Retrato de Carmen bañada en cariño

ESCRITOR EN SU TINTA

RETRATO DE CARMEN BAÑADA EN CARIÑO

 POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Mi vida como escritor, o sea prácticamente toda mi vida, está muy ligada a la persona de Carmen Balcells, a quien en adelante llamaré CARMEN, de la misma manera en que, en los contratos que ella me entrega para firmar, cada uno de mis libros que se queda sin título desde la primera cláusula y pasa a llamarse en adelante LA OBRA, a secas. Imagínense ustedes: con el trabajo que a uno le cuesta encontrar un título que cree realmente excelente para una novela que cree realmente única. LA OBRA de CARMEN es todo lo que queda de uno, desde el primer round.

Aun así la quiero muchísimo y siempre quiero bañarla en cariño mientras discutimos un futuro contrato o cenamos y nos reímos muchísimo. Sin embargo, este cariño mío, el empapado, ha sido entre CARMEN y yo fuente de permanente conflicto, ya que CARMEN opina y ejerce que no se puede mezclar el cariño con los negocios, y yo que sí, que sí y que sí.

Más todavía que su editor, un escritor de suerte común y corriente encuentra siempre que su agente literario se parece tanto a la letra de aquel inmortal bolero llamado USTED, que termina confundiéndolo con cada una de sus palabras. Cito el bolero, para que se me entienda: “Usted es la culpable / de todas mis angustias / y todos mis quebrantos / Usted llenó mi vida / de dulces inquietudes / y amargos desencantos / Usted me desespera / me mata / me enloquece…”. En esto nos parecemos, como dos en Barcelona. CARMEN, el editor, el médico. Claro que nunca habría sabido por dónde empezar mi visita urgente a Diagonal 580…

Quince años más tarde me instalé en Barcelona, a una prudente distancia de Diagonal 580. Iba y venía de mi casa a pie y todo. Lleno de salud, lleno de confianza en la vida. Lleno de lo que realmente fueron los cuatro años felices que viví en esa ciudad inolvidable para mí. Y entonces CARMEN me confesaba, incluso mientras estábamos en su despacho, que yo era el único escritor que la hacía reir mientras negociaba. Aunque claro, inmediatamente reaccionaba, feroz, y en adelante me llamaba Bryce, en vez de Alfredo, y haciendo hincapié en las minúsculas. Así es nuestro cariño.

Por ejemplo. Un día fuimos a la casa linda del amigo médico, en Viladrau. Fuimos a pasar un fin de semana feliz y felices volvíamos a Barcelona y en el camino precioso CARMEN me estaba contando algunos proyectos que tenía. Uno de ellos era que acababan de cerrar Pertegaz, una elegante y clásica tienda de Diagonal 580, y que ella estaba pensando en alquilar o comprar el local, no sé, para instalar un piano bar donde sus escritores la pasaran bien. Le dije que la mayor parte de sus escritores beberían a cuenta de futuros derechos y que no escribirían más, además, y CARMEN me miró furiosa, porque la había pescado pensando en negocios con cariño, aunque con el atenuante de que era domingo.

Se vengó haciéndome feliz. La Navidad se acercaba y ella cada año por esas fechas llena a sus escritores de unos deliciosos turrones. Y me tuvo de repartidor por cuanta calle hay en Barcelona con escritor incluido. Toda una tarde y hasta la noche anduvimos, ella al volante de su hermoso automóvil y yo al timbre de casas y edificios, turrón y turrón. Pero conversa y conversa, también. Una maravilla es ser repartidor en determinadas circunstancias. Y al final le sobraron tres turrones y me dijo bueno, quédatelos, pues; de todos modos tenía que haber uno para Bryce.

Me vengué con un final feliz. Un día me vio partir a Biarritz en un avión pero resulta que el avión llegó sin mí a Biarritz. Aterrada y bañada en cariño, CARMEN envió dos GEOS a que echaran abajo la puerta de mi casa. Estaba vivo y la explicación era tan complicada como hilarante.

Otros escritores se jactan de haber visto llorar a CARMEN.

Yo me jacto sólo de esto,  n

Alfredo Bryce Echenique. Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

El crepúsculo

A MEDIA CALLE

EL CREPÚSCULO

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Si uno logra pasar el crepúsculo, podrá sobrevivir toda la vida”. Es una frase de la escritora norteamericana Dorothy Parker que responde al espíritu de su generación —un espíritu que se encarna de forma ejemplar en el atribulado y vividor Scott Fitzgerald—, aunque vale para todas las épocas. Lo cierto es que el crepúsculo es un momento que se vive con dificultad, en muchos casos con verdadera angustia. A veces, la sensación de crepúsculo nos invade y la melancolía parece irremediable. Se anuncia la noche, el día puede darse ya por concluido, y ¿qué nos queda? A veces, no se ve nada. Sólo oscuridad, noche.

Día a día, nos enfrentamos al crepúsculo, y llega un día en que atisbamos también el crepúsculo de nuestra vida y nos quedamos quietos, pensativos, un poco atemorizados. ¿Se avecina la noche en nuestra vida? Se presiente por primera vez nuestra condición de seres mortales, ¿cómo llegaremos a ese final? Algunos desesperados lo precipitan, otros, también desesperados, desesperanzados, se acercan a él con lentitud. En alguna parte he leído que eso fue lo que le dijo un amigo a —precisamente— Scott Fitzgerald: que, al beber con incontinencia, había escogido una forma lenta de morir.

Pero, como es lógico, todos quisiéramos morir en paz, envueltos en dignidad, impregnados de sabiduría. ¿Es tan fácil adquirir esa sabiduría que nos conduciría por la vida sin perder nunca de vista que hemos de morir y sin que ese pensamiento nos inquiete o angustie? ¿Quién se dedica a impartir estas enseñanzas? No hay. desde luego, ninguna institución pública entregada a esa misión, y por eso no me parece mal, incluso creo que si la hubiera sería muchísimo peor, porque el riesgo de la manipulación es enorme. Sin embargo, el aprendizaje es necesario y. si no nos lo planteamos, corremos el riesgo de entrar, iniciado el crepúsculo, en la siguiente fase de la vida, llenos de malhumor y descontento. He conocido a personas así, cada vez más irritadas e insoportables con el paso del tiempo, y he conocido a personas que, muy al contrario, se fueron envolviendo en un halo de dignidad cada vez más resplandeciente.

Creo que esa dignidad depende de la sabiduría, de aceptar la vida en toda su complejidad. “Conoce los caminos, buenos y malos, y cuando los conozcas, elegirás cuál de ellos quieres recorrer”, escribió la teóloga mística Hildegarda de Bringen en el siglo XII. La sabiduría, si intepreto bien las palabras de Hildegarda de Brigen, no consiste en separarse de la vida sino en tratar de conocerla a fondo, lo que implica conocer el error y también los caminos de la destrucción. La sabiduría es lo más opuesto a la ignorancia. Pero nunca es el dogma. Jamás el esquema. Cuando se han conocido todos los caminos, los buenos y los malos, los que nos han hecho felices o desgraciados, los que nos han mostrado maravillas o espantos, los que nos han aportado seguridad o dudas, los que nos han dado confianza en nosotros mismos y en los demás y los que nos la han quitado… Si conocemos los innumerables caminos que, asombrosamente, caben en una sola vida, evitaremos, en lo posible, caer en la mezquindad; ese conocimiento, muy probablemente, nos hará generosos y, si no llegamos a alcanzar la sabiduría, sabremos, al menos, que la hemos buscado.

No es fácil aceptarlo, pero el error, como la enfermedad, como la derrota, son parte de la vida. Parte esencial. “Nada se derrumba cuando se convive con el derrumbe”, escribió un filósofo cuyo nombre he olvidado. Pero la frase se me quedó grabada en la cabeza y me la he repetido en muchas ocasiones, todas esas veces en que he sentido que algo se derrumbaba dentro de mí o cuando he perdido algo que consideraba esencial o cuando no alcancé una meta que me parecía importantísima. Esta frase me ha consolado porque encierra una profunda verdad. Es la frase de un sabio. Ojalá me haya ido penetrando algo de la sabiduría que se contiene en la frase.

En todo caso creo que es precisamente cuando se atisba el crepúsculo cuando nace la conciencia de que hay que saber vivir. No deja de ser curioso que se llegue a esa conclusión cuando ya se han vivido algunos, bastantes años. Vivimos sin saber cómo vivir, pero de pronto, en un atardecer iluminado por los suaves colores que el cielo cobra mientras desciende el sol, nos lo decimos, algo impresionados: tengo que aprender a vivir. No importa cómo se ha llegado a ese momento, pero surge como una revelación y la revelación viene envuelta en una extraña calma, como la escena final de una película en la que se nos han mostrado lados distintos de la vida para concluir que todavía nos quedan muchos más por descubrir y que la belleza está ahí, en esa imagen final que nos deja inmóviles en la butaca de la sala de proyecciones, conmovidos.

Porque cobrar conciencia de todo lo que aún se desconoce, de todo lo que nos queda por saber, conmueve, emociona. La vida no ha terminado. Quizás empiece ahora, en el mismo instante en que se produce la revelación. Todo es vida, desde luego, pero después de la revelación la valoramos mucho más, la entendemos más, la aceptamos en toda su inabarcable dimensión. Sabemos ya que es inabarcable, que está por encima de nosotros. La vida nos vence y nos premia.

Leí hace unos días en el periódico la frase de la hija de un hombre que murió acuchillado en una pelea. Dijo entre lágrimas: “sería su hora de morir”. No estoy hablando de resignación, ni mucho menos. En el colegio de mojas en el que me eduqué (?), me hablaron mucho de resignación. En la sabiduría también se incluye la rebeldía. La sabiduría no es pasividad ni nihilismo. Pero quizá no esté mal que consideremos que hay horas para todo, horas para vivir y horas para morir,         n

Soledad Puértolas. Escritora Entre sus libros. Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.

Elias Canetti (1905-1994)

FOLIO DE NEXOS

ELIAS  CANETTI (1905-1994)

En su ensayo “Diálogo con el interlocutor cruel”. Elias Canetti (1905-1994) afirmaba que sus apuntes sueltos (Aufzeichnungen) eran, al mismo tiempo, espontáneos y contradictorios, porque brotaban de una tensión irritante: Es inevitable que un trabajo cd cual nos dedicamos día a día. muchos años, nos resulte a veces arduo, estéril o tardío. Lo odiamos, nos sentimos cercados por él: sentimos que nos deja sin aliento. Iodo lo que hay en el mundo nos parece más importante que él y nuestra limitación nos hace sentirnos torpes”. Mientras escribía Masa y poder (1938- 1960), Canetti anotó, sin elección previa, lo que le pasaba por la cabeza. Estos apuntes fueron siempre una especie de antídoto contra el desaliento, excursión más allá del trabajo impuesto, válvula de escape de sus inclinaciones literarias. Durante cincuenta años (1942-1992), Canetti conservó la confianza en la espontaneidad, que es el oxígeno de este género de apuntes; escribió cosas que jamás hubiera sospechado en sí mismo, que se contradecían con su historia, con sus convicciones, con su forma de ser y su pudor, con su orgullo y su verdad, siempre defendida con obstinación.

Entre aforismo y diario íntimo, agenda y bitácora de lecturas, crítica de ideas y recuento de mitos, este registro se convirtió en un nuevo género. Los apuntes sueltos resumen una insólita pasión literaria: Apuntes sueltos (1942-1948), Toda esta admiración dilapidada ( 1949-1960). La provincia del hombre (1942-1972), El corazón secreto del reloj (1973-1985). El suplicio de las moscas (1986-1992). Hampstead. apuntes rescatados (1954-1971) y Apuntes (1973-1984).

“Quien realmente quiera saberlo todo”, escribió Canetti. “lo mejor que puede hacer es aprender de sí mismo. No deberá tratarse con miramientos, sino más bien como si fuese otra persona: no con menos, sino con mucho más dureza”. Esta nueva serie de apuntes postumos se publicaron en diciembre de 1999. y abarca los años en que Canetti escribió los tres volúmenes de su autobiografía. La lengua absuelta (1977). La antorcha al oído (1980) )’E1 juego de los ojos (1985). Su pasión por los libros recuerda la biblioteca de Kien. el personaje de Auto de fe, su única novela Hoy. cuando una biblioteca entera se puede condensar en un CD. los libros en Canetti condensan la sabiduría del pasado que debemos redimir, la antigua utopía occidental: lograr que la minoría de lectores llegue a ser la mayoría del mañana.

—José María Pérez Gay

¿Las presiones son para el verano?

BARÓMETRO.

¿LAS PRESIONES SON PARA EL VERANO?

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

Cuando este “Barómetro” se conozca, las presiones atmosféricas de que trata de dar cuenta habrán cambiado mucho. Las bajas presiones podrán haber dado lugar a altas pasiones y el país se preguntará qué falta por ocurrir, en un clima donde todo ha pasado. El IFE habrá dado a conocer los datos de su programa de resultados preliminares y los consejeros habrán pasado o no la prueba de ácido de todo árbitro que se respete: aprovechar o no la oportunidad de quedarse callados. La ciudadanía habrá mantenido su convicción en la democracia que emerge a través de las urnas, pero nada se puede decir hoy, 1 de junio, de lo que vayan a hacer y decir partidos, candidatos, medios informativos. La vorágine de la incomunicación puede llegar, en esos días iniciales de la formación de un nuevo gobierno, a simas indeseables pero no imprevisibles, y mucho de lo construido en instituciones y leyes para la política moderna y democrática estará a prueba. Nadie, mucho menos leyes y organismos tan nuevos como el COFIPE, el IFE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, está a salvo de unas embestidas como las que todavía puede producir una lucha por el poder que pasa por los partidos, sin duda, pero que no ha respetado las fronteras culturales e institucionales que se supone son propias de la democracia. De aquí la importancia decisiva de la voluntad política que pudo haberse forjado en las cuatro semanas de junio. Las convocatorias hechas por escritores y analistas y Linos cuantos políticos, toparon con los cálculos de los estrategas del día o la mañana siguiente: adelantar un compromiso con la legalidad electoral y, de esta manera, con los resultados del 2 de julio, puede abrir la puerta a todas las trampas que la caja de Pandora del PRI-gobierno aún guarda; comprometerse de modo expreso con lo que digan unos organismos poblados de “enemigos del gobierno” embozados y no tanto, puede implicar hacer pública la rendición de antemano y mandar una “señal” equívoca a la poderosa maquinaria que hizo posible tanta y tan benéfica estabilidad para México. Esos parecen ser, en los extremos si se quiere, las cavilaciones y los argumentos que se esgrimen en los cuarteles generales del triángulo de las Bermudas mexicanas para negarse a siquiera considerar aquello del pacto para la civilidad, la gobernabilidad o similares. Más que convenio, habría que reclamar un claro compromiso con las instituciones que ellos, los partidos grandes, diseñaron y aprobaron en 1996, pero el tiempo parece haberse agotado. Ya veremos.

No todo es tormenta anunciable. Según la encuesta que mes a mes hace el Banco de México sobre las expectativas económicas para el cierre del 2000, entre 30 grupos de análisis económico, la economía parece haber “descontado” los remolinos electorales y todo apunta a un cierre feliz. Eso dice, al menos, la entrega del Banco de México del último día de mayo. Vale la pena reseñarla brevemente para, entre otras cosas, ver luego qué ocurrió a lo largo de este tremendo junio.

En lo tocante al crecimiento del PIB, los expertos esperan una tasa de 5.5% al año, en tanto que en enero de este año esperaban que fuese inferior a 4.5%. La inflación, que en enero se estimaba cercana a 11% anual, se prevé ahora inferior a 10% para llegar a la ansiada meta de un dígito (9.11% en el año). Se espera también que al cierre del 2000 las tasas de interés sean de 14% aproximadamente, cuando en enero se preveía que al final del año serían de 16%. Por último, pero no al último, este mes de mayo los expertos han previsto que el tipo de cambio, el coco mayor del último cuarto de siglo mexicano, llegará en diciembre a 9 99 pesos por dólar, mientras que en enero estimaban que al final del año sería cercano a los 11 pesos por dólar.

Diría el exégeta: “La economía se liberó del yugo de la in- certidumbre autoritaria que explotaba cada cambio de mando en Los Pinos, y la novedad del nuevo siglo, la democracia y lo incierto de sus resultados electorales, no parece quitarle más el sueño”. ¿Será verdad tanta belleza? Como siempre, salvo en los territorios del dogma y el furor satánico, sí y no. En mayo, por ejemplo, los analistas han estimado que el principal factor de riesgo para la recuperación es la incertidumbre política que calculan en 26%, cuando en abril la ubicaban en 22% y en marzo en 18%. El segundo factor de riesgo lo representan los movimientos en las tasas de interés externas, que significaban 15% en mayo, superior en un punto porcentual a lo estimado en abril (14%) y en dos a lo que se calculaba en marzo. La política (democrática o no)

y el talón de Aquiles de la vulnerabilidad externa, ahora condensada en las tasas de interés, se mantienen así como los puntos críticos de una recuperación cuyo éxito no puede medirse sólo en los equilibrios o el crecimiento alcanzados, sino en su capacidad para abrir paso a una expansión efectiva y traducible pronto a niveles de vida contantes y sonantes para todos. Habrá que ver lo que nos trae the morning after… y sin Jane Fonda.

Ayuda de memoria

Todos los aspirantes presidenciales coinciden en la necesidad e importancia de una educación de calidad y para todos. La quieren laica, gratuita, de excelencia y casi de la cuna a la tumba, como en el Welfare State de Beveridge. Nadie nos ha dicho todavía lo que querría hacer con un sindicato ingobernable, un presupuesto insuficiente y fuente de conflictos sin fin y sin fecha, y una sociedad que todos los días siente y resiente cómo una brecha clasista se abre en materia educativa, de la primaria o la preescolar, a la universidad y hasta el posgrado. Instituciones para la calidad, que no impliquen atropellar derechos laborales e individuales, y financiamiento adecuado y seguro, siguen como asignaturas por cursar y para las que no hay exámenes extraordinarios ni planes intensivos. En educación, aquello de que sin prisa pero sin pausa es el mejor antídoto para la demagogia inclemente que aquí y en todos lados acompaña a la cuestión educativa. Item más: la cultura se mencionó por fin en el segundo debate de los presidenciables que se autodefinen como más seguros, pero… para qué seguir si tiempo hay de sobra.

Los libros sobre la mesa

Demasiada campaña y muchos libros sobre esta caótica mesa. David Ibarra ofrece ahora El nuevo orden internacional (Aguilar), texto que aumenta la bibliografía obligatoria para que la economía política mexicana, tan absorta en lo inmediato, vuelva a mirar y pensar en el largo plazo. Hay que decirlo y repetirlo: contrariamente a lo dicho por Keynes, para nosotros el largo plazo es la vida, porque en el corto, a pesar de lo alcanzado, estamos muertos. Dos autocomerciales, tres: antes de que termine el mes de junio, el Fondo de Cultura Económica habrá puesto a circular México 2030, libro colectivo coordinado por Julio Millán y Antonio Alonso Concheiro en el que se explora la construcción de varios de nuestros futuros. La Fundación Carlos Pereyra, que tengo el honor de presidir, puso ya a circular Configuraciones, revista trimestral de ensayo. También empezará a verse en librerías Por un acuerdo en lo fundamental, del Instituto de Estudios para la Transición Democrática, la Fundación Ebert y Miguel Angel Porrúa. En las tres aparece la firma de este articulista, pero muchas más. A comprar y leer, que el verano se va a acabar,   n

Rolando Cordera. Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

Fáules sin costo

FÁULES SIN COSTO

POR JOHANNES BURGOS

La  desastrosa temporada profética que pasó este redactor lo lleva ahora al ejercicio de otro género, quizá tan irrealizable como el otro: el que tiene que ver, por decirlo así, con cuestiones legales. El pasado mes de junio pudimos asistir mediante la televisión a un gran fútbol: la Copa Europea de Naciones. Y un solo pero: ese gran fútbol no rendía más por la desmedida cantidad de fáules en cada partido. Ni siquiera ese fútbol escapó a lo que ocurre ya en todas partes. Entre fáules, faulecitos y faulezotes, las interrupciones son tan constantes que dan ganas de replantearse, nuevamente, ciertas reglas.

Los fáules no son penados debidamente en el fútbol, a menos que sean “de tarjeta”. Pero en lo que llega un fául “de tarjeta”, ocurren muchísimos otros fáules sin consecuencia para el que faulea. Sabemos que las patadas, los fáules, son parte del juego. Pero en realidad hay fáules que parecen no ser parte del juego. Mejor dicho: es como si no hubieran existido, más allá de la penalización inane, el 90% de las veces, por la cual el equipo fauleado reanuda el juego con balón a tierra. Hay ya el descaro de hablar de “fául táctico”: detener con un fául leve, y sin costo, al que lleva el balón en situación de peligro.

Ahora: quién sabe por qué motivo la liga de fútbol soccer de Estados Unidos retiró de su competencia una de las que pudieron ser sus principales aportaciones al fútbol: el shoot-out. En realidad en la Major League Soccer usaban el shoot-out para dirimir empates —ahora, como en todo el mundo, en la MLS en caso de empate a cada equipo se le da un punto, y  ya— y obtener un ganador. Pero aún sería posible, y la FIFA debiera pensarlo, la adopción del shootout, tal como se ejecuta en el “fútbol rápido” (o como lo bautizaron sus inventores norteamericanos: “indoors-soccer”), que en cuanto a reglas es efectivamente una mezcla de fútbol, basquetbol y hockey. Así, en el “fútbol rápido” no hay fául, por leve que sea, que no acabe costando a la larga. Hay, claro, tarjeta roja de expulsión; la tarjeta amarilla saca al infractor cinco minutos, e incluso hay una tarjeta azul que “congela” al infractor dos minutos. Adaptar esto al Fútbol (sí, el único, con mayúscula) haría que por algunos fáules un equipo infractor jugara con un hombre menos durante cierto tiempo efectivo, digamos 15 minutos por amarilla y diez por azul. (Y por cierto, como en el basquetbol, el jugador que hace cinco fáules personales debe abandonar el juego y ser reemplazado por otro.) Pero lo importante es que cada seis fáules por equipo, el equipo fauleado cuenta con un shootout-. desde un punto “penal” ubicado a la mitad, entre la portería contraria y la media cancha, un tirador mueve el balón para avanzar, solo, contra el portero, que puede salir a atacarlo. Los demás jugadores de los dos equipos deben ponerse en la línea de la media cancha, y pueden entrar en acción —les queda lejos, de eso se trata— sólo cuando el jugador que cobra mueve el balón hacia la portería penalizada. Es, por lo demás, una jugada emocionante: prácticamente un “mano a mano” entre el portero y el que ataca. Y resulta, en abono, más futbolística que el mismo penalty. (Esto no sugiere, por supuesto, la proscripción de los penalties. Au contraire. que haya un castigo justo para cada falta, o acumulación de faltas. Podría darse el caso de un penalty y, luego, un shootout.)

¡Queremos solución! ¡Basta ya de manchar, de modo inconsecuente, el bello juego! ¡Por un fútbol donde todos los fáules cuesten! ¡Andale, impune, que dejarás de serlo: jálale la camiseta, al fin que ahí viene el shootout. Shoot-outs o foulplay. disfrutaremos! ¡FIFA, desespera: seremos tu Greenpeace hasta que cumplas!   n

Los espejos

NOCHES CON CABIRIA

LOS ESPEJOS

POR RAFAEL PÉREZ GAY

No  dejan de volver a la vida asuntos que parecían perdidos para siempre, en la memoria. Regresan con toda la fuerza del recuerdo, como si ocurrieran en el presente. Un pacto secreto entre el azar y las circunstancias despierta a la noche del pasado, le da vida a una época que reposa en el olvido.

Nadie ha hecho el cálculo de los kilos de papel que Marcel Proust se gastó, los litros de tinta que corrieron sobre sus infolios y el número de veces que repitió la operación de remojar la pluma en el tintero para demostrar, bajo la forma de la memoria autobiográfica, lo que acabo de escribir. En el producto extremado de esa obsesión perfecta, En busca del tiempo perdido, desde Combray se podían tomar dos caminos: uno del lado de Meséglise, conocido también como del lado de la casa de Swan, y otra ruta del lado de Guermantes, que conducía a ese mundo. En el Combray íntimo de Cabiria, uno de los caminos conduce a su pasado. De esa provincia extravagante se desprendió, una mañana, esa rara trama de la memoria que suele resolverse en un teatro de los sueños.

—Armijo, un viejo amigo —dijo Cabiria parada frente al espejo, mientras se enchinaba las pestañas con una cuchara—. Armijo decía que el sexo es como el dinero, nunca es suficiente. Por esa razón ancestral tenía una obsesión a la que dedicaba todo el dispendio de su talento: conocer mujeres y llevárselas, si podía, a la cama. Armijo esmerilaba el sueño de su monomanía con el cuidado de un artesano. Actuaba con método profesional y, a la vez, desordenado arrebato. No le importaba la edad, la estatura, la situación jurídica, la raza o el credo de las mujeres.

Cabiria interrumpió el principio de la historia para pintarse los labios. Cuando terminó, una huella roja se estampó en un kleenex y matizó el color labial. Me enteré de que Armijo siempre tenía un motivo poderoso para seguir a una mujer: porque sufrían el tormento de la soledad, porque bebían sin censura, porque eran flacas nerviosas, o gordas irredimibles, porque vivían la rutina de un amor sedentario, porque lo superaban en edad y en fantasías, porque era célebre su sexualidad desatinada, porque tenían hijos que les alegraban las mañanas, porque habían renunciado a sus sueños, porque estaban tristes, porque reían como hienas. Los motivos salaces de Armijo para acercarse a una mujer lindaban con la diversidad de la naturaleza humana. Cabiria me confesó que nunca conoció el fruto trascendente de esas persecuciones, pero sabía mediante informes precisos que la traslación de la vida de Armijo giraba alrededor de las mujeres y el sexo como los sacrificios de un santo.

—El sexo es una servidumbre —diagnosticó Cabiria, y fundamentó su invectiva—. Alguna vez escuché una declaración de Luis Buñuel que no he olvidado. Buñuel decía que una de las cosas que más le agradecía a la vejez era la de haber derrocado a ese tirano que gobernó su vida genial sin piedad y sin descanso: el sexo.

Por razones aún desconocidas, detrás de la catedral buñueliana de sabiduría, asomó en mi cabeza la luz instantánea de un aforismo del escritor irlandés Samuel Beckett. Le dije con de algo arrogancia:

—Theres no love; only   fucking.

Ambos sabíamos que entre la catedral y la luz ocurren vidas enteras, deflagraciones de la emoción, paraísos y tormentos desprendidos de los alocados huracanes de la pasión.

—Así vivía Armijo, y nunca leyó a Godot —me respondió Cabiria mientras se peinaba las cejas con los dedos índice de sus manos largas—. Igual pensaba Minerva, no la clásica, sino mi amiga de siempre.

Cabiria tuvo entonces una inspiración y me contó de Minerva, de sus amores desmedidos. Me contó que para ella, para su amiga clásica, el fuego de las palabras propagaba la lujuria descarada. Me contó de posiciones indescifrables aun para anatomistas reputados. Me contó sin detenerse de vanidades estadísticas que traspasaban la locura orgàsmica de Minerva. Me contó que las armas al hombro le parecían, a ella y a Minerva, una postura anticuada, impráctica y martirizante. Me contó que el beso del payaso lograba orgasmos con vientos de doscientos kilómetros por hora, una tempestad. Remató con una certeza: la sexualidad es siempre un caso de sugestión compartida.

—Minerva era de armas tomar —se rio Cabiria en el doble sentido y se lubricó los labios con la lengua, como si quisiera expresar algo que no terminó de decir.

Desde tiempo atrás Cabiria y yo sabíamos esto: el ejercicio del amor parece excepcional, pero en realidad la fuerza de su atracción vuelve a las gentes comunes y corrientes, los devuelve a un estado indiferenciado donde todos son iguales, aun cuando aceptamos que la vida finca sus verdades en la desigualdad. Así opinaba Baudelaire cuando escribió esta línea: “el sexo es el lirismo del pueblo”. Confieso ahora, ya que de eso se trataba esa plática, que calculé mi rebelión al mandato de las perplejidades que la memoria de Cabiria me había preparado esa mañana.

El lector sabrá entender si digo que a veces uno siente unos deseos incalculables de mentir. Cedí a esa tentación y a la vanidad de las historias inverosímiles. Fabriqué para Cabiria la falsa trama de una pareja que logró conjurar en la cama los trabajos forzados del amor. Le conté que durante un tiempo largo, casi inmerecido, esa pareja arreglaba su porvenir inmediato con un interés sólo visto en las acaloradas discusiones de Masters y Johnson. Sin respetar el clima, los horarios o la composición de la bóveda celeste, se metían en la cama y en sus cuerpos repitiendo su letanía de obscenidades con la devoción religiosa de un Papa. La noche les entregaba sin resistencia conocimientos eróticos múltiples, las mañanas quedaban desiertas de amenazas debido a la bendición de sus amores sucios, naturales como el origen de las civilizaciones. Entusiasmado con mi propia mentira, le detallé a Cabiria escenas sólo para adultos y me esmeré en la extraña creación de esa pareja.

—Habían inventado un mundo para la noche que no excluía los sueños realizados en distintos tugurios de la ciudad.

—¿Compraban caricias? —se rio Cabiria a un paso del nerviosismo.

—Así llegaron al día miserable en que descubrieron que estaban enamorados. Fue la ruina —mentí satisfecho.

—Theres no love… —repitió Cabiria sin terminar la frase—. No puede ser.

—No puede ser, qué.

Hubo una pausa. Cabiria estableció que sólo a ella, a nadie más, la unía con Minerva una amistad cimentada en la indiscreción de las intimidades. Envuelta en el asombro, me confesó que era imposible que yo conociera con tanto detalle la historia de Minerva, la clásica, con Armijo. Son rarísimos los caminos que eligen los secretos para revelarse. Yo había descubierto casi por equivocación que, como en un juego de espejos, Cabiria endosaba cheques en el banco de las emociones a nombre de Minerva. “No es la primera vez que alguien queda atrapado en una mentira”, pensé, y dije otra cosa:

—At last the secret is out, escribió W. H. Auden.

Así conocí, mediante un pacto del azar y la memoria, una parte de la vida secreta de Cabiria.          n

Rafael Pérez Gay. Escritor. Su más reciente libro es Cargos de conciencia

La reconcilación: A la hora del café

LOS EDITORES

LA RECONCILIACIÓN: A LA HORA DEL CAFÉ

Pocas veces como ahora las sobremesas se han convertido en el lugar donde se expresa la pluralidad política mexicana, donde lo público se toca con lo privado. Pocas veces como ahora, la política, un asunto público, se ha insinuado con tanta fuerza como una disyuntiva privada: ¿por quien vas a votar? Era la pregunta más repetida cuando se servía el café. El caso es que la política entra por la ventana sin permiso alguno y ocupa su silla en la dimensión privada Como en una larga sobremesa, el país ha vivido una dura etapa de competencia electoral pero es la hora de cerrar ese tiempo de disputa para iniciar otro: el de la reconciliación.

La democracia no sólo incluye confrontación y polémica sino construcción de acuerdos. la política no es la continuación de la guerra por otros medios, sino la condición de la paz, la posibilidad de organizar la convivencia pacífica de las diferencias. Se trata de elegir una opción de gobierno y luego gobernar junto con los adversarios. Eso no será posible si la hostilidad y los agravios se imponen a la reconciliación. La reconciliación significa que en la democracia no hay perdedores definitivos. Se vive una convivencia plural, pero la rivalidad nunca debe traducirse en antagonismo excluyente. Pierda quien pierda, las elecciones no son el único momento del cambio. También, debemos recordarlo, hay otras instancias de gobierno, como la Cámara de diputados y la de senadores, que representan el pluralismo ciudadano y tienen un papel decisivo para promover, continuar y conducir las reformas legales, políticas, sociales y culturales que aún faltan. El 3 de julio debemos dejar atrás el periodo de pugna y beligerancia para dar paso a la época: a ciclas negociaciones y los acuerdos, y lograr consolidar la normalidad democrática, la mejor manera de hacerlo es confirmar el compromiso con la legalidad.

Los contrincantes electorales no son enemigos que deban aniquilarse, sino apenas adversarios: otras opciones políticas que formarán parte del Estado democrático. Se gane o se pierda la elección presidencial, es seguro que los partidos con registro alcanzarán representación en alguna instancia de gobierno: el orden institucional reflejará la pluralidad nacional. Eso significa que los adversarios de hoy serán los negociadores de mañana. Si alentamos tendencias hostiles, después será aún más difícil reanudar con responsabilidad la vía de la negociación y las reformas para acordar la gobernabilidad. La política mantiene abiertas las posibilidades de coexistencia entre las diversas posturas y permite conciliar y moderar las opiniones divergentes.

Si los asuntos públicos compartieron el café con la vida privada en sus días de enfrentamiento, después de esta larga campaña electoral la reconciliación debe comenzar ahí, en las sobremesas, donde se tejió la discordia. Es hora de imaginar una reconciliación que ofrezca un nuevo régimen democrático y plural. El nuevo tiempo mexicano espera sobremesas tolerantes como preludio a la reconciliación  pública,            n

El tirano y su séquito

SERPIENTES Y ESCALERAS

EL TIRANO  Y SU SÉQUITO

POR ARTURO FONTAINE TALAVERA

La fiesta del chivo pertenece a la gran tradición de la novela del dictador. Mario Vargas Llosa explora ahí los efectos de la tiranía en los círculos próximos al poder, las formas que adquiere para obtener la sumisión absoluta y la terrible paradoja de que, para ser creíble, la verdad necesita presentarse con el ropaje de la mentira. La figura central es Rafael Leónidas Trujillo, un personaje que operó en los límites de la crueldad, la encarnación misma del mal. Este artículo desarma los mecanismos creativos de la novela y nos hace partícipes de la intensidad con la que Mario Vargas Llosa vive sus ficciones literarias.

El conde-duque de Olivares, el hombre más influyente y temido en la España del siglo XVII, llegó, cuenta su biógrafo John Eliot, a besar el orinal de su rey, Felipe IV. El ministro omnicompetente hizo este gesto para indicar así su completa incondicionalidad, su irrestricto vasallaje. El incalculable poder de los validos tenía sólo un límite: el favor del gobernante. A un hombre consumido por “la pasión de mandar”, como otro de sus biógrafos, Gregorio de Marañón, describió al conde-duque, besar el orinal le pareció un precio aceptable. Este orinal camino de los labios del conde-duque se me viene a la mente a propósito de La fiesta del chivo.

Trujillo, el “Jefe” de la novela reciente de Mario Vargas Llosa, tiene cáncer de próstata, y su orina se le escapa sin aviso ni control posible. En un hombre tan pulcro y partidario de la limpieza como él —se dice que jamás suda— este desorden de su organismo envejecido en el ejercicio del poder resulta particularmente contradictorio y humillante. La incontinencia y, después, la llegada ominosa de la impotencia sexual castigan en la novela al gran macho cabrío del país, al “Chivo”, como si representaran la mano vengadora de los súbditos que no pueden hacerlo.

La novela explora especialmente los efectos de la dictadura en el círculo inmediato del régimen, las formas oblicuas, tortuosas, secretas de sumisión que padecen quienes detentan el poder por encargo del Jefe y mientras cuentan con su favor. La pérdida de ese valimiento aniquila la vida pública y privada de ése que hasta ayer se desplazaba rodeado a dónde fuera por el halo magnético que confiere el poder sobre los demás. Trujillo tiene en sus manos la suma del poder político, militar y económico. Ha creado prácticamente el ejército y es además dueño de las principales empresas. No es posible ganarse la vida en la República Dominicana si él se interpone. Controla a su gente empleando los dos mecanismos más poderosos de que disponen las dictaduras: las armas y el estómago. Es la gran lección del estalinismo, como lo denunciara en su momento Trotsky. En tal caso caer desde un cargo importante es arriesgar la subsistencia. Le ocurre al senador, al ministro, al influyente “Cerebrito” Cabral. Incluso más que el hecho mismo lo martiriza no saber por qué ha caído en desgracia. Está dispuesto a sacrificar lo que más quiere para indagarlo.

Urania no quiere, no sabe ni puede perdonar. Es una mujer buenamoza, una profesional de talento y éxito que vive en Nueva York, transita por la vida  embalsamada por la memoria de su propio dolor. Para Urania, el horror de la dictadura sigue ocurriendo. Pese al tiempo transcurrido. En la escena que abre la novela ella, de vuelta en Santo Domingo después de treinta y cinco años, le habla a un padre decrépito y apopléjico que “parece embutido en el asiento”. A sus pies hay “una bacinilla medio llena de orina”. Cabral, el antiguo prohombre del régimen, ya no puede hablar ni oír, aunque quién sabe. Su terrible historia parece un monólogo interior recorrido, sin embargo, por algo que difícilmente puede tener un monólogo: suspenso. Porque uno de inmediato quiere y necesita averiguar si el padre reaccionará y cómo: “En el viejecillo hay una agitación interior, movimientos de las manitas huesudas, pálidas, de dedos afilados, que descansan sobre sus piernas. Pero los ojillos, aunque no se apartan de Urania, se mantienen inexpresivos”.

Unas páginas después estamos ya entre los conjurados que esperan en un auto el paso del dictador para asesinarlo. El atentado hace transpirar. Estas líneas tienen el vigor juvenil de las mejores páginas de La ciudad y los perros. Uno “ve” lo que está ocurriendo. Y al mismo tiempo nadie sabe mucho qué está ocurriendo. Se cometen errores, se balean entre ellos mismos. ¿Por qué demoran tanto en rematar o en atender a esos heridos? Uno sabe que es testigo de esa confusión y casi quisiera hacer algo.

Como don Quijote cuando atacó y despedazó espada en mano el teatro de títeres de Maese Pedro para socorrer a don Gaiferos que galopaba con Melisendra al anca perseguidos por los moros.

Vargas Llosa genera esta ilusión de cercanía a los hechos más bien por lo que no narra. No recuerdo haber leído una escena de violencia mejor narrada.

La fiesta del chivo es una novela de acción y el más entretenido de los libros de Vargas Llosa que demuestra una vez más su maestría para dosificar la información. La acción, a la manera de Faulkner, se descompone en una pluralidad de tramos, por así decir, que se recorren desde el prisma de distintos personajes. Cada tramo tiene un suspenso propio y queda englobado a su vez por el suspenso del relato mayor del que forma parte. La estructura de voces narrativas en contrapunto es análoga a la de Conversación en La Catedral, pero en La fiesta del chivo el relato se vuelve más vertiginoso. Vargas Llosa se documentó minuciosamente para “mentir”, como ha dicho, “con conocimiento de causa”. Cuanto sucede en el libro sucedió o al menos debió suceder. Muchos de los muchos personajes que el autor bosqueja con trazos rápidos y recordables, son reales. Una novela realista e histórica, entonces, y que tiene mucho de reportaje. El verismo de la novela llega a los más mínimos detalles: los cantantes de la época, los nombres de los restaurantes…

¿Por qué la ficción entonces? ¿No nos basta la historia? Pareciera que para un escritor realista hay nudos de tensión cuya intensidad reclama la ficción. Sabemos que lo que ocurre es más de lo que podríamos llegar a saber que ocurrió. Lo que el periodista o el historiador describen es la punta del iceberg. La imaginación completa, profundiza y así confiere vida. Un novelista trabaja a partir de esta actividad de interpretación imaginativa.

Los personajes y episodios de esta novela, operando en el interior de los límites que impone un contexto histórico determinado. logran, sin embargo, encarnar zalamerías rastreras, odios, miedos, lealtades perrunas, abusos inauditos, sueños de justa venganza, de ambición, corrupciones, momentos de arrojo heroico, y miserias y grandezas que valen más allá de ellos y en cualquier lugar.

El fenómeno del poder —tema recurrente en la obra de Vargas Llosa— siempre tiene algo de lo que se padece de modo terrible en esta novela. Sobre todo si el poder está en manos de un dictador.

Los solapados abogados consejeros como Henry Chirinos, se dan. Los jefes de la policía secreta como Johnny Abbes, se repiten. Y los prohombres caídos de pronto desde las alturas al abismo, como el senador Cabral. Esta es la historia particular de Trujillo y, por serlo a fondo, la trasciende. La novela lo consigue sin recurrir al expediente de la alegoría.

En la presentación de su libro en Chile, Vargas Llosa dijo que se había propuesto no escribir nada que no hubiera podido ocurrir. Y habló de Flaubert, de Balzac, de Dickens, de Tolstoi.

¿Por qué me interesa la reafirmación del realismo en la literatura latinoamericana actual? Como antídoto contra el pintoresquismo. Creo que el realismo mágico, después de la obra de los inauguradores, se ha vuelto un viejo tópico. El viejo criollismo no convence justamente por ser pintoresquista. Hoy esa mirada se canaliza a través de lo fantástico. Salvo contadísimas excepciones, esa imagen fabulosa y fabuladora de lo latinoamericano, esa búsqueda de su identidad colectiva en la invención de mitos esteticistas, me parece cada vez más frivola, cuando no, simplemente, un resultado de la condescendencia.

El pintoresquismo no respeta lo local porque anda en busca de lo exótico. Es una suerte de turismo de palabras. La complejidad y el dolor le son ajenos. Cuando García Márquez se propone escribir sobre el secuestro, es decir, encarar el horror de verdad, abandona la novela y escoge el verismo desnudo del reportaje. Es sintomático. El realismo mágico no le dejaba alternativa.

Como en las buenas novelas de aventuras en La fiesta del chivo el villano se reconoce desde el principio: es, por cierto, el dictador. Trujillo carece de carisma.

No hay nada en él que explique el dominio que ha adquirido. Salvo eso de que nadie puede sostenerte la mirada. ¿Por qué? Seguramente es más una consecuencia que una causa de su poder sobre los demás hombres. Pero cualquiera sea el motivo, eso ocurre e intriga. El relato avanza sin detenerse en las razones de su mando sostenido por más de treinta años. No hay tiempo aquí para detenerse. La prosa corre con la vitalidad de un perro de caza que ya olfatea su presa.

Este libro no se demora en los mundos interiores y subjetivos. Se juega más bien a la conducta exterior. Es una novela pública o política, si se quiere. Y en ella, como recomendaba el viejo Aristóteles, los personajes se definen por lo que hacen, por sus acciones.

Incluso muerto, la figura del “Benefactor de la patria” sigue, por un tiempo, gobernando. Así. el general Román, a cargo del ejército, está en la conjura. Sin embargo, asesinado el dictador y llegada su hora, inexplicablemente cambia de bando e intenta borrar las huellas y testigos de su complicidad. Al hacerlo, en una de las secuencias más absorbentes de la novela, el general Román va revelando paso a paso su propia e indesmentible culpabilidad. No obstante, una vez detenido, soportará la tortura con el coraje de un héroe. Por su contradicción interna, por el enigma irreductible de su inesperado comportamiento, el general Román se queda en la memoria como uno de los personajes más ricos e insondables de la novela.

El hombre de la transición a la democracia no será el aguerrido general Román sino el debilucho, opaco, timorato y oportunista doctor Balaguer. “Su tono era tan suave y cordial, y la música de sus palabras tan agradable”. Trujillo lo había nombrado presidente, un cargo puramente figurativo. Lo llamaba “La Sombra”. Parecía un hombrecillo completamente anodino y sin ambición. Sin embargo, su disimulo, su repugnante e impasible maquiavelismo, resultarán más efectivos que las bravuconadas, represiones y horrendas crueldades de los militarotes trujillistas.

Pero, ¿qué nos atrae en una figura como Trujillo? En la obra de teatro de Camus, Calígula, como el dictador dominicano, se acuesta cuando se le antoja con las mujeres de sus ministros y senadores. Los maridos no sólo lo aceptan. Se sienten halagados. La omnipotencia de Calígula nos atrae por la oportunidad que él tiene (y nosotros no) de experimentar y alcanzar casi todo deseo. En el tirano se da aquello de que “se le cumplan los deseos”. ¿O no?

Entonces llega la rebelión de un esfínter, al menos su desgobierno. esa mancha que oscurece el pantalón y borra la ilusión de omnipotencia. Pero Trujillo no sabe resignarse. Sus deseos son órdenes. Ante la pérdida de la potencia el macho cabrío reaccionará con atroz resentimiento, despecho y sevicia.

La fiesta del chivo es una justificación del tiranicidio. Desde el más allá, el escolástico español Juan de Mariana estará aplaudiendo con las mismas ganas con que hoy los lectores de Iberoamérica se devoran este fogoso relato,    n

Arturo Fontaine. Escritor chileno. Su más reciente novela es Cuando éramos inmortales.

Naturalidad de los viajes

NATURALIDAD DE LOS VIAJES

POR ROBERTO PLIEGO

Es necesario salir de casa, subir al autobús, comprar un boleto de tren, enfilarse en coche o, de plano, tomar un avión. Los viajes no tienen nada que ver con el lugar común de la imaginación. De hecho, el único mandamiento del viajero es sacudir los lugares comunes hasta que dejen de serlo.

Las nuevas tecnologías ofrecen el mundo a nuestro alcance: viaje a Sumatra por Internet, conozca el Caribe a través de nuestra gran selección de fotografías, abra nuestro catálogo y póngase a volar. Suena bien eso de sentarse ante el escritorio y viajar con el combustible del deseo. Suena muy bien pero no sirve para nada. Sirve, si acaso, para dormir el sueño tranquilo de una postal en el aeropuerto. Los viajes no ocurren alrededor de una mesa. Es necesario salir de casa, subir al autobús, comprar un boleto de tren, enfilarse en coche o, de plano, tomar un avión. Los viajes no tienen nada que ver con el lugar común de la imaginación. De hecho, el único mandamiento del viajero es sacudir los lugares comunes hasta que dejen de serlo. El otro mandamiento se cumple con la misma sencillez: hacer de todo menos turismo.

Digamos que hablo de París. El Hotel Gerson, en el número 44 de la rué de la Sorbone, una mezcla de hospitalidad y abandono, de baños al final del pasillo y gritos marroquíes, carece de ventiladores, televisor y servicio de bar. Digamos que está hecho para disuadir a cualquiera que persigue los aromas nostálgicos del Barrio Latino. Si alguien busca el París de las cosas magnificadas por las agencias de viajes y la galantería publicitaria, más le vale olvidarse del Hotel Gerson. Pero si alguien busca los nombres invisibles de amantes a la espera de cualquier cosa, de Buñuel a las dos de la tarde en algún cine del rumbo, a Fernando Savater caminando a toda prisa por Montparnasse, nada mejor que el Hotel Gerson. Entre éste y el George V se halla la diferencia entre el viajero y el turista. El turista se las arregla para ostentar un estilo netamente residencial. El viajero se siente lejos de casa cuando la puerta de su habitación emite un ruido que no contradice a la noche de lluvia y vino.

A simple vista, las posibilidades del turista parecen inmensas. Los banquetes dormitan en los enormes refrigeradores. El tigre dormido de los espectáculos nocturnos se despierta al reservar una mesa por teléfono. ¿Y las distancias largas?: para eso hay servicio de taxi. El turista tiene la certeza de que su tarjeta de crédito se lleva con él a las mil maravillas. Y así se la pasa, con su camiseta polo y sus bermudas caqui, de la mano de azafatas, meseros, guías, animado por todas esas recomendaciones que le hacen estar como en casa. Dejen a un turista en la estación ferroviaria de Praga, con el presentimiento de que sus maletas contienen lo mejor de sí mismo y la sospecha de que todos a su alrededor, en una noche sin señas familiares, son artistas de la navaja y el hockey sobre hielo, y aullará de nostalgia por su almohadón de plumas y su café con leche. La verdad es que cuando el turista se siente en confianza, sus posibilidades de gozo se reducen al máximo.

Hubo tiempos cortados por otra tijera. En 1853. Richard F. Burton viajó a los santos lugares del mundo musulmán, cuya majestuosa mancha blanca en el mapa de las exploraciones anunciaba entonces una muerte segura para el explorador blanco, gentil o europeo. Burton alcanzó el desierto lejano pendiendo literalmente de un hilo, adoptando lo mismo el disfraz de médico que el de pordiosero, y obligado a representar la idiosincrasia del vagabundo, a riesgo de perder el entusiasmo. Su andadura ofrece uno de los retratos más clásicos del viajero: nada más fumaba “la pipa de la permanencia”, complaciéndose en dormir la siesta y en cenar a una hora fija, y el paroxismo del hastío volvía sobre él hasta obligarlo a vagar de nuevo. Nunca se sentía tan vivo como cuando iniciaba la partida.

Setenta y cuatro años más tarde, Rebeca West arribó a la estación ferroviaria de Zagreg. De este gesto simple nació uno de los libros más estremecedores e irrepetibles: Black Lamb and Falcon Grey. El título alude al sacrificio y al abismo trágico entre el pastor y su rebaño. Durante seis semanas, West agotó las antiguas tierras yugoslavas. Lo hizo con la paciencia de la bordadora de hilo y la sabiduría de la mujer capaz de albergar los peores presentimientos. Su viaje careció del ímpetu romántico que animó al de Burton; fue una inmersión en tierra de sombras. Siguiendo a viajeros de esta especie, a Jan Potocki por Marruecos, a Henry Walter Bates por el Amazonas o a John Lewis Burckhardt en el Monte Sinaí, se tiene la impresión de que en la actualidad los viajes tienen justificaciones demasiado fáciles. Como escribió Peter Fleming en Noticias de Tartaria (1936): “La tierra, que antes giraba y bailaba ante nuestros ojos tentadora como una pelota de celuloide sobre un chorro de agua en una barraca de tiro al blanco, es actualmente un objetivo fácil y sin atractivo (…). Nos han tomado la delantera, de principio a fin. hombres de mayor valía que nosotros”. Se olvida que el primer mandamiento del viajero es moverse sin darle ningún crédito a la imaginación y confiar únicamente en los ojos (o en la nariz; T. S. Eliot sabía que la “primera condición para comprender un país extranjero es olerlo”). Será por los aviones o por el culto a la velocidad, será porque las comunicaciones extienden sus ramas frondosas hacia cualquier parte, pero el caso es que la opinión común ha difundido la creencia de que no hay lugar sin rastros humanos.

En efecto, el mundo luce nuestras huellas de zapatos. La novedad consiste en que el viento y la historia han barrido esas huellas. El Cáucaso que Jan Potocki desgastó a fines del siglo XVIII tiene muy pocas semejanzas con el Cáucaso que desafió la paciencia de Paul Theroux en la segunda mitad del siglo XX. Quiero decir que leyendo a los viajeros contemporáneos uno descubre cientos de lugares sin paralelo, torbellinos de vida, casas vacías. Lo que cuenta en el viaje es esa plenitud, lo que no han visto tus ojos, lo que no volverán a ver.      n

Roberto Pliego Escritor. Subdirector editorial de la revista Nexos.

Los partidos

CALEIDOSCOPIO

LOS PARTIDOS

POR JOSÉ WOLDENBERG

Los partidos políticos son:

•  Referentes ideológicos,

•   Redes de relaciones e intereses,

•  Maquinarias de poder

•   Espacios de convivencia y competencia,

•  Universos de elaboración,

•  Imprescindibles para la democracia,

•   Ordenadores de la diversidad política,

•  Reductores de la pluralidad,

•   Expresiones de ansias y proyectos,

•  Actores con y sin maquillaje,

•   Receptores de energías sociales,

•  Catapultas de iniciativas,

•  Escuelas de formación,

•  Laberintos,

•  Telarañas,

•  “opio de los pueblos” (parafraseando a Marx),

•  Teatro de retórica,

•   Universidades de política y grilla,

•  Talleres de reparaciones,

•   Consultorios médicos con todo y sus salas de espera,

•  Generadores de agendas, diagnósticos y soluciones,

•   Gremios medievales, con sus maestros, oficiales y aprendices,

•  Cofradías, con rituales, lenguajes y estandartes singulares,

•  Coliseos para gladiadores (bueno, es un decir)

•  Confluencia de corrientes,

•  Idearios,

•  Muestrarios,

•  Sudarios,

•   Cristalizaciones de sueños… y de pesadillas (para sus contrincantes),

•  Jugadores,

•  Apostadores,

•  Ascensores,

•  Mandos y bases,

•  Jerarquías en movimiento,

•  Fuente de noticias,

•   Filtros para leer los acontecimientos,

•  Primeras estrellas,

•  cascada de propaganda,

•  Casinos y con ruleta rusa,

•   Trituradoras o plataformas de lanzamiento,

•  Cinturones de protección,

•  Fajas,

•  Fabuladores incontinentes,

•  Cuentistas rutinarios,

•   Condición de democracia, varios y equilibrados,

•   Sustento de democracia, tolerantes y pacíficos,

•  Expresión de democracia, plurales y legales,

•    Recreación de democracia, contendientes y responsables,

•  Teta para adultos,

•  Arcón navideño,

•  Necesarios,

•  Una buena nueva para el país,             n

José Woldenberg Consejero presidente del IFE. Acaba de aparecer su libro La mecánica del cambio político en México.

Maquiavelo: Las pasiones y la política

DIVAGARIO

MAQUIAVELO: LAS PASIONES Y LA POLÍTICA

El nombre de Nicolás Maquiavelo oculta una leyenda negra. Como pensador político ha provocado numerosas controversias; como en el caso del Marqués de Sade, su apellido aportó al lenguaje cotidiano una contraseña para reconocer el mal. Casi todo retrato de la inmoralidad en política suele sancionarse con el calificativo de maquiavélico. Su nombre evoca una sonrisa de cinismo casi tan célebre como la de la Mona Lisa. El maquiavelismo sugiere una visión conspirativa del poder, donde todo sucede a modo de intrigas y simulación. Pero nada más alejado del verdadero espíritu maquiavélico; él quería transformar a la política en una carrera digna de admiración.

