será necesario abandonar el esquema tradicional fincado en las posiciones jerárquicas y en la ostentación de títulos académicos —responsable en parte de los niveles de desempleo observado a lo largo de los últimos años—, para otorgar mayor importancia a la capacidad individual de generación de riqueza.

5.Finalmente, el reto de estructurar progresivamente sus actividades siempre constituirá, para quienes trabajen de manera independiente, el eslabón inicial hacia una labor empresarial que, entre otras cosas, incorpore: la definición del ramo de trabajo, la habilidad de asociación con otras empresas, la capacitación continua, el establecimiento de horarios, la adquisición de compromisos y el trabajo en equipo.

En el largo plazo, quizá la mayor aportación de las empresas mexicanas en pro de nuestro mejoramiento educativo se vincule más con la transmisión del aprecio por el trabajo que con la sola generación de empleos. Hay empleos sin trabajo y trabajos que no necesariamente requieren de un empleo fijo. La empresa podrá darse por bien servida si en el futuro consigue transmitir a un mayor número de mexicanos el significado y la profundidad de las palabras de Carlos Llano Cifuentes (La creación del empleo, México, Editorial Panorama, 1995): “Hay personas que piensan que sería muy bueno que les gustase el trabajo. Sería mejor que les gustase trabajar, independientemente de cuál fuera el trabajo realizado: esta es la primera liberación de estructuras y condicionamientos inútiles; pero aún mejor el ser capaz de trabajar en lo que no nos gusta, porque el trabajo —cualquier trabajo— es meritorio de un aprecio superior al gusto —cualquier gusto— por intenso que sea, o a cualquier desagrado, por insoportable que parezca”,     n

¿Qué gobierno para México?

¿QUÉ GOBIERNO PARA MÉXICO?

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

Leído en la LXXVI Asamblea Nacional Ordinaria de la Confederación Patronal de la República Mexicana, este ensayo reflexiona sobre las relaciones entre el buen gobierno y el tiempo. El tema contiene grandes dosis de originalidad. El buen gobierno, dice Carlos Castillo Peraza aludiendo a los más modestos actos ciudadanos, es el que nos salva de perder el tiempo: en la ventanilla, en las aceras, ante los servicios. Suena poco valorado: uno de los derechos ciudadanos es el derecho al tiempo.

Hace exactamente cuatro años, la Confederación Patronal de la República Mexicana hizo el favor de invitarme como conferenciante a una asamblea semejante a la que hoy tiene verificativo en este lugar. Para aquella ocasión, los organizadores me asignaron como tema el de la recurrencia de las crisis sexenales. Abordar este asunto era tan lógico cuanto oportuno. Empezaba 1996 y apenas íbamos comenzando a salir, dolorosamente, de la tormenta económica y financiera de 1995, recurrencia por antonomasia de las crisis que marcaron los finales de los tres ciclos políticos sexenales precedentes.

Sostuve entonces que las crisis sexenales de tipo económico y financiero eran en buena medida efecto de la falta de democracia que durante tantos años produjo, a su vez, un sistema de gobierno que se las ingeniaba, por medio del fraude electoral, para no tener que rendir cuentas de su gestión y para no pagar en las urnas el precio de sus errores. Añadí que, en alguna importante proporción, esta carencia democrática tenía que ver con el hecho de que un número relevante de empresarios reiterara cada seis años, a veces sólo en público, en ocasiones tanto en público como en privado, su creencia en que sólo el PRI sabía cómo gobernar, a pesar de que, sexenio tras sexenio, los hechos mostraban lo contrario y dejaban a los creyentes reducidos a crédulos. Critiqué entonces a los empresarios que, en el ámbito de su actividad, proclaman la necesidad de asumir riesgos, pero no se atreven a arriesgarse en política. Dije que la recurrencia de las crisis corría en paralelo con la recurrencia de la credulidad empresarial. Pregunté cómo podía ser que los profesionales de la eficiencia y el rendimiento procedieran en política, al revés de como actúan empresarialmente, y volvieran a firmar contrato político sexenal con quienes habían demostrado ostensivamente su ineptitud como gobernantes. Como recordarán quienes estuvieron aquí entonces y de nuevo lo están hoy, hice asimismo reconocimiento público de lo que muchos empresarios, sobre todo miembros de la Coparmex, habían hecho remando contra la corriente al participar social, cívica y políticamente en la construcción de la democracia y ayudar así a poner término a las recurrentes crisis sexenales.

