Celestes resplandores

CELESTES RESPLANDORES

POR ANGELES MASTRETTA

Una caminata por el Bosque de Chapultepec es el incentivo ideal para que Angeles Mastretta se pregunte cómo vive la gente mientras al otro lado de sus vidas se escenifica una guerra cuyas proporciones no hacen sino confirmar la idea de Quevedo acerca de la pequeñez de este mundo.

Abrí los ojos a un día húmedo que puede sentirse aún dentro de las cuatro paredes de mi cuarto casi en penumbras. Afuera estará nublado, pienso. Afuera estarán los periódicos y el mundo como un reto infalible, mezclado de inmisericordia. Afuera estará el dolor de tantos, la pena de tantos, la guerra de tantos, el miedo de tantos, la muerte indescifrable. Y estará la vida, conminándonos a mirarla como si fuéramos vivos eternos.

Subí al lago a las siete y media. Del agua salía un vapor frío y mágico. El chorro de la fuente bailaba con ironía sobre mi cabeza que iba tratando de no pensar. Me alegré de no ser talibán, de no ser suicida, de haber nacido aquí. Me alegré de no tener más religiosidad que la devoción por los seres humanos y la naturaleza que les da vida y el arte del que son capaces una y otros. Y cuando algo parecido a la tristeza quiso mezclarse en mis pasos, empecé a tararear una canción yucateca y caminé más aprisa. El perro iba junto a mí. con su desorden y su dicha. Había en el aire un rumor tibio de hojas claras. Me cobijé en ese pedazo de ciudad que es bello todavía. A pesar de quienes lo tienen a su cargo, que lo limpian poco y lo cuidan nunca. Caminé rápido, casi corriendo un rato. Ir de prisa en torno a ese misterio que puede ser la vida despertando, los pájaros quitándose el agua de las plumas, los árboles aún húmedos, me devolvió la terca paz de contar siempre con mis fantasías.

Al rato salió el sol de entre las nubes. Un sol tímido y tenue, que no quería atreverse a desbaratar el encanto iluminándolo. Con la luz y la tibieza que traje de allá arriba, me enfrenté a los periódicos y a la guerra. No tengo ningún argumento para enfrentar la guerra. Sólo me da tristeza y no quiero mirarla. Si tú fueras Bush, me preguntan, ¿qué harías? Y entonces me da gusto no ser Bush. Creo que si fuera él, renunciaría. Creo también que siempre habría alguien para ser él. Leí a Raúl Trejo:

Los terroristas transgredieron toda frontera, si es que la había, con el asesinato de millares de civiles el 11 de septiembre. No puede haber consideraciones en la batalla contra ellos.

Pero la gran duda que hoy se abre paso en el mundo, cada vez apuntalada por más datos, es si los bombardeos y la previsible acción de tropas de tierra contra varias poblaciones en Afganistán era la mejor ofensiva posible contra quienes han agraviado al mundo entero.

Junto con bases de entrenamiento y militares del Talibán, los bombardeos estadunidenses han arrasado viviendas y no sabemos si poblaciones enteras de quienes no son cómplices, sino víctimas del actual gobierno en Afganistán. Ayer el Pentágono admitió que una bomba que pretendía lanzar contra el aeropuerto de Kabul, cayó sobre una zona habitada por civiles.

No sólo está en cuestión la validez ética sino incluso la pertinencia táctica, en el terreno militar, de esa acometida.

¿Qué pensar?

Me había preguntado tantas veces ¿cómo vivía la gente en México mientras la guerra se comía a Europa pocos años antes de que yo naciera? Ahora empiezo a sentir que lo sé. La gente vivía.

Se enamoraba, tenía pasiones equivocadas, iba al trabajo, se desenamoraba, hacía hijos, los veía crecer, recorría un lago en velero, se metía al mar  contemplaba las montañas, tenía misericordia de sí misma y en un hueco de su índole sentía pena por los otros, mientras trataba de olvidarlos. Vivía sin más, como vivimos ahora nosotros. Hablamos de la guerra, le tememos, nos espanta, la espantamos. Hacemos el día y a la mañana siguiente volvemos cada uno al ritual con que empieza su jornada, mientras pueda empezarla.

Yo vuelvo a caminar llevando al perro que aún rumia su amor del domingo. Tuvo un romance de gran cumplidor y seguramente buen memorioso de poesías inolvidables, con una perrita de raza indefinida. Sus dueños tienen un puesto de dulces en Chapultepec y hace meses que nos llamamos consuegros y que me tenían prometida a su no muy limpia pero adorada perrita para mi parejero perro de Quevedo. Los tres últimos días hemos ido a buscarlos infructuosamente, como llueve no han ido, y me conmueve ver a mi perro oliendo cada rincón por el que pasó con su amada móvil. Se queda clavado cerca de un árbol, busca la camioneta en la que lo encerraron para que su permisiva luna de miel no la interrumpieran otros perros, busca el puesto de dulces, el aire del domingo, y no lo encuentra. Luego me alcanza triste y sigue nuestro camino hasta que la vuelta nos conduce de nuevo al rincón de sus pesares y repite la ceremonia de la nostalgia. Tenía que ser este perro, mi perro. Luego el día volvió a llenarse de guerra y paz. En la única guerra que pude acompañar, la extraordinaria Verónica venció a la quimioterapia y como si no llevara varios días de sufrir con discreción la barbarie con que debió buscarse la salud, abrió los ojos con una sonrisa y pidió un poco de música. Quienes la rodeamos nos hemos rendido a sus pies y a su valor. “Luego que te vi, te amé”, le ha dicho a la vida, una vez más.

A la mañana siguiente amanecí tarde y por fin sin encontrar antes que al sol la sensación de una patada entre las costillas quitándome el aire y doliendo por largo rato.

Eran como las nueve y media cuando abrí los ojos en definitiva. Dormí tan bien que al final alcancé a soñar hasta con el arrecife frente a Cozumel. El cielo seguía nublado. Bebí un té negro y con él la certeza, no sé qué tan duradera, de que algunas cosas o todas las cosas hay que aceptarlas como las va dando la vida. No en el orden, ni con la frecuencia, ni con la largueza que uno quisiera, sino en el caos del indeciso y vacilante azar, con lo que sus leyes tienen de asombroso, de fugaz, de cometas y oscuridad.

Luego me fui a caminar como a las once, la hora de las abuelitas y los nietos, las carreolas, los adolescentes de pinta, el despliegue completo del puesto de refrescos aderezado con galletas, papas, cuanto pueda ocurrírsele al dueño, instalado en todo su largo y confuso esplendor. La hora del tránsito menos arduo, la locura de la ciudad ajustada, por fin, a la de quienes la habitamos. Todo tan distinto de las siete, a las nueve de la mañana, tan casi en paz la diaria pelea que llevan temprano los automovilistas, rumbo al colegio de sus hijos que ya van tarde;

la muchacha que se va pintando en el espejo retrovisor camino a la oficina donde un jefe le gusta o lo detesta, pero de cualquier modo jugará todo el día a ser su jefe; el vendedor de periódicos empeñado en que alguien lo atropelle, el semáforo haciéndose eterno, el restorán Meridien repleto de hombres que imaginan posible gobernar el país, su empresa, su familia, y que por lo mismo miran poco al lago que despierta frente a sus ojos. La hora temprana de los corredores con reloj, de las señoras que luego de dar dos vueltas lentas pasarán la mañana desayunando y de las mujeres que caminan aprisa como si su ritmo cardiaco no fuera a acelerarse jamás de otra manera. La hora que yo frecuento más, y en la que menos vengo al caso, con la que no hago juego, en la que no siempre quiero jugar.

En cambio las once y nublado, qué hora para andarla despacio, varias vueltas que den lo mismo como el gran ejercicio, pero que consientan mi ánimo de gozar la humedad que aún queda en los árboles, de honrar la extraña llegada de cinco patos salvajes, preciosos en su infinita y breve libertad, en el orden perfecto de sus plumas café con ribetes negros en la orilla. ¿Cuánto viven estos patos? No sé. Pero debe ser ardua su vida buscando lagunas y calor de un país a otro. ¿A dónde irán después de hoy, o de la próxima semana? Tras haber descansado en este lago falso que tiene a la mitad una fuente y un chorro. ¿A dónde irán tras permitirme disfrutarlos mirando su impasible mirada, sus picos más largos y delgados que aquellos de los que se han vuelto simples parásitos, torpes presos de las galletas que la gente les avienta de a poco, echando luego al agua la bolsa en que iban? Gente heroica en el arte de ensuciar porque sí, para dejarnos a otros el placer o el disgusto, de maldecir el plástico flotando durante muchos días después de que ellos se han ido.

¿Cómo no va a faltarle tiempo a nuestro país? ¿Quién puede creer que las cosas cambiarán de un día para otro? ¿De dónde podría esta misma tarde, el mismo señor que practica, contra un tambaleante ciprés, la altísima patada de algún arte marcial recién llegado de Oriente, perderse en el fuego de algún poema, alabar al menos su propia destreza para ejercer la calamidad, diciéndole como Quevedo: “Oh tú del cielo para mí venida,/ de mi serás cantada,/ por el conocimiento que te debo./ Tú, que cuando te vas, a logro dejas,/ en ajeno dolor acreditado,/ el escarmiento fácil heredado”. Las once y media, buena hora para empeñarme en necedades. Así que pretendo convencer al imaginario podador de un pasto que ha crecido sin cuidado por lo menos durante los últimos sesenta y cinco días, hasta volverse un pastizal tramado con pequeñas flores blancas y anaranjadas, pretendo convencerlo de que corte solamente el borde del camino, de que ordene y limpie pero dejando las pequeñas flores, que están detrás, salpicando el paisaje como estrellas diurnas, para que no desaparezcan de golpe sino poco a poco, cuando se vayan los aguaceros o todo se convierta en el pardo azafrán del otoño en esta ciudad. Necio empeño. El señor al que me dirigí no vino a arreglar nada. Así que corto dos de las flores blancas y dos de las amarillas, y me voy caminando tras el perro que desde lejos me mira como preguntándose por qué me detengo a defender la nimiedad indefendible. Cuando lo alcanzo, le cuento que hasta en otros lugares del mundo he visto cómo respetan las flores que crecen entre los pastos a la mitad de los ejes viales. Le seguiría hablando, pero se ha ido otra vez a correr por la vera del camino. Entonces continúo el soliloquio: es tan difícil como entrañable nuestro país, su gente a prueba de todo, poniendo por lo mismo todo a prueba.

Al volver por una calle estrecha en busca de Constituyentes, justo antes de encontrarla en el semáforo frente al Panteón Civil, ahí donde descansan algunos de los Hombres Ilustres y muchos de los héroes olvidados, donde aún suena, bajo un árbol, la inolvidable risa de mi amiga Emma, joven hasta el último día; me detengo tras un camión de carga convertido en carro de la basura. Va lleno hasta terminar en un cerro que luce bolsas desolladas, artefactos inservibles, cartón, periódicos, cáscaras de naranja, huesos de mango, pestilencia. En la punta, justo rematando el enclave, van dos hombres que parecen contentos: el más joven usa bigote a la Pedro Infante y unos anteojos negros como los que llevan en las películas los contrabandistas, el cuarentón tiene una barriga estable y la mirada de un camello al que no lo perturba el aire del desierto. Van conversando entre risas, mitad sentados, mitad echados sobre las cáscaras, comiéndose unas tortas. Sí ¡Comiéndose unas tortas! Me pregunto cómo harán a sus hijos estos señores, en qué lugar, entre qué piernas, con qué mujeres, diciendo qué palabras, olvidando qué promesas. Vuelvo a la casa. Quiero escribir una novela. ¿Cómo podría caber todo esto en una novela? Y todo lo otro. “De las cosas inferiores/ siempre poco caso hicieron/ los celestes resplandores;/ y mueren porque nacieron/ todos los emperadores./ Sin prodigios ni planetas/ he visto muchos desastres/ y, sin estrellas, profetas:/ mueren reyes sin cometas,/ y mueren con ellas sastres./ De tierra se creen ajenos/ los príncipes deste suelo,/sin mirar que los más años/ aborta también el cielo/cometas por los picaños”. Me dice Quevedo y me consuela. n

Naipul entre creyentes

NAIPAUL ENTRE CREYENTES

POR SALMAN RUSHDIE

Entre los creyentes es uno de los libros más polémicos de V.S. Naipaul. Ofrecemos un breve texto de Salman Rushdie. publicado en 1981, en relación a este libro de viajes. En él Rushdie plantea algunas de sus diferencias y admiraciones por quien acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura.

Mientras en Connecticut observaba la revolución iraní por televisión, V. S. Naipaul tuvo la idea de una travesía por cuatro países musulmanes —Irán, Pakistán, Malasia, Indonesia— para escribir acerca del nuevo Islam que nacía allá con trabajos de parto de intensidades distintas.

El resultado es Entre los creyentes. Y, porque el talento de Naipaul es formidable, el libro está reforzado por buenas cosas: el humor surrealista (totalmente involuntario) con el que un joven fundamentalista malayo le explica a Naipaul la solemne diferencia, en el Islam, entre lo obligatorio, la incitación, la no-incitación, lo prohibido y la tos discrecional; los retratos delicadamente trazados de Behzad. el joven comunista a merced de los mullajs en Irán, y de Shafi que, a través del Islam, soñaba con una Malasia restaurada, y de ahí a la sencillez libre-inmensa de la vida rural —una vida rural purgada de aspectos “paganos” y pre-islámicos—; la hipocresía del archifundamentalista de Pakistán Maulana Maudoodi oponente de toda la vida al materialismo occidental y que murió en un hospital de Boston al que había ido en busca de salud… a cosechar donde no quiso que su gente sembrara; y, sobre de todo, el retrato devastador del juez ejecutado de Jomeini, el ayatollah Khalkhali, bromeando y alardeando sobre el asesinato de Hoveyda, el primer ministro del Sha.

Pero éste no es un ordinario libro de viajes: está obligado a explicar. El renacimiento del Islam, dice Naipaul, es un retroceso a tiempos medievales que tratan de crear “hombres abstractos mediante la religión, hombres que no serian nada más que reglas”. El acto de renuncia a Occidente es una falla mortal, porque se depende de “lo extraño, del avance obligado de la civilización” —aun la villa ideal de Shafi necesita un camión, un auto, maquinaria—: y en Indonesia. Naipaul se sorprende de hallar una fotocopiadora en una escuela rural islámica. Por último, Naipaul ve al comunismo y al Islam como “revoluciones intercambiables”, provenientes del odio y la rabia. “El comunista Behzad habla como Jomeini” ambos anhelan matar gente. Son acusaciones poderosas, y hay mucha razón en ellas.

El problema es que se trata de una verdad altamente selectiva, una verdad de novelista disfrazada de verdad objetiva. Tomemos Irán: ninguna alusión en estas páginas a que en el nuevo Islam hay un mejor trato que durante el jomeinismo, o a que el dominio de la “mullocracia” sobre la gente es muy frágil. Naipaul nunca menciona a los mujaidines e-Khalq. cuyo líder, Rajavi. está piniendo en marcha un sistema multipartidista de gobierno democrático; pero los mujaidines son ciertamente “creyentes”. Y qué (¿o es que ya lo hemos olvidado?) del Sha de Irán. Naipaul menciona dos críticas. El ayatollah Shariatmadari dice; “el Sha era malo. Había olvidado la poligamia, por lo cual dañó a las mujeres”. Y el hombre de negocios de Bombay que ataca al Sha (“él extrajo millones del país… el pueblo de Irán sintió que había perdido su país”) es desacreditado inmediatamente por la revelación de que “abandonó Irán después de sus buenos veinte años bajo el mal Sha, y regresó a Bombay” ¿En verdad fueron éstos los únicos musulmanes que Naipaul pudo encontrar para que hablaran mal del Sha? ¿SAVAK se encargó de deshacerse del resto?

Pecados de omisión… Naipaul está tan ansioso por comprobar la existen cía de un dominio islámino en estos países que. en el sector paquistaní, no hay discusión alguna acerca del ejército. Y. sin embargo, la visión de que los paquistaníes nunca han sido dominados por los mullajs, de que un dictador mi litar usa la islamización como medio para revertir la impopularidad de su régimen, seguramente se merece un poco de tiempo al aire. Según mi experiencia paquistaní no es difícil encontrar gente que hable abiertamente en estos términos. En efecto, Xaipaul encuentra uno un conductor de jeep en Kaghan que le dice: “estos mullajs usan el Islam como una herramienta… quieren destruir Pakistán”. El mismo conductor de jeep ha mencionado previamente que ahora es más difícil conseguir pasaporte que en la época del señor Bhutto; y Xaipaul. negándose a responder al ataque del conductor hacia la teocracia, se conforma con una mofa barata sobre los pasaportes: “¿No es extraño que la única libertad que él quiere es la libertad de dejar el país?”… atacando al pobre hombre por querer algo, un pasaporte, que Xaipaul da por sentado. De hecho, el mismo objeto que ha hecho posible el viaje de Xaipaul.

Cosas terribles se cometen hoy en nombre del Islam; pero la simplificación de los asuntos, cuando procura omitir todo lo que no puede ser fácilmente herido por el famoso desgano olímpico de Xaipaul. no ayuda en nada. En cierto momento Xaipaul le dice a su amigo Shafi: “Pienso que por haber viajado a América con una idea fija te habrás perdido de algunas cosas”. Esta crítica se aplica al propio viaje de Xaipaul en dirección opuesta, y hace de Entre los creyentes, con todo su alarde de observación y representación, un libro bastante superficial, n

Traducción de Isaac Martínez

Numeralia

NUMERALIA

POR ROBERTO PLIEGO

6,000,000 Afganos víctimas de la sequía y la hambruna1

42 Porcentaje de las muertes ocurridas en Afganistán que se deben a transtornos intestinales.2

45 años Esperanza de vida en Afganistán.3

39 Porcentaje de la población urbana en Afganistán con acceso a agua potable.4 7,500,000 Afganos que sobreviven gracias al socorro internacional.5

10,000

Escuelas coránicas en Pakistán.6

70 Porcentaje de la población afgana que sufre desnutrición.7

25Porcentaje de niños afganos que mueren antes de cumplir cinco años.8

64

Porcentaje de la población afgana que es analfabeta.9

400 dólares Precio de un kilo de opio de Afganistán a mediados de agosto de 2001.10

90 dólares Precio de un kilo de opio de Afganistán a mediados de octubre de 2001

1

Mezquitas en México.12

7,5000

Soldados estadunidenses conocidos como rangers13

65

Porcentaje del opio que se consume en el mundo que proviene de Afganistán.14

50

Grupos tribales en Afganistán.15

3,600,000 Afganos refugiados en países limítrofes.16

30

Porcentaje de los refugiados en el mundo que son afganos.17

7,000,000 Musulmanes en Estados Unidos.18

334

Agentes fronterizos que cuidan la frontera de Estados Unidos con Canadá.19

16.5

Porcentaje de los musulmanes de Estados Unidos que son de origen árabe.20

4,000

Miembros del ejército estadunidense que practican la religión musulmana.21

10,000

Europeos y estadunidenses que viven en la región del Golfo Pérsico.22

6,000

Operaciones encubiertas de la CIA desde su creación en 1946.23

50

Milicias racistas en Estados Unidos.24

Fuentes: 1. Milenio Semanal: 7 de octubre de 2001; 2-4. Jama. Women’s Health: 10 de octubre de 2001; 5. Milenio: 10 de octubre de 2001; 6. Village Voice: 10 de octubre de 2001; 7-9. Milenio: 10 de octubre de 2001; 10-11. La Jornada: 18 de octubre de 2001; 12. La Jornada: 16 de octubre de 2001; 13. La Jornada: 21 de octubre de 2001; 14. La Jornada: 18 de octubre de 2001.15-16. El País: 8 de octubre de 2001; 17-18. Milenio Semanal: 7 de octubre de 2001; 19. Reforma: 16 de octubre de 2001; 20. Milenio Semanal: 7 de octubre de 2001; 21. El País: 9 de octubre de 2001; 22. El País: 12 de octubre de 2001; 23. Milenio Semanal: 14 de octubre de 2001; 24. La Crónica: 21 de octubre de 2001.

La izquierda y la antiglobalización

LA IZQUIERDA Y LA ANTIGLOBALIZACIÓN

POR LUDOLFO PARAMIO

A la hora de formarnos una opinión sobre un fenómeno nuevo tendemos a interpretarlo en función de otro anterior que nos dejó un vivo recuerdo. Por ello es muy grande la tentación de pensar que el movimiento antiglobalización va a producir en la cultura de izquierda una ruptura similar a la que supuso la generación de 1968. El primer motivo para suponerlo es que ahora existe una distancia tan grande como la de entonces entre el discurso dominante y la realidad social que perciben los jóvenes. Alguien que tenga entre 18 y 22 años tiene grandes posibilidades de llevar oyendo toda su vida que el mercado y la globalización van a traer la modernización y la prosperidad a todas las sociedades, o cuando más, en la versión de la izquierda, que si bien la globalización abre tremendos retos y problemas, también ofrece grandes oportunidades. Pero desde 1995 estas oportunidades se han ido revelando cada vez más como inciertas o efímeras, y tras la crisis de la economía norteamericana y sus graves consecuencias globales ese discurso puede sonar muy falso.

La izquierda, incluso para cambiar el curso actual de la globalización, necesita ser creíble como alternativa o como realidad de gobierno, y eso es incompatible con una oposición frontal a las actuales reglas de juego de la economía mundial. Además, dentro de quienes se oponen al sistema se encuentran a su aire grupos violentos que se han enfrentado con la izquierda —y en España han asesinado a algunos de sus militantes y dirigentes—. y corrientes de pensamiento reaccionarias, aunque en algunos casos con un discurso radical, que para la izquierda representan el pasado y no un futuro de progreso.

El desencuentro, según este razonamiento, es inevitable. Sin embargo, si la evolución de la economía mundial no ofrece señales de mejora, cabe sospechar que la fuerza del movimiento antiglobalización sea cada vez mayor, y que se convierta en punto de referencia para todos los descontentos sobre el actual estado de cosas. La violencia de los choques en Gotemburgo y la muerte del manifestante de Génova significan que los medios van a dar seguimiento sin falta a futuras movilizaciones, y por tanto el peso simbólico del movimiento va a ser cada vez mayor.

De los actuales gobiernos de izquierda sólo el francés ha intentado de momento asumir parte de la racionalidad de la protesta, con la propuesta de Jospin de introducir el impuesto Tobin sobre los movimientos de capital. La lamentable respuesta inicial de Blair a los hechos de Génova —en la línea de la tolerancia cero—, en cambio, no sólo revela que hablaba sin estar informado sobre la escandalosa brutalidad policial, sino un reflejo de ley y orden que puede afectar a otros gobernantes socialdemócratas, incapaces de aceptar no sólo la violencia sino lo que ven como una descalificación irracional de sus muy sensatas propuestas para reformar la situación actual.

Esta incomunicación se apoya en una diferente percepción de la realidad. Los manifestantes contra la globalización parten de que las actuales reglas de juego son intolerables, mientras que la izquierda, aceptando que no le son favorables, considera que es imposible cambiarlas de forma radical e inmediata. La izquierda actual tiene mucha más información y es mucho más realista que los jóvenes manifestantes, por no mencionar a algunos de sus compañeros de viaje más añosos. Pero, paradójicamente, eso no significa que la izquierda tenga toda la razón. Si la situación económica se sigue deteriorando, y el malestar social sigue creciendo, podría suceder que la propia fuerza de las protestas abriera posibilidades de reforma que hoy no se vislumbran.

Dentro del movimiento hay quienes, en un exceso de ambición, quieren acabar con el orden existente, y quienes, más modestamente, querrían otra globalización. Los primeros cuentan con mayor energía e impacto en los medios, pero eso no significa necesariamente que vayan a imponer sus improbables objetivos. En cambio, es posible que su capacidad para impactar en la opinión pública favorezca a las propuestas reformistas. Por ello no sería raro que dentro de un par de décadas el movimiento fuera recordado por haber introducido una fuerte ruptura en la cultura de la izquierda, y también por ser el punto de arranque de una nueva generación de socialdemócratas.

Se habla mucho ahora de la confusión e incoherencia de! movimiento contra la globalización, y casi nadie recuerda la ausencia de objetivos globales y el enorme componente de revuelta espontánea contra un orden ajeno que caracterizaron a los movimientos de los años sesenta, de Berkeley a México, DF, pasando por París. Aquella generación que buscaba la playa debajo del pavimento descubrió después que bajo las calles están los drenajes, los conductos del gas y el agua, los cables de la electricidad y el teléfono. Y aprendió a gestionarlos y a mejorarlos, al menos en algunos lugares. n

La píldora cincuentona

LA PÍLDORA CINCUENTONA

La píldora anticonceptiva cumplió cincuenta años el pasado 15 de octubre. Dos oportunos libros conmemoran el hecho, el primero debido a uno de sus creadores, Cari Djerassi: This Man’s Pili. Reflections on the 50th Birthday of the Pili (Oxford University Press). El otro es de Lara Marks: Sexual Chemistry: A History of the Contraceptive Pill (Yale).

Luego de que unos pandas lograron reproducirse en cautiverio en el zoológico de México, algunos graciosos u orgullosos chovinistas dijeron que en México hasta los ornitorrincos serían fértiles fuera de su habitat. Lo curioso es que el laboratorio en el que trabajaban Cari Djerassi y su gente estaba en la ciudad de México, en una entonces pequeña compañía llamada Syntex. Ahí, hace cincuenta años, una hormona sexual femenina sintética, llamada noretindrona, fue sintetizada a partir de algo aún más curioso: la planta del ñame. Syntex buscaba la creación de un medicamento para la infertilidad, y los desórdenes menstruales, que pudiera ingerirse en vez de inyectarse. El hecho de que también suprimía la ovulación, y por tanto evitaba el embarazo, fue demostrado por Gregory Pincus en la Worcester Foundation de Massachusetts, aunque la idea de que las hormonas podrían utilizarse como anticonceptivos orales fue dada a conocer desde 1919 por Ludwig Haberlandt, un brillante científico hoy vastamente olvidado.

En sus respectivos libros. Cari Djerassi y Lara Marks coinciden en algo: la píldora ha recibido muchas culpas y muchos créditos, ambos inmerecidos. La píldora no creó la “revolución sexual” ni destruyó los valores familiares. La píldora sólo hizo expeditos cambios sociales que ya estaban en camino cuando apareció. Fue revolucionaria sólo en un sentido técnico, al ser el primer medicamento que las mujeres podían tomar por su cuenta, cuando quisieran, para separar al sexo de la procreación.

Ahora bien: lo probable es que dentro de cincuenta años lo que celebre la modernidad del día sea el nacimiento de la píldora anticonceptiva masculina. Después de años de investigación, un grupo de científicos de la Unidad de Ciencias de la Reproducción Humana en Edinburgo, dirigida por Richard Anderson, ha estado probando una pildora masculina —o más bien, una píldora diaria y una inyección cada tres meses— en 66 hombres en Edinburgo y Shangai. La píldora en cuestión contiene un gestógeno. Esta es una hormona sintética que, lo mismo que en el caso de la píldora femenina, impide en el cerebro la producción de aquellas moléculas que estimulan a las gónadas para que hagan su chamba reproductiva. Para contrarrestar una baja adjunta en la producción de hormonas masculinas, los voluntarios reciben dosis de un derivado de testosterona.

Los resultados son alentadores. Los sujetos al experimento dejaron de producir esperma a los cuatro meses de iniciado el tratamiento. No hubo embarazo en ninguna de sus parejas. Al suspender el tratamiento, la cantidad de esperma en todos ellos regresó a la normalidad también en cuatro meses. Y los efectos colaterales no son peligrosos, aunque algunos de ellos se enojaron al padecerlos: acné, cambios de humor y subida de peso.

La siguiente pregunta es cuánta tolerancia masculina habrá al respecto: se supone que poca. Sin embargo, un sondeo entre 5,000 personas en Escocia, China y Sudáfrica deja ver que entre la mitad y dos terceras panes de los hombres encuestados sí usarían un anticonceptivo oral masculino y, no menos importante: sólo un 2% de las mujeres interrogadas dijo no confiar en que sus parejas sí lo tomarían.

En los años ochenta un compositor italiano. Andrea iMingardi, escribió la canción “Se fossi una donna”, de la que el cantante Patxi Andión hizo el cover en español. En una parte decía: “Si yo fuera mujer, /no me casaría. /Nada de brassiere, nada de pastillas: /que las tome él”. Pues ahora sí: que las tome él.    n

Una silla caliente

UNA SILLA CALIENTE

La crisis de seguridad internacional sigue su curso y se arma sobre la marcha una alianza mundial contra el terrorismo. El Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas tomó resoluciones inéditas al imponer mandatos obligatorios a todas las naciones de la organización. No habla de “recomendar” o “pedir”, ni sujeta el mandato a la ratificación de los congresos de los Estados miembros. Los países deberán informar antes de noventa días lo que han hecho para cumplir las resoluciones. El Consejo podrá definir sanciones a los países que no cumplan con las medidas acordadas.

El mandato no distingue entre terrorismo internacional y grupos armados o terroristas nacionales. Los países que sufren las acciones de esos grupos dentro de sus fronteras, como Rusia, España o el Reino Unido, tienen ahora ese instrumento para exigir la cooperación internacional. Los que tienen grupos armados internos, como México y Colombia, podrán verse en situaciones inéditas.

El Consejo de Seguridad de la ONU se coloca como punta de lanza del combate antiterrorista y asume un respaldo sin precedentes para los Estados Unidos. En este nuevo Consejo México ha ganado la silla que buscaba. El canciller Jorge Castañeda celebró el hecho explicando que en una situación de marcada tensión internacional como la que vive el mundo, México debe participar más activamente en los foros mundiales para defender sus intereses.

El canciller mexicano dejó en claro que en el Consejo de Seguridad México será independiente, incluso admitió que en el futuro cercano podrían adoptarse posiciones contrarias a los intereses de Estados Unidos. Descartó daños a la relación bilateral, que está lo “suficientemente segura y de igual a igual” como para soportar desavenencias en los votos sin temor a represalias.

La llegada al Consejo fue criticada por quienes ven distintas piedras en el camino.

Primera piedra: México irá al Consejo a votar con los países hegemónicos. Dada la tensión internacional vigente, su independencia será nula.

Segunda piedra: México no llegó al Consejo con el voto de los países latinoamericanos, sino con el voto de países europeos y asiáticos. Está obligado en primera instancia con ellos, pero tendrá la responsabilidad de defender los intereses de América Latina en el Consejo. Al menos tres países de la región podrían enfrentar conflictos derivados de la lucha contra el terrorismo: 1. Colombia, donde el proceso de paz aparece profundamente desarticulado y los grupos guerrilleros como las FARC y el ELN están considerados como organizaciones terroristas globales. 2. Venezuela, proveedor de petróleo norteamericano cuyo presidente. Hugo Chávez, ha mantenido buenas relaciones con países radicales de Oriente Medio —el año pasado visitó a Saddam Hussein—. 3. Cuba, ya que el gobierno norteamericano sigue manteniendo a ese país en la lista de naciones que apoyan al terrorismo.

México tendrá que defender los intereses de las naciones latinoamericanas y honrar los acuerdos adoptados por el Consejo de Seguridad, sin olvidar la relación con Estados Unidos y Canadá para concretar el “encapsulamiento”, en términos de seguridad, de la región norte del continente.

Tercera piedra: la entrada al Consejo podría forzar a nuestro país a violentar los principios constitucionales en materia de política exterior, como lo es el principio de la búsqueda de solución pacífica a los conflictos.

Cuarta piedra: la llegada de México al Consejo le impedirá aislarse del conflicto mundial. Deberá encontrar los matices de gris en el panorama de blanco y negro en los que se divide el alineamiento internacional en estas horas. Pero la realidad es que no hay muchos grises donde refugiarse.

Como todos los otros miembros de la ONU, México tiene también noventa días para adecuarse a las nuevas normas e iniciar su propia guerra contra el terrorismo. Estas nuevas normas podrían significar cambios constitucionales en materia de extradiciones, seguimiento de fondos y mayor castigo legal a los actos terroristas. La tradición de asilo también podría verse afectada por las nuevas resoluciones internacionales. Si se comprueba que existen terroristas en el país, ya sea de la ETA o de cualquier otra agrupación, México tendría que ponerlos a la disposición de la justicia. Si México no adecúa su legislación interna a las nuevas resoluciones de la ONU, su participación en el Consejo de Seguridad será insostenible.

El presidente Fox se comprometió con el secretario General de la ONU, Kofi Annan. a poner en marcha y respetar a plenitud las resoluciones de la ONU sobre terrorismo. ¿Tendrá apoyo suficiente en el Congreso de México para honrar su palabra? No lo sabemos.

La situación dista de ser simple, pero México tiene la oportunidad de ser actor y no mero espectador en el realineamiento mundial que apenas comienza. El momento puede ser aprovechado para trazar una política exterior moderna. Quizás ha llegado la hora de actualizar algunos lugares comunes respecto al papel que le corresponde desempeñar a México en el concierto mundial.   n

Reconstruir la utopía

RECONSTRUIR LA UTOPÍA

POR ENRIQUE SEMO

Ser de izquierda exige ante todo reconstruir la utopía: la idea de que es posible un mundo mejor a aquel en el cual vivimos. Para mover a la acción la utopía debe estar basada en tendencias realmente existentes. Algunas de las grandes utopías de la izquierda del siglo XX murieron con él. tanto la que tomó forma en las sociedades de tipo soviético como la ligada al Estado benefactor.

Algunos de los contenidos de ambas visiones demostraron ser ciertos y otros falsos. De ahí que no pueden ya servir de utopías. Los fracasos del experimento real mataron la utopía. De ahí la necesidad de construir nuevas visiones de un mundo mejor que tomen en cuenta los éxitos y fracasos de las búsquedas del siglo XX. Ahora sabemos que el principio de la igualdad sigue siendo válido, pero no puede ser promovido a costa de otros derechos, por ejemplo los de la libertad, la democracia y el respeto a la diversidad. El fanatismo crea monstruos.

Ser de izquierda en México hoy es aceptar los retos de la globalización y combatir el mito que de ella ha surgido: el pensamiento único o neoliberalismo. Una cosa es la mundialización como fenómeno objetivo y otra muy diferente la globalización neoliberal. La izquierda debe proponerse inscribir a la sociedad mexicana en la globalidad, en condiciones lo más favorables posibles para la mayoría de los mexicanos, muchos de los cuales son pobres.

Algunas alternativas de la izquierda mexicana son:

En primer lugar no perder de vista el objetivo fundamental de toda política económica nacional: el bienestar de las mayorías. Debemos apropiarnos de las nuevas tecnologías y entrar en los nuevos mercados sin olvidar que estos pasos son sólo medios. El abatimiento de la inflación y la liberación del comercio no pueden ser vistos como objetivos en sí mismos.

Impulsar la democracia hasta sus últimas consecuencias. Los aspectos electorales, el estado de derecho, los derechos humanos son sin duda importantes pero, fracasarán inevitablemente si no los acompañan avances en la democracia social y cultural. La historia lo prueba y no hay razón para pensar que se equivoca: la democracia política que tiene como soporte grandes desigualdades sociales, económicas y educativas acaba por naufragar en la dictadura.  n

Hora y veinte. Cultura y vida cotidiana

EL CIERRE CICLÓNICO

HORA Y VEINTE

CULTURA Y VIDA COTIDIANA

El Premio Nobel de Literatura le fue otorgado al escritor V. S. Naipaul (Trinidad. 1932). Trinitario de origen indio que escribe en inglés, la obra de Naipaul se desenvuelve en una franja de la literatura extraterritorial. Naipaul ha escrito doce novelas y quince libros de ese género anfibio que oscila entre el ensayo y la crónica. En una primera invitación a la lectura podrían destacarse estos títulos: Una casa para el señor Biswas (1961), Una cuma en el no (1979), El enigma de la llegada (1987) y Un camino en el mundo (1994). “Vengo de una sociedad pequeña”, escribió Naipaul. “Me di cuenta de que no ejercía ninguna influencia en el mundo, de que estaba separado de él. Pertenezco a un grupo minoritario, pero me he desplazado, convirtiéndome en extranjero, en un escritor”.

En 1981, cuando Naipaul no era todavía un escritor reconocido internacionalmente. o estaba traducido en ediciones argentinas olvidadas (que en 1983 retomaría la editorial Seix Barral), la revista Nexos publicó un relato de Naipaul, inédito entonces en español, de uno de sus primeros libros: Miguel Street (1959). A la verdad, aunque Naipaul buscó algo que lo alejara de aquella calle trinitaria, sus mejores novelas y relatos estarán siempre apegados a ella, como verá quien relea “Black Wordsworth” (ver p. 73). que veinte años después publicamos de nuevo en Nexos.

Publicamos también un breve texto de Salman Rushdie sobre Naipaul donde Rushdie no deja de plantear sus diferencias y admiraciones al Naipaul posterior a sus narraciones trinitarias. Y hablando de Rushdie. hace unos meses apareció su última novela, y primera de ambientación neoyorquina desde que Rushdie escogió vivir en Nueva York: Fury. Este es el párrafo en que se alude al centro de la novela: “La furia —sexual, edípica, política, mágica, brutal— nos lleva a nuestras cumbres más refinadas y a nuestros abismos más vastos. De la furia viene la creación, la inspiración, la originalidad, la pasión, pero también la violencia, el dolor, la mera destrucción sin miedo alguno, el dar y el recibir golpes de los que nunca nos recuperamos”.

Tres visiones del mundo islámico en tres libros magníficos e inquietantes: Viajes por Marruecos, Trípoli, Grecia, Egipto. Arabia. Palestina, Siria, Turquía de Alí Bey, Viaje a Oxiana (Península,

Barcelona.2000)  de Robert Byron y Los árabes de las Marismas (Península. Barcelona.2001)  de Wilfred Thesiger. (Un europeo en el Islam. Robert Byron: Ob. peregrino y Esto fue Irak. Ver pp. 98-99.)

Un libro imprescindible para los tiempos que corren circula en algunas librerías: Las naciones del profeta. Manual de geografía política musulmana (Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2000). El autor. Xavier de Planhol. ha sido catedrático de geografía del Africa Blanca y el Oriente Próximo en la Sorbona de París y es miembro de la Academia Europea. Entre su voluminosa bibliografía.

Planhol ha escrito una Histoire de l’Islam (París. 1968) y un Essai de geograpbie religieuse (París, 1957).

Hay una tendencia en los proyectos de las instituciones culturales de México que consiste en generar ingresos pasándoles la charola a inversionistas privados. Lo hemos tratado en Nexos anteriormente. ¿Debe el Estado, con toda su influencia y todo su poder de convocatoria, atraer recursos privados para obras públicas? Si ocurre así, el Estado se convertirá, de inmediato, en un competidor desleal de empresas privadas y organizaciones no gubernamentales que no tienen el poder de las instituciones estatales para acopiar recursos. Al final queda de nuevo una pregunta: ¿un Estado competente o un Estado competidor? (Recursos privados para obras públicas. Ver p. 100.)

Un escándalo. Las autoridades educativas del sexenio pasado desautorizaron la publicación de los resultados del Tercer Estudio Internacional de Matemáticas y Ciencia (TIMS por sus siglas en inglés). México resultó reprobado, obtuvo cuatro últimos lugares y dos penúltimos en el ranking mundial de matemáticas y ciencias en niveles de primaria y secundaria. (Reforma. 15 de octubre. 2001). (Los resultados perdidos. Ver p. 100.)

El 15 de octubre cumplió cincuenta años la píldora anticonceptiva. Uno de sus creadores. Cari Djerassi, y una historiadora, Lara Marks, han publicado sendos y oportunos libros para dar cuenta de la cincuentona. Y lo más probable es que dentro de los próximos cincuenta años lo que celebre la modernidad del momento sea la pildora anticonceptiva masculina, a punto de estar ya entre nosotros. (La píldora cincuentona. Ver p. 100)

Y otro cincuentón es Holden Caulfield, el personaje de la novela The Catcher in the Rye del escritor norteamericano J. D. Salinger. Ahora la misma revista The New Yorker, que en su momento rechazó publicar una parte de la novela, le rinde homenaje en una colaboración de Louis Menand. La novela se publicó en julio de 1951 y hasta ahora, sólo en Estados Unidos, ha vendido 60 millones de ejemplares. (J. D. Salinger y Holden Caulfield: Los favoritos de todos. Ver p. 102).

El 11 de noviembre a las dos de la tarde sabremos si México ha calificado o no al Mundial de Corea y Japón. Cualquiera que sea el resultado, es importante dejar atrás algo que ha contribuido en gran parte a crear el problema o la posibilidad de no calificar: seguir creyendo que México es “el gigante de la zona”, cuando en realidad nunca ha sido fácil; y cuando, en realidad, ninguna eliminatoria al mundial es fácil ya para ningún equipo en el mundo. (El gigante de la zona, por Johannes Burgos. Ver p. 102.)

En la clausura del II Congreso Internacional de la Lengua Española en Valladolid, España, Carlos Fuentes se pronunció por una conferencia mundial de paz. Fuentes afirmó: “Estamos viviendo un nuevo desorden mundial. Todos deseamos un mundo de paz, de justicia, sin hambre, males que están en la raíz de todos los problemas. Si no se pone remedio a tiempo, este planeta lleva todas las trazas de que se vaya a la chingada, como decimos en México. No hay globalidad que valga sin localidad que sirva”. (La Crónica de hoy, 20 de octubre, 2001).

Héctor Aguilar Camín acaba de publicar Las mujeres de Adriano (Alfaguara, 2001). Como en un juego de espejos, el narrador de esta nueva novela es el profesor que recoge y ordena una libro anterior de Aguilar Camín, La guerra de Galio. Y hablando de La guerra de Galio. Cyril Connolly se propuso en Los enemigos de la promesa hacer un libro que por lo menos durara diez años. En México se cumplieron diez de la publicación de La guerra de Galio. El INBA organizó, en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes y en la Capilla Alfonsina, varias jornadas para releer esta novela publicada en 1991 bajo el sello de la editorial Cal y Arena.

Descanso de caminantes (Editorial Sudamericana. Señales, 2001, Buenos Aires, Argentina, 507 pp.) de Adolfo Bioy Casares constituye uno de los acontecimientos editoriales del año. El libro postumo de Bioy reúne, bajo el cuidado de Daniel Martino, una apretada selección de 500 páginas entresacadas de las 20,000 cuartillas que el escritor argentino escribió a lo largo de toda su vida. Descanso de caminantes es un diario, un libro de memorias, una agenda de notas, una selección de aforismos, una bitácora de viajes y, sobre todo, un ejercicio ejemplar de la literatura. (Un escritor de los de antes. Ver p. 103.)

En nuestro número de septiembre en Nexos alcanzamos a incluir un “aforismo hallado” en el último libro de Claudio Magris al español: “El yo es como el barón de Munchhausen, que tiene que salir de las arenas movedizas tirando de su propia coleta”. El libro es Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad (Anagrama, 2001). Sobra decir que este libro de Claudio Magris, miembro de nuestro Comité Editorial Internacional, es el mismo pero es otro también, ya más potenciado en sus intuiciones y certezas, luego de la fecha 11 de septiembre de 2001. Y buena parte de su lectura hace un eco claro y hondo con el tema de nuestro número: La modernidad y los escombros. (Claudio Magris: Subrayados. Ver p. 104.) .   n

El relevo teológico

EL RELEVO TEOLÓGICO

POR LUIS SALAZAR CARRIÓN

Frente a los terribles acontecimientos del 11 de septiembre en Nueva York y en Washington no queda sino reflexionar sobre lo que ha ocurrido en el mundo después de la caída del Muro de Berlín y del final de la Guerra Fría. Recuerdo que entonces Bobbio apuntaba con su precisión habitual que si bien el hundimiento del “socialismo real” era celebrable desde una perspectiva democrática, la muerte del comunismo como gran alternativa dejaba un vacío que difícilmente podría llenar la democracia política. El proyecto comunista había fracasado estruendosamente, en efecto, pero los problemas y las injusticias que había intentado superar no sólo seguían con nosotros, sino que se estaban agudizando a escala planetaria. El abismo entre ricos y pobres, la marginación de ingentes masas de “condenados de la tierra”, las heridas y agravios generados por modernizaciones brutales, y la incontenible explosión demográfica en el llamado tercer mundo, eran (y son) desafíos para los que la incertidumbre y los procedimientos formales de la democracia no tenían ninguna respuesta. Para colmo, la frivola y hasta estúpida propuesta neoliberal de debilitar y minimizar las instituciones estatales, sólo podía, sólo pudo, agravar esos desafíos, dejando abandonados y sin esperanza alguna a millones de seres humanos.

En este horizonte, agregaba Bobbio, era muy previsible que las religiones y las iglesias intentaran llenar ese vacío y regresar por sus fueros, convirtiéndose en la nueva gran alternativa a una modernidad que no parecía dar cabida ni esperanza a la mayor parte de la población en el mundo. Ante el catastrófico desplome de la promesa comunista de una emancipación secular, no podían sino resurgir las viejas promesas religiosas de una emancipación extramundana. En lugar de esa extraña religión de Estado que fue el marxismo- leninismo, reaparecería el viejo espíritu teocrático propiamente religioso, que si nunca ha mejorado la situación de los seres humanos, al menos tiene la capacidad de dar sentido a su vida y sobre todo a sus sufrimientos.

En este sentido, Immanuel Wallerstein tiene razón al recordarnos que buena parte de la fuerza e influencia del fundamentalismo islámico se explica por los resultados desconsoladores de los movimientos, relativamente laicos y progresistas, que encabezaron los procesos de descolonización y liberación nacional en los países árabes y africanos. Las grandes promesas de estos movimientos terminaron casi siempre en dictaduras brutales, en gobiernos corruptos, en sociedades descompuestas, tribalizadas, miserables y violentas. Juguetes y víctimas de la Guerra Fría, estas sociedades padecerían gobiernos que en realidad sólo serían parapetos para las agencias soviéticas o norteamericanas, y cuya única legitimidad provendría de su “alianza” más o menos variable con las superpotencias enfrentadas. Con ilimitado cinismo ambas superpotencias formaron y derrocaron gobiernos, armaron hasta los dientes a sus aliados, usando sin ningún escrúpulo a poblaciones enteras para llevar a cabo su lucha imperial por la hegemonía. Poco les importaba que esos aliados fueran mafias asesinas, fundamentalistas fanáticos o líderes tan voraces como corruptos; poco les importaba que los “Estados” así configurados saquearan, asesinaran, maltrataran y empobrecieran a las poblaciones, mientras les fueran leales y les sirvieran estratégicamente. Esta fue el caso de Sadam Hussein, de los talibán, de los jeques de Arabia Saudita y de no pocos “gobiernos” africanos. Esa historia de la Guerra Fría está todavía por escribirse en su mayor parte, pero sólo ella permite comprender el “retorno de lo sagrado”, el porqué de esos fundamentalismos teocráticos y criminales, que hoy amenazan no con el choque de civilizaciones sino con el fin de la civilización y el triunfo de la barbarie.

El fin de la Guerra Fría no fue para esas sociedades y esos ejércitos así creados una buena noticia. Ya ni siquiera podrían jugar el papel de “aliados”, de instrumentos del gran conflicto que “ordenaba” al mundo, simplemente se convirtieron en prescindibles si no es que en obstáculos o amenazas para celebrar “el fin de la historia”, el triunfo irreversible según algunos optimistas extremos de la democracia liberal occidental. Después de haber sido utilizadas de la peor manera, después de haber sido armadas y preparadas para combatir guerras que sólo servían a intereses ajenos, esas fuerzas y esos gobiernos se encontraron con que no tenían ya ningún lugar en el nuevo “orden” mundial emergente, dominado por la única e insensible superpotencia norteamericana. El escenario quedó así listo para que ayatolas y ulemas explotaran, capitalizaran y canalizaran el odio, la desesperación y el resentimiento de cientos de miles de jóvenes que ya no podían esperar nada de las viejas ideologías seculares. En su increíble ceguera política, el gobierno norteamericano creyó que bastaba poner de manifiesto su inmensa superioridad técnico-militar en la guerra del Golfo Pérsico vapuleando al despreciable dictador de Irak, para disuadir a esos jóvenes fanatizados de intentar cualquier ataque a los sagrados intereses norteamericanos… para después aplicar una estrategia de bloqueo inclemente, que sólo podía significar sufrimiento y hambre para la población, como método para controlar y someter a esa infame dictadura.

Nada de lo anterior puede justificar ni mitigar los horrendos crímenes perpetrados por las organizaciones terroristas. Son crímenes contra la humanidad y contra la civilización que sólo expresan un fanatismo psicótico, un odio irracional contra la vida y los derechos de los demás. Aquellos que pretenden “comprenderlos” no parecen darse cuenta de que esas organizaciones representan una de las mayores amenazas para el futuro de la humanidad, y que sus “razones” nada tienen que ver con la miseria de los pueblos o con cualquier sentido de justicia inteligible para los seres humanos. Lo único que cabe esperar de ellos son más crímenes, más violencia, más pobreza y más odio, como lo muestra claramente la ferocidad inaudita con la que el “régimen” talibán trata a! pueblo afgano. Por más que puedan detectarse las causas que les dieron vida, no habría que olvidar que el fanatismo y el terrorismo adquieren por su propia naturaleza autonomía y vida propia, precisamente porque sus causas son teológicas y no racionales, porque sus “causas” nada tienen que ver con las causas que los generaron.

Por eso pueden afirmar una voluntad suicida y genocida, por eso se oponen a cualquier negociación y a cualquier estrategia racional. Esto es justamente lo que los convierte en uno de los mayores desafíos no sólo para la sociedad norteamericana sino para toda la humanidad. Esto es lo que los vuelve enemigos de cualquier civilización y de cualquier cultura. Esto es lo que los transforma en un adversario que será verdaderamente difícil de derrotar.

Para algunos escritores de “izquierda” resulta muy cómodo responsabilizar de lo ocurrido al neoliberalismo o al imperialismo norteamericano, lo que en ocasiones les conduce casi a reivindicar a los salvajes fanatizados que cometieron esa matanza sin nombre. Es el viejo sonsonete victimista, que tantos estragos ha causado en las corrientes de izquierda, y que las ha llevado a apoyar a las dictaduras más odiosas y sangrientas, desde Stalin hasta Pol Pot y Fidel Castro. De hecho más bien habría que preguntarse si el relevo teológico que ha dado vida a este fundamentalismo terrorista no tiene que ver, también, con el fracaso de las izquierdas laicas para proponer algo más que denuncias retóricas y discursos sentimentales, es decir, para proponer verdaderas alternativas políticas, viables y deseables, y sobre todo racionales, para un mundo que corre el riesgo de retornar a la barbarie. n

Demián Flores: Monte Albán

DEMIÁN FLORES: MONTE ALBÁN

POR GERMAINE GÓMEZ HARO

Del 7 de noviembre al 1 de diciembre la Galería Casa Lamm expone la obra del pintor oaxaqueño Demián Flores. De ella, como revela Germaine Gómez Haro, debemos esperar composiciones abiertas y llenas de aire que flotan en espacios ajenos a lo real.

Desde sus inicios, el arte de Demián Flores (Juchitán. 1971) ha expresado las complejidades de su mestizaje cultural. En su constante vaivén entre Juchitán y el Distrito Federal, Demián ha tejido una intrincada red de referencias y analogías entre la tradición istmeña de su región natal y el ámbito urbano donde creció y se formó como artista. Su trabajo es un producto híbrido que refleja su tribulación por la supervivencia de las raíces zapotecas en un mundo cada vez más homogeneizado por la amenaza de la globalización.

Su pintura reciente es la crónica gráfica de una realidad que hoy se vive en todos los confines de nuestro país: la pérdida de identidad como resultado de la invasión mediática. Si en el siglo XVI la fusión de las culturas hispana y mesoamericana se dio por la vía de la destrucción sistemática del pasado indígena, a partir de la segunda mitad del siglo XX hemos sido testigos de otra suerte de colonización. consumada por el implacable bombardeo de imágenes emitidas del centro hacia la periferia, esto es principalmente, de los Estados Unidos hacia el sur. Además del efecto abrumador de los medios electrónicos de comunicación en las zonas más remotas del país, en regiones como Oaxaca existe una profunda infiltración de la cultura norteamericana por medio de los innumerables trabajadores migrantes que viajan al país vecino en busca de mejores oportunidades, y en muchos casos, regresan a su terruño apabullados por el espejismo del american way of life. Demián —él mismo, migrante a la capital defeña— es un agudo observador de estos fenómenos socio-culturales y evoca en su obra reciente una síntesis visual de lo que para él significa la alienación y la crisis de identidad.

En su trabajo anterior, Demián ya ahondaba en los modos de expresión y de comunicación de la cultura zapoteca. y pergeñaba la transformación del imaginario indígena en una expresión sincrética que ha cobrado fuerza en las manifestaciones del pueblo. Actualmente, su repertorio irónico incluye imágenes emblemáticas del pasado prehispánico y de la cultura popular local e importada. Con ellas, elabora una aguda síntesis de formas y técnicas de expresión que bosquejan sus percepciones del tiempo y del espacio, para presentar el dilema de la asimilación de elementos foráneos y la deformación de los propios, lo que deviene dialéctica de la enajenación y la apropiación. Para ello, utiliza un lenguaje post-pop urbano y recurre al procedimiento mecánico de trasposición serigráfica sobre el lienzo, una variación técnica de lo que, en su momento, hicieron los “padres” del pop art. Andy Warhol y Roy Lichtenstein.

Demián mezcla imágenes de choque y, a partir de la deconstrucción y decodificación icónicas. plantea la relevancia de la simbiosis cultural. Esta confrontación de imágenes —poderosas en su síntesis— atañe, a un tiempo, al orden perceptivo y al conceptual. Demián se ha despojado por completo del abigarramiento formal que caracterizaba su trabajo anterior, de ese horror vacui que surgía de la yuxtaposición de escenas superpuestas en infinitas capas translúcidas de pintura. Ha pasado del barroquismo a una suerte de minimalismo sobrio. A decir del artista, la organización del espacio en estos lienzos es una alusión directa a Monte Albán. una de las ciudades mejor trazadas de Mesoamérica. Ahora, sus composiciones son abiertas y aireadas, y sus figuras —finas, elegantes, casi etéreas— flotan en un espacio ajeno a la realidad, sobre un fondo totalmente recubierto de pintura dorada que provoca una extraña sensación de atmósfera mística.

La metáfora áurea funciona como hilo conductor de todas sus pinturas, a la vez que hace referencia a tradiciones ancestrales. Cabe recordar que en la mitología prehispánica, era el excremento de los dioses que, al caer a la tierra, la fecundaba, haciendo posible la perpetuación del ciclo de la naturaleza. La cultura novohispana marcada por destellos áureos, impulsó la creación de los retablos de madera recubierta de hoja de oro y la escultura estofada y policromada, como signos de ofrenda sublime al Creador. También remite al Tesoro de Monte Albán, el más rico legado de orfebrería en oro del pasado precolombino.