En su biografía, La sonrisa de Maquiavelo, Maurizio Viroli enfrentó la imagen de una criatura malévola dedicada a conspirar. Su investigación histórica reivindica el pensamiento maquiavélico. Aunque como político fue un fracaso, la desilusión de su vida como consejero del Príncipe fue inspiración para una reflexión sobre los dilemas filosóficos del poder y las pasiones humanas. Su obra combate el mito de la bondad innata del hombre y enseña que cuando soñamos con ángeles podemos despertar con demonios. La política, según Maquiavelo, es lo que los hombres inventaron para poder lidiar con la inestabilidad de sus pasiones. Si en el mundo gobernara la bondad quizá podríamos desechar o abandonar la política, pero mientras la condición humana sea ambigua e incierta, la política seguirá siendo el antídoto contra la guerra. Como el escéptico de la naturaleza humana que era, su inquietante sonrisa no revelaba un gesto de cinismo sino un guiño de desencanto.

—José Carlos Castañeda

Mujeres en el billar

Llevo meses alentando la sospecha de que el billar, no el pull, sino la carambola de tres bandas, ha sido víctima de la tercera liberación femenina (ignoro dónde han quedado las otras dos, pero no ha pasado tanto tiempo). Qué se hizo de aquellos lugares donde un rambersé era recibido con un tac-tac de tacos golpeando festivamente la mesa: qué se hizo de los jalones, de los efectos contrarios de bola pellizcada. Están, como tantas cosas, en vías de extinción. Vean, si no, el billar de Michoacán y Tamaulipas en la colonia Condesa. Trece mesas para el pulí, dos para carambola. El pull, según se ve, atrae a las colegialas. Desde mi alta tribuna, yo las observo estirándose con sus falditas a cuadros, sus camisetas vaporosas y me da por llorar. Toman el taco igual que un camionero tomaría una novela de Proust; toman el taco a la manera de Rambo ensayando un punto de cniz. Queriendo ponerse a la al- tura de los clásicos jugadores de billar —según la convención, tipos que arrojan escupitajos a cada golpe de tiza, tipos malencarados y con vello en los labios—, las mujeres han convertido al billar, es decir al pulí, en una tropifarsa. Obsérvenlas de cerca. Hostigan a la mesa como si friera Ricky Martin, sueltan sonoras risotadas mientras golpean a la bola tres y apenas consiguen un chirrido del paño. Luego se beben una cerveza de un trago, eructan y palmean el trasero del jugador de carambola que está a su lado. ¿Ya entienden? Las mujeres han hipermasculinizado el billar. Se inclinan sobre la mesa con una falta absoluta de candor. No hay reservas ni temblores en sus ojos, sino el impulso grosero de tundir con fuerza y cada vez con más fuerza a la bola. En ese momento uno se inclina también sobre la mesa y aspira únicamente al encuentro sutil, apagado, casi sordo, de las tres figuras que se mueven por el paño, una después de otra, y que responden sin escándalo a la más mínima sugerencia.

—Roberto Pliego

El ABC de los sentimientos

¿Qué sentimos cuando decimos que sentimos, por ejemplo, amor? Los escritores suelen quejarse de que las pasiones son indefinibles. Es verdad. Las palabras casi nunca expresan lo que sentimos porque toda experiencia es individual y, como decían los filósofos medievales, el individuo es inefable, mientras las palabras son universales. Sentimiento y lenguaje son dos extremos de la experiencia humana, que se entrecruzan para contar la verdad de lo que (nos) pasa. Los seres humanos no actúan movidos sólo por la química o sólo por los conceptos. No están determinados exclusivamente por la genética; la cultura tampoco es la explicación completa del infortunio. El pensamiento no es lo opuesto de las pasiones, y quizá no sería posible hablar de sentimientos si no fuera porque el lenguaje descifra lo que sentimos. Un diccionario puede ser una caja de herramientas para desarmar el sentido de la vida sentimental. ¿Cómo advertir sobre la intensidad del deseo o cómo medir la gravedad de un sentimiento? Para profundizar en nuestras pasiones hace falta recurrir al lenguaje. El Diccionario de los sentimientos de José Antonio Marina y Marisa López Penas es una búsqueda atrevida para documentar el fondo secreto de nuestro léxico sentimental, un viaje al laberinto de palabras y definiciones que gobierna las relaciones afectivas.

—J C. C.

Nuevo régimen, ¿viejo clientelismo?

NUEVO RÉGIMEN, ¿VIEJO CLIENTELISMO?

POR JORGE JAVIER ROMERO

Parto de la idea optimista de que el viejo régimen se acabó el 2 de julio (escribo sin conocer el resultado electoral, pero supongo que, al margen de quién haya ganado, nadie podrá gobernar a la antigua manera omnímoda de lo que pasará a la historia como el presidencialismo mexicano). Ya sin el señor del gran poder, nudo del entramado, el conjunto de relaciones y reglas que de él dependían y de las que se servía vivirán cambios sustanciales y, desde luego, muchas desaparecerán. La incertidumbre, sin embargo, envuelve el sentido del cambio de muchas instituciones que necesariamente se transformarán para adaptarse a las nuevas condiciones de la democracia sin mayorías absolutas ni disciplinas mecánicas.

Una de las piedras de toque del antiguo arreglo político, la política social —notable en más de un sentido—. era también la lente de aumento que permitía ver con claridad el rasgo más perverso del régimen: la utilización de recursos públicos para garantizar las lealtades políticas o cuando menos para constreñir los descontentos. También reflejaba la incorporación corporativa de los grupos sociales y de las organizaciones de masas. En una frase, la política social era el corazón del clientelismo de Estado que caracterizó a la época clásica del PRI.

Desde los primeros tiempos de la Revolución-becha-gobierno la legitimidad se basó, en buena medida, en los logros sociales; cada nuevo gobierno hacía reformas o creaba organizaciones dedicadas a atraer a nuevos grupos sociales y ponerlos bajo la égida protectora de la presidencia todopoderosa: la reforma agraria cardenista, la creación del seguro social, la Conasupo, el ISSSTE, la educación de masas. Cada sexenio se construía un nuevo engrane de la maquinaria dedicada a repartir rentas estatales entre los incluidos dentro de la red corporativa que garantizaba el control político.

No se pueden despreciar de ninguna manera los resultados de aquellas políticas. México tiene hoy un sistema de seguridad social más que digno para las condiciones sociales y económicas del país; durante décadas, las redes de distribución del Estado contribuyeron sustancialmente al abasto alimenticio; los programas sociales específicos fueron importantes paliativos para la miseria en las zonas más deprimidas; la educación llegó a la casi totalidad de la población. Empero, el rasgo negativo de la vieja manera de hacer políticas sociales radicó en su carácter corporativo, ya que de esa manera siempre resultaron más beneficiados aquellos grupos pertenecientes a la coalición de poder y que contaban con mayor capacidad de negociación, mientras que a la parte de la población más débil apenas si le tocaron las migajas de los dineros distribuidos.

Las organizaciones sociales —incluso las sindicales— eran débiles y dependían de la disposición de las élites gobernantes para darles apoyo político, legal y financiero, siempre que aceptaran las condiciones de la tutela oficial. Se trataba del movimiento subsidiado por el Estado y que resultaba totalmente dependiente de ese subsidio. Las dirigencias de estas organizaciones, además, acabaron por establecer relaciones de simbiosis con los órganos del Estado encargados de la gestión de los recursos destinados a cada sector social: los líderes campesinos con respecto a la Secretaría de la Reforma Agraria, los dirigentes sindicales con respecto al IMSS y a la Secretaría del Trabajo, etc.

El caso de la Secretaría de Educación Pública resulta relevante como ejemplo de los vicios que generó el modelo institucional. En la medida que se desarrolló la relación corporativa con el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, los incentivos laborales de los profesores fueron cada vez más sindicales y políticos que académicos, lo que acabó por deformar todo el esfuerzo educativo del régimen, además de que limitó sustancialmente la capacidad de negociación de las condiciones laborales de los maestros. Los más beneficiados con el arreglo fueron siempre los dirigentes, que obtuvieron sustanciales prebendas políticas y económicas.

El momento culminante de esta forma de hacer política social se vivió en los tiempos de Pronasol. La distribución de rentas a cambio de apoyo político y legitimidad acabó, al final de cuentas, por hacer crisis. De ahí que de aquellos lodos hoy sólo queden los polvos de una política asistencial para atender a los más pobres.

La política social de la democracia naciente tendrá que ser radicalmente distinta. Su tarea más importante deberá orientarse hacia la construcción de las capacidades de la sociedad para enfrentar las condiciones de una economía de mercado. Más que dedicar cantidades ingentes de recursos del Estado a la solución de necesidades, deberá promover las destrezas de los propios grupos sociales para resolver sus problemas. Deberá, además, construir ciudadanía. Esto es especialmente necesario en el ámbito rural.

En un Estado democrático, donde ha desaparecido el control monopólico sobre la política, la política social no puede basarse en la distribución corporativa de los recursos del Estado. La tarea que tendrá que enfrentar el nuevo régimen será la de sustituir el viejo clientelis- mo de Estado por una sociedad de derechos iguales para todos los ciudadanos, donde el Estado sea el responsable de garantizar su ejercicio. En el nuevo arreglo político no se justifica ya, por ejemplo, un sistema de seguridad social segmentado, con servicios distintos para los trabajadores de las empresas privadas y para los que están al servicio del Estado. La seguridad social tendrá que ser a partir de ahora un derecho general de todos los ciudadanos por el simple hecho de serlo.

La política social de un régimen democrático tampoco puede tener como objetivo la legitimación de un gobierno específico. ni tener sólo la duración de un sexenio, mucho menos podrá ser concebida como un instrumento de propaganda política. Tendrá que ser una auténtica política de desarrollo social que promueva la independencia de los grupos con respecto al Estado y los coloque en condiciones de aprovechar las ventajas del mercado.

Un último asunto: el costo fiscal de la política social sólo podrá enfrentarse con una reforma fiscal profunda que dote al Estado con los recursos suficientes para poder cumplir con sus responsabilidades.

El reto es enorme, pero sólo en la medida que se desmonten los mecanismos de control corporativo se podrá hablar en México de un auténtico cambio de régimen. Si no es así, puede ocurrir que el cambio sólo sea cosmético,           n

Jorge Javier Romero Politòlogo. Profesor de la UAM-Xochimilco.

1  Que, ante la boleta,se comportan siempre como un portero ante el penalti.

2    Que se creen gavilanes pero son palomas.

3    Que también se someten a una banda de flotación.

4    Que no por visitar cada tres años la urna se hacen merecedores del cielo.

5    Que no siempre sueñan, comen y beben democracia.

Actualidad del pasado

Stefan Zweig: La curación mediante el espíritu

Zweig en el olvido

En la época de la Segunda Guerra mundial, ningún autor alemán, ni siquiera Thomas Mann, era más leído y estimado en treinta lenguas que Stefan Zweig (1881-1942). En todo hogar culto y hasta semiculto latinoamericano había ediciones finas o populares de sus biografías (Fouché, 1929; María Antonieta, 1932, María Estuardo, 1935, Magallanes, 1938), novelas y reportajes.

Este judío austríaco encabezaba cierto ideal de humanismo intelectual, pacifista, paneuropeo; y en sus ensayos, con algún temblor romántico, buscaba héroes culturales (a la manera de Carlyle o de Emerson, y del santoral cristiano) entre los grandes artistas, escritores y filósofos. Varias generaciones de lectores se acercaron a Montaigne, Erasmo, Blake, Balzac, Stendhal, Dickens, Tolstoi, Dostoyevski, Nietzsche, Freud en los libros de Zweig… (Lo imitó Torres Bodet en sus monografías sobre autores europeos.) Tal vez sea esa la mayor limitación de sus ensayos y biografías: aunque estudió las contradicciones y los aspectos oscuros de sus escritores, los vio con énfasis, incluso con grandilocuencia (y con reduccionismo), como seres épicos.

Se suele despreciar, a pesar (o a causa) de su influencia y de sus ventas, a semejante tipo de escritores como “bestsellers, comerciales, divulgadores o publicistas”. Pero Zweig trató de ennoblecer el ensayo de divulgación, o de ganarle amenidad y dramatismo al ensayo culto. Era un autor enterado, estudioso, entusiasta del arte, y a la vez un clamoroso reportero de la cultura leído por medio mundo.

A nadie se le ocultaba que privilegiaba el reportaje sobre el análisis estético o filosófico; ni la semblanza psicológica o simbólica sobre la historia concreta de sus temas y sujetos. Venía de Taine y de Sainte- Beuve, con el sesgo profético de los grandes polemistas: Nietzsche, Rolland, Barbusse.

Abordaba alegremente temas universales a fin de atraerlos a una situación contemporánea específica: la crisis de Europa entre las dos guerras mundiales. Sus mejores títulos resultan, así, un poco teatrales o novelísticos: su Erasmo (1934) reflexiona sobre la destrucción de Europa durante el fascismo, más que sobre un particular perfil renacentista; su Tolstoi (1928) olvida un tanto al genial joven furibundo que emprendió la novela-de-las-novelas, La guerra y la paz, y busca el mensaje ulterior del pacifista y del profeta patriarcal, y la esperanza de cierta filosofía liberadora en épocas de apocalipsis.

Se le estimaba como autor serio, aunque algunos escritores (por ejemplo, Thomas Mann) resintieran su fuego y su éxito periodísticos, su vasto público, y le reprocharan en privado la inspirada rapidez de su prosa, sus discusiones líricas, y su fácil construcción de metáforas y semblanzas épicas a partir de hombres y obras sumamente complejos y contradictorios.

En la segunda mitad del siglo disgustó a las academias: no era suficientemente positivista, cuantitativo ni profesoril en sus investigaciones; divagaba, poetizaba, combatía con el mundo. Y al mercado: no escribía como redactor mercader ni como profesor críptico, sino como sus propios modelos estudiados, como un escritor de ambiciones estéticas y culturales amplias.

Sus libros no dejaron de venderse, pero ya no en círculos prestigiosos, sino en colecciones populares, como mera divulgación o pasto para la manía biografista, semejante a la manía policiaca, de muchos “lectores durante vacaciones”.

No predico la vuelta a Stefan Zweig (ni a Emil Ludwig, ni a André Maurois, ni a Guy de Pourtalés, ni a Torres Bodet); admito, acaso con nostalgia de lecturas juveniles, que suelo recaer con gusto en algunas de sus obras. Hay en ellas una “experiencia literaria”, como diría Reyes: la voz de un hombre inmerso y entusiasta en la cultura, y una amenidad y un apasionamiento intelectuales que echo de menos en la academia y en los ensayos generales o periodísticos posteriores. Y muestran la impronta de dos docenas de grandes artistas y autores en una época precisa, el intervalo de las guerras mundiales. Ofrecen la experiencia viva de un lector apresurado, pero entusiasta.

Un lector ya algo extraño para nuestra mentalidad. Anterior o enemigo al monopolio del pensamiento tecno-científico en la cultura literaria. Zweig creía que el empuje humanista (la lectura directa, la literatura clásica como enciclopedia total, la metáfora, el lirismo, la discusión libre de los asuntos generales que afectaban a Europa en su tiempo) bastaba para entenderlo casi todo.

Cuando era necesario, como en el caso de Freud, emprendía (sin rubor por su falta de credenciales académicas) largos estudios de temas especializados. Se le reprocha, así, tanto la desmesura de una cultura general simplificada en claroscuros románticos o épicos, como cierta debilidad en conocimientos concretos, necesarios para sus asuntos: filología, política, medicina, economía, historia. Es mejor en la exposición amplia, generalizadora, que en los aspectos concretos de obras y procesos.

El museo de cera

Sigmund Freud se alarmó hacia 1929 cuando supo que iba a ser stefanzweigizado. Trató de disuadir a su amigo-biógrafo, de pedirle que no lo incluyera, por favor, en su vasta galería o “Museo de Cera de Hombres Inmortales”. Zweig no se arredró. Aunque su buceo humanista en las profundidades del sicoanálisis resultó mucho mejor de lo que esperaba el barbudo doctor de Viena (quien de cualquier manera le reprochó que subestimara su método de asociación de ideas), las alarmas de Freud se vieron ampliamente justificadas.

En La curación mediante el espíritu (Die Heilung durch den Geist, 1932) nuestro irrefrenable polígrafo se lanzó a una de sus intuiciones o ideas generales humanistas capaces de sacudir al hombre más ecléctico. Pensó que durante milenios la medicina había sido religiosa, sagrada, como se veía en las tribus de todo el mundo, y hasta en las civilizaciones avanzadas de la mayor parte de la historia, anteriores al positivismo. Una medicina chamánica.

Reconoció luego los avances científicos del siglo XIX: concretos, de ciencia experimental. Pero mucho de la salud humana escapaba a la medicina positivista: las pulsiones, las histerias, los misterios del ánimo y la conducta, y sobre todo los casos incurables o inexplicables.

Aquí entra Freud al museo de cera de los nuevos brujos que sanan mediante recursos “espirituales”. El Nuevo Brujo en la era industrial. ¡Pero acompañado de dos supercharlatanes (que Zweig sostendrá, con más metáforas que razonamientos, que no lo eran tanto) como casi risible cortejo: los fundadores del magnetismo-sugestión-hipnotismo, François-Antoine Mesmer, y de la fundamentalista Christian Science norteamericana, Mary Baker Eddy, esa especie de Niño Fidencio de Boston (sin la parafernalia de imágenes y milagros católicos, pero con toda la pedantería de un audaz vendedor de Biblias, y con un éxito económico formidable)!

La curación mediante el espíritu fue un éxito mundial y divulgó el pensamiento de Freud entre una muchedumbre que compró el libro más por el prestigio del hipnotismo y de la Christian Science que por el vago, caricaturizado o desconocido sicoanálisis. Escandalizó a quienes tomaban en serio el freudismo, que se veía así comparado con excentricidades y fundamentalismos ideológicos anticientíficos, ¡pero no al propio Freud!, el cual se apresuró a felicitar al autor… por sus semblanzas de Mesmer y de Mary Baker Eddy. Al menos en esta ocasión tuvo sentido del humor el barbudo doctor de Viena.

“Nos hemos limitado”, dice Zweig, “a escoger tres personalidades que, cada cual por un camino diferente e incluso opuesto, han practicado sobre cientos de miles de personas el principio de la curación mediante el espíritu: Mesmer por la sugestión y el fortalecimiento de la voluntad de sanar; Mary Baker Eddy por el éxtasis de la fe; Freud por el conocimiento del yo y la eliminación de conflictos síquicos inconscientes”.

Siempre devoto de sus grandes ídolos liberadores, por una vez Stefan Zweig, no sin travesura, invierte el papel, y parece sacarse de la manga Grandes Personajes del Espíritu de donde el lector culto no esperaría sino supersticiones (neosupersticiones) y prodigios de prestidigitación circense, y erigirlos en precursores y compañeros de su pensador más admirado.

Mesmerizar

El Siglo de las Luces fue, contra lo que se supone, una edad de oro de las sombras: florecieron la masonería y gran variedad de esoterias (ya no brujos demoniacos, sino laicos inspirados por doctrinas espiritualistas paganas, frecuentemente desenterradas de la más remota y dudosa Antigüedad —Hermes Trimegisto—, y readaptadas a estructuras racionalistas). Lo vemos en La flauta mágica, de Mozart.

Mesmer intuyó una de esas esoterias: el magnetismo. Un fluido indefinible e impalpable, una fuerza, comunicaba al cuerpo humano con las personas, los animales, los objetos, los astros. Había que manipular tal fluido para provocar cambios en las personas enfermas; y logró grandes éxitos curativos con pacientes nerviosos, a quienes sugestionaba de modo que, mediante crisis o letargos, liberaban o redistribuían su “fluido magnético”.

Para ello usaba, en un principio, imanes y objetos imantados: agua magnetizada, violines imantados que tocaban música magnética, plantas y árboles imantados, personas cogidas de las manos como cadena de imanes vivos; baterías con imantados objetos de madera, metal, agua, vidrio…

Luego advirtió que la cura no estaba en el simple imán, como había supuesto Paracelso, sino en lo presuntamente imantado: aun sin imanes, el paciente obedecía a la atracción anímica que le sugería el sanador, él mismo. Un taumaturgo, un sugestionador.

Había fuerza cósmica en el cosmos abreviado del hombre; y ciertas personas dotadas de poderes tremendos, capaces incluso de sanar físicamente a sus semejantes. En plenos años de Voltaire un médico alemán manipulaba, como un brujo, los nervios y las almas.

Los médicos ilustrados de Europa (como invitado, Benjamín Franklin) no se dejaron asombrar por los numerosos testimonios de las curaciones inexplicables de Mesmer: siempre se había visto algo así con curas, curanderos o brujos, pero lo acusaron de charlatanería. Años “ilustrados” de aventureros inverosímiles (pretendidamente espirituales o mágicos) como Cagliostro o el conde Saint- Germain.

Durante un siglo el mesmerismo se vio denunciado como una forma moderna, pedante, de las viejas brujerías o supersticiones. A finales del siglo XIX, durante un nuevo auge del ocultismo —con abundancia de mesas que caminaban al conjuro de los esotéricos y de muertos que hablaban a través de un médium o de la ouija, o que imprimían sus auras en daguerrotipos— se le reivindicó parcialmente: efectivamente existían fenómenos sicológicos parecidos a los que predicaba Mesmer, aunque no necesariamente los mismos, a los que se acogió científicamente con nombres suntuosos, académicos, como sugestión e hipnosis.

Zweig ve en esta reivindicación de Mesmer una venganza del buen brujo contra los maquinizados, racionalistas, burócratas de la medicina. Una especie de medicina poética: conjuros, comentes inefables, almas atareadas en su dominio físico de los cuerpos, un sanador-taumaturgo. Este desprecio de la medicina institucional sonó pronto un poco ridículo, durante los maravillosos años cincuenta de la penicilina y los anticonceptivos; pero ahora que fallan los antibióticos y regresan todas las bacterias extintas, y que virus y retrovirus se inventan y transforman a cada rato… Toda nuestra moderna, democrática, católica y cibernética clase media corre en masa a treparse a las pirámides de Teotihuacán a la llegada de la primavera. Las supersticiones que la ciencia “aniquiló” gozan de cabal salud.

No se requiere asumirse como freudiano para escandalizarse del paralelo entre Freud, un genio científico, auténtico, por más que el tiempo revise y corrija sus teorías, y Mesmer, si no un total charlatán al menos un extravagante de marca, aunque algunos de sus rasgos se vean reflejados en la sicoterapia actual. Pero Freud no se molestó porque Zweig traza el retrato de Mesmer como el de un poeta-médico maldito que intuyó antes de tiempo grandes secretos clínicos y padeció persecución por ello. Lo que llamamos (y se llamó desde tiempos griegos) sugestión, catarsis, letargo, anagnórisis o reconocimiento, hipnosis, y la influencia nerviosa de un sanador poderoso sobre un paciente sugestionable; pero que a Mesmer antes que a nadie se le ocurrió sistematizar en un tratamiento clínico.

Zweig disculpa incluso la fantochería y la parafernalia mágicas que usaba Mesmer: un brujo majestuoso con rituales elaborados, consciente de que nada había en la majestad ni en el rito en sí mismos, pero cuya teatralidad (gesticulación, vestuario, utilería desaforados) resultaba útil para impresionar a un paciente que no habría aceptado a un sanador llano en mangas ele camisa.

Acaso también disfrutó Freud de cierta venganza personal contra la academia cuando Zweig narra cómo, expulsado ele los ámbitos científicos, el mesmerismo desarrolló en circos y entre charlatanes técnicas que finalmente serían reconocidas como científicas: la hipnosis, la “exudación” del nerviosismo mediante una crisis provocada y manipulada; el efecto “placebo” de un tratamiento inofensivo, o casi, en sí mismo, pero a veces comprobablemente curativo cuando el paciente cree en el médico y su doctrina. En un principio, también Freud había sido proclamado charlatán, brujo y esotérico por las más altas autoridades científicas de Europa.

Curiosamente, la historia del sicoanálisis abunda, incluso el día de hoy, en dependencias mágicas o diabólicas entre médico y paciente que recuerdan las de la tribu de Mesmer, que entusiasmaron o aterraron al mundo entero a partir de 1775. Sigue habiendo personas aparentemente razonables o cultas totalmente “mesmerizadas” por siquiatras con ocho posgrados en altas universidades, como lo hemos visto en todas las películas de Woody Alien.

En cambio, el paralelo de Freud con Mary Baker Eddy asombra menos a un lector latinoamericano: la milagrería protestante palidece como puesta en escena frente a la católica. Nuestro Niño Fidencio practicó trucos más vistosos. Pero Mary Baker Eddy retomó el episodio evangélico del “¡Cree, y sanarás!” con ciertas truculencias modernistas, contemporáneas de la electricidad y de la Coca-Cola. El Cristo de los Evangelios no desdeñó historizarse, y comportarse como un artesano de Galilea del siglo I; el de Mary Baker Eddy haría otro tanto, y se comportaría como un publicista y hombre de negocios de Boston durante el boom de los ferrocarriles, desenmascararía a los médicos y fariseos universitarios y se inventaría unos folletos sobre cómo sanar sin hacer nada, con sólo creer que Dios y su creación son sanos, y toda enfermedad un error mental de los hombres torpes y de poca fe.

 

José Joaquín Blanco
Su más reciente libro es Poemas y elegías.

A La vida Wired

A LA VIDA  WIRED

¿Es  aún posible la grandeza literaria?” se pregunta Susan Sontag en el ensayo que publicamos en este número. Sontag encuentra una respuesta afirmativa en la obra del narrador alemán W. G. Sebald, de algún modo un narrador del futuro, un futuro que será como un regreso de lo básico: el libro de viajes (no sólo el viaje exterior; también el viaje a la vida propia), el cruce del ensayo con la narración, de la ficción con la verdad, de la intimidad con la historia, del yo con el mundo. Curioso que el futuro literario se parezca tanto a un tiempo perdido y, por lo mismo, aún fresco, colmado de formas y contenidos explorables; un regreso más de la novedad del pasado.

Otra zona de este número de Nexos da cuenta de un terco presente, o un pasado que no acabamos de resolver; al contrario. Sergio Mastretta siguió de cerca las campañas de los candidatos de los tres partidos principales en la contienda electoral para concentrarse en un punto específico de la agenda y traernos una radiografía del “voto pobre”. Este registro de “Los candidatos en el país de Cómala” vuelve a ponernos frente a las sombras de un país desnudo: el México del campo, el de la renovada muerte del campo; el de un pasado en continua destrucción y un presente cada vez más lejano, no digamos ya en calidad de vida, sino en meras opciones de sobrevivencia.

Y está también el llamado del futuro. En un ensayo fundamental para ubicarnos en el mundo que está siendo, los filósofos Fernando Flores y John Gray nos ponen frente al ocaso de la Carrera profesional, como la conocemos, y frente a las nuevas formas de fuerza laboral y políticas públicas que reclama, y desata, la vida wired. Es un “Viejo tema para un mundo nuevo”, tal y como bautizamos nuestro número anterior y como seguiremos explorando en las páginas de Nexos. Lo hacemos también en la sección Serpientes y escaleras de este número.

En estas páginas damos igualmente la bienvenida a los nuevos columnistas que vienen a sumarse a los anteriores. A partir de este número contaremos con las columnas de Soledad Puértolas, José Woldenberg, Alfredo Bryce Echenique y Rafael Pérez Gay. El lector notará también que este es un número veteado con diversos tratamientos de la cuestión electoral que cruza nuestros meses y nuestros días. Escribo estas líneas en un contexto de efervescencia y dudas ante posibles conflictos postelectorales. Como lo establecemos en la página de los editores, lo primero es respetar los resultados de la votación, gane quien gane. Por lo demás, aparte de las muchas cosas que puede ganar o perder el país, Nexos escoge conservar otra de ellas para sus páginas: el humor. Ya dijo W. H. Auden que entre las cinco cosas por las que alguien debe estar dispuesto a dar la vida, el derecho al juego no es la menor de ellas.

—Luis Miguel Águilar

Contra la capitulación del Estado

PARABÓLICA

CONTRA LA CAPITULACIÓN DEL ESTADO

CARLOS CASTILLO PERAZA

Lo vemos a cada rato. Lo padecemos casi a diario. Cuando no son algunos deudores que atan sus caballos a las rejas del Congreso de la Unión, para luego tirar de éstas hasta derribarlas, es que se trata de unos estudiantes que secuestran autobuses o destruyen instalaciones universitarias, vitrinas de comercios o casas particulares, o de periodistas que destruyen famas y honras. La autoridad o la policía protegen a los que así actúan. No a las víctimas. Las minorías violentas —de obra o de palabra— ya aprendieron que pueden hacer lo que mejor les plazca o convenga. No se les aplicará sanción alguna y, si llega a aplicárseles, se declararán reprimidas, se proclamarán acosadas por la autoridad. Esta, finalmente, dará marcha atrás. Llegará incluso a pedirle a los verdaderos agraviados que retiren los cargos contra los promotores de la barbarie. Si es que no, en el colmo, se las ingeniará para pagarles las fianzas y soltarlos. Violar la ley es asegurarse el acceso al diálogo. Es trepar al cielo de las “soluciones políticas”.

Hace más de medio siglo. Chesterton alertó —en El hombre común— acerca de las desmesuras a que podría llegar la democracia en contra de quien se suponía su beneficiario por excelencia: la persona normal, el ciudadano promedio. El autor llamó la atención de sus contemporáneos en relación con un sistema de gobierno que, teóricamente, debe responder a la mayoría pero que, por algún sendero misterioso, se convertía en esclavo de las minorías. Con su peculiarísimo humor, el escritor inglés recordaba que, antes de la democracia, el trabajador podía ir a la cantina del barrio, al término de su jornada, a tomarse una cerveza y jugar cartas, apostando algunos peniques con sus colegas. En democracia, añadía. el juego le está vedado al hombre común, pero puede acometerlo legalmente el fuera de lo común: el rico que arriesga dineros propios y ajenos, en cantidades astronómicas, en la bolsa de valores. Agregaba que la democracia hizo posible la edición de libros que entienden los menos, y escolló el paso a los que comprenden los más. Y remataba su elenco de ejemplos con una premonición: algún día se prohibiría dormir a seis millones de ingleses comunes porque a seiscientos compatriotas excéntricos con capacidad de escándalo se les ocurriría sostener que la gimnasia bien puede, y mejor debe, sustituir al sueño. Que hoy nos sea impedido transitar a los más porque bloquean el paso los menos, en algo se parece a la profecía chestertoniana.

Hace poco más o menos año y medio, por ejemplo, un grupo de jóvenes decidió causar destrozos a los vehículos estacionados en torno de la Plaza de Coyoacán, en nombre del disgusto que les ocasionó la suspensión de un concierto anunciado por las autoridades delegacionales. Ante la queja de los perjudicados, hubo entonces quien, para lavarse las manos, les explicó a éstos que había que comprender a los muchachos: estaban justamente irritados. Pero el hombre común que no fuera joven, se encolerizara con justa razón y rompiera los cristales de un domicilio vecino, seguramente no gozaría de la misma comprensión. Se le aprehendería, se le seguiría causa judicial y se le obligaría a pagar daños y perjuicios.

¿Qué nos está enseñando el Estado con sus continuas capitulaciones? Que si una mañana se nos antoja prenderle fuego a un almacén sin correr riesgo alguno, basta que encontremos a cuatro o cinco auxiliares, nos declaremos agraviados por los conquistadores hispanos del siglo XVI o marginados por los políticos mexicanos del XX, hagamos pública nuestra indignación, exhibamos nuestra irritación o anunciemos nuestra cólera, para que nuestra criminal piromanía encuentre la complacencia de la autoridad, la comprensión magnificadora de ciertos formadores de opinión y la audiencia de una comisión a la que podremos hasta mentarle la madre. Si nuestras víctimas son tan astutas como nosotros, las autoridades les darán dinero para calmarlas. El Estado capitulará así dos veces. Algún alto funcionario me confió un día que, a ciertos ejidatarios con los que se llegó a un trato y a los que se les pagó generosamente por sus terrenos, para edificar sobre éstos un complejo hotelero, cada año había que volverles a hacer el mismo pago, más inflación, por supuesto. De no complacerlos, tomarían las instalaciones. Con este tipo de lecciones aprendemos que el Estado no es el custodio del bien común, sino el esclavo de los intereses particulares.

Aprendemos asimismo que no hay más justicia que la que se obtiene por la propia mano, con lo que desaparece el Estado en tanto que forma superior de organización de la sociedad, en la que los problemas o los conflictos se resuelven o, cuando menos, se productivizan, por medio de una instancia neutra, sujeta a leyes y por encima de las partes. Aprendemos que no es el Estado el que asegura la paz entre los ciudadanos, sino que es la fuerza que consigamos como ciudadanos la que nos garantizará no ser molestados. Aprendemos, en síntesis, las ventajas inefables del régimen feudal y las maravillas indescriptibles de los señoríos de la guerra.

Por supuesto que todo lo anterior se hace en nombre de la compasión o de la defensa de los más débiles, de los más pobres. Sin embargo, si el proceso sé acelera, serán precisamente ésos los que menos protección conseguirán. Serán los ricos y los fuertes los que acumularán más fuerza e impondrán su ley del músculo, el billete o la pistola. Será la minoría mejor pertrechada la que mande. Sin Estado no hay democracia, como no la hay sin imperio de la ley. Capitular en nombre del pueblo es preparar la destrucción del pueblo. Toda minoría pacífica que descubra la eficacia del método con que las minorías “irritadas” logran sus propósitos, imitará a éstas. Y nos despeñaremos hacia lo pre-estatal: las tribus con sus lanzas. Y surgirá la tentación de elegir en las urnas —gracias a la democracia sin Estado— a nuestro Leviatán que, por filantrópico que sea de manera intermitente, será siempre y esencialmente ogro, n

Carlos Castillo Peraza Periodista. Es autor de Disiento.

Acertijos de la transición: ¿Por qué el funcionamiento de la democracia requiere de la alternancia?

ACERTIJOS DE LA TRANSICIÓN

¿POR QUÉ EL FUNCIONAMIENTO DE LA DEMOCRACIA REQUIERE DE LA ALTERNANCIA?

POR GUILLERMO TREJO

La alternancia contribuye a que el poder se distribuya mejor entre las distintas fuerzas políticas y abre una enorme ventana de oportunidades para la reforma del Estado. Sin ella, no hay democracia que funcione.

Entro de las diversas familias de transiciones a la democracia existe una con características peculiares: las transiciones prolongadas. A diferencia de las transiciones en las que al colapso del régimen autoritario le sigue una elección fundacional o una asamblea constituyente, en las transiciones prolongadas es difícil saber cuándo la transición finalmente ha llegado a puerto. Se trata de procesos en los que la liberalización política se convierte en un modus vivendi para las élites gobernantes del antiguo régimen. Aunque las élites políticas “administren” la liberalización desde arriba, eventualmente surgen fuerzas opositoras capaces de disputarles el poder en las urnas. En la medida en que la competencia y la incertidumbre electoral se hacen presentes, una de las preguntas más complejas en estos procesos de transición es cuándo finalmente se ha gestado un cambio de régimen político. La posición minimalista argumenta que la incertidumbre electoral es la condición suficiente para cantar el cambio de régimen. Otros, sin embargo, sostienen que además de la incertidumbre electoral la alternancia en el gobierno es una condición necesaria para poder efectivamente hablar de un cambio de régimen.

¿Es la alternancia en la titularidad del poder ejecutivo condición necesaria para completar la transición democrática en un régimen político como el mexicano? ¿Es imprescindible la derrota del partido en el poder para que nazca y funcione la democracia? ¿No es acaso suficiente con tener elecciones competitivas sin condicionar los resultados a la derrota de alguno de los contendientes? ¿Cuál es el verdadero valor de la alternancia: como mecanismo fundacional de un régimen o como instrumento para el mejor funcionamiento de una democracia?

El debate de cuándo en una transición prolongada el régimen deja de ser autoritario y entra al feliz mundo de las democracias es, en algún modo, una discusión empíricamente estéril. Se trata de un problema de definiciones. Y entrar en una disputa sobre definiciones es caminar en un callejón sin salida: a final de cuentas, las definiciones parten de supuestos y los supuestos en las ciencias sociales son eso, supuestos. Quien desee argumentar que sólo con la alternancia culmina la transición y México pasa a ser un régimen democrático puede apoyarse en los hombros de gigantes. Pero también lo puede hacer quien intente apoyar la posición minimalista sobre la incertidumbre electoral. Argumentos para un lado o el otro parten de supuestos y definiciones perfectamente defendibles. Dónde se sitúe uno parece ser, a final de cuentas, un problema normativo.

 Si bien el papel de la alternancia en la fundación de un régimen democrático puede ser terreno de disputa, en donde sí existen mayores elementos de consenso es sobre el valor de la alternancia en el funcionamiento de las instituciones de una democracia representativa. Y no es cuestión de individuos ni de programas ni de ideologías. No se trata de suplantar a malos por buenos o a reaccionarios por progresistas o a rufianes por virtuosos. Es, más bien, un argumento sobre el funcionamiento de los mecanismos institucionales de una democracia representativa. Si llevamos el argumento al extremo hipotético, incluso en un sistema en donde todo político fuera un mañoso, la alternancia de mafias haría que el sistema funcionara mejor. En un proceso de transición prolongada, la alternancia contribuye al mejor funcionamiento de la democracia por cuatro razones: modifica de manera radical la distribución del poder e incentiva la introducción de controles institucionales a la discreción gubernamental; genera incentivos para hacer políticas públicas más eficientes y equitativas; incentiva a los políticos a satisfacer de manera más efectiva los intereses de sus representantes; y contribuye a disminuir los altos niveles de incertidumbre sistémica asociados a cualquier proceso de transición.

En un sistema presidencial, la alternancia en la titularidad del poder ejecutivo representa un cambio radical en la distribución del poder político. Cuando la alternancia se lleva a cabo bajo condiciones competitivas, de la nueva geografía del poder pueden surgir incentivos para una auténtica reforma del Estado, encaminada hacia la introducción de mecanismos institucionales de control del poder mismo. Las reformas institucionales que introduce un partido en el poder en un régimen autoritario en transición generalmente son reformas limitadas y parciales, cuyo objetivo es mantener el suficiente grado de discreción para poder seguir administrando la liberalización. Bajo condiciones competitivas, la alternancia introduce un número mayor de puntos de veto que le imposibilitan al nuevo titular del ejecutivo imponer su visión del mundo de manera discrecional. Más aún, cuando el nuevo ejecutivo no tiene la certeza de que en periodos sucesivos su partido va a mantenerse en el gobierno, surgen incentivos para autolimitarse en el uso del poder y con ello limitar a aquellos que lo sucedan en el poder en el futuro.

En el caso mexicano, de consumarse la alternancia en el poder ejecutivo cualquier presidente surgido de la oposición enfrentaría los pesos y contrapesos más extraordinarios jamás experimentados por un presidente en la historia contemporánea de México: un congreso sin mayoría y alrededor de veinte gobernadores del PRI. Un presidente surgido de la oposición no tendría el poder para convocar a un nuevo constituyente, ni tampoco para imponer su proyecto de nación. Bajo esta nueva geografía del poder se iniciaría un periodo de profundas negociaciones entre poderes y niveles de gobierno, de donde podría nacer la verdadera reforma del Estado: la reinvención de la presidencia; una nueva relación entre el ejecutivo y el legislativo, y el ejecutivo y la federación. Para gobernar, un presidente surgido de las filas de la oposición tendría que negociar la reforma del entramado institucional del país con un número importante de fuerzas políticas opositoras, en especial con el PRI. A diferencia del pasado, sin embargo, la negociación de la arquitectura institucional del país se daría bajo condiciones más equitativas en la distribución del poder político. Esto se reflejaría en la adopción de controles institucionales más efectivos a la discrecionalidad del poder mismo.

La alternancia en el poder ejecutivo, además de incentivar la adopción de controles a la discrecionalidad del poder, introduce incentivos para generar políticas públicas más eficientes y equitativas en relación con las políticas del antiguo régimen. Las reformas administrativas más importantes que se suscitan a raíz de la alternancia generalmente están asociadas al patronazgo político: la distribución de los dineros federales, la política social y los puestos de la burocracia. Salvo ante una derrota electoral inminente, un partido en el poder al frente de una liberalización “administrada” introducirá reformas muy limitadas en el manejo del gasto y los puestos públicos: reformas centralizantes que le permitan a las élites gobernantes utilizar los dineros y los puestos de la administración pública para controlar el proceso de liberalización política. En contraste, cuando la alternancia genera una distribución competitiva del poder, surgen incentivos para que los nuevos gobernantes se amarren las manos e introduzcan reformas que limiten el uso discrecional de los dineros y los puestos públicos. La descentralización de recursos, la introducción del servicio civil de carrera y la autonomía de las bancas centrales son reformas que surgen de contextos donde priva una distribución equitativa del poder y donde ninguno de los actores se puede imponer sobre los otros y sus expectativas de mantenerse en el poder por mucho tiempo son bajas.

En el caso mexicano, la geografía del poder que resulte de la alternancia introduciría enormes incentivos para una verdadera descentralización de la administración pública. Los veinte gobernadores priistas que se mantuvieran en el poder, por ejemplo, iniciarían una batalla extraordinaria por la distribución de los dineros federales para el combate a la pobreza, la educación y la salud. Con todos sus peligros y oportunidades, es probable que se diera la verdadera descentralización de la política social en México de manera más expedita. Al verse imposibilitado en su intento de recomponer la distribución y geografía del poder, es también probable que un presidente surgido de la oposición termine introduciendo amarres en la administración pública que deriven en la instauración de un verdadero servicio civil de carrera, de tal forma que la próxima vez que un rival se siente en el poder no pueda utilizar discrecionalmente el patronazgo federal. Por último, es posible que un gobierno surgido de la oposición, al querer disminuir los niveles de incertidumbre entre los inversionistas, hiciera en materia de política monetaria algo similar a lo hecho por Tony Blair al asumir el poder: aumentar la independencia institucional de la banca central. Si la incertidumbre electoral motiva a presidentes neoliberales al frente de regímenes autoritarios a otorgarle independencia a sus bancas centrales (Pinochet o Salinas), la alternancia incentiva a los nuevos gobernantes a profundizar esas reformas.

En una democracia representativa la alternancia en el poder es el castigo más fuerte que el votante soberano puede imponerle a sus representantes. Quitarle el poder a un partido político es el momento cumbre del ciudadano soberano: el castigo máximo impuesto al representante por rendir cuentas malas. La derrota en las urnas es educativa. Con ella los votantes le proveen información a los políticos sobre qué está mal con su forma de gobernar y con sus ofertas políticas. Después de una derrota en elecciones nacionales se suelen suceder cambios importantes en los partidos: cambios en las estafetas generacionales, en los programas de gobierno y en las estrategias electorales. Y una vez de regreso en el poder, con el fantasma de la derrota, los políticos suelen tener mayores incentivos para acercarse a sus representados y servir mejor sus intereses. Tras setenta años en el poder, una derrota del PRI en la presidencia introduciría cambios insospechados en el partido. De regreso a Los Pinos, tras uno o varios sexenios en la banca, de seguro los priistas gobernarían de manera diferente, como parece hacerlo el actual gobernador de Chihuahua.

La alternancia, finalmente, permitiría la reducción de los enormes niveles de incertidumbre sistémica que hay en una transición prolongada. Una de las preguntas centrales en cualquier proceso de transición es sobre las estrategias de las élites políticas del antiguo régimen, el ejército y la burguesía una vez colapsado el régimen autoritario. ¿Cuál es el verdadero valor de la derrota para estos actores? ¿Acaso la democracia les ofrece perspectivas intertemporales para la satisfacción futura de sus intereses de manera institucional? Como lo sugiere Adam Przeworski, el umbral de la transición se cruza una vez que todos los actores sociales y políticos reconocen en la democracia el método más efectivo para resolver el conflicto y encauzar sus intereses. Todos: ganadores y perdedores.

En el caso de la transición mexicana, la alternancia en las presidencias municipales y en los estados ha contribuido a disminuir los niveles de incertidumbre asociados con la alternancia. Sin embargo, será sólo con la alternancia misma cuando se pueda constatar que el día que pierda el PRI las elecciones presidenciales ni los militares se rebelarán, ni los priistas se levantarán en armas, ni el país se caerá, ni la economía se irá por el barranco. El caso de las estrategias de los priistas suscita interrogantes relevantes. Si bien parece estar claro que los priistas que tengan algún contacto institucional con los veinte gobernadores priistas y con los priistas que resulten electos en las cámaras no tendrán incentivos a la subversión, no está claro cuál será la estrategia de las élites priistas en estados donde gobierna la oposición y de los priistas cuya sobrevivencia siempre ha estado atada a la presidencia. La alternancia nos permitirá saber cuál es el verdadero valor de la derrota para estos actores y quiénes estarán dispuestos a jugarse la consecución de sus intereses por canales institucionales.

Es probable que la democracia surja sin la alternancia, pero no es posible que la democracia funcione sin la alternancia. El verdadero valor de la rotación en la titularidad del poder ejecutivo no tiene que ver con individuos, ni programas, ni ideologías. Se trata simplemente de uno de los mecanismos centrales para que las tuercas y tornillos de las instituciones democráticas se echen a andar. Al introducir una distribución más competitiva y equitativa del poder, la alternancia quizás abra una enorme ventana de oportunidades para la verdadera reforma del Estado: para introducir reformas institucionales que disminuyan la discreción gubernamental y el abuso del poder y reformas administrativas que le amarren las manos al Leviatán. La alternancia, no hay duda, también introduce retos y peligros. Los peligros, sin embargo, serán menores en la medida en que el poder esté mejor distribuido entre las distintas fuerzas políticas. A esto, precisamente, contribuye la alternancia, n

Guillermo Trejo. Profesor-investigador de la División de Estudios Políticos del CIDE.

Cinco cosas , , ,

Que no se pueden decir de… el voto útil

1.  Que tiene cuerpo de tentación y cara de arrepentimiento.

2.  Util, lo que se dice útil, un melox, un alka seltzer o un bloody mary.

3.  Que olvida las palabras de Sartre: “El hombre es una pasión inútil”.

4.  Que olvida este principio físico: a toda acción corresponde una reacción.

5.  Que es el cuarto secreto de Fátima y la última sorpresa de Camacho.

Harry Potter, las drogas y el bebé de Blair

CARTA DESDE LONDRES

HARRY POTTER, LAS DROGAS Y EL BEBÉ DE BLAIR

POR SOLEDAD LOAEZA

La literatura infantil, el incremento en el consumo de las drogas y la paternidad responsable de Tony Blair le sirven a Soledad Loaeza para trazar un retrato de costumbres de la vieja y la nueva sociedad inglesa.

Algunas de las instituciones identificadas con la esencia británica están hoy bajo amenaza de desahucio: la industria automotriz, la legendaria tienda de ropa Mark’s & Spencer’s, los servicios de espionaje MI5 y MI6, las sucursales del banco Barclay’s y, para colmo, los pubs. La europeización está a punto de mandarlos al otro mundo que, en su caso y si corren con suerte, puede ser alguno de los salones del museo de cera de madame Tussaud. Ahí los niños del siglo XXI tendrán oportunidad de ver cómo se viajaba, se vestía —hasta la baronesa Thatcher—, cómo se espiaba, se ahorraba y se bebía en el pasado.

Reconocer que a alguien o a algo le ha llegado la hora del museo es una manera inteligente de enfrentarse a la globalización. La literatura también ofrece respuestas constructivas a presentes dolorosos. Mediante la imaginación puede acallar los miedos que despierta un futuro diferente. Tal vez aquí está la clave del éxito de los libros de Harry Potter, el niño mago cuyas aventuras están en los primeros lugares de las listas semanales de los libros más vendidos en Gran Bretaña y Estados Unidos desde hace más de un año.

Dentro de la rica tradición británica de la literatura infantil la escritora escocesa Joanne K. Rowling ha sabido armar un cuento nuevo con mucho de cuentos viejos: desde la orfandad indispensable para cualquier héroe infantil y la animación de objetos y animales con el don de la palabra, hasta la transformación del patito feo en el protagonista central de la guerra sin cuartel entre el bien y el mal. Harry Potter es hijo de una bruja y de un mago buenos, que murieron a manos de un rival que encarna la maldad absoluta; los primeros años de su vida lleva una existencia miserable con unos tíos mezquinos que lo explotan, hasta que los colegas de sus padres, que nunca lo han abandonado, se encargan de mandarlo al internado de Hogwarts, escuela especializada en la educación para magos y brujas. A los once años Harry Potter descubre un mundo mágico cuya conquista le está prometida, poblado de referencias y personajes bien conocidos, con ecos hasta de La guerra de las galaxias. Sus aventuras transcurren entre gigantes, centauros, minotauros, escobas voladoras, piezas de ajedrez que le dan instrucciones al jugador, personajes de pinturas que platican entre sí, se salen de su cuadro para visitar al de enfrente, pócimas, sortilegios, sombreros puntiagudos, entre otros.

Todo esto puede ser bien reconocido por cualquier niño. No obstante, la universalidad de estos recursos está limitada porque el cuento se desarrolla en un medio central de la cultura británica: el internado, que se rige por un código peculiar, comprensible únicamente para los británicos, y que ha sido retratado de manera menos benévola en obras como If Clockwork Orange. Un medio perfectamente estratificado, en el que los alumnos más pequeños están a merced de los mayores, y de la indiferencia o crueldad de los maestros. En esas escuelas parecería que el único mundo posible son los pares, no obstante su debilidad o sus vicios, como ocurre en El señor de las moscas.

Harry Potter es un personaje infantil, sin más, pero ha sido objeto de numerosos ensayos y reseñas, y según diversas encuestas muchos de sus lectores son mayores de edad. En febrero el libro más leído entre los miembros del parlamento británico, en particular de los laboristas, fue alguno de la serie (de la cual han aparecido cuatro volúmenes y se anuncian siete más). El éxito de Potter tal vez se explique porque en las agitadas corrientes del mundo globalizado, su vida transcurre en el mundo paralelo de los mitos benignos del internado británico. Su fuerza reside en que representa una continuidad con las fantasías del pasado, es una referencia a una identidad precisa, que en la realidad está en proceso de desintegración o simplemente camino al archivo.

En España han sido publicados los tres primeros volúmenes de la serie que será traducida en otros 25 idiomas. De tener en el resto del mundo el éxito que han tenido en el medio anglosajón nos encontraríamos ante un fenómeno similar al de las fiestas nórdicas de navidades con Santa Claus, que se organizan en escenarios tan ajenos a su hábitat natural como la costera de Acapulco. Sirva de muestra de la carga cultural específicamente británica de estos libros que los dos principales enemigos de Potter llevan nombre francés: Voldemort (Vuelo de muerte) se llama el brujo perverso que persigue a Harry, y Malfoy (Mala fe), el malvado compañero cuya rivalidad le causa innumerables problemas.

EI consumo de drogas duras ha alcanzado proporciones alarmantes en Gran Bretaña. Un reporte oficial de la policía elaborado recientemente reveló que en fin de semana cerca de 500,000 jóvenes consumen algún tipo de droga —el éxtasis es de los favoritos— y que los adolescentes experimentan con heroína a los 15 años, dos menos que en los ochenta. Otro estudio añade que 250,000 adultos fuman mariguana regularmente; y en una muestra realizada en el centro de Londres se encontró que el 80% de los billetes tenían rastros de cocaína. La drogadicción se ha agravado en ciudades como Glasgow, Manchester, Liverpool y Londres, pero también ha llegado a comunidades más pequeñas. La investigación es inquietante también porque este fenómeno no afecta sólo a familias destruidas con problemas emocionales o económicos, que se creía que eran las más vulnerables a la drogadicción; el estudio constata que el problema ha alcanzado a clases medias que viven en la estabilidad y el confort. El reporte de la policía concluía con la recomendación de que se reformara la legislación, que es de las más duras en Europa, y se suavizaran las sanciones en contra del consumo de mariguana, éxtasis y ácido lisérgico, LSD. Esta propuesta es más que sorprendente porque los daños irreversibles que el éxtasis y el LSD causan en el cerebro están firmemente comprobados. La propuesta no aporta prueba ninguna de que estas drogas sean inofensivas; se trata más bien de una confesión: la de que en Gran Bretaña también se está perdiendo el combate contra las drogas, y que no hay recursos que alcancen para atacar el problema en todas sus manifestaciones; en estas condiciones la policía cree que lo mejor es concentrarse en el combate a la heroína.

A unos cuantos días de que se dieron a conocer los resultados del estudio, el Daily Telegraph, un periódico muy conservador, se sumó a la propuesta de que se reformaran las leyes, pero sobre todo propuso un amplio debate nacional. De manera inesperada la invitación a un debate “sin histerias” fue apoyada por otras fuerzas del conservadurismo. Quienes apoyan la despenalización del consumo de estas “drogas menores” sostienen que la única diferencia entre el alcohol, el tabaco y la mariguana, es que para obtener esta última y divertirse los jóvenes tienen que cometer un crimen. Este juicio se apoya en el argumento implícito de que el consumo de drogas es un recurso legítimo de diversión, es un hábito que ha entrado en las mores de los tiempos y como tal debe ser reconocido.

Sin embargo, para otros el hecho de que las drogas sean vistas como un medio de recreación es justamente el principal problema que enfrenta hoy en día la sociedad británica. Es bien sabido que las drogas supuestamente menores que se propone despenalizar conducen al consumo de heroína, que se ha extendido en medios conocidos como respetables. El gobierno laborista no ha querido considerar la propuesta y todo sugiere, curiosamente, que en este tema la izquierda es mucho más puritana que la derecha, pues mientras las corrientes de opinión conservadoras apoyan la descriminalización, los medios progresistas se oponen a ella. La diferencia proviene de cómo se explica el fenómeno en cada caso: mientras para unos es una diversión, para otros es una manifestación típica de la clase ociosa y mimada en la era permisiva y hedonista de finales del siglo XX, en la que el tema de los derechos humanos sirve para defender comportamientos parásitos.