No es poca el agua que, de entonces y hasta hoy, ha corrido bajo los puentes de las campañas electorales. Todo indica que, elecciones presidenciales a la vista, la Coparmex —como muchos otros observadores y actores de la vida nacional— no presiente ni prevé una crisis económica y financiera sexenal, ya que el tema de esta ocasión es “el papel del gobierno de cara al México del siglo XXI”, y que así pretende romper con la paradoja que, en frases de Luis Salazar Carrión, marca a nuestra generación de mexicanos: la de haber pasado de ser ayer optimistas no obstante todo lo malo comprobable, a ser hoy pesimistas a pesar de todo lo bueno perceptible.

De aquí que resulte lógico que la Coparmex hubiese optado por pensar en común acerca del papel del gobierno en el México del futuro, de un futuro que ya tenemos aquí. Asumo, suponiendo sin conceder, que la Coparmex tiene razón. Que lo más probable es que nos salvemos de la maldición sexenal que ha obligado a los presidentes entrantes a comenzar su mandato administrando una crisis y que, en consecuencia, hay que reflexionar qué papel habría de cumplir una autoridad liberada de este constreñimiento. Intentaré aportar algo a tal reflexión. Algo relativo a las relaciones entre el buen gobierno y el tiempo.

Que el tiempo vuela, nos lo hizo saber el poeta Ovidio en sus Fastos. Horacio se quejó en sus Odas de que nos roba el día y San Agustín nos enseñó en sus Confesiones que el tiempo no toma vacaciones. Santo Tomás de Aquino explicó en la Suma Teológica que el tiempo no es lo mismo que la eternidad, sobre las huellas de Aristóteles que lo definió como “la medida del movimiento”. Hegel, dialéctico hasta para ver el reloj, decidió que el tiempo es “el elemento negativo del mundo sensorial” y nuestro Renato Leduc nos pidió “dar tiempo al tiempo”. Los diseñadores de relojes de sol escribieron en torno de la elipse de las horas “todas hieren, la última mata”.

A pesar de todo, bien puede asegurarse que la inteligencia del hombre no ha sido capaz de asir la esencia del tiempo. Medirlo ha sido su obsesión, tal vez como último reducto de la razón derrotada por el objeto inasible de sus afanes. Dólmenes, piedras talladas, fases de la luna, clepsidras, cuerdas anudadas, arena que fluye, pesas, resortes, baterías, pulsaciones del cuarzo, revoluciones de Venus o de las estrellas… ¿qué no ha sido utilizado para medir el tiempo? Nos apasiona, nos enfurece o nos es indiferente perder el tiempo; nos entusiasma, preocupa u ocupa ganarlo, pero se nos escapa. El tiempo pasado ya no es; el futuro todavía no es; el presente es instantáneo y evanescente: así lo piensa San Agustín, quien prefirió dedicar sus afanes temporales —tal vez más pragmático que cualquier físico— a conocer dos y sólo dos cosas extratemporales o quizá supratemporales: Dios y el alma. Dejemos este asunto en paz en lo que tiene de científico, de literario, de filosófico o de teológico, pues el mismo Agustín ya dejó claro que, si nadie nos pregunta qué es el tiempo, sabemos qué es, pero si le queremos explicar a alguien lo que es, no lo sabemos y habremos de aceptar humildemente, con Berlioz, que se trata de un maestro que va matando a sus discípulos. Quedémonos, por tanto, con la certeza indestructible del huapanguero: el tiempo que se va no vuelve. O, dicho de otro modo, se trata de un bien no renovable, absolutamente no renovable, que carece de sustituto o de reemplazo y que no puede recuperarse re- ciclando nada. En términos beisboleros, se trata de un bateador sin emergente imaginable; en lenguaje de mecánicos, nos topamos con una pieza sin refacción posible. Y si esto es así, como parece que en efecto lo es, tendremos que concluir que el peor daño que se puede inflingir a un hombre o a una comunidad es hacerle o hacerles perder el único bien que no pueden recuperar en caso de perderlo: su tiempo. El despojo es, en este caso y en este ámbito, absolutamente irreparable.

