La conciencia manipulada

LA CONCIENCIA MANIPULADA

POR CARLOS CASTILLO LÓPEZ

¿Hasta dónde puede o debe llegar la mano del hombre? ¿Es aceptable tener derechos sobre una forma de vida creada en un laboratorio? Lo que alguna vez se pensó como ficción genética se ha convertido ya en una realidad. Preocupado por los probables efectos dañinos de los transgénicos (productos genéticamente modificados), Carlos Castillo López expone las ventajas y desventajas de lo que implica someter a la naturaleza.

Desde hace aproximadamente veinte años, la ingeniería genética se ha convertido en una realidad que antaño parecía dominio exclusivo de la ficción científica. En la actualidad son muchas las compañías que han invertido fondos millonarios en su investigación y el resultado, como era de esperarse, es parte del presente y quizá podría transformar el futuro de la Tierra, de sus habitantes, de su biodiversidad y de todo aquello que pueda ser manipulado en un laboratorio.

La ingeniería genética no es tan reciente como parece, o como las tendencias y protestas contra su uso intentan demostrar en estos días. Los organismos vivos que habitan la superficie y los subsuelos han sufrido, durante millones de años, cambios y adaptaciones naturales a distintos ecosistemas; obras de la naturaleza, cuyos atributos son infinitos y que, en la actualidad, corren el riesgo de ser alteradas irreversiblemente por la mano del hombre. De manera artificial, se experimenta con las semillas que dan origen a la inmensa variedad de comestibles orgánicos, buscando aumentar la producción, reducir el uso de plaguicidas, controlar las fechas de maduración y mejorar las propiedades alimenticias, entre otras posibilidades.

A pesar de todos los beneficios que los llamados productos genéticamente modificados o transgénicos pueden acarrear para la humanidad, existe una gran oposición a la fabricación, uso, cultivo, consumo y producción de esos materiales orgánicos creados al extraer algún gen incluido en el ADN del producto natural o al implantar genes extraños en aquel que se quiere mejorar. Transplante de características que da como resultado un ser distinto, nuevo, que la naturaleza jamás habría podido elaborar por sí sola.

Las desventajas de los “transgénicos” parecen ser mucho mayores que sus bondades; y, aunque son éstas las que suelen ser destacadas, los inconvenientes son tales que merecen un análisis profundo debido a los daños que pueden causar a la biodiversidad, a los ecosistemas y a gran parte de los seres vivos.

Uno de los argumentos utilizados a favor de la producción, uso y cultivo de semillas genéticamente modificadas es el exceso de población que, actualmente, representa un problema de producción “insuficiente” y de espacio escaso para cultivo.

En teoría, una planta cuyo código genético ha sido alterado para soportar fuertes sequías podría desarrollarse en zonas donde normalmente no es posible, lo cual disminuye costos y rebaja obstáculos de producción habituales, determinados por el clima y los ciclos naturales. Sin embargo, si tomamos en cuenta que el número de personas obesas ha igualado al de desnutridas,1 podemos alegar que el problema del hambre en el mundo está lejos de poder imputarse a la falta de alimentos: es más bien efecto de la mala distribución de éstos. En 1994, durante la Conferencia de Población llevada a cabo en El Cairo, Egipto, se dio a conocer que, en 1970, el crecimiento poblacional era de 2.1%, y que en 1993 fue de 1.6; esto se traduce en que “no hay una explosión demográfica, hay una transición demográfica hacia el menos, no hacia el más”.2 Por otra parte, en 1974, Colin Clarck, experto en economía agrícola de la Universidad de Oxford, afirmó que en el mundo era posible alimentar a 35,000 millones de hombres; luego, en 1994, la FAO declaró que era posible alimentar a 50,000 millones. Ciertamente, el número de habitantes de la Tierra dista mucho de alcanzar tal cifra.

El mundo tiene 149 millones de kilómetros cuadrados, 90 de los cuales son habitables y, en 1994,13-5 eran destinados a labores agrícolas. Esto quiere decir que en los 76.5 millones de kilómetros cuadrados habitables está la población del mundo y que la densidad poblacional no va más allá de 73-2 personas por kilómetro cuadrado habitable. Pensemos que Italia (en aquel año) tenía 191 habitantes por kilómetro cuadrado, casi el triple del promedio mundial, y no se siente que en Italia se esté cayendo la gente al mar por exceso de población. Si en el año 2100 fuéramos 11,600 millones de hombres y las áreas cultivables se multiplicaran por dos, el mundo llegaría a 184 habitantes por kilómetro cuadrado, dentro de 106 años, y todavía no alcanzaría la densidad de la población de Italia. El mito de la sobrepoblación es absolutamente falso.3

De esta forma, se demuestra que el argumento anterior carece de validez, pues no es el hambre lo que justifica un transgénico, sino la necesidad que tienen algunos países (Estados Unidos, Reino Unido, España y otros europeos) de mantener en constante alimentación a los 1,200 millones de personas que sufren de sobrepeso.4

Otra ventaja atribuida a los transgénicos es su capacidad de reproducirse con mayor rapidez: una planta modificada genéticamente puede polinizar a otra siete veces más rápido de lo normal. Esto causa que el tiempo de producción sea menor, y que el costo y la recuperación de éste, en consecuencia, también lo sean. A pesar de lo anterior, y gracias a esa capacidad de reproducción acelerada —y alterada—, los productos nacidos de la investigación y experimentación científica son capaces de contaminar a gran velocidad a los naturales, lo cual, a largo plazo, podría devenir en un daño irreversible. Esa planta “superior” sustituiría y se mezclaría con la naturaleza. Así, en cierto tiempo prevalecería lo genéticamente superior —artificial— y desaparecerían las especies naturales. ¿Qué consecuencias podría tener esta mutación generalizada?

El problema de la contaminación genética también puede afectar a los insectos que se alimentan de plantas modificadas en los laboratorios, ya que algunas semillas son alteradas con plaguicidas para evitar que el empleo de éstos perjudique otro tipo de cosechas. No obstante, los insectos poseen una capacidad impresionante de adaptación y mutación, lo cual, en poco tiempo, generaría los anticuerpos necesarios para que resistieran la supuesta protección implantada en el fruto. A fin de cuentas, la introducción de plaguicidas en las semillas modificadas es inútil y también puede afectar al resto de la biodiversidad circundante. En palabras de Arturo Curiel Ballesteros, Jefe de la Unidad de Vinculación y Difusión de la Universidad de Guadalajara, los productos transgénicos, “por el hecho de estar vivos y manipulados… son más impredecibles que los productos químicos (insecticidas, plaguicidas); por lo tanto pueden reproducirse, migrar y mutar. Una vez liberados será virtualmente imposible regresarlos al laboratorio”.5

En cuanto al ser humano, es casi imposible determinar las consecuencias o ventajas que un transgénico pueda aportarle, pues sus efectos sólo serán analizables a largo plazo. El problema es que la experimentación llevada a cabo para probar este nuevo método de producción se hace en los consumidores que, la mayor parte de las ocasiones, ignoran si los productos adquiridos provienen de una semilla alterada. Es como si una medicina nueva fuese vendida para comprobar si genera efectos secundarios en quien la ingiere… No hay argumento que valide esta acción ni ser humano utilizable como conejillo de Indias

La fabricación de transgénicos no sólo obedece a los citados argumentos “en favor”, sino que, la mayor parte de las veces, atiende y da prioridad a la ganancia y a la riqueza. Un ejemplo lo constituye la empresa estadunidense Monsanto, que pone en el mercado producciones alteradas de algodón, maíz, soya. El consorcio comercial —segundo productor mundial de transgénicos— ha creado una semilla llamada Technology Protection System (mejor conocida como Terminator), que ocasiona que la planta cultivada dé como fruto semillas estériles. Eso obliga al agricultor a comprar semillas nuevas cada vez que va a sembrar, ya que no puede disponer del fruto “viejo”, lo que a su vez lo deja a merced de los fabricantes. Recuérdese que el 80% de los campesinos del mundo se alimentan y dependen de los sobrantes de cada cosecha para la siembra siguiente.6

Las opiniones se dividen con respecto a los productos genéticamente modificados. Por una parte encontramos fabricantes que se han pronunciado a favor de etiquetar los productos transgénicos puestos en el mercado (sobre todo en los países europeos), de modo que el consumidor sepa lo que compra. Por la otra, nos topamos con quienes consideran que la etiqueta puede mermar las ventas de los nuevos productos (los norteamericanos) y, por ende, la consideran una “barrera comercial”.

Las empresas que se niegan a informar al consumidor acerca de lo que está adquiriendo violan su libertad de elección. Algunos científicos independientes han argumentado a favor del etiquetado de transgénicos, pues éstos son “notablemente distintos” a los naturales y pueden causar daños al organismo humano: alergias, resistencia a los antibióticos, persistencia de bacterias intestinales, infecciones por regeneración de virus. Por ejemplo, hay un tipo de maíz programado para producir sustancias tóxicas con el fin de combatir las larvas que lo destruyen, y así evitar el uso de plaguicidas. Sin embargo, la planta no puede distinguir entre lo que son larvas y lo que no lo son, por lo que, además de combatir animales nocivos, puede afectar a otros organismos.7

El consumidor tiene derecho a saber si los productos que come contienen alguna modificación genética y decidir si los adquiere o no. El derecho de elección no puede ser considerado barrera comercial. Mucho menos cuando el consumo podría representar un riesgo para la salud humana, además de serlo para los bosques, las selvas y los ecosistemas del planeta.

Al crear un organismo transgénico se produce una nueva forma de vida, distinta y nueva, que suele ser patentada por la compañía fabricante. La patente sobre una forma de vida da a su dueño el poder absoluto sobre su “invento”, así como la facultad de cobrar derechos de uso. Por tanto, si una cosecha transgénica fecunda a una natural, el propietario de la patente tiene la facultad de exigir al campesino afectado el pago de derechos por el uso no autorizado de su propiedad.

Tener los derechos sobre una forma de vida es inaceptable, pues si se aplica tal derecho de propiedad a un descubrimiento que proviene de orígenes naturales, también quienes encontraron los elementos químicos —o sus herederos— podrían utilizar tal argumento.8 Sin embargo, hay casos de numerosas empresas que han utilizado la propiedad de sus productos como fuente de ingresos, a partir de la contaminación genética. Esto podría afectar la biodiversidad de todo el planeta.

También hay patentes que condicionan el empleo de algunos tipos de frijol y maíz originarios de México. Una demanda en contra de agricultores mexicanos por parte de la empresa norteamericana POD-NERS alega que una variedad de frijol mexicano que se vende en Estados Unidos ha infringido una patente de la compañía. Resulta increíble que puedan reclamarse derechos sobre un producto que los mexicanos han cultivado durante siglos. El Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) realizó un análisis y descubrió que el ADN de tal variedad de frijol es genéticamente idéntico a uno que se produce en México; la patente sobre un supuesto producto nuevo se refiere en realidad a uno que ya existía. El único logro está en que alguien tuvo la idea de registrarlo bajo el nombre de una empresa.

El anterior es sólo un ejemplo de los múltiples casos de piratería genética y de patentes sobre la vida. Aun así, el año pasado la Rural Advancement Foundation International (RAFI) detectó 147 casos de biopiratería que afectan a productores de arroz en Asia, de garbanzo en la India y de soya en Brasil.9 La facultad de patentar organismos vivos ha devenido biopiratería que no sólo perjudica a campesinos, sino también a gobiernos que quedan sin opción frente a las grandes compañías productoras de transgénicos.

México cuenta con la Ley General de Equilibrio Ecológico y Protección al Ambiente (LEGEEPA) que, en su artículo 87, párrafo cuarto, dice textualmente: “El aprovechamiento de especies de flora y fauna silvestre requiere el consentimiento expreso del propietario o legítimo poseedor del predio en que éstas se encuentren”.

 Así, cualquier intento de patentar o “biopiratear” especies del suelo mexicano queda prohibido; también se ve limitado el aprovechamiento de las especies si el fin es utilizarlas en biotecnología. Es un delito adquirir como propias las especies de alguna región teniendo como base un número de patente. Por otro lado, podría ser el comienzo de la apropiación de cualquier elemento natural con fines lucrativos. Si esto ya ha sido posible, ¿por qué no patentar el gen que da el pigmento a la piel, o el que produce los ojos rasgados? ¿Por qué se crean monopolios cuando la tendencia global apunta hacia un mundo común?

La producción genética es una realidad. En 1999, la cifra estimada de hectáreas cultivadas con productos transgénicos fue de 40 millones y, para este año, se cree que podría alcanzar los 50 millones. Asimismo, son seis las grandes empresas —con presencia en más de 120 países— que controlan el mercado de semillas modificadas en laboratorios.10

En México ya es posible encontrar campos cultivados con productos transgénicos, sobre todo en la zona de Zayula, Jalisco; pero también hay la intención de extender las plantaciones a otra porción de ese estado, al norte y noroeste del país, así como a los estados de México y Michoacán. Según declaraciones de José Sarukhán, investigador del Instituto de Ecología de la UNAM, en el territorio nacional es posible consumir maíz transgénico proveniente de Estados Unidos, que se mezcla con el maíz criollo para la elaboración de tortillas. En resumen, no sólo es imposible distinguir un producto modificado de otro por su aspecto o sabor, sino que este argumento permite incluso justificar su introducción sin informar a los consumidores.

A principios de marzo se llevó a cabo la Primera Conferencia Internacional sobre los Transgénicos, organizada por la OCDE. China expresó su deseo de emplear la mitad de su territorio en cultivos de productos modificados en laboratorios. Los representantes mexicanos, en voz de Francisco Bolívar Zapata, director de la Academia Nacional de las Ciencias, se pronunciaron a favor del cultivo de transgénicos. Sin embargo, los portavoces del gobierno de India expresaron “el temor de los campesinos a no poder mantener sus tradiciones agrícolas y salvar, tras la recolección, suficientes semillas para volver a plantarlas al año siguiente”.11

La principal demanda contra los transgénicos es el etiquetado que indique la procedencia del producto. Hace un par de meses tuvo lugar en Montreal, Canadá, el “Protocolo de Cartagena sobre Seguridad de la Biotecnología del Convenio sobre la Diversidad Biológica”. Este documento contiene las reglas para el comercio de productos alterados genéticamente, pero, por desgracia, su aplicación y entrada en vigor dependen de que los gobiernos lo firmen. Se trata de un reglamento para regular la importación y exportación de transgénicos que se apega a la ética y a la moral, pero que lamentablemente no obliga, aunque si invita a la reflexión.

La contaminación genética, las patentes sobre la vida y la producción transgénica son ya parte del presente. Se ignora en cuánto tiempo las zonas de cultivo y la biodiversidad se convertirán en campos de producción alterada, modificada por la mano del hombre en función de un problema de hambre que, aunque no es ficticio, sí podría ser resuelto con un poco de buena voluntad. El mundo es un buen lugar; vale la pena luchar por él, sobre todo cuando la ciencia y la tecnología rebasan los límites aceptables y se adentran en terrenos propios de la naturaleza, donde la mano del hombre es sólo una de las piezas más pequeñas de un rompecabezas infinito,      n

Carlos Castillo López. Escritor

1. El País, 11 de marzo de 2000.

2.Tomado de la revista Palabra No. 31, pp. 40 y 41.

3.Idem.

4.El País, 11 de marzo de 2000.

5.Raúl Tortolero y Juan Carlos Nuñez: Los transgénicos: ¿Amigos o enemigos?

6.Reporte de la Rural Advancement Foundation International (RAFI), febrero de 2000.

7. Genetically engineered food. Tomado de la página www.greenpeace.com

8.Patents on life, publicado en la página web de Greenpeace.

9.Biopiratería de Frijoles Mexicanos”, publicado por

10.Entrevista con Jesús Eduardo Pérez Pico, gerente de desarrollo de Monsanto México. Las empresas que encabezan una lista de diez (que controlan el 91% del mercado agroquimico y el 33% del de semillas) son DuPont, Monsanto (EU), Novartis (Suiza), G. Limagrain (Francia) y Savia (México).

11.El País, 1 de marzo de 2000.

La conciencia: El último misterio

LA CONCIENCIA: EL ÚLTIMO MISTERIO

POR LUIS GONZÁLEZ DE ALBA

Podemos programar una computadora para que dé algunas señales que imitan la conducta humana. ¿.Pero eso asegura la producción de computadoras que posean las más complejas respuestas humanas? ¿Llegará el día en que tengan lo que llamamos conciencia? Este texto, tomado de El burro de Sancho y el gato de Schródinger, recientemente publicado por Editorial Paidós, apunta al corazón de esos enigmas.

El cerebro y la mente

Sigue  sin estar clara la relación entre el tejido cerebral y lo que llamamos conciencia. Sabemos que una imagen se forma en la retina, cada célula estimulada envía una señal eléctrica. Esta pasa por la modulación de los neurotransmisores y llega a la corteza visual, desde donde se conecta a estructuras internas donde despierta emociones, memorias, acciones voluntarias e involuntarias. Pero la conciencia ¿no es sino otro encadenamiento de neuronas? El miedo y la conciencia del miedo, la risa ante una broma, el enojo, el amor: lodos son estados que tienen su contraparte medible, observable, en el cerebro. Pero ¿somos iguales a un robot programado para huir del peligro? El robot “sabe” que huye si posee mecanismos de retroalimentación que le informen sobre su propio estado. ¿Es entonces consciente, al menos en la medida en que lo es un perro que huye? Para decirlo con la imagen de un objeto ahora omnipresente: ¿somos una computadora hecha de carne?

Podemos programar una computadora para que dé señales de alarma ante una imagen de león y de enternecimiento ante un gatito. Es más, para emplear una buena broma de Roger Penrose, hasta podemos programar un robot para que deambule murmurando: “¡Ay, Dios mío! ¿Cuál es el sentido de la vida?” (La mente nueva del emperador:)

¿Sólo hay entonces diferencias de grado entre una supercomputadora y nosotros? ¿La tecnología conseguirá producir computadoras que posean las más complejas respuestas humanas? ¿Podrán probar un nuevo teorema? ¿Tendrán lo que llamamos conciencia? Para intentar una respuesta a estas preguntas, sigamos las reflexiones de Roger Penrose, uno de los más notables físico-matemáticos de hoy. En parte están tomadas de sus Conferencias Tanner, en las que participó otro grande de este fin de siglo, Stephen Hawking. Penrose y Hawking han colaborado con frecuencia en trabajos sobre el espacio y el tiempo, las singularidades y los hoyos negros. Pero apenas llegan a cuestiones filosóficas, sus opiniones son por completo divergentes.

Ellas y nosotros

Una computadora nos puede poner orden en una secuencia de palabras de manera que forme una historia. Lo puede hacer mejor que muchos humanos y con mucha mayor rapidez, dependiendo del programa que siga para ejecutar esa tarea. Pero siempre diremos que la computadora no “comprende” la historia que ella misma ha formado y que nosotros sí. ¿En dónde está la diferencia? ¿Qué es “comprender” cuando una computadora puede darnos un orden, en el ejemplo de la secuencia de palabras, que es tan bueno como el de un humano?

Penrose propone que el conocimiento humano, sobre todo el matemático, es una forma de contacto con el mundo platónico de las ideas. El cerebro es el órgano necesario, pero lo que produce no le viene de su actividad interna, así como el hígado produce bilis, sino de su relación con un mundo que capta. “Entre más entendemos acerca del mundo físico, más parece como si el mundo físico casi se evaporara y nos quedáramos sólo con matemáticas” (The Large, the Small and the Human Mind).

Va pensiero…

Las matemáticas, el arte, la ciencia, en ocasiones ocurren como descubrimientos y no como invenciones largamente meditadas. En ocasiones pensamos como las computadoras, paso a paso, siguiendo instrucciones, recetas, algoritmos. Pero esa pesadez no es la manera característica en que se desarrolla el pensamiento humano. No pensamos con palabras sino en ocasiones precisas: “le voy a decir…”. Las palabras son exigencia de la comunicación y las meditamos bien cuando deseamos exponer un argumento. Pero el pensamiento se parece más a la intuición que a la prosa. Penrose recuerda la similitud con la que Mozart y Einstein describen sus hallazgos. Captaban de un golpe una forma, musical o matemática, sin pasos ni razonamientos previos. Después, escribirlas era sólo una laboriosa exigencia para la interpretación o la publicación.

Einstein dice: “Las palabras o el lenguaje, ya sea escrito o hablado, no parecen desempeñar ningún papel en mi mecanismo de pensamiento”. Buscar las palabras adecuadas era un acto trabajoso que venía después y debía servir únicamente para comunicar aquel hallazgo. Poincaré, en cuyos trabajos está fundada la relatividad, también relata anécdotas de tales descubrimientos súbitos, en medio de una conversación banal, cruzando una calle. Octavio Paz se sube a un taxi, se acomoda entristecido por una ruptura, el ritmo del auto sobre el pavimento comienza a dictarle: “Un sauce de cristal, un chopo de agua…”. El poema está allí, existe. Ahora sólo hay que escribirlo.

La certificación del conocimiento

¿Cómo podemos estar cien por ciento seguros de que una prueba matemática no tiene error alguno? Elaborando una escrupulosa serie de requisitos que, una vez cumplidos, certifique la verdad. Es como fabricar un comprobador de verdades. Muchos científicos y filósofos se han hecho esa pregunta. Descartes intentó responderla con sus “Reglas para la conducción de la mente”.

David Hilbert planteó en 1900, al Congreso Internacional de Matemáticos, una lista de problemas sin resolver. El décimo de tales problemas era precisamente: ¿podemos construir un procedimiento matemático mecánico que permita la comprobación de cualquier enunciado matemático? A los procedimientos matemáticos mecánicos los llamamos “algoritmos”. Consisten en una receta que cualquiera pueda seguir: “sume éste por aquél, divida entre tanto y reste aquello” es un algoritmo un tanto vago, pero más o menos esa forma tienen aun los más sofisticados.

Bertrand Russell, con Alfred Whitehead, se propuso resolver el asunto planteado por Hilbert y hacer por la aritmética lo que Euclides había hecho por la geometría. Axiomatizarla. Esto significa que, con unos pocos enunciados y reglas para trabajar esos enunciados, se podría establecer un método para asegurar que toda operación aritmética fuera certificadamente correcta. La tarea resultaba monumental. Publicaron los primeros tomos bajo el nombre Principia Mathematica.

Un joven matemático, Kurt Gódel, entonces desconocido, respondió en 1931 con unas pocas páginas donde probaba que, para todo conjunto de enunciados elegido, siempre habría una expresión para la que no se podría decidir si era verdadera o falsa. Dicho de otra forma: si quiero certificar la verdad de una afirmación la paso por un mecanismo comprobador. Este mecanismo está constituido de reglas como “haga esto”, “verifique aquello”. Bien, sean cuales sean las reglas que escoja, siempre podré encontrar un enunciado para el que mi máquina comprobadora no pueda responder si es verdadero o es falso. Y eso para cualquier conjunto inicial que elija.

O con la conclusión más general de Nagel y Newman: “Dado un determinado problema, podría construirse una máquina que lo resolviese; pero no puede construirse una máquina que resuelva todos los problemas” (El teorema de Gódel). Y en esta limitación queda incluido el cerebro humano.

Con todo, hay algo que nos distingue de las computadoras más sofisticadas, y es lo señalado por Penrose: toda computadora sólo puede resolver problemas que se puedan exponer como una sucesión de pasos, esto es como un algoritmo. No otra cosa son los programas de computación, sino pasos. Pero hemos visto, en los ejemplos extremos citados, y en la actividad mental de las personas comunes, que el cerebro no sigue algoritmos y puede alcanzar súbitos accesos a una idea sin seguir reglas como las exigidas por la comprobación mecánica.

Para decirlo con palabras de Frege, figura esencial en la matematización de la lógica a principios del siglo XX: “Es posible, por supuesto, operar con números mecánicamente, así como es posible hablar como un perico: pero eso difícilmente merece el nombre de pensamiento”.

Veamos dos problemas y su distinta solución por humanos y por computadoras. En un caso pedimos lo siguiente: “encuentra un número que no sea la suma de tres números al cuadrado”. Un humano debe calcular todas las combinaciones con los primeros números. Dependiendo de su habilidad y entrenamiento dará con la primera solución: 7. Eso lo hace una computadora en fracciones de segundo. Para ello le basta con seguir un programa de computación, una serie de procedimientos, en fin, un algoritmo.

Ahora pedimos: “encuentra un número impar que sea la suma de dos pares”. La computadora seguirá un algoritmo, algo así como “toma el primer número impar, divídelo entre 2, comprueba si ambos son pares. ¿No son? Sigue con el siguiente impar. ¿Sí? Stop.

La computadora no llegará nunca al stop y seguirá revisando por los siglos de los siglos números cada vez más inmensos. Una persona sabe de inmediato que la tarea es inútil: la suma de dos pares siempre es un par.

Seguimos entonces sin saber cómo juzgan los matemáticos que han alcanzado una verdad, cómo están seguros de una prueba. Pero el hecho es que la verdad matemática se construye a partir de elementos sencillos. Cuando se presenta, se hace evidente para todos.

Así es como el descubrimiento matemático consistiría en un ensanchamiento del contacto con el mundo platónico de los conceptos matemáticos. Estos están allí, como está el Monte Everest. Sólo hay que “verlos” con un contacto directo, un camino que se establece entre el mundo físico y el mundo platónico.

Cuando el niño abstrae, de diversas cantidades de objetos, la noción de “número natural”, esto es, cuando ya “cinco” no debe ir seguido de un sustantivo, “cinco pelotas”, sino que ha adquirido un significado abstracto, el niño ha realizado una tarea que no consigue ninguna supercomputadora.

Lo que Gödel nos dice es que ningún sistema de reglas de computación puede caracterizar las propiedades de los números naturales. A pesar del hecho de que no hay manera computable de caracterizar los números naturales, cualquier niño sabe qué son […]. Comprender lo que son los números naturales es un buen ejemplo de contacto platónico (Penrose, The Large…).

¿Cómo ocurre ese contacto? Polkinghorne, otro físico (y ahora sacerdote y teólogo), propone que lo mental y lo físico se encuentran en una interfase, que es la conciencia (The Quantum World). Esta interfase tiene características cuánticas.

Podemos concluir este repaso sobre la desmaterialización de la materia con una bella reflexión de George Johnson: “Así pues, mientras algunos científicos están tratando de reducir la conciencia a materia, otros están tratando de reducir la materia a conciencia” (Fire in the Mind).     n

Luis González de Alba. Escritor. Entre sus libros. Los derechos de los malos.

Los nuevos rostros del Golem

LOS NUEVOS ROSTROS DEL GOLEM

POR ARNOLDO KRAUS

Entre el descubrimiento de la penicilina —1928—, su producción y uso —1939— y los espectaculares avances médico-científicos, enmarcados, entre otros hallazgos, por la clonación y la posibilidad de secuenciar todo el genoma humano, han transcurrido sesenta años. La aportación de Alexander Fleming fue una verdadera revolución en la medicina: las bacterias podrían ser controladas y muchos decesos evitados.

En medicina no es fácil pensar hacia atrás: el glamour tecnológico y el rigor científico impuestos por los grandes avances hacen difícil concebir indicaciones médicas sin antibióticos, sin cariotipos, sin embolizaciones, sin la magia de la parafernalia biomédica. Sin embargo, en la era de la “medicina sin penicilina”, doctor y enfermo seguían siendo eso: doctor y enfermo. Las recetas de aquellos tiempos, distintas a las actuales, eran una suerte de órdenes cargadas de buena voluntad y sugerencias saturadas de médicos humanistas que hacían su oficio del alma del paciente. El tiempo de Fleming y sus colaboradores fue tiempo de entreguerras y de guerras. Las urgencias médicas abrieron pronto el camino para resaltar tan magno descubrimiento. Y así continuó la historia: vacunas para prevenir la poliomielitis, quininas para vencer el paludismo, ciclosporina para evitar el rechazo de órganos. En las próximas décadas se sabrá si corrieron la misma suerte los enfermos del mundo de los clones y de los genes secuenciados.

La ciencia como valor, como objeto de uso, idealmente debería tener traducción. Rumbo, dirían los poetas; beneficio, los economistas; mejora, los pobres; y distribución más justa los humanistas. Ese terreno, el de la ciencia como servicio, se encuentra cada vez más contaminado y alejado de la realidad. En medicina, en la medicina científica, el continuo entre descubrir y servir tiene que acercarse al concepto de obligación. No porque el enfermo palpable y pobre sea más que la molécula inasible, sino porque las caras de las mayorías deberían ser prioritarias para la ciencia. ¿Cuáles son los rostros de las muertes por desnutrición y cuáles los de la terapia génica? Quién tiene nombre, quién es ¡nominado?

El milagro de la ingeniería genética o del nacimiento de Dolly —la primera oveja clonada—. o las cirugías in utero, son tributos del saber y consecuencia de un largo camino de estudio e investigación. Pero “estos saberes” emergen en un mundo en que el uso y mal uso de la medicina cuestionan la prioridad de esa sabiduría, a la vez que siembran preguntas y dejan grandes llagas.

No existe modelo idóneo y riguroso que balancee el factor humano con el avance científico, ni “suficiente” moral que demarque los rumbos de la ciencia. Esta, idealmente, debería entretejer los intereses fundamentales de las personas con el de las industrias biomédicas, los avances técnicos o la frecuente voracidad de quienes producen, venden y se nutren de la ciencia médica a partir de la enfermedad, de la inequidad y del ser humano. Los magros códigos éticos de las compañías farmaceúticas, los vínculos cada vez más apretados entre ciencia e intereses económicos, la dependencia creciente de la investigación y de los científicos con el poder y las muertes extemporáneas —malaria, desnutrición— que enturbian muchos de estos avances tendrían que cavilarse.

Sócrates, en el diálogo platónico Carmides o De la sabiduría, se pregunta, después de imaginarse cómo sería un mundo organizado científicamente: ¿por vivir conforme a la ciencia, viviremos mejor y seremos dichosos? Y se responde: “he ahí lo que yo aún no puedo comprender, mi querido Critias”. ¿Qué diría hoy el filósofo griego? La interrogante socrática debe responderse a partir de la mayoría de los diagnósticos de defunción del Tercer Mundo: diarrea, pobreza, sida, olvido.

La ciencia cojea y padece no menos de lo que logra. Padece amnesia, selectividad, miopía. Es clasista, onerosa, aliada del poder y de los intereses políticos. Es prostituible y en ocasiones corrupta. Es egoísta y también insana. La ciencia médica, cuando se piensa desde abajo, ha crecido desmesuradamente y sin tiempo para preguntarse: ¿qué es primero? Por eso, la advertencia de Norberto Bobbio asevera que el deterioro del medio ambiente, el peligro nuclear y el crecimiento exponencial de la humanidad son legados de la ciencia. Agrego, modestamente, otra idea: quienes patrocinan y construyen la ciencia —políticos, grandes empresarios y científicos— han soslayado la figura del otro, el terreno de la alteridad.

El quid, o la pregunta cimental, se lee en el “mapa mundial” de la población actual: su realidad, su salud, sus causas de muerte, su número, sus condiciones de vida, las posibilidades de un reparto equitativo del conocimiento, la distribución inadecuada de los beneficios emanados del saber médico y otra serie de tropiezos que harán de la bioética la filosofía del siglo XXI. En ese mapa, el binomio pobreza-enfermedad es, y será cada vez más, una de las fracturas más críticas del saber humano.

Entre la penicilina de Fleming y la pelea de las empresas para patentar el genoma, el camino sigue pasando por la misma ruta, la del ser humano. No se trata de limitar el conocimiento ni frenar la investigación. Si imperara la ética, la ciencia tendría que alinearse a códigos deontológicos, en donde la razón y la utilidad del saber se humanicen y no se arrodillen ni enajenen a las fuerzas del mercado. Hoy, por desgracia, para la mayoría de la población, genes, clones y moléculas son Golems modernos,        n

Arnoldo Kraus Médico del Instituto de Nutrición. Colaborador del diario La Jornada.

Primogénitas y posteriores

La producción clónica de la oveja Dolly ha reavivado la añeja pugna entre naturaleza y medio ambiente; o, para decirlo al día, entre historia y genética. No está de sobra repetirlo pero en los tiempos actuales campea un abierto desprecio por las fuentes ambientales de la conducta humana. Resulta que todo es genético.

En un ensayo breve publicado en la revista Natural History (junio de 1997), el paleontólogo Stephen Jay Gould se toma el trabajo de echar por tierra esta moda ciertamente llena de fascinaciones aunque alentada por cierto ánimo parcial. Para ponderar los efectos del medio Stephen Jay Gould invoca los estudios de Frank Sulloway sobre la influencia del orden del nacimiento en la conducta humana. La tesis de Sulloway puede resumirse de la siguiente manera: la personalidad y los estilos de pensamiento se configuran a partir del hecho crucial del orden en el nacimiento. Los primogénitos disfrutan de la estabilidad, hacen causa común con la autoridad y tienen pocas intenciones de favorecer el cambio. Los hijos posteriores, que deben luchar para obtener la atención de sus padres, se sienten a sus anchas entre la innovación, la flexibilidad y las causas contra el orden. Stephen Jay Gould escribe: “Los hermanos difieren genéticamente, desde luego, pero ningún aspecto de esta variación genética se corresponde de ninguna manera sistemática con el orden en el nacimiento. Los primogénitos y los posteriores reciben la misma dotación genética. Las diferencias sistemáticas de conducta entre los primogénitos y los otros no pueden atribuirse a la genética”. Los argumentos de Sulloway no andan solos. Van acompañados de un admirable trabajo estadístico que alcanza sus mayores alturas cuando realizan el censo en el orden de nacimiento de los dirigentes de la Revolución francesa: el Régimen del Terror estuvo en manos de los primogénitos; los hijos posteriores estuvieron a cargo en los años de perdón y libre discusión de las ideas,      n

Ética y genética

ETICA Y GENÉTICA

POR JOSÉ CARLOS CASTAÑEDA

Las relaciones entre la ética y la genética podrían resumirse en la siguiente aseveración: la ciencia no puede decir qué esta bien y qué está mal, tan sólo puede mostrar los riesgos y los beneficios de las nuevas tecnologías de la vida. José Carlos Castañeda abunda en esta alborada científica y apuesta por los beneficios de la ingeniería genética, de la misma manera que los seres humanos apostaron alguna vez por el fuego.

Después del nacimiento de la oveja Dolly, el asalto de la revolución biotecnológica dejó de ser parte de una ficción futurista para convertirse en un nuevo modelo de conflicto moral. El siglo XXI abre con una interrogante sobre los dominios de la vida y los límites de la intervención humana. Dos tendencias paralelas son el signo de la nueva época: en un extremo, el progreso tecnológico en el campo de la biología y la genética molecular; en el otro, el cultivo de una conciencia ecológica global. En esta encrucijada. el debate coincide en un reclamo moral: ¿qué debe permitirse?, ¿hasta dónde debe llegar la ciencia?

El caso Dolly despenó sospechas y muy pronto la pregunta era: ¿se debe aprobar que un ser humano pueda ser clonado?, ¿qué género de humanidad comparte esa criatura clonada? Incluso reapareció un viejo tema: ¿debe detenerse el progreso de la ciencia?, ¿cuáles son los límites del conocimiento? A partir de la pregunta ¿hay cosas que no debemos saber? Roger Shattuck se pregunta si “nuestros descubrimientos, cada vez más audaces, de los secretos de la naturaleza podrían haber llegado a un punto en que el conocimiento nos proporcione más problemas que soluciones”. Ante la posibilidad de clonar seres humanos se difundió un gran litigio que se concentró en un dilema

Para la investigación científica:

¿deben prohibirse los experimentos y la investigación con embriones humanos? El gobierno de Estados Unidos aprobó esta indagación científica. En Gran Bretaña se autorizó experimentar con nuevas técnicas de clonación humana con fines terapéuticos. Ahí la investigación se hará sobre células embrionales de no más de 14 días, pero no será posible ir más allá de ese límite. Y no se permite implantar el óvulo en una mujer para obtener un niño clonado. La comunidad europea no tiene una legislación común en esta controversia, aunque ha financiado los estudios en bioética sobre los riesgos y los beneficios potenciales de las tecnologías de clonación.

Desde que la física desarrolló las posibilidades del uso de la tecnología nuclear no se había planteado una querella semejante entre la ciencia y la ética. La genética ha reabierto este expediente y la disyuntiva está en qué debe aprobarse y qué no. ¿Cuál es la frontera infranqueable? El progreso de la ciencia se encuentra en un punto crítico. Una de las noticias más importantes de este fin de siglo es el debate que los avances tecnológicos han provocado, tanto en el reino electrónico (por ejemplo, la realidad virtual, el Internet,) como en la dimensión de la genética. Las nuevas tecnologías no sólo han traído oportunidades y desafíos, también están acompañadas de temores y esperanza. ¿Qué hacer cuando podemos intervenir para modificar una deformación genética?, como advierte John Harris, uno de los especialistas ingleses en las cuestiones éticas de la biotecnología humana, “¿hay una distinción moralmen- te relevante entre mejorar el embrión mediante ingeniería genética y hacerlo —pongamos el caso— modificando la dieta de la madre durante el embarazo o al educar al niño en su desarrollo posterior?”.

¿Un gen para la libertad?

En 1883, un primo de Charles Darwin puso a circular un término que poco después se ganaría el repudio general, debido a sus connotaciones racistas. Francis Galton, aristócrata y matemático inglés, creó el término eugenesia para explicar el anhelo, humano demasiado humano, de mejorar la procreación humana a través de la ciencia. En sus palabras, la eugenesia se define como “la ciencia de mejorar la condición humana a través de apareamientos juiciosos… para proporcionar a las razas o los tipos de sangre más adecuados una mayor posibilidad de prevalecer sobre los menos adecuados”. Nada parece más arriesgado que aventurar una profecía sobre el perfeccionamiento genético de la especie humana. Desde que H. G. Wells imaginó La isla del doctor Moreau y sus criaturas híbridas, la ciencia ficción de una mutación humana controlada despierta temores, discrepancia y suficiente escepticismo.

La clonación no es el único dilema moral. Varios conflictos éticos se derivan de los descubrimientos científicos en torno al estudio del genoma humano. La disyuntiva entre naturaleza o cultura resurge cuando se habla de las bases genéticas del comportamiento. Este antagonismo recuerda un poco la controversia barroca entre libre albedrío y predestinación. No hace tanto, en los sesentas, se imaginó una relación directa entre conducta y determinación biológica. Los estudios con algunos presos pretendieron ofrecer una respuesta al problema de la criminalidad basada en la genética. En la actualidad ya no se confunde la identidad individual con la identidad genética. La comprensión del individuo nunca puede reducirse sólo a la herencia biológica. Ante todo porque la humanidad no está cerrada por el determinismo de los genes; se mantiene abierta en la libertad de cambiar, de ser otra cosa que aún no somos, como aclara Fernando Savater: “los humanos no somos algo dado previamente de una vez por todas, algo ‘programado’ de antemano, ni siquiera ese ‘algo’ que cada cual pretendemos establecer como nuestra verdadera identidad —nuestra profesión, nuestra nacionalidad, nuestra religión, etc.—, sino que somos lo que no somos, lo que aún no somos o lo que anhelamos ser, nuestra capacidad de inventarnos permanentemente, de transgredir nuestros límites, la capacidad de desmentir lo que previamente hemos sido”. La clonación regresó a esta vieja disputa. ¿Quién puede afirmar que sólo por el hecho de clonar a un científico como Einstein. a la vuelta de la esquina podríamos encontrarnos con otro idéntico? Aún falta saber cómo se lograría reproducir su biografía, todas esas horas despilfarradas en ganarse la vida en una oficina de patentes que, quizá, fueron indispensables para su genio.

Decálogo genético

Durante ochenta años el centro de la investigación genética ha sido una pequeña mosca de la fruta, Drosophilia melanogaster. Decenas de científicos han trabajado en el estudio de ese pequeño insecto. Hoy es posible clonar células de mosca. Eliminar o insertar genes a voluntad para traer al mundo moscas de doce patas en lugar de seis o de cuatro alas en lugar de dos, incluso con patas en lugar de bocas y con alas que brotan de sus ojos. Esta descripción de los poderes de la ciencia desemboca en el escepticismo de científicos como David Suzuki y Peter Knudtson, dos investigadores que han propuesto un decálogo de principios genéticos. Su proyecto ético parte de una duda básica. A pesar del conocimiento alcanzado, “todavía no sabemos cómo la mosca de la fruta sobrevive al invierno. No entendemos cómo un huevo de mosca se transforma, primero en una larva y, luego, en una pupa. Sabemos muy poco acerca de los mecanismos por los cuales las moscas sienten y dan respuestas a sus entornos. Por eso, si los científicos aprenden algo de sus estudios, es lo poco, no lo mucho, lo que conocen”.

En su decálogo incluyen una serie de recomendaciones éticas sobre los principales dilemas morales que la nueva biología molecular ha desatado. Estos conflictos de valores entre ciencia y ética enfrentan diversas posiciones en el reino prometido de la biotecnología. Antes que nada, la polémica entre herencia y comportamiento, un tema muy relacionado con las expectativas que han agitado el avance en la decodificación del genoma humano. A veces se cree que tras su completa lectura tendremos una idea más clara de quiénes somos en verdad, pero es más probable que tras esa lectura —como sucede con las novelas— sólo se encuentren más dudas. Dos prácticas médicas, que en un futuro cercano serán comunes, anuncian cambios extraordinarios. Me refiero al sondeo génico y la terapia génica. El peligro de las armas biológicas es una amenaza que vuelve a merodear los sótanos de la guerra. Nada provoca más asombro y temor que la posibilidad de transgredir las fronteras evolutivas, al borde de crear quimeras. Dos problemas reúnen a la genética y a la ecología: el daño ambiental causado al ADN y el riesgo de perder la diversidad genética. Estos son los temas que saltan a la vista cuando se está a la puerta del siglo del genoma. Ante estos retos, David Suzuki y Peter Knudtson proponen diez reglas mínimas, como imperativo moral para responsabilizar a los investigadores y los gobiernos acerca de la ciencia de los genes.

1. Para comprender muchos de los difíciles problemas morales que se derivan de la genética moderna debemos comprender en primer lugar la naturaleza de los genes: sus orígenes, su papel en los procesos hereditarios de las células y las posibilidades de controlarlos.

2.La gran mayoría de las diferencias humanas hereditarias son poligénicas, o involucran la interacción de muchos genes; por consiguiente, es una simplificación peligrosa alegar una relación causal entre comportamientos humanos y los denominados defectos en el ADN humano.

3.La información acerca de la constitución genética de un individuo debería usarse para informar sus decisiones personales y no para imponérselas.

4.La manipulación génica de las células somáticas puede caer en el ámbito de la decisión personal; la manipulación de las células germinales, sin que medie el consentimiento de todos los miembros de la sociedad, debería estar explícitamente prohibida.

5.El desarrollo de las armas biológicas es una mala aplicación de la genética, que es moralmente inaceptable —como lo es también el aire de secreto que la rodea.

6.La información contenida en las moléculas genéticas es susceptible de perderse, debido a mutaciones, causadas por los rayos del sol, la radiactividad, sustancias químicas y otras fuerzas mutagénicas externas. Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de conocer los mutágenos potenciales que hay en nuestro entorno inmediato y tratar de aminorar el daño medioambiental inducido a nuestro ADN.

7.Hasta que no comprendamos mejor el alcance del intercambio genético entre especies con parentesco lejano en la naturaleza, debemos considerar las fronteras evolutivas —áreas de intercambio genético relativamente limitado— como, por lo menos, indicadores provisionales de zonas de peligro potencial para la transferencia casual de genes recombinantes entre especies.

8.La diversidad genética, tanto en las especies humanas como en las no humanas, es un recurso planetario precioso. Nos conviene controlar y preservar esa diversidad.

9.La mera acumulación de conocimientos sobre genética —por muy valiosa que sea en sí misma— no garantiza la sabiduría de nuestras decisiones con relación a la herencia humana; si tal conocimiento origina una falsa percepción del control que los hombres podemos alcanzar sobre los genes, puede llevar incluso a la locura.

10. Será un proceso sin fin la búsqueda de principios éticos que nos ayuden a la hora de tomar difíciles decisiones personales y colectivas en torno a las aplicaciones de la genética moderna. Para alcanzar el éxito en esta empresa debemos cruzar los rígidos límites de la ciencia occidental e, incluso, del pensamiento filosófico occidental, adentrándonos en reinos interculturales que abarquen otras maneras de conocer.

La ciencia no puede decir qué está bien y qué está mal, pero sí puede mostrar los riesgos y los beneficios de las nuevas tecnologías de la vida. El ambiente en torno a la clonación y las investigaciones genéticas se ha cubierto de nubes de alarma. El tono de muchos críticos de las nuevas técnicas en genética o del estudio del genoma resucita los fantasmas de una tradición anticientífica. En un artículo sobre lo que está mal en la clonación, Richard Dawkins recuerda el argumento de la prudencia que suele usarse cuando es difícil ver las consecuencias de hacer algo nuevo. Este argumento recomienda no hacer nada, al menos hasta que sepamos más. “Si semejante argumento se hubiese utilizado contra los rayos X, cuyos peligros fueron apreciados más tarde que sus beneficios, se podría haber evitado una serie de muertes por enfermedades debidas a la radiación. Pero también nos habríamos visto privados de uno de los mejores instrumentos de diagnóstico de la medicina que más vidas han salvado”.

La esclavitud del clon

Sobre el probable clon humano se repite un temor común: ¿el clon tiene individualidad o se trata de un autómata o de un zombie? En respuesta a una polémica, Jünger Habermas escribó tres réplicas en contra de la clonación. Su argumento moral parte de una reflexión sobre la libertad humana y el nacimiento. Hasta ahora, la dotación genética se ha entendido como una “circunstancia contingente, resultado de un hecho controlado por la casualidad”. Pero cuando alguien decide el programa genético de otra persona, la condición de la libertad se ha vulnerado. Pues nadie tiene derecho a controlar las posibilidades de acción de otro individuo. Habermas está convencido de que el ser humano clonado debe compararse con el ejemplo histórico de la esclavitud para comprender cómo la clonación de un individuo vulnera la condición de simetría en las relaciones entre adultos. Sobre esta condición se asienta el respeto mutuo y la garantía de las libertades. A la hora de clonar a un ser humano, lo que está en riesgo es “el presupuesto necesario de la igualdad normativa”. La relación interpersonal entre el creador y el engendrado no es una relación entre iguales. “El clon se asemeja a un esclavo en la medida en que puede relegar en otras personas una parte de la responsabilidad que él mismo debería soportar”. En el diseño de su genoma “se perpetúa un juicio que otra persona ha impuesto sobre él antes de su nacimiento”.

La moral y la ley

En varios países se han creado comisiones de bioética para abordar los dilemas de la biología del futuro y ofrecer recomendaciones. La disyuntiva entre moral y tecnologías de la vida ha generado muchas expectativas en torno a la posibilidad de controlar los peligros que se asoman en el camino de las investigaciones en genética. Pero el problema con la moralidad es que en estas cuestiones nunca se tienen respuestas definitivas ni propuestas de consenso. En las sociedades pluralistas del mundo global, la moral será materia de controversia y disputa, pero nunca de consenso y armonía. La ética no basta para discutir el porvenir de la nueva ciencia de la herencia. Hace falta entrar en los confines de la legalidad. Como Habermas ha anotado, cuando una sociedad discute si debería abandonar lo que podría hacer ya se está frente a la ley. El debate moral debe trasladarse al espacio público de la legalidad. Más allá de las posiciones morales, el pluralismo axiológico de la cultura moderna no ofrece definiciones ni valores absolutos sobre temas tan complejos y dignos de discordia como aquellos donde la vida y la muerte se tocan. Hoy hace falta que los dilemas de las nuevas tecnologías comiencen a discutirse en términos de legalidad, antes de que crezca la ola de inconformidad contra los nuevos avances científicos. Los gobiernos y la sociedad tienen la palabra sobre el futuro de estas investigaciones y, sobre todo, sobre su aplicación en la vida cotidiana.

Nadie duda que la genética despertó los mismos temores que alguna vez rondaron el descubrimiento de la energía atómica y sus riesgos, como la guerra nuclear. Si bien la ciencia no es inocente del todo, lo que alienta los tambores de guerra no es el descubrimiento de una nueva forma de tecnología. El control y el uso del fuego fue el primer momento de la tecnología de la vida humana. Ninguna es más peligrosa. Y los seres humanos aprendimos a vivir con los beneficios del fuego, alejando sus amenazas. La ciencia también nos enseñó que eso era posible; con la genética el reto es semejante,             n

José Carlos Castañeda Escritor. Editor de Nexos.

Fe de vida

Sujeto-, Bebé masculino, Miller.

Fecha de concepción-, 15 de noviembre de 2018, 12:15 horas.

Lugar. Comprehensive Fertility Institute, Beverly Hills, California.

Número de padres-. Tres, incluyendo madre portadora, madre donante de óvulo, esperma paterno.

Método de concepción-. Fertilización in vitro seguida de transferencia de embrión. El cuerpo de la madre rechazó trompa de Falopio artificial. Después de 8 días de tratamiento con tabletas de pergonal, la madre produjo 2 óvulos. Ambos fueron extraídos en laparoscopia de rutina e inspeccionados sus posibles defectos. Ovulos unidos con el esperma del padre. Tras 48 horas en incubadora, el embrión fue extraído de su medio de cultivo e implantado en el útero portador. Sólo un embrión se adhirió a las paredes uterinas.

Cuidados prenatales-. Ultrasonido a los 3 meses.

Cirugía fetal realizada a los 5 meses para corregir pequeño defecto en hueso del pie.

Fecha/Hora de nacimiento-,

Jason Lawrence Miller, nacido el 20 de julio de 2019, 4:15 horas.

Padre. Jason L. Miller Sr.

Madres: Amy Wong (natural), Maribeth Rivers (portadora).

Método de nacimiento: Dado a luz en el Morningstar Birthing Center, división Humana Corporation. Nacimiento natural después de 5 horas de parto. Dolores de parto controlados por acupuntura. Utilizado tacto terapéutico para la última hora del parto. El padre del niño, la hermana adoptada y la madre natural asistieron al parto.

Peso/Talla-, 4.5 kg; 63.5 cm.

Perfil genético. El test de Yunis muestra sub-banda perdida en el cromosoma 5. indicando encanecimiento. El pelo será totalmente gris a los 22 años. Bandas verticales sobre un cromosoma; podría tener problemas de fertilidad. Cromosomas mellados indican una vulnerabilidad mayor que la media al cáncer de pulmón.

Profesiones de alto riesgo-. Cualquier carrera que exponga al individuo a posible lesión pulmonar: pintura, minería, etcétera.

Tipo corporal: Mesomorfo. Constitución adecuada para deportes de contacto, como el futbol. Para maximizar el desarrollo muscular y la capacidad atlètica, debería comenzar el programa de ejercicios a los 4 años. Esperanza de vida: 82 años.

(Tomado de 20 de julio de 2019, de Arthur C. Clarke, publicado en 1986.)

Tierra sonámbula

TIERRA SONÁMBULA

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Como las relaciones de vecindad son siempre difíciles, muchas veces se opta por la indiferencia, y así en España se tiene un gran desconocimiento sobre la literatura portuguesa, lo cual es verdaderamente lamentable, porque es una de las más ricas, tanto en el pasado como en el presente.

El redescubrimiento de Fernando Pessoa, que se hizo tarde, parecía que iba a remediar el desinterés histórico por la producción literaria de nuestros vecinos, pero incluso la repentina afición que se hizo notar por la impresionante obra del poeta, se ha ido desvaneciendo y, aunque Pessoa sea citado en el ambiente literario español como un poeta mayor, uno de los grandes poetas que ha dado el mundo, su obra no acaba de divulgarse o de editarse ordenadamente.

Pero, con la excepción de Fernando Pessoa y la de José Saramago —escritor que. por cierto, vive en España, en la isla de Lanzarote, y que está casado con una española—, la literatura portuguesa sigue siendo una gran desconocida entre nosotros. Yo creo que los lectores responderíamos muy bien, pero las editoriales son muy renuentes, por lo que sé por los traductores del portugués al castellano, a fijar su atención en los textos literarios escritos en portugués.

De Mía Couto, el gran escritor mozambiqueño, sólo se ha traducido al castellano una novela, Tierra sonámbula (Alfaguara, 1998. traducción de Eduardo Naval), aunque parece que en el futuro aparecerá otra. Debo de reconocer que, si no me hubiera surgido la oportunidad de viajar a Maputo, capital de Mozambique, es muy posible que nunca me hubiera asomado a las páginas de este maravilloso libro que me lleva a desear más y más traducciones de Mia Couto.

Yo leía la novela de Couto por las noches y su lectura iba iluminando el rincón donde se acumulaban las variadas y contradictorias impresiones que la ciudad de Maputo y sus alrededores iban produciendo en mí. Uno de mis compañeros de viaje, el periodista Igor Reyes-Ortiz, que consiguió el número de teléfono del escritor, nos sorprendió a todos por su audacia al llamar a Mia Couto y más aún por su logro: al día siguiente teníamos una cita con el escritor mozambiqueño. A las doce, en el Hotel Polana.

Acudimos un poco nerviosos. Yo. aunque tengo el título de periodista, he hecho muy pocas entrevistas en mi vida porque enseguida descubrí que para ser periodista hace falta vocación, una gran curiosidad por el presente y todos sus detalles, lo cual no se ajustaba a mi personalidad, más bien significaba, como pude comprobar durante el corto periodo de tiempo en que ejercí de periodista, un gran esfuerzo para mí.

¿Cómo se iba a iniciar la conversación con Mia Couto?, ¿qué podía preguntarle yo? No faltaban temas de conversación, desde luego, pero ¡qué difícil es hablar con naturalidad con alguien a quien no conoces! Más aún. cuando, como en este caso, conoces a ese alguien bajo un aspecto específico y distinto. Yo conocía al narrador de Tierra sonámbula y lo admiraba, lo que no me ayudaba en absoluto para hacer frente al escritor en carne y hueso, incluso me paralizaba.

Llegamos al impoluto y acogedor Hotel Polana unos minutos antes de la hora de la cita. Paseamos por el jardín que llega hasta el acantilado desde el que se contempla el Océano Indico. Miré la piscina de agua azul y transparente como se mira el fruto prohibido y deseado, como miro siempre todas las piscinas que no están a mi alcance y como miro el mar cuando no soy dueña de mi tiempo y desearía sumergirme en él. Nos sentamos finalmente alrededor de una de las mesas del agradable bar del hotel, impregnado de sabor colonial.

Mia Couto hizo su aparición con puntualidad. Sabíamos, por la solapa del libro, que había nacido en 1955, es decir, que era un hombre de 45 años. Mientras se acercaba hacia nosotros, con una media sonrisa en el rostro, vimos que parecía más joven que en la fotografía de la solapa, a pesar de que ahora su pelo blanqueaba y, sin duda, era mucho más atractivo. Nos conquistó a todos mientras avanzaba entre las mesas del bar y nosotros nos  levantábamos, y nos reconquistó en cuanto empezó a hablar.

Pasados los primeros momentos de tensión, la entrevista transcurría suave, mansamente. Yo recordaba una frase recién leída en Tierra sonámbula: “Quiero poner los tiempos en su manso orden, conforme a esperas y sufrencias”. Eso fue lo que, mágicamente, hizo Mia Couto: puso todas mis sensaciones acumuladas desde mi llegada a Maputo en su manso orden. De la mano de la ONG Médicos del Mundo, habíamos visitado el hospital de Chowke y el reasentamiento de Kongolote, lugares en los que Médicos del Mundo estaban colaborando activamente. El escritor mozambiqueño asintió. Estaba al tanto de los asuntos de salud pública, le interesaban extraordinariamente. Su mujer trabajaba en ese campo.

Nos habló de la enfermedad y de cómo se interpreta en Mozambique la medicina occidental, de la importancia de las tradiciones, de los poderes invisibles que están en la raíz de las creencias y el comportamiento de los mozambiqueños. Nos habló de la muerte, de los difuntos que acompañan siempre a los vivos, de la dificultad del mozambiqueño de pensar en el futuro, que es un territorio sagrado e inaccesible. Del concepto del “yo”, que es inaprehensible. del concepto de “pobreza”, que es entendida como orfandad. El pobre es un huérfano, no tiene un padre que se ocupe de él. En lo colectivo está la identidad, en el clan.

Sus palabras se desgranaban mansamente, su portugués era perfectamente comprensible para nosotros. Durante el rato que pasamos con él, el universo entero se hizo comprensible. Los ojos claros de Mia Couto irradiaban la luz cálida que atraviesa los colores vibrantes de los batiks, esas telas maravillosas pintadas con colores naturales y ceras que se exponen en puestos callejeros. Mirando ahora la luz que ilumina mis batiks. recuerdo las palabras de Mia Couto, las historias que nos contó, el rato de conversación que nos regaló.

Por fortuna, tengo su libro, pero quisiera tener todos sus libros. Mia Couto juega con las palabras, las acomoda a sus propósitos, las rehace, las inventa. Hablé con su traductor, Eduardo Naval, un apasionado de la literatura portuguesa, un verdadero militante que no deja de espolear a las editoriales españolas para que publiquen las obras portuguesas. Me comentó lo difícil que era traducir la prosa de Mia Couto. Difícil y apasionante, concluyó.

Para animar a posibles lectores futuros, les transcribo una historia que Mia Couto nos relató en el bar del Hotel Polana de Maputo.

Una tarde de verano, un mono, paseando, llega a la orilla de un río y se asoma, curioso, a las aguas. Ve a un animal casi inmóvil que respira con dificultad. El mono, compasivo, hunde su largo brazo en la corriente y saca, para salvarlo, el pobre animal jadeante. El pez se agita en la mano del mono y el mono se dice, contento: la vida vuelve a él. Pero de repente, el pez deja de moverse. Está muerto. ¡Qué desgracia!, suspira el mono, ¡no llegué a tiempo de salvarle!    n

Soledad Puértolas. Escritora. Entre sus libros. Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda

¿Medios o tribunales?

LOS EDITORES

¿MEDIOS  O TRIBUNALES?

Las transiciones a la democracia, como cualquier proceso modernizados no escapan a la idiosincrasia. Cuando en España la democracia liberó a los medios de comunicación de las tijeras de la censura franquista, llena del puritanismo nacional-católico, lo que ocurrió fue el destape: desnudos, sexo explícito, lenguaje grueso. Los españoles, ávidos de ver algo más sexi que Marisol en las pantallas del cine y la tele, se volcaron al consumo de productos bastante horteras que los hacían sentirse a la moda, pues lo que les rodeaba era una Europa donde sí hubo revolución sexual durante los sesenta. Aquel fue el destape de los medios en España durante la transición.

En México, en cambio, la tele sigue poniéndole púdicos pitidos a las películas cuando hay alguna grosería, sigue evitando cualquier desnudo demasiado atrevido y la sexualidad, cuando mucho, se trata como lema de sicólogos. Pero eso si: todo lo que tenga que ver con la sangre, el crimen y el pleito de barandilla (incluidos aquí los escándalos judiciales que involucran a los políticos) se trata con toda impudicia.

El destape de los medios mexicanos ha sustituido al antiguo “usted por quién vota” de las estaciones para adolescentes de los setenta, en las que se elegía entre los Rolling y los Beatles, por un plebiscito permanente, donde se dirime entre el auditorio si los diputados deben tener fuero o no, si la policía puede matar a los delincuentes o, en un descuido, si se vale linchar a alguien (linchamiento físico, porque del moral ya se encargan los medios solos).

En un país con un débil sistema de procuración e impartición de justicia, los medios hacen el papel del ministerio público y del juez, mientras le dejan al público el papel del jurado. Investigan, publican sus hallazgos y emiten su veredicto; lo demás ya no importa. habrá casos en los que se haga un trabajo impecable de periodismo de investigación pero, a no dudarlo, también hay casos donde el interés político o económico sea el móvil de la destrucción de una fama pública.

Mientras, los tribunales son realmente inexistentes: acceder a ellos es laberíntico. No se trata aquí de volver al tema de la defensa de los derechos de los particulares frente a los medios; de eso ya se ha hablado mucho y se tendrá que hablar más. Se trata del hecho de que, en más de un asunto, los medios han suplido la debilidad de- nuestros tribunales, sobre todo en la legitimidad social de sus juicios. No importa lo que luego diga un juez; lo definitivo es lo que se dijo en la tele o lo que publicó aquel periódico.

Más que de un mal de los medios —que lo es, pero que muy probablemente, como el destape español, se cura sustancialmente con el tiempo—, se trata de una grave debilidad institucional de nuestro arreglo político. En el poder judicial no cree casi nadie y sus métodos son realmente arcaicos,                n

Los medios para la política

CALEIDOSCOPIO

LOS MEDIOS PARA LA POLÍTICA

POR JOSÉ WOLDENBERG

Los medios masivos de comunicación son para la política:

•  Conductos,

•  Amplificadores,

•  Moduladores,

•Obligados, necesarios,

•  Jueces,

•  Parte,

•  Tira netas, tiranetas,

•  Magos de las agendas,

•  Borradores,

•  Reproductores de fobias y filias,

•  Bumerán,

•  Poder hecho y derecho,

•  Simplificadores,

•  Dictadores del formato,

•  Casa de los espejos,

•  Laberinto,

•  Diseñadores de modas,

•  diferenciados,

•  Negocios,

•  Traductores,

•  Anclas y frenos,

Seductores y afrodisiacos,

•   Estimulantes, hipnóticos,

Vigilantes, observadores, contra poderes,

•   Mensajeros obedientes o tendenciosos,

•    Reproductores profesionales o amateurs,

•   Objetivos o prejuiciados,

•   equilibrados o facciosos, portadores de su propio orden del día,

•   Gremio monumental,

•   Expresión de las nuevas relaciones políticas,

•   Coordenadas que se están redefiniendo,

Cancha obligada en la que se tiene que jugar,

Fiel de la balanza, cobija para algunos y aparador para otros, la palabra y la imagen,

•  El sentido y el significado (¡gulp!),

•  El mínimo común denominador,

•  Foro, ruedo, teatro, coliseo,

•  Convertidor en espectáculo,

•  Coladero de dichos, hechos, proclamas,

•  Olla donde se cocina el potaje,

•  Puerta de entrada… o de salida,

•  Pasarela de la cosa pública,

•  Puente de contacto entre gobernantes y gobernados,

•  Mesa de debates perpetua,

•  Expresión de modernidad y post,

•   Constructores de estatuas y patíbulos,

•  Lo nuevo, nuevo,

•  Imprescindibles,           n

José Woldenberg Consejero Presidente del IFE. Acaba de aparecer su libro La mecánica del cambio político en México.

Vivir y morir en el siglo XXI

VIVIR Y MORIR EN EL SIGLO XXI

POR SALOMÓN DERREZA

El hombre, asegura Salomón Derreza en este ensayo total. “parece decidido a llevar a cabo la batalla final contra su destino de ser biológico y convertirse así en un ser postbiológico, posthumano “. Así es, por donde se mire, nos topamos con el deseo de anular los límites que la naturaleza le ha impuesto a la vida humana. El hombre quiere más, quiere una existencia más allá de la biología.

En  la Red (que algunos llaman el Metaverso) se encuentra escrito si no habrá llegado la hora de preguntarse si “un cuerpo bípedo que respira, con visión binocular y un cerebro de 1400 cc, es una forma biológica adecuada”(http://www.mer- lin.com.au/stelarc) y se asegura que “nuestros cuerpos y cerebros restringen nuestras capacidades”, por la cual es necesario “reemplazar nuestros órganos animales y partes corporales por prótesis duraderas, libres de dolor y hechas de una materia diversa a la carne” (http:// www.extropy.org). En la Red, y fuera de ella, se vuelve cada vez más patente la insatisfacción del hombre con su corporeidad, con las limitaciones de sus capacidades físicas, la fragilidad de su carne y su mortalidad. Con medios cada día más sofisticados y perfectos se pretende superar la afrenta que significa ser parte del orden viviente, de poseer un cuerpo sujeto a los designios de la naturaleza. Se busca aumentar sus capacidades mediante todo tipo de drogas que lo vuelvan más fuerte y le permitan superar sus propios records (anabólicos), que lo hagan más resistente a la fatiga (speed, ecstasy), más potente (viagra), más bello (fisioculturismo, tatuajes, piercings), más perfecto (manipulación genética); se trabaja en contrarrestar los defectos que produce el paso del tiempo en su frágil constitución, sea mediante la cirugía (plástica u ortopédica), sea mediante las nuevas terapias genéticas; y, en fin, se aspira a ampliar su longevidad hasta llegar a rozar la inmortalidad sirviéndose para ello de nuevas tecnologías, ciertamente aún rudimentarias, como la criogenia, la nanotecnologia, la clonación, los interfaces y la robòtica humana. El hombre parece decidido a llevar a cabo la batalla final contra su destino de ser biológico y convertirse así en un ser postbiológico, posthumano.

Finalmente parece haber un reconocimiento —y una negativa— a que las vías que la evolución ha elegido no pasan de ser una broma de muy mal gusto, ineficientes  antieconómicas, y se ha emprendido la búsqueda de un camino postevolutivo, con medios más allá de las ciegas mutaciones y la tuerta selección natural. Dondequiera que se mire, sea en las revistas de “estilo de vida”, o publicaciones como Newsweek, Der Spiegel o II Manifesto, e, incluso, en los órganos oficiales del discurso científico (Nature o Science), el tema de la superación/anulación de los límites cruelmente impuestos por la naturaleza al destino humano se ha vuelto, más que recurrente, obligatorio.