El nacimiento del bebé Blair, calculado para mediados de mayo de este 2000, ha dado lugar a otro debate que involucra los hábitos de la nueva sociedad. Cherie Booth, la esposa del Primer Ministro, ha expresado su deseo de que su marido tome una licencia de paternidad para que le dedique tiempo al cuidado del recién nacido. Sostiene que únicamente puede predicarse con el ejemplo, y que la sinceridad del compromiso de los laboristas con la igualdad de las mujeres está a prueba en la decisión de Tony Blair de participar activamente en los primeros días del bebé que viene en camino. Cherie Booth recibió el apoyo de todas las mujeres del Parlamento, de grupos de activistas pro derechos de la mujer y del viceprimer ministro, Robert Prescott, que de inmediato dijo que estaba preparado para asumir las responsabilidades que el reino le encomendara.

Pero Blair titubea, acaso, porque en realidad se le ve poca disposición a dejar el gobierno en manos de quien sea. Los conservadores miran con deleite cómo sortea la trampa que en apariencia le ha tendido su mujer. Si solicita la licencia de paternidad se expone a que se le acuse de frívolo e irresponsable; si no lo hace se le reprochará el machismo y la hipocresía, para no hablar de la monumental bronca familiar que le espera; así como la desconfianza que le inspira Prescott. Lo más probable es que el habilidoso Primer Ministro busque obtener lo mejor de dos mundos: dirá que ha tomado medio tiempo durante una o dos semanas, de todas formas su oficina está en el piso de abajo de la casa que ocupa, pero seguirá haciendo política con el bebé en los brazos mientras le toman la foto, n

Soledad Loaeza. Politóloga. Su más reciente libro es El Partido Acción Nacional: La larga marcha. 1939-1994.

Gane quien gane

LOS EDITORES

ENTRADA EN MATERIA

GANE QUIEN GANE

El de julio asistiremos a las elecciones más competidas y vigiladas en la historia do México. No es poca cosa, si consideramos que la normalidad democrática dependo do la solidez de las instituciones políticas y electorales. Vivimos un tiempo de pluralismo emergente y la democracia os la única forma de gobierno que hace posible que la diversidad se dirima en una contienda pacífica.

No se puede anticipar quién ganara las elecciones; los niveles de incertidumbre son altos y la alternancia es una posibilidad real. Tras un largo camino de  debate y negociación se han cumplido las garantías y los recursos legales para que vivamos una jornada trasparente. Tenemos una institución autónoma y legítima que vigilará y certificará las votaciones. El fantasma del fraude quedó atrás. No hay duda: los votos cuentan y se cuentan.

La legalidad y las instituciones son confiables y podemos esperar una elección limpia. No sobra aclarar: cualquiera que sea el resultado existen instrumentos legales e institucionales para dar cauce a los reclamos ciudadanos y, si existen, a las impugnaciones. Toda sospecha debería canalizarse a los tribunales, los sane sancionadores últimos de la elección. La democracia no solo se asienta en el voto libre sino en nuestra confianza en las instituciones electorales.

Cumplir otro requisito fortalecería la estabilidad en la contienda política. El fraude ha dejado de ser una presencia fatídica, pero los partidos no se han comprometido a aceptar el resultado de la elección sin importar cuál sea. El fantasma de la desconfianza sigue recorriendo las casillas electorales. Muchos anos de sospechas han alentado el escepticismo; sin embargo, dos décadas de esfuerzos ciudadanos han transformado la cultura política mexicana abriéndola a una competencia limpia y a una democracia efectiva. Ese combate por la ley y la nueva institucionalidad es nuestra base de confianza para construir un proceso electoral sin las sombras del fraude y la inequidad. Pero aún falta que los partidos otorguen un voto de confianza al Instituto federal Electoral, que goza de independencia plena del gobierno. Si los partidos no reconocen que la democracia empieza en la aceptación ele los resultados y en la aceptación de la derrota, el proceso estará en riesgo de caer en una espiral de impugnaciones y reclamos por encima (o peor: por debajo) de la legalidad democrática a la que todos aspiramos, n

El primer día en la silla

GRATIS

El primer día en la silla

¿Qué es lo que harán los candidatos, en caso de ganar, el primer día en la Silla? Ofrecemos, gratis, las siguientes respuestas.

* Cuauhtémoc Cárdenas renunciará a la presidencia y continuará su campaña en la oposición, por no estar dispuesto a ser un cómplice del poder corruptor.

* Vicente Fox encargará, de la librería más cercana, la Historia mínima de México del Colmex.

* Francisco Labastida querrá un debate para ver si así gana uno.

* Manuel Camacho llamará a una conferencia de prensa; una vez ahí, invitará a los presentes a otra conferencia de prensa.

* Gilberto Rincón Gallardo dirá que la pizza Benedetti’s (“Somos mucho más que dos”) no era, en realidad, de tamaño familiar.

* Porfirio Muñoz Ledo se pedirá una cita a sí mismo, en calidad de Presidente de México, para hacerse ver que la Nueva República era ya una idea de Porfirio Muñoz Ledo desde que estaba en la prepa del CUM.

El cierre ciclónico

 EL CIERRE CICLÓNICO

La última página de Nexos ofrecerá al lector una sección que incluirá indistintamente citas, anécdotas, ficciones súbitas, mini entrevistas y mini simposios, confeti literario, ensayos bonsái, esgrima, expediciones punitivas, limericks, poesía encontrada  y huerfanitos. Como sabemos los editores de Nexos, el mundo es ancho, la pasión es intensa, la emoción es honda, la esperanza es vana, la vida es fugitiva y el cierre es ciclónico.

Al poeta griego Simónides de Ceos, que vivió hacia el siglo V antes de Cristo, llegó un conocido a decirle que no este conocido, sino otros conocidos del conocido, hablaban pestes de él. Simónides le dijo: ‘”No me vengas a difamar con tus oídos”.

Escenas que quisiéramos ver. Los entrevistadores televisivos se lanzan con todo contra el entrevistado. Duro y directo, como decía algún clásico, con inventivas invectivas. (En algunos programas televisivos de entrevista, la silla del entrevistado debía tener por lo menos cinturón de seguridad.) En una de esas, el entrevistado dice: “Bueno, ese fue un ataque; ahora estoy esperando la pregunta”, para climas electorales. D. H. Lawrence aconsejó para la política: “La rabia a veces es justa, la justicia nunca es justa”. W. H. Auden comentó: “Es un consejo admirable para amantes, pero en términos políticos sólo querría decir: ‘Acaba con aquellos que no estén de acuerdo contigo’ “.

Deseo a los lectores. En lo mismo, deseamos a los lectores la mejor de las jornadas electorales. Pero sobre todo, les deseamos que por ningún motivo se encuentren en la prensa populosa de los días postelectorales algún artículo postingenioso que haga referencia al clásico monterrosiano sobre el dinosaurio que seguía ahí.

El mejor remedio para el bloqueo del escritor que hayamos leído en un cierre ciclónico es de H. G. Wells: “Intenta el elemento sorpresa; ataca al libro a una hora en que no se lo espere”.

Antes del día

BARÓMETRO

ANTES DEL DÍA

POR ROLANDO CORDERA

Como se esperaba, el debate desató todo tipo de pasiones dentro de los partidos y la opinión pública. El remate no ha sido, como podía desearse, un nuevo ambiente caracterizado por la exposición cuidadosa de plataformas y propuestas, sino el recrudecimiento de los ataques y las descalificaciones, junto con la (re)aparición de actores siempre presentes, como la Iglesia católica, que habían buscado instalarse en un bajo perfil dentro de la pugna presidencial.

Haciéndose eco de inquietudes de todo tipo, vertidas en la prensa nacional e internacional y desde luego en los círculos de negocios, la Secretaría de Gobernación convocó a los partidos a firmar un pacto de civilidad y respeto a los resultados electorales. Hasta el momento de redactar este envío, la convocatoria del gobierno ha corrido con mala suerte, puesto que ni el PAN ni el PRD se han mostrado dispuestos a firmar el referido pacto. Para el PAN, no es ésta tarea que el gobierno pueda realizar; toca al IFE, dijo su presidente nacional, Luis Felipe Bravo Mena, llevar a cabo tareas de esta suerte, entre otras cosas porque “para un acuerdo de esa naturaleza no pueden confiar en una dependencia… como la Segob porque constantemente intercambia información a través de sus funcionarios con el comité de campaña del PRI y viceversa… evidentemente”, y, por lo tanto, concluye Bravo Mena, “aquí hay un elemento que deja muy cuestionable la imparcialidad de este órgano del gobierno federal”.

Jesús Zambrano, secretario general del PRD, coincidió con el dirigente panista en cuanto a que toca al IFE hacerse cargo de “todo lo referente a los asuntos electorales” y fue más lejos en su descalificación de Gobernación: “Una mesa para firmar un pacto como lo propone la Segob sería como regresar los asuntos del IFE a la dependencia, es meter por la ventana lo que sacamos por la puerta, es como atarnos de manos y ponernos frente al pelotón de fusilamiento sin posibilidad de defensa cuando el gobierno y el PRI utilizarán ametralladoras para el fraude” (El Economista, 10 de mayo de 2000, p. 51).

No debería ser para tanto, pero así están las cosas en este frente de nuestra vida pública que para el perredista parece ser, en efecto, un frente de guerra. Más allá de las metáforas que produce la nostalgia de tiempos idos y mal digeridos, sin embargo, es un hecho que en medio de tanta desconfianza la iniciativa del gobierno no parece tener futuro. No es exacto que no toque a la Secretaría del otrora temido y reverenciado Palacio de Cobián encargarse de asuntos como el que ahora nos ocupa, ni que todo lo electoral sea materia exclusiva del ahora venerado IFE. Pero en política, como en el tango, se necesitan dos o más de dos porque de otra suerte no hay baile. Y este es el hecho duro y desnudo por el que pasa la fase final de la campaña.

Más allá de una eventual convocatoria del IFE, de cuyo Consejo General forman parte los partidos que le piden los convoque, lo cierto es que los tiempos para un acuerdo serio y en serio sobre lo fundamental de la política sucesoria ya pasaron, sin que esto signifique que la necesidad haya sido satisfecha. En esta hipótesis, tal vez lo que habría que esperar y exigir de los partidos y sus abanderados sea una clara declaración explícita de que están dispuestos a respetar los resultados de la elección y las decisiones a que al final llegue el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación en materia presidencial. Sin que tal cosa nos asegure nada para el día después, que ya tiene tantos profetas del desastre, sería quizás un primer paso para abordar con calma y madurez el tema de la gobernabilidad que muchos quieren convertir en el petate del muerto que los lleve de nuevo al altar de los grandes arbitrajes.

Ido el debate a seis, los tres grandes que se soñaban los únicos parecen más bien preocupados por cómo evadir el coloquio a tres, no sólo por táctica de imagen o en obediencia a los consejos de sus maquillistas, sino porque no tienen explicación buena que valga para explicarle a los ciudadanos por qué no deben participar con ellos los otros tres que toman parte en la puja por la Presidencia y el Congreso. Hagan lo que hagan, “en México somos más que dos” de Rincón Gallardo caló hondo en la opinión pública y no les será fácil a estos autodesignados dueños del club electoral mexicano justificar lo que es una clara y abusiva exclusión. Pero, en fin, por lo pronto adaptemos: such is democracy in the tropics.

La riña de los toficos

El destape del año ha sido el de los banqueros españoles y algunos columnistas domésticos, siempre listos para sentirse como que ya son ciudadanos del mundo, aunque para ello tengan que cecear. Resulta ahora que la “oferta hostil” (es decir, no solicitada) hecha por Banamex a los accionistas de Bancomer, cuyos directivos estaban en tratos de venta con el Banco de Bilbao y Vizcaya, quiere “apelar al sentimiento nacionalista en contra de la inversión extranjera”. Para el copresidente de BBV, Francisco González, la postura de Banamex sería “una puesta en escena en la que el centenario banco mexicano, cuyo capital fundador fue sobre todo francés, intenta mezclar política con economía” (El Economista, 10 de mayo de 2000, p.l). Vaya con eso de la globalización traducida sin mayor trámite ni cuidado interpretativo al castellano de los financieros, que en más de un caso sirven a dueños alemanes u holandeses.

Grave sería, en efecto, que detrás de la jugada de Hernández y socios estuviese algún afán gubernamental no sólo oculto sino incongruente o fuera de la ley. Pero apelar al cosmopolitismo para enfrentar una operación mercantil que es el arroz de todos los moles en inglés, japonés o ruso, es como demasiado.

Ahora sólo falta que la Comisión de Competencia se empeñe en descubrir en la pretendida fusión tendencias monopólicas en un mercado que, como el mexicano, es ya uno de los más abiertos del mundo, incluso en las finanzas. De paso, ¿no tendría que revisarse la ley federal de competencia a la luz de las grandes aperturas ocurridas en la economía en estos años? ¿Puede todavía proponerse a un mercado interno evanescente como el marco para medir el dominio o el tamaño de una empresa o una fusión sobre el mercado?

La UAM. la ley y las pésimas costumbres de los malos

 La Universidad Nacional puede no estar secuestrada, pero sí está maniatada desde dentro por una horda que parece haber encontrado como rumbo casi único la demolición no sólo virtual de la casa de estudios. En su demencial labor, los vándalos redivivos y aumentados parecen contar con la anuencia de los que fuera de sus muros mandan en la política y el derecho. Allá los universitarios y su dudosa comunidad, y su odiosa autonomía, parecen pensar y hasta decirse los que desde el poder asisten tranquilos al peor de los desmantelamientos de que haya sido objeto la UNAM: el del orden mental y del respeto que los universitarios habían logrado erigir entre ellos y ante buena parte de la sociedad mexicana. Para la casa fundada por Justo Sierra y refundada por Caso, no se vislumbra nada que no sea un penoso arrastrarse y arrastrar los pies, por lo menos hasta que el polvo de la sucesión se asiente. ¿Y si no?

Ayuda de memoria

Pero para qué angustiarse: los procuradores se resbalan y sus procuradurías más bien parecen camposantos, mientras los órganos en cargados de administrar la ley apenas se sostienen, ante una opinión pública que más que absorta vive en la angustia y el temor de tener que topar ya no sólo con la iglesia, sino con las barandillas, los jueces, los custodios. Por su parte, el crimen organizado sigue en su frenesí sangriento, de Tijuana a Juárez, de Sinaloa a la capital de la República y al reclusorio que se escoja para la anécdota del momento.

Los libro  sobre la mesa

La editorial Cal y Arena puso en circulación El secuestro de la UNAM en el que el siempre lúcido y cuidadoso Raúl Trejo reunió ensayos y artículos escritas poco antes y durante la larga y corrosiva huelga que afectó a la Universidad por casi un año. El trabajo del director del semanario Etcétera e investigador universitario, comprometido testigo y actor de este drama que ya se nos volvió tragedia, dará mucho de qué hablar, pero sobre todo pensar y reflexionar sobre la Universidad que se nos fue y la que México requiere como el agua… o más.

Dos anuncios: cuando este número de Nexos esté en la calle, es muy probable que circulen ya dos trabajos de enorme interés e importancia: El partido de la Revolución: institución y conflicto, del Fondo de Cultura Económica, escrito por Miguel González Compeán y Leonardo Lomelí, y de Jonathan Heath, La maldición de las crisis sexenales: sucesiones presidenciales y crisis económicas en el México moderno, del Grupo Editorial Iberoamérica.

Circula ya un excelente libro colectivo sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Coordinado por Beatriz Leycegui y Rafael Fernández de Castro, investigadores del ITAM, ¿Socios naturales? Cinco años del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (ITAM / Miguel Angel Porrúa) reúne a doce investigadores y cubre los temas fundamentales a partir de los cuales se puede evaluar y discutir con rigor este acontecimiento fundamental para la economía, la política y la sociedad mexicana de hoy y de mañana. Habrá que volver sobre este texto que constituye un obligado punto de partida para reflexionar sobre nuestra maltratada pero más que viva economía política internacional. n

San Pedro Mártir, 11 de mayo de 2000

Rolando Cordera. Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

El trabajo en el ocaso de las carreras

LA VIDA WIRED

EL TRABAJO EN EL OCASO

DE LAS CARRERAS

POR JOHN GRAY Y FERNANDO FLORES

Primera Parte

Las carreras como modelo dominante de la vida laboral sufren una disolución alentada por las revoluciones tecnológicas y de la información. ¿Qué ha traído su ocaso?: nuevas formas de vida laboral. Este artículo se ocupa justamente de ellas y de las políticas públicas necesarias para tomar ventaja de sus efectos. De Fernando Flores Nexos publicó Los emprendedores y la izquierda (marzo de 1998) y de John Gray Falso amanecer (agosto de 1999), dos ensayos indispensables para comprender las transformaciones globales del mundo actual.

El deterioro de la carrera profesional como institución es una consecuencia inevitable del surgimiento de las economías basadas en el conocimiento. La innovación continua en la tecnología y en las organizaciones de negocios conduce inevitablemente a la progresiva destrucción creativa de muchas prácticas que antes se honraban, incluyendo aquellas que eran el centro de muchas carreras. Se entiende poco de esta transformación fundamental en las aspiraciones asequibles para la mayoría de los trabajadores. La política sigue moldeándose en las promesas anacrónicas tradicionales de centro-derecha que se basan en la institución de la carrera como modelo del empleo deseable.

Es un hecho sabido que el cambio hacia las nuevas economías requiere mayores niveles de educación en la fuerza laboral. Con menos frecuencia se comprende el hecho de que estas nuevas economías hacen que la adquisición, la aplicación y el periodo de vida de los conocimientos profesionales tradicionales sean cada vez menos útiles para la mayoría trabajadora. Una educación técnica única, como se la entiende por lo general, ya no basta para tener éxito en economías que permanentemente sufren revoluciones de las nuevas tecnologías de la información. Sin embargo, otorgar entrenamientos para cambiar a nuevas carreras es una respuesta vacua al ritmo, la escala y la profundidad del cambio al que nos enfrentamos. No es que la mayoría de la gente deba esperar tener más trabajos durante una vida laboral, ni tener que hacer uno o más cambios de vocación. Más bien, la idea misma de hacer carrera tiene cada vez menos sentido en las vidas laborales de la gente.

Muchas de las prácticas y de las instituciones que heredamos de fases anteriores de la Revolución Industrial son inadecuadas para el mundo de trabajo que las nuevas tecnologías han traído consigo. Lo que se necesita es un nuevo enfoque emprendedor para prepararse para la vida laboral, junto a reformas de su infraestructura —pensiones, recaudación fiscal, créditos y similares— y una alteración básica de la educación. Este artículo pretende establecer un fundamento para dichas reformas en las políticas públicas examinando, primero, la disolución actual de la carrera como el modelo principal de vida laboral que muchos han tenido y al que la mayoría han aspirado. A continuación examinamos las nuevas formas de vida laboral que están surgiendo y cuál es la mejor forma en que las políticas públicas pueden responder a ellas para tomar ventaja de sus efectos.

Para poner en perspectiva la creciente obsolescencia de la carrera, hacemos bien en recordar que, en su acepción original en el idioma inglés, career significaba senda o camino y su significado más tardío es una extensión de ese uso. Una carrera era una senda que duraba toda la vida, a través del mundo laboral. Una carrera era una vocación o disposición únicas, que los individuos adoptaban al iniciar su madurez pero para la que frecuentemente se preparaban desde la niñez. Las carreras se perseguían durante toda la vida laboral de los individuos. En la segunda mitad del siglo XX, las carreras han proporcionado una posición de empleo formal en una cultura profesional establecida y, para muchos, progreso dentro de la jerarquía de una organización.

La corrosión de esta institución es el reto económico principal al que se enfrenta la mayoría trabajadora en las sociedades modernas tardías. Los partidos de centro-izquierda y los gobiernos, que consideran que es su papel extender las ventajas y las oportunidades de la clase media a toda la población, tienen un precario entendimiento de las causas y las consecuencias de este declive. Con la obsolescencia de la carrera, se eliminó uno de los pilares centrales de la vida de clase media.

La carrera ha sido una institución social central en la civilización industrial del siglo XX. Aunque la mayoría nunca tuvo total acceso a ella, una carrera ha sido una de las pocas formas de hacer realidad el valor de la autonomía personal que aún es una aspiración para la mayoría. La carrera ha sido la vía principal por la que la mayoría de la gente podía esperar establecer continuidad y significado siendo autores de sus vidas económicas. Ya sea en leyes, medicina, industria, gobierno o cualquier otro dominio en los que las carreras han florecido, la carrera de cada cual avanzaba al incrementarse el conocimiento y las aptitudes especializados. La carrera, como institución, también ha desempeñado un papel crucial en el fortalecimiento de las comunidades otorgando un alto valor al conocimiento y las relaciones locales. Como una de las instituciones centrales para legitimar los beneficios de una economía capitalista y dinámica, su declive amenaza con devastar esa legitimidad a lo largo y ancho de la sociedad, particularmente en las clases medias en las que la preocupación por la carrera ha sido más fuerte.

Hay dos riesgos morales relacionados con el declive de la carrera. En primer lugar, al menguar la capacidad de la gente para elegir el empleo estable y significativo que las carreras proporcionaban, se amenaza los valores individualistas encarnados en las economías modernas de mercado. Simultáneamente, junto a los incrementos en la movilidad de la mano de obra y a la corrosión de muchos valores tradicionales, el declive debilita los vínculos de cohesión social de los que dependen las economías de este tipo. Con el paso del tiempo, estos riesgos morales podrían representar riesgos políticos para los partidos de centro-izquierda que, recientemente, han atraído más apoyo de las clases medias. Aun en la ausencia de una crisis económica de grandes proporciones, las clases medias desilusionadas son un campo fértil para el regreso de la derecha.

El hecho de que una carrera tradicional ya no sea una aspiración razonable para la mayoría trabajadora crea tanto peligros como oportunidades de los que ninguna sociedad capitalista avanzada se ha dado cuenta. Ha habido señales de que muchos países comienzan a apreciar la importancia de estos cambios, como lo muestran los estudios de la fuerza laboral contingente patrocinados por el gobierno de Clinton1 y, en Gran Bretaña, por los programas continuos de aprendizaje promovidos por el gobierno de Blair. Estos programas, sin embargo, por lo general intentan ayudar a los ciudadanos a realizar cambios de carrera, en lugar de ser respuestas adecuadas a un mundo en el que el cambio se está acelerando de manera permanente y en el que los individuos se enfrentan perpetuamente a la incertidumbre de tener que definir una y otra vez su papel en la sociedad.

Para la mayoría de la gente, la corrosión de las carreras se ha experimentado como una disminución del control que tienen sobre sus vidas. Quienes de forma más palpable padecen esta pérdida de autonomía son las personas cuyas sendas profesionales han terminado abruptamente debido a recortes de personal; pero sigue siendo un temor potencial para aquellos cuyas carreras actuales o cuyas esperanzas de tener una han sido puestas progresivamente en tela de juicio. Careciendo de la expectativa de una carrera estable, la cohesión misma de sus vidas está en juego. El problema al que hoy en día se enfrenta la gente no es sólo la inseguridad de sus empleos, sino más bien la pérdida de significado que ocurre cuando la vida laboral ya no tiene una forma discernible. El imperativo que se le plantea a mucha gente en la actualidad no es sólo prepararse para seis o siete empleos dentro de la misma ocupación o profesión, en lugar de que sean cuatro o cinco. Este imperativo tampoco se refiere a cambiar de carrera de una vez por todas a la mitad de su vida. De lo que se trata es de adaptarse a un nuevo mundo laboral en el que ya no se dispone de la continuidad del conocimiento de sí mismo que otorgaba una carrera.

Richard Sennet ha documentado esta inestabilidad en su reciente libro sobre la Corrosión del carácter. Tal como lo demostró Sennet, incluso quienes se mudan como nómadas de un proyecto a otro navegando talentosamente a través de vidas laborales llenas de contingencias como los brutales recortes en empresas que buscan aumentar la competitividad, se encuentran incómodos para mantener a sus familias. No pueden encontrar en sus vidas laborales valor alguno que dé cimiento a las formas de continuidad que son importantes para educar a los niños, generar calidez familiar y confianza entre vecinos. Se ven a sí mismos contradictoriamente como gente que aspira a valores “tradicionales” mientras que adoptan vidas de inconexión y cortes radicales en productividad, comunidad e intimidad.

Sennet espera que algunas políticas social- demócratas puedan revivir las formas de continuidad que regían la vida laboral y comunitaria del pasado.2 Pero las políticas sociales democráticas del pasado no pueden detener las fuerzas que generan el declive de la carrera. Además, las panaceas estériles de la flexibilidad laboral, la eficiencia del mercado y similares del periodo neoliberal tampoco responden de manera adecuada a los extensos efectos de un nuevo mundo laboral incipiente. Se necesita una nueva forma de pensar respecto a las vidas económicas de los individuos; esta forma de pensar debe estar dispuesta a aceptar la decadencia de la carrera y a adoptarla como oportunidad para fomentar prácticas laborales más adecuadas a las realidades actuales. Es imposible recuperar el entorno económico que dio sustento a la institución de la carrera. Es más sensato considerar, examinando las fuerzas que están cambiando la naturaleza del trabajo, cómo hacer que, tras el fin de la carrera, la vida laboral vuelva a estar al servicio de la autonomía personal y de la cohesión social.

Entre las muchas causas del declive de la carrera, tres resultan particularmente significativas. En primer lugar, hay nuevas tecnologías que han dirigido un cambio enorme. En segundo lugar, nos encontramos con una progresiva adaptación de productos y servicios a necesidades particulares. En tercer lugar, tenemos el impacto de la globalización.

Permítanos comenzar con los efectos de las nuevas tecnologías. Para empezar, están iniciando la disolución continua de las industrias y de las ocupaciones. Las industrias de servicios que median entre compradores y vendedores son particularmente vulnerables al desplazamiento tecnológico. Los agentes de viaje, los vendedores y vendedoras en las tiendas al por menor y mucho de lo que cae dentro del ámbito bancario sobrevivirá sólo en formas más magras y especializadas. Desde 1993, el Bank of America circuló un memo interno que estimaba que, “pronto, sólo 19% de sus empleados trabajarán a tiempo completo”. Los bancos “no-bancos” (empresas ofreciendo servicios bancarios sin oficinas de atención al público), como Charles Schwab en EU, ofrecen posibilidades de inversión y ahorro, junto a sus servicios de cuentas corrientes y préstamos. Otros se están adelantando a Schwab al ofrecer estos servicios por teléfono o en línea sin estructuras de “brick and mortar” (cemento y ladrillo) para los clientes. A medida que surgen otros especialistas en hipotecas y otros tipos de productos, cada vez más lo único que les queda a los bancos es su preeminencia en cajeros automáticos.

La banca de consumo no está sola. Muchas carreras ya no serán viables porque las industrias en las que estaban inmersas habrán desaparecido o habrán sufrido alteraciones radicales. El efecto de la World Wide Web en la industria editorial, por ejemplo, quizá será enorme. Con tecnologías para producir y distribuir libros a disposición de todo mundo en la red, la única función de valor agregado que sobrevivirá de la industria editorial actual será determinar qué vale la pena leer y por quién. Hasta esta proyección asume que la nueva tecnología no desplazará al libro impreso. Con la tecnología actual, fácilmente podríamos tener un renacimiento de la práctica de principios de la era moderna, en la que circulaban los manuscritos, recibían adiciones de sus lectores, y todo sin tener ni siquiera una revisión editorial previa a su publicación.

El otro efecto de la nueva tecnología fue acelerar la reestructuración de las empresas. La reingeniería de las corporaciones de negocios ha eliminado niveles enteros de empleados. Mucha de esta reingeniería ha tenido resultados mixtos porque la nueva tecnología alrededor de la cual se enfocó la reestructuración se entiende erróneamente como equipo de procesamiento de información. De hecho, las nuevas tecnologías no sólo procesan información o aceleran los cálculos. Hacen algo mucho más radical: hacen posible una coordinación más eficaz y sensible de la vida económica, a un costo mucho menor. Una vez que las nuevas tecnologías se entiendan como herramientas de coordinación, ocurrirán avances adicionales con mejores resultados para clientes y accionistas. Para los empleados, los usos más eficaces de la nueva tecnología significarán la desaparición de muchas más capas de actividad.

Como resultado de la reestructuración actual, muchas expectativas de ascenso ya dejaron de ser realistas. A medida que esto sucede, se hace más difícil reclutar y retener gente dentro de grandes organizaciones jerárquicas. La gente brillante prefiere ir a compañías nacientes de menor tamaño donde pueden establecer tanto sus ideas propias como sus fortunas. A lo largo de los años noventa, las nuevas incorporaciones, que ya son las más altas del mundo industrializado, se han incrementado continuamente en Estados Unidos. Estas han crecido más de 20% en sólo cinco años.3 De 1980 a 1996, el número de empresas creció en un 50%.4 La brisa de destrucción creativa de Schumpeter ha soplado a través de las organizaciones, lo que ha resultado en fusiones, reestructuraciones, nacimientos y decesos de empresas a gran escala. A medida que las compañías se han vuelto más fungibles, han dado al traste con muchas formas de empleo tradicional y estable en su interior.

Muchas estadísticas de crecimiento del nivel de empleo son evidencia de esta tendencia. Por ejemplo, en Estados Unidos, entre 1992 y 1996, el número de compañías con menos de 20 empleados creció un promedio del 13% y el de las que tienen entre 20 y 100 empleados creció un 4.5%, mientras que el de aquellas entre 100 y 5,000 empleados sólo creció un 1.8%. Las compañías más grandes se redujeron en 1.7%.5 Estas cifras no incluyen contratistas independientes cuya cantidad ha crecido un 70% en el mismo periodo.6 Estos cambios tampoco han estado restringidos a EU: el autoempleo ha creado tres de cada cuatro empleos nuevos en Canadá de 1991 a 1995,” y en Gran Bretaña hoy asciende a más del 15% de la fuerza laboral, comparado con menos del 8% hace menos de veinte años.8 Adicionalmente, más de dos tercios de las empresas de Gran Bretaña no tienen empleados, y en 1994 sólo 11% tenía más de cinco.9 Aunque resulta tentador descartar estas tendencias como ajustes cíclicos, muchas de estas cifras no comprenden la reciente recesión ni reflejan los recortes de gran escala y las reestnicturaciones de los años ochenta.

Los empleos perdidos en la última recesión o en las reestnicturaciones recientes, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, simplemente no volverán. Las compañías reemplazan a estos empleados tradicionales por contratistas eficientes en costo y flexibles que representan “servicios empresariales”, la industria de mayor crecimiento tanto en EU como en el Reino Unido. En Gran Bretaña, las grandes empresas de servicios empresariales y los consultores de negocios tuvieron tasas de crecimiento anual de entre 20% y 30%, tanto en empleo como en rotación de empleados a lo largo de los años ochenta.10 En EU, de 1982 a 1992 el empleo en general creció en un 22.7% comparado con 60.5 % en la industria de servicios empresariales.11 De modo que no debería resultar sorprendente que el empleador de mayor tamaño en Estados Unidos, con una fuerza laboral de más del doble de General Motors, es Manpower, que provee empleados eventuales a organizaciones de todos tamaños. En EU, las empresas de este tipo que “rentan” empleados se incrementaron de 98 en 1984 a más de 1,300 en 1993,12 y hoy emplean más del triple de gente que a principios de los ochenta.13 Lo que podría ser sorprendente, sin embargo, es el alcance de esta tendencia. Más de la mitad del 75% de las empresas estadunidenses que contratan a estos “trabajadores contingentes” los usan para adquirir “conocimientos expertos específicos”,14 contradiciendo la percepción de que los “eventuales” se restringen a papeles no profesionales.15 De hecho, los profesionales temporales en Estados Unidos están creciendo al doble de velocidad que otros temporales y las agencias dedicadas a proveerlos se han triplicado entre 1990 y 1994.16 A esto corresponde que más de 55% de todos los contratistas independientes se encuentran en las categorías de gerencia, especialidades profesionales o ventas,17y esta cifra se ha incrementado progresivamente desde los años ochenta.18 En Gran Bretaña, las cifras de gente de negocios de empleo propio se elevó más de un 50% durante los ochenta y principios de los noventa.19 En general, las cifras son impresionantes. Según muchas estimaciones, 30% de la fuerza laboral de Estados Unidos es “contingente”.20 La OxfordReview ofEconomicPolicy estima que el número de trabajadores a tiempo completo con contrato indefinido (es decir, trabajadores con carrera o trabajos que responden al modelo tradicional de una carrera) en Gran Bretaña comprendía únicamente el 50% de la fuerza laboral en 1995 y quizá baje a menos de 40% antes de fin de siglo.21 Desde ahora, casi una cuarta parte de la fuerza laboral de Gran Bretaña es a tiempo parcial, más que en los EU o que en cualquier otra nación de Europa occidental.22

Una segunda fuerza que acaba con las condiciones que sustentan carreras y que ha traído consigo estas transformaciones es el creciente énfasis en la adaptación de productos y servicios a necesidades particulares. Se ha producido un tránsito de la producción y distribución de bienes que satisfacen necesidades estandarizadas hacia una nueva preocupación por la conveniencia y el estilo de vida del cliente. Este tránsito expone a las empresas a un flujo constante al tiempo que compiten en este campo que les resulta poco familiar. Con este nuevo enfoque hacia los clientes, los estrategas analizan con cuidado qué competencias corporativas producen el máximo valor para los clientes. Una vez que éstas han sido identificadas, se reorganizan muchas áreas de las compañías y otras se subcontratan en su totalidad. La subcontratación ha convertido a una proporción mayor de la fuerza laboral en jornaleros y jornaleras que comercializan y venden sus conocimientos a muchos compradores. El movimiento hacia la calidad, la entrega justo a tiempo y la nueva orientación hacia el cliente que han elevado la sensibilidad hacia clientes externos, también han causado que muchos gerentes reinterpreten sus posiciones como clientes internos. Esta tendencia ha transformado las estructuras salariales de carrera en programas más para el tipo emprendedor de pago por desempeño. A medida que cada segmento de una organización se reinterpreta como un negocio en sí mismo, la compensación se hace más variable. El típico pago por desempeño en Wall Street, por ejemplo, varía entre 100% y 200% del sueldo nominal. En Gran Bretaña, la oficina de recaudación estima que más del 20% de todas las compensaciones están basadas en estructuras de pago al mérito.23

Estas respuestas a la sensibilidad al cliente y a la innovación tecnológica no traen consigo un ajuste de una vez por todas, después del cual el patrón de actividad económica retornará al equilibrio. En tanto que la nueva economía, que ya está entre nosotros, se define por el cambio perpetuo, las respuestas de los gobiernos y de la gente, aun aquellas cuya intención es moderar la velocidad del cambio en la nueva economía, conducirán a transformaciones aún más profundas en la vida productiva. Hemos iniciado un proceso perdurable cuyos límites no pueden especificarse por adelantado. Las ventajas que la sensibilidad al cliente traen para la innovación en los productos y para la retención de clientes, así como las ventajas en costos de la tecnología informática, obligarán a que la innovación llegue a áreas en las que el poder profesional sigue fuertemente atrincherado. Ni siquiera las carreras paradigmáticas tradicionales, como la medicina y las leyes, son inmunes a las presiones de cambio de las nuevas tecnologías que producen mayor competencia por conquistar clientes. Por ejemplo, en Estados Unidos, una mayor diversidad de técnicas de servicios de salud y la creciente disposición de las compañías aseguradoras a pagar por éstas ya conduce a que los nuevos gestores de servicios de salud y otros profesionales involucrados vendan una amplia gama de servicios de salud acorde a la demanda.

Hoy en día, cuando nos preocupamos por nuestra salud no sólo vemos a nuestro médico de cabecera, sino que buscamos fisioterapéutas, entrenadores, quiroprácticos, sin mencionar a una enorme variedad de curanderos alternativos: acupunturistas, hierberos y similares. El énfasis en agregar valor para el paciente hará que las distinciones tradicionales entre estas ocupaciones sean más fluidas y permeables. Con nuevas formas de competencia sensible al cliente y con tecnologías de información, es de esperar que pocas profesiones sobrevivan a una vida laboral completa sin cambios fundamentales. En el mundo laboral en el que estamos ingresando, el periodo de vida de los conocimientos profesionales valiosos y las categorías rígidas de las profesiones serán breves. Sin embargo, existe un tercer cambio que tiene implicaciones de aún mayor envergadura. Una nueva mezcla cultural originada por la globalización de nuevas tecnologías hace redundantes los tipos de aptitudes locales y especializadas que daban forma a las carreras en el pasado.

Con el término globalización no nos referimos al régimen de comercio mundial y flujos de capitales que ha prevalecido durante la última década. Esta podría tener una vida breve. Nos referimos a la difusión global de las nuevas tecnologías que continuará, sin importar si el régimen actual continúa, es reformado sustancialmente o se colapsa.2″1 Tampoco estamos sugiriendo que las nuevas tecnologías hagan redundante todo tipo de conocimientos. Hay muchas cosas que las nuevas tecnologías, por sí mismas, no pueden hacer. No pueden suplantar las virtudes de la amistad ni de la vida familiar, ni eliminar el grueso de la política, ni dar al traste con las restricciones de tiempo y con la mortalidad que corresponden a los seres finitos. No somos los amos de nuestras tecnologías, pero igualmente éstas tampoco pueden alterar las circunstancias básicas de la vida humana. Una cultura empresarial del tipo que se hace posible gracias a las nuevas tecnologías diferirá en gran medida de las culturas burguesas del pasado. Pero es un error creer que las nuevas tecnologías pueden hacer que muchas de las virtudes tradicionales sean obsoletas, igual que resulta erróneo adoptar el absurdo punto de vista de que preservar estas virtudes significa oponerse al cambio tecnológico. Lo que las nuevas tecnologías sí están haciendo, sin embargo, es transformar profundamente los contextos en los que vivimos nuestras vidas laborales. Hacen esto, en parte, restando utilidad a muchos de los tipos tradicionales de conocimiento local. Muchas carreras se desarrollaban según un modelo de aprendices en el que los conocimientos prácticos acumulados a lo largo de una vida de esfuerzos se transmitían de generación en generación. Este tipo de conocimiento se refería a redes, comunidades y prácticas locales. Pero en muchos contextos, el efecto de las tecnologías informáticas es separar comunidades laborales locales unas de otras. No obstante las concentraciones de tipos de negocios como los fabricantes de ‘”chips” de silicio en Silicon Valley, las redes en las que se confían los negocios están cada vez más remotas; los distribuidores y proveedores no sólo se encuentran a miles de kilómetros de distancia, sino que pueden pertenecer a culturas empresariales distintas. Nuevas formas de conocimiento local están emergiendo. Quienes aspiran a ser emprendedores buscan el conocimiento local de los inversionistas en capital de riesgo que trabajan en las oficinas ubicadas a lo largo de la famosa calle Sand Hill Road de Palo Alto. Quieren saber cómo llegar a reunirse con ellos o cuáles serán los más abiertos a tales o cuales proyectos. Pero los inversionistas en capital de riesgo están extendiéndose y cambiando. Se ha reducido el valor del conocimiento local de cualquier sector industrial específico tanto en su base geográfica como en la profesional.

En este nuevo entorno, las relaciones de confianza se construyen a partir de mayor transparencia en los costos, franqueza sobre los intereses que los motivan, evaluación del desempeño y reconocimiento y respeto a identidades poco comunes. La familiaridad ya no sirve como base de la confianza. El que las redes locales nos sean familiares nos permite hacer el papel de informantes, pero esto cada vez menos puede ser cimiento de una carrera. Los conocimientos locales, además, tienen una vida propia más corta. A medida que las industrias cambian vertiginosamente, la capacidad de adaptarse a nuevos contextos sociales muchas veces es más útil que la comprensión lograda lentamente de un medio social establecido. Los trabajadores de edad mayor corren el riesgo de convertirse en inútiles depositarios de conocimientos locales obsoletos. Quizá más que cualquier otro factor, la progresiva obsolescencia del conocimiento local explica por qué es irreversible el declive de la carrera. Resumiendo, cuando los negocios y las industrias están en constante metamorfosis, este tipo de conocimientos pierde su importancia y es imposible encontrar aquel mundo que los generó y les dio valor.

Las tres fuerzas que están corroyendo a las carreras son parte integral de la creatividad y de la productividad de las economías dinámicas de mercado. Todos entendemos que el futuro pertenece a las economías del conocimiento. Lo que no ha quedado tan claro, sin embargo, es el hecho de que las formas de adquirir y utilizar el conocimiento encarnadas en la carrera son cada vez menos útiles en economías regidas por la nueva competencia por el cliente, nuevas tecnologías de información y nuevas relaciones globales.

Seguramente la carrera no lleva el mismo ritmo de decadencia en todas las áreas de actividad y sus consecuencias tampoco son iguales en diferentes culturas económicas. Algunos trabajadores —jornaleros no calificados y algunas categorías de oficinistas, por ejemplo— nunca tuvieron carreras. Parte de lo que solíamos llamar carreras —en deportes, moda y parte de las industrias de artes y entretenimiento— siempre han tendido a ser más cortas que la vida laboral normal. No obstante, algunas profesiones se han mantenido relativamente aisladas de las fuerzas que causan la obsolescencia de las carreras. Los jueces y algunos académicos, por ejemplo, aún tienen carreras. Adicionalmente, la actividad emprendedora empresarial siempre ha tenido un ritmo diferente al de la carrera. Los emprendedores están más expuestos a transformaciones en el mercado; su permanencia depende más de reinventar continuamente sus productos y servicios; y su éxito depende menos de sus conocimientos expertos profesionales que de otras aptitudes para movilizar a otros para que se conviertan en misioneros de la causa del emprendedor. Debido a que los emprendedores difieren en estas instancias del patrón normal de la carrera, a continuación veremos cómo sus vidas laborales tienen algo relevante que enseñarnos sobre el trabajo en la nueva economía a través de sus diversas formas de desarrollo.

A estas alturas, vale la pena enfatizar cuán profundos son estos cambios. No hemos visto más que la primera ola de la nueva economía. Por ejemplo, hasta ahora sólo se han desarrollado mercados globales para productos físicos como petróleo y madera, manufacturas como gasolina y aluminio, negocios con rendimientos a escala como motores de aviones y semiconductores y bienes de consumo que responden a cambios en productividad como cámaras y automóviles. Otros bienes y servicios se venden en mercados nacionales y locales. Aunque creemos que las diferencias locales serán más importantes de lo que actualmente anticipa la mayoría de nosotros, las fuerzas que hasta ahora han transformado a la economía continuarán transformando incluso las regiones económicas locales en sus muy particulares formas.25

Aunque son más evidentes en las economías del tipo anglosajón de libre mercado, estos cambios también pueden afectar a las economías sociales de mercado de Europa continental, Asia y Latinoamérica. Al menos en pane, las mayores tasas de desempleo de largo plazo en Europa continental responden a estos cambios que, en los países anglosajones, han producido la eventualidad de importantes sectores de la fuerza laboral. Precisamente hasta qué grado el desempleo en Europa continental responde a estas tendencias es punto de debate. Algunos analistas dan mayor peso a la ausencia de reformas estructurales en el mercado laboral como la que se puso en marcha en el Reino Unido. Otros apuntan hacia el matiz deflacionario de la demanda macroeconómica durante la preparación del lanzamiento del euro. Este debate está al margen de lo que nos ocupa aquí. A nuestro juicio, las diferencias de políticas con las que se asocia en gran medida pertenecen al pasado. Ni las reformas estructurales del mercado laboral ni la reflación keynesiana pueden ser más que triviales medidas coyunturales para las circunstancias económicas emergentes. Tampoco basta dar entrenamientos ulteriores en “nuevas carreras” a ciertos sectores de la fuerza laboral para atacar desajustes recurrentes de capacitación. Estas son respuestas vacuas a la dislocación más significativa de la vida laboral que está marcada por la decadencia de la carrera.

Lo que la decadencia de la carrera significa para la mayoría trabajadora

Estamos en un periodo de transición. Hasta un grado considerable, la división social del trabajo en profesiones y carreras concretas pertenece a una fase de desarrollo tecnológico anterior. En un tiempo de economías basadas en el conocimiento, es muy importante confiar menos en ocupaciones estáticas, específicas para cada industria, y más en la reestructuración continua de la información y la tecnología para atender con eficacia a la demanda.

Aunque esta reestructuración responde a nuestras preferencias como consumidores y productores, las necesidades humanas satisfechas por nuestras carreras no están desvaneciéndose. Estas son tan urgentes como siempre. Ningún patrón de vida laboral incapaz de satisfacerlas será humanamente durable o políticamente legítimo.

Las carreras hacían mucho por quienes las tenían. Una carrera vinculaba las fases de la vida laboral con puntos de paso en el ciclo de vida normal. De este modo, permitía a la gente conformar una narrativa coherente de sus vidas laborales. En retrospectiva, la gente podía contemplar sus carreras como algo definido por la continuidad de la actividad vigorosa de una vida, en lugar de ser una secuencia de experiencias inconexas y adiciones a un “portafolios”. Además, cuando la carrera estaba vinculada a ideas de vocación o disposición, confería significado a una vida humana en su conjunto, reforzando la sensación de que cada individuo tenía una misión particular. De esta forma, las carreras develaban un mundo de significados dentro del cual elecciones sumamente individuales e incluso eventos fortuitos cobraban inteligibilidad para el ser humano. Esto nos dice algo importante sobre el trabajo, la identidad y la realización personal. Estas son las razones por las cuales las carreras eran el ideal de la vida laboral.

La mayoría de la gente nunca entendió sus vidas laborales en términos de invención de sí mismos o elección existencial. Históricamente, se operaba bajo el supuesto de que, al elegir formas de vida laboral, cada uno de nosotros debe escuchar con atención, simplemente para hacer una elección única en la vida al descubrir una vocación. En los tiempos modernos, la institución de la carrera daba cauce a esta idea. Una carrera daba forma a las aspiraciones personales promoviendo proyectos de larga duración. Fomentaba el que la gente viviera sus vidas como ejercicios en el compromiso productivo y no como una sucesión de episodios destinados a satisfacer deseos. Las personas con carreras no se advertían a sí mismas simplemente como recursos económicos; más bien, encontraban una realización a través de una carrera como vehículo para su quehacer productivo. La carrera abría un mundo en el que los ajustes exigidos por las fuerzas del mercado se vivían como expresiones de un quehacer autónomo y no como una adaptación pasiva o sumisión enajenada.

A este respecto, el papel que las careras desempeñaban en la vida laboral era similar al de la propiedad privada para conformar la identidad personal, como se describe en los escritos de Kant y Hegel. Al igual que la propiedad privada, una cañera permitía a los sujetos humanos inscribir firmas personales a sus vidas. Al ocuparse de sí misma para obtener los conocimientos necesarios para ejercer una profesión o carrera, la gente era capaz de reconocer su propia identidad y de lograr que la comunidad reconociera esta identidad. La carrera ha desempeñado un papel crucial, si no el principal, para otorgar a los individuos sus identidades personales en las sociedades industrializadas modernas. Todavía identificamos a las personas por sus carreras. Con la decadencia de las carreras empezamos a perder el sentido de autonomía y conexión con otros que éstas proporcionaban.

Los fundadores del pensamiento social europeo reconocían los beneficios sociales y psicológicos de una división del trabajo en profesiones y ocupaciones bien definidas. Emile Durkheim advirtió tal división del trabajo como un remedio para la anomia —la enfermedad de la aspiración infinita a la que, a su juicio, las culturas individualistas eran especialmente vulnerables—. Para Durkheim, la cañera era una institución moderna valiosa, quizás incluso indispensable. Por el contrario, Marx consideraba que la división del trabajo en profesiones y carreras discretas amenazaba la autonomía personal y la solidaridad social. Temía que la creciente división del trabajo en la sociedad tendría el efecto de incrementar la alienación de los trabajadores de su trabajo y de unos con otros.

Los temores de Marx no carecían de precedentes. Adam Smith los anticipó en La Riqueza de las naciones. Smith temía que el “trabajador detallista” del periodo industrial temprano carecería de educación, espíritu cívico y virtudes materiales. En La ideología alemana, Marx articuló una visión utópica donde la división social del trabajo se había desvanecido en gran medida, en parte como respuesta a los temores que compartía con Adam Smith. Con el fin de la carrera, podemos ver cuánto más profética resultó ser la visión de Durkheim. Los temores que invaden a la vida laboral hoy en día se concentran en la marginalidad social a la que conduce la exclusión prolongada del empleo y, de forma más profunda, la disipación del significado que llega cuando el trabajo se ha hecho profundamente eventual. En consecuencia, los temores de Marx de una sociedad que carece de cohesión por padecer de un sistema económico cuyos miembros están aprisionados en un nicho diminuto dentro de la división del trabajo, han demostrado que, en gran medida, carecen de fundamento.

Cuando la vida laboral estaba organizada en carreras, el trabajo desvelaba un mundo que llevaba una firma personal, escrita en un texto de conocimientos profesionales expertos e intensificada por el conocimiento tácito que anima cada vocación particular. En el pasado, los partidos de centro- izquierda podían prometer razonablemente que grupos cada vez mayores de personas podrían disfrutar las ventajas económicas, sociales y personales del trabajo organizado como carrera. Hoy en día, nuestras firmas personales necesitan ser escritas en un texto diferente, uno definido por un refinamiento continuo, intenso y dirigido de nuestras aptitudes básicas como seres sociales. El mundo del trabajo con significado que antes era develado por las carreras ha de reemplazarse por los modelos de vida productiva que son creados por una nueva sensibilidad hacia los clientes, por la innovación tecnológica crecientemente vertiginosa y por las culturas económicas progresivamente globales que desplazan a las formas tradicionales de conocimiento profesional.

La pérdida de las carreras no sólo disminuye la seguridad económica. Es una pérdida de tres bienes éticos clave que eran centrales para definir la vida en las sociedades industriales modernas. En primer lugar, las carreras han sido instrumentos a través de los cuales la mayoría de la gente que participaba directamente en la fuerza laboral enfocaba sus identidades. Ellos hacían un compromiso vitalicio para convertirse en administradores, ingenieros, abogados, médicos, etc. Este tipo de compromiso les permitía hacer planes para el futuro en lo que respecta a la capacitación, fuentes de riqueza y estilo de vida. Además, con una carrera, ese compromiso de por vida se hace público y puede ser evaluado por quienes pertenecen a la misma comunidad vocacional. Una carrera ha traído el reconocimiento de esa comunidad para quien la ostenta.

En segundo lugar, además de darle a uno una identidad en una comunidad vocacional, tal como una empresa manufacturera, un hospital o un despacho de abogados, las carreras proveían un lugar en una comunidad cívica más amplia. Un funcionario financiero en una compañía sería considerado candidato a tesorero de la iglesia o del municipio. De igual forma, un doctor o un ministro serían buscados como voluntarios para muchas organizaciones públicas como departamentos de bomberos, asociaciones deportivas, etc. Las carreras permitían que la gente hiciera papeles de ciudadanos responsables y, a cambio, desempeñar estos papeles les permitió avanzar en sus carreras.

En tercer lugar, las carreras han dado a la gente un sentido de autonomía, de que son autores de sus propias vidas. Las carreras logran esto por ser escogidas o abrazadas como vocación propia de una persona y por proporcionar a la gente los recursos, el tiempo y la autoestima necesarios para emprender actividades que definen al tipo de gente que ellos se consideran. De este modo, las carreras le permiten a la gente embarcarse en vidas de experimentación que alteraban y enriquecían su comprensión de sí mismos. Lo que es aún más importante es que alguien con una carrera tiene la sensación de ser autor de su propia vida al adquirir diariamente experiencia adicional en las habilidades requeridas para esa carrera. ¿Cómo entiende la gente su vida laboral cuando una carrera ya no está a su alcance? n

Fernando Flores. Presidente y CEOde Business Design Associates. Es coautor de Disclosing New Worlds.

John Gray Profesor de Pensamiento Europeo en The London School of Economics and Political Science. Es autor de False Daum. The Delusions of Global Capitalism.

1 María Shao: “New US workers: flexible, disposable; “Tempt- ing of America’ rolls on” en Boston Globe, 3 de abril de 1994, p. 1.

2 Richard Sennet: The Corrosion of Character. W. W. Norton. Nueva York, 1998. pp. 18-31 y 136-148.

3Statistical Abstract of tbe United States: 1999. Washington. G.P.O., 1999.

4 Charles Leadbeater: Liinng on Tbin Air. Viking, Londres, 1999, p. 192.

5 David Birch. Anne Haggerty y William Parsons: “Who is Creating Jobs?”. Cognetics, Inc., 1997.

6 Datos de La Oficina de la Pequeña Empresa de EU citados en Stuart Silverstein: “Hired Guns Boom in Workplace”, en LA Times, 2 de febrero de 1993, p. Al; y en Sharonn R. Cohani: “Workers in Alternative Employment Airangements”. en Monthly Labor Review, octubre de 1996, p. 31-45.

7 The Growth of Self-Employment”, en Worklife Report 10.4 (1997), p. 8-10.

8 John Stevens: “Flexible Working has yet to Kill the Tradi- tional Job “, en PeopleManagement, 1.23 (16 de noviembre de 1995), p. 57.

9 Charles Leadbeater: Living on Tbin Air. Viking, Londres, 1999. p. 192.

10 John Bryson, David Keeble y Peter Wood: “The rise and role of small service firms in the United Kingdom”, en International Small BusinessJournal, 11.1, octubre/diciembre de 1992. pp. 11-22.

11 Dwight R. Lee: “Why is Flexible Employment Increas- ing?”, en Journal of Labor Research, 17.4, otoño de 1996, pp. 543-551.

12 “Full-time Workers; Endangered Species”, en The Atizona Republic, 24 de mayo de 1995, Editorial/Opinión, p. A l6.

