Javier García Galiano

JOSEPH ROTH

1923 en el periódico vienés Arbeiterzeitung de su novela La tela de araña, Joseph Roth temió el devenir de una realidad amenazante en Alemania que terminó por obligarlo a tomar el 31 de enero de 1933 el tren matutino a París, donde moriría en el exilio seis años después. Con él llevaba pocos manuscritos, pero en Francia, que consideraba más familiar para él que Berlín, siguió escribiendo artículos de periódicos y narraciones como Jefe de estación Fallmerayer, El busto del Emperador y La leyenda del santo bebedor.

Durante su estancia en el sur de Francia, de junio de 1934 a junio de 1935, primero en Marsella y luego en Niza, donde con Andrea Manga Bell compartía una casa con Heinrich Mann y Nelly Kroeger, y Hermann y Toni Kesten, escribió El triunfo de la belleza, que se publicó del 6 al 14 de mayo de 1935 en el Paríser Tageszaeitung.

Hermann Kesten ha sostenido que muchos de los personajes de las narraciones de Joseph Roth provienen de la realidad como el doctor Skowronnek, que era su amigo el doctor Josef Löbel, que también interviene en Job, o el malévolo Lakatos, que es asimismo una aparición inquietante en Confesión de un asesino.

—Javier García Galiano

La economía digital

LA ECONOMÍA DIGITAL

POR GABRIEL GRINBERG

En la última edición del Foro Económico Mundial, realizado en Davos, Suiza, se afirmó que el mercado de Internet está despertando. Tres mil empresarios, políticos y expertos debatieron sobre el futuro de la industria informática. Los empresarios expresaron su confianza en la Red debido a su gran capacidad masiva, pero muchos inversionistas observan con escepticismo a las empresas tecnológicas.

En el inestable entorno económico, los inversionistas muestran optimismo después de que la Reserva Federal (Fed) realizó el primer recorte a la tasa de interés el pasado 3 de enero. Las acciones subieron a pesar de que los inversionistas sabían que, a corto plazo, el soporte económico podría hundirse, a medida que la economía continuaba desacelerándose; pero confiaban en que las bajas de las tasas darían resultado, evitando así el abismo económico. Luego vinieron las malas noticias: ventas débiles al por menor, comportamiento flojo en la economía de servicios; para rematar, la mala perspectiva de ventas de Cisco Systems confirmó las malas expectativas.

Después del segundo recorte a la tasa de interés por parte de la Fed, el 31 de enero, la evolución del mercado accionario confundió a los optimistas, al reaccionar a la baja en vez de a la alza. Tras registrar un avance del 12% en enero, el índice Nasdaq perdió casi todo el terreno ganado este año. Los grandes indicadores bursátiles estadunidenses han caído prácticamente a los niveles de inicios de año.

¿Qué significa, entonces, el comentario de Davos? ¿Acaso se trata de otro espejismo? Hay datos que permiten analizar el impacto de la economía digital y la incorporación de la tecnología de la información a los procesos de las empresas. El cuarto reporte del Centro de Investigaciones en Comercio Electrónico de la Universidad de Texas, titulado Indicadores de la Economía de Internet en los Estados Unidos, mide el crecimiento en puestos de trabajo y en ingresos generados por la economía de Internet durante el primer semestre del 2000. De acuerdo con el estudio, la economía digital soporta más de 3 millones de trabajadores en la actualidad, incluyendo 600,000 nuevos puestos. Esto representa cerca de 60,000 trabajadores más de los que emplea la industria de los seguros, así como el doble de las personas empleadas por la industria de bienes raíces.

La tasa de empleo en las empresas vinculadas a la economía digital está creciendo a un ritmo más rápido que la tasa de empleo de la economía en su conjunto —con un ritmo del 10% entre el primer trimestre de 1999 y el primer trimestre de 2000—. Los empleos relacionados con Internet crecieron un 29% durante el mismo periodo. Ambas cifras superan la tasa de crecimiento de los empleos no relacionados con Internet, que aumentó en un 6.9.

Destaca la participación de las empresas punto-com que han sido el rostro de la economía de Internet. Ellas representan una porción relativamente pequeña con el 9.6% de los ingresos del sector.

Se estima que la economía digital generó 830,000 millones de dólares en ingresos durante el 2000, lo que significa un aumento del 58% en comparación con 1999 y un 156% en relación a 1998, cuando la nueva economía generó 323,000 millones de dólares en ingresos.

Los ingresos de la economía de Internet están creciendo a un ritmo dos veces más rápido que su tasa de empleo. En el segundo trimestre del año pasado los ingresos aumentaron un 58.8% en comparación al mismo periodo de 1999, en tanto que la tasa de empleo creció un 22.6 por ciento.

Los ingresos relacionados con Internet constituyen una parte creciente de los ingresos de las empresas, pues representan la quinta parte de los que tienen otro origen. Pero lo importante es que los primeros están creciendo tres veces más rápido que los ingresos corporativos totales. Mientras los ingresos crecieron en 23,000 millones de dólares entre el primer trimestre de 1999 y el primer trimestre de 2000, los ingresos relacionados con Internet crecieron en 68.000 millones de dólares durante el mismo periodo.

Los empleados vinculados a la economía digital se han convertido en trabajadores más productivos. El ingreso por empleado aumentó en un porcentaje estimado en 11.5%, lo que es tina evidencia de las mejoras en productividad generadas por Internet.

Las empresas de la nueva economía generaron 1 de cada 5 dólares de ingresos con Internet. Incluso cuando la economía general experimenta cambios bruscos, las fuerzas de la economía de Internet continúan influyendo en la economía de una forma sin precedentes, generando ahorros tanto para los negocios como para los consumidores. n

Gabriel Grinherg Periodista.

Carta abierta a contra Alan García

CARTA ABIERTA A (CONTRA) ALAN GARCÍA

POR JOSÉ MIGUEL OVIEDO

Alan García —-acusado por corrupción y enriquecimiento ilícito al final de su mandato— busca una vez más la presidencia del Perú. En estas líneas personales José Miguel Oviedo responde a esa ambición y trae a la memoria el legado de hambre y miseria que dejó Alan García.

Señor Alan García:

Por recientes informaciones de la prensa peruana e internacional, me he enterado que usted es uno de los abundantes candidatos a la presidencia del Perú en las elecciones del próximo 8 de abril. Le escribo para hacerle saber que no sólo no votaré por usted, sino que haré todo lo que esté a mi alcance —esta carta abierta es el primer esfuerzo— para impedir que otros peruanos voten por usted. Todos sabemos que sus posibilidades electorales son por ahora remotas, pero prefiero no correr riesgos en el siempre imprevisible escenario político y que usted aparezca como un candidato viable. En las líneas que siguen trataré de explicarle mis razones.

La primera es que yo ya voté por usted en 1985 y mi arrepentimiento y sentimiento de culpa todavía me persiguen. Debo aclararle que nunca tuve (ni tengo ni tendré) simpatía alguna por el Partido Aprista que usted representa: nunca me gustó la autoritaria estructura interna de la organización. que eternizó como único e indiscutido caudillo a su fundador, Víctor Raúl Haya de la Torre: tampoco el estilo fascistoide de sus manifestaciones populares, su retórica y su ideología gaseosas; y sobre todo el tortuoso historial partidario, lleno de componendas y pactos con el diablo hechos en nombre de la sobrevivencia táctica del partido.

Usted, sin embargo, parecía significar una renovación dentro del Apra, con otro lenguaje y otras perspectivas. La misma posibilidad de que, después de más de medio siglo de luchas, persecuciones y frustraciones, su Partido estuviese a las puertas de un triunfo gracias a un joven líder y no del viejo jerarca, me pareció una oportunidad histórica para sellar largos agravios y heridas y comenzar de nuevo, sin rencores ni atavismos. Sopesé todos los pros y contras, y decidí que, si bien usted no era “mi candidato”, representaba el mal menor y voté por esa mínima esperanza. Mi desencanto —y el de muchísimos peruanos— comenzó muy pronto. Aunque sus floridos discursos, sus gestos telegénicos ante las cámaras y sus habilidades como guitarrista le otorgaron un índice de popularidad muy alto —en verdad, nunca antes visto— como presidente, usted mismo se encargó de defraudar a los que habíamos, ingenuamente, depositado en sus manos nuestra confianza. No sólo su gobierno demostró total ineficacia en un momento de aguda crisis, sino que, con una odiosa insensibilidad, usted decidió aprovechar el caos y desgobierno para enriquecerse ilícitamente y hundir al país en el más negro abismo financiero de nuestra historia.

¿Recuerda usted que durante su régimen la inflación llegó a casi el 10,000%, cifra que es casi imposible de concebir? ¿Recuerda usted que en un discurso oficial llegó a legalizar el mercado negro del dólar callejero llamándolo “mercado paralelo” y a declarar que era el que verdaderamente regía? (Usted tal vez no, porque tomó todas las precauciones necesarias para no ser sorprendido sin dólares), pero yo sí, igual que todos los que tuvieron que sufrir sus consecuencias.

Lo peor de todo esto es que, con su irresponsabilidad y cruda ambición de lucro, usted condenó a millones de peruanos al hambre y a la miseria. Muchos, como último recurso, tuvieron que alimentarse —aunque parezca increíble— con lo que encontraban en la basura, con los productos destinados para la crianza de animales o con lo que, en otras épocas, se desechaba en la cocina. La revista Caretas y otras publicaciones en la época tuvieron que recomendar, como prácticas medidas de sobrevivencia, las virtudes alimenticias de las hojas de la zanahoria y de la remolacha.

Esa generación de fantasmas subalimentados son sus auténticos herederos, señor García. Lo que usted hizo equivale a una forma lenta e indirecta de genocidio; ésa es la mayor acusación que le hago. No contento con eso, usted les pide ahora sus votos. ¿No acaba de invocar acaso las necesidades del pueblo peruano, no ha declarado también su deseo de luchar por los pobres? ¿De dónde saca usted tanto descaro? Una de sus estratagemas es la de presentarse como un mártir de la democracia perseguido por Fujimori y forzado al exilio. Es cierto que desde 1992 usted vive en confortable exilio, alternando su residencia entre Bogotá y París, donde tiene un departamento de su propiedad que no es precisamente une chambre pour étudiant. Es cierto también que la corrupción que usted desató, permitió y aprovechó ha sido largamente superada por la del gobierno fujimorista, que ha hecho empalidecer la suya. Pero no se aflija ni se sienta disminuido: en su época usted hizo al respecto todo lo que pudo y si no pudo más es porque no hubo más que usufructuar. Me aterra la idea de que usted, con espíritu deportivo, esté buscando alcanzar un nuevo récord.

Usted ya ha ejercido su derecho de regresar a su país y a participar en las elecciones. Pero hay una condición previa: antes de presentarse a comicios, usted debería presentarse ante la corte que aguarda su retorno para proseguir el juicio por corrupción y enriquecimiento ilícito abierto en su contra, a la cual tendrá que explicar cómo y por qué durante su gobierno las finanzas del país anduvieron tan mal y las suyas tan bien. Usted dirá que lo acuso sin pruebas. Parte de la sutil habilidad con la que usted actuó —según expertos financieros internacionales que examinaron minaron su caso al término de su mandato— está en el esmero y la destreza que usted tuvo para borrar huellas y hacer muy difícil detectar sus movimientos secretos con el dinero público. De eso se trata, precisamente: de justificar lo que pasó con un dinero hoy gastado, evaporado o discretamente invertido. Por eso, tal vez obtenga una sentencia que lo declare inocente y ayude a su candidatura. Recuerde sin embargo que una cosa es ser absuelto por falta de pruebas y otra, muy distinta, ser inocente.

Demuestre —si puede— ante los jueces que la miseria del país y su riqueza personal en esos años tienen el mismo origen divino e inevitable, al que tenemos que reasignarnos. Como dice el refrán, quien no la debe, no la teme. Eso sí, le reitero que, sea cual fuere el resultado judicial, no cuente ni con mi voto, ni con mi absolución, ni con mi silencio.    n

José Miguel Oviedo. Escritor.

El mal gusto

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

EL MAL GUSTO

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

Hace unos cuantos domingos, durante una mañana de insólita calma y en el transcurso de una larga sesión en la regadera, descubrí con gran espanto que me sé completita la letra de “Extraños en la noche”. Como quien va a la clínica para la segunda prueba de tuberculosis, ensayé aterrada las notas de “A mi manera”. Afortunadamente no salió ni la primera estrofa, pero no estoy tranquila: sospecho que cualquier otro domingo, en cualquier otra ducha, abriré la boca y saldrá incontenible el mamarracho entero —desde la onanística introducción (¿se acuerdan?: “El fin se acerca ya, lo esperaré serenamente…”) hasta el desafiante berrido final de la canción que un gringo cruel le endilgó al ya tan maltratado Quixote.

Toca asumir el destino: el mal gusto me ha marcado desde que en la adolescencia le pasaba el trapo a los muebles cantando “Perdón” —éxito de Alberto Vázquez— y después de cada “Si acaso te ofendí” juntaba las manos en gesto suplicante. Fue por esas mismas épocas que aprendí a hacer el lomo a la Coca Cola, iniciándome en la deleitosa afición por la cocina del mal gusto.

¿Una tarde perfecta de aquel entonces? Lomo a la Coca Cola en el menú, seguido de un postre helado de galletas marías con leche endulzada Nestlé y jugo de limón y, después, el sofá para mí sólita, con la novela más reciente de Corín Tellado en el Vanidades, y Javier Solís cantando “Sombras” en el tocadiscos.

El mal gusto es delicioso. Confiésenlo quienes han probado no sólo el lomo adobado en las Aguas Negras del Imperialismo, sino las galletas Ritz con queso filadelfia y media aceituna de adorno, la gelatina de sabores elaborada con ginger ale para que tenga burbujitas. el ceviche preparado con Orange Crush (especialidad de la Costa Chica), y cualquier ambigú fabricado con pan Bimbo descostrado (recuerdo en particular unos rollitos rellenos de pasta de sardina). Las quesadillas sincronizadas también estarían en la lista si no fuera porque ya quedaron incorporadas a otro repertorio, que es el folclórico nacional. Pero cuando primero hicieron furor, hará unos cuarenta años, la combinación de queso tipo Chihuahua, jamón Fud y tortillas de harina cumplía perfectamente con los requisitos del mal gusto culinario: es decir, era un invento fervorosamente clasemediero y con algo de gringo, expresión nítida de la voluntad de zafarnos de nuestra herencia mestiza para entrar corriendo a la modernidad que ofrecían en la tele series hogareñas como “El show de Dick Van Dyke” y “Mi marciano favorito”.

Eran ingrediente clave en la cocina del mal gusto la línea completa de cremas Campbells—tomate, champiñón y, sobre todo, espárragos— preparados como sopa según las instrucciones en la lata, o bien, aprovechados para darle un toque de distinción a los canelones, las crepas (¡crepas!) y la pechuga de pollo. Hay un no-se-qué de resistol en la consistencia de esos platillos que todavía me emociona (más cuando se forman unas costras doraditas en el pyrex), y me hace pedir siempre una segunda porción. Por pura arbitrariedad no acepto la comida de restorán en esta lista del adefesio culinario, pero casi me arrepiento cuando pienso que así no podré incluir el engendro ejemplar que es la pizza hawaiana, ni tampoco los sushi de salmón ahumado con queso filadelfia, que son descendientes directos de los rollitos de pan Bimbo con pasta de sardina.

Para mi desgracia, no conservo la receta del lomo a la Coca Cola (esta columna agradecerá cualquier pista). En cambio sí puedo ofrecer la receta de postre helado de galletas maría que prepara para la familia que tiene a su cargo Marta García Ortiz —excelente cocinera en la vertiente del buen gusto, y que en este otro renglón también se luce.

Media taza de jugo de limón

Media lata de leche Clavel

Una lata de leche condensada azucarada

Una pizca de canela molida

Un rollo de galletas nutrías de 170 gramos

Preparar aproximadamente una hora antes de que se ha de servir. Mezclar perfectamente los primeros cuatro ingredientes en la licuadora. Colocar una capa de galletas en el fondo de un refractario mediano cuadrado. Verter encima la mitad de la mezcla líquida. Repetir con otra capa de galletas y el resto de la mezcla. Colocar en el congelador hasta el momento de servir.

Y no hemos empezado a hablar siquiera de la delicias del Nescafé con leche de lata, que realmente es el mejor acompañamiento posible al pan de dulce de la merienda. n

Alma Guillermoprieto Escritora. Su más reciente libro es Ios años en que no fuimos felices.

Marcos en marcha

MARCOS EN MARCHA

POR JORGE JAVIER ROMERO

Poco más de quince minutos tardó el EZLN en ocupar de nueva cuenta las primeras planas de la atención pública. En pocos días Marcos llegará, a la ciudad de México. ¿Estrategia política, acción por la paz? Jorge Javier Romero se plantea estas interrogantes que sólo se explican cuando vuelve a valer la vieja práctica de negociar con la desobediencia.

Para los apologistas del gobierno de Vicente Fox, y para algunos seguidores acríticos, la actitud del gobierno en torno al conflicto con el EZLN ha sido una estrategia meticulosamente planeada que pretende que la opinión pública note los esfuerzos gubernamentales por lograr la paz y que, en caso de que todo el asunto quede en agua de borrajas, sean el inefable Marcos y su ejército los que paguen los costos de aparecer como intransigentes y necios. Si, por el contrario, se llegara a un acuerdo que condujera a que el EZLN depusiera las armas, entonces Fox habría cumplido con su ofrecimiento de lograr la paz en Chiapas, si no en quince minutos, sí en relativamente poco tiempo. Un triunfo más de la voluntad política.

Será porque soy un malpensado, pero para mí que el asunto se les salió de madre a los estrategas del gobierno. Desde hacía ya muchos meses, pero sobre todo después de la elección del 2 de julio, el asunto del EZLN, si bien estaba enconado, ocupaba apenas algún rincón entre los asuntos que llamaban la atención pública. En Chiapas hubo, por fin, elecciones y el resultado era inmejorable para tomar la iniciativa política, no necesariamente la mediática, e impulsar, juntos, gobierno federal y estatal, un conjunto de reformas —nueva municipalización, que hiciera coincidir en lo posible las comunidades con un espacio de decisión inherentemente autónomo, posibilidad de que los municipios tuvieran sus cartas en las que se consagraran prácticas tradicionales (los famosos usos y costumbres), reforma educativa para impulsar la educación en lenguas indígenas— que dejaran sin sustento ético y político a los insurrectos. A la vez, el gobierno federal pudo haber mandado una iniciativa de derechos indígenas al Congreso que superara el despropósito jurídico del viejo proyecto de la COCOPA. Todo esto sin demasiados reflectores pero con eficacia. Sin embargo, lo que se buscaba era el golpe de efecto, como si los días de la campaña no hubieran quedado atrás.

El hecho es que, por tratar de llamar la atención, la estrategia gubernamental resultó no sólo en el resurgimiento de Marcos, sino de buena parte del movimiento pro EZLN que se había desinflado, sobre todo después de los excesos cometidos durante la huelga de la UNAM por grupos afines. Hasta el repudiado y execrable CGH tuvo un nuevo aire a partir de que la intención del gobierno por atraer las luces hizo que éstas se desviaran hacia los pasamontañas casi olvidados. El subcomandante, especialista en el asunto, supo aprovechar la oportunidad para salir de su aletarga- miento y de inmediato retomó el protagonismo perdido: el gobierno le había puesto un bombón.

Las reacciones —en todo el sentido de la palabra— no se hicieron esperar. Buena parte de los aliados del presidente con botas salieron a mostrar su santa indignación. Los empresarios le llamaron la atención a su valido, el obispo del rictus peroró y el gobernador de Querétaro les recordó a los olvidadizos que eso de la derecha pura y dura existe. La estrategia gubernamental había despertado a los polos y hubo que rectificar para no perder el centro.

Y fueron los tiempos de parar el retiro de tropas en Chiapas, de decir que el gobierno ya había tenido gestos y que ahora le tocaba al EZ, de la campaña para que todo mundo coincidiera en que el bando gubernamental estaba haciendo más que los marquistas, etcétera. Con todo, parece que los grandes estrategas lograron sacar la pata a tiempo y le salieron al paso al asunto.

Mientras todo lo contado ocurría, la izquierda democrática —en la que incluyo sobre todo al PRD, más que nada porque no encuentro otra forma de calificarlo en este momento— se quedaba calladita o, más bien, su voz apenas parecía un susurro que llamaba a que se respetaran los acuerdos de San Andrés, como si eso quisiera realmente decir algo en la práctica. Nada de una visión progresista de la cuestión indígena. que haga coincidir los derechos particulares con la ciudadanía universal; nada más allá de las buenas intenciones que han hablado de autonomía sin decir con qué se come eso, ninguna idea de cómo impulsar el desarrollo y la igualdad de oportunidades entre los pueblos marginados. Nada de nada.

Marcos viene y dice que quiere convencer. Eso sí, sus mínimos son inamovibles: para él no hay más que una razón. Erigido en el paladín único de la causa india, no acepta —por algo es un revolucionario— la existencia de razones distintas, de intereses contrapuestos a los que la política debe armonizar. El Congreso deberá, si es que quiere lograr la paz. aceptar su razón armada, dogmática. Dejémonos de discusiones parlamentarias complejas: aquí nada más hay una voz y una forma unívoca de entender la cuestión de los derechos indígenas.

El EZLN llegará a la ciudad de México. ¿Cómo los recibirá la capital, tan proclive a agasajar a tirios y troyanos? ¿Con guirnaldas como a Maximiliano, o con café con leche de Sanborn’s, como a los auténticos zapatistas? ¿Finalmente darán la cara o seguirán detrás de su mítico pasamontañas, emblema de su clandestinidad revolucionaria? ¿El Congreso los admitirá encapuchados? Mientras todas estas incógnitas se resuelven, el hecho es que la construcción de un orden jurídico democrático y válido para todos se sigue aplazando, mientras que la negociación con la desobediencia sigue siendo la práctica. Ni modo: las inercias son las inercias.                    n

Jorge Javier Romero. Politólogo. Profesor de la UAM-Xochimilco.

Persecución contra Nexos

PALOMAR.

PERSECUCIÓN CONTRA NEXOS

Algunos columnistas y medios impresos han publicado recientemente imputaciones difamatorias contra la revista Nexos. Se trata de una persecución impune contra nuestra marca y nuestro trabajo. Nos alarma el embate contra Nexos: va más allá de un consabido episodio de antiintelectualismo y rencor cultural. Rechazamos por eso, categóricamente, las prácticas ilegales de esos columnistas y esos medios, y las inferencias calumniosas que buscan acribillar la honorabilidad de una publicación con más de 23 años en la vida pública mexicana. En esas imputaciones e inferencias vemos signos ominosos no sólo para Nexos sino para las publicaciones dedicadas a la reflexión y la creación intelectuales. Rechazamos de igual modo el acoso a la vida privada de las personas y al desarrollo lícito de las empresas. Rechazamos la impunidad en todos los ámbitos. Agradecemos en cambio los mensajes solidarios de nuestros lectores, anunciantes y amigos; incluso de nuestros críticos y competidores.

Convocamos a restaurar la racionalidad y la inteligencia en los debates públicos.

En este número publicamos los textos de Héctor Aguilar Camín y Gilberto Guevara Niebla, como respuesta a un medio que ha sido parte de esta persecución contra Nexos.

      México, D.F., 14 de febrero de 2001.

Rafael Pérez Gay Director de Nexos S. A. de C.V.

Luis Miguel Aguilar Director de la revista Nexos

Roberto Pliego Subdirector Editorial

Andres Hofmann Director de Proyectos Especiales

Renuncia a El Universal

RENUNCIA A EL UNIVERSAL

POR GILBERTO GUEVARA NIEBLA

Esta es mi última colaboración en El Universal. Me veo obligado a renunciar pues no hacerlo significaría que apruebo la conducta dolosa que los directivos de este periódico asumieron el viernes pasado al utilizar documentos administrativos —legales e inocuos en su forma y contenido—, para atacar a la revista Nexos y a su anterior director.

Los documentos que hizo públicos El Universal se refieren a estudios sobre educación que yo dirigí hace diez años (en algunos casos más) en los que participaron numerosas —más de cien— personas entre maestros, investigadores e intelectuales destacados. Ninguno de nosotros incurrió en ilegalidad o ilegitimidad alguna y jamás recibimos por ello cantidades de dinero extraordinarias o irregulares.

Estos estudios, en cambio, tuvieron gran importancia para crear las condiciones subjetivas y políticas adecuadas para promover las reformas educativas más importantes de la historia contemporánea de México: me refiero a las que se impulsaron entre 1992 y 1993 y que en el sexenio siguiente fueron continuadas. Dichas reformas incluyeron, entre otros, estos cambios:

1. La descentralización del sistema educativo.

2. La apertura del sistema educativo a la participación de la sociedad y, en particular, de los padres de familia.

3. La modernización de los contenidos y métodos de enseñanza a fin de darle a las prácticas educativas un sustento científico.

4. El reforzamiento y modernización de las escuelas normales y la creación de un sistema hasta entonces inexistente de actualización de profesores.

5. La reorganización de la SEP con el fin de desburocratizarla y hacerla más funcional.

6. La incorporación de la Carrera Magisterial y el establecer aumentos salariales que significaron un cambio de gran importancia en la historia de la profesión (el salario menor del maestro pasó de uno a cinco salarios mínimos).

7. El modernizar el estatus de la escuela privada protegiéndola contra la acción arbitraria de alguna autoridad.

8. El eliminar el jacobinismo implícito en las regulaciones educativas.

9. El incorporar en el artículo tercero constitucional de manera precisa el derecho a la educación de todo niño que viva en nuestro territorio.

10. La creación de un nuevo sistema de producción de libros de texto gratuitos asegurando una alta calidad en ellos.

El que estos estudios hayan sido diseñados no por una dependencia gubernamental sino por una agencia privada (Nexos), les confirió un enorme valor político. Se trataba de una opinión independiente y un trabajo llevado a cabo con honestidad, imparcialidad y transparencia. Sugerir —como se hace en la edición del día viernes 9 de El Universal— que en la realización de estos trabajos hubo manejos inescrupulosos o pretender descalificar a Nexos y a su director de entonces por su realización me parece que es una conducta moralmente inapropiada y que contradice el propio Código de Ética de El Universal.

No puedo irme sin agradecer públicamente las atenciones que siempre recibí en el periódico de Guillermo Fabela, de Oscar Hinojosa y de sus colaboradores.  n

Gilberto Guevara Niebla. Director de Educación 2001.

Una oposición llamada vida

ESCRITOR EN SU TINTA

UNA OPOSICIÓN LLAMADA VIDA

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Cómo fue, cómo transcurrió la vida de Balzac? La comédie húminelo fue todo o casi todo en la vida de este hombre que, en 1821, le confesaba a su hermana sus dos únicas pasiones verdaderas: el amor y la gloria. Y que le escribía: “Y nada ha sido satisfecho aún. Y nada lo será nunca”.

Balzac, que siempre creyó vivir mejor, consagró la mayor parte de su obra a retratar pasiones que, casi siempre, agotan la energía vital y conducen a la muerte. La forma en que lleva hasta el fin el proceso de la pasión (cuerpo y alma mezclados en una misma enfermedad, a menudo física), y la forma en que define esta pasión (realización, rechazo y supresión de la vida, a la vez), lo convierten, antes que Zola, en precursor del freudismo: pulsión de vida y pulsión de muerte totalmente imbricados. En resumen, escribe lo que vive y muere de lo que escribe. León Gozlan, en su libro Balzac en pantuflas, nos da una idea muy precisa de la ambición balzaciana. “Todo lo que escribía, artículos, novelas, dramas, comedias, era sólo el prólogo de lo que pensaba escribir”. Monárquico y convertido al legitimismo por una de sus amantes nobles, la marquesa de Castries también llenó, sin embargo, el interminable registro civil de su obra de inolvidables miserables, del dolor de la miseria y de la barbaridad del hambre. Marx tuvo que reconocer que leyéndolo había aprendido más de la sociedad francesa que leyendo a mil economistas o historiadores.

De amante en amante, de quiebra en quiebra, y de viaje en viaje, es una la mujer que espera y que lo espera, imposiblemente, por supuesto, allá tan lejos como está por entonces Rusia de Francia. Balzac se rompe contra el destino y sus deudas se convierten poco a poco en “deudas tranquilas” y deudas “alarmantes, gritonas”. Entre las primeras, su jardinero, por ejemplo, o aquel guarda al que teme encontrar en sus paseos por el bosque. Se siente amenazado, perseguido, convertido en una liebre en su propio jardín. Y cuando la amada rusa, noble y casada, la célebre señora Hanska le reprocha la escasez de sus cartas, responde: “Eran pocas porque no tenía dinero para el correo”.

Poco tiempo después hace, una vez más, el negocio de su vida: un excelente contrato para la edición de todos sus libros con el título de La comedie húmaine. Viajes a San Petersburgo para ver a la amada, nuevos viajes por Europa para encontrarla en Italia y recibir, de la que él llama “La extranjera”, noticias nada alentadoras pero que en nada frenarán su loca carrera de amor: la señora Hanska prefiere tomar las cosas con calma. Debido a su alta posición social, a su marido, a su inmensa fortuna y a la temida reacción del zar, que difícilmente aprueba las relaciones de sus súbditos con extranjeros (Balzac está dispuesto a hacerse ruso), hay que darle tiempo al tiempo.

Balzac se consuela con horarios de trabajo de un condenado a las galeras, con nuevos reencuentros viajeros con “La extranjera” y, por supuesto, literalmente desvalijando anticuarios en Italia. Otra vez en la mina, los cambios de dirección, los cambios de nombre para huir de los acreedores. De pronto, también, una amante celosa le roba las cartas de la señora Hanska y lo obliga a cantar. Recuperar las cartas le cuesta una fortuna, es decir otra deuda. Pero llega por fin el día en que puede visitar a su amante extranjera en su tierra natal. Lo esperó todo de ese viaje y regresó colmado: ¡cuarenta mil almas a su servicio! ¡Muchas más que en toda su obra! La revolución de 1848 lo espera en París, a su regreso; algo que, digamos, no es de su agrado. Vuelve a Rusia: la señora Hanska se ha liberado, por fin, de su marido, ha conservado parte de su inmensa fortuna, tiene la autorización del zar para reunirse con Balzac…

La madre de Balzac recibe el encargo de arreglar fastuosamente la vivienda de la rué Fortunée, para acoger a la que será finalmente su esposa. Han sido diez años de espera. Como si sintiera que la vida se le escapa, Balzac multiplica sus compras, sus deudas, sus sueños, sus horarios de trabajo. Pero, para esto último, ya no le sirven de mucho aquellos tazones de cafeína. Presenta su candidatura a la Academia, pero es cruelmente postergado por los nombres del duque de Noailles y el conde de Saint Priest. El pobre Balzac, que siempre había suspirado por un título. Y su estado se agrava, pero la perspectiva de su matrimonio le devuelve la felicidad. Y llega el día soñado, el 14 de marzo de 1850. Balzac ha sido acogido por el zar y el matrimonio con una de sus súbditas tiene lugar ese día.

El 21 de marzo están de regreso a París los recién casados. Y lo que debió ser una apoteosis se convierte inmediatamente en una pesadilla. La puerta de la rué Fortunée está cerrada y el mayordomo, que se ha vuelto loco, ha saqueado y destrozado la casa antes de encerrarse en ella. Agotado Balzac se acuesta para no levantarse más. La gangrena, causada por la artritis, una de sus enfermedades, se ha generalizado. Titánicos dolores y una visita de Víctor Hugo. Balzac le susurra: “Todo esto, sin duda, es la factura que el cielo me ha pasado por mi matrimonio”. Muere el 18 de agosto, pocas horas después de otra visita de Víctor Hugo. Este afirma que estuvo largo rato observando su perfil moribundo y que se parecía mucho a Napoleón.

Balzac creó un mundo destinado a sobrevivirle y a darle todo lo que no le dio en vida, a su recuerdo. Los escándalos continuaron. Rodin, a pedido de la Sociedad de Artistas Independientes, esculpe al titán desnudo. Feroz reacción y rechazo estruendoso. Rodin insiste y esculpe nuevamente al titán, esta vez en robe de chambre. Nuevo rechazo. Balzac lo había escrito, un año antes de su matrimonio y de su muerte: “Yo formo parte de esa oposición llamada vida”. “¿Por qué será necesario que las voces de la esperanza se conviertan en este inmenso coro del fracaso?”, se pregunta Gaetan Picón, en su espléndido Balzac par luí meme.   n

Alfredo Bryce Echenique. Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

La balsa y la canoa

CARACOL

LA BALSA Y LA CANOA

POR CINNA LOMNITZ

A orillas del majestuoso Río Santiago, a caballo sobre el ecuador terrestre, viven los remanentes aborígenes de la etnia aguaruna. En otros tiempos habían sido orgullosos cazadores de cabezas de la selva amazónica, de valentía proverbial entre las tribus vecinas. Sus hombres de ingenio eran famosos por su habilidad como oradores y cuentistas. He aquí, tal y como fue grabada por un antropólogo peruano, una interpretación de la historia del origen del pueblo aguaruna, narrada por un artífice ele la literatura oral de apellido Chávez:

Escuchen bien. Los que luego iban a ser los blancos, los cristianos, eran como nosotros. Y nosotros pudimos haber sido como ellos. Pero los blancos cruzaron el río: por eso ahora son lo que son. Nosotros nomás no pudimos, con la canoa, con la canoa.

Nosotros los aguarunas tuvimos miedo. Llegaron los blancos y ¡zas! cruzaron el río con sus balsas. Ellos va no bajan el río en balsa, ya no hacen balsas. Vienen en lanchas a motor. Pero entonces, como ahora, cruzaron sin problemas.

Nosotros también íbamos a ser blancos. Como no cruzamos el río, nos volvimos aguarunas.

No puedo imaginar una explicación más terrible y más profunda para entender las desigualdades entre los humanos. No nacemos blancos ni aguarunas: no somos subdesarrollados ni triunfadores de nacimiento. Pero tampoco elegimos libremente nuestro destino. El miedo nos vuelve lo que somos y nos quita lo que pudimos ser.

En un cierto nivel, todo se reduce a un combate desigual entre tecnologías: balsas contra canoas y cañones contra flechas. Nuestro rezago en el dominio de los conocimientos es el origen de nuestro miedo. Siempre y en todo momento, en la vida hay ríos que cruzar. Siempre hay rezagados que se quedan en la orilla. Las disculpas siempre sobran y todo cambia siempre; hasta los ríos cambian de cauce a veces. Nosotros, en cambio, al no cruzarlos, seguimos siendo los mismos.

El sismo del 13 de enero en El Salvador produjo más de 800 muertos en este bello país hermano que viene saliendo de una atroz guerra civil. Fuimos a ver, y encontramos que la destrucción causada por este sismo de magnitud 7.6 era poca cosa en comparación a la estela de miseria que dejó una década del conflicto armado, cuya causa yace olvidada entre los archivos de la ignominia y de la estupidez. ¿Por qué tendrán que matarse entre hermanos?

Como representantes de la comunidad académica mexicana sólo pudimos ofrecer la hospitalidad de nuestra casa de estudios a los jóvenes salvadoreños que quieran perfeccionarse en las disciplinas científicas y las técnicas que hacen falta para enfrentarse con éxito a las amenazas naturales de este país de sismos y de volcanes. Salvadoreños y mexicanos nos daremos la mano pues enfrentamos las mismas carencias y los mismos peligros.

Balsa contra canoa

La ciencia tiene también sus agua- runas. En la época de Darwin los naturalistas eran lo nuevo. Estaban en la frontera de la ciencia. Los grandes científicos, además de Darwin, eran hombres como Lyell, Lamarck. Cuvier, Linnaeus, el cura Mendel y otros clasificadores del mundo natural. Más tarde, la ciencia cambió. En 1967, a los geofísicos nos tocó cruzar un antiguo remanso del río de la ciencia; inventamos la tectónica de placas y otra vez estuvimos brevemente en la avanzada del saber humano. Pero luego no pasó nada, y finalmente fueron los astrónomos quienes se atrevieron a franquear el río del saber que nos separa de las estrellas. Ellos salieron a conquistar el cosmos y nosotros nos quedamos en la orilla.

¿Por qué existen las ciencias de la Tierra como una disciplina aparte, como si nunca hubiera habido un Galileo? ¿Acaso la Tierra no es otro planeta más? Esta pregunta merece una reflexión. La Tierra no es nuestro hogar por una casualidad; es un planeta diferente, acaso único. Es más: cada región de este planeta nuestro tiene características especiales y diferentes. En nuestra reciente misión a El Salvador observamos que los asentamientos humanos suelen ocupar las cumbres de las cordilleras y lomas y no los valles; ello se debe a razones geológicas que es importante averiguar. Tiene que ver con el riesgo sísmico, y con el riesgo de deslizamientos de tierra que causaron centenas de víctimas en el reciente sismo.

Los científicos de la Tierra tendríamos que volvernos astrofísicos y planetólogos, pero no por ello habremos de negar la cruz de nuestra parroquia que es la geología. Es una disciplina venerable, forjada por auténticos gigantes del pensamiento. En otra oportunidad me gustaría platicar en estas páginas acerca de mis recuerdos personales de hombres geniales como Gutenberg, Richter. Jeffreys y Ewing, grandes geofísicos del siglo XX. No se trata de traicionar su recuerdo sino, al contrario, de hacerles justicia y valorar sus contribuciones. Es posible que las ciencias de la Tierra ya no quepan en la Tierra, y que en este milenio deban franquear el río que las separa de la ciencia moderna; pero la geología clásica aún tiene grandes contribuciones por delante.

La otra orilla

El 28 de julio pasado falleció Abraham País, uno de los últimos físicos teóricos que sobrevivían de la generación que conoció a Einstein. Sus numerosos amigos lo llamaban “Bram”; era alumno de Hendrik Kramers, el misterioso genio holandés. Bram Pais tuvo una brillante carrera en Estados Unidos; mejor dicho, tuvo dos carreras, ya que al jubilarse decidió retirarse a Dinamarca y dedicarse a la historia de la ciencia. Su éxito en ambas carreras fue notable.

Historia y divulgación de la ciencia son dos cosas diferentes. En nuestro país se necesitan ambas vocaciones. Las dificultades son enormes: la ciencia sigue siendo un territorio inaccesible para la inmensa mayoría de los humanos. En una época, se publicaban numerosos artículos y libros de divulgación sobre relatividad, y sin embargo seguimos sin entender, después de casi un siglo, de qué se trata. Pais lo trató de formular de la siguiente manera: “La relatividad elimina la ilusión newtoniana acerca de un espacio y un tiempo absolutos”. Bueno, suena simple pero la idea no es todavía accesible al público culto. ¿Qué podemos decir entonces acerca de entender los adelantos recientes en cosmología, genética o informática?

Bram Pais decidió, sabiamente, explotar al máximo su conocimiento personal tanto de los aportes científicos como de las personalidades de los principales físicos teóricos contemporáneos. Este enfoque evidentemente no estaba al alcance de la mayoría de los mortales, ni científicos ni legos. El profesor Pais lo sabía, y expresaba su escepticismo en cuanto a las eventuales aportaciones de los que somos soldados rasos en el frente científico, citando un pintoresco dicho húngaro: “Algo es algo, dijo el ratón, y se orinó en el mar”.

Por modesto que sea nuestro aporte de roedores de la ciencia, creo sin embargo que podemos contribuir en alguna medida a un mejor conocimiento científico en nuestro país. Volviendo al tema de Bram Pais, lo primero que hizo después de jubilarse fue publicar una excelente biografía de Einstein (Sutil es el Señor, 1982). Luego se dedicó a la labor difícil y compleja de producir dos grandes libros sobre la vida de Niels Bohr. Finalmente, el año pasado apareció El genio de la física, que contiene retratos hablados de 17 físicos famosos. No están todos los que Bram Pais conoció. Por ejemplo, faltan personalidades tales como Heisenberg, Gell-Mann, Feynman, Bethe y Fermi. El criterio de selección, claramente, reflejaba las preferencias personales del autor. Pais, un hombre muy discreto, sólo revela la intimidad de sus amigos —aspectos significativos y desconocidos acerca de la vida de los grandes científicos del siglo que acaba de finalizar—. En su mayoría, ellos sacrificaron por su labor científica una parte importante de su vida personal, a veces deliberadamente. Así, a la edad de l7 años, Kramers anotaba en su diario: “El científico debe sacrificar su individualidad por su vocación”. Lo curioso es que este sacrificio muchas veces realzaba la personalidad de estos investigadores.

A veces el científico llegaba a concentrarse en su objetivo al grado de quedarse solo y aislado. Le sucedió a Einstein y también a Dirac. Bram Pais nos enseña, a través del ejemplo dramático de sus colegas más ilustres, que es necesario interactuar con colegas y estudiantes para alimentar la propia creatividad. No basta que un país tenga especialistas de gran capacidad en cada disciplina: es indispensable además que puedan apoyarse en una comunidad científica libre y activa. El mantenimiento de una comunidad de este tipo requiere la atención y el cuidado incesante de los organismos académicos y de los gobiernos.

La ciencia en México

Una mujer genial, la novelista Shikibu Murasaki (978-1025), pintó a los japoneses como seres rodeados de contradicciones. Refinamiento y brutalidad, elegante melancolía y abandono orgiástico, inteligencia abnegada y pretenciosa obcecación, serenidad y torpeza, paciencia infinita y violencia desesperada, son facetas de la mentalidad de este pueblo prodigioso.

La familia japonesa se caracteriza por una voluntad férrea de sacrificio en aras del futuro de los hijos. Hasta llegaron a quitarle a la madre el derecho de decidir sobre la educación de sus hijos, porque al padre se le consideraba más competitivo y capaz de armarlos para la lucha por la vida. Hasta los cinco años de edad, el niño japonés es libre como una mariposa y se le consiente en todo. La madre lo cuida y aplaude sus caprichos: no debe regañarlo jamás. En cambio, apenas ingresa a la escuela se le obliga a ajustarse a una disciplina rígida y estricta, que a veces parece inhumana.

En México también las familias emprenden toda clase de sacrificios por la educación de sus hijos. La Universidad Nacional fue su principal vehículo de movilidad social, y el medio para transformar sus aspiraciones en realidad. Por eso fue tan nefasta la huelga de 1999 en la UNAM, que sin duda pasará a la historia como una empresa antihistórica y antipopular. La universidad pública ha quedado gravemente debilitada en este país, y eso tiene consecuencias que muchos se resisten a admitir por un temor de causarle daños aún mayores.

Pero siempre es un error rehusarse a enfrentar la realidad. El descenso en la matrícula, sobre todo en la licenciatura (pero también en el posgrado) ha sido dramático y no se ha recuperado todavía. A instancias del rector de la UNAM, el Congreso de la Unión ha concedido un valioso apoyo material a la Universidad, pero eso no basta. La moral de la comunidad sigue a la baja y urge un nuevo impulso académico a la institución.

Y también científico. La comunidad científica mexicana representa una tercera parte de la producción científica de América Latina y una fracción importante de la ciencia mundial. Nuestra comunidad científica nació con la UNAM y se apoya todavía, predominantemente, en esta institución singular. Sin duda se podría pensar en crear una o más universidades de investigación nuevas, a ejemplo de lo que se ha hecho en Brasil: pero me temo que los recursos técnicos y humanos van a tener que venir de algún lado. Probablemente tendrían que provenir de la UNAM. Pero demoler lo existente para construir lo hipotético nunca ha sido una buena idea, n

Cinna Lomnitz Geofísico. Investigador de la UNAM.

Respuesta a El Universal

RESPUESTA A EL UNIVERSAL

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

El Universal me ha pedido una reacción a fotocopias de documentos alusivos a servicios profesionales que la Fundación y la revista Nexos prestaron a la Presidencia de la República entre octubre de 1990 y septiembre de 1993, años en que era yo director de la revista. Dejé de serlo en junio de 1995.

No me fue revelada la fuente que filtró los documentos al periódico, ni el nombre de la persona que los recibió. Es una zona de intercambio poco transparente. Por lo visto, no resiste la prueba de la luz pública. El diario no puede o no quiere revelarla a sus lectores. El Universal respeta en este caso el pacto de anonimato que se le ha ofrecido. Se reserva “su fuente”, incumpliendo con ello la primera de las obligaciones de la profesión periodística: acreditar rigurosamente el origen de la información. Desconozco, pues, igual que los lectores, de dónde provienen los documentos aquí publicados. Tampoco sé al momento de escribir esto quién ha escrito la nota de este asunto, ni el tono ni el sentido que le han dado.

El diario actuó profesionalmente, en cambio, pidiéndome una redacción como parte aludida. Me ha ofrecido publicar este comentario junto con la nota del caso. Atiendo y agradezco su oferta aunque debo decir que no encuentro en la publicación de estos materiales contables de la década pasada, otro sentido que la insinuación maliciosa: el propósito de escandalizar a los lectores con supuestas grandes revelaciones que en el fondo sólo son pequeñas animosidades. Las fotocopias que me ha dejado ver El Universal se refieren a investigaciones sobre la educación en México realizadas por Nexos para la Presidencia de la República en los tiempos en que yo era director de la revista. La revista valía entonces en los puestos ¡8 mil pesos! —8 pesos de hoy—. A todos los documentos publicados aquí les sobran también tres ceros. Donde dice millones, debe leerse miles. El resultado de los estudios fue publicado en su momento con información explícita sobre su origen y su patrocinio, de modo que no hay mayor noticia en ello.

Los estudios fueron los siguientes:

1. Un diagnóstico global del estado de la educación realizado en 1989. Fue publicado en forma de libro bajo el título La catástrofe silenciosa (Fondo de Cultura Económica, 1992).

2. Una Encuesta Nacional de Valores Educativos y un examen nacional de conocimientos a estudiantes de primaria y secundaria, en 1990. Los resultados de este último fueron publicados bajo el título: “México: ¿Un país de reprobados?”, en Nexos número 162, junio de 1991.

El diagnóstico ahí obtenido fue ingrediente central del acuerdo para la modernización educativa del año siguiente y para la inmediata implantación de un programa de becas a estudiantes de bajos recursos para que pudieran seguir sus estudios.

3- Un examen nacional de conocimientos a maestros y una evaluación del estado de las normales, en 1991. Fue publicado bajo el título “El malestar educativo” en Nexos número 170, agosto de 1992.

4. Un estudio comparativo de la educación en seis ciudades de México, Estados y Canadá, en 1993- Fue publicado con el título “Educación comparada: México, Canadá, Estados Unidos” en la revista Educación 2001, número 3, agosto de 1995.

El director de los trabajos por parte de Nexos fue Gilberto Guevara Niebla, hoy por hoy colaborador insustituible de las páginas editoriales de El Universal. El diseño técnico y los levantamientos de las encuestas corrieron a cargo del INEGI. En los archivos del INEGI están los datos completos de las investigaciones, que son propiedad del gobierno federal, no de Nexos.

Los estudios a los que aluden los documentos de El Universal, filtrados por una fuente impublicable, son todo lo contrario de esa fuente. Son trabajos de origen cierto, propósitos claros y abiertos al público para su consulta. Es un hecho que los realizadores de los estudios cobraron por ellos a través de la revista que yo dirigía entonces. Es también un hecho, comprobable en libros, revistas y archivos, que los trabajos fueron terminados a conciencia.

Es también un hecho que son trabajos realizados con absoluto apego a la legalidad y a las prácticas habituales, legítimas en la prestación de cualquier tipo de servicios profesionales o empresariales.

Presentar estas cuentas como un indicio de irregularidad es una forma de acoso al funcionamiento normal de una empresa. El Universal podría entender esto si ocurriera una filtración a otro medio de los cheques y las facturas que por servicios legítimos El Universal ha prestado a la Presidencia de la República o a cualquier otra instancia gubernamental o privada.

Es también un acoso a la intimidad y al ámbito de las relaciones personales del director de una empresa, como si no fuera lícito tener relaciones comerciales con gente con la que se tiene cercanía y confianza. Cercanía y confianza que tenía también, por cierto, y muy lealmente, sin demérito de su independencia, Juan Francisco Ealy Ortiz, Presidente y Director General de El Universal, con el ex presidente Carlos Salinas, en cuya mesa coincidimos, junto con el gran columnista Francisco Cárdenas Cruz, el 1 de diciembre de 1994, día en que Salinas dejó la presidencia y convocó a un ágape cordial a sus amigos.

Adjunto a este comentario ejemplares originales del libro y las revistas que prueban la realización completa y la alta calidad de los trabajos que la revista que entonces yo dirigía contrató con el entonces titular de la Presidencia de la República. Una de la buenas cosas involuntarias que me han sucedido en este episodio de perfiles turbios, es haber regresado a la lectura de aquellos trabajos. Me han sorprendido su calidad y su vigencia. Lo mismo le pasará, creo, a todo el que los visite de buena fe. Invito a El Universal a reproducirlos, completa o parcialmente, resumidos o en fragmentos, para que juzguen sus lectores. Por mi parte, me siento orgulloso de haber acompañado esos estudios como responsable de la revista que dirigía entonces.

Respecto a las fotocopias que aluden a mi relación personal con el entonces presidente Salinas, puedo decir lo siguiente: no oculté nunca mi amistad con Salinas ni mi acuerdo con su proyecto de modernización de México, el cual, creo, sobrevivirá a sus errores n

Héctor Aguilar Camín Escritor. México. La ceniza y la semilla es su más reciente libro.

Matisse: “El estudio rojo”

MATISSE: “EL ESTUDIO ROJO”

POR W. D. SNODGRASS

W. D. Snodgrass es una pieza fundamental de la poesía norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. A su libro Heart’ Needle le debemos la aparición de la llamada ‘poesía confesional”. que adoptaron poetas como Robe/1 Lowelly Sylvia Plath. De W. D. Snodgrass publicamos “Mi padre. Un sketch autobiográfico ” en nuestro número de diciembre de 2000.

No hay nadie aquí.

Pero los objetos: son reales. No es como si él

Se hubiera quitado o se hubiera ido a otra parte:

No hay otro cuarto y no hay

Regreso. Tu pie o tu dedo podrían

Atravesar esto, como en un agua sin reflejos,

Roja con la arcilla, o como dentro del fuego.

Aún asi: los objetos: son reales. Es como si él

Se hubiera quedado inmóvil

En el centro escueto de este piso,

Su mente vuelta hacia una furia concentrada.

Hasta que él se hundió

Como una gran bestia se hunde en las arenas, Lentamente, sin mirar hacia arriba.

Su propio cuarto se lo bebió. Qué más podría generar

Esta terracota rabiosa que atraviesa el piso y las paredes,

Que atraviesa las cómodas, las sillas, la mesa y el reloj,

Hasta que todos los ámbitos de vida Son transformados en energía:

Cruda, definitiva y alegre.

Y  así dio nacimiento a objetos que son reales.

 Con qué lentitud tomaron forma, sus hijos, aquí, Cómo crecieron con solidez y cómo permanecen:

 Las crayolas; esas estatuas; el claro jarrón;

El cenicero donde duerme una muchacha, acurrucándose entre las flores;

Este esbelto frasco de vidrio, verde, de donde brota una parra

Y  cuyas ramas rodean a la otra muchacha parda como una rodilla de ciprés.

Y  luego, las pinturas, surgiendo sobre las paredes: Bañistas, un paisaje; naturaleza muerta con florero;

A la izquierda, una rubia dorada, tendida en magentas con flores dispersas como estrellas;

En el lado opuesto, arriba a la derecha, estas mujeres de terracota,

vivas y en un mundoen que se viven los colores;

Y  enmedio, pero con el anhelo de ir hacia ellos, el marino sobre su silla roja-café,

él de azul oscuro, ensimismado. Estos permanecen, exactos, Dentro del vientre de estas paredes que arden,

Que deben zumbar como la abombada malla eléctrica Bajo la cual, en la feria,

los coches chocadores topan y se dan la vuelta,

Y  hacia la cual, en busca de fuerza, extienden sus varas de hierro:

Como las paredes celestiales de llamas que los viejos magos pudieron ver;

O aquellas etéreas nubes de energía

De donde se forman las constelaciones, Dentro de cuyo amor ellas giran.

 Aquí siguen, reales y últimas. Pero no hay nadie aquí.

—Traducción de Luis Miguel Aguilar

Liderazgo político y reforma económica

LIDERAZGO POLÍTICO Y REFORMA ECONÓMICA

POR JUAN E. PARDINAS

Desde de la mitad de los ochenta, los gobiernos mexicanos emprendieron una serie de reformas que buscaban la apertura comercial y el saneamiento de las finanzas públicas. El provecto se quedó a mitad del camino. Uno de los retos del nuevo gobierno es llevar a buen puerto estas reformas. Como dice Juan E. Pardinas en este ensayo, no puede haber democracia sin un crecimiento económico que ofrezca certidumbres.

Desde mediados de la década de los ochenta, México inició un programa de reformas que buscaba abrir la economía al comercio exterior, sanear las finanzas públicas y alcanzar equilibrios macroeconómicos. A pesar de que los cambios tenían una clara vertiente económica, también contaban con un objetivo político, como lo explica Luis Rubio:

Al lanzar las reformas económicas, los gobiernos de De la Madrid y Salinas tomaron un riesgo atrevido, si bien calculado. Su propósito inmediato había sido resolver la problemática económica para evitar el colapso de la estructura política tradicional. Calculaban o percibían que al colapso económico le seguiría otro en el sistema político. Mantener el statu quo implicaba, por tanto, una reestructuración profunda de la economía. Desde este punto de vista, las reformas económicas fueron profundamente políticas en su naturaleza.1

Este proceso de cambios constituyó la primera generación de reformas a la economía mexicana.2 Si se observa el comportamiento de la inflación o el crecimiento exponencial de las exportaciones en el último lustro, es evidente que las reformas trajeron beneficios para México. Las medidas acarrearon importantes costos sociales en el corto y mediano plazos, mientras que sus dividendos comenzaron a ser evidentes hasta años después de que ocurrieron las primeras transformaciones en la economía. Este desfase temporal entre la puesta en práctica del ajuste y la cosecha de sus primeros frutos, tiene consecuencias directas sobre la percepción social de la reforma económica, ya que la población relaciona a ésta con sus sacrificios iniciales y no con las ventajas de largo plazo.

El principal problema de la economía mexicana en el momento actual es que ese proceso de transformación de la economía se quedó a la mitad del río, sin aprovechar a plenitud las ventajas del libre mercado y sin dispersar los beneficios de la integración entre la mayoría de la población. Es necesario que se prosiga el proceso de reformas para atenuar los impactos sociales de sus antecesoras y maximizar sus beneficios. Las nuevas reformas no deben estar orientadas exclusivamente por imperativos económicos. En una etapa inicial, bajo el contexto de un dramático déficit público, el programa de privatizaciones, por citar un ejemplo, estaba encaminado a elevar los niveles de recaudación fiscal y a desembarazarse de las empresas estatales que implicaban un drenaje constante de recursos. Hoy, con una posición fiscal más sana, se pretende que los sectores bajo control estatal puedan contribuir a un desempeño competitivo de la economía. México aún tiene pendiente encarar el debate sobre la mejor manera de proveer ciertos servicios públicos. Algunos de ellos pueden ser provistos de forma más eficiente por agentes privados.

Los cambios de segunda generación deben concentrarse en desarrollar las capacidades productivas de la economía mexicana. La primera generación de reformas económicas se concentró en estabilizar la economía; ahora el reto es hacerla crecer mediante innovaciones que involucren temas diversos, que van de la formación de capital humano hasta el funcionamiento del sistema judicial. Los aumentos en la productividad de la economía son el único camino para elevar el poder de compra del salario sin poner en riesgo la estabilidad de precios. La primera etapa de reformas logró reducir el tamaño del gobierno, con el objetivo de hacerlo más eficiente y así concentrarse en tareas públicas indispensables. La nueva serie de reformas debe encaminarse a culminar este proceso con una reconstrucción de la administración pública que permita un mejor desempeño de las instituciones gubernamentales. Sin embargo, la urgencia de fortalecer la capacidad de respuesta del gobierno no puede ser pretexto para aplicar una política fiscal y monetaria poco responsable. No puede impulsarse una nueva serie de cambios en la economía olvidando el precio que pagó la sociedad mexicana por los irresponsables desequilibrios entre el ingreso y el gasto público, durante la década de los setenta y principios de los ochenta.

Las capacidades financieras del gobierno deben ampliarse para enfrentar los problemas más urgentes del país. Una reforma fiscal es necesaria para incrementar la inversión en rubros como la formación de capital humano y el combate a la pobreza. La disminución de los índices de pobreza y la recuperación de los salarios reales por la vía del incremento en la productividad son factores clave para mantener la estabilidad política. La recurrente periodicidad de las crisis económicas y los consecuentes periodos de ajuste han disminuido las facultades del gobierno para responder a las demandas sociales. Sobre este punto Moisés Naím afirma:

El poder y las capacidades de los gobiernos sufren de desventajas desproporcionadas frente al tamaño de sus responsabilidades, mientras que se acumulan las expectativas y frustraciones sociales sobre el desempeño gubernamental.3

El gobierno mexicano es un gobierno pobre con respecto al tamaño de la economía nacional. En el año 2000, el gasto público será equivalente a un 22.5% del PIB, uno de los porcentajes más bajos dentro de la OCDE. En Japón, el gasto público llega al 28.8% del PIB. mientras que en Estados Unidos esta cifra alcanza el 32.7%. En el ámbito federal, estatal o municipal, los servicios públicos en México dejan mucho que desear. Ya sea al tapar un bache, educar a un infante o garantizar la seguridad física y patrimonial de los ciudadanos, el desempeño del gobierno está aún muy lejos de satisfacer nuestras expectativas más elementales. Parte del problema es una administración ineficiente de los dineros públicos, pero la otra cara del asunto es una llana escasez de recursos. Un aumento en las capacidades del gobierno debe considerar que una carga fiscal excesiva sobre los sectores de la economía que generan mayor riqueza puede frenar el crecimiento. El fortalecimiento de las facultades fiscales tiene que mantener el equilibrio entre un gobierno con capacidad de respuesta y una economía con los recursos suficientes para impulsar el crecimiento.

Al terminar el sexenio de Carlos Salinas, los altos niveles de aprobación presidencial se reflejaban en una aceptación sobre las virtudes de las reformas económicas. Las primeras evidencias sobre las ventajas del TLCAN empezaron a mejorar la percepción de la opinión pública a favor del proyecto económico del gobierno. Los sacrificios sociales de las primeras etapas del proceso de estabilización parecían justificadas ante los visos de prosperidad que traía la asociación comercial.

Mientras la economía marchó positivamente, la percepción social sobre las reformas de primera generación fue favorable y, por lo tanto, parecía más asequible la posibilidad de llevar a cabo una nueva etapa de cambios durante el sexenio de Ernesto Zedillo. Sin embargo, el efecto tequila cambió el paisaje, de un impecable cielo azul a una de las tormentas más severas que enfrentó la economía mexicana durante el siglo XX.

A la sombra del error de diciembre y la crisis bancada que le prosiguió se sentó en el sillón de los acusados al proceso de privatización que tuvo lugar durante el sexenio de Carlos Salinas. Bajo los criterios de maximizar la recaudación para las arcas del fisco, la privatización de la banca desdeñó la importancia de tener un sistema financiero eficiente y bien capitalizado. Algo similar ocurrió con la privatización de las carreteras del país; los estudios sobre la viabilidad financiera del proyecto no resultaron acertados y al final el gobierno tuvo que inyectar fondos públicos para rescatar a la empresa concesionaria de caminos. En el caso de los bancos, el costo del rescate fue muy superior al valor de las ganancias fiscales obtenidas por su venta. La privatización telefónica también fue objeto de severas críticas. El cambio del control de la empresa telefónica del gobierno a manos privadas simplemente desarticuló un monopolio estatal para crear uno privado. La idea sobre la privatización estaba fundamentada en maximizar los ingresos fiscales, vendiendo caro las empresas, sin considerar la viabilidad y eficiencia de sectores clave para el desarrollo de la economía nacional como la banca, la telefonía y el sistema de carreteras.

Al observar los resultados de las privatizaciones durante el sexenio de Carlos Salinas, México quedó como un país donde las buenas ideas son mal aplicadas. Para amplios sectores de la opinión pública, el simple concepto de privatización carga con una connotación negativa difícil de borrar. Los errores en el proceso de privatizaciones funcionaron como un lastre político que colaboró al fracaso de las iniciativas de apertura eléctrica y petroquímica durante el sexenio de Ernesto Zedillo.

En Gran Bretaña, por ejemplo, la privatización de empresas públicas gozó de un importante apoyo popular porque amplios sectores de la sociedad obtuvieron beneficios directos de la desincorporación de empresas estatales. Margaret Thatcher fundó las bases de una “sociedad de accionistas” en la que la bursatilización de las empresas públicas y la venta de acciones a pequeños inversionistas distribuyó la propiedad entre amplios sectores de la sociedad. Al iniciar el gobierno de Thatcher en 1979, 3 millones de británicos eran dueños de acciones; para 1991, año de la renuncia de la dama de hierro, la cifra llegó a 11.5 millones de personas participantes en el mercado de valores.

A diferencia de Gran Bretaña, las percepciones públicas en México definen a la privatización como un mecanismo en el que “unos cuantos” reciben la propiedad de un activo que antes “pertenecía a todos”. La privatización no es interpretada como un mecanismo para hacer más competitiva a la economía, sino como la pérdida de un patrimonio, por la cual el gobierno obtiene dudosos beneficios.

Avanzar la agenda de la reforma económica requiere de una enorme habilidad política para lograr que los potenciales enemigos de la propuesta se conviertan en aliados del proyecto o al menos tiendan hacia una postura neutral. Para lograr esto es necesario hacer explícitas las ventajas e intentar que los grupos con capacidad de veto obtengan algún tipo de beneficio en el cambio de propiedad de la empresa. En el caso de la privatización de Telmex, el sindicato se volvió un aliado del proyecto cuando el gobierno le ofreció la compra de un porcentaje minoritario de las acciones de la empresa. A diferencia de su antecesor, Ernesto Zedillo se aisló de los principales interlocutores involucrados en el proceso de reformas e intentó hacer los cambios desde Los Pinos, sin escuchar las posiciones de las partes y cortejar sus consensos.

La falta de atención a las vertientes políticas de la reforma económica originó el fracaso del proyecto de cambios que fue presentado en el Plan Nacional de Desarrollo 1994-2000. La experiencia de ese sexenio puede ser un aprendizaje útil, una especie de manual de cómo no actuar políticamente si se pretende llevar a cabo un complejo proceso de cambios económicos.

EL triunfo de Vicente Fox transformó la estructura tradicional del sistema político mexicano. La novedad de la alternancia en la presidencia de la República ha despertado enormes expectativas sobre los cambios potenciales que depara el porvenir. Al inicio de todo gobierno, el nuevo presidente cuenta con un capital político prácticamente intacto. Sin embargo, la fuerza política con que comienza el gobierno inevitablemente sufrirá un desgaste con el ejercicio cotidiano del poder. Uno de los retos más grandes que puede enfrentar un gobierno con legitimidad democrática es la aplicación de un programa de reformas que acarrean cierto grado de conflicto político.

A diferencia de Ernesto Zedillo, Vicente Fox cuenta con el respaldo político e ideológico de su partido para llevar a cabo la estrategia de reformas. El futuro político del PAN está inevitablemente atado a la suerte del nuevo presidente por lo que será de esperarse un apoyo cohesionado de las bancadas legislativas a las propuestas que surjan de Los Pinos.

Las reglas que organizan la normatividad interna del Congreso presentan incentivos a la disciplina partidista y el voto cohesionado, ya que los coordinadores de las fracciones cuentan con el control de los recursos que permiten premiar o castigar el comportamiento de los legisladores. Asimismo, ante la imposibilidad de reelegirse, el futuro de la carrera política de los diputados y senadores depende de la buena relación de éstos con la dirigencia de sus partidos. Si se llegara a aprobar la reelección en el Congreso, los liderazgos partidistas perderían cierta supremacía sobre sus legisladores, ya que el futuro político de éstos estaría más vinculado a su desempeño frente a la mirada de los ciudadanos. La no reelección sirve como un factor de control y unidad entre legisladores del mismo partido, pero limita la posibilidad de que el Ejecutivo pueda negociar sus propuestas de manera individual con cada senador o diputado.

El equipo encargado del proyecto de reforma económica debe tener una agenda secuencial de cambios de tal manera que se pueda administrar el capital político del gobierno y evitar que se acumulen los conflictos. Una vez que se tenga claro el proceso secuencial de reformas, deben forjarse alianzas políticas y coaliciones legislativas que acompañen el ciclo de reformas. La temporalidad de las reformas y su relación con los calendarios electorales serán consideraciones relevantes para las dinámicas de negociación política.

Con un Congreso fragmentado, las propuestas de reforma deberán ser flexibles para facilitar la formación de coaliciones legislativas. La nueva etapa de cambios enfrentara una importante oposición desde el flanco izquierdo del espectro político mexicano. En varios países de América Latina y Europa, los propios partidos de izquierda entendieron la necesidad de reformar la economía y asumieron como propios los preceptos que de ella se derivan. Sin embargo, el régimen de partidos en México no cuenta aún con una alternativa de izquierda moderna, y menos ideológica, que retome las banderas de la transformación económica. La oposición política al gobierno puede funcionar no sólo como veto al proyecto de reformas, sino que verá en el malestar de los actores sociales una oportunidad de provecho en las urnas. Una coalición política anti-reformas será la plataforma de coaliciones electorales contra el partido en el gobierno.

Los beneficios que genera la reforma se difuminan en amplios sectores de la población por lo que no existen ganadores claros; en cambio, los grupos perdedores son fácilmente identificables y tienen mayor capacidad de movilización política. El ejemplo más nítido de este proceso es la liberalización comercial, donde era prácticamente imposible organizar a los millones de consumidores que serían los principales beneficiarios de la apertura comercial. En cambio, los empresarios que se oponían a la apertura y los sindicatos contaban con métodos muy evidentes para ejercer presiones en contra de la iniciativa. La fácil identificación de los grupos perjudicados permite la formación de coaliciones en contra de la reforma.

El discurso del líder promotor de la reforma se debe basar en la dicotomía entre dos futuros alternativos: un primer escenario que se deriva de la inmovilidad política, que tiende a generar resultados inciertos y decrecientes para la economía, y un horizonte de posibilidades que se abre con la ejecución de las reformas económicas. La primera fase de cambios en la economía provocó una mayor concentración de la riqueza y un aumento en las disparidades del ingreso; ambos fenómenos generaron el “consenso negativo” de que fallaron las transformaciones en la economía. El nuevo consenso debe partir no de que las reformas han fracasado, sino de que sus beneficios están mal aprovechados. El consenso positivo se debe basar en generar una visión de la sociedad a la que es posible acceder, si se llevan a cabo las reformas.*

En las circunstancias actuales será necesario convencer sobre la necesidad de las reformas a pesar de que la economía marcha a buen ritmo y no se asoman los síntomas de una crisis transexenal. Resulta mucho más fácil apresurar un consenso sobre la urgencia de ejecutar cambios en el contexto de una debacle financiera que ante una etapa de aparente estabilidad. En la primera fase de reformas a la economía mexicana, la evidencia de que el rumbo era insostenible le brindó una legitimidad irrefutable al proceso de reformas. La peligrosa tendencia del déficit fiscal y el endeudamiento externo facilitaron las tareas de la desincorporación de empresas, la reducción del gasto público y la promoción de la apertura al exterior.

No es frecuente que un gobierno esté dispuesto a enfrentar los conflictos políticos que conllevan las modificaciones profundas a la economía, si no existen peligros evidentes en caso de no hacer cambios. En 1982, el gobierno del presidente francés François Miterrand se enfrentaba a un crecimiento acelerado en el déficit de las finanzas públicas que podría poner a la economía de su país al borde de una crisis fiscal. Antes de que la situación empeorara, el gobierno socialista decidió dar un giro importante a su política de gasto e inició un recorte de subsidios, a pesar de que la población no reparaba en la urgencia de dichos cambios. Esta virtud de adelantarse a los acontecimientos y girar a tiempo el timón permitió que Miterrand se reeligiera en 1988. Más allá del contexto en que se encuentre la economía, los eventuales problemas para avanzar una agenda de cambios se reducen en la medida en que la opinión pública “interiorice” la necesidad de las reformas. En este sentido son muy relevantes las herramientas simbólicas y de comunicación que utilice el gobierno para promover el consenso social a favor de la reforma.

Durante el verano del año 2000, la mayoría republicana en el Congreso de Estados Unidos aprobó una reducción de impuestos que a juicio del gobierno federal ponía en riesgo la balanza fiscal. En plena campaña electoral, los republicanos buscaron anotarse un punto frente a los votantes al promover una reducción en la carga tributaria. El presidente Bill Clinton decidió vetar la decisión del Congreso en aras de mantener la estabilidad presupuestal. En la conferencia de prensa donde anunció su veto a la iniciativa republicana, Clinton invitó a un grupo de bomberos que en esa época se encontraban luchando contra una epidemia de incendios forestales en el centro de Estados Unidos. Los apaga-fuegos hablaron de la importancia del apoyo de recursos federales para poder realizar su heroico trabajo. El mensaje simbólico de Clinton era que una rebaja en los impuestos pondría en riesgo varios programas de gobierno como el sistema de prevención y combate de incendios. Clinton explicó que gracias a las aportaciones de los contribuyentes estadunidenses, los bomberos habían podido proteger la vida y la propiedad de sus conciudadanos. Al final del día, la iniciativa de los republicanos estaba archivada en el olvido y Clinton había elevado sus niveles de aceptación. Se requiere de un manejo muy sofisticado de la comunicación política para que un presidente se oponga a una reducción de impuestos y aun así mejore los márgenes de aprobación. Más que una anécdota frívola sobre el manejo de los medios de comunicación, la experiencia de Clinton demuestra la importancia de transmitir con claridad las razones de una decisión impopular. Sin embargo, no existen recetas infalibles para convencer a los actores políticos; forjar un consenso sobre la reforma económica implica poner de acuerdo a la sociedad sobre la mejor manera de alcanzar la prosperidad.

El trabajo de convencimiento para persuadir a la opinión pública sobre la urgencia de impulsar el segundo ciclo de reformas requiere de una estrategia política mucho más sofisticada que en los cambios de primera generación. Los beneficios de metas como el control de la inflación son más concretos y fáciles de vender que el equilibrio entre los ingresos y los gastos del gobierno. Moisés Naím señala que por la complejidad de las nuevas reformas no existe un soporte teórico tan evidente como para la primera generación de cambios. Existe más evidencia empírica para demostrar la conveniencia de impulsar la apertura comercial de una economía cerrada que explicar las ventajas de un servicio civil de carrera en la administración pública o de una reforma judicial.

Vicente Fox enfrentará diversos obstáculos si decide hacer efectivo su mandato por el cambio. El alto nivel de expectativas sobre las posibilidades de su gobierno es hoy una fuente de capital político. Pero si los resultados y el desempeño no se ajustan a las expectativas, el apoyo puede tornarse en frustración y voto de castigo. En un incipiente régimen democrático la ineficacia del gobierno deriva en una pérdida de confianza en los partidos políticos como mecanismos de intermediación.

A mediados de los ochenta, la primera secuencia de reformas económicas estuvo motivada en buena parte por la necesidad de preservar el orden político establecido. Ahora el objetivo tampoco es distinto. La construcción de coincidencias entre el gobierno y la oposición. el entendimiento entre diversos actores políticos no sólo haría viable la puesta en marcha de las reformas económicas, sino demostraría la viabilidad práctica de la democracia multipartidista. Un eventual éxito de las reformas, reflejado en un desempeño económico positivo, ayudará a consolidar el sistema democrático que tanto esfuerzo costó construir. El crecimiento económico acelerado y sostenido será el mejor cimiento para mantener la certidumbre de los ciudadanos en las virtudes de la democracia.  n

Juan E. Pardinas Investigador del Centro de Investigación para el Desarrollo. A. C.

1 Luis Rubio: “El TLC en el desarrollo de México”, en Tres Ensayos. Fobaproa, privatización y TLC. Cal y Arena, México 1999, p. 125.

2 Un estudio comprensivo sobre la mecánica de este proceso aparece en Carlos Elizondo y Blanca Heredia: “La instrumentación política de la reforma económica: México 1985-1999″, en Zona Abierta 90/ 91. Madrid, 2000.