Pero quizás pocos hayan sabido expresarlo con esa brutal claridad con que la que Lor. el hermano gemelo de Data (el verde androide de Star Treck, The Next Generation) lo hace cuando, en el episodio doble titulado “El ataque de los Borg”, sentencia: “El predominio de las formas de vida biológicas se acerca a su fin. Usted, Picard, y los de su especie, son totalmente obsoletos”. Pues de eso es precisamente de lo que se trata, de la obsolescencia del cuerpo, de lo irremediablemente absurdo de fijar límites biológicos a la mente infinita.

¿Ciencia ficción? Habrá que ver. La ciencia al parecer se ha convencido de que la ficción no es sino el nombre que los sabios le van dando a ciertas verdades para disimular su ignorancia. No por nada, la NASA ha puesto en marcha el proyecto Technological Innovations from Science Fiction to Be Applicated on Space, destinado a analizar 40,000 de las obras de ciencia ficción más prometedoras (Robinson, Baxter, Adams, Copland, Lem, Stephenson, etc.) con el objetivo, nada vanidoso por cierto, de buscar en ellas la inspiración para futuros desarrollos. Y cada vez son más los científicos que se atreven a dar rienda suelta a su imaginación, amparados en sus premios Nobel y su prestigio, y se enfrascan en proyectos que hasta hace apenas unos años habrían sido calificados de delirantes. El cultivo de órganos a partir de células germinales a fin de contar con una reserva inagotable de piezas de recambio, el transplante de cabeza, la creación de células artificiales, la conexión del sistema nervioso a una computadora, la duplicación de la capacidad visual y auditiva, son ejemplos de los proyectos en los que trabajan universidades y centros de investigación y en los que, también, las compañías high-tech se apresuran a invertir, bajo pena de perder su jugosa tajada en los mercados de este siglo.

La comunidad científica los mira con una mezcla de recelo y envidia. “Rocket scientist? los llaman y les reprochan su abyección ética, su escaso respeto por la vida, y la ausencia integral de escrúpulos que les permite jugar a ser pequeños dioses traviesos. No, no es que Dios no esté muerto, está simplemente dormido, exhausto de haber creado el universo; hoy, en el octavo día de la Creación, le corresponde al hombre reparar todos los errores que ese Dios principiante cometió, sobre todo el más imperdonable de ellos: condenar al hombre a vivir de por vida —pues vivir es ser prisionero de un cuerpo destinado a la putrefacción—. Los más críticos han llegado a proponer, desesperados, la prohibición tajante de seguir investigando en ciertas áreas del conocimiento. El más célebre de ellos es Bill Joy, cofundador de la compañía Sun y uno de los visionarios que más ha contribuido al desarrollo de la Red. En un artículo que causó furor, publicado en la edición de abril de Wired, órgano de difusión de la cibercultura, Joy expone, de un modo ingenuo pero contundente, los peligros que amenazan a la especie humana de continuar perfeccionándose los robots (“Síndrome Terminator”), la ingeniería genética (“Síndrome Gattaca”) y la nanotecnología, pues de hacerlo, así como el hombre ha llegado a prescindir de Dios, nuestras propias creaturas harán lo mismo con nosotros. Dada la perfección que lograrán alcanzar, argumenta, el futuro dejará de necesitarnos. Por tanto, “la única posibilidad realista que veo —nos revela— es la renuncia: limitar el desarrollo de las tecnologías que resultan demasiado peligrosas”. La historia ha demostrado, sin embargo, que ni aun en los tiempos del más recrudecido oscurantismo, el conocimiento ha permitido que se le impongan frenos: el saber acicatea, indomeñable, siempre hacia adelante. Y el capital, que no entiende de razones y mucho menos acepta someterse a los dictados de la política, está definitivamente de su lado.

Y a Nietzsche lo anunciaba: “El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre: una cuerda sobre un abismo” (Werke, IV, p. 15). A diferencia del héroe de Carlyle, el hombre representativo de Emerson y el príncipe de Maquiavelo, que eran productos finales y dignos, culminación del ser humano, para el transhumanismo el hombre es sólo un estado intermedio entre lo natural y lo absolutamente perfecto, una molesta fase de transición cuyo fin, por suerte, alborea ya en el horizonte.

Y es que, bien vista, la humana es, de todas las especies que ha perpetrado la evolución en su tenaz ceguera, la más siniestra. Más que la desproporcionada avestruz y el increíble nanobio, más que ese multitudinario y vasto animal que es el bosque o la duplicación de la cabeza (aún más pavorosa que su mera ausencia), el hombre posee un rasgo que lo vuelve inquietante: sin dejar de ser un animal, es más que un animal. Y en su doble existencia, sufre.

Por un lado, las limitaciones de sus capacidades físicas lo hacen inferior a otras especies, humillándolo: ciego en la oscuridad, sordo a ciertas frecuencias, incapaz de orientarse por el olfato, ridiculamente débil en comparación con la fuerza de la hormiga o la resistencia del virus. Y. por el otro, dueño de una capacidad que le ha permitido no sólo ver más allá que cualquier otro ser vivo, escuchar más y abrirse camino ahí donde la vida no tiene lugar (el oscuro espacio), sino que le  ha permitido, también, levantar pesos colosales y, aún, vencer al virus. Merced a su capacidad simbólica, el hombre no sólo ha creado aditamentos que complementan sus deficiencias; no contento con su hazaña, ha buscado ir más allá, siempre más allá, desde el principio de los tiempos. Inventó el vestido, destinado a paliar su desnudez congènita (el hombre es el único mono vestido) y, al mismo tiempo, inventó el ornamento, anillo o pintura corporal, que se encuentra fuera de toda lógica de lo vital. Así, mientras el aditamento aspira a compensar una falta, el ornamento representa un exceso, la expresión de la inconformidad con su ser grabada en la carne. El hombre es el único animal insatisfecho.

A lo largo de la historia, conforme se ha ido conquistando el interior del cuerpo, tanto el suplemento como el complemento han ido penetrando más profundamente en la carne hasta llegar a sustituirla. La ropa y la lanza, el bastón y los anteojos, el carro y el escudo, la pata de palo y el garfio, son complementos radicalmente exteriores; complementan, sí, los déficits con que nos dotó la naturaleza, sea a nivel individual (minusvalía) o como especie, pero son prótesis no integradas al cuerpo, cuerpos extraños. Con el tiempo se han ido volviendo interiores, integrados, injertos, como el marcapasos para el corazón y el marcapasos cerebral, de reciente invento, cuyo fin es estabilizar la actividad bioeléctrica en quienes padecen del síndrome de Parkinson. Pero eso es sólo el principio. El éxito (para algunos, el milagro) obtenido por los primeros neurochips, que hacen que los parapléjicos por corte medular vuelvan a andar, que los ciegos de nacimiento vean, y que oigan quienes sólo habían conocido el murmullo interminable del silencio, inaugura una nueva era en la lógica del complemento: la era de la fusión. Las prótesis modernas tienden a fusionarse con el sistema nervioso, creando un vínculo absolutamente inédito entre la mente y la prótesis. Y aunque la estructura del sistema nervioso esté aún muy lejos de ser comprendida en su esencia, eso no obsta para que los científicos sigan empeñados en crear, por ejemplo, prótesis cerebrales, compuestas de neuronas artificiales, que adopten las funciones de regiones cerebrales deterioradas.

Pero hay quienes van más allá, pues de eso es de lo que se trata. Considérese el caso de Kevin Warwick, quien el próximo año pretende llevar a cabo un experimento espeluznante: injertarse un chip conectado a su sistema nervioso con el objetivo de transmitir las señales nerviosas a una computadora, para que después, desde la computadora, le sean retransmitidas al cuerpo. De ese modo, el comando de mover un dedo, por ejemplo, será interceptado por la computadora y será ésta, la computadora, la que, en un segundo tiempo, dé la orden de mover el dedo. Su objetivo, como se ve, no tiene nada que ver con paliar un déficit, sino que aspira a crear un superávit. Se trata tan sólo del primer paso rumbo a la fusión completa entre el hombre y la computadora a fin de ir más allá de lo que nuestra ridicula constitución nos lo permite. En una entrevista concedida recientemente a la revista alemana Der Spiegel, Warwick no deja dudas respecto a su motivación: “Estoy dolorosamente consiente de las limitaciones del cuerpo humano. Sobre todo cuando comparo de qué forma perciben el mundo las máquinas y de lo que son capaces de hacer las computadoras. El hombre, con sus capacidades mentales y físicas, es limitado; por eso me parece excitante la idea de perfeccionar el cuerpo”.

En el campo del ornamento la cosa no ha sido diferente. Cuando del anillo, el más antiguo ornamento corporal descubierto, se pasó al pendiente, es decir, cuando de la aplicación puramente exterior se pasó a la perforación, se dio el primer paso hacia la interiorización del ornamento. Lo mismo ocurrió cuando de la pintura corporal se pasó al tatuaje. Hoy día, el metal, en forma de piercings, penetra con cada vez más profundidad en el cuerpo y los tatuajes cubren cada vez mayores extensiones de piel. Tomemos el caso de los primeros para analizar su sentido. Cada vez son más los que recurren al metal para trascender su infame carnalidad: metalmorfosis. Y no es sólo en su número que esta tendencia aumenta, también en sus formas se va volviendo cada vez más excesiva. Después de que los piercings nasales perdieran su novedad, en las grandes metrópolis se impuso rápidamente la moda del piercing de ombligo entre las jóvenes, tanto que mostrar actualmente un ombligo desnudo, carente de metal, resulta ligeramente impúdico. Los piercings de lengua, si bien siguen constituyendo una provocación, principalmente por lo explícito de su mensaje sexual, tienden a una mayor aceptación. Lo mismo ocurre con diversos piercings que ornamentan los labios y zonas aledañas a la boca. Pero aún los piercings genitales no habían penetrado con suficiente profundidad: había que introducir el metal hasta el fondo. Los implantes de metal con fines puramente estéticos fueron el siguiente paso: una herradura bajo la piel del pecho, una moneda bajo el cuero cabelludo —debidamente afeitado—, bolas de metal injertadas en la palma de la mano, son ejemplos de la forma en que el metal se ha ido abriendo paso en la carne. Pero los piercings constituyen tan sólo un capítulo dentro de lo que se ha dado en llamar “modificación corporal”; el más visible, ciertamente, pero no el más puro. Pues si de lo que se trata es de buscar una escapatoria frente a lo indeseable que resulta un cuerpo monótonamente natural, la única solución es transformarlo, hacer de él un campo de operaciones estéticas: “El cuerpo —escribe Stelarc— no es más un objeto de deseo, sino un objeto de diseño”.

De lo que se trata, hay que repetirlo, no es de la vanidosa ansia de belleza, sino de la insatisfacción con el cuerpo, de la sublevación contra lo real de la carne. Pues una cosa es que Salman Rushdie, por un mal entendido amor, se haga operar sus párpados proverbiales, y otra, muy diferente, que Britney Spears se someta a una operación a fin de adquirir unos bellos pechos, cuando los que tenía ya lo eran. En el segundo caso, que es el paradigmático, lo que está en juego es ese afán de castigar al cuerpo, de hacerle pagar caro su osadía de existir. Esa tortura de la carne se expresa más claramente aún en las formas de modificación corporal más extremas, como la escarificación, la bisección de la lengua o el pene, la recolocación de la uretra, la nulificación capilar, hasta llegar a la amputación voluntaria de falanges y hasta miembros completos. El testimonio de aquellos que se solazan en ese tipo de prácticas conduce siempre a un tema común: no estar conformes con lo que son, con el cuerpo que tienen, y la rebeldía frente a una anatomía que se ha quedado muy por detrás de sus deseos. Como dice Baudrillard en su ensayo “Cirugía plástica para el Otro”, editado en Figures de l’altérité (1994), ya no se trata de la identificación con el cuerpo, sino de identificar el cuerpo con la fantasía. Una y otra vez, siempre lo mismo: el cuerpo, el lastre de la humanidad.

Homo  sapiens, es decir, de inferioridad animal y superioridad mental. Y aunque al Homo siguieran veinte o mil sapiens, el hombre no por eso dejaría de ser ese híbrido adolorido de su carne. Pues lo que lo perturba es el cuerpo.

La carne, qué duda cabe, es una sustancia extremadamente defectuosa. La materia con que está hecha la vida, sus partículas elementales, las células, fueron una torpe ocurrencia de la evolución. Puesto que si la vida es materia, pero materia que se reproduce, la forma en que ha venido haciéndolo desde que emergiera en aquel mítico paraje aún hirviendo su parto es de lo más ineficiente que se pueda imaginar. Basta que en la transcripción de la información genética que se transmite de una célula a la otra en el momento de la reproducción se produzca un error para que este error se perpetúe sin piedad. De una generación a otra ese error de transcripción da lugar a una mutación, que ya después se decidirá si es apta o no (y sólo en casos excepcionales lo es), pero, a nivel individual, ello sólo conduce a la proliferación de fallas que termina por hacer del individuo una mala copia de sí mismo, achacoso y corrupto. Y aun si la reproducción celular pudiera  llevarse a cabo de un modo impecable, la longitud de los telómeros, que son las cubiertas protectoras que se encuentran al final de los cromosomas, va disminuyendo con cada división celular hasta que un día son tan cortos que la célula envejece y muere.

Pero no sólo en su estructura básica, celular, es ruinosa la vida. El cuerpo en que cobra forma es el punto más vulnerable del ser vivo, presa fácil de las legiones de enemigos que lo acechan, camuflados en los nutrientes, agazapados en el aire, omnipresentes incluso en el electrosmog emanado por los modernos medios de comunicación, dispuestos a dar el zarpazo a la menor provocación, y aun sin ella. Una caída, una embestida, un lengüetazo de fuego, bastan para quebrar un cuerpo. Definitivamente un mal producto. La carne, resignémonos, fue la peor idea que pudo ocurrírsele a la vida para perpetuarse. Mientras que la mente, ¡ah, la mente!, el espíritu, la conciencia, el aparato psíquico o como quiera llamarse a ese otro orden de materialidad que trasciende la mera vida orgánica, sí que es un producto de calidad, digno de ser conservado y hasta venerado. Ese capricho de la evolución (¿o es que aún quedan creacionistas?, ¿cómo?, ¿sí?, ah), dejando de lado el hecho de que ha llevado al hombre a un punto en el cual se encuentra en condiciones de destruir todo aquello que la ardua evolución ha perpetrado, lo ha hecho irrumpir en una era en que lo impensable se ha vuelto necesario, ineluctable: continuar la evolución, pero superando todas sus debilidades.

La muerte, sin ir más lejos, es quizá la ocurrencia más absurda de la vida. Mientras durante siglos se ha intentado encontrarle sentido a la muerte, sea como medio de acceder a un estadio de existencia superior, divino, sea como el precio, horriblemente alto, de la sucesión generacional, lo cierto es que la muerte representa un desperdicio irresponsable. Años y años, en el caso del ser humano, de consumir recursos naturales y culturales para que, en un descuido, todo termine por irse al carajo. Morir es, bien visto, una solemne estupidez. Pero todos los avances realizados en la genética de la longevidad, por ejemplo los realizados por Cynthia Kenyon de la Universidad de California, quien manipulando un sólo gen (el daf-2, para ser exactos) ha conseguido hacer que un nemátodo (el caenorhabditis elegans, para continuar siendo exactos) logre vivir, sin menoscabo de sus capacidades, cuatro veces más de lo que su biología lo permitía, así como los desarrollos en cuanto a fármacos destinados a mantener en forma a los ancianos, de tal modo que con sesenta puedan llevar una vida de alguien de treinta, son, en realidad, pasos en la dirección equivocada pues topan siempre con un límite, el límite impuesto por las leyes biológicas.

Dicho sin conmiseración, la única causa de la muerte es la vida.

De ahí que para anular la muerte sea necesario acceder a una forma de existencia diferente a la biológica. Pues la auténtica inmortalidad es la inmortalidad simbólica, la de la mente, no la del cuerpo. El principio es simple y de una lógica irreprochable: si lo verdaderamente valioso en el humano son sus ideas y sentimientos, sus recuerdos y emociones, es decir, aquello que se alberga recóndito en la oscuridad del cerebro, la única forma de perpetuarlo es trasladándolo a un depósito más robusto que esa pusilánime materia gris. Para ello sería necesario construir una computadora que tuviera una capacidad de 10,000 gigaflops1 adonde realizar el uploadingá del contenido de la mente. De mantenerse el ritmo actual de desarrollo de la potencia informática, a razón de una duplicación de la misma cada 18 meses, esto podría ser alcanzado en unos veinte años, aunque, claro, hay otros, más optimistas, que profetizan que será en el 2016 cuando una computadora logrará pasar la prueba de Turing, parámetro de la inteligencia humana, y otros más, como el prestigioso Ray Kurzweil, se muestran más precavidos y posponen la fecha de la transmigración cibernética para el año 2029. Y, voilá, hela ahí, una mente inmortal, finalmente liberada de su lastre corporal y de todas las fatigosas tareas derivadas de él, como comer, moverse y fornicar.

A la tesis de la vida se le opone la antítesis de lo simbólico, dando lugar a una síntesis muy incómoda entre el cuerpo y la mente; de ahí que la única salida, dado que éstos se aborrecen, sea la prótesis: una mente habitando en una prótesis de cuerpo entero, en un disco ferozmente duro, el cyborg perfecto. Vida artificial, puramente digital, vida postbiológica.

Pero antes de estallar en júbilo y ponerse a explorar las formas sociales a las que una forma de existencia tal daría lugar, cabe preguntarse si en verdad es posible reducir el contenido de la mente a un cúmulo de información pura.

Ya en 1964, Norbert Wiener, el fundador de la cibernética, afirmaba en su Dios y Gólem, S. A. lo siguiente: “Es posible enviar a un hombre a través de un cable telegráfico. La idea puede parecer descabellada, pero no imposible”. El axioma que permite semejante postulado es el de un universo informacional, compuesto sólo de unidades de información cuyo juego binario se expresa lo mismo en una rosa que en el poema que habla de esa rosa que en el poeta que escribió ese poema. To bit or not to bit. El pitagórico lo decía con palabras harto similares: “El alma no es sino un número en perpetuo movimiento” (Alcmeón, Stob. Ecl. I, 794). Pues si efectivamente la materialidad propia de la mente, y aun la del inconsciente, es de naturaleza simbólica, es claro que ésta puede expresarse perfectamente en el lenguaje binario de la computadora y, por tanto, ser condensada en una secuencia —enormemente larga, es verdad— de ceros y unos. El problema no radica tanto en lo desconmensurado de ese proyecto; el hombre parece encontrarse a sus anchas frente a retos descomunales, y qué hay más exorbitante que el número de combinaciones sinápticas posibles en un cerebro humano, las cuales, bien contadas, llegan a superar al de la totalidad de los átomos del universo. El problema principal radica en la naturaleza de lo simbólico mismo: su inconsistencia. Lo simbólico está agujereado de contradicciones por todas partes, y así no hay manera de establecer la fórmula de la mente. ¿Cómo hacerles entender a los ceros y los unos lo que queremos decir y lo que sentimos cuando confesamos: “yo miento”? ¿Cómo pretender que sean ellos los que resuelvan las paradojas que han llevado a tantos lógicos a la desesperación, la locura o el suicidio? ¿Cómo, si la contradicción es la esencia misma de lo simbólico, to be and not to be? Todos los intentos de crear una mente artificial, del SOAR de Newell a los algoritmos genéticos de Holland, del animat de Wilson a la multimente de Ornstein, de la arquitectura del pandemónium de Jackson a los conceptos fluidos del Fluid Analogies Research Group, van a estrellarse contra el mismo muro lógico.2 Quizás algún día llegue a crearse un lenguaje de computadora tan inconsistente como lo simbólico, pero será muy difícil.

Así que el cuerpo no es la materia en la que habita nuestra mente, sino su prisión —un mal, pero un mal innecesario—. Ya Platón, en ciertas páginas remotas del Fedón, nos comparte la imaginación —o, acaso, el extraviado deseo— de un alma descarnada, habitante sola de sí misma, condenada, luego, a vivir prisionera de un cuerpo, y, sin menosprecio por los detalles, nos incita a condolernos de su destino mientras llega el momento de su retorno al reino de lo incorpóreo. Las necesidades corporales, aceptémoslo, son una perturbación. El hambre, la fatiga, el apetito sexual son sensaciones dolorosas de las que cabría deshacerse de una vez por todas. Sólo descarnalizados es posible acceder al reino absoluto del principio de placer, ahí donde la mente, lo simbólico, no tenga que vérselas más con lo real. Más que un “cuerpo postorgánico”, como propone Teresa Macri, una descorporeidad. Pues si lo real es lo que aparece en un abrir, y desaparece en un cerrar de ojos, lo mejor es extraerse los ojos y el resto de las entrañas, arrancarse los miembros y todo vestigio corporal para vivir una vida puramente simbólica —sólo que, en ese caso, ya no podríamos hablar de vida, sino de una nueva forma de existencia, más allá de la biología. Sí, la condición posthumana.

¿Imposible ? con esta palabra habría que andarse con más cuidado y no usarla con tanto desenfado. Ya no. Una cosa es segura: la esperanza de vida en los países industrializados seguirá aumentando. Y no sólo el hombre vivirá más años sino que, auxiliado por todo tipo de ortopedias, vivirá más sano, más fit, pero ello a costa de grandes inversiones. Pues sólo quien posea los recursos económicos suficientes podrá estar en condiciones de darse el lujo de someterse a una terapia de rejuvenecimiento genético, de pagar el precio de un corazón o un hemisferio cerebral artificial, de permitirse la dosis consuetudinaria de viagra. Sólo los pudientes, llegado el caso, podrán costearse un cuerpo de recambio o, más allá, una terminal donde pervivir eternamente. La nueva lucha de clases será la lucha entre dos especies diferentes, entre la deshauciada especie humana y una nueva especie, quizá todavía no posthumana, pero ya metahumana. Lee Silver, por ejemplo, habla de la lucha entre los genéticamente ricos y los genéticamente pobres.

Eso hace recordar otra historia ya pasada. Según descubrimientos antropológicos recientes nuestra especie sólo pudo alcanzar su predominio a costa del exterminio de otra especie igualmente humana, que no sólo dominaba, con mayor maestría incluso, la fabricación de armas y la elaboración de ornamentos, sino que, además, dada su práctica del culto a los muertos, poseía sin duda la función simbólica. Una especie cuya apariencia en casi nada difería de la nuestra, tanto que si hoy día apareciera un ejemplar de ella, con traje y corbata, nadie notaría la diferencia. Se trata del Hombre de Neanderthal, hermano gemelo del hombre moderno, al cual, según indicios irrefutables, nuestros antepasados combatieron, esclavizaron y, finalmente, borraron por completo de la faz de la Tierra.

¿Estamos, pues, condenados a repetir ese drama prehistórico? ¿No hay forma de evitar el cumplimiento de las profecías apocalípticas de Bill Joy y los que como él piensan? Hay, en efecto, todavía una luz al final del túnel, sólo que quizá se trate de una lámpara puesta ahí para alumbrar un letrero grabado en la roca viva que reza: “No hay salida”,                n

Salomón Derreza Escritor. Ha colaborado en Nexos anteriores.

1. 1 gigaflop= 10,000 millones de operaciones por segundo.

2. S. Franklin: Artificial Minds. MIT Press, Cambridge, 1995.

Primogénitas y posteriores

El abismo digital

EL ABISMO DIGITAL

POR DELIA CROVI DRUETTA

La mayor parte de los desarrollos técnicos que conocemos como nuevas tecnologías de información y comunicación (NTIC) se concretan en los países avanzados. Esto no impide, sin embargo, que afecten a todo el planeta. En materia de consumo cultural las repercusiones de estas NTIC son particularmente importantes debido a que no sólo han dado lugar a nuevos medios, nuevas formas de producir, almacenar y difundir la información, sino que además han modificado sustancialmente las relaciones interpersonales. Pero su impacto llega más lejos: las NTIC han producido enormes cambios en los medios tradicionales. ¿Quién puede imaginar el resurgimiento del cine al margen de las posibilidades expresivas derivadas de los efectos especiales digitalizados? ¿Quién puede negar la influencia de las NTIC en el periodismo electrónico o en la televisión vía satélite directa al hogar? ¿Quién puede dudar de la movilidad y diversidad de fuentes informativas que la telefonía celular e Internet ponen a disposición de la radio? ¿Quién puede incluso dejar de reconocer el abismo que existe entre el modo de escuchar música antes y después de la digitalización?

Los cambios son muchos y significativos. Es por ello que en lugar de hablar de nuevas tecnologías me parece más adecuado referirme a este proceso como convergencia tecnológica, ya que mientras las NTIC nos remiten a una idea vaga acerca de un cierto número de desarrollos tecnológicos que pueden ser aptos para comunicarnos. la convergencia nos conduce a la idea de unión, de conexión. Y es en estos términos que debemos pensar el futuro de México y sus actividades. Tecnología es sociedad y ésta no puede comprenderse o representarse sin sus herramientas técnicas (Manuel Castells: La era de la información. La sociedad red. Vol. I. Siglo XXI. México, 2000).

Por ello, la convergencia ha colocado a las naciones en la necesidad de realizar reconversiones de diversa índole, configurando lo que para algunos es un nuevo paradigma cultural debido a que involucra actividades sustantivas como la economía, la educación, el trabajo, el entretenimiento, las relaciones interpersonales, y en ocasiones una nueva estructura del Estado, entre otras.

¿Pero qué debemos entender por convergencia? Se trata de la interconexión que a partir del proceso de digitalización permitió la unión en red de sectores que hasta entonces venían trabajando separadamente: telecomunicaciones, informática y radiodifusión.1 La convergencia tecnológica ha llevado a la industrialización creciente de la información, la cultura, los intercambios sociales y profesionales, a partir de la conformación del poderoso sector económico de la comunicación y el entretenimiento. Se trata además de un proceso que acompaña a los cambios sociales, de organización y culturales (Martín Becerra: Las industrias culturales ante la revolución informacional. entrevista a Bernard Miége, Revista Voces y Culturas, No. 14, II Semestre 1998, Universidad Autónoma de Barcelona, España, 2000).

Es en esta función de acompañamiento donde más se percibe el impacto cultural de la convergencia, ya que, como lo expresa Castells, la tecnología (o su carencia) plasma la capacidad de las sociedades para transformarse. Pero ¿qué pasa cuando el acceso a esta tecnología es desigual tanto entre las naciones como entre las personas? ¿Qué sucede cuando, como lo afirman los analistas del tema, estamos ante un abismo digital que separa cada vez más a las naciones ricas de las pobres?

Las cifras acerca del acceso a la convergencia tecnológica pertenecen a un terreno incierto y cambiante.

1.La convergencia ha sido denominada de diferentes maneras; para los franceses Simon Nora y Alan Mine informatización de la sociedad, para el italiano Gianni Vattimmo: sociedad de la comunicación; para el español Manuel Castells: informacionalismo; y para el también francés Bernard Miége.- revolución informacional. Todos se refieren, sin embargo, al mismo fenómeno de construcción de un nuevo paradigma social donde la información es el actor fundamental.

Sin embargo, hace pocos días el Instituto Nacional de Estadística. Geografía e Informática (INEGI) dio a conocer algunos datos interesantes. En el mundo hay 100 millones de usuarios conectados a Internet a través de 30 millones de computadoras, pero de ese total de usuarios 92 millones se encuentran en países altamente desarrollados. Esto significa que entre los 5,000 millones restantes que habitamos en los países en desarrollo, sólo 8 millones tienen acceso a Internet. Esto es abismo digital.

En México, según el INEGI, entre 83 y 85% de las personas son analfabetas informáticos, o sea que del total de 97.4 millones de mexicanos, 81.4 no saben manejar una computadora y 16 millones sí lo saben hacer. Estas cifras hacen tambalear las posibilidades de transformar a la convergencia en acompañante de nuevos procesos sociales e impulsora de un nuevo paradigma cultural identificado con la inteligencia colectiva y la sociedad del conocimiento. Hay algunas causas que contribuyen a ahondar el abismo: el idioma del software y una falta de racionalidad en el manejo de las computadoras, aspectos que suelen ser dos caras de un mismo problema. En efecto, si bien el interés y la necesidad por estudiar inglés (idioma generalizado del software y de las fuentes de información) va en aumento, sobre todo entre los jóvenes, muchas veces el dominio de esta lengua no resulta suficiente para interactuar adecuadamente con las máquinas, convirtiendo a los usuarios en simples repetidores de caminos que alguien les enseñó a recorrer, un camino acerca del cual no se puede ni innovar, ni improvisar por falta de conocimientos, de procesos racionales.

Vale la pena recordar que en materia de interactivida  con las redes se pueden diferenciar al menos tres niveles: el primero de exploración, donde se da básicamente una relación hombre-máquina; el segundo de juego, caracterizado por un mayor conocimiento del medio que permite la relación hombre-hombre a través de las máquinas: y finalmente la apropiación, que genera acciones en la realidad como producto de la interactividad con las máquinas, es decir, cuando el usuario las incorpora a sus prácticas culturales. Si aplicamos estos niveles a las cifras del INEGI tenemos que en México sólo 16 millones de personas estarían en alguno de ellos. Esto no sólo reduce el impacto de la convergencia en la sociedad, sino que merma la posibilidad de sumar el conocimiento generado por todos a lo que se conoce como inteligencia colectiva, que no es otra cosa que la suma del saber distribuido por todos lados, puesto en juego, actualizado y revalorizado continuamente, en una sociedad donde el conocimiento constituye una suerte de agitador de todas las acciones.

El propio INEGI indica que el país necesitará para los próximos años 120,000 técnicos, ingenieros, licenciados en ciencias de la computación, ya que la demanda de este tipo de especialistas crece al 17.4% anual. No obstante, sólo el 9% de los graduados pertenece a estas áreas y además están concentrados en el DF, Estado de México, Nuevo León y Tamaulipas. Esta necesidad de técnicos y especialistas que manejen racionalmente los productos de la convergencia no sólo se presenta en México. Con asombro, hace un par de meses veíamos signos inequívocos de nuevas direcciones en las políticas migratorias de Alemania y Canadá, así como ciertos indicios en la de Estados Unidos, que a través de buenos salarios y condiciones legales favorables buscan captar a esos especialistas a los que ya se les llama tecno-cerebros.

Sin duda las empresas tienen un importante papel que jugar en este sentido, porque si bien la tendencia es que las corporaciones ofrezcan capacitación, hasta ahora ha sido escasa. Las acciones gubernamentales, por ambiciosas que sean, no serán suficientes para reducir el abismo. También toca al sector privado comprender el valor que tiene tanto la capacitación de técnicos y profesionales de la informática como de especialistas de otras áreas que necesitan dominar a las computadoras para que la convergencia sea realmente un acompañante de procesos sociales.

Según el INEGI, en México hay 70 computadoras (6.8 millones) por cada 1,000 habitantes, lo cual coloca al país por debajo de Chile, que tiene 88, Argentina con 72, Singapur con 518, Canadá con 536 y Estados Unidos con 593 por cada 1,000 habitantes. Sin embargo, un estudio realizado en 1999 indica que durante ese año la venta de computadoras personales en México creció el 30%, lo que demostraría que existe una marcada intención de compra (Reforma, 22/9/1999). Este proceso se vio reflejado en el enorme interés que entre los usuarios despertaron los planes de varias empresas para adquirir computadoras personales con acceso a Internet a través de cuotas mensuales relativamente bajas, lo cual, como sabemos, contribuyó a una saturación de las redes existentes. Cabe puntualizar, asimismo, que mientras la TV ha sido asociada siempre con el entretenimiento, las computadoras se vinculan a la idea de estudio y trabajo, lo que lleva a muchos hogares a pensar seriamente en esa inversión como un instrumento que los llevaría hacia mejores condiciones económicas.

Respecto al acceso a Internet las cifras son variables y dinámicas. No obstante datos que Cofetel toma de un estudio realizado de agosto de 1999 por la empresa Select IDC, se afirma que en el país habría 2,454,000 usuarios, de los cuales la mayoría (1,418,000) corresponden a negocios, 606,000 a hogares, 372,000 a educación y 57,000 a gobierno. Este estudio concluyó que el 27.7% de esos usuarios están entre los 16 y los 25 años, mientras que 21.9% tiene entre 26 y 30 años y 17.9% entre 31 y 35 años de edad. Esto indica a todas luces que las acciones que se emprendan para aprovechar las ventajas que ofrece la red de redes deben estar orientadas a los jóvenes de manera prioritaria.

Pero el abismo también está presente en el tendido de fibra óptica, fundamental para el crecimiento de la telefonía, ya que mientras en México contamos con 86,000 kilómetros, en Estados Unidos hay 17 millones de kilómetros (INEGI. 2000). El teléfono, una tecnología de más de cien años, se ha revitalizado como protagonista de la convergencia, pero las 14 líneas fijas por cada 1,000 habitantes y los 10,812,000 usuarios de telefonía móvil resultan escasos para que México aproveche los beneficios de las redes en la construcción de una sociedad del conocimiento, aun cuando el 99.6% de estos servicios se encuentra digitalizado (Cofetel, 2000).

Sin duda la constante innovación tecnológica no ha escatimado esfuerzos para hacer realidad un proyecto anterior a Internet que Videotron de Canadá venía acariciando bajo el nombre de UBI (Universalidad, Bidireccionalidad, Interactividad), cuya idea central era establecer las autopistas de la información conectando televisores y no computadoras. Son varias las empresas que en México ya ofrecen Internet vía televisión, lo que puede significar el acceso masivo a la red. sobre todo si recordamos que la TV llega al 98% de la población de este país, aunque los sistemas restringidos, que hasta ahora brindan el servicio, sólo cuentan con 2,737,000 usuarios (Cofetel, 2000). El desafío es que estas empresas sean capaces de ofrecer servicios similares a los disponibles vía computadoras.

También se están abriendo las ofertas de Internet móvil a través de la telefonía celular, un sector de amplio crecimiento en el país (creció 134.9% entre marzo de 1999 y abril de 2000) (Reforma, 6/9/2000). Los casi 11 millones de usuarios existentes representan casi el doble del número de computadoras disponibles; sin embargo, en materia de telefonía celular la oferta no es tan tentadora como parece ya que el 75% de esos usuarios pertenece a los servicios de tarjetas prepagadas que no entran en la nueva oferta de Internet, exclusiva para los celulares por cuota.

Cuando la convergencia comenzó a expandirse como concepto, uno de los argumentos que se utilizaron en su favor fue que por fin consumiríamos menos papel. La realidad mostró otra cosa: el consumo de papel ha aumentado porque todos queremos “capturar” la virtualidad de la red en una impresión. Desde el inicio de la convergencia se ponderaron sus ventajas educativas; sin embargo, sabemos que los jóvenes prefieren usar la red para “chatear” con amigos sobre temas que están más cerca del entretenimiento que del estudio. Hace pocos días jubilados de México se quejaron por la introducción de tarjetas de débito para el pago de sus haberes. Más allá de los posibles retrasos administrativos, se supo que en algunos de ellos el rechazo provenía de la tarjeta misma: dificultad para manejarla, pero también por considerarla una suerte de intruso que llegó para arrebatarles un día de actividad social en el que estos pensionados se encontraban con sus amistades.

Estos hechos aislados demuestran, una vez más, que el uso y apropiación de la convergencia tecnológica como un fenómeno de consumo cultural es apenas un concepto en construcción. Sabemos poco. La investigación de campo sobre el tema aún es escasa. Es por ello que el abismo digital no sólo debe plantearse en términos de infraestructura. Se trata también, y por sobre todo, de un abismo de conocimiento que debemos franquear adecuadamente con programas de capacitación y con información precisa sobre cómo los usuarios están incorporando la convergencia tecnológica a su vida cotidiana.         n

Delia Crovi Druetta Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Alma que anda en amor

PUERTO LIBRE

ALMA QUE ANDA EN AMOR

POR ANGELES MASTRETTA

Desde la cueva de Alí Babá o los mil palacios que tejió Scherezada hasta los patios por los cuales se derramaba el cielo de Ovidio; desde los innumerables trabajos que el bravo Don Quijote pasó en la venta que por su mal pensó como un castillo hasta las lujosas habitaciones, regalo de Tolstoi, donde la familia Oblonsky supo ser desgraciada a su manera; desde los cuartos miserables que Balzac debió darle a la inaudita avaricia de Eugenia Grandet hasta que Netherfield Park fue rentado por un soltero en posesión de cuantiosa fortuna porque así lo quiso Jane Austen; desde las cuatro paredes entre las que José Arcadio Buendía descubrió, para horror de su mujer, que el mundo es redondo como una naranja, hasta el tejaban en Cómala bajo el cual se olía como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta; desde siempre hasta ahora, los escritores han necesitado cobijo y albergues para los sueños y derrotas de sus personajes. Los han necesitado y los han ido inventando, con tanto fervor y tan irresponsable audacia como sólo pueden poseer quienes dedican su vida y su talento a construir las casas y cobijos que habitan nuestros cuerpos, nuestros libros, la cabalidad de nuestros sueños, la insolencia de nuestras pasiones. Luego, sin más, los lectores hemos vivido dentro, escuchando palabras de amor y sobremesa, de tedio y mansedumbre. Hundidos con vehemencia en la persuasión de que es posible vivir otras vidas, buscar en ellas el anochecer, la desdicha o la serenidad que no tienen las nuestras. Buscar otros tiempos, otras paredes, otro aire más o menos hostil. Encontrar en atisbos la eternidad, los dogmas, la incertidumbre, las pasiones que otros crearon pensando en otros. En otros y, tal vez, en nosotros.

La literatura nos ha regalado moradas para todos los gustos, para cualquier delirio. Mansiones que hablan, palacios que duermen, albergues de cristal, casonas encantadas.

La literatura ha puesto juntos más ladrillos, ha colgado del cielo más balcones y abierto sobre el agua más puertas y más cárceles que la incansable y perseverante arquitectura.

Y hay que dar por seguro que desde el mismo relámpago en que los primeros seres humanos buscaron un hueco donde guarecerse, dieron también con alguien, entre ellos, capaz de hallar un tiempo en medio de la dificultad, para contar los modos y quimeras que la rodeaban.

Tal vez de este parentesco inevitable, que tienen desde siempre nuestros afanes, estén hechas las amistades y la reverencia que unos sentimos por otros. Arquitectos y escritores. Siglos llevamos de mirarnos sabiendo que es invencible nuestro deseo de tejer el sueño de los otros.

Yo supe, el mismo día en que conocí a Ricardo Legorreta, de qué modo él sabe oír historias y buscarles el mejor aposento.

El alma que anda en amor

ni cansa ni se cansa escribió fray Juan de la Cruz.

Y almas que andan en amor o lo urgen, son las que habiéndose metido a construir casas o novelas, ni se cansan, ni nos cansan.

Entre estas almas encuentro con naturalidad la de Ricardo Legorreta. Por eso considero un privilegio celebrar con él y con ustedes el gozo y la perseverancia del trabajo en que hace años prevalece.

He dicho alguna vez, con la debida devoción, que cuando uno camina por los espacios que Ricardo Legorreta ha creado, nunca camina solo.

Hay en el aire y los sonidos, en el color de una pared y el tamaño de otra, en la madera del piso, en las rejas de una ventana, en la distante profundidad de un techo, en la sombra deliberada que juega sobre una terraza, en el largo pasillo azul, “dulce color de oriental zafiro” diría Dante, o el breve muro que guarece una puerta. “Los milagros se forman/ solo a milagros” diría sor Juana; hay en cada rincón, hasta en la luz y los aromas, una señal, un sitio inalcanzable, un desafío, una voz.

La suavidad del decir sugiere Sor Juana.

Todavía estoy vivo el cuarto se ha enarenado de luna

dice Octavio Paz.

Es posible sentirlo: en todos los lugares imaginados por Legorreta, siempre hay algo más que la simple voluntad de ofrecernos albergue. Y ese algo más nos acompaña, sin hacer ruido, sin molestarnos, dispuesto a cobijar no sólo nuestra oscuridad o nuestra gloria, sino nuestro extenuado pero incandescente deseo de preguntarnos por lo incomprensible.

Dice Rubén Darío:

Y la vida es misterio, la luz ciega y la verdad inaccesible asombra

Todos los mundos de Ricardo Legorreta le dejan paso a una pregunta : ¿cómo pudo dormir este mar junto a nosotros? ¿Qué hacen en este cuarto las estrellas? ¿Quién aguarda a quién, tras esa puerta clara? ¿En qué lugar preciso dejamos los recuerdos? ¿ A dónde me llevará la escalera? ¿De cuál luna escapamos? ¿El agua que se riza y nos moja, es de mar, de un estanque, de laguna, del río? ¿Aquello es un manantial o son las olas? ¿Cuántos de nosotros hay en el capricho de espejos que ilumina nuestros cuerpos?

Dice Góngora:

El sueño, autor de representaciones en su teatro sobre el viento armado sombras suele vestir de bulto bello.

Como por la música que nos seduce a los veinte años, como por la comida que amamos desde siempre, como por la pintura y la poesía, no se pasa por los mundos que construye Legorreta sin que nuestras emociones conviertan hasta lo más trivial en un signo con el que alguien ha querido marcar nuestra memoria.

Dijo García Lorca:

Canción llena de labios y de cauces lejanos …Canción de estrella viva sobre un perpetuo día.

Dormir en un recinto cuya sabia sencillez haya sido imaginada por Ricardo Legorreta, no sólo es dormir, es soñar, es meter a nuestro corazón, sin remedio y para siempre, el conjuro de lo que no se olvida. Todo, hasta los adioses y la impune aurora de cada día, tiene algo de mágico y espiritual entre los cientos de huellas irrepetibles que, para nuestra fortuna, Legorreta ha dejado sobre la tierra de México.

Y cada quien encontrará al andarlas lo que la fiebre de sus ojos quiera enseñarle. Sin embargo, es casi seguro que todos nos contagiemos del valor con que Legorreta enfrenta una cultura regida, casi siempre, por el miedo al vacío, y la enfrenta justo con la sabiduría de la sencillez y el lujo tembloroso de lo entrañable.

Entonces, podremos decir con Sabines:

Sabes lo que yo ignoro y me dices las cosas que no me digo Detrás de cada sombra hay algo mío. n

Angeles Mastretta. Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.

Bosnia de mi corazón

CIUDAD DE LIBROS

BOSNIA DE MI CORAZÓN

Ivo Andric: El puente sobre el Drina Plaza Janés. Barcelona, 2000.498 pp.

En 1516, como cuenta Ivo Andric, el visir de Sokolovice tuvo la imagen de un puente de piedra que debía poner en contacto a las dos partes del imperio turco y facilitar el intercambio entre Oriente y Occidente. Desde ahí, desde el puente, la ciudad bosnia de Visegrad se abre en abanico; y desde ahí, desde la confluencia de dos culturas, Ivo Andric escribe una novela maravillosa que mira pasar cuatro siglos, desde la concepción del puente hasta el verano de 1914 (“Muchos años habían pasado por la ciudad y muchos pasarán todavía. Han sido años de todas clases, pero el de 1914 se distinguiría siempre de los demás”).

Por el puente pasa todo: la historia con sus tumultos políticos y sociales o sus fastos guerreros, las tradiciones orales en forma de vagabundos o diablos que juegan a las cartas, el amor y el desconsuelo, las casas imperiales y los cortejos campesinos. Y, sobre todo, por el puente pasan los relatos populares que ocultan las viejas tensiones balcánicas. Ivo Andric hace coincidir así las grandes líneas de la historia con las líneas cortas, aunque profundas, de la intimidad. Ahí debemos buscar la llave de su talento: en el equilibrio entre lo grande y lo pequeño.

Novela hecha de anécdotas minúsculas que captan los escalofríos que sacuden la conciencia humana, Un puente sobre el Drina parece decirnos que los Balcanes sólo son capaces de vivir la historia como fatalidad. Al final de cada momento queda siempre la sensación de que las cosas no pudieron ocurrir de otra manera. La marcha lenta de los hombres y las mujeres de ese mundo se deja envolver y hasta vencer por una fuerza que los sobrepasa. Al final, y en medio del derrumbe, sólo triunfa la literatura, triunfa la voz de Ivo Andric que sabe recuperar todas las voces y dotarlas de un poder seductor que nos deja quietos, a expensas de la música que el río hace correr bajo el puente,  n

—Isaac Martínez

Trenes del ayer

ESCRITOR EN SU TINTA

TRENES DEL AYER

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

A lo largo de mi vida en Europa, rodando a menudo entre trenes y hoteles, he conocido muy pocos buenos viajeros. Muy pocas personas que, como Goethe, pudieran decir: “De los placeres, el más triste es el de viajar”. O afirmar, como Montherlant, que: “Un viajero solitario es un diablo”. Quizá porque hay muy poca gente dispuesta a buscar el olvido y mucha gente aficionada a moverse tontamente de un lado para otro, sólo por avasallar a los vecinos, por cumplir con los rituales de su sociedad y de la moda, por sorprendernos con los records y los presupuestos de sus viajes.

Lord Wellington. sabio profeta, decía con harta sabiduría política: “Estoy en contra del siniestro ferrocarril porque incita a la gente a moverse de un lado para otro sin ningún beneficio para el Estado”.

El turista se ha convertido en una plaga, en países como Francia, España e Italia, y es conmovedora la batalla del alcalde de Venecia por expulsar día a día de su ciudad a los torpes visitantes que por hordas pisotean a aquella maloliente moribunda. “La tristísima belleza de Praga”, de la que habló Pablo Neruda, debería estarle reservada también al viajero, más no al turista. Por eso no es extraño que los pueblos hayan creado una caricatura terrible del turista, con su máquina de fotos, su camisa floreada y sus shorts. Andan por el mundo con ropa de baño, como si los monumentos de las ciudades fuesen todos un enorme balneario. Tenía razón el obispo de Tours cuando mandó poner un letrero en la puerta de la catedral: “Se ruega a los turistas no entrar en ropa de baño a este santo lugar. No hay piscina en la catedral”.

Pero los trenes y los barcos me enseñaron a conocer la realidad del mundo y a conocer algunos países más allá de lo que cuentan los libros y las guías turísticas. Lo primero que uno encuentra en la frontera italiana de Ventimiglia es una pésima pizzería. En la frontera francesa de Cerbére, un excusado turco con un agujero en el suelo. En la frontera sueca de Góteberg, una máquina expendedora de condones. En la frontera suiza de Basilea, una ventanilla y un banco. En la frontera del Río Bravo, un multicine y un burdel. En la estación de Waterloo, a la llegada del Canal que atraviesa el Canal de la Mancha, un negro que vende collares. Y en la frontera de Algeciras, en la puerta de España, una cola interminable.

En las estaciones de tren he encontrado, he perdido o he recordado a muchos santos de mi calendario personal. Emile Verhaeren —el primer poeta que cantó el tren— murió en la estación de Rouen, atropellado por un tren de mercancías. Los burócratas enviaron su cuerpo a su viuda, embalado con una etiqueta que decía: “Contenido de este paquete: un muerto”.

Tolstoi, al sentirse morir, subió a un tren y se perdió camino al infinito. Se fue, como un viejo brahmán, como un elefante cansado, a morir lejos de su casa. Y cerró los ojos en la estación de Astápovo, rodeado de nieve.

El conde de Gobineau, infatigable viajero, tuvo una muerte muy consecuente con su vida: falleció en el ómnibus del hotel Liguria, que lo llevaba a la estación de Turín. Y hablando de vidas y muertes consecuentes, cabe evocar la de Alejandro Magno, por más que tan poderoso señor jamás soñara siquiera con dominar el mundo en tren. Alejandro Magno resolvía todos sus problemas de salud con una buena dieta. Al primer estornudo, dieta. Murió haciendo dieta.

El pobre Stendhal (Henry Beyle, “El milanés”, vivió, escribió, amó) no pudo morir en Milán, que era la ciudad de sus sueños. Se sintió enfermo en París, y sólo tuvo fuerzas para arrastrarse penosamente hasta la puerta del Ministerio de Asuntos Exteriores…

Muchas veces, en la estación de Napoule, he recordado al pobre Oscar Wilde, cuando llegó a estos lugares, castigado por el maldito recuerdo de la cárcel de Reading. Nunca fue Wild un buen viajero, pero en los últimos momentos de su vida ya ni siquiera buscaba el sol: sólo huía de la humedad y de las sombras que se le habían pegado al cuerpo en los años de prisión. Y él, que había sido el poeta de los narcisos blancos y las volutas de humo, andaba lentamente por las estaciones, con el cuerpo convertido en la máscara pintada de su tristeza, en la maleta perdida de su alegría.

A fin de cuentas, las rosas se van. Y se fueron aquellos trenes de lágrimas y humo que nos llevaron desde Londres a Estambul, desde Abidjan a Ougadougou, desde Lisboa a París, desde Moscú a Vladivostock. Aquellos trenes que recorrían, incansables, los bosques de Europa, las selvas de África, las estepas de Asia sin detenerse más que en las estaciones nobles: “trenes orgullosos”, los llamaban en Malasia…

Las prisas del tiempo se llevan los recuerdos de aquellos viajes “dificilísimos” de mis primeros años en Europa. Pero un buen viajero sabe que, cuando se pierde un tren en la vida, no hay más remedio que tomar el siguiente sin mirar su destino…

A fin de cuentas lo que vale es viajar, elegir un paisaje, perseguir un sueño, cargar la propia maleta y renunciar al resto. Porque, si debemos morir, lo mejor es que la muerte nos pesque a caballo. Y si todo el mundo muere entre desconocidos, lo mejor es enamorarse antes de que los rostros se borren, la memoria se esfume, las manos se aflojen. los ojos se cierren… Y los últimos trenes pasen de largo por el andén donde tanto tiempo los estuvimos esperando con un libro en la mano y la florecilla aquella que se quedó en el ojal,       n

Alfredo Bryce Echenique Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

El estado limítrofe

EL ESTADO LIMÍTROFE

POR AGUSTÍN BASAVE BENÍTEZ

El Estado mexicano debe renacer. Eso no significa partir de cero ni reinventar al país, sino confeccionarle un traje adecuado al cuerpo social que tanto se ha desarrollado. El hecho central radica, dice Agustín Basare, en el surgimiento de un Estado limítrofe que fije las fronteras dentro de las cuales habiten, por igual, el imperio de la ley y niveles dignos de vida.

La frontera entre lo particular y lo universal es harto nómada. La línea que divide el afán de distinción y el instinto gregario, o la que ya racionalizada separa el derecho a la singularidad del deber de la uniformidad, suele trazarse sobre las arenas movedizas de la historia de las ideas. Y si esto vale para los individuos vale aún más para las naciones, sobre las cuales han pesado a lo largo del tiempo designios veleidosos. La intelligentsia de cada época deja en este terreno improntas corredizas que pronto mueven quienes integran la de la siguiente. No podría ser de otra manera: entre la proyección de un pensador ensimismado y la de uno de personalidad expansiva hay todo menos sosiego, como todo menos quietud hay entre la necesidad de los débiles de reclamar su autonomía y la tendencia de los poderosos a imponer la vara propia para medir a los demás. Y es ese oleaje el que provocó en el ámbito internacional, por ejemplo, virajes tan drásticos como el de las tesis del progreso unilineal a la del particularismo histórico, y el de ésta a la globalidad.

Hemos vuelto, pues, a la obsesión de universalizar paradigmas. Yo creo que el inefable extremismo del hombre está llevando el péndulo a los excesos de la estandarización absoluta, y que eso está matando la de por sí esclerotizada vena creativa de quienes vivimos en la orilla tradicionalmente imitadora; y es que, con el perdón de los globalófilos, sigo pensando que sólo quienes construyen su propia cima de grandeza pueden aspirar a escalarla. En lo que no tengo problema con la globalización de los valores del liberalismo político. Más aún, me congratulo de ella y juzgo válidos sus parámetros para medir el avance de nuestra democracia y, sobre todo, para atisbar la meta de nuestra dilatada transición.

Ahora bien, según esos cánones liberales, ¿cuál es la característica de lo que se ha dado en llamar normalidad democrática? ¿Qué distingue a las sociedades políticas primermundistas de la nuestra? Vamos, en términos de democracia, ¿qué tienen ellos que todavía no tengamos nosotros? La respuesta se encierra en cuatro palabras: acuerdo en lo fundamental. Sí, por supuesto, tienen un Estado de derecho y una cultura política democrática mucho más consolidados que los nuestros, pero eso es precisamente lo que significa su acuerdo: que si bien discrepan en torno a muchas cosas, coinciden en lo que deben hacer cuando no coinciden. Es decir, han sido capaces de establecer un conjunto de normas básicas de convivencia que prácticamente todos reconocen como indispensables y acatan aun cuando no los benefician. No existe entre ellos unanimidad sino consenso para el disenso: no es que sean sociedades en las que nadie rechace el orden establecido, lo que sucede es que quienes pretenden hacerlo por la vía de la ilegalidad, sea ésta abierta o embozada, son parte de grupos francamente minoritarios que no pueden contra la voluntad explícita y activa de la abrumadora mayoría. Y claro, el mainstream de la disidencia se da dentro de los cauces legales, porque es muy poca la gente que no acepta las reglas para cambiar las reglas. Si alguien no está de acuerdo con la ley pugna por modificarla conforme a la ley, y se atiene a las consecuencias. Hay, así, un andamiaje legal e institucional que casi nadie pone en duda y que nadie pone en jaque.

En México las cosas son diferentes. Aunque hemos avanzado, seguimos teniendo un desacuerdo en lo fundamental. Constituyen ciertamente un pequeño porcentaje de la población los que han admitido su intención de subvertir el orden constitucional —el EZLN. el EPR, el ERPI et al— pero son muchos los que solapadamente buscan hacerlo y los que implícitamente dan su anuencia para que otros lo hagan. Y no me refiero a la ilegalidad cotidiana y sistemática en la que vivimos con la corrupción que se da en prácticamente todas las esferas de nuestra sociedad, sino a la discordia que prevalece entre importantes segmentos de nuestra comunidad con respecto a asuntos esenciales. Los casos de Chiapas y la UNAM son elocuentes. Pese a su enorme importancia, el que no se concuerde en el rumbo que debe tomar la legislación sobre pueblos indígenas o el de nuestra educación pública superior y que no se reconozcan los medios legales para discutirlo ha resultado lo de menos. Nada pueden convenir autoridades con indígenas y estudiantes cuando se diverge tan radicalmente en las visiones del sistema político, económico y social que ha de privar en el país. ¿Y la Constitución? Bien, gracias. Hay que sacarla de la caja de cristal en la que la resguarda un letrero que dice “rómpase en caso de incendio”. Y no podremos hacerlo cabalmente mientras tengamos el único régimen que gobierna estando sujeto a proceso y desde el banquillo de los acusados, el único gobierno que ha asumido su papel de ejercer el poder haciendo un acto de contrición por sus pecados. Por eso y más enfrentamos el riesgo de pasar de una gobernabilidad poco democrática a una democracia poco gobernable.

Soy un ferviente partidario del diálogo y de la negociación política. Pero a demasiados mexicanos se les ha hecho creer algo en lo que yo no creo: que o se dialoga y se negocia o se aplica la ley. A gestar esa falsa disyuntiva ha contribuido nuestra cultura de las reglas no escritas y nuestro orden jurídico, que no siempre contempla dentro de sí el realismo y la flexibilidad necesarios para que los conflictos puedan resolverse dialogando y negociando dentro del marco legal y no al margen de él. Por eso y por otras cosas cuando leo a Ricardo Lagos decir que la transición chilena culminará cuando se apruebe una carta magna que sea el reflejo de la voluntad de todos los chilenos me pongo a reflexionar si no será ése el único fin previsible de la nuestra: crear la primera Constitución que no sea producto de un triunfo militar sino de un consenso nacional. Pero cuando veo a decenas de miles de manifestantes en la calle caigo en la cuenta de que. desgraciadamente, es más fácil seguir improvisando una transición no pactada que alcanzar un nuevo pacto social que nos permita ponernos de acuerdo para saber qué vamos a hacer cuando no estemos de acuerdo.

El México del siglo XXI será un México renacentista o no será. Ya no bastará una reforma del gobierno como se ha planteado aquí desde hace más de dos décadas: será necesario un verdadero renacimiento de nuestra sociedad políticamente organizada. Más pronto de lo que pensamos será imprescindible refundar el Estado y hacer un nuevo pacto social, lo que presupone un Congreso Constituyente. Los cada vez más frecuentes episodios en los que la gente decide hacerse justicia por su propia mano son evidencias palpables y crecientes de que los mecanismos de articulación entre el pueblo y el poder público están dejando de funcionar satisfactoriamente. En otras palabras, la brecha que normalmente separa a los gobernantes de los gobernados se ha llenado de maleza —en doble sentido— y ya es difícil transitar de un lado al otro.

El problema va más allá de la representatividad. Con todas las asignaturas pendientes que aún existen en el ámbito de la equidad, hace tiempo que tenemos elecciones cuyas anomalías no son suficientes para determinar los resultados. Cada vez son mayores las coincidencias entre las cifras oficiales y las encuestas serias, incluidas las exit polls, y el número de presidentes municipales, gobernadores, diputados y senadores de los partidos distintos al PRI aumenta año con año. No se trata pues de un asunto de ilegitimidad, o al menos no en el sentido de que la mayoría de la gente no reconozca a la autoridad como la que ella eligió. La sociedad no está cuestionando tanto a sus representantes cuanto a su representación, es decir, a la estructura legal e institucional que los sustenta.

¿Por qué estamos enmendándole la plana a Weber? ¿Por qué estamos presenciando el surgimiento de un oligopolio de violencia legítima? ¿Por qué hay conflictos sociales que implican una ilegalidad flagrante frente a la cual el gobierno abdica a su potestad monopólica de emplear legalmente la fuerza para poner orden? Por varias razones: porque nuestras leyes no se hicieron para aplicarse siempre, porque la simulación es parte de nuestra cultura política y, sobre todo, porque la terrible desigualdad que tiene a millones de mexicanos en la miseria ha procreado un Estado con remordimiento de conciencia. He aquí el dilema. Cuando aquellos que asumen como suya la labor justiciera de los gobernantes no son individuos sino comunidades, o cuando quienes se sitúan al margen del Estado de Derecho cuentan con la aquiescencia tácita de una porción significativa de la sociedad, la señal es inequívoca: hay que revisar el tejido social.

Nuestras tres Constituciones, ya lo sabemos, han sido producto del triunfo de un grupo sobre otro. En cierta forma los acuerdos en lo fundamental que han supuesto han sido impuestos a la ciudadanía por la élite triunfadora, que se presentaba como representante de la mayoría. Sea como fuere, el hecho es que la que hoy nos rige fue capaz de implantar un consenso práctico, operativo, que durante mucho tiempo fue aceptado en lo general y por lo general. Pero ese consenso vertical, que operó en un contexto de mayor homogeneidad y pasividad sociopolítica, ya empieza a dar muestras de disfuncionalidad y de la necesidad de ser sustituido por otro horizontal. Vuelvo al tema: se trata de sustituir los viejos amarres intrapartidistas por nuevos amarres interpartidistas. O, mejor, de incluir explícitamente a todos en un pacto que no sea el resultado de una guerra sino de una conciliación.

La gente no puede admitir a un tiempo injusticia social y reglas ajenas. Mientras esté inconforme con la distribución de la riqueza —la económica y la educativa— sólo habrá una manera de que acepte que la ley se les aplique también a los que la violan en una lucha contra la injusticia, y ésa es que perciba como propias las normas con las que se ha de ordenar ese enjambre de intereses tan desiguales. Y, en contraparte, para legitimar el castigo al débil que se rebela contra esas normas no hay más camino que el de crear las condiciones que le permitan vivir con dignidad y en igualdad de oportunidades. Ambas cosas son indispensables en nuestro país, aunque ciertamente ambas son terriblemente difíciles de lograr: convocar a un Congreso Constituyente exitoso en esta transición enrarecida en la que los partidos no pueden ponerse de acuerdo en temas mucho menores está en chino, y alcanzar la justicia social en una realidad preñada de rezagos y marginaciones ancestrales está en sánscrito. Pero tarde o temprano tendremos que hacer una y otra.

Esto último merece punto y aparte. Quienes hace una década le otorgamos al modelo económico de la globalización el beneficio de la duda, hoy estamos ante la duda del beneficio. Me refiero a aquellos que no siendo iniciados en esa suerte de nigromancia moderna que es la economía, careciendo de respeto por los dogmas economicistas de izquierda y de derecha (en su concepción de lo económico como motor de la historia el marxismo es un liberalismo con posdata) y estando convencidos de que la única ley que opera en esa ciencia social es la del pragmatismo, no presenciamos la llegada de la ola “neoliberal” con ira o con regocijo sino con perplejidad. Generacionalmente situados a medio camino, llegamos demasiado tarde para desarrollar reverencias estatistas y demasiado temprano para encarnar furores privatizantes, y nos echamos a nadar en un caldo de cultivo para una enésima tercera vía. Por eso capeamos como pudimos el aluvión de evidencias cualitativas y cuantitativas que demostraban que, una vez enterrado el socialismo real y entronizada la globalidad, el repliegue del Estado interventor y la apertura comercial constituían la única opción cabalmente viable. Las pruebas eran contundentes: la quiebra de la Unión Soviética y de sus aliados había engendrado al antifantasma que después de recorrer Europa se seguía de frente rumbo a los países del segundo y del tercer mundo, asentando implacablemente el imperio de la vieja mano invisible que con mal de Parkinson y todo volvía por sus fueros. Así, frente a argumentos tan abrumadoramente realistas, acabamos encogiéndonos de hombros e ingeniándonoslas para abrigar esperanzas de que en estos tiempos insólitos la justicia social se abriera paso entre las inefables fuerzas del mercado.

Pero al menos en el caso de México algo salió mal. La tierra prometida por los tecnoprofetas, privatizada y casi libre de ejidos, no dio más que unas parcelas de feracidad a una pequeña parte de la sociedad mexicana. Después de años de ajustes estructurales con un alto costo social, justo cuando se anunciaba que el estoicismo de las mayorías se vería recompensado con un mejor nivel de vida gracias a la revolución microeconómica que estaba a punto de comenzar, un error de mes incierto pero de daños muy ciertos tiró por la borda buena parte del saneamiento macroeconómico alcanzado. Surgió entonces el cuestionamiento a la supuesta solidez de una economía que había sido sometida a una reestructuración tan profunda durante tanto tiempo y que, sin embargo, resultaba tan vulnerable. No hubo respuesta. Los economistas de la escuela en el poder se echaron la culpa unos a otros pero ninguno de ellos pudo justificar la fragilidad económica del país. ¿Cómo hacerlo? Imposible negar que aprovecharon el último aliento del presidencialismo mexicano para implantar las medidas que quisieron hasta donde quisieron y en los tiempos que quisieron. Y al haber tenido la sartén por el mango ni siquiera pudieron recurrir al pretexto del “no nos dejaron llegar al fondo” o del “nos impidieron actuar con la rapidez necesaria”.

Apenas es preciso aclarar que los dudosos del  beneficio no pretendemos contraponer al fallido paraíso terrenal ofrecido por la reedición del laissez faire un retorno al paraíso perdido del populismo. Nadie en sus cabales impugna la liberalización o la apertura comercial; impugnamos, sí, sus excesos. Pretendemos que se reconozca y se enmiende el error de volar sin escalas de la estatolatría a la soberanía del mercado, de haber incurrido y seguir incurriendo en exageraciones, de haber rondado y seguir rondando el fundamentalismo. Pretendemos, en suma, que se admita que la única continuidad entre la política económica estatista y la neoliberal ha sido el dogmatismo, y que los tabúes que tanto se criticaron desde la perspectiva modernizadora hoy son sustituidos por otros que se consideran globalmente correctos. He aquí el meollo del asunto: la visión autoritaria e intolerante de los artífices del nuevo modelo, que descalifican a priori cualquier propuesta alternativa, por sutil que sea el viraje propuesto. Los guardianes del santo sepulcro de Adam Smith están resultando más fieros que los del propio Karl Marx. Y tenemos que pasar la vergüenza de que sean George Soros o los conferencistas de Davos o el mismísimo Fondo Monetario Internacional los que nos sugieran dejar de ser más papistas que el Papa.

Finalmente, en el reino del globo aldeano —que no necesariamente aldea global— estamos ante un imperativo similar al que provocó la Revolución Industrial: debemos humanizar una globalización salvaje. Las crisis bursátiles que les estallan a países que nada hicieron para merecerlas continuarán en la medida en que se defienda el libertinaje de los flujos de capital especulativo. Pero claro, allí también hay puristas que no entienden que la regla que siempre da buenos resultados no es la del dejar hacer y dejar pasar, sino la de dejar de hacer lo que deja de pasar. A ellos habría que hablarles con el pragmatismo que pregonan pero que ya no practican: la búsqueda de nuevos paradigmas económicos sería una extravagancia si los actuales estuvieran dando el resultado que se le exige a cualquier economía sana, y que es la disminución de la desigualdad. Eso es, precisamente, lo que se propone la tercera vía. Y si bien se trata de una cuestión de grado —quizá lo que se está discutiendo es en realidad una vía 1.5— ante el encogimiento del espectro ideológico, ese gradualismo equivale en estos tiempos a una solución radical.