13 Jaclyn Fierman: “The Contingency Work Forcé”, en Fortune, 129.2 (24 de enero de 1994), p. 30-36.

14 Un estudio sobre consejos de conferencias citado en Bob Bellinger: “Temp Hires on the Rise”, en Electronic Engineering Times, 2 de octubre de 1995, p. 103-

15 Toddi Gutner Block: “Brains for Rent”, en Forbes, 156.3 (31 de julio de 1995), pp. 99-100.

l6 Jacklyn Fierman: “The Contingency Work Forcé”, en Fortune, 192.2 (24 de enero de 1994), p. 33-

17 William J. Dennis: “Self Employment”, en Journal of Labor Research, 17.4, otoño de 1996, pp. 645-661.

18 Lewis M. Segal: “Flexible Employment: Composition and Trends”, en Journal of Labor Research, 17.4, otoño 1996, pp. 525-541.

19 Emily Boyle: “The Rise of the Reluctant Entrepeneur”, en International Small Business Journal, 12 .2. enero/marzo de 1994, pp. 63-69.

20 Definido en términos generales como de tiempo parcial, temporal o subempleado por la Asociación Nacional de Empleados de Tiempo Parcial y Temporales. Los estimados de la NAPTE (por sus siglas en inglés), citados en “Temporary Staffing Still Growing, but a Little Slower”, en lanag- ing Office Technology, 41.9, septiembre de 1996, p. 34. Otros estimados con definiciones más restringidas de “contingente”, llegan a una cifra tan baja como 25% (véase Fierman, p. 30).

21John Stevens: “Flexible Working has yet to Kill the Tradi- tional Job”, en PeopleManagement, 1.23 (16 de noviembre de 1995), p. 57.

22 Diane Coyle: The Weightless World. MIT Press. Cambridge, 1999, p. 103.

24 La distinción entre la globalización como proceso histórico inexorable propulsado por las nuevas tecnologías y la globalización como un proyecto político en particular la hace John Gray: False Daun: the Delusions of Global Capitalism, Granta Books y The New Press. Londres y Nueva York, 1998.

23 “Paying for Performance: A Survey of Merit Pay”, en Industrial Relations Revieiv & Repon, 569. octubre de 1994, SS4-SS7.

25 Véase Lowell Bryan: Race for the World. Harvard Business School Press, Boston. 1999. p. 39-66, para un análisis de las diferentes tasas de desarrollo de los mercados globales y de la nueva economía.

El extranjero

En octubre de 1980 viajé de Inglaterra, en donde para entonces yo había vivido durante casi 25 años, en un distrito que estaba casi siempre bajo cielos grises, rumbo a Viena, con la esperanza de que un cambio de lugar me ayudaría a superar una etapa de mi vida particularmente difícil. Sin embargo, en Viena descubrí que los días me resultaban demasiado largos, ahora que no estaban ocupados por mi acostumbrada rutina de escribir y hacer trabajos de jardinería, y literalmente no sabía a dónde dirigirme. Salía temprano cada mañana y caminaba sin nimbo ni objetivo por las calles de la ciudad antigua, a través de Leopoldstadt y Josefstadt. Más tarde, cuando miraba el mapa, noté para mi asombro que ninguno de mis viajes me había llevado más allá de un área precisamente delimitada en forma de hoz o de luna creciente, cuyos extremos eran Venediger Au, por Pratestern, y las inmediaciones del gran hospital de Alsergrund. De haber trazado en tinta las rutas que yo había seguido, parecería como si un hombre hubiera intentado enlaces y recorridos nuevos una y otra vez, sólo para verse frustrado en cada oportunidad por las limitaciones de su razón, de su imaginación y su fuerza de voluntad, obligado a retroceder de nueva cuenta. Mi trayecto por la ciudad, que a menudo se prolongaba durante horas, tenía de esta manera límites muy precisos, y sin embargo en ningún momento mi conducta incomprensible se hizo evidente para mí: es decir, mi caminata continua y mi renuencia a cruzar ciertas líneas que eran al mismo tiempo invisibles y, supongo, arbitrarias por completo. Todo lo que sé es que me resultó imposible, incluso, usar el transporte público y, digamos, tomar simplemente el tren 41 hacia el parque Pótzleindorf, el Dorotheerwald o Fasangarten, como hacía en el pasado con frecuencia. Entrar a un café o a un bar, por otra parte, no representaba un problema en particular. De hecho, cada vez que yo me sentía de algún modo fortalecido y reanimado, recuperaba un sentido de la normalidad durante un tiempo y, apoyado por un dejo de confianza, había momentos en los que yo me suponía capaz de terminar con el mutismo en el que había estado inmerso durante días y hacer una llamada telefónica. No obstante, lo que sucedió fue que las tres o cuatro personas a las que me hubiera importado hablarles nunca estaban, ni podían ser inducidas a levantar el auricular, sin importar cuánto tiempo yo dejara sonar el teléfono. Hay algo singularmente desalentador en el vacío que surge cuando uno marca en vano los mismos números telefónicos en una ciudad ajena. Si nadie responde, es una decepción de un significado inmenso, como si estas contadas cifras al azar fueran cuestión de vida o muerte. Qué más podía yo hacer entonces, una vez devueltas a mi bolsillo las monedas que tintineaban al salir de la caja, sino vagabundear sin rumbo hasta bien entrada la noche. A menudo, tal vez por sentirme tan fatigado, yo creí ver algún conocido que caminaba delante de mí. Quienes aparecían en estas alucinaciones, pues de eso se trataba, eran siempre personas en las que yo no había pensado durante años o que habían muerto hacía mucho tiempo, como Mathild Seelos o el amanuense pueblerino de un solo brazo, Fürgut. En una ocasión, en Gonzagagasse, creí incluso reconocer al poeta Dante, desterrado de su ciudad bajo condena de ser quemado en la hoguera. Durante algún tiempo considerable él caminó delante de mí a una distancia corta, con la conocida capucha en su cabeza, distinguido por su altura superior a la de la gente en la calle, aun si él caminaba entre ella sin ser advertido. Cuando me apresuré con el fin de alcanzarlo, él bajó por Heinrichgasse, pero cuando llegué a la esquina no había ningún lugar donde él fuera visible.

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Ilustración de NCMAllory, bajo licencia de Creative Commons.

Luego de una o dos ocasiones semejantes yo empecé a sentir un vago recelo que se manifestó como una sensación de vértigo. Los contornos que yo trataba de enfocar se disolvieron y mis pensamientos se desintegraban antes de que yo pudiera comprenderlos cabalmente. Aunque a veces, obligado a recargarme en una pared o a buscar refugio en la entrada de un edificio, temeroso de que la parálisis mental comenzara a apoderarse de mí, yo no podía pensar en otra forma de resistencia excepto caminar hasta ya entrada la noche y hasta sentirme exhausto por completo. En los diez días, más o menos, que yo pasé en Viena, no visité ninguno de los sitios de interés ni dirigí palabra a nadie, salvo meseros y meseras. Las únicas criaturas con las que platicaba, si lo recuerdo bien, eran las cornejas en los jardines de la casa de gobierno y un mirlo de cabeza blanca que compartía el interés de las cornejas en mis uvas. Sentado durante largos ratos en bancas de jardín y vagando sin propósito por la ciudad, cada vez más proclive a evitar los cafés y restaurantes y tomar un bocadillo en cualquier puesto donde yo pudiera encontrarme, o simplemente comer algo de un envoltorio de papel, todo esto ya había empezado a cambiarme sin que yo me diera cuenta. El hecho de que yo viviera todavía en un hotel desentonaba cada vez más con el estado deplorable en que me hallaba entonces. Comencé a llevar conmigo toda suerte de objetos inútiles en una bolsa de plástico que traje de Inglaterra, objetos de los que, al paso de cada día, me pareció cada vez más imposible separarme. Al regresar de mis excursiones a una hora tardía, sentí a mi espalda la mirada del portero nocturno que me sometía a un escrutinio largo e inquisitivo mientras yo esperaba el elevador en el lobby del hotel, estrechando la bolsa contra mi pecho. Ya no me atrevía a encender la televisión de mi cuarto, y no podría decir que alguna vez yo habría superado el abatimiento si una noche, al desvestirme con lentitud sentado en el borde de la cama, no me hubiera asombrado la visión de mis zapatos que literalmente se caían en pedazos. Me sentí incómodo y mis ojos se oscurecieron, como ya lo habían hecho una vez aquel día, cuando llegué a Ruprechplatz luego de un largo trayecto alrededor de Lepoldstadt que me llevó por último a través de Ferdinandstrasse y por Schwedenbrücke hacia el primer distrito. Las ventanas del centro comunitario judío, en el primer piso del edificio que también alberga la sinagoga y un restaurante kosber, estaban abiertas de par en par, siendo un insólito, agradable y en verdad veraniego día de otoño, y adentro había niños que cantaban, inexplicablemente, “Navidad, navidad” y “Noche de paz” en inglés. Las voces de los niños cantores y ahora, frente a mí, mis zapatos en jirones y al parecer sin dueño. Montones de zapatos y altas pilas de nieve —me acosté con estas palabras en mi mente—. La mañana que siguió, cuando desperté de dormir profundo y sin soñar, algo que ni siquiera el estruendo del tráfico en la glorieta había logrado perturbar, sentí como si hubiera atravesado un amplio tramo de agua durante las horas de mi ausencia nocturna. Antes de que abriera mis ojos pude verme descender por el pasillo de un largo transbordador, y apenas había puesto un pie en tierra cuando decidí abordar el tren vespertino a Venecia, y antes de ello pasar el día con Ernest Herbeck en Klostemeuburg.

Ernest Herbeck había padecido enfermedades mentales desde sus veinte años. Ingresó por primera vez a un hospital en 1940. En ese entonces él trabajaba como obrero no especializado en una fábrica de municiones. De pronto, apenas lograba comer o dormir. Yacía despierto por la noche, contando en voz alta. Su cuerpo era torturado por calambres. La vida familiar, y en especial el pensamiento incisivo de su padre, le corroían los nervios, según lo dijo. Por último perdió el control de sí mismo, aventaba su plato a la hora de la comida o derramaba su sopa bajo la cama. En ocasiones, su estado mejoraba por un tiempo. En octubre de 1944 fue incluso reclutado, sólo para ser liberado en marzo de 1945. Un año después de que la guerra había concluido, lo reclutaron por cuarta y definitiva ocasión. Había estado vagando por la noche en las calles de Viena, llamando la atención por su comportamiento, y había hecho declaraciones incoherentes y confusas a la policía. En el otoño de 1980, luego de 34 años en un hospital, atormentado durante la mayor parte de ese lapso por la pequeñez de sus propios pensamientos y percibiendo cada cosa como a través de un velo tendido sobre sus ojos, Ernest Herbeck había sido, por así decirlo, disculpado de su enfermedad y se le permitió mudarse a una casa de huéspedes en la ciudad, entre cuyos inquilinos él difícilmente parecía conspicuo. Cuando llegué a la casa, poco antes de las nueve y media, él ya me estaba esperando, de pie en lo alto de la escalera que subía hacia la entrada. Lo saludé con un ademán desde el lado opuesto de la calle, a lo que él levantó el brazo en bienvenida y manteniendo el brazo extendido descendió las escaleras. Usaba un traje que le quedaba corto, con una insignia de excursionista en la solapa. En la cabeza llevaba un sombrero de ala corta, una especie de sombrero de paño que más tarde retiró, cuando se le hizo demasiado caluroso y lo portaba a su lado, tal como mi abuelo solía hacerlo durante los paseos en el verano. n

 

W. G. Sebald

2 de julio

CALEIDOSCOPIO

POR JOSÉ WOLDENBERG

El 2 de julio será:

•  Domingo,

•  Día de votar,

•  Fiesta cívica,

•  Hora crucial,

•  Estación inexcusable,

•  Feria de apuestas,

•  Teatro de expectativas,

•  Tensión dramática,

•  Báscula de partidos y candidatos,

•  Alud de ciudadanos,

•  Prueba de fuego,

•  Culminación de un largo y tortuoso proceso,

•  La operación de más de 112,000 casillas,

•   El debut como funcionarios de casilla de 450,000 personas,

•  Lluvia de boletas,

•  El despliegue del estratégico trabajo de los representantes de los partidos y coaliciones,

•   Momento estelar de los observadores y los “visitantes extranjeros”, todos con su lupa y algunos con pipa,

•  Día para la caza del mapache,

•   Jornada de los dedos pulgares manchados,

•   La cobertura más amplia de los medios a la búsqueda de cualquier gazapo,

•  De programas especiales en radio y televisión,

•  De proliferación de conteos rápidos (espero),

•  De danza de cifras,

•  un río de resultados,

•  Jornada de ley seca y brindis clandestinos,

•  Quizá noche de jolgorio y pena,

•  una licuadora de humores,

•  reto para que la fiesta siga el 3, 4, 5, 6 de julio y más,

•  De carpas en el IFE o el IFE como circo,

•   Momento del pueblo, aunque suene demodé, o, peor aún, populista,

•  Efeméride, a querer o no,

•  Materia para cronistas,

•  Punta del iceberg, cuya cara oculta contiene una sociedad plural, partidos fuertes, intereses encontrados, ambiciones y propuestas, y un largo etcétera capaz de desnaturalizar estos destellos nada originales,

•  historia, leyenda, mitología, dentro de 20 años… o quizá nada,

•  Dibujo de los sentimientos de la nación,

•  Tragedia para la unanimidad,

•  un embudo,

•  La quimera del oro,

•  El sueño vuelto realidad o pesadilla (según se vea),

•  Espejo de lo que somos y queremos,

•  Encuesta de encuestas,

•  Lotería, con premio mayor y reintegros,

•  La fecha,

•  La meta,

•  La neta, n

José Woldenberg. Consejero Presidente dellnstituto Federal Electoral.

En la picota

EN LA PICOTA

Este redactor ha recibido diversas manifestaciones, no sólo impresas, de burla por sus lamentables predicciones futbolísticas (v. Nexos 268, abril de 2000). Desde la picota, respondo que Borges tenía absoluta razón cuando dijo que la profecía era el más ingrato de los géneros literarios. No sólo me equivoqué diciendo que México ganaría una medalla de oro en Sidney 2000; que el América. por errático, sería campeón de la liguilla del torneíllo de verano, puesto que los equipos erráticos son los ganadores en este tipo de erráticas competencias donde equipos a punto de irse a 2a. división (la. A. le llama el eufemismo) de pronto califican a finales. No sólo rae equivocaré, por lo visto, al decir que España ganará la Copa Europea de Naciones el 2 de julio próximo (sí: la final es el mismo día), sino que también me equivoqué al decir que nadie haría nada contra el racista público del equipo italiano Lazio: resulta que la FIFA mandó un extrañamiento y una amenaza de multa y hasta vetó a sus directivos porque los tifosi del Lazio —equipo fundado por Mussolini— agredieron por motivos raciales al jugador negro Angloma del Valencia de España durante el partido de vuelta de la Champions League. Total: derrota por 4-0.

¿Quiere decir esto que Johannes Burgos dejará el arduo ejercicio de la profecía? No: esta proclividad no se cura tan fácilmente, aunque Johannes arriesga así el retiro de la licencia. que de cualquier modo no tiene, por malpractice en materia de comentario futbolístico. Johannes profetizará sólo cuando vaya a atinar en lo sucesivo. Ya no confundirá sus deseos con la predicción que ha de cumplirse de modo inevitable. Por ejemplo: desde aquí predigo que el Atlas y el América de México jugarán la final en la Copa Libertadores de América. Este redactor no aprende.

—-johannes Burgos

El Humor

ESCRITOR EN SU TINTA

EL HUMOR

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

En una entrevista con Ornar Prego (1982-83), Julio Cortázar afirma: “En América Latina, el escritor que se define como escritor, que tiene la ambición de ser escritor, es un tipo que automáticamente se pone muy serio. Les reprocho a los latinoamericanos, en general, y a los argentinos, en especial, una considerable falta de humor”. “¿Qué nos rescatará de la seriedad?”, se pregunta Cortázar, e intenta una respuesta: “La madurez nacional, supongo, nos llevará a comprender por fin que el humor no tiene por qué seguir siendo un privilegio de los anglosajones y de Borges o Bioy Casares”. Que el humor no es lo contrario de lo serio sino de lo aburrido, más que un lugar común creo yo que es una verdad como una catedral. Pero, ¿es cierta la afirmación de Cortázar de que “el humor es un privilegio de los anglosajones”?

Sin duda alguna, la existencia del humor se pierde en la noche de los tiempos y el humor existe también desde mucho antes de tener un nombre, siquiera. Y lo más probable es que naciera el día en que, por primera vez, Ug logró ponerse de pie en su cueva, pero, mala pata, se dio tal cabezazo que se noqueó a sí mismo, logrando que Og se riera y corriese a contárselo a Ig. Y es que el humor es ante todo observación. A diferencia del ingenio y la bufonería, el humor es sumamente gratuito e inútil en su intención, ya que no desempeña función alguna que no sea la de su propia existencia.

Ni los dramaturgos griegos ni los patricios poetas romanos lo inventaron, desde luego, ni existe tampoco teoría alguna acerca de lo que hace reír a la gente. Y un humorista que estudie una teoría acerca de la risa, antes de empezar a escribir, resulta tan absurdo como una pareja de recién casados que hojea un texto sobre el amor conyugal, antes de apagar la luz. Puede ser que recabe alguna información al respecto, pero desde luego no encontrará nada que la estimule siquiera en su urgencia creativa. Además, todas o casi todas las teorías acerca de lo que es el humor son bastante o muy correctas, pero ninguna de ellas es totalmente completa.

Sir William Temple, el diplomático, ensayista, e inglés, por supuesto, afirmó ya en 1690 que el humor era un invento inglés, absolutamente inglés, o sea ni siquiera escocés, irlandés o galés. Lo afirmó en un ensayo titulado “Acerca de la poesía”, en la segunda parte de su Miscelánea, libro publicado en 1690. Tres largos siglos más tarde, nadie ha puesto en tela de juicio semejante proclamación. Por el contrario, un dramaturgo, ensayista y narrador tan grande como Pirandello, en su extenso y exhaustivo estudio titulado precisamente El humorismo, no deja de darle, al menos parcialmente, razón a sir William Temple.

Su visión del asunto no deja de parecer inefable y hasta increíble, aunque quién sabe: tal vez sea sencilla y lógica para cualquier ciudadano inglés. Sir William afirma, nada menos —y uno tendería a tomarlo con benevolente e irónica cortesía— que el humor británico es producto de la riqueza del suelo de Inglaterra, de su pésimo clima, y de su libertad. La libertad, por ejemplo, es fuente de mucho humor, ya que éste resulta de la observación de los muy extraños, diversos e incongruentes comportamientos de la gente, en oposición a lo que sucedía en la mayor parte de Europa, donde el despotismo de los gobiernos daba lugar a una uniformidad en el carácter de la ciudadanía, que tan sólo producía dos modelos de franceses, alemanes, italianos o españoles: el pueblo llano y la nobleza. “El comportamiento humorístico”, argüía Sir William, “requiere de una sociedad muy libre para florecer. Y a esto se añade el hecho de que el pésimo clima de Inglaterra hace de sus habitantes unos seres tan tercamente individualistas, lo cual resulta ser un rasgo más que se presta al humorismo. Tenemos más humor porque cada inglés sigue sus inclinaciones naturales contra viento y marea y en ello encuentra placer y hasta orgullo”.

Un punto en el que Sir William no deja de tener razón acerca de la anglicidad del humor es el de la existencia misma de la palabra. No existía en Alemania, por ejemplo, y en Francia se refería a un estado de ánimo o disposición del carácter. Pirandello, por su parte, reconoce que la palabra le llegó al italiano del latín y con referencia a la salud psíquica y física, puesto que por humores se entendía los cuatro fluidos cardinales de todo ser humano, o sea la sangre, la flema, la bilis y la melancolía o bilis negra. El desequilibrio entre cualquiera de estos fluidos producía diversas patologías mentales o corporales, por lo que la palabra humor permaneció encerrada durante muchísimo tiempo en el vocabulario médico. Y en castellano, aun hoy la palabra humor, tal como la entendió Sir William Temple, aparece en quinto lugar en el diccionario de la Real Academia Española. Y ni siquiera como humor sino como humorismo, y con la siguiente muy confusa y muy vaga definición: “manera graciosa o irónica de enjuiciar las cosas”. Sin éxito alguno he buscado la acepción sentido del humor, pero no la he encontrado ni en sentido ni en humor.

Sin embargo, la tan cacareadamente británica palabra humor, esencialmente indefinible como es, ha encontrado la que sin duda es la más sutil y cabal definición, nada menos que en la pluma de un muy actual humorista español, de firma Máximo. En fin, ya quisiera Sir William Temple o cualquier otro inglés tercamente individualista, en el más frío, lluvioso, o neblinoso de sus días, romper con unas cuantas palabras fronteras que se cruzaron hace siglos, en muchísimas direcciones, y adueñarse muy legítimamente de la propia cultura británica, para definir así el humor: To sen se or not to sense, that is humour. n

Alfredo Bryce Echenique. Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

La alimentación

Siquiera no vamos a dejar de comer. De las dos cosas antes absolutamente indispensables para la supervivencia de la raza humana, el alimento y el sexo, lo segundo, gracias a las probetas, ya no es imprescindible, y supongo que en tiempos no muy lejanos quedará felizmente superado. En cuanto a lo primero, en cambio, nadie ha propuesto aún que recurramos a implantes nutrimentales para ahorrarnos la molestia de una cena esplendorosa.

Y sin embargo la ciencia insiste en ayudarnos. Sabiendo que a la mitad de una rigurosa dieta y a escondidas, muchas devoramos tazones gigantescos de frutilupis ahogados en leche endulzada Nestlé, y que en el Huarache Veloz de la esquina con triste frecuencia nos comemos uno, y luego dos, un sinfín de laboratorios está buscando la fórmula mágica para desconectar la relación entre la glotonería y la gordura. ¡Ojo, inversionistas! Apuéstenle en la Bolsa a las compañías que quieren encontrar el gen del apetito y el que nos programa las células adiposas. Lo peor que puede pasar es que les toque una empresa de avanzada como la que hace un par de años anunció, con bombos y platillos, que había desarrollado un aceite que sabía a aceite, que se freía como aceite, que dejaba las papas fritas crocantes como con el aceite y que sin embargo pasaba por el intestino delgado y el grueso sin que se les adhiriera a ninguno de los dos una sola caloría. El único problema, explicaban en letra más pequeña, es que en algunos casos su ingestión provocaba lo que delicadamente llamaban “filtración anal”.

Por ese camino van las propuestas nuevas en el tema de los placeres viejos, y no sorprende que en cuestión de comida todos los que nacimos en el milenio pasado seamos conservadores. Queremos seguirlo haciendo a la antigüita aunque engordemos. Y no es sólo porque prefiramos evitarnos las molestas filtraciones: no fue Proust ni el primero ni el único que descubrió que la memoria la tenemos tatuada en el paladar. Ni es tampoco muy original afirmar que en el momento en que perdamos el hambre dejaremos de ser humanos. Pero hambre y apetito son dos cosas distintas. El hambre impulsa el progreso: son sus hijos la caza, la invención del cuchillo, la flecha y la trampa, los trigales y los hidropónicos. Por su naturaleza misma el apetito, que busca el placer, no puede buscar el progreso: no pertenece al mundo de lo lineal, y crece siempre sin avanzar, como un abanico que se despliega.

Gira el milenio, y en vez de irnos con él hacia adelante, en materia de comida muchos tratamos de recuperar el gusto del pasado: el sabor particular de un queso elaborado a partir de la leche de una vaca que ha comido el forraje de este lugar y no de otro; el de un durazno que maduró a su propio ritmo y en su propio entorno, el de las cemas de los ángeles en el mercado de Puebla y los birotes en el de Guadalajara.

Pero también es rico imaginarse un tiempo nuevo mejor que el siglo viejo. Sobre todo porque quien sueña puede dictar todas las reglas del juego. Decreto, por lo tanto, que en cuestión de placeres la ciencia y los aceites filtrantes no tendrán mucho que aportar a mi futuro. Declaro que el hambre que da la pobreza nos en enena la comida a todos. Y pronostico que, inevitablemente, en los nuevos tiempos los campesinos seguirán su migración eterna a los entornos de las ciudades y los exabruptos del clima encarecerán los alimentos.

Con esos supuestos básicos, he aquí mi utopía: hace no tantos años, se anunció en la prensa que un equipo científico mexicano había logrado crear una vaca que comía poco, producía varios litros de leche al día, era más o menos del tamaño de un Gran Danés. Durante años quise averiguar dónde podía comprar una para tenerla en mi apartamento, pero los medios no volvieron a publicar nada sobre la microvaca. Quiero un tiempo nuevo en el que la microvaca vuelva a aparecer, y habite plácidamente los pastizales que sembraremos todos en las azoteas, y surta de leche a los niños del edificio. Quiero que la acompañen dos o tres gallinas ponedoras y un gallo cantador. Quiero que —para insistir sobre un tema anterior— la microcaca de la microvaca sirva de abono para la hortaliza que cultivaremos pobres y ricos en una soleada ventana, con la ayuda de una macetera de varios niveles como la que diseñó en Guadalajara, justamente para estos fines, el ingeniero xxx von Bertrab. Quiero que cosechemos ahí jitomates, cebolla, cilantro, chile y frijoles, aunque no sean muchos, para que por lo menos unas cuantas veces al año podamos comer lo que producimos, quedarnos sin hambre, y recordar el verdadero sabor de las cosas. Quiero que en vez de comprar un pastel en el Sumesa o La Balance nos metamos a la cocina a embadurnarnos de harina y mantequilla y a darle buen uso a la producción de la azotea. Estoy soñando en voz alta, pero no tanto. Falta la microvaca (¿dónde estará la mía?) pero en la ventana ya hay unos jitomatitos sembrados que se ven a todo dar.   n

Alma Guillermoprieto Escritora. Su más reciente libro es Los años en que no fuimos felices.

Los medios

LOS MEDIOS

POR RAÚL TREJO DELARBRE

Dejamos  a un lado la discusión acerca de si el mundo de ahora, o del futuro inmediato, es o será realmente nuevo. A menudo, más allá de las mejoras y sorpresas tecnológicas, pareciera que en el fondo todo sigue igual. En tantos sitios del mundo el hombre sigue siendo su propio lobo y en tantos otros la desigualdad continúa escindiendo a las sociedades, que cabría preguntarnos ante cuál novedad estamos cuando la humanidad sigue padeciendo casi los mismos defectos de otras épocas.

Pero el futuro está abierto y en él los medios de comunicación no sólo resultan inevitables: son y serán indispensables y tenderán a convertirse en el eje de las relaciones sociales, tanto entre los individuos como —diría don Benito— entre las naciones. Los medios seguirán expandiéndose, con una versatilidad y una avidez irrepetibles en cualquier otra actividad industrial.

En 1995 había algo menos de 900,000 televisores en todo el mundo. Teníamos un aparato por cada 6.8 personas en este planeta. Claro que, como todas las cosas, no estaban distribuidos de manera equitativa. Entre 1995 y 1996 en Estados Unidos había 806 televisores por cada mil habitantes, en Canadá 709 y en Japón 700. En Gambia solo había 2 televisores por cada 1,000 personas, en Nepal y en Etiopía, 4. Haití tenía una tasa de 4 televisores por millar, Honduras 80, Venezuela 180, Cuba 199, El Salvador 250, Chile 277, Brasil 289, Argentina 345. México tenía 193 televisores por cada 1,000 habitantes.

Se calcula que en el 2010 habrá 2,000 millones de televisores en todo el mundo. Para el 2025 serán 5,000 millones de televisores, uno por cada 1.7 personas en este mundo. Los canales disponibles para la mayoría de esos aparatos habrán aumentado muy considerablemente en comparación con la actual oferta de señales. Habrá más opciones. pero no muy distintas entre ellas. Lo mismo que ahora, la programación televisiva, con pocas excepciones, será casi toda idéntica porque estará dirigida a públicos masivos cuyas preferencias han sido estandarizadas por los medios. Ironizando con esa paradoja, él escritor Stanley Bing ha pronosticado que en el 2050 tendrán “484,567,543 canales de gran programación, que corresponden exactamente a la población de los Estados Unidos”. No serán tantos, pero sí centenares, o millares. Y casi todos, con lo mismo.

El mundo y sus sociedades tienden a ser cada vez más complejos. La propagación de los medios podría permitir que la gente y sus colectividades se reconocieran unos a otros y quizá así todos aprenderíamos algo de todos. Sin embargo, como es harto sabido, los medios reproducen estilos y pautas que han probado ser mercadotécnicamente eficaces. En la medida en que las estaciones transmisoras son propiedad de pocos individuos y empresas, aumenta esa tendencia a la igualación de los mensajes. Pero, especialmente, los medios acaban por decir casi todos lo mismo aunque se dirijan a públicos de intereses y contextos distintos porque las empresas productoras están cada vez en menos manos.

La fusión de Time Warner con America Online, anunciada en los primeros días del año 2000, ha sido la más aparatosa expresión de esa tendencia. Además, confirma la creciente comercialización de la Internet: el único medio que, por su novedad y su capacidad interactiva, ha parecido ser una opción para contrapesar la unilateralidad y monotonía de los grandes medios tradicionales, especialmente la televisión. Hasta ahora, America Online se había dedicado a vender acceso y contenidos en la red de redes. Aparentemente pequeña, esa empresa alcanzó capacidad y peso financieros para hacer una compra de 186,000 millones de dólares, la más cuantiosa que haya ocurrido en la industria de las comunicaciones. Es posible temer que, ahora con más influencia, los mensajes en la miríada de apéndices comunicativos del nuevo consorcio (que tiene canales y productoras de cable y TV abierta, empresas de cine, revistas y los sitios web más visitados) atiendan a las mismas prioridades comerciales.

Para Jacques Attali, en el siglo XXI la televisión será el objeto más familiar del mundo. Las principales redes ofrecerán “virtuales simulacros de viajes, de espectáculos, de distracciones, de formas de olvidar la precariedad del mundo, pero no proporcionarán medios para instruir, informar o educar. No las verán más que las familias tradicionales y los pobres”. La cultura y los bancos de datos serán, como está empezando a ocurrir, bienes comerciales abiertos a quienes pagan por ellos.

No todo el panorama tiene que ser tan sombrío, o tan monótono. Será inevitable que, de la misma manera que hoy, las élites culturales y económicas tengan el privilegio de contar con acceso más amplio y constante a los recursos informáticos y las señales mediáticas. Pero en la medida en que desde ahora se construyan opciones para extender el acercamiento de las sociedades al ejercicio y no sólo al consumo de la comunicación, ese futuro quizá no sea tan inicuo.

Políticas nacionales para promover recursos como la Internet, medios públicos sólidamente apuntaladas en la sociedad y el Estado, educación para ser usuarios y no sólo espectadores de los medios y reglas modernas y eficaces para regular a los medios con la aspiración de que no sean ellas quienes regulen a la sociedad, son temas en una agenda que en muchos países ya se desahoga intensa y activamente, y que en México nos siguen resultando distantes. Nos estamos tardando demasiado en damos cuenta de que.  en los medios, se encuentra la nueva frontera de la democracia,       n

Raúl Trejo Delarbre Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Los placeres

LOS PLACERES

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

 ¡Divina Psiquis, dulce mariposa invisible, que desde los abismos has venido a serlo todo lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible forma la chispa sacra de la estatua de lodo!

Rubén Darío

“El  amor es una cosa mental , decía Leonardo. Los más hermosos cuerpos se aburren sin esa fuerza mental: díganlo los vestidores de bailarinas(es), modelos o atletas. Los Apolos y las Afroditas vivos, amontonados, se miran con fastidio y hartazgo. ¡En cambio, ah, el estudiantillo esquelético y barroso que persigue a la ninfeta pechugona a la salida del pan!

Los placeres son asimismo una cosa mental. En la juventud de mi generación (años sesenta y setenta), el cigarrillo, el alcohol, los ligues callejeros, las ficheras y, escasamente, la mariguana —y claro: los discos, las películas y sobre todo los libros: la “era Cortázar”— nos seducían sobre todo por su fuerza utópica, por su carga de símbolo de paraísos o mundos extraños, nebulosos pero seductores. El lector no quería simplemente pasar un rato emocionante con un libro: se proponía en serio convertirse en un cronopio.

Nos decían nuestros mayores: “¡Cómo le encuentras gusto a quemar papel, a embrutecerte con ese brebaje! ¡Cómo andas besuqueando a esas momias pintarrajeadas, como muñecas de cartón, cuando rebullen cientos de Cándidas chamacas de prepa!”. Bueno: había esa cosa mental. Lo mismo con la música: no era lo mismo bailar una rola de los Doors ( “Come on. baby. light my fire!”) en una fiesta torpemente bacanalesca en un remoto departamento destartalado que, luego, obedeciendo los pasos del atildado instructor, en una aséptica sesión de aerobics.

El placer sexual fue todo un edén sobre la tierra, capaz de arriesgar por él hasta la terrible sífilis, desde el siglo XVIII. por esa cosa mental: el combate contra las prohibiciones puritanas y la búsqueda de las utopías románticas. Ninguna pornografía moderna alcanzará las exaltaciones sensuales de las novelas de Stendhal: la gran esposa semi o mal amada descubría su Adonis en un efebo pobretón, y éste se introducía a los goces de la gran burguesía o de la aristocracia a través de los edredones de la dama. Ahí está también medio Balzac. Las libertades y permisividades sexuales del siglo XX perdieron muchas veces, entre el fragor de sus conquistas “democráticas”, esa carga mental.

La vida es una mentira que uno se inventa, y la goza al inventársela, hasta que descubre (y más le vale que ello ocurra en la alta vejez) que todo era un cuento incontrolable, escasamente voluntario, que se iba contando a sí mismo; o que su tiempo le iba contando sobre la marcha, permitiéndole sentirse un pequeño protagonista azorado.

Esta fuerza utópica, este delirio de andarle buscando islas del tesoro a la vida urbana o suburbana; esta obsesión de vivir cada día como episodio de una gran batalla personal con grandes triunfos y conquistas en lontananza; marcan —con su ausencia brutal— el actual desencanto industrializado de las poblaciones modernas de fines del siglo XX. Unas chiches de video o de internet. Una Escala de Jacob para llegar a subgerente de relaciones públicas.

Pero el mundo resulta menos deliberado de lo que suponemos. Tal es nuestra victoria. No tenemos ni idea de qué ocurrencias locas, bobas, irracionales, peregrinas, inventen sin querer, estén ya inventando ahorita los chamacos, para iluminar su mundo. Y a lo mejor les funcionan.

Es difícil imaginar algo más aburrido que las señoronas de las novelas de Henry James, con sus vestidotes como telones de ópera y sus sombrerotes. ataviadas como “edificios públicos” (según Wilde), chismeando sin la gracia de sus degeneradas abuelas del Antiguo Régimen (todas las marquesas aforísticas y epigramáticas de Las relaciones peligrosas). Existían todavía durante la Primera Guerra mundial. Cocteau alcanzó a cronicarlas. Y enseguida, ¡la revolución femenina!

No me refiero al odioso feminismo letrado, que siempre suena a puras páginas de Julio Jiménez Rueda o de Jaime Torres Bodet, sino al día glorioso del siglo XX. en los años veinte, cuando las chamacas tiran los corsés, miriñaques y crinolinas, y se untan vestidnos ligeros, casi peplos á la grecque, enseñando sus piernas en medias de colores, y coronando todo ello con una radical visita al peluquero, que les recortaba toda la cabellera a la Bob: quedaban bobbed, con un casquetito, listas para empuñar una raqueta de tenis o asaltar uno de los primeros Fords y chocarlo a toda la velocidad contra el primer árbol que se les enfrentara: El gran Gatsby.

Se inventaron esa gran cosa mental: las flappers. Todos los “estudios de género”, tan tipo Julio Jiménez Rueda y Jaime Torres Bodet. que opacan y abisman nuestras universidades, no representan sino la triste decadencia de ese gran título de Scott Fitzgerald: Flappers y filósofos.

El deporte fue otra gran explosión mental, devenida embutidero en estadios, a lo largo del siglo. Angel Zárraga alcanzó a pintar, todavia en pleno edén, a los primeros (¡y a las primeras!) futbolistas. Las drogas, antes reservadas a los bohemios y carcelarios, ofrecían también (desde entonces) sus paraísos artificiales a la clase media. ¡Y la velocidad! El globo, el auto, el zepelín, el avión… estar en todas partes al mismo tiempo.

Podría verse el siglo XX como el gran tramo apocalíptico de la historia: las guerras y las bombas, la contaminación, las epidemias, las hambrunas, los pogroms y los campos de concentración, las dictaduras burocráticas, etcétera. Pero se podría asimismo escribir un libro igual de gordo sobre todas las cosas mentales que se inventaron los habitantes de este siglo para hallarle placer a esta monótona naturaleza humana que lleva milenios con puro más de lo mismo.

Lograron que no todo siempre fuera más de lo mismo. Una escena fílmica de Marlene Dietrich en los años treinta ya no era más de lo mismo, ni las primeras películas de vaqueros, ni los primeros chamacos de barrio, bien rebeldes con su chamarra roja (James Dean) o de cuero (Marión Brando) en autos deportivos o en motos. O la pelvis de Elvis.

En una película desoladísima de arrabales ruinosos y chamacos patibularios, en blanco y negro, La ley de la calle, esa cosa mental sobresalta como un pez súbitamente colorido. Todo el tesoro de la negra vida era ese pez a colores.

Ahora se difama a la “contracultura”, religión laica inventada por puros filósofos como Aldous Huxley, Gerald Heard, Christopher Isherwood. Paul Goodman y Jean Paul Sartre. Se reduce el término a su acepción literal (con la proverbial tontera que acomete al buen narrador José Agustín cuando se mete a “ensayista”): contra-la-cultura, es decir, vandalismo snob en favor del analfabetismo soez y arrogante, de destruir ventanas ajenas, o de enmierdar y atronar vecindarios también ajenos, nomás por chingar y porque el odio (o el rencor social) contra todo y a lo pendejo suena bien chido…

La contracultura (en su floración norteamericana y europea) fue muy otra cosa: la búsqueda de ese tesoro mental, de esa inspiración mágica, que volvía súbitamente diferente lo que siempre era más de lo mismo. Cuando Huxley, Heard e Isherwood, por ejemplo, importaron (años cuarenta) a las muy bonitas quintas de Santa Mónica, en el sur de California, la sabiduría budista, querían menos un escándalo o una excentricidad snobs que una vuelta a lo sagrado del mundo, de la persona, del amor, del alimento, de los episodios cotidianos. Lo mismo con el “eros polimorfo”, el peyote, el hachís y la mezcalina.

El cristianismo se había deshilachado en sus desastres coloniales y de la Segunda Guerra mundial. El hombre era basura. El yo era basura. ¿Cómo amar, disfrutar, descansar, anhelar desde un yo-basura a unos otros-basura (“El infierno son los otros”: Sartre); a unos coitos basura, a una música basura, a un arte basura, a unas letras basura?

Podremos hacer todos los chistes concebibles contra la pedantería desabrida de los existencialistas (aunque jamás se haya cantado algo mejor que Les feuilles martes, letra de Prévert, en la voz de Juliette Greco), o contra los oms de los bippies, pero esas ocurrencias le ayudaron durante veinte o treinta años a mucha gente a vivir una realidad inhabitable como si fuera otra cosa. Strawberryfields forever!

Yo creo que esa cosa mental que vuelve placentero el monótono mundo —utopías, delirios, sueños, obsesiones; “Imagine”, diría de plano John Lennon— no suele resolverse en ideas geniales ni muy deliberadas. Simplemente ocurren, y prenden. El surrealismo fue una babosada (Cf. Borges), y prendió durante mucho tiempo.

El hombre tiene (a veces) esa arma secreta: reinventar a partir de cualquier cosa, a ratos hasta de verdaderas baratijas, el tedio municipal y opaco, el muro que se interpone a cada paso, el desaliento que amarga desde antes de su concepción cualquier proyecto de aventura o de ilusión.

Hay un libro de título terrorífico que me gusta mucho: Literatura comprometida, de André Gide: son sus últimos artículos de vejez. Ahí les da unas buenas nalgadas a sus queridos discípulos Albert Camus y jean Paul Sartre. Ya dejen de hablar del suicidio como de “el único tema que importa”, les dice. Ya dejen de insistir en que todo es “absurdo”. Ya dejen de entonar minuciosas odas al asco, a la fealdad y al sinsentido del mundo. El mundo puede tener sentido, y placer, y florecimiento, si ustedes se lo inventan. Algo parecido había escrito Gide unos setenta años atrás en otra crisis finisecular: Los alimentos terrestres. (No conozco mayor antídoto contra la acedía que ése.)

Uno se cuenta el cuento de su vida. Lo quiera o no. Y cuando corre con suerte, encuentra la cosa mental que lo vuelve placentero, y hasta trascendente. Salvo épocas total y largamente apocalípticas (el largo fascismo, el largo estalinismo), la gente no puede evitar enriquecer un poco o un mucho su existencia. Volverla placentera. (Hasta en la tremenda miseria de la Nueva España, según la novela El Canillitas de Valle-Arizpe.) No sé qué travesuras anden urdiendo los muchachos que por estas semanas estrenan sus vidas.

Yo soy un hombre de los sesentas y los setentas, para quien la cosa mental de aquellos años sigue reluciendo como entonces, aunque pocas veces la encuentre ya fuera de mi casa. (Gide: “Repaso una a una las ideas de mi juventud”). Pero algo, que seguramente no voy a entender ni me va a gustar, anda ajetreándose en los alrededores: el nuevo bullicio de quienes no se dejan amedrentar por los datos atrozmente documentados de la realidad, y apostarán sus vidas, al igual que tantas otras generaciones, como si cada minuto, cada ser, cada episodio de veras valieran la pena.

El placer y la importancia del mundo les son absolutamente reales. Tratarán de que esa realidad codiciable y brillante (inventada, iluminada por ellos mismos) dure décadas. Hasta llegar al momento, entre más tardío mejor, en que, como tantas otras generaciones, recuerden a Leonardo (o a Rubén Darío) y sepan que la mariposa de la vida, su fulgor tornasol, su trascendencia irisada, era tan sólo esa “cosa mental”, que nos ayuda a inventarnos la espesa y municipal vida de siempre como si de veras fuese nueva, y de veras fuese otra cosa,  n

José Joaquín Blanco Escritor. Acaba de aparecer su libro Poemas y elegías.

Las elecciones

LAS ELECCIONES

POR JOSÉ WOLDENBERG

Las elecciones son:

•  El único método con el que contamos para que la diversidad política pueda convivir y competir de manera civilizada.

• La fuente legítima para arribar a los puestos de gobierno y legislativos.

•  La llave de los cambios.

•  La posibilidad y la realidad de la alternancia.

•  Un foco relumbrante para la atención pública.

•   Un proceso que desata filias y fobias, alineamientos y contraalineamientos.

•  Pasto para todas las especulaciones.

•   Cauce para las energías sociales y políticas desatadas, para las ambiciones y los talentos personales.

•  Para tejer redes de relaciones.

•  Mosca para ser estudiada por legiones de entomólogos, profesionales y no tanto.

•  El pasto de todas las desconfianzas.

•  El método que ha modificado el mapa de la representación política en el país.

•  Destino ineluctable.

•  El disparador de la legislación más barroca y compleja.

•  Un gasto necesario, una gran inversión.

•   El momento estelar de partidos y candidatos.

•   La compra de publicidad a manos llenas.

•  La búsqueda de sintonía entre el mundo de la política y la vida diaria.

•  Un zoológico para los observadores.

•  Tensión productiva.

•  Negocio para los publicistas.

•   Escalera para los políticos, elevador para algunos.

•   Espectáculo desigual, combina inercias cansinas y deslumbrantes efectos especiales.

•  Una logística monumental, 114,000 casillas, 180 millones de boletas, 800,000 funcionarios de casilla, 6 millones de insaculados, 58 millones de credenciales de elector con fotografía.

•  11 partidos, 2 coaliciones, 41 agrupaciones políticas, miles de candidatos.

•     La oportunidad democrática recurrente.

•  La cara opuesta a la violencia.

•  “La música que llegó para quedarse”.

•   La asignatura pendiente que el país está cursando.

•  El escenario del debate informado, la estridencia publicitaria y la gracejada de primaria.

•  Cobija para todos.

•  El espectáculo más largo del año.

•  Conversación inescapable.

•  Especulación infinita.

•  Disparador del ansia por las encuestas y de la necesidad de adelantar vísperas.

•  Teléfono descompuesto.

•  Barro para los medios, materia prima para los comentaristas.

•  Desayuno, comida y cena para el público en general.

•  Coartada para cuando el escritor carece de tema.

•  Serpientes y escaleras.

•  La rueda de la fortuna.

•  El banquete de la palabra, la gran comilona.

•  El festín de las buenas intenciones y los mejores deseos.

•  Un pequeño engrane que iguala al mundo.

•   Una caja de candados: líquido indeleble, credencial para votar, listas nominales con fotografía pata todos los representantes de partidos y coaliciones, boletas con papel seguridad, funcionarios sorteados y capacitados, comisiones de vigilancia del padrón, representantes de los partidos y coaliciones en los 300 distritos electorales, los 32 distritos locales y en el Consejo General, y un largo y tedioso etcétera.

•  Un ring monumental.

•  Lo único sensatamente predecible en las sociedades democráticas, según Daniel Bell.

•  “El mísero detalle técnico” del que depende todo el edificio democrático (Ortega y Gasset dixit).   n

José Woldenberg. Consejero Presidente del Instituto Federal Electoral

La muerte

LA MUERTE

POR ARNOLDO KRAUS

Muerte tiene sinónimos que no admiten dicotomías: nada. fin. infinito. Dios, infierno, paraíso, reencarnación. Muerte es también objeto de engaño y silencio: en Occidente, la reflexión sobre el fin ha sido casi esterilizada.

La muerte produce inamovilidad pero también movimiento; el fin de otros atrae la reflexión. Pocos se saben vivos hasta no tener noticias de la muerte.

Su naturaleza, el suicidio y el dolor son tan sólo unas hebras de una madeja que nunca será completamente deshilachada.

La  naturaleza de la muerte. Las preguntas de las preguntas

Los filósofos han ocupado gran parte de su tiempo en responder si la muerte tiene o no “una naturaleza”. El viejo precepto, “filosofar es aprender cómo morir”, refleja esa preocupación inmemorial. Seguirá siendo siempre inmemorial, siempre incontestable, siempre pregunta. Pensar en el fin como una forma de vida es restarle peso a esa amnesia, a esos descuidos que tanto enturbian el pensamiento. ¿Qué tanto del hombre es amnesia? No importa si tiene o no razón Nicolás Beryaev cuando dice, “para estar muerto, es preciso, por desgracia, morir”. El quid es otro: hay que atraer hacia nuestros días a la muerte, para saber, al menos, que existe.

Ser humano tiene su precio. Y ese precio es la conciencia. Sin ella todo sería distinto. El pulgar y la bipedestación son los responsables. Sin esos atributos, el cerebro no hubiese crecido, y menos preguntas, menos conciencias, ocuparían nuestras vidas. La muerte como pregunta, como interrogante vital, nos acompaña desde entonces.

¿Sirve la conciencia de muerte? O más bien, la idea de la finitud, ¿ayuda a explicar si la muerte tiene naturaleza propia?

Al igual que el fin, que carece de definición, así la espiral que suscitan las dudas y las cuestiones acerca de la muerte. Se ha dicho, por ejemplo, que la naturaleza de la muerte es la pérdida permanente de la conciencia, lo cual parece ser veraz. Pero, ¿en dónde quedan todas las conciencias de los muertos? O bien: ¿están en lo cierto los médicos cuando afirman que el paciente murió al desaparecer los datos de actividad cerebral o cardiaca? Creo que se equivocan: hacen falta los electrodos que miden el peso de las conciencias. O, acaso, ¿no es esta parte fundamental en nuestras vidas?

Se ha afirmado también que “todo” tiene una naturaleza. Y que la única cosa que carece de naturaleza es la nada. Pero la muerte es precisamente nada. ¿Es la nada de la muerte, la naturaleza de “todo”?

J. G. Smith, patólogo británico, escribió en 1821: “Si somos consientes de lo que implica la vida, lo cual supuestamente todos saben, aunque quizá nadie pueda decir que entiende clara y verazmente lo que la constituye, entonces, quizá podamos discernir lo que es la muerte. Es el cese de los fenómenos con los cuales nos encontramos especialmente familiarizados —el fenómeno de la vida”—.

La muerte es, sin duda, una reflexión tautológica. Rehuir la pregunta puede ser sano pues se está a salvo. La vida adquiere, entonces, tan sólo un carácter de transitoriedad: menos preguntas, menos miedos, menos encuentros. Pero, si la conciencia ha sido tomada por las razones de la existencia, los círculos se suceden uno a otro. Y es imposible dejar de cuestionarse.

Regreso a Smith: “(la muerte) es el cese de los fenómenos con los cuales nos encontramos especialmente familiarizados —el fenómeno de la vida—”. Entre Smith y estas notas han pasado casi dos siglos. Hoy, la vida no es un concepto en que se cavile. Se sabe de ella en cuanto otro muere. Se le soslaya, pues todos poseemos grandes o pequeñas dosis de inmortalidad. La conciencia de vida es un espacio etéreo y distante. La naturaleza de la vida, en estos tiempos, es un fenómeno gratuito, bonito, sin disquisiciones. Cuestionarse implica ver la muerte, dar cabida a la nada.

Nada.

Vida.

    Muerte.

Yo.

Suicidios: ¿Que decir?

Salvo  para el suicida, el suicidio será siempre un tema inacabado y controvertido. Un espacio prohibido, mejor silenciado.

Se dice que el ser humano carece de derecho para poner fin a su vida. Se argumenta que los deudos no merecen ese castigo. Se pregona que siempre hay cómo mejorar las causas que precipitan esa decisión. Se afirma que el suicidio es un acto egoísta, pues impide compartir los dolores del alma que servirían para construir otras almas. Mirar las razones suicidas y hondar en el dolor ajeno debería servir para minar el propio.

Por todo eso, dicen, uno debe suicidarse. Ni qué decir de los dioses: reprueban el acto. Y no es para menos: salvo por quienes lo hacen por locura, todos quedan embarrados. No existe “el meollo” porque el suicida no pregunta. Queda la culpa en el vivo. Las cuentas del muerto suelen no conocerse. Las respuestas, muchas imposibles, mejor callarlas.

El suicidio es circular. Sin principio ni fin: ¿es un acto inspirado en la cobardía o en la valentía?

El suicidio es terminal. Niega todo, borra a todos.

El suicidio estrangula a los vivos. Es el acné de la autonomía. Su acto implica la ausencia absoluta de los otros.

El suicidio puede ser un acto sociológico: se afirma que la tasa de suicidios refleja la estabilidad o inestabilidad social.

Se ha escrito y reparado intensamente al respecto; “un acto prodigioso”, decía Voltaire.

Y los suicidas, en voz de Primo Levi, han argumentado, “el suicidio es un acto del ser humano, no de los animales. Es un acto meditado, no instintivo, una elección natural”.

El suicidio ¿niega a Dios? El suicidio ¿sepulta lo humano? El cadáver voluntario, ¿qué pregunta? Es un acto que lacera, que destruye, porque denuncia la inalcanzable profundidad de los huecos que va cavando la vida, mientras se dice estar viviendo. ¿Habrá quién se atreva a destapar esos vacíos?

Ni las ciencias sociales, ni las médicas, ni la filosofía, tienen la respuesta. El suicidio sí.

Algunas palabras no tan malas sobre el dolor y la muerte

La muerte puede ser el clímax de un dolor pequeño, de una molestia inmediata, de una herida profunda. Puede ser la muerte de la muerte. O de un interior apenas revelado por el dolor del dolor. Todo depende.

Depende de los juegos previos entre los yoes sanos y los alter ego enfermos, entre los vínculos visibles y los olvidos propositivos, pero, sobre todo, de los entierros soterrados de uno mismo y de los juegos conocidos o desconocidos del cuerpo sobre el alma. ¿Siempre tiene cuerpo el alma?

Al caminar el dolor, lo corporal suele adquirir otra dimensión. Sobre todo, ese que no cura rápido, ese que se recordará años después, el que nos advierte que somos órganos, huesos y alma. Un espacio que hace tangible lo simbólico y propio lo ajeno. Una dimensión en que todo lo que parecía imposible por ser otro, por distante, o por improbable, se torne patente a través de la enfermedad. Quien ha vivido los senderos de la enfermedad sabe que algunos de sus brazos son escuela.

Lo impensable es factible cuando se escuchan las llagas que supuran vida, muerte, dolor, o el deseo emanado de esas fracturas. Cuando Paul Valéry dice “la piel humana separa al mundo en dos espacios. El lado del color y el lado del dolor”, ¿qué dice? Quizá que siempre somos dos, quizá que no hay alegría sin tristeza y, seguramente, que lo interno es externo. O bien, que la inconciencia no es del todo impermeable: los poros dependen de las miradas de uno. Pero, es también viable que las preguntas nunca desaparezcan, ¿siempre tiene el alma cuerpo?

En verdad que el dolor requiere cuerpo. Y es cierto que el cuerpo requiere dolor. También lo es que el alma depende del cuerpo y del dolor. No existimos sin cuerpo, sin alma, sin dolor. Ferreira Gullar opina que debe distinguirse entre el dolor físico y el dolor del alma. Y dice: “mientras el dolor físico tiende a disminuirnos por entorpecer la reflexión, el dolor moral tiende a ampliarnos, por obligamos a ella”. Yo agrego que el dolor físico cuando desaparece también construye pues nos observamos completos y vivos. Y el dolor del alma edifica porque hace recorrer las rutas entre las huellas del daño y la sanación, entre los deseos y pasiones antes ocultos. De no ser así la existencia carecería de sentido. Sí: el alma tiene siempre cuerpo y el cuerpo siempre tiene alma.