El discurso pictórico de Demián Flores en esta serie titulada Monte Albán se ha sintetizado a lo sumo. Su voz es firme y directa, y sus imágenes, propositivas y contundentes. Con ello, se corrobora la máxima de Robert Browning: Menos es más.  n

El PUMA y el mexicano

EL PUMA Y EL MEXICANO

POR CINNA LOMNITZ

La ciencia sí funciona, dice Cinna Lomnitz mientras repasa el estudio más reciente sobre la tradición guadalupana e invoca a la ecuanimidad científica para determinar dónde se construirá el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México.

Una amable lectora me confesó que lo que más le había llamado la atención en estos modestos comentarios sobre actualidad científica era una definición que yo había citado en alguna ocasión: La ciencia es lo que funciona. No me había percatado del sentido tan peculiar que un lector mexicano puede darle. El autor de la frase, Dick Feynman, había querido decir una cosa bastante simple: “Si funciona, es ciencia; si no funciona, es política”. En cambio, en nuestro país lo sorprendente es que exista algo que funcione.

Me acuerdo de mi maestro de gimnasia en secundaria, un alemán atlético que era muy estricto y nos hacía brincar—”Un, dos, un, dos”—hasta el cansancio. Un día un compañero se atrevió a quejarse: “¡No somos máquinas!”. El alemán respondió: “Sí, tu erres una mákina; ¡perro una mákina ke no funktziona!”.

Ese es el problema. Somos máquinas, pero no siempre le funcionamos a Dios, a nuestro país, a nuestra pareja, ni a nosotros mismos.

Esta reflexión me vino a la mente al leer el nuevo libro Mexican Phoenix, de David Brading. Se trata, según mi cuenta personal, del cuarto volumen histórico-cultural de peso completo que se publica desde 1977 por extranjeros sobre la Virgen de Guadalupe: Lafaye, Nebel, Poole, y ahora un profesor de estudios mexicanos de la Universidad de Cambridge. ¿Y nuestros expertos guadalupanos? Bien, gracias.

Los enredos de Brading

Los estudios sobre la Virgencita se cotizan en el extranjero. Más exactamente, se venden a 800 pesos que es lo que me costó el libro de Brading. ¿Los vale? Bueno, se trata de una joya bibliográfica, producida por la Cambridge University Press, el ave fénix de las imprentas universitarias del mundo. La pasta, el papel, la tipografía, las ilustraciones, el estilo y la total ausencia de errores: todo eso es un deleite para el amante de la perfección en materia de publicaciones.

En cuanto al contenido, el profesor Brading ya había publicado importantes trabajos sobre profecía y mito en el México colonial; sobre el indigenismo y la relación nacionalismo-patriotismo en México; sobre la Reforma, y sobre la Iglesia mexicana en tiempo de los Borbones. Su investigación sobre la Virgen de Guadalupe fue posible gracias a la hospitalidad del Centro Condumex sobre historia de México, y de la Universidad de Guadalajara.

Este es entonces el libro definitivo sobre las apariciones de 1531, que tampoco resolverá nuestras dudas. El problema es ¿quién nos entiende? Voy a poner un ejemplo. Al evaluar el significado del Nican Mopohua, el autor (que no sabe náhuatl) se atiene a la opinión del experto nahuatlista americano John Bierhorst: “si bien fue escrito en náhuatl, el relato es claramente el invento de una mente europea”. Por eso Brading atribuye la autoría del relato básico sobre las apariciones al presbítero Miguel Sánchez (1596-1674). Supone que la versión en náhuatl de Luis Laso de la Vega está basada en la obra española de Sánchez. Pero el propio padre Sánchez había declarado bajo juramento que su relato se basaba en una tradición oral anterior. Aparentemente el testimonio del propio autor no se vale. Otros investigadores han destacado el carácter indígena del Nican Mopohua y se preguntan cómo le hizo el padre Laso para dominar el náhuatl literario de principios de la Conquista con tal perfección.

Lo que no se dice en ninguna parte es que el Nican Mopohua es una obra maestra de la literatura universal. El etnocentrismo de los “expertos” es tal que piensan que todo lo bueno que hay en México tiene que ser “invento de una mente europea”. Al paso que vamos, van a descubrir que el Bhagavad Gita, los poemas de Su Dongbo y la novela Genji de Murasaki son de origen europeo.

Supongamos que el padre Suárez fuera el auténtico fundador, en 1648, de la tradición guadalupana. ¿Cómo explicar que el segundo arzobispo de México, Alonso Montúfar, se hubiera declarado guadalupano ya en 1556 y que la orden franciscana le hubiera montado una oposición implacable por tal motivo? Brading trata de explicar la actitud de los franciscanos aduciendo razones teológicas; pero si eran tan contrarios a la veneración de las imágenes, ¿por qué no se oponían al culto de la Virgen de los Remedios, a la que ellos mismos habían ayudado a coronar Reina de México? Hay motivos políticos en el silencio de las autoridades.

En fin, el libro de Brading plantea más problemas de los que resuelve. En principio, eso es bueno. Brading admite que “hay materia para otro libro, o varios”. Lo dicho: los autores extranjeros subestiman la complejidad de la sociedad mexicana y la otredad de la cultura. Un ejemplo entre miles: Brading hace notar el uso de “diminutivos” en el Nican Mopohua. Pero en México el diminutivo tiene un significado como sufijo honorífico. No se trata de un arcaísmo ni de una familiaridad. Cuando la Virgen exclama “Juantzin! Juan Diégotzin!”, el indígena de 57 años no se siente empequeñecido; muy al contrario, “oyó su palabra muy suave y cortés, como de quién quiere y estima mucho”. En Japón se usa el prefijo “O” de la misma manera: O-Fuji-Sama, el “honorable Monte Fuji”, O-chá. el “honorable té” (nosotros diríamos: ¿no quiere un tecito?). Por eso, cuando Juan Diego llama a la Virgen “Mi jefecita” nadie en México se extraña: así decimos respetuosamente a las mamás hasta el día de hoy.

Pero, ¿para qué seguir? Las explicaciones serían de nunca acabar. Si estimamos y honramos a nuestra tradición guadalupana y en verdad creemos que poseemos un tesoro único en el mundo, hay que compartirlo con inteligencia, con tradición, con orgullo. Existe un Festival Cervantino; leemos y representamos las grandes obras de Shakespeare en excelentes traducciones; pero no poseemos una traducción del Nican Mopohua que haga justicia a su eminencia como creación literaria. Farol de la calle…

El PUMA volador

A principios de agosto se presentó oficialmente el estudio que realizó el Programa Universitario del Medio Ambiente (PUMA) de la UNAM sobre el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México. El documento no se pronunció a favor ni en contra de las dos alternativas que compiten para la ubicación del aeropuerto. Como eso no funciona se concluyó, de acuerdo con el dicho de Feynman, que se trataba de política y no de ciencia. La imagen pública de la UNAM quedó más deteriorada de lo que estaba, y hasta Germán Dehesa, un bravo defensor de nuestra universidad, se molestó.

El estudio del PUMA fue realizado a solicitud del gobierno federal. Contó con la colaboración de más de cien especialistas interdisciplinarios de alto nivel. Lástima que no se pensó incluir a especialistas en política ni en imagen. En efecto, no se explicó claramente el alcance y la naturaleza de este trabajo. Se trataba de una investigación “al vapor”, hecha sobre las rodillas y sin realizar trabajos de campo. Los gobiernos suelen apelar a las instituciones públicas para respaldar sus decisiones y guarecerse de los críticos: de este modo, siempre pueden citar el informe cualquiera que sea la decisión que se adopte.

Se dirá: ¿por qué la universidad nacional se presta a este juego? La ciencia que se hace en la UNAM afortunadamente conserva una reputación de seriedad y reconozco que el trabajo del PUMA fue tan serio como es posible realizar en unas pocas semanas. Se proporcionaron y se evaluaron todos los antecedentes ambientales disponibles. Lo que el gobierno haga con esta información ya no es asunto nuestro, dicen los expertos.

Pero el problema es ético: se trata de la responsabilidad del científico con la sociedad. Recuerdo un famoso debate del siglo XVII, cuando los científicos mexicanos tuvieron que opinar acerca de la causa de la enfermedad de los mineros que hoy se conoce como mercurismo. El mercurio se empleaba para la extracción de la plata y era de gran importancia económica. El informe presentado por los expertos contenía abundantes citas de Avicena, de Galeno y de Aristóteles acerca de si el mercurio era “húmedo y frío en primer o segundo grado”. Pero no se hicieron trabajos de laboratorio sobre las propiedades del mercurio, ni exámenes a los mineros enfermos. El informe fue usado para acallar las justas reclamaciones de los mineros, quienes siguieron padeciendo y muriéndose de mercurismo.

Hay una manera de prevenir estos abusos: exponernos al escrutinio público de los medios. Veamos cómo se ha manejado el asunto de la localización del nuevo aeropuerto. Se supone que existen dos alternativas: Texcoco y Tizayuca. Pero el problema no se reduce a un estudio ambiental. ni a una decisión política entre dos grupos rivales. Lo que debe hacer el científico responsable es proponer al presidente Fox una visión totalmente nueva. ¿Qué hacer para que el aeropuerto cumpla con exigencias que confirmen la imagen de México como país progresista y avanzado? Para ello, el nuevo aeropuerto debe cumplir con las siguientes condiciones: 1. Desde el primer día de la planeación, no basta minimizar los impactos ambientales sino que hay que enriquecer la vida de la comunidad mediante la creación de parques, servicios, facilidades deportivas y educacionales, oportunidades de empleo, un museo tecnológico, etcétera. 2. No basta calcular los riesgos: hay que dar un ejemplo de lo que puede hacerse en materia de diseño arquitectónico, eficiencia, seguridad aeronáutica y prevención y manejo de riesgos, a través de un concepto avanzado del nuevo aeropuerto.

Entonces, es necesario reunir un equipo científico y tecnológico creativo. que incluya a planificadores. arquitectos y científicos sociales con talento y visión. Se trata de un auténtico desafío y no de otra forma de acomodar intereses políticos o económicos. Tampoco debemos limitarnos a Texcoco y Tizayuca; hay que examinar todas las posibles alternativas. Es lo que nos dice la ciencia. Y la ciencia sí funciona.    n

In macagan yeopeuh, yexotla, ye cueponi intlaneltoquiliztli, iniximachocatzin inipalnemohuani nelli Teotl DIOS. Nican Mopohua

Fundametalismo y terror

FUNDAMENTALISMO Y TERROR

UNA ENTREVISTA CON GIOVANNI SARTORI

POR SILVIA LEMUS

Dónde estaba cuando sucedió el ataque terrorista en Nueva York?

Estaba precisamente en Nueva York. Tuve el buen o el mal instinto de llegar el domingo, dos días antes del ataque.

¿Cuál fue la primera reacción?

Estábamos en shock, traumatizados. Claro que lo vimos por la televisión. Tuve la suerte de no estar en la calle. Fue una cosa terrible, nunca había visto algo tan horrible.

¿Qué le pasará a Estados Unidos?

El país está más unido que nunca. A últimas fechas hemos tenido una discusión sobre las sociedades multiétnicas; se dice que el melting pot ya no funciona, que Estados Unidos se vuelve cada vez más una sociedad multiétnica dividida. Pero de un día para el otro nos damos cuenta de que se trata de una sociedad muy unida, que el americano en singular existe y que la nación americana existe. ¿Recuerdas la fórmula to the many the one? Pues así es.

¿Cómo afectarán los eventos del 11 de septiembre el concepto y la práctica de la democracia en Estados Unidos y alrededor del mundo?

La democracia sobrevive a la guerra. Sin embargo, durante las guerras se restringen las libertades individuales, hay un mayor control sobre ellas y eso afecta a la democracia. Aquí nos enfrentamos a una guerra diferente, mucho más larga; no se trata de una guerra convencional. A largo plazo los resultados serán para todos una nueva experiencia, pero por el momento habrá restricciones y más control en las comunicaciones. Fuera de esto, no le pasará nada dramático a la democracia.

¿La guerra se justifica?

Ya he dicho antes que ésta no es una guerra en el sentido tradicional del término. No es como la guerra en Bosnia, o la guerra contra la pobreza, en sentido metáforico, claro. No es como la Primera Guerra mundial ni como la de Vietnam, es una guerra en el sentido de que algunas medidas militares serán tomadas y que algunas fuerzas militares serán usadas. Tenemos la esperanza de que la fuerza militar sólo se use en objetivos militares.

¿Disminuirá la reacción ante los hechos o estamos ante una nueva era de relaciones internacionales?

El trauma es muy profundo, y en ese sentido la imagen queda. No sólo queda la memoria de lo ocurrido sino que las imágenes que presenciamos estupefactos frente a los televisores trascenderán el tiempo y permanecerán como ejemplos vivos. El trauma quedará vivo, alimentado de las imágenes y las fotos. Y está bien, porque nosotros, seres humanos del siglo XXI, olvidamos muy fácil y muy rápido cuando en realidad deberíamos de tener más memoria de los acontecimientos. Por lo demás, es demasiado pronto como para afirmar nada, pero esto no se desvanecerá porque el miedo permanecerá. Aunque no suceda nada más —cosa que dudo mucho—, el miedo no se disolverá en mucho tiempo.

¿Cómo afectarán estos eventos a la libertad de expresión en Estados Unidos?

Eso ya quedó atrás en la época de McArthur; con tan mala fama dudo mucho que un McArthur pueda repetirse. Pero ocurre como en todas las guerras: la gente cree que debe ganarle al enemigo. Por tal motivo hay reacciones muy fuertes hacia los críticos. Esto no implica que se vean afectados, pero es comprensible que sean contraatacados. La libertad de expresión no se da nunca al cien por ciento. He pasado por muchas universidades y aun ahí hay muchos profesores que se han visto forzados al silencio, a no decir con toda libertad lo que opinan. O sea que, hasta cierto punto, la libertad de expresión siempre ha sido limitada; no creo que esta guerra la afecte mayormente.

¿Cómo se combate a un enemigo sin rostro?

Después de Vietnam. Estados Unidos decidió que no volverían a perder un solo soldado, lo que resulta difícil cuando se tiene a un ejército en guerra, y también decidió que la tecnología resuelve todos los problemas. De modo que hasta el espionaje y la inteligencia se han inclinado a la tecnología en la medida que aprovechan los satélites. Cualquiera que está en el negocio sabe, sin embargo, que estamos ahogados por un exceso de información, así que el asunto se vuelve un problema de pantallas. y ese problema está en las mentes de los individuos, no en las máquinas. Después de todo, lo que se necesita es inteligencia humana. Sólo mediante la infiltración podemos descubrir y darles un rostro a los grupos terroristas, no hay otro modo de combate. Los terroristas saben cómo esconderse, cómo cuidarse, están entrenados para no ser infiltrados. Por eso la única manera de combatir el terrorismo es desmembrando sus sistemas. Digamos que este es el primer paso, después hay que tomar una acción militar como ya sucede en Afganistán, aunque lo básico es descubrirlos, infiltrarse, desmantelar sus redes y luego tomar una acción militar.

¿Será una guerra invisible?

Todas las guerras tienen una dimensión invisible. El espionaje. en sí mismo, es una guerra invisible. De hecho, peleamos contra una forma de espionaje. Los espías son invisibles: para atacarlos se crea un contraespionaje, que es igualmente invisible. Tenemos lo invisible contra lo invisible, lo cual da como resultado una fuerte actividad encubierta.

¿Se trata de un nuevo tipo de guerra?

Sí, es un nuevo tipo de guerra, de igual forma que el terrorismo es una nueva forma de ataque: un ataque tecnológico. La vulnerabilidad de la tecnología ante sí misma ha creado un terrorismo tecnológico que nunca antes había existido.

¿El mundo árabe cooperará con Estados Unidos en contra de Afganistán?

En diferentes grados y hasta cierto margen de posibilidad. Depende de qué tan fuerte sea el fundamentalismo islámico que compone a cada pueblo. El hecho de que toda una población sea islámica no quiere decir que sea fundamentalista. En el caso de Pakistán hay un problema mayor, ya que ahí el fundamentalismo es extremo al grado de albergar a los Talibán. Para el régimen pakistaní es muy peligroso exponerse demasiado a favor de Estados Unidos. Así que deberá sobrevivir haciendo lo que le sea posible. Otros países como Arabia Saudita, Egipto, Túnez. Marruecos, presentan un grado diferente de riesgo que determina tipos distintos de equilibrio.

¿Cuáles serán, en el corto plazo, las respuestas al ataque?

Habrá una respuesta militar. Espero y confío en que sea una respuesta limitada en contra de Afganistán, no porque Irak no se lo merezca también, pero eso sería contraproducente. Será una respuesta dirigida a los objetivos militares y a la búsqueda de Bin Laden, que se hará a través de una operación comando y asistiendo a los propios rebeldes afganos pues ellos conocen muy bien su territorio, están muy cerca de Kabul y pueden ser un fuerte apoyo desde el punto de vista militar.

¿Qué opina de la declaración de que se busca a Osama bin Laden vivo o muerto?

Fue un recurso típico del viejo oeste, de alguna forma aplicable a la dramática situación de encontrar al culpable de un ataque terrorista de tales dimensiones. Pero tiene cierto fondo aterrador en el sentido de que significa un permiso oficial para matar, para responder con terrorismo al terrorismo. Eso fue, en sentido estricto, lo que Bush dijo, pero no fue su intención decirlo.

¿En el largo plazo, qué respuestas globales habrá para combatir los problemas de salud, educación, pobreza?

La pobreza no tiene nada que ver con el terrorismo, es una constante, no una variable económica. Lo que me parece importante es la religión. Por un lado tenemos la religión como frustración de perder la “guerra santa”, y por otro el hecho de que el Islam es una religión belicosa cuyo potencial de violencia es extremo. Claro que el Islam tiene un lado pacífico, pero si volteamos al pasado descubrimos que en el siglo VIII se apoderó de toda África y parte de España.

0  sea que, sin temor a equivocarme, puedo decir que los musulmanes son grandes guerreros. Siguiendo tal línea, el fundamentalismo es el regreso al origen, esta es su estricta definición, retomar los fundamentos. El argumento es muy simple: apegarse al Corán original escrito alrededor del siglo VII en un abierto rechazo a la modernización. Un fundamento de esta naturaleza puede provocar una guerra.

¿Qué papel juega el conflicto Israel-Palestina en los ataques del 11 de septiembre?

En cuanto al Islam y al fundamentalismo, ciertamente ha sido el detonador. Pero no debemos olvidar la guerra contra Sadam Hussein. El punto es que las guerras se ven ahora en televisión, algo que resultaba imposible en otros tiempos. Comprabas el periódico y leías una noticia terrible sobre miles de chinos muertos a causa de una inundación; te lamentabas, pero no se te quedaba la imagen devastadora de esos miles de muertos . La verdad sobre la guerra actual es que también se da en las pantallas. Todo lo que muestran los medios de comunicación es lo que forma nuestra opinión, lo que crea los efectos secundarios de la guerra. Entonces, la opinión pública islámica ha sido motivada por la televisión que muestra niños iraquíes muriendo como consecuencia de los ataques, cuando la realidad es que mueren porque Hussein usa todo el dinero para armamento. La información se distorsiona, y se juega con la opinión pública a capricho de los medios.

Como autor de Homo videns y conocedor de los medios, ¿cómo cree que la violencia en la televisión afectará a los espectadores de todo el mundo?

El impacto de la televisión es preocupante. Así como Internet, la televisión tiene una enorme fuerza movilizadora que no existía en el pasado.

¿Qué opina de los héroes cinematográficos que aparecen en situaciones similares a las que presenciamos el 11 de septiembre?

Hay diferencias. En el mundo siempre han existido locos y perturbados, pero estaban solos y dispersos, y no salían a la luz. Lo que hoy vivimos no es resultado de un loco, sino de una organización. El terrorismo implica a muchos, no es un enfrenta- miento frente a frente, ni de uno contra veinte, ni de uno contra mil. Secuestras dos aviones, y le quitas la vida a seis mil personas. La tecnología no sólo nos vuelve vulnerables, no sólo implica la multiplicidad de individuos, sino que requiere de una infraestructura, de un sistema de redes que sustenten y permitan llegar al objetivo: el fundamentalismo. n

Traducción de Sally Avigdor

Entre Keynes y el aislamiento involuntario

ENTRE KEYNES Y EL AISLAMIENTO INVOLUNTARIO

Se mantiene la tendencia de las autoridades americanas a inyectar recursos a su economía en un cuadro que muchos ven como clásico de política keynesiana. El pasado 2 de octubre la FED anunció un nuevo recorte, el noveno en el año, de otro medio punto en su tasa de referencia, lo cual la coloca en un nivel de 2.5%, la más baja en cuatro décadas y muy cerca de ser negativa en términos reales. El banco central ubica el principal riesgo de su economía economía en una mayor debilidad productiva y no descarta otras disminuciones a la tasa de interés

En el lado fiscal, Bush inicia una campaña por allegarse recursos adicionales a los más de 50,000 ya autorizados. Se habla de un monto cercano a los 60,000 millones de dólares. De aprobarse, el estímulo fiscal alcanzaría casi el 1% del producto. Sobre la forma de utilizar los recursos se mantiene una discusión entre republicanos y demócratas. Aparentemente la posición de los primeros gana terreno y se centra en disminuciones de impuestos, sobre todo corporativos. Para los segundos, sería preferible aumentar los beneficios a desempleados y/o hacer mayores transferencias a las familias de menores ingresos.

Estas noticias, relativamente favorables para la principal economía del mundo, no encontraron eco en los mercados emergentes. Nuestros países no pueden entrar a un ciclo de estimulación keynesiana sin deteriorar catastróficamente sus finanzas públicas, no tienen de dónde sacar fondos públicos o devolver impuestos para estimular el consumo.

Argentina observó un marcado deterioro en sus variables financieras y contagió al resto de los mercados emergentes. En México se preveen condiciones difíciles para las finanzas públicas: menor recaudación de impuestos sobre la renta y baja en los ingresos provenientes del IVA. Tampoco es favorable el pronóstico para la economía en general. La encuesta sobre las expectativas económicas del sector privado refleja una visión pesimista del futuro inmediato. Los analistas ajustaron a la baja el pronóstico de crecimiento económico de México en este año (0.2%). También esperan menores niveles de consumo y empleo. Aumentaron en cambio los niveles esperados de inflación general (a 5.6%), las tasas de interés (9.7%) y el tipo de cambio (9.6 pesos por dólar).

Los factores que limitarán la actividad económica en México en los próximos meses son principalmente de origen externo. Los indicadores sobre el clima de los negocios y el nivel de confianza muestran debilidad. No obstante, los consultores destacan algunos aspectos positivos: se esperan flujos altos de inversión extranjera directa: 17,680 millones de dólares en 2001, 13,885 millones en el 2002. Y persiste el optimismo acerca de la aprobación de la reforma fiscal en el presente año. Demasido optimismo, dirán algunos, pero el 90% de los encuestados dentro del sector privado así lo manifiesta.

El impacto económico negativo de los ataques terroristas de septiembre se ve en la pérdida de dinamismo de las exportaciones y en sectores asociados a las aerolíneas, como el turismo. Pero algunos efectos de mediano plazo pueden ser igual o más importantes.

Uno es el efecto que la nueva guerra puede tener sobre la “forma de vida” en Estados Unidos. Son previsibles desde ahora menos viajes aéreos y mayor uso de telecomunicaciones (videoconferencias, etc.).

Parece inevitable también una redefinición del concepto de seguridad de las autoridades estadunidenses. Para nuestro país la principal pregunta es el impacto que esto puede tener sobre los flujos comerciales y humanos entre las dos naciones. Mayores medidas de seguridad pueden frenar nuestro comercio con Estados Unidos. Por ello, es urgente modernizar el aparato de seguridad nacional (aduanas, migración, información e inteligencia) de manera integrada con Norteamérica. De otro modo se correrá el riesgo de mayores costos para mercancías, productos y personas al cruzar la frontera, lo cual minaría uno de los principales atractivos mexicanos: la posibilidad de comerciar en Norteamérica.

En materia de inversión los riesgos son también altos. La incertidumbre sobre la economía mundial asusta a los inversionistas que prefieren buscar refugio en economías seguras. Para los mercados emergentes como México, esto implicará una menor recepción de inversión extranjera. Una vez más el ahorro externo se limita para el país.

Por otra parte, crecerá la posibilidad de contagios por problemas de otros mercados emergentes. Seguirán presentes y pueden agravarse la dificultad de obtener liquidez, la cerrazón del mercado a nuevas emisiones, etcétera.

A diferencia de lo que pasa en Estados Unidos no se podrán relajar ni la política fiscal ni la monetaria, a pesar de que nuestro ciclo económico esté crecientemente hermanado al de ellos.

Puesto todo junto, una posible repercusión a mediano plazo de los ataques terroristas de septiembre es que México enfrente un ambiente no voluntario de “aislamiento” comercial y financiero en relación con Estados Unidos. Una respuesta a este tipo de problemas de los países menos desarrollados de la Unión Europea (Grecia, Portugal, Irlanda, España), fue acentuar el proceso de integración (adoptar reglas, normas y procedimientos aceptados por todos) para prevenir el aislamiento potencial.

México podría repetir la receta: no frenar, sino acelerar la integración al mundo desarrollado. Lo anterior trasciende los temas económicos, implica de hecho una política de Estado y una visión nacional de futuro. Si tendremos o no esa visión es moneda en el aire, aunque, vistas las cegueras antimodernizantes de un sector de nuestra clase política, no llegaremos ahí sin grandes batallas oratorias y políticas. n

Un europeo en el Islam

UN EUROPEO EN EL ISLAM

A México acaba de llegar la crónica de viajes de Alí Bey, un barcelonés con escasas señas biográficas. Viajes por Marruecos, Trípoli, Grecia, Egipto, Arabia, Palestina, Siria y Turquía carga entre páginas una deliciosa fiabilidad testimonial. Alí Bey cuenta la visto y lo sugerido y, aun faltando en ocasiones a la verdad, encuentra el camino correcto para darnos una porción del mundo árabe a principios del siglo XIX. Por la crónica de Alí Bey tenemos ojos para observar al mundo islámico en toda su vigencia histórica y cultural. No es, por lástima, y aunque también viajó protegido por un disfraz musulmán, sir Richard Burton, cuya aventura por los santos lugares domina y a la vez opaca a los relatos de su misma especie. El prólogo tiene el sello de Juan Goytisolo y, entre muchas cosas, dice: “Alí Bey tiene la gloria de ser el primer europeo en visitar motu propio los lugares santos del Islam, vedados a los infieles o cafres, con el embozo de un musulmán devoto”. Alí Bey ostenta de igual modo la gloria de un ojo de proporciones fotográficas, siempre al acecho de un más allá. En Palestina, por ejemplo, asistimos a la reivindicación de la convivencia pacífica y armoniosa entre cristianos, judíos y musulmanes. Sus atinadísimas reflexiones sobre los principios civilizatorios del mundo árabe trazan un cuadro de apego a la ley, rectitud y nobleza de espíritu. Hosco, silvestre y aun con sus limitaciones, Alí Bey encuentra el tono preciso para hacernos testigos de un mundo cuyo mérito mayor es el talento para conjugar el orden político y los buenos modales bajo cualquier circunstancia. Como Alí Bey escribe: ”Debo decir que hallé mucha racionalidad y moderación”. n

J. D. Salinger y Holden Caufield: Los favoritos de todos

J.D SALINGER Y HOLDEN CAUFIELD: LOS FAVORITOS DE TODOS

Otro que cumple cincuenta años es Holden Caulfield, el personaje de la novela The Catcher in the Rye del escritor norteamericano J. D. Salinger. El primer rechazo de publicación que obtuvo esta novela provino de la revista The New Yorker, que había publicado previamente seis cuentos de Salinger, entre ellos uno de los más famosos, “Un día perfecto para el pez del plátano”. Los editores se negaron a publicar un fragmento de la novela. Le dijeron a Salinger que la precocidad de los cuatro niños Caulfield no era creíble, y que la escritura era presuntuosa: parecía diseñada más para desplegar la sagacidad del autor que para exponer la historia. The Catcher in the Rye había sido ya rechazada por una casa editorial, Harcourt Brace, que pidió una opción de publicarla. Ahí un ejecutivo de nombre Eugene Reynal obtuvo inmortalidad de la mala al quejarse, en su dictamen, de que no podía hacerse una idea de si supuestamente Holden Caulfield estaba loco o no. El agente de Salinger llevó entonces el libro a Little Brown donde el editor, John Woodburn, tuvo la prudencia de no hacerse tales preguntas. La novela se publicó en julio de 1951 y desde entonces ha vendido sólo en Estados Unidos 60 millones de ejemplares.

Ahora The New Yorker (Octubre 1, 2001) le rinde un homenaje a The Catcher in the Rye, en un artículo escrito por Louis Menand. Dice en una parte: “El mundo es triste, dijo Oscar Wilde, porque una marioneta fue alguna vez melancólica. Se refería a Hamlet, un personaje que según Wilde le había enseñado al mundo una nueva manera de infelicidad: la infelicidad del eterno desengaño de la vida tal cual es, el Weltschmerz (asco del mundo). Ya fuera que Shakespeare lo inventara o no, ha demostrado ser una de las más adictivas emociones literarias. Los lectores consumen volúmenes de eso, y luego piden conocer al autor. Ha demostrado ser también una de las más duraderas emociones literarias, ya que la vida se las arregla para no resultar muy confiable. Cada generación se siente desengañada a su propia manera, sin embargo, y al parecer requiere su propia literatura del desafecto. Para muchos estadunidenses que crecieron en los años cincuenta, The Catcher in the Rye es el más puro extracto de ese estado de ánimo. Estadunidenses que han crecido en décadas posteriores aún leen la novela de Salinger, pero tienen sus propias versiones de la historia, con diferentes regustos de Weltschmerz: reescrituras de The Catcher in the Rye, ya un género literario en sí mismo”. n

Robert Byron: Oh, peregrino

ROBERT BYRON: OH, PEREGRINO

Se escriben muchas cosas de Afganistán, la tierra de las moras deshidratadas que se mastican para el mal de altura, y se escriben, por obligación periodística, con el reloj en mano del presente. Ocurre también que Afganistán se desluce bajo la óptica de un gobierno intolerante que mantiene los derechos y las libertades más elementales en cautiverio. Leyendo el presente se impone una visión que, desde el mirador del pasado, pueda ayudarnos a comprender de qué hablamos cuando hablamos de Afganistán. Nadie satisface más esta intención que Robert Byron y su crónica de Irán y Afganistán, publicada originalmente en 1937. Viaje a Oxiana (Península, Barcelona. 2000) es Afganistán sin la mediación de CNN ni los propósitos descabellados de la yihad. En el prólogo a la edición inglesa, escrito en 1980, unos meses después del avance soviético en Afganistán. Bruce Chatwin. uno de los últimos viajeros decimonónicos del siglo XX, apuntó: “Este es el año —más que ningún otro— en que hay que lamentar la pérdida de Robert Byron (…). Si hoy siguiera con vida, pienso que estaría de acuerdo en que, con el tiempo (en Afganistán todo necesita su tiempo), los afganos harán algo terrible a sus invasores: quizá despertar a los gigantes dormidos de Asia Central”. Sin tambores de guerra en el horizonte, y con el ánimo inmediato de registrar las cosas que pasaban en la calle, Robert Byron, desde aquel 1933 de su audacia viajera, nos dejó en mano esto que no es una profecía. Dice Byron, citando a un afgano destinado al servicio médico en Herat, cerca de la frontera con Irán: “Son malos tiempos para andar por Afganistán, señor. Habrá problemas, ahora que han asesinado al rey Nadid Sahr. Dentro de un mes habrá problemas. O tal vez en primavera, cuando las tribus puedan trasladarse mejor por las montañas. Pero pienso que será dentro de un mes. De modo que haga lo que quiera por aquí, señor, pero hágalo rápido. Vea lo que le interesa. Luego váyase, y a paso ligero. Yo me iré. Cuando pueda conseguir un camión, yo y mi familia nos iremos. Nos iremos a Kandahar, y luego a mi casa, en Lahone. Este es un mal país, señor. Confío en no tener que regresar jamás” .    n

¿Mexicanos al grito de guerra?

¿MEXICANOS AL GRITO DE GUERRA?

Días después del inicio de los bombardeos estadunidenses sobre Afganistán, tres prestigiadas empresas levantaron encuestas de opinión sobre los sentimientos mexicanos hacia sus vecinos del norte. Estados Unidos dejaba de ser la víctima de los ataques terroristas del 11 de septiembre y empezaba a ser el verdugo bombardero de un país infinitamente menos poderoso.

El retrato a tres voces de Consulta- Mitofsky, Covarrubias y Asociados y Beltrán & Asociados mostró a un mexicano tan contradictorio como siempre frente a su temido-buscado, odiado-querido, despreciado-admirado vecino del norte. No obstante, para quien tenga como referencia sólo los fuegos del tradicional antinorteamericanismo mexicano, muchas de estas cifras parecen estar en camino de un salto histórico. No sorprenden tanto en ellas los veredictos adversos al vecino, como los favorables.

Estados Unidos ha sido la efigie tradicional del enemigo en torno a cuya sombra amenazante se ha ordenado el nacionalismo de viejo cuño mexicano, el nacionalismo defensivo y victimista, eje de la sensibilidad patriótica de México. Las encuestas registraron esa constante histórica en muchos sentidos.

En consonancia con esa historia, un 35% de los mexicanos, informa Covarrubias y Asociados (en adelante CyA) cree que Estados Unidos se merecía el ataque terrorista del 11 de septiembre, cifra demasiado alta para un país cuyo impulso fundamental ante las catástrofes de otro suele ser la solidaridad instantánea y lacrimógena. ¿Por qué se merecía Estados Unidos el ataque del 11 de septiembre? Porque quiere dominar el mundo, porque ha atacado a otros países y es un país prepotente, déspota y racista.

La tradicional pasión victimista de los mexicanos —la sensación de haber sido víctimas de otros— apareció con nitidez. Ochentidós de cada cien entrevistados por CyA creían que México había tratado bien y muy bien a Estados Unidos y cuarentaidós de cada cien creían que Estados Unidos había tratado mal y muy mal a México.

Según Beltrán y Asociados (en adelante BGC). nueve de cada cien mexicanos desprecian a Estados Unidos, veintitrés de cada cien le tienen resentimiento, treintaiuno de cada cien le tienen desconfianza. Prevalece entre los mexicanos la opinión de que Estados Unidos se relaciona “de una manera ventajosa con los países pobres y que su hegemonía económica se debe más a esta circunstancia (siempre se han aprovechado de los países pobres. 57%) que al hecho de ser un pueblo trabajador (31%)”; 49.7% se sentía lejano de la manera de ser de un norteamericano. La norteamericanización del gusto a través de los medios de comunicación era vista como mala por el 42.4%. El rechazo mexicano a participar en acciones militares contra terroristas era más alta (64%) que la del pueblo paquistaní (62%).

Pese a todo lo anterior, y aquí el retrato cambia sustantivamente, según BGC. el 56% de los mexicanos tiene excelente o buena opinión de Estados Unidos. La admiración manifestada por ese país fue del orden del 45%, los sentimientos de fraternidad del 43% y la confianza del 42%. Aunque el rechazo a la colaboración abierta con Estados Unidos era mayoritario, puestos frente a la crisis desatada por el 11 de septiembre, sin embargo, un porcentaje alto de los encuestados, el 34%, pensaba que México debía dar apoyo incondicional a Estados Unidos.

Consulta-Mitofsky (en adelante C- M) confirma estas tendencias. Los mexicanos tienen una opinión mayoritariamente buena sobre Estados Unidos (55%) con un 25.9% de opinión mala. Países valorados mejor por la opinión mexicana fueron en esta encuesta la legendaria Francia, que conserva sus prestigios seculares (69.4% de opinión favorable). Canadá (68.8%), España, la antigua bestia negra del nacionalismo mexicano (64.4% de opinión favorable). Brasil, con 63.2% de aprobación, debido a su fútbol, suponemos, y a su música, ya que es uno de los países menos conocidos directamente por la población mexicana, lo mismo que Inglaterra, que obtiene sin embargo un 60.6% de opinión favorable.

Por debajo de la buena opinión que los mexicanos tienen de Estados Unidos, se encuentran Guatemala (50.8% de opinión favorable, 17.2% desfavorable). Y abajo Cuba, con un registro bajo de aceptación (38.9%) y un alto 30.2% de opinión mala. Desfila finalmente nuestro más reciente (des)conocido. Afganistán, con 19% de opinión favorable y 60% de opinión en contra.

Estas cifras parecerían apuntar a un cambio positivo a lo largo del tiempo en la apreciación del vecino americano, pese a la carga subsistente de desprecio, desconfianza y resentimiento. La tendencia de Estados Unidos a empeorar en la opinión mexicana por los bombardeos de Afganistán en la segunda semana de octubre era considerable: sesentaicinco de cada cien entrevistados por C-M decían estar en desacuerdo con los bombardeos que ese país realizaba sobre Afganistán.

No obstante, el reparto de las simpatías entre Afganistán y Estados Unidos seguía siendo muy favorable para el último (61%). Afganistán colectaba sólo un 12.1%, lo cual, de otro lado, es bastante para tratarse de un absoluto desconocido para el público mexicano, y sólo puede deberse a la animadversión refleja hacia Estados Unidos.

No sólo es posible que haya crecido la simpatía promedio por Estados Unidos, acaso ha crecido también la de sus simpatizantes radicales, pues a la pregunta de si hubiera sido mejor que Santa Anna vendiera de una vez todo México a los Estados Unidos, un increíble 17% dijo que sí, aunque un abrumador 78% respondió con una airada negativa a la sola posibilidad de plantearse el tema (C-M).

Por lo demás, una zona de oscuridad registrada en estas encuestas fue la relativa a la pregunta esencial de la confianza pública. ¿Creen los mexicanos que su gobierno es capaz de protegerlos de los ataques terroristas? Sólo treintaiocho de cada cien mexicanos creen eso, contra setentaiocho de cada cien en Francia (BGC).

Las encuestas son retratos de corredores en movimiento. Su precisión depende de la calidad de sus instrumentos, pero aún las más perfectas son fotos fijas de un proceso, no ofrecen verdades concluyentes. Si hacemos caso a estas fotos fijas, el americano feo sigue ahí pero tras sus rasgos deformes aparece otro, menos amenazante, más atractivo, al que se mira todavía, sin embargo, con mirada ambigua, a veces amigable, a veces furibunda.  n

Modernidad y Guerra Santa

MODERNIDAD Y GUERRA SANTA

POR SUSAN SONTAG

Este texto fue escrito en respuesta a un cuestionario que le envió a Susan Sontag en Nueva York Francesca Borrelti desde Roma, para publicarse en el periódico italiano II Manifestó. Nexos lo publica en exclusiva para México.

1. ¿Podría describir el impacto de su regreso a Nueva York? ¿Qué sintió usted al ver las consecuencias?

Por supuesto, yo habría preferido estar en Nueva York el 11 de septiembre. Porque estaba en Berlín, a donde había ido por diez días, mi reacción inicial a lo que estaba ocurriendo en Estados Unidos fue, literalmente, mediada. Yo planeaba pasar toda esa tarde del martes escribiendo en mi cuarto silencioso en un suburbio de Berlín, cuando de modo abrupto fui avisada de lo que ocurría a la mitad de la mañana en Nueva York y Washington por las llamadas telefónicas de dos amigos, uno en Nueva York, el otro en Barí, y corrí a prender la televisión y me pasé frente a la pantalla casi todas las cuarentaiocho horas siguientes, viendo sobre todo CNN, antes de regresar a mi laptop a bosquejar una diatriba contra la demagogia inane y engañosa que yo había oído diseminada por el gobierno estadunidense y las figuras de los medios. (Este breve texto, que se publicó primero en The New Yorker —y en Nexos 286, octubre 2001—, y que fue ferozmente criticado aquí en los Estados Unidos, era, por supuesto, sólo una impresión inicial, pero por desgracia muy certera.) La aficción real se dio en estados no del todo coherentes, como siempre ocurre cuando a uno lo apartan de, y por tanto lo privan de un contacto total con, la realidad de la pérdida. A mi regreso a Nueva York tarde y por la noche a la siguiente semana, me fui directamente del aeropuerto Kennedy hasta lo más cerca que pudiera llegar en coche al sitio del ataque, y me pasé una hora dando vueltas a pie alrededor de lo que hoy es un cementerio masivo —unas seis hectáreas de extensión— con vapores, montañoso y maloliente en la parte sur de Manhattan.

En esos primeros días luego de mi regreso a Nueva York, la realidad de la devastación, y la inmensidad de la pérdida de vidas, hizo que mi enfoque inicial sobre la retórica que rodeaba al evento me pareciera menos relevante. Mi consumo de la realidad vía la televisión había caído a su nivel habitual: cero. Me he obstinado en no tener un aparato de televisión en Estados Unidos aunque, sobra decirlo, sí veo televisión cuando estoy fuera. Cuando estoy en casa, mis principales fuentes de noticias diarias son el New York Times y unos cuantos periódicos europeos que leo en línea. Y el Times, días tras día, ha publicado páginas de desgarradoras biografías breves con fotos de los muchos miles de personas que perdieron sus vidas en los aviones secuestrados y en el World Trade Center, incluyendo a los más de trescientos bomberos que subían por las escaleras mientras bajaban los trabajadores de las oficinas. Entre los muertos no había sólo la gente ambiciosa y bien pagada que trabajaba en las industrias financieras localizadas aquí, sino muchos que hacían trabajos de sirvientes en los edificios como porteros y mozos de oficina. Y cocineros: más de setenta de ellos, en su mayoría negros e hispánicos, en el Windows on the World, el restaurant que estaba en la punta de una de las torres. Tantas historias; tantas lágrimas. Omitir el duelo sería un acto de barbarie, y lo mismo sería pensar que estas muertes de algún modo son distintas en su tipo a otras atroces pérdidas de vida, de Srebénica a Ruanda.

Pero no basta con quedarse en el duelo. Y es entonces cuando uno regresa a los discursos que rodearon el evento, y a la realidad de lo que ha cambiado en Estados Unidos desde el 11 de septiembre.

2. ¿Cuál es su reacción a la retórica de Bush?

No hay motivo para enfocarse en la simplista retórica de cowboy de Bush, la que, en los primeros días después del 11 de septiembre, osciló entre el cretinismo y lo siniestro; luego de lo cual sus consejeros y sus redactores de discursos al parecer lo refrenaron. Por más repulsivos que hayan sido su lenguaje y su conducta, Bush no debería monopolizar nuestra atención. A mi parecer todas las figuras principales del gobierno norteamericano se encuentran en una pérdida lingüística, mientras buscan imágenes para abarcar este revés sin precedentes para el poder y la capacidad estadunidenses. Se han propuesto dos modelos para entender la catástrofe del 11 de septiembre. El primero es que esta es una guerra, a la que dio inicio un “ataque taimado” comparable al bombardeo japonés sobre la base naval estadunidense en Pearl Harbor, Hawaii, el 7 de diciembre de 1941, que lanzó a los estadunidenses a la Segunda Guerra mundial. El segundo modelo, que ha ganado adeptos tanto en los Estados Unidos como en la Europa occidental, es que esta es una lucha entre dos civilizaciones rivales, una productiva, libre, tolerante y secular (o cristiana), y la otra retrógrada, fanática y vengativa.

Es claro que yo me opongo a ambos modelos, y ambos vulgares y peligrosos, para entender lo que ocurrió el 11 de septiembre. Y no la menor de mis razones para rechazar tanto el modelo de “ya estamos en guerra” como al modelo “nuestra civilización es superior a la de ellos”, está en que estas ópticas son exactamente las ópticas de aquellos que perpetraron este ataque criminal, y son también las ópticas del movimiento fundamentalista wahhabi en el Islam. Si el gobierno estadunidense insiste en describir esto como una guerra, y satisface la avidez del público por una campaña de bombardeos a gran escala que la retórica de Bush prometió al parecer (por lo menos al principio), es probable que el peligro aumente. No son los terroristas los que sufrirán con una respuesta de “guerra” total de parte de Estados Unidos y sus aliados, sino más civiles inocentes —esta vez en Afganistán. Irak y otras partes— y estas muertes sólo pueden inflamar el odio de los Estados Unidos (y, más generalizadamente, del secularismo occidental) diseminado por el fundamentalismo radical islámico.

Sólo la violencia muy estrechamente enfocada tiene una oportunidad de reducir la amenaza planteada por el movimiento del cual —¿hace falta decirlo?— Osama bin Laden no es sino uno entre muchos líderes. La situación me parece complicada al extremo. Por una parte, el terrorismo activista que se apuntó un éxito tal el 11 de septiembre es, claramente, un movimiento global. No debe identificársele con un estado en particular, y ciertamente no es identificable sólo con el maltrecho Afganistán, como Pearl Harbor pudo identificarse con Japón. Como la economía de hoy, como la cultura de masas, como las enfermedades pandémicas (pensemos en el sida), el terrorismo se burla de las fronteras. Por otra parte, hay estados que sí figuran en el centro de la historia. Arabia Saudita ha provisto por todo el mundo el apoyo principal al movimiento wahhabi (no es accidental que Bin Laden sea, por así decirlo, un príncipe saudita), al tiempo que durante el mismo periodo la monarquía saudita ha sido el aliado más importante de Estados Unidos en el mundo árabe. Hay muchos, entre los miembros más jóvenes de la élite saudita además de Bin Laden, que ven la cooperación de la monarquía saudita con los Estados Unidos como una gran traición “civilizacional”. Una guerra a gran escala dirigida por los Estados Unidos contra el movimiento terrorista identificado con Bin Laden, corre el riesgo de echar abajo a la monarquía “reaccionaria” y lograr que los “radicales” lleguen al poder en Arabia Saudita.

Y este es sólo uno de los muchos dilemas que enfrentan los hacedores de política estadunidenses.

3. Usted ha apuntado que cualquier comparación con Pearí Harbor es inapropiada. Como usted sabe. Gore Vidai en su último libro The Golden Age sostiene la tesis de que Roosevelt provocó el ataque japonés a Pearl Harbor para permitirle a Estados Unidos entrar en la guerra junto con Gran Bretaña y Francia. La opinión pública y el congreso estadunidenses estaban en contra de entrar en la guerra: sólo en caso de ataque podía Estados Unidos haber declarado la guerra. Algunos otros intelectuales estadunidenses se han unido a Vidal para sostener que Estados Unidos ha estado provocando al mundo islámico durante años y que, en consecuencia, el cuestionamiento de la política estadunidense es inevitable. ¿Cuál es su opinión?

Como ya lo he sugerido, creo que la comparación del 11 de septiembre con Pearl Harbor no sólo es inapropiada sino engañosa. Sugiere que tenemos otro país contra el cual pelear. La realidad es que las fuerzas que buscan humillar al poder estadunidense son más bien, subnacionales y transnacionales. Osama bin Laden es, cuando mucho, el ejecutivo en jefe de un vasto conglomerado de grupos terroristas. Gente informada cree que él es incluso un poco una figura de adorno, valorado más por su dinero y su carisma que por su talento operativo. Visto así. es un núcleo de militantes egipcios el que realmente está proporcionando la inteligencia para un programa en marcha de operaciones del cual puede esperarse que tenga lugar en muchos países.

He sido una crítica teniente de mi país casi por tanto tiempo como Gore Vidal, aunque espero que con más tino, y doy por hecho que el cuestionamiento de la política exterior estadunidense es siempre tan deseable como inevitable. Una vez dicho esto, no creo que Roosevelt provocó el ataque japonés sobre Pearl Harbor. El gobierno japonés realmente se había atado a la locura de empezar una guerra con los Estados Unidos. Tampoco creo que Estados Unidos haya estado provocando durante años al mundo islámico. Estados Unidos se ha comportado de una manera brutal, imperial, en muchos países, pero no está metido en una operación abarcadora contra algo que puede llamarse “el mundo islámico”. Y con todo lo que deploro la política exterior estadunidense —y la arrogancia y la presunción imperial estadunidenses— lo primero que hay que tener en mente es que lo que ocurrió el 11 de septiembre fue un crimen espantoso.

Como alguien que durante décadas ha estado en primera fila entre aquellos que han gritado contra los entuertos estadunidenses, me he llamado particularmente a ultraje, por ejemplo, con el embargo que ha traído tanto sufrimiento al empobrecido, oprimido pueblo de Irak. Pero la óptica que detecto entre algunos intelectuales estadunidenses y muchos intelectuales bien-pensant en Europa; la óptica de que Estados Unidos ha traído ese horror sobre sí mismo, de que Estados Unidos es, en parte, culpable por las muertes de estos miles ocurridas en su propio territorio: esta no es. repito: no es una óptica que yo comparta.

Cualquier intento de perdonar o condonar esta atrocidad culpando a Estados Unidos —y aunque haya mucho de qué culpar a la conducta estadunidense en el extranjero— es moralmente obsceno. Terrorismo es el asesinato de gente inocente. Esta vez fue un asesinato masivo.

Más aún, creo que es un error pensar en el terrorismo —este terrorismo— como la búsqueda de demandas legítimas por medios ilegítimos. Permítame ser muy específica. Si mañana hubiera una retirada unilateral de Israel de la Orilla Occidental y de Gaza seguida, un día después, por la declaración de un estado palestino acompañado por plenas garantías de ayuda y cooperación israelíes, creo que ninguno de estos eventos deseables retractaría en algo en los proyectos terroristas que ya están en curso. Los terroristas se escudan a sí mismos en agravios legítimos, como ha señalado Salman Rushdie. Su propósito no es la corrección de estos entuertos: sólo su pretexto desvergonzado.

Lo que buscaban lograr aquellos que perpetraron la masacre del 11 de septiembre no era corregir los males hechos al pueblo palestino, o aliviar el sufrimiento del pueblo en la mayor parte del mundo musulmán. El ataque es real. Es un ataque contra la modernidad fia única cultura que hace posible la emancipación de las mujeres) y. sí. contra el capitalismo. El mundo moderno, nuestro mundo, se ha dejado ver como algo seriamente vulnerable. Una respuesta armada —en la forma de un conjunto de complejas operaciones antiterroristas cuidadosamente enfocadas: no en la forma de una guerra— es necesaria. Y justificada.

4. ¿Cree usted que la opinión pública estadunidense, donde una mayoría de la población no se toma la molestia de votar, puede influir en las decisiones que está tomando el gobierno sobre cómo responder a los ataques? ¿Cómo ha cambiado, si es que ha cambiado, el clima intelectual en Estados Unidos desde el ataque?

Estados Unidos es un país extraño. Sus ciudadanos tienen una fuerte vena anárquica y tienen también un casi supersticioso respeto por la legalidad. Adoran el éxito amoral y también les encanta moralizar sobre lo que está bien y lo que está mal. Consideran que el gobierno y el cobro de impuestos son actividades profundamente sospechosas, casi ilegítimas, pero su respuesta más sentida a cualquier crisis es ondear la bandera y afirmar su amor incondicional al país y la aprobación a sus líderes. Sobre todo, creen que Estados Unidos constituye una excepción en el curso de la historia humana, y que siempre estará eximido de las calamidades y las limitaciones habituales que conforman los destinos de otros países.

Ahora mismo, hay un ánimo de feroz conformismo en los Estados Unidos. A la gente la sorprendió y la impactó el éxito del ataque del 11 de septiembre. La gente está espantada. Y la primera respuesta es cerrar filas (para usar esa imagen militar) y afirmar su patriotismo —como si el ataque hubiera puesto eso en cuestión—. El país está envuelto en banderas estadunidenses. Las banderas cuelgan de las ventanas de los departamentos y las casas, cubren las fachadas de las tiendas y los restaurantes, vuelan desde grúas y camiones y antenas de coches. Las burlas al presidente —un tradicional pasatiempo estadunidense, sin importar quién sea el presidente— se ve como antipatriótico. Hay periodistas, unos cuantos, que han sido despedidos de los periódicos y las revistas. Los maestros de universidad han sido reprendidos públicamente por externar en sus salones de clase la más suave de las observaciones críticas (como la de cuestionar la misteriosa desaparición de Bush el día del ataque). La autocensura, la más importante y más exitosa forma de censura, es rampante. Al debate se le identifica con la disidencia, a la que a su vez se le identifica con la deslealtad. Hay un extendido sentimiento de que, en esta emergencia nueva y sin resolver, ya no podríamos “darnos el lujo” de contar con nuestras libertades tradicionales. Las encuestas muestran que los “ratings de popularidad” de Bush superan el noventa por ciento —una cifra cercana a la popularidad de los líderes de las dictaduras al viejo estilo soviético.

Ahora: ¿cómo las opiniones del público en general podrían “influir” sobre las decisiones que está tomando el gobierno estadunidense? Lo digno de notar es lo dócil que es el público sobre casi todos los asuntos de política exterior. Esta pasividad puede ser una consecuencia inevitable del triunfo del capitalismo liberal y de la sociedad de consumo. Durante un tiempo ha dejado de haber una diferencia significativa entre los demócratas y los republicanos: se les piensa como dos ramas de un mismo partido. (Una evolución similar puede observarse en Gran Bretaña, donde ahora es difícil encontrar diferencias entre el partido laborista y el conservador. ) La despolitización de la mayor parte de la intelligentsia estadunidense meramente refleja el conformismo y la convergencia —el “yo-tambienismo”— de la vida política en general.

Estados Unidos es una sociedad notablemente tolerante lo mismo que una sociedad conformista; esa es la paradoja de la cultura política que se ha construido aquí. Pero si en el futuro próximo se diera otro ataque terrorista dentro de las fronteras de Estados Unidos, incluso un ataque que causara una pérdida de vidas relativamente baja, el daño al amplio apoyo a la heterodoxia y la diversidad sería permanente. Podría imponerse algo como la ley marcial, que acarrearía el colapso de los amparos constitucionales a los derechos individuales, sobre todo el de la libertad de expresión. De momento, sin embargo, me mantengo cautelosamente optimista. Algo del furor vengativo en curso contra intelectuales disidentes como yo —y somos, ay, pocos— muy pronto puede disiparse conforme la gente tenga que preocuparse por problemas reales, como la caída de la economía.

Ahora mismo, es difícil oír algún tipo de discurso cowboy de la administración Bush, a resultas de lo que deben haber sido, desde el 11 de septiembre, algunos muy encendidos debates dentro de los más altos círculos gubernamentales y militares. Claramente, nuestros señores de la guerra se han dado cuenta de que enfrentamos a un “enemigo” que sobrepasa la complejidad, y al que no se le puede derrotar por los viejos medios. El hecho de que han habido dudas sobre qué tipo de acción tomar no le debe nada a la opinión pública estadunidense, a la que se ha preparado para un castigo rápido.