3 Moiscs Naím: “Latin America: The Second Stage of Reform”, en The Journal of Democracy, octubre de 1994, pp. 32-48.

4 Joan M. Nelson: “Linkages Between Politics and Economics”, en The Journal of Democracy, octubre de 1994. p. 155.

Una alma helada

UN ALMA HELADA

POR AURELIO ASIAIN

La crítica literaria en México sólo se ha interesado en los aspectos testimoniales de la obra de Luis González de Alba. Cielo de invierno no escapa a esa intención. Aurelio Asiain ensaya otra estrategia, la del lado de la ficción literaria, r consigue traer esta novela de vuelta a sus lectores. Sus páginas, originalmente leídas en voz alta, celebran esa unión del estilo y el temple moral que acompañan siempre a Luis González de Alba.

Ante todo, una advertencia: tengo pocas credenciales para hablar de la novela de Luis González de Alba. Lo que me interesa, como lector profesional y como escritor, es sobre todo la poesía. Las novelas son para mí una forma de entretenimiento, algo que se lee entre las sábanas, o mientras se viaja en tren, o tendido en la arena de una playa. Quiero decir que, mientras sigo las peripecias de los protagonistas y el desarrollo de la trama, no reparo en las estrategias narrativas y, en general, en la técnica del escritor. Entro en una novela como quien se sienta en un cine. Pero me gustó mucho la novela de Luis, un personaje al que además admiro como figura moral y por el que siento una enorme simpatía.

Luis González de Alba es, en el mapa general de la literatura mexicana, lo que Rubén Darío hubiera llamado un raro. Quizá no esté de más recordar que el padre del modernismo hispanoamericano usó el término para describir a una serie de escritores en algún sentido extraños, excéntricos, extravagantes, a veces por su vida y, en general, por su situación ante la tradición literaria central de Occidente. Eran autores que, marginales en ese tronco común, para Darío significaban una especie de faro en la literatura de fines del siglo XIX; autores como el Marqués de Sade y el Conde de Lautréamont, ahora centrales para nosotros, pero en aquella época desconocidos, extraños y a los que incluso se consideraba subversivos, es decir peligrosos. Desde luego. Luis González de Alba no es un desconocido; tampoco es un personaje tenebroso (aunque quizás a algunos así les parezca). Y sin embargo, es un raro; lo es porque ha entrado a la literatura por una puerta lateral, y ello ha impedido que los profesionales lo tomen debidamente en cuenta y sepan situarlo. No saben muy bien qué hacer con él.

Un ejemplo de lo anterior es el primer libro de Luis. Los días y los años. Un lugar común de la crítica mexicana afirma que en nuestro país no se ha escrito todavía la novela del 68, un tema que parece seguir pendiente para ellos. Lo curioso del asunto es que ese primer libro de Luis es una novela, escrita en la cárcel de Lecumberri en los meses siguientes a la matanza de Tlatelolco, por uno de los dirigentes más notorios del movimiento. Es la memoria inmediata de los acontecimientos, una historia colectiva narrada por un sobreviviente. La razón por la que, sin embargo, sigue diciéndose que no hay todavía una novela del 68 es más o menos evidente: el libro es una novela pero adopta la forma de una crónica. El autor, además, corría la paradójica fortuna de estar en prisión y cuando salió de ella fue, en calidad de refugiado político, a Santiago de Chile. Por todo lo cual Los días y los años salió a la calle sin compañía y sin haber sido debidamente presentado en sociedad. Desde entonces, el juicio de los críticos sobre la literatura de Luis González de Alba ha sufrido la misma “falla de origen”, como dicen los locutores de televisión. No terminan de considerarlo un escritor, en parte por la naturaleza de sus obras y en buena parte también, hay que decirlo, por culpa del afectado. Hay en él una visión de la literatura que no es típica de un literato. Uno de sus poemas más recientes es una parodia de uno muy conocido de José Emilio Pacheco que comienza diciendo: “No amo a mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible”. El de Luis dice: “No amo la literatura,/ su fulgor pedante/ es insoportable”. Pero, curiosamente, quien escribe esto último es un señor que ha publicado cinco novelas y varios libros de poesía, ensayo y divulgación científica. No es que niegue su condición de escritor; lo que afirma es que no tiene la superstición de la literatura; que le gustan, e incluso le son indispensables, ciertas obras literarias, por cuestiones vitales, pero que la “religión del arte” y esas cosas le parecen paparruchas. Posición sensata si las hay, pero que ha ocasionado, por un lado, que la crítica no sepa qué hacer con su autor y, por el otro lado, que él se mantenga alejado del mundillo literario. Participa en el mundo editorial, desde luego; participa también, y con fortuna, en el periodismo; pero no se lo ve como un escritor.

Al hablar de los poetas mexicanos, no suele tenérsele en cuenta. En nombre de un supuesto valor testimonial, se desdeña la condición literaria de sus libros. Pensemos, por ejemplo, en Malas compañías. Se trata de una colección de poemas no sólo muy bien construidos, sino que representan una tradición poética cuyo desarrollo ha sido menos vigoroso entre nosotros que en otros países; que proviene de la tradición inglesa (de Browning, de Eliot, de Auden); que en Grecia representa Kavafis, y que en España, donde la aclimató Luis Cernuda, tuvo a fines del franquismo tres o cuatro poetas muy notables, entre ellos Jaime Gil de Biedma. Me refiero a eso que se llama poesía de la experiencia, y no es casual que la mayor parte de los poetas que he mencionado sean homosexuales, pues el eje de esta poesía es la problematización de la experiencia moral. Pero no estamos en Inglaterra ni en Grecia sino en México, y como Malas compañías está conformado casi totalmente por poemas de amor homosexuales, al libro le ha ocurrido más o menos lo mismo que a Los días y los años. La crítica ha visto esos poemas como expresión de cierta sexualidad contemporánea problemática, pero no como poemas en sí mismos. Mala cosa, porque vale la pena leerlos como lo que son: poemas bien hechos, con buen oficio poético.

Otro ejemplo está en la novela recientemente reeditada por la editorial Cal y Arena: Y sigo siendo sola. Es un relato desternillante. Pero además es una novela que prefigura, e incluso parodia de manera anticipada, ciertos desarrollos de la narrativa de Carlos Fuentes; que anuncia la única novela de Guillermo Sheridan. Se trata de una narrativa de orden crítico, en esa vertiente literaria que Sergio Pitol, siguiendo a Mijail Bajtin, llamaría carnavalesca. El relato busca subvertir los valores patrios, ofreciendo una visión de la historia de México, desde el águila y la serpiente hasta nuestros días, en un relato cuyo personaje central va metamorfoseándose, adoptando formas caricaturescas y más bien esperpénticas. Pero esta novela tampoco aparece en los mapas literarios que suelen hacer los críticos cada fin de año y de sexenio. Y ese carácter escurridizo a las jerarquías críticas establecidas que tiene la obra de Luis me simpatiza mucho.

Me temo que con esta nueva novela. Cielo de invierno, va a ocurrir un poco lo mismo: será considerada sobre todo por su valor testimonial. Es decir, se la juzgará como mera derivación de la actividad pública de un hombre con posiciones políticas claras y opiniones sobre lo humano y lo divino muy definidas, un ensayista que gusta de polemizar. Cuando apareció la novela, leí una entrevista larga con Luis González de Alba en el periódico Milenio; en la introducción, el entrevistador decía que Cielo de invierno desde luego iba a escandalizar a los lectores. Sin embargo, mi experiencia de lectura es absolutamente contraria al escándalo. Cielo de invierno me interesó por su clima y por su construcción.

Cuando escuché por primera vez el título, antes de que la novela estuviera publicada, le dije a Luis que sonaba a “Palacio de invierno”, lo cual seguramente venía de su pasado izquierdista. Me equivoqué: la revolución rusa no tiene nada que ver aquí y el título es hermoso y preciso. Obviamente, se trata de una referencia metafórica: el invierno es la estación final, la estación del frío y de la muerte. Pero es también la estación de la transparencia: los cielos de invierno son transparentes y en la novela hay todo el tiempo un clima de final, un clima helado, y a la vez una mirada de lucidez. Cielo de invierno es una novela sin sobresaltos, sin escándalos, que relata una historia no desesperada, sino que transcurre más allá de la desesperación: es una historia de amor contada cuando ya pasó la desesperación. El personaje narrador, que está escribiendo a su vez una novela, encuentra justamente esa impasibilidad del fin; la suya es una novela del encuentro con el vacío, en la que las emociones están contadas, pero no sentidas o no transmitidas, en una especie de vacío emocional.

También hay una especie de vacío en el relato mismo. El narrador hace un viaje a Grecia, lo cual vuelve simbólicas sus fuentes; lleva al viaje diarios y cartas, papeles de amor, y trata de reconstruir, ya no tanto la historia de ese amor, sino el sentido de aquella historia. Por momentos, sin embargo, parece que la historia que trata de desenredar o carece de sentido o tiene sentidos ambiguos y contradictorios. Es un vacío interior. Pero más adelante nos encontramos con que hay otro vacío, al que el narrador alude de forma irónica pero cuya presencia no es descabellado considerar central: es, en términos del budismo zen, el vacío de la sabiduría final y la iluminación; en términos cristianos, el vacío de la paz de los espíritus. (En esto, por cierto, Cielo de invierno se emparienta con las dos últimas novelas de Severo Sarduy, que tratan del mismo tema: hay un narrador que está muy enfermo, evidentemente de sida, aunque creo que la palabra no se menciona en la novela de González de Alba.)

Pero lo más interesante de la novela es la manera como está construida la trama. Consiste de diversos tiempos entrelazados, de distintos tiempos narrativos y de distintos tipos de experiencia, que corren a diversas temperaturas. Un primer tiempo (o tempo, como se dice en música) sería el tiempo helado. Es lo que en química se llama el punto álgido. Actualmente se usa mucho esa expresión con el sentido de punto de efervescencia. Pero el punto álgido es un término químico: significa el punto más frío. Y ese punto álgido, en Cielo de invierno, es el tiempo del reloj. Hay un personaje que está narrando su vida, y que todos los días tiene que tomar una pastilla determinada a las ocho de la mañana, y a las ocho y cuarto tomar otras dos pastillas, y justo antes del desayuno tomar unas cápsulas, y a tal hora desayunar tal cosa y no tal otra: a tal otra comer esto y no aquello. Debe bañarse con el agua a una temperatura determinada, etc. Es una disciplina muy estricta narrada con cierta frialdad. No hay ninguna referencia, al contar toda esta mecánica mental, mecánica de enfermedad, a una enfermedad. No es sino una cuenta ante el minutero, un tic tac que no significa nada: pastilla, pastilla, pastilla, tac, tac, tac; no hay ningún relato, es como la marca del tiempo. Sabemos que ese tiempo marcado es un tiempo que corre hacia el final.

Otro tiempo es el de la trama que forman los acontecimientos cotidianos. Son por un lado los de las costumbres del personaje: bañarse, comprar ropa, tomarse un café en una plaza; pero también hay otros, que ritma otro tipo de reloj: los trámites para obtener un pasaporte, una visa, cambiar moneda. Esos pequeños papeleos de la burocracia que el viajero debe enfrentar son una especie de reloj más o menos ominoso. Por momentos uno esperaría una crónica de desastres cotidianos, y no es así: también en esa historia paralela todo transcurre con cierta ligereza. Por detrás del relato hay un tiempo cotidiano que también es lúdico, pero distante: es el tiempo del personaje que está sentado en la terraza, viendo pasar unos barcos, viendo pasar autos, reconociendo a un viejo antes visto, al empleado de un bar hablando con la gente al cruzarse con ella en el hotel. Es una persona que vive su vida únicamente desde la mirada, como un curioso voyeur desapegado, que ve su propia vida a distancia, con una enorme contención, como si todo pasara detrás de una pantalla.

Hay, finalmente, otro tiempo, que es el pretexto de la novela: el tiempo del relato que el narrador está escribiendo. Pues, además de contarnos toda esta serie de cosas, está contándonos que va a contar una historia, para lo cual lee diarios, cartas, compara recuerdos, etcétera. Lo importante de ese relato fragmentario es que sirve de apoyo, o más bien de suelo con arena movediza, a los demás relatos. Trata de aventuras sexuales, de encuentros y desencuentros amorosos, incluso de desenfrenos. Pero sobre todo trata de la esencia de la virilidad. Este es el relato que podría ser, digamos, el relato caliente de la novela, su zona tórrida. Pero ese relato se le deshace todo el tiempo al personaje narrador. y nunca sabemos exactamente cuál es el sentido de esa novela en la novela, por qué unos personajes actúan de esta manera u otra; por qué unos merecieron una suerte u otra; por qué unos respondieron así y no de forma distinta. Se diría que este relato, que parece írsele de las manos al personaje, parece estar permanentemente conspirando contra los otros relatos. Y, sin embargo, lo admirable en Cielo de invierno es que ese tic-tac de la disciplina, del método, de la pastillita, del pequeño acto en apariencia insignificante o vacío, sí llega hasta el final. En efecto, la novela está describiendo con absoluta impasibilidad un cielo de invierno, en el que nunca truena, nunca cae una tormenta, y sin embargo sabemos que al voltear habremos de contemplar un paisaje absolutamente arruinado.

En esa impasibilidad está la profundidad de la novela, como en el fondo de un pozo al que bajamos por las cuerdas en que se trenzan los distintos tiempos narrativos y las distintas temperaturas de la experiencia. Ese entrelazamiento, hecho con verdadera maestría, es testimonio no sólo de oficio narrativo, sino de sabiduría moral. A mí me gustaría que algún crítico se olvidara de la parte testimonial de la novela, dejara por un momento de lado que los asuntos son amores homosexuales, se fijara en la magnífica construcción y nos mostrara cómo el estilo corresponde a un temple moral. Sólo así se le haría la justicia que yo no le he hecho a Cielo de invierno, una novela tan admirable como escalofriante, un relato límpido y duro, frío y puro, como un alma de hielo.  n

Aurelio Asiain. Escritor. Director de la revista Paréntesis.

La balada de Amado Carrillo

LA BALADA DE AMADO CARRILLO

POR HÉCTOR DE MAULEÓN

Vivir del narco, vivir como narco, eran las únicas cosas que sabía hacer Amado Carrillo. Es la certeza que nos queda después de leer estas páginas intensas que nos muestran los usos y las costumbres de uno de los mitos del narcotráfico en México. Amado Carrillo aparece aquí como lo que fue: el “jefe de jefes”, el Señor que compraba y disponía de voluntades y vidas ajenas.

En junio de 1997, después de poner punto final a sus obras completas, el joyero Tomás Colsa McGregor renunció a la condición de testigo protegido de la PGR y se perdió entre una multitud que recorría el Paseo de la Reforma. Ignoraba que acababa de firmar su sentencia de muerte: dos semanas más tarde fue localizado y ejecutado en la ciudad de México. Sus obras completas eran, en realidad, una larga de serie de declaraciones ministeriales que involucraban a varios políticos en el narcotráfico y revelaban el organigrama del cártel de Juárez, la organización criminal más poderosa del país, luego de la detención en 1996 de Juan García Abrego.

El cadáver de Colsa presentaba las huellas de dos días de tortura indecible: el “sello de la muerte” que la organización comandada por Amado Carrillo solía dejar en sus víctimas. Su ejecución había sido tan brutal, tan sádicamente minuciosa, que de acuerdo con fuentes de la DEA debió ser realizada por un sicario apodado El Manotas, “un enfermo mental que trabajó en el Instituto Nacional para el Combate a las Drogas, que suele ser llamado para hacer el trabajo sucio de los narcotraficantes, y que estrangula a sus víctimas con una bolsa de plástico y un alambre acerado que se desenrolla de un tubo de metal, con el cual corta la sangre y la respiración, y causa síncope nervioso, muchas veces degollando la tráquea”.

Figura secreta en la historia del tráfico de drogas, Colsa había sido un artífice del art narcó, esa estética de relumbrón que caracteriza tanto a policías como a narcotraficantes. De hecho, dominaba el arte de la joyería con tal virtuosismo, que “incluso alcanzó el grado de doctor en esa materia”. Al local que a finales de los años setenta montó en la ciudad de Guadalajara no asistían más que políticos, policías y empresarios, “las únicas personas con suficiente dinero para comprar este tipo de joyas”.

En 1982, sin embargo, su bolsa de trabajo se amplió. Sucedió la tarde en que un sujeto que se hacía llamar Sergio Sánchez Ramos atravesó las puertas de la joyería y encargó la confección de varias piezas, por las que pagó entre doscientos mil y trescientos mil dólares. Sánchez Ramos se llamaba en realidad Gabino Uzueta Zamora y era uno de los jefes más conspicuos del narcotráfico en Jalisco. Le decían El Pico Chulo, pues dominaba como pocos el arte de la conversación. La relación comercial que durante los tres años siguientes entabló con Colsa, terminó por convertirlos en compadres.

Cuando El Pico Chulo fue asesinado en 1985, durante un enfrentamiento con el ejército, Colsa había presenciado varios desembarcos de cocaína realizados en Cancún. y participado en fiestas amenizadas por la banda El Recodo, “que duraban hasta cuatro días”, y a las que asistían los capos principales del tráfico de drogas en México. Su agenda comercial se amplió con una extensa nómina de clientes distinguidos. Narcotraficantes como Manuel Salcido, Rafael Caro Quintero. Pedro Lupercio Serratos y Rafael Aguilar Guajardo, y jefes policiacos como Guillermo González Calderoni, Miguel Silva Caballero y Fernando Ramírez, entre otros.

En 1986, un comandante de la Policía Federal de Caminos, Fernando Ramírez, lo presentó con un hombre que se dijo interesado en adquirir varios lotes de joyas. Se llamaba Amado Carrillo. Y no estaba tan interesado en las joyas: quería, en realidad, contactar a los jefes policiacos con los que Colsa tenía tratos comerciales, “quería que le brindaran protección en el tráfico de drogas”.

Amado Carrillo tenía entonces 32 años de edad y una larga experiencia en el narcotráfico. Solía bromear sobre su nacimiento: “A mí me cortaron el ombligo de un balazo y todavía me huele a pólvora”. Lo cual era cierto: según la biografía realizada por José Alfredo Andrade Bojórges (La historia secreta del narco. Desde Navolato vengo, Oceáno. 1999), el encargado de apadrinar el bautizo de Amado Carrillo —celebrado en Guamuchilito, Sinaloa, en 1954— había sido nada menos que su tío, Ernesto Fonseca Carrillo, Don Neto, quien amenizó el festejo lanzando ráfagas de metralleta al aire “y haciendo que un cantante tocara la canción Bala perdida’ en medio de balazos”.

Cuando Colsa vio por primera vez al capo, la Operación Cóndor había desterrado a los grandes narcotraficantes de Sinaloa, empujándolos a la constitución del cártel de Guadalajara, cuyo titular indiscutible, a la sazón, era Miguel Angel Félix Gallardo. Amado Carrillo figuraba entre las trece cabezas regionales que dirigían la organización, y empezaba a poseer un poder semejante al que tuvieron Rafael Caro Quintero, Manuel Salcido Uzueta, Pablo Acosta Villarreal y Juan José Esparragoza.

El joyero quedó impresionado con el nuevo cliente: le entregó sin dudar los secretos de su agenda, e incluso organizó reuniones a las que asistieron los comandantes Guillermo González Calderoni y Raúl Fuentes, entre otros. De ese modo pudo atestiguar “cómo todos estuvieron de acuerdo en brindarle protección a Amado Carrillo a cambio de recibir cantidades de entre cien a quinientos mil dólares, dependiendo de la cantidad de droga que se lograra pasar”. Las reuniones se prolongaron durante varias semanas. Ninguno de los convocados podía imaginar lo que el capo sinaloense sería capaz de lograr durante los diez años siguientes.

En 1986, sin embargo, muchas cosas habían cambiado para los jefes del cártel. El asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena, ocurrido un año antes, había desatado intensas presiones de parte del gobierno norteamericano. Miguel Angel Félix Gallardo entendió entonces “que alguien tenía que comerse esa podredumbre”, que era necesario realizar una sangría dentro del cártel, y decidió preparar las condiciones para entregar a los gringos una pieza clave: Rafael Caro Quintero, que ocupaba el tercer sitio en la organización.

Lo que Félix Gallardo ignoraba era que ni el escándalo que rodeó la captura de Caro, ni las cinco mil toneladas de marihuana que fueron decomisadas en el rancho El Búfalo, bastarían para poner fin a sus problemas. Un hecho fortuito —desatado cuando la policía descubrió un puñado de armas a través de las ventanas de un inmueble en Puerto Vallarta— provocó ese mismo año la detención de Ernesto Fonseca Carrillo, Don Neto, considerado el número dos del cártel. Por si fuera poco, doscientos agentes federales encabezados por Guillermo González Calderoni ametrallaron un año más tarde, en un rancho de Ojinaga, a Pablo Acosta Villarreal. Aunque parecía que el cártel había quedado deshecho, las circunstancias estaban beneficiando secretamente a una sola persona. Amado Carrillo lo entendió de inmediato. Adoptó el alias de Juan Carlos Barrón Ortiz, constituyó la empresa Taxi Aéreo del Centro Norte —que operaba en Torreón— y adquirió cinco aviones Lear Jet y Cessna con los que, para empezar, introdujo por su cuenta cuatro toneladas de cocaína en los Estados Unidos.

Fue precisamente entonces cuando Colsa lo conoció. Mucho tiempo después, al rendir su declaración ministerial, el joyero recordó la tarde en que se vio obligado, por primera vez, a solicitar la ayuda del narcotraficante. Era el 25 de marzo de 1986. Colsa se encontraba en su casa de Guadalajara, acompañado por Javier García Morales —hijo del político Javier García Paniagua—. De pronto recibió un telefonazo de un capitán del ejército apellidado Vega, quien “le manifestó que se salieran de su domicilio inmediatamente, ya que los iban a matar elementos del Ejército”.

—Tras la muerte de mi compadre El Pico Chulo, Pedro Lupercio Serratos quedó al frente de la plaza de Jalisco —explicó Colsa—. Los mandos militares, sin embargo, creyeron que el que estaba al frente de la plaza era yo, y armaron un operativo para detenerme.

El joyero introdujo cinco millones de dólares en una maleta y se trasladó a la casa que Amado Carrillo tenía en la colonia Country. Mientras el operativo hacía caer a diecinueve personas, el joven capo ponía al joyero en un automóvil “con radio y teléfono para comunicarse en momentos urgentes”, y hacía que los comandantes Fernando Ramírez y Lucio Puente lo escoltarán hasta Zacatecas. Colsa se movió por sí solo a partir de entonces. Finalmente logró abordar un avión rumbo a España, y recaló en Marbella.

“Dedicado a gastarse los cinco millones”, permaneció ahí hasta 1988. Ese año emprendió el regreso y se instaló en Cuernavaca, donde lo detuvo la policía: todavía estaba fresco “el asunto relacionado con el operativo militar”. Aunque se le acumularon cargos por delitos contra la salud en todas sus modalidades, Colsa sólo pasó diez meses en prisión. Un millón de dólares y un ejército de abogados capaces lo sacaron del penal de Puente Grande diez meses más tarde. En la calle lo estaba esperando una mala noticia: Miguel Angel Félix Gallardo, Juan José Esparragoza y Amado Carrillo acababan de ser detenidos.

En 1989, tras un tortuoso historial de ceses y nombramientos —que incluía una comandancia de brigada en la DIPD, bajo las órdenes de Francisco Sahagún Baca—, el ex policía Adrián Carrera Fuentes se convirtió en jefe de seguridad del Reclusorio Oriente. Poco después de tomar posesión de su cargo, fue invitado a un convivio que iba a celebrarse en el Reclusorio Sur, y en el que participarían internos y autoridades de la Dirección General de Centros de Readaptación. Mientras recorría las instalaciones, el jefe de seguridad del reclusorio, Víctor Manuel Patiño Esquivel, quiso presentarlo con “un agricultor muy rico que había ayudado en los gastos del convivio”. El agricultor se llamaba Amado Carrillo y estaba detenido, “al parecer”, por “un delito de portación de arma prohibida”.

Carrera cruzó sólo unas palabras con él. No volvió a recordarlo sino meses después, cuando, recién ascendido a subdirector de la Dirección General de Centros de Readaptación, tuvo que volver al Reclusorio Sur para una visita de rutina.

Entonces el agricultor muy rico logró acercarse hasta él para saludarlo y le pidió, de paso, “que no lo fueran a cambiar de celda, ya que gozaba de algunas comodidades que le eran permitidas por el jefe de seguridad. Víctor Manuel Patiño Esquivel”.

—El cambio de celda no se realizó y Amado me regaló un reloj de oro marca Rólex, de color dorado, con carátula de color negro —recordó Carrera tiempo después, cuando los beneficios del Programa de Protección a Testigos le hicieron recobrar la memoria.

No fue un Rólex, sin embargo, lo único que el funcionario se llevó a su casa al finalizar la tarde: recibió también un Piaget de oro blanco, con que el narcotraficante Miguel Angel Félix Gallardo le agradeció “el haber accedido a que el cambio de celda no se verificara”.

El cártel de Guadalajara recibía en ese tiempo el sobrenombre de cártel de la Noria (por la colonia donde fue construido el Reclusorio Sur): Félix Gallardo había caído en manos de la justicia a principios de 1989; Amado Carrillo, el 27 de junio de ese mismo año, mientras apadrinaba una boda en un rancho de Badiraguato. El encargado de su captura fue nada menos que el general José Gutiérrez Rebollo, quien le aseguró seis aviones y un arsenal de armas de alto poder. De acuerdo con Andrade Bojórquez, el hecho de que lo destinaran al Reclusorio Sur, donde se encontraba el número uno de la organización, Miguel Angel Félix Gallardo, permitió a Carrillo “estar en el centro de las decisiones” y al mismo tiempo evitar la notoriedad, cobijarse en el anonimato que propiciaba la sombra convertida del gran capo.

Esa ausencia de reflectores, así como un soborno de varios millones de dólares que, asegura Andrade Bojorges —abogado que trabajó durante años para la organización de Carrillo y fue “desaparecido” hace unos meses—, fueron a parar a los bolsillos del ex Fiscal de Hierro, Javier Coello Trejo, permitieron que Amado fuera liberado exactamente un año más tarde.

“Ni Miguel Angel Félix Gallardo ni Juan José Esparragoza podían creer lo que estaba pasando —explica Andrade—. Al salir por la puerta principal del Reclusorio Sur, el 9 de junio de 1990, Amado sabía que estaba destinado a ser el amo y señor del narcotráfico”.

Cuando sus propios sobornos le permitieron abandonar el penal de Puente Grande, el joyero Colsa realizó los trámites necesarios para entrevistarse con Amado Carrillo en el Reclusorio Sur. Después de viajar a la ciudad de México, y esperar en una habitación del Hotel Radisson a que la cita le fuera concedida, logró visitar al capo para solicitarle un nuevo favor: dinero para comprar un lote de joyería y retomar las riendas de su negocio. Carrillo estuvo de acuerdo. Le pidió que viajara a Ciudad Juárez y localizara a cierto ex comandante de la Dirección Federal de Seguridad, Rafael Aguilar Guajardo, quien habría de entregarle cien mil dólares. La relación entre El Señor de los Cielos y Aguilar Guajardo se remontaba a 1981, año en que Ernesto Fonseca Carrillo envió a su sobrino a controlar la plaza de Ojinaga, que manejaban Pablo Acosta Villarreal y el jefe policiaco que, desde la Dirección Federal de Seguridad, le brindaba protección: el propio Aguilar Guajardo. Desde entonces, aprovechando la cercanía que tenía con Fernando Gutiérrez Barrios, Aguilar Guajardo protegía las actividades que Amado Carrillo realizaba en la frontera. De acuerdo con la declaración ministerial de Colsa, el ex comandante de la DFS le entregó el dinero sin reparos.

Colsa pudo así viajar a Nueva York y adquirir un lote de joyería que más tarde revendió en trescientos mil dólares al narcotraficante Pedro Lupercio Serratos. En esos años en que los jefes principales del cártel estaban detenidos, una nueva generación de narcotraficantes se disputaba el control de las drogas. Debido a las relaciones comerciales propias de su oficio, Colsa pudo servir como puente entre ellos. Ayudó, por ejemplo, a limar la rivalidad que de tiempo atrás tenían Aguilar Guajardo y Pedro Lupercio Serratos, e incluso agendó una reunión en la que nació “una gran amistad entre ambos jefes”.

La semilla que hizo nacer el cártel de Juárez quedó sembrada durante una fiesta en la que Aguilar Guajardo bautizó al hijo de Lupercio Serratos, y a la que Amado Carrillo —libre ya por falta de méritos— llegó con una escolta formada por cuarenta hombres.

En 1992, el joyero presenció una reunión que los tres jefes del cártel celebraron en un hotel de Cancún, para esperar la llegada de cuatro toneladas de cocaína procedentes de Colombia. Según su declaración, Guillermo González Calderoni, entonces director de Intercepción Aérea de la PGR, simuló un operativo en el aeropuerto para encubrir la descarga y escoltar el traslado de la droga. Afirmó Colsa: “Abordaron tres camionetas Suburban de la PGR, llevando el control del convoy un comandante de apellido Ituarte, con aproximadamente diez agentes federales, teniendo comunicación en todo momento dicho comandante Ituarte, por el radio, con el comandante González Calderoni, quien viajaba en un Cadillac blanco convertible último modelo”.

Mientras esperaban que la cocaína llegara a Ciudad Juárez, Colsa y Lupercio Serratos, acompañados por sus respectivas esposas, pasaron tres días en Manzanillo. Colsa viajó después a Nueva York para comprar joyería, y moverla entre los capos: Amado se interesó en un brillante de 19 kilates, “el cual puede ser montado en anillo y esclava” y adquirió joyas por un total de tres millones de dólares, “los cuáles fueron pagados en efectivo”. Para no quedarse atrás, Lupercio Serratos compró un lote por la misma cantidad: deseaba hacer regalos de Navidad entre sus familiares. Pero como andaba corto de recursos, prometió pagar en febrero siguiente. Por alguna causa, comenzó a retrasar el pago de la deuda. Esto provocó que, durante una comida, Colsa le mentara la madre “y le manifestara que era un ratero”. Lupercio se limitó a encogerse de hombros. Y luego lo amenazó de muerte. Le cumplió la amenaza un mes más tarde, cuando las esposas de ambos habían hecho arreglos en pro de la reconciliación, Colsa fue invitado a comer a un restaurante de Guadalajara que era, al parecer, propiedad del narcotraficante. Lupercio había prometido pagarle en ese sitio los tres millones de dólares. Lo que hizo, en cambio, fue ponerle una emboscada: a una cuadra del restaurante, la camioneta de Colsa fue interceptada por dos automóviles y acribillada con “cuernos de chivo”.

—Pude salir con vida, pero el chofer de la camioneta no —recordaría después el joyero.

Como pudo, emprendió la huida a Ciudad Juárez e imploró la protección de los otros dos jefes del cártel. Aunque éstos “se comunicaron con Lupercio para calmarlo, y decirle que iban a mandar a una persona para que arreglara sus pendejadas”, el joyero advirtió cierta tirantez entre ellos. No supo qué tan grave era el asunto hasta cuatro días más tarde, cuando Amado Carrillo llegó al restaurante El Rodeo en busca de Aguilar Guajardo, y le indicó mediante señas que se acercara. Sentado a ocho metros de distancia, Colsa notó que los jefes discutían acaloradamente. De pronto, Aguilar Guajardo cruzó la cara de Amado Carrillo con una bofetada.

“Amado se dio la vuelta inmediatamente y se retiró con su escolta”, recordó el joyero.

El 12 de abril de 1993, mientras vacacionaba en la ciudad de Cancún, Aguilar Guajardo fue masacrado desde dos automóviles negros, por un comando equipado con armas largas. Unos buzos que presenciaron la balacera le acercaron un tanque de oxígeno. El narcotraficante se sintió reconfortado. Murmuró: “Ya la libré”, pero murió al minuto siguiente.

Amado Carrillo, El Señor de los Cielos, había alcanzado la cima de su gloria.

No sólo Amado Carrillo había progresado. También su viejo conocido, el ex jefe de seguridad del Reclusorio Oriente, Adrián Carrera Fuentes, iba haciendo su propio camino. En 1993, por recomendación de José Francisco Ruiz Massieu, logró que el gobierno de Carlos Salinas de Gortari lo nombrara director de Aprehensiones de la Policía Judicial Federal. El país se hallaba conmocionado por el reciente homicidio del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y el reacomodo que, en medio de la persecución contra Joaquín Guzmán Loera y los hermanos Arellano Félix, estaban atravesando los otros cárteles de México.

La prensa recordaría ese tiempo como “el año del Cártel de Juárez”: el momento en que Amado Carrillo vislumbró como nunca antes la posibilidad de consolidar su imperio. Precisamente por eso, a través de otro viejo conocido, el ex jefe de seguridad del Reclusorio Sur, Víctor Manuel Patiño Esquivel, buscó una entrevista con el funcionario recién nombrado.

En medio de cortes argentinos y botellas X-O, el reencuentro se llevó a cabo en el restaurante Las Espadas, de la calzada de Tlalpan. Carrera Fuentes acudió a la cita sin escolta; Amado Carrillo, acompañado por seis personas que fueron presentadas “como de confianza”. No hubo preámbulos. El Señor de los Cielos solicitó al jefe policiaco que lo apoyara, “brindándole protección para facilitarle las actividades del narcotráfico”.

Carrera se disculpó. “Tenía poco tiempo en la policía” y “no podía tomar decisiones que sólo correspondían al director general de la corporación”.

—Lo mejor es esperar a que los jefes me tengan confianza —le dijo.

—Apóyeme en lo que pueda —insistió Amado, antes de que uno de sus lugartenientes pusiera en manos del funcionario un portafolios con “cien mil dólares americanos”.

Carrera fue ascendido a director general de la Policía Judicial Federal dos meses más tarde y su primer acto oficial consistió en designar como director operativo al hombre por cuyos oficios había contactado a El Señor de los Cielos: el ex custodio Víctor Manuel Patiño Esquivel.

Fue precisamente este colaborador quien se le acercó una noche para decirle que Amado Carrillo deseaba verlo de nuevo. La declaración ministerial de Carrera Fuentes indica que la entrevista “se llevó a cabo en el domicilio de Amado Carrillo, ubicado en la colonia Pedregal de San Angel”.

En esa ocasión, el capo exigió algo más que simple apoyo: deseaba que Carrera Fuentes designara como subdelegados de la PGR a las personas que él le indicaría; deseaba, también, un comando de agentes judiciales “para que lo protegieran y le sirvieran de escolta”. El jefe policiaco volvió a disculparse: no podía hacer nada en el asunto de los subdelegados, “pues carecía de facultades para ello”. Accedió en cambio a proporcionar varios agentes y se comprometió “a no perseguirlo, y a no mandar ningún operativo desde la ciudad de México para dejar que siguiera trabajando”.

Amado Carrillo sonrió complacido. Después “le gritó a una persona a la que llamó El Doctor”, y le ordenó que comprara un Cadillac, “el más lujoso y equipado”, para regalárselo al funcionario.

—¿De qué color quiere el carro? —preguntó El Doctor.

—Guinda —respondió Carrera Fuentes.

El capo volvió a sonreír. Antes de despedirse, puso en manos del funcionario una pequeña maleta. Contenía “trescientos mil dólares americanos”.

El Cadillac llegó al poco tiempo, con los atentos saludos de Amado Carrillo. Un mes más tarde, hubo otra invitación: El Señor de los Cielos esperaba a Carrera Fuentes en un edificio de apartamentos ubicado en Las Lomas. Se lee en la declaración ministerial: “(En aquella ocasión) Amado Carrillo le manifestó al declarante que lo había mandado llamar porque se había enterado de que se encontraba enfermo, a lo cual el declarante manifestó que sí se encontraba un poco enfermo, y fue ante esto que Amado Carrillo manifestó que había traído un médico de Suiza y que dicha persona estaba utilizando un tratamiento muy costoso que servía para regenerar las células y limpiar las arterias, y que era una oportunidad única, porque la otra era ir a Suiza y pagar muchísimos miles de dólares, por lo que deseaba regalarle al de la voz el tratamiento”.

Lo único que Carrera debía hacer era “practicarse unos análisis en algún laboratorio para que, cuando el médico llegara, supiera exactamente qué era lo que tenía que combatir”.

El tratamiento fue aplicado en una habitación del hotel Radisson, reservada a nombre del funcionario. Carrera Fuentes esperó durante un rato en la habitación vacía, hasta que alguien tocó la puerta. “El médico no era suizo, sino mexicano. Iba acompañado por una mujer que dijo ser su esposa (…) Sacaron de unas hieleras unas vacunas y procedieron a aplicar al de la voz como treinta inyecciones, quince en cada glúteo, y le indicaron que el tratamiento era para limpiar el organismo”. Cuando la sesión terminó. Carrera, con los ojos cerrados, guardó reposo durante tres horas, durmió bajo el manto del hombre que para entonces se había convertido en el narcotraficante más poderoso de México. El 24 de noviembre de 1993, un comando de los Arellano Félix intentaría rasguñar aquel manto. Amado Carrillo, al parecer, había filtrado a las autoridades la entrevista que los Arellano estaban sosteniendo con el nuncio apostólico Girolamo Prigione. Y aunque, como se supo después, una decisión política impidió que éstos fueran aprehendidos, los cabecillas del cártel de Tijuana no tardaron en preparar su venganza. El 24 de noviembre mientras Amado Carrillo cenaba con su esposa y sus seis hijos en el restaurante Bali Hali, ubicado en la avenida Insurgentes, el comando enviado desde Tijuana intentó penetrar a sangre y fuego en el restaurante. Carrillo solía desplazarse en medio de un sistema de seguridad aparatoso, pero efectivo. Un doble muro, a cargo de dos células de seguridad compuestas por tres elementos, custodiaba la entrada. Otro doble muro, escoltado por dos automóviles blindados, guardaba la salida. El comando de los Arellano se estrelló contra ellos. El resultado fue un reguero de muertos. Carrillo y su familia escaparon con dificultad. Semanas después, el capo le contó a uno de sus compadres, el piloto aviador Manuel Bitar Tafich:

—Mi hijo Juan estuvo escondido en la azotea del edificio hasta el día siguiente. De no ser porque Ramón Alcides Magaña se portó como un hombre, ninguno de nosotros habría podido salvarse.

Alcides Magaña era uno de los agentes federales comisionados para proteger al capo. Aunque se convirtió desde entonces en “una de sus gentes más cercanas”, nada pudo hacer, años más tarde, cuando las cartas quedaron echadas. Manuel Bitar Tafich solía preguntar a su compadre: —¿Por qué no se retira de todo esto?

Carrillo le respondía: —Yo no sé hacer otra cosa. Y no le veo nada de malo. Es más ingrato el que se roba el dinero en México y se lo lleva a Suiza. Yo, por lo menos, hago que el dinero regrese en los mismos aviones que se llevan la droga.

En una de sus declaraciones ministeriales, el ex director de la Policía Judicial Federal Adrián Carrera Fuentes afirmó que, al menos desde 1993, Carrillo estaba en tratos “con unos generales”. A mediados de 1997, durante un viaje a Chile, Bitar Tafich volvió a preguntarle a su compadre: —¿Y cuándo se retira por fin?

El capo le contestó: —Me siento un poco cansado. Créame que ya lo estoy preparando.

En julio de ese mismo año, el doctor Ramón Pedro López Saucedo ingresó en el Hospital Santa Mónica, de la ciudad de México, a un paciente identificado como Antonio Flores Montes, de 41 años de edad. Iban a aplicarle una cirugía plástica verdaderamente agresiva: cambio de nariz, prótesis de mentón, liposucción de abdomen y tórax, modificación de párpados y cambio de color en los ojos. Todo en una sola sesión.

La operación comenzó a las 9:30 de la mañana y terminó ocho horas más tarde. El paciente fue intervenido por tres médicos “de confianza”, mientras un equipo de seguridad custodiaba la sala de operaciones. Después de pasar un tiempo en recuperación. Flores Montes fue conducido a la habitación 407. A las 23:30, el médico de guardia lo encontró consciente, y reportó sus signos vitales como normales. Al poco tiempo, sin embargo, el paciente se quejó de dolores intensos y demandó que se la administrara un analgésico. Le aplicaron una dosis de Dormicum.

Al día siguiente, exactamente a las 6:06, alguien descubrió que Flores Montes había muerto. “Presentaba vidriasis. hipotermia y palidez cadavérica”. Los intentos por resucitarlo fueron inútiles. Ninguno de sus vigilantes, ninguno de sus hombres de confianza, estaba presente. Todos habían abandonado el hospital.

Flores Montes fue velado en una modesta funeraria de la colonia Juárez y despachado en vuelo comercial hacia Culiacán. El féretro aún estaba en el aire cuando una filtración sacudió a los medios de comunicación: la carrera del mayor traficante de drogas en México había terminado.

Durante los cuatro meses siguientes la bolsa de plástico y el alambre acerado de “El Manotas” estuvieron más activos que nunca. Un mero detalle anecdótico que ayudaba a pulir el mito con que culminó el siglo XX mexicano. n

Héctor de Mauleón Escritor. Acaba de aparecer su libro El tiempo repentino.

El triunfo de la belleza

Yo aprecio mucho el conocimiento acerca de los hombres de mi viejo amigo el doctor Skowronnek. Desde hace más de veinticinco años es médico en una célebre estación termal, donde los manantiales milagrosos pueden curar padecimientos de matriz, la esterilidad y la histeria. Así lo asegura, al menos, mi amigo, el doctor Skowronnek. De cualquier manera, habla con el mismo convencimiento del efecto milagroso —más fácil de explicar— que un número considerable de jóvenes fuertes y sedientos de amor suelen obrar sobre las pacientes necesitadas de consuelo de la estación termal en cada temporada. Como ciertas aves migratorias, los jóvenes llegan puntualmente a la “inauguración de la temporada” y compiten con el poder curativo de los famosos manantiales. De todas formas, mi amigo, el doctor Skowronnek, ha tenido, durante un cuarto de siglo, la oportunidad de conocer las enfermedades físicas y mentales de las mujeres. Supongamos que sólo haya atendido a treinta señoras por temporada. Entonces, después de veinticinco años, habría conocido profundamente a no menos de setecientos cincuenta mujeres. Por lo tanto, creo tener razón al apreciar el conocimiento del mundo de mi amigo.

Por eso también a todos los hombres casados que me hablan de las enfermedades (reales o imaginarias) de sus esposas, suelo mandarlos con el doctor Skowronnek, que trata a los hombres, los cuales tienen que padecer a sus esposas más que las mujeres a sus enfermedades, también como pacientes —y esto con toda razón—. Sí, considero a mi amigo el doctor, más como un médico de hombres casados que como un ginecólogo —aun cuando él mismo no quiere saber nada de ello y sostiene que daña su prestigio—. Pero lo conozco y sé que detrás de una forma de bondad de confesor, con la cual revisa a las señoras del corazón y los riñones, oculta la preocupación por los maridos esclavos de las pacientes. Quien ha examinado a tantas mujeres debe sentir al fin y al cabo una solidaridad ferviente con los hombres.

Un día aconsejé a uno de mis conocidos, el ingeniero M., ir a ver al doctor Skowronnek. Primero solo, sin la enferma, de la cual me había hablado con todo detalle. El ingeniero era un joven con apenas dos años de casado, sin hijos. Después de un año de feliz matrimonio —o lo que por eso se entiende— su mujer se había empezado a quejar de dolores en la cabeza, en la espalda, en el cuello, en la nariz, en los ojos, en los pies. Uno no debe generalizar, pero he visto que los ingenieros —-y sobre todo los constructores de puentes como mi amigo— no tienen la más remota idea acerca de la constitución de las mujeres. Puede haber excepciones. Sin embargo, el ingeniero de puentes, del cual hablo, fue asaltado por el pánico que se apodera de todo hombre valeroso cuando ve sufrir o sólo llorar a una mujer. (Es el pánico de los sanos ante los enfermos, de los fuertes ante la impotencia. No hay nada peor que la mezcla de amor, compasión y desasosiego por lo amado y compadecido. Es preferible y más soportable una Jantipa saludable que una Julia enfermiza.) Y por eso aconsejé al ingeniero ir a ver al doctor Skowronnek.

También estuve presente en su encuentro con el doctor —a petición expresa del ingeniero y en contra de lo que yo hubiera querido—. Me encontraba más o menos en la posición de un hombre que detrás de las delgadas paredes de un cuarto de hotel oye a su vecino decir intimidades desagradables —y no puede hacer nada para evitarlo—. Traté de pensar en otra cosa. Pedí que me trajeran periódicos. Sólo la curiosidad profesional del escritor se impuso sobre la discreción personal, y, con oídos profesionales, por decirlo de algún modo, escuché, sin querer escuchar, todo lo que en ese momento y en ese contexto no debió ser contado.

El doctor Skowronnek se quedó callado. Sólo oía. Al final, despidió al ingeniero pidiéndole que enviara a su esposa al consultorio.

El ingeniero se retiró, y como yo no entendía el prolongado silencio de mi amigo, empecé a preocuparme por la mujer del ingeniero y pregunté:

—Dígame, ¿es tan grave lo que nos ha contado de su esposa? ¿Por qué se queda usted callado?

—¡Ni malo ni bueno! —repuso el doctor—. Sólo común. Y si hace algún tiempo no hubiera vivido una historia peculiar, no me hubiera quedado callado. Pero desde que sé de esa historia peculiar, he dejado de compadecerme de los maridos de las mujeres enfermas. A los incurables no se les puede atender. No se puede salvar a quien se quiere matar. Los maridos de determinadas mujeres son suicidas incurables. Y para que me crea, quiero contarle esa historia. Escríbala algún día.

Y el doctor Skowronnek empezó a narrar:

II

Hace muchos años, en la época en la cual todavía era médico general en una ciudad mediana, un día, un joven vino a mi consulta. En ese entonces yo no tenía muchos parientes. Algunos días no se presentaba ninguno. Me quedaba sentado y leía novelas policiales.

Quizás hubiera debido leer libros de medicina, pero mi respeto por las ciencias naturales y los conocimientos de mis colegas célebres era cada vez menor que mi interés por los criminales y la policía. Comprenderá que un médico que tiene poco que hacer, quede fascinado por uno de sus pocos pacientes. Sin embargo, lo dejé en la sala de espera, como hace todo médico desocupado. Sólo después de algunos minutos, lo hice entrar (y puede creerme que en esos minutos yo estaba más impaciente que él). La impaciencia es, como usted sabe, una enfermedad grave; a veces, lleva incluso a la muerte por suicidio. Pues bien, me dominé. Cuando por fin entró, me regodeé en una alegría intensa. Por supuesto, busqué mecánicamente síntomas de una enfermedad reconocible en la apariencia, tanto en su figura y en su cara, como señales de su posible bienestar en su ropa. De inmediato vi que se trataba de un paciente tranquilo. Era evidente que pertenecía no sólo a las buenas, sino a las altas posiciones sociales —y una enfermedad grave, que quizá me hubiera obligado a enviarlo con una eminencia médica, no tenía—. Era saludable, grande, nervudo, guapo, de tez morena; tenía un rostro afilado simpático, ojos claros, un cuello noble, una frente bien abovedada, manos fuertes y largas. Era tímido y seguro de sí al mismo tiempo; es decir, lo que se llama de casta. Lo supuse el funcionario de un ministerio con buenos padres y aptitudes medias, y quizás aquejado de una de esas dolencias, que en la sociedad llaman “galantes”.

«No estaba muy errado. Se trataba de un joven diplomático, adscrito a nuestra embajada en Inglaterra, hijo de un conocido fabricante de municiones; es decir, más rico de lo que hubiera podido pensar y, en efecto, su enfermedad era “galante”. Había ido a verme por azar. No quería llamar al médico de su familia. Por lo tanto, abrió el directorio, marcó con el lápiz un nombre —era el mío— y fue a verme de inmediato. Lo atendí con cuidado y viveza. Me agradó. Le conté anécdotas. Cuando estuvo curado, me confesó que casi lamentaba ya no tener una enfermedad inofensiva mientras duraban sus vacaciones. Lo revisé: por desgracia, estaba rebosante de salud. Le pregunté si, por lo menos, tenía alguna afición. “No”, dijo, “aparte de la música”. La música es, como usted sabe, también mi pasión. Y, en suma, ante todo la música hizo que nos uniéramos, convirtiéndonos más tarde en amigos».

El doctor Skowronnek hizo aquí una pausa. Luego dijo:

—Fuimos buenos amigos hasta su muerte.

—¿Entonces murió joven? ¿E inesperadamente?

—-Joven y despacio y de la más grave y común de todas las enfermedades: murió por una mujer, y, por cierto, por la suya…

III

«Nuestra amistad no se acabó cuando se terminaron sus vacaciones y regresó de nuevo a Londres. Al contrario, la distancia fortaleció nuestra amistad. Intercambiábamos cartas casi todas las semanas. Mi consultorio era miserable; con frecuencia, esperaba a un paciente durante horas mientras leía mis novelas policiales. Un día me escribió, diciéndome debería ir a Inglaterra un par de semanas como su invitado.

«Fui a Londres. Yo no entendía una palabra de inglés, por lo cual estaba obligado a recurrir a la ayuda de mi amigo a cada paso. Usted reconoce a un hombre de la llamada “casta” en que a usted le es imposible sentir gratitud por sus pequeñas y más grandes ayudas, y mucho menos expresársela. Usted nunca, o casi nunca, llega a la situación de decirle a un verdadero caballero: “¡gracias!”. Sí, él sabe sofocarlo, de forma que uno cree que sus pequeños servicios y amabilidades lo favorecen a él mismo y que, en realidad, el desamparo personal lo beneficia. Así sucedía también con mi amigo. Nunca he visto a un anfitrión más distinguido. Su comportamiento se volvió con el tiempo de tal manera, que por momentos me parecía como si tuviera un tipo de sentimiento de culpa frente a mí. Sí, me avergonzaba. Pensaba que por una estúpida vanidad profesional lo había dejado sentado en la sala de espera, cuando fue a verme por primera vez, y un día le confesé que lo había hecho esperar sin razón. No me entendió en absoluto, o hizo como si no me entendiera.

«Quizá —dijo, lo recuerdo con precisión— tenía algo que hacer y ya no lo recuerda. A mí, dicho sea de paso, también me sucede que hago esperar gente aunque esté desocupado por completo. Debo reconcentrarme antes de recibir a un desconocido. Eso es lógico.

«Si yo hubiera pensado antes en su mediana aptitud, con el tiempo hubiera adquirido la certeza de que su acentuada medianía era una modestia distinguida, como sucede con frecuencia en los hombres de casta. No poseía la más mínima ambición. Muchas veces, me permitió enterarme de su actividad profesional. Y siempre vi que su mayor y más natural esfuerzo consistía en no sobresalir sobre los demás, sobre sus colegas. Era lo contrario a un diplomático ambicioso. Conocía bien todas las limitaciones de sus compañeros, pero trataba de no parecer mucho más inteligente que ellos. Ambicioso es el plebeyo. El hombre de verdad noble es anónimo. Hay una fuerza en la nobleza congénita que es mayor que la luz de la fama, el brillo del éxito, el poder de los triunfadores. La ambición es, como lo acabo de decir, una característica de los plebeyos. No tiene tiempo. No puede esperar para conseguir honores, poder, prestigio, fama. El hombre noble, en cambio, tiene tiempo para esperar, sí, incluso para ser postergado.

«Así era mi amigo. A pesar de que yo era mayor, empecé a sentir una forma de veneración hacia él. Lo quería y lo respetaba.

«Una semana antes de mi partida, me confesó que estaba enamorado.

«Ahora bien, es normal que un joven se enamore. Yo mismo, que entonces no era el “astuto” ginecólogo que, como usted sabe, soy ahora, ya me había enamorado algunas veces. Pero como se trataba de mi amigo, me asusté. Sentía que ese hombre distinguido podía quedar a merced de un sentimiento profundo, y que era parte de su naturaleza dotar al objeto que creía amar de las más nobles cualidades, que él mismo poseía. Si el amor, como dice el refrán, ciega a todos los hombres comunes, ¡más aún a los distinguidos y elegidos!

«Entonces, me aterré. Y le dije a mi amigo que quería conocer a su amada.

«”Usted también se enamorará” —respondió con la ingenuidad de quienes están enamorados, que creen que el objeto de su amor es irresistible.

«¡Bien! Por lo tanto, una noche nos vimos los tres.

«Se trataba de una joven de la llamada buena sociedad. ¡Guapa, en verdad! Una virgen rubia, con ojos azul cielo, dientes fuertes, una barbilla algo demasiado larga y fastidiosa, y una figura francamente buena. Tenía, por supuesto, buenas “maneras” —lo que llaman así—. Era, como es obvio, de buena familia.

«También estaba, de seguro, enamorada de mi amigo. ¿Por qué no? Tan enamorada como sólo pueden estarlo las muchachas de buena familia. El amor por un joven de posición y categoría es algo así como el pecado sin riesgo, el vicio sin consecuencias punibles o malignas. Las jóvenes de este tipo no son hambrientas, sólo antojadizas. El hambre, que hay que saciar, trae, tal vez, castigos atroces. El antojo no conlleva daños, sólo placer, y la satisfacción de haber corrido un peligro ligero. Es una diferencia como la que hay entre asistir a una casa de fieras e insistir en meter a un león a su jaula. Es obvio que mi amigo no sabía todo esto. El hecho de que la hija de una de las mejores familias inglesas lo besara en secreto, le parecía suficiente prueba de un profundo amor por él. Para él era como si hubiera recorrido mil leguas por los riesgos de algún desierto sólo para darle un beso. La consideraba valiente, temeraria, dispuesta a sacrificarse y, además, astuta.

«Ahora bien, ¡era muy tonta! Lo es todavía. Lo llevó a la tumba. Se volvió vieja y bastante fea, pero ¡todavía es tonta! Así de injusta es también la naturaleza en su malicia de cegar a los hombres cuando se enamoran: compensa esa injusticia cuando hace que el fulgor de las mujeres, que alguna vez cegó a los hombres, se apague muy pronto, y cuando obliga a las viejas a recurrir con los años a la dudosa ayuda de peluqueros, masajistas y cirujanos para que los pechos, vientres, mejillas y muslos flácidos vuelvan a adquirir una forma más o menos aceptable. Las mujeres otrora hermosas descienden a la tumba como un tipo de figuras de yeso mejoradas. Los hombres, sin embargo, que fueron lo suficientemente sabios para no morir a causa de ellas, son recompensados por la naturaleza: llegan al seno de Dios revestidos con la dignidad de la plata y la dignidad no menor de la fragilidad».

IV

En los mejores círculos, la boda sucede al compromiso matrimonial como el trueno al rayo. Mi amigo se casó poco después de que yo me fuera, estuvo de luna de miel y de regreso pasó por la ciudad y me visitó con su esposa. Ambos eran guapos, ofrecían una presencia agradable, parecían hechos el uno para el otro. Por la noche, los llevé a un local frecuentado por oficiales, funcionarios de cierta categoría, nobles y algunos terratenientes. En una ciudad mediana, voltean a ver a cada cliente, sobre todo a los forasteros que no conocen. Pero la sensación que causó mi amigo cuando entró con su esposa, no fue normal, sino parecida a la sorpresa que suele provocar un fenómeno natural extraordinario en los incautos. Era como un cuento de hadas. Toda conversación cesó de repente. Los meseros se detuvieron en su esmerado trajinar. El capitán se olvidó de hacer una reverencia. Fue una noche calurosa al final del verano. Las ventanas estaban abiertas y el viento suave movía las cortinas rojizas. Pero tuve la impresión de que también esas cortinas habían dejado de moverse. Mis amigos causaron un efecto como de dioses. Mi amigo lo sintió y se apresuró a llegar al primer apartado libre. Sin embargo, su mujer parecía no notar en absoluto ese silencio confuso, sí, casi turbado. Llevaba unos impertinentes, entonces era la moda para algunas personas, sin importar que tuvieran buena o mala vista. Se llevó los impertinentes a los ojos, sólo un momento, por supuesto, una fracción de segundo. De inmediato, los bajó de nuevo. Pero mi amigo se había dado cuenta y debe haberle afectado tanto como a mí, pues tocó instintivamente el brazo de su esposa —fue una exhortación amistosa.

«Cuando estábamos sentados en el apartado, la mujer de mi amigo se llevó algunas veces más los impertinentes a los ojos. Estoy convencido de que no le interesaba lo más mínimo lo que ocurría en aquel salón. Quizás observaba la araña a través de la lente. Pero a mi amigo y a mí nos irritó esa manera de llevarse la lente a los ojos. Se trataba de un movimiento altivo. Unos impertinentes son un objeto altivo, y la mujer más discreta, que se sirve de los suyos, parece arrogante. He conocido mujeres de verdad distinguidas y, de hecho, miopes, que tienen una manera muy peculiar, casi vergonzante, de usar los impertinentes, algo así como su muy particular manera de alzarse la falda. Ahora bien, de seguro la mujer de mi amigo no carecía de esos modales, pero le faltaba la verdadera nobleza, la cual no reside en lo que se hace, sino en lo que se omite. Pero, sobre todo, reside en que se intuye lo que puede “molestar” a los otros, en que se percibe algo a tiempo, aun antes de que suceda.

«La mujer de mi amigo hacía lo contrario. Como si fuera una absoluta pequeñoburguesa de Londres, se burlaba de la mediana elegancia de nuestra ciudad, de la conducta indolente de los oficiales, de la apresurada servicialidad del personal, de los sombreros anticuados de las señoras. Mi amigo sonreía, enamorado y preocupado y avergonzado al mismo tiempo. De vez en cuando, trataba de protegernos. En una ocasión, lo recuerdo, se volvió incluso evidente y dijo algo así: “¡Pero Gwendolin! Tienes una pequeña lengua afilada. ¡Si sigue parloteando así, se la tendrás que enseñar al doctor! ¿No es verdad, doctor?”. Y como sintió que su chiste no había sido de ninguna manera acertado, continuó con seriedad: “La estancia aquí no le agrada a mi mujer. Nos iremos mañana por la noche”.

«Para hacerle notar a mi amigo que había entendido el adocenamiento de su broma, intenté, por decirlo de algún modo, seguir sus intenciones, y dije: “¡Enséñele rápido la lengua a su tío el doctor!”. De inmediato, me extendió su delgada lengüita, casi rojo carmín, y, puede creerme, es mi profesión, por desgracia, he tenido que ver muchos miles de lenguas de mujeres: ahí, ante la vista de esa lengüita, tuve la impresión, quizá demasiado primitiva, pero muy convincente, de que se trataba de una víbora.

«A la mañana siguiente, mi amigo vino a visitarme. “Nos vamos hoy en la noche” —dijo—. “Vengo a despedirme”. —”¿Volveré a ver a su hermosa mujer?”—.”Vaya, por favor, a la estación por la noche. Yo vine aquí para, por decirlo de algún modo, despedirme aparte”.

«Me di cuenta de que no estaba muy contento. Le propuse dar un paseo. Sé que los asuntos callados se dicen con más facilidad cuando uno va caminando que cuando uno está sentado. No se dicen cara a cara. Quien habla, como quien escucha: los dos miran al suelo. A veces, una calle ruidosa libera al pecho humano tanto como el alcohol o también, si lo prefiere, como aquel rincón de la iglesia donde aguarda el usual confesionario. Fuimos, por lo tanto, a pasear. Y entonces me contó que ya durante la luna de miel, había habido algunas discrepancias entre Gwendolin y él. Empezó con la música. Ella adoraba a Wagner. El lo denostaba. Nada puede irritar tanto a un músico de su tipo —y también del mío— como el gusto por Wagner. Los amantes de Wagner son ciertamente melómanos. Pero los melómanos pueden dividirse en dos grupos antagónicos: en los amantes de Mozart y en los partidarios de Wagner. ¿Nota usted que ni siquiera puedo decir: los amantes de Wagner? Digo “partidarios”. Hombres con oídos para trombones y timbales —y hombres con oídos para el cello, el violín y la flauta—. Antes se pondrán de acuerdo dos sordomudos que dos melómanos, de los cuales uno adora a Mozart y el estro a Wagner. Según mi opinión, no pueden para nada. Creo que, en el fondo, son sordos los que adoran a ambos; o, si escuchan, son maestros de capilla.

«Ahora bien, no necesito decirle nada más: ellos se llevaban como Mozart y Wagner. Supe en seguida que ese matrimonio estaba roto. Pero le dije: “Toque a Mozart en su casa, ame usted mucho, acuéstese con su esposa, pronto tendrá un hijo. El embarazo, a veces, cambia el gusto musical. Vaya con Dios”.

«Nos abrazamos entonces. Comprendí que nunca hubiera podido abrazarme en la estación, delante de su esposa.

«Me acerqué al tren, Gwendolin me dio la mano para que se la besara y subió con rapidez. Una sonrisa por diez cruzados en la boca graciosa. (Las mujeres sonríen de forma curiosa, como las pobres prostitutas; es decir, cuando se despiden convencionalmente; así sonríen las muchachas cuando traban una relación).

«Mi amigo hubiera bajado al andén conmigo, pero tuvo miedo, era como si su mujer lo tuviera aferrado a su falda. Sólo se asomó por la ventana, me dio otra vez la mano —y yo me fui mucho antes de la partida del tren».

V

«No conozco las leyes y costumbres internacionales de la diplomacia. Creo, sin embargo, en que un diplomático se case con una mujer del país en el cual representa al suyo propio. Hay excepciones, yo he oído ya de algunas. Mi amigo, en realidad, no pertenecía a ellas. Nuestro embajador de entonces debe haber sido un formalista. Debido a que se había casado con una inglesa, mi amigo tuvo que dejar Londres. Su nuevo destino no fue otro que Belgrado.

«No he mencionado que la esposa de mi amigo era hija única. Usted sabe: los ingleses, ciertamente, viajan mucho por todo el mundo, incluso conocen distintos países mejor que otros europeos, pero no les gusta mandar a sus hijas a lugares inhóspitos. Cualquier país merece una visita más o menos larga; también el menos hospitalario. Su residencia permanente, sin embargo, la mantienen en Inglaterra o, por lo menos, en una de las mejores colonias inglesas. Quizá los suegros de mi amigo no hubieran mostrado oposición si, por ejemplo hubiera sido enviado a la India. Serbia, en cambio, les inspiraba un verdadero horror. También la señora Gwendolin tenía un miedo indecible por Belgrado y se negó a irse ahí, aun cuando mi amigo insistió en que lo acompañara. Los protestantes creyentes, versados en la Biblia, que eran sus suegros, le enseñaron la conocida Palabra de que la mujer debe seguir al marido a todas partes; en vano. Aquello se convirtió en el primer conflicto serio. Mi amigo se fue a Viena. En el Ministerio del Exterior intentó lo imposible para conseguir su traslado a París o, por lo menos, a Madrid. En vano. Como usted sabe, en la vieja Austria hay muchos niños protegidos. París, Madrid, Lisboa estaban ocupados. Además, en Belgrado de verdad se necesitaba un consejero de legación eficiente. Ahí se podía sobresalir. El jefe de negocios del ministerio, el Barón S., sabía apreciar las cualidades de mi amigo y también estaba un poco preocupado por su carrera. En resumen: era imposible. Tuvo que irse a Belgrado.

«Por casualidad —o mejor, no por casualidad, pues no creo en el azar—, en abril de ese año debía asumir por primera vez mi puesto como médico en un balneario. Cerré mi consultorio. Entre veinte médicos generales, quizá verdaderos pobres diablos, como yo mismo, la administración sanitaria me había elegido precisamente a mí. Supe valorar esa suerte. Di la noticia a todo el mundo y, por supuesto, también a mi amigo en Londres. Me escribió diciéndome que era magnífico. Como debía irse a Belgrado alrededor de marzo, su esposa podía quedarse en Londres hasta abril y luego ir a verme, estar toda la temporada bajo mi protección y en agosto viajar a Belgrado. Su suerte, por supuesto, no era la mía.

«¡El pobre! ¡No tenía idea del efecto que tienen los balnearios en ciertas mujeres!

«Sólo lo sabría más tarde».

VI

«La mujer estuvo de acuerdo con el plan. En marzo, mi amigo se iría a Belgrado; en abril, su mujer me alcanzaría en la estación termal. Atendida por mí y fortalecida por los manantiales milagrosos de nuestro balneario, quizá cambiaría lo suficiente su sentido y podría —así lo esperaba mi amigo— seguir sin nostalgia ni pesadumbre a su marido a Belgrado.

«Ahora bien, vea usted, hay pocas mujeres con las cuales se puede concertar algo en firme. ¡No es que no quieran mantener su palabra o tengan la intención de engañar! Su constitución no soporta ningún acuerdo fijo. Cuando están decididas a respetar un acuerdo, su cuerpo se resiste sin que lo quieran ellas mismas. Simplemente se enferman.

«A las pocas mujeres con las cuales se puede concertar algo en firme, no pertenecía la esposa de mi amigo. Más bien era de aquellas que se enferman; es decir, de aquellas cuyos cuerpos se rebelan contra los propósitos rectos —y cayó enferma de verdad justo un día antes de la partida de mi amigo a Belgrado—. No ella misma, entiéndame. Su constitución no se quiso someter a lo irremediable. ¿Qué le hacía falta en realidad? Sólo Dios puede saberlo, El, que creó a Eva. Un ginecólogo muy pocas veces sabe lo que le hace falta a una mujer.

«Empezó por el estómago y la matriz aledaña. Los apresurados médicos de Londres coincidían en que, como era común en esos casos, se trataba de una inflamación intestinal. Mi amigo solicitó y consiguió un aplazamiento de dos días. La mujer fue operada. El ciego, como todo segundo intestino ciego operado, estaba obviamente supurado. El suyo, el mío, también está supurado. Los médicos y mi amigo creyeron que habían salvado a la mujer de un gran peligro de muerte.

«Feliz, como todo el que ama, por la salvación de su objeto amado, mi amigo partió a su nuevo puesto en Belgrado.

«Sin embargo, el pacto subsistió. Como a mediados de abril, la señora Gwendolin llegó a la estación termal. Por supuesto, la recogí en la estación. Se veía como una diosa, una diosa sin intestino ciego, una diosa convaleciente. Sufría y, a la vez, triunfaba, y extraía de su convalecencia todo tipo de fuerza para su triunfo. Es obvio que estuve ocupado alrededor de media hora antes de recoger y acomodar todas sus maletas. Eran cerca de doce. Ropa y vestidos suficientes para pertrechar, más o menos, a veinte mujeres durante dos o tres años. Llevé a la señora Gwendolin al Hotel Imperial y le pedí que fuera a verme al día siguiente a mi consulta.

«Acudió a la cita. La revisé. Recuerdo con precisión ese examen, no sólo porque Gwendolin era la esposa de mi amigo, sino porque era mi primer paciente. El ciego había desaparecido. Se veía la incisión, pero la mujer sostenía que habían “olvidado algo adentro”. Tenía hambre, náuseas, cardialgía, palpitaciones, dolor de estómago, espasmos y una y otra vez hambre.

Síntomas de embarazo, como usted sabe. ¡Pero no! ¡No estaba embarazada! Eso es casi lo único que un ginecólogo puede comprobar con alguna certeza. ¡No estaba embarazada! Después de reflexionar, llegué a la más banal de todas las enfermedades. Esa mujer hermosa, elegante —nada de lo que es humano le es ajeno al hombre—, por desgracia, tenía una solitaria.

«Pero ¿cómo podía decírselo sin ofenderla? Empecé a hablar de parásitos, de los inofensivos, primero; luego de los graves, y describí la solitaria como uno de los enemigos más peligrosos de la belleza femenina. Cuando, por fin, llegué al punto en que ella misma debía considerar su lombriz como muy interesante, comencé con prescripciones, dieta y recetas. Y nunca, desde que se padecen solitarias, fue alguna tomada tan en serio. Para la señora Gwendolin se trataba de una personalidad especial. Todos sus deseos y debilidades se avenían a su influencia. De manera que, por ejemplo, una mañana iba a verme y decía: “¡Cree usted que hoy en la noche me despertó porque quería champagne!”. Se refería, desde luego, al parásito. O en otra ocasión: “Yo quería quedarme en casa, como me lo aconsejó usted, pero no quiso, me produjo náuseas y tuve que salir a bailar”. Y así sucesivamente. Quería a su parásito más que a su marido. Era su seductor, su dador de indulgencia, su héroe. Le daba todo lo que necesitaba una mujer como ella: penas, debilidad, placer, deseo. La hacía bailar, beber, comer; este parásito perdonaba todo lo prohibido. Cargaba en su conciencia todos los pecados que ella cometía. Una semana más tarde, incluso un pecado real.

«¿Reconoce usted que debo ser el único médico del mundo que ha atendido a un parásito así de sinuoso?».

VII

«Una semana después, más o menos, mi amigo me escribió desde Belgrado para que no me olvidara del cumpleaños de su esposa. Se celebraba el primero de mayo, una fecha fácil de recordar. Muy temprano, antes de que comenzara mi consulta, fui a ver a mi protegida al Hotel Imperial con un inmenso ramo de rosas rojas. En realidad hubiera querido dejar las flores abajo, con el ujier. No sé si a usted le suceda lo mismo. De cualquier manera, a muchos hombres les pasa algo parecido; me siento ridículo con flores en la mano. Un hombre que se precie, no debe llevar flores. Pero se trataba de la esposa de mi amigo, mi protegida, mi paciente y cumplía años. Decidí, por lo tanto, tomar el ramo de rosas bajo el brazo y subir al elevador. Pedí ir al primer piso. Vi al mozo de librea tocando la puerta de la señora Gwendolin. Una, dos, tres veces. Sin respuesta. “Quizá la señora está dormida —o bañándose—”, dije. “No”, repuso el mozo de piso, “acabo de traerle champagne con dos vasos”. “¿Tiene visita?”. “Así es”, dijo el mozo, “el doctor de la número treintaidós”. “¿Quién es?”. “Un joven abogado de Budapest, el doctor Jenö Lakatos”.

«Pues bien, sabía lo suficiente. Es cierto que era mi primera temporada en ese balneario, pero no era una inocente ovejita, como se dice entre nosotros, y sabía lo que buscaban los jóvenes abogados de Budapest en los balnearios. En general, por principio, por decirlo así, no tenía nada en contra de ello. Sin embargo, se trataba de la esposa de mi amigo, de la cual era, de alguna manera, responsable. Sí, yo mismo ya me sentía engañado en su lugar. He permanecido soltero, pero sé que no necesitamos casarnos en absoluto, si tenemos amigos casados. Es como si, en cierto modo, uno también contrajera matrimonio con las esposas de todos sus buenos amigos, se divorciara de ellas con sus amigos y fuera engañado con sus amigos por sus mujeres —si. por casualidad, no es uno mismo el que engaña a su amigo.

«Me quedé, por lo tanto, ahí parado, perplejo, en el noble corredor del hotel, enjabelgado de un blanco deslumbrante, sobre una alfombra roja, y miré desconcertado al mozo, que vestía un frac azul, yo con el ramo de flores bajo el brazo, muy ridículo, ¿verdad? Era como si sintiera a las hermosas rosas marchitándose en mi cadera, ya sostenía tinas rosas muertas. Decidí bajar de nuevo. Entonces, de pronto se abrió la puerta. Salió, primero de espaldas, Lakatos de la número 32. De modo que al principio lo vi por detrás. Pero fue más que suficiente. Una pequeña cabecita redonda con brillantes pelos negros engominados: como si la misma naturaleza produjera pelucas. Un gran tronco cuadrado, una especie de cómoda forrada. Bajo la parte del cuerpo que no se nombra, pantalones gris claro, por lo menos seis veces más abultados que la cabeza, zapatos de un amarillo chillón. Ese era Lakatos. A través de la puerta entreabierta lanzaba besitos con la mano hacia la habitación, reía para sí, hacía reverencias. Cerró finalmente la puerta, se volteó y se vio frente al mozo y frente a mí. Su rostro, que sólo se componía de injertos negros, una naricita y un bigotillo negro azabache, parecía de cera, de cera rojiza. No tenía color de piel, sino una forma de maquillaje. Por lo demás, no se desconcertó. Nos sonrió, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y se dirigió a su habitación, la número 32. Con qué gusto le hubiera pegado en la cara con mi imponente ramo de rosas. Así hubiera sabido, por primera y única vez en mi vida, para qué acarreaba, en realidad, llores. Pero debía ir a ver a la señora Gwendolin y felicitarla por su cumpleaños.