Antes de empezar

Hace  poco me enteré que todo un panteón cambió de casa: los muertos fueron desalojados y reacomodados en su nuevo hogar. Nadie protestó, nadie revivió, nadie se desdijo. Las nuevas fosas acomodaron a los viejos muertos. El panteón original se convirtió en plaza pública. Los polvos, los muertos y los jardines se entremezclaron para siempre, sin ruido,  n

Arnoldo Kraus Médico del Instituto de Nutrición. Es colaborador del diario La Jornada.

Los sueños

PUERTO LIBRE

LOS SUEÑOS

POR ANGELES MASTRETTA

En  qué siglo fue que la condesa Sanseverina soñó con los amores del implacable Fabrizio? ¿Y en qué momento Henri Beyle se soñó el Stendhal que soñó a la entrañable y desaforada condesa? ¿Cómo fue el milenio en que Cleopatra soñaba con el poder y los brazos de Marco Antonio? ¿En el principio de qué tiempos se atrevió Magdalena a soñar con un hombre que se soñaba Dios?

No ha habido una época que no respire un aire propicio a los sueños. Así como toda época ha sido denunciada por buena parte de quienes la viven como la peor de todas, como la menos propicia para los sueños y la felicidad, así es como en toda época ha habido quienes se empeñan en soñar tiempos mejores, en forjar las alegrías de su tiempo con lo mejor de sus sueños.

Soñar siempre parece ligero y frivolo. Más aún soñar despiertos. Sin embargo, son nuestros sueños la tela con que tejemos la fuerza necesaria para vivir con la certidumbre de que a pesar de escuchar a diario y en muchas partes la queja constante contra el mundo en que nos ha tocado el privilegio de la vida, vale la pena entregarse a él como se entregan a nosotros los sueños, dándonos de golpe lo que Rubem Fonseca describió como grandes emociones y pensamientos imperfectos. Emociones entre más grandes menos asibles, pensamientos entre más imperfectos menos abandonados.

Los sueños, en todos los siglos, han sido consuelo y solaz de quien se atreve a entregarse a ellos. Supongo que también de ahí viene el éxito del fascinante Don Quijote, soñador soñado hace siglos por el lujo de novelista cuyas palabras se han vuelto sueño nuestro. Y de ahí la razón por la cual Sancho acaba pareciéndonos el hermano de la mitad del alma con la que despertamos para reírnos de los atrevimientos y desvarios de nuestros sueños.

Conozco a una escribiente que nació en la misma fecha que Cervantes. Inhibida al saberlo ha querido abandonar el sueño de hacer literatura, y sólo a veces acepta que siempre que abandona tal sueño le abandonan de golpe todos los demás. Entonces decide soñar que nació en cualquier otra fecha y que sólo tiene con Cenantes la obligación de honrar su genio y concederle a diario la gloria que él se ganó soñando.

No siempre alcanzamos la alegría cuando soñamos dormidos, los que soñamos, no los que hacen planes, no los que ofrecen proyectos, sino los simples soñadores. A veces los sueños al dormir nos atormentan y otras parecen inasibles y sin sentido, gratuitos y vanos. Sin embargo, también hay quienes han reconocido el salto de la felicidad mientras duermen. Sé de una mujer que casi nunca recuerda sus sueños, ella parece práctica y disciplinada y cree que no sueña como algo cotidiano, aunque ya la ciencia le haya dicho que todos soñamos, sólo que algunas recuerdan más que otros. Ella tiene un único sueño recurrente, que es como una bendición. Sueña que ve a su marido vivo y lo abraza dichosa celebrando que no haya muerto, que todo haya sido la mala jugada de un destino falso que queda en otra parte, en un lugar que no es la vida real sino un mal sueño. Consigue entonces una felicidad llana como la de los cuentos y goza de ella unos instantes parecidos a la eternidad. Luego despierta y resulta que su marido murió hace muchos años y que sus hijos han tomado cada uno la vida de la mano y se han ido por ella. Entonces acuna su sueño de las noches y recuerda los brazos que ahí la ciñeron y sale a cuidar árboles y a cultivar sueños vivos. Se hace cargo de un parque, guisa para los nietos, ambiciona que en su país haya justicia y cree que olvida el sueño que si uno la mira con cuidado, palpita siempre en su entrecejo.

Cuando uno duerme sus sueños son privados y personalismos, cuando soñamos despiertos compartimos nuestra fiebre con otros. Así es como hemos imaginado mil veces un país diferente, como hemos acompañado a otros en sus guerras y en su derrota, como somos capaces de recordar los delirios que no nos pertenecieron. La literatura y el cine, que es un forma de literatura, nos han acompañado a soñar despiertos tantas veces que no es extraño encontrarnos con ellos mientras dormimos y confundir el sueño de la noche con el de cualquier tarde. Yo he soñado que vivo en Africa, que conozco la granja de Karen Blixen y vuelo con ella entre los flamingos que flotan sobre un lago de plata. Le doy la mano al más audaz de los amantes y con ese sólo gesto nos entendemos mejor que nunca. He soñado como soñó Meryl Streep que era la baronesa Blixen, como Sidney Pollack soñó que los destinas de la baronesa y su amante podían caber en el celuloide que él usó para filmar a Meryl Streep y a Robert Redford amándose como si de verdad.

Soñamos en las tardes de sábado, con cuanto sueño de otros quiera ponerse frente a nuestros ojos ávidos de la ajena imaginería, y en las del miércoles soñamos con ir al cine, como fuimos el sábado. Soñamos en mitad de una noche insomne que Buenos Aires es nuestro como lo fue de Borges. Que entonces caminamos bajo un cielo acerado, mirando la ciudad “quieta y resplandeciente como una dicha que la memoria elige”. Soñamos con el balcón de Fermina Daza en Cartagena y si un día vamos al jardín sobre el que está suspendido, entendemos la tarde en que García Márquez la soñó ahí cosiendo.

Cita Savater a Nietzsche que a su vez cita a Emerson cuando dice: “Para el filósofo todas las cosas son entrañables y sagradas, todos los eventos son útiles, todos los días santos, todos los hombres divinos”.

Creo que tal certeza es también propia de quien sueña. Dormidos o despiertos nuestros sueños convierten todas las cosas, incluso las que nos asustan, en entrañables y sagradas, cualquier acontecimiento en un milagro, cualquier día en santo, cualquier aparición en divina.

¿Sueñan los perros, las jirafas, las flores? ¿Sueña el fondo de una laguna o las crestas del mar? O será que soñar ha sido privilegio sólo de quien sabe que sufre o necesita: de los humanos. Porque sufrir y necesitar como enamorarse o haber ido a la luna es sólo privilegio de humanos. Quizá venga de ahí que a los humanos el preciso azar nos haya concedido la gloria y el abismo de los sueños. Soñemos pues, en éste y en los futuros siglos. Hagamos santa la memoria de una luz cayendo a trozos sobre el cuerpo de otro, divina la extraña aparición de un monstruo sentado entre las ramas del árbol que asusta nuestra ventana en mitad de la noche, sagrada la sopa de almejas danzando cerca de unas cebras en el restaurante italiano que irrumpe en nuestros sueños cuando aparece Nueva York, milagrosa la llave que buscamos desesperados por un jardín de helechos sabiendo desde el principio del sueño que la escondimos ayer bajo la tercera maceta de la izquierda, entrañable cualquiera de las mil emociones que nos atraviesan, cada uno de los imperfectos y escurridizos pensamientos que visitan todas nuestras noches y cientos de nuestras mejores mañanas,          n

Angeles Mastretta Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

Migraciones

VIDA PÚBLICA

MIGRACIONES

POR CARLOS FUENTES

Los Estados Unidos tienen 270,000,000 de habitantes, 30,000,000 entre ellos hablan español. La mayoría son inmigrantes legales provenientes de Hispanoamérica. Entre dos y tres millones son considerados inmigrantes ilegales, trabajadores indocumentados.

Pero ésta es solamente la hispanidad migratoria. Hay también en los Estados Unidos la descendencia de los españoles y, ya, los novohispanos o mexicanos, que cruzaron el Río Grande, con Juan de Oñate, hace exactamente 400 años, fundando en sus riberas la ciudad de El Paso del Norte. Y antes, están los exploradores del actual suroeste norteamericano, Francisco Vázquez de Coronado, el febril Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Fray Marcos de Niza, en busca de El Dorado, y Juan Ponce de León, en busca de la fuente de la juventud…

De San Francisco en California a San Agustín en La Florida, hay toda una fundación hispánica en la base misma de los Estados Unidos anterior a la propia colonización inglesa de Norteamérica y, desde luego, anterior a las revoluciones de independencia tanto de los Estados Unidos como de México y anterior, por supuesto, a la anexión de los territorios mexicanos de California, Nevada, Colorado. Arizona y Nuevo México tras la derrota mexicana y la firma de los Tratados de Guadalupe Hidalgo en 1848.

Es decir: hay una hispanidad norteamericana anterior a los Estados Unidos de América, se hablaba castellano mucho antes de hablar inglés. Pero añado en seguida que antes que cualquier europeo pusiese pie en ese territorio que desciende de Oregon a California y se extiende de California a la Florida, éstas no eran tierras mudas o tierras despobladas, eran las tierras del esquimal en el Pacífico Norte, de los indios pueblos, navajos y apaches en Arizona y Nuevo México, y de los seminóles en la Florida. Eran los espacios de sus lenguas, sus mitos, sus ceremonias y sus costumbres.

Hablar del futuro de la cultura hispánica en los Estados Unidos debe partir, por fuerza, de estos hechos. Estas son tierras indígenas exploradas, conquistadas y evangelizadas por españoles, conquistadas contra México por los Estados Unidos en 1848 y hoy objeto, acaso, de una reconquista silenciosa por parte de los 30,000,000 de hispanoparlantes en los Estados Unidos. Esta es la paradoja: si la conquista hispánica de los antiguos territorios mexicanos y españoles del sureste de los Estados Unidos es genéticamente silenciosa, culturalmente es un vozarrón, y ese vozarrón habla español. 30,000,000 de hispanoparlantes en los Estados Unidos: la minoría más extensa de norteamericanos que hablan otra lengua que no sea el inglés. ¿Cuántos hispanoamericanos, por el contrario, de México a Chile y la Argentina, hablan inglés? La pregunta de Rubén Darío: “¿Tantos millones de hispanoamericanos hablaremos inglés?”, ya ha sido contestada.

No: la mitad de la población de los Estados Unidos, a mediados del siglo que viene, hablará español. Este solo hecho convierte nuestra lengua, el castellano, en la lengua rival de la lengua inglesa, mundialmente, en el siglo que viene. Lo es ya. Somos, globalmente, dueños de la segunda lengua occidental, hablada por cerca de 400,000,000 de hombres y mujeres en todo el mundo. Pero los hechos estadísticos son sólo una parte de la historia. La otra parte, la más importante, es el papel cultural desempeñado en los Estados Unidos por los ciudadanos que no sólo hablan el español, sino que portan la cultura que convenimos en llamar hispánica, aunque los propios hispanoparlantes o descendientes de españoles o hispanoamericanos opten por nombrarse a sí mismos hispanos, pero también latinos, pero también chícanos, como les gusta llamarse a los descendientes de mexicanos que serán la mayoría en Texas y en California para el año 2020. Sin embargo, hablar del futuro de la cultura hispánica en los Estados Unidos sólo tiene sentido y valor si se convierte en una hazaña incluyente, abarcante, de los componentes que hacen todo el continente americano, y no sólo en los Estados Unidos, un área multicultural.

Las culturas del continente, norte y sur, comparten el origen indígena, el trasplante africano y la colonización europea. Pero la herencia europea no es sólo occidental, sino mediterránea. Griega y latina, desde luego, pero, no olvidemos, hebrea y árabe también. Esta multiplicidad asusta a muchos norteamericanos WASP (blancos anglosajones protestantes) que quisieran declarar al inglés lengua única y expulsar al trabajador migratorio. Yo creo, pasando por encima de los legítimos deseos de los padres de familia, que hablar más de una lengua no daña a nadie y que el bilingüismo debería extenderse a los propios anglófonos enseñándoles español, japonés, chino y lenguas de la futura comunidad del Pacífico. Ello contribuirá a reformar positivamente el creciente chovinismo aislacionista de los Estados Unidos, mal avenido con su proclamada posición como “la única superpotencia”. El multilingüismo es el anuncio de un mundo multicultural, del cual la ciudad de Los Angeles es el principal ejemplo mundial. Como principio general, el aprendizaje de una segunda lengua debería ser requisito escolar en un mundo que se autodenomina “global”.

Económicamente, la base de la presencia hispánica en los Estados Unidos es la del trabajador migratorio, mayoritariamente mexicano. Nuestros trabajadores emigran a los Estados Unidos por dos razones. La primera es la falta de empleo en México. La segunda es la oferta de trabajo en los Estados Unidos. El trabajador mexicano cumple tareas que ningún trabajador norteamericano está dispuesto a cumplir: en las cosechas, en los mataderos, en la construcción, pero también, cada vez más, en los servicios, en restoranes y hoteles, en hospitales y transportes. Sin ellos —lo advierte John Kenneth Galbraith— “las faltas y vegetales en Florida, Texas y California no serían cosechadas. Subirían los precios espectacularmente. Las trabajadores mexicanos vienen a los Estados Unidos porque son necesitados y porque contribuyen visiblemente a nuestro bienestar”.

Son trabajadores. Poseen derechos humanos. Contribuyen, no restan. No deben ser los chivos expiatorios de deficiencias atribuibles a la propia economía norteamericana; el tránsito de la segunda a la tercera ola industrial, el fin de la guerra fría, la falta de adiestramiento para las industrias tecnológicas del futuro.

La Proposición 187 en California fue la más repugnante manifestación de la ceguera demagógica ante este problema. El hecho de que hoy los Estados Unidos tienen el índice de desempleo más bajo de los últimos cincuenta años, es la mejor demostración de que el trabajador migratorio no le quita el trabajo a nadie.

Hace 150 años, los Estados Unidos entraron a México y ocuparon la mitad de nuestro territorio. Hoy, México entra de regreso a los Estados Unidos pacíficamente y crea centros de la hispanidad de Texas a California y de los Grandes Lagos y Chicago hasta Nueva York.

¿Cambiarán los hispanos a los Estados Unidos? Sí.

¿Cambiarán los Estados Unidos a los hispanos? Sí.

Pero esta dinámica se inscribe, al cabo, en el vasto movimiento de personas, culturas y bienes materiales que definirá al siglo XXI y su expansión masiva del transporte, la información y la comunicación.

Los Estados Unidos no son una unión racial, lingüística o religiosa. Son una república federal democrática construida no sólo por protestantes anglosajones de raza blanca, sino desde el alba de los tiempos, por los pueblos indígenas y. desde hace cinco siglos, por grandes migraciones europeas y hoy, por grandes migraciones latinoamericanas. Aquellas tenían que cruzar el océano. Estas, tienen que atravesar fronteras.

Por ello, la nueva migración hispánica le dice a los Estados Unidos: todos vamos a vivir una cultura común que es multicultural.

Todos deberemos valorar nuestra propia cultura sin negar la de los demás. Todos deberemos reconocernos a nosotros mismos en la cultura de la diferencia, y hacerla nuestra,  n

 Carlos Fuentes. Escritor. Su más reciente novela es Los años con Laura Díaz

Las identidades

LAS IDENTIDADES

POR RICARDO RAPHAEL DE LA MADRID

No hay mejor prueba para demostrar que las identidades en el mundo están experimentando una profunda mutación que pasearse por las composiciones más recientes de la música pop. Los ejemplos abundan: Marie Daulne y su grupo Zap Mama, voces que emigran de Zaire para fundirse con la más conventual de las armonías europeas. O Thish Hinojosa.

que traduce al inglés poemas de Octavio Paz o Sor Juana Inés de la Cruz para volverles melodías facilonas que consumen miles de mexicano-americanos en el sur de los Estados Unidos. Y qué decir de la música rai con autores como Khaled, Tarkan o Cheb Mami, justo equilibrio entre el laberinto que encierran las paredes de esa Gran Mezquita que es el mundo musulmán y la francesa cursilería de Yves Montand.

Si bien —como todas las fronteras que conociéramos— la identidad se transfigura, también, como cualquier otra frontera, la identidad sigue siendo una herramienta imprescindible. Se trata de la escafandra que sirve, a la vez, para observar y protegernos del mundo. Es nuestro principal decodificador de la realidad. La identidad es la lente a través de la cual miramos e interpretamos al otro. Lo completamos, lo volvemos asible o simple y llanamente lo rechazamos. Nuestro conocimiento del entorno pasa irrevocablemente por ese entramado de valores, creencias, tradiciones y armas conceptuales que constituyen nuestra identidad.

La identidad es una construcción adquirida y por lo tanto artificial. A nadie se le programa genéticamente una identidad. Se trata de una elaboración inteligente del individuo que, a lo largo de su existencia, irá modelando gracias a la exposición que mantenga con la cultura, el lenguaje y los discursos que dotan de sentido y dan contenido a la comunidad de origen.

La paradoja de la identidad radica en que, siendo esencialmente una artefacto individual, en esencia es producto de una construcción social. A la hora de interactuar con la realidad, el individuo no sólo recurre a sus muy personales reflexiones. Por lo general, primero las hace pasar —las tamiza— por lo que él o ella consideran los elementos que dan identidad a su grupo social. En otras palabras, la identidad es el vehículo mediante el cual el individuo interpreta —a través de la visión del mundo de quien infiere como su par— lo desconocido o lo incierto.

Porque es la principal herramienta con la que el individuo cuenta para enfrentar la incertidumbre, la identidad es, necesariamente, una barrera de entrada. Ella delimita y define la pertenencia a una comunidad. Nadie estará autorizado a inscribirse dentro de dicha comunidad a menos que sea capaz de comprender el entramado identitario compartido por el grupo social en cuestión. La pregunta relevante se vuelve entonces: ¿qué suerte está llamada a enfrentar La Identidad en una era marcada, precisamente, por el derrumbe de las fronteras?

La actual revolución de las fronteras entre los grupos humanos tiene su principal origen en el impresionante desarrollo de la capacidad del ser humano para comunicarse. Gracias a la tecnología, las distancias entre los individuos que habitan una gran parte del orbe se han acortado. Los satélites, el Internet, y el progreso en los medios de transporte, entre otros muchos avances, han redefinido las barreras que, otrora, separaran a nuestra especie.

Quizá la mutación más importante vinculada con la identidad esté relacionada con el hecho de que, en el presente, la comunidad a la que se pertenece está menos definida por la distancia física que nunca antes en la historia de la humanidad. En otras palabras, el territorio está dejando de ser el elemento predominante en la construcción de la identidad.

Por otra parte, el desarrollo en la comunicación humana ha logrado no sólo reducir la importancia de la dimensión geográfica, también ha ido borrando las zonas de incertidumbre que experimentan cotidianamente los seres humanos. Gracias al avance tecnológico, nuestro conocimiento del mundo se ha ido ensanchando y, por lo tanto, nuestra necesidad de protegernos de la otredad y su voluminosa realidad ha disminuido. Cada día más referencias de ese lejano otro nos son familiares o, por lo menos, conocidas.

Es en este sentido que también podemos decir que, en el futuro, se irá ampliando el grupo social dentro del cual el individuo encontrará referencias identitarias para interpretar la realidad. En los tiempos por venir, las comunidades virtuales o reales a nuestro alcance, de las cuales podremos extraer explicaciones acerca del mundo, se potenciarán numéricamente. Al mismo tiempo, las reglas de entrada a casi cualquier comunidad tenderán a flexibilizarse. Porque entender el entramado identitario compartido por un grupo social se volverá una tarea que requerirá menores esfuerzos, acceder a la comunidad deseada también se convertirá, presumiblemente, en una tarea menos ardua.

Este hecho sociológico nos lanza a una especulación interesante: si bien la identidad de los seres humanos será más comunicable —socializable en el espacio— gracias a la libertad con la que los individuos podrán entrar y salir de una comunidad a otra, al mismo tiempo presenciaremos el surgimiento de identidades individuales mucho más complejas y elaboradas.

Eso, desde luego, dependerá del grado de vinculación que adquieran los seres humanos con el mundo comunicado. Es decir, dependerá de la capacidad individual —proporcionada por la comunidad de origen— para reducir la incertidumbre a través de la relación que la propia comunidad establezca con ese otro potencialmente más cercano. En sentido inverso, aquellas comunidades que permanezcan aisladas quedarán condenadas al territorio de la incertidumbre y, por lo tanto, conservarán una identidad endurecida y cerrada a cualquier influencia externa. Una identidad defensiva frente a sus aparentes enemigos.

El futuro de la humanidad está invitado a convenirse en ese lugar donde las identidades dejen de ser una sólida materia incinerable, para convertirse en un fluido transmisible, un espacio donde el ser humano tenga a su alcance un dilatadísimo recipiente de claves y referencias para interpretar al mundo. En otras palabras, quizás estemos ante el nacimiento de un tipo diferente de identidad que, gracias a su vastedad, nos permita a los individuos ser más compatibles en la diversidad,         n

Ricardo Raphael de la Madrid Politòlogo. Profesor del CIDE.

El indigenismo

EL INDIGENISMO

POR ENRIQUE FLORESCANO

Hace  apenas cinco anos Mauricio Tenorio definió con precisión los rasgos del indigenista:

Ante todo, la pasión y el compromiso de quienes desde el momento del contacto se fascinaron de la existencia de una otredad tan radical. El exotismo y la curiosidad no han sido herramientas menores. Pero los avíos que más han servido al oficio de indigenista son religión, historia y ciencia. Con la cruz surgieron los primeros indigenistas. Con la inspiración de Clío, los indigenistas criollos lograron cristalizar el pasado indígena como algo admirable y rescatable, y desde entonces ese pasado es una parte sustancial de la conciencia nacionalista de los mexicanos. Y con la ciencia [antropologíca] los indigenistas poco a poco lograron hacerse de teorías para entender, aceptar y planear no tanto el pasado sino el presente indígena dentro de un proyecto para todos irremediable: la consolidación de una nacionalidad mexicana moderna.1

Hoy, al comenzar el año 2000, los rasgos exactos se han desvanecido y el retrato del redentor ardoroso se ha trocado en la imagen fugitiva del burócrata, en la máscara del guerrillero y en la voz propia del eterno representado. Antes que la consolidadón de “una nacionalidad mexicana moderna”, el primer inventario del año 2000 registra el desmoronamiento imparable del proyecto indigenista que surgió de la Revoludón de 1910. El ambicioso programa que imaginaron los fundadores de la antropología mexicana (Manuel Gamio, Alfonso Caso, Gonzalo Aguirre Beltrán), se propuso redimir al indígena e integrarlo a la sociedad. Para alcanzar esas metas hicieron de la antropología una ciencia dedicada a descifrar la realidad social y transformarla; fundaron las instituciones (Instituto Nacional de Antropología e Historia, Instituto Nacional Indigenista. Escuela Nacional de Antropología, Centros Regionales, etc.) para llevar a cabo esos proyectos, y convirtieron la política indigenista en una práctica creativa y fervorosa, pero intransigente en su obsesión de hacer que los indios dejaran de ser indios y se convirtieran en mexicanos.

A fines de la década de 1970, cuando era evidente que esa política había fracasado en su propósito de cambiar las identidades y tradiciones indígenas, se precipitó el deterioro de las instituciones que la sustentaban. Los organismos creados para trasladar a la realidad los proyectos de los antropólogos son hoy paquidérmicos aparatos burocráticos sin consecuencias en las comunidades indígenas. La Escuela Nacional de Antropología es una caricatura de aquella que tuvo merecida fama internacional y formó decenas de buenos antropólogos, arqueólogos e historiadores. Desde la gran obra de Alfonso Caso, Reyes y reinos de la Mixteca (1969), la arqueología mexicana no ha producido un libro notable.”

Lo mismo ocurre con los estudios etnohistóricos y etnográficos. La mayoría de los que circulan y nos informan sobre la trágica realidad de los pueblos indios se debe a autores norteamericanos y europeos.3 La caída brutal de los niveles científicos de la institución antropológica se aprecia en sus publicaciones, destinadas al autoconsumo y hechas con un descuido que lesiona las reglas básicas del decoro editorial.4 En suma, hace décadas que las escuelas, los centros de investigación y los organismos burocráticos del indigenismo dejaron de cumplir sus funciones. Viven de glorias pasadas, carecen de vigor intelectual y presencia social y son habitados por una burocracia corporativa y envejecida que ignora el cambio científico que en el mundo exterior transforma la arqueología, la antropología, la historia y la vida académica.

¿Qué sustituirá a estas instituciones en el futuro? Desde 1992, cuando se celebraron los 500 años del llamado Encuentro de dos Mundos, fue claro que los indígenas decidieron hacer a un lado a sus numerosos representantes y hablar por ellos mismos. Sin embargo, para que la palabra indígena se exprese con plena autenticidad y sin falsos intermediarios es preciso que se pronuncie en nuestro máximo foro político, el Congreso de la Unión, y de ella se nutra la nueva ley que reconozca los derechos, lenguas, tradiciones e identidades indígenas.

También es claro que el cambio mayor debe provenir del Estado. En lugar del proyecto que desde los inicios de la República ha pretendido reducir la diversidad y pluralidad de la nación a la homogeneidad del Estado, hoy las distintas voces de la sociedad demandan fundar un Estado-nación constituido por la realidad histórica, la riqueza social que nos conforma y la voluntad política del conjunto de los mexicanos. Se trata de crear un Estado-nación que reconozca la ciudadanía étnica y cese de vivir en pugna con los pueblos indios y las identidades locales, regionales y grupales. Como advierte Luis Villoro, para restañar nuestras heridas históricas y fundar una sociedad tolerante y democrática, requerimos un Estado plural, asentado en la diversidad efectiva de nuestras culturas antiguas y presentes.

El reconocimiento de las autonomías identitarias no implica, como lo han señalado antropólogos, historiadores y filósofos, la desintegración del Estado nacional. Por el contrario, conlleva su reforzamiento. Para instaurar una política multicultural adecuada en México, advierte León Olivé, se “requiere un laigo proyecto de transformaciones políticas, sociales y culturales”. Y para que éstas “puedan darse es necesario un cambio en nuestra concepción del Estado y en el Estado mismo. También se requiere una disposición al cambio por parte de las diversas culturas que pretenden participar en el desarrollo del proyecto multicultural”,           n

Enrique Florescano Historiador. Su libro más reciente es Memoria indígena.

1.Mauricio Tenorio: “El indigenista”, en Enrique Florescano (comp.): Mitos mexicanos. Aguilar, México, 1995, pp. 257- 266.

2. A pesar de que en el sexenio del presidente Carlos Salinas de Gortari se otorgó a la arqueología el mayor apoyo económico del siglo XX, ninguno de los entonces cacareados “mega- proyectos” se ha traducido en publicaciones científicas.

3. La excepción es la excelente colección “Historia de los pueblos indígenas de México”, coordinada por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS).

4.Una de las últimas obras publicadas por el Instituto Nacional Indigenista es la del investigador belga Michel Graulich: Fiestas de los pueblos indígenas. Ritos aztecas (1999). Pues bien, este importante estudio ¡apareció sin la bibliografía!

5. Luis Villoro: Estado plural, pluralidad de culturas. Paidós-

UNAM, México, 1998.

6.León Olivé: Multiculturalismo y pluralismo. Paidós-

UNAM, México, 1999, pp. 232-233-

El consumo

Valdría recordar que el consumo es producto de una sociedad que se atiene a sus variantes políticas, económicas y culturales, desde sus mínimos a sus máximos niveles. Esto es, el consumo visto como un fenómeno natural del comportamiento humano. El consumismo, como un exceso del desarrollo social y sus múltiples apetitos. La sociedad de consumo puede estar dentro y fuera de lo que es real, de lo que es posible y de lo que es necesario. El querer ser rebasa, generalmente, los límites de lo que se puede ser, acaso porque nuestros gustos son más fuertes que nuestras razones. El consumidor suele actuar al margen del código elemental de sus necesidades.

Si la desigualdad de los gustos es inseparable de la desigualdad de los caracteres humanos, no lo es menos de sus necesidades, sean éstas primarias o secundarias, trátese de diferencias de régimen alimenticio o de estilos existenciales. Sócrates se consideraba muy rico por ser hombre de pocas necesidades. Platón creía que ni siquiera un dios podía imponerse a la necesidad. Según Aristóteles, la necesidad nunca puede ser persuadida con argumentos. Algunos poetas, como Salvador Díaz Mirón, prefieren la indispensabilidad de lo superfluo. Lo necesario puede ser para muchos una dictadura, una limitación, un castigo imaginativo.

Bien sabemos que la civilización propende a multiplicar las necesidades al transformarlas en deseos; los deseos, vinculados a gustos y los gustos a placeres. En esa fina línea que va de lo posible a lo imaginado, desde la necesidad en su origen fisiológico y el deseo en su origen psicológico. Un nihilista reconocido, como Nietzsche, no vaciló en señalar que interpretamos el mundo a través de nuestros deseos, confesando: “Entre los requisitos que se dan entre los hombres más libres figura el de desear más”. Sin duda, el hombre nace con los dientes afilados del deseo, como si el deseo fuera —y lo es— uno de los motores principales de la vida.

Sin la relación de la necesidad-deseo sería difícil entender las motivaciones humanas que han parido y sostienen a la sociedad de consumo, con todas sus categorías y contradicciones. Una necesidad satisfecha genera la siguiente. Del pan solo, al pan con mermelada; del par de zapatos negros, al par de zapatos marrones; del piso pequeño a otro más amplio; del radio al televisor; de un paseo por Chapultepec a un viaje a Acapulco… Lo suficiente se vuelve poco. Nadie puede asegurar que se tenga lo suficiente para siempre y. muchas veces, cómo definirlo. Fue Karl Marx el que dijo: “La primera necesidad satisfecha condena a nuevas necesidades”. Y Karl Kraus el que ha recordado: “Consumimos y vivimos de forma que el medio consume el fin”. Vivimos un tiempo en el que hasta el sol se ha convertido en artículo de consumo.

Bajo estos enfoques esenciales, habría que contemplar la sociedad de consumo como un fruto legítimo del progreso y del ideal de bienestar. Aspiración válida a un nivel de vida mejor, estímulo de hábitos de higiene y previsiones saludables. Y. en cierto modo, seducción por la diversidad contra la monotonía de la uniformidad. La uniformidad es antisocial. Lo que es distinto al consumismo: la economía convertida en cosa desde la ley suprema de la mercancía. La pasión de comprar, al servicio del egoísmo colectivo: la ambición de poseer, como glotonería del tener.

Con el dinero como religión, templo de los dinerómanos, el lucro como dios.

La sociedad de consumo debiera comprenderse como una aspiración de bienes abundantes, lejos de la subsistencia, que es la del subconsumo. En el lado opuesto, el consumismo no es la alternativa mejor. Convierte la sociedad en saciedad. La sociedad corrompida. que temía Rousseau. n

 

Eulalio Ferrer Rodríguez. Escritor y publicista. Su más reciente libro es Páginas del exilio.

El gen

EL GEN

POR LOUIS LEVINE

De los muchos descubrimientos de este siglo que afectan nuestra salud y bienestar, los más importantes han sido aquellos que involucran a los genes. Esto incluye no sólo a los genes del ser humano, sino también a los de animales, plantas, bacterias y virus. A través de nuestro conocimiento de los genes y de su funcionamiento hemos podido incrementar nuestro suministro de alimentos, producir medicinas, prevenir y hasta tener la perspectiva de curar ciertas enfermedades a través de la terapia genética.

Mirando el siglo XX en restrospectiva, parece profético que en 1900 la ciencia genética surgiera como resultado de una comprensión general del patrón de transmisión de rasgos de una generación a la siguiente. La existencia de factores, más tarde llamados genes, que determinan las diversas características de un organismo fue descubierta en 1866 por el monje agustino Gregor Mendel, basado en sus experimentos con guisantes. De cualquier forma, no fue sino hasta 1900 que su trabajo fue repetido y sus descubrimientos confirmados. A principios de este siglo se vio un incesante incremento de las investigaciones con gran variedad de organismos. Los estudios estaban orientados a asociar genes específicos con ciertos rasgos particulares, a descubrir las variantes, llamadas alíeles, que un gen puede tener, y determinar el punto específico en un cromosoma en particular en el que cierto gen se encuentra. Mientras avanzaban las investigaciones se descubrió que los genes de un organismo constituyen una base de datos que mantiene la información necesaria para la formación del organismo con todas sus características. En el caso de los seres humanos, éstos incluyen la capacidad mental y el comportamiento emocional. También los factores ambientales como la comida, las enfermedades contagiosas o las drogas pueden afectar la forma final de los rasgos. Sin embargo, nuestros genes conceden una “copia fotostática” que especifica los límites potenciales de cada una de nuestras características. Además, y por desgracia, nuestros genes pueden causar disfunciones corporales que resultan en ciertas enfermedades como la diabetes, la alta presión sanguínea y el cáncer.

Mientras que el estudio de las acciones de los genes progresaba, una segunda línea de investigación se dirigió hacia el descubrimiento de la naturaleza química del gen. De estudios que fueron reportados en 1871 por el químico Friedrich Miescher, se sabe que los cromosomas consisten en proteínas y ADN (ácido desoxirribonucleico). Sin embargo, no fue hasta la década de 1940 que los experimentos utilizando principalmente bacterias y virus revelaron que era el ADN y no las proteínas lo que conforma los genes de los organismos. En 1953, James Watson y Francis Crick formularon su ahora famoso modelo de la estructura del ADN. El ADN consiste en dos cadenas paralelas conectadas. Cada cadena está hecha de series interconectadas de componentes químicos más pequeños llamados nucleótidos, de los cuales hay cuatro tipos: adenina (A), guanina (G), timina (T) y citosina (C). La secuencia de estos cuatro tipos de nucleótidos,. en una multitud de combinaciones, da como resultado los genes de un organismo.

Una vez que se comprendió la naturaleza química del gen fue posible pensar en formas de manipular genes individuales para el beneficio de los seres humanos. Esta idea se convirtió en fuerza conductora para el mejoramiento de la salud y la supervivencia humana con el descubrimiento de una forma de transferir los genes de un organismo a otro. En 1964, el microbiólogo Werner Arber encontró que las bacterias tienen un grupo especial de enzimas, llamadas enzimas de restricción, en sus células. Estas enzimas son capaces de recortar una sección del ADN de un cromosoma. El segmento separado puede entonces insertarse en el ADN de otro organismo que ha sido tratado de manera similar con la enzima de restricción. El segmento añadido de ADN puede provenir de un miembro de la misma especie o de otra y puede contener uno o más genes. Cualquier gen transferido continúa funcionando en su nueva posición de la misma manera que lo hacía en el organismo de origen. A un organismo que lleva un gen de una especie diferente se le conoce como organismo transgénico.

La técnica descrita ha sido utilizada para producir medicinas como insulina para diabéticos, hormona del crecimiento para individuos con problemas de atrofia física, e interferon para combatir infecciones virales. En estos casos, un gen humano normal para cada uno de estas proteínas es transferido al ADN de una bacteria separada. Cada una de estas bacterias se divide para formar estirpes cuyos miembros producen el compuesto químico particular de manera barata y abundante.

Otra técnica para la transferencia de genes involucra la inyección de un gen, obtenido a través del uso de una enzima de restricción, directamente en un huevo fertilizado de un animal de granja. Si es un gen humano y se incorpora en uno de los cromosomas animales, el animal producirá la proteína humana en sus tejidos. Además, el animal puede ser criado para producir una estirpe que lleva el gen humano. Utilizando este procedimiento, ahora disponemos de ciertas proteínas de varias fuentes animales: la leche de ovejas transgénicas, alpha-1-antitrypsin. que ayuda a combatir el enfisema; la leche de cabras transgénicas, activador de tejido plasminogen, que disuelve los fatales coágulos sanguíneos internos, y la leche lactoferrina de vacas transgénicas, que tiene capacidades antibacteriales.

El campo de la agricultura también se ha beneficiado de la tecnología de la transferencia de genes. La producción alimentaria para una población mundial en incesante incremento (6,000 millones en el año 2000 y 8,000 millones en el 2025) es amenazada por insectos devoradores de cosechas. Existe, sin embargo, una especie de bacteria, bacillus thuringiensis, que produce ciertos componentes químicos llamados toxinas que matan a los insectos que las ingieren. Ha sido posible transferir los genes productores de toxinas de la bacteria al maíz, al trigo, y a otras plantas comestibles. Las plantas transgénicas producen las toxinas en sus tejidos y en consecuencia matan a cualquier insecto que se alimenta de ellas. Se ha observado que estas toxinas son seguras para los humanos y la fauna silvestre.

En la medicina, el uso más creativo del ADN ha sido como droga terapéutica contra los microorganismos infecciosos. Una cadena nucleica muy corta y químicamente modificada puede sintetizarse artificialmente de manera que se combina con una sección específica del ADN del organismo. Bajo estas condiciones, el material hereditario del organismo no se puede duplicar y, como resultado, el organismo no puede multiplicarse. Esto reduce severamente el daño que podría causar la infección. Se ha elaborado una droga del ADN contra el citomegalovirus, que causa una infección ocular que puede llevar a la ceguera. El 20% de los enfermos de sida padece este tipo de infección.

El último uso médico del ADN es la terapia genética que tiene como meta la utilización de la transferencia de genes para curar una gran gama de enfermedades hereditarias o adquiridas hasta ahora incurables. Lo que ha demorado el progreso de la terapia genética es la necesidad de encontrar mecanismos eficientes (vectores) para obtener genes terapéuticos dentro de los tejidos y los órganos específicos atacados por la enfermedad. Los vectores utilizados más comúnmente son los virus en los que los genes que causan la enfermedad son reemblazados con un gen humano benéfico. A pesar de que personas con enfermedades tales como la fibrosis cística, la hipercolesterolemia y la melanoma han reducido la severidad de sus males por procedimientos de la terapia genética, ninguna ha sido aún curado por completo.

Al anticipar el próximo siglo, nos preguntamos: ¿cuál será el impacto futuro de los genes para el bienestar humano? Mientras continúan los estudios de la relación de los genes con las características humanas nos sentimos seguros de que lograremos una mayor apreciación de las funciones relativas que la herencia y el ambiente tienen en determinar nuestros rasgos físicos, mentales y emocionales. Esto ayudará a comprendernos mejor y nos dará la información necesaria para proveer cualquier ambiente especial que se requiera para realizar nuestras capacidades potenciales. El incremento en la producción alimentaria deberá continuar mientras adaptamos nuestra tecnología de la transferencia de genes no sólo para lograr un número creciente de plantas, sino también de animales. Por último, en el campo de la medicina podemos prever una creciente capacidad para curar y, más importante, para prevenir las enfermedades. No debe sorprender que el principal mecanismo del progreso para el bienestar humano en el siglo XXI sigan siendo los genes. n

Traducción de Jaime Ramírez Garrido

Louis Levine. Profesor de Genética en el City College de Nueva York.

El Estado Nación

EL ESTADO-NACIÓN

POR JORGE JAVIER ROMERO

Habría  que empezar por el principio: ¿qué es una nación? La pregunta parece trivial, pero no carece de sentido, porque la palabra nación tiene dos significados: en su sentido más amplio, nos refiere al conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno. Digo que este es su sentido más amplio, porque esta definición política de nación no es excluyente: bajo un mismo gobierno pueden convivir múltiples expresiones culturales aunque a lo largo de la historia moderna, esa que comienza en el siglo XVI, precisamente con el nacimiento de los Estados llamados nacionales, más que convivencia lo que se ha dado ha sido el sometimiento de unas identidades culturales por otras.

La historia de los Estados nacionales es la historia de la construcción de monopolios ejercidos por organizaciones con ventaja comparativa en la violencia sobre un territorio determinado. Los grandes Estados, en su mayoría, no nacieron a partir de la preexistencia de una comunidad cultural que se unifica políticamente, sino de la capacidad de cierta maquinaria militar para imponerse sobre sus competidoras. De ahí que, bajo un mismo dominio político, las más de las veces acabaran conviviendo, o sometidas, distintas naciones en la definición cultural, tal vez más restringida, del término, esa que se refiere a un conjunto de personas de un mismo origen étnico y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una religión y una tradición común.

La identidad cultural tiene una enorme utilidad militar, como lo demuestra cualquier historia patriótica; las guerras que llevaron a la construcción de las maquinarias estatales modernas tuvieron una justificación étnica, religiosa o lingüística, pero pocas veces las fronteras político-militares coincidieron con las fronteras culturales, sobre todo porque las segundas no eran en modo alguno precisas. La construcción de las identidades nacionales uniformes dentro del marco de las fronteras establecidas por el dominio militar tuvo mucho de artificial, de legendario, cuando no de impuesto. La identidad hegemónica, que en más de un caso se abrió paso asfixiando a la diversidad cultural, fue casi siempre la continuación cultural de la conquista militar.

El hecho es que la idea de nación ha sido uno de los elementos claves para construir la legitimidad —el dominio aceptado— del Estado: la existencia de un pueblo con destino común determina la existencia de una nación; la existencia de una nación justifica el nacimiento de un Estado. Sin embargo, si es la preexistencia de la comunidad cultural la que le da su razón de ser al Estado, entonces la soberanía sólo puede ser ejercida por la expresión de la voluntad general, por lo que el poder absoluto de los monarcas acaba por ser injustificable. La construcción ideológica de la nación —en el sentido amplio— está preñada de democracia.

Pero si la idea de pueblo con destino común fue clave para incubar a la democracia moderna, también lo ha sido para el surgimiento de los nacionalismos excluyentes: la historia del siglo XX ha estado marcada por los efectos devastadores de la ideología nacionalista, del experimento atroz del nazismo a la guerras étnicas de los Balcanes, sin que se pueda olvidar la crueldad asesina de ETA en nombre de una nación inventada apenas a finales del siglo XIX por el delirio racista de un sastre de pueblo.

La idea de nación excluye, en la misma medida que el Estado que la prohijó tiene que eliminar a sus competidores. ¿Qué quedará de todo esto en el siglo que está por empezar y que se anuncia marcado por la globalización?

Si del siglo XVI a la mitad del XX las grandes maquinarias militares permitieron el dominio de los imperios sobre comunidades culturales diversas, y si los Estados nacionales proliferaron a partir del fin de la Primera Guerra mundial, hoy parece anunciarse una era de estructuras supra-nacionales marcadas por la convivencia democrática de culturas diversas. Sin embargo, no se pueden echar las campanas del optimismo al vuelo sin mirar con detenimiento lo que en realidad ha ocurrido en las últimas décadas: aun cuando los Estados nacionales territorialmente definidos han sufrido un declive, se ha tratado de un proceso desigual, particularmente restringido al poder y al alcance de los Estados nacionales dominantes. La sociedad global europea alcanzó su pináculo hacia el final del siglo XIX y principios del XX y la hegemonía norteamericana ha sido, sobre todo, una cuestión de las décadas inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra mundial. Pero sus respectivos declives no pueden ser tomados como indicador del declive del sistema estatal en sí mismo.

Lo que se ha visto durante los últimos años es, por el contrario, el nacimiento de nuevos Estados nacionales; la descomposición de la URSS, el estallido de Yugoslavia o la pacífica partición de la antigua Checoslovaquia son los ejemplos más notables que muestran cómo la idea del Estado nación, el nacionalismo, la aspiración a la independencia territorial y el deseo de establecer, recuperar o mantener la soberanía gozan de vitalidad en el mundo contemporáneo.

Además, la globalización en el ámbito de la información y las comunicaciones, lejos de crear una percepción de la existencia de valores, intereses y propósitos comunes al género humano, ha servido para reforzar la impresión del significado de la identidad y la diferencia. En el mundo globalizado los movimientos reivindicativos de identidades culturales particulares no han disminuido; por el contrario, lo que ha ocurrido en las últimas décadas es que a la par de la aparición de entidades de poder supranacionales, las reivindicaciones culturales de carácter local o regional se han reactivado, a la vez que se han hecho evidentes las contradicciones ideológicas y de intereses que existen a todo lo largo del planeta. La revitalización de los fundamentalismos religiosos no es un dato menor en este escenario mundial.

Una consecuencia de todo lo anterior es que en los foros internacionales se han abierto paso las visiones no occidentales de los derechos, la autoridad y la legitimidad. Los significados de muchos de los elementos claves del sistema internacional se hayan sujetos a profundos conflictos de interpretación. Los intentos por crear un nuevo derecho cosmopolita para la conducta y la cooperación internacionales, inspirado en la carta de las Naciones Unidas, no ha tenido éxito en términos generales. Por ello, más que un final de la era de los Estados nacionales, si algo marca a la globalización es el declive de los Estados hegemónicos, declive que está lejos de ser completo.

A pesar de algunos augurios, el mundo globalizado es un mundo de Estados nacionales independientes y en competencia. Con todas sus nuevas limitaciones, existe un espacio amplio para la acción estatal autónoma, aunque la autarquía sea ya imposible y los márgenes para la reivindicación de la soberanía como pretexto de dictaduras y autoritarismos sean cada vez más estrechos. El sueño del mundo sin fronteras, cosmopolita, próspero e igualitario, aunque culturalmente diverso, parece aún muy lejano. n 

Jorge Javier Romero. Profesor de la UAM Xochimilco.

La novela

LA  NOVELA

POR ARTURO FONTAINE TALAVERA

Un  mero bestseller ayuda a matar el tiempo. Una novela de veras, sea o no un bestseller, da tiempo. Con un mero bestseller se olvida uno de la espera, de la lata, de lo que nos preocupa. Nos saca de nosotros, ojalá. Y ésa es su gracia, la del olvido. Una buena novela, en cambio, adelgaza la sensibilidad y permite imaginar el mundo tal como lo ven otros, los personajes. Al mismo tiempo, nos hace vernos. Por eso se queda en nuestro recuerdo. Seguimos imaginando las buenas escenas de una novela.Y ésa es su gracia, entonces, la de la memoria.

Quizá la literatura sea más verdadera que la filosofía. Porque la filosofía de alguna manera apuesta a que al final las piezas calzan, aunque sea en el absurdo. El novelista intuye que ni siquiera esto último da cuenta y, simplemente, cuenta. Aunque tal vez esto no deba afirmarse así, como si fuese una tesis filosófica. Habría que experimentarlo al interior de una novela. Lo que ocurre no alcanza su plena realidad. Ser novelista es estar atento al punto de vista del otro, sentir la pluralidad de modos que tiene la vida. El escritor está en su ficción con la víctima y el victimario. (Como persona, por supuesto, puede y debe tomar partido). El novelista en cuanto tal no juzga, no condena. Comprende. Y entonces, salva.

Los escritores de ayer, de hoy, de mañana, los escritores que valen la pena construyen algo así como lentes de microscopio que permiten descubrir mundos ignorados y que, sin embargo, estaban ahí, bajo nuestras narices. Una buena novela puede cambiar una vida. No de golpe, no como quien descubre un gurú y se convierte en otro de un viernes a un lunes. No. Más bien como una gotera que va horadando el viejo yo y haciendo aparecer otro.

Justamente porque las buenas novelas se graban, su cincel sigue trabajando adentro de nosotros. Hace años que no leo una página de querer  y paz. Y sin embargo me encuentro pensando de repente, sin querer, en sus personajes y las situaciones por las que pasaron. Las personas que amamos siguen volviendo a la mente aunque hayan muerto hace años. Así los personajes de las buenas novelas se resisten a morir, y nos visitan cuando menos lo esperamos.

Lo mismo pasa con los personajes del teatro. Hamlet, el rey Lear, o la pareja de Romeo y Julieta, una vez que se conocen, se quedan y reaparecen. Por ejemplo, en Shakespeare apasionado, la película de John Madden premiada el año pasado. Es un film liviano, simpático y divertido. El script de Stoppard y Norman juega con Romeo y Julieta. De alguna manera es una historia para esa historia. A la vez, Viola (Gwyneth Paltrow) a ratos es Rosalinda, la muchacha de la comedia As Yon Like It que se hace pasar por un joven.

A los directores de cine les gusta, a veces, hacer películas a partir de novelas. A menudo el que las leyó y disfrutó, sale desencantado. ¿Por qué? Porque la película que se pasó el lector mientras leía, es distinta. El lector no es un espectador sentado en la butaca, mirando un film hecho por otro. Tampoco un auditor en la sala de conciertos.

El lector de novelas es como el primer violinista de la orquesta. La novela es su partitura. El es el director que inventa su film a partir del script que es la novela. A menudo esa película no se aviene para nada con la que ha hecho otro señor igual a él, sólo que capaz de llevarla a la pantalla grande o chica. Por eso sale incómodo: lo que él imaginó no se parece a lo que vio.

Me ocurrió cuando vi hace algún tiempo Retrato de una dama. Nunca me imaginé así a los personajes. Sentí que me querían confundir haciéndolos aparecer diferentes de como yo sabía que eran y habían sido siempre.

Como encontrarse con un antiguo amor y darse cuenta de que ya no tiene nada que ver con la que era, la que no podíamos sino amar. ¿Qué fue de ella? ¿Dónde está? Y los antiguos amantes se miran tratando de encontrar en algún rincón de la mirada, en algún movimiento de la mano o de la sonrisa, esa pieza que permita armar todo el rompecabezas. Y no se encuentra. Porque lo que falta no está sino en el ojo del que mira. La muerte del amor llega cuando se ha olvidado una cierta manera de imaginar a la persona amada, de sentir su vida y la mía. El amor es una forma que toma la imaginación. Esto porque en el amor siempre hay algo de interpretación. Querer es, en parte, querer interpretar a otro.

Lo mismo con los personajes de una novela: queremos interpretarlos. Por eso el lector, mientras imagina, crea junto con el escritor y la novela empieza a existir. Hasta entonces era como una partitura que guarda sus sonidos y armonías, esperando que un músico quiera darle vida, n

Arturo Fontaine. Escritor. Cuando éramos inmortales es su última novela.

La riqueza

LA RIQUEZA

Los mexicanos nos hemos pasado décadas debatiendo las causas de la pobreza, pero hemos avanzado muy poco en su solución. Se ha escrito una infinidad de estudios, tratados y propuestas para enfrentar el problema, pero ese esfuerzo no ha arrojado ni siquiera un consenso sobre cuáles son sus causas ni mucho menos cómo combatirlo. Aunque sin duda hay que enfrentar el problema de la pobreza que aqueja a una enorme porción de la población del país, también hay que reconocer que todo el esfuerzo conceptual y práctico invertido hasta la fecha ha sido en buena medida irrelevante porque lo que en verdad importa no son las causas de la pobreza, sino las causas de la riqueza.

Entender y enfrentar la pobreza es una necesidad evidente, pero no nos lleva demasiado lejos. Todos esos esfuerzos serían mucho más productivos si se orientaran a entender las causas de la riqueza y a crear las condiciones para que ésta sea posible. De hecho, llevamos siglos haciendo sumamente onerosa la creación de riqueza y prácticamente imposible su distribución; hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para preservar todo lo que genera pobreza en lugar de avanzar en su contra. Es tiempo de volcar la vista hacia la otra cara de la misma moneda.

La concepción de la riqueza ha cambiado a lo largo del tiempo. Los diccionarios tienden a ofrecer una definición estática de la misma, generalmente referida a la posesión o abundancia de bienes o “cosas preciosas”. La historia española del siglo XVI en adelante es paradigmática de esa definición: las colonias españolas en América contribuyeron para que aquella nación amasara enormes fortunas en la forma de lingotes de plata y otros minerales que, sin embargo, acabaron por esfumarse. Un par de siglos después, España, el imperio más rico en más de un milenio, estaba prácticamente quebrada. Algo semejante se puede decir de todas las naciones que poseen diversas riquezas naturales, como el petróleo. Como bien ilustra nuestra realidad actual, el hecho de que un país posea abundantes bienes naturales no implica necesariamente bienestar para su población. La riqueza de un pueblo es producto de su trabajo, de su capacidad para transformar recursos en capital, y éste en producción de bienes, servicios y satisfactores diversos. Dicho en otros términos, la verdadera riqueza de una nación consiste en el acervo de activos productivos capaces de convertir insumos varios (como pueden ser el petróleo, el oro, una determinada ubicación geográfica, la cultura o las ideas) en satisfactores para la población. Mientras más eficiente es esa transformación, más rica es una nación.

El caso de Japón rompe con todos los esquemas tradicionales de generación de riqueza: se trata de una nación pobre en recursos, pero extraordinariamente rica en capacidad para transformar recursos diversos en riqueza. La riqueza de esa nación asiática no se deriva de la posesión de grandes yacimientos minerales, sino de la extraordinaria productividad de su gente. Utilizando la tecnología con gran habilidad, la economía japonesa logró producir muchos más bienes con menos recursos que la mayoría de sus competidores; de esta manera, al producir más eficientemente, su población pudo obtener ingresos más elevados sin que ello afectara el nivel general de precios de la economía. Algo semejante ha ocurrido en los países europeos, en Canadá, en Estados Unidos y, en general, en todos los países que identificamos como “ricos”. Muy pocos pondrían en esa lista a los países que poseen grandes yacimientos de petróleo o de otros minerales pero cuya población es mayoritariamente pobre.

No es casualidad que los países ricos sean los que crean riqueza a partir del trabajo o del desarrollo de alguna idea. Esas naciones tienen una estructura social, política, institucional y económica que hace posible la generación de riqueza. Las escuelas se dedican a formar personas con habilidades básicas en el lenguaje y en las matemáticas, y a desarrollar individuos capaces de comprender instrucciones complejas. La economía está estructurada de tal forma que los empresarios cuentan con un marco de certidumbre para poder desarrollar su actividad; las instituciones financieras operan dentro de un entorno de predictibilidad, lo que les permite realizar su función, a sabiendas de que sus usuarios son legalmente responsables. Las estructuras institucionales y legales permiten resolver conflictos y hacer cumplir los contratos. En suma, los países ricos no lo son por casualidad: su riqueza se deriva de la existencia de una infraestructura social, institucional y económica que permite —y, de hecho, fomenta— la creación de riqueza.