El Estado mexicano debe renacer. Eso no significa partir de cero ni mucho menos reinventar a México, sino confeccionarle un traje adecuado a este cuerpo social que se ha desarrollado tanto que está a punto de romper los tirantes de unos viejos pantalones cortos que ya le aprietan al grado de la irritación. En política, más a menudo de lo que mucha gente se imagina, es posible hacer confluir los caminos de la ética y de la eficacia. De hecho, la confluencia se facilita en la medida en que prevalece la democracia. Y nuestro país es un buen ejemplo de ello. En el viejo sistema político mexicano había un manual del éxito —no era el único, es verdad, pero sí el más socorrido— que contenía una escala axiológica en la que valores como la lealtad, la disciplina y la valentía aplastaban a los de la honestidad, la congruencia y la franqueza, y que recomendaba a los hombres del poder actuar en la oscuridad, evitar la toma de posturas definidas y hacer de la verdad una irrelevancia discursiva. En la transición democrática, en cambio, los consejos pueden revertirse porque empieza a ser políticamente más rentable la transparencia, la adquisición de compromisos claros y la sinceridad. No, no quiero decir que ahora pague más la ingenuidad que la astucia, sino que, a diferencia de los tiempos en que lo público era privado, la rendición de cuentas está haciendo menos vulnerable al que no tiene nada que ocultar, la opinión pública está premiando a quien asume el riesgo de definirse y el electorado está votando por la credibilidad.

La aritmética dice que no, pero el convencionalismo, que suele mostrar debilidad por los números redondos, decreta que estamos empezando un año, un lustro, una década, un siglo y, significativamente, un milenio. Ni los mexicanos ni el resto de los seres humanos estamos, pues, ante una más de las mojoneras con las que marcamos el tiempo para no perdernos en su infinitud, sino frente a un parteaguas cargado de símbolos. La palabra es pertinente: a las 12 de la noche del pasado 31 de diciembre se partió el agua, se rompió lo que no puede romperse y se nos puso a horcajadas sobre la frontera entre dos épocas. Porque aunque a veces sea nuestra coyuntura la que nos sugiere los cambios, somos nosotros los que inventamos los principios y los finales. Y porque a fin de cuentas es nuestra imaginería la que nos mueve a determinar cuándo cerrar un capítulo y abrir otro.

He aquí el reino de la metarracionalidad. Pareciera que no nos es posible vivir sin aquello que no podemos ni queremos entender, sin un trozo de conciencia que desafíe y trascienda nuestra capacidad de comprensión. Simbolismo o superstición, mito o superchería, el caso es que no somos capaces de prescindir de algo que satisfaga los instintos del animal que todos llevamos fuera. Tenemos que aullar cuando hay luna llena, o celebrar cuando concluye uno de los fragmentos temporales que arbitrariamente fijamos y comienza otro igualmente aleatorio. Pero es que llega un momento en que dejan de serlo. Es que en el instante en que asumimos nuestros hitos éstos adquieren sentido, se tornan inteligibles, se meten a hurtadillas en el mundo de la lógica. Y nos motivan. Detonan decisiones racionales, impelen a enmendar el rumbo.

El milenarismo puede porfiar en lo apocalíptico o explorar la sublimación, pero no puede gestar indiferencia. De nosotros depende que este presunto fin de una era sea de verdad el inicio de otra más venturosa. De nosotros, sí, de nuestros genes, de nuestro entorno familiar y social, de nuestras influencias emotivas e intelectuales y de esa chispa ignota que misteriosa y súbitamente nos permite escoger voces que no están en nuestro libreto y que nos da la posibilidad de salimos del cauce que nuestra circunstancia nos establece. Y si la suma de nuestro pasado y nuestro libre albedrío,con el catalizador simbólico de por medio, da como resultado nuestro futuro, ¿por qué no optar por una transformación de fondo y aprovechar la catapulta milenaria para arrojarnos sobre nosotros mismos? ¿Por qué no encarnar de una vez por todas nuestra humanidad y dejar atrás nuestra negación inhumana?

Liberales y marxistas explicaron el devenir histórico como la vía que deja atrás la locomotora de la economía. Ambos incurrieron en el plano social en el error que Maslow cometió en su análisis del individuo: olvidaron que los móviles económicos, como las necesidades fisiológicas, sólo son preeminentes en situaciones límite y que. mientras están satisfechos los requerimientos básicos de la sociedad o de la persona, unos y otras pasan a ser factores secundarios de nuestra motivación. Y es que todos los progresistas unilineales cojearon del mismo pie; positivistas, evolucionistas y demás representantes del determinismo en sus diversas vertientes se equivocaron al suponer que hay un plan en la historia y una variable que lo desarrolla. Ninguno de ellos se dio cuenta de que el mañana es inventable, porque ninguno advirtió que la libertad es la prevaricadora del destino, la que le dicta la resolución que lo convierte en un traidor a sí mismo.

La simbología del nuevo milenio, pues, nos insta al filoneísmo, y nuestra voluntad nos autoriza a que la novedad no sea catástrofe sino redención. Porque no hay razones para pensar en un sino catastrófico pero sí las hay para anhelar redimirnos. El progreso material podrá haber sido más o menos rectilíneo, pero la trayectoria de la justicia y la dignidad humanas ha sido en el mejor de los casos circular. Si creemos que ser libres implica ser injustos o indignos, del salto del 2000 caeremos en el mismo lugar. El humanismo, en su acepción más honda, es la respuesta. Que el hombre en su cabalidad sea el destinatario de sí mismo. Que la humanidad entera traspase el umbral del bienestar. Que la ciencia y la tecnología no desvirtúen nuestro medio ambiente y no nos deshumanicen. Que nuestra creatividad no se agote en una sociedad abierta sólo a las diversas opciones de la iniquidad. Que la globalización no nos masifique pero que nos englobe a todos. Que surja un Estado limítrofe, uno que fije las fronteras dentro de las que quepamos todos, las que enmarquen un nuevo Estado de Derecho con el que nadie esté por encima de la ley y un nuevo Estado de Bienestar con el que nadie esté por abajo de un nivel de vida digno. Que la imaginación y la generosidad, en suma, fecunden este breve resquicio entre milenios,     n

Agustín Basave Benítez Doctor en Política por la Universidad de Oxford y Director del Departamento de Ciencia Política y Derecho del ITESM. Campus Ciudad de México.

Una antología, simplemente

UNA ANTOLOGÍA, SIMPLEMENTE

Cada sexenio el tema de la cultura se vuelve un asunto de Rollos: otra vez las Definiciones del Papel del Estado; otra vez la compulsión Omniabarcante (no se deben olvidar las artesanías de la Flor de la Matatena, etc.); otra vez las Grandes Líneas Generales; otra vez los Ejes Regidores del Proyecto Cultural; otra vez (aunque bienvenidos) los Grandes Conciertos, Exposiciones, Festivales. Y al final del sexenio, uno se queda con la sensación de que ha sido demasiado el trú-trú dentro del área y pocos los goles.

Quizás el problema esté en que los Magnos Proyectos son para el siguiente mes, o para la Temporada Habitual, o a la caza del tourdel Hermitage para ver que venga a México. Quizás el problema esté en que los tres verbos que más gustan de conjugar los funcionarios culturales son los verbos Administrar, Conservar y Traer. (“Administrar los bienes o las instituciones culturales, conservar el patrimonio, traer a Zubin Metha”.) En su equivalente institucional, los funcionarios no se proponen, como los “creadores” —ese neologismo que engloba a los pintores, músicos, escritores, etcétera— hacer obra perdurable.

Pues bien, en materia literaria hay un Gol en puerta cuya jugada de elaboración se llevará un buen tiempo (pero ya corre el cronómetro) y que daría con exactitud el tipo de obra perdurable, institucional, a que me refiero. Se trata de que alguna institución cultural del Estado reúna a muchas otras —incluyendo aportadores de la inversión privada— para una chamba que debe también involucrar a varios literati encabezados, a su vez, por directores del proyecto que tengan “consenso” entre el gremio. (Y si no, y quizá de modo más funcional, por dedazo patriótico.) Y se trata de una antología literaria, simplemente. Se trata de la Antología del Bicentenario, en seguimiento a la Antología del Centenario de la Independencia encabezada entre otros por Justo Sierra y Pedro Henríquez Ureña. que se publicó en 1910 por encargo de Porfirio Díaz. La Antología del Bicentenario, a publicarse en el 2010. sería la antología de la literatura mexicana que no tenemos. Lo que sí tenemos es una gran literatura. ¿Tenemos una gran literatura? ¿Hay gran literatura sin una gran antología? La Antología del Bicentenario sería el modo de averiguarlo, o seguramente de constatarlo.

—Luis Miguel Aguilar

La cultura sin consenso

LA CULTURA SIN CONSENSO

POR JOSÉ CARLOS CASTAÑEDA

Los primeros pasos de nuestra incipiente democracia presumen de correr antes de caminar. Las convocatorias al consenso, el plebiscito y la concordia se olvidan de que la cultura democrática trae disputa, competencia y discordia. Y eso no está mal. Democracia no es sinónimo de fraternidad ni de utopía. No se trata de homogeneidad, y más bien se aleja de la unanimidad. No existe ningún tipo de armonía idílica. Sin competencia no hay pluralismo ni juego democrático.

No deberíamos olvidar tan pronto que la democracia es una forma, una serie de reglas para transmitir el poder sin caer en la violencia. Nunca un mecanismo para tratar de minimizar las diferencias y disolver las discordias. Si no aprendemos a vivir con el pluralismo será muy difícil defender una competencia democrática justa.

Los afanes por democratizar el gobierno han desarrollado un culto exagerado de las elecciones y la consulta. El modelo del plebiscito se propone como forma mejorada de la democracia y, a veces, se usa sólo como propuesta alternativa cuando en el fondo no tiene ninguna pertinencia. El proyecto de la consulta trata más de limar las diferencias antes que proponer algun plan específico. Sin embargo, nadie debería olvidar que el reclamo de la mayoría debe conjugarse con el respeto y la tolerancia a las minorías. Si dejamos que la mayoría imponga lo que los clásicos llamaban tiranía, cómo será posible apelar al pluralismo. En tiempos del nuevo régimen mexicano, olvidarse que la cultura no pone el consenso, sino la diversidad, es tanto como pensar que es posible negar la pluralidad mexicana. El antagonismo no es el mejor mecanismo para dirimir las diferencias. pero tampoco será el consenso el modo de olvidar las diferencias en materia de políticas culturales. La cultura necesita tanto el disenso como la diversidad. Sin un pluralismo activo acabaremos por enterrar los avances democráticos.

Vivir con el pluralismo requiere de una cultura tolerante que no trate de borrar ni de limar todas las diferencias, sino de encontrar los mecanismos para la participación de los distintos grupos con sus opiniones encontradas. La democracia se basa en la idea de que los seres humanos podemos convivir con nuestras diferencias sin tener que recurrir a la violencia. En la vida cultural mexicana es necesario que la diversidad crezca y tenga más formas de expresión. El Estado no debe controlar toda la participación cultural. No debe reducir a la sociedad a que sea sólo espectadora. Sin una sociedad interesada en el mercado cultural será imposible mantener y reproducir nuestra diversidad intelectual y artística.

Lo que hace falta en México es que el mercado cultural crezca. Y para lograrlo falta una apertura en la vida cultural no sólo en el ámbito específico de sus múltiples expresiones, sino también en el campo más difícil y cerrado del mercado de las élites. Tal vez falta mucho tiempo para lograr una economía de la vida cultural saludable, pero si no comenzamos a pensar en la necesidad de que la sociedad construya sus espacios y sus empresas culturales, llámense fundaciones o instituciones privadas, no habrá posibilidad en el futuro próximo de consolidar un mercado de la cultura sólido y rentable.      n

José Carlos Castañeda. Escritor. Es editor de Nexos.

Palabra de lector

PALABRA DE LECTOR

POR ROBERTO PLIEGO

No dice lector e imagina de inmediato a una gente cualquiera con un libro entre las manos. A vuelo de pájaro es alentador ver que alguien lleva una parte de la vida entre papeles. Pero cuando, segundos después, uno vuelve a decir lector, la curiosidad lo mueve al acercamiento y entonces contempla cómo se ejerce el poder de Sidney Sheldon. Más por optimismo que por curiosidad, se lanza a repetir la operación; y descubre con desilusión que ahora es Carlos Cuauhtémoc Sánchez quien instala el infierno de la estupidez entre las manos del lector.

Está claro que el lector no se hace con un libro entre las manos. El punto crucial está en lo que ahí reposa. De modo que, por desgracia, es preferible desconfiar. Para reconocer al lector hace falta abordar al libro entre sus manos. ¿Una guía para incrementar sus ventas? Lo sentimos, pero su tiempo ha terminado. ¿Consejos para aumentar la potencia de sus zonas erógenas? Con iniciativa, pero no, gracias. ¿Un manual de superación personal? Jaque mate. Una de las mayores distorsiones en un país sin lectores consiste en suponer que un montón de hojas encuadernadas son suficientes para imaginar un modo de existir. Pues de eso se trata, de un modo de existir y no de promocionarse; de un modo de existir, no de aprender, no de volverse una gente sensata.

Los argumentos en favor de la lectura sin importar el libro pasan por alto un hecho absorbente: como la escritura, el acto de leer requiere voluntad y, sobre todo, estilo. Mejor agotarse (¿o vale más: expanderse?) con la lectura del Quijote como único libro, como manía sin premio, que todo el oro de las modas y las mesas de novedades. Insisto: los argumentos en favor de la lectura sin importar el libro trabajan en favor de un gusto inexistente. Quiero decir, según los informes del estado de la educación literaria en México, y haciendo eco de una realidad que privilegia otras formas e placer, se valora tanto la lectura de Volar sin amor, volar sin alas de Alba María del Parral, por el mero hecho de ser un libro, como la de Rojo y negro de Stendhal.

Tengo la sospecha de que la causa de semejante distorsión debe buscarse en el prestigio casi nulo del que goza el arte de la relectura. Los lectores conscientes de sus derechos como élite suelen ser de un sólo viaje. No regresan, no aspiran a la gloria de la repetición: tienen la certeza de que, luego del primer encuentro, un libro ha dicho todo lo que tenía que decir. Reconocen que la lectura es un destino pero adolecen de una falla de abismos trágicos: son hiperespecialistas del presente. El problema, dicen, es el tiempo. Lo hay para El loro de Flaubert de Julián Barnes pero no para Flaubert. Muchas de las cosas que se agitan en el presente no carecen de interés, pero ¿no aumenta su intensidad cuando nacen por el contagio del pasado? Los representantes de la actualidad como valor primordial son devoradores de libros que engullen uno y otro y otro, más para olvidar al anterior que para satisfacerse con él. Sus relaciones no pasan de la librería. Sus esperanzas no están puestas en el espacio íntimo y dilatado de la biblioteca personal, donde los libros ya leídos aguardan con impaciencia, el momento de repetir sus viejos amoríos con el lector.

Un libro conduce a otro libro pues los libros llevan la huella impresa de sus antecesores. El lector llega a ellos, también, con una huella impresa: la de sus lecturas. Con el paso de los años, esas lecturas han cambiado. En algunos casos lo han hecho en virtud de que la perspectiva arroja una lectura distinta del mismo libro. A los cuarenta años, el sabor de Rojo y negro se asienta con más fuerza que a los veinte. Sí, hemos cambiado; el libro no. Decimos “releemos” y en realidad queremos decir “leemos”. Leer para releer. Esa es la verdadera cuestión,            n

Roberto Pliego. Escritor

Lo que no debe perderse

LO QUE NO DEBE PERDERSE

•El caso del profesor Culianu Ted Anton

Siruela

(La verdadera historia de un crimen político)

•La religión gnostica Hans Jonas

Símela

(Quiénes eran los nihilistas de la antigüedad)

•Orwell, Wintry Conscience of a Generation

Jeffrey Meyers Norton

(Un retrato de un disidente de la utopía)

•The Crisis of Reason J. W. Burrow

Yale University Press (¿Y después de la razón?)

•Shakespeare as Political Thinker

John E. Alvis Thomas G. West (El teatro y la politica)

•The Nature of Melancholy Jennifer Radden

Oxford University Press (Breve memoria de la melancolía)

•The Blind Assassin Margaret Atwood

Nan A. Tálese Doubleday (Un thriller de la gran escritora canadiense)

•        The Human Stain Philip Roth Houghton Mifflin

(La ultima entrega de la trilogía)

•        The Missionary and the Libertine

Ian Buruma Random House

(Una colección de ensayos literários)

•The Best American Essays of the Century

Joyce Carol Oates Houghton Mifflin (Recopilación de los clásicos)

•The Madonna of the Future Arthur C. Danto

Farrar Straus Giroux (Cuál es la pintura del próximo siglo)

•Humanity. A Moral History of the Twentieth Century Jonathan Glover

Yale University Press (¿Queda algo del humanismo?)

La conciencia de Deep Blue

LA CONCIENCIA DE DEEP BLUE

John R. Searle, profesor de filosofía en la Universidad de California, es autor de uno de los libros más necesarios para comprender los procesos neurológicos: El misterio de la conciencia (Paidós, 2000). De ahí extrajimos estas líneas, que responden a la interrogante sobre la existencia de máquinas concientes.

Hemos diseñado calculadoras de modo tal que producen símbolos que nosotros podemos interpretar como respuestas correctas a preguntas aritméticas que nosotros hemos introducido. Pero las calculadoras no saben nada de números, ni de sumas, ni de nada parecido. Análogamente en el caso de Deep Blue. Deep Blue no sabe nada de ajedrez, ni de jugadas, ni de nada por el estilo. Es una máquina para manipular símbolos carentes de significado. Los símbolos carecen de significado porque todo carece de significado para ella. Nosotros somos los que podemos interpretar los símbolos que introducimos como posiciones de ajedrez, y los símbolos que la máquina produce, como jugadas de ajedrez, porque hemos diseñado a la máquina para que lo haga así: saca símbolos sobre jugadas en respuesta a símbolos sobre posiciones (…). La idea de que, de uno u otro modo, éste u otros programas son la clave de la conciencia es pura fantasía.

Aun más extravagante que la tesis de que las computadoras que juegan ajedrez tienen que ser concientes es la tesis de que la existencia de un programa que puede denotar a cualquier gran maestro de ajedrez es una amenaza para la dignidad humana. Para despejar cualquier tentación de cometer este error, piénsese en lo que realmente ha pasado. Un equipo de investigadores humanos, sirviéndose de una electrónica muy potente diseñada por otros equipos de investigadores humanos, produjo un programa que genera símbolos que podemos interpretar como jugadas de ajedrez que pueden derrotar a cualquier jugador de ajedrez humano individual. ¿A la dignidad de quién amenaza esto? Si todo el proyecto de construir Deep Blue lo hubieran llevado a cabo chimpancés o marcianos podríamos pensar que nos ha salido cierta competencia: pero la máquina electrónica no tiene vida propia, carece de autonomía. Es sólo un instrumento creado por nosotros, n

La balada del refrigerador

LA BALADA DEL REFRIGERADOR

POR JUAN ANTONIO KALMINSKY

Acostumbrado a las ceremonias del siglo XX, al romper con Y, una mujer con las ojeras que regalan los cuarenta, X abandonó el departamento común y se llevó su cartera, su mínimo guardarropa y una de sus dos PC. Acostumbrado a las viejas tonadas, X se llevó también su cazadora de piel, su colección de discos de Tom Waits y el horno de microondas. Nada de lo que se quedó con Y le importaba. O eso creía. Olvidó su semen durmiendo en el refrigerador.

X amaba a Y y ella lo amaba. Los dos pensaban que ese amor debería corresponderlos con una vida en el vientre de Y. Después de cinco años de invocar el climaterio, de improvisar clases de trapecio en la cama, de transformarse en una bestia de dos cabezas a la luz de la luna, la reproducción de la especie les respondió con un desolado “no”. En la colmena no había miel. Así que la cama dejó de ser un trapecio y dio paso a una cámara de torturas. X se concentraba en el esperma victorioso; Y repetía la tabla del siete. Después de tanto siglo XX, se apuntaron en la lista del siglo XXI: inseminación artificial. El semen X, el oculto Y. Probaron el siglo XXI como al final probaron la televisión, completamente vestidos, a las dos de la mañana. Y nada. Es decir, nada de reproducción de la especie. Nada de este mundo.

Así llegamos al momento en que X tomó su cartera, su cazadora. X se enamoró de otra mujer, puso una casa con ella y le dio cuerda a su reloj. Mientras tanto, y seguía recitando la tabla del siete y de tanto recitarla dio con el semen de X durmiendo en el refrigerador. Volvió a probar el siglo XXI. Esta vez fue recibida con fanfarrias. La reproducción de la especie no siempre avanza en línea recta. Y hizo las cosas un poco mejor. Luego de unos meses el semen congelado de X atinó a ver la naturaleza como un aplauso a sus espaldas. Y se embarazó. X le daba cuerda a su reloj. Ahora es padre de un hijo y se pasa las horas recordando el día aquel en que se llevó su cartera y su PC pero olvidó su semen en el refrigerador. La verdad lisa y llana es que hay vida más allá del refrigerador. La verdad lisa y llana es que nadie protege a quien olvida su semen en el refrigerador.

Juan Antonio Kalminsky Psicólogo. Es autor del libro La paternidad como olvido del ser.

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

56 (millones de dólares) 1. Cantidad que acordó pagar el Real Madrid por la transferencia del futbolista Luis Figo. 111 (millones de dólares) 2. Presupuesto del Real Madrid. 38 (millones de dólares) 3. Déficit en el presupuesto del Real Madrid. 284 (millones de dólares) 4. Deudas económicas del Real Madrid. 70

5. Años que dice tener el futbolista Diego Armando Maradona luego “de lo que ha vivido”.

5,000.000

Boy scouts en Estados Unidos.

60.000

6. Palabras que contiene la biografía de la pareja Victoria / Beckham

2,500

7. Palabras a las que se opone la pareja de la pop star y el futbolista.

23,914

8. Japoneses con cien o más años de edad.

51

9.   Porcentaje de ejecutivos británicos que consideran más negativo un apretón húmedo de manos que ir inapropiadamente vestido.

11

10.  Embarcaciones que en los últimos dos años y medio han dañado los arrecifes de coral de Quintana Roo.

7.464

Bicitaxis que circulan en el DF.

20

Porcentaje de italianos que prefieren hacer el amor en sitios inusuales.

11. Atletas que Burkina Faso envió a las Olimpiadas de Sidney.

628

12. Atletas que Australia inscribió en las Olimpiadas de Sidney.

3.3

13. Porcentaje de españoles entre 15 y 64 años de edad que consumen cocaína de modo habitual.

50,000

14. Muertes que ocurren anualmente en el mundo debido a mordeduras de serpiente.

60

15. Porcentaje de esas muertes que ocurren en la India.

40

Personas en el mundo que sufren del Síndrome Strangelove.

46

16. Porcentaje de capitalinos que han sido víctimas (o sus familiares) de un asalto en los últimos tres meses. 29,872,325 17. Volúmenes con los que cuenta la Red Nacional de Bibliotecas. 80,000.000 18. Mexicanos que este año consultarán algún libro en la Red Nacional de Bibliotecas.

19. Porcentaje de esos usuarios que son estudiantes de nivel medio.

290

20. Pseudónimos que utilizó el escritor mexicano Ireneo Paz.

Roberto Pliego Escritor. F.s subdirector editorial de la revista nexos.

Fuentes: 1-4. The Economist: septiembre 9 de 2000: 5. Reforma: 25 de septiembre de 2000: 6-7. La Crónica: 30 de agosto de 2000: 8. El País: 12 de septiembre de 2000: 9. La Jornada: II de septiembre de 2000: 10-12. Unomásuno: 24 de septiembre de 2000. 13. Milenio: 10 de septiembre de 2000: 14-15. Time: septiembre 18 de 2000: 16. Esle País: septiembre de 2000. 17-19. Reforma: 25 de septiembre de 2000; 20. La Jornada: 11 de septiembre de 2000

El hombre del chip

EL HOMBRE DEL CHIP

A los 45 años, Kevin Warwick se implantó un chip de silicio en el brazo izquierdo. Entonces era profesor en el departamento de cibernética de la Universidad de Reading cerca de Londres, y el chip permitía que una computadora siguiera sus pasos y lo monitoreara. El implante se comunica a través de una red de antenas colocadas a lo largo del departamento. La computadora fue programada para responder a sus movimientos. Por ejemplo, cuando entra por la puerta principal la computadora dice “hola”, al mismo tiempo abre las puertas y enciende las luces.

La hipótesis de esta investigación consiste en sustituir al lenguaje humano con el lenguaje electrónico de las computadoras. Si los sentimientos y el dolor se reducen a impulsos electrónicos que puede leer una computadora, qué pasaría si esos mismos impulsos se reproducen de manera artificial. Cómo reaccionaría el cerebro ante el impulso que ha creado una computadora simulando sus verdaderas reacciones emocionales.

Kevin Warwick quiere ir aún más lejos, si sus experimentos tienen éxito. Quiere probar su chip en otra persona. Piensa conectar a su esposa al mismo programa de la computadora de modo que ambos estarán conectados a través de un sistema digital. Y podrán estudiar y enviar señales acerca de sus sentimientos simulados por la computadora. Una auténtica utopía conyugal, el menage a trois, con un gato encerrado.

—José Carlos Castañeda

Sobre la justicia

SOBRE LA JUSTICIA

POR FRANCISCO JAVIER MOLINA RUIZ

 En los países democráticos acostumbrados a la alternancia, los equipos de transición pasan normalmente desapercibidos y son conformados, en su gran mayoría, por técnicos operadores expertos en planeación y peritos en la materia de entrega-recepción ya que vinculan el aspecto político con la estabilidad genuina del desarrollo del país.

En México, ausentes desde nuestra ley fundamental de una cultura de alternancia, el fenómeno de transición se convierte en todo un suceso que lejos de constituir un mecanismo para la correcta prosecución del país en aquellos renglones que se consideran aceptables y estables para el desarrollo, van impregnados de una inercia política que se mezcla, en el sentimiento de los mexicanos, con sensaciones diversas de triunfo, cambio, venganza, odio, angustia, miedo, en la búsqueda de un porvenir mejor y más bondadoso y equitativo para todos.

Así entonces, en la figura del Presidente Electo se ve al líder victorioso que genera en el sentimiento de la nación todo cúmulo de esperanzas y de enormes expectativas por lo que su equipo de transición, que debiera de ser un instrumento para el buen arribo al nuevo gobierno, transmite en su esencia la presencia de un contingente político a cuyos seres físicos se les ve ya asentados en distintas posiciones llevando a la realidad las propuestas de campaña.

Ciertamente, la oferta política de los consensos para gobernar por parte del nuevo presidente existe, pero qué más lejano de la realidad el pensar que serán los miembros de la transición los que lleven a la práctica esta oferta. Como su nombre lo indica, la transición es finita y por tanto sus actores, como tales, tienen una vigencia política limitada a este efecto, la transición.

Lo propuesto y ofrecido no deviene de una ocurrencia del candidato triunfante sino de toda una plataforma y proyecto político diseñado por un partido, echado a andar por un candidato y cuyo fin feliz de aplicación dependerá de la concurrencia ciudadana en el proyecto.

Es evidente que después de setenta años de una forma de gobernar exista un deterioro notable de algunas instituciones del poder central y por ello es evidente también que deban de existir programas a corto, mediano y largo plazo.

En lo que no hay duda, independientemente de lo hasta aquí sucedido, de la presencia de un equipo de transición efímero y de un proyecto de gobierno esperanzador, es que a partir del 1 de diciembre habrá un nuevo estilo de gobernar que por sí mismo invitará a un cambio de actitud social y personal de todos los que integramos la comunidad mexicana y de aquellos que queremos una patria diferente a la hasta ahora vivida.

Nuestros hijos que nacieron en la crisis y crecieron en la crisis, hoy tienen la oportunidad de que sus hijos vivan en un México mejor, n

Francisco Javier Molina Ruiz Coordinador de Justicia y Seguridad del Equipo de Transición del Presidente Electo.

Cultura y Estado. Estado de la cultura. ¿Mecenas o patrones de la cultura?

FOLIO DE NEXOS

CULTURA Y ESTADO ESTADO DE LA CULTURA

¿MECENAS O PATRONES DE LA CULTURA?

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

La idea de que el Estado debe fungir como mecenas cultural de México aparece, al menos, desde el siglo XVIII, cuando se permiten loterías y otro tipo de concesiones que financien las escuelas de arte; y la propia Corona española envía a la Nueva España una importante colección propia de grandes obras europeas y de reproducciones clásicas para que sirvan de modelo a los estudiantes.

En los siglos anteriores, con los Austrias, la Iglesia y el Estado (muchísimo más aquélla que éste) se repartían cierto modesto compromiso, las más de las veces discrecional, de fomentar o cuidar la cultura. En los concursos de poetas se regalaban a los innumerables triunfadores diversos objetos de plata.

Se encargaban edificios, pinturas, esculturas, libros, villancicos. Se premiaba con ciertos puestos a los “ingenios” (como Sigüenza). O personalmente, tal prelado o funcionario se declaraba protector de ellos (como en el caso de Sor Juana).

Hubo mucho arte y mucha cultura religiosas en la colonia porque se trataba de una sociedad muy religiosa, pero también porque la Iglesia gastaba mucho en ello. Y privó desde sus principios la idea, establecida a ratos como ley, de que las “antigüedades” de los indios prehispánicos pertenecían a la Corona y debían remitirse a la corte española. O permanecer en custodia de las autoridades locales (la Coatlicue).

El mecenazgo estatal en asuntos de historia, arte, ciencia y cultura fue azaroso durante casi todo el siglo XIX en México. Hubo subvenciones desde la época de Iturbide (quien publicó alguna obra de Bustamante en la Imprenta Imperial) y ciertos premios discrecionales (a veces más proclamados que cumplidos: al parecer. Santa Anna nunca pagó el premio prometido a Bocanegra y Nunó, triunfadores del concurso del Himno Nacional), pero prevalecieron el desdén y el descuido.

Sin embargo, al decretarse desde la época de Valentín Gómez Farías la expropiación de los bienes del clero (que empezó, entre otras medidas, con la incautación de las bibliotecas eclesiásticas para formar la Biblioteca Nacional), y luego de todas sus propiedades, el Estado se echó a cuestas la obligación de vigilarlas y conservarlas (obligación que, curiosamente, se inició con el derrumbe de muchas de ellas para abrir calles, construir edificios públicos y, sobre todo, ofrecer en remate sus grandes terrenos a compradores privados, que lo mismo erigieron ahí palacios que vecindades).

Sin embargo, quedó constitucionalmente establecido, con la Reforma, el deber estatal frente al patrimonio novohispano, que posteriormente, en el Porfiriato, se amplió hacia las zonas y los monumentos (Museo Nacional) arqueológicos. El emperador Maximiliano fue un entusiasta defensor del mecenazgo estatal con respecto a la cultura antigua de México e incluso a la moderna (auspició la poesía, la música, el teatro).

El nacionalismo liberal impuso, hacia fines del siglo XIX, una posición algo excéntrica en su momento: el Estado como amplio mecenas del patrimonio cultural y artístico, al que no habían llegado la mayoría de las repúblicas del mundo, aunque de algún modo estaba implícita en las monarquías absolutas, donde el rey podía proclamarse a su arbitrio dueño o protector de cualquier cosa.

Quien estableció el gran cambio fue el “revolucionario” José Vasconcelos como secretario de Educación. Amplió la responsabilidad estatal sobre el patrimonio cultural y artístico. Se volvieron obligaciones del Estado la enseñanza, la difusión e incluso, ante el pasmo nativo e internacional, el estímulo a la cultura, el arte y la ciencia. Y no sólo a los antiguos sabios y creadores, sino también a los modernos. Sorprendió en el mundo que el Estado mexicano se convirtiera en propiciador incluso del arte más moderno, del vanguardista, cosa que no se veía en las mayores potencias de ese tiempo, salvo la Unión Soviética. (El gobierno francés no fue mecenas de Picasso, Bracque ni Matisse a la manera del mexicano con los muralistas y la Escuela Mexicana de Pintura.)

Esta enorme, costosa responsabilidad del Estado mexicano se debió, en buena medida, a la avaricia e ignorancia de nuestras clases adineradas y medias. No existían en México ni un amplio mercado de bienes culturales, ni muchos mecenas privados, ni fundaciones que se ocuparan, por ejemplo, de costear las investigaciones y el cuidado de Teotihuacán. Es difícil encontrar aspecto cultural mexicano del siglo XX ajeno a algún apoyo estatal.

El interés del mercado y de los potentados privados por la cultura ha crecido a lo largo del siglo XX, pero hoy en día sigue siendo mínimo y muchas veces mezquino. Se ha propuesto, por ejemplo, convertir tal o cual importantísima zona arqueológica —sólo les interesan las ruinas estelares— en una “autosuficiente” zona turística, con grandes y estorbosos hoteles en los sitios menos oportunos. Algo así ocurre efectivamente en Europa, donde hay castillos medievales de propiedad privada y dedicados al lujo personal o al turismo, pero no en los principales monumentos, sino en los menos significativos; y siempre sujetos, desde luego, a reglamentaciones severas.

A fines de la Segunda Guerra mundial, cuando Italia estaba en ruinas, no faltaron los millonarios internacionales que propusieron que el nuevo gobierno italiano subastara todos los monumentos y obras romanos y renacentistas: así mejoraría sus finanzas. El Estado italiano se negó: su patrimonio cultural era una prioridad también política.

Tal como subsiste, la Constitución mexicana obliga al Estado al mecenazgo cultural, y con una amplitud mucho mayor que en casi cualquier otro país del mundo. Ese mecenazgo ha funcionado bastante bien, a pesar de los desórdenes sexenales: en arqueología y en artes plásticas ha recibido reiteradamente el reconocimiento internacional, por ejemplo. Antes de la “becomanía”, se auxiliaba a escritores importantes o prometedores, como Nervo, Reyes, Novo, Yáñez, Paz, Rulfo, con puestos diplomáticos, políticos o administrativos.

Pero también han ocurrido desastres y abusos. A la caída de la “Época de Oro” del cine nacional, el Estado se convirtió en productor de muy malas películas, salvo excepciones. Y en los aspectos de difusión y fomento a la cultura contemporánea se han visto no pocas denuncias de “amafiamientos”, favoritismos, ninguneos, a la discreción de los jefes burocráticos en turno.

Ni uno ni otro de estos errores escapan al mercado ni al mecenazgo privados de otros países, donde también se producen muy malas películas y se otorgan favores “amafiados”. Se dirá empero que en la política del “mercado cultural” y del mecenazgo privado, al menos el costo no se carga a los impuestos: ¡quién sabe! Hay muchas maneras de financiar “privadamente” lo que en realidad termina pagando el bolsillo popular e incluso el erario, como ocurre con las deducciones de impuestos y mil y un estratagemas contables. A final de cuentas siempre paga el pueblo: ya sea por vía fiscal, ya por la vía de los precios de los productos, que se incrementan con los gastos caprichosos de los mecenas privados, los cuales suelen aparecer, por ejemplo, como costos empresariales con los que se reducen utilidades en los documentos contables. Grandes instituciones culturales internacionales llevan el nombre de supercapitalistas terribles, de biografías escasamente virtuosas.

Sin embargo, habrá que reconocer que la ola privatizadora mundial se opone a los gastos demasiado generosos de los gobiernos en la cultura. “¡Reduzcan su deuda rematando su arqueología!”, se recomienda a los países tercermundistas de gran acervo cultural y flacas finanzas.

El nacionalismo revolucionario del PRI se opuso a ello por principio, pero al menos desde hace décadas ha buscado el ideal de una cooperación privada: el antiguo lema de una “economía mixta” trasladado a un financiamiento “mixto” del patrimonio y de la actividad culturales. Lo ha logrado en pequeñas áreas y proyectos: apoyos a ciertas carreras universitarias, establecimiento de sociedades de “amigos” de los museos, etcétera.

Pero en nuestros días, sin un fuerte mercado cultural nativo, ni empresas, potentados ni fundaciones privadas nacionales de generosidad multimillonaria, sencillamente es impensable la investigación universitaria e incluso la docencia elemental desprovistas del mecenazgo del Estado. Mucho menos la investigación, la conservación y la vigilancia de más de 10,000 zonas arqueológicas y de cientos de templos coloniales. Ni de las docenas de museos de arte, ciencia e historia.

Tampoco ayudaría a la modernización de la sociedad mexicana una labor editorial dedicada exclusivamente a bestsellers. Ni un desarrollo artístico enfocado a música y bailes turístico-folklóricos y digestivos, o a cuadros de ramplonería kitsch como mera decoración en ofertas de tiendas de autoservicio.

El Estado sólo podría ir reduciendo su ciertamente enorme responsabilidad de guardián y mecenas de la cultura, en la medida en que aparecieran, como ocurre en Estados Unidos y Europa, un mercado sólido y fundaciones responsables, prestigiosas y honestas que se propongan ayudar en serio. Esto no sucede de la noche a la mañana. Pero la poderosa corriente de colegios y universidades privados dignos, que de cualquier modo siguen siendo una minoría en el panorama educativo del país, es un signo de que tales contribuciones no gubernamentales son posibles y deseables.

Lo importante, por el momento, es que no se banalice ni politice la discusión oportunista del papel del Estado en la cultura. Que no sirva como arma de censura, ni de remate de obras e instituciones que le han costado mucho tiempo y dinero a la sociedad mexicana.

Hemos visto en España, en Francia, en Italia, incluso en Estados Unidos, que se alternan gobiernos de supuesta izquierda con gobiernos de supuestos centro o derecha, sin necesidad de prender grandes fogatas oportunistas, revanchistas, contra las políticas culturales del pasado.

Las correcciones y reformas necesarias debieran producirse con prudencia y responsabilidad, y no como terrorismo desde el poder. Ni los políticos ni la supuesta “opinión pública”, tan manipulable, deben pronunciarse sobre asuntos de matemáticas; tampoco sobre medicina, arqueología, historia, letras, humanidades, artes.

Para ello cuenta el país con instituciones de larga tradición y profesionales enterados, ampliamente protegidos por la Constitución, por las leyes y compromisos internacionales que México ha suscrito (como los de la UNESCO) y auxiliados por la experiencia en estos campos de otros países. La precipitada barbarie jamás ha sido solución para nada,       n

 

José Joaquín Blanco Escritor. Su más reciente libro es Poemas y elegías.

Un memorándum en rojo

UN MEMORÁNDUM EN ROJO

POR RAFAEL PÉREZ GAY

Como en otras zonas de la vida mexicana que avanza rumbo al siglo XXI, la cultura en México se desarrolla entre paradojas. En ese mapa paradójico radica una parte de la riqueza cultural de los mexicanos del fin de milenio pero, a la vez, en él se refleja su extrema fragilidad. Me detendré un momento en ese mapa y en algunas de esas contradicciones desprendidas de entre la fuerza del rezago y la turbulencia de la modernidad.

Industria editorial

Los mexicanos del siglo XXI estaremos metidos en este lío de consecuencias todavía incalculables: una librería por cada 170,000 habitantes, 5,000 bibliotecas de Conaculta y 2,000 de la SEP para toda la población alfabetizada, no más de 300 librerías en toda la República, una caída de al menos 45% en la venta del libro en los últimos años, el cierre de una cantidad aún no documentada de empresas productoras de libros, todo esto como resultado del aumento de los insumos que trajo consigo la devaluación del peso en el año de 1995. En aquel año adverso, las autoridades educativas y culturales del presidente Zedillo propusieron el “Programa de Cultura 1995-2000”. Nadie recuerda los programas gubernamentales, son como los sueños que olvidamos cuando la luz del día los transparenta y desvanece. Me gustaría rescatar, de la bruma de los tiempos, algunos puntos de aquel plan:

•     Otorgar al libro un carácter de interés público nacional.

•     Garantizar condiciones favorables para los elementos que concurren en el proceso de producción del libro.

•     Elevar los hábitos de lectura.

•  Desarrollar acciones de promoción de la lectura.

•  Establecer una pequeña red de salas de lectura.

•     Ediciones propias y coediciones con editoriales privadas.

Años después, en 1999, el presidente Zedillo instaló un nuevo plan de Fomento a la Lectura muy parecido al anterior. En honor a la verdad, por encomiables que hayan sido los objetivos y las estrategias del plan 1995-2000, y del más reciente de impulso a la lectura, sus contenidos no tocaron los puntos centrales, no tanto operativos sino estructurales, del libro en México. Me referiré de momento sólo a dos: el libro de texto y el debate sobre el Estado-editor.

En otras ocasiones he expresado mis dudas acerca del tamaño del Estado-editor mexicano. No está de más poner otra vez sobre la mesa la pregunta: ¿tiene sentido sostener un Estado-editor de las dimensiones del que tenemos? Creo que no. ¿Tiene sentido editar un millón de libros al año teniendo 5,000 bibliotecas y un sistema de distribución de 225 puntos de venta como los que tiene el CNCA? Creo que no. Es como comprarse 25 llantas para un sólo coche, por si se ofrece. No propongo, es obvio, que el Estado abandone la edición, sería una barbaridad y una pérdida para todos; creo, en cambio, que el Estado no debería plantearse la consolidación de una gran casa editora sino la creación de un programa único de ediciones. Nunca serán lo mismo una casa editora y una institución cultural cuyo objetivo sea reducir los vacíos, los agujeros de una industria pequeña y débil como la mexicana. De eso, Vasconcelos sabía un rato largo. También he escrito en otras páginas que aunque la política cultural del Consejo Nacional para la Cultura y la Artes pueda ser discutible, son innegables los logros de Rafael Tovar y de Teresa al frente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Del mismo modo, los aciertos de Alfonso de Maria y Campos están a la vista de todos en el catálogo de la Dirección General de Publicaciones. Sólo la mezquindad, el oportunismo o la simulación podrían negar ahora, en pleno cambio de régimen y de gobierno, los éxitos de la institución que ha dirigido Tovar y de Teresa. Aun así, no me entusiasma un Estado-editor gigante, competidor natural de editoras privadas, con un magnífico plan editorial que elogiarían en países como Francia o España, pero con un consumo como el de Nicaragua y un sistema de distribución y comercialización modestísimo, por no decir inexistente, adecuado para un país como Barbados.

El gran rezago del Estado-editor en México no es, con todo, ese gigante que publica un millón de libros al año. El momento de mayor rezago de la política cultural del Estado ocurre durante el proceso productivo de los libros de texto. Desde hace años, el Estado mexicano ha secuestrado el libro de texto. El Estado es proveedor y cliente del mayor tiraje de libros que hay en México, decidiendo así que los editores privados vivan al margen del único momento culminante de esa industria. Mientras no se libere la producción del libro de texto gratuito —hablo de la producción, no de los contenidos—, con todas las prevenciones que se quieran, la industria editorial mexicana no saldrá de su largo viaje al fondo de la noche.

La expulsión del público

La paradoja del Estado-editor que fomenta la lectura y retiene en su poder el libro de texto no es la menor de las contradicciones de una política cultural que oscila entre la renovación y el atavismo. Si se revisan las políticas de impulso al cine, el teatro o la música, aparecerá la misma fuerza paradójica: retener capitales sin derrama hacia las industrias privadas e instalar sin público.

En México hay varias generaciones de escritores, dramaturgos, cineastas y músicos activos, en plenitud de facultades y capacidades productivas pero, nueva paradoja, realizan en su mayoría, y salvo excepciones notables, su trabajo en un medio sin consumo. Un ejemplo: la industria mexicana del libro no pudo reponerse del final dramático del lópezportillismo y el principio de los ajustes delamadridistas. Un dato: en el año dorado de 1976, por cada libro que se publicaba en México, en España se publicaban dos; hoy en día, por cada libro que publica México, España publica más de treinta. Esto quiere decir, como es obvio, que los españoles recuperaron décadas en muy poco tiempo, pero no es menos cierto que los mexicanos perdimos más de veinte años de crecimiento cultural en esa peregrinación a Compostela que ha sido su camino a la normalidad democrática.

La recuperación económica que pregonan nuestros políticos no ha tocado aún el consumo de los mexicanos. Esta es quizás una de las razones de la expulsión del público. En el mercado editorial hay signos inequívocos —precios altos de los insumos contra ventas bajas— de que la crisis se expande, menos escandalosamente pero sin pausa y sin reposo. Los compradores de libros y revistas no han vuelto a las librerías y a los puestos de venta desde que fueron expulsados por la devaluación y la crisis del año de 1994. Ni volverán, a menos que haya una mejoría en el consumo.

Pero en México hay. por paradójico que suene una vez más, una vida cultural efervescente. Si los escritores publican sus libros, se agrupan alrededor de revistas, escriben en suplementos culturales; si. pese a todo, los cineastas hacen películas, los dramaturgos ponen en escena sus proyectos; si las universidades, con la excepción trágica de la UNAM —pero incluso ella—, realizan sus planes culturales, ¿puede hablarse de un paisaje devastado? En efecto, se trata de la devastación del público, de una especie de soledad de la cultura, una especie de condena a la minoría. Me explico con un ejemplo: según el INEGI, la caída general en las ventas de los impresos mexicanos a partir de la crisis de diciembre de 1994 osciló entre el 35 y el 45%. Cinco años después, la letra impresa sigue, con alguna leve mejoría, resintiendo las oscilaciones de la tormenta de aquel diciembre. Veamos si no: en el México cultural del que hablo, los periódicos que no son deportivos o de nota roja no tiran más de 100,000 ejemplares, las revistas de cultura no rebasan los 30,000 al mes, o los 8,000 semanales. Salvo contados casos, un escritor mexicano que vende 3,000 ejemplares de alguno de sus libros puede considerarse un éxito local; éxitos de venta aparte, los tirajes más comunes de las editoriales en México constan de 2,000 ejemplares mientras que en Argentina son de 5,000 y en España de 10,000. ¿Y el público? El público oye radio y ve televisión.

La burbuja incómoda

Otra paradoja se desprende de estos comentarios, marca de agua en la vida cultural en la víspera del cambio de gobierno. Como nunca antes el Estado mexicano ha impulsado la cultura, los presupuestos universitarios han crecido o, al menos, se han sostenido en los últimos años. El proyecto del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes fue creado, por cierto, dentro de la burbuja salinista ocurrida entre 1991 y 1993- No menos paradójico es, por cierto, el hecho de que haya sido Salinas, el gran villano de la escena política mexicana, el creador de uno de los aparatos más completos de apoyo a la cultura de que tenga noticia nuestro país.

No estoy muy seguro de que el apoyo a los artistas mediante becas dé por resultado mejores escritores,  cineastas, directores de teatro, pintores o escultores (eso se verá con el tiempo); la paradoja reside en que este aparato realiza su proyecto cultural en los años de mayor caída en el consumo de bienes culturales. Pero, de nuevo, ¿quién consumirá estos bienes culturales? No veo, ni en mis días más optimistas, al público consumidor de cultura que México necesita en el cierre de este siglo. Soy de la idea de que la cultura debería ser rentable, generar negocios prósperos, disparar el consumo de bienes y servicios culturales.

Engaños de la globalización

La aparición del ciberespacio, la tecnología de punta, el internet, esa nueva alfombra mágica, como la llamó desde hace años Raúl Trejo Delarbre, ha sido una de las grandes novedades de la vida pública y privada. De pronto es posible conquistar el mundo desde la intimidad de la alcoba; New York, París, Londres en la palma de la mano. Para Carlos Monsiváis, el Rancho crece mientras el Internet se aísla. Estoy de acuerdo. Una geografía del privilegio se oculta en los avances tecnológicos. Quizá sea exagerado, pero la verdad es que la instalación informática dibuja una paradoja más de la cultura en México, como si el rezago tradicional y la modernidad se retaran una vez más a un duelo mortal. Estamos ante el medio de medios, la Red, cuyas potencialidades culturales y comerciales son enormes pero, una paradoja más, no dejo de pensar que en México el Internet es como un DC 10 con las llantas de un carrito de valeros. Seguramente no soy el único que mientras observaba con una mezcla de incredulidad y estupor la catástrofe de las inundaciones del año de 1999 se preguntó, en medio de las imágenes más trágicas, en dónde de se aplicaría la informática como proyecto nacional: en la era de la globalización, la desigualdad aísla al gran público.

Salida

Si la historia no es causa-efecto y, como nos enseñó Edmundo O’Gorman, puede ir simplemente hacia adelante o hacia atrás, acaso no sea inútil preguntarnos en qué lugar del tiempo cultural nos encontramos. Se pueden aceptar las sanciones del destino y confiar en el porvenir, pero lo cierto es que las noticias del presente no encierran demasiado optimismo. La sospecha de que hemos ido para atrás en materia cultural no es ilegítima; así lo muestran la crisis de la industria editorial, el trágico conflicto en la UNAM, la ausencia del público consumidor de bienes culturales, la hiperpolitización de los espacios y cierto desprecio por la cultura como un elemento al final extraño en el cuerpo de la sociedad. También veo la sombra de un antiintelectualismo que podría avanzar en los próximos años.

El critico norteamericano Lionel Trilling expuso, con admirable claridad, el abismo que separaba en Estados Unidos a la clase educada de la literatura. Por clase educada, Trilling entendía a las personas que valoran su capacidad para vivir una parte de su vida con ideas serias. Escribió:

En el siglo XIX, en este país como en Europa, la literatura se hallaba subyacente en toda actividad intelectual. El científico, filósofo, historiador, teólogo, economista, teorizador social y aun el político debían probar habilidades literarias que en el presente parecerían ajenas a sus respectivas vocaciones (…). De dos exposiciones de igual calidad, una en el siglo XIX y otra en el XX, podemos decir que la del siglo XIX tiene más fuerza. Si los medios de comunicación mecánicos eran menos eficientes que ahora, los medios intelectuales lo eran mucho más.

Me dirán que en estos comentarios al vuelo me he referido solamente a las malas noticias. Es probable. Por lo demás, no es posible saber lo que resultará de las paradojas culturales mexicanas. En ese caso, espero estar equivocado.           n

Rafael Pérez Gay. Escritor. Su más reciente libro es Cargos de conciencia.

¿Qué pasó con los conteos rápidos de Consulta Mitofsky?

¿QUÉ PASÓ CON LOS CONTEOS RÁPIDOS DE CONSULTA MITOFSKY?

POR ANA CRISTINA COVARRUBIAS

En nuestro número de agosto de 2000 (Nexos 272) publicamos un artículo de Roy Campos que expone los resultados de las encuestas de salida y de los conteos rápidos recabados por Consulta-Mitofsky. Este artículo disiente. Aquí entregamos sus argumentos

La pregunta viene a cuento porque jamás salieron al aire el 2 de julio pasado. La grabación de la transmisión de Televisa, de las seis de la tarde a las doce de la noche, deja claro que ese día Consulta Mitofsky dio cuenta solamente de los resultados de sus encuestas de salida, pero no de sus conteos rápidos.

En su número de agosto Nexos publicó un artículo de Roy Campos denominado “Encuestas de salida y conteos rápidos” en el que el autor presenta una serie de tablas con resultados de encuestas de salida y conteos rápidos bajo la premisa de que “los ciudadanos nos quedamos con la imagen que nos dieron las empresas encuestadoras ese día. Posteriormente cada encuestador dirá cuáles fueron los números finales de los ejercicios estadísticos que se hicieron, pero ante la opinión pública lo importante es el primer dato que dimos a conocer… ese dato, que es el que quedará registrado como el que difundió cada empresa, se presenta en los cuadros siguientes”.

Bajo la premisa que el autor establece no debería aparecer en sus cuadros ningún dato de conteo rápido de Consulta Mitofsky en tanto que no se dieron a conocer el mismo día de la elección.

Covarrubias Sofres, que trabajó para Televisión Azteca, convino con su cliente en presentar todos los datos del 2 de julio ante la fe del notario público 218 del Distrito Federal, José Luis Villavicencio Castañeda, para dejar constancia pública de los resultados entregados el día de la elección. Tales resultados son los que aparecen a continuación empezando por las encuestas de salida y aclarando que los horarios marcados son los que aparecen en el acta levantada por el notario.

Como puede apreciarse, nuestra entrega se hizo de acuerdo a principios internacionales recomendados por ESOMAR (European Society for Marketing and Opinión Research) en el sentido de reportar en las encuestas que se publican (y la encuesta de salida es eso, una encuesta en la que los individuos entrevistados expresan la forma en que acaban de emitir su voto) la proporción de personas que no respondieron. Obviamente que si los resultados encontrados se ajustan eliminando la “no respuesta”, las proporciones de voto se aumentan y quedan, para los cuatro casos reportados, las siguientes distribuciones que ahora sí son ya comprobables con los resultados del PREP; lo que Roy Campos hizo fue comparar peras con manzanas.

Por lo que toca al conteo rápido de la elección presidencial, por primera vez en nuestro país, a sugerencia de SOFRES, Francia que así reporta los datos en Europa y diversas partes del mundo, dimos dos avances y una versión final. Los dos avances se difundieron a las 9:20 de la noche en entrevista con Sergio Sarmiento y el conteo final se entregó ante el notario público a las 10:50. Los resultados fueron:

En fin, que las encuestas de salida de Consulta Mitofsky ni fueron las primeras (sólo en el caso de la elección presidencial por escasos minutos en tanto que TV Azteca le dio prioridad en sus transmisiones al mensaje del IFE, pero la encuesta de Covarrubias estaba entregada desde las 18:20 horas ante la fe del notario público) ni siempre las más precisas, como lo afirma Roy Campos en su artículo. Aparte, es importante precisar que en el caso de las encuestas de salida del Distrito Federal y de los estados de Guanajuato y Morelos lo que publica Roy Campos en Nexos no coincide con lo que se difundió el 2 de julio; en la publicación se hacen algunos ajustes.

Y en cuanto a los conteos rápidos de esta empresa, ni hablemos porque simple y sencillamente no aparecieron el 2 de julio.

Es lamentable que se utilice un artículo bajo encargo de Nexos para hacer propaganda abierta de una empresa, Consulta Mitofsky, en detrimento de otra, Covarrubia Sofres, que en esa ocasión fue su competencia directa,   n

Ana Cristina Covarrubias.

Presidente de Covarrubias y Asociados, S. C.

 

 

 

 

 

 

Los intelectuales latinoamericanos descritos por sus (im)pares

LOS INTELECTUALES

LATINOAMERICANOS DESCRITOS POR SUS (IM)PARES

POR MARTIN HOPENHAYN

Posmodernos, adscritos a organizaciones de base, sociológicos, progresistas, integristas. mediáticos, independientes, orgánicos, académicos, ensayistas, apocalípticos y optimistas; los intelectuales hablan de los intelectuales y lo hacen con ironía, con los libros en la mano.

Un intelectual postmoderno   describe a un intelectual crítico: ¿Por qué insiste en ser el aguafiestas de la historia? Basta ya de melancolía: en esta modernidad sin muros y abierta a la aventura, no puede seguir creyendo que la tarea del intelectual es desenmascarar los artificios del poder y las maldades de la alienación. La locomotora de la historia lo relega al último vagón, y él sigue pensando que puede cambiar la dirección de los rieles para hacer girar el tren en 180 grados. ¿Hasta cuándo? Se quedó pegado en el sueño en que él era parte de una vanguardia capaz de trizar el poder y recomponerlo según sus obsesiones decimonónicas de socialismo libertario o humanismo compasivo. Cree interpretar a Marx poniendo sus saberes al servicio de la transformación del mundo, pero no se da cuenta que el mundo se transformó pese a él, y que lo que cabe ahora es partir de este cambio, embarcarse en las nuevas rutas de la libertad, que incluyen la libertad económica pero que también desafían a una mayor secularización de valores. Insiste en la queja, en la denuncia de los abusos de una globalización a la que atribuye el signo del demonio. ¿Pero no se da cuenta que la globalización es el único camino para bailar en la fiesta de las culturas híbridas, jugar el juego de los mensajes que se cruzan por todos lados, des-localizar la propia identidad y liberarnos, precisamente, del peso de la historia?

Un intelectual crítico describe a un intelectual en el gobierno: ¿A eso le llama “praxis transformadora”? Quién lo viera en la lucha contra la dictadura y el neoliberalismo. ahora defendiendo este último con eufemismos como la “entrada a la modernidad” y la “visión de futuro”. Le queda de su propia historia cierta informalidad: sus ternos son de colores y sus corbatas un poco osadas. Tiene un asesor de imagen para verse a la vez suelto y confiable. Entre amigos dice lo que piensa y ante el micrófono lo que resulta políticamente conveniente. Lo más radical que lee es a los liberales democráticos y neo-contractualistas, que ya los leía hace una década cuando preparaba su desembarco de la ONG al puesto de gobierno. Su rebeldía le duró hasta que descubrió que tener un puesto de gobierno le hacía sentir bien, y hasta poderoso. “Hay que ser realistas”, me dice cada tanto para desembarazarse de cualquier examen de consistencia. Y aunque no lo diga, entiende ese realismo como acomodo, complacencia o a lo sumo como opción de introducir cambios mínimos en un orden estructuralmente injusto. De haberse visto como es hoy con sus ojos del pasado, habría dicho que su futuro sería el mejor ejemplo del viejo slogan que celebramos en una película de Scola: hay que hacer que las cosas cambien un poco para que nada cambie demasiado. Ahora lee a Toffler, a Fernando Flores y a Negroponte como si allí encarnara hoy el viejo mito de la emancipación del sujeto. Entre las nuevas formas de gestión, las tecnologías de la información y la iniciativa empresarial. encuentra una nueva utopía y se la cree, o hace como que se la cree.

Un intelectual del gobierno describe a un intelectual de organizaciones de base: Sí. no cabe duda que es bienintencionado. Esto de ver en los pequeños actores a los portadores de nuevas racionalidades es loable. Pero sigue pegado en la idea de buscar actores que rediman la Historia. ¿De dónde espera que todos estos grupos pequeños de mujeres, campesinos, cooperativistas, ecologistas, indígenas y artistas, puedan llegar a armar una propuesta de gobierno? Al final, su discurso es una mezcla de citas de Agnes Heller, Galeano, Max-Neef, Galtung, un poco de Amartya Sen, pobladas con casos aislados de grupos de base que portan nuevos ideales encarnados en nuevas prácticas. Y de tanto buscar, confunde: confunde la cultura popular con nuevas formas de organización, confunde las estrategias de supervivencia con racionalidades emergentes, confunde la pobreza con el desarrollo alternativo, el club de barrio con la utopía social, las demandas de las mujeres con el fin del patriarcado. Habla de nuevas metodologías de investigación-acción, investigación participativa, técnicas cualitativas, fin del paradigma racionaliluminista. Pero más que metodología, es nueva ideología revestida de una retórica que aboga por el tan mentado nuevo sujeto. Quiere verse como el intelectual comprometido con el cambio en la base social, a medias produciendo conocimientos para enriquecer la experiencia de otros, a medias recogiendo la experiencia para pretender, desde allí, confirmar nuevos conocimientos aplicables a las ciencias sociales en su conjunto. Va de lo particular a lo general y viceversa como quien se cambia de camisa, sin reparar en el mismo hueco que deja entre ambos niveles. “Ese hueco”, argumenta, “es el espacio de la nueva política”. El problema es que lleva ya dos décadas con esa respuesta vacía y parece no inquietarse en la demora.

Un sociólogo de la academia describe a un intelectual que está haciendo dinero como asesor de imagen corporativa: ¿Hasta dónde puede extenderse el campo de aplicación de las ciencias sociales? El caso que aquí describo ilustra sobre este dudoso matrimonio entre el ámbito de la investigación social y el de la publicidad. Una cosa es hacerse rico escribiendo un libro, otra maquillando la imagen de un candidato o de una empresa. El tema en juego no es, claro está, el del ejercicio de la profesión, sino el de la buena conciencia del intelectual. Podrá argumentar que la sociología ha muerto, lo que pongo en duda. O que los intelectuales deben empaparse en la contingencia, tomar la iniciativa y ubicarse en los nichos del mercado. Pero a mí me huele a pacto mefistofélico. Al final, su trabajo se reduce a cálculo económico y cálculo político. No hay otro fundamento para su práctica que su rentabilidad. Podrá movilizar la batería metodológica que aprendió cuando era investigador social: encuestas, focus group, manejo de la opinión pública. Pero sólo lo hace para competir en un juego que es propio de la publicidad: dar en el clavo no es plantear una hipótesis de discusión ni verificarla, sino tener una idea que venda o una estrategia que triunfe. Despojado de racionalidad sustantiva, modela un discurso ad hoc para hacer pasar su razón instrumental por visión de futuro. Como el negociante calvinista. poco a poco el dinero que genera se le va convirtiendo en la evidencia de su buena práctica. Al extremo que cree, o quiere creer, que su éxito mundano es la nueva vara que consagra un nuevo matrimonio entre la virtud y el saber. Poco le importa a quién promueve, con quién teje alianzas, e incluso contra quién asesora. Y cuanto más remodela sus fastuosas oficinas y cambia el look para mejorar su carta de presentación frente al cliente, más crujen en sus tumbas los huesos de Comte, Weber y Durkheim.

Un intelectual progresista describe a un intelectual integrista: Qué duda cabe, hemos cambiado de adversario. Avanzamos por la senda de la modernidad y sin embargo tenemos a este intelectual retrógado, inspirado en los historiadores católicos de los años treinta y en sus postgrados en Navarra, y cree que se puede conciliar la apertura económica con el conservadurismo moral. Quiere hacer de su país un mercado abierto al mundo y a la vez un convento, último bastión de reserva espiritual en un mundo en descomposición. ¿Cómo se las arregla para ser neoliberal en lo económico e integrista en lo cultural? Es él, y lo que representa, uno de los principales obstáculos al progresismo. Desde su cabeza, tan ilustrada hacia atrás y a la vez tan anclada en principios doctrinarios que no osaría cuestionar, se tejen las estrategias y los contenidos del nuevo pensamiento conservador nacional. Niega la confrontación directa porque sabe que, en última instancia, sus argumentos se fundan en principios que no está dispuesto a convertir en objeto de polémica. Pero a la vez se atribuye la palabra que separa el bien del mal. Y no nos queda más remedio que confrontarlo cuando discutimos políticas educacionales, políticas para los medios, políticas de sexualidad y políticas de drogas. El está convencido de que su rol de intelectual se juega en usar el conocimiento para darle contención a los cuerpos y sosiego a los espíritus. Al más viejo estilo: el libro en la mano izquierda y el rosario en la derecha.

Un intelectual iluminista describe a un intelectual de la “différence”: ¿Por qué insiste en un lenguaje críptico, poblado de conceptos que él da por dado pero cuyo contenido es tan dudoso? ¿ Qué es esto de lo “rizomático”, la “capilaridad”, el “discurso-otro”, la “escenificación” o los saberes “contrahegemónicos”? ¿Y por qué tanto encono con la razón, el conocimiento, la integración cultural? Francamente, no lo entiendo. Cita a los crípticos postestructura- listas como si fuesen de sentido común: Deleuze, Lyotard, Derrida. Demoniza las estructuras y los ordenamientos. Exalta la diferencia, pero en esa exaltación los buenos son siempre los otros, los que no están en la política pública, no comparten las opiniones de las mayorías y no comulgan con el consenso político. Todo lo contrario, el disenso les suena siempre atractivo. Y de tanto abogar por la diferencia, se olvida que ésta muchas veces sirve de pretexto para justificar las desigualdades. Dudo de su sensibilidad social. Rara vez lo veo conmoverse ante la tragedia humana. Más bien se preocupa por leer en ella, como en cualquier cosa, la metáfora que pone al descubierto la clausura oculta del texto de la vida. Se junta con otros parecidos, publican revistas, hacen actos de intervención urbana, “ponen en escena” las “estéticas de la resistencia” y las lógicas que subvierten el canon y la complacencia, teorizan sobre formas “revulsivas” del arte, la cultura y la autorreflexión colectiva. Pero todo esto, que puede sonar muy sugerente. nunca se traduce en una propuesta de construcción colectiva (porque de lo que se trata es de deconstruir).

Un intelectual de ONGs describe a un intelectual de los organismos internacionales: Qué lastima ver cómo un intelectual lúcido finalmente se apoltrona en los rituales de las conferencias intergubernamentales, sustituye la pasión por la verdad por la construcción de textos verosímiles que suenan bien, son políticamente correctos, pero insípidos al fin. Amarrado, como está, a no herir la susceptibilidad de nadie, se desplaza del pensamiento crítico a una tecnocracia ilustrada. Maneja bien los datos del subdesarrollo social, tiene acceso a la información que producen sus pares en otros organismos internacionales y a los dudosos datos de gobiernos, y con esos insumos no hace más que escribir catálogos de propuestas sensatas que van a parar al cajón de un ministro o a la documentación de conferencias donde las conclusiones y recomendaciones son como la crónica de un corolario anunciado. Ya no escribe artículos sino documentos de trabajo. Lee cada vez menos teoría y cada vez más documentos oficiales. La cautela la disfraza de prudencia, y maquilla la crítica con apelaciones a la sensibilidad y las buenas intenciones. En los hechos, escribe por encargo: se le encargan los temas y en buena medida los enfoques. Su lenguaje se despersonaliza con el correr de los años y la creatividad en las ideas se transmuta en formas nuevas de combinar elementos archidichos. No produce conocimiento, sino que lo organiza en torno a propuestas que pasen sin asperezas por el paladar de sus interlocutores: organismos de gobierno, otros organismos internacionales y foros donde hay más protocolo que sustancia.