Uno sólo puede esperar que se esté planeando algo inteligente para que nuestras poblaciones estén más a salvo de la yijad (guerra santa) contra la modernidad. Y uno sólo puede esperar que la administración Bush, Tony Blair y los demás realmente hayan entendido que sería inútil, o como ellos dicen, contraproductivo —igual que pérfido— bombardear a los pueblos oprimidos de Afganistán y de Irak y de otras partes en venganza por males hechos infligidos por sus tiranos y sus lunáticos religiosos que gobiernan. Uno sólo puede esperar… n

Traducción de Gabriel Jiménez

Pasos erráticos, viaje demorado

PASOS ERRÁTICOS, VIAJE DEMORADO

El gobierno mexicano no tuvo una postura clara en torno a los acontecimientos del 11 de septiembre. La revista británica The Economist señaló la “tibia respuesta” mexicana. Dijo: “Muchos americanos nos se preguntan por qué México no ha realizado misas o minutos de silencio, como lo hicieron Canadá y otras naciones europeas… (Los mexicanos) deberán comprender que si ellos quieren que Estados Unidos sea un amigo no sólo en los buenos tiempos tendrán que responder a Bush”. El periódico español La Vanguardia señaló que en Estados Unidos había un creciente resentimiento hacia México por la escasa solidaridad mostrada. El País de España se refirió también a la “tibia reacción de México” que defraudó a sectores de la administración norteamericana. Periódicos de Texas y California dudaron del apoyo que podría prestar el “mejor amigo de México”.

Lo cierto es que el gobierno mexicano reaccionó con prontitud manifestando su solidaridad, pero eso desató una discusión interna. Muchos diputados y senadores se lanzaron a una cruzada nacionalista de viejo cuño. Se llegó a sugerir que el país adoptara una postura neutral frente al conflicto, lo cual significaba dar un trato igual a Estados Unidos y a los fanáticos que cometieron el atentado.

El gobierno no supo contener estas reacciones. Primero las aceptó, luego dudó y terminó por lanzar una línea política dual en la que el canciller Castañeda continuó defendiendo la importancia de mostrar solidaridad sin regateos a Estados Unidos y el secretario de Gobernación Santiago Creel habló de respetar la legalidad constitucional y los principios de política exterior. Finalmente se impuso la línea del primero. El presidente Fox reafirmó la solidaridad de México con Estados Unidos en el programa de Larry King de la CNN y volvió a viajar a Washington, casi un mes después de su viaje anterior. Esta vez, las condiciones fueron muy distintas. El 7 de septiembre pasado Fox logró poner el tema migratorio como base de la agenda bilateral; ahora tuvo que viajar para recuperar el terreno perdido por las dudas en torno a la postura de México frente a los atentados del 11 de septiembre.

Fox ofreció su compromiso en la guerra contra el terrorismo “hasta el final” y Bush se esforzó por disipar las dudas sembradas señalando que México es amigo de Estados Unidos “en las buenas y en las malas”. La visita tuvo menos cobertura periodística que la anterior. Ni el Washington Post ni el New York Times dieron cuenta del viaje.

El tema de los encuentros giró en torno al asunto que será central para el futuro: la seguridad regional, tema que ha reemplazado al comercio como la principal prioridad en las relaciones de Estados Unidos con México y Canadá.

Según diversos analistas, la estrategia de seguridad interna de EU contempla la creación de un sistema intercontinental de defensa que incluye a México y Canadá para: 1) identificar, capturar o eliminar a los miembros remanentes del grupo de ataque del 11 de septiembre; 2) determinar si existen otros grupos dentro de Estados Unidos; 3) impedir que nuevos terroristas penetren en territorio norteamericano.

Este plan estratégico pretende hacer seguras las fronteras norte y sur, tener mayor control migratorio en aeropuertos y puertos marítimos, y mecanismos de vigilancia electrónica de vehículos que cruzan las fronteras. Buena parte de los esfuerzos se concentrará en los vuelos que desde ambos países fronterizos llegan a Estados Unidos. En la medida en que México se incorpore plenamente a ese mecanismo regional de seguridad, se podrá avanzar en el tema migratorio y en los acuerdos comerciales pendientes.

Como nunca, desde la Segunda Guerra mundial, la presencia de México en el sistema de seguridad regional será imprescindible para los Estados Unidos. Es el nuevo eje de la relación, que subordinará a las otras. n

Black Wordsworth

ESCRITURAS

BLACK WORDSWORTH

POR V. S. NAIPAUL

El Premio Nobel de Literatura le fue otorgado al escritor trinitario, de origen indio y que escribe en inglés, V. S. Naipaul. Publicamos aquí un relato suyo que forma parte de Miguel Street (1959) y que apareció en Nexos hace ya veinte años.

Tres mendigos solían golpear puntualmente, cada día, a las puertas de las hospitalarias casas de Miguel Street. Alrededor de las diez llegaba un indio vestido con dhoti y camisa blanca: le vaciábamos una lata de arroz dentro del saco que cargaba sobre la espalda. A las doce llegaba una vieja fumando en pipa de arcilla y obtenía un centavo. A las dos un ciego guiado por un ni o venía a pedir su moneda.

A veces llegaba algún encimoso, como aquel que tocó una vez a la puerta diciendo que estaba hambriento. Después de que le dimos de comer, pidió un cigarro y no se fue hasta que le encendimos uno: nunca volvió.

El más extraño de todos los mendigos llegó una tarde, cerca de las cuatro. Yo acababa de regresar de la escuela. El hombre me dijo:

—Hijo mío. puedo entrar en tu patio?

Era un hombre peque o, vestía camisa blanca, pantalón negro y usaba sombrero; parecía limpio.

— Qué quieres? —le pregunté.

—Quiero ver tus abejas —respondió.

En nuestro patio teníamos cuatro palmeritas gru gru atiborradas de abejas intrusas. Subí corriendo los peldaños interiores y grité:

—¡Mamá! Aquí afuera está un tipo que dice que quiere mirar las abejas.

Mi madre salió al patio y mirando al hombre, le preguntó en un tono de pocos amigos:

— Qué es lo que dices que quieres? —Deseo contemplar sus abejas —respondió el hombre Su inglés era tan correcto que no parecía sincero y pude percibir que mi madre estaba intranquila. Ella me dijo:

—Quédate aquí y vigílalo mientras mira las abejas.

—Gracias, señora. Hoy ha hecho usted una buena acción —exclamó el hombre. Hablaba pausadamente y con propiedad, como si cada palabra le estuviera costando dinero.

Juntos, el hombre y yo observamos las abejas durante casi una hora, encuclillados cerca de las palmeras. El hombre dijo:

—Me gusta contemplar las abejas. Te gusta a ti?

—No tengo tiempo para eso —contesté.

Movió tristemente la cabeza:

—Eso es lo que yo hago: sólo observar. Puedo mirar las hormigas durante d as. Nunca has observado las hormigas? Has contemplado alguna vez los escorpiones, los ciempiés. los congorees?

Negué con la cabeza diciéndole:

— A qué se dedica usted, señor?

—Soy poeta —me contestó, levantándose.

— Es un buen poeta? —volvía preguntar.

—El mejor del mundo —me respondió.

— Cómo se llama, señor?

—B. Wordsworth.

— B de Bill?

—Black. Black Wordsworth. White Wordsworth era mi hermano y juntos compartíamos un solo corazón. Puedo contemplar una humilde flor, como por ejemplo la “alegría del hogar”1, y echarme a llorar.

—¡ ¿Y para qué llora?! —exclamé.

— ¿Por que razón, muchacho? Por qué? Eso lo sabrás cuando crezcas. Tú también eres poeta, sabes? Y cuando se es poeta, se puede llorar por cualquier motivo.

No pude reírme.

— Te gusta tu madre? —me preguntó.

—Sí, cuando no me pega…

Sacó una hoja de papel de sus bolsillos y dijo:

—En este trozo de papel está escrito el mejor poema sobre las madres, y voy a vendértelo por una verdadera ganga: por cuatro centavos.

Entré en la casa y llamé:

—Mamá, ¿quieres comprar un poema en cuatro centavos?

—Dile a ese maldito tipo que saque la cola de mi patio, oíste? —fue la respuesta de mi madre.

—Mamá dice que no tiene cuatro centavos —regresé, diciendo a B. Wordsworth.

—Esa es la tragedia del poeta —señaló B. Wordsworth, volviendo a colocar la hoja de papel en su bolsa, como si no le hubiera importado el asunto.

—Es chistoso eso de andar vendiendo poemas por ah —le dije, y añadí:

—S lo los cantantes de calipso hacen esas cosas. ¿Y hay muchos que se los compran?

—Nadie me ha comprado nunca ni uno siquiera —respondió.

—Entonces, ¿por qué sigue dando vueltas?

—Porque as observo muchas cosas, siempre abrigando la esperanza de encontrarme con poetas —respondió.

— Y en serio usted cree que yo soy un poeta?

—Eres un poeta tan bueno como yo.

Cuando B. Wordsworth se fue me quedérogando por volver a verlo.

Casi una semana más tarde, al volver de la escuela, lo encontré en la esquina de Miguel Street.

—He estado esperándote mucho tiempo —me dijo.

— Ya vendió algunos de sus poemas? —le pregunté.

Negó con la cabeza y me dijo:

—En mi patio tengo el mejor árbol de mango de todo Port of Spain y ya los mangos están maduros y rojos, muy dulces y jugosos. He estado esperando para contártelo e invitarte a comer algunos de mis mangos.

Vivía en Alberto Street, en una choza de un solo cuarto, construida justo en medio del terreno. El patio estaba tupido de vegetación y a la mitad, enorme, se encontraba el árbol de mango; también había un cocotero y un ciruelo. El lugar era silvestre, como si no hubiera estado en plena ciudad, ya que desde su interior no era posible ver las casonas de concreto de la calle.

El tenía razón: los mangos estaban dulces y jugosos. Me comí como seis, el jugo amarillo de la fruta corría por mis brazos hasta los codos y desde la boca al mentón, manchándome la camisa.

Cuando volvía casa, mamá me regañó:

— Dónde te metiste? Crees que ya eres un hombre y puedes largarte donde se te antoje?

¡Corta una vara!

Me azotó mucho y con fuerza. Me escapé de la casa, jurando no regresar jamás. Furioso y con la nariz sangrando, caminé a casa de B. Wordsworth. Al llegar, B. Wordsworth me dijo:

—Deja de llorar y vamos a dar un paseo.

Dejé de llorar, pero no podía evitar la respiración entrecortada.

Dimos un paseo por St. Clair Avenue hasta la Savannah y de ah hacia el hipódromo. B. Wordsworth propuso:

—Ahora, recostémonos sobre el césped y miremos el cielo; quiero que pienses en lo lejanas que esas estrellas están de nosotros.

Hice lo que me decía y miré hacia arriba. Me sentía insignificante y, a la vez, nunca antes había experimentado algo tan grandioso y magnífico en toda mi vida. Pronto olvidé mi rabia, mis lágrimas y los golpes recibidos.

Cuando le dije que estaba más calmado, empezó a enseñarme los nombres de las estrellas y. en particular, recuerdo la constelación de Orión, el Cazador, aunque no sé exactamente por qué. Todavía hoy puedo localizar Orión, pero se me olvidó el resto.

De pronto, algo iluminó nuestras caras y ante nosotros apareció un policía. Nos levantamos.

— Qué hacen aquí?

—Me he venido haciendo exactamente la misma pregunta desde hace cuarenta años —contestó B. Wordsworth.

Nos hicimos amigos.

—Nunca debes contarle a nadie de mi existencia, ni del mango, ni del cocotero, ni del ciruelo.

Debes guardar el secreto. Si lo cuentas a alguien, lo sabré, porque soy un poeta —me dijo.

Le di mi palabra y la sostuve.

Me gustaba su casita. No tenía más muebles que la sala de la casa de George, pero se veía más limpia y fresca; sin embargo, también era solitaria.

Un día le pregunté:

—Señor Wordsworth. por qué tiene tantas hierbas en su patio? No cree que humedecen mucho la casa?

—Escúchame. Voy a contarte una historia —me dijo—. Había una vez un muchacho y una niña que se conocieron y enamoraron. Tanto se amaban, que se casaron. Ambos eran poetas: él amaba las palabras. Ella amaba la hierba, las flores y los árboles. Vivían felices en un solo cuarto. Un día, la niña poeta dijo al muchacho poeta: “Vamos a tener otro poeta en la familia”. Pero ese poeta nunca nació, porque la niña murió y el joven poeta murió con ella, en sus entrañas. El esposo de la niña se puso muy triste y prometió no tocar jamás nada del jardín de la niña. Así quedó el jardín, haciéndose tupido y agreste.

Yo miraba a B. Wordsworth. A medida que iba contándome la historia, parecía que iba poniéndose más viejo. Entendí muy bien la historia.

Juntos hicimos largos paseos por los Botanical Gardens y los Rocky Gardens, subimos por Chancellor Hill en el atardecer y desde allí contemplamos cómo caían las sombras sobre Port of Spain, mientras se encendían las luces en la ciudad y en los barcos del muelle.

Todo lo que él hacía, era como si lo hiciera por primera vez en su vida; como si estuviera cumpliendo algún rito sagrado. Solía decirme:

—Y ahora, qué tal si tomamos un helado?

Y cuando le respondí a afirmativamente, se ponía serio, diciéndome:

—Bien. A qué cafetería podríamos beneficiar? —como si se tratara de algo muy importante. Pensaba un momento y decía finalmente:

—Creo que ir a negociar la compra a esa tienda.

El mundo se convirtió para mí en algo más excitante.

Un día, estando yo en su patio, me dijo:

—Tengo un secreto que ahora voy a revelarte.

— Un secreto de verdad? —le pregunté.

—Hasta este momento, sí.

Lo miré y él me devolvió la mirada diciendo:

—Esto es sólo entre tú y yo, recuérdalo. Estoy escribiendo un poema.

—¡Ah —exclamé desilusionado.

Y él agregó:

—Pero este es un poema diferente: es el más grande poema del mundo.

Le respondí con un silbido.

—He estado trabajando en él durante casi cinco años y lo terminaré en veintidós años más, siempre y cuando continúe escribiendo con el ritmo actual —declaró.

—Debe de escribir un montón, entonces.

—No tanto —dijo—. Sólo escribo un verso al mes, pero me aseguro de que sea bueno.

— Y cuál fue el buen verso del mes pasado? —le pregunté.

Mirando hacia el cielo, respondió:

—El pasado es profundo.

—Es un hermoso verso— declaré.

B. Wordsworth agregó:

—Pretendo destilar las experiencias de todo el mes en este único verso. Así, en veintidós años habré logrado escribir un poema que cante a la humanidad toda.

Yo estaba atónito.

Nuestras caminatas continuaron. Un día. yendo a lo largo del malecón, le dije:

—Señor Wordsworth, si tiro este alfiler en el agua, cree que flotará?

—Este mundo es extraño —me respondió—. Arroja tu alfiler y veamos qué sucede.

El alfiler se hundió.

— Cómo va el poema este mes? —le pregunté. Pero nunca más volvió a decirme otro verso. Contestó simplemente:

—Ahí va, ahí va saliendo.

Algunas veces nos sentábamos en el muro del puerto, mirando los barcos que entraban en el muelle. Del más grande poema del mundo no volví a oír nunca más.

Sentí que estaba haciéndose viejo.

— De qué vive, señor Wordsworth? —le pregunté un día.

— Quieres decir en qué forma obtengo dinero? —dijo. Cuando asentí, se rio con picardía y replicó:

—Canto calipsos en la temporada del Calipso.2

— Y eso le alcanza para el resto del año?

—Es suficiente.

—Pero usted va a ser el hombre más rico del mundo cuando escriba el mejor poema, verdad?

No me respondió.

Un día en que fui a visitarlo a su casita, lo encontré acostado en su cama angosta. Se ve a tan viejo y débil que sentí ganas de llorar.

—El poema no va bien —dijo sin mirarme, como si yo no estuviera ahí, mientras dirigía su vista hacia el cocotero, a través de la ventana—. Cuando tenía veinte años, sentía la fuerza en mi interior —con mis propios ojos pude comprobar cómo su rostro se volvía más viejo y cansado. Agregó:

—Pero eso fue hace ya mucho tiempo.

Y entonces (lo sentí tan nítidamente como si hubiera recibido una bofetada de mi madre) pude ver en su rostro algo que era evidente para cualquiera: vi la muerte en su cara que se consumía. El me miró y. al ver mis lágrimas, se incorporó, diciéndome:

—Ven —me acerqué y me senté en sus rodillas.

Mirándome a los ojos, dijo: —¡Oh! ¡Tú también puedes verlo! ¡Siempre supe que tenías ojos de poeta!

Ni siquiera se notaba triste y eso me hizo estallar en sollozos. Me atrajo a su pecho delgado, sonrió para animarme y dijo:

— Quieres que te cuente una historia divertida?

No fui capaz de responderle. —Cuando haya terminado esta historia, quiero que me prometas algo: te irás de aquí y nunca volverás a visitarme. Prometido? —me dijo. Asentí.

El continuó—: Bien. Bueno. Escucha. La historia que te conté sobre el muchacho poeta y la niña poeta, recuerdas?, no era verdadera, fue algo que inventé. Y toda esa conversación sobre la poesía, del más grande poema del mundo, tampoco era cierta. Acaso no es la cosa más divertida que jamás hayas escuchado? Pero su voz se quebró. Salí de la cabaña y corrí hasta mi casa, llorando como un poeta por todo lo que veía.

Un año después, recorría Alberto Street sin poder encontrar señal alguna de la casa del poeta. Simplemente había desaparecido. La derrumbaron y en su lugar se elevaba una construcción de dos pisos. El mango, el cocotero y el ciruelo habían sido talados y por todas partes sólo había ladrillo y concreto. Como si B. Wordsworth nunca hubiese existido. n

Traducción de María Inés Taulis de Totoro

1 En inglés, morningglory, en ciertos países americanos, equivalente a la traducción que se ha escogido.

2 Se refiere al Carnaval de Trinidad, que tiene lugar la primera semana de marzo. Previamente, y durante un mes. Se organizan las competencias entre los numerosos calypsonians, saliendo de ah el triunfador del año.

Los límites de las naciones

LOS LÍMITES DE LAS NACIONES

UNA CONVERSACIÓN CON JUAN LUIS CEBRIÁN

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

HÉCTOR Aguilar Camín: Hay quien ve lo sucedido desde el 11 de septiembre como una prueba de que la globalización tiene agujeros, demasiadas fallas y demasiados riesgos. Otros tendemos a ver el atentado de septiembre como un momento en que la globalización se va a acelerar, en el ámbito en donde parecía más reticente: el de la política. La economía iba demasiado rápido, igual que el comercio y la tecnología, pero la política parecía ir a remolque, con gran resistencia de los Estados nacionales a redefinir las reglas de convivencia. Un tema implícito en este momento crítico es el tema de la universalidad de los valores, de cuáles son los valores civilizatorios que de algún modo deben regir esta globalización de la vida política. Nosotros acudimos en parte a un debate sordo entre los valores del Islam y los valores de la violencia islámica, frente a los valores de lo que representaban las torres gemelas: la prosperidad, el mundo capitalista, la innovación tecnológica, la gran ciudad cosmopolita que es Nueva York. ¿Hay valores universales que puedan regir esta globalización, hay valores superiores a otros, o todos los valores valen lo mismo para este proceso que el mundo empieza a enfrentar?

Juan Luis CebriÁn: La globalización no es una alternativa; es una realidad irreversible que está cambiando la manera de relacionarse de las gentes y de las naciones, y que tiene una metáfora terrible en lo sucedido en las torres gemelas, aunque sólo sea por el hecho de que cientos de millones de ciudadanos de todo el mundo vieron en directo lo que pasó en Nueva York, incluso antes que los propios ciudadanos de Nueva York.

¿Qué son valores? Los valores son convenciones, es decir, son tales porque acordamos entre todos que son los valores de nuestra convivencia o de nuestra manera de relacionarnos con los demás. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre trata de defender la dignidad, la libertad de los individuos, cualquiera que sea su origen, credo, raza, religión o clase social. Esos valores son compatibles con el ejercicio de cualquier credo religioso o de cualquier actividad privada o pública. El fundamentalismo integrista de algunos sectores del Islam se puede encontrar también entre los cristianos. Fue Alemania, una nación muy desarrollada, y en nombre de los valores cristianos, la que dio a luz al nazismo en pleno siglo XX y acabó con la vida de millones de judíos. Por lo tanto la civilización occidental, como concepto, debe tener cuidado a la hora de pretender dar lecciones a las demás civilizaciones. Lo que no quiere decir que los valores de la Declaración Universal sobre los Derechos del Hombre no sean precisamente aplicables a todos los hombres. Debemos hacer un esfuerzo para que estos valores se establezcan en todas las civilizaciones mediante una laicización de todos los poderes públicos y del Estado, la separación de los valores o las creencias religiosas y las convenciones jurídicas, políticas y legales que permiten vivir a los hombres con libertad, mediante el reconocimiento y la autocrítica de los excesos que Occidente ha cometido en nombre de la libertad y de la libertad económica, explotando a pueblos subdesarrollados y generando distancias económicas inaceptables.

Héctor Aguilar Camín: ¿La Declaración Universal de los Derechos del Hombre es la que debe regir esta globalización? O ¿son estos derechos una peculiaridad de Occidente, que de algún modo se imponen también por la vía militar y por la supremacía tecnológica y económica? ¿Los talibanes tienen o no tienen derecho a conservar peculiaridades culturales que según nuestro punto de vista lesionan la libertad, la dignidad y la igualdad de las personas?

Juan Luis Cebrián: Esgrimir la identidad cultural, o la tradición histórica, para ejercer acciones que van contra la libertad individual o la dignidad de las personas no puede permitirse ni a los talibanes, ni a los nazis, ni a los empresarios de las multinacionales. Lo que sucede en los países desarrollados es una doble tragedia: por un lado son víctimas de eso que se llama la violencia estructural, y luego está la diferencia de fuerzas entre el capitalismo desarrollado y los países emergentes, los países centrales y aquellos que todavía están sumidos en la pobreza, oprimidos por las clases dirigentes locales, sean las pocas familias que controlan económica y políticamente determinados países, o sea un dictador militar o civil que en nombre de una religión o de una creencia oprime a su propio pueblo, y además le exalta contra la llamada violencia estructural, que por otro lado existe y que puede demostrar con. digamos, las diferencias sociales. El hecho es que la libertad de uno sólo tiene un límite, y ese límite es la libertad del vecino; eso es un valor o una convención universal, compatible con cualquier civilización, religión o creencia.

Héctor Aguilar Camín: El Estado-nación parece una realidad sujeta a cambios y a presiones económicas y políticas que no puede administrar. El desafío del terrorismo parece la puntilla al Estado-nación. ¿Cuáles son los límites del Estado-nación en el mundo que se inicia?

Juan Luis Cebrián: El Estado-nación está desapareciendo. Corresponde al modelo de la sociedad industrial en el siglo XIX. Los signos típicos del Estado-nación, como la emisión de moneda, la demarcación de un territorio con aduanas y un ejército que las protege, eso que se llama la soberanía nacional, vemos desaparecerlos en muchos países. En Europa, una multitud de Estados ya tiene una moneda común, un ejército común, un sistema de seguridad y defensa que cada vez tiende a ser común. Al mismo tiempo muchos poderes de esos antiguos Estados se traspasan a las empresas multinacionales o transnacionales que ejercen auténtica soberanía; no me refiero a las empresas que amplían su mercado fuera de las fronteras, sino a las empresas que operan como transnacionales y acaban imponiendo sus propias reglas. Como la conocemos, la democracia se ha fundado sobre el Estado-nación; por lo tanto, en el tránsito hacia un reparto de poderes y de difusión de poder en el mundo debemos ser cuidadosos para no destruir el Estado-nación, sin sustituirlo por algo que garantice precisamente las conquistas históricas de la democracia representativa: la libertad de las personas y el equilibrio entre seguridad y libertad.

Héctor Aguilar Camín: ¿Puede cualquier gobierno, ante la mirada de la comunidad mundial, como sucedió en Yugoslavia, imponerse a sus súbditos, sin rendir cuentas globales de sus procedimientos?

Juan Luis Cebrián: No si el gobierno es democrático. Es necesario insistir en que los derechos básicos de la democracia son los derechos individuales, y que se ejercen y pueden ejercerse colectivamente muchas veces, pero es la persona humana la titular de los derechos.

Héctor Aguilar Camín: Esa es una peculiaridad de los países desarrollados, de Occidente. Es una invención teórica del siglo XVIII, que primero se hace realidad e instituciones en los países de habla inglesa. Hoy la democracia es una realidad en un puñado de países, los países desarrollados; siguen siendo una minoría los países que pueden exhibir sin pudor sus procedimientos democráticos.

Juan Luis Cebrián: Eso es verdad, pero también hay que tener en cuenta que la democracia no es una ideología, es un método de convivencia basado en el reconocimiento de la libertad individual de las personas, lleno de imperfecciones, de corrupciones y conflictos. Hay cinco millones de islámicos o de musulmanes en Francia, quince millones en Europa occidental que viven habitualmente en democracia, ejercen sus derechos democráticos, votan, se presentan como candidatos. son ciudadanos demócratas, tan demócratas como otros y son absolutamente musulmanes y fieles cumplidores de sus preceptos religiosos. El problema no está en las preferencias individuales o colectivas, sino en la organización de los poderes públicos y en la separación de los poderes eclesiásticos respecto a los poderes públicos.

Héctor AGUILAR CAMÍN: ¿Y si eso no sucede como es el caso del régimen talibán. o de otros países en donde la iglesia es parte del poder público?

Juan Luis Cebrián: El debate sobre el Islam, que para nosotros es un debate muy querido porque durante siete siglos España fue un país islámico por lo que tenemos hondas raíces culturales y hasta lingüísticas en la tradición árabe, el debate apunta hacia algo más serio: ¿cuáles son las intenciones verdaderas de los grupos de poder en los países de Asia Central o del Cercano Oriente? ¿Cuáles son las intenciones verdaderas de Bin Laden? ¿Qué quiere hacer Saddam Hussein con los

pozos de petróleo? ¿No será que están utilizando las creencias religiosas y las diferencias de desarrollo y la miseria para generar posiciones de poder que a ellos les interesan? Las guerras tienen características que definen la conquista del poder de unos respecto a otros. El hecho de que los pozos de petróleo que alimentan la energía con la que Occidente se desarrolla estén en Asia Central y en el Cercano Oriente tiene mucho que ver con todo esto.

Héctor AGUILAR CAMÍN: Está en curso una vasta operación diplomática, política, militar, orquestada por Estados Unidos para responder a la agresión del 11 de septiembre. Aquí la globalización también muestra muchos agujeros. ¿Cómo ves este momento de coerción planetaria?

Juan Luis CEBRIÁN Veo una situación compleja y confusa. Aceptemos que el enemigo sea Bin Laden: circunscribir la represalia es absolutamente necesario porque no se puede matar a miles de inocentes. La respuesta no puede ser indiscriminada pero debe ser efectiva, debe evitar males mayores. El problema es que las fórmulas de seguridad del Estado-nación, o de la seguridad entre naciones, no están preparadas para luchar contra esto. Bin Laden no tiene soberanía, amenaza con convertirse en un Hitler del mundo árabe, en un Hitler transnacional en Pakistán, en sectores de Irán, en Irak, en Arabia Saudíta en los Emiratos, pero no tiene gobierno, no tiene sede que pueda ser atacada.

Héctor Aguilar Camín: Pero tiene la protección de gobiernos.

Juan Luis Cebrián: De varios. Primero que hay que tomar sanciones económicas y represalias militares contra aquellos que activamente son cómplices de las actividades terroristas en el mundo. No hay que someterse a las necesidades de la geoestrategia, de las cuales el fruto es Afganistán, porque los talibanes fueron armados por Occidente para enfrentarse a la Unión Soviética. Occidente debe abandonar los dibujos geoestratégicos para defender los valores universales de la libertad y de la dignidad de las personas. Me preocupa muchísimo una respuesta militar indiscriminada y el aumento del Estado policial en los países democráticos.

Héctor Aguilar Camín: ¿Esperas que de la coalición que va en busca de una coerción sobre los terroristas surja una especie de nuevo acuerdo mundial en materia de seguridad internacional? ¿Cómo te imaginarías eso?

Juan Luis Cebrián: Espero un nuevo y verdadero orden mundial, un nuevo equilibrio entre los países que quizá podría concluir con la incorporación de Rusia a la alianza atlántica y la resolución o la generación del nuevo orden en los países de Asia Central, y en los países que estuvieron en la órbita de la antigua Unión Soviética. Es probable y deseable que se ponga una solución relativamente estable al problema del Cercano Oriente. Es inadmisible estar sometiendo al mundo a la tensión generada por los extremistas judíos y los extremistas palestinos. Hay soluciones posibles y viables que una alianza internacional como la que se está creando puede de hecho imponer o establecer para que exista la paz en el Cercano Oriente.

Héctor Aguilar Camín: ¿Qué impresión te da el movimiento encabezado por Estados Unidos en este sentido? ¿Cuál es tu juicio sobre la conducta del gobierno americano?

Juan Luis Cebrián: El balance en conjunto me parece bastante bueno. Hay que separar las declaraciones de las acciones. Bush no me parece un líder carismático; es un hombre con muchas limitaciones pero su reacción en el primer momento fue bastante prudente. Se ha visto que Colin Powell es un estadista de talla internacional, tiene experiencia militar y propone sensatez y prudencia en la respuesta armada de Estados Unidos. El propio Secretario de Defensa Rumsfeld actúa con mucha prudencia.

Héctor Aguilar Camín: ¿Dónde pondrías la línea que Estados Unidos no debe pasar en su represalia? Porque esto es materia de discusión muy seria.

Juan Luis Cebrián: Es verdad que no fue sólo un ataque contra Estados Unidos, fue un ataque contra una concepción y unas formas de vida, de las que se han derivado también muchos errores y muchos males. No podemos santificar a Occidente, pero es verdad que fue una agresión contra la democracia y contra un concepto de la convivencia. Por lo tanto creo que todos los países que crean en los valores de la democracia deben sentirse agredidos por ese ataque, por lo que la respuesta no sólo debe ser americana sino acordada con los países aliados.

Héctor Aguilar Camín: Piensas que la estrategia americana ha sido muy amenazante en el discurso, muy emocional, pero muy cauta y muy prudente.

Juan Luis Cebrián: Porque le falta mucha información. Hay muchas cosas que no sabemos porque no las saben ellos, porque la descoordinación entre las agencias de información y los propios Estados Unidos fue asombrosa.

Héctor Aguilar Camín: Hay una discusión en México sobre si la reacción mexicana ha sido suficientemente explícita o si ha sido reticente. ¿Cuál es tu impresión?

Juan Luis Cebrián: La sensibilidad mexicana respecto a los Estados Unidos participa de los mismos problemas que la sensibilidad de cualquier país respecto a otro país vecino. No me cabe duda de que los intereses sociales, políticos, económicos y culturales de México están en gran medida ligados a Estados Unidos, a partir de que hay veinte millones de mexicano-americanos, y tres millones y medio millones sin legalizar dentro de las fronteras de Estados Unidos, a partir de que la economía y el desarrollo de México dependen en gran parte del comercio y de las relaciones con Estados Unidos, a partir de que México ha recibido apoyo de Estados Unidos en el pasado reciente, cuando ha tenido crisis económicas. Luego está la historia que nadie puede negar: una guerra cruenta y larga en la que México perdió gran parte de su territorio. Estos dos sentimientos se entremezclan y quizás hacen difícil que las reacciones sean tan nítidas como quisiera el gobierno de Estados Unidos y que no se entremezclen con sentimientos, pasiones y verdades históricas que anidan en el pueblo mexicano. Pero no me cabe duda que el proceso democrático que experimenta México debe ser consecuente con la defensa de los valores de la democracia que han sido atacados.

Héctor Aguilar Camín: Se diluye el Estado-nación pero no se diluye el sentimiento nacionalista y esto es un obstáculo mucho más serio de lo que parece para cualquier acuerdo que encauce, que vuelva racional y razonable la globalización.

Juan Luis Cebrián: El nacionalismo es un movimiento romántico, y como tal apela a los sentimientos y a las emociones, no a la racionalidad, a los intereses, sino a las vísceras. Es muy curioso que en momentos de crisis del Estado-nación, en los últimos doce años se haya creado una veintena de nuevos Estado-nación en Europa. Checoslovaquia se ha separado entre la República Checa y Eslovaquia, y ambos piden entrar a la Unión Europea, donde van a perder la capacidad de acuñar moneda, van a perder fronteras, en fin, se han hecho nacionalistas para luego incluirse en una organización supranacional mayor, lo cual es un contrasentido. Hay una eclosión de los nacionalismos, muchas veces agitado por sentimientos o por credos o por organizaciones religiosas de todo género, que quieren estar siempre al lado de los sentimientos populares. Este momento de eclosión de los nacionalismos se corresponde con un momento de perplejidad y de duda de la democracia y de la organización del mundo desde la caída del Muro de Berlín. El mundo funcionaba bien o mal y estaban los buenos y los malos, en cada parte del mundo se sabía más o menos quiénes eran los buenos y los malos, y el equilibrio bipolar de la destrucción mutua asegurada hacía que esto funcionara. Ya no es así y ahora aparece la fuerza de la magia de los sentimientos y las emociones.

Héctor AGUILAR Camín: Bobbio decía que ante la caída del Muro de Berlín y la desaparición de esta religión sustituta, de este placebo religioso que era el socialismo realmente existente, lo que vendría sería como un retorno de los brujos, un retorno de los clérigos, un retorno de la necesidad de la religión directa. ¿Esto es algo de lo que está pasando?

JUAN Luis Cebrián: Hay muchas cosas de las que no nos damos cuenta. A mí, por ejemplo, me parece bastante irresponsable el reciente viaje papal a la zona de conflicto en un momento de indefinición de los equilibrios mundiales porque la voluntad de paz no es exclusiva de ninguna religión, civilización o ideología política. El problema es cómo se instrumenta la paz. A veces, declaraciones verbales o gestos formales en torno a la paz pueden añadir tensión y confusión.

Héctor Aguilar Camín: Occidente vivió un largo proceso violento para separar el ámbito de la religión del ámbito de las instituciones públicas, algo que se ha conseguido en la mayoría ciclos países desarrollados en Occidente y en otros como México. Pero uno ve también a clérigos con un instrumento como el de la guerra santa, vigente, digamos, en la legalidad religiosa. Habría que levantar una presión también sobre las iglesias, recordándoles sus responsabilidades frente al mundo secular y que deberían. otra vez, darle al César lo que es del César y quedarse con el reino espiritual que les corresponde.

Juan Luis Cebrián: La guerra santa así declarada no es exclusiva de ninguna religión. Las cruzadas fueron guerras santas, y el presidente Bush tuvo el lapsus de apelar a una nueva cruzada. Debemos ser conscientes de que los extremismos, los integrismos y los fundamentalismos no son exclusivos de nadie. Vuelvo a recordar que el mayor fundainentalismo violento que ha existido en el siglo XX no se dio en una nación pobre, o infradesarrollada. o sin historia, se dio en el corazón de la Europa desarrollada, en la cuna de la filosofía, de la música, y del arte, como lo era Alemania. Lo importante es eliminar la política del odio, que funciona en los países árabes y en Israel, en países democráticos, potenciar la cooperación y la solidaridad entre los gobiernos y entre los países. Ahora experimentamos en Europa el fenómeno de la inmigración; nos gastamos dinero en evitar que vengan los inmigrantes en vez de gastar dinero en potenciar el desarrollo del Norte de África, para que la gente no tenga que abandonar su tierra en busca de comida y de un cierto bienestar. Hacen falta represalias militares porque se ha cometido una agresión inadmisible, hace falta un nuevo orden político internacional, un nuevo concepto de la seguridad, coerciones contra los paraísos fiscales o contra el narcotráfico y el tráfico de armas, pero hace falta, sobre todo, potenciar el desarrollo de los países pobres, la educación de los ciudadanos de los países pobres, potenciar el derecho a la igualdad de todos. Todos deben tener el mismo acceso a la educación, todo el mundo debe tener los mismos derechos políticos y civiles, y eso es una tarea mucho más urgente y mucho más importante para Occidente que la simple represalia contra los asesinos de las Torres Gemelas.

Héctor Aguilar Camín: El siglo XX terminó quizá con la caída del Muro de Berlín, en 1989; el siglo XXI empezó quizá con la caída de las Torres Gemelas. ¿Cómo ves este siglo XXI? ¿Eres optimista o lo ves con rasgos sombríos?

Juan Luis Cebrián: Dicen que un pesimista es un optimista bien informado. Como debo estar mal informado, quiero ser optimista. La caída de las Torres Gemelas me parece una metáfora horrible, trágica y dramática de la globalización. Todo está cambiando y hay un peligro de que aumenten las diferencias entre los países pobres y ricos. La nueva sociedad de la globalización es una oportunidad, pero es un riesgo, y depende precisamente de los responsables políticos que esta oportunidad se aproveche para potenciar la igualdad entre los países, entre las personas, entre los continentes, entre las regiones más pobres y más ricas, para tratar de desarrollar a las más depauperadas, o para aumentar las diferencias y, por tanto, el número de oprimidos.

Héctor Aguilar Camín: Quedamos otra vez en manos de los políticos, parece que esto no tiene remedio.

Juan Luis Cebrián: Me refiero a los políticos pero me refiero también a los responsables públicos, a los creadores de opinión, a los intelectuales, a los empresarios, a los líderes sociales, a las organizaciones no gubernamentales. Es una tarea de todos, y es una tarea de los políticos, sobre todo en las democracias, en la medida en que son personas a las que hemos elegido, representan los intereses, los deseos y hasta los sueños de las poblaciones y tienen la responsabilidad de rendir cuentas de lo que hacen. n

Multiculturalismo y civilización

MULTICULTURALISMO Y CIVILIZACIÓN

POR ERMANO VITALE

1.

En los últimos meses el debate sobre los derechos indígenas recobró su fuerza en México. Temas centrales de la realidad política mexicana, seguidos con interés en Europa y en Estados Unidos, son la posibilidad de que se reiniciaran las negociaciones entre el subcomandante Marcos y el gobierno federal, teniendo como perspectiva la eventual disolución del EZLN, y el intenso debate en torno a la reforma constitucional que redimensiona legalmente el problema de los pueblos indígenas.

No pretendo entrar al debate sobre la oportunidad política de dichas negociaciones. Tampoco a la discusión sobre el mayor bienestar real y la mayor autonomía real que las etnias de Chiapas podrían obtener de un desenlace satisfactorio para Marcos y el EZLN. Estas reflexiones giran en torno a las premisas teóricas en que se sostiene la reivindicación de derechos “culturales” cuyos titulares no son los individuos o las personas, sino las comunidades; esto es, sujetos colectivos a quienes se considera tan homogéneos en su interior que pueden ser considerados como una persona y, por lo tanto, como titulares de derechos.

Desde mi punto de vista, el artículo 38 de la Constitución de Oaxaca —que los zapatistas, si no me equivoco, juzgan demasiado moderado: apenas un primer paso hacia el verdadero reconocimiento de los derechos indígenas— contiene el elemento decisivo: la revocación, al menos en principio,1 de la igualdad ante la ley, uno de los fundamentos del derecho moderno, en favor de sistemas normativos particulares sujetos, en su aplicación, a la discrecionalidad de “autoridades comunitarias” y reducibles a costumbres que no parecen gozar de otro título de legitimidad que su origen antiguo.

Se trata de una reivindicación basada en principios del multiculturalismo, cuyo profeta moderno, Charles Taylor, ha resumido así: “La política de la dignidad universal luchaba por formas de no discriminación ciegas a las diferencias entre los ciudadanos. La política de las diferencias redefine la no discriminación como algo que obliga a hacer de esas diferencias el fundamento de un trato diferenciado. Si las exigencias de autogobierno fueran finalmente aceptadas, los miembros de las tribus indígenas obtendrían derechos y poderes que los demás no gozan (…); para conservar su integridad cultural, ciertas minorías adquirirían el derecho de excluir a otras de derechos reservadas a ellas. Y así sucesivamente”.2

Por sí sola, esta forma de plantear la cuestión de las tribus indígenas debería generar dudas sobre si hay algún nexo entre la reivindicación multiculturalista del derecho a la diferencia y la lucha por reducir la desigualdad entre los “favorecidos” y los “condenados” de la tierra. Probablemente Taylor habla pensando más en los ricos habitantes francófonos de Quebec que en las minorías pobres y realmente discriminadas de Canadá o del mundo. En Italia, las demandas de un federalismo fundado en razones étnicas (hasta no hace mucho, de un claro corte secesionista) vienen de la parte más rica del país, en particular de regiones que tienen algunos de los ingresos per cápita más altos de Europa.

2.

Nada impide hacer la hipótesis de que los instrumentos conceptuales del multiculturalismo son aplicables por igual en condiciones de igualdad y de desigualdad social. En ese sentido, la apuesta de quienes conjugan las luchas por el reconocimiento de la diferencia y las luchas contra la desigualdad socioeconómica, aunque parezca algo forzado, podría consistir en usar la fuerza retórica de las ideas comunitarias —las referencias míticas a la antigua cultura común que debe sobrevivir a cualquier costo— para afirmar la dignidad y la conciencia de sí mismos que a su vez fortalezcan, hacia el futuro, las reivindicaciones de menor desigualdad entre los individuos y entre los pueblos de la tierra.

Esta posición, que pone el multiculturalismo en su mejor perfil, debe enfrentar el argumento sencillo, pero difícil de rebatir, de Flavio Baroncelli: “la necesidad de pensar que la propia cultura tendrá futuro vale para la cultura esquimal y estas premisas teóricas tienen un eco que quiero suponer inconsciente, en la obra de los actuales teóricos de la comunidad y del multiculturalismo.

4.

Por razones de espacio, la selección de citas que a continuación presento es restringida y se limita a tres puntos esenciales: 1) El Estado y la comunidad como una extensión de la familia. 2) El sentido común que deriva de la antigua sabiduría. 3) La aversión a los derechos universales.

Quisiera con estas citas ayudar a ampliar el debate crítico sobre el multiculturalismo sin olvidar a los autores que pertenecen a la tradición “negra”, el ala de la derecha extrema del pensamiento occidental moderno (“moderno” al menos desde el punto de vista cronológico).6

1). El Estado como comunidad, como una gran familia, que comparte orígenes comunes antiguos, una lengua y una religión, es decir, tradiciones que son su nenio y su razón de ser y que se oponen a cualquier otra forma de artificialidad política, particularmente a cualquier concepción de origen contractualista (por ejemplo, a la “solidaridad entre extraños” que según Habermas se puede realizar mediante el ordenamiento jurídico e internacional).”

Veamos el párrafo inicial del capítulo V de Los elementos del arte política (1809) de Adam Müller:

Frecuentemente el Estado fue comparado con una familia y representado como un agregado de numerosas familias. Si la comparación se refiere sólo a la estructura interna de la familia, debe quedar claro que, desde este punto de visita, el Estado no es más que una familia más amplia y que la primera prueba fundamental a la que deben someterse todas las constituciones y las leyes es aquella de buscar si, y en qué medida, éstas se encuentran en armonía con las relaciones familiares y si las dos relaciones de cuya estrecha unión depende cada familia, la relación entre los viejos y los jóvenes y entre el hombre y la mujer, penetran igualmente la totalidad de la legislación.

Acaso no sobre decir que las relaciones familiares inspiradoras de la legislación son del todo asimétricas en el plano de los derechos, en particular por lo que se refiere a la relación hombre-mujer. El joven se convertirá en viejo pero el hombre nunca se convertirá en mujer, ni viceversa. La naturaleza igualará a los primeros pero nunca a los segundos. Conceptos similares se encuentran en las Ideas para la filosofía de la historia de la humanidad (1784-1785), obra escrita para polemizar con Kant por Johann Gottfried Herder, autor frecuentemente citado por Taylor en materia de multiculturalismo. Escribe Herder:

El Estado educa familias; el Estado más natural es también un pueblo dotado de carácter nacional. Este carácter nacional se mantiene por siglos y puede ser educado de la manera más natural si así lo quieren los príncipes nacidos en aquel pueblo; porque un pueblo, al igual que una familia, es una planta de la naturaleza sólo que tiene más ramas.

2) El sentido común que deriva de una antigua sabiduría constituye la identidad comunitaria más profunda (casi su inmutabilidad en el tiempo) bajo el perfil material ético e intelectual. Se trata del espacio dentro del cual una razón sana debe conducirse y se opone a las premisas de crítica radical de las costumbres y a las definiciones convencionales de reglas y normas de convivencia a partir de una razón universal, emancipada de la comunidad.

Veamos lo que dicen Joseph de Maistre (Las veladas de San Petesburgo) y Félicité Robert de Lamennais (Ensayo sobre la indiferencia en materia de religión):.

De Maistre. Yo deseo declarar que, de ninguna manera, pretendo insultar a la razón. La respeto infinitamente a pesar de todo el mal que nos ha hecho; pero una cosa es cierta: cuando es contraria al sentido común debemos rechazarla como a una envenenadora.

Lamennais: Una de las locuras más peligrosas de nuestro siglo es la de imaginar que se pueda construir un estado o que se pueda formar una sociedad de hoy para mañana, así como se construye una manufactura. Las sociedades no se construyen, son el resultado de un acuerdo entre la naturaleza y el tiempo: esto explica por qué es tan difícil que renazcan cuando el hombre las ha destruido, porque la propia acción destructiva se opone a la acción reparadora del tiempo y de la naturaleza (…) La regla no tiene excepciones y es triste pensar que eso que se llama iluminismo —es decir: el desprecio al sentido común, una curiosidad desmedida por conocer plenamente aquello en lo que se debe creer con fuerza, un orgulloso deseo de juzgar aquello que se debe respetar— produce inevitablemente este resultado.

3) Finalmente, la total aversión en contra de los derechos universales de los individuos. Con una visión de largo alcance de la cual, al parecer, carece gran parte de la izquierda contemporánea, los escritores contrarrevolucionarios entendían esos derechos como la verdadera bomba

capaz de hacer pedazos, no sólo al ancién regime, no sólo las manifestaciones del arbitrio y del privilegio, sino la idea misma de que la legitimidad se funda en la duración temporal y no en la búsqueda de un acuerdo racional construido en condiciones de igualdad mediante un pacto de convivencia.

Un conocido párrafo de las Reflexiones sobre la revolución francesa (1790) de un conservador moderado como Edmund Burke es suficiente para ilustrar esta posición:

¿Qué tiene de maravilloso que hombres que consideran a las instituciones de su propio país como ilegítimas y usurpadas, en el mejor de los casos como una vana parodia, estén dispuestos a recibir con entusiasmo los ejemplos que provienen de otros pueblos? Mientras sean presa de dichas nociones será vano hablarles de las costumbres de sus antepasados, de las leyes fundamentales de sus países, de la forma inmutable de una constitución cuyos méritos han sido confirmados por la más sólida de todas las pruebas, aquella de la larga experiencia y del crecimiento constante de la fuerza y de la prosperidad nacional. Según ellos la experiencia es la pobre sabiduría de los iletrados; por lo que hace al resto —ejemplos provenientes de la antigüedad, precedentes, estatutos, actos parlamentarios—, tienen lista bajo la tierra una mina que los hará saltar a todos por el aire con una sola explosión. Esta mina se llama “los derechos del hombre” (…) Frente a la nueva luz de los derechos del hombre ningún gobierno puede considerarse a salvo de su larga existencia o de la justicia y ductilidad de su administración (…) De hecho, lo que ponen en discusión no es el abuso del poder de los gobiernos sino la legitimidad del título de los gobiernos para gobernar.

Lo que Burke veía como el mayor de los peligros generados por la revolución francesa constituía para Kant su justificación profunda.8 La lección que se puede obtener de la extraordinaria visión política de largo plazo de Burke es que los derechos fundamentales pueden convertirse en el metro para medir las injusticias planetarias y las discriminaciones así como en la estrella polar que indica la vía maestra para ponerles remedio.9

5.

Las objeciones de sentido común contra la universalidad de los derechos han sido repetidas hasta el aburrimiento. Quizá sólo por eso parecen verosímiles. Se sostiene que los derechos universales son un fruto de la cultura occidental, un particularismo enmascarado por una pretensión de universalidad. Se dice que las otras culturas, los “nativos” o “indígenas” de cada parte de la tierra no quieren “nuestros” derechos por lo que nosotros (¿cuáles nosotros?) se los imponemos con una actitud imperialista. (No sé quién es nosotros ni por qué los “indígenas” son considerados siempre los otros”: ¿no es este el primer prejuicio fundamental del “multiculturalismo”?).

Replico brevemente haciendo mía una magistral respuesta de Amartya Sen a propósito de los célebres “valores asiáticos”. Escribe Sen:

Los llamados valores asiáticos, invocados para justificar el autoritarismo, no son particularmente asiáticos en ningún sentido significativo y tampoco es fácil entender cómo la sola fuerza de la retórica los pueda transformar en una causa asiática en contra de Occidente. Las personas cuyos derechos son impugnados son asiáticas y, prescindiendo del sentido de culpa de Occidente (son muchos los cadáveres en los armarios del mundo occidental), los derechos de los asiáticos no pueden quedar comprometidos por estos motivos. La tesis a favor de la libertad y de los derechos políticos se funda en su propia importancia fundamental y en su rol instrumental: es una tesis válida en cualquier parte.10

Intentemos sustituir “asiáticos” por “indios”, o “condenados de la tierra”, y preguntémonos si el razonamiento no podría cerrarse de manera igualmente satisfactoria. Es en verdad notable la eficacia con que esta forma de “autoritarismo cultural” que se esconde tras las faldas de la lucha por el reconocimiento de culturas, etnias, pueblos y comunidades, ha logrado culpar al universalismo de los derechos fundamentales de las discriminaciones y abusos de los que son objeto precisamente aquellos que nunca han podido gozar de tales derechos.

Por desgracia, desde hace algún tiempo quienes insisten en estos argumentos críticos del multiculturalismo parecen cansados y se encuentran aislados, al menos en Italia. Aislados no porque abunden argumentaciones sólidas en su contra sino por la falta total de respuestas. Quienes siguen el debate del multiculturalismo, lidereado por las revistas y las universidades estadunidenses, consideran una pérdida de tiempo responder a argumentos como los aquí expuestos.

El hecho cultural paradójico es que los teóricos más apasionados del multiculturalismo se encuentran, en todo el mundo, totalmente cooptados por el sistema de poder y por la ideología universitaria en boga de la superpotencia planetaria, la “cultura” hegemónica por excelencia. No en balde, en el Discurso preliminar de la Encyclopédie, después de reseñar los siglos que precedieron al de las luces, D’Alembert concluyó amargamente: “La barbarie dura siglos y parece ser nuestro elemento natural; la razón y el buen gusto son pasajeros”.  n

Traducción de Pedro Salazar Ugarte

1Ciertamente el poder judicial de las autoridades indígenas se encuentra fuertemente limitado y depende del ordenamiento nacional, por lo que Luis Villoro puede sostener que la autonomía no equivale a la soberanía. Pero queda pendiente el hecho de que dicha autonomía parece un cheque en blanco que crea fuertes enclaves jurídicos porque la relación que resulta se da entre un poder superior y uno inferior al interno de un mismo ordenamiento. En realidad, lo que existe es un ambiguo compromiso entre principios de ordenamientos distintos y diversos (por un lado la constitución federal y, por el otro, el derecho consuetudinario indígena).

2C. Taylor: Multiculturalismo. La política del reconocimiento.

3F Baroncelli: “II reconoscimentoe i suoi sofismi” en F. Manti: La tolleranza e lesue ragioni. Ed. Macro, Cesena, 1997. p. 153.

4Ibidem, p. 160.

5En particular. G. Sartori: Pluralismo, multiculturalismo ed estranei. Saggio sulla societá multietnica, Rizzoli, Milano, 2000. La traducción al español ha sido recientemente publicada por la editorial Taurus: La sociedad multietnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros. Taurus, 2001. (NT).

6Un intento similar y de mayor respiro histórico pero, desde mi perspectiva, con una línea argumentativa no del todo sólida, se encuentra en S. Holmes: Anatomía dell’antiliberalismo. Ed. Comunitá, Milano, 1995; cfr., sobre todo. Norberto Bobbio: L ‘etá dei dirittí. Einaudi. Torino. 1990. en particular pp. 17-44.

7Me limito a indicar uno de los textos más recientes en los que Habermas ha replanteado la cuestión a nivel de la política global: La costelazione postnazionale, Feltrinelli. iMilano, 1999. en particular, pp. 90-101.

8Cfr. Kant: Se ilgenere umano sia in constanteprogresso verso il meglio, en Scrittipolitici, UTET, Torino, 1965, p. 219.

9No puedo en este espacio profundizar en el argumento.

Envío al reciente volumen de L. Ferrajoli. Editorial Trotta, Madrid. 2001.

10Amartya Sen: Laicismo indiano, Feltrinelli, Milano, 1998, p. 165. Mi análisis particular sobre el tema se encuentra en Valoriasiaticiediritti umani: l’overlapping consensus.

Un escritor de los de antes

UN ESCRITOR DE LOS DE ANTES

En Guirnaldas con amores, Bioy Casares escribió: “Jugamos a que nada nos gusta tanto como (…) escribir en cuadernos de papel cuadriculado y suave”. Durante más de cincuenta años, desde 1947, y hasta poco antes de su muerte. Adolfo Bioy Casares (1914-1999) escribió una obra paralela a sus novelas y sus cuentos. Con el tiempo. Bioy acopió más de veinte mil hojas de una obra miscelánea de apuntes, aforismos, notas, citas, ideas, comentarios, recuerdos. Una selección de esa memoria acaba de aparecer en la Editorial Sudamericana bajo el cuidado editorial de Daniel Martino: Descanso de caminantes (Editorial Sudamericana. España, 2001, 507 pp.) Se trata, sin duda, del libro de la temporada. Escribe Bioy en la primera página del libro: “Tenía alguna razón Borges cuando desaprobaba los libros de brevedades. Yo replicaba que eran libros de lectura grata y que no veía por qué se privaría de ellos a los lectores. Los Note- booksúe Samuel Butler. A Writers’s Note- book de Somerset Maughham me acompañaron a lo largo de viajes y de años. “Los de Butler se publicaron después de la muerte del autor”, dijo Borges y yo aún no vislumbré su argumento. Sin embargo. de algún modo debí admitirlo, porque a pesar de tener infinidad de observaciones y reflexiones breves, más o menos epigramáticas, sin contar sueños, relatos cortos y dísticos, año tras año he postergado la publicación de mi anunciado libro de brevedades. Debo sentir que la publicación, en vida, excedería el límite de vanidad soportable. Digo soportable porque en toda publicación hay vanidad. Sea este cuaderno testimonio de la rapidez de manos del pasado, que oculta, entierra hace desaparecer todas las cosas, incluso a quien escribe estas líneas y también a ti querido lector”.