«En un ataque de estúpida perplejidad, le dije al mozo: “¡La señora está muy enferma! ¡Tiene un parásito!”.

«”Sí. doctor”, dijo el patán, “se acaba de ir”».

VIII

El doctor Skowronnek hizo una pausa, vio el reloj, pidió un cognac y dijo:

—Veo que lo estoy retrasando mucho. Tenga paciencia. por favor, mi verdadera historia apenas empieza.

Se bebió el cognac y continuó:

«Los hechos que le referí al final ocurrieron en el año de 1910. Usted recuerda aquella época, en la cual hubo tormentas en los Balcanes. Mi amigo no tenía un puesto sencillo en Belgrado. Sus cartas se volvieron cada vez más infrecuentes. Dos o tres veces al año visitaba a sus padres. Sólo lo veía fuera ele mi temporada; es decir, cuando por casualidad venía en invierno —pues yo todavía vivía en aquella ciudad mediana, en la cual había comenzado mi consulta, y sólo en primavera me mudaba a mi estación termal.

«Las visitas de mi amigo eran tan breves que apenas teníamos tiempo para ir a un concierto y mucho menos para que tocáramos algo. Las pocas noches que nos veíamos, preferíamos pasarlas conversando. Pero, durante ese año, ya no hubo una verdadera conversación entre nosotros. La música nos había hecho amigos. Sin música —entonces lo percibí con claridad— se petrificaba el corazón de mi amigo, discreto por naturaleza. Nos sentábamos juntos pero como separados por una pared de hielo. Nuestras miradas se rehuían. Si, a veces, se encontraban por un segundo, era como un roce casi físico, afectuoso, pero fugaz. Si tan sólo supieras…, parecían decir sus ojos. Y los míos preguntaban: “¿qué pasó?”. No había nada que hacer. Nos hacía falta la música. Ella sola había sido el fuego fecundo de nuestra amistad. Mi amigo se avergonzaba —yo lo sabía—. Nada contiene tanto a un hombre distinguido para hablar y contar, como la vergüenza. Cuando un hombre distinguido se apena, se queda en silencio, calla hasta lo más importante —y la vergüenza puede llevarlo a las más vulgares debilidades humanas: la mentira, por ejemplo—. Sí. algunas veces tuve la sensación de que mi amigo mentía. Pero usted me conoce: no soy un moralista. Eso quiere decir que no juzgo a los hombres por sus actos y sus palabras, sino por los motivos de sus actos y sus palabras. Y. por lo tanto, hacía como si tomara sus mentiras por verdades. Sin embargo, él sentía que yo también mentía, como él mismo. Eran conversaciones penosas.

«Su cara había cambiado. Tenía, a pesar de su juventud, sienes ligeramente entrecanas; en lugar de su saludable tez morena, una pálida y amarillenta. Sobre el brillo original de sus hermosos ojos claros, había un velo gris; el velo gris de la mentira. Después de cada nueva visita que me hizo en el transcurso de ese año. me parecía que sus hombros se habían vuelto más esbeltos y decaídos; su espalda, más redonda; sus brazos, más lánguidos. Siempre le preguntaba por su esposa. Entonces, empezaba a hablar ele ellas, a hablar tanto que yo podía pensar con razón que callaba mucho más de lo que hablaba. Era como si un hombre con muchísima ropa, con demasiada ropa y abrigos, quisiera cubrir su desnudez. La señora Gwendolin era —quería creerle a mi amigo— honrada, jovial, fiel, formal y desenvuelta al mismo tiempo, un demonio centellante y un hada bondadosa, un ama de casa y una ágil bailarina, seductora y muy bien enterada, una dama y una muchacha dulce; en resumen: la esposa que podía necesitar un diplomático.

«”¿Y qué hace el parásito?” —preguntaba, a veces, recordando la impertinente respuesta del mozo del Hotel Imperial.

•”Mi esposa está muy sana” —dijo mi amigo.

•No lo dudaba, nunca hubiera dudado lo más mínimo de su salud».

IX

«Entonces llegó la guerra.

«Mi amigo (era teniente en la novena de Dragones) fue llamado a filas el primer día de la movilización. Su regimiento estaba en la frontera rusa. La señora Gwendolin se vino a nuestra ciudad, a casa de los padres de mi amigo, con una carta de recomendación dirigida a mí. En ella, mi amigo me pedía que en la temporada llevara conmigo a su esposa y —lo decía literalmente— “la cuidara”.

«En aquella época, como usted sabe, se creía que sólo habría una campaña militar de unos cuantos meses. Yo sospechaba que duraría años. También sabía que no me sería posible “cuidar” a su mujer. Pero hice como se me pedía. En la temporada, llevé conmigo a la mujer a la estación termal.

«Ahora, por desgracia, de inmediato; es decir, poco después de empezada la temporada, recibí la orden de enrolarme como médico de la reserva territorial. Y confié la custodia de la señora Gwendolin a uno de mis colegas. que debido a un defecto físico —tenía una joroba— estaba exento del servicio militar.

«Sólo dos años después —había trabajado en un hospital de tifo y me había enfermado— puede regresar al país. En la mañana, era médico de la reserva territorial en uniforme y revisaba a soldados enfermos. Por la tarde, atendía a las pocas mujeres enfermas, la mayoría de cuyos maridos estaban en el frente, y cuyo poco decente tratamiento hubiera podido abandonarlo por mis soldados convalecientes. Aquella era una época propicia para las señoras. Un Lakatos, del tipo como el que alguna vez había visto salir de la habitación de la esposa de mi amigo, parecía un huérfano en comparación con los robustos campesinos de Bosnia, Herzegovina, Croacia. Eslovenia. Nunca los manantiales milagrosos de nuestros balnearios tuvieron curativos tan espléndidos como en la época de la guerra, durante la cual nuestros valientes combatientes esperaban su salvación.

«La señora Gwendolin, por supuesto, estaba ahí. Parecía haber olvidado a su patria, su procedencia, la hostil Inglaterra. La muy variada virilidad del ejército austro-húngaro quizás había apagado todo sentimiento por Inglaterra en su hermoso pecho. Se había vuelto una patriota austríaca, ¡no era un milagro! —el amor solo determina el comportamiento de las mujeres.

«Cuando la guerra terminó, regresó mi amigo, todavía enamorado y. como todo hombre enamorado, convencido de que su mujer le había guardado fidelidad. Ahora bien, no necesito decirle que la señora Gwendolin estaba bastante enojada con el fin de la guerra, y quizá también con el regreso de su marido. Le echó los brazos al cuello a su esposo con la destreza que había adquirido a lo largo de la guerra y que mi amigo, desde luego, confundió con la pasión por él.

«Ya no había monarquía austro-húngara. Mi amigo, que en la empequeñecida y transformada Austria hubiera podido continuar su carrera (en el fondo era un diplomático aficionado), abandonó su oficio. Tenía suficiente dinero. También los padres de su esposa eran suficientemente ricos. Y decidió dedicar su vida a la señora Gwendolin».

X

«Viajaron por los países que habían permanecido neutrales. Mi amigo quería, según decía, volver a encontrar Ta vieja paz”. No la halló en ninguna parte. Regresó a casa. La fábrica de su padre ya no podía producir armas y municiones. Todas las armas existentes debieron ser destruidas o entregadas a las potencias vencedoras. Además, un día se enfermó el padre de mi amigo. De cualquier manera, no podían impedir que la fábrica quebrara. Algunos fabricantes de municiones lograron transformar sus plantas: en lugar de granadas y cañones de fusil, produjeron bicicletas, piezas para maquinaria, coches, ruedas, automóviles. Mi amigo también quiso intentarlo. Con el esmero que le era propio, empezó a estudiar a fondo las especialidades industriales. Visitó fábricas en Inglaterra, Alemania y Suiza. Cuando creyó tener suficiente experiencia, regresó solo —había dejado a su esposa con sus padres en Londres—. Era emprendedor, lleno de esperanza. Era casi como si saludara al destino, que lo había arrojado fuera de su noble carrera. De hecho, tenía aptitudes comerciales, instinto para las personas y las cosas. Por supuesto, tocábamos algunas obras juntos e íbamos a conciertos.

«En una ocasión, fue a verme a una hora desacostumbrada. Sabía que solía irme tarde a dormir. Era la una de la mañana. Dejó un portafolios sobre la mesa, se quedó parado frente a mí y preguntó:

“Dígame la verdad, usted lo sabe. ¿Mi mujer es fiel? ¿Me ha engañado? ¿Con frecuencia? ¿Con quién?”.

Una situación incómoda, comprenderá usted. Forma parte de las leyes de caballería no traicionar a una mujer. Además, algunas veces había visto que la ira de los hombres enamorados no se dirige contra la mujer pérfida, sino contra los amigos monitorios que ponen sobre aviso. Hoy, todavía no sé qué deber es más determinante: respetar a la mujer o decirle la verdad a un amigo. En el transcurso de mi larga práctica como ginecólogo me he vuelto, por decirlo de algún modo, más caballeresco; es decir, he adquirido experiencia en el trato deferente a las mujeres. Pero también me he vuelto más cuidadoso en el juicio de ese sexo débil, a cuyas fuerzas nunca nos podremos enfrentar. Era mi mejor y único amigo. Lo miré, no me levanté y dije con sinceridad:

«”Su esposa lo ha engañado muchas veces”.

«Se sentó, volteó el portafolios y vació su contenido sobre mi mesa: pulimentos militares, escarapelas, Edelweiss, botones de metal, espejitos, distintos utensilios como los que los soldados suelen regalarles a las muchachas durante la guerra.

«Por último, también había cartas de amor, pequeñas, grandes, sencillas, distintas tarjetas y el correo azul de la milicia. Mi amigo estaba ahí parado y miraba ese variado montón. Luego se me quedó viendo algún tiempo y preguntó:

«”¿Por qué no me dijo nada?”.

«”No era mi obligación”.

«”¡Ah!” —exclamó de pronto-. “¡No era su obligación! ¡Me pitorreo de su amistad! Escúchelo, ¡me pitorreo de usted!”.

«Recogió todas las baratijas en el portafolios, lo cerró, ya no me miró y salió de mi casa”.

«”Pues he perdido un amigo”, me dije. Peor, mucho peor que cuando se pierde una mujer. Hubiera podido tener dos semanas más, pero a la mañana siguiente me fui a mi estación termal.

«Ahí recibí un agitado telegrama de la señora Gwendolin. También a ella debía decirle la verdad sin demora: no sabía si su marido se había enfermado o por qué ella tenía que ir a verlo tan súbitamente.

«Remití el telegrama a mi amigo, sin más palabras».

XI

«Cuatro semanas después, los dos fueron a verme de improviso. Es decir: primero mi amigo irrumpió en mi habitación. Había ocurrido algo terrible. Lo contó en frases precipitadas: había sucedido una de las escenas acostumbradas. La mujer intentó negarlo. El mencionó y mostró las llamadas “evidencias”. La mujer decidió, con lágrimas, por supuesto, volver a Londres para siempre. Las maletas estaban hechas, el boleto comprado. Una hora antes de la partida del tren, ella fue a su fábrica. El conocido “último adiós”. Obviamente, llevaba flores. Usted no tiene idea de qué tipo de miserable plagio de una mala novela es la vida. O. como verá en seguida, de manuales de medicina. Ella se comportó de manera extraña. Se arrodilló y besó a mi amigo en la punta de los zapatos. El no pudo defenderse. Ella le pegó en la cara. Después, con torpeza, como una muñeca de trapo, se desplomó en el suelo. No la podían levantar. Estaba aferrada a la alfombra, como soldada. Después cayó en espasmos. Fue llevada a su casa, se llamó a los médicos, la llevaron a Viena a ver al corifeo. Su estado es casi invariablemente malo, pero dentro de la enfermedad hay vivos cambios. De pronto, se paraliza un brazo; de pronto, una pierna. En ocasiones, la cabeza tiembla; otras, un párpado. Durante días, no puede comer nada, vomita al ver alimentos. Un par de veces, tuvieron que llevarla en camilla a la iglesia; quería rezar. Está enojada con su marido; según ella, es el causante de sus dolencias.

«Mi pobre amigo, de hecho, se cree culpable. “Yo la destruí”, decía. “¡Mi culpa! ¡Todo lo que ha hecho fue por mi culpa! Estaba sordo y ciego. A las mujeres jóvenes no se les deja solas. ¿Qué podía hacer, noches y días enteros sin mí? ¡Y con qué brutalidad he aclarado las cosas con ella! ¡En realidad, no me ha hecho nada de daño! Sólo mi orgullo estaba herido. Estúpida vanidad masculina humillada. Ningún doctor puede ayudarla. ¡Sólo usted! ¡Perdóneme tocio!”.

«”¡Yo tampoco puedo ayudarla, mi querido, pobre amigo!”, dije. “Sólo ella misma puede ayudarse, si es que quiere. Pero precisamente está enferma porque no quiere ayudarse. En la medicina lo llamamos la fuga en la enfermedad. Se trata, con toda franqueza, de un ejemplo de ese fenómeno patológico. Sólo puede hacerse una cosa: sálvese usted mismo. Interne a su esposa en un buen sanatorio”.

«”¡Nunca!”, exclamó. “Nunca la abandonaré”.

«”¡Bien!”, dije. “Como quiera. Vayamos por su esposa”.

«Me recibió con una sonrisa encantadora y a su marido con una mirada severa. Una actriz genial no hubiera podido hacerlo mejor. Su ojo derecho brillaba hacia mí: el izquierdo emitía un rayo tenebroso contra mi amigo. “Ayer, sus párpados palpitaban todavía. Hoy sólo pudo darme la mano izquierda, pues la derecha estaba tiesa”. “¿Las piernas?”. “Hoy estaban bien”. “¡Levántese!”, ordené en el tono en el cual debía hablarle a los soldados como médico militar. Se paró. “¡Venga al piano! ¡Quiero que tratemos de tocar!”. Caminó hasta el piano. Nos sentamos. Y entonces hice un sacrificio inaudito por mi amigo. Piense: yo. yo toqué… ¿Qué cree que toqué? ¡Wagner! ¿Y qué de Wagner? El coro de los peregrinos. Y su mano derecha se movió. “¡Wagner es un gran maestro!”, dijo cuando terminamos. “Sí, señora.

Como remedio para las mujeres enfermas es insuperable”, repuse.

«”¡Es usted un médico único en el mundo!”, celebró mi amigo. Piense usted: ¡no notó en absoluto que había tocado a Wagner por primera vez en mi vida!

«Tanto puede una mujer, y más aún. A partir de ese momento, sólo me dejó un par de descansos al día; mi amigo, ni uno solo. Estábamos sentados día tras día, noche tras noche, junto a ella; mejor dicho, en torno a ella. En los escasos momentos, en los cuales podía estar solo; o sea, cuando atendía a las otras pacientes, mi amigo no tenía una vida sencilla. Yo sentía que con fervor me esperaba. Al llegar, me abrazaba, se quedaba conmigo largo rato en el recibidor. Yo sabía qué tanto ansiaba estar conmigo a solas, dos horas, una tarde, y sentía latir su corazón, su pobre corazón medroso, el corazón de un esclavo, al cual su dueña puede aguardar amenazante. Cuando entrábamos en la habitación, su esposa preguntaba siempre: “¿Qué hacían tanto tiempo allá afuera? ¡Hace calor! ¡El doctor no lleva abrigo! ¿Qué secreto me esconden? ¿Ay, Dios! ¡Siempre me engañan!”.

«No pude abstenerme de responderle un día: “A todos nos llega la hora…”.

«Se vengó aquel día. Su pie izquierdo se entumeció, se enfrió, y tuve que frotárselo una hora.

«Mi amigo se mantuvo de pie junto a su cabecita y le acariciaba el pelo. No dijimos una palabra.

«Cuando el pie izquierdo casi había vuelto a adquirir calor, le pregunté a mi amigo: “¿Y qué es de su fábrica?”.

«”¿Fábrica? ¿Qué fábrica?”, exclamó la enferma.

“”Cálmate”, decía el marido. “El doctor se refiere a mi fábrica”. “La vendí hace mucho, querido amigo, vivimos de la cuenta del banco”.

«Día a día se repetían ese tipo de escenas. A veces, los tres salíamos a pasear. Entonces la llevábamos, no, la acarreábamos justo en medio. Colgaba de nuestros brazos, una dulce carga. Comíamos, bebíamos y callábamos.

«Una vez, lo recuerdo, fuimos a un salón de baile. Usted sabe que no soy un bailarín apasionado. Odio todo tipo de exhibicionismo, y eso —dicho con sinceridad— es el baile desde el fin de la guerra. Pero como ya en una ocasión, por mi amigo, había tocado a Wagner con su esposa, decidí también bailar con ella. ¡Todo lo que no debe hacer un cirujano! Bueno, bailamos. A mitad del Shimmy, me susurró: “Te amo, doctor, sólo te amo a ti”. Por supuesto, no respondí. Cuando regresamos a la mesa, le dije a mi amigo: “Su esposa acaba de declararme su amor. Soy el único médico al que quiere”.

Un par de días después, la temporada llegaba a su fin, le aconsejé a mi amigo que se fuera con su esposa a Inglaterra, a ver a sus suegros y, si quería, que volvieran el próximo año.

«”El próximo año vendremos sanos”, dijo. Y se fueron».

XII

«Al año siguiente, llegaron de nuevo, pero de ninguna manera sanos. Hablo en plural, pues mi amigo estaba tan enfermo como su mujer. El tifo es menos contagioso que la histeria, debe saberlo. Un demente no es peligroso porque pueda amenazar físicamente a su entorno, sino porque destruye poco a poco la razón de su entorno normal. La locura, en este mundo, es más fuerte que el sentido común, la maldad es más poderosa que la bondad.

«Durante el invierno recibí pocas noticias de mi amigo. Quizá mi consejo había sido malo. En casa de sus padres, la malignidad de la mujer ganó nuevas fuerzas; fue, por decirlo así, una fragua para sus armas. Médicos, hipnotizadores, ensalmadores, magnetizadores, curas, matronas: nada podía ayudarla. Un día, aseguraba que ya no podía mover las piernas. Y significativamente era poco después de la noche en que su marido —con su suegro, además— había ido por primera vez a un banquete desde la aparición de su enfermedad. Ahora bien, las piernas estaban realmente tiesas. Las muletas, las patas de palo, las prótesis son más flexibles. Las inmóviles, inamovibles piernas adelgazaban con rapidez, mientras el tronco engordaba sin cesar. Y como no soportaba a ningún desconocido, por supuesto que su marido, mi amigo, debía llevarla en silla de ruedas.

«Cuando fue a verme de nuevo, había encanecido y envejecido. Pero peor que eso: ese hombre noble tenía la actitud y el aire de un criado. Qué digo; era como un siervo. Como un recluta ante la llamada de su sargento, se ponía firmes cuando lo llamaba su mujer. La voz de ella se había vuelto más ronca y más aguda al mismo tiempo. Como una sierra zumbante cortando el aire. Además, tenía ojos relampagueantes, risueños, joviales, una sonrisa agradable, mejillas sonrosadas que se redondeaban, un hoyuelo en el mentón, que se hacía más grueso. Parecía un ángel tullido de Navidad, sin alas, sobre piernas miserables, flacas, firmes, inmóviles. Sin embargo, mi amigo, como decía, era como un lacayo. Un viejo cochero hubiera tenido aspecto de príncipe junto a él. Mi amigo se arrastraba con hombros encorvados, sobre rodillas flexionadas. Quizá se debía a que tenía que llevar eternamente la silla con su dulce carga por la vida. Sí. golpeado, esa es la palabra exacta, ¡parecía golpeado! Quizás

»Le pregunté cómo le iba en el amor, me refería al amor físico. Pues piense usted: ese hombre debía desnudar a su mujer noche a noche, llevarla a la cama en brazos y, por supuesto, acostarse junto a ella. El pobre temía que esa mujer fuera a engañarlo de nuevo si no la amaba. ¡Sí todavía se entusiasmaba con su belleza! A mí me habló con entusiasmo de su belleza, de la cual yo había visto su tronco engordado y sus piernas flacas.

«Lo que más le molestaba eran sus celos. No podía estar sola ni un momento, rechazaba a las enfermeras por miedo a que su marido pudiera enamorarse de ellas. Pero también estaba celosa de mí, de la recamarera, del mozo, del portero del hotel, del elevadorista. Juntos la acarreábamos a los conciertos, al café, al restaurante, como tiro de borrico, sujetos al cabo de su miserable y rechinante carretilla, jadeando en las tardes de bochorno, a veces, en la lluvia y el viento, sosteniendo un paraguas sobre su sombrero siempre a la moda, las mantas perpetuamente alisadas sobre sus rodillas. Modistas, costureras, cortadoras, revoloteaban, como mariposas en la luz, por el hotel donde vivía. Se detenía cada tercer ventana. Hacía que la metieran en las joyerías, donde se demoraba buscando la alhaja adecuada. Cada mañana llegaba el peluquero. Cada mañana, mi amigo tenía que acomodarla en la tina y, mientras ella jugaba con animales de goma, le leía revistas y estúpidas novelas inglesas de entretenimiento.

«Mi tratamiento ya no servía para nada. Ya no había, como decimos los médicos, “ganas de vivir ” en la mujer. En ella había arraigado demasiado la psicosis. Se reía de mí. Ya no tenía poder sobre ella.

«Nunca logré estar a solas con mi amigo. No nos dejaba solos ni un cuarto de hora. Busqué una salida. Finalmente creí encontrarla: debido a que rechazaba a una enfermera por celos, ¿cómo sería con un cuidador? Conocía a un buen muchacho de nuestro hospital. Hablé con él, estuvo de acuerdo. Lo llevé con la señora Gwendolin. A ella le pareció bien. “Pero no ahora”, dijo, “cuando regresemos; aquí no quiero dejarlos a ustedes dos solos”. En eso quedó. Poco antes del fin de temporada, se fueron a Londres con el joven cuidador.

«Sentía un ligero alivio: quizás ese cuidador podía facilitarle a mi pobre amigo al menos un par de respiros en Londres.

«¡Pero sucedió otra cosa! Apenas dos meses después, recibí una breve carta de mi amigo.

«Yo siempre había tenido razón, me escribió. Ahora, por fin, él lo sabía, pero nunca era demasiado tarde, iba a dejar a su esposa. La había sorprendido, por casualidad. en un abrazo íntimo con el joven cuidador. Pronto escucharía más detalles.

«Pero pasaron dos años. Escribí sin obtener respuesta. Ya no supe nada de mi querido amigo.»

XIII

«Un día viajé a París y fui, más por aburrimiento que por interés, a uno de los muchos centros nocturnos de Montmartre, frente a cuyas puertas montan guardia falsos cosacos tratando de atraer al interior a norteamericanos auténticos. Cansado y casi humillado por mi propia estupidez, me quedé sentado mirando a las parejas que bailaban. De pronto, distinguí a la señora Gwendolin. ¡Era ella, sin duda! Bailaba tina llamada Java del brazo de un gigoló con el pelo negro alisado y engominado. El hombre no podía ser otro que Lakatos. Es decir: Lakatos de Budapest es un tipo, no una personalidad. No tenía que ser necesariamente el viejo Lakatos de la habitación 52.

«De repente, la mirada de la señora Gwendolin cayó sobre mí. Dejó parado a su compañero de baile y vino a mi mesa, jovial, sonriente; una diosa. Me incliné por instinto para ver sus piernas. Piernas sanas, impecables, en medias de seda gris claro.

«”¿Qué? ¿Se sorprende, doctor?” —dijo—. “Me voy a sentar un momento”.

«Se sentó.

«”¿Dónde está su marido?” —pregunté—. “¿Por qué no escribe?”.

«Dos enormes lágrimas resplandecientes aparecieron a la orden, dos guardianes de la tristeza, en el rabillo del ojo.

«”¡Murió!” —dijo—. “Desgraciadamente se suicidó, por una estupidez”.

«De la bolsa sacó un pañuelo y un espejo al mismo tiempo.

«”¿Cuándo?” —pregunté.

«”¡Hace dos años!”.

«”¿Y hace cuánto que está usted sana?”.

«”¡Año y medio!”.

«”¿Y con el que está es su nuevo marido?”.

«”Mi prometido, el señor Lakatos, un húngaro, famoso bailarín, como quizás haya visto”.

«”¡Ay, el parásito!”, pensé y exclamé: “La cuenta!”, y pagué de inmediato y dejé a la mujer sentada y salí sin despedirme de ella.

«Muchas, muchas mujeres pasaron delante de mí. Algunas me sonrieron.

«Sólo sonrían, pensé, sólo sonrían, den vueltas, mézanse, cómprense sombreritos, medias, cositas. ¡Pronto se les acercará la edad! ¡Un añito todavía, dos! Ningún cirujano las podrá ayudar, ningún peluquero. Deformes, afligidas, amargadas, pronto, bajarán a la tumba, y todavía más abajo, al infierno. ¡Sonrían, sólo sonrían!».  n

Traducción de Javier García Galiano

El Chapo Guzmán: Una vida breve

La carrera del Chapo Guzmán parece responder a un solo estímulo: el de la venganza. Sus destinatarios: los hermanos Arellano Félix, igualmente poderosos y sanguinarios. Estas páginas dan cuenta de esa guerra, un episodio que no ha llegado a su fin.

Una vida breve

Eran catorce pistoleros, catorce jóvenes pistoleros. Llegaron al aeropuerto de Tijuana, procedentes de San Diego, el 18 de marzo de 1993, cruzaron migración y aduanas y se documentaron en el mostrador de la aerolínea. Iban a Guadalajara. No iban de paseo; iban a matar al Chapo Guzmán.

Todos pertenecían a la banda de la Calle Treinta, en Logan Heights. No se distinguían mucho de cualquier otra banda de San Diego. Tenían códigos de honor e iniciaciones violentas, sentimientos de pertenencia, conciencia de grupo, solidaridad de un modo salvaje y bronco. En otros tiempos bailaban, bebían, conquistaban… y de vez en cuando peleaban. La rutina cambió cuando apareció Charlie, un exconvicto de treinta años. Así entraron a la nómina del cártel de Tijuana. No les iba mal como guardaespaldas, golpeadores y enlaces de los hermanos Arellano Félix para traficar en San Diego. Ganaban mil dólares a la semana. Las ejecuciones a la medida se pagaban a treinta mil. No había de qué extrañarse: tenían entrenamiento para manejar armas de alto poder. Se hacían llamar “batos locos”.

Un bato loco sabe que nada puede evitar la muerte; sabe, entre lo más básico, que puede morir de bala o infarto. Eso no importa. Como sea. un bato loco se sabe muerto. En San Diego hay montones de ellos. A nadie le sorprende. Y en cierto modo hay razones para comprender su multiplicación: es más fácil ser un bato loco que resistirse a serlo.

En la banda, un bato loco tiene armas y puede posponer o evitar la muerte. No hay muchas elecciones en Logan Heights. Y una de éstas es vivir y morir como un bato loco, volando a gran altura, o morir sin gracia, sin ser de nadie. O perteneces a la banda o no perteneces a nada: o eres banda o no te reconoce ni tu familia.

¿Naciste en Logan Heights y te sientes solo? ¿Te alimentas de una mezcla de sueños de grandeza y desamparo? ¿Careces de apoyo? No te preocupes, a la hora menos pensada un bato loco llamará a tu puerta. Entonces te convertirás en uno de ellos. Quizá tus padres sean inmigrantes mexicanos, quizá ni lo sepas. Lo seguro es que un disparo desde un auto en marcha te perforará el estómago; te arrestarán por venta de crack, portación de arma y asalto; perforarás el estómago del hombre que impida el robo de su auto; cobrarás fama como bueno pa’ los chingazos, la cobrarás porque un día te mediste con catorce cabrones y uno terminó con diez cortes de navaja en la cabeza; y andarás prófugo y traficarás con PCP y portarás una identificación falsa y nadie te ganará en el arte de la sobrevivencia. Y en cierta ocasión recibirás la orden de matar al Chapo. Estudiarás sus costumbres, ubicarás sus casas de seguridad en Guadalajara, recibirás armas de Tijuana y te mantendrás pendiente de sus movimientos con el deseo picante de emboscarlo.

A las 3:45 del lunes 24 de mayo de 1993, sin pena ni señales amenazadoras a su alrededor, el Chapo Guzmán y cuatro de sus pistoleros ingresaron al estacionamiento del Benito Juárez a bordo de un Buick verde. Iban de paseo a Puerto Vallarta. Nadie se fijó en ellos. Avanzaron movidos por la fuerza de la desconfianza y volvieron a comprobar que nadie se fijaba en ellos. No hallaron un solo cajón vacío. De manera sorpresiva, el estacionamiento ofrecía la confección de un hormiguero: demasiada gente desplazándose de un lado a otro, demasiado alboroto, demasiado para un día cualquiera. Mientras el Buick verde se comportaba a vuelta de rueda, un marquís blanco ingresó al estacionamiento. Los mismos batos locos que llevaban más de dos meses buscando al Chapo sin dar con él, los mismos batos locos, hartos ya de Guadalajara y que. por casualidad, volaban de regreso a Tijuana, corrieron hacia el marquís blanco siguiendo la inercia y los informes que apuntaban al gusto del Chapo Guzmán por ese tipo de mastodontes. La cocaína estaba en muchos de ellos. Cocaína y Arellano Félix es una mala mezcla. Cocaína y Arellano Félix te ponen en plan de bato loco… y un bato loco es capaz de confundir al Chapo con el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.

Ese mismo lunes el cardenal se levantó muy temprano en su residencia de la calle Morelos, en el centro de Tlaquepaque. El día podría describirse como a merced de la rutina: a las siete de la mañana se metió a nadar un rato; desayunó y se preparó para celebrar, a las diez, la misa que oficiaba en la capilla de su residencia. Lo acompañaron tres monjas. A las once se fue a la catedral, donde recibió a varias personas. Poco antes de las tres regresó a comer a la finca. Un hecho rompió la rutina: debía ir al aeropuerto para recibir al nuncio apostólico Jerónimo Prigione que llegaría a las cuatro.

A las 3:45 de la tarde el marquís blanco ingresó al estacionamiento. Nada más puso un pie fuera, el cardenal fue recibido por las AK47 de Edgar Nicolás Mariscal Villegas y del Güero Jaibo. Trató de incorporarse y su primera reacción le llevó hasta la puerta; una segunda reacción lo movió a querer cerrarla. Pero uno de los pistoleros, situado al lado derecho le dio un gran jalón a la puerta, utilizando a la vez la metralleta, interpuso la pierna derecha y, de arriba hacia abajo, a bocajarro, le vació el cargador. El cuerpo del cardenal se inclinó mientras recibía catorce impactos, la mayoría en el tórax. Su chofer, Pedro Pérez García, forcejeó con los pistoleros. Quiso hacerse de una de las metralletas. También fue acribillado.

¿Y el Chapo? Nada es claro. Cuando se iniciaron los disparos, el Chapo y su gente se encontraron en un punto ideal de la línea de fuego. A su coche blindado le destrozaron los cristales y le reventaron las llantas delanteras. Pero consiguió avanzar trescientos metros. Descendieron del automóvil y abordaron un taxi, el número 30 del estacionamiento de Guadalajara. Habían reconocido al Chapo. Pero su pistola 38 súper con incrustaciones de esmeraldas y diamantes, una serpiente al acecho con las iniciales de Amado Carrilo, se portó muy bien, como siempre. Y, como siempre, corrió a buscar la protección de su compadre, el Güero Palma.

Ocho pistoleros huyeron a bordo de un vuelo comercial de Aeroméxico, el 110, con destino a Tijuana, cuarenta minutos después de iniciar la balacera. Tres de ellos ocuparon asientos de primera clase; los demás se instalaron en la zona de turistas. Llevaban dos grandes maletas de lona negra. Quien respondía al nombre de Carlos, muy bien protegido, por cierto, era en realidad Francisco Javier Arellano Félix.

Las pesquisas de la PGR y de la Procuraduría de Justicia de Jalisco arrojaron los siguientes detalles: el cuerpo del cardenal presentó 14 heridas con proyectil de arma de fuego, y diez el de su chofer. Los dos fueron encontrados en la parte delantera del Grand Marquis blanco, placas de circulación HTT1619, con impactos de bala en ambos lados. A diez metros de este automóvil se halló también un Century azul, placas de circulación JPG779, en cuyo asiento delantero yacía el cuerpo de Martín Alejandro Aceves; presentaba cinco heridas. A 25 metros se encontraron los cadáveres de Ramón Flores Flores y José Rosario Beltrán, originarios de Sinaloa. En vehículos abandonados en el estacionamiento se hallaron fusiles AK- 47; un rifle M-16; tres pistolas calibre 9 milímetros, 45 y 38 súper; nueve granadas de fragmentación; seis chalecos antibalas; setenta cargadores de calibres AK-47, 45, 9 milímetros y 38 súper; 789 cartuchos útiles; dos scanner y cuatro teléfonos celulares.

La policía se comportó según su estilo clásico: no salió al aire exterior, no participó, no rasgó el aire con sus balas en nombre de la seguridad pública, no se acercó ni pasó lista de presente. Según parece, la policía destacada en el aeropuerto Benito Juárez convino en que los hechos respondían a su estilo clásico.

Los Arellano Félix andaban tras el Chapo Guzmán porque meses antes el Chapo los puso frente a la experiencia límite de mostrar la vulnerabilidad de sus vidas.

A las 2.30 horas del domingo 8 de noviembre de 1992, cuando el tránsito de vehículos era escaso, a las puertas de la discoteca Christine en Guadalajara se estacionó un camión Dina blanco, de redilas recubiertas con lámina cromada, un denso cuerpo rugiente sin defecto alguno. De ahí bajaron unos cincuenta individuos deliberadamente disciplinados, con las movimientos justos para confundirse con militares. Portaban chalecos antibalas, cartucheras y rifles AK-47 y R15. Algunos llevaban granadas. Nada más abandonó su carga, el camión, seguido por tres camionetas —una suburban, una cheyene y una ram— avanzó unos cuantos metros sobre los carriles centrales y se quedó con el motor encendido. Lo custodiaban hombres con metralletas.

Con ropa oscura, con las armas echadas sobre los hombros, los individuos formaron tres líneas que se abrieron en un instante y en otro aún más breve se cerraron para rodear la discoteca del hotel Krystal. La primera y la tercera columnas se encargaron de cubrir el exterior; la columna central irrumpió mostrando credenciales de la policía judicial. Hablaron poco. Apenas dejaron salir una frase robada a la realidad más prosaica: “los tenemos rodeados”.

Un grupo se adelantó y se dirigió a la mesa del gerente, muy cerca de la barra y no lejos del baño, donde unas doce o quince personas acababan de sentir esa brusca sacudida que siempre lleva hacia adelante. Llevaban tres días de asistir a la discoteca Christine, repitiendo el mismo ritual a base de música de banda, vinos de calidad, mujeres hermosas y ostentación de rólex con incrustaciones de oro y pistolas a la vista. Eran los hermanos Arellano Félix. Mejor dicho, eran dos de los hermanos Arellano Félix.

Así pues, hubo fiesta de balas. En menos de ocho minutos se dispararon más de 1,000 tiros dentro y fuera. Dos de los muertos quedaron a un lado de la mesa, dos en el baño y otros dos en el umbral de una de las puertas de emergencia. Las víctimas: Jesús Humberto Rocha Rivera, de 25 años, e Ignacio Gómez Delgado de 34 años —ambos de Baja California y con credenciales de la Policia Judicial—; Armando Portilla Cabanillas y César Russell García, de Navolato, Sinaloa y, al parecer, también judiciales. Los otros dos cuerpos quedaron sin identificar y nadie fue a reclamarlos.

Todo, aun la violencia, tiende a la forma. Al terminar la balacera el comando se dispersó sin dejar de actuar como un solo cuerpo. Algunos corrieron hacia el camión dina, otros hacia las camionetas. Dos rezagados obligaron a un par de taxistas a conducirlos hasta la salida a Barra de Navidad. Se fueron como llegaron: tan disciplinados y fríos como cualquier compañía de ataque. (Para el expediente: una patrulla policiaca estuvo a punto de darle alcance al camión, no muy lejos de la subdelegación de la PGR, pero dos tipos con metralleta bajaron de una suburban y le asestaron cuarenta impactos.)

Francisco Javier y Ramón Arellano Félix escaparon por los ductos de aire ubicados en la zona de baños. Sus guardaespaldas habían tenido la fidelidad suficiente para aguantar la embestida de sus atacantes, herir a dos de ellos y brindarles algo de tiempo a sus patrones; ahí murieron.

Las guerras entre narcos también tienden a la forma. Por más cruentas que sean, por más apegadas a la barbarie y más asociadas a los ritos de la violencia, esas guerras persiguen la forma. El Chapo Guzmán fue en busca de los Arellano Félix porque meses atrás los Arellano Félix le dieron un mensaje sobre la vulnerabilidad de su vida. El 29 de

mayo de 1992. un carro bomba estalló en una de sus propiedades en Culiacán. Venganza, venganza, venganza: un bocado demasiado habitual en la vida de un narco. Más en la del Chapo. Su idea de la forma se apega a una imagen de la sangre corriendo. Y esa idea resulta incompleta sin el Güero Palma. Es inconcebible imaginar a uno sin el otro, no checa.

Yendo tras las huellas del Chapo damos con las del Güero. Todo se mueve deprisa: casi a un tiempo, el Güero recibió la cabeza de su mujer metida en una caja y la noticia de que sus hijos habían sido arroja

dos desde un puente. Su furia contra Félix Gallardo fue la furia contra los Arellano Félix, herederos naturales del imperio creado por Félix Gallardo desde principios ele los setentas hasta su aprehensión en 1989. Fidelidades sin fin: la furia del Güero fue la furia del Chapo.

En septiembre de 1992, gente del Chapo retumbó en la casa del Pedregal de la madre de Félix Gallardo y secuestro a casi una docena de sinaloenses al servicio del viejo cártel: los hallaron cerca de Iguala, con señales visibles de una clase de tortura de la mayor exactitud.

El Chapo Guzmán fue aprehendido el 8 de junio de 1993. Hasta 1995 estuvo recluido en Almoloya, luego fue trasladado al penal de Puente Grande. Jalisco, de donde se fugó el viernes 19 de enero de 2001. Nació el 4 de abril de 1957, en La Tuna, una ranchería serrana de Sinaloa. Su nombre: Archibaldo Guzmán Loera. Un dictamen psicológico lo define como mentiroso y peligroso. Es correcto suponer que siga tendiendo a la forma.   n

Roberto Pliego Escritor.

¿Qué hacer los domingos?

A MEDIA CALLE

¿QUÉ HACER LOS DOMINGOS?

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Me gustan mucho, muchísimo, las tiendas de barrio. Tengo grabadas en la memoria la serie de pequeños comercios que jalonaban la calle de Felipe Sanclemente. en Zaragoza, en uno de cuyos pisos nací. Recuerdo haber ido con la cocinera a alguna de aquellas tiendas en provisión de algo. Mi madre iba al Mercado Central por las mañanas. Allí hacía la compra de lo importante, la carne, la fruta y la verdura, No recuerdo haber comido pescado durante mi infancia. Era la posguerra: tiempo de sopas, legumbres, huevos fritos con patatas y carne picada. Cuando, después de haber pasado una enfermedad, yo me quedaba unos días en casa, sin ir al colegio, porque en mis tiempos, después de las enfermedades había un periodo de tránsito llamado convalecencia, acompañaba a mi madre al mercado y me quedaba seducida por el ambiente bullicioso de aquel recinto. Y me causaba, además, un gran asombro lo bien que mi madre se movía en el interior de aquel gran caos.

Ya en Madrid, las tiendas de la calle de Fernando el Católico, donde vivíamos, se me hicieron igualmente familiares y el Mercado Central de Zaragoza fue sustituido por el de Vallehermoso, a unos pasos de casa. Mi madre, fiel a su costumbre, iba todos los días al mercado y se estaba un buen rato hablando con los tenderos. Siempre que a lo largo de mi vida he acompañado a mi madre al mercado me he asombrado como me asombraba en la infancia de la naturalidad de mi madre en el mercado. Se diría que hubiera nacido en él. Y esa carencia, la del tiempo pasado en el mercado, fue. al fin de su vida, ya marcada por innumerables limitaciones, un continuo motivo de queja. Mi madre añoraba sus conversaciones con los tenderos, se añoraba a sí misma en el mercado. Había perdido una parte importante de su ser.

Tengo todos estos recuerdos, pero no tengo ahora cerca de mi casa una calle llena de tiendas. Vivo en un pueblo cercano a Madrid, pero tengo que recurrir al coche para hacer las compras cotidianas. No soy muy aficionada a conducir, de forma que suelo demorar las compras o las realizo por teléfono, lo que tampoco me gusta y lo que, por tanto, también suelo demorar. Ir en coche al centro de Pozuelo de Alarcón, el pueblo donde vivo, no resulta, por lo demás, nada recomendable. Aparcar es imposible. Pero allí, en el centro del pueblo, están los bancos y, sobre todo, está Correos, que es imprescindible para mí. De manera que suelo sobornar a uno de mis hijos para que me haga el recado y debo decir que estos sobornos me están costando cada vez más. Nadie quiere ir al centro de Pozuelo.

Dadas las dificultades de tráfico y aparcamiento que presenta el centro de Pozuelo, resulta muchísimo más sencillo ir al centro comercial más próximo y el más antiguo de la zona. En la actualidad, los centros comerciales han proliferado de tal modo que ya es muy difícil mantenerse fiel a uno de ellos. La gente, los coches, se desplazan los fines de semana en expedición de oteo. Los enormes aparcamientos rebosan. Familias enteras desembarcan en estos centros y deambulan, morosos y bulliciosos por las galerías. Si se quiere alboroto, ya se sabe a dónde ir. Ruido, gritos, empujones, largas esperas en los bares y cafeterías que anidan en los centros comerciales, junto a las tiendas.

Hoy por hoy, los centros comerciales no están abiertos todos los domingos, sino los dos primeros de cada mes y en alguna ocasión especial convenientemente anunciada en la prensa diaria. Si los centros comerciales no abren todos los domingos es porque los pequeños comercios se han agrupado para defender sus intereses y han conseguido de momento el cierre dominical de medio mes y pico. Sus argumentos son muy claros: los pequeños comercios nunca han abierto en domingo —a excepción de las panaderías, pastelerías y los quioscos de periódicos—, el domingo es su día de descanso, pero si los grandes centros comerciales abren sus puertas a las personas, muchas de las cuales no saben qué hacer los domingos, acuden a ellos, los llenan y compran cosas. Los dueños de los pequeños comercios alegan que ellos no pueden competir con el negocio de las grandes superficies y que no pueden contratar empleados para los días festivos, no sería rentable. En suma, si las grandes superficies están abiertas tanto los días laborables como los festivos, el pequeño comercio, las viejas y entrañables tiendas de barrio se irán al garete, es decir, se hundirán.

Hace unos días, los dueños de pequeños comercios convocaron una huelga, llamaron al cierre de las tiendas en un día laboral —un lunes, si mal no recuerdo— y, aunque las cifras que se dieron sobre los seguimientos de la huelga eran distintas según la fuente de origen, yo misma pude comprobar andando por las calles de Madrid que habían muchas tiendas herméticamente cerradas. Leí en la prensa el texto de la convocatoria a la huelga y, entre otras razones, o mejor, como conclusión de todas las otras razones que se daban, el pequeño comercio animaba a cerrar sus puertas en un acto contra “la sociedad de consumo y estupidez representada por las grandes superficies”. Cito literalmente.

Se preguntará el lector a dónde quiero ir a parar y quizá quiera saber si estoy a favor o en contra de los huelguistas.

Ya he dicho antes de nada que me gustan mucho las tiendas de barrio y que las echo de menos en mi vida actual. También he dicho que no me gusta demasiado conducir, por lo que ir en coche a un centro comercial me resulta gravoso.

Añado ahora que evito ir a cualquier centro comercial los fines de semana, sobre todo, en los domingos en que éstos están abiertos, porque el jaleo reinante me agobia y hasta me pone de mal humor. Pero no me atrevo a calificar a las grandes superficies como exponentes de la estupidez de la sociedad de consumo. Entiendo que los pequeños comercios expliquen sus argumentos y luchen por su supervivencia, pero invocar razones de carácter moralista me parece muy subjetivo y parcial. La moral es mucho más compleja que eso.

En esta sociedad de consumo en la que vivimos y en la que han proliferado los centros comerciales, los seres humanos están más solos que nunca. Las ciudades vacías y desoladas de los domingos producen intensas sensaciones de angustia en muchos de sus habitantes. No todo el mundo tiene una familia o unos amigos con quienes pasar el domingo. Las ciudades actuales están lejos de los viejos núcleos urbanos medievales, donde todo estaba tan reglamentado. El ciudadano de hoy, perdido, desamparado, busca la compañía de los otros, aunque para eso tenga que acudir a los sofocantes centros comerciales. La batalla del comercio no es una lucha entre buenos y malos. Esta es la sociedad que hemos creado y las razones de nuestra insatisfacción son muy hondas. Indaguemos en ellas, expongámoslas. Los viejos domingos han desaparecido. La solución no puede ser el centro comercial. Pero tenemos que meditar sobre ello, tenemos que ahondar en las razones de los cambios sociales y en todo lo que estos cambios han dejado al descubierto.  n

Soledad Puértolas. Escritora. Entre sus libros, Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.

El teatro fiscal (y sus actores)

EL TEATRO FISCAL (Y SUS ACTORES)

POR ANDREA ORNELAS

El gobierno de Fox necesita más recursos, y los necesita para atender, entre muchas cosas, dos asuntos prioritarios para el desarrollo: la salud y la educación. México se juega mucho con la reforma fiscal. Pero de qué hablamos cuando hablamos de ella. La claridad y la sencillez profunda de este artículo nos ayudan a comprenderla mejor, desde un lugar privilegiado en las primeras filas.

Vicente Fox se bajó del avión en Davos con el propósito de ofrecer a México ante los inversionistas de todo el mundo como el próximo milagro económico, como la “tierra del hoy, hoy, hoy”. Sin embargo, colocarnos en la dirección que busca el presidente de la República implica el respaldo del Congreso de la Unión en al menos tres reformas:

• Apertura eléctrica. Vicente Fox debe conseguir el apoyo legislativo en el desarrollo de un nuevo modelo que involucre inversión privada para garantizar el abastecimiento futuro de energía eléctrica en México. El gobierno no tiene recursos suficientes para invertir en este sector, que durante los próximos cinco años necesita unos 250,000 millones de pesos, según estimaciones de la Secretaría de Energía. Sin la participación del sector privado será imposible liberar un monto de esta naturaleza y esto exige modificar la legislación vigente para abrirla a la inversión privada.

Las inversiones son urgentes porque los proyectos eléctricos tardan un mínimo de cuatro o cinco años en madurar y ofrecer resultados. En 1999. Ernesto Zedillo envió al Congreso la primera iniciativa para abrir el sector eléctrico; su propuesta fue rechazada.

Si el gobierno no obtiene noticias este mismo año, el crecimiento de la demanda no podrá atenderse de manera eficiente a partir del 2003. Para el 2007 el problema pondría en riesgo la operación cotidiana de empresas, gobierno y ciudadanía en general.

•  Reconversión del sistema financiero. Se ha vuelto imperativo realizar ajustes que obliguen a la banca comercial a reducir sus márgenes de intermediación (el costo en el que incurren por realizar operaciones) para que las tasas de interés bajen y el crédito sea más accesible. Durante la administración recién concluida (1994- 2000), el crédito bancario se contrajo 75%, lo que implica que por cada 100 pesos prestados antes de la crisis de 1994, en el 2001 había sólo 24 pesos colocados como crédito.

•  Reforma fiscal o hacendaría. El gobierno cobra impuestos por el equivalente a 11% del PIB cuando las economías desarrolladas ingresan alrededor de 20% del PIB como mínimo. El objetivo de este gobierno es, pues, elevar los ingresos para revertir rezagos sociales acumulados. La herramienta central de esta reforma es la política impositiva y en particular el IVA que, al ser un impuesto que grava el consumo, es más difícil de evadir porque todos, empresas y personas físicas, somos consumidores constantes.

Las prioridades del 2001 tienen un rasgo en común: la necesidad del gobierno de deslindarse de tareas que puede realizar el sector privado (reforma eléctrica), que exigen una banca fuerte que apoye el esfuerzo (reforma financiera), con el objeto de permitir al gobierno concentrarse en tareas de desarrollo social que le exigen un mayor gasto público (reforma fiscal). Esta última implica, además, pedirle a la población que haga el esfuerzo de pagar impuestos que el Estado le devolverá con más y mejores servicios, además de inversiones en educación, infraestructura y abatimiento de la pobreza.

En el tema de los impuestos el gobierno tiene que convencer a cuatro grupos centrales para conseguir su objetivo: el legislativo, los empresarios, los contribuyentes y los evasores. Se tiene una idea de cuánto se evade (entre 35 y 40% del ISR y del IVA), pero no de cuántos evaden. De todos los participantes en la economía, será el poder legislativo el que tenga la última palabra porque las decisiones de ingresos y gasto público son un asunto estrechamente ligado a los vaivenes políticos.

¿Es realmente necesaria una reforma tributaria? El primer asunto por dilucidar es si verdaderamente el gobierno requiere más ingresos públicos o no, sobre todo cuando las últimas administraciones probaron de sobra que la forma de gastar lo que recibieron de sus contribuyentes no fue ni eficaz, ni transparente, ni apegado a los mandatos del Congreso. Y no sólo eso: México es cada vez menos rico y menos equitativo. En el año 2000 el salario mínimo de la población representó sólo la mitad del que tenían los trabajadores hace 35 años.

¿Para qué entonces pedir más recursos si los resultados no han sido satisfactorios? La respuesta nos remite a otra pregunta todavía más sustancial: ¿qué país queremos tener? O bien: ¿qué país podemos tener? El problema al que se enfrentará el gobierno de Vicente Fox es que esta batalla es mucho más política que económica. Los tres principales partidos representados en el Congreso han dejado claro que no están dispuestos a asumir el costo en posición y clientela electoral implícito en una reforma fiscal, léase incremento al IVA.

Un ejemplo de ello fue la actitud de los diputados panistas que se reunieron en privado con Francisco Gil durante los primeros días de febrero, en Ixtapan de la Sal, y donde sancionaron el asunto en unas cuantas palabras: “No se aceptará nada que afecte a la población porque ello representa un costo político innecesario que no queremos asumir”. El PRI y el PRD tampoco están dispuestos a apoyar la iniciativa de gravar alimentos y medicinas con IVA. sin pedir algo a cambio, como más recursos para los estados que gobiernan, o algún otro tipo de concesión política.

Antes de hacer los cálculos relacionados con la clientela política de cada partido, resulta indispensable revisar algunos datos fríos. Un gasto raquítico para la salud. Las cifras de finanzas públicas más recientes en el mundo (1999-2000) ofrecen una referencia digna. En los países desarrollados el gasto destinado a la salud nunca es inferior a 6% como proporción del PIB. En los países latinoamericanos, el gasto destinado a la salud es de 4.3% del PIB en Argentina, y el 3% en México, Brasil y Chile, la mitad de lo que proporcionalmente canaliza Estados Unidos y una tercera parte de lo que los alemanes consideran pertinente. Nuestros rezagos en salud exigen al menos el doble del presupuesto.

Demasiado poco para la educación. Una de las pocas vías que han probado su capacidad para distribuir el ingreso a largo plazo es la inversión en educación. Otro sólido argumento para justificar la necesidad de un mayor ingreso público es la insuficiencia del presupuesto educativo. México destina 5% del PIB a este objetivo, cuando requeriría al menos 8% del producto, según reconocieron los estrategas económicos de Vicente Fox durante su campaña proselitista. El 8% del PIB es consistente con el porcentaje que Estados Unidos o Canadá destinan a este objetivo.

Los precarios resultados obtenidos por México en materia educativa se ilustran con claridad en el último Reporte de Competitividad Global 2000, elaborado en agosto pasado por los investigadores Michael Porter, Jeffrey Sachs y Andrew Warner de la Universidad de Harvard. Los especialistas intentan calificar o poner la competitividad de las economías en un ranking, en donde 1 significa lo mejor y 59 lo peor. Uno de los rubros que evalúan es la calidad cuantitativa y cualitativa de la educación. El primer caso significa cuántas escuelas existen para el número de habitantes de un país y, en el segundo, si la calidad de la educación pública es equiparable a la privada. En los dos indicadores México ocupa el nada gratificante lugar 50.

El Statistical Yearbook 1999 elaborado por la UNESCO coloca a México en el lugar número 39 entre 59 naciones, según el promedio de educación para individuos mayores de 25 años. El promedio de escolaridad nacional no ha logrado rebasar los siete años, lo que nos coloca detrás de países como Israel (19), Argentina (28). Chile (32) y Perú (37).

Una de las razones por las cuales no hay una mayor oferta de educación media y superior en el país es porque cada estudiante en aulas públicas le cuesta al gobierno, o dicho con más claridad, a nosotros los contribuyentes, 10,713 pesos anuales, según los anexos del VI Informe de Gobierno de Ernesto Zedillo.

La inacabable pobreza. Para todos los gobiernos el problema de la pobreza ha sido, al menos en términos declaratorios, asunto central, y Fox no es la excepción. El caso es que el número de pobres no disminuye.

México no cuenta con un consenso político para medir la pobreza. Sin este acuerdo —suficientemente respaldado por los académicos— no es posible medir los resultados de las políticas públicas dirigidas hacia los sectores marginados.

Las definiciones teóricas sobre la pobreza varían de país en país, y de gobierno en gobierno, pero una referencia internacionalmente aceptada incluiría dentro del renglón de “pobreza” a todo aquel que viva con aproximadamente 4 dólares diarios o menos. En tanto, la “pobreza extrema” implica sobrevivir con un dólar diario o menos. En enero el INEGI concluyó el estudio denominado “Niveles de Bienestar 2000″, en el que reconoce que 43% de la población, unos 40 millones, vive con menos de un salario mínimo mensual, lo que equivale a unos 120 dólares mensuales. Más aún, el INEGI establece también que de este grupo de 40 millones, casi la mitad (17.4 millones) está postrada en la llamada “pobreza extrema”.

En un país como México, 80 centavos de cada peso erogado de gasto programable tendría que destinarse a proyectos de carácter social. ¿Por qué? El gobierno divide el gasto en dos grandes rubros: programable y no programable. En el primero está todo aquello que puede preveer, como los recursos que transfiere para educación, salud, vivienda, el IFE, el poder legislativo, el judicial, la burocracia. El gasto no programable incluye todo lo que tenemos que pagar pero no sabemos cuánto va a costar: los intereses de la deuda pública o las participaciones a estados y municipios (que están directamente relacionadas con los niveles de recaudación).

El objetivo de Fox es aumentar el gasto social en al menos 2% del PIB a partir del año 2002, si el Congreso lo respalda con la reforma tributaria. Esto permitiría que en lugar de canalizar a gasto social 60 centavos de cada peso del “gasto programable”, se destinaran 80 centavos de cada peso.

El Programa de Educación, Salud y Alimentación, conocido como Progresa, el más ambicioso proyecto contra la pobreza de la administración anterior, ahora recuperado por la administración de Vicente Fox, sólo atiende a 11 millones de pobres extremos. También otorga 2.2 millones de becas al año para educación primaria, aunque se requerirían cuatro veces más como mínimo, esto es, 8 millones de becas o espacios donde se imparta educación pública, ya que hay más de 30 millones de niños menores de 15 años y la matrícula de estudiantes (pública y privada) es de sólo la mitad (14.8 millones). Asimismo, otorga 20 millones de consultas médicas gratuitas, cuando se necesitan 3.5 veces más, pues de acuerdo con estimaciones de la Secretaría de Hacienda la población que vive en pobreza requiere atención médica al menos cuatro veces al año (vacunas, servicios de maternidad, atención a la senectud, etcétera).

,;De dónde proviene “lo poco” que ingresa el Estado? Las finanzas públicas son siempre un tema intrincado y complejo, ya que el sector público tiene mil caminos para obtener ingresos y otros tantos para gastarlos. Sin embargo, la forma más sintética de agruparlos incluye los ingresos que genera el gobierno, que equivaldrán a 15.3% del PIB este año, y los que generan las paraestatales otro 5.71% del producto. Dentro de los ingresos del gobierno están los tributarios (11% del PIB) y los no tributarios (4.3% del PIB). En tanto, dentro de los ingresos de las paraestatales, que representan 5.71% del PIB este año, la mayor parte proviene de Petróleos Mexicanos. Sin embargo, en los ingresos tributarios, que son los que nos ocupan, los datos oficiales dejan claro que sólo uno de cada siete mexicanos cumple con el fisco.

Según la Secretaría de Hacienda hay casi 8 millones de asalariados que son contribuyentes cautivos, y hay otros 6.3 millones de personas físicas que tributan voluntariamente a través de sus declaraciones trimestrales. Sólo hay 500,000 empresas en México que pagan impuestos y sólo 10,000 de ellas, que representan el 5% del total, pagan el 60% de los impuestos tributados por las empresas, ya que son grandes consorcios. Por tanto, los niveles de evasión son alarmantes. El incumplimiento, que incluye a empresas y personas físicas que deliberadamente deciden no pagar al fisco, equivale a entre 35 y 40% del ISR y del IVA actual.

Así, debido al incumplimiento, el cobro de impuestos se traducirá para el gobierno en ingresos de sólo 11% del PIB este año, lo que equivaldrá a 665,997 millones de pesos. ¿De qué estamos hablando? Si todos cumpliéramos con el fisco puntualmente, con el esquema actual y sin cobrar IVA sobre alimentos y medicinas, el gobierno tendría ingresos adicionales por unos 210,000 millones de pesos, esto es, 3.5% del PIB adicional. Sin embargo, el gobierno no va por tanto con la reforma fiscal. En principio sólo quiere recuperar 2.5% del PIB a través del cobro de IVA sobre alimentos y medicinas y una reducción paulatina de la evasión. Esto le permitiría obtener ingresos adicionales por 150.000 millones de pesos en el 2001. Estos recursos serían suficientes para saldar en cuatro años el costo total del rescate financiero que se gestó vía Fobaproa (hoy Instituto de Protección al Ahorro Bancario). Si se les busca un destino más interesante, son también suficientes para duplicar el gasto destinado a salud en México.

No obstante, como mera referencia, vale citar que el promedio de ingresos tributarios de América Latina es de 18.1%, lo que significa que —sólo para igualarse con sus homólogos de la región— México necesitaría elevar sus ingresos vía impuestos en 7% del PIB. lo que equivale a la nada despreciable suma de 420,000 millones de pesos. Estos recursos serían suficientes para cubrir dos veces el presupuesto total sumado de los poderes legislativo, judicial, el IFE y de la Comisión Nacional de Derechos Humanos en el 2001. Más aún. son equiparables a 33 veces el gasto destinado a Progresa este año. Sí, 33 veces los recursos que se canalizarán al principal programa de abatimiento de pobreza en México.

Por otra parte, nuestro país enfrenta también una elevada dependencia petrolera que se corregiría si los ingresos tributarios alcanzan promedios internacionales esto es, si se logra que lleguen a un 17% del PIB como mínimo.

Aunque el gobierno logró “despetrolizar” la economía luego del descalabro ocurrido durante el gobierno de José López Portillo, no lo consiguieron las finanzas públicas. México se abrió en materia comercial y diversificó las exportaciones; no obstante, para las finanzas públicas 35% de los ingresos se derivan aún de la venta de petróleo. Por tanto, por cada dólar que baje el petróleo con respecto a la estimación del gobierno, éste pierde 6,000 millones de pesos que tendrá que compensar vía recortes al gasto, ya que no tiene margen de maniobra en los ingresos tributarios.

¿Para qué pagar?

En la batalla fiscal todo dependerá del acuerdo al que se llegue con respecto a dos puntos de vista en el gobierno. Todo dependerá de quién tome la batuta en la negociación. Si es Vicente Fox. es muy probable que el ISR baje de forma paulatina (para personas y empresas) desde que entre en vigor la reforma porque ésta fue la instrucción que dio como presidente electo a su equipo económico de trabajo encabezado por Luis Ernesto Derbez y Eduardo Sojo. Por ello, si Fox hace suya la reforma fiscal exigirá que existan compensaciones en materia de ISR. para personas físicas a través del ahorro de largo plazo (que quedaría exento del pago de este gravamen vía afores o bancos) y para las empresas reduciendo la carga de ISR para todo aquel que reinvierta utilidades.

Sin embargo, si delegara esta tarea al 100% en Francisco Gil Díaz, su secretario de Hacienda, esta reforma será fundamentalmente recaudatoria, esto es, sólo buscará garantizar más ingresos para el gobierno sin compensar al contribuyente de otra forma que no sea a través de más y mejor gasto, así como de la simplificación en los trámites fiscales. Gil Díaz quiere gravar con IVA alimentos y medicinas, que hasta ahora se encuentran exentos en el primer caso y con tasa cero en el segundo. Cuando se habla ele “homologar” el IVA, lo que el gobierno está planteando es aplicar una sola tasa de 15% para todo tipo de consumo. Todo.

Este 15% se traducirá en un incremento en precios que afectará el bolsillo de las personas físicas y las compras que hagan las empresas, cuyos insumos también se encarecerán.

Sin embargo, más allá del deterioro que podría experimentar buena parte de la población al pagar IVA por productos que antes no lo generaban, hay al menos dos beneficios en puerta para el contribuyente. Más gasto social: recursos destinados a objetivos prioritarios para los grupos de menores ingresos, como salud, educación, vivienda y proyectos para abatir pobreza. Menos evasión de impuestos: que los que nunca han pagado empiecen a hacerlo y también que las cargas se equilibren.

Hasta el momento, el esquema vigente del IVA exenta del pago de este impuesto a toda la población, incluido al 20% de la población que concentra 80% de la riqueza nacional, según reconoce el propio INEGI. Una reforma obligaría a esa población a pagar IVA, recursos que serían canalizados a la población que vive en pobreza a través de proyectos específicos de desarrollo. Hay un tercer beneficio que sólo se presentaría en caso de que sea Vicente Fox quien conduzca la reforma fiscal y no Francisco Gil Díaz. Se buscará que la carga de ISR se reduzca para personas físicas y morales desde que la reforma entre en vigor, esto es se compensará al contribuyente permitiéndole pagar menos impuestos sobre su ingreso, ya que aumentará el que está ligado a su consumo.

La reforma fiscal integral implica también nuevos esquemas del gobierno para reportar lo que hace, cómo gasta, en qué y, sobre todo, la forma cualitativa en la que ofrece resultados. No es sólo gastar más en educación o salud, sino los resultados que se obtienen con esos recursos. Un estudio realizado por el Banco Mundial en 1998 sobre la forma en la que gastan los distintos gobiernos arrojó una conclusión interesante. Latinoamérica gasta más o menos lo mismo que Asia en educación y los resultados cualitativos son mucho mayores en este último continente. Una reforma fiscal también abre la puerta para que los contribuyentes y los partidos políticos exijamos al gobierno que nos ofrezca resultados cuantificables sobre las decisiones de gasto.

Para las entidades federativas, una reforma fiscal implicaría asumir la responsabilidad a la que se han estado negando, que es cobrar algunos impuestos locales a servicios como el turismo o al consumo local (un 2% adicional al IVA federal).

El rechazo ha estado vinculado con el costo político de cobrar gravámenes por entidad, pero a cambio tendrían recursos disponibles para cubrir su propia agenda de necesidades. Hay una queja constante de que los recursos públicos que llegan a los estados están “etiquetados”; sin embargo, pocos gobernadores han aceptado que el camino más sencillo y eficaz es que ellos se hagan cargo de una parte de la recaudación.

El costo inflacionario

Curiosamente, y contrario a lo que se esperaba en principio, Banco de México —cuya misión, según la Constitución, es abatir la inflación paulatinamente— recibió de buena gana la idea de una reforma fiscal integral bajo la premisa de que sí es indispensable elevar los ingresos del gobierno. La reforma le costará al banco central un incremento de golpe de 3 puntos sobre la inflación, esto es, si la meta del 2001 es que los precios no aumenten más de 6.5%, éstos se irían en automático a 9.5%. Pese a ello, Guillermo Ortiz Martínez aseguró que el impacto sería compensado en unos cuantos meses porque el país requiere dicho ajuste tributario. Su prioridad es no perder de vista el objetivo inflacionario de mediano plazo, 3% para el 2003. y asegura que ése no está en riesgo.

El controvertido IVA y el resto de los gravámenes o la “madre de todas las reformas fiscales”.

La complejidad de los temas tributarios es bien sabida. Cada año la Secretaría de Hacienda propone adecuaciones diversas legislaciones y el paquete de ajustes es conocido en el Congreso como miscelánea fiscal. Como resultado de lo anterior, todos los meses de enero los despachos fiscales se dan a la tarea de “traducir al español”, para empresas y personas físicas, los ajustes recién aprobados por el legislativo en diciembre, realizan foros, emiten opiniones y, sobre todo, asesoran a sus clientes.

Está vez México va por la “madre de todas las reformas fiscales”. La propuesta preliminar del gobierno estará en la Cámara de Diputados antes del 31 de marzo, según los planes de la Secretaría de Hacienda, al menos a nivel de borrador para discusiones extralegislativas. Paralelamente, durante todo este mes, los partidos políticos, el sector privado y los académicos realizarán encuentros y elaborarán documentos en los que fijen su posición en torno a la nueva estructura fiscal que requiere el país. El Congreso sesionará de forma ordinaria entre el 15 de marzo y el 30 de abril y espera tener conclusiones sobre el tema antes de que concluya dicho periodo ordinario.

En todos los casos los impuestos estelares de la discusión serán dos y en ellos habremos de centrarnos: IVA e ISR. Estos dos gravámenes representarán el 72% de los ingresos tributarios del gobierno en el 2001, según la previsión contenida en la Ley de Ingresos de la Federación aprobada por el poder legislativo.

El maldito IVA

La controversia y el desacuerdo de buena parte de los políticos y la opinión pública se centra en el Impuesto al Valor Agregado. El gobierno de Vicente Fox quiere gravar alimentos y medicinas con IVA. No queda claro aún si sería a partir de una tasa general de 15% o si ésta sería menor. El primer punto, por tanto, sería determinar las implicaciones de esta propuesta y definir si 15% es una referencia elevada o no.

Lo cierto es que más allá de los argumentos de la Secretaría de Hacienda, de que los ingresos tributarios deben fortalecerse para depender menos del petróleo, que convencieron poco durante la administración de Ernesto Zedillo, es verdad que la tendencia internacional en materia impositiva apunta a fortalecer los impuestos indirectos para liberar la carga de los impuestos directos. Esto es, crecen los impuestos al consumo para reducir los impuestos que gravan el ingreso, en el caso mexicano, IVA e ISR respectivamente. En América Latina el IVA promedia 18% y en Europa supera el 20%. La tasa máxima de México es de 15%, pero su estructura actual se administra a partir de un esquema muy complejo que es una de las razones centrales de los elevados niveles de evasión que registra, pues contempla

exenciones, tasa cero, tasa 10% y la antes citada de 15 por ciento.

Exención: para el consumidor de alimentos y medicinas. Tasa cero: beneficia al sector farmacéutico que está obligado a pagar IVA a la Secretaría de Hacienda, pero como no lo cobra al consumidor entonces tiene el derecho a pedir la devolución del mismo más adelante, proceso que complica la tributación. Tasa 10%: se utiliza para gravar bienes y servicios en la zona fronteriza del norte del país para no poner a México en desventaja frente a Estados Unidos. Tasa 15% o tasa general: es la que se paga por la ropa, servicios, viajes, electrodomésticos y, en general, por cualquier bien consumido que no sea de primera necesidad.

La multiplicidad de tasas enreda la fiscalización o proceso para vigilar que los impuestos se paguen a tiempo y en la proporción correcta. Como resultado de la estructura actual, sólo 45% de los bienes que se consumen pagan impuestos. El problema es que obligar a una tasa general afectará sin duda a los 40 millones de mexicanos pobres. De entrada, este año el IVA generará ingresos por 207,236 millones de pesos, que son 32% de las percepciones totales que se obtendrán vía impuestos.

Algunos escenarios:

1. Tasa 15%. Si el gobierno de Fox propusiera una tasa general de 15% sobre todo tipo de consumo obtendría ingresos extras por al menos 3% del PIB, unos 180,000 millones de pesos. Incrementando con ella la recaudación de impuestos a 14% del PIB, aún lejos del promedio latinoamericano de 18 por ciento.

2.- Tasa 12%. Si el Ejecutivo opta por una tasa general de 12%, que también se ha manejado en los escenarios preliminares, la tasa máxima se reduciría en 3 puntos porcentuales abaratando una larga serie de productos; el problema es que el 80% de los mismos no son accesibles para esos 40 millones de pobres en México. Esto es, el beneficio de una reducción de la tasa general a 12% beneficiaría a la clase media, media-alta y alta del país y atacaría directamente a los grupos de bajos ingresos que comenzarían a pagar IVA por sus alimentos y por las medicinas. Para el fisco, se lograrían ingresos adicionales por 1.5% del PIB, unos 90,000 millones de pesos.

2.- Tasa 10%. Si el Ejecutivo homologara el IVA en 10% no ganaría recaudación en lo inmediato, pero tampoco perdería un 5 por concepto de este impuesto. Su ganancia sería exclusivamente una fiscalización y administración mucho más sencilla que reduciría los niveles de evasión, lo que a la larga sí se traduce en mucho dinero adicional. Nuevamente, los grupos beneficiados serían los de elevado ingreso porque pagarían 5 puntos porcentuales de IVA y los dañados serían los de menores ingresos. ¿Los pobres subisidian a los ricos? Queda claro que la población con menos ingresos sería la más golpeada por este impuesto. Por tanto, la compensación para esos pequeños contribuyentes sería a través de gasto, subsidios y ahorro. Concretamente, el gasto en proyectos educativos, de salud y de infraestructura tendría que crecer de inmediato. Por otra parte, tendrían que multiplicarse los programas de abatimiento de pobreza, salud rural, campañas de vacunación y los subsidios tendrían que canalizarse de forma directa a la población de menos ingresos a través de bonos canjeables o servicios específicos que no reciba ningún otro grupo de la población.

En materia de ahorro, la Secretaría de Hacienda —propuesta que ya está en análisis— exentaría del pago de ISR inversiones de largo plazo, muchas de ellas a través de las afores, lo que aumentaría los ingresos de los trabajadores cuando lleguen al retiro.

El futuro del ISR está estrechamente ligado a lo que se decida sobre el IVA. Lo cierto es que cualquier ajuste sería a la baja, las tasas se reducirían. Por ejemplo, la tasa máxima para empresas que reinviertan sus utilidades y generen empleo podría ser de 28% y no del 32% actual, según los escenarios preliminares.

Para personas físicas también habría noticias, volverían a estratificarse los ingresos en el tabulador de ISR con objeto de no llegar tan rápidamente a la tasa máxima de 35%.

2001, el año clave

Vicente Fox está tomando al pie de la letra un consejo que recibió en Chile en agosto del 2000, durante su gira como presidente electo por Sudamérica. En encuentros privados con el presidente chileno Ricardo Lagos y con el expresidente Eduardo Frei, ambos le dijeron: “Es ahora o nunca. Usted tiene que capitalizar la euforia de la gente en las elecciones para obtener su apoyo en la reforma fiscal, después será más difícil”, como se publicó en el periódico El Economista durante los días de la gira.

El equipo de Vicente Fox lo sabe y aunque el anuncio de la intención de una reforma fiscal fue atropellado. no ha quitado el dedo del renglón porque no será igual de sencillo este proceso en el 2002 o el 2003.

Partidos políticos

El presidente de la República se enfrentará a las tres principales fuerzas políticas. Ni siquiera el PAN está de su lado porque el costo político de la reforma tributaria es elevado. PAN, PRI y PRD se oponen en principio a gravar alimentos y medicinas si no hay toda una estrategia integral para compensar a los más pobres; nadie quiere perder capital político. Pero sí están dispuestos a gastar los recursos adicionales que se obtengan. El PR1 critica agriamente al gobierno por no haber enviado ya una propuesta preliminar de reforma y el PRD ya comenzó a hacer la suya.