Me ocurre en consecuencia pensar que sería posible medir la bondad de un gobierno en términos del tiempo que hace perder, por negligencia o por ineficiencia, por estupidez o por malevolencia o por cualquier otra razón, a sus gobernados. Estos intuyen el tamaño de la pérdida como lo demuestran expresiones o prácticas cotidianas. Los padres de familia que vivimos en ciudades como el Distrito Federal solemos decir, por ejemplo, que la mejor escuela es la que está más cerca de nuestra casa, porque sabemos que la distancia se mide en tiempo de traslado. Gabriel Zaid ha mostrado que la “mordida” no suele ser un acto deliberado de corrupción, sino una conducta nacionalísima de quien no quiere verse obligado a perder su tiempo, lo que también podría pensarse en relación con la evasión fiscal o con la decisión de no denunciar al delincuente que nos robó o nos agredió. Se trata de defensas naturales contra la pérdida irreparable de tiempo, más que de pecados contra el civismo.

 cuidadano, el elector profesa una más que verificable aversión contra lo que le obligue a hacer una cola o a realizar un trámite que le lleve demasiadas horas, días, semanas o meses. Instintivamente uno se hace cliente del banco más cercano a su oficina o del que le ahorre tiempo. Este sentimiento se agrava considerablemente en nuestra era cibernética de consulta y respuesta, demanda y oferta casi instantáneas.

Un gobierno, en consecuencia, será mejor en la medida que nos salve de perder el tiempo, puesto que aquí no vale aquello de que “de lo perdido, lo que aparezca”, ya que del tiempo que se extravió no aparecerá ni una brizna.

Los ejemplos sobran. Contemos sin mayor detalle el número de horas que un trabajador o empleado, usuario inexcusable del transporte público, consume diariamente en trasladarse de su domicilio a su sitio de labor, y para hacer el camino de vuelta. Pensemos en el caso semejante de los maestros y alumnos. Una autoridad incapaz de ordenar el tránsito o de proporcionar a los súbditos servicios públicos eficaces, puntuales y rápidos de transporte, acaba despojando a miles y tal vez millones de seres humanos, de miles y tal vez millones de horas, lo que podría equivaler a robarle miles y tal vez millones de pesos.

Un Estado que no puede brindar buen servicio de electricidad no sólo es un productor de “apagones”, sino un ladrón de tiempo. El funcionario que nos “muerde” nos está vendiendo lo que no es suyo: nuestro tiempo. Además, le pone precio a lo irrecuperable y por tanto invaluable, lo que es una injusticia desmesurada. Tolerar o propiciar irresponsablemente que las ciudades se expandan sin freno en el espacio, por formular sólo uno de los corolarios de esta reflexión, es constreñir a quienes las habitan a ocupar más tiempo en desplazarse por ellas con cualquier propósito. Multiplicar los trámites burocráticos sin necesidad, es contribuir coercitivamente a que las personas dispongan de menos tiempo para ellas mismas, y no sólo durante el día de los hechos, sino para toda la eternidad.

La inseguridad pública puede medirse en términos de tiempo. ¿Cuántas horas pierden obreros, empleados, ejecutivos, directores, consejeros, accionistas, proveedores, clientes y consumidores ocupándose de cuidarse de todo tipo de pillos con los que no puede la autoridad, diseñando sistemas de seguridad privada, calculando seguros contra robos, imponiendo medidas para evitar falsificaciones de documentos, estableciendo controles, entrenando personal, multiplicando operaciones, trazando rutas…? Sin hablar de secuestros. Sin hablar sobre todo de asesinatos que, en términos de tiempo, son para las víctimas la pérdida definitiva y total de su tiempo: su salida sin retorno posible del tiempo.

Las buenas carreteras, los buenos puertos, las buenas comunicaciones, las calles sin baches, la buena coordinación de los semáforos, la reglamentación efectiva de marchas y manifestaciones, la buena administración de los servicios educativos y de salud, el buen diseño de los procedimientos para el pago de impuestos y derechos, el buen funcionamiento de juzgados, la buena atención a las quejas, la buena respuesta en caso de interrupciones a los servicios públicos de agua potable y drenaje, el buen servicio de bomberos… todo es medible en términos de tiempo. Me atrevo a imaginar que podría ser racional y también razonable declarar que el primero de los derechos del hombre y del ciudadano es el derecho a tener tiempo o, si se quiere, a no verse obligado a perder su tiempo por obra y desgracia del Estado o del gobierno.