Un intelectual crítico describe a un intelectual mediático: No quiero parecer grave en mis juicios; pero cada vez que lo veo en televisión me da la impresión de que ha privilegiado de tal modo el acto comunicativo por sobre la sustancia, que incluso él mismo termina convencido de que la realidad es bastante simple. Ha sacrificado la profundidad en aras de la anchura, y ha sustituido el desarrollo del conocimiento por su traducción al público masivo. Pero inevitablemente se aplica aquí lo de “traductor- traidor”. ¿Pensará él lo mismo? Se le atribuye una función loable, a saber, ilustrar al público general, tejer un puente entre la sensibilidad de masas y la reflexión de los intelectuales. A veces logra, lo admito, adecuar ciertas citas de filósofos como rúbrica en sus comentarios sobre contingencia. Pero siempre queda la sensación de que lo hace como si se tratase de una jugada en un tablero, y que el tablero fuese su propia imagen como intelectual frente a la sociedad. Siempre parece tan razonable, y su elocuencia es capaz de desplegarse en lapsos cada vez más cortos. Ha comprimido el tiempo de la reflexión crítica en el tiempo de una opinión frente a las cámaras. Y así, casi sin darse cuenta, da opiniones sobre todo. Porque se lo consulta acerca de todo, incluso de aquello que probablemente él jamás ha investigado o pensado. Y es tal su hábito de responder, que siempre tiene alguna respuesta frente a cualquier pregunta, y siempre la presenta como si fuese el resultado de una reflexión previa. Y como el hábito hace al monje, él termina creyendo que sabe de todo, cuando en realidad opina de todo, que no es lo mismo.

Un intelectual-ensayista describe a un intelectual académico. Francamente, lo admiro. ¡Qué paciencia! Me parece casi inverosímil poder centrar años de trabajo en la exégesis de Hegel, en la interpretación de un diálogo de Platón o en una traducción crítica de la obra de Simmel o Weber. Pero a la hora de opinar sobre la realidad nacional o latinoamericana, resulta tan tosco y poco interesante. En lo que a mí concierne, hace rato dejé la academia. La filosofía no puede seguir apolillándose en las lecturas críticas. Lo que hay que leer críticamente es la realidad y hablar desde las resonancias que esa realidad irradia en nuestras vidas. Volcarse a la calle, conversar, perder el tiempo con los amigos, sufrir las derrotas de otros en carne propia. ¡Y él se toma tan en serio! ¿Cómo perder tanto tiempo en estar al día en la bibliografía, en prevenir errores de interpretación y en construir una metodología exante para luego desarrollar un largo trabajo que muchas veces no termina nunca, y que en el camino se desgasta explicando las inconveniencias de otras metodologías? He visto, entre los académicos, guerras a muerte por motivos que nadie más entendería: peleas porque uno confundió el concepto de simulacro con el de artificio, el de imaginario con ‘el de fantasmático, el de crítica interna con deconstrucción, el de dialéctica con el de dinámica. Hay que ver cómo sudan y se descomponen cuando son malinterpretados o cuando deben confrontar interpretaciones que, a juicio de ellos, no tienen ningún fundamento en los textos. Hasta hablan con cierto tono engolado o flemático, aprendido de sus pares y reconocido como el tono más adecuado para expresar dudas sobre los comentarios de sus pares. Y esa división tajante que hacen entre lo superficial y lo profundo: ¡por favor, qué pedantería platónica, qué letanía frente al mundo de todos los días!

Un intelectual independiente describe a un intelectual orgánico: Me resulta difícil creer que a estas alturas en América Latina se pueda pensar que la reflexión intelectual pueda todavía someterse a la camisa de fuerza del proyecto partidario. La ilusión, tanto utópica como iluminista, de que el intelectual era capaz de descubrir la dirección correcta de la historia y luego encajar su descubrimiento en un programa político, murió con la caída del muro, o mucho antes. Un intelectual orgánico, al viejo estilo, es una contradicción de estos tiempos. Más bien tenemos que invertir el llamado de Marx, y volver a preocuparnos por interpretar un mundo donde las coordenadas ya no son ni el asalto al poder ni la instauración del socialismo. Este intelectual obsesionado con traducir la lectura de la historia a líneas partidarias, o bien con barnizar estas líneas con la interpretación de las grandes contradicciones del momento, debiera aplicar lo que tanto invocó en tiempos pasados: la autocrítica. Es un daño a la autonomía reflexiva del intelectual mantener todavía un cierto ideal de intelectual orgánico. Más positivo parece, desde una postura más independiente y abierta, formular la crítica de la primacía de la razón instrumental en la política, incluido al intelectual orgánico como objeto de esa crítica. La subordinación del pensamiento a los programas de partidos, o incluso a los programas de gobierno, perpetúa una confusión de esferas donde el pensamiento, en su carácter de abierto, se niega a si mismo. No digo con esto que el intelectual no tenga un lugar en la política, sino que no puede definirse como intelectual a través y sólo a través de ella. En la medida en que persista en esta restricción. su reflexión sobre la cultura, la política y la sociedad estará sesgada desde la partida por el objetivo que pretende reforzar.

Un intelectual académico describe a un intelectual ensayista: Si cree que la investigación rigurosa puede suplirse con algo de literatura y un montón de conjeturas sugerentes, lamento decir que se equivoca. Esos atajos que toma para escribir, y también para pensar, hablan por lo que sus textos no dicen: la falta de metodología y la falta de rigor. Piensa que porque hoy la academia ha sido aislada por los medios de comunicación y en parte por el pragmatismo de la política, puede despedirse del sudor de la investigación y compensarlo con ideas que saca de la nada. Suele proyectar sus propias percepciones y vivencias creyendo que pueden llegar a ser universales, y en lugar de buscar el esfuerzo reflexivo del lector, busca su complicidad. Sin duda, así gana adeptos. Pero blandos y autoindulgentes, como él. Cambia de tema como de ropa, y se justifica poniéndole a su dispersión el epíteto de la diversidad. Más que pensar temas, los visita y sobrevuela. Más que producir conocimientos, opina. No seria grave si hiciera explícita esta limitación. Pero suele ocultarla u olvidarla. Cuando se queda sin ideas, recurre a la elegancia estilística esperando que ella pueda conducirlo a nuevas ideas. Cita textos a discreción pero nunca da cuenta de la bibliografía ni de las discusiones teóricas que subyacen a estos temas que visita. Se prodiga en metáforas, como si éstas fuesen pertinentes por el sólo hecho de ser metáforas. No tiene una posición clara y definida, sino puntos de vista cambiantes según el ánimo, la sensibilidad que adivina en sus lectores o el impacto que estas perspectivas pueden surtir en el auditorio. Se complace con su propia escritura pensando que basta con escribir para pensar. Sus ensayos no son sino eso: tentativas inconclusas cuyo desarrollo esquiva por pereza.

Un intelectual apocalíptico describe a un intelectual optimista: ¿Con qué base se le ocurre postular que la globalización abre oportunidades de autoafirmación cultural de los grupos oprimidos, crea nichos de inserción para el desarrollo local, promueve un imaginario político democrático a escala mundial? ¿De dónde sacó que la postmodernidad nos libera de la “tiranía de las ideologías” y abre el campo para el desarrollo de las diferencias?

¿Por qué dice que el Internet es la promesa para que todos tengamos voz en el concierto global, y para que todos accedamos con oportunidades a la sociedad de la información? Dónde él ve todas estas promesas, yo veo sólo amenazas. La globalización, combinada con la nueva revolución del conocimiento, no ha hecho más que agudizar contrastes sociales dentro y entre los países; dejar a dos tercios de la humanidad fuera de la carreta del progreso; dividir el mundo entre informatizados y desinformatizados; fragmentar social y culturalmente a las sociedades nacionales por efecto de la tan mentada postmodernidad o lo que yo simplemente llamo la crisis de proyectos colectivos; amenazar las identidades locales con la cultura Mac-mundo o Disney-mundo; y generar cada vez más reacciones xenofóbicas y fundamentalistas. A esto cabe sumar el cúmulo de desastres ecológicos y un futuro inquietante en términos de sobrepoblación y agotamiento de recursos naturales. Entonces vuelvo a preguntarme por las raíces de su optimismo. ¿No será que es tan duro el porvenir que reacciona negando? Colecciona, con entusiasmo genuino o simulado, argumentos y ejemplos para mostrar que las nuevas tecnologías pueden surtir un efecto democratizador y pluralista. Pero no tiene cómo contra-argumentar cuando le digo que precisamente esos efectos, acotados y reducidos como son, perpetua una ilusión que nos hace aceptar un ordenamiento general arbitrario, una racionalización sistémica asfixiante, y una administración eficiente de las desigualdades.

Un intelectual de la “différence ” describe a un intelectual en el gobierno: Consagra formas de saber-poder donde la búsqueda de consensos, aparentemente bienintencionada, trasunta la impronta de la uniformidad. Con una malla retórica que desconoce los pliegues donde habitan las subjetividades-otras, el intelectual en el gobierno invoca equívocamente lo que en realidad es unívoco: la reconversión de la política hacia una negación complaciente de las fisuras del tejido cultural de la sociedad. Su pragmática subsume las referencias teóricas en apologías de la eficiencia y la eficacia. Habla de actores sociales pero allí no hay más que identidades agregadas en grandes conglomerados que se sientan a una mesa de diálogo o a definir políticas de intervención y disciplinamiento. desconociendo precisamente aquellos actores que hoy día resultan más reveladores de la fragmentación social: nuevos movimientos sociales, grupos no representados por el juego partidario o parlamentario, manifestaciones que desde la cultura logran parodiar, con sus prácticas discursivas, la primacía procedimental de la política pública. Y cuando vuelve sobre la teoría, ya habla menos de Bobbio que de Luhmann. menos de Habermas que de Giddens, cada vez menos de Touraine y no menciona a Bourdieu. Sus lecturas de microfísica del poder (Foucault) o de esquizoanálisis (Deleuze-Guattari) son parte de un pasado remoto que recuerda con simpatía. Pero cuando se trata de dar cuenta de los efectos destructivos del modelo modernizador sobre la memoria inscrita en los cuerpos, saca del ropero a Schumpeter y habla de la “destrucción creadora” del capitalismo y la modernidad. Así, teje una involuntaria —pero efectiva— complicidad con el modelo neoliberal.

Un intelectual mediático describe a un intelectual de la academia: ¿Cómo puede todavía concebir el saber como un campo de autorreferencia que se reproduce a espaldas de la comunicación general y del espacio público? Es cosa de verlo: sigue convencido de que el saber se preserva y cultiva en los rituales del claustro, en un lenguaje no contaminado por el habla cotidiana: y acude parsimoniosamente al “templo” del conocimiento para hacerse allí un nicho donde habla en difícil y, con suerte, escribe en difícil. La palidez del encierro se le ve en la cara y en el lenguaje. Pasa más tiempo en cuidarse de no incurrir en errores de interpretación de los textos, que en comunicar ideas propias. Juega el juego de las  discusiones eruditas y las citas sesudas y confunde el juego con el mundo. Como si el mundo no hubiese cambiado y estuviese desde siempre definido por una relación de hostilidad mutua entre la sensibilidad común y la reflexión teórica. Hasta la voz y los gestos terminan impostados de tanto cuidar lo que dice y proteger su feudo. ¿Olvida, acaso, que Sócrates hacía filosofía en el mercado y tenía al “vulgo” como interlocutor? Hoy ese mercado son los medios de comunicación —¿dónde más podría conversar Sócrates en las postrimerías del siglo XX?—. Se actualiza en su especialidad, pero no en las prácticas para difundir lo que en ella cosecha. Esta contradicción no le preocupa sino todo lo contrario: cree que de este modo preserva un tesoro que al menor contacto con el aire de la ciudad se contamina,      n

Martín Hopenhayn. Escritor.

Sobre la seguridad

SOBRE LA SEGURIDAD

POR JOSÉ LUIS REYES VÁZQUEZ

Con respecto a la inseguridad pública predomina una visión: es un problema integral que no puede agotarse en lo estrictamente policial, pues comprende las condiciones de marginación y exclusión de amplios sectores de la población. Siguiendo esa línea de análisis, los esfuerzos del Estado no deben ignorar la dimensión económica y social del delito, pues de otra forma los mejores esfuerzos policiales resultarán infructuosos. Estamos de acuerdo.

Otros analistas incorporan a los elementos anteriores uno más, sin duda importante, que podemos definir como la cultura del respeto a la ley por parte de la sociedad. En efecto, además de la dimensión policial, económica y social de la inseguridad, la cultura y en consecuencia la educación juegan un papel relevante sobre todo cuando el prestigio que resulta de la riqueza se convierte en un fin socialmente acreditado, sin importar los métodos utilizados para alcanzarlo.

Si lo importante es el dinero y el ascenso, prescindiendo de que los medios utilizados se ajusten a lo que prescribe el derecho, la sociedad estará educando a delincuentes potenciales en todos los niveles. Los valores se trastocan y llega el momento en que el delincuente resulta ser un héroe, pues llenó las expectativas de valor y determinación que le permitieron superar sus limitaciones iniciales.

Hasta aquí todo va bien en el análisis. Nos hemos puesto de acuerdo. Los fenómenos delincuenciales deben ser analizados y resueltos desde una perspectiva integral, no únicamente policial, que considere además los efectos de un modelo económico excluyente, de unas condiciones sociales de marginalidad y de una cultura popular un tanto proclive al ascenso mediante métodos delictivos.

Sin embargo, no basta ese acuerdo para responder a la demanda social por contener la inseguridad, esa inseguridad que no sólo afecta el patrimonio y la tranquilidad de los individuos y las familias, sino que además pone en grave riesgo su propia vida.

No podemos esperar a que las condiciones económicas y sociales cambien favorablemente, con un sentido perdurable, para comenzar a disfrutar de seguridad y tranquilidad. De ser así, estaríamos condenados a resolver los problemas de hoy con la expectativa de la utopía. Ello sería idealmente aceptable, pero antagónico al realismo que debe guiar las tareas de gobierno.

Tampoco es válido prolongar indefinidamente hacia el futuro la expectativa de superar los problemas de inseguridad. Es verdad que los problemas acumulados, tan sólo en el renglón específico de la actuación de las policías, implican un esfuerzo estratégico de gran aliento, que quizá sólo refleje resultados decisivos con el transcurso de muchos años, pero la sociedad exige resultados hoy, desde ya.

La responsabilidad asumida por el Estado en la protección y seguridad de los ciudadanos no puede pretextarse por el tiempo que tendrá que transcurrir hasta que las condiciones sociales y económicas se hayan transformado.

Se precisan, entonces, acciones concretas para combatir la inseguridad, desde una perspectiva integral y con una estrategia de largo alcance, cierto, pero también con un énfasis en el ahora, lo que implica una atención especial a la operación de los cuerpos policiacos, así como a la de aquellos responsables de investigar los hechos delictivos.

Por lo pronto, existen algunas líneas estratégicas que pueden comenzar a ofrecer resultados concretos e inmediatos. Podemos comentar aquí dos de ellas:

• Inexistencia de una investigación profesional y sistemática de los delitos.

•    Deficiencia en la información integral para la toma de decisiones.

En el primer caso, es necesario considerar que la investigación actual, salvo excepciones, es deficiente o de plano inexistente. En la mayor parte de las ocasiones los agentes se limitan a solicitar información patrimonial a los registros públicos de la propiedad, por ejemplo, pero no existen procesos claros de seguimiento e indagación que permitan ampliar las oportunidades de controlar y combatir los hechos delictivos.

El propósito, entonces, es promover el desarrollo de sistemas de investigación profesional y sistemática, a cargo de personal capacitado y dotado de suficientes instrumentos tecnológicos, aprovechando la amplia experiencia internacional en la materia. Aquí se inscribe una de las propuestas a cargo del equipo de transición del Presidente Electo, que consiste en la creación de la Agencia Federal de Investigación.

En el segundo caso, es preocupante que no funcione un sistema eficiente de información integral, técnica, táctica y estratégica, que permita ampliar las oportunidades para combatir los hechos delictivos. Sin esa información, convenientemente analizada, no es posible la toma de decisiones de alto impacto para desarticular bandas delictivas o responder a la operación de grupos criminales. El esfuerzo inmediato consistirá en diseñar sistemas de captura de datos, en coordinación con los estados del país, para crear un centro de información sobre seguridad pública y procuración de justicia, que funcione en forma oportuna y eficiente.

Por supuesto, estas y otras líneas estratégicas dependen de un paso fundamental: es necesario mejorar la vida de los policías, para que con la tranquilidad de que sus familias tengan garantizado su sustento decoroso y su educación, enfrenten con mayor decisión sus retos laborales, sabiendo que aún con su ausencia (por el alto riesgo de su trabajo) sus hijos podrán salir adelante. De esa forma podremos exigir más a los policías e investigadores, y coadyuvaremos a desalentar hechos de corrupción a los que están tan expuestos.

Adicionalmente debemos reconocer que la delincuencia no es una sola, como sus orígenes tampoco son producto de una sola causa: las condiciones sociales de vida. Las asociaciones delictuosas y bandas organizadas que operan para cometer diversos ilícitos como la piratería, el fraude, el lavado de dinero, el robo de automóviles o el narcotráfico obedecen también a la importante cantidad de recursos que se logran generar de manera ilegal. La delincuencia genera violencia que lastima la confianza y la tranquilidad de la ciudadanía. Es por estas razones que en la actualidad y en la realidad de México se precisan estrategias inmediatas que procuren una efectiva protección a la ciudadanía a través de la reestructuración de los cuerpos policiacos.

Desde una perspectiva que atienda a lo inmediato, el combate a la delincuencia ciertamente requiere de policías y de instituciones encargadas de la investigación, la persecución y la prevención del delito, con la capacidad de enfrentar y combatir con inteligencia la violencia en la comisión de delitos contra la población, así como la especialización de la delincuencia organizada.

En suma, la inseguridad que domina en el país es un reto que exige de realismo, coherencia, decisión, pero también de la sabia combinación de una visión inmediata y otra de largo alcance, n

José Luis Reyes Vázquez. Coordinador de Justicia y Seguridad del Equipo de Transición del Presidente Electo

Adiós al año de Hidalgo

CARACOL

ADIÓS AL AÑO DE HIDALGO

POR CINNA LOMNITZ

No me refiero a Miguel Hidalgo, héroe benemérito de nuestra independencia, ni a alguna persona de apellido Hidalgo, sino a cierto albur político muy mexicano. En otras épocas, cuando venía el último año del sexenio, se decía que era “el año de Hidalgo”, por aquello de “indejo el que deje algo”. En efecto, cuando llegaba el nuevo presidente se encontraba con las arcas vacías y con un país más adeudado de lo que estaba antes.

Sin intención de juzgar a nadie, creo que tal albur quizá tenía bases en la realidad. Es un hecho que México, país de enormes recursos humanos y materiales, no salía a flote. Hablo en pasado porque pienso que ya no es el caso. Puede ser que la nefasta tradición del “año de Hidalgo” persista en algún recoveco del sistema, pero lo bueno es que se trata de una práctica cada vez más desacreditada y perseguida por la ley.

Por otra parte, vale la pena destacar la labor de funcionarios honestos que no sólo repudian esa tradición sino que la convierten en su contrario, es decir, que se esfuerzan más en el último año que en el primero, y todo para beneficiar al país. No nos faltan ejemplos de ello, afortunadamente.

Da pena constatar que uno de los aspectos que más se han resentido de la falta de interés de los funcionarios mexicanos es la educación, la ciencia y la tecnología. Vengo llegando de España donde el avance en educación, medido en términos de porcentaje de la población con acceso a ella en todos los niveles, ha rebasado todos los records de la Comunidad Europea. Ello ha sido posible gracias a la democratización de la vida pública. La ciencia española apenas existía hace veinte años; hoy es respetada a nivel internacional.

Pero el ejemplo que realmente quiero comentar no es ése. Proviene de un presidente muy atacado y vilipendiado: Bill Clinton. Al iniciar el último año de su mandato, Clinton hizo por su país lo que ningún presidente americano había hecho. De un plumazo incrementó el gasto federal en investigación científica y tecnológica en

2,800 millones de dólares, un aumento de magnitud sin precedentes en la historia.

Es notable la forma como lo hizo. Al inicio de 2000 Estados Unidos poseía un sistema de ciencia y tecnología muy desarrollado. De hecho, su actual prosperidad se debe en gran parte a los avances logrados en el terreno de la ciencia y la tecnología. Valga el ejemplo del doctor Craig Venter, científico-ejecutivo que logró descifrar el genoma humano y cuya convicción de que ya es tiempo de que los científicos dejemos de hacer voto de pobreza es compartida por Clinton.

Hace ocho años, el doctor Venter era un modesto funcionario del Instituto Nacional de Salud en Washington, con apenas 2,000 dólares en su cuenta bancaria. Hoy es gerente general y socio fundador de la empresa Celera de biotecnología y posee un yate, carros deportivos y una fortuna personal de 350 millones de dólares. A Clinton le desagradaron sus declaraciones atacando a la ciencia oficial, y sin embargo lo admiraba por su increíble hazaña: lograr identificar en el corto plazo unos 3,000 millones de aminoácidos del genoma humano con su secuencia correcta. Para ello utilizó tecnología de avanzada: el secuenciador ABI Prism 3700, inventado y perfeccionado por su amigo Michael Hunkapiller. La colaboración entre el científico y el tecnòlogo fue esencial.

Clinton consideró que era el momento de actuar. Pidió permiso al rector de mi alma mater, el California Institute of Technology, para visitar el campo de Pasadena y pronunciar allí un discurso de 18 minutos. El rector, el rector David Baltimore, Premio Nobel en biomedicina, no tuvo inconveniente en compartir la tribuna con Clinton. Ahí se hizo el anuncio del espectacular incremento en el gasto de ciencia y tecnología, que produjo una tremenda ovación por parte de los estudiantes y académicos presentes. Pero no fue todo. El aumento, según el presidente, incluía 1,000 millones de dólares adicionales para la investigación biomédica, lo que era un apoyo muy necesario y merecido; pero Clinton inmediatamente agregó que “mi presupuesto comporta incrementos no sólo en biomedicina sino en todas las disciplinas científicas y de ingeniería”, ya que los avances en cada cambio suelen depender del desarrollo paralelo de otras disciplinas. Citó como ejemplo el espectacular avance en computación y en informática que hizo posibles los nuevos adelantos médicos y “hoy permite almacenar la totalidad de los documentos de la Biblioteca del Congreso en una memoria del tamaño de un terrón de azúcar”.

México, sueño de una noche de verano

No envidio a los americanos ni a los españoles. Por supuesto, México tiene lo suyo y no nos hace falta mirar allende las fronteras para encontrar valores propios que ensalzar. Pero aquí la contribución de la ciencia y la tecnología al bienestar acaso no ha sido tan obvia como debiera.

Cuando la Universidad Nacional paró en 1999, los investigadores de la UNAM pusimos el grito en el cielo. ¿Cómo era posible que se detuvieran, por ejemplo, las actividades de monitoreo sísmico y la vigilancia del Popocatépetl? En otros países este tipo de funciones corresponde a los gobiernos; en el nuestro, la universidad se encarga de todo.

Los estudiantes huelguistas comprendieron y no cerraron los institutos de investigación científica. Evidentemente consideraban que la actividad educativa no reviste la misma prioridad que la científica, y el país les dio la razón: tanto el gobierno como el Congreso manejaron la suspensión de clases como un asunto de la propia universidad. La lección no pasó desapercibida. Las universidades privadas se hicieron cargo de la situación, y hoy en México puede afirmarse que la privatización de la educación superior es un hecho. Como suele suceder, el efecto de la huelga fue el contrario del que se había pretendido lograr.

Hace unos meses, cuando dije en una entrevista que “la universidad estaba muerta”, me refería precisamente a eso. El alma y la razón de ser de la universidad es la docencia. La investigación científica puede y acaso debe realizarse en institutos dependientes del gobierno o de la justicia, como se hace en otros países; pero en México la universidad pública poseía una función central y esencial a la vida pública. La huelga de la UNAM, con todas sus secuelas, ha relegado a la universidad pública a un papel secundario como institución normativa de la vida intelectual y moral del país.

El problema no es nuevo. Surgió cuando las recomendaciones de la OCDE. formuladas explícitamente desde que nuestro país pidió ingresar a la Organización en 1994, fueron poco atendidas por el gobierno. La OCDE había hecho mención de diversas carencias de las universidades públicas y específicamente de la UNAM. carencias que requerían de la atención preferente del gobierno. Ahora dirán: “ya se los advertimos, y no nos quisieron hacer caso”.

Existe, desde luego, el peligro de exagerar en sentido contrario. México es un país de tradiciones universitarias muy antiguas, tanto o más que la mayoría de los países miembros de la OCDE, y sin duda nos conviene encontrar nuestras propias soluciones a la crisis universitaria. Aun cuando en México ya dominen las universidades privadas, todavía cabe pensar en una función importante para la universidad pública siempre que exista voluntad política del Estado. Me temo que las recetas nacionales o importadas no servirán para alcanzar este objetivo, y tendremos que sentarnos a pensar más allá de las consignas.

Se me ocurre que una solución puede encontrarse en el conocido refrán chino wenyú yitú fangkai yipián, que quiere decir “amarra un cabo y suelta otro”.

En el aspecto de la política educativa, esto significa que el gobierno debe amarrar su control central y nacional en todo lo que es educación básica e investigación fundamental, y al mismo tiempo fomentar la diversidad, los enfoques eclécticos y la globalización en la educación superior y la investigación aplicada. En otras palabas, aun hasta la preparatoria la educación debe ser obligatoria y gratuita: no debe privatizarse. En cambio, a todas las universidades se les debe permitir buscar su propio camino y sus fuentes de ingreso. No debe haber competencia desleal entre universidades públicas y privadas. En Estados Unidos, las universidades públicas sobreviven gracias a los convenios de investigación básica del gobierno federal y de fuentes privadas, y a las colegiaturas. Claro que el CGH y las añejas fuerzas políticas que lo apuntalan querrán mantener su control político sobre la universidad, pero no será posible a la larga.

Wenyú yitú fangkai yipiá n.

Cambio de guardia en la UNESCO

En esta época, los Estados Unidos cubrirán casi la mitad del presupuesto de las Naciones Unidas. La UNESCO (la Organización Mundial para la Educación, la Ciencia y la Cultura) estaba en posibilidades de organizar misiones de emergencia después de los desastres sísmicos en América Latina. Participé en media docena de esas útiles misiones, que se armaban con gran eficiencia por vía telefónica, y que eran indispensables para que no se perdieran las enseñanzas científicas que dejan los desastres.

Pero en 1985 Estados Unidos se retiró de la UNESCO, y las misiones se acabaron para siempre. Bajo tres sucesivos presidentes americanos el Congreso se mantuvo intransigente y no permitió el reingreso de EU a la UNESCO. Cuando ya no hubo el pretexto de la Guerra Fría, los senadores alegaron que se trataba de una organización ineficiente y corrupta. Por debajo de la mesa, el Departamento de Estado le pasaba anualmente unos dos millones de dólares a la UNESCO para financiar la Comisión Oceanográfica Intergubernamental y otros proyectos que interesaban especialmente a los americanos.

El anterior jefe de la UNESCO, el amable y popular bioquímico español Francisco Mayor, terminó su periodo en noviembre pasado. Sorpresivamente, el gobierno japonés se impuso a los candidatos de Arabia Saudita y de Egipto, y el embajador Koichiro Matsu’ura, un amigo personal del finado Primer Ministro Obuchi, ganó la Secretaría General. Matsu’ura ha resultado un administrador con mano de hierro, que tiene a todos los aviadores del venerable organismo parisino con las barbas en remojo. El objetivo del japonés es nada menos que transformar la UNESCO en “una burocracia eficiente”, para hacer factible el regreso de los americanos a la Organización.

La incursión de Japón en los asuntos internacionales se notará de muchas maneras. El imperio japonés se encuentra en medio de una rápida transformación política y económica. La ciencia, una vez más, será el factor decisivo. Pese a la alta competitividad de su ingeniería y de su industria, hay aún pocos expertos internacionales de ese país. Existen más empresas de asesoría internacional checas, israelíes o brasileñas que japonesas. Y la realidad del nuevo milenio es ésta: quien te asesora, te maneja.

México, mientras tanto, sigue preparándose para la nueva economía del saber. Y nuestro gasto en ciencia y tecnología continúa sin poder rebasar el 0.5% del PIB.

Pero el futuro ya está aquí,       n

Cinna Lomnitz Geofísico. Investigador de la UNAM.

La doble vida de Friedrich Nietzsche

Nietzsche creía que el pensamiento era una pasión. Por el pensamiento obtuvo la intensidad, el dolor o el placer que otras personas obtienen de otras partes de su cuerpo. Nietzsche pensó para salvar su vida, como se dice que uno lucha o corre para salvar la vida. Vale decir, el pensamiento era para él una necesidad vital, en un sentido profundo y dramático.

Nietzsche pensó para salvar la vida, pero también para eludir la vida común y corriente, buscar un estado más intenso y decisivo. En este sentido: prefirió el pensamiento en lugar de la vida.

Agosto de 1883. La aventura amorosa con Lou Salomé llega a su fin. En realidad, nunca fue una relación plena y verdadera. Nietzsche le propuso dos veces matrimonio a la mujer rusa, inteligente y lúcida, que después llegaría a ser la musa de Rainer María Rilke y colaboradora de Sigmund Freud. Lou rechazó las dos propuestas. Nunca se enamoró. Nietzsche le despertaba una enorme curiosidad, ese milagroso ejemplar cerebral. Lou quería una relación de intelectual. Paul Rée, amigo de Nietzsche y devoto también de Lou, debía ser parte del equipo. Por ese entonces existió el proyecto de un triángulo. Se rentaría un apartamento en Viena o en París: dormitorios separados y en el centro un salón de trabajo, donde los tres se reunirían para pensar y escribir juntos. Nada salió de ese proyecto. Lou y Rée se retiran, Nietzsche espera, crece la desesperación. Nietzsche creyó haber encontrado en Lou Salomé una persona de una comprensión sin límites para sus propias obsesiones espirituales. Nunca tuvieron una relación corporal, quizás un beso tierno en el Monte Sacro, a orillas del lago Orta, en el norte de Italia.

A finales de agosto de 1883, esa aventura había llegado a su fin. Nietzsche reconsidera y escribe una carta a Ida Overbeck: “A principios del año pasado, yo era alguien que durante muchos, muchos años nunca vivió nada del mundo exterior”. De pronto descubre en su placer por el pensamiento una enorme desventaja: haber pensado, nunca vivido. A Franz Overbeck le escribe: “Por la convivencia exclusiva con imágenes y sucesos ideales me he vuelto tan irritable, que padezco y echo de menos el trato con mis contemporáneos”.

La visión depresiva del verano de 1883 se puede resumir así: Nietzsche ha pensado para salvar su vida, pero al mismo tiempo ha eludido la vida.

Pero no olvidemos: por esos días, Nietzsche había escrito libros admirables: El nacimiento de la tragedia, Consideraciones intempestivas, Humano, demasiado humano, Aurora, El gay saber y trabaja en el Zaratustra.

Pero en la carta a Overbeck, en agosto de 1883. nos encontramos otra frase que le da un sentido diferente.

La idea de “pensar para salvar su vida”. Quiero decir, Nietzsche encontró pensando su vida verdadera. “No he alcanzado en todos estos años todavía esas alturas de la sensibilidad, y por esto soy acaso el más envidiable de los mortales”.

Nietzsche logró, al pensar y escribir, crearse una segunda vida, sólo así pudo soportar la primera: pero disputó siempre consigo mismo sus dos vidas, sus dos naturalezas. Muchas personas, sin embargo, han disputado consigo mismas la única vida que tienen. Esas mismas personas se detuvieron después y señalaron, con toda malicia, la ambigüedad en la vida de Nietzsche.

Por un lado se encuentra el Nietzsche que actúa como una fuerza de la naturaleza, un espíritu libre, el superhombre y Zaratustra, un exceso de fuerza y placer vitales, alguien que celebra su enorme salud, su fino sentido para los placeres del cuerpo, su lenguaje riquísimo y su prosa deslumbrante, alguien que canta el alto mediodía de la vida, en medio de una orgullosa soledad y ante un público imaginario, que lo acecha fascinado.

Por el otro lado, se encuentra el Nietzsche enfermizo, solo, casi siempre bajo un cielo gris y profundo, atrapado dentro de una vida ascética involuntaria, tímido e indefenso ante las mujeres, angustiado por la moral pequeñoburguesa de Naumburg, su pueblo natal, hostigado por Elizabeth, su hermana intrigante, contra la que no puede defenderse. Por esos días, la madre le envía a Fritz, su hijo, salchichas y calcetines de lana a Silz Maria, donde él sostiene conversaciones con Zaratustra, pero la señora desaprueba su modo de vivir. La crítica materna siempre le preocupó demasiado. Nietzsche fue el hijo de mamá, el “pequeño pastor protestante”, algo rígido y asustado, como sus amigos describían al joven de doce años cuando, de acuerdo a las reglas de la escuela, lo veían atravesar bajo la lluvia la plaza del mercado.

Sin duda, esa ambigüedad existió siempre. Nietzsche sufría demasiado bajo esa doble condición. A finales de 1882 le escribió a Hans von Bülow: “No me importa si los amigos afirman que, en estas condiciones, mi actual libertad de espíritu se la he arrebatado a mi propia naturaleza, y que se trata de una decisión excéntrica que defiendo con los mismos dientes. Acaso sea una ‘segunda naturaleza’; pero quiero demostrar que esa segunda naturaleza me ha permitido entrar en posesión de la primera”. Sin esa segunda naturaleza, escribe Nietzsche en otra carta de la misma época, no hubiese soportado la primera, sino al contrario: ella lo hubiese destruido.

La primera naturaleza era, según él, la presencia de la moral cristiana, el ámbito de su origen, la ciudad de Naumburg: la atmósfera asfixiante, pequeñoburguesa, abrumada por la moral, que convirtió a Nietzsche en un joven rígido, bien educado, púdico y piadoso. “Nací como una planta cerca del arado de Dios”, escribe a los diecinueve años en un resumen autobiográfico. Nietzsche es el alumno ejemplar que, según confesaba, sentía y entendía mejor a sus maestros que a sus compañeros. Pero la primera naturaleza es, sin duda, también ese poder conseguido casi por osmosis de la compasión de los demás.

Nietzsche no puede ser cruel, duro, implacable, como todo superhombre que se respete. No sólo es sensible al clima, sino también a los hombres. Y esto llevó a las peores complicaciones. Aunque la madre y la hermana, acaso porque no lo podían entender, a menudo lo humillan, Nietzsche debe consentir sus arrebatos. Sufre de un excesiva disposición para perdonar. Le resulta muy difícil mantener ese juego. Apenas ha jurado no volver a escribir a su madre cuando, sin anunciarse, llegan las salchichas y los calcetines de lana de Naumburg. Fritz agradece juicioso y obedece a su madre, que le exige se reconcilie con su hermana.

A diferencia de lo que desea, Nietzsche es un verdadero genio del corazón: su primera naturaleza conoce la compasión y sus instintos. La compasión no sólo es, como él quiere creer, un dogma tomado de Schopenhauer. Para Nietzsche, la compasión es responsable de haber mantenido tanto tiempo su relación con Lou Salomé, hasta el punto en que Lou y Paul Rée, como está convencido, se han burlado de él. Se adentró demasiado en las debilidades de ambos, las comprendió a fondo y, en consecuencia, perdió de vista sus propios intereses.

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En julio de 1883, Nietzsche le escribe a Malwida von Meysenburg, testigo de su aventura: “La compasión, como Schopenhauer la entiende, ha provocado siempre en mi vida la mayor de las tonterías. La compasión no es sólo una debilidad, que haría reir a cualquier griego lúcido, sino también es un peligro práctico. Uno debe imponer su ideal del hombre, uno debe con ese ideal vencer y superar tanto a nuestro prójimo como a uno mismo. Es decir, actuar creativamente. Pero para eso es necesario domar a la compasión, y tratar como enemigo a lo que se opone a nuestro ideal, como, por ejemplo, esa gentuza de Lou y Paul. Usted se ha dado cuenta ya de cómo leo la moral, pero casi me cuesta la vida llegar a esta sabiduría”.

A su primera naturaleza le faltaba el talento para desconfiar y hacer enemigos. Nietzsche debió primero inventarse y educarse en su segunda naturaleza. A partir de ese momento, pudo convertirse en el gran maestro de la sospecha y, por otra parte, su hostilidad se transformó en voluntad de poder. Llama la atención cómo Nietzsche somete a juicio a toda una cultura, sólo para llegar a soportarse a sí mismo.

El pensamiento era esa fuerza que, más allá de los hechos, debía hacerse lo que él estaba haciendo. Nietzsche quiso por medio del pensamiento llegar a ser el autor de su propia vida; agradecerse sólo a sí mismo lo que era y había llegado a ser; dominar su propia historia, hacer de su vida un proyecto de pensamiento. Nietzsche quiso inventar a Nietzsche. En el cuarto libro de El gay saber escribe el aforismo 324: “No, la vida no me ha desilusionado porque, año tras año, me resulta más deseable y enigmática. A partir del día en que llegó el gran libertador: la idea de que la vida podía ser un experimento del que conoce”.

Este principio: la vida puede ser un experimento del que conoce, conecta a Nietzsche con su sueño: nosotros queremos ser los escritores de nuestra propia vida.

Nietzsche había comenzado desde siempre a ser el escritor de su vida. Desde la más temprana juventud escribe autobiografías de acuerdo al principio: cómo llegué a ser el que soy.

Pero no le es suficiente escribir posteriormente sobre su vida. La vida debe ser digna de pensarse y escribirse. Nietzsche no se conforma con pensar sobre su vida. Eso lo hace cualquiera. Quiere ordenar su vida de tal manera que obtenga algo que pensar. La vida como un documento digno de ser citado, como disposición para el experimento del pensar. El ensayismo como forma de vida.

Nietzsche piensa expresamente y de modo enfático en la primera persona del singular. No existe ningún otro filósofo salvo quizá Montaigne que haya pronunciado tantas veces la palabra “Yo”. Vale decir: Nietzsche sabía que era Nietzsche. Se sentía un ejemplo y un experimento.

Se sintió un ejemplo porque buscaba una salida del nihilismo imperante, que todavía ejerce su dominio. Su respuesta: en el occidente cristiano se sacralizó el más allá y se construyeron catedrales. Fue maravilloso. Pero si Dios había muerto, porque nos dimos cuenta de que lo inventamos, ahora se trataba de no hundirnos en la trivialidad. El nihilismo práctico estaba diseñado para una vida en la que el individuo es una bestia de trabajo y de placer.

Se trataba de salvar este mundo. El nihilismo moderno, como Nietzsche lo veía, era sólo desencanto. Le habíamos dado a la vida un sentido y un valor trascendentes. Si el sentido del mundo desaparece, la vida queda atrás: no tiene sentido. Se ha salvado el más allá y se ha profanado al mundo. Si el más allá sacralizado desaparece, nos queda sólo el mundo profanado. El Zaratustra de Nietzsche, por ejemplo, nos instruye en el arte de cómo ganar cuando se pierde. Todo el éxtasis, toda la dicha, los viajes del sentimiento rumbo al cielo, el hambre de intensidad que nos trae de nuevo al mundo, deben permanecer dentro de esta vida inmediata.

Nietzsche quiso conservar las fuerzas de la trascendencia para este mundo. Transgredir y, al mismo tiempo, permanecer fiel a la tierra este es el legado que Nietzsche le impone al hombre del futuro.

El superhombre, como Nietzsche lo imagina, se ha liberado de la religión: no la ha perdido, la ha ganado para sí mismo. Por el contrario, el nihilista común y corriente, el último hombre, la perdió y sólo retuvo el mundo profanado. La gran obra de Nietzsche gira alrededor de una sola pregunta: ¿cómo podemos impedir convertirnos en bestias de la trivialidad después de la muerte de la religión?

Por lo que se refiere al carácter experimental de su pensamiento, quiero ilustrarlo brevemente con su tan conocida como temida doctrina del eterno retorno.

Nietzsche metió mucho ruido con la doctrina del eterno retorno, que se encargó de divulgar en su Zaratustra. Pero la idea del tiempo que gira en redondo y regresa, es antiquísima. Por lo general, la imagen del eterno retorno expresa un resignado cansancio del mundo. Las maquinaciones circulares del tiempo le arrebatan el sentido a los acontecimientos. Todo lo contrario en Nietzsche.

El eterno retorno significó, para él, la idea bastante confusa de un experimento consigo mismo. Nietzsche hizo de esta idea un principio fundamental del arte de la vida: debes vivir el instante de tal modo que éste pueda regresar sin horror. La idea del eterno retorno no tiene, para Nietzsche, un significado cósmico-meta-físico. No es ni siquiera un concepto epistemológico, una categorización del mundo, sino más bien es una idea del propio perfeccionamiento: pertenece casi al registro de la autosugestión. Este es el estilo de Nietzsche: las ideas más generales y extensas tienen siempre un acento existencial. Aquí rige el principio: una idea que no nos transforma de algún modo no sirve para nada. La idea del eterno retorno le sirve para dejarse transformar; la violencia de sus imágenes convoca toda la dicha actual y posible.

Nietzsche vio a través de las maquinaciones circulares del tiempo la otra imagen: el gran juego del mundo (Weltspiel). El juego, como se sabe, se basa también en repeticiones, pero nosotros lo asumimos con placer. La muerte de Dios hace evidente el riesgo y el carácter lúdico de la existencia humana. Este carácter lúdico pertenece, según Nietzsche, al arte de la vida, el sentido de ligereza espiritual necesario para asumir el juego del mundo. Y esto significa trascendencia: descubrir el gran juego como fundamento del Ser. Zaratustra baila cuando alcanza ese fundamento. Baila como Shiva, el Dios hindú de los mundos. La esposa del dueño del quiosco en Turín, donde Nietzsche se hospedaba, ha contado cómo vio al profesor muy poco antes de que perdiera la razón. La mujer escuchó a Nietzsche cantar y, alarmada por los ruidos, observó por el ojo de la cerradura y “vi al profesor bailar desnudo”.

No hay duda: en sus mejores momentos, Nietzsche logra una ligereza lúdica del lenguaje, una suerte de rapidez alada que, a pesar del sufrimiento y la carga de las ideas, puede bailar: una alegría, mezcla de éxtasis y serenidad. Nietzsche alcanza una perspectiva desde la cual la vida aparece como un gran juego. Aquí nos compensa pródigamente por las ideas terribles que se encuentran también en su obra.

Hemos escuchado cómo Nietzsche se transforma, cómo trabajó para modificar con la ayuda de las ideas su primera en una segunda naturaleza. Se trataba de llegar a ser “el dueño de sí mismo”. Ese es el juego de cámara de la voluntad de poder y del superhombre.

La increíble ambigüedad en la obra de Nietzsche consiste en las dos versiones del superhombre y de la voluntad de poder: en un extremo es el teatro de cámara; en el otro, el gran teatro del mundo. Por un lado es el drama existencial de la búsqueda de sí mismo y de la autoafirmación: por el otro, el proyecto de la gran política como una visión histórica universal.

En primer lugar el teatro de cámara. La voluntad de poder como arte de la vida, como pragmatismo universal. Aquí se encuentra una pregunta en el centro de la discusión: puede ser que el mundo en general no tenga sentido, pero es muy posible el acto de dar sentido a la propia vida, aunque fuese sólo una pequeña isla de sentido en el océano increíble del sin sentido.

La formulación clásica de esa Voluntad de Poder se encuentra en la primera persona del singular: “Debes llegar a ser el señor de ti mismo. Señor también de tus propias virtudes. En el pasado, las virtudes eran las dueñas de ti mismo; pero ahora no pueden ser sino uno más entre tus muchos instrumentos. Debes desplegar el poder sobre tus virtudes y tus defectos, y aprender a usarlos una y otra vez según convenga, según tus más altos fines”.

Cada quien debe darse sus altos fines. La virtud de la formación de uno mismo no puede originarse en un solo principio verdadero. Para Nietzsche no existe este género de verdad, existen sólo perspectivas. Es decir, la verdad de este principio sólo puede afirmarse, mejor todavía: se debe hacer verdadero. El criterio para la verdad de la verdad no es su correspondencia con la realidad, sino que está en el hecho de darle poder, es decir, convertirlo en realidad. La verdad de la verdad es su poder de crear la realidad.

Según Nietzsche, para estos fines pueden inventarse mitos que nos orienten y reanimen. Los mitos no son revelaciones y carecen de autoridad trascendental. Son proyectos pragmáticos con el fin de aumentar el crecimiento (Steigerung) de la vida. Muchas cosas pertenecen a este espacio: el lenguaje, la música (sin la música la vida sería un error), el arte, el amor y la amistad, la alimentación inteligente, la gran razón del cuerpo. En el escenario de la formación de uno mismo, el superhombre es sencillamente quien, en las condiciones de la vida en que nació desde las perspectivas psicológica, social y cultural hace lo mejor de sí mismo, incluso hasta llegar al amor fatal.

Aquí existe la otra versión: el superhombre y la voluntad de poder como el gran teatro del mundo, como la visión del hombre del futuro y del mundo de mañana. Ambos deberían alcanzarse a través de lo que Nietzsche llamaba la gran política.

Nietzsche lleva en su propio cuerpo la transformación consecuente de su pragmatismo existencial. Pero en un momento cambia la dimensión de ese trabajo sobre uno mismo y lo lleva al de la cultura en gran estilo. Se trata de entender a la humanidad como un sujeto colectivo, como si la humanidad pudiese hacer planes y actuar como un individuo hace planes y actúa. Se trata del gran sueño que comienza a soñar el siglo XIX. Marx encontró la fórmula cuando afirmaba: la humanidad sólo ha padecido su propia historia, ahora se trata de hacerla con toda conciencia, plan e intención. Había que superar la visión de la historia como un brote natural (Naturiwücbsigkeit) y transformarla en una acción libre y planeada. La humanidad debía convertirse en el señor de su propia historia.

Según Nietzsche, las condiciones para ese cambio eran favorables. Las ciencias le habían quitado la máscara a las ilusiones metafísicas. Dios estaba muerto, el cielo vacío. La moral y los sistemas éticos perdieron sus sanciones sagradas, ahora enseñaban su carácter artificial y convencional. Habían sido hechas, vale decir: podrían hacerse de otra manera. Nietzsche está conmovido por las posibilidades y perspectivas de la transformación de la cultura en grandes dimensiones. “Mientras en el pasado los individuos desarrollaron la cultura de modo inconsciente y accidental, ahora pueden decidirse con toda conciencia a construir una nueva cultura. La creencia de que Dios guía los destinos del mundo llegó a su fin, los individuos deben imponerse fines ecuménicos”.

Nietzsche se contagió de la euforia del siglo XIX: los trabajos de mejora del género humano. A principios del siglo XIX se creyó en el espíritu: el espíritu debía actuar sobre el espíritu. Era el proyecto del mejoramiento del género humano por el poder de la educación y la cultura. A mediados del siglo, el espíritu debía actuar sobre la economía: el mejoramiento del género humano a través del cambio en las relaciones de producción. En los últimos treinta años de ese siglo, comenzó el proyecto biopolítico. El espíritu debía actuar esta vez sobre el Bios, sobre la materia vital biológica. A esta visión le debe Nietzsche la idea de la gran política.

Un ganado vacuno alfabeta, escribe Nietzsche, sospecha que soy darwinista. Nietzsche no quiere ser darwinista, porque no entiende el mejoramiento de género humano como producto de un desarrollo natural sometido a las leyes de la evolución. Es decir, a espaldas de los individuos concientes y decididos a actuar, como producto de una creación libre, ya sea que el individuo se transforme, ya sea que fuese el resultado de una educación planeada a conciencia.

La gran política significa la intervención conciente y calculada en el desarrollo biológico. Si, como dice Nietzsche, el hombre es el único animal que no se deja definir; entonces él solo se debe encargar de sus decisiones, así como se encarga individual o colectivamente de su franqueza constitutiva o de la plasticidad de su ser. Desde la perspectiva de la filosofía, Nietzsche tomó muy en serio el descubrimiento biológico de la autoplasticidad del hombre; reflexionó sobre la cría y la domesticación de grupos humanos en gran estilo.

Los medios antropotécnicos que estaban a disposición en su época eran una política de la capacidad reproductora: la selección, la esterilización de los que no merecían reproducirse, la protección de ciertos grupos selectos. Estas eran las intervenciones “duras”, mientras la educación y la cultura las consideraba las intervenciones “suaves”. Nietzsche pasa revista al registro conocido y practicable de las intervenciones en la biología del ser humano. “No deben re-producirse, sino producirse hacia lo verdaderamente supremo”, ordena Zaratustra.

En los fragmentos postumos de 1888 en Turín, Nietzsche trabaja en La voluntad de poder, una obra nunca publicada; todavía no se ha vuelto loco, escribe: “La prohibición bíblica no debes matar’ es candorosa si la comparamos con mi prohibición a los decadentes: ¡no deben procrear! La ley suprema de la vida, formulada por Zaratustra, exige que no se tenga compasión con las interrupciones y los despojos de la vida; que se destruya lo que para la vida que florece significa parálisis, veneno, conjura y adversidad subterránea. En el sentido más profundo del entendimiento, es inmoral decir ‘no debes matar’ “.

¿De dónde vienen estas frases tan increíbles?

Cuando, a finales del siglo XIX, Nietzsche las escribió, surgía el horizonte inaudito del mejoramiento técnico-biológico del género humano. Nietzsche registró este proceso de modo exhaustivo, también vislumbró que el poder técnico sobre la vida biológica aumentaba, las técnicas antropológicas en relación con el hombre como un animal que no se deja definir, y sin más aceptó ese desafío. ¿Pero cuál era la idea que lo guiaba?

La idea que lo guiaba se puede ver claramente.

Nietzsche la había explicado en su ensayo sobre Schopenhauer. ¿Cuál es el sentido de la cultura?, se preguntaba, y dio la respuesta: la creación del genio.

El individuo debe someterse al bien del individuo supremo, escribe en un fragmento de 1873 —Y los individuos supremos no son sino los hombres creadores. Ellos son quienes llevan a cabo las grandes obras de la cultura, en el arte, en la filosofía, en las ciencias y, algunas veces, hacen de ellos mismos verdaderas obras de arte que vale la pena contemplar. Estos héroes de la capacidad creadora se justifican no sólo por su beneficio social, sino por su ser mejores. Ellos no mejoran al género humano: encarnan sus mejores posibilidades y las muestran a todos. Una cultura y un Estado se justifican cuando pueden vivir y crear en ellos los ejemplares supremos. Los hombres creadores son, como Nietzsche escribe en su libro sobre la tragedia, las proyecciones luminosas en la oscuridad de la noche del sentimiento trágico de la vida.

¿Por qué este sentimiento trágico de la vida? No sólo porque el individuo, sino porque sencillamente el género humano y también la cultura son mortales. Nietzsche concluye esa reflexión: “Y si el género humano debe morir quién podría negarlo entonces debe imponerse una tarea suprema para todos los tiempos por venir: crecer en su conjunto, como un todo, y enfrentarse a su inminente destrucción con un sentimiento trágico. En esta tarea suprema se encuentran reunidos todos los proyectos de mejoramiento del género humano”. La tarea suprema no consistía sino en producir o atrapar los instantes de logros supremos en un individuo o en una obra.

Nietzsche eligió una sola vez en sus apuntes la extraña expresión: las cúspides del éxtasis del mundo. Debemos imaginar ese instante de enorme peligro: cuando en el cerebro de un hombre que se ahoga, por ejemplo, un tiempo infinito se comprime en un segundo: éxtasis supremo, dolor supremo, cuando toda la vida se ilumina antes de desaparecer. Estas son las proyecciones luminosas o las iluminaciones del genio. Así como en ese instante el individuo comprende toda su vida y la puede sentir justificada, así la historia del género humano se ilumina y justifica por esas proyecciones luminosas. Las cúspides del éxtasis consuman el sentido de la cultura.

La visión de las cúspides del éxtasis como el verdadero sentido de la cultura se opone a y contradice expresamente la posibilidad de entender el sentido y la tarea de la cultura como el proyecto de la dicha, la libertad y el bienestar de la mayoría. Si se elige esta posibilidad entonces se elige; Nietzsche entendió esto muy bien, la cultura democrática donde triunfa el gusto de las masas.

¿Pero pueden unirse esas cúspides del éxtasis con la cultura de las masas? ¿Se trata realmente de alternativas que se excluyen?

Para Nietzsche sólo existe o la una o la otra. El Estado democrático impide el desarrollo de las grandes personalidades con su vocación por el bienestar, la dignidad humana, la libertad, la justicia compensatoria y la protección de los más débiles. Las proyecciones luminosas desaparecen de la historia y así, después de la muerte de Dios, desaparece también el último sentido. Por esta razón Nietzsche se lanza contra la democracia a principios de los años setenta, antes de lanzarse tiempo después con un tono estridente contra toda la valentía de los animales del rebaño democrático. La antigua sociedad de esclavos en Grecia es la cultura ejemplar, porque no permitió concesiones a los animales del rebaño democrático.

Nietzsche admira en la sociedad antigua su honestidad para no ocultar el terrible subsuelo donde nacen sus frutos. La sociedad de esclavos es un ejemplo extremo, porque nos muestra el fundamento terrible sobre el que descansan la educación y la cultura: “Una increíble cantidad de individuos debe ponerse al servicio de una minoría, más allá de sus necesidades personales, y someterse al modo de los esclavos a la precariedad de la vida, para que exista el terreno fértil y vasto del desarrollo del arte”. En los tiempos modernos, el mundo del trabajo ha mejorado, pero esto no es sino un autoengaño. Porque la injusticia fundamental del destino humano, que a unos les obliga a cumplir con el trabajo mecánico, mientras a otros les concede el trabajo creador, no cambia para nada la alucinación conceptual de la dignidad del trabajo.

Mientras los tiempos modernos se avergüenzan sin renunciar a la explotación de la sociedad y la cultura, la sociedad de esclavos revela esa injusticia con una claridad brutal. Si el arte justifica la existencia de la vida estéticamente, su fundamento es una crueldad. La crueldad en el ser mismo de la cultura comprueba para Nietzsche que la existencia es una herida eterna, y el arte lejos de ser un medio terapéutico mantiene abierta esa herida. ¿Pero qué significa esa herida? Es la lucha más implacable en la arena de la voluntad de poder. “No hay nada en la vida que tenga valor, salvo el grado de poder. En el supuesto que la vida misma sea la voluntad de poder. La moral protege a los que les ha ido mal, los protege del poder del nihilismo”.

La naturaleza es cruel, ella es lo increíble. Y procede cruelmente en la creación de los ejemplares más logrados de la vida. Así describe Nietzsche su visión del acontecer del mundo, de una manera heroica y contundente. En su ensayo sobre “El nihilismo europeo” el esbozo del 10 de junio de 1887, un trabajo previo a la “Voluntad de poder”, Nietzsche describió esa crueldad de la naturaleza. Describe su increíble injusticia, su brutalidad despiadada. La naturaleza engendra la fuerza y la debilidad, los favorecidos y los menos favorecidos. Aquí no existe una providencia generosa, ningún reparto justo de las oportunidades en la vida.

Desde esta perspectiva, la moral puede definirse como el ensayo de equilibrar la injusticia de la naturaleza, de crearle contrapesos. El poder de los destinos naturales debe romperse. Un intento genial en este sentido era, para Nietzsche, el cristianismo. La religión cristiana ofreció tres ventajas a los que les ba ido mal en la vida. En primer lugar, le dio al hombre un valor absoluto en contraste con su pequeñez y su carácter accidental y azaroso en la corriente del devenir y el desaparecer. En segundo, le dio un sentido al sufrimiento y al mal, quiero decir: los hizo llevaderos. En tercero, la doctrina de la creación envolvió al mundo en el espíritu y lo entendió como algo lleno de valor. Así, el cristianismo protegió al hombre no favorecido por la naturaleza, le impidió despreciarse como hombre y tomar partido contra la vida.

La interpretación cristiana del mundo amortiguó la crueldad de la naturaleza, alentó a los hombres para seguir viviendo y, en muchos casos, disminuyó su desesperación. En resumen, protegió a los que les ha ido mal en la vida del poder del nihilismo. Si nosotros vemos como un mandamiento de la caridad evitar que el destino natural cumpla su ciclo, si se trata de crear para la mayoría de los individuos un orden vivible, entonces deberíamos agradecerle al cristianismo haber introducido su hipótesis moral en el mundo.

Nietzsche habla lleno de reconocimiento del cristianismo como de una fuerza generadora de valores; pero en el fondo no le agradece nada. ¿Por qué?

Porque el cuidado y la protección de los débiles, la moral compensatoria del equilibrio detenía, según Nietzsche, el desarrollo y el despliegue del género humano supremo. Mientras tanto sabemos que Nietzsche sólo podía imaginarse a este género humano supremo como la culminación de la cultura: las cúspides del éxtasis, los individuos y las obras más logradas. Por un lado la voluntad de poder despliega la dinámica de esa culminación; por el otro, la misma voluntad de poder es quien se pone del lado de los débiles, la que forma el partido de la moral que impide la culminación de la cultura y finalmente, éste es el diagnóstico de Nietzsche, nos lleva a la masificación general y a la degradación.

Este partido, la versión contemporánea de la hipótesis moral del cristianismo, es el partido de la democracia y el socialismo, que Nietzsche combate con toda energía. Porque para Nietzsche el sentido de la Historia Universal no radica en la felicidad y el bienestar de las mayorías, sino en el triunfo de la vida en casos excepcionales. La cultura de la democracia política y social es un asunto de quienes Nietzsche llama de modo despectivo los últimos hombres.

Nietzsche tiró por la borda la ética del Estado social, del bienestar general, porque impedía la formación del individuo supremo, ya fuese en casos particulares, ya fuese en la dimensión de la gran política mediante la selección y la cría.

Aquí el problema se puede formular más o menos así: Nietzsche es incapaz de conectar o unir la idea del mejoramiento de uno mismo con la idea de la solidaridad, o por los menos dejarlas existir una al lado de la otra. En su visión de la voluntad de poder en el sentido de la Gran Política, el mejoramiento de uno mismo y la solidaridad se convierten en un antagonismo insuperable.

Nietzsche, el crítico insuperable del cristianismo, debió haber aprendido de esa religión algo muy importante. El genio del cristianismo consistió en unir ambas opciones, la del mejoramiento de uno mismo y la de la solidaridad, de una manera astuta a través de los siglos. La relación con Dios, si no se le entiende sólo desde la perspectiva moral, significa una increíble expansión de la esfera anímica; la purificación espiritual permite el mejoramiento de uno mismo y, al mismo tiempo, permanece en el terreno social de una manera solidaria.

El mejoramiento y el vuelo del individuo no se entienden entonces como una hazaña personal, sino como el resultado de la Gracia actuante, que disminuye el orgullo de la propia limitación. Por lo demás, el mejoramiento de uno mismo permanece entre dos mundos: la civitas dei y la civitas civilis. En una ciudad se puede ser grande, en la otra pequeño. El individuo que haya aprendido a vivir en esos dos mundos tiene menos dificultades para unir el principio del mejoramiento de uno mismo con el de la solidaridad.

Hay un periodo en la vida de Nietzsche era la época de Humano, demasiado humano en que experimentaba con la teoría de los dos mundos. “La alta cultura”, así lo escribía, “le debe dar al hombre un cerebro doble con dos recámaras. En una está la fuente de energía; en la otra, el regulador. Una debe encenderse con ilusiones, parcialidades, injusticias y pasiones; pero con la ayuda de la ciencia deben pronosticarse las peligrosas y malignas consecuencias de una convicción”.

Las visiones de Nietzsche sobre el superhombre, el genio y el sentido de la cultura pertenecen, sin duda, a las más ardientes imparcialidades y pasiones que deben bajar su temperatura en otro medio. Ese otro medio era para Nietzsche la ciencia “fría”. Habría que agregar que ese otro medio es también el espacio de la política.

En la política se impone también otra lógica que en el arte y la filosofía, donde el genio acostumbra revelarse. Por lo general, allí deseamos radicalidad, pasión, tragedia y originalidad. Pero una política temeraria y extremista es poco deseable. Necesitamos una cultura temeraria y una política sobria. Hay que mantener esos dos espacios separados, vale decir: afirmar la autonomía de cada una de las esferas de valores. Allí la libertad creadora: aquí, la justicia. Aquí la justicia; allí la solidaridad.

Por desgracia, Nietzsche no siguió avanzando con su idea de las dos recámaras de la cultura, donde por un lado se enciende y, por el otro, se baja la temperatura de las ideas y las obras. Pero no la olvidó. La ironía se convirtió en su albacea. Nietzsche, que podía en realidad encenderse y arder en sus proyectos, fue siempre un maestro en el arte de bajar la temperatura de las ideas con la ayuda de la ironía, sobre todo cuando las ideas eran demasiado radicales.

Por lo demás, siempre exigió esa actitud de sus lectores. En una carta a alguien que lo admiraba demasiado, Nietzsche escribió: “No es necesario, ni mucho menos deseable, tomar partido por mí. Por el contrario, me parecería una actitud más inteligente si se tiene una buena dosis de curiosidad como la que se tiene ante un tejido extraño y una resistencia irónica”. n

Nota y traducción de José María Pérez Gay

El cierre ciclonico

EL CIERRE CICLÓNICO

 Algunos lectores han preguntado a la redacción de Nexos por la identidad de Gil Gamés, quien escribió el texto “Los anales del voto” en nuestro número anterior. Compartimos con el lector la última foto que se ha tomado de Gil Gamés, repantigado, claro, en el (no tan mullido como él presume) sillón de su (no tan amplísimo como él alardea) estudio.

No trepidamos en manumitir al lector las siguientes definiciones, extraídas del Nuevo diccionario de la lengua castellana, publicado en París en 1860, y citado por José Antonio Marinas y Marisa López Penas en el Diccionario de los sentimientos (Anagrama, 1999): “Pudor: el honor de la mujer, por cierto colocado en muy resbaladizo y vidrioso declive, en harto periculosa pendiente, ocasionada a insubsanable fracaso”. “Rayo: cada una de las emanaciones ígneas y súbitas, siniestramente deslumbradoras, estridorosamente subseguidas, que, lanzadas de grupos atmosféricos, abrasan cuanto rozan en su instantáneo curso destructor”. “Cuello: especie de istmo carnoso y cartilaginoso que junta la península cabeza con el gran continente formado por la mayoría física del individuo”. No kidding.

Al cierre ciclónico recordamos los versos del cantante brasileño Caetano Veloso: O padre na televisào diz que é contra a legalizacao do aborto e a favor da pena de morte eu disse: nào! que pensamento torto!

DESPUÉS DE CIERTA EDAD, UNO EMPIEZA A PADECER INFLAMACIÓN DE LA SINTAXIS Y ENDURECIMIENTO DE LOS PÁRRAFOS.

—-James Thurber

Crónica de una expedición: El Río Tzendales

SERPIENTES Y ESCALERAS

CRÓNICA DE UNA EXPEDICIÓN: EL RÍO TZENDALES

POR CARLOS TELLO DÍAZ

A la manera de los viajeros decimonónicos, Carlos Tello Díaz se interna en el corazón de la selva Lacandona y desde allá nos trae estas impresiones que recogen los sabores y olores del paraíso perdido.

El  domingo 13 de febrero salimos de Chajul hacia la boca del río Tzendales. Planeábamos estar cinco, quizás seis días en el corazón de la Reserva de la Biosfera Montes Azules, la parte más recóndita de la Selva Lacandona. Nuestro objetivo era explorar los restos de una montería del siglo XIX, abandonada luego de la Revolución, hacia fines de los años veinte, que sabíamos estaba localizada en la confluencia del río Tzendales con el arroyo Plateado. Teníamos asimismo la intención de avanzar después por el Tzendales hasta llegar a la boca del río Negro, para remontar sus aguas en busca de unas ruinas descubiertas por Alfred Tozzer a principios del siglo XX. Tozzer había descubierto esas ruinas el 24 de febrero de 1905, cinco días después de salir de la montería que buscábamos en aquella parte de la Selva.

Para llegar al Tzendales seguimos el curso del Lacantún, uno de los ríos más bellos de la Selva. Su nombre significa, según unos, la gran piedra (lacam-tun), en alusión al peñón donde los antiguos lacandones levantaron su ciudad en la laguna de Miramar. O quiere decir, según otros, los que levantan piedras (akan-tun), expresión que los indios cristianizados usaban, despectivamente, al hablar de los lacandones insumisos. Las aguas del río, antes de desembocar en el Usumacinta, marcan la frontera entre la Reserva de la Biosfera y la región de Marqués de Comillas. Hay trece ejidos en la ribera del Lacantún, colonizada desde los setenta por campesinos provenientes de Oaxaca, Guerrero y Michoacán, y algunos también de Chiapas. Los ejidos, al colonizar la selva, la devastaron, sin que esa destrucción significara riqueza para ellos. La destrucción fue vertiginosa y violenta pues, durante los ochenta, los guatemaltecos que llegaron refugiados a la zona recibieron, allí, un espacio para vivir, a cambio de talar la vegetación que cubría la tierra de los ejidatarios.  Sembraron en su lugar zacate para sus becerros. Los potreros de la región, erizados con los troncos de los árboles quemados, producen un espectáculo terrible y desolador: el de la selva devastada.