Paradero de sabidurías múltiples, el lector encontrará en las páginas de Descanso de caminantes brevedades del amor, la política, la cotidianidad, la literatura, en fin, la vida misma a través de las observaciones de uno de los grandes narradores latinoamericanos del siglo XX. Pero el lector hallará algo más, encontrará a un escritor de los de antes, un escritor que va desapareciendo en nuestros días bajo los dictados del mercado, el gobierno de los medios de comunicación y los poderes de las grandes editoriales. Borgeanamente, en Descanso de caminantes hay algo que el lector no encontrará. Mientras más se adentre el lector en estos descansos, más se alejará de ese escritor común y corriente en nuestros días: el que busca y rebusca en los premios el reconocimiento, el que fundamenta su obra en la idea del éxito, el que se somete gustoso a la gira de presentaciones insulsas como si tuviera un circo y no libros escritos y por escribir, el que se rinde hipnotizado a las variantes psicológicas del mercado. Sin desdeñar al público, al contrario, buscándolo en cada trama y cada personaje, Bioy Casares cuenta también una vida literaria: “Antes nadie calificaba de obra maestra La invención de Morel. Ahora se habla de mis libros como de obras maestras (con indiferencia, como si obras maestras fuera un simple género, como si dijeran que son ‘novelas’ o ‘cuentos’). Hasta me vi en una suerte de Parnaso de la colección de Pavillons, que reúne a los tres o cuatro principales autores. Jinetas que se confieren a los que están por irse”.

Algunas muestras de esa inteligencia satírica: “La vida: entretenimiento ligero con final triste. No se aceptan pequeñas molestias que distraigan”. “Obra maestra: Libros cuyas torpezas olvidamos porque sus aciertos nos dejaron un buen recuerdo y porque tenemos en menos a muchos libros famosos y algo hay que admirar”. “Vivir: Lamentaba el haber tirado la vida por la ventana. No sabía que vivir consiste en precisamente tirar la vida por la ventana”. “La libertad es la intemperie”. “El elogio exagerado es una forma del desdén”. “Envío: Haz mañana Bioy / lo que puedas hoy”  . n

Izquierda y orden global

IZQUIERDA Y ORDEN GLOBAL

POR CARLOS MONSIVÁIS

Nexos invitó a dos lúcidos representantes de la izquierda mexicana. Carlos Monsiváis y Enrique Semo, a que respondieran dos preguntas cuya pertinencia está marcada por los nuevos tiempos que corren: ¿ante el auge de la globalización. qué significa ser de izquierda en el México de hoy?, y ¿cuál es la alternativa de la izquierda mexicana ante el proceso de globalización?

El falso coro griego

Escribo la respuesta a la luz del 11 de septiembre de 2001. La tragedia de las Twin Towers, además de reiterar la monstruosidad del terrorismo, no admite dudas: los efectos democratizadores de la globalización son parciales si bien muy efectivos, y la globalización es un sistema jerárquico, ordenado según el criterio del poder norteamericano. Todos los globalizados somos iguales, se diría orwellianamente, pero los más globalizados y sus empresas no únicamente deciden los comportamientos prácticamente unánimes, también se empeñan en constituirse en la única justicia concebible. Al respecto, algunas notas.

Si en México la globalización es una práctica subordinada, que convierte sin cesar a los testigos o espectadores en lejanía asombrada, la izquierda mexicana (su sector más representativo, el político) resulta a fin de cuentas el falso coro griego que comenta lo sólo parcialmente entendido (la derecha, en cambio, por intereses económicos, celebra con júbilo a la globalización. el proceso que vulnera todos los días sin razón de ser: el apego a lo tradicional. Te doy de dicha la clave, suscríbete al Cable). Excluyo de esta generalización al EZLN que a su manera y en situaciones de hostigamiento extremo, imagina versiones más libres de la globalización. No genera una alternativa, pero al menos presiente su existencia y este rasgo utópico no es desdeñable. Ignoro el destino inmediato del EZLN. el que importa, pero en un sentido similar al de diversos sectores de la sociedad civil, no muy numerosos, los zapatistas han querido integrarse por su cuenta a la nación y la globalización, no sin sectarismo y errores, pero con episodios tan brillantes como la llegada de la Caravana Zapatista al Zócalo, y el discurso de la comandante Esther ante el Congreso. Dicho sea no tan de paso, según creo, la suerte de este movimiento social depende por entero de su renuncia definitiva a la violencia. Ese camino se ha clausurado.

La izquierda tradicional se relaciona con la globalización de manera precaria en el mejor de los casos. No admite lo obvio, por ejemplo la condición estricta del régimen de Fidel Castro, tina dictadura atroz, un retroceso enorme para la izquierda democrática de América Latina. Si ya se han extinguido las fuentes de admiración por el castrismo, la figura del caudillo todavía atrae a los creyentes en la revolución como única fuente de poder.

La izquierda política, sin convencimiento íntimo, se obstina en un planteamiento; la globalización es un conjunto con fisuras que debe rechazarse (como si esto fuera posible). La izquierda mexicana no advierte el lado positivo de la internacionalización cultural y de costumbres que al decretar la simultaneidad de las experiencias, vuelve ridículos los afanes medievalistas de la derecha, triunfal en la imposición de un modelo económico y fracasada en extremo en su gana del monopolio de la moral y su odio a la diversidad. Lo del 11 de septiembre sorprende doblemente a la izquierda porque ni siquiera se ha tomado la molestia de examinar las imágenes publicitarias de la globalización, a las que confunde sin más con el neoliberalismo. La izquierda es globalifóbica por fe y no por demostración.

Lo más dramático de la izquierda política ha sido calificar de forja del temple revolucionario su vocación de clandestinidad y confundir la clandestinidad con el anonimato. (La derecha sólo admite una vocación de tinieblas, la que quiere imponerle a los heterodoxos). Y sin embargo. al llegar los izquierdistas al poder, en cualquier nivel, adoptan por lo general un modelo: el de “priista progresista”.

La izquierda política se fastidia ante la reseña y renuncia al debate crítico en aras de posiciones de poder y procesos electorales. (La partenogénesis es la clave de la lucha de clases). Es decir, se asume lo local como el destino privilegiado de la izquierda y se le deja lo global al gobierno, que por lo visto lo concibe como franquicia de Estados Unidos. Y se actúa por reflejos condicionados, los de los convencidos de que todo golpe al Sistema es bueno, al margen de la ética. Esto, por ejemplo, explica el pasmo ante el comportamiento desastroso del CGH en la UNAM. y el análisis hasta ahora tan primario que insiste en que Estados Unidos “se la busca”, posición que en su desarrollo lógico legitimaría las represalias al margen de la ley en el caso de Afganistán, o los bombardeos interminables a Irak, porque también “se la buscaron”. Y nunca, también por ejemplo, han reexaminado su culto al Che Guevara, no sólo el ser heroico que arriesgaba la vida, sino el de las convocatorias a la muerte. “Crear dos tres, muchos vietnams en América Latina”.

Previsiblemente. y ojalá me equivoque, viene una etapa de intransigencia ilegalidad y de intolerancia a nombre del Mundo Libre. Al negarse la izquierda a entender los significados del terrorismo, se niega también a ver los comportamientos del terrorismo de Estado. y sólo extrae de la retórica imperial (tan amenazante en su reducción del mundo a “buenos” y “malos”) los elementos que la confirman en su condición de aliada eterna de las víctimas, no de fuerza política.

Todo esto, y varias características de la izquierda en México, confirman mi pesimismo sobre su destino inmediato sin mella de la convicción primordial: si la izquierda es lo opuesto a la derecha que padecemos, y postula los valores del humanismo, la justicia social y la civilización. La izquierda le es indispensable al país, y no me queda sino reconocerme de izquierda por lo que valga el término a la hora del derrumbe de los diccionarios políticos conocidos y del intento de monopolizar para siempre el sentido de la globalización.    n

Más de tres prioridades es no tener prioridad

MÁS DE TRES PRIORIDADES ES NO TENER PRIORIDAD

Sesenta y cinco acuerdos fueron los firmados por las distintas fuerzas políticas en el pacto nacional de gran formato que se anunció al público el mismo día en que se iniciaban los bombardeos a Afganistán. Catorce puntos del pacto corresponden al ámbito social, veintitrés al ámbito económico, seis a cuestiones internacionales, nueve al político y trece a acciones inmediatas. Total: sesenta y cinco puntos de una agenda conjunta.

La mayoría de estos puntos no podría ser rechazado por nadie. Incluye por igual combate a la pobreza y fomento cultural, creación de empleos y seguridad pública, revertir el desequilibrio ecológico, mejorar las políticas de género. En lo internacional, sumarse a la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado. En lo político, legislar sobre el acceso a la información.

Quizá lo único sustantivo del acuerdo haya sido el compromiso de avanzar en los temas pendientes del poder legislativo: reforma fiscal, reforma energética, desregulación económica. Pero nadie se comprometió a una medida puntual. Más que una agenda fruto de una negociación en donde se asumen compromisos, el pacto parece ser una enumeración de todo lo deseable. Mucha paja, poco trigo.

Y sin embargo: hubo un esfuerzo logrado por negociar una plataforma estratégica. El resultado crea un ambiente propicio para aterrizar algunos de los puntos de acuerdo, un precedente de buena voluntad para la negociación en el Congreso. Si el Acuerdo fue el inicio de negociaciones específicas entre los partidos o si queda en letra muerta, es asunto que veremos en las próximas semanas.

Dicen que al amparo de esta buena voluntad conseguida, diputados y senadores cocinan la reforma fiscal y también la energética. Esperemos que la reforma fiscal tenga dientes y la eléctrica, energía. Por lo pronto, como decía un dirigente del siglo pasado: tener más de tres prioridades es empezar a no tenerlas. n

La violencia impensada

LA VIOLENCIA IMPENSADA

POR FERNANDO ESCALANTE GONZALBO

A todos nos sorprendieron los atentados del 11 de septiembre; todos seguramente pensamos y dijimos ese día bastantes sandeces, y es natural. Lo raro es que muchas de ellas se sigan repitiendo, tanto tiempo después. Una porción considerable de la opinión estadunidense, según parece, está viviendo literalmente una cruzada; quienes se oponen a la guerra, por su parte, se sienten obligados a comprender las “razones profundas” del terrorismo, que lo hacen prácticamente inevitable (y a veces hasta justo). Como si fuera forzoso festejar las barbaridades de unos o de los otros, como si estuviese perfectamente claro lo que quieren unos y otros. Hay no sólo la rigidez, sino el mismo moralismo obtuso que uno se imaginada en una parodia de la Guerra Fría.

Quienes no quieren ponerse de parte de éstos o de aquéllos están como pasmados, detenidos en un gesto que no dice apenas nada: ni unos muertos ni los otros, ni Bush ni el Talibán, ni esta venganza ni la otra. Lo único malo es que en este mundo, tal como es, una opinión política debe tener alguna relación, más o menos inteligible, con la realidad política. Da la impresión de que no se pudiera entender la violencia ni explicarla fuera de la lógica maniquea, simplona, de buenos y malos, en una especie de estado de excepción de la inteligencia. Tengo la idea de que es así: en algún momento, no hace mucho, dejamos de pensar en la violencia como un hecho que forma parte del orden político y se nos convirtió en algo extraño, difícil de manejar, algo a la vez simplísimo, elemental e incomprensible.

La conciencia de nuestro principio de siglo es básicamente pacifista y la vida cotidiana de Europa y los Estados Unidos en los últimos cincuenta años ha sido básicamente pacífica. Como resultado de ambas cosas, para el pensamiento occidental de los tiempos recientes la violencia ha sido algo más bien abstracto, que aparece sobre todo en las películas y cuyo significado político es bastante impreciso; quedan, por supuesto, la memoria del nazismo, el estalinismo, y la amenaza inasible de la guerra nuclear, pero no hacen más que acentuar ese carácter abstracto y melodramático de la violencia, lo mismo que los automatismos retóricos de la Guerra Fría, que hacían que todo estuviese claro desde antes de empezar a hablar. El desconcierto de hoy es consecuencia de todo ello.

Durante siglos y hasta hace relativamente muy poco, la violencia fue el tema fundamental de la Filosofía Política. Lo mismo para Tucídides y Jenofonte que para Maquiavelo, Hobbes, Burke o Lenin, pensar la política significaba en primer término pensar la violencia, darle una forma racional y un contenido moral, es decir: con todas sus consecuencias, humanizarla. No por afición hacia la violencia, sino por la necesidad de explicar la política. Así se pensó y se creó en la práctica el Estado, como una delimitación formal del significado de la violencia. De hecho, ningún otro de los temas propiamente políticos: la justicia, la autoridad, el orden, podía entenderse tampoco sin una referencia explícita al lugar y el sentido de la violencia como parte de la civilización.

Todavía en la primera mitad del siglo XX los dos arquetipos modernos de la violencia, la Guerra y la Revolución, servían para orientar buena parte de la reflexión de Gramsci, Sorel, Lukacs, Cari Schmitt, Jean Jaurés, Alain o Max Weber. En contraste, la Filosofía Política de los últimos veinte años resulta ser asombrosamente pacífica;, habla de los derechos y de las razones de los derechos, habla del Estado, pero poco, casi nunca del fundamento material de la obligación política, prácticamente nunca de la violencia.

En la obra de John Rawls, Jürgen Habermas, Robert Nozick, Ronald Dworkin, Karl Otto Apel, Brian Barry, David Gauthier, no hay lugar para la violencia como parte del orden; si acaso, es una hipótesis contrafáctica, que destruye cualquier razonamiento. Es un límite, más allá del cual no puede pensarse con sensatez y sobre todo no puede pensarse en términos políticos. Todos ellos hablan de un orden razonable, civilizado, en el que se intercambian argumentos. A partir de ese modelo se mira, se juzga y se interpreta todo lo demás. Porque hay violencia, sin duda, pero está en otra parte y resulta ser sobre todo consecuencia del atraso, es decir: algo que se puede dejar atrás y que incluso es obligatorio dejar atrás.

Significativamente, el pensamiento que se empeña en definirse por una vocación radical, absolutamente crítica, como el de Foucault o Derrida, es todavía más exigente en su devoción pacifista: se dedica sobre todo a discernir y denunciar las formas de poder disimuladas en el lenguaje, a hacer la exégesis de la “violencia simbólica”, inconsciente, la violencia que no lo parece, que no se siente, que no se ve.

Repitámoslo: hay razones materiales para semejante cambio, y no tienen ningún misterio. La violencia estaba presente, de manera masiva y cotidiana, en toda Europa, entre 1914 y 1945; al contrario, en la segunda mitad del siglo se vive en paz, con unas cuantas guerras remotas que no afectan a la vida ordinaria de las sociedades desarrolladas, guerras que se antojan prescindibles. Guerras que no cuentan. El pensamiento europeo y norteamericano se hace cada vez más pacífico, conforme la violencia se traslada a la periferia (y en la periferia, por lo general, nos dedicamos sólo a documentar la barbarie). Hay, ciertamente, una preocupación histórica por la violencia del nazismo, hay una preocupación estratégica por la violencia de los procesos de descolonización, pero se trata de accidentes, anomalías, riesgos relativamente extraños, que no forman parte del orden político.

La violencia no es algo que amerite ser pensado, porque puede ser eliminado. Ya no hay que contar con ella, como lo hacían Hobbes o Maquiavelo, ya no es parte de la estructura básica del mundo social. De hecho, cada vez parece más difícil, imposible, asimilarla en algún esquema racional.

Los dos arquetipos de la violencia moderna cambian su significado después de la Segunda Guerra mundial. En primer lugar, Auschwitz e Hiroshima no sólo muestran los límites de la destrucción imaginable, sino que modifican la idea misma de la guerra, que ya no tiene una forma reconocible, no tiene límites evidentes, no cabe en ninguna imagen del orden. El horizonte de la destrucción total del planeta hace impensable la gran guerra y a la vez minimiza las otras guerras, las que hay efectivamente, que vienen a ser ensayos, simulacros o apéndices de la Guerra verdadera.

En segundo lugar, la Revolución se disuelve en la estructura del conflicto bipolar entre la Unión Soviética y los Estados Unidos; los episodios tardíos del estalinismo, en la obra de Sartre o Merleau-Ponty, dicen precisamente eso, que la entidad de cualquier fenómeno político depende de la confrontación entre las dos potencias. Al mismo tiempo, la posibilidad de una Revolución en el mundo desarrollado es cada vez más remota: la rebelión juvenil de los sesenta quiere hacerse con flores, como reacción contra una imagen abstracta de la violencia, el hongo de una explosión nuclear, que hace insignificantes todas las distinciones.

La Guerra Fría había producido una moralización extrema de la violencia: había sólo dos bandos y había que estar, a tuerto o a derecho, con unos o con otros. No había razones políticas sino morales, de una moralidad hemipléjica. Cuando la gran guerra se hizo prácticamente imposible, el moralismo avanzó un paso más, ya no había más que la guerra o la paz, y no había más remedio que estar por la paz.

Un dato: en 1989, en el bicentenario de la Revolución Francesa, el principal acontecimiento cultural fue la publicación del Diccionario crítico, de François Furet y Mona Ozouf; una obra magnífica, pero obra casi de entomólogos, dedicada a desmontar minuciosamente, pieza por pieza, eso que había sido la Revolución y que en todo caso resulta ser algo perfectamente pasado. Una coincidencia: ese mismo año concluye la Guerra Fría; quedan las pequeñas guerras, que de pronto se vuelven incomprensibles: de la noche a la mañana resulta que, donde había un misterioso ajedrez geopolítico, no hay más que enfrentamientos tribales, fanatismos renacidos, vestigios rarísimos de otro tiempo en Argelia, Ruanda, Indonesia o Kosovo.

Lo que hay cotidianamente a la vista desde entonces en Europa y en Estados Unidos es el vandalismo, las golpizas de las tribus urbanas, la delincuencia organizada, el narcotráfico, esporádicos motines por razones étnicas, todo lo cual requiere no otra cosa, sino la intervención de la policía. Es una violencia que carece de significación política. Es decir: no sólo se trata de algo muy simple, de buenos y malos, sino que puede evitarse porque no tiene nada que ver con el fundamento del orden ni con su mecanismo racional.

Con esa misma mirada, digamos, policiaca se han visto los conflictos en Somalia, en Argelia, Bosnia. Irak, Kosovo, ahora en Afganistán. Y no se entiende nada. O bien recuperando los reflejos morales de la Guerra Fría: una guerra universal e imposible, que puede vivirse desde la pureza de una posición exclusivamente moral, de un puritanismo retorcido y beligerante. Y tampoco se entiende gran cosa. Tenemos unos resortes morales poderosos y muy ágiles para buscar a los buenos y los malos, lo malo es que el mundo no suele ser tan simple. A fuerza de buenas intenciones hemos terminado siendo incapaces de pensar políticamente sobre la política.

Visto en términos políticos, el problema no es el de la violencia sin más, sino el de la violencia legítima o susceptible de ser legitimada, es decir: una violencia que puede ser reducida a un esquema racional y a un sistema de justificación moral, que puede ser pensada en términos de eficacia y de justicia, a partir de una forma política. Eso significa que tanto la racionalidad como la justificación de la violencia deben remitir al hecho del poder político, porque eso es lo que la hace inteligible; lo que sucede hoy, en la Filosofía Política a la que estamos acostumbrados, es que se habla tan sólo de la violencia perfectamente racionalizada y absolutamente justificada como ejercicio de una autoridad legítima: una violencia que se disuelve en la idea de la aplicación de la ley. Y se intenta reproducir esa misma argumentación en el plano internacional.

Ahora bien: la dificultad para pensar la violencia en términos políticos deriva no sólo del moralismo, sino de la nueva estructura de ese hecho que es el poder político. Para el pensamiento clásico —digamos, de Hobbes a Lenin— el referente que permite pensar la violencia es el Estado, que tiene una racionalidad propia, que ejerce un monopolio efectivo de la violencia legítima dentro de su territorio y se encuentra limitado exteriormente por otros estados. El orden actual es muy diferente; la forma estatal ya no permite una delimitación del significado de la violencia política: hay un orden normativo extraterritorial, confuso y vacilante, pero real, y hay también una lógica extraterritorial de la violencia, que ya no tiene como referente definitivo al Estado. n

Vida pública. Hechos y tendencias de México

VIDA PÚBLICA

HECHOS Y TENDENCIAS DE MÉXICO

LA MODERNIDAD Y LOS ESCOMBROS

Globalización es uno de los nombres que damos a la modernidad. Mejor: uno de sus procesos centrales. Dedicamos este número de Nexos a temas fundamentales de la globalización y la violencia que ha irrumpido en su centro, llenándola de escombros, sin detener su paso. De por sí, la modernidad es una fuerza civilizatoria que crea destruyendo. Avanza como el Angelus Novus de Klee, dejando a su paso los desechos del mundo que transforma. (La modernidad y los escombros).

MODERNIDAD Y GLOBALIZACIÓN

Hay quien ve lo que ha sucedido desde el 11 de septiembre como una prueba de las fallas de la globalización. Puede verse también como una aceleración del proceso. La globalización iba a paso veloz en los órdenes comercial, tecnológico, comunicativo. Iba lenta, por el contrario, en los acuerdos políticos supranacionales. El atentado del 11 de septiembre detona el proceso de globalización en el orden de la seguridad que es la materia misma del Estado, la materia número uno de la política mundial hoy día.

ONU: MANDATO DEL CONSEJO DE SEGURIDAD

El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó, por unanimidad, una resolución sin precedentes que obliga a sus 189 países miembros a luchar contra el terrorismo, congelar sus medios de financiamiento, negarles cualquier tipo de apoyo político o diplomático, pasivo o activo, impedir que los terroristas puedan buscar asilo o esconderse tras sus fronteras. La ONU invocó el capítulo 7 de la Carta de Naciones Unidas, que da al acuerdo carácter imperativo y lo convierte en un elemento de derecho internacional. La decisión se tomó el 27 de septiembre.

MÉXICO EN EL CONSEJO DE SEGURIDAD

El lunes 8 de octubre México ingresó al Consejo de Seguridad de la ONU. Ocupará el puesto a partir del primero de enero de 2002 y hasta el 31 de diciembre de 2003. Es la tercera vez en su historia (1946, 1980, 2002) que México ocupa un asiento temporal en este órgano, cuyo principal mandato es el de mantener la paz en el mundo. (Una silla caliente).

LA CONFUSIÓN MEXICANA

Incondicionalidad no es la regla de los países que forman la alianza mundial contra el terrorismo. Muchos tienen reticencias. México también. La postura mexicana ante el conflicto resucitó rasgos de un nacionalismo tan viejo como vigoroso. El gobierno mexicano no quiso asumir los costos de una postura nítida desde el primer día. Tardó semanas en definirse. La ambigüedad acabó costando lo que hubiera costado la claridad. (Pasos erráticos, viaje demorado).

LOS SENTIMIENTOS DE LA NACIÓN

El histórico resentimiento contra Estados Unidos sigue vivo en buena parte de la clase política mexicana, como lo demostró la falta de solidaridad hacia Washington después de los ataques terroristas del martes negro.

¿Qué sentía el pueblo de México? Algunas encuestas dieron cuenta de ese sentimiento, y también de otros, inesperados, de simpatía y admiración por el vecino del norte ¿Mexicanos al grito de guerra?

LOS ARCHIVOS DEL CISEN

Al conmemorarse un aniversario más del 2 de octubre de 1968, el secretario de Gobernación, Santiago Creel. ordenó al director del Cisen, mediante la firma de un acuerdo, la apertura de los archivos relacionados con ese tema, de las extintas Direcciones Federal de Seguridad y General de Investigaciones Políticas y Sociales, actualmente bajo custodia del Centro. Los documentos serán entregados a la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) y a la Procuraduría General de la República (PGR) para investigar las violaciones a los derechos humanos y los delitos cometidos a fin de que se deslinden responsabilidades. Los archivos liberados serán un banquete para historiadores de la vida política del país, no para buscadores de justicia retrospectiva y crímenes de la guerra sucia.

ACUERDO POLÍTICO

El domingo 7 de octubre, después de que los televidentes mexicanos vieron los primeros bombardeos estadunidenses a Afganistán, tuvo lugar la firma del Acuerdo Político para el Desarrollo Nacional entre el gobierno y las fuerzas de oposición. Acudieron a la firma el presidente Fox y su gabinete en pleno, los partidos nacionales, algunos gobernadores, miembros del Congreso, del poder judicial y de las Fuerzas Armadas. A la expectativa sucedió la decepción. (Más de tres prioridades es no tener prioridad.

REGRESOS DEL PRI

El domingo 7 de octubre, primero del bombardeo a Afganistán, hubo elecciones locales en Chiapas, Oaxaca y Tamaulipas. En Chiapas el PRI ganó 70 de los 111 ayuntamientos en disputa. En Tamaulipas ganó 35 de 43 ayuntamientos, entre ellos la capital. En Oaxaca, ganó 88 de 150 alcaldías en disputa. Los 11 estados donde se han realizado elecciones hasta ahora desde el 2 de julio del 2000 representan el 30% del padrón electoral. En esas elecciones el PRI ha obtenido 3,800,000 votos, 47% de la votación total. En la elección a diputados del año 2000, el PRI obtuvo en esos mismos estados 4,300,000 votos, 43% del electorado. Perdió votos pero aumentó su porcentaje. Sus competidores perdieron votos y porcentajes. El PRI puede estar de regreso como mayoría nacional en la elección del 2003.

HORIZONTE ECONÓMICO

En Estados Unidos se mantiene la discusión sobre estímulos adicionales a su economía. Parece vivirse ahí una situación keynesiana clásica: el gobierno inyecta recursos a la economía y al consumo para reactivar sus ciclos débiles. En México, la encuesta sobre expectativas económicas del sector privado reflejó una visión pesimista del futuro inmediato. (Entre Keynesy el aislamiento involuntario.

VICTIMAS O VERDUGO

Si la cuenta imperial de Estados Unidos justifica la agresión del 11 de septiembre, entonces el ataque del 11 de septiembre justifica la represalia de Estados Unidos sobre Afganistán. La realidad es que ninguna violencia venga las anteriores, sólo siembra las futuras. Pero la realidad política del mundo hoy incluye la violencia; es imposible pensar el mundo actual sin incluir la violencia. Preguntas para empezar a hablar seriamente: si usted fuera Osama bin Laden, ¿habría hecho lo que él? Si usted fuera George Bush, ¿qué hubiera hecho?       n

Lecciones globales

LECCIONES GLOBALES

POR ANTHONY GIDDENS

Qué tienen en común las ciudades de Seattle, Londres. Washington, Buenos Aires, Gotemburgo, Génova? Tienen en común vastos movimientos de protesta dirigidos contra el impacto de la globalización. La globalización no es un término neutral, lanza a la gente a protestar a las calles y causa la controversia más importante del mundo actual. El debate de la globalización es un debate en torno a qué clase de sociedad estamos creando, un debate sobre qué forma tendrá este siglo. Por todo esto las consecuencias que conlleva son de importancia extrema para las ciencias sociales, pero también de forma más general para nosotros como ciudadanos.

En inglés el término “globalización” se ha vuelto tan importante que uno pensaría que tiene mucho tiempo de existir. Tenemos que irnos quince años atrás para encontrar que, aun en la literatura académica, prácticamente nadie hablaba del término “globalización”. Cuando la gente quería referirse a la amplitud del mundo usaba términos como relaciones internacionales o internacionalización. Mi libro The consequences of modernity (1988) ya usa el término globalización.

Hay dos etapas en el debate de la globalización. La primera fue en el mundo académico y va de fines de 1980 a mediados de 1990, y se discutía qué tan real era la globalización. Cuando el término empezó a popularizarse, apareció un gran número de escépticos, gente que decía: “la palabra se usa, pero no hay mucha realidad detrás de ella”. Aun los académicos se mostraban renuentes ante el nuevo término; no creían en la profundidad de la globalización y fueron llamados “escépticos de la globalización”. Su argumento era que cien años atrás, a fines del siglo XIX, ya existía una economía global, tratados entre los países y migraciones masivas alrededor del mundo. A fines del siglo XIX la gente, en su mayoría, no necesitaba ni siquiera de pasaportes. Así que los escépticos decían que lo que sucedía bajo el término globalización a fines del siglo XX, para principios del XXI era en realidad sólo una recapitulación de lo ya sucedido a fines del siglo XIX, una especie de revelación del pasado que no marcaba una transición mayor en nuestras vidas. Los escépticos simpatizaban con la izquierda, ya que al descartar la importancia de la globalización se sugiere que la mayoría de las instituciones existentes —por ejemplo, la asistencia social en los países occidentales— puede continuar sin mayor cambio. Este primer debate estrictamente académico tuvo sin duda grandes dimensiones pero sus argumentos ya no tienen actualidad.

Lo que llamamos globalización es algo nuevo y distintivo: No es sólo una recapitulación de lo sucedido a fines del siglo XIX, es más profundo, de mayor alcance, se mueve más rápido; el impacto que causa en nuestras vidas es más intenso que cualquier otro fenómeno anterior. Se puede decir que el fin del siglo XIX representa la primera etapa de la globalización que finalizó con la Primera Guerra mundial, cuando la gente regresó al proteccionismo económico. La segunda etapa es mucho más penetrante, abarcadora y, en cierto sentido, más desconcertante.

Lo que ahora se discute no es si la globalización existe o no, sino cuáles son las consecuencias reales de los cambios que trae consigo. Y precisamente esas consecuencias, o la percepción de esas consecuencias, es lo que lanza a la gente a manifestarse, a luchar, a protestar, a retar.

Un buen punto de partida —una vez entendido que el término globalización es nuevo— es aceptar que si no se tiene una idea adecuada de lo que es la globalización entonces no se puede coincidir ni con la primera ni con la segunda etapa del debate. Hay dos manifestaciones: por un lado, la gente que protesta, y por el otro contra quién o quiénes va dirigida esta protesta. El problema es que no existe una noción adecuada de lo que la globalización representa. Los que protestan y los que están a favor de la globalización tienden a identificarla con la expansión del mercado global. Cuando usan el término globalización se refieren precisamente a la expansión de los mercados financieros y a otro tipo de mercados de productos básicos que se han dado en los últimos treinta años.

La globalización tiene un grado de dificultad en términos económicos y, en especial, los mercados financieros desempeñan un papel muy importante en ello. Una de las razones por la cuales no se puede dudar de la globalización es porque la historia reciente de los mercados financieros y monetarios es apabullante. Hace apenas veinte años sólo unos cuantos cientos de millones de dólares eran depositados diariamente en los mercados monetarios mundiales. Hoy, según estadísticas recientes, dos trillones de dólares entran cada día al mercado mundial, un avance masivo en términos de velocidad y de intensidad en las transacciones financieras a nivel global, un hecho sin precedentes en la historia previa del capitalismo.

Al hablar de globalización hay que hablar de la economía global y de los mercados financieros globales como elementos clave. Pero es un error fundamental equiparar la globalización sólo con el mercado; es un error básico, también, ver las dinámicas principales de la globalización en términos económicos. El impulso más importante de la globalización no es primordialmente el mercado, sino la revolución de las comunicaciones —especialmente la revolución electrónica—. Si quisiéramos fijar tecnológicamente la nueva era global —la nueva era de interdependencia global—, podríamos considerar fines de 1960, ya que en este año el primer sistema satelital de carácter global fue instalado de manera efectiva, haciendo posible una comunicación instantánea de un lado a otro del mundo.

Lo que ha transformado tanto y tan profundamente a la sociedad global es la creación de redes de comunicación globales. Una vez que la comunicación instantánea ocurre sin frontera alguna, cambian muchas cosas en nuestras vidas. Por ejemplo, la economía ha cambiado en el sentido de que sería imposible tener los mercados monetarios veinticuatro horas al día sin comunicación global. Sin la revolución de las comunicaciones no hubiera sucedido la revolución de terciopelo en Checoslovaquia, ni la caída del muro de Berlín en 1989, ni la transformación de la Unión Soviética.

La Unión Soviética era muy competitiva en la vieja industria económica y en el sistema nacional estatal; la Unión Soviética tenía una especie de imperio dentro de un sistema nacional global. Sin embargo, rápidamente se volvió no competitiva y disfuncional en el naciente sistema de información global. A este nuevo sistema mucho más fluido, con mayor movimiento en cuanto a relaciones sociales y económicas, la Unión Soviética simplemente no pudo adaptarse. A la pregunta de por qué en 1989 no hubo violencia, hay quien responde que fue la primera revolución posmoderna porque la televisión jugó un papel muy significativo en las transformaciones de Europa del Este.

Podemos ir más allá, decir que sin comunicación global e. apartheid en Sudáfrica no hubiera terminado, ya que su conclusión fue una especie de diálogo global en tomo a la democracia. Sin un sistema de comunicación global la democracia no habría hecho avances tan considerables. Aun en países como Guatemala —y muchos otros que apenas comienzan a despertar a la democracia— se nota un avance considerable en cuanto a democratización se refiere. Aunque se tenga una visión estricta de lo que es una democracia, y considerando también que hay más naciones en el mundo de las que había hace treinta años, aun así hay tres veces más democracias de las que existían entonces. Ese hecho se relaciona con la expansión de los sistemas de comunicación global, en un orden de información más abierto, donde la gente está mejor informada de lo que sucede, y ya no acepta sistemas rígidos de poderes jerárquicos, que se vuelven obsoletos en muy poco tiempo, tanto en el comercio como en el mismo gobierno. Lo que sobresale de esta primera era global es la transformación de las redes de comunicación, sin la cual muchos de los demás cambios que suceden no serían posibles.

Hay que añadir varias cosas a esta caracterización. La globalización no es un fenómeno independiente; no se trata sólo de un mercado, no es un fenómeno único que viene de una causa única. Bajo el término globalización cabe la diversidad de cambios que han transformado al mundo en un periodo de alrededor de treinta años. Incluye las comunicaciones, el mercado, muchos cambios tecnológicos, cambios en la soberanía, el fin de la Guerra Fría… Si la globalización no es un fenómeno único, y si sus causas son múltiples, entonces resulta un tanto incoherente estar a favor o en contra de ella. No creo que sea posible decir que uno está a favor o en contra de un cambio estructural de nuestras instituciones básicas; lo único que está en nuestras manos es decidir cuáles son los aspectos negativos y cuáles los positivos de estas transformaciones que afectan radicalmente nuestras vidas.

Al mismo tiempo que la globalización se separa de la nación, tiene el efecto contrario; aleja y al mismo tiempo cohesiona. Los cambios implicados en la globalización promueven la autonomía local, el regionalismo, el resurgimiento de las culturas locales y la revisión de la historia nacional. Nos preguntamos por qué hay un resurgimiento del nacionalismo local en muchas partes del mundo, desde Cataluña y Quebec hasta Cachemira, y esto tiene que ver con el impacto de las fuerzas globalizadoras. El sociólogo Daniel Bell explica este fenómeno en términos de que el Estado nacional se vuelve demasiado pequeño para resolver los grandes problemas, y demasiado grande para resolver los pequeños problemas.

Pero al mismo tiempo que las fuerzas de la globalización jalan hacia arriba y hacia abajo, también se contraen por ambos lados; y ésta es la tercera dimensión de los cambios provocados por la globalización. La globalización suele conformar nuevas regiones que cruzan fronteras estatales. Por ejemplo, si observamos el caso de Cataluña o de Barcelona, ubicadas en la parte norte de España, nos damos cuenta que son parte de la nación española, pero profundamente integradas a la Unión Europea, y también tienen fuertes vínculos con la economía del sur de Francia, ya que ahí existe un área económica única.

Lo mismo sucede con las ciudades. La socióloga S. Sassen, quien escribió el libro The Global City, explica que las ciudades —ella se concentra en las grandes ciudades, pero es aplicable casi a cualquiera— con frecuencia se integran igual o inclusive más al sistema global que a su propia economía local. Londres es un ejemplo perfecto en su carácter de ciudad y de institución financiera. Londres es una verdadera ciudad global; fuertemente cosmopolita en cuanto a su población, produce cambios como una gran riqueza que corre a la par de la pobreza. En Londres se pueden ver grandes fortunas justo al lado de los bolsillos vacíos de la pobreza. Estos son los contrastes que afectan lo profundo, la sustancia de las naciones.

Pero el Estado nacional no desaparece; las naciones se reconstruyen bajo el impacto de las fuerzas globalizantes. En cierto sentido, el Estado nacional ha adquirido más importancia en la era global, lo que se comprueba al reconocer los errores en los que caían naciones que eran retadas por otras de mayores recursos. Vivimos la primera era en la cual la nación permanece como forma universal. En cierto sentido la era global es la cumbre del Estado nacional; sin embargo, lo afecta en cuanto cambia su identidad y trayectoria. Todas las naciones del mundo están repensando su historia, es decir, reconstruyendo su identidad dentro de un mundo globalizado, donde el papel que desempeñan las naciones cambia de manera considerable.

La globalización no es un fenómeno que está afuera —sin importar la posición económica del individuo o el índice de desarrollo de un país—, es una condición interna que forma parte de nuestra vida cotidiana. Cada quien tiene una manera particular de ser y estar en un mundo global. Nosotros somos los agentes de la globalización; en muchas de las cosas que hacemos, desde encender la radio o encender la computadora y conectarnos a la Red, promovemos la globalización. Más allá de esto, en detalles que parecen imperceptibles debemos reconocer que la globalización produce cambios tan profundos en nuestras vidas que —sin temor a equivocarse— podemos decir que vivir en un mundo globalizado nos causa una verdadera transformación personal. Y en tanto, los cambios que ya forman parte de nuestra realidad cotidiana ayudan y promueven el progreso de las fuerzas globalizantes. En todas las sociedades —aun en los países más conservadores—, ante el impacto de las fuerzas de la globalización, la tradición, los hábitos y las costumbres juegan un papel cada vez menos importante. Vivimos de forma mucho más abierta que en el pasado. Es casi como tener la tarea de crear una vida propia hecha al gusto, de una manera mucho más activa que en generaciones pasadas.

Otro factor fundamental es la posición cambiante de la mujer. Hace treinta años, al inicio del periodo al cual me refiero, una mujer en un país desarrollado tenía una idea bastante clara del tipo de vida que le esperaba: una vida doméstica, hijos, y quizás un trabajo de medio tiempo. Hoy, en la Unión Europea 25% de las mujeres jóvenes no planea tener hijos, ya que prefiere realizarse profesionalmente. Los índices de natalidad han bajado dramáticamente en Europa. El promedio en la Unión Europea es de 1.6. En España e Italia se reportan los niveles más bajos de natalidad que han existido en la historia humana. 1.2. Las mujeres han renegociado su postura dentro de los esquemas sociales. Por esto es que en todas las sociedades hay un debate sobre el futuro de la familia.

En mi opinión, la familia tradicional no tiene futuro; para que ésta pueda sobrevivir tiene que reconstruirse. Se necesitan familias sólidas, pero ya no pueden ser las del pasado, porque eso es incompatible con la igualdad entre sexos. Y esta igualdad es ya una realidad existente. La creciente igualdad de la mujer es en sí misma una fuerza globalizadora. El gran sociólogo catalán Manuel Castells dice: “La transformación del nivel global está íntimamente relacionada con la transformación del nivel personal; existen dos polos para quien vive en un mundo globalizado. la transformación personal que está directamente ligada a la transformación de las grandes instituciones, pero de un modo dialéctico, es decir, mediado por lo que hacemos en nuestra vida cotidiana. No por lo que nos sucede, sino por lo que estamos haciendo que suceda”.

Se ve a la globalización de manera negativa en relación a la libertad individual, pero es a la inversa. Muchos aspectos de la globalización nos liberan como individuos para vivir la vida que hemos escogido. Cualquier mujer que ha vivido un periodo de igualdad creciente sabe la diferencia que esto hace; la libertad causa ansiedad, pero sin duda marca un cambio definitivo en la historia del individuo.

En resumen, la globalización significa dos cosas. Primero, la definición más sencilla de globalización es interdependencia. Vivimos una era global creciente, porque cada vez somos más interdependientes. El mercado es sólo una manifestación de esta interdependencia creciente. La interdependencia no significa unidad; al contrario, muchas veces trae conflicto. Crea nuevas divisiones, nuevas formas de funda- mentalismo que surgen todos los días.

En un sentido más profundo, una segunda definición de globalización es la reestructuración de las instituciones básicas de nuestra sociedad, desde las estructuras íntimas y emocionales como el matrimonio, la familia, los hijos, la igualdad entre sexos, hasta llegar a la soberanía, el gobierno, las organizaciones industriales y las estructuras más grandes del sistema mundial.

Hay quien sugiere que debemos abandonar el término globalización. Eso tiene sentido porque es sólo un término limitado para describir un sinnúmero de cambios —muchos de los cuales son contradictorios entre sí—. Esto nos lleva otra vez a los que protestan en las calles. ¿Qué significado tienen sus manifestaciones públicas? ¿Contra qué parte de la globalización se rebelan? ¿Cómo deben de reaccionar los sociólogos y la gente en general a estos movimientos que se presume formarán parte de nuestra realidad por un considerable periodo de tiempo?

Quisiera mencionar tres puntos básicos como conclusión a lo antes expuesto. Primero, los manifestantes en las calles dicen estar en contra de la globalización. pero tomando en cuenta el concepto de globalización que manejo, esto es incorrecto, es una mala interpretación del fenómeno. Los manifestantes son tan parte del movimiento globalizador como aquellos a los que van dirigidas sus protestas. Por ejemplo, quienes se manifestaron en Seattle hacen un gran uso de Internet, se comunican a lo largo del mundo usando la tecnología más moderna. En resumidas cuentas, han dedicado tanto tiempo a las redes de comunicación como cualquier corporación.

Así pues hablamos del encuentro entre una globalización de arriba —dirigida por las grandes corporaciones, dominada por las naciones— y la globalización de abajo, encabezada por grupos de diferente índole. Los que protestan en las calles no son los más importantes, sólo son los más visibles.

Mucho más importante es la propagación creciente de las ONG’s, grupos voluntarios, grupos de consumo, grupos con intereses particulares de diversos tipos que aparecen día a día, en una propagación casi fuera de control. Hace treinta años sólo habían unos cientos de ONG’s en el mundo: hoy, según el recuento más reciente, existen 30,000 muchas de las cuales se han esparcido de manera global, como Greenpeace. En las manifestaciones de Seattle alguien sostenía una pancarta que ilustra de forma bastante adecuada y divertida a lo que me refiero: “Únete al movimiento mundial contra la globalización”. Esta declaración refleja de algún modo las incoherencias que suceden en las calles. En cierto sentido, no hay modo de salir de la globalización porque se trata de un paquete de cambios que nos afectan a todos —al margen de nuestra postura política o visión del mundo— de manera profunda.

Otro punto es que los manifestantes están ahí en las calles para protestar contra algo. Los que protestan y muchos de los que pertenecen a ONG’s tienen por lo menos dos puntos en claro. El primero es que vivimos en un mundo de poder corporativo creciente, donde las corporaciones son por lo general mercados. Esto hace que el comercialismo juegue un papel de gran importancia en nuestras vidas, y que los sistemas democráticos de rendición de cuentas se contraigan. Mucha gente que se lanza a la calle lo hace porque cree que esto está mal, y quiere protestar contra ello. Se manifiesta también ante la idea de que la expansión de la globalización es un proyecto de Occidente cuyos beneficios son pocos y los costos muchos, y de que su dirección concentra poderes que nadie controla.

¿Tienen razón en percibir el fenómeno de esta manera? ¿Es justificada su protesta? Me temo que en gran parte sí. Hay que tomar muy en serio la expansión del poder corporativo, el hecho de que varios, no todos, los aspectos de la globalización estén conducidos por el mercado. El poder corporativo invade el espacio democrático, donde la opinión pública debería tener mayor peso que una gran empresa. Necesitamos formas más efectivas para regular el poder corporativo.

Debemos entender que una sociedad buena no es la que muchos latinoamericanos suponen cuando firman un contrato con el neoliberalismo. El neoliberalismo es una filosofía política desesperanzada porque no se puede permitir que el mercado invada tantos aspectos de nuestra vida. Si se hace, se provoca demasiada inseguridad, desigualdad y una comercialización de lo que deberían ser valores humanos. En realidad, una sociedad buena es la que tiene un balance entre tres tipos de instituciones: 1) un mercado económico efectivo. que cubra las áreas que le correspondan, pero que no invada demasiado el resto de nuestras vidas, 2) un gobierno decente y activo, que no es lo mismo que un gran Estado corrupto y burocrático. 3) una sociedad y una cultura cívica respetable y adecuada, como condición indispensable de una economía competitiva y una democracia sana.

Si estas tres instituciones conviven de manera adecuada, entonces tenemos una sociedad buena, lo cual no sucede si un sector domina sobre los demás. Las corporaciones no son tan poderosas como la gente —incluso algunos sociólogos— cree. Los Estados nacionales son mucho más poderosos que las corporaciones, sobre todo cuando se organizan y permanecen como verdadera expresión colectiva. Los estados nacionales controlan el territorio —individual o Colectivo— y poseen un aparato de derecho —que incluye el derecho internacional—. Además, las naciones controlan también el poder militar Las naciones, entonces, en especial cuando están unidas, pueden ser una fuerza poderosa para los gobiernos del mundo. Se necesitan más gobiernos en el mundo, no menos, como dirían los neoliberales. Buena parte de esos gobiernos deben lograrse a través de una transformación, de un poder descentralizado o de fondo y. por otra parte, por la transferencia de la democracia a instituciones transnacionales. Por esto mismo la Unión Europea es un modelo potencial- mente importante para otras partes del mundo.

Hay otras razones por las cuales el poder corporativo es limitado, y esto es de peso para las ON’G’s y los manifestantes en las calles, ya que ellos mismos son parte de esas limitaciones. Las corporaciones son muy vulnerables; cuando tienes un mundo interconectado por Internet, nada de lo que una corporación hace en ningún lado del mundo puede ser invisible para grupos interesados. Y una de las cosas que las grandes corporaciones han descubierto es que una marca es vulnerable a la acción de los grupos de consumo. Para una corporación, construir una marca es equiparable a construir un vínculo de confianza en una relación personal; se necesita mucho tiempo para ganarte la confianza de otra persona, pero un episodio único de infidelidad puede destruir esa confianza. Este fue precisamente el caso de Monsanto, un gigante del sector alimenticio, que tuvo que doblegarse ante la voluntad del poder de consumo en Alemania, en Europa, y en otros lados del mundo. Incluso, se vio obligado a hacer una reestructuración, al grado de cambiar su nombre.

Pero necesitamos que las corporaciones inviertan en áreas en desarrollo. El problema para los sectores pobres no es en realidad que sean explotados por las grandes corporaciones sino que no hay suficiente inversión, especialmente en condiciones adecuadas. El caso de la Unión Europea es sorprendente, sólo el 4% de sus tratados comerciales son con los países en vias de desarrollo; la Unión Europea no necesita de estos países, ni siquiera en una postura de explotación. Necesitamos regular, de una manera más justa, las inversiones de las corporaciones en los diferentes países del mundo.

Finalmente llegamos al tema de la desigualdad, una de las mayores preocupaciones de los manifestantes en las calles. Se cree que el mundo se está volviendo cada vez más desigual, dividido entre un ámbito de tener y otro de no tener. Los manifestantes no toleran este hecho y tienen razón. No es posible crear una sociedad global fracturada entre ricos y pobres. Pero debemos cuestionarnos acerca de algunos puntos clave, ya que no es suficiente decir que no nos gusta la desigualdad, que no toleramos un contraste tan abismal entre la pobreza y la riqueza de los individuos y los países. La pregunta obligada es si la desigualdad global se está incrementando. Y, si esto es cierto, responder si la causa de ello es la creciente globalización.

Si analizamos la información del momento debemos responder estas preguntas con un “no” cauteloso. Mucha gente asume que las desigualdades globales se están incrementando, pero si vemos estudios recientes de desigualdad global y de ingresos asoma una situación muy compleja. Una de las razones principales es que estos estudios sólo comparan el producto interno bruto promedio, comparan un país tan vasto como China con un país tan pequeño como el Reino Unido o un país tan pobre como Mozambique. Esto no puede hacerse si lo que buscas es un panorama real y exacto sobre el aumento de la desigualdad global. En este sentido lo más atinado es observar el tema del tamaño y crecimiento de la población. Si haces esto, el panorama será muy diferente. Te darás cuenta que durante cien años, de 1860 a 1960, la desigualdad global de ingresos aumentó; pero desde 1960 se estabilizó e incluso bajó.

Es importante subrayar que tenemos una creciente desigualdad de ingresos entre los países asiáticos —los más exitosos— y el resto del mundo. América Latina no ha hecho demasiado, más o menos ha permanecido como estaba. El caso preocupante es el de África, que se ha desplomado de manera dramática.

Superando la definición de desigualdad de ingresos, el economista Amartya Sen sugiere que para medir la desigualdad no debemos concentrarnos en los ingresos, sino incluir los derechos humanos, democráticos, de la mujer, la educación de las mujeres y los niños y la protección de estos últimos. Si consideramos esta visión más amplia de desigualdad, el resultado de los estudios no resulta exacto, ya que la desigualdad ha disminuido en vez de aumentar. Todos los estudios coinciden en este punto, pero con el argumento de que hay muchas tendencias en las diferentes regiones y continentes del mundo; así que resulta un tanto sin sentido hacer estas generalizaciones tan vastas del mundo en su totalidad.

Volviendo a la pregunta de si la desigualdad global se ha incrementado debido a la globalización, debemos —otra vez— contestar que no, porque la globalización es un complejo entramado de cambios. Pero si nos enfocamos a una definición más estrecha, y simplemente lo consideramos como libre comercio, entonces habría que entender cuál sería la relación entre desigualdad y libre comercio, ya que muchos de los que protestan en las calles están en contra del libre mercado, quieren regresar a la producción local y al proteccionismo regional.

Los países más pobres con una economía abierta han tenido, durante los últimos 25 años y en promedio, mejor desarrollo que los países pobres de economía cerrada. Los países de economía abierta tienen un crecimiento promedio de 5.5%, mientras que los de economía cerrada un 0%, en el mismo periodo. Claro que estas son cifras importantes, pero no significan mucho debido a que hay demasiadas variables en estas caracterizaciones de bulto.

Si observamos la relación entre libre comercio y desigualdad, comprendemos que, en conjunto, el resultado es positivo. Países pobres que han abierto su economía al libre comercio tienden más a la igualdad que los que se han mantenido cerrados. Esto resulta bastante lógico en cuanto que ningún país que se aísla del resto del mundo puede prosperar; quienes —como Corea del Norte o Birmania— lo han intentado están hoy entre los países más pobres del mundo. Así, para un país en vías de desarrollo todo depende de las condiciones de negociación con el resto del sistema mundial. Creo que los países que se reforman a sí mismos pueden prosperar dentro del sistema global. Países extremadamente pobres, con una historia de seguridad social y falta de democracia, pueden llegar a reformarse. n

Traducción de Sally Avigdor

Todos eran keynesianos

TODOS ERAN KEYNESIANOS

POR JOAQUÍN ESTEFANÍA

Con la primera recesión global de la época contemporánea, los gobiernos occidentales han redescubierto las ventajas de ser keynesianos. Esto consiste en demandar la intervención del Estado, que tanto aborrecen, cuando las cosas van mal para ellos.

Disfrazados de honestos neoliberales, eran pérfidos neokeynesianos. El presidente de los Estados Unidos, George Bush; su secretario del Tesoro, Paul O’Neill; el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan; la mayoría de la Cámara de Representantes y del Senado americanos; el director del Fondo Monetario Internacional, Horst Köhler; James Wolfenshon, presidente del Banco Mundial; hasta el jurado de la Real Academia Sueca de las Ciencias, que ha concedido el Nobel de Economía de este año a Joseph Stiglitz, aunque no se haya atrevido a dárselo en solitario, sino compartido.

Todos ellos han comprendido que el principal problema de esta primera recesión global contemporánea es la crisis de la demanda y se han aplicado a solucionarlo con las medidas que abiertamente se entienden por keynesianas; aumento del gasto público y reducción de los impuestos para reactivar la economía. Dice Timothy Garton Ash que la respuesta al conflicto derivado de los atentados terroristas del 11 de septiembre ha estado liderado por Blair, que quiere ser Churchill (ya ha conseguido sus mismas cuotas de popularidad en los sondeos), y por Bush, que pretende ser Roosevelt. El presidente americano se ha olvidado de su tradicional apelación al mercado y ha puesto a trabajar al dinero público para sacar a EU de la recesión; primero, con 40,000 millones de dólares para la reconstrucción de los daños y la lucha contra el terrorismo (la Cámara de Representantes autorizó un monto del doble de lo que pedía el presidente; éste es el cambio); luego, con 15,000 millones de dólares de ayudas directas a las compañías aéreas; más adelante, con 75,000 millones para impulsar la demanda. Y está dispuesto a inyectar más dinero: el pasado viernes prometía a los militares que dispondrían de “todos los recursos, todas las armas, todos los medios necesarios para hacer segura la victoria”. Por ahora, el 1% del PIB americano, más de lo que había sugerido Greenspan inmediatamente después de los atentados, y que a algunos les pareció exagerado. Mientras tanto, el presidente de la Fed echa liquidez al sistema en forma de reducción del precio del dinero.

Si Bush quiere ser Roosevelt, poco falta para que mencione el new deal (nuevo trato). La expresión new deal está acuñada en el mundo desde 1929; después del crash bursátil de ese año en Nueva York comienza la Gran Depresión, que durará hasta la Segunda Guerra mundial. La Gran Depresión tuvo su epicentro en EU, y desde allí se exportó casi universalmente; su fondo se sitúa en el año 1933 y los primeros síntomas de una lenta recuperación llegan con el new deal de Franklin Delano Roosevelt.

Los nuevos tiempos también se han trasladado a Europa. Si los representantes europeos en el G-7 (Reino Unido, Alemania, Francia e Italia) se han opuesto a una política económica global contra la recesión global, como proponía EU y el FMI, aludiendo a que los problemas de las tres zonas no tienen la misma graduación (Japón está en una profunda recesión, la cuarta en una década; EU está entrando en ella; Europa todavía permanece en tasas de crecimiento económico, aunque sean muy pequeñas), hay síntomas de un cambio doctrinal en la concepción de esa política. En primer lugar, la Comisión Europea ya ha aceptado la necesidad de ayudas a las compañías áreas europeas para no quedar en una situación de inferioridad respecto a las norteamericanas. Ello supone una variación en la política de la competencia tradicionalmente aplicada, que prohibía las ayudas de Estado porque distorsionan la libre competencia.

Otro signo de esas transformaciones es lo ocurrido en el reino Unido con la compañía propietaria de las infraestructuras ferroviarias del país (estaciones, vías de tren y señales, fundamentalmente). Railtrack fue privatizada en 1996 por John Major, siguiendo la estela privatizadora inaugurada por la señora Thatcher. Desde entonces, el transporte por ferrocarril británico no ha dejado de descender en calidad y la empresa está al borde de la quiebra: tiene una deuda de 3,300 millones de libras y debería invertir otros 3,000 millones para mejorar sus instalaciones, por cuyo uso cobra a la casi treintena de empresas privadas que operan por las mismas, Railtrack que tiene casi 11.000 trabajadores ha sido el mayor desastre del proceso privatizador de los conservadores. Pues bien, el Gobierno laborista de Blair la ha intervenido para hacerse cargo de la misma, con el objetivo de reestructurarla y convertirla en una empresa sin fines de lucro; los auditores de Ernst & Young se han hecho cargo de Railtrack. Esta operación supone una especie de nacionalización de las pérdidas, de la que tanto conocemos en el pasado español. No se sabe qué va a pasar con sus 250,000 accionistas (se ha suspendido la cotización), ya que los acreedores tienen prioridad para cobrar.