Países como Suecia, Alemania, Suiza u Holanda son ejemplos de administración pública consciente de la irrecuperabilidad e irrenovabilidad  del tiempo de las personas, nacionales o foráneas. Salvo accidentes graves, lo normal es allí que la autoridad garantice a los gobernados que los autobuses urbanos e interurbanos, que los trenes y los barcos y los aviones saldrán a tiempo y llegarán a tiempo; lo cotidiano es que los gobiernos eviten que las calles y las aceras —que en nuestro país suelen estar atiborradas de puestos y ventorrillos de la más diversa índole que nos hacen perder tiempo— se mantendrán libres de obstáculos para transeúntes y conductores. El pago de impuestos está sujeto a procedimientos sencillos, la obtención de documentos públicos u oficiales no equivale a perder tiempo. La apertura de negocios no lleva tiempo. Creo que el respeto fundamental por la persona, de parte de la autoridad, es en concreto un cuidado escrupuloso por lo único que aquélla no puede recobrar si lo pierde: su tiempo; eso que, según Borges, es “la sustancia de la que estoy hecho”. Basta ver los rostros de los mexicanos que van en un autobús lento, contaminante y repleto, o los de los compatriotas formados en una cola eterna en las oficinas del ministerio público o de Hacienda, o en una parada de autobuses, para descubrirlos agotados, disminuidos, desustancializados, deshumanizados.

Cuál sería, desde la consideración del tiempo en tanto que único bien absolutamente no renovable, el mejor gobierno, el gobierno que los mexicanos, electores o no electores, deseamos para el siglo XXI? Sin duda aquel que fuese capaz de organizar y ordenar la vida en común de manera que cada uno de nosotros pierda el menos tiempo posible o, puesto en positivo, de modo que cada uno de nosotros pueda disponer de más tiempo para sí, para sus actividades productivas, educativas, familiares, culturales, de esparcimiento, de descanso y espirituales. Y ¿cuál sería el peor gobierno y, desde el mismo punto de vista, el más ladrón? Aquel cuya estupidez o cuya maldad constriñera a sus gobernados a desperdiciar o a perder más tiempo. Dime cuánto tiempo me obligas a perder para siempre y te diré cuán mal gobernante eres; dime cuánto tiempo me ayudas a tener para mí, para mis gentes, para mis asuntos personales o sociales, y te diré qué tan buen gobernante eres. Y esto es válido para todos los poderes del Estado, que tanto tiempo nos han hecho perder durante tanto tiempo, y en especial en estos tiempos, haciendo tan largo el tiempo para llegar a una democracia y a un Estado de derecho y de justicia social esperado tanto tiempo y, por su dilatada ausencia, generador de nuestras pérdidas colectivas de tiempo. También lo es para los partidos políticos que, en campaña, parecen otros tantos monumentos al tiempo perdido en trivialidades y contratiempos.

Creo que los mexicanos tenemos el derecho y la obligación de exigirle a nuestro gobierno respeto por nuestro tiempo. Creo que tenemos el derecho y la obligación de exigirle, parafraseando a don Gregorio Marañón, que ese “patriotismo de la patria” de que nos presumen, al que nos convocan y que nos prometen los políticos en temporada de campaña electoral, debe concretarse, ya que se llegue al poder y sobre todo de cara al siglo XXI, en algo que bien podría llamarse “el patriotismo del tiempo”,   n

México, DF, 9 de marzo de 2000

Carlos Castillo Peraza. Escritor y periodista. Autor de Disiento.

¿Tú también, Raúl?

VIDA PÚBLICA.

¿TÚ TAMBIÉN, RAÚL?

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

La reaparición de Carlos Salinas de Gortari en la vida pública mexicana provocó un alud de críticas, mentiras disfrazadas de verdades, cataclismos familiares, agravios y excesos. Los tres artículos que vienen a continuación, tres lecturas a cargo de fosé Joaquín Blanco, Luis Salazar y Ludolfo Paramio, reflexionan muy bien sobre el significado de este hecho como piedra de toque para apreciar el México de los últimos doce años.