Hacia las once de la mañana, llevados por el Lacantún, llegamos a la boca del Tzendales. Allí vimos volar a lo lejos un par de guacamayas, con sus alas extendidas y agitadas y sus largas colas rojas, que nos despidieron con un griterío alborotado. El Tzendales nacía más arriba, en la sierra del Caribe y el cordón del Chaquistero. Sus aguas tenían un color parecido al jade: profundo, opaco, entre azul y verde, igual que las del Lacantún, producido —lo supe más tarde— por la cantidad de carbonato de calcio que tienen las piedras de la Selva Lacandona. Sus orillas estaban a menudo llenas de jimba, una especie de carrizo delgado y espinoso que crece en zonas inundables. En las partes más descubiertas, en cambio, el agua golpeaba los bordes de la ribera y manchaba las orillas de café. Las riberas del río, a lo lejos, estaban pintadas de amarillo canario con la flor del plumillo y de lila morado con el capullo del amargoso. Por encima de los otros árboles, todos verdes, aparecían las ramas retorcidas de la ceiba, sin hojas en el estiaje.

Al frente de la expedición estaba Javier, que tenía más de veinte años de recorrer la Selva. Llevábamos dos lanchas de fibra de vidrio, más otras dos de hule, más pequeñas. Tuvimos que remontar alrededor de quince caídas de agua, algunas hasta de un metro de alto, que las lanchas subían por los pasos que se formaban entre las piedras. Las propelas, que tocaban esas piedras a menudo, acabaron en un estado deplorable. Por fin, pasadas las cuatro de la tarde, un par de horas antes del oscurecer, arribamos a lo que los mapas llamaban Paraje Romano, en la margen izquierda del Tzendales. Amarramos las lanchas para explorar la zona, antes de desembarcar. Bajamos el equipo y levantamos las tiendas de campaña. Era el sitio que buscábamos.

Luego de poner la tienda de lona me fui a bañar. Bajé al río acompañado todavía por el canto de los pájaros, que despedían al día, pero cuando regresé, ya limpio, con la ropa fresca, escuchaba nada más el sonido de los grillos y de las cigarras, mezclado con uno más raro, el de las ranas y los búhos. Eran los sonidos de la noche, interrumpidos a veces por el rugido gutural y aterrador del saraguato. Podía también escuchar el murmullo del agua que pasaba más abajo, por unas piedras. Era el mismo que sonaba de día, pero de noche parecía más fácil aislarlo. Su sonido se fundía con el brillo de la luna, como el de los grillos se funde con el tintineo de las estrellas.

Habíamos salido hacía ya varios días de la Ciudad de México. La civilización estaba muy atrás: en la selva sólo escuchábamos los sonidos que hizo Dios. Son los mismos que los hombres escucharon siempre; los que escucharon durante siglos y siglos, hasta hace apenas unos cien años, cuando el petróleo y la electricidad, al romper la paz, nos empezaron a alejar de las cosas más elementales. Ese era el mundo que buscaba yo, más que la montería de los Romano o las ruinas de Tozzer. El viaje al corazón de la Selva era también, para mí, un viaje al pasado, al Paraíso Perdido.

Al regresar al campamento me sorprendió el olor a leña. Ernesto y Robert preparaban la cena, y los demás estaban echados sobre unas hamacas improvisadas con costales de yute. Todos estaban de muy buen humor. La cena de pollo a las brasas con salsa de rajas estuvo deliciosa. Parecía que no faltaba nada.

Alguien comentó la ausencia de mujeres. Javier, entonces, sugirió un remedio. “Vamos a disfrazar al Búho”, dijo. “Le vamos a poner una peluca de palma de corozo”. El Búho, que tiene cara de tecolote, nos miró con un aire de preocupación. “¿Por qué a mí?”, preguntó.

Esa noche la dedicamos a platicar sobre la montería de los Romano. Yo conocía ya bastante bien la historia de las fincas madereras, pues leía por esos días el libro que Jan de Vos le dedicaba al tema: Oro verde. Hacia fines del siglo XIX, cuando las compañías madereras irrumpieron en la Selva Lacandona, la Casa Romano era una de las más sólidas de Tabasco. Estaba dirigida por dos hermanos, Manuel y Román, nacidos ambos en la villa de Llanes, provincia de Oviedo. Tenían una línea de vapores en el Golfo y una flotilla de cayucos para comunicar los ríos de Tabasco. Explotaban también, desde hacía unos años, el palo de tinte de la costa de Campeche. Ahora querían conquistar los terrenos bañados por el Tzendales para transportar desde allí, por río, las trozas de caoba. Desde 1889, los Romano empezaron a construir una brecha que, con un costo de 50,000 pesos, terminaron al cabo de cinco años con el trabajo forzado de los indios de Bachajón y de los negros de Belice. Salía de la hacienda La Reforma, en las cercanías de Tenosique, para llegar a la ribera del Tzendales, donde construyeron una finca muy grande, aquella que buscábamos: La Constancia.

Era común que las monterías de la Selva tuvieran nombres como ése: El Desempeño, La Victoria, El Deseo, La Ilusión, El Porvenir. (En La rebelión de los colgados, por ejemplo, Traven llamó la suya, con ironía, aunque también con precisión: La Armonía.) La montería La Constancia fue terminada de construir en 1894. Muy pronto se vio involucrada en una disputa de límites con Guatemala, que situaba su frontera al noroeste de donde se unía el Tzendales con el Lacantún. Unos meses después de la fundación de La Constancia, en efecto, una expedición de Guatemala, armada con rifles, ordenó al apoderado de la empresa desalojar el lugar. Los soldados guatemaltecos quemaron las milpas y las chompas de la montería, cuyos trabajadores (unos sesenta) fueron obligados a partir. El escándalo llegó muy pronto a oídos del presidente de México, don Porfirio Díaz. Guatemala, dijo, tenía que retirar de inmediato sus soldados del Tzendales. “Si no los retiran”, le escribió a su embajador en Washington, “tendremos que retirarlos, y ya me muevo con ese objeto, porque, como usted comprende, no podemos quedarnos con un agravio tan palpitante”. La debilidad del vecino, añadió en su carta, “no nos puede autorizar a tanta mansedumbre”. El problema se solucionó poco después, de modo que para 1895 los Romano recibieron una superficie de unas 28,000 hectáreas, con lo que se convirtieron en los propietarios más grandes de la Selva, después de sus paisanos, los hermanos Bulnes.

Al doblar el siglo, La Constancia cambió su nombre por el de San Román, el santo de don Román Romano. Con ese nombre pasaría a la historia. San Román coordinaba los quehaceres de las monterías de la región. El trabajo, allí, era infernal, y abundan los testimonios sobre su crueldad. “Yo conocí las monterías de San Román antes de la Revolución”, diría un viejo montero. “Aquello era un infierno difícil de describir. Cuando un hombre no cumplía su tarea, lo azotaban con fuete hasta que la piel se le abría”. Así coincidían los demás. “¿Cómo pude sufrir nueve años los martirios de muerte a que nos tuvieron en San Román? Allá no existen los derechos de nadie. Allá no somos mexicanos, ni existen leyes que nos amparen”. En 1908 estalló un motín en la central que fue reprimido con brutalidad e inspiró a Traven su libro más famoso: La rebelión de los colgados.

El 14 de febrero nos levantamos al alba. Estábamos todos llenos de garrapatas. Había bruma y la selva estaba todavía dormida. Los pájaros apenas empezaban a cantar. Me había levantado antes que los demás y había visto a Ernesto y a Robert muy preocupados porque no encontraban por ningún lado el café. Lo habían olvidado, y sabían que iban a tener que dar a todos la mala noticia de que pasaríamos cinco días en la selva sin café. Ese fue, claro, el tema del desayuno. “¿Están absolutamente seguros de que no hay café?”, preguntaba el Doctor de tiempo en tiempo. “¿Ya buscaron en las lanchas?”. La situación era irremediable. “No sé qué sucedió”, decía Ernesto. “”Nosotros lo empacamos con el resto de la comida”.

Luego del desayuno subimos la colina en busca de las ruinas de San Román. Al poco rato las encontramos. Las ruinas ocupaban un área plana, más o menos de 2 hectáreas. Entramos por lo que supusimos eran los corrales para los bueyes de arrastre, aunque pudieron haber sido las galeras de los trabajadores. Quedaban nada más en pie unas cuantas bases de columna, construidas con ladrillos de arcilla roja, totalmente cubiertos por un musgo tan verde que parecía fosforescente. Dos columnas estaban aún de pie, y tenían un pretil de ladrillo que adornaba el capitel. El detalle llamaba la atención: a la mitad de la selva, en efecto, los monteros habían construido esas columnas no sólo para sostener sus techos, sino para que fueran agradables a la vista. Parecía un milagro que hubieran sobrevivido. La vegetación era muy densa; caminábamos en la penumbra. Luego de pasar las columnas, a la derecha, llegamos a lo que debió haber sido el cuarto de máquinas de San Román. Había una enorme rueca de hierro —con engranes, insólita en medio de la vegetación del trópico— que debió pertenecer al trapiche de la central. Había también ejes, rodillos y bandas de metal tiradas en el suelo, y había incluso un molino de hierro que tenía todavía el sello de la fábrica que lo produjo: The Blyuyer Iron Works Co. Cincinati, Ohio.

Caminamos después hacia el noroeste, donde estaban las ruinas de unas construcciones de 30 metros por 6, con puertas pero con una sola ventana. Eran quizá las oficinas. Las paredes estaban derruidas y el suelo cubierto de tejas, enormes, de 54 centímetros de largo. Había también ollas de peltre, azules, con el fondo carcomido por el tiempo. La zona estaba cubierta de palo mulato, un árbol pionero, como el guarumbo, que crece en zonas donde la selva ha sido perturbada. La parte más maltrecha de la montería —todavía parecía acahual, luego de más de medio siglo— era lo que supusimos en un principio podían ser las tierras dedicadas al forraje de los animales. Aunque en realidad los bueyes de las monterías no eran alimentados con zacate, sino con las hojas del ramón. Allí pues debió de estar más bien la milpa, necesaria para la manutención de los trabajadores de la montería. Había también, en los alrededores, otras plantas relacionadas con el hombre, como la pita, cuyo fruto —amarillo, diminuto— tenía un olor que parecía de mercado.

Los madereros saquearon la selva, pero no la devastaron. Nunca cambiaron el uso del suelo. Estaban allí sólo por unos años, y lo sabían. Las monterías de la época, incluso las más grandes, eran construcciones endebles. Tenían los techos de guano, los muros de bajareque. Era sorprendente, por eso, la solidez de San Román. Allí trabajaban los hacheros, labradores, arreadores, boyeros y caporales de las monterías de la región. No eran “chamulitas” de los Altos, como diría después, con ligereza, el novelista Traven. Eran más bien, en palabras de Pablo Montañéz, que conocía mejor su mundo, “hacheros de Bachajón, vaqueros de Ocosingo, hombres de río de Balancán y Comalcalco”. Había también beliceños, guatemaltecos y cubanos. Los monteros vivían en petates tirados en el suelo; los más afortunados en hamacas. Muy pocos dormían en camas. San Ramón tenía sesenta cuando se fundó y al ser abandonado durante los veinte es probable que tuviera alrededor de cien. Además de los empleados y los trabajadores había también herreros, cayuqueros y zacateros que apacentaban a los bueyes luego del trabajo. Muchos vivían allí con sus mujeres, que preparaban la comida y lavaban la ropa. Había incluso cantineros, y a veces hasta prostitutas, algunas de mala muerte, que vendían sus caricias cubiertas por unas cuantas ramas.

Al caminar al final de la construcción en ruinas encontramos dos muros de ladrillo repellado, aprisionados por unos amates enormes, como los de las haciendas cañeras de Morelos. Estábamos en lo que, supusimos, eran las habitaciones de don Fernando Mijares, el administrador de la central, situadas en el extremo noroeste de San Román. Mijares era español, igual que los Romano. No era nada más un contratista; era de hecho uno de los socios más importantes de la compañía. Resultaba bastante común que los dueños de las más grandes empresas madereras de Tabasco vivieran en las monterías, sumidos en el fondo de la Selva. Así también, José Antonio Bulnes, uno de los principales rivales de los Romano, también español, habría de vivir treinta años seguidos en las monterías de la cuenca del Jataté. Mijares pasó allí buena parte de su vida. “Era un hombre gordo, de barba, que pesaba más de 100 kilos y que le gustaba azotar a sus trabajadores”, habría de recordar un montero que lo conoció en San Román.

Sus días de gloria terminaron con el triunfo de la Revolución. Hacia 1913, en efecto, la Brigada Usumacinta recorrió las monterías de la Selva Lacandona para quemar las instalaciones, confiscar el ganado, liberar a los peones y ajusticiar a los capataces. Pero no llegó a San Román. Allí vivía todavía Mijares, que alternaba sus días con otra central, El Cambio, en la cuenca del río de la Pasión, donde administraba los cortes de caoba que la empresa Romano tenía en el Petén. San Román era entonces la montería más importante de la Selva, y lo sería hasta fines de 1925. En diciembre, el gobierno del general Calles le quitó a los Romano sus terrenos. Poco después fue apresado Mijares en la cárcel de Villahermosa, por negarse a dar la caoba para la plaza de toros de la ciudad que gobernaba con mano de hierro don Tomás Garrido Canabal. Mijares salió de la cárcel muy enfermo y murió casi de inmediato, sin volver jamás a San Román.

El espacio de lo que habían sido las habitaciones de Fernando Mijares ocupaba un área de 13 por 6 en las ruinas de San Román. Tenía una puerta flanqueada por dos ventanas que daban a un lugar donde había manchones de bambú amarillo: el jardín de la central. Había también, allí cerca, arbolitos de limón que todavía sobrevivían, y un leve olor a vainilla. El piso era de losa y una de ellas tenía la huella de un gato doméstico: la marca de la civilización. Los materiales para la construcción habían sido traídos de lejos, probablemente desde Teno- sique, aunque no por río (el Usumacinta era infranqueable en el raudal de San José) sino por la brecha abierta desde la hacienda La Reforma, a un lado de Tenosique. En uno de los muros que daban al manchón de bambú se podía ver aún, sobre el repello, cubierto de musgo, la pintura oscura del guardapolvo.

Estaba todo devorado por la selva. Las losas, cubiertas de tierra, apresadas por las raíces de los árboles, yacían ocultas por las hojas secas, los helechos y las palmillas. La luz del sol no llegaba al suelo, que estaba siempre húmedo, aun en el estiaje. Pero la vieja montería no nada más estaba en ruinas por el hambre de la selva. El lugar también había sido saqueado por el hombre. Muchos monteros regresaron, con el tiempo, por las enormes tejas y los hermosos ladrillos. Bajaban en sus cayucos con el material a cuestas, primero por el Tzendales, después por el Lacantún, hasta llegar por fin a las aguas del Usumacinta. Pero muchos no llegaban a Tabasco: morían ahogados con el peso de su carga en el raudal de San José. Pesaba todavía sobre sus hombros la maldición de la madera,  n

Carlos Tello Díaz. Escritor. Acaba de aparecer la edición definitiva de La rebelión de las Cañadas.

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• ¿El coyote o el correcaminos?

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• ¿Con tablas o espontáneo?

• ¿Carambola o pulí?

• ¿Tarjeta o efectivo?

• ¿Musa o whisky?

• ¿Alma o cuerpo?

• ¿Tristeza o Prozac?

Lo que no debe perderse

LO QUE NO DEBE PERDERSE

Para escritores

•  Ravelstein Saúl Bellow Alfaguara

(Una novela inspirada en la vida de Alian Bloom)

•  The Sinatra Files Times Books

(Los documentos del FBI)

•  El sueño de ¡a historia Jorge Edwards Tusquets

(Novela y memorias)

•  The Journal of Silvia Plath 1950-1962

Silvia Plath Farber & Farber (Los diarios)

•  Dorothy Parker.

¿Qué nuevo infierno será éste?

Marión Meade

Circe

(La generación perdida)

•  Gertrude y Claudius John Updike Hamish Hamilton

(¿Y los padres de Hamlet?)

Para economistas

•  John Maynard Keynes, Fighting for Britain, 1937-1946 Robert Skidelksy Macmillan

(Continuación de la bibliografia)

Para científicos

•  El fin de la privacidad Reg Whitaker

Paidós

( ¿Hasta dónde llegarán los dispositivos de vigilancia?)

•  El sol, el genoma e Internet Freeman J.Dyson

Debate

(¿Cuál será el futuro de la ciencia?)

Sólo para futbolatis

•  Pelé Harry Harris Robson Books

(¿Quién es el mejor futbolista de la historia?)

Para filósofos

•  Verdad y progreso Richard Rorty Paidós

(Los pendientes de la filosofía)

•  La constelación posnacional Jünger Habermas

Paidós

(¿Qué hay más allá del Estado-nación?)

•  Zibaldone de pensamientos Giacomo Leopardi Tusquets

(Diario de un pesimista)  

Numeralia

NUMERALIA

174,000

1.Espías al servicio del Ministerio de Seguridad de la antigua RDA.

35

2.   Porcentaje de antiguos alemanes democráticos que albergan sentimientos de odio contra sus espías.

2,325

3. Misiones de las fuerzas de espionaje estadunidenses durante 1996.

167

4.   Países donde se llevaron a cabo esas misiones. 15

5.   Países donde existe la presencia de cascos azules de la ONU.

Estadunidenses que mueren cada año por no respetar el semáforo en rojo.

60,000,000 6. Personas que practican el fisioculturismo en el mundo 30

7. Dólares que una de esas personas debe gastar al día en complementos alimenticios. 27,074 8. Elementos que participan en el combate al narcotráfico en México. 74

9- Porcentaje de esos elementos que pertenecen al ejército.

23

10. Reactores nucleares que han sido cerrados en EU debido a problemas de seguridad.

90.2

Porcentaje de la población de los Emiratos Árabes Unidos que son inmigrantes extranjeros.

90,000

Costo del entrenamiento de un aspirante a policía preventivo del DF.

49

11.  Países que permiten el aborto sin restricción alguna. 2

12.  Países en los que el aborto está penalizado bajo cualquier circunstancia.

4,000

13. Presas de gran capacidad en el planeta. 1,600

14.  Presas que se están construyendo en cuarenta países. 35

15.  Millones de personas que han sido desplazadas por la construcción de presas en los últimos cincuenta años.

12

Especies de tiburones consideradas peligrosas.

10

16. Porcentaje de alumnos de la UNAM que inician su vida sexual cuando ingresan a licenciatura. 95

17. Porcentaje de alumnos de la UNAM que no emplean métodos anticonceptivos en su primera relación sexual. 170

18. Editoriales brasileñas especializadas en espiritismo. 8,000,000 19. Brasileños que practican el espiritismo. 40,000

20. Hombres de negocios palestinos que ingresan diariamente a Israel.

Roberto Pliego Escritor. Es subdirector editorial de la revista nexos.

Fuentes: 1-2. Letra internacional No. 67; 3-4. Roben Kaplan: La anarquía que viene-, 5. The Economist: 4-11 de agosto de 2000; 6-7. Interviú-. 6-12 de marzo de 2000; 8-9. La Jornada: 7 de agosto de 2000; 10. Unomásuno: 19 de agosto de 2000. 11-12. Reforma: 18 de agosto de 2000; 13-15. El País: 21 de agosto de 2000; 16-17. La Jornada: 15 de agosto de 2000. 18-19. El País: 12 de agosto de 2000; 20. La Jornada: 15 de agosto de 2000.

En el mes de la patria y sin historia

BARÓMETRO

EN EL MES DE LA PATRIA Y SIN HISTORIA

POR ROLANDO CORDERA CAMPOS

En  septiembre solían celebrarse las fiestas patrias, que acabaron siendo festín particular de pequeños pero poderosos grupos. El boato poco republicano de aquellos últimos años del régimen revolucionario, que sufrieron el boom del petróleo y su caída espectacular en menos de un sexenio, dejó luego su lugar a la rutina burocrática, tecno o dino, que no se atrevía a decir su incredulidad sobre el rito pero que tampoco se atrevía a cantar el himno nacional a voz en cuello. Hoy veremos si con la sucesión presidencial en plena carrera hacia su estación terminal, a alguien se le ocurre empezar a pensar en otro ceremonial que le haga honor a una historia cada día peor comprendida y usada, pero cada vez más central para darle a la ciudadanía que irrumpe con el nuevo siglo un cemento más potente que la expectativa epidérmica de un cambio renuente a los apellidos.

La historia patria quedó un tanto pasmada después de la furiosa ofensiva montada en 1992 contra una revisión moderada de los libros de texto respectivos. Nunca fue posible acercarse con sensatez a los motivos de los lobos, que en jauría echaron por tierra, sin mayor argumento histórico o pedagógico, aquel esfuerzo actualizador, pero el gobierno prefirió el silencio y una nueva oferta prebendaría y la indispensable reflexión pública sobre la historia que el país ha de contarse quedó en veremos. No se trata de reinventar una historia oficial que a estas alturas a nadie beneficia, pero sí de darle a la formación infantil y juvenil una perspectiva que sólo puede aspirar a ser sólida si se nutre del conocimiento del pasado, de lo que se hizo y quiso hacerse así como de lo que se renunció a intentar o fracasó en el intento. Sin ello, el salto buscado a una modernidad poco explicada y menos detallada puede ser un salto adelante de la nada.

La política presidencial: Usos y abusos

Más que la historia y sus usos, será la política presidencial la que ocupe el centro de la escena en septiembre. En su último informe, el presidente Zedillo pasará revista a sus logros y tratará de inscribirlos en una historia que no ha concluido y que difícilmente lo hará a partir de los resultados electorales, por dramáticos y formidables que hayan sido. La entrada a la democracia por la vía de la alternancia fue una necesidad impuesta por la forma en que la transición se administró desde el poder, primero a una sola mano, la presidencial, y luego, a partir sobre todo de 1994, a varias manos con la entrada de los partidos a la discusión sustantiva de las reformas procesales y las innovaciones institucionales. Este concierto, sin embargo, no le quitó a la reforma su impronta cupular y elitista, y es en este origen donde habrá que rastrear algunas de sus dificultades futuras, en particular las que tienen que ver con la capacidad del sistema político para ser productivo e incluyente de una pluralidad que difícilmente puede absorberse en la política a tres bandas que quienes idearon la reforma buscan perpetuar.

Un cauce republicano es, qué duda cabe, un propósito unificador de voluntades diversas y hasta disparadas, pero su enunciado no basta, como tampoco parece suficiente la grandilocuencia de los que sin más trámite se aprestan ya a volverse constituyentes. República y Constitución son todavía palabras mayores en el mundo de la globalización y jugar con ellas, como empieza a hacerse desde algunos miradores de la cumbre, puede resultar juego peligroso, hostil a todo proyecto de normalización de la democracia y de la propia política del poder que se renueva con ímpetu, a veces incontrolado.

Metáforas de la modernidad

Con el nuevo gobierno, que probablemente empiece a conocerse en los días que vienen, se abrirá paso también la necesidad de pasar de las grandes metáforas de la modernización, de moda nuevamente, al examen concreto, detallado en lo posible, sobre lo que este cambio mayor y los muchos cambios menores que lo acompañan significan para la población y su futuro. Las promesas del cambio tendrán que ir a lo terrenal y ya no sólo en la política y sus previsibles dificultades de método y concepto, aún no superadas por la normalización electoral alcanzada.

La modernidad que hoy se resume en la alternancia y la civilidad política no alcanza para satisfacer las expectativas desatadas. El triunfo de los modernos, como lo muestran los datos electorales de detalle, fue siempre acompañado por el voto de los no integrados en una proporción significativa, echando por tierra las creencias y los mitos en la eternidad del “voto verde”, que haría de México un país político a dos bandas. El voto por el PAN y su candidato, en efecto, puede detectarse como una variable dinámica en prácticamente todos los estratos sociales, demográficos y de ingreso, y es este factor el que tal vez le imprima a la nueva política las mayores presiones y exigencias. Aquello de gobernar para todos puede volverse, y pronto, una ola gigantesca de reclamos sociales para los que no hay todavía cauce institucional y menos dinero disponible.

Por lo pronto, algunas evidencias. Enrique Quintana, en su columna financiera “Coordenadas”, nos habla de una reforma laboral de facto que habría redundado en una situación salarial alarmante. Según los datos de la Encuesta de Empleo Urbano, que Enrique Quintana reseña, el 44% de las personas ocupadas recibe una remuneración que no rebasa los dos salarios mínimos, mientras que sólo el 14.6% del total supera los cinco salarios mínimos, equivalentes a 5,865 pesos al mes. En medio de una informalidad laboral enorme (que algunos estiman igual o superior a la mitad de la fuerza de trabajo) la asignatura siempre pospuesta de la reforma laboral encara grados de dificultad muy severos.

“La reforma laboral que se requiere”, dice el columnista de Reforma, “es más bien la que necesitan casi 15 millones de personas cuyo empleo no les deja más de 65 pesos diarios, con los cuales deben sustentar a su familia”. “Uno de los problemas con los que tendrá que lidiar el nuevo gobierno”, agrega Quintana, “es atender el interés del grueso de los trabajadores mexicanos en lugar de darle la primera prioridad a los temas que los grupos organizados le ponen en la mesa” (Reforma, 2 de agosto de 2000, p. 6A).

Por su parte, el Banco Mundial, en una evaluación sobre la desigualdad en los ingresos después de la reforma económica, nos advierte: la relación entre el ingreso del 10% más rico y el 40% más pobre es en México sólo inferior a la registrada en Brasil, Ecuador, Panamá y Paraguay. Esta relación es superior a la que se encuentra en los países de altos ingresos (4.4 en México, contra 1.9 en Estados Unidos, 1.0 en España, 1.4 en Canadá) así como a la observada en una lista de 13 países de ingresos bajos, donde sólo nos superan Kenya y Zimbabwe con un coeficiente de 4.7 y 4.6 respectivamente (China, 1.6; Egipto, 1.3; Vietnam, 1.5; Uganda. 2.0; The World Bank: “México. Earnings inequality after Mexico’s Economic and Educational Reforms”. México Country Management Unit. Poverty Reduction and Economic Management División. Latin American and the Caribbean Región. May 16, 2000, p. 11).

Los discursos en boga sobre la modernización política no generan metáforas suficientes para dar cuenta de estas y otras realidades del subsuelo mexicano del nuevo siglo. Si la política moderna las va a incorporar o no a su discurso es algo que está todavía por verse.

Los libros sobre la mesa

Ricardo Becerra, Pedro Salazar y José Woldenberg han puesto a circular bajo el sello de Cal y Arena La mecánica del cambio político en México. Elecciones, partidos y reformas. En seis capítulos y una jugosa introducción, los autores nos ofrecen un detallado relato de la reforma política y electoral de México hasta 1997, así como una consistente interpretación histórica de las mudanzas políticas de estos lustros que desembocaron en la alternancia presidencial del 2 de julio. La política se torna proceso e historia en este volumen que será un punto de partida obligado para pensar la política del futuro,      n

Rolando Cordera Campos.

Economista. Su más reciente libro es Crónicas de la adversidad.

El vacío financiero

EL VACÍO FINANCIERO

POR HUMBERTO MURRIETA N.

El  sistema bancario en México no está hueco aunque carece aún de la solidez necesaria para ser un factor de desarrollo y, en consecuencia, de bienestar. Pero para allá va. Incluso en diciembre de 2000 estará en condiciones infinitamente mejores a las que acusaba en el horrendo 1995, a partir del cual el financiamiento de la banca a los sectores agropecuario, industrial y de servicios disminuyó de manera estrepitosa. A ello debe sumarse el bajo rendimiento para los pequeños ahorradores que, en promedio, en ese lapso fue de 6.6% en términos nominales, contra una inflación promedio anual de 24.7, lo que provocó una caída patética en la captación bancaria como proporción del PIB del 40.5% al 24.3%. Quizás el dato que con más elocuencia confirma que el sistema bancario, sin estar precisamente hueco, es el punto débil de la economía mexicana, se encuentra en este hecho: a pesar de que de 1996 a la fecha el crecimiento del PIB ha sido superior al 5% anual en promedio, el crédito bancario ha caído en 16.5% en promedio anual durante el mismo periodo.

En ese marco y con esos números ¿para allá va? Sí. Lo sostengo y para ello me refiero a tres males endémicos de la banca de los noventas, anotando en seguida algunas acciones llevadas a cabo para llenar vacíos del 95, y que nos acercan a “la perfección”…

Cartera vencida

En 1995 provocó un vacío infinito. Hoy está mejor, pero su nivel dista de ser óptimo, en el entendido de que ahora hay mayores reservas para las cuentas malas y nuevas políticas para su manejo en los balances, que terminan por mejorar la calidad de sus cifras (la cartera vencida de la banca múltiple, a un lado el Fobaproa, a la fecha es el 12.9% del total cobrable). Es la incubadora de todos los problemas. Cuando los bancos no cobran no tienen para prestar. Al paso del tiempo, como ocurrió en 1995, ni siquiera les alcanzan los recursos para honrar su compromiso con depositantes y ahorradores. Se les acaba el capital y mucho más. Por entonces, el drama fue sistémico; los bancos no podían quebrar. Intervino el gobierno y, entre otros, se pusieron en marcha programas de saneamiento y compra de cartera que dieron origen a los pagarés Fobaproa, primeras piedras, piedras seminales, para empezar a rellenar el hueco. Entiéndase sin fobias. A la fecha podemos decir que la banca está razonablemente saneada.

¿Qué falta en lo que toca a la cartera vencida?: exhibir y acosar a los morosos consuetudinarios y con ello incentivar la cultura del pago. Para lo primero, modificar el artículo 117 de la ley de instituciones de crédito para que después de un plazo de seis meses, por ejemplo, puedan hacerse públicos los nombres de quienes no hagan nada por pagar sus deudas vencidas, y ampliar y fortalecer la información crediticia de los burós de crédito que son complementos indispensables para analizar riesgos y soportar el otorgamiento de créditos. En cuanto al acoso, a quienes dolosamente han hecho daño al sistema financiero mexicano y perjudicado con su incumplimiento a personas morales y físicas en general, cerrarles las puertas, todas, muerte civil, incluyendo que el gobierno y sus empresas jamas vuelvan a contratar ni a comprarle nada a esos caballeros. Las recientes modificaciones hechas (¡por fin!) a la legislación mercantil —miscelánea de garantías y ley de concursos mercantiles— contribuyen a llenar el vacío que provocan las carteras vencidas.

Capitalización

En 1995 los recursos patrimoniales de la banca para respaldar depósitos (índice de capitalización), ni remotamente llegaban al 10% y eso que para su medición se apoyaban en muchos “trucos contables” que ayudaron a que los balances no mostraran que los bancos en general estaban quebrados. Ahora se observan niveles de capitalización del 19.5% para riesgos de capital y 14.5 para riesgos de mercado, índices determinados sobre bases mucho más serias. ¿Cómo fue?: se fomentó la participación de nuevo capital, nacional y extranjero. Como ya dije, se pusieron en marcha programas de saneamiento y compra de cartera; se han eliminado las facilidades regulatorias que se otorgaron a casos desesperados; se hicieron más estrictas las reglas de capitalización buscando que sean compatibles con los nuevos criterios de Basilea y con principios de contabilidad generalmente aceptados (gradualmente en vigor a partir de 2000); y, como hecho sobresaliente, se aprobó la constitución del IPAB (Instituto para la Protección al Ahorro Bancario), organismo cuya misión consiste en establecer lineamientos y políticas institucionales que den certidumbre y estabilidad al sistema financiero y salvaguardar así el sistema nacional de pagos. ¿Qué falta?; terminar algunos saneamientos; continuar mejorando la supervisión con énfasis en lo preventivo; seguir acercándonos a las prácticas contables de los bancos de Estados Unidos; e intercambiar con éxito los pagarés Fobaproa por pagarés IPAB, buscando un proceso de conversión a deuda negociable que produzca flujos y que dé mayor flexibilidad a los activos de los bancos.

Liquidez

Sigue siendo restringida: los pagarés Fobaproa aún pesan mucho en los activos de algunos bancos, alrededor del 40% de la cartera total de los bancos que cuentan con ellos, y son pagarés que en muchos casos no generan flujos. En su momento, esto les provocó a algunos una carga cada vez mayor de financiamiento con acarreo negativo de tasas, que es el peor de los mundos imposibles, aun cuando para otros bancos esos pagarés son “el negocio”, lo que es la negación misma de su función. A ello añádase el enorme financiamiento al sector público, en cualquiera de sus formas, la suma de lo cual aleja a varios bancos de la posibilidad de conceder crédito en la medida de las exigencias de una economía en evidente expansión, problema macro que en última instancia los rebasa y que asciende al campo de las finanzas públicas y por tanto de los recursos fiscales.

¿Qué falta? Después de esto último pudiera pensarse que todo, pero no es así. La liquidez es un “residual”, decantación de todo lo anterior: capitalización, saneamiento, nuevas reglas, existencia del IPAB, calidad de los activos, cultura de pago, actualización legal… lo que significa que. en automático, la liquidez mejorará paulatinamente dado que esos factores evolucionan para bien, acotando el vacío.

Lo que  se pretende es que la banca, bien capitalizada y fortalecida, oportunamente supervisada, con una mejor legislación y con políticas contables adecuadas, reactive el crédito y cumpla con su misión de asignar el ahorro a proyectos de inversión. Que sea un factor de desarrollo.

Para ello queda como gran pendiente disminuir la necesidad de recursos públicos del gobierno, que ahora se los “agandalla” a la iniciativa privada dado que es el gran deudor de la banca mexicana. Esto será posible si la reforma fiscal integral genera mayores recursos fiscales que ahora se suplen con empréstitos de todo tipo.

También debemos pretender que el IPAB cumpla con el rol estelar que tiene en el saneamiento de la banca, lo que sin duda contribuye a que se reactive el crédito. Debemos entender que hoy es la institución de mayor trascendencia en el futuro inmediato de la economía mexicana. En nuestro país, como organismo independiente, es una novedad (1999), pero a nivel internacional instituciones semejantes surgen desde los años treinta y hay sistemas de protección similares en 68 países. Su labor es entendida, respetada y apoyada por la sociedad a la cual esas instituciones sirven. Estoy seguro de que en México así será. Más nos vale.      n

Humberto Murrieta N. Contador público. Vocal del IPAB

Hostias en el ambiente

HOSTIAS EN EL AMBIENTE

POR MARIA TERESA PRIEGO

En las últimas semanas, y alentada por algunos actos públicos de Vicente Fox, la iglesia católica ha tomado una posición protagónica con respecto al aborto, la homosexualidad y las costumbres. Este artículo refuta las posturas de la iglesia y se pronuncia a favor de las libertades individuales.

No  sonaba tan complicado agitar en un mitin la imagen de la Virgen de Guadalupe. Ni ofrecerle a la iglesia sus diez mandamientos. Ni manifestarse al hablar de interrupción voluntaria de embarazo, como partidario de la postura teológica de la “hominización inmediata” (el alma se infunde en el momento mismo en que el espermatozoide encuentra un óvulo), que sostiene la actual jerarquía católica. No sonaba complicado ni decirle “mariquita” al adversario. Ni utilizar la adopción de cuatro hijos casi como slogan de campaña. Golpes de publicidad y golpes de pecho. Fox le ganó al PRI. Todo lo demás quedó en suspenso.

La campaña de Vicente Fox intentó crear un “ambiente” con respecto a ciertos temas de la sociedad (aborto, homosexualidad, religión católica). Un ambiente de hombres muy hombres y sotanas muy presentes. Lanzó una señal. Como consecuencia, su elección a la presidencia desató una permisividad triunfalista y apresurada entre los sectores más conservadores. Los legisladores de Guanajuato se arrojaron desbocados sobre el Código Penal. Van por todo: de uno a tres años de cárcel para las mujeres embarazadas por violación que decidan realizarse un aborto. Pésimo cálculo.

La mayoría de los mexicanos votó por el único candidato no priista que podía ganar la elección. Que la derecha no se confunda: ¿qué porcentaje de electores votó por el conservadurismo de Fox? El “ambiente” de ventarrones retrógradas creado por la campaña del entonces candidato no tenía muy probablemente la intención de desembocar en mujeres violadas condenadas a ir a la cárcel y fanáticos religiosos apuñalando obras de arte. El futuro presidente “se deslinda”. Pero fue él quien desató un proceso que hoy lo sobrepasa. Sus simpatizantes más excesivos se sintieron autorizados, por fin, a defender la interpretación de las “sagradas escrituras” en los espacios de la república. Ganó el PAN y Pro-Vida y un grupo panista organiza la premiación de los médicos que en Baja California, ignorando el Código Penal, impidieron el aborto legal que Paulina solicitaba después de su violación. Esos médicos tenían derecho a la objeción de conciencia; a lo que no tenían derecho era a amenazar y chantajear a Paulina y a su madre (mencionando la posible muerte de la adolescente durante el aborto), en lugar de simplemente referirlas hacia un médico no objetor. ¿Les darán una medalla? Para que el mensaje sea claro: vale más la ley del dios de la iglesia católica que la de los hombres y las mujeres. El triunfo de Fox viagrizó a los sectores más viscerales de la derecha. Sin duda alguna Fox les abrió las compuertas.

Escena 1

¿Por qué los hijos de Fox fueron tema de campaña? ¿Por qué los hijos de Rincón o Cárdenas nunca salieron a escena para esparcir a través de la geografía nacional su gratitud ante el amor de sus padres? ¿Había acaso una diferencia? Los hijos de Fox eran “distintos” porque eran adoptados. Ellos tenían algo particular que “agradecer”. Esa diferencia la marcó —por su supuesta conveniencia mediática— el equipo de campaña foxista. No fue un accidente, fue una estrategia para ganar votos conmoviendo. Lo dijo con todas sus letras el coordinador de campaña de Fox: la campaña puso especial énfasis en las amas de casa y las revistas que leen. “En contenidos editoriales explicábamos por qué Fox había adoptado a sus hijos” (Reforma: 27 de junio de 2000). Ana Cristina se designó o fue designada como la vocera de un discurso que la cuestionaba en sus derechos mismos de hija elegida. El bebé o el niño que es adoptado está en igualdad de circunstancias que los padres que lo eligen: cada una de las partes significa para la otra el encuentro indispensable.

Utilizar como estrategia de campaña el hecho de que un hombre no sea el padre biológico de sus hijos es concebir la adopción como un acto punto menos que caritativo. Si adoptar se presenta como una cuestión de generosidad, ¿dónde quedan el deseo del padre y de la madre? El deseo de los padres nombra al hijo como tal, en un territorio que sobrepasa por mucho a la biología.

Pero el discurso de la adopción no tenía como único fin conmover al electorado. ¿Cómo olvidar aquella sibilina frase de Fox?: “La adopción es mejor que el aborto, yo tengo la experiencia”. La defensa de la hominización inmediata promovida por el Vaticano se abría camino hacia la silla presidencial. Sólo que el presidente electo hubiera ido más despacio. Mantener un cierto ambiente. Ir tanteando. Sus correligionarios se vieron francamente voraces y precipitados. La respuesta de la sociedad fue inmediata. Quizá se están equivocando de país.

Escena II

Fox comulga ante las cámaras. Se compromete con la iglesia. El clero comienza a opinar de todo y a todas horas. Fox les abrió la puerta ancha. Una vez más, sin medir las consecuencias. Nada más que esta vez no es delicioso. Se fueron a revisarle sus sábanas. Dicen que Fox está enamorado de una mujer que lo ama. Dicen que se van a casar. Pero Fox se casó alguna vez por el rito católico con Lilián de la Concha. O sea que Fox sigue casado. En un primer tiempo los voceros de la iglesia dicen: “aquel que vuelva a casarse ya no tiene derecho a comulgar”. La declaración es aún tímida. Pero viagrizare el conservadurismo no es un asunto sin consecuencias. Nuevo Criterio, el semanario de la arquidiócesis de México, se destapa: No sólo Fox no puede casarse ya con mujer alguna puesto que incurriría en un pecado tan mayor que “ha provocado cismas”, sino que lo mejor que puede hacer en la vida, le explican sus espontáneos tutores, es regresar a los brazos de su única y legítima esposa, Lilián de la Concha, de quien se separó hace nueve años, y convertirse en ese ejemplo que debe ser para la nación. Nuevo Criterio exhibe la alcoba del futuro presidente. Públicamente le tira línea. La jerarquía católica se le impone como suele imponerse. Habrá que aprender la lección: el que comulga es Vicente Fox como tal y no el presidente de todos los mexicanos. Que comulgue en privado,     n

María Teresa Priego. Escritora. Ha colaborado en Nexos anteriores.

El inquilino sospechoso

EL INQUILINO SOSPECHOSO

POR HÉCTOR ORESTES AGUILAR

La llegada al poder del nacionalista austríaco Jórg Haider mueve a la siguiente pregunta: ¿el nazismo viene de vuelta? Esta crónica adelanta una respuesta y un diagnóstico pulcro del estado de la cultura en Austria.

El síndrome de la sospecha o la sospecha de portar un síndrome

Las cosas marchaban hasta el momento en que Kurt Waldheim fue electo candidato presidencial por el ÓVP en 1985. Nacido en un pueblo de la Baja Austria, Waldheim había tenido una brillante carrera diplomática que simbolizaba el éxito de la Segunda República en el juego político internacional. Después de servir como embajador en Canadá, el salto hacia la secretaría general de la Organización de las Naciones Unidas le permito adquirir la celebridad internacional y el suficiente poder para convertirse incluso en una figura decisiva para el equilibrio interno de poderes. Al frente de la ONU durante diez años (1972- 1982), Waldheim era el austríaco más conocido en el mundo al momento de hacerse pública su candidatura al frente del ejecutivo. Si bien su carisma palidecía junto al del histórico primer ministro Bruno Kreisky, su lanzamiento —independiente, pero pactado con el apoyo oficial del Partido Popular— representaba la palabra síndrome, dicen los diccionarios, se aplica para describir un conjunto de síntomas característicos de un trastorno en la salud. Son los presagios, los indicios, las señales de la existencia de una enfermedad. Aunque sería exagerado describir el escenario político actual de Austria como el de un cuerpo enfermo, es curioso constatar que la circunstancia por la que atraviesa el país alpino evoca una serie de síndromes emblemáticos de la mentalidad, el estilo de vida, las costumbres públicas y las intimidades históricas de su república. De hecho, las reacciones de la Unión Europea ante el reacomodo del gobierno austriaco han sido las de una entidad sanitaria ante la sospecha de una infección epidémica letal, las de un grupo de médicos frente a brotes de un padecimiento crónico que amenazara contaminar para siempre al entorno inmediato.

La sospecha de portar sin remedio el síndrome del nacional-socialismo ha acompañado varias estaciones de la Segunda República de Austria desde el establecimiento del pacto estatal que en mayo de 1955 le otorgó soberanía e independencia. Sus dos rasgos cardinales, la neutralidad y el gobierno de una coalición entre el Partido Socialdemócrata (SPÓ) y el Partido Popular (ÓVP), parecían garantizar las condiciones mínimas para el desarrollo de una democracia lozana y robusta, una vida republicana firme, a un tiempo el último bastión de Occidente ante el socialismo real y el vínculo más importante de la “Europa secuestrada” con los países capitalistas del continente. En medio de los dos grandes bloques, el Estado neutral austriaco logró durante largo tiempo mitigar las suspicacias sobre su pasado e institucionalizó su imagen como primera víctima de Hitler.

El síndrome Waldheim o los expedientes secretos W

Las cosas marchaban hasta el momento en que Kurt Waldheim fue electo candidato presidencial por el ÓVP en 1985. Nacido en un pueblo de la Baja Austria, Waldheim había tenido una brillante carrera diplomática que simbolizaba el éxito de la Segunda República en el juego político internacional. Después de servir como embajador en Canadá, el salto hacia la secretaría general de la Organización de las Naciones Unidas le permito adquirir la celebridad internacional y el suficiente poder para convertirse incluso en una figura decisiva para el equilibrio interno de poderes. Al frente de la ONU durante diez años (1972- 1982), Waldheim era el austríaco más conocido en el mundo al momento de hacerse pública su candidatura al frente del ejecutivo. Si bien su carisma palidecía junto al del histórico primer ministro Bruno Kreisky, su lanzamiento —independiente, pero pactado con el apoyo oficial del Partido Popular— representaba la oportunidad de apartar a la socialdemocracia de la presidencia tras cuatro mandatos consecutivos.

En la primavera de 1985, el historiador Georg Tidl hurgaba en los archivos de la guerra de los Balcanes con el fin de dar luz sobre el pasado del general austríaco Alexander Loehr, quien había sido condenado a muerte por crímenes bélicos y fusilado por los yugoslavos en el año 47. Tidl dio por casualidad con un documento donde aparecían los nombres y los rangos del Estado Mayor del Heeresgruppe E, la unidad del ejército alemán dirigida por el general Loehr. Para su sorpresa, descubrió que el teniente Kurt Joseph Waldheim había servido en aquel contingente. El historiador advirtió de su hallazgo a la dirigencia del Partido Popular, quien le restó importancia al episodio. Los propios socialdemócratas —quienes veían con buenos ojos el relevo presidencial de su partido, un poco para airear el puesto y ganar credibilidad, otro tanto para reforzar posiciones estratégicas en política interior y un mucho para congelar a Waldheim— hicieron lo posible para frenar cualquier escándalo en los medios. Los rumores, sin embargo, llegaron rápidamente a la redacción del semanario político Profil, el equivalente austríaco de Der Spiegel. Uno de sus redactores, el entonces joven reportero Hubertus Czernin, se propuso investigar directamente el expediente de guerra del propio Waldheim en los Archivos Nacionales de Viena. A las once de la mañana del 21 de febrero de 1986, el periodista obtuvo la autorización de Waldheim para examinar sus documentos. En las subsecuentes entrevistas con el candidato, Czernin recordará que su trato se volvió evasivo y hostil, y que era imposible obtener respuestas claras acerca de su participación en las ejecuciones de guerrilleros yugoslavos. Irascible, el ex diplomático negó su militancia en organizaciones juveniles hitlerianas. Las pruebas en su contra fueron, de cualquier modo, irrefutables.

Para el 1 de abril de 1938, apenas dos semanas después del Anschluss, hay constancia de que Waldheim estaba inscrito en la Asociación de Estudiantes Nacionalsocialistas. Menos de un año después fue movilizado, ya con el grado de subteniente, para la campaña de Francia y enviado posteriormente a Rusia. Dos años más tarde es herido en Bielorrusia, y al terminar su convalecencia se le asciende al grado de teniente para enviársele a Yugoslavia. Allí Waldheim sirvió hasta julio de 1943 como vocero, intérprete y negociador en el cuartel del Kampfgruppe Bader, donde se convirtió en un habilísimo concertador de operaciones entre los ejércitos alemán e italiano, que luchaban a brazo partido contra la guerrilla popular yugoslava, la única fuerza militar organizada que por entonces combatía a las fuerzas del Eje en Europa.

Sin embargo —y de ello dan fe las acusaciones documentadas por la comisión de crímenes de guerra de la ONU—, no hay duda de que Waldheim cumplió con tareas más rudas que las de traducir y gestionar. En el acta del caso R/N/684 de la citada comisión se apunta que el Oberleutnant Waldheim “condujo a rehenes a la muerte” y cometió “asesinato”, violando al menos cuatro artículos esenciales de los “tratados de la Haya concernientes a los crímenes de guerra contra el pueblo y el Estado”. Nunca se sabrá cuántos de los documentos firmados por el teniente con la simple inicial de su apellido habrán sido órdenes de ejecución contra guerrilleros yugoslavos capturados en combate, sacrificados pour encourager les autres.

El síndrome Horváth o los demonios de la Austria profunda

En 1986, mientras Waldheim asumía la presidencia, Austria fue censurada y aislada internacionalmente por primera ocasión desde el fin de la Segunda Guerra. Además del veto impuesto al presidente por los Estados Unidos y por Israel, una de las consecuencias importantes de la exhibición pública del pasado del presidente era constatar que la historia oficial de la Segunda República austriaca no había estado sujeta nunca a la revisión y a la crítica. Nunca, hasta ese momento, se había pedido romper el tácito pacto de silencio para ajustar las cuentas con el pasado nacionalsocialista. Por primera vez en mucho tiempo, la “neutralidad” austriaca enfrentó una fuerte sacudida que cimbró la impunidad con que había sido edificada.

Ese año terminaban los festejos por las tres primeras décadas de la independencia de la Segunda República. Más pequeña que Jalisco y parecida en su silueta cartográfica a Michoacán, Austria, entre 1955 y 1985, había visto a sus nueve Länder o estados federales estabilizarse económicamente e integrarse a la modernidad con una cadencia alargada y en ocasiones somnolienta. Todavía a principios de los ochenta, por ejemplo, Viena era una capital sin demasiada vida en sus calles, desconocía prácticamente los cafés y los restaurantes en las terrazas (a la manera mediterránea), estaba aún muy lejos de ofrecer una imagen medianamente metropolitana. Los suburbios históricos construidos más allá de los bastiones del casco histórico vienés eran casi pueblos, muchos de sus negocios abrían sólo hasta el mediodía y los que contaban con horario vespertino, incluyendo a los restaurantes, cerraban a las dos de la tarde para permitirse los sagrados alimentos. En muchos distritos podían verse edificios que mostraban en sus muros los impactos de la metralla de la Segunda Guerra. Aun a principios de los ochenta, Viena era en algunos rincones de sus distritos periféricos la ciudad de El tercer hombre, una ciudad estaba reconstruyéndose y “desocupándose” de los vestigios de la postguerra. Incluso hoy en día, si a la población de Viena se le agrega la de la Wiener Neustadt, Baden y Laxenburg, su número rebasa apenas el millón y medio de habitantes. En todo el país no se cuentan más de ocho y medio millones de residentes. Sin insistir demasiado en el lugar común del sentimiento de pérdida que envolvió a los austriacos después de la disolución de la Monarquía Dual en 1918, es imposible olvidar que sólo en la Galizia oriental vivían más de ocho millones de habitantes y que en el actual territorio austriaco el censo de 1910 registró 8,947,000 pobladores.

Pequeña, ordenada, pulcra y civilizada, la Austria de hoy es una nación provinciana. Antes de morir aplastado por un árbol en París en 1938, el escritor ödön von Horváth dejó un puñado de obras de teatro, relatos y novelas donde inspeccionó con maestría la esencia del habitante prototípico de la Austria profunda: el ewige Spiesser, el eterno provinciano, el aldeano de siempre. la mujer y el hombre sencillos que en su cortedad y en su obstinación casi feudales se integran a la experiencia moderna con todos sus atavismos, prejuicios, resentimientos y deseos de venganza. Con más de treinta años de anticipación, Horváth preludió, sobre todo en sus dos novelas (Juventud sin Dios y Un hijo de nuestro siglo), a los escritores del movimiento literario más importante de finales del siglo XX en Austria, la literatura Anti-Heimat, cuyos autores —de Thomas Bernhard a Hans Leben— se dedicaron a desollar el alma de sus conciudadanos para extraer las pulsiones, los conflictos, los sentimientos encontrados y las neurosis que forman el paisaje psicológico que vive y se reproduce dentro del paisaje natural del Heimat, el terruño, la patria chica, la “matria”.

En aquel mismo año de 1986, un joven doctor en derecho por la Universidad de Viena arribó a la secretaría general del Partido Liberal austriaco (FPÖ), un instituto político regionalista, nacionalista, de rancia tradición de extrema derecha, provinciano. Su carrera al interior del partido había sido hasta ese momento fulminante, pero nadie esperaba que, a sus 36 años, Jórg Haider se convirtiera en el agitador político más carismàtico en contra de la coalición de gobierno.

Jörg Haider o el síndrome Terminator

La coalición entre el SPÖ y el ÖVP gobernó con absoluta hegemonía socialdemócrata en la cancillería de la república a partir de 1970, cuando Bruno Kreisky comenzó una larga gestión de 13 años. Desde entonces, cuenta el escritor vienés Robert Menasse, se desplegaron varias oleadas de la “ofensiva educativa socialdemócrata”, que contempló la educación gratuita, incluyendo libros de texto sin costo. A las asignaturas usuales se agregaron otras como “educación cívica”, con el fin de ofrecer una mínima instrucción política en los valores de la Segunda República. Después de tres decenios de “ofensiva educativa socialdemócrata” el resultado a nivel operativo es alucinante: uno de cada tres estudiantes de nivel preuniversitario vota por la extrema derecha. Exactamente por quienes se dedicaron a sabotear, durante esos tres decenios, el imaginario moral e ideológico socialdemócrata.

El diestro operador político de ese persistente sabotaje ha sido Jórg Haider. Cuando el pasado 27 de enero (una fecha que para los historiadores de lo inmediato podría significar el comienzo real del nuevo siglo europeo) el aún canciller austríaco Viktor Klima, socialdemócrata, anunció su fracaso en las prolongadas conversaciones con el ÖVP para formar coalición de gobierno, se ponía fin al bipartidismo tradicional. Uno de los más temidos y previsibles convenios clandestinos de la política europea contemporánea salió a la luz: tres días más tarde, la ronda final de acuerdos entre los partidos Popular y Liberal (que habían ido gestándose desde octubre de 1999, con la posibilidad de pactar al menos ocho años) concluyó con el establecimiento de un novedoso condominio de gobierno, excluyendo a la socialdemocracia. Las sospechas largamente sostenidas se volvieron evidencia contundente. Si a lo largo de los 25 años de su carrera política Haider no se había cansado de vindicar una y otra vez a los “patriotas” y nacionalistas austriacos, desde el gobierno el líder de los liberales y sus correligionarios podría hacer pedazos el ideario con que se ha venido construyendo el edificio de la Unión Europea, tolerante e incluyente en teoría.

Quienes conocen la biografía de Jórg Haider saben que las sospechas y el temor ante la presencia de un partido como el suyo en un país del centro de Europa es absolutamente justificado. Aunque su sólido patrimonio se basa en la fortuna de su familia materna, originaria del estado de Carintia, Haider no nació allí, sino en la Alta Austria, en un pueblo (Bad Goisern) distante diez minutos del famoso Bad Ischl, uno de los sitios de recreo preferidos por la burguesía austríaca para construir o comprar sus casas de verano. En Ischl se conserva el majestuoso Spa del emperador Francisco José y el palacio de la ópera de Franz Léhar, por lo que puede considerársele mausoleo oficial de la nostalgia real- imperial.

Haider creció muy lejos de la abundancia y los excesos, apartado de los afectos por el pasado monárquico. Robert Haider, su padre, nació en 1918. A los quince años ingresó en las Juventudes Hitlerianas y en ellas permaneció a pesar de que el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSPAD) fue declarado ilegal. Arrestado por actividades delictivas en Ischl, tuvo que huir al otro lado de la frontera, hasta suelo alemán, donde formó una “legión austríaca”, un comando clandestino nazi. A los 18 siguió el llamado de las armas y se matriculó en las SA (abreviatura de Sturmabteilung, la sección del ejército alemán integrada por voluntarios instruidos militarmente, dotados de uniformes y organizados en tropas de choque y asalto para dar protección a los funcionarios nazis). Incluso participó en una conspiración para realizar un Putsch que llevaría el nacionalsocialismo al gobierno de Viena. Después de muchas peripecias, en 1938 era ya un Gaujugendwalter en el Frente de Trabajo Alemán de Linz; vale decir, un dirigente sindical juvenil de medio pelo. Después de la desnazificación (que en Austria tuvo lugar con muchas irregularidades) se convirtió en zapatero remendón.

La mamá de Haider, Dorothea Rupp, es hija de un ginecólogo de cierto renombre que ocupó una primera plaza en el Hospital General de Linz hasta el Anschluss. La madre de Dorothea y abuela de Jórg es el vínculo directo con la sociedad del dinero y la abundancia. No es casual que Dorothea haya estudiado en, of all places, el colegio de las Ursulinas y que haya tenido una educación sentimental burguesa y conservadora. Políglota, tenaz, imbatible, fue una convencida militante nacionalsocialista. Durante los años de la anexión se convirtió en maestra. En el 45 se le prohibió la docencia y fue confinada a trabajar en un antiguo hospicio donde se recuperaban prisioneros y heridos de guerra. Debe de haber padecido mucho el trabajar como sirvienta ante los tuberculosos judíos que, como ella relató alguna vez, escupían a sus pies y le espetaban insultos en alemán.

Quien califique a Jórg Haider como neonazi incurre en una imprecisión. Heredero de una familia de la Alta Austria que participó en cuerpo y alma de la maquinaria hitleriana durante los años del III Reich, él es también, sin más, un nacionalsocialista austríaco. Además de sus progenitores, sus maestros más cercanos (su profesora de inglés y alemán en el Gymnasium, por ejemplo, quien siempre lo impulsó para seguir una carrera de actor) y sus protectores políticos son antiguos militantes del NSDAP. Como muchos de los que estudian Derecho en la Universidad de Viena, Haider participó en una Buschenschaft, una de las cofradías típicas austríacas que equivalen hasta cierto punto a las fraternidades de los centros de enseñanza superior estadunidenses. En esas cofradías los universitarios toman parte en ritos iniciáticos violentos y de un vacuo guerrerismo carente de espiritualidad que pretende imitar los códigos de honor caballerescos. En esas organizaciones es normal infringirse heridas en el rostro con una daga o un florete para marcar la pertenencia de grupo. Para sus prácticas de esgrima, la cofradía de Haider —cuenta Christa Zóchling, periodista de Graz— usaba un muñeco de paja que, al parecer, era llamado “El Wiesenthal”.

Los valores que articula y defiende Jörg Haider (no puede ser de otra manera) son los mismos que los de la generación de sus padres. Lo que ha variado, por supuesto, es la manera de expresarlos, la forma en que ha logrado la aceptabilidad, por medios democráticos, de un discurso político que tiene como núcleo elementos notablemente antidemocráticos; un discurso defendido por un partido que, desde la nueva coalición, se ha convertido paulatinamente en acción directa, en actos de gobierno. A pesar de que Haider ha renunciado oficialmente como dirigente nacional del FPÖ, con la llegada de este partido a posiciones de poder y decisión han regresado —en el centro de ese aparatoso barco que es la Unión Europea— una serie de valores, actitudes e ideas que alguna vez constituyeron un proyecto totalitario.

El síndrome Prohashka o la inmovilización total

Herbert Prohashka era un medio- campista refinado y creativo. Comandaba a la selección austriaca de futbol que se dio el lujo de vencer a Alemania en el mundial de 1978 con un gol de Hans Krankl. No fue ninguna sorpresa que lo eligieran entrenador para dirigir al equipo nacional que compitió en el mundial de Francia, pero sí lo fue ver que se quedaba en ese puesto después de su desastrosa participación, quedando como último lugar de la Copa.

Si el fútbol es metáfora, presagio y resonancia de la condición nacional, el último partido de Prohashka como director técnico de su selección mayor —jugado frente a España en la ronda clasificatoria de la Eurocopa 2000— pasará a la historia como boceto del naufragio de la Segunda República de Austria. En aquel juego, que se perdió por 9 a 0 y fue calificado por la televisión de Viena como “die bitterste Stunde des österreichischen Fu_balls” (la hora más amarga del futbol austríaco), los de blanco y negro no sabían a dónde ir, a quién marcar, cómo salir jugando. España, que acababa de cambiar de entrenador y estrenaba proyecto ofensivo, se dio gusto practicando toda clase de suenes frente al marco rival. “¡No sabíamos que jugábamos tan bien!”, dijo Raúl, el media punta español al día siguiente. Vale decir, no sabían que el equipo de Austria podía estar tan mal, tan incapaz de generar una respuesta ofensiva ante tal alud de cuero.

El equipo austriaco no calificó para la Copa Europea de Naciones que acaba de jugarse en los Países Bajos. La nueva coalición tampoco ha calificado ante sus pares de la Unión Europea. Sólo queda esperar que la “hora más amarga” de la Segunda República se prolongue demasiado con el 14 a 0 que hasta ahora lleva a cuestas, n

Héctor Orestes Aguilar. Escritor. Fue Lector Académico en la Universidad de Graz, Austria.

Mexicanos

MEXICANOS

Pasado con felicidad el trance de la alternancia del poder ejecutivo en México, toca ahora recordar aquella imagen de la feria que daba F. Scott Fitzgerald: de lejos, las luces, el brillo, la rueda de lo por ver si algún día podemos llenarlos. Quizás el epígrafe que debió preceder a las páginas centrales de este número de Nexos fuera, entonces, el título de aquella canción de Los Beatles: “Fixing a Hole”. ¿Cómo reparar un hueco que vuelve? ¿Cómo “cazar” un hoyo móvil y esquivo? Sería imposible ofrecer a los lectores un número de Nexos lleno con todos los vacíos mexicanos: en estas páginas tocamos únicamente el vacío laboral, el de seguridad, el educativo, el financiero; pero abrimos esta zona de la revista con un artículo donde Luis Rubio se ocupa de un vacío de cuyo remedio puede depender prácticamente la solución de muchos otros: el vacío fiscal. Como lo advierte Samuel Huntington citado por Rubio: “No hay pago de impuestos sin representación, una demanda política; no hay representación sin pago de impuestos, una realidad política”. Este y los otros vacíos requieren de una atención decisiva para replantearnos el país que todos queremos y que cada vez parece escurrírsenos entre sus huecos. Sexenio tras sexenio, nos volvemos cazadores de hoyos como Los Beatles.

No todo es ocuparse de vacíos en este número de Nexos. Es un gusto contar con las columnas y secciones habituales en nuestra publicación, con las casillas llenas por the usual gang ofidiots, como orgullosamente definía la revista Mad a sus colaboradores fijos. Y un gusto especial es incluir el gran ensayo de Rüdiger Safranski sobre “La doble vida de Friedrich Nietzsche”. Por lo menos para no olvidar que, al final o al principio de todo, como dice el filósofo alemán citado por Safranski, el hombre es el único animal que no se deja definir.

LUIS MIGUEL AGUILAR

Impuestos y ciudadanos

IMPUESTOS Y CIUDADANOS

POR LUIS RUBIO

Las partes involucradas en la recaudación fiscal en México quieren una reforma: los empresarios y los contribuyentes en general porque buscan pagar menos impuestos, y el gobierno porque quiere elevar los niveles de recaudación.

El caso es que, sin reconocer las contradicciones, hemos llegado a caminar por tres rumbos incompatibles: querer más servicios públicos, exigir más calidad de ellos y a la vez repudiar el pago de impuestos, desde el predial hasta el Renave. Este ensayo arroja luz sobre este sinsentido y traza una serie de rutas para crear un sistema fiscal transparente y equitativo.

No hay pago de impuestos sin representación, una demanda política; no hay representación sin pago de impuestos, una realidad política.

Samuel Huntington

I. Un sistema fiscal ideal

Los impuestos son un componente esencial en toda sociedad organizada. La vida en sociedad cuesta: desde la construcción de infraestructura hasta el cuidado de las fronteras de una nación. Aunque hoy en día casi nadie disputa la noción misma de lo inevitable de los impuestos, hay poderosos argumentos filosóficos que rechazan no sólo la existencia de impuestos sino también la idea misma del gobierno. Todos los tratadistas del contrato social, al margen de las profundas diferencias que les caracterizan, coinciden en la necesidad del gobierno y, por extensión, de los impuestos. Rousseau, por ejemplo, afirmaba que el hombre sólo puede ser libre en sociedad y que la sociedad (y todo lo que de ésta se deriva) es más que el conjunto de sus partes. Locke, en el otro lado del espectro filosófico, afirmaba que el hombre es libre por el hecho de ser hombre y que utiliza esa libertad para incorporarse al contrato social a cambio de protección a la propiedad, que es su objetivo primordial. El hecho es que, al margen de los valores que uno sostenga y de los alcances que esté dispuesto a conferirle al gobierno y, en general, a la vida en sociedad, éste entraña consecuencias económicas. Y esos costos tienen que ser sufragados por quienes son parte del contrato y, por lo tanto, de la sociedad.

A lo largo de la historia, todos los especialistas en impuestos se han preocupado por tratar de responder a la pregunta ¿cómo recaudar impuestos sin distorsionar la creación de la riqueza? Como en sentido estricto esto es imposible, el objetivo se debe centrar en cómo recaudar distorsionando lo menos posible.

El objetivo de recaudar impuestos sin distorsionar la actividad productiva tiene un sentido muy preciso: la idea es que los individuos no vean afectada la manera en que toman sus decisiones de trabajo o inversión por el tipo de impuestos que deben pagar. Las distorsiones pueden ser de la más diversa índole. Por ejemplo, si un electricista decide no realizar una instalación más porque eso le llevaría a cambiar de estrato fiscal o bracket (los rangos de ingreso a partir de los cuales se calcula la tasa de impuesto), el impuesto estaría causando una distorsión en su proceso de toma de decisiones, desincentivando el trabajo y, por lo tanto, la producción, el empleo y la creación de riqueza. El solo hecho de que una persona tenga que pagar más impuestos al generar un ingreso adicional es en sí distorsionante. Lo mismo ocurre cuando un empresario opta por localizar una planta en otro país para disminuir la carga fiscal, o cuando una empresa dedica una enorme porción de su tiempo a procurar maneras de disminuir sus impuestos en lugar de mejorar la calidad de sus productos, incrementar sus ventas o elevar la productividad de sus procesos.