También en España la necesidad hace virtud. Tras presentar un presupuesto increíble para los tiempos de crisis, el gobierno declara a posteriori que en el caso de que disminuyan los ingresos públicos y aumenten los gastos sociales (dos condiciones fácilmente predecibles), no se sacrificarán las inversiones públicas, sino el dogma del déficit cero. Lo anunció el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, antiguo director del Instituto de Estudios Económicos, uno de los neoliberales más representativos de la escena nacional. ¿También era un neokeynesiano escondido?

Lo que está pasando es la aplicación del sentido común a la economía. Los gobiernos deben hacer todo lo posible para sostener la confianza de los inversores y de los consumidores, sumidos en la in- certidumbre. Uno de los efectos colaterales de esta crisis es el retraimiento de los empresarios dentro de sus fronteras nacionales. Las inversiones transfronterizas están sufriendo una fuerte restricción desde el 11 de septiembre. Puede volver el nacionalismo económico y quebrar la globalización por uno de sus efectos más positivos: la transmisión de riqueza hacia los países emergentes.

¿Por qué se revisan ahora los dogmas neoliberales? ¿Por qué se acude con dinero público al rescate de empresas de servicios, como son las compañías aéreas o Railtrack, o de las mismas economías nacionales, cuando durante las crisis anteriores se había prohibido utilizar el presupuesto y el déficit en estos menesteres? Porque ahora el problema está en el centro del sistema y no en la periferia. Ahora no se trata de México, como en 1995, de Asia en 1997, o de Rusia y Brasil en 1998 y Argentina en 2000, etcétera. Siempre se dijo que las llamadas a una arquitectura financiera internacional y a unas nuevas reglas de la economía no serían más que retórica mientras las dificultades no alcanzasen a EU. La demostración ha llegado. Lo dijo Stiglitz en el artículo que supuso su ruptura con la ortodoxia económica (“Información privilegiada: lo que aprendí en la crisis económica mundial”): “A menudo me han preguntado cómo es posible que una gente tan inteligente —incluso brillante— haya elaborado políticas tan malas. Una de las razones es que esta gente tan inteligente no estaba siguiendo unas reglas económicas inteligentes. Una y otra vez me espantaba lo anticuados que eran y lo desfasados que estaban con la realidad los modelos que empleaban los economistas de Washington… Pero la mala política económica no era más que un síntoma del verdadero problema: el hermetismo. La gente inteligente tiene más probabilidades de hacer algo estúpido cuando se cierra a las críticas y los consejos de fuera… Hasta qué punto han impuesto el FMI y el Tesoro americano políticas que de hecho contribuyeron a aumentar la volatilidad económica mundial… Desde el final de la Guerra Fría, la gente encargada de difundir el evangelio del mercado por los rincones remotos del planeta ha adquirido un poder tremendo. Estos economistas, burócratas y funcionarios actúan en nombre de EU y los demás países industrializados, pero hablan un idioma que pocos ciudadanos corrientes entienden y que pocos políticos se molestan en traducir. Puede que la política económica sea la parte más importante de la interacción de EU con el resto del mundo. A pesar de ello, la cultura de la política económica internacional en la democracia más poderosa del mundo no es democrática”.

La recesión global, unida a la incertidumbre generada por los atentados en Nueva York y Washington y al conflicto bélico posterior, ha puesto fecha de caducidad a los análisis económicos hegemónicos neoliberales. El Estado reaparece como máximo reparador de los desórdenes. El sector público toma protagonismo en la reasignación de los recursos a través del aumento de los gastos de defensa y de seguridad, y de las ayudas a las empresas en crisis. Hay un cambio doctrinal. No. No es que fuesen keynesianos, sino que sólo son partidarios de la libertad económica cuando las cosas van bien para ellos y demandan muletas públicas cuando van mal. No nos volverán a engañar.

Siempre nos quedará Carlos Rodríguez Braun. n

El lenguaje y el jabalí

EL LENGUAJE Y EL JABALÍ

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

¿En qué momento el género humano creó el lenguaje?

Soledad Puértolas intenta aquí un ejercicio de especulación intelectual. En ese origen alguien descubre las ventajas de emitir sonidos y luego de concebir símbolos.

Tenemos una idea muy aproximada de nuestro origen. Los investigadores de aquellas remotas etapas en que empezó a tomar cuerpo el concepto de humanidad se asoman de vez en cuando a la vorágine del presente para comunicarnos tal o cual conclusión y nos invitan así a viajar al pasado y a elucubrar…

En la sierra de Atapuerca (Burgos. España), los paleontólogos están llevando a cabo importantes excavaciones y este verano han divulgado la noticia de que los preneandertales eran capaces de hablar, lo cual confiere al lenguaje humano unos trescientos mil años de antigüedad. Pero hablar no fue fácil, según parece. Porque, mientras se habla se respira, se traga saliva… Hacer tantas cosas a la vez es casi un juego malabar. El paleontólogo Ignacio Martínez afirma que el precio que la especie humana pagó por la facultad del habla fue la posibilidad de morir atragantado.

Lo primero que me dije después de leer estas noticias de nuestros ancestros fue que nada se obtiene gratuitamente y que, cuando unas cosas se obtienen, se pierden, o se pueden perder, otras. Pero eso reflexioné, no nos debe amilanar hay que correr riesgos, de lo contrario no habríamos salido de las cavernas y, ya en la historia personal, si no estamos dispuestos a alguna pérdida o a alguna insatisfacción, nos mantendríamos con la mentalidad egocéntrica de la infancia. Todo cuesta, me dije, y quizá cueste más aquello que resulta más valioso. El lenguaje, que ya es inseparable de nosotros, no se habría alcanzado de no haberse atrevido aquellos primeros humanos a emitir sonidos y jugar con ellos… Qué valientes.

Llena de admiración por aquellos arriesgados antepasados nuestros, me los imaginaba emitiendo sonidos en las cuevas paleolíticas, reunidos en una especie de Asamblea para la Creación del Lenguaje. Valientes, arriesgados y muy inteligentes, construyeron poco a poco el andamiaje de la lengua, ya que les era necesaria… La visión era sumamente irreal y de repente me extrañó tanto que se evaporó. En su lugar, apareció otra. Vi a unos hombres primitivos semicubiertos con pieles de animales y provistos de armas rudimentarias, piedras pulidas, flechas… Van en grupo, pero de repente uno se entretiene con algo, se despista, se queda atrás. El animal perseguido — un jabalí descomunal— lo descubre y, profiriendo un mugido terrible, se encamina hacia él de forma amenazante. El pobre humano, viéndose acorralado, emprende una loca carrera. Sabe que el grupo está cerca y que, si consiguiera atraerlos hacia él, la salvación estaría casi asegurada y, además, habría comida. Aunque esto, como es natural, ahora no le preocupa. Sólo quiere salvar el pellejo. Sin darse cuenta, ha abierto la boca. Sin darse cuenta, mientras trata de que sus piernas vuelen sobre la estepa —si es que esto es estepa— ha encogido los músculos de la garganta, vagamente pero rápidamente recuerda que allí hay un foco donde se producen pequeños sonidos, se esfuerza, hay que convertir ese pequeño sonido en algo más, tienen que oírle sus compañeros de caza… ¡Aj! ¡Gruj!… El hombre corre, vuela, grita…

El crujido o graznido o grito ha sido extraordinario y los compañeros de caza salvan al aterrorizado humano y. con suerte, abaten al jabalí. Una vez que todo ha concluido felizmente, le rodean y le piden, con gestos, que repita el sonido. Regresan a las cuevas dando gritos, entusiasmados. Aún no saben que acaban de inventar el lenguaje. Quizás al día siguiente. o al otro, se acuerden del asunto y vuelven a experimentar. Quizá no sea fácil. Cuando se tiene a un jabalí detrás de uno no hay que pensárselo dos veces, se corre, se vuela y. asombrosamente. se grita, mientras se respira y se traga saliva… Todo a la vez.

Pero siempre hay alguien más curioso que los otros, más inquieto, y seguramente también más ocioso. Todos se han ido de caza y él o ella, está solo. Recuerda la anécdota del otro día y se concentra en ese punto de la garganta de donde provienen pequeños sonidos… Probablemente, no llega a formarse la Asamblea para la Creación del Lenguaje que yo imaginé al principio, pero estos sonidos se van decantando, se van aprendiendo, se hacen ejercicios con cierto cuidado. En frío —sin el pesado jabalí corriendo detrás de uno—, hay que tener un mínimo de concentración. Respirar, tragar saliva, forzar la garganta… Es una labor de siglos —en el pasado, todo son siglos—, pero al fin los humanos emiten sonidos a los pocos días de nacer. Los humanos tienen, en fin una herramienta fantástica, se comunican y pueden entenderse entre sí. Empieza la historia.

Los expertos nos dicen que el nacimiento del lenguaje está unido a la capacidad del ser humano para concebir símbolos. Está claro que este momento en que el hombre acorralado ha emitido el primer sonido en petición de ayuda —si ustedes aceptan mi visión— ha coincidido con una etapa en que las cosas paleolíticas ya están maduras para el simbolismo. El sonido de la garganta ya se puede encauzar, se puede utilizar. A lo mejor, se han producido antes otros sonidos, pero éste es el que cuenta, éste es el primero.

En mis anteriores consideraciones —y visiones— la meta era lo primero. Conseguir algo supone un esfuerzo y este esfuerzo muchas veces conlleva renuncias y riesgos. Ahora todo parece muy distinto. Una vez que el primer grito no fue una cosa pensada, sino fruto de la necesidad, el nacimiento del lenguaje resulta algo mucho más natural. No fue algo que una asamblea de paleolíticos sabios se propusiera, sino algo que surgió y pudo desarrollarse porque se le vio de utilidad y conveniencia. .Qué es lo que ha cambiado de una visión a otra? El jabalí, desde luego. No sé cómo, pero, de pronto, irrumpió el jabalí en mi primera evocación idealística.

Y es así como llego, sin habérmelo propuesto, a otra conclusión: si el humano no hubiera tenido detrás a un jabalí o a cualquier otro animal belicoso a sus espaldas, no habría hablado. El humano ha empezado a hablar para salir de una situación de peligro para pedir ayuda a sus semejantes. Salvada la situación, se encontró con que tenía en las manos un gran hallazgo y eso le permitió evolucionar. Algo que, en principio, parecía amenazador, peligroso y maligno. dio paso a una gran ventaja. No parece muy realista la versión de que el ser humano, desde su origen, lleve dentro de sí una irresistible tendencia a la superación, pero sí podemos concluir por la experiencia que las circunstancias —algunas con forma de jabalí— le obligan a superarse y. aunque muchas veces maldigamos esas circunstancias, es evidente que  precisamente cuando las maldecimos, nos empujan a buscar nuevos recursos y, finalmente, sabiduría.    n

Claudio Magris: Subrayados

(Estos subrayados son del libro de Claudio Magris Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad (Anagrama, Barcelona, 2001. Traducción de J. A. González Sáinz).

• Para la conciencia clásica el viaje es un nostos, un regreso a casa; para la conciencia moderna el viaje es una odisea sin fin tendida hacia adelante, porque la casa está en un utópico e hipotético futuro redimido, no ya en los lazos del eterno ayer: está en lo No- acontecido, en lo Sin-nombre.

•… la tesis de Pelagio, tildada de herética, según la cual el hombre, redimido por el sacrificio de Cristo y por el bautismo, posee la salvación en sus propias manos y no tiene ninguna necesidad ulterior de la ayuda divina.

• El sexo, se dice en las cartas (de Ninon de Lenclos, amiga de La Rochefoucauld y amante legendaria de varios en las cortes francesas del siglo XVII); el sexo es como el dinero: buen sirviente y pérfido amo.

• Poco antes de morir, hacia el mediodía del 22 de marzo de 1832, Goethe, repuesto de los míseros dolores y terrores de la agonía, admira la imagen de una hermosa mujer morena y traza sobre las mantas de su cama, con los dedos, el signo de una gran W, en la que algunos han querido leer la inicial de Welt: mundo.

• (En literatura) la fidelidad a detalles objetivos, propia del verdadero poeta, induce falsamente a la gente a creer, en base a la semejanza de esos detalles, que todo lo demás es también verdad y a leer como indiscreción y chismorreo la historia que sigue, que es por el contrario inventada o bien la combinación o condensación de muchas historias que les han ocurrido a distintas personas. Si un escritor hubiese tomado prestada su cara para ponérsela a un personaje de una narración que se revela luego un canalla, dice Thomas Mann, a él no se le ocurriría protestar y no se sentiría ofendido ni tampoco un canalla por ello. Por supuesto Mann sabía bien que de por sí el deber ético y estético de la precisión, que constituye el fundamento de la labor poética, comporta siempre una observación crítica, una atención incluso maligna, toda vez que no está autorizada a sobrevolar buena e indulgentemente por encima de los lados oscuros y problemáticos, y por tanto fríamente objetiva y despiadada en relación a las caídas de cada uno en lo “humano, demasiado humano”. La expresión neta y ceñida, escribe Mann, “tiene siempre un algo de rencoroso. La palabra exacta hiere. A la realidad le gusta que se le hable con frases descuidadas; toda artística precisión al definirla se le antoja veneno”. Pero nadie tiene derecho a protestar, cuando lee una novela, diciendo “éste soy yo, ése es Fulano”, porque ese yo y ese Fulano son sólo un pretexto para otra cosa distinta.

• El mundo, para Hermann Broch, se parece a ese palco vacío reservado en todos los teatros de todas las ciudades del imperio habsbúrgico para la eventual visita del soberano, que como es obvio no aparece nunca o casi nunca por ahí, de modo que el centro ideal de esa civilización es algo que falta, que no está, y que se afanan en cubrir con una gran profusión de ornamentos eclécticos, como los edificios falso-renacentistas o falso-góticos del Ring vienés.

• La ley, por sí sola, no basta, ni siquiera es formalmente impecable; a una sociedad justa le hacen falta —como se dice y se repite a menudo desde distintas partes— valores éticos e individuos capaces de formarse una personalidad autónoma, capaces de buscar y fundar unos valores en los que creer, de darse criterios para reconocer el bien y el mal, y comportarse en consecuencia. Si el individuo no tiene esa voluntad y esa fuerza, ningún mecanismo jurídico podrá darle la capacidad de orientarse en la vida y de vivir en un mundo libre y creativo en la relación con los hombres y con su propio destino; ninguna forma jurídica —diría Kipling— puede hacer de él un hombre.

• Si las “no escritas leyes de los dioses” se limitan a contraponerse abstractamente a la ley positiva, pueden revelarse extremadamente peligrosas; si para Antígona se identifican con un valor que todos consideramos universal, un fanático puede por su parte considerar mandamiento divino la voz interior que le impulsa, en nombre de su moral o de su religión, a impedir que las mujeres estudien o a dispararle a Rabin. En el plano político, una pura moralidad, incluso noble pero no mediada por la ley, puede convertirse en violencia justicialista, hasta acabar en el linchamiento. Quien roba, y poco importa que lo haya hecho para sí o para su partido, tiene que ir a la cárcel, pero debe pagar su deuda a la justicia en base a la tipificación jurídica de su delito, no al sentimiento o a la indignación moral.

• Muchas diversidades —de usos, costumbres, tradiciones— pueden y deben ser superadas, contra toda estólida cerrazón, en un diálogo fraterno, al calor de los valores que trascienden las diversidades en una común universalidad. Pero podrán pueden, darse situaciones en las que algunas culturas, grupos o individuos proclamen, sientan como valores irrenunciables para ellos lo que para otros puede parecer inaceptable o inhumano.

La democracia, que es hija de la tradición europea y constituye su esencia, estriba en el continuo esfuerzo, que no llega nunca a conclusiones definitivas de distinguir entre posiciones contrapuestas, pero con el mismo derecho a expresarse y enfrentarse libremente, y posiciones que, de manera dolorosa pero necesaria, no hay otro remedio que excluir de ese diálogo y esa confrontación libres; de la misma forma que hay que permitir a una formación política que propugne la estatalización o bien la liberalización en el campo económico, pero no se puede permitir que propugne la violencia racista. En la sociedad multiétnica y multicultural del futuro, con la que Europa siempre se las tendrá que ver, será cada vez más necesario, precisamente para mantener lo más abierto posible el espíritu de diálogo y de fraterna aceptación respecto a las diversidades, establecer un irrenunciable quantum de universalismo ético, no sacrificable en ningún caso.

Entre los elementos que no podrán seguir sin ser básicos, bajo pena del declive de la propia civilización europea en el sentido fuerte de la palabra, están el sentido del valor primario de individuo y la racionalidad. • Cuando en la adolescencia leemos Los tres mosqueteros y nos enamoramos ya para siempre de esas aventuras que se suceden con la ligereza del viento, uno, faltaría más, no se pone de parte de los guardias del Cardenal, obedientes a una tenebrosa Razón de Estado, sino de la valentía y lealtad de D’Artagnan o de Athos. Y sin embargo el cardenal Richelieu, que urdió efectivamente esas tramas, estaba construyendo por entonces un Estado moderno, con sus leyes superadoras del egoísmo de los distintos cuerpos sociales, y aplastando el arrogante poder de los señores feudales, que querían mantener sus orgullosos privilegios y defender la desigualdad contra la ley Richelieu que prohíbe el duelo, impidiendo a los nobles tomarse la justicia por su mano entre ellos, representa el triunfo del derecho sobre la barbarie tribal, reservando sólo al Estado el ejercicio de la fuerza para reprimir los delitos y tutelar a los débiles, en caso contrario a merced de los poderosos.

• Violar las leyes de la lógica es una violencia no sólo contra los conceptos, sino también y sobre todo contra la vida y los sentimientos, porque significa enredar con los documentos y confundir las partes, intercambiar los papeles de víctimas y culpables alterando el orden de las cosas y atribuyendo hechos a causas o a causantes distintos de los efectivos. Los agravios a la razón son también y siempre agravios al corazón.

• Para entender la realidad no basta saber hacer cuentas o conocer la fecha de nacimiento de Julio César, pero tampoco es suficiente equivocarse en cifras y fechas. Una apertura a la diversidad del mundo, de las culturas, los valores y las técnicas no podrá prescindir de una jerarquía de juicios de valor, pero tendrá que enseñar a formularlos y unir el respeto por las diversidades con la exigencia del juicio; tendrá que enseñar a darse cuenta de que San Pablo y Lucrecio expresan dos grandes y opuestas concepciones del mundo, pero que las misas negras son bobadas que no vale la pena siquiera refutar y que el lugar de determinadas noticias de sucesos en los periódicos es un rincón y no la primera página.

• Mis compañeros y yo le estamos muy agradecidos a un profesor que, cuando alguno de nosotros, con la inevitable presunción de la adolescencia, empezaba a responder a su pregunta diciendo “yo pienso que…”, nos interrumpía mandándonos no pensar nunca y aprender hechos, nombres y fechas. Ya entonces —gracias a él, no a nosotros—comprendíamos que era un modo acertado de enseñar a pensar.

• …el mecanismo de la retórica —que, decía Míchelstaedter, es el fragor que los hombres hacen para sentir menos la muerte. n

Los resultados perdidos

LOS RESULTADOS PERDIDOS

Uno de los focos rojos del país volvió a encenderse en el centro de la vida pública mexicana durante el mes de octubre. En el año de 1995 México participó junto con otros 40 países del mundo en la evaluación mundial promovida por la Asociación Internacional para la Evaluación del Logro Educativo. México resultó reprobado. Reprobadísimo: obtuvo cuatro últimos lugares y dos penúltimos en el ranking mundial de matemáticas y ciencias en niveles de primaria y secundaria. “La baja calificación de México en el aprendizaje de las matemáticas y la ciencia no sólo aplica para el aprovechamiento de los alumnos, sino también para el desempeño de los maestros, la calidad de planes de estudios y los libros de texto, y las características escolares y familiares en que se forman los estudiantes” (Reforma,15 de octubre, 2001). Las autoridades educativas del gobierno de Ernesto Zedillo desaprobaron la publicación de los resultados, como quien esconde la basura debajo de la alfombra.

Reyes Tamez Guerra, secretario de Educación, afirmó: “Es necesario buscar una mejor formación de los alumnos y ver que los proyectos tengan como centro de atención a los estudiantes. Uno de los proyectos para obtener resultados concretos sería, por ejemplo, un año de educación preescolar obligatoria, de modo que la educación comience de manera formal en una etapa más temprana de la vida de un niño”. (Reforma, 19 de octubre, 2001).

Por su parte, Gilberto Guevara Niebla dijo: “Los maestros ya no pueden venir a decir que el problema educativo es un problema de salarios, que es un problema de ingresos. Están haciendo mal su tarea, y esto no quiere decir que el esfuerzo que hacen no se respete. Su trabajo lo realizan muchas veces en condiciones adversas. Tenemos que replantear la educación. Los libros de texto, los programas, los calendarios, los horarios, todo lo decide la SEP y las autoridades de alto nivel. El maestro es solamente un receptor de órdenes, no tiene ninguna influencia en los planes de estudio”.

Para nadie es un secreto, salvo para el ex secretario de Educación Miguel Limón Rojas, que el problema educativo es una de las tragedias modernas de México. El secreto, el ocultamiento y el disimulo no son los mejores instrumentos para enfrentarlo.  n

El placer de la palabra escrita

EL PLACER DE LA PALABRA ESCRITA

POR ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Cada vez queda más claro que las profecías sobre la muerte del libro, divulgadas desde hace treinta años, no son sino una mala ocurrencia. La lectura, y su complemento natural, la relectura, no tienen sustituto. Gracias a ellas, la vulgaridad recibe su merecido.

No existe manjar más sabroso que las relecturas. Cuando al abrir un libro lo observo lleno de marcas a lápiz, acotaciones y comentarios marginales, puedo creer que aquel libro es algo vivo, actual, que es portador de trozos de nuestra vida pasada o del alma del que fuera su poseedor. Un libro así no debería prestarse ni venderse, es un fragmento dotado de personalidad: primero la imprenta cursó en letras de molde la parte correspondiente a su autor, después puede que ya, en un tiempo lejano, otro autor, esta vez el joven que fuimos

o ese anterior y a menudo anónimo poseedor, reescribió al margen, con sus ideas, lo que podría hasta convertirse en un nuevo libro, o, mejor aún, en la continuación apócrifa del anterior. ¿Quién dice que la lectura está muerta? Un texto de estas características surge pleno de vida, una vitalidad que sin duda es imposible que tenga el texto leído en una prosaica computadora.

En los albores del siglo XXI, el libro sigue con más vigencia que nunca, no en vano deja tras de sí muchos años y generaciones como contenedor y transmisor de cultura. Con dolor abandoné, primero, la pluma que fue mi fiel compañera rellenando tantos folios en la época estudiantil; luego, abandoné aquella maquinilla de escribir portátil que me acompañara por el mundo con sueños y manuscritos; ahora escribo con un procesador de textos y. claro, la mejoría funcional es obvia, se trabaja más limpio, se puede intercalar frases nuevas y de forma un tanto misteriosa el texto se alarga y adapta a la nueva situación… Pero nunca podrá sustituir al libro. Yo, en todo caso, soy absolutamente incapaz de leer una obra literaria en la fría pantalla de un monitor, es algo visceral, que se rebela en mi interior: ver la versión del Quijote en una computadora me duele. ¡Cómo se podría subrayar, anotar y personalizar aquel escrito!

Y, llegado a este punto, vuelvo al principio repitiendo el valor deleitoso que posee una relectura. Cuando abro el libro, pasado el tiempo y sin leer el texto íntegro por conocido, me sumerjo en la lectura de lo marcado y de las notas que en su momento escribí, a veces para desecharlas, pero otras para acrecentarlas con nuevas aportaciones. Recuerdo también haber adquirido en una tienda de ocasión un libro usado, pensando en esa documentación anónima que. de pronto, puede convertirse en lo más interesante, también en una especie de culto fetichista hacia la opinión de otro lector desconocido. Pero además me interesan aquellas obras literarias que por su valor intrínseco han merecido el estudio analítico de agudos críticos y están llenas de notas a pie de página o poseen un sabroso prólogo. Tanto interés tiene el texto literario como los doctos comentarios. Y me uno a la sabiduría popular: “Libro que pensar no hace, no me place”.

El libro como transmisor cultural no tiene sustituto: puedes llevarlo contigo, no necesita energía para su funcionamiento. pues su energía está dentro. en la fuerza de la palabra impresa, y una encuadernación en piel le presta un tacto noble y cálido, en detrimento del dicho aquel de “Libro de lujo, libro sin uso”. Pero aun en la más sencilla versión rústica invita a abrirlo, pues un libro sin abrir no es nada, sólo un objeto. Y nuevamente recurro al refranero: “Libro cerrado, maestro callado”.

Surge ahora el dilema sobre lo que debe y no debe leerse. Aunque es indudable que muchas lecturas pueden no ser aconsejables en una juventud poco formada (y peor aún es imponerle la lectura de un libro a un muchacho: Borges. irónico y mordaz siempre, solía decir que él no le obligaba a nadie a leer nada, porque no se puede obligar a nadie a ser feliz), no veo inconveniente en que un adulto pueda leer cualquier tema literario y que juzgue por sí mismo. En palabras de Oscar Wilde: “Más de la mitad de la cultura moderna depende de lo que no debería leerse”. Recordemos el escándalo que causó en el siglo XIX la publicación de Madame Bovary, proscripción que en ciertos medios se prolongó durante décadas. Leída en estos momentos, llega a parecer una obra moralizante por su final infausto y repleto de anciana pacatería.

La lectura es un acto complejo que, en muchas ocasiones, requiere relecturas. De un acto físico como es allegarse a un texto y fijar en él la mirada, se tiene que interpretar en la mente los signos que se evocan a través de la visión; la imaginación hace el resto, creando imágenes y realizando comparaciones con otras ya existentes. Pero en todo ese delicioso proceso que es la lectura intervienen la voluntad, la sensibilidad externa e interna. la imaginación y el entendimiento.

Y por qué olvidar ese goce complementario que es la lectura en alta voz para un auditorio, aunque sea mínimo; es la acción, que hoy parece un tanto peregrina, de leer una obra literaria en voz alta; antes en los colegios se educaba en la dicción al presunto orador y en el arte de escuchar al resto de condiscípulos. Y en el domicilio. aunque no sea directamente, la radio era —y sigue siendo— un magnífico medio de comunicación cultural, superior a la aportación de otros medios más modernos, sobre todo la televisión. Existe pues una diferencia entre una lectura mental y una lectura en voz alta: ésta es más perfecta e incide en la mente por dos vías, la visual y la auditiva.

La juventud cada vez es menos aficionada a la lectura. Las restricciones en humanidades que sufren los estudiantes no ayudan, y en la actualidad parece que estas restricciones están llegando a un máximo histórico. El interés por la lectura se cultiva leyendo; parece una redundancia pero es así. Si se quiere estimular la lectura de los grandes clásicos, hay que empezar forzando unas lecturas que, aunque en un principio puedan parecer áridas, van creando el hábito y obligando a ampliar conocimientos con otros libros afines. La juventud ha sustituido el libro por la pantalla del televisor, grave error, pues las imágenes absorbentes por su movimiento y colorido están vacías ya en su origen, son simplemente ondas transmitidas por el aire. El calor y el movimiento ha de ponerlo el intelecto personal y su mensajero es la palabra escrita.

Además, cada vez que encendemos un televisor y nos instalamos en un programa, ciegamente clausuramos mil otras alternativas y nos entregamos en cuerpo y alma a ese chamán fosforescente que dicta las creencias de la tribu y que, deidad también, decide sobre la vida y la muerte. Alejada además —y cada día más— de todo afán que no sea el de elevar a cualquier precio las cuotas del rating, con muy honrosas excepciones, por supuesto, la televisión trasciende su vulgaridad, nos convence de que aquello que no aparece en la pantalla no existe, y pasa a existir ella misma en un estado superior en el que un tipo sacándose los mocos necesita un representante. Es la consagración de lo vulgar, de lo que es masa y plebe. Ya no se persigue la calidad. Basta con sacarse los mocos. n

 El libro es la extensión de la memoria y también de la imaginación y del olvido, ya que de él está hecha la memoria. (Jorge Luis Borges)

El retorno de los sacrificios humanos

EL RETORNO DE LOS SACRIFICIOS HUMANOS

POR HANS MAGNUS ENZENSBERGER

Cuanto más inmediato es el comentario. por lo común más reducida parece su vigencia — nada comparado con la actualidad—. Pero, justamente en el momento en que nadie sabe lo que habrá de ocurrir, hay algunas razones para hacer el intento de ganar un poco de distancia. Por ejemplo en lo que se refiere a la globalización: un científico alemán, de nombre Karl Marx, analizó tal proceso, hace ya cosa de 150 años, y de la manera más exhaustiva. Seguramente que a él jamás se le habría ocurrido pronunciarse a favor o en contra en el debate suscitado por los acontecimientos en Seattle. Goteburgo o Génova. Para él no se habría tratado más que de boxeo de sombra. Puede que la protesta contra un hecho tan masivamente histórico sea honorable, pero, en el mejor de los casos, no va más allá de una puesta en escena para la televisión. Ya en ese simple hecho queda demostrado que los ingenuos opositores son parte de lo que combaten.

El sabio alemán describió en su tiempo la globalización como un mero fenómeno político-económico. Tal era en 1848 la única perspectiva posible toda vez que la expansión del mercado mundial y la política de los centros coloniales eran las fuerzas impulsoras decisivas de su tiempo. Actualmente, ese proceso irreversible ha devorado todos los sistemas. Aquel que se limite a considerar la dinámica económica no ha entendido nada. Hoy por hoy no hay nada que pueda sustraerse a su mirada: ni la religión ni la ciencia, ni la cultura ni la técnica, y ni qué decir del consumo y los medios. Por esa razón, en todas partes y en cada esfera de la vida es necesario pagar el precio.

No sólo los innumerables perdedores en el ámbito económico han sido afectados. También el mercado mundial, con sus flujos financieros y de conocimientos, se ha visto afectado, seguido por colapsos repentinos en todo el planeta, armas, virus de computadora, nuevas epidemias, catástrofes ecológicas, guerras civiles y criminalidad. Es absurdo imaginar que alguna sociedad puede mantenerse al margen de sus consecuencias. Una de ellas es, por cierto, el terrorismo. Sería un milagro que el terrorismo fuera lo único que no operara globalmente.

En vista de las masas de fanáticos, durante mucho tiempo la modernidad se ha quedado con la idea fija de que se trata de una peculiaridad propia de sociedades retrasadas. Muchos creían que la modernización irrefrenable acabaría por poner fin, tarde o temprano, a esos atavismos, aun cuando una que otra recaída fuera posible. Tal ilusión debió perder su atractivo desde hace tiempo; por lo menos, desde que se vio cómo lograban establecerse los regímenes totalitarios en el siglo XX. Sin embargo, la persistencia de esa ilusión se corrobora —en su forma negativa, se corrobora en el estereotipo del “oscurantismo medieval”— en la figura discursiva, tan llena de esperanza, sobre los “países en vías de desarrollo”.

La negación de la modernidad

Pero las energías asesinas del presente de ningún modo pueden remitirse a algún tipo de tradición. Al margen de que se trate de la guerra civil en los Balcanes, África, Asia o Latinoamérica, de las dictaduras del Cercano Oriente o de los numerosos movimientos bajo la égida del islamismo, en ninguno de estos casos se trata de vestigios arcaicos sino de fenómenos estrictamente contemporáneos, a saber: de reacciones al estado actual de la sociedad. Eso vale también para una religión tan respetable como lo es el islamismo, el que al igual que el judaismo ortodoxo, ya desde hace mucho no ha logrado desarrollar ninguna idea productiva. Su fuerza radica exclusivamente en la forma singular en que niega la modernidad, a la cual, por lo mismo, permanece encadenado.

La inmanencia del terror, al margen de dónde provenga, se evidencia no sólo en la conducta de los actores sino también en la elección de los medios. En esa medida, de lo que se trata es de copias patológicas del contrincante, similares a las células que se reproducen una vez habiendo sido atacadas por un retrovirus. El sentimiento de que el ataque proviene de fuera es engañoso ya que no existe espacio exterior de acciones humanas, o inhumanas, que se encuentre fuera del contexto global. La amenaza es omnipresente como la cámara, el teléfono, el Internet o los satélites de espionaje.

Los autores del atentado en Nueva York no sólo contaban con la logística y la técnica propias de nuestro tiempo sino que, inspirados en el simbolismo propio de la lógica visual de Occidente, escenificaron la masacre como espectáculo para los medios. Para ello se mantuvieron minuciosamente fieles al escenario característico de las películas de horror y ciencia ficción. Un conocimiento tan íntimo de la civilización americana no puede provenir de una mentalidad anacrónica. Pero sobre todo arroja luz acerca de las convicciones de los autores del atentado.

ORGULLOS DE LA PROPIA DEBACLE No es ninguna casualidad que, en el primer momento, surgieran dudas acerca del presunto autor del atentado. En Internet los grupos de extrema derecha culpaban a los Estados Unidos mientras otros hablaban de grupos terroristas japoneses o de un complot secreto sionista. Como ocurre siempre en estos casos, floreció todo tipo de teorías sobre complots mundiales. En esas interpretaciones puede medirse el nivel de contagio de la demencia de los terroristas y, al mismo tiempo, ver que conservan un grano de verdad puesto que muestran lo intercambiables que pueden ser los motivos. Las “confesiones de autoría” estandarizadas, que se dan a conocer tras la mayoría de los atentados, se asemejan en su vacío. La imitación que los más diversos grupos terroristas realizan entre sí, en lo que se refiere a su aparición propagandística, la técnica y el procedimiento táctico, habla por sí misma. La investigación de motivos es, naturalmente, del mayor interés para los responsables de esclarecer el caso y para los servicios de inteligencia, ya que les ayuda a identificar a los autores. Pero la pregunta sobre el origen de la energía psíquica que alimentó a los terroristas no puede ser respondida mediante el mero análisis ideológico. El pensamiento esquemático, basado en categorías tales como izquierda o derecha, nación o secta, religión o liberación, termina por conducir a los mismos patrones de conducta. El denominador común es la paranoia. También en el caso del asesinato masivo en Nueva York habrá que preguntarse hasta qué punto la motivación islamista alcanza para explicarlo; cualquier otra motivación podría servir también para hacerlo.

No es posible adquirir alguna certidumbre en tal oscuridad. Pero tampoco podemos dejar de ver cierto común denominador propio de prácticamente todas las acciones terroristas: el nivel de autodestructividad de los actores. Esto no se reduce a los grupos conspirativos y a los numerosos barones de guerra, milicias y grupos paramilitares que azotan a gran parte de África y Latinoamérica, sino también a otros países como Corea del Norte e Irak. Para tales dictaduras el objetivo no es tanto la aniquilación de sus enemigos, reales o imaginarios, como la ruina de su propio país. El pionero, hasta ahora insuperable, de tales aspiraciones sigue siendo Hitler, que en su empeño se sabía apoyado por la mayoría de los alemanes. En el caso de Rusia hicieron falta setenta años para llegar al colapso total. También Irak está orgulloso de su propia debacle. Claro que también numerosos “movimientos de liberación”, como en Argelia, Afganistán, Angola, Burundi, Camboya, Cachemira, Colombia, el Congo, el Chad, Chechenia, las Filipinas, Guatemala, Indonesia, Irlanda del Norte, Liberia, Nicaragua, Nigeria, el País Vasco, Perú, Ruanda, El Salvador, Serbia, Sierra Leona, Sri Lanka, Sudán y Uganda, persiguen el mismo objetivo —y forman un alfabeto del horror que no termina jamás. Esa lógica de la automutilación es también válida para los autores del atentado terrorista en Estados Unidos, en tanto que las consecuencias más devastadoras y a largo plazo no las sufrirá el mundo occidental sino aquel país en cuyo nombre haya sido perpetrado. Para millones de musulmanes, las consecuencias previsibles son catastróficas. Los islamistas celebran el inicio de una guerra que no podrán ganar. No sólo los refugiados, los solicitantes de asilo político y los emigrantes habrán de sufrir bajo su peso. También países enteros, desde Afganistán hasta Palestina, habrán de pagar un alto precio político y económico, más allá de toda forma de justicia, por las acciones de sus supuestos representantes. La venganza previsible dejará a los inocentes con tan pocas posibilidades de salvación como el ataque terrorista que la desencadenará.

Pero justamente esa tendencia a dañarse a sí mismo, por no decir esa tendencia al suicidio, es una motivación que el mundo occidental no ha acabado de comprender. Para avanzar por lo menos un poco en la comprensión de lo incomprensible no basta por lo visto la reflexión acerca del propio pasado. Por eso es quizá necesario arriesgar una comparación heurística con acontecimientos que nos son más cercanos. Una mirada a las faits divers nos muestra lo irresistible del placer que encuentran las “sociedades desarrolladas” en la propia debacle. Aun cuando en ellas tanto drogadictos como skinheads se expropian a sí mismos, y expresamente, toda oportunidad de sobrevivir, y aun cuando cada día se suscitan nuevas “tragedias familiares” y casos de amok, sigue creyéndose que la pulsión de autoconservación es la que regula la acción humana. Pero cada día nos encontramos con pruebas en contra: alumnos con heridas narcisistas, y armados con cuchillos, atacan a profesores y compañeros; enfermos de sida contagian a tantos como pueden; hombres que se sienten tratados injustamente por su jefe trepan a una torre y disparan a diestra y siniestra, no a pesar de sino justamente porque la masacre acelera su propio fin. También en esos casos, los motivos son secundarios; frecuentemente ellos mismos los ignoran.

EL TRIUNFO DEL SUICIDA

El principio de muerte individual tiene similitudes con la estructura pulsional del autor de atentados terroristas. Aquí y allá, el suicida individual o colectivo, sin importar si el horror sin fin del que es víctima es real o imaginaria, opta por un final con horror. Lo único que los diferencia es la dimensión de su acción. Mientras que el skinhead sólo cuenta con su bate de béisbol y el incendiario con su botella de gasolina, el autor de atentados terroristas bien instruido tiene a su disposición alguien que lo financia, una logística altamente sofisticada, los medios de comunicación más modernos y diversas técnicas de desciframiento —en un futuro previsible contará probablemente incluso con armas nucleares.

Por más que sean diferentes las escalas del horror, hay algo que parece unir a todos esos criminales: su agresión flotante no sólo se dirige contra otros sino, sobre todo, contra sí mismos. Si en ello un terrorista puede apelar a que actúa respondiendo a metas más elevadas, tanto mejor para él. De lo que se trata no es del fantasma que se encuentra en juego, puesto que cada instancia, a cual más elevada, sirve para el mismo fin: una misión divina, una Patria sagrada, una revolución. En caso de emergencia, el suicida puede prescindir de tales justificaciones de segunda mano. Su triunfo radica en que nadie puede combatirlo ni castigarlo —él mismo se encarga de ello—. También el que dio la orden espera en su búnker el momento de su extinción disfrutando, como Elias Canetti intuyó hace ya medio siglo, de la idea de que los más posibles, incluyendo a sus seguidores, serán llevados por él a la muerte.

El que prefiere seguir con vida tendrá problemas para entender esto. Aun cuando el que no siente el menor deseo de ir matando poseído de furia asesina sea parte de la inmensa mayoría, en el momento de enfrentarse contra el amante del suicidio no tiene ni la menor oportunidad de salir ganador. Como probablemente existen cientos de miles de bombas vivientes, su violencia seguirá acompañándonos a lo largo del siglo XXL También los sacrificios humanos, una costumbre ancestral de nuestra especie, experimenta de esta forma su globalización.

(Publicado originalmente en el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung del 18 de septiembre de 2001. Traducción autorizada por el autor para su publicación exclusiva en

Nexos). n

Traducción de Salomón Derreza

La guerra de México

LA GUERRA Y MÉXICO

A principios del siglo XXI, como a mediados del siglo XX, las realidades de la guerra —ahora contra el terrorismo internacional— definirán una nueva vecindad estratégica entre México y Estados Unidos. Su sentido no podrá ser otro que el que han anticipado ya el comercio y la demografía: contacto, mezcla, integración.

La cruzada contra el terrorismo internacional y sus aliados que dominará la política exterior americana por un lapso imprevisible, será fuente de presiones perentorias. También, acaso, de oportunidades inesperadas.

A mediados del siglo XX. las urgencias de Washington frente a la Segunda Guerra mundial fueron para México una ocasión de alianza estratégica, beneficio económico y fortalecimiento político interno.

Aquellas urgencias hicieron tolerable para Washington la expropiación petrolera, volvieron complementaria la economía agrícola mexicana de la estadunidense y viable el arranque de la industrialización en gran escala de este lado de la frontera.

La historia no tiene por qué repetirse, pero no hay tampoco por qué no recordarla y tratar de obtener lecciones de ella. La lucha antiterrorista desplaza a México de la agenda estadunidense como vecino al que apoyar, pero lo fortalece como aliado en la tarea de asegurar las fronteras de la antigua Fortaleza Americana.

Por primera vez en mucho tiempo México tiene una agenda explícita y ambiciosa en materia de su relación con Estados Unidos. La agenda fue establecida por el presidente Fox, en distintos foros claves, durante su visita de principios de septiembre a Estados Unidos, para sorpresa de algunos, enojo de otros y simpatía del presidente Bush (no con los puntos específicos de la agenda, pero sí con la posibilidad de fijarla conversando, asunto del todo ajeno a los hábitos de Washington).

Los temas de Fox fueron:

Narcotráfico. Solicitó al Congreso americano suspender por tres años la certificación por buena conducta en materia de narcotráfico.

Migración. Propuso trabajar juntos en una política de migración que permita legalizar su residencia en aquel país a más de tres millones de mexicanos indocumentados que viven en Estados Unidos. (Hemos revisado los puntos de esta agenda en nuestra edición anterior: “Migración: Qué quiere México”, Nexos 285, septiembre 2001.)

Seguridad. Anunció su propósito de denunciar el Tratado de Río, que establece las condiciones de cooperación de los países de Norte, Centro y Sudamérica para garantizar la seguridad hemisférica según una lógica ya anacrónica de guerra fría.

Comercio: Urgió a las autoridades estadunidenses a que permitan la libre circulación de transportes de carga mexicanos en territorio norteamericano, según lo establece el Tratado de Libre Comercio (TLC).

De todos esos temas, el de mayor alcance humano en la conformación futura de los dos países, es la migración. La iniciativa mexicana de tomar por los cuernos a ese problema parecía darse en un momento particularmente propicio.

Primero, por la evidente receptividad del presidente Bush a las palabras de su vecino. Segundo, porque los votantes hispanos empiezan a parecer tan cruciales para el futuro electoral de aquel país, como los trabajadores del mismo origen para el futuro de su economía.

Las coordenadas analíticas del tema empezaron a cambiar cuando Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal, dijo que una forma de sostener el ritmo de expansión de la economía americana sería abrir la frontera a los trabajadores mexicanos.

Casi al mismo tiempo, dirigentes sindicales, entre ellos los de la poderosa AFL-CIO, dieron un giro en su política al respecto. Se habían opuesto a toda apertura, bajo el argumento de que los trabajadores mexicanos quitaban puestos de trabajo a los americanos.

Su visión cambió porque el supuesto desplazamiento era falso y porque, paulatinamente, la principal fuente de reclutamiento de nuevos sindicalizados empezó a ser de población hispánica migrante, no siempre con residencia legal, aunque sí con capacidad de pagar su cuota y hacer vida sindical.

La bomba demográfica de fin de siglo fue el censo del año 2000 que mostró a los estadunidenses un país cuyas principales ciudades no tenían ya mayoría blanca y donde, en cincuenta años, uno de cada cuatro habitantes será de origen latino. (Ver “La hora latina”, Nexos 284, agosto 2001.)

Antes del martes negro de septiembre, parecían soplar vientos nuevos en torno al tema migratorio y la relación bilateral con México. La escena americana cambió radicalmente desde entonces. La agenda mexicana dejó de ser prioritaria, si lo fue alguna vez, y perdió toda visibilidad, lo mismo que las otras. Por ello mismo, acaso esa agenda desplazada de la atención pública pueda ser más negociable, en las nuevas condiciones.

En la prioridad absoluta de Washington de luchar contra el terrorismo internacional y devolver su seguridad a la fortaleza americana, quizá pueda haber un espacio para negociar, como parte de una alianza estratégica, las asignaturas pendientes de la agenda mexicana con su vecino.

Después de todo la población mexicana aparecerá hoy todo lo inofensiva que es frente a los flujos migratorios de otras latitudes. Comparados con los terroristas de la guerra santa islámica, hasta los narcotraficantes latinoamericanos parecen amenazas menores. n

La nueva amenaza global

LA NUEVA AMENAZA GLOBAL

Nada tan serio como un hombre dispuesto a morir por su causa. El martes negro del 11 de septiembre recordó esa vieja verdad al mundo. Las grandes ciudades del planeta son vulnerables a la acción de grupos terroristas decididos a morir matando. La modalidad de guerra santa que sacudió a Norteamérica tiene recursos suficientes para desafiar cualquier región del globo.

Los servicios de inteligencia no pudieron impedir la catástrofe, porque nadie esperaba un golpe de esas dimensiones y porque la red de prevención no sólo es inadecuada, sino acaso imposible de adecuar. Ese tipo de atentados sólo podría prevenirse sometiendo a la sociedad a controles incompatibles con la esencia misma de la vida democrática.

La causa del terror puede inducir catástrofes en cualquier sitio, pero no es una causa popular. Las organizaciones capaces de grandes atentados se cuentan con los dedos de una mano. Los gobiernos que las protegen dentro de su territorio, también.

Ambos existen, de hecho, porque no han sido considerados hasta ahora un verdadero riesgo, político o militar, para la seguridad del mundo desarrollado. Parecían extravagancias islámicas, asiáticas, levantinas, africanas: una periferia deleznable con la que era posible convivir, aun si costaba atentados a embajadas y barcos estadunidenses en África o el Golfo Pérsico. No eran parte del mundo, sino un submundo tolerado, periférico, marginal.

El odio marginal del submundo golpeó sin embargo el corazón de la modernidad de Occidente. El daño inflingido en un escenario inaceptable ha sido suficiente para cambiar de manera radical la estrategia del mundo desarrollado, con Estados Unidos a la cabeza, respecto del terrorismo internacional.

Ese terrorismo demostró tener una capacidad de destrucción equivalente a la de bombardear Nueva York y el Pentágono. Ha pasado, por ello, de la periferia tolerada al primer plano de la agenda de la seguridad mundial. Lo hace de la mano del estupor, la ira, la urgencia de venganza y represalia de la única potencia militar del mundo unipolar que sucedió a la guerra fría.

Estados Unidos tiene por fin el enemigo y la causa que necesitaba para funcionar como una potencia con misión, el enemigo que había buscado inútilmente en el narcotráfico, los daños ecológicos o el sida, la causa que había inspirado sus cruzadas por la democracia, los derechos humanos, el libre mercado.

La magnitud del atentado en pérdida de vidas, destrucción de bienes y drama mediático, facilita los acuerdos internacionales para actuar contra la nueva amenaza global. El mapa del terrorismo es ya el escenario de una “guerra en marcha”, la “tercera guerra mundial”, una versión planetaria de la vieja “guerra de la pulga” donde enormes ejércitos modernos luchan contra pequeñas bandas invisibles. El mundo globalizado contra la globalización del terror.

Los principios que regirán esa guerra fueron trazados el mismo 11 de septiembre por el presidente de Estados Unidos: no habrá distinción entre los terroristas individuales y los países que les sirven de refugio. Los países que sigan protegiendo gaipos terroristas en su territorio se volverán blancos potenciales del poderío militar americano y sus aliados. En primer sitio, Afganistán. Pero hacen fila por sus propios méritos Irak, Libia, Sudán, Argelia…

El temor a la guerra directa disminuirá seguramente los santuarios territoriales del terrorismo mundial. También sus refugios financieros. Sin bases de refugio estables, las posibilidades de supervivencia de estos grupos deberían disminuir al punto de la inexistencia.

Los riesgos de la estrategia son conocidos. La guerra convencional contra Estados protectores de terroristas podría encender a escala mundial conflictos tan sangrientos y resistentes al arreglo como el de israelitas y palestinos. Por su parte, la asfixia territorial de las organizaciones terroristas pudiera dar paso a un nomadismo del terror más suicida y peligroso.

Desde el punto de vista político, la “primera guerra del siglo XXI” ha tomado la forma de una cruzada mundial contra el terrorismo. La lucha contra el terrorismo se eleva por fin, afortunadamente al estatus de un valor universal, semejante al de la consagración en las últimas décadas de la democracia y los derechos humanos.

La lógica del proceso conduce directamente al problema del intervencionismo internacional en países o regiones que suponen un riesgo para la seguridad del mundo. También, al tema de la internacionalización de la justicia. Los Estados que en algún momento han apoyado a grupos terroristas internacionales serán forzados a tomar posiciones del lado de la cruzada antiterrorista. Entre ellas, dar facilidades para que fuerzas internacionales participen en la persecución de esos grupos.

En la fase de lanzamiento de la “nueva guerra americana”, como empezó a llamarla CNN a los pocos días del atentado, hay poco espacio para la reflexión sobre las causas estructurales de la nueva amenaza global. Menos aún sobre la responsabilidad de Estados Unidos y el mundo desarrollado en la siembra del odio que viene de esa periferia soliviantada, agraviada al punto de hacerle creer justa una guerra santa de sacrificios bárbaros y medios inhumanos.

Conviene no abusar de las palabras. La “tercera guerra mundial” no incluye a todo el mundo ni será una guerra en estricto sentido. Será sobre todo una operación policiaca de nivel planetario, conducida por Estados Unidos, que incluirá represalias unilaterales contra países y regiones cuya capacidad de respuesta es poca o nula.

Conviene también ser claro en las definiciones frente a este conflicto. Entre lo que representan los terroristas y lo que representan las ciudades americanas atacadas, no hay nada que elegir. Con todas las omisiones y responsabilidades históricas que quieran atribuirse a sus gobiernos, en la cruzada que se inicia, los valores de la modernidad, la libertad y la democracia están del lado de los agredidos. Los de la intolerancia, el odio, la locura religiosa y el suicidio colectivo del lado de los agresores.

Si la “tercera guerra mundial” ha de librarse entre lo que representan las Torres Gemelas, de Nueva York, hoy desaparecidas, y lo que representan los usos y costumbres del régimen talibán. que da cobijo territorial a Bin Laclen, hay que manifestarse por lo primero. Pero Afganistán no debe ser arrasado. La civilización no puede imponerse con los instrumentos de la barbarie, n

Vecinos cercanos de nuevo tipo

VECINOS CERCANOS DE NUEVO TIPO

Cuando el presidente Bush regrese de la guerra contra el terrorismo, quién sabe donde habrá quedado su “prioridad mexicana” de antes del 11 de septiembre. El azar ha roto lo que parecía una prometedora burbuja de acercamiento, comprensión y apertura entre los gobiernos de ambos países.

Ha roto sobre todo la posibilidad de que el mayor aliado de esa apertura, el propio presidente Bush, dedique a ella el tiempo que necesita su desarrollo. Abrirse a México no es la causa más popular que pueda encontrarse en los medios políticos estadunidenses. El presidente Bush parecía dispuesto a pagar costos por ella.

En vez de esa oleada de buena voluntad, la agenda de la guerra contra el terrorismo pondrá sobre el gobierno de México presiones de difícil resolución y alto costo. La primera de ellas, una expectativa de incondicionalidad en el camino de represalia que elija Washington.

El canciller Jorge G. Castañeda empezó a darle la cara a esa expectativa cuando declaró, al día siguiente de los atentados, que no era el momento de “regatear apoyos a Estados Unidos”. Repitió la posición días después en su comparecencia ante el Congreso.

Empezó a pagar de inmediato algunos costos con el recelo habitual de una opinión pública que sigue midiendo la soberanía mexicana por las diferencias que el gobierno tiene con las posiciones de Estados Unidos. El organillo nacionalista parece decir: entre más se coincida con el vecino del Norte, menos soberanía.

Apoyar acciones bélicas directas de Washington será una necesidad estratégica y un costo de opinión pública interna para el gobierno de México. Lo mismo puede esperarse de la solicitud estadunidense de apoyo para presentar iniciativas en foros multilaterales, como la ONU y la OEA.

¿Está dispuesto el gobierno de México a apoyar acciones internacionales de intervención con uso de la fuerza para combatir el terrorismo? No habrá mucho espacio a las medias tintas, ni a las declaraciones sin consecuencias. No es el momento para discursos antigringos de consumo interno, ni para retóricas vacías de no intervencionismo en el exterior.

El Consejo de Seguridad de la ONU, al que México lucha por ingresar, será un foro clave de iniciativas de Washington para legitimar el uso de la fuerza y la intervención internacional. Es difícil imaginar para México muchos espacios de maniobra frente a la presión americana en ese Consejo.

La cooperación en materia de vigilancia y control de la frontera norte será también materia de adecuaciones difíciles. La ineficiencia mexicana en la materia y la porosidad de sus instrumentos se harán evidentes ante la exigencia de una vigilancia efectiva de nuestras propias fronteras terrestres, marítimas y aéreas.

No es remota la posibilidad de que Estados Unidos solicite su propio puesto de inspección, por ejemplo, en aeropuertos mexicanos, además de acciones y compromisos más estrictos por parte de México, para el control migratorio de terceros países, asunto que puede ser parte de la estrategia general de la guerra contra el terrorismo.

La capacidad de respuesta mexicana en esa materia es limitada. No hay efectivo control y vigilancia de fronteras, asunto que hace al país sumamente vulnerable a la presión de un vecino agraviado, en son de guerra.

Lo mismo puede anticiparse respecto de las tareas de inteligencia: mayor integración con las agencias de Washington, oferta de más recursos, mayores compromisos de apoyo a la cruzada antiterrorista. Una lógica vertiginosa de convergencia.

No es posible descartar presiones para una ofensiva contra grupos radicales violentos mexicanos, como el EPR, o contra terroristas de otros países que residen en suelo mexicano, como algunos miembros de ETA.

El nacionalismo mexicano de viejo y de nuevo cuño tendrá en estas jornadas pruebas de fuego y fuegos verdaderos. La globalización no respetará nuestras fronteras. Puede anticiparse un horizonte de presiones inaceptables. Haciendo de la necesidad virtud, México podría adelantarse a las presiones y aprovechar el momento para arreglar el triste cuadro institucional que impide tener un control verdadero de nuestro territorio, y un aparato de inteligencia y seguridad del tamaño de un país como México.

Creemos que México debe ser un aliado claro de Estados Unidos en su estrategia internacional y un colaborador soberano en esa estrategia dentro de su propio territorio, lo que quiere decir actuar con sus propios instrumentos, por imperfectos que sean, sin aceptar intromisiones pero honrando el compromiso de mejorar a fondo la seguridad del país y sus fronteras.