Hasta el cierre de esta edición, el PAN y el PRI podían darle una sorpresa a Fox. El presidente de la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública de la Cámara de Diputados, el panista Luis Pazos, se reunió a trabajar con el priista Jorge Chávez, secretario de la Comisión de Hacienda, para hacer una “propuesta legislativa” de reforma fiscal, con lo que podrían desplazar a la iniciativa de Fox.

Nada está escrito con tinta indeleble. Estas semanas serán claves para que México consiga un ingreso público competitivo o para asestar un fracaso político rotundo sobre la espalda del primer presidente panista.             n

Andrea Ornelas Periodista. Colaboradora del periódico El Economista.

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

22

Porcentaje de jóvenes mexicanas que abortarían ante un embarazo no deseado.1 80

Porcentaje de mexicanos que aprueban el uso de la “pildora del día siguiente” ante un embarazo no deseado.2 3,000,000 Abortos por año en Rusia.3 2,000,000 Sifilíticos entre la población joven en Rusia.4 10,000 dólares Precio de un corazón artificial.’

48,900,000 dólares

Ganacias anuales de un equipo de la liga inglesa de fútbol.6

12,000 Suicidios al año en Francia.”

140,000 Intentos de suicidio al año en Francia.8

2,531

Suicidios en México durante 1999.9 417

Intentos fallidos de suicidio durante ese mismo año.10

1,982

Animales en el zoológico de Chapultepec.11

70

Porcentaje de italianos que sufren habitualmente de soledad.12

100,000

Organos humanos almacenados en hospitales e institutos médicos de Inglaterra.13

20

Porcentaje de empresas en Italia que son controladas por la mafia.14

 800,000,000,000 dólares Bienes de capital de la mafia italiana.15

14,000 Sismos que ocurren al año en el mundo.16

830,000 Víctimas del terremoto de 1556 en Shansi, China.17

242 pesos Salario por pelea de un juez de box en el DF.18

540

Controladores de tráfico aéreo en México.19

16.35

Kilos de carne que un mexicano consume al año.20

50

Litros de cerveza que un mexicano consume al año.21

 6.8

Litros de agua necesarios para producir un litro de leche pasteurizada.22

214

Ríos que cruzan dos o más naciones.23

 260,000 Palestinos que han perdido su empleo desde que comenzó la nueva intifada,24

Fuentes: 1-2. La Jornada: 8 de febrero de 2001; 3-4. La Jornada: 4 de febrero de 2001; 5. Milenio: 26 de enero de 2001; 6. Reforma: 29 de enero de 2001; 7-8. La Crónica: 6 de febrero de 2001; 9-10. La Jornada: 6 de febrero de 2001; 11. Reforma: 29 de enero de 2001. 12-13. Unomásuno: 3 de febrero de 2001; 14-15. Milenio: 29 de enero de 2001; 16-17. La Crónica de febrero de 2001; 18. La Jornada: 6 de febrero de 2001; 19. La Jornada: 11 de febrero de 2001. 20-21. Milenio: 1 de febrero de 2001; 22. Reforma: 6 de febrero de 2001; 23. Milenio: 18 de febrero de 2001; 24. La Jornada: 18 de febrero de 2001.

Roberto Pliego Escritor. Es subdirector editorial de la revista nexos.

El fin de la propiedad

EL FIN DE LA PROPIEDAD

POR SAMUEL SILVA

Napster es un sitio de Internet donde el usuario tiene acceso gratuito a toda la música del mundo. Ciertamente, Napster pone en entredicho la propiedad intelectual. Paradoja de la globalización: más de 40 millones de usuarios del Napster saben que si la música pertenece al mundo, entonces no pertenece a nadie.

Tres mandamientos inventó George Orwell para la tiranía de su novela 1984: guerra es paz, odio es amor, ignorancia es fuerza.

Hoy el fascismo y el comunismo se ven como simétricos fantasmas en un espejo distante. Las frases de Orwell no han perdido su fuerza como slogans de una pesadilla totalitaria, pero para la mayor parte del mundo no son ya una amenaza sino un recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue.

Pero está pasando que para algunos puede ser peor. Casi sin que nos demos cuenta, el capitalismo se está convirtiendo en comunismo. La frase puede sonar a cinismo amargo. Puede ser un chiste cruel para este nuevo siglo carente de utopías. Capitalismo es comunismo. Lo estamos viviendo. Y lo ha traído Internet.

Ejemplos hay más de uno. Partiendo por Napster, el famoso, el infame software para bajar música de Internet. Recuerdo el asombro de entrar a Napster por primera vez y descubrir con gula que toda la música del mundo estaba a un clic de distancia. ¡Y gratis! De Silvio Rodríguez a Peter Gabriel, de Bach a Gyórgy Ligetti, de lajoni Mitchell a la Luz Casal, de Led Zeppelin a Metallica y Creed, de la Billie Holiday a la Diana Krall. de Albita a Salif Keita y a Nusrat Fateh Ali Kahn. Recuerdo esos ya lejanos meses de mediados de 2000 cuando empecé a bajar canciones y al hacerlo empecé a recordar otras canciones que no escuchaba hace décadas: Los Bric-a- Brac, Buddy Richard. Los Angeles Negros, Los Kinks. Cientos de canciones más tarde, había guardado en el disco duro de mi computador la banda sonora de mi propia vida.

Napster y sus clones. Toda la música que quisiéramos tener la tenemos de pronto en nuestro computador personal para escucharla cuando nos dé la gana. ¿Pero nos pertenece? Para tener acceso a toda la música del mundo, los que usamos Napster —somos ya más de 40 millones— hemos abierto nuestros computadores a todos los demás miembros del club. Cuando yo tengo mi computador encendido y Napster activado, cualquiera de los otros 40 millones de socios puede entrar a mi computador y sacar una canción sin pedirme permiso. Quien usa Napster renuncia a la propiedad de su propia música y la entrega a la comunidad. La propiedad se vuelve colectiva. La música no pertenece a nadie porque nos pertenece a todos. Comunismo, puro comunismo.

Y pensar que este asunto lo inventó un estudiante gringo de 18 años, Shaun Fanning, con su gorro de béisbol con la visera hacia atrás, en el garage o en el basement de un tío. Shaun Fanning, el niño genio de Internet, hoy convertido en estrella pop y batallando contra toda la industria disquera del mundo, apoyado por los millones de una firma de capital de riesgo y la destreza del abogado más famoso de Estados Unidos.

Capitalismo es comunismo.

Lo que está pasando no tiene vuelta, Napster podrá aliarse finalmente a los sellos disqueros y terminará cobrando por su servicio, pero ya han salido decenas de clones imposibles de acallar. La era de la música compartida a escala planetaria seguirá con nosotros. Y a medida que las conexiones a Internet crezcan en ancho de banda, lo mismo va a pasar con las novelas y las películas. Todas se van a poder copiar millones de veces gratis por obra y gracia de Internet. No extraña entonces que la industria editorial y la industria cinematográfica estén preocupadas: están viviendo el cambio más grande de su historia, sienten que se les viene la muerte. Se acabó el negocio de la distribución de información: todas las canciones, todos los libros, todas las películas, están al alcance de todos instantáneamente por culpa de un niñito criado en el corazón del capitalismo.

Muchos tienen miedo, y no sólo los ejecutivos disqueros. Los artistas, los creadores, tienen miedo porque el concepto de propiedad intelectual también está cambiando para siempre. Hay quienes dicen que ahora los músicos tendrán que colocar directamente su música en Internet y extender la mano pidiendo donaciones voluntarias de la misma manera que un artista callejero muestra su arte y pone el sombrero en la calle para recibir monedas de los transeúntes. Sólo que en Internet la calle se convierte en una pantalla a la que pueden llegar miles de millones de espectadores. Es como estar al mismo tiempo en todas las calles del mundo. Y el que tiene dinero paga lo que puede o lo que quiere por una canción, por un poema, por una novela, por una película. El que no tiene dinero no paga nada. Todos tenemos acceso gratuito e instantáneo al fruto de la creatividad humana. Todos somos público para todas las artes, y todos somos mecenas. “Soy una mesera”, dice Courtney Love, la viuda de Kurt Cobain y vocalista del grupo Hole. “Vivo de las propinas”. Hay que añadir, claro, que también vivirá de los conciertos. De la publicidad. De contratos para hacer presentaciones en vivo.

Sea como fuere, Napster está matando la propiedad privada. Todos los seres humanos de pronto tienen acceso potencial a toda la música del mundo, lo cual es otra manera ele decir que la música no pertenece a nadie. Estamos en el paraíso comunista. O puntocomunista.

¿No es paradójico todo esto? Internet, ese producto de la más reciente encarnación de la sociedad capitalista, ese instrumento para ejercer la libertad individual, inmune a toda censura, está dando origen a una criatura colectiva para la que la propiedad privada deja de tener sentido.

Capitalismo es comunismo.

Hace unos meses conversaba con un colega sobre la creciente falta de privacidad que trae Internet. Todo lo que uno hace está siendo registrado por un sistema computacional. Lo que uno compra con tarjeta de crédito está siendo archivado en alguna parte, los sitios web que visitas quedan grabados en una memoria, los e-mails que envías o recibes pueden ser recuperados y leídos.

Era de noche, en las afueras de Miami. Estábamos comprando cigarrillos en un supermercado y de pronto le dije que la red puede saber cuántos cigarrillos compras, y cómo esa cantidad de cigarrillos diarios aumenta tu probabilidad de sufrir un ataque al corazón o de enfermarte de cáncer, y que la red puede transmitir esa información a tu seguro de salud, y que por lo tanto lo que tendrás que pagar cada mes por el derecho a tener atención médica va a subir cada vez que aumentes tu dosis de tabaco.

—Pero eso es una pesadilla —dijo él—. Se termina la privacidad, la libertad individual.

—Pero es por el bien común —le contesté yo—. Es más justo.

—¿Más justo? —me miró incrédulo—. ¿El bien común?

—Claro —seguí yo, inspirado—. Con el sistema actual, nadie sabe cuánto fumas y todos pagamos lo mismo por el seguro de salud. Y los que no fuman terminan subsidiando a los que sí fuman. Tú pagas menos de lo que te corresponde y la persona que no fuma paga más de lo que debiera pagar. Es injusto y además atenta contra las personas porque privilegia a los fumadores a costa de quienes no fuman.

Lo paradójico de esto, una vez más, es que mientras más capitalista o más individualista se pone el sistema, mientras más evalúa a cada uno exactamente por sus acciones individuales, se vuelve más colectivista. El capitalismo, un sistema económico que ensalza la libertad individual, llega a su máxima expresión en una estructura social que al final restringe al individuo y lo diluye en una especie de entidad colectiva. Fumar hace más caro tu seguro de salud. Es el concepto de “mi libertad termina donde empieza la libertad de los demás” llevada a su máxima expresión.

El sistema capitalista llevado a su máxima expresión trae el paraíso puntocomunista.

Y como decía Joaquín Sabina, “uno no sabe si reir o si llorar/ viendo a Trotsky en Wall Street fumar/ la pipa de la paz”.        n

Samuel Silva. Periodista. Editor adjunto de la revista América Economía.

La Constitución

CALEIDOSCOPIO

LA CONSTITUCIÓN

POR JOSÉ WOLDENBERG

La Constitución es:

•  Norma de normas,

•  ley fundamental,

•  carta magna,

•  piedra fundadora,

•  originaria del 17,

•  fruto de una revolución,

•  queretana,

•  carrancista y más,

•  fuente del sistema político formal,

•  diseñadora de los poderes,

•  código de derechos y obligaciones de los ciudadanos,

•  orden necesario,

•  programa… incumplido,

•  motor de cambios,

•  dique contra ocurrencias,

•  piso para la convivencia,

•  reglas protectoras,

•  horizonte inalcanzable,

•  guía,

•  techo legal,

• punching bag,

•  festejable, sobre todo el 5 de febrero,

• ley de leyes, como diría el chinito,

•  arena del litigio político,

•  cuadrilátero,

•  octogenaria,

•  venerable,

•  tentadora,

•  omniabarcante,

•  veladora de las garantías individuales,

•  republicana,

•  federal,

•  democrática,

•  división de poderes,

•  inarmónica,

•  tela y retazos,

•  recetario,

•  noria, para darle vueltas,

•  queso gruyere,

•  pararrayos,

•  icono,

•  jabonera, porque con lo que contiene el que no cae, resbala,

•  clave, llave,

•  aguantadora,

•  flexible,

•  profusa,

•  aspiración del gobierno de las leyes,

•  tierra de interpretaciones,

•  límite a los poderes,

•  primera piedra del Estado de derecho,

•  código de códigos,

•  reformable, por supuesto.                      n

José Woldenberg. Consejero Presidente del IFE. Su más reciente libro es La mecánica del cambio político en México.

El lujo de la vejez

EL LUJO DE LA VEJEZ

POR ÁNGELES MASTRETTA

Ayer, la voz cortándose de nuestra amiga común me avisó que había muerto la hermosa señora Conde. Hace ochenta años la llamaron Patricia, como si hubieran adivinado, quienes le dieron nombre, el destino de elegancia interior y lujo de alma que le esperaba.

Descanse en paz, que paz daba verla vivir como quien sueña. Hace ya dos décadas que la conocí. Quiero decir la vi entrar al salón de belleza donde, hasta la fecha, han seguido acogiéndonos cada semana. Empecé a quererla bien mucho más tarde. Porque durante años ella entraba en silencio escondida en un libro y en silencio se iba sin notarse más que por la fineza de su andar y la sobriedad de su gesto.

Era bonita entonces y siguió siéndolo hasta el día de su muerte. Esa mañana, como quien se va de pinta, entré en busca del solaz que puede ser un salón de belleza por ahí de las once y media. La estaban peinando y ella veía hacia el espejo con desacuerdo.

—iQué guapa estás! —le dije porque al verla me subió a la lengua una alegría. Estaba maquillada con mesura, tenía sobre el regazo las delgadas manos de un greco con las uñas recién pintadas de rojo.

Movió la cabeza de un lado para otro como si mis palabras no hicieran sino confirmar su certeza de que la vejez desbarajusta cualquier belleza. Alguna tarde me había respondido a un elogio parecido:

—A estas alturas, con no asustar tiene uno.

Se habían ido muriendo sus amores.

—Ya no dan ganas de contestar el teléfono. Sólo llaman para avisar de un entierro —dijo otro día.

Nos encontrábamos a cada tanto, y cada vez descubríamos que era grato quererse. Yo acabé necesitando de su figura para pensar con claridad a un personaje excepcional al que quiero dedicar parte de la novela que me anda por dentro y con la que lidia en desorden mi desordenada cabeza. Ahora no me quedará sino inventarle la vida que ella había prometido contarme. Tengo para mí el conocimiento de que a la una y media le entraba el antojo de un tequila, de que a las cinco, los martes, jugaba bridge, de que oía mal y lo confesaba, de que era tan coqueta y perfeccionista que murió el mismo día en cuya mañana nos encontramos frente al espejo.

—Estoy leyendo un libro espléndido sobre la vejez —le dije, porque yo sabía que era una lectora apasionada.

—¡Qué tema! —contestó.

—Te lo voy a regalar. Está escrito por un sabio italiano llamado Norberto Bobbio que tiene ahora noventa y un años. Tres más de los que tendría mi padre si no se hubiera muerto.

—¡Qué horror vivir tanto tiempo!

—A él se le nota en paz. Dice que es pesimista, pero yo no creo que uno pueda vivir tantos años siéndolo.

—Quizá por eso ha vivido tanto. Los pesimistas nunca se decepcionan.

—Y tú crees que uno se muera de decepciones. Porque yo soy optimista hasta la idiotez y quiero vivir muchos años.

—Yo no sé de qué se morirá uno. Quizá de cansancio —dijo otro día—. A veces es cansado vivir siendo viejo. Nada más anda uno de un achaque para otro.

—Pues no los luces. ¿Cómo te fue en Acapulco?

—Muy bien. Todavía me deslumbra. Por eso fui a despedirme. Ya no voy a regresar.

—Todos tenemos una puerta que hemos cerrado hasta nunca. Eso ya lo escribió Borges. Pero a tu mar has de volver.

—No creo —dijo y cambió de tema.

Días después la visité en su casa. Llovía como llueve en agosto, como si el cielo quisiera herirnos. Me alivió entrar a su estancia cobijada por una luz tenue.

—Siéntate de este lado porque de este otro no oigo nada y ya aprendí a decirlo. Así no le agrego al lío de no oír el de tener que inventar lo que no he oído. Si vieras las conversaciones inventadas que llegué a tener con mi marido. Horas y horas de adivinarnos y contestar sin saber ni uno ni otro de qué estábamos hablando. ¿Quieres tomar algo?

Le pedí un té y me lo sirvió con misericordia. Ella prefirió beber whisky. Nos acomodamos a conversar hasta que la noche se hizo alta.

De nuestra conversación de aquella tarde obtuve mi certeza de que le hubiera gustado leer a Bobbio. Por eso la recuerdo mientras releo:

El dudar de mí mismo, y el descontento por las metas alcanzadas, inesperadas e imprevistas muchas de ellas, siempre han brotado si no cabalmente de la convicción, sí de la sospecha de que la facilidad con que logré recorrer mi camino, para muchos de mis coetáneos inaccesible, se debía más a la buena suerte y a la indulgencia ajena que a mis virtudes, cuando no incluso a algunos de mis defectos vitalmente útiles, como saber retirarme a tiempo.

O cuando leo:

Al no haber estado en paz conmigo mismo, traté desesperadamente de estar en paz con los demás.

Le conté de mi padre que vivió en Italia veinte años y sólo volvió al finalizar la Segunda Guerra.

—Nunca dijo una palabra sobre el pasado —le comenté. Volví a pensar en eso cuando leí en Bobbio:

El fascismo fue una vergüenza en la historia de un país que se contaba hacía mucho en la historia de las naciones civilizadas. De esta vergüenza sólo nos libraremos si logramos comprender a fondo el precio que el país hubo de pagar por la prepotencia impune de unos pocos y la obediencia aunque forzosa y no siempre bien soportada de muchos.

Ya no pude prestarle el ensayo sobre la vejez a la señora Conde. Me hubiera gustado compartir con ella los subrayados que ahora quiero dejar en este puerto, para compartirlos con quienes piensan que la vejez es triste, para los que piensan que no es sabia, para los que no quieren ni pensarla o para los que como yo la imaginan como un lujo y se atreven a anhelarla como parte de su futuro. Siempre me han atraído los viejos. Desde niña quise verlos como quien mira por una esfera de cristal. Pero tras leer las reflexiones de Bobbio en torno a su vejez y la vejez, he querido atreverme a soñar que pasaré los cincuenta y ocho años en que murió mi padre, que estaré a los setenta y siete tan viva como ahora mi madre y que tendré en mi voluntad el arrojo que ella tiene en la suya cuando me promete sin más este domingo que vivirá para alcanzar los noventa y uno en que Bobbio dice al recordar a su abuelo que murió a los noventa y siete: “Nunca hubiera imaginado que yo viviría tanto”.

De senectute y otros escritos biográficos es un libro elocuente y lleno de pensamientos sabios. Un libro complejo que a ratos tiene la bondad de parecer sencillo. La primera parte, que es la que me parece una lectura imprescindible, se llama “De senectute” y es un ensayo dividido en varios, como su nombre lo prevé, sobre la vejez.

No voy a desglosarlo, porque me llevaría un espacio del que carezco y porque tengo la pretensión de convocar a su lectura. Sólo quiero, como quien dice una plegaria, transcribir algunos subrayados en homenaje a los viejos que he perdido, en invocación de los viejos que hemos de ser y en franca reverencia por el viejo sabio que los escribió.

•    No siempre quienes hablan uno con otro hablan de hecho entre si: cada cual habla para sí y para el patio de butacas que lo escucha. Dos monólogos no constituyen un diálogo.

•   Podría hacer mía aunque en forma paródica la autodefinición de un poeta japonés: “No poseo una filosofía sino solamente nervios”.

•   El elogio del diálogo y el elogio de la templanza pueden perfectamente ir unidos y sostenerse y completarse el uno al otro.

•   Hablar de sí es un hábito de la edad tardía. Y sólo en parte cabe atribuirlo a la vanidad.

“Biológicamente, yo sitúo el comienzo de mi vejez en el umbral de los ochenta años. Pero psicológicamente siempre me consideré un poco viejo. Incluso cuando era joven. Fui un viejo de joven y de viejo me consideré todavía joven hasta hace unos años. Ahora creo que soy un viejo-viejo.

•   No conviene generalizar. Pero estoy dispuesto a reconocer que hay gran cantidad de obras filosóficas, literarias y artísticas que ya no logro entender y que rehúyo porque no las entiendo.

•   El viejo satisfecho de sí de la tradición retórica y el viejo desesperado son dos actitudes extremas. Entre estos dos extremos hay otros infinitos modos de vivir la vejez.

•   El mundo de los viejos, de todos los viejos, es de forma más o menos intensa el mundo de la memoria. Se dice al final: eres lo que has pensado, amado, realizado. Yo añadiría: eres lo que recuerdas… Que te sea permitido vivir hasta que los recuerdos te abandonen y tú puedas a tu vez abandonarte a ellos.

•   Diré con una sola palabra que tengo una vejez melancólica, entendiendo la melancolía como la conciencia de lo no alcanzado y de lo ya no alcanzable. La melancolía está atemperada, no obstante, por la constancia de los afectos que el tiempo no consumió.

•   La sensación que experimento al estar todavía vivo es sobre todo de estupor, casi de incredulidad.

•   La fortuna tiene los ojos vendados, pero el infortunio nos ve perfectamente. Hasta ahora he estado bajo la protección de la invidente, cuyos protegidos, precisamente por ser elegidos a ciegas, no pueden jactarse de nada. Pero no estoy en condiciones de responder a la pregunta: ¿hasta cuándo?… No lo sé ni quiero saberlo. El azar explica demasiado poco, la necesidad explica demasiado.

•   Pero, aunque nadie en general quiera morir, la muerte llega igualmente para todos. Que sea por azar o por necesidad carece de toda importancia para quien muere.

•   Mi muerte es imprevisible para todos, mas para mí también es indecible.

•   Los hombres son muy distintos entre sí. Se suele distinguirlos sobre la base de mil criterios. Imposible e inútil enumerarlos todos. Pero siempre me ha asombrado que se dé tan poca importancia a un criterio que debería marcar más profundamente su irreductible diferencia: la creencia o no en un más allá después de la muerte.

•   Que los hombres son mortales es un hecho. Que la muerte real que hemos de constatar día tras día a nuestro alrededor y sobre la cual no cesamos de reflexionar, no es el fin de la vida sino el tránsito a otra forma de vida imaginada y definida de distintas maneras según los distintos individuos, las distintas religiones, las distintas filosofías, no es un hecho, es una creencia.

•   Desde que empecé a reflexionar sobre los problemas últimos, siempre me he sentido más cerca de los no creyentes.

•   Para el no creyente el argumento principal es la conciencia de la propia poquedad frente a la inmensidad del cosmos, un acto de humildad ante el misterio de los universos mundos.

•   La respuesta del no creyente excluye cualquier otra pregunta.

•   Siento curiosidad por saber cómo se imaginan la vida después de la muerte quienes creen en ella.

•   Tomar en serio la vida significa aceptar firme y rigurosamente, lo más serenamente posible, su finitud.

•   Todo lo que ha tenido un principio tiene un final. ¿Por qué no iba a tenerlo también mi vida? ¿Por qué el final de mi vida iba a tener, a diferencia de todos los acontecimientos, tanto los naturales como los históricos, un nuevo principio?

•  Cuando leo los elogios de la vejez que proliferan en la literatura de todos los tiempos, me asalta la tentación de sacar del proverbio erasmiano (en torno a la guerra) esta variante: quien alaba la vejez no le ha visto la cara.

•  Dicen que la sabiduría consiste para un viejo, en aceptar resignadamente sus límites. Mas para aceptarlos es preciso conocerlos. Para conocerlos es preciso tratar de explicárselos. No me he vuelto sabio. Los límites los conozco bien, pero no los acepto. Los admito únicamente porque no tengo otro remedio.

•  He llegado al final sin ser capaz de una respuesta sensata a las vicisitudes de las que fui testigo me plantearon de continuo. Lo único que creo haber entendido, aunque no era preciso ser un lince, es que la historia, por muchas razones que los historiadores conocen perfecta mente pero que no siempre tienen en cuenta, es imprevisible.

•  Cuantos de la historia hacen una profesión y con mayor motivo los políticos que son asimismo actores de la historia de un país, harían bien en comparar de vez en cuando sus previsiones, en las cuales entre otras cosas se inspira su conducta, con los hechos realmente acaecidos y en medir la magnitud y la frecuencia con que se corresponden unos con otros. A menudo realizo ese control sobre mi mismo. Es muy instructivo y. considerados los resultados del cotejo, mortificante.

•  Ahora ya es demasiado tarde para entender todo lo que hubiera querido entender y me he esforzado por entender… ahora he alcanzado la tranquila conciencia, tranquila pero infeliz, de haber llegado solamente a los pies del árbol del saber.

• El gran patrimonio del viejo está en el mundo de la memoria. Maravilloso, este mundo, por la cantidad y variedad insospechable de cosas que encierra… No te detengas. No dejes de seguir sacando. Cada rostro, cada gesto, cada palabra, cada canto por lejano que sea, recobrados cuando parecían perdidos para siempre, te ayudan a sobrevivir.   n

Angeles Mastretta Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

28,000

Solicitudes de registro de marca que se presentan al año en México.1

20

Años de protección para una patente.2

10

Años de protección para una marca.3

22,900,000 Discos de música hispana vendidos en el primer semestre de 1998 en EU.4

1,000,000 Canciones copiadas en Napster durante el mes de septiembre de 2000.5

21,000,000,000 de dólares

Valor de la marca Marlboro.6

200,000 Inventos mexicanos patentados.7

455

Solicitudes de patentes en México durante el año 2000.8

50,000 Inventores en México.9 33

Porcentaje de estadunidenses que en 1990 tenían parte de su patrimonio invertido en la Bolsa.10

50

Porcentaje de estadunidenses que ahora tienen parte de su patrimonio invertido en la Bolsa.”

90

Paletas de caramelo que un mexicano consume al año.23

33,100 dólares

Salario anual de una trabajadora textil en Tokio.24

2.8

Libros por habitante que se consumen al año en México.12

47

Libros por habitante que se consumen al año en Noruega.13

10

Dólares que un mexicano gasta al año en libros.14

113

Dólares que un noruego gasta al año en libros.15

86

Compañías de flamenco en México.16

27,600

Niños estadunidenses que en el año 2000 fueron atendidos de emergencia por accidentes en scooter.17

Roberto Pliego Escritor. Es subdirector editorial de la revista nexos.

244

Mujeres en el ejército alemán.18

237

Estudiantes de arqueología en México.”

60

Porcentaje de los cubanos empleados en la industria turística que son blancos.20

70

Porcentaje de la producción de pavos en México que se consume en diciembre.21

250,000,000 Pavos que se consumen al año en Estados Unidos.22

Fuentes: 1-6. Agradezco la información proporcionada porClarke, Modet and Co.; 7-9. Reforma 15 de enero de 2001: 10-11. Milenio: 9 de enero de 2001; 12-16. La Jornada: 15 de enero de 2001; 17. Reforma: 15 de enero de 2001: 18.El País: 3 de enero de 2001; 19 La Jomada: 2 de enero de 2001; 20. Milenio: 9 de enero de 2001; 21 -22. La Jornada: 22 de diciembre de 2000. 23. Reforma: 15 de enero de 2001; 24. Milenio: 9 de enero de 2001.

El enfermo Moliére

EL ENFERMO MOLIERE

POR RUBEM FONSECA

¿No es peligroso hacerse el muerto?, dice el narrador de este cuento que celebra los mejores momentos del género confesional que tantos frutos literarios dio en la Francia del siglo XVII. Y que persigue, también, al enfermo Moliere, no un enfermo imaginario sino un hombre víctima de las intrigas de corte. Rubem Fonseca nos entrega a un personaje incomprendido, a merced de sus enemigos, cuya grandeza lo llevó del escenario, como espacio ficticio y a la vez real, a la muerte. Este cuento forma parte del libro O doente Moliere (Sao Paulo, 2000).

Principales personajes de esta noveleta

Marqués Anónimo. Amigo y colega de colegio de Moliere. (Único personaje ficticio.) Moliere (Jean Baptiste Poquelin, o Pocquelin, conforme la grafía de la época). Uno de los mayores autores teatrales de la historia de la literatura universal. Racine (Jean). Gran dramaturgo y poeta, autor de tragedias basadas en los clásicos de la Antigüedad. Lulli (Florentino, pero conocido por su nombre afrancesado, Lully). Famoso compositor, colaboró en la parte musical y de ballet de la ópera francesa. La Grange, o Lagrange (Charles Varlet). Actor de la compañía de Moliére.

Barón (Michel). Actor de la compañía de Moliére. Armande. Actriz y esposa de Moliére. La Forest, o La Forét (Renée Vannier). Cocinera de Moliére.

Sr. Couthon. Vecino de Moliére, que estuvo presente en sus últimos momentos.

Luis XIV. Rey de Francia. Fue patrocinador de la compañía de Moliére que pasó a ser conocida como La Troupe du Roi.

Mademoiselle de La Valliére. Favorita del rey. Marquesa deMontespan (o Madame Montespan). Ocupó

el lugar de Mlle. La Valliére como favorita del rey. Tuvo varios hijos con él, de los cuales seis sobrevivieron, todos reconocidos y agraciados con altos títulos de nobleza.

La Fontaine (Jean de). Escritor francés, famoso por sus Fábulas.

Mignard (Pierre). Autor del retrato que el Marqués Anónimo dice que tiene en su casa. Boileau (Nicolás Boileau-Despréaux). Importante autor, de gran influencia en la literatura francesa de la época.

Chapelle (Claude-Emmanuel Luillier). Poeta, colega de colegio y amigo de Moliére.

Madeleine Béjart. Hermana mayor de Armande Moliére. Dr. Mauvillan. Médico de Moliére. Corneille (Pierre). Célebre autor francés de dramas y tragedias. Contribuyó con versos a la tragedia-ballet de Moliére, Psycbé.

Príncipe Gastón d’Orléans (tío de Luis XTV). Fue patrocinador de la compañía de Moliére por algún tiempo. Príncipe de Conti (Armand de Bourbon, hermano del Grande Condé). Antes de convertirse al catolicismo, fue patrocinador de la compañía de Moliére. La Chaussée (Jean Hamelin). Cómplice de la marquesa de Brinvilliers en varios crímenes de muerte.

Marquesa de Brinvilliers (Marie-Madeleine d’Aubray). Sentenciada por el asesinato de su padre y de sus dos hermanos.

Marquise-Thérése (Mlle. du Pare). Actriz de la compañía de Moliere.

Mlle. de Brie (Catherine Le Clerc du Rozay). Actriz de la compañía de Moliere.

Madame de Rambouillet. Célebre por las reuniones que promovía en su casa.

Madame de Scudéry (Madeleine). Escritora y promotora de reuniones literarias y sociales. Madame de Sévigné (Marie de Rabutin-Chantal). Famosa epistológrafa. Sus cartas, reunidas en libro, constituyen un clásico del género.

Madame de La Fayette (Marie-Madeleine Pioche de la Vergne). Novelista, autora del libro Princesa de Cléves. La Rochefoucaidd (Fran^ois, duque de). Autor de reflexiones y pensamientos, en forma de epigramas, máximas y aforismos, admirados por su elegancia, ironía y perspicacia.

Marquesa de Maintenon (o Madame de Maintenon). Sustituyó a la marquesa de Montespan como favorita de Luis XIV, No tuvo hijos con el rey, con quien realizó un casamiento morganático secreto, quizás en 1683. Tiberio Fiorilli (conocido como Scaramouche, o Scaramuccia). Actor de la compañía italiana que compartía con la compañía de Moliere la ocupación de la sala del Palais-Royal.

Esprit-Madeleine. Hija de Moliere y Armande. Henriette-Anne dAngleterre (Madame). Hermana del rey Charles II de Inglaterra y esposa de Monsieur, con quien tuvo tres hijos.

Monsieur (Philippe, duque d’Orléans). Unico hermano del rey. Fue patrocinador durante algún tiempo de la compañía de Moliere.

Cbarlotte-Elizabetb de Baviera (Madame). Princesa Palatina, segunda esposa de Monsieur, con quien también tuvo tres hijos.

Padre Roullé (Pierre). Autor de un libelo que pedía la condena a muerte en la hoguera para Moliere. Doctor Des Fougerais. El médico más célebre de París. Doctor d Aquin. Médico del rey. Doctor Esprit. Médico de Monsieur. Doctor Yvelin. Médico de Madame. Antoine Dreux d Aubray. Asesinado por la hija, marquesa de Brinvilliers.

Madame Voisin. Hechicera y envenenadora.

La Reynie (Nicolas-Gabriel de). Jefe de la policía deParís.

Capitán Sainte-Croix. Cómplice de la marquesa de Brinvilliers.

Eggidi. Especialista en venenos. Doctor Vallot. Médico célebre de París. Doctor Guénaut. Idem.

Soy un marqués de ilustre estirpe, de la mejor nobleza, pero no soy escritor, apenas soy un lector constante de los buenos autores. Me gustaría escribir para el teatro, ser como mi amigo Moliere o como Racine. Un día escribí una tragedia y se la llevé a Racine para que la leyera, pues me sentía inseguro, como todo autor principiante. Esperaba, por supuesto, que a Racine le gustara mi pieza, evidentemente inspirada en los modelos griegos, como las que él componía. Racine, que para entonces aún no era el autor consagrado que vendría a ser más tarde, me preguntó si quería que me hablara con franqueza. Le contesté que sí —¿qué otra respuesta le podría dar?—. Entonces Racine me dijo, sin rodeos, que desistiera del teatro. Si tienes ganas de escribir, agregó, escribe cartas o diarios, no hay reglas y ni siquiera es necesario talento para ello. Pero escribir para el teatro, además de un don especial, que no tienes, exige el conocimiento de innumerables preceptos, que ignoras.

Después, le pedí a Moliere que leyera mi manuscrito, sin comentar la opinión de Racine. Mi amigo se tardó algunos días para decirme que lo había leído, y cuando lo hizo fue de una manera evasiva, seleccionando las palabras con cuidado. Primero preguntó por qué había elegido una tragedia en lugar de una comedia. las llamadas piezas serias eran más difíciles con el público, más trabajosas de escribir y más costosas de representar. Recordó conmigo la primera vez que leyó en mi casa la comedia trágica Don García de Navarra, o El príncipe celoso, que había creado tantas expectativas optimistas y que acabó fracasando. Finalmente. Moliere explicó que mi pieza tenía algunas cualidades, pero todavía no estaba lista para ser puesta en escena. Fue la manera que encontró de decirme que había escrito una pieza mediocre. No me molesté con Moliere. Lo amaba. Pero desistí de escribir para el teatro. Pasé a usar, como consuelo, una frase de Michel de Montaigne: mi arte y mi profesión es vivir.

Aun sin ser escritor siempre registré en cuadernos acontecimientos dramáticos o pintorescos, de mi vida y de la vida de otros. Lo que hago no es un diario, ya que no escribo todos los días, sólo cuando algún asunto me conmueve de alguna manera, o me asombra, o por algún motivo despierta mi curiosidad. Y tampoco consigno, al inicio de mis registros, las fechas en que los hice, sólo escribo los títulos que doy a los temas apuntados. Puedo ser un poco prolijo a veces, impreciso, y tal vez hable excesivamente de mi vida, pero me parece normal, en escritos de esta natura.

Seleccioné algunos pasajes de mis apuntes, para publicarlos anónimamente, como parte de mis memorias.

Puede parecer que no, pero las descripciones que hago de las intrigas y escándalos de la corte, de la efervescencia de los salones, de la influencia perniciosa del clero y de otras corporaciones, de la rivalidad entre artistas, nobles y áulicos, están ligadas al tema principal de esta selección: el misterio de la muerte de Molère, víctima de tantas alevosías, incomprensiones, injusticias y violencias a causa de las piezas que escribió.

1.

Una profesión infame

Argan está postrado sobre una silla, frente a su sierva Toinette, cuando Angélique entra.

¡Oh! ¡Por Dios!, dice Toinette, qué cosa horrible sucedió. ¡Ah!, ¡qué día infeliz!

¿Qué pasa, Toinette? ¿Por qué lloras?

Ay de mí. Tengo malas noticias que darte.

¿Pero qué pasó?, insiste Angélique.

Su padre… murió.

Toinette se aleja, dejando que Angélique vea el cuerpo de Argan derrumbado sobre la silla.

Ahí está. Tuvo un desmayo y se murió.

Dios mío, qué cruel desgracia, perder a mi querido padre, que lo era todo para mí.

En medio de los lamentos de Angélique, entra Cléanthe, a quien Angélique demuestra su sufrimiento por la muerte de su padre.

Súbitamente, Argan se levanta de la silla, diciendo conmovido:

¡Ah!, mi hija…

¡Oh!, exclama Angélique, con gran sorpresa.

Pero nosotros, los espectadores, no nos sorprendemos, sabíamos que Argan se hacía el muerto para poner a prueba el amor de su hija, pues momentos antes le había hecho lo mismo a su segunda esposa, la infiel Béline, cuya reacción, al oír de Toinette que su marido había muerto, había sido de felicidad: vamos a llevarlo a la cama y guardemos silencio sobre su muerte hasta que yo haga lo que sea necesario, hay papeles y dinero que necesito recoger.

Yo estaba entre el público de la sala del Palais- Royal viendo la cuarta representación del Enfermo imaginario. En las ocasiones anteriores, Argan, o mejor dicho, Moliere, que desempeñaba ese papel, se levantaba enérgicamente de la silla, lleno de indignación con la mujer y de alegría con la hija, pero aquel día se paró con dificultad, parecía que realmente volvía en sí de un desmayo profundo. Y cuando Cléanthe, inmediatamente, le pidió la mano de Angélique, Molière, después de responder con voz débil: sí, hágase médico

que así le doy a mi hija, se pasó la mano por la cabeza y salió de la escena dando tropezones.

Creo que fui el único de los espectadores que se percató de que alguna cosa le había sucedido a Molière, pues cuando se retiró yo sabía que aún le quedaban algunas partes de su diálogo por proferir. La escena burlesca, que era la siguiente, comenzó algo atrasada. Entraron al escenario hombres con jeringas, boticarios, médicos, ocho cirujanos danzantes y dos cantantes y se pusieron a bailar y a recitar latinajos graciosos, ridiculizando a la medicina, entre ellos estaba Molière, que claramente tenía dificultad para pronunciar sus partes; casi no le entendí cuando dijo clysterium donare, postea seignare, ensuitta purgare —esas actividades que los médicos, como el doctor Purgon de la pieza, sabían hacer tan bien, aplicar lavativas, realizar sangrías y administrar vomitivos—. Cuando el coro cantó al final vivat, novus doctor, qui tam beneparlat, un saludo jocoso al personaje vivido por Molière, él tuvo una especie de convulsión que hizo que el público se riera a carcajadas. Antes, cuando debía decir algo de pie, se había sentado en una silla, como si estuviera fingiendo cansancio.

Al final de la pieza, los asistentes aplaudieron entusiasmados. Fui a los bastidores a hablar con los artistas. Era amigo de Jean-Baptiste Pocquelin1 desde los tiempos en que habíamos estudiado juntos en el Collége de Clermont, de los jesuítas, cuando él aún no era conocido como Molière —seudónimo que adoptó y cuyo origen jamás aclaró— y estaba destinado a ser no un autor y actor de piezas teatrales, sino Valet-de-Chambre du Roí y a trabajar como tapicero, con su padre, en la tienda de los Pocquelin, bajo los pilares de Les Halles.

En las ocasiones anteriores en que fui a las representaciones del Enfermo, fui siempre a saludar a mi amigo. Sabía que él pasaba por una de sus crisis de melancolía, agravada por el hecho de que, debido a maniobras astutas, Lulli había conseguido del rey, contra la voluntad de Molière, el privilegio de las piezas que había musicalizado para el comediante. Por ese motivo, la música del Enfermo fue compuesta por Marc- Antoine Charpentier. Además, a causa de las intrigas de Lulli, la première no se realizó en Versailles. Molière, suponiendo que el estreno sería para el rey, llegó a escribir un prólogo que él mismo leería, en el cual decía que después de las gloriosas victorias militares y políticas de nuestro Augusto Monarca, todos aquellos cuya actividad era escribir debían dedicarse a celebrar su fama o a divertirlo.

Encontré a Molière estirado en una silla, muy pálido. Parecía que continuaba haciéndose el muerto. Me vino el recuerdo de la pregunta que Argan le hacía a Toinette, en la pieza: ¿no es peligroso hacerse el muerto? Cuando lo saludé, percibí que sus manos estaban heladas, a pesar de que todavía tenía, bajo la bata que se había puesto para la última escena, la culotte, las medias gruesas y la chaqueta roja que había usado en el tercer acto.

Me parece que sería mejor llevarlo a casa, le dijo el actor La Grange, que contaba el dinero recaudado en la taquilla, a su colega Barón. Armande, la mujer de Moliére, que hacía el papel de Angélique, ya se había ido.

Barón y yo pusimos a Moliére en un carruaje y lo llevamos a casa, en la calle Richelieu. Tan pronto llegamos, Barón le trajo un caldo caliente.

El apartó el tazón que Barón tenía en las manos, diciendo que no le gustaba el sabor de los caldos de su mujer. Tú sabes cuáles son los ingredientes que ella les pone; mejor dame un pequeño pedazo de queso parmesano. En el escenario, su voz solía tener un timbre que le daba a sus partes en los diálogos una característica especial, pero aquel día estaba simplemente ronca y profunda. Comió un poco de queso con pan, que le trajo la cocinera, La Forest, y se fue a acostar. Ordenó que le pidieran a su mujer una almohada llena de una droga que ella le había prometido para dormir, pues ya no quería oír hablar de medicinas.

Todo lo que no entra en el cuerpo lo pruebo de buena gana, pero las medicinas que tengo que tomar me dan miedo; poco me falta para perder lo que me resta de vida. Después de decir eso, Molière miró a su alrededor, como si verificara quien más estaba en el cuarto. No había nadie, además de nosotros. Hizo un gesto, pidiendo que me aproximara, como si me quisiera contar un secreto. Bajé la cabeza y acerqué el oído a su boca.

Fui mortalmente envenenado, susurró.

Lo interrumpió un fuerte acceso de tos, que sacudió su cuerpo y lo hizo escupir flemas con sangre. En ese momento, Baron regresó al cuarto. Molière tenía muy mal aspecto. Al percibir nuestra preocupación, dijo: no se asusten. Pídanle a mi mujer que venga.

Armande no estaba, había llegado pero permaneció poco tiempo en casa, pues salió a buscar un padre. Se- está muriendo, dijo Baron. El actor y yo también decidimos salir en busca de algún padre para que administrara los sacramentos a Molière. En la escalera, encontramos a un vecino de Molière, el señor Couthon, a quien le contamos lo que estaba sucediendo.

Comenzó a morir en escena, lamentó Baron en mi carruaje, en el cual seguimos juntos por la calle Saint Honoré hasta la altura del callejón de l’Opéra. cuando nos separamos. Barón, a pie, siguió al frente hasta la iglesia, que quedaba inmediatamente después de la calle Des Bons Enfants. Yo, en el carruaje, entré en la calle Fromanteau y fui hasta la iglesia St. Nicholas du Louvre, pero el padre se negó a acompañarme cuando le dije de lo que se trataba. A esa decepción agregué el sinsabor de que mi carruaje se atascara en la Fromanteau, y como no había nadie cerca para socorrernos, tuve que saltar y ensuciarme los zapatos, las medias, incluso hasta mi culotte, para ayudar a sacar las ruedas del fango y de la basura que las obstruían. Después fui a la iglesia que quedaba en la calle St. Thomas du Louvre, y recibí la misma negativa. Ya se me había olvidado la iglesia que quedaba en la calle Ste. Nicaisse, cercana a la calle Richelieu, y nuevamente obtuve sólo un cortés no. Mi título de marqués y mi nombre ilustre de nada sirvieron. Creo que mi aspecto inmundo, aunque yo lo hubiera explicado, estimuló a que el padre desarrollara sus objeciones.

Cuando regresé, después de Barón y de Armande, que también había fracasado en su misión, Molière ya había muerto. Ningún amigo o pariente estaba presente en el momento de su muerte. El señor Couthon había logrado traer a dos monjas, que asistieron al comediante en sus últimos momentos. Moliére murió a las diez de la noche del 17 de febrero de 1673, un viernes, un mes antes de cumplir cincuenta y dos años.

Los comediantes, por el hecho de ejercer una profesión considerada como infame, son excomulgados. Conforme a las decisiones de la Prelacia de París, no se puede dar comunión a personas públicamente indignas y manifiestamente innobles como las prostitutas, los usureros, los hechiceros y los comediantes. (Por algún motivo misterioso, los cantantes de ópera no sufren esas restricciones). A todos esos réprobos se les niegan la extremaunción y la sepultura eclesiástica, pero los comediantes pueden obtenerlos en caso de que se retracten de sus errores y prometan, de manera solemne y veraz, renegar de su abyecta profesión.

Molière no había hecho esa renuncia y no podía ser sepultado con el ceremonial cristiano. Los adversarios del teatro, especialmente todos aquellos que execraban al autor de Tartufo y de Don Juan, y habían logrado la interdicción de las dos piezas, exigían que se impidiera la realización de la ceremonia. Armande, en una de sus peticiones al arzobispo de París, declaró que su marido había recibido el año anterior la comunión prescrita para los fieles, de manos del abate Bernard, de la parroquia de St. Eustache. Pero no logró probar que Molière había renunciado formalmente a su condición de comediante. Había muerto sin confesión y sin retractación. Armande logró una audiencia con el rey, a quien le habría dicho que si su marido fuera un criminal, sus crímenes habrían sido autorizados por su Majestad. Pero no creo que haya tenido la audacia de hablar con el rey en esos términos.

Yo también intenté hablar con el rey, sabía que le gustaba el teatro, ya vi incontables piezas con él, en las representaciones especiales que las compañías hacen en la corte, y ya lo vi bailar en escena, con su favorita de entonces, mademoiselle de La Vallière, durante la representación, en el castillo de Saint-Germain, de la pastoral de Molière, Mélicerte. Y nótese que eso ocurrió años después de que Tartufo y Don Juan ocasionaron aquella enorme confusión.

Pero Luis XIV no me recibió. A pesar de mi linaje ilustre, y de poseer gracia e inteligencia, las cualidades más apreciadas por el rey, su Majestad ocasionalmente revelaba algunas manifestaciones de desagrado en relación a mí, tal vez porque yo no demostraba mucho entusiasmo cuando me invitaba a ir de caza con él. El rey no entendía que a alguien como yo, que tenía destreza en el manejo de armas de fuego, no le gustara la cacería — pero yo entendía el placer que el rey sentía al matar treinta faisanes con treinta tiros—. O más probablemente la causa de nuestro desencuentro era que habíamos compartido, durante algún tiempo, los favores de una joven y bella condesa. No había otra razón posible. Yo había cumplido con los deberes de mi linaje durante las guerras. En mi juventud, había luchado por el rey en las batallas de Rocroi, de Nordlingen, de Zurmarshausen, en que fui herido.

Luis XIV y yo teníamos muchas cosas en común: el amor por las mujeres, por el teatro, por la música, por la danza y por los caballos; ambos montábamos muy bien y nos ejercitábamos constantemente a fin de preparar el cuerpo para estar en perfectas condiciones de satisfacer los ardientes deseos que dominaban nuestros espíritus.

El rey era un hombre elegante, pero creo que le hubiera gustado ser de mi altura, lo cual no lograba ni siquiera usando sus zapatos de tacón muy alto; decían que teníamos la nariz parecida, pero si fuera verdad, eso no me hacía feliz, pues la nariz del rey era el único rasgo feo de su rostro. Yo era dieciséis años mayor que él, pero parecía que teníamos la misma edad. A los cincuenta años, edad en que los hombres ya están acabados, parecía que yo tenía treinta.

Pero logré interferir, a mi manera. Hablé con madame de Montespan, que había ocupado, como favorita del rey, el lugar de la La Vallière. No sé si eso sirvió de algo. Lo cierto es que al rey le simpatizaba Molière, tanto que había aceptado ser padrino de su hijo Louis, que murió a los pocos meses de edad. Ciertamente fue para agradar al rey que el arzobispo de París, aun habiendo revocado la comunión realizada por el abate Bernard. permitió, finalmente, que el comediante fuera enterrado en el cementerio de St. Joseph, en la parte reservada a los suicidas y a los niños paganos, con la condición de que fuera de noche, sin ninguna pompa, con la presencia de sólo dos padres.

A las nueve de la noche, Molière fue enterrado. Durante tres días había permanecido insepulto. La Fontaine, Mignard y Boileau, entre otros amigos suyos, estaban presentes; y también Chapelle, nuestro colega en el Collège de Clermont, que parecía embriagado y a quien le di un compungido abrazo.

Portábamos antorchas que iluminaban en torno y revelaban, en la cara de algunos enemigos que comparecieron al sepelio, la satisfacción que no lograban esconder. Los evité, asqueado. Racine no se presentó. El ingrato se había olvidado de que había sido Molière quien le había abierto el camino al éxito al poner en escena su primera tragedia, La tebaida, cuando Racine era totalmente desconocido. Tampoco estaba presente Lulli, ese sujeto sin escrúpulos. Molière se había peleado también con el italiano. A pesar de la hora, unas doscientas personas fueron al funeral, además de un número idéntico de pobres, a quienes se les dio una suma de dinero, conforme la costumbre.

La Gazette, el periódico oficial, ni siquiera dio la noticia del fallecimiento de Molière. Sólo el Mercare Galant publicó un elogio fúnebre.

2.

Secreto, secretos

¿Por qué mantuve en secreto la revelación que Molière me había hecho? ¿Por qué, en vez de buscar un padre, no fui por el doctor Mauvillan, médico del comediante, o por cualquier otro, para intentar salvarlo?

La respuesta es una sola: para protegerme. Yo era amante de Armande. Si descubrían que Molière había sido envenenado yo acabaría siendo considerado el principal, si no es que el único sospechoso de su muerte: todos saben que los amantes matan discretamente a los maridos a quienes engañan, con veneno, al contrario de los maridos que, cuando se contrarían al ser engañados, lo cual es raro, matan con escándalo, pues el honor, para esos fanfarrones, hay que lavarlo con sangre ante los ojos del público, como la expiación de un criminal en la plaza. El veneno podría apuntar hacia mí. Por eso, me callé.

El que no se haya hecho la autopsia me dejaba en una situación cómoda, al igual que al verdadero asesino pues, en principio, no se trataba de un asesinato. Se atribuyó la muerte de Molière a la ruptura de una vena, ocasionada, según los médicos, por violentos ataques de tos.

(Conversé con el doctor Mauvillan, el médico del comediante. La sangre debe derramarse hacia afuera del cuerpo, nunca hacia adentro, como ocurrió, dijo el doctor Mauvillan. Durante años había tratado lo que llamaba el “estado de ansiedad” de Molière, o el “estado de melancolía”, causado por la bilis negra, uno de los cuatro humores del organismo, cuyo exceso conduce a la tristeza).

Regresemos con Armande. Era hermana de Madeleine Béjart, la principal actriz de la compañía. La conocí tan pronto como llegó a París, aún adolescente: provenía de una aldea cerca de Nímes. donde la había criado una amiga de Madeleine. La caravana de la compañía de Moliére pasó por la ciudad y Armande se incorporó al elenco. Moliére le enseñó el arte de representar (Madeleine dice que fue ella) y Armande adoptó el seudónimo de Menou. Era una adolescente, pero poco a poco se fue transformando en una mujer muy bonita, y por una de estas trampas del destino mi atracción por Armande se volvió irresistible en el momento en que ella se casó con Molière, cuando tenía cerca de veinte años de edad, en agosto de 1662, en la iglesia de St. Germain lAuxerrois.

Los enemigos de Molière decían que Armande era una mujer promiscua, le decían cornudo y aseguraban que ella era su hija. Había una diferencia de veintidós años entre las dos hermanas; Molière de hecho había sido amante de Madeleine Béjart desde la época en que los dos eran muy jóvenes; y los malediscentes comparaban la fecha en que esa relación había empezado con la fecha de nacimiento de Armande para probar su teoría repugnante. Estos envidiosos no tenían límites.

Siempre apoyé a Molière, desde que él, aún muy joven, contra la voluntad de su padre, comenzó a frecuentar el ambiente teatral e hizo amistad con la Béjart y con Tiberio Fiorilli, célebre como Scaramouche (los italianos decían Scaramuccia). Moliére y la Béjart fundaron L’Illustre Théátre. Los ayudé para que debutaran en París con la protección del tío de Luis XIV, el príncipe Gastón d’Orléans. Pero L’Illustre Théâtre no tuvo éxito, no les pagaba a sus proveedores, y un comerciante de velas logró que a Molière. por el hecho de ser el director de la compañía, lo arrestaran por deudas. No fui a sacarlo de la prisión del Châtelet solamente porque en 1645 estaba en Alemania, en la guerra. Lo ayudé a regresar a París de su peregrinación por la provincia en 1658, y logré que preparara un espectáculo para el rey, en la sala del Vieux Louvre, que consistía en una tragedia de Corneille, Nicomède, y una farsa suya, El médico enamorado. La tragedia fue un fracaso; en la compañía de Molière, la Béjart era la única que sabía actuar una tragedia. Molière era eficiente en las comedias, pero Chapelle solía decir que si él no fuera el director de la compañía y el autor de las piezas, no conseguiría los primeros papeles, como sucedía. Sin embargo. El médico enamorado fue un gran éxito, que agradó mucho al rey. Después de la ópera, lo que más le gustaba al rey era el teatro, del teatro prefería las comedias y entre las comedias su predilección era por las farsas. En aquel mismo año. no fue difícil conseguir que Molière se instalara en la sala del Petit-Bourbon, compartiendo el espacio con la compañía italiana de Tiberio Fiorilli. Y también que Monsieur patrocinara financieramente a la compañía. El patrocinio del hermano del rey fue de gran ayuda.

Cuando una actriz del grupo, la bella Marquise- Thérèse, de quien Moliére era amante, se fue y se unió a la compañía del teatro de Bourgogne (dicen que se había casado secretamente con Racine). fue conmigo con quien Moliére vino a quejarse. En esa misma ocasión, él y la De Brie, la nueva estrella de la compañía, casada con uno de los actores, se volvieron amantes. La De Brie y la Madeleine Béjart se disputaban los mejores papeles y por eso, y tal vez porque supiera lo que estaba sucediendo, Madeleine se peleó con Molière y fui yo quien escuchó pacientemente sus lamentaciones. Después lo ayudé a salir de la melancolía en que se hundió cuando Madeleine lo dejó definitivamente. Cuando ella murió, fui uno de los amigos que se solidarizaron con él en su dolor. Fui el primer lector de las peticiones que hizo al rey solicitando protección, después de la prohibición de Tartufo. Siempre lo defendí de los ataques que sufrió, e intercedí para liberar sus piezas. Obtuve para él la protección del príncipe de Conti, trabajé para que después consiguiera el amparo de Monsieur y finalmente el de su Majestad. Mi vida estaba ligada a la de Molière. Yo era su amigo.

El era un mimo extraordinario y le encantaba, cuando estaba de buen humor, lucir ante los íntimos sus dotes de mimo, sugiriendo, apenas con un gesto del cuerpo o una expresión del semblante, sentimientos de alegría, de dolor físico, deseo, entusiasmo, miedo. Pero para representar la tristeza no necesitaba de tiempo para prepararse, era como si la tuviera firmemente arraigada en el alma. Ni siquiera usaba los recursos fulgurantes que le daban tanto brillo a sus otras mímicas. Su rostro se quedaba inmóvil, eran sólo sus ojos los que lo decían todo-, incluso el más alejado de los circunstantes notaría la gran amargura de su mirada y de su semblante. Porque él no estaba representando. Aquella tristeza, aquella melancolía, que lo volvían ansioso e insomne, eran verdaderas. Como yo lo sabía, no me sorprendía cuando, reunidos alrededor de una mesa para cenar, él, que estaba contento, súbitamente se ponía taciturno. O a veces agresivo; o con ganas de estar solo. La mayor virtud de un ser humano es la bondad, y Molière era un buen hombre. La otra gran virtud es la capacidad de crear obras de arte. Molière tenía esos dones y merecía toda nuestra paciencia, indulgencia y comprensión.

Pero me sentía culpable de su muerte. A final de cuentas, yo lo había dejado morir envenenado, al buscar cobardemente, mientras agonizaba, a un padre, y no a un médico. Es cierto que el médico quizá no lo salvaría, el veneno ya había empezado a producir su efecto letal; pero ¿quién sabe si los vomitivos, que los médicos siempre aplican a los enfermos, junto con lavativas y sangrías, no lo hubieran salvado?

Pero no sentía culpa por haberlo traicionado con Armande, ni arrepentimiento. El arrepentimiento, como nos enseña Michel de Montaigne, es una negación de nuestro deseo y una oposición a nuestras fantasías. Además, todo mundo cometía adulterio, empezando por nuestro propio y bien amado rey, que llevaba a sus amantes a vivir en el palacio y no podía ver una mujer bonita sin cortejarla. Pero lo cierto es que, tal vez porque ya no podía hacer nada por él, me sentía en deuda con mi amigo. Y sólo había una manera de aplacar mis tormentos: descubrir al asesino de Molière. No sabía lo que iba a hacer cuando lo descubriera. No podría probar nada, a menos que la persona confesara, pero ¿quién haría una cosa así? ¿quién se incriminaría con esa gravedad sin ser atormentado en una cámara de torturas? Y principalmente yo no podría involucrarme directamente en la denuncia del criminal, tendría que hacerlo por interpósitas personas. Había otros motivos para esconderme, muy fuertes, pero todavía no quiero hablar de eso. El secreto que ocultaba era atormentador, su revelación podría costarme la vida.

3.

Un asunto del cual todavía no quería hablar

El mes siguiente al de la muerte de Molière se ejecutó la sentencia de muerte de Jean Hamelin, conocido como La Chausée. La marquesa de Brinvilliers lo había introducido como lacayo en casa de sus hermanos a fin de que los envenenara. El lacayo había sido encarcelado y condenado por esos crímenes, pero la marquesa escapó, y huyó a Inglaterra.

La Chausée fue ejecutado en plaza pública, en la rueda. No quise ver el siniestro espectáculo y ese día fui a visitar a mi padre en su castillo, distante de París. Sin embargo, supe por varias personas cómo se cumplió la pena de muerte, que siguió los trámites establecidos por la justicia.

Una multitud cercaba el patíbulo erigido en la plaza de Gréve. La llegada de La Chausée fue recibida con silbidos, abucheos e improperios. Cuando pusieron a La Chausée con las piernas abiertas y los brazos extendidos

sobre dos pedazos de madera dispuestos en forma de la cruz de San Andrés, la multitud aplaudió calurosamente.

Entonces el verdugo, con una barra de fierro, le rompió los huesos de los brazos, de los antebrazos, de los muslos, de las piernas y del pecho. A cada golpe la multitud gritaba exultante.

A pesar de que tenía casi todos los huesos partidos, La Chausée, antes de que se cumpliera la segunda parte de la sentencia, aún estaba vivo, respirando con dificultad. El verdugo tenía experiencia, tenía órdenes de hacer que el suplicio rindiera, de retardar la muerte.

En seguida el ejecutor y su acólito acostaron al condenado de espaldas en una pequeña rueda de carreta, suspendida horizontalmente en el aire por un poste de fierro, sus brazos y sus piernas quebrados y amarrados atrás del cuerpo, la cara hacia arriba, para que, mientras durara, hiciera su penitencia mirando hacia el cielo, a merced de la misericordia de Dios.   n

Rubem Fonseca. Escritor. Entre sus libros, La Cofradía de Los Espadas.

Traducción de Rodolfo Mata y Regina Crespo

 1 En aquella época, el nombre se escribía Pocquelin, como hace el Marqués Anónimo, autor de este libro, y también J.-L. Grimarest, en el clásico La vie de M. de Molière. publicado en 1705. (Rubem Fonseca.)

Doce sonetos para contrabajo

DOCE SONETOS PARA CONTRABAJO

POR ELISEO ALBERTO

“Hace veintitantos años y una noche que dejé de escribir poemas”, dice Eliseo Alberto en la entrevista que ofrecemos páginas atrás. “Entonces era un muchacho enamorado que andaba por el barrio de La Víbora con una flor de fuego en cada mano. Fue una puerta que acabé por cerrar a calicanto. De pronto hago letras de boleros para amigos trovadores y timo décimas, de chiste, que leo en los cumpleaños de los míos”. Pero a su regreso de La Habana, en vez de una crónica se sentó a cocinar una docena de sonetos al pastor que ahora presentamos.

I: En el muro del malecón

Si me obligan, me robaré La Habana. La romperé, verás, con un martillo. Traeré de contrabando, en el bolsillo, la noche, nuestro mar y tu ventana.

Si me obligan, me robaré el pasado. Me llevaré mi calle y sus portales, tu juventud, un verso, las postales de esa islita que el odio me ha negado.

Si me obligan, me robaré La Habana piedra por piedra, amor, pena por pena. Mi vida rompo, guardo los pedazos.

Escapo antes que sea de mañana. Me verás dando tumbos por la arena como quien lleva a su mujer en brazos.

II: En Arroyo, frente a “Villa Berta”

Desesperado te busco y no te hallo en ninguno de nuestros escondites. No hagas trampas: por más que tú lo evites te escucho respirar cuando me callo.

Si sufres, ¡ay!, mi amor, de amor estallo. No soy menos que tú, sólo más viejo. Mis manos de tus manos son reflejo. En tu batalla, a tu lado, hoy batallo.

Estás dentro de mí, ¡de qué me quejo! No perderte jamás: eso deseo. Cada noche, con qué ilusión, te llamo.

Mientras vea tu miedo en cada espejo responderé por ti, niño Eliseo. Desesperado te busco: yo te amo.

III: En el cementerio de Colón

Vine a verle, papá. Ya hacía mucho que deseaba visitarlo, a solas. Le cuento: ayer vi el mar, deshecho en ol Atiéndame, caramba. No lo escucho…

Usted duerme, claro. Todo está oscuro. Debieran encender esas bombillas… Mire allá: dos fantasmas con sombrillas escalan juguetones por el muro.

Okei. Lo espero. Duérmase. Qué cosa. Mejor le canto una canción de cuna. Es broma. Ah, y si despierta no se ría

al ver que en su sepulcro hay una rosa. Lo extraño. Es tarde ya. Salió la luna. Quería besarlo, ¿no?… Será otro día.

IV: Viendo un viejo álbum con mi hermana

A la infancia, Fefita, se regresa por un puente de niebla, centenario. Mamá toma las fotos: Ana y Mario con sus hijas. Son Lourdes y Teresa.

Tu imagen, mi jimagua, guardo impresa. Fuiste feliz, al menos un segundo: “Coño, viejo, viste: se quemó El Mundo”, dice Mario. Papá golpea la mesa.

La vida es un retablo. La memoria nos llama. Vamos, Fefé. Cada loco con su tema. Mario lo dijo al irse:

“no confundan los sueños con la historia”. La niebla se disuelve poco a poco. La infancia es mal lugar para morirse.

V: Por el barrio chino

Huele a semen, de noche, el barrio chino. Cuatro putas usadas se pasean por la calle. Dos griegos las desean. Lleva el chulo camisa azul, de lino.

Una señora grita a su vecino, de balcón a balcón. Su voz se apaga. ¡Cómo sangra la noche por la llaga del loco y la borracha y su asesino!

Espías, camajanes, atorrantes se ofrecen a buen precio como amantes. “Chinito tú, chinita yo, ¡mi chino!”.

La noche es una vieja puta enferma. La basura se mezcla con la esperma. “Si no vino a templar, ¿para qué vino?”.

VI: Calle E, entre 21 y 23, La Habana, Cuba

Me persiguen… ¿Será que me persigo? Alguien escapa. ¡Atájalo! Lo atajo. Lo mismo cuestarriba o cuestabajo, cómplice hoy no seré de mi enemigo.

Me vienen a buscar. ¿Por qué me escondo? Encenderé la luz. Quito el postigo. No quiero claudicar. Cuento contigo. Ábreme el corazón. Sólo en el fondo de ti me salvo. Ten mi abrazo. Ligo el que dicen que fui al que pienso he sido. ¿De qué me acusan? No soy miserable

ni fiscal ni abogado ni testigo… No me arrepiento. Asumo lo vivido. Sólo de ti quisiera ser culpable.

VII: Un e-mail para mi hermano Rapi

Hoy quiero, Rapi, andar por tu “paisaje”, la Calle 23, aquellos bares… ¿Por qué regreso siempre a esos lugares si para entrar me cobran el peaje?

La Habana sigue igual: ¡loca y salvaje! (perdón: por poco digo rencorosa). Nada reclamo y ve cómo me acosa la ciudad… Sólo traje lo que traje:

una hija, cuatro libros, un pasado, Tú que fuiste un eterno enamorado y presumes por único equipaje

tu torpe corazón, querido hermano, dime “todo está bien”. Dame la mano. Llora conmigo, al regresar del viaje.

VIII: En el cuarto de abuela Berta

¿Qué olor me asalta? ¿Acaso el de la abuela cuando abría las puertas del armario y entonces un aroma a escapulario apagaba la llama de la vela?

¿A qué huelen los viejos?… ¿A santuario? En un roto cuaderno de la escuela Berta guardaba (un ejemplo) esta esquela: “De amor, ha muerto ayer, en el acuario, un travieso delfín llamado Pablo”. Oía Radio Nacional de Francia —a pesar de ser sorda: ¡curiosa era!

Sé que mi abuela me escucha si le hablo. Lo sé cuando respiro esa fragancia que destilan las cruces de madera…

IX: En Santa Fe

Carlos Valera canta. Pichi lanza piedras contra ese mar, desde su casa. Elsita me pregunta, ¿qué te pasa? Sergio, mi primo, entre la niebla avanza.

Wendy dice que tanta calma cansa. Juan Carlos dora al horno una merluza. Senel, en paz, la vida desmenuza. José toca su nueva contradanza…

Camino con Abilio por La Habana, Olga, Aramís, las niñas y Marcelo me ofrecen un banquete de esperanza…

Duermo en el viejo cuarto de mi hermana. Bella Esther va camino de su cielo. Mi hija me ruega: “Por favor, ¡descansa!”.

X: Frente al Hotel Riviera

Hoy quisiera ir al bar “El Elegante” si mi tío Felipe toca el piano. Brindaré por los muertos: Emiliano, Eddy, Rolando, Paco —¡tan campante!

Triste, solo, borracho y delirante los veo pasar detrás de las vidrieras. Titón entra al cine. Wichi Nogueras tiene cita de amor —como un diamante atraviesa el cristal: ¡de aquí a La Nada! Los muertos son los dioses de la vida. Hoy quisiera abrazarme a un contrabajo

Pitan los barcos. Ya es de madrugada. Esa sombra es papá: no anda perdida. Yo le presto mi cuerpo, ¡qué carajo!

XI: En el jardín, con María José

La patria es ara no pedestal.

José Martí

Hace años presumía: o todo o nada. Comparaba qué tuve a lo que tengo. Ya nunca me pregunto, ¿voy o vengo? ¡Ah!. soberbia: bandera abandonada.

El tiempo esgrime su navaja. Cada paso me anima, del rencor me aleja… La esperanza jamás se pone vieja. Hace tiempo, por ti, guardé la espada.

Porque lo pides, abriré la reja aunque a mi viejo corazón le duele. Puedo volver. Lo sé. Rompo esa puerta.

“Es por tu bien” —María me aconseja… El aire del jardín a Cuba huele. No es ara la patria. La patria es huerta.

XII: Por una calle de El Vedado

Yo pude de tristeza haberme muerto, ¿por qué volví a mi casa? ¡Qué sé yo! Me habían advertido que en el puerto sólo flota lo que antes naufragó…

Tantos recuerdos viejos, ¡cómo no! Pregúntale a mi sombra: fue testigo. Mi patria no es mi patria, se acabó. No sé cómo decirlo ni qué digo.

Que el dolor no me impida ser sincero. Exígeme otra vez que no me calle. La vieja casa ya no era la que era

y apenas aguacero, el aguacero. Mi sombra huyó por una bocacalle. Entiérrala en La Habana cuando muera.            n

Eliseo Alberto. Escritor. Entre sus libros. Informe contra mi mismo y Caracol Beach

A media Calle

Paseo de colonialistas

RETRATOS CON PAISAJE

PASEO DE COLONIALISTAS

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

Remedio contra el ambulantaje

El centro proclamado “histórico” (como si Coyoacán, Chapultepec, Churubusco, Chalco o la Villa no tuvieran historia) de la Ciudad de México es un muladar entre templos y palacetes de los siglos XVIII y XIX en continua restauración… y en continuo desgaste. Tianguis, miseria, basura, congestionamientos de gente y automóviles.

María Félix tronó hace una década contra tanto tianguis, basura, orines, caca, vecindades en ruinas… ¿Pero alguna vez el México viejo (título de la mayor obra de nuestro mejor “cronista colonial”: Luis González Obregón) fue de otro modo? Sólo en la época azteca, cuando se concentró la dorada burocracia de militares y sacerdotes en Tenochtitlan… y se expelió el tianguis a Tlatelolco.

Pero desde los comienzos de la ciudad colonial, precisamente para eso servían las calles y acequias del centro: para tianguis, basura y densa vida de pobres, paupérrimos, a la intemperie. Nunca se encontró remedio contra la mendicidad, la picaresca ni el comercio callejero, por más que se trató de reglamentar y trasladar los mercados; se decretaron reglamentos de higiene y buenas costumbres (Revillagigedo prohibió la circulación de pelados semidesnudos en la Plaza Mayor); se lanzaron amenazas e improperios oficiales.

Según Lucas Alamán (Disertaciones) uno de los remedios más curiosos contra el ambulantaje ocurrió frente al actual Monte de Piedad. Ahí había una capilla del gremio de los talabarteros. ¿Por qué otra capilla a pocos pasos de la Iglesia Mayor, que sería catedral, en plena plaza? Dizque se suponía que ahí se había celebrado la primera misa pública en la ciudad, ya conquistada. El caso es que los tianguistas la rodearon con sus puestos y mercancías, su tráfago, sus gritos, olores y picaresca.

El obispo Palafox perdió la paciencia, pues “a su alrededor había puestos y se ataban las bestias que entraban cargadas con ñuta”, y “prohibió una y otra cosa con excomunión”. Nada menos. No logró mayor resultado. La capilla siguió ahí, como otro puesto astroso más en mitad del tianguis. Finalmente fue derribada en 1823.

Conviene recordar esto ahora que el “rector” (como si se tratara de una universidad) de la Basílica de Guadalupe pierde la paciencia ante el multitudinario tianguis en que se han convertido el atrio y los alrededores del Tepeyac. Tampoco fue de otro modo la Basílica en el siglo XVIII. si hemos de creerles a Veytia y a Clavijero, por ejemplo.

Nada cambia nunca

Algunos escasos potentados han tratado, a través de los siglos, de establecer palacios europeos en el centro. Así les ha ido. Ese centro siempre ha sido zona de alta miseria. Podemos leer en las Leyendas de las calles de México, del insuperado Cronista de la Ciudad Luis González Obregón:

En general, las calles y plazas presentaban, hasta antes del virreinato del segundo conde de Revillagigedo. un aspecto asqueroso… siempre encharcadas con aguas sucias y pestilentes, desempedradas, sin aceras o banquetas, casi a oscuras en los siglos XVI y XVII, y apenas alumbradas en el siglo XVIII.

Los vecinos arrojaban, desde las ventanas y balcones de los pisos altos y desde las puertas de las accesorias de los pisos bajos, basuras, trapos viejos, tiestos rotos, perros y gatos muertos y cuantos desperdicios les estorbaban, no siendo extraño que en las noches algunos vecinos, al transitar por las calles, recibieran el contenido nada limpio de vasos reservados.