La rebelión telefónica de Raúl Salinas contra su hermano Carlos, transmitida con bombo y platillo por el principal noticiero de televisión, y luego por todos los medios, logró azorar a una sociedad que lleva años de sufrir hasta el hartazgo los embrollos supuestos o reales de esa familia, tan costosa para el país.

Apenas el sábado, en su entrevista televisiva, Carlos Salinas había parecido un terrible emisario del pasado, pero ya chirriante y anacrónico —una parodia de sí mismo— ante la nueva situación de los nuevos tiempos: actuó en la entrevista con el autoritarismo de un presidente verboso y prepotente en pleno informe de gobierno. Sólo se le olvidaba que ya no era presidente. El lunes recuperó todas las primeras planas y todas las conversaciones, mas no por su librote justificatorio, sino por la rebelión de su hermano durante una conversación telefónica con su hermana Adriana. Unas cuantas palabras de Raúl derrumban todo el librote.

¿Hemos de suponer que ninguno de los hermanos temía que su conversación fuese espiada, grabada? ¿Así de ingenuos, y precisamente en esa situación, en tales días? ¿Que discuten con tal claridad y enjundia por teléfono, detalladamente, desde una cárcel?

Los peores rumores sobre el expresidente Salinas quedaron ahí legitimados por la voz del hermano: que toda la maniobra de los dineros tenía un capo verdadero en Los Pinos, y un mero lugarteniente en “el hermano incómodo”.

También azora la tranquilidad con que se filtra inmediatamente un documento de tanta importancia y de tan truculenta ilegalidad al mayor medio de comunicación. Filtraciones supersónicas y minuciosas de grabaciones ilegales, que se antoja difícil no atribuir a órdenes supremas.

Pero más azoró la resquebrajadura en la familia expresidencial. Raúl hablaba con el discurso pleno de sus enemigos anti-salinistas: hay que devolver el dinero público al erario, etcétera. “¡Tortura!”, explicó en Europa el expresidente. Tal vez desgaste emocional, depresión, ira, los nervios deshechos después de cinco años de cárcel por otros motivos (los sangrientos, que no han sido probados pero sí sentenciados) y sin otra perspectiva en la vida que seguir preso y satanizado hasta el final de los días, opinarían los abogados.

Ya hace años, en la prisión anterior de alta seguridad, Almoloyota, según se informó, el ingeniero Raúl Salinas se sacaba diariamente de la boca el somnífero que se le administraba por la noche, e iba juntando las pastillas en un montoncito oculto, para suicidarse un buen día con un puñado de valiums. Se las descubrieron y se las confiscaron.

La derrota es la derrota, sobre todo si resulta larga. Mantener las lealtades, las complicidades, el ego, la mente clara se vuelve una tarea cada día más ardua, especialmente si no hay otro horizonte que más de la misma derrota por un tiempo indefinido, quizás hasta la muerte.

¿Cómo se vio el programa del expresidente Salinas en Zona abierta desde los ojos de su hermano, en una tele de Almoloyita? ¿Como un intento del expresidente de salvarse solo, desentendiéndose de Raúl?

La endeble defensa del expresidente se reducía a un solo punto: él había sido un gran estadista, al que por azares de la fatalidad sucedió un economista inepto, quien destrozó todas las finanzas nacionales a sólo veinte días de asumir el cargo. Para ocultar ese error, “el error de diciembre”, se había inventado desde Los Pinos una leyenda negra contra Carlos Salinas, con testigos comprados, brujas y cadáveres sembrados.

Pero había un pasaporte falso y muchos millones de dólares inexplicables: éstos habían salido a relucir en Suiza, y no había modo de atribuírselos a una maquinación perversa de Ernesto Zedillo.

Bueno, dijo soberanamente el expresidente, con gestos de Poncio Pilatos: esa es responsabilidad de Raúl, que explique y pague sus delitos de acuerdo a la ley; de haberlos yo conocido durante mi administración, se le habría castigado conforme a derecho.

Está bien, pensaría el desolado

Raúl: para salvarse, necesita —él también— sacrificarme. ¡Pero ya me sacrificó, qué más quiere! Y aunque me sacrifique otras mil veces, no se va a salvar.