En México, la estructura institucional está saturada de impedimentos para que se desarrollen nuevas empresas; las autoridades tienden a premiar (y, de hecho, a proteger) a las empresas existentes respecto a nuevos competidores, todo lo cual hace sumamente difícil la creación de riqueza. Y ahí donde la riqueza se crea, su distribución resulta sumamente difícil y la calidad de la educación no favorece el incremento constante de la productividad, lo que limita severamente el potencial de crecimiento de los salarios reales. En suma, México es una nación pobre porque contamos con una infraestructura pobre. La riqueza comenzará a generarse y a fluir el día en que nos dediquemos por fin a romper los impedimentos que nos hemos autoimpuesto.  n

Luis Rubio Politólogo, director del CIDAC. Su más reciente libro es Tres ensayos. Fobaproa, privatización y TLC.

Morir sabiendo

MORIR SABIENDO

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

Quien quería  saber  algo sobre su vida y su muerte consultaba antes a magos y gitanas.

Hubo un ministro de Hacienda mexicano que en los años cincuentas del siglo anterior fue a la India a escuchar a un nigromante al que acudían príncipes y actores, brahmanes y mandatarios, mujeres dudosas y hombres melancólicos de todos los lugares de la tierra.

El vidente, ciego y manco, leía la vida y la muerte, pidiendo como único pago de entrada que el invitado aceptara la doble adivinación de la fecha de su nacimiento y la del fin de sus días. Luego, le contaba los hechos que le esperaban adelante.

El ministro de Hacienda volvió decepcionado del vidente porque falló desde el prólogo, diciendo mal su fecha de llegada al mundo, a partir de lo cual todas las buenas cosas que el ministro escuchó del adivino, entre ellas que habría mujer joven y fortuna nueva, no entraron en su ánimo.

De vuelta al país natal, el ministro visitó a su madre anciana, moribunda de los años, y le contó su decepción. Cuando le dijo la fecha errónea de su llegada al mundo que el vidente había inventado, su madre palideció.

— Es la fecha correcta en que naciste —le dijo—. Te registramos meses después en otro sitio, porque tu padre te quería nativo de su ciudad. La fecha fue cambiada por error del escribiente.

El ministro se llamaba Ramón Beteta. Los diccionarios dicen que nació en 1901 y murió en 1965. Desconozco lo que hizo el último año cierto y anticipado de su vida. Nadie supo, aparte de él, si la fecha en que el mundo se apartó de sus ojos fue la que le dijo el nigromante.

Los augurios de la vida y la muerte han cambiado desde entonces. Leí hace algún tiempo un reporte sobre el dilema ético del cáncer de mama. Es un mal que puede diagnosticarse con certeza décadas antes del primer síntoma. Puede saberse desde el parto si la bebé que apenas toca el mundo teje ya dentro de sí un cáncer de mama para su edad adulta. El daño remite a un futuro lejano pero inexorable, que puede preverse pero no curarse con anticipación.

El dilema ético de los médicos es si deben decirlo a los padres. La advertencia no alivia nada, es una condena diferida. Los padres que la reciben, empiezan a cargar el dilema de los médicos: ¿deben decirlo a sus hijas? ¿Deben prepararlas para el mal que vendrá o dejarlas vivir inconscientes, como todos, de la muerte que crece silenciosamente en ellas?

Hay mejores y peores salidas prácticas al dilema. Padres optimistas harán discreto caso de la profecía y esperarán la solución ansiada de la ciencia. Padres melancólicos vivirán bajo la sombra del destino anunciado como bajo una sentencia que se paga día a día. El momento inquietante del dilema, sin embargo, es saber. quitar por un momento la certeza de libertad y campo abierto que constituye por su mayor parte la ilusión de estar vivos, el hecho de no saber sino aproximada y ciegamente el límite de nuestra vida, la forma y hora de nuestra muerte.

La ciencia completará la profecía. Podrá decir a todo el que nace, desde que nace, el tiempo de su vida y la causa de su muerte. Podrá también limpiar la cadena genética de las debilidades hereditarias, de modo que los seres humanos puedan vivir ciento treinta años.

Anticipando esas vidas largas, se sugiere ya que la causa principal de muerte en el planeta llegará a ser el suicidio: la decisión voluntaria de no seguir viviendo porque la vida ha colmado todas las esperanzas o inflingido todas las penas que un ser humano puede tener.

Se sufre, decía Borges, porque la vida es demasiado corta o demasiado larga. Salvo accidentes, guerras, catástrofes y homicidios, que siempre habrá, la vida demasiado larga será en el mundo que asoma la rara peste existencial del hombre. Pero aun en ese mundo, donde se morirá libremente, por propia decisión, y cada uno será por fin el soberano de su propia muerte, saber la hora precisa del propio tránsito parece, contra la esencia misma de la vida, que es negar locamente el propio fin, saber a tropezones cómo vivimos, pero ignorar gozosamente, la hipocondría incluida, cuándo y cómo hemos de morir,   n

Héctor Aguilar Camín Escritor. Su más reciente libro es El resplandor de la madera.

Los intelectuales

LOS INTELECTUALES

Entre los muchos males que se atribuyen al creciente dominio de la imagen en nuestra cultura, algunos autores ponen especial hincapié en el desvanecimiento de los intelectuales de la vida pública. Este desvanecimiento tendría, al parecer, dos caras. Por una parte, se estaría perdiendo el sentido de responsabilidad social de las personas ilustradas, esa conciencia del privilegio que conlleva una preparación intelectual y cultural, y de la obligación de ponerla al servicio de los intereses colectivos. Por otra parte, el papel de los intelectuales como creadores de opinión lo estarían asumiendo las nuevas estrellas de los medios: los actores de telenovela, los conductores de televisión, las figuras del rock o del rap.

Para que el razonamiento funcione es preciso partir de la segunda premisa y darla por cierta. Un filósofo atormentado por el rumbo desencaminado de nuestra sociedad puede tener aún la tentación de transmitir a la opinión sus preocupaciones, pero, una vez que se hace evidente que no puede competir con el mensaje embrutecedor y trivializante de los medios audiovisuales, optará por refugiarse en sus reflexiones solitarias, se convertirá en un especialista académico o en un autor que escribe sólo para una minoría. A esto lo llamaba Alasdair Maclntyre, en un libro bellamente pesimista (Tras la virtud, 1984), elegir la senda de san Benito.

Claro que pueden pasar cosas aún más extrañas. Ahí está el caso del profesor Sartori, que inició en 1988 una campaña personal contra los efectos corrosivos para la democracia de la cultura de la imagen, con la inesperada consecuencia de que su apocalíptico ensayo sobre la videopolítica (Homo videns, 1997) le ha convertido

en una estrella mediática. Y este caso es simplemente paradójico, pero no faltan intelectuales que, tras descubrir la superior fuerza de los medios frente a la palabra escrita, han cambiado deliberadamente de campo tratando de gozar de sus quince minutos de popularidad en la televisión o el cine, y en todo caso de obtener el nivel de ingresos de quienes triunfan en estos medios, generalmente superior al de los académicos y docentes.

Pero en esta visión del problema existen varios equívocos. El primero es la creencia, más bien infundada, de que en algún momento existió una edad dorada en la que los intelectuales tenían conciencia de su responsabilidad social y capacidad, además, para influir significativamente en la opinión pública. Todo depende, claro, de a quiénes o, mejor dicho, a cuántos, definamos como intelectuales. En sociedades fuertemente desiguales en el plano cultural, con altos niveles de analfabetismo, es probable que las personas ilustradas tengan influencia en la opinión pública, pero estas personas, en su inmensa mayoría, serán lo que Gramsci llamaba pequeños intelectuales: maestros, curas, médicos, escribanos. Puede que entre ellos, a su vez, tengan gran influencia los grandes intelectuales, escritores, ensayistas o filósofos. Pero las opiniones de éstos sólo llegarán a la mayoría a través del filtro de los pequeños intelectuales.

Es fácil comprender que la clase trabajadora manual, como tal clase, nunca conoció directamente la obra de Marx. Una minoría leyó sus textos de divulgación y una mayoría conocía de su existencia a través de pequeños intelectuales, obreros autodidactas o personas de clase media que se aproximaban por una razón u otra al movimiento obrero. A fin de cuentas, la influencia de los grandes intelectuales en la opinión de la mayoría se producía a través de una serie de filtros estratificados, potencialmente tan deformantes como puedan serlo los actuales medios audiovisuales. ¿Qué es lo que ha cambiado, entonces?

Lo que ha cambiado es el papel de la palabra escrita. Para divulgar a Marx era necesario leerle, ya que sólo una reducida minoría podía estar en contacto personal con él. Incluso la mayor parte de los contactos personales se producían por escrito, a través de cartas. Ahora, en cambio, miles o millones de personas pueden escuchar a un intelectual exponer sus ideas por radio o televisión. Se dirá que el medio impide que comprendan en profundidad sus razonamientos, pero no hay muchas razones para creer que quienes leían o escuchaban intervenciones públicas de los grandes intelectuales de antaño estaban en mejores condiciones de partida.

Cualquier profesor universitario es consciente de que los estudiantes sólo comienzan a comprender realmente sus clases cuando llevan algunas semanas siguiéndolas, cuando han leído algunos de sus textos y. sobre todo, cuando comienzan a conocer al propio profesor. Mientras tanto pueden haber decidido si les resulta simpático o no, si explica mejor o peor y, todo lo más, si resulta convincente. No es muy distinto el problema de los ciudadanos cuando escuchan a un político o a un intelectual por los medios audiovisuales, y sin embargo bastantes estudios sugieren que la gente vota razonablemente —en función de sus creencias e intereses— y que no se deja engañar tan fácilmente como creen los profetas del apocalipsis mediático.

En este punto cabe la sospecha, entonces, de que las quejas sobre la desaparición de la función de los intelectuales van dirigidas más bien a la democratización de la información que han traído los medios audiovisuales. Se puede negar que esta democratización se haya producido en el plano cultural, pero no hay duda de que ahora las opiniones pueden llegar más fácilmente o con mayor rapidez a las mayorías. En cuanto a la capacidad de las estrellas de los medios para formar opinión, parece bastante discutible que tengan un papel autónomo: pueden ser muy capaces de deformar el mensaje de otros —como entrevistadores, moderadores o conductores de informativos— pero rara vez consiguen influencia para sus propias opiniones.

Surge entonces una terrible sospecha: ¿y si el debate sobre el desvanecimiento de los intelectuales fuera fruto del resentimiento de los aspirantes a serlo? Es lo que sugiere la propia descripción idealizada que hacen del pasado de esa figura. El problema es que hoy la inmediatez de la comunicación impide a un intelectual convertirse en figura influyente en la opinión si no logra atraer la atención de los medios: debe competir por tanto en un terreno nuevo. No le basta con escribir libros o artículos en la prensa, sino que sus libros deben obtener una gran venta o sus artículos ser objeto de comentarios y controversia. En otro caso, sus opiniones sólo llegarán a un número minoritario de personas, frente a las de aquellos que obtengan la atención de los medios audiovisuales.

Pero ¿acaso no ha sido siempre así? Zola no era precisamente un desconocido cuando escribió su “Yo acuso”. Y probablemente Francia estaba llena entonces de personas convencidas de que Zola no merecía su éxito literario, o de que sus opiniones eran superficiales y necias. ¿Por qué debería ser más ofensivo el éxito como condición para recibir atención de los medios audiovisuales en la actualidad que el éxito literario o periodístico a secas de épocas anteriores? Cabe una segunda sospecha: la figura del intelectual, en su concepción tradicional, es un sacerdocio que no le permite mezclarse con los mortales. Lo irritante del intelectual mediático no es su éxito de público ni su popularidad, sino que comparta la atención de los medios con cantantes, actrices, políticos y presuntos delincuentes.

Pero quizá la clave final del llanto por la desaparición de los intelectuales esté en que el gran intelectual, como el sacerdote, eran antaño figuras vitalicias. Y ahora, los aspirantes a grandes intelectuales saben muy bien que, de lograr el éxito, sólo lo tendrán durante quince minutos. Puede que después se sigan vendiendo sus libros, que los diarios sigan contando con su firma, pero la gloria mediática, su consagración por los medios audiovisuales como intelectuales del momento, es ahora irremediablemente un fenómeno efímero. Y eso puede ser muy doloroso si lo que se busca, en medio de protestas de responsabilidad social, es ante todo una forma rebuscada y duradera de glamour.  n

Ludolfo Paramio Politólogo y periodista. Colaborador del diario La Crónica.

La memoria y el olvido

LA MEMORIA Y  EL OLVIDO

POR SOLEDAD LOAEZA

El siglo XX tuvo dos demonios tutelares: Marcel Proust y Sigmund Freud. A su sombra la reconstrucción del pasado dejó de ser un asunto de historiadores y se impuso como una experiencia estética individualizada y como un medio curativo, compuesto a la medida exacta de la patología personal. En la glorificación del individuo la memoria se transformó en un ejercicio de egocentrismo y el olvido en un instrumento de autocomplacencia. En la literatura el intimismo sustituyó a la imaginación, pero en la industria editorial en general, el mimo del ego dio toneladas de frutos: diarios, confesiones. historias verdaderas y autobiografías precoces todas —o casi todas—. montañas de libros de autoayuda; los saboreos proustianos se volvieron parte de la vida cotidiana, con toda naturalidad el gansito ocupó el lugar de la magdalena, y la Vulgata freudiana llenó el vacío que dejaron los diez mandamientos.

Un signo de los nuevos tiempos es el fin del imperio de Proust y de Freud. Su principal y victorioso adversario, la tecnología, amenaza seriamente a la memoria y parece ser el poderoso aliado del olvido. La comunicación electrónica ha acortado las distancias y los tiempos: la televisión y la computadora nos entregan mensajes e imágenes desde los puntos más remotos de la geografía y de manera instantánea, conversamos y jugamos cartas con islandeses y brasileños a los que nunca hemos visto, pero les entregamos nuestros secretos con la libertad que asegura el anonimato, también porque sabemos que nos olvidarán. La cantidad de información que recibimos cotidianamente y la velocidad con que viaja son un desafío para nuestra capacidad de retención y de concentración. Imágenes y palabras en estos medios son como una raya en el agua: difícilmente recordamos el tema de un programa, la idea central de un artículo, el nombre de nuestro correspondiente en alguna parte de la red. El recuerdo vago de la reacción que pueden habernos provocado es lo único que queda, y no por mucho tiempo. Nuestra memoria fragmentada parece un mundo hilado con parches y remiendos, que los historiadores del futuro mirarán desilusionados ante su pobre coherencia.

Hasta aquí parecería que memoria y olvido se contraponen, son conceptos enemigos que se excluyen mutuamente. No obstante, la una no puede existir sin el otro: si Proust y Freud nos enseñaron a recordar hay que decir que también nos enseñaron a olvidar. En realidad memoria y olvido son nociones gemelas, que se complementan, y a pesar de que estuvieron dominados por la práctica individualizada, también fueron la piedra de toque de intensas experiencias colectivas. En la primera mitad del siglo pasado provocaron dos guerras: el olvido, la de 1914-1918; la memoria, la guerra de 1939-1945. Tal vez por esta razón al término de la última, ante la enormidad de lo ocurrido, se pensó que la reconciliación, el restablecimiento de la confianza y la civilidad entre vecinos, y en sociedades y países divididos por el conflicto, el enfrentamiento y las mutuas traiciones, demandaba correr un velo sobre el pasado reciente, hacer a un lado las heridas con la esperanza de que, al no hablar de ellas, sanarían de manera espontánea. Los franceses lo hicieron con el colaboracionismo: quienes habían combatido al lado del general De Gaulle y de la resistencia estuvieron dispuestos a cerrar los ojos sobre el pasado de quienes habían colaborado, se impuso la raison d’Etat. Con la ayuda del cloroformo de la recuperación económica los alemanes se sumergieron en una amnesia colectiva, y durante décadas recordaron de los nazis solamente la obra carretera. Bien puede reprochárseles lo que para muchos era una insoportable hipocresía. Sin embargo, la política de Francisco Franco de mantener viva la memoria de la guerra civil española y fresca la intensidad de los antagonismos era igualmente chocante, como lo son todavía los letreros que en el Alcázar de Toledo le recuerdan al visitante “los crímenes de los rojos”. A pesar del rechazo que esta política de la memoria provoca, vale la pena preguntarse si el olvido —por fingido que fuera— no era un mejor camino hacia la reconciliación. No es fácil responder a las preguntas de cómo vive uno con las monstruosidades o los errores del pasado. ¿Cuál es la mejor fórmula para reconstruir sociedades —o vidas personales— desgarradas por el conflicto, el odio y el prejuicio? ¿Cómo se restablece una relación civilizada con el enemigo que torturó o asesinó al hijo, al marido, al amigo? ¿Cómo se reconcilia uno con el propio silencio ante los gritos del vecino que en la mitad de la noche fue secuestrado por desconocidos, bien conocidos?

A partir de los años sesenta el olvido a secas como vía de reconciliación fue descartado, porque el requisito de la memoria que supuestamente había rechazado, en realidad había sido remplazado por versiones pervertidas del pasado, por reconstrucciones falsas de la historia. Después de la publicación del libro de Alexander Solyenitzin. Un día en ¡a vida de Iván Denisovitch, la recuperación de la memoria colectiva se convirtió en un derecho para derrotar el olvido que se había maquinado contra el pasado de los vencidos. En 1990 uno de los primeros actos de liberación en Checoslovaquia fue una amplia exposición de fotografías, filmaciones y grabaciones de la Primavera de Praga de 1968, que los checos veían y escuchaban por primera vez, con sorpresa, admiración y emociones todavía más profundas en relación con ellos mismos.

El sentido de reconciliación que antes tuvo el olvido era mucho más claro que el que se atribuye hoy en día a la recuperación de la memoria colectiva, que en más de un caso está impulsada por el resentimiento y la venganza antes que por la intención de reconstruir un tejido social profundamente dañado por los conflictos del pasado. En este mismo sentido las comisiones de la verdad que se han formado en muchos países no prometen reconciliación, sino que se proponen hacer justicia y en el camino pueden reanimar las heridas, retrasan la cicatrización. No obstante, las víctimas no estarán dispuestas a reconciliarse con el pasado y sus enemigos, a menos de que reciban algún tipo de retribución por el sufrimiento que se les infringió. Entre reconciliación y justicia parece haber un abismo insalvable.

La memoria y el olvido tiene cada uno su lugar en la reconciliación, y ésta no es simplemente un objetivo político, es un valor en sí misma. Para lograrla es preciso encontrar la justa medida para una y otro, recuperar las áreas grises que se forman entre ambos; de esta manera puede identificarse el justo medio para que la memoria no anule nuestra existencia en el presente y el olvido no destruya nuestra identidad. Dice Milán Kundera que en el presente caminamos, decidimos y actuamos en la niebla, y que sólo cuando miramos hacia atrás las imágenes son claras; vista de esa manera la historia debe ser comprendida antes que juzgada.   n

Soledad Loaeza Politóloga. Su más reciente libro es El Partido Acción Nacional: La larga marcha. 1939-1994.

Liturgia y revolución

LITURGIA Y REVOLUCIÓN

POR ADOLFO GILLY

“La paz sea contigo”. El sacerdote acaba de consagrar el vino, ahora sangre verdadera de Cristo, y los fieles se dan la mano unos a otros diciendo cada vez: “La paz sea contigo”. Yo, que estaba nomás mirando los oros del altar del templo de San Francisco en Tlaxcala, me vuelvo hacia mi vecino, nos damos la mano y nos decimos: “La paz sea contigo”. El sacerdote concluyó la misa como la había comenzado: de espaldas a las imágenes del altar y viendo hacia nosotros en la profundidad del templo.

Volví a otros mundos, al del niño que era yo al final de los treinta y al mundo de antes de la Segunda Guerra. Vi al sacerdote de entonces, que oficiaba la misa dándonos la espalda, alzaba el cáliz hacia las imágenes del altar, consagraba el pan y el vino mientras nosotros mirábamos el ofrecimiento sin darnos la mano ni decirnos palabra. Eramos como testigos de un misterio que transcurría entre el sacerdote y la divinidad y no entre ésta y nosotros a través del sacerdote. Más era un acto de autoridad que uno de mediación.

Regresé a San Francisco en Tlaxcala. El lugar nuestro en la misa había cambiado desde aquel niño hasta hoy. Al salir de la iglesia al cielo azul de la ciudad del altiplano, pensé: “hizo falta un siglo de guerras y revoluciones para que este antiquísimo ritual de la Iglesia Católica cambiara, el sacerdote mirara hacia el lado de acá. nos hablara en nuestra lengua y los fieles se dieran la mano deseándose la paz unos a otros”.

Me dirán que la inferencia es subjetiva y arbitraria; que no fueron las revoluciones sino la modernidad, la influencia o la competencia del rito protestante, el Concilio Vaticano II o la voluntad de Dios; que no se vale saltar así a apresuradas conclusiones.

Estoy dispuesto a escuchar e incluso a aceptar cada objeción. Y, sin embargo, sigo anclado en la imagen del siglo XX como aquel cuyas transformaciones se anunciaron no en el fruto más que maduro de la Belle Epoque sino en las semillas agrias de ese fruto, las guerras y las revoluciones; el siglo que creció en el conflicto de los años treinta entre éstas y sus gemelos monstruos antagónicos: nazismo, stalinismo. fascismo, falangismo; el siglo que floreció, después del tránsito atroz de la Segunda Guerra, en la saga universal de las revoluciones coloniales y nacionales asiáticas, islámicas, africanas y latinoamericanas, las que disolvieron los imperios y prepararon en las metrópolis la gran ruptura del 68 cuya figura mítica, el Che Guevara, venía del mundo de esas revoluciones. Otras dominaciones bullían dentro de todas ellas. Pero nadie pudo restaurar las viejas dominaciones que deshicieron y los mundos anteriores que abolieron.

La nueva dominación universal, apenas en sus inicios, se llama globalización financiera. Es la de la subordinación del conocimiento al capital, y por fuerza es mundial porque, a diferencia del trabajo, al conocimiento no se le pueden imponer fronteras nacionales y el no imponérselas es, precisamente, una condición para su subsunción al actual capital sin fronteras (pero no sin el monopolio concentrado en pocos de la violencia última, la que como efecto demostración se ejerce en la guerra del Golfo y en la de Yugoslavia o en el bloqueo de Cuba).

Esta nueva dominación dice haber abolido las revoluciones y haber vuelto obsoleta su idea misma. Quiero pensar sin embargo a esta segunda Belle Epoque como el fruto final del siglo XX; el que en esta fiesta universal del lujo extremo y la miseria inenarrable despide ese olor penetrante y un poco dulzón de los frutos cuando están a punto de pasar; el que contiene, como el precedente tránsito entre siglos, las semillas agrias de las rebeliones y de la barbarie.

En la otra Belle Epoque, la reacción del lujo contra las revueltas era tratar como criminal toda miseria que no se doblara al temor y a la beneficencia. El siglo XX entero fue la feroz respuesta. No es diferente la actitud del insolente lujo de esta segunda bella época.

“Para Marx las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero tal vez las cosas sean diferentes. Tal vez las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, jala el freno de emergencia”, escribía Walter Benjamín.

Lo que estamos viviendo también puede ser visto como una nueva fase histórica del despojo universal de los bienes comunes, de la privatización de lo que era de todos, de la redistribución mundial de la renta de la tierra y del plusvalor del trabajo vivo. O, en términos más abstractos, estamos ante una nueva y mucho más concentrada forma de la dominación del trabajo pasado y cristalizado —en instrumentos de producción y en conocimiento subsumido al capital— sobre el trabajo presente y vivo, sobre esta sustancia que constituye la vida de nosotros, los seres humanos dispersos por el mundo.

A este proceso sobresaltado pero ininterrumpido de despojo y sufrimientos en un extremo y de concentración de las riquezas y del lujo en el otro, unos lo llaman progreso, otros modernización. Contra esa forma del progreso se han alzado, una y otra vez, las rebeliones y las revoluciones. Una vez estalladas, ambas traen consigo para todos, dominados y dominadores, penurias y sufrimientos no imaginados de antemano por ninguno. y menos que nadie por los que, pasados los límites de lo soportable (por elásticos que estos límites puedan llegar a ser), violentamente se rebelan.

¿Está inmunizada esta nueva forma del progreso contra esas rebeliones? ¿Puede ella ahora cumplir sus promesas —viejas promesas vanas de las sucesivas encarnaciones del capital— de que una vez acumulada suficiente riqueza en las alturas ésta comenzará a derramarse por sí misma sobre los despojados, los desposeídos y los humillados? Las leyes por las cuales vive el capital no es el reparto y la redistribución, sino la competencia, el despojo, la concentración y la guerra. No es cuestión de maldad, sino de naturaleza. La ley por la cual siguen viviendo los despojados —y porque ellos siguen viviendo puede con su trabajo reproducirse el capital— es la resistencia. Cuando aquellas leyes de vida del capital rebasan sus propios límites, esta otra ley de vida de los humanos, la resistencia, se ve empujada también a rebasar los suyos y a estallar en revuelta, rebelión o revolución contra el orden dominante en el cual aquellas leyes se condensan.

Después de la derrota de la Comuna de París, la Belle Epoque creyó no sólo haber terminado con la revolución sino también haber absorbido o disuelto sus sujetos y sus razones. Desde 1905 en Rusia y 1910 en México, el siglo que venía dijo que no. Quién sabe qué dirá el siglo venidero.

Un libro de fines del siglo XX (Richard Poulin y Pierre Salama, editores: L ‘insoutenable misère du monde. Editions Vent de l’Ouest, Quebec, 1998), se abre con esta constatación de hecho: “La humanidad está confrontada a una insoportable barbarie. Alrededor de un cuarto de su población vive en estado de pobreza extrema mientras la producción de riqueza ha llegado a cimas jamás igualadas. Desde hace alrededor de veinticinco años, algunos países viven una disminución de la pobreza, y otros, mucho más numerosos, su agravamiento. Pero en todas partes, sobre todo desde la liberalización económica, hay un sensible crecimiento de las desigualdades”.

No se trata sólo de polarización de riqueza y pobreza. La combinación dinámica entre empobrecimiento, enriquecimiento, despojo, inseguridad sobre el mañana, migraciones y desigualdad, y la percepción cotidiana de este campo de fuerzas en tensión variable concentrada durante la vida de una sola generación, es lo que puede definir la aceleración en las conciencias de movimientos de exasperación y desesperación.

Hay una diferencia entre pobreza ancestral y empobrecimiento durante una generación. Esa diferencia condensa la rabia, la ira y la protesta en los territorios de la economía moral, tal como los definen E. P. Thompson y James C. Scott, y en las cuatro palabras “con que protesta el pueblo desde siempre: esto no es justo”, recuerda Cezslaw Milosz.

Buena parte de las mediciones y definiciones institucionales de la pobreza y del discurso sobre la pobreza son hoy una proyección de la subjetividad (y de los temores) de las instituciones mismas. Estos discursos, “ya sean inspirados por la moral y la piedad, la voluntad de progreso y de modernización, o la preocupación por el orden y el control, generalmente encubren el hecho de que la pobreza es ante todo un sistema de relaciones sociales que ellos contribuyen a reproducir”, escribe Blandine Destrenau en el mismo volumen.

La insoportable miseria del mundo no es sólo un hecho absoluto, sino también relativo. En relación al tiempo pasado, se llama empobrecimiento en una o dos generaciones. En relación al tiempo presente, se llama desigualdad creciente en ese mismo lapso. En ambas relaciones, México ocupa un lugar de primera línea: con Brasil, Guatemala, Chile y Panamá, está entre los países más desiguales de América Latina, aquellos donde el quintil más rico recibe 60% o más de la riqueza social; los dos quintiles intermedios el 30% y los dos quintiles inferiores (es decir, el 40% de la población) alcanzan a recibir sólo el 10% de esas riquezas, anota Pierre Salama en su contribución al libro antes citado. Esta miseria es insoportable porque no es un hecho de la naturaleza sino un agravio de la sociedad.

De la pobreza en sí misma no nacen las rebeliones. De la percepción por las generaciones vivas de esa combinación rápida y atroz de empobrecimiento y desigualdad, puede en veces que sí, si esas generaciones se ven acorraladas y privadas de medios para resistirla. De donde nunca nacen, en cambio, es de las conspiraciones a través de las cuales las quieren explicar las mentes policiales, del mismo modo como las guerras no son engendradas por los ejércitos ni las huelgas por los sindicatos.

En sus notas de 1940 “Sobre el concepto de historia”, Walter Benjamín reprocha a la socialdemocracia haber “asignado a la clase trabajadora el papel de libertador de las generaciones futuras”. Cortaba así. dice, “tanto su fuerza de odiar como su disposición al sacrificio: pues lo que nutre esa fuerza, lo que preserva esa disposición, es la imagen de los antepasados oprimidos y no la visión de una posteridad liberada “.

De esas corrientes imaginarias entre generaciones sigue nutriéndose lo que en México se ha llamado una cultura de la rebelión. No hay razón evidente para pensar que. en esta segunda Belle Epuque, se hayan cegado los vasos comunicantes que, en el anterior tránsito entre siglos, la trasvasaron por debajo del tiempo del progreso y la paz de don Porfirio. No quieren ser estas líneas una predicción, tarea de la política, sino una reflexión, oficio de la historia.

Hace ya mucho, en Italia, me refirieron un dicho de Giuseppe Di Vittorio que tardé años en comprender. Di Vittorio era el gran jefe sindical italiano de la segunda posguerra, reformista para unos, reformador para otros. En una ocasión le preguntaron qué habían por fin aportado el Partido Comunista, sus ideas y sus luchas a los trabajadores italianos. Di Vittorio respondió: “Les enseñó a no quitarse el sombrero cuando están ante el patrón”. Cambio de modales, abolición de deferencias. No sucedió sin que antes Italia viviera dos guerras, diversas rebeliones campesinas, muchas fábricas ocupadas por las huelgas, el trabajo de una antigua y refinada cultura intelectual, y esa revolución que fue la insurrección nacional de la Liberación y la caída del fascismo,  n

Adolfo Gilly. Historiador. Entre sus libros. El cardenismo: Una utopía mexicana.

El dolor

EL DOLOR

POR ELISEO ALBERTO

Caballeros, la bicicleta, caray, era amarilla, de 24 pulgadas, marca Niágara, y traía guardafangos plateados, un sillín de cuero y un maletín con todo lo necesario para enfrentar una emergencia: desarmadores, pinzas, tubitos de pegamento, lija y tres parches de goma. El espejo del timón, perfectamente atornillado al manubrio, le daba un aire de motoneta que sin duda despertaría en muchos un agobiante sentimiento de envidia. “Cómo es que papá prefiere su Chevrolet a una bicicleta”, pensé al estirar la catalina. Ese jueves, a mis nueve o diez años de edad, yo me consideraba la persona más afortunada del planeta, así que, como lo era, decidí pasar mil veces por delante del portal de Ofelia, una niña a la que varios amigos amábamos en silencio. Ella vivía a unos cuatro kilómetros de mi casa, en el reparto Capri —un sitio magnífico, asfaltado y lleno de subidas y bajadas espectaculares, tan espectaculares que estaba seguro de que allí alcanzaría velocidades temerarias—. Me fui sin avisar. Papá trabajaba en su estudio. Lo vi, los espejuelos en la punta de la nariz, concentrado en algún escrito. Mamá nos había dicho que no lo molestáramos. Además, los propietarios de una Niágara amarilla de 24 pulgadas y espejo retrovisor somos así. unos tipos muy duros. Cuando regresé, bien entrada la tarde, papá no estaba. Tampoco Tobi, el perro de mi hermana. Ni mis hermanos Rapi y Fefé. Ni María la cocinera, aunque María a lo mejor andaba cerca porque los frijoles humeaban en la cazuela. Almorcé a vuelo de pájaro y me fui a limpiar la bicicleta. Esa mañana había llovido y las ruedas se enfangaron en los charcos. ¿Que cómo eran? ¿Las ruedas? Negras y con banda blanca. Ya comenzaba a inquietarme cuando escuché los ladridos de Tobi. Bajé las escaleras corriendo y en la puerta del comedor di de pecho contra mi padre. Sudaba. Una mancha le oscurecía la camisa, seguramente azul. Su camisa apestaba. A lentejas. Me apretó las costillas. No sabía que era tan fuerte. Las tenazas de los brazos me exprimían los omóplatos. Me traqueteaba la espalda. Tosí Volví a toser.

Yo le daba a la altura de su tetilla, así que por primera vez pude escuchar cuánto bombeaba su corazón. La suma de tantas sensaciones nuevas me hizo comprender que papá estaba muerto de miedo. Había dolor en sus ojos, siempre chiquitos, ahora desorbitados, y dolor en la comisura de los labios y dolor en las troneras de la nariz y dolor en las manos heladas y dolor en la barbilla (que sonaba al temblar, traca-taca- traca-taca), y dolor en la voz cuando, desde el fondo de las tripas, a puro coraje, dijo: “¡Hijo!”. Vi, junto al Chevrolet, a mis dos hermanos. Y a María la cocinera. El perro daba saltos de tirabuzón. Caía el sol, y mi Niágara de 24 pulgadas proyectaba una sombra amarilla y larga, tan larga que alfombraba un cantero de rosas enanas y los cuernos del manubrio se reflejaban, taurinos, sobre el cemento de la cisterna. Entonces me contaron, caray. Tremendo lío, caballeros. Verán. Como a los treinta minutos de haberme marchado sin avisar, un anónimo bromista, seguramente envidioso, le había dicho a papá por teléfono que yo acababa de ser atropellado por una guagua de la Ruta 89 en la entrada del reparto Capri y que. según rumores no confirmados, estaba muriéndome como un peno en un hospital cercano. Colgó. “Se oía nervioso”, me explicó papá. Por más de cinco horas, me buscaron en policlínicas, casas de socorro, salas de urgencia, puestos de la Cruz Roja, sanatorios, clínicas mutualistas, cuarteles de policía, morgues y nubes del cielo, sin resultado. Ese jueves supe que el dolor es sordo, mudo, manco y ciego: que todo y todos en esta vida, incluso los enamorados de la propia vida, debemos pagar una cuota de dolor, y que ningún otro sentimiento se le parece, como ninguna otra palabra le encaja por sinónimo, pues no es lo mismo dolor que calvario, molestia, daño, suplicio, tormento, desazón, tortura, martirio, pesar o congoja. No. Sería muy fácil. Demasiado simple, en el peor sentido del vocablo. El dolor es la sal, ese punto amargo que condimenta las emociones más intensas, desde la felicidad que nos abriga hasta la desesperanza que nos desnuda: “¡Hijo!”, dijo: “Te quiero”. Sudaba. Olía a lentejas. Mis hermanos se acercaron. Fefé abrazó a papá. Rapi abrazó a Fefé. Mamá no estaba, aunque a veces la incorporo en el recuerdo y cierra el nudo de cinco hebras humanas, como debió ser sólo que mamá se sentía muy enferma y por esos meses se había ido a vivir con su hermano, el médico. No sé si le dijeron, para que no se asustara: su diabetes era y es emocional. He olvidado muchos días perfectos, armoniosos, apuesto que alborotados por el gozo de la inocencia, pero no hay tarde que no me duela aquel abrazo. Seguramente el papel de mi cigarro se retuerce de dolor cuando el fuego lo consume, y a la candelilla le duele si después la apago: al árbol ¿le duele cuando lo dobla la ventolera?: sí, y al viento le duelen las aspas del molino, y al molino, tal vez, la imperfección de una rueda dentada, y a la roca del arrecife le duele que las olas la golpeen como la golpean, qué brutas, pero al mar también le duele cuando el rayo lo atraviesa desde la superficie hasta los cofres de piratas, y al relámpago le duele estallar, desbaratarse, y a la noche que amanezca y al rocío el dedo del sol y a la hormiga mis viejos tenis si, al caminar, la pellizco. No recuerdo qué fue de mi Niágara amarilla, 24 pulgadas, guardafangos plateados, ¿me la robaron’; nunca he vuelto a saber de Ofelia (¿se llamaba Ofelia o Norma’, total, se exilió allá por el 63 sin decirme adiós, querido mío, te escribo, palabra que te escribo); cómo habrá cambiado todo que ya no vivo en La Habana y papá murió hace seis años en México, en una calle del Distrito Federal llamada Amores. Esa vez fueron inútiles los abrazos: se le había cansado el corazón. Y ahora ciertas noches, qué cosa, caballeros, mi cuerpo huele a lentejas y me alegra oír, aunque duela, caray, ladrar a Tobi.  n

Elíseo Alberto. Escritor. Su más reciente libro es La fábula de José.

El ciudadano

EL CIUDADANO

POR ALBERTO BEGNÉ GUERRA

El ciudadano tiene derechos y la forma de hacerlos valer frente al poder político. El ciudadano es parte activa, dueño de su libertad, dentro y fuera de la cosa pública. El ciudadano no tiene más límites que los de sus propios derechos y libertades por la sencilla razón de que son también — y por ello son su límite— los derechos y las libertades de los otros. Y habría que añadir, más modernamente, que el ciudadano es el ser político que en condiciones de igualdad con sus conciudadanos se sujeta a las leyes de una comunidad porque ha participado, directa o indirectamente, en su producción. Si todo esto o algo parecido es el ciudadano y con ese lente se mira nuestra historia, no queda sino decir que el pasado mexicano ha sido prehistórico y el presente una obra en construcción: el inicio, aún incipiente, de un nuevo tiempo histórico.

La idea del ciudadano como una idea con vocación e influencia universal está inspirada tanto por los intereses de la burguesía liberal como por los principios del derecho natural laico: de allí que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, con más fuerza y abundancia que la Declaración de los Derechos de Virginia de 1776. haya asociado en definitiva la noción del ser ciudadano con los derechos del individuo, dotando a éstos de los atributos, nada insignificantes, de ser naturales e imprescriptibles. “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos” (artículo l2). “El principio de toda soberanía reside esencialmente en la nación. Ningún cuerpo, ningún individuo, puede ejercer autoridad que no emane expresamente de ella” (artículo 3°). “La libertad consiste en poder hacer todo lo que no dañe a los demás” (artículo 4°). “La ley es la expresión de la voluntad general” (artículo 6fi). “Ningún hombre puede ser inquietado por sus opiniones, ni siquiera religiosas” (artículo 10). “Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de él, a no ser que la necesidad pública, legalmente constituida, lo exija con toda evidencia y bajo la condición de una justa y previa indemnización” (artículo 17).

El catálogo de derechos nos es familiar porque el constitucionalismo de nuestros días, liberal y garantista como es, tiene en la Declaración de 1789 su matriz. Los derechos de la persona y del ciudadano, dotados de instrumentos para su defensa, marcan el límite del poder público. La idea del ciudadano así concebida se habría de completar más tarde con la extensión del principio de igualdad y, sobre todo, con las demandas en favor de la universalización del sufragio. La Constitución francesa de 1791 aún contenía la distinción entre ciudadanos activos y pasivos, y en ese sentido no reconocía la igualdad civil ni a los mulatos ni a los esclavos. La inspiración burguesa de este ordenamiento y de la propia Declaración era inocultable. Pero ello no impidió que el gran cambio en la concepción de la cosa pública y los derechos individuales del ciudadano alcanzara la dimensión y la fuerza propias de una verdadera revolución universal.

Sobre esas bases, la evolución de la representación política y las crecientes demandas en favor de la extensión del sufragio marcaron las grandes tendencias de la lucha por hacer del ciudadano ya no sólo el titular de derechos frente al poder público, sino también el hacedor indiscutible, la única fuente de legitimidad, de dicho poder: el ciudadano ya no sólo era en oposición al poder político, sino pasó a ser el poder político mismo. Y aunque los principios del derecho natural persisten en buena parte de las concepciones modernas del ser ciudadano, cuyos fundamentos residen en la afirmación de la existencia de derechos inherentes de la persona, previos y superiores al ordenamiento jurídico y al poder del Estado, el iuspositivismo democrático acabó por hacer prescindible la asociación del concepto de ciudadanía con el derecho natural. Hoy el constitucionalismo es inseparable del sentido garantista (la protección de los derechos fundamentales de la persona) y democrático (la legitimidad electoral del poder público) de las constituciones modernas, al margen de la concepción, iusnaturalista o iuspositivista, del texto constitucional; es decir, al margen de que reconozca u otorgue los derechos de la persona y el ciudadano.

La Constitución mexicana no está fuera de la tradición del constitucionalismo moderno. Por el contrario, es esencialmente garantista y democrática: prevé los derechos fundamentales de la persona y el ciudadano, establece los mecanismos para hacerlos valer, contiene un catálogo completo de libertades políticas y expresa que el único fundamento del poder público es el sufragio libre. Pero, en la práctica, la construcción de diques efectivos para contener al poder público y garantizar frente a él los derechos individuales, así como la edificación de instituciones que doten de eficacia a los principios democráticos para la integración de los órganos de representación popular, han sido obras accidentadas, inconclusa la primera y aun vulnerable la segunda.

El principio del gobierno de las leyes y su intención de subordinar el poder al derecho han sido una y otra vez pasados por alto, mancillados hasta el cansancio; la igualdad de derechos y la capacidad de hacerlos valer en condiciones de equidad, ha sido aplastada invariablemente por los privilegios y la discriminación inherentes a una sociedad tan hondamente desigual; las libertades políticas de los individuos tuvieron como límite, desde 1917 hasta tiempos recientes, no las libertades y los derechos de los otros, sino la complacencia o el malestar, siempre arbitrario, del poder político; y el voto no fue durante décadas más que el ritual oficial de un régimen que no admitía la competencia y la alternancia.

Muchas cosas han cambiado en los últimos años. La sociedad mexicana dejó de ser la pretendida masa uniforme de los años gloriosos del corporativismo oficial. La calidad del ciudadano se reivindica frente al avasallador peso de la calidad de lo nacional, y la utilización del nacionalismo, tan recurrente en la retórica revolucionaria, para anular al ciudadano, ha perdido gran parte de su fuerza. A la par de la pluralidad y la competencia democrática por la preferencia de la mayoría, la figura del individuo y la noción de las minorías emergen con el reclamo, cada vez más eficaz, de que sus derechos sean respetados. La suerte de los derechos y las libertades de los ciudadanos frente al poder público empieza a cambiar. Pero persiste la profunda desigualdad ante la ley y la incapacidad real para millones de ciudadanos, más allá de las declaraciones formales del ordenamiento jurídico, de hacer valer sus derechos. El ser ciudadano no puede reducirse a los derechos políticos, menos aún al ejercicio del voto. Porque además y antes de ser democrático, el constitucionalismo que concibe y universaliza la calidad ciudadana es garantista: el ciudadano, para serlo de verdad, debe tener garantizados todos su derechos frente al poder público, entre los cuales el derecho de acceder a la justicia es imprescindible.

Resulta inevitable volver, para concluir, sobre la dualidad que nos escinde: el país de leyes y de ciudadanos, y el país sin ley y sin ciudadanos. La ciudadanía por construir no sólo debe ser completa, sino también, y sobre todo, universal. Mientras no sea así, el mundo de los ciudadanos activos, para recordar la expresión de la Constitución francesa de 1791, seguirá siendo un mundo frágil, siempre amenazado por la rebelión enfurecida o silenciosa, revolucionaria o delictiva, de los ciudadanos pasivos.  n

Alberto Begné Consultor privado. Profesor del CIDE y el ITAM.

Los impuestos

LOS IMPUESTOS

POR CARLOS ELIZONDO MAYER- SERRA

Nos  pasa a muchos. Por alguna razón accesible sólo a Freud, a los académicos se nos va el sueño estudiando algún problema social. De ahí concluimos que la clave del universo se encuentra en el objeto de nuestros desvelos.

Por supuesto, en mi caso estoy convencido de que la importancia de mi objeto de estudio está fundada en la más rigurosa evidencia. A mi juicio, para entender la fragilidad del Estado mexicano y, finalmente, la del país se requiere estudiar la históricamente frágil salud de las finanzas públicas.

La crisis de la primera mitad del siglo XIX se explica por la incapacidad del naciente Estado de hacerse de un flujo de recursos estables y poder luego generar los bienes públicos necesarios para el desarrollo. En lugar de cobrar impuestos regulares, el gobierno se endeudaba, confiscaba, se declaraba en mora, exprimía a la iglesia o a quien tuviera algún recurso disponible. En lugar de hacer caminos, escuelas y juzgados, el gobierno se la pasaba apagando revoluciones de soldados quejosos por falta de paga, y para quienes tomar el poder era la ocasión para hacerse de algo de dinero.

Los éxitos de crecimiento económico con estabilidad del país, los dos más largos el del porfiriato y el del desarrollo estabilizador, han coincidido con momentos de balance presupuestal. Ciertamente, estabilidad no basada en una gran capacidad recaudatoria, sino en la contención del gasto, como fue sobre todo el caso del porfiriato, donde no se invertía ni en educar a una población en más de un 70% analfabeta.

Con todo, peor nos fue cuando decidimos gastar sin tener los recursos, endeudándonos e imprimiendo dinero. Aun cargamos los excesos de los doce años de populismo financiero (1970- 1982). Estos años explican en buena medida el estancamiento del sexenio de Miguel de la Madrid. De igual forma cargaremos los excesos de crédito privado, con una banca mal regulada, con devaluación de por medio, que lleva a esa piedra en el zapato que es la deuda del IPAB. La astringencia presupuestal de las últimas décadas explica en mucho las demandas sociales desbordadas que no puede procesar adecuadamente nuestra naciente democracia.

La democracia nace en Inglaterra para decidir cuántos impuestos pagar. La expansión del sufragio en Europa lleva a una mayor capacidad tributaria que permite ampliar las oportunidades de bienestar y generar los bienes públicos en los que se sustenta el crecimiento.

Por desgracia, nuestro país no ha sido capaz de entrar al círculo virtuoso propio de aquellas sociedades donde una alta capacidad recaudatoria financia un gasto público bien ejercido en beneficio de amplios sectores sociales.

¿Podrá nuestra democracia ampliar en este nuevo siglo los ingresos públicos y gastar adecuadamente estos recursos?

Todos los candidatos a la presidencia prometen una reforma fiscal. Saben que requieren incrementar notablemente los ingresos públicos. Sin embargo, estas promesas son muy ambiguas, para que nadie se sienta aludido como futuro pagador de más impuestos. Ya en el poder veremos si el nuevo gobierno puede cumplir sus vagas promesas de incrementar los recursos tributarios, única forma de financiar todas esas otras promesas que también han hecho. En función de cómo se resuelva este dilema veremos en el nuevo milenio dos posibles escenarios.

Primero, el más negativo, desgraciadamente se dibuja ya. Los más ricos vivirán en complejos urbanos donde, a cambio de una cuota, obtendrán privadamente seguridad y otros bienes, usualmente públicos en democracias establecidas, como instalaciones deportivas y jardines. Esto sin mencionar el pago al contado de servicios de salud y educación, tan subsidiados por el Estado en otras latitudes, como forma de proveer un bien esencial para la competencia en términos equitativos a todos los futuros ciudadanos. Sin estos bienes públicos la sociedad se romperá aún más. Quienes podrían contribuir al financiamiento de bienes para todos con sus impuestos, se refugiarán en sus espacios de privilegio, y nos moveremos a niveles de tensión y violencia social muy superiores a los de fines del siglo XX. Aun para estos privilegiadas, el bienestar será menor que en el segundo escenario.

Segundo, la sociedad logra construir un Estado capaz de gravar mejor para proveer con estabilidad los bienes públicos que hacen posible la vida civilizada. Se va así construyendo un México donde grupos amplios tienen condiciones equitativas para la compleja competencia de un mundo globalizado.

Ciertamente los impuestos son sólo la expresión más evidente de los sacrificios para poder vivir en sociedad. Pero la capacidad de una sociedad de pagar montos elevados de impuestos y gastarlos adecuadamente en los bienes públicos que sorprenden a quienes viajan a Europa o Estados Unidos son sólo un aspecto de un principio más general para vivir bien en comunidad: recordar y hacerse cargo de que el otro existe.

En un viaje reciente caminaba por uno de esos agradables parques del Primer Mundo. Un señor paseaba a su perro, que se detuvo a obrar. Inmediatamente el dueño sacó una bolsa de plástico, tomó el excremento y lo depositó en la basura. Recordé una visita reciente a casa de un amigo en uno de estos pulcros y seguros edificios de departamentos aislados del mundo, cada vez más comunes en México. Claro, no había estacionamiento para visitas. En la banqueta había toneladas de excremento de perro. Me imagine a la servidumbre paseando a los perros del conjunto de departamentos de la zona. Invertir en pagar impuestos o hacer el esfuerzo por recoger excrementos de perro es el precio a pagar para no tener que vivir pisando distintos tipos de suciedad,        n

Carlos Elizondo-Mayer Serra Profesor-investigador del CIDE desde 1991 y su Director General desde 1995.

El insomnio

SERPIENTES Y ESCALERAS

EL INSOMNIO

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Uno lee o escucha, constantemente, en la prensa escrita o audiovisual, que el insomnio es la enfermedad de nuestro tiempo, y que sobre todo en las grandes ciudades la gente vive irritada y nerviosa porque duerme poco y mal. Sin embargo, consolarse con esta información es caer de lleno en el conocido refrán “mal de muchos, consuelo de tontos”. Y esto se debe —en mi opinión, al menos— a que el insomnio es algo tan personal que incluso puede ser tomado como un exceso de individualismo, como una forma única de reaccionar ante algunos usos y costumbres de la sodedad en que se vive. Y me atrevería a decir, también, que hay tantas variantes del insomnio como personas insomnes. Conotí, por ejemplo, a un dudadano inglés que me confesó que, al igual que el humor británico, su insomnio era un producto de la riqueza del suelo de Inglaterra, del muy fuerte individualismo de sus compatriotas —claro que del suyo también—, y del mal clima de su país.

Aquella vez estuve a punto de decirme, a manera de conclusión, “que cada loco con su tema” y que, definitivamente, todo aquel que no está enamorado de su insomnio no es un insomne que se respeta, que a lo más es un insomne gregario. Luego leí las Memorias de ese gran espectador comprometido con la realidad francesa y mundial que fue Raymond Aron, amigo y enemigo eterno de Jean Paul Sartre, otro pensador como Aron, pero que jamás fúe insomne por la sencilla razón de que siempre le bastaron las cuatro horas de sueño que durmió toda su vida. Raymond Aron ha sido, sin lugar a dudas, el insomne más sui igeneris del que hasta hoy se haya tenido noticia. Quien se acerque a su extraordinario libro de memorias tendrá cabal prueba de ello.

En efecto, el gran maestro y periodista francés confesaba que lo único que podía interrumpir su muy asumido y perenne insomnio era un bombardeo. Y en ese mismo libro de memorias nos da más de un ejemplo de cómo, mientras se bombardeaba una dudad entera y la población huía despavorida o corría a ocultarse en los refugios, él permanecía en su dormitorio, bien arropado en su cama y durmiendo a pierna suelta. Y Aron no sólo durmió de maravilla cuando los nazis bombardearon París, durante la Segunda Guerra mundial, sino que literalmente se apuntó al bombardeo de Londres, también por los nazis, para someterse a una buena cura de sueño.

Es cieno que todos recurrimos a los somníferos cuando queremos frenar un insomnio (y no siempre lo logramos, claro está), pero también lo es que, sólo quienes creemos firmemente en soluciones tan extremas a un insomnio personal como las que menciona Raymond Aron, somos capaces de encontrar el sueño recurriendo a procedimientos que poco o nada tienen que ver con los habituales. Yo, por ejemplo, cada vez que sufro de un insomnio tan atroz como incontenible, recuno a los cambios geográficos de cualquier tipo, y no sólo a aquellos que nos llevan al borde del mar, aunque sí creo que todos los insomnes podríamos parafrasear un viejo estribillo caribeño en torno a lo deliciosa que es la vida en una playa, y canturrear: “En el mar la vida es más sabrosa / En el mar se duerme mucho más”. Pero yo no siempre recuno al mar, y soy capaz de dormir deliciosamente en lo alto de una montaña y alejadísimo de cualquier litoral, a condición de que lleve conmigo los mismos libros que antes no lograba leer por falta de sueño y las mismas cuartillas que antes no lograba emborronar a ninguna hora del día o de la noche porque un insomnio no es sólo nocturno y oficial: también es diurno, y, digamas, tan extraoficial como brutal,  n

Alfredo Bryce Echenique. Escritor Su más reciente libro es Guía triste de París.

El conocimiento

EL CONOCIMIENTO

POR LUIS GONZÁLEZ DE ALBA

¿Cómo podemos estar 100% seguros de que una prueba matemática no tiene error alguno? Elaborando una escrupulosa serie de requisitos que, una vez cumplidos, certifique la verdad. Es como fabricar un comprobador de verdades. Muchos científicos y filósofos se han hecho esa pregunta. Descartes intentó responderla con sus Reglas para la conducción de la mente.

David Hilbert planteó en 1900, al Congreso Internacional de Matemáticos, una lista de problemas sin resolver. El décimo de tales problemas era precisamente ¿podemos construir un procedimiento matemático mecánico que permita la comprobación de cualquier enunciado matemático? A los procedimientos matemáticos mecánicos los llamamos algoritmos. Consisten en una receta que cualquiera pueda seguir: sume éste por aquél, divida entre tanto y reste aquello es un algoritmo un tanto vago, pero más o menos esa forma tienen aun los más sofisticados.

Bertrand Russell, con Alfred Whitehead, se propuso resolver el asunto planteado por Hilbert y hacer por la aritmética lo que Euclides había hecho por la geometría. Axiomatizarla. Esto significa que, con unos pocos enunciados y reglas para trabajar esos enunciados, se podría establecer un método para asegurar que toda operación aritmética fuera certificadamente correcta. La tarea resultaba monumental. Publicaron los primeros tomos bajo el nombre Principia Mathematica.