Las plazas no guardaban mejores condiciones que las calles. Inclusive la Mayor, servían de mercados públicos, ordeñas de vacas, chiqueros de cerdos y aun rastros para hacer la matanza de los carneros y reses…

Las ventanas y balcones de las casas eran tendederos… Las tiendas tenían los mostradores en las mismas puertas, de manera que los que iban a comprar se detenían en las calles para proveerse de las mercancías, obstruyendo el paso a cada instante y golpeándose las cabezas con muestras o letreros colgantes, que entonces no se ponían fijos sobre los muros sino pendientes de mástiles, más o menos inclinados…

Las calles, aparte de su mala pavimentación, veíanse invadidas por infinidad de comerciantes ambulantes; pero no pocas eran mansión tranquila de caballos, asnos, muías, vacas y otros animales…

Abundaban los mendigos: unos ciegos o cojos; otros arrastrándose o enseñando asquerosas llagas… La miseria reinaba por todas partes, y la misma plebe que servía los amasijos de pan, en los obrajes… vivía casi desnuda en la mayor pobreza, no sólo por los conos salarios que percibía, sino por sus vicios, predominando en ella la embrutecedora embriaguez y el juego en todas sus formas, dando origen muchas veces a riñas callejeras que proporcionaban presos a las cárceles y cadáveres a los cementerios… muchos sin calzones y sólo embozados con mantas, tilmas o simples ayates.

La ciudad lago

Prosigue González Obregón:

De todas las siete acequias mencionadas, la de Mexicaltzingo y la Real fueron las más concurridas por el tráfico de las canoas, y por ellas el comercio de los pueblos indígenas del sur era activísimo. ¡Contraste singular! Mientras el canal de la Viga, conectado con estas acequias, corría desde los pueblecitos pintorescos de Iztacalco, Chalco y Xochimilco, alegre, gozoso en medio de hermosos campos sembrados de flores y legumbres, cuajado de canoas y chalupas henchidas de mercancías e impulsadas por los remos de los indios, al penetrar a la ciudad por las citadas acequias todas aquellas pequeñas embarcaciones, tripuladas por sus dueños, que ensordecían con sus gritos al pregonar sus efectos, ocultaban las aguas pesadas, negras y cenagosas, que hacían difícil la navegación y envenenaban el aire con sús pestilentes miasmas.

Y sin embargo, por esas aguas recibieron nuestros abuelos las legumbres que se vendían en el Mercado de la Merced, las flores que dieron nombre al portal situado en la Plaza, y las frutas que también lo dieron al que existió en la calle del Coliseo [16 de septiembre]… La multitud de desperdicios, hojas, cáscaras de fruta, etc., procedentes de los tripulantes de las canoas trajineras; las basuras y animales muertos, perros y gatos, que los vecinos arrojaban desde los balcones y ventanas, contribuían al continuo azolve de las acequias que… presentaban el aspecto más asqueroso y repugnante y el foco más propicio de enfermedades endémicas y de epidemias que existió en la Nueva España.

De modo que siendo naturalmente como lo vemos y olemos, “el centro histórico” en que nos magullamos y tropezamos a cada paso, conserva en nuestros días las tradiciones antiguas con espontánea fidelidad, y resulta reflejo puntual de la ciudad virreinal… que ya era harto espantosita.

Remedio contra salvajes peseras

El capitalino de nuestros días abomina de todo tipo de cafres, especialmente de los choferes de peseras.

También hubo salvajes cocheros en el virreinato, incluso de alquiler. El 31 de octubre de 1777 se emitió un bando contra ellos, que podrían aprovechar las autoridades actuales en cuestión de peseras, camioneros y traileros:

Que ningún Cochero aligere los pasos [imponga mayor velocidad] de las mulas, ni atropelle persona alguna, de cualquiera clase y calidad que sea, antes vayan voceando y avisando para que se aparten, ni menos impidan el tránsito con arrimar demasiado los Forlones [estacionando los carros] a la pared, pena de doscientos azotes en forma de justicia, y cuatro años de Presidio, sólo en virtud de la sumaria información que se le hiciere, por la que conste haber cometido alguno de los relacionados excesos, sin que se les admita excusa o recurso que pueda retardar la ejecución. Se prohíben bajo la propia pena, las competencias de carreras y adelantamientos a porfía: Que no usen de su ejercicio estando ebrios… y que no domen muías por las calles con madrina [juntar una mula bronca con una domesticada a que tiren los carros, para que aquélla vaya aprendiendo de ésta], ni se pongan [muías] broncas ni cerreras [salvajes, sino mansitas] en los coches…

El filántropo

Ahora que ha fallecido el Estado Benefactor, la justicia social queda en manos de puros filántropos, como las campañas de “buena voluntad” de las empresas televisivas, como el teletón. O efusiva filantropía pop o ninguna justicia social.

Durante el virreinato no fueron raros los millonarios que construían alguna obra piadosa para ganarse el cielo y disimular la manera en que acumulaban su fortuna. Alguno, un “redomado benefactor”, construyó un hospitalito “para pobres”, en cuya puerta apareció un compendioso pasquín, como éste que recuerda Valle Arizpe en Calle vieja y calle nueva-.

El señor don Juan de Robres, Con caridad sin igual, Hizo este santo hospital …¡Y también hizo a los pobres!

El despertador o la eutanasia virreinal en Lima

Nuestros autores colonialistas surgieron de la fiebre romántica (Walter Scott, Alejandro Dumas padre, Víctor Hugo, los libretistas de Bellini, Donizetti, Verdi) sobre la Edad Media y épocas aún más remotas; e intentaron algunas novelas (Martín Garatuza, de Riva Palacio; diversas obras de José Tomás de Cuéllar, Eligió Ancona, Heriberto Frías, Justo Sierra O’Reilly, José Pascual Alma- zán, etcétera); poemas y dramas (Heredia, Rodríguez Galván, Ama

do Nervo, Peza) de color costumbrista y pretérito. Pero en seguida prefirieron el género breve que aquí se llamó “crónica colonial”.

Sus inventores no fueron mexicanos, a pesar de los empeños del Conde de la Cortina. Vicente Riva Palacio, Francisco Sosa y Juan de Dios Peza, sino el español Ramón Mesonero Romanos y el peruano Ricardo Palma, muy superiores en todo a sus émulos mexicanos.

Mesonero Romanos y Ricardo Palma no trataron de dar gato por liebre ni de confundir la historia con la invención o la ocurrencia mediante el contrabando de un término anfibio: “crónica colonial”. A veces referían asuntos con cierta fuente documental o que se había conservado por tradición oral, pero con frecuencia inventaban francamente sus anécdotas, leyendas y sucedidos a su gusto. O los escogían y exageraban con deliberada picardía decimonónica, voltaireana (contes), aunque a ratos trinaran contra jacobinos, republicanos y masones. De ahí tantas historias de jocosos cornudos y milagritos chuscos (a una monja se le queman los frijoles e invoca a la Virgen Milagrosa para que se los desqueme). Para ello labraron sus propios géneros, con nombres específicos.

Mesonero Romanos llamó simplemente “escenas” a sus escritos sobre episodios reales o imaginarios de Madrid: Escenas matritenses; Palma denominó “tradiciones” a sus escenas peruanas, incluso a las que se le acababan de ocurrir: Tradiciones peruanas.

Eran cuadros de costumbres y episodios de fábula, con cierta cercanía a los que habían efectivamente leído o escuchado, y los “doraban” con ciertos arcaísmos y una prosa coloquial, quijotesca, bien surtida de refranes, letrillas, coplas y dichos, para que parecieran “cuentos de viejas”. añejos testimonios o narraciones corridas de boca en boca.

Lo que exalta a Ricardo Palma, y en menor medida a nuestros Luis González Obregón y Genaro Estrada, es la ligereza y el desprecio o la crítica de la pedantería de anticuarios, sacristanes e “historiadores de arte”. Esa pedantería, esa pesantez, ha hundido en buena parte a Artemio de Valle Arizpe, quien a pesar de su gracia y de su conocimiento indiscutibles, a cada página pierde lo ganado como narrador, con la ostentación de terminajos y opiniones misceláneas de arquitectura, escultura, historia, filología, liturgia de sabihondo: todo servido a la vez como en caldo miserere. Cuando Valle Arizpe habla de un convento, olvida de pronto que está narrando y se suelta una incontinente, interminable, espesa conferencia sobre arquitrabes. Palma la elude frente al convento de San Francisco en Lima: “No cuadra al carácter ligero de las Tradiciones entrar en detalles de las bellezas artísticas de esta fundación”.

Ricardo Palma se erigió en el gran maestro del género de estas prosas narrativas breves, y su Lima imaginaria compite o supera a la real de los tiempos virreinales. Sus Tradiciones peruanas se tradujeron a varios idiomas y fueron admiradas en todo el mundo. Las aplaudieron Unamuno y Rubén Darío. Se siguen reeditando y vendiendo muy bien en varios países. (Palma se carteaba con Vicente Riva Palacio, Francisco Sosa y Luis González Obregón.)

Entre sus asombros, que uno duda si llamar fruto de la erudición o de la imaginación y la travesura del gran autor peruano, ocurre esta inesperada “tradición” limeña a favor de una inusitada piedad cristiana hacia los moribundos: la eutanasia en tiempos virreinales.

Leemos en “Fray Juan Sinmiedo” la “tradición” del despertador.

Antes de continuar digamos lo que en muchos pueblos del Perú se conocía por despenado): Era el de éste un oficio como el de otro cualquiera, y ejercíase con muy buenos emolumentos en esta forma:

Cuando el curandero del lugar desahuciaba a un enfermo y estaba éste aparejado para el viaje, los parientes, deseando evitarle una larga y dolorosa agonía, llamaban al despenador de la comarca. Era el sujeto, por lo general, un indio de feo y siniestro aspecto, que habitaba casi siempre en el monte o en alguna cueva de los cerros. Recibía previamente dos o cuatro pesos, según los teneres del moribundo; sentábase sobre el pecho de éste, cogíale la cabeza, e introduciendo la uña, que traía descomunalmente crecida, en la hoya del pescuezo, lo estrangulaba y libraba de penas en menos de un periquete.

A Dios gracias, hace cincuenta años que murió en Huacho el último despenador. y el oficio se ha perdido para siempre.

Retrato de una dama

Se han ponderado desde hace un siglo, en varios idiomas, los conocimientos históricos y filológicos, la habilidad narrativa, la facilidad de invención, la soltura coloquial y la gracia expresiva de las Tradiciones peruanas. Ricardo Palma solía además atinar en el arte del retrato, como éste de cierta dama llamada Consuelito (“El encapuchado”):

Imagínense ustedes una limeñita de talle ministerial, por lo flexible; de ojos de médico, por lo matadores, y de boca de periodista, por el aplomo y gracia en el mentir. En cuanto a carácter, tenía más veleidades, caprichos y engreimientos que alcalde de municipio, y sus cuentas conyugales andaban siempre más enredadas que hogaño las finanzas de la república. Lectora mía: Consuelito era una perla, no agraviando lo presente.

Universitarios

La Real y Pontificia Universidad de México no persiguió fines académicos, sino suntuarios. Tuvo rectores de diecisiete años de edad. Se expedían doctorados como títulos nobiliarios, en subasta al mejor postor. Las fiestas de graduación, obligatorias, resultaban carísimas, sólo accesibles para los potentados. A la Universidad de San Marcos en Lima no le iba mejor. Ricardo Palma registra (“Vítores”) una décima contra tales universitarios asnales y precocísimos, a propósito de un “novel doctor” de 1788, Jorge Escobedo:

Si en Roma el emperador Calígula por su mano Declaró cónsul romano A su caballo andador. No se admiren que el Rector Por su sola autoridad Ultrajando a la ciudad, Como quien se tira un pedo, Haya hecho miembro a Escobedo De aquesta Universidad.   n

José Joaquín Blanco Escritor. Su más reciente libro es Poemas y elegías.

La ciudad y los años

ESCRITOR EN SU TINTA

LA CIUDAD Y LOS AÑOS

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Mi abuelo materno, caballero alto, sumamente alto y enchapado a la muy antigua, construyó un bello caserón y tres casas más a un lado: dos para sus hijas —en la de mi madre nací yo—, y una más para algún amigo de buen apellido venido a menos. Pero el pobre “Largo Caballero” o “Caballero de la triste figura”, como solían llamar a mi abuelo otros señorones de aquella Lima que cantó Chabuca Granda y que apenas si existe ya en algunos corazones limeños, tuvo la pésima suerte de que el APRA, que entonces era el partido del pueblo por excelencia y terror de la oligarquía, construyera su local partidario a un lado y hasta un comedor popular. Ricos y ricachos que se habían mudado a la avenida Alfonso Ligarte por ser ésta la primera de cuatro pistas que se abría en Lima, la abandonaron rápidamente. Mi abuelo, en cambio, se quedó ahí hasta su muerte, para que los apristas no fueran a pensar que tenía miedo a sus insultos y amenazas. A veces, por la tarde, el viejo y flaco caballero salía a caminar un rato y lo hacía con su bastón de estoque en mano. En más de una oportunidad lo desenvainó —cuentan—, y algo debe haber de cierto, pues el día de su muerte en el local del APRA se puso bandera a media asta y callaron los altavoces que tanto habían molestado a mi abuelo, ya que parecían estar siempre dirigidos al patio de su casa, con música vernacular y con volumen altamente abusivo. Con los años, los apristas parecían haberle tomado cariño a ese viejo valiente y obstinado.

El Country Club de mis veraneos de adolescente era entonces uno de los más bellos clubes y hoteles de Lima y se levanta en lo que fue una de las más hermosas zonas de San Isidro, entonces barrio residencial por excelencia. Su decadencia fue tan atroz que llegó a ser local de mafias asiáticas que, tras la fachada de un negocio de vulgares tragamonedas, llegaron a usarlo para ocultar toda una trata de inmigrantes indocumentados de la China comunista. Hoy gracias a empresas de hostelería nacionales y extranjeras, el Country Club ha sido totalmente

restaurado, aunque muy amputado de sus hermosos jardines de antaño y, cómo no, rodeado y aplastado por las modernas “torres” residenciales que han terminado por arruinar avenidas como El Golf y Javier Prado.

Definitivamente, el Country Club ya no será un lugar para mis veraneos, como no lo será tampoco la playa de La Herradura en que me bañé hasta que, en 1964, me trasladé a Europa. Hoy, de vuelta a mi país, me acerco hasta esa zona de Chorrillos —pasando por los distritos de Miraflores y Barranco, recuperado lugar residencial de animada vida cultural y nocturna, en el que me gusta detenerme a pasear o a visitar a algunos amigos—, pero sólo para almorzar en El Suizo, un restaurante de toda la vida al que me lleva siempre la nostalgia de unos excelentes platos de cocina peruana. Ahí sigue El Suizo, en tímida e incrédula espera de tiempos mejores, pero rodeado de todo tipo de comederos o de dudosos lugares a los que la gente acude para bailar chicha o salsa. Como tantos limeños, para bañarme en una buena playa sin duda tendré que dirigirme bastante más al sur, hasta Villa, El Silencio, Los Pulpos o La Quebrada.

Sé que mí tendencia de viejo limeño me hará recluirme en los barrios que fueron los míos, sea porque allí viví, como San Isidro, que aún hoy es uno de los más hermosos y mejor conservados. Pero sé también que esa tendencia se verá ampliada a Miraflores, Monterrico, Las Casuarinas o Barranco, porque allí viven muchos de mis amigos y familiares. Y cuando de un recorrido sentimental se trate, me internaré en el viejo centro de Lima, el monumental e histórico, hoy recuperado en la medida de lo posible, tras haber pasado largos años abandonado al comercio ambulante, una salvaje especulación inmobiliaria, una gran tugurización y a todo tipo de informalidad. Buscaré por ahí los lugares en que vivieron tantos parientes o lo que queda de aquel Banco Internacional en que trabajaron mi padre y mi abuelo. Buscaré las coloniales iglesias en las que oí misa con mis abuelos y también el palacete de la avenida Alfonso Ugarte en que ellos vivieron y que desde hace décadas se convirtió, a la muerte del patriarca familiar, en Logia Masónica de Lima.

Otro lugar al que ya he ido varias veces y cuya decadencia me ha chocado es Chosica, donde mi familia tuvo una vieja casona en la que pasamos varios inviernos. Por ahí cerca, en Los Ángeles, y siempre con ese microclima de sol todo el año, en contraste con la gris humedad invernal de Lima, se hallaba también el colegio inglés en el que estudié mis años de educación secundaria. Pero, en fin, de aquello hoy nada queda y si aún me doy algún salto por ahí es debido a una fuerte nostalgia de mundos idos irremediablemente, pero que todavía habitan mis sueños. Igual pasa con La Punta, el balneario en que mi familia veraneaba cuando yo era un niño. Está bastante cuidado, sin duda porque ahí se encuentra la Escuela Naval del Perú y muchos importantes marinos viven hoy en el aún más hermoso malecón Cantolao o Figueredo. Pero tampoco existe ya la casa en que vivimos. La casa de mis veraneos infantiles pasó a mejor vida y en su lugar se alza hoy una vivienda impecablemente conservada.

Ya es un hecho varias veces comprobado: mi retorno al Perú, al cabo de casi 35 años de residencia en Europa, me llevará a menudo a mundos desaparecidos o abandonados y a la consiguiente búsqueda de nuevos espacios por los que transitaré cada vez que salga de la casa en que vivo hacia lugares a los que me lleva el trabajo y también hacia las casas en que viven mis amigos y familiares. Estas se hallan dispersas por muy distintas zonas nuevas de una inmensa ciudad en la que, durante un buen tiempo, sin duda alguna, continuaré sintiéndome perdido en un gigantesco desorden urbanístico, chato y desparramado sobre la costa, y también entre las últimas y arenosas estribaciones de los Andes, sobre cerros. Mi consuelo consiste en saber que casi nadie en la Lima de hoy sabe muy bien cómo llegar a ninguna parte que no sea la de su habitual recorrido.  n

Alfredo Bryce Echenique Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

El Estado laico

CALEDOSCOPIO

EL ESTADO LAICO

POR JOSÉ WOLDENBERG

El estado laico es:

•  una construcción histórica,

•  precepto constitucional,

•   imprescindible para la convivencia de personas de distintos credos y sin ninguno,

•  piedra fundadora de la tolerancia,

•  dique contra los fundamentalismos,

•   condición para la democracia, ya que impide el sobrecalentamiento de la política con asuntos religiosos,

•   producto de la autocontención y la prudencia,

•  joya frágil,

•   desembocadura de agudos conflictos por la fe,

•  manto que cobija a todos,

•  insensato tratar de revertido,

•  el auténtico Estado, quien intenta velar por el conjunto y no por una parte,

•  educación universal, científica,

•  coexistencia de la diversidad,

•  políticas públicas sin supercherías,

•   expresiones culturales sin cortapisas,

•  extintor contra los pirómanos,

•   el marco más generoso para la expresión de la pluralidad religiosa,

•   piedra preciosa de la edificación civilizatoria,

•  monumento de la razón,

•  comodidad, a estas alturas,

•  requisito para la viabilidad de una nación compleja y diversa,

•  escudo contra extremismos e intolerancias,

•  defendible, ayer, hoy y mañana,

•  el Estado de todos,

•  negación fáctica y de derecho de los estados teocráticos,

•   separación de política y religión (hasta donde eso es posible),

•   la frase infalible: “al César lo que es del César y a Dios…”,

•  forma superior de convivencia,

•  platillo bueno para católicos, protestantes, judíos, musulmanes, budistas, agnósticos, ateos y un largo y sinuoso etcétera,

•   protector de las garantías individuales,

•   el más cálido de los “ogros filantrópicos”,

•  condición para el ejercicio de las libertades,

•   refractario a las visiones únicas y excluyentes,

•  distensión perpetua,

•   escuela para la comprensión y entendimiento de y con los otros,

•  de perdida, el mal menor,

•  teatro para todas las representaciones,

•  pista de baile para todos los estilos,

•  auditorio para todos los conciertos,

•  esófago que (casi) todo lo digiere,

•  orgullo de Perogrullo,

•  conquista,

•  meta permanente,

•  compromiso,

•  mínimo común denominador,

•  causa.

José Woldenberg. Consejero Presidente del IFE. Acaba de aparecer su libro La mecánica del cambio político en México.

Los derechos indígenas

POR ARTURO WARMAN

LOS DERECHOS INDÍGENAS

Es necesario, dice Arturo Warman, que a los indígenas se les otorgue verdadero respeto en lugar de simpatía superficial y pasajera. Es indispensable que los indígenas participen como ciudadanos plenos. Para ello, concluye, bastaría con la justa y rigurosa aplicación de las leyes existentes con la participación y vigilancia de la sociedad.

Se ha creado un consenso en la opinión pública para combatir la discriminación que afecta a los mexicanos indígenas. Son muchas y diversas las fuentes de ese consenso pero entre ellas destaca el impacto del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y la resonancia que alcanzó su jefe, Marcos, en los medios de comunicación. Las instituciones políticas del país asumieron ese consenso como voluntad para impulsar las medidas que promuevan la corrección de esa injusticia. Esa voluntad política no es profunda ni tiene dirección precisa, pero es significativamente más alta de la que se otorgó a la cuestión indígena en el pasado, es una nueva corriente generosa para atender a una minoría que ganó la atención nacional. Consenso y voluntad son buena noticia que abre nuevas oportunidades, aunque también contiene riesgos si no se procesa con rigor y seriedad.

El consenso para atender la injusticia que se abate sobre los indígenas es vago y superficial. Está mal informado y no tiene claros los sujetos ni los problemas que se deben atacar, es abstracto. Apenas reconoce que los indígenas son muy pobres y que reciben un trato desigual y discriminatorio. No distingue entre la gran diversidad de los grupos indígenas y sus circunstancias, es simplificador. Supone que los indígenas son diferentes sin precisar el origen y alcance de las diferencias. Se propone resolver el problema de “los otros”, de los menos, de los más pobres entre los pobres, como si fueran una excepción, un cuerpo ajeno incrustado en el país. El consenso está alimentando una falsa distancia entre los indígenas y el resto de los mexicanos.

Aunque la mayoría de las demandas de los indígenas, y de los problemas que las sustentan, no tienen origen en los ordenamientos legales nacionales sino en prácticas sociales profundamente arraigadas en las regiones indígenas, el consenso se ha inclinado por las reformas constitucionales para atender los reclamos y solucionar sus causas. Recurre al pensamiento político mágico que supone que la ley por sí misma transforma la realidad. Además, este supuesto deposita en las autoridades toda la acción necesaria para hacer cumplir la ley promulgada, transfiere la responsabilidad de la sociedad a su gobierno como si realizara un exorcismo. Se juntan voluntarismo y estatismo en el fácil pero incierto recurso de reformar la constitución como objetivo final de la movilización en la opinión pública y de la voluntad de las instituciones políticas.

Se ha creado una inercia que se propone reformar la Constitución para solucionar el problema indígena; así: en singular. Dentro de esa inercia podemos distinguir dos corrientes o enfoques sobre la dirección de las reformas necesarias. Una de ellas, que parece abrumadora, ha optado por conceder a los mexicanos indígenas derechos adicionales respecto al resto de la población para compensar las desigualdades que resienten. La otra corriente, que parece débil pero que está sustentada en tradiciones políticas y jurídicas profundas, propone que se otorguen a todos los mexicanos los derechos necesarios para que los indígenas puedan realizar sus objetivos y satisfacer sus demandas en un marco de igualdad frente a la ley.

Uno de los temas torales de las reformas propuestas es el de conceder a los indígenas la posibilidad de elegir directamente a sus autoridades en el orden de gobierno municipal en que sean mayoría. Para algunos, en eso consiste la autonomía indígena que se debate. En abstracto, la coincidencia con ese planteamiento sería casi universal; a fin de cuentas de eso se trata la democracia de que tanto nos preciamos. Pero la coincidencia no es tan amplia si se analizan las propuestas que hacen las corrientes y sus consecuencias jurídicas y políticas.

Conviene pasar revista sumaria a la situación actual para ubicar la magnitud y trascendencia de elegir a indígenas como autoridades municipales. Alrededor de 800 municipios, cerca de la tercera parte de los que existen en el país, tienen más del 30% de hablantes de lenguas indígenas entre su población total. En cerca de 550 de esos municipios la proporción de hablantes de una lengua originaria es superior al 70% del total; son nítidamente municipios mayoritariamente indígenas. En un poco más de 450 municipios del estado de Oaxaca las autoridades municipales se eligen por usos y costumbres como resultado de una reforma reciente en la Constitución local. Asimilando esos municipios oaxaqueños con los mayoritariamente indígenas, quedarían 100 de estos municipios en todo el país en que las autoridades no se eligen por usos y costumbres. En otros 250 municipios del país con fuerte presencia indígena pero sin mayoría clara o en estrecha minoría, la adopción de los usos y costumbres indígenas podría privar a una proporción muy importante de sus ciudadanos de sus derechos políticos o, peor, provocar conflictos y enfrentamientos étnicos.

Para el enfoque que postula consagrar derechos adicionales para los indígenas, el problema de la elección de gobernantes se resuelve reconociendo el hecho de que los indígenas han mantenido autoridades tradicionales propias, distintas de las de los órdenes de gobierno constitucional, y que las mismas se eligen conforme a usos y costumbres diferentes al voto universal, libre y secreto de los ciudadanos. Por eso propone que a los indígenas se les conceda el derecho de escoger a sus autoridades políticas —ayuntamiento y presidentes municipales— con los métodos y procedimientos utilizados en la selección de sus autoridades tradicionales.

Esa propuesta contiene varios supuestos que no tienen confirmación categórica. Acepta que todos los indígenas conservan autoridades tradicionales, lo que no es el caso en todas partes o ha dejado de serlo por la movilidad física y social de las personas y comunidades. En Las Cañadas de Chiapas, donde se supone que la propuesta se origina, los poblados formados por inmigrantes recientes no tienen autoridades tradicionales; por el contrario, adoptaron un sistema de asambleas para elegir a las autoridades de sus pueblos, que formalmente quedaban adscritos a un municipio remoto, ajeno y excluyente: el de Ocosingo.

Esa propuesta supone que las autoridades tradicionales, que con frecuencia desempeñan funciones religiosas vinculadas a la organización de las fiestas católicas que les otorgan prestigio e influencia en todas las esferas de la vida social, pueden asumir naturalmente las funciones políticas y administrativas de un orden de gobierno republicano. Ese tránsito no es natural ni automático y no pocas veces se ha traducido en intolerancia, corrupción y pérdida de legitimidad de las autoridades tradicionales. La separación en espacios institucionales especializados y autónomos de distintas funciones de la vida social es un proceso del que los indígenas no han estado ausentes. Lo prueba la conversión de los indígenas a iglesias cristianas distintas del catolicismo en proporciones más altas que el promedio nacional. Las autoridades tradicionales vinculadas con la iglesia católica pueden contradecir la definición laica de las instituciones del Estado.

Esa propuesta asume que las autoridades tradicionales son más legítimas y representativas que las electas por los métodos de la democracia formal. Muchos casos ponen signo de interrogación a ese supuesto. La exclusión de las mujeres en y de la selección de autoridades tradicionales ilustra esas interrogantes. También lo hacen los casos en que los sistemas tradicionales de selección de autoridades encubren y protegen a cacicazgos autoritarios e intolerantes que oprimen directamente a los indígenas, como sucede en San Juan Chamula en el estado de Chiapas. Las supuestas ventajas de las autoridades tradicionales, cuyo ámbito de acción se propone no sólo reconocer sino también ampliar como derecho reservado a los indígenas, requieren cuando menos de un cuidadoso examen con auténtica participación de los involucrados. Con descuido y superficialidad podríamos estar legislando a favor de normas que propicien la segregación de los mexicanos indígenas y la preservación de condiciones que sirven de caldo de cultivo a la pobreza.

La propuesta de conceder a los indígenas el derecho adicional a elegir a sus autoridades con métodos pro píos tiene implicaciones preocupantes para todos los mexicanos. Requiere que las instituciones del Estado adscriban a una parte de los mexicanos una categoría étnica para poder ejercer esos derechos. Se trata de una función dudosa para un Estado moderno y muy desprestigiada. La adscripción de filiaciones étnicas está asociada con Estados autoritarios que ejercieron la discriminación y el genocidio, con la distribución discrecional del privilegio y el estigma. Tras una larga lucha, México logró desprenderse de la pesada herencia colonial de clasificar a su población por origen, por sangre dirían algunos, y consagró la igualdad de todos los nacionales frente a la ley. Las implicaciones de que el Estado asuma la obligación de establecer o reconocer formalmente quienes se benefician con los derechos adicionales consagrados para los indígenas tienen mucho de anacrónicas y otro tanto de ominosas. No parece razonable volver atrás de lo que tanto nos logró conquistar.

Desde la otra vertiente que postula la ampliación y el perfeccionamiento de nuestra democracia para que los indígenas puedan alcanzar sus legítimas demandas de ser gobernados por sus pares en primera instancia sin la concesión de derechos especiales o particulares, se pueden explorar varias alternativas. La más sencilla y transparente propondría legislar para que los ciudadanos pudieran conformar planillas independientes para competir en el orden de gobierno municipal sin pasar por el requisito del registro partidario. Correspondería a las legislaturas locales establecer los requisitos para el registro de las planillas conforme a sus circunstancias, pero algo como el respaldo del 2% de los ciudadanos para las planillas independientes —la misma proporción necesaria para mantener el registro de los partidos políticos nacionales, que por cierto pocos cumplen encubriéndose en las coaliciones o alianzas— podría sugerir la viabilidad del esquema. En el municipio de Nezahualcóyotl del estado de México se necesitaría de una decena de miles de firmas para respaldar una planilla independiente, mientras que en el municipio de Abejones, en Oaxaca, bastaría con quince firmas de respaldo.

En ese escenario si las autoridades tradicionales fueran a ocupar los cargos municipales o como sucede más frecuentemente, a decidir quiénes los desempeñarían, no tendrían dificultad alguna para triunfar en la elección formal si son efectivamente legítimas y representativas. Así lo hicieron en el pasado, cuando una vez escogidos los candidatos por los métodos tradicionales acudían al PRI para que los registrara y triunfaran en la elección formal. Precisamente porque esas prácticas clientelares han sido superadas, se hace indispensable eliminar el registro obligatorio de los candidatos por un partido político para que los indígenas y todos los mexicanos puedan escoger directamente a sus autoridades en el municipio, la unidad política más pequeña y por ello más cercana a la población. Así no tendríamos que especular sobre las virtudes de las autoridades tradicionales; sus triunfos o derrotas las acreditarían. Tampoco tendríamos que preocuparnos por distinguir entre los mexicanos a los indígenas para concederles derechos particulares, ni por los riesgos de conflictos étnicos en los 250 municipios en que indígenas o ladinos tienen una estrecha minoría. Es más, estaríamos poniendo un granito de arena para impedir que la partidocracia se convierta en sucedánea de la democracia.

Por supuesto que ninguna de las propuestas para elegir autoridades planteadas por las corrientes participantes resuelve el problema de fondo: la débil participación y representación política de los indígenas. Este es mucho más amplio y complejo que el reparto de los cargos públicos ya establecidos. Requiere de la revisión y multiplicación de las demarcaciones municipales para dotarlas de coherencia interna y viabilidad. Necesita de municipios más fuertes y eficaces, con recursos crecientes para cumplir sus funciones con la participación de la población. Hace falta que los partidos políticos nacionales se comprometan para adquirir la representación de los indígenas, no sólo su voto. Es necesario que a los indígenas se les otorgue verdadero respeto en lugar de simpatía superficial y pasajera. Es indispensable que los indígenas participen como ciudadanos plenos. Para ello bastaría con la justa y rigurosa aplicación de las leyes existentes con la participación y vigilancia de la sociedad. Superar la desigualdad e injusticia que agobia a la mayoría de los mexicanos indígenas puede requerir de reformas constitucionales, pero necesita de mucho más. n

Arturo Warman. Historiador.

Amores cervantinos

AMORES CERVANTINOS

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

En la ciudad de Guanajuato, México, se celebra todos los años un simposio cervantino, auspiciado por Eulalio Ferrer, español santanderino y mexicano de adopción y pasión. Tuve el honor de ser invitada a participar en el simposio a finales del año pasado, lo que me dio ocasión de conocer la hermosa y apacible ciudad de Guanajuato, donde disfruté perdida en el tiempo detenido de sus innumerables y beatíficas plazas, donde conocí al extraordinario Eulalio Ferrer y a otras personas no menos extraordinarias, que hacen del recuerdo de los días pasados en Guanajuato un oasis de calma y placer.

Se me propuso que desarrollara a mi manera el papel que tiene el amor en El Quijote. A pesar de no ser especialista en uno de los más impresionantes libros que yo haya leído jamás, si no el más, acepté enseguida, entusiasmada con el reto que una nueva lectura de El Quijote, dejándome guiar por el señuelo del amor, podía suponer para mí.

No soy especialista en El Quijote, como digo, ni en Cervantes, ni en otro autor ni en obra alguna de la literatura española ni universal —lo que no tiene por qué ser contradictorio: lo español con lo universal—. De tener que calificarme a mí misma de ser algo, podría decir que soy escritora de ficción, narradora de cualquier cosa, osada narradora de historias y episodios que no siempre he vivido, ni mucho menos. El hecho de que no conozca muchas cosas de la vida no me impide escribir sobre ellas sino que, más bien al contrario, me incita a imaginarlas y a inventarlas, quizás en la creencia de que de esa manera llegaré a conocerlas un poco, porque hay muchas formas de vivir, y una de ellas, nada despreciable, pertenece al mundo de los sueños y de lo que llamamos ficción.

Fue así, en fin, como me situé ante mi querido Quijote, como me metí en la piel del caballero y aun del autor, y como fui descubriendo, asombrada, que el amor en El Quijote es el hilo conductor, ni más ni menos. El amor es lo que hace que todo quede unido y cobre un sentido último y altísimo, ese sentido que cada lector encuentra para sí en este libro prodigioso. Un caballero andante sin dama es como un árbol sin hojas, sin frutos, algo por completo impensable. El caballero andante es, ante todo, un enamorado, y eso es lo que le define: su devoción al amor. Los caballeros andantes todo lo hacen en nombre de la dama de sus sueños, la dueña de sus corazones, y toda batalla ganada, toda victoria, es dedicada de inmediato a la amada, que adquiere así la gloria del caballero.

En el momento de escoger la dama, don Quijote no se lo piensa dos veces, como si siempre lo hubiera sabido. Su dama es Dulcinea del Toboso. Un hermoso nombre, Dulcinea, que parece sacado del mejor libro de caballerías y un título manchego y prosaico: del Toboso. Cuando Sancho quiere saber si esta Dulcinea existe, si es, en fin, de carne y hueso, don Quijote se lo confirma. Dulcinea es una tal Aldonza Lorenzo, y Sancho se queda satisfecho con la elección del caballero.

En este punto da comienzo el complicado dibujo que el hilo del amor traza en El Quijote. Dulcinea existe. Este va a ser un principio indiscutible para el caballero, por mucho que a lo largo del camino pueda ponerse en duda la existencia de Dulcinea. Se diría que poco a poco se va constituyendo una especie de complot para negar la existencia de Dulcinea. Pero don Quijote jamás se da por vencido y muere con esta victoria.

Los grandes apuros en los que don Quijote se ve metido no son tanto de naturaleza física y corpórea sino espiritual. Es verdad que es abatido y vapuleado muchas veces, pero su auténtica batalla es mantener la fe en su condición de caballero y, dado que la condición de caballero se funda en el amor a la dama, es la existencia de Dulcinea el punto más conflictivo, más débil. ¿Quién ha visto a Dulcinea?, ¿quién puede decirnos cómo es? He aquí el reto con el que don Quijote debe de enfrentarse hasta el final.

Cuando el caballero se queda en la Sierra Morena, le encomienda al escudero que vaya a decirle a la dama en qué penitencias de amor se halla, pero, como bien sabemos, Sancho no cumple el encargo de don Quijote. Pero está dispuesto a mentir, porque, en su experiencia al lado del caballero, ha aprendido que mentira y verdad son categorías confusas. Ha visto a Dulcinea, le dice luego a don Quijote, pero no es ni mucho menos hermosa. ¿Cómo podría un caballero aceptar un comentario así sobre la dama de sus sueños? La solución acude pronta a la cabeza del caballero: Dulcinea ha de estar encantada. De lo contrario, bien habría visto Sancho que la belleza de Dulcinea no tiene par en el mundo. Sancho acepta el trato. De hecho, le viene como anillo al dedo, una vez que se vio tentado por la mentira cruel.

Sin embargo, don Quijote nunca olvidará la mentira de Sancho. Se la hará pagar en la segunda parte de El Quijote. Depositará en Sancho la facultad de desencantar a Dulcinea, habrá de darse en su cuerpo los azotes que se establecen en la broma que urden los Duques. La venganza de don Quijote no puede ser más justiciera. Tú me engañaste, tú te haces responsable de deshacer el enredo, el encantamiento que de pronto aceptaste. Mis penitencias de amor eran verdaderas como verdaderos serán los azotes que sufra tu cuerpo. El amor de un caballero no admite la mentira.

¡Qué despliegue de facultades es esta segunda parte de El Quijote!, ¡qué juego múltiple de espejos que reproducen las imágenes ya conocidas, una vez impresas sus historias, de don Quijote y Sancho! Y, ciertamente, en el meollo del juego, en el origen de todos los destellos que los espejos recogen, está el amor, la gran duda: ¿es cierta la existencia de Dulcinea?

Don Quijote dice ver a su dama en el interior de la cueva de Montesinos y declara que la ve tal como Sancho la vio: encantada, convenida en labradora. Loco o cuerdo, don Quijote es poseedor de grandes cantidades de inteligencia, sutileza y coherencia en lo que hace al encantamiento de Dulcinea. Si hay algo que está dispuesto a defender ante el mundo contra viento y marea es que Dulcinea existe, con o sin encantamientos. A Sancho le susurra de forma confidencial: si hay Dulcinea o no en el mundo no es cosa que deba dirimirse de momento. De forma confidencial y aleccionadora al tiempo. No, Sancho, de eso no habría debido hablarse. Es la ley.

De manera que, como muy bien declara Sancho cuando al fin don Quijote decide regresar a su aldea y a su casa, falto ya de ánimo, no está vencido, sino que es “vencedor de sí mismo”, y si hay alguien que lo sepa con creces ése es Sancho. ¿Está vencido quien jamás ha aceptado el juego que le brindaban los demás para quebrar sus sueños? No todo es juego y, si acaso jugamos, hagámoslo bien, respetemos las normas. Se acepta el humor, se necesita el humor, pero hay unas pocas cosas sagradas que hay que respetar. Dulcinea existe y su belleza no tiene parangón.

Dadas las gracias, una vez más, a Cervantes por su inmensa obra, sólo me queda agradecer a Eulalio Ferrer y a todas las personas implicadas en la celebración del simposio cervantino de Guanajuato la nueva lectura de El Quijote y la estancia en tan hermosa ciudad mexicana. n

Soledad Puértolas Escritora. Entre sus libros. Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.

El andamiaje de la presidencia

EL ANDAMIAJE DE LA PRESIDENCIA

POR RICARDO RAPHAEL DE LA MADRID

¿Cuáles son las características del paradigma foxista? Tres, como muestra este artículo: un fuerte rechazo a todo aquello que se perciba como proveniente del antiguo régimen, la idea de que se trata de un gobierno de transición y sus vínculos con los intereses y las causas tradicionalmente identificados con la derecha. Las mujeres y los hombres del Presidente comparten estas visiones.

Qué cambió con el cambio? Entre otras cosas propulsó una profunda transformación en la fisonomía de la élite gobernante. Pero eso ya sucedía en México —en mayor o menor medida— durante cada cambio de sexenio. Esta vez la alternancia en la silla presidencial fue más lejos: transformó el modelo y los parámetros de reclutamiento de las élites. Modificó el modelo tradicional para armar la coalición gobernante, para definir los perfiles y las características de las élites en el poder. Ese cambio en el modelo implica una severa mutación en los intereses, las causas y los valores que, en el futuro, predominarán en las instituciones del Estado mexicano. Es decir, una transformación fundamental en el paradigma utilizado para gobernar.

Al calor de los primeros meses de gobierno, tres parecieran ser las características —contradictorias entre sí— del paradigma foxista. En primer lugar, una suerte de nihilismo, entendido como el rechazo frente a todo aquello que se percibiera como proveniente del antiguo régimen y la consiguiente exacerbación del culto a lo que se presupongan nuevos valores; la mayoría surgidos sin interrogación ni cuestionamiento alguno, sin un verdadero análisis retrospectivo. Paradójicamente la segunda característica entra en colisión con la primera ya que tiene que ver con el tan propagado carácter incluyente del grupo gobernante. La idea de que se trata de un gobierno de transición donde pueden participar todos aquellos que traigan ideas nuevas y viejas —provengan o no del antiguo régimen— mientras posean la voluntad para participar en el cambio. Una tercera característica del foxismo está vinculada al calificativo político que adjetiva a la coalición de gobierno como de derecha. Es decir que no se trata de una coalición genuinamente nihilista, ni tampoco efectivamente incluyente, sino ideológicamente tendiente hacia los intereses y las causas que tradicionalmente han sido abanderados por la derecha.

Para despejar cuáles son las verdaderas características del paradigma foxista, resulta pertinente realizar un viaje en el tiempo que nos permita comprender el origen del grupo de personas, de ideas y de referentes que lograron triunfar en las elecciones del pasado 2 de julio de 2000; y explorar también el proceso por el que se fueron incorporando diversos actores durante la campaña presidencial. Ellos le dieron fuerza y viabilidad a la candidatura de Vicente Fox hasta convertirlo en la cabeza del Estado mexicano. Este recorrido nos ofrece también un mejor entendimiento de las razones que llevaron a los miembros del gabinete a ocupar las principales recámaras del poder en nuestro país. Tres son los momentos de la construcción de la coalición gobernante analizados aquí: el nacimiento del paradigma foxista, los periodos de precampaña y de campaña a la presidencia de la república y la consolidación del entramado de individuos e intereses que gobernará México durante los próximos seis años.

Todo movimiento social o político exitoso tiene su origen en una pequeña comunidad crítica. La creación de nuevos valores, referentes, herramientas conceptuales y perspectivas que, en su conjunto, podemos identificar como el nacimiento de un nuevo paradigma comienza dentro de un grupo crítico de individuos: personas cuya experiencia concreta les lleva a desplegar un andamio de nuevos valores culturales que van más allá de lo comúnmente discutido en la sociedad. Más adelante, ese paradigma se disemina a través de movimientos sociales o políticos que son capaces, por medio de la acción colectiva, de respaldarle y darle visibilidad; de socializar la nueva visión, el futuro mapa cognoscitivo para interpretar a la sociedad.

En tanto que movimiento político, el foxismo no es una excepción a este proceso sociológico. En la actual coalición de gobierno sobreviven aún partes medulares de aquella comunidad crítica que. a principios de los años noventa, dio origen al movimiento que llevaría a la presidencia de la república a Vicente Fox. Hoy se le conoce como el grupo Guanajuato y está integrado por individuos como Eduardo Sojo. Javier Usabiaga, Carlos Flores, Ramón Muñoz y Martha Sahagún. En esta lista podemos incluir al asesor de importación. Luis Ernesto Derbez. que también llegó a hora temprana a las filas de Vicente Fox, por la vía de Eduardo Sojo. Son ellos los sobrevivientes de aquellos primeros tiempos en que empezó a conformarse el paradigma foxista.

Varios son los valores culturales que encontraron en el Bajío una poderosa movilización. Destaca la idea de llevar la cultura empresarial al gobierno de los asuntos públicos, la presunción de que el desarrollo de la sociedad depende de la libertad para que los individuos puedan desplegar su iniciativa personal. Es un valor obviamente vinculado a la libertad de iniciativa de las empresas, entendidas como el principal motor para el desarrollo de la sociedad. Pero esta libertad no implica que el Estado deba retirarse de la actividad económica de la nación. Fue Ernesto Derbez quién dotó a Vicente Fox de un renovado discurso desarrollista para concebir la relación entre el Estado y la empresa privada después de haber participado en las discusiones internacionales más recientes. Fue en el seno del Banco Mundial donde, a finales de los noventa, se experimentó un profundo desencanto por el modelo llamado “neoliberal” y se reevaluaron con mayor finura las limitaciones que el otrora celebrado consenso de Washington había impuesto sobre las economías emergentes. Se propuso que había que traer al Estado de regreso, pero ahora —más que como el principal actor del desarrollo— como un facilitador de la actividad económica desplegada por la empresa privada.

Desde luego que estos referentes de la cultura empresarial y su relación con la construcción social no son monopolio del grupo Guanajuato. Ya venían desplegándose en otras ciudades y estados gobernados por el PAN que habían incorporado en sus filas a numerosos empresarios (Aguascalientes, Nuevo León, Querétaro. Jalisco). Se trata de un elemento recuperado por esta comunidad crítica para armonizarlo con el resto de los componentes del paradigma. A la cultura empresarial la acompañan, desde luego, los altos empresarios y académicos vinculados a la empresa, cuyo estandarte es el concepto de eficiencia aplicada a las actividades gubernamentales.

Un segundo valor ligado se relaciona con la concepción de que la política y. por lo tanto, los políticos de carrera, son ineficientes. En la contradicción aparente que emerge entre lo privado y lo público, entre la empresa y el gobierno, lo privado o lo empresarial son eficientes en oposición a lo público o lo gubernamental. De ahí que exista una reticencia a incorporar políticos de carrera en la conformación inicial del núcleo foxista. Quizá la única excepción sea Javier Usabiaga quien provenía de las filas priistas. Sin embargo, el actual secretario de Agricultura ha sido, sobre todo, un empresario del agro mexicano.

Un tercer valor que cristalizó dentro del primer núcleo foxista fue la visión horizontal y descentralizada para la toma de decisiones. El estado de Guanajuato depende de un conjunto de pujantes ciudades medias, equidistantes y con pesos económicamente similares: León, Celaya, Guanajuato, San Miguel de Allende o Salamanca. No se trata de un estado donde la ciudad capital centralice todas las actividades económicas, culturales y políticas de la región. En Guanajuato la descentralización de las actividades ha permitido que el poder se equilibre entre grupos de influencia provenientes de distintas conglomeraciones urbanas. Esta idea de horizontalidad y descentralización de las tareas de gobierno ha sido, desde el principio, regla de organización entre los foxistas. Es base de su propuesta federalista y fundamento de organización de las responsabilidades y tareas.

Un cuarto valor de referencia, ineludible por la región que dio origen a este movimiento, es el catolicismo cristero. No es de extrañar que Vicente Fox mencionara durante su campaña que entre sus libros de cabecera estaban aquellos que narraban la historia de los avatares de la Cristiada, así como la vida de los santos. Guanajuato es la cuna de los cristeros y la represión que enfrentaron sigue alimentando el imaginario político de algunos de los habitantes del Bajío. En efecto, el paradigma construido por la primera comunidad crítica está fuertemente influido por valores conservadores del ideario católico de los años veinte y treinta que la historia general de nuestro país, hasta antes del foxismo, parecía haber dejado atrás. Esto no quiere decir que el grupo que acompaña a Fox reivindique cada una de las piedras del Cerro del Cubilete, lo importante para el paradigma foxista son los elementos de este movimiento relativos a la heroicidad, el sacrificio y la visión mesiánica de la historia.

Sin embargo, a diferencia de los cristeros, otro valor de esta comunidad crítica ha sido su rechazo para actuar como secta excluyente. Si bien a varios de los actuales miembros de la coalición gobernante se les puede reconocer como miembros del grupo Guanajuato, ellos aprovecharon muy bien la coyuntura para atraer talentos a través de foros, congresos y seminarios pagados por el gobierno del estado; talentos provenientes de otros ámbitos de la sociedad que de alguna manera compartieron, al menos en parte, los valores del paradigma foxista. En particular el sexto y último valor del paradigma: democratizar al país a través de la alternancia, lucha secular del Partido Acción Nacional que emergió como realizable después de la campaña presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel J. Clouthier en 1988.

Ante la urgencia de volver viable la candidatura de Vicente Fox para las elecciones del 2000, muy pronto fue necesario rebasar el círculo inicial del grupo Guanajuato. Era preciso que actores políticos de talla nacional se sumaran al esfuerzo del foxismo originario. Santiago Creel fue una de las primeras piezas añadidas a la coalición. Se trataba de un ex-consejero ciudadano del Instituto Federal Electoral de identidad filopanista. Perfecto para iniciar el acercamiento al partido que más tarde respaldaría la candidatura presidencial ya que, si bien gozaba de respeto entre las filas panistas, como Vicente Fox, Creel navegaba en los márgenes del aparato partidista. En otras palabras, se trataba de un cuadro respetado pero opuesto a la corriente tradicional encabezada por Diego Fernández de Cevallos quien, como Luis H. Alvarez y Francisco Barrio, no veían con buenos ojos la candidatura a la presidencia del ex-gobernador de Guanajuato. Muy pronto dos puentes hacia el PAN se sumarían al andamiaje foxista para reforzar esta relación política: Ernesto Ruffo, primer gobernador de oposición del PAN, y Rodolfo Elizondo, exalcalde en su estado natal, senador y miembro de la COCOPA. Este último, por su buena relación con Fernández de Cevallos y Luis H. Alvarez, ha permanecido, hasta la fecha, como el conducto privilegiado para las negociaciones entre Vicente Fox y su partido.

Un siguiente piso en la construcción de la coalición foxista se vería integrado por dos vistosos actores de la transición democrática: Jorge Castañeda y Adolfo Aguilar Zinser, quienes con gran habilidad aprendieron pronto a colocarse en el ojo del huracán de los tiempos de cambio que vivía el país. La legitimidad nacional e internacional que ambos le otorgaron a la figura de Vicente Fox fue, sin lugar a dudas, pieza clave para robustecer al movimiento convocado por el ex-gobernador de Guanajuato. Otros aliados provenientes de diversas latitudes políticas colorearon también la coalición de tinturas incluyentes: destaca la incorporación de Florencio Sala- zar y Alfonso Durazo, ambos de origen priista, a la campaña de la Alianza por el Cambio.

Para completar las reglas del paradigma foxista y consolidar la coalición de campaña, se integrarían al equipo dos personajes provenientes del sector privado: Pedro Cerisola, quien trabajó en Aeroméxico y Telmex, y Francisco Ortiz, experto en comunicación formado en Televisa. Ambos llegaron al equipo de campaña a través de los ahora famosos head hunters. Fueron contratados, el primero para coordinar la campaña, y el segundo para hacerse cargo de la estrategia de comunicación e imagen, sin lugar a dudas, las dos tareas que más éxito tuvieron para llevar a Vicente Fox a la presidencia. Se podría afirmar que el buen desempeño, tanto de Cerisola como de Ortiz marcó una modalidad de reclutamiento para la coalición foxista que más adelante, a la hora de constituir el gabinete, se volvió crucial.

Siendo ya presidente electo, para apuntalar la coalición gobernante Vicente Fox siguió los patrones previamente utilizados. Robusteció ligeramente su alianza con el PAN a través de la invitación que le hizo a Luis H. Alvarez para encargarse de las negociaciones en el conflicto chiapaneco; a su otrora rival por la candidatura presidencial. Francisco Barrio, le convocó para dirigir la Contraloría de la Federación y a una mujer sin mayor lustre, Josefina Vázquez Mota, para hacerse cargo de la Secretaría de Desarrollo Social. Destaca, de entre las alianzas políticas, la celebrada entre Vicente Fox y los militares, a través del nombramiento del general Macedo de la Concha al frente de la PGR. En la lucha contra el narcotráfico, militares y civiles se han enfrentado desde siempre. Vicente Fox decidió terminar de un solo golpe con esta pugna y le entregó al ejército la procuración de la justicia civil a cambio de robustecer su vínculo político con las fuerzas armadas.

Por otra parte. Fox buscó también continuar con el molde incluyente abriéndole las puertas a dos destacados perredistas: Rosario Robles y Alejandro Encinas. Sin embargo, Amalia García, desde la presidencia del PRD, se enfrentó a esta invitación terminando con cualquier posibilidad de avanzar hacia una coalición de gobierno políticamente plural.

El piso que mayor crecimiento tuvo durante la etapa final de consolidación de la coalición gobernante es el que comparte la cultura empresarial. Destaca la asociación a puntos sensibles del gabinete de personalidades como Francisco Gil Díaz, ex-director de Avantel; Ernesto Martens, ex-director de CINTRA; Carlos Abascal, ex-presidente de Afianzadora México y ex-presidente de la COPARMEX; Víctor Lichtinger, asesor de empresas mexicanas y extranjeras; Leticia Navarro, ex-presidenta internacional de Jaffra; y Xóchitl Gálvez, talento en la construcción de los llamados edificios inteligentes vinculada al consorcio CEMEX. El cuadro finaliza con la inclusión de académicos destacados como Reyes Tamez, Julio Frenk y José Sarukhán en las secretarías de Educación, Salud y en el gabinete de desarrollo humano, respectivamente.

Una parte muy importante de los miembros del gabinete del presidente Vicente Fox provienen de la empresa privada. No sólo comparten una cultura empresarial. Sus carreras han estado vinculadas al sector privado y por lo tanto se trata de individuos que representan intereses de ese espectro de la sociedad. Digamos que son más vulnerables en lo individual a la presión de grupos del sector privado que aquellos cuya identidad está ligada a la vida política o académica.

De esta manera, las secretarías de Gobernación, Energía, Turismo, Comunicaciones y Transportes, Agricultura, Hacienda y Crédito Público, Medio Ambiente y Recursos Naturales, Educación, Seguridad, Trabajo, así como las oficinas de la presidencia encargadas de la innovación gubernamental y de atención a indígenas, se encuentran en manos de personalidades originarias del mundo de la empresa. Hablamos del manejo de poco más del 50% del presupuesto programable de la administración pública central. Si a este enorme margen de influencia se suman instituciones también comandadas por personalidades provenientes del mundo de la empresa como Nafin y Pemex, estamos hablando de que el sector privado mexicano cuenta hoy con una relación privilegiada con el Estado que jamás se vio en la historia del país.

La órbita de la clase política conformada por personalidades cuyo origen ha sido la carrera parlamentaria y partidista, o bien la función pública, tiene el segundo lugar en representación. La coalición gobernante integrada fundamentalmente por panistas, personalidades del ámbito intelectual, ex-priistas y un militar, controlan las áreas del gobierno vinculadas a la inteligencia, las relaciones exteriores, el desarrollo social, la procuración de justicia, al conflicto chiapaneco, la frontera norte, al plan Puebla-Panamá, la contraloría, y la relación con las organizaciones sociales. Sin embargo, daría la impresión de que algunos de los cargos otorgados a los circuitos políticos fueron creados de manera artificial, sólo para mantener la composición deseada de la coalición gobernante. Entre ellos sobresale el nombramiento de Florencio Salazar como encargado del plan Puebla-Panamá o el de Ernesto Ruffo como responsable de la frontera norte.

Para sostener el andamiaje político de la coalición hubo que inventar algunos lugares en la nómina federal, ya que otros sectores de la sociedad se habían llevado la mayoría de las carteras tradicionalmente prominentes. En sentido inverso, sobresale el hecho de que uno de los herederos de la incipiente coalición gobernante que Luis D. Colosio habría construido entre 1993 y 1994 resultara, a final de cuentas, el secretario particular del presidente Fox. En efecto, Alfonso Durazo se convierte en una pieza clave de la negociación con esa parte del PRI que aún se reivindica como colosista y que no es menor en el concierto del partido de la revolución institucional.

La ausencia de un número mayor de panistas en cargos importantes del gabinete se explica a partir de la génesis de la coalición gobernante; a partir tanto de la distancia que ha prevalecido entre el PAN y Vicente Fox como de la desconfianza que en el paradigma foxista se mantiene sobre “los políticos” de carrera. Como dijera alguna mala y rápida lengua de la dirigencia blanquiazul: lo único que el PAN no ganó en la pasada elección del 2 de julio fue la presidencia de la República. El arreglo parece claro: al PAN. el Congreso; a Vicente Fox, la administración.

En otro circuito permanecen Eduardo Sojo. Luis Ernesto Derbez, José Saaikhán y Carlos Flores. Todos con credenciales académicas respetables y poco vulnerables a las presiones económicas y políticas de los grupos de interés que conforman la nueva coalición gobernante. Pareciera que estas correas de mando, fundamentales en el andamiaje del foxismo, contarán con condiciones de neutralidad para proteger al presidente de la avalancha que implica tanta cercanía, sobre todo con el mundo de la empresa.

Aquellos miembros de la coalición gobernante que se encuentran tradicionalmente emparentados con el desarrollo social —educación, trabajo y Sedesol—, coinciden en ser, después de Vicente Fox, los más decididos a diseminar sus valores religiosos: Carlos Abascal, Josefina Vázquez Mota y Reyes Taméz Guerra. Han subrayado públicamente su fe católica y, como en el caso de Abascal, están dispuestos a hacer política empuñando el estandarte de la Virgen de Guadalupe.

Las características en apariencia nihilistas del paradigma foxista han sido más bien producto de la propaganda electoral que de las convicciones que predominan en la coalición gobernante. Se trata de un nuevo paradigma, pero éste encuentra fuertes lazos con tradiciones y experiencias que ya han hecho su revisión de la historia. También es posible afirmar que más allá de las inclusiones de algunos personajes provenientes de otras ideologías e identidades como Jorge G. Castañeda, Adolfo Aguilar Zinser. Alfonso Durazo o Florencio Salazar. la coalición de gobierno del presidente Vicente Fox es de derecha en el más tradicional de los sentidos. Reúne un número muy importante de representantes del mundo vinculado a la empresa y al capital y cuenta con un entramado inconfundible de valores morales y religiosos relacionados con el catolicismo conservador. Es cierto que se trata de una derecha que se presenta como distante de la ideología neoliberal que recorrió el mundo en décadas pasadas. Pero ningún gobierno podría ya manifestarse como cabal defensor de las premisas que impulsó la dama de hierro en Gran Bretaña durante los años ochenta.

Que sea de derecha no debería tener, en la realidad, ninguna connotación negativa. Sobre todo porque ganó el poder a través de unas elecciones democráticas y de ahí que se trate de una coalición de gobierno de derecha democrática. Lo único que llama la atención es que se niegue la evidencia al punto en que un destacado miembro del gabinete se atreviera a decir que se trata de un gobierno que “tira hacia la izquierda.” El paradigma foxista definido por los intereses empresariales, la visión religiosa de la sociedad, las causas y los orígenes de la actual coalición gobernante demuestran todo lo contrario.   n

Ricardo Raphael de la Madrid Politólogo. Profesor del CIDE.

El fin de la histeria: Una entrevista a Eliseo Alberto

EL FIN DE LA HISTERIA

UNA ENTREVISTA A ELISEO ALBERTO

POR ANAÍS TORRES Y ESTEBAN CERVANTES

De regreso a La Habana, de viaje, cumpliendo la premisa ele regresar al bogar después de años de ausencia. Eliseo Alberto, el novelista ante sí mismo habla aquí del fantasma de su padre, del negocio de la paz y no el de la guerra, de los frijoles negros, de sus encuentros diarios con la creación literaria y de la pasión, esa lenta reconciliación con aquellos que no somos y podríamos ser.

Se dice que “el cubano” es como un caracol de tierra, que lleva su casa a todas partes. Allí van sus sentimientos, su música, su historia. E incluso durante varias generaciones de emigrantes, ha sido imposible cambiar ese aire de persistencia cultural que poseen a pesar del exilio. ¿Eres parte de estos moluscos gasterópodos?

Supongo, aunque de un tiempo a esta parte me cuesta trabajo decir “sí” sin que me tiemble el párpado. Me he aficionado al “no”, hasta para ponerme de acuerdo con alguien. La duda es más humana que cualquier certidumbre. A ver, te cuento. Hace poco, regresé a La Habana, después de varios años de cargar una concha que, a falta de otro epitafio, llamaba “La Siempre Infiel Isla de Cuba”. Se interrumpía así una ausencia por demás obligatoria. Estuve quince días, y sobre todo quince noches, revoloteando de amigo en amigo, posándome en sus nidos. Mi antigua casa, que me heredó papá como un verso de ladrillos, ya no olía a lo que olía la última noche que pasé en ella, ni guardaba esos secretos en los que yo pensaba, tremendista, al subirme al avión que me llevaría de regreso. ¿Le habrá pasado lo mismo a mi casa? Pregunto: ¿me habrá reconocido, ahora que se me escapan frases chilangas y me gusta silbar tonadas de Armando Manzanero? De cualquier manera, “la tienda de campaña” que arrastré por tantos años, y que comienzo despacio a reparar, es una abstracción sin cerraduras en las puertas, de ventanales siempre abiertos, donde se respira (si existe semejante elixir) un aire soberano. La patria es mucho más que un mapa. Dentro, fuera, y hasta en ninguna parte, los cubanos estamos marcados por las cicatrices de incontables naufragios. Sí, cargo mi caracol, sólo que en el interior de esa concha se escuchan más risas que sollozos, a pesar de que son mis amigos distantes quienes se ríen (identifico sus carcajadas) y por tanto debe ser mi sombra, alfombrada en el piso, la única terca que se queja.

Tu padre, Eliseo Diego, es uno de los grandes poetas de América Latina. ¿Cómo es tu relación con ese fantasma y qué has podido hacer para no sentirte aplastado por una voz tan particular?

El fantasma de papá es, seis años después de su muerte, tan travieso como lo fue él mismo en vida: un ser excepcional. Está siempre cerca. Si llueve, aparece detrás de los cristales y empaña el vidrio con aliento de nicotina; a veces, cuando escribo una oración cualquiera, siento escalofrío: ¿me la estará soplando? ¡No, si la dictara, la frase sería perfecta!, me consuelo. Dicen mis hermanos Rapi y Fefé que a ellos les pasa igual: que el viejo les esconde las llaves o le tira del rabo a la perra Maricusa, la mascota familiar. Sé de muchos lectores, también sus huérfanos, que se han inventado la escaramuza de que, al menor descuido, el poeta descargará su pipa en un cenicero y exigirá, travieso, su vaso de ron. Pienso que su majestad y magisterio poético resultan un reto para todo escritor, hijo o no. lo cual no significa que sea un peso insoportable; al contrario, es un apoyo, una gratísima compañía. Los poetas son inmortales. Lezama vivió siempre en una calle llamada Trocadero nombre que explica algunos laberintos de su monumental obra. Papá murió en un pequeño departamento de la calle Amores, en México. Por algo fue. Ambos descansan hoy en la misma callejuela del cementerio de Colón, a pocas tumbas de distancia.

En el tema de Cuba, siempre escuchamos hablar de dos bandos, los que están en la isla o los que están fuera. Estas categorías segregan o dan notoriedad a sus artistas. Sin embargo, eres de los pocos que se han atrevido a mezclar a los escritores con una única premisa: ser cubano. ¿No temes que esta libertad te cueste lectores o posibilidades de expansión en sitios donde no guste este criterio selectivo?

Temer, lo que se dice temer, no temo. Acumulo demasiadas fobias en las tripas para echarme encima un susto más. Cito, y no me cansaré de hacerlo, a los escritores de la isla, en especial a los más cercanos en edad, porque a muchos los admiro y a no pocos los adoro. Los narradores Abilio Estévez. Senel Paz. Pedro Juan Gutiérrez. Eduardo Heras León. Leonardo Padura. Miguel Mejides. Arturo Arango y José Prats Sariol, por ejemplo, o a los poetas Raúl Rivero, Guillermo Rodríguez Rivera, Ornar Pérez, Marvlin Bobes, Wendy Guerra y Jorge Espinosa. Lo mismo hago con los del exilio: Rafael Rojas. Jesús Díaz, Carlos Victoria. Orlando Rodríguez Esteva. Yanitzia Canetti. Iván de la Nuez. Antonio Conté, José Kozer, Zoé Valdés. José Prieto, Andrés Jorge. Daína Chaviano, Félix Luis Viera. Durante mi estancia en La Habana, me encontré con algunos del patio en el mejor de los sitios posibles: la casa del director de cine Juan Carlos Tabío. Los convocados habíamos sido guionistas de sus últimas cuatro películas. Tan chévere la pasamos que nadie diría que llevábamos más de mil seiscientas noches sin vernos. Juan Carlos es un gran cocinero; la sazón ayuda. Algo quedó en claro, al llegar los postres: entre nosotros no había bronca, y de existir, pues tampoco nos creemos santos, serían los mismos dimes y diretes que animan cualquier café literario. Si coloco en el platillo derecho de una balanza esa improbable “notoriedad expansiva” que mencionas, y en el otro la tranquilidad de estar conforme con mi conciencia, el fiel se inclina (una vez más) hacia la izquierda. Justo es decir que ambas posibilidades no se excluyen mutuamente porque ya van pasando de moda los tiempos del revanchismo. a pesar de los discursos que se escuchan desde las cúpulas, donde muchos oradores infatigables se aferran a la histeria. que no a la historia, para defender “su razón”. Hace años que no me interesa lo que se habla desde una tribuna. Mi madre, motivo primero de mi excursión por La Habana, me enseñó que la vida sucede a escala humana. Hay una palabra que ablanda odios impertinentes: la diminuta palabra paz. Cuanto quiero sobre la tierra tiene que ver con ella.

¿Crees que los escritores de la isla antologarían igualmente tu nombre a pesar de encontrarte “del otro lado”?

Creo que no, pero tengo esperanzas. Los escritores no tienen mando para ejercer la censura editorial, salvo los que se consideran a sí mismos “veladores” de una cultura secuestrada por el oficialismo. No pocos “tribunos” persisten en la manía de desacreditar cuanto se escribe fuera del territorio nacional, como si la literatura fuese un extraño tema de geopolítica. Durante mi viaje pude circular por la ciudad sin ninguna restricción. pero mis libros siguen clandestinos. Si fuera un hombre más vanidoso de lo que reconozco en público, pensaría que mis novelas son más peligrosas que yo lo cual tampoco es mérito mayor pues los que me conocen saben que soy un pacifista consumado. Ojalá que sí, que lo hagan si merece la pena. Ojalá que en la hipotética antología aparezcan algunos de los magníficos poemas que Raúl Rivero me leyó este verano, con voz quebrada, en la sala de su apartamento habanero. ¡Ah!, qué tarde… Ojalá que los escritores y artistas no tengan que morir para que los admitan en alguna revista literaria. Ojalá que la tierra se trague a los extremistas de aquí y de allá, a los fundamentalistas de esa perversa religión que es la política ciega. Ojalá que la palabra exilio sólo se mencione cuando no quede más remedio que comentar un tiempo odioso y viejo. Soy optimista, aunque el optimismo resulte uno de los sentimientos menos fecundos para la literatura. Miami ha cambiado, a pesar de que algunos lo nieguen, aferrados a las tablas condenatorias de la soberbia: en la isla se aceleran transformaciones también prometedoras, aunque desde lejos “los veteranos” no se permitan la sinceridad de reconocerlo pues la guerra parece mejor negocio que la paz. Esa lenta reconciliación va estableciéndose a puro coraje (que es la manifestación más radiante del amor), independientemente de los estrategas que controlan las riendas del poder.

¿En qué instante dejaste de ser un escritor que vivía en Cuba para convertirte en un escritor que escribe y habita fuera de la isla?

Nunca. Vuelvo al caracol que arrastro. Recorro las paredes de mi estudio. Mira: a mi derecha, enmarcada, tengo la misma banderita de papel que aparece en la portada de “Informe contra mi mismo” y que conservo desde hace veinte años. Un poco a la derecha, una foto original del grupo Orígenes, tomada en Bauta. Esta mañana, en Cuernavaca, Morelos, cocino frijoles negros. El humo del comino empaña los vidrios que cubren los cuadros de Waldo Saavedra y Zayda del Río. En el equipo de audio, Carlos Varela vuelve a contar la historia del hijo de Guillermo Tell. Y todo sin nostalgia, con presuntuosa naturalidad y elegancia. Vivo, pues, en la única patria que admito: por lo pronto, la de la remembranza. Resido fuera, sin duda: mi pasaporte de emigrante forzoso no me deja hacerme muchas ilusiones al respecto. No me queda más remedio que asumir mi condición de exiliado, y lo hago altivo, al menos mientras perduren tantos equívocos ciudadanos. Ya me dieron mi carta de naturalización: soy (también) mexicano, lo cual me honra. Habito en la punta de una montaña. Para ir a mi país tuve necesidad de una visa. Llegué como turista, acorde a los estrechos márgenes que permiten los sellos migratorios cubanos: regresé feliz, muy feliz, pero de nuevo roto, atravesado por la ilusión, quizá posible, de que pueda volver a menudo y oír a mi madre cantar temas de Agustín Lara, como en su vieja juventud —edad a la que se acerca, día a día—. Anduve por las calles de mi pasado, no me faltaron ángeles de la guarda que me guiaran por un paisaje urbano que apenas reconocía. Traje en la maleta nuevos parapetos para enfrentar lo que venga: seis fotografías de mi infancia, unos tabacos y una lamparita de bronce que pinta de azul mi cuarto. Para un escritor, lo único que cuenta es lo que cuentas, y cómo lo cuentas. El novelista trabaja con sus obsesiones. Lo que más extraño, ¿quieres saberlo?, es ese calor de útero que envuelve a La Habana cuando va cayendo la tarde. Así pues, no me queda más remedio que imaginarlo, lo cual no deja de ser un excelente ejercicio literario.

He leído tus cuatro novelas. ¿Por qué tus últimas dos novelas ya no ocurren en Cuba, por qué Cuba es sólo una cita, o una remisión nombrada con nostalgia?

No sé: será porque yo tampoco estaba en Cuba cuando me senté a escribirlas. Tal vez la cercanía a los problemas del exilio (no sólo los políticos) me haya obligado a inventarme un lugar equidistante de los dos polos del problema, y tratar de encontrar algunas claves que me ayudasen a destrabar mis propias confusiones, que no son pocas, lo confieso. Un sitio en el Caribe (el frívolo balneario de Caracol Beach) donde la inmensa mayoría de sus habitantes fueran hombres y mujeres de paso, y, a pocos kilómetros de esa playa, una ciudad posmoderna (Santa Fe) donde la muerte de un emigrante importase tanto como la de un perro. Allí van a dar mis personajes, siempre cubanos, siempre en situaciones extremas (la locura y la prisión), y en esos terrenos cosmopolitas tienen que batirse de tú a tú contra los molinos de viento de este quijotesco fin de siglo. En Caracol Beach y La fábula de José me impuse que la historia casi sucediera en el momento mismo de su lectura, lo cual es un reto enorme. José dibuja en su celda un paisaje demencial donde confunde calles de La Habana con avenidas de Miami, y edificios de Cayo Hueso con lugares de Santa Fe. En Caracol Beach una muchacha asustada dice: “Cuba es un piano que alguien toca detrás de ese horizonte”. Me gustaría pensar que mis novelas se “dejan leer” no ya por su referencia a un tema nacional sino por su exploración, si me permites el comercial, de las angustias del hombre mismo. Contemporáneos, diría, antes que compatriotas.

En una cena privada el escritor Gabriel García Márquez ha dicho que la historia de La fábula de José “es una de las grandes ideas que se le ha ocurrido a nadie jamás”. ¿Sientes que tras esa gran idea de la que hablaba García Márquez hay una historia bien desarrollada? ¿Le tuviste miedo a la dimensión de esta idea?