Una alianza clara, definida, soberana con la estrategia internacional estadunidense, podría abrir rendijas inesperadas a la negociación de la agenda bilateral sepultada, junto con tantas otras cosas, por el derrumbe de las Torres Gemelas. n

lll La cuenta del Imperio

III. LA CUENTA DEL IMPERIO

En medio del luto y de la ira, se abrió paso la memoria. Voces no complacientes recordaron al pueblo estadunidense que el atentado salvaje sobre sus ciudades, no tenía una justificación pero tenía una historia. La impía recordación empezó en casa. Tres grandes escritores norteamericanos, que son a la literatura de ese país lo que las torres gemelas a Nueva York, pintaron su raya incómoda en medio de la consternación americana.

Susan Sontag, cuyo texto completo publicamos en esta edición, preguntó lo impreguntable:

¿Dónde se reconoce que este no fue un ataque “cobarde” contra la “civilización”, o la “libertad”, o “humanismo” o el “mundo libre”, sino un ataque contra Estados Unidos, la única y autoproclamada superpotencia en el mundo, un ataque que se llevó a cabo a consecuencia de las políticas, los intereses y las acciones dirigidos por Estados Unidos? ¿Cuántos norteamericanos son conscientes de los bombardeos en curso contra Irak?

Dijo Norman Mailer:

[Los estadunidenses deberían] aprender de una vez por qué tantas personas detestan a su país. [Lo juzgan] su represor cultural y estético… Hasta que Estados Unidos entienda el daño que causa insistiendo en imponer el american way of life a todos los países estaremos en problemas… Seremos la nación más odiada de la tierra.

Gore Vidal admitió:

Durante varias décadas ha existido una implacable satanización del mundo árabe en los medios de Estados Unidos. Soy un estadunidense leal y no puedo decirles por qué sucedió eso, ya que lo usual entre nosotros no es preguntarnos por qué sino echarle la culpa a otros de nuestras faltas.

Otros grandes autores hicieron también su ejercicio de memoria. “Decir que quien siembra vientos cosecha tempestades no basta para suplir el inmenso dolor de la muerte de los inocentes en Nueva York y Washington”, escribió Carlos Fuentes, pero recordó después los sufrimientos impuestos a sociedades enteras por la política imperial de los Estados Unidos, la ceguera rayana en la oligofrenia de los gobiernos norteamericanos que alimentaron con leche a las víboras que luego les respondieron con veneno. Sadam Hussein es un producto de la diplomacia norteamericana para limitar y cercar a los ayatolas triunfantes e intolerantes de Irán. Osama Bin Laden es un producto de la diplomacia norteamericana para contrarrestar la presencia soviética en Afganistán. De Castillo Armas en Guatemala a Pinochet en Chile, fue la diplomacia norteamericana la que implantó a las más sanguinarias dictaduras de la América Latina. Y en Vietnam, aunque se enfrentaron ejércitos, la población civil fue la víctima más numerosa y fatal del enfrentamiento, hasta convertir la excepción de ayer —Guernica, Coventry, Dresden— en la regla de hoy: las principales y a veces las únicas víctimas de los conflictos actuales son civiles inocentes.

La lista del dolor de José Saramago pasó muy pronto de los escombros de las Torres Gemelas a los del Hiroshima y Nagasaki:

El horror aparecerá a cada instante, al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta eso mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda de un millón de muertos, de aquel Vietnam cocido a Napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki.

Mario Vargas Llosa no dejó de señalar la responsabilidad del mundo desarrollado en la construcción de gobiernos a los que ahora Estados Unidos señala, con razón, como cómplices del terrorismo:

Las culturas que no han conocido la libertad todavía (la mayor parte de las existentes, no lo olvidemos) es porque no han podido aún emanciparse de la servidumbre a que tiene en ellas sometida a la mayoría de la población una élite autoritaria, represora, de militares y clérigos parásitos y rapaces, con la que, por desgracia, muy a menudo, los gobiernos occidentales han hecho pactos indignos por razones estratégicas de corto alcance o por intereses económicos.

En el “Islam contra el Islam”, que publicamos completo en este número de Nexos, Jean Daniel, el lúcido maestro de Le Nouvel Obsevateur, recordó también el otro lado de la tragedia, apenas legible en la gran prensa americana: Estados Unidos se apoyó en los elementos más corruptos de Arabia Saudita, Pakistán, Afganistán y de ciertas sociedades musulmanas de África —como en Kenya y en Angola durante la Guerra Fría— con el pretexto de que toda alianza que pudiera hacer fracasar al expansionismo soviético era buena… Se trata de uno de los errores más perniciosos de la democracia. Error cometido por los imperios coloniales que han desacreditado los valores de Occidente al tomar como aliados a gobiernos o movimientos que deshonraban su propia civilización. Estados Unidos y el resto de occidente, cualesquiera que sean sus intereses petroleros o de otro tipo, están obligados, de aquí en adelante, a revisar amplia y severamente sus alianzas. Es necesario, sobre todo, que se abstengan de considerar que son la encarnación del bien en lucha contra enemigos que representarían, sin más el mal.

Análisis más críticos aún pudieron leerse en la prensa europea en la mirada especializada de otros conocedores del mundo árabe. Gilíes Kepel. profesor del Instituto de Estudios Políticos de París y autor de La Yijad. Expansión y declive del islamismo, resumió:

Las imágenes del 11 de septiembre… se inscriben al término de una larga serie que ha golpeado los espíritus en el mundo musulmán desde el estallido de la segunda intifada: manifestaciones palestinas, represión israelí con los medios sofisticados de la guerra electrónica; después, atentados suicidas palestinos; después, años de bombardeos sobre Irak. La matanza de Estados Unidos mezcla los dos registros: es un atentado suicida que tiene la potencia devastadora de la guerra electrónica, destinada a señalar al universo que occidente ya no tiene el monopolio de la destrucción masiva y que se le puede golpear en su territorio.

Faisal Bodi, especialista en asuntos musulmanes, escribió en Guardian Unlimited:

¿Por qué los Estados Unidos han sido el blanco sistemático de los ataques islámicos: las barracas de los marinos norteamericanos en Beirut en 1983, el World Trade Center en 1993, los bombardeos de al-Khobar en 1996, la bomba al portaviones U. S. Cole en el 2000? ¿Por qué? ¿Qué hace que los Estados Unidos sean un imán para los militantes musulmanes? [...] Aunque los ataques sobre construcciones civiles pueden sugerir otra cosa, la democracia no fue el blanco buscado el 11 de septiembre, tampoco la libertad. Dentro de Estados Unidos el World Trade Center, el Pentágono, Campo David, y el Capitolio, son símbolos del prestigio y el poder global de los Estados Unidos, del triunfo de la democracia. Fuera de Estados Unidos, en el mundo musulmán, son vistos popularmente como símbolos del terror y la opresión…

Robert Fisk, uno de los pocos periodistas occidentales que ha entrevistado a Osama Bin Laden, constata y define:

Toda la historia moderna del Medio Oriente —el colapso del Imperio Otomano, la declaración de Balfour las mentiras de Lawrence de Arabia, la rebelión árabe, cuatro guerras árabe- israelíes y los treinta y cuatro años de brutal ocupación israel: de tierras árabes— todo ha sido borrado en unas horas poi quienes, diciendo representar una población aplastada y humillada, han contragolpeado con crueldad perversa y terrorífica de pueblo condenado. [...] Esta no es la guerra de la democracia contra el terror.!…] Esto tiene que ver también con los misiles norteamericanos cayendo sobre hogares palestinos, con los helicópteros norteamericanos disparando misiles contra una ambulancia libanesa en 1996, con bombardeos americanos contra una aldea llamada Qana o con una milicia libanesa — pagada y uniformada por Israel, el aliado americano— asolando, violando y matando en campamentos de refugiados palestinos.

Recuerda Faisal Bodi:

Washington derramó miles de millones de dólares para sostener regímenes totalitarios en Egipto, Jordania, Arabia Saudita y Argelia, entre otros, para asegurar que sus pueblos no pudieran ejercer su voluntad colectiva. La quinta flota de lo: Estados Unidos navega amenazadoramente por el Golfo Pérsico como una advertencia a los disidentes de que Estados Unido; usará la fuerza para proteger a sus gobernantes asociados y el flujo de petróleo que corre de la península a Occidente. La presencia de soldados estadunidenses en Arabia Saudita es una afrenta para la sensibilidad musulmana sobre sus lugares santos.

Manuel Castells, especialista español de tantas cosas apunta a la madre de todos los agravios:

La identidad humillada y el menosprecio cultural y religioso de Islam por los poderes occidentales, conducen a la resistencia, al llamamiento a la guerra santa. Y esta resistencia se concreta en la oposición a la existencia de Israel y se alimenta de la prepotencia israelí en su opresión del pueblo palestino. Por tanto, es en esa identidad islámica (no árabe) exacerbada y en el proyecto de defensa-imposición de estos valores en todo el mundo, empezando por los países musulmanes, en donde se encuentra el quid de la cuestión.

Abunda Faisal Bodi:

Es el apoyo indiscriminado de Estados Unidos a Israel lo que más enoja a los palestinos. Campo David no iba a ser un blanco casual de los ataques del 11 de septiembre. El lugar del primer acuerdo de paz entre un estado musulmán e Israel en 1978, es visto por muchos todavía como una capitulación y una venta de los palestinos. La ayuda oficial de Estados Unidos a Israel este año llega a seis mil millones de dólares que no hay que repagar. En la semana del atentado a Nueva York, Israel anunció que iba a ejercer la opción de cincuenta más F16 para mantener su superioridad sobre todos sus vecinos árabes. Que el blanco de la ira sea sólo Estados Unidos y no otros países occidentales, indica que para los militantes es excusable el silencio sobre la opresión de los palestinos, pero no perdonan la complicidad directa en ella.

La ira oscurece las equivocaciones históricas y las injusticias que están detrás de los atentados del martes negro, dice Robert Fisk. Los actos de terror parecerán en efecto injustificados si no entendemos cuánto ha llegado a odiarse a Estados Unidos en el lugar del nacimiento de tres grandes religiones.[. . .] Pregúntese a los árabes qué les parecen las miles de muertes inocentes del martes negro, y ellos responderán, como cualquier gente decente, que es un crimen sin nombre. Pero preguntarán por qué no usamos esas mismas palabras para describir las sanciones que han destruido las vidas de quizá medio millón de niños en Irak, por qué no nos agravia la muerte de diecisiete mil quinientos civiles asesinados en la invasión de Israel a Líbano en 1982.[...] Estados Unidos ha respaldado las guerras de Israel por tantos años que pensó que no le costarían. Ya no. [...] Hace ocho años ayudé a hacer una serie de televisión que trataba de explicar por qué tantos musulmanes habían llegado a odiar a occidente. [La noche del 11 de septiembre] recordé a algunos musulmanes de aquella serie cuyas familias habían sido muertos por bombas y armas de factura estadunidense. Decían que nadie podía ayudarlos salvo Dios. Teología contra tecnología, la bomba suicida contra el poder nuclear. Ahora sabemos lo que eso significa.

Añade Faisal Bodi:

Desde 1991, las sanciones guiadas por Estados Unidos contra Irak y los efectos del uranio usado que dejan las bombas han matado un millón de niños. No se sabe si los atacantes del 11 de septiembre querían suspender los vuelos aéreos en Estados Unidos, pero al menos por un día lograron imponerle a la zona las condiciones de no volar que están vigentes sobre Irak desde el levantamiento palestino que empezó en septiembre del año pasado. Helicópteros Apache estadunidenses y rifles M16 también de factura americana han sido responsables del asesinato de setecientos palestinos y veinticinco mil heridos más. Como CNN no está ahí para registrar cada cráneo aplastado y cada cuerpo calcinado, el público de occidente sigue sin conocer el terrorismo de Estados Unidos.

Vijay Prashad. profesor asociado y director del programa de Estudios Internacionales de Trinity College. en Hartford. Connecticut recordó que la guerra de Estados Unidos con el terrorismo islámico no empezó el 11 de septiembre del 2001, sino medio siglo atrás cuando los Estados Unidos se hicieron cargo de la banda de naciones que se agrupan entre Libia y Afganistán, la mayor parte de ellas ricas en petróleo, muy importantes, por lo mismo, para el capitalismo global. La Segunda Guerra Mundial había devastado a Europa. El mandato civilizatorio asumido hasta entonces sobre aquella región por Francia e Inglaterra llegó a su fin. Estados Unidos se vio obligado a asumir el peso del hombre blanco. lo hizo con entusiasmo, en servicio, entre otras cuestiones estratégicas, de las Siete Hermanas, las mayores corporaciones petroleras del mundo, empresas transnacionales con base en estados Unidos. Las alianzas derechistas de la región contaron con la simpatía de Estados Unidos y las alianzas izquierdistas miraron hacia la URSS. Estados Unidos participó en la destrucción de la izquierda en África del Norte y en Asia Occidental, empezando por la destrucción del partido comunista egipcio, el más grande en la zona, siguiendo con la promoción de Saddam Hussein para arrasar al vigoroso partido comunista irakí terminando con el financiero saudita Osama Bin Laden. uno de cuyos propósitos fue acabar con el régimen comunista afgano.

Para lograr esto último Estados Unidos financió a las fuerzas que se oponían al régimen establecido en Afganistán en 1978 con el apoyo militar soviético. Estados Unidos respaldó sin mayores condiciones a los combatientes afganos antisoviéticos y a los militantes islámicos radicales árabes y pakistaníes. Los llamó a todos freedom fighters. Como un poderoso instrumento en la movilización de esta alianza Estados Unidos favoreció el uso de la yijad o guerra santa, es decir, la declaración de guerra religiosa contra el adversario político al que se condena a muerte por infiel.

Escribe Gilíes Kepel:

Durante catorce siglos de historia de las sociedades musulmanas. los doctores de la ley o ulemas. los únicos habilitados en principio, para proclamar e identificar su blanco, utilizaron la yijad con mucha prudencia y parsimonia. En efecto, al legitimar el recurso a la violencia, la yijad corre el riesgo de alterar el orden público y las jerarquías de la sociedad, de extender el desorden y la sedición (fitna) y. si no está estrictamente enmarcada y limitada, puede volverse contra quienes la han proclamado. Es una arma de doble filo. Al apremiar a los ulemas más conservadores a publicar fatwas (decisiones jurídicas basadas en los textos sagrados) declarando la yijad contra los soviéticos. Estados Unidos y sus aliados abrieron la caja de Pandora. Porque el mismo razonamiento aplicado y puesto en marcha contra “los impíos” rusos que ocupaban Kabul, tierra del Islam, se volverá contra los “impíos” americanos que profanaron con su presencia militar la “tierra sagrada” de Arabia Saudita desde la Guerra del Golfo 1990-91.

Todo aquel manejo de extrañas alianzas era sólo la extensión afgana de una política exterior de equilibrios pragmáticos cuyo símbolo mundial fue en los años setentas Henry Kissinger. Kissinger había llevado al nivel de la teoría política lo que las grandes potencias de todos los tiempos habían hecho en la práctica sin necesidad de teóricos. Vijay Prashad:

Estados Unidos debía cerrar filas con cualquier líder político decidido a resistir al socialismo y a garantizar la vigencia de los dictados del capitalismo internacional, lo cual lo convertía en un factor de estabilidad. La galería de títeres de esta política incluye una larga lista de validos de la CIA: Noriega en Panamá, Marcos en Filipinas, Pinochet en Chile. Suharto en Indonesia, el Sha en Irán, los varios jeques en el Golfo Pérsico.

En Afganistán todo fue ganancia para el mundo libre. La guerra santa afgana dirigió hacia Moscú la atención y el encono del mundo musulmán, alejándolo del antiamericanismo que había sido la marca de fábrica de la revolución islámica de jomeini. Gilíes Kepel:

Concentrado en torno a Peshawar, el movimiento islámico más extremista combatió al comunismo. El golpe dado al imperio del mal no costó caro: la factura de la yijad ascendía a unos seiscientos millones de dólares al año para Washington y otro tanto para las monarquías petroleras del mundo árabe. Ningún boy americano perdió la vida: la guerra la hicieron islámicos barbudos, celebrados entonces como freedom fighters. combatientes del mundo libre, que vengaron. a través de un intermediario, a Vietnam, sin oprimir a los contribuyentes ni enlutar a las familias de los soldados.

El 15 de febrero de 1989 el Ejército Rojo soviético abandonó Afganistán. Pocos meses después también abandonó la historia, con la caída del muro de Berlín. Los antiguos alineamientos del mundo árabe perdieron su brújula. Desaparecido el enemigo central aparecieron los adversarios cercanos. Irak invadió Kuwait. Estados Unidos bombardeó Irak y “recuperó” Kuwait. La guerra contra Irak quebró la alianza entre Estados Unidos, las monarquías petroleras árabes y los combatientes de la guerra santa, quienes sintieron violado el suelo del Islam. Ahí empezó la hora de los estudiantes funda- mentalistas árabes, los talibanes, palabra que quiere decir literalmente, “los estudiantes de la religión”. Los seguidores de la yijad, dice Kepel, tomaron partido contra la coalición internacional. Pero la lógica de los servicios de información quiso que se mantuviera el contacto con los militantes, muchos de los cuales fueron invitados a residir en Norteamérica, para arengar a los estudiantes musulmanes en las universidades, recoger fondos para la yijad afgana, etc., y que formaron relevos y redes. En este contexto ya tuvo lugar un primer atentado contra las Torres Gemelas donde un coche bomba explotó en el estacionamiento subterráneo el 26 de febrero de 1993.

Fue un aviso serio, al menos si se escucha lo que dijo entonces uno de los responsables del atentado. Cuenta Norman Mailer:

Un funcionario del FBI que trasladó al responsable intelectual acusado del bombazo. Tamzi Ahmed Yousef, le dijo posteriormente a Benjamin Weiser del diario The Times que mientras su helicóptero volaba a lo largo del East River en Nueva York, le quitó la venda de los ojos al convicto y le señaló por la ventana hacia las Torres Gemelas: ‘Mira allá abajo’, le dijo. ‘Todavía están de pie’. ‘No estarían si hubiera tenido suficiente dinero y explosivos’, contestó el señor Yousef.

Explica Gilíes Kepel:

A partir de 1994, los servicios secretos paquistaníes animaron a estos ‘estudiantes afganos’, educados en las madrasas paquistaníes, a tomar el poder para poner fin a la anarquía en que los mujaidines habían sumergido al país. Cuando se apoderaron de Kabul, en 1996, los talibanes favorecieron el proyecto del gasoducto de una compañía petrolífera norteamericana que uniría, a través de su país, Turkmenistán y Pakistán. Al final, el proyecto no vio la luz pero en el verano de 1996, Osama Bin Laden volvió a Afganistán. Huido de Arabia, que debía despojarle de su ciudadanía, y refugiado en un primer momento en el Sudán de Hassan el Turabi, había hecho que se acogiera o permitiera el paso a partidarios de la yijad sospechosos de partir después hacia los nuevos frentes: Somalia, Egipto, Bosnia, Argelia: había puesto en marcha una red que favorecía numerosos relevos, humanos y financieros, en el mudo entero, sobre todo en Londonistán (Londres + Afganistán). A su regreso a Afganistán, pasó a una nueva etapa, al declarar desde entonces los blancos de su nueva yijad, pero sin atribuirse los atentados que se le imputaban, como tampoco ha reivindicado la masacre del 11 de septiembre en Nueva York. El 26 de agosto de 1996, difundió una declaración de guerra santa contra los norteamericanos que ocupan la tierra de los dos lugares sagrados (La Meca y Medina), destinada a proporcionar una justificación religiosa a sus acciones futuras. El texto contenía una crítica radical del régimen saudita, adherido a la alianza sionista-cruzada’ y acogía las reivindicaciones de los ‘grandes comerciantes locales’ oprimidos por la dinastía, la clase social a la que él mismo pertenece. Es hijo del mayor empresario de BTP de Arabia, beneficiario de la concesión exclusiva de las obras de la gran Mezquita de La Meca, que le ha valido al holding familiar un prestigio inmenso, contratos extraordinarios, en numerosos países musulmanes y acceso a todas partes.

El sociólogo frances Alan Touraine recoge una paradoja esencial del proceso que termina en las Torres Gemelas:

En el momento mismo en que los mejores analistas ven cómo se debilita el islamismo político en muchos países, pasamos de este islamismo político al islamismo guerrero que acaba de ponerse de manifiesto. El cambio principal de uno a otro es que los enemigos de Estados Unidos son cada vez menos visibles a la vez que se fortalecen las situaciones extremas o nacen las vocaciones de kamikaze. [. ..] Los movimientos religiosos se habían ampliado, primero, como campaña nacionalista, después como movimiento político para el que la toma del poder era más importante que la afirmación religiosa. Pero el éxito económico de Estados Unidos había debilitado esos movimientos, la burguesía árabe había pasado poco a poco al bando de la economía globalizada, dejando sin clase en la que apoyarse y sin dirigentes a las masas desarraigadas de las ciudades. Al renunciar a tomar el poder en la mayor parte de los países musulmanes, el movimiento islamista no tiene otra elección que entre su autodescomposición y la violencia.

En febrero de 1998, Bin Laden y otros aliados extremistas crearon un Frente Islámico Internacional. Estaba dirigido a combatir a los judíos y a los “cruzados” —es decir, los Estados Unidos, que en la visión de Bin Laden habían emprendido una nueva cruzada contra la tierra santa al invadir Kuwait. El Frente Islámico Internacional exhortaba a matar a los norteamericanos y sus aliados civiles y militares en todas los países donde fuera posible. ¿Quiénes eran los convocados por Bin Laden en aquel Frente? Aquellos contracruzados, explica Gilíes Kepel, proceden de biografías de ‘mártires’ caídos en Bosnia y después en Chechenia. (…] Surgen perfiles de jóvenes activistas de los que un gran número son originarios de la península arábiga, han realizado estudios superiores y pertenecen a ambientes acomodados y abandonan una vida fácil por la dureza de la yihad. Se hacen eco de esos kamikazes del 11 de septiembre, muchos de los cuales son estudiantes procedentes de la península.

A mediados de septiembre del año 2001, mientras preparaba la ofensiva contra Afganistán. Estados Unidos regresaba, veinte años después, al punto de partida. La yijad activada por ellos contra los soviéticos, se volvía ahora contra los símbolos del poder y el prestigio norteamericanos. Concluye Kepel:

El 11 de septiembre de 2001, la yijad llegada de Afganistán, se volvió a cerrar como una trampa en el corazón de Estados Unidos. Después de haber vencido al Ejército Rojo y radicalizado con resultados variables, la lucha política en muchos estados musulmanes se ha convertido hoy en día en una temible maquinaria terrorista capaz de hacer que el mundo se tambalee.

Dice un diplomático inglés que la diferencia entre Estados Unidos y los imperios históricos del mundo (Roma, España, Inglaterra) es que el imperio americano tiene buena conciencia: quiere ser temido y quiere ser querido. Es el imperio menos consciente de sí mismo que ha producido la historia: un imperio provinciano. Ninguna nación ha tenido tanto poder planetario, tanta influencia civilizatoria. tanto poder militar incuestionado, como Estados Unidos después de su triunfo en la Guerra Fría, al final y al principio del siglo XX. Los imperios son fuentes de civilización y fuentes de discordia. Tienen aliados y tienen enemigos. Producen devoción y engendran odios. El odio engendrado en el mundo islámico responde a una lógica política y militar, más que una fatalidad religiosa y étnica. Es el resultado de una historia, no de una teología. La cuenta del imperio norteamericano en el mundo árabe es resultado de la política de Washington hacia esa parte del mundo. Puede irse desacumulando con el mismo instrumento: una política hacia el mundo árabe que corrija los errores de la anterior.

Fuentes:

Susan Sontag: “Ataques terroristas”. Nexos 286, octubre 2001. La declaración de Mailer en La Jornada. 17 de septiembre, 2001.

Gore Vidal: “Martes negro”. La Jornada, 19 de septiembre, 2001. Carlos Fuentes: “Nueva realidad, nueva legalidad”. Reforma. martes 18 de septiembre, 2001.

Mario Vargas Llosa: “La lucha final”. El País, 16 de septiembre, 2001.

Jean Daniel: “El Islam contra el Islam”. Nexos 286, octubre 2001.

José Saramago: “El factor Dios’ “. El País, martes 18 de septiembre. 2001.

Gilíes Kepel: “La trampa de la yijad afgana”. El País, 18 de septiembre, 2001.

Alain Touraine: “La hegemonía de EU” y la guerra islamista’. Faisal Bodi: “Symbols of Opression”. Guardian Unlimited, 12 de septiembre, 2001.

Robert Fisk: “The Wickedness and Awesome Cruely ed of a Crushed and Humiliated People”. The lndependent, 12 de septiembre, 2001

Vijay Prashad: “War Against the Planet”. Counterpunch, 15 de septiembre, 2001

Gilíes Kepel: “La trampa de la yijad afgana”. El País. 18 de septiembre. 2001.

Norman Mailer: “El enemigo sin Estado”. Cambio. 16 de septiembre, 2001. n

Contribución a un diálogo de sordos

DEBATE EN NEXOS

CONTRIBUCIÓN A UN DIÁLOGO DE SORDOS

POR ROBERTO BLANCARTE

En Nexos 282 (junio de 2001) publicamos el ensayo de Roberto Blancarte “Iglesia y Estado: Las dos espadas” que al mes siguiente provocó una respuesta de Rodrigo Guerra López. En septiembre Jean Meyer se sumó al debate sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado y tomó distancia de varios de los argumentos de Roberto Blancarte. Ofrecemos la respuesta de éste último. Asimismo, presentamos la opinión de Claudio López Guerra sobre el voto de los migrantes mexicanos en el extranjero, un eco del artículo de José Woldenberg (“Doce cambios deseables”) publicado en nuestra edición de julio de 2001.

Querido Jean Meyer:

Dada la falta de espacio, como en mi divorcio, nada más me voy a defender.

¡A mí que me esculquen

Quizá nunca te lo comenté, pero hace algunos meses, cuando reseñé tu más reciente libro para el suplemento Hoja por hoja, me sucedió lo mismo que con el artículo que tú criticas: los editores simple y sencillamente cambiaron el título y le pusieron el que se les antojó o pareció más llamativo. En el caso del suplemento, a pesar de que yo traté de reseñar claramente tu posición respecto a don Samuel Ruiz, en la que deslindabas de manera nítida su participación en la guerrilla del EZLN, el editor lo tituló: “El comandante Sam”. Imagino tu decepción y desazón con ese desinformativo título, pero supongo que sabrás que no fue obra de quien hizo la reseña, ya que el contenido no daba elementos para ello. Lo mismo sucedió con mi artículo para Nexos: ¿cuáles dos espadas?, pensé igual que tú, cuando abrí la revista y vi el cambio de título. De hecho, me parece que, en la medida que a lo largo del artículo en ningún momento yo mencioné las famosas “dos espadas”, tú intuiste que algo así pudo haber pasado; de otra manera no se entiende tu crítica a mí y a “los editores de Nexos”. En todo caso, me deslindo, pinto mi raya y hago mía tu crítica.

De leyendas negras y blancas, en la ausencia de grises

Otra cosa son tus apreciaciones restantes. Yo en ningún momento digo o sugiero que la Iglesia católica es la fuente de las desgracias de México. Si lees con atención lo que escribí, entenderás que mi intención no es volver al debate maniqueo y, espero superado, de si la Iglesia católica fue buena o mala. Ya sabemos que fue las dos cosas. No, mi estimado Jean, lo que yo dije fue que “la principal crítica que se le puede hacer a la Carta Pastoral es la ausencia de un espíritu de autocrítica de la jerarquía católica, sobre todo respecto al papel y responsabilidad de la Iglesia en los sucesos históricos y en la situación actual del país”. Eso no es lo mismo, estarás de acuerdo conmigo, que afirmar que la Iglesia católica es la fuente de las desgracias de México. Y es muy distinto, porque la Carta Pastoral es un documento que pretende ofrecer una nueva visión del papel del cristianismo en la historia del país y presenta en consecuencia su propia interpretación de la historia, de la cultura y de la identidad nacional. Mi crítica es que, al hacerlo, cae en el mismo error que pretende combatir, es decir en el de una visión histórica que niega al otro. Es todo.

En cuanto a si debo poner en duda mis modelos, déjame decirte que eso es lo que hago de manera permanente y te consta. Si acepté organizar la XXVI Conferencia Internacional de la Sociedad Internacional de Sociología de las Religiones, este año en Ixtapan de la Sal (en la que tú me hiciste el honor de participar), fue únicamente para poder impulsar la revisión de muchos paradigmas establecidos de la sociología de la religión. En mi último artículo publicado en International Sociology (4° trimestre de 2000) precisamente lo que hago es pedir una revisión del propio paradigma de la modernidad. No tienes por qué saberlo, ya que no eres sociólogo, pero si hay un modelo que en las dos últimas décadas fue analizado, criticado, cuestionado y reubicado es el de la secularización. La literatura al respecto es extensa.

No es lo mismo la madre de Charles Boy que…

Tienes mucha razón y comparto la visión del sociólogo norteamericano que citas, respecto a la evolución y variedad del cristianismo, pero yo no estoy hablando del cristianismo; estoy haciendo referencia al episcopado católico (que no es lo mismo, como ya lo señaló en su tiempo Ernest Renán) y, en el caso mexicano, a su visión anclada en el pasado.

Dices que conoces a unos pocos obispos, a unos diez y que me asombraría conocer su “modernidad”. Déjame decirte que no conozco a diez; los conozco a casi todos y creo que bastante bien. Cuando fui coordinador de asesores en la otrora Subsecretaría de Asuntos Religiosos visité casi todas las regiones pastorales y en muchos casos a las diócesis una por una. Conversamos con prácticamente todos los obispos del país. Antes de eso ya había tratado a muchos de ellos y a muchos otros miembros de la Curia romana, cuando estuve trabajando en la embajada de México ante la Santa Sede. Y previamente me pasé estudiándolos más de seis años, entre otros, en el seminario del maestro Emile Poulat sobre sociología histórica del catolicismo, mientras hacía mi tesis de doctorado sobre la posición de los obispos ante las cuestiones sociales y políticas de México. Tengo, por lo tanto, alrededor de veinte años analizando sus documentos y viendo de cerca sus acciones y francamente no me perecen muy modernas. ¿O a ti te parece que sus posiciones sobre el aborto, sus pretensiones sobre la educación pública o sobre la mujer son muy modernas? Permíteme decirte que el episcopado católico rechaza de tal manera la modernidad que se ha encontrado muy cómodo con el concepto de “posmodernidad”. Pero te voy a dar un ejemplo más concreto de qué tan “moderno” es nuestro episcopado: en una reunión relativamente reciente entre funcionarios y obispos, uno de ellos, no el más conservador y sí con cierta representatividad, ¡¡¡propuso que el gobierno le regresara a la Iglesia los bienes que le fueron confiscados en el siglo XIX!!! Si eso no es estar anclado en el pasado, entonces no sé qué es. Y no digo más sobre el asunto porque hay una ética que me impide revelar cuestiones relativamente confidenciales.

Así que hablemos del siglo XIX y quién es decimonónico. De entrada te digo que los primeros en utilizar el término, de manera peyorativa, fueron algunos obispos, para acusar a los defensores del liberalismo de anticuados. Lo que yo hice fue demostrarles lo paradójico de esa acusación, proveniente de una institución que basa su pensamiento social en una visión integral-intransigente que viene de ese siglo (la Rerum novarumn es de 1891) y que en muchos sentidos no ha superado. En el fondo, tú, ellos y yo lo sabemos, es un debate absurdo. ,;De qué me van a acusar por leer a los clásicos griegos?

Yo ya casi ni sueño

No sé de dónde lo sacas, pero no sueño con una religión reducida al fuero interno o individual. El ABC de la sociología de la religión te dice que todas las religiones tienen un proyecto social, incluso aquellas que pretenden escapar de este mundo. Eso es lo que yo enseño a mis alumnos y lo que he publicado en múltiples ocasiones. Tampoco me molesta en lo más mínimo, ni el episcopado (ya aclaré en mi respuesta a Rodrigo Guerra que me considero amigo de muchos de ellos), ni lo que tú llamas “ambigüedad básica” de todas las iglesias. Por el contrario, frente a las interpretaciones politológicas, que ven a las instituciones religiosas únicamente como grupos de poder, siempre he buscado mostrar la especificidad de las mismas. Es el chiste de la sociología de la religión. Así que no olvido que las Iglesias, a la vez que influyen a la sociedad, son influidas por ésta. A lo mejor al que se le olvidó fue a ti, porque esa era una de las tesis principales de mi libro Historia de la Iglesia católica en México, que tú me ayudaste a publicar y me hiciste el honor de presentar.

Dicho lo anterior, te aclaro que, como tú lo dijiste, no tomo a mal tu interpelación, aunque lamento tantos malentendidos. Pero, sobre todo, lamento que no hayas tenido el tiempo de analizar el sentido de mi crítica y los puntos que realmente son interesantes en este debate. En otras palabras, poco importa si a mí me caen bien o no los obispos. Lo importante es analizar la propuesta de Nación del episcopado mexicano (porque sí hay una cosa que se llama Conferencia del Episcopado Mexicano y hay una Carta Pastoral votada prácticamente por unanimidad), en la medida que éste no sólo en efecto ya no quiere estar reducido a la sacristía, sino que además pretende influir en las políticas públicas del país.

Me hubiera gustado por lo tanto conocer tu opinión como historiador sobre el tema de la modernidad barroca vs, modernidad ilustrada, o sobre la famosa subjetividad cultural de la Nación o sobre la estructura identitaria que propone el episcopado en su Carta. Creo que tu experiencia como investigador te permitiría encontrar, mejor que yo lo hice, la clave interpretativa de la propuesta de los obispos. Quizás estás de acuerdo con ellos en que “desde 1531 vivimos un fenómeno de mestizaje y de reconciliación nacional” y otras frases por el estilo que nos convierten a todos en guadalupanos de nacimiento. Pero, francamente, lo dudo, conociendo tu espíritu crítico. Así que, en lugar de seguir con equívocos y malentendidos, te propongo que leas y analices con detenimiento la Carta Pastoral del episcopado y luego leas y analices con cuidado mis propias críticas. Estoy seguro que ese trabajo (eso sí, ineludible), aunado a tu inteligencia, de la que yo mismo me enorgullezco, nos permitirá iniciar una verdadera reflexión y un serio así como crucial debate en la materia.   n

La alianza perdida

LA ALIANZA PERDIDA

El primer informe de gobierno del presidente Fox hizo evidente que no ha avanzado gran cosa en la negociación de sus reformas fundamentales con el Congreso. Eso pone en cuestión la hora en que empezará su gobierno: el gobierno que él quiere hacer, no el que le imponen las circunstancias.

Se acentúa nuestra impresión de que el presidente Fox ha perdido meses claves para la construcción de ese gobierno. Los perdió no concentrando sus energías y sus iniciativas claves de reforma —la fiscal, la eléctrica, la reforma del Estado— en la negociación con el Congreso, con su propio partido y con la otra fuerza donde podía encontrar apoyo: el PRI.

El presidente se fue a usar su popularidad en los medios para presionar al Congreso. Se fue después al tour mediático de la ley indígena, que lo puso en relaciones tirantes con su propio partido y con el Congreso.

Quiso entonces volver a donde había empezado, a la negociación con el Congreso y los partidos, lo cual le había permitido obtener por unanimidad la aprobación del presupuesto federal en diciembre del año pasado.

Le urgía la aprobación de la reforma fiscal, pero cuando regresó al círculo de negociación de donde nunca debió haberse salido, su iniciativa de reforma estaba ya derrotada y no tenía donde apoyarse para revivirla.

Entretanto, no había presentado su propia iniciativa de reforma eléctrica ni su propuesta de reforma del Estado. Llegó al Primer Informe con las manos vacías de futuro. Y se notó.

Se tiene la impresión de que el gobierno está otra vez a principio del camino. Ha caminado en círculos.

En nuestra opinión hay una pieza política faltante que el gobierno parece desconocer ya que no se aplica con rigor a reponerla.

Esa pieza es la alianza que permitió gobernar este país desde que el régimen de partido hegemónico (el PRI) hizo crisis y perdió la mayoría calificada en el Congreso. Es decir, desde las elecciones de 1988.

La alianza no es otra que la del PRI y el PAN. Cualquiera puede probar su consistencia revisando las votaciones en el Congreso a partir de 1988. Ninguna legislación de alguna importancia, ninguna reforma constitucional emprendida desde entonces ha sido posible sin esa alianza. (Véase el transparente análisis de María Amparo Casar en la materia: Legislatura sin mayoría: Cómo ra el score. Nexos 265, enero de 2000.)

Aquella alianza fue posible, entre otras cosas, por una razón: los presidentes priistas tenían control de su partido. A partir de él podían negociar con el PAN. darle garantías y respetar sus ganancias, a cambio de apoyo legislativo del PAN a los proyectos del gobierno.

Era indispensable tener control del PRI. porque todo lo que el PAN ganaba. lo ganaba a costillas del PRI. Polvo de aquellos lodos es la malquerencia de los priistas con sus expresidentes. La decisión del PRD de no negociar ni hacia adelante ni hacia atrás lo mantuvo todos esos años al margen de la alianza gobernante, como un invitado incómodo pero marginal.

La situación sigue más o menos igual. El PRD no negocia para construir gobernabilidad. Autoexcluido el PRD. la única otra fuerza con que el gobierno panista puede hacer una alianza de gobierno es el PRI.

El presidente Fox no controla lo suficiente a su partido para dar garantías v respetar las ganancias del PRI. Tampoco parece estar muy convencido de que ha de gobernar con ese aliado. Consecuencia: no ha constando la alianza que le permita avanzar en su proyecto de gobierno y darle un horizonte claro de gobernabilidad al país.

La aparición de la cruzada americana contra el terrorismo internacional, las presiones y oportunidades que esa situación ofrece para México, puede ser ocasión de un cierto acuerdo de unidad nacional, que le permita al país sortear con menos turbulencia y mayor fortaleza las dificultades que se avecinan.

La Segunda Guerra mundial fue paradójicamente ocasión de certidumbre, desarrollo y fortaleza política interna para México. La cruzada de nuestro socio v vecino contra el terrorismo internacional puede ofrecer una oportunidad semejante.

Sólo la unidad política interna permitirá a México negociar con su vecino del norte, justamente agraviado, una estrategia de solidaridad internacional sin regateos v soberanía nacional sin concesiones. n

El consumidor oculto

EL CONSUMIDOR OCULTO

La más peligrosa baja de los atentados del 11 de septiembre pudo haber sido la confianza del consumidor americano. Sobre la incertidumbre y la recesión de las mayores economías del mundo, escribíamos aquí mismo:

Un ánimo crepuscular en las masas anónimas de compradores puede inducirlos a no consumir previendo malos tiempos futuros. Sería una conducta racional, dados los malos augurios que pueblan el horizonte, pero provocaría los malos tiempos que se quieren evitar. Por el contrario. un ánimo locuaz, imprevisor y consumista podría contener la amenaza recesiva. Sería una conducta irracional cuyos frutos racionales serían estabilidad y crecimiento. (“Freud y la ciencia económica”. Nexos, agosto 2001).

Los atentados del 11 de septiembre sacaron literalmente a los consumidores del mercado, de los espacios públicos, de sus compras habituales. Los sumieron justamente en el estado mental de confusión e incertidumbre que necesitaban para cerrarse sobre sí mismos y ser cautos, estar deprimidos, tener miedo, no gastar.

El consumo directo representa dos tercios del producto interno bruto de Estados Unidos. Un consumidor deprimido, sin confianza en su bolsillo, es decir, en su futuro, equivale a un bombardeo masivo de la economía que es el motor del crecimiento mundial.

“La incertidumbre hace que la gente busque información y suspenda su juicio”, explicó a The New York Tímese 1 director de estudios del consumo en la Universidad de Michigan, Richard T. Curtin. “Eso afectará al principio la conducta de los compradores. La gente va a tener miedo de los lugares públicos por un tiempo, dejará de ir a los centros comerciales y a las agencias de venta de coches, lo cual provocará un declive en el gasto de consumo”.

Las compañías aseguradoras calculan las pérdidas materiales del atentado en 30 o 40 mil millones de dólares. La pérdida de la confianza del consumidor podría significar para la economía mundial una recesión de costos infinitamente mayores, por el simple hecho de que su motor clave, el consumidor americano, deje de gastar.

Tendría que estar loco ese personaje anónimo y multitudinario para, luego de lo sucedido, no suspender el optimismo básico frente al futuro que implica gastar. El economista en jefe de J. P. Morgan Chase. James Glassman. Anticipo “Vamos a estar sacudidos y en duelo por algunas semanas y eso quiere decir mercados volátiles y menos consumo”.

La Universidad de Michigan mide el índice de confianza del consumidor.

Después de la invasión de Iraq a Kuwait, en el verano de 1990, el índice cayó 13 puntos, hasta 76.4 y siguió cayendo mientras Estados Unidos se preparaba para entrar a la guerra. Después de la guerra del Pérsico, la economía y el índice empezaron a subir, y se mantuvieron arriba toda la década de los noventas.

Después del bombardeo a un edificio de oficinas federales en Oklahoma, en la primavera de 1995, el índice cayó 3 puntos en un mes, hasta 89.8, y se recuperó el mes siguiente.

El mes pasado, antes de los atentados de Nueva York y Washington, el índice había caído a 83.6, el lugar más bajo desde 1993.

Los ejércitos económicos de Norteamérica, empezando por la Reserva Federal, se aprestan a librar su propia guerra contra su mayor enemigo interno: la depresión del consumidor, la pérdida de confianza en su bolsillo.

Según algunos, nada devolverá la confianza a los consumidores tan decisivamente como una acción de represalia contundente por los atentados. Según otros, la propia Reserva y el gobierno tienen que dar señales claras de estímulo al gasto y confianza en la economía para jalar tras ellos al consumidor titubeante.

La Reserva ha bajado sistemáticamente las tasas de interés para estimular el consumo y el Congreso ha aprobado 40,000 millones de dólares de gasto al presidente Bush, la mitad para las víctimas del atentado y la otra mitad para gastos militares de emergencia.

Por el largo plazo, como siempre, no hay problema. Los historiadores y los economistas recuerdan que después del ataque a Pearl Harbor hubo una caída inicial del mercado de valores pero después, al movilizarse políticamente el país hacia la guerra, se configuró un acuerdo nacional de inversión y gasto que disparó la economía.

La guerra del Golfo Pérsico ayudó a romper la recesión de 1990-91 y abrió la década de mayor crecimiento sostenido de la historia americana.

Algo semejante esperan los observadores, transcurrido el estupor y el luto, de la moral de guerra estadunidense por el martes negro: activismo, decisión, acuerdo público. La tragedia “pondrá a Estados Unidos y al mundo civilizado en actitud desafiante”, dice Glassman, “y de eso saldrán buenas cosas”.

Por lo pronto, los mexicanos podemos anticipar que el último trimestre del año no será el de la recuperación esperada sino, probablemente, el de la evaporación del pequeño crecimiento previsto para nuestra economía.

Fuentes: The New York Times: “A Tragedy Adds More Confusion to the Outlook for U. S. Economy”, por Louis Uchitelle, 12 septiembre, 2001; “A Gradual Slowdown Suddenly Becomes a Wrenching Halt”, por David Leonhardt y Louis Uchitelle, 16 de septiembre, 2001. n

V Fantasía y la fuga de la seguridad

V. FANTASÍA Y LA FUGA DE LA SEGURIDAD

Detener el cambio político no es el remedio… Nunca podremos regresar a la supuesta inocencia y belleza de la sociedad cerrada. Nuestro sueño del cielo no puede realizarse en la tierra. En cuanto empezamos a depender de nuestra razón y a usar nuestros poderes críticos, en cuanto sentimos el llamado de las responsabilidades personales y, con ellas, la responsabilidad de ayudar al avance del conocimiento, no podemos volver al estado de sometimiento implícito de la magia tribal. Para los que han comido del árbol del conocimiento, el paraíso está perdido.

Karl Popper

Ese día falló el sofisticado sistema de seguridad estadunidense. También saltó por los aires la idea que lo sustentaba. El sistema y la idea no pudieron proteger la vida de los miles de ciudadanos que ese martes por la mañana hacían sus vidas de siempre.

Ningún general pudo haber dado la orden de abatir un jet lleno de civiles debido a que la intención de quienes los secuestraron no se conoció sino cuando ya era muy tarde.

¿Cómo puede defender un país a sus ciudadanos de asesinos inadvertidos, anónimos, sin rostro, sin domicilio ni actividad fija, que carecen de objetivos manifiestos pero que están dispuestos a morir y matar en aviones comerciales transformados en bombas mortales?

El director de la CIA, George Tenet, y Robert Mueller, flamante director del FBI —que asumió el cargo una semana antes del atentado— deberán informar a los estadunidenses, algún día, por qué falló el sistema de seguridad antiterrorista, que le cuesta al país entre 10 y 12,000 millones de dólares (30,000 millones al año dedica Estados Unidos a todo sus sistema de inteligencia nacional) y qué harán para garantizar que no vuelva a fallar.

En 1995 el presidente Clinton firmó una orden secreta autorizando a la CIA a realizar operaciones encubiertas contra Osama Bin Laden. Desde entonces, se han analizado todas sus palabras y sus movimientos han sido rastreados con la esperanza, vana hasta el fatídico martes once, de capturarlo. Tampoco funcionó la recompensa de 5 millones de dólares para la persona que lo entregue, vivo o muerto, oferta que se difundió en millones de cajas de cerillos en las que aparecía la foto de Osama.

La CIA no es del todo incompetente. En 1995 por ejemplo, detuvo una conspiración que pretendía hacer estallar una docena de aviones comerciales en Asia. Cinco terroristas de origen islámico fueron capturados. También impidieron la realización de un plan, atribuido a Bin Laden y su gente, de atentar con bombas contra los festejos del milenio en la ciudad de Nueva York. Lo cierto, dice The Economist, es que los espías del mundo libre cargan con una desventaja fundamental. Están obligados a impedir todas las conspiraciones terroristas. A los terroristas en cambio, les basta con dar un solo golpe para diseminar el miedo en millones de corazones.

Desde mayo pasado, el vicepresidente de Estados Unidos. Dick Cheney. encabeza una comisión para reformar completamente el sistema de seguridad del país, que cuenta con más de cincuenta instituciones, entre federales, estatales y locales, encargadas de prevenir ataques terroristas. Su propósito es centralizar estas operaciones, hacer acopio de más y mejor información, conseguir más financiamiento, y otorgarle a la CIA un papel más relevante.

Un sistema integral de seguridad no depende únicamente de los servicios de inteligencia. Por ejemplo, es preciso estar preparados para el súbito estallido de enfermedades contagiosas, para tratar a miles de víctimas de ataques con armas químicas o biológicas, para hacer transfusiones masivas de sangre, para desalojar ciudades con rapidez o instalar poderosos equipos de comunicación alternativa. En 1998 Bill Clinton ordenó realizar planes de contingencia contra posibles asaltos en ciento veinte grandes ciudades americanas. Fue Nueva York la que más minuciosamente se preparó para estos eventuales desastres. La horrible ironía es que la oficina de emergencia desde donde se dirigirían estos planes estaba en las Torres Gemelas.

Tanto los aparatos de inteligencia, como los civiles, esperaban ataques terroristas con armas químicas o biológicas. Jamás se consideró la posibilidad de que los agresores utilizarían objetos cotidianos como armas letales. Todo lo adelantado en materia de seguridad antiterrorista deberá modificarse a la luz de lo ocurrido.

El dedo de los estadunidenses apunta, irremediablemente, hacia las instituciones encargadas de la seguridad nacional cuya misión central es defender la vida, ya no se diga la libertad o la democracia, de los ciudadanos. El secretario de Estado, Colin Powell. dijo a CNN:

Estamos investigando todo: cómo hace su trabajo la CIA. cómo hacen su trabajo el FBI y el Departamento de Justicia, si hay leyes que deban ser cambiadas, y si hay nuevas leyes que deban ser aprobadas para mejorar nuestra capacidad para tratar con este tipo de amenazas. [. . ].1 Todo está bajo revisión.

UN SISTEMA CON OSCURAS FANTASÍAS

Permiso para matar

Uno de los asuntos que se revisan es la orden que expidió el presidente Gerald Ford en 1976 y que prohibe a funcionarios gubernamentales involucrarse directamente o conspirar en asesinatos políticos. El mandato resultó de una serie de comparecencias públicas que demostraron la participación de personas que trabajaban para el gobierno de Estados Unidos, en este tipo de asesinatos. Para muchos expertos en inteligencia y contraterrorismo, esta prohibición es insensata en tiempos de terrorismo. Dice Graham:

Si tratar con terroristas significa que debernos contar con autorización para asesinar gente antes de que ellos nos asesinen a nosotros, entonces sí debemos liberar esa restricción.

El Presidente Bush puede modificar esta orden en cualquier momento, sin la intervención del poder legislativo.

Permiso para contratar al submundo

Otra falla que se atribuye a la CIA es no haber advertido de los atentados. Según sus críticos, la Agencia se confió en la información proporcionada por sus embajadas y círculos diplomáticos. y no en la de sus agentes locales encubiertos. Esto se debe en parte, a que en 1995 se impuso una normatividad que impide reclutar agentes sin antes revisar sus antecedentes para asegurarse de que jamás atentó contra los derechos humanos de terceros. Una vez hecho este trámite, la institución otorga el permiso correspondiente a los “case-officers”, los agentes que operan en terreno, para que procedan a reclutar al nuevo agente. Esta regla fue impuesta después de conocerse que la CIA había reclutado a guatemaltecos vinculados a torturas y asesinatos. El presidente Bush criticó esta restricción pocos días después del atentado: “Debemos liberar el sistema de inteligencia de algunas de sus restricciones”. dijo. El espionaje, agregó, “es un negocio sucio, y uno debe tratar con un montón de gente infame”.

Cheney secundó al presidente en el programa Meet the Press. Dijo:

Si se va a trabajar únicamente con tipos certificadamente buenos y oficialmente aprobados, no será posible descubrir qué están haciendo los tipos malos. [...] El negocio allá afuera es ruin, horrible, peligroso y sucio, y esa es la arena donde debemos operar.

Permiso para quitar libertades

Horas después de la catástrofe, encarnó en la población la idea de que los terroristas cometieron el atentado gracias a que Estados Unidos era una nación libre y abierta al mundo. El argumento conducía a la urgencia de restringir ciertas libertades individuales en aras de una mayor seguridad.

Quienes abogan por estas restricciones son los que criticaron al FBI. la CIA y a la National Security Agency —los tres pilares institucionales del antiterrorismo— por no haber infiltrado a la comunidad islámica dentro de Estados Unidos con suficientes informantes. No lo hicieron por temor a violar las libertades individuales de esos ciudadanos. La NSA por ejemplo, editorializa The New York. Times.

se encuentra impedida por ley y por un decreto presidencial para monitorear las comunicaciones dentro de Estados Unidos. Para poder hacerlo necesita una autorización que sólo puede entregar una Corte Federal especial, ante la cual debe probar que el sospechoso es agente de un poder extranjero, y que está involucrado en actividades terroristas, de espionaje o sabotaje.

El director del Departamento de Justicia tiene preparada una propuesta de ley que permitiría a las agencias de seguridad intervenir líneas telefónicas de sospechosos sin autorización previa del poder judicial. El Secretario de Transportes dijo que los viajeros deberán prepararse para un incremento exponencial de la seguridad en terminales terrestres, aéreas y marítimas, y que habrá retrasos de todo tipo debido a revisiones muy cuidadosas. Un ex Director del FBI deliraba invocado cando a Burke y su concepto de “orderly liberty”. Los medios de comunicación desataron debates en torno a las libertades, los excesos, las censuras y autocensuras del periodismo en tiempos de guerra.

Virginia Sloan directora ejecutiva de una empresa de abogados en Washington, se percató de que los terroristas habían cumplido su objetivo cuando dos días después del atentado entregó su coche al valet parking frente al restaurante donde iba a cenar: “Revisaron la cajuela, el motor y el interior de mi choche. ¿Como americanos podemos tolerar esta situación? No lo creo”.

Un día después de los ataques, el Senado de Estados Unidos aprobó un mandato para ampliar las circunstancias bajo las cuales las procuradurías de justicia pueden intervenir a empresas que proveen servicios de internet para tomar información de todos los usuarios de correo electrónico. También hay planes para instalar un carnet nacional de identidad con fotografía y huellas digitales que pueda ser leído por scanners instalados en cualquier parte de las ciudades. Cualquiera podría ser detenido por la policía para demostrar que no puede seguir caminando tranquilamente por la calle, dice una activista de derechos civiles. “Los pobres y las personas de color serán los más afectados por esta medida”.

Después del atentado en Oklahoma se autorizó la creación de una nueva corte judicial que le permite al Servicio de Inmigración y Naturalización del Estado deportar a sospechosos de terrorismo sin informarle al acusado de las pruebas que hay en su contra. Según la revista Time se estaría considerando la posibilidad de establecer tribunales militares. Los sospechosos de terrorismo podrían ser juzgados sin las restricciones legales, propias de la justicia en ese país.

El diario El País reportó la existencia de iniciativas para restringir o condicionar las transacciones bancarias a partir de un proyecto de ley denominado “Conozca a su cliente”. En caso de aprobarse, este proyecto “obligaría a los bancos a confeccionar un perfil de cada uno de sus clientes (basándose en la nacionalidad, procedencia y regularidad de los ingresos, gastos y demás) y a controlar todas las transacciones”. Finalmente, hay temores fundados por parte de quienes promueven las libertades ciudadanas, de que los tribunales someterán sus criterios y sus sentencias a las consignas del poder ejecutivo y militar, como ha ocurrido siempre en momentos críticos para Estados Unidos.

En los meses que siguen, es muy posible que se aprueben leyes y se emitan decretos que disminuyan las restricciones de las dependencias dedicadas a la procuración de justicia. y a limitar ciertas libertades ciudadanas. Todo bajo el supuesto de que estas medidas permitirán corregir las fallas del sistema nacional de seguridad.

LOS LIBERTARIOS CONTRAATACAN

Varios periódicos, intelectuales y ONG’s de corte liberal y conservador advirtieron a la Casa Blanca de los peligros que significa disminuir las restricciones que limitan la penetración gubernamental en el ámbito de la vida privada de los ciudadanos. “No habrá un buen servicio a la nación si en Washington se descartan estas restricciones, cuidadosamente colocadas para proteger el carácter y los principios de la democracia americana”, concluye el New York Times.

Jeffrey Rosen, uno de los editores de The New Republic admite que “si la pérdida de alguna de nuestras libertades nos volviera más seguros, entonces estos argumentos exigirían una consideración muy seria”. Pero no cree en ese predicamento porque “la triste experiencia en Europa y en Estados Unidos sugiere que este no es el caso: al galvanizar los actos terroristas, se incrementa de manera avasalladora la vigilancia doméstica, modificando el carácter de la vida cívica, sin impedir futuros ataques terroristas”. Rosen aboga por enfocar las energías del país en acciones contra los culpables, en vez de transformar la vida de los inocentes: “el apoyo popular al incremento de la vigilancia doméstica hará que los inocentes paguen por los crímenes de los culpables”. Rosen concluye:

Nuestras libertades constitucionales enfrentan la prueba más seria en varias generaciones. No nos podemos defender de bombas suicidas rindiendo nuestras libertades. Hacerlo significaría asegurar la victoria del fanatismo.