Entonces lo inunda una cólera mística (¿de veras no le están administrando lecturas de Dostoyevski por la noche?): ¡sacrifiquémonos todos y a la vez! ¡Que todo el barco se hunda! ¿No que éramos todos un equipo bien unido! “Voy a decir toda la verdad, toda”, y mucho más de la que me pidan, y lo de Margarita y lo de Víctor Cadena, y… que Carlos escriba otro librote para desmentirme.

Al día siguiente la familia le exigió una lacónica pero total retractación de su desahogo telefónico. La firmó y entregó a la prensa. Pero mostró lo estragados que han quedado su voluntad y sus nervios. Más que retractación parece llanamente una resignación al martirio. No sabemos si él se resigna libremente o “lo resigna” a ello la familia, ella sí muy unida… contra Raúl.

Si éste resultara el cierre del psicodrama salinista, conformaría el final más terrible de un presidente mexicano. Lo fueron abandonando aliados y compañeros, amigos y socios, la nación entera; finalmente el hermano más querido: “carga con tu librote tú solo”. Así son las derrotas, n

José Joaquín Blanco Escritor. Su más reciente libro es Poemas y elegías.

Los puros según Guillermo Cabrera Infante

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CALEIDOSCOPIO

LOS PUROS SEGÚN GUILLERMO CABRERA INFANTE

POR JOSÉ WOLDENBERG

Guillermo Cabrera Infante dice de los puros y sus fumadores (Puro humo. Alfaguara, 2000):

•   Un puro es materia y memoria unidas por el humo.

•  Es como una pasión: primero se le prende, luego arde rojo, violeta, violento, virulento, luego crea ascuas y cría cenizas: una pasión consumida.

• Es materia recreada, arte que arde.

•  Lo que Oscar Wilde dijo sobre la música es aplicable al tabaco: siempre te hace recordar un tiempo que nunca existió.

•  Creo, con Casanova, que el mayor placer de fumar está, por supuesto, en el humo.

•  Después de fumar el éxtasis sella mis labios.

•  Una vez encendido, no se deberá dejar que un puro se apague: eso es todo lo que necesitas para ser (o al menos sentirse como) alguien.

•  Los puros, ya sabes, pueden ser pura metáfora.

•  Encender un puro es una actividad altamente personal y nadie tiene derecho a inmiscuirse con su fuego y sus modales.

•   Churchill era el único fumador capaz de fumarse a sí mismo: sólo fumaba Churchills.

•  Uno no debe olvidar que el dispositivo para cortarle la cabeza a un puro se llama también guillotina.

•   Después de cenar, incluso si no bebes vino o café o licor, deberías,debes fumar un puro. Es el broche de humo a una buena cena.

•  (Debes fumar un puro) departiendo con una mujer que adora el aroma de un puro, pero no se atreverá nunca a confesarlo, ni siquiera a su marido.

•  “Cuando le has dado el último tirón al cabo y arrinconas la colilla sin forma, y observas la última nube de humo azul que se difumina en el aire cercano, es imposible, si eres de naturaleza sensible, no sentir una cierta melancolía” (S. Maugham).

•  Un puro no es, por supuesto, un club. Pero el puro no es ni para jugar ni para trabajar: el puro es cosa seria.

•  Un buen fumador, como un buen amante, siempre se toma su tiempo con su puro.

•  Nunca he declarado, como hiciera Kipling con más sarcasmo mordaz que gozo de fumador, que un puro es mejor que una mujer.

•  Los puros son como los gatos: a ese lado de la puerta, en una butaca cómoda cerca de un fuego acogedor en invierno, cerca de una ventana abierta en verano.

•  El puro crea sus propias imágenes.

•  Atiende a su cabeza ardiente, ve cómo el puro fumado se vuelve sólo cenizas y memorias.

•  Sumo, fumo, humo —la ruta de todo tabaco—. Arde la tarde, crepita el crepúsculo.

•  No hay puros feos, sólo fumadores feos.

•  Los cigarrillos son para los labios, los puros para la boca y los dientes.

•  Los cigarrillos se fuman sin parar, los puros deben fumarse uno cada cierto tiempo, con todo el ocio del mundo.

•  Los cigarrillos pertenecen al instante, los puros son para la eternidad.

•  El tabaco siempre se fuma atendiendo al ocio del fumador y no al ritmo de la hebra.