Una estructura fiscal ideal debería prescindir de toda recaudación relacionada con la creación misma de riqueza porque casi cualquier acción en ese frente implica una distorsión. Desde esta perspectiva, en un mundo ideal, lo que debería ser gravada es la riqueza ya existente, el patrimonio de las personas, para no incidir sobre su proceso de creación, lo que afecta las decisiones de trabajo, ahorro e inversión. Sin embargo, este camino ha probado ser inviable, pues lleva a que las personas escondan su riqueza o a que la ubiquen en otra circunscripción fiscal (en lugar de utilizarla para mejores fines) y a que la autoridad tenga que hacer valuaciones sobre la riqueza aparente, lo que entraña enormes riesgos de inequidad, arbitrariedad, abuso y corrupción.

En la práctica, hay dos maneras en que se puede lograr un sistema impositivo ideal. Una es cobrando el impuesto directamente sobre el efectivo sufragado por las empresas (en la forma de salario o pagos de clientes) y la otra es cobrarlo en la otra parte del ciclo, al momento de consumir. Por lo tanto, si no se va a gravar la creación de riqueza (que usualmente se asocia con empleos y empleadores), se tendrá que gravar al individuo al momento de consumir. La conclusión de estos pasos básicos de análisis conceptual es que el impuesto menos distorsionante (y, además, más equitativo y progresivo) acaba siendo el que grava directamente el consumo.

Para gravar el consumo haría falta uno de dos impuestos distintos que, en el fondo, son prácticamente idénticos (aunque de entrada no lo parezca): un impuesto sobre ventas, como el IVA, y un impuesto sobre el salario (e ingresos por trabajo) que, a diferencia del ISR, podría ser fijo, con una sola tasa y sin complejidad en su administración. El IVA que se aplica en casi todo el mundo es un impuesto al consumo y no requiere más explicación. Por su parte, el impuesto al salario es en realidad un impuesto al consumo porque el ciclo de vida de una persona es, a final de cuentas, un ciclo de consumo: si en lugar de ver a un individuo de manera estática en un momento dado y mejor se observa su ciclo de vida en el tiempo, se constata que éste empieza consumiendo más de lo que gana (se endeuda), luego paga sus deudas y en el camino ahorra para poder pagar el costo de sus últimos años improductivos. En otras palabras, la persona consume todo (o casi todo) su ingreso a lo largo de su ciclo vital. Por esta razón un impuesto al salario es, a la luz de toda la carrera salarial de un individuo, un impuesto indirecto al consumo.

En suma, los impuestos ideales son aquellos que gravan el consumo porque son los que menos distorsionan las decisiones de trabajo, inversión y producción. Además, los impuestos al consumo no sólo son mucho menos regresivos de lo que comúnmente se cree, ante todo porque gravan más al que más consume, sino también más progresivos que las alternativas. La experiencia demuestra que los impuestos al ingreso, que siempre se presentan como impuestos progresivos porque la tasa impositiva se incrementa en la medida en que lo hace el ingreso, acaban siendo bastante regresivos toda vez que las personas de mayores ingresos siempre encuentran maneras de disminuir su pago, lo que lleva a que los diferenciales de tasas sean engañosos. Es decir, la progresividad del impuesto al ingreso es un mito.

II. Los mitos de la recaudación

En conjunto, la carga fiscal de los mexicanos es más o menos equivalente a la de países semejantes al nuestro. Sin embargo, donde México se distingue dramáticamente del resto es en la estructura de la recaudación. Con Europa, las diferencias son abismales: mientras que la recaudación en México fue de 16% del PIB en 1997, en Alemania la cifra fue de 23.8% y en Francia de 23.2%, para no hablar de los países nórdicos, donde la recaudación alcanza tasas cercanas al 40% del PIB. Sin embargo, no se puede perder de vista que aquellas sociedades cuentan con sistemas de protección social, desempleo y retiro que son muy costosos. Pero si uno observa las tasas de recaudación de países más parecidos al nuestro, como Colombia o Chile, las diferencias no son tan relevantes: Chile recauda 17.4%, mientras que Colombia un 15.4% del producto. Desde la perspectiva del ingreso agregado, la recaudación en México parece normal. Las diferencias comienzan cuando uno aprecia las fuentes de recaudación: en el caso de México, el petróleo representa un porcentaje muy elevado del ingreso gubernamental, aunque mucho menor de lo aparente, ya que no más de la mitad de la recaudación por este concepto se deriva de la producción petrolera; el resto se refiere a impuestos, como el IVA sobre gasolina, que los consumidores pagarían de cualquier manera. La vulnerabilidad de las finanzas públicas reside mucho más en la evasión, cualquiera que sea su causa, que en su dependencia al ingreso petrolero.

Según las estadísticas de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, en 1997 el Gobierno Federal recaudó un monto equivalente al 16% del PIB, distribuido de la siguiente manera:

Estas cifras muestran que poco menos de la tercera parte (5% del PIB) del ingreso fiscal del gobierno (16% del PIB) proviene del petróleo. En otras palabras, la recaudación fiscal sin incluir el petróleo representa el 11% del PIB, cifra sensiblemente inferior a la que caracteriza a países como Chile y Colombia. La pregunta es cómo explicar las diferencias.

Una buena parte, pero no toda, de las diferencias se explica por la evasión. Una manera de calcularla es comparando la tasa de recaudación en México con la de otros países. El promedio de recaudación de los países de la OCDE es de 27% del PIB, mientras que la de México es de apenas 11% (cifra que excluye al petróleo e impuestos relativos a éste). Esta enorme diferencia puede explicarse de diversas maneras: unas tienen que ver con los objetivos políticos de cada sociedad (en Francia, por ejemplo, el gobierno es el gran proveedor de pensiones, servicios de salud, etcétera, lo que le lleva a imponer tasas impositivas muy elevadas, mientras que en Estados Unidos ocurre lo contrario: un amplio número de servicios, como el de salud, es en buena medida privado, por lo que las tasas de impuestos son mucho menores a las francesas). Junto a lo anterior, la mayoría de los países europeos y otros como Chile imponen impuestos muy elevados al consumo de gasolina, lo que explica otra parte importante de las diferencias. Una segunda diferencia tiene que ver, simple y llanamente, con las diferencias de riqueza entre las sociedades: una sociedad rica tiende a pagar niveles mucho más altos de impuestos que una pobre por el simple hecho de que hay más riqueza (y, por lo tanto, más de donde gravar). Una tercera razón reside en la evasión fiscal. Por último, la cuarta tiene que ver con la eficacia del sistema fiscal en su conjunto: en la medida en que el sistema impositivo esté mejor estructurado e integrado, es más simple el cumplimiento de las obligaciones fiscales y más fácil su fiscalización.

En forma desagregada, las diferencias en recaudación pueden explicarse de la siguiente manera: mientras que el promedio de recaudación de la OCDE es de 8% a 9% por concepto de ISR para las personas físicas, en México la recaudación por este concepto es de alrededor del 1.8%. Esta cifra es quizá la muestra más patente de las diferencias de ingreso entre los mexicanos y los demás miembros de la OCDE. pues estos impuestos reflejan el nivel salarial.

Por lo que se refiere a las empresas, la recaudación en México es de aproximadamente el 1.9% del PIB, comparado con 3.5% de los países de la OCDE. El ingreso en este rubro se ha desplomado en buena medida por la mala administración de la autoridad tributaria y por las pérdidas causadas por la crisis de 1995; antes de esa crisis, las cifras de recaudación eran comparables a las de la OCDE, y con tasas impositivas más bajas. Es decir, el país enfrenta un problema gigante de evasión, que podría alcanzar hasta el 40% en este rubro específico. La abrumadora mayoría de esa supuesta evasión refleja la existencia de reglas complicadísimas que facilitan la elusión fiscal, circunstancia que innumerables empresas aprovechan sin retraso. Pero, sin duda, hay un enorme número de empresas medianas y pequeñas que simplemente evade el pago del impuesto. Como lo demuestra el caso chileno, un sistema fundamentado en reglas menos complicadas y tasas más bajas recauda mucho más: ese país percibe el 3% del PIB por este concepto con un impuesto fijo del 15%. Esos niveles de recaudación ya fueron alcanzados en México en el pasado.

Finalmente, mientras que las naciones de la OCDE recaudan cerca del 10% del PIB por concepto de IVA (o similar), la recaudación por ese concepto en México es de aproximadamente 3% del producto. Esta enorme diferencia, quizá la más significativa, se debe, esencialmente, a la manera en que está construido el impuesto en México. Mientras que en la mayoría de los países de la OCDE el impuesto se aplica de manera uniforme en todos los sectores y actividades (en la venta tanto de bienes como de servicios), en el país contamos con tres tasas distintas: 0% para alimentos, medicinas, rentas y algunos servicios, como los médicos; 10% para la zona fronteriza: y 15% para el resto de bienes y servicios. Esta diversidad de tasas, que muchos políticos presentan como un logro “revolucionario”, en realidad constituye una perversión, pues fomenta la evasión (por ejemplo, en la zona fronteriza norte se venden muchos más coches y partes automotrices por persona que en el resto del país), pero también porque destruye el propósito del impuesto, reduciendo el potencial de recaudación. La evasión por este concepto se estima en 35%.

Si uno observa la recaudación en su conjunto, la primera impresión que recoge no es errada: la abrumadora tajada de los impuestos y de lo recaudado es de carácter federal: alrededor del 98% de los impuestos en México son federales y sólo 2% son locales y estatales. Esta cifra se compara con 43% para Canadá, 42% para Argentina, 37% para Brasil y 31% para Estados Unidos. De esta forma, parte del problema recaudatorio que enfrenta el país se origina en la complejidad inherente al cumplimiento de las obligaciones fiscales y en la evasión simple y llana, pero parte también tiene que ver con el hecho de que existe una extrema centralización política que se refleja en la política de recaudación fiscal.

III. Hacia una reforma fiscal

Una reforma fiscal integral tendría que partir de ciertos principios elementales: primero que nada, que el gasto público, el otro lado de la ecuación tributaria, se sujete a controles por alguna entidad autónoma (más parecida al IFE en concepto que a la Contraloría de la Federación), de tal suerte que la ciudadanía pueda tener certeza respecto al uso correcto de los recursos, en tanto que los políticos se vean enfrentados a una efectiva (pero también eficiente y no politizada) fiscalización en el ejercicio del gasto público.

Para resultar exitosa, la creación de esa entidad autónoma de fiscalización tendría que venir acompañada de un cambio radical en el paradigma y estructura de leyes y regulaciones que norman las decisiones relativas al ejercicio del gasto público, como la Ley de Responsabilidades de los Funcionarios Públicos, la de Adquisiciones y la de Entidades Paraestatales, pues todas ellas tienden a burocratizar las decisiones gubernamentales, sin lograr una mayor transparencia en el ejercicio del gasto público. De hecho, la discrecionalidad que está presente en esas leyes y regulaciones conlleva una permanente arbitrariedad que igual puede llevar a que se solape una corrupción monstruosa, o a que se persiga penalmente a un funcionario honesto, pero políticamente incómodo. Más común es que las regulaciones gubernamentales lleven a la parálisis de los funcionarios honestos, en tanto que no frenan (pero sí solapan) a quienes no lo son. La reforma fiscal implicaría, necesaria y simultáneamente, transparencia y fiscalización, por el lado del sector público, pero también un marco legal que favorezca una mayor eficiencia en las decisiones.

Una mirada a la relación que guarda la recaudación con la credibilidad de los gobiernos en otros países nos dice mucho del problema mexicano. Los países cuyos ciudadanos confían en sus gobiernos tienden a presentar tasas más altas de recaudación respecto a la meta fijada por el proceso legislativo y, viceversa, aquellos países cuyos ciudadanos desconfían de sus gobernantes muestran tasas muy bajas de recaudación. Países como Argentina y México, en donde los ciudadanos manifiestan poca confianza en la honorabilidad de los políticos, se caracterizan por un bajo cumplimiento de sus obligaciones fiscales, mientras que países (como Canadá o Nueva Zelanda) con alta credibilidad en la honorabilidad de sus políticos, experimentan niveles mucho más altos de cumplimiento con el fisco. En función de esto, cualquier intento que el próximo gobierno decida emprender en materia recaudatoria tendrá que partir del reconocimiento de que el problema fiscal del país en el largo plazo no puede resolverse con más impuestos, mayores tasas o una mejor fiscalización, sino mediante un cambio radical en el comportamiento de los gobernantes. Es decir, para resolver el problema fiscal del país se requieren cambios reales en los incentivos e instituciones dentro de los que opera la clase política, de tal suerte que los políticos y funcionarios públicos se ganen el respeto de la población.

Otros de los principios elementales que deben guiar una reforma fiscal integral son la universalidad, equidad, transparencia y eficiencia en la recaudación. Aunados a cambios profundos en el ejercicio del gasto público, estos principios podrían sentar la base para un acuerdo político nacional respecto a la recaudación fiscal. En ausencia de ese pacto, la experiencia de la última década sugiere que cada sector y grupo de la sociedad se dedicará a defender su interés inmediato (menos impuestos, más exenciones, etcétera) en lugar de contribuir a la elaboración de un planteamiento que a) efectivamente reduzca el peso de los impuestos que pagan los sectores y personas que soportan una proporción desmedida de la carga fiscal; b) eleve la eficiencia de la recaudación; c) disminuya drásticamente la evasión fiscal; y d) amplíe la base de contribuyentes tanto por la vía de la incorporación de nuevos individuos y sectores al padrón fiscal, como por medio de la eliminación de prebendas y exenciones. La aspiración de alcanzar la modernidad, y una membresía en el llamado Primer Mundo, no tiene viabilidad sin un cambio drástico en los montos, pero sobre todo en la estructura, de la recaudación fiscal.

El cambio de paradigma que estos conceptos implican es enorme. El gobierno tendría que someterse a una disciplina férrea a cambio de cobrar impuestos; pero la ciudadanía tendría que pagar impuestos bajo reglas y mecanismos de disciplina como los de cualquier otro país en el mundo, del tipo que caracteriza a nuestros socios comerciales en Europa y Norteamérica.

Que todo mexicano económicamente activo esté sujeto al pago de impuestos sobre sus ingresos crea una sensación de equidad y de inevitabilidad que hoy no existe. La universalidad en el pago de impuestos es un valor en sí mismo. Todos, ricos y pobres, deben cumplir con esa obligación pues sólo así tendrán la autoridad para exigir cuentas al gobierno y hacer valer sus derechos en calidad de ciudadanos. Si el gobierno no está dispuesto a avanzar por esta senda, mejor sería acelerar el paso hacia un sistema basado exclusivamente en impuestos al consumo —y, por supuesto, en el monitoreo de su cumplimiento.

De esta manera es indispensable reconocer dos principios ineludibles, ambos saturados de implicaciones. Por una parte, los impuestos tienen que ser equitativos, pero no son, ni pueden ser, una fuente de igualdad social o económica. Es decir, los impuestos no son una vía apropiada para resolver problemas ancestrales de inequidad. La noción de cobrarle más a los ricos porque son ricos tiene problemas no sólo constitucionales (porque todos los impuestos deben ser equitativos) sino prácticos: los ricos, en todo el mundo, utilizan sus recursos para encontrar maneras de disminuir su carga fiscal o, simplemente, transfieren su riqueza a otra parte. En este sentido, los impuestos deben ser concebidos para cumplir con una sola función: la de generar ingresos al gobierno. La solución de los problemas de pobreza y de desigualdad tiene que venir por el lado del gasto y, sobre todo, como consecuencia de una estrategia de desarrollo que, al articular incentivos, instituciones, regulaciones, educación, desarrollo tecnológico, gasto gubernamental y la iniciativa de millones de ciudadanos, genere tasas elevadas de crecimiento económico, fuentes de empleo y, por ese medio, grandes oportunidades de desarrollo individual. Es así como las personas que, por lo reducido de su ingreso, hoy no son contribuyentes, pasarían a serlo, bajo el entendido de que la política social compensaría ese desembolso.

El otro principio que tiene que incorporarse a la estructuración de un sistema fiscal más eficiente y más efectivo tiene que ver con el hecho de que México no es una isla en la inmensidad del océano, sino una nación cada vez más estrechamente integrada en los circuitos económicos, financieros y comerciales del mundo. Este hecho tiene una consecuencia práctica de enormes dimensiones: todas las empresas que comercian o tienen vínculos económicos con otras naciones requieren de un sistema fiscal que les permita evitar pagar impuestos dos veces, la llamada doble tributación. Es decir, el sistema fiscal mexicano debe ser razonablemente similar al de las naciones con quienes comercia o los empresarios mexicanos se encontrarán con que los impuestos que pagan en un país no son acreditables en otro, lo que elevaría el costo de sus productos o servicios, en detrimento de su competitividad. La estrategia de recaudación que el país decida emprender puede resultar en un esquema mucho más simple, mucho más realista y eficiente del que hay, pero no puede ser dramáticamente distinto en concepto general. Tiene que ser un mirror image del sistema fiscal de nuestros socios comerciales y de inversión. La efervescencia en materia fiscal es casi universal; no hay razón para cenar la puerta a cambios fiscales que pudieran tener acogida favorable en otros países a pesar de las diferencias existentes de entrada. En otras palabras, antes de cancelar opciones sería deseable explorarlas.

La complejidad del fisco mexicano es indescriptible. Pero el origen de esa complejidad yace en un lugar distinto al que típicamente se reconoce. Parte de la complejidad se deriva de los impuestos mismos, pero el principal problema reside en los mecanismos diseñados para mejorar la fiscalización que no hacen sino complicar (y encarecer) el cumplimiento de las obligaciones fiscales. Aunque el número de impuestos es menor al que típicamente caracteriza a los sistemas fiscales alrededor del mundo, su estructura muestra repetidos intentos por recaudar más sin tener que ganar el favor popular. El cálculo del impuesto al activo, por ejemplo, es muy engorroso; el cálculo del impuesto sobre la renta empresarial es menos difícil que otros, pero se torna complejo por la corrección inflacionaria que entraña; el régimen de previsión social es difícil de administrar, se presta a corruptelas y lleva a una fiscalización interminable. Lo ideal sería llegar al punto en que el llamado causante pudiera llenar una sola hoja que no exigiera cálculos complejos y con eso quedaran cubiertas sus obligaciones fiscales. Pero el solo uso de la palabra “causante”, a diferencia de “contribuyente”, muestra ya una actitud de relación con la ciudadanía.

Suponiendo que el problema político de credibilidad, transparencia (accountability) y falta de eficacia en el uso de los recursos públicos se resolviera (una suposición heroica), la solución integral al problema fiscal requeriría entonces de la racionalización de los impuestos existentes (para hacerlos más equilibrados), la eliminación de algunos de ellos y la simplificación en el cumplimiento de todas las obligaciones fiscales. Aun sin pacto político de por medio, este camino es indispensable pues, sin ello, problemas fundamentales —como el de la economía informal— son imposibles de enfrentar. La economía informal, un problema de evasión o de excesiva complejidad, como quiera uno verlo, demuestra que más impuestos y mayores o menores tasas no resuelven el problema. El problema reside en las contradicciones presentes en el sistema fiscal, la arbitrariedad y la complejidad del mismo. Sin enfrentar este trinomio, el problema fiscal es irresoluble.

IV. Comenzar por el IVA

Todos los esfuerzos que se hagan resultarán insuficientes en la medida en que no se enfrente el problema del IVA. La solución a este entuerto no reside, como ha pretendido el gobierno en los últimos años, en elevar las tasas cada vez más, sino en eliminar la diversidad de tasas.

A pesar de todos los argumentos que se han esgrimido en los últimos años, algunos más absurdos que otros, el IVA es, efectivamente, uno de los impuestos más equitativos y eficientes que existen. Pero, por su naturaleza, el IVA sólo puede cumplir eficazmente con su propósito cuando existe una sola tasa, aplicable a todos los bienes y servicios. Cuando en cada paso del proceso de producción se paga el IVA descontando el IVA anterior, la cadena productiva queda cubierta en su totalidad, lo que facilita tanto el cumplimiento de la obligación fiscal como su fiscalización. Por ello, cuando se incorporan exenciones —como las de alimentos básicos, rentas o medicinas— el IVA deja de cumplir su objetivo y acaba siendo otro impuesto distorsionante y distorsionado. Algunos comerciantes se roban el impuesto; muchos proveedores de servicios —desde carpinteros hasta consultores— simplemente viven en un mundo en el que el IVA no existe “a menos de que quiera factura”. La igualación de las tasas no eliminaría todo el problema de evasión, pero permitiría avanzar en esa dirección, sobre todo porque haría más fácil su fiscalización. Un IVA uniforme, así sea con una tasa más baja que la actual del 15%, será mucho más productivo en términos de recaudación y también mucho más equitativo para la sociedad. El hecho es que en México el IVA recauda muy por debajo de lo que debería. La solución no puede ser otra que la de generalizar el impuesto, con una tasa uniforme, inferior a la actual para desincentivar la evasión.

Lo importante sería que todas las transacciones en la economía fueran gravadas con un IVA igual. Esto sin duda afectaría a un número importante de mexicanos cuyo ingreso se destina casi íntegramente a la adquisición de bienes que hoy están exentos del pago del impuesto (o que pagan tasa cero). Para esas familias, la eliminación de la tasa cero del IVA sobre alimentos, rentas y medicamentos podría implicar la elevación de sus costos en una proporción idéntica a la del impuesto. La solución a este problema no puede, ni debe, encontrarse en exenciones o tasas de impuesto menores, sino en subsidios directos que compensen la pérdida económica que entraña la elevación del impuesto. La tasa cero del IVA beneficia por igual a ricos y a pobres pero, por la distribución del ingreso, son las clases medias altas quienes más consumen esos productos. Por ello, lo imperativo es unificar la tasa del IVA y, a la vez, trabajar sobre el padrón de la población pobre del país, a fin de destinar subsidios en forma directa, como hace el Progresa, hacia la población directa o indirectamente afectada, a través de créditos fiscales directos por medio del ISR negativo a los asalariados.

De la misma manera, la acusada propensión gubernamental a tratar de elevar la tasa del IVA no tiene más viabilidad económica que su equivalente en el caso del ISR. El IVA no puede ser muy alto porque inmediatamente comienza a incentivar la evasión, además de que constituye un desincentivo al consumo y, por lo tanto, a la inversión. No es casualidad que en la Unión Europea, la Meca del IVA, la economía que más crece y que más ha crecido por un mayor número de años, es la que tiene una menor tasa del IVA y, en general, de impuestos: el Reino Unido.

V. La renta del impuesto

Las tasas diferenciadas del ISR entre empresas y personas producen toda clase de distorsiones y oportunidades para la evasión. En lugar de seguir ensanchando esa brecha, lo urgente es avanzar en su eliminación.

El Impuesto Sobre la Renta (ISR) a las personas físicas es quizás el impuesto que más ha evolucionado en el curso del tiempo, sin que la recaudación por este concepto haya cambiado dramáticamente. A lo largo del tiempo, la tasa de este impuesto ha fluctuado entre el 55% en los ochenta hasta el 35% hace unos años y 40% ahora. El cambio de tasas ha generado desde repudio hasta júbilo entre los causantes, pero el monto de recaudación se ha alterado sólo marginalmente. De hecho, lo más significativo fue que la reducción de las tasas del 55% al 35% viniera acompañada de un visible aumento en la recaudación de los estratos de más altos ingresos, evidencia que confirma la noción de que mientras más alta es la tasa impositiva mayor es el incentivo a evadir.

La experiencia mexicana de gravar el ingreso parece arrojar dos lecciones. La primera es que la población evadirá el pago del impuesto tanto como pueda, al margen de la tasa del impuesto o las medidas de fiscalización. Quizá más importante, la experiencia demuestra que el burocratismo orilla al causante a la informalidad y a la evasión. Una política más agresiva de fiscalización tiende a reducir la evasión, en tanto que una tasa más baja del impuesto tiende a asociarse con un mayor cumplimiento de las obligaciones fiscales. Sin embargo, la población, en la medida de sus posibilidades, tiende a seguir el principio de la simulación: “hago como que pago porque el gobierno hace como que gobierna”. La otra lección que arroja la experiencia en materia fiscal es que la fiscalización es muy difícil y propensa a la corrupción. Si bien algunas medidas de fiscalización, como el impuesto al activo para las empresas, tienden a hacer más difíciles la evasión, la corrupción y el cálculo del causante en cuanto a las probabilidades de ser atrapado y, en caso de serlo, de comprar su exoneración, éstas siguen dominando el panorama.

No cabe la menor duda de que tanto por la dificultad de fiscalizar a la población (y, no menos difícil, a los fiscalizadores), el gobierno mexicano debería intentar esquemas nuevos, más creativos y, sobre todo, más simples, que hagan más sencillo el cumplimiento, más onerosa la evasión y más legítimo el mecanismo fiscal en general.

VI. La política de la reforma fiscal

Para lograr una mayor salud fiscal es indispensable considerar el poder del ejemplo. Nada gana más adeptos que el ejemplo convertido en liderazgo efectivo. En nuestro caso, el ejemplo tendría que venir del gobierno en dos modalidades. La primera, que no por evidente es obvia, implicaría que el gobierno hiciera transparentes las cuentas fiscales y que el trato que recibe un transgresor de la ley en el sector público fuera idéntico al que sufre un individuo particular. En este momento, una transgresión se maneja a través de un procedimiento político y politizado que permite que se conozcan públicamente los casos de sólo aquellas personas que no gozan del beneplácito del gobierno en el momento en cuestión. Todos los demás, en el remoto caso de que sean sancionados, reciben una amonestación en privado. Esto contrasta con el escarnio público que se ejerce contra un evasor de impuestos. Para esto sería necesario que desapareciera la Contraloría de la Federación y fuera sustituida por una institución autónoma que fiscalice al gobierno y rinda cuentas al Congreso. La segunda modalidad consistiría en diseñar una estrategia de fiscalización que persiga disminuir la evasión a través de un efecto-demostración, pero en sentido opuesto al que tradicionalmente se ha empleado. A la fecha, la estrategia favorita de las autoridades fiscales ha consistido en atacar sectores, con el objetivo de atemorizar para inducir al cumplimiento al resto de los miembros del sector; de esta manera, se inician auditorías contra algunos médicos, algunas tiendas de españoles, algunos empresarios judíos del ramo textil y así sucesivamente, para que todos los demás, en cada uno de esos gremios, se asusten y respondan regularizando sus cuentas. Nada de malo hay en esta estrategia, excepto que siempre acaba siendo percibida como injusta y casual y, por lo tanto, fallida en cuanto a lograr que el cumplimiento de las obligaciones fiscales se vuelva algo permanente. Una mejor estrategia sería la de abordar sectores en los que el fisco tiene muchas reticencias: por ejemplo, la SHCP ha desarrollado argumentos convincentes en el sentido de que sería mucho más costoso para el fisco regularizar a una infinidad de participantes en la economía informal que dejarlos operar como lo han hecho. Desde el punto de vista del cálculo costo-beneficio de una auditoría, es perfectamente plausible el argumento; sin embargo, ese cálculo no mide el costo del efecto-ejemplo que se lleva toda la sociedad por el hecho de que alguien —un flagrante evasor, así sea pequeño— no sea fiscalizado. Todo mundo conoce una infinidad de ejemplos —electricistas o plomeros, comerciantes o jugueros, mecánicos y proveedores de servicios diversos— que simplemente no pagan impuestos, que ni siquiera tienen un RFC. El hecho de que no se les persiga como política de la SHCP constituye un pésimo principio al concepto más elemental de equidad, al margen de que el efecto fiscal de regularizarlos pueda ser pequeño (lo que no siempre parece evidente) o incluso negativo para el erario.

Un segundo paso que podría contribuir a una mayor salud fiscal consistiría en universalizar el pago de impuestos desarrollando así una cultura de la obligación fiscal. Un buen principio para lograrlo podría ser el que todos los mexicanos con ingresos, así sean muy bajos, tuvieran que hacer una declaración fiscal anual. El costo administrativo de recibir y procesar millones de declaraciones sin duda sería enorme, aunque, como se ha comenzado a hacer en Brasil, esto podría realizarse por medio de Internet, con una gran reducción de costos para ambas partes; en todo caso, si uno parte de la premisa de que los impuestos son una de las contrapartes de la ciudadanía, el principio de equidad y también el de educación fiscal deberían ser prioritarios. Claro que, para avanzar en este plano, el gobierno tendría que abandonar la noción de mexicanos como súbditos y comenzar a aceptarlos como ciudadanos, en el más amplio sentido de la palabra, pero ese es otro asunto.

Los impuestos son la gasolina que hace funcionar al gobierno; pero sin representación popular y transparencia en el uso del dinero y el ejercicio del poder, toda población hará lo posible por evadir el pago de impuestos. En este sentido, los impuestos y la democracia, los impuestos y el voto, son dos caras de una misma moneda. Parte del problema que el país enfrenta en el rubro de la recaudación reside en que este binomio nunca ha operado: los mexicanos hacen como que pagan y el gobierno hace como que es responsable. La eliminación de esta contradicción sólo será posible en la medida en que ambas partes cambien la ecuación, en que se construya un pacto social que obligue al gobernante a responder de sus actos ante la población y que la población se vea obligada a pagar impuestos porque así lo exige su responsabilidad (y, sin duda, los mecanismos de fiscalización gubernamental que, en ese contexto, se ejercerían con plena legitimidad democrática). El nivel de gobierno en el que semejante pacto debe comenzar a operar es, casi por definición, el nivel local. Es ahí donde debe iniciarse la revolución fiscal porque es en ese nivel donde las autoridades y los ciudadanos pueden interactuar de manera directa y sin misericordia. Esto, sin duda, choca con nuestra historia y tradición, pero es precisamente por ello que ahí debe comenzar. Los estados y municipios siempre han encontrado más fácil acudir al gobierno federal para demandar recursos adicionales que cobrar impuestos, en buena medida porque de esa manera no tienen que ser responsables ante la población. En este sentido, una verdadera reforma implicaría modificar el artículo 125 constitucional para otorgarle facultades tributarias al municipio, rompiendo con ello el círculo vicioso de los últimos años. Si la democracia va a asentarse en México tiene que romperse el círculo vicioso al nivel más cercano a la población, donde la consumación de un pacto entre ciudadanía y gobernantes es más fácil de alcanzar.

Por otro lado, un crecimiento en la recaudación vendría acompañado de un cambio político de grandes magnitudes. A menos que el gobierno esté dispuesto a emplear la bayoneta para mejorar la recaudación, el ingreso fiscal crecerá sólo en la medida en que los mexicanos reconozcan la legitimidad del gobernante y sean capaces de hacer uso de sus derechos, como el de exigir cuentas por el uso de los fondos recaudados. El ingreso y la rendición de cuentas son dos principios inexorablemente vinculados. Puesto en otros términos, la revolución política atraviesa la fiscal, y viceversa.

Desde una perspectiva fiscal, lo anterior implicaría comenzar a invertir, literalmente, la estructura fiscal (y política) que ha dominado al país desde el fin de la Revolución, o sea, a darle la vuelta a la lógica política actual. Es decir, implicaría comenzar a abandonar el centralismo o debilitar su columna dorsal, la del dinero, para construir una estructura política y fiscal descentralizada. Una parte importante de los impuestos se recaudaría a nivel local, comenzando por impuestos que en el país han sido irrisorios si se comparan con otras naciones, como el del predial, y el agua se cobraría a costo (en lugar de ser brutalmente subsidiada como ahora). El gobierno federal se concentraría en impuestos generales, como el IVA (que podría pasar a ser mucho más relevante en la recaudación de uniformarse en una sola tasa a nivel nacional) y el ISR. Pero más allá de los impuestos específicos, la clave de un cambio de esta magnitud no reside en quién administra qué impuestos, sino en que se desarrollen los cimientos para una nueva estructura política, conformada a partir de pactos explícitos y virtuales entre los gobernantes y la ciudadanía, donde cada uno asuma las funciones y responsabilidades normalmente asociadas con el ejercicio de la democracia. Por supuesto, no todos los estados y municipios del país avanzarían de la misma forma o a la misma velocidad en este esquema. Sin embargo, dentro de un marco de incentivos bien concebido, el hecho de que algunos lo hicieran crearía un ambiente de sana competencia. No es casualidad, por ejemplo, que algunos de los municipios mejor administrados del país sean aquellos en que ha existido alternancia de partidos en el poder. Un cambio en el paradigma de la administración fiscal permitiría que se multiplicara el número de municipios con esa calidad de administración. En ausencia de un pacto de esa naturaleza, y de la transparencia de que vendría acompañado, es irrelevante quién administra los impuestos y, por lo tanto, la recaudación seguirá siendo irrisoria: los impuestos seguirán siendo percibidos como ilegítimos por la población y, por lo tanto, ésta pagará tan poco como sea posible.

¿Cuántos impuestos tiene que haber? ¿Cuál es el nivel “óptimo” de recaudación? Estas preguntas no tienen una respuesta única. Cada sociedad decide lo que espera que su gobierno le provea y qué va a proveerse a sí misma. En algunas ocasiones, la diferencia reside en preferencias políticas o ideológicas, en otras yace en la experiencia del pasado. Sea como fuere, hablar de impuestos es hablar de la función del gobierno y eso implica un acuerdo entre la sociedad y el gobierno, entre los partidos políticos y la sociedad. Querer gastar más o elevar los impuestos sin ese pacto llevará al mismo callejón sin salida en que hemos estado por décadas. Hay que empezar por el principio: reconocer lo que somos, aceptar las debilidades y atributos de la estructura que hoy nos gobierna y, a partir de ahí, establecer el acuerdo político que haga posible construir un futuro mejor.

Para concluir, no sobra reiterar un argumento que, implícita o explícitamente, ha sido planteado una y otra vez: los impuestos son un medio y no un fin en sí mismo. Pero en la mentalidad de nuestros gobernantes los impuestos son, como el diezmo, una obligación sin más, sin la menor consideración. Mientras esa concepción no cambie, mientras la ciudadanía no logre convertirse en una contraparte aceptada por los gobernantes, los mexicanos seguiremos haciendo como que pagamos y el gobierno hará como que gobierna. Nada nuevo bajo el sol. n

Luis Rubio Politólogo. Director de CIDAC. Su último libro es Tres Ensayos: Fobaproa, Privatización y TLC (Cal y Arena).

Nietzsche: Los últimos días

NIETZSCHE: LOS ÚLTIMOS DÍAS

POR JOSÉ CARLOS CASTAÑEDA

A partir de la lectura de dos biografías recientes, Friedrich Nietzsche. El águila angustiada de Werner Rosss (Paidós) y Nietzsche en Turín de Lesley Cbamberlain (Gedisa), José Carlos Castañeda llega a la última estación del filósofo nihilista.

Nietzsche llegó a Turín a principios de abril de 1888. Esa fue su última residencia antes del silencio; entonces medía alrededor de 1.65 metros de altura y pesaba cerca de 60 kilos. Ahí se hospedó en una pensión y llevó una vida rutinaria. Despertaba temprano. se lavaba con agua fría, desayunaba y después leía o escribía cartas. Su enfermedad le daba pocos días laborables, así que aprovechaba cada momento para su trabajo. En 1880, Nietzsche se compró una máquina de escribir, pero nunca la usó. Prefería escribir a mano. Estos años fueron muy fructíferos. Escribió dos de los libros más radicales en su crítica de la cultura moderna y el cristianismo: El crepúsculo de los ídolos y El Anticristo. También pertenecen a esta época las dos críticas a Wagner: El caso Wagner y Nietzsche contra Wagner. y su ensayo autobiográfico Ecce Homo. Muchas veces se ha pretendido descalificar o desdeñar las últimas obras o los escritos inconclusos y fragmentarios del último Nietzsche. Se dice que son textos excesivos o disparatados. Se recuerdan los primeros síntomas de la locura. Pero antes de desecharlos, deberíamos preguntar: ¿de qué modo aparece la enfermedad en esos días? El perfil del filósofo nietzscheano se asemeja al del médico que elabora un diagnóstico. Su investigación consiste en “observar como enfermo conceptos más sanos, valores más sanos, luego, a la inversa, desde lo alto de una vida rica, sobreabundante y segura de sí, hundir la mirada en el trabajo secreto del instinto de decadencia”.

La lectura de la filosofía de Nietzsche siempre ha provocado polémica. Algunos críticos sostienen que sus ideas gestaron el origen de la ideología nazi; en cambio, para otros, su pensamiento intempestivo detonó la protesta del posmodernismo. Sus ensayos suelen ser una trampa para el lector. Su prosa es clara pero invita al desconcierto y el malentendido. A primera vista es un filósofo libre de toda jerga filosófica. A diferencia de sus antecesores, Kant o Hegel, Nietzsche es un pensador literario, como escribió José María Pérez Gay, “sus lectores se preguntan ahora lo mismo que se preguntaron hace unos cien años: ¿es un gran filósofo o un poeta imperfecto? Si lo comparamos con Aristóteles y Hegel es un diletante apasionado. Si lo comparamos con Goethe y Hölderlin las parábolas de Así habló Zaratustra parecen los disfraces retóricos de un discurso filosófico”. Sus libros sólo son comparables con el estilo y la prosa de los ensayos de Montaigne. Lejos de la terminología oscura y del lenguaje espinoso de la filosofía tradicional, Nietzsche pasa por ser un autor accesible, pero no lo es. Diversos equívocos se alimentan de su aparente claridad. Si leer a Nietzsche puede ser una tarea sencilla, esclarecer sus insinuaciones precisa paciencia. Con frecuencia, la lectura de sus últimos escritos conduce a un callejón sin salida. Nadie ha defendido tanto la sospecha de que no existe una lectura única o absoluta de un texto como Nietzsche. Para él sólo existen interpretaciones. Pero las interpretaciones de su obra son un ejemplo de que no toda lectura es razonable. Quizá no es posible definir una lectura correcta o definitiva, pero es fácil reconocer los equívocos de una interpretación anodina.

El caso de la noción de voluntad de poder (o de poderío, traducen mal algunas ediciones) ejemplifica un tipo de imprecisión muy difundida. Ningún concepto es más importante para comprender la filosofía nietzscheana, y sin embargo con facilidad se confunde voluntad de poder con voluntad de dominio, dando lugar a una interpretación errada. Voluntad de poder es una idea- clave para estudiar su crítica del pensamiento moderno. Si se identifica voluntad de poder con el anhelo de alcanzar poder, el fondo de la reflexión nietzscheana queda anulado por completo. La noción moderna de voluntad tiene una historia que se remonta, al menos, hasta Kant, pero que adquiere su sentido radical en la filosofía de Schopenhauer. En el lenguaje común y para la tradición filosófica, la noción de voluntad se asocia con la de intención. Querer algo presupone que tengo una representación de lo que deseo. Pero esta acepción está intelectualizada; reduce la idea de voluntad a la imagen de un combustible que se necesita cuando ya hemos hecho planes. Schopenhauer transformó esta concepción de voluntad. Su visión se asemeja más a nuestra noción psicoanalítica de deseo (la pulsión freudiana). Se trata de un impulso insaciable, insondable, ininteligible, que carece de fin y de sentido, ciego e inagotable. En esencia, la voluntad sólo consiste en la repetición del apetecer. Desea desear. No elige objetos ni tiene capacidad de deliberar. Nunca se guía por una razón o una finalidad.

Contra Schopenhauer. Nietzsche plantea una crítica del sinsentido de la voluntad. Para él, la voluntad de poder nada tiene que ver con ambición de poder. Tampoco significa deseo de tomar el poder. La voluntad de poder no consiste en codiciar o tomar algo, tampoco busca conquistar el gobierno. No tiene una meta ni propósito. No busca nada que se asemeje a la hegemonía política. Sólo es el deseo de crear más deseo. El poder, comentó Gilíes Deleuze, como voluntad de poder, no es lo que la voluntad quiere, sino lo que quiere en la voluntad. La voluntad de poder no busca el sentido, lo crea. Su dinámica es creativa. Más que responder al modelo del guerrero y a la imagen de la conquista, ofrece la figura del artista y el ideal de hacer de uno mismo una obra de arte.

El último nihilista

EL  último Nietzsche es el autor de una crítica del nihilismo europeo y un incisivo antagonista del pesimismo de su maestro Schopenhauer, a quien acusaba de inventar un nihilismo pasivo. En sus escritos postumos describió al nihilista como un hombre “que, del mundo tal como es, juzga que no debería ser y que, del mundo tal como debería ser, juzga que no existe. En consecuencia, la existencia (actuar, sufrir, querer. sentir) no tiene sentido; el pathos del ‘en vano’ es el pathos del nihilista”. La figura del nihilismo proviene de un psicólogo, Paul Bourget. Sus ensayos sobre psicología contemporánea definieron una actitud espiritual que se esparcía en el ambiente de la época a través de autores como Flaubert, Baudelaire, Renan o los Goncourt. Ese ánimo cultural provocó una gran enfermedad. cuyos síntomas eran “un mortal cansancio de vivir, una tétrica percepción de la vanidad de todo esfuerzo”. El final del siglo XIX abrigó un sentimiento de desesperanza y tedio que en francés se llamó ennui (esa tenue vacuidad de sentir el hastío de vivir). Una generación de artistas desembocó en la bohemia movida por la atmósfera sombría de la desilusión. En el corazón de esa cultura nihilista, que Nietzsche en gran parte compartió, sus libros lanzaron una diatriba contra el pesimismo. Su protesta es una reacción contra el sinsentido de la vida y comparte una ambigüedad existencial: ser parte de ese pasado nihilista y querer superarlo.

En busca de un pensamiento independiente de los sistemas filosóficos, la prosa nietzscheana rompió con la tradición de los grandes relatos y el modelo del tratado metafísico. Sus ensayos recuperan el aforismo y la poesía como medios de expresión para la filosofía. Aunque es justo precisar que su crítica de los espejismos filosóficos tiene más que ver con una refutación de las certidumbres que paralizan el pensamiento, como explicó José María Pérez Gay, “no combate la unidad metódica de los sistemas filosóficos, la que crea ‘la voluntad fundamental del conocimiento’, sino más bien el mundo imaginario que estos sistemas engendran —la certidumbre protectora de sus principios, el poder infalible de sus dogmas—. Por miedo ante la realidad, los filósofos de los sistemas se cierran ante el horizonte abierto de las preguntas y los proyectos”.

La obra final de Nietzsche lo coloca del lado de los sofistas griegos. Su vocación de cuestionar la moral cristiana y buscar una transvaloración de todos los valores se basa en una concepción pluralista de la ética. Los sofistas pensaban que los valores no correspondían con un ideal absoluto, sólo respondían a “una fluctuante convención humana”. Su origen no radicaba en la intervención de la divinidad. pero tampoco estaba arraigado en la naturaleza humana. Los valores son demasiado humanos, lo que quiere decir que son arbitrarios y relativos. No parten de un más allá de la existencia. No trascienden el devenir de la historia porque están anclados en las dudas de los individuos. Para Nietzsche decir que la ética está más allá del bien y del mal significa pensar que los valores tienen una historia y sobre todo tienen una genealogía; surgen de un conflicto humano y no de un decálogo divino o absoluto. Pensar la moral después de la crítica nietzscheana significa que hace falta imaginar una nueva forma de valoración para nuestra existencia más allá de la trascendencia y después de la muerte de Dios.

Nietzsche, como Spinoza, se preguntó ¿por qué no sabemos lo que puede el cuerpo?, “¿acaso toda la filosofía no ha interpretado mal el cuerpo?”. Su debate era contra Kant y su moral racionalista. Los valores se han puesto por encima de la vida. Y en lugar de encontrar la unidad de la vida activa y el pensamiento afirmativo, como decía Deleuze, el pensamiento se da como tarea juzgar la vida, oponerla a valores pretendidamente superiores. Mide la vida con esos valores, la limita y la condena. Y así la existencia se deprecia. La invención del más allá de los valores sirvió para condenar y castigar la vida. “Esa es una lamentable historia: el hombre busca un principio a partir del cual poder despreciar al hombre. Inventa un mundo para poder denigrar y ensuciar este mundo: en realidad, siempre echa mano de la nada y erige esa nada en Dios’, e inevitablemente en juez y condenador de este ser”. Antes de Nietzsche, el ideal moral del cristianismo parecía inatacable, después de él, la idea de la ética se encuentra en un momento de crítica y examen de conciencia. ¿Qué pueden los valores?, ¿de dónde viene su fuerza para cambiar a los individuos?, ¿cuál es su génesis?, ¿cuál es el valor de los valores?, ¿cómo se crea su valoración? Para entender la crítica nietzscheana de los valores hace falta revisar La genealogía de la moral como un ensayo en contra del hombre del resentimiento, que concluye con un diagnóstico de la condición humana del nihilismo: cuando el hombre prefiere querer la nada a no querer. La vida toma un valor de la nada siempre que se la niega y se la desprecia. Pero para Nietzsche, el camino del nihilismo no conduce al desprecio de la vida ni a la voluntad de la nada. Hace falta dejar atrás esa etapa para recocer que el único misterio es que haya quien piense que hay misterio, porque no se encuentra en las cosas nada más que lo que uno mismo ha introducido en ellas.

La noche del lunes 7 de enero de 1889, su amigo Overbeck llegó a Turín. Varios signos de alarma anunciaban el colapso del silencio. La locura ya había tomado la casa. En la correspondencia de esos últimos días, Nietzsche expresaba los síntomas de la fase terciaria de la sífilis. A medida que el cerebro pierde masa, la conciencia parece entrar en ebullición y suele azuzar la megalomanía.   n

José Carlos Castañeda Escritor. Editor de Nexos.

Cuidad de libros

CIUDAD DE LIBROS

Yasar Kemal: La furia del monte Ararat Ediciones B. Barcelona, 1999- 157 pp. leyenda de tierras kurdas cuenta que el primer fuego que vieron los hombres y mujeres venía del corazón del monte Ararat. Uno de ellos aprovechó el momento en que la montaña dormía, tomó un manojo de llamas y echó a correr. Pero la montaña despertó y lo convirtió en piedra. No de otra manera se manifiesta la furia del monte Ararat: como separación y prohibición, como sacrificio e imposibilidad.

La novela del escritor kurdo Yasar Kemal participa de esta misma inspiración mítica: interroga al origen para desentrañar el presente. Y descubre que el presente guarda la forma de los primeros tiempos: la de “un pequeñísimo pájaro blanco que sumerge un ala en el límpido azul del agua” que hierve en la cumbre del monte Ararat. “Luego la negrísima sombra de un caballo acaricia las aguas del lago”. Pasa lo mismo en cada primavera. ¿En dónde está el principio de este hecho singular? ¿Por qué la primavera se anuncia con un pequeñísimo pájaro blanco y la sombra de un caballo negro acariciando el azul del lago? Esa es la historia que narra Yasar Kemal, la historia de dos amantes condenados a desencontrarse, a permanecer unidos por el hilo delgado de la separación. El amor es impedimento, el amor hace imposible la unión y el encuentro. O como escribe Kemal: “El pájaro de amor es una llama que incendia los corazones que toca. El nido del amor es de fuego”.

Estamos ante las tradiciones kurdas y sus luchas contra la tiranía otomana. Como el pequeñísimo pájaro, Kemal toca las aguas de la tradición para traernos de vuelta una verdad literaria que se yergue como algo incuestionable: la historia, la actualidad y sus relatos vienen de muy lejos. Y todo contado a la manera de los antiguos rapsodas, con un respeto y un amor por el pasado que no en balde han puesto a Kemal entre la lista de eternos aspirantes al Nobel.

—Isaac Martínez

La derrota de la intimidad

LOS EDITORES

LA DERROTA DE LA INTIMIDAD

En sus primeras obras, Milan Kundera hizo que la novela soñara una de sus peores pesadillas: el momento en que la Historia entra por la ventana y destruye los secretos y privilegios de la vida privada. Es la condena que se impone en La broma, La vida está en otra parte, El libro de la risa y el olvido. Como sabemos por Kundera, no hay nada más frágil y vulnerable que la intimidad.

Este año 2000 ha imaginado algo peor que la intromisión de la vida privada: la intimidad haciendo cola para convertirse en estrella de televisión. La pesadilla al revés: no la vida privada como víctima del Estado sino la vida privada a las seis de la tarde, como imagen y modelo de la nueva vida pública. El respeto a la diferencia entre lo privado y lo público es la condición para que el individuo pueda ser libre e independiente. Cuando se va más allá de esa frontera, la libertad individual está en riesgo. Seamos testigos de la novedad: un grupo de ciudadanos tiende sus sentimientos ante las cámaras. Ahora pensemos en los talk shows. Qué dicen: no hay plenitud en la vida si no se vuelve pública. Pero dicen algo más: disuélvete, desaparece. Que la vida privada quiera satisfacerse ante los espectadores no significa poca cosa. Cuando los hombres y las mujeres guardan el pudor en el bolsillo, cuando exhiben sus fragilidades, cuando dan en oferta sus males del corazón el mundo a su alrededor se para del asiento y agita el pañuelo. La exhibición de la intimidad, en efecto, tiene algo de carnaval. Pero esa fiesta festeja, en realidad, el deseo de abolir o, cuando menos, oscurecer los limites entre la individualidad y las zonas a disposición de los demás. La pesadilla de la vida privada en manos de espías y policías ocupa el mismo lugar que la pesadilla actual de la vida privada en el trance de mostrarse de cuerpo entero y desnudo en horario triple AAA.

Kundera escribió una advertencia desde el otro lado del Muro para las sociedades que tratan de disolver la vida privada. “La divulgación de la intimidad del otro, en cuanto se convierte en costumbre y norma, nos hace entrar en una época en la que lo que está ante todo en juego es la supervivencia o la desaparición del individuo”. La tensión entre lo privado y lo público se ha convertido en una de las disyuntivas de la democracia mexicana. ¿Dónde comienza lo privado y dónde termina lo público? Fijar los limites entre estos ámbitos es un pendiente cultural y político. Porque la defensa de la intimidad como una zona intocable es un punto de partida para lograr una vida digna y una convivencia civilizada. En cambio, la erosión de nuestra vida privada sólo puede conducir a la descomposición de nuestra vida pública.

Los ambientalistas

LOS AMBIENTALISTAS

POR MARTHA DELGADO PERALTA

¿Cuál es el estado que guarda el movimiento ambientalista en México? Lo que viene a continuación responde a esta pregunta y hace un mapa de la diversidad de criterios y actuación con el que es posible atender los rezagos y retos ambientales.

A partir del cuestionamiento sobre Los límites del crecimiento que el profesor Meadows del MIT presentó al Club de Roma en 1972, y de la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre Ambiente Humano realizada en Estocolmo en el mismo año, las sociedades modernas comenzaron a reconocer los principios de Barry Commoner, uno de los padres del ecologismo: que todos los seres vivos somos interdependientes; que las emisiones contaminantes no se destruyen sino que siempre van a otra parte; que no existe “comida gratuita” y que su producción cuesta en energía; y que la naturaleza es más sabia que nosotros.

Eran épocas también caracterizadas por la efervescencia en la organización de la sociedad civil, movilizada en torno a causas no asistenciales como la democratización de los gobiernos, la defensa de los derechos humanos, las reivindicaciones étnicas y de las minorías, la lucha por la igualdad de los géneros y, por supuesto, el mejoramiento del medio ambiente, a través del denominado movimiento ambientalista.

En México, a contracorriente de una sociedad acostumbrada a organizarse de otras formas, desde mediados de los ochenta, políticamente independientes, sin bandera religiosa y sin conflicto ideológico izquierda-derecha, los ecologistas encontraron interlocución con los medios de comunicación y lograron llevar sus propuestas e ideas a nivel nacional e internacional, con una importante participación en la Cumbre de la Tierra organizada en Río de Janeiro en 1992. Sin embargo, aquel movimiento ambientalista de 1984 que hacía una crítica de fondo al modelo de desarrollo vigente al tiempo en que salía a las calles de la Ciudad de México para manifestarse en contra de la construcción de la Planta Nuclear de Laguna Verde, está muy lejos de ser y de parecerse al movimiento ambientalista actual, cuyo único rasgo característico es su diversidad de luchas y formas de actuación, que ha pasado de ser denunciativo a participar activamente en las soluciones y propuestas.

Los asuntos ambientales han adquirido tal complejidad que los grupos ambientalistas se parecen poco entre sí, encontrando sus causas particulares en problemas tan diversos como la contaminación del aire, del agua o del suelo, la erosión, el manejo de residuos peligrosos y desechos sólidos, los impactos ambientales, el ordenamiento ecológico del territorio, el manejo de áreas naturales protegidas, la defensa de especies amenazadas o en peligro de extinción, la legislación ambiental, la educación ambiental, el derecho a la información, el cambio climático, las ecotecnologías, las energías alternativas, la agricultura orgánica, los transgénicos, etcétera.

Y no sólo existe una diversidad de “subcausas”, sino de formas de tramitarlas, que van desde la organización de grupos comunitarios organizados en torno a problemas ambientales concretos, hasta formación de instituciones y fundaciones que desarrollan proyectos específicos en su mayoría con financiamiento internacional, organizaciones de carácter científico, de consultoría, educativas, algunas también consideradas como grupos ambientalistas.

Esta variedad de temas y métodos ha dividido al movimiento en conservacionistas, dedicados a la protección de la biodiversidad y de los ecosistemas, acotando su actuación a los temas “verdes” (recursos naturales); y ambientalistas, quienes en la búsqueda de un desarrollo sustentable incorporan temas “cafés” o “grises” a sus agendas de trabajo (emisiones contaminantes), pero también dimensionan sus acciones abordando la componente social del problema (pobreza, economía, comercio). Existen también quienes separadamente denominan ecologistas a aquellos activistas que defienden la causa poniendo en práctica un sistema de vida saludable, de alimentación orgánica, deporte, contacto con la naturaleza y mezclando su acción con asuntos místicos.

En este contexto, a partir de la Cumbre de la Tierra en 1992 se crea la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca (Semarnap) como la iniciativa gubernamental más importante para elevar el rango del tema ambiental en el poder ejecutivo. Durante este sexenio, la Semarnap ha representando no sólo un avance en la gestión ambiental de nuestro país, sino que ha constituido un reto importante para el movimiento ambientalista. Por un lado, la Secretaría convocó a muchos cuadros que venían trabajando desde la sociedad civil y sin duda alguna incorporó en su agenda de trabajo muchas causas por las que venían pugnando los ecologistas, dejando incluso a algunos de ellos sin causa. Por otro, se abrieron espacios de participación ciudadana como consejos consultivos y leyes que invocan a la intervención de las comunidades en la toma de decisiones, lo cual modificó las formas de actuación entre el gobierno y la sociedad civil organizada.

El avance de la gestión ambiental en los últimos seis años es incuestionable, sobre todo en los temas “verdes”. La comunidad de conservacionistas en México ha participado activamente en este proceso y también ha sido beneficiaría del enorme peso que ha tenido su causa en el gobierno saliente.

No obstante, la atención de temas “grises” ha estado rezagada; la administración ambiental está centralizada y el diseño institucional del gobierno federal ha sido cuestionado. Por un lado, existen dos posiciones respecto al diseño institucional de la dependencia federal para la atención de los asuntos ambientales: la del G-25 (grupo de 25 especialistas ambientales de los sectores social, privado, académico y gubernamental) cuya propuesta es la creación de una nueva Secretaría de Medio Ambiente y de un Gabinete de Desarrollo Sustentable, y la de la actual administración, que aboga por continuar con la estructura de Semarnap.

La propuesta del G-25 está basada en el hecho de que más del 80% del presupuesto asignado a la Semarnap no se aplica estrictamente a asuntos ambientales, en el argumento de que la actual estructura es juez y parte en asuntos ambientales donde sólo tendría que asumir una misión de protección y conservación (forestal, pesca, agua), y finalmente en el hecho de que los sectores ambientales mejor regulados no son los que están integrados de manera un tanto forzada en la jurisdicción de la Secretaría (forestal, agua, pesca) sino fuera de ella (industria), y que bajo ese criterio la Secretaría también podría incorporar los temas sobre energía, minería, agricultura, ganadería, desarrollo social, y una lista infinita de sectores relacionados pero no directamente ambientales.

Por su parte, la actual administración argumenta que una institución como Semarnap ha representado un esfuerzo muy importante para el sector, y que lo que se necesita es consolidar los programas iniciados y fortalecer institucionalmen- te a la Secretaría. Incluso han calificado a la propuesta del G-25 como el “desmantelamiento” de la Secretaría, cuando ciertamente está muy lejos de serlo, pero representa el sentir de un equipo que se comprometió con el diseño vigente y lo sacó adelante.

La comunidad de ambientalistas enfrenta desafíos importantes ante el cambio de gobierno. Primero, el de evaluar la gestión ambiental actual, y respaldar alguna de las dos alternativas, o bien crear una tercera haciendo un análisis concienzudo de lo que ha funcionado y lo que no. En este aspecto, es indispensable también la participación activa de los grupos para promover un proceso serio de descentralización que permita a los gobiernos locales hacerse cargo de problemas ambientales que afectan de manera directa a los municipios y estados.

En segundo lugar, requiere de encontrar espacios para tramitar la demanda ambiental de manera digna, ya que la causa se ha visto invadida por el oportunismo y la incompetencia de algunos grupos con fuertes alcances en la opinión pública, como el Partido Verde Ecologista de México, cuyo líder nacional, Jorge González Torres (quien fuera funcionario de la Secretaría de Gobernación y Presidente del PRI en el Distrito 22 del DF), con el apoyo del propio sistema que acostumbraba a crear partidos paraestatales para dividir el voto de la oposición, logró registrarlo como partido político en 1992. El PVEM no ha sido polémico sólo por el autoritarismo de su dirigente y por ser un negocio familiar, sino por no haber contado nunca con el apoyo del movimiento ambientalista genuino de México, a pesar de comprar —literalmente— a algunos simpatizantes. Usurpando la causa ambiental y haciendo gala de una ignorancia inaudita del tema, el PVEM capta algunos sectores sociales que se han dado por bien servidos con la existencia de un partido “verde” y se han conformado con votar por la opción en lugar de participar activa y seriamente.

Por último, el movimiento ambientalista ha dejado de ser un movimiento de demandas y reclamos para ser parte de las soluciones y de las propuestas. Esto representa un enorme avance y también implica retos institucionales importantes: requiere profesionalizar sus cuadros para ser competitivo dentro de la comunidad ambientalista y ante otras causas; desarrollarse democráticamente en sus dirigencias; relacionarse más fuertemente con las comunidades arraigadas para comprometer cada vez a más personas con la causa ambiental; y participar activamente con el gobierno en la gestión ambiental, de una manera crítica pero tolerante y respetuosa, y al mismo tiempo luchando por formas de relación no corporativas entre el gobierno y la sociedad civil, que le permitan a los ambientalistas constituirse como grupos con espacios propios con capacidad de relacionarse con los gobiernos sin pasar a formar parte de ellos,              n

Martha Delgado Peralta. Presidenta de la Unión de Grupos Ambientalistas I . A. P.

Seguridad y justicia

SEGURIDAD Y JUSTICIA

POR ERNESTO LÓPEZ PORTILLO VARGAS

En una reciente entrevista radiofónica. Luis Astorga, especialista en temas de narcotráfico, dibujaba un posible escenario para México de consecuencias inimaginables. Decía que en nuestro país se podría dar una realidad similar a la sucedida durante el cambio de régimen en Rusia, es decir, la alianza para enfrentar al nuevo régimen entre los desplazados del poder policial, del poder político y la delincuencia organizada. La hipótesis me parece válida y la retomo como punto de partida para llamar la atención sobre algunos riesgos de la transición en seguridad y justicia.

Algunos creen que el relevo presidencial en curso supone un cambio profundo de régimen. No es así. El cambio de partido político en la presidencia de la República no conlleva, por sí mismo, la transformación en el ejercicio de gobierno y de las estructuras del Estado; la alternancia en el poder es sólo eso, la construcción de un régimen distinto puede o no puede darse.

El destino de nuestra transición política no puede anticiparse. El análisis de transiciones exitosas nos advierte que “un resultado político como un cambio de régimen a favor de la democracia y su consolidación no está determinado por las estructuras económicas, sociales o culturales. Una sociedad con unas estructuras dadas e incluso con unas preferencias relativamente estables de los ciudadanos puede elegir alternativas políticas, como la democracia, la dictadura o la revolución. (…) Se pueden producir distintos resultados según las iniciativas, las estrategias y la suerte de los diversos actores políticos”.1 Es decir, bajo este orden de ideas, en la actual coyuntura de México la consolidación de la democracia depende en buena medida de las iniciativas, estrategias y suerte de nuestros actores políticos. Sé que en el juego también participan, hoy más que nunca, actores sociales de toda índole, pero la ya anotada transformación en el ejercicio de gobierno y de las estructuras del Estado, en una coyuntura de presiones extraordinarias hacia el cambio como la nuestra, depende fundamentalmente de los actores sobre los cuales recaen las decisiones inmediatas para intentar responder a esas presiones, y esos actores son de naturaleza política.

En todo momento hay actores políticos visibles y no visibles, formales e informales. El presidente electo designó a un equipo de transición que en este momento equivale a los actores visibles, cuyas iniciativas, estrategias y suerte, siguiendo a Colomer, podrían anticipar el curso del próximo gobierno en este lapso previo al relevo en el poder presidencial.

Quizá la oferta política más importante del presidente electo es, hasta el momento, gobernar con consensos. En principio, más allá de la posibilidad real de que así sea, esa oferta le da forma y fondo a una postura democrática en una realidad política plural, pero además hace de los actores de la transición elegidos por el próximo Jefe del Ejecutivo federal, los primeros tejedores de consensos.

La dificultad de hilar acuerdos para transformar el ejercicio de gobierno y las estructuras del Estado en materia de seguridad pública y justicia es extraordinaria, no sólo porque supone intentar rebasar conceptos, esquemas jurídicos y organizaciones agotados, sino también porque implica enfrentar poderosos intereses incrustados en el propio Estado. Decía el juez Giovanni Falcone, paradigma mundial del combate a la delincuencia organizada, que luchar contra ella es luchar contra el Estado. Si Falcone tenía razón, entonces el escenario esbozado por Astorga es viable y los riesgos de la transición en seguridad pública y justicia son mayúsculos.

En efecto, las estructuras responsables de la seguridad pública, de procurar justicia, de ejecutar las penas y atender a los menores infractores en el ámbito federal de gobierno, así como de la seguridad nacional, entre otras, requieren una revisión y recomposición estructural. lo cual, a su vez, supone modificar las correlaciones de poder dentro de ellas. Pero lo primero que debe aceptarse, ya que es una premisa para el éxito futuro de una operación de tales dimensiones, es que bajo ninguna circunstancia podrá hacerse en el corto plazo. No hay experiencia en el mundo que avale lo contrario. Las reformas, por ejemplo, para sujetar a la policía al Estado democrático de derecho en América Latina y Europa, están planteadas en proyectos cuya consolidación no es previsible antes de quince a veinte años, y ello siempre y cuando se avance de manera estable en el programa de reforma.

Los actuales actores de la transición pueden ser, en todo caso, detonadores de un proceso histórico que va más allá de ellos, pero cuyo punto de partida y avance progresivo depende, insisto, de los consensos que permitan institucionalizar los cambios. En los actores de la transición recae, en consecuencia, una enorme responsabilidad histórica y su desempeño debe caracterizarse, primero, por la capacidad de escuchar. En este caso, escuchar adquiere un valor estratégico para la discusión posterior en torno a proyectos concretos. Segundo, esos actores deben asumirse como instrumentos para la reforma del Estado, no como herramientas de construcción de un gobierno. Esa es la perspectiva necesaria para pensar en proyectos y políticas públicas de largo alcance. Y tercero, los actores visibles de la transición deben mostrar una habilidad política extraordinaria, que les permita constituirse en referentes confiables para, efectivamente, avanzar sobre la base de un diálogo plural.

Eso no es todo. En las áreas mencionadas de seguridad y justicia, además de lo anterior es necesario hacer de los consensos logrados el soporte de protección frente a las resistencias dadas. El gobierno entrante ofreció seguridad; no habrá seguridad si las estructuras del Estado responsables de la misma no funcionan en el marco del derecho, con eficiencia y eficacia, y esto no pasará en tanto subsistan los vasos que las comunican con la delincuencia organizada. Pero esos vasos  comunicantes sólo se romperán a través de una política de Estado sostenida por acuerdos básicos, celebrados entre todos los partidos políticos, los actores del nuevo gobierno federal y los actores sociales de mayor influencia.

El relevo en el control del aparato de seguridad pública, justicia y seguridad nacional del gobierno federal, así como su reforma, son retos delicados y complejos. Acelerarlos por las presiones políticas y sociales, imponerlos por la falta de consensos, o diseñarlos de manera improvisada, puede conducir a la pérdida de control, entre otras razones porque los vacíos de poder durante los reemplazos y cambios serán inmediatamente aprovechados por quienes los han mantenido históricamente bajo control. Si así sucede, no habrá instituciones capaces de enfrentar una situación como la anotada por Astorga y, al final, los cambios derivarán en mayores conflictos que los que existen en la actualidad,   n

Ernesto López Portillo Vargas Consultor y articulista.

1.Josep M. Colomer: La transición a la democracia. Anagrama. Barcelona. 1988. p. 12.

Literatura y mercado

En los últimos años la industria editorial española se ha interesado en recrear el boom novelístico de los años sesenta. Abundan los premios internacionales y los talentos hispanoamericanos que con variados merecimientos los disfrutan; con ello, todo el show tradicional del star system: declaraciones atronantes en televisión, campañas de prensa, tirajes grandiosos. ¡Buena suerte, aunque tal boom, en México, no alcance a la muchedumbre de lectores que, se nos hace creer, devoran en Europa nuestras genialidades nativas! Y aunque en ciertas ocasiones se trate de booms de temporada, que se extinguen de inmediato.