José me ha acompañado desde 1988, a sol y sombra, y en tantos años yo cambié mucho más que él: Pepe Kid siempre ha tenido la misma edad, por supuesto, y esa es una ventaja que los personajes le llevan por delante a sus autores: en lo que uno se reduce, día a día, ellos pueden reproducirse y crecer en cada lector, que le da albergue. Te digo lo que pienso: no estoy tan seguro del calibre de esa idea, como no lo estoy de ninguna: soy virgo, es decir, un saco de dudas en busca de una imposible perfección, según el horóscopo que tengo a tiro. Siento que la historia ya publicada se parece bastante a la idea original, misma que ha sido cuento, relato, argumento y guión para cine, antes de que encarnara en una novela. Cuando escribo soy muy puntilloso. La primera versión de La fábula de José se horneó rápido; luego trabajé cinco horas diarias en ella, durante un año y medio, y no creció ni una página: puras correcciones (¿destrucciones?) hacia el interior del párrafo. García Márquez conoce este proyecto desde hace una década. Varias de las mejores acciones de la anécdota nacieron al calor de aquellas cálidas conversaciones que sostuvimos allá en La Habana. Acercarme a Gabriel, y que él me permitiera ser su amigo, cambió mi rumbo: abandoné definitivamente la poesía, que siempre es verdad, y comencé a escribir novelas, que casi nunca lo son. De haber sabido entonces el juicio que le merecía la idea de escribir el drama de un hombre encerrado en un zoológico, según me cuentas, de seguro se me hubieran entumido los dedos sobre el teclado, porque una opinión suya, para mí que tanto lo quiero, puede ser un estímulo demasiado comprometedor. Quizá por eso, porque él sabe el peso de su palabra, jamás me ha regalado un elogio: un buen maestro es así de severo, aun con su alumno menos aventajado.

Lichi, y si te diéramos la llave de la jaula, ¿a dónde irías en este instante?

A la playa de Santa María del Mar, al este de La Habana, para ver el atardecer desde sus colinas de arena.

¿Tienes amigos que tomarían tu lugar aguardando tu regreso dentro de esa jaula?

Que yo conozca, al menos dos.

¿Regresarías a ella?

Por uno de ellos, sí.

¿Es ideal un espacio enrejado para la creación?

No. El único espacio ideal es el de la libertad.

Mientras leía tu libro sentí que conocía al dedillo ese sentimiento de encierro disimulado; incluso, cuando José logra escapar por unas horas, tuve que bajar las escaleras y comer algo, pues mi claustrofobia se agudizaba con su propia libertad. ¿Quién es José y por qué pude describir tan gráficamente el sentimiento de encierro magnificado desde la simbología de un zoológico?

Me gustaría decir que José soy yo pero me muerdo la lengua para no mentirte: en todo caso, sería Menelao, ese carpintero medio loco que le tocó ser testigo de la historia y ahora no sabe cómo armar el rompecabezas de su mala memoria. Cada compatriota, si se observa por el tubo del esófago como si fuese un microscopio, puede escribir un tratado sobre claustrofobia. Somos una isla que se mira en dos espejos a la vez (la luna del pasado y la del futuro), y por ese efecto óptico, nacido de un sentimiento de vanidad (“fuimos los cabrones, seremos los bárbaros”), nos vamos disminuyendo a medida que nos adentramos en nuestro propio cuerpo, de la piel a las entrañas, es decir, desde la sensualidad que muchos nos reconocen, hasta la timidez que casi nadie nos perdona. Nos dejamos llevar por la marea de la desidia y acabamos por “matar el tiempo”, uno de nuestros crímenes predilectos. Da igual. Casi todo nos da igual. Hasta el jefe o el enemigo. De lo que se trata, pienso, es de no ponerse límites, de abrir la boca, lápiz en mano, y contar lo que pasa en las vísceras, en el hígado que tritura las rocas del pánico, en los riñones que alambican los rencores más densos, en el colon que echa afuera la mierda de los prejuicios, en los pulmones que purifican los alaridos de la multitud. El escritor no canta en coro sino a capela. La de José debía ser una fábula sin moraleja —o quizá con una bien pequeña: lo hermoso, y por tanto peligroso, que puede ser un hombre o una mujer en libertad.

La chica por la que José mata a un hombre y por lo que es condenado a prisión casi de por vida, no es un personaje de peso en el libro. ¿Crees que el curso de una historia puede partir de un pequeño suceso o de un “mal entendido” en circunstancias específicas?

Sin duda. Si Melquíades no lleva a Macondo un trozo de hielo sino un disco de música norteña, no hubiese existido la novela más grande de los últimos quinientos años. Si Jean Valjean no se echa al hombro una carreta para salvarle la vida a un señor que había quedado atrapado bajo la rueda, nos habríamos perdido una perfecta historia de miserias humanas, aunque le sobren cien páginas de alcantarillas. Todo, o casi todo, parte de un “mal entendido”. Bonaparte (¿o fue Lenin?) llegó a ser el Napoleón que aún tememos porque, de niño, sus condiscípulos se burlaban de su enorme cabeza. Lenin (¿o fue Bonaparte?) debió decidirse por la política porque sólo en la tribuna dejaba de tartamudear. Estoy poniendo ejemplos magistrales, ante los cuales mi novela se ve más enana que una hormiga villaclareña a las puertas de un rascacielos en Nueva York.

¿Crees en la casualidad y en el azar?

Con el mismo fervor que creo en las líneas de mi mano.

¿Es tu vida parte de un azar con similitudes a las de la propia historia de José?

Afortunadamente mi vida es mucho más calmada que la del pobre José. Hasta ahora he tenido suerte. No me quejo. A nadie reprocho nada. No me considero un hombre expuesto, a la intemperie, indefenso como él. Poseo algunos tesoros: mi familia, recuerdos, una combativa escuadra de amigos. Lo único que quizá nos emparente es la negativa a vivir en reclusión. Hay rejas en verdad invisibles. Pepe Kid me hizo tantearlas en el aire. Incluso me enseñó a abrir algunas de esas cerraduras que nos enclaustraban entre las cuatro paredes de la resignación, una de las mazmorras más oscuras

de la modernidad. Gracias a la imagen de José corriendo, ilusionado en medio de un carnaval, a contracorriente de las carrozas y las comparsas, me convencí que debía regresar a La Habana sin aspavientos.

¿Por qué José es un cubano, por qué no pudo ser un ciudadano chino o austríaco?

Porque me era imprescindible que deseara comer un plato de tamal en cazuela.

¿Cuál es tu relación con la poesía, no la escribes, no la has escrito nunca, no la escribirás jamás?

Hace veintitantos años y una noche que dejé de escribir poemas. Entonces era un muchacho enamorado que andaba por el barrio de La Víbora con una flor de fuego en cada mano. Fue una puerta que acabé por cerrar a calicanto. De pronto hago letras de boleros para amigos trovadores y rimo décimas, de chiste, que leo en los cumpleaños de los míos. A mi regreso de La Habana, por ejemplo, en vez de redactar una crónica apocalíptica, me senté a cocinar una docena de sonetos “al pastor”, y me sentí aliviado, créeme. La poesía cura. Pero en esos territorios tan luminosos, la sombra de mi padre sí que me abruma: no sólo llevo su sangre y su apellido, también su nombre. Por respeto a su obra, y por elemental respeto a mí mismo, he renunciado a escribir poemas. Nunca más: ni siquiera a él. Si me dedico a la novela es porque papá jamás lo intentó (siendo una aventura que le atraía, dada su admiración por los grandes narradores ingleses y norteamericanos). La poesía, tú lo sabes, es mucho más que un poema. No quiero extenderme en estos temas, pues por culpa de la cabrona nostalgia, y del nítido recuerdo de aquellos años febriles, acabo haciendo malabares con dos pelotas, una roja y otra amarilla.

Una pregunta un poco telenovelera: ¿por qué tienes la maldita facultad de hacernos llorar en los momentos menos esperados? ¿Cómo se puede escribir una novela “en/el tono de Tarantino”y ser un narrador que hace llorar a sus lectores?

Lo de Tarantino me agrada, lo reconozco, porque en libros anteriores me han emparentado con el gordo de El Gordo y El Flaco. Hablando en serio: será (y lo digo sin nata de orgullo) que también lloro cuando escribo. Pueden dar fe de ello los amigos que me visitaban por los días que yo terminaba Informe contra mi mismo, mi libro más encuerado. ¡Qué paliza! La tarde que entregué el manuscrito en la editorial Alfaguara, regresé a mi estudio y me senté a escribir Caracol Beach con una furia que sólo el instinto de conservación puede explicar: si por mis memorias me hundiría en los mares de la incomprensión, estos locos del Caribe tendrían que llevarme hasta la orilla y darme respiración boca a boca. El nexo cine/literatura puede tener un basamento técnico: velocidad, visualización de la escena, sentido del corte y del montaje. Puro truco. Pertenezco a la escuela literaria que teje la trama a partir de personajes desvalidos y desvalijados. Mujeres barbudas, peloteros sin suerte, prostitutas suicidas, meseras a la orilla de un freeway, una auténtica corte de andariegos y atorrantes que dejan mucho que decir, salvo en una novela que los reivindique de alguna piadosa manera.

Cuando entrecomillaba la referencia a Tarantino lo hacía respetando el hecho de que la frase no me pertenece, pues está entre muchas de las que he escuchado a tus lectores cubanos, en su mayoría jóvenes y en casi su totalidad vinculados a las artes y a las letras. Puedo decir con propiedad que Caracol Beach es una novela que ha gustado en la isla. ¿Cómo pudiera explicarse este fenómeno si, por el momento, no estás presente en las librerías de ese país? ¿Es acaso otro modo de perseguir lo prohibido?

Lo prohibido, por supuesto, siempre encanta, en particular a los jóvenes, porque la juventud misma (me refiero a la cubana, sin ser una condicional exclusiva) está muchas veces amarrada a una cadena de negaciones absurdas, entre ellas la tontería de vetar un libro en nombre de la salud mental de una sociedad supuestamente pura. Como si la pureza fuese algo demasiado trascendente, dogma que Nicolás Guillén se ocupó de desmentir en uno de sus poemas más tóxicos. Las dictaduras de derecha, justo es apuntarlo, llegaron a extremos tan inauditos como el de quemar el cuento de La Caperucita Roja, pues la sola mención al color de la capa ya tenía, de por sí, tintes bolcheviques. Las zurdas, que no de izquierda, “ahí la van llevando”, como dicen los mexicanos, e incluso sus ideólogos sin imaginación muchas veces prefieren ignorar a prohibir. Así te borran de los diccionarios, no divulgan los éxitos de sus “oponentes diversionistas”, porque si “no lo sabe nadie, no existes”. La buena literatura del exilio corre en la isla por canales secretos, y esa circulación le otorga una energía inesperada; diríase que, al ser proscrita, se activa la bobina de la curiosidad, y aunque nuestros libros llegan de contrabando, en franca desventaja de mercado, a la larga esa misma condición acaba por concederles un privilegio no necesariamente merecido: el de la altanería. En ese ir y venir, algunos colegas quieren vender gato por liebre; creen que con sólo eslabonar un inventario de desastres y de abusos tienen garantizada la miel del triunfo, y suponen que hacen zafra al presumir de justicieros o de cínicos, lo cual es un disparate de “calculables” consecuencias: primero lograrán la roña, después el olvido. Lo más dramático es que los abusos y los desastres pueden ser ciertos, lo son de hecho, mas la denuncia queda desacreditada por la burda manipulación de la verdad y la contraproducente exageración de la mentira. La literatura, la de realeza, no apunta con escopetas de perdigones hacia esos patos disecados que se empolvan, mustios, en los estantes de nuestro Museo Natural de Historia; la letra impresa debe procurar la caza de alto vuelo, y siempre habrá que intentar el disparo a partir de los principios elementales de la balística: la voluntad de soplar la cerbatana con gran aliento, la correcta alineación entre la pupila, la boca de la flauta y el pájaro (todo lo vivo destella), para conseguir así la parábola perfecta de ese dardo de dos filos que es la palabra: ya libre, surcará el cielo de una hoja de papel. Lo dijo José Lezama Lima, desde su ventana en la calle Trocadero: lo importante no es el blanco sino la flecha. Y cerró las dos hojas, de golpe. Sus vecinos, atónitos, lo escuchaban reír tras las persianas.

Entonces, ¿sales de la jauda?

Si me das la mano. n

Los límites Antonie Gallimard

LOS LÍMITES DE ANTOINE GALLIMARD

POR CARLOS FUENTES

En el marco de la última edición de la Feria del Libro de Guadalajara, la casa Gallimard, una de las empresas editoriales que han asumido con mayor brillo y constancia la difusión de la cultura universal en Francia, fue objeto de un homenaje. Ofrecemos la intervención de Carlos Fuentes durante aquella velada.

En1961, atravesaba yo por primera vez el augusto portal de Gallimard, entonces, como hoy, la primera, la más prestigiada, la más literaria de todas las grandes editoriales del mundo.

No era necesario saberlo para dejarse impresionar por la fachada clásica del número 5 de la calle Sebastien-Bottin, con su doble insignia como un escudo que, a un tiempo, simbolizaba, advertía e invitaba: Gallimard —NRF— Nouvelle Revue Francaise.

Yo tenía 31 años y mi primera novela, La región más transparente, iba a ser publicada por Gallimard, con prólogo de Miguel Angel Asturias.

Por todos estos motivos, llegué con cierta temblorina a la mesa de la adusta recepcionista y di mi nombre.

—¿Y quién es usted? —me espetó la formidable cerbera.

—Un novelista mexicano —contesté con toda dignidad.

—Sans Blague ?—exclamó la recepcionista, lo cual, traducido formalmente, significa, “¿De veras?”, pero más coloquialmente “¿A poco?”.

Bueno, no era yo el primer mexicano o latinoamericano —especie exótica— en ser acogido por la noble casa Gallimard. Creo que esa distinción le pertenece a Ricardo Güiraldes, cuyo Don Segundo Sombra—novela de repercusión mundial— apareció con el sello de la NRF en 1932.

Más tarde, gracias a la inteligencia cordial —cordial, de corazón— de la magnífica e inolvidable Monique Lange, gracias a la percepción aguda del patrón, Claude Gallimard, y gracias al empeño del escritor Roger Caillois, que vivió el exilio de la Segunda Guerra mundial en Argentina, se creó la colección La Croix du Sud —La Cruz del Sur— entre cuyas tapas amarillas con letra verde —como la bandera brasileña— se podía leer a Martín Luis Guzmán y a Mariano Azuela, a Jorge Luis Borges y a Alejo Carpentier.

Pero fue gracias a Julio Cortázar —cuyo aspecto de niño eterno y hombre bondadoso escondía una voluntad fiera— quien exigió que los latinoamericanos saliésemos de nuestro ghetto verde y amarillo. La Cruz del Sur. para ingresar, normalmente, sin más y sin menos, a la colección de tapas blancas, Du Monde Entier- la colección de la literatura universal, alegaba Cortázar, a la cual pertenecía por derecho propio la nuestra, la de la América Latina.

Es sólo un pequeño capítulo —esta evocación latinoamericana— de una historia prodigiosa en el mundo editorial. Piensen ustedes: la casa Gallimard se origina en 1908 con la idea de André Gide: una literatura fuera de los “ismos”, una literatura que abreva en los clásicos para no tener sed, sino gusto, del mundo.

La revista se extiende hasta convertirse en editorial en 1911 y, desde entonces, durante los noventa años siguientes, enriquece y consolida su posición a través de los tres Gallimard: el abuelo Gastón, el hijo Claude y el nieto Antoine.

Al abuelo sólo lo vi de lejos, almorzando puntualmente todos los días en el Hotel Montalembert de la Rué du Bac, al lado de la editorial. Pero en su paso elegante, su mirada velada y rápida y su vestimenta un poco pasada de moda, se percibía una inteligencia que se sobrepuso a algunos errores —rechazar El camino de Swann de Proust como obra de “mero entretenimiento”: en todas partes se cuecen habas, al mejor editor se le escapa la liebre y en este caso, la Magdalena—; errores prontamente reparados con la publicación de Swann en 1917 y el Premio Goncourt a A la sombra de las muchachas en flor en 1919. Pero el pequeño error es abrumadoramente superado por el gran éxito de incluir a Claudel y a Valéry, a Bretón y Aragón, a Malraux y a Sartre; y el dominio extranjero, en presentar a Faulkner y Hemingway, a Joyce y a Nabokov, a Thomas Mann y a Alfred Doblin, a los lectores francófonos.

Al lado de este dinamismo y receptividad frente a la actualidad, Gallimard inicia la serie de clásicos franceses y extranjeros más bella y más prodigiosa del mundo: La Pleiade, La Pléyade, dirigida hasta su exilio en 1940 por Jacques Schiffrin y cuya lista va de la Biblia a Borges. Creo que no hay volúmenes en el mundo más bellos, más deleitables al tacto, a la vista, al olfato y a la inteligencia, que éstos de La Pléyade. Abrirlos es, como diría José Emilio Pacheco, abrirse al amor de una mujer. Y demás combinaciones posibles. Palabra.

Los años sombríos de la guerra y la ocupación alemana ponen a prueba la capacidad de la editorial para resistir, esquivar la censura, introducir en la sombra un poco de luz e iniciar a los nuevos autores que, por desconocidos, no son objeto de sospecha: Albert Camus es el mejor ejemplo, publicado en 1942, como lo serán Georges Bataille y Simonne de Beauvoir en 1943- Años de prueba: Drieu la Rochelle controla la revista pro-alemana. Gastón Gallimard. las ediciones de libros libres.

Exenta de toda culpa por los comités de depuración de la Francia liberada en 1944, la familia Gallimard retoma el vuelo primero con Gastón y a partir de 1961. con Claude, un hombre de extraordinaria seriedad y reserva al lado de extraordinaria cordialidad y apertura al mundo. El conduce Gallimard a formar parte del Premio Eormentor que dio su gran espacio internacional a Beckett y a Borges. El llevó a las literaturas del Nuevo Mundo a un sitio de honor en la lista de Gallimard: Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, William Styron y Philip Roth. El se dio cuenta primero de la importancia de las literaturas del centro de Europa y trajo a Gallimard a Milán Kundera, a Tilomas Bernhard y a Peter Handke. El acentuó el carácter europeo abierto e integrador de la literatura: Fernando Pessoa el portugués, Elias Canneti el búlgaro cosmopolita, los suizos de expresión germana Durrenmatt y Frisch.

Esta es la extraordinaria herencia recibida por el joven editor al cual, en nombre propio y de su prosapia, honramos hoy en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Antoine Gallimard. a partir de 1988. le ha traído modernización, desarrollo y salud fiscal a la casi centenaria editorial. Ha extendido las actividades de Gallimard al sector juvenil. a la literatura de viajes, a los textos paraescolares y al audiovisual. Se ha hecho presente en los multimedia y lo ha hecho con fondos propios, sin enajenar la editorial a consorcios sin rostro y a barcos sin bandera. Como Vicepresidente del Sindicato Nacional de la Edición, ha defendido el precio único del libro contra la desleal competencia de los supermercados libreros. Ha luchado por esas pequeñas librerías indispensables al bibliófilo que quiere husmear, encontrar los tesoros perdidos, darle sol a las sombras literarias. El mismo, desde muy joven, entró a los sótanos de Gallimard y encontró las ediciones agotadas de libros indispensables, lanzando la colección Lo imaginario, que rescató de los subterráneos obras de Faulkner y Rulfo, de Rómulo Gallegos y Hermann Broch.

Se rodeó de un extraordinario equipo de jóvenes, entre los cuales quiero destacar, esta noche, a aquellos con los que mantengo un trato más frecuente: Teresa Cremisi, directora editorial, Jean Mattern, director de derechos extranjeros; y las dos vestales del templo de la promoción, Pascale Richard y Helene de St. Hipolite. Reforzó la colección Folio, acaso la mejor, la más bella colección de bolsillo del mundo, que hoy cuenta con más de dos mil títulos a precios asequibles, abriendo aun más la invitación a la lectura de una editorial, Gallimard, cuyos títulos más vendidos no son Daniel Steele ni John Grisham ni Tom Clancy, sino El principito de St. Exupery (nueve millones de ejemplares), El extranjero de Camus (ocho millones), La peste, otra vez de Camus (seis millones) y para redondear el quinto bueno. La condición humana de Malraux con cuatro millones. ¿Quién habló del fin del libro y el entierro de Gutenberg?

La condición humana: Permítanme recordar que Antoine Gallimard participó como estudiante en el mayo parisino de 1968 y fue conducido al “tambo” en una “julia” a la cual se subió, reclamando la misma suerte que los estudiantes, Jean Genet, desde entonces amigo de Antoine Gallimard.

Su abuelo Gastón dijo una vez que amaba los libros, las mujeres y el mar.

Antoine, más discreto, dice amar los libros y la amistad. Lo cual incluye, digo yo, el amor y las mujeres.

Incluye también el mar. Antoine es un experto surfer. ¿Por qué?, le pregunto. Porque me gusta conocer los límites, responde.

Límites de Antoine Gallimard: la independencia como garantía de la calidad y la calidad como garantía de la independencia.

Límites de Antoine Gallimard: el arte de la memoria. Recordar a los escritores, para que los escritores recordemos a Gallimard.

Que es lo que hacemos esta noche en Guadalajara.

Felicidades, Antoine, felicidades, Gallimard.  n

Carlos Fuentes Escritor. Su libro más reciente es Los años con Laura Díaz.

La memoria digital

LA MEMORIA DIGITAL

POR GABRIEL GRINBERG

Cuando se habla del cambio que las nuevas tecnologías de la información generan en las relaciones sociales hay un aspecto sobre el que se debe poner atención. Me refiero al tema de la memoria y su impacto sobre los procesos de comunicación y trabajo.

Se ha presentado a la Internet como un nuevo medio de información y comunicación, pero analizándola desde la perspectiva de la memoria es bastante más que eso. Se trata de un gigantesco medio que de manera aún imperceptible está produciendo cambios de gran magnitud. Es un sistema artificial, externo a las personas. Es similar a los sistemas de archivo como las bibliotecas pero con otras características y consecuencias debido al componente tecnológico.

La memoria se vincula a la historia y por lo tanto al aprendizaje. En los orígenes de la humanidad el proceso fue estrictamente mental porque el medio de transmisión de las tradiciones y experiencias era oral y quedaban grabadas en el cerebro; sólo era posible recuperarlas mediante el recuerdo y la voz; esta función la ejercían los ancianos de las comunidades —depositarios del saber— que se encargaban de transmitirlas en momentos claves de la vida social y familiar.

La evolución social y tecnológica permitió mejorar los sistemas de memorización y transmisión del conocimiento. Con el desarrollo de la escritura y luego con la imprenta se organizaron las bibliotecas, los archivos, la documentación, los libros de cuentas, los registros de propiedad, etcétera. Así comenzó la clasificación de la memoria pública y privada.

El papel fue el soporte más importante en el proceso de memorización y se agregaron otros elementos como la fotografía o los sistemas de grabación de sonidos. Estos desarrollos permitieron que la memoria se pudiera conservar de manera externa a las personas aunque estableciendo una relación de dependencia en la medida que la tecnología no permitía automatizar los procesos de resguardo y búsqueda. Se puede decir que la memoria se mantuvo en entornos más o menos próximos: archivos, bibliotecas, centros de documentación, escritorios que son los soportes artificiales pero no electrónicos. Las personas memorizaban el lugar en que quedaba la información y cada organización desarrolló un sistema particular de cómo guardarla y recuperarla. En este sentido se produjo una combinación entre el uso de la memoria externa y la interna, y ambas establecieron un mecanismo de comunicación que evitó su pérdida.

El surgimiento de la economía digital modificó esta relación. Generó cambios en relación a las prácticas e introdujo nuevas herramientas que permiten automatizar la administración del conocimiento, un concepto ligado a la memoria individual y colectiva.

Con la tecnología de la información el soporte y sistema de almacenamiento se sitúa en el exterior de la persona, lo que produce un cambio en relación al espacio físico y la arquitectura de las organizaciones ya que no se requiere la presencia del documento, que puede estar a gran distancia y del que se puede tener una representación electrónica y digital por medio de la red. Con ello la memoria pasa a ser accesible para un gran número de personas a un costo muy bajo. En cierto sentido, este fenómeno permite eliminar el monopolio de la memoria y de la información posibilitando una enorme difusión geográfica.

Se estima que en el año 2005 el 50% de los datos se almacenarán sólo de manera electrónica y. según un estudio británico, los medios y servicios físicos de documentación se reducirán al menos en un 25% en la medida que las empresas hagan la transición al sistema de comercio electrónico y organicen su actividad de acuerdo con el modelo de red.

El cambio de paradigma ha introducido nuevos diseños innovadores en la organización del espacio físico de las empresas. En las oficinas van desapareciendo los espacios privados. La idea de oficinas industrias con paredes que separan a los trabajadores se adaptaba bien a la forma jerárquica de organización corporativa, pero en el nuevo entorno de red el espacio privado aparece sustituido por el espacio social: los equipos que trabajan de manera presencial o virtual y comparten continuamente la información, el conocimiento y sus habilidades.

Muchas empresas han rediseña- do el espacio de sus oficinas para estimular el trabajo en red. En la sede de Procter and Gamble, en el norte de Cincinnati, los equipos trabajan en espacios abiertos. Hay salas de reunión especiales y zonas más amplias distribuidas estratégicamente para facilitar las sesiones de tormenta de ideas, con pasillos anchos y sillones para estimular las conversaciones ocasionales. J. P. Jones, vicepresidente de Investigación y Desarrollo de esa empresa, ha dicho que el estilo reticular de los espacios abiertos quizá producirá un incremento del 20 al 30% en las ganancias por productividad debido a que los datos se intercambian de inmediato y a que las decisiones se obtienen en menor tiempo y con mayor calidad.

Este ejemplo muestra uno de los efectos que genera el trabajo en colaboración cuando existen herramientas de administración del conocimiento que permiten vincular la memoria de cada persona con el conocimiento social. Este resultado, tal como dice J. P. Jones, no es resultado de un ahorro en papel o en el espacio de las oficinas, sino el resultado de una interacción más intensa entre los miembros de una organización.   n

Gabriel Grinberg Periodista.

Los quanta de Luis El Intrépido

PUERTO LIBRE

LOS QUANTA DE LUIS EL INTRÉPIDO

POR ANGELES MASTRETTA

Cuando conocí a Luis González de Alba, él ya traía consigo la irrefutable aureola de los héroes. Había sido uno de los líderes del movimiento estudiantil en 1968, había escrito ese hermoso libro que es Los días y los años, había sufrido la cárcel en Lecumberri y era además de un mito sonriente, un hombre guapo. No parecía difícil reconocerlo entonces como alguien extraordinario.

Sin embargo, fue preciso el paso del tiempo sobre nuestras cabezas para mostrarme a Luis no sólo como alguien extraordinario, sino como uno de los seres humanos más admirables que he tenido la fortuna de encontrar en la vida.

Estábamos detenidos bajo el cielo de Mérida en octubre pasado, nos rodeaba un aire tibio y el ruido de los grillos.

—¡Ahí está Orion! —dijo Luis—. Es la primera vez que lo veo en este año. Orion sólo aparece en el invierno —informó.

Luego nos llevó en vilo por un cautivador inventario de las cualidades de Orion.

Yo lo escuché presa de sus palabras, aún más por el tono y la voluntad apasionada que ponía en ellas, que por la serie de novedades que dejaba en mis oídos.

Mientras él señalaba las constelaciones y las iba nombrando, yo me dije, entregada sin reparos a su encanto, lo que he ido aprendiendo al verlo vivir: este Luis es un ser entrañable y luminoso, como pocos he conocido.

Me hubiera gustado decirle lo que estaba yo pensando, pero desde siempre sé que Luis no es una de esas personas a las cuales uno puede declararles su devoción en mitad de una noche cualquiera y sin ningún pretexto. Los seres como Luis temen y desconfían de esas confianzas. Así que me limité a mostrarme encantada con los atributos de Orion y agradecida con la voz incandescente que hablaba de ellos.

Una semana después, Luis me pidió que lo acompañara en la presentación de su libro El burro de Sancho y el gato de Schródinger. Acepté, reconociendo que a veces las estrellas nos desafían al escuchar nuestros deseos. ¿Qué podría yo decir de un libro que me propondría la física como materia para el éxtasis? Yo, que elegí las palabras que Einstein encontró tan inútiles para expresar su pensamiento, como el único territorio mágico que me siento capaz de comprender. Yo, que pasé física con el más ambicionado seis de toda la preparatoria, y ni siquiera por mis entendimientos, sino por la pura piedad del maestro que me consideró un caso perdido.

Confieso que me acerqué al libro con más temor que disposición al asombro. Con la certeza de que no entendería nada y de que leerlo me costaría un esfuerzo sólo comparable a mi admiración y mi cariño por Luis. El libro empezó por seducirme desde el prólogo y me atrapó en el primer capítulo, con la elocuente explicación de cómo se vino abajo la certeza, compartida por los científicos al empezar este siglo, de que la física había hecho su tarea y estaba concluida. De la manera en que la física, como se la conoció hasta 1900, dio un paso a una nueva concepción que nadie hubiera podido vislumbrar: el espacio no es un enorme agujero donde están colocadas las estrellas, galaxias y humanos, sino algo elástico que hace curvas y está indisolublemente unido al también elástico tiempo; la materia está constituida sobre todo de vacíos enormes, circundados por electrones que no son pequeñas bolitas giratorias, sino cargas negativas sin ubicación ni velocidad previamente existentes.

Y de ahí al final, todo fue como caminar por una playa escuchando la descripción atractiva de una maravilla tras la otra. Desde los descubrimientos de Max Planck y su constante de proporcionalidad, hasta el momento en que Einstein resuelve el gran problema de la transmisión de la luz en el vacío, enseñando a los físicos a pensar en términos paradójicos, cuando tienen que aceptar que la luz se comporta a veces como partícula y a veces como onda. Los quanta de luz de Einstein no necesitaban de medio alguno para viajar en el vacío porque eran partículas, y producían rayas oscuras y claras de interferencia porque eran ondas. El quántum de luz nos presenta una respuesta según la pregunta que le hagamos, dice Luis González de Alba.

Si le preguntamos cómo cruza desde las estrellas hasta aquí, nos dice que es una partícula, si le preguntamos cómo arranca electrones de los átomos de un metal nos dice lo mismo: que es una partícula. Si le preguntamos cómo una partícula cruza por dos rendijas a la vez, responde que lo hace así sencillamente porque es una onda. La dualidad de la naturaleza de la luz implicada en la teoría de la relatividad, traería en el curso de las siguientes tres décadas el levantamiento de la concepción estadística del átomo, esencia de la física cuántica.

“Polvo seré más polvo enamorado”, dijo el poeta. Y luego, pero no con menos énfasis, dijeron los físicos: “la luz no envejece nunca”. Y algo todavía más inconcebible: “un electrón al cambiar de una órbita a otra, no pasa por los estadios intermedios, por la sencilla razón de que son posiciones no permitidas por la división cuantizada de la energía”.

Así las cosas, para mi fortuna agregó el sabio Bohr, “si al pensar en la mecánica cuántica usted no siente vértigo… es que realmente no ha entendido”.

Aseveración que me llenó de entusiasmo y confianza en mí misma, dado que llevaba con vértigo de la página 47 a la 83 y que en el vértigo me mantuve mientras acepté que la materia puede hacerse ondas y que, según probó Schröedinger, el átomo es como un puñado de arena donde cada grano indica una probabilidad mayor o menor de presencia de la partícula-onda. La ecuación de Schröedinger describe las probabilidades que gobiernan el movimiento de las partículas subatómicas. Y dice Luis González de Alba: “Su poder de predicción rigurosa lo hace uno de los instrumentos más perfectos desarrollados por la humanidad”.

El libro me tuvo despierta hasta las dos de la mañana como si fuera la excelente trama de una película de misterio. Entonces: “Cuando quedaba tan poco de la noción de materia como la sensata, intuitiva y científicamente necesaria causalidad, Heisenberg desechó esos restos estableciendo en el corazón de la materia la contradicción más íntima: incertidumbre”. Meollo de la nueva física. “Las órbitas limitadas del átomo desaparecieron y los electrones como pequeñísimos trozos de materia también. Y algo todavía más importante: la causalidad (esto es el principio de que a todo efecto le antecede una causa) dejó su milenaria plaza a la incertidumbre”. Y es aquí donde, en mitad de la lectura, nos conviene acudir a Fernando Savater y aceptar con él: “Para poder vivir es necesario razonar, para querer vivir es necesario imaginar”.

Imaginando es como la física a partir de 1927 no ha dejado de producir resultados contraintuitivos y, sin embargo, dice Luis González de Alba al finalizar un capítulo de lo más inquietante, “siguen sin poder responder a la pregunta: ¿qué es un electrón?”.

Y para su consuelo Borges asegura: “La imposibilidad de penetrar el esquema del universo no puede sin embargo disuadirnos de plantear esquemas humanos, aunque nos conste que éstos son provisorios”.

Y si seguimos leyendo el libro de Luis González de Alba, y llegamos al capítulo nueve, llamado “El último misterio: la conciencia humana”, encontraremos más argumentos para decir con Borges en Otras Inquisiciones. “Notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo”.

Luis González de Alba recapitula: Tenemos moléculas que están formadas por átomos; éstos a su vez por electrones, neutrones y protones. Los últimos resultaron compuestos y no elementales formados por partículas a las que se dio el nombre de quarks. Hay indicios de que el quark podría estar compuesto. Todos a su vez podrían no ser sino las diversas formas de minúsculas cuerdas en la longitud de Planck. Y, finalmente, el último sustrato podría ser información.

Al parecer, la postura sensata sería decir que la información es un concepto, no una cosa en el mundo. Pero como siempre en la física cuántica, no es la sensatez la que gana, nos dice Luis González de Alba, sin atribularse. Algunos físicos plantean que la información es el último elemento en la composición del universo, que masa y energía podrían de alguna manera derivarse de la información. La información es lo opuesto a la entropía. Lo opuesto al desorden al que tiende todo estado. Al parecer sin información no habría nada parecido a lo que llamamos “mundo real”. Hay quienes sostienen que la información podría ser más fundamental que la materia y la energía.

Tras estas afirmaciones, Luis González de Alba no sólo se mantiene en el mundo de lo inaudito, sino que nos arrastra con él hasta la magia. Y nos explica en qué consiste esa tendencia universal al mayor desorden llamada entropía, y habla del colapso de las ondas, de las computaciones irreversibles, de la sinapsis, como se llama a la conexión entre neuronas, y de cómo a pesar de que la ciencia ha llegado al extremo de poder detectar por medio de tomografías computarizadas los cambios precisos ocurridos en el cerebro durante el establecimiento de una memoria, a pesar de que ya se puede ver, literalmente, la integración de un recuerdo en el tejido cerebral, la conciencia humana sigue esperando explicación, porque no puede ser comprendida dentro de la conciencia misma.

Y oído esto tendríamos que acompañar a Luis González de Alba y a la física a simplemente tararear a Mozart venerándolo porque a él, cualquiera de su perfectas sinfonías, no le llegó nunca poco a poco y en secuencias, sino completa y perfecta, en un instante. ¿Cómo explicar esta maravilla?

Dice Luis González de Alba: “Las matemáticas, el arte, la ciencia, en ocasiones ocurren como descubrimientos y no como invenciones largamente meditadas”. ¿Cómo sucede esto? Quizás alguna vez nos los explique uno de los múltiples misterios que aún tiene para los humanos la física cuántica, pero no todavía.

Para volver a Borges podríamos decir: “Dios, como la eternidad, es una ambición, una hermosa ambición de los humanos”. Y agregar tras el asombro que produce la lectura de este inquietante libro escrito por Luis González de Alba: La física cuántica, como Dios y la eternidad, es una hermosa ambición de los humanos.

En caso de que me faltara una prueba de que Luis González de Alba es capaz de cualquier cosa, con tal de acercarse a una luz que lo ayude a descifrar el privilegio de estar vivo, mi encuentro con El burro de Sancho y el gato de Schröedinger bastaría para dármela. Luis González de Alba no sólo precisa entender, sino que tiene la generosidad de contarnos lo que ha entendido con una delicadeza y un talento que nunca tuvo mi maestro de física y que seguramente tienen muy pocos maestros en la preparatoria y la universidad.

El último capítulo del libro lo dedica Luis González de Alba al inicio egeo de la aventura. A los ávidos y febriles filósofos y científicos que seiscientos años antes de nuestra era, abandonaron la explicación de los fenómenos naturales atribuyéndolos a los dioses y se hicieron a la búsqueda. Deslumbrante recorrido por la vida y los intereses de hombres con la cabeza libre y el corazón inquieto, deja en los lectores el deseo de vivir atreviéndose a indagar, a inconformarse con lo previsible, a creer y esperar lo inverosímil.

El deseo de vivir como ha vivido Luis González de Alba, sin aceptar los lugares comunes, sin plegarse a las órdenes de las buenas conciencias, curioso, valiente, devorador de cuanto misterio quiera enfrentársele y humilde aprendiz de cuanta posible incógnita quiera el mundo presentarle. Luis ha escrito con sencillez y gozo un libro para hacernos pensar en cuán sofisticados e incomprensibles somos. Cuán inaudito y hermoso es el mundo. n

Angeles Mastretta Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

Escribir

Leer novelas me parece una actividad de lo más normal; escribirlas, en cambio, es algo tan extraño… Eso, al menos, es lo que pienso, hasta que recuerdo la solidez con la que una y otra se relacionan. (No hay aquí generalidades con blindaje. Sólo unas cuantas observaciones.)

En primer lugar, porque escribir es practicar, con singular intensidad y atención, el arte de la lectura. Escribes a fin de leer lo que has escrito, revisar si está bien, y como nunca lo está, desde luego, para reescribirlo —una, dos, tantas veces como sea necesario, hasta obtener algo cuya relectura puedas admitir—. Uno mismo es su primer lector, tal vez el más estricto. “Escribir es someterse al juicio de sí mismo”, anotó Ibsen en la cubierta de uno de sus libros. Difícil imaginar la escritura sin la relectura.

Pero, ¿acaso lo que uno escribe de una tirada nunca está del todo bien? Sí, claro: a veces, incluso más que bien. Lo cual sólo sugiere, al menos para esta novelista, que en un examen más atento, o en voz alta —es decir, en otra lectura— podría ser todavía mejor. No digo que el escritor deba preocuparse y sudar a fin de producir algo bueno. “Lo que se ha escrito sin esfuerzo, en general, es leído sin placer”, dijo el doctor Johnson, y la máxima parece tan alejada del gusto contemporáneo como su autor. Sin duda, mucho de lo que se ha escrito sin esfuerzo entrega placer en abundancia. No, la cuestión no es el juicio de los lectores —que bien pueden preferir la obra de un escritor más espontáneo, menos elaborado— sino un sentimiento de los escritores, esos profesionales de la insatisfacción. Uno piensa: si puedo alcanzar este punto en la primera vuelta, sin demasiado esfuerzo, ¿no podría ser todavía mejor?

Y aunque esto, la reescritura —y la relectura— suenan como un esfuerzo, constituyen de hecho la parte más placentera de la escritura. A veces, la única parte placentera. Al ponerse a escribir, si uno tiene presente la idea de la “literatura”, resulta formidable, intimidante. Una inmersión en un lago helado. Después viene la parte cálida: cuando ya tienes algo que trabajar, mejorar, editar.

Digamos que es una mezcolanza. Pero tienes la oportunidad de arreglarla. Intentas ser más claro. O más profundo. O más elocuente. O más excéntrico. Intentas ser fiel a un mundo. Quieres que el libro sea más amplio, que tenga más valía. Quieres elevarte por encima de ti mismo. Quieres elevar el libro por encima de las barreras de tu mente. Como la estatua se encuentra sepultada dentro del bloque de mármol, la novela se encuentra dentro de tu cabeza. Intentas liberarla. Intentas llevar la materia desdichada de la página más cerca de lo que piensas que tu libro debiera ser —lo que sabes, en tus espasmos de exaltación, que puede ser—. Lees las oraciones una y otra vez. ¿Este es el libro que yo estoy escribiendo? ¿Esto es todo?

O digamos que va bien, porque, en efecto, va bien a veces (de lo contrario, en algún momento perderías la razón). En eso estás, y aun si eres el más lento amanuense y el peor de los mecanógrafos, un rastro de palabras se ha compuesto y tú quieres continuar. Y después lo relees. Quizá no te atreves a sentirte satisfecho, pero al mismo tiempo te gusta lo que has escrito. Descubres que obtienes placer —un placer de lector— con lo que está en la página.

Escribir consiste, a fin de cuentas, en una serie de licencias que uno se da a sí mismo para ser expresivo en ciertas formas. Para inventar. Para saltar. Para volar. Para caer. Para encontrar tu propia característica manera de narrar y de insistir; o sea, para encontrar tu propia íntima libertad. Para exigirte, sin desollarte demasiado. Sin detenerte a releer con demasiada frecuencia. Permitirte, si te atreves a pensar que fluye bien (o no del todo mal), sencillamente continuar remando. Sin esperar el impulso de la inspiración. Desde luego, los escritores ciegos nunca pueden releer lo que dictan. Quizás esto sea menos importante para los poetas, quienes suelen elaborar en su mente la mayor parte de su escritura antes de poner cualquier cosa en el papel. (Los poetas viven del oído mucho más que los prosistas.) Y la ceguera no significa que no se hagan revisiones. ¿No imaginamos a las hijas de Milton, al finalizar cada día del dictado de El paraíso perdido, releer todo a su padre en voz alta y enseguida anotar sus correcciones? En cambio los prosistas —que trabajan en una maderería de palabras— no pueden retenerlo todo en su cabeza. Necesitan ver lo que han escrito. Aun aquellos escritores que parecen los más notables y prolíficos deben sentir esto. (Así, Sartre anunció, al perder la vista, que sus días de escritor habían concluido.) Pensemos en el corpulento, venerable Henry James, caminando de un lado a otro en una habitación de la Casa Lamb, mientras compone en voz alta, para una secretaria, La copa dorada. Si descontamos la dificultad de imaginar cómo la prosa tardía de James pudo ser dictada en absoluto, no menos que el estrépito de una máquina de escribir Remington circa 1900, ¿no damos por hecho que James releía lo que se había mecanografiado, y que se prodigaba en sus correcciones?

Hace dos años, cuando me convertí de nueva cuenta en una paciente de cáncer y tuve que suspender mi trabajo en la casi terminada In America, un amable amigo de Los Ángeles, al conocer mi desesperanza y miedo de ya nunca terminarla, me ofreció tomar un permiso en su trabajo para venir a Nueva York, permanecer conmigo lo que fuera necesario y poner por escrito mi dictado del resto de la novela. Cierto que los primeros ocho capítulos estaban listos (es decir, reescritos y releídos muchas veces) y yo había comenzado el penúltimo capítulo, y sentí que tenía completo el arco de esos dos últimos capítulos en mi cabeza. Y sin embargo, sin embargo, tuve que rechazar su oferta, generosa y conmovedora. No era sólo que yo estuviera ya demasiado confundida por un drástico coctel de quimioterapia y cantidades de calmantes para recordar lo que planeaba escribir. Necesitaba la posibilidad de ver lo que escribía, no sólo escucharlo. Necesitaba la posibilidad de releer.

Habitualmente, la lectura antecede a la escritura. Y el impulso de escribir es casi siempre estimulado por la lectura. La lectura, el amor por la lectura, es lo que te hace soñar en convertirte en escritor. Y mucho después de convertirte en escritor, leer los libros que otros escriben —y releer los queridos libros del pasado— constituye una distracción de la escritura irresistible. Distracción. Consuelo. Tormento. Y, claro, inspiración.

Desde luego, no todos los escritores admitirán esto. Recuerdo que una vez le comenté a V. S. Naipaul algo sobre una novela inglesa del siglo XIX que yo adoraba, una novela muy conocida, y di por hecho que él, como todos mis conocidos interesados en la literatura, la admiraba igual que yo. Pero no, él no la había leído, me dijo, y al ver la sombra de la sorpresa en mi rostro añadió con severidad: “Yo soy un escritor, Susan, no un lector”.

Muchos escritores que han dejado de ser jóvenes proclaman, por razones diversas, que leen muy poco y, a decir verdad, que encuentran en cierto sentido incompatibles a la lectura y la escritura. Para algunos escritores tal vez lo sean. No me corresponde juzgarlo. Si el motivo es la ansiedad de ser influido, entonces me parece una preocupación vana, superficial. Si el motivo es la falta de tiempo —sólo hay tantas horas al día, y las que consume la lectura son sustraídas, como es evidente, de aquellas en las que uno podría escribir— se trata entonces de un ascetismo al que yo no aspiro.

Sontag

Perderse a sí mismo en un libro, esa vieja frase, no es una fantasía ociosa sino una realidad adictiva, ejemplar. Virginia Woolf dijo memorablemente en una carta: “A veces creo que el cielo debe ser una lectura continua, inacabada”. Sin duda la parte celestial es —de nueva cuenta, en palabras de Woolf— que “la condición de la lectura consiste en la eliminación total del ego”. Por desgracia, nunca nos despojamos del ego, así como tampoco podemos pasar por encima de nuestros propios pies. Pero ese arrebato incorpóreo, la lectura, semeja un estado de trance que basta para hacernos sentir sin ego.

Como la lectura, la lectura arrebatada, la escritura de ficción —el habitar en otros seres— también se experimenta como perderse a sí mismo.

Hoy todo mundo prefiere pensar que la escritura sólo es una forma de introspección. También llamada expresión personal. Si se supone que ya no somos capaces de sentimientos altruistas genuinos, se supone que no somos capaces de escribir acerca de nadie, salvo de nosotros mismos.

Pero no es cierto. William Trevor se refiere a la audacia de la imaginación no autobiográfica. ¿Por qué no escribir para escapar de ti mismo, tanto como podrías escribir para expresarte a ti mismo? Es mucho más interesante escribir acerca de otros.

No hace falta decir que doy partes de mí a todos mis personajes. Cuando, en In America, mis inmigrantes de Polonia llegan al sur de California —están justo a las afueras del poblado de Anaheim— en 1876, y se adentran al desierto y sucumben a una aterradora visión de vacío que los transforma, sin duda yo aproveché el recuerdo de mi propia infancia, caminatas por el desierto del sur de Arizona —en las afueras de lo que entonces era una ciudad pequeña, Tucson— en la década de los cuarenta. En el primer borrador de ese capítulo había saguaros en el desierto del sur de California. Para el tercer borrador yo había eliminado, con renuencia, los saguaros. (Por desgracia, no hay saguaros al oeste del río Colorado.)

Yo escribo acerca de alguien que no soy yo. Así, lo que escribo es más ingenioso de lo que yo soy. Porque lo puedo reescribir. Mis libros conocen lo que yo conocí alguna vez —de manera caprichosa, intermitente—. Y apuntar las mejores palabras en la página no parece en modo alguno más fácil, incluso después de tantos años de escribir. Por el contrario.

He aquí la gran diferencia entre la lectura y la escritura. Leer es una vocación, un oficio en el cual, con la práctica, uno está destinado a ser cada vez más experto. Como escritor, lo que uno acumula son ante todo incertidumbres y ansiedades.

Todos esos sentimientos de insuficiencia del escritor —este escritor, en cualquier caso— son afirmados por la convicción de que la literatura es importante. “Importante” es con seguridad una palabra demasiado pálida. Que hay libros “necesarios”, es decir, libros que, al leerlos, uno sabe que habrá de releer. Quizá más de una vez. ¿Existe mayor privilegio que gozar de una conciencia expandida, colmada, encauzada por la literatura?

Libro de sabiduría, ejemplo del sentido lúdico de la mente, dilatador de compasiones, registro fiel de un mundo real (no sólo de la conmoción dentro de una cabeza), auxiliar de la historia, defensor de emociones desafiantes y opuestas… una novela que se intuye necesaria puede ser, debería ser, tiene que ser la mayoría de estas cosas.

Si continuara la existencia de lectores que compartan esta elevada idea de la ficción, bueno: “No hay futuro para esa cuestión”, como respondió Duke Ellington cuando le preguntaron por qué iba a tocar en programas matutinos del Apollo. Más vale sencillamente continuar remando. n

Traducción de Roberto Diego Ortega

(Núm. 278, febrero de 2001)

París y la comida callejera

EL ÚLTIMO DE LOS PLACERES

PARÍS Y LA COMIDA CALLEJERA

POR ALMA GUILLERMOPRIETO

Uno ama las ciudades, supongo, no sólo porque nos ofrecen gustos y experiencias desconocidas, sino en la medida en que nos permiten expander y realizar gustos y experiencias propias. Hace muchos años me tocó pasar varias semanas en Madrid, donde conocí gente interesante y comí bien con alguna frecuencia. Sin embargo, cuando busco en la memoria datos con que engordar la pobre frase anterior, no encuentro gran cosa. En cambio sí me acuerdo de una tarde en que, vagando sin mayor quehacer por las estrechas y desarboladas calles madrileñas, pasé frente a una pastelería y decidí que con un buen postre lograría aliviar el tedio. Escogí alguna tartaleta o merengue y le dije a la vendedora que no lo envolviera, pues me lo comería por el camino. Rápida como un látigo, contestó: “las mujeres que comen en la calle nunca se casan”, y me entregó la tarta, envuelta y embolsada, con un gesto de recriminación.

Días después tomé un tren y desembarqué en París. En la frontera me habían robado absolutamente todo el cuantioso equipaje —desde la cámara y los calzones hasta la copia única de un manuscrito y mis aretes preferidos—. A la salida de la Gare d Austerlitz se paseaba el racista Jean-Marie Le Pen con un estandarte de la Virgen María y algunos miles de sus seguidores, gritando “la France aux francaises!. Hacía frío y llovía. No conocía a nadie. No tenía hotel. Fui caminando sin rumbo bajo la helada llovizna hasta que, en una esquina del Boulevard St. Germain. me llamó la atención un grupito expectante que se había formado frente a una covacha de la cual salía una serpentina de humo blanco y el más delicioso olor.

Batiendo las manos enguantadas una contra otra para ahuyentar el frío, los parisinos aguardaban turno frente a la covacha. Adentro, un hombrecito se afanaba con destreza frente a un comal ligeramente convexo: le pasaba un trapo húmedo, vertía una cucharada de líquido cremoso sobre la plancha y enseguida lo repartía uniformemente con una espátula. Un par de segundos después le daba vuelta a lo que ya se había convertido en una oblea dorada y perfecta, lista para recibir una espolvoreada de queso rallado, una untada de chocolate, o simplemente una cucharada de azúcar. ¡Crepas!

Hacer cola, esperar salivante mi turno, recibir en la mano el cucurucho de papel encerado y seguir camino por el reluciente bulevar, quemándome los dedos y la lengua con la mágica crepa azucarada, fue cuestión de minutos, y en esos minutos París se me reveló como la ciudad más hermosa, cálida y perfecta que Dios haya concebido jamás. Renegué de cada uno de los días desperdiciados en Madrid: ¿cómo había podido perder tanto tiempo en una ciudad que no entiende de comida callejera?

Me acordé de aquella crepa hace algunos días durante otro viaje a París. Nuevamente hacía lluvia y frío, y la gente caminaba de prisa y embufandada. deteniéndose apenas ante las vitrinas engalanadas con toda suerte de tentaciones navideñas. Buscando el viejo almacén de Dehillerin, que surte de ollas de cobre y enormes batidores de huevo a gourmands y restauranteros, desemboqué de pronto en la calle de Montorgeuil. que hace muchos años terminaba en el ruidoso mercado de Les Halles. El mercado ya no existe, y en su lugar quedó el extraño y modernoso Forum des Halles. La calle también ha sido transformada, pues en su loable esfuerzo por conservar la tradición comelona de la rue Montorgeuil la alcaldía de París la ha convertido en una especie de Disneylandia epicúrea, completamente artificial en la medida en que desapareció su razón de ser —su cercanía al gran mercado, y su exigente clientela de puesteros, camioneros y cargadores—. Repleta de turistas y de restaurantes mediocres, el aspecto de la calle me descorazonó por un momento, y sin embargo…

Y sin embargo ahí estaba en una esquina una pequeña aglomeración de parisinos friolentos, esperando su turno frente a un marsellés grando- te y malhumorado que gritaba a los cuatro vientos “¡Ostiones fresquecitos! ¡Treinta y cinco francos por los seis!” y hacía volar las tapas de los moluscos como si fueran confeti. Hice cola, recibí agradecida el plato de cartón rebozante y me arrinconé en una mesa en la banqueta al lado de otros glotones a despacharme la media docena con un vasito de muscadet. Después pedí media docena más.

Nadie duda que las glorias de la cocina francesa se encuentran sitiadas por las prisas de la vida moderna, por la mediocridad de las frutas y legumbres que ofrece la agroindustria y la horrenda invasión de la fast food. Pero una tradición culinaria tampoco se acaba así como así. Resiste en la calle y en la gula que hace que los franceses, a diferencia de los españoles, encuentren que la calle es un sitio perfecto para comer. Terminado el festín de los ostiones, y a sabiendas de que me esperaba una cena extravagante, pasé por una panadería y quedé hipnotizada por el despliegue de baguettes, trenzas y hogazas de la vitrina. Cada vez hay menos panaderías en Francia, pero en ésta había hasta cola: ¿cómo resistir? Me formé, pedí una ficelle bien cuite— tina baguette delgadita y en punto crocante— y a la salida cumplí con el ritual obligatorio; le arranqué la colita, que es la parte más tostada y más sabrosa, y me fui por la calle saboreando la delicia de estar en París.               n

Alma Guillermoprieto Escritora. Su más reciente libro es Los años en que no fuimos felices.

En busca del paradigma

EN BUSCA DEL PARADIGMA

POR FELIPE GONZÁLEZ

Para responder a cuestiones de soberanía, de identidad, de problemas económicos y sociales, lo único que conocemos como estructura política es el Estado-nación. Pero ni la información, ni la economía, ni las finanzas se deciden dentro de la frontera del Estado-nación. Por tanto, hay algo que hacer y pronto, y buscar el nuevo paradigma, dice Felipe González y concluye: lo que no podemos aceptar es que el paradigma de este momento histórico, de tránsito civilizatorio, sea la ausencia de paradigmas.

Cómo encontrar el paradigma o los paradigmas de esta nueva era histórica en la que nos ha tocado vivir? Los seres humanos, como seres históricos, con un código de señales que heredan y aprenden en un ámbito cultural, en un conocimiento que se transmite de unos a otros, sienten mucha inquietud cuando los paradigmas se pierden, cuando ese código de señales se hace turbio o difícil de comprender. Eso ocurre a veces en la historia, ocurrió en el paso de la Edad Media al Renacimiento; ocurrió en la liquidación o en la sustitución económica, social, política y cultural de la sociedad agraria por la sociedad industrial. Y ocurre en este momento, en el que la sociedad industrial se queda atrás y se abre paso a una nueva sociedad, a la que todavía no sabemos denominar bien, y a una nueva era a la que unos llaman la sociedad de la información y otros sociedad del conocimiento. A diferencia de otros cambios históricos, significativos, profundos, civilizatorios, los cambios de ahora se dan con una velocidad y con una profundidad a la que no estamos acostumbrados, y es difícil acostumbrarnos como seres históricos que somos.

No sólo en las sociedades con un componente rural amplio, sino en las sociedades industriales avanzadas, muchas de las referencias son aún rurales. Eso explica que la policía francesa reprima una manifestación de obreros del metal pero nunca se le ocurra reprimir una manifestación de campesinos, aunque vayan con sus vacas a la Torre Eiffel en París. Por lo tanto, perviven esas raíces.

Mencionaré el caso de España. España se puede definir de muchas maneras, ha dejado de ser un país oscurantista y dictatorial, y es un país libre, con mayor potencialidad expresiva. Ha pasado de ser un país emergente a ser un país central, con muchos avances en términos de modernización, participación en el desarrollo, educación, salud, etcétera. Pero me inquieta un problema: cuando hicimos la transición y consolidamos la democracia hace veinte años —muy poco tiempo—, los paradigmas estaban razonablemente claros.

Yo era todavía joven y de mayor quería ser como los socialdemócratas europeos; quería que mi país fuera como otros países europeos: un país mas moderno, con una democracia consolidada y un sistema de seguridad social; un país donde la educación se universalizara y la sanidad también (quiero recordar aquí a mi ministro de sanidad y amigo entrañable, que acaba de morir asesinado). Teníamos bastante claro el libreto, los paradigmas aún no estaban en crisis; el que era más de izquierda hacía énfasis en unas cosas, y el que era de derecha, en otras. Se trataba de un cambio histórico muy profundo, pero con libretos preestablecidos que se podían seguir con facilidad.

México, por ejemplo, ahora vive un cambio histórico, de organización del pluralismo, de modernización del Estado y democratización; pero ese cambio histórico coincide con otro: la globalización, un fenómeno inducido por una revolución tecnológica sin precedentes, cuyo factor básico es la revolución de la información. La globalización está impactando en la economía, en el sistema financiero internacional, en la política, y está exigiendo cambios, pero cambios que todavía no se sabe cuáles van a ser y cuáles deben ser. No están predeterminados.

Lo único que conocemos como estructura política, para responder a cuestiones de soberanía, de identidad, de problemas económicos y sociales, es la estructura política del Estado-nación; pero hoy, ni la información, ni la economía, ni las finanzas se están decidiendo dentro de la frontera del Estado-nación. Por tanto, algo hay que hacer y pronto, y buscar el nuevo paradigma. Lo que no podemos aceptar es que el paradigma de este momento histórico, de tránsito civilizatorio, sea la ausencia de paradigmas.

Ese paradigma no puede ser sólo el de la sociedad de mercado. El mercado, desde luego, no da ni tiene sensibilidad social. Dejado a su libre desarrollo, el mercado tiende al oligopolio, y si puede, al monopolio, a la eliminación de la competencia. No sólo optimiza el beneficio, sino que logra optimizarlo mediante la eliminación, si no hay reglas, de cualquier tipo de competencia. Por tanto, no hay que pedirle al mercado lo que el mercado no puede dar. Pero los seres humanos no pueden estar sólo sometidos a esa regla de mercado. Ha habido una relación entre democracia y mercado, que forman una pareja absolutamente desequilibrada. La señora democracia suele ser bastante fiel al señor mercado. A veces interfiere, pero suele ser bastante fiel. Pero el señor mercado, cuando no le va bien con la democracia, contrata a Pinochet o a cualquier otro, para acabar con esta señora, y casarse con otra, sea dictadura o cualquier otro sistema autoritario. Ahora bien, el mercado forma parte de un paquete imprescindible de libertades humanas, que es la libertad de iniciativa.

Pero seguimos buscando paradigmas que nos den un poco de seguridad. Incluso los pueblos que viven con niveles de vida altísimos, envidiables, con elementos de cohesión fantásticos desde el punto de vista del Estado de bienestar, como Francia, llevan veinte años con una enfermedad que se llama malaise, se sienten mal, se sienten desasosegados, y no saben por qué. Saben algo: que aquello que fue Francia ya no lo es, y además no volverá a ser; pero tampoco saben lo que va a ser.

La malaise, con mayor o menor dosis de gravedad, está extendida por todo el mundo. Estamos viviendo rápidamente un cambio civilizatorio muy profundo, y lo más preocupante es que la política resulta lo más retrasado respecto del cambio civilizatorio.

Dos siglos después, vemos que el saldo de la sociedad industrial y de sus efectos políticos, económicos y sociales, fue un saldo positivo, pero la cantidad de sufrimiento humano que producen esos cambios no se mide con perspectiva histórica sino que se sienten en el momento.

Yo no me conformo con el conservadurismo intelectual de no adaptarse a los cambios, de no anticipar algunos de los fenómenos, de no modificar los comportamientos, sea en la política o en cualquier otro campo de actividad. Quiero que sea lo más amplio posible el espacio de oportunidades, y lo más corto posible el de los riesgos que supone un cambio civilizatorio de esta naturaleza. Esto sólo depende de la actitud y de la voluntad de los dirigentes, de los líderes, sean líderes políticos o de otra naturaleza.

Este cambio civilizatorio está creando nuevas fronteras, y no son las mismas fronteras de la sociedad industrial. Unos países se están incorporando y otros se están descuidando. En el sudeste asiático, por ejemplo, a pesar de las crisis, hay países que han dejado de ser emergentes y que están en interesantes niveles de renta, y aunque la redistribución no sea buena, la redistribución indirecta, a través de la salud y la educación, es muy consistente. Si tomamos el caso de Corea y lo comparamos con un país latinoamericano, vemos que tiene cinco veces más de aprovechamiento educativo. Y esta es una redistribución de la riqueza, quizá la más importante que hay. En Corea han hecho una verdadera revolución, una revolución educativa, de preparación de un capital humano y por tanto de anticipación de algunos de los desafíos que deben enfrentar.

¿En qué consiste el proceso de globalización? El motor es una revolución tecnológica sin precedentes, sobre todo en materia de comunicaciones. Es una revolución en la comunicación entre los seres humanos que ha conseguido eliminar las barreras del tiempo y del espacio. Hoy uno se puede comunicar, en tiempo real, con cualquier ser humano en cualquier lugar del planeta. La velocidad a la que se extiende esa revolución de las comunicaciones es mucho mayor que aquella a la que se extendía el uso de la luz eléctrica.

Y hablar de ese motor de la transformación civilizatoria no es una nueva exaltación de la tecnología, como pensarían algunos. Casi todas las revoluciones mundiales que han valido la pena han sido revoluciones de comunicación entre los seres humanos, incluidas las conquistas imperiales. Las demás no han sido revoluciones, o han sido revoluciones como las que definía André Malraux: un día de fuego y cincuenta años de humo. En cambio, las revoluciones de comunicación transforman los comportamientos de los seres humanos, y crean nuevas etapas en la historia de la humanidad. La importancia de esa revolución comunicacional se está notando ya en la economía, en la política, en las finanzas y en la cultura: en todas las actividades del ser humano. El impacto está alterando todos los parámetros conocidos.

¿Por qué la política se retrasa? La política no tiene que ser de izquierda o de derecha para ser conservadora; la política se puede permitir el lujo de esperar un rato, mientras que una empresa, por ejemplo, si se permite el lujo de esperar un rato, se la lleva el viento. Si un empresario no está atento a los cambios que se están produciendo, simplemente se sale del mercado.

El Estado-nación está en crisis por una razón sencillísima: el ámbito de toma de decisiones relevantes coincide hoy pocas veces con el Estado-nación; esas decisiones suelen estar en un nivel muy inferior, local, o en un nivel muy por encima del Estado-nación, supranacional. Seguimos practicando la soberanía, la identidad y la democracia representativa sólo en el Estado-nación. Es preocupante el desajuste de la política respecto del proceso de toma de decisiones.

Las estrategias económicas de las empresas que marcan la pauta de la globalización no se refieren al Estado-nación. Más aún, esta economía desborda al Estado-nación.

La información tampoco tiene como referencia al Estado-nación. Además, por primera vez la información es puramente unidireccional; las grandes potencias que generan la información no dialogan con el otro, no conocen la otredad, simplemente transmiten su opinión, y la transmiten en una sola dirección, con sus pautas y sus valores culturales. El receptor de esa información reacciona afirmando su identidad y rechazando la homogeneidad. Si el receptor es de izquierda le llama “globalismo” a la globalización, como si se refiriera a una nueva forma del imperialismo. El enemigo ahora se llama “globalismo” en una típica reacción de protesta de la izquierda. Esto tiene su componente de razón, porque los efectos de la globalización que vemos son efectos todavía negativos, y lo serán hasta que no se encuentre un paradigma de sostenibilidad que equilibre el nuevo modelo emergente incorporando a un mayor número de ciudadanos cada vez y produciendo una mejor redistribución de las oportunidades que genera el modelo.

Pero mientras unos se distraen protestando por los efectos perversos de la globalización (aunque tengan razón en los efectos perversos, como otros la tuvieron cuando emergía la sociedad industrial), otros aprovechan las oportunidades.

El poder económico se está globalizando, sin duda. El número de las empresas significativas se está reduciendo. En el sector de telecomunicaciones van a quedar cuatro o cinco grandes empresas. Para ninguna gran empresa es un problema tener servicios o producir componentes en cualquier lugar del mundo. Le interesará estar más ahí donde el capital humano tenga mayor capacidad de respuesta a los nuevos desafíos. Por tanto la educación es una buena tarea para que se ocupen los políticos. Ya que no gobernamos el capital, al menos podemos gobernar el capital humano, y prestarle atención a su mejora, puesto que todas las oportunidades van a depender de eso.

Pero la economía financiera se ha globalizado al punto en que parece más bien un casino financiero internacional. Los movimientos de capital no responden a algún criterio previsible, y por tanto no se pueden evitar algunas de las catástrofes financieras regionales. Se están moviendo 1.4-1.5 billones de dólares de capital en los mercados de cambio cada día; es el equivalente al doble de la riqueza que crean cada año en el continente africano 700 millones de seres humanos, desde Marruecos hasta Sudáfrica. Un 93% de los capitales que cada día se mueven en los mercados mundiales se realizan en menos de una semana, y sólo el 7% se quedan, son inversiones duraderas o responden a transacciones de mercancías o de servicios, es decir, comercio tradicional.

¿Cómo esto no iba a impactar seriamente en la realización de la política? En el Estado-nación hay cosas que ya no se discuten; por ejemplo, no hay ninguna nación que se precie de descuidar su macroeconomía. El que no tiene una macroeconomía sana, el que sigue jugando a lo que se jugaba en los años sesenta, inflación y desarrollo, o desarrollo inflacionista, simplemente se sale del mercado. Por lo demás, me inquieta la homogeneización de las recetas macroeconómicas para países que tienen situaciones totalmente diferentes y, por tanto, prioridades radicalmente distintas. No es muy importante que Estados Unidos pase del 5% de crecimiento al 2.5%, y por tanto que se controle o se enfríe el consumo disparatado, para controlar o compensar la balanza comercial. Con niveles de renta de 26,000 ó 27,000 dólares por habitante, esto no es dramático. Pero si ocurre lo mismo en algún país con 5,000 dólares de renta per cápita, y una parte de la población con 500 ó 400 ó 600, darle un golpe al consumo o darle un golpe al crecimiento, bajándolo del 5 al 2, es un drama sin paliativos, de desempleo y ausencia de bienestar.

Cuando se aplica la misma receta, aunque a veces necesaria, los efectos sociales son más duros, no sólo porque los niveles de renta son más bajos. Cuando se debe controlar la inflación o cualquier otro desequilibrio en un país emergente, tienen que subir los tipos de interés, no como el señor Greenspan o como el señor presidente del Banco Central Europeo, en un cuarto de punto, medio punto; al contrario, uno tiene que subir las tasas de interés en veinte, treinta o cuarenta puntos, como hizo Fernando Henrique Cardoso en la crisis que le contagiaron a Brasil desde el sudeste asiático y Rusia. Y cuando en Brasil subieron los tipos de interés al 40%, el mismo organismo financiero internacional dijo: “Con esas tasas de interés usted no puede financiar su deuda”. Y era verdad, no podía financiar su déficit al 40%, y entonces no le quedaba más remedio que cortar el gasto público los próximos cinco años, gasto que de por sí era muy bajo en el caso de Brasil. El pozo de depresión y de costo social es impresionante.

Hay un fenómeno colateral. La caída del Muro de Berlín marcó un cambio de era. Allí cambió el siglo corto que dice Hobsbawm en su Historia del siglo XX: un siglo corto y terrible que empezó con la guerra de 1914, y acabó en 1989 con la caída del Muro de Berlín.

En discusiones con Gorbachov he llegado a la conclusión de que la caída del Muro de Berlín es el símbolo de ese cambio de era, y precipita el hundimiento de la Unión Soviética, porque pierde la batalla tecnológica. Esta es la razón de fondo del desmoronamiento de un sistema que por cieno era muy frágil, como se ha podido ver. Cuando Reagan dice en 1984 que tiene en preparación un escudo espacial para defenderse de una posible agresión de misiles soviéticos, Andropov, que era lo más inteligente que había en aquella gerontocracia que dominaba la Unión Soviética durante tantos años, reunió a los científicos y les preguntó: “¿lo que está diciendo Reagan es verdad?”. Le respondieron: “No, no es verdad todavía, pero tienen tecnología, y si tienen voluntad y dinero va a ser verdad”.

En la Unión Soviética creyeron que la primera crisis de petróleo les daba una ventaja inconmensurable, y que la investigación en materia de información era una tontería, un capricho de los occidentales, empezando por los norteamericanos, y que no había que hacer caso al respecto. Por tanto, aunque tenían una gran potencia científica, quedaron rápidamente retrasados. Perdieron el tren del desarrollo.

Gorbachov quiso arreglarlo y nos cambió el mundo. Desde luego no lo arregló para la Unión Soviética; su política de reforma económica y de reforma informativa se volvió contra él, y hoy tiene nada más el 1% de apoyo en la Unión Soviética.

La caída del Muro de Berlín marca ese momento de crisis, pero el mismo Estado-nación también está en crisis. No digo que esté en crisis terminal, pero si seguimos distraídos, si no estamos en condiciones de modificarlo, de transformarlo, de adaptarlo a las nuevas necesidades, entrará en una crisis mucho más grave, y habrá pocas respuestas de democracia representativa.

En países como México no sólo hay que consolidar la democracia representativa clásica, sino responder a las nuevas amenazas que tal democracia está viviendo dentro del Estado-nación. Por tanto enfrenta una doble transición, un doble cambio histórico.

¿Qué le está pasando al Estado? El Estado es pequeño para determinados desafíos, y demasiado distante y lejano para las necesidades locales de los pueblos que representa. ¿Por qué Estados Unidos encabeza la globalización, o este desafío tecnológico? No sólo porque es rico, porque menos del 5% de la población mundial consume el 25% de la energía, porque tienen cincuenta estados con una democracia local, flexible. En cambio, Europa, que nace como comunidad europea, por razones bien distintas de la exigencia de la globalización, en este momento se encuentra en un ciclo de “euro-escepticismo”, de “euro-esclerosis”. Los dirigentes europeos se han vuelto escépticos sin darse cuenta de que lo que tienen como Unión Europea es un inesperado regalo para enfrentar los desafíos de la globalización. Se dedican a practicar el nacionalismo de vía estrecha, en lugar de fortalecer esa estructura política que tienen a la mano. Por eso hablo del retraso de la política.

México no puede vivir sin un TLC, pero tampoco Estados Unidos. Y Estados Unidos no podrá vivir en la siguiente generación si no cuenta con el capital humano de cincuenta millones de mexicanos con menos de veinte años, porque su demografía se lo impide. La pirámide poblacional se está convirtiendo en un cilindro y pronto acabará en cono invertido. No hay quien sostenga en términos de seguridad social un sistema como el de Estados Unidos o el de Europa, por tanto van a depender crecientemente de otros, incluso teniendo las inmensas ventajas que tienen.

La estructura del Estado-nación se descentraliza hacia arriba y hacia abajo, se está cediendo soberanía, y ojalá sea para compartirla y no simplemente para cederla y que manden otros poderes. Quizás el encanto de Europa es que cada cesión de soberanía es una cesión para compartirla, y no para cederla a alguien que mande sobre uno. Por eso me preocupa tanto que no se esté viendo en el análisis político de Europa algo tan elemental como esto.

En todas partes se está descentralizando hacia abajo el Estado-nación; en México cada vez se reivindica más el poder local y la descentralización, se llame estatal o se llame regional.

Por lo demás, hay que respetar la cohesión social, y la identidad, pero en una democracia representativa moderna los derechos colectivos que se refieren a las identidades no pueden chocar con los derechos individuales creando discriminaciones, positivas o negativas.

El respeto a los usos y costumbres no puede quebrantar el pacto republicano básico de la igualdad de derechos y obligaciones ante la ley. Algunos demagogos de nuevo cuño, que se llaman tolerantes y en realidad son arrogantes (porque toleran a los otros, aunque piensen que están equivocados), ponen por delante supuestos derechos identitarios que chocan contra derechos humanos básicos. ¿Qué derecho cultural es aceptable si esa cultura entrega como esposa o esclava a una niña de nueve años sin su consentimiento y para toda la vida? ¿Qué derecho cultural puede de verdad ser respetado con la práctica de la ablación de clítoris en las comunidades africanas que crean una mutilación irreversible a millones de mujeres? ¿O la negación de la igualdad entre hombre y mujer en algunas culturas étnico-religiosas? Esto no es un derecho cultural, ni una interpretación del derecho divino; esto es eliminar de la competencia a la mitad de la población.

Los servicios públicos como telecomunicaciones y energía, que generan igualdad de oportunidades, se están privatizando, pero ¿cómo van a ser gestionados hoy estos derechos? No estoy diciendo que esa generación de igualdad de oportunidades tenga que ser empresa pública, que suele ser bastante ineficiente. A veces la propia comunidad que pertenece o que participa en la empresa pública no se da cuenta del carácter público de la empresa. Algunos se niegan a veces a las privatizaciones o a la competencia, simplemente porque creen que esa empresa es suya, no del ciudadano o del público. En materia de telecomunicaciones y energía, por ejemplo, la optimización del beneficio como única regla crea desigualdad sobre el territorio.