David Cole, un abogado de la universidad de Georgetown afirma: “no hay evidencia alguna de que las restricciones que tienen el FBI, la CIA u otras instituciones federales ayudaron a los secuestradores a evadir su detección”. Wayne LaPierre. jefe ejecutivo de la influyente, poderosísima, y muy conservadora Asociación Nacional del Rifle dijo no creer “que se pueda hacer más fuerte al país haciendo a la gente menos libre”.

Hay algo, estructural tal vez, que no está funcionando en Estados Unidos. Ese algo tiene que ver con algunas ideas que sostienen su sistema de seguridad interior. Hay fugas en su sistema de principios y valores democráticos. Es fantasía pura pretender corregir los errores del sistema de seguridad, si no se atienden las ideas que inspiran su concepción de la misma.

UN SISTEMA CON FUGAS EVITABLES

Satélites espías contra Comala

Otra explicación posible de las fallas del sistema de seguridad norteamericano es que tanto la Casa Blanca como el Congreso subestimaron la necesidad de contar con informantes confiables en el extranjero y privilegiaron su confianza en sistemas técnicos de acopio de información que son extremadamente caros, como los satélites espías. Un editorial del New York Times señala:

Estas tecnologías, que pueden interceptar millones de llamadas telefónicas intercontinentales y que pueden mostrar las placas de un automóvil desde más de 200 millas en el espacio, han ayudado al país, sin duda. Pero no pueden informarle al Presidente qué le dijo Osama Bin Laden ayer a sus camaradas en una destartalada casa de barro instalada en las montañas de Afganistán.

El fracaso de la imaginación

Todo sistema de seguridad se construye sobre dos preguntas: ¿qué es lo que se quiere asegurar? y ¿cuáles son las amenazas, reales y potenciales, de lo que se quiere proteger?

Estados Unidos sabe, desde hace años, que una de sus principales amenazas es el terrorismo, cuyo propósito ha sido atacar con una alta carga simbólica y con gran cantidad de muertos. Los planes de seguridad estadunidenses fueron víctimas de la imaginación de sus planificadores que supusieron ataques terroristas en su contra de un modo simétrico a la defensa que ya tenían o planeaban tener. Prueba de ello es la ingenua defensa del sistema de seguridad estadunidense que hizo Douglas Faith, un alto funcionario del Pentágono. Según Faith es injusto criticar la defensa con misiles porque no fueron diseñados para prevenir los avionazos contra las Torres Gemelas.

De acuerdo con William Pfaff la comunidad de instituciones militares, civiles y políticas de seguridad, levantó complejos sistemas de defensa en base a supuestos escenarios de ataque que no corresponden a la realidad. Esto fue así porque quienes planearon la defensa, lo hicieron desde el estigma cultural estadunidense: el ethos ingenieril (engineering ethos) de esa sociedad, y las orejeras mentales del Pentágono, incapaz de mirar más allá, o acá, de la tecnología de punta.

Se concentraron en crear mecanismos de defensa para repeler ataques con armas de destrucción masiva. La discusión se centró casi exclusivamente en ataques con misiles, armas nucleares artesanales y en agentes químicos y biológicos

Nadie pensó que los utensilios de la vida cotidiana pueden ser también armas. En este caso, cuatro aviones comerciales. Mañana podrían ser los sistemas de tuberías ó el cableado eléctrico que recorre las ciudades.

Contra toda defensa

La conclusión es estremecedora: los ataques seguirán ocurriendo, irremediablemente, mientras sigan volando aviones comerciales y existan trenes, metros, sistemas de drenaje, gasoductos, presas y demás instalaciones útiles, indispensables para la sociedad moderna. La amenaza del terrorismo seguirá mientras la gente asista a su trabajo y los negocios y los mercados continúen funcionando.

Estados Unidos necesita defenderse de una manera más elaborada; hay mucho que corregir. Pero si el Pentágono, la CIA, el FBI, el NSA y el resto del aparato de seguridad nacional fue incapaz de prevenir el ataque aquel martes negro, serán igualmente incapaces de prevenir que se repita bajo alguna otra versión.

Hay medidas de seguridad comunes y corrientes que se deben adoptar o mejorar, pero la naturaleza del ataque perpetrado desde las funciones más ordinarias de la sociedad, significa que no existe ningún sistema de defensa definitivo. La historia del terrorismo en el siglo XIX y XX así lo demuestra.

La seguridad y el mercado

Otro ejemplo de la dramática falla conceptual a la que nos referimos es el que ofreció Paul Krugman, del New York Times. Los aeropuertos de Estados Unidos, dijo Krugman. dependen de personal de seguridad que recibe alrededor de 6 dólares la hora, menos de lo que le pagarían trabajando en un expendio de comida chatarra. “Estos guardianes de nuestras vidas sólo reciben unas cuantas horas de capacitación, y más del 90 por ciento de los que revisan nuestros maletas permanecen en ese trabajo menos de seis meses. En Europa, el personal que revisa el equipaje de mano de los pasajeros, recibe alrededor de 15 dólares la hora, más beneficios, aparte de una larga y permanente capacitación”.

¿Raíz de la diferencia? La seguridad en los aeropuertos europeos es financiada por el gobierno o el propio aeropuerto. En Estados Unidos, la seguridad de los aeropuertos corre por cuenta de las líneas aéreas: no es de sorprender que gasten lo menos posible en estos asuntos. Concluye Krugman:

No culpemos a las líneas aéreas. La culpa es nuestra por depender de compañías privadas para que hagan un trabajo que corresponde al dominio público. Y es que hay algunas cosas, que no involucran a los soldados, en las que el gobierno debe gastar dinero. Nada garantiza que el gobierno sea mejor guardián de los aeropuertos que las líneas aéreas. Lo que sí resulta claro, en todo caso, es que una de las principales misiones de un gobierno es salvaguardar la vida de sus gobernados. Es el gobierno el que cuenta con la experiencia y los instrumentos para realizar esta labor.

El ejemplo de Krugman evidencia que la filosofía política que domina a Estados Unidos induce distorsiones muy graves en materia de seguridad. La desconfianza diríase constitucional de los estadunidenses frente al gobierno, los ha llevado a confiar excesivamente en la empresa privada: su concepto de libertad raya con lo extremo, al grado de que ésta es identificada casi exclusivamente con el libre mercado.

Cuando Colin Powel dice “todo está bajo revisión” entendemos que todo significa el aparato de seguridad nacional. Lo que falta es someter al escrutinio público aquellos valores que han hecho grande a esa nación, pero que no garantizan su grandeza a perpetuidad, porque fueron esos valores los que construyeron el sistema de seguridad que colapso el martes 11 de septiembre.

HACIA UNA SEGURIDAD PARA LAS PERSONAS

Todo lo anterior por lo que toca a la seguridad nacional estadunidense. Los ataques del 11 de septiembre fueron también una llamada de atención sobre la seguridad del mundo. Los cimientos que sacudieron los atentados no son de cemento ni de metal. Lo que realmente se estremeció fueron los supuestos, las prácticas y las políticas sobre las que descansa el sistema internacional de seguridad: fronteras inviolables, soberanía nacional, defensa del Estado-Nación, y conceptos como la libertad, la democracia, la civilización. El ex presidente español Felipe González trazó un par de coordenadas al respecto:

El orden internacional post muro de Berlín, en términos de seguridad (…) no está definido – mucho menos articulado – porque ni siquiera están identificadas las verdaderas amenazas. [...] Imagino el 89 como el final del siglo XX. pero este salvaje atentado nos pone ante los desafíos del siglo XXI. En el periodo intermedio hay que reconocer que hemos sido poco conscientes de los cambios que se estaban produciendo y de sus implicaciones.

Tal vez llegó la hora de identificar la amenaza central contra la cual las naciones deberán levantar nuevos sistemas de seguridad. El “periodo intermedio” al que se refiere Felipe González dio a luz una misión que hasta ahora deambulaba por el mundo sin rumbo fijo: “defender la vida de los ciudadanos comunes y corrientes”. El ex canciller canadiense Lloyd Axworthy escribió:

La seguridad, que alguna vez fue medida por el tamaño del ejército de un país, se transforma ahora en la necesidad de proteger a las personas de los riesgos que significa vivir en una comunidad global, donde nadie es inmune. Las amenazas a esta seguridad provienen cada vez menos de las fuerzas armadas y cada vez más del crimen internacional, el tráfico de drogas, el extremismo político, los traficantes de armas, los caciques de la guerra, o los pequeños tiranos… Son peligros comunes ante los cuales ningún país ha construido sistemas de seguridad y defensa confiables. Estas personas utilizan herramientas modernas de organización, de recolección de información y saben cómo explotar la tecnología de información global. Están bien financiadas. a veces con más recursos que las fuerzas con las que se deben enfrentar. Son hábiles para el sabotaje y la infiltración. Y sus blancos son personas comunes y corrientes. Son el submundo, el lado oscuro de la globalización

Algunos de estos grupos, incluso dentro de Estados Unidos, como lo demostró el atentado en Oklahoma, se consideran en guerra con ese país. Son pocos, es cierto, y sus guaridas también. Pero, como apunta Martin Walcott. cuentan en su haber con una mortal combinación de audacia suicida, reclutamiento de jóvenes alienados, medios modernos de destrucción y la desatención de gobiernos incapaces de controlar a terroristas o que fingen ignorarlos por razones políticas. A ello se agrega la cobertura ofrecida por las diásporas que circulan de manera anónima v sin dejar rastros en Estados Unidos y Europa.

La existencia de ese tipo de terrorismo no es una novedad. Ha estado en la agenda internacional desde hace varios años, pero la actitud prevaleciente en los países ha sido administrar las amenazas con medidas de seguridad interior, como el control de pasos fronterizos, o con respuestas militares convencionales, mediante “bombardeos quirúrgicos”. El multilateralismo efectivo no ha sido hasta hoy prioridad de nadie.

GANANCIAS EN LA PESADILLA

En medio de la pesadilla es posible rescatar algunas consecuencias prometedoras. 1. No deja de ser un principio de solución futura el reconocimiento universal de que los sistemas de seguridad no funcionan, y que hay que reformarlos a fondo. 2. El impacto mediático produjo un rechazo masivo al terrorismo.

3. Puede atisbarse ya en el horizonte la creación de una coalición de naciones para combatir el terrorismo: una oportunidad para dar respuestas colectivas a problemas globales. La coalición tendrá la oportunidad real de construir un sistema planetario de inteligencia, coordinación policial, control de pasaportes, supervisión de viajes. Se podrían unir esfuerzos para interrumpir los circuitos financieros y de tráfico de armas de grupos terroristas y narcotraficantes, rastrearlos y perseguirlos a través de las fronteras nacionales, detenerlos y llevarlos a juicio ante cortes internacionales, y castigar con efectivas medidas multilaterales a los países que les dan cobijo.

LA MEJOR DEFENSA: LA POLÍTICA

La conclusión inmediata que casi todos sacaron de estos atentados, es que provienen del conflicto palestino-israelí. Es razonable pensar que así es, aunque falten las evidencias. Por más de treinta años, Estados Unidos se ha negado a hacer un esfuerzo genuinamente imparcial para encontrar una solución al conflicto. Opina Martin Walcott:

La mejor defensa de Estados Unidos contra el terrorismo es la existencia de gobiernos y sociedades más o menos satisfechas con una política imparcial de este país en temas que les son importantes. Esto es especialmente cierto para el mundo musulmán, no sólo por la política estadunidense en el conflicto árabe- israelí, sino también porque muchos musulmanes perciben el peso de Estados Unidos y de Occidente como una afrenta contra sí mismos. La rabia es un capital que personas como Bin Laden saben explotar. ¿Podría acaso un arreglo entre palestinos e israelíes acabar con el terrorismo musulmán? Tal vez no, pero no cabe duda de que sería un gran paso en esa dirección.

Añade William Pfaff:

La lección final y más profunda de los eventos vividos en septiembre es la más difícil de aceptar para el gobierno – para este gobierno en particular. Y es que la única defensa real contra los ataques externos es un esfuerzo serio, continuo y valiente, para encontrar soluciones políticas para los conflictos nacionales e ideológicos en los que está involucrado Estados Unidos.

LOS RIESGOS INHERENTES

Dicho todo esto, hay algo que agregar sobre los riesgos inherentes a la seguridad en toda sociedad democrática, que garantiza las libertades de sus ciudadanos, y abre sus puertas a nacionalidades, culturas, religiones de todo el mundo. No es posible cerrarla, cancelar sus fundamentos para perseguir una seguridad total, de cualquier manera inalcanzable. Entre los escombros de las Torres Gemelas, hay que esforzarse por escuchar las palabras de Karl Popper sobre los riesgos de una sociedad abierta:

Si empezamos suprimiendo la razón y la verdad, terminaremos en la más brutal y violenta destrucción de todo lo humano. No hay vuelta a un armonioso estado de naturaleza. Si volvemos atrás, debemos recorrer todo el camino: debemos regresar a las bestias… Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces sólo hay un camino, el camino de la sociedad abierta. Debemos ir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inseguro, usando la razón a nuestro alcance para planear lo mejor que podamos la seguridad y la libertad.

Fuentes:

Lloyd Axworthy: “Make sense, not war”. The Globe an Mail, 17 de septiembre, 2001.

Felipe González: “Globalización del terror”. El País, 15 de septiembre, 2001.

William Pfaff: “Attacks show that political courage is the only real defense”. Herald Tribune, 12 de septiembre, 2001. Martin Woollacott: “The best defence is justice”. Guardian Unlimited Special Report, 12 de septiembre. 2001 John Diamond and Neftali Bendavis: “U. S. intelligence unprepared for attack scenario”. Chicago Tribune, 12 de septiembre, 2001.

Peter Slevin: “For the FBI, a chance for redemption”. The Washington Post, 17 de septiembre, 2001. David Held: “Violencia y justicia en una era mundial”. El País, 19 de septiembre, 2001.

Erik González: “Grupos estadunidenses alzan la voz contra el poder excesivo que tendrán las guerras de espionaje”. El País, 19 de septiembre, 2001.

Jeffrey Rosen: “Terrorism and freedom. then and now. Law and order”. The New Republic, 13 de septiembre. 2001. Paul Krugman: “Paying the price”. The New York Times, 16 de septiembre, 2001.

J. F. O. McAllister: “Why the spooks screwed up”. Time. Walter Pincus and Dan Eggen: “New powers for surveillance”. The Washington Post. 17 de septiembre, 2001. Richard Lacayo: “Terrorizing ourselves”. Time, 16 de septiembre, 2001.

“Intelligence an terrorism”. The New York Times, 17 de septiembre, 2001.

“Global insecurity”. The Economist, 12 de septiembre. 2001. “Intelligence an Terrorism”. The New York Times. 17 de septiembre, 2001. n

IV Terror y civilización

IV. TERROR Y CIVILIZACIÓN

Una soga en la celda

El día de agosto de 1966 en que Sayyid Qotb apareció ahorcado en la celda de una de las cárceles del Egipto de Nasser, el mundo musulmán cambió para siempre. La soga en el cuello de Quotb era un extremo de la misma cuerda con que el Islam apretaría el equilibrio político del planeta. Quien decidió la muerte de Quotb en la sombra de la prisión, había desatado una tempestad de consecuencias incalculables. Los agentes nasserianos no sólo habían asesinado al representante mayor del Islam moderno; el crimen, apenas registrado por la prensa internacional, había liberado las fuerzas políticas incontrolables de los diversos nacionalismos islámicos. Desde entonces, la compleja red política y religiosa del islamismo atraparía en su tejido a los últimos treinta convulsos años del siglo XX. Una celda, una soga y un hombre sabio, como en un cuento de las Mil y una noches, liberaron los poderes islámicos de la nueva utopía movilizadora de los años setenta del siglo XX. Desde entonces, el mundo occidental viviría como una amenaza el fuego milenario de tres palabras sagradas: Alá, Mahoma y El Corán.

La teoría del estado isalámico de Qotb se unía esencialmente con la del paquistaní Mawdudi (1903-1979) y con la del iraní Jomeini (1902-1989). Los dos primeros de gran influencia en el mundo sunita y el segundo fundamental entre el Islam chiíta. Los tres perseguían la creación de un Estado islámico. Los tres, también, atrajeron a la juventud escolarizada y a amplios sectores populares, pero sólo Jomeini supo imantar a los intelectuales radicales y a la elite religiosa. Sólo en Irán ocurrió la revolución islámica.

Si es verdad que la historia no avanza en línea recta, sino muchas veces en raras elipsis o rayos tangenciales, la mañana del martes 11 de septiembre, esta trama política cumplió trágica y criminalmente una parte de su pasado en los atentados de Nueva York y Washington. En una entrevista concedida al periódico francés Le Figaro, André Glucksmann expresó:

Hay que pensar el horror del 11 de septiembre en la larga duración secular de la guerra moderna. El ataque contra civiles es una fuerte tendencia —80% de los muertos de la Gran Guerra fueron soldados, 50% en la Segunda Guerra Mundial, y desde 1945, el 90% de las víctimas de los conflictos bélicos son civiles, es decir, niños, mujeres y hombres desarmados—. Paralelamente, la demolición de objetivos simbólicos, excepcional en el pasado (la catedral de Reims en 1914) se ha vuelto una regla (el ejército de Milocevic desde 1991 tenía como objetivo las tres cruces: hospitales iglesias y cementerios). Pensemos en la biblioteca de Sarajevo incendiada a cañonazos y en los Budas dinamitados. Toda la suciedad del siglo XX cae sobre Manhattan para inaugurar el siglo XXI.

LA SORPRESA ISLÁMICA

El vasto y profundo estudio de Gilles Kepel, La Yijad, ha resumido así veinticinco años de ascenso y declive islámicos:

La era islamista se inició después de la guerra árabe-israelí de 1973, con la victoria de Arabia Saudí y de los demás estados exportadores de petróleo, cuyo precio dio un salto de proporciones inusitadas. La primera fase, de oscilación, se selló con la revolución islámica de 1979. De la misma manera que el Irán de Jomeini iba a encarnar el polo radical, galvanizando a las masas y movilizando a los desheredados contra un orden injusto, la dinastía saudí, guardiana de los Santos Lugares de la Meca y Medina, puso su fabulosa riqueza al servicio de una concepción conservadora de las relaciones sociales. Exaltó el rigor moral y financió en su nombre la difusión mundial de todos los grupos o partidos que iban a adherirse a ella. De entrada, pues, el movimiento islamista es doble, y en ese punto reside la dificultad de su interpretación. En él encontramos a la juventud urbana pobre, seguida de la explosión demográfica del Tercer Mundo, del éxodo rural masivo y que, por primera vez en su historia, tiene acceso a la alfabetización. También forman parte de este grupo la burguesía y las clases medias piadosas. En ellas había médicos, ingenieros, y hombres de negocios que fueron a trabajar a los países petroleros conservadores. Rápidamente enriquecidos, se les mantuvo apartados de la esfera pública. Todos estos grupos sociales, separados de sus ambiciones y con una visión del mundo diferente, en el espacio de una generación encontraron en el lenguaje político islamista la expresión común de sus frustraciones diversas y la proyección trascendente de distintas expectativas. El discurso estuvo en boca de jóvenes intelectuales, recién salidos en su mayoría de facultades científicas y técnicas, inspirados por los ideólogos de los años sesenta.

En el año de 1971. durante una fastuosa celebración occidental en un paraje del Medio Oriente, Persépolis, a la que asistió el jetset del mundo entero, se decidió el futuro inmediato del Islam. El sha de Irán, Mohamed Reza Palevi celebraba, ante la aristocracia internacional, los dos mil quinientos años de la monarquía iraní. Nadie imaginaba que en ese momento culminate de la historia de Irán, un anciano con turbante, exiliado en la ciudad santa chiíta de Nadjaf, había decidido iniciar una revolución. Ocho años más tarde, Jomeini tomaría el poder a sangre y fuego. Sus aliados estratégicos habían sido los clérigos que el sha de Irán había segregado de su gobierno. En el año de 1979, el ayatola había cambiado radicalmente el rostro del islamismo. En los años ochenta, el mundo, asombrado, asistía a una nueva revolución.

Desde entonces la escena del Medio Oriente se caracterizó por la lucha encarnizada entre la monarquía saudi y el nuevo, utópico, agresivo Irán de Jomeini. La historia de estos años islámicos podría concentrarse en una de las leyes de la política: en los aliados del presente hay que buscar a los adversarios del futuro. En 1980, Sadam Hussein, impulsado por las monarquías del Golfo y la conveniencia de Occidente, inició una guerra en contra de Jomeini. Jefe de un partido laico, Hussein despojó a Jomeini de la utopía. La religión fue un arma política letal en la escalada guerrera que se desarrollaba desde Bagdad. A través del Hezbolá (Partido de Dios) libanés, Teherán recurrió al terrorismo, al secuestro de rehenes occidentales. Pero el principal terreno de este conflicto, explica Kepel, fue Afganistán.

UNA ANTIGUA DEUDA

Las Torres Gemelas del World Trade Center se derrumbaban entre el humo y las llamas a las diez y cinco de la mañana del 11 de septiembre del año 2001, veinte minutos después del primero de los dos impactos de dos aviones de pasajeros de American y United Airlines sobre el World Trade Center de Manhattan, en Nueva York. Uno envolvió en llamas los últimos treinta pisos de la torre, el otro destruyó la pane alta del edificio, desde el piso sesenta hasta el ciento cuatro. Los impactos de los aviones rompieron la estructura de la fachada y, probablemente, parte del núcleo.

El fuego y las altas temperaturas vencieron la resistencia de la estructura que permanecía aún en pie. La parte dañada del edificio no soportó el peso de los pisos superiores y la enorme construcción se derrumbó como el fuelle de un acordeón del horror. La vida en el mundo se hundió en la conmoción y la ira. Estados Unidos había sufrido el peor ataque de la historia. En Washington, el Pentágono ardía bajo el fuego ocasionado por un tercer avión de la línea American Airlines proyectado sobre el centro neurálgico del sistema de defensa de los Estados Unidos, a bordo del avión viajaban 64 pasajeros y 7 tripulantes.

Al día siguiente de la tragedia, entre el asombro y el estupor, el departamento de Estado norteamericano, el FBI y la CIA señalaron a Osama Bin Laden como el sospechoso número uno de los atentados terroristas. Agentes norteamericanos dispuestos en Medio Oriente aseguraron que días atrás había circulado un videocaset en diversos países. En la cinta aparece Bin Laden comunicándole a sus seguidores este mensaje: “A todos los Mujah: sus hermanos en Palestina esperan por ustedes. Es hora de penetrar en Estados Unidos e Israel y pegarles donde más les duele”.

Cinco días después del ataque, la revista Time informó que en la misma cinta, Bin Laden terminaba con esta plegaria: “Las piezas de los cuerpos infieles volaron como partículas en el polvo. Si las han visto con sus propios ojos, su corazón se habrá llenado de alegría”. El video mostraba a cientos de seguidores de Bin Laden enmascarados, ondeando banderas y entonando canciones árabes.

El servicio de inteligencia norteamericano sabía de lo que hablaba. El millonario saudi Bin Laden se había refugiado en Afganistán desde 1996, perseguido y acusado de diversos actos terroristas como el de las Torres Gemelas de 1993- Osama había vuelto al corazón negro que lo vio surgir como líder de la yijad. El objetivo de la Guerra Santa afgana, financiada por los poderosos países petroleros y la CIA. era derrotar a la Unión Soviética que había invadido Kabul en diciembre de 1979 y. al mismo tiempo, alejar a los militantes radicales de todo el mundo de la lucha contra el Gran Satán norteamericano a la que incitaba Jomeini.

La primera guerra del tercer milenio ha puesto frente a frente dos viejos conocidos y antiguos socios pero, sobre todo, a dos extremos civilizatorios: los altiplanos desérticos de Asia, la extrema pobreza afgana donde el agua corriente y la electricidad suelen ser un milagro, y el esplendor de Manhattan, la prosperidad norteamericana, la modernidad de las Torres Gemelas como emblema del poder financiero.

Explica Kepel: “Los responsables norteamericanos y los regímenes aliados creyeron que podrían hacer de los partidarios de la yijad un simple instrumento de su política y desembarazarse de ellos después de usarlos, subestimando el proceso que ya estaba en marcha en los camos de Peshawar durante los diez años que duró la guerra contra la URSS. Este ambiente aislado, alimentado por una violencia extrema, arrastrado al terrorismo antirruso bajo supervisión norteamericana, se había persuadido tranquilamente de que la derrota de la superpotencia soviética se debía a la yijad, y que podría reproducir esa experiencia en el futuro contra todos los demás regímenes impíos’ del planeta”.

AL FINAL DE LOS TIEMPOS

Cientos de miles de afganos avanzan hacia la nada. Abandonan sus pueblos y casas ante la amenaza de la guerra. Antes de los atentados contra Nueva York y Washington, un millón de afganos desplazados deambulaba sin rumbo por su propio país. Son los más afortunados, la mayoría no tiene ni la fuerza ni los recursos para abandonar Afganistán. La idea de una frontera significa para ellos una lejana posibilidad de salvación. Los gobiernos de Irán y Pakistán se han declarado incapaces de recibir esa avalancha de la desesperación.

En su editorial del 18 de septiembre, el diario alemán Frankfurter Allgemeine llamó la atención sobre una figura central en esta historia, Mohamed Omar:

Resulta sorprendente lo poco que sabemos del hombre que al frente de sus talibanes, controla más del 90 por ciento del territorio de Afganistán: Mohamed Omar, el “Comandante Supremo de los Creyentes”, como lo llaman sus seguidores, es un hombre tuerto cuya aura divina nadie pone en duda. En abril de 1996, Omar descubrió en la Ciudad de Kandahar, una túnica que tenía siglos abandonada en un viejo armario: sus seguidores afirman que se trata de la túnica del profeta Mahoma. El vertiginoso ascenso de Omar sólo puede explicarse desde la perspectiva de la guerra civil que durante decenios ha devastado a su país. Omar nació en 1958, en el seno de una familia pobre, cerca de Singesar, un pueblo del sur de Afganistán. Se formó en las madrasas, las escuelas que enseñan las ciencias religiosas y jurídicas del Islam. Después de la invasión soviética en su país, Mohamed Omar luchó en las filas de los mujaidines, los combatientes de la yijad. la guerra santa. Resultó varias veces herido de los combates contra las tropas soviéticas, perdió un ojo en una explosión. Cuando los mujaidines, divididos por sus conflictos políticos, secuestraban y violaban mujeres, Omar y sus seguidores intervinieron poniendo orden y castigo contra el caos y la violencia. En poco tiempo, Omar se coinvirtió en un héroe. Desde entonces su grupo se autonombró los Talibán, plural en persa de taleb. que designa a los estudiantes de una escuela religiosa, en particular jóvenes afganos procedentes de las madrasas deobandis. las escuelas de ulemas del subcontinente hindú. Osama Bin Laden comparte con ellos el fervor islámico. Se dice que Bin Laden casó con una hija de Mohamed Omar.

Como si hubiera sido tocado por una maldición de El Corán, los últimos veinticinco años de Afganistán cuentan la historia de la destrucción. La población afgana, la tercera más pobre del planeta, ha sufrido los bombardeos, la muerte y el hambre durante la guerra invasora de la Unión Soviética; más tarde, los afganos han sido víctimas de los excesos de sus propios guerrilleros mujaidines y del fanatismo devastador Talibán que los gobierna. Ahora huyen de una coalición internacional que persigue a un monstruo sublevado en su territorio. Afganistán ha sido un laboratorio en el que se ha ensayado con éxito la destrucción de todo un país, la guerra como forma de vida. Glucskmann recordó esto en Le Figaro:

Aquel que vive días apacibles, si no felices, vive el pensamiento de la no-guerra. Cada quien se construye un loft mental prohibiéndose pensar en las amenazas verdaderas: la desdicha es ajena, la enfermedad es para otros. Tanto el europeo como el estadunidense parecen salir de la escena chejoviana de El Jardín de los cerezos: se habla, se ama, se detesta entre nosotros, se lleva una vida “refinada”, mientras afuera las hachas asestan sus pesados golpes. Desde hace una década critiqué las teorías de la guerra sin muertos y del fin de la historia, que también hicieron estragos en la comunidad europea. Al salir de la Guerra Fría reivindiqué un décimoprimer mandamiento: no cerrar jamás los ojos ante la inhumanidad violenta del siglo. Ella golpea ubicua, tanto en Nueva York como en Kigali.

LA ÓRBITA DE BIN LADEN

La vida de Bin Laden ha cumplido una elipsis constante en el Medio Oriente: universitario destacado, empresario exitoso, fiel a los poderes proféticos de Mahoma, seguidor ortodoxo de los cinco pilares del Islam, protector de los santos lugares, convencido de los poderes de la Guerra Santa y enemigo a muerte del Gran Satán norteamericano. La órbita de esa elipsis se desvió en el año de 1980.

En plena guerra contra el Ejército Rojo, Bin Laden viajó a Peshawar. En ese año se entrevistó con los líderes islamistas y su vida cambió para siempre. Hasta 1982 recogió fondos para la yijad afgana y se convirtió en un militante activo en Arabia Saudita. Bin Laden acompañó a su antiguo profesor Abdalah Azzam en la creación de la Oficina de Servicios con quien se dedicó a atraer y organizar a los miles de voluntarios que llegaron a Afganistán. Envuelto en su leyenda de millonario y combatiente feroz, hombre generoso y sencillo, Osama Bin Laden estableció sus propios campos en el año de 1986. Dos años después creó una base de datos de los yijadistas y otros voluntarios que pasaban por sus campos de entrenamiento. Este es el origen de la estructura de su ejército. una red informativa conocida como Al Qaida (la Base de datos).

Diez años más tarde, el Departamento de Estado norteamericano consideraría esa lista computarizada como una red secreta de terroristas. Efectivamente lo era. Una años después. en 1994, Arabia Saudita le retiró el pasaporte. Durante la Guerra del Golfo, Bin Laden rompió con el sistema saudi y se instaló en Sudán, que recibió a miles de yijadistas de Afganistán. Entre tanto, el empresario Bin Laden favoreció a miles de yijadistas para que salieran de Pakistán, les pagó los boletos para viajar, las estancias en distintos países y los empleó en sus empresas.

La próxima estación fue Yemen y el primer frente contra Estados Unidos, Somalia. Después de la guerra civil que dividió a este país, una coalición internacional, Restore Hope, capitaneada por Estados Unidos, irrumpió en Somalia. Antiguos yijadistas afganos participaron en los combates. En octubre de 1993 murieron 18 soldados norteamericanos y el departamento de estado le imputó los muertos a la organización de Bin Laden. En el verano de 1996. Osama Ben Laden regresó a Afganistán y en junio de ese año se le acusó del atentado al campo militar estadunidense de Al Khobar, en Arabia Saudita, en el que murieron 19 efectivos de la armada norteamericana. Bin Laden no lo reivindicó, pero tres meses después difundió un mensaje de la yijad: “Expulsen a los politeístas de la península arábiga”. En las páginas de ese manifiesto desaparecía el financiero inteligente y el luchador implacable para mostrar al Bin Laden ideólogo. A partir de ese momento, su misión era “reconquistar, como el Profeta refugiado en Medina en el año cero de la Hégira antes de regresar a La Meca, y liberar la Tierra del Islam de la ocupación”. El refugio afgano aisló su movimiento. La última puerta hacia liberación era entonces la internacionalización de la yijad.

En febrero de 1998 Bin Laden creó el Frente Islámico Internacional contra los Judíos y los Cruzados. La yijad se transformaba al emitir una fatwa ordenando que “todo musulmán que esté en condiciones de hacerlo tiene el deber personal de matar a los americanos y sus aliados, civiles o militares, en cualquier país donde sea posible”. En agosto de aquel año, dos explosiones simultáneas devastaron las embajadas de Estados Unidos en Nairobi, Kenia, y en Dar es-Salaam, Tanzania. La primera causó 213 muertos y más de 4,500 heridos: la segunda, once muertos y 85 heridos. Separada de su base social, aislada y perseguida, la corriente islamista ultra se movía hacia el terrorismo apoyado en justificaciones religiosas. La nueva guerra había comenzado.

LA SOMBRA DE DIOS

Rara celebridad del nuevo milenio, Bin Laden logró uno de sus proyectos: la fama mundial. Pocos hombres en la historia de la humanidad podrían sentirse orgullosos de haber burlado la seguridad de los más sofisticados sistemas de la inteligencia militar norteamericana, que gasta al respecto 30 mil millones de dólares al año. El nombre de Osama Bin Laden se volvió noticia en el mundo cuando la revista Time le dio su portada, lo llamó “padre del terrorismo internacional” y el gobierno norteamericano ofreció cinco millones de dólares por su cabeza. Por lo demás, un insulto para un hombre de trescientos millones dólares y un ejército de miles de filipinos, sirios, jordanos y afganos dispuestos a dar la vida por su guía. Nadie ha podido cobrar la recompensa. En dos ocasiones Bin Laden se enfrentó a agentes internacionales. En la refriega murieron ocho agentes y dos hombres de su escolta mientras el guerrillero millonario se evadía en la penumbra, Robert Fisk. reportero de la fuente árabe del diario inglés The Independent, lo entrevistó en varias ocasiones, la última de ellas en el año de 1997. una noche glacial afgana, en la oscuridad de un campo guerrillero. Fisk recuerda lo que le dijo el guerrillero aquella noche en las montañas afganas:

Creemos que Dios se sirvió de nuestra Guerra Santa en Afganistán para destruir a la armada rusa de la Unión Soviética. Lo hicimos desde las cimas de la montaña en la que está usted sentado. Ahora le pedimos a Dios que se sirva de nosotros una vez más para hacer lo mismo con América, para convertirla en la sombra de sí misma. Creemos que el combate con América es mucho más simple que la guerra contra la Unión Soviética. Algunos de nuestros mujaidines que combatieron aquí en Afganistán participaron en la operaciones de Somalia. Aquellos combates nos convencieron de que América es un tigre de papel.

A Fisk no le impresionó la trillada figura del tigre de papel, sino la idea fija, obsesiva, de convertir a los Estados Unidos en una sombra, la sombra de su presente en el mundo. En el recuento de sus entrevistas con Osama, Robert Fisk recupera la estampa de un hombre tocado por Alá: “Durante un ataque contra una base ofensiva rusa cercana a Ismabalad, una bala de mortero cayó a mis pies. Durante unos segundos sentí una gran calma, una serenidad que sólo pude atribuirle a Dios”. Por desgracia para Estados Unidos, el obús no explotó. “En la zona montañosa donde pasé la noche”, cuenta Fisk, “a mis espaldas se elevaba un grueso refugio antiaéreo de ocho metros de alto por ocho de largo. Se extendía treinta metros al fondo y se perdía en la oscuridad. El material de construcción provenía de las empresas de Bin Laden. A la mañana siguiente los hombres de Osama partían a numerosos campos de entrenamiento construidos originalmente por la CIA. Se trataba de campos creados por los Estados Unidos”.

LA CIVILIZACIÓN ATACADA

En su edición del 12 de septiembre, el periódico El País publicó un editorial profundo y mesurado. El País recogía en esas líneas un asunto que se difundía rápidamente en el mundo entero, una condena que impregnaba el aire enrarecido por los atentados: el choque de civilizaciones:

Se trata del mayor ataque nunca padecido por Estados Unidos en territorio propio, pero por encima de todo es una agresión integral contra su sistema político, contra la democracia y la libertad de mercado. En definitiva, contra todos los que compartimos unos mismos principios democráticos que tanto costó conseguir en nuestro país (…) Incluso si el ataque viniese del mundo islamista, no cabe demonizarlo como un todo por el acto violento de unos pocos. Es preciso desterrar la idea de que estamos ante una prueba brutal del choque de civilizaciones que pronosticaba Huntington, cuando la sociedad estadunidense, pese a todos sus problemas esencialmente pluralista y multicultural. Alejar esa tentación es parte de la complejidad de una sociedad avanzada y plural, una característica con la que no hay que limitarse a convivir, sino de la que cabe sacar fuerza”.

El 13 de septiembre, el periódico alemán Suddeutscbe reflexionaba así sobre el futuro inmediato:

Nunca antes habíamos vivido una guerra minimalista: un mínimo de armas, un máximo de logística: un mínimo de hardware, un máximo de software. Y nunca antes el Dios de la guerra se había hecho tan pequeño como para meterse en los resquicios de la vida civil y desplegar una destrucción tan grande.

En el fondo, el diario alemán nos recordaba que las civilizaciones, los Estados, los gobiernos, las sociedades y la guerra misma, están integradas por personas. Algo de este sentido común quiso recuperar el escritor inglés tan McEwan en su crónica de los atentados publicada al día siguiente por el diario The Guardian:

Un esposo duerme en San Francisco mientras su mujer le llama desde el World Trade Center. La torre estaba en llamas, no había escapatoria y ella le llamó desde su teléfono celular. Dejó su último mensaje para él en la máquina contestadora. Un canal de televisión transmitió el mensaje para nosotros. Escuchamos a la esposa decirle entre sollozos que no había salida. El edificio estaba envuelto en fuego y en humo, no había forma de alcanzar las escaleras. Hablaba para despedirse. Sólo había algo más que decir, esas dos palabras que ni todo el arte terrible, ni las peores canciones y películas, ni las más seductoras mentiras pueden abaratar: te amo.

FUENTES

André Glucksmann: “Golpear fuerte. Dar en el blanco corrrecto”. Le Figaro, 14 de septiembre, 2001. Gilíes Kepel: La yijad. Expansión y declive del islamismo. Península, Atalaya, 2001.

“El peor ataque de la historia”. El País, 12 de septiembre, 2001.

“La inteligencia norteamericana apunta a las redes de Bin Laden”. The Washington Post, 12 de septiembre, 2001. “El hombre más buscado del mundo”. Time, 16 de septiembre, 2001.

“Señales de humo”. The New Republic, 17 de septiembre, 2001.

“Osama Bin Laden”. Le Monde, 18 de septiembre 2001. Gilíes Kepel. La trampa de la yihad afgana”. El País. 18 de septiembre, 2001.

“Cientos de miles de afganos huyen de Kabul”. El País. 19 de septiembre, 2001.

“Líder Religioso”. Frankfurter Allgemeine. 18 de septiembre. 2001.

“Ataque a nuestra civilización”. El País, 12 de septiembre, 2001. “Editorial”. Suddeutscbe Zeitung, 13 de septiembre, 2001. Ian McEwan: “Amor fue lo único que antepusieron a la muerte”, The Guardian, 15 de septiembre, 2001. n

Una reforma inadmisible

UNA REFORMA INADMISIBLE

POR CLAUDIO LÓPEZ GUERRA

“Son mexicanos con plenos derechos, deben ejercer su voto”. Esta afirmación, en apariencia irrebatible, arma fundamental de quienes defienden el voto de los mexicanos residentes en el extranjero, se encuentra plagada de contradicciones, como no pocas veces ocurre cuando las ideas se apropian irreflexivamente. No discutiré en términos jurídicos ni logísticos, pues me parece que en esos términos queda poco por discutir. Pero aún está irresuelto el problema normativo, no lo que dice o facilita la ley, sino lo que debería decir: ¿qué principios justifican la inclusión de los emigrantes en la elección de las autoridades que van a gobernar, no a ellos, que viven en otro país, sino a quienes no somos emigrantes y nos quedamos en México? Si admitimos otros términos en el debate, como deberes —no sólo derechos—, las soluciones obvias se extinguen en la complejidad de un concepto: ciudadanía. Analizando críticamente la relación entre derechos y obligaciones, expondré por qué el voto de los mexicanos residentes en el extranjero es insostenible desde una perspectiva democrática.

Desde la antigüedad clásica hasta nuestros días, en oposición al poder arbitrario ejercido por un igual sobre sus semejantes, la democracia se afirma esencialmente en un principio: el autogobierno colectivo, que consiste en gobernar y ser gobernado. En una democracia, sin duda, es un derecho del ciudadano participar en el establecimiento de las leyes, pero debe obligarse a ellas también. El problema de la inclusión es determinar quiénes han de tomar las decisiones públicas —ser ciudadanos— y por qué.

Robert A. Dahl ha llamado “principio categórico de inclusión” a la más perfecta y radical sentencia sobre la ciudadanía en un régimen democrático: todo aquel sometido a las decisiones colectivas debe tener derecho a participar en ellas, todo miembro debe ser ciudadano. Y al definir de esta forma la inclusión ideal, inevitablemente queda integrado, cual reflejo invertido, un principio categórico de la exclusión: quien no vaya a estar gobernado por las reglas no puede participar en su proceso, pues de lo contrario ejercería un mando ilegítimo sobre otros, gobernaría sin ser gobernado. Pues éste sería el resultado, justamente, si se concediera el voto a los mexicanos emigrantes, y me refiero, es importante aclarar, sólo a quienes residen permanentemente fuera del país (por supuesto, habría que fijar un límite entre lo pasajero y lo perentorio, tecnicismo que por el momento es irrelevante).

Supongamos que un estado de la República Mexicana, como Yucatán, de pronto ignora la Constitución, empieza a regirse por otras normas y alcanza la independencia una vez más pero al mismo tiempo reclama participar en las elecciones federales de México porque los yucatecos son de origen mexicano. Es absurdo, cualquiera objetaría lo mismo: ¿con qué derecho van a elegir a nuestros congresistas y funcionarios si éstos no los van a gobernar?, ¿qué los autoriza a fijar las políticas —económicas, educativas, laborales, etc.— y demás decisiones que nosotros, no ellos, vamos a padecer? Pues bien, no otros dilemas genera el tema del sufragio de los mexicanos residentes en el extranjero.

Los derechos no son instantáneos. Primero debe haber una autoridad responsable de garantizarlos, cuya obligación proviene de la ley acordada y respetada por los individuos; segundo, es imprescindible estar bajo la jurisdicción de esa autoridad para que los derechos puedan gozarse; y tercero, no hay derechos sin obligaciones. Este es el fondo, la razón más importante para negar el voto a los mexicanos residentes fuera del país.

Aunque es un error suponer que por cada derecho hay una obligación correlativa equilibrando la balanza, también es verdad que ningún derecho en general, incluyendo el sufragio, podría existir sin el cumplimiento, en conjunto, de varias obligaciones. Henry Shue, una autoridad en la materia, ha identificado tres categorías: deberes para prevenir el quebranto de los derechos ajenos —autolimitación personal— deberes para proteger contra su eventual violación, y deberes para proveer los derechos a lo desposeídos: “Es imposible que un derecho básico —por muy ‘negativo’ (sin acción requerida para su ejercicio) que parezca— se garantice totalmente a menos que se cumplan los tres tipos de obligaciones. Por ejemplo, el derecho que parece más ‘negativo’, la libertad, necesita la acción positiva de la sociedad para ser protegido y para ser restaurado cuando fallan tanto la prevención como la protección”.1

En un gobierno de iguales no puede haber ciudadanías incompletas: derechos sin obligaciones, obligaciones sin derechos, sólo unos derechos, sólo unas obligaciones. Por esto, otorgar el voto a los mexicanos residentes en el extranjero es una medida doblemente irresponsable. En primer lugar, si el argumento es que son ciudadanos con plenos derechos, entonces ¿por qué sólo se ha planteado la extensión del sufragio? ¿Y los demás derechos? Si somos consecuentes, no sólo tendríamos que enviarles casillas electorales, sino también escuelas, clínicas de salud, “viviendas dignas y decorosas”, servicios públicos y, entre otros haberes, tribunales para la administración de justicia conforme a las garantías procesales mexicanas. Este problema se agudiza con la sinrazón de la propuesta actual: es totalmente inconsecuente otorgar el derecho al voto solamente para la lección presidencial y no del Congreso. O se tienen todos los derechos. íntegramente. o no se tiene ninguno. Y en segundo término, no es posible tener sólo derechos. Para que la igualdad política se mantenga, y vaya que éste es un objetivo axial de la democracia, la misma ley debe regir para todos, emigrantes y no emigrantes, lo cual es sencillamente imposible, a pesar de la existencia del derecho internacional.

En breve: “si la ciudadanía se invoca en defensa de los derechos, las obligaciones correspondientes de la ciudadanía no pueden ser ignoradas”.2 Esta sentencia de T. H. Marshall corroe todas las bases para otorgar el voto a los mexicanos residentes en el extranjero, y permite refutar tres argumentos frecuentes:

1. Los emigrantes son exiliados, gente que abandona el país contra su voluntad por la falta de oportunidades, por la injusticia, y tienen derecho a reemplazara los responsables por medio del voto. Quien vive fuera del país, por la razón que sea, no puede ejercer la ciudadanía en igualdad de circunstancias. Ninguna relación guardan las causas del éxodo con el problema de la inclusión democrática. Tan débil es el planteamiento que, según su lógica, quienes emigran por razones distintas a la necesidad económica no tendrían derecho a votar, y el reclamo unívoco de quienes viven en el exterior se fragmenta irreparablemente.

2. Una gran cantidad de divisas entran al país cada año gracias a los envíos de los emigrantes, con lo cual contribuyen al crecimiento de la economía nacional y al bienestar de la hacienda pública. Si el criterio para tener derecho al voto es crematístico, entonces la democracia es un producto de muy escaso valor. Según este razonamiento también deberían votar los empresarios extranjeros que invierten fortunas en México, aunque vivan en Nueva York o en Tokio. ¿Y qué hay de quienes no mandan ni un peso porque emigran con todo y familia? ¿También podrían votar? ¿Cuánto dinero es suficiente? En una democracia nadie puede comprar el derecho a decidir por otros.

3. Aunque vivan en otro país, los emigrantes siguen siendo mexicanos y conservan fuertes vínculos sentimentales con la patria; se preocupan por el devenir de la nación. No he propuesto que se les prive de ser ciudadanos si deciden volver, más que no ejerzan sus derechos u obligaciones parcialmente, en ventaja o desventaja con respecto a los que no residen fuera. Por otra parte, el vínculo moral y sentimental con la patria es insuficiente: cualquiera puede proclamarse “ciudadano del mundo” por tener sentimientos auténticamente humanitarios, pero todos nos burlaríamos incansablemente de él si por ello reclamara su derecho a votar en todo el planeta.

Para terminar con un giro positivo, haré explícita una conclusión que se deriva de las premisas que he sostenido: después de un tiempo razonable, toda persona residente en un país, sometida a sus leyes, debe poder exigir sin restricciones arbitrarias el acceso a todos los derechos y todas las obligaciones. Debemos concebir la pertenencia en términos de la interacción humana bajo un conjunto de reglas con igual peso para todos, sin importar de dónde son tus padres o en qué lugar naciste. La ciudadanía ya no debe estar sujeta al criterio brutal de la casta, o a la supuesta unidad cultural, sino al principio de la vida en común. En breve, hay que fundar una ciudadanía democrática purificada de alcurnias. Que gobiernen, sin importar su origen o condición, los afectados por las reglas. Todos los demás quedan fuera incluyendo los emigrantes.  n

1Henry Shue: “Basic Rights”, en Robert E. Goodin y Philip Pettit (eds.), Contemporary Polítical Pbilosopby (An Anthotogy). Black- well Publishers.    UK. 1997. p. 347

2 T. H. Marshall: Class, Citizenshipand Social Development. University of Chicago Press, Chicago. 1964. p. 123.

Fox en Estados Unidos

FOX EN ESTADOS UNIDOS

POR ALEJANDRO CRUZ

Con su reciente viaje a Estados Unidos, el presidente Fox logró centrar la agenda bilateral en el tema de la migración. ¿La población tiene la certeza de que convenció al Congreso estadunidense para que confíe en México?

En términos de la opinión pública mexicana, la gira de Vicente Fox a Estados Unidos a principios de septiembre deja una impresión favorable, pero sin reflejar el entusiasmo oficial y de algunos medios. Según se desprende de una encuesta nacional telefónica,1 la desconfianza de muchos mexicanos hacia las intenciones estadunidenses permea las opiniones sobre los vínculos binacionales y alimenta el escepticismo sobre las metas que el gobierno mexicano puede alcanzar. A falta de logros concretos, el esfuerzo de la administración Fox por mostrar el provecho de su gira con base en la imagen de capacidad para imponer la agenda a Washington no resulta tan redituable, pues la medición del éxito para la gente se basa en la consecución de objetivos que todavía no cristalizan.

La política exterior siempre ha sido uno de los ámbitos mejor calificados de los gobiernos mexicanos de los últimos tiempos. A Fox se le evalúa bien en ese renglón. al igual que ocurría con sus antecesores. Aun sin conocerse resultados concretos, la población respalda que los mandatarios mexicanos procuren relaciones amistosas con otras naciones y busquen atraer beneficios para el país. Para la población con teléfono, la gira de Fox a la Unión Americana fue positiva y en la que el mandatario mexicano actuó bien (excelente/ buena, 72%). Esta visita mantiene la aceptación popular de la política exterior actual, pero no le da un impulso particular, pues ya era bien calificada.

En realidad, el evento que modificó sustantivamente las percepciones sobre el trato entre las dos naciones lo constituyó la visita del presidente Bush a Fox en febrero. Como efecto de ese encuentro, el porcentaje de personas que opinó que la relación bilateral era buena o excelente dio un salto importante al pasar de 52% dos años antes a 64%, nivel que no se alcanzó en el sexenio anterior. Pasado el impacto, ese porcentaje bajó a 44% en mayo y casi no varió con la gira de Fox en septiembre (excelente/ buena, 47%).

La mayor limitación gubernamental para transmitir una imagen de éxito en su trato con Estados Unidos es la desconfianza extendida entre la población hacia las iniciativas de Washington en relación con nuestro país. Un ejemplo nítido es la división de opiniones que existe sobre si se debe confiar o no en el interés de Bush para lograr mejor cercanía con México. Asimismo, de los aspectos torales de la relación actual, en ninguno la población externa una fuerte esperanza en que se logre un resultado favorable para México. Cuando menos dos tercios de la población están poco o nada seguros de que se alcance la legalización de los indocumentados mexicanos, la libre circulación de trabajadores en las fronteras, el respeto de los derechos humanos de los migrantes, el libre tránsito de camiones mexicanos en Estados Unidos o, sobre todo, la suspensión de la certificación antidrogas.

Es común que muchos mexicanos desconfíen de las buenas intenciones del gobierno y los políticos norteamericanos hacia México, pues se siente que sólo ven por sus intereses. Como resultado, se matizan las percepciones sobre lo que pueden hacer las autoridades mexicanas con sus contrapartes estadunidenses. La imagen en México de los líderes norteamericanos contrarresta el propósito del gobierno mexicano de presentar los acontecimientos de la visita como hechos sin precedentes por la capacidad del presidente Fox para fijar las prioridades a tratar. Así frente al esfuerzo gubernamental y de varios medios de comunicación por resaltar la acogida que tuvo Fox en el Congreso, algo más de la mitad de la población enterada de la gira no cree que Fox haya convencido a los legisladores de Estados Unidos para que tengan confianza en México.

Tampoco se percibió esa actitud exigente e independiente del presidente que se subrayó en la prensa: por el contrario. una sólida mayoría (61%) piensa que fue cauteloso ante el mandatario y los legisladores norteamericanos, aunque su petición de lograr un acuerdo migratorio en cuatro meses sí se sintió atrevida (64%).

Al margen de la falta de compromisos concretos, la política exterior de Fox ha conseguido centrar la agenda bilateral principalmente en el tema de la migración, un problema más manejable y con aristas más vendibles que otros temas. La relevancia dada por los medios a la cuestión del tráfico de indocumentados ha ayudado al gobierno foxista en ese propósito de fijar la agenda. Mientras en 1999 el 33% veía en la migración ilegal el principal problema de México con Estados Unidos, ahora es el 57% el que opina así. Además, le ha beneficiado la menor notoriedad que ha tenido el narcotráfico.

En las futuras giras de Fox a Estados Unidos es previsible que siga logrando el visto bueno de la población, que gusta que sus mandatarios le den presencia al país en el extranjero. Sin embargo, para que en la población mexicana quede una huella más apreciada de esas visitas internacionales, sobre todo al país que se ve con más recelo, pero del que más provecho se puede obtener, se necesita algo más que aplausos en el Capitolio. n

1 Los resultados que se muestran provienen de una encuesta nacional realizada el 10 de septiembre de 2001 en población con teléfono en su vivienda. que forma parte del Sistema de Recolección Continua de Información de Opinión Pública desarrollado por BGC Ulises Beltrán y Asocs., SC. Los datos históricos anteriores a diciembre de 2000 se encuentran en el archivo del CIDE: Estudios de opinión pública de la Presidencia de la República. 1988-1994y 1994-2000.

Violencia y progreso

VIOLENCIA Y PROGRESO

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

Los atentados del 11 de septiembre han caído como un balde de agua hirviendo en medio de una fase particularmente optimista de la evolución de Occidente. Nos han recordado a todos que, hoy como ayer, la violencia nace junto a la prosperidad, el terror junto al progreso.

Antes del Martes Negro, las gigantescas novedades del milenio que empieza y el optimismo asociado a ellas, la promesa de una Nueva Civilización, hacían resonar en Occidente, con ímpetus renovados, aquella sensibilidad que según Alexis de Tocqueville empezó a propagarse en los espíritus ilustrados y ociosos de Europa a partir del siglo XVII.

El centro de esa sensibilidad fue la idea de que el hombre y la sociedad no eran imperfectos por naturaleza, sino que podían mejorarse. Y mejorarse además, indefinidamente, tal como lo mostraba el avance de la ciencia. A la creencia de que todo puede mejorarse sin límite le llamamos desde entonces progreso, una de las nociones más potentes, más optimistas y más productoras de desilusión que hayan cruzado por la mente humana.

El germen del espíritu del progreso es la inconformidad con lo existente, la pasión moral del cambio. Si el progreso es cierto, siempre podremos estar mejor. Siempre debemos estar, por tanto, inconformes con lo que existe. El ánimo invariable de reforma y revolución bajo el que ha vivido el mundo moderno, es consecuencia de aquel germen poderoso, hijo legítimo aunque no siempre razonable de la razón.

El culto del cambio y la mejora tomó la cabeza de Occidente con los filósofos de la Ilustración. Desde entonces, a cada gran oleada de fe en la religión laica del progreso siguieron cambios mayúsculos, conmociones inesperadas y también grandes catástrofes. El culto de la razón vio triunfar sus ideales mezclados en las aguas sangrientas de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas. El imperio de la razón revolucionaria engendró monstruos, la pasión por la justicia impuso el terror, la libertad se disolvió en tiranía, la modernidad técnica cambió el hacha carnicera del verdugo por la cuchilla aséptica de la guillotina.

Europa tardó un siglo en acomodar los esqueletos de la primera gran salida al mundo de la razón ilustrada y las pasiones prácticas del progreso. En las últimas décadas del siglo XIX, Occidente volvió a decirse, con ecuanimidad positivista y optimismo liberal, que el mundo podía ordenarse científicamente, en un horizonte racional de progreso y bienestar.