Un joven matemático, Kurt Gódel, entonces desconocido, respondió en 1931 con unas pocas páginas donde probaba que, para todo conjunto de enunciados elegido, siempre habría una expresión para la que no se podría decidir si era verdadera o falsa. Dicho de otra forma: si quiero certificar la verdad de una afirmación la paso por un mecanismo comprobador. Este mecanismo está constituido de reglas como “haga esto”, “verifique aquello”. Bien, sean cuales sean las reglas que escoja, siempre podré encontrar un enunciado para el que mi máquina comprobadora no pueda responder si es verdadero o es falso. Y eso para cualquier conjunto inicial que elija.

En el caso particular de la aritmética, que era el intento de formalización iniciado por Russell, respondía Gódel: ningún formalismo de la propia aritmética podrá evitar que alguna expresión aritmética resulte incomprobable. Otra forma de decirlo: siempre encontraré por lo menos una expresión para la cual ninguna sucesión de reglas constituya una prueba.

O con la conclusión más general de Nagel y Newman: “Dado un determinado problema, podría constniirse una máquina que lo resolviese; pero no puede constniirse una máquina que resuelva todos los problemas” (El teorema ele Gódel p-123). Y en esta limitación queda incluido el cerebro humano.

Pero, con todo, hay algo que lo distingue de las computadoras más sofisticadas, y es lo señalado por Penrose: toda computadora sólo puede resolver problemas que se puedan exponer como una sucesión de pasos, esto es como un algoritmo. No otra cosa son los programas de computación, sino pasos. Pero hemos visto, en los ejemplos extremas citados, y en la actividad mental de las personas comunes, que el cerebro no sigue algoritmos y puede alcanzar súbitos accesos a una idea sin seguir reglas como las exigidas por la comprobación mecánica.

Para decirlo con palabras de Frege, figura esencial en la matematización de la lógica a principios del siglo XX: “Es posible, por supuesto, operar con números mecánicamente, así como es posible hablar como un perico: pero eso difícilmente merece el nombre de pensamiento” (P. Yourgrau, Gódel meets Einstein, p. 125).

Veamos dos problemas y su distinta solución por humanos y por computadoras que plantea Roger Penrose en The Large, the Small and the Human Mind (pp. 106-107). En un caso pedimos lo siguiente: “encuentra un número que no sea la suma de tres números al cuadrado”. Un humano debe calcular todas las combinaciones con los primeros números. Dependiendo de su habilidad y entrenamiento dará con la primera solución: 7. Eso lo hace una computadora en fracciones de segundo. Para ello le basta con seguir un programa de computación, una serie de procedimientos, en fin, un algoritmo.

Ahora pedimos: “encuentra un número impar que sea la suma de dos pares”. La computadora seguirá un algoritmo, algo así como “toma el primer número impar, divídelo entre 2, comprueba si ambos son pares. ¿No son’ Sigue con el siguiente impar. ¿Sí? Stop.

La computadora no llegará al stop nunca y seguirá rev isando por los siglos de los siglos números cada vez más inmensos. Una persona sabe de inmediato que la tarea es inútil: la suma de dos pares siempre es un par.

Inaprensibílidad de la conciencia

Si bien la descripción del cerebro es cada vez más minuciosa y conocemos mejor cada vía seguida por, digamos, tina percepción visual, la integración de esta imagen visual en el cerebro no es suficiente para explicar la conciencia. Si lo fuera, comenta jocosamente Penrose, entonces una cámara de video funcionando frente a un espejo tendría conciencia, pues está formando en su interior una imagen de sí misma. La conciencia sigue eludiendo el nivel anatómico. Así lo perfeccionemos hasta conocer cada fibra cerebral, nos deja con la misma pregunta: ¿cuál es la diferencia con una cámara que se ve a sí misma? Y la cámara, sin duda alguna, la conocemos hasta sus menores detalles. Por supuesto, hay niveles explicativos para los que la respuesta neurofisiológica es suficiente: los pulsos enviados para realizar la digestión, el control automático de la respiración y del latido cardiaco, la marcha, los reflejos. Todo esto se puede programar en una computadora y de hecho se hace en las salas de cirugía. Pero, “la formación de juicios, que afirmo es la impronta de la conciencia, es ella misma, algo sobre lo que la gente de AI (inteligencia artificial) no tendría ninguna idea de como programar en una computadora” (R. Penrose,  mente nueva del emperador, p. 486). Por ejemplo, Gerald Edelman tiene algunas sugerencias acerca de cómo el cerebro podría trabajar, sugerencias que según él son no- computacionales. ¿Qué es lo que hace? Tiene una computadora que simula todas estas sugerencias. Luego, si hay una computadora que supuestamente las simula, entonces son computables (R. Penrose. TheLarge, theSmalland tbeHuman Mind, p. 126-127).

Y es precisamente esa formación de juicios, esa capacidad para distinguir o intuir verdad de falsedad, belleza de fealdad, lo que constituye la impronta de la conciencia para Penrose. Que la formación de juicios no sigue algoritmo alguno se comprueba en la propia experiencia del trabajo matemático. Una vez que hemos encontrado un algoritmo, el problema está resuelto. Pero el trabajo inicial, la búsqueda del método conecto para llegar a una solución válida, es una expresión no algorítmica de la conciencia. “¿Cómo sabemos si. para el problema a resolver, debemos multiplicar o dividir los números?

Para ello necesitamos pensar y hacer un juicio consciente” (Idem). Esto es. únicamente por una elección consciente, no algorítmica y por tanto no computable, puedo saber que el algoritmo (el prccedimiento) elegido, para una solución particular, es el conecto.

Seguimos entonces sin saber cómo juzgan los matemáticos que han alcanzado una verdad, cómo están seguros de una prueba. Pero el hecho es que la verdad matemática se construye a partir de elementos sencillos. Cuando se presenta, se hace evidente para todos.

Debemos “ver” la verdad de un argumento matemático para estar convencidos de su validez. Esta “visión” es la esencia misma de la conciencia. Debe estar presente donde quiera que percibimos directamente la verdad matemática. Cuando nos convencemos de la validez del teorema de Gódel no sólo lo ‘Vemos”, sino que al hacerlo revelamos la naturaleza no algorítmica del propio proceso de la visión (R. Penrose. La mente nueva del emperador, p. 493).

Así es como el descubrimiento matemático consistiría en un ensanchamiento del contacto con el mundo platónico de los conceptos matemáticos… Estos están allí, como está el Monte Everest. Sólo hay que “verlos” con un contacto directo, un camino que se establece entre el mundo físico y el mundo platónico.

Cuando el niño abstrae, de diversas cantidades de objetos, la noción de “número natural”, esto es, atando ya “cinco” no debe ir seguido de un sustantivo, “cinco pelotas”, sino que ha adquirido un significado abstracto, el niño ha realizado una tarea que no consigue ninguna supercomputadora.

Lo que Gódel nos dice es que ningún sistema de reglas de computación puede caracterizar las propiedades de los números naturales. A pesar del hecho de que no hay manera computable de caracterizar los números naturales, cualquier niño sabe qué son [...] Comprender lo que los números naturales son es un buen ejemplo de contacto platónico (R. Penrose. TheLarge, theSmall and the Human Mind. p. 116).

¿Cómo ocune ese contacto? Polkinghome, otro físico (y ahora sacerdote y teólogo), propone que lo mental y lo físico se encuentran en una interfase, que es la conciencia (J. Polkinghome: The Quantum World, p.65). Esta interfase tiene características cuánticas que Penrose describe. Para seguirlo habría que comenzar por explicar al lector la superposición cuántica de estados y el curioso caso del gato de Schródinger. Eso me llevó 200 cuartillas, comenzando por Planck. Pronto estará en librerías el libro de donde tomé estos párrafos,    n

Luis González de Alba Escritor. Este texto forma parte de El burro de Sancho y el gato de Schródinger. de próxima aparición en Paidós.

La ciencia

CARACOL

LA CIENCIA

POR CINNA LOMNITZ

Bueno, ni tan nuevo. No es la primera vez que los científicos intentamos proyectarnos hacia el futuro en un siglo que comienza. En 1900 le tocó esa tarea a David Hilbert (1862-1943), un brillante matemático alemán. A los 38 años de edad lo invitaron a inaugurar el Congreso Internacional de París, con un tema muy similar al que encabeza estas líneas.

Hilbert no supo cómo hacer justicia al compromiso. Su primera idea fue intentar una defensa de las matemáticas puras, con el objeto de polemizar contra el famoso matemático aplicado Henri Poincaré. Pero evidentemente que París no era el lugar más adecuado para que un alemán atacara a Poincaré.

Hilbert era un científico normal, diríamos ahora. No era un niño prodigio. Carecía de buena memoria y su educación formal se retrasó en dos años debido a su escaso rendimiento escolar. Finalmente descubrió las matemáticas y se hizo célebre a los 26 años con su solución del Problema de Gordan. Fue profesor en Göttingen pero prefería trabajar en su casa. Su mujer decía a los visitantes: “Si buscan a mi esposo, vayan al jardín. El señor profesor ha de estar frente al pizarrón, o en las ramas de algún árbol”.

Hay muchas anécdotas sabrosas sobre Hilbert. El era en cierto modo un hombre del futuro. Le gustaba la bicicleta, el baile y la conversación con mujeres bonitas. Había sido compañero de escuela de la gran artista y luchadora social Käthe Kollwitz. Cuando a la Kollwitz se le consideró para una distinción, le pidieron su opinión a Hilbert y éste la recomendó en los siguientes términos: “Las cosas que dibuja son horribles pero fue la primera que se quitó el corsé para bailar”.

Volviendo a la conferencia de 1900. el científico decidió que no iba a tratar de adivinar el futuro. Hilbert era lo bastante sensato para entender que la ciencia estaba apenas en sus comienzos. Entonces intituló su conferencia, “Problemas matemáticos”, y planteó sus famosos 23 problemas, que constituían (según él) los principales desafíos del momento en el campo de las matemáticas. Se trataba de todo un programa de investigación. La mayoría de las 23 tareas que Hilbert le planteó al siglo nuevo han sido resueltas, pero algunas quedaron para el siglo XXI. Entre ellas se encuentra el ” Problema 8″ en teoría de los números, que hoy se conoce como la Conjetura de Hilbert.

Tareas para el siglo XXI

Como en 1900, la ciencia del año 2000 sigue siendo una aventura impredecible. Sucede lo inesperado, igual que entonces. El “Problema 3″ de Hilbert Ríe resuelto por su estudiante Max Dehn, de 22 años, el mismo año de 1900. En 1915 Hilbert descubrió la Teoría General de la Relatividad al margen de Einstein, pero el hombre del siglo no fue él sino Einstein. Finalmente, en 1930 Kurt  Gódel publicó el famoso teorema que enterró definitivamente el programa idealista de Hilbert, al demostrar que era imposible concebir un sistema matemático completo y consistente en sí mismo.

¿Cuáles son los principales problemas de la ciencia en el siglo XXI? En mi opinión, estos problemas han de ser más complejos y difíciles que los 23 problemas propuestos por Hilbert. Por ejemplo, la cura del cáncer y del SIDA. Los expertos piensan que el camino más lógico podría ser las vacunas y que quizá pueda controlarse el avance de ambas temibles enfermedades para el 2025. Ello dependerá de factores sociopolíticos, tales como el desarrollo o el rezago del Tercer Mundo y especialmente de los países asiáticos.

Para el 2025 también es posible que se logre controlar el embate de los desastres naturales. Estados Unidos gasta 1,000,000,000 de dólares por semana en auxilio a la población por inundacion, ciclones, sequías y sismos. Se trata esencialmente de bomberazos. El número de víctimas viene aumentando desde mediados del siglo pasado. Las causas son conocidas, y los remedios también. Nuevamente, será cuestión de factores sociopolíticos.

El problema ambiental tiene que ver con todo eso. Existe la posibilidad de una extinción del género humano después de cien siglos de depredación creciente del ambiente natural; sabemos que otras especies se han extinguido y continúan extinguiéndose por no haber aprendido a adaptarse a su propia proliferación. Los expertos piensan que la población mundial tiende a estabilizarse, pero llegará a los 10,000 millones de habitantes para el 2100. ¿Habrá voluntad política para actuar a tiempo? Una vez más, el problema es económico y social.

¿Se nos acabara el petróleo? Bueno, según los científicos, parece que la respuesta es no. Tendremos gasolina para rato, al menos hasta el 2100. Es parte del problema ambiental. Para México es también parte de la solución. Siempre que tengamos voluntad política para emplear nuestro petróleo en beneficio del desarrollo económico, social y sobre todo educativo de la población.

Uno de los principales cuellos de botella, y lo estamos viendo todos los días, es el escaso desarrollo de las viejas ciencias sociales en un mundo nuevo. La sociedad, que es el objeto de estudio de dichas ciencias, está cambiando más rápidamente que los marcos teóricos y las herramientas conceptuales disponibles. Se piensa que estamos evolucionando hacia una sociedad global homogenizada, sin cultura definida y con una pobre calidad de vida. Pero estos síntomas podrían indicar muchos caminos evolutivos diferentes, y parece no existir un programa coherente de investigación al respecto. Los movimientos alternativos o de protesta se caracterizan por su irracionalidad y su confusión programática. En estos momentos hay expertos que piensan que podríamos estar perdiendo la batalla contra los múltiples problemas que plantea el cambio social.

La reacción tendrá que venir del lado de la informática. Actualmente se dispone de métodos sociométricos capaces de monitorear las preferencias de la población en materia de programas televisivos, productos de consumo y comportamiento electoral. Estos avances hacen posible una mayor manipulación social, pero también implican la posibilidad de entender mejor el funcionamiento de las sociedades humanas. Es lo que sucedió antes con las ciencias físicas, cuando el hombre aprendió a usar la energía del agua y del carbón y a reemplazar la mano del artesano por palancas. ¿Estamos en los comienzos de una nueva ciencia social experimental?

Hablando de cómputo, es evidente que apenas estamos en los comienzos de un desarrollo que podría culminar en el curso del siglo XXI. Hoy cualquier cerebro humano supera ampliamente a la mejor computadora en términos de versatilidad y rendimiento, pero esta ventaja podría acabarse en un plazo relativamente breve, digamos en el 2025. El uso de las drogas, sobre todo en las sociedades industriales avanzadas, podría interpretarse como un intento de superar las barreras de la actividad cerebral y sensorial. Es probable que la ciencia del futuro nos depare estimulantes cerebrales mucho más poderosos que las actuales drogas ilegales. Su uso será reglamentado y legalizado, un poco como el soma en la famosa novela de Aldous Huxley. Si la economía camina a base de la innovación, como afirman los expertos, resulta lógico que la producción social de ideas y productos se llegue a estimular y controlar por medios científicos.

Actualmente ya existen instituciones como IC2 (Institute of Creativity and Capital, en la Universidad de Texas), que manejan el talento como una materia prima explotable y transferible. El comercio de la creatividad es un negocio de proporciones globales. En tiempos de Hilbert existían las envidias y los celos profesionales entre los científicos; había tenor por los copiones que proliferaban en los pasillos y que podían proclamar como propios los descubrimientos ajenos. Hoy esta situación subsiste apenas en unos cuantos países subdesarollados. En el resto del mundo, el descubrimiento se comercializa antes que el colega de junto pueda enterarse de qué se trata. La solución está en la colaboración competitiva de grupos de cerebros que se estimulan mutuamente, más allá de las fronteras nacionales o culturales.

Hoy existen programas de cómputo tales como Mathematica que realizan la labor de miles de científicos como Hilbert en cosa de segundos. Más importante aún es la existencia de redes de usuarios de estos programas, que se comunican a través de Internet y se ayudan mutuamente a responder sus dificultades en forma espontánea o deportiva, sin esperar recompensa personal de ningún tipo. Es la cara del futuro que asoma.

La ciencia del mundo nuevo será una ciencia altamente competitiva, es verdad; pero será también una gigantesca empresa de colaboración entre miles de cerebros altamente motivados. En México nos corresponde crear la base educativa para que no nos quedemos a la orilla en estos importantes desarrollos futuros. n.

Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

La izquierda y derecha

IZQUIERDA Y DERECHA

POR MARÍA AMPARO CASAR

Los referentes “derecha” e “izquierda” han vivido entre nosotros, con mayor o menor intensidad, por más de dos siglos. ¿Sobrevivirán uno más?; y si lo hacen, ¿cómo? ¿Como referentes irreconciliables?, ¿como sistemas cerrados? o, más bien, a la usanza de Bobbio, como las actitudes que asumen los hombres que viven en sociedad frente al ideal de la igualdad. Es difícil saber cómo, pero menos difícil especular sobre su permanencia.

A pesar del deterioro y hasta la pérdida de significado de las etiquetas políticas más utilizadas en los dos últimos siglos, seguramente no las abandonaremos. Veremos sin duda el refinamiento de sus referentes o incluso su redefinición pero no su desaparición como valores y proyectos políticos. Izquierda y Derecha ya han desaparecido como posiciones abstractas e inflexibles, como dogmas. Estos últimos se adaptan mal a la diversidad. Permanecerán, sin embargo, como brújulas que orientan la acción política.

En las dos últimas décadas, diversos sucesos contribuyeron a avivar el debate sobre la viabilidad de mantener estas categorías y lo que hasta el momento han representado. En el campo de las ideas puede mencionarse, entre otros, los influyentes libros de Daniel Bell. El fin de la ideología, y Fukuyama, El fin de la Historia y el Ultimo Hombre, que predican la convergencia ideológica y la extinción de los rivales del capitalismo y la democracia. En el campo de la política están el fin de la guerra fría y el mundo bipolar, la caída del muro de Berlín y el avance irrefrenable de la globalización. La importancia de estos eventos no debe ser subestimada pues, finalmente, con ellos ha desaparecido no sólo un importantísimo referente de la izquierda sino también el único modelo económico alternativo al capitalismo que, al menos por algún tiempo, logró implantarse en algunas naciones.

No podemos, entonces, cerrar los ojos al éxito y a la creciente hegemonía del consenso liberal. Un consenso que en aras de la brevedad puede definirse como la combinación de la economía de libre mercado con la instauración de gobiernos limitados. Dicho de otra forma, lentamente parece haberse universalizado la idea de que la boleta electoral es el mecanismo correctivo de la política y el mercado el mecanismo correctivo de la economía (Elster). Pero tampoco llegaremos a ningún lado si exageramos la convergencia ideológica.

En primer término, no podemos olvidar que tan sólo una minoría de la población mundial se rige por las instituciones —democracia y mercado— que se derivan de este consenso. Más importante aún, muy pocos se benefician de sus frutos. En segundo lugar, aun cuando el consenso liberal haya ganado terreno, lo ha hecho como modelo general para ordenar las coordenadas o principios básicos que informan las relaciones económicas y políticas. Estas, sin embargo, seguirán admitiendo modalidades particulares que permitirán a las sociedades y a los partidos ofrecer alternativas lo suficientemente diferenciadas como para poder seguir refiriéndonos a ellas como de derecha o izquierda. Quizá, incluso, el próximo siglo sea uno de creciente comunidad de propósitos pero es dudoso que la comunión involucre los mismos medios para alcanzarlos.

En todos los países por igual, independientemente de su grado de desarrollo económico, de su sistema político o de su cultura, constatamos núcleos de resistencia y una búsqueda incesante por encontrar alternativas al status quo, cualquiera que éste sea. En este terreno, la izquierda tendrá frente a sí mayores retos. Es ella quien ha tenido que aceptar y adoptar, no sin ponerles su sello propio, algunos de los principios que antaño combatió: las fuerzas del mercado, la restricción del Estado de bienestar, los incentivos a la competencia, las privatizaciones. Pero lo ha hecho de manera exitosa. Muestra de ello es la recomposición de los partidos de izquierda en Europa y América Latina, sus triunfos electorales y la conquista de mayores espacios de representación y de gobierno. Si la convergencia nos hubiese alcanzado, no presenciaríamos tan feroces debates ni tan reñidas contiendas entre partidos, grupos, líderes y naciones.

Finalmente, permanecerán amplias esferas de la vida social sujetas a la acción política de los hombres, que no estarán reguladas por los principios básicos del consenso liberal y que se irán definiendo por la vía de la confrontación de ideas e intereses.

No hay indicaciones palpables ni de que el hombre vaya a dejar atrás el pensamiento dicotómico ni tampoco que la política vaya a perder la intensidad que proviene de la defensa apasionada de valores —objetivos— y medios —políticas— para alcanzarlos. Como en tantas otras áreas de la actividad humana, en la política se avanza a través de la confrontación de ideas y de la competencia. Seguiremos buscando y obteniendo acuerdos que permiten la convivencia social. Pero, por paradójico que parezca, los acuerdos no eliminan los contrarios, los suponen. Como ha ocurrido siempre, seguiremos buscando la reconciliación pero también, como siempre, los contrarios se resistirán a la síntesis.

Hablar de derecha e izquierda es hablar de política y si algo hay consustancial a la política es la competencia. Para que haya competencia tiene que haber ofertas. Estas consisten de opciones diferenciadas que permiten a los individuos manifestar sus preferencias sobre rumbos, metas y medios para alcanzarlas. La inventiva humana, al igual que los intereses encontrados, son cosechas que, afortunadamente, nunca se acaban,       n

María Amparo Casar. Directora de la División de Estudios Políticos del CIDE.

Las drogas

LAS DROGAS

POR LUIS ASTORGA

Una de las fantasías favoritas de los fundamentalistas antidrogas actuales es la erradicación de los cultivos ilícitos, es decir cortar de raíz, hacer desaparecer de la faz de la tierra las “plantas del mal”, y por lo tanto sus derivados. La historia, las propiedades farmacológicas de esas plantas y su significado cultural los tiene sin cuidado. Los consumidores, dirían, ignoran lo que les conviene. Prefieren los “paraísos artificiales” a las maravillas de la vida cotidiana. Hay que vigilarlos y castigarlos: no se les puede dejar solos.

Los seres humanos son criaturas muy tercas: desde que se tiene noticia de la vida en sociedad el uso de sustancias psicoactivas ha formado parte de ésta. La constante antropológica no ha sido siempre del agrado de todo el mundo. La intolerancia a través del tiempo parece haber causado más víctimas que los excesos en el consumo. Ha habido momentos en que los controles sociales no han satisfecho la voluntad de dominio de quienes han tenido el poder para imponer sus gustos, su visión del mundo, sus intereses, su moral, sobre otros grupos sociales e incluso países enteros y áreas del planeta. Hay sin duda que tener una fe de cruzado para pensar que los seres humanos dejarán algún día de experimentar con la naturaleza con el objeto de conocer otras modalidades de la percepción.

El siglo XX ha sido escenario de una de las batallas más largas e inútiles en contra de inclinaciones milenarias que se han generalizado y reproducido en proporción directa a las prohibiciones sobre ellas. Se ha tratado sin éxito de homologar medidas aplicables a situaciones y experiencias distintas. Se ha pretendido implantar un patrón universal de medida, con la fuerza que da la hegemonía política, económica y militar en el ámbito planetario, cuyas desviaciones son o pueden ser castigadas con medidas prácticas o simbólicas. Y a cada nueva aceptación de esa voluntad de poder supranacional, le corresponde una menor capacidad de respuesta autónoma y alternativa para romper la lógica implacable y perversa del sometimiento y de la guerra sin fin.

En nombre del bien de la sociedad se han desarrollado nuevos agentes sociales y otros han visto reforzadas sus funciones. Los traficantes de fármacos ilícitos son uno de los grupos sociales cuya formación y consolidación han sido de las más aceleradas. Son causa y efecto de la mundialización del mercado de las drogas. Son criaturas de la prohibición. Sin ésta no hay mercado negro ni traficantes, sólo comerciantes legítimos. La prohibición los refuerza, les da sentido y los hace permanentes. Quienes han sido nombrados legalmente para hacer cumplir la ley no tienen interés en que desaparezcan pues ello disminuye sus áreas de influencia y de poder, incluso una parte importante de sus fuentes de ingresos, a través de la extorsión, el alquiler de servicios, o el sometimiento según la relación de fuerzas entre los traficantes, las corporaciones coactivas y el poder político. En cuanto a los gobernantes, aquellos cuyas inclinaciones éticas, fuerza institucional y capacidad de control se combinan adecuadamente pueden aprovechar en beneficio propio o en el de los intereses que representan los enormes flujos de efectivo que les llegan por pago de protección. El negocio de las drogas ilícitas también lo es para quienes lo combaten desde la legalidad.

Los usos sociales de los fármacos ilícitos, el conocimiento científico acerca de ellos y la política caminan por senderos distintos. No se ha logrado la comunicación ni la comprensión entre estos campos. Las políticas prohibicionistas han sido insensibles para modificar las condiciones de posibilidad de un negocio lucrativo que ellas mismas contribuyeron a crear. Si el cultivo, tráfico y consumo de fármacos ilegales a escala planetaria, le rentabilidad diferencial del negocio, la violencia asociada al mismo, y la corrupción de autoridades, se han incrementado en proporción directa al reforzamiento de las políticas prohibicionistas durante el siglo XX, particularmente en los últimos cuarenta años, se esperaría de los gobernantes un reconocimiento de sus errores después de tanto tiempo de fracasos, y una búsqueda conjunta de alternativas que tendrían que ser necesaria y cualitativamente distintas a las experimentadas. Pero como en estos asuntos y otros más, la historia ha mostrado que los gobiernos nacionales no se mandan solos y obedecen en mayor o menor medida a políticas generadas en otros países de los cuales dependen a veces hasta para pensar en soluciones a problemas locales. Es así como la lógica de la guerra sin fin hace necesaria la intervención de instituciones que habían servido de apoyo, pero que se convierten en centrales por el desgaste e ineficacia de aquellas destinadas anteriormente y de manera prioritaria a su combate institucional. Los ejércitos adquieren mayor relevancia y se modifican necesariamente las relaciones de poder en los Estados nacionales.

En sus inicios, la política antidrogas comenzó siendo principalmente una cruzada moral, jurídica y policiaca. En la actualidad, sin abandonar esas características de origen, el desarrollo del mercado ilegal a escala planetaria, impulsado por la propia política prohibicionista, y la visión e intereses de la potencia mundial hegemónica. la han convertido en una guerra geopolítica, económica y militar. De seguir esa tendencia, y no hay elementos para pensar en escenarios diferentes a corto plazo, la intervención  cada vez mayor de esa potencia en los asuntos internos de los Estados, con el pretexto de la guerra a las drogas, enviará al baúl de los recuerdos las tesis acerca de la soberanía y aumentará la subordinación de los sistemas jurídicos, las instituciones policiacas y los ejércitos de aquellos países aliados en la cruzada. Y cuando esto suceda, los traficantes, sus fortunas, la corrupción de representantes del Estado, y los consumidores todavía estarán allí, y muy probablemente en mayor número y con nuevos gustos y preferencias.  n

Luis Astorga Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Es autor de El siglo de las drogas.

La vejez

LA VEJEZ

POR ROBERTO R. KRETSCHMER

Extraña ironía la de pedirle a un pediatra unas líneas sobre el tema de la vejez, ahora que está por terminar el viejo milenio, motivo de gran algarabía, que ínter alia puso de manifiesto el lamentable estado de los conocimientos aritméticos de la humanidad. ¿Será que como suele uno estar “en la línea de salida” de los recién nacidos, también se supone que sabe uno algo del final de la loca carrera que comienza? Difícilmente. Por eso me adentré en el jardín de los aforismos, y fui cortando algunas flores. No necesariamente las más bellas —aunque las hay bellas— sino las que más se fueron plegando a mi creciente reflexión sobre la vejez. Si bien estrictamente hablando envejecemos desde el momento en que nacemos (o desde que nos conciben), biológica e intelectualmente la vida no es un tobogán, es mas bien un arco, una curva que en muchos, que no en todos los aspectos, alcanza su plenitud entre los veinte y los cuarenta años de edad, periodo en el que. cualitativa y cuantitativamente, lo que se puede hacer, lo que se debe hacer, lo que se quiere hacer y lo que se logra hacer, parece alcanzar su mejor equilibrio; para luego desbordarse en creativa, complaciente y disfrutable, o bien frustrada y oprobiosa decadencia. Con razón dice Schopenhauer que “los primeros cuarenta años de la vida proveen el texto, los siguientes treinta años aportan el comentario”.

¿Qué es y cuándo comienza la vejez? Como con otras preguntas claves del ser humano, no precisamos de una respuesta clara. De hecho la traemos tiránicamente dentro de nosotros mismos, y en algún momento aflora para hacerse evidente. Es muy curioso cómo se nos revela de repente, y ya decía Trotsky que “la vejez es lo más inesperado que le ocurre al hombre en su vida”. James Watson uno de los descubridores del ácido desoxirri bonucleico (ADN)— dijo que “a los veinticinco años ya era demasiado viejo para ser inusual”, y el banquero B. Baruch definía la vejez como “alguien quince años mayor que uno”. La vida no le permitió a Mozart, Pergolesi, Schubert. Arriaga y Mendelssohn llegar a viejos, pero parecen no haberlo necesitado para ser enormemente creativos; y Goethe, Tagore, Sinan y Bruckner siguieron siéndolo, espléndi -dámente, como septua-octagenarios. Para la enorme mayoría de la humanidad, sin embargo, la vejez comienza —poesía más, poesía menos cuando:

…estás viejo, gris y lleno de sueño, y cabeceando frente a la chimenea… tomas este libro y lo lees lentamente, recordando la suave mirada que alguna vez tuvieron tus ojos… cuántos no amaron tus momentos de alegre gracia, amaron tu belleza con amor falso o verdadero… pero alguien sí amó tu alma peregrina y las tristezas de tu cambiante semblante (W.B. Yeats).

Obviamente ya los astutos griegos conocían la vejez. El grueso de la población antigua moría más joven que ahora, por lo que los ancianos, entonces posiblemente más excepcionales que ahora, llamaban más la atención, y Aristófanes decía que “los ancianos tienen doble niñez”. Quizá desde entonces fue creciendo la leyenda de que la sabiduría viene con la vejez. Crecen los conocimientos, crecen las dudas. “Los viejos, desde tiempo inmemorial, han convencido a los jóvenes que ellos —los viejos— son los más sabios, y para cuando los jóvenes descubren el embuste, ya se hicieron viejos ellos también, y como les beneficia, mantienen la impostura” (S. Maugham). A lo mejor, con T. S. Elliot debiéramos decir: “no me hablen de la sabiduría de los viejos, sino de sus locuras”: pues como dijera Hemingway:”los viejos no se hacen más sabios… sólo se hacen más cautelosos”. Los consejos de los viejos “son como rayos de sol en invierno, alumbran pero no calientan. ¿Cómo querer persuadir a! adolescente que el amor es fugaz?” (A. Maurois). Por eso se rebela Dylan ‘I homas y dice que “fui más viejo antes… ahora soy más joven”. Sabiamente reflexiona Santayana que “joven que no llora es un salvaje, y viejo que no ríe es un tonto”. Lapidariamente agrega W. Osler “que se debe ser moralmente sano a los treinta, mentalmente rico a los cuarenta y espiritualmente pleno a los cincuenta o no lo será uno nunca”. Si no, con Juvenal “habrá que tenerle mas miedo a la vejez que a la muerte, pues el drama de la vejez no es ser viejo sino haber sido joven” (Oscar Wilde).

Curiosamente “todos queremos vivir más, pero no queremos llegar a viejos” (J. Swift), y “poca gente, muy poca gente, sabe ser viejo” (Rochefoucault); de ahí que Goethe y Amiel dijeran que “la suprema sabiduría es saber envejecer”. En consecuencia, como “no hay remedio para el nacer y la muerte, disfrutemos del intervalo” (Santayana). Ahora resulta que la muerte —la celular al menos— está genéticamente programada (la macabra danza de los genes pro y antiapoptóticos, nombre, este último, que hace referencia al término griego de las hojas secas que caen al suelo).

Todos merecemos una razonable medida de felicidad en la vida. Con sano hedonismo la perseguimos con mayor o menor éxito. ¿Alguien tiene la receta aplicable a todos? “Tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar”, suena conmovedoramente simple, a la vez que sorprendentemente profunda (Chalmers). Para lograr esta triada, los niños ni lo piensan pues les viene con feliz naturalidad; los adolescentes y los adultos rebosan de proposiciones —bendito desorden—, pero los viejos deben proponérsela o sucumbir. Pero terminemos aquí con que “me estoy haciendo viejo nada más de aprender cosas” (Sócrates), n

Amo sobre todo…viejos amigos, viejas melodías, viejos modales, viejos vinos.

(Goldsmith)

Roberto R. Kretschmer Pediatra.

Ha colaborado en nexos anteriores.

Padres e hijos

PADRES E HIJOS

POR JUAN VILLORO

A Inés

     La escena comienza en el cunero de un hospital. La familia contempla a los recién nacidos. Todos los bebés se parecen a Sir Winston Churchill, pero los parientes distinguen que el tuyo tiene las cejas de la tía Cata y el mentón del abuelo Jacinto. Te estremece que la genética dibuje a través de las generaciones. El juego de los parecidos continúa hasta que una amable enfermera explica que están viendo al bebé equivocado. El bueno es el de la derecha. De inmediato, los parientes reconocen las cejas del abuelo Jacinto y el mentón de la tía Cata.

Los partos llegan con horribles leyendas destinadas a tranquilizar a la mujer que se siente dichosa y feísima. Alguien habla de la abuela mitológica que dio a luz once veces sin dejar de condimentar la sopa. Bastan dos generaciones para que el pasado parezca una edad rústica donde la gente mordía trapos en vez de tomar analgésicos. En apariencia, estas historias pretenden demostrar lo natural que era la vida cuando se podía parir sin abandonar la cocina. Pero su verdadero cometido es más sutil: la abuela que perpetúa la especie sin tregua ni higiene es más monstruosa que heroica. La sencillez de entonces resulta aberrante en tiempos de pañales desechables. ¡Nada reconforta tanto como saber que tuviste un bebé contemporáneo, digno de ungüentos con moderna fecha de caducidad! Si un familiar sabe de historia, la supremacía de la época puede reforzarse con escabrosas anécdotas de Esparta o del cenote sagrado de los mayas.

Al regresar al cuarto 306 encuentras a tu mujer rodeada de gente que no conoces. “Son los Garabato, tus tíos de Celaya”, explica tu madre, que viene detrás de ti. La llegada de la bebé renueva tus vínculos estrechos con gente borrosa, que usa ropas raras, te dice “Pelusa” y recuerda que tapaste un excusado con cáscaras de mandarina en 1961. Si el Papa de turno tiene una salud endeble, hay tema de conversación. Los jacobinos y los beatos de la familia discuten con fervor de vaticanólogos sobre el futuro pontífice (que chance sea mexicano).

¡Qué insospechadas reservas de sobrinietos. primos segundos y ex esposas del abuelo que hay en tu familia! Luego vienen los amigos, divididos en dos bandos, los que ya se apiadan de las ojeras que te saldrán con tanto biberón de madrugada y los que aprovechan el contundente hecho biológico para ir a la cafetería, encender un trémulo cigarro junto al letrero de NO FUMAR y decir: “si con Mari Chuy he tenido un 8 en el sexo…”. Toda frase que comience así en un mundo regido por el sistema decimal es peligrosa. Tu cercanía a los pañales y los olores primigenios te acredita como escucha de confesiones fisiológicas. Chacho dice que recuerda la fecha de su último vómito. Piensas que es un perverso hasta que recuerdas tu último vómito, al salir del Bar Oruga. El crecimiento de tu prole parece ser inversamente proporcional a la descomposición familiar de tus conocidos. Una amiga confía en ti lo suficiente para enseñarte sus análisis de orina y decir que está casi-casi segura de que se embarazó de Pepe. Luego te pide que olvides la tarde en que la viste en Wings con el Tamal.

A pesar del cansancio y las advertencias de enfermeras y revistas femeninas acerca de la depresión post-partum. tu compañera insiste en ser lúcida. Si te pide algo, te aclara dónde está. Luego pregunta: “¿hay alguna cuestión genética que haga que las mujeres encuentren las cosas más rápido que los hombres?”. “Seguramente”, contestas y piensas en el Punto G y te da depresión post-partum.

Entonces llega tu hijastro y te dice con su sabiduría de siete años: “no te pongas tenso”. Te lleva a la cafetería a impartir una lección de darwinismo: “siempre voy a estar contigo porque los demás padrastros son como los dinosaurios: ya se extinguieron”. Te conviertes en el irremplazable sobreviviente de una especie que se seca las lágrimas con una servilleta. Quieres desviar la conversación: “¿qué animal volador había en la época jurásica, además del pterodáctilo?”. Una vez más, tu hijastro demuestra ser más listo: “el mosco”, responde. Entonces. Julio Ferrán, que te considera un insensible porque no lloraste cuando Alberto Onofre se fracturó la tibia y el peroné antes del Mundial de ’70. descubre tus ojos enrojecidos. La evolución de las especies te ha llevado a eso: eres alguien que llora con los dinosaurios. Una amiga se preocupa y promete llevarte flores; dices que no las admiten en el hospital y quedas como un premoderno: ella habla de flores de Bach. Más tarde.

Nico te proporciona una noticia del pasado eterno: la bebé nació en uno de los cinco días aciagos de los aztecas. O sea que no basta con saber que es Piscis y su Marte está en Aries. Bastante tienes con los recién nacidos que contemplas como novios por venir.

La pareja se encierra a hacer una lista de sus temores y complejos. La mujer sólo está preocupada de una cosa: el hombre tan fecundamente dotado para esa lista.

Es posible que en el futuro la genética permita que las vacas den leche materna y los adelantos de la realidad virtual, que los Garabato te visiten sin salir de Celaya. Por el momento, la ciencia es algo que todo lo confunde: el ultrasonido prometió un niño y las chambritas son como el cielo de Zacatecas al que le cantó López Velarde. “En el 2000 el sexo ya no tiene colores: tuviste un diablo con vestido azul”, te dice alguien para preocuparte o tranquilizarte.

Durante semanas, el encierro doméstico te convierte en un personaje de El beso de la mujer araña para quien el cine son las películas que le cuentan. Antes del parto, viste un último estreno: Belleza americana, el retrato de una familia disfuncional que órbita en torno a una frase: “hay tanta belleza en el mundo”.

En tu computadora encuentras un mensaje de David Ojeda: pide que pongas la mano abierta en la frente de tu hija, signo de la buena fortuna. Estás a punto de hablar de las tradiciones que llegan por e-mail, cuando tu mujer se anticipa. Sus dedos cifran el origen y el porvenir, la forma en que las estrellas tocan la frente de los hombres,   n

Juan Villoro. Escritor. Su libro La casa pierde lo hizo merecedor al Premio Xavier Villaurrutia.

La guerra

LA GUERRA

POR SERGIO RAMÍREZ

Siento  que el siglo XXI se quedará lejos de las utopías que siempre han proclamado la paz como una de las aspiraciones últimas de la humanidad, y que a pesar del fin de la era bipolar en la que llegamos a vivir bajo la amenaza de una conflagración nuclear, padeceremos en el futuro dos clases de guerras: aquellas donde el primer mundo puede aplicar sus iniciativas tecnológicas en la búsqueda de establecer el nuevo concepto de “guerras limpias”, guerras de destrucción selectiva y bajísimos costos humanos para los dueños de los nuevos instrumentos bélicos, que serán cada vez más sofisticados; y las “guerras sucias” que tendrán siempre por escenario las zonas calientes del tercer mundo, o aquellas capaces de ser calentadas de manera artificial, o por obra de los nacionalismos excluyentes, los fundamentalismos religiosos, los conflictos tribales y las disputas territoriales.

Sobre las guerras limpias ya hemos tenido suficientes ejemplos para adivinar el curso de su perfección tecnológica, tanto en Irak como en Kosovo: las bombas capaces de preservar toda la infraestructura de una ciudad o una instalación bajo ataque, exterminando nada más a los seres humanos, y las bombas capaces de destruir todo sin afectar a los seres humanos, fabricadas con bloques de concreto que no producen ninguna onda expansiva, con lo que, no habiendo nada nuevo bajo el sol, se reviven como instrumentos de destrucción las viejas catapultas que aún vemos en las películas, sólo que disparadas desde alturas estratosféricas.

Serán unas guerras de agresores invisibles y sobreprotegidos, el rayo letal lanzado desde los satélites o desde los aviones de plásticos sustitutos del metal, con lo que el viejo concepto de luchas de infantería libradas en los lodazales y las trincheras anegadas en sangre de la Primera Guerra mundial, entre nubes tóxicas de gas mostaza empujadas por el viento, quedará en las páginas de las enciclopedias cibernéticas como una referencia lejana. Las guerras del futuro, libradas por las grandes potencias, se parecerán más a los juegos electrónicos, donde la muerte masiva puede ser producida apretando la tecla de enter en una lap-top operada por un general de cinco estrellas.

La ausencia de culpa frente a la exterminación masiva afectará también, por lo tanto, la vieja ética que castiga más el descuartizamiento cuerpo a cuerpo, el que se ve y se toca, que la acción punitiva lejana, sin víctimas visibles, muertes mucho más fáciles de expiar en la conciencia al ser reducidas en las cifras de las computadoras a extinción de puntos de calor. Serán unas guerras limpias, sin escenarios de batalla ni desperdicios, sin hospitales de sangre ni campos de prisioneros, y limpias también para efectos de la conciencia limpia. Ya están siendo y lo serán cada vez más, guerras de pronta solución, o de solución programada en cuanto a costos económicos o costos de conciencia.

Pero son también guerras que se presentan ya como espectáculos de televisión para que la familia las disfrute en casa, guerras que se abren con fanfarrias de superproducción de novedosos efectos especiales, y pueden pasar por igual como guerras reales o como guerras virtuales frente a los ojos del televidente de veladas tranquilas en días de semana o domingos de encierro, la lata de cerveza en la mano, dueño cada quien de un show del que puede disfrutar como abonado a una programación de guerras colosales servidas a domicilio.

Y están, por otro lado, las guerras sucias, que son las guerras nuestras, y que lejos de las rápidas soluciones tecnológicas que deparan las guerras limpias, tenderán siempre a empantanarse como guerras sin solución, de insidiosa recurrencia, y que al contrario de las guerras limpias no están destinadas a llegar como espectáculos de primera magnitud a las pantallas de los televidentes, salvo cuando las carnicerías adquieran carácter masivo.

Son las guerras libradas con perspectivas de eternidad y rodeadas de olvido en escenarios de bambalinas en harapos, por causas que ya apenas se adivinan, como en Angola, o las carnicerías entre etíopes y eritreos en las que mueren tantos seres humanos como en las hambrunas provocadas en esos mismos territorios por las interminables sequías, los buitres en vigilia de niños que agonizan famélicos, como lo hemos visto en fotografías premiadas, o que meten el pico en las entrañas de los soldados despanzurrados al lado de los restos retorcidos de un carro blindado en el ardiente sopor del desierto; las guerras de éxodos y exterminio libradas en los viejos territorios coloniales del Congo entre ejércitos tribales conducidos por caudillos disfrazados de mariscales franceses o generales británicos, siempre dándose golpes de Estado unos a otros.

O las guerras donde los nacionalismos son exacerbados por el fanatismo religioso, el más feroz de los fundamentalismos que ha atravesado la frontera del siglo XX, capaz de desatar genocidios en Bosnia- Herzegovina. o en Afganistán, y las guerras entre superpotencias nucleares descalzas y en harapos, como la que libran asomándose de vez en cuando a las primeras planas la India y Pakistán, o las otras, la de Chechenia. en que una superpotencia en escombros, como Rusia, se lanza a la conquista despiadada de un pequeño reducto nacionalista.

Y aun otra guerra nuestra, la guerra civil de Colombia, un país dinamitado cada día en cámara lenta y sin banda de sonido, librada por una guerrilla de comandantes ya ancianos, con casi medio siglo de vida militar, que han envejecido en la selva y encabezan sin embargo un nutrido ejército de campesinos jóvenes, no sólo contra una fuerza armada experta en organizar concursos de belleza, sino también contra un ejército paramilitar, la única fuerza mercenaria en el mundo que emite proclamas patrióticas, mientras el ejército en las sombras del narcotráfico los atraviesa a todos como un hilo de puntada maligna, y el gobierno que es entre todas las fuerzas en conflicto, y después de décadas de conflicto, la más débil de todas, una guerra que es el espejo más turbio donde podemos vernos.

Para no olvidar las que siempre tendremos en América Latina, si no cambia nuestra suerte de atraso, provocadas por conflictos fronterizos de inspiración patriotera, un pedazo de selva virgen o un pico helado y desnudo de una cordillera, guerras recurrentes nuestras guerras sucias, que estallarán como fuegos fatuos en la oquedad del paisaje, y de las que no han sido capaces de librarnos nuestras mejores utopías de paz transportadas con ruido de viejas bielas de uno a otro siglo,  n

Managua, febrero de 2000.

Sergio Ramírez. Escritor nicaragüense. Su más reciente libro es Adiós, muchachos.

La fama

LA FAMA

En el libro XII, versos 39 a 63 de las Metamorfosis de Ovidio, libro escrito hace unos dos mil años, se encuentra el siguiente pasaje.)

El centro del mundo se encuentra En el sitio preciso

Donde se juntan las tres regiones del universo: Cielo, tierra, mar. Desde ese punto es posible

Ver todo lo que ocurre. No importa Qué tan lejos ocurra. Desde ahí todas las voces Entran a saco en los oídos porque saben Que siempre hay oídos dispuestos a escuchar.

Ahí vive la Fama.

Qué manera de escoger una residencia: En la parte más alta de la ciudad

Y con todo el terreno para ella.

Curiosa casa es la casa de la Fama: No tiene puertas ni ventanas; simplemente. Es toda ella un mundo de puertas y ventanas

Y agujeros y resquicios incontables.

De noche y día está abierta la casa de la Fama. Añadir que está construida de metal resonante. El metal repite las palabras que recibe, Vibra, y repite las palabras que recibe.

No se puede llamar, propiamente, rincones A los rincones que propiamente abundan En la casa de la Fama: en los rincones abundan El reposo y el silencio. No así en la casa de la Fama.

No pensemos por esto que hay escándalo En la casa de la Fama. Tampoco hay gritos.

No: son murmullos, susurros, murmullos Como los murmullos y susurros

Del mar, si uno los oye desde lejos, de muy lejos: Voces cortas, como los truenos cuando ya No truenan porque Júpiter se aburrió De hacer que choquen las nubes negras.

Una multitud llena patios y pasillos En la casa de la Fama. Una ajetreada plebe Entra y sale, y entra y sale; y por todas partes Se oyen palabras confusas: hay falsos

Comentarios mezclados con verdades En la casa de la Fama. Estas palabras son Pasto de la conversación, y la conversación Es pasto de más palabras y más conversación.

Curiosas conversaciones y palabras se dan En la casa de la Fama. Sobre todo aquellas Que sitúan los hechos en un lugar distinto

Y crecen la mentira y lo inexacto, hasta que

Un nuevo charlador añade algo distinto En la casa de la Fama, para oídos Ociosos. Y en el oído ocioso crecen, Ya distintos, la mentira y lo inexacto.

Curiosos habitantes tienen casa En la casa de la Fama. Son la Credulidad, La Afirmación Temeraria, la Alegría Infundada, los Temores Soterrados.

También la Sedición, que sólo pide una mecha En la casa de la Fama. Y las Murmuraciones Que empiezan en murmullos y acaban En más murmullos y en más Murmuraciones.

Lo que sucede en el cielo puede verse

En la casa de la Fama. Y lo que pasa en el mar

Y en la tierra: dondequiera que la Fama Vigile al mundo en la casa de la Fama.

— Versión de Luis Miguel Aguilar

La economía

LA ECONOMÍA

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

La economía de las certezas dictadas por la burocracia estatal quedó atrás y la incertidumbre virtuosa de la competencia se apoderó de los reflejos y registros de la organización productiva, así como de la distribución de sus frutos”: éste podría ser el sumario último del credo económico imperante en la academia, los negocios, el gobierno y los medios de información.

Sería, también, la plataforma más sólida de la esperanza neo-liberal en que sus creencias pueden todavía volverse consenso de los mexicanos que entran al nuevo siglo.

¿Vivimos ya una nueva forma de economía que asegure nuestra supervivencia dinámica, habida cuenta de la demografía realmente existente y de los múltiples rezagos acumulados en estos años de penuria? ¿Puede, esta nueva economía, ofrecerle a los mexicanos del nuevo milenio una existencia satisfactoria, de bienestar y seguridad? Estas y otras cuestiones parecidas deberían formar parte de la agenda de la deliberación pública que la sucesión presidencial hace propicia. Se trata, sin embargo, de una agenda que apenas se asoma, inconclusa, entre otras razones porque, después de casi veinte años de dramático cambio en las estructuras que dan sustento a la economía, el país se debate perplejo entre los signos de una mutación que no parece tener fecha de término y los datos duros, afrentosos podría decirse, de un largo estancamiento productivo al que han acompañado una desigualdad aguda y la extensión de la pobreza social.

Esta situación se ha vuelto el caldo de cultivo fatídico de una degradación de la cultura nacional cuyos saldos apenas hemos empezado a contar. Puede también, en plazos breves, contaminar la política democrática, cuyos blindajes pueden no ser tan sólidos como se los imagina cuando su evaluación se hace sólo en términos electorales.

En Estados Unidos se ha puesto de moda hablar de una economía de la new age, cuya calidad y ritmo dependerían de la incorporación acelerada y sostenida de la tecnología, que es propia de la cibernética industrializada en las computadoras y similares. Se habla también de nuevos y revolucionarios métodos de comunicación entre la producción y el consumo, que volverán redundante buena parte del aparato de distribución conocido. El business to business y el business to customer(B2B y B2C) resumen evoluciones que ya están en curso.

Según esto, el mundo estaría en el umbral de una economía sin ciclos, con una productividad en permanente ascenso y una progresiva mejora de los niveles de vida de los ciudadanos.

La primera muestra de lo anterior sería la larga fase de expansión americana, así como la (re)afirmación del predominio estadunidense en prácticamente todos los planos de la vida internacional. Como se hizo a finales de los años sesenta, y nada menos que por parte de Samuelson y Solow, dos premios Nobel de economía, ahora se vuelve a anunciar la desaparición de las crisis en el horizonte de la evolución capitalista. Las predicciones de los economistas en aquellos años fueron inmediatamente seguidas por largos lustros de turbulencia financiera y recesión económica.

No resulta difícil, por lo pronto, ponerle matices a esta nueva versión del sueño americano. Los temores de que es portador el máximo timonel de su economía y finanzas. Alan Greenspan, sobre la burbuja especulativa que en Wall Street y particularmente en las empresas tecnológicas del NASDAQ se infla todos los días, junto con los enormes desajustes del conjunto financiero internacional, cada vez más alejado de cualquier noción de un orden que tenga que ver con el diseño y la intervención racional, serían argumentos de primera mano para ver con cautela este entusiasmo con la nueva economía que la globalización trae consigo.

Robert Rubin. ex-secretario del Tesoro americano y uno de los reyes magos de la nueva economía, lo expresa así: “toda mi experiencia sugiere que, en el fondo, las condiciones económicas y los mercados se basan en la psicología humana… que la confianza o su ausencia afectan profundamente a los mercados y las economías y que, a su vez, esta confianza a todo lo largo de la historia ha tendido a oscilar de los excesos en una dirección a los excesos en la otra. Quizá, los entusiastas tengan razón y esto ya no sea el caso, por primera vez en la historia humana. Pero la alternativa es también posible. Nuestras acciones deberían reflejar esta posibilidad alternativa” (“What have we learnt?” en The world in 2000. The Economist Publications, 1999 p. 30).

Más abajo, donde se teje la existencia cotidiana del grueso de la sociedad americana, coexisten un empleo creciente y una pésima calidad del trabajo, un frenesí de consumo basado en la deuda y la inversión en la bolsa, con pésimos índices en el nivel y la distribución de los ingresos. El mundo de las Mac Jobs, de la mano con el submundo de los personajes proletarios de Tom Wolfe, de Atlanta a Oakland y vuelta.

Sin embargo, ninguno de estos elementos es suficiente para desdibujar la imagen de una gran transformación planetaria de la economía, cuyos primeros logros pueden apreciarse ya en la potente economía americana. Se puede argumentar que el ciclo y la recesión son inevitables mientras haya competencia entre los capitales, pero no desdeñar los saltos formidables que la ciencia ha dado para fundirse con el modo de producir economía y sociedad, aunque no estén a la vista las sincronías paradisiacas con que sueñan los profetas del new age.

Estamos ante portentos y milagros realizables, que ponen en jaque las maneras acuñadas de entender el trabajo y el ocio, el ingreso y el consumo. Pero, a la vez, también es claro que la cuestión social se ve marcada de nuevo, como durante la gran transformación de los siglos XVIII y el XIX, por la pobreza de las masas, la inseguridad cotidiana y la desazón sistèmica de las mayorías con respecto a su futuro más o menos inmediato.

Sin que podamos esperar, ni apostar, a la importación súbita y masiva de aquellas maravillas, nosotros también vivimos y sufrimos una vasta mutación que exige mirar más allá de lo inmediato. Remitámonos tan sólo a los índices de la exportación no petrolera registrados en los lustros posteriores a 1985, o a lo ocurrido con la producción industrial destinada al mercado exterior, para tener una idea aproximada, no impresionista, de lo fulgurante que ha sido el cambio económico así como su impacto geográfico y regional. Tan sólo en 1988 las exportaciones eran poco menos de 20,000 millones de dólares; el año pasado llegaron a cerca de 140,000 millones de dólares, la mayor parte productos industriales, cuando tan cerca como en 1985, el grueso de los ingresos por exportación se originaba en el petróleo.