Pienso en un país como Chile, con 4,500 kilómetros de largo, y donde ninguna zona tiene más de 200 kilómetros de ancho. Cuando tienen que hacer un desarrollo gasístico, con llevar el gas a Santiago y su entorno han cubierto ya al 65 ó 70% de la población: ¿por qué van a perder el tiempo en llegar a la Patagonia donde hay tan poca gente? Pero ocurrirá que el que no tenga gas, el que no tenga energía, o el que no tenga un buen sistema de comunicación, se irá para Santiago, que es donde están las oportunidades, y cada día habrá más concentraciones urbanas, absolutamente insoportables, ingobernables, y que crean nuevas formas de discriminación y de desagregación social.

Los políticos tenemos que hacer algo en eso. No gestionar a las empresas que prestan esos servicios, que solemos hacerlo muy mal, pero sí crear las condiciones para que el servicio llegue a todos los ciudadanos, y las oportunidades no sean tan desiguales. El papel de la política está cambiando muy rápidamente, pero no están cambiando los políticos. Hay cada día una mayor crisis de credibilidad en la política. Los políticos nos lo podemos decir a nosotros mismos para empezar a salir de la crisis. Pero cada día aparecemos públicamente diciendo lo que es políticamente conveniente y, si es posible, con un asesor en marketing, como si estuviéramos vendiendo lavadoras o coches. Los políticos no se despabilan, mientras otros sí lo hacen.

Los creadores culturales lo hacen sin saberlo, mejor dicho: han tenido siempre la función de anticipar el futuro, de ver donde otros no ven, poniendo un color distinto a la realidad o viéndola con un foco diferente, y esto es lo fantástico de la creación cultural. Pero también veo a mucha gente dentro del mundo de la cultura y dentro del mundo de la inteligencia que se está sumando a reacciones puramente defensivas frente al fenómeno que estamos viviendo. Ellos se autollaman la nueva izquierda, y protestan en diversas ciudades del mundo cuando se reúne el Fondo Monetario o la Organización Mundial de Comercio. Tienen razones de sobra para protestar, pero también tienen buenas razones para ofrecer respuestas que sean más sostenibles y más progresistas que la mera protesta.

¿Qué es Internet, por ejemplo? Es un espacio de oportunidad. Como ese espacio de oportunidad no tiene prefijado quién lo va a usar, lo mismo lo puede usar un narcotraficante que una persona que quiera hacer solidaridad. Y ahí, si el que quiere hacer solidaridad se dedica a quejarse, y el narco a ocuparlo, la desigualdad y la infección serán cada vez mayores.

Tenemos que hacer un esfuerzo para renovar nuestra capacidad de aprovechar oportunidades y por tanto nuestro compromiso con las respuestas. El gran desafío que tenemos por delante desde el punto de vista de la política es gobernar la globalización, pero como la globalización desborda las fronteras nacionales, tenemos que buscar nuevas formas de democracia representativa para gobernar más allá de las fronteras nacionales sin que éstas desaparezcan.

Ese invento que es la Unión Europea es formidable para eso, pero todavía estamos acostumbrados —ahora pongo el caso de España— a que lo importante es votar en la elecciones generales de nuestro país. En el caso de Cataluña, por ejemplo, que es una comunidad muy desarrollada, hay siempre un 20% menos de participación cuando la elecciones son catalanas, que cuando son generales; sin embargo, el 80% de los problemas que afectan al ciudadano, como la educación o la salud, se deciden en Cataluña, no en Madrid.

El desafío, por tanto, es de gobernabilidad, y el otro desafío es el del paradigma, que en parte es el de las nuevas formas de democracia para la gobernabilidad. Ahora bien, la gran paradoja de este nuevo modelo que vivimos —civilizatorio, económico, informativo, incluso financiero— es al mismo tiempo la solución; porque este modelo sólo va a sobrevivir, sólo será sostenible exitosamente, cuando incorpore al proceso, de manera decisiva, a un mayor número de seres humanos. La sostenibilidad. por ejemplo, de este modelo en América Latina, depende de la desaparición de la pobreza y por tanto de la incorporación de millones de ciudadanos. Algunos dirán que esto es lo que piensa la izquierda. No es así. En realidad esto lo puede pensar cualquier empresario inteligente que crea en su actividad, no para hoy o el mañana inmediato, sino para los que vienen detrás. Si no hay gente que participe en la generación de nueva riqueza, en forma de consumidor y de actor, el modelo se va a agotar muy rápido. La nueva economía tiene algo mágico: a partir del producto número uno que cuesta mucho dinero (mucha investigación y mucha innovación) las siguientes unidades por millones tienden a un coste marginal próximo a cero. El único límite es el acceso de los ciudadanos a ese producto. Si la concentración de la riqueza se sigue produciendo espacial y socialmente al ritmo que se está produciendo ahora, simplemente se está poniendo un límite a la sostenibilidad del modelo. En cambio, si encontramos mecanismos para distribuir el ingreso, para participar activamente en esa nueva riqueza que se genera, el modelo será sostenible de un modo creciente, se acabará con la marginación, también creciente de modo paradójico, que el cambio está produciendo.

¿Quiénes son o serán los actores del nuevo modelo? Son los empresarios, los creadores culturales y los políticos. ¿Cuál es el problema entre esas tres tribus? Que cuando se reúnen entre sí, y cuando se comunican, normalmente no se comunican más que para cosas que poco tienen que ver con este tema. Es hora de que esas tribus empiecen a comunicarse para poner en marcha un nuevo paradigma, que sea una respuesta sostenible y solidaria a ese fenómeno que llamamos la globalización.               n

Felipe González. Presidente de la Fundación Progreso Global.

La cultura en México

LA CULTURA EN MÉXICO

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

Con mayúscula o sin ella, el término “cultura” sigue provocando mil y un confusiones. En contraste con Estados Unidos y Europa, en México la “cultura” no ha podido democratizarse. Sigue conservando una raíz aristocrática y etnocentrista.

Una sociedad se traiciona por su lenguaje. A veces una palabra dice más que cien teorías sociológicas. Esto es muy cierto en el caso del término “cultura”. Hace un par de años me encontraba impartiendo un seminario sobre cultura política en San Luis Potosí cuando me percaté de que entre el público y yo había un abismo semántico. Al principio creí que mis deficiencias como expositor eran las responsables del malentendido, pero pronto caí en la cuenta de que se trataba de algo más. Por “cultura” mis oyentes entendían “el desarrollo o mejoramiento de las facultades físicas, intelectuales o morales, mediante la educación”, que es como la mayoría de los diccionarios definen a la palabra. La “cultura” así entendida es el “resultado de cultivar los conocimientos”. Quienes sobresalen en esta empresa son personas de gran cultura. Sus antónimos son: “incultura”, “ignorancia”, “barbarie”. El entendimiento clásico se originó en la Ilustración. “Cultura” era una noción intrínsecamente cualitativa. O, lo que es lo mismo, aristocrática. Los confundidos asistentes al seminario querían saber el “nivel” de la “cultura política” en México.

Por supuesto, al emplear el término “cultura” yo me refería a otra cosa muy diferente. En la mayoría de los países la noción clásica de cultura murió en algún momento del siglo XX. Atacada por liberales y conservadores, fue la antropología la que le dio el tiro de gracia a la Cultura. La palabra adoptó un nuevo significado más expansivo y científico. Tal vez, el punto de quiebre en la maroma semántica fue el libro de la antropóloga Ruth Benedict, Patrones de la cultura, publicado en 1934. Después de estudiar a tres tribus de América y Melanesia, Benedict propuso la teoría de la relatividad cultural. Así entendida, la cultura, era un concepto neutro, sin ninguna carga valorativa. Todos tenemos una cultura, es decir, el conjunto de conocimientos, creencias, arte, comportamientos, leyes, actitudes, costumbres y otras formas de expresión social. En La interpretación de las culturas el famoso antropólogo Clifford Geertz definió a la cultura como “una red de significación en la cual estamos suspendidos”. El nuevo concepto no implicaba evaluación alguna: las “culturas” no podían ser puestas en un continuo cualitativo. Todas eran iguales. Rápidamente, el uso antropológico se generalizó; primero a las otras ciencias sociales y después a la sociedad en su conjunto. Así, la nueva noción se tragó a la vieja. La cultura -con minúscula— rompió los vínculos con el refinamiento, la educación y el mejoramiento. O, lo que es lo mismo, se democratizó. Hoy, la noción moderna es hegemónica en Estados Unidos y Europa.

La metamorfosis del término clásico fue resistida por T. S. Elliot y Mathew Arnold, entre otros. Sin embargo, como afirma Russell Jacobyen The End of Utopia, liberales, izquierdistas, sociólogos, psicólogos y antropólogos rechazaron como reaccionario cualquier intento de volver a establecer jerarquías en la cultura. La palabra “incultura” perdió sentido. La distinción entre Cultura y cultura era cosa del pasado y así debía permanecer. Era claro: la cultura llegó para quedarse. Pero no en todos lados. La persistencia del significado arcaico en México traiciona la incapacidad de esta sociedad para democratizarse. La Cultura logró sobrevivir debido a que, en esencia, el estado social sigue siendo aristocrático. Aquí se ha conservado el uso de ciertas palabras como adjetivos (por ejemplo, “ordinario” y “corriente”) que no tendrían sentido en un país democrático. Ahí el empleo peyorativo de estos vocablos simplemente sería incomprensible. ¿Qué tiene de malo ser como todo el mundo? Los asistentes al seminario en San Luis constataban una persistencia semántica y social de la cual los mexicanos apenas si tienen conciencia. Mi renuencia a decir si los mexicanos tenían “poca” o “mucha” cultura política no los satisfizo.

¿Debemos celebrar o lamentar la supervivencia de la Cultura en México? No lo sé. Tengo sentimientos encontrados al respecto. Por un lado, la noción antropológica de cultura exuda un innegable aire igualitario y liberal. La elasticidad del término sirvió para minar viejos prejuicios de superioridad y poner en tela de juicio el etnocentrismo de las naciones “civilizadas”. Pero, como Jacoby bien reconoce, al mismo tiempo el concepto perdió cualquier especificidad. Ahora cualquier grupo puede tener una cultura y cualquier actividad puede ser vista como cultural. De la cultura empresarial a la cultura del picnic. En la vaga categoría de “sistemas culturales” cabe prácticamente todo. La ola expansiva no ayudó a la precisión analítica. Es, también, una puerta de escape para la confusión conceptual. Cuando no sabemos a qué atribuir un fenómeno se lo achacamos a “la cultura”. Aun el significado sociológico no parece tener un gran poder explicativo. Sin embargo, aunque tarde muchos años, la Cultura acabará por irse de México. Nada es para siempre. Que lo diga el PRI.                n

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Su último libro es Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville.

La tormenta del año nuevo

BARÓMETRO

LA TORMENTA DEL AÑO NUEVO

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

La perturbación temprana que amenazaba convertirse en ciclón adelantado desde el Sureste, parece haberse convertido en una ridícula baja de presión que ni a tormenta tropical llegó. Habrá gobernador interino en Tabasco y las elecciones se realizarán antes del absurdo plazo de dieciocho meses que el gobernador saliente se autorregaló como presente adelantado de Reyes. El final de la era Madrazo puede no ser tan espectacular como sus múltiples enemigos desearían, pero es cada vez más claro que su estrategia de contragolpe y golpeteo vive sus últimos tiempos.

Si los priistas realmente existentes quieren irse con él o no, es todavía una cuestión de tiempo. Podría decirse que lo es también de talento político, pero de eso poca gala han hecho en estas semanas los dirigentes y representantes populares del PRI. Es probable, sin embargo, que las múltiples presiones de la penuria y la competencia políticas que acosan al priismo hagan su labor y lo obliguen a sacar fuerzas de su escandalosa flaqueza retórica y mental de estos meses de derrota y pasmo.

Al hacer frente común con Madrazo y Cervera, nada menos que bajo la bandera federalista, el priismo parece obstinado en cavar su propia tumba. Al aparecer de fauna de acompañamiento de unos políticos identificados con el estancamiento político, cuando no con el retroceso, los otros gobernadores y dirigentes, los legisladores e intelectuales priistas, parecen resignados a aceptar el destino trágico que han querido para ellos sus adversarios. Pero más que como personajes de tragedia se mueven como extras de un sainete de segunda.

Después de Tabasco y Yucatán no cabrá duda de que no es el diálogo sin más, mucho menos el que se hace en el sigilo y casi siempre sacando la vuelta a los otros interlocutores obligados de la política democrática, el instrumento por excelencia de la nueva política mexicana. Por sí solo, el diálogo es insuficiente y puede ser nocivo para afianzar la democracia en México. Es cierto: el diálogo y la conversación entre los partidos y los políticos es la práctica por excelencia de todo proceso democrático, pero son la ley y su respeto irrestricto los que le dan piso y lo nutren. Sin esto último no puede haber normalidad política en clave pluralista y la transición se vuelve círculo sin fin. El gobierno se expone al chantaje que la coyuntura propicia y la ciudadanía prefiere volverse público lejano. Y es este camino el que proponen desde el Sureste los priistas que confunden soberanía y federalismo con abuso de poder para y por el poder y enfeudamiento territorial.

Con todo, el priismo no se reduce a esta perspectiva y a esa conducta. Hay quienes desde el cascarón que les dejó la derrota y el abuso presidencialista de los últimos lustros, buscan sobrevivir y ser un partido moderno que se alimente de lo mejor de la tradición que encontró cuerpo en el PRI. Estos tienen hoy la oportunidad de oro, aunque dolorosa, de pintar dos rayas. Una, la inmediata, que sigue siendo la del repudio tajante al caciquismo. La segunda, que es la fundamental, es la del respeto y la defensa expresos de las leyes y las otras instituciones que hacen posible la política moderna, y que son las únicas que pueden ofrecerles lo que todo político requiere como agua u oxígeno: la perspectiva creíble de llegar y ejercer el poder. Los otros caminos, que hoy ofrecen quienes han optado por el encierro y la confrontación con la institucionalidad nacional, no los llevarán más que al desastre y el desprestigio final.

Los gobernadores del PRI han propuesto, por un lado, unas reformas a la Constitución y las leyes destinadas a acotar o limitar las atribuciones del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y hasta del IFE, han dicho algunos, aprovechando el viaje gratis que les dieron las salidas de Molinar y Zebadúa del Consejo General. Nada de esto debería alarmar a nadie. Es lógico y legítimo que un partido pretenda revisar una legislación que le parece adversa o contraproducente. En este caso, hasta podría ser útil, si en efecto permitiese una actualización de esas agencias electorales a la luz de la experiencia vivida en estos años y que no es, no podría ser, absolutamente satisfactoria.

Pero la iniciativa de marras pierde carácter y se torna ilegítima desde el punto de vista político, cuando con ella se busca condonar el desacato en Yucatán y se descalifica sin más al Tribunal por sus decisiones en Tabasco.

La única manera de reformar la ley o cambiarla de raíz es a partir del respeto y el cumplimiento de la legislación existente, más aún cuando, como es el caso, se trata de una legislación hecha por todos los partidos y, de hecho, aprobada también por todos, a pesar de las tonterías del PRD en su momento. Esta es la oportunidad de oro para los priistas: acabar de una vez con el PRI, identificado con el autoritarismo, la corrupción y el cacicazgo por camadas crecientes de la opinión pública, y abrir la puerta a una elaboración estratégica capaz de articular una nueva formación política que responda a los retos de los nuevos tiempos. Estos retos no vienen del Tribunal o del IFE, a pesar de sus insuficiencias y de los excesos que éstas puedan haber propiciado. Mirar atrás, como lo hacen hoy los priistas, no resulta en una búsqueda genuina de las lecciones de la historia, sino en el rastreo inútil de una fatalidad como la de las estatuas de sal.

Los retos

Salvada la falla presupuestaria, a través de un puente inesperado que terminó en la aprobación unánime del presupuesto, los partidos y el Ejecutivo tienen frente a sí los retos que no identificaron con claridad en sus debates imaginarios de fin de año. El primero de ellos es el de un presupuesto que a menos de un mes de aprobado empieza a verse como incumplible, por lo menos a los ojos del inflexible secretario de Hacienda y de algunos analistas de la finanza internacional.

Después de la autocelebración de los diputados y del autohomenaje del Presidente, que hizo de la histórica unanimidad un triunfo político personal, el peligro que se corre es que la historia se confunda con la histeria. A ver cómo sacan los dirigentes partidistas del sombrero del diálogo “de altura”, cacahuates para afrontar la coyuntura.

La pobreza se mantendrá como nuestra principal vergüenza, pero más que nada como un motivo para la simulación permanente. No es la pobreza el principal reto de México, si nos atenemos a los hechos de la política económica, del comportamiento y los dichos empresariales y de los ejercicios intelectuales de todos. La sensibilidad y los objetivos están en otra parte y es obligado admitirlo antes de tratar de cambiar en serio el rumbo de la política y la mente.

Hasta hace poco, la mira de todos estaba en la democracia ansiada. Ahora está en asegurar la gobernabilidad y disfaitar el triunfo del pluralismo. Siempre, tal vez pero desde luego en los últimos veinte años, se ha buscado una estabilidad económica y financiera que sigue siendo frágil, en la medida en que descansa en la contención del crecimiento económico y el progreso social, so pretexto de alcanzar y mantener unos equilibrios que dependen siempre de esos diques y frenos al bienestar. La introducción a los Criterios de Política Económica nos hablaba de un compromiso gubernamental con el mediano y el largo plazo, donde se teje y despliega el desarrollo. Su propuesta de gasto, junto con los ajustes ya anunciados, nos muestran una administración ahogada por lo inmediato. Lo malo es que en ese hoyo se metieron todos los actores políticos al aprobar, como lo hicieron, los planes económicos para el año.

Reto mayor no registrado: en Sudáfrica, hace unos pocos meses, se convocó a romper el silencio y hablar en voz alta: el SIDA acaba con poblaciones enteras y dejó de ser mal de ricos y minorías. La victoria cantada un tanto sotto voce en Estados Unidos hace unos años se vuelve ahí mismo una victoria pírrica mientras el mal devasta África y en México se torna epidemia y amenaza en el campo y la ciudad, entre adultos de edades medianas y jóvenes que empiezan la vida. Pero desde Los Pinos o San Lázaro todo es silencio: ¿condición para que sigamos dialogando?

Reto anunciado y poco asumido: la economía americana va hacia abajo y la magia de Greenspan dejó de hacer milagros. Lo mismo ocurre con el petróleo y los gritos de Chávez poco conseguirán en el plazo que por ahora importa y que es el de hoy, ya. La vulnerabilidad volverá por sus fueros y nos agarrará tan desarmados, o más, que antes. Pero es que así es mejor, dice el vice presidente económico, que las cosas se den sin que las palabras o el verbo se incomoden.

Ayuda de memoria

Mientras les cae el veinte a partidos y legisladores de la oposición, y se dan cuenta de que hay unanimidades que matan, la discusión que traerá el ajuste de Gil Díaz podría derivar a territorios poco explorados de la política social. Por ejemplo, es indispensable que se explique con claridad los métodos de evaluación de esa política, antes de que se nos presente ante la comunidad internacional como entomólogos sociales. Pero más importante, tal vez. es que se empiece a buscar precisión en los conceptos a usar para diseñar y aplicar la política. Con la moda de la unanimidad en boga, podemos acabar confundiendo prioridades con limosnas y de repente llegar a la conclusión de que la pobreza quedó atrás, gracias a la definición adoptada. Por cierto: urge llegar a una convención sobre la o las maneras de medir la cuestión para fines de asignación de recursos y aplicación de medidas públicas. No es admisible que cada quien, y no sólo en la academia sino dentro del gobierno mismo, para no hablar de los organismos internacionales, tenga su pobreza a la medida. El Congreso, y desde luego la Sedesol, deberían convocar a expertos e interesados a unas audiencias que tuvieran como fin explorar la posibilidad de llegar a normas generales, si no únicas, para evaluar y medir. El “cada quien su pobreza” que hoy impera nos lleva a la peor de las miserias, que afecta la cabeza y el corazón. n

San Pedro Mártir. DF.

10 de enero de 2001.

Rolando Cordera Campos Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

El Idiota

EL IDIOTA

POR SERGIO RAMÍREZ

El 1 de octubre de 1975 se escenificó la pelea de revancha entre Joe Frazier y Muhamed Alí. Sergio Ramírez recrea los mejores momentos y obtiene un cuadro cuyo estilo sigue muy bien el vértigo de aquellos rounds estremecedores.

Amanece a un lado en el atlántico norte, una suave franja rosa muy lejos a un costado del avión y en el otro la negra noche oscura mientras se abre frente a mí la pequeña pantalla de cuarzo en el espaldar del asiento delantero como una ventana a la claridad difusa de la eternidad, Muhamed Alí versus Joe Frazier, pelea de revancha pactada a 15 rounds, 1 de octubre de 1975, Alí pantaloneta blanca, Frazier pantaloneta azul, los guantes que ambos chocan ahora galantemente al centro del cuadrilátero son rojos, suena en mis audífonos la campana y el referee se aparta, fantasmas de hace un cuarto de siglo que empiezan a medirse, salta Alí, petulante, y mientras siga saltando fintando martillando buscando con los puños el punto débil en la defensa cerrada de Frazier, la eternidad no está en riesgo, un ballet fatal, abrazos desesperados, Frazier contra las cuerdas, suena la campana de nuevo, grita Alí, su gran bocaza abierta, un fanfarrón insoportable, metódico sin embargo en su martilleo, constante en golpear y golpear hasta que la fortaleza se derrumbe, un fanfarrón insoportable pero nunca más habrá otro como él, se lo digo yo, dice el viejo comentarista de radio entrevistado en el asilo de ancianos en Sausalito, California, que estuvo aquella noche en el palco de la prensa llevando su propia tarjeta, y qué es la eternidad sino ese martillo constante de los puños que siguen golpeando sin cesar mientras el tiempo avanza ciego hacia la consumación de los siglos, round 12, el ojo hinchado de Frazier brilla como un rubí, y Alí inclemente cercándolo, martillando, un martinete veloz, un experto en demolición, ¿han visto al idiota de lerdo andar, perdido por allí con su sonrisa ausente? O pierdes, o ganas, no hay de otra, gritaba con la gran bocaza, y ahora, ¿lo vieron aquella vez, con la tea olímpica en la mano en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos?, ¿fueron los de Los Angeles, o los de Barcelona?, otra ventana también a la claridad difusa del pasado, la bocaza vencida, la risa perdida, la mirada sin razón, groggy para siempre como bajo el peso de un millón de mazazos en la cabeza como los que él daba con tanta constancia, pero otra vez suena la campana en mis audífonos, vuelve Alí a su esquina, su second que parece más bien un barbero de manos bien lavadas lo aconseja al oído, el otro asistente con gorro musulmán le baña la cara de agua, le mete en la boca el protector, round 14, el referee camisa celeste, corbata de pajarita de pintas marrón, pelo largo, patillas anticuadas como las que un día llevamos, se acerca a Frazier a preguntarle algo, ¿va a continuar?, continúa, tambaleándose se acerca al centro del entarimado, y desde las sombras del pasado ya no puede más, lo vemos y sabemos que ya no puede más, el ojo monstruoso, desde su esquina su second tira por fin la toalla, esto se acabó, Alí alza las manos en triunfo, brinca desaforado, grita fanfarronadas, la gran bocaza abierta, traen el cinturón dorado para ceñírselo otra vez al rey, cetro y corona en la cabeza, pero se apagan las luces sobre el cuadrilátero, la arena va quedando desierta, la pantalla de cuarzo brilla ahora con resplandor opaco y sólo el idiota permanece en la eternidad riéndose con risa indescifrable.  n

Sergio Ramírez. Escritor Entre sus libros, Margarita, está linda la mar.

Los gringos y yo

Los primeros gringos que vi, en mi infancia, fueron los que acudían a la farmacia de mi padre para surtir recetas o comprarse lociones. Mis tías atendían el negocio familiar y yo me preguntaba la razón de que exceptuaran tan notablemente a mis primos y a mi hermano menor de la regla de no molestarlas. Más aún, los llamaban y ¡los sentaban sobre el mostrador! para que saludaran a míster W, a míster K. Con la repetición me fue siendo evidente que los niños convocados eran siempre los que parecían gringuitos. Los ocho primos de mi generación eran todos cuando no rubios y de ojos azules, blancos de ojos claros, y eso incluía a dos familias de doble parentesco: primos tanto por mi padre como por mi madre, así como a mi siguiente hermano y a otro moreno de ojos verde botella. Mi abuela hizo una defensa inmediata de su, entonces, único nieto moreno simple. Señaló, con lógica de fray Bartolomé de las Casas, que alguno de los primos güeros tenía facciones de negro, “y tú eres un niño más bonito”. Ciertamente ninguno tenía tales rasgos, pero algunos eran toscos.

Luego supe, por mi madre, que tuve un porvenir neoyorkino tempranamente frustrado: estando ella embarazada de mí, el jefe de mi padre en una compañía estadunidense fue ascendido a la oficina de Nueva York y consultó con él si estaría dispuesto a seguirlo. La respuesta fue afirmativa, pero el jefe gringo se mató al caer la avioneta en que viajaba. Mi padre dejó la compañía y se encargó de una farmacia recién comprada por mi abuelo.

Yo y mi otro yo

Esa muerte del jefe gringo permitió que nacieran los hermanos que tengo y no los que pudieran haber nacido en Nueva York. Otros, por supuesto, ya que habrían sido concebidos en diversas circunstancias y por diversos gametos. Esos muchachos que habrían jugado basquetbol en Brooklyn, trabajado a finales de los años sesenta y principios de los setenta en la construcción de un par de torres que serían las más altas de Nueva York, y ahora tendrían hijos y nietos “americanos” de segunda y tercera generación, no nacieron. Yo estaba en gestación, así que sería el que soy… ¿o no? El hombre que yo no fui, porque desde niño habló inglés, comió otros alimentos, leyó otros libros y tuvo otros amigos y otros hermanos, sería físicamente idéntico en todo al que soy, salvo en la parte que pone el medio: quizás un accidente que no tuve, una polio, una agresión que me marcara o leche que me añadiera centímetros. Por lo tanto sería un buen estudio comparativo si hubiéramos podido existir ambos.

Los gringos y yo

Luego, desde el final de la infancia hasta hace pocos años, en que murió, tuve los emotivos discursos antiyankis de mi única tía materna, casada nada menos que con un pobre gringo al que nunca perdonó su nacionalidad.

En plena adolescencia, uno de aquellos primos por rama paterna se transformó en un joven muy atractivo, pero con todo el atolondramiento de un mito apenas en formación: James Dean. Para salvación de su futuro y angustia de su madre, embarazó a su Natalie Wood, por supuesto en un Ford 54, ya anticuado en varios años para ese momento, y dentro de un autocinema. Su Natalie tenía a toda su familia en Los Ángeles, así que recién casado fue a engrosar la población de la segunda ciudad más populosa de México. Eso lo salvó. Uno de sus hijos, un joven que heredó el atractivo de su padre, debió ir a la Guerra del Golfo, pero volvió sano y salvo, y ahorró al resto de la familia los peligros actuales de Afganistán, por una humanitaria regla estadunidense que pide a cada familia sólo un hijo.

A los 29 años conocí la ciudad que me arrebató el destino, Nueva York, en un viaje inolvidable. Me hospedé en una YMCA horrorosa de la calle 36, casi junto al Empire State, siglos antes de que Village People cantara, con sus atuendos machísimos, “guay em ci ei, guay em ci ei”, en homenaje a las aventuras que tales alojamientos ofrecen a los hombres jóvenes y fáciles. No se había acuñado la palabra sida, las saunas estaban llenas, los bares y discos también y la calle 42 era la 42 y no la Disneylandia actual. De inmediato fui a conocer la mayor atracción de Nueva York: las Torres Gemelas del World Trade Center, donde no trabajaron mis hermanos no nacidos. Olían a alfombras nuevas y aún estaban rodeadas de maquinaria y material de construcción, muchos hombres terminaban plazas y fuentes decorativas. Me asombró que las torres parecieran bloques sólidos, esculturas enormes y no edificios, porque a la distancia no se percibían ventanas ni pisos: apenas dos bloques rayados que cambiaban de tonalidades con las diversas luces del día. Vivía el último de mis años con un número 20 y pensaba que la juventud terminaba con esa cifra. Me equivoqué: la sentí irremisiblemente perdida cuando las vi derrumbarse. n

(Núm. 288, diciembre de 2001)

La pesca de la trucha en Estados Unidos

Mi padre fue piloto aviador y tuve contacto con Estados Unidos desde niño, aprendí inglés muy pronto e incluso di clases al segundo de secundaria del Colegio Franco Inglés cuando yo cursaba el tercero en el Simón Bolívar. A los doce años, mi hermana Yolanda, que tenía diez, y yo viajamos solos a Los Ángeles y pasamos Aventuras Fabulosas. Esa vez el Gabacho me gustó mucho. Estuvimos en casa de un tira importante (of all people!), que era muy buena onda y nos paseó por todos lados con sus hijos. Había una vibra tranquila en Los Ángeles, aunque el smog ya era un gran problema. Eran mediados de los años cincuenta.

Hice muchos viajes rápidos a distintas ciudades de Estados Unidos hasta que viví tres años allá con mis hijos, entonces muy pequeños, y mi esposa. Recorrimos tres cuartas partes del país en automóvil y yo me sentía un cualquier Vladimir Nabokov. En 1977 obtuve una beca Guggenheim y participé en el International Writing Program de Iowa City, después fui escritor residente y profesor visitante en las universidades de Denver, de California en Irvine y de Nuevo México en Albuquerque en 1980, donde me propusieron trabajo permanente con su debido tenure y salario que en México nunca habría ganado regularmente. Mi esposa y yo lo pensamos mucho. La idea de vivir en el Gabacho nos atraía enormemente, pero decidimos volver a México porque en la escuela uno de mis hijos mayor dibujó su casa. Era la nuestra, en Cuautla, con su alberca, el jardín y la gran araucaria; en el centro del techo había una bandera de Estados Unidos rodeada de luces y en un lado, casi oculta, una exangüe bandera mexicana. Comprendimos entonces que no queríamos que nuestros hijos crecieran como gringos.

José Agustín

Para entonces, de Estados Unidos me gustaba, primero, la música, el rock, el blues, el jazz, la ranchera, las bandas, el mainstream, y la clásica. También el gospel, los spirituals, el luegrass, el cajoun y hasta las ondas folklóricas. Después, el cine. Como a muchísimos, pregúntenme si he visto películas gringas. Me aburre la mayor parte de lo que produce Hollywood, aunque lo veo, pero Chaplin y Hitchcock, Welles, Huston, Hawks, Ford. Keaton, Fuller, Cassavettes, Coppola, Altman, Jarmush, Woody Allen, Tarantino y Etcétera son parte esencial de mi incultura. Mi película gringa favorita es Vértigo, o De entre los muertos, como se llamó originalmente en México, y que fue dirigida por un inglés.

Rock, cine y literatura es lo que más me gusta de Estados Unidos. Entre mis autores preferidos tendría que mencionar a Melville, Poe, Twain, Whitman. Fitzgerald, Hemingway, Hammett, Faulkner. Bradbury, Salinger, Bester, Bellow, Heller, Philip K. Dick, William Carlos Williams. Burroughs, Gingsberg, Kerouac, Bowles, Irving, Auster y Carver. Siempre me gustó la literatura y la pintura de Estados Unidos, aunque claro que también la europea, la rusa, la oriental, la africana, la latinoamericana y por supuesto la mexicana, por lo que fue insensato cuando, en los sesenta, me acusaron de escribir como gringo y de ser de la primera generación de Gringos Nacidos en México.

Por supuesto, a pesar de mi admiración por los grandes inventos, por los goodies tecnológicos y el gusto por muchos aspectos de la cultura y del carácter de los gringos, también desde adolescente no me hizo ninguna gracia que nos hubieran despojado de más de la mitad del territorio y que nos hubieran invadido cada vez que quisieron. También pinté mi raya ante el imperialismo, el intervencionismo, el capitalismo salvaje, la automatización, la fetichización de la tecnología, la manipulación de los medios, la enajenación insondable, el gringocentrismo y el gusto por las armas. Me asombré una vez cuando un profesor universitario, apacible, bueno y cordial, me enseñó un clóset de su casa repleto de pistolas, rifles y metralletas. Hasta granadas y gas lacrimógeno tenía.

Esta mezcla de sentimientos encontrados. de evidente amor-odio hacia Estados Unidos me llevó a escribir Ciudades desiertas, una road-novel que se sigue leyendo muchísimo desde hace veinte años y que me quitó de encima las ganas de vivir en el País Perro, porque en verdad me había ido muy bien y había ganado lana suficiente para comprar mi casa de Cuautla. La había hecho sin mayor problema quizá porque me sentía en casa y mi empatía con Estados Unidos era muy profunda, sólo comparable a la que siempre he sentido con Cuba, donde fui brigadista Conrado Benítez y alfabeticé a los dieciséis años de edad.

Desde entonces he vuelto infinidad de veces a Estados Unidos a dar cursos y conferencias y conozco gran parte del país. Siempre me han tratado muy bien, ni siquiera me han revisado una sola vez en la aduana. A mediados de los noventa me nombraron profesor visitante distinguido durante un año escolar en la Universidad de California en Irvine. Esa vez fuimos mi esposa y yo solos porque los hijos habían crecido y hacían su propia vida. En la universidad todo funcionó muy bien, al igual que los libros, las películas, los cuadros y el rocanrol; teníamos mucha lana, pero ese año en el sur de California no nos gustó. Pronto decíamos que estábamos en Muertolandia. El culto al dinero, al estatus, al conservadurismo, a los formalismos, la automatización, la incomunicación, el etnocentrismo, la xenofobia, el puritanismo, el yupismo y, en suma, la deshumanización, había avanzado terriblemente. Siempre había gente buena, pero a la mayoría le habían acabado de lavar muy bien el cerebro. Se creían todo lo que les decía la tele. El control era casi total. Además del fervor por los juzgados y del shopping spree (si “París era una fiesta”, Estados Unidos era una tienda), la moda era “mente enferma en cuerpo sano” y Lo Políticamente Correcto. Todos haciendo jogging y ejercicios mientras los niños asesinaban a sus maestros de la escuela. Todo era a través de contestadoras automáticas, con el menor contacto posible. El fundamentalismo contra el tabaco y la histeria contra las drogas estaban graves, así es que, como recomendaba el Piporro, con los güeros gané lana pero aquí la hube de gastar. Aquí también estaba de la chingada, pero al menos había una sociedad civil y deseos de una transición a la democracia. Bueno. Aunque al final de la estancia pasamos una semana sensacional en Chicago, donde sí había vida, pinturas sensacionales y muy buen blues, de cualquier manera nos quedamos con la idea de no volver a vivir en Estados Unidos nunca más. Viajes de paseos y conferencias, por supuesto que sí, pero estancias largas ya no. Era triste vivir en Estados Unidos en esa indigencia moral. La presidencia de Bush Júnior, en medio de un fraude electoral a la mexicana, no hizo más que corroborar la decadencia del imperio.

Ahora, después del ataque terrorista a Nueva York y Washington, Estados Unidos se ha visto pésimo, tanto el pueblo como el gobierno. No sólo no puede entrarles la idea de que están pagando su karma por tanta intervención alevosa en todo el mundo, sino que han limitado aún más sus propias libertades, han favorecido el belicismo, han implantado la censura y la tortura, se han llenado de incomodidades, y es difícil evadir la histeria y la paranoia que fomenta el sistema para sacar todas las ventajas posibles. Y además quieren que hagamos lo mismo. En tanto, nos tienen en medio de los peligros de la “nueva guerra”.

Hay grandes mentes, como Choms-ky o Susan Sontag, pero la inconciencia, la fusión de high tech y barbarie, dominan esta vez, y por supuesto las consecuencias ya han sido y serán pésimas en México. Aquí, desde 1982, los gobiernos más entreguistas de la historia nos han colocado en una dependencia total, con el edificante proyecto nacional de ser país maquilador y surtidor de materias primas bajo el dogma de la globalización y el libre mercado. En 1991 viajé a Puerto Rico. La isla me fascinó, por supuesto, pero sentí con claridad que hacia allá íbamos, a convertirnos en una colonia o protectorado sui generis, justo cuando el imperio está más desquiciado y decadente que nunca.

Por desgracia, sólo Estados Unidos puede parar a Estados Unidos. La única esperanza es que los estadunidenses, que tantas grandes cosas han hecho, ante la prolongación de las tensiones despierten de la pesadilla y reencuentren la vocación pacifista. Si no, seguiremos deslizándonos hacia los escenarios más pesimistas de la ciencia ficción. n

(Núm. 288, diciembre de 2001)

Morelos, en confianza

Dicen que sufría espantosas migrañas y que por eso se anudaba la cabeza con un paliacate o se ponía chiqueadores en las sienes. No se sabe más. Quizá se le había formado un tumor en el cerebro, que iba creciendo y creciendo, pero no llegó a lo peor porque lo fusilaron cuando acababa de cumplir cincuenta años y a nadie se le ocurrió hurgar en sus adentros. Para qué. No necesitaban hurgar en sus adentros para descubrir que era un tipo fuera de serie; estratega genial, dicen que dijo Napoleón cuando oyó de las hazañas guerreras de don José María Morelos y Pavón. Con cincuenta como ése, dicen que dijo Napoleón en francés, me hubiera quedado chiquito el mundo.

Lo que sí dijo y escribió Jesús Reyes Heroles, en cambio, fue que Morelos había sido el primero en entender el concepto de nación. Ni siquiera lo entendía bien el cura Hidalgo cuando mandó al párroco de Carácuaro, antiguo discípulo suyo en sus clases de teología de la liberación, a combatir en el sur. Hidalgo y sus alzados luchaban por el Fernando VII que pintó Goya para el Museo del Prado y no clachaban que México podía ser, iba a ser, estaba siendo, lo que se dice una Nación. Morelos sí, aunque luego, en su proceso penal, se retractó y firmó muchas tonterías porque tuvo un miedo espantoso a morir excomulgado por los jerarcas de la Iglesia virreinal, aliados como siempre a los poderosos. Se la tenían sentenciada: el canijo cura se había metido en política, se había pasado por el arco del triunfo el celibato sacerdotal —engendró hijos por dondequiera— y no se había tentado el corazón para degollar prisioneros como si fueran gallinas. El caso es que Morelos sintió un miedo pavoroso y abjuró, y hasta delató a sus compañeros. Al menos eso testimonian las relaciones de los juicios militar y religioso, aunque bien pudieron ser amañadas por sus captores —como sostiene el doctor Ernesto Lemoine— para dejar asentado en la historia escrita y deformada desde el poder que José María Morelos y Pavón, el Rayo del Sur, se retractó, cobarde, en el momento final.

Morelos

De nada le sirvió. De todos modos se lo llevaron de la Escuela de Medicina de Donceles —frente a la plaza de los evangelistas de Santo Domingo—, primero a la Ciudadela —donde está la Biblioteca México y donde su envejecido director, José Vasconcelos, también se retractó y expurgó sus memorias para la editorial Jus de Salvador Abascal—, y después al Ecatepec de Onésimo Cepeda. Ahí, cerquita del Canal del Desagüe, lo fusilaron. Desde luego el edificio de Donceles no era entonces, ni es ahora, la Escuela de Medicina —era la cárcel de la Inquisición—, ni existía la biblioteca de la Ciudadela, ni por Ecatepec cruzaba todavía el apestoso canal. Era un paraje tranquilo que a Morelos le pareció “demasiado árido”, donde lo único que se conserva es la iglesita

—con tamaño monumento de Boutier a Morelos— en la que el insurgente se preparó para el viaje. Lo atendió el padre Salazar, no el funesto Onésimo: le sirvió un caldito de pollo, le dio a fumar un habano, y lo invitó a arrodillarse frente a los cuatro sardos realistas. Murió de dos descargas: la primera lo dejó retorciéndose y la segunda lo envió al paraíso del Dante, supongo.

Carlos Pellicer escribió en un poema:

Imaginad:
una espada
en medio de un jardín.
Eso es Morelos.

Tu fuiste una espada de Cristo
que alguna vez, tal vez, tocó el demonio.

Antes de ser monumento nacional, José María Teclo, huérfano de padre y una carga económica para su madrecita viuda, Juana Pavón, decidió emular al Benito Juárez pastor de borreguitos en Oaxaca y se puso a trabajar con su tío: de arriero, como los de Pedro Páramo. Su madre lo mandó a estudiar al seminario, y luego de que se ordenó sacerdote lo nombraron párroco de Carácuaro. Ahí le llegaron los vientos de la Revolución de la Independencia, como la llamó Luis Villoro, y ni tardo ni perezoso corrió a buscar al cura Hidalgo. Lo encontró en Indaparapeo, o en Charo. Como el cura Hidalgo andaba a las carreras y tenía poco tiempo para discutir estrategias con su acelerado discípulo, resolvió la entrevista con un apurado cortón: si quieres combatir, vete al sur.

Desde Guanajuato, todo el sur era el sur, y Morelos se lanzó a la lucha con una facilidad sorprendente para conseguir adeptos y seguidores. Salió bueno para mandar y combatir, ya lo dijo Napoleón. Lo hemos visto de sobra organizando batallas, soportando y rompiendo los setenta y dos días del sitio de Cuautla, en películas exaltadas como la de Miguel Contreras Torres, El Rayo del Sur, donde Morelos tiene el rostro, el cuerpo y el coraje de don Domingo Soler. Igual lo hemos visto en las telenovelas históricas de Ernesto Alonso, remedado unas veces por Narciso Busquets y otras por Sergio Bustamante, si mal no recuerdo. También Juan José Gurrola hizo un Morelos para el teatro, pero sólo dio tres funciones y salió huyendo, vencido por la inmensa personalidad del caudillo.

José María Morelos y Pavón no batallaba ni triunfaba solo. Tengo dos brazos, decía. El brazo derecho era el intelectual cura Matamoros, y el izquierdo el analfabeta Hermenegildo Galeana. Cuando se los mataron se angustió. Me quedé manco, dijo. Y se soltó a degollar prisioneros. Para su desgracia, de los hijos que fue regando por el país, entre batalla y batalla, uno le salió reaccionario, Juan Almonte, que se confabuló con sus colegas conservadores para traer a gobernar a Maximiliano, hágame usted el favor. De saberlo, a Morelos le hubiera dado el patatús con la noticia. Un hijo rata a él: al Morelos de los Sentimientos de la Nación y del Congreso de Apatzingán, al gran estadista que México sigue necesitando para salir del bache.

Se han escrito libros y más libros de Morelos: historias oficiales y extraoficiales, pero el maestro Pellicer sólo necesitó de cuatro versos para decir todo lo que cabe decir de José María Morelos y Pavón:

Gloria a ti por la tierra repartida.
Piedad por tu crueldad de mármol negro.
Gloria a ti porque hablaste tu voz diciendo América.
Piedad por tu flaqueza en el martirio.

Hoy, en México, todo es Morelos. No hay pueblo en el país, por rascuache que sea, que no tenga tres calles con los nombres de Hidalgo, de Juárez, ¡y de Morelos! Hay tiendas, talleres mecánicos, misceláneas, escuelas oficiales o de paga, hoteles, supermercados, cines, teatros, neverías, restoranes, tendajones, peluquerías, boutiques, estacionamientos, edificios, salones de baile, cantinas, centros sociales, compañías, células subversivas, centrales camioneras, hospitales, dispensarios, lo que usted guste y mande, que se llaman Morelos. Un satélite se llama o se llamó Morelos. Y hay timbres postales de todos los tiempos con la efigie de Morelos. Y escudos. Y monedas. Y billetes. El peso mexicano fue muchas veces Morelos y hoy es Morelos el billete recortado de cincuenta varos.

Todos los pintores y escultores han reproducido a Morelos. Diego Rivera pintó a cada rato, en sus murales, a un Morelos que precisamente se parece a Diego. José Chávez Morado hizo un Morelos de mosaico en la Secretaría de Obras Públicas que derribó el temblor del 85. Los del Taller de la Gráfica Popular reprodujeron a pasto grabados de Morelos. Lo pintó Luis Arenal en Chilpancingo y Arturo García Bustos en el Palacio de Gobierno de Oaxaca y Alfredo Zalee en el Museo de Morelia y Vlady en la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada y O’Gorman por dondequiera, lo mismo que Jorge González Camarena. Siqueiros por supuesto.

De estatuas, ni se diga. Hay un Morelos en la Columna de la Independencia y en la Ciudadela y en el bosque de Chapultepec y en la Calzada de Tlalpan. Janitzio es todo un monumento a Morelos, y en el estado que lleva su nombre, ni hablar: el Morelos de Olaguíbel, cerquita del Palacio de Cortés; el Morelos que mira a la autopista de Cuernavaca-México… Oaxaca, Morelia, Cuautla, Chilpancingo, se atestan de monumentos para el héroe indiscutible.

Seguro que sí: Morelos está a la vuelta de cada calle y de cada pueblo y de cada vida mexicana. Nacemos y vivimos viendo y sabiendo de Morelos. Lo que falta es la independencia. n

(Núm. 285, septiembre de 2001)

Escribir

Leer novelas me parece una actividad de lo más normal; escribirlas, en cambio, es algo tan extraño… Eso, al menos, es lo que pienso, hasta que recuerdo la solidez con la que una y otra se relacionan. (No hay aquí generalidades con blindaje. Sólo unas cuantas observaciones.)

En primer lugar, porque escribir es practicar, con singular intensidad y atención, el arte de la lectura. Escribes a fin de leer lo que has escrito, revisar si está bien, y como nunca lo está, desde luego, para reescribirlo —una, dos, tantas veces como sea necesario, hasta obtener algo cuya relectura puedas admitir—. Uno mismo es su primer lector, tal vez el más estricto. “Escribir es someterse al juicio de sí mismo”, anotó Ibsen en la cubierta de uno de sus libros. Difícil imaginar la escritura sin la relectura.

Pero, ¿acaso lo que uno escribe de una tirada nunca está del todo bien? Sí, claro: a veces, incluso más que bien. Lo cual sólo sugiere, al menos para esta novelista, que en un examen más atento, o en voz alta —es decir, en otra lectura— podría ser todavía mejor. No digo que el escritor deba preocuparse y sudar a fin de producir algo bueno. “Lo que se ha escrito sin esfuerzo, en general, es leído sin placer”, dijo el doctor Johnson, y la máxima parece tan alejada del gusto contemporáneo como su autor. Sin duda, mucho de lo que se ha escrito sin esfuerzo entrega placer en abundancia. No, la cuestión no es el juicio de los lectores —que bien pueden preferir la obra de un escritor más espontáneo, menos elaborado— sino un sentimiento de los escritores, esos profesionales de la insatisfacción. Uno piensa: si puedo alcanzar este punto en la primera vuelta, sin demasiado esfuerzo, ¿no podría ser todavía mejor?

Y aunque esto, la reescritura —y la relectura— suenan como un esfuerzo, constituyen de hecho la parte más placentera de la escritura. A veces, la única parte placentera. Al ponerse a escribir, si uno tiene presente la idea de la “literatura”, resulta formidable, intimidante. Una inmersión en un lago helado. Después viene la parte cálida: cuando ya tienes algo que trabajar, mejorar, editar.

Digamos que es una mezcolanza. Pero tienes la oportunidad de arreglarla. Intentas ser más claro. O más profundo. O más elocuente. O más excéntrico. Intentas ser fiel a un mundo. Quieres que el libro sea más amplio, que tenga más valía. Quieres elevarte por encima de ti mismo. Quieres elevar el libro por encima de las barreras de tu mente. Como la estatua se encuentra sepultada dentro del bloque de mármol, la novela se encuentra dentro de tu cabeza. Intentas liberarla. Intentas llevar la materia desdichada de la página más cerca de lo que piensas que tu libro debiera ser —lo que sabes, en tus espasmos de exaltación, que puede ser—. Lees las oraciones una y otra vez. ¿Este es el libro que yo estoy escribiendo? ¿Esto es todo?

O digamos que va bien, porque, en efecto, va bien a veces (de lo contrario, en algún momento perderías la razón). En eso estás, y aun si eres el más lento amanuense y el peor de los mecanógrafos, un rastro de palabras se ha compuesto y tú quieres continuar. Y después lo relees. Quizá no te atreves a sentirte satisfecho, pero al mismo tiempo te gusta lo que has escrito. Descubres que obtienes placer —un placer de lector— con lo que está en la página.

Escribir consiste, a fin de cuentas, en una serie de licencias que uno se da a sí mismo para ser expresivo en ciertas formas. Para inventar. Para saltar. Para volar. Para caer. Para encontrar tu propia característica manera de narrar y de insistir; o sea, para encontrar tu propia íntima libertad. Para exigirte, sin desollarte demasiado. Sin detenerte a releer con demasiada frecuencia. Permitirte, si te atreves a pensar que fluye bien (o no del todo mal), sencillamente continuar remando. Sin esperar el impulso de la inspiración. Desde luego, los escritores ciegos nunca pueden releer lo que dictan. Quizás esto sea menos importante para los poetas, quienes suelen elaborar en su mente la mayor parte de su escritura antes de poner cualquier cosa en el papel. (Los poetas viven del oído mucho más que los prosistas.) Y la ceguera no significa que no se hagan revisiones. ¿No imaginamos a las hijas de Milton, al finalizar cada día del dictado de El paraíso perdido, releer todo a su padre en voz alta y enseguida anotar sus correcciones? En cambio los prosistas —que trabajan en una maderería de palabras— no pueden retenerlo todo en su cabeza. Necesitan ver lo que han escrito. Aun aquellos escritores que parecen los más notables y prolíficos deben sentir esto. (Así, Sartre anunció, al perder la vista, que sus días de escritor habían concluido.) Pensemos en el corpulento, venerable Henry James, caminando de un lado a otro en una habitación de la Casa Lamb, mientras compone en voz alta, para una secretaria, La copa dorada. Si descontamos la dificultad de imaginar cómo la prosa tardía de James pudo ser dictada en absoluto, no menos que el estrépito de una máquina de escribir Remington circa 1900, ¿no damos por hecho que James releía lo que se había mecanografiado, y que se prodigaba en sus correcciones?

Hace dos años, cuando me convertí de nueva cuenta en una paciente de cáncer y tuve que suspender mi trabajo en la casi terminada In America, un amable amigo de Los Ángeles, al conocer mi desesperanza y miedo de ya nunca terminarla, me ofreció tomar un permiso en su trabajo para venir a Nueva York, permanecer conmigo lo que fuera necesario y poner por escrito mi dictado del resto de la novela. Cierto que los primeros ocho capítulos estaban listos (es decir, reescritos y releídos muchas veces) y yo había comenzado el penúltimo capítulo, y sentí que tenía completo el arco de esos dos últimos capítulos en mi cabeza. Y sin embargo, sin embargo, tuve que rechazar su oferta, generosa y conmovedora. No era sólo que yo estuviera ya demasiado confundida por un drástico coctel de quimioterapia y cantidades de calmantes para recordar lo que planeaba escribir. Necesitaba la posibilidad de ver lo que escribía, no sólo escucharlo. Necesitaba la posibilidad de releer.

Habitualmente, la lectura antecede a la escritura. Y el impulso de escribir es casi siempre estimulado por la lectura. La lectura, el amor por la lectura, es lo que te hace soñar en convertirte en escritor. Y mucho después de convertirte en escritor, leer los libros que otros escriben —y releer los queridos libros del pasado— constituye una distracción de la escritura irresistible. Distracción. Consuelo. Tormento. Y, claro, inspiración.

Desde luego, no todos los escritores admitirán esto. Recuerdo que una vez le comenté a V. S. Naipaul algo sobre una novela inglesa del siglo XIX que yo adoraba, una novela muy conocida, y di por hecho que él, como todos mis conocidos interesados en la literatura, la admiraba igual que yo. Pero no, él no la había leído, me dijo, y al ver la sombra de la sorpresa en mi rostro añadió con severidad: “Yo soy un escritor, Susan, no un lector”.

Muchos escritores que han dejado de ser jóvenes proclaman, por razones diversas, que leen muy poco y, a decir verdad, que encuentran en cierto sentido incompatibles a la lectura y la escritura. Para algunos escritores tal vez lo sean. No me corresponde juzgarlo. Si el motivo es la ansiedad de ser influido, entonces me parece una preocupación vana, superficial. Si el motivo es la falta de tiempo —sólo hay tantas horas al día, y las que consume la lectura son sustraídas, como es evidente, de aquellas en las que uno podría escribir— se trata entonces de un ascetismo al que yo no aspiro.

Sontag

Perderse a sí mismo en un libro, esa vieja frase, no es una fantasía ociosa sino una realidad adictiva, ejemplar. Virginia Woolf dijo memorablemente en una carta: “A veces creo que el cielo debe ser una lectura continua, inacabada”. Sin duda la parte celestial es —de nueva cuenta, en palabras de Woolf— que “la condición de la lectura consiste en la eliminación total del ego”. Por desgracia, nunca nos despojamos del ego, así como tampoco podemos pasar por encima de nuestros propios pies. Pero ese arrebato incorpóreo, la lectura, semeja un estado de trance que basta para hacernos sentir sin ego.

Como la lectura, la lectura arrebatada, la escritura de ficción —el habitar en otros seres— también se experimenta como perderse a sí mismo.

Hoy todo mundo prefiere pensar que la escritura sólo es una forma de introspección. También llamada expresión personal. Si se supone que ya no somos capaces de sentimientos altruistas genuinos, se supone que no somos capaces de escribir acerca de nadie, salvo de nosotros mismos.

Pero no es cierto. William Trevor se refiere a la audacia de la imaginación no autobiográfica. ¿Por qué no escribir para escapar de ti mismo, tanto como podrías escribir para expresarte a ti mismo? Es mucho más interesante escribir acerca de otros.

No hace falta decir que doy partes de mí a todos mis personajes. Cuando, en In America, mis inmigrantes de Polonia llegan al sur de California —están justo a las afueras del poblado de Anaheim— en 1876, y se adentran al desierto y sucumben a una aterradora visión de vacío que los transforma, sin duda yo aproveché el recuerdo de mi propia infancia, caminatas por el desierto del sur de Arizona —en las afueras de lo que entonces era una ciudad pequeña, Tucson— en la década de los cuarenta. En el primer borrador de ese capítulo había saguaros en el desierto del sur de California. Para el tercer borrador yo había eliminado, con renuencia, los saguaros. (Por desgracia, no hay saguaros al oeste del río Colorado.)

Yo escribo acerca de alguien que no soy yo. Así, lo que escribo es más ingenioso de lo que yo soy. Porque lo puedo reescribir. Mis libros conocen lo que yo conocí alguna vez —de manera caprichosa, intermitente—. Y apuntar las mejores palabras en la página no parece en modo alguno más fácil, incluso después de tantos años de escribir. Por el contrario.

He aquí la gran diferencia entre la lectura y la escritura. Leer es una vocación, un oficio en el cual, con la práctica, uno está destinado a ser cada vez más experto. Como escritor, lo que uno acumula son ante todo incertidumbres y ansiedades.

Todos esos sentimientos de insuficiencia del escritor —este escritor, en cualquier caso— son afirmados por la convicción de que la literatura es importante. “Importante” es con seguridad una palabra demasiado pálida. Que hay libros “necesarios”, es decir, libros que, al leerlos, uno sabe que habrá de releer. Quizá más de una vez. ¿Existe mayor privilegio que gozar de una conciencia expandida, colmada, encauzada por la literatura?

Libro de sabiduría, ejemplo del sentido lúdico de la mente, dilatador de compasiones, registro fiel de un mundo real (no sólo de la conmoción dentro de una cabeza), auxiliar de la historia, defensor de emociones desafiantes y opuestas… una novela que se intuye necesaria puede ser, debería ser, tiene que ser la mayoría de estas cosas.

Si continuara la existencia de lectores que compartan esta elevada idea de la ficción, bueno: “No hay futuro para esa cuestión”, como respondió Duke Ellington cuando le preguntaron por qué iba a tocar en programas matutinos del Apollo. Más vale sencillamente continuar remando. n

Traducción de Roberto Diego Ortega

(Núm. 278, febrero de 2001)

Luis Buñuel. Cineasta de las dos orillas

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Tachonado de intimidades y homenajes, este ensayo rinde tributo a Luis Buñuel el cineasta, Luis Buñuel el inspirador de muchos de nuestros sueños. Carlos Fuentes consigue algo excepcional: que, a la par que leemos, vemos, con el ojo de Buñuel, un mundo que festeja la libertad creadora, un mundo sin el cual, nosotros, los espectadores, ya no seríamos los que somos.

En 1950, estudiaba en la Universidad de Ginebra y frecuentaba un cine-club en la ciudad suiza. Allí vi por vez primera Un perro andaluz de Luis Buñuel. El presentador de la película explicó que se trataba de la obra de un cineasta maldito muerto en la guerra de España.

Levanté la mano para corregirlo. Buñuel estaba vivito y, supongo, coleando, en la ciudad de México y acababa de filmar una película, Los olvidados, que sería presentada ese mismo año, 1950, en el Festival de Cannes.

Hoy, vuelvo a levantar la mano para honrar la vida sin fin de uno de los grandes artistas del siglo XX, nacido con el siglo, en 1900, en la población aragonesa de Calanda.

Todos ustedes conocen los datos biográficos y me limitaré a resumirlos.

La educación católica —Buñuel, como Simón Bolívar y Fidel Castro, fue alumno de los jesuítas.

La revuelta contra los valores tradicionales al lado de los jóvenes compañeros de la Residencia de Estudiantes de Madrid.

La amistad —y las bromas— con Salvador Dalí y Federico García Lorca.

El viaje a París y el aprendizaje cinematográfico con Jean Epstein en la versión de La caída de la Casa de Usher de Poe.

La comunión con el movimiento surrealista, la filiación con Dalí en Un perro andaluz gracias al dinero enviado por la madre de Buñuel y el escándalo mayúsculo al estrenarse, en 1930, La edad de oro.

El advenimiento y caída de la República Española y la filmación del documental Las Hurdes.

El exilio en Hollywood primero y en seguida el trabajo en el Museo de Arte Moderno de Nueva York durante la Segunda Guerra, hasta el arribo a los EU de Dalí y su denuncia de Buñuel como peligroso ateo, anarquista y comunista.

El peregrinaje hacia México con su mujer, Jeanne, su hijo mayor. Juan Luis, y 300 dólares en el bolsillo.

Su residencia permanente en México, el nacimiento de Rafael el Benjamín, el apoyo de Oscar Dancigers para Los olvidados, el premio a la mejor dirección en Cannes y lo demás es historia.

Una historia tachonada de amigos, apoyos, gratitudes, cuyos nombres más altos son los guionistas Luis Alcoriza, Julio Alejandro y Jean Claude Carriere, los productores Raymond y Robert Hakim, Gustavo Alatriste, Manuel Barbachano y, sobre todos, Serge Silberman. El grandísimo fotógrafo Gabriel Figueroa. La constelación de actores que iré nombrando en el curso de esta conferencia.

Y sobre todo, el número infinito de los amigos que pudimos gozar de su espléndido sentido del humor, su gracia picara, su discreto sentido de haber vivido la cultura entera del siglo y de poder compartirla con uno, su emotiva devoción a la amistad entendida como un lazo que le resta importancia a cualquier enemigo.

La amistad como una manera de festejar y participar pero también como la capacidad de permanecer juntos en silencio.

Vimos juntos muchas películas, desde la Roma de Fellini que Buñuel admiró tremendamente en razón de su libertad creadora, pasando por Senderos de gloria de Kubrick, que conmovió sus sentimientos políticos y morales, hasta el Rey de Reyes de Nicholas Ray en un cine de la ciudad de México, de donde fuimos expulsados a gritos y silbidos cuando Satanás, en el desierto, tienta a Cristo con una visión de cúpulas doradas y minaretes lujosos.

—¡Joder! —exclamó Buñuel—, ¡que le ha ofrecido Disneylandia!

De manera que esta noche, permítanme una vez más ir al cine con Luis Buñuel. Pero esta vez a ver las películas del propio Luis Buñuel.

CORTE A EXTERIOR. ISLA DESIERTA. DÍA. PANORÁMICA.

Robinson Craso mira su isla desde lo alto de una montaña. Se da cuenta de que su reino es el de la soledad. Empieza a gritarle a las montañas, en espera de la única voz humana que puede escuchar. La única compañía que le está reservada: la voz propia, el eco de Robinson Crusoe.

Famosamente, Jean Paul Sartre dijo. “El infierno son los demás”. Buñuel, honesta y hasta humildemente, pregunta: “¿Pero puede haber un paraíso sin la compañía de nuestros semejantes?”.

Buñuel es demasiado casto políticamente (no políticamente correcto: simplemente limpio y modesto pero moralmente fuerte) para enarbolar ideologías o simplificar un tema inmensamente complicado como lo es el de la solidaridad humana, nuestra relación con nuestros semejantes…

Una de las películas que vi con él fue Milagro en Milán de Vittorio de Sicca. Buñuel salió descontento de la sala. Se oponía a la visión simplista de los ricos como una clase uniformemente egoísta, estúpida y cruel y de los pobres como una clase, sin excepción, bondadosa, casi angelical en su inocencia y fraternidad manifiestas.

Claro, Buñuel podía ser implacablemente crítico de los discretos encantos de la burguesía. Basta recordar su extraordinaria galería de personajes autocomplacidos, hipócritas o fríamente inhumanos, desde las ampliamente dotadas matronas y los barbados directores de orquesta de La edad de oro hasta la extraordinaria disección del chovinismo machista, género hispánico, en las grandes caracterizaciones finales de Fernando Rey: el hidalgo que seduce niñas, droga a virginales monjas antes de violarlas, se proclama liberal en las tertulias para salvar su apariencia pública pero bebe chocolate con los curas en casa para salvar su alma privada.

Pero a los pobres no les va mejor. La crueldad del joven criminal “el Jaibo” (Roberto Cobos), o del siniestro ciego (Miguel Inclán) en Los olvidados, del guarda del coto de caza en Diario de una recamarera, de la mercenaria madre de Conchita en Ese oscuro objeto del deseo, o de la aviesa tribu de mendigos en Viridiana, confirman la certeza a menudo expresada de Buñuel en el sentido de que la pobreza no ennoblece a nadie. Degrada, degrada casi tanto —o más— como la insolente riqueza.

El hecho de que la crueldad sea más disfrazada, más engañosa, en la discretamente encantadora burguesía, no desvirtúa, en Buñuel, una mirada abarcadora y sin pestañeos de la crueldad, el egoísmo y la violencia como las espesuras naturales en la selva del homo homini lupus—el hombre lobo del hombre.

En los barrios perdidos de México o en los elegantes salones de París, los hombres y las mujeres son victimarios y víctimas.

Buñuel dice esto porque cree que es cierto, que la crueldad es una roca profundamente asentada a la que debemos mover con una fuerza difícil de obtener sin sucumbir, en el camino, a la vacuidad ideológica o a la sublimación caritativa.

A esta visión dura y exigente le da su fuerza el principio de la solidaridad en Buñuel. Yo creo que ningún realizador se ha acercado al principio de la solidaridad humana con tanta originalidad y con tanta reserva artística como Buñuel.

No Eisenstein y su obvio proselitismo.

No Chaplin y su facilidad sentimental.

No Capra y los triunfos de Gary Cooper y James Stewart sobre el plutócrata Edward Arnold gracias al excepcionalismo norteamericano, the land of the free, la tierra de los libres por definición.

Ni siquiera el conmovedor soliloquio de Henry Fonda en Las viñas de la ira de John Ford.

Ninguno de estos ejemplos, en mi consideración, alcanza la profundidad de una sola escena de Buñuel:

El sacerdote itinerante, ingenuo y abusado. Nazarín ha tratado de imitar a Cristo sólo para ser burlado, golpeado y crucificado por tomarse el trabajo de seguir las enseñanzas de Jesús, muchas gracias. Conducido con una cuerda de presos, le es ofrecida una piña por una mujer compasiva. Primero, Nazarín rehúsa el regalo, haciéndonos sentir que se considera indigno de él. Pero un instante después, se regresa, acepta la incómoda fruta y le da las gracias a la mujer: —Que Dios se lo pague.

Nazarín, interpretado con una dulzura y dolor conmovedores por el gran Francisco Rabal, ha perdido la fe en Dios, pero ha ganado la fe en los hombres. Sus palabras son una respuesta a la soledad de Robinson. El eco del náufrago solitario encuentra una voz en la gratitud del sacerdote socialmente ligado. O re-ligado, que es lo que significa la palabra religión.

CORTE A INTERIOR. NOCHE. FINCA CASTELLANA.

MEDIO PLANO.

La novicia Viridiana, vistiendo su largo camisón blanco, se arrodilla a rezar y abre su negro maletín de viaje, extrayendo de él crucifijo, corona de espinas, martillo y clavos. De la misma manera que un mecánico sacaría tornillos, perforadoras y cilindros.

Son los instrumentos de su profesión. Son, asimismo, una ilustración del cuidado minucioso con que Buñuel escoge los objetos en sus películas.

Como todos sabemos, Buñuel sentía pasión por la entomología y uno de sus libros de cabecera era el estudio de Fabre sobre la vida de las abejas, las avispas y los escarabajos.

La cámara, en ocasiones, hace las veces de microscopio. El cineasta se aproxima a las cosas sin interrumpir la acción. Un lento y baboso caracol puede recorrer la mano de Nazarín mientras el sacerdote le explica su filosofía panteísta a las dos barraganas, que se le han unido en su peregrinación.

Escorpiones en La edad de oro. Mariposas con cabezas de muerte en Un perro andaluz. Perros trotando debajo de los carretones en Viridiana. Y borregos entrando a una iglesia en El ángel exterminador. Tales son los objetos animados del mundo natural o alienado que Buñuel exhibe para demostrar, no nuestra enajenación al mundo de los objetos, sino precisamente la presencia de las cosas que sostienen nuestros mundos mentales, eróticos o políticos.

El materialismo de Buñuel recorre la gama de lo cotidiano a lo escandaloso. Pero aun los actos más físicos —comer, caminar, hacer el amor— pueden convertirse en protagonistas de una pesadilla jamás soñada.

El grupo de sibaritas del Discreto encanto… nunca puede sentarse a gozar de una buena comida.

En El fantasma de la libertad los actos de comer y defecar son moralmente invertidos.

Fernando Rey no puede penetrar el cinturón de castidad medieval de Carole Bouquet en Ese oscuro objeto… y en Viridiana no puede tocar el virginal cuerpo de Silvia Piñal sin drogaría primero y luego escuchar un disco de El Mesías de Haendel.

Aun así, el oscuro objeto del deseo se nos escapa constantemente. Lejos de ser pasivos o inánimes, los objetos se mueven, sobre todo cuando son sujetos humanos que una percepción deformada o un orden social sofocante han convertido en cosas.

En La vida criminal de Archibaldo de la Cruz hay, a mi parecer, un desenlace demasiado fácil cuando el protagonista (Ernesto Alonso) alcanza el verdadero amor y deja atrás el mundo de sustitutos deificados de la carne humana que tan cuidadosamente alojó en su mente: una cajita musical con una bailarina mecánica, la sangre corriendo por el muslo desnudo de su nana, el maniquí de cera de la mujer deseada, Miroslava.

Pero en El diario de una recamarera, Buñuel demuestra que se ha leído de cabo a rabo al maestro Freud. El viejo Duque que emplea a la recamarera Celestina tiene una fijación fetichista con el calzado —como Imelda Marcos—. Y el fetichismo, nos enseña Freud, puede significar una sustitución de deseos, una sublimación del trabajo o, aún, el trabajo mismo de los sueños…

En Diario de una recamarera, Jeanne Moreau, la más inteligente de las actrices en el más inteligente de sus papeles, lo observa todo y no se deja engañar por nada.

El desfile de disfraces sexuales, degradaciones morales y distorsiones sociales pasa frente a su mirada fría e irónica. Solamente al final de la película, cuando todos estos hechos aislados se reúnen en el haz de una realidad política —el ascenso del fascismo—, comprendemos la extraordinaria manera como Buñuel ha cimentado el horror político en el horror individual.

Aquel —el horror político— debe ser denunciado y atacado. Pero éste —el horror individual— debe ser comprendido, incluso compadecido, acaso denunciado como la máscara moral de la iniquidad social.

Buñuel da el paso de más. Subsume el análisis sicológico en la mirada redentora del humor. Esto me parece obvio en el Perro andaluz, donde el protagonista, Pierre Baltcheff, está batallando sin cesar con sus memorias de la infancia y las represiones de su juventud, trátese de una mochila escolar o de un piano relleno de burros muertos.

Pero de todos los filmes de Buñuel, hay uno en el que el humor y la sicopatología se reúnen de manera brillante y enervante. Me refiero a la película mexicana. El (1952) que debuta, precisamente, con una escena de fetichismo del pie.

El protagonista, maravillosamente actuando, gracias a su absoluta falta de ironía, por Arturo de Córdova (“No tiene la menor importancia”), es un mexicano de clase alta cuarentón, católico, virgen y burgués. Sólo le faltó ser de Guadalajara. Cada Jueves Santo, devotamente, Arturo lava los pies de los pobres en la Catedral. Pero esta vez súbita, convulsivamente, se topa con un par de preciosas pantorrillas y pies exquisitamente calzados, pertenecientes a la no menos exquisita actriz argentina Delia Garcés.

Arturo primero se enamora de los pies y los zapatos de Delia y en consecuencia cree que se ha enamorado de la mujer misma. Sin embargo tanto el fetiche como la fémina no son sino las aperturas —uso la palabra a propósito— de los celos patológicos de Arturo.

Desea los pies a fin de desear a la mujer pero desea a la mujer para hacer de ella el objeto de unos celos que dejan a Otelo a la altura moral de un principiante que no amó sabiamente pero sí en demasía, engañado por el villano de la pieza, Yago.

No así en el Otelo de Buñuel. Nadie engaña al celoso sino el celoso mismo. Y es que los celos matan el amor, pero no el deseo. El hombre celoso detesta a la mujer que rompió el pacto de amor, pero sigue deseándola porque la traición, a su manera de ver, fue prueba de la pasión misma de ella. Arturo cree que Delia lo ha traicionado, lo cual es manifiestamente falso. Pero Arturo debe creerlo a fin de poder seguir deseándola, a pesar de la traición, como si Delia en efecto lo hubiese engañado. Pero ello significa que la malvada, aunque sea deseada o a pesar de ser deseada, debe ser castigada.

La manera como Buñuel escenifica este psicodrama es asombrosa. Por principio de cuentas, Arturo, durante la primera noche de amor, se acerca a Delia, quien mantiene los ojos cerrados ante los avances eróticos de Arturo. Este se aparta preguntando furiosamente:

—¿En quién estás pensando?

Durante la luna de miel, nuestro Otelo criollo está convencido que el vecino en el cuarto de al lado los está espiando y procede a introducir una larga y puntiaguda aguja por la cerradura.

Finalmente, en el paroxismo de los celos, entra a la recámara de la novia armado con un ominoso conjunto de instrumentos: cloroformo y algodón, cuerdas, hilo Y aguja….

Vaya puntada. O no hay remedio sin remiendo. Dígalo si no la gran reparadora de virgos, nuestra madre la Celestina.

Arturo, el Otelo mexicano, termina encerrado en un monasterio, dentro de su original claustro católico, convencido de que allí ha encontrado, en la religión, la salvación… Hasta que, en la escena final, vestido con hábito monacal, se aleja por un corredor zigzagueando hacia una forma secreta e infinitamente inquietante de la locura.

No es de extrañar que, año con año, Jacques Lacan, el jefe de la escuela freudiana de París, iniciase sus cursos sobre sicopatología en la Sorbona exhibiendo esta película de Buñuel. Cuando se estrenó en 1952 en el Cine Maríscala de la Ciudad de México sólo habíamos en la sala una docena de espectadores —entre ellos, lo recuerdo, Salvador Elizondo—. La película permaneció en cartelera tres días.

CORTE A INTERIOR. NOCHE.

ESTUDIO 28. PARIS. 1930.

Arrojan tinteros a la pantalla. Las pinturas de Dalí, Miró, Max Ernst, Tanguy y Man Ray en el vestíbulo son destruidas a navajazos. Los Camelots du Roy, los pandilleros fascistas franceses, han cumplido su trabajo. Han interrumpido la proyección de La edad de oro de Buñuel exclamando, típicamente. “¡Muerte a los judíos!”.