•  ¿Cómo se extendió este hábito de fumar por placer desde América hasta Europa? Por barco, por supuesto.

•  “Los hombres buenos con… un puro en la boca, poseen grandes ventajas en la conversación. Puedes dejar de hablar si así lo deseas —pero los silencios nunca resultan desagradables, si son seguidos por bocanadas de humo… el puro armoniza a la sociedad y, a un tiempo, al que habla y al tema sobre el que conversa” (Thackeray).

•  “Hasta Freud dejó claro que a veces un puro no es más que un puro” (Auden).   n

José Woldenberg. Consejero Presidente del IFE. Acaba de aparecer su libro La mecánica del cambio político en México.

Como deletrear la esperanza

CÓMO DELETREAR LA ESPERANZA

POR JOSÉ MARÍA PÉREZ GAY

Crónicas de la adversidad de Rolando Cordera registra las atmósferas políticas, el espíritu del tiempo, de los últimos seis años en México. Su pasión es la claridad y su anhelo es el de la conquista de la normalidad democrática.

El Diccionario de autoridades resume así, el año de 1743, la palabra adversidad: “El caso, o suceso contrario a nuestras esperanzas o a nuestros deseos: significa también la desdicha o el infortunio con los que no contábamos como, por ejemplo, el eclipse de los años pasados, que mostraba la adversidad a los cristianos. En las adversidades suele también peligrar el valor, porque a casi todos los hombres llega de improviso. Las adversidades suelen muchas veces confundirse con el destino, pero la mayoría de las veces son obstáculos inesperados que encontramos en el camino. Nada nos protege de la adversidad, salvo nuestra templanza. La adversidad en ánimo fuerte no se da para castigo, sino para batalla”.

Crónicas de la adversidad, el libro de Rolando Cordera, es quizás el primer libro en torno a la adversidad abrumadora, como la llama el autor, “que México comenzó a encarar el año de 1994″, sus consecuencias desastrosas para la economía en los años siguientes, así como la aparición del nexo política y delito, y los inciertos resultados políticos. Lo primero que quiero celebrar en Crónicas de la adversidad es su excelente factura. Es un libro muy bien hecho, muy asentado y claro, totalmente legible, con una abundancia de información, una limpieza prosística y una eficaz organización de sus materiales, que sólo logran los libros luego de años de reflexión y de crítica. Es además una crónica de las ideas y de las atmósferas políticas, del espíritu del tiempo, por decirlo así, de los últimos seis años, de la cultura política mexicana durante el periodo de una de sus más peligrosas adversidades. Es asimismo el recuento de una imposibilidad: la normalidad democrática. Es, finalmente, la historia más reciente de la obsesión y el amor de Rolando Cordera por México y la política mexicana. Y cuáles son las que ya no podemos aceptar. Quién pudo vaticinar en los años setentas, por ejemplo, los gérmenes de la inseguridad ciudadana que iban larvándose en la corrupción de nuestros cuerpos de seguridad. El Estado mexicano ha perdido, en parte, uno de las razones de su existencia: garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Cordera registra cómo México, a duras penas, se reorganizó en esos años, cómo inició una nueva etapa de desarrollo fundado en la producción y el ahorro; el desempleo, el descenso de los salarios, el desastre de la banca, la reforma electoral, la inflación, la criminalidad, el narcotráfico, la inseguridad ciudadana y la inveterada corrupción de sus burocracias.

Hay en el libro de Rolando Cordera —sobre todo en los dos últimos ensayos— un ejercicio implacable de racionalidad, un constante llamado para acelerar la agenda democrática, apelar a la ciudadanía, ampliar las miras de la educación, sujetar a responsabilidad a quienes entorpezcan el desarrollo democrático del país, crear normas claras de responsabilidad pública y limitaciones a la discrecionalidad administrativa. Y yo añadiría, como escribe Carlos Fuentes, exigirles Solidaridad (con S mayúscula) a los veinticuatro multimillonarios, a los expresidentes, a los exgobernadores y exministros que acaparan tajadas máximas de la riqueza nacional. Esta es la lección principal de Crónicas de la adversidad.