Eran tiempos propicios a la nueva fe. Había casi una necesidad física de ella. Luego de las guerras napoleónicas, Europa había vivido la revolución del 48, la guerra francoprusiana, la Comuna de París. Al otro lado del Atlántico, las independencias hispanoamericanas habían abierto un siglo de turbulencia y esperpento para sus nacientes repúblicas. Estados Unidos tuvo una guerra civil que inauguró al menos dos modalidades mortíferas de la guerra moderna: un armamento devastador que destruye a distancia y el arrasamiento de la retaguardia de los ejércitos que no respetó ciudades, campos, fábricas ni población civil.

Al terminar el siglo XIX la ilusión de una época de paz y progreso unió a los espíritus en una nueva esperanza civilizatoria, un credo universal de armonía política, económica y moral, confirmado a cada paso por extraordinarios descubrimientos científicos que disparaban la productividad, hacían más confortable la vida y multiplicaban los bienes.

Aquel siglo XIX reformista, humanista, científico, recogió del futuro muchos de los bienes que esperaba pero también una lección de humanidad trágica cuyos escenarios fueron las trincheras de la guerra del 14, con sus veinte millones de muertos, y sus secuelas, aún más letales: la revolución bolchevique, los fascismos italiano y japonés, el nazismo, los ciento cincuenta millones de muertos de la Segunda Guerra mundial —cien en el frente oriental, cincuenta en el frente europeo—, Los sueños decimonónicos del progreso perdieron su fulgor en el arco sombrío que va de las trincheras de Verdún a los campos de concentración nazi.

La barbarie guerrera del siglo XX machacó por mucho tiempo el prestigio de la idea misma de progreso. Los cementerios del siglo eran demasiado extensos, universales, sistemáticos, para tolerar la idea de que la humanidad había mejorado o podía mejorar. Ningún descubrimiento científico, ninguna mejora técnica de la calidad de la vida, podía compensar el horror del holocausto, la pesadilla del Gulag, las minas de Hiroshima y Nagasaki.

La piel helada de la Guerra Fría mantuvo congelado el entusiasmo hasta el fin del siglo. Entre otras cosas, porque la sangría siguió. Cifras recientes señalan que, durante la Guerra Fría, distintas guerras regionales añadieron treinta y seis millones de muertos a las conflagraciones anteriores. Malas cifras, sin duda, para validar cualquier noción optimista de progreso.

Y sin embargo es un hecho histórico contundente que a partir de la Ilustración, a partir de aquel momento en que algunos espíritus ociosos e ilustrados concibieron que el hombre y la sociedad podían y debían mejorar indefinidamente, el género humano experimentó, junto a tantas sangrías sin precedente, progresos que tampoco tienen comparación.

Al terminar la conmoción napoleónica, en 1820, el ingreso per cápita de Europa era algo menos que mil dólares. En los siguientes ochenta años, al empezar el siglo XX, había crecido hasta los 2,500 dólares. Un siglo después, en el año 2000, luego de la devastación terrible de sus guerras, o a pesar de ellas, el ingreso per cápita de Europa rondaba los 20,000 dólares promedio. Grandes mejoras, se diría, en medio de tanta muerte.

El más carnicero de los siglos de la historia conocida, el siglo XX, trajo al planeta más vida humana que ningún otro. Por el progreso científico, el crecimiento económico y la universalización de la medicina, nacieron en ese siglo algo más de 4,000 millones de seres humanos, varias veces más que en toda la historia precedente. La vida promedio de la humanidad ganó 40 años, pasando de 35 en 1900 a 75 en el año 2000.

La cantidad de dolor que han ahorrado los anestésicos inventados este siglo apenas puede exagerarse. La cantidad de muertes que la medicina moderna, las vacunas y los antibióticos han impedido supera por varios ceros las que arrebataron las armas inventadas en otros tantos laboratorios de ciencia avanzada y tecnología de punta.

El fin de la Guerra Fría hizo desaparecer la mayor amenaza que pendía sobre las cabezas de todos bajo la posibilidad de una hecatombe nuclear. La caída del muro de Berlín apartó las sombras, permitió mirar con nuevo optimismo el futuro. Para ese momento, la ciencia, la técnica, el comercio, no sólo habían transformado el mundo. Habían desatado una verdadera revolución del conocimiento y de la vida práctica, una sucesión de descubrimientos y cambios suficientes para sostener que estamos en el inicio de un nuevo paradigma de progreso.

A semejanza de las postrimerías del siglo XIX, los enormes cambios científicos de fines del siglo XX sembraron una nueva ola de fe y optimismo, un regreso de la promesa ilimitada de la ciencia, una mejoría asombrosa de los instrumentos prácticos de la vida civilizada.

Como en el siglo XVIII, antes de la Revolución Francesa, como al final del siglo XIX, antes de las grandes guerras del siglo XX, al empezar el siglo XXI decimos otra vez: todo es posible, la ciencia y la técnica mejoran nuestra vida, iluminan nuestro futuro con bienes sin precedentes y maravillas sin término. Algo prometedor y sin fronteras ha empezado, un estallido de modernidad que llamamos nueva civilización.

La cara luminosa del progreso volvió por sus fueros, el mundo volvió a abrirse ante nosotros como una opción más o menos segura de riqueza, bienestar, mejora, corrección, ampliación celebración de la vida. La evidencia del progreso es abrumadora, en efecto. Pero los ataques terroristas del 11 de septiembre han vuelto a prevenirnos contra la tentación de asociar el progreso de la técnica y la ciencia con el de la libertad y la perfección moral del hombre.

La ilusión de confundir el progreso técnico con el progreso humano es particularmente tentadora, porque las fronteras de la ciencia nos muestran hoy la posibilidad de corregir la mismísima condición humana. Hay o está por haber drogas capaces de romper las jaulas de hierro de la esquizofrenia y el autismo, hasta ahora impenetrables. Los diarios del mundo informaron en julio del año 2001 del nacimiento del primer bebé vacunado genéticamente contra las proclividades al cáncer. Es imaginable un mundo en que la manipulación genética aparte de nuestro organismo las debilidades hereditarias y agregue fortalezas hasta hoy inexistentes, de modo que entre las debilidades que se quitan y las fortalezas que se agregan pueda arañarse la inmortalidad.

El progreso técnico, la generalización del bienestar, la generación ilimitada de riqueza mediante el avance de la productividad son un hecho. No hay ninguna razón para pensar que esa carrera habrá de detenerse. Pero hoy, como ayer, es más claro el impacto del progreso científico en la mejoría de la vida cotidiana que en el de la civilización de las pasiones. Hoy, como ayer, junto a los surtidores del progreso, viven los pozos de la barbarie. No parecen erradicables ninguno de los hechos duros de la vida: la guerra, la injusticia, la violencia, la muerte. Lo han sabido pensadores de todas las edades.

Tzu Kung, discípulo de Confucio, preguntó a su maestro Lao-Tzu: “Dices que no debe haber gobierno. Pero si no hay gobierno.

 ¿cómo se purificará el corazón de los hombres?”. El maestro contestó. “Lo único que no debemos hacer es entrometernos con el corazón de los hombres. El hombre es como una fuente; si la tocas, se enturbia; si pretendes inmovilizarla, su chorro será más alto. Puede ser tan ardiente como el fuego más ardiente; tan frío, como el hielo mismo. Tan rápido que. en un cerrar de ojos, puede darle la vuelta al mundo: en reposo, es como el lecho de un estanque: activo, es poderoso como el cielo. Un caballo salvaje que nadie doma: eso es el hombre”.

En el parágrafo 4 del Tratado político escribió Banich Spinoza: “Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas. Y por eso he contemplado los afectos humanos como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria, la misericordia y las demás afecciones del alma, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades que le pertenecen como el calor, el frío, la tempestad, el trueno y otras cosas por el estilo a la naturaleza del aire”.

En una célebre carta a Einstein, Freud exploró el porqué de la guerra. Los instintos de los hombres no pertenecen más que a dos categorías: o bien son aquellos que tienden a conservar y a unir —los denominamos eróticos, completamente en el sentido del Simposio platónico, o sexuales, ampliando deliberadamente el concepto popular de sexualidad— o bien son los instintos que tienden a destruir y a a matar: los comprendemos en los términos “instintos de agresión” o “de destrucción”. No se trata más que de una transfiguración, universalmente conocida de amor y odio, quizá relacionada primordialmente con aquella otra, entre atracción y repulsión. No nos apresuremos a introducir los conceptos estimativos de “bueno” y “malo”. Uno cualquiera de estos instintos es tan imprescindible como el otro, y de su acción conjunta y antagónica surgen las manifestaciones de la vida. Parece que nunca puede actuar aisladamente un instinto perteneciente a una de esas especies, pues siempre parece ligado… con cierto componente originario del otro. Así, el instinto de conservación, sin duda es de índole erótica, pero precisa de la agresión para cumplir su propósito. Análogamente, el instinto de amor objetal necesita un complemento del instinto de posesión para lograr apoderarse de su objeto. La dificultad de aislar en sus manifestaciones ambas clases de instintos es la que durante tanto tiempo nos impidió reconocer su existencia.

La mirada moral tiene dos ojos. Un ojo mira las bestialidades, el leopardo rasgando al cervatillo, la furia de los ciclones, el hedor de la guerra, la gratuidad de la sangre y el dolor. El otro ojo mira las bellezas del mundo: la frescura del amanecer, la liviandad del cervatillo, el salto del jaguar, el poder de la vida y la sobrevivencia. El ojo que mira la miseria tiende a ignorar al que mira la belleza, pero los dos dicen la verdad aunque sus verdades no puedan sumarse y estar juntas en nuestra conciencia. Nuestra caja registradora no puede mezclar esas cosas, las suma aparte. La mirada del progreso tiende a ver sólo la mitad luminosa, pero la luz no puede existir sin un lado de sombra. Como lo ha revelado Norbert Elias, bajo la paz cordial de nuestros modales de mesa acecha el guerrero domesticado soñando un cuchillo sangriento.

Recuerdo un relato de Antonio Tabucchi en que las ballenas hablan asombradas de esos animales extraños que vienen a cazarlas, feroces verdugos sin motivo de ferocidad, que miran por la noche con fija mirada el camino de la luna sobre el agua y cantan tristísimamente antes de dormir para levantarse al día siguiente llenos de ira en busca de las ballenas que nada les han hecho. n

Células: Madres hay una sola

El cultivo de células madre está en el centro del debate científico. ¿Hay motivos razonables para ir en contra de ello?

celulas-madre

Entre las ciencias hay una noble por excelencia, que es la teología. De ella se han ocupado las mentes más ilustres del mundo: los ejemplos de Tomás de Aquino, de Isaac Newton y de Albert Einstein vienen a la memoria. Pero en materia de teología “ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento” (San Pablo). No voy a aventurarme en este terreno, sino que intentaré presentar la reflexión de un científico que busca la conciliación en una controversia que nos atañe a todos.

El crecimiento de la ciencia en los últimos cincuenta años ha sido fenomenal y asombroso. Si Dios no ha dado este crecimiento, ¿quién, y ¿quiénes somos nosotros para disputar su validez? Los que convivimos con gatos sabemos que suelen ser más inteligentes que sus dueños, ya que entienden lo que se les dice siempre que se les hable de buen modo. Yo pregunto: ¿no tendremos siquiera la inteligencia de un gato para entender lo que Dios nos quiere significar con los avances de la ciencia?

Esto viene a colación por el actual embrollo de las células madre. Una célula madre es un tejido primitivo que puede convertirse en cualquier cosa: un riñón, una nariz o un cerebro. Como diría López Obrador, nada humano le es ajeno. Esa plasticidad o universalidad de las células madre les permite convertirse en el elemento indispensable para reparar los destrozos de la edad, o los amagos de la enfermedad en el cuerpo humano. ¿Tiene usted Alzheimer? Las células madre han de servir de refacción para reponer sus células nerviosas destruidas. ¿Su problema es la diabetes? No pierda la esperanza: las células madre se transformarán en refacciones del páncreas, o en lo que sea. Un infarto cardiaco deja el corazón humano más maltrecho que una telenovela; el tejido muerto del miocardio es imposible de revivir. Vienen las células madre y lo reconstruyen, para que pueda seguir latiendo.

Entonces, ¿por qué no usar células madre? Primero, porque todo eso todavía no es realidad. Para que lo sea, se necesita mucha investigación, y la investigación requiere inversión. En segundo lugar, las células madre se encuentran en los tejidos embrionarios no diferenciados, es decir, en embriones humanos de cinco a siete días de edad. Ya es posible hacer cultivos de estas células y, en efecto, el doctor James Thompson fue el primero en lograr su crecimiento fuera del cuerpo humano. Utilizó células sobrantes que abundan en las clínicas de fertilidad y que los clientes nunca habrían de retirar o utilizar. Un óvulo no es un feto. Tampoco lo es un espermatozoide. Se trata de tejidos vivos, como las muelas o los apéndices extraídos; pero no son individuos. Expulsar o extraer del cuerpo humano un gameto no fecundado no es lo mismo que hacerse un aborto. Donar óvulos o donar esperma con el objeto de ayudar al prójimo no es pecado. De ninguna manera equivale a arrancar un ser humano del seno materno antes de tiempo.

Pero ¿no bastará que un tejido vivo pueda cultivarse en el laboratorio para que sea una persona? El Instituto Jones en Virgina ha crecido células madre in vitro, mezclando óvulos con esperma. Se produce un blastocito, una pelotita microscópica sin cara ni identidad: no es un ser humano ni llegará a serlo. Un ser humano se forma en el seno materno y no nace de una probeta.

Pero, se dirá, estamos matando un ser humano en potencia. A eso voy. Una cosa es matar una célula (no es el caso aquí), y otra es cultivarla y utilizarla para que viva un ser humano. No es lo mismo destruir el grano que sembrarlo. Aquí es donde la teología podría sacarnos de apuros. Mi fiel Diccionario guadalupano no me da orientación para el caso, ya que no hay artículo correspondiente a “matar” o “vida”, y tengo que acudir a las fuentes. La doctrina de Jesucristo es como siempre, impecable en su transparencia:

Oísteis que fue dicho a los antepasados: No matarás; el que matare será reo de condenación. Mas Yo os digo; todo aquel que se encoleriza contra su hermano merece la condenación (San Mateo 5:21, traducción de monseñor Straubinger.)

El Señor radicaliza la letra de la ley hebrea y la vivifica, realzando su sentido social y humano. Lo que prohíbe es la agresión, ya que toda agresión es un asesinato en ciernes. Además, nos previene contra una interpretación demasiado rígida y textual de la ley: “Cuidad de no practicar vuestra justicia a la vista de los hombres… como hacen los hipócritas en las sinagogas”. En caso de duda, nos manda acudir a dos preceptos supremos: amar a Dios, y amar al prójimo como a ti mismo, ya que: “De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas” (San Mateo, 22:39). Esto incluye, desde luego, al sexto mandamiento.

Pero ¿acaso es lícito, sin quebrantar dichos mandamientos, matar una mosca, sacrificar una res, defenderse de un asaltante? ¿Cómo sabemos que no hay contradicción? La solución es bien simple. El sexto mandamiento dice textualmente “Lo tirtzaj”, que significa “no mates intencionalmente y alevosamente a una persona”. Existe otro verbo, harog, que equivale a nuestro vocablo “matar”. Matar una mosca, entonces, no es un crimen, aunque yo esté convencido de que los descendientes de esa mosca puedan evolucionar hasta convertirse un día en seres humanos.

No existe garantía alguna de que la investigación científica con células madre resuelva el problema del cáncer o de otras enfermedades hoy incurables; pero la posibilidad de ayudar a nuestros semejantes seguramente debe primar por sobre otras consideraciones cuando estas células no son seres humanos en potencia ni son el fruto de uniones conyugales. El uso de células madre debe reglamentarse para prevenir abusos, pero no parece existir razón moral alguna para prohibir su uso.

Lo nuevo, por definición, no tiene precedentes. No siempre es posible descalificar una innovación con argumentos basados en precedentes, y debemos cuidarnos de juzgar a un innovador cuando su intención es recta. No despreciemos lo nuevo, ya que muchas veces representa la voluntad del Creador.

Todo lo nuevo también tiene su riesgo. En una entrevista de 1950, se le preguntó a Einstein si no era exagerado afirmar que “hoy el destino de la humanidad está en juego”. Einstein contestó: “El destino de la humanidad siempre está en juego”.

La química y la fertilidad

Hace diez mil años el hombre inventó una de las tecnologías más cruciales para el porvenir de la raza humana. Los primeros agricultores del Cercano Oriente se dieron cuenta de que sus campos se agotaban, y empezaron a sembrar lentejas y chícharos entre los cereales. En Asia plantaron la soya junto al arroz, en América el frijol con el maíz, y en África el cacahuate. Esto funciona bien porque las leguminosas proporcionan nitrógeno al suelo, a través de las bacterias que viven entre sus raíces y que son capaces de fijar el nitrógeno del aire. Así, los humanos han empleado el nitrógeno miles de años antes de descubrirlo; no hubieran podido desarrollar la agricultura sin él.

El nitrógeno es un elemento muy abundante. En la atmósfera hay un millón de toneladas de nitrógeno por cada ser humano. El problema es que es inaccesible, porque las tres valencias que unen cada par de átomos de nitrógeno entre sí son casi imposibles de romper.

Al principio, los agricultores buscaban nuevas fuentes de nitrógeno y las encontraron en el abono animal. En París, a principios del siglo XIX, juntaban un millón de toneladas anuales de excremento de caballo para los terrenos que abastecían los mercados de verduras. En China las tres cuartas partes de los campos se abonaban con desechos de origen humano. La población crecía y crecía, y el abono no daba abasto.

En 1850 se descubrió el guano, que formaba montañas de excreciones depositadas por las aves en islas frente a las costas del Perú. Los grandes veleros hacían fila para llevarse el tesoro blanco a Europa. Veinte millones de toneladas emprendieron el camino por el Cabo de Hornos, hasta que el guano empezó a agotarse hacia 1870. Entonces se descubrió el salitre chileno, un nitrato de sodio fósil. Las empresas salitreras inglesas financiaron la Guerra del Pacífico para lograr el acceso a los recursos salitreros bolivianos. El mundo consumió principalmente salitre chileno hasta después de 1920.

El 2 de julio de 1909, el químico alemán Fritz Haber logró sintetizar el amoniaco para la empresa BASF, mediante la catálisis del hidrógeno con el nitrógeno del aire. Junto con sus colegas, logró producir casi medio litro de amoniaco en cinco horas. A los pocos años ya se producían veinte toneladas diarias. En la Primera Guerra mundial, Alemania quedó aislada y se reemplazó el nitrato chileno con el producto sintético. El ácido nítrico se usaba para producir nitroglicerina y otros explosivos nitrogenados. Más adelante, el doctor Haber fue exiliado por Hitler, y murió en el destierro, pero actualmente se producen dos millones de toneladas semanales de amoniaco con su procedimiento, lo que representa el 99% del abono nitrogenado inorgánico consumido por la agricultura mundial. La producción de salitre chileno quedó arruinada hace años ya que el proceso de Haber se volvió cada vez más eficiente, de modo que hoy utiliza apenas un sesentavo del consumo mundial de combustible. China es el mayor productor del mundo de nitrato sintético.

Mientras, las grandes empresas químicas alemanas que iniciaron la síntesis del amoniaco se diversificaron y se fusionaron con otras empresas que habían desarrollado los colorantes sintéticos, como Bayer, AGFA, Hoechst, Geigy. Hoy son grandes empresas farmacéuticas por una razón histórica: fueron sustancias nitrogenadas y sulfonadas emparentadas con las anilinas las que primero se emplearon con éxito para combatir las infecciones. El Prontosil, o “sulfa”, empleado con éxito a partir de 1936, era un derivado de una anilina de color rojo. A partir de 1925 las empresas alemanas se unieron para formar una de las primeras grandes trasnacionales, la I. G. Farben, empresa que eventualmente ayudaría a Hitler a aguantar la guerra unos pocos años más, gracias a la producción de hule sintético y gasolina artificial. Sin embargo, pese a los esfuerzos de los investigadores en biotecnología, entre ellos los mexicanos, hasta hoy no se ha logrado producir cereales capaces de fijar nitrógeno sin la intervención de los abonos. Y siguen los milagros y las barbaridades de la química.   n

Carpe Diem. Una paciente crónica

ESCRITURAS

CARPE DIEM. UNA PACIENTE CRÓNICA

POR ARNOLDO KRAUS

¿Qué textura adquiere el tiempo en el caso de una paciente crónica? Estas páginas, un homenaje al deseo de vivir, ofrecen más que una respuesta.

Recuerdo a una mujer joven cuya vida cronológica apenas rebasaba la tercera década. Su vida enferma, en cambio, sumaba más de la mitad de su existencia. El padecimiento se llamaba vida y su vida eran sus dolores. Inseparable y paradójico vínculo: era necesario vivir para poder estar enfermo

Los dolores, en su habitat, se convirtieron en ingredientes indispensables para entender la vida desde la óptica “del hoy”. Hay pesares y hay- patologías que aguzan sentimientos y profundizan adentros: su presencia hace del presente un tiempo total. Cuando se instalan algunas enfermedades, muchas percepciones se modifican. La del tiempo es una de ellas.

El mal de Maritza, su enfermedad, sería de aquellos que poco a poco merman el movimiento, disminuyen las fuerzas, la capacidad de valerse por sí mismo; su padecimiento era de esos que hacen que todos los objetos cercanos sean lejanos, que lo fácil sea complicado, que convierte el ritual del baño, cepillarse o beber, en sufrimiento y dependencia. Con el tiempo, incluso alimentarse fue difícil; sin embargo, sin esa compañía, la vida, no podía seguir su curso. Su afección hermanaba existencia y resignación. La enfermedad incorporaba a la cotidianidad lo que para algunos dolientes es normal: medicamentos visitas al doctor, exámenes de laboratorio, dependencia de otros para realizar actividades simples, y una parafernalia de aditamentos indispensables para continuar. Sobrevivía gracias a esas ataduras que le permitían vivir.

Enfermedad y existencia eran espejos. Espejos en donde la figura se deformaba poco a poco. Ora una arruga nueva, ora un guiño distinto, ora una mueca que denotaba sorpresa. El avance de la patología hacía que el listado médico y los tipos de asistencia fuesen, además, imprescindibles, no sólo para seguir viviendo sino para no seguir muriendo.

Los primeros años del mal no minaron grandemente el deseo de vivir ni la capacidad de disfrutar. Conforme pasaron los años y debido al avance de la enfermedad —dolor, disminución en el movimiento— y ante el fracaso de diversas terapias y múltiples opiniones médicas en tres o cuatro países —la paciente era esposa de un “alto funcionario”—. al mal físico se agregaron, poco a poco, tristeza, depresión, ansiedad, desesperanza. Medicamentos nuevos, cirugías reparadoras y hospitalizaciones, mitigaban el problema sólo transitoriamente. Escucharla bastaba para comprender que la palabra esperanza pertenece al lenguaje de los enfermos. En Maritza, la ilusión era inmanente a su tragedia, pero lo era también a la certidumbre del tiempo presente y la posibilidad de ser feliz incluso dentro de la miseria de la enfermedad. El currículo e historia clínica de Maritza eran complejos. En ellos se leía: Nací sana. Enfermé a los quince años. Las articulaciones se hincharon y poco a poco se deformaron. A los veinte me operaron la rodilla izquierda. A los veinticinco la cadera derecha. A los treinta me sometí a terapias experimentales. A esa edad había visitado ocho hospitales y pisado una veintena de consultorios. Un año después ya no salía de cama y las horas en que el dolor me acompañaba rebasaban los momentos sin él. El dolor dejó de ser un fantasma: tenía cara, piel, movimiento, olor. Comer empezó a ser difícil: hablar, ¿para qué?; dormir, complicado, pues los cojines y los colchones poco a poco dejaron de adaptarse a mi cuerpo. Leer, ver televisión, o pensar, eran un lujo innecesario, pues mi mente pensaba hacia delante: ¿cuál será el problema siguiente? La enfermedad, cuando el dolor no era agotador, era como una espina enterrada: al secarla, todo se olvidaba. Y así sucedía. Me fui acostumbrando a mis males y acomodándome a aquellos sitios que podía gozar. Tanto de mi cuerpo, como de la vida, como de todo aquello que pudiera ser placentero. Los minutos adquirieron sentido y lo hermoso se hizo más hermoso. El dolor se convirtió en un nuevo apellido. La noción del hoy fue envolviendo mi vida. Me quedé con la idea del hoy y con la ventana que me permitía mirar hacia fuera y saberme viva. A través de ella veía y me veía todos los días. Esos eran mis compañeros perennes: una ventana y la idea del tiempo resumida a la existencia de un día.

Una ventana y hoy: en ellas vivo, en ellas me sumo, en ellas me cobijo, con ellas hablo, en ellas muero. Las ventanas no sirven sólo para permitir el paso de la luz y para aislar el ruido: son una vía para saber quiénes somos y para comprender cómo camina la vida. Afuera habitaba un todo mientras que en mí mucho se derruía, poco a poco, inexorablemente. Consustancial a la existencia pernoctaba el dolor. En medio yo habitaba. De mí dependía el balance. Cuando alejaba mi vista de la ventana y la depositaba en mí, comprendía que no existían los adhesivos suficientes para unir pie y alma, deseo y fuerza. Sin embargo, estaba viva. Viva es la palabra: lo que mis ojos palpaban lo escuchaba mi corazón. Y así se lo decía a quienes se acercaban a mí: vierto mi existencia en los brazos infinitos de cada día. En ellos, en los días, soy.

La enfermedad me había fragmentado, me había carcomido. Había modificado mi nombre. Mi imagen de mujer era la de las fotos que ilustran los textos de medicina: la incapacidad había sido retratada como tributo al conocimiento y ejemplo de lo que resulta cuando las células dañadas superan los avances médicos. Suicidarme empezó a ser una opción. Un camino, ni bueno ni malo: tan sólo una posibilidad. Mis aliados eran la ventana y las lecciones emanadas de esos largos momentos que llamamos hoy. Los enemigos eran el peso de la enfermedad y la soledad.

Antes de cumplir treinta años, Maritza se había convertido en una enferma crónica. Apellidarse crónico es un problema serio: conlleva las etiquetas irrescatable, para siempre, olvido, dependencia, “caso difícil”, abandono, desesperanza, depresión, y otra serie de adjetivos que fracturan la vida en una serie de fragmentos cuyas aristas son difíciles de unir. Las patologías crónicas pueden semejarse al peor de los rompecabezas; aquel cuyas piezas son tan absolutamente dismétricas que al empalmarlas son idénticas. Apellidarse crónico, es, en algunos sentidos, peor que morir. En la cronicidad, se está; en la muerte, ya no se está. Para algunos dolientes, asir el hoy da sentido a ser, a estar a pesar de sufrir males crónicos. En muchos aspectos, lo crónico es un retrato del día. En estas personas, existe una línea en algunas ocasiones tenue, en otras invisible, entre el deseo de vivir y la necesidad de morir. Deseo y necesidad son términos distintos en la salud pero confusos en la enfermedad: el sufrimiento no es el mejor aliado de la objetividad. Schopenhauer decía que “el consuelo más efectivo en cada desgracia y en cada aflicción es observar a aquellos que son más desafortunados que nosotros. Todos somos capaces de hacer eso”. En Maritza, esa idea era piel. Su alegría por lo pequeño, por lo efímero, por lo imperceptible, eran admirables.

Las enfermedades crónicas son excelentes lectoras de las caras del tiempo. El tiempo adquiere otros significados. Nadie repara más en el momento, en el amanecer y en el paso de las horas que los enfermos. ¿Tiene valor el tiempo? Llegada la muerte no. En vida, quizá sí. Depende de la importancia que se dé a los actos y el respeto que se tenga hacia uno mismo y hacia los otros. Somos, sin saberlo, tiempo. En los sótanos de la conciencia, aquellos que solemos evadir, la naturaleza diseñó unos espacios en los cuales los meses y los años adquieren sentido. Espacios que se abren y visitan, sobre todo, cuando reparar en la vida adquiere importancia o prisa. Esos subsuelos se abren y hablan, por ejemplo, cuando el alter ego amanece abrazándonos, cuando los sueños irrumpen la protección de los silencios o cuando el abandono ajeno o propio es grande. Escuchar o no, permanecer o cambiar, depende de uno. Y uno, finalmente es todo: sus sótanos, sus hoy, sus dolores, sus deseos, el pavimento para atrapar o esquivar el eros.

En Desmemoria, Alejandra Pizarnik escribe, “recuerdo con todas mis vidas por qué olvido”. Pizarnik se suicidó. Su tiempo finalizó antes que su vida: su pulsión de vida —¿o de muerte?— determinó el momento de parar. Algunos enfermos crónicos, antes que la vida duela demasiado, escriben diferente, “olvido que duele / borro el sufrimiento / hoy la luz amaneció en mí”. Eso saben los enfermos crónicos: los significados del tiempo adquieren otras dimensiones. distintas, intransferibles, reales ante sus ojos. ¿Y qué son los ojos de los enfermos?

La mirada de la cronicidad lastima, es inatrapable. Las coplas del poeta, imperecederamente enfermo de amor, que no es sino otra forma de cronicidad, quedan plasmadas en la oda “Gracias G”:

Hoy contigo es ayer.

Eso dijimos:

Nunca puedo morir

Antes de hoy.

Y, en otra visión “del hoy”, el mismo poeta, en la copla “Hueco”, escribió:

Hoy no es hoy.

Hoy es el mismo tiempo

Que robo de tus latidos

Uno, dos, todos.

Hoy soy tú.

Aprehender el tiempo no es imposible. Requiere apretar las manecillas que marcan las horas. Exige ver con más de dos ojos —los que se tengan en la piel— el movimiento del minutero y saber que sesenta segundos duran más que un minuto. Las caras proteicas de Cronos, vivas, inquietas, inmensas, encuentran sus mejores rasgos en los hoy de los enfermos. El carpe diem de Horacio es el tegumento de los rostros de los quebrantos. En la oda XI del Libro Primero, A Leuconoe, escribe:

Suceda los que suceda, ya Júpiter te conceda aún muchos inviernos, ya que éste que ahora fatiga el mar Tirreno entre las rocas, indique el último año de tu existencia: se juicioso, filtra tus vinos, y mide tus largas esperanzas con el breve espacio de la vida. Mientras nosotros hablamos, el tiempo envidioso huye. Coge este día y fíate lo menos posible en el siguiente.

A través de la ventana, absorbiendo los instantes que penetraban de afuera hacia dentro, deteniendo el tiempo del aire y el movimiento de la luna, jugando el juego de los niños que saltan en las calles, observando el correr de los autos y atrapando los ruidos de la vida, la mirada de Maritza estrujaba el tiempo entre sus dedos. El tiempo, en sus manos, era tangible. Filósofos y físicos no saben del tiempo: deberían ver a través de la ventana.

En Maritza, la mirada eran los ojos de las manos y de los pies, el sabor de las bocas, el movimiento del alma, el deseo de la vida transtornada. Sus ojos veían lo que su cuerpo inmóvil pensaba. Su cuerpo yermo imaginaba lo que su mirada capturaba. Sus ojos observaban lo que su idea de mundo hubiese sido. Atisbaban el erotismo donde la mirada no llegaba. El tiempo Maritza era un tiempo atemporal, en donde el paso del hoy borraba la carga del pasado y enajenaba la idea del futuro. Carpe diem, en boca de los enfermos, es un ejercicio que pesca el presente como el rincón de lo posible, de vida.

“Goza este día, y cógele presto sin detenerte” es el carpe diem del viejo Horacio, era la idea del ser, del estar y del valor de “mientras nosotros hablamos, el tiempo envidioso huye”. El tiempo de Horacio era quizá más lento, quizá menos demandante, quizá menos apabullante. Esos viejos relojes tenían más horas. Veinte siglos atrás las miradas eran distintas, más profundas, más vitales. A través de los ojos, las palabras eran muchas veces innecesarias. ¿Qué quiso decir Nietszche cuando afirmó que “la existencia parece lo bastante santa en sí misma como para justificar de sobra una inmensidad de sufrimiento”? En voz de las miradas profundas de los enfermos, en voz de quien escruta la vida a través de la patología y sus limitaciones, la idea del presente y del tiempo palpable adquieren otra dimensión: aquella en la que la alegría y la posibilidad de ser van unidas al hoy.

Los enfermos crónicos suelen tener lenguaje propio y expectativas distintas a los sanos. Ante una miríada de circunstancias, sus respuestas pueden ser disímbolas, pues, entre otras realidades, se acomodan poco a poco a “su vida” y a sus certezas, construyendo para ellos mismos una nueva y propia realidad, en donde palabras como alegría, olfato, deseo, sabor o futuro, adquieren otros tintes y otros sabores, para muchos suficientes para vivir, para otros suficientes para fenecer. Esa concepción de la vida, esa concepción del hoy, suele ser personal e intransferible. Hoy es otra dimensión. En ocasiones más viva, en ocasiones letal. Las ventanas lo saben todo: todo ven, todo transcurre, todo es posible.

Cuando visitaba a Maritza en el hospital, siempre estaba en la misma posición. Acostada de perfil, en la cama, ocupando sólo un pequeño espacio pues la enfermedad había reducido su altura. La sábana apenas arrugada era testigo de que el movimiento, en Maritza, era entelequia. La habitación estaba siempre poblada del mismo silencio y acompañada de la misma luz. Sus ojos miraban a través de la ventana y su cara, sin arrugas, como si fuese casi niña, reflejaba lo que afuera sucedía. Respondía a mis preguntas con desgano, sin fuerza, con voz débil, entrecortada. Sin esperanza, podría decirse. Todo en ella era fragilidad o todo en ella era endeble. Siempre miraba a través de la ventana. Sus días y sus historias eran lo que sucedía en el otro lado de la ventana. Eso era su vida: una ventana amplia, en la que las cortinas habían desaparecido. En muchos aspectos ella era la ventana y la ventana era ella. Sin embargo, existía un espacio hedónico en donde ella construía y transmitía placer a partir de su idea del tiempo y de la alegría que surge cuando éste, el carpe diem, se incorporaba a su vida. Los idilios entre el tiempo y algunos enfermos han sido plasmados en las letras.

—¿Qué observas? —pregunté.

—Cómo corre la vida, cómo no se detiene el tiempo.

—¿Ves cosas distintas?

—Veo todo lo que puede suceder en un espacio, en un mismo sitio. En un rincón que es mi mundo y que empieza hoy y termina hoy. Quisiera verterme en la vida como las hojas que suben por la pared. Mi alegría o mi tristeza se limita al presente. Aunque asalta la idea del suicidio hoy la detengo. El suicidio no me curaría; mataría los vínculos de mi ser con el hoy, la posibilidad de alegrarme ante lo pequeño. La ventana impide el paso de la muerte.

A Maritza no le importaban las fechas. El goce o la aflicción, el alborozo o la melancolía, se limitaban a las hojas del calendario. Cada hoja arrancada no era más que un nuevo inicio. El mundo y la enfermedad pueden mucho pero no todo: los enfermos crónicos son un legado de vivencias cuyas riquezas son fuente de construcción. Eso se aprende de ellos: los dolores y sus interpretaciones se pueden convertir en escuela. Al avivarse los sentimientos el sentido de incontables sucesos adquiere otros rostros. Lo ínfimo es importante, el tiempo nos vive, lo superfluo no existe, lo vano adquiere otro nombre. Uno es el sentido y en uno florece o no el impulso de sembrar. La muerte y la enfermedad son, en efecto, amenazas, pero, mientras se vive, nada puede la muerte.

Ernesto Sábato, nonagenario, escribió: “Hay días en que me invade la tristeza de morir y, como si pudiera ser la muerte la engañada, me atrinchero en mi estudio y me pongo a pintar con frenesí, confiado en que ella no me arrebatará la vida mientras haya una obra sin terminar entre mis manos. Como si la muerte pudiese entender mis razones, y yo hacer de Penélope para detenerla”. Es cierto, la vejez, al igual que algunas enfermedades, es una forma de cronicidad. Para los viejos o los dolientes, sumirse en las venas de las células devastadas o en la memoria de los años transcurridos es una posibilidad. Evadirlas por medio del suicidio es una vía. Afrontarlos por medio de pinceles o atesorando la vida en cada momento, carpe diem, es otro camino.

¿Será cierto que en los animales la inconsciencia del tiempo y de la muerte los haga más felices?

Maritza sabía a qué hora abrían el puesto de periódicos, quién era el primer cliente del bolero clavado en el sitio de siempre, quiénes eran probablemente infieles —los que hablaban temprano, a la misma hora— y qué médicos usaban bata y quiénes no. Sabía, asimismo, el color de los pájaros, qué taxista se rasuraba diario y quién no, las placas de los coches que depositaban enfermos e incluso cuándo rotaban los agentes de tránsito. Escenario y coreografía le pertenecían a Maritza, o, lo que es lo mismo, era dueña del hoy.

Séneca, en Cartas a Lucilio comenta:

No hemos de preocuparnos de vivir largos años, sino de vivirlos satisfactoriamente, porque vivir mucho tiempo depende del destino; vivir satisfactoriamente, de tu alma. La vida es larga si es plena; y se hace plena cuando el alma ha recuperado la posesión de su bien propio y ha transferido a sí el dominio de sí misma.

Vivir el presente no debe ser un oficio o una costumbre. Debería ser una obligación en la que la suma, tiempo, personas, carpe diem alegría y todos aquellos pequeños detalles que conforman y dan color a la vida, sean mayor que el perímetro de la Tierra. Vivirlo pleno aun a costas de arriesgar todo es buena forma de transitar por el destino. Después del presente y de la vida sólo espera la muerte. Cuando ésta llega, ya nada importa pues dejamos de estar, de ser, Epicuro dixit.

Es más importante temerle al presente que temerle a la muerte: el tiempo primero —hoy— depende de uno, el tiempo infinito es omnisciente y ajeno a nuestra voluntad. La idea del mañana de la inmortalidad, es bella y hedónica pero inasible. El oficio del presente se leía en las lecturas que de la vida hacían los ojos incesantes de Maritza: “Me abro en las vidas de los otros mientras me transporto en los vientos del aire. Soy parte del juego de los vivos mientras respiro a través de la ventana. Soy parte de la Tierra y de la vida mientras hoy sea hoy”.n

El Islam contra el Islam

EL ISLAM CONTRA EL ISLAM

POR JEAN DANIEL

Traducción de Alberto Román

I. EL FANTASMA EL CHOQUE DE LAS CIVILIZACIONES

La guerra, la guerra, la guerra…, a fuerza de hablar de ella, uno termina por hacerla. Con el temor de que el lirismo de las promesas conduzca a una conducta irresponsable, numerosas personalidades estadunidenses y europeas acaban de adoptar una posición clara: rechazan considerar los atentados del 11 de septiembre contra Estados Unidos como el adelanto de una primera guerra del tercer milenio que enfrentaría al Islam con Occidente. Los gobiernos de la mayor parte de los países árabes y musulmanes y las principales autoridades religiosas del Islam, por su parte, han confirmado el rechazo —el mismo de Henry Kissinger y Colin Powell en Estados Unidos, de Hubert Védrine y Alain Richard en Francia— a referirse a un eventual “choque de civilizaciones”.

Este rechazo no es inocente. Tampoco lo es esta frase que se repite tanto por estos días. El fantasma de ese choque de civilizaciones asedia el comienzo del siglo XXI. La frase proviene del título del libro de un universitario estadunidense, Samuel P. Huntington. El autor se reclamó heredero de grandes antropólogos como Oswald Spengler y Arnold J. Toynbee, de los cuales no tiene ni por asomo la misma autoridad. No obstante, sus tesis alimentan regularmente las reflexiones de los geopolíticos y las especulaciones de algunos estrategas en Washington. Recordemos: Huntington sostiene que luego de las convulsiones nacionalistas provocadas por el fin de los imperios, convulsiones que corresponden a la tradición de los conflictos de soberanía y vecindad del siglo XIX, de aquí en adelante seremos testigos de un gigantesco enfrentamiento entre las seis grandes civilizaciones que se reparten el planeta. Occidente se convertiría así en el blanco común y privilegiado, como consecuencia de su comportamiento hegemónico, del refinamiento materialista de su desarrollo y de su tentación, colonialista en el pasado y en la actualidad humanitaria, de intervenir en los asuntos de otras culturas y corromperlas. ¿Resurrección de la lucha de clases a escala internacional? ¿Revuelta de un Tercer Mundo pobre contra un Occidente rico? De ninguna manera. El choque de las civilizaciones sucedería sólo en razón de la incompatibilidad de sus respectivos valores. Si se le objeta, como yo lo hice, que el gran desafío del siglo XXI, por el hecho mismo de la globalización, es conciliar la universalidad de los valores con la diversidad de las culturas, Huntington replica: “No hay valores universales”. Según él, las naciones o sociedades del globo no tienen la misma concepción del nacimiento, de la educación, del amor, del sufrimiento, del matrimonio y de la muerte. Las razones para vivir no son las mismas. Conclusión: hay que abstenerse de pretender imponer a los otros nuestros valores, los de la democracia, los derechos del hombre o la liberación de la mujer. Ahora lo urgente es construir una solidaridad occidental capaz de disuadir agresiones inevitables. De tal forma, el gesto de los pilotos que lanzaron sus aviones contra las torres del World Trade Center y contra el Pentágono, provocando más de cinco mil civiles muertos e hiriendo el orgullo norteamericano, formaría parte de una estrategia antioccidental. Los inspiradores del terrorismo islamista no pueden estar sorprendidos por una tesis que los expresa con tanta comprensión. Después de todo, la gran mayoría de los musulmanes ha condenado, sin lugar a duda, los atentados contra los civiles, pero los soldados de las guerras santas combaten siempre en nombre de una incompatibilidad de las civilizaciones.

II. POR QUÉ ESTAS TESIS TAN SEDUCTORAS SON PELIGROSAS

Sin duda puede decirse que el ascenso de los extremismos religiosos es la característica más destacada de estos últimos veinte años. El fracaso de las grandes ideologías laicas que prometían el progreso material y la liberación moral procuró al extremismo lo que se puede llamar una audiencia de contragolpe: una alternativa espiritualista a los materialismos del capitalismo y del marxismo ateo. Dicho esto, hay que añadir contra Huntington las tres objeciones esenciales siguientes:

1) Jamás los conflictos entre fieles de una misma religión —luego entonces de una misma civilización— han sido tan numerosos y mortíferos. La guerra entre Irak e Irán (1980- 1988), que enfrentó a musulmanes entre sí, provocó entre 500.000 y “50.000 muertos, de acuerdo con el Instituto Estratégico de Londres. Ha sido, por lo tanto, uno de los más grandes conflictos de la segunda mitad del siglo XX. entre la guerra de Corea y la de Ruanda. Ahora bien, en cada bando los imanes bendecían a los adolescentes que se despachaban con destino a esa carnicería.

2) Por lo que atañe al Islam, hay que distinguir entre el fundamentalismo que invita, como lo han hecho todos los profetas y los fundadores de órdenes, al despertar religioso por un retorno ascético a las fuentes originales, y el integrismo, que instrumentaliza este despertar y se apoya sobre interpretaciones intolerantes de los textos sagrados para imponer con violencia una concepción rigorista de la vida cotidiana y los derechos de la mujer.

3) Se puede decir en consecuencia que las primeras víctimas, las más numerosas, del terrorismo islamista son los propios musulmanes: cien mil muertos en Argelia, diez veces más de lo que el terrorismo integrista le ha causado a Occidente. Desde comienzos de septiembre ha habido doscientos muertos en Argelia, muchos más de los que ha habido en Israel-Palestina desde el arranque de la Intifada. También hay que decir que todo intento de meter automáticamente en un mismo saco a terroristas, funda- mentalistas y la multitud de musulmanes, no sólo es una generalización neorracista sino también un absurdo sociológico. Sí hay algunos valores universales que permiten a los hombres del planeta vivir juntos. Las diferencias de concepción, por ejemplo, sobre la rapidez de la emancipación femenina, recorren las sociedades musulmanas mucho más de lo que las oponen de manera colectiva a Occidente. De todas formas es cierto que los militantes de la universalidad del Islam deben lograr en cada oportunidad estar por arriba de los terroristas de la singularidad islamista. En esto consiste, por lo demás, la apuesta de una tragedia que los argelinos ya conocían antes que los estadunidenses.

III. ¿COMO APOYAR EL ANTIINTEGRISMO DE LAS SOCIEDADES MUSULMANAS?

De lo anterior resulta que si Huntington se perdió completamente en el análisis, sin embargo puede tener razón en sus consecuencias. Nosotros debemos ayudar a los musulmanes, a cualquier precio, a combatir a sus terroristas integristas. Pero hay que saber a quién se ayuda. Aún se recuerda que Estados Unidos se apoyó en los elementos más corruptos de Arabia Saudita. Pakistán. Afganistán y de ciertas sociedades musulmanas de África —como en Kenya y en Angola durante la Guerra Fría— con el pretexto de que toda alianza que pudiera hacer fracasar al expansionismo soviético era buena. Nadie, ni siquiera en Washington, puede negarlo. Algunos justifican esa conducta recordando la prioridad de la amenaza soviética sobre cualquier otra consideración, prioridad de aquellos mismos que en la actualidad critican a Estados Unidos.

Sea lo que sea. se trata de uno de los errores más perniciosos de la democracia. Error cometido por los imperios coloniales que han desacreditado los valores de Occidente al tomar como aliados a gobiernos o movimientos que deshonraban su propia civilización. Estados Unidos y el resto de Occidente, cualesquiera que sean sus intereses petroleros o de otro tipo, están obligados, de aquí en adelante, a revisar amplia y severamente sus alianzas. Es necesario, sobre todo, que se abstengan de considerar que son la encarnación del Bien en lucha contra enemigos que representarían, sin más el Mal.

IV. ¿CUÁL ES EL VINCULO CON ISRAEL Y EL MEDIO ORIENTE?

La violencia del enjuiciamiento que los distintos integrismos emplazan contra lo que ellos llaman Occidente apareció mucho antes del nacimiento del Estado hebreo. Existen todas las posibilidades para que sobreviva a la constitución de un Estado palestino viable y soberano. Tanto más que el Islam se encuentra en plena expansión en el Medio Oriente árabe, cada vez más abandonado por cristianos en constante emigración. Esto no quiere decir que una paz en Medio Oriente no haría desaparecer, o en todo caso disminuiría, la indignación permanente que provoca entre los árabes y los musulmanes el apoyo que consideran incondicional de Estados Unidos para con el Estado hebreo.

Lo que hay que llamar la ocupación israelita se remonta al año de 1967, cuando Israel se rehusó a obedecer las resoluciones de la ONU al ocupar o anexarse ciertos territorios conquistados. Nació entonces una resistencia entre las filas de los palestinos que por primera vez veían una posibilidad de tomar en las manos los destinos de su país, luego de haber sido ocupados por los turcos, los británicos y los jordanos. La resistencia palestina tuvo durante cierto tiempo una dimensión internacionalista y occidental-izquierdista. Desde Líbano, sometidos tanto a sus leyes como a las de los sirios, varios líderes palestinos de origen cristiano y de obediencia marxista quisieron instaurar un guevarismo árabe y provocar, según la expresión del Che.

“diez o veinte Vietnam” en el mundo árabe-musulmán. Por aquel entonces, la ideología palestina no era en absoluto antioccidental. La resistencia se transformó después de la caída del muro de Berlín, el retorno del despertar religioso y los acuerdos de Oslo. Todos los ultrarreligiosos se coaligaron contra esos acuerdos y no se puede olvidar que el asesino de Ytzhak Rabin fue un judío ultraortodoxo.

V. COLIN POWELL CONTRA LOS SUYOS

Por otra parte, el secretario de Estado estadunidense ha recalcado que la lucha contra el terrorismo sólo hacía más urgente un encuentro entre Shimon Peres y Yasir Arafat, así como negociaciones políticas que permitieran el fin de un enfrentamiento que le hace el juego a todos los terroristas antioccidentales. Si Sharon continuaba oponiéndose, él excluiría a Israel de la coalición antiterrorista. Colin Powell tiene con qué comprender que la lucha contra el terrorismo pasa por una justicia igual para todos, por un rechazo de ofrecer una coartada a todos aquellos que, lo mismo en Argelia que en Chechenia o Israel, creen tener las manos libres luego de la indignación suscitada por los atentados de Nueva York y Washington. Así que Powell ha dado a entender con claridad que Sharon se equivocaba al tratar a Arafat de “Bin Laden” (aun si el primer ministro israelí debe su elección a la pusilanimidad de Arafat). Colin Powell tiene buenos motivos para entender porque hizo con el padre del actual presidente estadunidense la guerra del Golfo, y ambos, junto con el secretario de Estado James Baker, obligaron a los israelitas a abstenerse de todo acto de guerra contra Irak. Dicho lo anterior, Estados Unidos ha conservado en Medio Oriente su función de árbitro. La competencia que se desarrolló entre el presidente de la República de Israel y el presidente de la Autoridad Palestina para donar sangre en beneficio de las víctimas de los atentados contra las torres del World Trade Center y el Pentágono, destacó la necesidad que los dos enemigos del Medio Oriente tenían del Gran Satán occidental.

¿Por qué? La respuesta viene tanto de los israelitas como de los palestinos, al decir, después de los bárbaros desastres del terrorismo: “¡Por fin saben los estadunidenses de qué se trata!”.

VI. LA IMAGEN DE ESTADOS UNIDOS

Estados Unidos obtuvo el aislamiento total de Afganistán. Esta es ya una gran victoria. Por deseoso que esté de abandonar su estrategia de la “guerra sin muertos” y su negativa de emplear tropas de tierra, en el momento en que escribo esto parece rehusarse a un ataque masivo y ciego que no tendría por objetivo más que satisfacer la necesidad de represalias de la opinión pública. Pero de todas maneras necesita cortar algunas cabezas, destruir algunos grupos, obtener información bastante precisa sobre reductos territoriales en los que se concentrarían enemigos fáciles de eliminar. ¿En qué condiciones sale la gran nación norteamericana de esta prueba? En primer lugar ha despertado solidaridades que, a pesar de que en algunos casos son interesadas y están alimentadas por el miedo, no por ello dejan de ser impresionantes. Victoria por doble partida. Pues si la potencia americana puede intimidar a algunos, el terrorismo islamista parece inquietar a todo el mundo. George W. Bush se ganó de manera inesperada el mismo apoyo unánime con que las Naciones Unidas beneficiaron a su padre durante la guerra del Golfo en 1991. Por otro lado, y sobre todo, en esta patria del capitalismo en la que los valores de la competencia parecían triunfar definitivamente sobre los valores de la solidaridad, el pueblo estadunidense dio prueba de una dignidad, de un sentido cívico y, para decirlo de una vez, de un patriotismo de una rara calidad que hacen que uno se interrogue sobre el supuesto materialismo de la civilización estadunidense.

En Nueva York, esa ciudad cosmopolita en la cual se yuxtaponen, con frecuencia sin mezclarse, tantas comunidades distintas, un célebre ensayista estadunidense se preguntaba: “¿Qué puede impulsarnos a querer vivir juntos?”. La respuesta está dada. En Estados Unidos existe ese “patriotismo constitucional” que el filósofo alemán Habermas desea con todas sus fuerzas para su propio país. Es decir, un respeto devoto y unificador por la única cosa que tienen en común: su constitución. Por dura, cruel, implacable que sea la lucha por la vida, para los pobres, los excluidos, las minorías, los estadunidenses parecen estar orgullosos de su democracia. Esto no disminuye en nada la crítica justa que uno enfila sin pausa a la idea arrogante que ellos mismos se hacen de su potencia, pero corrige singularmente la mirada que uno posa sobre los estadunidenses, la mirada que uno continuará posando si las represalias que están obligados a infligir, caen bajo los golpes de los reproches que el mundo entero ha hecho a los terroristas. n

Entre la redención y el horror

ENTRE LA REDENCIÓN Y EL HORROR

POR MARTÍN HOPENHAYN

Los acontecimientos del martes 11 sólo tienen precedente en la imaginería reciente de películas como El día de la independencia o Impacto profundo, o en las profecías remotas de Nostradamus que anuncian a dos hermanos gemelos, desgarrados por el caos en la ciudad de York, en el noveno mes del nuevo siglo. En el caso de las películas, los grandes emblemas arquitectónicos del imperio norteamericano son arrasados por una ola gigante o las armas incontrarrestables de un invasor del espacio. En el caso de las profecías, por una fuerza celestial, a saber, el “gran rey del terror llegado desde el cielo”. Se ve que la imaginería había reservado a fuerzas no humanas la voluntad y capacidad de meterse en el corazón del gran poder sobre la tierra (el financiero y el político-militar), tomarlo por asalto y tocarlo en su icono más sagrado o su defensa más íntima.

Esta imaginería se hizo carne con una sola diferencia: los autores son seres humanos. Tramaron cuidadosamente una operación altamente sofisticada, burlaron los controles de la mayor inteligencia militar del mundo, no escatimaron sacrificios propios y ajenos, ni fueron disuadidos por el esperable repudio mundial, las eventuales represalias militares, los efectos devastadores sobre su propio pueblo en el corto y mediano plazo, ni las consecuencias más diversas que podría provocar la operación prevista. Más aún, tales consecuencias debieron ser parte del objetivo buscado.

¿Qué rasgos, valores y visiones de mundo hacen que algunas personas sacrifiquen sus vidas en una acción que arrasa además con varios miles de vidas inocentes y provoca un escenario mundial tan incierto como temible? Personas que al parecer comparten un mundo soñado, un ideal de justicia y, sobre todo, una absoluta vocación de servicio ante un líder y un profeta, cuyos designios interpretan del tal modo que da por resultado este tipo de acciones.

Pienso, por tanto, si la acción terrorista del martes se nutre, en última instancia, del discurso salvacionista en las religiones milenaristas o de ciertas formas perversas de entender los caminos que prometen esa redención total. Y dada la magnitud de esa promesa: ¿estarían dispuestos a destapar sus frascos de bacterias en Los Angeles, Chicago o Filadelfia con tal de pavimentar el camino a la bienaventuranza eterna y el reino del profeta en la tierra?

Con esto no pretendo negar el valor positivo de las religiones, ni tampoco plantear que la idea de paraíso o bienaventuranza eterna conduce necesariamente a este tipo de disposiciones. El riesgo está más bien en el trecho que va de la creencia a los creyentes, o del texto sagrado a su interpretación contingente. Y ese trecho está plagado de incertidumbres. Ninguna garantía respecto de sus consecuencias, que bien pueden columpiarse entre la redención y el horror Tampoco quiero soslayar otras tantas razones que podrían concurrir en tomar los acontecimientos del martes como consecuencia histórica: consecuencia de una política externa norteamericana que ha violado sin arrugarse la soberanía e integridad de otros pueblos: del sometimiento prolongado de naciones enteras a la hegemonía política, militar y financiera del norte: de conflictos religiosos postergados o soslayados y de grupos que claman por mayor visibilidad en el diálogo global: de la unilateralidad en la construcción del mundo por parte de los grandes medios informativos; y de un estilo de globalización que agudiza contrastes sociales y divide el globo entre conectados y excluidos. Todo lo cual puede ayudar a entender lo que ocurrió el martes. Pero nunca a justificarlo, n