El Comisario de la Policía Parisina, Jean Chiappe, especialista en prohibir películas y proteger prostíbulos, legaliza el vandalismo, prohibiendo futuras proyecciones de la película.

En efecto, La edad de oro no sería vista públicamente en Francia hasta 1966, cuando el heroico curador de la Cinemateca Francesa, Henri Langlois, la volvió a poner en su sitio: la pantalla del Palais de Chaillot.

Yo estuve allí. El entusiasmo de los jóvenes reunidos era digno de verse. Buñuel les había devuelto una parte de su libertad perdida.

No diré que esto tuvo algo que ver con los eventos de la famosa “Revolución de Mayo” del 68 parisino. Pero existe una afinidad entre Buñuel, el Surrealismo, la Anarquía y una rebelión estudiantil que proclamaba “La imaginación al poder” y “Prohibido prohibir”. Una rebelión que sentía descender de Marx —hay que cambiar al mundo— y de Rimbaud —hay que cambiar la vida.

Buñuel formó parte del movimiento surrealista nacido del horror sangriento de la Primera Guerra mundial: el horror ante el absurdo de la muerte de millones de jóvenes sacrificados sin sentido. Originado en el Café Voltaire de Zurich bajo la inspiración de Tristán Tzara y Hans Arp, el movimiento primero llamado DADA quería crear una sociedad más libre en la que, por vez primera, se diesen la mano la revolución social y la imaginación artística, la libertad social y la expresión de nuestros más hondos y oníricos deseos humanos.

Los enemigos de semejante proyecto eran la Iglesia, el Ejército y el Estado. Esta trinidad represiva no podía ser derrotada tan sólo por la revolución política, sino por la de la mente y las costumbres. “El Surrealismo al Servicio de la Revolución”, proclamó el Papa del movimiento, André Breton. Restaurar la unidad perdida. Encontrar el punto donde los opuestos se juntan.

Hoy, después de los horrores del siglo XX, sabemos que el deseo de totalidad al que aspiraban los surrealistas no está muy lejos del espíritu del totalitarismo que practicaron sus enemigos. La unidad es peligrosa si no coexiste con la diversidad.

De manera que si los logros artísticos del surrealismo son considerables, políticamente su alianza con la revolución proletaria resultó imposible, Stalin se encargó de ello. La ruptura era inevitable. Aragón y Eluard se unieron al Partido Comunista, Bretón mantuvo la pureza aislada de la fe, Salvador Dalí se convirtió en Avida Dollars y Robert Desnos murió en el campo de concentración nazi de Theresienstadt. Y desde el exilio en el Nuevo Mundo, Marx Ernst y Luis Buñuel continuaron caminos de creación propios.

“Asombradme”,”Ettonez-moT, demandó un día Jean Cocteau. Y eso, exactamente, hicieron los surrealistas, asombrar. A veces con bromas descomunales, a veces con espléndidas películas, poemas y pinturas, pero siempre con la convicción de que una sociedad adormilada debía ser, ante todo, sacudida y sacada de su siesta.

Un peiro andaluz y La edad de oro siguen asombrando hasta el día de hoy. Desde la escena del ojo rebanado con que se abre la visión de la primera hasta la tambaleante salida de un Cristo ebrio del castillo del Marqués de Sade en la segunda, el escandaloso asombro estaba allí. Pero en Buñuel no hubo nunca sólo escándalo por el escándalo, sino escándalo político y social.

Gastón Modot, el protagonista de La edad de oro, llega a una cena-concierto, le da una cachetada a la oronda anfitriona, le jala las barbas al director de la orquesta y ama violentamente sobre la grava del jardín a la insatisfecha heroína (Lya Lys) que hasta ese momento debía contentarse con recibir vacas lecheras en su cama y chuparle el dedo gordo a las estatuas de su jardín.

Pero Modot llega a la fiesta después de recorrer calles plagadas de anuncios —más que en el Periférico— urgiéndole a consumir y consumir en nombre del amor, o hacer el amor sólo si primero ha comprado los estimulantes del amor: brassieres, medias de seda, artefactos depilatorios, perfumes y cremas varias.

El hombre que tan violentamente irrumpe en la distinguida recepción concertante es impulsado por los deseos que la sociedad le ha impuesto. Es, en este sentido, el primer antihéroe fílmico de la sociedad de consumo, que hoy en día, sólo en los Estados Unidos de América, gasta trece mil millones de dólares anuales en cosméticos.

Eres lo que compras. Compras lo que eres. Eres lo que tienes, tienes lo que usas, usas lo que tirarás a la basura.

Una pregunta política cuelga sobre todo ello: ¿cómo puede llamarse conservadora una sociedad que no conserva nada?

Semejante visión crítica de la sociedad acompañará a Luis Buñuel a lo largo de su carrera.

Una visión a veces feroz y cruel, a veces maravillosamente lírica y cómica. Hay en este cineasta una vida entera, toda una enseñanza de tolerancia y humor, al cabo una madurez perceptible entre la recepción violentamente descrita en La edad de oro y la sucesión elegante de tranquilas interrupciones del Discreto encanto de la burguesía.

Pero atención: entre uno y otro momento, se sitúa la denuncia más feroz y más angustiosa en ese abismo dramático y cumbre del humor que es El ángel exterminador; acaso la más profunda crítica social en la carrera del director.

Buñuel profesaba una debilidad por el anarquismo. Por ello, le deleitaban las películas de Buster Keaton, el cómico de la cara de palo y del desastre incontrolable, de quien Buñuel, hermosamente, escribió:

“Su expresión es tan modesta como la de una botella, pero en los círculos claros de sus ojos, su alma ascética hace piruetas”.

Otros favoritos eran Laurel y Hardy, el Gordo y el Flaco, ángeles extraordinarios por derecho propio, de pastelerías, automóviles y mansiones suburbanas.

Sin embargo, Buñuel era un anarquista práctico o, si ustedes lo prefieren, reflexivo. Una vez me dijo: “Teóricamente es maravilloso pensar en volar el Museo del Louvre. En la práctica, mataría a quien lo intentase…”.

Y añadía: “¿por qué no sabemos distinguir claramente entre las ideas y la práctica? A los sueños no les pedimos que se vuelvan realidad cuando despertamos. Nos volveríamos locos cada mañana”.

“Ettonez moi!”. “¡Asombradme!”.

Buñuel relata cómo visitó a André Bretón cuando el gran surrealista agonizaba. Bretón tomó la mano de Buñuel y le dijo:

“Amigo mío, ¿se da usted cuenta de que ya nadie se escandaliza de nada?”.

Había terminado una época. ¿Quién podía reír cuando Benjamin Peret decía que el acto surrealista perfecto es salir a la calle y disparar indiscriminadamente contra los paseantes? ¿Quién, después de los horrores organizados de Hitler y Stalin? ¿Quién, después de la violencia cobarde de ETA?

Podemos reir ante la imagen de una monja cayendo por el cubo vacío de un ascensor en Archibaldo de la Cruz. No podemos reir de una monja arrojada viva desde un avión de la Fuerza Aérea Argentina por un militar sadista llamado Astiz, el Angel de la Muerte. Sí, el ángel exterminador…

CORTE A EXTERIOR. NOCHE.

SEMANA SANTA EN CALANDA, ARAGON, ESPAÑA

Repetidamente, a medida que Buñuel exiliaba la música de sus películas, la banda sonora convocaba el estruendo de los tambores de la Semana Santa en Calanda, recordándonos que Buñuel, artista universal, hombre cosmopolita, era, radicalmente, un español. Ello le dio una superioridad muy notable sobre las manifestaciones puramente teóricas o analíticas del surrealismo francés; la cultura de Buñuel tiene raíz y esa raíz es española.

Esto le da a Buñuel un poder muy grande. Le permite rendir homenaje en sus películas a la tradición hispánica, la verdadera, la que asume la tradición para levantar sobre ella una nueva creación que, a su vez, enriquece a la tradición.

La relación entre el poder y la impotencia, entre la crueldad y la inocencia, entre la presencia de la autoridad y la inhabilidad para entender los propósitos del poder, se encuentran en el corazón del diseño fílmico de Buñuel.

Sus personajes se someten a reglas arbitrarias —la resignación religiosa, la sujeción política, la conformidad social— o se rebelan contra ellas.

La pasividad suprema es supremamente representada en El ángel exterminador, donde toda una clase social, no sólo un pequeño grupo, carece de la voluntad para cruzar un umbral, liberándose de la prisión que ellos mismos han creado.

Pictóricamente, el mundo burgués de Buñuel le debe mucho —o es parte de la tradición— de las pinturas de corte de otro aragonés sordo, Goya, cuyos modelos parecen ignorarse a sí mismos o el hecho de que el pintor los está retratando como personajes huecos y ridículos.

La fatalidad suprema, en cambio, la representan Los olvidados, donde las vidas brutales y las miserables muertes de los hijos de la barriada parecen prescritas por el destino, sin salida. Asesinados a cuchilladas y arrojados a la basura, los olvidados de México son los descendientes sombríos de los picaros de España, los buscones de Quevedo, y los pilletes de Murillo.

La suprema libertad, en cambio, es supremamente representada por los personajes que siguen la ruta del más grande de los arquetipos españoles, Don Quijote.

Buñuel hizo dos grandes películas “quijotescas”, Nazarín y Viridiana. En ambas, el idealista decide cambiar a la sociedad mediante el ejemplo de su propia virtud.

Nazarín, a quien la espléndida actuación de Francisco Rabal le da un aura de dulzura, misticismo y dolor, sale a esos campos, como Don Quijote, a hacer el bien y predicar la virtud. Como el Caballero de la Triste Figura, recibe en recompensa golpes, burlas y engaños. Lo acompañan, además, dos Sancho Panzas con faldas, dos barraganas (interpretadas por Marga López y Rita Macedo) que deciden arrepentirse y acompañar a su héroe —sólo para ser denunciadas como las putas del cura.

Y Viridiana, la bondadosa empedradora de infiernos, el Quijote vestido de monja, también se topa con la brutalidad y la burla de los mendigos a los cuales pretende redimir.

Buñuel, de este modo, acrecienta sus referencias a las figuras hispánicas proyectándolas en el universo de la fe.

CORTE A INTERIOR. NOCHE. CUARTO DE HOTEL.

PARIS. MEDIUM SHOT.

En El fantasma de la libertad, un viejo, rodeado de la penumbra de su cuarto de hotel, dice con voz quebrada pero aun burlona: “Mi odio hacia la ciencia y la tecnología va a devolverme a la abominable fe en Dios”.

“Ese soy yo”, me dice, juguetonamente. Buñuel cuando vemos juntos la película. Y, efectivamente, Buñuel vivió la última semana de su vida en un hospital, conversando con su íntimo amigo el padre dominico Julián Pablo.

“Fue una de las experiencias espirituales más hondas de mi vida”, me dice el padre Julián. “Buñuel trascendió la religión formal para ir a las fuentes mismas de lo que debemos llamar el alma humana, su grandeza, su servidumbre, su libertad…”.

La famosa frase de Buñuel, “Gracias a Dios, soy ateo”, es algo más que una broma. Es el disfraz necesario para un artista —Luis Buñuel— que en su obra encarna las palabras que Pascal pone en boca del Cristo: “Si no me hubieras encontrado ya, no me buscarías aún”.

La fe sólo es verdadera porque es increíble. Para tener fe, hay que renunciar a la razón. “Es cierto porque es absurdo”, dictaminó Tertuliano acerca de la Fe en el siglo II. Pero, ¿,cree Dios, también, que creer en él es absurdo?

Esta cuestión ronda las imágenes y las preocupaciones religiosas del cine de Buñuel. Dios no puede contestar porque tendría que admitir que Tertuliano está en lo cierto. Dios es Dios porque nunca se muestra y nos habla sólo a través de los niños, los poetas, los santos y los locos. Un Dios cotidiano, visible, haciendo la tertulia con Tertuliano, no sería Dios. Sería, simple y precisamente, Jesús.

Cristo es la encarnación humana concreta de Dios. Su presencia entre nosotros destierra otras dos preguntas del absurdo:

Primero, ¿qué hacía Dios antes de crear el Mundo?

Segundo, ¿pudo Dios pasarse la Eternidad pensando en lo que hubiese ocurrido si El no hubiese creado al mundo?

Es cierto porque es absurdo: Buñuel, en Nazarín y Viridiana, se despacha estas preguntas dándole a Cristo la carne y la sangre de estos dos personajes.

Acaso las preguntas sin respuesta las pregunte San Simeón el Estilita (el actor Claudio Brook) encaramado en su alta columna en el desierto.

¿Podemos amar a Dios sin conocerlo?

¿Y podemos conocer a Dios sin amarlo?

Son preguntas que dibujan el perfil histórico del siglo XX, y nos son propuestas por creyentes como los novelistas Graham Greene, Frangois Mauriac y Georges Bernanos, por librepensadores tan honestos y generosos como Albert Camus, y por dos cineastas, ambos a Dios gracias, ateos, pero ambos, sin embargo, en lucha con el ángel de sus propias tradiciones religiosas:

La cultura protestante de Ingmar Bergman y la cultura católica de Luis Buñuel.

Ambos convergen en la figura del Dios que de veras estuvo aquí: Jesús de Nazaret. su vida, su misión, su destino.

Me basta evocar a estos creadores para traer a colación la variedad de respuestas que ellos —y ellas, la filósofa judeocristiana Simone Weil; la pensadora judía Edith Stein, convertida al cristianismo, monja del Carmelo y víctima del exterminio en Auschwitz— han dado al desafío de Jesucristo.

Buñuel, en esto, es muy claro. La fe de Simón del Desierto es inútil: lo aísla de la humanidad. La fe de Nazarín es esencial. Lo liga —religión es re-ligar—, lo liga a la humanidad al nivel espiritual de la caridad, el sufrimiento, el perdón, la misericordia y la voluntad de resistir, si no los puede cambiar, los males del mundo.

Pero en Viridiana, el destino de la fervorosa monja es menos glorioso pero acaso más humano. Viridiana, simplemente, se une a la raza humana a su nivel más cotidiano, carnal y modesto. Derrotada como filántropa, se junta con los dos sensualistas de la tradición hispánica, Don Juan el amante que sobre todas las cosas se ama a sí mismo, y la Celestina, la mediadora sexual, la conseguidora, reunidos los tres. Viridiana la quijotita (Silvia Piñal), su primo el seductor Donjuán (Francisco Rabal) y la criada Celestina (una Margarita Lozano soberbiamente concentrada).

Todos se sientan a cenar y jugar al tute.

La santa mujer, el seductor masculino y la trotaconventos. La posibilidad de un menaje á trois es muy fuerte.

DISOLVENCIA A PATIO EN TOLEDO. EXTERIOR. DIA. MEDIUM SHOT.

Una sublime Catherine Deneuve, en el papel de Tristana, debe escoger entre dos chícharos idénticos en una cazuela.

¿Qué es la libertad?

¿Es más libre Tristana si escoge al chícharo uno sobre el chícharo dos?

¿O le basta el acto de escoger como prueba de la libertad?

Pero al escoger a chícharo uno sobre chícharo dos, ¿sacrifica Tristana su libertad, por extensión, de escoger el millón de chícharos que, al escoger uno solo, deja detrás y fuera de su albedrío?

¡Ah!. Luis Buñuel es un gran cineasta porque propone estas preguntas de manera visual.

Su más famosa ilustración de los poderes de la mirada es, paradójicamente pero desde luego, el ojo rebanado al principio de Un perro andaluz. La paradoja de la escena es que gracias a la pérdida de la vista somos capaces de ver lo que sigue, o sea la película titulada Un perro andaluz.

¿Es esta, entonces, una película imaginada por una ciega, la actriz Simone Mareuil?

Claro que no. Lo que Buñuel nos indica —y lo dijo explícitamente en una conferencia en la UNAM— es que el ojo de la cámara debe sacudirnos fuera de nuestra complaciente siesta. El ojo de la cámara es un instrumento de la libertad poética y cuando la cámara es libre, el mundo estalla en llamas.

Un perro andaluces como el violento nacimiento de semejante visión. Buñuel regresará una y otra vez a este parto visual, refinándolo, haciéndolo, si menos violento, más fluido y elegante. El no era un director obsesionado con la técnica. Detestaba los alardes de la cámara. Sus películas, al cabo, alcanzaron una forma clásica, una pura fluidez. A veces, la cámara parecería renunciar a toda pretensión artística, contentándose con planos enteros, full shots distantes o notoriamente neutros.

Pero entonces, súbitamente, como un disparo o un relámpago, la cámara se acerca al objeto o al gesto significativos. Vemos lo que siempre estuvo allí pero sin habernos dado cuenta: el crucifijo que también es navaja; la carne cruda bajo la cama de la madre; una bolsa de señora repleta de plumas de pollo; el corsé de una mujer muerta tentando al marido viudo; una bicicleta en una recámara; un gallo con la mirada fija en un ciego; el vello púbico de una mujer desplazado a los labios de un hombre; una cáscara pelada de manzana pasando entre los labios de una pareja como cordón umbilical del Paraíso…

Yo creo que no hay escenificación más estética y sostenida de la mirada que en Belle dejour. Nos da un indicio el gordo cliente coreano que llega al burdel y le enseña a Belle de Jour (de nuevo, una maravillosa Catherine Deneuve) una caja cuyo contenido jamás veremos. De vuelta al Perro andaluz y la caja escolar de Pierre Baltcheff, arrojada a la calle junto con todas sus memorias de la infancia.

La cajita del coreano en Belle de jour me parece aún más memorable porque ilustra a la perfección la manera buñuelesca de mirar con. a través de y más allá de la cámara, así como su relación profunda con las más grandes tradiciones artísticas.

Notarán ustedes que a lo largo del filme, Deneuve nunca mira directamente a la cámara. Su mirada se dirige siempre a algo fuera de cuadro. Está mirando siempre —o siempre buscando— algo que no está allí. Buñuel adhiere de esta manera a la gran revolución de la mirada operada por Piero delia Francesca en el Renacimiento. En vez de la mirada frontal, eterna y sin límites del icono religioso bizantino, Piero no sólo rodea a sus figuras de paisaje y arquitectura contemporáneas a él. Hace algo más: sus figuras miran fuera del límite de la pintura.

¿A dónde miran? Quizás al descubrimiento de nuevas tierras, nuevos cielos, nuevas razas. La mirada humana no tiene frontera. Buñuel lo recoge y afirma: el cine nos convierte a todos en creadores y descubridores.

No olvidemos que Buñuel el cruel, Buñuel el burlador, el crítico Buñuel, trasciende las etiquetas que todos le hemos ido colgando y, en la más hiriente de sus sátiras sociales, El ángel exterminador, hay un momento maravilloso en el que los personajes prisioneros de la Calle de la Providencia, ridículos, mezquinos, pretenciosos, abandonan su angustia, su vocabulario, su insidia, y se convierten, como Robinson en su isla, en hermanos de la noche, liberados por la incomparable belleza de los sueños…

Esto es lo que Don Fernando no entiende. Cree que la pasión puede comprarse. De suerte que no es ella quien le niega su amor al hombre. Es él quien se lo rehúsa a la mujer, pues el objeto del deseo masculino es poseer a la mujer, en tanto que el objeto del deseo de la mujer es ser otra para ser ella.

Yo soy yo, dice el viejo.

Yo soy otra, dice la joven.

Y tú debes cambiar si quieres ser yo.

CORTE A CORTIJO SEVILLANO. NOCHE.

TRAVELLING.

El deseo es uno de los temas constantes de Buñuel. Quien desea y no actúa engendra la peste, escribió William Blake. Pero el problema es que no hay deseos inocentes. Deseamos algo o alguien pero cuando obtenemos el objeto de nuestro deseo, no sólo lo queremos poseer. Lo queremos cambiar.

La tercera adaptación de la novela de Pierre Louys La Femme et le Pantin por Luis Buñuel (las dos anteriores fueron de Von Sternberg con Marlene Dietrich y de Duvivier con Brigitte Bardot), tenía que titularse Ese oscuro objeto del deseo.

Sería su última película. Lo sabía y lo quería. En una carta del 7 de mayo de 1979, Luis me escribía: “Regresé a México en febrero. Tuve ataques biliares. Me quisieron operar. Me opuse. Permanezco en la más completa ociosidad. No quiero volver a trabajar en nada”.

Si esta película es, de cierta manera, su testamento, en él Buñuel nos habla directamente del dilema del amor y el sexo: ¿cómo ser nosotros siendo otros? La razón por la cual Buñuel utilizó a dos actrices (Angela Molina y Carole Bouquet) para el mismo papel no es ni gratuita ni accidental. Marlene y Brigitte eran ángel y demonio en un mismo cuerpo. Buñuel da el paso de más. La misma mujer es ángel y demonio. Pero es el hombre (una vez más, Fernando Rey) quien las divide y percibe como dos personalidades distintas. La mujer no se contradice a sí misma cuando aparece como Angela o como Carole. Sólo es contradictoria a los ojos del hombre.

La mujer, el oscuro objeto del deseo masculino, se ofrece como una u otra, pero el hombre, prisionero de la lógica formal de la personalidad unificada, no puede entender el desafío femenino. Jamás puede poseer a la mujer porque ella puede transformarse en dos y él es incapaz de la transfiguración, sólo puede desear lo que él mismo es: un digno señor decente, rico y cachondo.

No puede entender que la mujer le exija ser, él también, otro. La mujer rehúsa ser patrimonio del macho, junto con el cortijo andaluz, los apartamentos en París y las cuentas en Zurich. Y es que ella no es dos personas. Es otra persona.

CORTE A INTERIOR. NOCHE. RESTAURANT LE TRAIN BLEU, GARE DE LYONS. PARIS, 1977.

DE MEDIUM SHOT A CLOSE UPS.

Un grupo de amigos nos hemos reunido esta noche para celebrar los 77 años de Buñuel en uno de sus restoranes favoritos, Le Train Bleu, un observatorio sobre la llegada y salida de trenes en medio de luces y brumas dignas de Monet. Estamos presentes Julio Cortázar, Milán Kundera, Gabriel García Márquez, Régis Debray y yo.

Una suerte de tensión amistosa se establece de inmediato entre el joven Debray y el viejo Buñuel, como si Régis viese en Luis al joven y temiese que Buñuel viese en Debray al viejo. De manera que Debray se acerca al rostro de Buñuel y le dice con una especie de cordial violencia:

“Usted tiene la culpa. Usted y sus obsesiones. Sin usted, Buñuel, nadie se ocuparía de la Santísima Trinidad, la Inmaculada Concepción o las herejías gnósticas. Sólo gracias a sus películas la religión sigue siendo arte…”.

Buñuel sonríe como el gato de Alicia a punto de desaparecer. Sabe que él y Debray están formulando la misma pregunta. ¿Cómo se llega a la edad de 77 años sin caer en la tentación de ser lo que el mundo nos ofrece como regalo envenenado, la falsa gloria que la leyenda ha decidido otorgarte sin consultarte, Padre de la Iglesia, Buñuel, o Rebelde Eterno. Debray?

Y la segunda pregunta: ¿perdemos la juventud? ¿O sólo la ganamos después de un largo y duro aprendizaje?

CORTE A INTERIOR. TARDE. CERRADA DE FELIX CUEVAS. CIUDAD DE MEXICO.

La casa de Buñuel es desnuda como un monasterio. Duerme en un cuarto monacal, con cama dura y ningún decorado. Aprecia su soberbia colección de armas de los siglos XVII y XVIII. Las apunta contra las arañas del jardín. Después de recibir el “León de Oro” del Festival de Venecia en 1967 por Belle de jour, nos confió a Juan Goytisolo y a mí, ambos miembros del Jurado: “Ahora derretiré este maldito león para convertirlo en balas”.

Su biblioteca es un disfraz. La Enciclopedia Espasa y los directorios telefónicos ocupan el primer rango, escondiendo sus lecturas intelectuales y sus pasiones literarias. La Historia de las Herejías por el Abbé Migne, que le sirvió de base para una de sus más divertidas películas, La vía láctea. Freud y Fabre. Las ediciones dedicadas de los libros de los surrealistas. Los novelistas ingleses que había filmado —Emily Bronte—, que quisiera haber filmado —Thomas Hardy— o que le inspiraban subliminalmente: en una ocasión me dijo que las fórmulas sociales de El ángel exterminador provenían de la novela El egoísta de George Meredith.

Los proyectos frustrados. El monje de Lewis. Las menadesúe Cortázar. Lagradiva dejensen. El señor de las moscas. La casa de Bernarda de Alba. Debajo del volcán de Lowry, un guión en el que colaboré con él para un reparto ideal: Jeanne Moreau, Richard Burton y Peter O’Toole. Y, acaso la mayor frustración de todas, una adaptación de Los seres queridos de Evelyn Waugh con Alee Guinness y Marilyn Monroe.

Pocas fotografías. Un retrato de grupo en la casa de George Cukor en Hollywood con el anfitrión y Buñuel rodeados de Billy Wilder, Rouben Mamoulian, George Stevens. Fritz Lang (cuya película Las tres luces decidió la vocación cinematográfica de Buñuel) y Alfred Hitchcock, quien le reveló a Buñuel su fascinación por la pierna perdida de Tristana, apropiada por Hitchcock para reaparecer, colgando fuera de un camión de carga, en la penúltima película del “mago del suspense’, Frenzy de 1972.

Y el retrato de Buñuel por Dalí en el vestíbulo.

“Por razones sentimentales”, dice con sequedad Buñuel.

No, está allí para recordar dos cosas: juventud perdida y vida vivida.

Joder. Jeanne ha preparado una maravillosa cena provenzal y Buñuel me invita a compartir su bebida particular, el buñueloni. Receta: mitad ginebra, un cuarto de Cárpano y un cuarto de martini dulce.

Salud.     n

Carlos Fuentes. Escritor. Su más reciente libro es Los años con Laura Díaz.

EU: El día de la marmota

EU: EL DÍA DE LA MARMOTA

 POR CARLOS TELLO DÍAZ

El 7 de noviembre de 2000, día para elegir al presidente de Estados Unidos, se estiró basta diciembre. Este artículo da cuenta de todo lo ocurrido luego de que los votantes asistieron a las urnas y del litigio por los votos en Florida.

El 7 de noviembre de 2000 tuvieron lugar las elecciones más disputadas en la historia de Estados Unidos. Con ellas culminó, también, un proceso que había sido muy tedioso. Al Gore y George W. Bush no eran personajes fascinantes. Sus propuestas tampoco parecían esencialmente distintas, a pesar de que había diferencias con respecto de temas específicos: la ecología, los impuestos, el sistema de pensiones. Así lo demostró la indiferencia de los electores. Apenas la mitad votó, a pesar de que los partidos derrocharon recursos muy superiores a los que gastaron en las elecciones de 1996. En ese tiempo, la economía de Estados Unidos había crecido con un vigor inusitado: por encima del 3% anual. El vicepresidente, por ello, parecía el candidato con más probabilidades de ganar, pero nunca pudo capitalizar esa conquista de la administración de Clinton. Nunca supo cómo separarse de las debilidades del presidente como persona para identificarse, en cambio, con sus aciertos como gobernante. Gore no se atrevía a marcar las diferencias, Bush ni siquiera las alcanzaba a articular. El profesor John Womack, en una cena en Harvard, lo dijo con crueldad pero con lucidez:” We are forced to choose between a coward and a fool”. En efecto: había que escoger entre un cobarde y un tonto.

Las encuestas afirmaban que las elecciones iban a ser muy cerradas, tanto que no podían anticipar un resultado. Bush mantenía una ventaja de 3 puntos en el voto popular, pero Gore parecía estar adelante en el voto electoral. Estados Unidos está regido por un sistema de votación indirecta: el presidente es electo por un colegio electoral, constituido por 538 electores que representan a los cincuenta estados más la capital. El ganador del voto popular en cada estado se hace acreedor al voto electoral, es decir, a todos los votos que le corresponden a ese estado, los cuales están determinados por su población. Entre los estados con más votos destaca, por encima del resto, California, seguida de cerca por Nueva York, Texas y Florida. El objeto del sistema es crear un mandato claro aun si la diferencia entre los candidatos resulta insignificante. Aunque también permite —como ya sucedió en la historia de Estados Unidos: en 1824, 1876 y 1888— la posibilidad de ganar el voto popular y perder el voto electoral, determinante para obtener la Presidencia.

Al Gore aventajaba a Bush en algunos de los estados que podían significar la diferencia, sobre todo tres: Michigan, Pennsylvania y Florida. Juntos sumaban 66 votos. Gore tenía que ganar los tres para mantener la posibilidad de ser electo. La clave de la victoria sería, probablemente, Florida, gobernada por Jeb Bush, el hermano del candidato del Partido Republicano. Tenía 25 votos electorales. Había votado por los republicanos en cuatro de las últimas cinco elecciones, pero ahora la votación estaba incierta por el apoyo que le daban a Gore los jubilados, allí muy importantes, asustados por las reformas al sistema de pensiones propuestas por George W. Bush. La diferencia podía ser determinada por los partidarios de Ralph Nader, el elocuente, inteligente y valiente candidato del Partido Verde. Todos ellos iban a tener que decidir entre votar por Gore (para impedir el mal mayor) o votar por Nader (con la esperanza de conseguir el 5% de la votación que requerían para el registro). Gore enfatizaba que votar por Nader en los estados aún indecisos —en particular Florida— era en realidad votar a favor de Bush.

Los americanos podían votar hasta las ocho de la noche del 7 de noviembre. Ese martes, hacia las nueve, llegué con unos amigos a ver el resultado de las elecciones en la pantalla de cine de la Kennedy School of Government, en Harvard. Casi todos, allí, eran partidarios de Al Gore. Los norteamericanos educados tienden a votar por los republicanos, pero los muy educados votan más bien en favor de los demócratas. Así, en la zona de la Universidad, según CNN, Gore obtuvo el 72% de los votos, Nader el 14% y Bush apenas el 13%. Al llegar a la pantalla, esa noche, las encuestas de salida acababan de ser dadas a conocer, a pesar de que la votación tenía lugar, todavía, en los estados del Oeste, tres horas atrás de los del Este. Me pareció muy extraño que los medios de comunicación anunciaran los resultados de las elecciones en unos estados antes de que finalizaran en el resto del país. Pero estaban al parecer en su derecho. Fox News y CNN, de hecho, serían más tarde criticados por los partidos, no por dar los resultados antes del final, sino por haberlos dado mal. Las encuestas mostraban que Gore había ganado en varios de los estados indecisos, entre ellos Michigan y Pennsylvania, y que al parecer había ganado también en Florida.

La gente estaba feliz. Había pizzas y refrescos para todos. Parecía que, contra lo que muchos pensaban, Gore habría de ser el próximo presidente de Estados Unidos. Un par de días más tarde, en efecto, Christopher Dodd, el senador demócrata de Connecticut, comentó en una comida que varios dirigentes de su partido —incluido él mismo— habían acudido en ese momento a felicitar a Gore en sus oficinas del Hotel Vanderbilt, en Nashville, Ten- nessee. Las cosas, entonces, empezaron a dar un giro. A las 21:45, CNN rectificó su proyección: Florida no estaba todavía definida en favor del candidato del Partido Demócrata. ” Too close to call’. Esa era la expresión que los medios habrían de repetir en las horas por venir.

El giro no se detuvo allí. Bush empezó a tomar la delantera. Cada vez que ganaba en un estado, un silencio muy espeso se hacía entre los estudiantes que miraban la pantalla. Apenas dos o tres gritaban de alegría. “Che, yo no entiendo”, me dijo mi amigo Gastón Gordillo, que es de Buenos Aires. “En la Argentina, si vos gritás así frente al otro partido, ¡te agarran a trompadas!”. A mí también me sorprendía la libertad con que gritaban unos cuantos en favor de Bush. Pero allí la disidencia parecía convivir en armonía con el grueso de la opinión. Hacia las 0:30, CNN anunció que Bush llevaba una ventaja de 200,000 votos en Florida. Parecía que las cosas eran ya irremediables. Quienes estábamos allí nos empezamos a regresar a nuestras casas, convencidos de que había ganado Bush. Qué ironía. Nader había obtenido cerca de 3 millones de votos, más que suficientes para quitarle la victoria a Gore, pero no los necesarios para obtener el registro del Partido Verde. Gore había sido víctima de Nader y Nader, a su vez, víctima de Gore. Pues muchos de los verdes, al votar por los demócratas, asustados con los republicanos, impidieron que su partido pudiera conseguir el 5% que necesitaba.

Al día siguiente, los americanos amanecieron con una noticia que para ellos era insólita: ¡todavía no tenían presidente! Había sido una noche muy larga. Entre la 1 y las 2 de la madrugada, en efecto, la ventaja de Bush en Florida disminuyó de 200,000 a 50,000 votos. Pero no fue suficiente. Así, a las 2:15, a pesar de que las boletas todavía no terminaban de ser contadas, Fox News, un noticiero bastante conservador, afirmó que había ganado Bush. CNN lo confirmó después. Entonces Gore, hecho pedazos, tomó el teléfono para felicitar a Bush, que aguardaba en Austin, Texas. Lo llamó “un formidable adversario”. Salió después hacia el centro de Nashville, bajo la lluvia, con el objeto de reconocer su derrota en la plaza del War Memorial. Gore sabía que había ganado el voto popular y pensaba que había perdido el voto electoral por una fracción insignificante. Aun así estaba dispuesto a conceder su derrota de inmediato, como lo dictaba la tradición más importante de la democracia en Estados Unidos, tradición ilustrada por muchas otras elecciones, también muy cerradas, entre ellas la de 1960, cuando Kennedy derrotó a Nixon con sólo 0.17% de los sufragios —poco más de 100,000, algunos resultado del fraude que orquestó Richard Daley, el padre del coordinador de la campaña de Al Gore en las elecciones del 2000.

Gore estaba nada más a dos o tres cuadras del War Memorial cuando su jefe de asesores, Michael Feldman, que viajaba con él en el automóvil, recibió un mensaje urgente de las oficinas de los demócratas en el Hotel Vanderbilt. La ventaja de Bush en Florida había disminuido a sólo 6,000 votos. Minutos después, al llegar al War Memorial, la ventaja se había reducido de nuevo: ¡a menos de mil votos! Así lo dieron a conocer, aturdidos y avergonzados, los noticieros de televisión. Florida estaba, una vez más, “too close to call. A las 3:40 de la madrugada, Gore habló de nuevo con el candidato del Partido Republicano. Fue un intercambio, según parece, bastante ríspido. George W. Bush, diría su vocera, no podía creer que su adversario le hablara para retirarle la felicitación por su victoria. Estaba furioso. Del otro lado de la línea, Al Gore le recriminó su brusquedad: ” You don t have to get snippy”.

Confundidos por la televisión, hubo quienes no tuvieron tiempo de retractarse. Varios diarios, por ejemplo, le dieron la victoria a Bush, incluso algunos de los más serios, como el Boston Globe. También hubo mandatarios que mandaron telegramas de felicitaciones al candidato del Partido Republicano, entre ellos nadie menos que Jacques Chirac, el presidente de Francia. Todo el mundo quedó mal. Había que esperar todavía varios días para conocer el resultado de las elecciones. La ley electoral de Florida, en efecto, exige un recuento automático cuando la diferencia es menor al 0.5% de los votos. El resultado de ese recuento, que tardó una jornada en ser conocido, redujo todavía más la ventaja de Bush: la limitó a 300 miserables votos. Aun así, las autoridades no podían declarar un vencedor, pues tenían que revisar las boletas de los residentes de Florida que habían sufragado fuera del país. El país tendría que esperar hasta el 18 de noviembre.

Esos días fueron muy tensos. Gore había ganado el voto popular por alrededor de 200,000 votos; es decir, más americanos habían votado por él que por Bush. Estaba también arriba en el voto electoral, que no incluía todavía al estado de Florida. Ello le daba la autoridad moral —en otras palabras, la justificación política— para rebatir el resultado de los condados donde tenía esperanza de ganar más votos, en particular uno que sería famoso: Palm Beach. La boleta mariposa del condado de Palm Beach era sumamente confusa: Gore estaba abajo de Bush, en la lista de la izquierda, pero el segundo agujero, en el centro, no le correspondía a él sino a Pat Buchanan, que estaba del otro lado de la boleta, en la lista de la derecha, entre Bush y Gore. Así, muchos que querían votar por Gore votaron por Buchanan (el candidato del Partido Reformista, que ganó en ese condado —tan demócrata— cinco veces más que su promedio en el resto de Florida). Muchos otros, que también querían votar por Gore, votaron por Buchanan y después por Gore, con lo que cancelaron su sufragio (unos 19,000 votos fueron declarados nulos en aquel condado por haber sido perforados dos veces). El propio Buchanan aceptó que muchos de esos votos probablemente no eran suyos, pero señaló que de todos modos tenían que ser contados como fueron emitidos. La boleta mariposa, de hecho, había sido diseñada por un miembro del Partido Demócrata, que con ello le quitó tal vez la victoria a Al Gore.

Con una desventaja de 300 votos en Florida, que aumentaría después a 930, al ser contados los sufragios que llegaron del exterior, Gore pidió un recuento manual en algunos condados, entre ellos Palm Beach. Los asesores de Bush protestaron, ya que no existía, subrayaban, un criterio claro para contar manualmente los votos. El equipo de Gore respondió que la ley electoral de Florida permitía un recuento manual en caso de disputa, con el fin de vislumbrar la voluntad del elector (the voter’s intent), y añadió que el propio Bush había aprobado una ley similar en Texas. Los asesores de Bush contestaron con razón que en Texas, a diferencia de Florida, había criterios muy detallados para guiar el conteo manual, y criticaron también que sólo fueran escogidos, para ese recuento, los condados más demócratas. Al Gore propuso, entonces, un recuento manual en todos los condados del estado, pero los republicanos no aceptaron. Los condados demócratas tenían 95,000 boletas disputadas; los condados republicanos, en cambio, tenían sólo 84,000. Así, su recuento favorecía, en principio, al candidato del Partido Demócrata. La cuestión quedó en manos de la Suprema Corte de Florida, que dio a conocer su decisión en la noche del 21 de noviembre. Fue como una bomba. Los votos del recuento manual eran válidos, afirmó, y debían ser incluidos en el resultado final. Esa noche, horas más tarde, Dick Cheney, el compañero de fórmula de Bush, tuvo que ser internado con problemas en el corazón en un hospital de Washington.

La balanza parecía inclinada por primera vez en favor de Gore cuando, al día siguiente, uno de los condados más demócratas, el de Miami-Dade, anunció que no podría llevar a cabo el recuento manual de sus votos antes del 26 de noviembre, tal como lo establecía el dictamen de la Suprema Corte. Los días transcurrieron, pues, en medio de la in- certidumbre. La batalla por el voto de Florida, librada en las cortes y en los medios, acaparó la atención de los americanos por encima de lo que había sucedido en los casos de O. J. Simpson, Monica Lewinsky y Eliancito. En mi casa, la televisión estaba siempre prendida. “The Election 2000!”, anunciaba en grandes letras CNN. “The Presidential Deadlock!”, decían los titulares de Fox News. Los republicanos y los demócratas estaban enfrascados en una disputa sin salida que, para fines de noviembre, anunciaba un choque. Los norteamericanos en general, sin embargo, estaban lejos de compartir las pasiones de la clase política. Pocos sentían que sus vidas iban a cambiar si ganaba tal o cual. Estaban interesados, más bien, en las anécdotas de su proceso. Les divertía descubrir, por ejemplo, que la ley electoral en Nuevo México permitía (believe it or not) que el resultado de una elección empatada fuera decidido por ¡un juego de pocker! Contemplaban un espectáculo muy raro, al principio interesante, después más bien aburrido, en que las cosas, al final, de algún modo se iban a solucionar. Así, a pesar de las recriminaciones entre republicanos y demócratas, el 80% de los norteamericanos, según una encuesta, estaba convencido de que, ganara quien ganara, el próximo presidente de su país iba a ser un presidente legítimamente electo.

El resultado de la elección en Estados Unidos estuvo por unos días, literalmente, en manos de los funcionarios que contaron los votos en los condados de Broward y Palm Beach, en Florida. En unos cuantos días tuvieron que establecer los criterios para el recuento manual de los votos. Concentraron sus esfuerzos en algo que nadie había oído mencionar jamás: el (limpie ballot —es decir, la boleta que no había sido perforada, como establecía la ley, pero que había sido marcada en favor de un candidato—. Había 2,000 boletas de este tipo en Broward y casi 10,000 en Palm Beach. ¿Cómo contarlas? Los demócratas citaban la ley electoral de Texas, el estado de Bush, que permite contar las boletas que son marcadas sin ser perforadas; los republicanos, en cambio, citaban las reglas del condado de Palm Beach, que no permiten contar más que las boletas perforadas. El proceso fue en todo momento obstaculizado por los partidarios de Bush. Al final, Broward contó todas las boletas marcadas y Palm Beach, en cambio, sólo contó las que tenían, además, alguna otra indicación de la intención del elector. La televisión mostraba, en esos días, a los funcionarios de los condados estudiando con una enorme lupa cada boleta, o viéndola contra la luz del sol. El margen de error estaba muy por encima de la diferencia que separaba a los contendientes. Había tenido lugar, en realidad, un empate, para lo cual nadie estaba preparado. La diferencia entre ganar y perder el cargo con mayor poder en el mundo iba a ser determinada por unos cuantos votos, que cambiaban de sentido de acuerdo con la forma en que los contaban los funcionarios de Florida.   n

Carlos Tello Díaz. Escritor. Acaba de aparecer la edición corregida y aumentada de su libro La rebelión de Las Cañadas.

Cronistas y cronemas

RETRATOS CON PAISAJE

CRONISTAS Y CRONEMAS

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

Entre las cosas que afortunadamente se fueron con la década de los ochenta, aunque su eco se prolongó hasta principios de los años noventa, está la moda de los cronistas, del “croniquismo”.

Se dieron supuestos cronistas por cientos, como subproducto de la dudosa Sociedad Civil que pretendía haber “despertado” o “liberado” el país exactamente a partir de no sé qué día de julio de no sé qué año.

No tengo noticia de que este fenómeno se diera en otros países. En México, la epidemia tradicional de los poetas se sustituyó con la de los cronistas: opinadores que escapaban de todo rigor literario o periodístico para “echar el rollo” en primera persona, con un descuidado desfogue coloquialista y folklorizante, y bastante sensiblería populista.

Sospecho que esta moda se apoyó en el prestigio de sus principales gurús, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis. quienes parecían simpatizar con ella en sus declaraciones y en los apapachos declarativos a sus tribus, pero no necesariamente en su oficio, cultivado desde los años cincuenta con un rigor y una riqueza literarios y periodísticos que no se vieron en casi ninguno de sus serviles seguidores.

Y que se abonó del fanatismo antigobiernista de aquellos años, cuando el PRI lo era todo y por tanto monopolizaba todos los males nacionales: berrinches sin ideología, sin proyecto, sin documentos ni métodos; se improvisaban lágrimas o alaridos para los periódicos repentinamente liberados, en gran medida, de la censura gubernamental. Los rollazos histéricos… vendían.

Semejante croniquismo es ahora amplio reino de los “comunicadores” de radio y televisión, que de todo disparatan sin pudor alguno. Los “cronistas” Paty Chapoy y Origel.

El ensayo y el reportaje exigen requisitos mínimos, que la crónica —”agarro y digo”— se saltaba alegremente.

De ahí su rápida y efímera aceptación: las “crónicas” parecieron súbitamente libérrimas y simpaticonas; poco tiempo después, quedó manifiesta su miseria intelectual.

No se sabe a ciencia cierta lo que signifique “cronista”. En el argot periodístico, la crónica es el más superficial de los rellenos de los diarios: notas que no ofrecen información ni opinión, sino simplemente “color”. Como las crónicas de sociales y espectáculos, o deportivas. Los periodistas serios evitaban la crónica… hacían cuentos o poemas en prosa, como José Alvarado.

De hecho, bien mirado, los gurús del croniquismo son ensayistas o narradores en forma, que experimentan con el lenguaje coloquial y el sentido del humor. Pero su investigación, su exposición y su escritura buscan cumplir los rigores tradicionales del ensayo, el reportaje o el relato, como opinaría algún lector benévolo.

En la historia de la literatura “cronista” es casi un equivalente de “historiador”. Aunque parecería que el cronista habla más de su propio tiempo con su testimonio personal, o apoyado en testimonios orales; y que el historiador, en cambio, se apoya más en fuentes documentales, la verdad es que en la época dorada de las “Crónicas de Indias”, algunos testigos como Bernal llamaban “historias” a sus escritos autobiográficos, y algunos eruditos que no salían de sus gabinetes cortesanos en España llamaban “crónicas” a los libros que componían a partir de otros libros y documentos. Términos intercambiables.

Entonces ocurrió un hecho vituperable: la Corona española se fastidió de que tanto fraile o soldado escribiese a su real gusto y entender sobre los indios y sobre las guerras de conquista. Se prohibió que se escribiese y se publicase sobre tales asuntos sin permiso.

Y para acentuar tal prohibición, se nombró cronistas oficiales del imperio y de cada uno de los reinos o regiones, a fin de controlar, en el caso americano, la escritura sobre temas tan debatidos como la justicia de las guerras de conquista, la conducta de los conquistadores y la cultura de los indios.

Entonces la palabra “cronista” ahumó un tufo más pesado (burocrático) que el meramente académico que empezaron a despedir los historiadores, más atenidos a la teoría teológica o jurídica.

El folletinesco periodismo del siglo XIX retomó en otras partes, especialmente en Francia, el término “crónica” para un género nuevo, chismoso, comercial: narraciones costumbristas o picantes sobre hechos de actualidad.

Quizás en ese siglo se separaron radicalmente ambos términos: la historia debía observar los cánones positivistas y ocuparse del pasado bien definido, distante por lo menos en tres lustros; la crónica trazaba un travieso parpadeo contemporáneo, como espacios de descanso y cotorreo en los periódicos.

En México ocurrió una peculiaridad, que yo quisiera fechar a finales del siglo XIX y encarnar en la figura de Luis González Obregón y sus libros México viejo, Leyendas de las calles de México, Croniquillas de la Nueva España.

Aunque más ameno que los historiadores formales (como Orozco y Berra), González Obregón escribía ensayos históricos serios, cuya excelencia académica y literaria fue reconocida de inmediato. Incluso cuando narra leyendas, dice (a diferencia de su discípulo Artemio de Valle-Arizpe) qué es lo legendario y qué lo comprobable, y traza límites entre lo probable y lo inverosímil.

Además nunca inventa: Valle-Ariz- pe, por el contrario, llena sus crónicas alegremente de novelerías que sólo a él se le ocurrieron, y frecuentemente en el cine: ante películas de espadachines o vaqueros. En todos sus frailes y marqueses están siempre a punto de aparecer Clark Gable y Errol Flynn.

Luis González Obregón fue el primer moderno Cronista de la Ciudad de México. ¿Por qué no historiador, profesión que era precisamente la que ostentaba en sus oficinas del Archivo General de la Nación?

Me atrevo a sospechar que por mero arcaísmo. Por lujo verbal. La palabra “cronista” parecía remontarlo a (y emparentado con) los escritos de los siglos virreinales (en los que sin embargo proliferaron libros llamados claramente “historias” y no sólo “crónicas”); y como su tema y su lucha era la cultura colonial, quiso ostentar un blasón arcaizante.

De ahí la contradicción, tan mexicana (hasta antes de la instantánea proliferación de cronistas volátiles de los años ochenta), de que la palabra “cronista” evocara tiempos muy remotos como la “crónica” de “La calle de Don Juan Manuel” (cuando se supone que se distinguiría por ocuparse del presente), aun más que la palabra “historiador”.

En tal sentido: el arcaizante, fueron los “Cronistas” por antonomasia dos colonialistas profesionales: Luis González Obregón y Artemio de Valle-Arizpe.

Entonces le llegó a Salvador Novo el turno de asumir el puesto de Cronista de la Ciudad de México y estableció el total desorden.

Hay que recordar que el joven Novo no titulaba “crónicas” a sus escritos en prosa, sino precisamente “ensayos”, cartas, memorias, relatos de viaje; y que a lo largo de su vida produjo varias “historias”. Lo de “cronista” le vino sólo con el cargo.

Como al magnífico prosista Novo le entusiasmaba menos el Virreinato, introdujo dos travesuras en su encargo oficial: una, la del cronista de sociales: en su voluminosa serie La vida en México a través de siete sexenios, describió con elegante y sabrosa frivolidad la vida social de poderosos públicos y privados, además de la propia (y casi siempre en relación con éstos); otra, la del cronista súbitamente nahuatlizado por decreto, por oportunista concesión de última hora al Nacionalismo Revolucionario al que servía: un irónico defensor de los nahuatlismos y de la “correcta” manera de castellanizarlos.

Se enojaba contra el acento agudo en Teotihuacán, pero no contra el del Tehuacán que servía con whisky en el restorán de su Capilla. En Teotihuacan tomaba agua de Tehuacán. ¡Viva la congruencia filológica!

Fue tal el torbellino en la crónica que produjo Novo —”La crónica soy yo”— que su puesto no admitió sucesor. Uno tras otro, renunciaron a él (desalentados y confusos) los tres o cuatro nombrados para proseguirlo, hasta instaurarse una ¡asamblea! de cronistas… que no escriben crónica, y que a veces no escriben nada. Ese “Consejo de la Crónica de la Ciudad de México” lleva más de una década de hacer el oso: ¿se necesitan tantos próceres para nada más hacer el oso?

El término “cronista”, tan traído y tan llevado en los lumpenizados ochentas y archilumpenizados noventas, empieza a oler feo: ¿se usa para designar a los malos reportajes, a las malas memorias, a los malos relatos, a las malas historias? ¿Se usa para calificar a los rollos-y-ya?

¿Es una simple confesión de mala calidad, de improvisación, de maquinazo?

Más bien ya casi no se usa. Los escritores nuevos buscan términos más firmes: historia, relato, ensayo, reportaje, artículo de opinión, aunque se publiquen en los periódicos. Nada de desmelenados rollos instantáneos.

En los años cincuenta, los Contemporáneos, agotadas sus hazañas experimentales, volvieron al soneto y a formas exigentes como la décima. La moda del sonetismo. Pero no hubo escuela: la moda del soneto entre sus seguidores se extinguió en textos de humo poco pensados y nada sonoros (¿qué caso tiene una poesía rimada y medida que no suena?)

Décadas antes, Tablada impuso la moda de lo que aquí se llamó jaikús: chistes rimados de arte menor, casi letrillas burlescas. Tampoco lograron mayor jerarquía que la de meros dichos o chistes, hasta que como tales, como humoradas en verso, las culminó Efraín Huerta en sus “poemínimos”.

Tal vez así se recuerde la populosa y tan efímera moda ochentesca de las crónicas: alardes iletrados de una Sociedad Civil protestona, pero que no había alcanzado, que no ha alcanzado todavía, una expresión justa y eficaz para su visión del país. Si es que cuenta con alguna.

Los gurús desde luego son otra cosa; o la eran, antes del mal gusto de erigirse en gurús. Ignoro qué tanto se complacían en la imagen deformada que les devolvían, en su calidad de espejo, sus tartajosos continuadores. Pero creí ver en ellos amplias sonrisas de satisfacción y tornasoladas levitaciones del “deber cumplido”.

Hay sin embargo una nuevas crónicas en México, que encuentro mucho más emparentadas con el relato literario que con las notas espontaneístas, bastas, de los ochentas: las leo como buenos relatos.

Este año se publicaron, ambas en Cal y Arena, Luna llena en las rocas, de Xavier Velasco, y El tiempo repentino, de Héctor de Mauleón.  n

José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente libro es Poemas y elegías.

Contra una lectura anémica de nuestra literatura

CONTRA UNA LECTURA ANÉMICA DE NUESTRA LITERATURA

A PROPÓSITO DE QUEER IBERIA

POR JUAN GOYTISOLO

¿Cómo leer a los clásicos españoles del Medioevo y del Renacimiento? ¿Cómo leer, por ejemplo, El Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita, cuyo entronque con la tradición goliardesca está fuera de duda? Siguiendo el volumen de ensayos Queer Iberia, de reciente aparición, Juan Goytisolo da con una clave de lectura que devuelve el texto a su lugar de origen: la plaza animada por los juglares.

Hace veintitantos años, durante el periodo de aclimatación en la que pronto seria mi querencia de la plaza de Xemáa el Fná, solía asistir a los números de los juglares de la halca mientras preparaba un ensayo sobre el Libro del Arcipreste. La lectura erudita o universitaria de algunos episodios como los de Crus la panadera y el mensajero Ferrand García, el de lo acaecido a Pitas Payas pintor de Bretaña o el tan debatido lance del narrador con las serranas, pecaba a mis ojos de reductiva y pacata. Presentía que la aprehensión de la obra sería más esclarecedora en la Plaza que en las aulas del alma mater. El “líbrete” de Juan Ruiz fue escrito para ser recitado y su público no era necesariamente letrado ni compuesto exclusivamente de clérigos: su entronque con la festiva tradición goliardesca está fuera de duda. En estas lecturas callejeras el texto funciona como una partitura y concede al intérprete un amplio margen de libertad. Los cambios de voz y del ritmo de la declamación, en expresiones del rostro y los movimientos corporales desempeñan

un papel primordial. Una obra en apariencia sacra puede ser parodiada y rebajada a un nivel puramente escatológico o transformarse en una pantomima sexual. Tenía, y tengo, la certeza de que en los versos “súpome el clavo echar / él comió la viada e a mí fazié rumiar” —por citar algún ejemplo— el clavo echar, en el sentido de joder o chingar, debía ir acompañado del ademán explícito de la mano propio de los ámbitos populares en todas las latitudes, y de que una lectura cabal de la obra ha de tomarlo en cuenta.

A fin de reconstruir el contexto propicio al recitado del Arcipreste, empecé a inventariar por escrito actores, personajes, espectadores, cosas e inmuebles de la Plaza. Empresa ardua pues, ¿cómo abreviar en unas páginas la riqueza y variedad de su contenido? ¿Cómo vencer la dificultad de enumerar y describir lo que el espacio engendra? ¿Era acaso una empresa factible sin atentar a la poética del texto? La reconstrucción verbal del ámbito marrakchí me llevó semanas si no meses: nunca he sudado un texto como éste. Cuando lo di por concluso me había olvidado ya de mi propósito inicial: el de la introducción a una lectura de Juan Ruiz en la plaza de Xemáa el Fná. Aquellas páginas encuadraron finalmente mi librillo de buen o loco amor: mi novela Makbara. Pero eso es pieza de otro morral y demorarme en ella nos divertiría del tema de la presente charla.

Entre los juglares más destacados de la década de los setenta mi favorito era Abdeslam. A él le dedico unos párrafos del capítulo final de la novela, y en un ensayo de Crónicas sarracinas reproduzco un relato que le grabé. Abdeslam reunía en su persona la doble calidad de letrado (había memorizado en su juventud la totalidad del Corán) y de cuentista público de gran fuste y expresividad (cuando le filmé en Alquibla, a fines de los ochenta, había envejecido y actuaba mecánicamente, sin su genio y frescura de antaño). Sus historias escatológicas y de gramática parda gozaban de gran popularidad en el público de la halca, sobre todo del avezado a captar sus eufemismos. El sexo del varón y de la mujer, el coito delantero y posterior podían ser identificados con el nombre de ciudades marroquíes; Tiznit, Tefraút, Uarzazát… La mímica y gestos de Abdeslam desmentían lo piadoso o cortés del cuento: subrayaban con desenfado su jocosa procacidad.

Recuerdo su historia de un santurrón (munafik) y sus afanes de encarrilar por las vías de la santidad a un chaval de la Plaza, granuja (chatir o harami) de mil escamas, coriáceo y socarrón. El tartufo elevaba el brazo hacia el cielo y alzaba el índice, como apuntando al Señor. Receloso de sus intenciones, el truhán —agraciado y de muy buenas prendas, precisaba Abdeslam— extendía entonces horizontalmente la mano con el dedo mayor empalmado o arrecho: ¡toma éstá! El devoto varón no se daba por enterado y abría los brazos, con los codos pegados a los costados, para indicar que el Misericordioso escogía en su seno a las ovejas perdidas. El pícaro interpretaba el gesto como un signo de bienvenida al mejor de sus atributos y alargaba esta vez el antebrazo con el puño cerrado. La mímica de Abdeslam al referir el cuento realzaba las gesticulaciones y cambios de voz: melosa y algo aflautada la del santurrón; gutural, como en la jerga de la Plaza, la del pícaro. Los diferentes niveles de su lenguaje carnavalesco hubieran deslumbrado a Bajtín.

Por dicha razón, leí con verdadero deleite el pasaje referente a la famosa “disputación” de los griegos y romanos objeto del estudio de Louise O. Vasvári, “Semiotics of Phallic Agression on Male Agonistic Ritual in the Libro de buen amor , incluido en el aguijador volumen de ensayos Queer Iberia, compuesto bajo la dirección de Josiah Blackmore y Gregory S. Hutchenson:

El arte del ribaldo (truhán. granuja) consiste en jugar

con las palabras y gestos, vaciándolos de su contenido y

     rebajándolos al nivel sexual o escatológico:

            en responder al saber canónico con verdades mordaces y tangibles

(…) y, en el curso de ello, sentirse no sólo más listo que

el adversario sino también disfrutar de la conciencia de

éste de haber sido “jodido”.

Pero detengámonos en el Libro del Arcipreste. El narrador-recitador del episodio, tras rogar al lector-auditor que entienda bien sus burlas y su “manera de trobar e dezir”, refiere que los romanos, por carecer de leyes con las que gobernarse, pidieron ayuda a los griegos. Estos rechazaron la demanda con el argumento de que, por su escasa ciencia, no las merecían. Acordaron entonces unos y otros una disputa pública que, a petición de los romanos, se haría en un “lenguaje non usado”: puesto que no eran letrados y se sentían incapaces de competir con la sabiduría de sus rivales, el pleito se dirimiría con gestos de la mano. Escogieron para ello, frente al sabio griego, a un ribaldo romano, “vellaco muy grand e muy ardid”, a quien vistieron para la ocasión con “paños de grand valía / como si yo fuese dotor en filosofía”. Su reseña de la “diputación”, por el yo-narrador, no tiene desperdicio:

54  Vino ay un griego, dotor muy esmerado, escogido de griegos, entre todos loado; sobió en otra cátedra, todo el pueblo juntado, e comento sus señas como era tratado.

55  Levantóse el griego, sosegado, de vagare mostró sólo un dedo que está cerca el pulgar, luego se assentó en ese mismo lugar; levantóse el ribald, bravo, de malpagar.

56  Mostró luego tres dedos contra el griego tendidos; el pulgar con otros dos que con él son contenidos, en manera de arpón los otros dos encogidos; assentóse el nefio, catando sus vestidos.

57  Levantóse el griego, tendió la palma llana e assentóse luego con su memoria sana; levantóse el vellaco con fantasía vana mostró puño cerrado: de porfía a gana.

58  A todos los de Grecia dixo el sabio griego: “Merecen los romanos las leys, non gelas niego”. Levantáronse todos con paz e con sosiego; grand onra ovo Roma por un vil andariego.

59  Preguntaron al griego qué fue lo que dixiera por señas al romano e qué le respondiera. Diz: “Yo dixe que es un Dios; el romano que era uno en tres personas, e tal señal feziera.

60  Yo dixe que era todo a la su voluntad: respondió que en su poder tenié el mundo,

e diz verdad. Desde vi que entendién e creién la Trinidad, entendí que meresfien de leyes certenidad”.

61  Preguntaron al vellaco quál fuera su antojo; diz: “Dixom que con su dedo que m’

quebrantaría el ojo; d’esto ove grand pesar e tomé grand enojo.

e repondil’ con saña, con ira e con cordojo

62  que yo le quebrantaría ante todas las gentes con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes; dixom’ luego após esto que le parase mientes, que m’ daría grand palmada en los oídos retiñientes.

63  Yo I’ respondí que 1′ daría a él una tal puñada que en tiempo de su vida nunca la vies vengada; desque vio que la pelea tenié mal aparejada, dexóse de amenazar do non gelo precian nada”.

64  Por esto diz’ la pastraña de la vieja ardida: “Non ha mala palabra si non es a mal tenida”; verás que bien es dicha si bien es entendida; entiende bien mi libro e avrás dueña garrida.

Con una notable capacidad de aprehensión de los distintos niveles de lectura del Libro de Juan Ruiz y del contexto en el que se insertan, Louise O. Vasváry, cuya erudición tocante al tema abarca una gran variedad de culturas —latina, alemana, escandinava, norteamericana, mexicana, griega, etc., pero no la árabe o, por mejor decir, marroquí—, llega a las mismas conclusiones a las que llegué yo en mi lectura muy personal del Arcipreste en la Plaza de Xemáa el Fná:

El ribaldo, al menos en la primera parte de la historia, se expresa sólo con signos, lo que le permite un juego lingüístico aún mayor porque los gestos, en cuanto sistema semiótico de segundo orden, se prestan más a la ambigüedad que el lenguaje. Los gestos permiten también al granuja y, no lo olvidemos, al juglar que escenifica la burla, un amplio uso de números cinegéticos y paralingüísticos que no tienen cabida en el formato requerido por las exigencias ortográficas de la página escrita, pero deben ser vistos y oídos y que, si bien perdidos para nosotros para siempre, resultan fácilmente deducibles del contexto. Por ejemplo, el dedo alzado puede haber ido acompañado de una esbozada o clara rotación del antebrazo y de un movimiento hacia arriba (la manga) y quizá de una sonrisa satisfecha y un arqueo de cejas…

Vuelvo a la escenografía juglaresca de Abdeslam en el círculo de espectadores que le contemplan y escuchan. El santurrón ha sido “jodido” o “chingado” por la astucia del chaval callejero. Sus conocimientos religiosos no sirven para nada frente a la experiencia de un pillo que, como el ribaldo romano, mamó de niño “el latín”, no en las aulas sino en la picaresca diaria de la Plaza. Su victoria es celebrada con risas en la balea-, el bribón sin cultura es el “chingador”. Exactamente lo que nos dice el Arcipreste en la lectura sin anteojeras de Louise O. Vasváry:

El verdadero “primo” de la historia es el sabio griego, que no comprende la índole polisémica del sistema de

signos y por consiguiente de todo el debate como erudita discusión teológica frente a un intercambio ritual de injurias, [debate] que depende de la rapidez del actor en encontrar las réplicas adecuadas a [supuestos] insultos provocativos, con objeto de forzar al oponente a asumir un papel de mujer. En tal intercambio ritual, la falta de respuesta equivale a una rendición: si uno no puede devolver la injuria fálica admite que ha sido reducido al papel receptor de aquélla. En corto: el sabio doctor griego y, por extensión, toda la alta cultura, han sido chingados ¡y sin que siquiera lo adviertan!

La experiencia semiológica del público de la balea no debe de diferir gran cosa de la de los oyentes del recitador de Juan Ruiz. Lo de “quebrantar el ojo” tiene una clara connotación sexual. Abdeslam solía incluir el ojo en sus cursos de gramática parda y aunaba la metáfora con un festivo movimiento circular del trasero. Inútil decir que los espectadores captaban inmediatamente el juego, preludio de la consiguiente penetración anal. La oposición / inversión cara / culo, bien estudiada por autores como Bajtín, Norman Brown y Octavio Paz, implica una estrecha relación entre el ano y el ojo. Quebrantar o romper el ojo es quebrantar o romper el culo, transformar al rival en culirroto. La metáfora se reitera en la poesía popular medieval y es utilizada con maestría por Quevedo en su feroz —y digámoslo también repulsiva— arremetida contra Góngora.

Poeta de bujarrones y sirena de los rabos, pues son de ojos de culo todas tus obras o rasgos.

Podría citarse asimismo —los ejemplos no faltan— el soneto 609 del mismo autor, y dirigido también a Góngora, de la edición de sus Obras completas por el profesor José Manuel Blecua:

Que tiene ojo de culo es evidente y manojo de llaves, tu sol rojo, y que tiene por niña de aquel ojo atezado mojón duro y caliente…

Si nos hemos demorado más de la cuenta en el episodio del ribaldo y el sabio griego —y podríamos hacer lo mismo con los de Cruz la panadera, de don Carnal y doña Cuaresma o del Arcipreste / narrador con las serranas, todos ellos contextualizados sin remilgos y con agudeza por la profesora Vasáry— es para recordar que los necesarios conocimientos filológicos y lingüísticos, si se aplican a secas, conducen a una lectura anémica de los textos objeto de su análisis o disección. Sin compartir el desdén de Dámaso Alonso por los eruditos españoles de su tiempo —calificados por él de verdadera “nube de necrófagos indotados”—, creo que la enseñanza en nuestras aulas ahuyenta a menudo al estudiantado de la literatura medieval y del Siglo de Oro con sus enfoques de guante blanco, asépticos y pudibundos. La espléndida labor de Márquez Villanueva —el investigador más cualificado del árbol de nuestra literatura—, así como de Julio Rodríguez Puértolas. Enrique Martínez López. Pablo Jaraulde Pou, etcétera, es desdichadamente marginal: marginada por nuestros normalizadores desde sus posiciones de saber precario, pero poder asentado y firme. n

Juan Goytisolo. Escritor. Carajicomedia es su más reciente novela.

Secretos

A MEDIA CALLE

SECRETOS

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Quizá fuera mi abuela quien me diera a conocer la existencia de los secretos. Y sobre todo, la necesidad, el derecho a tener secretos. En el gran armario de su dormitorio, al fondo de uno de los innumerables cajones, había un resorte que daba acceso a un hueco secreto. Todos los armarios, los grandes armarios —especificaba— tienen un compartimiento secreto.

No sé lo que mi abuela guardaba en aquel lugar misterioso y tampoco recuerdo habérselo preguntado. Lo que más me asombra ahora del departamento secreto del armario de la abuela es que a ella su existencia le pareciera perfectamente lógica, natural. Había algo que sólo era de ella, algo que bajo ningún concepto otra persona podía conocer.

El armario del dormitorio de mi madre siempre ha estado, a su vez, lleno de misterios. No tenía un departamento secreto, pero como mi madre no era ordenada, jamás se sabía dónde estaba una cosa y dónde otra. De hecho, se perdían muchas cosas en el armario de mi madre. Algunas, para siempre. Otras, reaparecían un mes o un año después. Al igual que a la abuela le parecía natural que hubiera en su armario un departamento secreto, mi madre consideraba que el desorden que imperaba en su armario no era desorden. Las cosas se guardan donde, como y cuando se pueden. Esa parecía ser su filosofía sobre el orden de los armarios. Y si durante los meses de verano que pasábamos en Pamplona en casa de la abuela, su gran armario me fascinaba, durante el largo invierno en Zaragoza y luego en Madrid, el desordenado armario de mi madre aún me impresionaba más. Alguna vez le pedía yo algo que creía que ella tenía guardado en su armario e íbamos las dos juntas a buscarlo. La tarea de la búsqueda no era nada fácil y muchas veces tuvimos que volcar sobre la cama las numerosas bolsas que llenaban el armario, y muchas veces comprobamos, con asombro, con alegría, que sí, que aquello que buscábamos estaba allí. Otras veces no encontramos lo que yo quería. Y otras, desde luego, aparecieron cosas mucho más interesantes de lo que yo buscaba.

¿De qué manera provenía la tendencia al desorden que definía a mi madre? Su madre, mi abuela, era sumamente ordenada. Todo estaba siempre en su sitio, nada se extraviaba. El orden dentro del armario era perfecto. Sus hermanas, mis tías, también eran muy ordenadas. La tía Maru, la mayor de ellas, que también pasaba, con su familia, los veranos en casa de la abuela, se instalaba en su dormitorio con su enorme baúl lleno de departamentos de todas clases y tamaños. Cuando salía a la calle, lo cerraba con llave. Al menos, eso era lo que el tío Pedro, su hermano, el único hijo soltero que vivía con su madre, mi abuela, nos decía, añadiendo que un día él conseguiría una copia de la llave del baúl de mi tía porque debía de haber allí cosas muy valiosas. Creo recordar que más de una vez insinuó que mi tía guardaba en el baúl una buena provisión de Cointreau. La tía Maru se reía, feliz de ser el objeto de las bromas de su hermano pequeño. Pero estoy segura de que no era verdad; en el baúl de la tía Maru no se escondía ningún licor. Se escondía todo lo que era ella, una persona a la que le gustaba tener un baúl lleno de departamentos y que se sentía en la necesidad de cerrar su baúl cuando salía de casa. Quería ser dueña de sus secretos, de sus misterios.

En el armario de mi madre, en el que se perdían las cosas para aparecer un día o para desaparecer del todo, tragadas por una especie de duende maligno que quizás habite en los armarios, había una caja de cuero marrón comprada en Marruecos donde ella guardaba el dinero. El dinero de la compra diaria y el que daba a sus nietos cuando iban a verla. En un momento dado, mi madre se levantaba de la butaca y, con aire de misterio, se iba hacia su cuarto. Se oía el chirriar de la puerta del armario. Al cabo —lo que le llevara el encontrar la famosa caja, que nunca estaba en el mismo sitio—, aparecía en el salón con la cara resplandeciente y una de sus manos cerrada. Se sentaba de nuevo en la butaca. En el momento de la despedida, mi madre daba a sus nietos el billete de forma clandestina, como si quisiera que no lo supiéramos nadie, como si deseara mantener ese secreto sólo con ellos.

Cuando ya muy al final apenas podía andar, no renunciaba a ese pequeño recorrido, apoyada en el brazo de alguno de nosotros. No sé en qué momento se realizaba el trasvase del dinero, pero era evidente que a ella le emocionaba, le hacía sentirse cómplice de sus nietos, creaba un vínculo secreto entre ella y ellos. Ya no podía deslizarse misteriosamente por el salón para ir a su cuarto en busca del dinero guardado en la caja de cuero, pero, sea como fuere, el dinero llegaba a sus manos, daba órdenes que parecían crípticas y todos sabíamos muy bien qué era lo que quería. Aquella falta de independencia, ese no poder ir ella por su cuenta a buscar el dinero, le molestaba, le dolía profundamente.

Mi madre, al final de su vida, perdió su armario. Se quejaba de eso alguna vez. Había sido dueña de su armario desordenado que sin duda tenía para ella ciertas claves de orden. No sé dónde están mis cosas, se lamentaba, ya no sé nada. Lo decía con infinita pesadumbre, con los ojos perdidos, desorientada dentro de una casa cuyo control se le había escapado. Ya no podía cultivar sus secretos, aunque persistió en el gesto misterioso con el que entregaba a sus nietos los billetes escondidos en su puño.

Aún le resplandecía la cara en el momento crítico del trasvase, cuando su mano se abría para depositar el billete en la mano de uno de mis hijos, el que aquella tarde me había acompañado a su casa, ya que cada vez se me hacía más difícil ir sola a casa de mis padres. Sobre todo, salir sola de nuevo a la calle oscurecida.

Pienso ahora que quizá mi madre me haya hecho también ese legado, el de saber que quien no tiene secretos no tiene nada. Puede que lo aprendiera de su madre, del gran armario que presidía el dormitorio de la abuela y que guardaba en su interior un lugar inaccesible que sólo su dueña conocía. Y pienso con dolor en su importancia final, cuando no podía ir sola hasta su armario. Pero supo mantener el juego, supo actuar como si aún su secreto le perteneciera por entero. Nunca dio, a la vista de todos, esos billetes que llegaban a sus manos de una forma que ella hubiera preferido que fuese diferente. Pero, una vez que el billete estaba en su poder, el secreto revivía. Eso indica lo muy importante que era para ella, eso me dice que quien no cultiva un secreto se queda sin algo que es sumamente esencial, algo que confiere fuerza y también amor, porque aquel secreto de mi madre tenía esa meta, el de demostrar a sus nietos que existía un vínculo especial entre ella y ellos, algo que los demás no tenían por qué conocer. Y, si de algo estoy segura, es de que mis hijos se lo agradecieron y que aquellas pequeñas sumas de dinero que ella les daba clandestinamente han tenido para ellos mucho más valor de lo que cualquier otra persona, incluida yo misma, le haya podido dar sin ese carácter sagrado del secreto. n

Soledad Puértolas Escritora. Entre sus libros. Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.