Pensemos en la migración sur-norte, en la dinámica del empleo no agrícola en las ciudades de la frontera o cercanas a ella, pero también en lo que ya ocurre en la península de Yucatán, en partes de Oaxaca y hasta en Chiapas, para empezar a imaginar nuevos panoramas de conducta y coexistencia social, los prolegómenos de nuevas formas de entender el país, el mundo y la cultura.

Ahora bien, ¿hay ya materia para una síntesis material y conceptual, que nos acerque a algunas conclusiones respecto de lo nuevo y lo viejo? No todavía, a pesar de lo mucho andado en la construcción de nuevos senderos para la evolución económica y social de México. En primer término, porque lo que impera es la fragilidad del equilibrio económico, que se mantiene a flote a costa de contenciones recurrentes de unas dinámicas que después de casi veinte años de cambio estructural deberían ya ser virtuosas: en la inversión y el consumo, en la iniciativa pública y estatal, pero también en la esfera de los negocios privados, que se ha privilegiado y definido desde la cumbre del poder como la fuente principal, casi única, del crecimiento de la nueva economía.

El crecimiento promedio de los últimos veinte años es expresivo de esta represión sostenida de los tejidos maestros de la dinámica económica. A pesar de las recuperaciones de los últimos tres años, el producto por persona es inferior al de hace casi veinte años, y los salarios no han rebasado el nivel registrado en 1994.

También ilustran lo dicho arriba, el elevado déficit externo que coexiste con crecimientos globales modestos, la elevada dependencia de las exportaciones respecto de las importaciones, así como el que el equilibrio comercial externo se alcance sobre todo gracias a las maquiladoras: se estima que en 1999, el déficit comercial externo de las actividades no maquiladoras llegó a los 18,000 millones de dólares, mientras que la maquila produjo un superávit de poco más de 13,000 millones, llevando el déficit total a tan sólo 5,000 millones de dólares.

La parálisis fiscal del Estado, y su impresentable esclavitud de los precios petroleros, habla en el mismo sentido. Una economía industrial que no es capaz de asegurar su reproducción con base2 en su propia dinámica está siempre sujeta a grandes vaivenes, incapaz de dar buen empleo, sin posibilidades de extender sus logros a un mejoramiento sustentable del ambiente natural y social. Y esto es hoy la industria mexicana, ducha en ganar mercados regionales externos, pero poco diestra para competir dentro del país, no se diga para volar a otras latitudes.

Una economía pública perforada por años de irresponsabilidad fiscal no puede promover nuevas áreas y actividades, ni sostener esfuerzos básicos en la infraestructura y la educación, sin los cuales no hay posibilidad de un desarrollo como el que México requiere. Para no hablar de una auténtica embestida que dure y gane, contra la pobreza extrema y sus enormes periferias, que incluyen ya a capas varias pero significativas de la población urbana. De la distribución del ingreso más vale no hablar por ahora, cuando la riqueza se ha decretado materia intocable, y los derechos de propiedad se vuelven a concebir como privilegios minoritarios, prebendas al audaz o, todavía, dones para el poderoso dentro del Estado.

Vincular cambio productivo con creatividad, así como economía con democracia y equidad, sigue para nosotros en el horizonte. Pero de ello depende que tengamos una economía, nueva o vieja, que ofrezca en serio una vida buena. Nuevas realidades están ya entre nosotros, sin duda, pero más, mucho más, se obstinan en marcar nuestra existencia cotidiana las figuras que llevaron a Humboldt a describirnos como el país de la desigualdad. Triste manera necia de recordar al sabio barón,  n 

 Rolando Cordera Campos. Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

El mestizaje

EL MESTIZAJE

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

Una era de consenso ideológico ha terminado en México. En general, la decadencia de una época es progresiva. No hay cataclismos sino una lenta erosión de las certezas que animaron a la identidad nacional. La extinción masiva de un mundo simbólico es un acontecimiento muy poco frecuente. Cuando un tiempo agoniza, lo hace embargado por la confusión. Son muy raros los momentos en los cuales los participantes en un evento histórico tienen plena conciencia de que ha ocurrido un quiebre irreparable con el pasado.

No es extraño pues que las señales de la crisis ideológica que aqueja a México sean ambiguas. El pasado se aferra al presente. Imágenes como el México mestizo se han vaciado de contenido debido a cambios políticos y económicos. Sin embargo, permanecen con nosotros. Arremedan un vigor que se les ha escapado: son sólo fantasmas. Según el historiador Charles Hale, la historia mexicana en los dos últimos siglos estuvo dominada por dos mitos políticos unificadores: el liberalismo y la revolución.1 Como afirma Hale, ambos mitos fueron bloques constructores del nacionalismo mexicano. Su origen se encuentra en “épocas de consenso ideológico, después de conflictos civiles, levantamientos sociales y heroicas resistencias a la intervención extranjera”. La primera era de consenso ideológico ocurrió en el siglo XIX, después de que los liberales derrotaron al Imperio de Maximiliano. La segunda se dio en los cuarenta, con la consolidación de los gobiernos postrevolucionarios. Como ocurrió en las postrimerías del Porfiriato, “durante los años posteriores a 1940 la reconciliación se volvió un objetivo político primordial. Se honró a Villa, Zapata y Cárdenas con Madero, Carranza y Calles”. Fue así posible conmemorar a los contrarios por igual. Según Hale, los mitos políticos habían tenido algunos efectos positivos en la vida pública mexicana. Fueron capaces de consolidar la idea de que “en términos sociales México es una nación mestiza”, e identificaron al nacionalismo con la tradición liberal. El mito del mestizo, como la historia de bronce, perduraba: “pese a las críticas de antropólogos actuales al absorbente mestizaje y pese al reto impuesto a este mito por la rebelión chiapaneca, no tenemos más que contemplar la historia de Perú o Guatemala para apreciar su papel en la promoción de la unificación social”. Según Hale, los mitos también “previnieron el desarrollo de una tradición alternativa que pudiera convertirse en foco de nacionalismo”.

La épica del mestizo, como encarnación de la nacionalidad, tal vez sea una de las utopías raciales más benignas —o menos malignas— en la historia, pero a fin de cuentas es una idea racialista y por ello muy poco liberal. El efecto unificador tuvo un alto precio: engendró en la sociedad mexicana un racismo soterrado y vergonzante. Y, a pesar de los esfuerzos de incontables integracionistas, dejó a importantes segmentos de la población, como los indígenas, los judíos, etcétera, en un limbo simbólico. La superioridad de lo “blanco” nunca desapareció; simplemente se domesticó y embozó. En México siempre fue claro que algunos eran más mestizos que otros. La mala conciencia es una hija bastarda del mestizaje. Este simboliza nuestra incapacidad para ir más allá de las fronteras étnicas para trascender el pecado de origen de la nación mexicana. De la misma forma, la vinculación entre el liberalismo y el nacionalismo podría ser objeto de críticas similares. Más allá de la patología de los mitos unificadores, lo que les ocurrió es que caducaron.

Desde el punto de vista histórico, la revuelta Zapatista de 1994 abrió un nuevo capítulo en la historia del indigenismo en México. Un bandido familiar en esa saga es el liberalismo decimonónico. “Irremediablemente”, escribe el historiador Enrique Florescano, “el registro de la historia indígena impone a sus relatores la responsabilidad moral de dar cuenta del agravio indígena”. El liberalismo no es sino esa doctrina responsable de los males sufridos por las indígenas de México… y el mundo. El relato, aunque conocido, es moralmente edificante: “desde la segunda mitad del siglo XIX, el nacionalismo proclamado en las esferas de gobierno y en las instituciones del Estado adquiere un cariz intolerante y represivo. Las clases dirigentes, al hacer suyo el modelo europeo de nación, demandaron que las etnias, las comunidades y los grupos tradicionales que coexistían en el país se ajustaran a ese arquetipo. Así, cuando los indígenas o los campesinos no se avinieron a esas demandas, el gobierno descargó todo el peso del Estado sobre ellos y llegó al extremo de aniquilar a los pueblos que opusieron resistencia al proyecto centralista”. Es ya un lugar común desdeñar a los liberales decimonónicos como, en el mejor de los casos, ingenuos, y en el peor, genocidas. El liberalismo parecería estorbarle a la identidad nacional de un país plural y culpable.

El levantamiento del EZLN fue, en esencia, un reto a la concepción de México como una nación uniformemente mestiza. Las demandas del reconocimiento de autonomías étnicas, de usos y costumbres, cuestionan de raíz las bases normativas e históricas de la constitución del país. La inclusión de sujetos colectivos, formados por vínculos no voluntarios entre individuos y dotados de una legitimidad en el pasado remoto, no es una reforma menor: es un reto frontal a la concepción liberal democrática del Estado. La rebelión también fue una muestra de que el indigenismo revolucionario había fracasado en su propósito de asimilación. Los indígenas rebeldes deseaban ser reconocidos como mexicanos no mestizos. No exigían trato igualitario ni el efectivo cumplimiento de las leyes, sino un status diferente dentro de la comunidad nacional. Estas demandas, que iban en contra de los mitos unificadores, fueron recibidas de manera favorable por una gran parte de la sociedad mexicana. Esta aceptación pudo ocurrir porque para 1994 el consenso ideológico ya estaba fracturado. El indigenismo postrevolucionario, de carácter paternalista y autoritario, nunca logró resolver esta tensión. El nuevo indigenismo busca diferenciarse del viejo renunciando al objetivo integracionista. Aunque algunos antropólogos rechazan la dicotomía del México imaginario/ profundo, toman a las comunidades indígenas como “núcleos de identidades vivas” y propugnan por su autonomía y auto- determinación. Se trata de una visión modernizada de las repúblicas de indios y de un régimen legal dual.

Si una época de consenso ideológico ha terminado, el expediente de la refundación de México apenas se ha abierto. No sabemos a ciencia cierta cuál será el nuevo rostro de México. A diario se libra una lucha por definir los nuevos contornos institucionales, filosóficas y simbólicos de la nación. La moneda está en al aire.

Ante las propuestas del multiculturalismo y el neoindigenismo, me parece que debemos dejar atrás de una buena vez el mito del mestizo. Por más benéficos que hayan

1. Charles A. Hale: “Los mitos políticos de la nación mexicana: el liberalismo y la Revolución”, en Historia Mexicana, vol. XLVI. núm. 4 (abril-junio 1997). pp. 821-839.

2.Enrique Florescano: Etnia, Estado y Nación. Aguilar, México, 1997. p. 23.

3.Ibid. p.18.

4. Héctor Díaz Polanco: “El indigenismo simulador”, en La Jornada, 28 de octubre de 1996. En la polémica que sostuvieron Héctor Aguilar Camín y Héctor Díaz Polanco sobre el indigenismo, pudo apreciarse claramente la crisis de este paradigma, sido sus efectos, ya no cumple bien la función unificadora de antaño. Fue una muleta, necesaria tal vez. pero ahora sólo obstaculiza la marcha. Nunca incorporó efectivamente a los indígenas ni a otras minorías nacionales, que fueron relegadas a la categoría de mexicanos inciertos. Sólo el reconocimiento de la igual dignidad humana de todos los miembros de una comunidad nacional, al margen de su raza, religión y sexo, es lo suficientemente amplio para cobijar a la diversidad cultural y étnica que existe en México. El reto consiste en dejar atrás las definiciones raciales de la nación mexicana. Todas. Se trata de profundizar en la ciudadanización y democratización de la sociedad. ¿Qué le daría contenido a la nacionalidad mexicana si no es la imagen de un país uniformemente mestizo? ¿Qué unirá a los desiguales habitantes de regiones disímbolas? La lengua, las memorias compartidas, un propósito común. ¿Cuál sería ese propósito? Evidentemente no hay respuestas obvias. Tal vez un tipo de patriotismo político. Muchos proponen en este momento de crisis ideas exactamente opuestas a éstas. Etnificar la ciudadanía, crear sujetos colectivos de derecho, establecer regímenes legales diferenciados, etc. Nos encontramos en una encrucijada civilizacional. En esta circunstancia el diálogo crítico, vigoroso, de ideas es vital para la vida pública de México. No es a través de la descalificación y el ninguneo (entrañables prácticas del medio intelectual), que hallaremos el camino, sino a través de la polémica firme, pero respetuosa,  n

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Su último libro es Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville.

Lo público y lo privado

LO PÚBLICO Y LO PRIVADO

POR JAIME RAMÍREZ GARRIDO

“Lo  privado y lo público son por esencia dos mundos distintos y el respeto de esta diferencia es la condición sine qua non para que un hombre pueda vivir como un hombre libre”, dice Milán Kundera. Uno de los pendientes de la democratización mexicana es, precisamente, la frontera entre lo público y lo privado y la observancia de esta separación, tanto por el gobierno como por los individuos. Desde los vendedores ambulantes hasta los conflictos de Chiapas o de la UNAM reflejan una privatización de lo público; por otra parte, la publicación de lo privado por la prensa es el otro lado de la moneda. La separación entre ambos mundos es hoy una zona de ambigüedades donde priva el abuso sobre lo público y el desdén hacia lo privado.

Durante mucho tiempo el Estado mexicano partió de que todo le pertenecía y lo privado era estrictamente concesionado. El mejor ejemplo es cómo identificamos la expropiación con la nacionalización; por interés nacional, todo está sujeto a ser tomado, recuperado, por el gobierno. Lo que pertenece al Estado le pertenece a todos y, en última instancia, con su capacidad omnipotente para expropiar y entonces nacionalizar, la propiedad y las instancias privadas son concesiones gubernamentales.

La mitología que propone que la sociedad mexicana está dividida entre el Estado y la sociedad civil ha resultado en el secuestro de los espacios de responsabilidad estatales, que deberían ser públicos, por grupos arropados como sociedad civil.

Alegando que se trata de un espacio público, los vendedores ambulantes se hacen de las banquetas, los microbuses (que ya no son tan micros) se adueñan del carril de la derecha, los vecinos cierran la calle a la circulación; alegando el derecho a lo público, el espacio se privatiza. Esta tendencia tiene expresiones más contundentes en los conflictos de Chiapas y de la UNAM donde un grupo secuestra una causa noble, se arroga la representación de la sociedad y privatiza una causa por la fuerza, sea la educación gratuita o la justicia social para los indios, y “libera” un territorio de la influencia del gobierno, privatizándolo.

El relajamiento del Estado de derecho pone en riesgo todo lo público; si el gobierno no garantiza lo público para todos, pronto, quien no haya tomado algo, privatizándolo para sí, no tendrá nada.

El otro lado de la moneda de este conflicto entre lo público y lo privado está en la publicación de lo privado. La liberalización de la prensa durante el sexenio pasado tuvo como efecto secundario el relajamiento de los criterios editoriales y el adelgazamiento de la franja que podría dividir lo público de lo privado.

Siguiendo la tendencia de Hola! y de los tabloides anglosajones, la prensa mexicana fue cediendo espacio a la intromisión en la vida privada de las personas. Una obviedad, los personajes públicos tienen vida privada, se presenta como un acontecimiento extraordinario.

En su libro Estos años, Julio Scherer García dice:

Me parece que hay alevosía en el periodismo que fotografió desnudas a Jacqueline Kennedy y a la princesa Diana, pero ése también es nuestro oficio. Hombres y mujeres con ascendencia en su tiempo, atraídas multitudes por su personalidad deslumbrante, son dueños de una influencia decisiva sobre millones de personas y han de atenerse a reglas tácitas o vivir expuestos a violentas contrariedades. Si una mujer como Jacqueline. que dictó la moda a la élite de la mitad del mundo, quiere broncearse en el jardín de su casa, que se tienda en bikini o se atenga al riesgo de la fotografía a gran distancia. Un político no tiene vida privada, una estrella del espectáculo tampoco. No hay celebridad que pueda moverse con la ilusión del ejercicio tranquilo de su libertad. Cómo olvidar que a partir de las 12:30 horas del 22 de noviembre de 1963, viuda ante el mundo, la vida de Jacqueline fue escudriñada sin dejar un segundo fuera de la historia. De ella se sabe todo, como todo se sabe de John F. Kennedy. Es el destino de los personajes. Apenas hay refugio en las alturas.

Con los argumentos que siguen a la declaratoria de “alevosía”, la acusación se disuelve en una ética periodística que parte de que nadie que aspire a un cargo público tiene derecho a tener vida privada.

La libertad de expresión e información es un derecho fundamental contra el que no se puede atentar, pero este derecho implica la responsabilidad de ejercerlo sin violar otros derechos fundamentales; uno de ellos, el derecho a la vida privada.

Si comenzamos por tolerar las intromisiones en la vida privada de los hombres públicos, terminaremos por justificar. en aras de una adulterada idea de la libertad de información, a los fascistas y protofascistas para los que no hay división entre lo público y lo privado, a los apóstoles de la antiutopía orwelliana del Big Brother, pues ¿por qué fiscalizar los pecados de la gente famosa y no los de los simples mortales?

Determinar la privación de intimidad esgrimiendo la libertad de prensa es tanto como justificar el robo por motivos de justicia social. La vida privada es fundamental para que exista la libertad individual en la que se funda la libertad de prensa. Los predicadores de una prensa indiscreta emulan al hermano mayor que en su novela 1984 George Orwell atribuyó a un Estado totalitario; ahora son los paladines de una pretendida libertad (como los burócratas de Orwell) quienes predican una suerte de fascismo, pues fascismo es minar los fundamentos de la libertad individual y eliminar las barreras entre la vida pública y la vida privada; y la privatización del sistema de concesiones, realizada por particulares que se arrogan una representación, es el camino abierto a la justicia por propia mano.

George Orwell imaginó en 1984 un mundo en que la tecnología permitía el dominio autoritario de un omnipresente Hermano Mayor que se entrometía en todos los aspectos de la vida, convirtiendo hasta lo más privado en un acto de lealtad o deslealtad pública. Orwell se equivocó. Las nuevas tecnologías, lejos de propiciar el totalitarismo lo han acotado y han aportado mucho a la autonomía del individuo que cada vez requiere menos permisos o medios sujetos a las restricciones o la represión del Estado para poder expresarse.

Sin embargo, el Hermano Mayor se encuentra atomizado en los millones de practicantes en el perverso culto de la revelación de la vida privada, de la comunión con los secretos de los famosos, con los evangelios no autorizados. Miles de reporteros recorren el mundo recopilando conversaciones furtivas entre amantes secretos, imágenes comprometedoras, chismes fieles. Todos los paparazzi perseguirán hasta la muerte a todas las princesas; y si tienen un príncipe azul, o árabe, mejor. Cadenas enteras de televisión rellenaran su programación con videos caseros donde los vecinos más comunes y corrientes correrán la misma suerte que los famosos: la publicación de su vida privada.

En cuanto al resto de los espacios públicos, entre la cultura de las concesiones gubernamentales y la rebelión de los autonombrados representantes de la sociedad civil, todos expropiarán para sí en favor de un supuesto bien público. Cada calle será bandeada, cada lugar de estacionamiento tomado por los botes rellenos de cemento de los vecinos o por las asociaciones de “valetsparkins”, cada metro de banqueta por un vendedor ambulante, cada espacio de decisión colegida suplantado por una asamblea. Y los que nos empeñemos en la necedad de respetar el espacio público seremos los auténticos desposeídos de la tierra,        n

Jaime Ramírez Garrido. Escritor.

La política

LA POLÍTICA

POR LUIS SALAZAR C.

En el siglo XX se realizaron impresionantes experimentos políticos que desembocaron en fracasos tan trágicos como estériles. Millones de seres humanos murieron como víctimas directas o indirectas de tales experimentos. Muchos millones más padecieron sufrimientos sin cuento en nombre de proyectos políticos supuestamente emancipadores y redentores. Durante décadas, tiranos y déspotas de todo tipo (comunistas, fascistas, populistas y dictadores militares) atropellaron impunemente los derechos elementales de los pueblos, justificándose en causas pretendidamente sagradas, en objetivos justicieros, en ideologías maniqueas. Al final, sobre los escombros de sus fracasos sangrientos, triunfó en buena parte del mundo la forma de gobierno que tantos habían tildado de mistificación y de fraude: la democracia representativa de corte liberal. Frente al romanticismo radical, frente a la ilusión de alcanzar la sociedad perfecta a través de la coacción y el adoctrinamiento, frente a la obstinación criminal de los defensores a ultranza de privilegios excluyentes, se impuso finalmente un sistema institucional que requiere, para sobrevivir, de políticas moderadas y de políticos capaces de autocontención. Y que por ende rechaza políticas extremistas, fundamentalistas y milagrosas, lo mismo que políticos iluminados, carismáticos y todopoderosos.

En este sentido, la democratización reciente de muchas sociedades (incluida la mexicana) es hija del desencanto político, es decir, de “las promesas incumplidas de los autoritarismos”. Lo que quizás ayuda a explicar la paradoja expresada en muchas encuestas que, mientras indican un alto grado de aprobación por los sistemas democráticos, manifiestan un enorme descrédito de las instituciones públicas, de los partidos y de los políticos. Un descrédito que sin duda tiene que ver con la voracidad, corrupción e ineficiencia que privan en los Estados apenas democratizados, pero que también es síntoma de un antiautoritarismo genérico, difuso, multiforme, que más bien nos habla de sociedades infantilizadas por las propias experiencias autoritarias. Las democracias incipientes se ven sometidas por ello a exigencias contradictorias: por un lado, de resolver milagrosamente (por decreto) rezagos sociales, económicos y culturales abrumadores; por otro, de no afectar, ni con el pétalo de una rosa, los intereses (y privilegios) inmediatos de sectores sociales ciegos a todo lo que vaya más allá de sus intereses particulares. De este modo ese vago antiautoritarismo se convierte en la coartada perfecta para exigir derechos sin reconocer obligaciones, para reclamar bienes públicos sin asumir sus costos, para demandar soluciones sin considerar ni respetar los compromisos que ellas supondrían.

Por si lo anterior fuera poco, las democracias recientes enfrentan el problema de reconstruir a los Estados nacionales en circunstancias que suponen enormes restricciones generadas por una globalización incontenible y en muchos aspectos socialmente depredadora, por una globalización que plantea desafíos ingentes por cuanto implica un desarrollo sin precedentes de poderes extra políticos que con frecuencia derivan en antipolíticos. Poderes económicos, poderes mediáticos, poderes religiosos, poderes comunitarios, poderes regionales, poderes criminales, que sistemáticamente pretenden capitalizar la debilidad y el desprestigio de las instituciones y actividades políticas en beneficio de intereses no sólo excluyentes sino irresponsables e impunes. En la actualidad, ningún Estado nacional puede ya pretender hacerse cargo por sí solo de los desafíos que conlleva la globalización, pero debiera ser obvio, igualmente, que sin instituciones estatales mínimamente sólidas y eficientes, el proceso globalizador se convierte en sinónimo de descomposición y polarización de las sociedades.

En este horizonte parece urgente un esfuerzo por repensar y reivindicar la dignidad ética de la política democrática y de sus recursos fundamentales: desde el poder como monopolio de la fuerza legítima, hasta los partidos y programas políticos, pasando naturalmente por las instituciones parlamentarias y judiciales. Contra el infantilismo antiautoritario resulta necesario insistir que sin Estado y sin coacción legítima no hay ni puede haber orden ni justicia en la sociedad, sino el simple predominio de la ley del más fuerte, esto es, de los señores de la guerra que necesariamente promueve la debilidad del Estado. Contra el peticionismo irresponsable habrá que recordar que la construcción de una sociedad justa, civilizada y capaz de evitar polarizaciones extremas no puede ser una problema exclusivo de los gobiernos y de sus políticas, sino que exige compromisos, responsabilidades y esfuerzos de todos los sectores sociales.

De las muchas definiciones que se pueden dar de la política, acaso hoy tengamos que subrayar aquella que la entiende como el arte de tomar decisiones difíciles, incluso impopulares; decisiones capaces de trascender los intereses particulares inmediatos en funciones de intereses generales de mediano y largo plazo. En el siglo que termina se pensó que por ello los autoritarismos eran, hasta cierto punto al menos, justificables. Hemos aprendido que se trataba de atajos ilusorios y de soluciones falsas. Pero el fracaso de los sistemas autoritarios difícilmente servirá para consolidar democracias impotentes. Democracias que sólo podrán fortalecerse si asumimos cabalmente la lógica de los pactos y los consensos, y dejamos atrás la lógica de la guerra y de los enemigos mortales. n

Luis Salazar C.  Filósofo.  Profesor e investigador de la UAM.

Los Derechos Humanos

LOS DERECHOS HUMANOS

POR LUIS DE LA BARREDA SOLÓRZANO

En  sólo diez años —periodo brevísimo en la vida de una sociedad—, los avances en materia de derechos humanos en nuestro país son importantes y, en ciertos aspectos, espectaculares, no obstante el discurso marginal que sostiene que nunca habíamos estado peor que ahora o que estamos tan mal como siempre. Es verdad que hay temas en los que no se observan logros considerables respecto del pasado inmediato o, aún peor, se advierten retrocesos —el combate a la pobreza y a la desigualdad social, la seguridad pública, la procuración de justicia, por citar algunos ejemplos—, pero esa no es la situación de los derechos fundamentales.

A diferencia de lo que sucedía apenas hace dos lustros, hoy la tortura ya no es práctica cotidiana en separos policiacos y prisiones sino abuso esporádico, y por primera vez en México hay —por lo menos en el Distrito Federal— presuntos torturadores llevados a juicio y condenas judiciales por ese delito. Se ha cumplido el viejo sueño del sufragio electivo y se respetan ampliamente las libertades de expresión y reunión. Hoy parece impensable que se produjera el asesinato de cientos de personas durante un mitin pacífico, como ocurrió el 2 de octubre de 1968, y quedara impune. Se han combatido con éxito prácticas discriminatorias tales como la exigencia de certificado de no gravidez a mujeres aspirantes a una plaza laboral en dependencias públicas, el requisito de estar libre del virus del Sida para poder desempeñar un trabajo en el que no hay riesgo alguno de contagio y la negativa de atender indigentes en hospitales a cargo del gobierno. Y lo más importante: muchas de las víctimas de abusos de poder ya no adoptan, como lo hacían antaño, una actitud de resignación resentida sino de coraje activo, defendiendo sus derechos conculcados, y saben que su lucha no está de antemano condenada a la derrota. Cuentan para ese combate con la institución del ombudsman, que ha logrado la confianza de quienes han acudido a sus servicios atendiéndolos expedita y eficazmente. En la Ciudad de México, en el 68% de los casos concluidos el quejoso se ha alzado con la victoria frente a la autoridad. Esta mudanza de proceder constituye una profunda revolución cívica absolutamente pacífica. ¿Por qué, entonces, el gatopardismo según el cual, por decirlo con palabras de Gustavo Adolfo Bécquer, todo es “hoy como ayer, mañana como hoy, y siempre igual”? Entre muchas otras, de muy diversa índole, que podrían señalarse, apunto algunas motivaciones psicológicas: a) La tendencia humana a magnificar los males contemporáneos. “La insatisfacción —observa Fernando Savater— es la reacción más general, espontánea y desinteresada que han consignado los humanos respecto a lo que en cada momento histórico constituía su presente”. Borges ironiza al hablar de uno de sus antepasados: “Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir”; b) la creencia de que, si se reconocen triunfos, se cae en la autocomplacencia y, así, se baja la guardia, y c) un problema de gusto. Decía el monje budista Getsudo: “Donde hay una hazaña inmortal, el asno sólo oye truenos”. Empero, el reconocimiento de las victorias reales, además de que constituye una constatación de datos fácticos verídicos, no tiene por qué traducirse en laxitud inhibidora del afán combativo y, en cambio, da ánimos para la lucha en cuanto nos hace ver que muchas lides que parecían imposibles se pueden ir ganando si se actúa con firmeza, tesón, convicción, pasos acertados… y alguna ayuda de los vientos favorables del azar,  n

Luis de la Barreda Solórzano Presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. Acaba de aparecer su libro El alma del ombudsman.

El cerebro

EL CEREBRO

POR BRUNO ESTAÑOL

Al  promediar el siglo XVIII, Julien Offroy de la Mettrie declaró que el hombre era una máquina. En el mismo siglo, su discípulo Pierre Cabanis, fiel seguidor del mecanicismo, concluyó que el cerebro produce al pensamiento como el hígado secreta la bilis. El siglo XIX vio aparecer una muchedumbre de investigadores del cerebro y del sistema nervioso central. Entre ellos a Francis Gall, quien no sólo propuso que el cerebro generaba los pensamientos y sentimientos sino que asignó, en forma arbitraria, un papel para cada área del cerebro. En El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, al narrador Marlowe, antes de zarpar a su espantable viaje por el río Congo, le miden la cabeza con un compás. En la ironía del narrador: “porque el médico quería saber cómo era la forma de la cabeza de un tipo inglés”.

El gran neurofisiólogo inglés, Charles Scott Sherrington, poeta y filósofo, pensó que el cerebro era una máquina, pero una máquina prodigiosa, una máquina encantada. También escribió que el gran reto para entender al cerebro y al sistema nervioso no era simplemente describir y entender los diversos reflejos en forma individual sino la manera en que éstos se integraban en una máquina unificada.

En la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX el cerebro sigue siendo, en gran medida, una térra incógnita. En 1929, Hans Berger descubre la actividad eléctrica del cerebro. Esto lleva al desarrollo de la neurofisiología clínica y al uso del electroencefalograma con fines diagnósticos. La histología del sistema nervioso central había sido estudiada magistralmente por el histólogo español Santiago Ramón y Cajal, quien aplica el método de la impregnación argéntica al tejido cerebral. El método de la impregnación del tejido cerebral con plata había sido descubierto por el italiano Camilo Golgi quien recibe junto con Cajal el Premio Nobel de Fisiología y Medicina. Es en las manos de Cajal que el método demuestra su enorme productividad. Cajal aplica el método de tinción argéntica con tres elementos distintos. Uno, lo aplica a los tejidos de animales lactantes en quienes las conexiones no se han desarrollado completamente; dos, descubre por accidente que la tinción es mejor si se aplica dos veces (método de la doble impregnación argéntica); tres, encuentra que la tinción de plata sólo tiñe algunos de los elementos celulares y no todos, lo que permite estudiar en forma aislada algunas células y prolongaciones celulares. Por último, hace hipótesis que puede comprobar con su técnica. Es decir, hace a un método anatómico un método pensante. A pesar de que Golgi se quejó de que todo lo que hizo Cajal lo hizo sólo porque tuvo su método a la mano, lo cierto es que Golgi no hubiera gando nunca el Premio Nobel si no hubiera sido por el genio de Ramón y Cajal. No todo en la vida depende del método, y afortunadamente en la ciencia todavía hay lugar para la imaginación y la creatividad. El libro Textura del sistema nervioso en el hombre y los vertebrados se constituye así en el único gran logro de la ciencia hispánica. Cajal describe las capas de la corteza cerebral y del cerebelo y la manera en la que se conectan entre sí las diversas partes del sistema nervioso central. En la primera mitad del siglo XX se estudia al cerebro intensamente con el microscopio de luz y aparecen diversas técnicas que permiten conocer las diversas células. Casi todo lo que se conoce del cerebro hasta esas fechas es a través del microscopio de luz. Después vendrá el microscopio electrónico, que aclarará muchas cosas. La neuroanatomía gruesa se conoce ya también bastante. Los neurocirujanos aparecen en la escena particularmente en la figura del neurocirujano Harvey Cushing. A pesar de que el descubrimiento de los rayos X por Roentgen ya tenía bastante tiempo eran notorias las dificultades para ver el cerebro en vida de las personas. Egaz Moniz descubre que es posible ver las arterias del cerebro, la angiografía cerebral, si éstas se inyectan con un medio de contraste yodado. Walter Dandy descubre que si se inyecta aire por una aguja en la región lumbar, se pueden visualizar las cavidades del cerebro. Así transcurren varias decenas de años. Los neurólogos clínicos, mientras tanto, han sistematizado el diagnóstico de diversos padecimientos del cerebro, utilizando sólo la historia clínica y el examen neurològico. Y a fines del siglo XIX aparecen los tratados de Gowers y Oppenheim, y a principios del siglo XX la magna obra semiológica de jules Dejérine. Los neurólogos clínicos se convierten así en virtuosos del diagnóstico. En la época de los setentas aparece una gran revolución en la manera en que el cerebro puede ser estudiado anatómicamente in vivo con el advenimiento de la tomografìa craneal computada. Este estudio todavía utiliza los rayos X pero en la elaboración de la imagen intervienen los modernos métodos de cómputo. Aparecen nuevos métodos de estudio del sistema nervioso incluyendo la neuroquímica y la neurofarmacología. Los métodos de cómputo hacen aparecer la moderna neurofisiologia con sus métodos de promediación. Los neurofisiólogos pueden estudiar una sola neurona con un microelectrodo que permite hacer registros unitarios. Se descubre que las neuronas se comunican entre sí a través de sustancias químicas llamadas neurotransmisores. Se aprende que las neuronas también se comunican entre sí a través de impulsos bioeléctricos mediados por iones. Y se vislumbran los mecanismos del sueño y la vigilia y se descubre un sistema llamado reticular ascendente que interviene en ellos. Se encuentra que las neuronas tienen receptores donde los neurotransmisores actúan. La corteza cerebral es mapeada o cartografiada pero con una idea muy diferente a la de Gall. Se aprende que hay áreas de recepción visual, auditiva y sensorial primarias, rodeadas de áreas secundarias que integran varios sentidos llamadas áreas de asociación. El cerebro izquierdo, aunque anatómicamente idéntico al derecho, se revela profundamente diferente. El hemisferio izquierdo participa fundamentalmente en la decodificación y encodificación del lenguaje y cuando se daña aparece un trastorno del lenguaje denominado afasia. El hemisferio derecho es fundamental para la orientación visual y espacial y cuando se lesiona aparece un trastorno extraño que consiste en que la persona no reconoce como propio el lado izquierdo de su cuerpo ni se fija en el entorno de ese mismo lado. Ya en los años ochenta la revolución tecnológica produce la resonancia magnética, sin duda la revolución más importante para estudiar el sistema nervioso central y otros órganos en los seres humanos in vivo. La resonancia magnética permitirá no sólo ver el cerebro sino también los vasos sanguíneos con métodos no invasivos. Permite ver también mediante la espectroscopia de protones algunos elementos químicos fundamentales del cerebro como el N-acetil-aspartato. La resonancia magnética funcional, ahora en su infancia o adolescencia, nos permite ver la función de diversas áreas de la corteza cerebral. También en la década de los ochentas se inicia el desarrollo de la tomografía de emisión de positrones (PET scan) que también permite ver en la persona viva diversas funciones cerebrales que influyen el flujo sanguíneo cerebral, el consumo de oxígeno y glucosa de ciertas áreas del cerebro y de esa manera inferir el funcionamiento de esa región en particular. La tomografía de emisión de positrones ha ayudado enormemente a entender el funcionamiento de ciertas partes de la corteza cerebral.

Actualmente hay cientos de revistas dedicadas a diversos aspectos de las enfermedades del sistema nervioso, a la fisiología, a la bioquímica, a la farmacología, al sueño, etcétera. Existen varias hipótesis bioquímicas para explicar la depresión y otros trastornos emocionales.

¿Qué hacer con toda esta información? Aunque la información no es infinita, la vida de una persona es obviamente insuficiente para asimilar la información disponible. Aunque sabemos cómo actúan partes diversas de la corteza cerebral no sabemos cómo puede el cerebro funcionar como un todo unificado. La pregunta de Sherrington sobre cómo la máquina puede funcionar como una máquina unificada, como una máquina integrada, todavía está vigente. La visión del hombre que surge de la neurología contemporánea es profundamente mecanicista y no explica diversos aspectos espirituales del hombre. Esto es muy evidente en el trabajo de Jean Pierre Changeux: El hombre neuronal. Estamos cada día más dependientes de la información microscópica y no hay manera de transformarla en información macroscópica, sintética, integrada. También dependemos cada día más de la tecnología y de las máquinas. Los neofrenólogos creen que si algún día aprendemos la función de cada una de las áreas del cerebro eso nos permitirá saber algo más. ¿Pero qué?

El hombre quizá no sea una máquina pero sí depende cada día más de las máquinas. From de Man Machine to the Gadget Man. Como en diversas áreas del conocimiento humano, hay un progreso material muy evidente y un muy escaso o nulo progreso moral y espiritual,          n

Bruno Estañol. Escritor. Entre sus libros, Fata Morgana y El féretro de cristal.

El derecho y la justicia

EL DERECHO

POR JOSÉ RAMÓN COSSÍO D.

Uno de los temas más antiguos y recurrentes del derecho y de la política es el relativo a las relaciones entre derecho y justicia. El asunto puede verse desde dos puntos de vista. Primeramente, circunscribiendo la relación a los casos en que se aluda a esas expresiones; en segundo lugar, identificando las situaciones en que la relación se presente con independencia del uso a partir de esas expresiones. Si nos atenemos al primer caso, tenemos que en nuestros días no es corriente el enfrentamiento entre derecho y justicia; de ahí que, de ser posible, la identificación del tipo de problemas generales que subyacen a la dualidad apuntada, sería factible atender a problemas vigentes en nuestros días.

Si partimos de la segunda posibilidad, ¿a qué se alude con la contraposición entre derecho y justicia?; con independencia de las formas concretas que esta dualidad haya tenido en el tiempo, su constante parece ser el enfrentamiento entre dos dimensiones de la política y del derecho: por una parte, entre las peculiares manifestaciones jurídicas que se han dado como resultado de las actuaciones humanas; por el otro, entre las formas ideales a través de las cuales se pretendan controlar esas manifestaciones jurídicas. El primer elemento, el derecho positivo, es el resultado de un conjunto de motivaciones, oportunidades, alianzas, posibilidades, etc., realizadas por hombres y mujeres en sociedades determinadas; el segundo, en total contraposición, expresa las formas y contenidos que el derecho debiera comprender para alcanzar una situación considerada como valiosa. El primer caso trata de aquello que es, es decir, del derecho tal y como ha sido creado por los órganos del orden jurídico; el segundo comprende al conjunto de parámetros mediante los cuales es posible juzgar al derecho. Como a lo largo de la historia el primer caso ha sido llamado derecho y el segundo justicia en algunas épocas, lo relevante no es tratar de comprender las relaciones entre esas expresiones sino, como se dijo, atender a las relaciones entre el derecho positivo y los criterios elaborados para determinar su corrección.

La necesidad de plantear esa dualidad parte del hecho de que los órdenes jurídicos son fundamentalmente normativos y su normatividad está construida a partir de ciertos supuestos políticos. Si en un determinado Estado el poder público estaba fundado en una legitimidad divina, los contenidos del orden jurídico correspondiente tenderían a reproducir ese fundamento. Sin embargo, ¿qué acontecía en el momento en el que se supusiera que los contenidos normativos no estaban reproduciendo el fundamento de la legitimidad o que ese fundamento era inadecuado? El primero de estos dos problemas sólo podía plantearse desde un punto de vista interno, de manera que toda posibilidad de crítica se topaba con la normatividad expresada por los órganos del Estado; el segundo problema era impensable desde la misma lógica normativa, por la sencilla razón de que el orden jurídico no podía reconocer un fundamento de legitimidad distinto a aquel que lo sustentaba. La única posibilidad de enfrentarse con esos problemas era construyendo un criterio para contrastar al derecho, por lo que ese criterio no podía provenir del mismo derecho.

Durante muchos siglos ese criterio de valoración se denominó justicia. Como ha quedado expresado, sus funciones eran la delimitación de las prácticas jurídicas o la validación del fundamento de legitimidad de los órdenes jurídicos. Aun cuando la función general era clara, respecto de ella se presentaron las más variadas manifestaciones. En ocasiones, el criterio de valoración era la exacerbación de los mismos supuestos de la legitimidad del orden jurídico, como el caso en que dentro de un orden jurídico fundado en el derecho divino de los reyes, el criterio de justicia consistía en una manifestación religiosa superior. En otras épocas, sin embargo, el criterio de justicia era por completo opuesto al fundamento de legitimidad. En el primero de estos dos casos, el criterio de justicia funcionaba como una vía de control de la práctica jurídica; en el segundo, como un elemento crítico de la legitimidad del régimen mismo.

En lo que hace al fundamento de la justicia, y en consonancia con lo acontecido en todos los renglones sociales, en una primera época fue de carácter religioso, de modo que la valoración del derecho se hacía a partir de categorías de ese tipo. Sin embargo, y con el advenimiento de la fundamentación laica del poder, los contenidos de la justicia se modificaron en ese sentido. Durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, los cultivadores de la filosofía del derecho tradujeron los contenidos religiosos de la justicia en consideraciones de tipo laico, si bien de manera muy irregular.

El último momento de esplendor de las construcciones fundadas en esa expresión (que no de las funciones de control del derecho) se dieron luego de las atrocidades de los regímenes totalitarios fascista, nazi y soviético. Ante la gravedad de los acontecimientos, se echó mano de la expresión y se le quiso fundar en una ontología o una metafísica que no resistieron las acometidas positivistas o analíticas. A partir de entonces, sin embargo, y como subsistía el problema de fondo (contar con un criterio de valoración del derecho y de sus fuentes de legitimidad), se elaboraron formas más refinadas para enfrentarlo, formas que en general dejaron de utilizar la expresión de justicia.

Hoy en día las funciones de control del derecho no se realizan más a partir de la justicia. La posibilidad misma de la valoración se realiza, como se dijo, mediante formas nuevas y más sofisticadas como el constitucionalismo, en particular, o las lecturas morales de los órdenes jurídicos, en general. Estos nuevos discursos han variado respecto de los viejos discursos de la justicia en, al menos, tres aspectos. Primero, y por lo que se refiere a su construcción, se ha considerado que los criterios de control forman parte o se extraen de los propios órdenes jurídicos, lo cual contrasta con la posición que se daba a la justicia en tanto discurso autónomo respecto del derecho. Segundo, y en cuanto a sus fundamentos, los nuevos discursos suelen partir de la revaloración de la dignidad de la persona, a diferencia de sus predecesores que descansaban en fundamentos religiosos o en una supuesta naturaleza de las cosas. Tercero, en lo tocante a sus contenidos, los nuevos discursos de control son fundamentalmente liberales y están construidos analíticamente, mientras que los antiguos eran una mezcla de pervivencias religiosas y de elementos sociales asumidos como materialización de la propia naturaleza de las cosas.

Los discursos de control del derecho de nuestros tiempos siguen cumpliendo las mismas funciones generales que cumplía la justicia, sólo que su forma de realización se ha visto modificada como consecuencia de los tres aspectos señalados en el párrafo anterior. De una parte, y al considerarse que los elementos del discurso no se sobreponen más al derecho sino que de algún modo se extraen de él, buena parte de las operaciones de control se deja en manos de los órganos del Estado competentes para realizar el control normativo, primordialmente el de tipo constitucional. Esta posibilidad plantea un problema de fondo, en tanto que, y a diferencia de la justicia, no se concibe más la dualidad total entre el criterio de revisión y el objeto de control. La solución que se ha dado es curiosa, en tanto que si bien se insiste en que en las órdenes jurídicas se hayan pasitivizado los criterios de control, también se asume que los elementos fundamentales de éstos tienen una entidad diversa de modo tal que no llegan a confundirse o anularse en la mera operación de los órdenes jurídicos. Por otro lado, y al menos en los años recientes y como tendencia hacia los próximos, el contenido de estos discursos de control es fundamentalmente liberal, no en el sentido instrumental que permite la incorporación de formas diversas de representación de la realidad, sino crecientemente de un modo sustantivo que impide agregar los planteamientos de los otros. Por último, y debido a que en nuestra época el fundamento más generalizado del poder es de corte democrático, buena parte de los discursos de control tienen como tarea específica guardar a la saciedad de los excesos de la propia democracia. En otros términos, y asumida la importancia de ese fundamento de legitimidad, se ha buscado el establecimiento de una serie de criterios para que los titulares temporales de los óiganos del Estado no puedan, bajo pretexto democrático, llevar a cabo más tareas que aquellas que permite el criterio de control. Como este criterio se ha insertado en los órdenes jurídicos, resulta factible controlar la democracia a través de las actuaciones ordinarias de los órganos jurídicos (primordialmente los tribunales constitucionales). Sin embargo, y como podría llegar a acontecer que cualquiera de estos órganos sobrepasara los contenidos normativos y con ello a los supuestos de los criterios de control, es necesario mantener un discurso autónomo para esos casos puntuales de emergencia. De esta forma es como las viejas funciones de la justicia se cumplen en nuestro tiempo. n

José Ramón Cossío D. Jefe del Departamento de Derecho del ITAM.

Las religiones

PARABÓLICA

LAS RELIGIONES

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

En el efervescente año de 1968, Harvey Cox escribió y publicó un libro que sacudió al cristianismo y, sobre todo, al catolicismo. Se llamó La ciudad secular y describía el crecimiento exuberante del individualismo y la indiferencia religiosa. Casi un cuarto de siglo después, en 1994, entregó a prensas otra obra sorprendente: El retorno de Dios. La dedicó a analizar el desarrollo tan insólito como explosivo de esos entusiastas grupos espiritualistas de los que un estudioso de la teología mística cristiana, el italiano Divo Barsotti, ha explicado el vertiginoso florecimiento: “Hoy la iglesia católica ya no le habla a nadie, o quizá solamente le habla a los políticos; consigue así páginas en los periódicos, pero luego la gente busca su alimento espiritual en otra parte”.

Desde otra atalaya, Marcel Gauchet escribió en 1985 una obra en la que se refería a nuestro mundo como a un conjunto humano que había perdido el “encanto” o el “encantamiento” y que se dirigiría hacia las afueras de lo religioso, o que expulsaría lo religioso, particularmente de su vida democrática. En 1998, empero, se preguntó qué podría decir el gobierno de los hombres por los hombres mismos, cuando éstos se vieran definitivamente emancipados de los dioses. “Más nos valdría —pareció responder Régis Debray en su ensayo acerca de lo religioso en la aldea global, titulado El arcaísmo posmoderno— enfrentar sin ilusiones la cruel verdad de los ángeles”. Se suma a este extraño y extrañado coro Jean Daniel cuando confiesa su “religiosa incapacidad de creer”, su decisión de “permanecer religioso sin sentir(se) obligado a ser creyente” y la convicción de que su incredulidad “no (le) impone la irreligión”. Vattimo reconoce, desde su “pensamiento débil”, que ya no hay razones para no creer.

Todo sugiere que el presente nos pinta un mañana en el que seguirá estando en el orden del día la frase del ateo Kirilov, de Dostoievski: “Dios me ha atormentado toda mi vida”. Y hay indicios de que el siglo que viene estará marcado por algo muy parecido a un conjunto de religiones sin Dios y sin iglesia, por un hambre de experiencias religiosas personales y comunitarias y tal vez por una eclosión de fundamentalismos belicosos y excluyentes, quizá mitigados poco a poco por los avances democráticos.

La iglesia católica, que es la única comunidad religiosa organizada como institución mundial y, en cuanto tal, la única institución del mundo que llega a su cumpleaños número 2000, se prepara con miras al nuevo siglo pidiendo perdón por sus faltas de dos milenios y urdiendo nexos con las otras religiones del mundo; también renunciando a toda tentación teocrática. No puede imputársele falta de olfato: ya sabe que la posmodernidad rechaza aquel racionalismo de los modernos que expulsó a Dios de la razón y de la historia y descubrió, como lo predijo Chestenon, que el problema no era sacar a Dios de su lugar tradicional, sino saber qué sustituto asignarle. Ya oyó asimismo a Régis Debray hablar del sentimiento de “incompletitud” que agobia al hombre de hoy.

En alguno de los cuatro evangelios, un vocero de los apóstoles le pregunta a Jesús: “Señor, ¿a quién iremos si sólo Tú tienes palabras de vida?”. El siglo que termina liquidó la idea misma y hasta la posibilidad y la razonabilidad de cualquier “señor”. También dejó un visible y espantoso rastro de muerte. Parece que, de aquella interrogación de pescadores galileos, el hombre ilustrado sólo pudo conservar y ahora repite —en el yermo por el que camina con sentimiento de estar totalmente abandonado de que habla Derrida— las palabras “…¿a quién iremos…?”. Y que las iglesias cristianas se aprestan a convencerlo de que la frase del siglo XXI habrá de ser aquella milenaria pregunta pero de nuevo entera, completa, tal y como todavía la pronuncian esos

“desposeídos, tristes, errabundos… marginales, desvalidos de los crepúsculos, andantes sin retorno” a los que cantó Pablo Antonio Cuadra en su Tierra que habla.

La tarea será difícil. Pero estoy convencido de que vale la pena. No sé cómo deba hacerse. Pero si mi amigo Luis González de Alba ya encontró en Mortimer Adler una prueba tolerable de la existencia de Dios, puedo razonablemente abrigar la esperanza de que tal obra tiene futuro       .n

Carlos Castillo Peraza Periodista. Autor de Disiento.

El poder y la autoridad

EL PODER Y LA AUTORIDAD

POR RAFAEL SEGOVIA

Reducido a sus términos más elementales, el poder no ha variado desde Aristóteles a Robert Dahl. Sigue siendo la capacidad que tiene A para obligar a Ba realizar acciones que no quiere hacer. Las formas de utilizarlo, repartirlo y conservarlo, en cambio, se han transformado de manera radical. Son la historia de las sociedades modernas, cómo se originan en Europa y se convierten, a lo largo de más de 25 siglos, para llegar a ser universales.

En el Antiguo Régimen, ya se trate de Francia, de México o de España, el poder se asienta sobre una base inconmovible: puede ser limitado o, al menos, se busca limitarlo, con un éxito que variará a lo largo de los siglos, desde los conflictos entre el Imperio y el Papado hasta la era de las revoluciones, de 1770 a 1799, de los inicios de la Revolución de Independencia de las trece colonias en Norteamérica a la conclusión de la Revolución Francesa. Podríamos detenernos en lo que los ingleses llaman la Revolución Gloriosa de 1688, origen directo del movimiento revolucionario que culminará en la independencia de las 13 colonias y la creación de los Estados Unidos. Quizás, el origen esté ya en El espíritu de las leyes de Montesquieu, primer tratado donde se propone sin equívocos la ruptura de la unidad del poder y la creación de un equilibrio interno. Pero un libro nunca tiene un efecto inmediato sobre la realidad política. Prueba de ello es la notificación enviada por Luis XV a unos parlamentarios franceses en 1766. “Sólo en mi persona reside el poder soberano… sólo a mí pertenece el poder legislativo, sin dependencia ni división… todo el poder público emana de mí… los derechos e intereses de la nación de los que se atreven a hacer un cuerpo separado del monarca descansan sólo en mis manos”. El monarca no podía ser más claro, aunque a esa claridad sólo le quedaban 23 años de duración. Rebeliones y motines se habían dado en toda Europa y en sus posesiones coloniales, aunque nunca se había buscado acabar con el poder del monarca ni con la unidad del poder. Decapitar a Carlos I de Inglaterra no era eliminar ese poder. Se instauró a otro rey en el trono que llevará aún más lejos la concepción del poder real: lo declaró de origen divino. A mediados del XVII Europa vive ya en pleno absolutismo, una idea que durará hasta fechas recientes, al dar un sesgo mínimo y llamarlo totalitarismo.

El XIX va a conocer un conflicto permanente sobre cuál ha de ser el asiento del poder, si el pueblo o el monarca. El cambio es decisivo porque la relación entre las clases, con el nacimiento del proletariado y la afirmación de la burguesía, no dirimirá el pleito con un triunfo decisivo de ninguna de las partes: el poder sería popular —concesión parcial al proletariado— pero representativo, limitado y equilibrado, determinado por la riqueza y el voto. También dependiente del dinero. La gran obsesión de la burguesía decimonónica será, una vez eliminada la nobleza y el privilegio hereditario, establecer una democracia capaz de responder a los intereses del capitalismo naciente, necesitado de un ambiente político conservador y, en las coyunturas política y sociales difíciles, autoritario y represivo. Todo esto en los países centrales e imperiales. Con la europeización del mundo —-Japón abriéndose a la escuadra primero y después al comercio americanos, China recibiendo el marxismo a principios del siglo pasado, la América española y portuguesa independizada pero sometida plenamente a todas las formas del pensamiento europeo—. el mundo entero perderá sus formas tradicionales de ejercicio del poder para vincularse con las formas norteamericanas o europeas, no siempre adecuadas al desarrollo y a la organización social que se pudiera llamar autóctona. La tensión permanente entre el federalismo visto en los Estados Unidos y las virtudes que se atribuían, por un lado, y la necesidad de un centralismo consecuencia de tres siglos de dominación española, la manera de distribuir o concentrar el poder, se resolverá en favor de la segunda opción —centralismo, unidad— rindiendo de paso tributo a un federalismo visto como una forma de ejercer la libertad que se inclinaba ante la vieja fórmula “se acata pero no se cumple”. En este punto, la continuidad entre el Porfirismo y la Revolución Mexicana es absoluta. Por lo demás, nadie lo ha expresado con mayor claridad que Bertrand de Jouvenel: “Las revoluciones o sirven para concentrar el poder o no sirven para nada”.

En el caso mexicano, la máxima de Jouvenel se cumplió al pie de la letra. La creación de nuevos instrumentos de organización social y política como los sindicatos y los partidos, la ampliación y semiprofesionalización de la administración pública, fueron dominadas por un partido centralizado, sometido a una presidencia donde se asentaba un poder casi absoluto, o al menos así considerado por el imaginario colectivo, pues en los hechos el poder más unitario negaría en casi todos los conflictos que debe enfrentar. Las transformaciones demográficas, culturales, las nuevas comunicaciones, la ampliación y modernización de las comunicaciones obligan a reajustes formales entre las clases y la relación de éstas con el poder que. al menos como se manifiesta en el terreno político, sigue luchando por mantener su tendencia natural —la unidad— frente a las fuerzas particulares y por consiguiente disgregadoras.  n

Rafael Segovia. Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Es autor de Lapidaria política.