En México se lee poca novela, exitosa o no. Otros géneros literarios resultan aún más desairados. Los países desarrollados, en cambio, tienen la tradición invernal o veraniega de devorar masivamente novelones, las más de las veces espantosos: melodramas, truculencias o banalidades de moda, pero entre los que suelen colarse buenos autores, como en su momento Joseph Heller, Truman Capote, Norman Mailer, Gore Vidal.

No es un crimen publicar una mala novela de éxito: no está consignado en el Código Penal. Todo lo contrario: lo criminal, parecería, consiste en publicar novelas (buenas o malas) sin éxito, que hagan quebrar al editor privado; o requieran de un subsidio institucional con cargo a los impuestos. Tampoco está consignado éste último en el Código Penal, pero sí en la tradicional ironía contra los libros “elitistas”, “para cuates” y sin mayor destino que las bodegas universitarias o del gobierno. El éxito comercial consigue que, al menos, el producto llegue a manos de un supuesto lector.

Lo chocante es que los malos autores de éxito se sientan con derecho, además de sus pingües regalías, a un sitio en el Parnaso. Laura Esquivel clamó no sé cuántos alaridos contra el desprecio de Juan José Arreóla a su “escritura”.

Vender es vender y ya: el prestigio se consigue con otros trámites. Equivale al semblante de martirio de algunos escritores, supuestamente buenos, al ver que sus libros producen felicitaciones y reseñas entusiastas, pero no regalías. El prestigio es el prestigio y ya: las ventas se consiguen mediante otros trámites.

Se nos ha olvidado una historia obvia. Al menos desde principios del siglo XIX, cuando se popularizaron en Europa y Estados Unidos la alfabetización, la prensa y las ediciones periódicas, casi todos los géneros literarios se independizaron de la literatura. No quisieron ser arte, sino producto popular. Las novelas de Balzac, las obras de teatro de Dumas, los poemas de Béranger y de De Musset. Había que tirar por la borda toda aspiración estética o intelectual, toda regla retórica, todo decoro cultural que estorbara el éxito del libro. No se trataba meramente de escribir mal, sino de escribir de otra manera, con otros objetivos.

Desde luego, todo mundo tenía las esperanzas de la carambola: de ganar de un solo golpe ventas y prestigio, popularidad y aceptación artística. Ocurrió algunas veces, pero mínimas en relación con la cantidad de obras publicadas. La verdad es que raras personas ganan todos los trofeos a la vez. Lo común, que ocurran éxitos (o fracasos) meramente parciales.

Algunos títulos son magníficas novelas —si entendemos por ello trama, episodios, personajes, asuntos que emocionen al mercado— y pésima literatura: sin inteligencia ni cultura, con una sensibilidad y un lenguaje burdos.

Poca gente culta se atreve a leer en serio Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, aunque millones de personas hayan aplaudido sus peripecias y truculencias en la película.

Lo mismo podría decirse de muchas obras de teatro y de algunos poemas. Son invenciones agradables para el consumo del ciudadano medio o perezoso, con ganas de rumiar la siesta frente a un objeto llamado libro. Suelen mejorar bastante en versiones cinematográficas o en algún otro tipo de espectáculo popular.

Hay una enorme tradición de literatos que odian la literatura y despotrican de ella, aun cuando ganen la carambola, como Hemingway, y tengan a los muchos lectores y a los selectos, el dinero y el prestigio, la admiración académica y el auge del mercado.

¿Pero cómo decidir el valor de una novela o de un autor, sobre todo durante los mares revueltos de las tramposas campañas editoriales? Un crítico literario entrado en canas no podría ofrecer al lector sino malas noticias:

1.   La prueba más sólida, a pesar de los pesares, es el mercado: significa que tanta o cuanta gente se tomó el trabajo de ir a comprar un libro, después de haber logrado enterarse de su existencia (lo que ya implica otra hazaña). Puede haber engaños, trampas, mercadotecnias, pero el dato duro de los estados de cuenta pesa más que otras formas de valoración.

2. Hace tiempo, la mayor prueba en México era la opinión de las minorías ilustradas, expresadas en campañas de revistas, conferencias y suplementos “amafiados”. En sus principios no estuvo del todo mal: se oponía, al menos, a las campañas de valores burocráticos, como la que ensalzó La vida inútil de Pito Pérez.

A esta prueba de fuego de conseguir la estimación del Grupo de Notables corresponde una época muy rica en nuestra literatura: Paz, Cardoza, Rulfo, Fuentes, etcétera, aunque se marginara o menospreciara —sin llegar a ningunearlos del todo, la mayoría de las veces— a talentos importantes como Revueltas, Garro, Sabines, Agustín.

3. Ese Grupo de Notables fue perdiendo eficiencia pontifical desde los años sesenta. Proliferaron mafiecitas, cada cual con sus santones, a tal grado de que se anularon unas a otras en la babélica explosión demográfica de los talentos literarios. ¡Y cuántos cabildeos, cotilleos, intrigas, adulaciones, zancadillas, crujir de dientes! Ni en los partidos políticos en épocas electorales.

4.- La forma más débil de valoración es la académica. Los académicos suelen ir rezagados medio siglo de la literatura viva. Sus dictámenes universitarios suenan siempre a la Epístola de Melchor Ocampo.

Persiste, pues, y sobre todo en estos tiempos privatizadores, el mercado. Un tanto caníbal, pues suele devorar con la promoción de este año o de esta semana, los productos que vociferaba anteriormente.

Queda, un tanto fantasmagóricamente, lo que se ha dado en llamar “literatura de culto” o “autor de culto”, tan vagos como efímeros y petulantes. Y pegado a ello, el chismorreo de unos cuantos suplementos o revistas que sólo leen los propios autores, y nada más cuando se habla de ellos mismos: una presentación, una reseña, por muy enjundiosas que parezcan, no venden un solo ejemplar más.

Y sobran los casos de libros que llegan a grandes sectores del público sin que críticos ni académicos ni grupos de notables se ocupen de ellos.

Finalmente persiste la modestia, para la gran mayoría de los autores. Escribir para los pocos que quieran leer sus obras. No pueden ser tan pocos: parece que se necesitan, hoy en día, unos 2,000 ejemplares vendidos para que el editor recupere los costos. Como cientos músicos que se dedican a cantar en bares pequeños, pero a los que hay que llenar en las funciones, por pequeños que sean.

¿Demasiado clamor libresco en un país antilibresco? Sea. Cada cual es libre de comprar o no el libro que quiera. Muchas instituciones culturales, muchas comparaciones de cualquier vecino de Narvarte con Thomas Mann o Marcel Proust, y una “íntima tristeza reaccionaria” en los supuestos conocedores o amantes de las “bellas letras”, para quienes casi todo lo bueno de la literatura moderna en México fue escrito ya, y sólo quedan ecos reciclados o refritos clamorosos.

Desde luego, las mayores obras suelen romper todos esos círculos. Así ocurrió con la obra de Rulfo, por ejemplo. Empiezan a imponerse lector por lector, y de pronto tenemos un consenso de crítica y mercado, pueblo y enterados. Pero sólo algunas de las mayores. El resto, como es natural, y acaso justo, sobreviven sus escasos meses o años en librería, antes de alcanzar un reparador olvido.

En contra de las lecciones del mito, hay que desconfiar de obras que no obtengan algún tipo de éxito parcial en su propio tiempo. Lo lograron Dante, Cervantes, Shakespeare. Son rarezas los libros recuperados inesperadamente por la posteridad. Sale un libro: no pasa nada; transcurren cinco, diez años y sigue sin pasar nada: lo más probable es que jamás le pase nada. En cambio, hay éxitos descomunales que se reducen (Ciro Alegría: El mundo es ancho y ajeno) y éxitos parciales que van creciendo Decía Cyrill Connolly que, en nuestros tiempos modernos, el que un libro durase en el interés del lector una década ya era una especie de inmortalidad. Pero eso era Inglaterra. En México, la inmortalidad literaria ha de reducirse a diez meses, a diez días, o a los diez minutos de aplausos y autógrafos durante la clamorosa, pedante presentación de un libro de un vecino de Ecatepec, que súbitamente se ve encumbrado a las nebulosas alturas de Kafka. Y efectivamente…

Los bárbaros existencialistas se atrevían a preguntar: “¿Qué es la escritura? ¿Para qué se escribe?”. Nosotros debemos ser cautos, y ni siquiera acercarnos a tan desmoralizadoras cuestiones. Especialmente los jóvenes desengañados de utopías o ideales estéticos, que buscan la recompensa dura del éxito apabullante. Y suponen que no hay otro juego literario mexicano que igualar o superar, pero ya, las ceremonias de Octavio Paz. Podrían devanar inútilmente sus nervios.

“¿Pero para que tanto brinco, estando el suelo tan parejo?”, dirían los abuelos. Ni el libro ni la literatura corren mayor riesgo, pero no serán los ámbitos propicios del éxito. No lo han sido. Para eso están los deportes televisados, la música pop. ¿Qué literato en sus cabales pretende “trascender” más que Thalía?            n

José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente libro es Poemas y elegías.

Las cigarreras y el libre mercado

DIVAGARIO

LAS CIGARRERAS Y EL LIBRE MERCADO

El gobierno de Canadá impuso a las tabacaleras una obligación de carácter visual. Las cajetillas de cigarros deben colocar, en lugar de la clásica imagen que identifica a los tabacos de su preferencia, una foto clara, diríase explícita, del daño que provoca fumar en exceso. Por ejemplo, antes la cajetilla llevaba una leyenda que decía, más o menos, así: este producto es dañino para su salud. Después fue más radical: fumar puede provocar cáncer, enfisema pulmonar, etcétera. Ahora la nueva disposición de salud obliga a que la cajetilla lleve una foto de una radiografía de unos pulmones corroídos por el cáncer o el enfisema. O, en su defecto, también es posible usar junto a la leyenda: este producto daña sus dientes y encías, una foto desagradable de unos dientes amarillentos y a punto de sucumbir a la furia del humo. Por supuesto, las tabacaleras se han unido para apelar contra esta avalancha de moralismo publicitario que afectará sus ventas. Tal vez la solución es más fácil: crear un nuevo mercado y una nueva moda. Ante la imposibilidad de echar atrás esta imposición visual, propongo una salida: el regreso de las cigarreras. Como efecto sucederá que nadie podrá fumar con esas imágenes aterradoras a la vista; la opción es volver a las cigarreras. Así, cuando alguien compre su cajetilla de cigarros cubierta de imágenes dantescas, enseguida debe colocar su vicio en una cigarrera de plata. Además las tabacaleras podrían apoderarse de ese mercado y, como promoción, regalar cigarreras en la compra de un paquete de cigarrillos o vender cigarreras de diferentes materiales que sean tan accesibles como un encendedor. Los clásicos liberales vuelven a tener razón: frente a las imposiciones del Estado, nada como la libertad del mercado. Inventar la moda de la cigarrera será paradójicamente una defensa de la libertad individual de fumar sin el atropello de padecer una cajetilla que pasó de la publicidad sexual subliminal, a la publicidad estatal digna de una película gore.

Más allá de la terapia

A cien años de la publicación de La interpretación de los sueños, la obra inaugural del psicoanálisis, me atrevería a decir que en el umbral del siglo XXI vivimos en un planeta más allá de la terapia. No hace mucho, Peter Sloterdijk hizo el epitafio del inconsciente, al decir que fue la última utopía de nuestra época. “El inconsciente clásico se representó como un infinito subjetivo, como una fuente que abastecía de inagotables energías. Sin embargo, ahora descubrimos que nuestro tema no es el deseo, sino el cansancio. Para decirlo de otra manera, el carácter finito del deseo se convierte en nuestra primera evidencia”. Según Emilio Rodrigué, el más reciente biógrafo de Freud, el planeta ha llegado al final de su análisis. La ilusión de la transferencia ha dado todo lo que podía dar. “Entonces el planeta se levanta del diván y dice: ‘Gracias, doctor, le agradezco de veras’. Estrecha la mano del psicoanálisis y se va. Seamos claros: no es que el planeta sea un ingrato olvidadizo. Lo que pasa es que esta cura, como todas, no está a la altura de las expectativas”.

Pero la terapia, como modo de vida, no ha terminado aún, y sí ha desbordado todo límite. Hoy existe aromaterapia, masajes terapéuticos, fisioterapia, terapia cognitivo-conductista. terapia racional emotiva, astrologia como terapia, metafísica de superación, etcétera. Pero nada es más insólito que la terapia filosófica. Ya circula en México un libro que se titula Más Platón y menos Prozac de Lou Marinoff. Su tesis es sencilla y clásica. El autor invita a la creación de los consultorios filosóficos. Al manera de los sofistas en la antigüedad, la filosofía debe volver a la vida práctica. Cuando los individuos se sientan decepcionados de la religión, la psicología, la medicina e incluso de la astrologia, siempre habrá un lugar donde preguntar: ¿por qué el ser y no la nada? La filosofía se convierte así en la última salida. Usted llega a su diván ontològico y libre de prejuicios se interroga por los fundamentos del ser o por cosas más simples como qué demonios hago en este mundo, o ¿existe el libre albedrío? o, tal vez, si está deprimido, ¿por qué lo uno y no lo otro? Al finalizar la sesión, el terapeuta filósofo repetirá las palabras del pensador de la sospecha: Díficil es luchar contra el deseo. Lo que quiere, lo compra con el alma.

José Carlos Castañeda

Del cliente al proveedor

Por mis rumbos, unos rumbos donde el aire nunca está sereno ni lleno de quietud, cada vez se escuchan más las palabras cliente y proveedor. Suena natural encontrarlas en la mesa del restaurante, en la barra del bar e incluso en el sillón de la peluquería. Lo escandaloso es encontrarlas en ámbitos distintos a los de la mera prestación de servicios. Quiero decir que algunos teóricos y presuntos críticos del mundo actual leyeron a Hegel y sustituyeron los términos “amo” y “esclavo” por los de cliente y proveedor; quiero decir que leyeron, o fingieron leer, la famosa dialéctica que encontramos en La fenomenología del espíritu. Quiero decir que leyeron a Marx, o a Rius con su versión fastfood del materialismo histórico, y sustituyeron a la burguesía y al proletariado por el cliente y el proveedor. Y ni qué decir de los señores Vladimir-Estragón y el señor Godot, encarnaciones heladas del amo y el esclavo, perdón, del cliente y el proveedor. Ahora resulta que las relaciones humanas prosperan gracias a esa fórmula. Yo me pregunto, digo, en mi humilde y muy personal opinión, como dicen los partidarios del aire sereno y lleno de quietud: cuando tengo cuitas de amor, ¿debo pensar que ella, y no Shakespeare, es la proveedora de mis tristezas? Cuando fumo, ¿soy el proveedor de la cuenta bancaria de un cancerólogo o el cliente de una compañía cigarrera? Hablo en serio. Los mercadólogos y consultores han acabado, entre otras cosas, con las pasiones humanas. Ahora resulta que el fracaso sentimental es un desequilibrio entre cliente y proveedor y que la hybris de la amada y el amado es una disfunción entre cliente y proveedor. Ahora resulta que en mi vida no hubo mujeres celosas sino clientes que a las primeras de cambio presentaron una queja a la procuraduría del consumidor. Repito: hablo en serio.

Roberto Pliego

Inseguridad y control de la violencia

INSEGURIDAD Y CONTROL DE LA VIOLENCIA

POR NELSON ARTEAGA BOTELLO

México se encuentra sumergido en un enorme escollo en materia de seguridad pública. La sociedad vive un profundo sentimiento de inseguridad producto del incremento, en la última década, de los índices delictivos —en particular el robo en todas su variantes—, la proliferación del crimen organizado y el elevado grado de violencia social. Este vacío de seguridad es el resultado de una serie de factores que van desde la propia organización y coordinación de los cuerpos policiacos hasta la falta de un proyecto definido de seguridad pública, todo ello en el marco de un modelo de gestión económica que, al igual que en otros países del orbe, se encuentra estrechamente ligado al incremento de la delincuencia por excluir a amplios sectores de la población del desarrollo social. De ahí que solucionar el problema de la inseguridad y la violencia social requiera de acciones en la esfera de la organización policial, la lucha contra el crimen organizado y la atención de la marginación y la exclusión social.

El país presenta desde hace mucho tiempo una verdadera crisis de sus corporaciones policiacas. Los agentes tienen una baja preparación para enfrentar los problemas inherentes a su trabajo, están mal remunerados, su salud se encuentra mermada por las condiciones en las que se desempeñan, sumergidos en una estructura autoritaria y excluidos de gran parte de sus derechos laborales. Por lo tanto, es necesario impulsar la profesionalización de los cuerpos policiacos y, sobre todo, dignificar la tarea policial mejorando sus salarios, ampliando sus derechos como trabajadores —permitiendo que se organicen en sindicatos— y las condiciones en las que trabajan —estableciendo en las instituciones de salud pública, por ejemplo, un área de atención a las enfermedades propias de la actividad policial, en particular las que se derivan de la tensión psicológica.

Dignificar el trabajo policial requiere de la depuración de aquellos que cuentan con antecedentes penales, que tienen ligas con la delincuencia, que son corruptos, violan los derechos humanos y no cumplen adecuadamente con su trabajo. Esta empresa adquiriría una mayor legitimidad y claridad frente a la sociedad si se creara un organismo ciudadano de vigilancia que tuviera como fin dar seguimiento a las denuncias de corrupción, abuso y comportamiento inadecuado de las fuerzas públicas. Todo lo cual tendría que ser soportado, por supuesto, por un registro nacional de policías y expolicías que permita el control de los elementos encargados de la seguridad pública.

Es conveniente reconocer que las distintas corporaciones del país —municipales, estatales y federales— se encuentran desarticuladas y no existe una coordinación entre ellas que permita una acción efectiva contra la delincuencia. Es imprescindible establecer los mecanismos institucionales que permitan un trabajo conjunto entre las distintas policías, haciendo posible el intercambio de información y la elaboración de estrategias comunes en materia de prevención y lucha contra el crimen.

El crimen organizado surge y se desarrolla a través de los vínculos que establece con la esfera pública, en particular con las corporaciones policiacas. En México se sabe que muchas de las bandas dedicadas al narcotráfico, la industria del secuestro y el robo de automóviles se encuentran relacionadas con elementos de las diferentes policías y en distintos niveles. Por tanto, para hacer frente al crimen organizado es pertinente realizar una depuración efectiva de los cuerpos policiacos mediante la conformación de instancias especiales que permitan una permanente y sistemática investigación de los servidores públicos que laboran en las instituciones de seguridad, procuración y administración de la justicia. Se dice fácil. Sin embargo, entraña una enorme dificultad. El crimen organizado no se quedará cruzado de brazos si sus ligas con el poder —de las cuales depende enormemente— se ven fracturadas, por lo que echará a andar todos sus recursos humanos y materiales para poder penetrar y reclutar en sus filas al mayor número de autoridades gubernamentales vinculadas con la preservación de la seguridad pública. En este sentido, se requiere el fortalecimiento institucional de los organismos donde laboran.

Marginación y exclusión social

México vive una transformación económica profunda que ha generado un proceso permanente de desarticulación de la organización social. Frente a una realidad en la que ciertas necesidades objetivas y subjetivas son cada vez más difíciles de cubrir por medios socialmente aceptados, los medios ilícitos se convierten en una opción para alcanzar las expectativas de ascenso y prestigio social. De ahí el incremento de los crímenes de “cuello blanco” —que se encuentran relacionados con los estratos medios de la población—, así como de la llamada “pequeña delincuencia” localizada en ciertos grupos depauperados de la sociedad de donde, por cierto, el crimen organizado recluta a muchos de sus miembros.

Esta pequeña delincuencia no se combate sólo con pistolas, más policías en las calles o aumentando y recrudeciendo las penas; requiere, sobre todo, del mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores marginados y excluidos del desarrollo económico; en otras palabras, la regeneración de los tejidos sociales en las zonas de alta incidencia delictiva y violencia social. Considerar como prioridad en el combate a la inseguridad la creación de políticas de desarrollo social también haría posible la redefinición del concepto mismo de seguridad pública, ya que el término dejaría de referirse a la mera planeación y organización de las fuerzas policiales frente a la delincuencia y el desorden social, reconociendo que los efectos de un desarrollo económico desigual inciden profundamente en la conformación de un clima propicio a la inseguridad y la violencia. Debe quedar claro que una política que intente abatir la inseguridad sólo podrá hacerlo si se combate efectivamente la pobreza y el desempleo, y si se eleva la calidad de vida de la gran mayoría de la población, dejando atrás la idea de que la delincuencia y la violencia social tienen sus orígenes sólo en la mala organización de la acción policial, como por desgracia parece ser la tendencia de la próxima administración federal que el 31 de julio presentó un programa de transformación de la estructura policial y de justicia. Si bien con buenas intenciones, queda en el aire la cuestión de si sólo será un cambio de forma y no de fondo, porque parece claro que reubicando policías y centralizando mandos no se terminará la corrupción y la vinculación de algunos agentes policiacos con el crimen organizado. Por el contrario, la transformación recién anunciada —que incluye la creación de la Secretaría de Seguridad Pública— podría generar, de no tenerse el cuidado suficiente, un vacío aún más grande de control de la inseguridad y la violencia social,                   n

Nelson Arteaga Botello. Sociólogo. Entre sus libros. Propuestas de medición de la desigualdad social.

La Reforma Laboral

LA REFORMA LABORAL

POR RAÚL TREJO DELARBRE

Es necesario reforzar la idea de que el México de la alternancia no podrá aspirar a la plenitud si no se ocupa de llenar los vacíos. De qué se trata: de una necesidad más allá de las contiendas electorales. Los vacíos que ofrecemos no son todos; son, eso sí, los que reclaman una mayor atención. Aquí están pues, el vacío laboral, el educativo, el financiero y el de seguridad. No sólo están para leerse sino para ser llenados, como condición para que el país no se convierta en un enorme agujero. tarde de marzo pasado, a la oficina del semanario etcétera llegó un aviso un tanto intimidatorio: “Se le cita para que comparezca a las 18 horas del día 8 de marzo del 2000 día y hora en el cual tendrá verificativo una reunión conciliatoria con la finalidad de buscar la solución al emplazamiento por firma, promovido por mi representada ante la autoridad competente… en el caso de no comparecer en fecha y hora indicada se continuará con el trámite legal hasta las últimas consecuencias”.

El documento llevaba el membrete de una agrupación obrera del DF y llegó apenas unos minutos antes de la hora allí señalada para la supuesta reunión.

Nuestra sorpresa fue grande. Hasta donde sabíamos, los empleados del semanario no forman parte de ningún sindicato. Varios abogados laborales que consultamos confirmaron la sospecha más simple: el citatorio había sido enviado por un sindicato fantasma, uno de tantos otros que se dedican a extorsionar empresas. Si el gerente de la empresa se asusta, lo cual es frecuente, le piden una cantidad de dinero a cambio de firmar con el sindicato un falso contrato colectivo. Así ningún otro sindicato, auténtico o espurio, volverá a exigir reivindicaciones laborales, ni amenazará con huelga, siempre y cuando la empresa entregue una iguala mensual, o anual.

¿Qué pasa si no llego a un acuerdo?, preguntamos a uno de los abogados, el más pragmático de ellos. “Depende. Pueden hacerte una huelga y cerrar la empresa por tres o cuatro meses. O pueden desistir si encuentran que no van a hacer negocio. Pero no te preocupes. Yo tengo cuatro sindicatos con los que puedes firmar un contrato. Elige: uno de la CROC, otro de la CTM o de alguna central más pequeña. Todos son confiables. Y salen muy baratos”.

Tampoco teníamos interés en firmar contrato con un sindicato ajeno a los trabajadores. Y mucho menos en pagar soborno alguno.

Casos como el anterior se padecen a diario en millares de empresas en todo México. Una gran cantidad de sindicatos no sirven para defender los derechos de los trabajadores sino como instrumentos de extorsión en beneficio de líderes postizos. Numerosas empresas prefieren firmar contratos de protección para ahorrarse problemas laborales a pesar de que así alimentan esa práctica de simulación y corrupción. Por eso el sindicalismo tiene en México una imagen pública de ineficacia y desvergüenza, a pesar de que existen sindicatos y centrales de comprobada integridad jurídica y política.

Actualmente se encuentran registrados ante las autoridades laborales unos 600,000 contratos colectivos. La gran mayoría de ellos son documentos postizos, administrados por líderes que los ponen a disposición de las empresas. Tan sólo en el Distrito Federal hay 105,000 contratos colectivos registrados pero sólo 1 de cada 10 son revisados periódicamente. Es decir, se puede afirmar que el 90% de ellos son contratos de protección.

Esos son algunos de los datos que la investigadora María Xelhuantzi, asesora en el Sindicato de Telefonistas, ha podido reunir a partir de testimonios de funcionarios laborales. La estudiosa estima que de los 600,000 contratos colectivos que hay en el país también el 90% son de protección. Una de las muchas dificultades para conocer las dimensiones de este problema consiste en la ausencia de fuentes abiertas, completas y claras. Los datos sobre sindicatos y contratos colectivos en México siguen siendo clandestinos, o casi.

El acceso a la información laboral tendría que ser uno de los muchos cambios gracias a la reforma en el régimen legal para las relaciones de trabajo. La legislación laboral mexicana no sólo se encuentra atrasada en comparación con el funcionamiento actual de la economía y las empresas. Además favorece la permanencia de sindicatos y líderes ilegítimos y el mantenimiento de contratos de protección. Al propiciar la existencia de sindicatos que no los representan, esa legislación perjudica a los trabajadores.

Desde hace por lo menos una década ha sido más que evidente la necesidad de actualizar la legislación laboral. En varias ocasiones el gobierno federal ha promovido la discusión de esa reforma pero los dirigentes tradicionales del sindicalismo se han opuesto. Las organizaciones empresariales, en cambio, han levantado la bandera de la reforma laboral para quitar diques a la productividad pero, junto con ello, con el propósito de eliminar algunos derechos de los trabajadores.

El temor de los líderes sindicales conservadores y la avidez de los dirigentes patronales han mantenido en punto muerto los intentos por revisar la Ley Federal del Trabajo. Aunque fue actualizada en 1970, esa ley mantiene la potestad del gobierno para arbitrar las relaciones laborales e impide que los trabajadores formen libremente sus sindicatos tal y como se estableció desde 1931.

Una nueva Ley del Trabajo podría eliminar obstáculos a la movilidad de los trabajadores dentro de las empresa, establecer criterios claros para la promoción y el pago por horas o días, permitir la contratación temporal así como propiciar contratos colectivos auténticamente representativos y favorecer la democracia y la transparencia en los sindicatos. En Nexos de enero, febrero y marzo de 1993 aparecieron sendos artículos de Jesús Reyes Heroles G. G., el autor de este texto y Carlos Márquez Padilla acerca de este asunto. En vez de reproducir propuestas y argumentos ya publicados, remitimos a esos textos al lector interesado en el tema.

Ahora que el gobierno ya no estará a cargo del PRI, quizá se abre la posibilidad de que tengamos una legislación laboral moderna a la vez que respetuosa de los derechos de los trabajadores. En julio de 1995 los senadores del PAN presentaron una iniciativa de reformas muy completa cuya elaboración fue asesorada por reconocidos abogados laborales. Allí se propone, entre muchas otras cosas, que exista libertad de los sindicatos para registrarse, que la temporalidad de la relación laboral dependa de la necesidad de los servicios e incluso que exista un acceso paulatino de los trabajadores a la copropiedad de la empresa.

El documento de los senadores panistas es la propuesta más acabada, al menos hasta ahora, para renovar la LFT. Pero los líderes tradicionales del sindicalismo no quieren ni siquiera que ese asunto sea discutido. El 1 de agosto, cuando fue a visitar a Vicente Fox, el dirigente de la CTM, Leonardo Rodríguez Alcaine, le solicitó al ahora presidente electo que la iniciativa del PAN se mantenga congelada. En cambio, dirigentes como los que encabezan la Unión Nacional de Trabajadores han reconocido que la reforma de la ley laboral es impostergable. Ahora que los líderes conservadores han perdido influencia tal vez su rechazo ya no sea definitorio para impedir la actualización de la Ley.

Para salir de dudas, aquella tarde de marzo le hablamos por teléfono al dirigente sindical que firmaba el amenazador oficio que habíamos recibido. Le dijimos que de ninguna manera íbamos a admitir que nos chantajearan y que enfrentaríamos las consecuencias legales de una falsa huelga. “Usted no nos sacará ni un centavo”, le dijimos, y por lo visto fuimos suficientemente convincentes. “Ustedes dispensen, seguramente fue un error”, dijo el personaje que había enviado el ultimátum.

No todos esos falsos emplazamientos se resuelven tan fácil. Millares de empresas y sus trabajadores padecen el amago de sindicatos y contratos falsos. Esa es una de las todavía persistentes lacras de la premodernidad mexicana, n

Raúl Trejo Delarbre Director de Etcétera. Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

Los límites del consenso

VIDA PÚBLICA

LOS LÍMITES DEL CONSENSO

POR LUIS SALAZAR C.

Como candidato a la Presidencia. Vicente Fox mostró capacidad para convocar los más diversos intereses, La pregunta que aquí adelanta Luis Salazar es si esa estrategia funciona para gobernar: ¿Nó será que la invocación al consenso es un esfuerzo por eludir responsabilidades, algo así como el ábrete-sésamo que intenta borrar de golpe cualquier diferencia?

Las primeras declaraciones de Fox como presidente electo apelan a la formación de un gobierno “de transición”, plural e incluyente, que no hará nada “sino por consenso”. Expresan pues el deseo, en buena medida atendible, de dejar atrás las polarizaciones y conflictos de una campaña electoral que, sin duda, no se destacó por su civilidad. De ahí las disculpas, las reuniones con los candidatos perdedores y los llamados a buscar acuerdos y convergencias amplias con todos los partidos. Pero parecen expresar también una voluntad de presentar al nuevo gobierno no como resultado del triunfo electoral de la Alianza por el Cambio y de su candidato presidencial, sino como consecuencia de la victoria “del cambio” y de la “democracia”. Lo que explica la pretensión de Fox de que el PAN, que lo formó y lo llevó al poder, lo deje libre para gobernar “para todos”, permitiéndole formar ese gobierno plural de transición, sustentado en el consenso.

Seguramente después de tantos años en los que la oposición hizo del antigobiernismo, de la lucha contra el autoritarismo representado por el PRI-gobierno, la fuente casi única de su crecimiento electoral, lo que convirtió las negociaciones y los acuerdos en cosas vergonzantes y casi clandestinas, el llamado a buscar consensos y a incorporar la pluralidad puede parecer razonable. De hecho, la sola lectura de las plataformas de campaña presentadas por los partidos revela importantes puntos de convergencia al menos en los enunciados más generales de los objetivos a alcanzar: Estado de derecho, justicia social, crecimiento económico, etc. Y también es indiscutible que la pluralidad expresada en las urnas exigirá que el nuevo gobierno busque negociaciones y compromisos con todos los partidos para poder sacar adelante sus iniciativas y sus propuestas. Sin embargo, hay algo falaz y preocupante en este discurso.

En efecto, al tratar de presentar a la nueva administración como un gobierno de transición Fox parece buscar una semejanza más que discutible con otras experiencias de democratización en las que la lucha contra las dictaduras exigió la formación de concertaciones y frentes amplios capaces de devolver a los militares a sus cuarteles y de evitar sus amenazas y chantajes. Por eso se puso de moda hablar de un periodo de consolidación de las nuevas democracias que debía poner fin a las herencias del pasado autoritario. Ahora bien, cabe preguntarse si, dada la naturaleza peculiar de lo que fue nuestra transición (que a todas luces ya terminó), tiene sentido en México hablar de un gobierno de transición. ¿No supone tal apuesta el riesgo de prolongar una “transitocracia” ya costosa, pasando de tener partidos de la transición a tener ahora, para colmo, una gobierno de la transición? ¿No implica mantener una lógica que impide la formación de un sistema de partidos normales, responsables, capaces de articular y representar intereses que no sean exclusivamente los de las élites políticas? Después de todo, ¿contra qué amenazas y peligros se pretende unificar a todos? ¿Contra el retorno del PRI-gobierno?

De hecho, las democracias reales no se fundan en otro consenso que no sea el de respetar las reglas del juego democrático, y en primer lugar la regla de la mayoría (y su correlato: el respeto al derecho de las minorías de buscar convertirse en una nueva mayoría). Suponen, por ende, que es imposible (e incluso indeseable) el consenso unánime y que por eso es necesario que las decisiones se tomen por los que obtuvieran más votos, por los que de manera contingente y temporal lograron el respaldo mayoritario. Entre otras cosas porque asumen que el pluralismo y el conflicto de visiones e intereses no sólo es inevitable sino deseable, y porque sólo así se puede evitar que un o una coalición de partidos, o que un gobierno particular pretendan representarnos a todos (lo que define precisamente a los sistemas autoritarios y totalitarios). Ciertamente algunas reformas institucionales de largo aliento y algunas políticas de Estado requieren de determinados acuerdos básicos incluyentes de la mayor parte de las fuerzas políticas y sociales fundamentales. Pero la responsabilidad del gobierno, de sus políticas y de su desempeño es esencialmente del partido o la coalición de partidos que obtuvo la mayoría.

Ya durante su campaña Fox mostró una retórica camaleónica que intentaba quedar bien con todos y que incluso causó algunos sobresaltos en Acción Nacional. Ahora, en su gira por América Latina, declara que es “la suma (sic) de izquierda y derecha”. Como discurso electoral tales disparates podían verse como un esfuerzo legítimo por conquistar votos. Pero como posición de gobierno sólo puede significar o bien incapacidad para tomar decisiones (que siempre favorecerán a algunos intereses y visiones y perjudicarán otras) o bien intención de eludir la responsabilidad por las decisiones tomadas. Algo así como mandar obedeciendo. El 2 de julio ganó la coalición de partido de centro-derecha, el PAN, con el “changarro” pseudopartidario del niño y del viejo verdes. Ganó, pues, la oferta de cambio de la derecha mexicana, y ese triunfo es totalmente legal y legítimo. Pero por incómodo que pueda ser para los amigos y asesores “de izquierda” de Fox, y para todos los promotores del voto útil, esa victoria no llevó al poder “a la democracia”, ni mucho menos “a la transición”. Si acaso probó que la transición ya había concluido, que la alternancia era una posibilidad efectiva y que hacen falta partidos de izquierda capaces de asumir plenamente la tarea de proponer un futuro más allá del antigobiernismo, más allá de la transitocracia.             n

Luis Salazar. Filósofo. Profesor-investigador de la UAM. Entre sus libros, Sobre las ruinas.

Educación: La última utopía

EDUCACIÓN:

LA ÚLTIMA UTOPÍA

POR ADRIÁN ACOSTA SILVA

A lo largo del siglo XX mexicano la educación se confirmó como la última de las grandes utopías racionalistas que encendieron e incendiaron las pasiones ideológicas y los esfuerzos de varias generaciones de intelectuales y dirigentes políticos, funcionarios, estudiantes y profesores. Dentro y en los alrededores del sistema y del proceso educativo, se diseñaron las más grandes proezas culturales de la sociedad mexicana de la postrevolución, aquellas que José Vasconcelos asociaba a los rasgos imaginarios de la “raza cósmica” que despertaba del largo letargo porfirista. Si algo distinguió al discurso educativo postrevolucionario fue su constancia, confirmada pacientemente a lo largo de los varios gobiernos que se sucedieron desde los años veinte: considerar a la educación como palanca del desarrollo, como una inversión en capital humano, como el eje formador de ciudadanía, como el mecanismo central de la disminución de las inequidades, como la maquinaria pública más eficiente para disminuir las desigualdades, como el mejor de los remedios posibles contra la ignorancia y el fanatismo, como la ruta maestra de las varias modernizaciones que habrían de transformar a la sociedad mexicana.

Como toda utopía nacida de los demonios de la razón, la educación pronto se convirtió no sólo en un imaginario territorio de los buenos deseos y los más nobles ideales de la sociedad mexicana, sino también en un gigantesco “animal” burocrático y social consumidor de cada vez más recursos públicos, a veces productor constante de conflictos políticos y sociales, fuente de legitimación política y cohesión social pero también conspicuo demandante de atención cuidadosa para su adaptación incremental a los nuevos climas de época y, siempre, dolor de cabeza para los gobiernos en turno. Consecuentemente, a la sombra de los grandes ideales educativos se observó a lo largo del siglo una creciente complejidad de las estructuras, los procesos y los actores del sistema educativo, una complejidad que puede ser distinguida en dos ejes fundamentales: el incremento del tamaño y de la densidad del sistema.

Entre 1930 y el 2000 la matrícula total del sistema educativo mexicano se multiplicó por casi 23 veces, pues se pasó de 1.3 a más de 29 millones de estudiantes, atendidos hoy por casi un millón y medio de profesores, organizados en un complicado sistema que incluye desde el preescolar hasta el postgrado, con una enorme variedad de instituciones públicas y privadas, federales y estatales, grandes y pequeñas. Hoy, casi un tercio de la población está integrada a algún tipo de institución escolar formal, pero casi la totalidad de los niños en edad correspondiente están cursando los niveles obligatorios del sistema educativo, mientras que sólo el 17% de los jóvenes de 20 a 24 años está inscrito en alguna institución de educación superior del país. La tasa de crecimiento de la escolarización ha sido claramente superior al incremento de la taza demográfica total en los últimos cincuenta años, y los beneficios reales de recibir educación pública o privada ha significado, junto con otras variables, la diferencia entre el estancamiento en la supervivencia y la movilidad social positiva de miles de familias mexicanas a lo largo del siglo que termina.

Pero el animal tiene problemas, muchos de ellos críticos. Uno de ellos es, por ejemplo, la baja eficiencia terminal. Según un conocido informe de la OCDE (Exámenes de las políticas nacionales de educación. México. Educación Superior, París, 1997) sólo 5 de cada 100 estudiantes que ingresan a primaria egresan, 16 años después, de alguna modalidad de la educación superior, y de esos 5 sólo la mitad logra titularse. El origen social sigue siendo la jaula de hierro de las oportunidades de mantenerse y avanzar en la ruta de la escolarización: a los 14 años, el porcentaje de niños que han completado al menos seis años de estudio es del 68% en zonas rurales, pero de 90% en las urbanas. Pero aun dentro de los 9 de cada 10 niños “urbanos” que terminan la primaria, sólo 8 de cada 10 de los hogares de menores ingresos logran terminar la primaria, contra el 100% de los niños de las familias de mayores ingresos. Como señala en un artículo reciente el especialista en educación y desigualdad Fernando Reimers, “el impacto de la clase social de origen en las oportunidades de aprobar grados superiores aumenta con el nivel de escolaridad y es independiente de las expectativas y deseos de los progenitores”.1

Otro problema, en cieno sentido asociado y más grave, es el de la desigualdad de los efectos del sistema, donde, por ejemplo, la población que hoy tiene más de 51 años presenta en promedio tres años de escolaridad, mientras que los que tienen 25 poseen nueve años de escolaridad, lo triple de aquellos.2 Aquí hay uno de los mecanismos invisibles de la inequidad generacional: la oportunidad que pierden los padres significa la conquista de los hijos, aun en condiciones de severa crisis económica y ausencia de oportunidades de estudio para toda una generación. Es, además, revelador de la importancia que tiene la educación entre la población mexicana, pues aun a pesar de los efectos de los “años perdidos” en el crecimiento económico del país en las últimas dos décadas, las familias pobres lograron mantener en las escuelas a muchos de sus hijos, con un enorme costo individual y social, que significó, al parecer, el sacrificio de las oportunidades educativas de toda una generación de ciudadanos.

Por supuesto, el tema de la inequidad es sólo uno de los grandes problemas no resueltos del sistema educativo nacional. Pero hay otro, no menor, que tiene que ver con la capacidad de convertir a la educación no sólo en un mecanismo de cohesión y movilidad social, sino en un proceso capaz de ser útil y pertinente para entender la complejidad de los viejos y nuevos desafíos que surgen de la globalización y el nuevo ciclo de modernización política y socioeconómica del país. Hoy, cuando una nueva ola de oscurantismo parece ir a contracorriente del espíritu científico y racional heredado del siglo XIX (que se manifiesta en el creciente desinterés y escepticismo de muchos sectores ya escolarizados contra los logros científicos, y en la arraigada creencia en la existencia de aliens y ovnis, fantasmas y chupacabras en amplias zonas de la sociedad), la educación requiere renovar la confianza social en la capacidad de la ciencia y la razón para explicar y resolver los problemas que ni la metafísica ni la democracia pueden resolver. Hay aquí no sólo un gran desafío para los niveles básicos del sistema educativo, sino fundamentalmente para las universidades e instituciones de educación superior. La irrelevancia académica y social de mucho de lo que se produce en nuestras universidades debe sustituirse por procesos y resultados capaces de devolver la confianza en la ciencia. Es, por supuesto, un desafío que no pueden ni deben resolver solamente las universidades, pues requieren de un gran apoyo gubernamental y social para su abordaje sistemático.

Esto último es también uno de los grandes retos de la educación en México. Frente al mito de que la educación puede resolver, por sí misma, muchos de los problemas de integración y competencia de la sociedad y la economía mexicanas, es necesario volver los ojos a la teoría y a la evidencia empírica nacional e internacional: la educación puede ser una palanca eficaz para el desarrollo económico y social sólo bajo ciertas condiciones: mediante la confluencia exitosa de políticas demográficas, económicas y sociales capaces de crear las condiciones y las dinámicas adecuadas para que la educación despliegue sus potencialidades movilizadoras, cohesivas y creativas. Y la articulación virtuosa con esas políticas no puede ser obra de la casualidad o la buena voluntad. Se requiere un nuevo acuerdo social, centrado en el Estado pero no agotado en él, que restaure a plenitud las capacidades transformadoras de la educación. A diferencia de hace una década, el gobierno de Vicente Fox no encontrará en la educación una zona de desastre ni algunos de los efectos de una catástrofe silenciosa, sino el resultado de algunas de las políticas educativas que mejoraron varios de los indicadores y procesos del sector, pero que no han logrado resolver muchos otros. Lo que se requiere, más que una imaginaria “revolución” educativa, es un conjunto persistente de políticas públicas que consoliden los cambios y que aborden, con perspectivas de éxito, las agudas inequidades, ineficiencias y debilidades de la que puede ser considerada como la última gran utopía mexicana del siglo XX y, tal vez, como la primera del XXI.      n

Adrián Acosta Silva. Sociólogo. Profesor-investigador de CUCEA de la Universidad de Guadalajara. Investigador nacional del Sistema Nacional de Investigadores.

1.Fernando Reimers: “¿Pueden aprender los hijos de los pobres en las escuelas de América Latina?”, en Revista Mexicana de Investigación Educativa, núm. 9, enero- junio, 2000. p. 51.

2. lbid.

El lenguaje que nos invade

A MEDIA CALLE

EL LENGUAJE QUE NOS INVADE

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Vaya por delante que no sufro nada y que apenas me escandalizo cuando veo una falta de ortografía. Algunas de las más bellas cartas que he recibido tienen faltas de ortografía y no dejan por eso de ser maravillosas. No sé si se han modificado las normas que regían hasta el pasado año en España para el acceso a la Universidad. Creo que el alumno que cometía tres faltas de ortografía era inmediatamente rechazado, por muy bien que hubiera hecho el examen. Siempre que he podido, he dicho que eso no sólo era injusto sino estúpido, porque las normas de la ortografía son lo que son, convenciones, pero un problema bien resuelto o un comentario bien razonado son mucho más: nos muestran la capacidad del alumno para la reflexión y el análisis.

Yo misma, que fui buena alumna —y no pretendo presumir de eso, porque las motivaciones, recordadas, son muy complejas—, cometí, en lo que entonces se llamaba examen de Reválida —y lo escribo con mayúsculas porque era importantísimo: daba acceso a la parte final del Bachillerato, que tampoco existe ya porque todo ha cambiado de nombre y todo ha cambiado, no sólo de nombre—, una falta de ortografía monumental. Sentada en una aula desconocida del desconocido colegio nacional donde se realizaban las pruebas de Reválida, escribí la palabra “ángulo” con hache. Mis profesoras, monjas de un colegio religioso que se había propuesto tener prestigio en la preparación del alumnado, siguiendo el modelo de los jesuítas, no se lo podían creer y su desolación fue mayor que la mía cuando, como resultado de aquella tremenda falta de ortografía, ni siquiera obtuve, creo, una media de notable en el famoso examen de Reválida. Las decepcioné terriblemente y creo que, sólo cuando vi su decepción, cobré conciencia de lo absurdo del error. Nunca me lo llegué a creer del todo. Podía habérseme escapado un “v” en lugar de una “b”, podía, incluso, haberse evaporado una “h” intercalada, tan propicias estas “haches” a la evaporación, pero ¡añadir una “h”!, eso no se podía comprender. De modo que nunca me lo llegué a creer. Pero el caso fue que obtuve un pobre aprobado en lugar de la pomposa matrícula de honor que mis esperanzadas profesoras habían imaginado para mí.

Al menos, he aprobado, creo que me dije, abochornada. ¡Qué terrible habría sido suspender! Con ese ánimo puse fin a la primera parte del Bachillerato, en Zaragoza, e inicié, ya mi familia instalada en Madrid, la segunda parte, lo que se llamaba el Bachillerato Superior, en un colegio religioso que pertenecía a la misma orden que el de Zaragoza.

No soy, por tanto, sospechosa de pecar de exceso de purismo en cuestiones de ortografía y, aunque no me gusten nada las erratas casi inevitables que se producen cuando se publican mis textos, tampoco me desespero, y confío en que el lector comprenda que la falta no es mía, porque no hay artículo ni libro sin errata. Eso es, al menos, lo que he llegado a concluir. Una vez aceptado este hecho inevitable, sólo queda averiguar dónde se producirá la errata, si en una palabra fundamental o en algún lugar bastante recóndito. Finalmente, sólo pido eso: que la errata no afecte a lo fundamental. Me he llevado, de todos modos, algún que otro disgusto, pero han sido siempre fugaces, han permanecido en la zona de lo irremediable no trágico, una zona en la que lo único que prevalece es una más o menos profunda sensación de fastidio. En mi caso, el fastidio nunca ha sido excesivamente profundo, sino más bien ligero.

Sin embargo, si para las cuestiones de ortografía tiendo a tener, como vulgarmente se dice, manga ancha, sí estoy en contra —y en esto pienso ser algo militante— de ciertas expresiones incomprensibles que de repente se ponen de moda.

Hace unos días me pidieron que interviniera en la presentación de un proyecto denominado “Madrid camina”, cuyo objetivo, hacerle al peatón la vida más fácil y agradable, comparto plenamente. De manera que, aunque me leyeron por teléfono el texto de la declaración de principios del proyecto y enseguida detecté términos incomprensibles, acepté, si bien expresé mi opinión sobre esos términos. Tienes toda la razón, me contestaron, bien puedes decir eso en tu intervención.

Pero como la pedantería me produce bastante horror, me hice un esquema de lo que podía pedir yo cuando soy peatona, se me ocurrieron ciertas medidas que quizá fueran un poco ácratas, y decidí no decir nada sobre los términos que tanto habían llamado mi atención.

Pero al final de mi intervención, vaya a saberse por qué, lo dije. Manifesté la profunda estupefacción que me había acometido al leer en el texto el primer punto que se iba a tratar: “Creación de una red española de asociaciones y colectivos comprometidos con el medio ambiente y la movilidad sostenible”. La expresión de “colectivo comprometido” ya la había escuchado y no me sorprendió demasiado, por mucho que, si se piensa un poco, resulte de un significado impenetrable, pero desde luego jamás había escuchado lo de “movilidad sostenible”. Repentinamente radical, dije que esa expresión me parecía una aberración, y si dejamos que el lenguaje se llene de expresiones tan incomprensibles, no sé de dónde vamos a sacar las fuerzas para mantener saludable el medio ambiente y la movilidad sostenible, si bien no tenía ni idea de lo que este maridaje de palabras significaba.

Tenía una idea, desde luego, pero, ¿es que no pueden decirse las cosas de forma más sencilla y comprensible? De lo que se trataba, me dijeron, era de que el peatón se pudiera mover por la ciudad con toda facilidad y comodidad. De acuerdo. Entonces, ¿por qué no se dice eso, en lugar de tener que recurrir a términos crípticos que, a lo que imagino. provienen de una traducción de otro idioma?

Hace poco firmé también un manifiesto a favor de la equiparación de derechos entre heterosexuales y homosexuales. Di mi firma y el número de carnet de identidad, pero antes de hacerlo no pude por menos que decirle a mi interlocutor que la redacción del manifiesto era absolutamente desastrosa. Se hablaba del “hecho sexual”, lo que nadie sabe en qué consiste. Se hablaba de “orientación sexual”, que tampoco sé lo que es, dado lo desorientados que todos andamos en esta época. No creo que nadie nazca con una orientación determinada, en este o cualquier otro aspecto. No creo en los genes hasta ese punto. Se hablaba de la “naturaleza humana”, como si ya hubiéramos resuelto el gran enigma.

Sólo se trata de proclamar deseos y de reclamar el derecho a poder elegir. No hace ninguna falta acogerse a la idea de la naturaleza humana ni de las orientaciones o desorientaciones sexuales. Tanto la naturaleza como lo humano son campos inabarcables. Pidamos libertad, sólo eso. Me sentí un poco culpable porque percibía la perplejidad de mi interlocutor y firmé el manifiesto.

Pero vuelvo a lo de antes: el lenguaje que empleamos está contaminado por términos que debemos rechazar. Creo que negarse a hablar así es importante. No dejemos que los políticos, con su limitada y absurda gama de expresiones, se apoderen de la facultad de comunicación que nos ofrece el lenguaje. Si formulamos reivindicaciones en un lenguaje indescifrable, estamos perdidos. Digamos las cosas de la forma más sencilla, esa forma que busca la comprensión y que, al parecer. es tan humilde como difícil.     n

Soledad Puértolas. Escritora. Entre sus libros. Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.

La canción de Alfredo Tena

LA CANCIÓN DE ALFREDO TENA

“Se me llenó el equipo de vicisitudes”. Alfredo Tena, ex entrenador del América.

No contarán aquí tu pasado, tus virtudes: Tres malas fechas y te quedas sin trabajo. Se me llenó el equipo de vicisitudes.

No extrañes, del directivo, sus actitudes: Eres culpable de que el Aguila vuele bajo. No contarán aquí tu pasado, tus virtudes.

No me consueles ni conmiseres. No me ayudes. El dueño toma, contra el técnico, su atajo. Se me llenó el equipo de vicisitudes.

No importa que seas símbolo, ni cuánto sudes La camiseta mística; ni el ritmo a destajo: No contarán aquí tu pasado, tus virtudes.

Ayer Capitán Furia; hoy, Mero Sardo. ¿Tú desmientes que el terciopelo será algún día estropajo? Se me llenó el equipo de vicisitudes.

Aquí hay una para ti. Séneca, no lo dudes: Ten la maleta lista, pues el corte es de cuajo. Se me llenó el equipo de vicisitudes: Empacado habías ya tu pasado, tus virtudes.

—Johannes Burgos

Los Talk Shows: La reinvención de lo público

LOS TALK SHOWS: LA REINVENCIÓN DE LO PÚBLICO

POR RICARDO RAPHAEL DE LA MADRID

Durante mucho tiempo, la tribuna privilegiada de lo público estuvo representada por la plaza y sus fiestas civiles. Los tempos han cambiado, como siempre. Lo público se ha mudado a los medios electrónicos; también lo privado. Ahora la intimidad quiere dejar de serlo para mostrarse en la vitrina de lo mediático.

Los personajes son siniestros. La mujer  barbuda o la enana sin dientes han salido de las carpas de circo. Ahora se exhiben sin pudor alguno frente a millones de voyeuristas. Dickens o Balzac quedaron desempleados. En los tiempos que corren no se necesitan más los mediadores entre la miseria humana y el ojo del observador. Los talk shows se han vuelto una ventana impúdicamente abierta de nuestra vida cotidiana y, muchas veces, miserable vida en sociedad. En esa nueva suerte de inquisición no hay matices, ni posibilidades para la interpretación. El secreto de lo íntimo se esfuma ante la mirada morbosa que escarba en los sótanos más oscuros de nuestra humanidad.

Elisa tiene los ojos grandes y la mirada muy dura. La cámara no puede despegarse de su afilado rostro moreno. Dentro de quince minutos va a estallar su dolor frente a millones de mirones. Todo dependerá de la destreza con la que Rocío, la conductora, utilice las vendas y el bisturí. O más bien, el capote y las espadas. Sentado junto a Elisa se encuentra el padre de su mejor amiga. Le lleva, por lo menos, treinta años. Su dentadura plateada. y seguramente también su aliento, lo delatan. El niega cualquier relación amorosa con esa mujer que aún no llega a los veinte. Por el contrario. la hija de Don Señor está segura de que la puta de su amiga engatusó al papá. Mientras tanto, el hombre de la dentadura postiza despotrica contra su mujer: le cambió por una enfermedad. Misógino hasta lo inenarrable, Don Señor justifica su cómplice amistad con Elisa; su esposa prefirió pasar cinco meses en el hospital a prepararle la cena y lavarle los calzoncillos.

Son los síntomas de una nueva sociedad todavía convulsionada. Los personajes, todos, para encontrar un lugar que explique su existencia en el mundo, apelan a una supuesta moral, a un entramado de valores fundamentales de la familia tradicional. Y, sin embargo, mientras desesperan por caber en una cosmogonía de arquetipos que se impuso durante demasiado tiempo, la sociedad en la que cohabitan ha cambiado profundamente. La familia y la sociedad a la que hacen referencia ya no existe más. Se equivocan de alfabeto para leer el nuevo libro. Nadie les ha ofrecido las referencias —les repères— para comprender ese universo novedoso. Hace falta, urge, una suerte de piedra Roseta del siglo XXI para traducir la realidad.

Para Rocío, esta parte de la historia le parece aburrida. Ella sólo piensa en crecer la audiencia de su programa. Entonces afila la punta de su primer banderilla: su objetivo es Elisa, jamás Don Señor. Concentra todas sus fuerzas porque la clave está en quebrar a Elisa; si en esta ocasión no hay sangre, por lo menos que rueden lágrimas. Afuera del estudio se encuentra “casualmente ” la madre de la mujer cuya reputación está en juicio. Ella trabaja de intendente en una escuela pública. Así mantiene a sus cuatro hijos. No queda en ella rasgo alguno de la belleza que desborda en Elisa. Pero ella sí solloza. No quiere subir al estrado todavía. “Yo sé que Elisa anda en malos pasos, y es que ya no me ayuda a darle de cenar a sus hermanos, ni a lavar los trastos”. En efecto, Elisa ha preferido hacerlo para el padre de su mejor amiga. Y la madre se estremece mientras Rocío por fin lo logra. La cámara regresa al rostro de Elisa que. esta vez, mirándose a través de los ojos de su madre, ha abandonado su actitud retadora. Dos lágrimas se cuelan hasta perderse en su barbilla. Y a Rocío se le dibuja una grotesca sonrisa de satisfacción.

Antes estaba en la escuela, en la plaza o en el mercado. En el mejor de los casos se encontraba en el burdel o en los salones. Ahora el espacio de lo público se ha mudado a otro continente: al territorio de los medios electrónicos. Es ahí donde los seres humanos nos damos cita, interactuamos, y hasta cobramos existencia. Nada más poderoso que la televisión o la radio para crear y recrear a la sociedad. Para que los seres humanos entendamos nuestro papel en el mundo. Para que interpretemos lo desconocido o lo incierto. Para acercarnos al otro. Sorpresa, cuando menos, experimentarían los padres fundadores de la modernidad al descubrir que no es más la escuela, como institución, la que forja —en primer término— los valores y la ética de los individuos. Desde luego que hoy se educa en las aulas, pero la mayor parte de la información llega al ser humano por otras vías. Pasa por los medios electrónicos.

Sin embargo, ellos, los dueños del más importante de los espacios de lo público, lejos están de asumir su papel de constructores de las más recientes y postmodernas cartas de navegación. Su lógica es obligadamente distinta. Ellos gobiernan el nuevo espacio de lo público con la mirada puesta en el rating. Esa es la principal medida de su racionalidad. Y es que así lo mandan los códigos del más elemental de los negocios. La prisa y la competencia les lleva a distorsionar, si es necesario, con tal de sobrevivir en el new business order. Y la perversidad se fecunda al infinito: el nuevo espacio de lo público se calca siguiendo patrones que le son ajenos; la reproducción de los mapas cognoscitivos está atrapada por las reglas del gobierno del rating. Y todo pareciera indicar que, frente a ello, queda poco por hacer.

Para eso le pagan 200,000 pesos al mes. Para reventar, al aire libre, las miserias humanas como si fueran pompas de jabón. Rocío le insiste a la madre que les acompañe al centro del Coliseo y, pasados los comerciales. la madre emerge sobrepasada. Rocío le pregunta a Elisa si tiene algo que reclamarle a su mamá. Elisa ruge: “Jamás te he importado. Todo ha sido para mis hermanos.” La madre lo niega enérgicamente. Rocío solo tiene una cosa en mente: le queda un último segmento de cinco minutos con esta gente, y ni las vísceras ni el melodrama han acabado de hacer erupción. Con una actitud más de muñeca madrileña que de torero sevillano, la conductora desespera y arremete: “Elisa, ¿andas o no con Don Señor?”. Ella finalmente asiente. Después agrega: “y estoy embarazada”. La exclamación del público no se deja esperar.

La mejor amiga de Elisa le grita diez veces mentirosa. La enferma le recrimina: “pero si te quisimos como a una hija”. Mientras tanto, la madre hunde los párpados en las palmas de sus manos. Elisa ya no puede mirarse más en ese espejo.

A diferencia de la conductora, no es por el dinero que un individuo va a mostrar sus heridas frente a tanta gente. A los invitados les pagan una miseria y se regresan a casa con la miseria a cuestas. ¿Entonces, a cambio de qué un ser humano asistiría al proceso de denigración al que se le somete durante un talk show* ¿A cambio de qué entregar a la manada la intimidad de los secretos más sórdidos? La única respuesta imaginable es: a cambio de un poco de existencia en el poderoso espacio de lo público. Si bien es cierto que lo público se detiene ahí donde comienza la piel del individuo, también es cierto que el individuo tiene todo el derecho de hacer que sus vísceras, sus articulaciones y sus músculos estallen, rebasando la piel, para entregarse, exultantes, al mundo de lo público. Y todo a cambio de quince minutos de existencia individual en un universo que cada día se revela más impersonal y cosificante. Porque, como las huellas dactilares, o la forma del iris de los ojos, nuestros dolores más íntimos y nuestras desgracias más preciadas nos devuelven ante la mirada de los otros como irremediablemente únicos. Como ineludiblemente elegidos por el destino.

Entonces, Rocío, usurpando el papel de monseñor Sandoval Iñiguez, se dirige a la madre. A la gran y sufrida madre de Elisa: “¿Es usted católica verdad?”. La madre—muy mexicana— asiente. “¿Está usted contra el aborto?”. Ella coincide mecánicamente. ¿Cómo responder de otra manera cuando se está frente a esa tan apabullante otredad electrónica? Dirigiéndose de nuevo a ese confuso objeto en el que se ha convertido Elisa, Rocío la sentencia: “vas a tener que querer y cuidar a ese niño”.

Con sus enormes ojos azules de Rosita o de Juanita, Rocío se bebe su último triunfo y anuncia, entusiasmada, la rifa del automóvil Chevy que aparece en la pantalla. Ahí termina el programa. Dando lecciones de moral, los medios también hacen ideología. Barata y burda si se quiere pero, a final de cuentas, ideología. A lo mejor sin saberlo, Rocío entró en la diatriba de Guanajuato. Impune, aplasta con su punto de vista desde la superioridad que supone, por lo pronto, conocer las más agudas debilidades de sus huéspedes. Y, además, frivoliza. Usa el ruido de la rifa y el borlote para demostrar que ni Elisa, ni su madre, ni nadie de los presentes importan demasiado. Cierra el telón de lo público para regresar a esas mujeres al irremediable reducto de lo privado,  n

Ricardo Raphael de la MadridPolitòlogo. Profesor del CIDE.

La propiedad que no se ve

ESCRITOR EN SU TINTA

LA PROPIEDAD QUE NO SE VE

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Una década ha bastado para que el Perú se convierta en el paraíso de la piratería editorial. El país tiene, además, el triste privilegio de exportar libros piratas a varios países vecinos, como Argentina, Chile, Bolivia y Ecuador. Con el sello de prestigiosas editoriales peruanas han cruzado las fronteras desde obras de Juan Pablo II hasta novelas de Gabriel García Márquez que jamás fueron contratadas por esas editoriales. Y cuando la editorial Alfaguara, de España, puso a la venta en Lima La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, con la firma ológrafa del autor y a precios de ganga, los piratas se dieron maña para sacar su propia edición en tiempo récord, más barata, y sin omitir siquiera la firma ológrafa. En más de una oportunidad, mientras espero la luz verde ante un semáforo, un vendedor ambulante de libros piratas se me acerca y me pregunta, alegre y amistosamente, ¿para cuándo su próximo libro, señor Bryce?

Jueces, fiscales, y autoridades de INDECOPI (Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Propiedad Intelectual, entidad creada en 1993 para velar por el respeto de los derechos de autor) asumen, sincera o falsamente abrumados, que más de mil trescientos procesos por delitos contra el derecho de autor no han producido una sola detención. Por su parte, los periodistas Meche García Belaude y Marco Méndez Campos escribían en el diario El Comercio, decano de la prensa peruana, que “si todas las personas dedicadas a la venta ilegal de libros decidieran reunirse, necesitarían del Estadio Nacional, pues de acuerdo con diversos cálculos más de cuarenta mil personas en todo el país están involucradas en esta ilícita actividad”. En verano, los vendedores ambulantes de libros piratas invaden las playas del litoral peruano, de norte a sur del país; en invierno, pasean como Pedro por su casa por los campus de las más prestigiosas universidades —donde abundan también los puestos de reprografía ilegal; y a lo largo de todo el año abordan a los conductores detenidos en los semáforos o exhiben su ilícita mercancía en las calles y plazas de todo el país, sin excluir tampoco las puertas de las más importantes librerías.

Un importante distribuidor de libros asegura que por cada libro legalmente vendido en el Perú, se venden seis más en edición pirata. Y el director de la editorial PEISA me cuenta que la suya es prácticamente la única editorial peruana que sigue con las puertas permanentemente abiertas, añadiendo enseguida, con dura ironía, que aquello puede ser muy bueno pero también tremendamente grave. Tan grave como el hecho de que en un país de veinticinco millones de habitantes sólo queden 40 librerías y que de éstas el 40% se encuentre en sólo dos distritos limeños.

A diferencia de las cada vez más florecientes ferias de libros de Buenos Aires, Guadalajara, Bogotá, Santiago, o Miami, la última Feria Internacional del Libro, de Lima, fue un evento tan triste y pobre como poco concurrido, en una ciudad donde los cálculos más optimistas indican que cada año por lo menos son pirateados unos tres mil títulos que van desde textos escolares hasta libros de especialidades médicas, pasando por diccionarios, obras literarias, manuales de computación y textos universitarios de diversas facultades.

Los editores piratas aprovechan el prestigio del autor, de la editorial cuyo sello reproducen, y de los gastos de publicidad que realiza el editor formal. Aprovechan también de los aranceles a la importación y de los impuestos a la impresión y comercialización de libros impuesta por el Estado desde 1990, y han pasado a convertirse, desde 1998, en el sector con mayor volumen de ventas, en desmedro del sector formal. La editorial Alfaguara dejó de facturar alrededor de un millón de dólares en 1999 por obras de autores como José Saramago y Angeles Mastretta. “Sólo nuestra distribuidora tiene treinta títulos pirateados y calculamos que dos mil ejemplares por cada título”, asegura la representante en el Perú del grupo español Santillana.

Los representantes del Estado se defienden con cuentos de hadas de las acusaciones de la Comisión de Lucha Contra la Piratería de Libros, de la Cámara Peruana del Libro. Se remontan al presidente Ramón Castilla, hace ciento cincuenta años —durante cuyo primer gobierno se promulgó la primera Ley de Derechos de Autor—, para perder el tiempo (o para ganar tiempo) y nada más. Porque nadie ha conocido jamás esas leyes, y menos aún la policía y la población en general, en un país que, cada día más, es un país con muchas leyes pero sin ley, y donde la gente se refiere a la propiedad intelectual como “aquélla que no se ve”. Como tampoco se ve un título nuevo hace mucho tiempo en la Biblioteca Nacional del Perú, que no cuenta en su presupuesto con una partida para la adquisición de especies bibliográficas. Esto significa que la red de Bibliotecas Públicas del Perú carece de los libros aparecidos en las últimas dos o tres décadas.

“Paradójicamente —escribe Germán Coronado, presidente de la Comisión de Lucha Contra la Piratería de Libros, comentando la Ley sobre el derecho de autor promulgada bajo la dirección de INDECOPI, en 1996—, ésta es divulgada por ese organismo como una de las leyes más drásticas a nivel latinoamericano en la represión de la piratería. Los tecnócratas que la redactaron se llaman a sí mismos “autoralistas”, es decir defensores a ultranza del autor, a quien consideran víctima permanente del “acecho” de los editores. Movidos por esa maniquea idea, han creado un engendro que protege, sólo en el papel, el derecho patrimonial del autor, “durante toda la vida de éste y setenta años después de su muerte”.