Llama la atención que Cordera recurra muy pocas veces a las analogías históricas; las dosifica y las convierte en asuntos del día. Sabe muy bien que toda analogía histórica es ambigua: si la rechazamos, la historia se convierte en un montón de hechos que nada nos dicen; si creemos en ella y, por lo tanto, cancelamos las diferencias específicas, la historia se convierte en una repetición sin meta ni sentido, y somos víctimas de la falacia: así como es, ha sido siempre; y de la tácita consecuencia: y así seguirá siendo.

A lo largo de Crónicas de la adversidad ronda siempre implícita la pregunta sobre lo que el autor llama la adversidad de los modernos y el destino de la nación. “El destino de un pueblo” —ha escrito Norbert Elias— “cristaliza no sólo en las instituciones responsables de que los individuos más diferentes de la sociedad reciban la misma impronta —que adquieran el carácter nacional—, sino también en la muy moderna certeza de que el Estado nacional sólo podrá sobrevivir si en él existe el derecho de todos los hombres a la igualdad de oportunidades, y si también existe la imposibilidad de tomar decisiones a espaldas de las mayorías”. Crónicas de la adversidad nos muestra, y enumera, los peligros que acosan en este sentido a la nación mexicana y a su muy vapuleado Estado.

Cordera reflexiona sobre los nexos entre política y delito, los movimientos armados, los cárteles del narcotráfico y sus ramificaciones, el aciago protagonismo de la iglesia católica. Y es que en una sociedad de tan brutal desigualdad, el hecho mismo de ser político moderno (entre comillas) va significando cada día más, en la mayoría de los casos, estar a siglos de distancia de personas pobres y analfabetas, y no poder entablar, como en otras democracias, un diálogo con ellas. Esa me parece la mayor imposibilidad y la mayor irresponsabilidad de los partidos políticos.

En marzo de 1997, Rolando Cordera señalaba que “a la incertidumbre democrática hay que seguir agregando la ‘no democrática’, que se nutre de los desgarramientos regionales en Chiapas, donde la guerra está congelada pero no impide un clima de violencia local muy sangriento y en verdad ingobernable. Al calor de esto, el EZLN intenta mantener su capacidad especulativa sobre la política normal que en todo el sur de México, cruzado por la pobreza y el conflicto violento, sólo a duras penas se abre paso”.

En Crónicas de la adversidad Cordera busca las condiciones de posibilidad de un acuerdo fundamental entre los mexicanos, a la manera del que buscaba Mariano Otero. “Y esta dificultad para acordar o por lo menos asumir la necesidad y la conveniencia de hacerlo, la descubrimos de modo cruel en la serie de erupciones de violencia política y criminal que marcaron todo 1994″.

Al comentar los movimientos sociales recientes, Cordera escribe: “la normalidad con que se acepta estas formas de política anormal no representativa y en ocasiones abiertamente antijurídica, se muestra todos los días en la impunidad de que gozan sus protagonistas. La brecha entre la movilización social y la afirmación plena de la política democrática fincada en el derecho y en los procesos y normas de aplicación general, no sólo no se ha ido cerrando sino que puede ampliarse al calor de la justa presidencial y la búsqueda de votos y lealtades en estos territorios donde la interpelación política moderna es en extremo precaria”. Rolando Cordera escribió estas líneas en 1998; la huelga y el desastre de la UNAM parecen darle la razón.

Un país que carga con veinte millones de pobres en el campo, y que no tiene a sus mejores gentes en los puestos claves, no sólo de la política sino de la vida económica y social, tiene pocas posibilidades de acceder a la modernidad, o lo hará sólo una parte de él, y así llegará, si es que llega, a ella todavía más dividido. Cordera le apuesta a una serie de pactos o acuerdos sociales que necesita el desarrollo del país. Pero no tienen que imponerse unos sobre otros, hasta caer —nos dice— en una generalización planificadora. Por la vía de una deliberación pública que no rompa sino ensanche la institucio- nalidad que es propia del Estado democrático, puede aspirarse a crear nuevos modos de cohesión social y nacional en torno a un desarrollo más denso e incluyente que el que conocemos. Crónicas de la adversidad es —hay que agradecerle a su autor— una forma más racional de deletrear la esperanza que tanta falta nos hace.       n

José María Pérez Gay. Escritor. Está por aparecer su más reciente novela: Tu nombre en el silencio (Cal y arena).