Y así, con una dilapidadora generosidad con lo inexistente, los funcionarios de cuello y corbata se pasean por el mundo en viajes de cinco estrellas y erario público, de congreso en congreso y reunión de estudios en reunión de intercambios, hablando de las bondades de esta ley modernísima, mientras los editores peruanos quiebran, las librerías desaparecen, el mundo cada día les es más ancho y ajeno a los autores, y los piratas reinan en el Perú.

Pero los piratas no son aquellos famélicos niños, adolescentes, adultos y hasta ancianos que se recursean vendiendo libros a los que muy bien pueden faltarles páginas o capítulos enteros, como también a ellos les faltan calorías y vitaminas y proteínas y calcio y un Estado que los represente y defienda. Los verdaderos piratas —a menudo conocidos, poderosos, mañosos, atrapados, procesados y… y… y aquí no ha pasado nada— son unos peces tan gordos, tan pero tan gordos, que su peso abruma y aplasta a las autoridades competentes, señores de vista tan pero tan gorda, a su vez, que son incapaces de distinguir y capturar hasta al gordo más gordo de todos los cuadros de gordas y gordos de Botero. ¿Cómo la ven?  n

Alfredo Bryce Echenique. Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.

Folio de Nexos

Este verano, la publicación del libro de Rudiger Safranski Nietzsche Biographie sienes Denkeus (Nietzsche biografia de su pensamiento) se ha convertido en un acontecimiento editorial en Alemania, Safranski le da otra vuelta de tuerca a la interpretación de la vida y la obra del filósofo y escritor alemán, narra la obra de Nietzsche (1844-1900) y descubre una doble  vida: por un lado la del hijo del pastor evangélico, tímido y triste, educado en el ambiente religioso de su madre y sus tías, el alumno de Schulpforta, la escuela más prestigiada de su época por el otro, uno de los mejores escritores alemanes de todos los tiempos que se sueña en el escenario de la Historia Universal, donde puede ordenar la destrucción de la vida que no merece ser vivida. ¿Como surgió esa filosofia de la crueldad y la destrucción, se pregunta Safranski, que había comenzado  a ser una filosofia de la vida? ¿Qué llevo al filósofo del más claro mediodía a la caverna sin salida de su imaginación, donde creyó ser un destino universal, pero nunca pudo regresar al mundo? Nietzsche se hundió pensando su catástrofe su modo de pensar fue su destino Nietzsche quiso  encontrar la vida con la ayuda del pensamiento, y encontró un pensamiento que destruyó la vida

A los cien años de la muerte del filosofo. Rudiger Safranski recibió este mes el Premio Nacional Friedrich Nietzsche del lado de Sacbsen Aubalt, el 22 de julio. Safranski leyó el ensayo La doble vida de Friedrich Nietzsche en el castillo de Elmau y me lo entregó) para su publicación en Nexos.

—Jose María Perez Gay

El aborto a la derecha

EL ABORTO A LA DERECHA

POR JORGE JAVIER ROMERO

Detrás de la discusión en torno a la legalidad o ilegalidad del aborto está la necesidad de confiar  en un orden jurídico laico, neutral y ajeno a la moral como toma de postura individual. Cuando se trata de eso, de la moral, el Estado debe mantenerse al margen, sin caer en la tentación de empuñar el rifle sanitario.

El  tema del aborto, que se había convertido en un asunto marginal de la discusión nacional durante años, ha recuperado peso en los últimos meses. Durante la campaña electoral, Democracia Social, desde la izquierda, insistió en que era necesario avanzar en una nueva regulación que despenalizara la interrupción voluntaria del embarazo, tanto por razones de salud como por consideraciones relativas al derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Entonces hubo quienes dijeron que el país no estaba preparado para esa discusión, que el asunto quitaría votos, que los temas centrales eran otros.

Después, la decisión de la mayoría panista del Congreso de Guanajuato de reformar la ley para penalizar el abono aun en casos de violación puso de nuevo el asunto en el centro de la atención. La discusión que se ha abierto ha demostrado que buena parte de la sociedad mexicana no sólo estaba preparada para esa discusión, sino que era necesaria, ya que la naciente democracia está llevando a que se desvelen todas las cuestiones que el autoritarismo priista guardó en el sótano: no se despenalizaba el abono, pero tampoco se castigaba a nadie por practicarlo. Como en todo, los que han pagado los platos rotos son aquellos grupos sociales con menores recursos para evadir cómodamente la ley.

No quiero repetir argumentos a favor de la despenalización del aborto, ni volver a la discusión que ya se ha dado en la prensa sobre el tema. Quiero, en cambio, abordar una serie de cuestiones colaterales sobre las que es importante llamar la atención.

La primera es que en torno a asuntos como el del aborto se dan —hoy, en los tiempos de la pretendida muerte de las ideologías— las diferencias entre izquierdas y derechas. Mientras que las derechas suelen ser bastante propensas a tratar de convertir sus particulares creencias morales y religiosas en normas generales, las izquierdas modernas defienden de mejor manera los principios liberales que permiten la convivencia de distintas formas de entender la vida, la moral o la sexualidad que de hecho existen en las sociedades urbanas, alejadas de la unicidad moral del orden rural o de las sociedades tradicionales. En pocas palabras, las derechas tienden a creer que saben cómo deben vivir los demás y les gustaría imponer esa visión, aunque no siempre puedan hacerlo, gracias a las resistencias de la propia sociedad heterogénea.

No es casual que los diputados de Guanajuato hayan hecho la reforma en estos tiempos: es el momento de hacer demostraciones de fuerza, pues su candidato ha ganado. Lo mismo han pensado personeros de la Iglesia católica que se han dedicado a hacer declaraciones que encierran la contradicción de que, a un tiempo, defienden la vida y están a favor de la pena de muerte; también ven así las cosas los grupos ultraconservadores que destruyen cuadros y toda expresión que atenta contra sus púdicas conciencias. Ellos votaron por Fox para que ya en el poder defendiera sus valores.

No nada más para sacar al PRI de Los Pinos, como, con bastante ingenuidad. lo hicieron los oposicionistas de izquierda, incapaces de medir el auténtico significado del triunfo de la derecha, aun en condiciones de moderación democrática.

Así. y tal vez para sorpresa de todos aquellos que piensan que con el triunfo de Fox la construcción democrática está completa, aparece en toda su complejidad el tan llevado y traído tema de la laicidad del Estado. Por lo común, en México sólo se habla de Estado laico cuando se trata de la educación; sin embargo, precisamente en una cuestión como la del aborto es donde se hace más que necesario el desarrollo de un orden jurídico laico, neutral en cuanto se trate a posiciones religiosas o morales. Detrás de la discusión en torno a la legalidad del aborto está, sobre todo, el enfrentamiento de concepciones distintas sobre el momento en que empieza la vida humana. Aquellos que defienden el derecho a la vida desde el momento de la concepción están defendiendo una idea de origen religioso que no es compartida por quienes entienden la vida humana no como surgida del alma insuflada por dios, sino como un producto de la actividad cerebral. Frente a esta controversia, irresoluble de cualquier otra manera, el Estado debe legislar de tal manera que no tome partido por ninguno de los dos puntos de vista. Si la ley permite el aborto durante las primeras doce semanas del embarazo, lo que hace es permitir la libertad de elección; los derechos de aquellos que se oponen al aborto quedan a salvo desde el momento que nadie obliga a ninguna mujer a abortar y la iglesia o los grupos pro vida pueden tratar de influir en la decisión a través de la convicción de aquellos sobre los que tengan influencia. Cuando se trata de una despenalización basada en una serie de causales, entonces también la decisión queda en la madre; incluso una mujer violada puede decidir si tiene al hijo producto de la agresión, si así lo considera de acuerdo a sus convicciones. Lo que no puede hacer un Estado moderno es obligar a que una mujer ultrajada tenga que conservar el producto de un delito. Esa sí es una agresión contra la vida humana.

Pero al final de cuentas, lo más grave, lo que en última instancia ataca más profundamente la convivencia de los mexicanos, es el hecho de que quizá la reforma en Guanajuato se mantenga vigente, pero nadie meta a la cárcel a las mujeres que aborten, porque en México el Estado de derecho sigue siendo una entelequia: se puede usar una modificación legal sólo para medir la relación de fuerzas políticas, no para que tenga valor jurídico. Fox nos habló toda la campaña de Estado de derecho. ¿Está dispuesto a meter a la cárcel a casi un millón de mujeres que abortan cada año? Evidentemente no, así que en este asunto, como en muchos otros, la ambigüedad seguirá siendo fuente de incertidumbres e injusticias,             n

Jorge Javier Romero. Politòlogo. Profesor de la UAM-Xochimilco.

Entre lo inverosímil y catedral

apostamos

Era hermana de mi abuela, tía de mi madre y una feria para mí. Hace unos días la recordé sin saber cómo, en mitad de la tarde, a propósito de las películas tristes. Era la hermana menor de mi abuela materna. Se llamaba Elena, tenía los ojos inquietos y pequeños, verdes o azules según la intensidad de sus mañanas. No sabía estarse quieta. Andaba siempre moviendo de un lado para otro su cuerpo bajito, de grandes pechos blancos y ninguna cintura. Sonreía como una diosa complaciente y lloraba con la misma naturalidad con que otros respiran. Su piel era tan blanca que cualquiera habría podido creerla una escandinava nacida en México, para ventura de su índole friolenta. Por lo mismo las partes de su piel alcanzadas sin más por nuestro sol, eran de un rojo ardiente como la voz con que ella podía hablar del amor o sus pesares. Siempre supe que ella no le tenía miedo a la vida y tal vez por eso me alegraba caminar a su lado cuando era posible. Ninguna maravilla mejor encontrada que su persona yendo a toda prisa por el centro de la ciudad. Yo salía a las compras con mi madre esperando al azar descubrir su pequeña estampa al torcer una esquina. Nos besaba rápido para no interrumpir la conversación que había iniciado apenas al vernos. Hablaba a una velocidad imposible sin encimar las palabras ni confundirse, acudiendo cada tres frases al Sagrado Corazón de Jesús y los milagros que esperaba de su radiante y divina prodigalidad. Ni sus penurias económicas, ni el lejano destino laboral de su esposo, podrían resolverse sino viniendo de él. Le había encomendado nada menos que la solución de sus problemas. Pero, tampoco era tanto, bastaba con que por fin saliera premiado en la lotería, el número que ella compraba todas las semanas, con los únicos pesos que podía ahorrar.

—¿Quieres venir al cine y a dormir en mi casa? —era la pregunta que yo esperaba entre las muchas que hacía y las tantas respuestas que por sí misma les encontraba—. Claro que quieres, ¿verdad? Están dando una película buenísima. Se llora desde el principio hasta el final.

Y claro que yo quería. Seguirla era ir tras la promesa de una feria íntima, en la que mis once años eran tomados en cuenta como si fueran veintinueve, y mi talento para escuchar historias desafiado como si en novelista debiera convertirme al día siguiente. En su casa yo no era una entre cinco hijos, o entre veinte primos o entre doscientas condiscípulas. Yo era la otra de una pareja capaz de encaramarse a las nubes de cuanto imposible cruzaba por su rubia cabeza. Yo era la importante mitad de los mil sueños que ella tejía mientras preparaba la merienda o se iba poniendo el delgado camisón de encaje que la hacía pasar de ser una mujer vestida sin ningunas pretensiones, a ser la reina incandescente de su recámara. Medio cuerpo de fuera, toda el alma enardecida como la de una adolescente.

En la familia era tan querida como indescifrable, justo por la calidad intensa y compleja de sus emociones. Nadie a su alrededor parecía capaz de permitirse una gama tan ardua de sentimientos desconocidos. Nadie sino ella. Por eso la quise yo como quien quiere lo inaudito y la quisieron todos como quien cree en lo increíble.

En cuanto yo escuchaba su invitación, abandonaba la vera de mi madre y me ponía a su lado dispuesta a irme de viaje a la Tres Poniente, a una casa de apartamentos cuya puerta de hierro negro entreverada de cristales cruzábamos sin aliento tras haber ido de la iglesia a la panadería, pasando por un cine en el que siempre dábamos con una película “de llorar”. Junto a ella vi más de cinco veces An affair to remember, Ben Hur y Violetas imperiales. Todas las de Sarita Montiel y la serie de tres sobre Elizabeth de Baviera, “Sissi” para nosotros y Romy Schneider para los entendidos. Cualquier película en que pudiese llorar desde casi el principio hasta después del final. Cualquiera sobre grandes amores imposibles o certeras jugadas del destino inclemente. Cualquiera que le diese pretexto para soltar su llanto por la temprana muerte de sus padres, la pérdida de su casa en la colonia Roma, la despiadada juventud que no la condujo al matrimonio sino hasta los cuarenta años, la variable y aún intensa calidad de sus deseos, la nostalgia infinita por su marido que vivía en el norte y hasta la dicha diaria de haber crecido bien a su hijo Alejandro, un hermoso y delgado muchacho de ojos grandes que estudiaba el segundo año de contaduría.

Era siempre una emoción nueva hacer con ella el recorrido al cine. Una vez a su lado, me despedía de mi madre y de la realidad y la emprendíamos por las calles del centro como por el patio de su casa. Usaba unos zapatos con agujerito en la punta y plataforma corrida que habían estado de moda tres años antes de que yo naciera, pero que hacían un perfecto juego con sus vestidos a media pierna y sus faldas amplias. Ir de su mano por la ciudad antigua era como meterse a una zarzuela, como viajar al pasado sin haberse movido de 1960 y las mismas diez calles alrededor de Catedral. Quién sabe cómo se las arreglaría para ser amiga de todos los tenderos, para coincidir con varias comadres y detenerse a comprar golosinas y pan dulce en unas cantidades seguramente emparentadas con mi actual vocación por el derroche, siempre que de comprar comida se trata.

Dinero tenía poco en su pequeña faltriquera negra, pero lo iba dejando todo en el camino. Cuando volvíamos a su casa con la leche y la bolsa de pan, el envoltorio con almendras y chocolate, los cigarros, una revista de cuentos y el billete de vigésimo para la lotería de esa noche, nadie hubiera podido sentirse más rico que nosotros.

En cuanto entrábamos a su casa por la puerta de la cocina, ponía a cocer unas salchichas con las que preparaba los más deliciosos hot dogs que niño alguno haya probado. A mí me fascinaban desde la época en que ella había tenido una pequeña tienda llamada “El caracolito”, donde vendía comida y billetes de lotería, que yo nunca supe por qué ni cómo dejó de tener. Tras la merienda, que recuerdo como una celebración religiosa porque para ella guisar y comer eran como decir una plegaria, iba con sus pasos cortos y rápidos hasta la imagen del Sagrado Corazón que tenía en el corredor. Bajaba una veladora ya lánguida de la repisa sobre la que imperaba la figura del único Dios en que creían sus ojos, y la cambiaba por una nueva que encendía con los mismos cerillos con que más tarde iba encendiendo los cigarros que fumaba antes de irnos a la cama. Decía La Magnífica con una fe cuyo sonido aún me estremece y se ponía en manos de la Divina Providencia como quien se entrega a una pasión sin límites.

Luego nos metíamos en su cama y yo quedaba junto a ella, contagiada por su falta de orden y su gozo infantil, como dentro de una fiesta. La suya había sido una larguísima y ardua jornada. Trabajaba como mecanógrafa en el noveno piso de una oficina de gobierno que no tenía elevadores. Y dada su perenne inquietud, su urgencia de conversación, aire libre y cigarros, no sólo copiaba cuartillas con una rapidez de vértigo sino que descendía y remontaba varias veces, durante las ocho horas de trabajo, los nueve pisos de aquellas oficinas.

—Estoy muerta —decía encendiendo el último cigarro de la noche, recargada la espalda en la cabecera.

—¿Cómo llegaron tus abuelos a Campeche? O ¿cuál era tu lugar preferido en los alrededores de Teziutlán? O ¿por qué vendiste el entero de la lotería? —le preguntaba yo para desatar con algo cualquier recuerdo suyo. Porque cualquiera venía ensartado con otros y cualquie-

ra tenía una colección de anécdotas en torno a las cuales desvelarse. Entonces ella se iba por el mar Caribe en el barco que trajo a los Lanz a México, o me llevaba hasta la cumbre de un cerrito nublado, en la sierra de Puebla, que a ella le gustaba escalar mientras comía pepitas de calabaza recién doradas en el horno de su madre. Con frecuencia se echaba a llorar, como una liebre corre, tras la memoria del ingrato atardecer en que habiéndose ganado en una rifa de lotería el entero más caro de la historia, no fue capaz de venderlo confiada en que la mano de la Divina Providencia estaba dándole desde ya el premio mayor.

apostamos

—Nadie sabe nunca lo que pretende la Divina Providencia —decía—. Me dio el verbo, pero no el sustantivo. Confiando en su mano, guardé el billete completo a pesar de que tus tíos me pedían que lo vendiera y me quedara con los mil pesos de su precio. Pero creyendo yo que el Sagrado Corazón me había mandado el entero para mandarme luego el premio, lo guardé. Lo guardé para ganarme los millones con los que hubiéramos ido de viaje a Europa, y hubiéramos comprado la casita en la avenida de la Paz, y le hubiera yo puesto un negocito a tu tío Rafael para que pudiera venirse a vivir a Puebla y a dormir aquí en su cama junto a la pobre de tu tía Nena que esto te cuenta para contentarse y que, por andar imaginándose que eran más amplios los designios de la Providencia, se quedó un mes enferma del hígado. Porque un mes estuve grave, pero grave, mijita. Del coraje y de la pena que no se van sino con tiempo. Con tiempo y lágrimas —decía llorando luego sin alarde y sin ruido como quien sonríe—. ¿Quién entiende a la Divina Providencia? Nadie. Nadie.

Yo la acompañaba en su relato acariciando la mano en que ella no tenía cigarro. No era piedad, ni lástima, ni pesadumbre lo que daban sus lágrimas. Era una sensación de entereza, de invulnerable lucidez, de sabiduría sin alardes, la que ella toda contagiaba al ir viviendo así, tan a la intemperie y tan a buen resguardo. Luego de oírla me quedaba dormida en su regazo tibio y amplio, dueña de una paz que sólo podía venir de tan buen cobijo. Abría los ojos hasta la mañana siguiente cuando ella estiraba la mano para prender su lámpara y me anunciaba que desde hacía un buen rato la luz se había filtrado entre los oscuros de madera. Iba a ser hora de levantarse. A tientas buscaba el botón que encendía su lámpara y la cajetilla con cigarros. Cogía uno y se incorporaba a encenderlo, mientras el camisón se le torcía dejando buena parte de sus pechos al aire como una provocación.

—¿Quién entiende a la Divina Providencia? —preguntaba—. ¿Habrá quién la entienda?

Después le daba cinco largas fumadas a su cigarro y saltaba de la cama con sus sesenta años anhelantes como debieron serlo sus diecinueve, esgrimiendo en su persona las dos mitades de humanidad en que según un personaje de Oscar Wilde se divide el mundo: “los que creen lo increíble y los que hacen lo inverosímil”.

—¿Un chocolate con panqué? —decía caminando descalza hacia la cocina.

Yo me quedaba otro momento en la cama y la oía detenerse en el corredor frente a la imagen, revisar la veladora y decir:

—Buenos días, Sagrado Corazón. ¿Hoy me vas a hacer el milagro? ¿O piensas seguir sin hacerme ningún caso? Como tú quieras. Siempre es como tú quieres. ¿Qué remedio? Yo por eso me voy a trabajar ahorita mismo, porque con algo hay que pagar el llanto. El cine cuesta, Sagrado Corazón. Aunque tú no lo creas, el cine cuesta. Llorar bien cuesta. Todo cuesta, Sagrado Corazón. Me lo quieras creer o no. Todo cuesta. Hasta rezar el Credo cuesta, Sagrado Corazón. Buenos días. n

(Núm. 273, septiembre de 2000)

Pensar sobre los pies

PARABÓLICA

PENSAR SOBRE LOS PIES

POR CARLOS CASTILLO PERAZA

Francia suele celebrar con sesudos ensayos casi todo lo que sucede, tanto en política como en arte o en deporte. Parece que el buenazo de Montaigne los dejó marcados. En sus programas escolares, las autoridades del “Hexágono” siempre incluyeron aquello que en México se llamó “composición”, es decir, el arte de disertar correctamente, pluma en mano, acerca de algún tema, destreza que tanto ayuda a los franceses a la hora de discutir cualquier cosa. No sólo dominan los galos un razonar estricto que bien podría calificarse de cartesiano, sino que lo envuelven con un bello escribir que hace grata la lectura. Cuánto mejoraría la política mexicana si se volviera a poner eso de la “composición” como asignatura obligada desde la primaria. A ver si ahora…

El buen éxito de los franceses en los campos de futbol no ha sido excepción a la regla mencionada arriba. La obtención de la Eurocopa 2000, después de la palma mundial de las patadas en 1998, generó reflexiones sin cuenta acerca de cuanto tema fuese incluso nada más que tangente al deporte de marras. “Francia —escribió por ejemplo Jacques Julliard en Le Nouvel Observateur— nunca es tan buena como cuando pone los recursos de su genio individual al servicio de una causa colectiva”. Y luego evoca las raíces anarquistas de esta bondad: “En el fondo, es la lección de su proudhonismo nativo”. Julliard recuerda que Pierre-Joseph Proudhon, su paisano sistemáticamente injuriado por Marx —para él inventó el alemán el adjetivo descalificativo “pequeñoburgués”— fue el inventor del mutualismo y el federalismo, del socialismo pluralista.

No podía faltar a la cita del pensamiento sobre los pies el polifacético y prolífico Jacques Attali. Su texto apareció en el semanario L Express. El escritor concluyó, después de ver el desempeño de les bleus sobre los prados y bajo las porterías, aplaudido in situ por el presidente Chirac y el primer ministro Jospin, que en la actualidad “el Estado ya no es un espectáculo, sino tan sólo un espectador”. Hubo un tiempo, señala, en que las multitudes acudían a los estadios a aclamar los discursos de los políticos, pero ahora son los políticos quienes han de ir a las tribunas a presenciar y vitorear el triunfo de los deportistas.

Attali frota la herida: “El político no es más que un espectador, entre otros muchos, de una historia hecha por otros; sólo puede hacer hablar de él asistiendo a los triunfos de los jugadores”. Y extrapola: “Nada puede hacer el político por la disminución del desempleo. Sólo aplaudir. Ni por el crecimiento: sólo felicitar a los franceses. Ni por los grandes cambios tecnológicos, de las costumbres, de los modos de vida, de los gustos o de las aspiraciones: no puede precederlos, ni ayudarlos, ni siquiera frenarlos”. Claro, pontifica que las cosas seguirán así en tanto los políticos “no aprendan la lección de los deportistas” que, a su juicio, es sólo una: “No hay que renunciar jamás a los propios sueños”.

El ensayista, como se nota, no quiere a los políticos, ni siquiera porque él fue uno de los más importantes asesores y consejeros de François Mitterrand. Asegura que, para los triunfadores en las canchas, los hombres del poder no son sino objeto de una gran indiferencia, dado que nada les deben de sus laureles. Los dueños de los tronos y de las curules parecen, a juicio de Attali, conformarse con edificar su popularidad sobre el virtuosismo de algunos muchachos de barrio, en lugar de hacerlo sobre ideas y programas”.

A la misma palestra de lo que podríamos llamar “filosofía del once victorioso”, saltó también Laurent Joffrin, colaborador de Le Nouvel Observateur. Este gurú del socialismo actualizado no dejó red sin balón, pero con mayor perspicacia y menor ingenuidad antiestatal que su colega. Su interpretación del triunfo del futbol francés parece más sensata y realista. Oigámoslo:

El refrendo de la calidad mundial gala en las canchas europeas se debe, afirma, a “la organización de una extensa red de centros de capacitación que permite detectar y adiestrar desde muy temprano a los más dotados”. Es gracias a ese trabajo que tal “colección de individualidades fuera de lo común” ha conseguido tantas porras y medallas. Sin embargo, Joffrin reconoce que semejante labor es fruto de “una institución colectiva puesta en marcha por el Estado y los ayuntamientos, en cooperación con los clubs privados”. Y concluye que, de esta manera, el peso y el estorbo habituales de lo estatal y de las subvenciones pudieron convertirse en los ases bajo la manga de la capacidad de competir y de ganar.

Joffrin recuerda además que, en Francia, la calidad de la escuela pública sigue siendo, a pesar de sus males, tan alta, que las empresas industriales prefieren instalarse en las cercanías de esos planteles porque saben que de aquí saldrán los mejores trabajadores, empleados, cuadros y ejecutivos, y muestra cómo la investigación médica —que es semipública— sigue internacionalmente a la cabeza. Es así, por el concurso Estado-sociedad, asegura, que “un equipo ha cambiado a una nación” en los céspedes de las patadas. Es gracias a tal cooperación que “el país de los brillantes segundones, de los derrotados llenos de gloria, se ha convertido en el de los ganadores metódicos y la confianza conquistadora. En la mundialización. como en el futbol, Francia ya no sufre por el juego”.

Se trata, agrega, de una transformación moral, lo que significa un cambio cultural y político. El equipo azul —les bleus, como les llaman— logró según el ensayista “dinamitar la dialéctica sumaria” entre identidad y apertura, hecha de cerrazón y disolución. Nada hay más francés que “este equipo que canta la Marsellesa, sumerge sus raíces en el corazón de las provincias y arrastra al alma de todo un país”, constituido por un “grupo multicolor cuyos miembros, mayoritariamente, viven fuera de Francia”, para el cual “la mundialización es como una segunda naturaleza” y el patriotismo una realidad cosmopolita. “Se puede —concluye— ser a la vez de casa y de otras partes”.

La verdad, me quedo con este pensar sobre los pies de Laurent Joffrin. Especialmente ahora que, dado el gran paso político del 2 de julio, es preciso pensar cómo empujar, gracias al cambio que ya se dio, las transformaciones que aún faltan. Esas que son del orden de la cultura y que, por la acción combinada y eficiente de Estado y sociedad, modifican para bien a toda una nación sea en las aulas, que en las curules, los laboratorios, las fábricas y los estadios.

No está mal que el futbol francés nos haga pensar en la sociedad, el Estado y… hasta el futbol mexicanos.                n

Carlos Castillo Peraza Periodista. Es autor de Disiento.

La Reina Madre cumple 100 años

CARTA DESDE LONDRES

LA REINA MADRE CUMPLE CIEN AÑOS

POR SOLEDAD LOAEZA

Como la ilustra esta carta desde Londres, las instituciones inglesas no sufren mella: ni la reina madre, ni el voyeurismo, ni la grilla en el gobierno. Todo se mantiene de cuerpo entero, menos el futuro del Partido Laborista.

La bisabuela real, Queen Mum, celebró su centenario el 4 de agosto. La nota del desigual verano inglés fueron las distintas celebraciones del acontecimiento: desfiles, conciertos, programas especiales de televisión y largos artículos en la prensa de opinión. Londres se vio inundado por platos, tazas y pisapapeles con la efigie del residente más popular de Buckingham. Los festejos despertaron el interés de súbditos que en general son bastante indiferentes a la realeza, o que la ven apenas como un bien de consumo para turistas, pero que en esta ocasión dieron rienda suelta a su curiosidad y a una imaginación siempre ávida de cuentos de hadas. La aparente indiferencia engañó incluso a la BBC que se negó a transmitir el principal desfile conmemorativo, con el argumento de que era muy caro. El canal comercial que tuvo mejor olfato contrató la transmisión y capturó más de seis millones de televidentes, una de las audiencias más amplias de la historia de la televisión británica.

Muchos creen que el lugar especial que los ingleses reservan en el corazón a la Queen Mum tiene que ver con un carácter compasivo y generoso, que se dio a conocer durante la Segunda Guerra mundial, cuando con su marido, el muy tartamudo rey Jorge VI, optó por permanecer en Londres durante el blitz, y compartir el horror con toda la población. La mayor parte de los artículos publicados subrayaban esta decisión para hablar de esta reina ejemplar, que se había dedicado a su familia y al servicio de sus súbditos. Pero como nunca faltan los aguafiestas, para equilibrar las alabanzas otros nos informaron de algunos de los rasgos de carácter menos apreciables de la venerable anciana. Así nos enteramos de que no se casó por amor, que fue la más feroz enemiga de Wallis Simpson, la divorciada norteamericana que fue la causa de que Eduardo VIII abdicara, aunque gracias a ella su marido accedió al trono; que su capacidad para la intriga no se agotó en este amargo episodio de la monarquía británica, sino que Diana de Gales también fue víctima de su envidia. Ahora sabemos que detestaba a Churchill, que era partidaria de la política de apaciguamiento hacia Hitler y que brinda por Maggie Thatcher cada vez que tiene oportunidad. A pesar de todas sus maldades, probablemente desconocidas para muchos, los británicos miran enternecidos a la centenaria. Además, según la irreverente revista Private Eye, tiene una debilidad por la ginebra que, de ser cierta, sería otra de las cualidades que la acercan a su pueblo.

No hay ser humano unidimensional, así que es muy probable que la Queen Mum sea todo eso: serena y trabajadora, consciente de la responsabilidad del privilegio; pero también frivola, maledicente y arrogante, posiblemente hasta una mala persona. Si así lo fuera, entonces la vida le pagó con una fina ironía, porque si fue ella la que condenó a los duques de Windsor —Wallis y ex Eduardo VIII— a vivir lejos de la corte, en el démi-monde de la Costa Azul, medio siglo después Diana de Gales trajo a la corte el dé mi- monde de finales del siglo XX: cantantes, estrellas del cine y la televisión, modelos bien pagadas y campeones del deporte entre los que reinó soberana, con el lamentable resultado del Puente de Iena en París, en el verano de 1997.

Con todas sus flaquezas y esqueletos en el armario, la familia real es parte de la herencia británica. Así que la van a preservar, como sus coches mantienen el volante a la derecha y como quieren mantener a la libra esterlina y hasta restablecer el sistema imperial de medición, abandonar el sistema métrico decimal al que nunca se han acostumbrado, y volver a las libras y las onzas. No hay un solo síntoma de republicanismo que ponga en peligro las testas coronadas. Se habla mucho de la necesidad de modernizar la monarquía, pero al mismo tiempo se percibe el terror de que un golpe de sacudidor, por leve que sea, desmorone todo el edificio, como ocurre con los periódicos viejos que se desintegran en las manos sólo con tocarlos. Mo Mowlam, la ministro más popular del gabinete Blair, tuvo la ocurrencia de sugerir que para empezar a modernizarse la familia real debía mudarse de Buckingham a una buena casa, quizá menos grandiosa, pero más confortable, con buenos baños, plomería de cobre y contactos de internet. La broma fue tomada como ofensa y Mo fue obligada a pedir disculpas públicas. El príncipe de Gales busca desesperadamente una fórmula para presentarse como un monarca del siglo XXI, pero como existe la probabilidad de que su mamá también llegue a los 100 años —ya se sabe que la longevidad es genética—, los ojos que buscan renovación miran en dirección de su hijo, William.

Una sociedad de voyeurs

Aparte de sonreír, saludar y modelar sombreros extravagantes, y alimentar las fantasías de sus súbditos, los 14 miembros de la familia real también satisfacen el voyeurismo de los británicos, pero sólo en parte. El verano ha demostrado que es insaciable el hambre por asomarse a la vida privada del prójimo, aunque éste sea humilde y ayuno de virtudes o buenos modales. Así lo constata el enorme éxito de un concurso, titulado Big Brother, organizado por el Canal 4 de televisión, una versión isleña de una idea que se desarrolló originalmente en la CBS en Estados Unidos. De una amplia muestra de voluntarios —más de cuatro mil— se elige un grupo de diez personas —cinco hombres y cinco mujeres entre 25 y 35 años— para que vivan juntos nueve semanas en un espacio cerrado, bajo la continua observación de las cámaras de televisión que los siguen en cada uno de sus movimientos, repito, en cada uno de sus movimientos. Cada semana el grupo vota la expulsión del (de la) que se haya portado peor. La decisión es avalada por encuestas entre el público que juzga y comenta, también en televisión, a cada uno de los participantes. La importancia del respetable es tanta que su voto puede incluso imponerse al del grupo, como ocurrió con la primera expulsada. El ganador del concurso será el que logre permanecer hasta el final y recibirá una recompensa de 70,000 libras.

Después de las primeras tres semanas el experimento había demostrado algo que sabemos, pero que con frecuencia olvidamos: que la civilización es apenas una delgada capita que se esfuma bajo la acción de un disolvente tan poderoso como la convivencia, en este caso aderezada con exhibicionismo y la búsqueda desesperada de la fama pública, aunque sea la mala fama. También queda claro que el hombre de las cavernas no está tan lejos. El título del programa, Big Brother, evoca la pesadilla que describe George Orwell en su novela futurista 1984, en la que desaparece la vida privada, porque todos los habitantes del mundo totalitario que reconstruye están sujetos a la permanente y continua vigilancia del Gran Hermano. En el mundo al revés que ha creado la televisión la pérdida de la privacía no es una desgracia, sino materia de entretenimiento, pero todavía más sorprendente: es materia de autoglorificación. En el pasado se pensaba que había necesidades, actos y gestos individuales que eran un asunto estrictamente personal, porque no eran motivo de enorgullecimiento. No obstante, sin ningún tipo de incomodidad una proporción elevada de británicos se apoltrona todas las noches delante de la televisión para observar durante una hora cómo se comporta el grupo de Big Brother. Los televidentes observan fascinados su comportamiento, las relaciones que establecen, los roles que adoptan, las jerarquías que se generan de manera espontánea, la especialización de cada uno de ellos en algún tipo de función, material o psicológica. Así aparece el (la) cocinero(a), el (la) seductora), el (la) exhibicionista, el (la) depresivo(a), como si se tratara de figuras de la lotería. Pero los televidentes también pueden ver cómo los miembros del grupo se escarban las narices, se ajustan los intestinos, se limpian los dientes, discuten, se gritan, se insultan y se soban en una habitación desordenada. No puede imaginarse un espectáculo más lamentable y degradante, para quienes lo actúan y para quienes lo miran. Cualquiera diría que se trata de la última campaña presidencial en México.

Es probable que la observación sea un terreno rico de estudio para biólogos y psicólogos; sin embargo, los productores, tanto como los protagonistas, buscaban una audiencia masiva y la han obtenido. Además, todo sugiere que los televidentes están pegados a la pantalla por las peores razones, como se desprende de sus respuestas a las encuestas que se hacen regularmente a propósito de lo que ocurre en Big Brother. El exhibicionismo de los americanos no es una sorpresa, lo es mucho más en el caso de los británicos, cuyo estereotipo estaba dominado por imágenes de reserva y pudor. Pero ahora esto también se viene abajo.

¿Grillos en 10 Downing?

Los bonos de Tony Blair siguen a la baja. Durante el mes de julio se filtraron a la prensa varios memoranda confidenciales que han acrecentado la irritación pública hacia los spin doctors, esta figura relativamente reciente en la política británica, que en la lingua de la política mexicana correspondería al “grillo”, porque los documentos ponen al descubierto la desesperación por mantener la popularidad del gobierno casi a cualquier precio. Spin doctors son individuos para los que la política es apariencia, manipulación y relaciones públicas. Para estos doctores la realidad importa menos que su capacidad para adornarla y seducir a su interlocutor —o a los electores—, normalmente mediante el halago, acariciando su vanidad. Spin es una política de “mucho ruido y pocas nueces”, que se formula a golpe de encuestas y grupos de enfoque. Se le atribuye al primer ministro una pronunciada inclinación por este tipo de personajes, cuando no se le acusa de ser él mismo el spinmaster, es decir, si nuestra traducción es aceptable, el “maestro de la grilla”. Muchos piensan que la  influencia de los grillos sobre Blair es excesiva, en detrimento del Partido Laborista y de los funcionarios de carrera, el civil service que mira con impotencia la reducción de su reino. Conscientes, entre otras cosas, de que no se puede engañar a todos todo el tiempo, miden todos los días cómo se acerca de manera inexorable la próxima elección general,                             n

Soledad Loaeza. Politóloga. Su más reciente libro es El Partido Acción Nacional: La larga marcha: 1939-1994.

El nuevo Presidente

CALEIDOSCOPIO

EL NUEVO PRESIDENTE

POR JOSÉ WOLDENBERG

El nuevo presidente será:

•  Titular del Poder Ejecutivo,

•  acotado por el Legislativo,

•  limitado por los gobernadores,

•  vigilado por el poder judicial,

•  Jefe de las fuerzas armadas,

•   Tal, a partir del primero de diciembre,

•  Beneficiario de una resplandeciente legitimidad,

•   Depositario de esperanzas y reclamos,

•  figura mítica,

•  Icono recurrente,

•  Signo de los nuevos tiempos,

•  Generador de nutridas y demandantes cortes,

•  Oráculo,

•  Bolsa de trabajo,

•  Sol de nuestro sistema político,

•  Insumo para los caricaturistas,

•  convidado de todas las columnas,

•  Expresión de la transición.

•  ¿Cabeza de un gobierno plural?,

•  ¿Centro unificador de la oposición?,

•  Reformador, a querer o no,

•  Pastor de su rebaño, y quizá de otros,

• Hombre,

•  con botas,

•  lámpara incandescente,

•  cruzado por temas de consenso y otros polarizadores,

•  referencia obligada,

•  recipiente de apologías sin fin y de envidias sin techo,

•  ajonjolí de todos los moles,

•  modelo o modelo para armar,

•  famoso,

•  animoso,

•  dicharachero,

• ¿escrupuloso?,

•  parte y no el todo,

•  navegante,

•  autorreprimido, por necesidad,

•  elocuente por virtud,

•  eje de las discusiones partidistas,

•  desembocadura obligada de las grandes corporaciones,

•  foco para la adulación y la diatriba,

•  por 72 meses.

•  el primero que encarna la alternancia electoral,

• Continuidad y ruptura, para desgracia de los que desearían sólo lo uno o lo otro.

•  ¿Memorioso o amnésico?, o una combinación singular,

•  Estandarte del cambio pacífico,

•  prueba de y para la democracia,

•  hiperdemandado,

•  El que eligió la gente,

•  El que postuló la coalición Alianza por el Cambio,

•  El que obtuvo casi 16 millones de votos,

•  Vicente Fox Quezada.          n

José Woldenberg Consejero Presidente del IFE. Acaba de aparecer su libro La mecánica del cambio político en México.

La construcción de un Presidente

LA CONSTRUCCIÓN DE UN PRESIDENTE

POR RAÚL TREJO DELARBRE

Sus  propios asesores, reconocen que Vicente Fox perdió ocho puntos en las encuestas después del patético espectáculo que ofreció el martes 23 de mayo en la casa de campaña de Cuauhtémoc Cárdenas. Quería que el debate de los tres principales candidatos presidenciales fuera ese mismo día. “Hoy, hoy”, repetía con terquedad autoflagelante. “Hoy, hoy”, se empecinaba delante de la flexibilidad que mostraban los candidatos del PRD y el PRI.

Aquella exhibición quizás hubiese resultado fatal para el candidato de la Alianza por el Cambio si sus asesores no la hubiesen transformado, con gran destreza, en demostración de tenacidad. Después de aquella sesión del 23 de mayo, en el equipo de Fox campeaba el pesimismo. El episodio, televisado a todo el país, había sido tan desafortunado para el candidato panista que al día siguiente, sin faltar uno solo, todos los diarios de información general en la Ciudad de México destacaron su tropiezo. Lo mismo ocurrió en los medios electrónicos. El debate de los tres candidatos principales sería al viernes siguiente.

Entonces, según relató seis semanas más tarde el consultor político Rob Allyn, que llevaba más de dos años asesorando al candidato panista de manera muy discreta, “recordó una conversación con la madre de Fox en la cual ella apuntaba lo testarudo de su hijo desde la niñez, cuando nunca quería quitarse sus botas, aun para ocasiones formales… Allyn salió con una idea y se la mostró a Fox, quien inmediatamente la aprobó. La noche siguiente, Fox abrió el debate no disculpándose, por su comportamiento, sino declarando que ‘alguna gente pensó que era un poco terco… mi madre siempre dijo que soy terco… pero ustedes necesitan un líder de carácter firme para vencer 70 años del PRI’ “. 1

La propaganda política se dedica a magnificar la imagen, no las ideas de los candidatos. Si esa imagen se sustenta en falsedades o exageraciones, eso será lo que la propaganda diga. Si se trata de hacer campaña para golpear al rival más que para difundir las virtudes del candidato propio, será propaganda negativa. En los meses recientes, en México presenciamos una contienda de descalificaciones durante la cual nos enteramos profusamente de las opiniones mutuas de los principales candidatos, pero casi nada supimos del proyecto con el que pretendían gobernar al país. Fueron campañas para demoler figuras, más que para construirlas.

La más exitosa fue la de Vicente Fox. No pretendemos sugerir que ese candidato haya ganado únicamente gracias a la mercadotecnia. Antes que nada, existía un ambiente social en buena medida proclive a la derrota del PRI: lo que hizo la campaña de Fox fue acicatear la animosidad contra el partido que hasta ahora estuvo en el gobierno y presentar al hoy presidente electo como el personaje con la decisión suficiente para lograr esa hazaña política. “Vicente es un producto que resultó exitoso y que la gente lo tiene cerca y lo apetece”, decían tres meses antes de las elecciones los responsables de promoverlo.2

Durante la primera mitad de la campaña oficial (es decir, la que comenzó en enero, cuando los candidatos fueron formalmente registrados), sus promotores difundieron la imagen del Fox dicharachero y frívolo. Se le veía trepado en patineta y montado a caballo, hablando de alacranes y sanguijuelas. A partir de abril, dejó los jeans y el sombrero por la ropa más formal y redujo sustancialmente las alusiones zoológicas que tanto había repetido antes. Se trataba de superar “la imagen del cowboy, del vaquero sin ideas que no puede gobernar un país”, dijo el mismo Fox; su publicidad propagaría el perfil “del hombre que va a ser Presidente, esa imagen es la que queremos transmitir”, anunció Martha Sahagún, su jefa de prensa.3

Paso tras paso, con exitosa precisión, la campaña de Fox forjó primero la personalidad de un candidato popular, resuelto a ganarle al PRI, y más tarde la complementó con los rasgos de sensatez que buscarían tranquilizar a los electores preocupados por la excesiva rispidez del guanajuatense. Las encuestas confirmaban que se trataba de una estrategia eficaz cuando, aquella tarde del 23 de abril, el candidato puso en riesgo casi tres años de esfuerzo para llegar a la Presidencia. La habilidad de sus publicistas consiguió hacer del defecto, virtud para Fox.

Además de ingenio, se requirieron algunos pesos. Una estimación del gasto total en campañas en los canales de televisión de la Ciudad de México presume que, entre enero y junio, el PRI gastó casi 134 millones de pesos en la publicidad de Labastida. En ese lapso, el PRD gastó más de 85 millones de pesos y el PAN algo más de 127.4 Sin embargo, el costo total de la campaña de Fox en los medios electrónicos fue de aproximadamente 300 millones de pesos, según el coordinador de Mercadotecnia de la Alianza por el Cambio.5

Las autoridades electorales establecieron un límite de 491.8 millones de pesos como gasto máximo para cada una de las campañas presidenciales. Si los datos del gasto de la alianza foxista son correctos, ese desembolso nos indica la enorme importancia que las tres principales fuerzas políticas dieron a la contratación de publicidad en radio y televisión.

No era sólo asunto de gastar, sino de cuándo y cuánto. Durante el mes de mayo, la campaña de Labastida había gastado 8.8, 12.8, 11.3 y 10.8 millones de pesos cada semana en la compra de publicidad en la televisión de la Ciudad de México, según las estimaciones de la empresa Ibope. Sin embargo, en los últimos días de ese mes y los primeros de junio, inmediatamente después del encuentro de los tres candidatos en la casa de campaña de Cárdenas y del debate que tuvieron el viernes 26 de mayo, ese gasto disminuyó a 8.3 millones de pesos.

En contraste, la campaña de Vicente Fox, que había gastado 3.9, 5.1, 6.9 y 7.2 millones de pesos entre el 1 y el 27 de mayo, invirtió 9.5 millones en esos espacios entre el 29 de mayo y el 4 de junio.

Luego, el PRI aumentó considerablemente la contratación de espacios publicitarios. Puso a Juan Gabriel a cantar la victoria que nunca ocurriría, y a Francisco Labastida a proponer “que el poder sirva a la gente”.

El slogan de Vicente Fox era más escueto: “¡Ya!”. Ganó la brevedad.           n

Raúl Trejo Delarbre. Director de Etcétera. Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

1. información de The Dallas Morning News, reproducida con el título “El equipo tejano detrás de la victoria de Fox” en Milenio diario, 10 de julio de 2000.

2. Lucero Ramírez: “Campaña con sabor a mercadotecnia”,en El Universal, 5 de abril de 2000.

3. Juan Manuel Venegas: “Cara de estadista, look que presentará el panista Fox”, en La Jornada, 11 de abril de 2000.

4. Estimaciones de la empresa Ibope. “Los dineros de la campaña televisiva”, en Reforma, 28 de junio de 2000.

5. Declaraciones de Francisco Ortiz en Séptimo Día de Canal 40, el domingo 9 de julio de 2000.

Demasiadas incógnitas

DEMASIADAS INCÓGNITAS

POR LUDOLFO PARAMIO

La victoria de Vicente Fox en las elecciones del 2 de julio traerá consigo una redefinición del escenario político en México. El cambio incluirá no sólo a los actores sino a las mismas reglas del juego. Los efectos de la alternancia se registran en el análisis y las ideas de once autores a los que Nexos ha invitado. Su punto de partida es la lectura de los resultados electorales. Desde ese horizonte cercano, trazan los rumbos posibles del México que vendrá.

Tras la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética cundió un cierto desánimo entre quienes se ganan la vida en nombre de las ciencias sociales. ¿Cómo era posible que acontecimientos tan espectaculares no hubieran sido previstos ni remotamente por los politólogos y sociólogos que estudiaban los sistemas de aquellos países? Algunos autores se entregaron a una severa autocrítica teórica, pero lo más sensato quizá sea reconocer que, aun aplicando el método más riguroso, resulta difícil la predicción en situaciones que poseen demasiados rasgos singulares y sobre las que no hay los precedentes necesarios para generalizar. Mejor una cierta modestia que un exceso de ambición que pueda conducir a la melancolía.

Viene esto al caso de la nueva situación creada en México por la victoria de Fox. Lo que se le ocurre a cualquiera, a simple vista, es que los cambios descolocan a todos los actores políticos, y que por tanto les obligan a redefinir sus estrategias. Pero a la hora de saber por dónde irán esas redefiniciones se corre el riesgo de olvidar la complejidad organizativa de los propios actores, como si el PRI o el PRD —por ejemplo— fueran simples jugadores individuales de un juego que ha cambiado: ante una situación nueva, esos jugadores deberían cambiar su forma de jugar, incluso replantearse las reglas de juego. Pero lo harían como individuos racionales, no como agrupaciones conflictivas y contradictorias de experiencias y de intereses.

Naturalmente nunca es así, y no va a ser así. Un partido político no es sólo un jugador que se propone mejorar sus resultados electorales o ampliar sus cuotas de poder, sino también un conjunto de jugadores que se disputan espacios de poder dentro de la propia organización. Los primeros movimientos dentro del PRI así lo muestran: para Bartlett o Madrazo esta es la ocasión para intentar hacerse con el control del partido tras su intento fallido de ganar la candidatura en las elecciones primarias de 1999. Con ese objetivo plantean sus críticas a la actuación de Zedillo y a la actual dirección del PRI, críticas que a corto plazo tienen la ventaja de ser irrebatibles.

Una vez que las elecciones se han perdido, nadie puede demostrar que con otro candidato u otra orientación de la campaña tampoco se habrían ganado, o que los resultados habrían sido incluso inferiores. O, sobre todo, que el costo de intentar ganarlas a cualquier precio podría haber sido excesivo para la sociedad y la economía mexicanas. En realidad las críticas contra los años de Zedillo se formulan —y no siempre de forma implícita— mediante sobreentendidos: el discurso sobre las renuncias ideológicas conlleva la crítica contra el abandono de las viejas formas de hacer política, y quienes están en el secreto —es decir, todos los mexicanos— saben que éste es el reproche fundamental: haber querido convertir al PRI en un partido que intenta ganar en elecciones competitivas en vez de haber seguido jugando con ventaja.

El problema es que esta pelea interna por el control del PRI puede ser una de las variables fundamentales para el curso de la presidencia de Vicente Fox. Su muy alta legitimidad inicial da al presidente electo la oportunidad de emprender reformas en profundidad, que respondan a los problemas de fondo de la sociedad mexicana, y un buen ejemplo es la ambiciosa reforma anunciada de la Secretaría de Gobernación y la Procuraduría General de la República. Ahora bien, es bastante evidente que este tipo de reformas son difíciles de introducir, pero sobre todo que exigen tiempo para rendir frutos positivos. Esto significa que Fox deberá lograr el apoyo de la oposición no sólo para introducirlas, sino sobre todo para garantizar su continuidad en el tiempo.

Y en este sentido es obvio que la estrategia del PRI en la oposición puede ser decisiva para que las reformas tengan éxito, para que se introduzcan con la rapidez y legitimidad necesarias para su mayor eficacia. Si el PRI permanece paralizado por las disputas internas, en un primer momento Fox podría tener mayor margen de maniobra, pero la legitimidad de los cambios a medio plazo sería menor. Los apoyos externos que puede necesitar su gobierno no son difíciles de alcanzar, pero un amplio consenso es casi imprescindible si se pretende no sólo legislar sino acabar con la corrupción en un sexenio: una meta realmente muy ambiciosa si se recuerda que no se trata de combatir conductas individuales, sino de superar una cultura y unas reglas no escritas que permiten, cuando no incentivan, la discrecionalidad de los funcionarios.

Y no es tan sencillo saber qué va a ser del PRI en los próximos meses. No es probable que ni tradicionalistas ni modernizadores estén en condiciones de alcanzar una clara hegemonía en la organización, pero sin el peso de la presidencia para encauzar los conflictos tampoco resulta fácil imaginar acuerdos que mantengan la unidad o al menos contengan los enfrentamientos. La reaparición de un sindicato de gobernadores que imponga su peso institucional no es ahora descartable, pero la consecuencia más inmediata podría ser un enroque opositor del PRI que le aproximara al PRD, lo que a su vez llevaría a ambos partidos a competir en un mismo terreno electoral, dejando al PAN y a Fox una amplia ventaja en lo que se refiere a las nuevas clases medias y a los jóvenes. Podría ser un escenario suicida para el PRI, pero no es un escenario imposible en vista de los conflictos internos que la derrota de Labastida ha vuelto a poner en primer plano.

El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, y algo así podría suceder con el propósito de Fox de clarificar el pasado para mejor afrontar el futuro. Su insistencia en que su gobierno no va a estar volcado en el pasado trae a la memoria las crecientes dificultades que encontró en su momento el presidente Alfonsín para hacer justicia a las Juntas Militares argentinas sin quedar atrapado en un pantano judicial provocado por los malestares corporativos. Y Alfonsín contaba de partida con un consenso social superior al que ahora ha logrado Fox. No es tan fácil satisfacer las expectativas sociales de investigación de los hechos escandalosos del pasado —expectativas que todos los partidos, incluso el PRI, han alimentado en algún momento— sin provocar que los priistas puedan sentirse colectivamente acosados: no basta con decir que no se pretende ninguna caza de brujas.

Para aumentar las incertidumbres hay que recordar la paradójica situación en la que se va a encontrar Andrés Manuel López Obrador en el gobierno del DF. En primer lugar es de suponer que tratará de afirmar su propio liderazgo en el PRD. lo que puede absorber buena parte de sus energías. Pero además parte de una situación de relativa debilidad frente al PAN en la Asamblea del DF, lo que podría traducirse en un permanente enfrentamiento, a la vez que deberá buscar algún tipo de entendimiento con el gobierno federal si desea realmente resolver los problemas de la Ciudad de México. ¿Es posible cuadrar semejante círculo? Quizá, pero cabe temer que inicialmente al menos tampoco el PRD se encuentre en las mejores condiciones para diseñar una estrategia de oposición coherente.

Parecería que los problemas de la oposición favorecen a Fox, y en un primer momento así es. Pero si la situación se prolonga también su gobierno puede encontrar problemas, tener que negociar los consensos —o los apoyos legislativos en temas importantes— de forma laboriosa y muy susceptible de ser criticada por sus propios seguidores. Y por su partido, que es la última incógnita pero no la menor. El PAN ha aceptado el protagonismo de Fox desde que éste inició por su cuenta y riesgo su propia precampaña. ¿Va a aceptar ahora sin problemas el mismo papel subalterno que mantenía el PRI respecto a la presidencia? Diseñar un gobierno que sea aceptable para el PAN y a la vez dé satisfacción a los demasiado numerosos conversos al foxismo no va a ser tarea fácil. Antes todo parecía más claro,         n

Ludolfo Paramio. Politòlogo. Ha colaborado en nexos anteriores.

Política sin instituciones

¿POLÍTICA SIN INSTITUCIONES?

POR ADRIÁN ACOSTA SILVA

Una buena parte de nuestras prácticas políticas parece olvidar que toda democracia necesita instituciones fuertes, que acrecienten la confianza de los ciudadanos.

Las instituciones son reglas para la acción individual y colectiva. No pueden, por sí mismas, garantizar la armonía y la paz social, pero al menos establecen los límites necesarios para que los conflictos y la competencia política ocurran en un ambiente de normalidad democrática.

Las instituciones hacen al mundo más predecible”, concluye Karol Soltan en su magnífico artículo “Institutions as Products of Politicé’ incluido en un libro publicado hace poco por la Universidad de Michigan (K. Soltan, E. W. Uslaner, V. Haufler, eds.: Institutions and Social Order, 1998). “Cuando vemos a las instituciones como producto de la competencia política, podemos desarrollar una imagen más inclusiva que si las miramos solamente como instrumentos del orden social. Las instituciones pueden jugar un rol certero en la reconciliación de la racionalidad individual y colectiva. Y ello reduce la incertidumbre, haciendo al mundo más predecible”. Esta idea, tal vez, puede hacer más comprensible los enormes déficits y debilidades institucionales que se han acumulado a lo largo de nuestra transición política y que resultaron más o menos evidentes en las campañas presidenciales.

Las instituciones son fuente de orden y de cambio político. Permiten consolidar y transformar, reordenar y establecer. No son producto automático de las leyes, ni expresión cristalina de la voluntad de cientos de actores, ni son “cosas” que habitan el árido paisaje cotidiano de la vida pública. Las instituciones son, esencialmente, reglas para la acción individual y colectiva, producidas mediante complejos procesos de interacción política, orientados por ciertos valores y normas que se consideran deseables y posibles. Tal vez, por ello, la principal diferencia entre las democracia emergentes y las democracias consolidadas sean precisamente sus instituciones.

Desde esta perspectiva “neoinstitucionalista”, ciertos comportamientos individuales y grupales pueden ser regulados, estimulados o constreñidos. Y ello hace posible incrementar la confianza en que los resultados sean esencialmente cooperativos, de que los conflictos políticos no terminarán en violencia ni en disputas que ahondan las diferencias hasta el punto de volverse irreconciliables. Esa flor exótica y delicada de la vida política y social, la confianza, es la que hace posible aceptar resultados electorales, abstenerse de injuriar, insultar o descalificar al adversario, o de inhibir comportamientos no institucionales. Por supuesto, las instituciones no pueden, por sí mismas, garantizar la armonía y la paz social, ni evitar que la política y los políticos tramiten sus diferencias en los sótanos. Pero sí reducen, y esclarecen, los límites en que se pueden desenvolver los conflictos y la competencia política, haciendo más probable un escenario de civilidad política para los actores y los espectadores de la cosa pública, es decir para los gobernados y gobernantes, ciudadanos y autoridades.

Toda democracia requiere, para su consolidación efectiva, de umbrales mínimos de confianza en sus instituciones. Cuando la confianza se erosiona, es una señal de que las instituciones requieren con urgencia de reformas, o de que nuevas instituciones son necesarias. Sin embargo, varios de nuestros actores políticos y no pocas franjas de ciudadanos parecen coincidir en el punto de que las instituciones son prescindibles, estorbosas, inútiles para que la “verdadera” voluntad ciudadana, popular, se exprese, o para que la “buena” política fluya libremente. Es el lugar de cruce de caminos que desde hace años hemos observado entre los grupos anti-partido, muchas ONG’s y los muy variados caudillajes que habitan nuestra vida pública y política. Son las voces que pregonan la relación directa entre líderes y masas, entre la voluntad y la acción, entre el querer y el poder, en la UNAM y Chiapas, en Guanajuato y el DF. ¿Dónde quedan nuestras instituciones? Los dirigentes y sus clientelas telas y simpatizantes parecen querer gobernar un país sin instituciones, o parecen estar seguros de que las que existen representan lo peor que tenemos.

En esas condiciones, parece olvidarse que toda democracia requiere de instituciones fuertes, que acrecienten la confianza y “hagan al mundo más predecible”, como dice Soltan. Partidos, congresos, gobiernos locales, organismos electorales, mecanismos de impugnación y resolución de conflictos, organizaciones de intermediación y agrupación de intereses, tribunales, forman parte del complejo entramado institucional en que se tramitan, o deberían tramitarse, los intereses en disputa, y al que se subordinan, o deberían, los comportamientos políticos individuales o de grupos, de ciudadanos, militantes y representantes. Sin embargo, este argumento parece estar condenado a convertirse en una suerte de “llamada nocturna” para nuestros principales actores políticos, igual que aquella canción del mismo nombre que en 1992 interpretaba Joe Cocker para referirse a la infinita soledad del callar. En la “dictadura de la coyuntura”, una llamada así sólo puede ser interesante para el que la hace y para quienes, en los márgenes, ahora sí tratan de ver más allá del 2 de julio,             n

Adrián Acosta Silva Profesor- investigador de la Universidad de Guadalajara.

El abuelo en Buenos Aires

ESCRITOR EN SU TINTA

EL ABUELO EN BUENOS AIRES

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Para escribir estas líneas he puesto uno ele sus inmensos relojes de bolsillo sobre mi mesa de trabajo. Tuvo 31, porque siempre usó uno distinto cada día del mes. En fin, que al abuelo materno le gustaba la fifuya, qué duda cabe, y 31 bastones tuvo y 31 pares de zapatos hechos a la medida, por el problema aquel de tener unos pies tan largos como trainera de regata Oxford-Cambridge y tan estrechitos como un alfiler. Le encantaba eso de ser muy flaco y tan alto y huesudo ya que por ello le llamaban El Caballero de la Triste Figura y era bueno hasta el punto de aceptar sin rencor alguno que su amigo don Mariano Tudela fuese bastante más alto que él, por la sencilla razón de que mi abuelo, al encontrarse en público con su amigo, no sólo se crecía ante la adversidad sino que literalmente crecía todos los centímetros que se rebajaba y encogía don Mariano hasta lograr esa mezcolanza de empate y pacto de honor de la que dan testimonio muchas fotos de aquellos años y, entre ellas, la que tengo aquí a mi lado también, junto al fabuloso Ulisse Nardin de leontina y oro, “Unico Premio de Honor, Concurso Internacional de Puntualidad, Ginebra 1876”.

Yo quise con pasión y ternura a ese viejo que remaba a los 80 años y que era capaz de cambiarse, sin que jamás nadie se diera cuenta, hasta tres dentaduras postizas en un banquete de palacio de gobierno. El tiempo le ha dado totalmente la razón en la única explicación que dio acerca de sus neuromaniáticas hazañas: “Yo siempre he tenido problemas con lo postizo”. Y cuantísima razón le ha dado el tiempo al abuelo materno en otra de sus categóricas aseveraciones: “No trato de justificar mis dispendios. Sólo les aseguro que no soy lo suficientemente rico como para comprarme cosas baratas”. En Francia, llevé una vez a limpiar su Ulisse Nardin, el veintiúnico entre todos sus relojes de bolsillo que ha quedado en la familia. Tras haber abierto, una tras otra, sus tapas y más tapas finísimas —parecía un libro redondo con páginas de oro—, y tras haberse asomado y hasta asombrado, el relojero montpellerino exclamó: ¡Monsieur!, y siguió exclamando con su acento regional que en su vida había visto joya tan magnífica y que, por ninguna razón del mundo, donde quedaban aún seres tan honrados como él, podría limpiar ese reloj sin antes pasar por un notario: “A mí me puede partir un rayo esta noche, monsieur; y no quiero morir con la conciencia negra de pensar que usted no ha recuperado su Ulisse Nardin”. En fin, qué no pasó aquella vez en Montpellier, por haber querido yo sacar a pasear a Ulises para que me lo desempolvaran un poco.

En el reverso de la primera placa posterior de mi heredado tesoro, dice: “A don Francisco Echenique, sus compañeros del Banco de Londres y Río de la Plata, en ocasión de su enlace. Buenos Aires, 4 de mayo de 1912”. He tiritado de frío, en París, he lavado platos, en Mykonos, no pude mandar una carta de amor a Lima, allá por el 65, he tenido hambre, en Italia, pero aquí sigue el reloj conmigo y a veces lo visito en su escondite y le doy cuerda mientras le cuento cómo y por qué nunca lo pude vender: “Tu dueño nunca fue lo suficientemente rico para comprarse cosas baratas”, le explico con la garganta anudada y todo, mientras él me observa desdeñoso, semejante a los dioses. Después, ya para mí mismo, mientras cierro el escondite absurdo, tierno, sentimental e inútil, me voy. diciendo, como quien se da ánimos: “Y tú nunca fuiste lo suficiente desalmado como para vender a tu abuelo tan querido, el de la increíble historia de por qué en Buenos Aires se enamoró de una peruana porque la oyó decir plátano, en vez de banana”.

Llegué por primera vez a Buenos Aires en 1990 y, como era mi obligación y además porque lo deseaba de todo corazón, ya que es la gente más divertida y encantadora del mundo, fui a visitar a la familia de mi abuela materna. De los primos de mi edad, sólo estaba Beatrice. Sus hermanos Fernando y Miguel Angel viven en Bariloche y en Salta, respectivamente. Laurita, su madre, viuda de mi tío carnal Guillermo Basombrío, decidió reunir a la familia, en mi honor. Beatrice se encargó de preparar lo todo porque hoy de todo aquel pasado tan sólo les queda Nanny, la gobernante irlandesa, pero a Nanny más bien la gobiernan ellos por lo ancianita que está la pobre. De la encantadora mansión de la calle Ayacucho, hoy tan sólo quedan los encantadores parientes que se reunieron en un departamento de la calle Rodríguez Peña.

Desde ahí, Laurita, sin un solo empleado, una sola secretaria o un solo fax, administra fabulosas estancias de gente que prefiere confiar en sus 83 años (entonces) de amistad que en el mejor administrador de lo que sea. He llegado caminando desde el pésimo hotel Bauen, en la calle Callao. Como Vallejo cuando decía: “Me pongo la corbata y vivo”, me he puesto mi Ulisse Nardin y he caminado loco de contento, emocionado y aleontinado, por decirlo de alguna manera que brille como mi relojazo chillandé por calles que caminó, señorón, don Francisco Echenique Bryce. Estoy en la puerta y procedo.

Y ya estoy adentro, sentado y familiar, y ya han sacado un ratito a Nanny. que se tiene que acostar temprano, para que salude al pariente peruano y se llene de recuerdos y temblor. La acuestan cuando la memoria se le va por Lima hasta su Irlanda natal y he quedado en una sala tocada por el XIX, ante una mesa baja y amplia sobre la cual reposa el azafate con las empanadas y varias garrafas de vino. Lampedusa era un gatopardito al lado de lo que estoy viendo y oyendo, dulcemente acribillado por la nostalgia y el cariño. Habló, por fin, el tío Manolito.

“Era un tipo lindo, tu abuelo, pero aquí en Buenos Aires no pudo quedarse porque al final ya andaba quebrado. Con su odio por todo lo postizo, hasta interrumpió directorios de Bancos para repetir aquello de que se decía plátano y no banana. Y al pobrecito el banana le caía pésimo pero diario entraba a un restaurant y, zuá, le soltaba al maitre su eterno ‘tráigame usted un plátano, por favor, uno de esos que ustedes llaman banana’. La cosa acabó mal, pobre Francisco. Un día entró a una confitería con el dinero justo para un café. Pero lo descubrieron mil damitas de la sociedad y tuvo que invitarles de todo. Abrumado y sin que ellas lo notaran, siquiera, se dirigió a la caja a pagar con uno de sus famosos relojes. Y se topó con un mozo mucho más alto que él y que le dijo:

— Mire, don Francisco, aquí ya todos estamos hartos de que se diga plátano y no banana, pero es usted un caballero y yo no le voy a aceptar su reloj.

Déjenme contarles yo mismo el desenlace porque, desde aquella noche con mis parientes de Buenos Aires, a mi  abuelo   simplemente lo adoro. Viéndolo nuevamente sentado en su mesa, el mozo mucho más alto que él le trajo un platito lleno de pesos, para que sus acompañantes creyeran que ya había pagado y que le estaban dando su vuelto. Generoso, como siempre, mi abuelo miró al mozo gigantesco y, acercándole serenamente el platito lleno de monedas, le dijo:

—Quédeselos de propina, nomás.  n

Alfredo Bryce Echenique. Escritor. Su más reciente libro es Guía triste de París.